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(V VENDIDO POfl 



*U£NOS M«^ 







1^-3 ^X- 



E L 



OPIO 



E N 



Todos los pueblos que viven en la naturaleza y conforme a la naturaleza, 
tienen por enemigos a los representantes de las razas civilizadas o medio 
civilizadas. El hombre blanco, siempre se distinguió en la persecución y 
aniquilamiento del salvaje. Parece que le domina una envidia hacia los seres 
felices, y para destruir esa felicidad primero les cambia oro por cuentas de 
vidrio y cascabeles; luego les rebanea el pescuezo, o les enseña el culto al 
alcohol y otras excelencias 
del vivir civilizado. 

Entre esos pueblos vícti- 
mas, ocupa un lugar distin- 
guido el cafre, cuyo nombre 
es sinónimo de brutalidad e 
incultura. Apesar de tan ne- 
gra fama, el negro pueblo 
cafre constituye la «élite» de 
la raza negra. El cafre es 
humano, paciente, valeroso 
y hospitalario. Toda su fama 
de hombre bestial y sangui- 
nario proviene de que se ve 
obligado a defenderse contra 
los aventureros que le aco- 
meten ávidos de lucro. El 
trato con el civilizado blanco 
le hizo desconfiar, odiar, ase- 
sinar y enviciarse hasta la 
médula de los huesos. 

Vivían tranquilos, frescos, 
sin camisa los hombres, sin 
corsé las mujeres, comiendo 
de la caza y de la agricul- 
tura. El casero, el almacene- 
ro, los impuestos, los parti- 
dos políticos, las luchas so- 
ciales, el grafófono, el bicar- 
bonato de soda, etc., les eran 
perfectamente desconocidos. 
Vivían a su gusto, en pleno 
siglo de oro negro, sin ape- 
nas distinguir del tuyo y del 
mío. Pocos entuertos que en- 
derezar hubiera tenido allí 
Don Quijote. Una esposa va- 
lía 80 cabezas de ganado, y 
las cabezas de ganado sólo 
alcanzaban cotizaciones que 
hubieran parecido ridiculas 
y despreciables en los merca- 
dos blancos. Adoraban a sus 
antepasados sin intervención 
de los sacerdotes; fundían el 
hierro y el cobre para hacer 
armas con que defenderse de 
las fieras; labraban primoro- 
samente troncos de árboles; 
hacían cestos de mimbres. 
El cafre era feliz, serenamen- 
te feliz, todo lo feliz que un 
hombre puede serlo. 

Mas el wiskhy, el gin y 
otros licores espirituosos lle- 
garon a Cafrería, y los Ama-Zulús, los Amas-Tembus, los Ama-Lala, los 
Ama-Ncolosi y otras tribus cafres perdieron su serenidad dichosa. Ya van 
perdiendo la esbeltez característica de su raza; bajo sus lanudos cabellos 
su cacumen se embrutece; pronto merecerán el sobrenombre de cafres. 

Por si el uso del alcohol barato, malo y caro, no fuese bastante, han caído 
en otro, vicio más cafre: el opio. 

La droga tan decantada por Claudio Farrére, parecía privativa de los 
chinos, de los árabes y de los esnobs» de los continentes blancos. Un cafre 
fumando opio es tan absurdo como un gaucho de frac y corbata blanca. 
El mismo Farrére no hubiera concebido nunca tal despropósito. 

Pero se trata, sin embargo, de un ser real, estúpidamente real: los cafres 




UN FUMADERO DE OPIO AL AIRE LIBRE 



cafrería 

abusan del opio con ese furor que ponen en sus vicios los seres inocentes' 
primitivos. Y los traficantes cuidan de que la planta envenenada, la hermosa 
y falaz adormidera, no falte en Cafrería, trayéndola no se sabe dónde o culti- 
vándola cerca de allí. 

Para aspirar el humo narcotizante, los cafres no usan la pipa tradicional 
de los fumadores asiáticos. Hacen en tierra un canal poco profundo y allí 

ponen el hogar donde se que- 
man los granos de opio y el 
tubo por donde se aspira el 
humo; luego nivelan el suelo, 
de modo que sólo sobresalga 
el tubo y dicho hogar. Un 
cafre se encarga de cebar la 
pipa, el otro prosternado ab- 
sorbe el humo, hasta que 
pierde el conocimiento y es 
apartado por sus compañe- 
ros. Mientras el fumador sue- 
ña, otro le reemplaza, y así 
sucesivamente. El cafre hace 
a la tierra madre cómplice de 
su horrendo vicio. 

De este modo, toda la tri- 
bu cae en seguida bajo el 
hipnótico imperio de la de- 
gradante droga. Mujeres y 
hombres abandonan momen- 
táneamente este mundo para 
soñar con otro mejor. Perc 
¿qué visiones agradables ha- 
llarán los'cafres? ¿Se creerán 
libres del amo, del trabajo, 
de la degradación? Las hu- 
ríes negras, ¿serán tan her- 
mosas como las huríes ama- 
rillas del paraíso artificial 
chino? 

El opio llega tarde para la 
negra población de Cafrería. 
En otros tiempos, cuando 
los negreros estibaban sus 
barcos con ébano viviente, el 
humo opiáceo hubiera sido 
un benéfico consuelo. Ahora 
no se comprende la necesi- 
dad de tal uso. Tal vez les 
sirva para olvidarse de que 
ya están medio civilizados, 
es decir, demasiado civili- 
zados. 

En medio de nuestros pro- 
gresos, mientras paseamos 
en automóvil o nos aburri- 
mos en el teatro, siempre 
vive en nuestro interior una 
protesta contra el convencio- 
nal martirio que nos impone 
la vida civilizada. Durante 
esos momentos, una secreta 
voz nos dice que deberíamos 
regresar a la existencia pri- 
mitiva, a las delicias del bosque, lejos del casero, del almacenero, del «music- 
hall», etc. Al enterarnos de estas cosas de Cafrería y de otras que ocurren en 
países salvajes, el ánimo vacila, y si en el bolsillo hay plata, se reconcilia uno 
con la vida civilizada. No merece el trabajo de ser negro, esa vida llena de 
vicios blancos. Pueden perdonarse el amor al bosque, las comodidades de la 
vida intensa y libre, si no vienen acompañadas de la ingenuidad virtuosa. 
Pero pensándolo bien, más vale la Cafrería, con opio y todo, que no los 
países civilizados con sus agiotistas, bolsistas, cobradores, recaudadores y 
otros verdugos. Porque, entre borrachera y borrachera de alcohol y de opio, 
los negros cafres disfrutarán las delicias de sentirse amos de sí mismos, cosa 
que ya se va perdiendo en regiones donde la gente está negra por dentro. 




Ningún enfermo del estómago e intestinos, por crónica y rebelde que sea su dolencia, debe 
desesperarse. Muchos han consultado notabilidades médicas sin encontrar alivio, y al tomar 
STOMALIX del Dr. Saiz de Carlos, han recobrado la salud. Las fermentaciones anor- 
males del estómago producen acedías y vómitos, que se corrigen inmediatamente con este 
medicamento. Quita las náuseas, ardores epigástricos, y la digestión se normaliza, el enfermo 
come más, digiere mejor y se nutre. Es de resultados positivos en las diarreas y disentería. 
Venta en Farmacias y Droguerías. Pidan folleto a Carlos S. Prats, San Martín, 66, Buenos Aires. 




SíSSEl» 



— r:>u;N^':s x'urrR--\— 



PE R S I A EN 
NUEVA YORK 

La caridad «s ingeniosa y, como 
int«n>osa. hábilmente ori(>inal. Una 
penooa altruista busca el modo de 
pooor al servicio del prójimo desva- 
lido toda la inspiración y todo el 
buan gusto de que sea capaz. A^. la 
caridad es arte al mismo tiempo 
que virtud. 

Como el hombre es artista por 
tenparamento. necesita el estimulo 
potente del artificio, cosa que los 
mendicantes de profesión conocen a 
maravilla y a ella deben el triunfo 
de sus mejores sablazos. Una li- 
mosna implorada sin arte es voz 
en el desierto. 

Afiadamos a estas reHexiones la 
afirmación, al parecer atrevida, de 
que los iTtejores mendigos son las 
mujeres y hombres acaudalados. 
Por eso. a veces entre el enjuto col- 
chón de un mendigo encuentra la 
autoridad imprevistas sumas de va- 
liosos billetes o cartuchos de mone- 
das áureas. Por eso. nadie mejor 
que una millonaria sabe implorar 
un bien de caridad, buscando más 
hábiles tretas para conmover o he- 
rir los sentimientos filantrópicos y 
artísticos de ricos y pobres. 

Por amor al semejante en des- 
gracia, los artistas del altruismo 
saben buscar mil modos de aflojar 
los cordones de las bolsas bien reple- 
tas. Princesas que bailan; reinas de 
cualquier articulo de primera necesidad que 
cantan tonadillas: marquesas actrices, y otras 
represe ntantes del gran mundo que se disfrazan 
en bien del pequeño mundo. En esto del dis- 
fraz, hay una prueba de modestia cristiana su- 
perior al precepto de que una mano no sepa 
lo que en cuestiones caritativas haga la otra. 




Uno de los atractivos del Bazar «Hero Land 
War», de Nueva York, institución benéfica o 
mina fructífera para los heridos e inválidos 
(«Hero Land War» significa literalmente «Tie- 
rra de los héroes de la guerra») lo constituye la 
reproducción de una calle de Bagdad, por don- 
de transitan numerosas muchachas ricas ves- 



tidas a usanza persa. La reproducción, como lo 
atestigua nuestra fotografía, es maravillosa- 
mente admirable, excepto los rostros, pues en 
toda Bagdad no hay mujeres tan lindas como 
las señoritas Helen, Edith y Harriett Pratt, y 
Mary Steichen, verdaderos ángeles sin alas de 
la beneficencia neoyorquina. 




PNEUMÁTICOS 




.ém. 



m_ 



:^. 



símbolos de duración 



542, PASEO COLON, 544 



ly^— 




_r3i_;v:s -N^i-rrR^^— 



ULTIMAS CREACIONES "HARRODS" 




71OJ. ELEGANTE VESTIDO en ri- 
co tul de hilo color crema, adornaio con 
fncajf filet $ 120. — 

SOMBRERO MUY CHIC, de liberly 
nefro, adornado con pincho de fantasía, 
o S 40.— 



2641.- ELEGANTE VESTIDO en es- 
pumilla color rosa, adornado con lindos 
bordados en seda hechos a mano, corpino 

Casa en MAR DEL PLATA deponga $ irs.- 

MUY NOVEDOSO SOMBRERO en 



7237. VESTIDO MUY CHIC, en ri- 
ca cíase de tul coíor celeste, adornaio 
con enca\e\iíel y cintas de seda, $ 150. — • 



y^ 



lelpa blanca, adornado con cordeíiere de ELEGANTE SOMBRERO de satín 
Unión TtUIÓHica. j>,.'. Mar del Piala chenille S 45. — borde de galón paillete, en negro. % QQ.— 




JYarrods 



FLORIDA 877 

Y PARAGUAY 554- 



ANO III. 



BUENOS AIRES, ENERO DE 1918. 



NUM. 21. 




VIDA SOCIAL 



UNA NOCHE EN EL TIGRE. 

GOUACHE DE ALONSO. 



— P>L-.-V<S 



EVGLNIQ 
PORc 



c 



Ea «i iMÜMto áa EstvdMis Catalanes he oa- 
McadealfMTMpMaadareatalinEacenic d'Ors. 
■M l« iMoiw oáMc* ai «■MiMmo óaXtnias. 
■I |te 4ri (liiiMin 4M inkló hace diet aftos en 
4^ Vas da OMataa]ra> y <|ua ha otHitinuado. sin 
t amiii yd*» ham la (echa, dia por día. ya estu- 
ráa •■ Hatada o en Saixa. en Bélgica o en 

ti— na iii—rta fea despertarlo de U me- 
«taateyaaUeeoalHkayaiuvoz apagada, que 
caMdo ri dUlof» aa iiMa. aa agradable y sonora. 
Sa cdban. «ahra de la volcaridad a su tipo, alto 
7 idbaMe-.wfcteei caaquate negro de so cabellera 
— M> m pratooga hada adelante en pequeAas 
1 1 iWÉii uitiirtrai — hay ya incnatacionas de 
pteta. vw saiiiilileíaii sos treinu y dnca aflos. 

Las ea^as. poMadat y sallantes, le restan da- 
nted a n «siablante. vetando sus ojos, color de 
tabaoo. qtn. ia cootmabra de mirar hada dentro. 
m Sima q«e laianta darlos vuelta y le quita 
. lÉaado so mirada de una inmovilidad 



A pocaa palsihnn. me dke su gran interés por 
la Amérira dol Sur y su propósito de ir a ella. 
q^iÉi pronto. De alU noa llaga — exclama - la 
gola da aaogra t aec i o sa que fortalece y renueva 
■OMIía rata; que viene a ser la que en otros 
tloapea Bavó Italia a Francia. . . ¡Cota de sangre 
pi a ctoaa l.-. Yo también tengo algo de alU: mi 



I da la Argentina — y me sorprende 
coa aoa e ao o dm lantea de ella, pues aquí se sabe 
aray poco da ana hombros y casas: — del doctor 
Jeot Ingenieros, a quien conoce de antiguo: del 
«ia|a d* don losé Ortega y Casset y el éxito de 
Ma c<]«l»iSiii iar de diarios y revistas bonasren- 
saK da Abarte Chiraldo y, se detiene ante un 
noiabrr Leopoldo Lugones. 

— Me parea una de las persanalidades mis 
Iniaiíaiiilia de la RepOblica Arfcntina. Es un 
grar banooo... AqueiU •Hisioría de Sarmienio<, 
donde poaa de ta exaltación linca a la nota de 
Aooociario... Debe aer un hombre ansioso de 
IWwlail. paro oomo los grandes barrocos del si- 
glo xvni. que lachaban por deshacerse de los vic- 
ies tl ts i ma sin haber encontrado los nuevos . . . 
Porque hay cttsicos nuevos. . . que los encuentra 
la ganai if íAn siguiente Loa rominticos de prin- 
cipio dal «glo XIX. 

Paraee qoe ka escritores jóvenes esün afana- 
dea por la creaciin del alma nacional: muy noble 
propósito. 

— SL Hobo una época, en que nuestra litera- 
tora se estaba tomando a base d: rlementos 
narienalea: paro Degó la continua y poderosa 
iaolcraclón — d es d e ei italiano al 
ta po n es — y eatonoes la paiquis 
dsi poablo qasdó abolida. Hemos 
posado oo periodo de silenciosa 
expectativa, en la que ha estado 
y está gsst an do una grande y nue- 
va Ktaratora. . . 

— Lagenai es entonces d hom- 
bro roprossDtativo de este mo 



Dsspoés de ana digresión Tilosó- 
Acoí. c o m o qos en al pensamiento 
iw ls i iti i destila su sangre, apare- 
oa la guerra: 

— ...Y so Buenoa Aires, ¿si- 
gnan coa interés su aconted mi en- 
tea> 

— Con inlarés y muchos con 



— ¿La opinión general? 

— De porte de Francia y sus 
aliades Ptn se veo moy poco es- 
taa aborradeiMs iniranrigentes de 
iian oó ftl oa y gennanófUoa. 

Es una suerte. Los pueblos en 
lodia y aquelloa que, como el nues- 
tro, están próxiinoa a dios, sufren 
oao efoseacióa momenUnea. que 
los hace rachaxar todo lo que per- 
laoaee al pena ami ento de los ene- 
oMgeo. Seria deplorable que esto 
■iISBW o cu r itsii en América. Aun- 
que aa ntuy diHeU adelantar nada 
sobra laa mnaarioinflss de esU 
gnsrra. poss la aodón dificulu la 
Idea, p c d m iui catar seguroa, asi 
sobrevengan tiranías militares o 
g obiern o s denMxriticos. dd triun- 
fo dd internacionalismo, o sea d 
c o o uctwia oto y d amor de todos 
leo p oeb lov En dos aOoa se reali- 
imú ana labor pora la cual se hu- 
Mosaa necesitado ctacaanta. 

— La actilod de Romain Ro- 
Doad deba sor pora usted muy 
tnievosonte. on ese lenitdo. 

— Me parece muy noUe y aoer- 
lada. Aqini fundamos un iComlté 











-t-£^'/ 



/^ 



de amigos de la unidad moral de Europa^» y con 
ese motivo tuve correspondencia con él. Se trata 
de salvar ciertos valores espirituales que nada 
tienen que ver con los ejércitos a los que se 
quiere mezclar. 

Yo recuerdo el libro de Rolland "Au dessus 
de la melée», donde deja consignado todo esto, 
tan significativo y bueno. 

Donde ha culminado el espíritu latino es 

en Italia, -dice Xenius. — Francia ha ido a la 
guerra obligada por la agresión brutal, pero Ita- 
lia ha meditado su actitud y en el pueblo hay 
cierta alegría al marchar al combate. Es algo 
que sugiere a las grandes guerras antiguas... 
Tienen un gran poeta. D'Annunzio, que los im- 
pulsa a la acción, y un filósofo. Croce. superior 
a Rolland. Literatos y periodistas escriben allí 
con más libertad: no se nota en ellos la presión 
inglesa. . . Son los que tienen una visión más 
clara de estos hechos, y sin embargo, aquí nadie 
se interesa por ellos y los periódicos italianos se 
leen muy poco. . . 

- ^Cree usted que España debía tomar parte 
en esta guerra? 

— No... Ninguna nación... 
Para Eugenio d'Ors tiene poca importancia el 

regionalismo que agitó hace poco la conciencia 
española; le parece detestable que cualquier 
región de España pretenda gobernarse por sí 
misma, y . - . 

- - ¿Por qué escribe en catalán? 
Es el único idioma en que nosotros pode- 
mos crear, poner alma. Las ideas son las palabras 
y de ellas nacen. . . Prueba de ello es que una 
palabra que para nuestros abuelos significaba 
una cosa, para nosotros es otra. Debemos aplicar 
la inteligencia y el pensamiento universal sobre 
el espíritu local. Así, procuramos hacer a este 
Instituto de Estudios Catalanes, de Estudios 
Gener Jes. 

Hablamos de la vida artística de Cataluña 
que es intensa; de poetas, pintores y escultores, 
en éstos es en lo que estamos mejor, me dice: 
y en pintura hay cosas muy interesantes y 
buenas. Tiene un gran aprecio para José Pijoan. 
el autor de la "Historia del Arte», el poeta que 
sabe tañer la lira de Maragall y cuya existencia 
misteriosa se oculta en el Canadá. 

Al hablar de escritores castellanos, comenta a 
Azorín como un maravilloso prosista; de don 
Ramón del Valle Inclán dice que es el más 
grande poeta dramático castellano y me refiere 
la impresión que le produjo el estreno de «Vo- 
ces de Gesta»; tiene palabras de cariño para Pío 
Baroja, su opositor en estética, y para la obra 
poética de Ramón Pérez de Ayala. 
Y sobre todos los poetas castella- 
nos, en la cumbre más alta, pone 
al maravilloso, al único: Rubén 
Darío. Y entre otras palabras. lle- 
nas de admiración y cariño, dice: 
Tenía la intuición suprema 
del lenguaje; sabia escoger la pa- 
labra justa; esa que sabemos es la 
que corresponde para la expresión 
de una cosa y que, sin embargo, 
nos causa tanta sorpresa y alegría 
encontrar ... A Octavio de Romeu, 
mi personaje irreal, que a veces 
me acompaña y con el que suelo 
dialogar, le hacía yo decir a Rubén 
Darío: «Eres un trompo divino, de 
música; aunque la cuerda del do- 
lor apriete tu cuello, no llores: es 
que el señor te da cuerda. . .» 

Usted, que ha dicho que el 
nuevo siglo será el de la filosofía 
^cree que la poesía futura tendrá 
ese carácter? 

- - En todo estará la filosofía; 
pero debemos tener en cuenta que 
su mayor triunfo consiste en que 
ella no estorbe a las otras mani- 
festaciones. . . 

Así terminó nuestro diálogo 
aquel día, quedando citados para 
otro, en la Escuela de Bellos Ofi- 
cios, después de una de sus confe- 
rencias. La obra de Xenius, el co- 
laborador más extraordinario que 
tuvo diario alguno en el mundo, 
según el "Mercure de France*, o 
el Sócrates de la moderna España, 
que dijo la revista de Munich, 
"Allgemeine Rundschau», debe es- 
tudiarse con serenidad. La Escue- 
la de Bellos Oficios, donde se pro- 
mete desarrollar su tipo humano 
de ('Aprendizaje y Heroísmo,!, me- 
rece capítulo aparte. 



./^ 



'í-t^ 



Valentín de Pedro. 
árcelona, 1917. 



!^^=S.— 




PUERTA PRINCIPAL DE LA IGLESIA DE 
SAN LORENZO, EN POTOSÍ (SOLIVIA) 



— ir»L-^'^ 'S/X-m3>N.— 



y \ \ I S ION ll J^^ LA^^VTKGEN a» © a^ LOR E TQ 



L* fMM* da Ñuten SeAora de Loreto se celebra 
«1 10 de dici«tnbi«. En el idioma comarcano se en- 
tiende por «eumpJeaftos» ese día y al anterior se le 
Oama «velorío». 

