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«^ 



A 



--^^^ 




PLVA • 
. VtTPA 



>LEMENTO DE CARAS Y CARETAS" 



IWARZO, 1916 

AÑO I. 

NÚM. I. 




ci iiiD*r»r» puTi ini ANjnr» Ri PAiir» 



ÓLEO DE MAYOI. 



— p>u;s.'í=" X i."i^i3»>3v — 




La felicidad más grande de la mujer, consiste en saber que su hogar está libre de 
padecimientos físicos, y que, tanto ella misma, como cuantos la rodean, están sanos. 

IPERBIOTINAmalesci 

el tónico de los nervios y de la sangre, más poderoso y más fácil de tomar; hace 
hogares felices, porque hace hogares sanos. 

Preparación patentada del Establecimiento Químico Dr. Malesci - Firenze (Italia) 

VENTA EN DROGUERÍAS Y FARMACIAS 

O. MONACO, Único Concesionario-Importador en la República Argentina, VIAMONTE, 871 - Buenos Aires. 

SOTA No habiéndose minimamente alterado el precio d" la IPERBIOTINA MALESCI, no debe pagarse precio superior de lo que 

í"omrjnm<»nt'- s^ ha pa^^ado. 



g^g^^C» 



— I=»I_;:'^^-S 



Remates 

en 
silencio. 



En Holanda se ha 
puesto en práctica 
últimamente, en los 
grandes remates de 
huevos, que en ese 
país son muy fre- 
cuentes, un aparato 
eléctrico que impi- 
de las confusiones y 
las disputas sobre si 
Fulano hizo o no hi- 
zo una postura, y 
permite que los antes 
bulliciosos remates 
se lleven a cabo en si- 
lencio. El silencio en 
un remate, tiene to- 
da la apariencia de 
una paradoja; ya que 
parece imposible 
que se pueda rema- 
tar algo sin hablar; 
sin embargo, los ho- 
landeses, pueblo ca- 
llado y tranquilo, 
han realizado esa 
paradoja, que juz- 
garían irrealizable 
nuestros parleros 
rematadores y su no 
menos parlero pú- 
blico. El aparato en 
cuestión se llama el 
«rematador eléctri- 
co». Los huevos se 
venden en lotes, nu- 
merados, de dos mil 
quinientos. A cada 
uno de los interesa- 
dos se le da un asien- 
to que también está 
numerado. El rema- 
tador se coloca en 
un estrado, al lado 
de una como esfera 
de reloj, en la que 
hay marcadas cifras 




El Rematador 
Eléctrico 
Holandés. 



que corresponden a 
los posibles precios 
de los huevos, desde 
el más alto hasta el 
más bajo. Al lado de 
la esfera, un tablero 
con números, co- 
rrespondientes a los 
nú meros de los 
asientos. Empezado 
el remate, el punte- 
ro de la esfera em- 
pieza a girar, desde 
el número uno. Los 
interesados están 
atentos. Cuando el 
puntero llega a la 
cifra que le convie- 
ne a alguno, toca un 
timbre eléctrico que 
hay en el brazo de 
su sillón, suena una 
campanilla y el pun- 
tero se detiene, al 
mismo tiempo que 
en el tablero apare- 
ce en negro el nú- 
mero correspondien- 
te al del asiento del 
que ha tocado el 
timbre. Pasado un 
momento, el punte- 
ro de la esfera vuel- 
ve a moverse, y se 
repite la operación 
hasta que las pues- 
tas cesan, y el re- 
matador dice en 
voz alta el número 
del lote, el del com- 
prador y el precio. 
Después de lo cual, 
el silencio vuelve a 
reinar entre los fle- 
máticos holandeses, 
que rematan hue- 
vos sin hablar. 



gí^i-T^iilíi^iiií^tii^ 






i 




PERSEGUIDO POR UN TEMOR INDETERMINADO 



Al que no goza de perfecta salud, le persigue el espectro de la 
vejez prematura y de la tristeza abrumadora ; muchas enfermeda- 
des, cuya cau.sa se ignora, provienen del estómago o de los intesti- 
nos, se descuidan porque no hay peligro de muerte ; pero, una vez 
crónicas, son insufribles y engendran la desesperación. Los des- 
gastes físicos, consecuencia de la actividad excesiva, hacen que la 
mayor parte de la humanidad esté enferma del ESTOMAGO, y es 
necesario prevenir muchos males que ocasionan una mala digestión. 
"STOMALIX" Saiz de Carlos, conserva la integridad de su orga- 
nismo. Es el TÓNICO-DIGESTIVO por excelencia. Su eficacia 
y su sabor agradable, han conquistado la fama mundial que goza. 
"STOMALIX" debe ser su compañero en la mesa. 
Venta Farmacias. Pidan folleto a Carlos S. Prats, San Martin, 66, 
Buenos Aires. 




%'^^¿¿'¿^^í¿<!^^.¿^=y-. 



^í^^^^i^^ísSí^ii¿:':¡¡a 



— I3l;v/:© 





El heroísmo de la elegancia. Nonadas que^lo son todo. El cronista y 
la Moda. Recuerdos. Paris sigue siendo nuestro París de siempre. 
Detalles y precisiones. Los últimos «potins». El Amor solloza. 

(Expresamente para Plvs Vltra) 





1 



— Gao» r fíp>* — '""^ *"> provwoio 
• Aeit k stpotrara ... y li esta par- 
dal evActar InunaiM. obstiñkdo 
sos cnalidadM y sus dafach» 
a tanit át todas las Tidsltttdes de la vida, 
es cesa, por eviden- 
te, innegable. |cuin- 
to mis definitiva e 
inalterable por to- 
dos los reactivo* de 
la educación ode la 
..-vv , . vt>lunta>d. no ha de 
^^^\\>. ser la cristaUzación 
^^r/\\/ de asa diamante Ua- 
^r /! VV mado le tUrno Itmt- 

^R IV} "'"'•' <">">*'>*' *^ 

W \\\ V debemos toda 

' 1 1 \ luí de ilusión y todo 

reflejo de azul, nos- 
otros los hombres. 
Vque aun somos, en 
''nuestra ingratitud. 
capaces de maldecir 
les divinos destellos, 
cuando nos ciegan, 
como si el abrasar 
fuera culpa del (uego 
y no del im- 
pradeate que se acerca demasiado a 
éü... 
Convenido esto, y ya que este ooque- 

teria «inris misma de lo tumo U- 
mmime, ha aobiwivido al Diluvio en 
primar término, y en segundo lugar 
a todas las grandes hecatombes que 
alUgieroa a te humanidad, ¿qué de ex- 
trafto tiene que ni las huestes germl- 
nicas, ni aim las mismas bombas de 
los leppiliHts acierten a turbarte?. . 

Y crieme, encantado- 
ra nui)ar que me escu- 
chas: vista de cerca y 
en el instante del peli- 
gro, causa admiración 
muy grande esa brava 
cTimtrit con que las mu- 
jeres de acá supieron lu- 
cir sos más bellas toiltílt¡ ajo 
la metraUa de las naves aéreas 
del kaiser... Esta sublime co- 
quetería, faa d la morí: este he- 
roísmo de te elegancia, derro 
diado por tes parisienses, nos 
produce — y te producirte si le 
contemplaras — una sensación es- 
tética tan profunda, tan solem- 
ne (¿por qué no decirlo?) 
como aquel bello y postrer 
gaato de Petronio, o como 
esta suprema tidurcht qu* 
hace que los oficiales d' 
Joffre vistan su más fia 
raante uniforme cuando 
les Uega te hora de mar- 
diar al asalto, camino de 
te victaria o de te muer- 
te... 

En nada de esto pen 
sarán, ni por asomo, las 
escandalizadas damas 
que anatematizaron 
d gentil desenfado de las si- 
luetas dibujadas por Hérouard, y 
te imperturbable y soberana ele- 
gancia de las manntifuiHi vestidas por los 
•faiseun» de te Place Vendóme o de la Rué 
de te Palx . . . Mas en todo esto pensamos 
ahora tú y yo. sellora mía. al correr de 
esta charte oon te que tú me honras y con 
te que yo trato de decir, a tus pies, un 
mundano oomentario de femenina actuali- 
dad... 



Este discreteo 
nos ha conduci- 
do, de la mano, 
hacía el tema 
de la moda ac- 
tual. . . (La mo- 
da'... |Patebra 
de abracada- 
bra!... ¡Mágica 
cifra!... ¡Con- 
juro que trans- 
forma los seres 
y las cosas, y 
que salva los 
esps ' -- 

dr. 

do 

cuení'-^ áe Sr»e- 
herazada' . . . 




\Ofj 






-ü 



Pero, ante todo, ¿puede un cro- 
nista hr,'-'-- ■•■ -.' de te moda? 
— jN veces nol — 

respon^- .eño. el ínfimo 

tsuperhontbte» contemporáneo, sa- 
turado de filosofía kantiana y de 
pesimismo nietzscheano. y abs- 
traído de te vida Um i ierre . . . 
Mas yo, desconocida interlocutora. 
me contento con ser, sencillamente 
un hombre, y amo con ferviente •• 
amor todos los pequeftos aspectos 
de la existencia: en ellos, mejor 
quizás que en las difíciles alturas, 
me aparece esa eterna armonía de 
la Verdad y de la Belleza que está 
en todas las cosas y que torna 
todas las cosas amables para los 
que. por nuestro bien, tenemos el 
alma humilde, ingenua y enamo- 
rada, de un Schelley o de un 
Francisco de Asís . . . 

He de confesar, pues, sin rubor, que la 
moda femenina me interesa prodigiosamen- 
te, ya que prodigiosamente, también, y más 
que nada en el mundo, me interesa la mujer, 
y te moda es a te mujer lo que el marco al 
cuadro: lo que el ambiente a la 
sinfonía: lo que el engarce a la 
perla . . . 

Hablemos, pues, de la moda, y 
sigamos a esta hada moderna en 
su inquieto peregrinar por los más 
extraños reinos de la fantasía. 



Augurábase, allá en los prime- 
ros tiempos de la guerra, que el 
mismo gigantesco conflicto que 
había de transformar el 
mapa de Europa, trans- 
formaría también, y en 
primer término, las cos- 
tumbres de nuestra so- 
ciedad, y pondría inme- 
diato y definitivo coto 
al lujo y a la ostentación. 
Por lo tan- 
to, hubo una 
hora en la cual 
pudimos te- 
mer que 
París de- 
j a r a de 
.ser nuestro 
París de 
antaño, para trocarse, 
hogaño, en un inmenso 
retiro conventual. 

■- Veréis — nos de- 
cían los graves dispensa- 
dores de estas predic- 
ciones... — veréis a 
las parisienses, ensom - 
brecidas ycontritas. 
abandonar para siempre 
sus locas extravagancias 
de paganía, para volver 
a la severidad y aun a la 
negligencia de apostura 
que, en renunciamiento 
a todo bien terrenal, 
adoptaron las tristes y amar- 
gadas mujeres del año Mil . . . 
Veréis aparecer las rígidas 
túnicas de jerga opaca y 
obscura, fieles evocaciones 
de los hábitos de tas peni- 
tentes. . . Veréis el imperio 
de las faldas que os veda- 
rán la pecadora gracilidad 
del pie. . . Veréis el reino de 
las pelerinas que han de borrar - anegándo- 
los en la obscuridad de los pliegues talares — 
los tentadores relieves del busto... Y. en fin, 
veréis ocultarse los rostros brujos, bajo el es- 
pesor de los velos inclementes. . . 

Angustiados, nos preguntábamos enton- 
ces: — ¿Será cierto que hemos de ver tales 
cosas? ¿Es. pues, llegada la hora del Apo- 
calipsis? 
No tardaron las mujeres en respondernos: 

- - Hombres de poca fe, ¿por qué dudasteis? 

— nos dijeron ... Y sonrientes, eternamente 
sonrientes, prosiguieron su armonioso cami- 
nar por las sendas floridas, que son las del 
amor, las de la gracia, las de la frivolidad . . . 

Así vimos la moda guerrera, ya lejana: la 

..... j» 1^5 tailleurs ■ Tommy y de las 

lers; el favor de los galones 

r.iemas militares bordados sobre 

ios cuellos y las bocamangas: las faldas, tan 

breves como amplias, que al menor soplo de 





un aire malicioso, o al menor 
gesto fuera de ritmo, descubrían, 
sobre la alta media, los encantos 
de un buen palmo de media tendi- 
da en clara transparencia sobre la 
fina, ebúrnea y nerviosa pierna. . . 
Pero todo esto, que es de ayer, 
es ya muy viejo. . . ¡Corre el tiem- 
po de tal modo para esa femenina 
fantasía que es «pluma al vien- 
to»! . . . 

La moda guerrera pasó, porque 
la guerra ha durado más de un 
día, y luego de aquel engoucmcnt 
un poco paradójico en nuestras 
bellas, por ser un poco viril, la 
feminidad, la extremada femini- 
dad parisiense tornó a las sutili- 
dades de su elemento: sedas, gasas, 
armiños, gabardinas, «taffetas», ba- 
tistas y tules: y de la intensa pa- 
sión hacia la ¡oüette-uniforme, sólo 
algún que otro detalle aislado, — tal cintu- 
ron o cual bolsillo. — logró subsistir. Hoy la 
moda puede resumirse en esta fórmula sabia: 
evitar la ostentación — que en la hora actual 
sería un insulto para los desdichados — y 
usar, y aun si se quiere abusar, dis- 
cretamente, de ese lujo que para 
la mujer de Paris es tan necesa 
rio como el aire que respira. . . 

Dentro de esta ley general, ad- 
mítese el más grande eclecticismo. 
Las faldas cortas, de rigor, varían 
según el gusto de quien las viste, 
y asi pueden llegar al tobillo o 
detenerse a veinte centímetros por 
encima de él: y la ^ 

amplitud de estas 
¡upes, que en algu- 
eos casos de modes- 
tia se contentan con 
cuatro metros de 
circunferencia, exce- 
de a seis y aun ocho 
metros en no pocas 
ocasiones. Los cuer- 
pos, lisos, moldean 
el busto libre de 
corsé, o ape- 
nas sosteni- 
do por una 
cintura, y las 
encolures se 
abren tan 
pronto sobre 
el pecho, en 
audaces es- 
cotes, como cierran 
luego, tímidamente, 
el cáliz todo albura 
de un alto cuello de 
lingerie ceñido a la 
garganta... Las túni- 
cas han dado al tras- 
te con la blusa tra- 
dicional, cuya des- 
aparición es una de 
las características de 
la moda presente: y 
la piel, rica fourrure o 
modesto lapin, cons- 
tituye el adorno casi 
exclusivo de cuellos, 
mangas u orlas de 
los bajos... Los abri- 
gos, ajustados leve- 
mente hasta la cin- 
t u r a, prendidos a 
ella por las militares 
paites, o por el aún 
más belicoso cintu- 
rón de cuero charolado, caen luego en múl- 
tiples godels, formando una airosa y ondu- 
lante campana, que en su mudo vaivén, 
marca el ritmo leve y breve de la marcha. 
El abrigo de cuero flexible, — íntegramente 
de cuero, — ya blanco, ya rojo, ya gris- 
humo, ya violeta, es creación, del todo 
reussie, lanzado por una gran casa de la 
Rué de la Paíx... Y, en fin. los sombre- 
ros pequeños, diminutos, hechos para po- 
der ser compatibles con los altos cuellos 
de esos abrigos, sin que bajo unos y entre 
otros desaparezcan los rostros, completan 
este apunte de la mujeril silueta bien parí- 
sienne, en este año 1915-1916, que no es pre- 
cisamente de gracia. . . 

Antes de dar punto a esta charla, durante 
la cual puse a prueba tu angélica paciencia, 
permíteme, lectora, que te haga saber los úl- 
timos polins que en este momento apasio- 





nan al París femenino y parlero. Trátase de 
la ruidosa gaffe cometida por la segunda 
esposa de Mr. Wilson, y trátase también del 
fulminante decreto con que el general Gallie- 
ni prescinde, — cortés pero inexorablemen- 
te, — de los servicios 
más poéticos que 
prosaicos, y por en- 
de más imaginarios 
que reales, presta- 
dos por las damas 
del Grand Monde en 
los hospitales mili- 
tares. 

La nueva «Presi- 
denta» de los Esta- 
dos Unidos sembró 
la alarma y la dis- 
cordia en el Sindica- 
to de la Costura Pa- 
risiense, al confiar a 
un agente alemán, — 
más o menos natu- 
ralizado yankee, — 
la misión de com- 
prar las toilettes de 
su equipo nupcial... 

De aquí una corriente de indig- 
nación que ha estremecido los 
estatuarios pechos de las pre- 
mieres y de los mannequins, 
iesde la Place Vendóme a los 
ampos Elíseos, pasando por la 
Rué de la Paix, la Opera y la 
Magdalena. . . Y de aquí, tam- 
la escisión producida en el 
seno del citado Sindicato, que 
entiende prescindir 
de todo intruso y de 
todo indésirable, y 
que se alza, écceuré, 
contra la absoluta 
falta de tacto mos- 
trada por la ilustre señora que, 
de hoy más, comparte las eter- 
nas indecisiones, las inefables 
mansedumbres y la inútil retó- 
rica del doctor Wilson. . . 

En cuanto a la severa medida 
adoptada por nuestro ministro de 
Guerra, al desterrar de las 
ambulancias y de los 
hospitales de sangre 
a las aristocráticas 
enfermeras, se dice... 
— ¡perpetuo y mal- 
diciente se dice\ — 
que algunos exage- 
rados idilios, entre 
ciertos heridos de- 
masiado convalecien- 
tes y ciertas «ambu- 
lanciéres» demasiado 
solícitas, motivaron 
tal y tan duro ri- 
gor. . . ¡Triste suer- 
te! .. . Pero es fama 
que así comoelamor 
fué, en tiempos pa- 
sados, credo y sostén 
de los paladines, en 
los días presentes el 
niño arquero se ha 
trocado, para los lu- 
chadores, en pérfido 
y ensoñador conse- 
cro de reposo y de 
paz. . . Y, según pa- 
rece, los jefes alia- 
dos no consienten que por ahora se 
hable en Europa de cosa que no sea la 
implacable actividad de una guerra a 
muerte, sin tregua, sin cuartel, sin perdón 
posible. . . 

Braman, pues, 
los cañones 
Arrecia el hura 
can de fuego 
Y acogido al tris 
te, al nostálgico 
silencio de las 
alcobas desier- 
tas, el Amor so- 
lloza. . . 

Antonio G. de 
Linares. 

París, enero 

de 1916. 

-Dib. de Ribas. 




— P3i.-;v^^ 




— l3L.;v/'.S vi^'r'I3>=s.— 




CONFERENCIA CIENTÍFICA 



Un miembro de la Sociedad de Arqueología, demostrando la manera que 
empleaban los hombres primitivos para fabricar puntas de piedra para flechas. 



Dibujo de Morrow. 




—S^flS*^^ 



^ iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiiiiiiiniiiiii 

^ iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiniiiniiiniiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiaiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiNiiiniiiiiiiiiKiiiiiiiiiiiiiiiiaiuiiiiniiiiiiiiiuiiiniiiiiiiiiiiiiin^^^^^ 



riiiiiiiniiiiniiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiniiiiiiniimiiiiiiiiui 



N^ A^^n^^vr^m. ^°^ P^^*^ ^^ "^^"O' ^" coiTiprar, MUEBLEROS 
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OBSEQUIO AL COMPRADOR: COLCHA Y CUBRE-ALMOHADAS 




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Reclame, dormitorio roble macizo, 3 cuerpos, mármoles a elegir, lunas biseladas, 8 piezas, 

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Comedor Bombe, roble norteameíicano 
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claro u obscuro, $ 145. 3 tablas, $ 32. 



Sillas óvalo, 
roble y esteri- 
lla. doc.,$ 100. 
Tapizadas, do- 
cena, $ 120. 



n 




g g Rédame, dormitorio roble macizo, con bronce, 3 cuerpos, mármoles finos, 8 piezas, lo mejor. 



$ 250. 

El mismo juego, más sencillo, $ 190. 





Buen juego comedor Renacimiento, nogal de Nort? 
América y roble, mármoles rosa, lunas biseladas, $ 175. 




Elegante dormitorio 3 cuerpos, Luis XVI, macizo, con bronces, lunas biseladas 

8 piezas, $ 205. 



Dormitorio Luis XV, nogal, para matrimonio, mármoles rosa, lunas 
biseladas, 8 piezas, reclame, $ 150. 



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rá^ 




>1 

Km 

I 



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K; 



[A 



JYárrods 

constituye en nuestro 
ambiente social y co- 
mercial la más alta ex- 
presión de buen gusto, 
arte y elegancia. 



el "rendez-vous 
gado de las familias que 
se congregan en sus salo- 
nes, atraídas por las suntuosas inota- 
laciones de la Casa, por la exhibi- 
ción de las últimas creaciones de la 
moda y por el "savoir faire" d; un 
personal seleccionado. 

Jfíarrods 

se ha incorporado al movimiento co- 
cial porteño como una nota obliga- 
da dentro de las costunibrcs de la 
gran capital. 

Jíarrods 

es. en una palabra, el palacio de la 
distinción y el supremo "chic". 

Jíarrods 

ha visto compen- 
sados amplia- 
mente los esfuer- 
zos que suponeii 
la fundación 
y desenvolvi- 
miento de una 
Casa como 
ésta. 



beneplácito que han dispensado la 
sociedad porteña y las más cultas 
colectividades extranjeras, a la idea 
de prolongar en Buenos Aires la 
influencia mundial de HARRODS, 
con sede en Londres, y poder apro- 
vechar así de la experiencia y de 
la selección de artículos que se hace 
en los grandes centros europeos de 
la moda. 



tina — y es un timbre de legitimo 
orgullo para esta capital, que puede 
presentar a sus visitantes un esta- 
blecimiento de esa categoría, donde 
todos los artículos son de calidad 
superior, de marcas mundiales, de 
fabricación excepcional y a precios 
verdaderamente ventajosos. 



Jíarrods 



Jíarrods 



condice con el progreso alcanzado 
por Buenos Aires — a justo título 
considerada la segunda ciudad la- 




Iti- 



"^^==^ 




es la única Casa en Sud América 
que ofrece a su clientela verdade- 
ras ventajas para las compras, pu- 
diéndose circular por sus amplios 
salones sin ser molestado con pre- 
guntas sobre el artículo que se desea. 
Igualmente es la única Casa que 
brinda comodidades especiales 
para su permanencia 
en ella, como ser: Sa- 
lón de te. Sala de lec- 
tura, Salón de descan- 
so y conversación, 
teléfono. Correo de 
la Nación, etc., y 
demás detalles de 
confort. 






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r\c>tyr^1 de l^yco- 

ycsy- todo c^t h. circvr\ycripto 
^ detcriTMrN-^doy l¡í^^itey: Pero, 
por vr\z>. ley de evolvciór^,tam- 
biér^todo lo qve proydre^cx. den- 
tro del IT^vr^do e/^pihtvcxl ó fTN-^teri-cxl.re- 
qviere cxp^^r^yi6^^ po^r-c^ /"V deyerwol- 
virr\ier\to. . . . 
C^r ^/ y C^b^retu/ rcviy tDv qve tv be- 
r\evoler\ciOv kcx cor\y;aprOvdo, ■acept'Cx 
obediehvte el ifr>per ortivo de eyo> ley qve 
-DÍlriTNOv I'Zk/' trT^diciorxey qve yien>pre Koi 
pcry^epvido.De eytr> Dv/pirOiCiórN,r\oble 
yj:ícr\aro/-^,t\-c>cc "Piv/" Vltra" pvblicr>- 
ciór\ yvplelT^er^to^i■cx,dor^de terNdro^f^cex- 
bidDitodoi/ loi/" r\otD»/;cvyQ ÍKdole eypcci^l, 
Kcce/ite [nt^y ■o^íT^plitvd pc^roi dez-arrollarre 
í rN"Plv/ VltrOi'.verdoder^ prologo, - 
ciórA.eco ^prt^rAdc^do de tv reviytoi 
T>rrNÍyd-a, KTxiiOvrixy el cofnplefr\erNto de vtNOk 
It^bor qve K-Oice ^r\o/ye impv^o It^ etr\pre- 
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P LV/ 



IVLI RA 



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—I=>1.7^>y:& 




Entra la* obras abulatamente inMiUs del doctor Wilde, figura esto 
primorooo «rtículo. Fechado en 1913, recuerda aquella prosa del 
oiMn Hbro «Tiempo Perdido*, cuya edición se agotó hace muchos años. 

Joato ooo otro» artfcukM. igualmente brillantes, se publicará en 
mode los do* tomo» que. formando la quinta parte de las obras 
completas de Wilde. han de comprender producciones literarias 
inédita* del Uixtre fnügttío. 



Eche usted, lector amigo, una mirada a su alre- 
dedor, mire en se^ida a los cielos y luego baje los 
ojos hacia la tierra. 

Ha recorrido usted los extremos de cuanto tiene 
extremos. 

Cierre ahora los ojos y procure sentir lo que hay 
en su retina. 

¿Qué ve? Colores, nada más que colores. 

Los colores son los pajes de los cuerpos; están a 
la puerta de las cosas para anunciar a los ojos 
cuando miran, que los objetos están en casa. 

No puede pasar una mirada por ninguna parte, 
sin que un color la detenga, diciéndole: 

— Amiga mía, aquí hay algo. 

Los colores son los signos en que vienen monta- 
das las existencias para atravesar nuestra pupila; 
ágiles y penetrantes, apenas sospechan que hay 
tras de ella una retina, se entran en su busca sin 
previo aviso. 

Sospecho con grave fundamento que las retinas 
son los sepulcros de los colores: jamás he visto sa- 
lir por un ojo un color que haya entrado. ¡Quizá se 
quedan solamente a dormir o a pasar la noche en 
buena compaüía! 

Los colores andan esparcidos por la naturaleza, 
y son como las guardias avanzadas de los cuerpos, 
atisbones, ctjriosos y madrugadores. 

Apenas brilla el primer rayo de luz en los hemis- 
ferios, ctiando ya todos los colores están parados 
sobre las cosas espiando lo que pasa en la vecindad. 
Se parecen a las mujeres en lo curiosos y en lo ha- 
bladores. I mposible que un color guarde un secreto. 

Su eterna charla, como la de las mujeres, trae 
sus bienes y sus males. 

Por ella se llega a descubrir que las gentes son 
blancas o morenas, que tienen los ojos negros, verdes 
o azules, que son rosadasopálidasy que tienen pecas. 



Por esto a cada rato tenemos ocasión 
de renegar contra la charla de los co- 
lores o que darles las gracias por lo que 
nos cuentan. 

Los colores se dividen en el mundo, 
con el objeto de moralizar las pasiones; 
cada color se encarga de un sentimiento. 
El violeta se ha hecho cargo de la mo- 
destia: el verde lleva a cuestas las es- 
peranzas: el rosado dirige los amores; el 
blanco tiene bajo su administración el 
ramo de la pureza; el amarillo y el negro 
se han asociado para explotar la triste- 
za, el luto, la muerte y el olvido; uno o 
más colores son la enseña de las nacio- 
nes; el blanco y el azul son los abande- 
rados de la República Argentina. 

Echando una mirada sobre todos estos 
puntos, se explica como los colores do- 
minan la política, y mandando en abso- 
luto sobre las impresiones del ánimo, 
las conservan, las cambian, las matan 
y siempre las revelan . . , 

Apenas se conmueve el corazón de una 
joven, los rubores salen a su rostro; pa- 
rece que en esta circunstancia el color 
se asoma a las mejillas como un pro- 
pietario a la puerta de su casa, para 
preguntar el motivo de la emoción. 

Apenas el temor o la inquietud inva- 
de nuestro pecho, la palidez de nuestro 
semblante propala el acontecimiento, 
entregándonos sin defensa a nuestros 
adversarios. 

La palidez está siempre muellemente 
tendida en la cara de los abatidos y de 
los asustados. 

La palidez merece un momento de 
atención: tiene su historia y su reinado 
aparte. 

Hubo un tiempo en que las mujeres 
jóvenes se complacían mirando el rosado 
fulgor de sus mejillas; esto indicaba fue- 
go, vida, salud. Pero cuando las que ha- 
bitan las ciudades se fijaron en las al- 
deanas, notaron con desconsuelo que las 
rosas del campo eran más numerosas y 
de colores más vivos que las de nues- 
tros jardines urbanos. Comenzó enton- 
ces a disminuir ante sus ojos el mérito 
de esas calidades, sucediendo con ellas 
lo que con los efectos de comercio; todo 
es que un artículo abunde para que su 
valor disminuya. 

Hubo así mujeres que dejaron sin do- 
lor que sus colores se marchitaran ata- 
cados por los sentimientos tiernos y las 
meditaciones melancólicas, substituyen- 
do a la natural animación de su rostro 
joven una interesante palidez. Desde esa 
época, la mencionada interesante pali- 
dez comenzó a recorrer los salones, y 
ahora no se reconoce inteligencia ni 
ternura sino en las damas cuyo sem- 
blante presenta un aspecto cadavérico, recu- 
rriendo muchas de ellas, a falta de sinsabores 
y amarguras, al famoso vinagre aromático, que 
recoge en las mejillas los signos de la vulgaridad 
e instala los del sentimentalismo. 

Sucede una cosa realmente particular entre las 
mujeres y los colores; las que no los tienen se los 
ponen y las que los tienen hacen cuanto pueden 
por librarse de ellos. En esto, como en muchas 
otras cosas, se ve la tendencia a la sofisticación 
que singulariza a esta í mable mitad del género 
humano. 

Los colores están, se ponen, se sacan, se cam- 
bian, se esconden y se fabrican. 

Están sobre las flores, en los ojos, en el cielo, en 
los labios y en el agua y en cada uno de estos 
objetos dicen algo interesante. 

Un color sobre una rosa brinda el más delicado 
perfume: los colores en los ojos dicen «cuidado»; 
en los cielos, «está por llover, hace calor, está 
nublado o ya se fué el sol»; en los labios, «dame un 
beso»; en el agua cantan continuamente «mar, río, 
arroyo, fuente o cascada». 

Los colores se ponen sobre los rostros fnimados 
por la vida en su apogeo; son los colores de la ju- 
ventud. Otros se instalan sobre la decrepitud y la 
impotencia. El verde y el blanco, por ejemplo, se 
han tomado a los viejos y su pelo. 

Debo hacer, en llegando a este punto, una sal- 
vedad; confieso que yo personalmente no he visto 
jamás un viejo verde; pero repito lo que la tradi- 
ción popular tiene como verdadero. 

En hablando de viejos verdes, no puedo menos 
que recordar los pieles rojas de Norte América y 
los chalecos colorados de la República Argentina, 
su hermana de Sud América, bajo la vistosa tiranía 
de Rosas. 



Pienso en la gran seguridad de los borrachos en 
aquel tiempo, merced a su nariz roja, en el poco 
caso que se haría del cielo, en la prohibición ab- 
soluta de tener ojeras y en la popularidad de que 
gozaría el diablo en las reuniones federales. 

Los colores se sacan, se cambian, se esconden y 
se fabrican, he dicho, y me hallo razón a mí mis- 
mo. Ello se verifica en las gentes, en general, en 
los electores, les diputados y los partidos políticos. 
Basta que digamos a una púdica dorcella que 
es bonita, para sacarle los colores a la cara, lo que 
no sucede sin que se escondan los qie tenía antes 
y por consiguiente se cambien todos. 

iSalvo error u omisión! Pues lo del párrafo an- 
terior no se verifica cuando los colores han salido 
de las fábricas de productos químicos. La ver- 
güenza no tiene acción sobre las tinturas. 

¿Y las lágrimas? Ellas sí; se puede ver el surco 
que hacen al correr por las mejillas, disolviendo 
o arrastrando los colores postizos. 

Los colores pintan a los electores, matizan a los 
diputados, caracterizan las oposiciones y arman 
revoluciones. 

Napoleón I, que era gran fabricante de frases, 
dijo no sé donde: «Todos los hombres se \ enden; 
lo que falta es acertar con el precio». 

La frase, original de Napoleón o plagiada de 
algún otro retórico, no habría tenido tanta reper- 
cusión si sus contemporáneos se hubieran fijado 
en que es la traducción de esta otra: «Se vende 
pintura». 

La opinión pública, este coloso de la fuerza hu- 
mana que sujeta el poder de los déspotas y dirige 
a veces la política, no existiría sino tuviera colorido. 
¿Dónde se encuentra tampoco una opinión pri- 
vada sin color? 

De algún tiempo a esta parte se notan disiden- 
cias graves entre los colores. El amarillo, miembro 
componente del blanco, parece sublevado contra 
él, desde que los hombres han dado en sellar mo- 
nedas de oro, prefiriéndolas a las de plata. 

El blanco ya no lucha, y como en la mala suerte 
todos nos abandonan, los físicos, explotadores 
de la luz solar, llegan hasta negar al blanco su ca- 
lidad de color. En tanto el amarillo hace gran pa- 
pel, se disfraza de honorable, imita la inteligencia, 
la aristocracia y hasta la belleza, filtrándose entre 
las manos acostado sobre las libras esterlinas u 
otras bagatelas. En esta forma sabe todas las cien- 
cias, habla todos los idiomas y conoce todas las 
artes. Es el dios de los amores, el productor de las 
sonrisas, el seductor de las bellezas; en él se tradu- 
cen todos los bienes de la tierra; sobre él única- 
mente están conformes todos los pueblos, y lo 
que es más sorprendente, todos los filósofos: se 
llamó un día piedra filosofal. 

En historia natural, la omnipotencia de los co- 
lores es indiscutible. Ellos han impuesto a los lo- 
ros el ser siempre verdes, han prohibido a los ca- 
ballcs que sean rojos y no permiten a las flores 
que sean negras. 

A todos los animales provistos de ojos, pueden 
dejarlos ciegos si se les antoja. La ceguera no es 
más que la supresión total de los colores; un día 
de mal humor de la luz. 

El poder de los colores pasa de los ojos y llega 
hasta invadir el sentido del gusto. Veamos la prue- 
ba: ¿Tomarían los hombres café, si el café fuera 
verde? 

Tanto hablar, llega un momento que todo se 
me confunde y todos desaparecen. Sin embargo, 
a todos y a ninguno tengo a la vista. 

El papel es blanco y la tinta es negra; escribo, 
por lo tanto, sobre el conjunto de todos los colores 
con la supresión de todos ellos. 

Si semejante unión no es una paradoja, quiero 
morirme. 

Me asusta sólo pensar de lo que puede salir de 
ese consorcio. 

Denle negro y blanco a un hombre con posición, 
tinta y papel, digamos, y será capaz de hacer un 
nombramiento, un diploma, un documento de cré- 
dito, un billete de banco, un testamento, una sen- 
tencia de muerte, y lo que es más, un compromiso 
de matrimonio. 

Y pongo punto final a mis colores. El sol declina, 
a la hora que escribo, en el horizonte, lleno de ru- 
bores y con la cara hinchada; la noche se viene 
encima toda enlutada, y si luego no encendemos 
las velas o salimos a pasear a la luz del gas por las 
calles, no veremos más colores hasta mañana, al 
despuntar la aurora, si tenemos la fortuna rural 
de despertarnos a esa hora. 

Dr. E. Wilde. 




Dibujo de Alvarez. 



— I3>i_:>^-S 'VLrI^E^>^>.— 



n Doctor 

Daido Cocha 

^ bu Colección 

de porcelanaó 

(aníi0U(5L5 




P=-o L doctor Dardo Rocha? 
r^ — Pasen ustedes y esperen un mo- 

I , mentó; el doctor está con la comisión 
pro Homenaje a España: ya viene... 
siéntense... ¿Una tacita de café? 

Y sin esperar respuesta, sale el sir- 
viente del salón, para volver a poco con 
una bandeja de plata labrada en la que 
humean dos tazas. 

En casa del doctor Dardo Rocha es 
A proverbial costumbre obsequiar con 
café a todo visitante. 

Las dos tacitas en que se nos sirve, son 
distintas; una es alta y esbelta, la otra 
chata y panzona, ambas de finísima por- 
celana china, un primor de ornamentación y 
transparencia. Dos verdaderas joyas de la co- 
lección de porcelanas, más numerosa y rica 
de cuantas hay en Buenos Aires. 

Pasan breves instantes y el doctor Dardo Rocha, 
nos sorprende observando las curiosidades que lle- 
nan las mesas, cubren las paredes y ocupan todos 
los rincones del patriarcal caserón de la calle La- 
valle, materialmente abarrotado de obras de arte 
y valiosas antigüedades. 

Con la llaneza del gran señor, que a sus méritos 
debe la posición que ocupa, sin el orgullo despec- 
tivo de los advenedizos encumbrados, el doctor 
Rocha, viejo criollo de españolas costumbres, nos 
tiende su mano y nos ofrece asiento, después de 
dirigirnos la clásica pregunta: — ¿Ya tomaron 
café, verdad? 

Exponemos al doctor Rocha el deseo de visitar 
su colección de porcelanas y antigüedades, colec- 
ción con que se ha de inaugurar en Plvs Vltra 
una serie de notas que darán a conocer al público 
las mil curiosidades y riquezas que hay escondi- 




das en Buenos Aires y que nos proponemos des- 
cubrir al lector en un proyectado peregrinar de 
casa en casa. 

Pero el fundador de La Plata, ex gobernador 
de la Provincia y gran patriota, es un amení- 
simo causseur dotado de una memoria tan 
prodigiosa que cuando da rienda suelta a sus 





SALÓN CARLOS III, CON 

RIQUÍSIMOS MUEBLES 

DEL MÁS PURO ESTILO 

DE LA ÉPOCA. 



VASO DE CASTELL-DURANTE, DE MEDIA- 
DOS DEL SIGLO XVI, COMÚNMENTE 
EMPLEADO EN LAS FARMACIAS. 

recuerdos y comienza a contar hechos de su 
vida pública, anécdotas del tiempo viejo o pintores- 
cos detalles de sus viajes alrededor del mundo, olví- 
dase el cronista de su oficio. . . cae la tarde y el fotó- 
grafo tiene que reembolsar sus bártulos, sin haber 
cumplido su misión periodística, . . Y así uno, dos 
y tres días. . . 

La colección de porcelanas y cerámicas que nos 
va enseñando el doctor Rocha, es interesantísima y 
de un valor extraordinario: hay en ella ejemplares 
curiosos y raros que, a fuerza de paciencia, ha logra- 
do reunir este sin par coleccionista que, para cada 
pieza tiene su anécdota y para cada jarrón o plato un 
cuento al caso o una humorística ocurrencia. Así van 
desfilando ante nuestros ojos cuatro maravillosos 
grupos auténticos de Cappo di Monte, representando 



— I^LTV^S 




PLATO DE 
SIGLO XVI 



EL DOCTOR ROCHA. CONTEMPLANDO SUS 
PORCELANAS. 

las cuatro partes del mundo: una inapreciable va- 
jilla de porcelana china con decorados de mil colo- 
res e iniciales en oro. grabadas a fuego. Esta vajilla 
perteneció a don Bemardino Rivadavia. y de ella 
existen dos ejemplares en el Museo Histórico y al- 
gunos platos en poder de las señoras Mercedes C. 
de Bunge y Adela Napp de Lumb. y del señor Al- 
berto Lartigau. 

Un juego completo de café de la Real fábrica de 
Copenhague, premiado y adquirido en la Exposi- 
ción de París, de 18S9. 

Una copa de porcelana histórica, pues fué rega- 
lada por Crevi a la Sociedad Filantrópica de To- 
losa y más tarde adquirida por el doctor Rocha a 
un anticuario de París. 

Un tríptico de esmalte, de Jean Reigno, de valor 
inapreciable, con su cifra y año 1559. 
Copas antiquísimas de Holanda: bandejas de 

Veni Marten. y 28 piezas de un 
juego de postre de Sevres, que per- 
teneció al Palacio de las TuUerías. 
Varios candelabros y jarrones de 
Sevres. de 18C0. 

Un ídolo de Tehuanaco. curiosí- 
simo ejemplar, y dos Fayenzas, de 
1560. compradas en Corfú. 

Varios jarrones chinos, ricos de 
colorido, y porcelanas de Marsella, 
Meaux. Sajonia. San Petersburgo, 
Crandevi y Córdoba. 

Un plato de la vajilla de Sar- 
miento y otro del oidor Almagro. 
Platos del general Levalle. de 
la familia Carranza, perteneciente 
a una vajilla que en tiempo de Ro- 
sas estuvo escondida por tener su 
ornamentación celeste. 

Una mayólica de Nevers, repre- 
sentando «El vendedor de cuernos», 
con audaces inscripciones. 

Azulejos de la Alhambra de Gra- 
nada; vasos pequeños de Tehuana- 
co, que deben tener lo menos 7.000 
años: figuras egipcias y varias ba- 
las de tierra cocida, para honda, de 
las excavaciones de Cartago, rega- 
ladas al doctor Dardo Rocha por 



rho:;as, del 
(mayólica). 



UNA DE LAS VITRINAS DONDE SE CON- 
SERVA PARTE DE LA COLECCIÓN. 

el Reverendo Padre Alfredo Luis Delastre, funda- 
dor del Museo Arqueológico de Cartago. 

Una piedra tumbal del último período del paga- 
nismo, representando a Carón conduciendo un 
alma. 

Varios platos y cacharros orientales: de Rho- 
das, de Talavera de la Reina, españoles e ingleses. 

Dos esculturas adquiridas en Saquarah (Egipto), 
que debieron pertenecer a la estatua del Escriba, e 
infinidad de piezas más, cuya enumeración sería 
interminable. 

En antigüedades posee el doctor Rocha algu- 
nas de valor indiscutible, entre las que hemos visto 
una pulsera de amatista que fué de Isabel 11; un 
frasco del siglo xi, y un sello en bronce del Gobier- 
no Nacional, del año 1817. 

Un ta- 




JARRÓN CHINO. DE 1703. 

TONALIDAD BLANCA Y AZUL; 

PERTENECe A LA ¿POCA DE LA 

DINASTÍA DE LOS MINOS. 



piz del si- 
glo XVI y un Gobelino auténtico del 
siglo xviii, representando la visita 
del Rey Alejandro a Diógenes. 

Un mueble español del siglo xvii, 
de Jacaranda y marfil con alegorías 
sobre el credo; una mesa también de 
Jacaranda, que perteneció a los pa- 
dres Benermistas portugueses del si- 
glo XVII y un magnífico altar privado, 
con la historia de la Virgen y Jesús, 
en 32 panneaux, en los que se obser- 
va la influencia de Murillo. 

En cuadros, el doctor Rocha tie- 
ne un capital. Esculturas, tablas ita- 
lianas antiguas, bronces, entre ellos 
la maquette original de «El Esclavo», 
de Cafferata, y un sinnúmero de 
libros y alhajas antiguas. 

— Una última molestia, doctor: 
¿qué valor calcula usted que alcanza 
la pieza más valiosa de su colección? 

— Es ésta; y nos enseñó un Rubens 
avaluado en 5.000 libras esterlinas. 

Tal es la colección de este viejo pa- 
tricio argentino que, hoy apartado 
del engranaje político, vive rodeado 
de sus afectos, y sólo dedicado a culti- 
var sus recuerdos del pasado. 

Emilio Dupuy de Lome. 




CÁNTARO ITALIANO, DEL 1730, 

EJEMPLAR RARÍSIMO, DE LOZA 

«OREES», VERDADERA JOYA DE 

LA COLECCIÓN. 



— V=>LS\^^ 




¿QUO VADIS? 



URSUS Y PETRONIO 
EN LA CALLE FLORIDA 

Dibujo de Málaga Crenet. 



X 1 . lU .-X — 




@ff affl 






Blanca carne de lirio, ojos ígneos de estrella 
En que arden fulgurantes las llamas del amor; 
Boca fina v purpúrea donde la gracia sella 
Su encanto capitoso de roja rosa en flor. 

Ca sangre de las razas más nobles puso en ella 
Sus rasgos dominantes de belleza v valor, 
Ungiéndola en el mundo mirifica doncella, 
Promesa del Destino, Varona en el Dolor. 

Su paso es un prodigio de ritmo v de decoro 
De sus cabellos surge fragante aurora de oro 
O el palio misterioso de la noctie estelar. 

Su frente como un templo respira la esperanza. 
Su voz se alza en la tierra pero hasta el cielo alcanza 
Porque es pura y sonora como la voz del mar. 

EUSEMIO Díñz RomERO. 



» V- . w-'^-JVBSp-»5?«V{ 





-ca^ssm. 



Mo es mi canto el cantar habitual 
que compone en tu honor la pasión: 
mi cantar es un canto filial 
escrito a latidos con el corazón... 

Siempre llena de luz maternal 
se irguió ante mis ojos, fDujer, tu visión, 
que mucho antes del dia nupcial 
eras ya una madre para mi emoción- 
Eres madre siempre... (Dadre cuando esposa, 
madre cuando hija, madre cuando hermana, 
cuando desdichada, cuando venturosa, 

cuando adolescente, cuando anciana ya, 
y después de muerta ¡oh luz milagrosa! 
sigues siendo madre desde el más allá... 

BECISflRIO ROCDrtM. 




Oh Argentina, Argentina: descubrí tu mujer. 
Se borra en tus cosmópolis y apenas se adivina 
en los poblados tristes donde mora el ayer: 
que es de un cuño ignorado tu mujer, Argentina! 

Su aspecto de los Andes tiene la majestad: 
buena sin abandonos, recta sin desafíes, 
V expande en sus maneras la gran serenidad 
con que ruedan las aguas inmensas de tus ríos. 

De esta romana dulce de moruna corteza 
la sencillez indígena con la gracia española 
se advierte en el tocado que aliña su cabeza. 

(Tías, ah, que tu blasón en sus ojos lo fundas, 
Argentina, y en ellos mi admiración se inmola 
al misterio insondable de tus selvas profundas. 



Fot. de WiTCOME y Merlino. 



EDmUMDO (DOMTflSME. 




musÁ 


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.-^-^ ^' ,: 






PLVS • 
. VLTPA 







EL VENDEDOR DE FLORES 



Acuarela de Alonso. 



"V^LS^-rS- >^ ^L'm~^.-X- 




- en pos de 
,1 : : ;•. i vagabun- 
¿A, ha áido otra vez 
la vudta al mundo 
el fogoso, rico y obe- 
so viajero. Las mil 
flores que la desde- 
ñosa vendió a otros, 
son las huellas de su 
paso por la Argén 
tina. El las ha viste 
y. aunque se engañó 
con tinuamente. 
abriga la esperanza 
loca de encontrarla 
por fin. 

Pero ella ha huido 
como siempre, in- 
constante, capricho- 
sa. .. 

El amor hizo de 
este infeliz archimi- 
llonario un i n m i - 
grante golondrina, 
el mejor de los inmi- 
grantes. Viene bus- 
cando a la ingrata y 
se deja explotar 
mansamente, porque 
los enamorados son 
pródigos: pero a ve- 
ces, los celos le 
transforman en ava- 
ro, y entonces niega 
su oro a los que con 
él quieren lucrar. 

Los argentinos sa- 
ben convertir en nu- 
merario metálico y 
pesos papel esa pa- 
sión cálida, ese ena- 
moriscamiento d e 1 
incansable trota- 
mundos. Maiz, ca- 
ballos, trigo, b u e - 
yes. cebada, ovejas, 
centeno, chanchos, 
se adquieren con la 
(pecunia del c a p r í- 
choso individuo. 

Inútil es afirmar 
que todos los años se 
le aguarda con ansia ^ 

y se hacen votos por 
que venga de buen 
temple. Sus amigos creen que ahora 
ha llegado dispuesto a reparar las in 
justicias cometidas en años anterio- 
res. 
Se le debe tener afecto y lástima. 
Desafiando las apoplejías y las in- 
solaciones, vivirá entre nosotros unos me- 
ses, hasta que emprenda la interminable 
persecución. 

Le veréis en todos los sitios donde haya 
flores. Allí vagará sudoroso y ardiente, 
mientras vivan, para abandonarlas cuando 

mueran. 

Semejante al don 
Silverio (léase Siebel) 
de que nos habla don 
Pollo en el «Fausto», 
deshoja margaritas 
para saber si la desde- 
ñosa le quiere o no le 
quiere, y entreteje ra- 
milletes para regalár- 
selos cuando la vea. 
aunque don Laguna 
repita aquello de: 

;Que no cairle 

[una centella! 

¿A quién? ¿Al 

[sonso? 

¡Pues digo!. . . 

.Venir a osequiarla, 

[amigo, 

con las mismas flo- 

[res de ella! 




rara 
soleado 



eso busca el 
perfume del 



Rosedal que hay en Palermo, y envidiando la me- 
lancólica alegría de las parejas felices, suspira y 
pasa. Piérdese en las umbrías del Botánico, entre 
¡os estudiantes que sueñan con la novia paseando 
los textos. Llega hasta los patios de los conventi- 
llos donde crecen los mirasoles en los tachos jubi- 
lados. 

Y si huye de las flores, las flores le acechan, pa- 
recidas a las sombras de una pesadilla angustiosa. 
En las mismas trincheras europeas las encontró 
lozanas, vigilantes. Aquí le salen al paso por todos 
lados; no puede rechazar la florida obsesión. 

Sobre la verde Argentina ha caído deshecho en 
millones de pedazos un arco iris perfumado. Es 
una lluvia de colores que todo lo invade, que todo 
lo refresca, formando lagunas en los jardines. 
charcas en los canastos de los vendedores ambu- 
lantes, chorros en los balcones y gotas de luz en 
el pecho de las mujeres. 

Cada mes tiene marcadas en el calendario de 
Linneo flores propias que lo distinguen; estos me- 
ses de la florista casquivana y del amador vaga- 
bundo y rico se conocen merced al desbordamiento 
de los cálices, en una orgía donde corre vino hecho 
de todos los vinos generosos mezclados, sin 
pierdan su «bouquet» y sus colores. 



que 



se le atribuye a cada 
una de ellas un len- 
guaje determinado. 
Entre la modestia y el 
orgullo, pasando por 
todas las virtudes y 
todos los vicios, cu- 
bren con sus pétalos 
el árbol de la ciencia 
del bien y del mal. 
Y en el bien y en el 
mal forman reunidas 
el símbolo de los sím- 
bolos: el de la cons- 
tancia. 

Sí; las flores aman 
apasionadamente a 
los dioses, a los huma- 
nos y al sol. que es su 
maestro y su verdugo. 
A pesar del sol, ellas 
nos siguen, nos provo- 
can. Llegan al extre- 
mo de fingir rostros 
en los aterciopelados 
pensamientos y mil 



Y no hay sitio li- 
bre de flores o que 
no las espere, pues 
asi lo dispuso Jeho- 
vá. según lo atesti- 
gua una leyenda 
inédita. 

Cuando Noé esti- 
baba su arca, afirma 
tal leyenda, la espo- 
sa del santo varón 
dijo toda afligida: 
«Escucha, viejo: se 
me figura que Jeho- 
vá olvidó alguna 
cosa. Nosotros, los 
niños y una pareja de 
animales de cada espe- 
cie nos salvaremos del 
divino castigo: pero, ¿es 
justo que las inocentes 
flores perezcan? ¿No te 
parece que a la nueva 
vida de los futuros 
hombres le faltará uno 
de sus bellos encantos? 
Es cierto que las fio 
res han estado siempre 
cerca del vicio, coro- 
nando licenciosas sienes 
y prestando lecho a los 
picaros; mas no fué por 
culpa propia, sino por 
obligada esclavitud. ¡Y 
quién sabe si la disolu- 
ción hubiera sido más 
honda sin la presencia 
de ellas, que donde 
hay flores hay un 
vestigio de pureza! 
\ Dile a Dios que se 
apiade y nos deje 
embarcar una mace- 
ta de cada especie.- 
Noé trasmitió la 
súplica. 

Jehová enojóse al 
principio: luego, 
comprendiendo 1 a 
buena fe del ale- 
gato, dijo: «Tu 
esposa es igno- 
rante y atrevida. 
Cualquier libro 
de h i g i e ne le 
hará ver lo peli- 
grosas que son 
las flores de no- 
che y en un arca hermé- 
ticamente cerrada. Y 
dile que ellas son tam- 
bién más fuertes que la 
muerte. 

Todos los símbolos 
prosiguió diciendo Je- 
hová — caben en la co- 
rola de una flor. Por eso 




— r^L-^v^-s 



r^^x— 




•"ÜltJ 



formas de la animalidad en las caricaturescas 
orquídeas. 

Los candidos nardos, diamelas y jazmines, 
ricos en melosos inciensos, los claveles de pi- 
cante fragancia, las rosas que dan mirra, las 
amapolas que viven prisioneras entre el oro 
del trigo, todo ese mundo exquisito que mi 
poder creó en un momento supremamente 
gozoso, inspirado, alegre, se halla lejos de mi 
cólera. Su renacimiento no necesita la com- 
pasión de tu esposa ni el abrigo de tu arca; 
su muerte ficticia será una purificación, y 
sobrevivirán al Diluvio, por lo mucho que nos quisieron. 

Y, por otra parte, mi ecuanimidad no pudo nunca decidir 
la destrucción de esos seres que, como dirá Víctor Hugo, se 
hallan condenados «a ver como gira la sombra a sus pies*. 
Bastante castigo tuvieron ya desde que las uní eternamente 
al terruño, dejándolas inermes, a merced de manos caprichosas. 

Yo las perdono en sus semillas, que el agua vengadora hará 
germinar, en tanto perecen los males. Y quisiera que supierais 
tener aprecio al divino obsequio. Porque más daño les hace 
el desdén y la crueldad que cuarenta días y noches de lluvia. 
¡Felices las hijas de estas flores, si los hijos de tus hijos su- 
piesen devolver tan puro amor! Porque cuando flora renazca, 
crezca y se multiplique habrá hombres y mujeres que se aver- 
güencen de los lirios y desdeñen las rosas. Dile a tu mujer que 
muchas damas preferirán las flores de trapo y de papel y los 
perfumes en botellas. Numerosos seres graves, de filosóficas y 
puritanas costumbres, tendrán, sin ellos darse cuenta, un ojal 
más asequible a un botón honorífico que a un pimpollo. Bas- 
tantes propietarios harán que el cemento portland florezca para 
adorno de edificios donde no dejen sitio para una flor viva.» 

Así habló Jehová, y así sucede en innumerables ocasiones. 

Sin embargo, debe repetirse (ya lo dijeron poetas y prosistas) 
que los varones pecaron más que las señoras y señoritas en asun- 
tos floridos. Las mujeres, como son flores (esto no lo ha dicho 
casi nadie), devuelven generosamente el amor a sus hermanas. 
Y conste que si la mitad masculina de la terrena estirpe distrae 
sus sentidos en el culto a la flor, lo hace para ser grata a la otra 
mitad femenil. En los «flirts», a semejanza del billar, un ramo 
de crisantemos, camelias, etc., sirve de mingo para las caram- 
bolas amorosas. 

También es cierto que las mujeres aprovechan la hermosura 
de las flores en favor de su hermosura; pero esta debilidad 
nada dice en contra de., su cariño hacia las favoritas de las 
abejas. Encerrad a una dama en un jardín, lejos de los ojos 
varo.iiles, y continuará fiel al casto cariño. 

Por lo demás, el Eterno lleva razón. 

En ninguno de los dibujos que ilustran la obra de Ulrico 
Sohmídel, esos grabados donde vemos las primeras trazas de 
nuestra querida Santa María de los Buenos Aires, hay flores. 
El incendio, la dominación y la lucha segaron las florecíllas 
pamperas que crecían humildemente junto al pie de los con- 
quistadores. Después renacieron y, ayudadas por sus compañe- 
ras las flores de inmigración, iniciaron el asalto de la ciudad. 




Ahí las tenéis invadiéndola con tenaz len- 
titud, para buscar nuestras caricias. Lle- 
gará la hora en que una intendencia en- 
tregue las llaves de la plaza al florido ene- 
migo, y la metrópoli se convierta en un 
jardín. 

Existen personas sólo atentas a lo que 
llaman el lado práctico de la vida. Hablar- 
les de flores resulta ocioso. Se figuran que 
una ciudad es hermosa por la altura y 
número de las chimeneas fabriles, por el 
enmarañamiento de las líneas telefónicas, 
por la abundancia de los mercados, tien- 
das, bazares. . . El sitio que ocupan los 
jardines son lugares perdidos para el al- 
macenaje de mercaderías productivas. 
Otros juzgan que perfumes y colores son prodigiosos exci- 
tantes de la actividad, y que las flores conocen también las 
palabras del idioma mercantil. 

Si éstos tuvieran las rentas de aquéllos, todas las ciudades 
merecerían llamarse Florencias. 

Mientras tanto, las flores y las mujeres se coaligan para 
hermosear a Buenos Aires y a las otras villas. Resulta una 
cruzada del feminismo, digna de la victoria. 

Enceguecido por tanto esplendor, cree el pobre potentado 
de nuestro cuento ver a su florista en todas las bellas que 
cruzan. Y sigue los carruajes por las avenidas del Bosque y 
a las obreritas por Florida. 

La galantería extremada de aquellas «cortes de amor» que 
los provenzales de antaño hicieron célebres, desmerecen si se 
las parangona con la galantería que derrocha. 

Las mujeres ven en él un amigo útil y m.olesto, que les acon- 
seja vestidos tenues, vaporosos y les elige novios simpáticos. 
Por donde pasa el enamorado hierve el amor y el madrigal 
empalaga de puro dulce. 

El se multiplica sirviéndolas de escudero y ellas reciben 
atenciones y agasajos, hasta que, aburridas, le maldicen entre 
dos refrescos, a compás del abanico. 

Entonces nuestro ilustre huésped, al sentirse desdeñado y 
atendido, tiene cóleras de hombre gordiflón y romántico. 
Su voz tórnase fría y fuerte como el viento de invierno; pero 
las iras de los gordiflones duran poco, y en seguida viene 
la reacción. Así vale más. porque las niñas pasean a costa 
del pródigo viajero, que las obsequia con cassatas y grani- 
zadas, encajes y sederías. 

Pasear entre mujeres y flores, buscando a una florista, 
mientras los rosales caen bajo el coup de chaleur; ir como un 
polícromo y ventrudo Arlequín, tras una Colombina florida, 
matando las penas de amor con whiskys frescos y cerveza 
helada, ¡he aquí un destino envidiable y temible! 

El destino de ese eterno viajero llamado Verano, que en 
pos de la florista Primavera da la vuelta al mundo, seguido 
del Otoño, que es celoso al par de Fierrot. 

E. DEL Saz. 

Fot. de WiTCOMB y Plvs Vltra. 



— E3l_;v:S 




— ¡Tres ochenta! 

— ¿A partir de adentro o de ajuera? 

— A partir de ajuera. 

— ¡Ya'stá! Bájele los cueros. ¡Por cincuenta pa- 
tacones! 

— ¡Tan pagos! 

Dieron vuelta los tiradores. Y del bolsillo pan- 
zón del medio, salieron grandes carteras. Algunos 
certificados de propiedad, desgastados en los do- 
bleces: cartas de tinta ilegible por el tiempo, y 
los «amojosaos». el rollo de pesos... La carrera 
atrajo la atención del paisanaje. Eran los pare- 
jeros «tapaos» del pago, que S2 tenían ganas. Em- 
pezaron a cruzarse apuestas; a aventurarse cálcu- 
los. La pulpería se vació. Los vasos opacos expo- 
nían en hileras los tonos variados de las bebidas. 
como en una exposición de tóxicos. Un comedido 
sacó el cuchillo, y con la punta le limpió los cas- 
cos a uno de los fletes. 

— ¡Paro hasta el poncho a las patas del potrillo! 

— Me gusta de alma el rabicano; pero es corto 
el tiro. 

Se nombraron los rayeros, el viejo Calixto, un 
mozo; el alcalde, tercero. Tomaron las apuestas. 

— ¿Cuál e su corredor? 

— El Chajá. 

— ¡Ya me madrugó!. . . Güeno; el mío lo corre 
mi nieto. 

Y deshilaron en caravana alegre y pintoresca, 
de a pie por la llanura, hacia la cancha. Los ca- 
ballos, con sólo el freno tirados adelante, las colas 
oscilantes al andar. Los corredores pisando en 
medias y con un pañuelo blanco de vincha. La 
pulpería, atrás, desierta, parecía aplastarse, bo- 
rrándose sobre el paisaje. 



Fué como una reminiscencia de fortín, bravia y 
mutua. Los dos viejos frente a la cancha, el par 
de renglones paralelos que cortaban el verde, lisos 
y esmerados, sintieron el profundo desdén por las 
cosas modernas, reglamentadas y fáciles. 

— ¡Por este camino cualquiera corre! ¡Y cual- 
quiera gana, sin caballo! 

El otro lo miró. . . 

— ¿Quiere que corramos costilla a costilla? 

— ¡Y cómo no'e querer! 

Y ante la perplejidad de los corredores, azora- 
dos a la perspectiva de una prueba que ignoraban, 
saltaron sobre los lomos de los fletes, lustrosos. 

— ¿Todo el campo? 

— ¡Dende la falda'l médano! 

Se alejaron campo afuera, volteando atrás los 
sombreros. Los rayeros, no menos confusos, de- 
marcaron una linea al acaso, suponiendo por don- 
de podían pasar. Los paisanos se desplegaron, ab- 



sortos, boca abierta, impedidos hasta de la facul- 
tad de cruzar apuestas. La cancha semejaba, aban- 
donada, dos renglones inútiles, lineales, como ti- 
rados por un lápiz en una página inmensa. 

— Este tata es como pa tirarle con el cuchillo 
y no alzarlo ni anque sea cabo e plata! — expresó 
alegremente, gozándose en las rarezas seniles, un 
mozo barbilucio, que punteaba perezosamente 
una guitarra. — Me v'a mancar el potrillo. ¡Mire 
que ponerse a correr puel campo, habiendo cancha! 

Sobre el fondo del médano, se divisaban los dos 
contendores haciendo picar los parejeros en par- 
tidas largadoras. 

— ¡Ya se vinieron! 

— ¡Vienen pegao. como nacidos! ... — Y la no- 
vedad, dibujada en los ojos y en la boca, anhelaba 
a lucirse. . . 

Como un solo bruto, sinuando en curvas y sesgos 
que variaban la dirección, se venía la yunta veloz 
sobre el pasto, al que parecía no tocar, volando a 
ras. . . Los corredores, tendidos a lo largo del cue- 
llo, las cabezas blancas y redondas, fingiendo fa- 
roles. . . A las veces, los caballos se separaban en 
un cimborazo brusco, para volverse a juntar, 
cerca. . . El sol, de espaldas, proyectaba una sola 
sombra adelante, que se fugaba imprecisa, móvil, 
loca, como un lampo, un lampo obscuro. Era un 
pugilato ecuestre. Y los embistieron, ya cerca, 
aventando en desparramos de ponchos y gambe- 
tas, a los mirones. . . Pegados, como nacidos. 

— ¡No m'eche a la gente, canejo! 

Aflojó el otro; despidiéndose del contrario el ra- 
bicano, recto a la raya. Y a término de llegar, ven- 
cedor, el potrillo lo tapó de nuevo, como una ola de 
arroyo que alcanzase a otra, pegándosele al flanco. 

— ¡Dónde te habías dir! 

Algunos paisanos se tiraron por el suelo, para 
ver mejor el final, revolcándose de gusto. A otros 
los atorugaba el grito: — ¡Ay, juna!... — Y los 
corredores se abrieron, allá distante, sujetando, 
en bifurcación de pluma que se rajase. 

El rayero viejo avanzó sobre el mozo, decla- 
rándole, despacio, agachándose: 

— ¡L'he ganao! 

— ¡Diande!... Mi caballo asomó al fiador. 

-- Cuando lo tapó el suyo, ya taba el mío, van- 
deao la raya. . . 

Y se entabló la discusión, breves las palabras, 
en soplos, por bajo las alas de los sombreros. La 
concurrencia les rodeaba silenciosa, en una gran 
mancha obscura sobre el campo verde y fresco. 
Aproximóse el tercero. El momento era solemne, 
de un sagrado de tribunal agreste: subyugación 
de alma invadía los sentidos, en espera del fallo, 
llena de unción. 

Por allá, los dos viejos desmontados, se ha- 
cían mutuamente recriminaciones, exasperándose. 



— ¡Tre vece me lo ha cociao! 

— ¡Usté me había calzao primero! 

— ¡No me le ha sacao el talón del codillo! 

— M'ha echao sobre la gente, sino le ganaba 
cortao a lú. 

— ¡Qué v'a ganar! No divarée. 

— ¡Que no! Y a fierro también, soy capá. . . 

— Dice no ma; no ai ser. 

Y ya se le fué el uno al otro, para dilucidar la 
cuestión a filos. Hubo el alboroto de contienda; 
como humos que se apelotonasen multiformes y 
ágiles sobre el campo, cargado de luz. Los cuchi- 
llos relucieron, en dos láminas, puntudos. 

— ¡Ma veri — gritó el alcalde con su doble in- 
vestidura de autoridad y tercero. — ¡Ha sido 
puesta, caballeros, pa todos! ¡Naide ha de peliar 
de gusto! 

Se rompió la ola de sangre... El sol espejeó 
victorioso entre la mancha espesa. Aquí un co- 
medido ahorcaba con una rienda al tronco del 
pescuezo al rabicano, jadeante; y otro allí, tiraba 
las manos del potrillo. 

El regocijo, adentro, reclamaba fuegos. Haber 
visto lo que sólo se sabían de oídas, era algo de 
excepción, de pretexto exultante, que merecía, 
ciertamente, charlas largas, beberajes. Deshilaron 
de vuelta hacia la pulpería. Y los vasos tuvieron 
de nuevo las pulseras de zarpas curtidas, los colo- 
res de labios. . . 



— Estos viejos siempre tienen alguna cosa lin- 
da; son como libros! 

— - Y diga, don, ¿ansí corrían en sus tiempos? 

— Mesmito ansina. 

— ¿Y peleaban despué? 

— ¿E di no?... Dejuro. 

— ¡Qué lindos tiempos! 

— Corriendo costilla a costilla, se peliaba anque 
se jueran compañeros; anque juntos se hubieran 
muerto más indios que mai frito. Yo pelié con mi 
compadre — ¡ánima bendital — que habíame he- 
cho en yunta la campaña e Tusaingo. Se peliaba 
por lujo y pa distinguir cual era superior. . . 

— ¡E cierto! — afirmó el otro. 

— Ah, viejos gauchos; eso's bonito. ¡Tomen 
otra! ¡Mozo, échese pa los viejos! 

Y dio comienzo el hilván de los comentarios, 
interminables y bulliciosos. El fuego, adentro, 
reflejaba en la cara gustos singulares. La pulpería 
se hinchaba, a trasmonte de los tiempos bárbaros, 
como alzada a golpes de imaginación . . . 

Albino Dardo López. 
Dibujo de Zavattaro. 



— p:>I_?v^-S ^^L^mr^y^— 



a arJ 




Barón Antonio de Marchi, 
apasionado sportman que al 
organizar en 1911 el aristocrá- 
tico <• American Cirque Excelsior», 
de la Sociedad Sportiva, inició 
entre nosotros la muchachada 
artista que con tan buen resul- 
tado ha prestado su concurso 
en las obras benéficas donde se 
la ha solicitado. 



JoviTA García Man- 

SILLA Y LA MARQUE- 
SA DE Salamanca, 
dos bellas y elegan- 
tes aficionadas al arte 
cinematográfico, como lo 
han demostrado en (<Un 
romance argentino». 





Arturo Gramajo (hijo). Uno 
de los más elegantes artistas de 
la aristocracia porteña. Sus can- 
tos y bailes americanos, llenos de 
colorido y expresión, 
le han valido gene- 
ral aplauso en to- 
das las fiestas socia- 
les. La característica 
de este aficionado es 
el sello de distin- 
ción que hacen de él 
un elemento de in- 
discutible valía, des- 
tacándose e n sus 
trabajos por la se- 
guridad y el aplomo 
con que los ejecuta. 
Su larga estadía en 
Londres, le ha per- 
mitido observar de 
cerca a los notables 
bailarines ingleses y 
americanos, a quie- 
nes tan admirable- 
mente copia. 




■■I 



Luis García Lawíun. Susana Ro- 
dríguez Larreta Quintana y 
Jorge Quintana, admirables intér- 
pretes de la película histórica 
«Amalia» que, a pesar de ser una 
película interpretada por aficiona- 
dos, ha logrado despertar interés en 
toda la República. 

Horacio Ganduleo de la Serna, 
P. González Acha, Ramón Herran 

Y C. R. Bolero, cuatro criollos. 







Tito Giménez Lastra, 
notable y sutil humorista. 



Lidia Reinólo 
Rosso, 

diminuta imitadora de tonadi- 
lleras y cupletistas. 



Raúl M o- 
Li NA , ha- 
bilísimo 
imitador de 
niños m a 1 
educados. 
Su creación 
de «Baby», 
estrenada en e! Odeón, es sen- 
cillamente admirable. 



MÁXIMO CÉSAR Paz. Dotado de una gran musculatura 
y de una resistencia a toda prueba; este distinguido 
sportman une a esas dotes físicas su elegancia y distin- 
ción, que lo hacen un incomparable artista en la barra 
fija. Su debut en el «American Cirque Excelsior» fué cele- 
bradísimo. demostrando una constitución muscular po- 
derosa y una agilidad poco común, adquiridas metó- 
dicamente en las prácticas gimnásticas a que se 
somete constantemente en la popular «Sociedad 
Sportiva Argentina». 



— I^L^w^-rs 



.^v— 




Pedrito Alcorta, 
artlsu precoz, gra- 
cioso imitador del 
cílebre payaso Zet. 
El circo. lugar de 
recreo para la Infan- 
cia, ftié academia 
para él. 

Estamos seguros 
que las aficiones de 
este joven no van 
por este lado, que 
de no tomar estas 
cosas como un ligero 
pasatiempo, seria 
un rival temible de 
I o s profesionales, 
por las dotes cómi- 
cas que revela en to- 
d o s los trabajos 
donde toma parte, y 
que son siempre co- 
roñados por los 
aplausos del aristo- 
crático público que 
los presencia. 



El popular «gordo» 

CtAHZLLI. 



Pedro y Rafael Amancio Alcorta, 
excéntricos musicales. 



RupiNO CÓRDOBA, notabilísimo 
imitador de Parravicoini. 



Alberto Amadeo Carranza y Carlos 
TcRCUATO Alvear. He aquí una pareja que 
bien podría reemplazar en muchos casos a 
más de un artista de 
circo. Cómico el uno de 
extraordinaria gracia, y 
notable presentador de 
caballos en libertad el 
otro, logran siempre lla- 
mar la atención, siendo 
solicitados constante- 
mente en las fiestas de 
beneficencia, como ele- 
mentos de valía. 
En varias ocasiones he- 
mos visto actuar este in- 
teresante grupo, y siem- 
pre han producido gran 
regocijo sus originales 
trabajos, por la certera 
comicidad derrochada 
en ellos. 

Desde los tiempos de 
Caligula, no se ha cono- 
cido un caballo tan dis- 
tinguido e inteligente 
como el petizo que pre- 
sentan, amaestrado pa- 
cienzudamente por los 
jóvenes aficionados. 




Como decíamos al pie de la fotografía del 
barón Antonio de Marchi, a partir de su ori- 
ginalísima creación del ^American Cirque Ex- 
ceIsior,> surgió en el mundo estudiantil una 
marcada afición a revelar en público sus do- 
tes artísticas, formándose una .verdadera 
muchachada artista que demostró sus apti- 
tudes en todos los géneros. 
Pequeñas serian las páginas de esta revis- 
ta, si quisiéramos hacer desfilar por ellas 
a todos los artistas de afición que hay en 




Carlos Acevedo. 
tonadillero casi in- 
genuo, que debutó 
con éxito extraordi- 
nario en el célebre 
«American Cirque 
Excelsior», imitando 
con suma gracia a 
varias cupletistas 
importadas y na- 
cionales. 

Sus facul t ades d^ 
observación y asimi- 
lación han hecho 
que se destaque de 
un modo bien visi- 
ble, colocándole en 
lugar preferente en- 
tre los jóvenes que 
se han presentado 
en las fiestas bené- 
ficas donde ha 
tomado parte. 
Sin temor de 
incurrir en elo- 
gios exagerados, 
podemos afir- 
mar que Aceve- 
do imprime a 
suscreaciones 
un sello perso- 
nalísimo, supe- 
rando en mu- 
-chos casos a los 
profesionales. 




Desde el actor mímico cinematográfico hasta 
clown de circo que, bajo el traje de payaso, sabe I 
var con distinción el frac del cgentleman*. hay h 
entre nosotros una pléyade de artistas. 
Jorge Rojas, Nicolás Achával hijo, Mariano 
García Cueto, Federico Oromi Villate, L. M. 
Zamora. Raúl Stucci, Jorge Ayerza, 
Raúl Galmarini, Juan Alberto Gon- 
zález, R. Quesada Pacheco, y otros 
que no citamos por no hacer inter- 
minable esta lista. 



t 




Fernando Berreta. Entre todos los amateurs, uno de los que más ha destacado 
•su personalidad en las fiestas de beneficencia, sobre todo en las organizadas por la 
Sociedad Escuelas y Patronatos, ha sido sin duda Fernando Berreta, notable ven- 
trílocuo, cuya originalísima colección de muñecos, todos ellos fabricados por él, son 
de una comicidad y perfección extraordinarias. 

Cuéntanse de Berreta interesantes anécdotas relacionadas con sus facultades de ven- 
trílocuo. — que la falta de espacio no nos permite repetir ahora, — habiendo recibido 
en vanas ocasiones proposiciones ventajosas para exhibirse en las salas de espectáculos 
como un número de indiscutible interés. 

Tanto este joven aficionado como todos los que en estas páginas hemos presentado, 
honran a nuestra muchachada artista, entre la que también figura, a la cabeza na- 
turalmente, un grupo de distinguidísimas niñas que 
con exquisito buen gusto han sabido dejar a un lado las 

tontas preocupaciones snobistas y han prestado su valió- Alberto Terrones, tenor de voz 

■ so concurso en la realización de interesantes films de tan potente y armoniosa y afición 

asuntos nacionales, tales como (Amalia., y cUn Romance tan decidida al arte lírico, que no será extraño 

.Argentino», dos verdaderas joyas de interpretación. a ser una gloria del teatro argentino. 



llegue Dr. Alfredo U. Fern.índez. atleta, gimnasta, hércules, 
malabarista y doctor en leyes. 



— p:>I_;v^:S 




Al cavar en el suelo de la ciudad antigua. 
La metálica punta de la piqueta choca 
Con una joya de oro. una labrada roca. 
Una flecha, un fetiche, un dios de forma ambigua. 
O los muros enormes de un templo. Mi piqueta 
Trabaja en el terreno de la América ignota. 

¡ene armoniosa mi piqueta de poeta! 
-:bra oro y ópalos y rica piedra fina, 
lempio. o estatua rota! 

Y el misterioso geroglifico adivina 
La Musa. 

De la temporal bruma surge la -vida extraña 
De pueblos abolidos; la leyenda confusa 
Se ilumina; revela secretos la montaña 
En que se alza la ruina. 

Los centenarios árboles saben de procesiones 
De luchas y de ritos inmemoriales. Canta 
Un zenzontle. ¿Qué canta? ¿Un canto nunca ci ic - 
El pájaro en un ídolo ha fabricado el nido. 
(Ese canto escucharon las mujeres toltecas 

Y deleitó al soberbio principe Moctezuma)." 
Mientras el puma hace crujir las hojas secas 

El quetzal muestra al iris la gloria de su pluma 

Y los dioses animan de la fuente el acento. 
AI caer de la tarde un poniente sangriento 
Tiende su palio bárbaro; y de una rara lira 
Lleva la lengua musical el vago viento. 

ualcoyotl, el poeta, suspira. 
C- el cacique sacerdotal y noble. 

Viene cié caza. Sigúele fila apretada y doble 
De sus flecheros Sfriles. Su aire es bravo y triunfa!. 
Sobre su ir'- bruñido cerco de oro; 

Y vese. al _ alza del florestal sonoro, 

Que en la diadema tiembla la pluma de un quetzal. 

Es 1-- ■"■" — mágica del encendido trópico, 
Como serpiente camina el rio hidrópico 

En rru/o_ >r ^.i,. glaucas las hojas secas van. 
:.; !;'.-:í2o cristalino sopló sutil arruga. 
E! -ombo caparacho que arrastra la tortuga, 
O la crestada cola de hierro del caimán. 

Junto al verdoso charco, sobre las piedras toscas, 
Rubí, cristal, zafiro, las susurrantes moscas 
De! vaho de la tierra pasan cribando el tul; 
E intacta con su veste de t3rciopelo rico. 
Abanicando el lodo con su doble abanico 
Está como extasiada la mariposa azul. 

Las selvas foscas vibran con el calor del día; 
fi\ ,,... .^ •! pavo negro su grito agudo fia, 

Y iturde el verde, tupido carrizal; 

l_; í*-! }-,^.^n>if rf-rr\f-A^ un <íon de cucrno; 

F eterno 

Y . , , • real. 

Los altos aguacates invade ágil la ardilla. 
Su cola es un plumero, su ojo pequeño brilla, 
Sus dientes llueven fruto del árbol productor; 

Y con su vuelo rápido que espanta el avispero, 
Pasa el bribón y obscuro sánate-clarinero 
Llamando al compañero con áspero clamor. 




Su vasto aliento lanzan los bosques primitivos. 
Vuelan al menor ruido los quetzales esquivos, 
Sobre la aristoicquia revuela el colibrí: 
Y junto a la parásita lujosa está la iguana. 
Como hija misteriosa de la montaña indiana 
Que anima el teutl oculto del sacro teocali. 

El gran cacique deja los bosques de esmeralda; 
Camina a su palacio el carcaj a la espalda. 
Carcaj dorado y fino que brilla al rubio sol. 
Tras él van los flecheros; y en hombros de los siervos. 
Ensangrentando el suelo, los montaraces ciervos 
Que hirió la caña elástica del firme huiscoyol, 

Camina. Llega al regio palacio el jefe noble. 
De las cuadradas puertas en el quicio de roble, 
De Otzotskij. su tierna hija, ve el flamante huepil. 
Súbito se oye un sordo rumor de voz profunda. 
¿Es la onda del Motagua que la ciudad inunda? 
No, cacique; ese ruido es del pueblo Pipi!. 

Como torrente humano que ruge y se desborda, 
Como un clamor terrible que la ciudad asorda, 
Hacia el palacio vienen los hijos de Ahuitzol, 
Primero, revestidos de cien plumajes varios, 
Los altos sacerdotes, los ricos dignatarios. 
Que llevan con orgullo sus mantos tornasol. 



ijespues van i." ¿ü 
Los que metal y oue: 
Soldados de Sakulen, 
Por último, zahareño: 
El cuerpo rudo y r^ 
Ixiles de la sierra. 

Como a la roca el 
Sus voces redob'-i'';!" 
Como voz de n. 
Hay jóvenes roí 
Ancianos centenarios 
Brujos que invocar o 

Y a la cabeza mat 
Tekij, que es el poet 
Que en su pupila tie 
Lleva colgado al cue 
Lleva en los pies ve! 

Y alza la frente, alti 

Del palacio en la [ 
Tekij alza sus brazos 
Contiene el gran torr 
Cuaucmichin orgullos 

Y teniendo en sus la 
Pone en sus pardas i 



Hzos membrudos, 
escudos, 
■iabaj; 
al va jes. 
atuajes. 
;aj. 

el palacio, 

ispacio 

mpestad: 

s regios. 

tilegios. 

imagastaJ. 

continente 
aliente. 
- visión, 
oatl de oro: 

piel de toro; 
■ven león. 

uido el cacique, 
no un dique. 
ón y voz. 
su arco elástico, 
rictus sarcástico, 
a feroz. 




Curva de donde lanza cual flecha su mirada 
Sobre las mil cabezas de la turba apiñada. 
Curva como la curva del arco de Hurakán. 

Y Tekij habla al principe que le escucha impasible: 

Y lleva el aire tórrido la palabra terrible 
Como el divino trueno de la ira de un Titán. 

— «Cuaucmichin. la montaña te habla en mi lengua ahora. 

La tierra está enojada, la raza pipil llora, 

Y tu nahual maldice, serpiente-tacuazín! 
Eres cobarde fiera que reina en el ganado. 
¿Por qué de los pipiles la sangre has derramado 
Como tigre del monte. Cuaucmichin, Cuaucmichin? 

¡Cuaucmichin! El octavo rey de los mexicanos 
Era grande. Si abria los dedos de sus manos. 
Más de un millón de flechas obscurecía el sol. 
Era de oro macizo su silla y su consejo. 
Tenia en mucho al sabio; pedía juicio al viejo: 
Su maza era pesada; llamábase Ahuitzol. 

Quelenes, zapotecas, tendales, katchikeles. 
Los mames que se adornan con ópalos y pieles. 
Los jefes aguerridos del bélico kiché. 
Temían los embates del fuerte mexicano 
Que tuvo, como tienen los dioses, en la mano 
La flecha que en el trueno relampaguear se ve. 



El quiso ser pacifico y engrandecer un día 
Su reino. Eso era justo. Y en Guatemala había 
Tierra fecunda y virgen, montañas que poblar. 
Mandó Ahuitzol cinco hombres a conquistar la tierra. 
Sin lanzas, sin escudos y sin carcaj de guerra. 
Sin fuerzas poderosas ni pompa militar. 

Eran cinco pipiles; eran los Padres nuestros; 
Eran cultivadores, agricultores, diestros 
En prácticas pacíficas: sembraban el añil. 
Cocían argamasas, vendían pieles y aves; 
Así fundaron, rústicos, espléndidos y suaves. 
Los prístinos cimientos del pueblo del pipil. 

Pipil, es decir niño. Eso es ingenuo y franco. 
Vino un anciano entre ellos con el cabello blanco, 

Y a ese miraban todos como una majestad. 
Vino un mancebo hermoso que abria al monte brechas 
Que lanzaba a las águilas sus voladoras flechas 

Y que cantaba alegre bajo la tempestad. 

El Rey murió; la muerte es reina de los reyes. 
Nuestros padres formaron nuestras sagradas leyes; 
Hablaron con los dioses en lengua de verdad. 

Y un día, en la floresta. Votan dijo a un anciano 
Que él no bebía sangre del sacrificio humano. 
Que sangre es chicha roja para Tamagastad. 

Por eso los pipiles jamás se la ofrecimos. 
Del plátano fragante cortamos los racimos 
Para ofrecérselos al dios sagrado y fiel. 
La sangre de las bestias el cuchillo derrame; 
Mas sangre de pipiles, oh Cuaucmichin infame, 
Ayer has ofrecido en holocausto cruel. >» 

— «¡Yo soy el sacerdote cacique y combatiente! 
Tal ha rugido el jefe. Tekij grita a la gente: 

— «Puesto que el tigre muestra las garras, sea, pues.» 
Y, como la tormenta, los clamores humanos. 
Sobre cabezas ásperas, sobre crispadas manos. 
Se calman un instante para tornar después, 

— «¡Flecheros, al cámbate!», clama el fuerte cacique. 

Y cual si no existir se quien el ataque indique, 
Se quedan los flecheros inmóviles, sin voz. 

— «¡Flecheros, muerte al tigre!», responde un indio fiero. 

Tekij alza los brazos y quédase el flechero 
Deteniendo el empuje de la flecha veloz. 

. Y Tekij: — «Es indigno de la flecha o la lanza! 
La tierra se estremece para clamar venganza! 
¡A las piedras, pipiles!» 

Cuando el grito feroz 
De los castigadores calló y el jefe odiado 
En sanguinoso fango quedó despedazado. 
Vióse pasar un hombre cantando en alta voz 
Un canto mexicano. Cantaba cielo y tierra. 
Alababa a los dioses, maldecía la guerra. 
Llamáronle: «¿Tú cantas paz y trabajo?» — «Sí.» 

— «Toma el palacio, el campo, carcajes y huepiles; 
Celebra a nuestros dioses, dirige a los pipiles.» 

Y asi empezó el reinado de Tutecotzimí. 



Rubén Darío. 



Gcuíiche de Alonso. 



— í=>l_-:V'':s 



LA CANaON DE 
LA MAQUINA 
DE ESCRIBIR 




POR 
SOPANOR 
ANTEQUERA 



'Se pueda encontrar ana letra en el 
alfabeto, pero no se la paede encontrar en 
la aáqaina da escribir". Bsto lo dxje yo 
hace bAs de dos años, en los tiempos en 
qne estaba aprendiendo a escribir a má- 
<}nina, y ful el primero en decirlo. jCuán- 
tas veces, entonces, bascando la primera 
letra de ai nombre - yo soy el primero 
qae tovo la idea de aprender a firmar a 
■Aqaina, — no podía encontrar ni siquiera 
la segunda! . . . Pero, gracias a Dios, aque- 
llos tieapos han pasado. Hoy he dejado 
de estudiar la mecanografía. Hoy me sien- 
to a la máquina y le meto mano sin pre- 
ocuparme de las consecuencias. 

.Encontrar una letra en el tecladot ... 
T aunque la encuentre; oprime uno la te- 
cla y sale esto: fc. Del mismo modo, se 
intercambian las emes y las enes y otras 
letras, y donde debe ir mayúscula sale 
minúscula, y donde debe ir minúscula sale 
ponto y coma. También es ordinario que la 
•Aqnina omita una pala brr palabra, o que 
la saque repe repetida, o que coloque un 
número suelto que nada tiene que ver 7 
conmigo. 

Los renglones encimados son otro de los 
productos genuinos de la máquina de es- 
cribir. Pero es lo que yo digo: "Eso se 
llama un palimpsesto." 

Una ves le mandé una hoja casi llena 
de esos renglones a un viejo paleógrafo 
de Czemowics, localidad rica en paleó- 
grafos. II buen viejo Paleólogo pisó el 
palito, y me contestó a los nueve meses 
justos, diciéndome que habiéndose encon- 
trado bastante confuf fuf confuso y des- 
orientado, lo habla consultado con algu- 
nos viejos orientalistas, y que entre to- 
dos habían llegado a la conclusión S de 
que, si el doco docodoco documento no era 
nada parecido a la tiara de Saitafernes, 
pocas dudas cabían ya sobre que los cal- 
deos hubiesen conocido el papel; porque 
la escritura era más caldea que otra 
cosa. Yo le contesté a vuelta de correo, 
nada más que estas palabras: "Pobre hom- 
bre, tú sí que no estás mal caldero." 

En verdad, lo menos importante y ex- 
traordinario es que una palabra salga 
partida en tres o cuatro pedazos, o al 
revés, que salgan tresocuatropalabras- 
j untas. 

Una cosa muy particular, y primitiva 
* de mi máquina, son unos signos auxi- 
liares y unas abreviaturas que a veces 
se le ocurren. Las abreviaturas son el '/■ 
y el •/.. Los signos son la torre inclina- 
da de Pisa (/) , un cerito chico que siem- 
pre sale muy alto (•) , y que es el sím- 
bolo de la Lona, el signo misterioso &, 
el signo de Oéminis (t) , el signo de Li- 
bra (£) y el signo de Sagitario ($) . 

Al •/, y al «/i los aprovecho para escri- 
bir palabras tales como */,te ni n°/,te, 
</iavíoula y herm«/,o. Esto no va tan mal; 
pero, ¿cuál es la utilidad práctica del 
cerito, de la torre inclinada de Pisa, 
del & y de los supuestos signos de Gé- 
Binis, Libra y Sagitario? A mi nadie me 
quita de la cabeza que estos son, en rea- 
lidad, signos secretos de la camorra. Se 
podría emplear el £ en lugar de la 1 ma- 
yúscula, el S en lugar de la S y el mis- 
terioso k en lugar del 8; pero esto ten- 
dría que ser aprobado antes por algún 
congreso internacional o publicado en to- 



dos los diarios. 

Tocante a los acentos y signos de pun- 
tuación, es una calamidad. En lugar de 
dos puntos, sale siempre punto y coma. 
Por otro lado, los signos de puntuación 
suelen aparecer de este modo: Cooh, bam- 
ba ! estile ? to : : daguerrot . po /. 

Donde el acento sale con más seguridad 
es sobre las consonantes, como en la es- 
critura checa, y sino suspendido en el 
aire, como la espada de Demo'stenes (Da- 
mocles) . Aterra pensar en lo que les pa- 
sará a los franceses, que tienen tres 
acentos, grave, agudo y obtuso. 

En lugar del acento, sale en ciertas 
ocasiones el cerito de la Luna, y si cae 
sobre la o, estamos perdidos. Entonces 
tenemos la o con el cerito requintado 
allá arriba, y nadie sabe si es esto : 
te, o un ocho, o un veterano de Garibaldi 
con el kepis ladeado sobre la oreja. 

Hay en la máquina hasta tres teclas, 
cuyo empleo inteligente produce que las 
letras salgan mayúsculas, si Dios quiere. 
Dos están en primer término, una a la 
derecha mano y otra a la izquierda. La 
tercera está en un rincón, al noroeste 
de la constelación de Géminis. Tocando 
esta tecla del noroeste, todas las letras 
salen mayúsculas; pero no hay que tocar- 
la jamás, porque si se toca, la máquina 
tarda a veces una semana en volver a es- 
cribir con minúscula. Ignoro de qué de- 
pende esto, e ignoro de que depende que 
la máquina, transcurrido un periodo cual- 
quiera de tiempo, vuelva de su propia 
iniciativa a escribir con minúscula. Em- 
pero, diré que, a mi juicio, no hay de- 
fecto sin causa. 

Mucho ojo con la tecla del noroeste 
de Géminis. Habiendo tocado una vez esa 
tecla, aunque no por acto deliberado, 
porque ya he dicho que no se debe tocar- 
la, quise escribir el número 3457 y me 
salió este otro: £»%*. Tocad el tambor, 
tocad el timbre, tocad el oboe, tocad el 
obelisco; pero, ¡no toquéis, por vida 
vuestra, la tecla del noroeste! No to- 
quéis tampoco, si os queda todavía un 
adarme de juicio, la siniestra tecla del 
nordeste, que dice: "red-ink". Un mes se- 
guido, después de haberla tocado por im- 
prudencia, la máquina me lo escribió todo 
con tinta roja. ,Y hay que ver el efec- 
to que producen, por ejemplo, los signos 
secretos de la camorra, cuando salen im- 
presos con tinta roja' La tecla — he di- 
cho — tiene la inscripción "red-ink". 
Pero, estando en inglés, ¿quién hubiera 
podido sospechar que quiere decir "cui- 
dado con la pintura"? (Y entre parénte- 
sis, ¡qué prácticos son esos ingleses! 
Nadie más que ellos en el mundo son ca- 
paces de decir "cuidado con la pintura", 
con sólo dos palabras de tres letras 
cada una. ) 

El primer día que le metí mano a la 
máquina, no conseguía sacar sino los de- 
dos duros, y en cuanto a la literatura, 
completamente ininteliblige . Pero me su- 
cedió algo muy notable. Observé que la 
máquina sabía escribir sola, simplemente 
actuando yo de fuerza motriz. 

Toqué las teclas al azar, y me escri- 
bió esto: 

oso un uos. 

Quedé bastante encantado. Hablan sa- 



lido dos palabras verdaderas: oso y un. 
¿Qué no hubiera dado yo porque uos fue- 
se también una palabra? Quise buscarle 
la vuelta para que lo fuese. Leída de 
delante para atrás, decía sou. Ya era 
palabra, aunque portuguesa (sou, soy) , o 
francesa (sou, sueldo) . Combinando las 
letras de otro modo, salla la palabra 
uso, y la italiana suo (suyo) . Pero esto 
era buscarle tres pies al gato. Entonces 
leí todo patas arriba, y obtuve lo si- 
guiente : 

son un oso. 

Las tres eran palabras, y a no haber 
fallado la concordancia, hubiera sido 
una frase. ¿Cómo no iba a repetir el ex- 
perimento? Me puse al teclado, y tras- 
tras, tras-tras, tras-tras, salga pato o 
gallareta: 

ozuoq un opod. 

Francamente, a pesar de la palabra un, 
creí que estaba escrito en ruso. Pero, 
con la muerte en el alma y todo, lo leí 
patas arriba: 

podo un bonzo. 

jSanto Dios! Decía algo, decía que yo 
(o ella) podaba un bonzo, el árbol lla- 
mado bonzo. El diccionario me diría que 
árbol era ese: "Monje o sacerdote de la 
China". ¿Podar yo un fraile, aunque fuera 
chino?... Volví al teclado inmediata- 
mente : 

oso un osnd. 

Traducido al patas arriba: 
puso un oso. 

Esto se prestaba a hondas reflexio- 
nes. Una gallina puede poner un huevo: 
pero, ¿quién en el mundo puede poner 
un oso? 

Volví al teclado: 

ozuoq un osnd oso ns . 

Patas arriba: 

su oso puso un bonzo. 

Era una hazaña de parte del oso; pero 
en la China no se lo consentirían. 

Nuevos ensayos me dieron el siguiente 
resultado: 

(1) oznq un oqnH. 

(2) ozuoq un opunH. 

(3) osouop ouoW. 
Patas arriba: 

(1) Hubo un buzo. 

(2) Hundo un bonzo. (Protesto contra 
este hundimiento del pobre hombre.) 

(3) Mono donoso. 

Las minúsculas sallan a un nivel más 
alto que las mayúsculas, y la letra W 
formaba una M de affiche, pero las fra- 
ses no eran ya absurdas, aunque la se- 
gunda fuese irrespetuosa en la China. 
La máquina habla progresado. ¡Quién sabe 
a dónde podría llegar la máquina! 

osuos opunW (Mundo sonso) . La máquina 
estaba pesimista. 

Quise sacar algo más extenso: 

unp.unp' unp-unp' oso un osnd' 
unp-unp' unp-unp' oznq un op ozod 

un opuos' unp-unp 
¿Querrá creerse que la máquina habla 
escrito una canción? 

dun-dun, sondo un pozo 
do un buzo, dun-dun, 
dun-dun, puso un oso, 
dun-dun, 
dun-dun . 
Desde entonces canto siempre esta can- 
ción, y me va a las mil maravillas. 



l'U?.^ — 




AJÉ al jardincillo a orearme 
la cabeza, a distraer el áni- 
mo, llevando como clavada 
en ella y en él la reflexión 
que acababa de leer en Mar- 
co Aurelio, cuando se decía: 
«¿Naciste acaso para gozar? 
¿No más bien para hacer, para 
la acción? ¿No ves los yerba- 
jos, los pajarillos, las hormi- 
gas, las arañas, las abejas ha- 
ciendo lo propio suyo, com- 
poniendo, por lo que les ata- 
ñe, el mnudo? ¿Y tú no quieres 
hacer lo humano?» (Libro V de 
los Comentarios a sí mismo.) 
El jardincillo, con la lluvia reciente 
que dejó lavado y fresco el aire, verde- 
cía que era un regalo para los ojos y 
un alivio para el cansancio de la mente. 
Como los tallos languidecidos después 
del riego se recobran, enderezábaseme la 
atención rendida por horas de tarea ser- 
vil. Parecían sonreirme las parras que 
entre las hojas lanzaban sus zarcillos al 
agarre. Las peonías hacían estallar en- 
tre lo esponjoso de la verdura de sus 
hojas el rojor atrevido de sus flores. 
Apuntaban los botones en los rosales. 
La higuera joven espaciaba sus hojas 
como otras tantas manos. Sólo el man- 
zano, carcomido en su follaje por la ro- 
ña, diríase como que difundía una queja 
silenciosa por el recinto del jardincillo en- 
jaulado. Y por el tronco del manzano su- 
bía una hormiga. . . ¿A dónde? ¿A qué? 
¿Hay algo de una intimidad más re- 
cogida y más dulce que la de estos jar- 
dincillos enjaulados en medio de una 
ciudad, entre calles y casas? ¿Es que una 
higuera en el patio de una casa no es 
algo así como un jilguero que canta den- 
tro de una jaula? Pero no todas las aves 
cantoras cantan cuando se las aprisio- 
na; las hay que mueren. Para otras, en- 
carceladas, el canto les es vuelo. El ar- 
bolillo ni puede huir al monte o a la 
selva. Pero es dulce ver como fondo del 
follaje del albérchigo — hay uno en este 
jardincillo — el follaje de la crestería de 
la Torre de Monterrey, y el verdor de 
sus hojas bordado, al ponerse del sol, 
sobre el cañamazo de las piedras que 
doraron, desde el Renacimiento, los so- 
les de los siglos. 

Me detuve a ver la hormiga que subía 
por el tronco del manzano y hasta me 
entraron ganas de ponerle un estorbo 
delante, de atajarle su marcha con mi 
dedo, a ver qué hacía. ¡Pero no! ¡Dejar- 
la! ¿A dónde iría? ¿A qué? ¿Llevan un 
propósito esas criaturitas, o no van más 
bien a la ventura, empujadas por un 
instinto ambulatorio, marchando como 
el pájaro canta, para dar escape a un 
colmo de energía, y a la buena de Dios 
y a lo que salga? Siempre he creído que 
la hormiga más se pasea que trajina; 
que es una aventurera exploradora, cre- 
yente en el divino Azar, padre de la 
dicha. ¿Sabe a dónde va? 

Allá, cuando el albérchigo florecía y 
acudían unas rubias abejas a sacar miel 
de sus blancas flores, una vez mi hijo 
menor. Ramoncito, me preguntó mi- 
rándolas desde la galería a cuyos cris- 
tales casi rozan las flores: «Di, papá, 
¿las abejas saben cuando sale el sol?» 
Y como yo, por decirle algo — pues no 
ho sido abeja — le dijese que sí. añadió: 
«¡Andaaaa! ¡Tan chiquitas y ya saben eso!...» 
¿Cabrá conocimiento alguno en el seso de una hor- 
miga? ¿Esa diminuta maquinilla viva, tendrá con- 
ciencia de lo que hace? Y me acordé de no pocos 
hombres y de pueblos que son hormigueros, col- 
menas, tan admirablemente organizados. 

La hormiga parecía vacilar, encontrarse en 
zozobra. Palpaba la corteza del tronco del man- 
zano con sus casi invisibles antenas. Es decir, 
no sé sí lo palpaba o lo olía u otra cosa. Los dos 
hilíllos le palpitaban. ¿Serán un aparato de te- 
legrafía sin hilos con que se entiende con sus dis- 
tantes hermanas? 

Y pensé: ¿Tiene acaso este animalito una te- 
nebrosa conciencia de! valor universal, cósmico, 
de lo que hace? ¿Sabe que no se le puede anona- 
dar a ella — lo que se llama propiamente ano- 
nadar, reducirla a nada — que no se puede ani- 
quilar su obra sin que por ello quede anonadado, 
aniquilado todo lo demás, el universo entero? 




a honniOñ 



en el 




Por 

mañano,, <~:^^ 




¿Tiene conciencia? Cuando uno encerrado en su 
cuarto y con luz encendida en él, mira en una 
noche nublada, sin luna y sin estrellas, a través 
de los cristales de la ventana al campo, se cree 
que allá fuera sea imposible ver nada para guiar- 
se; pero si sale a él encuéntrase con una difusa 
claridad bastante para poder caminar sin gran 
tropiezo. La conciencia de la hormiga será tan 
chiquita como es ella; le basta si conoce al alcan- 
ce de sus antenas. 

Me he imaginado muchas veces lo que llegaría 
a ser para nosotros una hormiga, si conservando 
su forma creciese hasta el tamaño de un león 
y en la misma medida su fuerza y su agilidad. 
¡Bestia feroz! Y en cambio figuraos un león redu- 
cido al tamaño de una hormiga y hasta rugiendo 
a proporción! Pero estas fantasías se prestan a 
todo. Sin embargo, la maravilla es la de lo infi- 
nitamente pequeño. Hay quien cree que el infi- 
nito de la fuerza se condensa en un punto. 



¿Cómo S3rá el universo en la mente 
de esa pobre hormiga? Porque este ani- 
malito es también centro del universo. 
Y temí llegar a sentir una sagrada vene- 
ración por el diminuto insectillo. 

Yo no sé si se daba cuenta de mi, si 
me percibía por uno u otro sentido; pero 
en caso de percibirme, ¿qué pensaría de 
mí? ¡Ah, petulante, vanidoso de hom- 
bre! ¿Qué va a pensar de tí la hormiga? 
Son siempre los grandes los que pien- 
san en los chicos y reparan en ellos, 
no los chicos los que reparan y pien- 
san en los grandes. 

En tanto la hormiga cumplía con su 
deber, llenaba su misión, iba, por lo que 
le concernía, componiendo el mundo 
que habría dicho el emperador Marco 
Aurelio, el que tanto se habló a sí 
mismo. 

Recordé aquellas hormigas caseras que 
en la otra casa, en la de la Rectoral, 
subían a mi lavabo y lo invadían. Po- 
níales terroncillos de azúcar como cebo 
para atraerlas, y luego de pronto, en- 
cendiendo la bombilla, las arrojaba al 
agua o mojaba los terrones y queda- 
ban presas en la viscosidad del azúcar 
derretido. Morían así, heroicamente, a 
montoncillos. Algunas lograban escapar. 
Pero volvían siempre a la carga y como 
si el hormiguero fuese inagotable. No 
sé las que pude destruir. Y era un ma- 
ligno placer — un placer inhumano, lo 
confieso — verlas bregar en el agua del 
lavabo intentando salvarse y luego, iner- 
tes, formando un poso en el fondo de ella. 
Mi hormiga seguía escalando el tron- 
co del manzano, ignorante, sin duda, 
de que yo estaba viviendo en ella. Y 
no obstante así era, estábame haciendo 
pensar, haciéndome vivir. No era tan 
sólo por el tronco del manzano, era por 
el tronco de mi alma por donde esca- 
laba. ¿A dónde? ¿Para qué? 

¿Para qué? La mañana era de una 
serenidad paradisíaca. Todo lo que ro- 
deaba a la hormiga, el manzano, el al- 
bérchigo, la higuera, las parras, los ro- 
sales, mi casa, las casas vecinas, la To- 
rre de Monterrey, las de la catedral más 
lejos, todo parecía brotar, como flore- 
ciendo, de las entrañas del cielo que 
ciñe y abraza a la tierra; todo era como 
una vestidura del espacio, que según el 
piadoso Newton es la infinitud de Dios. 
Todo giraba armoniosamente y giraba 
en torno a la hormiga, que era el centro 
del universo. Y como antes me vi en la 
hormiga, empecé a ver a Dios en ella. 
Aquella hormiga estaba creando el uni- 
verso. ¡Y era ella, ella y no otra! 

Y la hormiga hacía, hacía algo. No 
era una cosa quieta, inerte, una cosa 
que se contenta con el bienestar. Por- 
que el bienestar no es más que estar, 
aunque sea bien. La hormiga obraba, o 
por lo menos parecía buscar algo. ¿Qué 
buscaba? ¿Buscaba a otra hormiga, es 
decir, se buscaba a sí misma? ¿Busca- 
ba el hormiguero de que saliera? Por- 
que he llegado a suponer que las hor- 
migas no salen del horm.iguero sino para 
verlo desde fuera, para buscarlo luego, 
para volver a él y para darse así cuenta 
de que es su hormiguero, el hormiguero 
de que son hormigas. Pues lo de que 
no salgan sino a buscar provisiones para 
el invierno, a recoger mantenimientos 
para sus larvas y sus crías, eso me pa- 
rece una explicación metafórica de fabulistas y 
poco más. Y ello a pesar de todas las apariencias 
en que se apoya el sentido comiún. No; la hormiga 
sale para conocer el hormiguero y mediante él, 
¡claro está!, el universo todo. 

Y en derredor de la hormiga, y recibiendo de 
ella vida, vivía todo. Ella hacía verdecer al man- 
zano y al albérchigo y a las parras y a los rosa- 
les y a la higuera; ella hacía esmaltarse al azul 
del cielo, ella esplender el dorado al sol de las 
torres, ella me hacía pensar. Y el verdor de los 
árboles, el azul del cielo, el dorarse de las to- 
rres eran, como mi pensar, pensamiento también. 
Pensaban los árboles, pensaba el cielo, pensaban 
las torres. ¡Y es claro! ¡Pensaban, luego eran! 

Y he aquí como bajé al jardincillo llevándo- 
me a Marco Aurelio en el alma y subí de él tra- 
yéndome en ella a Descartes y dejando a la hor- 
miga en el tronco del manzano. 

Dibujo .de Fohn. 



— p>i_:>^-s >,'Lmpa>^— 



L/a raza 
Vencida 



I 

Allá, en el confín de la pampa, acababan de li- 
brarse los últimos combates contra el indio audaz 
y Ubérrimo. Los bravos caciques, símbolos heroi- 
cos de una raza admirable, caían para siempre 
sobre sus caballos de pelea, prefiriendo la muerte 
liberadora a la esclavitud denigrante ofrecida por 
el cristiano conquistador. El ejército argentino. 
embriagado por el triunfo, dominado por el deseo 
imperioso de dar fin a una epopeya prolongada 
en demasía o convencido de la necesidad de exter- 
minar a un enemigo a quien se sabia irreductible, 
resolvió su inmolación para escarmiento eterno 
de tercos y de rebeldes. Y asi fué cómo un sol 
de sangre enrojeció las aguas de los campos y cómo 
sobre las lomas quedaron blanqueando las osa- 
mentas de los pobladores primitivos, la tribu que- 
randi sacrificada y convertida en abono irreempla- 
zable y generoso de su propia tierra, granero 
futuro de otras razas tan egoístas como crueles 
que sobre el solar violentamente destruido plan- 
tarían nuevas tiendas de paz y amor. . . 

El huracán de fuego había arrasado con todo. 
Sobre el vasto escenario, el desierto de América 
sin limites, parecía flotar el humo de la sangre 
aun caliente del último vencido. Ni heridos, ni 
lisiados. ¡Todos muertos! Sobre la inmensa llanu- 
ra no quedaba en pie un solo guerrero, una sola 
lanza, un solo hombre de combate. La consigna 
trágica se había cumplido en forma terrible y 
definitiva. 

Fué entonces que allá, en el confín de la pampa 
enrojecida, comenzó a crecer, ante el asombro 
de los conquistadores, una sombra doliente, for- 
mada por las mujeres y los niños de los formida- 
bles guerreros. 

— ¿Qué hacer? — se dijeron los conquistadores. 
— Y un pensamiento lúcido, una idea tan huma- 
nitaria como diabólica, cruzó por sus cerebros 
donde ya diríase echar semillas la gloria. Sí, la 
sombra doliente constituiría el trofeo de la victo- 
ria estupenda: las mujeres y los niños de los for- 
midables guerreros muertos en su ley de hierro, 
serian la ofrenda que ellos, los civilizados vence- 
dores del salvaje, los dominadores del desierto, 
arrojarían en el ara de las ciudades llenas de luz 
amable y purificadera. Ofrenda viva, palpitante, 
carne de sacrificio, dolor y fuego, testimonio irre- 
cusable y perenne de la hazaña sin par. 

Y el cautiverio fué con la sombra. , , 

II 

Circuidos, rodeados los cautivos, comenzó a 
andar la sombra, la sombra doliente formada por 
las mujeres y los niños de los formidables guerre- 
ros. Escoltada por las bayonetas de los vencedo- 
res echó a andar por la pampa salvaje y conquis- 
tada, rumbo a las ciudades felices. 

Ahí va el trofeo. Marchan las madres, las pobres 
madres, con los hijos del amor a cuestas. No es 
odio lo que brota de sus ojos. Brillantes de amar- 
gura, ellos dicen que la fuente del llanto ha co- 
menzado a correr para no secarse, nunca, jamás, 
sobre el mundo. El sol sigue tostándoles la pie! y 
el alma. Marchan como al suplicio. Marchan por- 
que son madres. No tuvieran fruto sus entrañas y 
el mismo sol glorioso que alumbró ayer la pampa 
libre y que ahora parece insultarlas con sus rayos 
de oro, las vería arrojarse deshechas de ira, locas 
de venganza, sobre las bayonetas centelleantes. 

Ahí va el trofeo. Marchan los hijos, los hermo- 
sos retoños de la brava raza. Azorados de horror 
ante el desastre, las caritas anchas y picaras se 
han torcido en una mueca indefinible. Son más- 
caras de espanto, contraste remarcable entre el 
rictus de dolor de las madres y el gracejo de las 
caritas hermosas, frescas y rozagantes de los her- 
manitos en brazos. Marchan los hijos, marchan 
pegados, adheridos, diríase incrustados en las car- 
nes de las madres como si el retoño, temeroso, pre- 
t^nH.o'a volver a la rama de donde brotara, o el 




^lEACHE 



fruto, amedrentado ante la vida, replegarse a la en- 
traña que lo concibiera. 

Y asi llega la sombra doliente hasta los mismos 
andenes de las estaciones ferrocarrileras, ayer for- 
tines de avance contra el indio, donde la locomo- 
tora humeante espera la carga preciosa, el trofeo 
de gloria, la ofrenda viva y palpitante de los con- 
quistadores a las ciudades ya tranquilizadas y 
exentas del temor al malón arrasante y de des- 
quite. . . 

III 

Iban los trenes devorando el camino, repletos 
los vagones con la ofrenda viviente. No eran aque- 
llos los rezagos de una raza en derrota. Era la raza 
misma, toda la raza en su manifestación femenina 
e infantil, cautiva del cristiano vencedor del indio. 
Del confín de la pampa habían partido los trenes 
rumbo a la gran ciudad. La sombra doliente, en- 
cerrada, ultrajada y vencida, cruzaba ahora en 
viaje fantástico hacia su monte calvario. Las in- 
dias madres, azotadas por el sufrimiento, febri- 
citantes y en pleno delirio, doblaban, unas, sus 
hermosas cabezas sobre los fuertes retoños pren- 
didos a los senos casi exhaustos por el cansancio 
y la pena, mientras otras quedaban como extáti- 
cas, frente a los vidrios de las ventanillas, con los 
ojos atónitos y fijos allá en el confín lejano de la 
tierra querida, donde quedaban para siempre los 
cadáveres aun amenazantes de los guerreros. En 
las estaciones de tránsito hacían alto los trenes y 
allí, en cada andén, comenzaba el reparto del bo- 
tín preciado, el obsequio del conquistador del de- 
sierto a las ciudades felices. 

Como el ganado en las ferias se elegía a los cau- 
tivos. Cada familia pudiente tenía derecho a una 
madre con su cría. Al separarlas del grupo, las in- 
dias rugían sordamente. ¡Oh, designio siniestro! 
Nunca un dolor más intenso brotó de pechos hu- 
manos y nunca en pechos más duros rebotó el ge- 
mido de una raza vencida. En la estación Merce- 
des, una señora del pueblo, una hermosa señora, 
había atraído con mimos y artimañas a un indie- 
cito simpático y juguetón hacia el estribo de uno 
de los coches. No quería cargar con la madre por- 
que no la necesitaba. Al ponerse el tren en mar- 
cha, de un manotón certero arrancó del estribo al 
indiecito y lo ocultó entre sus faldas. El tren, 
traidor e impasible, partió con la madre. Después, 
en el tren ya en fuga, un sollozo de muerte; un sollo- 
zo de madre que pierde al hijo. Y en la estación 
una carita ancha y juguetona doblemente azorada 
y una risa argentina festejando la travesura. . . 

¡Y esa señora era madre también, sus entrañas 
habían dado fruto y por su redención en la tierra 
diz que una gota de sangre del mártir cristiano se 
derramó e.i el Gólgota! 

Una que otra voz, — muy débil por cierto, 
se levantó en el pueblo para condenar aquel acto. 
La verdad fué que la hermosa señora se apropió 
del retoño indígena y que éste, a guisa de juguete, 
fué entregado al niño mayor y mimado de la casa, 
un pequeño tirano, quien entró en posesión de la 



propiedad viviente sin encontrar más obstáculo 
que la resistencia natural del pequeño esclavo a 
sus infantiles y crueles caprichos. 

IV 

Comenzaron a correr los dias tristes y desolantes 
para el indiecito. El pequeño descendiente de la 
raza indomable no exteriorizaba mayormente el 
sufrimiento de su alma infantil despedazada. Pero 
algo había tan hondo, tan profundo, en sus ojos 
llenos de azoramiento. que hubiera impresionado, 
dolorosamente, al menos sutil de los observadores. 
Sólo la inconsciencia de la hermosa señora pudo 
haberlo considerado a la altura moral de un sim- 
ple animalito doméstico. A la verdad que lo único 
que hubo de extrañarle es que no mordiera. Efec- 
tivamente, ni los pellizcos, ni los tirones de orejas, 
ni los golpes con que a diario le obsequiaba su 
dueño, consiguieron sublevarle. Sufría resignado el 
inicuo tratamiento como convencido de la inutili- 
dad de la protesta. El sentimiento de lo fatal pa- 
recía poseerle, porque en realidad no era el miedo 
quien le inspiraba, y así lo demostró siempre, con 
su actitud serena, ante cualquier peligro verdadero. 

El tirano diminuto, el niño mayor y mimado 
de la casa, había aceptado el obsequio con la mis- 
ma complacencia que hubiera demostrado ante 
un perro grande que no ladrara ni acometiera, un 
gran gato que no arañara o un cachorro de tigre 
carente de garras y de mal humor. Claro está que 
en su cerebro, deformado por una educación tan 
falsa como la que podía darle la hermosa señora 
que era su mamá, no era posible despertasen sen- 
timientos humanitarios ni fraternales para el in- 
diecito. El lo había aceptado así, como una cosa 
enteramente suya, entregada en donación, de la 
que podia y debía disponer a su antojo. Una cosa 
siempre dispuesta a complacerle. No podía, pues, 
comprender que aquel niño perteneciente a otra 
raza, fuera su igual en derechos, ni sufriera con sus 
dolores, ni se entretuviera con sus alegrías, ya que 
el sentimiento y la verdad tienen, forzosamente, 
que estar muy lejos de los niños educados por 
cerebros tan singulares como el de la hermosa se- 
ñora que era su mamá. 

V 
Un día le preguntaron en el pueblo: 

— ¿Cómo te llamas? 

Y él, seco, con acento filoso, rajante, dijo: 

— Milachí'. 

— ¿Milache? ¿Por qué MUache? 

En la casa le habían denominado Camilo cuan- 
do entró en ella y hasta entonces se le conoció por 
tal, pero desde ese dia su nombre cambió. 

¿Fué Milache una deformación de Camilo o era 
aquél el nombre verdadero con que se le conoció 
en la tribu? El caso es que nadie supo nunca el 
origen del extraño vocablo que a poco andar ha- 
bíase hecho familiar en el pueblo. 

Lo que sí supo éste, aunque sin parar mientes 
en ello, fué la inconsideración, el mal trato y hasta 
la crueldad usada para con Milache por el peque- 
ño verdugo que era su dueño. 

Pero nadie a la verdad dio al hecho su alta tras- 
cendencia, nadie vio en el pobre Milache, resig- 
nado, que él representaba, en realidad, el símbolo 
doliente de la raza vencida. Por el contrario, hasta 
hubo quien festejara las gracias del pequeño ver- 
dugo, estimulando sus instintos perversos. 

Entretanto, pensemos que el dolor de Milache 
era el de todos los niños indígenas en cautive- 
rio cristiano. Entretanto, pensemos en el dolor de 
esas madres, más desgraciadas aún que la de este 
pequeño inmolado, cayendo todas, junto a su pro- 
le, muertas de pena, de extenuación y de asfixia, 
entregando a sus opresores la última gota de su 
sudor de trabajadoras, encerradas en las cuevas 
de las ciudades malditas, como águilas presas con 
las alas plegadas contra los hierros, en las jaulas 
sin luz y sin aire del cazador. 




Como en todos los de su raza, los días de Milache 
están contados. El hado fatal vela implacable so- 
bre los descendientes querandies, esperando sólo 
el momento propicio para la inmolación. Nadie 
será perdonado. El crimen de resistencia al civi- 
lizador había de pagarse con la muerte del último 
retoño. El fruto de las madres, recién concebido, 
se secará en sus entrañas y los vastagos, ya en 
pie, quedarán detenidos en su desarrollo, minados 
por los miasmas de las ciudades malditas. Jorna- 
da postrera y dolorosa de una raza, odisea digna 
del verbo candente de los antiguos profetas y 
contemplada con una impavidez rayana en la in- 
sensibilidad moral primitiva por el cristiano re- 
dimido. Alguien ha dicho que nadie sufre sino su 
propio dolor. 

Un día, el más hermoso de un verano ardiente, 
tuvo Milachs un gesto de rebelión, extraño en él. 
Probablemente su dueño colmó la medida en uno 
de sus habituales castigos. y el fuego del sol, como 
dardo aguijoneante, despertó en el niño indígena 
instintos ancestrales. 

Ante el primer bofetón amagado por el verdugo, 
el indígena, dibujando en el aire un signo de de- 
fensa, abrió la mano a manera de garra y barajó 
el brazo enemigo, con tanta fuerza que la muñeca 
castigadora cedió, doblándose vencida por la inu- 
sitada presión. 

La actitud inconsulta, la resistencia inesperada 
del indiecito, hizo llamear en ira al niño cristiano 
y el grito estridente que exhaló su garganta, es- 
tre.necida por la emoción y el miedo, fué el toque 



de atención a la servidumbre de 
la casa, que acudió solicita a 
prestarle sus auxilios. 

Después salió de su boca la 
orden sin réplica: 

— ¡Átenlo! 

Y señaló el banco donde otras veces él, con sus 
propias manos, lo supliciara. 

Los criados obedecieron y el niño quedó ligado 
con el mismo cáñamo fuerte que le servia de rien- 
da cuando el pequeño verdugo lo convertía en 
caballo. 

Retirada la servidumbre, el niño cristiano em- 
puñó el látigo que nunca abandonara desde que 
le entregaron el juguete con vida y, amenazante, 
dijo: 

— ¡Vas a pagármelas! 

Después, rojo de cólera, cruzó la cara del már- 
tir con la lonja áspera y flexible. 

Los ojos del indio relampaguearon de indigna- 
ción y de impotencia. Por segunda vez vibró en 
el aire la cuerda del látigo y el golpe, flagelante, 
no se hizo esperar. ¡Pobre Milache! La rabia le 
ahogaba. No pudo contenerse y, furioso, feroz, 
ebrio, loco de dolor y de pena, escupió su despre- 
cio sobre la cara del cristiano enemigo. Fué su 
sentencia. 

— ¡Ahora voy a quemarte! — rugió, más que 
dijo, el niño cristiano, — Y con unas hojas de diarios 
viejos que empapó en kerosene, encendió la pira. 

Cuando las lenguas de fuego rozaron sus carnes, 
Milache comenzó a retorcerse y la expresión de su 
dolor fué tal, que el cristiano se espantó de su 
propia obra. 



Llamó, y los criados acudieron de nuevo en la 
creencia de que Milache hubiera roto sus ligaduras 
proporcionándole al niño un nuevo disgusto. 

Cuando la servidumbre pudo accionar contra el 
fuego, había éste tomado tal incremento alrededor 
del cuerpo del indio, que la vida parecía consumir- 
se en sus pupilas. 

A los pocos días agonizaba Milache. después de 
un sufrimiento indecible. Las quemaduras eran 
de tal índole que la ciencia no encontró remedio 
para cicatrizarlas. 

Es fama en el pueblo que no exhaló una sola 
queja. Una tarde, en la hora más triste, cuando 
el sol se hundía en el confín de la pampa, hizo una 
señal de atención a los que le rodeaban: 

— ¡Milache! — dijo. — Y murió. 

Un poeta amigo, que conoce esta historia, ase- 
gura, bajo la fe de su fantasía, que milache, en 
la lengua del niño indígena, quiere decir: ¡ven- 
gama! . . . 



Alberto Ghiraldo. 



Dibujos de Zavattaro. 



— P3L>^4=i >^^Lrr-i3>%.— 




En la última temporada del Teatro Apolo, Ro- 
berto Casaux ha destacado fuertemente su persona- 
lidad artística, creando, con suma habilidad y talento, 
infinidad de personajes. 

Actor correcto y sobrio, estudioso y discreto en el 
decir, posee la fusta medida de la comicidad que 
aprovecha con la certera eficacia que le indica su buen 
gusto. Hoy por hoy es. sin disputa, uno de los actores 
que mis han contribuido al desarrollo del teatro na- 
cional argentino. 

Concluye ta función, o termina el ensayo, y 
Roberto Casaux abandona instantáneamente el 
teatro. 

Una vez en la calle, me dice, huyo de mis 
compañeros: trato de evitar el encuentro con au- 
tores y empresarios: evito las conversaciones 
teatrales. Hago, en una palabra, todo lo posible 
por olvidar lo que soy: pero no lo consigo. Donde 
quiera que vaya... en el tranvía... en el café, 
en todas partes hay siempre alguien que me se- 
ñala con el dedo, diciendo: «Ese es Sarrasquetan; 
o «Ahí va el distinguido ciudadano», y esto franca- 
mente me molesta. No poder nunca ser yo, sino un 
personaje de los que caracterizo, es desesperante. 

— Eso prueba tu popularidad, — me atrevo a 
objetarle. 



ROBECTO CASAUAfet 




y^.-a^^m. 



— Es que la mía tiene la originalidad de que 
no es mía. sino de mis personajes. Con decirte que 
se ha dado el caso de salir con mi mujer a la calle 
y oirle a uno que decía: «Miren, ahí va el doctor 
Palleja con la mujer de Casaux», y como compren- 
derás, eso es ya inaguantable. 

Algo preocupado está Casaux con la pérdida 
de su personalidad; con la paulatina desaparición 
de su yo, pero esa preocupación no ha llegado a 
cambiar su carácter jovial, ni ha borrado de su 
rostro bonachón la eterna sonrisa, franca e in- 
fantil. 

— ¿Estás contento? — le pregunto. — Ahora 
que ya eres un primer actor y está tu nombre al 
frente de una compañía, supongo que habrás per- 
dido el miedo. 

— ¿El miedo? Jamás. Te lo juro; tengo más 
pánico que nunca. El verdadero peligro no está 
en subir, está aquí arriba, en el puesto que hoy 
ocupo. Saberse sostener, guardar el equilibrio, he 
ahí el secreto. El éxito de un actor, está en no ma- 
rearse con las alturas. Yo por eso me vengo todas 
las tardes a esta terraza, para mirar Buenos Aires 
desde arriba. 

— ¿Y crees en nuestro teatro? 

— ¿Cómo no he de creer? Con entusiasmo. 
Nuestra temporada del Apolo ha encauzado hacia 
el teatro nacional un núcleo de gente joven, con 
ideas nuevas y sanas, un grupo de muchachos 
con aliento y esperanza, que no se meten en los 
cafés a murmurar del compañero, ni usan melena 
de superhombres, pero trabajan con fe, y estoy se- 
guro de que pondrán nuestro teatro a un nivel 
decoroso, al que jamás lo llevaron los que para 
sí no tienen ese decoro personal. 

— ¿Quieres decirme por qué eres cómico? Tengo 
entendido que no lo eres por necesidad. ¿Lo 
eres realmente por afición? 

— Sí. . . no lo puedo remediar. . . el teatro me 
atrae, desde chico yo era loco por el teatro; mi 
sueño dorado fué siempre ser actor, y contra la 
voluntad de mis padres, debuté y. . . ya ves, soy 
cómico... demasiado cómico quizá, porque, co- 
mo ya te he dicho, sigo siéndolo para el público, 
hasta fuera de la escena. 

— ¿Cuál es tu obra favorita? 



f — ■ ¿Quieres creer que no la tengo? . . . 
' — ¿Cuál es, a tu juicio, la mejor actriz nacional? 
— Sin duda alguna, Angelina Pagano es la más 
completa de nuestras actrices; no quiere decir esto 
que sea la única. Creo firmemente que Camila 
Quiroga, primera actriz de nuestra próxima tem- 
porada en el Apolo, se impondrá al público, re- 
velándose una buenísima actriz, pues hasta hoy 
no ha tenido ocasión de desenvolver sus faculta- 
des, no sólo por la falta de ambiente, sino tam- 
bién por falta absoluta de dirección artística. 

— A propósito de dirección artística, ¿tú crees 
en eso? 

— Cuando ella está en manos de hombres de 
la cultura de Joaquín de Vedia, de su ilustración 
y de su buen gusto, no es posible dudar de su 
eficacia. 

Como ya iba tomando esta información un ca- 
rácter de vulgar reportaje y temiéndome incurrir 
en las eternas preguntas sobre mil cosas que a 
nadie interesan, resolví prudentemente cortar por 
lo sano y despedirme del simpático primer actor 
del Apolo y de su bella esposa. Esperanza Palome- 
ro, discretísima y elegante actriz de la compañía. 

El doctor Misterio. 



CASAUX Y SU ESPOSA. ESPERANZA PALOMERO, 
A LA HORA DEL TÉ. 





CASAUX TRANSFORMÁNDOSE FRENTE AL ESPEJO 
DE SU CAMARÍN. 



rí^>=v- 




No obstante su brillo, el Sol es uno de los enig- 
mas más negros y grandiosos de la naturaleza; lo 
que ha sido dicho y repetido en distintas formas 
por todos los que lo han estudiado desde el punto 
de vista físico, de su constitución, etc. 

Ahora, considerarlo desde el doble punto de 
vista de cuerpo central del sistema al que perte- 
necemos, y de irradiador de energía, seria hacer 
ciencia integral. Su rol de cuerpo central del sis- 
tema, esto es, su acción mecánica, reguladora de 
los movimientos orbitales y velocidades de los 
planetas, y en parte también, de los satélites de 
éstos, es algo admirablemente estudiado y formu- 
lado, gracias a las leyes de la gravitación. No 
podríamos decir lo mismo respecto a los proble- 
mas de física solar: esto es, del Sol considerado 
como irradiador de energía en forma de luz, 
calor y electricidad, vale decir, ondas hertzianasi 
rayos catódicos, ultra violetas y tantas otras 
manifestaciones que recién comienzan a ser vis- 
lumbradas. 

Desde luego, esta segunda faz de la cuestión la 
considero más interesante, más humana, más ín- 
tima. . . diré, por tratarse de fenómenos que afec- 
tan directamente la vida, desde sus manifestacio- 
nes más ínfimas, hasta la del hombre, llamada 
vida superior, lo que quizá fuese una pedantería. 
Descubierto íntegramente el misterio físico dei 
Sol, el concepto del universo se aclararía muchí- 
simo, puesto que los centenares de millones de 
estrellas que componen el universo visible a te- 
lescopio, no son más que soles de idéntica cons- 
titución a! nuestro, sin más diferencia que el 
estado actual de su materia, consecuencia de l:i 
edad, temperatura, volumen y masa de cada es 
trella. Las estrellas jóvenes, de quince abriles, 
(aunque cada abril sideral valga millones de años 
.son aquellas en que predomina el hélium: despuf;. 
vienen las blancas-azulinas, jóvenes también, e: 
las que figura el hidrógeno en primera línea. A 
estas dos categorías pertenecen especialmente la. 
estrellas blancas de la hermosa constelación d' 
Orion, lujo de nuestro cielo del verano. Salteand' 
algunas divisiones intermedias, llegariamos a 1;.. 
familia de estrellas a que pertenece el So!, ni muy 
jóvenes pero tampoco viejas: estrellas en pler,:, 
vida, con ligeros indicios de arterioesclerosis. Su 
color es amarillo-anaranjado y la temperatura mu , 
inferior a la de las blancas, en las que predominar 
el hélium e hidrógeno, pero todavía llenas de salun 
y de vida. En las estrellas de la familia del Sol, 
como en el Sol mismo, predomina el hierro en 
estado de vapor. En fin. las estrellas rojas, como 
Antares, Betelguese, Aldebaran, etc., son las vie- 
jas, en franco derrumbamiento térmico. El pri- 
mer síntoma de decadencia de estos seres lumino- 
sos, debe ser la aparición de manchas en su super- 
ítele, como en el Sol, aunque esas manchas no po- 
damos verlas en las estrellas por la distancia in- 
mensa que nos separa. El análisis espectral de las 
estrellas en decadencia térmica, acusa los mismos 
elementos observados en el espectro de las man- 
chas solares. 

En fin, decía hace un momento, universo visible 
a telescopio, pues hay sin duda alguna un número 
aun mayor de estrellas negras, de soles apagados, 
aunque no debiéramos considerarlos muertos, por- 
que en su interior llevan almacenados un inmenso 
caudal de calor. Un cálculo indirecto, pero bien 
fundado, parecería indicar que el número de estre- 
llas negras es de tres a cuatro mil veces mayor 
que el de las luminosas. Recordemos que hasta 
hoy van catalogadas muchos millones de estrellas. 
Pero me doy cuenta de que comenzamos a en- 
trar a un terreno pavoroso en realidad, donde no 
se ven ni las manos, así quesería mejor volverse. . . 



Córdcbü. 1916. 



Martín Gil. 




Dibujo de Málaga Chenet. 



— Í^LS^'^ -\,'l 





rcuiitectora 

::::;::::: Colonial 

Plvs Vltra. al dar hospedaje a las notas gráficas que acom- 
pañan estas líneas, pregona por el conocimiento de los ejemplos 
artísticos que nos ha legado nuestro pasado colonial, dentro de 
sus expresiones más típicas y mejor provistos del rancio color 



local. Han sido escogidos entre las muchas reliquias de más remota tra- 
dición de las villas de Salta y de Jujuy; son ellas el más puro reflejo 
del abigarrado pintoresco arquitectónico que atesoran las capitales 
porteñas; encierran dentro de su mérito estético una lección clara 
sobre el paso de las influencias peruanas hacia nuestros centros colo- 
niales, mostrando a la par el abolengo de su origen y el albedrío de 
los artesanos de la sierra andina. La «Casa Histórica» nos exhibe un 
espécimen de las nobles portadas, anunciadoras de las moradas de 
alto rango. Su frontis quebrado, flanqueado y coronado por robustos 



— f:>u;v^-s 



pináculos, es primoroso ex- 
ponente de un elemento de 
anticuada alcurnia; la «To- 
rre de San Francisco», grave 
y esbelto holocausto del espl- 
ritualismo hispano, vista a 
través del compartimento de 
un patio jujeño. es un em- 
blema de mistico sabor y evo- 
cador genuino de formas 
pretéritas que se arraigaron 
por sus fibras más íntimas a 
nuestro terruño provincia- 
no. Pero al comentar breve- 
mente tan coloridas galas de 
vieja fábrica y ante el gene- 
roso informe que nos ofrece 
la puerta del «Convento de 
San Bernardo», nos parece 
de la más cumplida cortesa- 
nía el señalar la exuberante 
influencia arábiga (1) que 
ejerció su yugo afiligranado 
y voluptuoso hasta en las 
más atildadas de nuestras 
construcciones coloniales. 

Las apretadas espirales de 
los fustes salomónicos, atri- 
bulados y ceñidos por una 
ornamentación de primitivo 
exotismo, sostenes ingenuos 
de un tímpano bi-lobular en- 
clavado por una cartela de 
sinuoso contorno y todo su 
conjunto taraceado a su vez 
por un cincel infatigable, 
ajeno a toda pereza, creador 
de arabescos infinitos, de- 
muestra sin malicia la cali- 
dad de su origen y es de por 
sí elocuente comentario de 
una belleza fanática y de 
una estética sarracena. Es 
una traducción americana de 
aquella fecundidad plate- 
resca que trazó en los ceno- 
bios augustos de los monjes 
castellanos, toda la maraña 
que la compleja evolución his- 
tórica peninsular imprimió a 
las formas constructivas. Por 
entre las retorcidas colum- 
nas y los agudos ajimeces 
hallaron cabida las influen- 
cias políticas y teológicas. 

La evolución de la arqui- 
tectura española es muy 
compleja, a causa de las 
influencias impuestas al arte 
por los hechos históricos que 
pusieron en tres ocasiones 
distintas la dominación del 
país en manos extrañas. 



(1) Influencia explicada por ei 
distinguido arqueólogo Juan B. Am- 
broseti, en su conferencia dada en 
el Museo de Bellas Artes. 




manifestaciones del arte gó- 
tico; las catedrales de Bur- 
gos, Avila, Segovia, Sala- 
manca, Toledo y León, son 
las creaciones más elocuen- 
tes de tan insigne carátula 
arquitectónica. 

Mas el movimiento de la 
reconquista iba ganando te- 
rreno, las posesiones árabes 

aían sucesivamente bajo el 
/ugo castellano, las artes 
del norte y las musulmanas 
se entrelazan, y de tal unión 
nace el estilo Mudejar, el 
más original y característico 
de los estilos españoles, que 
podríamos definirlo diciendo 
que su ornamentación se 

ompone de elementos ára- 
Íjcs que decoran un conjun- 
to, en el cual la composición 
deriva de las fórmulas euro- 

eas. Al principio, el romá- 
nico y el gótico se encargan 

ie esta función, para condu- 

irlo paulatinamente a su 
apogeo, que se realiza en el 
siglo XV, al confundir sus lí- 
:ieas, con las nuevas formas 

iel renacimiento italiano. 

En este mismo siglo y pa- 
ralelamente al arte Mudejar, 
surge en España otro nuevo 
estilo, el Plateresco, que ri- 
.aliza con su antagonista 

or sus audacias y exuberan - 
cias, los plateros castellanos, 
inspirándose también de los 
modelos italianos, imprimen 
en la amarilla piedra de an- 
ticuada estructura, los mis- 
mos festones y las mismas fi- 
ligranas, con que ornaron 
rrimitivamente al precioso 
metal. 

A partir de este siglo, las 
tracerías góticas quedan re- 
ducidas a una aplicación 
exclusivamente religiosa, y 
los estilos Mudejar y Plate- 
resco, que caracterizan con 
una originalidad poderosa 
dos tipcs de arquitectura 

sencialmente españoles, y 

;ue podemos proclamarlos 
como sus mejores paladines, 
quedan especialmente afec- 
tados a las construcciones 
civiles. 

En conjunto, lo que dis- 
tingue al arte español, en 
todos estos períodos y aun 
en los siguientes, es la abun- 
dancia y la profusión orna- 
mental, que se percibe hasta 
en la arquitectura árabe. 



SALTA. — ESCALERA DE LA CASA DONDF 

ESTÁ INSTALADA LA ESCUELA NICOLÁS 

AVELLANEDA. 



SALTA. — PUERTA DEL CONVENTO DE SAN BERNARDO. 

En la época de la invasión de los Godos y Visigodos en España, la 
arquitectura romana cae en su más completa decadencia, el mundo 
nuevo rompe los antiguos moldes de la belleza pagana, y pugna in- 
doctamente por una transfiguración que sea enérgica protesta, contra 
las corruptoras gracias del politeísmo erguido en sus pedestales. El 
fervoroso artesano Cristiano, invoca la ayuda de sus símbolos, la cruz 
sencilla, el áncora ruda, la borrada paloma, el incorrecto vaso, para 
formular la nueva estética, que sea retrato fiel de su fe y de su candor. 
A partir de esta fecha comienzan a elevarse en la península Ibérica, 
así como en las demás regiones Mediterráneas, las primeras creacio- 
nes del arte Cristiano, que luego, favorecido por las constantes pere 
grinaciones que realizan los Occidentales a Siria y Palestina, llega 
a impregnarse de los más finos elementos Orientales. A este segundo 
período corresponden las basílicas y conventos clasificadas como per- 
tenecientes a la arquitectura latino - bizantina. 

Pero a medida que los reinos españoles se constituían, solidarizán- 
dose en el norte de la península, la invasión de los Moros acaparó todas 
las provincias del sud, e impuso en ellas su arquitectura. El genio 
árabe idealista, fogosísimo y voluptuoso, para satisfacer las exigen- 
cias de sus monarcas, halagar la arrogancia de sus guerreros y recrear 
a sus apasionadas princesas, diseminó sus construcciones, y respon- 
dió a tales fines a pesar de su complexión, abriendo aquellos patios, 
fabricando aquellos camarines, trazando y bordando aquellos dibu- 
jos y agallones, por donde vagan los perfumes y donde centellean los 
resplandores del Oriente. 