Nesotn» fuimos a Loreto el 9. el dia del velorio. 

BiaB mwvcia la pena dejar por un dia muestra 
vida aenua)vai«. metidos en el monte machete 
w mano. o. en el acua. empuBando los remos y ca- 
ben j tono al ad. para saborear una fiesta po- 
pular. 

Las mafianas de Misiones, como las noches, son 
^ mfri.vT«« Y hedios a levantamos con la salida 
del aoL muy temprano nos pusimos en camino. A 
píe. deade meso. 

Ptao Mas dos leguas por un camino que atra- 
viesa im mandión de campo, que se interna en el 
mente por una «picada», que es el paraíso de som- 
bra y de frescura soHado cuando se va por un are- 
nal a las 12 del dia en esta época, por ejemplo. 
y allá, que desciende al valle y sube a la loma y 
trepa por las rocas, que se continúa al otro lado del 
Yabebiri. mediante una balsa sobre dos chalanas. 
y que se mueve tirando a brazo de 
un cable tendido de orilla a ori- 
lla, es tm placer para los ojos y 
un aludable ejercicio para quien 
esté entrenado, como era el caso. 

El naranjal nos dio indicios de 
la proximidad de la plaza y des- 



^vr.xTRA~jT:~ 

,^JECEUH»A 




J 



carne. — de galinha, sin duda — y grasa. Aquello 
es imposible y optamos por las naranjas. Una do- 
cena cada uno y un jarrito de miel, hacen el al- 
muerzo más sabroso que recuerde, salvo un des- 
comunal plato de porotos y miel después de una 
mañana entera de monte, abriéndonos paso con 
el machete. 

Damos una vuelta. El silencio es completo. La 
fiesta popular consiste en estarse allí no más. Las 
familias acampan a la sombra y comen y chu- 
pan mate y cumplen con la virgen, metida en la 
capilla, con testimonio de presencia y alguna vela 
encendida. En el mejor «boliche», una tienda de 
ona, se juega al monte. El sargento de policía que 
asoma la cabeza por entre el grupo apretado de 
mensú, sigue con ojos de obseso el meticuloso 
deslizarse de los dedos que cogen la carta y la 
vuelven. Después se va como desencantado. 

En un extrem.o de la plaza está la capilla, que es 
un rancho de madera, con («sobrado» de techo de 
paja. El traje de la imagen desaparece bajo un 
cinterío de colores que el viento agita constante- 
mente. Aquella cara blanca, con 
expresión de alegre sorpresa, hin- 
che de fervor religioso a mu- 
chos creyentes y preside la cere- 
monia por tandas, del bautizo de 
niños. Luce una brillante corona 
de cartón sobredorado. Detrás de 



^1 



•EL PADRE K> 
~St { LAJ.*\A- 
-DBEJY.MSOí- 
QVt-FVEEON • 



embocamos de golpe en ella, real- 
mente sin esperarlo tan de inme- 
diato. La plaza es un manchón de 
tierra llana, más o menos cuadra- 
do, rodeado de monte. Alguna 
piedra cubierta de mu^o. algún 
resto de muralla, amparo de helé- 
chos y «espinhos». todo perdido y diminuto, me- 
nos la «plaza» en la inmensidad de la arboleda, 
naranjos, higuerones. etc., atestiguan el sitio de 
la antigua misión. 

Un carro sin caballos y unas sillas 
junto a las ruedas, es un estableci- 
miento donde despachan bebidas, 
•cafla» casi exclusivamente, y vino. 
Todo en torno de la plaza y a la orilla 
del monte está ocupado así por despa- 
chos de cosas de comer o de beber. Al- 
guna tienducha de lona y un mostra- 
dorcito de cajones o de tablas, Pero, 
en general, cada establecimiento se 
compone de una tabla y cuatro esta- 
cas, y sobre ella, la especialidad: tor- 
tas (ritas, empanadas, queso, miel, 
mazamorra, pan, locro. naranjas. 
Queremos comer. Nos acercamos a 
la vieja de las empanadas. 

— Son de galinha— nos sopla ten- 
tadora. 

Parto una. La masa es correosa y 
dentro, un mátete de arroz, algo de 





mPARTlENDO 
LOJ'-J'ANTOJ' 



la puerta de la capilla arden,, 
sobre una mesa que lagrimea es- 
tearina por los cuatro costados, 
innumerables velas, tentación de 
innumerables perros, hábiles en^ 
apagarlas y comérselas. 

A las tres aparece el padre Jo- 
sé. Va a bautizar la segunda tan- 
da de chicos. Un muchachón fornido, cruza, tam- 
baleándose, desde el próximo boliche y se acerca, 
sin interrumpirse en su tarea de lle- 
nar de caña un vaso, metido en éste 
el gollete de la botella. Lo llena hasta 
el borde sin derramar una gota y. de 
un trago, lo vacía. Después se apoya 
en un palo del «sobrado» y escucha 
con sonrisa escéptica el discurso pre- 
liminar del padre José: « Bueno, se- 
ñores; ya saben que se paga adelan- 
tado, porque no tengo ganas de ir a 
correr por el monte, después, detrás 
de ustedes». 

La ceremonia termina bien pron- 
to. Después todo vuelve a su aspecto 
anterior. Anoche hirieron a un men- 
"^ú; anteayer un peoncito recibió un 
tajo en la espalda. Dentro de dos o 
tres días habrán terminado las fiestas 
de Nuestra Señora de Loreto. Y 
nada más. 

Rodolfo Romero. 





DE LA COLECCIÓN DEL SEÑOR LORENZO PELLERANO. 



LA MERE MORIEU 



ÓLEO DE RIBOT. 




ptvs 

. VITPA 



— l-^L" 



m»^M|ili_i¡j I "I y 




-^ lnímor-6fl£i-^?.ya 



OCRANDO mantener el prestigio de su 
tradición, Jujuy. la remota ciudad 
fronteriza, sigue presentando el viejo 
carácter que le imprimieron las ge- 
neraciones pasadas. Sus monumen- 
tos nos recuerdan hechos memora- 
bles que testimonian fechas y nom- 
bres, borrados casi en la continua sucesión de los 
años. Las piedras carcomidas hablan al espíritu 
con el encanto de su grandeza secular, porque 
ellas sintetizan el logro de humanos ideales, no 
por lejanos, menos dignos de nuestra venera- 
ción y respeto. 

Jujuy siente acaso, como ninguna otra ciudad 
de la República, el noble deseo de co.iservar sus 



^'LrrP2.^N.— 




tradiciones. Viejas fachadas de aspecto colonial, 
forman hilera en sus calles anchurosas y largas. 
Así ve nos aún edificios como conventos, y cons- 
truccio.ies religiosas con torres que quieren pare- 
cer atalayas. Visitando la población, siéntese en 
el alma ese sutil aroma de eternidad que se des- 
prende de las cosas abandonadas. Y no es que 
nuestro espíritu ambulante se sugestione ante lo 
carcomido y ruinoso: es que el sentimiento de lo 
inmortal flota en la quietud solemne de estos si- 
lenciosos lugares. Porque Jujuy, a pesar de sus 
recientes y casi obligadas innovaciones, subsiste 
como una afirmación de la leyenda y de la historia. 

En medio de antiguas casas vecinales, hundidas 
en el quietismo de su vejez centenaria y caduca, 
álzase su más preciado monumento: la iglesia ma- 
triz. Construida durante los primeros años del si- 
glo XVI n, tiene asiento en los solares que se le ad- 
judicaron cuando la fundación de la ciudad (19 
de abril de 1593). Anteriormente hubo en este 
sitio un pequeño pueblo llamado Nieva de Quin- 
tana o Huaico-Hondo, destruido dos veces por los 
indígenas, que sólo respetaron la imagen de Nues- 
tra Señora de Nieva, conservada hoy en la iglesia 
que mencionamos. 

Otra imagen de las veneradas es la virgen de 
Paipaya del Río Blanco, enaltecida por la tradi- 
ción. Paipaya era un poblado indígena extinguido 
en la antigüedad: derrumbada su capilla, fué tras- 
ladada la virgen a la población del Río Blanco, 
donde se le construyó una ermita en 1716, bajo el 
patronato del gobernador don Pedro del Portal. 
Tenida como milagrosa, oraron ante ella en víspe- 
ras de combate los generales Belgrano y Güemes. 
La Santa Sede ha decretado su coronación, que se 
celebrará en el corriente año de 1918. 

La iglesia matriz consta de un solo cuerpo, con 
su nave de madera en forma de bóveda, altares a 
los costados y un retablo churrigueresco donde se 
rinde culto a la Virgen de las Mercedes, patrona 
de Jujuy. Bajo su protección se juró y bendijo, 
el 25 de mayo de 1812, la primera bandera ar- 
gentina, y un año desoués el escudo nacional, 
trofeos que don Manuel Belgrano depositó en el 




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templo para que fuesen conservados como pre- 
ciosas reliquias. La bandera fué inspirada en la 
del regimiento de Galicia, que tanto hubo de dis- 
tinguirse en la reconquista de Buenos Aires. Don 
Bernardino Rivadavia y los generales Pueyrredón 
y Belgrano eligieron los colores azul y blanco, to- 
mándolos de la escarapela y banda de Carlos 111, 
de cuya Orden era Caballero don Juan Martín de 
Pueyrredón. Este dato lo citan en sus escritos 
varios historiadores. 

Joya de indiscutible mérito, dentro del arte 
americano, es el pulpito que figura a la derecha 
del altar mayor, construido en forma de tríptico. 
Sus relieves perpetúan las generaciones habidas 
desde Adán hasta Jesucristo, formando un ex- 
traño árbol genealógico. Entre columnas salomó- 
nicas se destacan los cuatro evangelistas, y en el 
pasamano de subida a la plataforma, ángeles ves- 
tidos a la usanza de 1600 ascienden por la simbó- 
lica escala de Jacob. Fué tallado por los nativos 
del Perú bajo la dirección de los jesuítas, siendo 
su estilo el barroco, aunque desvirtuado un tanto 
por marcadas influencias del indígena primitivo. 

Igual carácter tiene la puerta de la sacristía, y 
uno de los confesonarios, antiguos y bellos ejem- 
plares que acaso servirán algún día de modelos 
para la formación, en América, de un arte propio 
y definido. 

Enterramientos preeminentes guardan las ce- 
nizas de don Teodoro Sánchez de Bustamante, 
diputado al Congreso de Tucumán (1816) y las de 
don José Ignacio de Guerrico, nacido en la villa 
de Cerain de Guipúzcoa, en 1771, que según se 
halla inscripto en su tabla tumbal, ocupó hono- 
rables destinos, contribuyendo a la fundación de 
la iglesia. Fué muy devoto. Falleció el año 1849. 

Entre los ornamentos sacerdotales merece tam- 
bién recordarse una valiosa casulla parecida a la 
que existe en el convento de San Francisco de la 
misma ciudad, cuya briscada seda carmesí, traída 
de España, figuró en una gualdrapa del Caballero 
de la Cerda, Duque de Medinaceli. 




ptterk-inttrior- 
obra-be-loí 





CIGARRERA ANDALUZA 



PROPIEDAD DEL SEÑOR JOSÉ M.' MÉNDEZ. 



6LE0 de GONZALO BILBAO. 




PLVS • 
. VLTPA 



^'í3 x^'j_rr^r2yx.— 



O R.O 




w^camamkpde nu Leüifio^ 



POR, 



PADLO 
CO/TA 



La primera transición entre la barbarie y 
la vida civilizada se produjo allá por el 
año 69 del siglo pasado. Tengo clavados 
en la retina los feroces «huevitos de olor» 

— que golpeaban y se quebraban en pleno 
pecho de las señoras y de las niñas que se 
atrevían a asomar a la puerta o la ventana; 

— no se me escapan de la memoria los cu- 
bitales baldes de agua que caían como un 
chaparrón sobre la cabeza de los transeún- 
tes; no me olvido de las monstruosas jerin- 
gas de lata cuyo pico se entraba por entre 
las rendijas de las puertas y los ojos de las 
cerraduras; tengo muy presentes las colo- 
sales bombas de papel de diarios, llenas de 
agua, que enceguecían a los peatones; y el 
escarceo de los caballos, y las aposturas de 
los jinetes, y las coronas de flores naturales 
o de flores de papel que éstos recibían de 
manos gentiles, y el cañonazo anunciador 
de la batalla y el cañonazo vespertino que 
clausuraba el combate. Era todo aquello 
hermosamente salvaje, pero salvaje de ve- 
ras, y fué necesario desterrarlo porque la 
cultura popular asi lo pedia a gritos. 

Fué como el nacimiento de una vida 
nueva. La prohibición severa, rígida, del 
juego con agua, dentro de cierto radio de 
la pequeña aldea, buena y mansa, colonial 
y honesta, despertó un entusiasmo y una 
emoción desconocidos hasta entonces. La 
implantación del corso de las comparsas, 
con itinerario fijo, a hora determinada, 
produjo en el vecindario la idea de una fiesta 
grande, nueva, en la que todo el mundo tomaría 
parte, como si un consenso general la estimulase, 
como si el pueblo entero quisiera descuajar las 
viejas costumbres, de manera que no quedase ni 
rastros de la bárbara y antipática forma en que 
se habían celebrado hasta aquellos días las tra- 
dicionales carnestolendas. 

Los hombres ricos, los industriales y los comer- 
ciantes domiciliados en el tránsito del corso, se 
constituyeron en numerosas comisiones vecinales, 
a fin de recolectar fondos para dar mayor luci- 
miento a las fiestas. Cuatro o cinco días antes del 
Domingo de Carnaval, ya se veían los carpinteros 
y los pintores construyendo arcos de triunfo que 
tomaban los cuatro ángulos de cada bocacalle, 
y así, desde la Plaza de Lorea por Victoria hasta 
Florida, y desde Florida hasta la calle del Parque 
y desde ésta hasta la plaza del mismo nombre; en 
el día inicial de la fiesta, los arcos triunfales sacu- 
dían al viento sus follajes y sus banderas multico- 
lores, ostentaban sus transparentes caricaturescos, 
mostraban sus innumerables faroles japoneses, y, 
en guirnaldas, formando arabescos, a lo largo de 
las aceras, en juego armónico, faroles y gallarde- 
tes daban tinte y color a la apretada línea de casas 
que flanqueaban el corso. Pendían de los balcones 
y de las ventanas tapices de todo género, manchan- 
do de tono subido el albo blanquear de las paredes, 
predominando el verde, el rojo y el amarillo en 
una sinfonía caliente y desordenada de colores. 
La mal empedrada calle, cuyos picos salientes 
eran tortura de los pies, había sido totalmente cu- 
bierta de perfumado hinojo que saturaba el am- 
biente por la fuerte trasudación que el sol arran- 
caba a aquel mar de hierba fresca. A mediodía los 
obreros daban los últimos toques al artístico ador- 
no, escenario propicio, decoración simpática de la 
fiesta anunciada, que había de esculpirse en la 
memoria, y por muchos años, de aquellos que la 
participasen por lo novedosa, por lo artística, por 
lo regeneradora, por lo amable al espíritu y a los 
sentidos. 

Al iniciarse la tarde, cuando el sol comenzaba a 
describir su curva descendente, las calles adorna- 
das empezaron a llenarse de gente, mientras en la 
Plaza de Lorea iban reuniéndose las comparsas 
que, en un orden preestablecido, debían desfilar 
por el corso, encabezadas por dos jinetes cuya 
nombradla y fama alcanzan hasta estos tiempos. 
Estanislao del Campo y Héctor Várela, presidentes 
del corso, debían dirigir la marcha. A las cuatro 
de la tarde las calles, las ventanas, los balcones, 
las azoteas, todos los huecos visibles del trayecto 
estaban atestados de gente, y las damas y las 
niñas defendiéndose del sol con sombrillas de mil 
colores distintos, los hombres y los niños, firmes 




en las aceras recibiendo los rayos calientes con 
resignación estoica, esperaban que se produjese 
el magno acontecimiento. 

Y así fué como, a aquella hora, los dos jinetes, 
gallardos en sus piafantes cabalgaduras, cubiertos 
con el negro chambergo de alas anchas, vestidos 
de chaquetilla azul, pantalón blanco y bota de 
postillón, desembocaron por la esquina de Lorea 
y Victoria, seguidos por una banda de música, y 
saludados por una delirante salva de aplausos en- 
sordecedora, que corrió como un viento ligero, re- 
pitiéndose en ondas y como a saltos en toda la 
extensión del corso. Detrás de ellos, las comparsas, 
con sus músicas de violines y guitarras, con sus 
estandartes resplandecientes de seda y de oro, con 
sus trajes pintorescos, hicieron irrupción, flanquea- 
das por bandas interminables de chiquillos, que 
saltaban y corrían en aquel delirio de la cosa 
nueva, gritando, aplaudiendo, desgañitándose en 
esa explosión del alma infantil que no encuentra 
valla a sus primeras alegrías. 

Eran millares de hombres y de mujeres los que 
formaron la alegre mascarada, eran millares de 
instrumentos y de voces los que quebraban el 
aire sereno de aquella tarde de sol radiante y es- 
plendoroso, era una multitud sana de espíritu, 
sana de mente, sana de cuerpo que se movía como 
una ola gigantesca en medio de una polifonía des- 
concertante y embriagadora de tambores, plati- 
llos, trombones, violines. panderetas, guitarras y 
castañuelas, era toda la música latina, de todos 
los pueblos europeos, transplantados a estas playas 
cariñosas, que se fundían en un acorde grandioso 
para saludar a las banderas, a los gallardetes, a 
las flores, que el viento suave mecía como si qui- 
siesen llevar el compás de los orfeones. 

La enorme mascarada, a pie, a caballo, en carros 
alegóricos, avanzaba lentamente entre aplausos y 
gritos. De vez en cuando, al hacer un alto inespe- 
rado, las comparsas cantaban sus coplas alegres o 
amorosas debajo de los balcones, y las flores, arro- 
jadas por manos gentiles, premiaban el amable 
obsequio de la canción. Otras veces, las comparsas 
invitadas por los vecinos, penetraban a las casas 
en procura del refresco ofrecido a cambio de las 
canciones del repertorio, — visita que terminaba 
con algunas vueltas de vals, — y tal vez, y sin 
tal vez, algún flirt amable apenas esbozado en el 
calor tumultuoso de aquella fiesta sincera, artís- 
tica, buena, toda alma, toda juventud, toda sen- 
cillez primitiva, toda ansia de vivir la primavera 
radiante de la vida. 

Componían las comparsas y por grupos los hijos 
de los acaudalados, de los industriales, de los co- 
merciantes, de los artesanos, es decir, estaban en 
ellas los hijos de los oriundos y los hijos de los 
que habían venido a esta tierra a traer el con- 



curso de su brazo y de su intelecto, fundadores de 
las generaciones constructivas de la raza nueva, 
propulsores de esta alma nacional que hoy tene- 
mos, tal vez un poco híbrida, pero empeñosa y 
fuerte en el trabajo y en la lucha. 

Madres francesas, españolas, italianas y argen- 
tinas habían dado a la tierra virgen retoños de la 
vieja sangre latina y los retoños cantaban al aire 
la canción de la gloria de la raza, en la gloria del 
sol americano, en la gloria del flotar de sus ban- 
deras, amalgama de sonidos y colores, ríos de fe 
y de entusiasmo joven, que corrían torrento- 
sos por las venas pictóricas de sangre limpia y 
honesta. 

Y allá iba la caravana gigantesca, al son de las 
propias alegrías, echándose a la espalda de los 
tiempos pretéritos, en una procesión incontable, 
la cercana barbarie del Carnaval antiguo, como 
una protesta fiera contra 'os brutales desbordes, 
llevando por pendón civilizador la primera nota 
de arte popular que brotó, como una chispa de 
redención, en el suelo argentino. El pueblo ya no 
gritaba, ya no aullaba, cantaba, cantaba con un 
calor indecible y sincero, porque tenía el alma 
buena, porque tenía la conciencia de la limpieza 
de su estirpe. 

¡Oh! la vieja aldea, cariñosa y buena, santa- 
mente envuelta en su aurora de nación que nace 
a la vida, ¡qué dulces, qué inefables, qué hermo- 
sos fueron tus primeros días de arte popular! . , . 
¡Cómo se han grabado en el espíritu, con letras de 
oro viejo, con todas tus sencilleces animosas y plá- 
cidas; cómo reviven, entre la vigilia y el sueño, 
todas las policromías y todas las polifonías de 
aquellos momentos que no volverán, y que, evo- 
cados, parécenme fantasmas imaginativos preña- 
dos de encantos! 

Cayendo el sol en el fondo del horizonte, en el 
palpitar intenso de nuestros crepúsculos maravi- 
llosos, a la hora en que el día, fatigado, quiere 
irse a los confines perdidos, el cortejo ruidoso se 
disolvía lentamente, las músicas se perdían en los 
arrabales de la ciudad, las canciones se apagaban 
como ecos lejanos, los sonidos se hacían cada vez 
más cortos, más imperceptibles, y con la última 
chispa de luz, a la hora de las ánimas, la mascara- 
da callejera daba por terminada su misión... 