En los confines de los reinos independientes, de Aragón, Navarra 
y Castilla, prosperaron en cambio las artes continentales importadas de 
Flandes, de Alemania y de Francia, en el siglo xi se definen llenas 
de robustez las formas románicas, y luego en las dos centurias sub- 
siguientes, continúan transformándose, para llegar a las más bellas 







JUJUY. — LA TORRE DE SAN FRANCISCO, 
VISTA DESDE EL INTERIOR DE UNA CASA 

COLONIAL. 



— i=>i_;v^-i= 



Los motivos se hallan sembrados con rara prodigalidad, las dimensiones de 
los edificios son colosales, pudiéndose establecer con certera realidad, un 
paralelismo entre esta exageración de los efectos, y el énfasis proverbial de 
la literatura española, en las grandes catedrales, en los grandes edificios del 
siglo XV. Los arquitectos españoles han llegado a producir maravillosos 
efectos de grandiosidad y de majestad. Por la extrema riqueza de los orna- 
mentos, con que recargan a los santuarios, coros, retablos y altares. llegan 
a dar a la expresión religiosa algo de gigantesco, de confuso y de aplastador, 
que un célebre critico francés comparaba a la sensación producida por los 
santuarios indúes. En la arquitectura civil, esta riqueza presenta un carác- 
ter de grandioso y de nobleza muy peculiar, que retrata fielmente la caba- 
lleresca hidalguía nacional. El palacio de Monterrey, la casa de las Conchas. 
el Infantado de Guadalajara. las casas del Cordón de Burgos y de los Monos 
en Zamora y el Ayuntamiento de Zaragoza, son ejemplos muy determinan- 
tes de esta arquitectura tan majestuosa y tan opulenta. 

Tal era la situación de las artes de la arquitectura española, en el siglo 
XVI. y este fué el bagaje con que se embarcaron los conquistadores. 

Las ciudades de América se edificaron con viviendas castellanas y an- 
daluzas, y el comercio constante que estas poblaciones sostuvieron con la 
Metrópoli, mantuvo latente su influencia. Las muy nobles creaciones del 
Renacimiento, llegaron en España a su apogeo bajo la mano enérgica de 
Carlos V. y las insignes construcciones de los maestros Ibéricos. 

Es curioso para nosotros el observar, en lo que a la portada de San 
Bernardo de Salta se refiere, el inconsciente maridaje de tan genuino orien- 
talismo con la expresión y procedimientos de la técnica escultórica quichua 
y calchaqui. En tan peregrina fusión hallamos una de las manifestaciones 
más típicas del arte americano. Sus arquetipos nos hablan, desde el norte 
mejicano hasta el devoto altar de la Capilla de ejercicios del Convento de 
la Compañía de Córdoba, de una tendencia, de una fórmula incontestable, 
legitima en sus procedencias, franca de maneras, robusta en su expresión. 
Ostentando el vicio malsano de su ciega profusión ornamental, aquilata 
su propio mérito por su sinceridad inherente a la raza y al medio que la 
forjó. 

En las balumbas de estilizado follaje, en los atrevidos arrequives, sinuo- 
sos, endemoniados e ingeniosos, ajustados con hidalguía por los elementos 
de encuadramiento: columnas, pilastras, jambas, ménsulas y frontones, se 
hallan empotrados los ritmos de su florescencia. 

La tricromía que nos muestra, con todo respeto de su estado actual, la 
casa esquma de la vetusta capital salteña. realza otro ejemplo de una so- 
lución típica, de un partido colonial perfectamente definido, cuya historia 




ÍS 




CASA LLAMADA HISTÓRICA ERVÓ EL 

OENBRAL REALISTA TRISTÁ.'i LOi f-RI.MEkO£ MOV IMIE.NTOS DEL EJÉRCITO 

PATR;DTA, ANTES DE LA BATALLA DE SALTA. 



SALTA. — PUERTA DE LA CASA HISTÓRICA. 

puede seguirse sin mayores afanes desde las ciudades chilenas (segunda 
corriente-influencia indirecta de los centros del Alto Perú) hasta las orillas 
del Plata. 

La pila de ángulo arquitrabada, columna adintelada por robusto made- 
ramen en otros casos, da pretexto a un tema harto pintoresco. Son sus 
fuentes muy remotas; halló su primer triunfo en la ciudad de los Médices 
y su primor imperó con frecuencia en las modas toscanas. Sobre el motivo 
de base cabalga el doble balcón orlado: cubierto por la atrevida saliencia 
del alero de parda y bien cocida teja roja y sustentado por ménsulas y cane- 
cillos tallados, verdaderas palomillas, a las cuales encomienda la descarga 
de su peso y la cadencia de sus lineas. 

En lo demás reinan molduras modestas, vanos y esgucios que miden 
con el valor de sus relieves la penumbra de clarobscuro de paños y cim- 
bras. Cabe también el compararla a su gemela y quizá coetánea de Córdoba, 
la que fué vivienda de virreyes. Otra solución de idéntica procedencia se 
acomoda en el característico ángulo esquinóse; dos columnillas acodilladas 
se superponen en amable consorcio, el último abaco amortigua la caída 
de la ménsula central. 

Pero, a pesar de esta variante tan imprevista y tan adecuada, damos 
nuestras preferencias a la solución salteña, que en su unidad encierra ma- 
yor justeza de proporciones, mayor armonía entre los elementos de las 
fachadas laterales y el «Leit Motif» de las encrucijadas coloniales. 

Aboga también por la teoría de las influencias peruanas la escalera in- 
terior de la casa, hoy escuela, que reproduce con esmero la pequeña lámina. 
Es del tipo clásico de las «escalerillas rampantes», de los patios limeños y 
paceños; la hallamos aquí simplificada, resuelta sencillamente en un re- 
cinto propicio de seducción pictórica. Un árbol que nace entre las losas 
rotas que encubren el suelo, se inclina con galantería paisana para abrirle 
paso. Todo parece entenderse en el rústico ambiente para justificarnos y 
hablarnos muy en favor de las sedentarias soluciones hispánicas. 

Nobles recuerdos del pasado, humildes en vuestra hidalga vejez, des- 
provistos de modernos y falsos efectismos, ingenuos y puros, rancios tes- 
tigos de historias y tradiciones. En vuestros roídos revoques, en vuestras 
piedras de negruzca carcoma se disimulan bajo pátinas milanerias nuestras 
ansias de belleza. Conserváis la añeja religión del espiritualismo paterno 
y con ella la lección sabia y prudente del tradicionalismo, ferviente manan- 
tial de los íntimos y misteriosos sentires de los artistas nacionalistas. 

Y pondremos aquí punto final a estos apuntes que, a pesar del arduo 
deseo que los guía, muy poco dicen sobre lo que debieran decir. 

Martín S. Noel. 

Fot. de A. G. Caraño. 



>>^v- 




FEMENINAS 



m 







OlIVEP 

Sin caer en exageraciones ridiculas — pero 
desligándose de los prejuicios y convenciona- 
lismos sociales que la tenían en perpetua pa- 
sividad. ■ — la mujer argentina, con una ele- 
vación de miras y una serenidad de espíritu 
que la enaltecen, secunda desde hace tiempo 
el movimiento universal que le abre de par 
en par las puertas del estudio y de! trabajo. 

Ya entre nosotros forman legión las mu- 
jeres que piensan menos en !a moda y más 
en sus deberes y derechos; que, no contentas 
con ser sólo compañeras inconscientes e irres- 
ponsables del hombre, quieren colaborar con 
él en la prosecución de los ideales humanos. 

En la Argentina, esta evolución es como 
una marea que, avanzando sin estrépito, lo 
invade todo paulatinamente. 

La mujer, ella sola puede decirse, con su 
inteligencia, su actividad, su altruismo y su 
perseverancia, resuelve entre nosotros el 
magno problema de la caridad. Y al ince- 
sante trabajar del corazón, va unido el la- 
borar constante del cerebro. No hay barrio 
en Buenos Aires, no hay población en la 
República, por pequeña que sea, que no 
cuente con alguna institución femenina, don- 
de se distribuye a manos llenas, lo más eco- 
nómicamente posible, ei pan espiritual de las 
ciencias, las letras y las artes. 

Adhiriéndose Plvs Vltra a este movi- 
miento, que entraña toda una evolución so- 
cial de incalculables proyecciones, se com- 
place en ofrecer sus columnas a todo pensa- 
miento femenino, en provecho material o 
moral de la mujer. 



Tüi^T^SIAf 





APUNTES Y RECUERDOS 

Próxima a emprender un nuevo viaje a 
endoza, la memoria se empeña en recons- 
ruir los detalles de mis antiguos viajes a la 
capital andina y a Chile, el primero de todos 
en mil ochocientos cuarenta y dos. Después 
de la muerte de mi desgraciado padre (octu- 
bre 9 de 1 84 1 ), mi madre resolvió trasladarse 
a Chile y reunirse a su familia, que había 
emigrado, huyendo del feroz Quiroga. El 
viaje de Montevideo a Valparaíso se hizo en 
un buque de vela (como que entonces no 
había vapores), y por el Cabo de Hornos, 
pues la navegación del Estrecho de Maga- 
llanes no era conocida. Tardamos cuarenta 
y seis días, de los cuales estuvimos doce pa- 
rados al llegar al Cabo, esperando viento 
favorable para doblarlo. 

En Valparaíso fuimos recibidas por los 
emigrados argentinos que allí se encontra- 
ban: los Lamarca, Rodríguez Peña, Ocampo, 
Villanueva, Delgado, y tal vez otros que es- 
capan a mi memoria. Hablando de emigra- 
dos, no es posible olvidar el nombre de Emilia 
Herrera de Toro, que fué la protectora y ami- 
ga de los argentinos en la hora del infortunio, 
que ha sobrevivido a todos ellos y en su an- 
cianidad se encuentra rodeada dei respeto y 
cariño a que es tan acreedora. 

En el verano de mil ochocientos cincuenta 
y cuatro, ya derrocado Rosas, vinimos de 
Chile. El viaje de los Andes a Mendoza du- 
ró ocho días, a lomo de muía y llevando 
cuanto podía necesitarse para comer, pues 
en la Cordillera sólo había agua y en algunas 
partes pasto para los animales. A los dos o 
tres días, la carne y aves fiambre estaban 
incomibles y había que contentarse con 
charqui, chocolate en agua, pan duro, bizco- 
chos y naranjas. La leche condensada y las 
ricas conservas de hoy, no se conocían. Se 
dormía a la intemperie, y gracias si algunas 
noches podíamos tender nuestros colchones 
al pie de una gran roca que nos resguardara 
del viento. 

En la cordillera había unas casuchas de 



material, hechas por los gobiernos de Chile 
y la Argentina para refugio de los correos, 
si los tomaba algún temporal de nieve, en 
que algunos habían perecido, y allí se guar- 
daba carbón, yerba y charqui. Una noche 
llegamos a una de esas casuchas, y muy con- 
tentas de dormir en abrigo, tendimos dentro 
nuestras camas. A medianoche nos desper- 
taron unos ruidos extraños; encendimos luz 
y ¡cuál sería nuestra sorpresa al ver correr 
por el techo, sobre nuestras cabezas, ratas 
enormes que vivían con el charqui del correo! 
Pronto echamos las camas fuera, prefiriendo 
la intemperie a tales compañeros. 

Si una familia llevaba niños, se ponían en 
unos cajones bien acolchados y con un toldo 
que los resguardase del sol. La muía iba al 
cuidado de un peón que la llevaba de la rien- 
da: pero sucedió en una ocasión que, al pa- 
rarse a descansar, el peón se descuidó de la 
muía y su preciosa carga, y el animal, vién- 
dose libre, echó a andar internándose en una 
quebrada donde no fué posible encontrarlo 
£Íno dos horas después. . . ¡Cuál seria la an- 
gustia de aquella madre que creía ver sus 
dos hijitos destrozados en algún despeñade- 
ro! Pero la muía estaba muy tranquila to- 
mando agua dentro de un río, y los niños 
profundamente dormidos. 

¡Nunca el Ángel de la Guarda llenó mejor 
su encantadora misión! 

Dos o tres días después de salir de Mendo- 
za, llegamos a La Paz, justamente cuando 
circulaba la noticia de una gran 'invasión de 
indios, que había ro- 
bado en Santa Fe- 
una tropa de carre- 
tas, salida también 
de Mendoza; había 
ultimado a todos los 
hombres y llevado i 
las mujeres. 

Todos los viajeros 
de la colosal <'Mensa- 
jería') sentimos un 
estremecimiento es- 
pantoso, seguido de 
un impulso irresisti- 
ble de regresar; pero 
1 o s hombres que 
conducían la cara- 
vana aseguraron que 
era el mejor momen- 
to para pasar, por- 
que los indios regre- 
saban a sus tolderías 
con el robo y era 
cuando mayores se- 
guridades había pa- 
ra aventurarse a tra- 
vés del desierto, que 
no otra cosa eran las 
llanuras argentinas 
en aquella época. 

Y seguimos en 
una zozobra perma- 
nente, viendo indios 
hasta en los pájaros, 
durmiendo, por la 
noche, en la misma 
mensajería, mien- 
tras los hombres 
montaban guardia 
en renovación per- 
manente, turnándo- 
se en el sueño, ya 
debajo de la galera, 
ya en su alrededor, 
al campo raso, las 
armas prontas a la 
defensa. 

Recién en San 
Luis, pudo dormirse 
tranquilo, junto al 
fortín, con su azotea 
elevada y sus troneras dispuestas a la 
guerrilla. 

Como contraste a estos sinsabores, una su- 
cesión interminable de peripecias, alegraban, 
podría decirse, la prolongada travesía de 
veinticuatro días hasta Buenos Aires. 

Cuando había que pasar un río ancho y 
profundo, como el «Tercero», en Villa María, 
se hacía por un procedimiento curioso. Se 
ponían a la mensajería diez o doce yuntas 
de caballos y se ataban a las ruedas cuatro 
grandes pipas. Las primeras yuntas pasaban 
nadando, y cuando en la orilla opuesta pisa- 
ban tierra firme, entraba al agua la mensa- 
jería, boyando sostenida por las pipas, y con 
algún susto de las que íbamos dentro, pues 
cualquier accidente podía hacer zozobrar 
aquella Arca de Noé. Cuando ésta a su vez 
tocaba en tierra, se quitaban las pipas y la 




Caricatura 
del escul- 
TOR Zonza 
Briano, por 
Zula Barcons. 
Presentamos a nues- 
tras lectoras, a esta 
joven artista, autora 
de la feliz caricatu- 
ra del renombrado 
escultor, que ha sido 



caballada, animada por el látigo y los gritos 
de los peones, nos subía a gran galope la em- 
pinada barranca. 

En mil ochocientos cincuenta y seis, cuan- 
do mi tercer viaje, con Alejandro Reyes, es- 
poso de mi hermana Hortensia, y el general 
Rufino Guido, hermano del secretario de 
San Martín, tan alegre y chacotón, pro- 
visto de historietas y cuentos capaces de ha- 
cer llevaderas las horas interminables a tra- 
vés de una llanura sin horizontes, ni árboles, 
bajo soles de fuego, el Río IV nos hizo pro- 
tagonistas de un episodio inolvidable. An- 
cho, de poca agua y pantanoso, emprendi- 
mos su cruce directamente, sin las socorri- 
das pipas, y a mitad del camino empantana- 
mos. En vano fueron los esfuerzos de la ca- 
ballada de la mensajería; ésta no lograba 
moverse, más «encajada» por momentos. 

Guido y Reyes se fueron entonces a Río 
IV a buscar el auxilio de una cadena de bue- 
yes fuertes y resistentes, pensamos todos, 
pero que nada pudieron. 

Acertó a pasar, por entonces, una gran 
tropa con numerosos peones chilenos, que 
ofrecieron sus servicios a cambio de buena 
paga, y convenido el precio, echáronse al 
agua, escarbaron en el mismo cauce, ellos 
mismos casi perdidos en el fango, treinta o 
cuarenta se prendieron de las ruedas y varas 
y forcejearon hacia atrás. Cuando la tarde 
empezaba a cerrar, la mensajería se erguía 
en la otra orilla, con su caballada humillada 
por la destreza de los rotos chilenos, co- 
nocedores hasta del 
mismo lecho del río. 
De nuevo en via- 
je, al día siguiente 
llegamos a uno de 
esos ranchitos que 
encontrábamos cada 
dos o tres, con su 
ombú hospitalario, 
su trozo de carne 
colgado y el ya ol- 
vidado gaucho, te- 
jiendo riendas con 
tientos muy finos y 
fuertes. 

Pero no siempre 
se contaba con un 
Guido para alegrar 
la excursión; enton- 
ces se pasaba la sies- 
ta leyendo, tejiendo 
y jugando a barajas 
o al ajedrez, con pie- 
zas especiales, que 
se adherían al table- 
ro por pequeños 
clavos. 

En mil ochocien- 
tos sesenta y cinco 
fué el último de es- 
tos viajes en forma 
primitiva, y hace 
nueve años volví a 
Chile, haciéndolo 
parte en ferrocarril 
y parte en coche. 
¿Qué se han hecho 
aquellos panoramas 
grandiosos, que el 
viajero no se cansaba 
de admirar? ¿Dónde 
está la Laguna del 
Inca, esa maravilla 
encerrada en la 
cumbre por picos de 
nieves eternas, cu- 
yas aguas de un 
azul purísimosecon- 
funden con el cielo, 
y donde, según la 
tradición, los Incas 
arrojaron sus riquezas al verse perse- 
guidos? 

Cuando bajé al territorio chileno, dije a 
la persona que me acompañaba: — «Más 
me gustaba en muía...» 



Viajeros que salís de Buenos Aires hoy, 
a las 8 a. m., llegáis a Santiago de Chile 
mañana, a las 10 p. m., en un tren rápido, 
con coche dormitorio, con restaurant donde 
un chef cordón bleu os sirve a la francesa, 
y os quejáis de un viaje tan largo y tan 
incómodo!... Dad gracias a Dios de no ha- 
berlo hecho con la rapidez y las comodida- 
des que os be referido. 



^^:pv7VTrE.x^ 




interpreta- 
da con raro 
acierto y fi- 
na ironía. 
Recién egresada, con 
titulo de profesora.de 
la Academia de Bellas 
Artes, le auguramos 
francos éxitos en el 
difícil arte de sus 
predilecciones. 



Es indudable que cada comarca en la tierra 
tiene un rasgo prominente, como decía una 
antigua poesía, que todos hemos aprendido 
de muchachos. 

Es así que Rusia tiene sus interminables 
estepas cubiertas de nieve; Suiza, sus mon- 
tañas, con su cima helada y sus faldas flori- 
das, e Italia, su cielo azul, ese cielo radiante 
y sereno, que parece orgulloso de cubrir las 
tumbas del Dante y de Rafael, del Ticiano 
y Miguel Ángel, de todo ese mundo de muer- 
tos que han engrandecido la humanidad. 

Pero no es solamente en la naturaleza que 
hay que notar esas diferencias. También los 
pueblos tienen sus usos y costumbres espe- 
ciales, y por poco que un viajero se dedique 
a la etnografía, siempre tendrá que anotar 
a su paso las peculiaridades que los dis- 
tingue. 

Entre las originalidades propias a cada 
país, no es una de las menos curiosas la que 
existe en el Tirol y muchos puntos de Ale- 
mania, de poner en los frentes de las casas 
inscripciones que revelan el espíritu de sus 
habitantes y que se conservan tres y cuatro 
siglos, a causa del respeto en que se las tiene, 
renovándose tal cual, el día que esas casas 
son pintadas de nuevo o refaccionadas, aun 
cuando, generalmente, sobre todo en el Ti- 
rol, los edificios son de piedra y hacen inne- 
cesarias esas renovaciones. 

Estas inscripciones, ingenuas y sencillas, 
pero que revelan a veces una filosofía pro- 
funda, otras una ironía sutil y maliciosa, 
cuando no la más candida confianza en Dios, 
cuya protección solicitan para su casa, su 
vaca y su familia, — en el orden que van co- 
locadas, — están escritas siempre en verso y 
no pocas veces me he detenido sorprendida 
al observar la sabiduría que encierran casi 
todos esos letreros, grabados en las humildes 
casas de las montañas y que fueron dictados 
tal vez por aldeanos que no sabían escribir. 

No es mi ánimo querer hacer comprender 
aquí toda la ciencia de la vida que contienen 
esos axiomas, tanto más que muchas de sus 
frases son intraducibies, ya sea por su mis- 
mo alcance, ya porque están escritas en an- 
tiguo alemán; pero no puedo, asimismo, re- 
sistir a la tentación de hacer conocer algu- 
no<: de ellos, un cuando mi mala prosa espa- 
ñola no pueda dar sino una ligera idea de lo 
que son esas viejas poesías alemanas, en que 
el pueblo todo ha colaborado y que forma- 
rían, coleccionadas, el código más perfecto 
de la sabiduría humana. 

Citaré, antes que ninguna otra, la primera 
que golpeó mis ojos, en una modesta fonda 
de Yünsbruck, y que fué la que me inspiró el 
deseo de conocer las demás: 

« Vivo y no sé hasta cuándo. 
Muero y no sabré cuándo. 
Camino y no sé hasta dónde. 
Y me creo la imagen de Dios!!!» 

Otra, también de Yünsbruck: 

« Esta casa esmia, y sin embargo no es mía. 
Mi hijo vendrá, que también tendrá que salir. 
Al tercero lo sacarán también para el cemen- 

[terio. 
Así pregunto: ¿a quién pertenece esta casa? » 

Anno 1639. 

En Estrasburgo encontré una variante de 
la anterior, que tiene poca diferencia: 

« Esta casa es mía. 
Pero no la habitaré mucho. 
El que venga después. 
Tampoco evitará la muerte. 

La muerte es segura, 
Después vendrá la justicia divina 
Y el cielo o el infierno, lo que hayamos ele- 

Será nuestra mansión eterna. 

Anno 1773. — Hottíngsbrasse, 478. 

Debajo de una imagen de la Virgen María, 
en Yünsbruck: 



—T=>LS'\^&. 



•rt;2>sv— 



■ .:•»•-■ j^-e ^- ^ ;jí. :•.. ^<^::r.:tas que 
. -' !■. :: •: f :• !■■;.— ?"V;n puert» 

HoígmssB, N.« JC. 

• No confies eA el mundo, 
Oesoonla del dinero. 

No confies en h muerte. 
SoafUte sAlo en Dios. • 

Anno lf>7í. 

• S< sincera y esti pronto 
Como enfermo y como sano. 
Porque no sabes el día 

Ni tampoco sabes la hora. • 

Anno ltJ4. 

• ¡Oh, hombre! Piensa en tu última hora. 
Que tal vez te tome fresco y sano' 

Que te vayas o que vuelvas. 
La muerte te acecha siempre. • 

Anno IbH<i. 

• El que quiera considerar aqui abajo 
El cambio de todas las cosas. 
Ninguna dicha puede alegrarlo. 
Ninguna desgracia entristecerlo. • 

Estos últimos letreros se encuentran en la 
plaza principal de YOnsbruck. y como se ve. 
datan todos del siglo xvii. Los siguientes. 
pertenecen a otro género menos elevado. 
pero tienen igual interés por su ironía, su 
pesimismo o por las conclusiones sobre la 
divinidad y humanidad, a que han llegado 
esas naturalezas de montafieses; 

• Puse esta casa en las manos de Dios 

Y se quemó tres veces. 

Ahora se la he confiado a San Rorián 

Y espera que me la cuidará mejor. > 

Merán, 1839. 

• Esta casa está en la mano de Dios! 
Protégela del fuego y de las tormentas. 
De la guerra y de la vergüenza. 

En una palabra, déjala como está! • 

• Ponemos, ¡oh Dios! bajo tu protección 
Nuestras vacas y nuestra patria! • 

• Que Dios nos libre de los malos tiempos. 
De albaifiles y de carpinteros. 

De doctores y de boticarios. 
De hipócritas y de cuenteros. 
De abogados y dinero falso, 

Y seremos dichosos en este mundo. » 

• San Florián, sé nuestro patrón. 

Y no permitas que se incendie nuestra casa 
Aunque dejes quemar la del vecino. • 

• Esta casa fué confiada a Dios, tres veces, 

Y las tres veces fué quemada. 
La cuarta vez que fué edificada, 
A San Florián fué confiada. 

Y también se quemó. 

Después, mi padre y yo la hemos cuidado, 

Y nunca más se ha quemado. > 

Bozen, 1669. 

• No traigas ni lleves cuentos. 
Si quieres ver felices 

A los seres que habitan esta casa. • 

Stadtpiatz. — Estrasburgo, 1594 

Un letrero análogo existe en la preciosa 
casa de estilo alemán, del siglo xvi, que hizo 
edificar en el Tigre, el señor Ernesto Torn- 
quist y que ahora pertenece a uno de sus 
hijos. 

También en Estrasburgo, en casa de un 
cerrajero, en la plaza de Kléber. se puede 
leer la siguiente inscripción: 

• Si cada boca maldiciente. 
Se cerrara oon un buen candado, 
El noble oficio de cerrajero. 
Seria el más productivo del mundo. • 
Anno 1746. 

Un cordelero de la misma ciudad, que vi- 
ve en la KCfergasse N." 8, no ha querido ser 
menos y ha puesto al frente de su casa: 

• Si a todos los ladrones. 

Se les colgara de un árbol, con un buen cordel, 
No andaría tanto picaro suelto 
Y yo vendería más cuerdas. » 



Muchas veces, al releer todas esias ins- 
cripciones, copiadas en mi libreta de viaje 
y recocidas al azar de mis excursiones, tanto 
en las calles de las ciudades, cuma en las ais- 
ladas casas de las montañas, he pensado que 
urta ciudad como Buenos Aires, que trata 
siempre de imitar todo lo bueno que nos vie- 
ne del extranjero, podía adoptar una moda- 
lidad que no cuesta nada y sería siempre pro- 
vechosa para los transeúntes. 

Me he dicho que sería acción buena, si un 
diario importante o una persona caracteri* 
zada. lanzara la idea e hiciera la propagan- 
da, para que la rec-ojan los propietarics que 
edifican en estos momentos. 

¿No seria esto dar un sello de originali- 
dad a nuestra vieja dudad colonial, que tan 
poca tiene hasta ahoraV 

Esta ciudad nuestra, tan querida y tan 
aristocrática, a pesar de ser republicana, ,;no 
ae sentiría orgullosa de ver a cada familia 
ostentando una especie de blasón sobre sus 
puertas, como los antiguos escudos de las 
casas solariegas, que hablaban a los pa- 



santes, de honor y de viejas glorias? 

No creo que, fuera de Alemania, haya país 
alguno que practique tan bella costumbre: 
^^por qué, pues, nosotros, que hemos copia- 
do a la Alemania sus gloriosos uniformes, 
sus industrias tan fecundas, no tomamos 
también de ella, lo que tal vez sea el secreto 
de su fuerza y de su grandeza: popularizar 
¡os preceptos de moral y honradej. de ma- 
nera íácii, encontrándolos a cada momento 
en el camino, por medio de sentencias y re- 
franes, que han sido y serán siempre la sa- 
biduría de tas naciones? 

Al creer que en el mundo moderno, no 
haya pais alguno, fuera de Alemania, que 
conserve el uso de las iitscripciones murales, 
conozco algunos casos particulares que ha- 
cen excepción a la regla, como por ejemplo, 
;a casa consistorial de Toledo, donde gra- 
bados en caracteres de oro, en el primer re- 
llano de la escalera, se pueden, o mejor di- 
cho, casi no se pueden leer ya, los célebres 
versos de Gómez Manrique, y que transcribo 
de memoria, no sé si con algún error: 

• Nobles, preciados varones. 
Que gobernáis a Toledo, 
En aquestos escalones 
Desechad las ambiciones. 
Codicias, amor y miedo. 

Por los comunes provechos 
Dejad los particulares. 
Y pues que sois los pilaren 
De tan riquísimos techos 
Estad firmes y derechos.» 

Pienso que nuestras jóvenes madres, po- 
drían inducir a sus maridos, que hicieran 
grabar en los frontones de sus casas nuevas, 
un pequeiío trozo de esa sabiduría de los pue- 
blos, en la seguridad de que sus hijos, niños 
hoy, pero nuestros hombres de mañana, no 
podrán sino ganar, al familiarizarse desde 
pequeños, con esas grandes verdades, que 
en su aparente sencillez, encubren tantas lec- 
ciones de la vida. 

En un hogar alemán, que me es muy que- 
rido, un amigo, poeta y literato, durante una 
ausencia de los habitantes, hizo poner en la 
puerta de la casa, una poesía, inspirada por 
el ambiente que reinaba en ella, y que ofus- 
có de tal manera la modestia de la familia, 
que a su regreso la hizo borrar. Por una con- 
cesión, sin embargo, al viejo amigo y en 
agradecimiento a su delicada atención, con- 
sintieron en que se grabara en el rincón más 
obscuro del vestíbulo de entrada, donde so- 
lamente los iniciados lo pueden leer y donde 
ha quedado como un homenaje a la verdad 




CRÓNICA 
SOCIAL 



J^ La Daivia Dui:>jde 



Muy complacida responde la Dama Duen- 
de al llamado de Plvs Vltra, y al aceptar 
la afectuosa hospitalidad de esta sección fe- 
menina, espera que sus distinguidas lectoras 
la consideren amiga fiel y sincera, por más 
que puedan reprocharle en ciertas ocasiones, 
una que otra indiscreción, o protestar contra 
la anticuada rigidez de sus principios. 

La experiencia de los años da el derecho 
de censurar modalidades que no son compa- 
tibles con los prestigiosos antecedentes de 
nuestra clase dirigente; ningún privilegio de 
rango ni de fortuna pueden autorizar fallas 
o extravagancias, muy comunes a la educa- 
ción moderna. . . hallándome, pues, incapaz 
de dominar el impulso de aconsejar a la ju- 
ventud, corriendo el riesgo de ganarme an- 
tipatías, o de provocar la burla de las des- 
preocupadas, hago mi profesión de fe, ro- 
gando a mis lectoras interpreten mis senti- 
mientos, en la seguridad que son inspirados 
siempre por el anhelo de conseguir que mis 
encantadoras compatriotas, atesoren las 
cualidades que puedan perfeccionarlas, con- 
sagrándolas modelo de todas las virtudes y 
de todos los atractivos. 

Después del obligado preámbulo, no ha de 
faltarnos tema para el comentario de ac- 
tualidad. . . 

A pesar de haber terminado el año en me- 
dio de un torbellino de acontecimientos que 
hasta llegaron a amenazar nuestra tranquili- 
dad, jamás ha alcanzado nuestra vidamunda- 
na tai grado de intensidad: ¿descontaremos 
acaso el porvenir (según creen los pesimistas) 
haciendo amplia provisión de bullicio y ale- 
gría, para llenar con su recuerdo horas me- 
nos gratas? ¡No lo permita Dios! Y que este 
año que se inicia, sea de dichosa reacción 
para todos los que amamos la vida, enca- 
rando sus reveses con firme resolución, y 
saboreando intensamente las horas de sere- 
nidad y contento que podamos alcanza»'. . . 

En todos los hogares, se saluda el nuevo 
año. con sonrisas de esperanza; y en los 
festivales celebrados desde la Nochebuena 
hasta esta primera quincena del año, luces, 
música y algazara, llenaron el ambiente de 
dichosas vibraciones. . . la crónica diaria de- 
talló ampliamente el éxito de las fiestas pro- 
verbiales; en cambio, no trascendieron otros 



I-NBl'ANl^ 



Un silence autour de moi et dans moi-méme. 
Un silence pittoresque, plein d'immages aimées. 
Voici mes souvenirs passer en robes fanées 
Et les heures ou l'on pleure et les heures ou l'on aime. 

Je regarde le jardín^ avec les yeux fermés, 

Et je le vois pourtañt uni et parfumé 

Avec des rosiers ou des roses moururent 

Et des branches sans feuilles ou la brise murmure. 

Les oiseaux sont ivres ou fous. Je ne sais... 
Quel est ce chant si doux dans ce jardín si triste? 
Le soir s'avance voilé dans sa robe amethyste. 

Escorté d'un long sillage de régrets... 

Tout se tait. Et j'écoute avec un grand émoi, 

Chanter en moi-méme-tous ce qu'on ne dit pas. . . 

María Lulsa Pavlovsky Molina. 



estricta del sentimiento que inspira ese in- 
terior a todo el que ha tenido la buena suerte 
de entrar en él, 

A las madres argentinas de que hablaba 
hace un momento, a las fundadoras de nues- 
tros hogares, a las que educan a nuestros 
grandes hombres futuros y a las madres del 
porvenir, a ellas, les deseo que puedan, con 
la misma justicia, ver grabada en sus hoga- 
res la poesía a que me refiero y cuya tra- 
ducción es la siguiente: 

•Caminante, si recorres el camino de la 

(vida 
en busca de la felicidad, detente y penetra en 
Blumenau, donde la encontrarás. 

Aquí, donde el mutuo amor y el talento, 
han elegido su morada, aquí reside un 
pedazo del Paraíso, formado por la pureza 
de corazón y la inteligencia del espíritu.» 



ecos menos brillantes, pero que merecen ex- 
teriorizarse, puesto que revelan la faz más 
luminosa de estos festejos tradicionales. 

Si los niños pudientes lograron en estos 
días los ensueños de sus deliciosas y rizadas 
cabecitas, los que no pueden lucir bucles ni 
moños, los que visten un delantalito unifor- 
me, los que no pueden decir: ¡mamá!, han 
tenido también su Navidad radiante, gracias 
a la bondadosa solicitud de las Damas de la 
Beneficencia y a todas las madres, que qui- 
sieran realizar las aspiraciones de todos los 
pobrecitos desheredados, no ha faltado el 
Árbol en ningún asilo infantil, y casi asegu- 
raría que los humildes autos y locomotoras 
de latón, han sido recibidos con el mismo 
entusiasmo que las costosas maravillas me- 
cánicas, adquiridas tal vez con sacrificio. 

Pero no he quefído aludir únicamente a 
la obra de asociaciones benéficas; he de ano. 



tar también el gesto amplio y generoso de 
una de nuestras más encumbradas damas, 
en la seguridad que muchas otras han de se- 
guir su ejemplo, puesto que felizmente no se 
pierde en nuestro ambiente ninguna iniciati- 
va que encierre un propósito benéfico, y sobre 
todo, cuando se dedica a la infancia desvalida. 

Todo Buenos Aires conoce la soberbia 
mansión donde reside una de nuestras más 
distinguidas matronas, que fuera en su ju- 
ventud, bellísimo e inteligente ornato de 
los salones porteños; de arrogante porte, es- 
píritu cultivadisimo, elevada situación so- 
cial y pecuniaria, eligió, entre la falange de 
sus admiradores, al distinguido caballero, 
cuya desaparición la hizo alejarse, hace va- 
rios años, de la vida social activa. Los am. 
plios salones donde atesoró tapices dignos 
de museos, donde reunió un artístico mobi- 
liario reproducción exacta de los que admi- 
rara en Versailes. en una de sus primeras 
jiras por el extranjero, no se abren ya para 
las suntuosas recepciones de otra época; no 
lamentemos los raudales de armonía que se 
oían desde el parque, al abrirse los balcones 
del elegante palacete. . . la exuberante alga- 
zara de los humildes chicuelos de aquel po- 
puloso barrio del Oeste, domina hasta el bu- 
ílicio de sus colegas, los gorriones, que rei- 
naban, como dueños y señores del encantado 
jardín; centenares de humildes invitados 
llenan las avenidas del parque, los días fes- 
tivos; tienen a su disposición hamacas y pe- 
tizos, y más afortunados aun que los que 
disfrutan de todas las diversiones instaladas 
en la Rosaleda de Palermo, conocen la bon- 
dadosa sonrisa, la generosa previsión de 
doña Isabel Frías de Muñiz... 

Esperemos que tan hermosa iniciativa 
decida a muchos potentados, dueños de re- 
sidencias análogas, a sacrificar un tanto la 
artística perspectiva de sus jardines, permi- 
tiendo que sus humildes vecinitos puedan 
hacer amplia provisión de luz y de aire puro, 
tan mezquinados en sus modestísimas vi- 
viendas. 



ENCUESTA n",J 



DURANTE LA CCNFECCICN DE ESTE PRIMER 
NÚMERO, HEMOS ORGANIZADO ESTA ENCUES- 
TA QUE, POR CREERLA DE ALGLN INTERÉS, 
LA OFRECEMOS A NUESTRAS LECTORAS CON 
LAS OPINIONES RECOGIDAS. 

¿Qué personalidad femenina de la historia, 
habría deseado usted encarnar? 
RESPUESTAS: 

De los tiempos antiguos, a Cornelia, madre 
de los Gracos; y de su época, a Mme. Campan, 
por su abnegación para con su benefactora 
María Antonieta; por el mérito de sus inicia- 
tivas que comprendían ya que era necesario 
dar a la joven una instrucción y una educa- 
ción que hiciese de ellas mujeres útiles; ad- 
miro el tacto con que se supo mantener en 
el justo medio entre la frivolidad excesiva 
del ambiente y el desorden que las tenden- 
cias enciclopédicas de Mme. de GenÜs oca- 
sionaron en la educación de la juventud. 
Carolina Lfna de Argerich. 

Juana de Arco que, con sublime heroísmo, 
se inmoló por su patria. 

Teresa de U. de Sáenz Valiente. 

Juana de Arco. 

Elvira de la R. de Láinez. 

Ninguna. ¿Por qué? Porque las que más 
me gustan murieron tristemente. 

Afnolda B. de Roldan. 
Jeanne d Are. 

Laura Holmberg de Bracht. 

Juana de Arco, porque simboliza la fe y la 
virtud las más puras, al mismo tiempo que 
el patriotismo sublime, capaz de todos los 
sacrificios. 

Adela B. de Ruiz. 

MadamedeStael, admiradora desús escritos. 
Paulina Parravicini de Parravicini. 

Florencia Níghtingale, la famosa heroína 
de Crimea, cuya inteligencia y abnegación 
reportaron tan grandes beneficios a la huma- 
nidad; a su iniciativa se debe la legión de 
mujeres útiles y abnegadas, que prestan hoy 
sus servicios en los campos de batalla. 
Mercedes Moreno. 




¿QUIERE USTED SABERLO? 
En el próximo número se contestará ato- 
da3 las preguntas que nuestras amables lec- 
toras quieran hacer sobre tópicos femeninos. 
María Lebém 




EN MAR DEL PLATA 



LA HORA DEL BAÑO 

Dibujo de Huerco. 



—í=>isy.y:& >^Lnri3>x— 





CAER. DE 



LA. TAvO-DE 



AL 

Hora de quietud, hora de calma. 

El bullicio de la ciudad, que hasta mí llega confuso con el vaho de la calle, va disminu- 
yendo, y una calma sedante acaricia mi espíritu fatigado, más que por la labor cotidiana, 
por la monotonía de esa misma labor. 

La masa gris de los edificios cercanos dibújase recortada sobre las tintas rosadas del 
horizonte, manchado a trozos por las pinceladas violetas de algunas nubes que, henchidas 
en lo alto, descienden en arbitrarios dibujos para amortiguar las luces crepusculares que 
cambian de coloración a cada momento. 

Los negros tubos de las rígidas chimeneas, agrupadas unas, aisladas otras, se alzan rectas 
aquí y allá, coronadas con sus caperuzas cónicas, cual centinelas inmóviles, destacándose 
violentamente sobre las tintas aun claras del cielo. 

Lentamente, las sombras de la noche, cada vez más densas, van invadiéndolo todo, bo- 
rrando los contornos, esfumando las cosas, fundiendo los objetos en un tono plomizo y 
uniforme. Algunas ventanas empiezan a brillar salpicando con sus rectángulos color de 
fuego la obscuridad del crepúsculo. . . 

La antipática bocina de un auto, como un latigazo, interrumpe bruscamente mis medita- 
;¡ones. tornándome de pronto a la realidad de la vida. 

Y al descender las empinadas escaleras de la azotea, siento en mi interior la sana y 
dulce alegría de poder gozar aun con estas contemplaciones silenciosas, calmantes del espíritu, 
fugaces momentos de emoción estética. 



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(patente exclusiva de la casa JOSÉ BAU) 

EL ACEITE ESTÁ ENCERRADO EXENTO 

DE AIRE. -CADA PORRÓN ESTÁ LLENO 

POR COMPLETO DE ACEITE. 

HIGIENE Y economía 

Significa una evolución importantísima en beneficio de los con- 
sumidores de aceite fino de oliva, la creación de este nuevo envase 
(Porrón) que resuelve de golpe las dificultades y deficiencias que 
todos encuentran en los envases más o menos cuadrados. 

LA economía E higiene DEL ACEITE ENVA- 
SADO EN PORRONES, en vez de en latas comunes, fácilmente 
se demuestra: 

Las latas comunes, por el hecho de no terminar en cúspide, no 
pueden ser llenadas, haciendo el vacío de aire; contienen, por lo tanto, 
aceite en contacto con aire encerrado. 

Las latas comunes, por el hecho de no tener cúspide, no pueden 
vaciarse completamente, siempre queda un gran desperdicio de aceite 
en el ángulo correspondiente al orificio practicado para abrir la lata. 

Las latas comunes, por el hecho de no tener cúspide, contaminan 
el aceite así que se abren, porque la superficie es plana y caen sobre 
ella materias extrañas (en la cocina o en la despensa), y cuando se 
sirve el aceite, se contamina más o menos con dichas impurezas. 

Hasta el aceite de botellas ofrece la desventaja de que la per- 
sona que toca el tapón con las manos o que lo deja impropiamente en 
cualquier parte, al meterlo para tapar la botella, contamina la parte 
interior por donde tiene que pasar después el líquido. 

CON EL TAPÓN PATENTADO DEL PORRÓN 
BAU, se garantiza la pureza del aceite hasta la últim.a gota de su 
contenido, por cuanto no ce puede meter la tapa dentro del gollete: 
lo cubre externamente (tapa por afuera). 

NO SE ENCIERRA AIRE Y ACEITE DENTRO de los 
porrones, porque cada envase se llena íntegramente y se cierra después 
de practicado el vacío. La enorme ventaja de aislar el aceite del aire, 
es el fundamento más esencial de este invento de la casa Bau. 

NO QUEDA UNA SOLA GOTA DE ACEITE EN LOS 
PORRONES vacíos, porque, rematando en cúpula cada envase, 
se desliza hacia ella hasta la última gota de aceite. 

NI EL hollín, NI EL POLVO, ningún cuerpo extraño, 
ninguna impureza puede entrar en los porrones de aceite Bau, porque 
resbalarían por la cúspide y por la parte de afuera de la tapa. 

NO SE CHORREA ACEITE, no se pierde aceite como en 
las latas comunes, porque, gracias a la disposición de la cúspide del 
porrón y de su boca, el aceite sale sin correrse y sin derramar. 

PÍDANSE PROSPECTOS EXPLICATIVOS. 
NO SE HA AUMENTADO EL PRECIO. 

El costo de cada porrón vacío, es igual al costó de la lata común 
y, por lo tanto, la casa José Bau entrega el aceite en porrones a exclu- 
sivo beneficio de los señores consumidores, sin el menor aumento de 
precio. 

DE VENTA EN TODA LA REPÚBLICA. PÍDASE 
POR SU NOMBRE: "PORRÓN BAU". 

Agencia del aceite "Bau", en Buenos Aires 

Freixas, Urquijo y Cía. - B. Mitre, 1411 



— I=»I_>^'':S 




EL TELEÓPTICO 

DE CÓMO SE PODRÁ VER A DISTANCIA 
POR MEDIO DE LA CORRIENTE ELÉCTRICA. 




EN C0MUN1^,A.,. K 



!ü TRAN3M130R. 



Mucho se han devanado los sesos inventores y sabios buscando solución 
al problema de transmitir las imágenes por medio de las corrientes eléctricas. 

En fuerza de trabajo se ha llegado a la maravilla de reproducir una foto- 
grafía a muchos kilómetros de distancia. El fenómeno, aunque sorprendente, 
no es nuevo. Se trata de un perfeccionamiento del pantelégrafo de Casselli, 
aparato que en 1863 permitía transmitir de Amiens a París el texto autó- 
grafo de un despacho o la reproducción exacta de un dibujo. 

Hoy, algunos periódicos reciben por alambre telegráfico o por cable la 
reproducción de una fotografía, con su clarobscuro correspondiente. 

Pero no se trata de eso. Lo que se quiere es ver sin el intermedio de la 
fotografía, que sólo fija un momento de la existencia. 

¿Es esto imposible? De ninguna manera. 

Hay un metal, el selenio, que posee la maravillosa propiedad de hacerse 
buen conductor del fluido eléctrico, cuando se le coloca a la luz, y de ser ma! 
conductor cuando está en la obscuridad. Esta cualidad tan preciosa como 
inexplicada, permitirá ciertamente llegar a la solución del problema que nos 
ocupa. Veamos una solución probable. 

Supongamos una pequeña habitación en uno de cuyos tabiques se coloca 
un objetivo poderoso, provisto, si se quiere, de un doble prisma de espato 
de Islandia con el objeto de obtener una reflexión total y una imagen no 
invertida. Iluminemos fuertemente la habitacioncita en cuestión, y coloque- 
mos en ella el objeto cuya imagen queremos transmitir. La imagen proyec- 
tada se dibuja en una pantalla de vidrio esmerilado, reducida a un tamaño 
tan pequeño como nos plazca. 

Si un lápiz de selenio recorre la superficie de la pantalla, se hará conductor 
de la electricidad cuando encuentre un claro y mal conductor cuando llegue 
a una zona obscura. Ya tenemos el transmisor. Veamos ahora cómo puede 
formarse un receptor apropiado. 

En el extremo del lápiz de selenio hay un conductor eléctrico, interrum- 
pido solamente por la pequeña masa del curioso metal. Este conductor va 
a parar a una lamparita eléctrica, que se enciende o se apaga según las alter- 
nativas del paso de la corriente. Una pantalla de cristal deslustrado recibe 
la luz proyectada por la lamparita. 

Explicados ya el receptor y el transmisor, veamos cómo funcionan: el obje- 
to cuya imagen vamos a transmitir, se coloca en la cámara fuertemente ilu- 
minada y su imagen se proyecta sobre la pantalla de dimensiones pequeñí- 
simas. El lápiz de selenio la recorre con gran celeridad, mientras la lámpara 
efectúa idéntico movimiento en la estación receptora. A cada zona clara por 
donde pasa, deja el selenio pasar la corriente y entonces se enciende la lám- 
para de la estación receptora, y a cada sombra la luz se extingue por falta de 
corriente, dada la resistencia que el selenio opone. 

Tendremos, pues, en la pantalla de la estación receptora una imagen en 
clarobscuro del objeto colocado en la cámara iluminada, a condición de 
que el recorrido total del lápiz de selenio se verifique en una décima de segundo. 

La razón de esto es la persistencia de la imagen en la retina, pues es pre- 
ciso que la totalidad de los puntos luminosos y obscuros pase ante nuestros 
ojos en ese plazo rapidísimo, para que haya continuidad en la imagen. Lo 
mismo ocurre con las proyecciones cinematográficas, esto es, que cuando 
una imagen reemplaza a otra, aun no se ha borrado de nuestros ojos la pri- 
mera, y nos parece por eso que es la misma. 

¿Será posible fabricar un aparato de esa clase? Es probable. Por lo menos 
teóricamente no ofrece duda alguna. La experiencia vendrá luego a decir cuál 
es la disposición que conviene dar a cada uno de los elementos que han de 
resolver el problema. Cuando este se resuelva, causará maravilla poder ver 
a la persona con quien se habla por teléfono, sin más que instalar a ésta en 
la cámara destinada a la transmisión de imágenes. 




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CURIOSEANDO 



AUTOFAGIA. _Como la palabra auto ha 
quedado para designar un vehículo con cuatro rue- 
das, que anda sólo y que huele mal, podía alguien 
creer que autófago es el que se come un auto. 
No; autófago es el que se come a sí mismo. 
Los naturalistas aseguran que el grillo, encerrado 
en una jaula pequeña, se entrega a este extraño 
deporte. 

El saltamontes devora su cuerpo, hasta que la 
importancia del déficit pone término a sus días y a 
su apetito. 

Animales de un orden más elevado, como el zorro, 
su hembra y la marta, se mutilan con sus dientes 
cuando caen en un cepo. 
La conducta de las fieras es más enigmática. 

El señor Hagenbeck, excelente persona, cita dos leonas que se comie- 
ron sus colas respectivas. 

Un tigre real de la misma casa de fieras hizo lo mismo, no queriendo 
que su rabo quedara por desollar. 

Una hiena siguió este triple ejemplo; pero al descolarse lanzaba car- 
cajadas de alegría. Sin embargo, sus heridas eran tan graves, que la pobre 
hiena siguió a su rabo a la sepultura. 

Los naturalistas explican la autofagia por una enfermedad del sistema 
nervioso. Es rara en el hombre; sin embargo, hay personas que se muer- 
den los labios y se comen las uñas. Esto puede ser un principio de auto- 
fagia, un principio poco apetitoso, pero principio al fin. 



LOS BIGOTES DEL KAISER. _uno 

de los rasgos más característicos de la fisonomía 
del kaiser es el bigote. 

Hace cerca de veinte años, entre los ayudantes 
del emperador, se encontraba el mayor von Bencks, 
famoso por su dandysmo. 

Una mañana, el mayor ordenó a su peluquero, 
Herr Haby, que le arreglase el bigote de un modo 
original. Momentos después, las guías del bigote del 
mayor von Bencks se enfilaban belicosamente hacía 
¡a frente. 

Von Bencks, ya satisfecho de su innovación, sin- 
tióse mucho más al ver que el kaiser se le acercaba 
y le felicitaba por la forma original de llevar el bigo- 
te. Y el felicitado dio el nombre de su peluquero. Inmediatamente, el 
kaiser mandó a buscar a Herr Haby. Media hora más tarde el bigote 
de Guillermo 11 había tomado la forma que hoy lo caracteriza, y Herr 
Haby fué nombrado peluquero de palacio. Había hecho su fortuna. 



HUELGA DE OLAS. _ En un teatro del 
mediodía de Francia se representaba La tempestad, 
de Shakespeare. 

Diez comparsas, ocultos bajo una tela verde, te- 
nían la misión de hacer el mar. 

Cobraban un franco por noche; pero el negocio 
iba mal y el director les rebajó el salario a 50 cén- 
timos. Los comparsas se encresparon y tramaron una 
conspiración terrible. 

Aquella noche, cuando en el curso de la represen- 
tación llegó el momento de la tempestad, el trueno 
zumbaba, los rayos surcaron el pintado cielo, pero 
el mar permanecía inmóvil y sereno, como una balsa 
de aceite. 

El director corrió apurado y gritó a los comparsas; 

■ — ¡Hola, moveos! 

Pero no había olas que valieran. 

Una voz gritó: 

— ¡Queremos un franco! 

El público empezaba a impacientarse. 
Aterrado el director, exclamó: 

— lOs daré el franco, bandidos! 

Entonces, los comparsas comenzaron a hacer el mar y la mar de movi- 
mientos. Las olas eran tan gigantescas, que la tela verde se rasgó, dejando 
al descubierto diez cabezas peludas. 

Eran los «trabajadores del mar.» 



BARBARIDADES — Un periódico feminis- 
ta dice lo que cuestan las mujeres en los pueblos 
que nosotros llamamos bárbaros. 

En Camtchaska cuesta una hembra dos renos. En 
Cafrería (ahí cerca), de tres a diez bueyes, según su 
belleza. Allí, para piropear a una cafre guapa, se la 
dice: 

- ~ ¡Vale usted lo menos ocho bueyesl 
En Uganda vale una mujer seis agujas y un pa- 
quete de cartuchos. En la costa septentrional de Aus- 
tralia se paga el peso en manteca. Cuanto más man- 
tecosa es una señora, más manteca hay que dar por 
ella. Hay australianas que se derriten de amor. 
Los tártaros dan por una hembra, en su propia 
salsa, una caja de cerillas. Esto no es un cuento tártaro, no; lo dice un 
periódico feminista, y cuando él lo dice... 

Esto es indigno. ¡Aun habrá tártaro que llame a su compañera cara 
esposa! 

Las mujeres europeas valen mucho más. Algunas resultan demasiado 
caras. 





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LA CARBONERA 
QUE LLEGÓ A EMBAJADORA 

Una de las figuras femeninas más novelescas de la 
historia, en los comienzos de la época moderna, fue 
Lady Hamilton, que desde los bajos fondos de Londres, 
pasando por todos los escalones de la sociedad, subió 
a embajadora de Inglaterra, para terminar casi a las 
puertas de la miseria. 

Fresca y extraordinariamente bella, rubia, con ojos 
azules del tipo ingenuo de un Grenze, poseía todos los 
atractivos que pueden hechizar a los hombres. 

Se pretende haberla visto en las calles de Londres 
con zuecos, en un puesto de frutas, donde servía como 
criada: sucesivamente pasó por ser vendedora de car- 
bón, niñera, criada, y dependiente en un almacén, y 
aun se dice que peores destinos. El trato con actores y 
pintores. — cuyos estudios visitó como modelo. — dieron 
a Emma ese arte de cuadro viviente que determinaron 
sus posteriores éxitos en los salones. 

El anciano barón de Fetherstonehang. la inició en la 
vida del gran lujo: abandonada, cae otra vez en e! fan- 



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LADY HAMILTON (Cuadro de Romney). 



go, sirve de médium en las sesiones de dudoso magne- 
tismo del doctor Graham, y. por último, se hace aman- 
te de sir Charles Greville, quien la obliga a estudiar, 
aprendiendo presto a escribir, música, canto, etc. 

Sir William Hamilton, embajador de Inglaterra, 
hombre de cincuenta y ocho años, locamente enamo- 
rado de la ex carbonera, después de llevar algún tiem- 
po con ella, resolvió casarse para acabar con aquella 
situación irregular. 

La nueva gran señora, a pesar de las burlas y sar- 
casmos, fué recibida en la alta sociedad, donde triunfó 
por su belleza y su talento. 

En sus viajes sirvió de confidenta entre María Anto- 
nieta, la reina de Inglaterra y la de Ñapóles. 

En Ñapóles conoció a Nelson, capitán de navio a la 
sazón, y sus almas se compenetraron en el acto. 

El escándalo fué tal, que Jorge III concluyó por lla- 
mar a sir William, quien, muerto repentinamente sin 
testar, dejó a su esposa sin medios de vida. 

Nelson no abandonó a Emma, de quien tenía una hija; 
la encomendó a la patria al partir para Trafalgar, donde 
había de morir; pero Inglaterra no escuchó sus deseos 
y Emma murió tiempo después, casi en la miseria. 



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Los templos del Titicaca 



Copacabana, fué. en su tiempo, el 
santuario más célebre de América. 

Data de 1583. Fué levantado por la 
Compañía de Jesús, con el óbolo mu- 
nificente de uno de los condes de Le- 
mus y la dádiva de la nobleza penin- 
sular que eclosionó en las quebradas 
auríferas y en tierras de Potosí. 

Los indios «yunguyos», dieron, con 
su Ídolo sacramental, motivo etimo- 
lógico a esta basílica. «Copacabana». 
monolito advocado por los autóctonos, 
significaba algo así como «lugar de 
donde se podía ver la piedra precio- 
sa». Desarticulemos el vocablo; «Copa»: 
piedra fina; «cabana», derivado o sua- 
vizado de «kaguana»; lugar de donde 
se puede ver u observar. 

Y algo de razón tuvieron los yungu- 
yos. si tomamos por base el collado pro- 
minente que cierra la ensenada, a cuya 

falda se apeñusca la alquería y desde cuyo crestón 
se domina el macizo de los Andes y el lago azul. 

Sesenta años de labor llevaron los jesuítas para 
levantar aquel templo entre gótico y helénico. - 
que a la fin y a la postre el florecimiento de Jus- 
tiniano fué obra de la inmigración occidental. 

La diminuta Candelaria, modelada en maguey, 
por un indio que recuerda la tradición lacustre 
con el nombre de Yupanke, no podía aspirar a 
recinto más suntuoso, donde la prodigalidad vi- 
rreinaticia y la unción femenil de la época debían 
volcar toda su esplendidez. 

Y fué así. en efecto. La imagen, enioyecida y 




Pfí.í'ÍS^- 




Un santuario célebre 



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TEMPLO DE POMATA. PÓRTICO QUE PRECEDE AL ANTEPATIO. 

(DE IZQUIERDA A DERECHA: AGUSTÍN DE RADAS, CORRES- 
PONSAL DE «LA PRENSA» DE BUENOS AIRES, EN LA PAZ; 
ALICIA DE P0£NAN3KY, ESPOSA DEL CONOCIDO ARQUEÓLOGO 
ALEMÁN ARTURO P0SNAK3KY; IND ÍGENA DEL LUGAR, Y NUESTRO 
COLABORADOR W. JAIME MOLINS). 



TEMPLO DE TIAHUANACO, LEVANTADO CON LAS PIEDRAS TALLADAS DE LA METRÓPOLI EN 
RUINAS. HA.5TA ESTOS LUGARES LLEGARON. FN TIEMPOS REMOTOS, I AS AGUAS DEL TITICACA. 



alabada, dio nombre y prez universal a aquel san- 
tuario que anticipó en América la celebridad de 
nuestra Madona de Lujan. 

Tracemos un ágil boceto de esta basílica: Tra- 
sunto de Santa Sofía, — Constantinopla, tiene 
en su interior el patio sacramental, en cuadro, 
rodeado por columnas y pórticos que afianzan el 
corredor. La torre se eleva a una altura de cuaren- 
ta varas con un cimborrio sólido y bien asentado 
sobre los arcos torales. En el frontis que cae a la 
plaza, un arco recio sostiene la cornisa triangular 
sobre cuyo ángulo superior se afirma un escudo 
episcopal. La cúpula no tiene vitrales en su cuerpo 
de luces; pero la piedra berenguela. distribuida 
en la base de la media naranja, pone un místico 
claroscuro en la amplia nave central. Las paredes 
del templo están cubiertas de telas beatíficas co- 
mentando la vida de mártires y apóstoles. El altar 
mayor, obra de alta valía, derrocha plata cince- 
lada en la delantera de su retablo. Imposible des- 
cribir sus detalles, dada la variedad de sus churri- 
guerescos y la cargazón de sus molduras, resul- 
tado de la meticulosidad artística de una época 
llena de religión y ambiciosa de originalidad. 

Frente al templo, un antepatio, que fué necró- 
polis otrora, goza la umbría de los añosos acebu- 
ches que simbolizaron los «ayllus» ( 1 ) y compar- 
tieron su sombra con los muertos, así como fue- 
ron los olivos para la Minerva de Atenas y los 
cipreses para los santuarios de España. 

En el patio central, un jardinillo tonaliza. con 
sus colores amables, la vida del monasterio. Hay 
rosas y achiras y pensamie.itos: algunos eucalip- 
tus jóve.ies y media docena de pinos graves. Tres 
o cuatro guindos conventuales, cargados de frutas 
rojas, esperan la mano del lego para morir en la 
redoma del licor espiritual... 
* * * 

Esto es, ligeramente, Copacabana, erigido por 
la devoción de la compañía de Jesús y que acaba- 
mos de visitar. 

Pero, hete aquí, que un buen día. hace ya 
muchos años, la orden dominicana, celosa del 
prestigio jesuíta en los pueblos lacustres, tentó 
perpetuar su nombre con la erección de un templo 
que superara en magnificencia a esta basílica. Y se 
puso las primeras piedras de Pomata, -hoyen tie- 
rras del Perú, — y en la margen sur del Titicaca. 

La obra de estos religiosos, que por su tesón 

(1) Poblaciones de los indios aymarás. 



podría tildarse «de benedictinos.», se 
significó, años después, con todos los 
contornos de uno de los templos más 
acabados y armoniosos de América. 
Reincarnación bizantina. por ser su 
corte musulmán, une a sus cúpulas 
sobre base cuadrada, sus columnas 
rematando en capiteles cúbicos y sus 
arcadas, la profusión complementaria 
de sus arabescos. Y esto es, precisa- 
mente, con gusto propio, lo que bri- 
lla y se destaca en esta iglesia, amén de 
la esplendidez de su altar enchapado de 
argento, sus ornamentaciones de cedro 
y oro, sus pinturas enigmáticas y hasta 
el órgano desfollado y sin teclas, en un 
rincón del coro, llorando la última ave- 
maria que tocó en la procesión. 

No paró aquí, sin embargo, la diatri- 
ba religiosa perdón al vocablo que 
puso frente a frente a dominicanos y 
jesuítas en el noble deseo de venerar a Dios con 
mayor boato arquitectónico. Luzbel, por no ser 
menos, contrariado del éxito de las misiones cató- 
licas que erizaron de templos suntuosos las orillas 
del Titicaca, resolvió un buen día. sentar cátedra 
en un peñón que le ofrecía tribuna propicia. 

De ahí el nombre del lugar, que recogió la tra- 
dición: «Pulpito del diablo». 

Lo vimos una tarde serena, después de pasar el 
estrecho de Tiquina, donde las aldeas de San Pa- 
blo y San Pedro, acostadas como dos cisnes a uno 
y otro lado, alzan el cuello de sus iglesias blancas. 
Lo vimos una tarde, besado del sol y de las ondas. . . 
Pero, indudablemente, que el pulpito de Lucifer 
debió ser más tarde su roca Tarpeya. en donde le 
precipitara algún santo varón de la conquista, de 
esos que al plantar la cruz ajustaban sobre el gre- 
güesco la tizona. . . 

W. Jaime Molins. 

Pomat.-i (Perú). 1916. 




LA CÚPULA Y PILAR LATERAL DEL TEMPLO DE POMATA, 
CONSTRUIDA POR LOS DOMINICANO.S, A FINES DEL SIGLO XVI. 




LOS PELIGROS DE LA DESESPERACIÓN 



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Garlitos Chaplin 

El rey de la risa 

Si las patrias, agradeci- 
das, tuvieran seso y justicia 
y fueran lógicas consigo 
mismas, con sus dichas y 
con sus desdichas, testimo- 
niarían su debido recono- 
cimiento en esta hora trá- 
gica, cuando la maldad 
reinante echa tantas penas 
en los corazones, a los dos 
artistas. Prince y Chaplin, 
que hacen reir: Prince, en 
París; Chaplin. en Nueva 
York, admirables ambos. 

Pero Prince es el artista- 
clown.el artista-payaso, sin 
mezcla de otro sentimiento. 
Hace reir con toda la barri- 
ga. Y la risa, brotando co- 
mo una cascada de todo el 
cinematógrafo, le acompa- 
ña a lo largo de la película. 

Chaplin. el famoso Cha- 
plin. rico de vis cómica y 
de libras esterlinas, es tam- 
bién un payaso: pero senti- 
mental. También él hace 
reir con toda la barriga, y, 
como al otro, el público, 
riendo a más y mejor, le 
acompaña a lo largo de la 
película. No tiene que es- 
forzarse para ello ni que 
hablar a través del trans- 
parente. La risa que 
arranca no brota, precisa- 
mente, de las situaciones 
cómicas de la obra, sino de 
la persona del actor. Su 
cara es la risa ajena. Su 
seriedad cómica descoyun- 
ta al espectador. Chaplin 
es un maravilloso remedio 
contra la tristeza, y las 

gentes, aliviadas de sus penas, se lo agradecen, llenándole de billetes 
de Banco los bolsillos. 

Pero Chaplin. payaso, es también sentimental: regocijo y tristeza, mue- 
ca de burla y mueca de dolor la lágrima que al desbordarse forma un 
pliegue que parece la contracción de una sonrisa. Tal vez sea Chaplin de 
la madera del clown que después de hacer reir a todo un circo, iba donde 
el médico en busca de una adormidera para sus propias pesadumbres. 

Yo le he visto en una escena de un sentimentalismo intenso. Chaplin. 
ordenanza de una casa de banca, se enamora perdidamente de la dactiló- 
grafa, quien, a su vez, está locamente prendada del cajero. Engañado poi 
las apariencias y creyéndose correspondido, Chaplin la escribe una misiva 
de amor sentimental y le manda juntamente un ramo de flores: y luego, a 
distancia, por la entreabierta puerta de una habitación, ve que ella, en 
su despacho, acoge emocionada la carta y el ramo creyendo que eran 
del cajero, y. reconociendo su error, entre desdeñosa e indignada, rompe 
la carta y echa el ramo al cesto. Hay que ver y que admirar la inmensa 
tristeza que se extiende como un sudario por la fisonomía del artista- 
clown. y el público prorrumpe en carcajadas y aplausos porque entiende 
que aquella tristeza es un chiste. . . Luego, doloroso, va Chaplin a reco- 
ger sus pobres flores y, abrazándose a ellas, cunea al ramo, como si fuese 
el fruto de su amor, en un rincón del sótano, entre cajas de basura. 
Y el público, al contemplar la cara de Dolorosa que pone el pobre 
artista, vuelve a prorrumpir en carcajadas y aplausos, porque el público 
entiende que también aquel dolor mudo es un chiste... 

Y es que la mayoría no ha sabido nunca distinguir entre el dolor y 
la alegría cuando se mezclan en una pildora adormecedora, y el artista 
paladea la mayor de sus amarguras cuando el público, comentando una 
pena que se le escapó involuntariamente, como un gas cualquiera, le 
dice lisonjero; 

Tiene usted mucha gracia... 

Tiene usted mucha gracia, y está llorando, como el arco iris, que se 
disuelve en luz, pero derramando gotas de lluvia. 

Para esa mayoría todos son Princes, y, sin embargo, hay Chaplins; y 
es que Chaplin es sajón, y Prince es latino, y, por añadidura, del país más 
refractario al humorismo. Del «esprit», aunque decadente en estos tiempos, 
se puede decir que es francés, como el «humour» es sajón, y mientras el 
humorismo vive a gusto con ingleses, alemanes y norteamericanos, en el 
corazón de cada uno de los cuales duerme un payaso melancólico, el «es- 
prit» se regodea y se desternilla entre franceses, en el corazón de cada uno 
de los cuales duerme un hombre alegre, que, como el «champagne», sólo 
espera que lo descorchen para esparcirse, bullicioso, en burbujas de ale 
gría. Ha sido necesario que cayera sobre el mundo, y lo regara, una 
avalancha de sangre y escombro para que la crítica francesa haya recono 
cido, por la pluma de Lavedan, que el humorismo, chocante, desespe 
rante e imperdonable, a juicio de dicha crítica, en estos tiempos de lut^ri 
general, nunca, ni siquiera en tiempo normal, fué del agrado de la 
mentalidad francesa, porque la atormenta el corazón y la encalabrina 
los nervios, y por ello la mentalidad la odia. 

Las cuerdas rotas de la guitarra de Chaplin tocan mejor a alegría 
en las márgenes del Támesis. donde la niebla y el Sol saben confundirse 
en una cópula de contrastes, en una conjunción de risas y lágrimas. 

Luis BONAFOUX. 




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I. DO." SOLES EXTINJUIDOS PASÍ N ROZANDO EN El. ESPACIO. — 2. A LA SALIDA DEL 

IMPACTO, FÓRMA.'E UN TERCER CUERPO CELESTE INTANDESCENFE. — 3. EMPIEZA A BRILLAR 

FN EL INFINITO LN\ ESTRELLA TEMPORAL 

En la Royal ¡mlitulion, de Londres, ha dado el célebre astrónomo Bic- 
kerton, profesor de Física y Química de la Universidad de Nueva Zelandia, 
una interesante conferencia para demostrar su nueva teoría relativa a la for- 
mación de las estrellas. 

Antes de exponer en qué consiste, recordemos que las estrellas son soles 
lejanísimos en la infinitud del espacio, rodeados de sus correspondientes 
sistemas planetarios. Así. nuestro «astro rey;, cuya luz cegadora nos des- 
lumhra, y que es fuente de calor y de vida para los planetas a 1 sometidos, 
visto desde Sirio, por ejemplo, no será sino dehilísima estrella, un punto de 
luz perdido en el espacio. 

Sahido es, además, que los soles no son sino antorchas que se van con- 
sumiendo y que por el Infinito pasean innumerables cadáveres de mundos 
alguna vez poblados de seres, según asegura la teoría de la pluralidad. 

Pues bien; de la colisión de esos mundos extinguidos en sentir de Bic- 
kerton, colisiones más frecuentes de lo generalmente admitido suelen nacei 
nuevas estrellas. Las dos masas inertes y sin luz pasan rozando en el espacio 
A medida que se acercan se deforman y caldean en los puntos del impacto 
Verifícase éste y del choque surge un astro de luz intensísima, que aun perdien 
do poco a poco su intensidad es una adición permanente al sistema estelar. 
Es como si un acero y un pedernal gigantescos chocasen en el espacio, en 
gendrando una chispa de supremo brillo y de temperatura explosiva; una chis 
pa capaz de capturar los dos soles muertos, sus progenitores, y de formar 
una estrella doble. Si los dos soles se libertaran, seguirían vagando por los 
cielos eternamente, convirtiéndose en lo que se denomina «par de estrellas 
variables». 

Y esta marcha acelerada hacia una colisión creadora de los soles nuevos 
que vivificarán a los futuros planetas donde habiten organismos, parece 
obedecer a leyes fatales, inmutables. Expresándonos en el lenguaje vulgar, 
diremos que no es la casualidad quien impulsa a las estrellas a «estrellarse', 
unas contra otras. 

Parece como si todo sol cuando siente desfallecer sus fuerzas calóricas y 
lumínicas buscase la proximidad del más cercano para retemplar sus ener- 
gías, y que esta atracción sea la productora del choque prolífico. Si es dado 
comparar las cosas pequeñas a las grandes, amor infinito debe llamarse este 
vuelo nupcial de los soles. 

Por lo que a nuestro hermoso y paternal Helios respecta, ya se sabe que 
nos arrastra rápidamente hacia la constelación donde envejece el esplén- 
dido astro de sus amores. 

Cuando el encuentro ocurra, la Tierra será un cementerio; pero es posible 
suponer que la luz del nuevo sol haga renacer la vida en nuestro planeta. 
La imaginación del lector queda en libertad para fantasear a su antojo sobre 
este remotísimo acontecimiento. 

Según Bickerton, así crecen, se multiplican y mueren los soles, siguiendo 
una ley de renovación en la que se conserva la especie estelar, como todas 
las especies. 



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Galeras de felpa, con las alas rulé y 

dorsé $ 25. — 





REVELACIONES 
DEL OBJETIVO 



ASPECTOS NUEVOS 
DE COSAS CONOCIDAS 



— I3>I_>-^-S 



CUrO- 



GOBELLNO 
/AUTENTICO Zn DUEÑOS AIRES 




CURIOSO EJEMPLAR DEL AÑO 1657, EXISTENTE EN LA IGLESIA DE SAN JUAN, POR EL CUAL HAN OFRECIDO LA SUMA DE 300.000 FRANCOS 



Terminadas sus aventuras de «Veinte años después», nuestro astuto Aramís 
visita cierta fábrica de tapices, calle Mouffletard. junto al arroyo Bievre. 
establecimiento que la historia denomina Manufactura de los Gobelino.s. 
La tristeza del patrón y el silencio del taller le dicen que escasean 
los encargos. 

— Mucho aire de Fronda. — exclama alegremente el mosquetero. — mucho 
aire dañoso, maestro Gobelin. llegó hasta este rinconcillo. a pesar de todos los 
tapices que fabricáis. La guerra civil no ha dejado tiempo a reyes, cardenales y 
señores para proteger el tejido artístico, y vos. olvidando que Gobelin significa 
duende antes que tapicero, lloráis como un bendito. Yo. entendido en 
el arte de tejer lisonjas, os brindo una receta eficaz. Aprendadla; fa- 
bricad un tapiz eligiendo para copiarla la tela más religiosa que ha- 
ya en el museo del Prado, pintada por un italiano. Ana de Austria y 
Mazarino agradecerán esta adulación de sus creencias patrióticas 
y cristianísimas. Y si el tema alude a la futura gloria de Luis XIV. 
nuestro rey. cualquiera os arrebata un sonado triunfo de tapicería. 
Siguiendo la prudente advertencia, escogió Gobelin la «Adora- 
ción de los Reyes Magos», anacrónicamente interpretada por el 
Ticiano, obra que en el referido museo madrileño tiene el nú- 
mero 434. Durante 1657 estuvo listo el Gobelino. 

¿Por qué motivos iba en la bodega de un navio español cap- 
turado en 1818 por el comodoro Chyter, capitán corsario de la 
corbeta argentina «Vigilancia»? Nada se sabe ni se sabrá mientras 
los eruditos no lo investiguen verdaderamente. 

La «Vigilancia» lo trajo como botín, y arrollado a manera de 
alfombra se remató nuestro Gobelino, adjudicándoselo el canó- 
nigo don Pedro Pablo Vidal, mediante la suma de diez y seis 
onzas peluconas. 
Magnífico resulta el precio para un tapiz de suelos, insigni- 
ficante para un tapiz de muros. La tela 
preciosa pasó, generosamente, de las manos del 
postor a las monjas capuchinas de San Juan. El 
obsequio fué muy oportuno, porque «sirvió muchos 
años, en la iglesia, para tapar la ventana que da a 
la calle Alsina y proteger a! órgano del sol y de la 
lluvia-. Esta fué una de las aventuras más peligrosas 
llevadas a cabo por el andariego tapiz. 

Hace unos cuatro lustros, el entonces capellán de 
las rnonjas, R. P. Francisco Laphitz. sacerdote que 
murió en 190.5, después de piadosa vida, supo el valor 
pecuniario que el tesoro tiene. Unos señores extran- 





EL P. FRANCISCO LA- 
PHITZ. QUE DESCUBRIÓ 
LA AUTENTICIDAD DEL 
TAPIZ 



recuerda. 



jeros llegaron a ofrecerle 300.000 francos en buena moneda argentina. 

Estaban, según se dice, comisionados por la Manufactura de los Gobelinos. 

para rescatar el tapiz. 

Aseguraron que de todos los fabricados en dicho taller era el sexto por 

orden de mérito y el único que falta para completar la colección allí 

existente. 

El R. P. Laphitz rechazó tas ofertas, ordenando que el Gobelino fuese 

transportado con todos los honores a la derecha del altar mayor, donde 

luce la majestuosa obra. Es un tapiz que mide treinta metros cuadrados, 
bastante fiel reproducción del lienzo de Ticiano. el brillante colo- 
rista. A pesar de doscientos cincuenta y nueve años y de mil 
peligros sufridos, conserva perfectamente la trama y el tinte. 
La iglesia de San Juan, más afortunada que la Basílica me- 
tropolitana, cuyo Van Dick fué substituido con una mala copia, 
y que los franciscanos, despojados de su Murillo, posee este tesoro, 
Merced a la piedad de santas mujeres, estuvo bien escondido y 
bien a la vista, y la honrada cautela del sacerdote supo descu- 
brirle y conservarle. 

Cerca del Nazareno que. según tradición piadosa, pidió ser 
alojado en tan hermosa iglesia: sobre la tumba del virrey don 
Pedro Meló de Portugal y Villana, en cuyo cráneo hicieron colonia 
las hormigas, y de su espada, «la cual era toda de plata, con em- 
puñadura de oro, se hizo una patena para comulgar la comuni- 
dad», el Gobelino de los Reyes Magos reposa por fin. 

« La presencia da este templo, — escriba su encomiador, el 
R. P. Gregorio Esprabens, — en uno de los lugares más fre- 
cuentados y más febricientes, donde todas las actividades pare- 
cen concretarse en intereses terrenales, es un llamamiento a las 
cosas del cielo; el aspecto de sus altas y austeras paredes im- 
presiona al hombre a pesar suyo, y le 
aun cuando más sumido se halle en 

preocupaciones materiales, que, más allá de esta 

vida, hay otra eterna; que él no sólo es carne, 

sino también espíritu, y que de nada le sirve 

afanarse en acaudalar riquezas y ganar el mundo 

todo, si con ello viene a perder el alma. >< 

« Y, con el alma, todo sentimiento de ar- 
te i>, añadimos nosotros, aplicando a la estética 

estas muy discretas reflexiones. 

E. DEL Saz. 




"K>.^- 




ARTE FOTOGRÁFICO 



LOS SAUCES LLORONES 



— fc>I-JV'.i= \ L 1 J-W — 



jK}mAS LlTF.DADlW; 




TAPA «PlVS Vl.TRA' 



Rodó es un escritor europeo nacido en América. 
Todos los lineamientos de su personalidad litera- 
ría acusan al típico hombre de letras de la Europa 
contemporánea: vigor y concisión en la idea; idea- 
lismo clásico en el estilo; belleza, ritmo y sonori- 
dad en la frase: tal Jacqueville, Taine, Fouillée. . . 

Pero Rodó ha nacido en Montevideo. Y Amé- 
rica tiene, por lo tanto, el derecho de gloriarse 
con tal hijo. 

Un día corrió el mundo de nuestro idioma un 
folleto nuevo: chispa ígnea que incendiara el ar- 
mazón vetusto de un sistema dominante y mal- 
sano. Alarmó a los rutinarios. Descorazonó a los 
que medraban a tal sombra. Los ídolos de barro 
destrozáronse en su caída. Y sobre la tapa de ese 
libro cinco letras, tan sólo, formaban el título. 
Pero esas cinco letras decían — ARIEL — ,., o sea 
la luz, la verdad, la justicia; que era lo que Amé- 
rica necesitaba y lo que Rodó, en su libro, le 
ofrecía, 

i4r/>/ llenó una misión muy elevada. El paname- 
ricanismo, tan explotado por los Estados Unidos. 
en sus anhelos de dominio continental, vióse de- 
tenido en sus avances por una repentina barrera,— - 
la conciencia, adquirida de improviso, por los pue- 
blos hispanoamericanos, del camino fatal. Y era 
Rodó quien se les presentaba, con su antorcha en- 
cendida, para señalarles el verdadero derrotero, 
clarividente del porvenir. 

¿Quién era entonces y quién es hoy. José Enri- 
que Rodó?... Antes de publicar Ariel, su famosa 
critica de la obra de Rubén Darío habíale dado 
renombre en cierta parte de América, y hasta en 
España, mas sin la consistencia suficiente para 
consagrarle inmortal. Ariel trájole una guirnal- 
da inmarcesible. 

Liberalismo y Jacobinismo, El Mirador de 
Próspero y Motivos de Proteo, frutos sucesivos 
de su inteligencia, se agotaron después rápidamen- 
te, al poco tiempo de aparecer: — ¡qué mejor 
arco triunfal! Bajo él marcha hoy. rumbo a la 
gloria. 

El pueblo uruguayo le llevó a una banca del 
Congreso, y al ocuparla renunció su cátedra de lite- 
ratura en la Universidad, Había derramado, desde 
«a tribuna fecunda semilla que germinó en el al- 



ma de las nuevas generaciones: el anhelo de espi- 
ritualizar la vida, el ansia de encontrar las fuentes 
de la verdadera moral . . . 

Un intelectual joven, de la capital vecina, me 
decía una tarde, hablando del escritor aludido: - 
¡Rodó no nos quiere! ¡Nos rehuye! ¡Nos niega el 
estimulo de su palabra y la enseñanza de su talento! 
¡Es un egoísmo intelectual! . . . 

Cuando pregunté a Rodó sobre la verdad que 
había en esos reproches circulantes, me respondió: 

-- No hay nada de eso. Antes desempeñaba una 
cátedra. La renuncié por decoro personal, pues hay 
incompatibilidad entre los cargos de profesor y di- 
putado. Si después de abandonar la diputación, no 
me han vuelto a ofrecer la cátedra, no es culpa mía. 
Por otra parte, nunca niego mi consejo a los jóvenes 
literatos que me ¡o solicitan. Muchos de ellos podrán 
atestiguarlo. Han tenido siempre ¡ranea ¡a puerta de 
mi casa. 

Creo en la sinceridad de estas manifestaciones. 
Sé que en la vida privada Rodó es sumamente irre- 
gular. El mismo me lo ha asegurado. Mas también 
sé que se preocupa y sueña en la orientación de la 
juventud que se levanta. Y si su amor hacia ella es 
discutible, tal vez proviene de la cautela con que 
su espíritu lo guarda, ávido de no trastornar el 
honesto silencio de su retiro, pero arde perpetua- 
mente en su interior, como la llama de los anti- 
guos altares paganos. 

De su retiro he dicho, y no me rectifico. El ilustre 
Rodó vive, en pleno Montevideo, desterrado por 
voluntad propia, de los círculos en que domina 
esa farándola rumorosa que llena las crónicas de 
la vida social. No es desapego, tampoco misantro- 
pía como algunos lo creen; yo lo considero lógico 
sistema de quien tiene un concepto tan elevado de 
la vida, como el maestro creador de Próspero. 

Y alegrémonos de esa norma excéntrica. El si- 
lencio y la soledad son los genios familiares de los 
grandes pensadores y los que más colaboran en la 
unidad de su obra. Un nuevo libro está ya listo so- 
bre la mesa de trabajo de Rodó. El será néctar y 
bálsamo para todas las almas que se remontan 
sobre el mundo de la medianía. Nuevos motivos de 
Proteo, que con su enjambre de parábolas, afir- 
marán la celebridad de .su autor. 



Quizás el critico que más haya preconizado la 
libertad en el arte y la belleza de la poesía haya 
sido Rodó. En uno de sus fragmentos literarios de- 
cía hace quince o dieciséis años: «Tengo una /,■ 
profunda en la eficacia social y civilizadora de la 
palabra de los poetas; pero creo, ante todo, en la li- 
bertad, que Heine proclamó «irresponsable», de su 
genio y de su inspiración.^ 

Y escribía, casi por el mismo tiempo, en el ál- 
bum de un artista: «Alaben otros, ¡oh, poeta!, la 
perfección de tus ánforas cinceladas. Yo prefiero 
decirte que tu poesía sabe hacer pensar y hacer sen- 
tir; que tu verso tiene un ala que se llama emoción 
y otra ala que se llama pensamiento.» 

Quise saber si seguía siendo la misma su opi- 
nión sobre la poesía, y a este respecto pedisela en 
una entrevista reciente. 

Nunca he exigido, — díjome, — otra cosa que 
«belleza» en la obra del poeta. Cuando nos hace gra- 
cia de ese don, vale decir cuando su obra es verdadera 
poesía, el poeta es irresponsable y sagrado. Ello no 
quita que le agradezcamos también el bien y la ver- 
dad, si nos los da por añadidura. 

Ya propósito de poesía y arte, ¿qué rumbos 
cree usted que tomará la literatura europea, des- 
pués de la guerra? 

- - La guerra traerá, seguramente, la renovación 
del ideal literario, como consecuencia de profundas 
modificaciones en el orden social y político. Pero 
nada espero menos que el advenimiento de una lite- 
ratura guerrera, de una literatura épica y marcial. 
Es posible que asuma este carácter la producción 
literaria inmediatamente posterior a la guerra, pero 
de modo efímero y sin inspiración surgida de las 
hondas entrañas de la conciencia colectiva. En los 
albores del pasado siglo, las guerras de la Revolución 
y del Imperio precedieron a una de las más radicales 
transformaciones literarias que recuerde la historia. 
Pero esa transformación fué el romanticismo: litera- 
tura nada guerrera ni triunfal; literatura en que pre- 
dominaron la intimidad y la melancolía. Si la in- 
fluencia de la guerra actual ha de manifestarse di- 
rectamente en el arte, creo que será más bien para dar 
expresión a su inmenso legado de dolor, de culpa y 
de protesta, que para interpretar sentimientos de glo- 
ria marcial y de orgullo de raza . . . Creo en una 
literatura de tono espiritual y grave. 

El optimismo de Rodó es una flor misteriosa, 
que emerge de sus disertaciones filosóficas como el 
loto sagrado de la India sobre las aguas azules del 
Nilo. Es respetable porque nace de una convicción 
profunda, de una fe extraordinaria en el porvenir, 
de una esperanza inextinguible como la luz del sol. 

El ideal de una moral más noble y más digna 
del hombre civilizado mana de las páginas precep- 
tivas de Rodó como la linfa de un manantial sub- 
terráneo. El cansancio que gravita sobre la especie 
humana, como resultado de enormes caudales de 
energías malgastadas, disipase al abrevar el espí- 
ritu en esa fuente maravillosa de salud. Parece que 
el vivir adquiriese una solemnidad inusitada. Que 
presidiera la armonía de nuestras ¡deas una divi- 
nidad de fisonomía helénica como la Atenea ma- 
jestuosa que coronaba el Partenón. Y nos senti- 
mos invadidos por una ola de sentimientos desco- 
nocidos, en los que prevalece el anhelo de la jus- 
ticia: arrastrados por ráfagas espirituales; ascen- 
didos por unas alas impalpables y poderosas, que 
son las de Ariel desplegadas como a conjuro en 
nuestros hombros. Tal es el milagro de la filosofía 
idealista del pensador uruguayo: ¡nave empave- 
sada por la gloria, que nos lleva, del mundo mate- 
rial, hacia el reino celeste de la luz y la belleza! 

De Rodó, en Montevideo, y sin que ello sea irre- 
verente para su persona, suele decirse que es un 
hombre huraño, desdeñoso y grave, que esquiva 
las visitas y establece una muralla glacial entre 
él y el pueblo, con sus modalidades. Yo contesté 
a uno de los que tales reproches hacían, que tam- 
bién las águilas son taciturnas y enemigas de la 
asociación; que viven en las rocas áridas y escar- 
padas, como en perpetuo ensueño; que vuelan so- 
las porque tienen confianza en sus alas: y que, tal 
como ellas en el mundo de las aves, suelen serlas 
águilas de la inteligencia en el mundo moral de 
los hombres: ¡Conquistadoras de un imperio so- 
litario! 

Caupolicán, 

1916. 






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(Fragmento inédito de los «Nuevos motivos 
DE Proteo») 

El pythónico Astiages, proscripto por tiranos 
cuya ruina predijo, vivía, ciego y caduco, en la 
soledad de unas montañas riscosas. Le acompa- 
ñaban y valían una hija, dulce y hermosa criatura, 
y un león, adicto con fidelidad salvaje al viejo 
mago desde que éste, hallándole, pasado de una 
saeta, en el desierto, le puso el bálsamo en la 
herida. 

De la hija de! mago decía la fama una sin- 
gularidad que era sobrenatural privilegio: con- 
taban que en lo hondo de sus ojos serenos, si se 
les miraba de cerca, en la sombra de la noche, 
veíase, en puntual aunque abreviado reflejo, el 
firmamento estrellado, y aun cierta vaga luz, ul- 
terior al firmamento visible, que era lo más mis- 
terioso y sorprendente de ver. 

Ciaxar.'sátrapa persa, que removía en el tedio de 
la saciedad las pavesas de su corazón estragado, ardió 
en deseos de hacer suya a esta mujer que en el miste- 
rio de sus ojos llevaba la gloria de la noche. Todas las 
tavdes, acompañada de su león, iba la doncella en 
busca de agua a una fuente, que celaba el corazón 
bravio de un monte. Ciaxar hizo emboscarse allí 
soldados suyos, y para el león, fué un sabio nigro- 
mante con ellos, que prometió dominarle con su 
hechizo. Aquella tarde el león se adelantó como 
siempre a explorar la orilla breñosa, y no bien 
hubo asomado la cabeza entre las zarzas, recibió 
en ella emponzoñada aspersión, que le postró al 
punto sumido en un letárgico sueño. Cuando, ig- 
norante y confiada, llegó su dulce amiga, precipi- 
táronse ios raptores a apresarla, buscó ella con 
espanto a su león, se abrazó trémula al cuerpo 
inane de la fiera, y al reparar en que yacía sin 
aliento, dejó caer sobre el león una lágrima, una 
sola, que se perdió, como el diamante que cayese 
dentro de pérsica alcatifa, en la espesura de la 
melena antes soberbia, ahora rendida y lánguida. 

Ya apoderados los esclavos de la hermosura que 
codiciaba su señor, e! nigromante decidió llevarle 
por_su parte otra presea. Aproximóse con hiera- 
tico gesto al león dormido, tendió hacia él las ma- 



nos imponentes mientras decía un breve conjuro, 
y el león, sin cambiar una línea en forma ni acti- 
tud, trocóse al punto en león de mármol; tal, que 
era una estatua de realidad y perfección pasmosas. 
Cortaron bajo la estatua un trozo de tierra, que, 
convertida en mármol también, sirvió al león de 
zócalo o peana, y con tiro de bueyes llevaron al 
animal petrificado al palacio del señor. 

Cuando apartó éste su atención de la cautiva, ad- 
miró al león y quiso que se le pusiera, como símbolo, 
en frente de su lecho. León que duerme, potestad 
que reposa. Desde alta basa, bajo el bruñido enta- 
blamento, quitando preeminencia a los unicornios 
de pórfido que recogían, a ambos lados del lecho, 
las alas de espeso pabellón de púrpura, el león, en 
actitud de sueño, dominó la estancia suntuosa. 

Pero en lo interno de esa estatua leonina algo 
lento e inaudito pasaba. . . Y es que, en el instante 
del hechizo, a tiempo de cuajarse en mármol la 
melena del león, la lágrima que dentro de ella 
había se congeló y endureció con ella y quedó 
trocada en dardo diamantino y agudo. La lágrima 
entrañada en el mármol fué como gota de un fuego 
inextinguible dentro de durísimo hielo; fué como 
imantada flecha cuyo norte estuviese en el petri- 
ficado pecho del león. La lágrima gravitaba al 
pecho, pero venciendo a su paso resistencias de 
substancia tan dura que cada día avanzaba un 
espacio no mayor que uno de los corpúsculos de 
polvo que hace desprenderse, del mármol en tra- 
bajo, el golpe del martillo. No importa: bajo la 



quietud e impasibilidad de la piedra, en silencioso 
ambiente o entre los ecos de la orgía, cuando las 
dichas y cuando las penas del señor, la lágrima 
buscaba el pecho. 

¿Cuánto tiempo pasó antes que con su lenta 
punzada atravesase la melena, hendiera la cerviz 
sumisa, penetrase al través del espacioso tórax, y 
llegase a su centro, partiendo el corazón endure- 
cido? 

Nadie puede saberlo. . . Era alta noche. 
Hondísimo silencio en la estancia. Sólo la vaga 
luz que alimentaba el aceite de una copa de bronce. 
Bajo la púrpura, el señor, decrépito, dormía. De 
pronto hubo un rumor como de levísimo choque; 
duro latido pareció mover, al mismo tiempo, el 
pecho del león y propagarse en un sacudimiento 
extraño por su cuerpo. Y cual si resucitara, todo 
él revistióse en un instante de un cálido y subido 
tinte de oro; en el fondo de sus ojos abiertos 
apuntó roja luz, y la mustia melena comenzó a 
enrularse como un mar en donde el viento hace 
ondas. Con empuje que fué al principio desperezo, 
después movimiento voluntario, luego esfuerzo ira- 
cundo, el león arrancó del zócalo los tendidos ja- 
rretes, que hicieron sangre, manchando la blan- 
cura del mármol, y se puso de pie. Quedó un mo- 
mento en estupor; la ondulante melena encres- 
póse de un golpe; rasgó los aires el rugido, como 
una recia tela que se rompe entre dos manos de 
Hércules. . . Y cuando tras un salto de coloso las 
crispadas garras se hundieron en el lecho macizado 
de pluma, quien estuviera allí sólo hubiera visto 
bajo de ellas una sombra anegada en un charco 
de sangre miserable, y hubiera visto después los 
unicornios de pórfido, las colgaduras, los tapices, 
los vidrios de colores, los entablamentos de cedro, 
los lampadarios y trípodes de bronce, que rodaban, 
en espantosa confusión, por la estancia, y el león 
rugiente, que revolvía el furor de su destrozo entre 
ellos, mientras la lágrima, asomando fuera de su 
corazón, como acerada púntale teñía el pecho de 
sangre. 

José Enrique Rodó. 

DIBUJO DE Al.VAREZ. 



— i:^l_/>^'i=i xi.'i"u.-v — 



Me propongo ofrecer a los lectores de Plvs 
Vltra algunas semblanzas ilustres de la vida 
intelectual española, y exponer el pensamiento 
actual de esos hombres eximios. Procuraré tam- 
bién que me expresen sus ideas o impresiones 
acerca del país argentino. 

Necesario es comenzar por don Benito Pérez 
Caldos. Es la primera figura de las letras caste- 
llanas, lo mismo de España como de América. Su 
prestigio es total, pleno y absoluto. Su nombre 

está consagrado por la devoción de dos generaciones. Y su obra es tan 
grande, tan extensa, tan abrumadora, que ante ella, verdaderamente, sólo 
cabe el prosternarse y enmudecer. 

Yo he visitado ahora a Pérez Caldos en el teatro «Infanta Isabelí, allá 
dentro, entre los bastidores, en un cuchitril angosto, lleno de humo de 
tabaco. En el escenario se representaba el último drama del maestro: Sor 
Simona. Y atravesando el desorden de las bambalinas, haciéndome camino 
a través de los comparsas y los actores, penetro en aquel cuchitril donde 
varias personas hablan a gritos sobre temas insustanciales. Y allí, hundi- 
do en un sillón, descubro a un anciano... Un anciano silencioso, abatido, 
maltrecho. Tiene siempre su cigarro de hoja entre los dedos. Pero el ciga- 
rro, el inevitable cigarro galdosino, parece ahora un símbolo veraz: está 
apagado. Sobre los ojos del maestro negrean los cristales ahumados de unas 
gafas. El maestro no ve. El también está apagado. ¡Ciego! 

Yo resisto bastante bien la vista de los espectáculos deplorables. Pero 
al enfrentarme bruscamente con aquella ruina corporal, al contemplar el 
hombre amado, el hombre admirado, y verlo tan caido, tan viejo, tan de- 
rrotado, en el fondo del sillón, confieso que siento el raro temblor que suele 
preceder a las lágrimas. 

Me tiende la mano huesuda y yo me inclino hasta el suelo. Me ofrece 
una silla a su lado. Hablamos. 

Pero la palabra de Caldos, que nunca fué abundante y elo- 
cuente, ahora es corta y breve. A veces siento que se dirigen 
hacia mi rostro los dos círculos negros de sus gafas; quiere ver 
como antes: quiere estudiar el gesto del interlocutor con su cu- 
riosidad de psicólogo y de novelista. Pero, ante la imposibili- 
dad, el maestro desiste. Sus ojos no ven. El alma debe conten- 
tarse con mirar hacia dentro. . . 

Yo hago referencia al drama que se acaba de estrenar. /"^^^^ 

Y el maestro, casi con una pueril arrogancia, dice: 

— Es verdad, la obra está ahi; hace su camino. 
Ahora me preparo a escribir otra comedia. Al mis- 
mo tiempo estoy ordenando los apuntes para una 
novela. 

Dice esto, y enmudece. Yo me callo también. 

Y aprovecho esta corta pausa para hacer mental- 
mente ciertos cálculos de orden estadístico. 
¿Cuándo nació Pérez Caldos? El año 1843. Cuenta 
hoy una edad aproximada de 73 años. Sus obras 
novelescas, teatrales y criticas son más de 100. 

Cuando un hombre ha dado a la patria y a 
la humanidad un centenar de libros densos, 
fuertes, y algunos de ellos geniales, parece que 
esc hombre debía tener derecho al descanso. 
Pero don Benito Pérez Caldos no puede 
descansar. Carece de fortuna; no tiene ren- 
tas. Como el muchacho que empieza su 
carrera, Pérez Caldos necesita trabajar para 
vivir; y entrega su obra a los cómicos o los 
editores con la prisa de quien anda poco abun 
dan te de dinero. . . 

No culpemos a nadie, sin embargo. Cúlpese 
la fatalidad del artista, que recibe de los dioses 
tantas mercedes, pero no recibe la facultad ad- 
ministrativa. El dinero ganado, que, sin duda, lle- 
ga a una suma considerable, Pérez Caldos lo ha 
visto pasar por sus manos y huir aprisa. No ha 
sabido retener. Ha desconocido la virtud que en 
tal grado poseen otros. Ahora le sorprende la ve 
jez, la ceguera. . . Con sus gafas negras y su ci- 
garro apagado, el maestro monta en un coche de 
alquiler y va al teatro, a asistir al es 
treno de sus obras. Cuando muera, se le 
hallará frente a su secretario, dictando 
una escena o el capitulo de un libro. 

De repente surge la palabra fatal: la 
guerra. El maestro se incorpora, como 
al impulso de un estímulo poderoso. Y 
me expone con calor su teoría. Es la 
teoría del intelectual que pone el 
porvenir del mundo en dos na- 
ciones vigilantes: Francia e . 
Inglaterra. Su literatura 
se ha nutrido en la ad 
miración de Balzac, Sha- 
kespeare y Dickens. 
Adora a Inglaterra 
y ama a Francia. 
En cuanto a su 
criterio político, 
necesariamente se 
inclina del lado de 
los aliados. 

— Estas cosas 
no es prudente 
discutirlas, — ex- 
clama. — La 
guerra nos ha 
dividido a to- 
dos. Yo res- 
peto el parecer 






de mis amigos... Pero mi opinión es cerrada, 
invariable y fervorosa: quiero y espero el triunfo 
de los aliados, para bien de la justicia y de las 
libertades humanas. 

El maestro se calla ante el imperio de unas vo- 
ces horribles. . . En el cuchitril lleno de humo ha 
entrado un cómico dando gritos. Viene con el ros- 
tro pintado y acaba de abandonar la escena. Se 
queja de uno de esos agravios de entretelones, 
fieros agravios de cómico que son más violentos 
que un ciclón. El cuartucho donde estamos todos se ve en seguida colma- 
do de gentes que gritan y discuten. Entran hombres disfrazados, pintados, 
vociferando como energúmenos. Uno de ellos trae uniforme antiguo de mi- 
litar, con un sable de guardarropía al cinto. Es quien más fuerte vocifera, 
y temo que el airado cómico desenvaine su arma mohosa y comience a 
pegar planazos. . . 

Entretanto, el maestro Pérez Caldos queda hundido en su sillón, co- 
mo un barco viejo en mitad de un remolino. Sus 73 años de edad, sus ojos 
enfermos y sus cien obras literarias, no son bastante causa para eximirle 
de tan deplorables momentos. 

Yo me coloco frente a é!, para recibir en mi cuerpo pecador las posi- 
bles arremetidas del cómico energúmeno o los torpes empellones de aque- 
llos exaltados. Pero la borrasca, cosa al fin de cómicos, se apacigua repenti- 
namente. El director de escena acude, dando órdenes. Todos, rezongando, 
desaparecen. 

Quedamos otra vez entregados a nuestra charla, y yo, mientras escucho 
las palabras un poco lentas y opacas del maestro, lanzo a volar mi imagi- 
nación por la generosa tierra argentina. [Cuántos brazos efusivos y fervo- 
rosos se tenderían en Buenos Aires para recibir al maestro, si el maestro 
quisiera cruzar el Atlántico! . . . 

Hablamos, pues, de la Argentina, y el maestro hace alusión 
a los muchos amigos que desde las riberas del Plata le escriben 
constantemente. Dedica un recuerdo a don Roque Sáenz Peña, 
con quien tuvo lazos de cariñosa amistad. 
De repente, yo exclamo: 

Dígame, don Benito, ¿por qué no se decide usted a visitar 
la Argentina?. . . 

El señor Pérez Caldos no muestra sorprenderse 
mucho por la temeraria propuesta. Y dice sencilla- 
mente: 

. — Yo haría ese viaje muy gustoso. Siempre 
he tenido el propósito de hacerlo. Amo a la 
noble América... ¡Pero me falta salud, me fal- 
ta la vista! 

Yo me atrevo a insistir, y agrego: 
— Maestro, sus objeciones no tie- 
nen bastante fuerza. Un viaje por 
mar se realiza actualmente con in- 
creíbles comodidades. Seria usted 
transportado dulcemente por un 
magnífico transatlántico español, y 
al pisar el suelo argentino, miles de 
admiradores le acogerían en sus bra- 
zos, miles de corazones harían que 
fuese allí su existencia la más suave, 
la más cordial, la más entusiasta... 
Y el maestro dice, vacilando: 
— En realidad, a mi no me asusta 
el viaje. Soy un viajero empederni- 
do. No me mareo, no sufro en el 
mar. . . ¿Pero qué haría yo en aquel 
país agitado y laborioso? Mis cos- 
tumbres son frugales; me acuesto 
temprano; mi comida es insignifican- 
te; carezco de aptitudes oratorias. 
¿Qué haría yo allí, entonces?. . . 

— No haría usted nada de excep- 
cional, don Benito. Se dejaría usted 
agasajar. Mostraría usted su figura 
venerable, haría usted oir su voz 
amada a sus devotos de allá abajo. 
Sería usted el verdadero mensajero 
del espíritu español contemporáneo, 
que se ofrecería a los pueblos nuevos 
como una ofrenda de hermandad 
profunda y pacífica... ¿Por qué no 
atreverse? 

Y el maestro, tal vez íntimamente 
convencido, murmura: 

-No sé, no sé... Habría que 
pensarlo. Soy viejo, necesito que me 
ayuden para dar un paso . . . ¡Déjeme 
que lo piense! 

Yo insisto todavía: 

Y bien, maestro; si otros organi- 
zasen su viaje, para que usted no su- 
friese mucha incomodidad, ¿se arries- 
garía? . . . ¿Puedo decir a los lectores 
argentinos la última palabra deci- 
siva? 

- Dígales que el proyecto me se- 
duce. Pero que necesito reflexionar... 
Esto me ha dicho don Benito Pé- 
lez Caldos, el maestro de la literatura cas- 
tellana. Yo traslado sus palabras al público 
argentino. El viaje del ilustre escritor seria 
cuestión de un poco de empeño y de un 
liviano esfuerzo de voluntad. 

José M.'^ Salaverría. 

Madrid, marzo <ie 1916. 



Í2>X- 




RUBÉN DARÍO 

F'ASTEL DE ALONSO 




Su rostro era parecido al de Beethoven. Sus estrofas son 
también suaves y fuertes, como las cadencias del genial 
músico. Porque ostentaba en su faz y en su arte e! sello de 
la grandeza. Fué un creyente descreído un millonario 



excéntrico que pedía limosna de amor para los humildes, 
imitando a los monjes mendicantes. Creímos en él, y le re- 
servamos el mejor sitio de nuestras páginas, sin sospechar 
que pronto le habríamos de rendir este último homenaje. 



— i=>i.^v^ >v L'rrs.^x- 






IIL DUfO.N 
ÜE^TAUIiADOUL 



cfcM 




El día 25 de mayo, ese día que en otro tiempo 
considerábamos como un día de gratas expansio- 
nes patrióticas, de ardorosas y heroicas reminis- 
cencias, era una fecha en que el entusiasmo patri- 
cio no tenia límites: y entre las manifestaciones 
del gobierno y del pueblo con que se saludaba la 
salida del sol. además de las salvas de artillería 
y de las estruendosas fanfarrias militares, prima- 
ban las numerosas corporaciones de los alumnos 
de los colegios, vestidos, imitando el traje de Adán. 
como los indios del Amazonas o del Orinoco, con 
taparrabo de plumas y corona de lo mismo en la 
cabeza y el carcax lleno de flechas a la espalda. 
Asi eran conducidos, tiritando de frió, hasta el 
pie de la pirámide, a cantar en coro el himno na- 
cional. 

Era este el día en que mi tía la señora doña 
Angela de las Muñecas elegía para sus patricias 
manifestaciones, que con un orgullo colonial tras- 
cendían al público. 

Adornaba las ventanas de su casa con colga- 
duras de damasco punzó, y en la noche con una 
multitud de faroles de colores, pues bien sabía 
ella que en ese día se presentaría don Eusebio de 
la Santa Federación a traerle el piramidal y mo- 
numental ramillete, galante obsequio del dictador 
argentino . general don J uan Manuel Ortiz de Rosas. 



Don Eusebio de la Santa Federación constituía, 
con su estructura original, el bufón predilecto del 
señor feudal de Palermo, y en más de una ocasión 
con alguna chocarrería intervino atrevidamente 
en las recepciones diplomáticas y en otros asun. 
tos análogos, donde su cuerpo curtido, como co- 
rrección, recibió una tunda de puntapiés. 

Antes de ejecutar su retrato enlazando las re- 
miniscencias de la edad temprana con el trasunto 
del pintor Carrandi. haremos una prolija relación 
de sus múltiples y disparatados títulos. 

« General de la provincia. Conde de la estancia 
del Vino, Albacea y tutor de los bienes de don Juan 
Manuel de Rosas por derecho juramento a la ver- 
dad. Comprometido con la señorita Manuelita 
Rosas, Majestad de la tierra. Conde de Martín 
García. Señor de las islas Malvinas, General de 
las Californias. Duque de la quinta de Palermo 
de San Benito. Gran mariscal de la América de 
Buenos Aires.» 

Alguna vez llevaba un casco dorado con las 
armas de la patria, capa de paño pardo con cuello 
y vueltas de terciopelo punzó, uniforme azul con 
vivos rojos, adornado con nueve medallas rosa. 

Como se ve. no le faltaban fantásticos y dispa- 
ratados oropeles al favorito loco, cuyo traje iba 
en armonía con el delirio de las grandezas que lo 
obsesionaban. 

Don Eusebio era un zambo de regular estatura 
y de facciones obscuras y grotescas. Nariz algo 
achatada, frente estrecha y deprimida, labios las- 
civos, gruesos, morados, como tinta violeta, ojos 
chicos, pardos, lánguidos y sin brillo, y pelo y bar- 
ba entrecanos, duros como cerda. 

Sobre su cabeza de asno domado llevaba un 
sombrero elástico de obscurecidos galones en el 
borde superior, y plumachos viejos de todos colo- 
res, y en la extremidad de atrás colgaba una llave 
de hierro con que cerraba las puertas del castillo 
de Palermo. 

Una casaca de vetusto uso y remendada, que 
en otra época fué de paño azul obscuro, hoy des- 
colorido, con el cuello y botamangas punzó, pre- 
sentaba las incurias devastadoras del tiempo; los 
faldones le acariciaban los ladeados talones. Asi- 
mismo, pendían de sus robustos hombros unas des- 
hechas charreteras, obscuro el oro por la vejez sin 
fecha, que hacía pendant con una gran placa y 
grandes medallas de latón que entrechocaban al 
caminar, en su resaltante pecho, tan fuerte como 
el de un toro. La casaca nunca la llevaba pren- 
dida, con el coqueto intento de hacer resaltar su 



rojo chaleco, prendido con una botonadura varia- 
da de todos colores. Un pantalón blanco, abierto 
abajo, con botones de metal, y adornado con una 
vetusta franja de oro, concluía la estrafalaria in- 
dumentaria de este imbécil bufón del tirano. 



Rodeado de pilletes de la calle, se presentaba 
don Eusebio en la casa de mi tía, la señora doña 
Angela de las Muñecas, llevando con marcado 
esfuerzo en sus robustas manos el famoso pirami- 
dal ramillete, fino obsequio del dictador argentino. 

La señora, llena de alborozo, salía a recibirle: 
entonces el enviado extraordinario, tomando un 
desplante original y una apostura de arrogancia 
extrema, con un énfasis bárbaro de diabólicas 
contorsiones, le endilgaba el siguiente discurso, 
donde no escaseaba, de cuando en cuando, revo. 
loteadas de ojos, de esos ojos que parecían que 
acababan de dormir una mona, que tanto se pa- 
recían a los de un carnero ahogado. 

« Señora de la mayor respetabilidad americana 
y «urupea». El ilustre restaurador de las leyes y 
general de los ejércitos argentinos y de las Amé- 
ricas. mi excelentísimo padre y guardián, me man- 
da que te venga a ver porque sos una patriota 
como no hay muchas, pues tu hermano y padre 
santo no reculó ni la pisada de un chimango a los 
godos, y por eso lo capugiaron y está ya muy «so- 
segao» en el sanjón debajo de tierra, y por eso el 
general de las Américas, mi padre el rey de Paler- 
mo de San Benito, le manda este ramillete tan 
«pesao» que vengo pujando como un animal y ape- 
nas lo puedo aguantar, para que a su «salú» lo 
coman con gusto. » 

La señora, muy conmovida, a pesar de la gro- 
sera estructura del discurso y de la figura de pasi- 
va locura del interlocutor, le daba efusivas gra- 
cias, deseándole mucha prosperidad en el gobierno 
y mucha salud a la real persona de don Juan Ma- 
nuel, y, por último, le enviaba cariñosos recuerdos 
a Manuelita. 

Don Eusebio daba media vuelta como si fuera 
un soldado, y se retiraba marcando fuertemente 
el paso y haciendo sonar los tacos de sus zapato- 
nes. Entonces, ¡oh dulce dicha!, nos llegaba el tur- 
no a nosotros los infantiles sobrinos, y mi santa 
tía, a pesar de la energía del primer momento, 
apenas podía defender el ramillete, que al fin caía 
en nuestras genízaras manos, y cada uno de los 
pequeños vándalos salía con ellas embadurnadas 
de almíbar, cabello de ángel, deshechos merengues, 
bombones y otras golosinas. 

Desprendida y bondadosa como era mi tía An- 
gelita, repartía el ramillete entre todos sus sobri- 
nos y allegados. 

Y es por esta galantería del dictador argentino 
que aprendimos de ella a denominarlo «Ilustre 
restaurador de las leyes.» 

¡Ah! Con qué ansiedad e impaciente alegría, 
días antes, esperábamos el día de la Patria. Ese 
25 de mayo del ramillete. 



José Ignacio Garmendia. 



DIBUJO DE ALONSO. 





•El general Garmendia nos recibe en el amplio 
hall de su casa. Hemos interrumpido su matinal 
lectura de diarios, y no es nuestra visita, por lo 
visto, de las que más le agradan, a juzgar por el 
gesto con gue observa que tras de mí entra en la 
casa el fotógrafo y su ayudante, armados de má- 
quinas, trípodes y demás bártulos del oficio. 

Frente al arrogante militar, de gesto adusto y 
ademán enérgico, sentimos una necesidad irresis- 
tible de cuadrarnos como tristes reclutas. Le ofre- 
cemos, con mano temblorosa, una tarjeta, que 
acredita nuestra insignificante condición de cro- 
nistas, y apenas si nos atrevemos a balbucir pa- 
labra. 

El general nos mira de pies a cabeza, haciéndo- 
nos pasar un momento de verdadera angustia. 
Sospechamos fracasada nuestra interesante nota, 
con el agravante de ser sacados de allí tal vez 
a culatazos. 

Los retratos de nobles caballeros, viejos ante- 
pasados del general, que cuelgan de las paredes, 
parecen animarse y cobrar vida, para clavar en 
nosotros la mirada fiera, increpándonos por el 
audaz atrevimiento cometido. 

Pero he aquí que nuestra zozobra pasa, al escu- 
char la palabra del valiente patriota que, alar- 
gándonos la mano que tan gloriosamente empu- 
ñara la espada en cien combates, nos hace sentar 
a su lado. 

— Y bien, amigo, ¿qué es lo que quiere? 

— Queremos, general, que nos enseñe su colec- 
ción de armas históricas, y nos permita hacer de 
ella una reseña en las páginas de Plvs Vltra. 

— Bien; está bien. Tengo, en efecto, muchas 
armas... cerca de novecientas. Vengan por acá. 

Seguimos al general y recorremos con él las 
salas de armas, materialmente abarrotadas de sa- 
bles, espadas, pistolas, lanzas, cascos, corazas, ban- 








deras y fusiles, y volvemos a tener nuevos sobre- 
saltos rodeados de tanto material bélico, no tar- 
dando en sentir los escalofríos de la emoción al 
ver desfilar ante nuestros ojos las gloriosas joyas 
que el general Garmendia nos enseña y cada una de 
las cuales evoca una página de la hisioria patria. 

— Aquí tienen — nos dice — dos espadas del 
general San Martín. Esta me la regaló mi amigo 
inolvidable, el doctor Quintana; fué un obsequio 
del libertador al gobernador Luzuriaga. Esta otra 
me la mandó don Gonzalo Bulnes, y fué la que 
usó San Martín en Bailen. 

— Estas dos pistolas — nos dijo — están hechas 
con hierro del aerolito que cayó en Santiago del 
Estero, allá por 1700, y pertenecieron a don Juan 
Manuel de Rozas; me las obsequió su hija Ma- 
nuelita. 

De un estuche, carcomido por el tiempo, saca 
el general dos nuevas espadas. 

— Estas fueron también del restaurador. Con 
ésta hizo la campaña del desierto; tiene la empu- 
ñadura y guarnición de plata; me la dio el doctor 
Belgrano. Esta otra, que me obsequió el señor 
Gandulfo, tiene la guarnición de oro y plata, y un 
medallón en el que dice: «Rozas». 

— Aquí tienen ustedes más espadas históricas. — 
Y nos señala una pared de la que cuelgan la del 
general don Juan Facundo Quiroga. La del gene- 
ral don Félix de Alzaga, con guarnición y vaina de 
oro; la hoja cincelada, y en el centro un medallón 
de cada lado, que dice: «¡Viva Garlos 111!» y en 
el otro «La Real Compañía»; la espada del coronel 
don Pedro Díaz de Vivar, regalo de su nieto don 
Mariano Díaz de Vivar; una espada boliviana de 
don Juan Alurralde; la espada de Fulgencio Ye- 
dros, tomada en Beribebuy por el mayor Manuel 
Campos, obsequio del general Gainza; la espada 
de don Jaime Alsina; las espadas del cacique Ca- 
ñumil y del cacique Sayhueque; la espada que 



LA SALA DE LANZA.S Y BANDERAS, EN LA QUE EL 
GENERAL JOSÉ IGNACIO GARMENDIA, CONSERVA UN 
VERDADERO TESORO. EN ESTA SALA SE VE UNA VALIOSA 
ARMADURA QUE PERTENECIÓ A ENRIQUE II DE FRANCIA, 
VARIAS CORAZAS Y UN BUSTO DEL GENERAL. HECHO POR 
EL ESCULTOR HEBERLAIN. 




SALA DE ARMAS, EN LA QUE GUARDA EL GENERAL, ENTRE 
OTRAS RELIQUIAS HISTÓRICAS, UNA CIGARRERA QUE PER- 
TENECIÓ AL GENERAL DON JUAN GREGORIO DE LAS HERAS, 
UN PAÑUELO DEL GENERAL URQUIZA, UN ANTEOJO DEL 
GENERAL DON JUAN LAVALLE Y UN FLORERO CON EL 
RETRATO, EN ESMALTE, DE ROZAS. 



— IZ>LJX ^r- \ L^ T"I3>N. — 



fué del presidente Santos, toda ella adornada con 
piedras preciosas: y la espada peruana del general 
Vallibtan. donada por don Adolfo Alsina. 

De un estuche sacó el general dos espuelas de 
plata repujada, de gran valor artístico. 

— Fueron — nos dijo — del Mariscal Santa 
Cruz, y me las regaló su hijo el coronel don Simón 
de Santa Cruz. Esta pistola que ven ustedes fué 
del general don Lucio V. Mansilla. 

— No deja de tener interés histórico esta pis- 
tola-escopeta, que el escritor Alejandro Dumas 
regaló al general Pacheco y Obes: y este revólver 
que perteneció al publicista don Florencio Várela. 
También es interesante esta pistola del marqués 
de Puente Fuerte, que fué encontrada en una 
toldería. 

— Este puñal, fué del coronel Luengo: y este 
cuchillo de caza, como verá usted por la inscrip- 
ción, perteneció al «serenísimo y potentísimo señor 
principe Carlos Conde. Palatino del Rhin. Dux 
Romano, principe Eledor. 1683». 

Pasamos a otra sala cuyas paredes están cubier- 
tas de lanzas y banderas. Allí vemos la moharra 
de la lanza del coronel Suárez. con la que comba- 
tió y venció en Junin. regalada al general por su 
hija doña Leonor Suárez de Acevedo. y certificada 
f)or una carta de su esposo: la lanza del célebre 
Chacho: la de los coroneles Manuel Ocampo. Gua- 
rumba. Acuña. Avalos. y Bosch. La lanza de hierro 
del cacique Facallen. y las de los caciques Bartolo. 
Pedro. José y Cleto, tomadas por el general José 
María Uriburo. y la lanza del general Benavidez. 
gobernador de San Juan. También está alli el 
látigo-estoque del cacique Pichón. 

— Pasen ustedes a esta otra sala. Aquí verán 
una gran colección de banderas. 

No pudimos menos de sobrecogernos ante aque- 
llas gloriosas enseñas, que flamearon a la vanguar- 
dia del regimiento Sol de Mayo, del Batallón Pro- 
vincial, del Regimiento de las Conchas. . . 




GRUPO DE ARMAS. ENTRE ELLAS UNA P/ NOPLIA ANTICUA 
QUE PERTENECIÓ AL ÜENERAL DON BARTOLOMÉ MITRE, Y 
OUE REGALÓ AL GENERAL GARMENDIA DON EMILIO MARTÍ- 
NEZ Y UNA ESCOPETA DE LA PRINCESA CARLOTA, REGALADA 
POR EL DOCTOR LAMAS. 



Están allí también, la bandera de Pavón, y las 
banderolas del coronel Meana, del general Cara- 
bailo, y del general Izquierdo, y la banderola bor- 
dada del regimiento de artillería que estuvo en el 
combate del Paso de Obligado. 

Seria largo enumerar en este corto espacio todas 
las armas históricas, verdaderas reliquias, que 
guarda el general Garmendia, debidamente docu- 
mentadas, todas ellas con sus correspondientes 
certificados de autenticidad. 

El general Garmendia, no es sólo un coleccio- 
nador de armas; su doble condición de soldado de 
la espada y de la pluma, ha ensanchado el hori- 
zonte de sus aficiones de coleccionista, y posee 
valiosas obras de arte en cuadros, miniaturas, jo- 
yas y libros antiguos. Tiene algunos cuadros de 
gran interés, como el que representa a Rozas 
joven, tocando la guitarra, y a su hermano don 
Prudencio, bailando un baile criollo, que regaló 
al general, don Manuel Baudrix, y otro cuadro que 
representa la decapitación de Avellaneda. 

No ha sido nuestra intención hacer una bio- 
grafía de este bizarro militar, cuya honrosa foja 
de servicios no cabría en los estrechos límites 
de esta crónica, ni nos hemos propuesto presen- 
tar al escritor, cuya obra literaria, ya juzgada por 
plumas como las del general Mitre, Ricardo Gu- 
tiérrez, Joaquín V. González, Vicente F. López, y 
Miguel Cañé, es de todos conocida; así, pues, séa- 
nos permitido al cerrar esta breve reseña sobre la 
valiosa colección de armas históricas de este «hidal- 
go de alta cepa, exponente de la vieja y señoril 
cultura porteña» palabras de Carlos Ibarguren 
- séanos permitido, decimos, repetir la frase de 
este distinguido escritor, que al ver al general 
Garmendia hacer esgrima a sus años en el Círculo 
de Armas, con arrogante agilidad, imaginó, dice, 
que así fueran los caballeros de capa y espada, de 
aventuras heroicas y galantes. . . 

Emilio Dupuy de Lome. 




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-^KAH LALA DE ARMAS, EN LA QUE ESTÁN LA E5PADA DEL TENIENTE PARAGUAYO J. LÜPEZ. DE GRAN VALOR HISTuRlCO, I-OR SER LA QUE ACOM- 
PAÑÓ A ESTE VALIENTE DURANTE EL COMBATE DE VEINTITRÉS DÍAS, EN QUE LA CHATA A SUS ÓRDENES SE DEFENDIÓ CONTRA LA ESCUADRA 
brasilera; el machete de abordaje del coronel rosales; la espada del general SANTOS, GUARNECIDA DE RUBÍES, GRANATES Y ESME- 
RALDAS, Y LAS ESPADAS DE LOJ OEMERAI.R-S MADARIACA, . PUEYRREDÓN, BLAS JOSÉ PICO, ARENALES, RAMÍREZ, LUIS M. CAMPOS, MITRE Y 

ANTONIO PALACIOS. 



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A VECEl/- LA PaVEEiA 
DA E^'TE !aE./^T:EAX)0.. 




RECETAS ÚTILES 

MODO DE PLANCHAR LOS PANTALONES 



Procedimiento que debe emplearse para evitar las rodilleras, conservando la raya. La sencilla 
operación que indica el dibujo, debe practicarse todas las noches, para que dé buen resultado- 

DIBUJO DE MÁLAGA GRENET. 



X L_ 1 l-^.X- 



Dos vidas 




Amado Norvo 



Cuillermo y Antonio se encontraron, a los diez 
y nueve y diez y ocho años, respectivamente, 
huérfanos de padre y madre y con una cuantio- 
asima fortuna. 

Cuillermo era un muchacho práctico por exce- 
lencia. Tenía pocas, pero «exactas» nociones de la 
vida. En ratos de vagar, se había trazado un pro- 
grama para el día probable en que fuese dueño 
de su dinero. 

Lo esencial era evitar los fastidios y las penas. 

Sin duda alguna, la incertidumbre del mañana 
es uno de los más angustiosos estados de concien- 
cia. Su dinero lo ponia a salvo de ella. 

Fuese, pues, a ver a los Rothschild y convino 
con ellos en invertir todo su capital, menos algu- 
nos cientos de miles de francos, en valores de tout 
repos: Consolidado inglés. 3 "(, francés, Crédit 
Foncier: ciertas obligaciones ultragarantizadas. . . 
Papeles, en fin, que producían apenas unos con 
otros el tres y medio por ciento; pero más firmes 
que todas las firmezas (menos cuando a una ca- 
marilla militar se le ocurre decretar una guerra 
como la que padecemos. . . ) 

— Por este lado, — se dijo. — ya estoy tran- 
quilo; las ondulaciones de la bolsa me importarán 
muy poco. No veré siquiera, porque es inútil, co- 
tización ninguna. Ahora voy a ocuparme de lo 
demás. 

•Lo demás» fué comprar una hermosa casa en 
el barrio de los Campos Elíseos, con los cientos de 
miles de francos sobrantes; amueblarla bellamen- 
te; llevarse a ella a sus viejos criados fieles y 
seguros. 

Helo, pues, instalado, con renta fija y ánimo 
sereno. 

¡Qué había de hacer sino vivir! Vivir bien; vivir 
sobre todo, en paz... 

Pensó que en los años mozos nos viene a ver 
una visita peligrosa: el Amor. 

La segunda parte de su programa fué suprimir 
esa visita. 

El amor siempre hace mal; siempre está erizado 
de púas. . . 

— ¡Compremos, — se dijo, — el amor que pasa! 



Antonio, como no era un hombre tan previsor, 
ni colocó su dinero en casa de Rothschild, ni de- 
fendió celosamente su libertad. 

Un día vino a buscarle el amor en la más co- 
mún de sus encarnaciones; se llamó para él María, 
fué rubia, tuvo diez y ocho años. Lo demás lo 
dijo la vida. . . Dos lustros después, siete hijos 
ensordecían la casa. 

Hubo alternativas vulgares de sombra y luz; 
chicos enfermos, malos negocios, horas de beati- 
tud íntima en la placidez del hogar; hubo de todo, 
de todo . . . 

Guillermo iba poco a casa de Antonio. Solía de- 
cir como el viejo Fontenelle: «A mí me gustan los 
niños sólo cuando lloran. . . porque se los llevan!'>; 
y encontraba duro, como Schopenhauer, que deba 
uno oír llorar su vida entera a los chicos, ajenos 
o propios, simplemente porque uno mismo lloró 
algunos años. 

Su carácter se volvió suspicaz y desconfiado. 
Tenia, sobre todo, fobias frecuentes. Una de ellas 
era la del sablazo. En cuanto un amigo lo trataba 
con más amabilidad que de costumbre, Guillermo 
procuraba acorazarse de esquivez. 

•Este quiere dinero. . .», pensaba angustiado, y 
abreviaba la conversación. 

A su casa no entraban sino ricos axiomáticos; 
definidos; sin sospecha, como la mujer de César. 
Para ellos siempre había un cubierto en su mesa. 
Como que la gente que se respeta, no debe dar de 
comer sino a los ricos, ni hacer obsequios sino a 
los ricos. Los pobres tienen una gratitud tan vehe- 
mente que no olvidan nunca ni un pedazo de pan 
que se les ha dado. Son como los perros; se deja- 



rían matar por el que tuvo para ellos una 
caricia. Eso molesta, como todo senti- 
miento excesivo. . . Los ricos, en cambio. 
con qué gracia, con qué elegante escepti- 
cismo salen diciendo de los mejores ban- 
quetes que los han envenenado... 

Cierto, alguna vez. un hombre famélico 
se llegó al hotel de Guillermo. Pero ante 
la verja había un portero imponente. En 
la portería, además, sobre una mesa de 
roble, se amontonaban volantes que decían: 
«Nombre del visitante...» 
«Objeto de la entrevista...» 
El portero, por otra parte, se encargaba 
de manifestar al candidato a visita, que 
el señor no estaba en casa sino los sába- 
dos, de doce a una de la mañana, para 
la «gente conocida». 

Un hosco silencio, una árida soledad, 
acabaron por saturar el hotel. La gran 
puerta de hierro sólo dio paso a los au- 
tomóviles señoriales. 

La paz de Guillermo estaba ultraconquistada. 
Su palacio era una deliciosa Tebaida, llena de 
aristocrático mutismo. 

Ni siquiera las miradas de los pobres podían 
recrearse en los céspedes de fresco terciopelo, en 
los plátanos de aleopardados troncos y hojas diá- 
fanamente verdes... 



Guillermo y Antonio llegaron a viejos. 

Antonio, siempre ocupado en la vulgaridad de 
su vida: en casar a sus hijas, en establecer a sus 
hijos, en querer a sus nietos, en servirá sus amigos. 

Ninguna pena común le fué ahorrada; pero 
tampoco supo jamás lo que era tedio. Una 
tranquila identificación con su destino, se 
le otorgó como premio. La 
existencia nunca le dio miedo; 
tuvo para él siempre un aspecto 
de familiaridad cordial, aun en 
lo hondo de las penas. 



El castigo de Guillermo no 
estuvo empero precisamente en 
el hastío; el hastio es también 
lote de altruistas, cuando el al- 
truismo no alcanza ciertos ni- 
veles poco comunes. Claro está 
que el egoísta lo ve cara a cara 
y en todo su imponente horror; 
pero hay algo más espantoso que 
ese mal, en los crepúsculos de 
las vidas baldías, y es encon- 
trarse con el éxtasis del bien a la 
hora de nona. Comprender ya tar- 
de la voluptuosidad divina de 
hacer felices a los demás. 

Un día Guillermo paseaba solo 
y a pie por cierta avenida. Acer- 
cósele un muchacho: 

— Mi padre, — le dijo, — no 
tiene trabajo desde hace veinte 
días. Está enfermo. Mi madre se 
muere del pecho. Somos seis 
chicos. Tenemos hambre. 

Como ven ustedes, el caso no 
podía ser más vulgar... 

Naturalmente, Guillermo se 
encogió de hombros y continuó 
su paseo. Pero el chico insistió: 

— Somos seis. Tenemoshambre. 

— ¡Déjame en paz! Todos vos- 
otros sois unos industriales de 
la mendicidad, unos mentirosos. 

El chico no entendió lo de in- 
dustriales; pero sí lo de menti- 
rosos. 

~ Venga usted a casa con- 
migo, — replicó; — verá qué 
cierto es. . . 

«Verá qué cierto es...» 

Vínole un capricho. 

¿Qué tenía que hacer a aquella 
hora? ¿Ir al club? ¿Jugar la 
eterna partida de tresillo? 

La miseria podía ser pintores- 
ca. Jamás la había visto. Era 
quizá el único espectáculo que 
le faltaba en la vida. 

Llamó un taxi. Hizo que el 
harapiento fuese en el pescante, 
con el chauffeur. 



No os voy a describir ni el 
barrio, ni laescalera húmeda y obs- 
cura, ni el cuartucho fétido, ni los 



montones de trapos descoloridos sobre los cuales 
se agitaban, tosiendo, el padre y la madre del 
chico; ni el ir y venir monótono de los hermanilios 
desnudos y hambrientos. 

Escenas son éstas que los no millonarios hemos 
tenido, desgraciadamente, muchas ocasiones de 
contemplar en la vida. 

El hombre práctico tuvo piedad... 

Esa flor divina de la compasión, esa «debilidad» 
portentosa del alma que inclina las frentes más 
altivas hacia las más humildes; esa ternura repen- 
tina que se nos mete en las entrañas; ese momento 
supremo de «comprensión» en que sentimos la 
identidad de todo espíritu con el nuestro, la deidad 
de cuanto alienta al par que nosotros; en que se 
descorre el velo de la ilusión tenaz, madre de las 
diferenciaciones injustas, de las clases, de las ca- 
tegorías, hizo presa en Guillermo... fundió a los 
rayos de su calor esencial todo aquel egoísmo de 
cincuenta años. . . 

Y cuando su dinero fué misericordioso, por pri- 
mera vez en la vida, y transformó el infecto desván 
en nido de risas, de esperanzas, de bendiciones; 
cuando él, encontrando a la existencia un nuevo, 
un maravilloso, un repentino sentido lleno de 
divinidad, pensó; «De hoy más consagraré mis 
días a los pobres», una voz interior, un presenti- 
miento imperioso le contestó: «Demasiado tarde. . .» 
y comprendió con espanto que lo invisible iba a 
negarle el más noble de los privilegios humanos: 
el de la caridad. 

Una de tantas enfermedades agudas, ponia 
punto final -' pocos días después- a aquella vi- 
da tan colmada de sentido práctico, en cuyo ocaso 
había aparecido por un instante, como visión de 
tierra prometida, la posibilidad celeste del bien . . . 

DIBUJOS DE ALVAREZ. 




l'^J^y^— 



Lc% ^s/ida az^txxrc^ 



POR Julián de Charras, para «Plvs Vltra 

Las más notables obras de la literatura universal 
con raras excepciones, ocultan en las fuentes de su 
concepción genésica una misteriosa suma de dolor. 
Boecio escribe en una prisión su pequeño libro 
De consolatione philosóphka, que le inmortaliza: 
Dante, proscripto, forja durante las veladas tristes 
del destierro su viaje por los dominios de 
Plutón, y nace la Divina Comedia; es en la cár- 
cel donde Campanella idea su Ciuita Solis, y 
Buchanán. el poeta latino, pule su Paráfrasis de 
los Salmos; Milton, anciano, pobre y calumniado. 
dicta a sus hijas, sumido en la noche profunda de 
su ceguera, los magníficos cantos del Paraíso Per- 
dido; el inmortal autor de Lusiadas, Luis de 
Camoens. perfecciona las páginas de su poema en 
Macao. viviendo miserablemente y deportado por 
un virrey irascible; y por último, para entrar en 
nuestro tema, vemos a Cervantes, el gran Cervantes 
crear el libro más genial y la joya más pura de 
literatura española. El ingenioso hidalgo Don Qui 
de la Mancha, encerrado en una obscura cueva 
los exasperados vecinos de Argamasilla de A 

«¿Qué es, pues, dice 




Helps, lo que produce 
en la raza humana más 
pensamientos profun- 
dos? No es la ciencia: no 
es la conducta de los 
negocios; no es tampoco 
el impulso de los afec- 
tos; es el sufrimiento, y 
sin duda por eso es 
que se sujre tanto en 
este mundo. '^ 

Quizá para ningún 
escritor fué tan adver- 
sa la vida como para 
Cervantes. El camino 
por donde había de 
llegar a la inmortalidad 
aparece sembrado de 
espinas. Se le ve, 
siempre, errar como un 
peregrino sin ventura, 
dentro y fuera de su 
patria. Cuando niño, 
rachas de veleidosa for- 
tuna le llevan, con los 
penates de su hogar, de 
villa en villa, como una 
embarcación sin brú- 
jula. Cuando joven, 
viste los arreos mili- 
tares; cae en Lepante, 
herido de tres arcabu- 

zazos y con la mano izquierda destrozada; presta 
servicios en muchas campañas; se distingue por 
su valor; y al hacer balance, tras penosos años, 
se encuentra con la misma ropa de soldado que 
vistió al ingresar en la compañía del capitán Diego 
de Urbina. Los piratas de Argel le toman cautivo. 
Cinco años y medio de cruel esclavitud nievan 
sus horas, lentamente, sobre aquella frente pensa- 
tiva, clarividente y genial, y sólo cuando el cáliz 
de tanta amargura rebalsa con la última gota del 
sufrimiento, llega el suspirado rescate que le de- 
vuelve a la vida de hombre libre. Y asi después. 
Y asi siempre. La suerte, con argucia felina, 
pareció en ciertas ocasiones rendirse a sus plantas, 
como domeñada por su infatigable espíritu, como vencii 
por la sarcástica sonrisa que subía a flor de sus lab 
cada vez que el dolor se encarnizaba en él; pero k 
abiertas de improviso las zarpas, desgarróle el pecho con a 
nueva contrariedad. No cejó por eso, el glorioso manco, en su 
perseverancia. Prosiguió, sereno, el andar; cada vez, eso sí, más 
melancólicamente irónico; cada vez aureolado por una soledad 
más inmensa y ungido por una resignación más noble. 

La literatura en boga influenciaba los ánimos con el relato 
de caballerescas aventuras, y tal vez olla, como falaz sirena, deslizó 
al oído de Cervantes, deslumbradoras esperanzas, cuando dejando 
en Italia el servicio de Monseñor Aquaviva, sentó plaza en las tropas perte- 
necientes al tercio de don Miguel de Moneada. Mas, desde tal día, empezó su 
vía crucis. Como en ese extraño y terrible suplicio en que el condenado 
recibe una intermitente gota de agua que ha de horadarle, fatalmente, 
el cráneo, el dolor, desde entonces, empezó a destilar sobre su corazón, igual 
que pesadas gotas de veneno, toda clase de sufrimientos y decepciones, sin 
que tal tormento cesara hasta el día en que la muerte cristalizó sus pupilas. 

(Cuántos hombres hubieran quedado destrozados con lo que Cervantes 
sufrió durante la juventud solamente!... Sin embargo, el noble hidalgo 
quedó siempre erguido, entre el derrumbe de sus esperanzas. Desde que el 
mundo le abrió sus puertas, vio proyectarse en su sendero la sombra de 
una horrible cabeza de Gorgona: era la fatalidad, en acecho de su pasaje. 
La poesía acarició su cerebro de adolescente; pero en la dorada lonta- 




C eirvo-ift e ^ 




ÚNICO RETRATO QUE 
SE CONSERVA DE LA 
HIJA DE CERVANTES 



ar.za de entonces el espejismo de la vida marcial tenía 

más esplendores y más belleza. Cervantes reincidió 

en las armas, aunque de ellas ningún provecho 

tuvo. Fué desorientación, quizás. En cambio las 

letras, aunque en la juventud se desviara de ellas, 

conserváronle el codiciado sitial de príncipe y la 

corona de oro de la inmortalidad. 

Cuando la preocupación interna que animara 
su vida en los primeros albores pesó sobre su 
conciencia, entonces Cervantes dejó las armas para 
siempre, como quien abandona a una querida in- 
fiel. Comprendió que había equivocado el rumbo. 
Y el sufrir pasado y los anhelos marchitos aguijo- 
nearon su sentimentalismo, reconquistándole para 
'a literatura. En esta época el amor pasa como un 
relámpago por su alma. Un doble idilio llena dos 
capítulos de su existencia. Entre ellos hay un 
breve paréntesis. El primero es fugaz, lírico; tiene 
el perfume sutil de esos pequeños jazmines de Arabia 
ue languidecen al primer rayo del sol. El segundo 
ostenta la hermosura de las dalias; pero ¡ay!, como 
lias, le falta el aroma; proyecta, sin embargo, una cla- 
d beatífica hasta el final de la vida de Cervantes. 
mor que muere, quédale una hija, como el des- 
prendido pétalo de una 
flor. Del amor que vive, 
conserva la Calatea, 
que es ofrenda ante 
una visión nupcial. 

Su ingenio busca el 
teatro para volcar en 
él todo el caudal de 
impresiones que lleva 
en la mente. Pero como 
el dolor gravita sobre su 
corazón cuando se abs- 
trae en reflexiones, su 
primera pieza. Lástralos 
de Argel, es una relación 
del cautiverio pasado. 
La pluma sigue corrien- 
do sobre las cuartillas 
de papel; sus obras pa- 
san por el tablado escé- 
nico; y sus éxitos, aun- 
que medianos, le crean 
émulos y envidiosos. 

Vuelve a bajar la 
sombría tristeza en su 
vida interior. Su sosie- 
go, asimismo, tiene al- 
ternativamente flujos 
y reflujos como el mar. 
Cuatro veces, durante 
los empleos y las ocupa- 
ciones que le obliga a 
aceptar la necesidad, se 
encuentra envuelto en cuestiones judiciales, acu- 
sado de malversador de fondos, de homicidio y de 
otras inculpaciones injustas. Caen sobre él fríos des- 
engaños de familia. Halla en su esposa un tempera- 
mento sin afinidades con el suyo. Sufre el despre- 
cio de quienes no le comprenden, y la humillación 
de los poderosos que no recuerdan sus servicios o 
desdeñan la dedicatoria de sus obras. Y la malevo- 
lencia de los unos, la sátira zoilesoa de los otros, 
el vacio del hogar, las esperanzas fracasadas y el 
dejo de los pesares añejos, abren en su pecho una 
llaga profunda, viva y ¿olorosa. De ella brota como 
una maravillosa flor simbólica, en la humedad y 
silencio de una prisión, el Don Quijote... ¡la inmortal 
/^ela que Heine encontrara esencialmente romántica, con- 
todas las opiniones vertidas hasta entonces! 
los obstáculos, según Michelet, son grandes estímulos, 
;n debemos convenir en que las obras de los seres que 
han sufrido mucho están sublimizadas por el dolor. Y por eso son 
tan bellas. Y tan grandes. 

Refiere Presoott en sus Ensayos, que en una visita del Arzobispo de 
Toledo al embajador francés en Madrid, allá en los principios del 
siglo XVII, varios caballeros que pertenecían a la embajada comen- 
taron elogiosamente el Don Quijote y a su autor, a quien dijeron 
deseaban conocer. Cuando supieron que Cervantes había sido sol- 
dado y que se encontraba anciano y en la pobreza, uno de ellos exclamó: — 
«¿Cómo, el señor Cervantes no tiene una buena posición? ¿No tiene una pensión 
de los fondos del Estado?» — «¡Qué el cielo nos preserve, fué la respuesta, de verle 
jamás al abrigo de la necesidad, si es ella la que lo impele a escribir! ¡su 
pobreza es la que hace al mundo rico! . . .» 

Cuando Cervantes escribió la segunda parte del Quijote, no sé por qué, para 
el que conoce su biografía, parece que hubiera condensado en ese hondo desen- 
canto final que precede a la muerte del caballero andante, un sollozo inmenso 
que él llevaba entre sí. Y por eso es que ningún escritor ha conseguido igua- 
larle en el epilogo. uSólo Shakespeare, dice uno de sus comentaristas, puede mirar 
con ojos serenos esta gloria superior a las demás humanas, porque sólo él. como Cer- 
vantes, supo convertir una lágrima en una sonrisa y una sonrisa en una carcajada, 
y al final, trocar la carcajada en sonrisa y hacer que la sonrisa vuelva a ser sollozo.»- 



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(Densajera del 
Ceñido el man' 
Avanzas, coroi 
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Virgen del Sol 
Para el metal 
El icono solar 

Buenos ñires, 1916. 

GOUACHE DE ALONSO. 



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ros brocateles, 

jureles, 

pa de esmeralda; 

tu falda, 
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jabeles, 
1 Tegualda; 

a paso apuras, 
í de tus llanuras, 
azul retrata; 



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en ofrenda, 
Bón de plata, 
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-ARDO ROJAS. 



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FEKMÁMDEZ AGÜBITO 



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UDIS HEIILO 
DE LAVA1.LOL 



DE MOIIEKO 




DOLORES FERNÁNDEZ 

DE QUIRGGA 



UNA ESCENA DE "AMALIA", INTERPRETADA POR LAS SEÑORITAS SUSANA LARRETA Y QUINTANA, 
LUISA DE BRAYER, RAQUEL ALDAO Y SEÑORES JORGE QUINTANA Y LUIS GARCÍA LAWSON 



A (OSAS 
^/.HSILLA 



Las dos mil leguas húmedas y peligrosas que hay 
entre la Argentina y el más cercano puerto euro- 
peo, eran entonces obstáculo casi infranqueable. 
Sólo por motivos de negocios urgentes, conspira- 
ciones patrióticas y estudios juveniles se desafiaba 
el océano en viaje de ida. Y como las tertulias 
son cuarteles de invierno para las sociedades se- 
dentarias, antes del glorioso 1810 estaban en auge 
las reuniones familiares. 

Nuestras abuelas y nuestros abuelos pasaron, 
pues, de tertulia en tertulia aquellas veladas in- 
vernizas. El charloteo, las músicas de aquellos 
pianos que aun conservaban semejanzas con los 
claves, los inocentes juegos de prendas, el rosario, 
la politica y otras ocupaciones honradas servían 
de marco al amor, un amor que diera vida a la 
generación gigantesca de mayo. 

Luego vinieron las tertulias donde se rezó por 
los padres, esposos, hermanos y novios que lu- 
chaban en las guerras patrias; después las reunio- 
nes jubilosas de la libertad, y por último las ve- 
ladas del Terror Rozista, turbadas por los mazor- 
queros y disueltas por la fuga y el destierro. 
Tal vez la costumbre de pasar largas temporadas 
en París no sea una moda, sino un caso de ata- 
vismo. 

Lo cierto es que las tertulias pueden ya consi- 
derarse terminadas, salvo algunas placenteras ex- 
cepciones presididas por alguna señora anciana. 

En cuanto a las tertulias veraniegas, también 
han sufrido las mudanzas que trae el progreso. 

Si a nuestros abuelos fuera dado contemplar las 
magníficas playas de Mar del Plata y Necochea, 
asi como las estaciones veraniegas de las sierras 
de Córdoba y Mendoza, donde las familias distin- 
guidas pasan la temporada estival, de seguro que 
quedarían con tamaña boca abierta. 

No hace aun sesenta años que las familias que 
podían darse el placer de veranear, tenían que so- 
meterse a un martirio digno de la canonización. 

Trasladarse a una quinta en San José de Flores, 
San Isidro, Olivos o San Fernando era empresa 
temeraria, pues casi no se disponía más que de 
la carreta para hacer esos viajes. 

La carreta es un vehículo amigo de baches, re- 
lejes y atracaduras, y, por lo tanto, descortés con 
las damas, cuyos lindos huesos se entretiene en 



moler, Pero los incidentes molestos del viaje eran 
los que lo hacían interesante y daban lugar a 
comentarios pintorescos: 

— iSí, misia Aurora, si no es por papá, que iba 
a caballo y nos hecho una cuarta, todavía estába- 
mos en el bajo, oyendo renegar al boyero! 

— Los caminos están feos por las lluvios... 

— ¡Y qué tierra!... Con decir a usted que 
tomaron a mamá los peones de casa, por la ne- 
gra Florentina, de tanto polvo como tenía en 
la cara! . . . 

La vida en la quinta no podía ser más patriar- 
cal. La siesta era siempre el número saliente del 
programa de veraneo. De tarde, las mamas y las 
niñas recibían a sus relaciones y pasaban unas 
horas tomando mate y oyendo las melodías crio- 
llas de algún cantor de mentas; a veces se organi- 
zaban cabalgatas, si el veraneo era en San Isidro, 
Olivos o San Fernando, a la orilla del rio, y allí 
distraíanse en amena charla, sentados sobre algún 
acantilado de las toscas o viendo cruzar, con sus 
velas desplegadas al viento, a algún paquete de 
ultramar o ballenera que bajaba de las islas. 

Lo más encantador del veraneo de antaño era 
la cena. Esta tenía lugar a la tardecita, bajo el 
clásico parral, y allí, reunida toda la familia, hacía 
honores al menú, compuesto en su mayoría de 
productos cosechados en la quinta, o bien se sa- 
boreaban los melones y sandias regalados por el 
vecino. 

De noche todo era silencio; el pueblo dorn ía 
con la tranquilidad del justo; pero como el amor 
vela y es de por sí alborotador, no faltaba en no- 
ches de luna la serenata que iba a recordar en su 
lecho a la bella, y se oía una voz cálida y enamo- 
rada que cantaba: 

«Si mi canto interrumpe tu sueño, 
perdóname, perdóname...» 

Los perros ladraban protestando de los albo- 
rotadores, las mamas se desvelaban, los papas da- 
ban un compás de espera a los ronquidos y al día 
siguiente ya tenían las niñas tema para la murmu- 
ración y para dar bromas a alguna amiguita. 

X. X. 




BERNABELA PARÍAS 
DE ANDRADH 




SEÑORA DE DEL TINa 



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MAKIA ] l-.bU^i K:ícUDI-;KÜ 
DE MASCULINO 



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JUANA CAZÓN 
DE ALMEIDA 



V J_'ri;^>x— 




Aun en las democracias, al hombre le gusta ser 
llamado Rey: por eso además de los Reyes del 
Petróleo y del Acero, hay más de un tuerto que 
es Rey en tierra de ciegos. Mientras aquí, por la 
abundancia, desaparecieron los Reyes del Trigo, 
ahora con tanto quebracho volteado estamos es- 
perando al Rey de la Leña. Hubo hasta hace poco 
un Rey de los carros atmosféricos, pero su dinas- 
tía terminó mal. En fin, cualquiera quisiera ser 
llamado Rey de algo, menos el título más justo 
de Rey de los Animales, — título tan legítimo, 
tan de abolengo, tan merecido y muchas veces 
consagrado por afinidades psicológicas con sus 
subditos. — Pero el hombre lo ha abdicado en el 
león al que llama «Rey de los Animales.» 

A decir verdad, la elección ha sido bien efec- 
tuada: the right animal in the right place: tiene 
línea, tiene fachada, tiene postura; y además tie- 
ne notas baritonales que como las de Titta Rufo 
hacen poner la piel de gallina a las señoras. 

Cada romántica que refresca su frente ardiente 
desde un balcón a la brisa nocturna; cada frivola 
que antes de acostarse se atavía frente al espejo, 
dando con cepillo lustre de seda al pelo renegrido 
o accidentalmente rubio, y colocando con gentil 
ademán los ridículos papillotes; cada niña inge- 
nua y pura que en los últimos balbuceos de sus 
rezos ya se entrega al sueño casto; — cada una de 
ellas si oye los bramidos lejanos llevados en alas 
del viento por los altos silencios nocturnos — piensa 
a su manera en el Rey del Desierto: en el león de 
los blasones, en el león del zarpazo, en el seno pá- 
lido como mármol pentélico de las vírgenes cris- 
tianas, en el león verdugo de mártires. Su violen- 
cia legendaria, para la visual humana gentil o 
cristiana, lo hizo y lo mantiene como el príncipe 
de la creación, como el Rey de los Animales. 



Y porque el mundo lo cree grande y lo cree Rey, 
es la pieza principal, es el lujo de todo Jardín Zoo- 
lógico, pues el hombre, entre sus placeres muy hu- 
manos, gusta de ver a los grandes, hollados y cau- 
tivos, como un vencedor, tras de su carro triunfal. 

Y el león allí está en Palermo desempeñando 
bien su papel de Rey de los Animales, de «blondo 
Imperator della foresta»; pues tiene línea, tiene 
fachada, tiene postura. 

Pero como no hay hombre grande para su ayuda 
de cámara, éste, que desinfecta sus aposentos. 




que en los codillos le echa buffach como a un catre 
vulgar cualquiera, ese ayuda de cámara o guarda- 
fiera que se le llame, es quizás el único que no ha 
creído nunca en su realeza y lo reputa un pobre 
gato huraño, malhumorado a veces, enamorado 
y maullador otras, lleno de insectos como un ato- 
rrante del Paseo de Julio, flojo como «tabaco 
aventao» al sólo amenazarlo con una caña hueca; 
aburrido ante el eterno descanso, muy de acuerdo 
por lo demás con su poltronería innata, y, menos 
en las horas en que tiene que lidiar con él como 
ayuda de cámara, lo abandona en su postura hie- 
rática, la que mantiene por horas, a veces como 
somnoliento, más frecuentemente con sus ojos fúl- 
gidos perdidos como tras de sueños intangibles, 
con mirada lejana, más lejana que el estrecho ho- 
rizonte que lo encierra. 

Y los bobalicones miran azorados al Rey de los 
Animales; y los artistas, magnetizados por esa 
postura, de la que parece que jamás ha de mover- 
se, impacientes fijan con el lápiz sobre el papel, 
la figura flexible y poderosa, el emblema de la 
fuerza en el reposo completo. 

Pero esas posturas legendarias y consagradas 
no son para Plvs Vltra: su título, su mote, su 
emblema no se contentan con los clichés tradi- 
cionales, y el Kodak indiscreto ha sorprendido al 
Rey de los Animales en el preciso momento en 
que abandona su postura solemne, su fisonomía 
impenetrable para dar lugar a un vulgar y homé- 
rico bostezo de pobre gato aburrido. 

Pero, créamelo el Kodak del Plvs Vltra: pue- 
de aun sorprender al Rey de los Animales en una 
posición más encogida y más ridicula. 



Clemente Onelli. 



Mayo, 1916. 



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Cuando don Celedonio Fernández se hubo jun- 
tado con el toco de pesos suficiente a cubrir una 
retirada honrosa, no trepidó en ausentarse de los 
negocios, endosando el suyo de almacén a sus 
únicos sobrinos: dos chicucos {\altro que chiquili- 
nes!) que últimamente habían asumido con él las 
impertinencias del daca y toma, en el vaivén del 
tráfago mercantil, ejercido al menudeo con arre- 
glo al apretado régimen del «contado rabioso». Hoy 
no se fia, mañana... tampoco. 

Duíño ya de un campo flor, ubicado donde el 
diablo perdió el poncho, y comprado a plazos 
cuando esa forma adquisitiva no era aun un es- 
cándalo manifiesto; propietario de dos inmuebles 
arrabaleros, suministradores de segura renta y 
con varios depósitos a premio en diferentes esta- 
blecimientos de crédito que todavía no se habían 
fundido estrepitosamente, don Celedonio creía 
haber hecho la América, y sólo esperaba que la 
América le hiciese a él. . . menos chucaro y bagual 
de lo que había sido cuando, cincuenta años an- 
tes de su jubilación, arribara a estas hospitala- 
rias playas, tan propicias en otrora al «sport» de 
juntar chala, cuando precisamente se sembraba 
menos maíz. 

Viudo de una pobre señora, toda la vida de 
cuidados llena, y muerta tétrica y obstétricamente 
la primera vez que salía de cuidado, don Cele se 
encontraba «sólo su alma», sin animársele al asun- 
to de la «reprise» conyugal, maliciando que la 
«jetta» podía jugarle una como la de vez pasada. 

Habiendo entrado de lleno a la jubilación co- 
mercial, sin familia íntima, proveedora de cavi- 
laciones, y en una edad (sesenta y dos en buen 
USO) que se caracteriza por la austera severidad 
de costumbres, don Cele se habría enloquecido 
frente al «tedium vitae», si no hubiese contado con 
tres copiosos manantiales de amenidad, que te- 



nían templadas, como guitarra en ejercicio, las 
cuerdas de su espíritu vibrante. Los placeres de 
la mesa a la española, la lectura de cuanto papel 
impreso caía a sus cortos alcances, y el cuidado 
esmeradísimo de su preciosa salud, absorbían por 
completo la desocupada vida de don Cele, quien 
a consecuencia de una ociosidad material, casi 
nunca interrumpida, resultaba ocupadísimo en la 
vertiginosa actividad de su «far niente». 

Cuando ingresó a la pasiva del comercio, pensó 
pasar en sus nativos pagos el dilatado resto de sus 
días: al efecto, emprendió el viaje de reimpatria- 
ción, con un macuco programa de esperanzas e 
ilusiones. Pero, a las pocas semanas de su reinte- 
gración al Pueblito natal, entró a atrepellarle una 
nostalgia bárbara de las cosas argentinas. ¡Natu- 
ral! Allí, en su propio cotarro, no le conocía «na- 
dies», ni se le había perdido cosa alguna que le 
intrigase los redaños del alma. En cincuenta años 
de continuada ausencia, el elenco de sus conte- 
rráneos se había modificado tan acabadamente, 
que don Cele se aburría de un modo capaz de dar 
compasión a sus improvisadas relaciones. 

Lo que mayor estrilo le causaba era la sordidez 
de sus paisanos, junto con la cínica chacota que 
ponían al hablarle, envidiosos de su posición hol- 
gazana y bien abastecida. Mientras le bandeaban 
a puros pechazos, llorando lástimas verdaderas 
o fingidas, le llamaban a hurtadillas «el tío Rena- 
cuajo», acordándose de que a su señor padre le 
habían llamado «el tío Rana». Este descubrimien- 
to, debido a un viejito casi centenario, causó las 
delicias del pueblo y empezó a cabrear a don Cele. 

Para colmo de desventuras, el ex almacenero 
no tenía gente con quien conversar «como la gen- 
te». Acostumbrado en su vida de mostrador al 
roce urbano de sirvientas bien y a la verba de 
oradores ácratas y compadritos ladinos, que mien- 



tras copetineaban de parados, hacían «sprit» a su 
manera, el desterrado en su patria extrañaba el 
trato espiritual, despertador de facultades, que 
agiliza el pensamiento y sugiere destrezas ines- 
peradas, en las «fintas» del lenguaje intencional, 
que ellos le dicen hablar con disfraz. 

La sociedad de unos pocos ociosos, con quienes 
algún que otro domingo se jugaba una azumbre 
de sidra, al «tute habanero», ¿podría hacer las de- 
licias del afinado y despierto don Celedonio? No 
me parece. . . Acostumbrado al ohicaneo porteño 
y al lenguaje aquí adquirido, los timos ya gasta- 
dos, las caídas arcaicas y las ingenuas agachadas 
de sus forzosos contertulios dominicales, le tenían 
desorbitado y con un estrilo negro. 

Como, por otra parte, el comercio de libros en 
un lugarejo de veintinueve vecinos, no puede ser 
muy floreciente, y don Cele era loco por la lectura 
barata. . . o de prestado no más, cuando esto era 
posible, el pobre hombre comenzó a percatarse de 
que se aburría a más no poder. 

Asi es que un buen día echó sus cuentas, dando 
balance de caja, en arqueo minucioso. Sin novelas 
de Carlota Braemé o sus similares; sin chachara 
despertadora del ingenio; condenado a toda clase 
de funciones de iglesia (para no escandalizar a los 
candidos creyentes) y sin más sociedad que la de 
cuatro destripaterrones a cual más cazurro, don 
Celi (como allá le decían) lió sus petates, y veinte 
días después «aterrizaba» en la Dársena, resuelto 
a dejar sus huesos en la Chacarita, cuando la par- 
ca fiera fuese servida dar un tijeretazo a la piola 
de su existencia. . . 

Procede ahora constatar que con el ajetreo de 
sus recientes viajes y las contrariedades morales 
conseguidas en su pueblo, nuestro hombre sintió 
descompaginarse alguno de los arcanos tornillos 
que sujetan el maravilloso mecanisniO de la vida. 



"I-¿>V- 



Un médico especialista de mucho cartel, que le 
revisó a su gusto (mediante veinte de la nación) 
le aseguró que. por el momento, no parecía tratar- 
se de un proceso grave: pero que don Cele andaba 
en los prolegómenos de un sensible desequilibrio 
en el metabolismo orgánico, y bien podía pade- 
cer un principio de «diabetis» (asi lo entendió el 
enfermo) si biei el azúcar no asomaba todavía 
por ninguna parte de su amenazada economía. 

Con aquello de los prolegómenos, el metabolis- 
mo (o meta acordeón y guitarra) la «diabetis» y 
otras palabrotas que oyera en el consultorio, a 
don Cele le entró un chucho de los que no se em- 
pardan, y en su consternado cerebro se le formó 
un batuque de la madona. De allí en adelante ma- 
tizó ampliamente sus lecturas, mixturando la no- 
velería policial con los más macizos tratados de 
patología interna, pero especializándose en el asun- 
to de la diabetes azucarada, que era el terror jefe 
de sus conturbados ocios. 

Dada su falta de preparación básica para ob- 
tener una regular vendimia de nociones médicas, 
claro es que don Cele no entendia un pimiento de 
cuantas lecturas iba embuchando tan sin concier- 
to. Su desaforada curiosidad no perdonó tratado 
alguno de cuantos pudieron llegar a sus ignorantes 
manos. ¡Qué más! Hasta llegó a trabar conoci- 
miento bibliográfico con un doctor napolitano, 
muy mentado, que le dicen Sémmola. ¡Cosa bár- 
bara! Su sorpresa no le cabía en «el cofre de la 
pasta divina», cuando supo que lo que él había 
despachado por paquetes, resultase un «dotor» de 
los que más han cinchado para arrancar a la na- 
turaleza el secreto de esa zafra o cosecha de azú- 
car, que se forma en lo más íntimo y secreto de 
la persona humana! . . . 

Y, ¡para qué se vea lo que son las cosas!; un hom- 
bre rudo y zafio, sin otro pulimento espiritual 
que el resultado de incoherentes lecturas, casi 
siempre incomprendidas, llegó a poder burlarse 
de Víctor Hugo, por quien sentía una lástima tea- 
tral y profunda. Y lo rico del caso es que don Cele 
tenía más razón que Dios, según su propia frase; 
si el autor de «La leyenda de los siglos» hubiese 
tenido la cultura médica que nuestro ex almace- 
nero, no se hubiera dejado decir (poniendo en fi- 
gurillas su ignorancia crasísima) lo que dice en el 
capítulo IV del libro IV de la parte III de su her- 
mosa novela «Los miserables», donde a la letra es- 
cribe así; «Los atenienses, esos parisienses de la 
antigüedad, adulaban a los tiranos, a tal punto 
que Anacéforo decía de Pisístrato; sus humedades 
naturales atraen a las abejas». (Bueno será dejar 
constancia de que al copiar esas palabras me he 
permitido un eufemismo en obsequio a la cultu- 
ra de Plvs 



/C-^ j^ 




Vltra, ya 
que el fina- 
do don Víc- 
torse expre- 
só «derecho 
viejo» en lo 
que yo he 
creído con- 
veniente 
llamar h u- 
medades). 

Pues bien; 
lo que don 
Cele llegó a 
la altura de 
ese pasaje, 
no pudo re- 
primir un 
gesto de su- 
premo des- 
dén, subra- 
yado por las 
siguientes 
despectivas 
palabras; 
¡Qué gringo 
bárbaro y 
como se ha 
«pisao feo!') 
jSe precisa 
ser mulita 
para no caer 
en la huella 
de que no 
hay la me- 
nor adula 
ción en lo 
que dice 
ese señor 
don Anacé- 
foro. . . Lo 
que pasa es 
que el Pisís- 
trato ese es- 
taría joro- 



bado, causa de la «diabetis», y las abejas caían 
pispando el gustito del azúcar!... ¿Sabe que el 
señor de Hugo andaba adelantado de noticias, 
cuando ignoraba que los insectos tienen predilec- 
ción por los pobres enfermos, a quienes todo se 
les vuelve azúcar? . . . 

Claro, don Cele ignoraba que cuando Víctor 
Hugo escribió «Los miserables», las abejas sabían 
de diabetes más que los hombres; como que, en 
muchas ocasiones, las moscas han ayudado a los 
médicos a establecer el diagnóstico de la enferme- 
dad azucarada. 



En este estado de profundos conocimientos y 
en un tren de salud cuyos frecuentes desniveles de- 
jaban algo mucho que desear, don Cele tuvo un 
día la patriótica ocurrencia de concurrir a una fa- 
rrita que la «Patriótica Española» daba en la «Pla- 
za Euskara», allá, cuando lo de Cuba. La comisión 
que había corrido con los preparativos de la fiesta, 
cuyo producido engrosaría el acervo común de la 
subscripción nacional española, había estado tan 
acertada en sus iniciativas y labores, que entrar 
a la Euskara valía tanto como transportarse a 
unas cuantas regiones hispanas, donde vinos y 
frutos, acentos e indumentarias se veían hábilmente 
reproducidos, sin que faltase el menor detalle a la 
lista. ¡Vaya que estaba lindo todo aquello! 

A poco andar, don Cele se vio solicitado por dos 
viejos amigos, quienes le hacían señas imperativas, 
desde una instalación de buñolería andaluza, don- 
de estaban «refrescando» con unos copetines de 
aguardiente de Cazalla. y oyendo algunas coplas 
de la tierra de María Santísima, briosamente en- 
tonadas por una moza garrida, más o menos pro- 
fesional del «cante flamenco». 

Aunque don Cele andaba muy lejos de ser an- 
daluz, se sentía como en su casa en aquel ambien- 
te «cañí» (gitano, vale decir) único que da sensa- 
ción de españolismo... a cuantos ignoran lo 
que es España, y se figuran, de buena fe, cono- 
cerla. 

De allí al rato, la «cantaora» fraternizaba con los 
amigos de don Cele; la reunión se animaba por el 
creciente aditamento de nuevos factores adventi- 
cios, y la «bebía» era escanciada y absorbida con 
prodigalidad amenazadora de ruidosos sucesos. Y 
como la lógica de los hechos es algo infaltable. y 
en el corro de la buñolería se agrupaban los ingre- 
dientes indispensables al estallido de un batifon- 
do jefe, yo no sé si por el de Cazalla. o por la ga- 
rrida moza del «cante», o por las dos causales a la 
vez, ello es que en una mesa cercana de la de autos 
estalló formidable el bochinche, en el que hubo 
de todo menos de «ña» Prudencia y compañía. No 
tardó en reverberar al sol el bruñido del níquel de 
los revólveres, los bastones rasgaron la atmósfera 
en diferentes sentidos, y entre imprecaciones, ayes, 
insultos y mucha salsa de ajos, llovían garrotazos 
como granizo de esos que no dejan yuyo sano. 

Por pronto que don Cele quiso dispararle al pe- 
ligro, saliendo de la zona de influencia donde se 
administraban los traumatismos, un bastonazo 
anónimo, y no perdido del todo, puesto que lo 
ligó nuestro pobre hombre, le desmayó allí no 
más, tendiéndole en el suelo como bulto de merca- 
dería inerte. 

No es para contada aquí la confusión que por 
allí se armó, ni la gran cantidad de vigilantes 
que no acudió al lugar del siniestro. Con lo cual 
la refriega tuvo su natural extinción y acabamien- 
to en el cansancio de los beligerantes. Los que 
sucesivamente y de callados no más íbanse reti- 
rando del tremendo zipizape, ya mandándose mu- 
dar para ocultar su derrota, o bien agarrando para 
la farmacia próxima, cosa de entregarse a los so- 
lícitos cuidados de la ciencia, encarnada en un 
boticario sin diplomar. 

El único lesionado asistido en la linea de fuego, 
atendida la imposibilidad de hacerle caminar y 











TEXTO DE 

efEVEHIANO 
LOnCNTE. 

DIBUJOJ^ DE 

Z/?^^TTAR.O 

i 











la ausencia de ambulancias, fué don Cele. Entre 
la esposa del buñolero y otras dos señoras que la 
secundaban en el trajín del despacho, se consa- 
graron a restañar la sangre que abundante fluía 
de la tapa de los sesos del herido. Momentos des- 
pués, y vuelto el ex almacenero al dominio ordi- 
nario de sus facultades espirituales, pudo tan- 
tearse con mano trémula el dolorido cráneo, per- 
dido entre las intrincadas circunvoluciones de un 
turbante improvisado con pañuelos y servilletas. 
El sin ventura estaba hecho un turco de Barracas, 
a fines de Carnaval. 

Pero, ¡cosa bárbara, mi amigo!, ni el sentirse tan 
ridiculamente enjaezado, ni el dolor de su cuero 
cabelludo tan brutalmente tundido, fueron parte 
a quebrantar las erectas energías de su espíritu 
bien puesto. Lo que le sacó de quicio, amenazan 
do sumirle en una nueva obnubilación del ánimo 
fué la tan temida, la tan esperada, la tan estu 
diada «diabetes sacarina». Ya estaba allí, de cuer- 
po presente, con todas las de la ley... morbosa: 
sin una sola atenuante que disminuyese la grave- 
dad procerosa del conflicto patológico. Un hilillo 
de sangre que se fraguaba furtivo paso entre la 
lencería del vendaje, acababa de hacer acto de 
presencia en una comisura de los labios, dando 
lugar a que don Cele probase, sin poder evitarlo, 
el rutilante líquido de su propia vitalidad. ¡Horror! 
el sabor francamente dulzón de la sangre, reve- 
laba de pronto lo que no habían sido capaces de 
descubrir reiterados análisis químicos de a 10 pe- 
sos de la nación, cada uno. ¡Qué siniestra paradoja! 
El dulzor de su sangre le amargaba la vida, pre- 
sentándole la sombría perspectiva de una ruin 
existencia, martirizada por un odioso régimen 
alimenticio, del que quedarían proscriptos infi- 



nidad de manjares que eran su delicia! 



;Para 



qué quería la vida en esas condiciones? ¿Enfermo 
y condenado al sacrificio de sus platos predilec- 
tos? ¡Y para esto se había reventado durante cin- 
cuenta años mortales! ¿De qué le servían, su apa- 
rente robustez de hombre bien cuidado, y sus sa- 
neadas rentas, fruto tardío de un batallar sin tre- 
gua de placer, ni descanso dominical, que en su 
tiempo no se estilaba? 

Las pesimistas preocupaciones que le amarga- 
ban los instantes todos de aquel menguado vivir, 
habrían concluido por darle la puñalada de mise- 
ricordia, si el médico que solía aguantar sus im- 
pertinencias, no hubiese acudido en su auxilio 
tranquilizándole para toda la siega. Al oír ponde- 
rar a don Cele la dulzura de su sangre, dispuso, 
como primer providencia, que se hiciese un nuevo 
análisis. . . que no dio por resultado ni las más re- 
motas trazas del ponderado dulce. ¿Cómo se en- 
tendia eso? De- 



masiado sabía el 
galeno que hay 
diabetes pasaje- 
ras, debidas a cri- 
sis morbosas o a 
excesos alimenti- 
cios; pero. . . i tan 
pronunciada co- 
mo la que decía 
don Cele! . . . 

Y, sin embar- 
go, todo ello era 
bien cierto; pero 
el doctor, que no 
podía conformar- 
se con aquello, 
practicó una ave 
riguación en for- 
ma para dar con 
la clave de lo su- 
cedido. 

Lo que había 
pasado era bien 
sencillo; en la 
buñolería donde 
le habían presta- 
do a don Cele los 
primeros auxi- 
lios, habían em- 
pleado ma>iu lar- 
ga y como único 
hemostático dis- 
ponible. . . ¡el 
azúcar con que 
los buñoleros sa- 
ben espolvorear 
los churros! . . . 

Todavía creo 
que se oyen las 
carcaj adas de 
don Cele y del 
doctor. 

Chivilcoy, 1916. 



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.ata 

íicl üaiETpo Bplomálko i|sírsmJia:o 



>==^' 



^' o creo que haya una diplomacia 
.i¿ más difícil que la pontificia. El 
■^ arte de las relaciones exteriores 
'',« encuentra, con frecuencia, c'.r- 
y¿¥ cunstancias que lo tornan com- 
■■¡'^ pilcado; pero entre todas, la ges- 
'-'^ttión pontificia es la que lleva 
.,.. v-:i 'mayor riesgo, en un vaso de 
cristal. El peligro de que sobrevengan difi- 
cultades más o menos inminentes y criticas, 
radica en la naturaleza misma de las cosas. 
Si el sentimiento nacional en su pundonor es deli- 
cado en extremo, no es menos susceptible el reli- 
gioso. La diplomacia pontificia debe navegar entre 
estas dos susceptibilidades, sin herirlas ni rozarlas 
siquiera. 

El eco de los gratos recuerdos que monseñor 
Locatelli habia dejado en París, Viena y Bruselas, 
durante la gestión de los negocios que le fueran 
confiados, y el de las francas simpatías que había 
despertado en Madrid, con motivo de sus dos mi- 
siones extraordinarias, le hizo ambiente auspicioso 
en nuestro país, al cual llegó precedido de un legí- 
timo renombre. El catolicismo argentino se sintió 
halagado con su designación y quiso evidenciar su 
júbilo, ofreciendo a la Santa Sede, como singular 
donativo, la mansión que debía ocupar su ilustre 
representante. 

Y es justo reconocer que si monseñor Locatelli 
llegó a Buenos Aires, acompañado de sólidos pres- 
tigios, ahora se aleja habiendo consagrado defini- 
tivamente, con una actuación altamente merito- 
ria, los valores reales de su justa reputación. 

Talento observador, ha sabido formarse una 
idea propia y exacta de la vida nacional y de nues- 
tros hombres. Laborioso y tenaz, ha seguido con 
marcado interés el proceso evolutivo de las fuerzas 
católicas, en todas sus actividades, quedando su 
nombre vinculado al movimiento religioso, a la 
creación de nuevas diócesis y preconización de no 
pocos de sus jóvenes obispos. Como detalle suges- 
tivo queremos recordar que ha visitado personal- 
mente las misiones del Chaco y de la Patagonia. 
De visión clara y decidido entusiasmo, ha seña- 
lado el rumbo que debe seguir en sus empresas la 
acción católica, para que sus progresos sean efec- 
tivos y eficaces. Amante del país y del pueblo, 
se ha preocupado constantemente de todo lo que 
decía relación con su mejoramiento moral y ma- 
terial, civil y religioso. Y es satisfactorio consig- 
nar aquí que algunos de sus vaticinios se están 
cumpliendo, precisamente en las vísperas de su 
partida. 

Experto y firme, ha triunfado en las emergen- 
cias en que necesariamente lo ha colocado su mi- 
nisterio y decanato del cuerpo diplomático. 

No nos cueste reconocer con lealtad que ha 
visto y estudiado las cosas desde muy alto, porque 
esto redunda más en beneficio nuestro que en el 
suyo propio. La mirada que las águilas dirigen 
desde la altura abarca las grandezas del conjunto. 
sin percibir las posibles deficiencias del detalle. 

Sea esto una modesta recompensa ante los mé- 
ritos contraídos; un aplauso de escasísimo valor 
ante la gran satisfacción que ha de experimentar 
al verse distinguido por S. S., no tanto por el no- 
torio ascenso que la nueva tnisión significa, cuanto 
por el testimonio indiscutible de que la suprema 
autoridad a quien ha dedicado sus servicios, los 
acepta y consagra. 

Para justipreciar la actuación de monseñor Lo- 
catelli. está dada la medida; consideremos lo que 
representa Benedicto XV y las esperanzas que en 
él cifra el mundo desorientado; reflexionemos en 
la trascendencia de una misión diplomática en 
Bélgica, en cuyo territorio, de hecho gobiernan 
dos poderes, y en cuyos destinos está quizá invo- 
lucrada la paz; y digamos luego: Benedicto XV 
nombró nuncio en Bélgica, en 1916, al Excelentí- 
simo Monseñor Aquiles Locatelli. 

MoNS. Miguel D'Andrea. 
Bueno* Airet, mayo 10 de 1916. 




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De recia complexión, alta estatura y distinguido pone, 
es Florencio Parravicini un actor que se impone por su 
jioia presencia. Admirable conocedor de la psicología de 
su piiblico. sabe dominarlo con un gesto, una mirada, 
un ademán. 

Dolado de una ductilidad extraordinaria, interpreta 
con igual acierto la nota trágica en el drama, como la 
nota sentimental en la comedia, y es fino y sobrio en 
el teatro de discreteo, y bufo de sorprendente gracia en el 
teatro cómico. Sin duda alguna, es el actor nacional más 
completo. 

;Ese chico, será un hombre de armas llevar! 

Tal fué la exclamación que se escapó de los la- 
bios del valiente coronel uruguayo Sauberan. el 
24 de agosto de 1876, al ver el tierno cuerpecito 
del hoy popularísimo «Parra», que alegremente le- 
vantaba en alto su padre, el coronel don Reynaldo 
Parravicini. enseñándolo a sus amigos, cuya tra- 
dicional tertulia acababa de interrumpir el recién 
nacido, viniendo al mundo por sorpresa. . . y en 
plena Sala de Armas de la casa de Parravicini. 



por aquel entonces director de la 
Penitenciaria Nacional. 

Quien así se presentaba en la tie- 
rra, estaba en efecto llamado a des- 
tacar su personalidad en la vida. 

Las palabras del coronel Souberan 
se han cumplido como una profecía. 

Florencio Parravicini es. en efecto, 
un hombre de armas llevar; un ser ex- 
travagante, un gran loco, un excén- 
trico, un atrabiliario, un niño, un 
genio. . . 

La vida de «Parra», como vul- 
garmente se le llama en toda la Re- 
pública, está sembrada de hechos 
extraordinarios, desde que fué con- 
discípulo de Pablo Ángel Pacheco, 
Horacio Anasagasti y Gustavo Fre- 
derking, en la Academia Británica, 
hasta hoy que. como primer actor 
del teatro nacional argentino, ha con- 
tribuido a su formación y desarrollo, 
poniendo a su servicio el gran talento 
interpretativo de que está dotado. 

Sobre este hombre extraordinario, 
que es actor, sportsman, autor, pin- 
tor, poeta, hombre de mundo y bohe- 
mio, se ha escrito mucho, llenándose 
columnas y columnas de periódicos 
para relatar sus extrañas aventuras: 
sus devaneos amorosos: sus origina- 
lisimas anécdotas. 



dose de la vida, de la muerte y de los hombres ». 

Tal dice el libro al hablar de Parra: ahora es 
primer actor del «Teatro Argentino» y propietario 
de un precioso chalet en San Isidro. 

Alli fuimos a verle una hermosa mañana de los 
últimos días de! verano pasado. 

Parra salía del chalet, acompañando a una 
dama hasta el lujoso automóvil que esperaba en 
la puerta. 

Le hice una seña a Baldiserotto, y éste preparó 
el Spido. Era una instantánea interesante. . . Sor- 
prenderíamos una aventura galante. 

¿Quién seria ella? 

Parra adivinó nuestra intención y con un gesto 
apeló a la caballerosidad del repórter. 

Comprendimos. 

El automóvil se alejó envuelto en una nube de 
polvo. Se agitó un pañuelo y Parra alzó la mano 
y contestó el saludo. 

Cuando se volvió hacia nosotros, sus ojos esta- 
ban humedscidos. 

He aquí, me dije, un Parra del que debe haberse 
dicho poco. Del Parra sentimental, romántico, ena- 
morado. . . 

Y pensando que tal vez fuese una nota intere- 
sante descubrir el secreto íntimo de este gran 
niño, me aventuré a sondear su alma. 

Si, me dijo. ¿Por qué no? No me atrevería a 
negarlo. Engañan tanto las aparie.ncias. Ya ve 
usted, todo el mundo conoce mi risa, esta risa 
franca, contagiosa que me ha presentado ante el 



CHALET DE PARRA, EN SAN iSlüRÜ. 



FLORENCIO PARRAVICINI Y LN GRUPO DE AMIGOS. 
ESCUCHANDO LA LECTURA DE UNA COMEDIA. 



En las páginas de un libro, resume 
así un colega la vida azarosa de este 
gran loco: 

« Heredó de su abuelo don J acebo 
Parravicini, primer Cónsul de Aus- 
tria en Buenos Aires, una bella su- 
ma de esterlinas. Su caudal pasaba 
de un millón. En un año todo ese 
oro se derritió en la hoguera de su 
fogosa juventud. En ese tiempo vivió 
una vida de sultán. Fué rey de 
países de ensueño. En Monte Cario 
dejó su última esterlina. No se suici- 
dó... regresó a París y alli se hizo 
cantor de estilos criollos. Vino a Bue- 
nos Aires. En Puerto Deseado, em- 
pleóse con el Subprefecto. Cuando 
se aburrió se hizo pirata, a las ór- 
denes del célebre Maine. capitán de 
la barca «Fazil Ferrara». Lo tomaron 
preso. Probó su inocencia. Trabajó 
como cicerone, como chauffeur y co- 
mo artista cómico en los cafés can- 
tantes. . . Fué tirador. En el Casino 
de Montevideo, por imitar a Guiller- 
mo Tell, hirió de un balazo a su ayu- 
dante... Después ha seguido rodan- 
do. Siempre febril. Sin rumbo. Rién- 



públioo como un hombre siempre contento, siem- 
pre alegre, me ha dado el triunfo en las tablas, y 
me ha valido no pocos éxitos entre las mujeres, 
aficionadas más al buen humor, que al gesto tris- 
te... pero esta risa, esta risa mía, tan mía. que 
me ha dado la popularidad, no crea usted que es 
perpetua, ni mucho menos. Detrás de esta risa 
suele esconderse más de una vez la mueca dolo- 
rosa de un desengaño. Yo soy como todos los hom- 
bres. A fuerza de hacer vibrar las cuerdas de mis 
frivolidades amorosas, llegó el día en que la suerte 
quiso tocar la cuerda sensible de mi alma. . . y 
sonó. . . sonó en una vibración sublime, inolvida- 
ble, suprema, que impresionó mi espíritu llegando 
hasta grabarse en mi corazón . . . 

— ¿Para siempre? 
-No... Para siempre, no: había que ahogar 
aquel sonido y lo ahogué en un acorde de todas 
mis cuerdas sensibles. Había que olvidar y olvidé. 
¡Amar es tan peligroso! 

Parra dice esto disimulando un dolor que. como 
gran artista, sabe disfrazar a las mil maravillas. 
Pero en el fondo de su alma, allá en lo más recón- 
dito, en el lugar misterioso que tenemos reser- 
vado para los grandes secretos, una mujer, sin 
duda hermosa, dejó huella imborrable. 

El Doctor Misterio. 



CARICATURA DE MALAGA GRENET 



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■^ Como no quise averiguar su apellido, — dijo Dalia, — le bauticé 

i A O U E L ! con un pronombre. Para mí, el platónico adorador se llama Aquél. Todos 

los hombres tienen defectos que tarde o temprano sabremos. Aquél es 

únicamente quien logra ocultarlos o está libre de mancha. 

Puedo asegurarte, amiga, que mi constante enamorado nunca intentó ponerle sitio a la plata de 
papá, como ciertos muchachos que tú sabes. También es lógico suponerle galante y educado, pronto 
a los mayores sacrificios, si yo le hiciese un sencillo ruego. 

El pobre Alguien es todo un caballero. Me sigue por la Rambla, ya le has visto hoy: más nunca 
pisa la playa en horas de baño. Tal delicadeza me encanta, sobre todo viniendo de él, que ninguna 
obligación tiene para conmigo. Además, no hay peligro de que el flirt mudo y rápido que sostengo 
con Alguien termine a manos del spleen. 

Le quiero amistosamente y no sé quién es. Esto ya importa una ventaja de su parte. 

Ahora, lejos de Mar del Plata, libre de aquella inocente persecución, recuerdo su simpática figura 
y he decidido nombrarle mi mascota honoraria. Mucho ha de valer cualquier hombre que me corteje 
si consigue deshancar al modelo o maniquí de novios honfados. 

¡Y pensar que nuestra amiga Zulema se burlaba de Aquél cuando le veía siguiéndonos los pasos! 
Todavía le llama viejo y tronado sin reconocer sus cualidades. Yo, por la negra honrilla, fingí en la 
Rambla cierto desprecio, aunque siempre me halagó su devoto cariño. 

A pesar de todo cuanto diga Zulema, espero impaciente. Mis diez y ocho años conservan aun bas- 
tante candor. Aquél, mi mascota y modelo, me traerá suerte en amores, o se presentará como prín- 
cipe desencantador de princesitas. 

Eva. 

DIBUJO DE UALACA CRENET. 



^ 



X.'U.'1-U>X— 



Como fantasmas traídos por 
la rueda de las estaciones, cada 
año, al acercarse el verano, se 
me representan unas cuantas 
escenas, unos cuantos paisajes, 
■que, entre tantos que cayeron 
en el caos del olvido, permane- 
cen vivos en mi memoria, pero 
sólo se animan al brillo de aque- 
lla misma luz en que me apa- 
recieron. 

Asi habréis observado que en 
todo vasto panorama que os dé 
la Naturaleza hay tal lugar, tal 
monte, tal pueblecillo lejano, 
que está como oculto o disimu- 
lado todo el día en el conjunto 
de la extensa perspectiva; todo 
el día, menos una hora en que, 
por darle el sol de cierta mane- 
ra, o serenarse, no sé cómo, el 
aire en torno suyo, se destaca y 
brilla, y os aparece, por algunos 
instantes, como si sólo en ellos 
viviera; y asi nace y muere en 
realidad para vosotros cada día. 

Pues asimismo veo yo todos 
los años por este tiempo tal es- 
cena, tal paisaje, en el panora- 
ma de mi memoria. 

Pero entre estos recuerdos hay 
uno que se me presenta con sin- 
gular claridad y con vida más 
intensa. En un valle estrecho y 
verde, entre montañas muy al- 
tas, fajadas de obscuros bosques 
y con las cimas desnudas salpi- 
cadas de nieve muy blanca — 
en aquel valle oloroso fuerte- 
mente del heno recién segado y 
lleno de rumor de aguas — veo 
una multitud vestida de alegres 
colores cubriendo un prado, ba- 
jo unos árboles muy grandes, 
ante una loma también verde, 
que sirve de teatro a una tra- 
gedia antigua. Muévense allí 
exóticas las figuras de los acto- 
res vestidos a la griega, diminu- 
tos en aquel escenario natural 
demasiado ancho, y sus voces 
suenan mates y lejanas, como perdiéndose mucho 
de ellas en la libertad de los aires. El verso decae 
de su majestad desvanecida en la simple grandeza 
de aquellos lugares; la pomposa declamación de los 
alejandrinos franceses resulta pobre y lastimoso ar- 
tificio, extraño a aquel ambiente, donde sólo suelen 
vibrar los rumores de las aguas y del viento, la 
rústica flauta del pastor y el sonoro mugir de los 
rebaños. 

La tarde es húmeda, y nublado el cielo altísi- 
mo; las inmóviles corifeas tiemblan en sus carnes 
lánguidas bajo los polvos de arroz y las sutiles 
clámides de blanco lino movidas por el aire frío; 
el elegante público de balneario desplega chales 
y abrigos, arropándose frioleras las mujeres, 
levantando sobriamente los hombres los cuellos 
de sus gabanes; a las frecuentes lloviznas ábrense 
vergonzosamente algunos paraguas; pero toda 
aquella gente sufre en silencio y calla, esforzán- 
dose en comprender lo que apenas oye. ávida de 
la emoción artística esperada de aquella combi- 
nación de elementos, que se quiere sea sublime 
sólo porque es desproporcionada. Sin embargo . . . 

Sin embargo, de vez en cuando pasa una ráfaga 
de pasión, y no siempre es por el frío del aire que 
el público se estremece. Edipo es un gran actor, 
un gran actor viejo, y en su voz de oro, aunque ya 
cascada, vibra aún de cuando en cuando la pasión 
trágica, y el público se estremece silencioso; al- 
gunas mejillas palidecen, algunos ojos cobran un 
leve y repentino fulgor y buscan otros ojos... 
Como quiera que sea, al paso de la vaga procesión 
de los alejandrinos difusa en el aire, asoma y se 
destaca alguna vez, con terrible momentáneo bri- 
llo en sus ojos, la máscara trágica. 

Pero en seguida desaparece, y la representación 
se esfuma otra vez, las voces se atenúan y se alejan 
en una vaga cantilena, y las figuritas de los acto- 
res bracean allá como marionettes en el escenario 
demasiado grande de la verde colina, de las au- 
gustas montañas que la rodean, del cielo altísimo 
y nublado que manda indiferente su fría llovizna 
sobre las corifeas, que vuelven a temblar en sus 
carnes lánguidas; sobre el público elegante, que 
requiere otra vez los abrigos a las espaldas y aprie- 
ta los cuellos de los gabanes a las gargantas en- 
fermizas. 

Sólo hacía el fin la representación avanza otra 
vez sobre el público, echándosele encima, agigan- 
tada como un cuadro disolvente en su crecimíen- 




íi<2UE]fcl>0 J>E UNAy______ 

TAR:I>E 1>E VEiI^ANO 



to luminoso. De la barraca de madera que figura 
el palacio del rey tebano sale un aullido de bestia 
lastimada, y en seguida aparece Edipo tamba- 
leándose, con los brazos extendidos, la faz levan- 
tada al cielo, dos grandes huecos sanguinolentos 
en las cuencas vacías de sus ojos, ensangrentados 
también la túnica y el manto, revolviéndose como 
una fiera herida, y precipitándose clamoroso has- 
ta el primer término de la escena, en medio del 
agitado semicírculo del coro que le rodea horro- 
rizado. También el público se agita y más fuerte- 
mente se estremece; algunos vuelven la cabeza 
para no ver; las mujeres se tapan el rostro; mu- 
chos no quisieran mirar, pero sus ojos, fascina- 
dos, no pueden cerrarse ni ser apartados de la 
horrible escena. 

Después la tragedia se suaviza y enternece. 
Edipo quiere despedirse de sus hijos y busca a 
tientas las cabecitas rubias, y las coge llorando 
entre sus manos... Al fin empuña tristemente 
el báculo, y con la mano puesta en la espalda de 
la hija, de Antígona piadosa que le guía, se aleja 
allá de la verde colina; lentamente se van alejando 
las dos figuritas como empujadas por la fatalidad 
hacia lo desconocido. El coro queda agrupado en 
actitudes de consternación. El público, embebe- 
cido, llora. . . 

Pero he aquí que mientras tanto el cielo se 
ha ennegrecido sobre el valle, retumba el trueno 
entre las montañas y una ráfaga de huracán se 
precipita, cargada de espesa lluvia y de granizo 
sobre la muchedumbre del teatro y el público des- 
prevenido. Despavorida la gente, se arremolina 
y se dispersa y huye en todas direcciones. Las 
vallas son saltadas primero, después rotas; caen 
sillas y bancos y tablones, y a los pocos momentos 
queda el prado desierto y como sembrado de 
ruina, entre sus aguas que bajan furiosas y au- 
mentadas, el ruido del viento y la lluvia en los 
ramajes convulsos de los grandes árboles, el lívido 
resplandor de los relámpagos, el estrépito de los 
truenos que reinan clamorosos y el fragor de la 
tempestad que llena todo el valle. 

I Bella corona para una tragedia al aire libre 
de las montañasl Mejor no pudo desearla el genio 
secular de aquel Sófocles tan presente y tan le- 
jano; ni a aquel público elegante convenia otro 
fin de fiesta más suave para sellar el gran recuer- 
do de aquella tarde memorable. 

Así, cuando recogida en el hotel la frágil turba 



jadeante y conmovida, toda 
amontonada en el peristilo, con- 
templando entre aterrorizada y 
jubilosa la tempestad aun en 
furia, pregunté al frivolo grupo 
de damas por las molestias su- 
fridas, hubo alguna que con 
toda su alma pudo responder: 
' ¿Qué importa? 
Después he vuelto a ver aque- 
llos prados desiertos en un me- 
diodía asoleado; he paseado soli- 
tario por aquellos lugares de ver- 
dor, animados solamente por la 
suavidad del viento y el rumor 
tranquilo de las aguas: pero ya 
no he encontrado en ellos la pu- 
ra paz de los campos, sino que 
me ha parecido haber quedado 
allí cerniéndose el sacro terror de 
la tragedia antigua, y los he 
sentido invisiblemente poblados 
por las gentes que una vez con- 
tuvieron congregadas, dispersas 
después sobre la tierra. . . y de- 
bajo de ella. En la desierta co- 
lina me han aparecido otra vez 
las órbitas de Edipo ensangren- 
tadas; el rugido de la pasión ha 
quedado inmanente y difuso en 
aquel aire, y el público de las 
almas ha vuelto a estremecerse 
en torno mío al acento desga- 
rrador de aquella voz áurea y 
cascada, al grito de pasión del 
actor viejo, que ya debe de es- 
tar muerto. . . 

Bajo este árbol palideció de 
emoción el adolescente enfermi- 
zo que fué mi amigo tres sema- 
nas; arrimado a esta 'rústica va- 
lla el noble anciano rumió bajo 
su recio abrigo la imprudencia 
de haberse expuesto al capri- 
choso rigor de una tarde de Agos- 
to pirenaico; allí el grupo de ele- 
gancia que formaron las seño- 
ras, se agita aún frivolamente 
entre la lluvia y la tragedia; a 
la sombra de aquel roble cen- 
tenario, la única entre ellas 
levantó el brillo de sus grandes ojos pardos, ávi- 
dos de sentimiento, bajo los rizos de su cabeza 
pensativa... ¿Dónde están? 

¿Dónde está todo esto? — En mí está, al menos, 
que vago solitario por el prado desierto evocando 
el alma de aquella tarde inolvidable, tarde de pa- 
sión, tarde romántica de Agosto, que no podrá 
morir mientras yo viva. 

En mí está todavía ahora, tan lejos del tiempo 
y del lugar, que brillan, sin embargo, en mi re- 
cuerdo y siempre con nuevos resplandores. Y 
aquí quedarán aun después de mí, en estas letras 
que les consagro. Aquí vivirá la tarde de Agosto 
pirenaica; la tragedia antigua menguando y cre- 
ciendo sobre la verde loma bajo el cielo gris y la 
tempestad inminente; la multitud elegante sobre 
el prado bajo los grandes árboles, con su frivo- 
lidad, su inquietud y sus estremecimientos de 
frío y de emoción momentánea, y aquella súbita 
palidez del amigo adolescente y el fulgor senti- 
mental de aquellos ojos ávidos... 

Aquí vivirá todo esto latente y escondido, qui- 
zás por muchos años, hasta aquel día en que. re- 
volviendo distraídamente papeles viejos, una ma- 
no cogerá éste, amarilleado ya por el tiempo, y 
unos ojos se posarán al azar sobre estas lineas, y 
el corazón de quien está aun por nacer volverá a 
latir al compás de aquellos que en aquella tarde 
la tieron, y entonces habrán cesado de latir desde 
mucho tiempo. 

¿Qué importa el tiempo? Cuando el remoto 
Edipo gimió bajo su trágico destino, ¿dónde es- 
taba todavía Sófocles? Y Sófocles, ¿qué sabia de 
la tarde de Agosto pirenaico ni de nuestra emo- 
ción ante su obra? ¿Ni qué saben estas líneas que 
por ella se han formado del corazón que harán 
latir más apresuradamente un día? Y, sin em- 
bargo, para que este corazón se conmueva de un 
cierto modo, fué preciso el parricidio y el incesto 
y la expiación de un obscuro Rey de Tebas. el ge- 
nio de un Sófocles que lo resucitara y una tarde 
de pasión en los Pirineos, con millares de años 
entre estas cosas que vivirán en él juntas y con- 
fundidas en un instante de emoción fortuita... 
No hay lugar, no hay momento ni ser diver- 
so; nada valen tiempos ni distancias; sólo el es- 
píritu vive y resplandece, y todo lo demás es 



sombra. 



DIBUJO DE MALAüA GRENET. 



Juan Maragall. 



■ r>i^"v--i=> V 1. 1 i-'.x - 



I 



UN CUENTO DE MARK TWAIN. 



LA ADAPTACIÓN AL MEDIO 




El sefior Obes. decide matar unas horas 
pescando en la Dársena. 



Y hacia allí dirige sus pasos. 



Lanza el aparejo, preparado con todas las Y pesca un hermoso bagre, que deposita 

reglas del arte. en un balde lleno de agua. 




No muy satisfecho de su obra, regresa a 
su casa. 



Y trata, extrayendo un poco de agua 
cada día. 



de ver si el pescado puede adaptarse a 
vivir en seco. 



Extraída la última gota de agua, ve con 
sorpresa que el animal sigue viviendo. 




Entonces decide darle libertad. 



Y el pobre pez empieza a saltar por la Y siguea su amo, obedientecomoun perro. 

casa, como si fuera la propia. 



El señor Obes resuelve un día salir a paseo, 
acompañado del bagre, 




que le ligue por las calles, llamando la 
atención de los transeúntes. 

DISOJOS DE ItOJAS. 



Paso tras paso, llegan en su paseo hasta la 
Dársena. 



Donde, en un descuido del amo. y al dar Y al ser extraído, nota el señor Obes, con 

un alegre salto, cae al agua. dolorosa sorpresa, que el pobre bagre. . . 

¡se había ahogadol 



""v/L^I JJ>X- 




Lumiere, c'rst par toi que les ¡entines sonl belles. 

Sous ton i'étemcnt glorieux: 
Fl les dieres ciarles, en passanl par letirs yeux . 

Versenl des délices nounelles. 

Anatole Frange. 

Muy hermosos son, en realidad, los ojos 
de la interesantísima porteña que ha reunido 
(ejemplo único entre nosotras) la maravillosa 
colección de autógrafos, que he tenido la 
suerte de hojear últimamente, primorosa- 
mente encuadernados. . . Sólo una inteligen- 
cia emprendedora y perseverante, una cul- 
tura tan superior, que hace honor a la mu- 
jer argentina, han podido recorrer el viejo 
mundo, atesorando con la sugestión de la 
mirada, con el encanto de la voz. las joyas 
cinceladas con tan sincera simpatía, por los 
excelsos artífices de las letras... 

Poesías inéditas, pensamientos, fragmen- 
tos de sus mejores obras, firmados por los 
primeros literatos y políticos contemporá- 
neos, forman una colección que debe ser 
conocida por el público, como también lo 
que encierra otro álbum, que una feliz ca- 
sualidad puso en mis manos, y cuyas pá- 
ginas contienen como complemento a las 
manifestaciones de la más alta intelectuali- 
dad y cultura del espíritu, inspiradas por la 
señorita María Elena Querencio, las inge- 
nuas expresiones de gratitud que serán otro 
tesoro para la señora Godoy de Cobo, abne- 
gada dama porteña que ha vuelto a marchar 
al extranjero para seguir cumpliendo la ge- 
nerosa misión de curar heridos en las ambu- 
lancias francesas. 

La primera página del álbum de la seño- 
rita de Querencio, la llena el genial poeta, 
cuya patriótica actuación acaba de conquis- 
tarle el amor de todos los latinos: 

"L'amore é il veleno piú potente...» 
Gabriele D'Annunzio 

y le sigue el maravilloso cantor de la Pro- 
venza, Fréderic Mistral, firmando el más 
hermoso fragmento de su célebre •Míreílle»: 
los versos de don José Echegaray glorifican 
las ilusiones de la vida, y el insigne Bena- 
vente asegura, en cambio, que es más fácil 
encontrar quien llore con nuestras tristezas, 
que quien se alegre con nuestras alegrías. . . 

Merece sitio preferente una nota muy 
halagadora para nuestro orgullo nacional: 
la firmó Henri Roujon, poco antes de morir, 
y realmente reconforta nuestros sentimientos 
patrióticos, que un miembro de la Academia 
Francesa, rinda su homenaje y demuestre 
conocer a fondo la gigantesca epopeya de 
nuestra historia! 

Dice así el gran Immortel: 

«Les latins d'Amérique s'offriront quelque 
jour un Homére. lis en ont le droit. Leur 
Iliade est encoré a écrire. Les marches fabu- 
leuses des troupes du Libérateur a travers 
les Andes, les dix sept batailles qu'il a li- 
vrées. cette course éperdue vers la liberté, 
cette patíence indomptable. ce défi sublime. 
l'Europe a-t-elle. dans ses annales, ríen de 
plus prodigíeux a raconter?. . . » 

No se había iniciado aun la titánica con- 
tienda. . . 

Siguen luego los menudos garabatitos del 
mago Flammarion: amargos y decepciona- 
dos párrafos de otro maestro desaparecido 
ya. Paul Hervieux: a su lado, radiante de 
optimismo, Alfred Croisset, tiernas canciones 
de Manuel Linares Rivas, de Carlos Fernán- 
dez Shaw, una aguda cuarteta de Vital Aza. 
fragmentos y réplicas de Paul Bourget y 
Henri Lavedan, pensamientos de don Ale. 
jandro Pidal. don Benito Pérez Caldos, un 
delicado madrigal del idealista Maeterlinck, 
que ha querido quedar bien con «une belle 
argentine»: pero prefiero indiscutiblemente 
la forma concisa y severa del homenaje de 
Maurice Barres, o el del romántico Edmond 
Rostand. que dice como en su «Samaritaíne..: 

• Les plus beaux yeux pour moi, sont les 
yeux pleins de larmes... » 

Franíois de Nion, Paul y Víctor Margue- 
ritte, Román Coolus, Henri Bordeaux, Henri 
de Régnier, Jean Aícard, Vogüé, León de 
Tínseau. Richard O'Monroy. Alfred Capus 
Henri Bataille. Teófilo Braga, Gómez Carri 
lio. Alonso López, el Conde de Romanones, 
don Antonio Maura, Armando Palacio Val 
des. amables o desencantados, profundos, 
sutiles, irónicos o burlones, se han sometido 
todos al encanto de unos ojos, al hechizo de 
una voz, dejando en las blancas páginas al- 
gún girón de su ingenio, o de su espíritu. 

Pierre Louys y Jean Richepin llenan toda 
una página, con caligrafía digna de perga- 
minos medioevales, y a su lado parecen más 
menudas aún. las patitas de mosca de Willy: 



Haussonville recurre a Madame de Staél 
para dejar un pensamiento, mientras que la 
inspirada y grande Selma Lagerlof. sólo dice: 

« Labor Omnia Vincit. • 

Pero he aquí una página que no puedo 
dejar de reproducir: 

• La postéríté! Le supréme espoír des en- 
thousiastes meurtris de l'incompréhension 
des contemporains imbéciles. 

Helas. . . La postéríté, ce sont les imbéci- 
les de demain. . . » 

• Doctor Max Nordau. 

Dos años después, la mordacidad de Nor- 
dau halla oportunísima respuesta: 

" Y sin embargo, a esos imbéciles de ayer, 
debemos cuánto sornas los de hoy. como los 
que lleguen después de nosotros, sólo tendrán 
lo que nosotros les dejemos. » 

Segismundo Moret. 
« Vive le Roí! » 

es todo lo que ha hallado para el álbum de 
una hija de América, el talento de Jules 
Lemaitre, lo que ha inspirado al irónico Oc- 
tave Mirbeau: 

« Pauvre Lemaitre! Quest-ce que ca peut 
bien luí faire? ■> 



¿Y cómo no reproducir la encantadora poe- 
sía, escrita con la desaliñada redondilla del 
gran lírico que visitara no ha mucho Buenos 
Aires, cosechando tan sinceras y fervientes 
simpatíasV Hela aquí: 

La Pandereta 

Hizo Dios un magnífico pandero 
que sirviera de caja de alegría, 
doró su cerco con la luz del día. 
y lo dejó entre lazos prisionero. 

Hechas con placas de metal ligero, 
le intercaló sonajas a porfía, 
y dio estrépito loco y armonía 
al ronco parche de tirante cuero. 

Lo echó a rodar en torno del planeta, 

y cruzó la sonante pandereta 

por todas las naciones que el sol baña. 

Fué perdiendo vigor cada segundo, 
y al acabar de recorrer el mundo, 
besó la tierra, y se posó en España. 

Salvador Rueda. 

Desgraciadamente, no dispongo ya de es- 
pacio para hacer conocer a mis lectoras los 
interesantes pensamientos de Jane Catulle 
Mendés. Judith Gautier, la Duquesa de Ro- 
ban. Héléne Vacaresco; pero no puedo dejar 




El «Vive l'Empereur!.. de la espiritualisi- 
ma Gyp (menos en esta ocasión), corre pare- 
jas con la imaginación de Jules Lemaitre: 
¿Qué tendrá que ver esa declaración de prin- 
cipios, dedicada a tan interesantísima mujerV 

Siempre avara, aunque sea de su talento, 
doña Emilia encabeza las firmas, con su ele- 
gante rúbrica: La Condesa de Pardo Bazán... 
Siguiéndola, las de Emile Loubet. Ortega y 
Gasset. Eulalia, Infanta de España, G. Hano- 
teaux. Menéndez y Pelayo, Tristán Bernard, 
y luego, arrogante y magnífica, dice la be- 
llísima Condesa de Noailles; 

« L'air frappera votre vísage, 
Avancez, joyeux, furieux. 
L'important n'est pas d'étre sage, 
C'est d'aller au devant des dieux... 

Del Príncipe Bonaparte. hay otra página; 
pero ninguna me ha impresionado tanto 
como la elegida al final del libro, para la mo- 
destísima frase que transcribo: 

*' Signature timide d'un homme de scien- 
ce. égarée dans un tournoi littéraire. » 

Albert. Prince de Monaco 

luego. "L'amour... grand mot! Tellement 
grand. qu'il est vide. s'il ne contient toutl ...» 

Marcei- Prévost. 

« L'amour ast toujours assez grand, pour 
contenir un tas d'ennuis •►. ha escrito al pie, 
Jules Claretie. 



de reproducir las líneas del Marqués de 
Segur, que parece ignorar, o haber olvidado 
por lo menos, la obra de su admirable ante- 
pasada . . , 

« On a dit: 11 n'y va pas de petites filies, il 
n'ya que de petites femmes - - Ne pourrait - 
on pas diré aussi: il n'y a pas de femmes. il 
n'y a que de grandes petites filies? » 

Merecería el sutilísimo Marqués, leer de- 
tenidamente el álbum de la dama a que me 
he referido antes: el de la señora Godoy de 
Cobo, que si no encierra joyas literarias, con- 
tiene en sus nutridas páginas las ingenuas 
expresiones de gratitud dedicadas a la «fem- 
me» que desdeñando toda gala femenina, y 
una suntuosa y cómoda existencia, viste el 
noble sayal de la enfermera, y pasa largos 
meses curando, no sólo dolorosas llagas, sino 
sus terribles consecuencias: las peligrosísimas 
infecciones... y como ella, extranjera, en 
aquel ambiente dantesco, todas las compa- 
triotas del irónico Marqués de Segur! 

Pero dejo la presentación del libro tan 
curioso y conmovedor, ai distinguido diplo- 
mático, representante del Uruguay en Fran- 
cia. Dice así: 

« A bordo deUHollandía*, mayo 24 de 1915. 

Este libro ha de despertar celos en aque- 
llos otros también con hermosas cubiertas, 
y que sólo guardan elogios y. a veces, frases 
banales. Es un documento vivo, y hay aquí 
la impresión primera de muchas almas que 



han sido consoladas por la abnegación de la 
mujer. La dueña de este libro debe estar 
orgullos:!. IX. roñe vale más que todos los 

Otr( :. 

Juan Carlos Blanco. 

La primera página del álbum lleva esta 
inscripción: • En souvenír des blessés soignés 
a Dinard, 1914 », rodeada por una guirnalda 
de «no me olvides», dibujados con una inge- 
nuidad digna de los artífices primitivos, y 
le sigue la planilla de los Ciento Cincuenta 
heridos asistidos por la señora de Cobo. . . 

• En reconnaissance des bons soins, que 
nous avons recu: nous garderons un souvenir 
inoubliable. Les malades du Casino de Di- 
nard ». Firmado: Candal Franfois. 29me. 
Dragón, 4e, escadron, Montpellíer. 

Bajo un pabellón formado por las bande- 
ras aliadas, luce una segunda dedicatoria, en 
. letras tricolores: esta vez son los heridos del 
Hotel Royal de Dinard, que ¡lustran las pá- 
ginas, como alumnos de alguna academia 
futurista; pero más de una de esas alegorías 
ha sido dibujada por la mano torpe aun de 
algún convaleciente.., 

Y sigue otra planilla: cincuenta y un heri- 
dos, que han querido manifestar su gratitud, 
a tan perseverante enfermera, con pensa- 
mientos y poemas plagados de faltas de orto- 
grafía y redacción: también es cierto que la 
caligrafía corre parejas con la de los prínci- 
pes de las letras. . . pero puedo asegurar que 
el Sargento Forgeron firma un esfuerzo lite- 
rario, que conmueve tan intensamente como 
el más hermoso soneto de Rostand! 

Permítaseme la reproducción de un solo 
pensamiento de estos humildes, respetando 
redacción y ortografía: 

« A Madame de Cobo, quí pendan t de se- 
maines, A remplacez ma Mere de qui les soins, 
serón t pas mieux! • 

De un Capitán: « A Madame de Cobo: 

Infirmiére toute dévouée 
Attentive et rieuse, 
Charmante et sérieuse. . . 

De un practicante enfermero, cuya firma 
es ininteligible: 

<• En souvenír des jours d'angoisse passés 
ensemble a panser et soulager les blessures 
de nos vaillants et glorieux soldáis. • 

Hay heridos que han recibido los cuidados 
de la señora de Cobo durante tres y cinco 
meses consecutivos, como el soldado Dumas. 
y cuatro camaradas salvados del tétanos, y 
cuyo testimonio de agradecimiento es una 
nota realmente conmovedora. . . 

La generosa argentina no limitó su abne- 
gación al hospital de sangre, como lo prueba 
la carta que le fué dirigida con fecha 7 de 
enero de 1915, desde el Hospital Pasteur. por 
Arthur de Notte. belga herido y atacado de 
escarlatina, que escribe las siguientes líneas 
que he querido traducir: 

« No tengo palabras con que agradecer a 
usted su carta, y todas las diligencias que ha 
tenido la bondad de hacer para averiguar el 
paradero de mi mujer y de mis hijos: ¡me es 
tan doloroso ignorar cuál ha sido su destino! » 

iQué intensa tragedia se encierra en tan 
pocas líneas. . . pero una segunda carta agra- 
dece con inenarrables términos las noticias 
de los suyos! 

Luego, retratos de los heridos dados de 
alta, que le envían sus postales desde las 
trincheras, empezando muchas de ellas con 
este dulce nombre: « Ma petite Maman!. . . » 

Entre la colección de ilustraciones, figura 
un retrato que más parece caricatura, repre- 
sentando a «Madame de Cobo», que a los 
pies del lecho de un herido, le desea «buenas 
noches» en flamenco... singular prueba de 
gratitud, que es un timbre de honor para la 
que supo merecerla, y que debe tener sitio 
preferente en la curiosa colección, junto con 
la carta de dos pobres paisanos que le agra- 
decen haber salvado a «son petit piou-piou. ..» 

El único comentario que corresponde a la 
obra humanitaria realizada con tanto amor 
y perseverancia, es la frase que transcribo 
del álbum de la señorita de Querencio: 

« On n'emporte en mourant, que ce qu'on 
a donné. » 

Paul Deschanel. 



,^^ J/cuna JÁie/ide. 




— i3>i_;>^.s >^i_mK2>!v- 




l„,iAaLes„Ja.yidaJ 



■ 



¿No es esta una exclamacián que a cada 
instante fluye de nuestros labios, ante las 
injusticias, las crueldades y los egoísmos que 
vemos constantemente a nuestro alrededor 
y que nos oottsideramos incapaces de reme- 
diar? 

jAsi es la vida! decimos: y la vida sigue su 
curso y cada cual sigue su propio camino, 
indiferente al mal ajeno, luchando por llegar 
al punto de liu que le marca su ambición 
particular, única meta de todos los anhelos 
hu m anos. 

Muchas veces, atravesando en tren por 
campos solitarios, donde en las primeras 
horas de la noche se ven parpadear luces 
que alumbran humildes viviendas, se me ha 
ocurrido pensar que tal vez allí, en algún 
pobre hogar desamparado, agoniza un en- 
fermo, esti a punto de cometerse un crimen... - 
¡qué sé yo! . . . y que para la angustia de 
aquellos leres aislados en la tétrica soledad 
dd campo, la rápida visión del tren que 
cruza ante ellos todo iluminado y lleno de 
gente que hubiera podido salvarlos con sólo 
detenerle un instante, debe ser como una 
burla, como un insulto supremo. 

Y asi pasamos nosotros, cerca, muy cerca 
a veces, de la ajena desventura, y seguimos 
nuestra ruta, arrastrados por nuestros de- 
beres, o por nuestras ambiciones, incapaces 
de restar un ipioe de nuestras energías y de 
nuestras influencias a la satisfacción de nues- 
tras propias necesidades- 
No quiere esto decir que no seamos cari- 
tatíror. lejos de eso, somos espléndidamente 
caritativos, colectivamente. Tenemos muchí- 
simas soci ed ad e s benéflcas. que hacen, justo 
es decirlo, toda la caridad posible: y es tanta, 
que constituye el mayor timbre de gloría de 
la mujer argentina. 

Pero ni en los hombres ni en las mujeres 
existe la verdadera caridad personal, la que 
no depende sólo de la mayor o menor esplen- 
didez de la dádiva, la que se hace con el co- 
razón, con la voluntad, con el sacrificio in- 
dividual- Esa es muy difícil de ejercer, tan 
dificU que entre las mismas grandes socie- 



dades benéficas se cuentan casos de egoísmo 
y de crueldad personales, particulares, sería 
mejor decir, que hielan la sangre. 

Allí vemos mujeres de cuya opinión de- 
pende que se otorgue o no un socorro y que 
tienen tal concepto de la caridad que la 
hacen cruel, dura y antipática. 

Mujeres que niegan una limosna a una 
familia en la mayor necesidad, porque en la 
casa hay un piano, único resto de pasada 
opulencia, que ha sido conservado a fuerza 
de cruentos sacrificios y en el que estudia 
una de las niñas que da lecciones a otras 
menos pobres que ella, con lo que ayuda a 
sostener el mísero hogar. 

Mujeres que suprimen diez pesos de sub- 
sidio otorgado por la sociedad a que perte- 
necen, a una pobre negra, enferma y sola, 
por el crimen de dormir en una camita pin- 
tada al laque, regalo de su antigua patrona, 
que renovó el moblaje de su lujosa alcoba... 

Mujeres hay también que suprimen la mi- 
sera pensión de veinte pesos a una paríenta 
pobre y meritoria, para instituir un impor- 
tante premio anual a la virtud, que lleve su 
nombre y se publique en los diarios, abrién- 
doles tal vez tarde o temprano las puertas de 
la encumbrada asociación . . . 

¿Y los hombres? Hombres hay que escu- 
dados en su influencia o en su fortuna ejer- 
cen actos de crueldad o de venganza incon- 
cebibles en nuestros días, sin que haya na- 
die que levante la voz para enrostrarles esos 
actos, por egoísmo, por conveniencia, por 
miedo o simplemente por no molestarse. 

Criticamos a veces y comentamos esos 
hechos, en la intimidad: pero no hay un es- 
píritu de justicia y de equidad que nos im- 
pulse a poner en la pública picota al egoísta. 
al cruel, al desalmado. Nos contentamos con 
decir, tras un profundo suspiro: ¡Así es la 
vídal: y seguimos arrastrados por el torbellino 
de nuestras propias pasiones, en busca del 
ideal supremo: Satisfacer nuestra ambición 
particular. 

jAsí es la vida! 

Fulana de Tal. 



El titulo que sinteti- 
za estas lineas es algo 
asi como una mala pre- 
sentación para esta char- 
la, que tiene sin embar- 
go pretensiones de ser 
menos insubstancial y 
sutil que lo que acusa la 
etimología de la palabra. 

En desacuerdo con la 
definición del dicciona- 
rio, las •frivolidades» re- 
presentan en la vida dia- 
ria un papel de impor- 
tancia muy superior a 
la que generalmente se 
les da. 

Lo que hemos dado en 
llamar frivolidades, son, 
por decirlo asi. como los 
hilos de un tejido flnísi- 
mo que podríamos lla- 
mar «confort». Un hilo 
que falte a este tejido 
no le nota a simple vis- 
ta, pero van abriéndose 
las mallas, y hoy uno. 
mafiana otro, el descui- 
do de las frivolidades 
concluye con el confort! 

Asi un florero arreglado con buen gusto, 
una taza de café bien servida.' una cortina 
que tamice los rayos de un sol abrasador, o 
un iill¿r. ':trr,fíi. "i^-arlr, a tícmpo para el 
h' • yen otros tantos 

dr ^bles que van es- 




trechando afectos y ha- 
ciendo indispensable la 
mano femenina para la 
felicidad del hogar. 

Nunca tuvo Roxana 
pretensiones de seriedad, 
ni tampoco pasó por su 
imaginación la idea de 
dictar sentencias ni de 
abordar temas profun- 
dos! . . . 

Sin embargo, en las 
frivolidades de la vida, 
hay tema para expla- 
yarse y para dar uno 
que otro consejo a las 
simpáticas lectoras que 
I / lo necesiten. . . 
MÉf^j'^ '^^y <^°sas en la ruti- 
na diaria, que aun no 
hemos acabado de com- 
prender, y más de una 
vez, inconscientemente, 
sufrimos la consecuen- 
cia de nuestra propia 
ignorancia. 

Por eso me preparo, 
desde las columnas de 
esta revista, que tantas 
simpatías ha desperta- 
do, a ayudar a mis lectoras a conocer y practi- 
car algunas de esas «frivolidades», que tantas 
satisfacciones pueden proporcionarnos en la 
vida. Cada día podemos aprender algo nue- 
vo, y nunca es tarde para adquirir conoci- 
mientos útiles. 



Todo aquello que pueda interesar a la 
mujer en general, será el tema que elija de 
preferencia: todo aquello que pueda llevar 
a su corazón o a su inteligencia un recurso 
o una ayuda eficaz para cualquier momento. 

La forma de hacer agradable el hogar a 
grandes y chicos, de hacerse agradable, per- 
sonalmente, conocimientos útiles en general, 
etcétera, los abordará Roxana, tratando de 
llevar por el buen camino a todas aquellas 
que quieran darle la satisfacción de leer estas 
líneas. 

Puede una mujer interesarse en las frivo- 
lidades, sin ser por eso frivola... 

Se juzga frivola a una mujer, cuando sólo 
se ocupa de sí misma, cuando no se molesta 
por nada ni por nadie, cuando vive dedicada 
a su propia contemplación: y sin embargo, 
yo la clasificaría de egoísta. 

En cambio, aquella que se ocupa de las 
frivolidades, que rinde verdadero culto a 
todos fsos pequeños detalles que pueden 



hacerla acreedora a la simpatía o al cariñol 
de los demás, debe ocupar un puesto prefe-;¡ 
rente entre las de su sexo. 

Y hoy que el feminismo seco y frío, el fe-j 
minismo que más bien debía llamarse «mas¿ 
culinismo», invade el mundo a pasos agigan| 
tados, hoy más que nunca la mujer deb 
«feminizarse», rodeándose de toda la ideali- 
dad posible, para no perder sus atributos. 

Puede la mujer elevarse intelectualmente 
al nivel del hombre para ser su compañera 
y su colaboradora: pero no debe descuidar 
jamás los encantos que corresponden a su 
sexo, queriendo igualarse al hombre en el 
aspecto físico también. 

Y ahora, amables lectoras, antes de ini- 
ciar mis crónicas ligeras, permitidme daros 
un consejo: No descuidéis las frivolidades de 
la vida, y llevaréis con vosotras toda la 
fuerza indestructible del encanto femenino! 



Roxana. 



^ENCUESTAd 

LA INTERESANTÍSIMA ENCUESTA INICIADA POR 
ESTA DIRECCIÓN, CON TANTO ÉXITO, REVELA 
LA EXQUISITA CULTURA DE LAS SEÑORITAS 
QUE SON GALA Y ENCANTO DE NUESTRA MÁS 
ALTA sociedad; SE DESTACA EN BREVES 
RASGOS LA PERSONALIDAD DE CADA UNA DE 
ELLAS, YA SEA POR SU JUICIO SERENO Y ACER- 
TADO, O POR ALGÚN ESPONTÁNEO CHISPAZO 
DEL INGENIO TRADICIONAL EN LA ARISTO- 
CRACIA PORTEÑA. 

¿Qué personalidad femenina de la his- 
toria, habría usted deseado encarnar? 





RESPUESTAS: 

Me habría gustado encarnar la personali- 
dad de Madame de Maíntenon. 

Susana Larguía. 

Luisa, reina de Prusia, por su buen co- 
razón. 

Juanita Altoelt. 

Me parece que sería lógico, dadas las cir- 
cunstancias actuales, evocar la personalidad 
de Miss Nightingale. Nunca como ahora, se 
han comprendido los resultados prácticos de 
su benéfica obra y la grandiosidad de su ini- 
ciativa. Su memoria causa tanta admiración 
como entusiasmo y, por el momento, creo que 
esa primera y admirable Dama de la Cruz 
Roja es la única que deseo ser. 

Lucía de Bruyn. 

La mujer que ha sabido inspirar más no- 
bles acciones con su ejemplo y con sus obras: 
Santa Teresa de Jesús.; 

Hortensia Casal. 

A Juana de Arco. La admiro, por su fe y 
su valor. 

JoRGELiNA Cano. 

Isabel la Católica, a quien todas las ame- 
ricanas debemos profundo agradecimiento, 
pues gracias a ella existimos. . . Siendo ade- 
más modelo de esposa y madre, dotada de 
preclara inteligencia y excepcionalmente 
instruida es, no sólo el tipo ideal de la 
historia, sino digno ejemplo para las que 
descendemos de su heroica raza. 

Consuelo Moreno. 

María Antonieta, que supo resignarse an- 
te los mayores sufrimientos. 

Elena Villar Sáenz Peña. 

Juana de Arco, en la que el sentimiento 
patriótico alcanzó su más sublime expresión. 
María Raquel Cárdenas. 

Miss Nightingale, modelo de abnegación y 
de caridad, que fué llamada «El Ángel de los 
Ejércitos», y que dedicó su vida al bien de la 
humanidad. 

María Eloísa Obejero Urquiza. 



Me encantan la bondad de Elisabeth de 
Thuringen, el talento de Madame de Stael. 
el heroísmo de Juana de Arco, la belleza de 
la reina Luisa de Prusia y la sabiduría de 
Blanche de Castílle, durante su regencia: pe- 
ro me considero tan inferior a todas esas 
personalidades, que encuentro inadmisible la 
idea de poder encarnar a cualquiera de ellas. 
María Emilia Arning. 

Cornelia, madre de los Gracos, madre en- 
tre las grandes madres. 

Adelia Acevedo. 

Santa Genoveva, que por su heroísmo y 
sus virtudes, fué el ángel tutelar de Lutecia, 
en aquellos bárbaros tiempos de Cío- 
doveo. 

Carmen Echaoüe. 

Santa Elisabeth de Hungría, aunque más 
no fuera que para saber cómo hizo para con- 
vertir los panes en rosas. 

Matilde Zapiola. 

Isabel la Católica, ejemplo de virtudes, 
con un corazón todo bondad, y que no hubo 
en su vida un acto que no fuera un rasgo de 
nobleza. Culta e instruida, fomentó las artes 
y la religión en España. 

Delia Guerrico. 

Desde chica, he tenido cierta debl'idad por 
Penélope. [Pasarse la vida thaciendo tapice- 
ría», es para mí de un gran heroísmo! 
Angélica Gómez Molina. 

Blanca de Castilla, madre de San Luis, que 
en los tiempos en que el crimen era una ley 
y la violencia un derecho, supo educar a su 
hijo como rey y como santo. 

María Teresa Guerrico. 

A Santa Teresa de Jesús, admirable por su 
santidad, su inteligencia, su saber y su ener- 
gía. Prototipo de la mujer que consagra todos 
sus esfuerzos a un ideal, reformadora de una 
orden religiosa que aun existe, teóloga, asce- 
ta, mística, autora de escritos cuyo estilo es 
propio, sencillo, castizo y algunas veces su- 
blime: me inclino ante esta ilustre doctora 
de la iglesia y gloria de su patria. 

Carmen Navarro Viola. 



¿QUIERE USTED SABERLO? 

En el próximo número se contestará a todas las preguntas que 
nuestras amables lectoras quieran hacer sobre tópicos femeninos. 

María Lebém. 









■Í-^L^^''=> ^1-J 1 1^>X— 





A buen seguro conocéis la anécdota, señoras mías. . . Era en 
siglos pasados, y en días que por ser menos cruentos no eran 
ciertamente más blandos... 

Años enteros, ■ — largos e interminabies años, — había 
pasado el maestro de León encerrado en prisiones, sin para 
ello culpa alguna que no fuera el mérito insigne de ser un poeta, el más alto, y un 
sabio, el más ilustre de su tiempo. 

Y ocurrió que cuando, al fin. obtuvo el procer justicia, y libre y rehabilitado volvió a 
su cátedra salmantina, dando al olvido su larga y dolorosa ausencia, cual si de un mal sueño 
se tratara no más, Fray Luis reanudó la docta labor con esta sencilla frase inmortal: 

— "Decíamos ayer. . ." 

Como antaño el divino Luis de Le6n. 
vivimos nosotros, hogaño, tristes horas 
de cautiverio, pues si no son muros de 
una celda los que nos encierran, es 
nuestra cárcel la armadura de hierro 
que nos oprime, y lo es, también, el 
círculo de fuego que nos envuelve... 
Mariposas de su llama fueron nues- 
tras ingenuas esperanzas: las que cifrá- 
bamos en la humana fraternidad y en 
el universal amor; pero, según afirma y 
sentencia un proverbio francés, íoul 
passe, tout casse, tout lasse! 

Pasarán estos años amargos... Se 

destruirán las fuerzas que hoy luchan 

por una ambición o por un ideal. . . Y 

a fatiga será, al cabo, la gran vencedora. 

Podremos, entonces, despertar. . . 

remos dar al olvido la abominable 

tragedia. . . 

y. en fin. 

podremos reanudar la 
plática de la vida con 
as palabras de' sabio: 
— <■' Decíamos ayer. . .» 

Pero, au fait, mis 
bellas lectoras, ¿qué es 
"o que decíamos en nues- 
tras mundanas charlas 
de l'avant guerre? 

Decíamos, ayer, lo 
que en verdad seguire- 
mos diciendo mañana: 
frivolas y adorables 
cosas, sin trascenden- 
cia alguna, pero ¡tan 
interesantes! 

Y podéis creer, con- 
migo, que los graves 
y ponderados filósofos 
que ya discuten acerca 
rfe cuáles, llegada la 
paz futura, se- 
rán las grandes 
preocupaciones 
de los hombres, 
pierden lamen- 
tablemente el 
tiempo. . . 
La gran preo- 
cupación del hombre fué siempre, y es y será siempre 
la mujer: y la gran preocupación de la mujer fué, es y 
será siempre el aparecer ante el hombre lo más bella 
y lo más atractiva posible. . . 

¿Vale. pues, la pena de emborronar montañas de 
cuartillas y de enhebrar millones de palabras para decidir de si, en la nueva era que nos 
aguarda, se adueñará de nosotros un negro pesimismo, o por lo contrario, nos brindará 
el optimismo su azul?... 

¡No!. . . No vale la pena. . . Sabemos, ya, a que atenernos. . . Y sin que en ello pesen, 
ni como un solo adarme, las duras enseñanzas de la "gran guerra», seremos 
pesimistas en el ingrato día en que ella, la bien amada, nos niegue su clemen- 
cia: y seremos optimistas, infantilmente optimistas, en esa otra jornada 
gloriosa en que ella, la bien amada, nos diga la más dulce de sus canciones: 
aquella canción pagana que hizo estremecer las frondas, en el bosque sa- 
grado de Eleusis: aquella eterna canción que, por comenzar sobre el tálamo 
y acabar sobre la cuna, tiene por ritornelo un encendido beso de amante, y 
tiene, por coda, un santo beso de madre. . . 

Anticipémonos, pues, al mañana aun le- 
jano, — bellas amigas mías. — y sigamos 
hablando de esas fútiles cosas sin las cua- 
les la existencia no valdría la pena de 
asomarse a ella. 

Hemos traído a colación el tema de vues- 
tra belleza: de la mano viene, tras de él, 
el de las galas que para esa belleza pre- 
ferís. . . No son, ciertamente, tales galas, 
vuestras favoritas de ayer, ni siquiera las 
de hace un instante. . . No son, tampoco, 
las que habéis de elegir en el día ni aun 
siquiera en la hora que en breve han de 
amanecer o de sonar: son las del momen- 
to, y pasan con él, nacidas que son, para 
una vida efímera, del maridaje del capri- 
cho con la diversidad. 

¡ Diversidad ! . . , ¡ Divina palabra ! . . . 
Diversidad, que eres esencia misma de la 
vida, porque lo eres del amor y de la dicha 
insensato, pudo llamarte inconstancia? 

No es inconstante el artista que a través de obras 
diversas busca la realización de un ensueño de ideal. 
No es inconstante el viajero que esparce su vida bajo 
horizontes diversos, buscando siempre un nuevo as- 
pecto del mundo. No es inconstante el amador que en 
pasiones diversas oficia para una sola y única adoración: 
la de la eterna feminidad. . . 

¿Por qué, pues, hemos de tachar de inconstantes 








¿quien, 



^e>y77^^>/2/^i/7~^ 



vuestros antojos, cuando ellos no son sino etapas, hrsves 
y sucesivas, de vuestro insaciable afán de perfección? 

La moda. — ese espejo en donde se reflejan vuestro gusto 
y vuestro espíritu, — no cambia: es siempre nueva, como nue- 
vos son vuestros pensamientos y vuestras sensaciones; pero 
es siempre la misma, como ios mismos son vuestro cerebro y vuestros sentidos... Las 
modas son aspectos de la Moda, como los días y las noches son aspectos de) Tiempo. Pasa 
éste, sin acabar nunca, dejando una estela de recuerdos; y como él infinita y como él alada. 
pasa también vuestra coquetería, dejándonos una estela de saudades... AI término de la 
postrera tarde en que luzca el sol, comenzará la agonía de la Tierra; y el día en que haya 
desaparecido la última moda, se habrá extingui- 
do vuestra última coquetería y con ella nues- 
tro último amor. ¡Triste jornada! 

Pero aun está 
lejos, por fortu- 
na, y en tanto 
llega, ¿sabéis 
cuál es el nuevo 
dictado de la 
moda? Helo 
aquí: 

Vuelve el pa- 
sado. Vuelven 
la indumentaria 
femenina de 
, 1830. y la dei 
'"^ Segundo Impe- 
/ rio, y aun la de 
la época de Luis 
XV, y bajo to- 
das estas in- 
fluencias retros- 
pectivas y varias, se crean, 
por decirlo así. dos estilos, 
con tendencias opuestas: 
quiere uno respetar, 
a todo trance, la línea 
natural del cuerpo fe- 
menino, y para ello, 
adopta sus curvas y 
sus proporciones, exac- 
ta y devotamente; 
por lo contrario, quiere el 
otro apartarse, en absoluto, 
del divino modelo, y resu- 
citar, en nuestra época de 
realismo, de confort y de 
sport, aquella silueta defor- 
me y atormentada que fué 
la de las heroínas de Murger, 
en los buenos y viejos tiem- 
pos del gran romanticismo. 
En este último orden de 
ideas, vemos reaparecer 
aquellas cinturas angostas 
que parecían quebrarse al 
menor movimiento, y en elo- 
gio de las cuales se cantaba 
una copla favorita en Mont- 
martre: 

— c¿£í íaille fine 
de ma divine 
tiendrait, je crois 
dans mes dix doigls. 

Y con tales talles de avis- 
pa, resurgen igualmente los 
cuerpos ceñidos al busto, en 
rigidez inexorable, sin la cle- 
mencia y sin la gracia de un 
pliegue; y las faldas bailo- 

nées; y los chales de cachemira; y las cascadas de rizos sobre las sienes. . . 
¡Todo el paradójico empaque de La Bohémel 

Por su lado, la tendencia modernista nos brinda una donosa novedad, y ésta 
consiste en las ¡upes de tarde y de noche, muy cortas, casi infantiles por de- 
lante, y prolongadas por detrás, hasta el punto de arrastrar una breve cola... 
Fantasía o extravagancia del momento, esta extraña combinación requiere, 
para no parecer ridicula, una. elegancia a toda prueba en la mujer que la adopta... 
Ultra-modernos o ultra-románticos, los modelos de primavera y de verano 
se conforman, pese a su diversidad, a una rigurosa disciplina: son todos, o 
casi todos, de seda. 

La seda es dueña de la hora, en todas 
sus formas y aspectos, y ella presta a 
las /o/tó/^5 el contraste de una gran sen- 
cillez de conjunto, hermanada con una 
extraordinaria riqueza de detalles. 

Adornos complejos, urdidos con cin- 
tas, — de seda siempre, — ■ que flamean 
sobre las orlas de las faldas como en- 
tre los tules de los sombreros, caracte- 
rizan, de igual manera, el gusto pre- 
sente... Y, — ■ ¡cómo no!, — de la 
mano del estilo romántico, nos vuel- 
ven las enaguas, las puntillas, los en- 
cajes, y toda aquella nieve hilada de 
los dessous. que hizo la delicia de nues- 
tros abuelos, y que había desaparecido 
ante la escueta precisión de los vesti- 
dos-fundas, y de las túnicas helénicas. 
Ved, pues, mis bellas lectoras, cuan justo era de- 
ciros que las duras enseñanzas de ta grande guerre 
no pesarán ni como un adarme sobre nuestro optimismo... 
Para probarlo, ¿podemos hacer más, acaso, queesta resu- 
rrección murgeriana del romanticismo? Al volver a codear- 
nos con Mimí y con Niñeta, florecerán en derredor de nos- 
otros las flores de ilusión, y ellas cubrirán, con su velo de en- 
sueño y de poesía, la dura y áspera huella del dolor y del mal. 
París. 1916. 

DIBUJO DE RIBAS. ANTONIO G. DE LlNARES. 





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Un alarde u;; . ,...:.; erudición 
ha de ser la presente explicación, 
a menos que un lector «iconoclasta» 
donde yo digo vasta, grite: /basta.' 

Non plus ultra fué un lema 
que tuvo caracteres de problema 
sin solución, allá en otras edades, 
cuando Heracles (hoy Hércules) en Gades 
'evantó dos columnas casi dóricas. 

:ue. según referencias prehistóricas. 

eñalaban del mundo los confines. 

ues, por falta de cines, 
que tanto nos ilustran hoy en dia. 
la gente andaba mal de geografía. 

Ahora, para seguir la explicación, 
conviene una ligera digresión. 



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Pasaron muchos años, 
y el temor de peligros y de engaños 
detuvo el paso de los más valientes 
que soñaban con otros continentes, 
hasta que, a bordo de un veloz bajel, 
la patria de Fernando y de Isabel 
vio llegar a Colón, 
en fecha de feliz recordación; 
y consiguió, tras sustos y gabelas, 
armar sus tres famosas carabelas, 
cuando, después deshacer pararsel huevo, 
manifestó aue había un mundo nuevo. 



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O'^ 



Hércules nació en Tebas 
(y de ello existen fehacientes pruebas), 
de una aventura ilícita y galante 
de Júpiter Tenante 

con una tal Alcmena, a quien el pifio ■ 
tal vez arrancaría de un castillo. 

Al verle tan rollizo y tan robusto. 
Júpiter exclamó, en su tono adusto; 
«¡Este muchacho, como no se tuerza, 
será el dios de la Fuerza!» 

Y en efecto, el muchacho salió bruto 
y de la Fuerza ha sido el atributo. 
jMiren si era cernícalo, que un día, 
cuando diez y seis años no tenía, 
con alardes y gritos estentóreos 

se lió a palos con los Hiperbóreos! 

Y después, convertido ya en matón, 
por cualquier cosa armaba discusión, 
que siempre terminaba 

soltando al adversario una biaba. 
Júpiter, disgustado porque el chico 
le salía, aunque fuerte, muy borrico, 
por conducto de Apolo 
(que para encargos se pintaba solo), 
lo confinó a un destierro, 
donde estuvo rabiando como un perro. 
Los trabajos forzados 
de Hércules, tan mentados 
en la Mitología, 

terminaron para él, en feliz día; 
y decidió viajar 

unas veces por tierra, otras por mar. 
Fué al Egipto, Cartago, Mauritania, 
cruzó el estrecho y se metió en Híspanla; 
y como no encontró dificultades, 
se «estableció» de marmolista en Gades. 
Labró allí sus columnas casi dóricas 
(según las referencias prehistóricas), 
y puso la inscripción 
¡Non plus ultra!, que es una exclamación 
parecida a la voz de los banqueros 
que gritan, altaneros, 
cuando cierran el juego: ¡No va más!. . . 
s'arecen, en puerta, el rey o el as. 



:S 



Transcurrida esta etapa de la Historia, 
que todo el mundo sabe de memoria, 
ocupó el trono de la vieja Híspanla 
Carlos Primero (Quinto de Alemania). 
¿Y qué hizo Carlos Quinto? 
Contemplando el aspecto tan distinto 
que diera al orbe entero el nuevo mundo, 
ordenó, en un segundo, 
que se borrase el non del viejo lema 
y el «Plus L'Itra» quedase como emblema 
del escudo español, para indicar 
que España dominaba en Ultramar. 
Los intelectuales 
aplaudieron las órdenes reales 
y dijeron que «sí», que estaba clara 
la razón de que aquello se enmendara, 
porque al non el feliz descubrimiento 
le quitaba la gracia y el intento. 
Pero «estaban de non» 
los partidarios de la tradición. 



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veía las columnas con su lema, 
por cuyo medio el héroe de la clava 
parecía que, oculto, le gritaba: 
• ¡Navegante, no quieras ir más lejos! 
; Naufragarás, si no oyes mis consejos! 
,Si estimas tu pellejo, vuelve a casa, 
;ue de aquí nadie pasa!» 
Con lo cual, tembloroso y medio muerto, 
ivegante regresaba al puerto. 



El caso es que, por orden de aquel Carlos, 
todos los non, tuvieron que sacarlos; 
y el Plus Ultra quedóse como lema 
de todo escudo y nacional emblema 
que preside españolas ceremonias, 
aun después de perdidas las colonias, 
como diciendo nuestra madre España: 
Son de mi sangre y de mi propia entraña 
las tierras que veréis allende el mar, 
plus ultra, si llegáis a atravesar 
este paso, donde Hércules famoso, 
buscando a sus fatigas el reposo, 
levantó dos columnas casi dóricas 
i/jgún las referencias prehistóricas), 
i:'norando que América, dormida, 
::'j1o aguardaba el soplo de la vida, 
'lue hoy muestra su potencia 
':n la Industria, en el Arte y en la Ciencia. 

Y si queréis mejor demostración, 
Plvs Vltra os la dará, con sus primores, 
porque es, sin desdeñar a las mejores, 
el Non plus ultra de una ilustración. 



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EL NUEVO ENVASE PORRÓN 
PARA ACEITE DE OLIVA 

(patente exclusiva de la casa JOSÉ BAU) 

EL ACEITE ESTÁ ENCERRADO EXENTO 

DE AIRE. -CADA PORRÓN ESTÁ LLENO 

POR COMPLETO DE ACEITE. 

HIGIENE Y economía 

Significa una evolución importantísima en beneficio de los con- 
sumidores de aceite fino de oliva, la creación de este nuevo envase 
(Porrón) que resuelve de golpe las dificultades y deficiencias que 
lodos encuentran en los envases más o menos cuadrados. 

LA economía E higiene DEL ACEITE ENVA- 
SADO EN PORRONES, en vez de en latas comunes, fácilmente 
se demuestra: 

Las latas comunes, por el hecho de no terminar en cúspide, no 
pueden ser llenadas, haciendo el vacío de aire; contienen, por lo tanto, 
aceite en contacto con aire encerrado. 

Las latas comunes, por el hecho de no tener cúspide, no pueden 
vaciarse completamente, siempre queda un gran desperdicio de aceite 
en el ángulo correspondiente al orificio practicado para abrir la lata. 

Las latas comunes, por el hecho de no tener cúspide, contaminan 
el aceite asi que se abren, porque la superficie es plana y caen sobre 
ella materias extrañas (en la cocina o en la despensa), y cuando se 
sirve el aceite, se contamina más o menos con dichas impurezas. 

Hasta el aceite de botellas ofrece la desventaja de que la per- 
sona que toca el tapón con las manos o que lo deja impropiamente en 
cualquier parte, al meterlo para tapar la botella, contamina la parte 
interior por donde tiene que pasar después el líquido. 

CON EL TAPÓN PATENTADO DEL PORRÓN 

BAU, se garantiza la pureza del aceite hasta la última gota de su 
contenido, por cuanto no se puede meter la tapa dentro del gollete: 
lo cubre externamente (tapa por afuera). 

NO SE ENCIERRA AIRE Y ACEITE DENTRO de los 
porrones, porque cada envase se llena íntegramente y se cierra después 
de practicado el vacío. La enorme ventaja de aislar el aceite del aire, 
es el fundamento más esencial de este invento de la casa Bau. 

NO QUEDA UNA SOLA GOTA DE ACEITE EN LOS 
PORRONES vacíos, porque, rematando en cúpula cada envase, 
se desliza hacia ella hasta la última gota de aceite. 

NI EL HOLLÍN, NI EL POLVO, ningún cuerpo extraño, 
ninguna impureza puede entrar en los porrones de aceite Bau, porque 
resbalarían por la cúspide y por la parte de afuera de la tapa. 

NO SE CHORREA ACEITE, no se pierde aceite como en 
las latas comunes, porque, gracias a la disposición de la cúspide del 
porrón y de su boca, el aceite sale sin correrse y sin derramar. 

PÍDANSE PROSPECTOS EXPLICATIVOS. 

NO SE HA AUMENTADO EL PRECIO. 

El costo de cada porrón vacío, es igual al costo de la lata común 
y, por lo tanto, la casa José Bau entrega el aceite en porrones a exclu- 
sivo beneficio de los señores consumidores, sin el menor aumento de 
precio. 

DE VENTA EN TODA LA REPÚBLICA. PÍDASE 
POR SU NOMBRE: "PORRÓN BAU". 

Agencia del aceite "Bau", en Buenos Aires 

Freixas, Urquijo y Cía. - B. Mitre, 1411 



X 'i_n^í2^^— 



LOS CAMBAROS DEL COCOTERO 



A primera vista, parecerá esto al 
curioso lector algo tan extravagante 
y absurdo como si se hablase de las 
liebres del coral. Pero si se tiene pre- 
sente que la Naturaleza siente a veces 
extraños caprichos y crea seres, for- 
mas y hábitos en absoluto reñidos 
con la lógica, ya no se le antojará tan 
inadmisible la existencia del cangrejo 
ladrón o cámbaro del cocotero, una de 
las muchas curiosidades que ofrece 
el mundo orgánico. 

Vive esc crustáceo en las islas Kee- 
ling o de los Cocoteros, en el océano 
Indico, al Sur de Sumatra. Su volu- 
men es lo bastante respetable para 
infundir cierto pánico entre bañistas. 
si le fuera dado al cangrejo de refe- 
rencia hacer su aparición en cual- 
quiera de las playas de moda. Mide, 
en efecto, unos 30 centímetros de lon- 
gitud, alcanzando las pinzas hasta 15 
centímetros. Nuestro dibujo, da idea 
del tamaño a que suele llegar en su 
edad adulta. 

Otra de sus particularidades, y 
ésta bien digna de meditación en 
cuanto demuestra las conveniencias 
indiscutibles de adaptarse al medio. 
es su sistema de vida. El cangrejo 
ladrón fué habitante de los dominios 
inmensos de Neptuno. antes de ser 
inquilino de la tierra. Perteneció a la 
variedad denominada «Paguro» o 
• Bernardo el ermitaño», que, como 
casi todo el mundo sabe, vive ceno- 
bíticamente bajo las ondas, aposen- 
tado en una concha de caracol. Arro- 
jado un dia por la resaca sobre la 
playa de las Islas Keeling. adentrósj 
hacia el tan citado «bosque de los 
cocoteros», por el que suspiraban hace 
20 ó 30 años muchas tiples y sigue sien - 
do refugio ideal de no pocos bípedos 
del sexo masculino sin aficiones líricas. 

Un coco detuvo al crustáceo en su 
viaje de exploración intra-insular. 




LOS CAMBAROS DEL COCOTERO, EN LAS ISLAS DE KEELING 



En vez de amedrentarse, como hubie- 
la hecho cualquier homo sapií'iis apo- 
cadillo. requirió las pinzas, perforó 
el fruto, devoró la pulpa y encontró 
al manjar indiscutiblemente superior 
al submarino, y desde luego más fá- 
cil de apresar que los moradores de 
las rocas subacuáticas, que suelen opo- 
ner marcada resistencia a dejarse co- 
mer. Y resolvió establecerse en la isla, 

Pero ello implicaba un cambio ra- 
dical de costumbres. Lo que empezó 
a practicar. Criatura solitaria, hízose 
sociable; de huraño se convirtió en 
comunicativo: tomó esposa y tuvo 
abundante prole, que ya no hubo de 
cobijarse en caracoles vacíos, morada 
incompatible con el desarrollo de la 
familia cangrejil, sino que eligió como 
albergue las quebraduras del terreno. 
Una vez organizado socialmente, pro- 
cedió a modificarse con arreglo al 
medio. Al aparato respiratorio llevó 
importantes reformas, disponiéndolo 
de modo que mientras la parte supe- 
rior del mismo sirve para el aire at- 
mosférico, la inferior sigue siendo 
apta para la respiración acuática, si 
alguna vez realiza visitas al mar, es- 
pecialmente las hembras, en la época 
de la cría. 

Niegan ciertos naturalistas que el 
«cangrejo ladrón» trepe a los árboles. 
Sin embargo, todas las observaciones 
modernas están de acuerdo en conce- 
der al curioso crustáceo esa habilidad, 
si bien no tiene por objeto, como an- 
tes se creía, el aprovechamiento de 
los cocos. Acaso no se trata sino de 
un mero pasatiempo deportivo. ¿Para 
qué molestarse se dirían los pri- 
meros cangrejos de la isla Keeling, 
buenos razonadores a fuer de ermi- 
taños en subir a los cocoteros en 
pos del fruto, si el árbol providente, 
contando con la ley de gravedad, nos 
deposita la comida en el suelo? 




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LA MANO 
QUE APRIETA 



iiiitatiiiiniimtimiiMuiitriiitiiMiiiiiiin 



Muy pocas veces la cinematografía universal ha 
presentado películas tan emocionantes como esta 
que nos ocupa,' y la cual se está exhibiendo por la 
Casa Max Glücksmann. en los cines Petit Palace 
y Palace Theatre. «La mano que aprieta» es una 
célebre novela de episodios policiales narrada por 
Pierre Decourcelle, con una intensidad tal. que 
desde sus primeros asuntos hasta su termina- 
ción no decae siquiera por un instante el inte- 
rés que despierta. Una banda de malhechores. 
«La ma.To que aprieta», opera sus fechorías por 
puros procedimientos científicos, po- 
niendo en juego las más estratégi- 
cas y hábiles combinaciones de la . 
mecánica, la ingeniería, la electri- 
cidad y otras diversas artes con 
que el hombre puede realizar pro- 
digiosos hechos. El escenario de la 
banda es New York, donde hace 
victimas innumerables entre ban- 
queros, multimillonarios y bolsistas, 
coa gra.i estupor de las autoridades 
y de la sociedad. Dondequiera que 
«La mano que aprieta» ejerce su 
acción misteriosa, !a investigación 
judicial tropieza con las más estu- 
pendas sorpresas de la ciencia. Los 
golpes se llevan a cabo bajo la más 
recta disciplina científica. 

La obra se inicia con el episodio 
del banquero Taylor Dodge, presi- 
dente de la compañía de «Seguros 
Reunidos», quien se apodera de do- 
cumentos comprometedores para «La 
mano que aprieta», autora de di- 
versos crímenes y robos de gran 
sensación; y al tener esos papeles, 
Taylor solicita el concurso del de- 
tective Foster, por cuenta de la 
Compañía, y al detective Justino 
Clarel. Este es un hombre de vastos 
conocimientos electro-químicos, mé- 






WAI.TER JAMESON 



ELAINE DODGE 

dicos, mecánicos, y en una palabra, un detec- 
tive moderno, con más que suficiente prepara- 
ción para ser un eficaz auxiliar de la justicia 
en el descubrimiento de los hechos de la banda 
temible. Clarel llega al despacho del banquero y 
le halla muerto de una manera misteriosa. En esa 
situación se inician las mil emocionantes inciden- 
cias de la maravillosa película, hasta el descubri- 
miento final de quien es «La mano que aprieta». 
Toda la película tiene un interés de espectáculo 
y de ingenio. La acción de la banda malhechora, 
que se señala por la forma inteligente como se 
llevan a cabo los delitos, encuentra continuamen- 



te el escollo de Clare!, que conoce sus 
procedimientos. Cuanto más misterio 
pone «La mano que aprieta», más anali- 
za el detective las consecuencias, re- 
sultando a cada episodio un triunfo de 
la policía científica. La inquietud, la 
persistencia, la perspicacia, el método y 
la novedad, son las principales características de 
a emocionante película, que con tanto éxito nos 
está dando a conocer la Casa Max Glücksmann. 
Los más grandes cinematógrafos del mundo han 
representado esta película, con un éxito que bien 
puede llamarse eminente. 

Por ahora se da en el Palace Theatre y Petit 
Palace. según decimos más arriba; pero dado el 
extraordinario interés demostrado por el piiblico 
para conocer tan sensacional película, ella se hará 
conocer muy pronto en otros cines, donde sea más 
difundida y queden satisfechos los deseos del 
espectador. 

Como detalle que puede corroborar la impor- 
tancia de esta gran película, observamos que 
nuestro colega «La Pren,sa". haciendo una excep- 
ción, está publicando en folletín la novela en que 
ella se inspira, y que se conoce, de ese modo, si- 
multáneamente con el espectáculo cinematográfico. 



— P>I_rv^^ 




EL DERROCHE DE LA GUERRA 




COMPARACIÓN GRÁFICA DE LOS ALIMENTOS CONSUMIDOS POR EL EJERCITO ALEMÁN, EN UNA 
SEMANA, CON LA CATEDRAL DE COLONIA 

LO QUE CUESTA MANTENER UN EJÉRCITO, Y LO QUE CUESTA 
MATAR UN HOMBRE EN LA GUERRA ACTUAL 

El problema de la alimentación de un ejército en tiempo de guerra es de 
tan vital importancia, que muchísimas batallas se han perdido a cau.sa de 
un mal aprovisionamiento, que ponía en condiciones de inferioridad a uno 
de los ejércitos combatientes. 

Las raciones de cada soldado varían en todos los ejércitos, debido a gustos 
de raza y a las condiciones climatológicas del país; así, la ración de carne del 
soldado francés es muy diferente a la ración de carne del soldado alemán. 

Como base de comparación, he aquí la ración diaria de un soldado alemán 
en tiempo de guerra: 

750 gramos de pan fresco, o 

500 — galleta. 

373 — carne cruda, o 

200 — de roastbif, cerdo, cordero o embutidos. 

125 — arroz, o 

250 — harina, o 

1.500 patatas. 

28 ^ sal. 

28 — café (tostado), o 
30 — café (sin tostar), o 

3 — té y agua de azahar. 

El adjunto dibujo es una comparación de la Catedral de Colonia con la 
masa de alimento que consume el ejército alemán en una semana. 

Tenemos un panecillo que pesa kilos 30.065.000, y que tiene una altura 
de 125 metros. 

El pedazo de carne tiene 60 metros de alto, y pesaría 8.015.000 kilos. 

Las patatas son las unidades más pesadas de la ración, y el tubérculo 
del grabado tendría 650 metros de altura y un peso de 60.165.000 kilos. 

El saco de azúcar tendría 13 metros de alto y pesaría 682.500 kilos. 

Tales cantidades de comida parecen casi increíbles. 

El kaiser ha dado siempre gran importancia a las comidas de sus tropas, 
y son muy frecuentes las visitas que hace a las cocinas de campaña, donde 
prueba él mismo la comida. 

Los lectores se darán alguna idea de lo que cuesta la guerra, cuando sepan 
que el coste diario de provisiones para los ejércitos hoy en lucha es de se- 
senta y dos millones de pesetas, sin contar gastos de transporte, que alcanzan 
la suma de veintiún millones de pesetas. La verdad que es una cuenta muy 
grande de carnicero, panadero y tendero, ¿verdad, lector? 

Ya que hemos visto lo que cuesta alimentar al ejército, veamos ahora lo 
que cuesta matar a un hombre en la guerra. 

Debido al enorme precio de las armas de guerra, a los explosivos usados, 
cada día más complicados, los disparos cuestan muchas pesetas, y si se trata 
de obuses de gran tamaño, muchos miles de pesetas. 

Además, como la mayoría de las balas no hacen blanco, y el tanto por 
ciento de hombres muertos es muy pequeño, comparado con el número de 
disparos hechos, resulta que cada hombre muerto le viene a costar al enemi- 
go unas 7.500 pesetas. 

En la guerra boer, esta suma subió a 200.000 pesetas. 

Resulta, pues, más barato el respetar la vida del hombre. 

Es más barato dejar de matar gente. 



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EL AJEDREZ 
EN EL TEATRO 

Con el objeto de que el mayor 
número posible de personas pueda 
seguir una partida de ajedrez, a 
un empresario teatral de Dakota 
del Norte. Estados Unidos, se le 
ha ocurrido emplear un procedi- 
miento que le ha dado buenos re- 
sultados. 

Ha mandado hacer un tablero 
enorme, de cuero muy flexible, 
que coloca en el escenario, de ma- 
nera que pueda ser visto de todas 
partes del teatro. Cada cuadro 
del tablero tiene un agujero, en el 
cual se cuelgan, de un gancho que 
tienen por detrás, las piezas, que 
son hechas de madera liviana. 




A ambos lados del tablero, hay 
dos filas de agujeros para colocar 
las piezas que reciprocamente se 
toman los judagores. 

Estos se sient^ a jugar en una 
mesa de ajedrez de las corrientes, 
y cada una de las jugadas que 
hacen es reproducida en el gran 
tablero por un individuo encarga- 
do de mover, con un puntero es- 
pecial para el caso, las piezas, 
como indica el grabado. 

El procedimiento ha dado, co- 
mo deciamos. buenos resultados, 
pues basta que se anuncie una 
partida entre jugadores más o 
menos conocidos, para que el tea- 
tro se llene, con gran contenta- 
miento de los aficionados y del 
ingenioso organizador de esta cla- 
se de espectáculos. 



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\ 



'K-^ 






V 




LA DISTINCIÓN SE 



OBSERVA EN EL DETALLE 



CA TU & CHA VES, auténtico centro de elegancias J) refinamiento estético. Ja al detalle, la importancia primordial que la moda le asigna. 

Cuando la tendencia de la moda actual fué sancionada, CATH fr CHAVES se apresuró a vender a bajo precio, cuanto complemento ¡le ¡a 
toilette femenina, no armonizara con la linea nueva. 

EL CALZADO, en lodo tiempo fué cuidado por las elegantes, )/ lógicamente no podían calzarse con la falda "campana", el mismo zapato 
que antes usaban con la pollera "entravé". 

CA TH &■ CHA VES agrega un nuevo triunfo, a la ya larga lista de los conquistados, afirmando ser la única caso que posee el calzado de 
PUNTA ACUD.4, que realza, J forma parte integrante de la falda corta Ji ancha, dando al pie femenino, una brevedad graciosa y afilada. 

CA TH & CHA y ES, como prueba definitiva de cuanto asevera, suplica a las señoras observen los figurines que Paris envía, donde 
hallarán reproducidos los hermosos modelos de Botas y Zapatos, que magníficamente expone en el ANEXO, y esperan su fallo. 



ANEXO: 

Avenida de Mayo, 

Perú 

y Rivadavia 




ANEXO: 

Avenida de Mayo, 

Perú 

y Rivadavia 



>>=s.— 




MARAVILLAS 
DEL MUNDO CIENTÍFICO 

LAS JOYAS DE ANFITRITE 



UN GRUPO DE POLICISTINAS 



Una prueba más 
de que el hombre 
no tiene el mono- 
polio del arte, son 
las policistinas, mi- 
croscópicos anima- 
les marinos, cuyas 
sorprendentes 
formas han sido 
reveladas por el 
ilustre naturalista 
Ehrenberg. 

Si se compara el 
nombre polioistina 
con los grabados ad- 
juntos, fácilmente 
el lector que desco- 
nozca el vocabula- 
rio zoológico creerá 
que la etimología 
es : poli ( mucho ). 
cistino{cestillo). En 
realidad, cistino 
viene de kistis (ve- 



berg, creíase que 
sólo vivían las po- 
licistinas en las cos- 
tas de las Barbadas. 
El sabio naturalis- 
ta las descubrió en 
Cuxhaven, desem- 
bocadura del Elba. 
En la isla Camor- 
ta existe una colina 
de 90 metros, don- 
de se encuentran a 
millones. También 
están enterradas en 
numerosas rocas; 
jaspes siberianos, 
esquistos sajones, 
margen silíceas de 
Richmond (Virgi- 
nia), Sicilia, etc. 

Si el lector tiene 
un microscopio y 
curiosidad, puede 
contemplar el ad- 




OTRAS FORMAS DIVERSAS DE POLICISTINAS 



jiga), aunque más bien le correspondería al interesante animalito 
la interpretación vulgar que hemos apuntado. 

Antes de ser sometidos a la profunda mirada del microscopio, 
las policistinas parecen un puñado de harina sutil o de cal fina- 
mente molida. Mas si colocamos unas partículas de ese polvillo 
bajo la acción del revelador instrumento, un mundo de impre- 
vista belleza surgirá ante la vista del observador. 

Protozoos de la clase de los rizópodos, llama la ciencia a es- 
tos artistas diminutos. Tienen el secreto de Jas formas bellas y 
de los refulgentes colores; porque, cuando aun están húmedos, 
su coloración presenta toda la brillante gama del iris. 

Las fotografías que da el microscopio, aquí reproducidas, son 
del esqueleto de las policistinas, ar- 
madura delicadamente construida en 
sílice. Este esqueleto está acribillado 
de agujeros, por donde en vida el 
protozoasis proyecta al exterior in- 
numerables tentáculos. Algunos re- 
llenan con su gelatinoso cuerpecillo 
todas las cavidades de la armadura; 
otros pueden retirarse a las cupulillas 
de su guarida natural. 

Parecen cestillos de minuciosa la- 
bor, rosetones de encaje, esferas eri- 
zadas de puntas, frutillas, cascos 
chinescos, torrecitas de marfil, co- 
ronas, conos, monturas de brillantes. 
Un joyero encontraría hermosas ins- 
piraciones en estos trabajos de ver- 
dadera filigrana natural. 

Antes de los trabajos de Ehren- 



que a conti- 




POLICISTINA DE ABERTURAS 
CIRCULARES 



UN CURIOSO EJEMPLAR 
DE POLICISTINA 



mirable espectáculo, siguiendo las indicaciones 
nuación reproducimos: 

Elíjase un trozo pequeño de roca, pulverícese y hágase hervir 
en una solución concentrada de sosa. Fíltrese luego el líqui- 
do, conservando el sedimento, que se lavará varias veces, co- 
ciéndolo después durante media hora en un tubo de ensayos 
conteniendo ácido nítrico; esta operación hará desaparecer 
toda huella de carbonato de cal. Por último, se lava el 
sedimento repetidamente, a fin de que quede eliminado el ácido 
nítrico. 

Una vez ya seco el sedimento, se halla dispuesto para el 
microscopio. Algunos preparadores 
calientan las policistinas secas en 
una espátula caldeada a la lampa- 
rilla de alcohol, con objeto de dar 
a los ejemplares un aspecto opa- 
lescente. Las preparaciones pueden 
ser montadas sobre fondo negro o 
como todo objeto transparente. 

Parécenos conveniente insistir so- 
bre el hecho, para el mejor éxito 
de la operación, de que han de ma- 
nejarse objetos pequeñísimos, inve- 
rosímilmente diminutos. 

El volumen de los ejemplares 
cuyas fotografías acompañan al pre- 
sente artículo, no llega a medio mi- 
límetro; para llenar un centímetro 
cúbico sería preciso reunir aproxi- 
madamente tres millones de poli- ,.., „. 

'^ POLICISTINA DE ABERTURAS 

cistinas. exagonales 





H 




¿SUFRE Vd. DEL ESTÓMAGO? 



¿No tiene apetito? ¿Digiere con dificultad? ¿Tiene gastritis, gastralgia, disentería, úlcera 
del estómago, neurastenia gástrica, anemia con dispepsia, una enfermedad de los intestinos? 
Después de las comidas, ¿tiene eructos agrios, pirosis, vahídos, pesadez de cabeza, sofoca- 
ción, opresión, palpitaciones al corazón? ¿Tiene usted DISPEPSIA y dolores al vientre, a la 
espalda, vómitos, diarrea? ¿Se altera con facilidad, está febril, se irrita por la menor causa, 
está triste, abatido, tiene por las noches sueño agitado? ¿Ningún remedio, ningún régi- 
men ha podido curarle? Tome el famoso STOMALIX del Dr. Saiz de Carlos, y recobrará 
la salud. Treinta años de fama universal. Venta Farmacias y Droguerías, en frascos 
grandes y chicos. Pidan folletos a Carlos S. Prats, San Martín número 66, Buenos Aires. 



wm 




— T=>LS^^^=> ^ 'l_Tri2>^— 




DOA\ LUIZ 



1830 



Luis Dufaur^ 

SUCCESSOR -ÍWP 

Buenos AiHES ¿¿i 



De nada le servirá acumular riquezas, si no 

subsana los desgastes de su organismo con un 

buen vigorizante. 

OPORTO DOM Luiz 

es el más eficaz y el más agradable. Su 

nombre está consagrado por la franca 

aceptación de varias generaciones. 

Tenga la absoluta certeza de 

que, comprándolo, emplea 

bien su dinero. 



DE BOLIVIA 

RIQUEZAS DEL ALTIPLANO 




PEPA DE ORO DE 6.250 GRAMOS DE PESO, 145 MILÍMETROS DE ALTURA, 140 DE 

ANCHO Y 60 DE ESPESOR, ENCONTRADA EN LOS LAVADEROS DE CHUQUIAGUILLO, 

EL 30 DE MARZO ÚLTIMO, 

No hay duda que las montañas bolivianas encierran, en sus entra- 
ñas, toda clase de minerales. Oro, plata, estaño, cobre, wolfram, anti- 
monio y otros metales, son extraídos de uno a otro confín de Bolivia, 
proporcionando enormes riquezas a los mineros. 

Los trabajos de explotación se efectúan en grandes proporciones 
en varios departamentos, especialmente en La Paz, Oruro y Potosí, 
donde existen instalaciones modernas y costosísimas. 

El museo mineralógico, recientemente instalado bajo los auspicios 
del Ministerio de Justicia e Industria, presenta ejemplares raros y 
muy valiosos. Grandes bloques de estaño, plata, cobre y antimonio, 
destácanse en el museo boliviano, sobresaliendo dos enormes pepas 
de oro, procedentes de los lavaderos de Chuquiaguillo, de propiedad 
del señor Benedicto Goytia. 

Damos las fotografías de estas valiosas pepas, justamente admira- 
das por quienes visitan el museo boliviano. 




PEPA ENCONTRADA EN LOS MISMOS LAVADEROS QUE LA ANTERIOR. PESA 2.016 
GRAMOS Y SUS DIMENSIONES SON: 1 14 MILÍMETROS DE LARGO, 83 DE ALTO Y 

24 DE ESPESOR. 



^t2>V— 




El gran impulso del momento, únicamente puede lograrse con el dominio de los nervios. 
Sus nervios, en continua tensión, fatigan el organismo sin resultado. 



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qnc comunmente se ha pagado. 



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LA GRAN PIRÁMIDE DE KEOPS 




Kufuí o Keops, segundo rey de la IV dinastía faraónica, hizo cons- 
truir la Gran Pirámide que lleva su nombre y que le sirvió de sepul- 
tura. Es la tumba más grande de todas las artificiales, así como el 
océano es la mayor de todos los sarcófagos naturales. 

Según Flinders Petrie. que asigna al reinado de Keops la fecha de 
4731 antes de Jesucristo, Bonaparte incurrió en un ligero error cuando 
dijo a sus soldados: « desde lo alto de las pirámides cuarenta siglos os 
contemplan ». Tal frase, pudo, pues, pronunciarla César el año 47 antes 
de nuestra era. al llegar a Egipto para proteger a la hermosísima Cleo- 
patra. 

Todo el mundo sabe que la piramidal y antigua obra tiene un volu- 
men de 2.600.C00 metros cúbicos, 146 metros de altura y 203 gradas. 
Su fotografía, que nos la representa rodeada de una pollada de pirámi- 
des menos colosales, es muy conocida. Pero, si esa imagen nos da idea 
de la magnitud asombrosa de tal monumento arquitectónico, resulta 
más clara la noción de su grandor cuando se aprecia desde poca dis- 
tancia y en sus detalles. 

Estas condiciones las cumple la fotografía que reproducimos, donde 
un grupo de egipcios modernos escalan las gradas de la gigantesca 
tumba. Por la acción del tiempo, que es enemigo de las formas geo- 
métricas, la gran pirámide ha dejado casi de serlo en algunas partes, 
convirtiéndose en un montón de sillares enormes que facilitan el acceso. 
De bloque en bloque suben los descendientes de aquellos esclavos y 
prisioneros que a fuerza de castigos y ajetreos amontonaron el granito 
de una tumba cuyo dueño nunca pensó que ningún pie humilde la 
profanaría. 

Muchas hipótesis se han ideado para explicar cómo, sin grúas 
potentes, ni motores de gran fuerza, pudieron construirse esos se- 
pulcros. 

No es cuestión de mecánica, sino de psicología. El capricho de los 
tiranos convierte a los hombres en hormigas, y el hombre-hormiga 
sabe igual que su modelo conducir pesos mil veces más pesados que 
su débil cuerpo. 

Así se construyó la Gran Pirámide que serviría de tumba a muchí- 
simos de los esclavos y prisioneros antes de ser habitada por el cuerpo 
embalsamado del faraónico Keops. 



— P^L^V^S 



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Ilustramos esta página con dos juegos de Lencería, de confección 
esmeradísima, y de formas y estilos irreprochables, que darán a 
usted una idea exacta del grado máximo de perfección 
a que hemos llegado en esta rama. 

Toda nuestra Lencería y Ropa blanca, es cortada 
por manos habilísimas, y los modelos exclusivos, de 
un acabado perfecto y de una riqueza insuperable. 
Nuestra especialidad, la constituye los 
TROUSEAUX para novias, ya harto co- 
nocidos por las damas de más 
alta distinción, que nos han 
'^ preferido en todo momento. 



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finísima, deshilado e incrustaciones de 
"Venecia", legítima, todas costuras a 
mano, confección muy 
esmerada, a $ 



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2. JUEGO de 4 piezas, batista de hilo, clase extra, 
adornado con bieses en color; incrustaciones de 
broderie "Madeira", todas costuras a mano, 
ojales, pasacintas y confección esme- 
rada, a $ 



123.- 



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/^{y «^ es, en nuestro ambiente, la más genuina expresión 

<^mCIm i K^jLIo (Je elegancia y buen tono. Sus salones, consagrados 
por las familias como el "rendez vous" social de moda, presentan 
las últimas creaciones para soirées. 



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diza, interior de oltoman, alto 23 ctms., 
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%oUdos formando ondas, bordado con acero, 
cordón corredizo, interior de sedi. colores: 
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con cadenila plateada, interior de muaré 
blanco, coo divisiones, colores claros, va- 
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turas, de $ 28. — a $ 4. 

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tilla, pintados a mano, o paillettes sobre 
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fecta, con oriente y cierre de piedras legíti- 
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oro 18 kilates con o sin brillanles legítimos, 
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broché, o todas bordadas con cuentas de 
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Loción Imperial Acacia, el frasco $ 4.20 

Extracto lmf}erial Acacia, el frasco. . . $ 10.50 

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Guantes para señoras 

Guantes de gamuza, lavables (marca Pe- 
rrin). blanco solamente, calidad superior, dos 
bolones, el par $ 4.50 

Guantes de piel de Suecia (marca Perrin). 
blanco solamente, para teatro, calidad muy 
fina. 20 botones, el par $ 12. 

Guantes de cabritilla, blancos, con cucbílla 
negra, gran moda, clase extra, tres bolones 
de nácar, el par. $ 4,80 

Guantes de piel de Suecia (marca Perrm), 
selecto surtido en colores blanco y negro, 
calidad extra, tres botones nácar, el par. . $ 4.30 

Guantes de rabniílla. gran reclame, co'o- 
res surtidos y blanco, buena clase, dos bo- 
tones, el par $ 2,90 

Pañuelos ñnos para señoras 

Pañuelos blancos, bordados y crivados, en 

fino linón de hilo, la docena $ 58. 

Pañuelos en bnón de hilo, bordados y con 

doble vainilla, la docena $ 55. 

Pañuelos en Imón, bordados y con vainilla 
fantasía, la docena $ 49. 

Pañuelos en linón de bilo blanco, con es- 
cudos bordados, la docena $ 32. 

Pañuelos en linón de hilo, con bordados y 
vainillas fantasía, la docena $ 31.50 

Pañuelos en linón, lodos bordados alrede- 
dor con dibujos nuevos, la docena $ 31.-— 



Artículos para caballeros 

Galeritas inglesas, formas de última moda, 

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Oriones fantasía, nuevo surtido de invier- 

no, a$ 15.-, 14.50 y $ 13.50 

Gorras Jockey, gustos ingleses, con tafilete 

de cuero, a $ 5. — y $ 4.50 

Cascos para juego de polo, en blanco y 

colores de club $ 14, 

Camisetas y calzoncillos de pura lana, 
haciendo juego, en colores grises, beige, ar- 
tículo liviano y muy abrigado $ 13.80 

Medias de lana negra, gran surtido, en bue- 
na calidad. $ 2.25. 1.80. 1.60 y $ 1.40 

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livianas y agradables, en blanco y rayas 
fantasía, a $ 7.50 

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botones, con o sin puños $ 4. 

Guantes de cabritilla, tonos habanos vana- 
dos, con ojal y botón de nácar $ 4.80 

Guantes de cabritilla, tonos habanos, con 

costura negra y correa, botón de moda. . . $ 6.50 

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blanco, a $ 6.50 

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lones y ojales $ 4,50 

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muy fino, gustos elegidos, a $ 4.50, 4. — . 
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gantes, cada uno $ 1 , 



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NÚM. 3. 




Costumbres de Antaño 



AL TOQUE DE ORACIONES 



L-tBüJO DE mAI-AGA GRENET ! 



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... AL MADGLN 
DEL GRAN UbRQj 

El Poeta Ignoto que vaga confundido con el 
espíritu de la Naturaleza, exclamó un día desde 
el fondo de la tiniebla: «iOh alma, cuando verás 
la magna luz, la luz conductora por el desierto de 
la vida, redentora de todas las soledades, salva- 
dora de todos los destierros, impulsora de todas 
las alturas!» Y en el seno recóndito de la Tierra 
Madre, comenzó a agitarse por infinitas raices, el 
germen de la futura flor mística, - Lirio, Rosa. 
Nardo, ungido por la Gracia suprema, la que 
presiente el sacrificio y la gloria, y que en el verso 
de fuego de Isaías, en el salmo perfumado de 
David y en la estrofa cálida de Salomón, como en 
el cáliz deslumbrante de oro y fuego, anunció su 
eclosión eucaristica. 

Aquí, en este libro secular, se condensa la su- 
blime historia de aquella transfiguración de la 
nada en el ser; de la gota de sangre filtrada a tra- 
vés de los tejidos de la tierra, durante cinco si- 
glos, para que estallase en la cumbre del monte 
sacro, en irradiación deslumbrante de virtudes y 
dolores, la palabra del Amor sin límites y sin 
formas, que sólo tiene una consagración en la 
Muerte, en el perdón, que es la gloria de la pasión 
humana por la propia inmolación, en la renuncia 
de la vida, que es la ofrenda de la sangre al seno 
infinito de la madre originaria. 

Todas las almas dolorosas han seguido tus hue- 
llas; todas las vidas desoladas se han orientado 
por tu resplandor; todas las inteligencias incom- 
prendidas se han consolado con la esperanza de 
abrazarse un día a tus plantas; todas las verdades 
ignoradas han dirigido sus alas informes hacia la 
mística Estrella polar de la luz única e inextin- 
guible. Y todos llegan a su tiempo, unos entre 
cantos de alegría, otros entre gemidos de dolor; 
los más, desangrados y exhaustos por la fatiga 
y el ansia insaciada de la dicha ausente: todos ola- 
mando, para oirte de nuevo los que te oyeron, 
por ungirse de tu voz los que vinieron tarde, 
por bautizarse de tu palabra de vida, los que sólo 
hallaron la noche caída sobre la cruz de tu mar- 
tirio. 

Yo te he presentido en mi niñez de penumbra; 
te he vislumbrado en mi adolescencia soñadora; 
te he oído en mis confidencias juveniles con el 
misterio de la ciencia y las promesas del amor; 
te he sentido en mi carne, en mi sangre y en mi 
espíritu, en la tragedia de la vida; he penetrado 
en el silencio de tus labios, en las heridas de tus 
llagas, en la profundidad de los gemidos de tus 
desengaños, en la culminación radiante de tus 
voces de amor y de caridad, en las palabras rege- 
neradoras de tu peregrinación por las sendas del 
mundo y del Espíritu, y en la lejanía donde fué 
a perderse el último grito de tu dolor universal, 
que comienza en el rayo de luz que besó tu frente 
en la meditación de los Olivos, y se lanza a la 
eternidad, sobre el rayo de luna que besó tus pu- 
pilas en la cruz de tu transfiguración más gloriosa. 
Vaso intangible de todos los perfumes de virtud; 
rey y señor de todos los amores; capitán luminoso 
de todas las conquistas de la inteligencia; astro 
difuso de toda la vasta tiniebla del mundo; caudi- 
llo mágico de todas las almas y las cosas descono- 
cidas e ignoradas; flor de carne convertida en an- 
torcha; brasa de dolor humano trocada en Sol de 
Alegría divina; vidente de todo misterio, desci- 
frador de todo enigma, forma ígnea de toda idea, 
y escultura translúcida de todo concepto de amor; 
océano ilimitado donde van a parar todos los ríos 
de lágrimas de la raza humana; firmamento azul 
donde se dan cita gloriosa todas las esperanzas 
fenecidas y todas las almas extraviadas; ¡con cuán- 
ta unción me acerco a tu ara impalpable, a tu 
templo inmenso como el universo, al sagrado ta- 
bernáculo de tu Evangelio, presentido por tus 
profetas, sancionado por tu sangre eucaristica, y 
por cuyos versículos haces correr mares de amor, 
de perdón y de libertad, en medio de los hombres! 
El Poeta Ignoto que anunció tu eclosión maravi- 
llosa, mientras vagaba en la noche, al evocarte 
en su soledad, presintió la Gran Luz, la de la es- 
peranza, la de la liberación y de la gloria; y con 
paso trémulo se adelanta hacia el ara de tu Evan- 
gelio; y cual si deshojara una por una las rosas 
místicas que guardan el inviolado secreto de la 
Ciencia y del Amor supremos, vuelve cada una de 
sus hojas para beber en cada verso un sorbo de 
agua viva, un rayo de luz espiritual, una onda 
del infinito perfume de tu Sangre, que es Amor. 
Verdad, Poder. 

Joaquín V. González. 

DIBUIO DE FRIEDRICH. 



1 t^>Á^^ 






Por segunda vez nos ha sido dado ren- 
dir nuestro homenaje de respeto y de ad- 
miración al ilustre maestro Camilo Saint- 
Saéns, que es. sin duda, la figura más 
gloriosa de la Francia musical contempo- 
ránea. Y nos hemos honrado a nosotros 
mismos, al honrar al artista eminente, 
para quien no han existido fronteras, como 
que ha brillado en toda Europa y en 
una y otra América. 