Después, por la noche, el remate, es decir, el 
baile, la fiesta familiar, el hogar abierto con los 
brazos abiertos, la vida íntima entregada al deber 
humano de concertar espiritualmente voluntades 
para que prolongasen el imperio de la vida. . . 

¡Cómo han cambiado los tiempos! . . . 

¡Qué lástima grande que los viejos tengamos 
que llorar tantas bellezas perdidas! 

DIBUJO DE FORTUNY. 



— in.vi^ X i.i u>.-x— 




MARTIRIOS VOLUNTARIOS 



EN CASA DEL MODISTO. 

PIBUJO^DE ACgUARONE. 




Mi pcpi^cy 



Tira taLJa y al ctiello la koiriLlí? <i?ji±ellacla_ •, 
si liace -pTGSEL s& eL^eLckeL teti'ocecliejiclo leüio; 
la 5^au¿i-e de la. hesiisL que cLtra.sireL ae^oUaiOa- 
viefte en. sus anetnos rastro feroz ael e^s-ccttmienio. 



Mi perro es casi casi lait IvtxAo como -tut \ó!bo. De nocke aulla , eoilla. Lo -ve a. «us calcaSaires 

Ne^o, -paias de f-u£>¿o, las f aTices color vino •, el ladrón, y a las ánimas se encoitúejulaiL las viejas; 

ejL+re el jaspe y la. sasi^e filtra. tuL secreto arroto los ¿alos itiiemuitpejí sus juegos familiares 

sn -pupila., cié foiuJo vagaanjeitie aztilitto. para ejicresparse ecltando cliispas yoy Idus orejas. 

Sentado, es luia. estatua-, auÁe¿a^, luia sospecia^ Después, el ^ol ya eji. alto, eil amo que despierta 

no ¿alopa, nc leidra , Jii liace íiesias s-er-viles-; le ceÁe^ al £ul la guardia coa±t-a el dolo y el raho, 

Sí líeaia coíl su trote utudo la calle estteclta y dice la jnicacla áe su pupila aletia. : 

mueve sileitcios de liojoi>res y "voces jtLUJetiles. "Ha llegado la Itora, patttm, de liacej: el loto.' 

I^blo díiLa. Cb^tsL (liijí?}. 




Afortunadamente no me arredran las dificulta- 
<les: yo soy estoico como Zenón y un poco mucho 
vegetariano, y el uso diario de las farináceas com- 
binado con las aficiones que despertaron en mí las 
conferencias de Ortega y Gasset. han desarrollado 
mi voluntad y el espíritu de investigación. En 
todo hallo motivo de estudio: me detiene todo 
problema: y ante cualquier incógnita ejerzo de ti- 
rabuzón, penetro en sus profundidades y trato 
de extraer el origen aclarando el misterio. Teso- 
nero d hombre ¿no? 

Dice Amado Ñervo: «Todos los porqués huma- 
nos, dejarían de formularse si conociéramos una 
dimensión más: la cuarta»; pero yo palpito que, 
algunos, ni con cuarta. 

Asi. pues, puede afirmarse, que el viejo Simón 
de «La Tempestad» cuando cantaba aquello de 

«¿Por qué. por qué temblar?» 
no oonoda la cuarta dimensión. 

El dia que esta medida — o lo que sea ~ llegue 
a ser del dominio público, como el balneario mu- 
nidpal. será el momento de aclarar todos los fenó- 
menos que aquí apunto y cuya invariable repeti- 
ción hacen sospechar la existencia de una ley inte- 
ligente y desconocida que bien pudiera ser la cuar- 
ta dimensión, verdadero, modernísimo y consola- 
dor hallazgo, porque ella será la depositaría de 
todas la* incógnitas. Y así como los médicos 
atribuyen al sistema nervioso todo cuanto igno- 
ran, el resto de los mortales encontró por fin el 
modo de resolver toda duda en esta sencilla fór- 
mula: ¡Vayase a la cuarta dimensión! 

¿Por qué no cortan nunca los cuchillos de mesa? 

¿Por qué los perros tienen tanto odio a los car- 
boneros? 

Si ae come en la cama, ~ por muchas precau- 
donet que se tomen, — ¿por qué siempre han de 
quedar miguitas entre las sábanas? 

¿A qué obedece que las telefonistas siempre di- 
cen: «Tenga el tubo», si no hay más remedio que 
tenerlo? 

¿Por qué no lien nunca los inspectores del 
tranvía? 



¿Por qué están tan mal educados los hijos de 
los amigos? 

¿Dónde van a parar las cajas de fósforos que a 
todo el mundo le sobra? 

Se gane mucho o poco, ¿por qué siempre falta 
plata a fin de mes? 

¿Cuál es la causa de que todos los rengos ten- 
gan fama de malos? 

¿Por qué se comen tallarines todos los domingos? 

¿Qué empeño tiene todo el mundo en publicar 
artículos si nadie los lee? 

¿Por qué interrumpen la marcha de los tranvías 
los carros cargados con sifones de soda? 

¿Por qué todos los italianos llevan siempre 
puesto el sombrero de un modo tan raro? 

En las reuniones de las confiterías, ¿qué pasa 
que los coristas siempre se marchan sin pagar? 

Cuando uno pisa a otro, ¿por qué se queja el 
que pisa? 

¿Por qué razón «La Razón» empieza por la ter- 
cera edición? ¿Qué les ha hecho la primera y la 
segunda? 

¿Qué daño hacen las lupas para que, siempre 
que se las toma, se las retuerza el mango? 

¿Por qué habla de miles de pesos todo aquel 
que no tiene un centavo? 

¿Por qué casi todas las literatas son feas? 

¿Por qué hay tanta muchacha que usa lentes? 

¿Por qué no tienen ni medio los que están en 
el secreto de los ganadores en las carreras? 

¿Por qué no hay ni un mozo de café con gafas? 

¿Por qué todo el mundo habla bien de Wagner 
y a nadie le gusta? 

¿Qué sacan los que van en motocicleta con des- 
hacer los oídos de los pacíficos transeúntes? 

Si los concertistas de violín o piano se cortaran 
el pelo, ¿dejarían de tocar bien? 

¿Por qué nadie devuelve los libros prestados? 

¿Por qué acaba de pasar el tranvía que se ne- 
cesita y vienen muchos que no hacen falta? 

Al terminar la afeitada, ¿por qué pregunta el 
peluquero si hace daño la navaja? 

¿Por qué el dolor de muelas cesa en casa del 
dentista? 



¿Por qué son malos todos los gobiernos? 

¿Por qué el pucho cae siempre fuera de la sali- 
vadera? 

¿Por qué los golpes van directos a la parte 
dañada? 

¿Por qué no molestan los zapatos en la zapate- 
ría y sí cuando no pueden devolverse? 

Los que presumen de vivos, ¿por qué siempre 
están fundidos? 

¿Qué tiene que ver la pipa con el ingenio de los 
detectives? 

¿Por qué siempre se ignora dónde se agarra un 
resfrio? 

¿Por qué se paran los coches en las esquinas, 
interrumpiendo el paso, cuando se está apurado 
y se quiere atravesar la calle? 

Si uno se viste de claro, ¿por qué se mancha 
de obscuro? Y si se viste de obscuro, ¿por qué 
se mancha de claro? 

¿Por qué «Los tres mosqueteros» eran cuatro? 

¿Tan divertidas son las manifestaciones que las 
hay todos los domingos? 

¿Por qué cuando hay una rotura en el traje, 
o en los botines, se está en la creencia de que todo 
el mundo se fija en ella? 

¿Por qué prefiere el público ir a los teatros las 
noches de estreno, si es cuando se ven peor las 
obras? 

¿Por qué suele haber más fiebres en las casas 
donde hay termómetros? 

Cuando se estrena un sombrero de paja, ¿por 
qué llueve? 

¿Por qué son de tan mal gusto los coches fú- 
nebres? 
¿Por qué la Pampa tiene el ombú? 
Si algún lector llega a encontrar por ahí la 
cuarta dimensión y quiere prestármela un mo- 
mento, yo le prometo devolvérsela en perfecto 
estado inmediatamente después que resuelva estos 
pequeños problemas. 
Gracias anticipadas. 



Antonio Cañamaque. 



DIBUJO DE SIRIO. 




AQUimCJHD 

Nació en la espesura de las viñas, una ma- 
fiana de sol y pámpanos. El silencio era como 
un ala de gloria en la escena solitaria. Y al 
filtrarse una ráfaga, sahumada de las linfas 
del Zonda, hacía de las hojas vividas, cas- 
cabeles precursores de las vendimias. Ya los 
racimos rudimentaban esa forma émula de 
los corazones, apeñuscadas las uvas en la 
expresión de pueblos pujantes. Y bajo las 
frondas nebulosas, sobre la tierra tibia, se 
extendía el bordado maravilloso impreso por 
las pintas del sol al traspasar las copas 
bruscas. Su nido de nacimiento, fué más di- 
choso que el de las águilas. . , 

Lo proporcionó al mundo €t sortilegio de 
una palabra: Amor. Su madre andina, vi- 
niendo del confín Arauco, bajó un día los 
desfiladeros de la cordillera enorme, como 
un ampo de nieve rodante, cuyo corazón alo- 
jase gérmenes para la corriente de un río. . . 
Pisó las áreas fecundas. Se sensibilizó con la 
frescura y el dulzor de las frutas su natura- 
leza roqueña. Y el vino puro, dijo en su 
sangre virgen, el secreto eterno: jAmorl 

La historia no fué más que la fascinación 
ligera. Vísperas, todo promesa, todo encanta- 
miento; traspaso, el desprecio, las cenizas. 



Y de nuevo fué, peregrina como antes del 
desamparo ahora de !a injusticia, a amparar 
en el vientre de la viña grande, como en una 
madre, su destino. . 

Desvelaba apasionadamente la eminencia 
científica de los sabios comarcanos, a la vez, 
un juicio heráldico. Tenían cortado, ante sus 
ánimos iguales, el atlas del continente, en 
blasón comparativo. Dos campos en pal, fi- 
guraban de azur y gules dos países, partidos 
por briosa angrelada banda de plata. De 
diana subía el sol en un canto de oro. Del 
trascol, el desierto del mar. Sobre los tim- 
bres de la banda argente, las águilas custo- 
dias guardaban el tesoro de sus progenies 
inaccesibles, sobre edades e infinitos. La de- 
sidencia era: ¿Pertenecían las águilas al sol 
o al mar? 

De este lado la riqueza jocundaba la vida. 
El chorro de mosto capitoso urdía el riacho 
de cien ubres inextinguibles. Tributaba el 
espíritu de las parras en la sangre de los 
hombres. Y parecía atraerlos, él, prodigiosa- 
mente, a besar la tierra madre y baja. Todo 
lo positivo era de la parte sol. Y traspuesto 
el espinazo de plata: solo y único: el más allá 
abierto, sin fin las olas y los cielos, enajena- 
dores de alas fornidas. . . ¿De cuyo eran las 
águilas? ¿Natales o extranjeras? 



Desaparecidos los ebrios de la bacanal, 
esfumado el ambiente alucinante, la inocen- 
cia rústica aureoló, con unción de leyenda, 
el episodio de la forastera. La vieron salir 
de las viñas con el milagro del hijo. Sólo re- 
cordaban que llegó un día estragada a festi- 
vales de vendimias, que bebió en el póculo 
de todos los mancebos. Y que el sino la per- 
dió después en las espesuras clementes. Se 
dijeron: 

— Vino del más allá peregrina. Ignora 
quién es, cómo ha llegado a las tierras del 
sol. En el viaje desamparado concertó sin 
duda (es evidente) amores con los reyes de 
las cumbres. Es una enviada del mar. Su 
hijo es. . . 

No se atrevieron a decirlo. Pero le bautis- 
maron con alusivo nombre: Aguilucho. En- 
tonces, como una flor sacra hurtada al tallo, 
puesta en el vaso cristalino del entendimien- 
to para la admiración común, ella marchitó 
al atardecer de su celebración, feneció. Y la 
leyenda hinchó con sugestiva seguridad las 
viñas, traspuso límites, rodó por la redondez 
del universo. Y al volver en la esférica reso- 
nancia, llegó recién a las orejas de los sabios. 

Y salidos de los recintos venerables del 
estudio, fueron en corporación amburbial, 
descreídas las canas cabezas, tras música de 
caramillos y vihuelas con que los precedían 
los viñadores. Lo hallaron a la sombra de 



las enramadas cuantiosas. Era ya un ado- 
lescente o provecto, vago ejemplar de tribu, 
afine, en la insenescencia de sus días, a dio- 
ses remotos. Hablaba mal y sólo para res- 
ponder. No sabía de nada. En compensación, 
reía, con gracia ignota de gioconda, diáfano 
sentimiento de arte humano... 

Los sabios escrutaron hito a hito sus fac- 
ciones. Reflejaba el florecimiento de sensi- 
bilidades, augurio de frutas, en su rostro que 
era un gromón contorsionado de cascos anu- 
lares, como una copa involucra, al tope de 
un sarmiento. En los iris de los ojos profu- 
saba el fulgor violáceo obscuro de las uvas 
dulces. Y su boca filosa, imaginaba un pico 
de metal, paradógicamente benigno. 

Pero bajo la capa de este exterior exulto, 
arcano adentro: ardía la sensación honda de 
lo impenetrable, el alma recóndita del mar 
que impelía con alientos de alas fuertes las 
expresiones. . . 

De la meditación y del asombro, el eclip- 
se mental de los sabios, alumbró a través de 
la leyenda y del original, una definición viva 
sobre el abstracto de la ciencia. ¡Las águilas 
eran del sol y del marl ¡Por qué las águilas 
eran dones del eterno Amor; y Bellezas del 
supremo infinito! 

Justino de Gonzalo, 
óleo de lair estrella. 



.^x.— 





^^NOR.^ NJ Zp/V 





Hacia ti vuelvo los ojos; a la mitad del 
camino de mi vida, antes de bajar la cumbre. 

Hacia ti vuelvo mi alma, vetusta y amada 
ciudad donde yo nací, recostada en la mon- 
taba a cinco leguas del mar. sonorosa de 
canciones, aromada de pomares. 

Rotunda, lenta y lejana la campana de 
la Catedral llama al Coro al oficio divino 
de las vísperas. 

A esta hora tórnase cantarína mi ciudad: 
cada ventana tiene su cantar, cada casa lan- 
za sus canciones al espacio, de donde caen 
mezcladas en nuestro corazón dejándole un 
fermento de suave melancolía. En todos los 
obradores de modistas, costureras, sombre- 
reras y planchadoras, cantan coros de voces 
pubescentes los amores perdidos, la despedi- 
da triste, la ausencia larga. 

Ebanistas, alfayates. herreros y mampos- 
teros, ensamblan, cosen, baten y clavan al 
compás de cantos en que se loa la fuerza de 
valentía, las vaqueras de la Alzada y el buen 
vino de Castilla. 

En mesones y paradores mientras los ve- 
ceros ingurgitan y trasiegan, agotado el re- 
pertorio de Riberinas. Serranas. Carreteras 
y Vaqueras, Pravianas y Quintaneras en- 



tona un cantor, al son del Alia la lleva, la 
fanfarrona canción de la provincia: 

Camino de Castilla 

Ya no va nadie. . . 

[Sólo el polvo de nieve 

Que barre el aire! 
En la plaza, la giraldilla de las niñas canta 
romances antiguos, los mismos que antaño 
cantaron en su niñez nuestras madres, nues- 
tras abuelas. 

. . .El Romance de la Blanca Niña. . . la 
Princesa Delgadina... Gerineldo... Doña 
Enxendra. 

Y el encantador y moderno de aquella 
Reina Mercedes, que cuatro duques llevaban 
por las calles de Madrid. De todas partes 
salen cantos: de cuarteles y de hospicios, de 
cárceles y hospitales. 

En la Catedral Basílica la húmeda penum- 
bra del coro, salpicada de polícromos refle- 
jos de vidrieras, se llena de los graves sal- 
modies canonicales, mientras estridentes 
como clangores suben hasta el crucero las 
voces de los niños de coro entonando el 
Oficio Divino de Vísperas. 

TEXTO y DIBUJOS DE SIRIO. 




CON EL DOCTOR MAGNASCO 



P O L I TI C y\ 



Y 



L I T E a yy T V" ayv Ní/\cioisjyvLv 



Hace algunos días, visitando al doctor 
Osvaldo Magnasco, eminente ciudadano ar- 
gentino que, consagrado a su estudio de ju- 
risconsulto, vive aureolado por diez y ocho 
años de retiro y silencio, pensaba yo en la 
crisis actual de nuestra política interna y en 
la ausencia de inteligencias superiores, de 
caracteres de cuño patricio, que se nota en 
el escenario de la vida nacional. . . 

Conversábamos de hombres y cosas, del 
pasado y del presente; el doctor Magnasco, 
en cuya austeridad y extraordinario talento 
subsiste la herencia moral de nuestras gran- 
des figuras republicanas, 
definíame con palabra 
conceptuosa y elocuente 
ciertos acontecimientos 
del período de la orga- 
nización argentina. . . Y 
yo, entretanto, mental- 
mente, hacíame un ba- 
lance retrospectivo de su 
biografía. 

Imaginábale diputado 
nacional a los 25 años, 
el 90, estremeciendo con 
sus magistrales catilina- 
rias aquel recinto don- 
de tomaban asiento las 
más ilustres figuras par- 
lamentarias de la época; 
veíale constituyendo con 
su oratoria formidable 
la sombra obsesora del 
Alcibíades de la política 
argentina, el doctor Ma- 
nuel Quintana; me lo re- 
presentaba en su memo- 
rable cátedra de derecho 
romano, exponiendo an- 
te sus alumnos, con la 
autoridad de un Gibbón, 
de un Crevier. de un 
Walter Moyle, de un Mis- 
poulet, el panorama his- 
tórico y filosófico y la 
vida institucional de 
Roma antigua; admirá- 
bale, en seguida, en el 
cultivo de los clásicos 
latinos, traduciendo, con 
más perfección que los 
maestros italianos, a 
Horacio, Virgilio, Ovi- 
dio, Lucano. Lucrecio. 
Tíbulo, Propercio, Cá- 
tulo. Juvenal y el Per- 
vigilium Veneris, de 
autor desconocido; escri- 
biendo un trabajo en que 
negara carácter cientí- 
fico a la Filosofía, y re- 
futando en otro las teo- 
rías de Lombroso en su 
«■L'uomo deiinquente»; y 
después legislando sobre 
los códigos de comercio 
y penal, dando lecciones 
de derecho internacio- 
nal y constitucional, ha- 
ciendo reformas legisla- 
tivas y administrativas, 
interviniendo en las con- 
troversias políticas e in- 
ternacionales, dirigiendo 
los ferrocarriles del país, 
organizando la justicia 
militar, redactando los 
códigos del Ejercí to, 
fundando los consejos de 
guerra y asesorando, co- 
mo letrado, al Tribunal 
Supremo; y más tarde 
triunfando decisivamente en el célebrelitigio 
con Chile, llamado Cuestión del Norte, tra- 
zando la línea de las altas cumbres, en me- 
dio de personalidades como Mitre, Roca, 
Uriburu, sobre los propios documentos chile- 
nos, en oposición a las pretensiones de don 
Diego Barros Arana; y por último, en su 
fundamental y completa obra ministerial, de 
educación y justicia, durante el segundo go- 
bierno del general Roca... Luego, confun- 
diendo a sus detractores en su última apa- 
rición en el Congreso, fulminando la calum- 
nia plebeya de los mediocres, y retirándose, 
dignamente, a la vida privada, para entre- 
garse a la profesión y a la ciencia del De- 
recho . . . 

¿Cómo, me dije entonces, el pueblo, que 
suele tener instantes de lucidez repentina, 
no ha hecho llegar aún su clamor, no ha 
venido en masa, hasta las puertas de este 
ciudadano excepcional, para pedirle su nom- 
bre y levantarlo como una bandera de com- 
bate en las horas de marasmo y desconfianza 
cívica?. . . 

Arriesgué una pregunta extemporánea: 
- ¿Cuál es su filiación dentro de la actua- 
lidad política, doctor? 



— Estoy deliberada y completamente ale- 
jado de ella, ^ me respondió el doctor Mag- 
nasco. — He dicho ya en distintas ocasiones 
que no puedo volver a la actuación de esa 
clase, y la resolución, que hice al abandonar 
el ministerio, fué para cumplirla y no para 
quebrantarla. Son razones personales las que 
me obligaron a adoptarla y desde entonces 
me veo forzado a dar penosas negativas a 
las frecuentes solicitaciones que vengo reci- 
biendo desde que dejé ese ministerio. Todo 
ello no me impide manifestarle que mi ma- 
yor deseo cívico es y ha sido siempre, ver 



Roca, la integración territorial de la Repú- 
blica; Don Torcuato de Alvear, el espíritu 
urbano de civilización, etc. Pero, nadie es 
como Mitre un ejemplo. En todo: como ciu- 
dadano, como hombre de gobierno y de par- 
tido, como dueño de las más extensas ideas 
generales, como inteligencia flexible y de ge- 
nial adaptabilidad, como amor al saber, como 
self made man. y como energía intelectual y 
sobre todo moral. Ningún hombre, en toda 
la amplitud de nuestra historia, ha podido 
sostener su prestigio tan largamente como 
él. Eso es un signo de su positiva grandeza. 




constituido y organizado un' gran partido 
político, como lo quería Mitre y se había 
propuesto Avellaneda. Tarda en venir ese 
gran progreso nacional. 