El triunfo no ha sido fácil, a la verdad. 
Es que debió luchar con ese argumento 
hipócrita y pérfido de la «ausencia de 
melodía», con que los pretendidos cono- 
cedores de todos los tiempos y de todos 
los países, han disfrazado su incapacidad 
de comprender las formas nuevas o poco 
comunes de la belleza. Ha sido utilizado con 
Rameau, con Gluck. con Mozart; se le ha usado 
contra Beethoven, contra Schumann, contra 
Wagner; lo ha escuchado Bizet, y lo escucha 
hoy Debussy. También lo soportó Saint-Saéns, 
con ser su producción esencialmente melódica. 

Cierto es que a las veces ha podido reprochár- 
sele el haber aceptado una idea cualquiera, 
de escaso valer propio — idea que ha sabido ex- 
poner, desarrollar, transfigurar, amalgamar o 
matizar con una habilidad maravillosa. Así ha 
resultado en muchas obras más ingenioso que 
emotivo. Pero son también numerosas las que 
reuniendo las calidades esenciales del genio fran- 
cés la claridad, el orden, la medida, la dis- 
tinción, la elegancia — encierran modelos de 
expresión austera y armoniosa. Naturalmente, 
como estas últimas no han menester ser defen- 
didas, el ilustre compositor brega aún por 
imponer también las primeras. Y así es como, 
contestando a sus detractores, escribió alguna 
vez: « Se pide al músico que oculte su ciencia. 
Ahora bien; lo que se entiende por ciencia, en 
caso semejante, es, simplemente, el talento, y 
cuando se tiene, es para servirse de él y no 
para metérselo en el bolsillo. » 

Sabido es que Saint-Saéns es. ante todo, un 
sinfonista — con razón se ha dicho que « ha 
hecho óperas con el alma de un sinfonista impe- 
nitente». Se explica, pues, que haya luchado 




tanto en su juventud. En aquella época, como él 
mismo lo ha recordado, el compositor francés que 
cometía la audacia de aventurarse en el terreno 
de la música instrumental, no tenía dónde eje- 
cutar sus obras; sin contar con que el público, el 
verdadero público, huía ante el nombre de un 
músico de su propia tierra y que vivía aún... 
Fué en 1871 — tenía entonces 36 años, pues 
ha nacido en 1835 — que, con un núcleo de 
compositores, fundó en París la famosa «So- 
oiété Nationale». que tomó por divisa «Ars 
galilea», y tanto ha influido en la vida mu- 
sical francesa. Allí obtuvo sus primeros éxi- 
tos, pero que fueron de consecuencias muy 
relativas, tanto que no pudo dar a conocer 
su «Sansón y Dalila». terminada en 1874. 
La Opera de París no le abrió sus puer- 
tas sino cerca de veinte años después, 
cuando la obra maestra de su música 
dramática había sido celebrada en Wei- 
mar - donde se estrenó en 1877, por 
influencia de su gran amigo Liszt en 
Bruselas y en Ruán. Lentamente, pues, 
fué imponiéndose, quien era músico por 
«derecho divino», según la expresión 
de un biógrafo. 

Su obra tan vasta y tan variada, pro- 
fundamente francesa, no obstante la 
influencia que la escritura acusa de los 
clásicos alemanes, dejará una traza en 
el arte de su país. Este curioso. re- 
cordemos al pasar que la producción 
musical no ha bastado a la actividad 
de Saint-Saéns. como que ha sido cri- 
tico, polemista, poeta, autor dramático 
y ha llegado hasta a enviar comunica- 
. clones al Boletín de la Sociedad As- 
tronómica, y a hablar en sus sesiones 
este aislado, este triunfador que no 
tiene escuela, que no conoce siste- 
mas, se ha equivocado a veces, y 
otras no se ha contraloreado suficien- 
temente. Pero el artista que ha crea- 
do los «Poemas sinfónicos», «Sansón» 
y la «Sinfonía en do menor», vivirá 
^n la memoria de los hombres. 

Miguel Mastrogianni. 



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Charlando de amores, de viajes y de impresiones artísticas, 
salían del Plaza Hotel tres ami^fos: un francés, un yanqui y el 
cronista. 

Los dos extranjeros, recién llegados, lo habían elegido para 
cicerone en aquella radiante mañana de junio en que se diri- 
gían a Palermo, paseo obligado de la aristocracia porteña. 

Al pasar frente a un palacio majestuoso y severo que se eleva 
frente a la plaza San Martín, preguntó el yanqui, a quien per- 
tenecía, 

- Es la casa de Paz, dijo el cronista; uno de los edifi- 
cios más suntuosos de Buenos Aires. 

— Es realmente muy hermoso — repuso su interlocutor. 

— En Europa, — añadió el francés, --- no nos formamos aún 
idea de los adelantos de estos países de América. Los supo- 
nemos siempre en nuestra imaginación, anchos poblachones 
coloniales, en donde las mujeres gastan muchos perfumes, ves- 
tidos y joyas muy costosas, pero en los que no se sabe todavía 
ni de arte ni de aristocracia. 

— Esa es, desgraciadamente, la idea que tiene Europa de 



seSor* zelmira paz 
de caihza. retrato pin- 
TADO Al ÓLEO, POR EL 
N3TAB'_E ARTISTA FRAN 
CÉ% nAr,N*N BOUVERET 





VISTA EXTERIOR DEL EDIFICIO 

:.>:;,otros, y también la tiene América del Norte, donde en una conferencia dada no hace aún tres meses, 
decía un honorable yanqui, que los argentinos eran todos mulatos y vivían borrachos,,, errores délos 
que poco a poco se ha de triunfar, ya que se encargarán de desvirtuarlos personalidades de la cultura y de 
la intelectualidad de ustedes. Buenos Aires es, ya hace rato, una ciudad de primera fila, y se impone a la 
admiración de propios y extraños. Vea usted esta doble cadena de palacios que vamos dejando atrás... 
Ya llegamos al palacio de Unzué, rodeado de su parque soberbio, y fíjense ustedes a nuestro frente esta 
hermosa Avenida Alvear, en donde a uno y otro lado surgen mansiones lujosísimas. Algunas de ellas 
encierran riquezas dignas de museos. 

Al llegar a la fecha de nuestro glorioso centenario, Buenos Aires ostenta, orguUosa, viviendas señoriales 
que nada tienen que envidiar a los palacios del viejo mundo. 

--Sin duda — dijo el yanqui, — el progreso es colosal en ambas Américas; tenemos grandes ciudades 
y palacios tan hermosos y tan artísticos como los más bellos de Europa. 

— Sólo falta en ellos una cosa. dijo el francés. — La pátina del tiempo. Todo en América es dema- 
siado nuevo, demasiado dorado. . . Así las casas como las familias. Y eso no es defecto; pero cuando el vino 
es bueno, es tanto más exquisito cuanto más viejo... 

El cronista y el yanqui, cruzaron una sonrisa. El cronista añadió: 

-- Mi querido amigo, de eso no tienen la culpa estos países que, muy jóvenes todavía, recién llegan 
al concierto del progreso de las naciones. Les propongo una cosa: desde mañana vamos a visitar palacios 



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de argentinos. Empezaremos, si como 
espero puedo obtener la venia de los dis- 
tinguidos dueños de casa, por el que 
llamó la atención de ustedes al iniciar 
hoy nuestro paseo: por el de Paz. 

El palacio de los Paz. levantado con 
el trabajo fecundo y honroso del jefe de 
la aristocrática familia. — de Pepe Paz. 
como familiarmente lo llamaban sus 
amigos. — es de una suntuosidad impo- 
nente, que recuerda las casas reales. 

Desde muy joven, don Pepe Paz, tra- 
bajador infatigable y tenaz, se dedicó al 
periodismo, y con fe ciega en el brillan- 
te porvenir de su patria fundó el gran 
diario «La Prensa», sufriendo las penu- 
rias de los primeros tiempos, sin desma- 
yar y sin perder la esperanza de que sus 
sueños de grandeza se verían un día 
realizados. 

No fué infructuosa la labor de este 
hombre que vio al morir colmadas sus 
ambiciones, dejando a los suyos herede- 



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ros de una cuantiosa fortuna, de un apellido ilustre y de 
un diario como «La Prensa», que universalmente cono- 
cido, tiene un sólido prestigio en la opinión universal. 

Habitan hoy esta gran casa la señora Zelmira Paz, 
viuda de Gainza, don Ezequiel Paz, actual director 
de «La Prensa», casado con la señora Celina Zaldarria- 
ga, y don Alejandro Paz, administrador del mismo dia- 
lio, casado con la señora Angélica Sastre. 

Los salones Luis XVI, del piso bajo, verdaderas mara- 
villas de esplendor y buen gusto; el comedor, regia es 
tancia del más puro estilo Renacimiento; la suntuosa bi- 
blioteca, cuyo inmenso hogar y soberbio moblaje traen a 
la memoria aquellas damas déla Edad Media que hilaban 
en su rueca como esculturas vivientes; la galería estilo 
Renacimiento, a la que prestan mayor realce dos sober- 



GRAN HALL LUIS XIV, CONSTRUIDO 
CON UNA RICA VARIEDAD DE MÁRMO- 
LES DEL PAÍS, DE DIVERSOS COLORES. 



VIRÚEN TALLADA Y 
PINTADA EN MADERA. 
DEL SIGLO XI. curio- 
sísimo EJEMPLAR DE 
GRAN VALOR ARTÍSTICO. 



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GRAN COMEDOR, ES- 
TILO RENACIMIENTO, 
INSTALADO EN LA 
PLANTA BAJA DEL 
EDIFICIO, 



"PACHA" 
PERRO DE POLICÍA 



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"MR. MINOUSSE , CATO DE ANGORA 



ORAN BIBLIOTECA 



bias telas de Zuloaga; la 
salita Luis XVI. donde se 
admira el retrato de do- 
ña Zelmira Paz de Gainza. 
obra maestra de Dagnan 
Bouveret. el jardín de in- 
vierno, que parece escapa- 
do de un cuento fantástico 
de Edgar Poe, por lo mara- 
villosamente misterioso . . . 
hasta el jardín, radiante de 
sol y alegría, todo allí es 
derroche de buen gusto, que 
no cesa uno de admirar. 

El departamento parti- 
cular de doña Zelmira Paz 
de Gainza, hasta donde su 
exquisita bondad ha dejado 
llegar nuestra mirada in- 
discreta, tiene, si cabe, ma- 
yor encanto que el suntuo- 
so piso bajo, pues allí reina 
una atmósfera de sencillez 
y de intimidad, que impre- 
siona agradablemente. 

En el dormitorio Luis 
XIV. una virgen de made- 
ra, tal lada, del siglo x i , atrae 
inmediatamente la aten- 
ción... Dicha imagen es 
una obra de arte de inesti- 
mable valor, lo mismo que 
la tela de sujeto religioso 
que se admira en un extre- 
mo de ia amplia habita- 
ción, tela que cuenta va- 
rios siglos y que. aunque 
sin firma, debe ser obra 
de algún maestro déla an- 
tigüedad, a juzgar por su 
maravilloso colorido. 





OTRA PINTURA DE 2ULOAGA 

Este palacio ha sido obra 
de los arquitectos Gainza 
y Agote, y fué considerado 
hace años en un plebiscito 
como la obra arquitectó- 
nica mejor de Buenos Ai- 
res, por la severidad de su 
estilo y la suntuosidad de 
su construcción. 

Cuando se piensa que 
gracias a la labor ruda de 
un hombre infatigable y de 
preclaro talento, se llega a 
la grandeza que representa 
hoy «La Prensa», propiedad 
de la familia de Paz, se ad- 
mira doblemente el temple 
y la perseverancia de aquel 
que, gracias a sus propios 
esfuerzos, secundado por la 
inteligencia y la exquisita 
bondad de su esposa, doña 
Zelmira Díaz de Paz, al- 
canzó, después de cruentos 
sacrificios, uno de los pues- 
tos más encumbrados, no 
solamente el que le corres- 
pondía socialmente, por su 
origen aristocrático, sino 
financiero y político. 

Grandezas como la de los 
Paz son un ejemplo, má- 
xime cuando los herederos 
del apellido tratan de ha- 
cer olvidar su riqueza, 
permitiendo subir hasta 
ellos, con la sencillez de su 
estirpe, a los desheredados 
de la fortuna. 

Emilio DuruY de Lome, 




A I • TI : ' ' I 



Fotografías Gil-Waring 
y Cillow y Plvs Vltra. 



'ta>^- 




ARTE MODERNO 



MUJER ÁRABE 

ACUARELA DE SOROLLA 



DE LA galería DE LA SEÑORA MARÍA ¡. DE SANTAMARI] 



— IZ>1.^>>^^ ~V^l_mK2>=S. — 




cn-iA-PRi/íon- 



De la escuela vecina llega un vocerio infantil. 
claro tumulto de metales. Se prolonga en ecos 
precisos por los corredores, vastos y umbrosos co- 
rredores del que fué solar rico, ahora cerrados, en 
la arquería que da al jardín, con altas rejas en las 
que se recuestan romeros y albahacas. Y aunque 
a esa hora mediana sahuman al caserón olores de 
vega tropical, evocando como una placidez egló- 
gica. se sabe por el silencio austero, por la regu- 
laridad de los movimientos y las actitudes fati- 
gadas de las que allí viven, que se está en una cár- 
cel. A poco, se siente que a aquellas mujeres ilu- 
siona una esperanza que de tan lejana apenas es 
consciente, o pesa sobre ellas una resignación que 
se va haciendo indiferente a todo. Les cuesta pro- 
nunciar las palabras, y en la monotonía de su 
vida, el silencio cobra la naturalidad de una cos- 
tumbre. De vez en cuando, en voz baja, las re- 
clusas se cuentan su historia. Y como las suertes 
iguales y comunes las han despojado de vanidades. 
tienen sus frases, dichas sin odio y sin pena, una 
fácil y tranquila sinceridad: 

Yo tenía una casa. . . 

Me pegaba . . . 

Aquella noche fatal . . . 

Iban mis hijos a la escuela. . . 
En verdad, que son muchas las que recuerdan 
a sus hijos cuando iban a la escuela. . . Entre- 
tanto, como aletazos de muchos pájaros que gol- 
pean en el silencio, llega en confusión alegre el 
ruido de las voces jóvenes. Y algunas reclusas se 
apoyan en las rejas. Levantan la mirada al cielo, 
siempre puro y luminoso cuando se ve desde la 
prisión, y escuchan ansiosas la algarabía infantil. 
Iluminanse los ojos, en los que. poco apoco, ha 
puesto la prisión veladuras inexpresivas y la pa- 
lidez de los rostros desfallece en rosas tenues. Sin 
quererlo, las manos se crispan en los hierros. El 
bullicio de los niños es para ellas como matutino 
aire de campo, fugaz aurora. Son las madres. 

Y rememoran el hogar, el trajín mañanero, las 
carteras abultadas por la merienda, y cómo, desde 
la puerta de calle, los seguían largamente con las 
miradas hasta que, doblando la esquina, desapa- 
recía la mancha blanca de sus delantales. Una de 
ellas no ha podido reprimir un grito breve, inmo- 
vilizada en su actitud de intensísima expectativa: 
en esa muchedumbre de voces ha oído una, ais- 
lada, clara, que ella sola pudo oir, igual, igual a 
la de su hijo por tanto tiempo no visto, . . Ha so- 
nado de nuevo la campana de la escuela. Se ahoga 
súbitamente todo rumor. Pero ella sigue oyendo 
todavía, dentro de sí, ese grito amado, un solo 
grito que no dijo nada, y en el que cantan todas 
las canciones. 

II 

Es de tarde, blanca y dorada tarde de verano. 
Un lado de la sala es toda vidriera; por un cuadro 
de ella, que no tiene vidrio, vese un poco de fron- 
da: una rama de álamo, dorada de sol, se balancea 
rítmicamente, toda trémula, sobre un fondo muy 
azul. Y esa rama verde, y ese pedacito de cielo es, 
para las reclusas, todo el mundo, con su cielo 
maravillosamente profundo. Si por acaso un pá- 
jaro sobresaltara las hojas, todas por verle alza- 
rían las cabezas, con pueril asombro. Nadie habla. 
Es el obrador de la cárcel. En la pared, muy 
blanca, con luz que viene de lo alto, hay cuadros 
antiguos de ancha y lisa varilla negra; son estam- 
pas de santos: uno. de ingenuo rostro de niño, 
genuflexo junto a un cordero: otro, de esclavina 
azul y alto cayado, señala una morada llaga en la 
rodilla, mientras sus ojos miran, implorantes, las 
vigas del techo, también muy blancas. Sobre una 
mesa se amontonan piezas de lienzo azul: a los 
extremos de la mesa, dos máquinas trabajan con 
precipitada laboriosidad, orillando género que cae 
sobre los pies de la obrera en ampulosa brazada 




que se mueve junto con los pedales. Cosen unas 
con meticuloso ensimismamiento. Sobre las cabe- 
zas inclinadas de éstas vuelan las miradas de sus 
compañeras en envíos de muda conversación. En 
un rincón, una reclusa, de alta frente, ojos de lento 
mirar levemente velados, rostro muy blanco con 
sombritas celestes, hace bolillos, puesto el almoha- 
dón sobre las rodillas. Y acelera de pronto, con 
prisa precipitada la minuciosa labor, que, a poco, 
pierde viveza, se atarda y finalmente las manos 
quedan quietas, teniendo cada una. inmóvil, los 
palillos tejedores con los hilos tendidos. Fija en 
ellos la mirada, son las dos hebras como sonditas 
por donde se van los pensamientos de la obrera: 
sutiles caminos del recuerdo. Van por los hilillos 
los pensamientos, suben en el haz de claridad, 
salen por la ventana, atraviesan las calles bulli- 
ciosas, entran sin llamar en una casa callada, se 
dirigen a donde una cama de niño, se inclinan 
ansiosos sobre una cabeza infantil, serena y plácida... 

- María Alejandra tiene el mal de los hijos. - 
ha murmurado brevemente una compañera que 
luego de observar al desgaire a la mujer ensimisma- 
da, reanuda con indiferente naturalidad el trabajo. 

Y como las primeras sombras llegan, suena la 
campana de la cárcel que llama a retiro. Y acaso 
sea ilusión, pero bien parece que esta vez tiene un 
sonido igual a la otra, la que suelta el vendaval 
de las risas colegiales. 

III 

— ¡Lo heoído toser! ¡Essu tos! |Otravez! jOtravez! 

María Alejandra se ha incorporado en el lecho 
mísero, presa de desesperada angustia. Sus ojos 
buscan, febrilmente ansiosos en la penumbra de 
la celda. De allí, de un rincón, ha partido, vio- 
le.Tto y convulso, el acceso de tos de un niño. 
Y los ojos, desconcertados, no ven allí más que la 
blanca pared de la celda. Una compañera, des- 
pertada a sus gritos, se le ha acercado, trayéndole 
apremios tranquilizadores. 



No hay nadie. María Alejandra. 
¡La tos! ¡Le ahoga! 

Y María Alejandra salta del lecho. Corre hacia 
el rincón de la celda que es todavía para ella rin- 
cón de su hogar perdido, que es todavía donde ve 
una cama pequeña y crispada en la baranda la 
mano de un niño. Tomándole una mano, la com- 
pañera tranquiliza e implora. Y están delante de 
la pared, desnuda, fría, imperativamente descon- 
soladora. 

- ¡Me ha llamado! dice María Alejandra. 
Por cierto, que la compañera no sabe qué decir 

ante la honda sinceridad que hay en las exclama- 
ciones que oye. Un poco confundida, se ha puesto 
a pensar si lo que dice es un breve delirio, nacido 
de los sueños, o si. de veras. María Alejandra, 
prodigiosamente aguzados sus sentidos de madre, 
ha sentido clamar por ella al hijo ausente. 

Y he aquí que ambas, tomadas de las manos 
trémulas, en la penosa expectativa de una queja 
que debe venir de muy lejos, se han puesto a es- 
cuchar en la noche enorme. 

IV 

¡Día bendito! Una buena nueva han traído para 
María Alejandra. Buena nueva que abre rosas en 
sus mejillas y pone en sus ojos una cambiante 
vivacidad, un límpido brillo di piedra preciosa. 
Por fin van a permitirle ver a su hijo. ¿Qué im- 
porta la cárcel? La vida misma, ¿qué importa, si 
ha llegado por fin el momento en que todo su con- 
tenido cariño se encenderá en un beso, como un 
astro de súbito encendido? La cara presencia trae- 
rá en su cuerpecillo la libertad y el mundo que la 
ha proscripto. María Alejandra, transfigurada, cie- 
ga, corre por la galería cuya sombra seca las vidas. 
E imagina la actitud del pequeño, desasiéndose de 
la acompañante por arrojarse a sus brazos; alza- 
do, pasará a través del ventanillo sus bracitos que 
ella oprimirá largamente contra sus labios. . . Le 
llamará con todas las palabras pequeñuelas con 
que le adormecía, y él, como antes, las irá repi- 
tiendo con balbuceo torpe y en la boca el gestillo 
que no sabe si reír o llorar. 

Abre la portera el ventanillo en una hoja de la 
gran puerta de roble. Junto a él, del otro lado, 
en brazos de una mujer, el niño. Tiene abultada 
frente, ojos hundidos en altas órbitas y mentón 
delgado, de ángulo estrecho. Tiene grave expre- 
sión como si algo, una sola cosa, obsediera sus 
cuatro años tiernos y fatigados. 

Y he aquí que Maña Alejandra pasa de pronto 
sus manos porel ventanillo y toma de sorpresa laca- 
beza infantil y la atrae hacia ella con dulce violencia. 

— |Aquí! ¡Aquí! 

Se desprende el niño y la mira asustado; ve la 
pálida cara de la madre que lo contempla suspensa 
de emoción. Ve la pálida cara y los brazos extendi- 
dos. Y no la reconoce. 

- ¡Soy yo! ¿No ves? ¡Soy yo! 

De nuevo María Alejandra trata de apoderarse 
de la cabeza del niño, en cuya carita ya al susto se 
hermana lafiereza. El niño se retrae impulsivamen- 
te y se refugia en los brazos de la mujer que lo trajo. 

— ¡Vamos! — exclama impaciente. 
El niño la ha olvidado. 

- ¡Vamos! -- insiste sollozante. 

María Alejandra, pálida y muda, se apoya des- 
falleciente en el portón sombrío: ¡La ha olvidado! 
Cada vez más nervioso, el niño quiere irse. 

- Volveremos, - dice la mujer. 

Pero María Alejandra no la oye. Siente que. 
más que la cárcel, la esquivez del hijo la ha sepa- 
rado del mundo. Y es entonces el suyo un gesto 
de sacrificio: con su propia mano cierra el venta- 
nillo por el cual acaba de ver todo lo que la tiene 
unida a la vida. 

Su figura inmóvil, e.T la actitud de esas estatuas 
marmóreas que custodian las puertas de los se- 
pulcros, tiene una dulce claridad en la penumbra 
del corredor carcelario. 

Ricardo Mortimor. 

DIBUJO DE ALONSO. 



T^I-^ y5v— 







PAISAJES ARGENTINOS 



AL ABRIGO DEL OMBÚ 

DIBUJO AL CARBÓN. POR ÁLVAREZ 



— ii>LPv-s -«^'Lma^v— 




Todas, todas las tardes, veréis como sale del 
Convento. 

(El Convento es una vieja casona de portal. 
Hay unos escaloncitos de ladrillo y mezcla, por 
los cuales se asciende. La gente del pueblo la lla- 
ma, enfáticamente, «el Convento». Está enclava- 
da al otro lado de la plazuela, al costado derecho 
de la iglesia, frente al Cabildo.) 

El Cura sale del Convento, todas las tardes. Sa- 
le, como siempre, en la sola compañía de su perro. 
un perro zancarrón, lanudo, al que los muchos 
años hacen cojear de una pata. El perro le sigue, 
despacioso, separándose apenas un instante para 
olfatear una esquina, en cuya pared perdura el 
rastro amarillento de otros perros, y hacer lo 
mismo que éstos hicieron poco antes. Son, ese 
perro y la criada setentona, los únicos compañe- 
ros del Cura. La criada pasa el día, ya en la coci- 
na, guisando para el amo, ya en la solana, remen- 
dando las medias negras; echándole un zurcido a 
la raida sotana, haciéndole un añadido a una al- 
ba, o disimulando el deterioro de alguna casulla. 
Y cuando sus pobres manos están, por un momen- 
to, ociosas, agarran el rosario, y entonces, en tanto 
Jas cuentas de vidrio van pasando, van pasando 
entre sus dedos nudosos, los labios bisbisean y los 
ojos se entrecierran, como en un arrobo inefable. 

El Cura ha salido, como otras, esta tarde. Ha 
atravesado la plaza. Al pasar frente al atrio, ante 
la Cruz del Perdón, recta sobre su poyo resquebra- 
jado y tinoso, se ha persignado. Luego ha tomado 
la calle, recta, recta, y ha ido hasta el cementerio 
nuevo, más allá del Calvario. Va con el propósito 
de desentumecer las piernas. Una vez llegado al 
cementerio, empuja la puerta de tablas, desploma- 
da a medias, y por enmedio de las filas de toscas 
cruces que despliegan sus brazos entre los mogotes 
de zacate limón y las matas cundidas de maravillas 
y de siemprevivas, llega hasta un altozano que do- 
mina el cementerio, y a su vez, el camino. El Cura 
arroja su sombrero sobre la hierba, y, sentándose 
sobre el mullido tapiz, abre su breviario, y comien- 
za sus oraciones cotidianas. Sus dedos tembloro- 
sos van volviendo las páginas descoloridas. Entre 
esas páginas, hay estampitas, y las cruzan listones 
de colores, a cuyos extremos penden medallitas 
deslustradas. Los labios delgados y exangües del 
viejecito bueno y candido, apenas se remueven. 
Entre los escasos dientes, amarillentos como el 
teclado del armonio del templo, entre los dientes 
roñosos y deteriorados, la oración va pasando, y 
como lana de vellón entre zarzas, va dejando 
prendidos algunos copos. Es apenas como un zum- 
bido de abejorro dentro de la corola de una roza- 
gante chocolatera. El Cura reza, mientras los pá- 
jaros indisciplinados se desternillan, cantando, en 
los ramajes espolvoreados de oro por el sol po- 
niente. Hay mariposas, muchas mariposas, enjam- 
bres de mariposas que vuelan al redor de los fron- 
dosos haces de lirios, sobre las espesas manchas de 
borraja. Una, un soberbio pavón de alas de ter- 
ciopelo recamado de filigranas, llega hasta donde 
el Cura reza, y ahí se está, un instante, sacudiendo, 
nervioso, las anchas alas. De pronto, describiendo 
una curva, salta hasta las manos del Cura, y se 
queda, esta vez, inmóvil, fijo, plegadas las alas. 
El Cura, que es hermanito del Seráfico San Fran- 
cisco de Asís, y que llama «hermanos» a los seres 



y a las cosas, contempla con ujos filiales, con ojos 
húmedos de ternura, a «la hermana mariposa», y 
la deja tranquila, ahí donde está, clavada al borde 
del breviario, como un broche de gemas rutilantes. 
Por el camino blanquecino va pasando una ca- 
rreta entoldada. El porraceo de las ruedas en los 
baches y carriles, apaga, un instante, el rumor de 
vida del cementerio. No se oye a los sinsontes, que 
ritornalizan en un chaparro de chichicast-?. cuyas 
ojasas rugosas cobran, al reflejo solar, vivido titi- 
lar de escamas. No se oye, a la parva de guacakhias 
que alborota entre las pencas de los piñales. No se 
oye a la gustumona. que en lo alto deunguachipilin 
despide con sus arrullos al dia que se va y saluda 
a la noche que "^e avecina, misteriosa, de puntillas, 
arrastrando sus crespones de viuda. No se oye al 
grillo que inicia su agria sonata bajo unas piedras 
musgosas. No ss oye, tampoco, el leve crujido de 
las hojas secas que remueve el arrastre de alguna 
cautelosa sabandija. La carreta pasa. Se aleja. A 
la vuelta de un recodo del camino, entre los follajes 
polvosos, se pierde su toldo de cuero de res. Se 
apaga el porraceo de sus ruedas en los baches y 
carriles. La mariposa ha volado. Allá se ha ido, a 
posarse en el filo del recio embudo de un floripon- 
dio, a emoriagarse en el aliento capitoso de la so- 
lanácea. El buen hermanito del Seráfico San Fran- 
cisco de Asís, la ha visto irse, con honda melanco- 
lía; la ha visto detenerse en la peligrosa flor, como 
en el vestíbulo de un antro de perdición. Ha sus- 
pirado, pensando en <ia hermanita» que se des- 
carría. El alma del Cura es frágil y sonora, como 
un cristal de bacará. Sus labios marchitos, sus 
labios inconsistentes, se agitan por última vez. 
¿Piídirán acaso al Señor que está en los cielos, y 
que lo observa todo, pedirá a ese Ser, todo bon- 
dad, todo ternura, que vele por aquella desgra- 
ciada errabunda? El Cura cierra su breviario, 
forrado de pana negra. Toma su sombrero de teja, 
y se lo pone. Se incorpora. Alguna brizna de hier- 
ba, alguna magullada florecilla, se prenden al 
paño del raído balandrán. El Cura avienta una y 
otra de un papirotazo. Y descendiendo, despacioso 
del altozano, cruza de nuevo por enmedio de las 
cruces diseminadas del cementerio. Al trasponer 
la puerta, se vuelve, y con gesto rápido, se santi- 
gua. El altozano aparece en el fondo, desdibujado, 
borroso. En el fastigio de los cerros que cierran 
el horizonte, el sol ha dejado, apenas, una tenue 
orla de tremante cobre. En el tronco de un amate 
descuajarginado, un escuerzo invisible hace re- 
chinar su torno de madera. El Cura, pian, piano. 
regresa al Convento. La vieja criada espera, impa- 
ciente. Los guisos humean en la mesa, cubierta de 
almidonado mantel de rojas guardas. Una lám- 
para de gas arde, apestosa. El Cura llega, deja el 
balandrán y la teja y va a la mesa. El Cura come, 
silencioso. Es de parco yantar. Enguye, apenas, 




dos, tres cucharadas de jugo de carne; la orilla de 
una dorada costilla de ternero; un poquín de aro- 
moso arroz con quib'tes: una rodajita de pasta de 
membrillo, y con el último sorbo del café, el buen 
hermanito de San Francisco de Asís, tan sobrio 
en el comer, comete un pecado, ¡gran pecado! 
El santo varón, saca su petaca, una petaca toda 
recamada de turbia mostacilla, y destapándola, 
extrae de ella un puro. ¡Con qué pecaminosa frui- 
ción lo despunta, con los dientes, e incorporándose 
se inclina hacia la lámpara, para encenderlo por 
sobre el tubo, en la llama del gas! El Cura, se queda 
de una vez en pie. Sin abandonar el puro, se ha 
persignado, prestamente. Ha musitado las gracias 
al Señor. Luego, dirigiéndose al corredor exterior 
del Convento, comienza a pasearse de un extremo 
al otro. El puro humea en sus labios, como una 
chimenea. Por la plaza del pueblo, que está com- 
pletamente a obscuras, se entrecruzan algunos 
bultos. En la esquina del atrio de la iglesia, arde, 
en su poste, un farol. La llama apenas alumbra. 
Es un débil manchón cobrizo sobre el muro enca- 
lado de la portada, y nada más. Los árboles, que 
circundan y dan sombra a la pila pública, recortan 
las siluetas de sus copas, en intenso borrón, sobre 
el fondo del cielo. Apenas se distingue el Cabildo. 
Es una sola mancha imprecisa. El rancherío del 
mercado, es una laguneta de betún. Fl Cura ha 
terminado su paseo. Es ya la hora de retirarse a 
su habitación. En esta habitación, de encaladas 
paredes y de techo cruzado por toscas vigas descu- 
biertas, hay, en un rincón, dentro de su camarín 
de cristales, un crucifijo de marfil y ébano, de ta- 
maño más que regular. La anatomía del Cristo es 
de un verismo espeluznante. La sangre que corre 
en hilos por su rostro macilento, que se coagula 
en pegotes en los hundidos costados, parece de la- 
cre. A los pies de la imagen, arde una mariposa de 
aceite. El vacilante reflejo de la llama presta al 
desvaído marfil del Cristo, livores espectrales. En 
un vaso, a la vera de la llamita, se amustia un ra- 
mito de barbónos azufrosas. Hay, además, un ar- 
mario. Un estante de pino con unos cuantos libros. 
Hay, ante todo, una hamaca de pita, pendiente de 
sus argollas de hierro. El Cura se despoja de su 
sotana, y se queda en mangas de camisa, en pan- 
talones de dril. En esta traza, busca en la hamaca 
el verdadero descanso. El silencio de la noche, la 
quietud de la estancia, es apenas alterado por el 
agrio chirrido de las argollas. Y ahí se queda el 
Cura, siguiendo los caprichosos giros, las frágiles 
volutas del humo de su puro, hasta que el desper- 
tador de la mesa de noche, marca las diez. En- 
tonces se levanta, da una vuelta de inspección al 
rededor de la estancia. Corre la falleba de una ven- 
tana, atranca una puerta, echa llave a un arma- 
rio. En seguida va a su reclinatorio, y ante el Cristo 
desangrado, reza sus oraciones. Una vez concluidas 
se desviste, calmosamente, y se mete, tranquila- 
mente, en la cama. Extingue la vela. Se le oye dar 
vueltas. Se le oye resoplar. Luego nada. Instantes 
después un sonoro, un estruendoso roncar se ini- 
cia, que durará hasta el amanecer, incesante, sin 
bajar de diapasón. El buen Cura, el humilde her- 
manito del Seráfico San Francisco, duerme como 
un bendito. 

Arturo Ambrogi. 

San Salvador. 



DIBUJOS DE SIRIO. 



-t:>1S\^S> 







Vamos adquiriendo lentamente nuestros valores 
morales. Tenemos un poeta más. Y esto es mucho. 

Los poetas no descendían a tratar de ciertas 
cosas porque las consideraban comunes. En cam- 
bio nuestra poesía era la que se llenaba de lugares 
comunes. Entre ellos coloco las estrellas, la luna, 
el jardín, el crepúsculo de todos los colores, y esto 
debía de cansar. La retórica del verso añadía a 
tanta pobreza, la pobreza de sus reglas tiradas a 
cordel sobre el idioma como la linea municipal 
sobre la edificación. El poeta que dignificara las 
cosas pequeñas y le quitara el veto de prosaicas 
con que las habían cubierto los clásicos mientras 
empobrecían el léxico cargando de sobra su pre- 
ferencia sobre otros conceptos y giros del decir que 
acababan fácilmente en cursis y tilingos, debía 
llegar en este momento de liberación para las le- 
tras americanas, cuando hasta nuestra pobre he- 
rencia espiritual de los Flores y los Acuñas pasa- 
ban de moda con el «dulce frenesí, el proceloso 
océano y el cierzo helado». 

Uno de esos nuevos emotivos que sacan la ins- 
piración de la vida prosaica que nos rodea, es 
Fernández Moreno. Es de los pocos escritores 
que no vive de elementos poéticos prestados, lo 
que sorpre.nde cuando aspiran a ser originales 
muchos traductores que el país acepta como pro- 
pios, apurado en crear valores subjetivos y en 
exteriorizar una cultura que «queda bien». Me es 
grato, pues, dada su sinceridad, escribir estas 
líneas que sirven de dintel a la persona del poeta 




^£i£d.-^^ 



Desde'la plataforma polvorienta del tren, 
a derecha y a izquierda, la mirada se pierde 
sobre un rugoso monte de espinillo y caldén. 
Una mancha de arena, otra mancha de verde 

y cada cuatro leguas, el monótono andén 
de una estación igual que la estación pasada. 
Un nombre primitivo suena bastante bien: 
Hucal, Cuatraché, Realicé, Quetrequén . . . 

Un jefe gris y un enorme gendarme 

con la cara tostada. 




que amará luego el lector en sus versos, conven- 
cido de que Fernández Moreno es un ejemplo de 
creación poética para los que leen y sienten repa- 
ros muy justos ante una cosa que se les da como 
poesía, que llaman algunos «ambrosía de los dio- 
ses» y que no se atreven (ni aun los dioses) a tildar 
de buena. Fernández Moreno nos beneficia y bo- 
nifica con sus versos humanos y sencillos. Nos 
lleva su estrofa de la mano hacia lo humilde que 




^>íí'f23 



[©V5(^ 



Lentamente venía la vaca bermeja. 

por el campo verde todo lleno de agua . . . 

Lentamente venía... Los ojos, muy tristes, 

la cabeza, baja, 

y colgando del húmedo morro 

un hilo de baba. 

Enferma venía la buena, la útil. 

la única, de la pobre chacra. 

— / Hazla correr, hombre ! 
la mujer gritaba 

al viejo marido, 

— / Que viene empastada ! 

Y el viejo marido 

los brazos subía y bajaba 

y la vaca corrió como pudo, 

los ojos más tristes, la cabeza baja. 

Junto a un alambrado. 

salpicando el agua, 

cayó muerta la vaca bermeja. . . 

El viejo y la vieja lloraban. 

Y vino un vecino 

con una cuchilla ajilada, 

y en el vientre redondo y sonoro 

dio una puñalada. 

Un poco de espuma 

de un verde muy claro de alfalfa, 

surgió de la herida; y el docto vecino, 

después de profunda mirada, 

acabó sentencioso: — La carne está buena: 

hay que aprovecharla ... — 

Los cielos estaban color de ceniza: 

el viejo y la vieja lloraban . . . 



^A*>S1 



K^'«» 



Q 






encierra como la hipotética estrella una chispa del 
divino co icepto de la eternidad, puesto que ocupa 
un rincón en nuestra vida como el astro un 
rincón del cielo. Es un camino lógico el que se- 
guimos en su poesía. Vamos de lo humano a lo 
divino, de lo natural a lo irreal, sin esfuerzo, te- 
niendo por vehículo a las cosas pequeñas y pro- 
saicas de las que somos, en la lucha ardua y anó- 
nima de todos los días, filosóficamente tan afines. 

Moreas hacía sus versos caminando. Como este 
griego, Fernández Moreno se apoya para andar 
en sus propios versos. Sin preocuparse de cómo 
van vestidos sus contemporáneos, le encanta la 
modestia de los indiferentes y la tranquilidad de 
la edificación perentoria de esta ciudad que crece 
lentamente en los alrededores. Por su amor a 
nuestra ciudad y sus elementos decorativos, su 
poesía se parece a la de Jules Romains, el cantor 
de las ciudades modernas y tentaculares, muy le- 
jos, por supuesto, del estro del silencio de Rodem- 
bach o de los poemas de Verhaeren, ante la mag- 
nífica soledad de los burgos flamencos. 

Es un poeta Fernández Moreno. No es un doc- 
tor en versos. Esto exige una aclaración frente a 
tantos doctores. Nuestro poeta es médico, de la 
misma manera que Eduardo Wilde, sagaz espíritu 
de observación y de ironía, lo fuera, y a quien se 
parece tanto este clínico lírico de las pobres cosas 
de nuestra vida exterior y única. . . 

Vizconde de Lascano Tegui. 

DIBUJOS DE ÁLVAREZ. 




Una\]pereza gris de mayorales 

se dobla vulgarmente en las esquinas. 

Abren su boca negra y pegajosa 
los almacenes y las fiambrerías. 

En frente, en un portal, un viejecito 
mesa sus barbas sucias y judías, 
junto a cuatro piquetes de cigarros 
y un par de números de la lotería. 

Fechadas de ladrillos, 
cercos de cina-cina . . . 

Es hermoso, de noche. 

ver huir calle abajo, los tranvías, 

con un polvo de estrellas en las ruedas 

y en la punta del trole, una estrellita. 



^ÍS>*i\ 



— E3i_;vrsB X : ! i^^.^x- 




PÁGINA PARA PASAR EL RATO 
LA CURACIÓN DEL DENGUE 
Instalado el enfermo (1) en la catrera, mediante el común esfuerzo de 
dos buenos amigos (2 y 3), el quintero (4) deposita en el tacho (5) el 
tilo con que se ha de hacer la infusión. El médico (6), luego de calcular 
que ésta está en condiciones de ser vertida sobre el paciente, pela el 
bufoso y le encaja un tiro a la botella (7), con el manifiesto y doble 
propósito de provocar el descenso más o menos violento del espirituoso 



contenido de la barrica (8) sobre la caja (9), y quitar de en medio al pibe 
del candelero (10). Ocurrido esto, un segundo tiro del médico — quien, 
por tratarse de ejercicios ajenos a su profesión, no debe errar — diri- 
gido contra la botella (II) permite descubrir a los ojos de la cabra 
(12) la hermosa perspectiva de un monte... (13). Y como es sabido 
que «la cabra tira al monte», el lector ha de disculpar si ésta corta 
inadvertidamente la cuerda (14) y provoca el vuelco del sudorífico 
líquido sobre el otario N." 1, el que, con tal experimento, es seguro que 
salve de su enfermedad o perezca definitivamente. . . 

DIBUJO DE MÁl AOA GRENET. 



Í->>X— 



Sj:>t)'^^}L¿roe/& efe -ftíK¿5popea<a^ 



El Ariosto no soñó paladín más fan- 
tástico y valiente. Los romances caba- 
llerescos no tienen una figura tan épica 
y temeraria. Nació, como dijo un gene- 
ral argentino en el panegírico de su 
vida, « para iluminar la historia con 
los relámpagos de su espada. » 

Los campos de la independencia vié- 
ronle pasar poseído de lo que alguien 
llamó « el delirio del combate ». Sablea- 
dor infatigable del enemigo, decía el 
general Díaz, antes de Caseros, cuando 
ya llevaba cuarenta años de aquel gue- 
rrear legendario a vanguardia: <• Si hay 
alguna refriega, pido al general en jefe 
que me haga el favor de no darme nin- 
guna colocación en que sea preciso espe- 
rar para pelear, porque si me obliga a 
permanecer a pie firme, después que se 
haya disparado el primer tiro, o dado 
la primera carga, se expondrá a que yo 
dé en el ejército un ejemplo de insu- 
bordinación. » 

. . .Y ya habían nevado cincuenta y 
siete años sobre su frente. Y tenía el 
cuerpo acribillado de heridas. Y había 
buscado desesperadamente la muerte, 
en cien combates. 

Decíase de él y de! coronel Zelaya — otro va- 
liente — que eran las primeras espadas de la ca- 
ballería argentina. No hay una sola de las accio- 
nes de guerra en que el general La Madrid inter- 
vino, que no pudiera ser motivo de un bajo relieve 
magistral. 

En los ingenios de Culpina, a inmediaciones del 
río Pilcomayo, su arrojo toma los contornos de la 
fantasía. Espera al enemigo, que se adelanta en 
número de 600 hombres, con un puñado de solda- 
dos. Al primer tiroteo su combinación táctica es 
desbaratada. Entonces carga con 10 de sus hom- 
bres. Rechazado, vuelve a arengar a sus pocos 
fieles, hace tocar a degüello y ataca nuevamente. 
El enemigo cala bayoneta y espera el choque, con 
su primera línea rodilla en tierra. Casi todos vuel- 
ven caras, ante las descargas de fusilería, sin lle- 
gar al encuentro del arma blanca. Solamente La 
Madrid, con tres soldados que le siguen, aviva 
espuela, sin cuidarse de los que huyen y caen, 
envueltos en el humo de las descargas, llegan, 
chocan, sablean la línea, se abren paso con pode- 
roso esfuerzo y aparecen después a retaguardia de 
los contrarios, levantando La Madrid, en la punta 
del sable, un pañuelo con los colores de la bandera 
argentina, como señal de reunión de los dispersos. 

Y esto no fué todo. La Madrid, furioso, era 
como un jabalí acosado. Necesitaba vencer o mo- 
rir. Los contrarios, sin perseguirle, se mueven en 
socorro de una guardia suya que ha sido atacada 
por los indios de Camargo. La Madrid, rehecho 
con los suyos, se opone a aquel movimiento y 
carga por tercera vez. Los jinetes se corren por 
los flancos sin chocar y el heroísmo tucumano es 
el único que se estrella contra las bayonetas, de- 
jando su caballo muerto de cinco balazos y tres 
bayonetazos, al pie de la fila enemiga. 

Los mismos oficiales españoles se asombran de 
aquel valor. Gritan: « ¡Alto el fuego! ¡No lo ma- 
ten! I' Entretanto, La Madrid corre por el campo, 
sable en mano, los ojos arrojando chispas de fie- 
bre heroica y buscando el punto más débil del 
batallón contrario, para echarse sobre él y abis- 
marse sólo en la muerte, ávido de un ensueño in- 
menso de gloria y desesperación . . . Pero dos de 
sus soldados, que comprenden aquel pensamiento. 




con el ágil golpe de su astucia gaucha pasan vo- 
lando en sus potros, al costado de su jefe, y to- 
mándole ambos por los faldones de la casaca y el 
corbatín súbenle en ancas y se lo llevan con la 
rapidez de una centella. 

En la derrota del río San Juan es sublime verle 
arrojarse el último a las aguas cerrentosas del río. 
defendiendo como Bayardo, en el puente de Ga- 
rigliano, la retirada de sus tropas. 

¿Y en el Tala?. . . ¿Qué guerrero de las antiguas 
leyendas puede establecer paralelo con aquel epi- 
sodio de su vida?. . . Facundo Quiroga tenía fuer- 
zas cuatro veces superiores. La Madrid contaba 
con unos escuadrones de milicianos, 50 infantes y 
su espada. Empeñada la acción, sus proezas empie- 
zan a iluminar el cuadro. Los "Colorados-^ de Qui- 
roga son arrollados y perseguidos. La infantería 
queda haciendo pie. Quiere cargarla La Madrid, 
y al no ser obedecido increpa a sus jinetes y se 
arroja solo, en impetuoso anhelo sobre los gau- 
chos de Facundo. Hiere a diestra y siniestra. Pero 
le matan el caballo. Carga a pie. Su sable describe 
molinetes sangrientos. Siéntese herido y redobla 
sus golpes. Acuchilla sin cesar. Y cuando su brazo 
ya se dobla bajo la superioridad del enemigo, y la 
hoia de su sable se rompe, y su cráneo ha sido 
partido a sablazos, y la sangre le baña el rostro, 
y las bayonetas rasgan sus carnes, cae, con inter- 
mitentes accesos de ira no domada todavía. Y los 
adversarios, ya en el suelo, dispáranle el tiro de 
gracia, quemándole el rostro con el fogonazo... 
Poco después Facundo, victorioso, busca el cadá- 
ver de su rival, por el campo. Y sólo encuentra 
sus prendas militares desgarradas, y una hoja de 
sable, quebrada y llena de sangre y melladuras. 

La Madrid había sido hallado por su asistente, 




entre unas breñas, cubierto de heridas, 
mutilado, con la fatigosa respiración 
de la agonía. Exhalaba una especie de 
ronquido, de estertor, y de rato en rato, 
con esfuerzo imprevisto bramaba: « ¡No 
me rindo! ¡No me rindo! . . .■ Su mano 
apretaba una empuñadura de sable con 
la hoja rota. . . 

Este era el héroe cuyo renombre co- 
rría todas las provincias del interior, 
durante la época de la tiranía. El pa- 
ladín que vencido en Rodeo del Medio, 
deshechas sus tropas, perseguidas por 
fuerzas superiores, se precipita sobre 
ellas, como en tiempos de la indepen- 
dencia, y formándolas bajo los fuegos 
enemigos, se retira con ellas en orden. 
Este es el guerrero de una causa re- 
dentora, que en días infaustos, huyen- 
do del tirano Rosas, cruzaba los Andes 
para buscar la protección extranjera, 
durmiendo bajo el manto de nieve de 
la cordillera, con su glorioso bagaje de 
heridas. 

Este es el personaje a quien adoraba 
el gauchaje tucumano. Corriendo a su 
paso, para enseñárselo a sus hijos. Co- 
mentando sus hazañas en las veladas 
del fogón: circulando la versión de que para 
mantener la cabeza en posición normal, insegura 
por formidable hachazo, usaba al cuello un corba- 
tín de cuero. O sino, expiándole. como los habi- 
tantes de San Felipe, en Aconcagua, cuando se 
sentaba en la alameda, para cerciorarse de si efec- 
tivamente el general La Madrid tenía el cráneo 
cubierto con un pedazo de mate, por haberle sido 
cortado en uno de los hechos de armas que consti- 
tuían su legendaria aureola. ¡Ese era el general 
La Madrid! . . . Cantado en las guitarras y cele- 
brado en los campamentos. Y al que atajaban los 
provincianos, en 1826, cuando se alejaba hacia 
Buenos Aires, por haberle negado la entrada el 
gobernador Laguna, de Tucumán, coreándole vi- 
dalitas como ésta: 

« La Madrid se va para abajo, 
no le dejemos pasar, 
reunámonos, paisanitos, 
que a la fuerza se hai quedar. 

Ni preso quieren que dentre 
a su pueblo desgraciado. 
¡En premio de sus servicios 
bonito pago le han dado! 

¡Año y cuatro meses hace 
muerto lo vimos pasar! 
¿Quién pensaba, paisanitos. 
que así le habían de pagar? ■> 

¿No parecen, estas coplas, versos del romance 
antiguo? El mismo general dice en sus memorias, 
refiriéndose a la acción del Tala: 

« Recibí quince heridas de sable: en la cabeza once, 
dos en la oreja derecha y una en la nariz, que me la 
volteó sobre el labio, y un corte en el lagarto del brazo 
izquierdo y más un bayonetazo en la paletilla, junto 
con el cual me habían disparado el tiro para despe- 
narme, ya tendido en el suelo. Después de esto, me 
pisotearon con los caballos, me dieron de culatazos 
y siguieron su marcha... 

¿No parece el general La Madrid un paladín ex- 
traño, como lo son, en viejos ciclos caballerescos. 
Oliveros. Valdovinos o Reinaldos de Montalbán? 

Claudio R. Paez. 







I 




AlUEyTI^/ 



\ 






. . . Los Andes, envueltos en el 
para verles pasar. . . Iban. allá, en e 
citurnidad agresiva. Su mirar desped 
de los pesados morriones. Su mano i 
dura del sable, tras los pliegues del c 

De día orillaban los más peligrosi 
bradas. sumergíanse en los desfilader 
noche dormían en el seno tenebroso 
por el espantoso rodar de los torrenti 

¿Quiénes eran? . . . ¿de dónde ven 
vigilantes centinelas de la Cordillera, i 
incógnito colaborador, arremolinaba 
sus d.-signios. Las montañas pare.;¡a 
gían descendientes de una estirpe tii 
sus abuelos. Llevaban por guia una 
como si fuera un jirón de cielo arreb 
talla, moral y física. Eran de estatu 
lumbre del vivac recordaban a aquel: 
a los curtidos legionarios de César. . . 

Pronto supieron las violadas solé 
Fué en Achupayas, con Lavalle, y ei 
relámpago heroico de sus aceros desr 

¡Eran los »Gr añadiros a caballa,!... 
Marchaban a vanguardia, rastreando 
alto y difícil pasaje, los macizos de p 
alma de los pueblos aherrojados. Sus 
mábanse. Necochea. Lavalle. Escalac 
Vélez. . . Ellos, los Granaderos, tenían 
Habían afilado a molejón sus largos y 
filo en la hueste enemiga, cabe las bar 
y notas de clarín. . . 

. . . ¡Ah. cuan herni:)sj es. luego, 
triótica la visión de sus cirgas Ieg8n< 
bajo el casco de sus potros. Ante la m 
de Murat en Marengo. Arrebatados pi 
solares en las charreteras de oro y las 
de los barbiquejos y en los escudos de 
luininosas de una vorágine sublime.. 

¡As! le; vio San Martín -su gen 
livar. en la tarde melancólica de Juníi 



L 



DE 




...Oauoiius, nada más. Siiiuii Jiácii* 
''n que operaban. Sin más armas queu 
te, o un sable arrebatado al enemigo, 
rebenque, con la lonja enrollada al pui 
ce. . . Esa fué la muralla que salvó a 
de Sud América. Ese fué ei baluarte 
¡Los gauchos de Güemes!. . . Erar 
el espectro terrible de la tierra hostil. . 
destructora, o lo fusilaban a discreciói 
sus guardamontes como aUs de murci 
ros de los bosques o las sinuosas queb 
las filas del invasor. Sus caballos, tan 
chispazos de la epopeya buscando, cor 
y barrancos, el vado de los arroyos o 
Los ''Dragones Iiiff'nia!<'s« eran (fai 
creó Güemes en contraposición a los ■ 
con ellos. En el chambergo negro usal 
bien los demás gauchos, simbolizando 
colocaban en su lugar una flor de cort 
agreste. Entró en los salones, consagr 
baile en honor del general Belgrann, 
en su peinado. . . 

Aquella guerra extraordinaria fui" 
mildes gauchos una sagrada deuda de 
emprendieron la retirada: acosados en : 
perpetua del Ímpetu surgente de la mai 

;Asi sucede en la vida de los puebl 

depende del esfuerzo y ia integridad de i 

que se nubla el horizonte, arrecían las 

misma noción del momento se extravía 

doctrinario sufre aciagas vacila-piones, y 

¡Estos son los grandes instantes!... Entonces s 

los sucesos empuja, círcunstancialmenle. en escena ' 

fantasma de Maratón, en el punto más reñido y er 

predestinadas a la inmortalidad, que emergen del ■ 

sino cuando el tiempo ha serenado el curso de la vi 



Junio, 19Io. 



y-^, .,--— *i.— -ri-,r#e*s^9 



!jo-/'de 

DLOKilA/'. 



LLO 



es eternas, inclinaron los picachus 
das sombrías. . . Sigilosos. Con ta- 
:xtrañas y terribles, bajo la visera 
paturas insólitas sobre la empuña- 

rnaban en el misterio de las que- 
uestas ásperas y resbalosas. Por la 
irde de los precipicios, arrullados 

«rvaba el destinoV. . . Loscóndores. 

;us jornadas de insomnio. El viento. 

:e de su paso, como para ocultar 

queUa audacia inaudita. Se les fin- ' 

an renovar la epopeya olímpica de 

nca, que cu.-.todiaban con orgullo. 
conquista. Tenían todos una misma 
s. sobrios, imponentes. A la rojiza 

is de Auvernia que hacían temblar 

inhelo que les movía a la cruzada. 

Necochea, cuando se revelaron al 

i inm^ortal de la victoria. 
isoldados del Ejército libertador!,. . 
indo la aventura. Flanqueaban, en 
tr con el verbo de la Revolución ei 

n leones con uniforme militar. Lia- 

Cajaraville, Melián, Zapiola, Díaz 

. . . Venían de las riberas del Plata, 
, en horas de cuartel, y probado su 

una alborada plena de acción épica 

ño calenturiento de la emoción pa- 
)asar haciendo chispear las piedras 
su gran capitán; como la caballería 
huracán. Con centelleos de reflejos 
i de la oficialidad, y en las escamas 
3S. En alto los sables, como lenguas 

lacabuco y Maipa! ;Asi les víó Bo- 
t, en la hora decisiva de Ayacuchn' 

:i<éiiíla y la piaciica del leñen 

lo enastado en un gajo del mon 

O las boleadoras. Y acaso el pesad 

o maza, en algún desesperado trari 

I Vlayo. y con ella a la Iridependenci.i 

¡uestro destino. 

serranía y en la selva enmarañada, 
resa al enemigo, en impetuosa racha 
errUlas. Singulares, fantásticos, cor; 
desaparecían, veloces, por los cía 
y el espanto iban con ellos, contra 
los dueños, parecían secundar esos 
ito, la senda salvadora entre montes 
cañadas. 

con chaqueta y chiripá rojos. Los 

as del cura de Yavi. Y los venció, 

fanca de avestruz. Llevábanla tam 

d a Güemes. Cuando no la tenían. 

ík blanca fué más allá de su reinado 

. idre del general Güemes. en un 

:é ostentando la blanca pluma 

■■ La pa' ; contrajo con los hu- 

isores, strozados y vencido::. 
^' lidas volantes; con ia obsesió; 

serpentino sobre sus cabezas. . , 

todo el porvenir de la nac¡>j;; 
:o de héroes anónimos. Días e; 
oncíerto íntimo se acentúa y ia 

encendido en las aras del ideal 
i ráfaga traidora que se anuncia, 
ivertido, fuerza aislada, que la trama de 
■iino. Visión de aliento que aparece, como ei 
inante de la contienda. [Conjunto de siluetas 
isa. y cuyos contornos no pueden precisar^*- 
iezan a irradiar en el fondo del pasado! 

J'M,IÁN ',F '"m ^PP ■- 




— i=>i_;v'^ 




la MUDOS 

OjKÍV\Do NERVP 



Aquella tarde, en el paseo, llamó mi aten- 
ción un grupo original. 

Formábanlo una mujer, joven aún, como 
de treinta y cinco años, en cuyas sienes en- 
sortijábanse raros hiios de plata, y dos 
hombres como de treinta, altos, esbeltos, 
elegantes los tres. 

La dama o señorita, parecíaseles en ex- 
tremo. Hubiera sido ocioso preguntar si 
eran hermanos y hermana. 

Marchaban, ella entre los dos, silencio- 
samente, tanto que, según pude observar 
durante largo rato, no cruzaron una sola 
palabra. Sus rostros impasibles, tenían no 
sé qué rigidez, en ellos, y en ella no sé qué 
expresión lejana y ccmo nostálgica. 

Ellos eran rubios, ella morena, con oja- 
zos negros, luminosos y tristes. 

El extraño grupo no se apartó de mi ima- 
ginación durante buena parte de la noche. 

No creo exagerar si digo que a costa 
suya y con ellos como esenciales persona- 
jes, forjé dos o tres novelas misteriosas y 
complicadas. . . 

La realidad era, sin embargo, sencilla, co- 
mo todas las realidades, y la supe pocos días 
después, en el salón de la marquesa de. . . 
donde en calidad de compatriota fui pre- 
sentado a la mujer enigmática y estreché 
la diestra de sus hermanos silenciosos. 



Sencilla era la realidad, sí, y conmove- 
dora; aquella mujer, hermana en efecto de 
los dos jóvenes (gemelos éstos y sordo- 
mudos) pertenecía a una opulenta familia 
de la provincia mejicana. Era la mayor de 
la casa y. huérfana de madre desde tempra- 
na edad, hacía sus veces con los dos herma- 
nos impedidos. 

Cuando su padre estuvo en trance de mo- 
rir, llamóla a su lecho y díjole: 

— «Hija mía, voy a hacerte una súplica, 
a pedirte un sacrificio, acaso muy grande: 
Tú sabes cuanto quiero a Pedro y a Juan y 
como me inquieta su suerte. ¿Qué va a ser 
de ellos con su enfermedad, con ese muro 
impenetrable que los separa de la sociedad 
de sus semejantes y los deja inermes ante 
la lucha por la vida? No te cases, hija mía, 
hasta que estés segura de que no necesitan 
de tí. ¿Quieres darme esta prueba de cariño, 
mi María, a fin de que yo muera en paz?» 

Ella, rodeando suavemente con sus bra- 
zos la cabeza del moribundo, juró que así 
lo haría, y aceptó, con ese espíritu de sa- 
crificio innato en nuestras mujeres hispano- 
americanas, la maternidad espiritual que se 
le confiaba. 

Pasaron los años. La mamita era adora- 
da por los hermanos mudos, celosos de su 
nunca desmentida solicitud, a un punto 
tal, que ni un instante se separaban de ella 
en las horas hábiles, e iban a su lado, como 
dos graves custodios, en los paseos y re- 
uniones. 

. . . Pero un día, el amor llamó al corazón 
de aquella mujer. 

El pretendiente era bueno, rico, gallardo 
y la adoraba desde hacía tiempo, de lejos. 

La mamita vaciló. . . Cierto que sus her- 
manos aún no habían cumplido la mayor 



edad y apenas podían valerse... pero 
aquel cariño era imperioso! 

El, viéndola dudar, insistió. La pobre 
muchacha, ante las súplicas del hombre 
amado, debatíase penosamente. Al fin re- 
solvió consultar con los mudos, recabar su 
consentimiento, pedirles que le devolvie- 
sen su derecho a ser feliz. . . 

r/as apenas la hermosa mano alargada, 
la fina y noble mano figuró las primeras 
letras del usual alfabeto del abate de l'Epée, 
por m.edio del cual se entendían, los mudos 
palidecieron hasta la muerte, cayeron de 
rodillas a sus pies, asiéronse de sus ropas, 
y, con inarticuladcs y discordantes gritos 
de guturales rispideces y con ojos enorme- 
mente abiertos en que se leían la ira, el es- 
panto, los celos, imploraron de la vestal 
que siguiese siéndolo hasta el fin. . . 

Sus almas enfermas, medrosas y pueriles, 
temblaban convulsivamente en cada uno de 
los miembros de sus cuerpos. 

María tuvo piedad... Cerró los ojos; ir- 
guió la cabeza; apretó con sus manos frías 
de angustia las manos convulsas y febriles 
de los gemelos... y éstos comprendieron 
con regocijado egoísmo de seres débiles, 
que estaban salvados, que el sacrificio se 
consumaba definitivamente. . . 

Siguió el tiempo devanando su hilo mis- 
terioso, y aquella trinidad peregrina con- 
tinuó, en aparente calma, por el sendero de 
la vida. . . no sin que en los ojos de ellos 
brillase el recelo a la menor mirada curiosa 
o tierna dirigida a María; no sin que los tris- 
tes y radiosos ojos de ella se clavasen de 
vez en cuando en una vaga e inaccesible 
lontananza, como para columbrar el Ideal 
perdido. . . 

DIBUJO DE CONTRERAS. 



V/l_^ rk^^xrV- 




Lentamente. 
lentamente cual si fuera 
una gota que cayera 

desde el mármol de la taza de una fuente, 
tal preludia la marimba una extraña sinfonía 
saturada de amargura y de cruel melancolía 
con sus teclas de madera... 
Yo no sé que obscuro arcano 
de tristeza hay en lo hondo 

de esa música salvaje, que palpita allá en el fondo 
de sus notas, como queja, 
dolorosa, 

como un gemido humano, 
como algo que solloza, 
como un dolor latente, 
como algo inexplicable, infinitamente triste... 

Es el alma de una raza, de una raza que no existe, 
de una raza ya extinguida, libre, indómita y valients. 
Es el alma de Votan, 
es el alma de Lempira 
que en la música suspira, 

es el alma de los indios que mandó TecumUMán 
siempre, siempre a la victoria 
siempre al triunfo y a la gloría; 
es el alma brava y fuerte 
de aquel fiero luchador 
que encontró gloriosa muerte 

en la punta de la lanza del feroz conquistador... 
es la pobre raza extinta 
del imperio cachiquel; 

es la raza de aquel pueblo que dejó con sangre tinta 
la antes clara linfa pura del gran río Xequijel. 
Es el alma de la raza de los grandes sacrificios, 
triunfadora en mil combates, triunfadora 
hasta el día en que los teules con engaños y artificios 
redujeron a ignominia... 
a infamante vasallaje. 

Esa raza es la que llora 
que solloza de coraje, 

de despecho y de impotencia en la música salvaje, 
en la nota plañidera 




del indígena instrumento de teclado de madera. 

Escuchad la sinfonía 

de cruel melancolía, 

escuchad que sentimiento 

el que vibra entre las notas del indígena instrumento; 

nunca ríe. nunca canta, 

es cual pájaro cautivo, que jamás cantó alegrías 

ni jamás en su garganta 

ha brotado más que el lloro 

de sus tristes elegías, 

en las frías, 

soledades de sus cárceles de oro... 

¡Qué le importa a la vencida 
raza m.uerta vuestros dones, vuestra lengua 
que no entiende? ¿Qué le importa que en el nombre 
del Dios bueno, del Dios hombre 
arrasarais sus altares, si para ella es mudo el cielo, 
si es su vida 
sólo oprobio, cautiverio, sólo mengua? 

¿Qué le importa? Ya no es de ella el rico suelo 
que regaron sus mayores, con su sangre generosa. 
¿Qué le importa al indio eso 
que llamáis pomposamente, libertades y progreso 
si es del amo su cabana y sus hijas y su esposa? 
¿Qué le importa? si de aquella raza, libre, brava y fuerte 
que sufrió sin inmutarse los tormentos y la muerte, 
habéis hecho solamente los acémilas de carga 
que se arrastran tristes, mudos, bajo el peso de su amarga 
dura suerte! . . . 

¡Oh! dejadla, que solloce, que se queje a su manera, 
solamente le ha quedado su marimba de madera, 
que le habla de sus tiempos victoriosos, 
de sus templos y palacios de Inxinohé y de Copan. . . 
de su rey Kikab el grande, de su gran Valum-Votán, 
de sus héroes de hierro, de sus épicos colosos 
libres, grandes bajo el sol, 
que infundieron la pavura, 
por su arrojo y su bravura, 
en el ánimo aguerrido del intrépido español. 

Francisco P. Figueroa. 

DIBUJO DE ALONSO. 



— ; u ,x >^ X ■i_'r-P3yv— 




PSICOLOGÍA CALLEJERA 



DtBUJO DE HUE1tC#C 



LO QUE PIENSAN TODOS 
iSI SE ROMPIERA LA CUERDA! 



>y^- 




rrxoj. INvTo^có. 




De espíritu despierto, estudioso y trabajador infatigable, 
este autor nacional es uno de los que más se han des- 
tacado y, sin duda, el más fecundo. A él debe nuestra 
escena no pocos de sus triunfos y a sus actividades e 
iniciativas muchos de los beneficios de que hoy goza 
la estimable falange de escritores que han encauzado sus 
esfuerzos en pro del teatro argentino. 



Dotado de un natural gracejo en el decir y de una memo- 
ria prodigiosa, es Enrique García Velloso un Acauseur» 
amenísimo. 

No es fácil hablar con él. Se lo dice todo. Hacerle un re- 
portaje era, pues, cosa sencillísima. Bastaba abrir la llave. . . 

-¿...? 

— He estrenado sesenta y tres obras de teatro; he escrito 
cinco libros de texto y tres novelas. 

-¿...? 

— ¿Las obras de teatro? Representarán ciento cuarenta 
y cinco actos, en los que han intervenido unos mil y pico de 
personajes. 

— ¿...V 

— Sí; en la primera época del llamado teatro nacional, era 
imposible prescindir de Juan Daga. . . Asi es que por muer- 
te violenta habré hecho desaparecer más de treinta perso- 
najes. 

-¿...? 

— Sí... sí... daga, trabuco, revólver, veneno, naufra- 
gio, hasta terremotos... De todas esas obras, tres fueron 
protestadas, en forma ruidosa y terrible. Las restantes lle- 
garon cuando menos a veinte representaciones cada una; 
y las más afortunadas pasaron del centenar. 

-¿...? 

— ¿Consecutivamente? «Jesús Nazareno», «El chiripá rojo» 
y *Caín», de la primera época, se representaron sin caer del 
cartel, setenta, cien y cincuenta y cinco noches, respectiva- 
mente. 

-¿...? 

— ¿La obra que más dinero ha dado? «Gabino el Mayoral», 
que lleva más de mil representaciones. En seguida, «El Tan- 
go en Paris'), "Fruta picada», "Eclipse de Sol» y «Mamá 
Culepina». Esta última, en sólo un mes, rindió cerca de ochen- 
ta mil pesos. 

-¿...? 

— No he sacado la cuenta exactamente; pero éntrelas 
obras mal vendidas a perpetuidad y los derechos cobrados 
de acuerdo con el arancel de la Sociedad Argentina de Auto- 
res Dramáticos y la Sociedad de Autores de Madrid, habré 
percibido aproximadamente unos trescientos cincuenta mil 
pesos. 

-¿...? 

— ¿Ahorrar? Ni un centavo. El dinero del teatro es como 
el dinero de las cocotas y el del cepillo del sacristán... 
Cantando se viene y cantando se va. . . En cambio, he sido 
afortunado en las interpretaciones. Han representado obras 
mías Thuillier, Tallavi. García Ortega. Balaguer, Rubio, Bo- 
nafé, Rosario Pino, Mercedes Pérez de Vargas, Irene Alba, 
María Palau, Concepción Cátala, Adela Carbone, entre los 
artistas españoles de comedia; Juárez, Julio Ruiz, Pepe Ri- 
quelme. Palmada, Lola Millanes, Matilde Pretel, Amalia 




Colón, Angeles MontiUa, entre los de zarzuela. De los artis- 
tas nacionales, todos los de la vieja época y de la presente. 
Mis mejores éxitos los he compartido con Parravicini y con 
los hermanos Podestá. Me tocó casi siempre inaugurar las 
temporadas. En el Rivadavia, hoy Moderno, con «Caín»; 
en el Nacional, tres veces con «Los amores de la Virreyna», 
«Marta Cibelina» y «El zapato de cristal»; en el Argentino, 
con «Fruta picada» y «Mamá Culepina». 
-¿...? 

— En todos los teatros de Buenos Aires, excepto la Opera. 
el Coliseo y el PoUteama, se han representado producciones 
mías. Cuento también como expresión teatral la adaptación 
cinematográfica de la «Amalia», de Mármol, estrenada en el 
Colón. 

-¿...? 

— La emoción más intensa que recuerdo, fué la del estreno 
de «Fruta picada», delante del primer público de España, 
en la Comedia de Madrid, emoción inolvidable que compartí 
con el admirado Parravicini. 

-¿...? 

— Me gusta muy poco ensayar mis propias obras. Dejo 
librada la suerte de su interpretación, al destino «secreto» 
que cada estreno lleva consigo y acuerdo la más absoluta 
libertad a los directores de escena, cuando éstos tienen la 
pericia y el talento de Ezequiel Soria (con quien compartí 
mis primeros éxitos); de Joaquín de Vedia, cuya autoridad 
innegable está fuera de toda discusión; de julio Sánchez 
Garael, conocedor eximio de los misterios de entretelones; 
y de Roberto Payró, alejado hoy de nuestra actividad tea- 
tral, pero siempre cercano a nuestra admiración. 

-¿...? 

— Hago crónicas de teatro desde 1896. Durante once años 
consecutivos en «El Tiempo»; luego, hasta que me fui a Euro- 
pa, en «El Diario» y «Caras y Caretas^; y desde 1910, en «La 
Nación-, donde comparto esas tareas con Juan Pablo Echa- 
güe, José Ojeda y Arturo Cancela. 

--¿...? 

— Escribo todos los días, cuatro horas por lo menos. 

— Hago primeramente la obra imaginativamente, sin to- 
mar otro apunte que la lista de los personajes, que es lo que 
más me cuesta hacer. Cuando me pongo a escribir, podría 
dictar las escenas, de tal manera la creación quedó orde- 
nada en sus efectos y en sus situaciones fundamentales. 

^ i- ■ -^ 

— ¿Supersticioso? Hasta la demencia. Voy a los estrenos 
cargado de amuletos y no escribo para el teatro sin tener 
junto a mi tintero una imagen de coral que me bendijo el 
Papa en la Sala Clementina en 1910. Esta imagen me la 
olvidé últimamente en Madrid y por recuperarla, hice un 
complicado viaje desde París y hasta obligué al editor So- 
pena a perder el vapor que debíamos'tomar en Barcelona.., 
Un caso de manicomio... 

Como verá el lector, García Velloso lo ha dicho todo. 
El repórter sólo tiene que firmar. 

El Doctor Misterio. 




(€ 



fl 





■ 




VISITANDO EL ESTUDIO DE BENLLIURE. 



PARRAVICINI, EL CÓNSUL DE PORTUGAL EN MADRID, MARIANO BENLLIURE (HIJO), ENRIQUE GARCÍA VELLOSO, TITTA RUFFO, 
MARIANO BENLLIURE, VICENTE MARTÍNEZ CUITIÑO Y LUIS MORÓTE 



— p>l..^v 



\ I ."rK2>^— 




Los pueblos de los alrededores de París, viven 
su vida propia. Todos tienen héroes populares que 
duran levemente un día. La misma guerra pasa 
sin ser sentida; pero, en cambio, algo de lo que 
pasa, o no pasa, en el pueblo, entretiene la exage- 
rada curiosidad de los demás. Hace un tiempo, 
aquí en Chatou, cuando se supo que Rochette, el 
banquero y malabarista, tenía un pariente en la 
localidad, un viejo desconocido pasó de pronto de 
la gacetilla comunal a la historia. El suegro de 
Rochette fué, para Chatou, lo que Rochette para 
Paris. 

Una batalla más o menos, no interesa a los bue- 
nos franceses de mi pueblo, a no ser por los hijos 
de Chatou muertos o heridos en ella. Una escara- 
muza, cobra el aspecto de una masacre si acierta 
a ser protagonista en ella el hijo de mi sirvienta 
o el hermano del alcalde. Pero la guerra, a pesar 
de su alcance universal, justo es decirlo, ha abu- 
rrido al vecindario. Hay hechos locales que nos 
interesan muchísimo más. Es el caso de Madame 
de Lile. 

Dirá algún lector, que no soy un buen cronista, 
pues hago de casos particulares los temas generales 
de mis crónicas. Yo sólo puedo agregar, que lo 
que me parece interesante es digno de ser contado. 
Me hallo en la situación del diputado provincial 
que enarboló la bandera nacional a media asta 
en la municipalidad donde era comisionado 
del P. E. 

— ¿Quién ha muerto? — preguntó un curioso 
al diputado que dejaba su despacho vestido de 
luto; y retirando el pañuelo que recogía sus lá 
grimas, respondió roncamente: 

— ¡Mi suegra! . . . 



La muerte de la suegra le significaba tanto 
como una pérdida nacional al desconsolado yerno. 
Madame de L'lle, que vivía frente a mi casa y que 
acaban de llevarse al tranco de un jamelgo, mien- 
tras cantaba un sacristán y un monaguillo llevaba 
el viático como un estandarte, dará lugar a muchos 
comentarios del vecindario de Chatou. Y voy a 
deciros cómo y por qué, puesto que no sería difí- 
cil que lo que parece ser gracioso termine en una 
tragedia. 

Monsieur y Madame de L'lle, sexagenarios de 
común acuerdo, vivían frente a mi casa. Madame 
de L'lle solía cruzar el camino para hacernos una 
visita. Era una vieja pequeña de estatura, preten- 
siosa en su tocado y que marchaba como una pa- 
loma, pasito a pasito. Al llegar, era muy amable 
siempre. Lo difícil y accidentadas eran sus des- 
pedidas. A mitad de la visita, pedía que tocaran 
el piano. Los primeros compases los escuchaba con 
satisfacción; pero de pronto, como un reloj al que 
se le iba la cuerda, Madame de L'lle se descom- 
ponía. Se echaba a llorar con el llanto de un re- 
cién nacido. Era un lloro y un hipo al mismo 
tiempo. Su dama de compañía nos explicó, al fin, 
la causa. Madame de L'lle tenía un hijo pianista 
con quien se disgustó, y la música se lo recordaba. 
Desde entonces, procuramos no ejecutar a nadie 
en el piano. Eso no fué óbice para que una tarde, 
al encender la luz del comedor, el mismo lloro de 
párvulo y las mismas convulsiones de antes la 
agitaran de nuevo. ¿Qué le pasa?, me dije. ¿Se 
acordará del músico? Algo muy semejante, en efec- 
to, la consternaba. Su dama de compañía me ilus- 
tró de nuevo. 

— Madame de L'lle tiene una hija casada con 



un fabricante de velas y con la que se halla enemis- 
tada. Cuando se prende la luz, el recuerdo de 
aquélla vuelve, y la entristece. 

En una palabra, Madame de L'lle, por cuatro 
causas distintas, lloraba en el mejor de los momen- 
tos. El recuerdo de sus hijos, con los que se halla- 
ba distanciada, no le permitía vivir en paz. En la 
soledad de su quinta, extática, sin ánimo para 
andar, ha muerto. Pero, antes de seguir, debo agre- 
gar dos palabras al respecto de Monsieur de L'lle. 
El señor de L'lle, cansado por la enfermedad 
incurable e intolerable de su esposa, ese lloro y 
ese hipo que le atacaban por momentos, o por 
otra causa que tengo a bien ignorar, se había en- 
tregado por entero al sport de la pesca. Con su 
caña, su red, su bidón, su paraguas y su traje al- 
quitranado, en la madrugada partía de su casa. 
El ruido de sus zuecos se oía escandalosamente 
entre el canto de los gallos y el silbato de las loco- 
motoras en maniobras. A la tarde, la noche en- 
trada, con su caña al hombro, su red, su bidón y 
su paraguas, dentro del negro traje alquitranado, 
volvía de nuevo a su casa el señor de L'lle. No se 
encendían luces en la casa, para evitar un motivo 
de disgusto a la señora. Se acostaba en la sombra 
del crepúsculo, y dejaba el lecho en las sombras 
de la madrugada. Esa era su vida. Antes de ayer, 
cuando volvió al obscurecer, a su quinta, encontró 
que su esposa había muerto. 

Hoy, a las dos de la tarde, una serie de hom- 
bres obscuros rodearon la puerta de la casa. Va- 
rios vecinos asomaron las cabezas a las ventanas. 
Llegó un carro ligeramente fúnebre con varios 
aparatos de pino de tea, pintados en negro, y unos 
candelabros plateados. Con gestos de dolor, tan 
falsos como la plata de los candelabros y el ébano 
del pino de tea, transcurrieron todos los prelimi- 
nares del transporte a la última y húmeda mora- 
da que es el cementerio de Chatou, al borde del 
Sena, cerca de donde el señor de L'lle tira sus an- 
zuelos y que durante las inundaciones de 19 10 es- 
tuvo enteramente bajo del agua. Por fin, llegaron 
los clérigos y los monaguillos. Sacaron el cuerpo, 
y cuando todo el acompañamiento notaba con 
extrañeza que el señor de L'lle no aparecía, arre 
glando su casquete y equipado como todos los 
días, con su caña, su red, su bidón y su paraguas, 
dentro del tétrico traje alquitranado, haciendo 
sonar sus zuecos salió de la casa y se colocó, grave 
y ceremonioso, detrás del féretro. 

La hilaridad del vecindario fué grande, y yo 
observé que uno de mis vecinos acercóse a consul- 
tar al señor de L'lle. Por los ademanes de éste, 
conocí su respuesta: 

— Aprovecho lo cerca que está el cementerio 
del río, para irme luego a pescar. 

Aun no ha vuelto el señor de L'lle. Caen las pri- 
meras sombras del crepúsculo. Por la calle nadie 
pasa, y el memorable ruido de los zuecos del señor 
de L'lle no se deja sentir. La doméstica ha alum- 
brado el gas de su casa. La luz se filtra victoriosa 
al través de los vidrios, y la ausencia del pescador 
no parece preocupar. Sin duda ha prolongado, 
falto ya de todo doméstico compromiso, la feli- 
cidad de pescar. . . 

Vizconde de Lascano Tegui. 

Chatou, 14 marzo 1916. 




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\ L.Tr-:>.x- 




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AQUáLO^ADt 




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■p^ n, 5115 oros £tmdi£ib&, oomo en piedrtíi Labrados. 
dpcLep el de¿eiLfi)cmo La expresión de La vida; 
y en 5iu> Icibios bermeíos, que el silenací selLaia. 
no tomo O- dibuiarse l<a msmii¿mle sannsa. 
T os qiie euloncea La vieron, sin. saber de sus penas, 
Los qiíe no conoaeíoii sus Iocutcss de táña- 
los que no sospedicston qtie en Lds ops aquellos, 
en oirora el desiello del amor ttsEiI^lcl 
y Ofue, tin iiempo, en bs Labios qtie sellara el sJenno 
Cjomo robob tempranas, flDreaeron sonn¿<as, 
&i un momento se dieron a. pernear en La causa 
que aquel rostro sombiisaba. de tristeza Tnfmita . 
no acerbica: Los tmos por qiie mmca. suplieron 
compri^ncler los doloreó de Las dmáí> S^zndáis 

Y los mÁb, porque piensam. que, al fiat>Lar de mujeres, 
e¿ "más Sombre" quien ^l6a- la pnxaz nonia-. 

V/ los unos diieiDn:-Í T^uier duna, sin cattEd.!- 

Y loe oIk» lanzaron La. expresión compasivca: 
¡"p^ slá eufiznma h. pobre |- ri)<2i° todos erraron, 
cuando, uídnos . crej^eion desdfrar el eni^gma.. 

■ ■ ■ 
*-~v¿lo tin Eombre, a quien leios y <2u la nocne callada, 
ote su triste coiiciencia los cLamores kerian, 
-recordaba Los oips como en pi2dra labrados 

y ]ob Icabios en donde uoreaeron sonrisas 

j A cruel Éombre pudiera revelar el misterio 
de ese rostro sombreado de tristeza iniirnta f . 



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UAN Dt LA CKUZ TüMJl. 



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x-^L^'rj;¿yx— 



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rAGUA. 






LA DUCHA DE LOS CISNES 



Los fotógrafos de las re- 
vistas escriben poco y ha- 
blan menos; pero se fijan 
mucho, como la lechuza del 
cuento. Y se han aperci- 
bido que cuando entran en 
son de paisajistas al Jar- 
dín Zoológico, si van al en- 
cuentro del señor Onelli, 
que avanza rápido con sus 
pasitos cortos de peludo, en 
un momento dado éste des- 
aparece, como si se lo hu- 
biese tragado la tierra. Se 
malogra por lo tanto la 
misión, porque él sólo co- 
noce cuáles son las horas 
y los efectos de luz en que, 
según su verba incompa- 
rable, aparecen pedazos de 
selvas misioneras, de villas 
clásicas, de bosquecitos sa- 
grados frecuentados por 
ninfas y un determinado 
paraje donde ha repetido, 
con su gusto de humanista, 
las fuentes del Clitumno 
cantadas por Virgilio y por 
Byron. 

Un domingo pasado fui- 
mos unos cuantos; por eso 
íbamos en línea desplega- 
da y, cuando hizo la acos- 
tumbrada gambeta, se to- 
pó cara a cara con uno. que 
esto escribe, diciéndole que 
queríamos sacar algunas 
buenas fotografías entre 
las que - para darle en el 
gusto pedíamos que nos 
indicara el paisaje de la 
sugestiva y poética fuente. 




UNA FUENTE BIZANTINA 



— i3>i_7Vü N^'i^i^ia>x— 




Y nos contestó que a fines de mayo los álamos pirami- 
dales habían perdido todas las hojas y, sin ellas, no había 
fuente de Clitumno que valiera. 

Y descubrimos el secreto de su aversión por ciertas fotogra- 
fías, cuando nuestro fotógrafo le manifestó que Plvs Vltra 
exigía una nota novedosa del Jardín Zoológico. 

• De acuerdo con ustedes. — nos dijo; — pues veo que no 
quieren repetir los clisés que no solamente han popularizado 
sino vulgarizado las bellezas de este paseo, y apesar de que lo 
bello es eternamente bello, esto puede llegar a hartar como 
lo mediocre y lo malo. 

« Llegan en buen momento: en este pedacito de Palermo, 
como lo hacía Rosas en su vieja estancia con los naranjos, con 
una ducha de alta presión se están lavando ahora las copas de 
los coniferos bajos para dar más impresión de verdor a los 
muchos visitantes de la tarde. Tienen ustedes una nota incom- 
parable de un sol de otofio que se infiltra con sus rayos de oro 
entre las gotas de plata que destilan brillantes entre las hojas 
y sobre los mármoles de los puntos más cuidados del paseo. ■> 

Y el señor Onelli silbó como un apache: aparecieron al trote 
largo y cansado, de varios rumbos, tres guardianes vejancones; 
ordenó que se hicieran funcionar los motores de los pozos, y 
mientras íbamos pasando, en esa belleza apacible de un tibio 
día de otoño, murmuraban las aguas de las fuentes sus alegres 
y tímidas canciones, que sumisos repetían los arroyuelos mansos 
que corrían a los lagos, y la ducha de los cisnes, en medio del 
lago, daba de tiempo en tiempo los sonoros chasquidos de 
látigo como de un geyser que volatiliza agua y vapores. 

Las aguas del Zoológico corrían pródigas en nuestro honor, 
pues el Júpiter - Neptuno - Orfeo que modestamente se oculta 
bajo el apellido Onelli, así lo había ordenado. 

Era el cotidiano bautizo de una obra grande y hermosa, lle- 
vada a cabo por un hombre incansablemente sabio y trabaja- 
dor. El agua del Plata caía como lluvia argentina sobre el Edén 
de ios animales, que es al mismo tiempo el jardín encantado 



de los niños donde vive el Pájaro Azul de las leyendas infantiles. 
Todo adquiría mayor brillo y vida, cansando nuestros ojos a 
fuerza de belleza; todo espejeaba bajo el sol invernal, suave y 
tranquilo. 

Onelli miraba con ojos cariñososel trabajode toda su vida. son- 
riendo porque lo juzga bue.no. Y. maquinalmente, adoptó una 
actitud estatuaria. Pe.nsamos e.n que allí, dentro de muchos lus- 
tros, deberá alzarse la efigie del creador de tantas maravillas. 

El niño pescador, copia del bello grupo del Louvre, a pocos 
pasos de distancia, se veía como a través de un velo de bruma 
todo chispeante, todo iluminado por el sal, mientras los árboles 
destilaban sobre él espeso chaparro.! de agua luminosa. 

La ninfa del cuadrante solar, casto y clásico desnudo del es- 
cultor Lubary, bajo la luz meridiana adquiría fosforescencias 
extrañas, luciente su cuerpo bajo el mador de la lluvia que la 
e.Tvolvía serename.Tte y como enclaustrada entre el marco 
sombrío de cipreses solemnes. 

Más allá, e.i un fondo obscuro de un cubil donde llegaba tan 
sólo un rayo de sol, éste iluminaba con sombras violentas la 
silueta de un oso blanco. « Así — dijimos - deben ser los cla- 
ros de lu.ia en las largas noches polares. - 

Nos iba acompañando en la jira el chimpancé Bertoldo, ale- 
gre y travieso, y que parecía empeñarse en ser fotografiado, to- 
mando agua en las varias fuentes por donde pasábamos; quería- 
mos retratarlo y el director se empeñaba en que no; pues, según 
él, la nota debía ser solamente de las aguas en el Jardín Zoológico. 

Por entre un bosquecito bajo y tupido, el susurro de cuya 
fronda no apagaba el murmullo de aguas cercanas, nos hizo 
bajar a la orilla de un lago, entrar en una canoa toda escondida 
entre los ibiscus y, después de dos golpes de remo, nos mostró 
orgulloso, por entre intercolumnios en ruinas, una fuente anti- 
gua dispuesta más bonitamente que el intercolumnio del parque 
Mcnceau. y nos dijo, con su eterno cigarrillo en la boca, 
y casi conmovido: «¡Así eran y así cantaban las fuentes 

de la antigua Bizancio! •; 

F. Galcerán. 




'CUADRANTE SOl.AR *. - NIN.'A BAJO LOS RAYOS DE UN .SOL DE ORO Y GOTAS DE PLATA 



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LOS ESPOSOS BOTET-VILI-ATE. CCN SUS DESCENDIENTES, EL DÍA DE LA CELEBRACIÓN DE LAS BODAS DE DIAMANTE 



Entre la impórtame serie de ceremonias nupciales con 
.que se ha iniciado el movimiento social de la tempo- 
rada, y la celebración de interesantísimos aniversarios, 
que nos ha prodigado tan generosamente el año actual, 
se han destacado con singular relieve dos suntuosísimas 
bodas: primero. las de los jóvenes esposos Peña Unzué- 
Alzaga. que revistieron un fausto y brillantez dignos 
de un acontecimiento principesco; luego, tras breve in- 
tervalo, la sociedad entera tributaba justo homenaje de 
respeto y de cariño a los venerables esposos Botet- 
Villate. quienes, rodeados de sus numerosos descendien- 
tes, han alcanzado a celebrar sus bodas de diamante. . . 
La misa oficiada en acción de gracias por el solemne 
acontecimiento, y la recepción ofrecida en la magnífica 
residencia de la familia de Villate, congregaron a los 
elementos más respetables y representativos de nuestra 
sociedad: jamás se ha visto profusión de flores seme- 
jante, ni creo que ninguna joven desposada, haya reci- 
bido la cantidad de artísticas <'Corbei!les') que llenaban 
esa tarde los salones, amplio hall, y hasta la terraza de 
la elegante morada de don Adolfo Villate y su esposa: 
la baranda de la escalera que conduce al piso alto, des- 
aparecía también bajo el primaveral decorado, al que 
habían contribuido sin duda todos los invernáculos que 
encierran colecciones dignas de feéricos dominios... 
Entrando a la derecha del vasto hall, se erguía el sun- 
tuoso canastillo enviado por las Damas de Beneficen- 
cia de Buenos Aires, a su respetada compañera: sobre 
enorme mazo de claveles y azaleas blancos, resaltaba 
un artístico lazo de lama de plata y de oro. unidos am- 
bos tejidos por hilos de strass, simbolizando tan pri- 
morosa combinación, las tres excepcionales fechas: las 
bodas de plata, de oro y de diamante. . . 

Jazmines del país, madreselvas y violetas del año 
1856. . . ¿quién os hubiera dicho, que sesenta años más 
tarde, habrían de cosecharse fantásticas orquídeas, so- 
berbios claveles y azaleas, para agasajar con tan in- 
tenso afecto, a aquella juvenil pareja, en cuyo corazón 
perdura el perfumado recuerdo de las modestas flores 
que les acompañaron, al iniciar la prolongada y serena 
senda de su vida?. . . Vida de ejemplo y abnegación sin 
límites, cultivando la honrosa tradición de su abolengo. 
ostentando con justo orgullo en una de las vitrinas de 
su sila, el escudo de la noble casa de los Alvarez, mien- 
tras que en el sitio de honor, admiramos todas la her- 
mosa y alegórica placa ofrecida por sus descendientes, 
a los que han sabido inspirarles tanta veneración como 
cariño. . . Hasta los interesantes retratos de familia, ves- 
tidos con las galas de medio siglo atrás, parecían cobrar 
animación al presenciar el homenaje rendido a los com- 




MATRIMONIO PENA UNZUE-AL2AGA, AL SALIR DEL TEMPLO DE SAN 
AGUSTÍN, DESPUÉS DE CELEBRADA LA CEREMONIA 



pañeros de su juventud, por tres generaciones . . . 

He comparado con un acontecimiento principesco, la 
efectuada boda de doña Elena Peña Unzué. esposa hoy 
de don Félix de Alzaga. y así lo fué. en todos sus deta- 
lles. . . Muy difícil nos será admirar una desposada tan 
delicadamente bella y elegante, ni un séquito semejante 
al que la acompañaba; una fastuosa corte no habría 
podido reunir más hermosas mujeres, ataviadas con 
una suntuosidad, superada sólo por su exquisito buen 
gusto, y luciendo joyas, realmente maravillosas. . . 

La delicada reserva de ambas familias, hizo omitir 
la publicación de todos los obsequios recibidos por los 
novios; en joyas solamente, podrían sumarse varias for- 
tunas. . . No puedo dejar de mencionar la maravillosa 
alhaja ofrecida por doña María Unzué de Alvear. y 
que fué adquirida a pedido suyo, en Europa, por doña 
Josefina de Alvear de Errázuriz; forma dicha alhaja. 
un delantero de corpino de deslumbradora pedrería, del 
que cuelga un brillante tan enorme, que fué comparado 
con el Gran Mogo!; la gargantilla de terciopelo ofrecida 
por don Saturnino Unzué y su señora, luce otro magní- 
fico brillante tallado en forma de pera; la soberbia 
diadema de brillantes y turquesas ofrecida por los her- 
manos del novio, y luego el brazalete formado por 
curiosas «mavettes» de brillantes, combinadas con ru- 
bíes, obsequio de doña Concepción Unzué de Casares, 
me recordaron los fabulosos tesoros de las Mil y una 
Noches. . . 

Huetel, la magnífica finca de la señora Unzué de 
Casares, fué la residencia elegida por los novios para 
iniciar en ella su nueva vida, y doTide les esperaba la 
más suntuosa de las hospitalidades: un solo detalle baste 
para enterar a mis lectoras... Logré deslizarme hasta 
el comedor, donde pude admirar una mesa redonda, cu- 
bierta por mantelería digna de un palacio encantado, ya 
que me parecía hallarme en los dominios de las hadas. . . 
De la araña central pendía una campana atada con 
cintas blancas y guías de azahares que caían sobre la 
mesa; al menor movimiento, se entreabrían las blancas 
cintas, y los tenues sonidos de la campana parecían 
anunciar como el toque de alba de la dicha, para la 
encantadora pareja que acababa de llegar a la seño- 
rial residencia, augurándole larga y serena vida... 
Quiera su destino reservarle prolongados años de exis- 
tencia, y que la misma campana, cubierta por la platea- 
da escarcha de los años, haga oir sus tenues vibraciones, 
a través del tiempo, para celebrar, como los esposos Bo- 
tet-Villate, las legendarias bodas de diamante... 

La Dama Duende. 




ESTANCIA «HUETEL.), RESIDENCIA DE LOS DESPOSADOS 

Fotografía tomada por la señorita Magdalena García Calvo. — Publicación autorizada por doña Concepción Unzué de Casares. 



— i3>Lrv^iíi 



>>2S.— 




NELSON 



La Inciatora puede, con justicia, exhibir 
la fifura de Nebon como la de su gran 
hombre de guerra. Los monumentos simbó- 
licas que todas sus grandes ciudades tienen 
erigidos, en recuerdo de sus tiempos esiu- 
pandos: los himnos conmemorativos de sus 
poetas, cantando las proezas de su h¿roe 
de los mares: el legitimo orgullo del cual 
hace gala todo ciudadano británico al evo- 
car el solo nombre de Nelson. tantos hono- 
res y tantas loas, apenas compensan la glo- 
ria inmaisa que las acciones del procer hi- 
cieron refluir sobre el Reino Unido, consa- 
grando desde ese instante el predominio de 
los mares conocido hasta el presente que 
ejerce sin rival. 

Los tastos de la Historia guerrera de la 
Inglaterra no son ricos en la presentación 
de grandes figuras militares. Nelson y Wél- 
lington constituyen — a no dudarlo — sus 
dos personalidades sobresalientes. Pero el 
vencedor de Abukir aventaja al triunfador 
de Waterloo. con la superioridad indiscuti- 
ble del genio sobre el hombre de talento: y 
es indudable que Nelson era un genio de los 
mares, tal asi como Napoleón era el águila 
dominadora de los campos de batalla. Am- 
bos aparecen iluminados con los destellos 
fulgurantes de sus inauditos triunfos: en un 
mismo momento de la historia: en un mismo 
continente del globo, a la cabeza de las fuer- 
zas armadas de dos grandes naciones, eter- 
namente rivales: sefior de los mares el uno, 
soberano de la tierra el otro. Parecería — a 
veces — que la Providencia, en sus designios 
inescrutables, se hubiera propuesto que Na 
poleón trazara con su espada el nuevo mapa 
de Europa: pero con el contrapeso del des 
pojo de los mares, cuyo señorío incontesta- 
ble se lo adjudicaba, al mismo instante, al 
extraordinario caudillo de su invencible ri- 
val, la Inglaterra. 

;Ley de compensación: ley de ritmo: ley 
de justo equilibrio, si se quiere! Se da tanto 
como lo que se quita. Se entrega sin resisten- 
cia el dominio de la tierra, pero al precio 
de una renuncia irremisible del mar. Y el 
mar misterioso, movible, indominable, que 
la Providencia substrae a la pujanza de Na- 
poleón, habrá de ser en manos de Nelson 
el arma terrible que pone en jaque continuo 
al poderio del gran corso, hasta tornarse — 
un dia — en el cancerbero tétrico de su cruel 
deportación, en el dia de la irreparable 
caidal 

Todo se concita para hacer de Nelson una 
figura legendaria. Poseía el arrojo hasta el 
grado de temeridad asombrosa. Amaba la 
grandeza en cualquiera de sus manifestacio- 
nes, porque íl mismo era grande cuando 
nada aún lo hacía sospechar. Conocía los 
mares como un Neptuno adolescente. Te- 
nia el desprecio de la vida y nada le impor- 
taba el desgarramiento humano y las atro- 
cidades de la guerra. Era estratégico sin 
maestro: y fué él el que inició la nueva tác- 
tica naval inglesa del desenvolvimiento de 
las escuadras en dos cuadros de ataque. Era 
fulminador como el rayo e implacable como 
una ley de la Naturaleza. Era, porque fué 
un predestinado surgido en la hora clásica 
de la historia del mundo, para hacer conocer 
a Napoleón, que las jactancias y vanidades 
de la tierra tienen un límite, y que ese limite 
lo forma ese otro mar iiisondable del futuro, 
que envuelve los altos designios de Dios. 
Por eso Nelson fué invencible en el mar, 
que simboliza los misterios del porvenir. 

;Abukír. Tralalgarl , . . Grandes nombres: 
grandes recuerdos: las páginas de oro de la 
historia de Albión: el tétrico tafMdo de la 
campana del destino que marca para la 
Francia las horas lúgubres de sus descala- 
bros inmensos en la aspiración fracasada del 
imperio de la tierra. . . ¡Y es Nelson el hé- 
roe incomparable, el que recoge sin disputa 
los méritos de esos dos grandes tiempos! 

Se ha dicho alguna vez que la muerte es 
la cortdición de toda apoteosis. Aún esa for- 
tuna corresponde a Nelson. que expira mo- 
mentos después de saber que la victoria era 
suya, en la terrible contienda de Trafalgar. 

Si grandes fueron los honores que la In. 
í'ia'.'rrra le discernió en vida, tras el grande 
- de Abukir. la noticia de su muerte, 
:amente con la de su gran victoria, 
hiz'j de su persona un culto, que la I nglaterra 
mantiene solicita para con su hijo excepcio- 
nal, desaparecido en el instante misrro que 
Ir daba su gloria más pura y m.ás santa. 

LeoNOR PlÑRPO Steomahh. 



AIMONS-NOUS 

o mes soeurs aimonsnous. aimons-nous, ó mes fré.es 
Nous sommes pour un jour ensemble sur la terre. 
— Comment ne pas aimer celui qui doit mourir 
Et pourquoi nous creer des sombres repentirsV 
O mes soeurs aimons-nous, aimons-nous. ó mes fiéres; 

Gardons-nous d'ajouter des peines á nos peines. 
Si l'amour ne peut rien parfois dans les douleurs; 
Dítes. rindifference. et vous, l'horrible Haine. 
Est-ce que vous pourrez adoucír nos malheurs.-* 
Gardons-nous d'ajouter des peines á nos peines! 

Vous qui m'avez donné tant d'amour sur la terre. 
Vous qui m'avez donné tous les amours, Seigneur. 
Delivrez-moi des mots et des pensées ameres. 
D'écouter sans tendresse et des regards sans coeur. 
Vous qui m'avez donné tant d'amour sur la terre! 

Pardonnez-moi tout mot qui ne soit pas d'amour, 
Toute pensée aussí, tout sentíment trop lourd, 
Pour monter. jusqu'A Vous. pour entourer mes fréref; 
D'une ombre bienfaisante et puré en son mystére. 
Pardonnez-moi tout mot qui ne soit pas d'amour! 

Partageons-nous l'honneur d'avoir beaucoup aimé 
Aimer c'est commencer notre cíel sur la terre 
(il faut beaucoup d'amour pour laver nos miséres) 
L'Amour est le plus beau nom de l'Eternité; 
Partageons-nous l'honneur d'avoir beaucoup aimé. 

L'Amour est le plus beau nom de l'Eternité. 
II est son premier mot. et le derníer sur terre, 
Car lorsqu'il faudra diré un mot de verité 
En mourant nous dirons si nous avons aimé. 
Aimons-nous, 6 mes soeurs, aimons-nous, ó mes fréres 
Nous sommes pour un jour ensemble sur la terre! 



Delfina Bunoe de Calvez. 



Olivos, 1916. 




Santa Clara, que tuvo la fel'-íidad de conocer a San 
Francisco de Asís, y ser su hermana espiritual. Santa 
Clara, de quien hasta la belleza maravillosa del rostro 
puede admirarse todavía, en la urna de cristal en que 
parece que duerme, desde hace siete siglos... esperando, 
incorrupta, y serena, la resurrección final! 

Santa Clara, que no empuñó la espada, pero que, 
llevando en sus manos la Custodia que contenía el San- 
lísimo, salió al encuentro de los enemigos, y consiguió 
que se trocara, en el corazón de ellos, el ánimo de pe. 
lea por el deseo de la paz. Santa Clara, que salvó a su 
pueblo, no por la Guerra ni la Victoria, sino por la 
Paz: no por la matanza, sino por el Amor. 

Delfina Bunge de Calvez. 

Hubiera deseado ser la madre de los Gracos; pero 
desgraciadamente no he tenido hijos, y no he podido 
dar soldados a mi querida patria. 

Carmen Dormal re Olazabal. 

Sania Ménica. - Le debemos al sacrificio y amor 
'le madre el tener en la historia de nuestra religión uti 
hombre como San Agustín. 

M. Calvo de Troncoso. 

Me hubiera gustado encarnar Mad. de Sevigné, 
porque fué hermosa como mujer, como espíritu y 
como madre. 

María Julia B. de de Bary. 

Soy admiradora de la causa sufragista en sus princi- 
pios; pero no de los medios de que se sirven. Quisiera 
poder ser una Mis Pankhurst y ver aquí realizado su 
ideal. 

Fannv Covepton de Wood'íatr. 



Ninguna. Las que me son simpáticas han 
sido muy desgraciadas, y las que han tenida 
éxito han sido casi todas malas, pretencio- 
sas, orgullosas y envidiosas. Creo que en la 
historia, la mujer más feliz ha sido aquell.i 
que ha pasado más desapercibida. 

María Luisa T. de Barretü. 

Al remontar el curso de la historia, me in- 
clino reverente ante una mujer sublime que 
encarna para mi el ideal más perfecto. 

Surgió como estrella de primera magni- 
tud en el seno de la Revolución Francesa. 

Joven, virtuosa y bella, de una inteligen- 
cia poco común, Madame Roland. concen- 
tró todas las energías de su alma infinitamen- 
te glande y las puso al servicio de la más 
noble de las causas: la libertad de su patria. 

Fué esposa y madre amaiitísima y prac- 
ticó en su fecunda vida todas las virtudes. 
Su sangre regó el cadalso e inmortalizó su 
nombre, legando a la historia el perfume de 
sus gracias y el temple soberbio de las mu- 
jeres de su raza. 

Elvira Pérez de Cranwell. 

Lucrecia, la víctima de Tarquíno el Sober- 
bio, que con sus virtudes salva una época de 
la historia de Roma. 

Clara Mazzini de Guerrico. 

La tierna y melancólica Valentina de Mi- 
lán, modelo de fidelidad conyugal, y que a Ih 
muerte de su esposo, Luis de Orleáns. adop- 
tó el lema que debía simbolizar toda su vida' 
» Ríen ne m'est plus. 
Plus ne m'est ríen. » 
Matii.de García Calvo de Gutiérrez. 

Blanche de Castilla, por haber formado un 
hijo como el suyo. San Luis, rey de Francia; 
fué modelo de madres y de reinas. 

Florencia T. de Castex. 




¿QUIERE USTED SABERLO? 

Ofelia. - ¿Por qué los hombres son tan 
variables? 

Preguntas porqué los hombres son varia- 
bles. Es muy difícil contestar, porque cada 
corazón es un problema. Los hay complica- 
dos, simples, delicados, fuertes, sutiles, falsos, 
francos, en una palabra, incomprensibles. 
Hay quien dice que el corazón de los hom- 
bres es un tren de lujo con muchos comparti- 
mentos de primera, que mientras hay sitio 
van levantando pasajeros. 

Pasan por el mundo con los ojos abiertos a 
todas las tentaciones y el corazón cerrado por 
desconfianza. Hay que lanzar la flecha con 
acierto en busca de una falla de la coraza y 
puede ser que lleguemos al fondo de su alma, 
cuyas intimas expansiones muestran de vez 
en cuando su fondo de reserva. 

Se puede inducirlos, pero no intentar con- 
ducirlos: su soberbia no lo permite. « Ellos 
son la cabeza, nosotras el cuello que sostiene 
la cabeza y dirige sus movimientos. « 

I N DISCRETA. — Díces quc sabes quién es «La 
Dama Duende», o lo presumes, pues es una 
dama joven, que alterna con la rlile en los 
salones elegantes: que no dudas al hacer esta 
afirmación, pues muchas cosas que has con- 
versado tú misma en el circulo íntimo con 
tus amigas, ese duende lo revela en sus cró- 
nicas, haciéndote arrepentir más de una vez 
de tus franquezas. Copio casi fielmente tus 
palabras. La misma curiosidad me ha asal- 
tado muchas veces; cuando veo sobre la me- 
sa de trabajo el ínfaltable artículo de «La Da- 
ma Duende», me parece que las letras escri- 
tas a máquina (pues hasta eso, no escribe W/a 
jamás) toman formas de elementales y se le- 
vantan del papel, formando grupos distintos 
y oigo sus cuchicheos. . . No sé. Indiscreta, 
quién es »La Dama Duende»; pero sí te prome- 
to averiguarlo, y entonces te contestaré en 
esta misma sección con las letras de la clave 
que me envías. 

María Lebem. 

En el próximo número se contestará a le- 
das las preguntas que nuestras amables lec- 
turas quieran hacer sobre tópicos femeninos. 



>>^.— 






Al margen del «drama de VerduN'>. — 
Las primeras batallas comerciales, en 
LAS ferias de Leipzig y de Lyon. — Una 
idea francesa plagiada por el vienes 
Lendelle y por el berlinés Haas He- 
ye. — El «milagro» realizado por el 
Sindicato Parisiense de la Costura. — 
Nuevos modelos. — La moda se trans- 
forma en Arte Decorativo. — El pri- 
mer capítulo de una nueva historia. 

Al margen del ogran drama de Ver- 
duno, cuya tremenda escena está tan 
cerca, ¿qué pueden ser los incidentes 
de nuestra vida, sino pequeñas, nimias 
cosas, que al alba de cada mañana y 
al crepúsculo de cada tarde nos dicen 
las horas, sobre el tablado angosto de 

Despertar entre las sá- 
banas de un lecho; preocuparse de la ^toilette», de las cartas 
que hemos de responder, de los negocios que hemos de intentar; 
decir y escuchar ios amables embustes del diálogo mundano. . . 
y todo ello cuando a breves kilómetros de París se escribe, con 
sangre, la máxima y más trascendente epopeya de la historia. . . 
¿no es, acaso, como ir. sin conciencia de la realidad, por las sen- 
das obscuras de un sueño? ¿No es como perderse en el laberinto 
de quimera de un anticipado sepulcro, en tanto que otros van, 
a plena luz, bajo el sol del heroísmo y sobre el camino de la 
gloria?. . . 

Y, sin embargo, así es nuestra existencia, movida por los 
cordelillos de los hábitos, de las obligaciones, de las necesida- 
des, y no por nuestro albedrío. De cuando en cuando, un eco 
de la gigante lucha, un convoy de he- 
ridos, una visita de imperiales aerona- 
ves, nos arrancan a nuestro vagar de 
sonámbulos, y entonces recordamos, ' 
entonces nos decimos unos a otros, 3(\ 
media voz, la palabra solemne: — //a^: 
guerra! . . . Mas luego, volvemos a ser 
marionetas; volvemos a ser gotas de 
agua en el cauce estrecho; volvemos a 
preocuparnos de nuestro tocado, del 

lazo de nuestra corbata, del balance de nuestra 
escarcela, y hablamos de todo, incluso de la 
moda; de todo, excepto de la guerra. . . jSomos 
absurdos, pero así somos, y esta es la eterna 
fórmula de nuestra írredenci ón! 



Hablamos de todo, incluso de la'moda, os dije; 
mas bien pudiera haberos dicho, en verdad, que 
hoy en París la moda, la «moda francesa», 
preocupa seriamente, y no sólo a frivolas mujeres- sino 
también a muy graves y muy sesudos hombres. . - 

Y es que, paralelamente a la guerra de trincheras, 
riñese ya, con igual encono y entre los mismDS beli- 
gerantes, la guerra comercial, cuyas primeras grandes 
batallas fueron las ferias rivales de Leipzig y de Lyon. 
vieja la primera de muchos años, 
y nacida la segunda en esta primavera. 

Decir que nuestra cFoire de Lyon* significó un 
gran éxito, sería faltar a la verdad... Fué, sen- 
cillamente, un ensayo, un tanteo para lo porvenir. 
y no podía ser otra cosa, en una hora en que toda 
Francia, en armas, no atiende a empeño alguno que no sea el de arro- 
jar cuanto antes, lejos de sus fronteras, a un enemigo que aun huella y 
profana la santidad del patrio lar. 

Trocadas las fábricas de toda índole en fábricas de municio- 
nes, y hogaño empleados en fundir y tornear obuses los brazos 
laboriosos que antaño se aplicaban a fundir porcelanas y a 
tejer sedas, ¿qué podía esperarse del actual esfuerzo de la in- 
dustria francesa, sino es lo que se ha obtenido: un comienzo, 
una orientación, una prueba de vitalidad que para lo futuro es 
promesa de victoria, en la inexorable competencia que dividirá 
a la Europa comercial, como prosecución de la contienda pre- 
sente, cuando al fin se acalle el trágico rugir de los cañones? 
Y en tanto que Lyon, desde el real de su feria, entabla ya 
contra Leipzig una resuelta ofensiva, París, --el París de la Rué 
de la Paix, de la Place Vendóme y de los Cam- 
pos Elíseos, — aprés- 
tase a una defensiva 
á outrance, para man- 
tener y acrecentar su 
prestigio de dictador 
de elegancias; ese 
prestigio noble y secu- 
lar que Berlín y Vie- 
f"' jJ^ aJfc. ^^' ^ ^^t^ ^^ propio 

W 'i^mfW^ ^ trivial New York, 

M.-^-^áÉi^r '10 tratan de arrebatarle 

^mi^^A i^ilr por todos los medios 

^%|^iM w^ y con todas sus fuer- 

1 zas, usando y aun abusando 

de la oportunidad del mo- 
mento. 
La amenaza más seria, 
entre estas enunciadas, fué 
;^ la de Viena. y ello por ha- 

Q ber recogido y realizado los 

^ austríacos, ahora, aquella 

idea francesa que surgió y 
se agostó en flor, allá por 
otoño de 1913, si mal no re- 
cuerdo, cuando los esfuerzos 
2 y^ de Buzenet y de Berlioz re- 

jSzz^X unieron en estrechacolabora- 
(^^ "'^ — ^ción a los pintores de fama 



y cuando Gerbault. de la Gándara, Wi- 
llette y otros consagrados de la pintura, 
diéronse a esbozar proyectos de indu- 
mentaria femenina, trocando en íntimo 
maridaje la que hasta entonces fuera 
irreconciliable hostilidad del Arte y de 
la Moda. 







En torno de ■•: 

aquel loable inten- jjj 

to se habló mucho, jj: 

y se dijeron no po- ::i 

cas necedades: la jj: 
mayor de todas jj; 
ellas fué asegurar ij: 
que para reussir jil 

un vestido elegan- ::: 

te, eran menester, ••: 
ante todo, la incultura ij: 

artística y la experien- :;:':ii::i¡:::¡:::ii:::i:::i:::::::::::i:::::::;::::::::ÍÍ5 
cía práctica de un Fa- 
quín o de un Roedfern; incultura artística para evitar, ig- 
norándolas, ciertas sugestiones demasiado elevadas y espi- 
rituales para ser compatibles con el gusto general; y expe- 
riencia práctica para discernir, a primera vista, lo que ese 
gusto general ha de aceptar a ciegas, sea bello o no lo sea, 
sin más razón ni causa que un insaciable afán de origina- 
lidad... 

Fracasó, pues, en fuerza de no ser comprendido, aquel 
plan que, sin embargo, implicaba una evolución trascenden- 
tal: la de convertir la Moda en /I r/e Dícora/íw, legitimán- 
dola, ennobleciéndola, y haciéndola compatible con el pro- 
greso del espíritu femenino y con la marcha del tiempo. 
De lograrse esto, hace tres años, ¿hubiéramos visto, acaso, 
el absurdo desfile de pseudoelegancias que 
de algún tiempo a esta parte venimos pade- 
ciendo, y que parecen reflejo del mal gusto 
universal, mejor que del añejo y clásico buen 
gusto parisiense?. . . 



r¿' 






¡A buen seguro, 
no! . . . 

Y ved cómo, con 
hábil jugada, los pin- 
tores vieneses, y en- 
tre ellos y especial- 
mente Lendelle, trabajan para que esa 
alianza del Arte y de la Moda, malo- 
grada en París, sea un hecho en Viena, donde acaba 
de abrirse una Exposición de modelos que, al decir de 
quienes los vieron, no son, ni con mucho, el ideal; pero 
al menos significan un paso hacia él, y el anuncio de 
una rivalidad, digna ciertamente de consideración. 

No lo es menos, la iniciada en Berlín por Haas 
Heye, que sigue los pasos del vienes Lendelle, y que, a 
semejanza de éste, ha organizado una Exposición cuyo éxito comer- 
cial ha sido satisfactorio, ya que ha merecido la atención y la clien- 
tela de muchos compradores norteamericanos, gente propicia a toda 
iniciativa y a todo modernismo, y mal dispuesta a seguir, por sen- 
timiento o por tradición, los caminos obstruidos por la inercia. 

De sacudir esa inercia, ^ — efecto natural de la situación — se ha 
encargado el «esprit» francés: ese ingenio, cuya sutilidad y cuya luz 
bastan para hacer milagros. . . Y el milagro se ha hecho. . . 



El Sindicato de la Costura ha puesto en línea, para la acción, buena 
parte de esos muchos millones ahorrados al margen de sus formida- 
bles beneficios, durante los años de paz. Y llamados a capítulo los más ilustres pinto- 
res, — entre los que la guerra nos ha dejado. — y puestos de acuerdo, al fin, artistas y prac- 
ticones, ensueños y realidades, la Moda Francesa, remozada y encauzada por los derroteros 
de la gran evolución que se malogró en 1913, nos muestra hoy, en las páginas de su revista 
oficial, o en los salones de sus faiseurs sindicados, maravillosas colecciones de modelos que 
son, en plena actualidad, trasunto fiel de las más bellas galas del pasado... 

Ved, conmigo, este tailleur de jerga azul marino: falda corta y amplísima, ahuecada, en 

torno de las caderas, por un sutil arillo de ballena. El corpino se ajusta al talle, en saudade 

goyesca, y una pelerina apenas indicada sobre el pecho y francamente ostentada sobre la 

espalda, os dice de las elegancias muy siglo dieciocho. , . Pero en torno del cuello, alto y albo, 

se anuda y cae sobre los senos una grande y romántica corbata de taffetas negro, que basta 

para hacernos pensar en los dolientes vagares de Becker y de Espronceda. . . Vestid con este 

traje sencillo, a una rubia, a una de las rubias princesas que poblaron, divinamente, los 

divinos ensueños de Rubén Darío, y habréis tornado en realidad la ilusión, y habréis 

aprisionado la esmeralda de la esperanza, para engastarla en el oro de la leyenda. 

Observad aquel otro tailleur de taffetas glacé, bajo cuya jaquette, muy abierta. 

florece un chaleco de brocado: es cifra y suma de elegancias versallescas, 

y gala que hubiera lucido, gustosa, la regia Madame de Pompadour. . . 

Toilettes de noche: raso rosa, con cintura y galones de tejido 
de plata; tul amarillo, con adornos de Chantiíly; seda clara, bajo 
túnica de gasa obscura; gasa, cerdee de ruches de Chantiíly... 
¡Cuan lejos está, todo esto, — que es delicadeza y armonía,' — 
de aquellos barrocos y disparatados horrores de la moda búlgara, 
que en un tiempo que más vale no recordar, París adoptó y admiról... 
Y los grandes abrigos de taffetas, muy 1830; y los vestidos- 
túnicas, de terciopelo gris, orlados sobre el bajo, las bo- 
camangas y el cuello, con renard plateado, y ceñidos con 
una gran cintura de moiré; y los tailleurs escoceses — man- 
zana y oro — ajustados con un cinturón de ante, prendido 
con hebilla de plata antigua, ¿no es, 
decidme, esta breve evocación de la 
moda femenina, el primer capítulo 
de una historia de Arte De- 
corativo, que comienza?. . . 
Y, ¿cuál, entre esas bellas 
artes de la decoración, podrá 
ser más interesante, para un 
hombre, que la que tiene 
por objeto embellecer a la 
mujer? 




dibujos de ribas. 



^ 



Antonio G. de Linares. 
París, mayo de 1916. 




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os briosos deudos de Ro- 
cinante prefieren la pampa, 
que es una Mancha inmensa. 
Los sumisos descendientes 
del rucio sanchopancesco 
aman el monte, los caminos 
entre árboles. El galope resulta hidalgo, 
gaucho; el paso, escuderil, indio. 

En cuanto el terreno deja de ser lla- 
nura y se cubre de arboleda; en cuanto 
pone obstáculos al libre galopar, se inicia 
el humilde imperio de los pacientes rucios, 
y es el indio quien hace de Sancho 



Panza. Entre esos bosques, por medio de 
las picadas, luchando contra la naturaleza, la 
industria y el comercio argentinos tratan de ex- 
plotar el suelo rico y difícil 

Obra lentísima, como andadura de asno; pero 
eficaz, continua. Insensiblemente el hombre triun- 
fa en la empresa de invadir el oasis para hacerle 
productivo. Si no fuese por la colaboración del 
rucio, la selva continuaría impenetrable y rebel- 
de al progreso. 



Gracias al calmoso obrero, héroe de las 
aventuras modestas, se abrirán los caminos 
por donde Rocinante galope a sus anchas, 
triunfalmente. 

Entonces nadie recordará ni apreciará 
los servicios del rucio, descendiente de 
la simpática cabalgadura de aquel buen 
Sancho Panza que represen- 
taba en la odisea cervantina 
lo vulgar, lo razonable, lo 
práctico y conocía el in- 
trincado arte de gobernar ín- 
sulas. 



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T-\- 



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DE OLIVA 



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Importadores Exclusivos / 
PARA LA República Argentina/ 

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EL NUEVO ENVASE PORRÓN 
PARA ACEITE DE OLIVA 

(patente exclusiva de la casa JOSÉ BAU) 

EL ACEITE ESTÁ ENCERRADO EXENTO 

DE AIRE- CADA PORRÓN ESTÁ LLENO 

POR COMPLETO DE ACEITE. 

HIGIENE Y ECONOMÍA 

Significa una evolución importantísima en beneficio de los con- 
sumidores de aceite fino de oliva, la creación de este nuevo envase 
(Porrón) que resuelve de golpe las dificultades y deficiencias que 
todos encuentran en los envases más o menos cuadrados. 

LA ECONOMÍA E HIGIENE DEL ACEITE ENVA- 
SADO EN PORRONES, en vez de en latas comunes, fácilmente 
se demuestra: 

Las latas comunes, por el hecho de no terminar en cúspide, no 
pueden ser llenadas, haciendo el vacío de aire ; contienen, por lo tanto, 
aceite en contacto con aire encerrado. 

Las latas comunes, por el hecho de no tener cúspide, no pueden 
vaciarse completamente, siempre queda un gran desperdicio de aceite 
en el ángulo correspondiente al orificio practicado para abrir la lata. 

Las latas comunes, por el hecho de no tener cúspide, contaminan 
el aceite así que se abren, porque la superficie es plana y caen sobre 
ella materias extrañas (en la cocina o en la despensa), y cuando se 
sirve el aceite, se contamina más o menos con dichas impurezas. 

Hasta el aceite de botellas ofrece la desventaja de que la per- 
sona que toca el tapón con las manos o que lo deja impropiamente en 
cualquier parte, al meterlo para tapar la botella, contamina la parte 
interior por donde tiene que pasar después el líquido. 

CON EL TAPÓN PATENTADO DEL PORRÓN 

B.AU, se garantiza la pureza del aceite hasta la última gota de su 
contenido, por cuanto no se puede meter la tapa dentro del gollete : 
lo cubre externamente (tapa por afuera). 

NO SE ENCIERRA AIRE Y ACEITE DENTRO de los 
porrones, porque cada envase se llena íntegramente y se cierra después 
de practicado el vacío. La enorme ventaja de aislar el aceite del aire, 
es el fundamento más esencial de este invento de la casa Bau. 

NO QUEDA UNA SOLA GOTA DE ACEITE EN L.OS 
PORRONES vacíos, porque, rematando en cúpula cada envase, 
se desliza hacia ella hasta la última gota de aceite. 

NI EL hollín, NI EL POLVO, ningún cuerpo extraño, 
ninguna impureza puede entrar en los porrones de aceite Bau, porque 
resbalarían por la cúspide y por la parte de afuera de la tapa. 

NO SE CHORREA ACEITE, no se pierde aceite como en 
las latas comunes, porque, gracias a la disposición de la cúspide del 
porrón y de su boca, el aceite sale sin correrse y sin derramar. 

PÍDANSE PROSPECTOS EXPLICATIVOS. 
NO SE HA AUMENTADO EL PRECIO. 

El costo de cada porrón vacío, es igual al costo de la lata común 
y, por lo tanto, la casa José Bau entrega el aceite en porrones a exclu- 
sivo beneficio de los señores consumidores, sin el menor aumento de 
precio. 

DE VENTA EN TODA LA REPÚBLICA. PÍDASE 
POR SU NOMBRE: "PORRÓN BAU". 

Agencia del aceite "Bau", en Buenos Aires 

Freixas, Urquijo y Cía. - B. Mitre, 1411 



f i.,x -^-^ V i,'rt,?>x- 



LAS AVISPAS Y SUS NIDOS 














PREPARATIVOS PARA HACER LA CU- 
BIERTA DEL nido: la reina prove- 
yéndose DE FIBRA DE MADERA EN 
UN ÁRBOL. DESPUÉS LA TRABAJA 
EMPLEANDO SU »SAL1VA». 



LA FUNDACIÓN DB UNA COLONIA DB AVILAS: RL PEQUEÑO NIDO 

CONSTlTUinO rOR LA REINA. 






UN FOCO DE FUTURAS MOLESTIAS: NIDO DE AVISPA. LLAMADA KN 

INGI.ATEKKA AVISPA DE LOS ÁRBOLES. ESTÁ HECHO EN EI. 

CRUCE DE VARIAS RAMAS. . 




CORTE TKANSVEItSAL DE UN NIDO DE AVISPA COMÚN: (1) PASAJE DEL 
NIDO AL EXTEKIOR. (2) LA RAÍZ DE LA CUAL PENDE BL NIDO. (3) 
GAUnttA EN TORNO DEL NIDO, QUE PERMITE A LAS AVISPAS REPA- 
SARLO. (4) LA ÚNICA ENTRADA PARA EL NIDO PROPIAMENTE DICHO. 



LAS TRES CASTAS DEL MUNDO DE LAS AVIS- 
PAS! LA REINA (arriba), EL MACHO (AI. 

centro) v la obrera o hembra estéril 
(abajo). 



UN GRAN NIDO DE AVISPAS 
SACADO DE BAJO TIERRA. 








CELDILLAS QUE COHTIRNEN ORUGA-, 

Las avispas son unos insectos muy dañinos. En Kingston, por 
ejemplo, miles de ellos invadieron un almacén de ropa hecha y fué 
necesario cerrarlo por cinco días. Además, el tráfico en un camino del 
condado de Lincoln tuvo que suspenderse durante varias horas, por- 
que las avispas, cuyos nidos habían sido puestos a descubierto por 
los hombres que reparaban el camino, atacaban no solamente a esos 
trabajadores, sino también a los transeúntes. La formación de una 
colonia de avi|pas principia cuando la reina, abandonando en la pri- 
mavera el sitio en que ha pasado el invierno, construye un pequeño 
nido, compuesto de unas cuantas celdillas incompletas, en cada una 



LOS DIVERSOS •nrc:;, r. L-: uti r.'ii^o, süSTüriiDOG RECl^vocAMR^JTF. ror: fü[-:fti-:.í 

"VIGAS» DE FIBRA DE MADERA. 

de las cuales pone un nido. Se multiplican rápidamente, y las nuevas 
avispas van agregando al nido celdilla tras celdilla. En el verano, 
hacen celdillas más grandes, de las cuales salen las avispa.^ al exterior. 
Abandonada la colonia, los nidos quedan vacíos. Los machos mueren 
en mucha mayor proporción que las hembras, y son éstas las que bus- 
can sitio para pasar el invierno y formar una nueva colonia. 

Más previsoras que las solícitas abejas, las avispas sólo fabri- 
can miel agria y cera inútil, que el hombre no puede robarles. Tra- 
bajan para el avispero y le defienden valientemente, con sublime 
egoísmo y tenacidad extraordinaria. 



I 



ALFOMBRAS - TAPICERÍA 






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■^ Y > M' r H4 »^ 



'á^ <■ fe 



I 



Alfombras y Caminos de Esmirna 



Cortinados de tul y género. 

Géneros por metro, para muebles. 

Galones y puntillas dorados. 







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Alfombras ■ 


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LA EXPOSICIÓN 

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_T3>1 >. -iH=. ^ 'Ln^K?>^— 






Anexo de la Adson Asplanaro 
Carlos Pellegrirvi 515 



UNA MANERA DE IMPRESIONAR 
CINTAS CINEMATOGRÁFICAS 





<'¡ Lo qué trabaja el hombre por no trabajar !» - decía el paisano 
viendo a un pintor dar pinceladas. — Algo por el estilo pudiera excla- 
marse al ver las proezas de los operadores cinematográficos, capaces 
de arriesgar la vida a cambio de conseguir una película sorprendente. 

El viajero encuentra a estos temerarios fotógrafos en todas partes. 
Ni los peligrosos ventisqueros ni las tempestades les acobardan. Aco- 
modarse incómodamente en el miriñaque de una locomotora para im- 
presionar un trozo de cinta que dé al ptiblico la perfecta ilusión de 
hallarse en un tren lanzado a gran velocidad, es un juego de niños 
para los que saben hasta ir a las trincheras buscando escenas im- 
presionantes y truculentas. 

Pero el grabado que acompaña estas líneas merece ser conocido, 
pues tiene algo de simbólico, o de cartel anunciador, nombre que en el 
lenguaje comercial equivale a la palabra símbolo. 

Es admirable la labor de estos valientes artistas que colaboran en 
la misión educadora del cinematógrafo. Cada vez se arriesgan a mayo- 
res empresas y nos dan la imagen exacta de espectáculos fugitivos, 
rápidos o imposibles de ver para el hombre que no desafió los peligros 
a que se arriesgan los operadores, 

A pesar de los trucs y artimañas de que el cine se vale con el fin 
de disminuir los riesgos de estos trabajos, siempre es más cómodo el 
papel de espectador bien sentado en su silla que las tareas del fotó- 
grafo sobre el miriñaque de una locomotora. 



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La India es la tierra donde las leyendas tienen 
mayores misterios. En la historia de este arcaico pue- 
blo hay páginas de una grandeza trágica. Es la tierra 
de las hambres epidémicas, de las persecuciones y 
matanzas. Allí, junto al fastuoso lujo de los principes 
y rajas, los miserables mueren de extenuación o del 
cólera, por millares de millares, a la vista de los gran- 
des Ídolos, sobre los pórticos de los colosales templos. 

Europa, o mejor dicho, sus sabios estudian los sím- 
bolos de aquellas leyendas que los hindúes guardan 
celosamente. 

Los fantásticos paisajes, poblados de fabulosos mo- 
numentos, de prodigiosas arquitecturas y de bravas 
floraciones tropicales, acogen al viajero con menos 
inhospitalidad que en tiempos pasados: y el cielo, in- 
tensamente azul y puro, no es testigo, como antaño, 
de crueles suplicios y sangrientas venganzas contra 




EL GIGANTESCO ÍDOLO DE MADRAS 



los extranjeros que, atrevidos, osaban cruzar sus ríos 
sagrados u hollaban con su planta maldita la pureza 
de sus pagodas, en grave ofensa a los dioses, así in- 
sultados por su irreverente presencia. 

En Madras, la ciudad más importante de las tres 
que forman la división administrativa de la India 
inglesa, entre muchos monumentos religiosos se en- 
cuentra el ídolo, cuya fotografía ilustra esta nota. 
Además de sus gigantescas proporciones, tiene una 
particularidad: la de que en él se funden dos estilos, 
dos civilizaciones. Porque en su figura se acusa clara- 
mente la influencia del arte chino sobre el arte indio. 
Puede clasificarse este ídolo como perteneciente a la 
época de la invasión mongólica. 

Las dos más antiguas y grandes civilizaciones han 
colaborado en la escultura de este enorme monigote 
caricaturesco y religioso. 




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Iperbiotina 
Malesci 



Profesor Dr. Maleici, 
d« Firenze (ItAlia). 



Admirahle piefiaratión pata iomhain 
la neuraitema, leiütidaJ ptemalura. 
cansando fiíico i) moral, ancmut y río 
rosfs. enfermedades de la uingre, pa 
decimientos de loi teñorai. pelifroi 
de la adoleicencia. memoria dehitila- 
da, conyaterencta de enfermedadet. 
insomnio ¡i jaqueca nerviotot. 



Hace ya aAos que el ilustre fisiólogo Brown-Se<iuard, de 
la Academia de Medicina de Paris, asombró al mundo 
con los resultados que obtuvo inyectando en el cuerpo 
humano jugos obtenidos de animales, con lo cual de- 
mostró prácticamente, sin dejar lugar a duda. la facilidad 
con que podia llevarse al organismo debilitado del hombre, 
la savia robusta y vigorosa de las razas inferiores. 

El doctor Malesci, fundándose en estos experimentos 
previos y firme creyente en los estudios del sabio citado, 
dedicó sus esfuerzos durante mucho tiempo a perfeccionar 
la nueva escuela y sobre todo a buscar la forma de ob- 
tener el miimo resultado que Brown-Sequard, sin necesidad 
de la peligrosa y molesta inyección. 

Ese resultado es: la Iperbiotina Malesci. 

La Iperbiotina Malesci está compuesta con el elemento 
activo del jugo orgánico de animales jóvenes y vigorosos 
debidamente combinado con otras sustancias tónicas de 
origen vegetal y animal, pero con exclusión completa de 
los productos minerales. 

La escrupulosidad con que está preparada la Iperbiotina 
Malead, constituye la mejor garantía para el enfermo, 
pues ni un solo frasco sale del laboratorio sin que su 
contenido haya sido previamente esterilizado según el 
«stema Pasteur y sin que su perfecta inocuidad hay» 
"•«•o plenamente comprobada. 

La Iperbiotina Malesci ha sido llamad* por médicos 
eminentes "el gran descubrimiento científico de las época» 
modernas", y los hechos prácticos, asi como el favor 
«empre creciente que se le dispensa en el mundo entero, 
corroboran esa opinión tan halagadora para su inventor 



Pasarán días, pasarán años! 

pero llegará un momento que al historiar 
los éxitos de las grandes preparaciones de 
base científica, ocupará lugar preferente 

erbiotina Malesci 

Sus maravillosas propiedades no se discuten; 
sus efectos nunca fallan. 

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absolutamente precio superior de lo que comúnmente se ha pagado. 



'I"t3-^=V— 



EL FETICHISMO A TRAVÉS DE LAS EDADES 



r-"**' j^ Los portugueses Ilama- 

^^É3^^^ '■°ri fetiches, de la pala- 

^^^^^^^^ bra lusitana feili(o, que 

^^Kmí^^^^^k significa hechizo, a los 

MHHHL^^^F ídolos adorados por las 

y^^Kr.J^^ tribus negras de África. 

^mlSfiT/^ ^' fetichismo es un res- 

to de costumbres salva- 
jes, cuyas primeras ma- 
nifestaciones han encon- 
trado los geólogos en los 
restos de épocas prehis- 
tóricas. En el período 
neolítico se manifiesta 
ya claramente el culto 
hacia seres sobrenatura- 
les que se representan 
bajo una forma humana. 
Se les esculpía en las pa- 
redes de los vestíbulos 
de ciertas grutas funera- 
rias, consagrándoles ade- 
más idolillos de tierra 
cocida. El hacha de pie- 
dra, que tantos servicios 
prestó como instrumen- 
to y como arma, parece 
haber poseído caracteres 
divinos. Los grandes mo- 
nolitos, cuyo uso nadie 
pudo precisar todavía, 
tal vez fueron enormes fetiches. En apoyo de esto, puede citarse los 
acuerdos adoptados en los concilios de Arles, 425, Tours, 567 y Man- 
tés, 658, por los que se declaraba culpable de sacrilegio a los hombres 
que continuaran adorando los monumentos prehistóricos. 

Lejos de desaparecer, el 
fetichismo^ se desarrolla 
más durante las otras épo- 
cas. En las edades del bron- 
ce y del hierro, muchos 
objetos de dichos metales 
se convierten en talisma- 
nes. Y no hablemos de las 
edades media, moderna y 
contemporánea, tan cono- 
cidas de nosotros. Un tro- 
zo de herradura, un cuer- 
necillo de coral, trozos de 
cuerdas de ahorcados, etc., 
son talismanes que confir- 
man la permanencia de 
las supersticiones mile- 
narias. 




ídolo con casco y plumas 




FETICHE EN FORMA DE PERRO, CON DOS CABEZAS 



Pero donde el fetichis- 
mo conserva todos sus 
fueros es en África, en- 
tre los negros. Para el 
hombre de color, que aun 
vive en su país de ori- 
gen, el fetiche represen- 
ta uno de los innumera- 
bles genios invisibles que 
le rodean, genios malos, 
vengativos y crueles, por 
lo general. 

Loango, capital del 
Congo francés, es consi- 
derada como la Meca 
del fetichismo. Allí se en- 
cuentran los ídolos más 
curiosos y característicos. 
El arte religioso de los 
negros no es muy refi- 
nado; por el contrario, 
tienen el aspecto de mo- 
nigotes, mal tallados en 
madera. Los adornos 
también pertenecen al 
género más estrafalario: 
plumas, espejos, talis- 
manes, clavos, girones de 
tela, trozos de limas, de 
cuchillos, etc. Todo lo 
que brilla, lo que es ex- 
traño, va a incrustarse en el cuerpo del ídolo. Dan idea de tales divi- 
nidades nuestros tres grabados. Los dos primeros representan fetiches 
favoritos de los loangueses. El tercero quiere asemejarse a un perro de 
dos cabezas. Cuando los negros necesitan protección contra los fusi- 
les europeos, contra los 
hechiceros, serpientes; 
cuando desean tener fortu- 
na en la guerra, la caza o 
el amor; cuando buscan el 
modo de curar una enfer- 
medad, vengarse de un 
enemigo o capturar un la- 
drón, se dirigen al fetiche 
predilecto y mediante cua- 
lesquier objetos de des- 
echo, consiguen su propósi- 
to. Hay que añadir que el 
sacerdote fetichista exige 
además el sacrificio de una 
cabra o de un ave, cuya 
carne le pertenece por de- 
recho propio. 




FETICHE CON ESPEJOS SOBRE LA CABEZA Y EL ABDOMEN 




PERSEGUIDO POR UN TEMOR INDETERMINADO 



,\1 que nu a(jza de perfecta salud, le persigue el espectro de la 
vejez prematura y de la tristeza abrumadora; muchas enfermeda- 
des, cuya causa se ignora, provienen del estómago o de los intesti- 
nos, se descuidan porque no hay peligro de muerte; pero, una vez 
crónicas, son insufribles y engendran la desesperación. Los des- 
gastes físicos, consecuencia de la actividad excesiva, hacen que la 
mayor parte de la humanidad esté enferma del KSTOMAGO, y es 
necesario prevenir muchos males que ocasionan una mala digestión. 
"STOMALIX" Saiz de Carlos, conserva la integridad de su orga- 
nismo. Es el TONICO-DIGESTlVO por excelencia. Su eficacia 
y su sabor agradable, han conquistado la fama mundial que goza. 
"STOMALIX" debe ser su compañero en la mesa. 
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DARWIN SE CONOCE A Sí MISMO 



Ahora, durante la estación invernal, cuando su orga- 
nismo se resiente de la baja temperatura, tonifíquese 
con el delicioso 

Oporto Dom Luiz 

Vl£,R FALO en copa fina de cristal y repare en su 
bnllemtez que deleita la mirada con sus prismas lím- 
pidos como la luz del sol. 

ASPIRE el finísimo perfume que emerge del contenido 
de la copa como si albergara en su seno misteriosa flor. 

SABOREE su delicada tonicidad, digno complemento 
del conjunto ideal que reconforta y repone las ener- 
gías cual maravillosa fuente de salud. 







Con ojo atento, como el que empleaba en vigilar los amores entre un in- 
secto y una orquídea, Darwin se vigilaba a sí mismo. Llegó a ser muy ducho 
en este conocimiento difícil, recomendado en el frontis del templo de Delfos. 
He aquí cómo él analizaba el linaje del propio espíritu. 

Leemos en la Autobiografía: « Yo no tengo una gran rapidez de concep- 
ción o de ingenio, cualidad tan notable en algunos hombres inteligentes, 
por ejemplo, Huxley. Soy, pues, mediocre como crítico. El leer algo en 
un libro o en un periódico, tanto me impulsa a la admiración, que úni- 
camente tras reflexión prolongada llego a ver los puntos flacos. La fa- 
cultad que permite seguir una larga y abstracta serie de pensamiento es, 
en mí, extremadamente limitada. En matemáticas o en metafísica hubiera 
fracasado. Mi memoria es extensa, pero nebulosa: es, en general, la su- 
ficiente para advertirme, de una manera vaga, que he leído o bien obser- 
vado algo, opuesto o favorable respecto a la conclusión que estoy dedu- 
ciendo. Al cabo de unos instantes, recuerdo el lugar de donde debo sacar 
la indicación. Mi memoria, en cierto sentido, deja tanto que desear, que 
jamás he podido recordar más que unos cuantos días una fecha, una 
línea o una poesía. Muchos de mis críticos han dicho: « Es un buen obser- 
vador, pero no tiene ningún poder de raciocinio». No creo que esto sea 
®xacto. El Origen de las especies es, desde el principio al fin, un largo racio- 
cinio, que ha podido convencer a un cierto número de personas inteligentes. 
Nadie hubiera podido escribirlo, a no estar dotado de alguna fuerza de razo- 
nar. Yo creo tener tanto sentido común y buen juicio como un hombre de 
ley o un doctor de fuerza mediana, pero no más. Por otro lado, me creo su- 
perior a la generalidad de los hombres, en lo de notar cosas que escapan 
generalmente a la atención y para observarlas con cuidado. Mi ingeniosidad 
ha sido la más grande posible, para la observación y acumulación de hechos. 
Y, lo que tiene más importancia, mi amor a las ciencias naturales ha sido 
constante y ardiente. . . He tenido mucho tiempo para mí por no haberme 
visto en la necesidad de ganarme el pan. La enfermedad ha inutilizado al- 
gunos de los años de mi vida; pero ha tenido una ventaja y es que me ha li- 
brado de distraerme en las diversiones de la sociedad. Mi éxito como hom- 
bre de ciencia, a cualquier gradD que se haya elevado, ha sido determinado 
por condiciones de mente complejas y variadas. Entre ellas, las más impor- 
tantes han sido el amor a la Ciencia, una paciencia sin límites para reflexio- 
nar sobre cualquier objeto, la ingeniosidad en observar los hechos y en reunir- 
los, una dosis media de invención y de sentido común. Con las limitadas 
capacidades que poseo, es sorprendente, en verdad, que haya podido in- 
fluir, en un grado considerable, en la opinión de los sabios sobre algunos 
importantes problemaS'\ A esta declaración de modestia, tan serena y de- 
licada, ha añadido el hijo de Darwin; « Uno de los valores de mi padre, era 
sentir, como pocos hombres, una diferencia entre el trabajo de un cuarto 
de hora y el trabajo de diez minutos. > 



^^JUrri:2y>^— 




— 1->1^N. 



N^ i^'l l-¿-r^— 



J^arrods 



en la Liquidación completa que realiza desde el 31 de 
Julio hasta el 12 de Agosto próximo, responde a un 
concepto exacto de esta 

Venta Extraordinaria Semestral: 

beneficiar a su clientela, con los precios excepcionalmente re- 
bajados y conquistar nuevos favorecedores^ 



El que aprovecha esta Liquidación en J^áPrOClS obtiene ar- 
tículos de primera calidad, cuya moda recién empieza a imponerse. 
Hay otro beneficio: la seguridad de que la Casa no reserva merca- 
dería de un año para otro, porque Semestral mente liquida todas 
las existencias de estación. 

Los precios de esta 

Liquidación Semestral 

están a la vista del público. Vale la pena 
estudiarlos, en la seguridad de que se pue- 
de visitar los Salones de 
Exposición y Venta sin ser 
molestado. 

Lo importante es que usted 
acuda a convencerse que ¿fá 
nunca se ha realizado una 
Liquidación como ésta. 



Jfíarrods 

FLORIDA, 877 

y PARAGUAY, 554 





BAJO CERO 



I 



—v=>L->~^s> 'vi_-n^i-">>x— 





Escribo en época en que las fiestas de la 
conmemoración de 1916 están todavía en el g^-m 
limbo de los hechos que van a ocurrir: pero 
la idea de que esto pueda publicarse cuando ellos sshayai 
producido, ya no detiene el curso de las reflexiones susci- 
tadas por la previsión de esos hechos. Ello seria un s^rio 
inconveniente para un articulo de actualidad. En cambio 
tratándose de esto, y no sintiendo vanidades de acierto pro- 
fetice (que por otra parte no tienen ocasión donde la profe- 
cía se reduce a simples divagaciones de presente con vistas 
a un porvenir que es casi el presente mismo), hay cierto 
encanto en oírse hablando de un futuro que ya dejó de 
serlo, alcanzado por la voraz prisa del tiempo mientras 
se secaba la tinta de las palabras escritas en pasadas 
horas. Es un encanto que se sazona con cierto dejo 
de renunciamiento, tenuemente amargo, dulcemente 
punzante, eso de exponerse a las rectif icacio íes de 
la realidad invirtiendo la común relación de tiem- 
po: lo que fué «a priori» aparece convertido en «a 
posteriori» sin haber cambiado su naturaleza. 
ni sus elementos, ni sus caracteres. Y asi pue- 
den revestir un interés particular todas las 
enunciaciones que se refieren en tiempo fu- 
turo a un hecho ya pasado. Pudiera ser. que- 
resultase por contraste mucho más intere- 
sante de lo que es en si mismo, sin duda. 
esto de empezar diciendo, como digo 
empezando con mi asunto concreto: 

Vamos a festejar otro centenario 
de nuestra vida histórica. 

Cuando celebramos el del pro- 
nunciamiento de Mayo, este 
otro, el de la declaratoria de 
la independencia, aparecía leja- 
no. Tenían que correr seis años. 

Ya está aquí. Esos seis 




#r. 




arios no han corrido: han 
volado. Su fugacidad hace 
sentir la impresión de una 
ráfaga de vendabal gigan 
tesco y silencioso. Porque, 
ya es sabido, nada apa- 
ga como el tiempo el es- 
trépito de la vida. 

Pero, dejemos estas 
filosofías que serian muy 
viejas si no fueran 
eternas. 

Elcasoesqueel nue- 
vo centenario está a 
muy poco trecho de es- 
te presente que se va 
yendo al correr de la 
pluma. Y sin embargo. 
no se le siente todavía 
como emoción, ni aun 
de espectativa. 

Hay noticias en los dia- 
rios, que nos hablan de fes- 
tejos. En las calles los anun- 
cian algunos adornos. Pero 
las noticias no son todavía el 
eco de una gran palpitación, de una 
gran vibración de los espíritus, como 
cuando el otro centenario. Y los ador- 
nos penden muy humildes, muy pobre- 
citos en lo alto de las calles, como un 
tanto avergonzados o un tanto entris- 
tecidos de interpretar asi la arrogan- 
cia triunfal de la celebración. Claro que 
al decir esto no juzgamos la materiali- 
dad, sino la significación. El fausto 
ornamenta! importaría sólo un derro- 
che en zarandajas mientras no corres- 
pondiera aun hecho moral que lo diera 
de sí como expresión necesaria de su 
generoso empuje. Esto sucedió en 1910. 

•Cualquiera tiempo pasado fué me- 
jor», dice la consabida meditación de 
Jorge Manrique. Pero en esto que ve- 
nimos conversando nosotros no es ese 
encanto de todo pasado, lo que hace 
aparecer o sentir como inferior el 
presente. Lo creo asi. porque la evo- 
cación de hechos fáciles de evocar por 
su proximidad y por- 
que están concretos 
en la memoria de to- 
dos, acusa una dife- 
rencia casi palpable. 

Basta recordare! es- 
pectáculo y la vida de 
la ciudad en aquellos 
días en que se prepa- 
raba para la gran cele- 
bración. ¡Era toda ella 
un vibrante taller! Re- 
sonaban sin descanso, 



jubilosos, 
los martillos: 
aquí. allá, en todas 
partes, construyen- 
do efímeros pero arro- 
gantes palacios, destina- 
dos, como el entusiasmo, a 
clamorear un momento y des- 
aparecer luego. El pico y la pala 
funcionaban sin descanso abriendo 
sitio a visiones nuevas, de juvenil 
y victoriosa expresión: la plaza del 
Congreso fué así surgiendo de entre 
os escombros de nutridos edificios 
como a un conjuro de magia: flo- 
recida, sonriente, espaciosa, abierta 
como mano que se ofrece leal. Hubo 
una pululante germinación de esta- 
tuas: eran malastodasellas(somos. 
por fuerza de inmutable sino, el 
vaciadero de las malas estatuas): 
pero esa población de metal y de 
piedra parecía brotar de la tierra 
con majestuosa unanimidad para 
entrar en formación ante el gran 
recuerdo, tronando un «¡Presen- 
tes!» de ordenanza heroica. 

Y toda la ciudad se renovaba. 
se erguía, se revestía de frescas 
entonaciones entre el repicar ani- 
moso y contento de las herramien- 
tas, golpeada por el oleaje de mul- 
titudes que iban invadiénc 
cada vez más nutridas: gentes 
todas partes del mundo en 
nes las naciones habían de 
cantando bajo el arco en- 
galanado que proclamaba 
nuestro primer siglo de ju- 
ventud. 

¡Y qué ganas de vivir, en 
los corazones! ¡Qué generosa 
fuerza, qué amplitud de op- 
timismo y de efusión, qué 
confianza y qué anhelo de 
futuro! Todo esto: este espí- 
ritu del centenario, tantas 
veces simbolizado gráfica- 
mente en una irradiación de 
apoteosis, dejó en efecto una 
como lar- , 

ga y glorio- 
sa prolon- 
gación de 
luminaria; 



pasa 



festivales en las noches de Buenos 
Aires. Mucho tiempo después, sobre 
la masa de la ciudad nocturna que 
el reflejo de las iluminaciones en- 
volvía en leve halo rojizo, erguíanse 
aqui y allá, dibujadas con luz so- 
bie lo negro, las construcciones de 
oti a ciudad que se encendía con ale- 
gría inmóvil de castillo de fuegos de 
artificio, lanzando a lo alto de la no- 
che minaretes, torrecillas, fachadas 
y cúpulas centellantes que esplen- 
dían largas horas en una silenciosa 
y como embelesada exaltación de 
fiesta. 

Eran les gallardos y atrevidos 
urrates de los palacios de las expo- 
siciones y las líneas de construcción 
de les edificios que ya se habían 
acostumbrado a vestirse de apoteo- 
sis: las ruedas gigantes girando en 
la sombra con titilación infantil, 
punteadas en luz. y los grandes 
reflectores que proyectaban de lejos 
su blanco asombro luminoso sobre 
el cielo, destacando con su panta- 
Uazo, en un rápido deslumbramien- 
to, planos de fachadas y aristas 
tccadas un punto por la revolu- 
ción del inquieto haz de claridad. 
Era, en fin, una como embriaguez 
de la luz, que la ciudad había con- 
traído durante las fiestas del cente- 
nario y que la llevaba a compla- 
cerse en irradiar cada vez más, a 
coronarse de esplendores no ya so- 
lamente simbólicos: a encaramarse 
sobre el cielo trepando la noche 
con regueros de luminarias; a m.a- 
nifestar. en fin. sus alientos ambi- 
ciosos envolviéndose en un soberbio 
manto de esplendores. 

Y no evoco el cuadro del gran 
día: el empavesamiento unánime 
que m.eció la ciudad toda en blanco 
y azul con el ondular de las ban- 
deras que se asomaban a todos los 
balcones y escalaban rápidamente 
las fachadas y cruzaban de acera a 
acera bóvedas de lanzas sobre las 
calles; ora pendientes con lánguido 
vaivén al arrullo del aura de la ma- 
drugada, en el decoloramiento le- 
choso del amanecer; ora agitándose 
con inicial estremecimiento de re- 
guero que se inflama chisporrotean- 
do en algazara de gallardos revuelos 
y briosos aletazos y tenso vibrar 
cuando una ráfaga levantaba, como 
en bandada, pabellones y flámulas 
y hacía chasquear la ciudad entera 
en un grande alborozo multicolor 
dominado por la nota azul, juvenil, 
suave y entusiasta del 
«leit motiv» argentino, 
luego, la alegría, gá- 
1 y solemne a la vez, de 
aquella jornada memora- 
' que era a un tiempo 
el júbilo nacional 
y la alegría del 
mundo asociado 
universalmente a 
nuestro contento; 
las representacio- 
nes de todas las na- 
ciones que pasaban 
con sus banderas: 
el pueblo todo en 
la calle; abiertos 
los corazones, las 
almas cantando. 



,/ 





Esta expansión se producirá tam- 
bién, seguramente, el día de la cele- 
bración de la otra efemérides secular; 
sino en igual magnitud, por lo menos 
con igual significado. Pero entre tan- 
to, el espíritu y el espectáculo de los 
días preparatorios no es el mismo. 
No podría lógicamente serlo. 

Aquel nuestro centenario celebrado 
en 1910 tuvo el concurso feliz de todo 
lo que puede dar brillo y brío y mag- 
nitud a la fiesta de un pueblo. El 
mundo gozaba paz y cordialidad: el 
comercio, las industrias, las activi- 
dades todas que crean la riqueza, flo- 
recían gloriosamente. 

Y nosotros éramos ricos. El pais 
gozaba el delicioso vértigo de una 
audaz ascensión de prosperidad. 

Y ahora estamos pobres. Ya no 
hace oleaje el oro abundante y fácil 
que distendía los cintos de los estan- 
cieros y prodigaban los dueños de la 
cosecha y hacia irradiar áureos refle- 
jos a las propiedades de renta can- 
tando una inefable música en dila- 
tado y divino timbrar. 

El antiguo Pactólo arrastra ahora 
lentamente por angosto cauce esca- 
sas arenas preciosas que sólo permi- 
ten ser ricos a los que siempre son 
ricos. El desbordamiento de aquel 
raudal de oro que todo lo bañaba, es 
hoy un sueño del pasado; un sueño 
con un poco de delirio en que todo 
era dorado y vibraba como sonoro 
metal generoso. 

Y es por esto, sobre todo, por lo 
que la antigua animación festival pa- 
rece ahora tardo desperezarse ante la 
inminencia de la fiesta, que llega en 
silencio, sin flameos triunfales ni ex- 
pansiones exuberantes. 

Porque, ¿a qué negarlo? Podría el 
viejo mundo estar, como está, sumido 
en los negros horrores de la guerra, 
y no por eso faltara en esta parte del 
mundo joven, animoso y brillante 
regocijo conmemorativo si hubiese 
dinero abundante. «El dinero es un 
valeroso soldado que va siempre ade- 
lante en sus empresas!» dice el gran 
sir Johnn Falstaff con la franqueza 
de verdad que su cinismo le permite. 
La pobreza era una virtud repu- 
blicana. Pero para celebrar los gran- 
des acontecimientos republicanos, la 
pobreza es un grave inconveniente. 
Aquella nuestra prosperidad material 
tan cantada por hombres de negocios 
que se sentían poetas ante la riqueza, 
ha hecho así de la pobreza una cosa 
muy anti-republioana. Los centena- 
rios sin dinero son vejez melancó- 
lica, del mismo modo que los muchos 
años son, con fortuna, respetable an- 
cianidad, y simplemente vejez en la 
indigencia. 

Verdad es (y viene bien para que 
no aparezca todo reducido a moneda 
contante) que quizás influye también 
el hecho de que a los centenarios es 
más que a cualquiera otra cosa apli- 
cable el «Non bis in idem» de la sabi- 
duría antigua. Celebraciones destina- 
das a cada siglo, no pueden actuar 
con igual intensidad espaciadas ape- 
nas por media docena de años. 

Por esto yo creo que el que vivi- 
remos siempre los que lo vivimos 
en 1910, será el otro centenario, el 
de Mayo, el que llegó entre las sa- 
lutaciones de una emoción antes no 
sentida, haciendo surgir esplendores 
en medio de un glorioso florecimiento 
de riqueza, radiante como el mismo 
símbolo de su triunfal signifi- 
cado; el centenario por anto- 
nomasia para todos: tanto más 
luminoso, cuanto que brilla en 1 
la memoria, cariñosa siempre! 
con lo que sólo vive ya en ella. 
Este de Julio, será para otros 
mucho más que para nosotros, 
los de 1910: para los que pue- 
dan vivirlo con el alma libre 
de emociones que difícilmente 
se viven dos veces... 

Arturo Giménez Pastor. 

DIBUJO DE ALONSO 



"K)>X — 



f lúU^A/ Ay^vE^lCAHA/' 




No es mi propósito definir la personalidad literaria de Almaíuer- 
te en estas breves líneas, escritas al margen de su retrato; ni mi 
pluma es la más indicada para trazar apologías. Me limitaré, por 
ello, a exponer ligeramente mí opinión personal sobre dicho poeta, 
el más original y vigoroso que se destaca en nuestra literatura 
contemporánea. 

Todo el mundo conoce, más o menos, fragmentariamente, su 
notable y trascendental obra poética. Su nombre se aureola, dentro 
y fuera del país, con una popularidad inmensa y un justo prestigio. 
Y las palmas del triunfo han rozado más de una vez, en el camino, 
su frente de inmortal. 

Sin embargo, de acuerdo con la sinceridad de mi espíritu y la 
conciencia de mis convicciones, he de declarar que si bien admiro 
el gran talento y la magna figura de Almafuerte, en su aspecto 
lírico, no comparto con la generalidad de sus devotos el concepto 
impropio de la clarividencia profétíca, el apostolado evangélico. 
la talla genial, que ellos encuentran en su vida y su obra. 

Según mí criterio, Almafuerte es un gran poeta desorientado. 
Un poeta soberbio, que ambicionó ser Juvenal, Jesús, Isaías, San 
Pablo, Job, y tal vez Salomón. Y él mismo, en «Milongas clási- 
cas», define así uno de sus estados de ánimo: 

II O de tanto cerebrar 
me circundo de visiones, 
que me muestran direcciones 
salvadoras al azar; » 

Poeta extraordinario, porque apesar de ser heterogénea su labor 
intelectual ha conseguido unificar todas las producciones en torno 
de una idiosincrasia típica revelada en sus versos. Y ha logrado, 
de un enmarañado conjunto de poemas magníficos, aunque sin 
unidad de pensamiento, incoherentes y contradictorios en sus ideas, 
y recargados de metáforas y vaguedades como una selva virgen 
de frutos silvestres, hacer surgir una personalidad literaria singu- 
lar, portadora de un nuevo blasón para las letras americanas e 
iluminada por los centelleos de su fiebre lírica como por los relám- ' 

pagos de un Sinaí. 

¡Ha triunfado Almafuerte!... Entonces, es lícito discutirlo; no para 
pretender empañar su gloria ni para restarle méritos, que fuera tarea 
alevosa, sino para que los hombres, al esculpir idealmente en la imagina- 
ción su figura de poeta, no le atribuyan proporciones exageradas... 

¿Por qué razón Almafuerte, a pesar de ser el más original de todos nuestros 
poetas nacionales, no llega, sin embargo, a ocupar el primer puesto en esa 
legión? ¿Por qué no podemos llamarle el gran poeta, el bardo, de nuestra 
nacionalidad en embrión?. . . Sencillamente, por su pesimismo, hondo, arrai- 
gado, defi.iido. Porque en América, tierra de porvenir, mundo de aurora, 
vida de esperanza, la inspiración de Almafuerte es extemporánea. Los pue- 
blos nuevos necesitan poetas que tengan la videncia de los profetas y el 
optimismo de su futuro. Y sí colocáramos en el pináculo de nuestra literatura 
nacional, como un símbolo del pueblo argentino, la obra literaria de Alma- 
fuerte, nuestro espíritu la admiraría pero la rechazaría nuestro patriotismo, 
por no ser la neta expresíó.i de sus sentimientos. Y sabido es que en la vida 
de los pueblos, el factor más poderoso de su progreso y grand za es el respeto 
cívico por sus tradiciones e instituciones; y cuando el escepticismo se propaga 
y el ideal se debilita, las naciones, — ha dicho un pensador moderno, — pier- 
den todo lo que constituía su cohesión, su unidad, su fuerza. 

En la civilización gastada de la decadencia de Roma, Almafuerte hubiera 
sido tan grande como Dante en el medioevo. Pero en la nación argentina 
no trasuntan sus poemas la gran visión de los ideales patrióticos, de las aspi- 
raciones colectivas, de las saludables conquistas de una positiva moral doc- 
trinaria; ni sus anatemas pueden vibrar, lógicamente, sobre un pueblo como 





el nuestro que apenas cuenta sesenta años de vida constitucional, y qu^ 
te.idrá vicios de organización política pero no morbosidades y corrupciones 
hereditarias como para azotarlo con la fusta de Juvenal, pese a todos los 
teóricos y reformistas extravagantes. 

Si Almafuerte hubiera seguido siendo el cantor de «La sombra de la patria>), 
hubiera llegado a culmi.iar, con su poderosa inteligencia, en el Tabor de 
nuestra vida histórica. Hjy ssria nuestro vate gigaite. . . Pero cuando, en el 
ocaso de su vida, en medio de su país que le ensalza, le venera, le arroja 
laureles, escribe; 

« Yo el errante, yo el postrero. 

YO EL SIN PATRIA, yo el sin nido. . .» 

Ese grito del alma, en que se evidencia la irrupción de quien sabe qué 
despecho íntimo, y que no tiene razón de ser, borra su nombre de los altares 
consagrados a la deidad tutelar de este pueblo. . . Y Almafuerte continúa 
siendo un gran poeta. Mas, sin que su talla pierda en majestuosidad, pre- 
ciso es afirmar que, hasta ahora, la imagen simbólica de Andrade sigue 
representando el Aconcagua del pensamiento poético argentino; y que sus 
cantos resuenan, como los de los bardos celtas bajo la encina sagrada, estre- 
meciendo el alma de nuestras generaciones en marcha. . . 

Hermosa es la obra de Almafuerte. Juzgándola en conjunto, sobre el 

camro de la literatura universal, aparece como una de las más valientes 

rebeldías del espíritu humano, en sus anhelos de regeneración inmensa, 

de vida sana, de purificación sublime, aunque quizás con excesivo 

idealismo. 

Y cuando se estudie serenamente la obra y la personalidad de 
Almafuerte, — sin relacionar ciertas anomalías de carácter, basadas 
en quié.i sabe qué fortuitos azares de su existencia, a rarezas psico- 
lógicas con la doctrina espiritual fundamentada en sus poemas, — 
todas las paradojas en que se ha sintetizado su vida y su labor serán 
hojarasca que el tiempo disperse; ni el patriotismo primordial, clau- 
dicado luego, ni la glorificada chusma donde al apoyar su planta el 
poeta encontró la fofa y traicionera realidad de las marismas, ni el 
egotismo disecado en la desesperación del misionero, clamando ante 
una jauría de pasiones, ni la crucifixión propia del Yo en el can- 
dente motivo del «Trémolo», quedarán en otro sentido que el 
alegórico. Y nunca más grande que entonces la personalidad del 
heteróclito creador de «Jesús* y «La Inmortal». 

Almafuerte, poeta, artista, hombre, aparecerá tal como él mis- 
mo se define; 

« Yo soy el negro pinar 
cuyo colosal ramaje 
como un colosal cordaje 
no cesa de resonar. » 

...¡Y allá, en el fondo de sus poemas, como latiendo en me- 
dio de ese pinar sombrío, un corazón noble, generoso, lleno de 
humanidad, sediento de una felicidad imposible, sublimizado por 
el dolor, . . . agostándose en el ensueño estéril ! 



ALMAFUERTE, EN SU MESA DE TRABAJO, ACOMPAÑADO DEL DOCTOR BARROETAVEÑA, QUIEN 
HA INICIADO UNA CAMPAÑA PARA QUE SEA NOMBRADO SENADOR EL ILUSTRE POETA 



DIBUJO DE MAYOL. 



Julián de Charras. 



— OL-^v'S 



»>X— 





A mmm. AtóniTim. 



MONSEÑOR VASSAL- 
LO, NUNCIO *K)S- 
TÓ' ICO DE S. S. EL 
PAPA BENEDICTO 
XV, NOMBRADO RE- 
CIENTEMENTE PARA 
DESEMPESaR TAN 
ALTO PUESTO ANTE 
EL GOBIERNO AR- 
GENTINO. 



EL ANTIGUO PALACIO C E NCI- B O L OC N ETTI , NUEVA 
RESIDENCIA DE LA LEGACIÓN ARGENTINA, EN ROMA. 




EL SALÓN DE BAILE 



EL SALÓN DE LOS ESPEJOS 



'-S "vj__m2>x- 




La visita de un 
cardenal debe lle- 
varse a cabo confor- 
me a ciertas reglas 
determinadas. Así, 
si llega de noche, no 
menos de dos cria- 
dos deben esperarlo, 
con antorchas en- 
cendidas, cuando 
baja del automóvil, 
y acompañarlo has- 
ta la puerta del de- 
partamento en don- 
de esperan el dueño 
de casa y otros per- 
sonajes. Si la recep- 
ción tiene lugar de 
día, es preciso no ol- 
vidar algunas velas 
de cera virgen que 
deben arder mien- 
tras dura la visita 
del cardenal. De or- 
dinario, el candela- 
bro de bronce con 
las velas encendi- 
das, se coloca en una 
de las primeras sa- 
las. En la mesa, los 
cardenales deben 
sentarse a la dere- 
cha del dueño y de 
la dueña de casa. 



SALA DE LOS RETRATOS 



SILLA DE MANO DEL SIGLO XVI 



por lo cual, casi nunca es posible invitar a más de dos 
cardenales a la vez. Naturalmente, en las recepciones de 
la alta aristocracia vaticana persiste todavía el ambiente 
apropiado a la antigua y austera elegancia. 

Con arreglo a este ceremonial, fué recibida el próxi- 
mo pasado 25 de mayo, en el palacio de la legación 
argentina, la alta representación pontificia. 

A ello se presta muy 
bien la actual sede de 
nuestro representante 
cerca del Vaticano, la 
cual tiene a su disposi- 
ción el antiguo palacio 
Cenci-Bolognetti, cuyos 
propietarios descienden 
de la famosa Beatriz Cen- 
ci. El palacio, que es uno 
de los más antiguos de 
Roma, fué reparado bajo 
la dirección del caballero 
Fuga, el arquitecto que 
diseñó la fachada del par- 
lamento italiano. 

El exterior es de un 
barroco simpático; el in- 
terior es cuanto se pueda 
imaginar de más elegan- 
te, más sobrio y más aris- 
tocrático; siendo, pues, 
natural que los diplomá- 
ticos y altos dignatarios 
que el 25 de mayo se reu- 
nieron en sus suntuosas 
salas, tuvieran palabras 
de admiración para la 
obra de Fuga. Desde el 
punto de vista religioso, 
es notable la imagen de 
la Madona, que es una 




EL MINISTRO ARGENTINO, DR. DANIEL GARCÍA MíNSlLLA Y SU ESPOSA, 
DOÑA ADELA RODRÍGUEZ LARRETA, EN EL GABINETE AMARILLO. 

copia al óleo del original de Guido Reni, hecha por el caballero Conca. 

La tradición asegura que el 20 de agosto de 1796, esa imagen 
abrió y cerró los ojos, como el mismo Papa lo habría afirmado. 

Y, volviendo a la recepción ofrecida por el doctor García Mansilla, 
diplomático moderno, fino, lleno de tacto, conocedor de los hombres 
y d i los ambientes, diremos que estuvieron presentes dos cardenales: 
Gasiari, secretario c'e estado de S. £., y Vanutelli. Además, estaban 
los Monseñores Ranuzzi de Bianchi, mayordomo; De Samper, maestro 
de Cimara; Tederchini, substituto de la secretaría de estado; Pacelli, 
secretario de la ccngregación de los negocios eclesiásticos extraor- 
dinarios; el señor Calbeton, embajador de España y la embajadora; 
el se'ior Magalhaes de Azevedo, ministro del Brasil y señora; el 
señor Vanden Henvel, ministro de Bélgica y su hija; el señor O. Van 
Nispen'Tot Sevenaer, ministro de Holanda; Monseñor Vassallo de 
Torregrossa, nuevo Nuncio apostólico en la Argentina; la señorita 
Danila García Mansilla; el caballero Cremaschi, canciller de la legación 
argenti la, y el doctor Diego Fernando de Castro, primer secretario de 
la legación de Chile. La mesa, para los que por primera vez veían tal 

EL SALONCITO ROSA 



— l-JLJ^ i- \ 1_ I I-J.-X — 




BANQUETE OFRECIDO EL 25 DE MAYO AL CARDENAL VANUTELLI. 
AL MIHÍSTRO ESPAÑOL Y ALTOS Pir.NATARlOS DEL VATICANO, 



— 1_>L\ ir> \ l.ni:^.-X — 




BANQUETE OFRECIDO EL 25 DE MAYO AL CARDENAL VANUTELLI, 
AI. MINISTRO ESPAÑOL Y ALTOS PIONATARIOS DEL VATICANO. 




DE LA GALERÍA DEL SEÑOR 
ANTONIO SANTAMARINA- 



UNA GITANA 



ÓLEO DE IGNACIO ZULOAGA 




— I3>L-;v^-S "^'LTTrS^^— 



@í 



Q/^OJTr^ 



y 



E/TRENO 

PIilA\EEL\ 
ODüA 



Yo escribí mi primera pieza 
de teatro en colaboración con 
Mauricio Nirenstein, que en 
aquel entonces hacia versos muy 
bonitos y que además era po- 
pularisimo en los circuios estu- 
diantiles por su nariz. — le 
llamábamos batata — por su 
capa española y por su gracejo 
chisporroteante. 

Nos habíamos conocido en la 
redacción de «El Escolar Ar- 
gentino», revista de niños que 
dirigía José Joaquín Vedia. 
primo y homónimo del eximio 
director del Apolo. 

Eramos asiduos concurrentes 
a los teatros por secciones. 
gracias a la munificencia del 
administrador de «Tribuna-, que 
nos regalaba los vales que las 
empresas asignaban al periódico. 

Comuniqué a Nirenstein la 
tempestad que bullía bajo mi 
cráneo y que había de resol- 
verse en granizada teatral. Acto 
continuo nos lanzamos a la 
busca de un asunto. La crónica 
de actualidad nos lo dio casi 
hecho. El famoso destripador 
Jack-The Riper, acababa de 
realizar fechorías espeluznantes 
en los suburbios de Londres y 
especialmente en White Chapel. 

Los Sherlocks Holmes de 
Inglaterra habían perdido la 
pista del famoso destripador de mujeres, cuan- 
do hete ahí que en la gruta de la Recoleta 
de Buenos Aires, encontró el guardián cierta ma- 
ñana, a una vieja asesinada por el procedimiento 
de Jack. 

Las crónicas de policía nos invitaban a hacer 
una obra de palpitante actualidad y forjamos con 
gran misterio el argumento, para que nadie nos 
robase la idea que se nos antojaba genial. Sobre 
la base de un quid pro quo ingenuo desarrollamos 
el tema en tres cuadros. En nuestro afán esceno- 
gráfico, elegimos para la exposición la cordillera 
de los Andes; para el nudo un vagón de ferrocarril 
que debía ocupar todo el escenario; y para desenla- 
ce una complicadísima decoración, con la mar de 
rompimientos. . . Jack se llamaba Chink-Yonck. . . 

Nirenstein hizo cantables muy ingeniosos y todo 
el segundo cuadro en verso, con gran asombro de 
parte mía, que nunca he podido escribir una cuar- 
teta. Con la obra concluida, dábamos la lata a 
Cristo padre. Estábamos realmente orgullosos de 
nuestro trabajo, salpicado de chistes que fatalmen- 
te tenían que hacer morir de risa al público, a juz- 
gar por las estrepitosas carcajadas que arrancaban 
a nuestros deudos y amigos del alma... 

Cuando Nirenstein concluyó la copia a dos tintas, 
copia que era toda una maravilla caligráfica (¡dón- 
de estará ese cuaderno!) nos echamos a la calle a 
buscar un músico que hiciera la partitura de 
Chink- Yonck. 

Miguelito Tornquist, que también era niño pro- 
digio, fué nuestro primer candidato. Pero no sa- 
bia instrumentar y necesitaba seis meses por lo 
menos para hacemos los cantables a piano seco. 
¿Aguardar seis meses? ¡Imposible! Había que 




aprovechar la temporada de invierno. Don Miguel 
Cano me dijo: «aquí no hay más que un músico 
con toda la barba y ese tío que sabe más de cor- 
cheas y de fusas que el verbo divino, es Torrens 
Boquet. Vete mañana al café Lloverás, entre una 
y dos, y te le presentaré. Verás lo que es canela fina». 

Llegué al café Lloverás y columbré a Miguel Ca- 
no que accionaba violentamente frente a don Mar- 
cos Zapata. El poeta inmortal de «La capilla de 
Lanuza» y de «El reloj de Lucerna'), le escuchaba, 
con aquella cara toda risa, aun en los momen- 
tos trágicos, y dándose unos golpes de pera que 
querían decir: «a mí me importa dos pitos que Mo- 
ret haya derrotado a Silvela en las Cortes». Se ha- 
blaba de política en aquel extinguido café de la 
calle Victoria, con el mismo fuego que pudieran 
hacerlo la tertulia de Fornos o del Café Levante 
en la Puerta del Sol. 

Cano me presentó al poeta. 

— (Tan joven y ya autor dramático! me dijo. 
— Duro y a la cabeza. . . A ello, niño. ¡Ya sabrá 
usted en vida lo que es purgatorio! 

Torrens Boquet no fué aquella tarde al café, y 
como no había tiempo que perder, Cano me dio 
una carta para el músico amigo. 

A la mañana siguiente, Nirenstein y yo fuimos 
a casa de aquel fenómeno lírico. Nos encontramos 
con un catalán muy seco, muy miope y muy 
práctico. 

A los cinco minutos de conversación ya nos ha- 
bía desahuciado. «La sarsuele, decía mientras lim- 
piaba con el pañuelo los lentes, es un género híbri- 
do. . .» Y dándose un rasconazo en la cabeza que 
determinó el desborde de un niágara de caspa so- 
bre la solapa del jaquel, cubriéndole como de sé- 



mola, agregó: «Faltan voces, falta instrumental; 
son teatros de paparruche; nadie pesca una nota 
aunque le ponga usted una butifarra en el ansue- 
lo. . . y digo butifarra porque es lo más exquisito 
que conozco en el género de embutidos. . . Por lo 
demás, agregó, lo que se gana es mísero. No pagan 
ni los pepeles del instrumental. Yo soy autor de 
«II Gualtiero», que estrené en el antiguo Colón de 
la Plaza de la Victoria, con gran solemnidad y con 
la asistencia de Mitre. . . de Mitre. . . de Mitre. . . 
A partir de aquí, toda cita que él creyera impor- 
tante la daba por sistema triple. 

Y sin que pudiéramos contenerle, nos endilgó el 
argumento de la ópera. Yo estuve por vengarme, 
desenvainando el libreto de Chink- Yonck y espe- 
tándolo integramente; pero optamos por irnos. 

Nirenstein vivía en las inmediaciones del teatro 
Odeón, donde trabajaba la compañía de Rogelio 
Juárez, que era la que nos atraía como un abismo. 
¿No seria más práctico entregar la obra a la em- 
presa y que ella se encargase de buscarnos músico? 
Dicho y hecho. Aquella misma mañana de nuestro 
desastre en casa de Torrens, entramos al Odeón 
preguntando por Rogelio Juárez. Yo había cono- 
cido al popular actor en casa de Emilio Labarta. 
Podíamos, pues, acercarnos a él sin cartas de re- 
comendación. 

Rogelio Juárez nos recibió con cariño no exento 
de esa petulancia propia de quien puede dispensar 
favores. Dijo que «en lo de aceptar obras nacio- 
nales no quería tener arte ni parte, porque hacia 
pocas noches habían meneado ferozmente Los hijos 
de la Pampa. Ya estarán ustedes enterados. . . la 
cosa ha sido fenomenal. No sé como no han matado 
al bruto de Máiquez». Efectivamente, Los hijos de 



'T^i:2>x- 



la Pampa fueron silbados desde que el público vio 
salir a Máiquez vestido de gaucho y diciendo con 
el más puro acento baturro: «No hay que darle 
vuelta; yo soy crioUazo viejo». . . Ahí se acabó el 
carbón y no dejaron los niños de la indiada títere 
con cabeza. . . El estreno concluyó en la comi- 
saría . . . 

Decididamente aquella era una mañana fatal. 
Sin embargo, Rogelio nos dio una dedada de miel, 
diciéndonos que entregásemos la obra a don Paco 
Pastor y que él nos apoyaría. . . 

— Don f^aco no puede tardar. Aguárdenle uste- 
des... Yo, con su permiso, voy a ensayar... 

Don Paco Pastor era un poderoso empresario 
de teatro, muy rico y con mucha suerte. 

Hizo su entrada a la secretaría sin parar mientes 
en nosotros. Impartió órdenes, revisó papeles, se 
caló las gafas para leer varias cartas y al propio 
tiempo que rasgaba los sobres, dijo, sin mirarnos 
a la cara: 

— ¿A quién buscan ustedes? 

— A usted, señor. 

— ¿En qué puedo servirles? 

— Acabamos de hablar con el señor Juárez, a 
propósito de una zarzuela de la cual somos autores; 
y nos ha dicho que usted... 

— Yo soy el empresario. . . Las obras las acepta 
el director. . . Eso ha sido por quitarse a ustedes de 
encima. . . Atícenle la obra a Rogelio. . . Aunque 
no les auguro que se la acepte. . . Después de lo de 
la otra noche, mi placer sería no representar obras 
nacionales... Casi queman el teatro. 

— Nuestra obra puede resultar un gran éxito. . . 

— No lo dudo, puesto que ustedes lo dicen. . . 

— Además el tema es de actualidad... 

— ¡Malísimo! Las obras con asunto de actuali- 
dad mueren pronto. . . En fin, dejen ustedes el li- 
breto y vuelvan la semana próxima . . . Veremos . . . 

Nirenstein, que no había desplegado los labios, 
entregó a don Paco el paquete. 

Y con las piernas temblorosas y la boca seca, 
salimos del Odeón más muertos que vivos... 

¿Dónde encontraríamos un compositor digno de 
tan estupendo libreto? Un señor Cazulo, que a 
pesar de su apellido napolitano era más andaluz 
que la calle de las Sierpes, le dijo a Nirenstein que 
el maestro Eduardo García se despachaba diez 
cantables en una semana. Cazulo desempeñaba 
por aquel entonces la secretaría de los teatros de 
don Juan Orejón. Dos letras de este veterano de 
los escenarios, eran una orden. Fuimos, pues, con 
un almibarado besalamano a ver a Eduardo Gar- 
cía, que era director sustituto y maestro de coros 
en el teatro de la Comedia. 

A la mañana siguiente de nuestra visita al Odeón 
nos presentamos en el teatrito de la calle de Artes. 
El maestro García ensayaba en el piso alto. Subi- 
mos. Se suspendió la prueba y mientras avanzá- 
bamos hacia el piano, el coro de señoras nos tomó 
el pelo en una forma deliciosamente desvergonza- 
da. Allí nos dimos cuenta, por primera vez, de lo 
horriblemente feas que son las coristas por la ma- 
ñana. . . García no sospechó que éramos dos emi- 
nencias dramáticas en canuto y nos echó con vien- 
to fresco. 

Al llegar a la esquina de Artes y Cangallo, en- 
contramos al maestro Pérez Camino, a quien Ni- 
renstein conocía de tiempo atrás. Le relatamos 
nuestras cuitas en la confitería de La Perla, al 
amor de un vermouth, y el maestro, compadecido 
de nuestra situación, nos dijo: 

— Vengan los cantables. 

— Pero deberá usted conocer el libreto. . . (Yo 
quería darle la lata.) 

— ¿Para qué? Vengan los cantables y a las 10 
de la noche les aguardo a ustedes en casa para 
ejecutárselos al piano. 

— Pero maestro. . . deberemos explicarle a us- 
ted el ambiente. . . 

— Futesas. . . el público sólo quiere ruido. . . 

— Hay números de armonía imitativa. . . 

— Futesas . . . 

A las 10 de la noche, entrábamos a una especie 
de conservatorio que tenía el maestro Pérez Ca- 
nino en la calle Callao y breves minutos después 
nos tocaba al piano, con la frescura más grande del 
mundo, una serie de números robados a las óperas 
más conocidas. . . En el comienzo, que era un coro 
de arrieros que bajaban de la mon- 
taña, había colocado aquello de laran, 
laran, laran, laran, laran, de las 
trompetas en la entrada triunfal 
de Radamés. 

■ ¡Pero eso es de «Aída», maestro! 

— ¿Y qué querían ustedes que les 
pusiera?... ¿El anillo de los Nibe- 
lungos?... El que quiera música 
original que se vaya a la Scala. . . 

Pero, hombre, disimule usted 
el motivo. . . 




— Yo soy un artista muy sincero. . . yo no en- 
gaño a nadie. . . 

Demás está decir que no volvimos a ver al maes- 
tro Pérez Camino. . . 

Lo maravilloso y lo fantástico, que la casualidad 
hace que colaboren en toda iniciación artística, no 
podía faltar en la odisea de Chink- Yonck. Lo mara- 
villoso y lo fantástico fué un negro sublime que se 
llamaba Zenón Rolón. Lo encontramos en la calle. 
Era un ejemplar magnífico, un verdadero tipo de 
belleza, una estatua tallada en ébano. Con su voz 
de barítono regocijante, estrepitosa, me saludó. 
Había sido mi profesor de música en la Escuela de 
la Avenida Montes de Oca, y tenía una singular 
predilección por mi buen oído y mi pastosa voz 
de tenor. 

Rolón era un gran músico y uno de los tempera- 
mentos artísticos más finos que yo he conocido. 
Enterado de nuestras andanzas teatrales, se brin- 
dó gallardamente a colaborar en nuestra obra. 
«¡Vamos a tener un éxito colosal!», decía sacando 
de lo más recóndito del pecho unas notas abarito- 
nadas qué aun oigo; «vamos a triunfar», agregaba 
echando al aire una carcajada plenamente feliz que 
ponía al descubierto unos dientes que relampa- 
gueaban en su boca con alburas de cal. El hombre 
perdió la chaveta, se olvidó de la escuela de párvu- 
los y pidió que le leyéramos el libreto sobre la 
marcha. 

Yo me sabía de memoria Chink- Yonck. Lo leí esa 
mañana como nunca sacando efectos hasta en las 
acotaciones. . . «Colosal». . . «Estupendo». . . «¡Ah!» 
«¡Oh!», decía Rolón a cada instante. En la jerga 
teatral, se llama monstruo al cantable. Le dejamos, 
pues, todos los monstruos de Chink- Yonck al buen 
negro y quedamos en que nos avisaría a la mayor 
brevedad posible, para hacernos oir al piano los 
números del primer cuadro. 

Un domingo muy temprano, vino Nirenstein a 
despertarme. Traía una carta de Rolón. El maes- 
tro, hiperbólico siempre, decía: «Artistas y amigos: 
el domingo a la una les espero en la confitería de Al- 
sina y Defensa para que de allí nos vayamos a oir 
nuestra magnifica obra. Sin jactancia, creo ha- 
berme puesto a la altura del talento de ustedes. Les 
abraza su compañero Rolón.» 

Yo creía que todos los relojes conspiraban para 
que la una no diera nunca. Apenas almorzamos, 
fuimos al lugar de la cita. Allí estaba Rolón, hecho 
un dandy, con su traje azul marino y su cara 
moruna, que contrastaba con el chambergo gris 
de alas enormes. . . 

Nos llevó a una casa de estilo colonial, frente 
a San Francisco. En el amolio salón, adornado de 




muebles antiguos, el piano de cola lucía la parti- 
cella de Chink- Yonck. En las paredes, una Santa 
Cecilia de dos metros, un Orfeo, un Apolo y varias 
estampas y óleos de Santos parecían morirse de 
risa. «Les he traído aquí, nos dijo, porque así oirán 
cantar la obra. Les he enseñado a las muchachas el 
dúo y el terceto para que puedan apreciar mejor 
los efectos». Se abrió con estrépido una puerta y 
apareció una negra elegantísima, esbelta y fina. 
«Cloe. . . acércate. . . Mi cuñada. . . Tiene una voz 
de soprano admirable». La negrita suponemos que 
se ruborizó. Volvió a sonar la puerta y apareció 
otra negra, muy magra, alta y pecosa de viruela. 
«Adelante Ebe. . . Una sobrina. . . Hermosa voz 
de tiple ligera... Verán ustedes como interpreta 
la vidalita a tela calata»... De repente hicieron 
irrupción en la sala, una negra muy obesa y reta- 
cona, un negro con anteojos azules, dos chiquillas 
que parecían hechas con chocolate y una mestiza 
tirando a café con leche cargadito... 

Sin perder minuto, se sentó al piano Rolón y 
comenzó a tocar maravillosamente el preludio. . . 
¡Estupendo!... ¡Estupendo!, gritaba yo. 

Ebe, Cloe, la negra gorda, Rolón, Nerenstein y 
yo, concluímos cantando a coro el número de los 
arrieros. . . 

Alargaría demasiado este relato si contase los 
incidentes que se sucedieron hasta que nuestra 
obra fué ensayada en el teatro de la Comedia, des- 
pués de haber pagado más de doscientos cafés y 
quinientos vermouths a los directores de escena 
y primeros actores de todos los teatros de Buenos 
Aires. 

Pero todo llega, y la noche de nuestro estreno 
llegó un 26 de noviembre, cuatro días antes de 
que se clausurasen las clases del Colegio Nacional, 
lo que nos permitió hacer una propaganda eficací- 
sima entre nuestros condiscípulos. Jamás ha estre- 
nado ningún autor ante público tan peligroso como 
el que se congregó aquella inolvidable noche en la 
Comedia. Con decir a ustedes que todos los alum- 
nos del Colegio, todos, llenaron el teatro, no nece- 
sito insistir en los peligros que estábamos abocados 
a correr. . . No había a las 10 de la noche, una sola 
mujer en la sala. La platea y los palcos eran una 
masa compacta de cabezas juveniles. Sólo había 
un palco desocupado, un avant-scene. 

¿A quién estaría reservado? Y breves minutos 
antes de que se sentase el maestro director frente 
al atril, entraron solemnemente: Ebe, Cloe, la ne- 
gra gorda, el negro de las antiparras y cuatro mo- 
renas más, paquetísimas, llenas de plumas rojas, 
de floripones, de cadenas y relicarios. . . 

Yo, que estaba espiando por el agujerito del te- 
lón, creí que la tierra se abría bajo mis pies. . . 

— ¡La que se va a armar! — le dije a Nirenstein. . . 

— ¿Presientes tormenta? — me dijo, ingenua- 
mente. 

— Horrorosa. . . ¡Asómate! 

— ¡La galerna! ¡El simún! ¡El pampero!... — 
exclamó Nerenstein. casi desvanecido... Y acto 
continuo estalló una formidable ovación de saludo 
a los ocupantes del palco avant-scene... 

Yo no sé lo que pasó después. . . Yo sólo recuer- 
do que Rolón vibraba de entusiasmo y que a cada 
aplauso, evidentemente de titeo, quería arrastrar- 
nos al escenario a dar las gracias. . . Excuso decir- 
les a ustedes que si salimos en aquellas circunstan- 
cias. . . ¡nos matan! 

Acabó la obra y no tuvimos más remedio que 
apechugar con la obligación de aparecer en el pal- 
co-escénico. . . Rolón avanzaba a las candilejas y 
agitaba su amplio chambergo gris como un pendón 
de Victoria... Costó Dios y ayuda para que los 
muchachos desalojasen la sala, entre vivas y ca- 
briolas verdaderamente impresionantes. 

— ¡Ha sido un éxito redondo! — gritaba Rolón. 
— ¡Redondo. . .! 

Yo casi llegué a creerlo también y me dirigí a la 
secretaría a pedir un palco para que al día siguien- 
te mi familia viera aquel portento de obra. Y al 
acercarme muy garifo, el empresario andaluz, se- 
ñor Pacheco, me dijo: 

— Con que un palco para su familia, ¿eh? 

— Sí, señor. . . 

— Pues, como su familia no vea esta obra en el 
Valle de Josafat, me parece que en el globo terrá- 
queo, no la ve. . . 

— ¿Pues?.. . 

fgamamm — Que mañana se cierra el teatro... 

m ' '1 ¡Vaya un estrenito! Los carpinteros y 
¡H I los estereros tendrán trabajo para 
=• '^ muchos días. Han dejado las sillas 

a la miseria. . . 

— ¿Hubo desperfectos, señor Pa- 
checo? 

— ¿Qué si los hubo? ¡Han sacado 
virutas hasta de los mosaicos! . . . 




Enrique García Velloso. 

DIBUJOS DE ALONSO. 



's?- X ums^v— 




PAISAJES ARGENTINOS 



UN BOSQUE EN EL NEUQUEN 

DIBUJO Al, CARBÓN, DE VÁZQUEZ 



"1-2 >^- 




In ventada la rueda ca- 
talina, el hombre se me- 
tió las horas en un bolsi- 
llo del chaleco, figurán- 
dose que así las tendría 
bajo su dominio. Nunca 
fué más esclavo de ellas. 
Tiene en el reloj un cora- 
zón mecánico, un corazón 
nuevo, que late deprisa y 
alegre, despacio y triste, 
pero siempre lleno de 
angustia. 

Cuando Cronos o Sa- 
turno se comía descara- 
damente sus propios hi- 
jos, tuvo, para regular las 
horas de los almuerzos, 
tres clases de relojes: los 
cuadrantes solares, el re- 
loj de arena y la clepsi- 
dra. Aunque sea alterar 
el orden cronológico, pe- 
cado grave tratándose de 
una prosa dedicada al 
tiempo luminoso, debe 
hablarse ante todo de los 
relojes de arena y agua. 

El susodicho Cronos o 
Saturno, la gente ilustra- 
da lo sabe, hijo de Urano 
y Vesta — pedigrée mi- 
tológico de la más pura 
sangre — contrajo nup- 
cias con Cibeles, dedicán- 
dose desde entonces a 
devorar la prole. «La» Ci- 
beles, como la denominan 
los madrileños, que ado- 
ran en ella, quiso salvar 
a Júpiter, su hijo predi- 
lecto, y puso en lugar del 
recién nacido una piedra 
de gran tamaño. Cronos 
tragóse la carnada a lo 
avestruz, y el nene no 
supo lo que valían los 
dientes paternales. Ya 
sabemos que Júpiter, des- 
pués de varias olimpia- 
das, destronó a Cronos. 
Lo que no sabíamos es 
que Cronos desmenuzó el 
pedruzco y que éste, con- 
vertido en arenilla fué a 
parar al divino hígado, 
produciéndole un magní- 
fico cólico hepático. Tal 
es la génesis del primer 
reloj de arena, el más da- 
ñino medidor del tiempo. 
Y sino que lo digan las 
víctimas de los inquisi- 
dores y de los reyes, cuyo 
tormento se tasaba me- 
diante el angustioso paso 
de la arenilla. 

Encerrando en una va- 
sija cristalina las gotas 
pacientes que horadan la 
piedra, se hizo la clepsi- 
dra, reloj de agua, que 
servía en el mundo antiguo para medí 
ligiosas y de los festines profanos. 

Luego salieron a luz los relojes de pesas, de pico de cigüeña, de campana, 
de Flora, de longitudes, de música, de péndulo, de 
repetición y tantos otros, hasta llegar al de pulsera, 
que mujeres y muchachos elegantes usan como si 
tuviesen un pulso más. 

Pero ninguno de tan crueles o complicados arti- 
lugios vale lo que un sencillo reloj solar, aunque 
afirmen lo contrario los adoradores de «The Times», 
dios vengador de Cronos, pues destronó a Júpiter. 

Un reloj que usa por péndulo nada menos que 
la Tierra, y por muelle real el Sol: que marca sola- 
mente las horas luminosas, apacibles, descansadas, 
laboriosas, merece el cariño de los sabios, de los 
enamorados y de los enamorados sabios. Es colosal: 
ocupa el centro de todo el horizonte, el terruño y 
las ciudades que el horizonte encierra. Tiene por 
tio-tac el rumor de la playa y de los campos, el chi- 
rrido de grillos, cigarras, ranas y carretas, los can- 
tos de gallos, fuentes, aves y pastores. Toda la Na- 
turaleza le sirve de maquinaria. 

Se parece al hombre, es decir, el hombre debería 
parecerse a él. Porque el hombre lo hizo Dios para 
que sirviese de gnomon, marcando sobre el suelo la 
marcha del so! con la sombra de su figura erguida 
o inclinada en actitud de laborar la campaña. Mas 
el hombre, que todo lo adultera, ha perdido su 



OL 



-^ 




CUADRAN .""E SOLAR DEL SIGLO XVHl, EN:ONrRADO EN LA ANTIGUA CHACARITA DE LOS FRANCISCANOS 



las horas de las ceremonias re- 




CUADRANTE SOLAR DEL AÑO 1802, LLAMADO DEL 

PADRE ALEGRE, EXISTENTE EN EL PATIO PRINCIPAL 

DE SAN FRANCISCO 



sombra como el héroe de 
Chamisso, y vive en las 
ciudades, donde casi nun- 
ca se acuerda del Sol. 
Únicamente los hombres 
de carga y los enfermos 
desean o disfrutan las 
caricias benéficas de nues- 
tro común padre mate- 
rial, midiendo siempre 
las horas por el reloj de 
muelles. 

En Buenos Aires había 
varias excepciones a esta 
regla. Hablemos de dos 
cuadrantes históricos, 
uno desaparecido, otro 
en uso, hechos ambos por 
los hermanos de todas 
las cosas: los padres fran- 
ciscanos. 

Fué el primero en im- 
portancia y antigüedad, 
el cuadrante que, en tie- 
rras de la Chacarita de 
los Franciscanos — Pa- 
vón, Tarija, Quíntino Bo- 
cayuva y Yapeyú — 
construyó, creemos que 
el Padre Alegre, durante 
el año de 1768, sobre una 
pilastra de humilde ladri- 
llo. El hermanito reloj, 
más bien dicho triple re- 
loj, pues tenía dos cua- 
drantes encima del cua- 
drante principal, medía 
las gratísimas horas del 
huerto, en que los padres 
mataban el tiempo rezan- 
do sus breviarios o culti- 
vando sus hortalizas y 
flores. 

Y los tres gnomon 
triangulares, las tres agu- 
jas, señalaron los días 
del renacimiento argen- 
tino: las invasiones bri- 
tánicas, el 25 de Mayo, 
el 9 de Julio y todas las 
fechas victoriosas. En 
las noches de luna clara 
marcó horas de conspira- 
ciones, porque los cua- 
drantes solares también 
son amigos de Selene, 
mediante una ligera co- 
rrección que no es del 
caso. 

En 1901, año infeliz 
para la gloria histórica 
del venerable reloj, esta- 
ba como lo reproduce 
nuestro fotograbado. Las 
construcciones modernas 
habían destruido todo a 
su alrededor. Vigas car- 
comidas, tejas rotas, la- 
tas abolladas y otros des- 
pojos le daban guardia 
de honor. Firme aún, 
mirando frente a frente 
al norte, desde su pilar de 3 metros 60 centímetros, aquel cuadrante de 
barro cocido desafiaba al tiempo, acompañado de sus cuadrantitos gemelos. 
Hoy ya nadie sabe dónde fué a morir. Un vecino nos dijo acordarse de 
«una pilastra vieja>. Si algún curioso patriota no 
lo descubre, esas palabras serán la única oración 
fúnebre de la reliquia, que mereció ser venerada 
en el Museo Nacional. 

Según noticias, cierto constructor de obras com- 
pró en lote los ladrillos, tejas, vigas y cuadrante. 
El segundo reloj, o triple cuadrante, casi idén- 
tico al finado, existe todavía en el patio de San 
Francisco. Fué obra del Padre Alegre. Por eso 
dijimos líneas arriba que el mismo reverendo tal 
vez construyó el de la Chacarita de los Franciscanos. 
Está fechado en 1802 y, más dichoso, señaló los 
días de nuestras conmemoraciones centenarias. El 
cuadrante del Padre Alegre, como se le llama, 
ha visto el espléndido sol de este 9 de Julio. 

La legendaria pobreza franciscana tiene en Bue- 
nos Aires un lujo, una joya de alto valor. Y los 
reverendos padres que, en medio de la vertiginosa 
baraúnda del siglo, conservaron la humildad y 
quietud evangélica, sabrán defender asimismo ese 
reloj centenario, viejo representante de la grandeza 
pagana, hija y amiga de! Sol, convertido al cris- 
tianismo, gracias al piadoso celo del P. Alegre. 



E. DEL Sáz. 



i:¿ Xi-- I i-:!.-N.- 



LO QUE VALE UNA FIRMA 




, pcnc'ra viQ:en:amca:ír cr. miva casa, atnuraaza a la cu¿iat» 
ano y huye hacia el interior, porque ha sentido en la esca'era . 



ivi paáus presurosos de un bravo vigÜante que emprende la persecución dc\ i.^p.. 




'IHf IHI'' ^n f Hl l^F-IHLT^D. Ui ^W' i9f 'IHf^í^V4^V -^H^^HPV^v 
1 ^ ': 




tras la pista del ladró» que huye escaleras arriba, atraviesa habitaciones. . . 



sepuido siempre por el chafe que vuela lleno de celo. 




IHlillliilllilll 





c-i raspa, viéndose perdida, l.^:.*: u.'ia ¡dea luminosa; Toma de una punta la 
firma del dibujante Málaga Grer>et, que está a) pie del dibujo, y. . . 



atándola al balcón como una cuerda, desciende por ella, poniéndose a salvo de la 
autoridad, que así queda burlada. 

DIBUJO DB MÁLAGA GRENET. 



^v'j_n~f^>x- 








\j^'C4v-.cu>-ttv>Cii 



Nada tan accesible como un personaje 
español. Al rey don Alfonso le visitan 
todos los osados de ambos mundos, y 
don Benito Pérez Galdós, la figura más 
alta de las letras españolas, suele re- 
cibir consejos y advertencias de cual- 
quier cochero de punto. En cuanto a Jacinto Be- 
navente, para contemplarle y conversar con él basta 
introducirse en el café y sentarse, sin más preámbu- 
los, a su propia mesa. 

Ya se sabe que el español es un hombre de café. Los 
madrileños más ilustres convierten el café en salón, 
en casino, en club y hasta en gabinete de trabajo. 
Allí se pasan las mejores horas del día. desgranando 
las perlas de su ingenio. . . Y el insigne Benavente. 
hijo acendrado de Madrid, continúa la tradición de 
los antepasados. En efecto, muchas comedias be- 
naventianas, las mejores acaso, fueron escritas rá- 
pidamente y sencillamente sobre la democrática 
^^ mesa de un café. 

j ^Z' Los cafés que estima Benavente son dos: el de 

Levante y el Gato Negro. Algunas tardes, por huir 
del tedio o de la lluvia, busco yo el abrigo mo- 
mentáneo de ese pequeño café que fué bautizado 
con el nombre banal de Gato Negro, y que alberga 
frecuentemente a varias personalidades literarias. 
En aquellos divanes, a la hora del crepúsculo, el 
gran poseur de Valle Inolán dogmatiza ante un 
corro de papanatas, con el dedo índice levantado 
en tono doctoral y las barbas inverosímiles poseí- 
das de un temblor grotesco. 

Jacinto Benavente suele llegar al seno de la ter- 
tulia cotidiana, y vierte sobre la mesa cuatro frases 
alegres y chistosas. Puesto que dentro de Benavente 
hay siempre un payaso, aunque sólo sea para des- 
pistar. . . 

Sí. Del mismo modo que Valle Inclán hace uso del 
café, de sus barbas fluviales y de sus quevedos estram- 
bóticos para una misión epatante, el dúctil y discreto 
Benavente trata, al contrario, de anular en su persona 
todo indicio snobista. Quiere ser un señor cualquiera, nor- 
mal y circulante. Le dice al sastre que le vista con telas 
y lógicas, y pide al peluquero que le arregle la barba como a 
cualquier vecino anónimo. Y si alguien, preocupado por la ingenua obsesión 
de los hombres extraordinarios, le demanda una frase genial, Benavente 
responde con una cuchufleta. 

Sin embargo, al hombre excepcional se le conoce pronto, aunque 
se oculte tras el velo de la vulgaridad. Y así tiene Benavente, 
verdadero enemigo de la pose, una figura resaltante e inconfun- 
dible. Su cuerpo menudo e infantilizado termina en una cabeza 
singular, cuya barba puntiaguda recuerda tanto a la de Me- 
fistófeles. Un largo y opulento cigarro de hoja, constante- 
mente humeando, remata la silueta personal de ese mago 
del teatro. 

Es el mago, en efecto, que todo lo puede y para quien 
no existen las dificultades. Otros grandes escritores han in- 
tentado conquistar la escena; algunos han triunfado en ella. 
Pero el «hombre de teatro» es una es 
pecie singular del escritor; es un hom- 
bre aparte, que siente el teatro, que 
no vive fuera de él, que parece haber 
nacido entre las mismas bambalinas. 
Tales eran Shakespeare, Lope de 
Vega, Moliere; tal es Benavente: un 
«hombre de teatro». 

De manera que su flexible inge- 
nio podría haberse distinguido en el 
culto de la novela, de la poesía y 
de la crónica; pero todos los géneros posibles y ac- 
cesibles los desdeña, por el único amor, que es el 
teatro. Diversas veces, solicitado por apremiantes y 
pingües requerimientos de los diarios, Benavente ha 
escrito artículos, para delectación del público; pronto, 
sin embargo, el periodista ha desertado, sin causa le- 
,,.„ gal, entre el disgusto de los lectores. Su amor le 

y A Jr llamaba al teatro, con exigencias de pasión exclusiva 

•^ f ^* ' -^^ y absorbente. 





corrientes 






Yo admiro en Benavente la seguridad 
y el alto dominio de su arte. Todos los 
^ días vemos acudir al teatro un nuevo soli- 

citante, con una obra incierta, frágil, du- 
dosa; al ver esas obras dubitantes, sentimos 
el mismo temor que nos acomete cuando 
un tenorino arrostra las notas agudas, o cuando un apren- 
diz de equilibrista se lanza por la cuerda tensa. Mientras 
que Benavente nos infunde, por adelantado, la sensación 
de la seguridad. Estamos tranquilos. Sabemos que la nueva 
j comedia, si no es que sea genial, cuando menos no ha 

^^# de ser estulta, pesada o fofa. Benavente es el verdadero 

^^M hombre de teatro que existe hoy en la literatura espa- 

^pr ñola. Conoce los más recónditos secretos y maneja el 

W aparato escénico sin ninguna timidez, con entera, simple y 

^ aiísoluta maestría. 

Si una empresa teatral queda organizada, al punto 
hace correr la noticia: «Tenemos una obra de Bena- 
vente...» Es decir, que una obra benaven- 
tiana considérase como el amuleto, o como el 
verdadero capital industrial. Pero de estas co- 
medias fácilmente prometidas, ¡qué pocas se 
escriben! . . . 

La petición va, la promesa viene. Pero Bena- 
vente, si hubiera de escribir todas las obras que 
le piden, necesitaría una vida de cien años. Es- 
cribe a imposición del momento, a última hora, 
cuando ya es imposible volverse atrás. Entonces 
agarra las cuartillas, y con ellas bajo el brazo, 
hace sus escenas en el café, en cualquier parte. 
Termina un acto y lo entrega. Tienen que venir 
a rogarle para que el segundo acto quede termi- 
nado. Y así, exento de esfuerzo, sin petulancias, 
graciosamente, aladamente, el maestro va des- 
hilando su obra. 

¿Está bien que sea así?. . . Acaso las costum- 
bres literarias modernas siguen un procedimiento dis- 
tinto. La manera de trabajar de Benavente es un resabio 
de la época romántica, cuando imponía sus leyes la bo- 
hemia. Hoy el escritor organiza metódicamente su 
faena, sus lecturas, sus gastos y sus ingresos, como un 
mero fabricante. Tal vez también las obras profundas 

necesiten un cierto reposo y una vida reglada. Pero es lo cierto que ni Sha- 
kespeare ni Cervantes fueron hombres muy ordenados. Desconfiemos de 
las recetas... Lo importante es que la obra sea genial; lo de menos es 
el procedimiento. 

«La Ciudad alegre y confiada» ha proporcionado a Benavente 
el triunfo más ruidoso de su vida. 

Pocas veces se ha desatado con tanta vehemencia el entusiasmo del 
público. (Pocas veces, también, los enemigos han derrochado 
y^ tanta malignidad y tan grosero rencor). La tarde del estreno yo le 
.-^--3 vi alzado en hombros de la multitud. Allá, sobre la confusa 

ola de gente, el rostro pálido del genial dramaturgo sobre- 
ía, flotaba, al modo de un nadador que surca el océano 
popular. Asido, alzado por la muchedumbre, Jacinto Bena- 
vente aceptaba el homenaje con ese es- 
toicismo que el hombre de talento puede 
ejercitar, sólo él, en los trances difíciles 
de la vida. En aquel rostro pálido, ter- 
minado por la obscura barba en punta y 
matizado por una sonrisa vaga, condes- 
cendiente, benévola y agradecida, había 
tanto de reconocimiento como de resig- 
nación. 

A las pocas horas, Benavente estaba en 
el café, como un burgués cualquiera. Me 
acerqué a estrecharle la mano y a ofre- 
cerle mi homenaje de admiración. 

— ¿Una gran tarde, don Jacinto?... 

— Sí, una gran tarde de toros. He salido en hombros del 
público soberano, como los toreros. Pero las manos de la 
muchedumbre son excesivamente duras. ¡No más! Tengo 
todo el cuerpo molido. Procuraré hacer las comedias un 
poco más anodinas. . . 

José M.'' Salaverría. 

Madrid, junio de 1916. 

DIBUJOS DE MÁLAGA GRENET- 





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LAS TARDES DE PALERN 




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oueii»eiio 



Con esta feliz pareja de bla- 
sonados artistas ocurre algo 
muy curioso. Para los profesio- 
nales, ella es indiscutible: es 
una actriz de carrera que ha 
subido paso a paso la empinada 
cuesta de la gloría. Pero él no: 
para los cómicos que por haber 
nacido cerca de un teatro cua' 
quiera se consideran descen- 
dientes de Taima, él es pura y 
simplemente un aficionado aris- 
tócrata que de golpe y porrazo 
se hizo primer actor. ¡Qué dis- 
parate! Los que asi se expre- 
san, no saben de la misa la 
media. Don Femando Díaz de 
Mendoza es tan actor de carre- 
ra como el que más. Data de 
muy larga fecha su vocación 
artística: de nada le han servi- 
do para triunfar sus blasones 
y antecedentes nobiliarios. Le 
estorbaron más bien para subir. 
pues por razón de esos antece- 
dentes y esos blasones ejecutorias de ineptitud generalmente tuvo 
que vencer dificultades que no suelen encontrar en su camino los analfa- 
betos que se meten a cómicos. 

Cuando no había nacido quien estas lineas escribe, ya interpretaba come- 
dias el primogénito de los condes de Balazote. 

Un ex diplomático espaiíol que reside entre nosotros me ha contado inte- 
resantes detalles de los primeros pasos artísticos de Díaz de Mendoza. Los 
duques de la Torre tenían en su palacio de Madrid un teatro construido 
bajo la dirección del conde de Ronré — otro aristócrata que de haberse 
dedicado a las tablas las hubiese también dignificado; — era dicho teatro 
un precioso coliseo en miniatura y las representaciones que en él se daban. 
dirigidas por el conde de Ronré unas veces, y otras por el referido diplomático 
que también mojaba en eso de hacer comedias, llegaron a desper- 
tar inusitado interés. 

En ese teatrito debutó Díaz de Mendoza, como uno de los mu- 
chos aficionados de alcurnia más o menos empingorotada; pero en 
él había sin duda un gran actor dramático que pugnaba por salir, 
y bajo su influencia se quebrantó la consigna de no hacer obras 
difíciles. «La capilla de Lanuza», de Marcos Zapata, fué la obra de 



FERNANDO dIaZ DE MENDOZA GUERRERO. 




empuje con que se rompió el 
fuego. Los reyes entonces de la 
escena española. Antonio Vico, 
Rafael Calvo y Emilio Mario, 
asistieron a la representación 
expresamente invitados. En la 
interpretación del escabroso pa- 
pel de Lanuza se reveló el ge- 
nio de Díaz de Mendoza. 

Después de este gran triunfo 
obtuvo otro mayor, el de casar- 
se con Venturita Serrano, hija 
de los duques de la Torre, y de no 
haber enviudado al año y medio 
próximamente, allí hubiera da- 
do fin su carrera artística. 

Durante su viudez empezó a 
meditar la idea de dedicarse al 
teatro; Calvo había muerto en 
Cádiz; Vico descendía rápida- 
mente hacia el ocaso; el mo- 
mento era propicio. . . 

Una función benéfica le dio 
ocasión para presentarse, alter- 
nando con actores de verdad. 
Hizo el protagonista del «Don 
Alvaro o la Fuerza del Sino». 
Y Díaz de Mendoza desapa- 
reció de Madrid: anduvo por los teatros de provincias, venciendo unas veces, 
fracasando otras; pero estudiando siempre con verdadero ahinco de enamo- 
rado del arte y. . . se casó con María Guerrero. 

Con ella se presentó ya como primer actor en el teatro Español; pero fué 
rechazado al principio sin miramientos de ninguna clase, hasta que por fin 
falto en absoluto de primeros actores el «Teatro Español» y habiendo desfi- 
lado por él todos los que podían aspirar a serlo, tuvo Díaz de Mendoza que es- 
trenar el papel de Roberto en «El Estigma», de Echegaray, y. . . venció en 
toda la línea. Desde entonces, la carrera artística de esta ilustre pareja 
ha sido una serie no interrumpida de éxitos. 

De los condes de Balazote, dice el publicista Ramón Pérez de Ayala. que 
siendo como son. sin disputa, los dos artistas más distinguidos del teatro 
español, han logrado ese difícil grado de eminencia en que lo más 
eminente se junta con lo más popular. En España no se dice; Don 
Fernando Díaz de Mendoza, Doña María Guerrero; se dice, aun por 
aquellos que no han tenido el placer de ser recibidos a su trato, 
Fernando y María o María y Fernando, que tanto monta. 

Emilio Dupuy de Lome. 




^13 ^^x— 




PARA PlvS VlTRA. 

f Vivían en una jaula dos canaritos formando un 
casal. En la amplia pajarera había sitio para mu- 
chas otras parejas; y aquellas dos avecillas apenas 
si se miraban, se fastidiaban muy poco y no se 
querían. En mi casa alguno llegó a pensar que la 
canaria fuese demasiado vieja o que el esposo 
fuera demasiado novicio. El hecho es que ese ma- 
trimonio era infecundo. 

Pero he ahí que después de una compañía de 
muchos años, la canaria, habiendo encontrado 
abierta la puerta de la jaula, se arriesgó a salir. 
Ensayó un vuelo audaz y fué a posarse en las ra- 
mas más elevadas de un álamo vecino, sitio desde 
el cual no se movió a pesar de cuantas tentativas 
se hicieron para que regresara a su jaula. 

La suerte de la canaria era tan desgraciada co- 
mo cierta, y al caer de la noche, aquella pobrecita 
no podría escapar a las astucias sanguinarias de 
un gato vagabundo. Mientras hubo un rayo de 
luz diurna se pudo ver a la canaria en la copa 
del álamo; al crepúsculo todavía podía distin- 
guirse la mancha amarillenta de su inquieto cuer- 
pecillo; pero a la mañana siguiente nadie volvió 
a verla. 

Estuvimos a punto de afligirnos por lo que 
suponíamos la tristeza del abandonado canario; 
pero éste, con su conducta, nos demostró que no 
teníamos razón. Al día siguiente se le vio tan 
avivado cantor, y se le oía lanzar trinos tan cla- 
ros de su registro de soprano, que pronto llegué 
a la convicción de que la soledad le fuese mucho 
mejor que la suspirada libertad. Ciertamente era 
la posesión absoluta de su casa, la alegre inde- 
pendencia, y la cesación de rencores mudos que 
permanecieron secretos para nosotros. Ciertamen- 
te aquellos dos pajaritos no se habían amado 
nunca, se soportaron apenas y se habían soporta- 
do malamente. 

Y pasó un alegre mes para el canario, al cual 
había yo bautizado Mario, en recuerdo de un 
compatriota mío, famoso tenor en su época. Los 
vuelos ligeros, los largos trinos, las notas puntea- 



das de aquel tiempo feliz, jamás tuvieron su igual- 
en el mundo de las aves canoras. 

Un día se me ofreció una compañera para Ma- 
rio, la cual podría acaso llevar más alegría a la 
jaula solitaria. La nueva canaria venía de casa 
de un carbonero, y aun se le notaba en las alas 
un poco de polvillo de carbón. No era de bonita 
estampa, ni tampoco era el ideal para un canario 
amante de otro sexo; pero a todos nos pareció 
que la prolongada soledad había vuelto a Mario 
fácil de contentar. Todo lo contrario. 

Apenas fué encerrada la canarita, se pudo ob- 
servar que Mario, con gran disgusto, se retiraba 
a un ángulo de la jaula, y hacía inútiles esfuerzos 
para atravesar los alambres de su cárcel. Y de 
pronto me pareció que la bella casa, la casa so- 
nora de cantos, el lugar lleno de luces y de ale- 
gría, convertíase para Mario otra vez en prisión. 
Para la canaria no resultaba la jaula una prisión, 
y ella, sin preocuparse de la acogida hostil que se 
le acababa de hacer, se adueñó rápidamente del 
lugar, considerándolo seguramente mucho mejor 
que el que antes habitaba. Probó el alpiste, que 
le pareció sabroso; picó el terrón de azúcar y 
lanzó un alegre trino; y para encontrarlo todo a 
su comodidad, tomó un baño en el recipiente 
donde sólo Mario acostumbraba beber. En suma, 
se instaló en su casa, y lo demostró de modo bien 
insolente. 

Después del primer día de muda hostilidad, 
vinieron días de manifiesta hostilidad, durante 
los cuales los dos canarios, puestos uno frente 
al otro, se amenazaban, trémulos de ira, con los 
ojos saltados y el pico listo para atacar. Hasta 
que una mañana, en el momento que me acerca- 
ba a la jaula para hablar con Mario, el pobrecito 



MV\DOIl| AI\INA 



animal cayó muerto. Lo saqué de la jaula, espe- 
rando lo imposible, es decir, que pudiera revivir- 
o con mis caricias. Su cuerpecito estaba aun ca- 
lente, pero sin vida, propiamente muerto... de 
pena. La pequeña carbonera, indiferente, perma- 
necía en lo alto de la jaula, sin cuidarse siquiera 
de mirar hacia abajo. 

¡Que venga ahora a decirme aquella bestia... 
no, aquel nuevo filósofo que los animales no pien- 
san! 

Pero si sufren, piensan; si conocen el dolor mo- 
ral y no mueren, son malos filósofos. 

Dos golondrinas, recientemente desposadas, se 
han adueñado del alojamiento. En la viga negra 
y torcida han abierto un nido nuevo y lo han 
construido con la infatigable labor de sus picos. 
La cosa anduvo como van siempre esta clase de 
cosas bajo las estrellas. 

En el amanecer de un día de mayo, aquellas 
criaturas aladas se habían detenido sobre el hilo 
de hierro que lleva la palabra eléctrica. Y uno 
de los esposos había dicho al otro (que le escu- 
chaba atenta y silenciosamente), largamente con 
gorjeos, le había dicho una bellísima lisonja. Des- 
pués el macho había lanzado audaz grito para 
cantar el himno bello a una futura prole. Así, en 
aquella rápida hora había bajado el paraíso a la 
tierra. Ya sea porque las golondrinas no saben 
todavía, ni lo sabrán nunca, la mentira que día 
y noche pasa por el hilo eléctrico sobre el cual 
se posaban, hasta hoy no hubo traición, y ellos 
han mantenido bien sus promesas, y después de 
haberse amado tanto, siguen amándose aún. 

Al construir el nido había venido en su ayuda 
la doctrina amorosa; trayendo la arista o el pe- 
dacito de greda al nido, debieron oír el leve piar 
de sus hijuelos, de esas criaturas nacidas del amor 
de dos infatigables esposos. 

Llegó un día la prole esperada, ciega aun y 
muda, pero contenta ya de aprender el amor 
que la había procreado, y de adivinar otra 



— l-»J.^^^'iS "V-'l^TTa^X.— 



fiasU de cantos libres que 
serán escudiados por otro 

hombre taciturno. 



Yo miro con agracio 
aquellas bodas. Mientras 
permanerco a una distancia 
que no produzca inquietud 
en los pájaros, puedo ob- 
servarlos a mi sabor, pero 
si me acerco para admirar 
mejor sus amplias alas, su 
cola partida, sus pechitos 
blancos y el arreflo de la 
cabeza con su penachito en 
continuo movimiento, las 
dos golondrinas alzan el 
vuelo y me saludan con 
un pequeño grito de terror. 
Insisto en quedarme allí, y una de las golon- 
drinas se aproxima al nido, temiendo por sus 
hijudos. después se junta a su compañero y 
por poco tiempo ambos se retiran volando. A poco 
vtielven. y siempre parecen rogarme que me vaya. 
Vencido por aquel ru^o yo me retiro. Ya sé todo. 
He visto aquellos dos esposos vestidos como nos 
vestimos nosotros, los hombres, en el día de nues- 
tras bodas. Tienen un traje negro con cola, el 
escote blanco, y lucen en la cabeza un peinado 
que parece obra de un hábil peluquero. Sin em- 
bargo, no me parece que ninguno de aquellos dos 
esposos se envanezca de su vestido, ni que se 
hayan detenido sobre un arroyuelo de agua lím- 
pida a contemplarse como en un espejo, ni que 
ninguno de los dos desee embellecerse más de lo 
que son por naturaleza, sino que ambos ansian 
brindarse su amor, dándoselo puro a sus hambrien- 
tos y desnudos hijitos. 

Las golondrinas han dejado de desconfiar de 
mi presencia y de mis miradas. Cuando los pa- 





jaritos nacidos poco ha, han satisfecho su hambre. 
¡os padres permanecen junto al nido llenos de 
amor: me miran con lástima porque me ven solo; 
y porque me temen, creen que me siento castigado 
al inútil deseo de cosas que han desaparecido. 
Y en cambio, ocurre todo lo contrario; pensando 
yo en la bondad, que tanto nos enamora cuan- 
do estamos en el ocaso de nuestra vida; en el 
dolor que todo lo ofende en la hora postrera; en 
la piedad que por poco hace renacer el sentimiento 
del amor, pienso en las vagas criaturas las cuales 
siempre creí incapaces del mal y que alguna vez 
suelen ser crueles e injustas. 

Lx) que voy a narrar, ocurrió hace poco en mi tierra. 

Un viejo gorrión, muy atrevido e inmensamen- 
te egoísta, invadió el nido de las golondrinas, ese 
nido por ellas construido con alegres fatigas para 
su amor. Cuando el audaz gorrión se hubo aco- 
modado en casa ajena, ciertamente le pareció que 
aquel nido, magníficamente hecho para sus pro- 
pias necesidades, fuera realmente suyo. 

Cuando regresaron los dueños del nido y lo 
encontraron ocupado, comenzaron a dar señales 
de inquietud, seguidas luego por súplicas y acaso 
por amenazas. La golondrina macho se abalan- 
zó para atacar al intruso; pero el gorrión era el 
más fuerte, y se había hecho del nido un verda- 
dero baluarte, de modo que rechazó a picotazos 
la tentativa de su rival. 

Una vez más en esta tierra miserable acababa 
de manifestarse inútil la súplica del humilde ha- 
cia el poderoso. 

Entonces las dos golondrinas, heridas en el 
sentimiento de justicia, pensaron en la venganza. 
De igual manera procede a menudo el hombre. 

Las golondrinas lanzaron al aire agudos gritos 
para invocar la ayuda de sus compañeras; muchas 
golondrinas juntáronse en poco rato, y acercán- 
dose al nido, parecieron exigirle al prepotente 
gorrión que lo abandonara a sus legítimos due- 
ños. Pero el soberbio animalito no se arredró 



ante tal amenaza colectiva. Cada vez que una 
golondrina se asomaba al nido, un picotazo del 
gorrión la obligaba alejarse adolorida y gemebun- 
da. Entonces la justicia cambió de faz y dejó de 
parecerme justa. 

Todas las golondrinas bajaron al suelo a pro- 
veerse de pedacitos de greda, para hacer de aquel 
nido ocupado por la violencia, la prisión del go- 
rrión presuntuoso y malo. Más presuntuoso que 
malo, porque el gorrión estaba seguro de sus ac- 
tos y reía; el petulante, reía del trabajo que sus 
adversarios venían haciendo. 

Siguió riendo hasta lo último. Mientras que un 
rayo de luz penetraba en el nido, pareció a aquel 
pilluelo insolente que podría recuperar su propia 
libertad cuando quisiera, y pocos golpes de su 
pico robusto bastarían para destruir la larga la- 
bor de las golondrinas. ¡Vana ilusión! 

Después reinó obscuridad completa en el nido, 
y las golondrinas, ya cumplida su venganza, se 
desparramaron por el espacio con un largo grito 
de victoria. En vano el sepultado vivo, cuando 
quiso ver de nuevo la luz del sol, se puso a la obra 
de abrir a picotazos la prisión de greda que debía 
ser su horrible tumba. Al día siguiente otro pi- 
lluelo. de la especie humana, abrió el nido y en- 
contró al gorrión muerto de asfixia. Alguien, no 
ciertamente yo, lanzó este fuerte grito; «¡Se ha 
cumplido la justicia!» 

En el bosque espeso, donde se siente seguro y 
sabe que le escucha su no muy alejada compañera, 
el pequeño cantor despliega su límpida voz. 

Lanza primero un reclamo; «¿Estás ahí?» 

Después un gorjeo leve para no despertar a 
otros compañeros alados, que del sueño hubieran 
pasado rápidamente a la acción de escapar volan- 
do, como si adivinasen la muerte. Luego un largo 
trino interrumpido por brillantes agudos. La sel- 
va calla para escuchar mejor. 

Aquel magnífico cantor, que durante una gran 
parte de la noche ha invocado la luz. es acaso un 
ruiseñor o un gorrión solitario. Con las primeras 
luces de la madrugada otro pájaro, ciertamente 
una curruca, me despierta. Todavía no se vislum- 
bran bien las cosas en medio de la penumbra 
matinal, y el pájaro aquel parece elevar una ple- 
garia, porque su canción, en medio del gran si- 
lencio, antójaseme la plegaria mía y la suya. Pa- 
ra mí y para nuestros hermanos no humanos, 
aquella canción va diciendo que todo el mal de 
ayer ha desaparecido, y que hoy resurge el amor. 
Y también se dice a sí mismo y a mí que el ocaso es 
un engaño, porque el porvenir no tendrá crepúsculos. 

Aquellas criaturas aladas, casi ignorantes de 
su facultad de volar, permanecen largo rato si- 
lenciosas; luego un pajarito tienta realizar un pe- 
queño vuelo, imitado de inmediato por otros; y 
comienzan sobre la planti secular las pláticas ale- 
gres de los nacidos ayer. Y hasta la curruca se 
calla para escuchar la vida de la otra gente alada. 

Pero no. Ni el ruiseñor ni la curruca cantan; 
sólo expresan sentires de sus almas menudas y 
tiernas. No fueron a ninguna escuela y aprendie- 
ron sólo la voz consoladora de la naturaleza. 
Aprendieron el trino de un arroyuelo murmurador 
que se abría camino entre las piedras; del viento 
aprendieron el silbido agudo; las ramas inquie- 
tas por amenazas de un huracán inminente, el 
fulgor lacerador; el punteado del granizo que tam- 
borilea con sus descargas; el ruido de la lluvia, 
dieron al pequeño alumno refugiado en su nido 
todas las lecciones de aquello que no es canto, sino 
palabra alada. 




Allá en la selva, donde el 
hombre no se aventura y 
donde en la noche pasa con 
miedoso apuro, los pequeños 
cantores, colocados entre la 
espesura, nada pueden apren- 
der de los hombres. 

En cambio, cuando el hom- 
bre los ha hecho cautivos y 
los tiene en prisión, aun la 
curruca, el ruiseñor y el es- 
tornino ascienden pronta- 
mente al nivel de la huma- 
nidad. Y su canto no tiene 
más su alegría, se hacen 
dóciles imitadores de notas 
entonadas que no entienden. 
Si los pajarillos llegaron a 
creerse realmente los reyes 
de la creación, apenas el hom- 
bre los esclaviza, se vuelven 
serviles y aduladores. Y para 
adular mejor al dueño que los 
alimenta, imitaron el canto 
de los hombres. 



En una jaula que tiene un mesonero vecino mío, 
pasa la vida miserable uno de aquellos esclavos! 
El ya no sabe volar, y casi ha olvidado las alas 
que sólo despliega como un abanico inútil para 
sacudir, acaso, de un lado a otro de su prisión su 
mterminable fastidio. Y nada se dice a sí mismo 
ni dice a sus hermanitos libres que vuelan por 
las plantas cercanas. En cambio, ahora canta. 
Canta siempre mañana y tarde; repite en tono 
mayor los dos primeros compases de la Marcha 
ri'al, y los alterna casi sin intervalo con dos notas 
de la Gi'isha. El resto no lo conoce. Ese resto, que 
era el trino largo, el silbido petulante, el gorjeo 
suave y punteado de notas brillantes; el resto, 
que era la pregunta sumisa, que era tal vez su 
pensamiento, que era ciertamente su amor; el 
resto, que me volvía más pensativo y más amante 
cuando uno de mis semejantes no había corrom- 
pido la vena simple del solitario, haciendo brotar 





de su garganta pocas notas que le eran incomprensi- 
bles, y aprisionando su can toen una tonalidad huma- 
na; todo ese resto ha'desaparecido de su pobre vida. 
De tal manera, aquel pobre gorrión ha perdi- 
do todo: su libertad, su vuelo audaz y su palabra. 
Es un vencido, un esclavo que se gana la vida 
adulando a su señor. Y ha llegado a suceder que 
aun el amo lo tiene en continua zozobra, que los 
vecinos no lo pueden sufrir más. y que cualquier 
pilluelo se mofa de él. Y el pobrecito, en quien ha 
penetrado aquella obsesión del canlo humano, tan- 
to se ha humanizado que parece ya un tonto o un 
demente en el manicomio de su jaula. 

Quizás ocurra lo mismo con otros pequeños can- 
tores que encuentro en mi camino. 

Tenían una inteligencia clara junto con una 
imaginación vivaz; eran libres de decir su pensa- 
miento a quien quisiera escucharlo con oído be- 
névolo; en el inquieto buscar del bien, de las ma- 
nías dolorosas y amables habían conseguido reve- 
larse llenos de un arte magníficamente sereno y 
simple para contentar los deseos de los buenos. 

Pero aquellos mis semejantes han tomado tam- 
bién todas las sinuosidades de estilo, todas las 
palabras desusadas, todos los melindres, todas 
las licencias; y también cantan la Ceiiha y la 
Marcha real. Y ni aun dicen bien porque no sa- 
ben decir nada, puesto que para ellos las pala- 
bras se han convertido en una bella e inútil suce- 
sión de sonidos; han cesado de ser pensamiento 
y sentimiento para hacerse prisioneros de las imá- 
genes, y esclavos de la música afrodisíaca: nada 
más; esto es poco menos que nada. 

Milán, 1916, DIBUJOS dk contreras. 





n\dcxírin\dOr\.io de cxríi^lcx.^. 



Elia. discípula de un gran maestro 
de declamación, y maestra a su vez 
de este difícil arte, ha puesto su ta- 
lento y distinción al servicio del 
teatro argentino, dignificando nues- 
tra escena en unión de su esposo, 
el que ha sabido también encau- 
zar su temperamento de artista 
sobrio y elegante, en provecho de! 
moderno teatro nacional, que hoy 
tiene ya en esta pareja de artistas 
dos excelentes intérpretes de la 
alta comedia. 



Francisco Ducasse y Angeli- 
na Pagano ocupan un coquetí- 
simo piso en la calle Uruguay. 

La simpática pareja está to- 
davía en la luna de miel y no 
era. sin duda, la visita de un 
periodista de las más oportu- 
nas; pero, esclavo al fin de mi 
deber, resolví aventurarme y 
llamar a las puertas del nido. 

Mala cara puso la sirvienta al 
ver que junto a mí estaba el 
fotógrafo y junto a éste el groom 
con los atributos del oficio, pero 
peor debieron ponerla Ducasse 
y la Pagano, al enterarse del ob- 
jeto de mi visita, a pesar de que, 
fieles a su exquisita educación, 
me recibieron con expresión 
sonriente. 

— Aquí me tiene usted, — di- 
jo Ducasse. 

— A sus órdenes, — añadió 
la Pagano. 

— ¿Dispuestos al sacrificio? 
— agregué yo. 

— ¡De mil amores! 
Sin más preámbulos, Baldi- 

serotto montó la máquina en el 
trípode; el chico sacó el tarro 
del magnesio y una tras otra 
hiciéronse una serie de fotogra- 
fías en el hall, en el comedor, en 
el escritorio, en la sala, en la sa- 
lita y en la antesala, dejando la 
casa en un desorden tal que e! 
piano fué a dar a la cocina y 
una máquina de coser y un cris- 
talero lleno de copas se queda- 
ron en el balcón. 

Fué además tanto el humo, 
del magnesio, que yo me estuve un rato pi- 
diéndole disculpas a una escultura de Dresco 
que, en medio de la humareda, confundí con 
Ducasse. 

Pero volvieron a su sitio los muebles; ss 
disipó el humo como se disipan las ilusiones de 
esta vida, y entre sorbo y sorbo de un riquísi- 
mo café, la Pagano y Ducasse me contaron su 
historia artística. 

— Tuve, me dijo la Pagano, la más alta clasi- 
ficación en la escuela de recitación del ilustre 
profesor Rasi, en Florencia. Debuté, con Eleo- 
nora Duse, en Cittá Morta, de D'Annunzío. . . 

Por cierto que Angelina Pagano conserva un 
riquísimo ejemplar de esta obra maestra del 
gran poeta italiano, con la siguiente dedica- 
toria de su puño y letra. 

« A Madonna Agnoletta Civani-Pagano — che 
trasjonde in Biancofiore tutta la soavitádiSama- 
ritana con augurio di maggiori vittorie. i> 

Gabriele d'Annunzio. 

Trieste d' Italia: maggio 1902. 

— En Estados Unidos obtuve mis primeros 
éxitos de prensa. Fui muy elogiada y muy 
aplaudida por las norteamericanas. Con la 
Duse recorrí medio mundo, como dama joven 
de su compañía. 

— ¿Con quién vino usted a Buenos Aires? 

— A los 19 años, con Garavaglia. el genial 
artista italiano, en su primer viaje. 

— ¿Pero usted es argentina? ¿No? 

— De corazón y de nacimiento... Si 
hubiera alguna otra forma de serlo, lo sería 

— ¿Es usted muy aficionada al teatro, verdad? 
- Muchísimo. Admiradora, naturalmente, del teatro fran 

cés, italiano y español, soy entusiasta por el teatro nacional, 
pues he colaborado con todos mis entusiasmos artísticos a su 





resurgimiento y a esto, que po- 
dríamos llamar, su rehabilita- 
ción. 

¿No es acaso una rehabili- 
tación de nuestro teatro, aban- 
donado un tiempo y relegado 
al género más burdo e indecente, 
el ver hoy nuestras salas con- 
curridas en las noches de es- 
trenos de Roldan, Iglesias Paz, 
José León Pagano, Schaeffer 
Gallo o Velloso, por toda la 
aristocracia porteña, que antes 
huía de las compañías nacio- 
nales? 

— ¿Cuál es el género que us- 
ted prefiere? 

— La comedia. Creo que es 
la expresión más verdad de la 
vida. 

— Entre los autores naciona- 
les, ¿tiene usted alguno prefe- 
rido? 

— Es una pregunta algo com- 
prometedora; pero creo que na- 
die podrá criticarme el que yo 
prefiera entre los autores a José 
León Pagano. . . al fin y al cabo 
es pariente mío. 

Como confesor que ha con- 
cluido el examen de conciencia 
del pecador de la derecha, vol- 
víme en el confesonario hacia 
la izquierda, donde resignado 
esperaba Ducasse su turno. 

Ducasse, es uno de los más po- 
pulares actores nacionales, ape- 
sar de su relativamente corta 
carrera artística. Ha cambiado 
físicamente en absoluto. Hoy es 
Ducasse un gentleman inglés 
que luce orgulloso su calva aris- 
tocrática. Siempre elegantísimo, 
es, sin disputa, el «Petronio» de 
nuestros actores. 

El 17 de noviembre de 1904 
se presentó ante el público por 
primera vez, debutando en el 
teatro Apolo, con la comedia 
«Culpas ajenas». 

Su debut fué un éxito, y des- 
de entonces siguió de triunfo en 
triunfo su carrera artística. 
Sabía yo que Ducasse había sido periodista, 
funcionario público, hasta candidato a diputado 
! rovincial, y deseaba saber por qué azar de la 
suerte se dedicó al teatro. 

— Pues, verás, — me dijo, — yo decía ver- 
:os; era aficionado a declamar, y el doctor Da- 
. id Peña me insinuó la idea de hacerme actor. 
Un día me detuve frente a un espejo, me vi de 

uerpo entero y me convencí de que con mi 

itjura y un poco de arrojo sería un cómico no- 
ible, y ya lo soy, no es vanidad; pero creo 
ue como primer galán soy sin duda el . . . pri- 

ner galán. 
-- ¿Cuál es tu obra favorita? 

La que más me ha hecho sentir, la que 

II ás me ha emocionado «Pietro Caruso». 

- ¿Y de los autores nacionales? 

- Siento una irresistible simpatía por Vi- 
ente Martínez Cuitiño; creo que nuestro tea- 
no pierde con su alejamiento una de sus más 
■olidas columnas. 

¿El género teatral que prefieres? 
I — Como mi mujer, prefiero la comedia y 
i odio cordialmente el teatro con música. Taine 
i me clasificaría entre los « anquilosados ». pues 
I la música no me produce ninguna sensación 
iel otro mundo. 

— ¿Tu edad? ¿Puedes revelarme ese mis- 
■ -rio? 

-- ¡Jamás!. . . es un secreto de estado. . . 
HÉ — A propósito de « estado », y si no es indis- 
^JH creta la pregunta, ¿qué opinión tienes ahora del 
^■■l matrimonio, tú que fuiste su mayor enemigo? 
^^^^ La Pagano y Ducasse cambiaron una mi- 
rada que me bastó como respuesta, y salí de la casa con- 
vencido de que los dos artistas unidos por la fe inquebran- 
table de un cariño sincero, darán a la escena nacional honra 
y provecho. 

El Doctor Misterio, 



>. j-m3>=>w— 



Cuatro dias llevaban en duro batallar mexica- 
nos y dialcas, y la victoria no se habia decidido 
aún por ninguno de los dos pueblos. 

Los prisionertw , tenochcas eran llevados apre- 
suradamente por los chalcas hasta su capital. 
Amecamecau. donde debía celebrarse, dentro de 
dos dias mis, la gran fiesta del dios Camasetli. 
Como grande homenaje al dios, sacrificábanse en 
aquella solemnidad los prisioneros de guerra. 

Convinieron entonces una tregua, y fuese el 
ejérdto chalca con sus nobles, guerreros y señores 
a celebrar su fiesta regocijadamente. Entre los pri- 
sioneros llevaban los chalcas a un arrogante gar- 
zón. Vestido ricamente estaba y aderezado con 
riquísimas joyas de oro y piedras preciosas, como 
acostumbraban lucirlas los grandes señores mexi- 
canos. 

Llegados a Amecamecau. los tenochcas fueron 
llevados al teocalli donde se guardaban los prisio- 
neros destinados al sacrificio e introducidos en los 
mismos aposentos donde se alojaba a los otros 
mexicanos, tomados en las batallas de los dias an- 
teriores. 

Sabían bien aquellos guerreros el destino que 
les aguardaba, mas esperaban la muerte con va- 
liente corazón. 

Cuando los nuevos prisioneros entraron en el 
Teocalli. silenciosos y adustos, ¡os tenochcas — que 
aguardaban la hora del sacrificio bajo la severa 
vigilancia de los sacerdotes — al ver al joven que 
los guiaba sin perder su briosa arrogancia y el 
aire de majestad de los grandes señores dueños de 
innumerables vasallos, prorrumpieron en 
una exclamación de asombro: 

— ¡Tú, Ezuauacatl! . . . 
Los sacerdotes, atónitos quedaron ante 

aquella pleitesía. Inquirieron afanosamen- 
te a cual calidad correspondía la dignidad 
del joven. 

Un ' 'ejo tenochca repuso: 

— Nuestro Ezuauacatl es un diestro 
mancebo salido del Calmecac. Ninguno en 
el ejército tenochca le aventaja en valor 
y es por su linaje de los primeros. Mocte- 
zuma Illhuicamina, nuestro emperador, llé- 
nelo por el más cercano y querido de sus 
parientes. ¡Ya veis... los dioses os favo- 
recen, chales! . . . 

I as palabras del viejo habían sido es- 
cuchadas en silencio. Entre los prisioneros 
tenochcas levantóse un murmullo. Un jo- 
ven caballero serpiente gritó acongojado: 

— ¡Tú no puedes morir, señor! 
Ezuauacatl, sonriendo, repuso: 

— ¡Tanto como vosotros, amigos! . . . 

— No lo consentiremos. 

— Sosegaos y hablad en justicia y en 
razón. Camaxthi, el dios de los chalcas. 
tiene sin duda hambre de carne de prínci 
pes. Dejadlo satisfacerse. ¿Qué haríais con 
tra un dios y su pueblo vosotros, míseros 
prisioneros como yo? Poco diestros fui 
mos, pero la guerra tiene sus azares y este 
es uno de ellos. 

Los sacerdotes, escuchado que hubieron 
atentamente, fueron a participar al consejo 
la nueva de ser dueños de aquel joven 
principe. 

Grande admiración suscitó la noticia. 
¿Cómo sacrificar a tan esclarecido gue- 
rrero? 

Hubo una larga deliberación. La fama 
de Ezuauacatl iba más allá de la frontera 
de México y se sabia y comentaba hasta 
en la poesía misma su valor, su constancia y su 
nobleza. 

Un anciano del consejo, después de escuchar al 
sacerdote que informaba del suceso, propuso esta 
extraña cosa: 

— ¡Ofreced a Ezuauacatl el reino de Chalco! 
Es valiente y es sabio. Los tenochcas nos aventa- 
jan en todo. Si vencimos ayer, fué un albur; pero 
tarde o temprano caeremos en su poder. ¿Por qué 
no emparentar con el emperador de tan gran pue- 
blo? El nos respetaría entonces. ¡Ofrecedle el reino 
como os digo! . . . 

Hubo un largo silencio, y al fin todo el consejo 
decidió seguir la opinión del anciano. 

Fueron los sacerdotes y los señores y los gue- 
rreros a buscar a Ezuauacatl. 

El joven dormía tranquilamente, tendido sobre 
su neo ayatl. 

El jefe de los sacerdotes llamó a un tenochca 
y le dijo: 

— ¡Ve a despertar a tu señor! 

— ¿Para qué? Dejadlo en paz si aún no ha lle- 
gado la hora de morir. 

— Tu señor no ha de morir. 

Ezuauacatl, molestado por el cuchicheo desper- 
óse. Ágilmente se puso de pie, y fué donde los 



lEi^IIAIIAíCATIj 

JÍIpiJ90<atc iiie/»to±ú<:o -a±ijC'ric^-ii.o 



s'ra 



tenochcas estaban tratando de detener a los sa- 
cerdotes. 

— ¿Disputáis, buenos sacerdotes míos, con estos 
compatriotas? ¿Es por mi vida? Entonces no lo 
hagáis: mi vida vale poco . . . 

— No disputamos por tu vida, señor. Nuestros 
oráculos aconsejan al pueblo chalca ofrecerte la 
vida y el trono. Un antiguo augurio dice que si 
tú nos riges y gobiernas, el reino de Chalco esca- 
pará a un destino funesto. 

— ¿Y el oráculo dice si han de vivir conmigo 
estos tenochcas mis compatriotas y compañeros 
de prisión? 

— Nada dice de eso. señor. 

— ¡Justos dioses! 

— ¿Aceptáis? 

— ¡Cierto! 

— Entonces prepárate, señor. Hemos de enco- 
ronarte antes de empezar la fiesta de Camaxthi. 

— Bien pensado, pero. . . quiero despedirme de 
estos compañeros míos con grande fiesta y alegría. 
Plantaréis delante del templo un madero de veinte 
brazos y encima pondréis un tablón para que 
pueda bailar al estilo de mi país. 

Fuéronse satisfechos los sacerdotes a elevar sus 
preces en el santuario. Los señores y los guerreros 
invitaban al príncipe a seguirlos. 




El monumento, ,-i la aereen -i. es iñ :ecor',;:,;ruccion í;r,.ii:a ae un teo- 
calli o templo mexicano. Era común a varias solemnidades colocar el 
madero, semejante al de la ilustración, en la plaza, frente al teocalli: 
se subía al tablón del tope por cuerdas atadas en el palo a manera de escala. El gue- 
rrero, en primer término, a la derecha, es un yaotequihua o capitán de guerra: su indu- 
mentaria y armamento corresponden a su grado: está armado de porra cuauhololli: 
maza llena de navajas de piedra muy agudas. 

El, alegremente excusábase: 

— Mañana seré con vosotros; dejadme ahora 
consolar a mis tenochcas. 

Salieron todos, dejando guardados a los prisio- 
neros como era costumbre. 

Los tenochcas gozosos contemplaban al príncipe. 
Este dijo riéndose: 

— Perdidos vais en estos cálculos. Un tenochca 
no defiende a los chalcas del destino. Mañana 
serán esclavos de Moctezuma con sus templos, sus 
dioses y sus señores. Muramos tranquilos sin mos- 
trarles un dolor que debe ser, por fuerza, fugitivo. 
Se muere en pocos minutos. Y viviremos en la 
gloria para siempre. Ahora durmamos, hijos míos. 



Doraba apenas e! alba la cresta de los montes 
cuando los sacerdotes del templo de Camaxtli 
hicieron oir la voz tremebunda del teponaxtli, 
anunciando al pueblo chalca que la hora de la 
fiesta y de los sacrificios era llegada, Y los hue- 
huetl de triste melodía empezaron también a lle- 
nar con sus voces los aires, saludando al sol cuya 
faz asomaba ya en el Oriente. 

Despertados los tenochcas por la música sa- 



grada, volvieron sus corazones al hogar y a la pa- 
tria lejanos, llenos del adiós eterno. 
El príncipe dormía entretanto. 
Un joven ocelotl dispúsose a despertarlo, 

— ¡Señor, — murmuró a su oído, — despiértate, 
es la hora! 

Continuaba inmóvil Ezuauacatl en el pesado 
sueño de su fatiga. Había combatido seis días en- 
teros sin tregua ni descanso, y ahora reposaba con 
la cabeza puesta sobre el regazo de la muerte. 

El joven ocelotl volvió a insistir: 

— ¡Ezuauacatl, Ezuauacatl! 

Sacudíalo con fuerza y el príncipe abrió los ojos 
al fin. 

— ¡Déjame, muero de sueño! 

— ¡Señor, por piedad, vienen ya los sacerdotes! 
¡Óyeles. , . tenemos que morir! 

-¿Ya? 

— ¡Mira... están aquí!... 

Entraban los sacerdotes en aquel punto, vesti- 
dos para la ceremonia, con sus cuerpos teñidos de 
negro ullí y sus máscaras sagradas impenetrables. 
Toda la vida parecía estar en el fulgor de los ojos 
abiertos misteriosamente sobre la palidez dorada 
o verdosa de la careta ritual. Venían en larga 
procesión, siguiendo en sus pasos la cadencia rít- 
mica de la triste música de los huehuetl. 

A una señal del gran sacerdote los prisioneros 
fueron ordenados como debían salir al patio del 
teocalli. Todo el ceremonial estaba preparado para 
el sacrificio, y puestos en marcha llegaron los pri- 
sioneros custodiados por los sacerdotes silenciosos. 
El pueblo chalca, reunido en enorme 
muchedumbre, saludó a los tenochcas con 
un murmullo de regocijo. Eran, en todo, 
unos cien prisioneros cuya sangre correría 
generosamente para honrar al dios. 
Todo estaba preparado. 
Ezuauacatl. que había sido retenido al 
lado del gran sacerdote, dijo: 

— Señor, gran sacerdote mío, dad la or- 
den para que pongan en medio de los te- 
nochcas el huehuetl con que hemos de 
acompañar nuestra danza. Pláceme fes- 
tejar este día con la alegría natural de 
quien va a llegar al honor de ser vuestro 
principe. 

Fué obedecido. 

Colocóse el príncipe en el centro del 
círculo que formaron sus compañeros, como 
era costumbre en México, y empezaron a 
bailar una danza guerrera. Maravillados 
quedaron los chalcas de la gracia y justeza 
de sus ademanes y la rítmica armonía de 
los pasos en cuya cadencia encerraban los 
gestos del guerrero y los episodios de la 
batalla. Era un hermoso espectáculo aque- 
lla danza bailada gallardamente sobre el 
abismo de la muerte. 

A una señal de Ezuauacatl, cesó el 
baile. Sonriendo a los suyos subió al ma- 
dero que le había sido preparado de ante- 
mano y bailó solo, cantando un himno 
guerrero a sus Huitzilopochtli. 

Concluido el himno mandó que callase 
el huehuetl, y dijo con voz firme: 

— ¡Tenochcas! ¡Compañeros!... morid 
heroicamente sin dar a estos perros el gozo 
de oíros un solo grito de dolor. . . Vamos 
por el ancho camino de la gloria. El Sol 
nos espera. . . Os precederé, como los prín- 
cipes deben preceder a sus soldados en la 
vida y en la muerte, Y mientras vamos 
al imperio del señor de la luz, aquí abajo 

se dirá: Ezuauacatl el tenochca prefirió morir 
con sus hermanos a reinar en un pueblo enemigo 
de su patria! 

Dijo y se arrojó desde lo alto del madero, ca- 
yendo pesadamente sobre el duro pavimento. 

Cuando los sacerdotes se acercaron a él, estaba 
muerto ya, 

Y los chalcas vieron morir sin un grito de dolor 
a los cien tenochcas sacrificados uno por uno en 
honor del dios Camaxtli, 

Leonor Allende de Bufeo, 

dibujo de guido buffo, 

Notas 

Tenochca, significa hijo de Tenoch, divinidad bajo cuyo patro- 
cinio estaba el imperio y la ciudad de México, Así la capital 
se llamaba Tenochtitiau y no México, 

Teocali!, de Teo = dios, y calli = casa: significa templo. 

El Calmecac, era el colegio donde se educaba la nobleza mexicana, 

Tlatocau, era el consejo compuesto por los ancianos y nobles 
del país. 

Ayatl, manto tejido con ricas plumas y oro que usaba la nobleza. 

Teponaxtli, especie de tambor de sonido ronco. 

Huehuetl, instrumento semejante al anterior, cuyo sonido em 
más suave, 

Ocelotl, «caballero tigre», una orden militar a que se llegaba por 
ciertas acciones de guerra, 

Ullí, resina aceitosa con que se teñían los sacerdotes. 




DE LA COLECCIÓN DE D. JUAN CANTER 



ENTRE DOS LUCES 



ÓLEO DE SOROLLA 




— i3>i_;v''23 



No me atreveré a negar la excelencia de la pa- 
labra, ese precioso atributo que nos distingue de 
los demis animales y del que tan brillante partido 
ha sabido sacar el hombre con la feliz creación y 
multiplicación de los idiomas: pero la verdad es 
que la palabra, la elocuente palabra, resulta al- 
gunas veces bastante ineficaz y otras veces com- 
pletamente inútil. 

Yo he pasado media tarde tratando de conven- 
cer a un amigo de que el alumbrado público de 
Buenos Aires es muy malo: él ha empleado la otra 
media tratando de convencerme a mi de que es 
excelente. Ninguno de los dos ha convencido al 
otro. Si todo aquel caudal de palabras, empleado 
inútilmente en la discusión, se hubiera podido con- 
vertir en fuerza, y esa fuerza aplicarse a la rueda 
de una noria, entre mi amigo y yo hubiéramos 
podido regar aquella tarde, cómodamente, diez 
hectireas de campo. 

Y he quedado descontento de la palabra, y he 
pensado: 

¿Nos habremos excedido en el elogio de la pa- 
labra? ¿Será tan útil como dicen? Y de reflexión 
en reflexión, he llegado a preguntarme seriamente: 
¿Podrá prescindirsede 
U palabra? 

Inmediatamente 
me he acordado de los 
oradores. Los orado- 
res no pueden pres- 
cindir de la palabra, 
luego la palabra es 
indispensable, porque 
si no hubiera palabra 
no podría haber ora- 
dores: pero seguida- 
mente se me ha ocu- 
rrido que si la palabra 
es indispensable a los 
oradores, la oratoria 
no es indispensable a 
la humanidad, y de 
nuevo me he sumido 
en un mar de dudas y 
otra vez he vuelto a 
preguntarme: ¿Será 
necesaria la palabra al 
hombre? ¿No estare- 
mos perdiendoel tiem- 
po al hablar? 

Para salir de una vez 
de dudas, me ha pare- 
cido lo más acertado 
someter el caso al te- 
rreno experimental. 

Todas las palabras juntas no son tan elocuentes 
como un hecho. 

Vamos a ver. me he dicho, si una persona, yo 
por ejemplo, sin alterar en nada mi vida ordina- 
ria, sin modificar mis costumbres, puedo prescin- 
dir de la palabra. 

Y sin elección previa, tomando al azar un día 
ctialquiera. me he sujetado a la experimentación. 

Me he levantado a las once, como todos 
los días, y como todos los días, mi criado 
me ha servido el almuerzo, sin que para ello 
haya tenido que decir ni una sola palabra. 

Terminado el almuerzo, he salido a tomar 
café. Me he sentado a una mesita en la que 
estaba aún sin retirar el servicio de otro 
cliente. 

Se ha acercado el mozo, y al insinuante 
•Sefior. . .» me ha bastado dar dos golpecitos 
en el borde de la taza para ser entendido. 

•¡Un exprés!» ha gritado el mozo. 

He tomado con toda calma mi café, he 
pagado y he salido sin necesidad de pro- 
nunciar una sola sílaba. 

Una vez en la calle, me he dirigido a la im- 
prenta a fin de recoger unas pruebas. He 
temido por un momento que no estuvieran, 
dada la costumbre de los impresores de no 
tenerlas nunca para cuando prometen, y que 
tal informalidad me pusiere en el caso de 
incomodarme, y por lo tanto de hablar; afor- 
tunadamente no ha sucedido así, sino que las 
pruebas estaban y me han sido entregadas inme- 
diatamente, pudiendo salir también de la imprenta 
guardando mi precioso silencio. 

Tenía necesidad de cotejar dichas pruebas con 
su original, y me he trasladado a la Biblioteca 
Nacional. Al llegar allí, he extendido la correspon- 
diente boleta que he entregado al encargado de 
recibirlas, y cinco minutos después tenía en mi 
poder el libro pedido. 



m 



-(J. DON 



C^V AiVijiilat: 

WBU08 DEo/IBJO ^""^^ 



Terminado el cotejo, me he acercado de nuevo a 
la mesa para devolver el texto y recoger la boleta. 

El bibliotecario me ha preguntado el número 
del asiento que ocupaba: como yo creo que lo que 
debe preguntarse es el número del libro, no he 
contestado, sino que me he encogido de hombros 
para darle a entender que no lo recordaba y le he 
mostrado el libro por el lomo para que viese su 
numeración. 

El empleado ha insistido en su pregunta, yo he 
insistido en mi gesto de no recordar; entonces el 
de la biblioteca ha hecho un mohín de disgusto, 




ha murmurado algunas palabras, pero me ha en- 
tregado la boleta. 

Mi enérgico y elocuente silencio ha salido triun- 
fante de una pregunta inútil e impertinente. 

A poco de salir, he recordado que tenía que cor- 
tarme el pelo; para ello me he metido en la prime- 
ra peluquería que he encontrado al paso, y des- 
pués de quitarme el sombrero y dejarlo en la 




percha, me he sentado cómodame.ite e.n un sillón. 

Un oficial se ha acercado en seguida para pre- 
guntarme «qué había que hacer». Nada he contes- 
tado, sino que limitándome a levantar la mano a 
la altura de la cabeza, he movido los dedos a ma- 
nera de tijera. 

Ha bastado esa silenciosa explicación para que 
el peluquero, perfectamente enterado de lo que 
quería, pusiese inmediatamente manos a la obra. 



Veinte minutos después salía de la peluquería 
completamente rejuvenecido y perfumado y dejan- 
do allí todo el pelo que hubiera podido tomarme 
cualquiera. Mi boca no se había abierto para nada. 
De nuevo en la calle, he resuelto ir a cobrar un 
artículo publicado el día anterior en un semanario. 
Los créditos deben hacerse efectivos cuanto antes. 
Para ir a la administración he hecho parar un 
tranvía, sin más trabajo que el de levantar con 
rigidez el dedo índice, como es costumbre en todas 
las personas, incluso los charlatanes. 

Al llegar frente al semanario, he descendido del 
tranvía y he entrado. 

Un ordenanza me ha salido al encuentro para 
preguntarme a quién deseaba ver. 

He señalado la puerta de la dirección. 
«El señor director está ocupado», ha dicho el 
ordenanza. 

No he replicado. He sacado una tarjeta, he es- 
crito en el respaldo: «Deseo cobrar mi artículo», y 
se la he dado al ordenanza. 

El ordenanza ha entrado con ella en la dirección, 
y poco después ha salido con un papel que me ha 
entregado. 

Era la orden de pa- 
go a la administración. 
He pasado a esta 
oficina y he presen- 
tado la orden. 

El administrador ha 
extendido un recibo, 
ha abierto !a caja, ha 
sacado unos billetes y 
los ha puesto sobre la 
mesa. 

Yo he firmado el 
recibo, he cogido los 
billetes y he salido, no 
sin dirigir antes una 
acariciadora sonrisa al 
administrador, la son- 
risa con que todos los 
que cobran suelen ob- 
sequiar a los que pa- 
gan, y un afectuoso 
saludo con la mano al 
resto del personal. 

Para toda esa labor 
no he necesitado des- 
plegar los labios. 

Pasito a pasito me 
he encaminado a mi 
casa, y después de ce- 
nar, para lo cual, cla- 
ro está, que no he te- 
nido que decir «esta boca es mía», porque mi cria- 
do ya lo sabe, he vuelto a salir con el propósito de 
asistir a un estreno. 

Al llegar al teatro, he visto colocado el cartelito 
de «No hay plateas». Esto me ha contrariado, pues 
tenía vivos deseos de conocer la obra. 

Ya me retiraba resignado del teatro, cuando se 
ha acercado a mí un revendedor de esos que la 
policía tiene rigurosamente prohibidos. 

— ¿Plateas, señor?... Cuatro pesos no más. 
Como en boletería cuestan dos, he sacado 

tres del bolsillo y se los he enseñado. 
-— ¡No puedo, señor! 
Me he guardado el dinero. 

— Dé siquiera tres y medio. 
He echado a andar. 

— Téngala, señor. 
Me he detenido, he vuelto a sacar los tres 

pesos y se los he dado, tomando en cam- 
bio la platea. 

Ni una sola letra he tenido que pronun- 
ciar para dejar ultimada esa operación 
mercantil. 

He entrado en el teatro y me he acomo- 
dado en mi butaca. 

A poco de entrar ha empezado el espec- 
táculo. Se trataba de una zarzuela, y de una 
zarzuela mala. El único que opinaba que era 
buena era mi vecino de butaca. He estado a 
punto de romper mi silencio y de romperle 
la cabeza a mi vecino. 
El público, desde las primeras escenas, se ha 
mostrado dividido: unos han silbado la letra y 
otros la música. Al llegar al final, la obra en con- 
junto ha sido silbada por todos, ya de acuerdo. 
He salido satisfecho del teatro: siempre es satis- 
factorio que revienten al prójimo. He vuelto a mi 
casa y me he metido en la cama como todos los 
días, sin haber tenido necesidad de hacer uso para 
nada del admirable don de la palabra. 




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GERARD. 



RETRATO DE ISABEY 



Muy grande ha sido en nosotros el interés des- 
pertado por la pinacoteca de don Antonio Santa- 
marina, al hallar en ella congregadas, con rara 
inteligencia y en un ambiente de fina elegancia, 
obras las más escogidas de los maestros del arte; 
hemos experimentado esa sensación que sólo de lo 
bello nace y que se nos allega en procura del bien 
y ennoblecimiento del espíritu. 

A pesar de que ella reúna innumerables spé- 
oimen de épocas y escuelas diversas, nos con- 
cretaremos a comentar las de aquellos ar- 
tistas galos de la centuria que cobijó la revolución 
romántica y a cuya vera prosperó la peregrina 
evolución de las artes pictóricas; son ellos, a nues- 
tro entender, los que la caracterizan, tanto por el 
alto valor de sus obras como por lo homogéneo de 
su conjunto, que explica con galana elocuencia 
la preparación y elevado criterio del coleccionista. 

Alineados en acertada euritmia, uno y otro 
cuadro nos hablan de las tendencias por una y 
otra escuela defendidas: neo-griegos, simbolistas, 
románticos, idealistas, falansterianos, realistas y 
naturalistas, ocupan su sitio informándonos de los 
históricos antagonismos, de sus fases transiciona- 
les y procurándonos, con su fragor estético, las más 
deleitosas emociones. 

Es el retrato de Isabey, del pincel de Gerard, 
el que nos anuncia, en esta ocasión, la era de las 
grandes controversias. El que fué pintor de atil- 
dadas damas y galantes paladines, aparece de 
medio cuerpo, destacando, sobre un fondo gris 
obscuro, la faz pálida de ojos azules, y el busto 
ajustado por una chaqueta de amarillo tenue. 
Ya el discípulo de David, desprendiéndose del 
academismo neo-griego, trata de hermanar el afán 
de realismo a los métodos aprendidos en el taller 
del maestro; prima en ello la expresión madura de 
su espíritu refinado y aristocrático. Es, en su con- 
junto, un dechado de natural y sencillez; la pin- 
celada fina acaricíalo todo con virtuosidad, em- 
pastando tan sólo aquellas partes que han de 
hacerse valer, ya por el vigor del color o bien por 
la afluencia de la luz. Así en la paleta que sostiene 
con distinción en la diestra, sucédense pastosas las 



manchas de vermellón, de ocre, de blanco 
y de siena; las arrugas de la chaqueta sur- 
gen nítidas, enriquecidas por la materia en 
los claros, y, por el contrario, tamiz idas y 
fluidas en la sombra. El lienzo de trama 
nudosa ha absorbido en partes las espesas 
superposiciones, contribuyendo ello, conjun- 
tamente con la pátina de los años, a dar 
mayor armonía y concierto a los diversos 
elementos del retrato. 

Muy bien nos prepara esta obra tan su- 
gerente, por ser fruto meritísimo de la es- 
cuela intermediaria que fluctuó eitre el Da- 
vinismo y el romantismo. a contemplar la 
«Mise au Tombeau», de Eugéne Delacroix. 

Nos hallamos en presencia, según nuestro 
criterio, de una de aquellas composiciones 
que el maestro de las grandes orquestacio- 
nes pictóricas concebía, allá, bajo la luz du- 
dosa de la lámpara, en la modesta morada 
de Champrosay, en noches nostálgicas, acu- 
ciado por sus hondas riñas espirituales. 
f El revolucionario, el brillante alumno de 
Fierre Guerin, en este caso, renuncia a los 
ampulosos procedimientos que fueron los me- 
dios consagrados por «Les Massacres de Scio», 
por «Dante et Virgile» y por «La Barricade»; 
no es tampoco la influencia de los ingleses 
John Constable y Bonniígton, sino que pre- 
ferimos creer por nuestra parte que Dela- 
croix recordó más bien al dar cuerpo a las 
imágenes de esta escena a su viejo amigo, 
el verdadero maestro de su espíritu; Theo- 
dore Gericault, «L', Radeau de la Meduse» 
es el abolengo de este cuadro. He aquí el su- 
jeto: En un ambiente soturno, por entre los 
sórdidos socavones de una cueva desciende 
un bíblico cortejo; el cuerpo del redentor 
aparece lívido sobre blanca mortaja, condu- 
cido por tres personajes ataviados capricho- 
samente. Están ellos en primer término junto 
a otro que entra en la tela de medio cuerpo y 
de espaldas sosteniendo un hachón que ful- 
gura en las sombras aciagas, se añade al grupo 
una dolorosa, verdadera endecha de piedad. 
Estos últimos señalan el sitio del enterra- 
miento; más atrás, en lo más profundo, se 
dibuja lo demás del séquito; lo forman: En 
una ringla tres personajes, el uno gualdo, el 
otro azul, el tercero bermejo y todos encapucha- 
dos; más adelante una cuarta figura encorvada 
baja los peldaños oprimiendo en sus brazos un 
cántaro de arcilla. Todo el drama se desarrolla en 
las profundas medias tintas del tétrico subterrá- 
neo, sólo iluminado por la llama amarilla de la tea 
y por los resplandores que se allegan de un afuera 
que suponemos diáfano y sonriente. El plañir rít- 
mico de las actitudes, las caras macilentas y acon- 
gojadas, apenas atenuadas por la resignación mís- 
tica, contribuyen a contemplar este efecto de ex- 
quisita angustia. 

En cuanto a la manera, es amplia y muy libre 
en los personajes del primer plano, especialmente 
en la de uno de ellos que se nos presenta en arries- 
gado escorzo; los del fon- 
do se hallan modelados 
con beatitud. La factura 
sólida hace valer los ro- 
jos y azules de mantos 
y esbozos, la nota blan- 
ca del sudario triunfa 
ayudada por la siena be- 
tunosa que por rocas y 
losas se desparrama con- 
ducida por una brocha 
nerviosa y apasionada. 
Y ahora frente al que- 
jumbroso episodio de la 
biblia secular de manos 
del insigne maestro nos 
place el recordar las pa- 
labras que Théophile 
Silvestre le dedicara: 
«Era un pintor de gran 
raza que llevaba un sol 
en el cerebro y tormen- 
tos en el corazón — que 
recorrió durante cuaren- 
ta años todo el teclado 
de las pasiones huma- 
nas y cuyo pincel gran- 
dioso, terrible y suave 
pasaba de los santos a 



los guerreros, de los guerreros a los santos, de 
los santos a los amantes, de los amantes a los 
tigres y de los tigres a las flores.» 

Si Delacroix, el hombre de exterior frío bajo 
aquel pálido manto de hielo, disimulaba el pudor 
de su sensibilidad y de su amor ardiente por el 
bien y por lo bello, era el artista puro que se ab- 
negaba en holocausto de sus afiebradas imagina- 
ciones y de aquellos amigos, secretos de su predi- 
lección. 

Tres obras que llevan las firmas de: Isabey, 
Lamí y Decamrs comrletan la figuración de este 
período. Las de los dos primeros obedecen cum- 
plidamente al concento pictórico, ya muy comen- 
tado de estos maestros; la de Decamps es una 
se-ia simbólica de dimensiones reducidas. En una 
alti-^lanicie caótica, por entre riscos y malezas, 
escálase con sigilo un humo misterioso, soporte y 
envoltura de una figura emblemática; dos peregri- 
nos hincados adquieren contornos piadosos. Vaga 
aquí el exotismo de su viaje a Esmirna, sus altas 
cualidades de eximio pintor de caballete se afian- 
zan con donosura. «Le Remouleur» y la «Sortie de 
L'Ecole Ture» no quedan ajenas a esta agua-tinta 
que por los blancos de gouache y los retoques de 
serbia asume, tanto en el dibujo como en el mode- 
lado, la firmeza de un óleo. 

Pero si bien la pintura de género de los prime- 
ros innovadores se halla tan fielmente represen- 
tada, aún lo está en creces en lo que se refiere a 
los paisajistas de 1830. 

«Le Moulin», de Jules Dupré. nos inicia en la 
escuela. Un viejo molino bate el cielo anubascado 
con sus negras alas; rior la carretera ancha y par- 
da va la ma''aia blanca siguiendo el azarbe por 
donde corren las aguas de la lluvia reciente. Nada 
más sencillo ni nada más armonioso. Todo se en- 
tiende en una suave sucesión de tonos cobrizos. 
Del procedimiento robusto que modela la tierra 
y de la distribución de la luz nace la unidad me- 
lódica que la exalta. Bien atestigua el melancólico 
molino de Duí^rés la alianza que él hiciera entre 
el legado de Paul Huet y la escuela inglesa. 

El romántico de los románticos; Narcisse Ulisse 
Díaz lo hallamos patentizado en una escena trá- 
gica de color. Un cazador y su perro cruzan raudos 
una rradera entoldada por fieros nubarrones, los 
árboles v el cielo parecen gemir bajo la presión 
recia del huracán; todas son notas obscuras que 
conspiran en un drama atmosférico. Está ejecu- 
tado de cerca, los verdes riquísimos se hallan ob- 
tenidos un? s veces por hábiles empastes y otras 
veces ror raspajes oportunos. Se denuncia con 
brío el lirismo de Díaz, las indicaciones violentas 
ponen muv de relieve su amor exaltado y poético 
por la naturaleza. 

Del exquisito Corot admiramos un paisaje sen- 
cillo. No pasean en él ni las ninfas, ni las dríadas, 
ni las hamadriadas surgidas de los estanques o de 
embalsamadas forestas; esta vez han dejado libre 
el campo a una zagala diminuta indicada breve- 
mente junto a una vaca apacible. Se encuentran 
en el terminar de un bosque, los últimos liños de 
copiosa fronda recortan el cielo; más atrás se 




ISSE DÍAZ 



LA TORMENTA 



— 1=>LJK''^S X^' 




COROT. — PAISAJE 

asoman escalonadas casucas que sirven de basa- 
mento a un litúrgico campanario. La capa ex- 
tensa de verde, que cubre las tres terceras partes 
del lienzo, resumen sintéticamente la práctica del 
paisajista. Sobre fondos cepillados llanamente re- 
salta el follaje expresado con notas luminosas. 

Por lo sosegado de su espíritu y por su factura 
simplista, esta página pictural parece explicarnos 
ya el porqué de la tendencia naturalista. 

Calmado el entusiasmo de los primeros líricos 
del romantismo ante las frecuentes observaciones 
de la naturaleza, fuese formando la legión de los 
nuevos reaccionarios, por el mismo rabero unos 
y otros abocaron a realizaciones hermanas. Y aquí 
nos sale al paso Daubingy hablándonos clara- 
mente de tales aseveraciones con la anotación sin- 
cera de un brazo de rio que suponemos el Sena. 
Susurra casi el impresionismo amamantado por el 
despertar de un realismo sentimental en el que se 
filtran ansias de atmósfera y de luz verdad. 
¡Cuánta elocuencia en estas aguas mansas que co- 
rren en medio del silencio y de los profundos aro- 
mas primaverales! 

Constant Troyen, el intérprete de los rumean- 
tes filósofos, nos procura con un asunto de deli- 
cioso verismo mayores luces sobre el ideal natura- 
lista. Son dos vacas, la una negra y la otra blanca, 
tras de ellas en la lejanía discurren, en la adunada 
campiña, dos cabritas y el cabrero; el despertar 
robusto de la tierra solemniza la belleza rural, 
fresca y verde, de la crasa Normandía. La vaca 
negra amanece triste, en cambio los pastos húme- 
dos y lozanos rutilan bajo la claror del dia. El sue- 
lo y el herbaje se hallan expresados por pincela- 
das cortas (correos tímidos del divisionismo), las 
nubes, por el contrario, barridas por grandes ras- 
gos, semejan adquirir la forma del viento. 

Charles Jacque, precursor de Millet; Octave 
Tassaert, el traductor sincero de las lucubraciones 
seráficas literariamente ligado por Lamartine y 
Alfred de Vigny a los místicos Lyoneses y Adol- 
phe Cals que halló en las escenas humildes del 
pueblo obrero los primeros temas del realismo, 




FROMENTIN. — paisa; 



completan aquí el ciclo 
y llenan el paréntesis 
que vincula a la escuela 
de Robinson con los te- 
soneros que de 1848 a 
1870renovaron incesan- 
temente los modismos 
pictóricos. Llegamos a 
las grandes franquezas, 
el goticismo apura sus 
últimos días de vida y 
el hosco Courbet, vapu- 
leando nuevas y vicio- 
sas añoranzas formulis- 
tas, cimenta el realis- 
mo en una lección sana 
y brutal que llevó el ti- 
tulo de «L'Enterrement 
d'Oraans». 

Su émulo modesto e 
irónico. Honoré Dau- 
mier, nos sugiere la his- 
tórica remembranza con 
una agua tinta carica- 
turesca: El juez senten- 
cioso parece amonestar 
a un procesado; atrás, 
sentados en sus pupi- 
tres, comentan el hecho 
los doctos colegas. Apar- 
te de sus altas cualida- 
des humorísticas, por las que merece ser muy esp_e- 
cialmente admirado, demuestra un vigor extraño 
y profundo en la caracterización de los persona- 
jes, pudiéndose establecer un paralelo entre lo que 
él realizaba tomando por modelos a las gen- 
tes de París y los rústicos paisanos, de los 
feraces labrantíos, que por artes de Millet 
comulgaban en horas de recato con la madre 
naturaleza. «El gran niño distraído y bonda- 
doso» representaba en aquellas sátiras a los 
tipos populares aguzados por toda la feroci- 
dad de su propia sencillez y de sus impre- 
siones mordaces. 

De Ziem y Harpignies, coetáneos del hu- 
morista, artistas que figuraron en las filas de 
los poetas realistas y cuyas vidas y obras 
prolongáronse casi hasta nuestros días, ad- 
miramos: de aquél, dos Venecias engalana- 
das por el esnejismo de una policromía asom- 
brosa, y de éste, un paisaje decorativo tratado 
con distinción y destreza. 

J. L. E. Meissonier figura con una tela pe- 
queña bien equilibrada y ejecutada con 
primor y minucia. Un paisaje de Eugéne 
Fromentin merece muy especial estudio: bajo 
un cielo gris se agrupan, próximos a una 
carpa y a un árbol añejo, numerosos caba- 
llos cuyas crines retozan al soplar de una 
brisa suave; uno relincha, otro pace y los 
más contemplan la pradera hermana. Por 
el sendero marcha el hato de minúsculas 
ovejas. Las tierras verdes, ayudadas por los 
tonos neutros, se diluyen en el horizonte en 
una sabia relación de valores. Hay en los 
caballos rasgos curiosos, diríase que sus be- 
llezas corpóreas exaltadas por un no sé qué 
desconocido les hiciera aspirar a algo más, 
nos saben mucho a centauros. La gran cul- 
tura cláisica del autor de «Les Maitres D'Autre- 
fois» y los comentarios de su viaje Biskra, nos dan 
buena cuenta de este sentir semi-clásico, semi- 
exótico; |qué lástima que el pintor literato, esclavo 
en demasía de tecnicismos pretéritos, no haya con- 
sumado su obra con una 
manera más libre y más 
suya! 

Ahora estamos frente 
a una figura pálida de 
un livor voluptuoso: se 
trata de un estudio muy 
terminado de Jean Jac- 
ques Henner. Es el 
triunfo emotivo de la 
belleza plástica a la que 
se asocia, por la fina 
personalidad del pintor 
alsaciano, el ponderado 
realismo de Courbet a 
la tradición Holbeniana. 
«La Danse», de Fan- 
tin Latour, pertenece a 
su última época; es la 
hermana menor de 
aquella sinfonía pictó- 
rica titulada «Les Dan- 
ses», del museo de Pau, 
que figuró en el salón 
de 1891. Por la influen- 
cia musical de Wagner, 



de Berlioz y de Brahms, llegó Fantin a imaginar 
estas composiciones en que la melodía del color 
juega amorosamente con la cadencia de las líneas. 
Una danzante envueKa en gasas blancas, un pe- 
ristilo gris, un fondo de jardín. Varias mujeres 
hermosas la rodean embeleñadas por un ritmo pa- 
radisíaco. Los trajes, las carnes, las plantas, los 
vestidos se hallan acariciados por un pincel sutil, 
devoto de la diosa armonía. 

Citaremos a Theódule Ribot, Neuville, Chaplin, 
Boudin, León Lhermitte, Lepin, Boitet, Bail, Bou- 
guereau, Veyrassart, Charles Cottet, Rene Me- 
nard, Luoien Simón, Caro Delvaille, Le Sidaner, 
y Forain, sus nombres bastan, ya que no habla- 
mos de sus obras, para demostrar que la última 
etapa evolutiva se halla en la colección muy dig- 
namente representada. 

Hemos dejado de citar intencionalmente el nom- 
bre de Eugéne Carriere. Dos telas muy importan- 
tes procuran la lección del maestro moderno del 
claro-obscuro y hacen que su talento generoso sea 
por nosotros recordado con marcada predilección: 
En la penumbra vaporosa las medias tintas aho- 
gadas en la sombra dejan traslucir la faz dolorida 
de una mujer y la cabeza de un hombre de cabe- 
llera ocre, en cuyo semblante se asoma la dulzura 
del no existir. La austeridad ideal del concepto, 
moral y filosófico, que practicó el artista en sus 
últimos años de vida, se halla cristalizado allende 
las formas, que para mayor abstractismo se des- 
atan de las líieas y se funden en un caos indefi- 
nible y vibrante. 

Por muy satisfechos nos daríamos si estos des- 
hilachados comentarios fueran capaces de comu- 




DELACROIX. — LA MISE au tombeau 

nicar a quien los lee el respeto que nosotros pro- 
fesamos por los maestros que del año de 1801 
hasta el de 1906 cumplieron con la alta misión de 
renovar, a la par que evolucionaba el espíritu, 
las artes de pintar. Huelga casi el agregar que la 
pinacoteca, objeto de la presente publicación, es 
lugar seguro de meditación y consejo que por co- 
nocimiento y juicio peritísimo de quien la formara 
es hoy tesoro artístico argentino. El altruismo del 
señor Santamarina lo convierte en bien nacional; 
no se trata del hermético joyel cerrado a las mira- 
das investigadoras y curiosas, sino que, por el 
contrario, ofrece sus luces y riquezas a todos cuan- 
tos busquen en él la herencia de los eruditos de 
antaño y de hogaño. ^^^^.^ g. Noel. 