Cambié el curso de la conversación, y en 
el deseo siempre de obtener declaraciones 
importantes, le pregunté: 

— ¿Por cuál de los argentinos ilustres del 
último cuarto de siglo siente usted más ad- 
miración y cariño? 

- - Entre los más grandes, ninguno ofre- 
ce un conjunto más realmente digno de 
imitación que Mitre. Pienso que todavía no 
se le ha estudiado bien, sobre todo en la fir- 
meza inalterada de su conducta con relación 
a los principios que eligió como norma de su 
vida pública. No hay un solo acto de él que 
no responda a ellos, desde el sitio de Monte- 
video a su postrer fulminación contra los 
adoradores de Caxias. Hay otros que. ac- 
tuando en su tiempo, han llevado a cabo ac- 
tos aislados de incomparable magnitud y 
trascendencia: Urquiza, Caseros y la Cons- 
titución; Alberdi, el ambiente científico cons- 
titucional; Vélez, la consolidación del dere- 
cho civil argentino; Sarmiento, la educación 
popular; Avellaneda, la capital definitiva; 



También tuve gran cariño por don José Ma- 
nuel Estrada — tipo de patriarca — cuyo 
curso de Instrucción Cívica debiera ser leído 
siempre por los argentinos. 

Continuamos hablando de distintas cosas, 
algunas sin mayor importancia. Ayudado 
por un giro de la plática, traté nuevamente 
de sondar las opiniones del doctor Magnasco 
sobre un tema interesante: nuestra literatura. 

— Muy delicado es el asunto. — me dijo. 
— Ya sabe usted aquello de genus irritabile 
vatum, de Horacio. Yo pienso que no hay 
por el momento verdadera literatura nacio- 
nal, a no ser en transición, aun cuando haya 
producción literaria, y con exceso, muy bue- 
na en parte. Creo que su más perceptible de- 
ficiencia está, en general, en la falta de soli- 
dez. De ahí que las obras y trabajos que se 
dan a la publicidad tengan, como es notorio, 
una vida efímera. Acaso nos sobre la predis- 
posición y aún el genio, pero nos falta la 
escuela y las severas disciplinas que ella im- 
pone. Y, como siempre me gusta invocar 
el pasado, lea usted otra vez el <'Pro Ar- 
chyas». de Cicerón, y recordará cuánto exi- 
gía el eximio maestro para ser un hombre de 
letras de verdad. Lo que hace falta, pues, 



es el carril, el cauce y, sin duda, el filtro. Us- 
ted me pide que le cite nombres propios. Ta- 
rea enojosa por lo que ya le dije con Horacio 
y porque en una conversación como ésta, 
¡cuánta omisión podría afectar de injusti- 
cia el recuerdo! Bunge es. en mi sentir, una 
de las más vigorosas mentalidades de ac- 
tualidad: Lugones, el temperamento más ge- 
nial, es asombrosa su imaginación, tanto que 
el freno que le pone no le basta; «La Gloria 
de Don Ramiro» ofrece exquisitos íMilimien- 
tos; pero, ¿es obra nacional nada más que 
porque sea <le Larreta? Joaquín González, a 
parte de sus demás cono- 
cidas condiciones, es un 
escritor: bien se notan 
en él los frutos de su 
perseverancia literaria 
disciplinada y firme; de 
Rojas habrá que decir 
todavía muchas cosas 
buenas; número de im- 
portancia es Ingenieros; 
pero, ¿no lo encuentra 
usted algo movedizo y a 
veces contradictorio? 
Pero en todo ello — y 
acaso defecto de ambien- 
te —¿cuál es la figura 
genui ñámente literaria 
comparable, por ejem- 
plo, con la de Miguel 
Cané?¿Dónde está, en los 
últimos lustros, la pro- 
ducción que viva y per- 
dure como la de Obliga- 
do? ¿Quién, en la ac- 
tualidad tiene el extenso 
e íntimo conocimiento 
de la literatura de la ma- 
dre patria como Oyuela? 

Y sobre todo, ¿por qué 
han sido olvidadas las 
letras clásicas de Fran- 
cia, España e Italia? 
¿O se puede creer que el 
conjunto de la produc- 
ción literaria moderna 
vale lo que la precedente 
como modelo de inspira- 
ción, de arte y por consi- 
guiente como factor 
educativo o de superior 
cultura? Estimo que el 
más sensible defecto de 
las sociedades modernas 
en general y especial- 
mente en lo literario, es- 
tá en el exceso de eman- 
cipación respecto del pa- 
sado, cuando bien sabi- 
do tenemos que no lo 
hemos proseguido o sus- 
tituido siempre con ven- 
taja ni siquiera con pari- 
dad en muchas cosas 
fundamentales. En le- 
tras y filosofía, al menos. 

Y no hablemos de políti- 
ca y de moral. La univer- 
sal subalternización es 
notoria. Esperemos, sin 
embargo, nuevos como 
somos, que la profun- 
da y prolongada con- 
moción actual nos vuel- 
va la vista hacia arriba, 
hacia los ideales, oscu- 
recidos por las doctri- 
nas utilitarias con las 
que algunas naciones 
de Europa tienen enve- 
nenado al mundo desde 

antes de mediados del pasado siglo y, en- 
tonces, operada la reacción franca a favor 
de las cosas del espíritu, hemos de volver 
a dar a la inteligencia su ambiente pro- 
picio y panoramas análogos a los que tuvo 
en las épocas que, hoy más que nunca, 
podemos llamar con el nombre histórico 
de «edades de oro», al menos de la litera- 
tura, de la filosofía y de la ciencia. Pero, 
hoy por hoy, ¿qué puede esperarse de 
inmediato? Lo únic^: que Dios nos dé a 
nosotros y a nuestros hijos inmensa pa- 
ciencia! . . . 

La mirada del doctor Magnasco pareció 
nublarse ligeramente; y mientras yo adivi- 
naba en su espíritu la íntima ansiedad pa- 
triótica de los ciudadanos superiores, él me 
extendió su mano, con un silencio signifi- 
cativo. . . 

Y yo creí entrever en ese silencio aquella 
frase de Norman Macleod, cuando realizaba 
su gran propaganda moral en la baronía de 
Glasgow: —¡Necesitamos hombres, realmente/ 
¡Pero no sus libros o su dinero o su populari- 
dad, sino a ellos mismos! 

Julián de Charras. 



— i=>l:v^ -v-i.T^PPy^— 



{CAaw habria yo de haoer. mi 
<8 i l»C a ><> i> lector, pan darte i<lea 
dará, b a c m toiacteainente puta, de 
toda paran, del (oíaao eatade ani- 
aioo ea que ae hallaba el simpático 
AiejWidro Cuioirrila. lo que saliA. 
«ex panda, dd oonoci^fe negocio de 
'^'-f'~ étrmitr cri. «La Patagonia 
pa<Ttti»* (la can. como sabes, caro- 
ca de aaeanalaa). oe« los pies pavi- 
mwtadni por ana soberbia yunta 
de eaminantn morradoa. de loa del 
43... aunqae no sabrt decirte si 
anaadoa o por annar> 

Ya podía ir maliciando que en 
li|a me empacaria. aacaiado hasta 
la ptrOf^ ea el eepeao barrial de 
aa penuria HacOistiea. si no viniera 
ea mi auxilio oomo brioso cadenero 
el clist de una paráfrasis coasarra- 
da por el uso. y que vale, sefún 
cákoloa. no procedentes del hl(ado. 
más qoe ua Psris y una misa t dicho 
saa ooa Hoeada de ~ d 

Mantel. Coa deortr ¡to 

del que le estoy ooaversa.".dc. iba en 
aqudls ocasüa ««Is fari'/o fw p*b*- 
«r falwadrí Mpalos Hutuos». nos ha- 
bcamos entendido. ¿Verdad que le 
hn enterado? Bien, pues ¡a volar. 
que hay chinchesl 

TietM mi comparación todas las 
earaeteristieas de una fljouclavada: 
a pasar de que Alejandro (te ruego 
Bo confondirie con su homónimo el 
de Greda, por mal nombre ti Mact- 
éamio) estaba haciéndose un hombre, 
parada adrilcsrente por su carácter sencillo. 
y para mis sanie)aiua llevaba bolines Hue- 
vea, afahadw de estreiur. 

Dos elementos cinchaban en su estado 
pdooUflco: uno. la satisfacción inefable y 
voluptuosa que todo bipedo implume siente 
viéndoae iailaife. Ese interior regodeo, hin- 
cbaaón del individuo, es un secreto placer. 
que no pieei sa de nadies para completar su 
aapaamo, ni requiere otra opinión que la del 
sujeto mismo, la cual es siempre optimista, 
eoroo puede suponerse. ¡Qui másl hasta los 
sahrajas. que nada tienen de implumes (pues 
cada uno es un plumero, por los chiches que 
se ponel sienten el escalofrío de la vanidad 
suntuaria... iQuó gozo el que experimen- 
tan, lo que se ven bien puchados y miran 
oon em b eles o todo cuanto firulete valoriza 
su penona... si es que persi:ina y salvaje 
no rabian de verse juntos! Humboldt. que 
fué otro Alejandro (pues no te hablo de Gui- 
llermo, que fuó más metido en casa) cuenta 
haber visto a unos indios, orillas del Orinoco, 
en momentos de una lluvia torrencial y em- 
bromadora, tiritando en cueros vivos bajo 
d flafdo dd agua, y escondiendo cuidado- 
sas, para que no se mojasen, los indumentos 
ridiculos oon que saben darse corte aquellos 
pobres otarios. (;Quó sacrificios impone el 
aiáa de hacerse ver!) 

Adelante con la música, que estamos per. 
diendo d tiempo en cuestiones de detalle: 
era la otra media arroba del júbilo de mi 
hombre, un goce más complicado por lo tor- 
cido y avieso: consistía en el placer de dar 
envidia a los otros. ¿Te has dado cueniaV 
jLa envidia! ese infame torcedor, que defi- 
nió San Jerónimo con una acertada jefe 
tlrisUta del bien ajeno. . .• (Medio diablo el 
santo, ¿no?) 

Aura conviene informarte que el amigo 
Cttzcurrita, quien como he dicho se hallaba 
•ra el llorido verdor de sus lozanos abriles: 
que di)era Moratín (no Uandro, don Nico- 
lás) iba para matasanos: y ya en el año se- 
gundo de su alevosa carrera, dragoniaba de 
galano, estando de practicante en uno de los 
albergues cUnicos más progresistas, capaces 
y bien cuidados, de esta metrópoli ingente. 
que debiera ser mentada «urbe de los noso- 
comioa». 

SI cuando Paris abrió su hermoso Lari- 
boisicre, que es un hospital. . . asi (al decir 
cato procede mostrar el puKo cerrado) la 
gente entró a bautizarle «W Versalles del 
dolof ¿qué diriamos acá, donde existen a 
docenas esa dase de Versalles. . . pero sin 
fuentes, pues ya no se estilan, como antatio. 
en la pid de los enfermos? 

Como en todoa les asilos donde se hacen 
r módico-quirurgoobstitricas. los 
de doctor vivían en internado 
y bochinchero, donde además de 
estudiar a contrapunto y de Arme, sabia 
pasarse el rato. 

Con tan inocente objeto, se hacían atro- 
cidades de aquellas que en criollo puro se 
nben llamar burradas: sin gran malicia, eso 
sí; pero, a las veces, terribles para quien 
pagaba el gasto de la vidriería rota. 

Volvamos a nuestro cuento, que otra vez 
rtoa hemos ido distanciando del asunto, mé- 
dula de este palique. Caminaba Cuzcurrita. 
compadrtando jailaifón, rumbo al cercano 
hcapltal, bien convencido de ser el héroe 
de la jomada y blanco, pivote o eje de to- 
dos los oomentarioa de aquella orden del 
dia. Siempre tas conversaciones, a las horas 
de comer, giraban alrededor de tópicos per- 




sonales, cuando 
no de batatazos 
de las últimas 
carreras. . . con 
exclusión de la 

de ellos (aludo a la medicina) que ni siquiera 
mentaban, por ser asunto aburrido, sin rin- 
de de amenidades ni margen de hilaridad: 
y por sabido se calla que hay que morirse 
de risa, de vez en cuando en el mundo, si 
es que se quiere vivir como la gente y en 
forma, para que el metabolismo (baraja ese 
trompo en la uña) se opere armónicamente. 
en aras de la salud. 

En la eucarística mesa donde la sAsisten- 
cia Pública' era la sacerdotisa, sabía hablar- 
se de juegos y. sobre todo, de damas, que 
divierten a los jóvenes tanto o más que el 
ajedrez. También se charlaba mucho sobre 
el tiatro nacional y del rico tipo Farra, po- 
pularísimo actor, cuyas sabrosas morcillas 
repetían los muchachos, a poco que las pro- 
basen. 

Después de agotar el tema de los estrenos 
artísticos, la barullenta riunión descendía 
sin escrúpulos hasta los indumentarios: y 
cuanta prenda nuevita. cáia a aquel foco de 
bulla, era motivo de autopsia o de fiera di* 
sección, para poner en ridículo al mortal que 
la llevase. Por eso es que Cuzcurrita palpita- 
ba satisfecho (el ser humano es asi: la cues- 
tión es que hablen de él, aun mismo para 
(arriarlo) su próxima y garantida victoria 
zapateril: pues su flamante calzado era la 
prima obra maistra de un buen maistro de 
obra prima, sobresaliente en su género (y 
ese sí que no destiñe.) 

Para mejor, los botines eran de esos arte- 
factos que al caminar proporcionan audicio- 
nes musicales, chillonas, pero baratas. Los 
sonoros instrumentos gritaban a toda or- 
questa, igual que si les cueriasen sin darlos 
el cloroformo. ;Qué monada de calzado, sin 
letra, pero con música! Y. ¿cómo no iba a 
obtener una recepción graciosa, abundante 
de agachadas y de frases con disfraz, cuando 
todos los muchachos, ocurrentes y chicho- 
nes, eran argentinos netos? 

Aun más criollos que el zapallo, no lo eran 
por el linaje: si una voz, desde la puerta gri- 
tara con un — «¡che, gringo!» -• de juro que 
todos ellos, al oírlo hubiesen dado vuelta, 
allí no más, el mate, por crer que les alu- 
dían; ya que los progenitores de todos ha- 
bían sido, el que no italiano, ruso... o de 
quién sabe de cuál de los páises de la Uropa? 
Y sin embargo, iqué idénticos eran por la ley 
de ambiente, restrictiva y soberana! ¡Qué 
poder irresistible el del ejemplo continuo, 
la sugestión permanente, el contagio sem- 
piterno y la rutina incansable. . . pero siem- 
pre cansadora! Pues malgrado provenir de 
tan distinto abolengo geográfico y racial, 
todos aquellos muchachos podían ser redu- 
cidos a un único e invariable «común deno- 
minador», al decir que eran porteños. . . 

¡Mama mia, qué bochinche de aullidos y 
de risadas, el que se armó, lo que vieron 
asomar por el dintel a su colega Alejandro, 
y sonó la cantilena del calzado musical! 
Cuantos ruidos guturales pueden cacharse 
en el Zoo, como medios expresivos de una 
fauna enloquecida, rasgaron con estridencias 
insoportables la atmósfera, alborotada atroz- 
mente por aquel «fideo fino». 

Una vez apaciguado el batifondo inicial, 
y en cuantito se pasó del grito medio salva- 
je a la voz articulada, llovieron las alusio- 
nes más o menos encubiertas; pero en vez 



CSTILOS-CQ IOLLOS 

CUC(iO~Di:..BUDD A 

(UN-CUCN ro A PUROS PAR£NTi:3 ti) 

¿CVERJANO"* LORENTE 



de improvisar 
gracias de nue- 
va invención, 
echaron mano a 
la usina de los 
chistes más usuales, de ingenuidad infantil 
y arrabalero formato: y hubo lo de — «¡si 
ha venido casi a patacón por cuadra!» — y 
lo de — «¡qué votaciones más morrudas 
van a haber!» — y aquello de — ^ «le estoy 
viendo las patitas a la sota* — y lo de 
~ «aurita han subido la yerba a dos pata- 
cones. ..»— y otra runfla de zonceras sin 
lógica ni sentido, pero llenas de intención, 
pues el jueguito estribaba en proferir expre- 
siones donde sonasen los pies... o el calza- 
do... icomo si éste no sonara lo bastante 
por su propia iniciativa! 

Pronto se vio en el tapete la magna cues- 
tión del precio: — ^ «¿Cuánto valía !a yunta 
de fonógrafos pedestres, con el disco que 
llevaban?» Y al oÍr aquellos gritones que e! 
retobo de los pies le costó a! buen Alejan- 
dro el escandaloso importe de 2S mangrullos, 
¡no fué ruido el que se armó, ni gruesas las 
palabrotas que se oyeron con motivo (mejor 
fuera con pretexto) de motivo tan banal! 
¡Qué manera de poner al desgraciado colega 
de mulita y de tilingo, de chapetón y de 
zonzo!... ¡Y qué cosas se dijeron, que no 
puedo transcribir, por respeto a la decencia 
y a vaias señoras madres. . . pues tampoco 
Cuzcurrita era de los que se callan!. . . 

Creció el tumulto otra vez a cuenta de 
aquei inciso, y la atrevida patota hizo otra 
nueva emisión de improperios y diatribas; 
pero el insigne Alejandro, que nunca se 
abatataba por oir ruidos en lo oscuro, ni 
jamás le entró jabón por bultos que se me- 
niasen, determinó poner fin a la avalancha 
*de voces o malón parlamentario con el que 
aquellos trompetas le estaban jorobandito. 
Los atropello a su turno, y se les fué a los ca- 
ñones, llevándolos un ataque definitivo y 
triunfal, con un argumento macho, capaz 
de imponer silencio a la indiada más gri- 
tona. ¿Qué fué lo qué hizoV Decir lo que en 
la zapatería se le había dicho a él, lo que se 
probó el artículo: con lo que tapó las bocas 
de todos, diciendolós que los dichosos boti- 
nes eran un poco salados (pero nada más 
que un poco) por ser de cuero. . . \áebudraf... 

¿Querrás creer, lector amigo, que aquel 
fué santo remedio para cerrojar los labios 
de los que recién gritaban? Pues nada más 
natural que semejante secuela de una lógica 
de plomo. ¿Acaso sabía nadies lo que budra 
slgnificaV 

El desconcierto causado por aquella afir- 
mación tan inaudita y exótica, fué de los 
que no se empardan. ¡Natural! si no sabían 
qué clase de animalito llevaba un nombre 
tan raro, la alegación era inútil, por no de- 
cir imposible. . . Lo mejor y lo más cómodo 
era llamarse a silencio, como decimos acá. 
¡Ay! la ignorancia es así; cuando la atrope- 
llan fiero (vale decir, de hacha y tiza) re- 
trocede para atrás, batiéndose en retirada, 
o alza los brazos en alto y se entrega sin 
más trámite, por la diagonal más corta. 
jCuero de budra! ¡Gran perra! ¿Qué querría 
decir esoV Cuero de. . . vaya unos nombres 
que usan ciertos animales, cuya piel va a la 
curtimbre y nadies sabe dónde andan ni 
cómo es que hay que cazarlos! 

¡Se acabó el peso de velas! quiero decir, se 
acabaron la alegría y la jarana, lo que cayó 
aquella bomba cuyo estallido produjo un 
pánico tan atroz. Aun los más empecinados 



y más alborotadores bajaron, no 
más. la prima de su ruidoso titeo, 
metiendo violín en bolsa y viendo 
de disparar como rata por tirante, 
por no verse en figurillas ni expo- 
nerse a un papelón. 

En tan ingrata emergencia, los 
más vivos muñequiaron torcer el 
tema a tratarse: y tres minutos des- 
pués, no se hablaba de botines ni de 
patas ni de cosas atingeníes a la 
budra. (¿Qué diablos seria eso?) 

Por rara que te parezca la cosa, 
caro lector, en lo menos cuatro días 
no se habló más del asunto, que con- 
tinuó sepultado en el pantión del 
olvido (altro que olvido ¡chirolas!) 
sin que nadies lo exhumase, mali- 
ciando que tendrían que tomarle mal 
olor, propio de carne pasada o que 
anda ya por pasarse. 