Merced a la hidalga galantería del señor Santamarina, 
pueden los lectores admirar el notable óleo de Zuloaga que 
ilustra una de nuestras páginas. De ese modo podemos ates- 
tiguar que es justa la frase final del brillante artículo del 
señor Noel. No se trata, efectivamente, de un tesoro artísti- 
co guardado por el egoísmo de un coleccionista, egoísmo 
muy justificable, pero que redundaría en perjuicio de la cul- 
tura nacional, porque la pinacoteca del señor Santamarina es 
un verdadero te;oro de arte pictórico. A más de los cuadros 
de que nos habla el señor Noei, hay allí numerosas obras 
pertenecientes a otras escuelas. Por la holandesa está Van 
Dyck. La hispana se encuentra representada por telas de 
Zurbarán, el Divino Morales, Ribera el Españólelo, el Greco 
y Murillo. Luego, el genial y anárquico Goya, y tras él, las 
mejores firmas de la pintura española moderna: Sorolla, 
Zuloaga, Domingo, Madrazo, Benedito, Lucas, Barbudo, etc. 

También hay cuadros de Laurens, Mancini y otros, para 
completar el valor de este museo. 



1 k¿^^- 




CARMEN CARBAlLIDO GUERRICO 



LOLA GUIRALDES GONl 



MERCEDüj MASCH/^ITZ 



SUSANA HOLMBERO 




He querido elegir 
para estas páginas, 
en las que irradia el 
espíritu femenino en 
todas sus manifes- 
taciones, la nota más 
interesante de las 
fiestas realizadas pa- 
ra honrar nuestro 
grande aniversario... 
Un nuevo y presti- 
gioso grupo de jo- 
vencitas acab a de 
incorporarse a la vi- 
da social porteña, 
conquistando desde 
su primer baile los 
más entusiastas ho- 
menajes de admira- 
ción y simoatía. Ra- 
diantes de luminosa 
juventud, serenas en 
su triunfo, luciendo una elegan- 
cia tan armoniosa como discre- 
ta, han embellecido con el don 
de su gracia señoril, las suntuo- 
sas fiestas elegidas para su pre- 
sentación, ¡acontecimiento que 
todas esperáb amos y recordamos 
como una de las emociones más 
intensas de nuestra vidal 

Las excepcionales circunstan- 
cias, han consagrado este acon- 
tecimiento social, con un sello 
de solemnidad sin preceientes, 
puesto que al encantador grupo 
que engalana hoy esta página 
femenina, le ha sido concedido 
el conquistar la soberanía mun- 
dana, en los momentos en que 
se celebraban con intenso fervor 
patriótico, las glorias del pasa- 
do, y que reinaban en nuestro 
espíritu y en nuestros labios los 
nombres de los fundadores de 
los mismos hogares que han flo- 
recido hoy en medio de las brumas y el cierzo del invierno, 
con una prodigiosa primavera de gracia y juventud. . . 

Acatando fiel y sinceramente el inapelable juicio del tri- 
bunal mundano, debo mencionar en primer término, a las 
que fueron las triunfadoras en el baile ofrecido por doña 
Teodelina Alvear de Lezica: Carmen Carballido Guerrico, 
Mercedes Masohwitz y Ana Rosa Schlieper, se vieron rodea- 
das por una legión de admiradores, y nunca fuera un éxito 
mejor justificado. . . La exquisita belleza de Mercedes Mas- 
ohwitz, realzada aun más, por la gracia de su sonrisa, que 
revela todo el ingenio de que ha sido pródiga la familia de 
La Barra: el encanto que irradía la interesantísima figura de 



ANA ROSA SCHLIEPER 



Carmen Carballido Guerrico, de la 
que podríamos decir que « no tiene 
historia por ser demasiado modesta», 
a pesar de las excepcionales dotes de 
su inteligencia, y aquella seducción 
proverbial en las representantes de 
su familia materna... Ana Rosa 
Schlieper, a la que no le ha bastado 
ser todo lo bonita que es, y ha me- 
recido que alguna hada protectora 
quisiera que nadie como ella pudiese 
hacer vibrar las cuerdas de la tra- 
dicional guitarra, evocando al cantar toda la ingenua poe- 
sía de nuestra tierra, y que tuviera al bailar la maravillosa 
gracia de los elfos. . . 

Lola Güiraldes Goñi, cuyos aterciopelados ojos negros ilu- 
minan una tez de marfil y que con la gracia de su sonrisa, 
acepta serenamente todos los homenajes; inteligente y muy 
instruida, espiritual y sumamente culta, añade a estas cua- 
lidades una modestia y recato que hacen su principal en- 
canto... Me recuerda vagamente a su abuela paterna 
que fué una de las mujeres más distinguidas de su ge- 
neración. 

Blanca y sonrosada, de cabellera y ojos negros, grácil si- 



lueta, Josefina Can- 
tilo Achával posee 
el don de atraer con 
su ingenio tan vivaz 
como oportuno: tam- 
bién la inteligencia 
le viene de abolen- 
go, . . María Teresa 
Bosch Alvear, here- 
da la belleza, inteli- 
gencia y cultura tra- 
dicionales en su ho- 
gar: en su perfil de 
clásicas líneas, hallo 
el reflejo de la belle- 
za y el elevado es- 
píritu de la más be- 
lla de las porteñas 
de su generación, 
doña Elisa Alvear 
de Bosch. Susana 
Holmberg, que man- 
tiene también muy alta la tra- 
dición de hermosura de las 
mujeres de su apellido; María 
Elena Villegas Hamilton, edu- 
cada tan lejos de su país, pero 
que vuelve a ocupar el sitio que 
le corresponde en nuestra socie- 
dad, con todos los atractivos de 
un espíritu culto y refinado; des- 
arrollada su natural inteligencia 
en la sana amplitud del ambien- 
te sajón, será digna represen- 
tante de la mujer argentina, 
siguiendo la tradición diplomá- 
tica de su familia. 

Josefina Güiraldes Madero, 
Clara y María Teresa Estrada, 
Augusta y Elisa Pico Estrada, 
completan con todos los atracti- 
vos de su juvenil distinción, la 
encantadora falange de jóvenes 
porteñas que son la alegría del 
presente y que encarnan tan her- 
mosas promesas para el futu- 
ro... A ellas, que encierran en sus delicadas manecitas, todas 
las virtudes y todas las ventajas de la belleza, del rango, y 
de la fortuna: a ellas, que han sabido conservar como 
sagrado talismán el recato y la modestia de sus nobles an- 
tepasados, a ellas pues, les corresponde mantener con se- 
renidad y firmeza las hermosas tradiciones del hogar 
argentino, las costumbres sencillas en medio de la sun- 
tuosidad porteña, tos principios que no deben ser reem- 
plazados por las extravagantes modalidades que amenazan 
arraigarse en nuestra sociabilidad... 

La Dama Duende. 



JOSEFINA CANTILO ACHAVAL 



T -"I \ 



\ 1 -rtpyx- 




SKA. MABEL A. STIH* 
SOM, CSrOSA DEL 
I. HIHtSTIK) 
DS LOS B. U. 



ENCUESTA 
DIPLOMÁTICA 

.^*ttinta. — D* 
ias mu)ores que os- 
Md ha tratado en 
sus varias residen- 
cias diplomiiticas, 
¿■!-jáí 1? ha p*j?tad':< 



diplomática es Bue- 
nos Aires y sus 
mujeres me han 
pistado tanto, que 
no creo que otras 
pudieran superar la 
{^ratísima impre- 
sión que ellas me 
han prod'jcido. 



P. — ¿IMnde ha 
encoalrado usted nús unión entre el hom- 
bn y la mujer? 

/?. — Considero muy unidos los matrimo- 
nios arge' *•« tenido el placer ("e 
tratar aa "iro que la educacJói 
de la mujer en cr^ic país la pone en condi- 
t de ler una ericaz colaboradora de su 



P. — ¿Cuiles son los rasgos característi- 
cos de la mujer norteamerícana? 

K. — Me parece poco diplomático hacer 
aqui d elogio de mis compatriotas. 

P. — ¿Qué vir!-jd femenina admira usted 
mis en sus ct- 
R. — Todas S3n admirables. 

P. — ¿Qté mujeres han honrado y honran 
hoy la cuhura de su pais? 

/?. — Ha habido y hay en mi pais muchas 
mujeres de gran cultura intelectual: nom- 
brar a todas seria imposible; nombrar sóio 
altanas, seria injusto. 

P. — ¿Si no fuera usted norteamericana. 
dónde quisiera haber nacido? 

K. — No hay patriotismo sin exclusi- 
vtsroo. 

Mabel A. Stikson 





Opimonts dt la distinguida conffrencista 
Miss Peck, sotre ¡a encuesta: 

iQué mujer de la antigüedad hubiera 
querido ser usted? — me preguntó una dis- 
tinguida señora argentina, mientras hojeá- 
bamcs juntas la hermosa revista Plvs 
Vltka. Esta pregunta, hecha asi a quema- 
rropa, ala que tantas distinguidas damas del 
gran mundo han contestado con notible 
conocimiento de les méritos y virtuaes de 
las mujeres de la historia, me dejj un mo- 
mento perpleja: pero reponiéndome luege, 
contesté a mi amable interlocutora: «No hu- 
biera querido ser ninguna de las admirables 
mujeres del pasadc; nuestra época es tan 
interesante que no quiero pensar que podría 
no haberla silcanzado. Quisiera ser una mu- 
jer del futuro, pues son ellas quienes más 
harán para elevar a las de su sexo, inspi- 
rindcles la necesidad de perfeccionar cada 
vei más su educación, de formarse el más 
amplio ocncepto de la vida femenina, de- 
mostrando la igualdad intelectual de la mu- 
jer con el hombre, ganando terreno en su 
respeto y en su alecto y ejerciendo sobre él 
una más poderosa influencia para bien de la 
raza humana. t 

Y mi amiga argentina, anadió: — Sí: el 
ideal de la mujer del préseme debe ser 
preparar mujeres fuertes, sanas de espí- 
ritu, altruistas y sinceras, para formar la 
raza del porvenir, raza de mujeres iguales 
al hcmbre en el hogar, en la sociedad y en 
el saber. Compañeras abnegadas, amigas úti- 
les, consejeras seguras y leales. La igualdad 
ideal que fundirá en ui o estos dos seres que 
hasta ahora, y a pesar ael ¿- '. s po- 

deres antagónicos s;empre ' 

El cía que la mu,er hay^ - ..,..^ ,do la 
igualdad, reinará la paz en el mundo, por- 
que reinará en él el único verdadero amor, 
el amor basado en la mutua estimación. 

Annie S. Peck. 



ENCUESTA 
DIPLOMÁTICA 

Pregunta. — ¿Qué 
fué lo que más le 
impresionó a su 
llegada a Buenos 
Aires? 

Respuesta. — La 
regularidad de sus 
calles y su excelen- 
te pavimentación; 
la magnifica sala 
del teatro CoI5n y 
el Hipódromo, que 
considero uno délos 
mejores. 



ASÍ ES LA VIDA 



Lo vi una vez y su recuerdo no se borrará 
jamás de mi memoria: era joven, elegante, 
simpático: tal vez buen mozo: no lo sé. 

Llevaba la cabeza inclinada; las manos 
cruzadas a la espalda sostenían el bastón. 
Pasi entre mi amiga y yo y al pasar hizo un 
leve saludo, tocándose el ala del sombrero. 
Subió la escalinata del jardín (en aquel ins- 
tante yo me despedía a la puerta del hote- 
lito de mi amiga), subió la escalinata y se 
i¡ alejó entre los rosales florecidos, con los bra- 
zos nuevamente cruzados a la espalda y la 
cabeza inclinada sobre el pecho. 

— ¿Quién es? — pregunté, extrañada de 
la actitud indiferente y al mismo tiempo fa- 
miliar de aquel desconocido. 

— Es nuestro huésped desde hace varios 
años: no lo has visto nunca porque jamás 
se deja ver de nadie: mi marido fué uno de 
sus pocos amigos a su llegada a Buenos Ai- 
res, y después de su desgracia el único que 
se ocupó de él. . . Una nube obscureció los 
dulces claros ojos de mi amiga y continuó: 
— Es una triste historia que tiene toda la 
punzante angustia del misterio: Roger es 
loco. . . 

— - ¡Loco! 

— Sí, loco de una locura mansa y taci- 
turna que mueve a profunda compasiin: No 
te vayas todavía: te contaré lo que sé de este 
dolor. 

Roger llegó a Buenos Aires, dicen que tras 
una mujer: borrascosa aventura de amor que 
su familia en Europa había condenado con 
gran indignación. 

Hijo de un personaje, dueño de gran for- 
tuna, abandonj todo por aquella mujer y 
ella murij aquí, según parece en circuns- 
tancias trágicas: el dolor lo enloqueob: tuvo 
un ataque de locura furiosa y fué internado 
por la policía en el Hospicio de las Merce- 
des. Nadie lo conocía, él había olvidado su 
nombre, y durante mucho tiempo permane- 
ció en el Hospicio, pasada ya la crisis aguda, 
sin que se supiera quien era aquel extran- 
jero, distinguido sin duda, a juzgar por sas 
modales, pero completamente ignorante de 
su nombre y calidades, 

Cartas de Europa obligaron al cónsul de 
su pais a indagar el paradero de Roger, y 



no sé cómo, averiguó que se hallaba en el 
manicomio. — Está bien, le dijeron allí: todo 
peligro de ataques violentos ha desapareci- 
do; tiene la locura tranquila, puede volver 
a la vida normal en su hogar, sin que haya 
nada más que hacer aquí por él. 

Transmitida esta noticia a la familia, aque- 
lla decidió que se le buscara un sitio hono- 
rable donde vivir y que se le pasaría una 
pensión para su sostenimiento en Buenos 
Aires. 

Mi marido que lo supo, y que, como te 
dije antes, fué uno de les pocos amigos que 
tuvo Roger a su llegada, escribió a la fami- 
lia anunciando que había traído a casa al 
enfermo y que a nuestro lado estaría hasta 
que se le llevara a su patria. La respuesta 
de la familia fué que, puesto que él no se 
acordaba de nada no había objeto de vol- 
verlo al hogar. Que estaba bien con nosotros 
y que le enviarían lo necesario para vivir y 
no sernos gravoso. . . y ahí lo has visto: de 
esto hace ya varios años. Allí, sirve tal vez 
la fortuna de Roger para aumentar el brillo 
del blas jn. para casar mejor a las hermanas... 
;Qué sé yol Aqui, él juega con los patos y los 
cisnes del lago: cuida los rosales, apalea a 
veces las gallinas porque dice que se ríen 
de él. . . Para mí es un hijo más. . . Pero se 
me oprime el corazón cuando lo veo dirigir- 
se al piano. Toca con insuperable maestría, 
con un sentimiento extraordinario. Desde 
que está aquí, no ha estudiado nada nuevo: 
recuerda lo que antes aprendió: es lo único 
que recuerda al parecer. Se sienta al piano 
y toca, toca sin descanso horas enteras: no 
tratamos de distraerlo porque no oye ni ve 
nada cuando lo absorbe la armonía de la 
música, de esa música que él toca, patética, 
desgarradora, que conmueve como una im- 
precación o como un lamento. La crisis so 
aproxima: Roger llora, llora con sollozos 
hondos, profundos, con sillozos en los que 
pasa toda la horrible tragedia de su juventud 
perdida. 

¡Y tal vez, entretanto, su madre está go- 
zando en el teatro oyendo La Muerte de 
Isolda! 

¡Así es la vidal 

Pulí NA DE Tal. 





SRA. DAISY a. DE SO- 
LER , ESPOSA DEL 
EXCMO. SR. MINISTRO 
DE ESPAÑA. 



P. - ¿Qué cua- 
lidad o qué virtud 
le parece a usted 
que caracteriza a 
la mujer argentina? 

/?. — La mujer argentina reúne, a mi jui- 
cio, todas las cualidades y virtudes: pero se 
distingue sobre todo por su patriotismo, ab- 
negación, amor a su hogar y por su exqui- 
sito trato social. 

P. - — ¿A qué mujer, de las que usted co- 
noce, se asemeja más el tipo de la mujer 
argentina? 

R. — Por su elegancia y silueta, se ase- 
meja mucho a la parisiense; y en cuanto a 
belleza, constituye un tipo especial, en el que 
se encuentran unidos todos los encantos de 
la mujer del norte a la gracia y expresión 
de las meridionales. 

P. — ¿En qué rama de la actividad le 
parece a usted que la mujer argentina coo- 
pera con más eficacia al progreso de la 
Nación? 

R. — En la cultura general, en la enseñan- 
za y en la beneficencia, como lo prueban las 
múltiples instituciones sostenidas por damas 
argentinas y en particular la «Sociedad Na- 
cional de Beneficencia's que es un modelo 
acabado y perfecto de las de su clase. 

Daisy G. de Soler. 




¿QUIERE USTED SABERLO? 

Indiscreta. — Cumpliendo lo prometido, 
ahí va la más amplia explicación que he con- 
seguido en respuesta a la pregunta que me 
hiciste en el número anterior: Efchtiv - La- 
dostur. 

Marianela. — Conozco el caso: no es una 
fábula, es una realidad; pero seria una im- 
perdonable ligereza de mi parte, darle a 
usted el nombre de ella y de él. Quizás es 
cierto que él le debe a ella su carrera, y, por 
consiguiente, su porvenir; en cambio ella, 
por elevarlo, perdió lo que creía su felicidad. 
Ella quería con el corazón, y éste no sabe 
cansarse de querer: él amaba con los ojos 
y entonces los cariños no tienen profundi- 
dad... Germinan en la superficie... Esta 
es la única razón de lo sucedido. 

Je sais tout. — A pesar del nombre que 
has adoptado, sufres esta vez una lamenta- 
ble equivocacijn: sé de buena fuente lo que 
pasi), y si las consecuencias tomaron gran- 
des proporciones, el motivo fué insignifican- 
te. En uno de los grandes bailes celebrados 
últimamente, sucedió que yendo una joven 
y elegante dama del brazo de un caballero 
cuyo breve apellido suena como un campa- 
nillazo, se le aproximó otro caballero, y des- 
pués de hablarla al oído, ella soltó el brazo 
de su pareja, y se alej j precipitadamente de 
su lado, sin dar razón alguna a su perplejo 
compañero. Ellos se miraron a la cara. . . y 
se injuriaron de palabra y de hecho. Las 
palabras dichas al oído de la interesante 
dama, se referían únicamente a un desper- 
fecto de su toilette. 

Gacela. — Desconfia del amor alegre. 
Las almas enamoradas son melancólicas, en- 
fermas de hermoso padecer. 

Aristocrática. — Si: indudablemente la 
presidencia futura será democrática en ex- 
tremo. Siempre han de lamentar los circuios 
distinguidos, que la iniciada por el doctor 
Quintana fuera por desdicha tan breve: las 
delegaciones extranjeras que concurrieron 
a la scbmnidad del año 1910, habrían en- 
contrado que el mundo oficial porteño, po- 
día rivalizar honrosamente con el fausto y 
elegancia de las cortes europeas. 

María Lebém. 




EiELLBZAii 

ARGENTINAl/i 




Cl^é. 



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mien^- 



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OTOGRAFIA DS WITCOMB 



-P>L- 



\ l^T"Cí>V— 








üQlIUd 





ÍÍi...:.^?. 



EL INVENTARIO 

No pasaría, seguro, de una blanca cuartilla 
La nómina completa de nuestro mobiliario: 
Ties catres, una mesa, dos bancos de esterilla. 
Los cajones, el prímus. . . se acabó el inventario 



Un don Quijote de Doré, caballero... 
Pérez Barradas firma unas caricaturas... 
(Esto va como anexo). El clavo del sombrero 
Y una vela que hace las sombras claroscuras. 

Sobre la anciana mesa ser biblioteca intenta 
Una caja en que lucen libros de compra venta. 
Lo que si que selectos, de preciados autores. 

Que sabiendo su alta y sesuda importancia. 
Presiden las veladas, en que. con arrogancia 
Magistral, repartimos más mandobles que flores 




SOLO 

Estoy tomando mate: entre dientes me digo 
Cuatro cosas vulgares: Precisamente, hay días 
En que uno pagaría por tener un amigo 
Que paciente escuchara nuestras filosofías. 

Cansado de leer a meditar me obligo: 
;E1 amor, las mujeres, los versos!... Tonterías. 
¡Pero qué deliciosas horas traen consigo! 
¡Cerno llenan de vida tantas vidas vacías! 

Obscurece. La sombra por la puerta se cuela: 
Recurro a la eficacia del cabito de vela. 
Afuera la ciudad se lamenta. . . Prosigo. . . 

Borroneo papeles: así el tiempo transcurre. 
¡Cuánta trivialidad a un hombre se le ocurre! 

un amigo. 






N^'L-TlUvíX— 



P T \\N>:, 



EL NUEVO ENVASE PORRÓN 
PARA ACEITE DE OLIVA 

(patente exclusiva de la casa JOSÉ BAU) 

EL ACEITE ESTÁ ENCERRADO EXENTO 

DE AIRE -CADA PORRÓN ESTÁ LLENO 

POR COMPLETO DE ACEITE. 

HIGIENE Y ECONOMÍA 



RefineriadeAceites 



DE OLIVA 



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PARA LA República ARGEhTiNA/ 



IffiíMMOiJOYC^BüenoiA 



tó\ 



i 



^ 



Significa una evolución importantísima en beneficio de los con- 
sumidores de aceite fino de oliva, la creación de este nuevo envase 
(Porrón) que resuelve de golpe las dificultades y deficiencias que 
todos encuentran en los envases más o menos cuadrados. 

LA ECONOMÍA E HIGIENE DEL ACEITE ENVA- 
SADO EN PORRONES, en vez de en latas comunes, fácilmente 
se demuestra: 

Las latas comunes, por el hecho de no terminar en cúspide, no 
pueden ser llenadas, haciendo el vacío de aire; contienen, por lo tanto, 
aceite en contacto con aire encerrado. 

Las latas com-anes, por el hecho de no tener cúspide, no pueden 
vaciarse completamente, siempre queda un gran desperdicio de aceite 
en el ángulo correspondiente al orificio practicado para abrir la lata. 

Las latas comunes, por el hecho de no tener cúspide, contaminan 
el aceite así que se abren, porque la superficie es plana y caen sobre 
ella materias extrañas (en la cocina o en la despensa) , y cuando se 
sirve el aceite, se contamina más o menos con dichas impurezas. 

Hasta el aceite de botellas ofrece la desventaja de que la per- 
sona que toca el tapón con las manos o que lo deja impropiamente en 
cualquier parte, al meterlo para tapar la botella, contamina la parte 
interior por donde tiene que pasar después el líquido. 

CON EL TAPÓN PATENTADO DEL PORRÓN 
BAU, se garantiza la pureza del aceite hasta la última gota de su 
contenido, por cuanto no se puede meter la tapa dentro del gollete: 
lo cubre externamente (tapa por afuera). 

NO SE ENCIERRA AIRE Y ACEITE DENTRO de los 
porrones, porque cada envase se llena íntegramente y se cierra después 
de practicado el vacío. La enorme ventaja de aislar el aceite del aire, 
es el fundamento más esencial de este invento de la casa Bau. 

NO QUEDA UNA SOLA GOTA DE ACEITE EN LOS 
PORRONES vacíos, porque, rematando en cúpula cada envase, 
se desliza hacia ella hasta la última gota de aceite. 

NI EL hollín, ni EL POLVO, ningún cuerpo extraño, 
ninguna impureza puede entrar en los porrones de aceite Bau, porque 
resbalarían por la cúspide y por la parte de afuera de la tapa. 

NO SE CHORREA ACEITE, no se pierde aceite como en 
las latas comunes, porque, gracias a la disposición de la cúspide del 
porrón y de .su boca, el aceite sale sin correrse y sin derramar. 

PÍDANSE PROSPECTOS EXPLICATIVOS. 
NO SE HA AUMENTADO EL PRECIO. 

El costo de cada porrón vacío, es igual al costo de la lata común 
y, por lo tanto, la casa José Bau entrega el aceite en porrones a exclu- 
sivo beneficio de los señores consumidores, sin el menor aumento de 
precio. 

DE VENTA EN TODA LA REPÚBLICA. PÍDASE 
POR SU NOMBRE: "PORRÓN BAU". 

Agencia del aceite "Bau", en Buenos Aires 

Freixas, Urquijo y Cía. - B. Mitre, 1411 



— i3>Ljv^'í3 >v^ijT^ra--x— 




iiiiiia 



I La hora en 

I las principales 
I capitales 
I del mundo. 





Cuando es mediodía 
en Buenos Aires. 
Los cuadrantes pun- 
teados indican horas 
pomeridianas. 



AMERICA 



W.\SHINaTON 

(EE. UU. N. A.) 






RIO JANEIRO 

(Brasil) 




MONTEVIDEO 

(Uruguay) 



EUROPA 




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(Francia) 



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(España) 



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(Turquía Europea) 



ASIA 






ÁFRICA 




biiiiiBiiiiiaiiiiiBiiiii 



MEI.BOURNE 
(Australia) 

IIIIIBIIIIHIIIIIBIIIIIBIIIIIHUIIHIIIIDIIIIIIIII 



WELLIN^-iTCN 

(Nueva Zelandia) 

iiiHiiiiiHiiiHiiiiiBiiiiaiiiiniiiiniiiii 



iiiiiiaii 



— V^l 



ri r^>^— 



CURIOSEANDO 




^}ipw^j'£^!Sg'(fmsi:£&i^is&^Símaié?^immí:&immsmsíBxwmmi 




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SUPLEMENTO DE «CARAS Y CARETAS» 

Dirección y Administración: Chacabuco, 151/155 - Bs. Aires 

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EN TODA LA REPÚBLICA 

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Pueden solicitarse subscripciones o ejemplares sueltos a to- 
dos los agentes de Caras y Caretas, o directamente a la 
administración, calle Chacabuco, 151/155, Buenos Aires. 



UN PUENTE COLGANTE HECHO DE RAMAS 

El hombre civilizado que visita las tierras africanas se maravilla, 
apesar de su orgullo y su sabiduría. Allí no hay fundiciones de hierro 
y acero, ni se conoce la industria de la piedra tallada. Sin embargo, 
los indígenas saben tender puentes sobre los rápidos y peligrosos 
ríos de aquella región. 

Verdadero prodigio del ingenio humano es el puente colgante que 
reproduce nuestro grabado. Fué construido por las tribus salvajes 
que habitan las orillas del río Siyom. Los rudos ingenieros han tejido 
un gigantesco puente de madera, de 380 pies de longitud, y la obra 
resiste años y años, como si estuviera hecha de acero. Y en cuanto 
a los gastos de construcción, cabe sostener rotundamente que han sido 
más módicos que sus similares de América y Europa. 




Una Creación Parisienne Sugestiva 

Ha llamado poderosamente la atención y se ha difundido con rapidez asombrosa la moda de los 

COLLARES PERFUMADOS <•"= ^-■"''/J»^^ ^r'^püÍÍ 'a!" "'""' 



4 



Estos collares están ^^ ~^A! 

formados con Perlitas de París, alternadas ^^v_ 

ccn diminut.-.s rositas de flores prensadas, que exhalan fl^ 
un perfume misterioso, muy agradable y que jamás pierd». ^ 
Los hay con rositas de los siguientes colores: Rosa, Crema, ^ 
Rojo, Violeta, Amarillo y Verde. Precios de propiginda: J^ 
Tamaño grande, para señoras y señoritas, $ 4. /cr^ 

%^— Tamaño chico, para niñas, 




El flete corre por nuestra cuenta. Dir'gir los pedidos con importe, al Gerente de 

THE DIAMOND HOUSE - Tacuarí, 678 - Bs. Aires 



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Embellece 
y perfuma 
el cutis. 



¿Por qué no lo prueba Vd.? 




PASTA DIUrriPHICA 




— P^LJS^':© 



CÓMO EL AGUA MODELA LOS PECES 




H. HOUSSAY, EN £U LABORATORIO 

Vieja es ya la doctrina científica que sostiene 
que la infinita variedad de formas animales es el 
resultado de incesantes cambios. Esta evolución 
se realiza con tanta lentitud y una rareza que no 
podemos advertirla durante nuestra corta vida. 

Muchos sabios se imaginan que la facultad de 
cambiar es una cualidad propia de todo ser vi- 
viente, un carácter esencial, y que la evolución 
resulta ser el ejercicio de esa facultad, la realiza- 
ción de ese poder interno. Otros, no menos sabios, 
opinan que los seres vivientes no son capaces de 
modificarse si nada cambia en torno. Consideran 
los cambios de seres vivientes como la traducción, 
la impresión o el reflejo de los cambios producidos 
cerca de ellos. 

Federico Houssay. eximio profesor de la Sor- 
bona, no ha perdido el tiempo en imaginar hipó- 
tesis, y sus experimentos acerca de la forma de 
los peces, arrojan mucha luz sobre tal problema. 
Dice Houssay, al dar cuenta de sus trabajos, que 
los submarinos, sumergibles y torpedos pueden 
considerarse idénticos a los peces, pues se agitan 
en el mismo medio y en condiciones semejantes. 
Los globos dirigibles también pueden comparár- 
seles, aunque se desplazan en un medio diferente. 
Por lo pronto, el aire es 800 veces más ligero que 
el agua: mas siendo el globo, en igualdad de vo- 
lumen, SCO veces más ligero que un pez, las rela- 
ciones continúan las mismas. Por el contrario. 
existen grandes diferencias si se admite que el 
aire es elástico y el agua no. Pero esta verdad 
sólo se aplica a estos dos fluidos cuando se les 
considera inmóviles. El agua no se puede compri- 
mir ni es elástica cuando está en reposo, mas si 
lo es al entrar en movimiento, y aun más en 
movimiento de torbellino. Debemos, por lo tanto, 
considerarla elástica y vibrante. 

Luego comienza a relatar sus experimentos, 
ocupándose de los peces que no son ni demasiado 
largos ni planos, esto es, de los buenos nadado- 
res: tiburones, salmones, sardinas, arenques, etc., 
admitiendo, sin embargo, las carpas y las dora- 
das que no están aplastadas en demasía. 

Todo ser viviente es plástico; puede sufrir una 
deformación parecida a la del barro bajo el im- 
pulso de los dedos, más lenta ciertamente, pero 
completa si transcurre el tiempo necesario. 



Muchos niños llegan 
a adquirir una encor- 
vadura de la columna 
vertebral porque dejan 
ejercer la presión de su 
peso de una manera asi- 
métrica, es decir, car- 
gando el cuerpo sobre 
un lado. Tal deforma- 
ción puede corregirse 
mediante el empleo de 
un corsé ortopédico. Si 
solamente en algunos 
años, presiones ligeras 
alcanzan a modificar un 
i cuerpo, ¿qué no se po- 
drá esperar de fuerzas 
mucho mayores obran- 
do sin descanso durante siglos y 
siglos? 

Esa fuerza enorme es la resisten- 
cia del agua. Ahora bien, para que 
trabaje como un verdadero escultor 
sobre el pez a modelar, se necesitan 
dos condiciones: que tenga éste, 
más o menos, la misma densidad del 
agua, y un rápido poder de «despla- 
zamiento». Estas condiciones supri- 
men la acción de toda fuerza verti- 
cal hacia la superficie o el fondo. 
Los peces deformes, demasiado lar- 
gos o demasiado planos, tienen más densidad 
que el agua y que los peces bien construidos. 





CONSTRUCCIÓN MECÁNICA DE UNA DORADA (PIG. 3) 

De aquí que la resistencia del agua modele a 
los habitantes del mar en infinitas formas. 

Quien desee comprobar los experi- 
mentos de Houssay, puede construirse 
el siguiente aparato; 

« Para obtener un ser, un cuerpo, un I 
móvil, un modelo (emplearé todas estas 
palabras) que sea plástico, tomo una bol- 
sa de caucho ligero (fig. 4), de unos 20 
centímetros de largo y 4 de ancho; para 
que sea equidensa del agua, la relleno 
con una mezcla de aceite, vaselina y \\ 
cerusa, que pese tanto como el agua 
a igualdad de volumen; para que sea 
rápido, le pongo un hilo y remolco el 
aparato desde un bote, habiendo antes 
cerrado la bolsa por medio de dos ce- 
rillas bien pegadas •>. Cuando se la re- 
molca a pequeñas velocidades, el apa- "' 
rato, previamente aplastado, sigue así. 
A velocidad suficiente toma la forma I 
de la figura 4; la parte delantera pla- 
na y horizontal, plana y vertical la otra 



TRUCHA Y SU MODELO ARTIFICIAL (riO. 2)1 

mitad. Conforme crecen las velocidades adopta 
las formas 11 y 111, teniendo la última verda- 
dera apariencia de pez. 

Es una aplicación del hermoso teorema de lord 
Kelvin sobre la transformación vibratoria de un 
torbellino en presencia de un obstáculo. Los tor- 
bellinos de agua huyen hacia la parte que pode- 
mos llamar popa, para dejar sitio al pez artificial 
que es el obstáculo. La bolsa, oponiéndose a la 
fuga, al escape del torbellino, toma un aspecto 
que se repite según cierto ritmo llamado vi- 
bración. 

Baste con este experimento para dar idea de 
los trabajos de Houssay, pues todo el desarrollo 
de su teoría no cabe en los estrechos límites de una 
nota periodística. 

Reproducimos también varios de los 
modelos de caucho que el ilustre sabio 
construyó para demostrar cómo el agua 
modela los peces. Houssay llama «mor- 
fología dinámica» al estudio de ese tra- 
bajo escultórico. 

Houssay, uno de esos talentos pre- 
claros, honra de la Escuela Normal fran- 
cesa, como Pasteur y otros, ha venido 
a producir honda revolución en el mun- 
do científico. Sus experimentos, de una 
claridad decisiva, abrieron nuevos ho- 
rizontes a la biología moderna. Pero, si 
en lo que se refiere a las investigaciones 
influyó de modo notable, no es menos 
importante la influencia que las demos- 
traciones del sabio francés habrán de 
tener en la industria. Las navegaciones 
aérea y submarina podrán aprovechar 
las lecciones que estos trabajos propor- 
cionan, construyendo naves y aviones 
modelados con arreglo a las sabias prácticas 
de la Naturaleza. 




TRES FASES DEL PEZ ARTIFICIAL (FIG. 4) 



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Establecida en el año 1885. - Es la casa más acreditada de la 
República, en las operaciones siguientes: Gambio general de 
moneda; Compra y venta de Títulos de Renta, nacionales y 
extranjeros; Cobranza de cupones; Lotería Nacional y toda 
comisión bancaria que se le encargue. Correspondencia a 
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no ha lido alterado en lo más mínimo y no debe por 
tanto pagarse ni un solo centavo más de lo que siempre se 
ha pagado. 



>v^^ — 



BELLEZAS 

de' la 
NATURALEZA 



Ridicula resulta 1 a 
mania de Tartarín y sus 
conciudadanos que, se- 
gún Alfonso Daudet, 
realizaban excursiones 
«alpinas» a una monta- 
ñita humilde de Taras- 
cón. Queriendo huir de 
ese ridículo, el propio 
Tartarín fué a los ver- 
daderos Alpes para ha- 
cer reir a los lectores 
del gran escritor pro- 
venzal. 

Pero, en medio de lo 
grotescas que son las 
excursiones de los taras- 
conenses, hay que admi- 
rar en ellas un fondo de 
justo cariño hacia la 
patria chica. 

Nos quejamos de no 
ser profetas en nuestro 
país, sin comprender 
que nunca tenemos a 
la patria por profetisa. 

Todas estas reflexio- 
nes acuden a los puntos 
de la pluma, en cuanto 
se tienen ante los ojos 
fotografías como la pre- 
sente. Ya lo han dicho 
innumerables escrito- 
res: no se necesita ir a 
buscar los Alpes a Eu- 
ropa, teniéndolos en la 
casa. El Iguazú, las se- 
rranías argentinas, los 
paisajes andinos, para 
nosotros; el lago Titica- 
ca para los peruanos y 
bolivianos, etc., debe- 
rían constituir los idea- 
les turistas del sudame- 
ricano. ¡Qué mayores y 
sorprendentes bellezas 
puede ofrecernos el sue- 
lo europeo! 

Estos dos mudos tes- 
tigos de misteriosas re- 
voluciones geológicas y 
humanas, estos dos obe- 
liscos que la naturaleza 
elevó para afirmar un 
magnífico poderío, vie- 
nen a ser las columnas 




EFECTOS 

VOLCÁNICOS EN LA 

REGIÓN 

DE TITICACA 



de un Hércules ameri- 
cano. El Non Plus Ul- 
tra que el desamor a las 
cosas de la tierra natal 
constituye el lema del 
turismo de este medio 
continente, debe con- 
vertirse en el Plus Ul- 
tra, el más allá. 

El Titicaca se llama 
modestamente lago o 
lagos, siendo un ver- 
dadero mar de salobres 
aguas, un Mediterráneo 
de 8.300 kilómetros cua- 
drados de superficie, 
que por un alarde de 
las terribles y fecundas 
fuerzas volcánicas está 
situado a 3.835 metros 
sobre el nivel del mar, 
en el sitio donde hubo 
una imponente cordi- 
llera. Sus costas son 
maravillosas, sus islas y 
penínsulas prodigios de 
paisaje. Allí, donde las 
aguas del gran lago 
siempre tibias desafían 
sin congelarse las más 
altas temperaturas, vi- 
vió una raza poética y 
fuerte que ha dejado 
vestigios de una civili- 
zación admirable. Rui- 
nas de templos, palacios 
y fortalezas brindan al 
curioso y al sabio oca- 
sión para leer la histo- 
ria de los hombres que 
lucharon por el progre- 
so. Un pueblo descono- 
cido, pero que, a juzgar 
por los vestigios, era 
poderoso e ilustrado, 
disfrutó y sufrió los en- 
cantos de aquella natu- 
raleza pródiga. De la 
más hermosa de las is- 
las, la de Titicaca, se 
cree que salieron el cé- 
lebre Manco Capao y su 
esposa Mamaoclla para 
conquistar el Perú don- 
de establecieron el po- 
deroso imperio inca. 



LOS PELIGROS DE LA DESESPERACIÓN 



^ jfe 




Ningún enfermo del estómago e intestinos, por crónica y rebelde que sea su d' 
desesperarse. Muchos han consultado notabilidades médicas sin encontrar alivio, y al tomar 
STOMALIX del Dr. Saiz de Carlos, han recobrado la salud. Las fermentaciones anor- 
males del estómago producen acedías y vómitos, que se corrigen inmediatamente con este 
medicamento. Quita las náuseas, ardores epigástricos, y la digestión se normaliza, el enfermo 
come más, digiere mejor y se nutre. Es de resultados positivos en las diarreas y disentería. 
Venta en Farmacias y Droguerías. Pidan folleto a Carlos S. Prats, San Martín, 66, Buenos Aires. 




^^SSESfe 



—T=>LS\y:S 




UNA TORTUGA MONSTRUOSA 



Oporto DOM LUIZ exterioriza 
una modalidad de "savoir faire", de 
elegancia y buen tono. Encuadra 
dentro del ambiente del suntuoso 
hall a la hora del té o del lujoso 
comedor al servirse las comidas. 
Presentando el Oporto DOiM LUIZ 
a sus invitados, usted da completo 
realce a sus recepciones. 




^«^W1^:'!!.IIIPÍBIIIII.1W' 




LOS MIEMBROS TRANSFORMADOS EM OKGANOS FARA MADAR. 



TORTUGA DE LAS LLAMADAS «CORREOSAS», PESCADA EN LOS MARES DE LAS ISLAS SCILLY. 

El Museo Británico de Historia Natural se ha enriquecido últimamente con un hermoso 
ejemplar: una enorme tortuga de las llamadas <'correosas<' por estar su caparazón asentada en 
una especie de cuero muy resistente. Este quelcniano es muy raro, y el ejemplar de que se 
trata fué encontrado en una de las grandes redes de acero que la marina británica tiene ten- 
didas en los mares de las islas Scilly, para pescar submarinos alemanes. 

La familia de las tortu- 
gas, — escribe a este res- 
pecto el profesor W. P. 
Pycraft. — ocupa un pues- 
to único entre los verte- 
brados, porque se caracte- 
rizan por tener el esquele- 
to del tronco unido a una 
armadura exterior, com- 
puesta de placas óseas que 
forman una concha: pero 
en la tortuga llamada co- 
rreosa, el esqueleto es casi 
independiente de la con- 
cha, y ésta, en vez de es- 
tar formada por placas 
óseas simétricas de regu- 
lar tamaño, está compues- 
ta por plaquitas peque- 
ñas, que descansan direc- 
tamente sobre el cuero, de 
donde su nombre de co- 
rreosa. Aun los naturalis- 
tas no se han puesto de 
acuerdo respecto a la na- 
turaleza de la concha de 
esta tortuga, pues mien- 
tras unos creen que es la 
concha pFimitiva de los 
quelonianos, otros supo- 
nen que se trata de una 
degeneración. 

Los miembros de estos 
animales han sufrido tam- 
bién una evolución, para- 
lela probablemente a la de 
la concha. Originalmente 
destinados a sostener el cuerpo en la tierra, se han convertidos en órganos para nadar. Esta 
evolución se ha producido también en muchos otros vertebrados, y en diferentes períodos de 
la historia del mundo. Entre los reptiles, por ejemplo, pueden citarse los casos del cetiosauro 
y del plesiosauro, el del pingüino entre las aves, y el de las ballenas entre los mamíferos. 

Aunque esta gigantesca tortuga se encuentra en todos los mares tropicales y subtropicales, 
es, sin embargo, extrema- 
damente rara, y se sabe 
muy poco acerca de sus 
costumbres y de sus ali- 
mentos. Un tiempo se cre- 
yó que se alimentaba de 
yerbas marinas; pero pa- 
rece que es realmente 
carnívora. El examen del 
ejemplar del Museo Britá- 
nico de Historia Natural, 
hizo ver que tenía el estó- 
mago vacío; pero en la 
parte inferior del intestino 
había muchos crustáceos 
pertenecientes a los cono- 
cidos con el nombre de 
canfípodos >>, que viven 
en la superficie del mar. 
El profesor Pycarft, que 
practicó el examen, espe- 
raba encontrar restos de 
jibias; pero no los habia, 
de lo cual deduce que ese 
crustáceo no constituye el 
alimento ordinario de la 
tortuga correosa. Este ani- 
mal orginario de las An- 
tillas Danesas, tiene la 
boca y el gaznate guarne- 
cidos de grandes espinas, 
tan duras como las púa:: 
del puercoespín. Para tra- 
gar, no hay dificultad, y 
el alimento pasa fácilmen- 
te; pero echarlo fuera es 
imposible. 




BL PREPARADOR DEL MUSEO, ABRIENDO LA BOCA DE LA TORTUGA 
COH UN GARFIO. 



— I3LJV^.S 



>>^— 











Exclusividad de 



A LA CIUDAD DE LONDRES 




Los corsés de Madame Irene se confeccionan en todos los tamaños y gran número de modelos. Los materiales son de su- 
perior calidad, tejidos conforme a instrucciones de Madame Irene, y las ballenas pertenecen a la clase más fina que puede 
obtenerse. Esta uniforme superioridad, garantiza la duración del corsé y permite conseguir ese efecto suave y flexible que repre- 
senta el distintivo de la moda. Desde $ 25. — 



A LA CIUDAD DE LONDRES ^-^^^ 



—T=>LjKy^ 



11 f ' 





Mendel y Cía. 

Belgrano, 561 



En MONTEVIDEO -Macedonio Ferrari, 
Juan Carlos Gómez, 15 13 

En ASUNCIÓN (Paraguay), 
Guillermo Peroni 
Ayolas esq. Benjamín Constant 




>^'LrT^I3>^— 





^^TA •Kdsake Lima. 




^Prodigio de gracia en el Nuevo Mundo: rosa 
olorosa del rosal dominico^: tal llamaron los poetas 
a aquella virgen mística, nacida en la ciudad de 
los Reyes para engalanar el Martirologio romano 
y perfumar, con su devoción y sus virtudes, la 
vida nueva del antiguo imperio de los Incas. . . 
Como a Santa Teresa de Avila, parece acompañarla 
un nimbo de beatitud desde la cuna hasta el se- 
pulcro. Mas alucinada aún por su poderosa fe, las 
penitencias impuestas a su cuerpo por el ascetis- 
mo transfiguráronla en una santa, en esa edad en 
que la primavera de la vida abre sus amapolas 
en el corazón de todos los seres. 

Ya en el primer peldaño de su existencia llevó 
en sus mejillas los albores rosados de una anun- 
ciación. Isabel pusiéronla por nombre sus padres. 
ante la pila bautismal. Pero había en su rostro co- 
lores tan vivos como los de una rosa de Alejandría 
que se entreabre a la luz de la mañana. Y su ma- 
dre, impresionada por la belleza de su pequeña 
niña, la denominó Rosa. Y Rosa la llamó misterio- 
samente, al confirmarla más tarde, Santo Toribio 
de Mogravejo, arzobispo de Lima, a pesar de 
habérsele dicho que su nombre era Isabel. 

¡Qué hermoso colorido, cuánta delicadeza, cuán- 
ta paz hay en esa ascensión contemplativa de las 
vidas iluminadas por la fe y beatificadas por el 
desprecio del mundo! ... La Edad Media tiene esa 
gloria incomparable, que resplandece en el seno 
de sus catedrales majestuosas, cabe las esculturas 
de los mártires, plenas de tristeza, de tormento y 
de santidad. Los ermitaños y los monjes sangran 
su cuerpo para redimir los pecados de la humani- 
dad doliente y extraviada. El fin del mundo es 
una lámpara que oscila en las conciencias, como 
el parpadeo de un ojo sideral que juzga y que 
vigila. Y se diría que el cilicio con que flagelan su 
carne lo» ascetas, arrojando a las pasiones del 
alma, es el látigo con que Jesucristo echó a los 
mercaderes del templo. 

En el espíritu de Rosa resurge aquel sentimiento 
que fingía eclipsarse ante la aurora colosal del 
siglo XVI. La humildad, la paciencia y la contri- 
ción siguen su paso como tres ángeles que la cus- 
todian. La oración brota de sus labios como una 
yedra espiritual que se enlaza al madero de la 



Santa Cruz. Muy temprano, el renunciamiento del 
mundo empezó a gravitar sobre ella. En el huerto 
de su casa levantó una especie de ermita, adonde 
retirábase a engolfarse en sus éxtasis o a tañer la 
citara y la vihuela, entonando canciones de ala- 
banza a su reino celeste. 

Buscó un modelo en la lista de las mujeres cris- 
tianas, y Santa Catalina de Sena se convirtió en 
la maestra de sus actos. Ferviente adoradora de 
su imagen, quiso que el hábito bicolor de las Ter- 
ciarias dominicas envolviese también su forma 
humana; y le fué impuesto el día de San Lorenzo 
mártir, en 1606, en la capilla del Rosario. 

Allí, en la soledad del convento, es donde su 
contemplación se corona por un milagro análogo 
al de Santa Teresa. Entregada, una tarde, a sus 
fervientes rezos ante la imagen de Nuestra Señora, 
parecióle notar en los labios de la Virgen una 
suave sonrisa de benevolencia y dulzura para ella. 
La Reina del cielo volvíase a su niño Jesús, seña- 
lándole a Rosa. Y la austeridad de la estancia, 
iluminada de improviso, se llenó del ritmo de una 
voz angélica que decía: — ¡Mira, atiende, oh Rosa, 
la merced crecida que mi hijo ha sido servido de 
hacerte! . . . — Y la voz de la Virgen cesó; enton- 
ces habló Jesús: — ¡Rosa de mi corazón, yo te quie- 
ro por esposa! . . . 

Ella no se sintió traspasada por las flechas del amor 
celestial como la monja de Avila, pero turbada, tré- 
mula y desfallecida, repuso según la tradición: 
Ecce ancilla Domini. (He aquí la esclava del Señor...) 

Y luego, Rosa misma aumentó su martirio, 
en alas de aquella aparición milagrosa. La 
práctica de la caridad sembró su huella de 
bendiciones. Y el alma de las gentes de Lima 
creyó que algún arcángel descendía a redimir 
el mundo de la dominación del pecado y 
del enemigo malo. La ciudad mirábase en 
aquella religiosa como en un límpido espejo. La 
misma comunidad asombrábase de sus virtudes. 
Su renombre de santa volaba por las comarcas 
vecinas. Y los habitantes de los valles del Alto 
Perú soñábanla morena, como una india de raza 
incaica coronada de rosas; como una de las sacer- 
dotisas del Sol, que descendía a encender en Amé- 
rica el fuego del culto desterrado por la Conquista. 



Mientras que allá, en el retiro de su celda, Rosa 
rogaba al cielo, en su humildad profunda, por los 
herejes y pecadores, por los desdichados y los dé- 
biles, consumiendo en las penitencias y las vigi- 
lias su existencia, pero dejando escapar por sus 
labios un perfume de bondad infinita, como el 
humo de un incensario. 

La tradición afirma que desde los doce años, 
cuando el oratorio de su casa paterna cobijaba su 
belleza, los doctos confesores que la dirigían espi- 
ritualmente juzgaban que había llegado a lo que 
los teólogos denominan estado de «bienaventuranza 
incoadao; es decir, al último grado de perfección 
terrena, al desposorio místico con la Santísima 
Trinidad. 

Consérvase todavía, en la ciudad de Lima, la 
casa donde nació, y su habitación es hoy santua- 
rio de su imagen. Allí está la corona de tres órdenes; 
de púas; corona de hierro de 99 puntiagudas es- 
pinas que se clavaban en sus sienes, en horas de 
martirio. Allí está el pozo al que arrojara la llave 
del candado con que cerrábase el cilicio aquel 
sobre su frente de nácar y también se guarda el 
sillón tosco de sus éxtasis y se enseña el clavo del 
cual suspendíase de los cabellos. . . 

Su existencia duró 31 años, 3 meses y 24 días. 
Murió el 24 de agosto de 1617. Clemente X hízola, 
más tarde, patrona de toda la América española y 
las posesiones del rey en Asia, en el año 1670. Y su 
canonización se realizó en Roma al año siguiente. 

¿Cuántas obras se han escrito por los religiosos 
sobre Santa Rosa de Lima?. . . Una larga serie bi- 
bliográfica seria preciso escribir para enumerarlas. 
Sus restos tienen una urna de cedro, dorada, por 
relicario, en el templo de Santo Domingo; y her- 
mosas doncellas vestidas de blanco la conducen 
en procesión, cuando es su día. 

¡Tanto era el amor que Lima sentía por Rosa 
que para las fiestas de su canonización, en aquella 
ciudad, se adornaron con piedras preciosas y joyas 
los arcos y los altares de las calles, y éstas fueron 
pavimentadas con barras de plata, glorificando 
así el pasaje de sus restos humanos, que en reali- 
dad más bien fueron la sombra de un ángel sobre: 
el mundol 

Claudio R. Páez. 



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-t3>LJ>^rS N^Lm2>X— 



«"^ Qá^^por¿cUAlro—-^ 





CALOSXAS DB ALTA PUBSIÓH. QUE BM ÓPBXAS COUO «MEFIS 
TÓrmLBS*. «WAUCYUA», <KEPÚSCULO DB LOS DIOSES», «SIC 
niIOO*, «lOCOHDA» T «HIGNOH». DESEUPEÍIAN EL IMPORTAN 
TfSHO PATBI. DB PBODUCIR LOS EFECTOS DE INCENDIO, D 
NUBBS, DB T8MPE3TAOBS. DE NIBVB, ETC.. ETC. 



UNA DE LAS CARPINTERÍAS DE LA PLANTA BAJA 
EL «TRASTO» QUE SE VE EN «PRIMER TÉRMINO» 
DE PAPEL PINTADO Y LISTONES DE MADERA, 
ES NADA MENOS QUE LA MONUMENTAL ESCALERA 
DEL PALACIO DE «LORELEY», EN EL TERCER 
ACTO DE DICHA OPERA. 



1 

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ii| 




Ullil ' 


1 


P^l 



«SOLENOIDES», COMPLICADO APARATO QUE POR MEDIO DE I.A 

ELECTRICIDAD PRODUCE LOS MARAVILLOSOS EFECTOS DEL 

DÍA Y LA NOCHE, EN «ANDREA CHENIER», «MADAME BUT- 

TERFLY», «FALSTAFF» Y OTRAS ÓPERAS. 




SALM» DE ENSAYOS DEL COKO CP 
AMBOS SEXOS, COHSTKUÍDO BH rOR- 
HA CE HEMICICUO Y EM OKAOE- 
KÍA, DB MODO QUE TODOS LOS 
COBISTAS PUEOAM SBCUIE LA Dl- 
«eCCIÓK DEL MAESTEO. ESTE SA- 
LÓH HA SIDO HECHO SIOUIEHDO EL 
MODELO DE LOS QUE EXISTEH EN 
LA eCALA» DE HILAN Y niBAL» DE 
MADRID. 



EL FOYER DE LA ORQUESTA EN EL 
QUE DESCANSAN LOS MÚSICOS DU- 
RANTE LOS ENTREACTOS. EN PRI- 
MER TÉRMINO, LA COLUMNA BLANCA 
SOSTIENE UNO DE LOS «GATOS» DE 
GRAN PODER, QUE SIRVEN PARA 
LEVANTAR LA PLATEA AL NIVEL 
DEL ESCENARIO, Y DAR BAILES O 
BANQUETES EN EL TEATRO. 



■ ■ 

■ ■ 



>>íV- 



^L Colóti^tr^detdn 




GAN DEL MOVIMIENTO DEL AVE WAONERIANA. 



CURIOSA Y ÚNICA FOTOGRAFÍA DEL ESCENARIO DEL COLÓN, TOMADA 

DESDE EL PUENTE DE MANIOBRAS DEL 4.» PISO DE LA MAQUINARIA, EN 

EL MOMENTO DE CAMBIAR LAS DECORACIONES EN UN ENTREACTO DE 

*HL BARBERO DE SEVILLA», DURANTE UNA MATINÉE, 



— I=>L7^':S 




rASTS DBL CTBLAIt* Y KAQUINAXIA DE LEVANTAR 
U3S TBLONES. CEKCA DE CIHCUEMTA HOMBRES ATIEN- 
DBM BSTB SSKTICIO DEL TBATKO. DE CUYA PRECI- 
SIÓN Y KAPlDeZ DEPBHDB HUCHAS VECES EL ÉXITO 
DE UN EfE CTO ESC&HICO. 

r-1 



iB^^^^m'o^ss'*siiaaimBi^f 



UN SOLO HOMBRE, ATENDIENDO A ORDENES TELE- 
FÓNICAS DEL DIRECTOR DE ESCENA, MANEJA ESTE 
COMPLICADO LABERINTO DE LLAVES Y PALANCAS, 
PRODUCIENDO LOS ADMIRABLES EFECTOS DEL AMA- 
NECER Y ANOCHECER. 



ü 




EL POPULAR RAÚL DEL CASTILLO Y EL NO MENOS 
POrULAR BENITO KEYER, CUYA PRINCIPAL MISIÓN 
CONSiSTS EN «NEGAR» ENTRADAS DE PAVOR A LA 
HUBE DB «PORTUGUESES» QUE DIARIAMENTE ACU- 
DEN AL COLÓN. 



ENTRETECHO DEL ESCENARIO, EN EL QUE VARIOS cTKAMGYISTAS» 

SE PASAN LA NOCHE BAJANDO Y SUBIENDO TELONES, SIN VER 

NI OÍR LAS ÓPERAS. 



PEDRO RODRÍGUEZ, ENCARGADO DEL TELÉFONO 27, 

LIBERTAD, QUE SE PASA EL DÍA DICIENDO: QUE DA 

ROSA NO ESTÁ; QUE HA SALIDO; QUE TODAVÍA NO 

HA VUELTO O QUE ESTÁ OCUPADO. 




CCRRBOOK SUBTBRrAmSO. AL QUE CONVERGEN TO- 
DOS LOS HILOS «LáCTRICOS DBL TEATRO, CUYA HA- 
MAtltLOaA INSTALACIÓN KA SIDO DIKIQIOA POR EL 
IMOENIERO JUAN QUBYEDO. 



A LA DERECHA DEL ESCENARIO Y SOBRE LA CA::1LLA DE LOS 

BOMBEROS, ESTA COLOCADO EL GRAN ÓRGANO DE IGLESIA, 

QUE TAN IMPORTANTÍSIMO PAPEL DESEMPEÑA EN «BEATRICE», 

«MANON» DE MASSENET Y «DON PASCUAL». 



EL PASILLO QUE SE VE EN ESTA FOTOGRAFÍA, CO- 
RRESPONDE ALA PARTE POSTERIOR DS LOS TABLE- 
ROS ELÉCTRICOS, EN LOS QUE NO HABRÁ MENOS DE 
UN MILLAR DE LLAVES. 




ÓLEO DE ANTONIO ALICE 



CONFESIÓN 



Medalla de Plata en el Salón de 
Artistas Franceses, París. 1914. 
Gran Medalla de Honor en la 
Exposición de San Francisco 
de California, 1915. . ; ::] n 




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LA COLECCIÓN 

DE 
AbANlCQ 



DELASENOM 

^^ >ÍAPP DE 



LU/\B 







He visitado una capilla ardiente de mariposas gigantescas. Hay alli 
tantas mártires de la luz, que fué necesario transformar en túmulos 
todos los muebles que adornan el umbroso salón. Extendidas las alas, rígi- 
das sobre sus patitas, como cuando se posaban en los tallos y en las flores, 
parecen abanicos dormidos y no mariposas muertas. ¿Mariposas muertas?. .. 
¿Abanicos que duermen esperando una metamorfosis nueva? Fácil equivo- 
cación para la fantasía aquejada de neurastenia literaria. 

La señora Adela Napp de Lumb ha dedicado los mejores días de su exis- 
tencia a cazar raros ejemplares de mariposas, en esos bosques donde los 
chamarileros y anticuarios acechan el paso de los viandantes. Puso en la 
obra la divina terquedad de las mujeres y el tesón incansable de un ento- 
mólogo. Su bolso de argentinas mallas le sirvió de red para aprisionar ma- 
riposas brillantes, carísimas. Y ahora, frente a la colección que ella ordenó 
en el saloncito umbroso, la oiréis relatar sus cacerías. Sabe de ello tanto 
como Fabre de los insectos: la zoología del abanico no tiene secretos para 
esta dama, ni límites su amor hacia las mundanas mariposas 
que revolotearon en los jardines reales. 

Dentro de una silla de manos convertida en vitrina 
entre relojes esmaltados, muñequitos de biscuit, ta- 
baqueras y encajes, duerme como un ídolo el aba- 
nico rey de la colección. «Muy siglo xviii», de 
ebúrneo varillaje tallado, rico en oro y plata, 
salpicado de lentejuelas, ostenta su país de 
cabritilla, sobre cuya suave superficie un 
pintor ha reproducido escenas amatorias. 
rodeando un grupo familiar de íntima 
gracia. Da miedo poner las manos en él; 
parece que se romperá bajo la presión, 
dejando entre los dedos polvillo de oro 
y escamitas irisadas. 

Después viene por orden de impor- 
tancia otros abanicos de la misma épo- 
ca, que pueden alabarse como modelos 
de arte delicado, fino. Aquí un grupo 
de mujeres, ligeramente vestidas, huye 
de una catástrofe invisible, parecidas 
a minúsculas hermanas de las pompo- 
sas hijas de Rubens. Más allá parejas de pastoras y pastores cortesanos, ver- 
sallescos, entablan mudos diálogos de égloga. Hay una soberbia vitela encua- 
drada entre varillas y patrones de marfil, oro y plata, que se pintó induda- 
blemente para rendir tributo de admiración a un geógrafo, en la persona de 
su esposa, pues el artista ha puesto compases, telescopios, mapas y una 
esfera. Un par de abanicos mandarines lucen sus filigranas de oro, plata y 
bronce en un rinconcito de la capilla ardiente. Y luego el resto de las mari- 
posas, para completar aquella embriaguez de colores. 
Todo lo que ha leído uno en los libros, todo lo que ha soñado uno al mar- 
gen y entre las interlíneas de los 
libros, acude a la imagina- 
ción, poblándola de fi- 
guras encantadoras. 
Y aquellos días no 
,^^^^___ . vistos de Greuze, 

!' .'-«-''^C^^^^DK 1 A-'l^ de los tres Lui- 

ses, la Pom- 
padour, Ma- 
ría Antonie- 
ta, los vi- 
vimos a 
nuestro 
modo, ro- 
d e a d o s 
por los ce- 
tros de la 

«ECIOSO EJEMPLAR COK VAKILLAJE DE HAKFIL DOKAOO V PAÍS DE CABÍIT1U;.A bclleza y 





«í- 



ABANICO LUIS XVI, CUYO CLAVILLO ES UN ANTEOJO, 




la coquetería femeniles que el destino puso allí bajo el patrocinio de 
una dama artista. Vestida con un amplio y señoril ropaje de terciopelo 
intensamente morado, que añadía una nota al conjunto, la señora Napp 
de Lumb nos habló de sus queridas mariposas. 

Todo sol naciente es inmenso abanico que se despliega poco a poco por 
encima de mares y montañas. De las tierras donde nace el Astro Rey. tra- 
jeron los lusiadas el abanico, cuyo apogeo occidental se inicia durante el 
amanecer del Rey Sol. Como los japoneses en su bandera figuran a Febo, 
las damas Luis XIV, Luis XV, Luis XVI manejaron con adorable mano 
el abanico, diminuto símbolo y banderita de una gloria espléndida. 
Antifaz, escudo, batuta, espada, aguijón... 

«Filos», «flirts» o amoríos del Louvre. epigramas volterianos, minués ver- 
sallescos, preciosidades ridiculas, rebaños del Trianón, murmuraciones pa- 
risienses, cenizas que hacéis padecer una nostalgia atávica, ¿quién supo con- 
vertir tanto brillo en lumbre, en hoguera, en incendio? Pantalla, soplador, 
duende y galeote fuiste, abanico, porque te inventaron junto al 
fuego y te pareces a las colas del pavo y del pavo real. 
Todo sol que muere es inmenso abanico que se cierra 
por encima de mares y montañas. Así terminó la 
gloriosa suntuosidad sobre el cadalso de María, 
plegándose con ruido guillotinesco. 
También España disputó a Francia el cetro 
abaniqueril. Los Madriles de Carlos IV fueron 
una plaza de toros donde los abanicos cen- 
telleaban vibrando. Más atrevidas y fe- 
lices en la invención, las españolas su- 
pieron inspirar nuevos modelos. Ha- 
bía abanicos que, después de cerrados 
como los demás, vuelven a cerrarse a 
manera de navaja sevillana; otros al 
plegarse imitan un farol; y todos sa- 
bían trasmitir a los galanteadores ca- 
riños y desdenes por medio de clave. 
Pero no les valió el arte: también se 
cerraron . . . 

Sobre el escudo de la Argentina aso- 
ma un sol naciente. Aprovechad, ar- 
gentinos, las lecciones que la historia ofrece. Por ambición, odio y com- 
petencia ha venido el derrumbamiento moral y económico de un continente. 
Asistimos al desbarate de una sangrienta feria de las vanidades. 

El abanico no es ya de este mundo, o, por lo menos, del gran mundo. Ya 
no hace apenas el papel de amigo servicial, y se le sigue nombrando en dimi- 
nutivo, más bien por costumbre que por afecto. Ya no ofrece su vitela a los 
mozos capaces de escribir estrofas y máximas ajenas; ya casi no oculta ru- 
bores y promesas, ni la coquetería crece a su sombra. Las muchachas han 
preferido la paleta del «tennis» y 
el bastón del «golf». Se baila 
mejor bajo la caricia de 
ventiladores y ex- 
tractores, y un auto 
corriendo al ga- 
lopar de 80 H. 
P. vale por 
cuarenta 
abanicos. 
El aeropla- 
no, las ca- 
noas auto- 
móviles, 
los expre- 
sos aven- 
taron el ^ 

galán te abanico característico de marfil, tallado PHIMOROSAMENTE 





'v^i^n^r^^x— 




UN RINCÓN DE I.A SAI. A DONDE GUARDA SUS ABANICOS LA SEÑORA NAPP DE l.UMB 




AMOR y geografía. 



Utensilio que ahora resulta incómodo. La industria abaniquera ha vuelto sus 
ojos hacia los desheredados de la fortuna, y fabrica abaniquejos comunes y 
baratos, a excepción de algunos ejemplares medianamente buenos. Todas las 

soberanías caídas hacen lo mis- 
en cuanto la suerte 
les es contraria, juran 
la Constitución y 
fingen sentir la 
democracia. 
El papel y 
la litografía 
substituyen 
a vitelas y 
pintore.s. 
El comer- 
c i o se 
a'p r o V e - 
chó de tal 
decaden- 
c i a para 
imprimir 
avisos, adulando a los compradores con un poco de aire. Puede el abanico 
quejarse, y con razón, de este injustificable abandono. Si él supiera hablar, 
si todos los abanicos Napp de Lumb refiriesen las historias de amor, coque- 
tería y desdén, en que tomaron activa parte, se necesitaría escribir un libro 
grande y encantador como el de uLas mil y una noches». Todo 
el ingenio y la gracia de Scherezada viven entre los plie 
gues de! vaporoso mueble. Sin ser abanico, nos duele 
como propia su desgracia y la inconstancia de 
las lindas ex abaniqueantes. Ningún deporte ni 
ninguna teoría feminista alcanzarían a justi 
ficar el nuevo desdén que inventaron las 
señoras y señoritas. ¿Estará en lo cier- 
to el tornadizo rey Francisco cuando 
canta con música de Verdi aquello 
de «La donna é mobile...? 

La señora Adela Napp.de Lumb 
ha reparado la injusticia femenina, 
reuniendo con mano piadosa una 
colección de abanicos durmientes, 
encantadores y encantados. Cen- 
tenares de bellezas podrían real- 
zar su gracioso imperio usando 
contra el hombre el poder fasci- 
nador de aquellas joyas de tres 
reinados. Muchísimas viudas, en 
estado de merecer, podrían se- 
car los sepulcros de sus raspee- maonífico ejem?i.ar, estilo pompadour 




el abanico preferido. 




tivos finados, si, como en la conocida leyenda china, les hubiera sido im- 
puesta esa condición para volver a casarse. 

Quizás el destino haya hecho una sabía obra sacando de la circulación 
tantas armas; quizás el 
abanico inválido, de 
mido o muerto, sea 
preferible al aba- 
nico amena 
zante, ágil, 
traidor. La 
diosa paga- 
na que de- 
c i d e el 
curso de 
la Moda, 
la musa 
que inspi- 
ra tantos 
desatinos 
y tantos 
aciertos, 
debe saber más que nosotros. 

Entre las mejores colecciones del mundo ocupa ésta un buen lugar. A su 
dueña le ha costado todo ese cúmulo de fatigas, dinero y búsquedas inheren- 
tes a la grata ocupación de coleccionista. La condesa escritora de Pardo 
Bazán, refería hace pocos meses en una crónica que publicó 
La Nación», cómo al visitar las tiendas de los anticuarios, 
hallaba raros ejemplares de abanico.- reservados para 
a señora Ñapo de Lumb. Fraile, el célebre Fraile 
que en Madrid tiene casi el monopolio de ese 
comercio y manda en la Bolsa de los abani- 
cos, sabe bu.scar los mejores para remitirlos 
a Buenos Aires, donde la aristocrática 
aficionada esoera ansiosa. 
Apenas hay sitio ya en el umbroso 
salón, capilla ardiente de las mari- 
posas gigantescas. Pronto invadirán 
todo el palacete de la calle Santa 
Fe. Allí, sobre los tibores y tú- 
nicas chinos, sobre los bargueños, 
junto a las porcelanas, a los pies 
de aquella virgen medioeval 
descansarán para siempre, los 
despojos de varias centurias, 
los lindos abanicos muertos. 



E. DEL Saz. 



DE rica labor y ESPLENDIDA PINTURA. 



.i;^i_x s3 X i.ri~>--x— 




mm 




WfllCL 



iMé^¿¿á^^:- 



Ctslifal ridtnio morr. 

El hombre se considera 
a si mismo como el ser su- 
perior a todos los demás. 
No se ha atrevido a decla- 
rar que es más que el mis- 
mo Dios; pero, en su sober- 
bia, tampoco ha querido 
confesar que se cree menos 
que aquél, y ha dejado es- 
tablecido, como verdad in- 
contestable, que el Supre- 
mo Hacedor formó al hom- 
bre a su imagen y semejan- 
za, de modo que, al final 
de cuentas, ambos son per- 
fectamente idénticos, y. de 
esta comparación igualita- 
ria, ¡cuan grande resulta el 
hombre!, o viceversa, ¡qué 
chico resulta Dios! 

En realidad, el hombre 
es el ser más inteligente. 
salvo las excepciones ine- 
ludibles de toda regla, y es, 
a la vez, el más ricamente 
dotado de toda clase de 
cualidades superiores y 
también de toda clase de 
inferioridades. Es bondado- 
so hasta llegar a las más 
sublimes abnegaciones y. 
al mismo tiempo, es mal- 
vado hasta cometer las 
crueldades más atroces, sin 
que esta afirmación esté 
inflada por la exageración, 
pues miradas friamente y 
apreciadas con ecuánime 
criterio las cosas de la vi- 
da, de todos los seres que 
caminan sobre la tierra. 
que nadan en las profundi- 
dades de los rios y de los 
mares, que vuelan por los 
aires, que saltan, que se 
arrastran, que trepan, que 
gritan o que ladran, que 
aullan o que rugen, que 
braman o que gruñen, el 
más feroz, el más dañino. 
el más egoísta, el más de- 
predador, el más despótico. 
el más artero y traidor, el 
más corruptor y corrom- 
pido, el más inmoral e hi- 
pócrita, el más usurpador 
y prepotente, es el ser hu- 
mano, con la particulari- 
dad de que quien más por 
completo reúne y asimila 
todaJs estas perversidades 
es aquel que más cerca está 
de las cumbres de la civi- 
lización . . . 

Y pruebo lo que dejo di- 
cho con el ejemplo que pa- 
so a citar: — Acabo de sa- 
ludar a una distinguidísi- 
ma dama, ofreciéndole el 
apoyo de mi mano al des- 
cender de su carruaje. To- 
do cuanto la viste y la 
adorna acusa una suprema 
elegancia y revela un ex- 
quisito buen gusto. El cal- 
zado que oprime sus pies 
diminutos ha sido hecho 
con el cuero de un cabri- 
tillo, arrancado al amor de 
la madre que lo amaman- 
taba para degollarlo des- 
piadadamente: los guantes 
a la mosquetera que ciñen 





DIBUJO DE ALOK90, 



fíir 

DANIEU_1 



sus mórbidos brazos hasta 
los codos, fueron fabricados 
con la piel de una medrosa 
gamuza cazada en las cum- 
bres alpinas: el «manchón» 
que trae en la mano iz- 
quierda lo forman los ni- 
veos mantos de docenas da 
armiños apresados en las 
estepas siberianas, y la car- 
tera que pende de su dies- 
tra es de legítimo cuero de 
lagarto; la espléndida es- 
tola que cuelga de sus 
hombros denuncia el aleve 
asesinato de varias martas 
zibelinas cuyas colas sirven 
de fleco a la valiosa pren- 
da; la seda del crujiente vi- 
so fué robada a millares de 
industriosos gusanos que la 
habían hilado para formar 
sus capullos; el paño de su 
traje «tailleur» fué tejido 
con la lana de que se des- 
pojó a inofensivas ovejas; 
el «corset» que delinea la 
esbeltez de su talle está ar- 
mado con las barbas de 
una ballena arponeada en 
los mares polares, cuya 
captura costó la vida a al- 
gunos valerosos marinos; 
las peinetas, de primorosos 
calados, que sujetan su 
opulenta cabellera, son de 
carey arrancado de la ca- 
parazón de una pacífica 
tortuga, y las perlas de 
irisados reflejos que con- 
tornean su cuello, fueron 
hurtadas a las ostras que 
adornaban con ellas sus 
anacaradas alcobas; el vis- 
toso sombrero ostenta la 
cola de un ave del paraíso 
y las alas de un faisán do- 
rado; el almohadón que le 
sirve de respaldo en el ca- 
rruaje está acolchado con 
el edredón de que fueron 
saqueados los mullidos ni- 
dos que las aves árticas 
habían tejido para abrigo 
de sus polluelos; el «fox- 
terrier» que la sigue, y que 
ella acaricia como a un 
hijo, fué proclamado cam- 
peón en varios concursos 
como incansable matador 
de ratas. . . Pero, exclama 
horrorizado el lector ¿quién 
es ese monstruo de cruel- 
dad que, para realzar su 
hermosura y hacer ostenta- 
ción de su elegancia, lleva 
sobre sí los despojos de tan- 
tas víctimas y los frutos de 
tantos asesinatos, de tan- 
tos robos, de tantos críme- 
nes de todo género?... 
¡Alto ahíl. interrumpo yo, 
trémulo de indignación. — 
Yo no puedo permitir que 
se trate de monstruo ni que 
se acuse de cruel a mi ilus- 
tre amiga, la Excelentísi- 
ma Señora Condesa de Al- 
ma Tierna, cuyas nobles 
virtudes caritativas y pia- 
dosas acaban de ser muy 
merecidamente premiadas 
nombrándola Presidenta 
Honoraria de la Sociedad 
Protectora de los Animales! 



— I3>I_7V,S 



13.^- 



EL- F^TÜIAKCA 

DE-LALITC^ÜBA 

AMNTINA 



ADLOS 





\/lDO 



DAÑO 




La primavera está próxima... 
Ya se presiente su llegada. . . Y al 
solo anuncio, la misma naturaleza 
de las cosas, en misteriosa palin- 
genesia, parece que se trasmuta y 
vivifica, y que hasta adquiere dis- 
tinto semblante en su fisonomía 
ordinaria: el horizonte tiene clari- 
dades de aurora. , . ¡Es la vida 
que llega!... ataviada, hermosa, 
resplandeciente de alegría. Pronto 
ostentarán de nuevo los paisajes 
toda la escala cromática del iris, 
en su florida decoración. Los ríos 
correrán más rápidamente en su 
cauce y la sangre acelerará su an- 
dar en las arterias. Resucitará del 
seno de la sombra, donde latía en 
silencio, toda esa existencia vege- 
tal que emerge y se difunde pro- 
digiosamente sobre la tierra, como 
al sortilegio de un encantador, 
realzando en sus notas de colorido 
la esencia de un arte increado. Fres- 
cas y olorosas lucirán las hierbas: 
claros y serenos los días: los seres trocarán su 
marasmo en movimiento: hormiguearán, labo- 
riosos: el sol iluminará esa actividad con su ful- 
gente disco de oro. . . Y el mundo será, otra 
vez, armonía, luz, belleza,,. 

¿Por qué no elegir el arribo de tan hermosos 
días para realizar uno de esos homenajes justicie- 
ros, trascendentales, que tanto dicen de la cultura 
y del nivel moral de un pueblo? ¿Por qué no 
aprovechar la temporada propicia, y reparar en 
ella una de esas ingratitudes, de esos olvidos 
injustificables que, aunque comunes en la vida 
colectiva de las naciones, hablan muy poco en 
favor de la sociedad contemporánea?... Me re- 
fiero a la coronación de Guido y Spano, el más 
ilustre y venerable de los poetas argentinos,,, 
iPorque, al fin y al cabo, no todo ha de ser 
saison teatral en invierno y tourismo de balnea- 
rio en verano! 

La inercia proviene de la ignorancia. Es que 
la gran mayoría no sabe lo que fué, lo que hizo, 
lo que representa para los argentinos la figura 
de ese anciano valetudinario, allí, en esa morada 
« pobre, estrecha y obscura ■>, que le sirve de vi- 
vienda. Y los que lo saben están muy preocu- 
pados en sí mismos. 

Hágase vida retrospectiva: revuélvanse perió- 
dicos viejos,,. Léanse La Nación y La Prensa 
del 10 de agosto de 1894. Los dosdiarios más re- 
presentativos y prestigiosos del país preconizaban, 
entonces (La Nación lo había hecho ya en 1892), 
la coronación del anciano poeta. En La Prensa, 
decía el doctor Joaquín V. González: 

«Llámese un plebiscito en toda la extensión de la 
República y pregúntese quién ha de subir al pe- 
destal aún {desocupado, y de todas partes se escu- 
chará el nombre del anciano poeta » . . , 

¡Cuan pronto pasan veinticuatro años de olvi- 
dol. . . Guido y Spano, como un anciano empera- 
dor de barba florida, ha presidido, desde aquella 




época, nuestra vida intelectual desde su lecho de 
dolor. . . ¡Y su pueblo aún no le ha ofrendado el 
laurel ofrecido! 

Muchos se dicen hoy: ¿Qué ha hecho Guido y 
Spano?. . . Para esos van estas ligeras líneas; ¡que 
pongan atención! 

Ese anciano es una gloria de la patria. Guido y 
Spano representa cincuenta años de intensa vida 
nacional. Y en cualquier pueblo y en cualquier 
época de la historia hubiera descollado, con sus 
virtudes y su talento superior, en primera línea. 
Lo mismo en el Agora de Atenas que en el Foro 
de Roma: igual en los hidalgos tiempos de la se- 
ñorial Castilla que en los días luminosos del Re- 
nacimiento: por su imagen y su espíritu tanto 
pudo haber presidido el Areópago de Grecia, co- 
mo un festín de los caballeros de la Tabla Re- 
donda, como un torneo de la Europa del siglo xiii... 
Durante diez lustros, puede decirse que fué el más 
alto exponente de la intelectualidad y del carácter 
de nuestro pueblo. Un escritor ecuatoriano dijo 
de él, que era nel más sólidamente instruido de todos 
los literatos argentinos». Poeta; periodista y pole- 
mista notable; escritor de historia; critico erudito, 
conocedor y traductor de literaturas clásicas, an- 
tiguas y modernas; poliglota; tribuno elocuente y 
apóstol de las grandes causas; de la libertad del 
pueblo francés en las barricadas de París, durante 
las sangrientas jornadas de 1848 y 1852; de las 
ideas republicanas en el imperio de Don Pedro II, 
del Brasil; de la causa vencida, sobre los escom- 
bros humeantes de Paysandú y en la heroica Mon- 
tevideo; en la guerra de Méjico, cuando la tragedia 
imperial de Maximiliano; en la de España contra 
Chile y el Perii; en la guerra franco-prusiana del 70; 
en los albores de la independencia cubana; y del 
honor nacional siempre guardián celoso y austero; 
y orador prominente en las asambleas populares y 
en las efervescencias cívicas; y filántropo abnegado 
en los días de calamidades públicas, ya socorrien- 



do a los enfermos de la peste o curando a los heri- 
dos en las contiendas fratricidas. Ese es Guido y 
Spano; el amigo y contemporáneo de esa pléyade 
gigante que nos legó por patrimonio la grandeza 
de su alma republicana; uno de ellos, también; 
como Vélez Sársfield, Mármol, Derqui, Urquiza, 
Mitre, Sarmiento, Alsina, Avellaneda, Roca y 
tantos otros. Miembro correspondiente de la Real 
Academia Española, de la Academia de Bellas 
Letras de Chile, de la Real Academia poética ita- 
liana, de la Academia Stesicorea de Catania (Sici- 
lia), de la Sociedad Literaria Inglesa de Buenos 
Aires, y de cientos de asociaciones más. Ese es 
Guido y Spano, nuestro poeta, con sus rasgos fiso- 
nómicos de bardo celta y de patricio romano. El 
gran Víctor Hugo decíale, en una carta: «Sois un 
generoso espíritu. Queréis la verdad por la luz, la 
libertad por la justicia, la paz por la fraternidad. El 
filósofo iguala en vos al poeta. Os felicito. Yo digo 
como vos: /Adelante.' Os estrecho la mano.» 

Italia coronó a Carducci, España a Zorrilla, 
Francia a Mistral; a la República Argentina, fál- 
tale coronar al más venerable de sus poetas.,. 
Pero, ¿adonde están esas damas argentinas que 
debieran encabezar el cortejo que ha de mar- 
char a ceñir la frente del glorioso anciano con la 
clásica guirnalda de laurel?,.. Es la mujer la 
que debe tomar tal iniciativa. Ella debe ser el 
heraldo y la portadora del augusto mensaje. Son 
manos blancas, manos de doncellas, las que de- 
ben entretejer y conducir la corona de la apoteo- 
sis hasta el olvidado retiro del poeta. ¿Acaso, en 
la más alta sociedad porteña, no se cotiza ya el 
valor intelectual, entre las dignas representantes 
de su espiritual abolengo?. . , Yo aún no he per- 
dido esa fe; creo, aguardo, confío. . . 



Julián de Char:^as. 



DIBUJO DE ALONSO. 



— r=>L->v^^= 'vj_n'^ía>ís.— 




EN EL MUNDO DEL ARTE 



EL VERNISSAGE 



DIBUJO DE SIRIO 



■IJL^^'i3 



l^y^— 




A luz del alba nos sorprende. Una 
cuesta áspera, muy pronunciada, for- 
ma la carretera polvorienta que vamos 
{^asando. A nuestra derecha, el mar. 
el Océano Atlántico, rumorea su eter- 
na canción; a la izquierda se nos pre- 
senta la montaña, cenicienta, cubierta por una ve- 
getación de raquíticas piteras y tabaibas. A cada 
instante el precipicio se hace más visible. Una ma- 
niobra en falso y rodamos a su fondo, fatalmente. 
pues sólo una pared tosca de cincuenta centíme- 
tros de alto impide el paso al desfiladero. 

Henos aqui, lector, atravesando la cuesta de 
Silva, en la Gran Canaria, en uno de los lugares 
más abruptos y terribles del planeta. 

Mientras el automóvil profana con su corneta 
estos lugares de leyenda, e interrumpe la débil 
quejumbre de la tórtola que huye espantada, nos- 
otros evocamos las pasadas proezas de la raza 
guanche. Vamos a visitar las célebres cuevas de 
Silva, en donde una raza desaparecida de gente 
brava y no nacida para el va- 
sallaje luchó, sin resultado, du- 
rante ochenta años por conser- 
var su secular libertad. Aquí, 
puede decirse propiamente con 
don Agustín Millares, — el his- 
toriador de las Islas Afortuna- 
das. — tuvo lugar el prólogo 
del gran drama americano. Si 
estas rocas calcinadas y volcá- 
nicas, que amenazadoras se al- 
zan sobre nuestras cabezas, pu- 
dieran revelarnos la serie de 
luchas que en sus vericuetos, 
desfiladeros y pasos de cabras 
se llevaron a cabo, ¡qué inte- 
resante epopeya podría escri- 
birse sobre el fin de tan brava 
raza de trogloditas! Mas. por 
desdicha, hasta nosotros, res- 
pecto a los guanches, sólo lle- 
gan noticias fragmentarias — 
magnificadas o amenguadas — 
a sabor. Sabemos que fueron 
muy valientes; que se educa- 
ron en el peligro, y que con 
denuedo, por muchas décadas, 
supieron vencer al enemigo que 
invadía la isla frecuentemente 
valiéndose de la ventaja que 
le ofrecía el mar. 

La montaña negra, recor- 
tando el horizonte, se nos 
aparece. 

— Allí. Por allí se va a las 
cuevas de los guanches. - nos 
dice nuestro guía. 

Llegamos. Con gran dificul- 
tad, venciendo muchos peli- 
gros, hemos conseguido acer- 
carnos. El paso del hombre 
moderno ha hecho más acce- 
sible la entrada a estas grutas. 
En otro tiempo resultaba im- 
posible llegar a ellas. 

Rastros por doquier. Aquí 
vivió una tribu de guanches. 
Este fué un cementerio. Y 
cruzando galerías intermina- 
bles que se internan montaña 
adentro, penetramos temero- 
sos, escudriñando los nichos, 
hoy vacíos, profanados por los 
sabios y por los comisionistas 
de museos. 

Los guanches formaron una 
raza privilegiada. Su mayor 
culto era el de la agilidad y la 
fuerza. A los niños, desde la 
más tierna edad, se les edu- 
caba con todo esmero y a la 
manera espartana, A medida 
que iban creciendo debían de procurarse la comida, 
venciendo dificultades. Si el varón tenia suficiente 
agilidad para trepar por estos desfiladeros espan- 
tosos hasta el sitio en que le colocaban su ali- 
mento, comía. De lo contrario, el precipicio, las 
profundas gargantas que se hallaban a sus pies, 
lo recibía en su seno. No era digno de ser 
guanche, 

Y de esta suerte, en torneos de fuerza, dedica- 
dos a la lucha, trepando por riscos inaccesibles, 
arrojando dardos, varas de tea endurecidas al 
fuego y bien dedicados en apacentar sus ganados, 
transcurrían sus días. 

Dice Ríos Rosas, en el tomo VIII de sus obras 
completas, refiriéndose a los guanches; « El guan- 
che tenía la cabeza erguida y redonda, el cabello 
/legro o castaño, laso o ligeramente ondeado, la 



UncL laza do 




g5 IOS VjUAN01E5 



frente alta, el rostro oval prolongado, la barbilla 
puntiaguda, un tanto pronunciados los pómulos, 
boca grande, labios delgados, color pálido y mo- 
reno, los ojos grandes, algo salientes, negros o 
pardos, el ángulo facial de muy cerca de los noven- 
ta grados, andar lento, cuerpo esbelto, nervudo, 
musculoso, bien conformado y tan procer esta- 
tura, que no bajaba de seis pies en ningún indi- 
viduo. 1) 



Sobre una meseta, nuestro guia, después de 
dejar el automóvil en lugar seguro, empieza por 




CUEVAS DE LOS GUANCHES, EN LA CUEl^TA LL olLVA, 
A OCHOCIENTOS METROS SOBRE EL NIVEL DEL MAR 



explicarnos varios detalles sobre la historia de esta 
raza singular. 

Aquí, próximos a! precipicio, evocamos la ga- 
llarda y arrogante figura de Guanháben. 

Cuéntase de este guanche que por su destreza 
en la lucha y por su valentía, no había quien lo 
igualara. Un día. sin embargo, al celebrarse un 
torneo en el que él tomaba parte, se presentó un 
joven de recia musculatura pidiendo al Faican 
(gran sacerdote que presidía estos actos) permiso 
para medirse con Guanháben. El joven se llamaba 
Caitafa. Accedió el Faican. Acto continuo los 
curiosos lo rodearon. Trabáronse los hombres en 
cruenta lucha. Ninguno de los dos resultó vence- 
dor. Eran dos adversarios terribles. Hicieron otras 
proezas de valor. Se acometieron con los magados 
(maza que concluía en dos grandes bolas, armadas 



muchas veces de pedernales afilados) sin lograr 
herirse. Guanháben, hombre de más edad que 
Caitafa, comprendió que su hora se acercaba, que 
se había encontrado con un rival de sus mismas 
condiciones el que llevábale, como ventaja, la ju- 
ventud; comprendiendo, pues, que no estaría le- 
jano el día en que este hombre lo venciera, lleno 
de altivez se le cuadra delante y le dice; — Eres. 
Caitafa, un hombre valiente; pero no harás nunca 
lo que yo me atreva a hacer. — Al oir esto Cai- 
tafa, lleno de arrogancia respondióle que sí. En- 
tonces, el gladiador Guanháben, corre sin detener- 
se, seguido de una multitud de curiosos y, sobre 
la meseta de esta montaña que mira al mar. 
arrojóse entonando un himno. Su rival hizo 
otro tanto. 

Y como ésta, otras proezas aun mayores aco- 
metían los guanches. 

Las montañas no guardaban secretos para 

ellos y hasta el más infeliz, llegado el momento. 

trepaba con agilidad por entre estos riscos de 

flancos desgarradores para 

colocar un madero en su 

cima. 

Un hecho heroico entre ellos 
no hacía a su autor, como en 
nuestros tiempos, objeto de la 
general admiración. La gloria 
de su hazaña era efímera, y 
cuando por ventura se la men- 
cionaba, jamás se decía; fu- 
lano es un valiente; sino; tal 
día, fulano fué un valiente. 

En cuanto a las mujeres de- 
bemos decir en justicia que 
^-¿^ merecían especial considera - 

^^^■S ción. La poligamia no existió 

^^^^1 entre los guanches como en 

^^^^1 otras muchas razas primi- 

^^^fm tivas. 

Las jóvenes doncellas eran 
educadas en los cenobios. Vi- 
vían recluidas hasta que se 
encontraban en edad de con- 
traer matrimonio. 

Al llegar este tiempo y con 
el objeto de que dieran al Es- 
tado hijos esforzados y valien- 
tes, se las tenía por algún 
tiempo rodeadas de infinitos 
cuidados y bien alimentadas. 



. . .Casi todo un día hemos 
pasado entre las arruinadas 
viviendas de los primitivos 
habitantes de la Gran Canaria. 
Por todos lados, de admira 
ción en admiración, nuestro 
guía nos condujo. 

No acostumbrados a esca- 
lar estas alturas en donde por 
momentos hemos sentido la 
sensación del vértigo, dejamos 
de visitar otros sitios más 
interesantes y mejor conser- 
vados. 

Ya en camino a la ciudad 
de Las Palmas, por la noche, 
y oyendo el continuo batir de 
las olas del mar agitado, que 
venían a morir sobre la playa, 
a ochocientos o mil metros 
más abajo del lugar en que 
nos hallamos, avanzábamos 
temerosos con infinitas pre- 
cauciones. 

Las montañas de apagados 
cráteres las íbamos dejando 
a la espalda. 

Nuestra imaginación, re- 
montando su vuelo, recordaba 
las aventuras de estos nobles guanches que lu- 
charon inútilmente por su libertad, batiéndose 
contra piratas árabes y normandos, contra por- 
tugueses y españoles. 

En una piedra saliente del camino, a la que la 
obscuridad de la noche daba contornos de forma 
humana, hemos creído ver la figura del noble 
Tajaste, cuando, dirigiéndose al Guanarteme don 
Fernando, que se había pasado al partido de los 
Reyes Católicos, le dice, señalándole las alturas 
de las montañas coronadas de guerreros; « Qué- 
date con nosotros, Guanarteme; recobra tu dig- 
nidad; aqui hallarás hombres que sabrán morir 
por su patria; Canaria existe aún . . . mírala ar- 






mada sobre esos cerros. 



Germán Bautista Martín. 




MANECE. Sobre la cal- 
ma superficie del rio, 
al soplo de la brisa se 
deshace en nacarados 
i-,-inos y remolineantes 
^tas la leve niebla 
que ;- : - ; \::inde. En el oriente 
arreboladas franjas, como heraldos de 
hi2. anuncian la salida del sol. Las 
lanchas de pescar permanecen ama- 
rradas en el Riachuelo de las canoas: 
no salen a jomada de trabajo, que es 
dU de holgar. Dos bergantines y una 
saetia anclan frente al poblado, y allá 
a lo lejos, divisase una jangada de 
valiosas maderas del Paraguay, y la 
blanca vela de una tartana, que con 
bastimentos baja del Paraná. 

Recórtase sobre la barranca el per- 
fil del Fuerte y avanzando sobre la 
llanura extiéndese el caserío del Puer- 
to de Buenos Aires. 

Aun bregan la sombra y la nacien- 
te luz en las calles de la ciudad. Em- 
piezan a surgir entre el verde obscuro 
de las huertas, los techos de las casas; 
de roja teja las del señorío, de ama- 
rilla paja las del arrabal. En los ta- 
piales, exuberantes las enredaderas. 
desbordan sobre las bardas, festo- 
neando con guirnaldas de flores el 
obscuro adobe de las paredes. Alguna 
copuda higuera traspone el muro y 
avanza sobre la calle, tentando con 
sus frutos la gula y el golpe de honda 
de algún muleque. Tras las amplias 
rejas voladas, de recios barrotes y 
tosca forja, lucen rojos claveles re- 
ventones y en lo alto cuelgan matiza- 
das flores del aire. 

Al claror del riente dia estremécese 
la hojarasca de los árboles con varia- 
do ruido: batir de alas, pios y gorgeos. 
En la barranca, donde antaño ani- 
daran a millares, vocingleros loros 
lanzan sus gritos desde el borde de 
los nidos, que por azar escaparon al 
ojo avizor de los rapazuelos. 

En el linde del horizonte surge el 
rojo disco del sol y apenas sus rayos 
doran la giraldilla de los campana- 
rios, el seco estampido de un caño- 
nazo, con fuerte cimbrón retumba en 
los aires. Es la salva de la Real For- 
taleza en el día de San Martin, pa- 
trono de la ciudad. 

En el ventanal de la torre de San 
Francisco asoma el campanero. Al 
brusco tirón que da a la soga, bate 
el badajo el bronce del esquilón lan- 
zando metálica vibración. Súbito, 
turbión sonoro alegra al caserío: son 
las campanas de capillas y conventos 
que lanzan al espacio la loca algara- 
bía del repique. 

Al estruendo del campaneo saltan 
los esclavos de las zaleas que de lecho 
les sirven y de las arropadas cujas se 
levantan los amos, que en tal día 
todos son mañaneros. Empieza el 
cotidiano trajín casero, que es ma- 
yor en las casas del paso de la pro- 
cesión. Abrense en éstas, cofres y an- 
tiguos arcenes de complicada cerraja. 
cuyas tapas al ser levantadas, dejan 
esparcir el olor de viejos perfumes y 
sahumerios. Sácanse con tiento des- 
coloridos tapices, paños de brocado y 
de damasco: con ellos se paramenta- 
rán los frentes de las casas. Entre- 
tanto las mulatillas cubren el venta- 
naje con festones y colgaduras. Los 
negros esclavos escombran la calza- 
da, que riegan luego con sendas ca- 
necas de agua. La gente menuda tré- 
pase en los tejados y tapias, entol- 
dando la calle con arcos de ramaje, 
con profusión de flores de aroma y 
y de retama que embalsaman el am- 
biente. Afanosa el ama de casa, re- 
visa prolijamente la dominguera ves- 
timenta y satisfecha de su examen 
va colocando sobre los taburetes, bas- 
quinas, faldellinas. jubones y tocas. 

Al caer la tarde, cuando amengua 
la recia calor del dia. el repique de 
campanas anuncia la salida de la pro- 
cesión. El populacho llena las calles, 
que se han volcado en la ciudad 
todos los labradores, vaqueros y pe- 



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gujaleros de los pagos aledaños. Tam- 
bién los indios amigos se han allega- 
do, mirando todo con azorados ojos. 
El murmullo y parlería del chusmerio 
cesa al empezar el desfile. 

Rompe la marcha un escuadrón de 
soldados de «Lanzas españolas» del 
presidio del Fuerte. Siguen, batiendo 
cajas, dos atabaleros y cuatro clari- 
neros lanzan agudos y marciales to- 
ques. Vestidos de roja dalmática vie- 
nen los maceres del Cabildo; con 
asombro mira el pueblo las mazas de 
plata que llevan al hombro, de diez 
y ocho libras de peso y que en ese 
día estrenábanse. 

Destócanse todos con gran respeto; 
sobre caballo morcillo, ricamente en- 
jaezado, avanza don Pedro Sánchez 
Garzón, Alférez Real, tremolando el 
Estandarte; las flocaduras de oro y 
bordadas armas reales que sobre él 
se ostentan, coruscan a los rayos del 
poniente sol. Llevando las borlas van 
a su vera los alcaldes, de primero y 
segundó voto. Tras un espacio libre, 
pasan los clérigos y monaguillos con 
la cruz parroquial y blandones, y de 
dos en dos, vestidas de blanco, muy 
cucas con su escapularcito al cuello, 
las niñas de las hidalgas familias. 
Atrás caminan los niños de la escue- 
la del Cabildo, con candelitas encen- 
didas; cuatro de ellos llevan en pe- 
queñas andas y bajo fanal, un niño 
Jesús de cera. 

Desfilan los oficios con sus pendo- 
nes y luego los negros libres de la 
Cofradía de San Benito; bien mues- 
tran sus adoloridos rostros que sus 
pies no están habituados a los grue- 
sos tamangos que calzan. 

Es la gente hidalga y pudiente de 
la ciudad la que sigue con humeantes 
hachas de cera, luciendo los más cru- 
ces y veneras. En andas cubiertas de 
terciopelo y en hombros de cuatro 
fornidos mulatos, llevan la imagen de 
San Roque, patrono contra las pes- 
tes, que de la capilla de San Juan, 
donde se venera, ha sido sacada. 
Rezando con gangoso tono vienen los 
frailes de los conventos: franciscanos, 
dominicos y mercedaríos. 

Rompe los aires agudo son de pí- 
fanos y chirimías: son los indios gua- 
raníes, muy músicos, que de las mi- 
siones han mandado los padres je- 
suítas. El murmullo de la multitud 
anuncia el paso de los dignatarios y 
autoridades. Por su venera de oro 
señálase al Comisario del Santo Ofi- 
cio, a un lado marcha el Notario de 
la Bula de la Cruzada. Su Señoría el 
Gobernador don Jerónimo Luis de 
Cabrera, el vencedor de los Calcha- 
quíes, lleva arrogante el Guión; sobre 
su hábito de Caballero de Santiago 
destácase la roja espadilla de la or- 
den. A su derecha se ve al Teniente 
Gobernador, Almirante Luis de Ares- 
ti, y a su izquierda al Alguacil Mayor 
González Pacheco. 

Arrodíllanse los espectadores; pre- 
cedido de sacerdotes y prelados, en- 
tre gargozadas de incienso, avanza el 
palio, cuyas varas sostienen los regi- 
dores. Bajo de él, llevando la Sagrada 
Custodia, va su llustrísima Fray Cris- 
tóbal de la Mancha y Velazco, Obis- 
po de Buenos Aires. 

Cierran la procesión los alabarde- 
ros y a la zaga gran golpe de gente: 
beatas, negros, mulatos, zambos e 
indios conversos. 

Y aquella noche, en torno a la pa- 
triarcal mesa y a la luz vacilante de 
los velones, coméntase en todas las 
moradas la pompa y boato de la pro- 
cesión. Luego, rezado con fe sincera 
el cotidiano rosario, duérmense 
tranquilos, no acuitados por las zo- 
zobras del presente, ni las angustias 
del mañana. 

B. J. Mallol. 

GOUACHE DE ALVAREZ. 




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En una de las cien casas que for- 
man la aldea de pescadores, y que 
se parecen todas por su forma, ta- 
maño, número de ventanas y altura 
de las chimeneas, vivía el viejo 
Mattsson. 

Todas las habitaciones de la al- 
dea estaban provistas de los mismos 
muebles: en el antepecho de todas 
las ventanas florecían las mismas 
plantas: todos los armarios adorna- 
dos con las mismas conchuelas y 
corales: en todas las paredes cua- 
dros semejantes. Y. como las cos- 
tumbres tradicionales así lo esta- 
blecen, los moradores hacían idén- 
tica vida. 

El viejo Mattsson había colgado 
sobre la cabecera de su cama un 
retrato de la madre. Pues bien: 
una noche soñó que el retrato, des- 
cendiendo del marco, se le colocaba 
frente a frente y le decía con auto- 
ritaria voz: «Tú debes casarte. 
Mattsson». 

El viejo Mattsson se apresuró a 
explicar al retrato de la madre que 
la orden era imposible de cumplir: 
tenía sesenta y dos aiíos. Pero el 
retrato de la madre se limitó a re- 
petir más enérgicamente: «Matts- 
son, tú debes casarte». 

El viejo Mattsson tenía profundo 
respeto por el retrato de la madre. 
Durante muchos años, y en los asun- 
tos difíciles, fué el único consejero 
del pescador, que nunca había te- 
nido que arrepentirse de haber se- 
guido stis consejos. Pero este nuevo 
modo de hablar le desconcertaba. 
por parecerle contrario a las opi- 
niones que el retrato había dado 
siempre. Por dormido que estuvie- 
se. Mattsson se acordaba claramente 
de lo que sucedió la primera vez Ci^í 

que quiso casarse. En el momento 
de vestirse Mattsson para ir a la iglesia, el clavo 
de que pendía el cuadro se salió, cayendo al suelo 
el retrato. Era una advertencia de la que él no 
hizo caso: mas bien pronto hubo de arrepentirse. 
Su breve matrimonio fué muy desdichado. 

La segunda vez que iba a ponerse el traje de 
boda, el retrato cayó nuevamente. Entonces no 
quiso desobedecer, y. plantando a la novia y a 
todos los del casorio, huyó para engancharse de 
marinero. Hasta después de dar la vuelta al mun- 
do, no se arriesgó a ir a la aldea. Y ¡he aquí que ese 
mismo retrato descendía del muro y le ordenaba 
que se casara! Apesar de su profundo respeto. 
Mattsson se permitió pensar que el retrato de la 
madre se burlaba. Sin embargo, aquel retrato, 
del más áspero rostro que los vientos mordientes 
y la espuma salada de las olas hayan cincelado, 
permanecía grave, y con una voz ejercitada y 
fortificada por largos años de pregones en la ciu- 
dad, repitió: tTú debes casarte. Mattsson». 

El viejo Mattsson rogó al retrato que tuviese 
en cuenta la clase de mundo donde habitaban. 
Las cien casas de la aldea tenían los mismos te- 
chos puntiagudos y los muros de adobes blancos: 
todas las barcas de la aldea se construyeron y se 
aparejaron siempre del mismo modo; nadie hizo 
jamás en la aldea nada de extraordinario. Si la 
madre hubiese vivido, sería la primera en oponerse 
aun matrimonio tan descabellado. Ella lo había di- 
cho: «¿Es costumbre que se case un septuagenario?» 

Entonces el retrato de la madre extendió su 
diestra adornada de sortijas, y severamente inti- 
mó la orden. Un prestigio fabuloso había rodeado 
siempre a la madre, cuando se presentaba con su 
vestido de seda negra lleno de volantes. Aquel 
gran broche de oro. aquella gruesa cadena de oro 
produjeron constantemente poderoso influjo sobre 
Mattsson. Si la madre se le hubiese aparecido en 
traje de pescadora, con la pañoleta en la cabeza. 
el mandil de hule cubierto de sangre y escamas, 
no le habría inspirado un respeto tan profundo. 
Mattsson prometió, pues, casarse, y el retrato vol- 
vió a su marco. 

A la mañana siguiente el viejo Mattsson se des- 
pertó lleno de angustia. No acariciaba ni por aso- 
mo la idea de resitirse a las órdenes del retrato. 
que seguramente sabría mejor que él cual era su 
verdadero interés; pero temblaba presintiendo los 
terribles días que iban a sucederse. 

Inmediatamente pidió en matrimonio la más fea 
de las hijas del pescador más pobre, una mucha- 
cha que tenía la cabeza hundida entre los hombros 
y cuya mandíbula inferior era prominente. Los 




padres lo aceptaron, y se señaló el día para ir a 
la ciudad y publicar las amonestaciones. 

El camino de la aldea a la ciudad pasa a través 
de las marismas donde el viento se divierte. Es 
un trayecto de una milla. Pretende una leyenda, 
que los habitantes de la aldea son tan ricos que 
podrían cubrirle de hermosas moneditas de plata. 
¡Qué extraño encanto da esto al sendero! Brillante 
como el vientre de un pescado, todo lleno de blan- 
cas escamas, serpentea junto a los carrizos y las 
lagunas desde donde sale el croar de las ranas. 
Las margaritas que adornan esta tierra abando- 
nada por los hombres, se mirarían en el espejo de 
las bruñidas monedas, que los cardales protegen 
con sus espinas amenazadoras. ¡Qué resonancia 
toma allí la voz del viento cuando juega en los 
tallos de las cañas y en los alambres del teléfono! 
Tal vez el viejo Mattsson hubiera encontrado una 
satisfacción al pisar con sus pesadas botas de 
pescador sobre la plata sonora; lo cierto es que 
anduvo el camino más amenudo de lo que deseara. 

Sus papeles no estaban en regla, pues la novia 
que abandonó el día de la boda retardaba la pu- 
blicación de las amonestaciones. Era necesario que 
el pastor escribiese a las autoridades eclesiásticas 
para obtenerle el permiso de contraer un nuevo 
matrimonio. El asunto se eternizaba. 

Mientras tanto, el viejo Mattsson iba a la ciu- 
dad cada vez que se abría la oficina del sacerdote. 
Y, silencioso, tranquilo, esperaba a que el público 
se hubiera marchado. Entonces, solamente enton- 
ces, se levantaba, preguntando al pastor si había 
llegado carta. 

No; todavía no. 

Al mirar a aquel viejo de gruesa camiseta, pe- 
sadas botas marinas, semblante rudo e inteligente 
y largos cabellos cubiertos con un sudeste, que 
sentado en el banco esperaba la autorización para 
casarse, el sacerdote se maravillaba de que el 
amor tuviese sobre un anciano un poder tan gran- 
de y tan a prueba de obstáculos. 

-- ¿Tiene mucha prisa de realizar ese matri- 
monio, Mattsson? -le dijo un día. 

— Hum, hum; cuanto más pronto se haga, 
mejor será. 

-- Pero, ¿no cree que sería preferible renunciar? 
Usted no es muy joven, Mattsson. 

- El pastor no debería asombrarse - contestó 
el viejo a manera de defensa. Luego añadió: 

Sé bien que soy viejo; pero es necesario que 
me case; es necesario. 

Y, de semana en semana, fué a la rectoría du- 
rante seis meses, pues hasta los seis meses no llegó 
el permiso. 



Durante todo ese tiempo el viejo 
Mattsson fué constantemente perse- 
guido. Por todas partes, en la verde 
plaza donde se secan las redes, a lo 
largo de los muelles, alrededor de las 
mesas del mercado, hasta en alta mar 
durante la persecución de los ban- 
cos de arenques, se oía retumbar 
una tempestad de asombro y risas, 
¡Ah. ah, se casa Mattsson; el 
Mattsson que huyó la misma ma- 
ñana de su boda! 

Ni a la novia ni a él, se le re- 
gatearon las burlas; pero lo peor 
era que nadie encontraba la cosa 
más ridicula que el mismo Matts- 
son. El retrato de la madre quería 
volverle loco. 

A la mañana del domingo en que 
se publicaron las amonestaciones, el 
viejo Mattsson quiso huir de la cu- 
riosidad y las burlas con que le mo- 
lestaban y se alejó solo por la playa. 
Al pie del faro encontróse a su novia 
que lloraba, Mattsson la interrogó. 
¿No habría querido casarse con 
otro? Ella, sin responder, arrancaba 
con un dedo pedacitos de yeso de la 
muralla, dejándolos caer en el mar. 
¿Es que por acaso no ama a 
alguien? 

- No; a nadie. 

¡Qué hermoso es estar allí, al pie 
del faro! El agua límpida chapotea 
por todas partes. La orilla aplas- 
tada, las casitas uniformes de la 
aldea, la ciudad en lontananza, es- 
tán bañadas por el resplandor del 
Sund y por su belleza siempre nue- 
va. De vez en cuando una barca 
emerge de entre las brumas que flo- 
tan sobreel oeste del horizonte, lan- 
zándose gallardamente por la es- 
trecha abertura, con la proa llena 
de las risas del agua. De repente las 
velas caen. Los pescadores agitan sus gorros y en 
el fondo de la embarcaoión brilla la presa ganada 
Mientras que el viejo Mattsson estaba en la 
playa, una barca entró en el puerto. Un mucha 
cho, que iba sentado al timón, se descubrió salu 
dando a la niña. El viejo vio resplandecer un ful 
gor en los ojos de su novia, 

— ¡Ah! — se dijo — tú estás enamorada del mo 
zo más lindo de la aldea. No ha de ser tuyo nunca 
¡Más vale casarse conmigo que esperarle a él! 

¡No había modo de escapar a la voluntad del 
retrato de la madre! Si la muchacha hubiera ama- 
do a cualquier hombre, con probabilidades de éxi- 
to, Mattsson se habría creído autorizado para es- 
quivar el casamiento. Mas en él aquel caso no 
tenía ninguna razón plausible para devolverle la 
libertad. 

Quince días después se celebró el matrimonio, 
y poco más tarde sobrevino la terrible tempestad 
de noviembre. 

Una de las barquitas de la aldea perdió el más- 
til y el timón, y enteramente desamparada se fué 
a la deriva sobre las olas del Sund. El viejo 
Mattsson y los otros cinco hombres que la tripula- 
ban erraron así durante dos días y dos noches. 
Cuando se les salvó estaban casi muertos de ham- 
bre y de sed, helados, y sus vestidos habían co- 
menzado a ponerse rígidos. El viejo Mattsson no 
recobró jamás la salud. A los dos años de langui- 
decer murió. 

Muchas personas entonces juzgaron muy cu- 
rioso que hubiese tenido la idea de casarse preci- 
samente antes del naufragio, porque la mujercita 
elegida había resultado una buena enfermera. Solo, 
¿qué habría sido de él? Toda la aldea de pesca 
reconoció que en toda la vida hizo Mattsson nada 
más prudente; y la mujercita adquirió una gran 
reputación a causa del extremado cuidado que de- 
dicó al enfermo, 

¡He aquí una, - exclamaban, que se vol- 
verá a casar fácilmente! 

Durante todos los días de su enfermedad, el 
viejo Mattsson contó a su mujercita la historia 
del retrato. 

Cuando yo esté muerto, será tuyo, - decía. 

como todo lo que me perteneció. 

Cállate; no hables de eso... 

-Será tuyo el retrato de la madre, y cuando 

los pretendientes vengan, obsérvale. Te aseguro 

que en toda la aldea no hay nadie que conozca 

mejor los asuntos de casamiento que ese retrato. 

Selma Lagerlof. 

DIBUJO DE FRIEDRICH. 



P2>X— 



L^/ HUALDE/ OEnTE/ 
X LA/ hU/MlDE/COA/ 



r^ rCl^^nATIDEZ 
A\Of::)Cno_ 




Orillas del Maldonado, 
arroyuelo miserable... 
¿Dónde naces, Maldonado? 
Mal puedes decir que naces 
arroyuelo. . . 

Te mueres en todas partes. 
Entre una lepra de casas, 
es tu fang:o verdegueante 
común cajón de inmundicias 
y sepulcro de animales. 

Yo bien quisiera. cantar 
tus álamos y tus sauces 
y decir:-- iOh. Maldonado, 
rio de mi Buenos Aires! 

E irme por tus riberas 
las mañanas y las tardes, 
con mi ensueño y con un 
de versos sentimentales. 

Y cuando estuviera triste 
en extranjeras ciudades, 



Entonces sí que me irla, 
por las tierras más distantes, 
cantando así: -~ ¡Río, río, 
río de mi Buenos Aires! 

DIBUJO DE AlVAKEZ. 



— i:3i_;v^.i= >^-i_'m^^x— 




NUE5TR.05 
CRJTIC05 








Tal es U sinceridad de sus opiniones y tan 
imparcial es su criterio sobre obras e intérpre- 
tes, que siendo el de critico oficio de «pocos 
amieos*, ha sabido captarse la simpatía general 
de autores y actores, logrando que éstos acaten 
y respeten sus juicios, ya sean favorables o 
adversos. 

Hay en Buenos Aires unos cuantos «tipos po- 
pulares*: Palacios. Peracca. el viejo Conde, etcé- 
tera, etc.. cuya pesquisa, en un momento dado, 
seria sin duda, cosa sencillísima, pues no hay co- 
chero, chauffeur, camarero, mozo de hotel, em- 
pleado de tienda o portero de teatro, que no les 
conozca y no pueda decimos donde están, donde 
les han visto o donde han ido. 

Juan Pablo Echagüe es uno de ellos. 

Alto, arrogante y pausado en el andar; con la 
cabeza cubierta por ancho y bien planchado cham- 
bergo, algo echado hacia la frente, más no con la 
compadre inclinación del chambergo criollo, sino 
con la donosa caída de un chambergo mosquetero; 
tiene toda la gallarda apostura de un d'Artagnan. 
Diríase al verle que es uno de aquellos gentiles 
caballeros que se hubiera quedado rezagado por 
el mundo . . . 

Cuando fui a verle a su gar9onniere, Montevi- 
deo, 751, «Jean Paul», tal es su pseudónimo y así 
!e llaman cariñosamente sus amigos, escribía sin 
duda uno de sus brillantes artículos para «La Na- 
ción». 

— ¿Molesto? 

— Al contrario; — y señalándome una silla jun- 
to a su mesa de trabajo, añadió: — Estaba hacien- 
do unos apuntes sobre el estreno de esta noche, 
cuyo ensayo general acabo de ver. . . Puede usted 
empezar cuando quiera. 

— Pues manos a la obra, — dije yo viendo que 
tan fácilmente se iniciaba el reportaje. — ¿Por qué 
se ha dedicado usted al periodismo? 

— Mi vocación por el periodismo y por las le- 
tras es una vocación hereditaria. Escritor fué mi 
padre, y escritor mi tío materno. El primero re- 
dactó en San Juan el famoso periódico «El Zonda», 
fundado por Sarmiento. Solía llevarme a la im- 
prenta con frecuencia, y puede decirse que mi in- 
teligencia se despertó entre letras de molde. 

— ¿Por qué ha adoptado usted el pseudónimo 
de Jean Paul? 

— Tiene su historia mi pseudónimo. Cursaba 
yo el primer año de Colegio Nacional, en San Juan, 
y figuraba en los programas una clase de fran- 
cés. Averigüé por anticipado como se pronuncia- 



ba mi nombre de pila en ese idioma, y cuando 
el profesor, al pasar lista, me preguntó como me 
llamaba, me puse de pie y le contesté enfática- 
mente, muy ufano de mi saber: ¡Jean Paul! No 
sé porqué diablos mis compañeros tomaron la 
cosa en chunga, y una larga risotada estalló en 
el aula. Desde entonces mis condiscípulos no me 
llamaron sino Jean Paul. Más tarde, lanzado ya 
en el periodismo metropolitano, adopté como 
pseudónimo la traducción francesa de mi propio 
nombre. 

— ¿Hace mucho tiempo que es usted periodista? 

— Puede decirse que cuando vine de San Juan, 
niño todavía, me fui de la estación a la imprenta. 
Entré a la redacción de «El Argentino», diario ra- 
dical de combate, dirigido por el doctor Lisandro 
de la Torre. Era su secretario de redacción, Josa 
Luis Cantilo, cumplidísimo caballero y excelente 
periodista, por quien conservo vivo afecto. Can- 
tilo me agregó a la sección teatros. Allí empecé a 
hacer gacetillas y allí se decidió mi vocación de 
crítico teatral. «El Argentino» desapareció algún 
tiempo después, y yo, solicitado por actividades 
de otra índole, abandoné el periodismo. Volví a él 
diez años más tarde y no he vuelto a dejarlo. De 
entonces a aquí he tenido a mi cargo la crítica 
de los siguientes diarios: «El País», «Diario Nuevo», 
«El Diario» y «La Razón». Actualmente, y desde 
hace más de cuatro años, tengo el honor de des- 
empeñar la dirección de la sección «Teatros», de 
«La Nación», cuyas tareas comparto con el colega 
Ojeda; con García Velloso, cuya obra de drama- 
turgo me ha tocado juzgar muchas veces. . . y 
con Arturo Cancela, espíritu ágil, mordiente y 
agudo, que. lo digo con placer, se ha iniciado 
junto a mi en el periodismo y está destinado a 
una brillante actuación en nuestras letras. 

— En su vida periodística, ¿cuál es el hecho 
que recuerda con mayor satisfacción? 

— Uno que se relaciona con «Caras y Caretas». 
Cuando apareció esta revista, yo no había publi- 
cado ningún artículo firmado. Poco tiempo des- 
pués que salió a luz «Caras y Caretas», yo escribí 
una leyenda Sanjuanina titulada «La Quebrada 
de las Animas». Yo no conocía a Fray Mocho, 
que era el director del semanario. Fui a verlo, 
sin embargo. Fray Mocho me recibió bondadosa- 
mente, prometiendo leer mi manuscrito. Ocho días 
después, volví. No lo había leído todavía y me pi- 
dió que yo mismo se lo leyera. Así lo hice. Mi voz 
temblaba. ..- «¡Vamos! — me dijo «El Mocho», 
como se le designaba afectuosamente — no se 
asuste usted. Su cuento es bueno y lo publicaré. 
y no sólo publicaré éste, sino todos los que me trai- 
ga». He aquí la mayor satisfacción de mi vida pe- 
riodística. Cuando bajé la vieja escalera de la calle 
Maipú, iba en pleno éxtasis. «La Quebrada de las 
Animas» se publicó, en efecto, y ya no fué sólo 
Fray Mocho quien me estimuló a seguir escribien- 
do, sino Manuel Mayol, que tuvo en todo momento 
palabras de aliento para mis ensayos. Mi inicia- 
ción literaria está, pues, vinculada con una deuda 
de gratitud hacia los dos directores primitivos de 
«Caras y Caretas». 

— Además de periodista, ¿es usted catedrático, 
verdad? 

— Sí; dicto dos cátedras de Historia de la Edad 



Media. Moderna y Contemporánea, en el Colegio 
Nacional Bernardino Rivadavia. 

— ¿Piensa usted editar alguna vez sus criticas? 

— Sí. Actualmente se está imprimiendo en Eu- 
ropa un libro en el que recopilo la mayor parte 
de mis crónicas teatrales publicadas en «La Na- 
ción» en los últimos tiempos; se titulará «Crónicas 
de Media Noche». 

— Para terminar, amigo Jean Paul, ¿cree us- 
ted eficaz la crítica teatral? ¿Cree usted que in- 
fluye algo en los gustos del público? ¿Cree usted 
que la acatan los autores, o los cómicos? 

— Sobre esta cuestión de la crítica he dicho ya 
mi opinión en mi libro «Prosa de Combate». Creo 
que la critica teatral tiene su eficacia cuando se 
ejerce con sinceridad, con independencia y con 
altura. Un crítico puede llegar a tener autoridad 
sobre el público y por consiguiente a dirigirlo en 
una cierta medida. Pero el público no les acuerda 
autoridad sino a aquellos críticos que le inspiran 
confianza. Y no le inspiran confianza sino los 
que han dado pruebas de merecerla. Pero este 
asunto de la crítica y de su autoridad es complejo 
y no debe ser tratado a la ligera. Desde mi punto 
de vista personal, creo que la nuestra debe ser 
indulgente con los que comienzan, y exigente con 
los que tienen un nombre. No debe ser demasiado 
puntillosa y detallista sino guiar por ideas ge- 
nerales, con arreglo a un criterio estético en con- 
sonancia con la cultura ambiente. 

Y asi terminó nuestra interesante charla. 

Emilio Dupuy de Lome. 



CARICATURA 
DE ALONSO. 




^^L-TK^^X— 




Accediendo a una amable invitación de esta 
revista, que desea recordar el quinto aniversario 
de la muerte de Florentino Ameghino, escribo 
estas líneas sobre algunos aspectos actuales de la 
obra del ilustre sabio. 

No abusaré de los lectores repitiendo el elogio de 
Ameghino, ni la narración de su laboriosa y noble 
existencia, tan llena de dificultades como de en- 
señanzas: para los hombres de su temple, los obs- 
táculos son un verdadero acicate, y nada más ins- 
tructivo que considerar la manera cómo los han 
vencido; pero sobre todo esto se han escrito ya nu- 
merosas páginas, algunas de alto valor literario. 

Creo, pues, que los lectores realmente interesa- 
dos en las investigaciones de nuestro naturalista, 
tendrán más bien deseo de conocer el estado actual, 
según publicaciones hechas con posterioridad a 
su muerte, de algunos problemas relacionados con 
la geología y la paleontología de la Argentina y en 
especial de la Patagonia. Trataré sólo dos de los 
casos, agregando algunas consideraciones, nece- 
sariamente muy sucintas, dada la índole de este 
artículo. 

Se sabe que uno de los puntos más debatidos de 
la geología argentina es el de la edad y la correla- 
ción de las formaciones sedimentarias de la Pata- 
gonia. La base para su determinación, es el estudio 
de los restos fósiles que contienen, y su relación 
con los ya conocidos en otros continentes. Sobre 
esto, Florentino Ameghino ha construido un edi- 
ficio maravilloso, basándose principalmente en los 
descubrimientos importantísimos de su hermano 
Carlos. Sus conclusiones fueron en gran parte dis- 
cutidas, y sobre ellas se empeñaron grandes y a 
veces agrias polémicas. Veamos uno de losejemplos. 

En la Patagonia han vivido unos grandes ma- 
míferos ungulados, llamados Piroterios {Pyrothe- 
rium y otros géneros afines), en una época que 
correspondería, según F. Ameghino, al cretáceo 
superior. Los Piroterios eran, según él, Proboscí- 
deos y antepasados de los Elefantes actuales y 
de los extinguidos Mastodontes. Los Piroterios 
habrían pasado al África por una conexión terres- 
tre, la Arquelenis de Ihering, que entonces la 




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Ci 



unía con Sud América. Estas ideas fueron recha- 
zadas por la mayor parte de los geólogos y paleon- 
tólogos. Se decía que los Piroterios no eran Pro- 
boscídeos, ni tenían nada que ver con los Elefan- 
tes ni con los Mastodontes, y que nada probaba 
la existencia de aquella unión continental. Ade- 
más, algunos autores, como el renombrado pa- 
leontólogo alemán Max Schlosser, afirmaron que 
aquellos animales eran muchísimo más modernos 
de lo que Ameghino había supuesto; Schlosser los 
colocaba en el Terciario medio o superior (mio- 
ceno). Agreguemos como curiosidad que Hatcher 
llegó a sugerir la idea de que eran cuaternarios, y 
parece que algunos hasta creyeron que eran sim- 
plemente fantásticos. 

Pero he aquí que con posterioridad a la muerte 
de F. Ameghino, una expedición venida especial- 
mente de los Estados Unidos, bajo la dirección dsl 
profesor F. B. Loomis, del Colegio de Amherst, 
para estudiar las faunas extinguidas de la época 
del Piroterio, halla dos cráneos enteros de estos 
animales (cosa que Ameghino no conoció, pues 
entonces existían sólo fragmentos), y de su pro- 
lijo estudio deduce que eran realmente Proboscí- 
deos, y que están en indudables relaciones de des- 
cendencia con los antiguos elefantes del Terciario 



de África. Ha existido, pues, según Loomis, una 
conexión continental por medio de la cual se ha 
verificado el intercambio de las faunas. En cuanto 
a la edad de las capas piroterienses, Loomis la 
considera oligocena, esto es, intermediaria entre 
la que le asignan F. Ameghino y Schlosser. 

Aceptando, como he dicho, las relaciones con los 
Proboscídeos de África, Loomis cree que son los 
de Patagonia los que descienden de los africanos 
y no a la inversa. Esto resulta lógicamente de la 
edad que Loomis atribuye a las capas pirote- 
rienses, pues si éstas son más modernas que las 
correspondientes de África, es claro que los ani- 
males en ellas contenidos deben derivar de los de 
allá. Todas estas ideas, aquí muy brevemente ex- 
puestas, han sido desarrolladas por Loomis en una 
obra especial ( 1 ), resultado de su exploración de 
seis meses en el Chubut y Santa Cruz. 

Carlos Ameghino ha dedicado a la crítica de la 
obra de Loomis un artículo luminoso (2), en que 
acepta en parte y en parte rechaza las opiniones 
del sabio norteamericano. Lamento no poder de- 
tenerme mucho en el análisis de tan interesante 
publicación, que ha llamado la atención en los 
centros científicos del viejo mundo; la importante 
revista Nature, de Londres, ha hecho comentarios 
sobre ella en más de una ocasión (3). 

Carlos Ameghino acepta, separándose en esto 
de la opinión de su finado hermano (y demostran- 
do así su imparcialidad y su desapasionamiento) 
que las capas con Pyrotherium sean un poco más 
modernas de lo que aquél suponía, pero no tanto 
como lo pretende Loomis; las ubica en el Tercia- 
rio más antiguo, en el Eoceno basal. En todo lo 
demás, mantiene las ideas de F. Ameghino. 

Pero el punto más notable en esta discusión, y 
que si no me equivoco marcará una época en la 
historia de nuestros estudios geológicos, no es 
precisamente el que se refiere a las capas pirote- 
rienses, sino a otras que están más abajo y que se 
designan con el nombre de «notostilopenses» (de 
Noíostylops, el mamífero fósil más típico de ellas). 
F. Ameghino ha sostenido siempre que estas capas 
son de edad decididamente cretácea, aunque con- 



— i^uv^^s 'v'LnriQ^x— 



i.cic.i una fauna de mamíferos pía- 
centales (es decir no marsupiales) 
ya muy diferenciada, cosa que no 
se conoce en ninguna otra parte 
del mundo: pof esto es que se 
acepta en paleontología como un 
axioma, el que los mamíferos pía- 
centales han aparecido sólo en el 
Terciario inferior. Loomis no ha 
hallado casi nada de los fósiles 
notostilopenses: pero en la parte 
norte del Golfo San Jorge encontró 
ciertos estratos que. por otras razo- 
nas, afirma son de edad cretácea. 
Ahora bien. Carlos Ameghino. que 
ha explorado esa misma localidad. 
y que en la gran obra hecha en 
colaboración con su hermano en 
1906. había señalado la presencia 
de las capas con Notostylops en 
ese mismo punto, afirma a su vez 
que los terrenos reconocidos por 
Loomis como cretáceos son ni más 
ni menos que los del notostilopense! 
Y para probarlo, invita al paleon- 
tólogo norteamericano a visitar juntos, y en com- 
pañía de otros geólogos, la misma localidad, donde 
se compromete de antemano a encontrar en su 
presencia los fósiles típicos del Nolostylops. Así. 
pues. Loomis. que no cree en la edad cretácea de 
estos fósiles, habría venido a proporcionar la 
prueba en contra de su propia teoría. 

Este es un punto de extraordinario interés para 
nuestra paleontologia: puede decirse que es el eje 
de la cuestión, pues resuelto él, la solución de to- 
dos los demás está dada, o al menos considerable- 
mente facilitada. 

Su trascendencia en el campo general geo-pa- 
leontológico seria inmensa. Para la ciencia euro- 
pea, pretender que pueda haber habido mamífe- 
ros placentales en el cretáceo, es lo mismo que 
pretender la existencia del hombre en el Terciario: 
son dos cuestiones que consideran definitivamente 
resueltas por la negativa. 

A la solución lisa y llana de tan 
importante problema tiende el de- 
safio (llamémosle así) que Carlos 
Ameghino lanza a Mr. Loomis. De 
ello se hace eco el paleontólogo del 
Museo de Paris. M. Thévenin, en 
un comentario (4) sobre el artículo 
de (darlos Ameghino. en que hace 
notar de paso que no se puede po- 
ner mayor cortesía en la manera 
con que éste trata a su contrincan- 
te, y lamenta que la deplorable si- 
tuación creada por la guerra no 
permita a los sabios europeos acep- 
tar la invitación que Carlos Ame- 
ghino hace extensiva a ellos. 

En cuanto a Loomis. hasta ahora 
no ha contestado nada; pero sea 
que respondiera o no. sería de de- 
sear ardientemente, por razones 
científicas y patrióticas, que algu- 
nas de nuestras instituciones reu- 
niera un grupo de personas com- 
petentes y se hiciera con ellas una 
expedición a la Patagonia, nada 
más que para aclarar definitivamente esta cues- 
tión. 

Sería de desear también que la empresa fuese 
costeada con fondos particulares (única manera. 
por otra parte, en que la idea sería factible en las 
actuales circunstancias). Los fondos podrían re- 
unirse por subscripción entre algunas personas 
pudientes de las muchas que sin duda habrá entre 
ios admiradores de Ameghino, que son todos los 
argentinos. La expedición de Loomis fué costeada 
con recursos de la sociedad de ex alumnos del 
Colegio de Amherst. ¿No habrá, entre los ciuda- 
danos argentinos, quienes se tomen en sus propias 
cosas más interés que aquellos jóvenes de una 
ciudad del hemisferio norte? 

Una obra que contuviese la exposición científica 
seriamente presentada, de los resultados de tal 
expedición, seria, en el estado actual de nuestros 
conocimientos, una de las más valiosas que hoy 
podríamos ofrecer al mundo, y todos los que a ella 
hubiesen contribuido merecerían bien de la pa- 
tria y de la ciencia. 

El otro ejemplo a que me referia es 
también muy interesante. Se trata de uno 
de los capítulos más notables de la histo- 
ria de la fauna argentina, el de los monos 
fósiles. Todo, absolutamente todo, lo que 
de ellos se conoce, es lo que ha hallado 
Carlos Ameghino y descripto D. Floren- 
tino. 

Entre los diversos géneros que éste dio 




w 



BL PVKOTHSRIUU. 1(BC3HSTI(UCC|6n SEOÚN EL PROFESOR W. B. SCOTT. — EL ESTUDIO RECIENTE DEL 
PROFKSOR P. B. LOOMIS SOBRE LAS FAUNAS EXTINGUIDAS DE PATAGONIA. HA DADO MOTIVO PARA QUE 
CARLOS AMB3HIN0 •DESAFÍE* A AQUÉL PARA COMPROBAR SOBRE EL TERRENO, LA VERDADERA EDAD DE 

AQUELLA FAUNA. 



a conocer, el más importante es el que llamó 
Homunculus. por considerarlo como un mono de 
aspecto de un hombrecito. 

El tal Homunculus había intrigado mucho a los 
paleontólogos. Se dudó, no sólo de sus caracteres 
más o menos humanos, sino hasta de su existencia. 
La expedición enviada por la Universidad de Prin- 
ceton, en los últimos años del siglo pasado, no 
pudo hallar ni un solo fragmento del misterioso 
«hombrecito». 

Sus restos existían, sin embargo, y estaban en 
la colección particular de los hermanos Ameghino. 

Un profesor de la Universidad de Zürich, el 
doctor H. Bluntschli. emprendió entonces (poco 
después de la muerte de F. Ameghino) un viaje 
a Sudamérica. uno de cuyos fines principales era 
estudiar las famosas piezas originales de los Pri- 
mates fósiles de Patagonia, en la colección citada. 
Bluntschli es un zoólogo y anatomista renombra- 




RBCOHSTRUCCIÓN DEL PYROTHERIUM, SEGÚN LA OPINIÓN DE FLORENTINO Y CARLOS AMKGHINO, 



do. que se ha especializado en el estudio de los 
Primates. 

A su vuelta a Europa, Bluntschli dio a cono- 
cer, en una de las reuniones anuales de la Sociedad 
Anatómica Alemana, las principales conclusiones 
de sus investigaciones. (5) 

Según ellas, Homunculus es, sin duda alguna, 
un género bien caracterizado de monos, «y hasta 
ahora el único documento importante para la 
historia de los Primates de Sudamérica.» 

Difiere empero de la opinión de F. Ameghino, en 
cuanto a la posición sistemática que el género debe 
ocupar. Cree que por sus caracteres está próximo 
a los actuales monos platirrinos de la América 
Meridional. Los detalles sobre que se funda la 
divergencia son demasiado especiales para entrar 
a discutirlos aquí; pero puede asegurarse que ellos 
son. en gran parte, una cuestión de apreciación en 
cuanto al grado de las semejanzas y diferencias, 
y al modo cómo debe hacerse la reconstrucción 
del cráneo incompleto del Homunculus. 

Otras consideraciones interesantes agrega 



(1) F. B. Loomis, The Deseido Formaíion o¡ Patagonia. 1 vol., Amherst, 
Mas»., U. S. A„ 1914. 

(2; C. Ameghino, Le Pyrolherium. Vélate pyrolhérie?i, et?., en Physis (re- 
vista de la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales), tomo I, p. 446. 

(3) Véase Physis. tomo II, p. 72. 

(4) Re'/ue Critique de Paléozoologie. abril de 1916. 

(5) Anatomischer Ameiger. supl. lomo 44, pág. 33-43. 



Bluntschli respecto de F. Ameghi- 
no y del carácter de su obra cien- 
tífica, cuya transcendencia recono- 
ce. Opina que los ataques de que 
ella ha sido objeto en el extranjero 
son, en gran parte, injustificados, 
pues no se ha tenido suficiente- 
mente en cuenta las condiciones 
adversas, la falta de medios, de bi- 
bliotecas nutridas, de material de 
comparación, etc., con que tuvo 
que luchar. «Ciertamente - con- 
cluye — la investigación severa re- 
futará todavía algunas de sus 
interpretaciones científicas; varias 
conclusiones resultarán distintas 
de las que él formuló; pero de 
una cosa estoy cierto, y es que el 
porvenir juzgará con más justicia 
que la actualidad a este hombre ex- 
traordinarioi. Palabras bien expre- 
sivas si se piensa que han sido pro- 
nunciadas en uno de los centros de 
donde partió la más viva oposición 
a las ideas ameghinianas, y por uno 
que, en una buena medida, tampoco las comparte. 
Pero volviendo a los Primates fósiles, otra con- 
clusión de sumo interés a que llega Bluntschli 
respecto de las relaciones entre los monos del vie- 
jo y los del nuevo mundo: afirma que tanto 
Homunculus como los Cébidos actuales de Sud- 
américa tienen estrechas relaciones con los Prosi- 
mios del otro continente, relaciones que deben 
considerarse como de descendencia común. 

Admite — nótese esto — que el estudio de los 
Primates conduce a hacer muy verosímil la exis- 
tencia de una antigua conexión continental entre 
Sudamérica y África, e.i contra de la opinión de 
Schlosser. 

Es, como se comprende fácilmente, muy suge- 
rente el hecho de que dos autores diferentes, que 
abordan, sin prejuicios en pro ni en contra, el es- 
tudio del problema por dos lados distintos, como 
Loomis y Bluntschli. lleguen a conclusiones tan 
semejantes. 

Y éstas son dos, nada más, de 
las múltiples vías que deja abier- 
tas Florentino Ameghino. Para con- 
tinuarlas todas, sería necesario el 
concurso de numerosos colabora- 
dores; sería necesario proveer a la 
formación de un grupo de paleon- 
tólogos argentinos que, recogiendo 
la herencia del maestro, continua- 
sen su obra. Tarea grande y difí- 
cil, pero necesaria, y que exige en 
los obreros, no sólo un gran amor 
a la ciencia y al trabajo serio, sino 
también una buena dosis de mo- 
destia y de abnegación: porque la 
obra futura no ha de dar brillo 
personal a ninguno de ellos. 

Florentino Ameghino representa, 
en la historia de la investigación 
de nuestro suelo, la edad heroica. 
Es bueno habituarse a la idea de 
que ya no habrá otro como él. 
Probablemente pasará mucho tiem- 
po antes de que, por el esfuerzo 
combinado de nuevos investigadores, se consiga lle- 
nar, aunque sea en parte, el vacío que ha dejadc. 
Reconozcámoslo con franqueza y sin avergon- 
zarnos demasiado por ello. 

Cuando falleció d'Orbigny, — el gran d'Orbig- 
ny, a quien tanto debe también la investigación 
científica del suelo americano, — fué, según Zittel, 
imposible encontrar, a pesar de los esfuerzos de 
la Sociedad Geológica de París, quienes fuesen 
capaces de continuar dignamente, ni aun reu- 
niéndose varios especialistas, su grandiosa Paléon- 
tolo^ie fran(aise, que él había hecho solo. Y esto 
sucedía en la Francia de mediados del siglo xix, 
en medio de una cultura científica de las más 
ricas y también de las más fecundas. 

No hay que asombrarse, pues, de que dificulta- 
des mayores se presenten hoy en la Argentina. 
Pero esta es una razón de más para que los traba- 
jadores de buena fe y de buena voluntad sume.i 
sus fuerzas, para ver si entre todos pueden mo- 
ver la tizona de este nuevo Cid, en quien, como e.i 
el de la leyenda, la vida continúa alentando. 

Sería una gran cosa que los lectores 
comprendieran que hay en estas palabras 
algo más que una metáfora; pero algo 
mucho más grande seria que también lo 
sintieran. 



Martín Doello-Juradi 



Museo Nacional de Buenos Aires, agosto de 1916. 




ÍKOi ¡iíl>Al^ l>iL LA JÜÜOKA 
ZELMIRA PAZ DR GAINZA 



EL HIDALGO 



Uuc^ 'lj^ jALVAúOí^ oA.NvJHiii UAñBUDO 



— i=»i_;^^.s 




Iba solo, perdido en el alcázar. 
Algo de la inquietud del niño absorto 
en los encantos de un jardín ajeno, 
hizo tr.i paso desconfiado y corto. 

El deleite sereno 
de la contemplación quedó turbado 
en medio a un patio enorme, amurallado, 
donde el rumor del agua de la fuente 

era tan acallado 
que en la espaciosidad de monasterio 

del ámbito silente 
más sensible tornábase el misterio. 

Temí un momento estremecerme, cuando 
VI que en distante ángulo mi guia, 
negro guardián, me estaba contemplando, 
y. comprendiendo mi pavor, reía. 

Fuime tras él por una galería 

junto a un verjel risueño; 
y. alegrada mi alma, dije al guia: 
— Es la mansión cual tu señor, su dueño: 
si con amplio saludo nos hospeda. 
su corazón a nuestro arbitrio queda 
como un sombraje de frescor y ensueño; 
mas si la austeridad cierra su ceño 
con un signo profundo, 
el símbolo remeda 
del arcano del mundo. 

— Paréceme que si. — completó el guia. 
El patio del silencio dio a tu mente 
un bello símil que Zafir querría 
cuando canta al Sultán. Mas ten presente 
que ni su torvedad ni su alegría 
conoces suficiente todavía. 
Dejóte ya en la sala en que las horas 
se desvanecen en el vago hechizo 
de bellas danzadoras. 

Tras de la gran zalema que me hizo 
fuese el guia. La puerta 
frente a la cual quedé, de pronto abierta 
tuve a mi paso y penetré en la sala. 

Era toda de gala. 

Tan soñado portento 
ningún prodigio de este mundo iguala. 

Ni el diluido concento 
con que gemían alejadas guzlas. 
ni el plácido ademán con que a su asiento 
me llamara el Sultán, por un momento 
lograron distraer la estupefacta 
contemplación de tanta maravilla. 

¡Ah. si la cuenta exacta 
pudiera dar de aquello, sin mancilla 
de la verdad, mi ansioso pensamiento! 

Todos miraban hacia allá, distante 

vagamente, esperando 
que saliera a danzar una danzante 

o acaso adivinando 
en la alcatifa puesta sobre el muro 
el cuadro tinto con primor: idilios 

de adalides tornados, 

tras llorados exilios, 
de legendaria guerra, embelesados 
ante sus favoritas en edenes 

de tan subidos bienes 
que nunca al mundo fueron revelados. 

Junto a los frisos de arabescos rojos 
sobre dorado pie los pebeteros 

de mármol negro humeaban 

gratos a las huríes 
de cuerpos leves y hechiceros ojos 

que en el cielo vagaban. 

De ópalos y nácar y rubíes 
hallábase en diseños incrustado 
el prodigioso estrado 
en que rodeaban jefes y alfaquíes 
al Sultán, abstractivos 
bajo el blanco turbante. 
como si meditaran los motivos 
de los edenes del tapiz distante. 

A mi, que a su llamado me postrara 
sobre el cojín que al lado me guardara, 




dijome entonces el Sultán: — Perdiste 
el baile de Abla la maravillosa 
bajo el bordado tul de Alejandría. 
Ella es ágil gacela más hermosa 

que el esplendor del día. 
Pero tampoco a la Esmirniana viste 
la de rasgada túnica que muestra 

la turgente garganta 
divina, si en el baile el torso engríe, 

divina cuando ríe, 

divina cuando canta. 
Mas sones vienen de tambor velado, 

dulzainas y laúdes. 
— ¿Es ella? — le interrumpo. 

— No lo dudes: 
es la Indú, — me responde, — que ha llegado. 

Como entre niebla de marina aurora 
entre el incienso errante y azulado 
avanza la mujer que danza ahora. 
Ya da su cuerpo a uno y otro lado 
leve contorno y su mirar de fuego 
y de noche profunda y de dulzura, 
en los rostros severos de! estrado 
pasea con recóndito sosiego 
que atrayendo acaricia y da pavura. 

En la muelle cadera 
puestas las manos, ánfora viviente 
parece al avanzar la bayadera. 
Detiénese. y los brazos extendidos 
hacia el Sultán, el cuerpo en reverente 

genuflexión doblega, 
y luego en cruz, con un temblor estrega 

los cromados collares 
de su pecho, los áurioos anillos 

que adornan sus tobillos: 
ofrendas, recogidas en aduares 
y villas, del asombro de las gentes 
que no hallaron más ínclitos presentes 

en ignotos bazares. 

Y ¿qué son esos velos 

como randas de bruma 

de matinales cielos 
que ya mece en sus brazos entre el humo? 
Son dos cisnes más albos que la espuma, 
y el cuerpo de la Indú forma un esquife 
y en él navega con misterio sumo 

un extraño jerife. 

Ya los cisnes no son. Y ya en un manto 
el jerife está envuelto, y en la diestra 
el lirio sacro, el loto, 
devotamente muestra. 

Y ya desde el oriente más remoto 
el mar de prueba cruza. La danzante 
se ha transformado en agua y nube y viento 
al torbellino de un girar violento 
sobre un centro de fuego centellante. 

Y gira y gira y queda serenado 

su volteo sin fin que se ha trocado 

en un loto gigante. 
¡Oh, la sagrada ofrenda: cómo brilla 
tornasolada y recamada de oro! 
Pasmado en el recinto queda el coro 
ante esa enorme flor de maravilla. 

Súbitamente dan un estallido 
collares y aros; simultáneamente 
los sones cesan y de pie en la alfombra 
entre inciensos y velos queda extática 

la Indú, triunfal, hierática, 
sumida en el Gran Ser que no se nombra. 

Al huerto han sido abiertas 
ventanales y puertas, 
y al frescor de los verdes naranjales 
la bayadera anima sus nasales 
combas con tal fruición y abre tan lenta 
la noche ardiente del mirar, que alienta 
todo bien, se creyera, en su fatiga. 

Y sonríe al Sultán que, incorporado 
ante las quietas gentes del estrado, 

dice: - ¡Alá te bendiga! 

FASTEL DE ALONSO. 



— E^LJ^v^^ 



>>^— 




I 



{Por la tarde, en la biblioteca del club. Al- 
berto, hundido en un;sofá de cuero, paladea 
un San Martín y va a morder una papa frita, 
redonda y dorada como una moneda, cuando 
aparece Luis, su amigo. Le llama y le invita a 
sentarse a su lado. Luis acepta. Al sentarse, 
tose y estornuda.) 

Alberto. — ¿Resfriado? 

Luis. — Naturalmente. Agosto es el mes de los 
catarros. Por todos lados narices encarnadas, vo- 
ces enronquecidas, ojos llorosos. 

Alberto. — Colazos del Colón. Habrás pescado 
ese resfrío en el túnel, mientras esperabas el coche, 
después de algún Rigoletto mediocre o de alguna 
descolorida Sonámbula. 

Luis. — ¡El Colón! ¡Quién habla de eso ahora! 

Alberto. — La verdad. Buenos Aires, como 
todas las grandes ciudades y tal vez más que otras, 
es olvidadizo y cambiante. 

Luis. — Claro está. Hemos asistido a los espec- 
táculos, buenos o malos, poco importa, de nuestro 
gran teatro, por simple convencionalismo mun- 
dano. Concluido el ciclo de los abonos — par, im- 
par — nada nos interesa de ellos, nada sobrevive. 

Alberto. — Bien lo sabe la empresa y así nos 
trata: óperas viejas, artistas mediocres, pésima 
orquesta. . . 

Luis. — ¿Y la Barrientes? ¿Y Titta? 

Alberto. — Eso es para despistar, como en el 
cuento. 

Luis. — Bah. Deja esas recriminaciones para 
algún wagneriano enragé, para Ojeda o Jorge 
Cabral. 

Alberto. -- Eliges mal. Jorgito, en su diversi- 
dad, encarna precisamente lo que tiene de cambia- 
dizo y de fugaz nuestro mundo porteño. 

Luis. — Cierto. Es la actualidad andando. Des- 
de la llegada de Ortega y Gasset, se pasea con 
Kant debajo del brazo y habla gravemente de la 
Critica de la razón pura y del Paso de los princi- 
pios metafísicas de la naturaleza a la física. 

Alberto. — No hablemos de eso por favor. 
Prefiero Marquina y su verso amplio y sonoro, con 
pliegues de capa española. 

Luis. — Veo que te actualizas. Pero apúrate, 
que ya viene Guitry y pronto será demasiado tarde 
para discurrir de la Guerrero y de Díaz de Mendoza. 

Alberto. — No he perdido una sola noche del 
Odeón. 

Luis. — Has hecho bien. En medio de nuestro 
cosmopolitismo creciente, necesitamos oir de tiem- 
po en tiempo el grito de la sangre. . . 

Alberto. — O su canto. 



(3a6aS CUU2 poéom^ 



Luis. — Necesitamos sacudir el polvo de nues- 
tro materialismo, volviéndonos hacia el pasado 
romántico y maravilloso, y esas piezas del poeta 
español que huelen un poco a rancio, si tú quieres, 
pero en las que se destacan, como en primoroso 
tapiz, las figuras representativas de la raza, esas 
piezas... ¿cómo diré?... 

Alberto. — ¿Infladas? 

Luis. — Sí. Pero infladas como las velas de los 
barcos, que arrastran y que son bellas... 

Alberto. — Vas a concluir miembro correspon- 
diente de la Real Academia, como Del Solar y 
Ernesto Quesada. 

Luis, — Preferiría concluir vendiendo, como Pa- 
gés. un toro en 50.000 pesos. 

Alberto. — ¡Adiós romanticismo y capa espa- 
ñola! ¿Fuiste a la Rural? 

Luis. — Fui. ¡Soberbio espectáculo! 

Alberto. — ¿El discurso de Calderón? 

Luis. — Bueno. Pero prefiero sus discursos di- 
plomáticos. 

Alberto. — ¿Y a la interpelación sobre la es- 
cuela intermedia? 

Luis. — Fui también. Triste espectáculo. 

Alberto. — ¿Por? 

Luis. — Por lo insidioso y amargo de un debate 
que oculta bajo el oropel de una gran cuestión na- 
cional la negrura de rivalidades personales. 

Alberto. — Es la política. «La democracia, ha 
dicho Jules Delafosse, es igualadora a la manera 
de la guadaña. Corta a flor de tierra toda superio- 
ridad. Tiene la envidia por consejo y la nivelación 
como fin.» 

Luis. — Vas a concluir miembro correspondien- 
te de la Academia francesa. 

Alberto. — ¿No te parece una crueldad inútil 
interpelar ministros un mes y días antes de su 
desaparición? ¿Llevarlos a la arena del Congreso, 
a defenderse. . . 

Luis. — Morituri te salutant. 

Alberto. — ...cuando tienen, en esta hora 



crepuscular, tantos motivos para estar tris- 
tes y desganados? Moyano se ha adelga- 
zado. Calderón ha perdido mucho de su 
buen humor viejo-régimen. Sáenz Valiente, 
ante la idea de retirarse del Ministerio, re- 
suelve retirarse también de la Marina. Se 
teme que atente contra sus días. 

Luis. — El único imperturbable es Mura- 
ture. Cuando lo veo tan tranquilo e indiferente 
pienso en lo que decía La Bruyére: «sólo coloco 
por encima de un gran político al que descuida 
de serlo y se convence cada vez más de que el 
mundo no merece que se ocupen de él.>) 

Alberto. — Y ¿sabes algo de los posibles suce- 
sores? Es el juego del día. Todo el mundo tiene su 
datito y apuesta por él. 

Luis. — Juego, en apariencia. En realidad es la 
angustia del día. Todo el mundo tiene su ambi- 
cioncita y tiembla por ella. 

Alberto. — Ardua tarea la del futuro gobier- 
no, frente al apetito agresivo de los que aspiran a 
entrar en el presupuesto y cuya divisa es: sal de 
ahí que yo me ponga... 

Luis. — Y frente al apetito defensivo de los que 
están adentro y cuya divisa es: f'y suis, f'y reste. . . 

Alberto. — Se dicen muchas cosas, se pronun- 
cian muchos nombres: Marcelo Alvear, Fernando 
Saguier, Julio Moreno, Enrique Larreta. 

Luis. — Es una enumeración tranquilizadora 
que supone muchas cosas: buena ropa, buena li- 
teratura. . . Es una lista color de rosa. 

Alberto. — Bien venga después de tanta lista 
negra. Se hacen siluetas como para los noviazgos: 
el de relaciones exteriores será un hombre de fortuna, 
de gran apellido, que haya vivido en Europa, etc. 

Luis. — Sólo faltaría añadir que se llama como 
una batalla y que tiene la edad de un gran prín- 
cipe europeo. . . Lo que te puedo asegurar es que 
algunos de los nombres que se pronuncian saldrán. 
Yo tengo un buen informante y... 

Alberto. — ¿No digas? ¿Tú también? 

Luis. — Sí. Un viejo radical, de los del Parque. 
Precisamente come aquí conmigo, esta noche. 
¿Quieres acompañarnos? Ahí viene. . . 

Alberto. — (Aceptando.) ¿Se ve con Irigoyen? 

{Ambos se ponen de pie y van al encuentro del 
recién llegado.) 

Luis. — {En voz bafa y con aire misterioso:) No. 
Pero tiene una hermana casada con un sobrino 
de un cuñado de un amigo íntimo de Hipólito. 

(Salen.) 



Sparklet. 



DIBUJO DE ALONSO. 



— ir>LJV^^ X • , I I-? >X— 




Reconozco que es mucha pretensión la mia: pe- 
ro quisiera saber en qué forma, por qué causa, en 
qué punto cuaja la idea en nosotros, y pasando 
de lo abstracto, se concreta y entra en el campo 
de las realidades. Supongamos que este fenómeno 
tiene gran analogía con la formación de los mun- 
dos: la condensación de la nebulosa, que en este 
caso bien puede ser la condensación de la idea. 
De ser asi. ya tenemos un centro, un núcleo, un 
punto de partida. Bueno. Y ahora, ¿en qué lugar 
se posa el núcleo? ¿En qué momento abandona el 
campo de las abstracciones para entrar en el de 
las realidades? Estas preguntas me las hago a cada 
momento, y como las contestaciones no me sa- 
tisfacen, voy a verme en la necesidad de poner 
un aviso en «La Prensa» a ver si encuentro un ser 
caritativo que me saque de dudas. 

¡Y es que estas investigaciones metafísicas son 
asunto bastante más difícil que agarrar un trom- 
po con la uña! 

Todo esto viene de querer conocer los orígenes 
del deseo que ha nacido en mí de publicar un libro. 
Un deseo fuerte, enérgico, rotundo, obsesionante; 
especie de imperativo categórico que no me aban- 
dona, que pesa como una ley que no admite chi- 
caneos. ¿Será un extravío de la imaginación 
o una necesidad del espíritu? Porque, recién em- 
piezo a darme cuenta que la publicación de un 
libro ha de ser una cosa medio seria, y yo ni 
tengo nada importante que decir, ni estoy prepa- 
rado como esos mozos que están preparados. 

Porque un libro... es un libro, amigo. ¡No es 
juguete! Hace falta ser corajudo para lanzarse 
ahora, con lo caro que está el papel, a publicar un 
tomo de doscientas páginas, que hay que llenar 
con algo que interese; y hoy por hoy, sé muy bien, 
por observaciones personales, que no se lee más 
que los telegramas de la guerra, la sección policía y 
la sección tribunales, para ver que comerciante se 
ha ido al tacho por falta de plata. 

Y es una lástima, porque mi libro sería algo 
macanudo, algo que seguramente llamaría mucho 
la atención en las vidrieras bajo el sugerente car- 
telito «Libro nuevo». Yo ya lo veo paradito no 
más. presentándose a las inquisidoras miradas de 
los amantes de las buenas letras, con su tapa ele- 
gante, decorativa y sencilla. En ella el símbolo 
de la obra en dibujo estilizado, muy moderno, 
muy confuso, muy abigarrado, a tres o cuatro 
tintas planas, sobrias, de tonos neutros; arriba mi 
nombre con letras que nadie pueda leer, para 
conservar el misterio, y las iniciales en rojo es- 
carlata. En la parte inferior del dibujo el titulo 
de la obra, también con caracteres ilegibles, de- 
talle importantísimo, porque, ahora, todo lo que 
es confuso tiene signo de distinción. Ya lo veo 
como si estuviera hecho, y ¿quieren ustedes creer 
que me están dando ganas de entrar en la librería 
y comprarlo como si fuera verdad? 

Después de la portada una página en blanco. 
En la siguiente y en la parte superior, otra vez 



mi nombre; en el centro repetido el titulo, y abajo: 
«Buenos Aires — Imprenta de Fulano de Tal (el 
que sea), y el año: 1916». Hasta ahora me parece 
que no hay nada que observar. ¿Verdad? Adelante. 

Después, a la vuelta de la otra página, y en 
tipo muy pequeño «Es propiedad. Queda hecho 
el depósito que marca la ley». Yo no sé que depó- 
sito es ese que marca la ley. pero ha de ser algo 
muy importante, porque lo tienen todos los libros. 
¿No será una garantía, en efectivo, para responder 
de los daños y perjuicios que pueda ocasionar, 
como obra literaria, al desprevenido lector? En 
fin. pronto saldré de dudas, porque pienso pre- 
guntarle a un amigo que es procurador y ahora 
reparte «La Nación», por la mañana. 

En la página subsiguiente la dedicatoria. ¿Có- 
mo le pondría? ¿Dedicatoria. Pórtico. Introito? 
A mí me gusta más la palabra «Pórtico»; suena 
bien y es más clásica, más griega. El Luis XV 
cayó; se abusó mucho del estilo en los edificios y 
los muebles, y cayó. Ahora todo es heleno, hasta 
el heno de Pravia, que anuncian los periódicos es- 
pañoles. 

¿Y el título? ¿Dónde me dejan ustedes el títu- 
lo? Este punto es importantísimo y tengo pensado 
varios, pero como todavía no sé lo que voy a escri- 
bir, tampoco sé por cual decidirme. Los pongo a 
continuación para que no se me olviden y por si 
el día de mañana pudieran aplicarse al tema que 
fatalmente tengo que desarrollar. Uno de ellos 
puede ser: «El superhombre», y algunos creerán 
que está escrito por Nietzsohe en colaboración con 
Óyhanarte y lo comprarán a ver lo que dice. 
Otro: «El secreto del Yum-Yum»; huele a misterio 
de policía oriental, pero es más propio para una 
cinta cinematográfica que para un libro. Y por 
último, a pesar de que sé que se presta para la fa- 
rra, el que más me gusta a mí es éste; «Arte-facto». 
Lo van a leer como una sola palabra, ya lo sé, 
pero no me importa. Lo importante es otra cosa: 
lo importante es que si al fin me decido y des- 
arrollo un tema de arte, no será muy difícil que 
me encuentre, después de terminado el trabajo, 
con que alguien haya tenido la misma idea que yo 
y salga por ahí otra obra hablando también de 
arte. Sería una coincidencia que me ocasionaría 
una seria contrariedad. ¡Un tema tan nuevo y de 
tanto lucimiento! Pero, se escribe tanto en el 
mundo, que ¡vaya usted a saber! 

Bueno; ahora supongamos que ya está el título, 
que si no es «Arte-facto», será otro, y sigamos con 
la presentación del libro. El texto ha de estar 
compuesto en cuerpo nueve o diez, elzeviriano y 
con interlineas para que se lea fácilmente, con- 
dición que le hace simpático e incita a la lectura. 
A más. bastante margen, mucho margen, de mo- 
do que las páginas se pasen muy rápidamente. 
Un signo de suficiencia y con el que pienso des- 
lumhrar es la cantidad de vocablos raros que 
he de intercalar en el texto y han de entrar 
quieran que no, pues con ellos ganaré fama 



de suficiencia. Vean 
unas muestras que 
tengo preparadas y a 
ver quién es capaz de 
sospechar, después de 
leerlas, que soy un ig- 
norante. Gnóstico, eu- 
trapelia, pródromo, 
aledaño, eubolia, en- 
telequia. introspec- 
ción, numulario y 
conticinio. Al final del 
libro, el colofón, que 
es el broche con que 
pienso cerrar la joya, 
precedido del índice y 
la fe de erratas. Si 
por casualidad no las 
hubiera, las haremos 
después, por que un 
libro que carece de fe 
de erratas revela poco 
esmero, y que no se 
ha repasado. Y por 
último, en el centro 
de la contratapa un 
pequeño dibujo con 
una antorcha, o la 
cabeza de Minerva o 
las dos cosas juntas. 
Yo confío. — y de 
ilusiones vivimos to- 
dos. — que va a ser 
un éxito, un verda- 
dero éxito; pero a una 
cosa me resisto y me 
resistiré por mucho 
que me 'o pidan. No 
quiero publicar mi re- 
trato; es un detalle que me parece de mal gusto. 

Y no es porque no tenga fotografía, que la tengo 
y muy buena, formato salón. En ella aparezco 
con la frente apoyada en la mano derecha, leyen- 
do un libro, con un efecto de luz a lo Rembrandt. 
soberbio, el pelo un poco revuelto, y la corbata 
suelta, artística, parezco un genio o un actor 
nacional. 

Como puede verse, todo, absolutamente todo 
está minuciosamente cuidado y no falta ningún 
detalle esencial para llevar a cabo la obra. 
Vamos, que se cae de maduro. Y ahora, díganme 
sin andar con vueltas: ¿no es una verdadera 
lástima que se malogren mis deseos por no 
tener nada que decir? ¿No es de lamentar que 
por la pequenez de tener el cerebro completa- 
mente vacío, renuncie a tan nobles aspiraciones? 

Y por último, si llego a convencerme que todo 
esto no es más que una manifestación de vani- 
dad para darme corte, exigiendo inútilmente a 
mi imaginación lo que ella no puede dar, reco- 
pilo todo lo que ignoro, lo mando a la imprenta 
y hago un libro que va a ser un exitazo; lo 
garanto. 




'beüdD de/ 

/Vitonio CifkinitiqiK? 

clibujo? de> 
SiPío 



M 



>>x— 




* Niñas, deben ustedes a su cuerpo 
reverencia máxinna. Aprendan ustedes 
las leyes que enseñan a conocerle, y a 
conservarle su belleza y salud. Apren- 
dan ustedes a hacer ejercicio, desechar 
la pereza. . . acuéstense temprano, jue- 
' guen al aire libre, madruguen ustedes 
como alondras, y canten como ruise- 
ñores.» 

(Carias a las mujeres de España, por 
G. Martínez Sierra.) 



Nunca mejor aplicado este párrafo del ad- 
mirable libro que he hojeado momentos antes, 
al hallarle en el correo de la mañana, junto 
a las interesantes fotografías que han de ins- 
pirar el trabajo del dia. . . Sepan ustedes que 
al sentarme ante !a mesa, he de hacerlo siem- 
pre con aquella ilusión de la que ambiciona 
llevar a cabo su tarea, poniendo en ella lo 
mejor de su espíritu y de su alma, con la 
desmedida pretensión de conquistar el inte- 
rés, y hasta la afectuosa simpatía de mis lec- 
toras. . . pero bien pocas veces me ofrecen 
las circunstancias tema más atrayente para 
mí, más cautivador para los que me lean, o 
los que sólo hojeen indolentemente Plvs 
Vltra, y habrán de detenerse a contemplar 
rostros que, siendo tan juveniles, inspiran 
mayor interés que por su belleza, por la in- 
tensa expresión que parecen irradiar esos 
ojos tan claros, o tan obscuros... 

Pero no crean ustedes en las apariencias, 
y que hemos de hablar esta vez de poemas o 
romances: nos llama hoy la vida imperiosa, 
radiante de luz, henchida de savia generosa: 
¡la vida al aire libre, enfin, y los deportes que 
han de hacer desechar a las porteñas, la pe- 
reza y el hastío, que han de convertirlas, tam- 
bién, en alondras y ruiseñores! 

Merece mención especialísima, entre las 
fervientes adeptas a los deportes, en nuestra 
alta sociedad, la señorita Celia Sommer: su 
fina y aristocrática silueta se desliza sobre 




GRUPO DE SEÑORITAS DE NUESTRA ARISTOCRACIA, QUE TOMÓ PARTE EN UNO DE LOS ÚLTIMOS CONCURSOS HÍPICOS REALIZADOS EN LA SOCIEDAD 




SEÑORITA CELIA SOMMER, UNA DE LAS MAS ENTUSIASTAS SPORT- 
V/OMAN ARGENTINAS, RECIBIENDO UN PREMIO DE MANOS DEL DOC- 
TOR BENITO VILLANUEVA. 

el hielo del Palais. con giros de golondrina. . . La mirada de sus negros ojos, parece más 
profunda aún. bajo el oro de sus cabellos, que oprime la sobria toca de patinadora; cuan- 
do creemos verla próxima a nosotros, una rápida «glissade» la aleja como fugitiva visión, 
que evocara todo el encanto de las leyendas escandinavas, y parecerianos inverosímil, 
que esas manecitas que se nos antojan tan débiles, y que imaginamos han de entrelazarse 
sólo para abarcar flores de ensueño, sepan dominar con maestría de impecable amazona, 
el brioso «Bala Fría» elegido siempre por ella para los concursos hípicos, en que ha des- 
collado por su actuación excepcional: baste mencionar, que han sido sus competidores 
en uno de estos concursos, veintitrés caballeros, en su mayoría militares, y que ella fué 
anotada en e! cuarto puesto; no es, pues, de extrañar, que el doctor Benito Villanueva, a la 
sazón Vicepresidente de la República, qui'-.iera entregarle personalmente el primer pre- 
mio, que consistía en un látigo con el cabo guarnecido de rubíes, trofeo que acompaña, 
como una nota de coquetería femenina, las medallas y copa? de plata que la acreditan 
como invencible amazona. . 

Al ver, luego, la silueta gentil que viste en nuestra página tan coqueto traje de so¡ree, 
y cuya actitud entre indolente y soñadora contemplo largamente, parecería aventurado 
el dato que la acompaña, consagrándola como la mejor jugadora de «Golf* en la Argentina; 
sin embargo, a todos consta que no hay en los •links-» jugadora más diestra, ni más ágil, 
tan enérgica y tan flexible a la vez. . . Ha conquistado Raquel Aldao uno de los primeros 
puestos, entre las aficionadas a diversos deportes; como amazona ha figurado en varios 
concursos, ocupando sitio muy distinguido al lado de Celia Som.mer. Amazona tan intré- 
pida como sus compañeras, es también Alicia Richard Lavalle; pero tienen para ella es- 
pecial atractivo el «yachting» y el «remo*: tal vez es por esa causa, que su mirada, clara 
y serena, parece haberse impregnado de tanto cielo... 

Negros y profundos, irradiando la dicha de vivir, son los ojos de Mana Teresa Guernco, 
la eximia patinadora, que al lado de Carmen Hunter, ha merecido los primeros premios 
de patinaje, tanto aquí como en el extranjero, destacándose siempre por la flexible ele- 
gancia de sus actitudes, y digámoslo también: por el irresistible en- 
canto de su gracia juvenil... 

Y esa gracia sugestiva, que impera en el grupo en- 
cantador cuyos rostros iluminaron, para mí, la brurno- 
sa mañana de agosto, sería para el ilustre Martínez Sie- 
rra, poderosísimo argumento para la eficacia de sus 
consejos a las perezosas madrileñas. . . 



SEÑORITA ALICIA 
RICHARD LAVALLE 
QUE CULTIVA CON 
GRAN ACIERTO 
LOS DEPORTES 
DEL YACHTING V 
EL REMO. 



La Dama Duende. 




SEÑORITAS CELIA 
SOMMER V MARÍA 
TERESA GUERRI- 
CO, DOS EXIMIAS 
PATINADORAS. 



X i.n^t^.-^K— 







La iampara que esta 5ot>rc ir.i pscntuno vier- 
te d« D«K> U luz sobre el papel en que escribo. 
haciendo mis diáfana su blancura: blancura 
qoe Tor manchando con mi ptunu que car^o 
d« tinta, para ir formando estos garabatos que 
a dvrat penas tratan de dejar traslucir el esta- 
do de nd «spintu. 

Todas las almas son páginas en blanco, hasta 
que las vicisitudes de la vida, con letras de 
sancre. escriben en ellas lo que no se borra 
iamis! 

«Fulana de Tal», la incúeníta de que me val- 
co me da valor para exponerte el estado de mi 
alma... la ancustia en que vivo ha embotado 
mis sentidos... ya no tenpo presentimientos... 
•I derrumbe es deñnitivo... 

Dice Martínez Sierra: que para el amor can- 
sado se ha inventado una frivola palabra — 
tibñéo — que no es dolorosa: para el cariño roto 
DO ba podido encontrar palabras con que dis- 
frazar el dolor, y se llama: dolor. . . ni más ni 



«Fulana de Tal*, amiga mía... deja que te 
llame asi aunque no te conozco, pues nos une 
en la vida la misma causa: sufrimos... sólo 
que tú dices, resignada: «¡así es la vida!* Y yo, 
en un (rito de protesta que me sale del fondo 
del alma: {qué injusta es la vidal. . . 

Todo es silencio en derredor mío. . . sób He- 
can a mi ofdo las notas sueltas de una música 
alegre que suena sobre mi cabeza en si depar- 
tamento de más arriba, y aunque me distrae 
involuntariamente... no dbminuye mi triste- 
za, mi espant3Sa tristeza... que me agobia, 
que me aplasta... [como si llevara un mundo 
sobre los hombros! Tú dirás: «[Así es la vidal* 
Te consume a tí la tristeza, pero hay otros que 
son didiosos... y quién sabe si no es una ley 
de compensación; U alegría que huye de tí 
porque la pena la vence y la desabja de tu 
corazán, busca cabida en otro llevándole tu 
parte de felicidad...» 



En nada creo ya. sólo el dolor es la única 
verdad. El estado normal de las almas es la 
tristeza... la alearla y el bullicio es fiebre del 
espíritu. 

iOué injusta es la vidal iQué triste es la vidal 
por la que se va sembrando cariños. . . dejando 
gotas de sangre en todos los corazones queri- 
dos... dando lo mejor de nuestro ser ínti- 
mo... apurando con avidez txlas las amar- 
guras, para despejar el camino que han de se- 
guir aquellos aeres queridos... dejando en la 
áspera senda pedazos de nuestra carne... 
quebrando las espinas para que no se hinquen 
en carne de ellos. . . 

lOué injusta es la vida! Esos seres por quienes 
DOS hemos anulado sacrificando nuestras más 
íntimas expansiones, se vinculan a nuevos cari- 
ños más poderosos... más fuertes... Ya no nos 
siguen, han pasado delante de nosotros... se 
van. . . se alejan. . .el corazón sangrando corre 
tras ellos. . . La esperanza, que es la única feli- 
cidad, les pone alas. . . y vuelan siguiendo las 
ilusiones que nunca serán realidad. iQué no 
vuelvan jamás la espalda a la vida por temor 
al porvenir. . . aunque yo no vea más la luz de 
sos oiosl . . . 

¿No es desconsolador y desesperante que 
cuantas razones tengo no sirvan sino para ha- 
cerme comprender mi debilidad?... i Y mi im- 
potencia para librarlos de amarguras y triunfar 
de las crueldades de la vida! 

HFutana de Tal*, quiero que me enseñes re- 
signación... que resignación es conformidad, 
y ésta debe traer calma al espíritu!. . . 

Bbthlém. 





LA SEÑORA HERRERA DE TORO, CON SARMIENTO, EN SU QUINTA DE SANTIAGO 
DE CHILE. 

Siendo presidente don Domingo F. Sarmiento, fué personalmente a ver a 
doña Dolores Lavalle de Lavalle, llevándole un álbum, en el que figuraban 
escritos de don Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López y otras personalidades 
que debían atenciones a la distinguida matrona chilena doña Emilia Herrera 
de Toro, figurando también muchas firmas de señoras. Como Sarmiento le 
pidiera a la señora de Lavalle que escribiera algo, Misia Dolores Lavalle 
contestó: 

— ¿Qué puedo escribir yo al lado de las firmas que figuran en ese álbum? 

— Usted tiene mucho corazón, señora. . . y eso basta — dijo Sarmiento. 

Y la distinguida matrona argentina, a quien llamamos cariñosamente «Misia 
Dolores», escribió la nota que transcribimos, en ese álbum que fué enviado a 
la señora de Toro, como un homenaje de amistad y cariño de los argentinos. 

< Profeso el culto de los recuerdos, y ellos forman una parle de mi hogar. 

Hoy este está de gala. Viene hasta él el nombre de una noble chilena que fué, 
en la hora de la desgracia, la amiga y protectora de ios argentinos: y ese nombre 
querido lo pronuncia uno de los más ilustres hijos de mí patria. 

Yo debo a Chile toda la gratitud que inspiran las primeras emociones dulces 
que se experimentan en la vida. 

Fué allí donde encontró asilo el cadáver perseguido de mi padre. Fué alli 
donde su familia halló generosa hospitalidad en los días de la peregrinación, y 
en los hijos de mi hermana tengo lazos que me unirán siempre a Chile. 

Señora: Vos que poseéis todas las virtudes, y que habéis colmado de beneficios 
a los argentinos que la desgracia y la tiranía arrojaron de su patria, permitid 
que consagre aquí mi gratitud, haciendo votos porque el Altísimo derrame sus 
bendiciones sobre los dias de vuestra noble vida y conceda a vuestro espíritu la 
paz serena de los elegidos del Señor. 

Dolores Lavalle de Lavalle. 



En mi crónica anterior, lecto- 
ras mías, os hablaba de los mil 
detallas de la vida que constitu- 
yen la llamada frivolidad feme- 
nina, y os decía que toda mujer 
debe pensar en ellos y cultivarlos 
si quiere mantener el fuego sa- 
grado de su hogar. 

Hoy me he sentado a escribir 
esta segunda charla con el ánimo 
de puntualizar sucesivamente es- 
tos detalles de nuestra frivolidad, 
y no pensé que acudirían tan en 
tropel a mi pluma luchando por 
ser los primeros en saltar sobre 
el papel, ni que formarían tal 
confusión en mi cabeza, pues 
difícil me ha sido coordinar las 
ideas, ordenarlas y darles forma, 
al menos, comprensible. 

Empezaré por las visitas. . . 

Las visitas, que fueron en un 
tiempo el más agradable de los 
placeres de la vida frivola feme- 
nina, se han convertido hoy en 
el más atroz de los suplicios, gracias a la mo- 
da ridicula de nuestros días de recibo, sobre 
todo de esos «días de recibo con taxímetro», 
como dice una simpática dama de nuestro 
gran mundo, que hoy, después de haber estado 
varios años en Europa, vive entre nosotros, 
conservando en sus costumbres el sello aristo- 
crático de las grandes casas europeas. 

¿Hay nada más ridículo que ese horario esta- 
blecido para recibir?... 

Lunes, de 5 a 7. . . 

Ya se sabe. . . dos horas de supUcÍD, de apre- 
turas, de jubileo inaguantable en las que, ni la 
dueña de casa puede tener un rato de expansión 
con sus amigas, ni las visitas pueden, a veces, 
sentarse cómodamente un momento... 

Pero en cambio la calle estará llena de coches 
y con ello el comentario tiene ya comidilla para 
toda la semana. 

Que en casa de Fulana hay tres cuadras de 
coches. . . Que la gente no cabía en la sala. . . 
Que estaban todas las copetudas... 

Todo esto, naturalmente, se lo van a contar 
«las amigas* a la que más «castellanamente* 
recibe a sus relaciones todas las tardes, o tiene 
un día en la semana dedicado a recibir, pero 
sin hora fija. 

¿Por qué esa limitación de tiempo, estable- 
cida hace poco en nuestros «días de recibo*? 
Por pura vanidad; por el simple placer de ver 
la casa llena de gente. 

Casi siempre, estos días de recibo, se combi- 
nan a base de teléfono, recolectando gente para 
que Menganita o Zutanita, que Justamente tie- 







nen el mismo día de recibo, no 
vayan a dejarla sin «dientas» 
para el té. 

Y muchas veces, ¡qué té, Dios 
mío! ... En algunas casas se con- 
serva todavía la desagradable 
costumbre de llevar a la sala el 
té en bandeja, servido a gusto 
de los criados... Sencillamente 
por la eterna hipocresía huma- 
na. . . Porque la dueña de casa 
no tiene mantelería de encaje, o 
porque su juego de té no es de 
plata, mortifica a sus visitas 
obligándolas a realizar mil equi- 
librios cada vez que entra al 
salón una nueva señora. Cuanto 
mejor es llevar a sus amigas al 
comedor, por modesto que sea, 
para ofrecerles alli un té bien 
servido y a gusto de todas, con 
lo cual se da una nota de sen- 
cillez que ha sido y será siempre 
una demostración de buen gusto. 
Esa sencillez, y esa forma de 
hacer agradable su casa, la poseen las que han 
tenido el aprendizaje con sus padres y sus her- 
manos, que ha de servirles después en el hogar 
para con sus maridos y sus hijos... Cuando 
desde temprano se cultivan en una jovencita 
esas pequeñas obligaciones, que se convierten 
en base de la felicidad de las mujeres casadas, 
insensiblemente se acostumbran a adivinar los 
deseos de aquellos que las rodean. Y si fuera 
más general que las mujeres supieran «servir 
té», no se verían las confiterías llenas de ca- 
balleros y jove.ncitos conocidos. 

Y ya que han salido a colación los hombres, 
no quiero terminar esta charla sin hablaros de 
otra observación que he hecho en las visitas. 
¿Por qué razón en Buenos Aires están ex- 
cluidos los hombres de los días de recibo? 

Pocas son las señoras que en esos días logran 
ver en sus salones al sexo feo, y no ha faltado, 
por cierto, el comentarlo que condena a ciertas 
hospitalarias damas que, siendo viudas, reci- 
ben la visita de caballeros en su casa!... 

En Europa, la mujer comparte con el hom- 
bre sus deberes sociales; en su casa, hace con 
él los honores en los días de recibo; con él vi- 
sita, y con él pasea. 

¿Por qué, entonces, nosotros, que vivimos 
imitando la vida europea, y no siempre con 
acierto en nuestras elecciones, no tomamos 
esas costumbres, hijas de la experiencia, que 
practicaron nuestras abuelas y que hoy sus 
nietas tienen tan echadas en olvido? 

ROXANA. 




¿QUIERE VD. SABERLO? 
ClAsica. — Me gustaría conocer tu nombre, 
y entonces aceptaría, para publicar en estas pá- 
ginas, la carta a que haces mención en tu in- 
teresante misiva. Ya ves que todas han dado 
sus nombres, junto con sus opiniones, en la 
«encuesta» recientemente publicada. La Gue- 
rrero es muy inteligente, creo como tú; y sacará 
el partido que más le convenga de tus obser- 
vaciones. 

Ignorante. — «Plvs Vltra» se aceptó para 
título de la revista, entre la cantidad enorme 
que enviaron con motivo del concurso que se 
abrió. 

*Plvs Vltra» tiene su origen histórico: figura 
en la condecoración de Isabel la Católica, fun- 
dada por Fernando Vil de España; se institu- 
yó para premiar a los españoles que hubieran 
prestado eminentes servicios en los dominios 
de América. En el anverso de la cruz de oro 
que forma esta condecoración, y que pende de 
una corona, olímpica, están las columnas de 
Hércules, con el mote «Plvs Vltra», y los dos 
mundos entrelazados con una cinta cubierta 
con la corona imperial, y despidiendo rayos en 
todas direcciones. 

Con esta explicación creo que quedará satis- 
fecha tu curiosidad, quedando siempre a tus 
órdenes, 

María Lebím. 



ESPOSA DE S. E. EL 
MINISTRO DE BÉLGICA. 




Pregunta. — ¿Qué fué lo que más le Impre- 
sionó a su llegada a Buenos Aires? 

Respuesta. — Llegué a Buenos Aires el \.° de 
junio de 1907. No existía entonces la Plaza del 
Congreso, como tampoco el teatro Colón, ni la 
actual tribuna del Hipódromo, ni otras muchas 
cosas. Sin embargo, me causaron una gratísima 
impresión la suntuosidad de los edificios, el as- 
pecto animado de la Avenida de Mayo, y sobre 
todo, la suprema elegancia de la sociedad por- 
teña en las reuniones hípicas, lo mismo que en 
el teatro de la Opera. 



F. — ¿Qué cualidad o qué virtud le parece 
a usted que caracteriza a la mujer argentina? 

/?. — Son muchas; pero, ya que debo resu- 
mirlas en una sola, diré: un gusto exquisito en 
todo. 



P. — ¿A qué mujer, de los países que usted 
conoce, se asemeja más el tipo de mujer argen- 
tina? 

R. — Me parece que el verdadero tipo argen- 
tino está todavía en formación. Hay mujeres 
aquí que hacen pensar en la Andalucía; otras 
en Roma, otras en París... 



P. — ¿En qué ramo de la actividad le parece 
a usted que la mujer argentina coopera con 
más eficacia al progreso de la Nación? 

R. — Los progre:iOs materiales de un país se 
deben, por lo general, a la actividad de los 
hombres. Creo, sin embargo, que la mujer ar- 
gentina, por su admirable dignidad, en la bue- 
na como en la mala fortuna, sostiene muy alto 
el nivel moral y coopera, por lo tanto, muy 
eficaz, aunque indirectamente, a la obra eco- 
nómica y social dfl hombre. 




Á*a- y7//*///j/r¿/ 



ESPOSA DE S. E. HL 
MINISTRO DE BDLIVIA. 



Pregunta. — ¿Qué fué lo que más le impre- 
sionó a usted a su llegada a Buenos Aires? 

Respuesta. — El hermoso edificio del Congre- 
so y los bellos paseos de Palermo. 

F. — ¿Qué cualidad o virtud le parece a us- 
ted que caracteriza a la mujer argentina? 

y?. — Su distinción y amabilidad en el trato 
social, acompañadas de su belleza. 



P. — ¿A qué mujer, de las que usted conoce, 
se asemeja más el tipo de la mujer argentina? 

R. — El tipo de la mujer argentina es espe- 
cial, parecido, en su elegancia y gracia, a la 
parisiense. 

P. — ¿En qué rama de la actividad le pa- 
rece a usted que la mujer argentina coopera 
con más eficacia al progreso de la Nación? 

R. — En el ramo de instrucción, de educación 
moral y de beneficencia; trabaja con toda ab- 
negación, y su entusiasmo es admirable en lo 
que se relaciona con obras de caridad. 



>>=v— 




Sobre la divina arqui 
lectura de Nuestra Seño 
ra de París, cierto dia 
nefasto, un aeroplano ale 
man dejó caer una bomba 
Se habló entonces de gran 
des destrozos. Yo he que 
rido ahora confirmar di 
rectamente, por mis pro 
pios ojos, la calidad y la 
importancia de los per 
juicios reales. Pero la di 
vina catedral, más fuerte 
que las bombas, está ah 
como nunca, indemne 
perfecta, arrogante. 

No sé dónde cayó la bomba germana; no ha 
dejado rastro de su acción homicida. Las dos 
torres gemelas de la catedral se alzan como siem- 
pre retadoras, ante los hombres y el tiempo, como 
siempre bellas e insuperables. Los santos de piedra 
que decoran el pórtico hacen como siempre sus 
gestos piadosos. Ninguna piedra se ha movido. 
Nuestra Señora de París está en salvo. Y al con- 
firmar este hecho, ¿podré ocultar a mis lectores 
que he sentido una alegría filial, una emoción de 
agradecimiento y 
de esperanza? 

He penetrado en 
la catedral con una 
unción y un respeto 
más grandes que 
otras veces. ¡El pe- 
ligro!... La reliquia 
gótica ha estado en 
peligro; lo está to- 
davía. Y esta idea 
del peligro inmi- 
nente hace más que- 
rida la joya me- 
dioeval. ¡Que no la 
ultrajen las bom- 
bas! ¡Que pueda una 
mano milagrosa 
desviar el hierro de 
la guerra! . . . 

Pero al entrar en 
el templo, una sen- 
sación extraña se 
apodera de mí. 
¿Me habré hundido 
tal vez en una ca- 
tacumba?. . . Todo 
está obscuro como 
un subterráneo. 
Los altares carecen 
de luz, las velas 
yacen apagadas, los 
cirios no existen. 
Por los ventanales 
de los muros, a 
través de las vi- 
drieras policromas, 
penetra una débil, 
una vaga claridad, 
y esto es todo. 
No es mucho, 

ciertamente. El cielo brumoso de París hace es- 
fuerzos por arrojar un poco de luz sobre las na- 
ves de la catedral; un poco de luz tímida, que presta 
al templo una penumbra misteriosa y poética. 

Sólo en un sitio se ven luces, cirios y lámparas. 
Frente a una imagen de la Virgen, en una especie 
de trípode, los fieles acuden a encender velas vo- 
tivas. Las vende una mujer. Y los fieles, silencio- 
sos, gravemente, después que han encendido su 
vela votiva, rezan un momento y desaparecen. 

Yo miro esas velas encendidas, y al mirarlas se 
estremece mi corazón . . . ¡Cada una de esas velas 
representa un muerto, o un herido, o un prisionero, 
o un soldado que espera su suerte en el hoyo fan- 
goso de una trinchera! Allá lejos, en el norte, 
los seres queridos se comunican con la muer- 
te; la Señora Muerte ronda entre los bata- 
llones, escogiendo a este hoy, mañana al 
otro. Y mientras los soldados están allá 
lejos, las madres y las hermanas, los pa- 
dres y los hijos no saben qué hacer para 
ahuyentar a la Señora Desgracia. No 
pueden, con sus débiles manos, desviar 
la bala, ni alejar del pecho querido la 
punta de la bayoneta; no pueden alejar la 
enfermedad, la fiebre, el delirio, del pobre 
cuerpo amado. Entonces recurren a lo 
milagroso. Y encendiendo un cirio, en la 
sagrada penumbra de Nuestra Señora, se 
imaginan que alguien, invisible y todopo- 
deroso, podrá proteger la vida del soldado. . . 

Dos hombres, entretanto, se acercan al 
pequeño altar. Visten el uniforme de la in- 
fantería francesa. Son soldados, induda- 



Crónica$íie^uiu. 



blemente... Pero hace falta retener la vista 
en sus uniformes, para cerciorarse bien de su 
condición marcial. Ahora son soldados, porque 
la patria lo ha querido; pero antes de la 
guerra fueron sacerdotes, o frailes. Nada tan cho- 
cante como ese uniforme militar, en unos hombres 
de aspecto tan dulce, tan grave, en unos hombres 
de catadura tan mística. Se han dejado crecer las 
barbas, y esas barbas rubias y finas, que ellos pen- 
saron que habrían de proporcionarles un poco de 





marcialidad, les conceden, al contrario.' un aire 
mucho más místico. Los dos soldados barbudos 
parecen dos efigies de santos medioevales, arran- 
cados del pórtico de la iglesia de Nuestra Señora. 

La iglesia está muda, vacía, silenciosa. Yo me 
complazco en recorrer sus naves obscuras, y me 
imagino que un sacudimiento impensado ha hecho 
huir el culto de la histórica iglesia. Se me ofrece el 
imponderable monumento como un suceso histó- 
rico, desprendido de toda necesidad cotidiana. 
Subo a los corredores de la cornisa. . . Me asomo 
a la balconada de las torres... 

Desde allí arriba, desde el repecho que contor- 
nea las dos torres gemelas, la mirada puede abar- 
car el panorama entero de París. El Sena, cruzado 
de numerosos puentes; el Louvre gigantesco; más 
allá el Arco de Triunfo; después los bulevares; y a 
lo lejos las colinas, tan caras a los bohemios, llenas 





aíuÉmai 



de rumores otrora, y hoy 
tristes, en un silencio es- 
pectante. El día es bru- 
moso y frío. El cielo cae 
sobre la ciudad como un 
plomo oprimente. En el 
fondo se destaca la silueta 
férrea de la torre Eiffel. 
Hay en el ambiente algo 
como una espera; quizás 
ahora mismo, de entre 
as brumas, podrá surgir 
un zeppelin. . . 

Estando aquí arriba, 
en lo alto de las torres de 
Nuestra Señora, me acuer- 
do de iin personaje; ¡Quasimodol ... El monstruoso 
enano de Víctor Hugo renace de su tumba fan- 
tástica y vuelve a vivir, en mi imaginación, una 
nueva vida fantástica. A cada momento me fi- 
guro que ha de levantarse a mi lado, melancólico 
y grotesco, rodeado de sus amigos. 

¿No recordáis?... Los amigos de Quasimodo 
eran esas innumerables esculturas que pueblan las 
torres, las cornisas, los aleros y los arbotantes de 
Nuestra Señora. Todas esas esculturas las contem- 
plo yo ahora en mi 
rededor. Son imáge- 
nes de santos, de 
vírgenes y de que- 
rubes. Forman una 
población de piedra 
que vive en el aire, 
y que aquí arriba 
mantiene sus colo- 
quios divinos con 
arreglo a una jerar- 
quía celestial. Una 
virgen de mármol 
hace señas a un án- 
gel; un santo pla- 
tica con un ermita- 
ño. La parte alta de 
Nuestra Señora tie- 
ne así una vida in- 
tensa que se mani- 
fiesta, por virtud 
del arte, bajo el pa- 
lio del cielo y bien 
lejos de la otra vida 
habitual, transito- 
ria, que corre por 
las calles. 

Pero entre los 
santos, las vírgenes 
y los evangelistas, 
sobre la techumbre 
de Nuestra Señora 
bulle una multitud 
extraña, una pobla- 
ción quimérica y fe- 
bril, que los artífi- 
ces medioevales de- 
jaron ahí como de 
capricho, como de 
contraste o burla. 
¿Qué hacen ahí 
esos monstruos de piedra, 'representantes de las 
más horribles sugericiones? La imaginación an- 
tigua les ha dado el horror de una noche de fiebre. 
En el ángulo de una cornisa vemos de repente 
levantarse un animal fabuloso; tiene aspecto de 
lechuza o de águila; pero no es águila realmente. 
no es una lechuza; un manto monacal le da apa- 
riencia de vieja. . . Más lejos, dominando la plaza. 
se asoma un demonio, con su testa cornuda y su 
boca crujiente. . . Otra quimera de piedra está en 
actitud meditabunda; se le ha dado el apodo de 
«El Pensador». . . 

Y esas figuras extrañas, que contemplan la ciu- 
dad desde el fondo de los siglos; esos monstruos de 
piedra que han visto sucederse las glorias y los 
crímenes de los hombres; esos habitantes de las 
cumbres de Nuestra Señora, tienen hoy, en este 
momento esencial, no sé qué significación profun- 
da y palpable. . . ¡Ante la locura de los 
hombres y ante el terror del París amena- 
zado, los monstruos de piedra de Nuestra 
Señora adquieren vida real y se suman a 
la existencia cotidiana! ¡Mientras los hom- 
bres enloquecen, el demonio de piedra, lla- 
mado «El Pensador», piensa, en efecto, 
con una sabia meditación de siete siglos, 
que la humanidad permanece idéntica a 
sí misma, y que el hombre, sea con ba- 
llestas y lanzas, o sea con cañones del 75 
ó del 420, siente una invencible volun- 
tad de destruirse! ¿Para qué? ¿Por 
qué?... ¡Oh. enigma tan eterno como 
irresoluble! 

París. 1916. 



^s^'L^^rT:^ .^^— 







^.^ 



FIN DE ESTACIÓN 



DISOLUCIÓN DE SOCIEDAD 
POR CESACIÓN DE NEGOCIO 



) 



DIBUJO DE ALONSO 



— I^LJ^^-S 



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EL NUEVO ENVASE PORRÓN 
PARA ACEITE DE OLIVA 

(patente exclusiva de la casa JOSÉ BAU) 

EL ACEITE ESTÁ ENCERRADO EXENTO 

DE AIRE.-CADA PORRÓN ESTÁ LLENO 

POR COMPLETO DE ACEITE. 

HIGIENE Y ECONOMÍA 

Significa una evolución importantísima en beneficio de los con- 
sumidores de aceite fino de oliva, la creación de este nuevo envase 
(Porrón) que resuelve de golpe las dificultades y deficiencias que 
todos encuentran en los envases más o menos cuadrados. 

LA ECONOMÍA E HIGIENE DEL ACEITE ENVA- 
SADO EN PORRONES, en vez de en latas comunes, fácilmente 
se demuestra: 

Las latas comunes, por el hecho de no terminar en cúspide, no 
pueden ser llenadas, haciendo el vacío de aire; contienen, por lo tanto, 
aceite en contacto con aire encerrado. 

Las latas comunes, por el hecho de no tener cúspide, no pueden 
vaciarse completamente, siempre queda un gran desperdicio de aceite 
en el ángulo correspondiente al orificio practicado para abrir la lata. 

Las latas comunes, por el hecho de no tener cúspide, contaminan 
el aceite así que se abren, porque la superficie es plana y caen sobre 
ella materias extrañas (en la cocina o en la despensa), y cuando se 
sirve el aceite, se contamina más o menos con dichas impurezas. 

Hasta el aceite de botellas ofrece la desventaja de que !a per- 
sona que toca el tapón con las manos o que lo deja impropiamente en 
cualquier parte, al meterlo para tapar la botella, contamina la parte 
interior por donde tiene que pasar después el líquido. 

CON EL TAPÓN PATENTADO DEL PORRÓN 
BAU, se garantiza la pureza del aceite hasta la última gota de su 
contenido, por cuanto no se puede meter la tapa dentro del gollete: 
lo cubre externamente (tapa por afuera). 

NO SE ENCIERRA AIRE Y ACEITE DENTRO de los 
porrones, porque cada envase se llena íntegramente y se cierra después 
de practicado el vacío. La enorme ventaja de aislar el aceite del aire, 
es el fundamento más esencial de este invento de la casa Bau. 

NO QUEDA UNA SOLA GOTA DE ACEITE EN LOS 
PORRONES VACÍOS, porque, rematando en cúpula cada envase, 
se desliza hacia ella hasta la última gota de aceite. 

NI EL hollín, ni EL POLVO, ningún cuerpo extraño, 
ninguna impureza puede entrar en los porrones de aceite Bau, porque 
resbalarían por la cúspide y por la parte de afuera de la tapa. 

NO SE CHORREA ACEITE, no se pierde aceite como en 
las latas comunes, porque, gracias a la disposición de la cúspide del 
porrón y de su boca, el aceite sale sin correrse y sin derramar. 

PÍDANSE PROSPECTOS EXPLICATIVOS. 
NO SE HA AUMENTADO EL PRECIO. 

El costo de cada porrón vacío, es igual al costo de la lata común 
y, por lo tanto, la casa José Bau entrega el aceite en porrones a exclu- 
sivo beneficio de los señores consumidores, sin el menor aumento de 
precio. 

DE VENTA EN TODA LA REPÚBLICA. PÍDASE 
POR SU NOMBRE: "PORRÓN BAU". 

Agencia del aceite "Bau", en Buenos Aires 

Freixas, Urquijo y Cía. - B. Mitre, 1411 



-i:?l;v^:s 




EL VOTO FEMENINO EN FINLANDIA 



^ COUROft/y^ 



parís fT 
EXTRACTO 



LOnORES 



1 



Locion 




Las sufragistas británicas y norteamericanas, que tanto lucharon por la 
conquista del derecho electoral, deben tenerles envidia a las mujeres finesas. 
Sin incendiar castillos señoriales, romper vidrieras, detener caballos ma- 
tando jockeys, apedrear presidentes del consejo y otras hazañas del bello 
sexo sajón, las señoras y señoritas del Gran Ducado consiguieron ese ideal 
femenino. Y conste que tal progreso, si progreso es el acto de elegir represen- 
tantes, fué logrado bajo la soberanía de un poder casi despótico: el del zar. 
La libre Inglaterra y los libérrimos Estados Unidos se opusieron siempre 
al movimiento femenista. 

En el Reino Unido, como en los demás países ahora beligerantes, la guerra 
ha influido mucho en favor de esa cruzada. Cuando se esperaba que las muje- 
res no sabrían más que llorar, ellas demostraron suficiencia y preparación 
para labores reciamente varoniles. Terminada la guerra veremos lo que 
conquistaron en definitiva. Los resultados de esta conquista tal vez nos 
asombren. 

Desde 1905 las finesas acuden a los colegios electorales del Gran Ducado, 
y, como si se tratara de una sencilla visita a un magazine de moda, depo- 
sitan su voto en la urna. Así, cumplidas sus 28 primaveras, cooperan a la 
elección de los miembros que componen el Parlamento Nacional donde hay 
representantes de los cuatro estamentos o estados: la nobleza, el clero, los 
burgueses y los labradores. 

Todavía no consiguieron, sin embargo, que entre esos 200 diputados haya 
«diputadas». Electoras, mas no elegibles, las finesas tienen, por lo menos, 
la seguridad de que influyen directamente en los destinos de su país. 

No sabemos si en el Gran Ducado, como en otras partes, habrá tan poco 
interés entre los hombres por el ejercicio del sufragio. 

Quizás también se dé el caso raro de que voten las mujeres en donde el 
sexo feo sepa, quiera y merezca votar. 



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PLVS • 
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SUPLEMENTO DE «CARAS Y CARETAS» 

Dirección y Administración: Chacabuco, 151/155 - Bs. Aires 



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I 





Es el tónico insuperable en 
que se concentran las más 
altas cualidades nutritivas. Es 
un alimento líquido de pu- 
reza extraordmaria que no 
exige esfuerzos digestivos Es 
la robustez de la madre que 
cría; la salud del convale- 
ciente, la fuerza del débil... 



Eso es PABST 



— I=>I_7v^^S ^ ■ 












MÉJICO 






■ ■ 






CERÁMICA 






ARTÍSTICA 











OLLA OC BAKBO BMOKBDADC, DK ARMONIOSA DBCOHACIÓH 
T Tinoso COIOMDO. 






OLLA DE BARRO ENGREDADO, DECORADA EN RELIEVE 
EN ROJO, BLANCO Y NEGRO SOBRE FONDO AMARILLO. 




■LECAKTE TASIJA DE RICA ORNAMENTACIÓN. 



TINAJA DE *BARRO DE OLOR», DECORADA A LA MANERA 
PRIMITIVA. 



•CÁNTARO DE OLOR», CARACTERÍSTICA VASIJA CON DECO- 
RACIONES AZTECAS. 




Estos botellones, estas tinajas, estos trastos de barro que hay en casi todas 
las cocinas mejicanas, estos «jarros de Guadalajara» son los vasos de tierra 
cocida mejor decorados del mundo, y en cuestión de buen gusto, de calidad de 
materia, de fantasía y de carácter, sólo los chinos los superan. En Tonalán 
hay un arte nacional sui generis que, según dice un colega mejicano, no saben 
alli estimar ni comprender. 

La cerámica tonalteca — es necesario no confundir estos vasos de tierra 
cocida hechos en «el lugar por donde sale el sol» (eso quiere decir Tonalán) 
con los adefesios que venden en Tlaquepaque, ridiculas imitaciones de la ce- 
rámica europea — la cerámica tonalteca es realmente una admirable maní 
festación del robusto y multiforme sentimiento artístico de la vieja raza 
azteca que puede enseñar a pueblos muy civilizados a fabricar vasijas de 
barro maravillosamente decoradas. 

Por la abundancia de materiales y la facilidad de su extracción, la cerá- 
mica fué la primera forma del arte en todos los pueblos de la tierra. Platón 
afirma que la manufactura de vasos de tierra, cocidos al sol o al fuego, fué 
la primera industria humana. En efecto, en todos los pueblos primitivos 
se encuentra invariablemente el arte de hacer vasos, como una de las pri- 
meras manifestaciones de la inteligencia. 

En los países donde la civilización llegó a un alto grado de desarrollo, los 
vasos pintados fueron un objeto de arte. En Grecia constituían el premio que 
se adjudicaba a los vencedores en las carreras de carros o de caballos; el 
objeto cambiado entre huéspedes ilustres; la marca de alta distinción de so- 
berano a soberano. En la vida de todos los pueblos, la cerámica ocupó siem- 
pre un lugar prominente; pero en ninguna parte como en China llegó, y se 
ha conservado, a tan alto grado de perfección. En Méjico, los artefactos 
de tierra cocida tuvieron una gran importancia entre los aztecas y tolteoes, 
como puede verse por los ejemplares que se conservan en el Museo Nacional 
de aquel país y en las colecciones particulares. 

Hoy se cultiva en los Estados de Puebla, Oaxaca, Guanajuato y Jalisco, 
el arte de hacer vasos pintados, y tanto desde el punto de vista industrial, 
como desde el punto de vista artístico, la producción es muy notable. 

Tonalán es el pueblo más antiguo del valle donde hoy se asienta Guadala- 
jara. Próspero y rico hasta la llegada de los españoles, hoy sólo conserva su 
industria de tierras cocidas. Construido en la parte más elevada de una loma 
aislada por grandes barrancas, carece casi por completo de agua, hasta para 
los usos domésticos. 
Cuenta con 3.500 habi- 
tantes. Todos hacen y 
decoran exclusivamente 
vasijas de barro. En el 
verano cultivan sus tie- 
rras, que son propiedad 
comunal. Los tonalte- 
cas son sobrios, trabaja- 
dores, pacientes y su- 
mamente corteses. 







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Desde la más remota antigüedad se conoce el 
arte de obligar a las madreperlas a que produzcan 
perlas artificiales. Instigado por la sed de rique- 
zas, el hombre acude a esos Potosíes perlíferos 
existente sbajo la superficie del océano. Son innu- 
merables los aventureros que desdeñan el oro pre- 
firiendo la pesca de las ostras, donde se cría ese 
maravilloso adorno de las mujeres y de las coronas. 

Pero es tanta el ansia de lucro, que se buscó 
y encontró el modo de hacer que la naturaleza 
se falsificase a si misma. Los japoneses y los me- 
jicanos hicieron grandes adelantos en la materia. 
Los europeos y australianos que en las costas de 
Australia se dedican a pescar perlas, son en la 
actualidad quienes mejores resultados logran. Un 
método científico, que tiene sus procedimientos 




PERLA DE GENERACIÓN ARTIFICIAL. 



LA INDUSTRIA 
DE LAS PERLAS 



secretos, se emplea con buen 
fruto. 

El principio en que se apoyan 
estos métodos descansa en una 
verdad comprobada, la cual po- 
dríamos formular de la siguiente 
manera, parodiando el conocido 
cartel fijado en el redil del vene- 
rable ciervo de nuestro Jardín 
Zoológico: «Se recomienda irritar 
a la madreperla». 

En efecto, parece que la perla 
es una enfermedad de la madre- 
perla, una especie de cálculo mór- 
bido. Estos cálculos pueden ser 
producidos por diversas causas: 
lesiones orgánicas, excitaciones 
debidas por cuerpos extraños, 
presencia de parásitos, perfora- 
ciones de la envoltura calcárea, 
etcétera. 

Aprovechando esta verdadera 
debilidad de la ostra, los pesca- 
dores se convierten en sembradores de perlas, o 
mejor dicho, en envenenadores de madreperlas. 
Algo así como el célebre método de proveernos 
de pál3 foiegras, a costa del hígado del pato. 

Respecto a la manera de realizar la pesquería, 
S3 ha abandonado, casi por completo, los proce- 
dimientos antiguos. Los esclavos de Ceylán y los 
buzos de Corfú, que descs.ndían a varios metros 
de profundidad agarrados a una cuerda provista 
de un pedrusco, sin otro aparato que sus fuertes 
pulmones, han sido substituidos por los buzos de 
escafandra. Esto aminora los peligros, que, sin 
embargo, son aún muchos. 

Así pueden recolectar más cómodamsnte las 
ostras perlíferas para luego depositarlas en cria- 
deros especiales, donde se somete a las estériles a 
ese tratamiento que ha de pro- 
vocar la formación de perlas. 

Las ostras que se pescan y 
benefician en Australia pertene- 
cen a un género característico 
de la zona comprendida entre el 
Mar Rojo y las costas australia- 
nas: la meleagrina margaritífera, 
subdividida en las especies me- 
leagrina muricata y fucaia. 

Las madreperlas americanas se 
dividen en dos especies: la melea- 
grina Calijórnica, que se pesca en 
el golfo de California, y la melea- 




ABRIENDO LAS MADREPERLAS. 



grina squamosula, en las costas del Perú, Costa 
Rica, Panamá y en las Antillas. 

Aunque la industria perlera ss haya moderni- 
zado, en cuanto al empleo de métodos de laboreo, 
los pescadores siguen usando para sus expedicio- 
nes el clásico buque velero de poco calado y tone- 
laje. En la época propicia estos barcos se reúnen 
en escuadrillas a lo largo de la costa donde abun- 
dan los bancos perlíferos. Allí se recogen las ma- 
dreperlas y se prepara la cosecha para el año si- 
guiente. 

Una verdadera novela es la vida de estos tra- 
bajadores del mar, o caballeros de industria del 
océano. Aunque las autoridades vigilan del orden, 
la codicia interrumpe a menudo la paz, y sobre- 
vienen riñas y latrocinios. 




OBJETOr, NACARIZADOS. 




¿SUFRE Vd DEL ESTOMAGO? 



¿No tiene apetito? ¿Digiere con dificultad? ¿Tiene gastritis, gastralgia, disentería, úlcera 
del estómago, neurastenia gástrica, anemia con dispepsia, una enfermedad de los intestinos? 
Después de las comidas, ¿tiene eructos agrios, pirosis, vahídos, pesadez de cabeza, sofoca- 
ción, opresión, palpitaciones al corazón? ¿Tiene usted DISPEPSIA y dolores al vientre, a la 
espalda, vómitos, diarrea? ¿Se altera con facilidad, está febril, se irrita por la menor causa, 
está triste, abatido, tiene por las noches sueño agitado? ¿Ningún remedio, ningún régi- 
men ha podido curarle? Tome el famoso STOMALIX del Dr. Saiz de Carlos, y recobrará 
la salud. Treinta años de fama universal. Venta Farmacias y Droguerías, en frascos 
grandes y chicos. Pidan folletos a Carlos S. Prats, San Martín número 66, Buenos Aires. 




— T=»^:^w^^ -VL-TTí^^íS.— 




INSECTOS GIGANTES 



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Luis DufauJ^] 

SUCCESSOR ^^i 

BuíNOS AiHES 




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Brindar a sus relaciones Oporto 
"Ancla" DOM LUIZ, es evi 

denciar buen gusto y distinción. 
Este gran vino generoso reúne 
todas las condiciones de un ob- 
sequio delicado: halaga al pala- 
dar, tonifica y deleita, a la vez 
que por su situación privilegiada 
le incumbe ser un activo factor 
de culta sociabilidad. 

Conviene se fije bien en la bo- 
tella adjunta, y pida claramen- 
te Oporto "Ancla" DOM LUIZ. 




LA "TROIDES ALEXANDRa", MARIPOSA GIOANTESCA QUE MIDE 30 CENTÍMETROS 
DE PUNTA A PUNTA DE LAS ALAS. 



Ni los lepidópteros han dejado de aprovechar la maravillosa efica- 
cia de la pólvora. Por su tamaño, por la delicadeza de su estructura, 
las mariposas deberían encontrarse fuera del radio de acción de la 
escopeta. Pero resulta que no solamente la luz que alumbra es su ene- 
migo; también han de temer el resplandor de los fogonazos. Existen 
mariposas que por sus dimensiones brindan al cazador un buen blanco, 
el más delicadamente coloreado y policromo de los blancos. 

La Troides Alexandra puede atestiguar la verdad de la anterior afir- 
mación, ya que los coleccionistas la persiguen a tiros con una tena- 
cidad incansable. Y puede decirse que esta cacería es mucho más 
difícil que las cacerías de fieras. 

La mariposa Troides Alexandra ss encuentra en la región septen- 
trional de la Nueva Guinea. El primer ejemplar fué obtenido por Mr. A. 
L. Meck y era una hembra. Le disparó un tiro con un fusil corriente y 
lo envió por correo, para su identificación, a Fring Park, en donde 
Mr. Walter Rothschild, el gran coleccionista, tiene su famoso museo. 

Allí se reconoció que ss trataba de una especie completamente nue- 
va, y se manifestó el deseo de tener un ejemplar macho, que Mr. Meck 
consiguió dos o tres años después. Los machos de esa variedad 
son extremadamente raros y bastante menos gigantescos. Sólo se les 
ve, a ciertas horas del día, en los árboles cuyas flores están muy altas. 
Es posible esperar muchos meses antes de ver un macho, al paso que 
las hembras se ven con cierta frecuencia. Mr. Meok asegura que es 
es una de las mariposas más grandes que existen, sino lamas grande: 
las ha cazado hasta de once y media pulgadas (unos treinta centíme- 
tros), de punta a punta de las alas. Solamente la Troides Goliathia pue- 
de competir en tamaño con la Troides Alexandra. 




OTRO EJEMPLAR DE 



"TROIDES alexandra", NOTABLE POR SU TAMAÑO Y RI- 
QUEZA DE COLORES. 




Año i. — NúM. 6. 



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EXCELENTÍSIMO SEÑOR DON 

HIPÓLITO IRIGOYEN 

PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA 
ARGENTINA 



OIBI'JO DE HA YOL. 



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Felices los jóvenes. Ignoran la esclavitud de las 
opiniones consagradas y no sufren la coyunda de 
errores que otros cometieron. Pueden mirar hacia 
adelante sin angustias de remordimiento y espar- 
cir semillas vírgenes en surcos nuevos, como si la 
historia comenzara en el preciso momento en que 
ellos forjan sus ensueños. 

El porvenir pertenece a los que no tienen com- 
plicidad con el pasado; es necesario estar libres de 
prejuicios crepusculares para estremecerse al con- 
tacto de ideales que incesantemente se renuevan. 
Toda futura grandeza, en nuestra América, está 
en manos de la juventud que estudia, preparán- 
dose a vivir intensamente una era nueva de la 
civilización humana. Una sola generación de es- 
tudiosos bastaría para dar a estos pueblos perso- 
nalidad en el mundo, creando una nueva moral, 
plasmando formas originales de arte, agregando 
verdades firmes al acervo de las ciencias, inspi- 
rando la vida común en generosos preceptos de 
solidaridad social. 

Pensar en el porvenir, con insaciable afán de 
perfección, es la manera más firme de preparar 
altos destinos a las razas nacientes. Está en for- 
mación otro mundo moral, libre de las tradiciones 
rencorosas que envenenan el arcaico espíritu de 
Europa; procuremos infundirle ideales nuestros y 
virtudes nuestras, cuyo conjunto constituya una 
etapa distinta de las pasadas en la historia de la 
humanidad. 

Una nueva nación debe significar algo más que 
un nuevo estado político. Importa una nueva 
cultura, un nuevo criterio para medir los valores 



sociales, una nueva orientación del ideal colectivo 
hacia conquistas propicias a la ventura de los 
hombres. Todo ritmo de civilización puede redu- 
cirse a términos de una fórmula sencilla: conquis- 
tar la felicidad de todos, evitando los comunes 
sufrimientos. 

Refugíense en el ayer los hombres y las nacio- 
nes exhaustas, que ya no tienen mañana. Los 
ideales contemplativos son propios de la senectud, 
para la que «todo tiempo pasado fué mejor»; los 
ideales constructivos son propios de la juventud, 
pues ella sabe que «todo tiempo a venir será me- 
jor». Los jóvenes deben explorar rutas descono- 
cidas, en busca de inspiraciones y de estímulos 
para la vida humana: hay sistemas de sentimien- 
tos, de pasiones, de ideas, de actos, que implican 
vehementes anticipaciones. Quien tenga avidez 
de pensar por sí mismo no se detenga a rumiar 
lo que otros pensaron, ya que el hombre y la 
sociedad son susceptibles de ilimitados perfeccio- 
namientos. 

Los que sólo piensan en el presente y viven 
hartándose con satisfacciones inmediatas, son fac- 
tores negativos para el porvenir. Son fuerzas efi- 
caces los que miran alto y lejos, aunque no puedan 
cosechar en vida los frutos de su siembra. Hay, 
para los soñadores, una justicia segura, la de sus 
hijos, que son la posteridad. 

Bienvenidos los jóvenes quiméricos que cons- 
truyen el mañana, anhelándolo, pensándolo, ha- 
ciéndolo. En ellos pueden adunarse la capacidad 
para el trabajo y el entusiasmo para la cultura, 
fuentes naturales de toda grandeza colectiva. Los 



pueblos que marcan su paso por la historia son 
los que ejercitan más intensamente las virtudes 
del pensamiento y de la acción. 

El hombre que trabaja es optimista y es justo; 
cosecha los frutos de su huerto y respeta los fru- 
tos del esfuerzo ajeno, estimando el mérito de los 
otros hombres y sintiendo la comunión de todos 
los esfuerzos. El hombre que piensa elabora los 
destinos comunes, sirve a su pueblo entero, pre- 
parando los ideales que lo encaminan hacia un 
norte expansivo y fecundo. 

Estudiar es el trabajo de la juventud, pues da 
inteligencia para la acción, que es la vida misma. 
Descifrar la naturaleza, en las cosas que la cons- 
tituyen y en los libros que la interpretan, es mul- 
tiplicarse. El ritmo con que diariamente aprende- 
mos más, la estoica labor del que sabe escrutar 
la verdad y construir la ciencia, la beatitud serena 
del que se juzga fuerte porque sabe, frente a los 
que son débiles por ignorancia, elevan el enten- 
dimiento y ennoblecen el corazón, templan el 
carácter en la dignidad y preparan hombres cada 
vez menos imperfectos. 

Una generación estudiosa puede marcar desti- 
nos nuevos a América; su civilización palpita en 
manos de los jóvenes. Nuestro siglo está ya can- 
sado de viejos y de enfermos, harto de sombras 
que se agitan en la maldad y en la sangre. Todo 
lo espera de una juventud viril. Desea hombres, 
capaces de amor y de solidaridad. 



José Ingenieros. 



AGUAFUERTE DE GUIDO. 



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SEXTO SALÓN AN\yAL DL ARTE 




EL JURADO. DE 

TORCUATO TASSO, 
LAGOS Y EDUARDO 



I jl A balanza de precisión 

I J sería justo símbolo de 
-I — -fWf la crítica, si supiera 

distinguir el diamante 

entre las imitaciones. 

el medicamento beneficioso entre los 
malsanos, y si en la conciencia de los críticos pe- 
sasen los escrúpulos como arrobas. Aparte de 
esas deficiencias, la balanza de precisión es un 
gran ejemplo. Aunque todo lo más fiel posible, 
siempre se inclina hacia la salud, cuando dosifica 
drogas; hacia la hermosura, cuando aquilata pe- 
drería. Con esto hay bastante, pues en cuestiones 
artísticas, como ea trabajos de químicos y joye- 
ros, la báscula resulta una máquina excesiva. 
Añadamos que la crítica necesita precaver la tem- 
peratura, aislarse del aire y defenderse de la 
humedad, si quiere imitar a la útil y concienzu- 
da balanza de precisión. 

La hermosura y la excelencia no son cosas del 
o.tro mundo; ss las halla, acompañadas de fealda- 
des y defectos en toda obra. También las hay 
sobre las paredes y suelos de las salas que encie- 
rran la sexta tentativa ds conjunto que realizaron 
las artes plásticas nacionales, sin formar todavía 
el ansiado Salón Nacional de Arte. 

El esfuerzo individual puso allí 224 cuadros, es- 
culturas, planos y objetos decorativos. Algunas de 
esas obras son de artistas ya consagrados, y fue- 
ron mezcladas con las que aspiran a premios. 
Quísose asi vigorizar el certamen; pero, buscando 
la ley de las compensaciones, se ha caído en el 
abismo de las comparaciones, que a nadie be- 
nefician. 
A primera vista y dejando a un lado optimismos 





IZQUIERDA A DERECHA: MARTIN S. NOEL, ARTURO DRESCO, PÍO COLLIVADINO, 
ALEJANDRO CHRISTOPHERSEN, RICARDO GUTIÉRREZ (SECRETARIO), ALBERTO 
LANÚS. — EN círculo: SEÑORES JOSÉ LEÓN PAGANO Y CUPERTINO DEL CAMPO. 




<'DE VISITA.», OLEO DE RAÚL MAZZA, 
pUE OBTUVO EL PRIMER PREMIO. 



perjudiciales, en total, aquella ex- 
posición parece de aficionados me- 
ritorios. Examinada lentamente, se 
van descubriendo rincones y sitios 
que el arte hizo suyos. 
¿A qué engañarnos? Pocos cuadros de compo- 
sición, ninguno que satisfaga por completo, nin- 
guno que se destaque resueltamente. Los artistas 
no han querido vencer obstáculos ni sus obras se 
inspiraron en grandes ideales. 

La galantería, ese supremo gusto de rendir home- 
naje a la dulce femina, no es muy refinada; no 
llegarán a la docena los rostros pintados cariño- 
samente, ni pasarán de dos los cuerpos esculpidos 
con ternura. 

Bien es verdad que la carencia de ambiente, 
que las deformaciones de la belleza mujeril son 
casi universales. Se busca la originalidad mediante 
el menor gasto de espíritu y con el mayor derroche 
de color. Y para ello se sacrifica todo, se retuerce 
todo, mientras los críticos pintan pintores y es- 
culpen escultores. 

Como la independencia artística argentina aun 
no se proclamó, debemos sufrir pacientemente las 
enfermedades que sufren los maestros y aprendi- 
ces del mundo, las anemias paisajistas, las histe- 
rias del retrato, la neurastenia de la composición, 
el daltonismo, la discromatopsia. . . 

Se observa claramente el reflejo de formas y 
maneras conocidas, dejándose arrastrar nuestros 
noveles artistas por la influencia de los maestros 
que con sus obras marcaron su huella. Y si acep- 
tamos complacidos lo que con ellas nos enseñaron, 
rechazaremos como un mal imperdonable las imita- 
ciones que en ningún caso dieron provechoso fruto. 




RETRATO DE LA SEÑORA C. DE WIL- 
MART, POR ANA WEISS DE ROSSI. 



SALA II DE PINTURA. 



<'ARMANDITO.>, YESO 
DE JOSÉ FIORAVANTI. 



5f.)CIO 5ALON /\N^?M P /XRTF, 



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-iífiss^".^-^:^);ij 




<LA HlflA DE PALERUOt, 
OLIO DE AUGUSTO MARTEAU. 





•TENDRÉ SOUVENIRl, 
ÓLEO DE LUIS BONI. 



Por eso no nos cansaremos, de repetir_'el_vulga- 
risimo consejo que en este caso, tiene más aplica- 
ción que nunca: Hay que trabajar, trabajar y 
traoajar; pero conscientemente, sinceramente, mi- 
rando tanto hacia afuera como hacia adentro; y 
con tenacidad, sin apresuramientos, sin improvi- 
saciones, dándose cabal cuenta del largo camino 
a recorrer, para emprenderlo con paciente resolu- 
ción," renunciando a los éxitos inmediatos e im- 
provisados, que jamás llegan en esta forma. 
_- La mayoría de los juicios coinciden en reconocer 
un progreso sobre las obras expuestas en los cer- 
támenes anteriores. No estamos conformes: la im- 
presión nuestra es bien distinta, y si alguna in- 
fluencia puede ejercer nuestra modesta opinión, 
declaramos lealmente que no hemos podido des- 
cubrir el adelanto, hallando en cambio un estan- 
camiento, una parálisis que deseamos y esperamos 
sea transitoria. 

No se ha encontrado todavía la fórmula para im- 
provisar una obra artística. Los que quieren conse- 
guirlo obrando por explosión se equivocan lamen- 



OTORMENTA». YESO 
DE E. J. SARNIGUET. 




('EL MATE DE PLAT^ft, OLEO 
DE ALFREDO BENÍTEZ 



•MADRE E HIJA!, ÓLEO 
DE JULIA M. COPUTO. 



«HOMENAJE AL CAUCHO», BOCETO EN 
YESO, POR JORGE BLANCO VILLATA. 



• MANOLA», ÓLEO DE 
ÜREOORIO LÓPEZ NACUIL. 



SEXTO SALÓN ANVAL B ARTC 




•CABEZA DE ADOLESCENTE». MAR- 
MOL DE NICOLÁS LAMARINA. 



«NOSTALCiA», OLEO 
DE EMILIO CENTURIÓN. 





tablemente; y el tiempo que se pierde en tentativas 
estériles podria aprovecharse laborando con en- 
tusiasmo para no malograr el fruto. La falta de 
dibujo es una de las características de este cer- 
tamen: y como es preciso una gran dosis de Da- 
ciencia y una gran fe para vencer las rebeldías 
de la línea, de ahí que se esquiven sus dificulta- 
tades. tratando de engañarlas con originalidades y 
atrevimientos de muy mal gusto. Porque es inútil, 
ya a nadie convence el conocido sistema que sirve 
de escudo protector y que se emplea con harta 
frecuencia: «yo siento así el arte», sin tener en 
cuenta la gran distancia que existe de sentirlo a 
realizarlo: y en pocos casos como éste, puede anli- 
carse la célebre frase de un conocido escritor: «¡Qué 
largo es el camino que hay del cerebro a la mano!» 
No tenemos la pretensión de haber dado la nota 
justa con estas opiniones, que en suma no son 
más que un juicio sincero que debe sumarse a 
los otros juicios ya conocidos, y que, todos juntos: 
(no tenemos el menor reparo en confesarlo) au- 
mentan la desorientación y la anarquía que hoy 
es la nota descollante que domina en el campo 
del arte.., y en el de la critica. 

J. M. Salazar. 




PíS^.SS 



«ÚLTIMOS RAYOS», ÓLEO 
DE RAÚL C. PRIETO. 




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«MURCIANAS CON POLLOS*, OLEO 
DE JULIO VILA Y PRADES. 



«LAS SEÑORITAS.), OLEO DE GASTÓN JARRY. 



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Aquí, sobre el estero y sobre el rio. 
El martín pescador vuela y fulgura. 
Cuando doran las mieses su verdura 
En los llameantes hornos del estío. 
Es su pecho encarnado 
Un rubí que a los aires centellea. 

Y su lomo se azula o se verdea 
Por la luz estival tornasolado. 

De pronto se zambulle, reaparece 

Y veis, en su delgado 

Y negro pico, un pez que resplandece 
Como joya robada 

Al triple tul, flotante y azulada 
Con que cubre sus hombros la sagrada 
Náyade del cristal de la cañada. 

Aquí, bajo los rojos 
Lamparazos del sol de nuestro cielo. 
La pintada perdiz, de vuelo en vuelo. 
Recorre la quietud de los rastrojos. 
Aquí su ardiente pulidez ostenta. 
En su bastón con nudos sostenida. 
La espiga codiciada, suculenta 
y en su pajizo estuche guarecida. 
Donde madura el rubicundo grano 
Del morocho maizal americano. 

Ceres. aquí, se baña en los efluvios 
Del indico chañar. El aire vuela 
Para besarla los cabellos rubios. 
Que las manos amigas 
Del ninfeo escuadrón ciñó de espigas 

Y ciñó de amapolas. Cada noche, 
Cuando la luna en los bañados riela 

Y sus punzos aguzan las ortigas, 
Se ve pasar su marfileño coche 
Que arrastran, diligentes. 
Jaguares y serpientes. 
Siembran sus protectoras 

Y maternales manos. 

Por cumbres y pendientes. 
Por umbrías y llanos, 



Ceres, la que enseñó la agricultura 
A ios hombres primeros, ama el nido 
Del picaflor, labrado y escondido 
En el verde dosel de la espesura. 
A las luces inciertas 

Y de tintas liriáceas 

Del destello lunar, las solanáceas 
Hace surgir en las campestres huertas. 
Su ropaje celeste, que ha entallado 
Con cinturón de juveniles rosas, 
Da motivo a que vaya custodiado 
Su coche por nocturnas mariposas. 
Luciendo así sus policromas galas 
Tras el coche con bridas de azucenas. 
Susurran el cuarteto de sus alas 
De brujióos encajes las hepialas 

Y gnómicos tisúes las zigenas. 
Cuando el terruño cruza la bendita 
Deidad de los maizales, sus vigores 
Siente crecer el viraró, palpita 

El curupí meciendo sus verdores, 

Y a la luz de los astros, con sigilo. 
Se besan el estambre y el pistilo 
En la copa nectarea de mis flores. 

Ceres esculpe. dándoles el brillo 
Que ostentan en sus frutos, - las panojas,. 

Y del guindal las lanceoladas hojas, 

Y las aovadas hojas del membrillo. 
Ceres. con su hechicero 

Influjo, aromatiza el duraznero; 
Embellece a la flor de la barranca 
Con el joyal redondo y amarillo 
De su gentil circunferencia blanca; 
Tiende, sobre el timbó, la enredadera 
De ñapingá; colora de negrura 
El tronco de los melles; empurpura 
El cáliz de los ceibos; y en la arnera, 
El haz de la apretada gusanera 
En lucientes cucuyos transfigura. 

No os dijo aún mi musa quintañona 
Que en el ebúrneo coche reclinada 
Va otra ilustre y pulquérrima matrona: 
Es la rival de Ceres, la sagrada 

Y divina Pomona. 

Su origen es etrusco; los helenos 
Su nombre y su virtud desconocían; 
Roma besó las puntas de sus senos 
Que a fresa y dátil dicen que sabían. 
Pan la ofrece, en tributo 



De adoración, el fresco y dulce fruto 
De los guayabos; el gentil racimo 
De las vides salteñas; el opimo 
Licor de miel de las naranjas de oro; 
La drupa del palmar; de los manzanos 
El acídulo néctar; el tesoro 
De zumos de los tiernos macachíes 
Que tintorean nuestros verdes llanos, 
De la granada el globo de rubíes. 
De los burucuyús los rojos granos. 
Las suculentas moras del zarcero, 
De los ñangapirés las esterillas. 
Los granates del manto del guindero. 
El pulido coral de las frutillas, 

Y las monteses pomas 

En donde rezan su canción de aromas 
Del membrillo las carnes amarillas. 

De las diosas benéficas el coche. 
Que nacaran las luces de la noche. 
Jovial dirige, con sapiente mano, 
El rústico Silvano. 
Mirad y notaréis, en el pescante. 
El bastón de ciprés con que arrogante 
Doma las furias del jaguar sañudo 

Y al carnicero cimarrón arredra 
El viejo semidiós, casi desnudo 

Y coronado de silvestre hiedra. 

¡Guardián de nuestras reses y celoso 
Paladín de los árboles nativos. 
Cuida de las ovejas el reposo 

Y haz que encumbren altivos 
Los ubajáes su dosel frondoso! 
¡Sean nocturno asilo de las alas 
Aborrecidas por las sierpes rojas. 

De nuestros sauces las argénteas hojas 

Y el obscuro verdor de nuestros talas! 
¡Que el yaribá al salvaje 
Churrinche dé refugio en su follaje 

Y que el pecho amarillo 
Perfume su plumaje 

En las ramas en flor del espinillo! 
¡Oh, mi terruño de ondulantes cuestas. 
El de planicies de enceradas mieses. 
El que forja con oros de sus puestas 
Las policromas manchas de sus reses. 
Que el cielo te bendiga 
En el nido, en el trébol y en la espiga! 
¡Que por todos los siglos, donde canta 
El zorzal los repiques del verano 

Y la ceiba sus púrpuras levanta. 
Triunfe la majestad radiante y santa 
De Ceres, de Pomona y de Silvano! 

DIBUJO DE ALVAREZ. 



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DE LA GALERÍA DE DON LORENZO PELLERANO 



PRIMAVERA 



COUACHE DE EDGARD MASCENCE. 




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Jesús, Principe ds Niños, mueve, al pasar. 
los rosales del cielo: las divinas rosas se desho - 
jan blandamente y he aquí, que los jardines de 
la tierra se pueblan de criaturas. 

Hilaría la Virgen el albo lino, y el bueno de 
José, en su santo taller dí carpintero, llenaría 
el suelo de aserrín de oro y de virutas blancas 
y rizadas. Cansariase de jugar el Niño Celeste 
y. sacudiéndose la corta túnica violeta, ceñida 
con un cinturón de estrellas, se iría a jugar en 
la pradera próxima, bajo el benigno cielo de 
Judea. con otros niños vecinos, que verían. 
con asombro, como, al correr, el Niño Dios 
dejaba perfumado el aire y luminosa la hierba 
que pisaba. 

Juegan los niños casi dssds que nacen. A 
jugar vienen al mundo. No tienen otra cosa que 
hacer sino jugar. 

En el regazo de la madre, mientras beben 
ávidos la vida, tienden al aire las manos inex- 
pertas, como si quisieran atrapar mariposas 
invisibles ya para nuestros pobres ojos enve- 
jecidos. Traen, sin duda, el recuerdo de blan- 
cas cacerías por azules campiñas, en alada 
amistad con ángeles y serafines. 

O sueltan bruscamente el pecho generoso y 
se quedan pasmados, con los ojos fijos en los 
de la madre, para jugar con ellos un claro es- 
condite de miradas. 

Desnudos en las cunas doradas, juegan a 
agarrarse los pies, y como nunca aciertan y 
hasta parece que se ponen serios, se dssbordan 
sobre las carnes de nácar los besos y las risas 
de la maternidad feliz y las alcobas se llenan de 
innumerable alegría, como si por ventanas y 
balcones, irrumpieran las ramas de cien flore- 
cidos durazneros. 

Más tarde, hecha esa gran conquista del pri- 
mer paso, de silla en silla, apoyándose en las 
paredes, juegan a desgarrar la blonda de un 
helécho, a hacer pedazos la más fina porcelana. 
a deshojar el más lindo y luminoso libro de 
imágenes. 

Y es de ver. con qué asombro en los ojos, con 
qué sonrisa en los dientecitos de arroz, comen- 
tan en silencio, la indignación fingida de las 
personas mayores. 

Juegan los niños. En los palacios sonoros. 
los hijos de reyes y de millonarios, jugarán con 
piedras preciosas y complicados juguetes de 
plata y marfil, bajo las miradas de los precep- 
tores, rígidos de casacas bordadas y antipáti- 
cas de consignias: en las cabanas grises, paci- 
ficas de humo de hogar, con montoncitos de 
arena, con pedrezuelas. con palitos secos, con 
el rabo del gato mimoso, con las orejas del 
perro fiel, mientras afuera cae la nieve o la 
pampa verde se maravilla de su propia gran- 
deza. 

Juegan los niños: corren, gritan, cantan. 
trepan, se arrastran, como movidos por un 
furor cósmico ineludible. 

Los pájaros saltan de rama en rama: las estre- 
llas resbalan por el cristal de la noche; un hilo 
de agua se deshace en gotas, en perlas... El 
mundo está contento, radiante, porque los niños 
juegan gozosamente bajo la misma música calla- 
da que hace estremecer a las esferas inmortales. . . 

Un día. despacito, llega de los campos la Pri- 
mavera y se posesiona de la ciudad. 

La ciudad, entumecida de frío, se entrega a la 
Primavera, que viene con un ramo de flores atado 
con una cinta de sol. tan larga, que ondula de- 
trás de ella, como una estela de oro impalpable. 

¡Afuera los sobretodos pesados y ios pequeños 
guantes y las polainas llenas de mil botones fas- 
tidiosos! Ahora sí que los niños parecen vestidos 
de pétalos de rosas de mil colores! 

¿Los veis descender la suave pendiente de aquella 
vereda, de la mano, al aire las pantorríllas blancas 
por el invierno, ruidosos, comiéndose la goma de 
los sombreros? Van a Palermo: a esta pradera, a 
aquella encrucijada, a tal camino, a cierto grupo 
de árboles. 

Van a la plaza próxima; al parque Lezama, 




umbroso y señorial: van irresistiblemente donde 
haya un césped por el que rodar, un estanque don- 
de echar migas a los peces, un sendero de blanda 
arena donde se pueda abrir un abismo con una 
pala, o levantar una montaña con un balde gran- 
de como un dedal , , . 

Allí van los niños. Todos los niños de la ciudad. 
¿Todos? Un niño me preguntó una vez, un niño 
pensativo, si a esos parques, que él no conoce, 
pero de los que oye hablar. Avellaneda, Centena- 
rio, Chaoabuco, si a esos parques lejanos iban a 
jugar los niños pobres, los que vendían diarios, 
por ejemplo. . . 

Yo no supe que contestarle: pero es indudable 
que sí, que a esos parques tienen que ir los niños 
grises pobres, los niños pálidos enfermos, los ni- 
ños de uniformes obscuros que desfilan en serias 
columnas por las calles. Todos los niños van a 
todos los parques, todos regresan a sus casas, a 
desgarrar un helécho más, a romper otra porcelana. 

Todos regresan a sus casas con un rutilante tor- 
bellino de glóbulos rojos en las azules venas, con 
algunas columnillas más de sólido fosfato en los 



huesos en crecimiento. Todos los niños, mi niño 
pensativo, todos los niños... 

¡Abrios, calles larguísimas, en plazas llenas de 
flores y de sol! ¡Multiplicaos y embelleceos, jardi- 
nes de Buenos Aires! Haced blando terciopelo de 
vuestros céspedes; que los caminos, rubios de are- 
na, se pierdan en las lejanías, en curvas armonio- 
sas: que manen apaciblemente las fuentes, para que 
en el manso fluir hallen los pueriles corazones una 
clara lección de serenidad y de perseverancia; que 
salten esbeltos los surtidores y doblen muy alto su 
cayado argentino, para que, al seguir los ojos ma- 
ravillados las irisadas guías, descubran un anhelo, 
un ideal, en el salto vigoroso que los levanta del 
polvo de la tierra; que sobre los pedestales fulgure 
el patriótico ejemplo, en el bronce de los grandes 
hombres, o dance el mármol, hecho gracia, junto 
a la dulzura elegiaca de los cipreses verdinegros. . . 

Que todo sea Belleza. Maravilla. . . Mirad, ¡oh, 
jardines! que la urbe de hierro y granito os entre- 
ga lo mejor que tiene: sus niños, es decir, su Es- 
peranza. 

ACUARELV DE MAVOL. 



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No vayas a maliciar, sufriente y caro lector, 
que el asunto de esta página sea narración hechi- 
za, de sucesos inventados para entretener tus ocios 
en esta apretada época de ahogos y vencimientos. 

Me caiga muerto si el cuento que voy a ofer- 
tarte ahora no es un jirón palpitante de nuestra 
vida corriente. Su recuerdo, por lo menos, está así 
caratulado en los archivos de mi ordenada memo- 
ria. Si lo exhumo placentero, es con su cuenta y 
razón; pues aunque sus contornos asumen los per- 
files de lo vulgar, la pulpa de su íntima sustancia 
encierra un lindo rasgo del picarismo criollo, me- 
recedor de un buen disco en la fonografía literaria. 

Y hecha esta explicación, arriba el trapo; que 
el escenario nos espera ya. 



Hace cuatro largos lustros, Cosquín, que en- 
tonces era un aprendiz de pueblo, jugaba a las 
escondidas, entre uno de los tantos recovecos que 
forman a su antojo las bravas serranías cordobesas. 

Lo de su condición oculta era un designio chin- 
gado, pues mientras el caserío se acuchillaba en 
las sinuosidades del terreno, que si no era quebra- 
do, andaba por declararse en quiebra, un río com- 
padrón, que sabía caminar con corte, pasaba por 
el pago, como arrastrándole el ala. Pero, ¡de qué 
m.odol A los gritos y haciendo puras gam- 
betas: cosa que todo el mundo se diese cuenta de 
que allí había una agrupación urbana; cuyo ve- 
cindario se aburría por lujo todo el invierno, míen- 
tras en el verano era testigo de lo poco que se 
divertían los forasteros. 



E/TILP/ cr^xIOLLCV 

EjX- PEíL.ICi1:íO^ 



Total, que con los barquinazos dados en los 
pedruscos de su revuelto lecho, el río publicaba 
«urbi et orbi» el secreto en que las casas deseaban 
pasar desapercibidas. 

Aquella humilde, pero agraciada localidad, re- 
creo de los sentidos, la formaban a escote, una 
punta de lindas poblaciones; varios palomares con 
proporciones de templos; una iglesia de albañile- 
ría barata, que parecía todo un palomar; un puen- 
te ferroviario, afectado de hidrofobia, desde que 
se apartaba veinte metros sobre el nivel del río. . . 
y otras varias frioleras de un orden muy subalter- 
no, que integraban coquetonas el conjunto en- 
cantador. 

Y todo ello, amparado por el paternal aunque 
adusto «Pan de Azúcar», consecuente en su actua- 
ción protectora, y con la parada propia de quien 
hace vigilante centinela. 

Tal conjunto de factores constructivos, dispues- 
tos sin programa ni concierto, parecía «prima facie'> 
juguete de Nurenberg, hecho para entretención 
de pichones de gigante. Pero la ilusa apariencia 
no pasaba de ser eso; mendaz alucinación: porque 
existen constancias fidedignas de que así las vi- 
viendas, como todas las otras obras de fábrica, 
habían sido hechas en el país, y sobre el terreno 
mismo de su habitual ubicación. 

Lo que no resultaba fabricado en Cosquín, era 
su río macaneador, que ya venía hecho desde mu- 
cho más arriba, aunque mismo naciera entre la 



doctoral provincia; dado que en sus continuas 
murmuraciones se le notaba acento cordobés, de 
una tonada chichona. 

Gracias al empeñoso esfuerzo de algunos buenos 
galenos, que enamorados del cosquinense clima 
le habían acordado patente de bálsamo medici- 
nal, el suertudo pueblito entró a dragonear de 
estación aeroterápica. Y como todavía los tísi- 
cos no le arruinaban la factura, buscando los be- 
neficios de su curativo ambiente cuando recién 
estaban por morirse, la gente sana y ociosa de 
más de media República, le venía agarrando para 
el turismo barato. 

La alegre caravana sabía caer allí, de a pocos 
y día a día, arrostrando las penurias de un largo 
peregrinaje, sin miedo a la sevicia de los hoteles 
que se estilaban ... y donde se estrilaba a voces 
solas, en coro general de pasajeros. Tales eran el 
«confort» y el fino trato que por lo regular se les 
brindaba. La industria de la hospitalidad inhos- 
pitalaria llegaba por aquellas latitudes a su pe- 
ríodo álgido; así es que todos los institutos de 
pensión parecían obedecer la consigna de sacar 
de allí, a patadas, a cuantos corajudos parroquia- 
nos se animaban al tremebundo abordaje. 

Por lo demás, los contados días que los turis- 
tas hacían acto de presencia en el Cosquín de mi 
cuento, podían gozar una cosa bárbara, siempre 
que en sus billeteros hubiese buenos «canarios», 
y a condición de que manufacturasen, por cuenta 
de su sola iniciativa, las plácidas diversiones ca- 
paces de distraerles. El país ponía, por su parte, 
sus admirables bellezas; vale decir, «la decoración». 



— fc>lJv.-':S 



bien aigna de los honores de la luijeia postal: en 
cuanto a «las representaciones-, se me hace que 
ya lo he dicho: tenian que correr con ellas los visi- 
tantes, casi siepipre materia dispuesta para ame- 
nizar su efímera estadía en aquel delicioso paraíso. 

Por las maravillas que atesora aquel país de 
prodigio, y por la maravillosa facilidad con que 
podia uno aburrirse sin salir del pueblo, menu- 
deaban las excursiones, las cabalgatas y hasta los 
•pic-nics>. Pero eso era de día y al rayo del sol: 
por la noche, como no se prefiriese probar fortuna 
en la casa de juego, discretamente explotada por 
el digno Comisario de Policía, para pasar el rato 
menos mal, no había más defensa que leer los avi- 
sos de los periódicos, o hacer solitarios con una 
baraja ya muy jugadita, mientras los jóvenes de 
uno y otro sexo practicaban ejercicios doctrinales 
de gimnasia coreográfica, a los desacordados acor- 
des del catarroso piano yacente en cada hotel res- 
pectivo. 

Las distintas reuniones de aquellos modos te- 
nidas, procuraban inesperados contactos, entre 
gentes que nunca se habían visto, o que de allí 
en adelante ya no se podrían ver. Esto no quiere 
decir que escaseasen las aproximaciones en forma 
de «temporadas» bailables, a las veces comprome- 
tedoras. A más de un Lovelace de ocasión, que 
cernía allí su vuelo en los aviesos espacios del 
amor, les he visto dar después el arriesgado «loo- 
ping the loop» conyugal. No me preguntes, lector, 
cómo es que han aterrizado. 

Gracias a semejante tacto de codos, ejercido en 
tertulias y paseos, la animosa muchachada se sen- 
tía lo más bien, en aquel amable medio; sobre 
todo, si caían familias platudas, dispuestas a ha- 
cerse ver. colocando, a la pasada, el «stock" dis- 
ponible de su mercadería feminista, todavía en 
estado de merecer. 

El género excursiones era el más socorrido de 
todos. Los mocitos sueltos. . . de cuerpo, se deja- 
ban invitar (como acordándolas una merced) por 
las gentes paganas. De ese modo no tenían que 
pelar ni medio, salvo para abonar el alquiler del 
flete: obligación que a algunos distraídos, se pre- 
cisaba recordarles. 

Te podría conversar, mi amigo y caro lector, de 
más de veinte paseos, efectuados en tan privile- 
giadas condiciones; pero me contraeré a hacerlo 
del «clou« de la temporada; de la excursión a las 
•Cascadas de Olaín». Te garanto que aquellos des- 
cabellados saltos de agua, son un alarde de orfe- 
brería hidráulica, ejecutado por una delirante 
naturaleza, cuyos milagros bien valen las fatigas 
de ir a verlos. Si un día vas a Cosquin, no vuelvas 
sin admirarlos. Én fija quedarás grato por lo sano 
del consejo. 

Contando con el embeleso del paisaje que estaba 
por prestarnos sus bambalinas, y con el esplendor 
de un cielo que se me antojaba egipcio, la auspi- 
ciosa fiesta nos ofertaba todo un macuco cartel. 
Pero aún había más: la familia invitante era la 
del «Seis de Oros». La nombrábamos así. porque 
la servía de tronco un respetable casal millonario, 
dueño de varias estancias, cuyos mejores produc- 
tos estaban constituidos por media docena de hijas 
mujeres. Pero ¡qué niñas! Además de ser ricas por 
su casa, eran personalmente seis ricuras. Te ga- 
ranto que resultaban lindas de ve- 
ras... Como entre ellas no había 
gemelas, claro es que cada una te- 
nia distinta edad: pero, eso si; to- 
das ellas en plena primavera de la 
vida. Aquellas preciosuras, forma- 
ban la escala cromática de la so- 
berana belleza porteña. con todas 
sus delicadas finuras, y sus maci- 
zas cuanto esbeltas opulencias. 

Todas las relaciones que recién 
habían adquirido en el hotel, es- 
taban oficialmente invitadas al pa- 
seo; pero todavía faltaba por con- 
vidar la buena gente de «la mesa 
brava». Cumple aquí una aclara- 
ción: con tal nombre habíamos 
bautizado a la más grande del co- 
medor; verdadera «table d'hóte», en 
cuyo derredor eran agrupados los 
pasajeros que caían de a uno, vale 
decir, sin el estorbo de la familia. 
Gente joven y bien, pero algo bo- 
chincheros, los muchachos que por 
aquel entonces la componían, ale- 
graban el comedor con sus ocurren- 
tes frases, casi siempre editadas 
como para que el público las ce- 
lebrase, y con sus bromas de buen 
gusto, que sólo ultrapasaban la 
paciencia del muy poco paciente 
patrón de la casa. 

Vaya un ejemplo: cuando el 
«menú* de la comida nos prometía 



♦civet de Uévre». uno de los comensales de «la 
brava» fingía gran apuro y salía apresuradamen- 
te a registrar el establecimiento, en busca del 
perrito canelo de la casa, temeroso de que le hu- 
biesen sacrificado en la cocina, para darnos... 
perro por liebre. Y así por el estilo. . . 

Cuando se estaba haciendo la lista de convi- 
dados a la excursión, las seis hermosuras insinua- 
ron a los autores de sus días, la conveniencia de 
invitar a aquella interesante muchachada: en cuan- 
to a ésta, va sin decir con qué ilusión e impacien- 
cia aguaytaba una cortés invitación. Pero, entre 
unos y otros jóvenes se levantaba una muralla de 
la China (no creas que te converso de alguna sir- 
vientita del hotel). Mediaba el inconveniente nada 
flojo, de que aún no estaban presentadas unas a 
otros. 

Como «cuando ellas quieren» se tiene la media 
arroba, a una de las seis niñas se le ocurrió un 
recurso capaz de solucionar el intrincado conflic- 
to: Se les convidaría a los muchachos por la inter- 
pósita persona del hotelero. Nada más natural. 
¡Tantas veces había desempeñado el hombre roles 
semejantes! Si. pero ¡pobres niñas!, ¡no pudieron 
tener una ocurrencia más desdichada! Porque co- 
mo el «donneur de la soupe» andaba con sangre 
en el ojo. causa del ruido que metían aquellos ca- 
balleritos, no sólo se resistió a servir de puente 
en la emergencia, sino que contrariamente y con 
el rencor más pampa, les sacó de la cabeza, a los 
papas de las señoritas, la peligrosa idea de entre- 
verarse con aquel chusmaje de compadritos. En 
su sesuda opinión, sería un atentado imperdona- 
ble mixturar muchachas bien, con malentreteni- 
dos, pechadores y mangiacañas. como aquellos 
tipos de «la mesa brava'>, que eran unos atorrantes 
disfrazados bajo la linda repita... todavía no 
pagada al sastre. . . Y que arriba y que abajo. . . 

De tal modo les puso la cabeza a aquellos bue- 
nos señores, que se tragaron integra la calumnia, 
y se chuparon una batata de la madona, al pen- 
sar en el riesgo bárbaro que habían podido correr 
las pobres niñas. 

En fin de cuentas te diré, lector de mi alma, que 
la pérfida intriga triunfó en toda la linea; que se 
celebró el paseo sin la grata compañía de la ale- 
gre patota; que las «Cascadas de 01aín>> estuvie- 
ron tan hermosas como es de práctica en ellas; 
que la comida fué un derroche de distinción y 
abundancia. . . Pero justo será agregarte también, 
que la jornada fué un opio para las aburridas ne- 
nas, quienes en sus inocentes expansiones extra- 
ñaban al elemento complementario de su vida de 
ilusión. No habiendo concurrido, ni los cachafa- 
ces de «la mesa brava», ni mozo alguno, fuera de 
un estudiante para fraile, que nunca sabía hablar, 
¿cómo iban a divertirse aquellas almilas vírgenes, 
lanzadas al mundo para que las bailasen a toda 
orquesta, las estrechasen los talles con todo entu- 
siasmo, y las dijesen cosas lindas a todo pasto? 
No es de creer. 

Y si ellas estuvieron aburridas, ¿qué me dices 
de lo fulos que andarían los mocitos, indignados 
por el desaire recibido, siendo que eran de las 
pocas personas no invitadas a participar en la 
farrita? ¿Precisaré decirte que acariciaban el plan 
de una ejemplar>enganza?'¡Claro^qué'no! Y como 




ellos ignoraban el verdadero origen de su des- 
ahucio, hicieron toda su preparación de artillería, 
contra la inocente familia del «Seis de Oros». Ni 
cortos ni perezosos, se apresuraron a darla el vuel- 
to, tomándose una represalia feroz. Verás como 
fué la cosa. 

Como tres noches después, cuando estábamos 
comiendo, con todo el comedor «au grand com- 
plet», al llegar el momento ¿sicológico? de los pos- 
tres, en «la mesa brava» hizo estrepitosa aparición 
una soberbia garrafa de helado, recién llegada de 
Córdoba, que atrajo las miradas todas de los cir- 
cunstantes. ¡Imagínate! ¡Un monumental cacha- 
rro, con sustancia como para cincuenta cubiertos! 
Los felices poseedores de aquella delicia, esta- 
llaban de júbilo... Saludaron al rico postre con 
la marcha de San Lorenzo, entonada «sotto voce»; 
hubo discursos apologéticos a la invención del 
frió artificial... y, por fin, antes de servirse los 
afiliados a «la mesa brava», pusieron en movimien- 
to a todos los sirvientes de la casa, para que fue- 
sen llevando, de mesa en mesa, magníficas por- 
ciones del apetitoso manjar, a todas las familias; 
bien entendido, a todas, menos ¡naturalmente! a 
la del «Seis de Oros». ¡Toma! Para que se destacase 
bien el desprecio... ¡Excuso decirte! 

Pero como en aquel enorme recipiente había 
gran cantidad de contenido, todavía se procedió 
a una nueva emisión. Y ¡vuelta los sirvientes a cru- 
zar el comedor en todas direcciones... exceptD 
hacia la mesa del «Seis de Oros». . .! Y como no 
se acababa de consumir el rico postre, se habili- 
taron platos para enviar abundantes lotes del re- 
galo al personal de cocina, a todos los sirvientes 
de la casa... y hasta al perro canelo, que fué 
expresamente llamado al comedor, donde se dio 
un atracón jefe. Casi, casi, el empacho que agarró, 
pudo muy bien hacerle cantar para el carnero. . . 
Bien, pues: los muchachos de «la mesa brava» 
estaban vengados: habían hecho pasar un brutí- 
simo cuarto de hora a la pobre familia, autora 
inconsciente del violento desagrado. Pero ¡ay! qué 
poco les duró el goce de aquel placer de los dio- 
ses. . . El seminarista, que era un alma de Dios y 
estaba en posesión de la clave del disgusto, les 
informó ampliamente sobre la verdadera proce- 
dencia del entripado. 

Entonces, en sus nobles corazones entró a fun- 
cionar un remordimiento sincero. Ya no pensaron 
en otra cosa que en desagraviar a la familia vic- 
tima del malentendido... y en trasladar sus ca- 
ñones a otro frente de batalla, para jorobar com- 
petentemente al hotelero. 

Por desgracia, tan justiciero programa no ob- 
tuvo el merecido cumplimiento. Al otro día, en el 
tren de la mañana, la familia del «Seis de Oros- 
se había apretado el gorro, rumbo a una de sus 
estancias, corrida por el injusto bochorno. ¡Qué 
pena! Por ese lado, la venganza resultaba suicida, 
al haberse ausentado la alegría del hotel; la ¿sena? 
de buenas mozas. Bien; pero, ¿y por el otro lado? 
- preguntarás. . . Lo que es por el otro lado, t3 
juro que la venganza resultó una obra maestra. 
¿Que de qué modo? Del más sencillo del mun- 
do: haciéndole pagar al hotelero, que era un gran 
angurriento, el importe de los vidrios rotos. Por- 
que cuando ya habían regresado a sus respecti- 
vos lares los muchachos de mi 
cuento, el confitero de Córdoba, 
proveedor del helado, se lo cobró, 
muy si, señor, al culpable de taa 
entretenido batifondo. Al ñudo éste 
quería protestarla: un procurador 
amigo, que era uria luz para esto3 
asuntos, le aconsejó que se dejara 
de embromar y formase con I03 
pesos. 

Efectivamente; como el pedido 
del helado se había hecho por 
telégrafo, no quedaban constancias 
escritas para responsabilizar a na- 
die: en cambio, el hotelero se ha- 
bía pisado feo, al firmar el recibo 
en la guía de la frigorífica enco- 
mienda, cuando ésta hubo llegado 
al hotel. La única prueba, pues, 
le condenaba con costas, por me- 
terse a comedido. 

El hombre se tiraba de las me- 
chas, al contemplar la factura. Y 
aún tuvo que pagar más: el flete 
que le cobraba la agencia. . . y las 
tres onzas de aceite de castor que 
se tomó «el canelo-', para no pre- 
sentar la renuncia a su perra vida. 
Pues estuvo por morirse. Pero lo 
pensó mejor y gracias a aquel re- 
medio pudo salir de cuidado. 



Severiano Lorente. 

niBI'JOS DE AI.OSSO. 



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— T=>LS'-^^ 



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J^ — 






A ORILLAS DEL PARANÁ 



DIBUJO AL CARBÓN- 
DE NICANOR VÁZQUEZ. 



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HO/\ENAJE~ A 
r~- LA~FÍE§TA ^^ 
V DE~LAr§A2^v~^ 

Hay un célebre cuadro del gran pintor prerra- 
faelista Millais, en cuyo argumento pudiera sim- 
bolizarse la España de la Conquista. Llámase El 
Caballero Errante. Das figuras centrales llenan el 
lienzo: una hermosa doncella, a quien manos per- 
versas han atado, desnuda, a un roble secular, y 
un paladín armado de punta en blanco, que atraído 
por las quejas de la joven, al atravesar el paraje, 
se apresura a cortar tan crueles ligaduras con su 
tizona. Ambos personajes resaltan contra el fondo 
verdinegro del bosque, iluminados por la débil luz 
de la mañana que, llegando desde el confín, realza 
la belleza de la prisionera y corre en suaves refle- 
jos de aurora por la armadura de su libertador. 

Tal se le representa a mi mente la España 
guerrera y conquistadora del siglo XVI — la de 
Fernando el Católico y de Carlos V. . . — Armada 
de todas armas, aventurada al azar como un ca- 
ballero andante, en la alborada de una civiliza- 
ción hermosa, por entre la selva del fanatismo y 
la ignorancia de la Edad Media, más sombría que 
el bosque de la pintura, libertando — iluminada 
por la luz del lejano descubrimiento — al espíritu 
humano, prisionero y atormentado por los rígi- 
dos principios de la escolástica y de las disciplinas 
místicas. 

¡Cuan interesante resulta, en realidad, contem- 
plar a aquella España, la de las tres mil setecientas 
batallas en la vega granadina, cruzando la soledad 
procelosa del Atlántico, rumbo a las Américas!. , , 
Traía la espada y la cruz como elementos de con- 
quista y civilización; venía en viejas carabelas, 
que casi siempre desarbolaban las borrascas, y en 
galeones mal calafateados, cuyas máscaras de proa 
parecían simbolizar las pasiones de la muchedum- 
bre aventurera que se hacinaba en el entrepuente 
y las crujías; encauzaba hacia las tierras nuevas, 
doradas por el espejismo, todas sus energías y 
aspiraciones, todos sus intrépidos soldados de 
Flandes y las guerras de Italia, y entre el tumulto 
venían también los hidalgüelos sin fortuna, los 
plebeyos audaces, los que tenían cuentas pendien- 
tes con la justicia, gente codiciosa en su mayoría, 
ávida de mandobles que reportaran fama y honra 
y de oro, para adquirir solar y privilegios. Fué 
aquello, dice Lummis, el más grande comienzo de 
la libertad humana, la primera vez que se abría la 
puerta de la igualdad... Y no hubo nadie, por 
pobre o ignorante que fuese, que no pudiera entonces 
crecer hasta alcanzar la plena estatura del hombre 
que dentro de él había. 

Azuzaba al tropel de los argonautas — como la 
bocina de caza a los lebreles — el misterio de lo 
desconocido y los relatos fantásticos en boga, que 
acentuaban con su antinomia los contornos trá- 
gicos de la agonía feudal en que se debatía la 
Europa del Medioevo. Y sobre la osadía y aluci- 
nación de las empresas, fluctuaban — como mur- 
ciélagos espantados por la luz celeste del Renaci- 
miento — todas las vulgares supersticiones de la 
época, que desde la recóndita casucha del alqui- 
mista y el antro de la gitana bruja habían cundido, 
cristalizando fábulas prismáticas en las concien- 
cias plenas de fe y de esperanza . . . 

Pero lo que más asombro causa es observar la 
transfiguración repentina de aquellos nobles aven- 
tureros y soldados mercenarios, al arribar e inter- 
narse en las tierras vírgenes que los siglos habían 






ISiON 



velado tras la sombría incógnita oceánica. De 
hombres transformábanse en héroes, actores de 
hazañas nunca vistas. Resplandecían en ellos las 
más altas cualidades de la estirpe. Sus individua- 
lidades, absorbidas por la misión épica, pasaban 
a sumarse en el esfuerzo común, integrando una 
entidad preeminente; la España de una epopeya 
grandiosa, sin parangón en la historia humana. 
Por eso, aunque un porquerizo de Trujillo llegase 
a ser el gran conquistador Francisco Pizarro, o 
el arrogante Hernán Cortés se apoderase de todo 
un imperio, o el soldado-poeta Gaspar Pérez de 
Villagrán igualara a un paladín del Romancero, 
o el sin par Alonso de Ojeda hiciera chispear su 
arrojo en cientos de aventuras y combates, una 
vez terminado su cometido eclipsábanse, dejando 
paso a nuevos héroes, a otras figuras bizarras, 
que a su vez desvanecíanse luego, no sin que cada 
una de ellas prestara más brillo a esa colosal y 
gloriosa síntesis que se llama; la conquista y ex- 
ploración del Nuevo Mundo por España. 

El soplo de la Creación, que aun debía circular 
por las regiones de mundo tan maravilloso, pare- 
cía agigantar a aquellos adalides e infundirles el 
vigor preciso para arrostrar los peligros y sobre- 
ponerse a los sufrimientos. Todo presentábaseles 
salvaje, agreste, hostil, amenazador. Las selvas, 
tenebrosas, eran el recinto de la muerte; fatales 
a su intrusión, en la flora, los frutos, la fauna y 
las fiebres; y asilo de los indios, siempre felinos 
e indómitos. Las llanuras y los ríos tenían las mil 
asechanzas de la naturaleza violada y vengativa. 
Y sin embargo esos puñados de españoles, erran- 
tes y desamparados en la inmensidad de estas 
Américas, sembraron y abonaron con su sangre 
y sus sacrificios, en la soledad de los páramos, 



W^". v<'k, .^ }■ 





la simiente de las grandes y prósperas naciones 
que hoy son orgullo del continente. . . ¿Hizo más 
Alejandro el Grande con su falange? ¿Las cam- 
pañas de Julio César, con sus legiones, fueron 
más proficuas?. . . 

Malas versiones, propagadas durante largo tiem- 
po, acumularon cargos injustificados contra los 
españoles de la conquista. Historiadores y nove- 
listas, mal documentados, ofuscaron con sus jui- 
cios erróneos el criterio de muchas generaciones 
americanas y hasta de gentes impresionables de 
Europa, alimentando una creencia que, felizmente, 
ya se va extinguiendo. Esos escritores no supieron 
nunca remontar la vida histórica de los pueblos 
hasta el tiempo del descubrimiento de América, 
compenetrándose de la psicología y las ideas mo- 
rales que predominaban entonces en Europa. Y al 
censurar a los conquistadores y presentarles como 
fascinados por el incentivo de las leyendas co- 
rrientes, no consideraron que tanto los mitos de 
iiEl Dorado», «las montañas de plata del lago Pari- 
me», «el oro de las tribus de Meta», como el de «la 
fuente de la Eterna Juventud», no eran sino deriva- 
ciones de la fiebre de la Crisopeya y de la quimera 
de los filtros de amor, con que la Edad Media 
había mantenido su encanto espiritual y el ingenuo 
romanticismo de la caballería. 

Citemos, nuevamente, al notable erudito nor- 
teamericano Lummis; españoles, dice, fueron los 
primeros que vieron y sondearon el mayor de los 
golfos: españoles los que descubrieron los dos ríos 
más caudalosos: españoles los que por vez primera 
vieron al Océano Pacífico; españoles los primeros 
que supieron que había dos continentes en América: 
españoles los primeros que dieron la vuelta al mundo. 
Eran españoles los que se abrieron camino hasta las 
interiores lejanas reconditeces de nuestro propio 
país (Estados Unidos) y de las tierras que más al 
Sud se hallaban y los que fundaron sus ciudades 
miles de millas tierra adentro. . . 

Y no solamente fueron españoles los primeros 
conquistadores del Nuevo Mundo y sus primeros 
colonizadores, sino también sus primeros civiliza- 
dores. Ellos construyeron las primeras ciudades, 
abrieron las primeras iglesias, escuelas y universi 
dades: montaron las primeras imprentas y publi- 
caron los primeros libros: escribieron los primeros 
diccionarios, historias y geografías: y trajeron los 
primeros misioneros. . . 

Yo he bañado mi espíritu en las fuentes histo- 
riales de esa epopeya, y lo sé. . . Por eso, cuando 
me abstraigo en meditaciones sobre la grandeza 
y la prosperidad de América, paréceme que en el 
fondo de su luminosa civilización actual, allá en 
lo más profundo de la infancia de estas nacio- 
nes resplandecientes de progreso y porvenir, se 
agitan — contra un crepúsculo indefinid o — vetus- 
tas siluetas épicas, en confusos tumultos de com- 
bates; y aunque las medias tintas no me dejan 
apreciar con exactitud la fisonomía de las cosas, 
oigo el chocar de las armas que me dicen de la 
lucha española, del concepto de una raza superior 
y extraordinaria, en su esforzada contienda por 
el porvenir de un mundo... Y me invade la 
misma melancolía que a los pescadores de las 
costas de Bretaña cuando escuchan las campanas 
de la ciudad de Ys, y la imaginan sumergida 
para siempre bajo el mar. 



'i" JULIÁN DE CHARRAS. 

DIBUJOS DL • ^VUON^O 




wv^vvvvv.^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^vwd^vvw^v-^^Vb^lVVVV^^vvvliVAVvw^v^ 



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CUADROS URBANOS. 



lí•JVi^A^JVVv^J•^iflA^WAr^^dVV■.v•^Vi^Jvv^^Ar*■.vw^ñiWiAftrtAVVJV^^ 




EN LA CALLE FLORIDA 



GOUACIIE DE ALONSO. 



-i3i_;s^^ 



>>=s.— 




Lo digo sin el menor asomo de vanidad: tengo 
dos relojes. ¿No hay quien tiene dos lunares? Pues 
yo tengo dos relojes. Uno de ellos es despertador; 
el otro no es despertador, es de pared, con cam- 
pana, una campana de sonido agradable, que anun- 
cia las horas con lentitud, pausadamente, con so- 
lemnidad y elegancia. Y con todas estas bellas 
cualidades pagué por él veinte pesos. 

El otro, el despertador, es más modesto, pero 
mucho más simpático. Estos dos relojes han na- 
cido para prestarse mutua ayuda, se identifican, 
se completan y en algunos casos, mediante ciertos 
cotejos y comprobaciones, suelen servir hasta para 
averiguar la hora. Separados, creo que no servi- 
rían para nada. 

El despertador, en lugar de tenerlo en la mesa 
de noche como es costumbre, está pendiente de 
un clavo, en la pared, a la derecha de mi cama, 
y de este modo, con sólo abrir los ojos puedo decir 
la hora que marca, pues saber la hora justa es 
empresa un poco más complicada de lo que parece. 

He meditado muy seriamente sobre las causas 
de mis preferencias por el despertador, y las ex- 
plicaciones que me he dado no me satisfacen del 
todo. En pocas palabras: que no sé porqué me es 
más simpático este reloj que el otro, pues tengo 
bien en cuenta que pesa sobre él una opinión de 
estética que le favorece bien poco. El reloj desper- 
tador y la caja registradora son los dos objetos 
modernos más antiartísticos que se conocen. No 
sé a cual de los dos se le podría adjudicar el premio 
del mal gusto, pero tengo por seguro que si los 
hubieran inventado los helenos se desacreditan. 

Es verdad que todo objeto que esté niquelado 
me es profundamente antipático; huele a bazar, a 
pacotilla. El níquel se ha inventado para comprar 
los diarios y pagar el tranvía; nada más. Todo 



lo que sea sacarlo de estas dos funciones es des- 
naturalizar su esencia. 

Hay otro metal moderno que rivaliza con el 
níquel en mis antipatías: el aluminio. Trate cual- 
quiera de tomar un objeto que esté fabricado con 
esta materia; la costumbre nos hará suponer un 
peso calculado al volumen, y al suspenderlo no- 
taremos con desagrado que no pesa nada; parece 
una estafa. Dicen que no se oxida. ¿Y a mi qué? 
¡Que se oxide, pero que pese! 

Y volviendo al objeto de estas líneas. Decía que 
el coruscante despertador es objeto de mis prefe- 
rencias sin que pueda determinar las causas, aun- 
que bien pudiera influir su «espíritu» independien- 
te, sus procedimientos anárquicos, una franca re- 
beldía a cumplir la misión para que ha sido creado; 
es, lo que pudiéramos llamar, un despertador 
<'malgré luí». Ya sabemos que, a más de marcar 
las horas, puede servir el reloj como símbolo de la 
regularidad, del método. Pero el mío, no. El mío 
funciona como le da la gana, sin tener en cuenta 
los fines de su complicado organismo. La marcha 
del sol, los meridianos, los sextantes, los cuadran- 
tes y los observatorios le tienen muy sin cuidado, 
y así a las tres marca las dos, a las cinco las cua- 
tro menos diez; y si se le ordena que despierte a 
las siete lo hace a las ocho y media o no lo hace a 
ninguna hora. A veces, y como en un alarde de for- 
malidad, marca la hora justa, pero en seguida se 
arrepiente y vuelve a las andadas. 

Estas ecuaciones de mi despertador me obli- 
gan a continuos ejercicios mentales y me adies- 
tran en la resolución de problemas matemáticos. 
El reloj de pared (que no tengo a la vista, por estar 
en la habitación inmediata) adelanta siete minu- 
tos cada diez días; y el despertador atrasa siete 
minutos por día. Así, pues, la diferencia en diez 
días, — suponiendo que empiecen a andar a las 
doce, — será: 

Pared: adelanta 7 minutos ^^ 12'7m. 

Despertador: atrasa 1 hora y lOm. --^ lO'SOm. 

Diferencia: 1 hora y 17 minutos, en la marcha 
de ambos relojes; una verdadera enormidad que 
yo, decorosamente, no puedo consentir. 

Esto es en diez días. Al trimestre, naturalmente, 
la diferencia se acentúa de tal modo que, el reloj 
que adelanta marcará, pongo por caso, horas que 
corresponden al día siguiente; y el que retrasa 
estará haciéndose el chancho rengo en alguna hora 
de la semana anterior. Y como esto es un verda- 
dero abuso estoy dispuesto a reprimirlo con mano 
de fierro. ¿Qué pasaría si estos dos relojes perte- 
necieran a una repartición pública, como yo? 
Habría necesidad de llevarles una contabilidad 
especial para liquidarles sus haberes a fin de mes, 
y esto no es posible porque el Estado no está para 
nuevos gastos y entorpecería el regular funciona- 
miento de las supuestas reparticiones. 

Apesar de los pesares, con estos pequeños pro- 
blemas consigo varias cosas provechosas al mismo 
tiempo; Ejercitar el cerebro que va adquiriendo 
cierta agilidad en los cálculos haciéndome conce- 
bir la esperanza de llegar a dominar el álgebra; 
convencerme de que ni aún mecánicamente puede 
existir una armonía capaz de avergonzar a los 
hombres; permanecer más tiempo en la cama, y 
llegar tarde a la oficina. 

Pero aún hay más: se ha exaltado mi amor pro- 
pio de tal modo por la concordia, que poco he de 
valer si no consigo que mis dos relojes marchen 
de acuerdo. Para ello llevo prolijas anotaciones de 
fechas, horas, minutos, retrasos y adelantos; una 
especie de teneduría de libros donde apunto lo 
que un reloj debe al tiempo y lo que el tiempo 
debe al otro reloj. Algo así como esas partidas 
que yo he visto en los libros de comercio y que 
dicen: «Varios a Caja», «Caja a Varios». Aplico 
este conocido sistema a mis relojes y espero que 
me dé buen resultado, apesar de que no sé ni una 
sola palabra de teneduría de libros. 

Firme en mi propósito de conocer hasta el fon- 




do el alma mecánica del reloj de 
mis predilecciones, cada dos días y 
después de prolijos reconocimientos, 
meto mano a la serie de palancas y 
manijas que están en la parte pos- 
terior del despertador, — algunas 
con una fleohita indicadora, segura- 
mente puesta para despistar — y 
las hago funcionar por palpito, pues no me fío 
de las inscripciones aclaratorias grabadas en idio- 
ma desconocido. A cierto amigo pedí la traduc- 
ción de una palabra puesta al lado de una de esas 
palanquitas que sobresalen de una ranura, y lue- 
go supe era el nombre del fabricante; si el reloj 
hubiera hecho caso a la indicación de mi amigo, 
a estas horas está en Norte América persiguien- 
do a Pancho Villa. 

Hasta ahora, todo esto tiene para mi el encanto 
del misterio. Todavía no he dado con el secreto 
que ha de hacerme dueño definitivo del rebelde 
despertador; pero así como Champollión, a fuerza 
de paciencia, llegó a descifrar los jeroglíficos de 
las pirámides, mi nombre ocupará un lugar pre- 
ferente en la historia, como «El único hombre que 
llegó a dominar a su antojo un despertador de 
cuatro pesos». 







^^^^^^^j^ ^^ dikfoí de 



^^i^a t¿>x- 



UISTOQIA DE MAGDALENA AHICA DC LA QlCN DLANTADA 



I 

Añora es la Virgen de Agosto, cuando la tierra 
está madura. Magdalena, apresta a bailar tu cuer- 
po, porque los tiempos están también maduros 
y de la rama del porvenir caerá, en el centro mis- 
mo del círculo de tu danza, esta dorada fruta llena 
de aromas, que tú llamas un novio. 

Un novio es la plena claridad de los cielos hecha 
mirada y el pleno sentido del mundo, hecho mos- 
tacho. Un novio es una cosa fuerte como el vino 
y dulce como la torta esponjosa que venden en 
la tahona. Un novio llega, mira, dice una sola 
palabra y ya toda tu pequeña vida queda suspen- 
sa y temblorosa como una sutil telaraña en el 
bosque, que se sostiene en sólo una rama y no 
sabemos si estará allí dentro de un instante. 
Un novio es alguien que baila, pero no mucho. 
Ha venido para la fiesta y nadie del pueblo le 
había visto aún. Vino solo en una tartana, con 
una maleta de cuero y níquel que 
lleva grabadas sus iniciales. Es 
amigo de unos jóvenes que tú 
conoces demasiado y al principio 
parecía que sólo hubiese venido 
para bromear con ellos y hacer 
burla de todo. Las jóvenes le ha- 
béis visto al pasar y no se sabe 
cual ha narrado la maravillosa 
historia. Se llama Pons y Serra, 
se llama Ignacio de Fuster, se 
llama Solé y Sola, se llama sim- 
plemente Luis. Las letras de estos 
nombres parecen escritas en dia- 
mantes rosa sobre el platino de 
una joya, o dibujadas en la noche 
con cohetes, estrellas y clarísimas 
bengalas. Le falta un año para 
terminar la carrera. Cuando falta 
un año para terminar la carrera 
la vida se ensancha, ante los ojos, 
como un diorama en un anfiteatro 
vasto. Sobre la frente del joven a 
quien falta un año para salir de 
facultad, brilla un sol de oro que 
le tiñe de encarnado hasta el blan- 
do de las orejas. Su sangre circula 
triunfalmente, pero con perfecta 
seguridad. Puede entrar, mirar a 
su alrededor, sentarse y subir, ya 
a punto de sentarse, los dos plie- 
gues verticales del pantalón. Lle- 
va sobre los zapatos blancos unos 
calcetines morados con flores ne- 
gras, y mirarlos es cosa turbadora 
como un pecado. También lleva 
en el ojal una flor, que acaso le 
ha sido ofrendada por una mujer. 
Saca un diario del bolsillo, en- 
ciende un cigarro y así podría 
pasar horas y horas fumando y 
leyendo. Pero he aquí, que, sú- 
bitamente, le empuja su destino. 
Se levanta, le acompañan sus ami- 
gos y avanza hacia tí, doncella. 
Se detiene, podría volver a sen- 
tarse, podría desviar su camino. 
Pero no, avanza hacia tí, avanza 
hasta tí. Y ahora los amigos te 
dicen su nombre y ahora hay 
una silla vacía a tu lado. Y acontece que él se 
sienta en ella y tú le preguntas, ya turbada, si es 
esta la primera vez que ha estado aquí. 

¡Brillad, astros del cielo; brillad claras luces del 
entoldado; agitaos, abanicos, como aplausos de 
multitud; incensiad más intensamente buqués flo- 
ridos que estáis preparados para el baile de ramos! 
El galán sigue sentado a tu vera y no se va y 
charla que charla. No sabrías decir cómo tu aba- 
nico se halla en sus manos y él se hace aire y tú 
sientes como de él a tí llega tu propio perfume. 
Y adivinas que, como se ha hecho dueño de tu 
abanico, se hará señor y maestro de tu vida. 
Cuando él ha bailado contigo ya no se te acerca 
nadie más. Ahora cierras los ojos y te das a ima- 
ginar que todos los hombres y todas las mujeres 
son tus enemigos y corres un gran riesgo y él es 
quien te ampara. Tus padres acaban de morir y 
tú no tienes miedo porque él está contigo. Un no- 
vio es la esperanza misma que habla al oído y 
tiene dos brazos fuera de ti. Es la delicia de la 
sangre y el mago que tiene la llave de todas las 
primaveras y todos los veranos que están por venir. 
Los novios a quienes falta un año para terminar 



la carrera, pueden casarse de aquí a dos años. 
Mientras tanto, cada día dan una nueva seguridad, 
como una almohada más para el reposo. Y se es 
dichosa y se es orgullosa y se es distraída y enso- 
ñada y se piensa en la bella camisa que hay que 
adornar y en la alegría de los pisos recién puestos, 
en los que los armarios de luna pueden sobresaltar 
todavía, en la obscuridad, al entrar sin luz en 
una habitación que no se conoce aún pero que 
ya ha recibido el más grande secreto de la 
vida. 

Ahora es la Virgen de Agosto, cuando toda la 
tierra está madura. La Virgen de Agosto es como 
un árbol bello, que regala, a la doncella que danza 
a su pie, un novio magnífico que centra el círculo 
de su bailar. 



. . .Pero viene la lluvia, ¡oh, Magdalena que es- 
perabas el don de un prometido del árbol de la 




Virgen de Agosto! Viene la lluvia, rica y sonora; 
y así ha caído, podrido, desde la rama, el fruto 
que estaba en sazón. Viene la lluvia y en la alcoba 
obscura se siente cohibida y ociosa tu pobre alma 
pequeñita, herida por la gran injusticia de las 
cosas. Una lluvia, en medio del verano, es como 
un momento del invierno que nos pone ceniza en 
la frente. Recuerda Magdalena, que el verano es 
breve y que cada hora que pasa es una esperanza 
que se va. Recuerda que la ilusión pende de un 
minuto y que hay azares que, como perros ham- 
brientos, pueden devorar los minutos de la ilusión 
y llenarse, de su sangre, la boca. Recuerda que una 
fiesta es frágil negocio y que la felicidad nacía de 
una fiesta; y los truenos que ahora retumban por 
las montañas quiebran tu ensueño, como se quie- 
bra un cristal. 

Hay en la obscura alcoba de una casa de campo 
una doncella que llora porque llueve... Reíos, 
labriegos brutales; reíos, criadas malignas. Reíos, 
viejos calaverones cínicos que ahora en el Casino 
jugáis vuestra partida de billar. Hay una doncella 
que llora porque no hay fiesta y toda su esperan- 
za estaba en la fiesta y en su resplandor. Reíos, 



follajes goteantes y pomposos. Ríete, tú, tierra 
reanimada por la humedad. 

Los pobres corazoncitos tienen sus pequeñas 
tragedias y la vida es pobre porque la enflaquecen 
la lluvia y la muerte. Los novios, a quienes les 
falta un año para acabar la carrera, no se mues- 
tran cuando llueve y sus pulidos zapatos blancos 
no pisarán el barro. De aquí a una semana es la 
Virgen de las Mercedes, de aquí a unas semanas 
más, Todos los Santos y el Día de los Muertos. 
Y vendrá la muerte para tí, doncella, antes de 
que haya venido, para tí, la vida; porque un año, 
el día de la Virgen de Agosto, la lluvia estorbó 
una fiesta. 

Pasa una mujer calzada con zuecos y que lleva, 
bajo la lluvia, la cabeza cubierta con la falda. 
Pasa un muchaohuelo silbando; y porque pasa por 
el establo levantan las bestias .'un gran mugir. 

Ya no pasa nadie más. . . Es el día de la Virgen 
de Agosto y no hay fiesta, y en las cerradas alco- 
bas la vida se aparece a las mu- 
chachas como un largo camino 
sin consuelo. 