¿Cómo explicar el silencio que 
pesado se cernía en torno al arduo 
problema? Pues, nada, que los mu- 
chachos querían documentarse, antes 
que se suscitara nuevamente el raro 
tópico: quien, rumbiaba diccionarios 
de los más enciclopédicos, ya en las 
bibliotecas públicas o en la de la 
Facultad: quien, hojiaba zologías, 
pero de tan gran formato que preci- 
saría ser todo un tenedor de libros 
para hojiarlas a su gusto: quien, no 
siendo tan prolijo, o teniéndose más 
fe (cosa propia de haraganes) prefe- 
ría discurrir en vez de consultar 
textos. 
Y al buscar voces análo.k^as que pudieran 
orientarlo, se acordaba de los sudras, cana- 
lla que allá en la India, de que habla la his- 
toria vieja, cuando estaba dividida la socie- 
dad en patotas, castas o cosas así, era <'la 
última carnada de la estiba de la gento (como 
dijera del Campo en su puema inimitable). 
Y se acordaba también de que unos trigono- 
céfalos sumamente ponzoñosos, que matan 
gente por lujo (diez mil cristianos anuales, 
más o menos, según díceres) saben ser lla- 
mados cobras. A su memoria acudía, asi- 
mismo, que en Brasil (la república vecina, 
no la calle donde vive nuestro Presidente 
actual) le dicen bobra al zapallo. . . 

Todo eso daba a entender lo posible de la 
budra. por lo fiel del parecido fonético y casi 
gráfico, de afijos y desinencias; pero. . . ¿qué 
se saca de ahí? 

En materia de lenguaje, ¿sirve para algo 
la lógica? 

El problema era un misterio tan enredado 
en las cuartas, que no lo descifraría ni Don 
Edipo en persona (con ser que era tan mu- 
ñeca para cuestión de acertijos) y los inves- 
tigadores estaban fulos de rabia, frente a 
caso tan difícil, cuando un buen día Currita 
(así decían sus íntimos) se dignó solucionar- 
lo. Con su natural pachorra se comidió a 
hablar, diciendo lo que aura copio yo acá, 
según versión taquigráfica de un baquiano 
en escribir rápido como automóvil. 

Lo que se compuso el pecho, el impagable 
Alejandro se expidió de este tenor, sin nin- 
guna enmendatura: 

Supongo que ya. a estas horas, se ha- 
brán convencido ustedes de que si la budra 
existe, ni a Cuvier ní al mismo Darwin les 
fué nunca presentada bajo tan extraño ru- 
bro: pero yo la llamé así, usando un ardid 
polémico y obrando en defensa propia, al 
ver que ustedes querían tomarme para el 
churrete: y a mí no me embroma un ñato 
por más narices que tenga. . . Y no falté a la 
verdad; porque el mismo zapatero me lo dijo 
como yo lo dije los otros días. Lo que hay 
es que el industrial (que es paisano del Ve- 
subio) cada que habla nuestro idioma, 
es. el pobre, más cerrado que el banco a las 
tres y pico: total que al yo preguntarle que 
cuál cuero había empliado para hacer estos 
botines, me dijo que son de budra... que- 
riendo decir... ¡de potro!... ¿De qué se 
ríen? ¿Se eren que les estoy macaniando? 
¿Es alguna novedad lo bien que todos los 
gringos estropean nuestro idioma?. . . Vean; 
cierto calabrés me dijo los otros días que era 
vicepresidente de cLa Gosomopoleda». ¿Saben 
qué quiso decirme? pues de <'La Cosmopoli- 
ta», sociedad de. . . no sé qué. ¿Qué me cuen- 
tan de los vascos? No hace mucho, a un tal 
Silvestre, fracturado de mi sala, vino a verlo 
un primo de él, que preguntó. . . ¿a qué no 
saben por quién? pues por ¡-Chilivistrol . . . 
¿Y qué me dicen del modo de pronunciar los 
ingleses?... |SÍ, que vamos a hacer patria 
y a conservar el idioma en su condición nor- 
mal, con gentecita como esa que al potro le 
llama budral. . . 

(¿Precisaré hablar aquí de la penosa im- 
presión de contraste y de ridículo que causó 
el buen Cuzcurrita entre aquellas bravas 
gentes, que se habían roto el alma revolvien- 
do diccionarios y algunos otros librotes, sólo 
porque un zapatero compatriota del Vesu- 
bio, se los había fumado gracias a su media 
lengua? No me parece, ¿verdad?) 

DIBUJO DE MEDINA VERA. 



^x— 





ICO. 




— I^LJV'rS 




...Ese laguito de cromo, donde se alinean semicircularmente, bor- 
deándole, una fila uniforme de sauces meditativos. 

Dos islas interrumpen su regularidad ... y a veces quiebra la tersura 
de su limpido espejo la quilla inquieta de un bote mecánico que pasa 
trepidando . . . 

En la margen del lago, sentados entre la hierba alta y fres 
ca, dos enamorados se abandonan las manos en un dulce ol- 
vido de todo . . . 

El agua que copia stis figuras, las mece, las hace bailotear, 
hasta confundirlas en una mancha policroma. 

Hay una palpitación de alma en el silencio propicio de la 
tard»? TU» suavem»nt» !w Hora de sol... 



íÍOPiT;¡i-;i 

BAUESTCDOI 



-wwXM nt AioNíO 



Es una senda clara, a cuyos bordes, una cenefa verde multiooloreada 
de floreoillas, corre paralela. ¿Quién sabe por qué motivo se han olvi- 
dado las parejas de animarle con su presencia? 

Asi, sin nadie, semeja un lienzo, simple y bello, con sus palmeras nue- 
vas, que mecen sus abanicos incipientes y con el fondo decora- 
tivo de los esbeltos eucaliptus, sombríos en su obscuro azul de 
Prusia. Más lejos el cielo sereno esfumina la poesía y la 
tristeza de un viejo jardín abandonado — oh, alma suavísima 
de Juan Ramón Jiménez, — he pensado en pálidas novias leja- 
nas y en las noches nupciales en que la luna ha de repujar con 
su celeste plata de misterio y alquimia, el camino, las plan- 
tas, los árboles! . . . 



-VL^miZ? y^ — 




PEQMEKIA 

DE^CONOQDA 



khrjlfíjtvf 





¿Cómo será el nomtire de 
esta niñita rubia que se nos 
muestra en el candor de los 
primeros años? ¿Cuáles serán 
sus gustos, sus inclinaciones, 
sus necesidades? No es indis- 
pensable saberlo. Aquí, frente 
a frente, tenemos su retrato; 
la mano del artista nos ha 
dado una impresión de su ima- 
gen, construyendo con el pin- 
cel y los colores algo más que 
la figura, algo más que la trans- 
parencia de la carne y el tono 
de las telas, algo más que el 
fiel parecido de su carita naca- 
rada y suave. En la armonía 
de la composición, por encima 
de los matices y de los con- 
tornos azulinos y blancos, se 
transparenta, se desprende el 
juvenil encanto de la vida. 
¿Qué delectación espontánea 
nos invade mientras contem- 
plamos esta graciosa muñe- 
quita de carne? Y sobre todo, 
¿qué ideas nos sugiere su vis- 
ta? Aquí la tenemos abando- 
nada a nuestra ' curiosidad. 
Ahora no hay peligro de que se turben sus pu- 
pilas, ni de que escape a la observación con 
que miramos sus facciones. La carita de án- 
gel, los ojos celestes, de un celeste marino, las 
cejas finamente arqueadas, el gesto de ingenua 
picardía, y los labios, los labios rojos y húmedos 
como la granada, naturalmente dibujados con 
una sonrisa encantadora. Sus cabellos rubios, 
ondulados, sedosos, recórtanse sobre la nuca al 
modo elegante de los antiguos pajecillos de Corte. 
Nuestra pequeña desconocida, ha debido compren- 
der sin duda la transcendental importancia de po- 
derse contemplar a sí misma; acaso habrá adivi- 
nado ya el poder atractivo de la belleza, y acaso 
también, al escuchar las palabras usuales en el 
elogio de las obras artísticas, habrá sentido en su 
alma, con la intuición de las inteligencias infan- 
tiles, el femenino halago de la coquetería. Gra- 
cias al arte del pintor, su niñez no será ya en la 
vida un estado de tránsito; siempre quedará la 
obra como una supervivencia, como una afirma- 
ción, como un recuerdo de-la primera edad. 

Nuestra pequeña desconocida vivirá hoy en una 
casa moderna, limpia, confortable. La habitación 
en donde duerma, estará decorada con un friso 
de papel donde aparezcan grotescos monigotes de 
leyenda infantil. Las paredes serán blancas y lisas. 
Una ventana dejará ver la lejanía de la ciudad con 
sus calles rectas, sus plazas cuadradas y arbola- 
das, sus rascacielos, sus cúpulas, sus frondosos 




jardines. Más lejos, semiborrado en la distancia, 
podrá descubrirse también la mancha cenicienta 
del río, con su doble hilera de boyas que marcan 
los caminos del mundo. En cada rincón del dormi- 
torio habrá juguetes de distintas formas y tama- 
ños; la pequeña desconocida tendrá un caballo de 
cartón para pasear a la muñeca, y un elefante de 
bayeta con la trompa larga, muy larga, y los ojos 
vidriados y saltones; igualmente tendrá un bebé 
gordo y mofletudo, y una casita de madera, y 
una cocinita, y un piano que sonará como las 
guitarras, y una muñeca grande como ella, que 
ha de ser su orgullo de insignificante madrecita. 
En las tardes de sol, en estas tardes alegres y 
primaverales, acaso la encontremos alguna vez 
por el rosedal de Palermo, en la plaza de San Mar- 
tín o en alguno de esos parques donde los niños 
tienen sus diversiones y recreos. Allí será de ver 
el entusiasmo de nuestra heroína, cuando se pon- 
ga a pasear en las calesitas o juegue a cualquier 
cosa con sus amiguitas del momento. Entonces 
será el reir y el correr de un lado para otro, y el 
ensuciarse los vestidos, y el ponerse encendida 
como una rosa al ser descubierta por el aya, 
cuya figura se recortará un poco distante con 
los ropajes grises y el tocado a lo María Stuart. 
Esta misma mujer será luego la que se siente en 
la mesa junto a ella, y la que más tarde le ayude 
a desnudarse, y la que pondrá la muñeca a su 
lado para que duerma, y la que, mientras duer- 



me o no. le contará el cuento aquel del dragón 
y la princesa, y el triste de la Caperucita y aquel 
otro de las tres toronjas de oro. 

Viendo el retrato de la pequeña desconocida, 
pensamos también en que no siempre será lo 
mismo, sino que con los años vendrán los juegos 
felices del amor, y vendrá la admiración a su 
belleza, y la organización del hogar, y tantas otras 
cosas que constituyen la vulgar historia de todos 
los que cruzamos por la vida; y. lo que es peor, 
llegará el día de la segunda juventud, y pasará 
ésta, porque nada humano es eterno, y entonces 
nuestra heroína será una viejecita elegante, con 
todo el pelo blanco, con la cara llena de bondad y 
ternura, pero quizás imperceptiblemente turbada 
por la huella de algún imborrable pesar; acaso 
sea entonces cuando vea en su mismo retrato la 
transformación del espíritu, y piense que el per- 
fecto estado de la felicidad es este de la infancia, 
que pasa a través del recuerdo, después de tan- 
tos años, como una dorada ilusión... 



OLEO DE CENTURIÓN. 




_í3>L-:v^^ -VLmís.^— 




Guardan un signo grato, un sentimiento de 
paz. tas rejas antiguas. Parecen el sello de los 
hogares clásicos, que significaron al viandante 
de otrora, la hospitalidad patrimonial, como 
enredada en sus hierros con letras encendidas 
de guias y flores. Contraposición de lar a los 
señoríos de cuños fundadores, que grababan 
en la piedra rústica y agresiva allá en Iberia 
sus blasones, para significarle al caminante, la 
majestad de la estirpe. Más homérico el modal, co- 
pia plebeya en tierras de conquista, las rejas ama- 
bles, transplantadas visionalmente de las Andalu- 
cías, pusieron sobre las calles tiradas a cordel, 
para todos, con el aporte filial de los pájaros, la 
abierta luz de una sonrisa humana. 

Son una página escrita sobre los tiempos. Toda 
el alma del pasado parece palpitar en ellas. En su 
cuadrante de claridad tibia y fragante, fuera sin 
duda más hermoso el cielo, y más lindas contem- 
pladas las mujeres. Bajo ellas, en el sereno de las 
noches, debieron desfilar las rondas galantes, los 
trasnochadores del amor, sensibles como los poetas 




pobres al numen del silencio y de los roclos. La se- 
renata trasuntó a su vista transfigurado el altar de 
la naturaleza. Y tal vez una flor, volteándose en 
el aire como una estrella secreta, cayó de una ma- 
no blanca y trémula sobre el pecho de un trovador, 
arrancándole a la guitarra pulsada el sonido ar- 
monioso da un beso... 



A lo largo ds la calle obscura oscilaba el rayón 
luminosD de la linterna del sereno, horario y ane- 
roide parlante, armado de lanza y capucha, cantu- 
riando la metódica consigna: «Las doce dando, y 
busn tiempo». Y en el pecho del galán alentaba, 
con ello, más fuerte la futura conquista de 
la vida. El consentimiento de las estrellas 
era alta bendición sobre las esperanzas, 
fruto de las rejas. 

Y fueron también tablas heroicas. De 
ellas, derramaron las mujeres de la crónica, 
'os líquidos hirvientes sobre los invasores 



del pueblo; y los varones de temple repelieron 
a pistoletazos el asedio de las mazorcas. . . 



Los recuerdos, la sensación de lo que el ro- 
manticismo nos contó en sus libros, y los viejos 
con sus bocas augustas. Nada más queda. Las 
épocas se han llevado su verdad. Las rejas 
van rodando en los escombros. 
Pero aun refleja del ayer un punto t;mporal 
en cada ruina. Aquellas rejas rebotantes y mó- 
nacas de la colonia, las horizontadas e inmensas 
de la dictadura, han llegado a nosotros. Nos repre- 
sentan un palimpsesto de la vida hidalga, cruel y 
sensitiva. Capaz como fué de grandes hazañas para 
la historia y de grandes amores para las almas. Es 
un regalo de gloria espiritual que nos lega el pasa 
do. No pidamos mayor. Ni pensemos siquiera que 
estos rectángulos vanados de los rascacielos «núes 
tros», han de llegar a mañana, limpios de eco de 
corazón, como una página en blanco. 



F-OTOGRAFIAS DE OARAfíO Y r. V. 



A. D. LÓPEZ. 





-V'L^-l t^^íK- 



Por el ventanillo del 
rancho salían juntas la 
canturía triste y la luz 
débil. 

El noctur.-.o paseante 
acercóse al ventanillo y 
sorprendió la escena: un 
gaucho añoso adormecía a 
un nene, a compás del 
••arrorró». 

El viejo enternecía su 
ronca voz y los brazos du- 
ros que se redondeaban 
amorosamente y las callo- 
sas manos; todo él era una 
caricia. 

Casi siempre que un 
hombre duerme a un niño 
es que algo anormial pesa 
sobre ellos. El nocturno pa- 
seante bien lo sabía. Por 
eso. una emoción intensa 
apoderóse de él: los recuer- 
dos llegaron atropellada- 
mente. Y aunque el ancia- 
no cantaba tan sólo: 

« Arrorró mí niño, 
arrorró mi sol. 
arrorró el encanto 
de mi corazón ■> 

el nocturno paseante oía 
muchas cosas tristes, amar- 
gas, inolvidables, y sin qui- 
tar sus ojos de la escena, 
glosó la canción con sus 
pensam.íentos. 

Una noche al volver a su 
casa, se encontró desampa- 
rado y lleno de ira y cu- 
bierto de vergüenza. La es- 
posa había huido con otro, 
tan enamorada, tan ciega, 
que le abandonaba el hijo. 
Todos los ideales mueren 
lentamente, nos acostum- 
bran, nos preparan, y cuan- 
do se extinguen, una con. 
formidad suave nos con- 
suela. El ideal que la es- 
posa alienta con caricias, 
juramentos y nobles frutos 
de amor, muere fulminado, 
sobrecoge, aunque el ma- 
rido sea celoso, pesimista 
o despreocupado... Y un 
odio asesino es la oración 
fúnebre de ese ideal muer- 
to alevosamente. 

En aquel largo instante, 
oró sobre sí mismo, sin- 
tiendo la necesidad de matar o de matarse, e impul- 
sado por el dolor salió para buscar a sus verdugos. 
Fué una ciega carrera entre la felicidad y el dolor 
ajenos, por las calles de la ciudad que se divertía. 
El recuerdo de su hijo, de su hijo abandonado 
a quien él también abandonaba, le obligó a volver. 
El niño lloraba rabiosamente en brazos de la sir- 
vienta. Y entonces, ayudado por la muchacha, 
buscó el rnodo de substituir el alimento que había 
huido con aquel seno de madre traidora. También 
el niño sufría la muerte inesperada de su primer 
ideal y tardó largo tiempo en dormirse engañado, 
cansado. 

Durmió poco, mientras su padre junto a la cuna 
velaba un amor muerto. Tuvo que tomarle entre 
sus brazos y. como el viejo de ahora, cantarle; 

« Arrorró mí niño, 
arrorró mi sol, 
arrorró el encanto 
de mí corazón. » 

El ritmo dulce de la canturía le hizo llorar man- 
camente, compadecido de sí mismo. Y el «arrorró) 
fué desligándose de las palabras para volar más 
alto, más cerca del dolor. 

Ya no era arrorró: mejor le convenía el fino 
nombre de «berceuse». 

Porque el esposo estaba poseído de demencia 




^ 



a 



R.- o 



R, 



u, o 



POR EDVy\RDODEL. ^/KZ. 



artística. Todo era para él fuente de inspiración, 
hasta las propias desdichas. La vocación y la cos- 
tumbre así lo habían querido. Su espíritu vigilante 
atisbaba sin cansancio el vaivén de las ideas crea- 
doras, y en su ansia de producir belleza, de mendi- 
gar aplausos, era capaz de exponer, ¡ay!, como los 
pobres, las llagas, la ceguera, las deformidades 
suyas y de los suyos. 

Así, ligando la amargura con el arte, comenzó 
a crear. Y, mientras sus labios musitaban el arro- 
rró, su cerebro decía: 

« Duerme, hijo mío, duerme 
con un sueño tan profundo 
como el sueño de la muerte. » 

El pensamiento perdía la rima. 

« Duerme tranquilo como un muertecito. La 
desgracia es una fiera que sólo huye de los cadá- 
veres. Duerme para que te crea muerto. 

« ¡Ha huido, ha huido de tu lado! ¡Ha huido de 
mis besos! Va en busca de otros labios y de otros 
besos. Duerme, hijo mío, duerme. 

« ¡Ha huido de tu lado, ha huido de tus labios 
inocentes! ¡Por mí, la perdonaría! ¡Por ti la per- 
donaría! ¡Por tí la maldigo! Y malditos sean por 
siempre sus hijos, los frutos malditos de su mal- 
dita traición. Duerme, hijo mío. tranquilo y ri- 
sueño como los muertecitos. 



«¿Todo tu hermoso llan- 
to es para ella? ¿Todo 
mi turbio llanto es para 
ti? ¿En tus ojos azules hay 
una sola lágrím.a que yo 
pueda beber como m.ía? 
Duerme, hijo mío, duerme. 

« Tii eres el amor, hijo 
de m.is amores. En tus 
carnecítas de gloría, en 
tus ojos límpidos, en el 
pimpollo de tu boquita 
está el amor. Y también 
en tu cuerpecíto está el 
lujo, porque eres risueño 
collar de perlas, brillante 
de infinitos quilates. Duer- 
me, hijo mío, duerme. 

«No llores, hijo mío, que 
los reyes no tienen ham- 
bre. Tienen orgullo. No lio- 
res, hijíto mío, que las 
perlas son lágrimas gran- 
des, orgullosas, calladas al- 
tivamente. Duerme, hijo 
mío, como un reyecito. 

« Tu primera desgracia 
es mi primera desgracia. 
Yo he soportado el hambre 
mía y el hambre ajena. Y 
he soportado su hambre 
de joyas, y para cubrir la 
divina desnudez de su 
cuerpo quise oro, oro, oro. 
Es una estatua de oro fría 
para la virtud y el amor, 
dúctil para el vicio. Duer- 
me, hijo mío, duerme. 

« ¿Por qué no vuelve? 
Tal vez luche ahora con su 
conciencia. ¿Dejará secar 
su pecho, o vendrá cuando 
yo duerma a regalarte el 
don precioso? Duerme, hijo 
mío, duerme. 

« Tu hijo, ¡oh infame le- 
jana!, tiene hambre. Ven. 
Llévatelo. Mi odio te res- 
petaría sí supieras ser ma- 
dre aún. Duerme, hijo mío; 
llama en sueños a tu ma- 
drecíta. Duerme. 

« ¿Estás muerto, hijíto; 
estás dormido? ¿Ves ya, 
desde arriba, a tu mamita? 
¿Eres ya un remordimien- 
to para ella, un fantasmíta 
alado, un ángel pequeñín 
y justiciero que turbas las 
turbias noches y los negros 
días de la fiera? No son- 
ríes, no respiras, no oigo 
oorazonoíto. Duerme, hijo 



el leve rumor de tu 
mío, duerme. 