III 

. . .No llovió mucho y la noche 
fué opulenta en astros, en músi- 
cas ya cercanas, ya lejanas, y en 
bailes. Magdalena salía a la Ram- 
bla, con la mano extendida por 
ver si llovía aún. Un llovizneo la 
mojaba. Pero provenía de los ár- 
boles; de los árboles que se sacu- 
dían, con rumor jocundo, bajo 
las estrellas fulgurantes. 

La Virgen de Agosto no trajo 
esta vez un prometido. Trajo tres 
cortejadores. No importa; todavía 
sube más arriba la esperanza. 
Tres cortejadores, tres cortejado- 
res para escoger. Uno es alegre 
como un cascabel. Otro, formal 
y confortante como un sincero 
apretón de manos. El otro, es de 
aspecto triste y tiene en la mirada 
todas las dulzuras. Si el uno 
acompañaba a Magdalena en los 
bellos valses, el otro platicaba 
más tarde con ella y el tercero la 
contempla desde lejos. Así la fe- 
licidad de Magdalena se vestía 
de tres ilusiones como de tres 
túnicas. La túnica que engalana, 
la túnica que abriga y aquella 
otra escondida que acaricia a 
flor de piel. 

Ahora va a nacer el día y sobre 
las sábanas en desorden hay una 
pálida doncella desvelada. Don- 
cella, doncella, tú habías soñado 
un cortejo y te ha sido dado 
Amor. Tú querías agua para tu 
sed y te han servido el vino tras- 
tornador. Tres cortejadores no 
valen lo que un novio; pero son 
algo más embriagante que un no- 
vio. Un novio es vida, y tres cor- 
tejadores son demasiada vida. 
Pedías dulzura y he aquí las vo- 
luptuosidades. Pedías consuelo y 
he aquí el orgullo. El orgullo es una corona de 
fuego que cerca la frente de las doncellas derra- 
mando en su corazón cada minuto una gota de 
un veneno verde y pastoso como una esmeralda 
deshecha. Se tienen diez y ocho años, se tienen 
veinte años y el orgullo hace mover la cabeza 
como una reina y sentir, bajo la espuma de las 
muselinas, la infernal pujanza del seno en flor. 
Se tienen diez y ocho, se tienen veinte años, y es 
como una fiesta. Ya no hay que llorar; que la be- 
lleza se trae su propia fiesta y se han tenido, en 
una sola noche, tres cortejadores. Pero hay que 
enfebrarse, que la vida no es dulce, sino ardiente. 
He aquí los amores y las historias de amor. He 
aquí la pasión que conmueve, de que hablan las 
canciones y las leyendas. He aquí tres novelas de 
amor en una noche, porque la lluvia no fué larga 
y los árboles goteaban ijajo las estrellas; porque 
se tienen veinte años y se ha sentido, al valsar, 
el placer profundo de inclinar sobre un hombro la 
cabeza y de cerrar los ojos. 

Eugenio d'Ors. 

(XENIUS) 
UIÜL'JÜ DE FRIEDRICII. 



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LA VIDA EN CAMPANA 



EL DOMINGO EN LA ESQUINA 



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Caía la tarde, una d3 aqusUai tardas grises y 
frías del pasado invierno. La noche implacable 
cubría el horizonte con los pliegues de su manto, 
envolviéndolo todo en sombras, desdibujando e! 
contorno de las casas, desvaneciendo la silueta de 
los transeúntes. 

Cruzando a saltos los charcos da agua verdosa 
y haciendo zig-zags de vereda a vereda, recorría 
la calle el farolero, dando luz a los clásicos faroles 
de petróleo, que aún quedan en el infecto y panta- 
noso barrio de Nueva Pompeya. 

Frente a uno de aquellos faroles, sostenido por 
raro equilibrio con dos palos a la esquina de una 
tapia en ruinas, frente a uno de aquellos faroles 
cuyo mortecino resplandor dibujaba en el suelo 
una claridad de luz amarillenta, agazapado en la 
sombra, con el ala del chambergo sobre la frente, 
apercibí un hombre que pintaba. 

¡Pintar allí en aquella soledad, a esa hora y ante 
aquel panorama de sombras interrumpido sólo de 
cuando en cuando por la luz de un farol parpa- 
deante!. . . ¡Qué cosa extraña! ¿Quién sería aquel 
artista de tan raro gusto? Me acerqué curioso y 
me encontré con Pío Collivadino. el director de 
nuestra Academia de Bellas Artes. 

Collivadino tomaba apuntes. 

— Hace varios días, vengo a este rincón a es- 
tudiar el ambiente, la luz confusa y sombría de 
estos barrios al caer la tarde! Todo aquí es pinto- 
resco . . . Vea qué característica es esa tapia con 
el farol completamente colonial. . . ¿No cree usted 
ver surgir de pronto entre las sombras un caba- 
llero embozado?. . . Mire aquella casa que apenas 
se dibuja. . . ¿A su ventana de rejas, no le parece 




ver asomarse una hermosa mujer tocada con la 
clásica peineta de antaño? Este barrio es muy 
poético. . . es original. . . Esta luz crepuscular, es 
mi nota de color preferida. . . Cuando fui estu- 
diante en Roma, recuerdo haber pintado con en- 
tusiasmo una impresión nocturna de Villa Médicis, 
la residencia de los pensionistas de arte. . . Tengo 
otros cuadros... muchos, con notas de este am- 
biente. . . Hasta uno pintado también, entre dos 
luces, en el Tandil, en aquel valle admirable por 
su serenidad, en cuyo centro está enclavado el 
caserío de los canteristas. Aquel caserío pardo, que 
apenas se levanta del sueb. . . con el humo carac- 



terístico de sus chimeneas, que se alza recto hasta 
perderse en el azul del cielo como si quisiera per- 
forarlo . . . 

Collivadino cerró su pequeña caja de pinturas 
y echó a andar junto a mí. Afable y cariñoso, siem- 
pre contento y siempre sonriente, coloradote y 
amable, tiene nuestro artista algo de chico mofle- 
tudo y bonachón. 

Todavía se recuerdan las travesuras de aquel 
estudiante que traía revuelta la colonia artístico- 
crioUa de la Ciudad Eterna. Fué el alegre com- 
pañero que ayudaba a disipar las nostalgias con 
bromas ingeniosas. 

Y aún continúa siendo el camarada de carácter 
jovial, el que acierta a inspirar cariño a todos 
sus hermanos en arte, cosa difícil de conseguir 
en los hombres de cualquier gremio. 

Mientras caminábamos en dirección al centro 
de la ciudad, por aquellas calles que él tanto 
conoce y quiere y donde tanto le quieren y le 
conocen, inicié mis acometidas reporteriles. Sin 
caer en la pose, sin rebuscar vocablos, sencilla y 
llanamente, Collivadino empezó a hablar. 

Mucho y bueno dijo, aunque al principio tra- 
tara de eludir el tema. 

A las pocas palabras, dando rienda suelta a su 
pensamiento, me hacía confidente de sus ideas 
sobre el arte nacional. Collivadino tiene una cua- 
lidad artística por encima de todas: es un sincero! 

¡Y hace tanta falta un poco de sinceridad en 
nuestro ambiente artístico! Son tan pocos nues- 
tros pintores que dan lo que sienten, lo que real- 
mente nace de su inspiración . . . ¿Por qué tal afán 
de imitaciones? ¿No es acaso esta tierra rica e.i 




— OL^V/TS 



paisajes, en luz. en ti- 
pos, en costumbres?. . . 
¿A qué buscar en An- 
clada. Zuloaga a Ro- 
mero de Torres la fuen- 
te inspiradora? Por esc 
camino no llegará ja- 
mis el artista nacional 
que perdure en el lien- 
xo el alma de la patria! 
Y de esto se lamenta 
tristemente Ro Colli- 
vadino, porque siem- 
pre ha visto con más 
cariño el producto de 
una espontaneidad 
aunque tenga defectos, 
que el fruto incons- 
ciente de una imita- 
ción que por buena que 
sea. será siempre falsa. 
hueca, sin alma, por- 
que en ella no puso la 
suya el autor. 

Por su larga labor 
artistica. es QjUivadi 
no uno de los represen 
tativos de nuestra pin- 
tura, y por su carino a 
las cosas de la tierra, 
uno de los que má5 me- 
recen el titulo de artis- 
ta nacional. Por todo 
esto me pareció que in- 
teresaría a los lectores 
de Plvs Vltra cono- 
cer algo de su vida, y 
le pedí que contestase 
a unas cuantas pre 
guntas. 

Collivadino, a quien 
muchos creen italiano, 
es argentino, porteño 
nada menos, nació en 
Buenos Aires el 20 de 
agosto de 1869. 

Andando Íbamos por 
las obscuras calles 
del barrio suburbano 
y G>llivadino. evocan- 
do sus recuerdos, con- 
testó a mi pregunta 
sobre el origen de su 
afición artistica. 

— Se despertó en 
mi . . . a la edad de tre- 
ce años. Siendo alum- 
no de la escuela Nor- 
mal de Profesores y 
con motivo de una vi- 
sita médica que hicie- 
ra el doctor Roberts a 
ese establecimiento, se 
me declaró enfermo de 
una afección ocular 
que hasta entonces no 
había yo advertido, 
circunstancia que me 
impidió s^uir los estu- 
dios, consagrándome 
durante año y medio a 
la curación de mi vista. 
Apesar de ello, no pude 
obtener el certificado 
correspondiente para 
reingresar en la escuela. 

• En aquella época 
mi padre tenía una em- 
presa de carpintería, y de cuando en cuando yo le 
acompañaba a visitar las obras que estaba hacien- 
do. En cierta ocasión, me llamó la atención un 
decorador que coloreaba las rosas de yeso de un 
cielo raso, y al volver a casa, entusiasmado, ex- 
presé a mi familia el efecto que me había causa- 
do, repitiendo con frecuencia: ¡caramba, cómo me 
gustaría saber hacer eso! Tanto insistí que mi 
padre concluyó por pedirle al decorador que me 
enseñara el oficio. En efecto, pocos días después, 
me convertía en su ayudante, y así, modestamen- 
te, dio comienzo mi vida artística, llena de entu- 
siasmos juveniles, que, créame, se ha conservado 
a través de los años y apesar de las vicisitudes y 
escollos que se interponen en el camino del arte. 

— ¿Qué estudios ha seguido usted? 

— Hasta los veinte años de edad no había yo 
realizado estudio serio ninguno, y como aumen- 
taron mis inclinaciones artísticas resolvió mi padre 
enviarme a Roma para que me perfeccionara en 
las artes decorativas que había iniciado aquí sin 
ninguna dirección inteligente. Cuando llegué a 




COLLIVADINO, 


PINTANDO UNA ESCENA 


CALLEJERA, 


EN NUEVA 


POMPEYA. [ 


(EN CÍRCULO 


1 HACIENDO 
FUERTE. 


UN AGUA 

1 



Roma, resultó que lejos de perfeccionar estudios 
como yo había proyectado, tuve que comenzarlos, 
e ingresé al primer curso elemental de la Real 
Academia, de donde salí después de haber cursado 
los seis años de estudios regulares. 

<' Durante tres años, practiqué después la téc- 
nica de la pintura al fresco, con la esperanza de 
volver aquí y dedicarme a esta especialidad. Pero 
adquirí en la práctica un resultado tan satisfac- 
torio, que el célebre fresquista italiano César 
Maccari, me pidió que le ayudara en la ejecución 
de los frescos del Palacio de Justicia de Roma, a 
lo cual accedí, naturalmente, teniendo el honor de 
secundarlo en esta obra durante más de un año. 
De sus largos viajes por Europa y de sus visi- 
tas a los Museos, ¿cuál es su recuerdo más grato? 

— - He recorrido, en efecto, casi todas las ciuda- 
des del viejo mundo, y en todas ellas he recibido 

una impresión tan di- 
versa del arte que me 
seria difícil determinar 
cuál es la preferida. 
He visitado igualmen- 
te todos los Museos 
principales y a mi jui- 
cio, todos ellos rivali- 
zan en su tesoro artís- 
tico. 

— ¿Tiene usted en- 
tre los pintores mo- 
dernos alguno prefe- 
rido? 

— Sí, uno, sobre to- 
dos; Segantini, porque 
siente como yo y ve 
como yo el arte, reali- 
zándolo con admirable 
maestría. . . Segantini 
seria el gran pintor de 
nuestra Pampa, de 
nuestras montañas, de 
nuestro cielo . . . 

— Sería interesante 
saber cómo busca us- 
ted los asuntos para 
sus cuadros, y qué opi- 
nión tiene usted de sus 
colegas. 

— No tengo prefe- 
rencia determinada en 
la elección de asuntos; 
procuro siempre inspi- 
rarme en la naturaleza 
que contemplo, tratan- 
do de fijar en el lienzo 
las emociones que esa 
misma naturaleza me 
produce. En cuanto a 
la opinión que tengo de 
los demás pintores, le 
diré que todos ellos me 
inspiran el mayor res- 
peto, y que en cuanto 
a sus manifestaciones 
de arte podrán ser todo 
lo discutibles que se 
quiera, pero debe reco- 
nocerse que todos sus 
esfuerzos se desarro- 
llan dentro de un crite- 
rio eminentemente ar- 
tístico. Prueba de ello 
es el resultado obteni- 
do en este sexto Salón, 
en el que a mi juicio se 
refleja un gran progre- 
so, tanto en pintura 
como en escultura. 

— ¿Se ha dedicado usted a trabajos decorativos 
fuera del que hizo en el Palacio de Justicia de 
Roma? 

Sí; ya creo haberle dicho, que el arte decora- 
tivo ha sido siempre mi ideal. En Roma he deco- 
rado varias iglesias y palacios; en Montevideo de- 
coré la Capilla del Santísimo Sacramento, y en 
colaboración con el malogrado compañero Carlos 
M. Herrera ejecuté las decoraciones del teatro 
Solís. Además tuve el honor de hacer los panneaux 
decorativos del hall del Pabellón Argentino de la 
Exposición de San Francisco de California. . . 

Llegábamos a casa del pintor, calle Sáenz Peña, 
1508, y en ella lo dejé, con la amenaza de una 
visita fotográfica con que ilustrar este deshilva- 
nado reportaje, escrito con la buena intención, 
pretenciosa quizá, de darte a conocer, lector, un 
poco íntimamente, a este pintor que tiene el sano 
empeño de trasladar al lienzo la misteriosa poesía 
que guardan en su seno las cosas de esta tierra. 

Emilio Dupuy de Lome. 




>^.--'.-wj.-»ta>-g^ , I ■ii|niiw«»j-.wiMiiim .l.llKaiy^.°^«g'-■a^■^|B■B^»gaP^? 



■ 1 



ARTE NACIONAL 



INTERIOR DE LA IGLESIA SANTA MARÍA DE LA PAZ, EN ROMA 

ÓLto (inconcluso) df. pío collivadino 




PLV* • 
. VLTPA, 



— p:>IJ^^':S "V'LnrKJyX— 




e^OCETOV 
■ EL 



- DEL - AJ/\TVR/\L 
DI^VJ/XNTE ■ 



Existe en nuestra in- 
mensa metrópoli una fi- 
gura casi desconocida 
de todos: el dibujante. 

Como en las grandes 
ciudades, este obscuro 
artista se halla incorpo- 
rado definitivamente a 
nuestra escasa vida in- 
telectual, y su labor 
constante y casi anóni- 
ma pasa como una rá- 
faga, fijando un mo- 
mento nuestra atención 
para desaparecer en se- 
guida. 

Ave nocturna, sólo se 
deja ver cuando las 
sombras de la noche 
han invadido la ciudad. 
Su vida se desliza silen- 
ciosa y tranquila, obser- 
vando la de los demás, 
luchando valerosamen- 
te en un suelo poco sen- 
sible a las manifestacio- 
nes del espíritu. El pan 
cotidiano tiene que bus- 
carlo forzando el inge- 
nio, aguzando la obser- 
vación que vemos más 
tarde reflejada en los 
diarios y revistas que 
invaden nuestra metró- 
poli, y que no logra dis- 
traer la atención más 
que un momento. 

Rara vez veremos a 
alguna de estas aves ex- 
trañas tomar apuntes, 
fijar en el papel la esce- 
na o el tipo que le in- 
teresa. El temor a la exhibición le cohibe; el lla- 
mar la atención le acobarda; nuestro medio, 
rico en ostentaciones de otro orden, no admite 
todavía esas figuras alegres y pintorescas que 
contemplamos en las ilustraciones extranjeras y 
que parecen patrimonio de las ciudades seculares. 
La pátina del tiempo no ha suavizado aún 
nuestras ásperas costumbres y es probable que 
viéramos una nota exótica e inarmónica en el 
artista que en pleno día se aventurase a tomar 
un apunte en la Avenida de Mayo. 

Por eso, su figura se desliza silenciosa, sin des- 
tacarse entre el bullicio. Su vida interior se ali- 
menta calladamente, contemplando la vida urba- 
na que le envuelve, sirviéndole de campo donde 
espiga los tipos y escenas que luego contemplamos 
un momento con indiferencia. Y en esas viñetas, 
que a duras penas alcanzan a interrumpir nuestros 
prosaicos discursos, no alcanzamos a ver más que 
lo que tienen de superficial, de objetivo, sin llegar 




a penetrar el proceso intime y !a partícula de alma 
puesta en ellas. 

La vida material no le afecta gran cosa y se 
sorprende cuando le acorrala con sus imperiosas 
exigencias. Entra en la realidad empujado por ella, 
momentáneamente, pero satisfechos los urgentes 
apremios de su ley, vuelve de nuevo con nuevos 
bríos a su recogimiento interior, donde sólo impera 
el caudal inagotable de su inagotable fantasía. 

Si queréis conocerle acudid a una de esas expo- 
siciones de cuadros que de vez en vez celebra 
algún artista temerario, más amigo del prestigio 
que del dinero. Allí le veréis, acompañado de dos 
o tres colegas, contemplando los cuadros expues- 
tos, y dando rienda suelta al comentario, mez- 
clando nombres, citando escuelas y tendencias, 
avalorando estilos. Pero siempre temeroso, cohi- 
bido, como acobardado de que alguna opinión lan- 
zada con cierta independencia pueda ser la nota 
discordante de nuestro medio, chato y aplana- 



dor de puro indiferente. 
Frecuenta con perse- 
verancia esos estableci- 
mientos que a él se le 
aparecen como un tor- 
pe remedo de los caba- 
rets del Barrio Latino, 
que sólo conoce por las 
ecturas de las novelas 
francesas; y saturado 
de romanticismo ino- 
fensivo, ejerce su cáte- 
dra entre el grupo de 
hermanos espirituales, 
que reciben con pacien- 
te agrado un diluvio de 
erudición artística y re- 
volucionaria. Pasan es- 
cuelas y preceptos, for- 
mas y maneras. Desfilan 
os nombres de los artis- 
tas célebres, desde Ro- 
binson a Poul-Bot, des- 
de Dulac a Gulbranson. 
La nota exótica adquie- 
re relieve. Y el ambiente 
toma entonces un tono 
cálido y simpático, que 
irradia de aquel grupo 
de jóvenes soñadores e 
ingenuos, últimos pala- 
dines de una bohemia 
que agoniza. 

Por eso, su espíritu 
no está con nosotros; 
vuela a otros países que 
quizá su fantasía le ha- 
ga suponer mejores; y 
este divorcio se refleja 
a cada momento en la 
obra ligera, incompleta, 
un tanto descuidada 
por falta de eco y que raras veces halla compen- 
sación en el comentario benévolo que provoca 
una silueta feliz o la caricatura certera. 

Y durante la noche, a la luz de la lámpara, a 
solas en su cuarto o en la habitación de alguna 
revista, recogido en si mismo, libremente, va fi- 
jando las imágenes sorprendidas o ilustrando el 
articulo que le fué confiado, poniendo en su mo- 
desta obra esa extraña combinación de arte 
y de oficio que habitualmente contemplamos 
impasibles y a veces nos deslumhra. 

No le culpemos, ni seamos demasiado severos 
con nuestro medio que lentamente va cumplien- 
do la ley de la evolución; y admitamos las impa- 
ciencias juveniles del artista, que son su fuerza, 
y el impulso de los nobles sentimientos que ha 
de llevarle, si es de los elegidos, a la aspiración 
suprema y predilecta de su vida. 



6leo ve mavol. 



Julio H. Urien. 



*Ea>=s.— 




San Ignacio. En la costa la colonia nueva. Auna 
legua las ruinas, que no se puede pasar sin ver... 

Llegamos al templo, la obra candida y magna 
de una arquitectura sin arquitectos, — obra del 
indio voluntario y sumiso y del fraile director, for- 
zado a saberlo todo, sin vacilar jamás en la tarea 
dirigente, para mantener en alto su prestigio. 

El frontis del templo, por su grandeza y su in- 
genuidad, se diría que fué obra de la niñez de un 
cíclope. Las esculturas que ostenta evocan en se- 
guida el recuerdo de las portadas de los misales. 
Aquello es más litográfico que arquitectónico; par- 



tiendo de esta hipótesis se supone en seguida que 
los frailes, sin conocimientos técnicos de construc- 
ción ni de ornamento arquitectónico, sin elemen- 
tos con que sensibilizar a los ojos bisónos del obre- 
ro indio el aspecto de los grandes templos de Eu- 
ropa, pusieron a su vista las páginas coloreadas y 
primorosas de los libros sacros, especialmente de 
los grandes misales, para que copiase en las pie- 
dras figuras y alegorías. Y el indio lo hizo fiel- 
mente, burilando grandes ángeles lanzados al vue- 
lo, que tienen la gracia de haber sido trabajados 
alia arriba,' en eHpropio muro, a varios metros de 



altura, entrando en la talla las diversas piedras 
irregulares de que está constituida la pared. 

Uno de los ángeles esculpidos en el lienzo en la 
derecha del frontis, lleva en la mano un vaso sa- 
grado — y allí precisamente ha brotado de la pie- 
dra un delicado helécho, que parece arraigado en 
el cáliz del ángel. La copia escultural es concien- 
zuda y hasta bella, pero carece de proporción y 
gracia en los relieves. En cambio, unas cabezas 
aladas que flanquean los dos grandes paneles en 
que está grabado el escudo de la orden, son pri- 
morosas, de expresión angélica. 




PUERTA DE LA SACRISTÍA, ESTILO 
JESUÍTICO CON INFLUENCIA INdIoENA. 



— r>l_;v/rs 



Se pasa el pórtico, al que daban antiguamente 
acceso cinco o seis gradas que están sepultadas por 
el cascajo y la vegetación que en la tierra movida 
y gorda crece s( saltos. El templo ha sido inmenso, 

- a ojo calculamos treinta y cinco metros de an- 
cho por setenta de fondo. Están en pie también, 
aunque ruinosas y atacadas por la lepra de las 
intempeiiss. llenas de talofitas verdes y de barbas 
df pau. las paredes laterales y la del término, a 
medio derruir, soliviantada por las raices. Pare- 
da muy grande el recinto para una sola nave y 
buscamos rastros de división interior. Pronto di- 
mos con un gran pozo, medio tapado por las 
plantas parásitas: seguimos buscando y hallamos 
dos filas de cavidades iguales, en las que sin duda 
hubo columnas de lapacho o urunday que forma- 
ron las naves laterales. En el interior del templo 
toda una selva vejeta y triunfa de la desolación. 
encantando las ruinas. Y son selectos, se diria 
elegidos a propósito los vegetales que dominan 
allí: naranjos colosales, plantas de yerba, gracio- 
sos «ambais' con hojas verticiladas que se abren 
como abanicos, heléchos delicados como encajes. 
filodendros gigantes que en Buenos Aires valdrían 
nobles precios y que aqui brotan prodigiosamente, 
ahi entre las piedras, allá en las aristas de los mu- 
ros o sobre la copa de los árboles, echando al aire. 
en el extremo de cimbreantes tallos de tres metros, 
sus magnificas hojas de quitasol y dejando col- 
gar el gracioso manojo de sus raices textiles. 
caraguataes monstruosos que lanzan del centro 
obscuro de sus hojas hostiles, como una carcajada 
de color, la nota fulgurante de su gran flor radiada, 
de tan vivo escarlata que no hay lacre, ni sangre, 
ni flor de seibo, ni boca de mujer que den idea 
siquiera de aquel ardiente color. Otras cien bro- 
meliáceas pululan, bracean, forcejean por abrirse 
paso hacia la luz. Y abajo la chusma de yerbas 
rastreras y de bravas ortigas intrinca la maleza. 
hasta el punto de que hay que andar a tajos por 
naves, coros y galerías. 

Adosado al templo está el vasto colegio. Más 
que clases parecen celdas las seis u ocho habita- 
ciones sucesivas de 4 x 4 que componen aquel ma- 
cizo de las construcciones. Es inconfundible e! 
espacioso refectorio que las sigue, seguido a su 
vez de la despensa, en la que hay dos cavidades 
labradas en la piedra, que tanto han podido ser 
nichos de santos como alacenas de dulces regala- 






PUERTA PRINCIPAL DEL TEMPLO. 

dos y vinos generosos. Y hay 
allí también una abertura de me- 
dia vara en cuadro que ha servi- 
do evidentemente para pasar los 
platos de la cecina contigua. 

En esta despensa hizo el señor 
Queirel un interesante descubri- 
miento: observó que un gran naranjo que había 
crecido en el interior de dicha pieza, se empezaba 
a secar rápidamente, y buscando la causa pensó 
que tal vez el árbol había llegado con sus raíces 
a alguna cavidad subterránea y le había faltado 
alimento. Con esta idea hizo cavar allí, y a poco 
dieron con una escalera de piedra, por donde ba- 
jaron a un subterráneo de unos tres metros cua- 
drados. No tenía salida. Sin duda era un sótano; 
pero explorándolo se halló en él una pequeña urna 
de barro, debajo de la cual había una onza de 
oro, y en un rincón de la habitación subterránea, 
apareció a los ojos asombrados de los visitadores 
un esqueleto humano, evocando el final de quién 
sabe qué obscura tragedia. 

La arquitectura del colegio o claustro revela un 
progreso visible sobre la del templo, a la vez que 
una data de construcción más moderna. Eviden- 
temente, los padres jesuítas levantaron primero lo 
más urgente, la casa del culto, dejando para más 



adelante la obra complementaria, que ya acusa 
una idea arquitectónica, un tanteo apreciable ha- 
cia un estilo determinado. 

La portada del claustro es sobria y severa; y una 
puerta interior que va del refectorio a la despensa 
tiene hermosos detalles, sin que acierte a expli- 
carse por qué se esmeraron en esta abertura do- 
méstica, a menos que primitivamente conclu- 
yese la fábrica ahí y fuese esa una puerta exterior, 
quedando más tarde adentro a causa del desarro- 
llo de las construcciones. 

Con gran trabajo, por causa de la lluvia y por- 
que hay que rozar a machete los ásperos maleza- 
Íes, llenos de ortigas gigantes que dejan en las 
manos una impresión de brasa, sacamos hasta una 
docena de fotografías, y entre ellas ésta, caracte- 
rística de la vegetación que allí pulula: sobre el 
capitel de una alta columna que flanquea la por- 
tada del claustro, allá arriba, en un pie cuadrado 
de base, un árbol bellísimo de ocho metros de al- 
tura, arraiga atrevidamente sobre la piedra misma 
y se lanza al espacio. 

La hora de partir se acerca. La lluvia arrecia. 
No se puede seguir. El retorno se hace a todo es- 
cape, resbalando en el barro los caballos, caladas 
las ropas una vez más por la lluvia subsidiaria que 
cae de los árboles estremecidos por el galope. Sólo 
agregaré que ninguna descripción, ninguna de las 
que hay hechas y mucho menos esta mía, dan una 
idea, ni siquiera remota, de la magnitud de las rui- 
nas de San Ignacio, que han de ser algún día, si 
no se las deja destruir por la barbarie, como se 
ha dejado a las de Candelaria, Santa Ana, Santa 
María, Yapeyú, Corpus y tantas otras, objeto de 
verdaderas romerías, de estudio y de meditación 
para las gentes cultas. Sólo allí, frente a frente con 
aquel pasado que aun resiste al olvido con no sé 
qué obstinada fortaleza, se alcanza a comprender 
cuánto pueden hablar aquellos hacinamientos de 
piedra al pensador, al investigador, al arqueólogo, 
al sociólogo, al historiador filósofo. Es preciso con- 
servar las ruinas de San Ignacio, siquiera esas, 
como herencia y recuerdo de una época que ha 
tallado alguna faceta de la civilización argentina. 
El gobierno que tal haga, hará una noble obra de 
previsión y de piedad histórica. 




Manuel Bernárdez. 

fotografías de jorge cullen averza. 



AP.BOL QUE SE DESARROLLA 
TREPANDO POR UH MURO. 




«CORAZÓN DE PIEDRA.), ÁRBOL LLAMADO 
ASl, POR HABER CRECIDO ALREDEDOR DE 
LA COLUMNA (JUE SE VE EN EL CENTRO. 



— p^LA^-s -vurrrayx- 




Artistas, sacerdotes de lo bello^Vuestra misión sobre la tie- 
rra es santa:— Dios es del arte la sublime idea;— Que su reve- 
lación el arte sea.— Del Canto al arte, de Carlos Encina. 

He confiado más de una vez a mis lectoras, cuanto me 
place que frecuenten la intimidad de mi «Home* donde se 
charla de todo un poco, haciendo gala de absoluta sinceridad, 
los viejos amigos de nuestro círculo porteño, y también los 
que supe conquistar en el extranjero, y que el destino suele 
traer a Buenos Aires, tal vez con el único objeto de propor- 
cionarme algunas horas encantadoras... 

Y es así, como un atildado diplomático, a quien conocí 
chiquillo, en una larga temporada que pasamos en San 
Sebastián, y que recuerda sus exigencias de niño, obligán- 
dome a charlar, porque asegura que mis cuentos de ahora, 
son tan divertidos como aquellos del Pájaro Azul, o de! 
Enano Rojo, que me hacía repetir hasta el cansancio, me 
ha preguntado más de una vez: «¿Por qué razón, ninguna 





PINTURA SOBRE MARFIL, DE LA 
SEÑORA JULIA CALVO DE ABELLA. 

de las damas altamente colocadas en la sociedad porteña, 
expone cuadros, miniaturas, o esmaltes, que sean obra de 
sus manos? No he de hablarle a usted, ahora, del derroche 
de belleza y elegancia de que hacen gala sus compatriotas; 
no, amiga mía; deseo documentarms sobre temas menos 
conocidos, y darle a usted argumento para nuevos cuentos 
de hadas. . . He conversado con muchas porteñas cultísimas ^ 
he oído a concertistas de primera fila, pero parece que estas 
argentinas, tan capaces de realizar cuanto se proponen, 
no tuvieran la menor inclinación por el arte del divino 
Rafael . . . 

Se conoce que es usted absolutamente extraño a nuestro 
ambiente, exclamé: ignora la modalidad más común en la 
porteña de alta alcurnia, cuyas inclinaciones artísticas la 
hayan hecho dedicar al estudio largas horas de su vida. . . 
Es casi siempre tan modesta, desconfia tanto 
de su propio mérito, que guarda celosa- 
mente para el hogar, o sus vinculaciones 
más íntimas, lo que ella cree "ensayos^) y que 
suelen ser. sin embargo, acabadas obras de 
arte; pero el exhibicionismo la horroriza. . . 
Y de esta conversación, surgió el anhelo 
de hacer conocer las aptitudes de algunas de 
nuestras más distinguidas aficionadas, entre 
las que contamos personalidades consagra- 
das ya como ar- 
tistas de primera 
fila, por los que 
han podido va- 
lorar sus obras. 
Entre aquéllas, 
ha descollado 
siempre la seño- 
rita Hortensia 
Berdier, dama 
de espíritu cultí- 




MINIATURA PINTADA SOBRE MARFIL, 
POR LA SEÑORITA DELIA GUERRICO. 




CABEZA ÜE ESTUDIO, ÓLEO DE lASE.JORlTA HD:íTENSIA BERDrER 





simo, y que a pesar de su activa y prestigiosa actuación 
mundana, ha dedicado ai arte las mejores horas de una 
existencia llena de halagos: la artística cabeza que ha con- 
sentido reproduzca Plvs Vltra, afirma el mérito de su 
obra, consagrada ya por el juicio de la crítica; pero tie- 
nen además sus aristocráticas manos, el maravilloso don 
de las de Madeleine Lemaire. y nadie sabrá pintar como 
ellas las luminosas flores, que parecen de algún jardín de 
ensueño. . . 

El arte de la miniatura, arte femenino por excelencia, 
cuenta en todas las épocas con cultoras admirables, como 
la célebre veneciana Rosalba Carrera, como la seductora 
Madame Viegée Lebrun, a quien tanto distinguió María 
Antonieta, influyendo poderosamente en el ánimo de la 
célebre pintora, para que se dedicara al primoroso arte que 
fascinaba a la desventurada soberana. La mujer argentina, 
ha demostrado siempre gran predilección por la miniatura, 
y si la señora Luna Alston de Gallegos, dama distingui- 




OLE0 SOBRE MARFIL, DE LA 
SEÑORA CALVO DE ABELLA. 



disima, cuya serena y delicada belleza sería ideal inspiradora 
para el arte que cultiva con tan acabada perfección, consin- 
tiera en exponer sus obras, figuraría su nombre dignamente 
entre los más afamados artistas contemporáneos. 

Doña Julia Calvo de Abella. es otra de las personalidades 
de nuestra aristocracia que atesora cualidades realmente 
excepcionales. Viajera infatigable, pues pocas de nuestras 
compatriotas han recorrido como ella toda Europa, ni han 
conocido el encanto de los infinitos horizontes africanos. . . 
Fué su vocación primera, la pintura al óleo: luego, en una 
de sus largas estadías en el viejo mundo, se dedicó a la 
miniatura, y a los esmaltes artísticos, con tan brillante 
éxito, como en sus estudios musicales, pues es también 
reputada como notable pianista. 

Se destaca también, como distinguida miniaturista. la 
señorita Delia Guerrico. figura pres- 
tigiosa y atrayente de nuestra alta 
sociedad: si persevera en el camino 
emprendido, podremos contar con 
otra verdadera artista; y al recor- 
dar su gentil silueta, y la clara 
mirada con que estudia su modelo, 
no puedo menos de evocar 
el contraste entre las mo- 
dernas cultoras de ese arte 
delicadísimo, y la ascética 
figura del monje Giulio Clo- 
vio, el ilustre artífice de la 
época del Renacimiento, que 
vestido de tosco sayal, ilu- 
minaba, con el divi- 
no arte de sus diáfa- 
nas manos, la triste 
celda de su claustro... 



MINIATURA SOBRE MARFIL, OLEO DE LA 
SEÑORA LUNA ALSTON DE GALLEGOS. 



La Dama Dufnoe. 




— i3»L7«^i3 -vLrrr2>x— 



d( OSÍttdlO 



Navarro 
Violí 





En esta vida todos preferimos. . . 

Y cada individuo tiene aptitud para rea- 
lizar aquello que prefiere. El violin de In- 
gres es una excepción. 

Junto a dichas disposiciones nace el ape- 
tito de ponerlas en práctica. (Pero Grullo 
pensarla como yo), y en poder o no satisfa- 
cerlo estriba gran parte de nuestra felicidad. 

Algunas mamas regañan a sus hijas por- 
que éstas no se aficionan a las tareas domés- 
ticas: palabras inútiles!, nada han de conse- 
guir de ellas en ese sentido. 

Ciertas jóvenes dejan tantas distraccio- 
nes fútiles y en su lugar saborean una lectu- 
ra interesante. , . No se equivocan en la elec- 
ción. . . 

En pos de nuestra ocupación favorita, a 
pesar del placer que ésta nos proporciona, 
suelen seguir diversos contratiempos. Ejem- 
plo: el político que demuestra la utilidad de 
sus principios (|si los tiene!) y ve, después, 
triunfar a sus contrarios, etc. 

No he acertado los desagrados que pue- 
dan suceder al estudio. 

Afortunadamente no se opina ahora que: 

. . . une femme en sait toujours assez 
Quand la capacité de son esprit se hau5s? 
A connoftre un pourpoint davec un haut de 

Ichausse. 

Moliere quiso privarnos de este gran delei- 
te: la instrucción. Su intención fué justa: co- 
rregir un defecto, general en su época: la 
afectación del lenguaje, la pedantería; sin 
embargo, las preciosas, si no escribieron 
obras maestras, enriquecieron el idioma con 
la creación de palabras, expresiones y giros. 



No pasa, pues, inadvertida la interven- 
ción de la mujer en la literatura francesa. 

Harto conocidos son. para detenerme en 
ellos, los nombres de Margarita de Valois, 
Mademoiselle de Scudéry, Madame de Lafa- 
yette, Catalina de Vivonne y las elegantes 
que frecuentaban el Hotel de Rambouillet; 
Madame de Sévigné. Madame de Maintenon, 
Madame Campan, Madams de Staél, Georges 
Sand, etc. 

Un proverbio espaiíol dice: 

« Niño que bebe vin 

y 

Mujer que aprende latín 
Tienen mal fin *; 

pero la mayor parte de las mujeres doctas 
han poseído la lengua de Cicerón: la poetisa 
mejicana, Sor Juana Inés de la Cruz; la ilus- 
tre doctora de la Iglesia, Santa Teresa de 
Jesús; la noble reina Isabel la Católica, y sus 
hijas; y su erudita profesora doña Beatriz 
Galindo, alias «La Latina», quien fundó un 
gran hospital en Madrid: éste, y el barrio en 
que fué construido se llaman: «La Latina.» 

Empleando sus últimos años en el ejerci- 
cio de la caridad, ¡cuan lejos estaba de aca- 
bar mal! 

La satisfacción es el término del placer. 
Como el del estudio es insaciable, concluirá 
junto con nuestra vida. 

Unos leen para recrearse, otros para 
aprender: éstos, ansiosos de hallar la verdad: 
aquéllos, en busca de argumentos defensores 
de la verdad que poseen o creen poseer de 
cualquier modo, ¡parecen tan cortas las ho- 
ras cuando trata uno de saberl 



Qm Ib3^ ^ pnj^sai d rompleíü m ios iiaimíi: 



¡Sí, seiVor! Bien haya el Progreso y loor 
al que ideó el tranway eléctrico . . . Pero, 
|ay! que en este picaro mundo todo tiene 
su pro y su contra. . . Bien es verdad, que 
los que tenemos la suerte de vivir en estos 
benditos tiempos de la electricidad, de U 
telegrafía sin hilos .. . de otra porci in de 
coas. . - sin hilos (y sin ilación tal vez) d: 
la viabilidad airea y mil otras cosas estu- 
pendas, tenemos que sufrir también -ya 
veces ¡en qu¿ forma! - las incomodidades 
inherentes a todo lo que es humano, y por 
ende, pfrfttrtamtnle imperfecto! 

Todas estas reflexiones, caras lectoras, 
vienen ¿a cuento de qué? Pues con motivo 
de las que me sugiere una de mis últimas 
correrías por los barrios más céntricos, en 
horas de tiendas — por supuesto. - Soy 
una persona — y conste que sé que hay 
muchísimas en mi caso — que necesita 
hacer por si misma sus comisiones. Pues 
bien, después de haber lenírtado de lo lindo 
(vocablo que hallo de lo mis justo) y he- 
cho las de la hormiguita, después de ha- 
berme tropezado con cien mil extranjeros 
que pululan por estas calles, - y ¿dónde 
estin los argentlnosV pregunto — Buenos 
Aires K me antoja a esas horas, un enorme 
kaleidoioopio cuyos colores se suceden sin 
interrupción. . . Las vidrieras resplandecien- 
tes de luz. la gente que circula, que se 
adelanta, jadeante, que se atropella, que 
pata ~ ique trata de pasar a toda costal 
— magullándola a una . . . ¿Pero esto es Bue- 
nos AiresV me digo. Uno se topa aquí con 
una rubicunda inglesa. . . más allá una ale- 
mana que parece más que mujer un 
barril lleno de cerveza, el cual por un prodi- 
gio pudiera caminar, asi. a trancos... Ahi 
es de ver. rusas, polacas, con su mirada 
avien y su cara enigmática, hablando una 
¡erga ininteligible ... a veces leyendo por la 
calle tu «Novoe Vremyra, cuando no señan- 




/\diid Tbi'osd Aorouo 



do con su Polonia y Varsovia. Este es Bue- 
nos Aires a la tarde, a la hora de compras 
en el centro. . . 

...Ahora, el problema es encontrar el 
tranway que me ha de llevar a casa. . . Me 
sitúo en un paraje conveniente y me pongo 
a esperar con calma. . . ¡qué si quieres! Pa- 
san dos, pasan diez y veinte tranways; to- 
dos los números habidos y por haber. . . nú- 
meros incomprensibles para mi. . . toda vez 
que no es mí número/ Por fin, después de 
tres cuartos de hora de angustia, me parece 
distinguir mi tranuiay . . . Los ojos se me 
salen de las órbitas, ¡me parece mentira 



LaAindá íiiRii'^ Por Ijíim^ tal do Poríoíd 




tanta belleza! Miro el tablero donde está el 
número bendito, el que yo necesito. Lo miro 
lo mismo que los Reyes Magos contemplaron 
la estrella famosa que los guió a Belén.. 
Pero, lay! viene completo. ¡Completo! E 
motorman, a mi gesto de querer subir, me 
indica con ademán olímpico: ¡está completo 
Qué desilusión. Otro cuarto de hora de es 
pera, de angustia... Vuelven a pasar y í 
repasar, hasta que al fin puedo encaramar 
me en uno; y subo, en efecto. . . ¡Horror! e 
único sitio disponible, es la mitad del asíen 
to en que viene muellemente sentado . . . ¡un 
barrenderol^ni más ni menos (auténtico).— 

En uno de mis viajes por las pequeñas al- 
deas de Turquía, en un islote perdido dentro 
del Mármara, me contaron una historia sen- 
cilla y triste: Era la leyenda del traje negro. 

Selika, esposa del guerrero Ackmid, mu- 
jer prodigiosamente bella, poseía un poder 
extraño y dulcísimo en sus pupilas negras 
forradas de fuego, en su voz lánguida, en sus 
labios purpúreos y en su gesto altivo. 

Era en aquel tiempo la inspiradora de su- 
blimes ideales, de pasiones terribles y de te- 
nebrosos crímenes. Idolatrada por Ackmid, 
a quien también ella adoraba, ni por un ins- 
tante se separaba del héroe. Le seguía en 
sus excursiones guerreras contra tribus ene- 
migas, en sus travesías de los mares, en sus 
ascensiones de las cumbres. 

Mas a pesar de unión tan perfecta, una 
sombra manchaba la blanquísima frente de 
Selika; y era ella proyectada por la pasi6n 
del temible Macub, quien, furiosamente ce- 
loso del jefe que fuera preferido por Selika, 
había jurado arrancar a su amada de los 
brazos de Ackmid. 

Para que este funesto designio pudiera 
llevarse a cabo, era necesario que muriese el 
noble, valiente y feliz Ackmid. Y murió. 
Murió ahorcado por sus propios enemigos, 
después de una odiosa traición. 

Selika, ahogada en llanto, con el alma des- 
hecha, comprendió, inspirada acaso por el 



Bueno; hago de tripas corazón y me siento- 
Al mismo tiempo veo que el tal me dirige 
una mirada priucipe^camentr ~ mlra-áa. que 
hubiese envidiado el mismo Duque de Aosta. 

Por fin, llega el momento que todo lle- 
ga en este mundo a los que saben esperar 
llega el momento de bajarme, y desciendo 
de! tranway. y los cortos pasos que tengo 
que dar, hasta mi casa, me parece hacerlos 
como sonámbula. . . Es que vengo totalmen- 
te mareada, como que allí en esa atmósfera 
los perfumes que he tenido la suerte de as- 
pirar, no eran ciertamente de la fábrica de 
Houtegant ni de Coty. . . . 

...Llego, y al verme sana y salva, pro- 
rrumpo en una delirante y homérica carca- 
jada. ¡Sí, señor! Magnifiquemos nuestras 
cosas; encontremos que vivimos en el mejor 
de los mundos posibles, que es una gran 
cosa el Progreso; pero pongamos ¡por favor! 
las cosas en su verdadero lugar. . . y, sobre 
todo, seamos más equitativos... Que nos 
pongan en condiciones de poder trasladar- 
nos de un punto a otro de la ciudad, sin re- 
trasos, ni contratiempos, ni fastidios. ¡Más 
coches, señores de la Compañía de Tranways! 
y todos saldremos ganando: ellos, su dinero, 
y nosotros nuestro tiempo — ¡y a veces 
nuestra tranquilidad! 

Menos mal, todavía con el actual sistema 
se nos ahorra aquel espectáculo dantesco o 
abracadabrante, de aquellos infelices matun- 
gos que apenas podían sobrellevar la carga 
muy superior a sus fuerzas, y entonces era 
de ver. . . el espectáculo desagradable y an- 
tiestético, de las pobres bestias jadeantes, 
esqueléticas, con las fauces abiertas y respi- 
rando ansiosas. . . ansiosas de que termínase 
esa lucha sin fin a que los hombres despia- 
dados las condenaban. . . Gracias a Dios, ese 
triste espectáculo ha pasado ya al dominio 
de vCosas de otro tiempo». 

jBien haya el Progreso! 



espíritu de su esposo, que Macub se apodera- 
ría de ella. Entonces tuvo fuerzas para huir. 
Huyó, perseguida por los esbirros del mons- 
truo, y viéndose a punto de caer en manos 
de aquellos hombres, la divina Selika de !os 
labios purpúreos y pupila de fuego, se preci- 
pitó, loca de terror, en el Mar Negro. 

Tal vez el dios del Mar era su abuelo. . . 
La meció en sus ondas tempestuosas y lue- 
go, suavemente, la depositó sobre las rocas 
desnudas. Selika surgía de las aguas, envuel- 
ta en negra túnica; negro también su velo 
de púrpura. . . 

Desde entonces, vagaba de noche por los 
campos, consolando a los tristes; pero Ma- 
cub, cuando atravesaba por entre las tribus 
acampadas, no logró ver jamás la sombra 
negra destacarse en el fondo obscuro de los 
bosques. 

Y se cuenta en las pequeñas aldeas de 
Turquía, en aquel islote perdido en el Már- 
mara, que a ejemplo de Selika, la inconso- 
lable enamorada, todas las pobres amantes, 
llenas de pesar por la muerte del esposo, ti- 
ñeron de negro sus vestiduras para mezclar 
con las tinieblas nocturnas las congojas de 
sus almas tristes y fieles. 

Y poco a poco, en todas partes del mundo, 
la humanidad, como obedeciendo a un fatal 
destino, fué imitando a la divina Selika de 
ios labios purpúreos y de los ojos de fuego. 



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C)l5FrLIA. 

TOO 




Es la más completa de nuestras actrices cómicas, por su gracia natural y 
espontánea, y por ser sin duda la que más se identifica con los personajes que 
crea, sintiéndolos y hablándolos como si los viviera. Tan buena observadora 
como humorista, supo copiar sin exageraciones todos los gestos, ademanes y 
voces de esas señoras que en el vasto teatro de la vida criolla hacen papeles 
de «características». La señora Rico es en el proscenio «Misia Orfilia». 

« Nací en Montevideo », me dijo la Rico, mientras le cambiaba el agua a una 
jaula de canarios. Quise que precisase la fecha, pero se me escapó por la tangente, 
diciéndome que en Semana Santa y de ahí no pude sacarla. Fué su padre artista, 
cumpliéndose una vez más el adagio: «De tal palo tal astilla». Cursó en la República 
Oriental los estudios elementales y fueron sus compañeras de colegio, muchas de 
las empingorotadas señoras que hoy figuran en las listas sociales de Montevideo. 

A los 14 años, jen la primavera de la vida!, se presentó por primera vez ante el 
público, en una compañía española, pero su iniciación verdadera en la carrera ar- 
tística, la hizo bajo la dirección de Enrique de María, en el Odeón de Montevideo, 
con la compañía de Jerónimo Podestá, en la que actuaban todos sus hijos... 
Blanca, María, Anita, Arturo, José... Alfredo Gobi, Goyo Aoosta y otros que ha 
olvidado, siendo su primer papel el de la característica de «Los Boqueños». 

Colgaba ya la jaula del dichoso canario, cuando le pregunté cuál era su obra 
favorita, y me respondió cantándome en un falsete desafinado 
aquello de : « ¡Me gustan todas, me gustan todas, me gustan 
todas en general! ...» Dio fin al cantito con un «gallo», natural- 
mente, y le puso una lechuga al canario. 

«Las de Barranco» es la obra que más veces ha hecho y la que 
más aplausos le ha valido. Autores, no prefiere a ninguno. ¡Son 





ORFILIA RICO, 
QUE CON PABLO 
PODESTÁ y PARRA- 
VICINl HA HECHO 
UNA BRILLANTE 
TEMPORADA EN 
EL «ARGENTINO». 



tan quisquillosos!, pero como su género 
predilecto son las comedias, lógico es su- 
poner que los autores de este género go- 
zarán de su predilección. 
Tiene la Rico cuatro hijos: Sarah, Rodolfo, Carlos y 
Félix. Dos de ellos, Rodolfo y Félix, se dedican al tea- 
tro. El último reúne las dos aspiraciones del hombre: 
ser «felíx» y ser «rico». 

Dejó, por fin, tranquilo al canario, y al bajarse de la silla en que se había 
subido para tirarle besitos, casi se cae, justamente cuando yo le pregun- 
taba que hubiese querido ser, si no hubiese sido artista. 

— ¡Acróbata! — me contestó indignada. 

Ha recorrido casi toda la República. Es un poco supersticiosa; no le teme 
al público, pues le quiere y no se puede temer a quien se quiere. Sus noches 
más felices son las de su beneficio, y las más «desveladas», las vísperas de pa- 
gar el alquiler. 

— ¿Ha pasado usted algún momento de angustia? — le pregunté. 

— Sí, una vez y justamente en escena, no hace muchas noches, ¡ay sí! 
Mi vida se deslizaba tranquila, apacible; yo parecía un río sereno. . . (Todo 
esto me lo dice con gran suavidad, de pronto cambia de tono.) Cuando hace 
pocas noches, no sé por qué diantre, me quedé sin voz en escena. Viera. . . 
por más que estiraba la trompa nada. . . no salía ni palabra. . . «¡Ya me que- 
dé muda», me dije!. . . pucha y si no es por un esfuerzo de voluntad, casi 
me salgo de la escena. Yo creía que me había atorado, ¿no? Pero parece que 
no fué atoro. ¡Mire si me quedo muda! ¿no? Me habria tenido que dedicar 
al cinematógrafo... ¡Qué susto! 

Dicho esto, tomó una escoba y se apoyó en ella, 
como diciendo: 

— ¡Caballeríto, aquí tenemos muDho que hacer por 
las mañanas y usted se querrá ir, ¿verdad? 

Comprendí la indirecta y me marché, convencido de 
que hasta muda esta mujer, sería la primera actriz 
cómica del teatro nacional. 

El doctor Misterio. 



LA POPULAR Y 
GRACIOSÍSIMA CA- 
R ACTERÍSTICA 
CON SU PRIMER 
NIETO «BABY HA- 
RÁN*. 



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CURIOSIDADES DEL JAPÓN 




AKCO NATURAL DE MATSUSHIMA. 




Los japoneses pueden asegurar, sin exageraciones retóricas, que viven sobre 
un volcán, o mejor dicho, sobre varios volcanes. Todo ese colosal dragón que 
representa en el mapa el archipiélago japonés es una cadena de cimas volcá- 
nicas pertenecientes a montañas sumergidas en el mar. Aquellos millares de 
islas han sido modelados por titanes que los cocieron con el fuego de las entra- 
ñas terrestres y los apagaron con las olas del océano. 

Un trozo de plomo derretido que se sumerge en agua adopta raras y sor- 
prendentes formas. Así la tierra japonesa ofrece aspectos fantásticos, retor- 
cida, convulsionada, semejante a una pesadilla de la materia. Entre esos 
espamos del suelo hay sitios donde la naturaleza ofrece una placidez, una 
calma majestuosas, algo así como el pesado reposo que sucede a los grandes 
cataclismos. 

Cuando no se conoce el paisaje japonés más que por las reproducciones 
del arte nipón, resulta increíble, fantástico para nuestros ojos acostumbra- 
dos a otros aspectos de la belleza natural. Pero, según comprueba la fotogra- 
fía, los pintores del imperio del Sol Naciente no hacen más que reproducir 
con toda fidelidad el semblante de su patria. De igual manera que el alma 
de los hombres blancos es distinta del alma de la raza amarilla, el£paisaje 
japonés no se parece al nuestro. 

El japonés adora su país con artística pasión. Raro es el habitante de aque- 
llas islas que no haya recorrido el imperio en piadosa peregrinación, sin recu- 
rrir a los ferrocarriles y empleando los buques solamente cuando necesitan 
pasar de una isla a otra. 

El turista nipón además de un devoto es un artista que siempre traduce 
sus impresiones en una obra, ya sea ésta diminuta figurita de marfil, una 
poesía o un kakimono, como se llama a los cuadros en japonés. Días en- 
teros consagra a contemplar un paisaje, un árbol, una flor; la paciencia 
más exquisita y el gusto más delicado distinguen a los hombres de aquella 
raza laboriosa y fuerte. 

Y el entrañable amor del japonés hacia su tierra es también extraño. 
No se trata de un sue- 
lo muy hospitalario; los 
temblores de tierra son 
frecuentes y producen mi- 
llares de víctimas. 

El Asama - Yama, una 
de cuyas violentas explo- 
siones copia uno de los 
fotograbados que ilustran 
estas lineas, y el Shirane- 
Yama pueden comparar- 
se a los más terribles vol- 
canes del mundo. 

Y, sin embargo, oíd co- 
mo un poeta japonés, el 
célebre Akahito, canta 
inspiradamente en loor 
del volcán Fuji: «Desde 
el tiempo en que fueron 
separados el cielo y la tie- 
rra, altanero, venerable, 
divinamente aislado, el 
monte Fuji se yergue en 
el país de Suruga. Cuando 
sondea con la mirada la 
llanura celeste, la misma 
luz del sol se oculta, el 
resplandor de la luna se 
enmascara, las blancas 
nubes se detienen en su 
camino. Sin cesar cae so- 
bre él la nieve. Yo querría 
cantar continuamente, 
continuamente glorificar 
al monte Fuji sobre la 
llanura de Tago. Salgo 
para mirarle. ¡Ah! Toda 
blanca como nieve recién 
caída es la cima del Fuji.» 

El otro fotograbado 
que acompaña estas lí- 
neas representa una de 
las curiosidades del archi- 
piélago de Matsushima. 

Matsushima, Ama -no 
Hashidate y Miyajima, 
son los tres Sankci, o ma- 
ravillas del Japón. Los 
célebres paisajes de Mat- 
sushima poseen un en- 
canto indescriptible. Hay 
en aquella región más de 
mil islotes que sorpren- 
den y maravillan. 

Este arco natural, que 
parece formar parte de 
las ruinas de una fortale- 
za, es uno de los muchos 
que existen en los islotes 
floridos de Matsushima, 
y se distingue por su 
grandiosidad y belleza. 

Describiendo aquellos 
islotes dice Luis Aubert: 
«Los troncos y las ramas 
se retuercen en gestos de 
forzada expresión, ges- 
tos de actores japoneses». 
¿No tiene este arco algo 
de escenario? 




ERUPCIÓN DEL VOLCXN JAPONÉS ASAMA - YAMA, QUE AL- 
CANZÓ UNA ALTURA DE 1.500 METROS. 



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El sabio astrónomo del Observatorio Na 
cional de Puis, M. P. Pubeaux, ha publica 
do en la revista Sciftia. que ve la luz en 
Milán, un articulo .sumamente interesainte, 
del que ohrecnnos aquí una síntesis. 

Sin necesidad de hacer un grande esfuerzo 
de imaginaciin. podemos suponemos en la 
hipótesis de que la atmósfera terrestre, más 
espesa y nebulosa que de ordinario, nos hu- 
biese privado la visión de los cuerpos celes- 
tes, dejando, sin embargo, pasar la luz. Las 
ciencias físicas, sin mis campo de estudio 
que nuestro globo, se habrían visto entonces 
privadas de algunos capítulos interesantes. 
La Astronomía no hubiera existido más que 
oomo una conjetura, pero la geología se ha- 
bría podido desarrollar, y acaso hubiera lle- 
gado a la convicción de que la Tierra ha pa- 
sado por aspectos muy distintos del que 
actualmente presenta y de que aún está lla- 
mada a transformarse en lo sucesivo. 

No ha mucho que la primera parte de esta 
fórmula goza de un crédito sólido y universal . 
debido a los perseverantes estudies de los 
geilogos. Hoy día todos admiten, sin que se.i 
p i ec i ao insistir en ello, que la superficie de la 
Tierra ha estado durante mucho tiempo so- 
metida a un exceso de calor que no toleraba 
las formas vivas; que elevadas mesetas han 
ocupado durante muchos siglos el espacio 
de los mares, que las regiones vecinas a los 
polos han conocido en otro tiempo un clima 
templado, capaz de desarrollar una vegeta- 
ción exuberante. 

Los geólogos que nos reconstituyen esos 
cuadras sugestivos, les asignan un orden de 
sucesión relativa, pero no les dan fechas pre- 
dsas, pues, como dice Eduardo Suess en su 
diaioo libro Im face dt la Terre. en vano se 
boaca una medida común entre las duracio 
nea geológicas y las duraciones históricas. 
No hay duda de que nos vemos llevados a 
considerar grandes espacios de tiempo para 
d depósito de los sedimentos, para la forma- 
ción de los repliegues montañosos, para los 
cambios de la fauna y flora, si queremos 
que estos fenómenos se hayan desarrollado 
siempre a la marcha que revelan las obser- 
vaciones corrientes. Pero esta creencia con- 
serva ya pocos adeptos, y hasta éstos admi- 
ten que puede ser útil recurrir a la Astrono - 
mfa para asignar límites a la duración posi- 
ble de las edades geológicas. 

Los cambios de que se trata no son ob- 
servados ni en la Tierra ni en los planetas 
análogos a la Tierra, sino sobre estrellas más 
bien comparables al Sol. 

Teniendo presentes las consecuencias bio- 
lógicas, tres son los factores esenciales que 
deben ponerse en linea: la composición del 
aire, la circulación del agua entre la atmós- 
fera y el Océano y el mantenimiento de la 
temperatura anual entre limites no muy 
alejados, en la proximidad de una media, de 
unos 17". 

El interior del globo constituye sin duda 
un depósito de calor importante, pero este 
calor no llega a la superficie, como vemos 
por la diversidad de los climas y la rapidez 
de la oscilación diurna. Ni la permeabilidad 
que la corteza terrestre ofrece al calor, ni las 
transformaciones radioactivas son capaces 
de destruir la acumulación de los hielos en 
los polos ni de evitar su aumento periódico. 
La presencia en el suelo del más rico mineral 
de radio no es obstáculo al enfriamiento noc- 
turno. Que se extinga el Sol, y esos recursos 
internos reales, pero ineficaces, no impedirán 
que los casquetes polares invadan el globo 
entero, que la circulación acuosa quede pa- 
ralizada, que baje la temperatura en todas 
las latitudes. Estos cambios desastrosos se 
producirían en pocos aflos. 

Asi, pues, si los climas terrestres oscilan 
alrededor de medias casi fijas, es debido a 
que lo que nuestro globo recibe hace equili- 
brio a lo que gasta. Es, pues, preciso que el 
influjo solar, única fuente eficaz de esta en- 
trada, se conserve. Esta conclusión puede 
considerarse como adquirida por unos vein- 
te siglos del pasado. Ni el nivel de los mares, 
ni la extensión de los glaciares, ni los limites 
de los cultivos delicados han experimentado 
durante este intervalo cambio alguno gene- 
f*l y progresivo. El astrónomo versado en 
el estudio de las estrellas variables estimará 
que debemos felicitarnos de este resultado. 
Comparado a muchos de sus congéneres, el 
Sol es una fuente muy constante, a despe- 
cho de las manchas que aparecen en su su- 
perficie y que pueden multiplicarse en la 
relación de I a 20 en algunos aAos. Era de 
temer que un astro tan manifiestamente 
sujeto a una fluctuación rítmica no tuviese 
igualmente una variación secular bastante 
rápida. Más caliente, más voluminoso que 
la Tierra, gasta evidentemente mucho más, 
y no puede contar con un socorro extraño 
para reparar sus pérdidas. Bien es verdad 
que no teniendo costra sólida está en mejo- 
res condiciones para utilizar su calor interno. 

De cualquier modo que sea, el Sol ha atra 
vetado, sin debilitarse sensiblemente, las 
edades históricas. Este precedente puede 
hacernos concebir con cierta seguridad núes- 



COMO MUEREN LOS PLANETAS 




ESTA ESPLÉNDIDA FOTOGRAFÍA DEL SOL, FUé TOMADA CON EL TELESCOPIO DE SNOW, EN EL 
OBSERVATORIO DEL MONTE WELSON, EN CALIFORNIA. SE VEN EN ELLA NUBES LUMINOSAS DE 
VAPOR DE CALCIO QUE FLOTAN SOBRE LA SUPERFICIE SOLAR. ESAS NUBES SON LAS MANCHAS 
MAS BLANCAS. NO SON VISIBLES A LA SIMPLE VISTA Y NO APARECEN EN LAS FOTOGRAFÍAS 
TOMADAS AL USO CORRIENTE: ES NECESARIA UNA PREPARACIÓN ESPECIAL DE LOS INSTRU- 
MENTOS PARA OBTENER FOTOORAFÍAS COMO ÉSTA. 



tro porvenir para un lapso de tiempo casi 
igual. En idénticos limites las fórmulas de 
la Mecánica celeste nos hacen prever para el 
sistema planetario una configuración casi 
estable. Ningún planeta está bajo la ame- 
naza de precipitarse, dentro de poco tiempo, 
sobre el astro central o de perderse en las 
profundidades del espacio. 

Mucho se ha investigado en todos sentidos, 
y siempre con poco éxito, cómo puede el Sol 
mantener largo tiempo su incandescencia. 
La contribución que recibe de otras estrella; 
es insignificante. La energía cinética repre- 
sentada por los movimientos internos no va 
muy lejos. Las acciones químicas no s:)n más 
que un expediente provisional y de corta du- 
ración, si el combustible no es renovado. La 
caída de los meteoros debería, para ser eficaz, 
ser extremadamente abundante, y los come- 
tas que pasan cerca del Sol no manifiestan 
ni la presencia de un medio resistente ni el 
aumento continuo de la masa central. Las 
transformaciones radioactivas de la materia 
han parecido un momento poder salvar la si- 
tuación, pero ellas no abarcan tampoco más 
que un tiempo limitado, no parecen ser rever- 
sibles, y si lo fueran, absorberían la energía 
en vez de liberarla. Le queda al Sol la facul- 
tad de contraerse, pero ya lo ha hecho en 
demasía y se prevé el momento en que este 
recurso le faltará. 

La densidad media del Sol, superior a la 
del agua, pero inferior a 1/4 a la de la Tierra, 
parece débil por comparación. En realidad, 
es muy grande para un cuerpo de extensión 
semejante, sobre todo si se tiene en cuenta 
que se halla desigualmente repartida. Las 
capas superficiales, las únicas que nos envían 
su luz o que pueden sufrir el análisis espec- 
troscópíco, son, sin duda alguna, muy rari- 
ficadas. La gravedad parece estar allí muy 
eficazmente combatida por la presión de ra- 
diación. Pero a medida que se penetra en el 
interior del astro, la densidad necesariamen- 
te debe aumentar, la gravedad vuelve a ad- 
quirir todos sus derechos, y la presión al- 
canza un número formidable de atmósferas. 

M. R. T. A. Innes. en un reciente estudio 
(South Atrkan Journal of Science) dice que 
hay un agente además de la temperatura, 
y que una presión excesiva basta a ponerlo 
en juego. Podría tratarse de una liberación 
de energía atómica transformando los ele- 
mentos pesados en elementos ligeros, hidró- 



geno, helio, nebulio, arconio; éstos últimos 
entrevistos solamente en las nebulosas. Esta 
fuerza de acción en el Sol está lejos de 
haber producido en él todos sus efectos, y 
podría un día u otro procurarnos alguna 
sorpresa formidable. 

Los resultados más adelantados pueden 
observarse en las estrellas blancas, donde el 
espectroscopio no revela ya las rayas de los 
elementos pesados. Las estrellas nuevas no 
han mostrado una metamorfosis total reali- 
zada en un tiempo tan corto que la palabra 
explosión no parece exagerada para pintarla. 
Y el paso de la estrella solar a la nebulosa 
acaso no sea más que un preludio ds ella. 

La tendencia actual del Sol no sería, pues, 
la de contraerse y extinguirse, sino la de 
dilatarse y disolverse. Algunos fragmentos 
relativamente pequeños, destacados con vío" 
lencia, podrían ssr salvados de una destruc- 
ción total. La observación, que nos indica 
el carácter probable de la transformación 
futura, no nos dice cómo se obraría su re- 
percusión sobre los planetas ni si debemos 
CDnsíderar oomo próxima la catástrofe. La 
estadística estelar es tranquilizadora en un 
sentido, pues no se han presentado muchas 
ocasiones para observar extinciones o gran, 
des recrudescencias. Desde otro punto de 
vista es inquietante, porque los únicos cuer- 
pos celestes a los cuales hay fundamento de 
atribuir una densidad media igual o superior 
a la del Sol, tienen masas mucho menores. 

Los planetas no deben sólo temer una 
transformación brusca del hogar común que 
les alumbra y calienta. Cada uno de ellos 
puede tener también en su estructura inte- 
rior el germen de una crisis mucho más 
seria que las fluctuaciones de que la super- 
ficie de nuestro globo nos da el espectáculo. 
La Tierra comparte con el Sol el honor o el 
peligro de ser un caso extremo. En el cuadro 
de las densidades medías de los planetas 
vemos que sólo Mercurio nos sobrepuja, y 
sin duda es un lujo que le permite su débil 
masa. En la superficie de la Tierra la densi- 
dad es ya más del doble que la del agua. 
A diez kilómetros de profundidad la tempe- 
ratura (300 grados C.) no tiene nada de in- 
concebible, pero la presión (2.000 atmósferas 
por lo menos) excede a nuestras posibilida- 
des de experiencia, y ninguno de los materia- 
les corrientes puede soportar ciertamente es- 
fuerzos semejantes sin quebrarse. No pueda 



subsistir vacío alguno notable. El agua no 
debe poder circular por alli bajo ninguna 
forma. Las infiltraciones de la lluvia o de 
los ríos, las mismas del fondo de los mares 
son rechazadas seguramente mucho antes 
de alcanzar esta profundidad. No queremos 
con ello poner en duda que los elementos 
del agua existan en las lavas volcánicas en 
el momento en que se desprenden. 

M. Innes ve otra causa: un cambio tota 
de estructura molecular, cambio determina- 
do a cierto nivel por el exceso de presión. 
Existiría liberación de la energía intra-ató- 
mica, cual vemos en las transformaciones 
radioactivas; pero todos los elementos quí- 
micos, o casi todos, estarían en ello inte- 
resados. Aquí debería buscarse el origen de 
las erupciones y de las sacudidas sísmicas. 
No debe extrañarnos la intensidad de estos 
esfuerzos si notamos, con Sir Wíllíam Ram- 
say, que el radio puede emitir dos millones 
de veces más de energía que la cordita, uno 
de los más potentes explosivos que se 
conocen. 

Es muy probable que esta capa de transi- 
ción no sea, en realidad, muy espesa, y que 
a un nivel más bajo las estructuras molecu- 
lares complicadas no son ya toleradas. De 
ese núcleo inerte, inaccesible a nuestras ex- 
periencias, conocemos indirectamente algu- 
nas propiedades. Las operaciones geodési- 
cas, combinadas con la medición de la gra- 
vedad, nos muestran que a unos 100 kiló- 
metros de la superficie las diferencias de den- 
sidad se hallan casi borradas. Las sacudidas 
superficiales se transmiten a través de la 
región central con prontitud y nitidez mara- 
villosas. Todo el conjunto del globo resiste 
a las acciones deformantes del Sol y de la 
Luna tanto como pudiera hacerlo el mejor 
acero. 

No existiría peligro en que las envoltu- 
ras se hicieran impermeables al calor, sino 
más bien en que se aventasen en polvo. 
Una y otra perspectiva no evocaría aparen- 
temente, en lo que nos concierne, más que 
ejemplos raros o vencimientos lejanos. Prefe- 
riríamos llegar a una conclusión de carácter 
más práctico. Esta inestabilidad de que de 
vez en cuando sufrimos los efectos, y que 
parece ligada a la gran densidad media de la 
Tierra, ¿está en camino de agravarse aún? 
¿Es, al contrario, un porvenir más apacible 
el que nos hacen presagiar el estudio histó- 
rico del volcanismo o la observación compa- 
rada de los cuerpos celestes? 

Podemos demandar una indicación muy 
preciosa al examen de la superficie de la 
Luna. La historia pasada de nuestro saté- 
lite está allí escrita en términos más claros 
que los de la Tierra, en razón de la ausencia 
de los sedimentos y de las capas oceánicas. 
La sequedad extrema de la atmósfera hacen 
de ella un verdadero conservatorio de for- 
mas volcánicas de todas las edades. En mu- 
chos casos las fuerzas interiores, solicitando 
una corteza ya resistente, han hecho apare- 
cer en ella relieves en contradicción maní- 
fiesta con el equilibrio de los fluidos, con las 
leyes de circulación de los hielos y las aguas. 

Grandes formaciones cuadrangul ares 
obrando en el sentido vertical, depresión de 
estas formaciones en toda su parte central, 
paso del rombo al exágono por el manteni- 
miento de los ángulos agudos, circos regula- 
res con huecos concéntricos limitados en su 
expansión por diques ya formados, círculos 
más profundos con picos salientes y monta- 
ñas centrales, conos más pequeños en todas 
partes, con preferencia marcada hacia las 
crestas y las roturas, forman una serie geo- 
métrica donde el orden de los términos no 
podría ser invertido. La diminución cons- 
tante de la extensión abarcada sigue el orden 
cronológico de las formaciones. Siempre el 
rombo sucumbe ante el exágono, el exágono 
ante el círculo, la cuenca de fondo plano 
ante el círculo profundo. Los pequeños co- 
nos llegados en último término se parecen 
enteramente a nuestros volcanes terrestres 
por su asociación en series lineales, por sus 
formas salientes excavadas sólo en la cum- 
bre, por su amplitud de modificar el suelo 
a su alrededor sin tener en cuenta el relieve 
anterior. Pero toda esa actividad parece ha- 
berse extinguido mucho antes de ganar la 
superficie entera, y un examen asiduo no ha 
revelado en ella de manera indubitable nin- 
guna nueva manifestación. La forma actual 
del volcanismo terrestre ha sido para el vol- 
canismo lunar una forma final. Marchamos 
por un camino en el cual hemos sido prece- 
didos por nuestro satélite. 

Parece, pues, probable que las sacudidas 
de la Tierra están en camino de extinguirse, 
o p3r lo menos se detendrán antes de haber 
comprometido seriamente la envoltura sóli- 
da que nos sostiene. La fuerza generatriz de 
los océanos y de las montañas está adorme- 
cida y no despertará más que bajo una señal 
salida del Sol. Pero esa señal vendrá inevi- 
tablemente. Más inestable que otro planeta 
alguno, el astro central impondrá, después 
de haberla experimentado por sí mismo, una 
transformación a todo su cortejo. 



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.ACOKCENTRATEO 



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^UrACTURE" 



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Íl miusaukee.víis 



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ratándose de un producto tan 



exquisito, tan puro, tan con- 
centrado como 

PABST 



no es posible dudar en la elec 
ción. Pabst es un extracto ex 
elusivo, que puede tener simila- 
res pero nunca rivales 




V. S.A. 





cié om cau-dad 



Buenos Aires, septiembre de 1916. 



TALLERES GRÁFICOS DE CaRAS Y CaRETAS 



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ESPCÍ' 






Ángel al acostarse; diablito 
de día cuando están a su al- 
cance los Bizcochos Gánale. 

o 

El- alimento ideal para los niños. El complemento indis- 
pensable del "Five o'clock tea". 



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UNA ENORME ARAÑA CAZANDO A ÜN PÁJARO 





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«Aquila non capit muscas», dice el proverbio 
latino, significando con esto que los seres superio- 
res no pierden su tiempo en cosas de poco valor, 
despreciables. La «migala avicularia», arañón des- 
mesurado para la clase de los arácnidos y de cu- 
yas dimensiones da idea la fotografía que repro- 
ducimos, tampoco caza moscas. Falta así a la ley 
que la naturaleza previsora impuso a las arañas. 
La migala avicularia cree que el bufaoh tiene su- 
ficiente poder para librarnos de los peligros de la 
asquerosa mosca, y se dedica a más nobles em- 
presas. 

El nombre migala está perfectamente formado 
por dos palabras griegas; «mus», que significa 
ratón, y «gale», sinónimo de comadreja. ¿Quieren 
decir ambos que la migala se parece al mismo 
tiempo a esos dos animalitos, o expresa que ellos 
son sus presas predilectas? Tal vez, la finura y el 
color de su pelo sean el origen del nombre. 

La que representa en nuestro país esa especie 
de arácnidos gigantes es la «araña pollito», que el 
lector habrá admirado en los bosques chaqueños 
o en las vidrieras de los comercios donde se ven- 
den productos paraguayos. Esa araña pollito, de 
la que se refieren espantosas hazañas, es un pigmeo 
al lado de la migala avicularia, que vive y opera 



en el norte de África y en toda la Guyana francesa. 

Conocida vulgarmente por el nombre de araña- 
cangrejo, la migala avicularia es bastante tímida, 
aunque la leyenda asegura otra cosa. Toda su 
crueldad la tiene reservada para los insectos de 
gran tamaño, las sabandijas y los pajaritos. Hu- 
ye del hombre como del cólera, circunstancia que 
los misántropos aprovecharán en contra del «vil 
seme de Adamo», como nos llamaba Dante, gran 
autoridad en la materia. Construye sus habitacio- 
nes en los parajes más escondidos de la selva y 
sale de cacería por la noche. 

Es una araña casi negruzca, cubierta de un plu- 
món suave y sedoso; su tamaño varía entre seis y 
treinta y dos centímetros, a que alcanza la que 
reproduce nuestro fotograbado, ejemplar que se 
conserva en París, como el más extraordinario 
visto hasta ahora. Tiene patas robustas y esgrime 
un doble garfio a manera de pico, con el que ase- 
sina a sus presas, sorbiéndoles la sangre. No es 
cazadora de red; pone alrededor de su nido unos 
hilos tan fuertes que sirven de trampa para cazar 
insectos, pequeños reptiles y pájaros. 

El hogar de la migala es un cascarón sedoso, 
blanco y semitransparente, de forma oblonga; lo 
construye entre la corteza de los árboles, bajo los 



montones de piedras y algunas veces en los rin- 
cones más obscuros y apartados de las casas. Mien- 
tras es de día, el arañón se queda en su «home», 
inmóvil, mirando fijamente a la abertura que le 
sirve de puerta. En cuanto el sol traspone, la mi- 
gala sale y se dedica a recorrer velozmente las cer- 
canías de su casa, trepando a los árboles para sor- 
prender a los pájaros en el nido. A veces cae so- 
bre sus víctimas deslizándose por unos de los hilos 
que fabrican. 

Respecto al peligro que su venenosa mordedura 
tiene para la especie humana, hay varias opinio- 
nes. Unos dicen que es mortal; otros afirman que 
sólo produce veinticuatro horas de fiebre, acom- 
pañada de delirio durante los grandes calores. 
Esto por lo que se refiere a las mígalas de pequeño 
tamaño; las de 320 milímetros algún mayor de- 
ben producir. 

Por lo menos puede asegurarse que el vulgo no 
anda descaminado al mirar con saludable horror 
a la migala avicularia y perseguirla despiadada- 
mente. 

Porque se trata de una araña que. si se hubiera 
presentado en la celda de Claudio Frollo le habría 
hecho cambiar la palabra «anenké» por un «sálvese 
quien pueda». 





PERSEGUIDO POR ÜN TEMOR INDETERMINADO 

Al que no goza de perfecta salud, le persigue el espectro de la 
vejez prematura y de la tristeza abrumadora; muchas enfermeda- 
des, cuya causa se ignora, provienen del estómago o de los intesti- 
nos, se descuidan porque no hay peligro de muerte ; pero, una vez 
crónicas, son insufribles y engendran la desesperación. Los des- 
gastes físicos, consecuencia de la actividad excesiva, hacen que la 
mayor parte de la humanidad esté enferma del ESTOMAGO, y es 
necesario prevenir muchos males que ocasionan una mala digestión. 
"STOMALIX" Saiz de Carlos, conserva la integridad de su orga- 
mismo. Es el TÓNICO-DIGESTIVO por excelencia. Su eficacia 
y su sabor agradable, han conquistado la fama mundial que goza. 
"STOM.^LIX" debe ser su compañero en la mesa. 
Venta Farmacias. Pidan folleto a Carlos S. Prats, San Martín, 66, 
Buenos Aires. 



^^^¿^¿^^^¿^S?^.^:^. 




— l^Lrv:^ 




D07V\ LUIZ 



1830 



IAVTRACa 



Martín í> .-. C'^, 
Luis DUFA# 

SUCCESSOR 

Buenos AiHt 





Una sugestión a la cual usted 
no resiste, es la que le produce 
la olorosa fragancia del Oporto 
DOM LUIZ y su encantadora 
espontaneidad, de fino sabor, 
que induce a probarlo y a sabo- 
rearlo nuevamente. 

Conviene se fije bien en la botella del gra- 
bado adjunto y pida claramente Oporto 
DOM LUIZ. 



LOS RAYOS X 




Escribir algo acerca del admirable invento de Roentgen, en una bre- 
ve nota y al pie de un fotograbado característico, resultaría poco, tan- 
to para los lectores sabios como para los deseosos de saber. Tráta- 
se de una materia científica que incesantemente evoluciona, nece- 
sitando volúmenes y volúmenes para dar cuenta de tales progresos. 

Más útil será referirse a un tema importante: el de los peligros que 
acarrea el manejo de los rayos X. A propósito de esto, referiremos lo 
sucedido al sabio doctor Ménard, encargado hace pocos años del labo- 
ratorio radiológico del hospital Cochin, de París. 

Este joven facultativo, creador, en 1909, de la instalación de dicho 
laboratorio, había presentado el 10 de noviembre de 191.3 una nota 
ante la Academia de Ciencias. En este escrito, que es un verdadero 
modelo en su género, se proponía «un medio seguro para evitar las 
quemaduras producidas por los rayos Roentgen'. 

Tomada en consideración la nota, se empezó a aplicar el remedio 
inventado por Ménard. Un triunfo incontrastable obtuvo el ilustre 
director. Sobre 8.500 aplicaciones de los rayos X, hechas durante 1913, 
sólo hubo que lamentar un accidente, y la víctima fué... el propio 
doctor Ménard. 

Por las circunstancias en que se produjo la quemadura, se vio clara- 
mente que no implicaba un fracaso del método recomendado por el 
sabio. Pero este accidente viene a ser una ironía del destino, una con- 
firmación del dicho vulgar de «en casa del herrero, cuchillo de palo". 

La quemadura dañó un dedo de la mano derecha y fué tan grave 
que se hizo necesario amputarlo. Al poco tiempo, el doctor Ménard, 
completamente restablecido, volvió a emprender sus útiles tareas, 
como si no hubiese sucedido nada. 

Este sacrificio que el sabio ha hecho en aras de la ciencia, debe 
agregarse a la larga lista de los ya realizados por casi todos los 
que colaboraron en el perfeccionamiento de tan importante invento. 
Porque las observaciones realizadas por medio de los rayos X han 
ocasionado numerosos casos de ceguera. Ver a través de los cuerpos 
opacos significa muchas veces quedarse sin vista. 

Asi lo quiere el progreso, que como guerra incesante contra el 
dolor y la ignorancia humanas, va marcando su paso con huellas san- 
grientas. 



— i=>i_;v^-s "v^L-msvA.— 





PABST 



El tónico que nunca reconoció rivales para 
dar fuerza al débil, al anciano, al conva- 
leciente y a la madre que cría. Contiene 
hipofosfitos de cal y pirofosfato de hierro. 

En farmacias y almacenes. 



— i:>uv:s 



Jrfsrrodls impone los dictados de la moda y es arbitro 
de todas las elegancias. Este indiscutible privilegio le ha 
sido acordado por el consenso unánime de las damas que 

saben apreciar las 
ventajas de ca- 
lidad, riqueza y 
precio que brinda 

Jfíarrods 




N." 5616. 
Elegante VESTIDO 
de tul celeste, rosa 
o lila, con bies5s de 
seda o cinta, botón- 
citos y flores rococó, 

$75. 

CAPELINA de crin 
negra, bajo de ala 
en color negro, rosa, 
celest;, lila, adorna- 
do con cinta de fan- 
tasía. .. $ 30. 



N.» 5617. 
VESTIDO de li- 
nón blanco con 
cintas de terciope- 
o negro, azul o 
marrón, con frun- 
cidos y vainillas, 
muy nuevo, a 

$65. 

SOMBRERO de 
última moda, en 
paja tagal, ador- 
nado de cocardas 

decinta$25. 



N.o 5618. 
VESTIDO muy 
chic e.T Linetta de 
hilo, colores rosa, 
celeste, o lila, con 
cintas de s:da, flo- 
res y vainillas a 

$75. 

SOMBRERO de 
paja o seda, ador- 
nado de cinta de 
tersiopelo $25. 



N." 5619. 
VESTlDOdeTwill 
foulard seda, fon- 
do azul marino con lunares, ra- 
yas, cuadres u otros estampa- 
dos blancos, cuerpo de gasa azul 
marino con bordados de seda y 
metal, a $ 120. 

.SOMBRERO de crépe en negro 
y colores, bandeau de flores de 
gran moda, a $ 35. 



FLORIDA, 877 



JfíarroSs 



PARAGUAY, 554 





AÑO I. 



NúM. 7. 




EN LAS CARRERAS 



ÜN BUEN SPORT 



PASTEL DE ALOSSO. 



—T^ijy-.y''^ 'VLnrP3>=s.— 



B INCAANMÜZ 





■rv, ..'■■■' 







'UNCA retozona pluma de festivo ingenio bordó, en 
picaresca novela, más movida vida y mayor máqui- 
na de embustes y patrañas que la de Chamijo o 
Bohórquez, conocido en las crónicas como el falso 
Inca. ¡Mal año para Alfarache, Gil Blas, Pablillos, 
el de Tormes y demás taifa de simpáticos picaros 
y bellacos que creara regocijante fantasía! Tamañi- 
tos los dejó la realidad de Pedro Chamijo. 

Nacido en Sevilla y en el barrio de Triana, que es ser dos veces andaluz, 
corrió su niñez por calles y plazuelas y en la escuela de las Barbacanas hizo 
aprendizaje de picardía. En la edad moceril dióse a la vida holgona y libre 
de la hampa, graduándose de maestro del embuste en las Vistillas de 
Toledo y de doctor de trapacerías en las Almadrabas de Zahara. Trujéronle 
sus bellaquerías a ser avizorado por alcaldes y alguaciles, por lo que resolvió 
mudar tierras y entre el matalotaje de un galeón pasó a las Indias, «refugio 
y amparo de desesperados, iglesia de los alzados, salvoconducto de los ho- 
micidas, añagaza de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio 
de pocos», según Cervantes. 

Era muy mozo al arribar a tierras del Perú, donde luengos años hizo 
vida andariega, aprendiendo lengua, usos y tradiciones de los indios, bagaje 
que tanto aprovechó luego en sus patrañas. No olvidando sus mañas, des- 
carado y parlachín, con embustes y quimeras, dio cordelejo a incautos, con 
el cebo de tesoros escondidos y tierras de riqueza fabulosa, dejando a muchos 
doloridos y pocos contentos. Y no se crea fueran sus víctimas gente tosca, 
villana y de pocas luces, sino copetuda, entre ellos el Virrey y el Presi- 
dente de la Audiencia de la Plata. Parecióle bien cambiar su nombre y 
trocóle por el linajudo de don Pedro Bohórquez Girón. Al cabo sus tru- 
hanerías lleváronle, mal de su grado, a ser huésped en la cárcel de Valdivia, 
de donde, astuto y travieso, hizo presto evasión; que la fortuna para más 
sonadas cosas le guardaba. 

Fué a guarecerse en los valles del Tucumán, viviendo entre los indígenas. 
Aquí, con lo aprendido en sus correrías y lo inventado en sus holganzas, 
vino a pergeñar la más descabellada y peregrina fábula, que de magín 
andaluz nunca surgiera. Y ello fué declararss hijo del Sol. descendiente 
de los Incas del Perú. Aunque su ruin pinta, raída vestimenta y magra 
barjuleta no pregonaran grandezas, como se dice que «bajo un mal sayal hay 
ál», diéronle oído, que el hombre era de suyo tan charlatán, persuasivo y 
novelero, tales pláticas hacia y tal acopio de datos exponía, que vinieron al 
cabo a creerle y escucharle como oráculo. Cundió en breve e.itre las tribus 
la nueva de la llegada del Inca Huallpa, que tal nombre le dieron. 

Enardeció la natural fiereza calchaquí con el miraje del recobro de sus 
libertades, sacudiendo el yugo cristiano, a cuyo fin era él venido. Tuvo 
buen acogimiento entre los caciques, cuyo natural recelo y desconfianza supo 
adormecer y que lo aclamaron como Inca. 

Buscó luego gran j jarse el apoyo de los españoles. Con la añagaza de la 
propagación de la fe, visitó a los padres jesuítas doctrineros a quienes em- 



baucó, consiguiendo su apoyo y cartas para el Gobernador don Alonso de 
Mercado y Villacorta. Avistóse con éste y atacando su lado flaco, que era 
la codicia, lo deslumhró con el embeleco de minas que explotar y repletas 
huacas que saquear. Mucho holgó Mercado con tales nuevas, que ya apa- 
ñadas pensó tener tantas riquezas, y allanóse a reconocerlo como Inca. 

De esta guisa viento en popa marchaba el Inca andaluz. Tuvo lugar su 
reconocimiento oficial con mucha pompa y mogiganga en Poman en 1657, 
donde presentóse Bohórquez con tal gravedad y continente que dijérase 
ser de verdad lo que fingía. Iba muy orondo con tanto perendengue y 
zarandajas; túnica de lana vicuña muy bordada, vincha de cuero con airón 
de plumas, collar de amuletos, zarcillos, pulseras y ajorcas de oro, empuñan- 
do a guisa de cetro el toqui de palta. 

Rodeábanlo los caciques, los curacas y los machis. Hízole merced Mercado 
de los cargos de Capitán General, Justicia Mayor y Teniente Gobernador 
ante los calchaquíes, todo horro de lanza y media anata. 

En buenas manos quedaba el pandero. Como llama de candil cuya torcida 
ss atiza, brilló entonces Bohórquez, con sus humos de monarca, aunque de 
ojotas, sin cuidarse de sus promesas a unos y a otros, presto a llamarse 
andana cuando el caso fuera de aprieto. 

A poco andar empezó a bambolear aquel castillo de naipes, levantado 
por la audacia de uno y la credulidad de muchos. Clamaban los indios por 
guerra, los jesuítas por sus misiones, y Mercado, harto del jarabe de pico 
del andaluz, por los tesoros. Por otra parte, el Virrey Conde de Alta de 
Liste desaprobó lo obrado por Mercado, ordenando la prisión del Inca. Acu- 
ciado por todos, Bohórquez, curtido a tales lances, con mucha enjundia 
hizo a mal tiempo buena cara y trató con su verba y garatusas de seguir 
medrando y ganar tiempo. Y conste que tal cosa logró; tal sería de marrajo 
y trapacero. Mas por fin vióse entre espada y pared, que las burlas se troca- 
ban en veras y la pelleja arriesgaba. En tal aprieto, amagado con el castigo 
por los españoles, alentó la sublevación de los calchaquíes, poniéndose como 
Inca a su frente. 

Humos en las alturas llevaron de valle en valle la señal del levantamiento; 
corrió de tribu en tribu la flecha de guerra, levantáronse empalizadas, 
reconstruyéronse las derruidas pircas; aprestáronse las aplastadoras galgas. 
Afiláronse las hachas de piedra y las lanzas de chonta, empapándose las 
flechas en sangre de guanaco. Ardió la tierra en guerra, que fué larga y 
porfiada. 

La comedia tornábase en drama. Bohórquez, acorralado, peleó como 
bueno y fué magnánimo y no cruel, perdonando a los que mandó Mercado 
para asesinarlo y salvando la vida a los padres doctrineros. Mas, al cabo, 
derrotados los calchaquíes, vino al suelo la máquina de tanto embuste. 
Bandeó el ánimo de Bohórquez y acoquinado pidió indulto al Virrey, quien 
ss lo acordó obligándolo a dejar el teatro de sus novelescas hazañas y ofre- 
ciéndole una fuerte suma de dinero. Exhortó Bohórquez a los indios a volver 
a la obediencia, cumpliendo lo pactado, pero no cumplieron con él. Preso 
largo tiempo, achácesele, con razón o sin ella, de volver a las andadas 
hurdiendo tretas. Por Real cédula de la Reina Gobernadora Doña Mariana 
de Austria, se ordenó su muerte, siendo ajusticiado en Lima el 3 de enero 
de 1667. Diez años había durado la farsa que finó en tragedia. 

Dice de Bohórquez el P. Lozano: «Fué hombre bullicioso, embustero, 
hablador, inconstante, sagaz, sin temor ni vergüenza y de eficaz persua- 
siva»; y otro historiador más moderno agrega: «que fué simple y astuto, 
tímido y atrevido, sagaz y torpe». Tengo para mí que el hombre no ha sido 
bien estudiado y que hartas sorpresas reservaría su vida al que la investi- 
gase con tesón. Si la suerte no le tornara las espaldas al final, otro gallo le 
cantara y sabe Dios hasta dónde hubiera arribado. 



nmrjos nr alonso. 



B. J. Mallol. 




— í=>I-;^^^= 



>y^— 




Cuando el doctor 
Sáenz Peña asumió 
el mando supremo 
de la Nación, resol- 
vió instalar sus ha- 
bitaciones particu- 
lares en el Palacio 
de Gobierno, y fué 
necesario llevar a 
otros edificios algu- 
nos ministerios, que 
hoy el Gobierno 
Radical ha vuelto a 
trasladar nuevamen- 
te a la Casa Rosada, 
inspirado, al pare- 
cer, en altos ideales 
de economía. 

Sean, pues, estas 
líneas y las fotogra- 
fías que las ilustran, 
un recuerdo de la 
época de esplendor 
y grandeza porque 
atravesó la Presi- 
dencia de la Repú- 
blica durante el go- 
bierno del muy ilus- 
tre ciudadano ar- 
gentino que se llamó 
Roque Sáenz Peña. 

Las prime ras 
transformaciones 
hechas en la parte 
de la Casa de Go- 
bierno, destinada a 
dependencias de la 
Presidencia y Minis- 
terio del Interior, 
tuvieron lugar con 




motivo de las fies- 
tas del Centenario 
de 1910, siendo aún 
Presidente de la Re- 
pública el doctor 
don José Figueroa 
Alcorta. 

Renováronse las 
tapicerías de los an- 
tiguos salones insta- 
lados en la época de 
Roca y Quintana, 
compráronse algu- 
nos elementos de- 
corativos y ampliá- 
ronse las dependen- 
cias de la Presiden- 
cia para poder reci- 
bir dignamente a los 
Embajadores de to- 
das partes del mun- 
do, que vinieron a 
rendir homenaje a 
la joven República 
que cumplía su pri- 
mer siglo de vida in- 
dependiente. 

Hasta esa fecha, 
y desde antes del 
año 90, no consti- 
tuían los salones 
de la Casa Rosada, 
dentro de una seve- 
ra sencillez, sino los 
despachos del Minis- 
terio del Interior, 
conceptuados por 
aquel entonces co- 
mo los más elegan- 
tes. Toda la suntuo- 




oranTvestíbulo. 



jardín de invierno. 



— OLjx.'^s 'vi-mis^x— 




instalado sobre artística columna de mármol de San 
Luis, un busto del Libertador José de San Martín. 

Merece mencionarse por su valor artístico el enorme 
jarrón de Sevres. de incalculable mérito, obsequiado 
en 1905 por el Presidente de la República Francesa 
a la República Argentina. 

Anexo por la izquierda al Salón Blanco, se encuen- 
tra e! salón llamado de los bustos, donde general- 
mente se realizan los acuerdos. Su decoración hace 
juego con la del salón central, destacándose, a su al- 
rededor, los bustos de mármol blanco de todos los 
Presidentes que se han sucedido en el ejercicio del 
mando en el país. Ocupa el centro del salón la amplia 
mesa de acuerdos, con las confortables butacas co- 
rrespondientes a cada secretario de Estado, y el sitial 
reservado al Jefe del Poder Ejecutivo. 

En este salón se ha celebrado últimamente el pri- 
mer acuerdo de gabinete del Gobierno de don Hipó- 
lito Irigoyen. 

En octubre de 1910 subió al poder el doctor Sáenz 
Peña, y, como ya hemos dicho, instaló sus habitacio- 
nes particulares en la Casa Rosada, habilitando al 
efecto todo el ángulo del edificio que hace esquina a 
Rivadavia y Paseo de Julio. 

Con tal objeto se alhajaron ricamente nuevos sa- 
lones, el gran comedor; el escritorio privado del Pre- 
sidente; tres elegantes salitas de recibo, y el jardín 



SALÓN DE LA FIRMA. 

sidad de la Casa Rosada, se reduela luego al llama- 
do Gran Salón Blanco, con el agregado de su ga- 
lería superior, desde la que los espectadores que 
no actúan entre el elemento oficial, pueden presen- 
ciar las recepciones y otras ceremonias de solemni- 
dad protocolar. 

El Gran Salón Blanco tiene a ambos lados dos 
salones, uno destinado a los acuerdos de Ministros 
y el otro para ofrecer mayor capacidad a la con- 
currencia que acude en los días de grandes recep- 
ciones. 

Rodea el Gran Salón Blanco, como queda dicho, 
una galería alta. Las paredes y columnas del vasto 
recinto, están decoradas en blanco con molduras 
doradas. Sobre ese fondo claro se destaca el color 
rosa de la tapicería. En un extremo del salón está 
colocada la gran chimenea que remata en su parte 
superior un gran escudo Nacional, irradiando en 
el centro un sol de grandes di- 
mensiones, desprendiéndose en su 
frente un busto en mármol blan- 
co, de la República. 

En el extremo opuesto se halla 




•E^LJV^-S 



-12 >X— 




trá 



de invierno, sin contar los dormi- 
torios y dependencias privadas 
que quedaron desalojadas después 
del fallecimiento del doctor Sáenz 
Peña. Toda esta parte de salo- 
nes sigue a continuación del Gran 
Salón Blanco. 

Preceden al suntuoso comedor tres elegantes sa- 
litas de recibo, para las que fueron adquiridos 
ricos moblajes de Aubusson, Imperio y Luis XIV. 

El salón comedor, decorado con alarde de ver- 
dadero buen gusto, ha sido siempre objeto de ge- 
nerales elogios. Su disposición adolece de algunas 
deficiencias, debidas a condiciones de ubicación, 
insalvables, por estar muy distante de las depen- 
dencias de cocinas y antecocinas. 

Llama la atención en el comedor la hermosa 
chimenea de colosales proporciones, el admirable 
tallado de roble que reviste paredes y cielo raso, 
y la magnífica araña central, toda ella de cristal 
baccarat. 

En este comedor fueron servidos, desde la pre- 
sidencia del doctor Sáenz Peña, todos los banque- 
tes y lunohs de protocolo, y en él ofreció una copa 
de champagne don Hipólito Irigoyen a las Em- 
bajadas extranjeras que asistieron a la ceremonia 
de la transmisión del mando. 

Este regio comedor se abre sobre la amplia ga- 
lería o jardín de invierno que extiende por un 
lado toda su armazón de cristales sobre los jardines 
del Paseo Colón. 

En las grandes fiestas la dirección general de 
paseos públicos transformó siempre este jardín de 
invierno en un fantástico invernáculo, reuniendo 



EL SALÓN BLANCO DE RECEPCIONES. 




en él. con artística distribución, 
las más valiosas colecciones de 
plantas y flores. 
^^ La sociedad porteña recordará 

^ ^^ siempre el magnífico golpe de 
vista que ofrecían el comedor y el 
invernáculo de la Casa Rosada, la 
noche del gran baile dado por el doctor Sáenz 
Peña al iniciar su gobierno, verdadera fiesta de 
corte a la que asistió todo lo más selecto de nues- 
tro mundo social e intelectual, y en la que la 
señora doña Rosa González de Sáenz Peña dejó 
en todos los invitados, un recuerdo imperecedero 
de encantadora amabilidad y sencillez. 

A la derecha del jardín de invierno siguen algu- 
nas dependencias sin mayor importancia ya, pues 
éstas estaban alhajadas con muebles de perte- 
nencia particular del Presidente Sáenz Peña. 

Sin embargo merece señalarse aún el despacho 
donde actualmente había instalado su cuarto de 
trabajo el doctor don Victorino de la Plaza. Este 
escritorio, sobrio en su decoración, tiene como 
único ornamento de sus paredes tres grandes re- 
tratos al óleo, de Rivadavia, Urquiza y Sarmiento 
Dos pequeños saloncitos más y una galería que 
da a los patios interiores de la Casa Rosada, com- 
pletan las dependencias de esta sección especial 
del Palacio. 

Uno de dichos saloncitos elegantemente amue- 
blado, lo tenía reservado para su uso particular 
el doctor Sáenz Peña; hoy ha quedado habilitado 
para el personal de secretaría de la Presidencia. 



VITRINA DONDE SE GUARDAN LAS BANDAS 
DE LOS PRESIDENTES. 



FOTOGRAFÍAS WITCOMB. 



Emilio Dupuy de Lome. 




SALÓN DE LOS BUSTOS. 



SALÓN DE ACUERDOS DE MINISTROS. 



'Si X 1. I^I^^V — 



,^fcí3bfi^?«¿? (Sis^^)sl!!íeííí^ 




Después de un viaje penosísimo, en el que he 
tenido que vencer dificultades enormes, llego por 
fin a las ultimas estribaciones del monte Olimpo: 
el camino es áspero y me veo obligado a descansar 
breves momentos, que aprovecho para escribir es- 
tas notas. Desde aquí diviso ya la imponente si- 
lueta del palacio de los dioses. El tiempo es esplén- 
dido, el panorama que desde esta altura se descu- 
bre, indescriptible. Me faltan palabras, me faltan 
colores, me falta imaginación para describir tanta 
belleza. Reanudo la marcha. Un esfuerzo más y 
alcanzo al fin la deseada cumbre del monte, tér- 
mino de mi fatigoso viaje. 

El Olimpo está misteriosamente cerrado. Nada 
se ve. nada se oye. ¿Qué habrá detrás de sus mu- 
ros impenetrables? Llamo, transcurren algunos mi- 
nutos, se oye el correr de sólidos cerrojos y la 
puerta se abre. Entro. 

Las doce Horas, encargadas, como es sabido, de 
guardar la entrada del Olimpo, cubiertas de bri- 
llantes armaduras y empuñando sendas lanzas. 
avanzan hasta la puerta para impedirme el paso. 
Una de ellas, bastante agraciada por cierto, des- 
tacándose de las filas, se acerca a mí y me interro- 
ga. Contesto satisfactoriamente al interrogatorio. 
Cumplido este trámite. la Hora me indica con un 
gesto que puedo pasar. La pregunto que Hora es. 
Sonrie. pero no me contesta. Yo también sonrío 
y paso. 

Dentro ya del Olimpo, es mi primer cuidado 
buscar la oficina telegráfica. Lo más importante 
para un corresponsal, es saber por donde podía 
enviar los despachos y por dónde podía recibir 
los fondos. 

Veo ain cerca un edificio del que salen millares 
de hilos, y no dudando de que en él está lo que 
busco, entro sin vacilar. Pero no es el telégrafo; las 
que están allí son las Parcas y los que supuse hilos 
telegráficos, no son otra cosa que los hilos de las 
vidas de todos los mortales. 

Las Parcas, que están atareadisimas cortando 
hilos, lo que me hace suponer que alguna terrible 
ofensiva se está desarrollando en Europa; me aco- 
gen afablemente al saber quien soy. 

Pregunto por el telégrafo y me dicen que no 
hay. pero que, en obsequio mío, transmitirán por 
medio de sus hilos, todo lo que me convenga. 

Les doy las gracias y les regalo, de los que me 
han sobrado del viaje, un par de chocolatines a 
cada una. Las pobres me lo agradecen. 

Tranquilo ya respecto al importante asunto de 
los despachos y de los fondos, entro resueltamente 
en el celestial recinto. 

El Olimpo es bellísimo. Sólo la pluma de Home- 
ro o de Almafuerte podrían describirlo. 

Amplias avenidas sombreadas por frondosos 
árboles, soberbios macizos de flores, sorprendentes 
cascadas, extensísimos rosedales con tantas varie- 
dades de rosas, casi, como el de Palermo; maravi- 
llosas estatuas de mármol pentélico, debidas al 
cincel de Fidias. Mirón u otros artistas no menos 
notables y emergiendo aquí y allá y distribuidos 
con imponderable acierto y excelente sentido ar- 
tístico, riquísimos y monumentales edificios del 
más puro estilo griego. Anoto la curiosa observa- 
ción de que ninguna de las fachadas de los edifi- 
cios vistos hasta ahora recuerdan, ni remotamente, 
la de la Catedral. 

Hay extraordinaria animación. Las calles, las 
plazas, las avenidas, todo se encuentra invadido 
por una multitud enorme que se aprieta, se estruja 
y se agita en constante movimiento. Se hace im- 
posible el tránsito. 

Cansado de bregar inútilmente sin lograr abrir- 
me paso, resuelvo entrar en un bar. Encuentro, por 
fortuna, uno, en el que hay una mesa desocupada 
y me siento. Acude solícito un escanciador y pido 
medio litro de néctar que me sirve con gran pron- 
titud en artístico vaso de calcedonia. El tan pon- 
derado néctar de los dioses no es gran cosa, es una 
especie de vino de Mendoza con mucha espuma. 
Me cuesta un dracma cincuenta. Lo encuentro ca- 
ro. Me dice el escanciador que antes era más barato 
pero que con motivo de la guerra se ha encarecido. 
Parece que alguno de los ingredientes que entran 
en su elaboración sólo se produce en Alemania. 

A poco de estar sentado, se oye afinar instru- 
mentos. Se prepara concierto. Pregunto si hay 
•marimba», me dicen que no, que lo que hay es un 
quinteto de sirenas que tocan la ocarina. Me feli- 
cito de tener ocasión de oir a tan reputadas artis- 
tas y me dispongo a escuchar. Se inicia el concier- 
to. Tocan el garrotín de «La Corte de Faraón». 
Escucho embelesado aquella brillante página 




musical, llevando el compás con la cucharilla. 

En esto, un señor de venerable aspecto, que ha 
estado buscando inútilmente una mesa desocupa- 
da, me pide permiso para sentarse a la mía. Se lo 
doy cortesmente y se sienta. 

Es un hombre de edad ya madura, rostro simpá- 
tico, de mirada intensa, penetrante; en su cara se di- 
buja, casi imperceptible, una sonrisita entre plácida 
y burlona. Su aspecto es el de un filósofo griego. 

Para entrar en conversación con tan interesante 
sujeto, le ofrezco galantemente un cigarrillo, que 
me rechaza con elegante y aristocrático ademán. 

— ¿Es usted extranjero? — me pregunta. 
-Sí, señor. Americano. 
-Estanciero, ¿quizás? 

— - No. señor. Periodista. 

]Ah! También yo, — me dice, - fui en mis 
tiempos algo periodista, hace la friolera de diez y 
ocho siglos. Tal vez haya usted leído algo mío. Soy 
Luciano. 

¡Luciano! Me levanto, me descubro y saludo con 
profundo respeto al gran satírico griego. 

Luciano me estrecha la mano, diciendo; 

— ¡Vaya, vaya! ¿conque periodista? Entonces 
no hay qué preguntar el objeto de su viaje. Viene 
usted a hacer información. 

— Efectivamente. A eso vengo. 

— Pues llega usted con gran oportunidad. Pre- 
cisamente en estos momentos están los dioses 
reunidos en asamblea. Dentro de muy poco sabre- 
mos si el Olimpo toma o no parte en la guerra. 

¿Conque se trata, nada menos, que de tomar 
parte en la guerra? Eso es interesantísimo. ¿Y en 
favor de quién? 

Eso, amigo mío, es muy difícil predecirlo, 
porque la opinión está muy dividida. 

— Pero, ¿y los dioses? 

— Los dioses están más divididos que la opinión. 
¿Es posible? 

No debe extrañarle a usted, porque lo mismo 
ocurrió en la otra guerra en que tomamos parte. 
- ¿Qué guerra? 

— La de Troya. En aquella memorable guerra, 
mientras unos dioses se pusieron de parte de los 
griegos, otros combatieron al lado de los troyanos. 
Lo mismo sucederá probablemente ahora, si Jú- 
piter no logra imponerse. 

Entonces hay guerra para rato. 

Cuando se recibió aquí la noticia de que el 
suelo sagrado de nuestra querida Grecia había sido 
profanado por las hordas que luchan en Europa, 
la indignación fué general, el pensamiento uno, 
salvar a Grecia, pero empezaron los conciliábulos, 
se multiplicaron las intrigas y no tardaron en di- 



bujarse dos tendencias; la de los que quieren unir- 
se a los aliados para batir a los teutones y la de los 
que quieren unirse a los teutones para arrojar a 
los aliados de la antigua Tesalonica. 

¿Y qué bando cree usted que ganará la partida? 

¡Qué sé yo! Las fuerzas están muy equilibra- 
das. Vea usted sino. Venus es decidida partidaria 
de los aliados; sus frecuentes viajes a París, en 
donde pasa largas temporadas, la han afrancesado 
mucho. Es natural. Venus es vanidosa, alegre, en 
París se ve admirada, cortejada, encuentra allí 
fácil campo a sus aventuras amorosas. ¿Qué quiere 
usted que sea? Juno es todo lo contrario de Venus, 
prudente, juiciosa, de costumbres austeras, de una 
fidelidad conyugal irreprochsb'e. poco aficionada 
a lucir su belleza, nada escasa por cierto, una diosa, 
en fin. muy mujer de su casa; esa es germanófila. 
Neptuno es dudoso, aunque creo que no han de 
serle muy gratos los ingleses por haberle arrebata- 
do el dominio de los mares. Apolo es aliado y un 
entusiasta del esprit francés. Marte, germanófilo 
rabioso. Vulcano... con Vulcano ha pasado una 
cosa muy curiosa, ha desaparecido del Olimpo. 
Su fragua está cerrada. 

Es inexplicable. 

No tanto. Vulcano vivía muy disgustado en 
el Olimpo; las liviandades de su mujer. Venus, le 
ponían constantemente en evidencia. 

¿Y no se sabe dónde está? 
-- Se sospecha que está en los Estados Unidos, 
trabajando en una fábrica de cañones. 

¿Y Mercurio? 

Ese está con todos, con todos los que pueden 
proporcionarle alguna ganancia, por supuesto. Di- 
ciéndose partidario de la paz, es muy capaz, no ya 
de no oponerse a la guerra, sino de provocarla si 
ello le proporciona algún negocio. Mercurio es el 
más despreciable de todos los dioses. 

¿Y Júpiter? 

La actitud de Júpiter es un misterio para to- 
dos. Desde que se iniciaron los sucesos de Grecia 
permanece impenetrable. Temiendo, sin duda, las 
influencias de los dioses, y sobre todo, de las dio- 
sas, porque Júpiter siempre ha sido débil con las 
mujeres, se ha encerrado en su palacio y no se deja 
ver de nadie, ni aun Venus ha conseguido llegar 
a él, a pesar de haberlo intentado con empeño; 
pero, ¿qué más? hasta se dice que ha hecho tapiar 
la puerta que comunica con las habitaciones de 
Juno, su mujer, para evitar su influencia. 

En esto un clamor inmenso, ensordecedor, in- 
terrumpe nuestra conversación. Verdaderas ava- 
lanchas de gente atraviesan la calle vociferando. 
¡La guerra! ¡La guerra! se oye por todas partes. 

Al mismo tiempo el espacio se ve cruzado en to- 
das direcciones, por centenares de rayos. Los true- 
nos se suceden unos a otros sin interrupción. 

El espectáculo es aterrador. Luciano se pone 
densamente pálido. 

- Hacía muchos siglos, — dice, que no había 
visto tan colérico a Júpiter. Alguna determinación 
muy grave ha tomado. Salgamos a ver. 

Salimos; la gente sigue corriendo y gritando; 
¡La guerra! ¡La guerra! 
La guerra, sí, pero ¿contra quién? — pregun- 
ta Luciano a los que pasan. 

- Contra todos, le contesta uno, sin dejar de 
correr. — Júpiter ha declarado la guerra a Europa. 

Luciano sonríe satisfecho. 

¡Por los dioses! Júpiter ha cumplido con su 
deber. 

Felicito a Luciano, a quien parece que la gallar- 
da actitud de Júpiter ha colmado de alegría y corro 
a telegrafiar la colosal noticia, pero a la mitad del 
camino me encuentro a la Hora, mi Hora, que me 
detiene por un brazo. 

¿A dónde va usted? 

Después hablaremos. Ahora tengo mucha 
prisa. Voy a telegrafiar. 

A donde va usted a ir ahora mismo es a la calle. 

¿Cómo? 

¿No es usted extranjero? Pues, hay orden de 
expulsar a todos los extranjeros antes de la puesta 
del sol. 
- Pero . . . 

No hay pero que valga. 
Cinco minutos después me encuentro en medio 
del monte, expulsado del Olimpo y con diez óbo- 
los en el bolsillo por todo caudal. 

Desperté, me vestí y me fui a mis quehaceres. 

DIBUJO DK SIRIO. 




,.^^^^ . ^^.^^ái^^. 




LE LA COLECCIÓN DEL »CLUB ESPAÑOL» 



LAS DOS POTENCIAS 



FRAGMENTO DE UNA ACUARELA DE VILLEGAS 




— r>l_7s^'S -V'LTTPSv^— 








GARCIA-MANSILLA 

GARCÍA- MANSILL A. Con este ape- 
Ihdo es conocida, en Buenos Aires, una 
antigua familia de noble abolengo híspano: 
los Careta de Sobre-Casa, naturales del lugar 
de Carraneeja y montaña de Santander, 
donde aun existe la casa solariega y palacio, 
«itnado en un paraje próximo a la iglesia 
poToquiaL 

Don Esteban Carda de Sobre-Casa, con- 
trajo matrimonio con dofta María Ana Carcia 
de Bustamante, y tuvieron a don Pedro 
Andrés Carcia y Carcia de Bustamante. 
que nació el 23 de abril de 17.58: pasando 
al Virreinato del Rio de la Plata a los 16 
aftos de edad. Contrajo enlace con doña 
Clara Ferreyra de Lima y Prez, teniendo 
por hijo a don Manuel José María Carcia 
y Ferreyra, bautizado el 8 de octubre de 
1764: se doctoró en Leyes en la Universidad 
de Charcas; tomó parte en la defensa de 
Buenos Aires contra los ingleses, y ocupó 
varios cargos representativos. Casó con do- 
fta Manuela de Aguírre y Alonso de Laja- 
rrota. de quienes nació don Manuel Rafael 
Carda y Aguirre, el 24 de octubre de 1S26: 
el cual se doctoró en Leyes, dedicándose a 
la Magistratura: falleció en Austria-Hungria 
d alio 1667, dejando numerosos escritos po- 
líticos, jurídicos e históricos. Estuvo casado 
con dofta Eduarda de Mansilla y Crtiz de 
Rozís, hija del general don Ludo V. de 
Mansilla y de dofta Agustina Ortiz de Rozas 
y López de Osornio. de quienes descienden 




Al iniciar hoy la pubticsción, en esta página, de los datos eenealóficos y origen de los apellidos 
(jue ostentan las más antiguas y elevadas familias de la sociedad argentina, es oportuno 
consignar que estos trabajos, escritos en una forma concreta por razones de espacio, están 
hechos, principalmente, con el deseo de contribuir a la investigación y confirmación de la 
verdad histórica. 

La mayor gloria para el hombre, es legar a sus hijos el recuerdo de una vida ejemplar: esta 
herencia vale más que todos los tesoros, porque, siendo aquél, como un espejo donde han de 
reflejarse mañana los actos de nuestra existencia, hace que las generaciones se preocupen de 
seguir manteniendo, para honor de la raza y de la familia, los principios gloriosos de la estirpe. 

A través de esta página, y entre l&s entroques de distintos apellidos, irán sucesivamente 
desfilando (como en una comitiva de siglos) los nombres egregios de los conquistadores, de los 
capitanes y virreyes, de los heroicos navegantes, de los mitrados fundadores, de los alféreces 
reales de la colonia, de los gloriosos proceres de la independencia, y de todos aquellos que, con 
la fuerza de su talento y la energía de su voluntad, llegaron a ser los precursores, no sólo del 
progreso actual de la República, sino de todo el continente de América. 



los actuales poseedores de este apellido. 
Ostentan por armas: quince jaqueles, ocho 
de plata y siete de azur, y en jefe una garza 
real de sable con la cabeza vuelta. 

SAAVEDRA. Antiguo linaje oriundo de 
Galicia, de donde procede la Casa-Ducal de 
Rivas (Ramírez de Saavedra) de Sevilla. 

El primero que vino a América fué Martín 
Suárez de Toledo, hijo del Correo-Mayor de 
Andalucía, don Hernando Arias de Saave- 
dra. Formó parte de la expedición del Ade- 
lantado AlvarNiiftez Cabeza de Vaca, lle- 
gando a Teniente de (gobernador, en cuyo 
carácter dio poder a don Juan de Garay para 
fundar Santa Fe el año 1573. 

Estuvo casado con doña María de Sana- 
bria. hija del Adelantado Juan de Sanabria 
(que se dice era primo de Hernán Cor- 
tas) y de su mujer doña Mencia Calderón. 
Dicha doña María 
de Sanabria era viu- 
da del capitán don 
Hernando de Trejo 
y fué madre del 
Obispo Trejo y Sa- 
nabria. fundador ri- 
la Universidad c 
Córdoba del Tucu 
man. 

Suárez de Toledo 
fué padre de Her- 
nandarias de Saave- 
dra, Gobernador del 
Rio de la Plata, 
en 1591-1598-1602 
1615, el cual casó 
con doña Jerónima 
de Contreras, hija 
legitima de don Juan 
de Caray, fundador 
de Santa Fe (1573) 
y de Buenos Aires 
(1560), ydesumuier 
doña Isabel de Be- 
cerra y Mendoza, hi- 
ja del capitán Fran- 
cisco de Becerra y 
de doña Isabel de 

&>ntreras, los cuales '-' ^ 

también vinieron en 

la expedición de Cabeza de Vaca. Doña 
Isabel de Contreras casó en segundas nup- 
cias con don Juan de Salazar, Caballero de 
la Orden de Santiago, fundador de la Asun- 
ción del Paraguay. 

Descendiente directo de Kernandarías fué 
don Cornelio de Saavedra, coronel de Patri- 
cios, Presidente de la Primera Junta en 1610. 

Su hijo don Mariano fué gobernador de la 
Provincia de Buenos Aires. Casó con doña 
Carmen Zavaleta. y sus descendientes se 
unieron a las familias de Oromi, Lamas, 
Sáenz-Valiente, Elía, Pueyrredón, López- 
Lambidet, Sáenz-Pefta, Outes, del Campillo, 
Escalada, Zímmerman. etc. 

Ostentan por armas: sobre plata tres fajas, 
cada una de ellas compuesta de este modo: 
dos filas de ercaques o jaqueles de oro y 
gules, faja de oro y otras dos filas de jaque- 
les como los primeros; bordura de gules y 
ocho aspas de ero. 

PUEYRREDÓN. Originarios de Un- 
guedoc y Perigord con feudo en Calisac. Su 
nombre antiguo era Fayalle de Pueyrredón. 
bajo el cual fué inscripta la familia en el mo- 
mento de aplicar el Edicto Real del 20 de 
noviembre de 1696. instituyendo el Armo- 
rial General de Francia, segiln consta en 
el Registro de Toulouse-Montoulon, folio 
369. número 278. 

En 1724 les fué concedido el título de 
Marqués de Fayalle de Pueyrredón. 

En 1753, don Juan Martín de Pueyrredón, 
natural de Isor, cerca de Pau, hijo de don 
Pedro de Pueyrredón y de dofta María de 
ia Broucheríe. pasó a España, y en 1763 
vino al Río de la Plata, donde se casó el 22 




de junio de 1766 con doña Rita Damasia 
Dogan, hija de don Juan Javier Dogan y 
de doña Isabel de Soria. 

De este matrimonio, entre otros hijos, 
nació don Juan Martín, de tanta figuración 
en la historia de su patria, cuyos destinos 
presidiera en 1816. durante el período de su 
independencia. 

Su descendencia directa se extinguió en ¡a 
persona de su hijo don Polidiano. pintor de 
bastante personalidad y valía. 

Su hermana doña Juana Pueyrredón de 
Sáenz-Valiente, figura como una de las damas 
patricias de más relieve. La descendencia de 
sus hermanos hállase emparentada con las 
familias de Ituarte. Man-Nab. Barrero Vivot. 
Moreno. Aguirre. Sáenz-Valiante. Salterain, 
Bosch. Castro, (3osta. Bernal. etc. 

Escudo sobre plata tres leones de gules: 
por soportes dos gigantes coronados de pám- 
panos sosteniendo 
dos banderas: la de 
la derecha, faja de 
sable y plata en 
campo de oro: la de 
la izquierda, león de 
plata sobre azur. 
Corona de marqués. 
Por cimera, león de 
plata sosteniendo 
rama de sinople: Di- 
visa t-Nom ibi sed 
ubique^). 

AGUIRRE. En- 
tre los Palacios y 
Cabos de Armería 
que existían en Na- 
varra, se cuenta 
el de Aguirre, en 
Donamaria. cerca 
de Pamplona, con 
asiento y llama- 
miento a Cortes. 

Don Francisco Ca- 
simiro de Aguirre y 
Benpoechei, señor 
del Palacio de Agui- 
rre, bautizado en 
Donamaria el 15 de 
marzo de 1723; con- 
trajo matrimonio con doña María Micaela 
de Micheo y Usteriz, y tuvieron por hijo a 
don Agustín Casimiro de Aguirre y de Mi- 
cheo, nacido el 8 de septiembre de 1 744; pasó 
a Buenos Aires, donde fué Teniente Coro- 
nel, Regidor y Alférez Real del Cabildo el 
año 1779, en que juró y proclamó al rey 
don Carlos IV. 

Contrajo matrimonio con doña María 
Josefa Alonso de Lajarrota, hija de don 
Domingo Alonso de Lajarrota y Ortiz de 
Rozas. Caballero de la Orden de Alcántara, 
y tuvieron por hijo a don Manuel José 
Hermenegildo de Aguirre; casó el 9 de di- 
ciembre de IBIB con doña Victoria de Ituarte 
y Pueyrredón. y luego con doña Mercedes 
de Anchorena. Su descendencia se vinculó a 
las familias de Anchorena, Herrera, Urquiza. 
Gómez. Ocampo, Madariaga, Sáenz-Valiente, 
Dorado. Anasagasti, Benítez, Nazar. Hari- 
laos. Carcía-Mansilla, etc. 

El escudo de esta casa de Aguirre es cuar- 
telado, partido por una pala de azur: Pri- 
mero, en rojo las cadenas de Navarra; se- 
gundo, sobre el mismo campo un castillo de 
oro. saliendo de sus almenas un brazo ar- 
mado con espada; tercero, en oro una loba 
con su cría al lado de un árbol; y cuarto, 
ajedrezado de azur y plata. Divisa una 
cinta roja y en letras de plata el lema: 
«Piérdase todo, sálvese el honor». 

RIGLOS. Apellido de origen catalán. En 
el año de 1502 un caballero de este linaje se 
estableció en Tudela de Navarra, en cuya 
parroquia de San Pedro, en la primera co- 
lumna junto al altar y capilla mayor del lado 
de la Epístola, estaba la sepultura y ente- 




rramiento de la familia de Riglos con su 
escudo. 

Don Juan de Riglos, casado con doña Fer- 
mina de Labastida, tuvo por hijo a don Mi- 
guel de Riglos y Labastida, que pasó a Bue- 
nos Aires con el empleo de General de los 
Reales Ejércitos. Casó en 1710 con doña 
Leocadia de Torres, nieta de don Pedro Hur- 
tado de Mendoza, hijo éste del Marqués de 
Cañete. En segundas nupcias casó con doña 
Josefa Rosa de Albarado. 

Doña Ana de Riglos de Irigoyen. figuró 
entre las damas patricias de Buenos Aires. 

Don Miguel Fermín Mariano de Riglos, 
estuvo casado con doña Mercedes Lasala, 
primer presidenta de la sociedad de benefi- 
cencia de la capital al fundarse en 1823; 
también fué de las damas que contribuyeron 
con su óbolo para el sostenimiento de la pri- 
mera expedición libertadora en junio de 181©. 

La descendencia de este apellido se halla 
unida a las familias de A.nchcrena. Lezica, 
Oromí, de la Quintana, Alonso de Lajarrota, 
San Martín de Avellaneda. Lasala, Aguirre, 
Alzaga, Acosta. Achaval. Elía. Irigoyen, 
Piran. Pacheco. Videla Dorna, etc. 

Escudo cuartelado: 1.*^ y 4." en gules una 
cruz de oro lisa puesta sobre tres gradas del 
mismo metal, acompañado de dos róeles 
también de oro; 2."^ y 3." cuatro fajas de 
azur ondeadas sobre campo de oro. 

losÉ M.a Pérez- Valiente. 




■I=>LJ>^S 




Es fusrzi, para llegar hasta las 
cataratas famosas, cruzar prime- 
ro la selva de Misiones; y a fe que 
la ruta ineludible va preparando 
el espíritu del viajero para reci- 
bir la sensación profunda que le 
aguarda en ellas, como si la natu- 
raleza hubiera juzgado impruden- 
te sorprenderlo de golpe con tanto 
esplendor. Una vieja calesa, tira- 
da por diez muías, ssrpea durante 
tres horas y media por entre el 
bosque fastuoso, recorriendo una 
«picada» cuyas alzas y bajas per- 
miten el milagro de una constante 
renovación del panorama. Es un 
vehículo de corte medioeval, que 
va poniendo entre los rumores de 
la selva el eco sordo y áspero de 
sus crujidos y el grito de los pos- 
tillones, a menudo expresados en 
aglutinantes apostrofes del voca- 
bulario guaraní. El paisaje es desconcertante. Las ramas de los 
árboles se entrelazan en lo alto, para formar bóvedas de verdu- 
ra que en aquella basílica de la naturaleza fingen naves de 
una espléndida arquitectura, impidiendo casi por completo la vi 






^•*- -.r^ 






mh. :\ 







sión del firmamento. 
Tan sólo a través de 
alguncs claros, que 
parecen azulados 
cristales de vidriera, 
se ven cruzarlas nu- 
bes blancas o grisss. 
Filtrándose a duras 
penas, gotas de sol 
se mueven en el sue- 
0. como diamantes 
enloquecidos. Aspí- 
rase un perfume 
hondo. Las «lianas» lujuriosas se 
trepan a los troncos, los envuel- 
ven hasta vestirlos, se entreve- 
ran en las copas, se retuercen 
sobre las hojas y caen desde 
arriba en una titilante explosión 
de cortinados. Constelaciones de 
orquídeas se abren por todas 
partes, pegadas a los troncos, 
a cuyo pie los heléchos pro- 
fusos se aprietan los unos a los 
otros, como si la tierra resultara 
estrecha para dar cabida a la ex- 
plosión de sus propios gérmenes: 
y allá se alza el «ybirapitá». rey 
del bosque, semejante al mirto, 
grave y coposo: y allá el cedro de 
anchas hojas; y el «lapacho» mag- 
nífico: y la «canela», árbol recio 
con el cual los lugareños fabrican 
sus piraguas: y el «timbó», cuya 
arquitectura de torre gótica le 
permite elevarse sobre todos los 
demás, tendido de punta hacia 
arriba como en un obstinado em- 
peño de pinchar él azul del firma- 
mento; y la «araucaria», que suele 
tener cinco metros de circunferen- 
cia en la base; y el «guabirá» con 
su especie de níspero pendiendo de las ramas: y el «yabuticaba». 
ubérrimo de la mejor fruta del bosque, una como nuez que apa- 
rece pegada a modo de verruga en el tronco; y el «pino», y la 
«cancharana» con su fruta hermana del durazno y sus hojas espec- 



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EL PRIMER ESCALÓN DE LAS CATARATAS. 



SALTOS BRASILEÑOS 



torales: y el«aiaticú», similar de la grosella; y el «arazá» o chirimoya sal- 
vaje: y e! «cerezo» con sus hojas color crema y su fruta provocante que 
pone la nota escarlata entre la poHcromia maravillosa del conjunto. . . 
Y en medio de todo, largos pájaros de vuelo lento y armonioso, algunos 
divinamente niveos, otros de roja testa y otros, grandes y mustios, de 
cuerpo negro y pecho blanco, a los cuales los hijos del bosque llaman 
candidamente «viudas». . . La vieja carroza va rodando. Aléjanse las 
aves en soslayantes lineas de fuga: se adivina, en el alma de la selva. 
maraña adentro, los «pumas* obscuros y los tigres elásticos. Como dos 
luces fatuas, brillan de pronto en la densidad de la maleza las dos 
pupilas centelleantes del terrible gato montes. Se dijera que el silencio 
tiene una vibración de misterio en torno de nuestras cabezas; y de 
pronto, repentinamente, la caravana se detiene para escuchar: un 
rumoreo lejano pero estridente — mil cañones remotos rugiendo en 
andanada — un ruido extraño, a la vez sordo y tenante, llega a nues- 
tros oídos: es que estamos cerca de las cataratas. Una rara sensación 
de agua invisible se percibe en la cara. Ha cambiado el tono de la 
atmósfera, porque en toda ella, como un desvanecimiento de velos 
incorpóreos, flota polvo liquido. Siéntese entonces una casi mortificante sen- 
sación de pequenez: la gran naturaleza va a mostrarse a la criatura miserable 
en uno de stis caprichos más imponentes; y tras unos minutos más de selva, 
estamos, por fin, frente al prodigio. 

Imaginad un valle profundo y vasto — trescientas hectáreas — tendido en 
forma de hemiciclo y encajonado entre rocas abruptas. Sobre esa hondonada. 
en cuyo fondo estalla una flora inverosímil, se precipitan, desde sesenta me- 
tros de altura, las aguas del Iguazú. La enorme masa líquida se derrumba 
por todas partes. Las cascadas se suceden las unas a las otras, casi sin inte- 
rrupción; y sumando el ancho de los torrentes se llega a esta cifra fabulosa: 
3.200 metros. Sobre el pavoroso despeñamiento juegan las luces. Y es enton- 
ces la maravilla. . . Tienen las aguas, al avanzar sobre el abismo para sepul- 
tarse en su entraña, un tono de ámbar en la parte alta; y a medida que se 
precipitan va acentuándose la gama blanca hasta rupir en espuma. Debajo, 
al chocar en la gar- 
ganta obscura que 
las recibe, se en- 
crespan en una vo- 
rágine indescripti- 
ble: ni el Océano 
en sus horas más 
férvidas es compa- 
rable a aquella fu- 
ria; la detonación 
estruendosa de la 
calda se prolonga 
en vibraciones in- 
finitas, y después 
de revolverse allá 
abajo en un caos 
diabólico de espu- 
mas, lanzan hacia 
arriba torrentes in- 
vertidos que van 
sutilizándose has- 
ta convertirse en 
vaho, en humo, en 
polvo, en una va- 
porización intáctil 
y plomiza que da, 
vista de lo alto, la 
impresión de un 
naufragio de nu- 
bes en un abismo. 
La sombra de los 
árboles de arriba, 
proyectada en el 
fondo, parece es- 
tremecerse de do- 
lor al choque de 
los torrentes. La 
nota azul se insi- 





UN EFECTO MAFAVILIOSO DE LOS CRANDE3 SAITOS. 



núa a intervalos sobre el fasto blanquecino de los torrentes y el sol va 
poniendo en ellos, alternativamente, pinceladas de amaranto y ber- 
mellón. Hay algunos que dan, en su aparente inmovilidad de espumas, 
la idea de copos de algodón detenidos en e! aire: otros hacen pensar en 
una estupenda fuga de perlas, nacarada el agua con todos los orientes; 
y aquel, enorme, cuyo lomo está suavizado por el beso de una luz ver- 
dosa, parece un desvanecimiento de esmeraldas en un fondo de mis- 
terio. . . Tendido sobre el valle y apoyando en la altura los dos extre- 
mos de su curva, el arco iris aparece todos los días de sol. al caer de la 
tarde; y entonces el vaho de las aguas, flotando gravemente en el seno 
de la hora vesperal, se diría una nube de incienso solemnizando todavía 
más la majestad terrible del conjunto. 

En trance de turismo arriesgado es posible bajar al fondo de la hon- 
donada.. Guías diestros y nervudos, ágiles criollos de caras brunas, 
amparan al viajero en esta marcha impresionante. Se va descendiendo 
por los peñascos empapados, mojándose a veces hasta la cintura, lu- 
chando con el impulso de alguna reminiscencia torrencial que obstruye 
el paso, saltando de piedra en piedra, salvando abismos obscuros y 
sintiendo la vaporización rabiosa de las aguas que pega en la cara con mayor 
fuerza a medida que se avanza perpendicularmente hacia el pavor. . . Senta- 
do, por fin, en la roca, veo el cuadro de su punto de vista más trágico. Desde 
arribia, habíamos asistido a la partida de los torrentes; ahora vemos la llegada. 
Hace frío. Los sesenta metros se multiplican contados desde aquí. El estrépito 
de las aguas es ahora aterrador. La densidad de las nubes de polvo líquido 
obstruye un poco la visual y se experimenta una doble sensación de aturdi- 
miento y pequenez. ¡Ver al torrente en su cueva! La enormidad del cuadro es 
superior a mi capacidad receptiva; aquello es demasiado. No es posible hablar. 
No se hacen ya preguntas a los guias. La voz humana no podría hacerse oir, 
además, cuando la gran naturaleza tiene la palabra. Empapado y mudo 
trepo de nuevo. . . 

¡Y luego, cuando muere el día, qué sordinas infinitas pone al paisaje la luna! 
Suavízanse todas las tonalidades a conjuros de la pálida. El vaho líquido se 
tiñe de un amarillo leve y las nubes flotantes allá abajo reciben imperceptibles 

emanaciones de 
rosa viejo. Refle- 
jada en el fon- 
do tumultuoso, la 
luna se despedaza 
sobre los torrentes 
y los despide hacia 
arriba con tonali- 
dades de oro. Pa- 
rece un jirón de 
ella misma aquella 
banderola de lum- 
bre que se alza 
como un penacho. 
Los peñascos, 
engarzados en la 
noche y lustrados 
por el derrumbe 
que los esmalta, 
se abrillantan en 
la sombra. Sólo en- 
tonces, al amor 
de la noche, mues- 
tran su pedrería 
fastuosa, burbu- 
jeando en el lujo 
inaudito de millo- 
nes y millones 
de facetas. Mírase 
ahora con más es- 
panto hacia la tra- 
gedia del fondo. 
. . .Y tal es la 
maravilla que po- 
cos argentinos co- 
nocen. 

Belisario 
Roldan. 



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-FIRMAS 

AJENAS-» 



IVMON 

DEL 
VALLL 
INCL/N 




NA tarde, en tiempo de vendimias, 
se presentó en el cercado de nues- 
tra casa una moza alta, flaca, rene- 
grida, con el pelo fosco y los ojos 
ardientes, cavados en el cerco de las 
ojeras. Venía clamorosa y anhelante. 
Dadme amparo contra un rey de moros que 
me tiene presa. Soy cautiva de un Iscariote. 

Sentóse a la sombra de un carro desuncido y 
comenzó a recogerse la greña. Después llegóse al 
dernajo donde abrevaban los ganados y se lavó 
una herida que tenía en la sien. Serenin de Bretal, 
viejo que pisaba la uva en una tinaja, se detuvo 
limpiándose el sudor con la mano roja del mosto. 

— Cautivos de nos. Si has menester amparo 
clama a la justicia. . . ¿Qué amparo podemos darte 
acá? Cautivos de nos. 

Suplicó la mujer: 

— Vedme cercada de llamas. ¿No hay una boca 
cristiana que me diga las palabras benditas que 
me liberten del Enemigo? 

Interrogó una vieja: 

— - ¿Tú no eres de esta tierra? 
Sollozó la renegada: 

--Soy cuatro leguas arriba de Santiago. Vine 
a esta tierra por me poner a servir y cuando estaba 
buscando amo caí con el alma en el cautiverio de 
Satanás. Fué un embrujo que me hicieron en una 
manzana reineta. Vivo en pecado con un mozo que 
me arrastra por las trenzas. Cautiva me tiene, que 
yo nunca le quise, y sólo deseo verle muerto. Cau- 
tiva me tiene con sabiduría de Satanás. 

Las mujeres y los viejos se santiguaron con un 
murmullo piadoso; pero los mozos relincharon co- 
mo chivos barbudos, saltando en las tinajas, sobre 
los carros de la vendimia, rojos, desnudos y fuertes. 
Gritó Pedro el Arnelo, de lugar de Condes: 

- Jujuruju. No te dejes apalpar y hacer las 
cosquillas, y verás cómo se te vuela el Enemigo. 

Resonaron las risas alegres y bárbaras. 

Las mozas, un poco encendidas, bajaban la fren- 



te y mordían el nudo de sus pañuelos. Los'mozos. 
en lo alto de los carros, renovaban los brincos y \oi 
aturujos, pisando la uva. Pero de pronto cesó lá 
fiesta. Mi abuela acababa de asomar en el patín, 
arrastrando su pierna gotosa y apoyada en el bra- 
zo de Micaela la Galana. Era doña Dolores Saco, 
mi abuela materna, una señora caritativa y orgu- 
llosa, alta, seca y muy a la antigua. La moza re- 
negrida se volvió hacia el patín con los brazos 
en alto. 

— Concédame un amparo, noble señora. 

A mi abuela le temblaba la barbeta. Con un 
dejo autoritario interrogó: 

— ¿Qué amparo pides, moza? 

— Contra un rey de moros. Vengo escapada de 
la cueva del monte, donde me tenía presa. 

Micaela la Galana murmuró al oído de mi 
abuela: 

— Parece privada, misia Dolores. 

Y mi abuela levantó su lente de concha y tornó 
a interrogar, mirando a la moza. 

— ¿A quién llamas tú rey de moros? 

— Rey de moros talmente, mi señora. Habla 
sin voces. 

Gimió la renegrida: 

--Me tiene cautiva con sabiduría de Satanás. 

Intervino el viejo Serenin de Bretal. 

— La señora quiere saber cómo se llama el mo- 
zo que te tiene en su dominio, y de dónde es nativo. 

La renegrida levantaba los brazos, temblorosa 
y ronca. 

- Milón de la Arnoya. ¿Nunca tenéis oído de 
él? Milón de la Arnoya. 

Milón de la Arnoya era un jayán perseguido por 
la justicia, que vivía enfoscado en el monte, ro- 
bando por siembras y majadas. En casa de mi 
abuela, cuando los criados ss juntaban al anoche- 
cido para desgranar mazorcas, siempre salía el 
cuento de Milón de la Arnoya. Unas veces había 
sido visto, otras por caminos, otras como el raposo, 
rondando alrededor de la aldea. Y Serenin de Bre- 



tal, que tenía un rebaño de ovejas, solía co