« Quíeteoito, inmóvil, mi hijo duerme, con un 
sueño tan tranquilo como el sueño de la muerte. 
La desgracia es una fiera que sólo a los cadáveres 
teme. Vivo o muerto, la desgracia huirá. Duerme, 
hijo mío, duerme. ') 

Y después de dormido el niño, mientras la pri- 
mera aurora de la desgracia alumbraba el mundo 
del poeta, éste, ¡oh, vergüenza!, buscó ansiosa- 
mente los versos que fijarían sobre el papel la 
otra entrevista durante la vigilia de dolor. 

Pero buscó en vano. 



De este modo, el nocturno paseante, el hombre 
triste, sombra de un poeta y sombra de un hom- 
bre, vio dentro de aquel rancho la melancólica 
escena, volviendo a gustar el sabor amargo de su 
desdicha. 

Ya no buscaba la inspiración en los pesares 
ajenos; únicamente sentía los pesares suyos, pues 
el dolor es una escuela de egoísmo. 

Sin tratar de inquirir por qué el añoso gaucho 
adormecía al niño. huyó, acordándose de su hijo, 
aquel hijo que en la cuna del cementerio duerme 
el único sueño profundo. 

DIBUJO DE ZAVATTARO 



— n^L^^^ ^^L-rT^i3>x— 




ERALDICA 




ApELLIDOi/ JLViTTREif, 



CJENTINA 




QUIROCA 



QUIROGA. Con casa solariega en 
el Ayunlamienlo del mismo nombre, 
provincia de Lugo. 

El Padre Gándara, en la página 1 84 
de sus manuscritos, dice que uno de 
este apellido mereció el titulo de rico- 
home. como lo declara la inscripción 
de su sepultura en. la claustra de la 
Abadia de Tortes. junto a la Villa de 
Castro, y que dice lo siguiente: «Aqui 
yaz «I bon Quiroga home-rico de Cas- 
tiella; fo muy omilde e caritatibo que 
a ningún dejou mourir de fame». Lla- 
móse Vasco Pérez de Quiroga. 

El tronco de la familia americana 
de este nombre (ué Rodrigo de Qui- 
roga. hijo de don Hernando de Cam- 
bra; nació el afio de 1500. en Súber, 
pueblo de Galicia. Vino con don Pedro 
de Valdivia, en 1541. a la fundación 
de la ciudad de Santiago, mandando 
una sección de piqueros y rodeleros. 
Posteriormente desempeñó el cargo de 
Gobernador en Santiago de Chile. 
Compañero de Puarro. él fué quien 
pagó el mil de oro macizo del templo 
del Cuzco en un tiro de dados- Su físi- 
co lo describe Guerra Marmolejo. di- 
ciendo que era de buena estatura. 
moreno de rostro, de barba negra. 
ea» a(ulleAo. sutilísimo de condición, muy guerrero y amigo 
en exiremo grado de justar. Estuvo casado en segundas nup- 
oax con doAa ln¿s de Suirez. natural de Plasencia. De su 
anterior matrimonio tuvo una hija, dofta Catalina, que casó 
oon Martin Ruiz de Cambra, y a don Nicolás de Quiroga. 
qm fué el continuador de su nombre. Falleció el año 1580 y 
a su muerte fué llamado painarca de Santiago de Chile. 

Su desoendenaa argentina está en los apellidos de Quiro- 
ga. Sarmienio. Albarracin. de Oro y Alvarado. 

Usan por armas En campo de gules, un águila negra ex- 
playada y perfilada de oro. 

Aunque de dolinto origen, también lleva el mismo ape- 
llido la iamilía Del Solar-Dorrego. como descendientes de 
doAa Ignacia de Quiroga y D'Arngrand. sucesor del maris- 
cal de Campo de los Reales Ejércitos don Juan Bautista de 
Quiroga y Apaolaza, nacido en Santiago de Chile el año 1714. 
Su escudo es en campo de sinople cinco barras de plata. 

MANSILLA. Origínanos de la Villa de esie nombre en 
tierra de Campos en Ontivia. de donde sus descendientes se 
trasladaron a Guadalajara- Los Mansilla de Buenos Aires 
entroncan en este origen con Jorge de Mansilla y doñaj ua- 
ná de Matheos. desposados en Alcalá de Guadaira. el 18 de 
afosto de 1606. Su descendiente directo, don Bernabé de 
Mansilla y Calvez, de su enlace en Cádiz con doña Catalina 
Conzilez. tuvo a don Pedro Nolasco Matheos de Mansilla, 
desposado oon dofla Elvira Martin, en 1723, de quienes nació 
en Cidiz. el 15 de septiembre de 1724. don Blas de Mansi- 
lla. su primer hijo. Trasladados al Rio de la Plata, tuvieron 
en Buenos Aires a don Miguel de Mansilla. bautizado en la 
Merced el 23 de julio de 1736: de ellos descienden las dos ra- 
mas en que se dividió este apellido, enlazado actualmente a 
loi Quiroga. Alcona. Lima. García. Moreno. Serantes. San 
Romaro. Perkins. etc. 

Escudo partido 1." de gules y una espada alta, de plata, 
y guarnecida de oro. 2.** del mismo color y una cabeza de 
mero cercenada: bordura de azur con cuatro sotueres de 
ero en las esquinas. 



pe V de Borbón. en documento origi- 
nal expedido a 26 de febrero de 1712, 
certifica que el apellido de Achaval 
tiene su casa infanzonada en la an- 
teiglesia de Ispaster. a media legua 
de la Villa de Lequeitio. en Vizcaya. 

En Buenos Aires hay dos ramas 
del mismo nombre, una de la que 
procedió el Obispo de Cuyo. Fray 
Wenceslao de Achaval y otra la de don 
Domingo Antonio de Achaval. nacido 
en la Villa de Hea. el 16 de enero de 
1759. que contrajo enlace con doña 
Josefa Barren. Trasladados al Rio de 
la Plata, se radicaron en Buenos Aires, 
donde nació su hijo don José Maria de 
Achaval y Barron. que casó en esta 
ciudad con doña Mercedes de Mada- 
riaga y Culiérrez-Gálvez. de quien 
descienden los actuales representantes 
de este nombre, ligado a las familias 
de Cantilo. Riglos. Lastra. Bunge. etc. 

Escudo partido; I." en campo de 
oro un roble sinople atravesado por 
un lobo negro. 2." sobre el mismo me- 
tal un águila explayada de sable; bro- 
dura de gules con ocho sotueres de oro. 



MALDONADO. donde se relata 

EL desafío de GUILLERMO DUQUE DE 

NORMANDÍA, 




ZEMBORAIN 




ZEMBORAIN. Quiere decir sembrador En la certifica- 
ción de armas expedida en Madrid a 22 de abril de 1762 
por don Franasco Za¿o. Cronista del Rey Carlos MI. se dice que su casa) solariego esiá 
en U Villa de Undúes de Lérida 

Den Martín de Viurrún de Zemborain y dofta Ccrónima de Urroz. natural de Ocar. tu- 
vieron por hijo a don Martin de Zem- 
borain. que contrajo enlace con doña 
Isabel de Rubalcava y Monreal. hija 
de don Matheo de Rubalcava y de do- 
fta Cathanna de Monreal y Arellano. 
Doña Isabel y don Martin de Zem- 
boram se establecieron en la ciudad de 
Alíaro (provincia de Logroño), donde 
nacieron sus hijos don Félix Martín y 
el más tarde llamado Fray José de 
Zemborain. muerto en olor de santi- 
dad. Ambos hermanos pasaron a Bue- 
nos Aires, donde existe descendencia. 
Fray José ingresó en el convento de 
Santo Domingo de esta ciudad, el 27 
de mayo de 1759. Su vida fué un con- 
tinuo ejemplo de virtud y de santidad 
religiosa Falleció el 22 de octubre de 
I&04. 

De este apellido descienden las fa- 
milias de Argench. Nazar Anchorena. 
Peralta Ramos. Brown. Uribelarrea. 
Unzué. Delfmo. Lahitte. Do$^. Peña. 
Videla Dorna, etc. 

Su escudo es: En campo de plata 
tres fajas de gules. 



ACHAVAL 




MANSILLA 



DE ACHAVAL. Don Josef Alfon- 
so de Guerra, rey de Armas de Feli- 



CON EL CABALLERO HERNÁN PÉREZ DE ALDANA, 
FUNDADOR DEL LINA)E DE MALDONaDO. 

Entre los Caballeros de la corte de don Alonso ! 1 1 el Magno, 
figuraba Hernán Pérez de Aldana como Almirante de las 
galeras reales. En el ejercicio de su dignidad contrajo un grave 
padecimiento, y con el fervor de la época, se encomendó a 
la Virgen de Montserrat, yéndose a su monasterio, cerca de 
Barcelona, donde los monjes le habilitaron un aposento frente 
a la capilla Mayor. Por este tiempo hubo una gran romería 
con motivo de la festividad de la Virgen, acudiendo a ella 
magnates de todos los Estados de Europa, figurando entre 
los principales el Duque Guillermo de Normandia. sobrino 
del Rey Felipe de Francia. 

Cierto día. mientras se celebraba el Oficio de Horas, no 
hallando lugar acomodado en la iglesia, el de Normandia 
pasó a la cámara de Hernán, buscando sitio tras las celosías 
para presenciar el acto religioso, Desconociendo la categoría 
del paciente, se puso en pie sobre la cama, y agraviado el en- 
fermo, le dijo: "Ruégoos en cortesía, caballero, busquéis otro 
sitio en que mejor podáis estar». A lo que respondió el duque; 
«Si supieseis quien soy no os molestaría lo que tacháis de 
atrevimiento". Hernán Pérez de Aldana quedó por ofendido, 
prometiendo que si mejoraba de la enfermedad iría a tomar 
enmienda de la injuria recibida, en su persona y en su casa. 
Una vez sanado convocó a sus principales parientes, manifes- 
tándoles su desafio y queja. Entre todos acordaron dar cuenta 
al rey don Alonso, que se hallaba en Burgos, y enterado éste, 
envió un embajador al rey de Francia para que le asegurase 
que el ofendido era de tan gran linaje que podía cruzar sus ar- 
mas con cualquier caballero francés por preeminente que fue- 
se, y que bajo su amparo no permitiese que se le hiciera super- 
chería. Puesto todo por obra, fué recibido Hernán y sus parien- 
tes con benigno agrado del rey don Felipe. Reunidos los gran- 
des de Francia, se refirió el suceso; el duque levantó la ofen- 
sa, mas e! oíro propuso que se postrase en castigo de su igno- 
rancia; el duque no consintió, y Hernán suplicó al rey termi- 
nase su querella por desafio, señalando armas y día y asegu- 
rando el campo, pues era extranjero y estaba en su reino. 
Llegó el día señalado y ambos caballeros concurrieron en sus 
caballos a la brida, con arneses bordados de oro. lanzas de gue- 
rra, espadas y dagas buidas, usando por timbre Hernán Pérez 
de Aldana rótulo del AVE MARÍA y en su escudo las armas de Aldana. que eran dos lo- 
bos de púrpura en campo dorado y los paramentos sembrados de encinas; y el duque, con 
el caparazón de terciopelo, leonado de gules y sembrado de lises de Francia. Puestos así 
en la estacada, se arremetieron rom- 
piendo lanzas, con lo que salió herido 
el de Normandia; entonces quiso su 
vencedor humillarlo, pero el rey ín 
terpuso su cetro diciéndole que s 
moría quedaba vengado y si escapa 
ba. se obligaría como rey a darle sa 
lisfacción a su agrado Mejorado el 
duque, pidió Hernán cumplimiento de 
lo prometido, solicitando se le otor- 
garan como escudo cinco flores de Üs 
en memoria del desafio. Disgustado 
el rey de la pretensión, ofrecióle otros 
honores, contestándole que había sido 
el lance por honra y que la quería 
llevar, y de no cumplírsele la real pa- 
labra se volvería quejoso, por lo que 
el rey le dijo: «Te hago el honor, pero 
es mal dado o mal donado*. Con esto 
dio principio a sus armas de cinco lises 
de plata en campo de gules, por la 
sangre que hizo verter a su contrario, 
y por timbre, el cetro que el rey in- 
terpuso en la contienda. 

En Buenos Aires descienden de este 
apellido las familias de Terrero, Soto. 
Ortiz de Rozas, etc. 




José M." Pérez-Valíente. 



MALDONADO 







Entre muchas de las ventajas de que go- 
zamos ciertos espíritus decididos a guardar 
el riguroso incógnito de nuestra verdadera 
personalidad, para el mundo que nos rodea, 
he de confesar a ustedes una, especialísima, 
que constituye tal vez el mejor encanto. . . 
escuchar, impasible (en apariencia) toda cla- 
se de juicios a nuestro respecto, ya sean ellos 
severos, elogiosos o malignos. . . y de todo 
hay. en tan interesante cosecha! Pues bien: 
no hace mucho tiempo se comentaba en mi 
presencia cierta crónica mía, cuyo tema pa- 
recía molestar a uno de los circunstantes; 
este caballero, simpatiquísimo y excelente 
amigo, que ocupaba justamente el asiento 
vecino al mío. en una comida íntima, protes- 
taba enérgicamente contra la impertinencia 
de ciertos cronistas, que disimulan, según él, 
su verdadera personalidad, eludiendo res- 
ponsabilidades, gracias a un pseudónimo 
femenino. . . 

Mientras se discutía el caso, y yo azucara- 
ba con ei aire más inocente del mundo mi 
tacüla de café, cerró la discusión el juicio 
inapelable de la dueña de casa, inteligentísi- 
ma dama de reconocido prestigio: — « Estoy 
segura — dijo — que es una mujer; ¿cuándo 
han visto ustedes, hombres presuntuosos, 
que les dedique algún elogio esa Duende que 
tanto les intriga? Para ella, no hay tema más 
interesante que la mujer, y hasta cuando se 
ve obligada a criticarnos, halla siempre cir- 
cunstancias atenuantes. . . es una mujer, se 
lo aseguro. . . •* 

No puedo menos de recordar este trivial 
incidente, al instalarme ante mi mesa de tra- 
bajo, para elegir el tema del día. puesto que 
también hoy ha de ser el eterno femenino . . . 

Me sonríe desde su cuadro, un gracioso, 
inteligentísimo rostro de mujer: bajo el sun- 
tuoso atavío de la charra se revela la chis- 
peante vivacidad de la porteña y el donaire 
inimitable de la mujer por cuyas venas corre 
sangre espafiola. 

Es ella una de aquellas gentiles figuras 
robadas — digámoslo así — a nuestro am- 





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biente. . . Durante largos años, llenó de vida 
y de gracia juvenil, uno de los más vetustos, 
románticos palacios venecianos. . . Los aza- 
res de la guerra actual la arrancaron de aque- 
lla maravillosa, señorial residencia, en la 
que irradiara su clara inteligencia, su exqui- 
sito temperamento artístico. María de Car- 
dona, dama de honor de doña Berta de Ro- 
ban, la viuda de don Carlos de Borbón, e ín- 
timamente ligada por la tradición de los an- 
tepasados de la familia de Cardona, a la causa 
carlista, ha seguido en el destierro a su noble 
amiga, que. expatriada, decidió fijar su nue- 
va residencia en Montreux. . . 

Porteña de nacimiento, y estrechamente 
vinculada a nuestra sociedad — puesto que 
pertenece por la rama materna, a la familia 
de Bravo- — ha sabido conquistar admira- 
ción y simpatía para la mujer argentina, en 
los aristocráticos círculos en que actúa; por- 
que no es sólo la inteligente mundana que 
cautiva con su trato a los asiduos tertulianos 
de la ilustre duquesa de Madrid, y que les 
inspira entusiastas elogios por su exquisito 
talento de diseuse. . . Dibuja con elegancia y 
soltura dignas de una profesional, y sus re- 
tratos a pluma, de admirable parecido, han 
llamado tanto la atención de los círculos ar- 
tísticos, que la reputada casa Boiponaggre 
ha editado un álbum que encierra la colección 
completa de los retratos debidos al talento 
de nuestra compatriota. 

Sobre fondo flordelisado, se destaca el in- 
teresante busto de la viuda de don Carlos de 
Borbón; los finos, soñadores rasgos de la 
ilustre dama, evocan todo el encanto de las 
representantes de la casa de 
Rohan-Guémenée, de aquellas 
poéticas duquesas de Bretaña 
que añadieron a la corona de 
Francia, el florón de la tierra ar- 
moricana: desde Ana de Breta- 
ña, a Armanda de Soubíse, cuya 
belleza fué inmortalizada por 
el pincel de Nattier; luego, la 




princesa de Rohan Cuémenée. amiga pre- 
dilecta de María Antonieta, y después, la 
dulce, desventurada princesa Carlota de 
Rohan, esposa del duque de Enghien, quien 
al unirse a la casa de Borbón enlazó, como 
diría Rousard, el blanco armiño al puro, 
simbólico Lys de Francia. . . 

Figuran, además, entre sus modelos, las 
más altas personalidades de la nobleza y de 
la finanza. entre las que reproducimos hoy. 
algunos de los invitados al famoso baile 
iravesti, celebrado en esa Venecia de ensue- 
ño, cuando no se cernía sobre sus mágicos 
palacios la amenaza de las águilas imperia- 
les. . . En esa inolvidable fiesta pudo admi- 
rar María de Cardona a las más linajudas 
damas de la aristocracia veneciana, luciendo 
los suntuosos atavíos de sus antepasados! 

La princesa Dora Odescaichi, de cuyos 
hombros cae soberbio manto de terciopelo, 
bordado con la flor preferida de la noble da- 
ma: lirios inmaculados... su fino perfil se 
destaca sobre un fondo de brocato de oro, 
puesto que distingue a la Princesa Odescai- 
chi su afición por los soberbios, rígidos teji- 
dos de antaño: como base del busto gentil, 
las mismas armas del gran Pontífice del Re- 
nacimiento, Inocencio XI, cuya hermana, 
Lucrecia Odescaichi, casó con Baldassare 
Erba. patricio de Milán, Príncipe, más tarde, 
del Santo Imperio. 

Doña Lucía de Silva y Cándamo, hija ma- 
yor del marqués de Arcicollar, representada 
en el traje de las vírgenes del siglo xiv, recor- 
dando a las compañeras de Santa Úrsula, 
divinamente inmortalizadas en las telas de 
Carpaccio; en ¡os dulces ojos 
de Lucía de Silva, irradia el 
espíritu de aquellas mujeres de 
su raza a las que España debe 
figuras tales como Gloria de Sil- 
va. Duquesa de Huesear, a quien 
llamaron, con justa razón, la 
académica. 

Doña Alma Casana Murarí 



della Corle Brá. nacida en Verona, la poética 
cuna de la inmortal Julieta; el histórico nom- 
bre de su familia, está esculpido en mármol 
sobre todos los monumentos de la vlila; espo- 
sa del conde Cario Cosano, ayudante hono- 
rario de su Alteza Real el duque de Ginebra. 
Henry Moser de Charlottenfels. . . es este 
el nombre del célebre viajero y orientalista, 
explorador del Asia Central, que fué hecho 
prisionero y luego gran amigo del soberano 
de «Buhara la misteriosa-). . . Atesora en su 
magnífica residencia, el castillo de Charlot- 
tenfels. maravillas dignas de las fabulosas le- 
yendas orientales, y se asegura que más tarde 
llegarán a enriquecer el museo de Berna. 

Con el histórico traje de Jean de Pury, 
creado caballero por Enrique IV, Rey de 
Francia y de Navarra, presenta María de 
Cardona el retrato de su descendiente, Ed- 
mond de Pury, que supo encarnar con toda 
nobleza la divisa de la vieja familia helvé- 
tica «Ferme et droit'>. 

No podía faltar, naturalmente, un repre- 
sentante de la democrática Unión, en colec- 
ción tan interesante, y estudiando los acen- 
tuados rasgos del potentado William Kaup, 
dueño y señor de uno de los más hermosos 
dominios que circundan el Lago Mayor, lo 
presenta la gentil artista vistiendo el sobrio 
ropaje del pintor Van Dyck... 

Y ahora, ¿qué más puedo decir de la gra- 
ciosa charra que me sonríe maliciosamente 
desde su cuadro? 

Habría que pedir a! ilustre autor de «La 
Gloria de Don Ramiro», que permitiera ad- 
mirar a mis curiosas lectoras, cierto artístico 
ejemplar de su obra, en que se viera ilustrada 
aquella vida de los tiempos de Felipe II, con 
dibujos que trazaran unas manos de porte- 
ña o de andaluza ... y cuentan, que cerraban 
sus tapas de viejo, amarillento pergamino, el 
cordel que entretejieran esas manos delica- 
das, y del cual pendían las cuentas de un 
rosario, primorosamente talladas por rt.anos 
de andaluza o de porteña. . . 

La Dama Duende. 




— ppu^^'iS N.^i_'ri3 >x — 



Í^^CfíoafxiJ £fnefiMa^ 



llilJMiilii p*dUo asta dinoáóB a U icAora 
L^* \má d* l^t»>i. qo^ como eoUbon- 
dan d» fégimv F m um itas. ims «avian sus 
lovraiOM* al Matina coaaacrada como Ut*- 
imtt. a na d> i( pabttcadte d« n Kbn "Vidas 
xriam-. Boa «BTia la carta qoa npndudnK» 
f evos iiirtiiis m sl in la di Hc a d a sa r SMtd- 
■at da la dhliH«lda din* llamada a <*r (icun 
■^1-"-»- — J aMdo da las Irtns. 

-B«Ma Mrai^ aaara 1* d« I9ia 
Sitan doAa Bate da Tacanas da 0><< rr. 

tora: Mi Hbce no manca, en mi 

. IBS palabras auras, ni las oph 

■tSBisiRirablasqwhasiadtsdo.Craoqua 

hw envarada al inMto da mis paqoaAos cuan- 
tos r per av ao ma aniño a aooadar a su pedido. 
saHwaaala bowoao pan ni. No as taba mo- 
dmte lo qo» na inpida kablar sobra al Hbro 
y aamioriar sais impnaiooes cono usMd tan 
tnfilnaBla to «adts da ni: pienw qoe. tal 
«•(. la poca Maratiua qaa he hacho sea un 
iiiilrtnls «a ni vida 7 no ne custaria darme 
por nto eaoMen da lo qoa soy. 

Mb -Vidas tTistas" s6le tisaen la disculpa de 
nr natas r — •"'• y taicameata prateaden 
an u t UtuS T «1 rolp* de todas las que babrtn 
de CHO' dando lo alto de la llusMn. 

Y. si daato que mi obn no na lo bastante 
inponanta para distraer la atanciAn de los lec- 
toras da SOI -pécinaa", lo siaalo, espedalmenta. 
per ao podar oenplaceria. saAora. 

Salte ialb si asisd no comprandlan y me 
dtanWa. Y k pido cna aa la ezprasián de 
mi mayor alecto. 

Luisa Issabl db ParraiA. " 

L» stterita Sofia Naiar Anchorena ha pre- 
ttrtM" a la *-~*«'^*" ~Blanca de Castilla" un 
imi ye OOC "Oeberaa de la Compradora", que 
limipt si inalmsinlnnln ilii li rnnrii-ifn en que se 
halla la mnier obrara aa («neral. Abarca un an- 
dio campo d< acddn. donde, un estudio profun- 
do y disdpliaado, pone de manifiesto la triste 
i. o i>dl<;MWi de la da» menos afortunada. 

& di(na de toda pooderaciOa la iniciativa de 
la saterita de Naxar Andwrcna. dando a cono- 
car. iilaniÉi. la forma de cAmo aaa aociedad pu- 
diaota poade remediar, por al esfuerzo colectivo. 
la misara sitnacite de la obrera. 

Loa E statu to s de la nueve A>ociaci6n a for- 
Bnna; qva aoompsAan ai rr^-r.L-ior.adn proyecto, 
laialan aa su autora isi . ncia y un 

aapfrita praviior. poastc a sentida 

aaraeldid de ayuda a U i,.^,^, v..^r¿. es abrir 
anaeoa tumbas al feminismo moderado y cris- 



DlBERES DE 1.A COMPRADOR* 

•Ln mu)ar nbe dar a menudo, pero toda- 
Tia no ha adquirido el respeto al trabajo.» 

Estas palabras, que una francesa pronun- 
cia hablando de Francia, y que un espaflol 
aplica a EspaAa, bien podemos, nosotros, 
aplicarlas a nuestra patria. 

Aqni, las personas que no están obligadas 
a trabajar para ganarse la vida, comprenden, 
hasta cierto punto, la miseria ajena, y lle- 
vadas por su buen corazón, ayudan al pobre 
coa sus Umcanas: son, naturalmente, gene- 
raaaK m s6lo dan lo que les sobra, sino tam- 
bién son capaces, al oir una narración do- 
loraaa, de hacer un sacrificio y privarse de 
alfo para darlo al menesteroso. 

Pero no siempre el que pide con triste 
acento es sólo el que sufre: hay muchos do- 
lores que ignoramos, hay miserias, enferme- 





c/cC^ 



aeíuaJu/ací n 



dades y hambre de las que somos nosotros 
culpables, inconscientes es verdad, pero rea- 
les, pues depende de nuestra voluntad el 
ponerles término. Hay multitud de males de 
toda especie que responden a una sola causa: 
el salario insuficiente de la mujer que tra- 
baja. Y estos males no pueden remediarse 
con la limosna. 

No se ha buscado un remedio eficaz por- 
que la «obrera» es relativamente nueva er^tre 
nosotras. Pero es tiempo ya de observar los 
hechos, nuestra industria naciente está ha- 
ciendo sus víctimas. 

Construímos hospitales, casas de aisla- 
miento, etc., para las que se extenuaron y 
perdieron su salud por el exceso de trabajo, 
¿y nos creeremos caritativas?. . . ¡No! Nadie 
puede permanecer indiferente ante seme- 
jantes calamidades, y menos quien se gloria 
de cristiana. Evitemos el mal en su princi- 
pio, sin esperar a que nuestras hermanas 
vengan a llorar a nuestra puerta; acerqué- 



monos a ellas y. rompiendo ese hielo que 
separa al pobre del rico, hablémosles con 
cariño y oiremos sus preocupaciones, sus 
anhelos, sus dolores. . . ¿Acaso no son seres 
dotados como nosotros de cuerpo y alma? 
Su cuerpo no conoce el descanso, tiene que 
luchar y sufrir y no tiene tiempo para cui- 
darse; y su alma,- ¿no deseara, como la nues- 
tra, tener sus momentos de regocijo, de tran- 
quilidad, de paz? 

El conocido escritor G. Martínez Sierra, 
en sus «Cartas a las mujeres de España», 
dice: «Las mujeres son el poder comprador 
del mundo». Ahora bien, todo poder tiene su 
responsabilidad. Puesto que somos nosotras 
quienes alimentamos el comercio, compran- 
do no s6Io lo que necesitamos personalmente, 
sino lo que se requiere en nuestro hogar, de- 
bemos exigir que se dé una parte del dinero 
al productor, en justa proporción con el es- 
fuerzo realizado. 

Aun no hemos hecho nada en ese sentido; 





pero en Nueva York muchas señoras y ni- 
ñas sintieron cierta inquietud respecto de 
sus deberes de compradoras, y comprendien- 
do su obligación hicieron una investigación 
sobre las condiciones en que viven las obre- 
ras; entonces palparon hechos muy doloro- 
sos. Expusieron los resultados de esta infor- 
mación para interesar al espíritu público y 
luego, reunidas en asamblea, votaron la si- 
guiente resolución: 

«Se formará una Junta que prestará su 
ayuda a la «Working Women's Society» para 
la elaboración de una lista que comprenda 
los nombres de los almacenes que tratan a 
sus empleadas con justicia». Con esta reso- 
lución se formó la primera «Liga Social de 
Consumidores». 

Las norteamericanas han dado un hermo- 
so ejemplo de acción social. Nosotras po- 
dríamos imitarlo, como han hecho las fran- 
cesas. En 1904. se fundó en Francia la pri- 
mera <'Liga Social de Compradoras», gracias 
a la actividad de Madame H. J. Brumheg. 

Sería muyfácil para nosotras fundar una 
«Liga Social de Compradores», tomando de 
las extranjeras lo que sea aplicable a nuestro 
país. De este modo, al hacer una compra en 
una tienda de las que figuran en la lista 
blanca, transformaríamos este acto indife- 
rente en un acto benéfico, favoreciendo con 
nuestro dinero, no sólo al dueño, sino tam- 
bién, en justa proporción, a la que trabajó 
para nosotras. 

Todo esto mientras esperamos la funda- 
ción de una «Liga Social de Compradores» 
en Buenos Aires. 

Es de desear que no tarde mucho. Cuando 
se funde, los miembros de la Liga podrán 
ponerse en comunicación con los Sindicatos 
Católicos Femeninos, y así los esfuerzos uni- 
dos de los compradores y de las empleadas 
y obreras resultarán más poderosos. 

Alguien pensará tal vez que esto es socia- 
lismo disfrazado. La objeción no es nueva, 
y a ello contestó en más de una ocasión 
León XI 11, bendiciendo, fomentando y en- 
cauzando los esfuerzos de los «católicos so- 
ciales» por elevar al pueblo. Con esto no 
hacía más que continuar la tradición que 
empieza con Cristo, el amigo de los humil- 
des, dándole rumbos apropiados a los tiem- 
pos. En el socialismo hay aspiraciones cris- 
tianas inconscientes. Entre una doctrina que 
basa la fraternidad humana en la paternidad 
divina, que al hombre un fin sobrenatural, 
que considera los bienes de la tierra como 
medios de existencia personal y familiar, de 
progreso social, y una doctrina que niega la 
existencia de Dios y considera la posesión de 
los bienes terrestres y de la felicidad huma- 
na como el único fin del hombre, las dife- 
rencias son esenciales. Si luego en prácticas 
de detalle, en algunas reivindicaciones, estas 
doctrinas se encuentran, ¿qué importa? 

A los que tal cosa nos reprochen, podremos 
contestar con el Cardenal Manning: «¿Para 
vosotros esto es socialismo? ¡Pues para mí 
es Cristianismo!» 

Sofía Nazar Anchorena. 




Cüriosú. — Respondiendo a tu pre- 
Cunta. h« de decirte que me he visto 
obligada a revolver papelotes para 
hallar la explicacün que me pides: 
Hofla es la narraddn ordenada y 
oonpleu de sucesos ficticios, pero 
verosirailes. dirigida a deleitar por 
medio de la belleza. 

El orifen histórico de la novela te 
pierdo en la noche de los tiempos, y 
BSjr q<M deferirlo a las primitivas 
sofie didei. cuyos individuos satis- 
facían tu curiosidad y su ansia por lo 
dse e o n o c ld o con los cuentos y tradi- 
donat que de s d e época inmemorial 
habiaaido pasando de padresahijos. 
Postariomiente. bien fuete porque 
tales cuentos te hadan mit compli- 
cados y dlficilet de retener en la 
memoria, bien porque tu civilización 
menos primitiva y ruda compren- 
diese d partido que de dlot podia 
sacar, dindolet conveniente forma y 
perpetuindolot mediante la escritu- 
ra, o por ambas causas juntamente, 
la noutla pasa de la palabra al libro, 
se fija con eaiieter propio y constitu- 
tK un nijevo géfiero literario. 

María Ltscx. 



Era el 25 de diciembre. En la pequeña aidea 
reinaba un frío intenso, que los pálidos rayos de un 
sol anémico no conseguían atenuar. Desde tem- 
prano, en todas las chimeneas chisporroteaban gran- 
des trozos de leña, alegrando y reconfortando los 
corazones. 

Vivía en aquella aldea un pobre carpintero, Tho- 
mas, viudo con dos hijitos. y que sólo tenía el tra- 
bajo de sus brazos para mantenerlos. Su casa no 
tenía chimenea como las de sus vecinos, pero jamás 
se quejaba de su pobreza. Afortunadamente era 
robusto, así que resistía al hambre y a la fatiga; ;pero 
sus pobres hijitos! 

A veces pensaba que sus cuerpecitos tal vez no 
pudieran soportar el exceso de miseria y la falta de 
caricias maternales, y a ese solo pensamiento sus 
rudas y activas manos trabajaban sin tregua. 

Ese día, estaba, como de costumbre, entregado a 
sus ocupaciones; para él no había fiestas, tenia que 
ganar el pan de cada día. La puerta, que había que- 
dado entreabierta, le permitía ver desfilar a los 
paisanos, que. engalanados con sus mejores atavíos. 
se dirigían a la misa parroquial. No quedó uno que 
no criticara su conducta, hasta que al fin, cansado 
de tantas observaciones que no hacían más que 
aumentar su pena, decidióse a cerrar la puerta. 

Y mientras todo el mundo oraba ante el Divino 
NifSo, el pobre padre repetía sin cesar; • ;Señor. 
léflorl Vos que leéis en nuestros corazones, sabéis 
que yo no puedo santificar dignamente este gran 
día; debo trabajar para que mis hijitos no mueran. 
|0h, buen Jesús, dadme pan para ellos! » Y enju- 
gaba una lágrima que surcaba su mejilla. 

De pronto, oyó que alguien se detenía sollozando 
ante su puerta. Abrióla vivamente, y vio ante él a 
una pobre viejecita que lloraba amargamente. 



— ¿Qué tenéis, madre Tranchet, — díjole, — y 
por qué lloráis con tanto desconsuelo? 

— Ay de mí, Thomas ■ - le respondió. — Soy 
muy desgraciada. Ayer recibí una carta de mi 
hija; me dice que está enferma y que quiere ver- 
me. En seguida me puse en camino, esperando 
llegar a tiempo para cuidarla y salvarla; pero aún 
me falta una legua, y mis pobres piernas se rehu- 
san a llevarme más lejos. 

Thomas reflexionó un instante, y le dijo: 

— No os aflijáis tanto; llegaréis a tiempo para 
atender a vuestra hija. Soy fuerte, y os llevaré 
sobre mis hombros. Trabajaré luego, durante la 
noche, para recuperar el tiempo perdido. 

Y partieron, contentos ambos. . . 

De regreso a su aldea, creyó vislumbrar a lo 
lejos una luz rosada que parecía salir de su casa, 
inquieto apretó el paso, llegó a su modesta vi- 
vienda, y cayó de rodillas, extasiado. Jesús esta- 
ba ante él, y le miraba sonriendo. Su rostro res- 
plandecía, y aún conservaba en sus divinas ma- 
nos los útiles del carpintero. 

— - He terminado tu trabajo, — díjole. — y tus 
hijos tendrán alimento. Estoy contento de tí; has 
santificado el aniversario de mi venida al mundo, 
haciendo la caridad y aliviando el dolor. ¡Os tomo 
bajo mi protección, y mi bendición y la paz os 
dejol . . . 

Cuenta la leyenda que Thomas fué siempre 
bueno y caritativo, que sus hijos prosperaron, y 
que murió tranquilo, seguro de recibir en el Cielo 
la corona que le había preparado la bendición del 
Señor en aquella memorable mañana de Navidad. 

Magdalena Esther Almada. 




(" Q/,m,Ai/mñ¿y' y 



« Soy fuerte, estoy bien, me siento 
feliz; puedo y quiero; soy dueña de 
mí misma; modelo mi cuerpo y mi 
imaginación; me siento alegre y con- 
tenta; cada día que pasa mejoro en 
salud, fuerza y poder; vivo del futu- 
ro y olvido el pasado; miro por lo 
alto y no por lo bajo; tengo el senti- 
miento del poder y del amor, y mi 
deseo es manifestarlo al mundo! » 

Si así pudiéramos pensar y sentir, 
dominando las ansiedades de un ca- 
rácter voluble; arrancando de la ima- 
ginación ideas nocivas, verdaderos 
parásitos que pueblan una vida de 
inquietudes, llenándola de preven- 
ciones, amargando la existencia pro- 
pia y contaminando a los corazones 
llenos de fe que nos rodean; si lle- 
gáramos a educar nuestra voluntad 
en este sentido, conseguiríamos la 
serenidad del espíritu, pasaporte de 
la felicidad. 

Fanny C. de Woodcote. 



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VICcKjTE 
MEDINA 




Mira cómo me has dejado: 
Yo quería. . . 
¡ya no quiero! 
Yo tenia. . . 
¡ya no tengo! 

Yo quería 

lo que ya querer no puedo 

porque ocupastes e! puesto. . 

Yo tenía 

reposo que ya no tengo. . . 

Tú has entrado 

y te has adueñado toda 

de mi pecho. . . 

¡y ahora te marchas y dejas 

sólo ruinas adentro! 

¿Yo qué te he hecho? 

Te he querido . . . 

Yo quería. . . 

¡ya no quiero! 

Yo tenía. . . 

¡ya no tengo! 



No es mi mal que no me quieras, 

sino esto: 

que no me quieres, ni a nadie 

querer puedo. . . 

¡Es lo malo 

que me lo has quitado todo 

y yo, de ti, nada tengo!. . . 

Yo no te llamé... tú fuiste 
la que me salió a! encuentro. 



Me podías 

haber dejado tranquilo 

si es que, luego, 

me guardabas negativas 

tras dulces ofrecimientos. 



¡Ay voluble! 

por ti, sin luz de ilusiones, 

en las tinieblas me encuentro.. 

por ti, mi amor no halla nido, 

como pájaro en invierno... 

por ti, la fe y la esperanza 

ya las pierdo. . . 

por ti, se encuentra vacío 

¡sin imagen! 

el santuario de mi pecho. . . 



Yo quería. . . 
¡ya no quiero! 
Yo tenía. . . 
¡ya no tengo! 

Tú no sabes el estrago 

que en mi alma 

y en mi corazón has hecho. 

¡Me has dejado 

que, entrar dentro 

de mí mismo, 

me da miedo! 



DIBUJO DE 
MEDINA VERA. 







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El cigarrillo para toda ocasión. 




LA GENTE CHIC FUMA CIGARRILLOS 




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OBELISCOS 



MAYAS 



La fértil tierra guatemalteca, ahora de- 
vastada por una terrible catástrofe, fué. 
hace muchos siglo?, centro de espléndida 
civilización. La raza maya, en efecto, ha 
dejado huellas de su sabiduría y de su arte, 
que pueden resistir la comparación con las 
mayores muestras de las antiguas civiliza- 
ciones. 

Desconocido es el origen de los mayas que 
habitaron, divididos en muchas tribus de 
distinto nombre, la parte meridional de Mé- 
jico, algunos territorios del Salvador, Hon- 
duras Inglesa, y Honduras. 

Los obeliscos reproducidos en nuestros 
fotograbados constituyen dos valiosas reli- 
quias de aquella civilización extinguida. 
Se conservan en Quiriguá y tienen gigan- 
tesco tamaño. Los relieves que presentan 
en sus caras son notables por su esmerada 
ejecución, representando personajes mito- 
lógicos y signos y letras del alfabeto maya. 

Esta escritura es todavía un problema 
para los filólogos. Únicamente se han podi- 
do descifrar, a satisfacción, signos astronó- 
micos y las cifras de la numeración maya, 
que es vigesimal. Computaban el tiempo 
por meses de 20 días, años de 18 meses y 
íkátuns» de 20 años, empleando cifras espe- 



ciales para marcar esas divisiones. E! año 
tenía 5 días complementarios, y cada 52 
años volvía a comenzar un nuevo ciclo, en 
el que los días y las demás divisiones reci- 
bían el mismo nombre. 

Por lo que respecta a la escritura, poco se 
adelantó, apesar de los infatigables trabajos 
de distinguidos filólogos. Landa, presentó 
un alfabeto maya, dando la interpretación 
de los jeroglíficos, pero los hombres de cien- 
cia opinaron que estaba hecho a base de 
signos yucatecas posteriores a la conquista. 

Parece comprobado que los jeroglíficos 
mayas tenían un doble valor fonético y al- 
fabético, como los que adornan los obeliscos 
y monumentos egipcios. Son todos del mis- 
mo color y fueron grabados sobre la sílice 
en espacios de una dimensión igual y de 
forma cuadrangular. Rosny, llegó a desci- 
frar algunos signos, pero no se atreve a 
interpretar una sola frase. 

Los mayas, presentan grandes afinidades 
con los aztecas de Méjico. El sistema de 
construcción tiene semejanzas asimismo con 
el egipcio. Las pirámides, los templos de fi- 
gura piramidal y los obeliscos, atestiguan 
un origen y un procedimiento comunes que 
se fueron distanciando lentamente. 




Cambiándole la cara a una mujer 



Cualquier mujer que no esté satisfecha con 
su tez. puede cambiársela y tener una nueva. 
El pequeño velo mortecino de cutícula vieja, 
es un estorbo, y debe quitarse para hacer apa- 
recer la piel vigorosa y nueva que hay debajo, 
dejándola respirar. 

Hay un remedio casero viejo, muy sencillo, 



(DEL ""Household Friend'") 

que puede hacer este trabajo. Cómprese cera 
pura mercolizada en una botica, y apliqúese 
por las noches como cold cream, lavándola por 
la mañana. La «mercolida» absorbe toda la piel 
muerta, y deja un cutis saludable y hermoso, 
y tan fresco como el de un niño. 

Naturalmente, desaparecen todas las imper- 



fecciones de la epidermis, tales como: pecas, 
manchas, palidez, barrillos, tostaduras del 
sol, etc. 

Es de uso muy agradable, efectivo y econó- 
mico. La cara, tratada por este procedimien- 
to, parece, inmediatamente, muchos años más 
joven. 



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dos los agentes de Caras y Caretas, o directamente a la 
administración, calle Chacabuco, 151/15,5, Buenos Aires. 



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¡Oh! . . . ¡Cómo Preferiría 
Quedarme en Casa 



y Descansar . . 



CUANDO el sistema nervioso se mani- 
fiesta cansado, ya sea por los negocios 
o actividades de la vida moderna, los 
placeres, las soirés, las veladas musicales, 
vienen sólo a acrecentar nuestro desaliento y 
nos dan tedio. Ni aun el descanso llega a sa- 
tisfacer a causa de los insomnios, falta de ape- 
tito y desordenada digestión. 

Para contrarrestar esta crisis, no hay nada 
como el Sanatogen, Tónico Nutritivo que re- 
constituye el sistema nervioso y devuelve la 
\italidad y fuerza al organismo. Los maravi- 
llosos efectos del Sanatogen han sido ensalzados 
no sólo por más de 22,000 facultativos, pero 
también por innumerables personalidades dis- 
tinguidas en el mundo científico, clerical, po- 
lítico, artístico y social. Sir Gilbert Parker, 
miembro que fué del Parlamento Británico, 
eminente novelista y estadista, escribe: "Con- 
sidero el Sanatogen como un tónico de primer 
orden que nutre el sistema nervioso, aumenta 
la energía y da mayor fuerza y vigor a la abru- 
mada mente y cansado organismo." 

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es el depósito seguro, donde 
las damas de nuestra sociedad 
guardan sus objetos de valor, 
joyas, vajilla de plata, etc. 
Ahí no pueden ser robadas y 
no sólo están bajo su control 
personal, sino también tan re- 
servados como en su propia casa. 



jLa joya favorita ha 

desaparecido! 

La pérdida puede ser un recuerdo de familia, 
puede representar miles de pesos; pero, de cual- 
quier manera, la molestia y el disgusto que ésta 
ocasiona, es hoy un mal que puede evitarse. 

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Nadie más que Vd. o su re- 
presentante autorizado, puede 
obtener entrada a su caja. Las 
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MEDITACIÓN, POR MARÍA KORBELL. 



AMANECER Y TRABAJO. POR HELEN FARNSWORTH MEARS. 



La iniciativa particular del pueblo norteamericano, 
que en toda ocasión es poderosa, está dando pingües 
resultados aplicada a la busca de medios con que sub- 
venir a la beneficencia en la guerra. 

Recientemente se inauguró en el jardín cubierto del 
Ritz-Carlton Hotel, acreditado establecimiento neoyor- 
quino, la exposición denominada Los Aliados de la 
Escultura. Del producto de la venta, los escultores do- 
nan un elevado porcentaje, dedicándose la cantidad 
recaudada de ese modo, a lo que se llama «las cuatro 
caridades de la guerra»: Cuerpo de Voluntarios de Lon- 
dres, Prisioneros belgas en Alemania, Sociedad de Con- 
servación de las Artes de Guerra y El Bienestar del Herido. 

FOTOGRAFÍAS DE RAÚL THOMPSON. 






¿SUFRE Vd DEL ESTOMAGO? 



¿No tiene apetito? ¿Digiere con dificultad? ¿Tiene gastritis, gastralgia, disentería, úlcera 
del estómago, neurastenia gástrica, anemia con dispepsia, una enfermedad de los intestinos? 
Después de las comidas, ¿tiene eructos agrios, pirosis, vahídos, pesadez de cabeza, sofoca- 
ción, opresión, palpitaciones al corazón? ¿Tiene Vd. DISPEPSIA y dolores al vientre, a la 
espalda, vómitos, diarrea? ¿Se altera con facilidad, está febril, se irrita por la menor causa, 
está triste, abatido, tiene por las noches sueño agitado? ¿Ningún remedio, ningún régi- 
men ha podido curarle? Tome el famoso STOMALIX del Dr. Saiz de Carlos y recobrará 
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EL TURBÉ DEL SULTÁN SELIM, "EL ATROZ" 



Selim I, su)t¿n otomano, hijo de Baya- 
ceto II. fué uno de los precursores más 
prácticos y fervientes del malthusianismo. 
Eliminó a su simpático padre, varios her- 
manos y 4a000 rfitas. Se figuraba que la 
tierra iba ser demasiado angosta para el 
hombre, si no se podaba diligentemente la 
raza. La posteridad, que no ha puesto nin 
gún sobrenombre al celebérrimo Malthus, 
creyéndole solamente un degollador plato 
nico. llamó a Selim • El Atroz-. La posteridad 
es injusta, perfectamente injusta, pues no 
sabe apreciar la oculta filantropía de algu- 
nos grandes hombres. Selim. no pudiendo 
valerse de la propaganda por el libro, apeló 
al veneno y al yatagán: como es lógico 
suponer, por los resultados, el procedimien- 
to era verdaderamente maravilloso, según 
su eficacia. 

Cansado de la numerosa sucesión que sus 
mujeres le daban, resolvió no tener más 
hijos para evitar los gastos que la crianza 
de tanto muchacho con rango de principe 
le ocasionarían, y ordenó que todo niño que 
naciera de sus esposas en adelante fuere 
inmediatamente ahogado. 

En el turbé o panteón de familia del 
sultán, además de él y dos de sus mujeres, 
yacen los cuerpos de 33 de los niños sacri- 
ficados. 

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NUM. 22. 



BUENOS AIRES, FEBRERO DE 1918. 




SUBURBIOS DE LA ASUNCIÓN. 



— r=>is^'S' 's.'i_TrP3>^- 



E L TALAR 




D£ PACHECO 





ÁNGULO DEL COMEDOR, DONDE SE ADMIRA UN 
AUTÉNTICO DEL SIGLO XrV. 



tanto su carácter, que. a! evocar la 
figura del antiguo dueño, parece que 
en su recinto fuésemos a encontrar 
aún los mazorqueros del poncho rojo, 
que hicieron trágica la dictadura de 
don Juan Manuel Ortiz de Rozas. 
Las habitaciones principales de la 
casa, se hallan actualmente destina- 
das a museo: en ellas consérvase el 
lecho donde falleció el General y al- 
gunos otros objetos de su pertenen- 
cia. Varios estantes, distribuidos en 
orden simétrico, guardan pájaros y 
animales curiosos, e.itre ellos un ti- 
gre que arrastraron las corrientes del 
río Paraná sobre un camalote, sien- 
do muerto por don José Pacheco y 
Reynoso, al verlo internarse en el 
bosque de la estancia. Otra curiosi- 
dad es la armadura japonesa que fi- 
gura en uno de los rincones, y el 
traje de lidiador, perteneciente a la 
época del virreinato. 

Al fondo de la casa existen las co- 
cheras y caballerizas, con diez y ocho 
coches y cabida para treinta caballos. 
En la capilla, de línea ojival, hay 
algunos detalles interesantes: por 
ejemplo: un alto relieve ejecutado 
por el escultor Ferrari, de Roma, 
cuatro pinturas murales hechas por 
Faustini en 1890 y lienzos de e.^cuela 



INTERIOR DE LA ESTANCIA ANTIGUA, 
PIEZA DESTINADA A MUSEO. 




VESTÍBULO Y ARCO DE ENTRADA A LA ESCALERA, 
TIDA CON HERMOSOS TAPICES. 



española de buena ejecución y factu- 
ra. La cripta, situada debajo del al- 
tar mayor, guarda los restos de don 
José Pacheco Reynoso y de su espo- 
sa doña Agustina de Anchorena, 
García de Zúñiga, padres del actual 
propietario. 

En una pequeña elevación frente 
al canal, levántase el moderno cas- 
tillo. Ancha escalinata de piedra da 
acceso al hall, decorado sencillamen- 
te: cierra el arco que comunica con 
la escalera un hermoso tapiz flamen- 
co de tono azul pálido, donde se 
destacan dos aves de plumaje rojo, 
época de Luis XIV, 

Contiguo al jardín de invierno y 
al billar, revestido con estucos y ali- 
catados de azul y oro, hállase el salón 
de recibo. Su moblaje está compues- 
to de una sillería de caoba y damas- 
co, varias mesas de pared y otras de 
centro, con porcelanas y bibelots de 
Saxe, tibores japoneses y joyeros 
Capo di Monte. Sobre el muro un di- 
bujo a la sanguina firmado por Bou- 
cher en 1787, y haciendo «pendan t» 
con el piano, un contador florentino 
de marfiles y carey con cuatro colum- 
nitas de serpentina y ónix. 

El pequeño gabinete situado junto 
a la terraza, luce una sillería france- 




VISTA DEL SALÓN PRINCIPA 



— p^L^vs -v'Lrrisyx— 




sa, rococó, imitada, y varios retratos de familia, 
dos de ellos pintados en Paris por Federico de 
Madrazo, artista que siguió en el destierro a la 
reina doña Isabel II. 

En el despacho hay una Cédula Real firnnada 
por Femando VII, donde se nombra Caballero de 
Calatrava a don Domingo de Reynoso y Roldan. 
suegro del General Pacheco. El uniforme de éste, 
aparece en una vitrina, junto con la bandera to- 
mada durante el sitio de Montevideo, y las con- 
decoraciones de las batallas de Maipú. Ituzaingó. 
Mérito de Chile, expedición contra los Indios y 
vencedor de los Andes. 

En otros lugares hay objetos artísticos de valor, 
mereciendo citarse un chapitel mudejar y una mag- 
nifica escultura gótica de San Jorge, raro ejemplar 
del siglo XV. A más de esta escultura, lo mejor que 
se conserva en la casa, es el tapiz del comedor; re- 
presenta la entrada del emperador Alejandro en 
Constantinopla. y es uno de los primitivos firmados 
por la manufactura Real de Gobelin, con las inicia- 
les: MRDG, y la flor de lis de Francia. 



El jardín, sombreado por eucaliptus y pal- 
meras, puede considerarse en e! Talar, como 
atractivo de primer orden. Adornan los gracio- 
sos parterres pequeñas estatuas de bronce y 
mármol, que destacan sus líneas sobre el tono 
verde de la fronda. Ante la fachada principal 
del moderno castillo — muy francés — el gru- 
po de las sirenas eleva alrededor de la fuente 
sus mil surtidores cristalinos. Sendas enarena- 
das conducen a los distintos pabellones y re- 
creos; el teatro de la naturaleza, verde de ye- 
dra y arrayán, los palomares, la pileta de nata- 
ción, cercada de columnas que imitan el estilo 
de las antiguas termas, el retiro donde se tienen 
las jaurías de caza, los lagos artificiales con sus 
paisajes de orientación japonista, y el sombreado 
camino de la iglesia, por cuyos recodos vería per- 
derse en otra edad la carroza negra y palaciega 
del General Pac|neco. 

Antonio Pérez-Valiente. 




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TTGLEDANAI 





P©D BEniTO l5^H 



La entrada dd muchacho, que vuelve de 
la cocina con la vajilla recién lavada, les 
oblifa a un nuevo compás de silencio y de 
Están discutiendo y cambiándose las 
■ sutiles y venenosas amarguras desde que 
la comida; pero, han adelantado 
tan poco, sin duda, en el camino de sus mu- 
tuos ampeflos. que la pasajera presencia del 
paquaAo (amulo les resulta, esta vez, car- 
dante e importuna como nunca. 

Para ella, sobre todo, interrumpida en mi- 
tad de un discurso vertiginoso, jamás el in- 
famal muchachuelo necesitó mayor tiempo. 
para realizar «la mísera tarea de colocar 
aquellos cuatro miseros platos, en su mi- 
sero sitio...» Por eso, de codos sobre la 
mesa, con las mejillas arreboladas y hacien- 
do fúrsr nerviosamente entre los dedos una 
borUta de seda de su blusa, tiene que apretar 
los dientes para p4der se^iür oyendo, a sus 
espaldas, y sin gritar de desesperación, aquel 
escarabajeo interminable, con su aditamento 
obUfado de absurdos resoplidos. 

iBendito sea Dios! iLo qué puede la edu- 
cación algunas veces! El. en cambio, el otro. 
el o<Soso que no tiene un nervio, que siem- 
pre dice y hace las mayores atrocidades, con 
la mis perfecta y envidiable calma, continúa 
alli, al otro extremo de la mesa, aguardando 
lo más tranquilo y sonriendo socarronamen- 
te al parecer a la bruAida hebilla de su cinto. 

Es que le gusta discutir al muy canalla 
y es que goza con estas «peleas» que son para 
ella un verdadero tormento y cada una de 
las cuales le cuesta la pena de andar unos 
cuantos días, con las piernas flojas y el cuer- 
po dolorido. ¡Qué cobardes y qué aprovecha- 
dores son los hombres! 

Un plato que resbala en el aparador la 
estiemeoe violenta: 

— lEdmondl 

— ¿SeftoraV 

— ^Cerraste el portón de la huerta? 

— Sí, seflora. 

Y después de mirarla unos segundos con 
sus grandes ojos entre espantados y curio- 
sos, ei muchachuelo torna a esconder su re- 
donda y alborotada pelambrera entre los 
estantes dd aparador, como una negra ali- 
malia que estuviese cavando su cueva. 

"^ '- diez segundas eternos; 



— ¿Se acostó tu mamá'-' 

— Todavia no, seflora. 

— Anoche dejaron abierta la puertita del 
cuarto de planchar . . . Decile que es preciso 
tener mucho cuidado. . . Ya ha visto todas 
las cosas que están sucediendo en la vecin- 
dad... 

•El malhechor» cree oportuno entonces 
deslizar un chiste, desde allá, del otro ex- 
tremo de la mesa: 

— I La rwche menos pensada — dice— vie- 
ne un !a4rín / j« la come a mi mujercita! 

1 ella, con nerviosa vio- 
le' / agrega en seguida a 
la iii«iicTa ri- Yrc.cnoso comentario: - - Que 
quien ssbe si todavia no saldría disparando. 
El, entonces, aunque ha comprendido muy 
bien, pregunta haciéndose el inocente: 

— Quién, ¿el ladrónV 

— iNo, usted, usted! Todavia sería capaz 
dcsaUr dMprsndo, si viera un ladrón, por- 
que asi son ustedes 1<» hr.mh-^ -i I05 co- 
noceré yol 



WB. Dt CEMTUBlO/i 



Las cejas del mozo se contraen al oir la 
respuesta. El dicho no le molesta por lo que 
pueda tener de atentatorio contra los res- 
petos de su masculinidad, pero si le choca 
en extremo eso de «asi son ustedes los hom- 
bres, ¡si les conoceré yo!> dicho por aquella 
inocente boquita de veinte años. Va a decir 
algo, sin duda: pero la despedida del sir- 
vientito le detiene. 

— I Buenas noches, señores! 

— ¡Buenas noches, hijo! 

— Hasta mañana, Edmond. 

El lo ha dicho paternalmente y risueño. 
ella con una amabilidad exagerada. Se diría 
que quisieran sacarse una ventaja hasta en 
la estimación del muchachuelo. 

Apenas ha salido éste, ella se apresura a 
levantarse y a echar los pasadores a la 
pmerta. Después vuelve a su asiento y co- 
mienza a decir en un tono casi alegre: 

— Me parece que no pensaba usted lo 
mismo. . . 

Pero él. muy serio, la interrumpe con un 
ademán de la mano. 

— Señora, para que podamos seguir dis- 
cutiendo, es menester que reconozca usted 
antes, que ha dicho una inconveniencia muy 
grande hace un momento. 

— ¿Una inconveniencia? ¿Qué he dicho 
yo, señor? 

— Ha dicho usted con jactancia que «si 
conocerá a los hombres», y es esa una impro- 
piedad que no está bien en su boca. 

Por los ojos azules de la señora pasa una 
sombra de espanto, pero que se borra en 
seguida bajo la racha de la reacción indig- 
nada. 

— ¿Me va a acusar ahora de faltas de edu- 
cación, señor? ¿Va a insultarme? 

— ¡Dios me libre, señora! Sólo le pido que 
reconozca usted que ha dicho, en el calor de 
un arrebato, una inconveniencia impropia 
de usted. 

— ¡Yo no reconozco nada, señor! 

— ¡Como usted guste, señora! 

Y hay un largo compás de silencio. El. se 
mira la hebilla del cinto como si quisiera 
hipnotizarse, y ella desfleca inconsciente una 
de las borlitas de seda de su blusa. 

Al cabo pregunta, incisiva: 

— Quiere decir que yo he de ceder siem- 
pre, ¿verdad? ¿Quiere decir que yo nunca 
he de tener razón? - Y agrega en seguida. 
y como de costumbre, sin esperar la respues- 
ta: — No, no señor; yo también soy capaz 
de tener alguna vez energía; sí, señor, ener- 
gía, energía - y rompe a llorar desconsola- 
damente. 

El. entonces, abandonando su asiento y 
dando la vuelta a la mesa, viene hacia ella 
paternal y generoso . . . 

— Vamos. Nena, — dice acariciándole los 
cabellos color de ceniza, no es para tanto; 
no sea caprichosa, ¿no ve que no liere razón 
esta vez? . . . Las energías daben guardarse 
para el momento oportuno. . . 

Bruscamente, muestra ella su carita en- 
rojecida y llorosa: 

— No. señor, ¡no! no quiero; yo no he 
dicho nada malo. . . 

— Si, preciosa; usted ha dicho una incon- 
veniencia. 

— ¿Qué inconveniencia? 

— Usted ha dicho, «¡que sí conocerá us- 
ted a los hombres!», con tono jactancioso. . . 

¿Y eso qué tiene? 



Tiene, que cualquiera que la oyera y 
que no supiese como yo quién es usted, po- 
dría formarse concepto equivocado de su 
persona. 

— No sé por qué. 

-- Porque sí; porque usted sabe que eso 
no es cierto: y. no siéndolo, es una impropie- 
dad en sus labios. 

Hay un nuevo compás de silencio. El. se 
pasea a lentos pasos y ella juega con la 
afelpada pelusilla de la carpeta de la mesa. 
Afuera, se ha levantado viento y se oye, 
amortiguado por la distancia, el ruido carac- 
terístico de una puerta abierta que se golpea. 
Ambos reparan en ello al mismo tiempo, 
pero ninguno dice al respecto una palabra. 
El. por no asustarla, y ella, porque está de- 
masiado enojada en aquel momento para 
sentir temor alguno. Otras noches, basta el 
ruido que hace un ratoncillo entre el zócalo, 
para que se le dilaten de espanto las pupilas. 
¡Nena! 

iNena! 

¿Qué? 

Vamos, no sea mala; déjese de tonterías. 

¿Mata? Eí malo es usted, el señor se 
cree que una siempre le va a hacer el 
gusto... Que una no está más que para 
hacerle el gusto a «su merced» en todo lo que 
se le ocurre... Está muy equivocado, se- 
ñor. . . Sepa que a mi nadie me humilla y 
que sé tener energía cuando es menester. . . 

— No lo dudo, preciosa; pero ha elegido 
usted una mala oportunidad. . . Esta vez no 
tiene razón. 

- ¡Mejor! 

- ¡Supremo argumento! Asi es como dis- 
cuten las mujeres. 

¿Y los hombres? ¡Tan bien que discute 
usted! 

El piensa un instante «en lo bueno» que 
sería pegarle y después reanuda sus paseos. 
Parece imposible que una chica tan buena, 
tan inteligente, se transforme así cuando se 
enoja. Es capaz de estarse cien horas en un 
sitio, inmóvil y sin decir una palabra. ¡Si lo 
sabrá por experiencia! 

— (Nena! 

Ella alza hacia él sus ojos desconfiados . . . 
-¿Y? 

— ¿Y? ¿Qué? ¿Qué quiere que le diga? 

— Quiero que reconozca que dijo usted 
hoy una inconveniencia. . . 

- Yo no he dicho ninguna inconveniencia. 
'— ¡Sí la ha dicho! 

- ¡No! 

— Está bueno. . . 

En ese mismo instante un grito de mujer, 
lejano, pero estridente, resuena en la noche 
afuera. . . Las manos de la niña se crispan 
instantáneas engarabitadas sobre sus cabe- 
llos color de ceniza y sus ojos dilatados en 
un vértigo de espanto, buscan los ojos de su 
marido. 

— ¡Ay, Mariano! ¿qué es eso? 

El. que ha sentido el grito en la médula, 
como un estilete de hielo, la hace callar con 
un gesto. 

El grito resuena de nuevo, espantable y 
más próximo. 

¡Es Rosa! ¡Por Dios, Mariano, no salgas! 

Un golpear de puños, furioso, redobla al 
mismo tiempo en la puerta. 

--¡Virgen del Carmen!... 

— Cállate, Carmencita, no te asustes. 

— ¡Señor, señor, ábrame! — implora una 
voz sofocada, por la rendija. 

- ¡Ya voy, ya voy! — Y apenas las ma- 
nos del mozo han corrido las fallebas, la 
puerta se abre de par en par con impulso vio- 
lento, para dejar paso a la mujer espantada 
y a su hijo. . . 

¿Qué hay? ¿Qué sucede?. . . 

— ¡Señor, que en mi cuarto hay un hom- 
bre! 

— ¡Imposible! ¿Está segura? 

' Sí, señor; si, señor; un hombre, yo se lo 
juro; un hombre; éste lo ha visto también. . . 

Y la pobre mujer retuerce sus manos des- 
esperadamente. 

El sonríe, entre burlón y escéptico, y luego 
dice muy tranquilo: 

~ Le habrá parecido, ya ve que no ha 
ladrado el perro siquiera... 

— Yo no sé, señor; pero lo cierto es que 
hay un hombre, . . 

El muchacho interviene: 

~~ Y también del lado de la cochera. . . 

— ¿De la cochera, qué? 

— - Había otro bulto. . . 

-- ¡Virgen del Carmen! . . . ¿Has visto, Ma- 
riano? ¡Otro! 

— - Vamos, hombre, pamplinas; yo voy a 
ver y. . . 

Se interrumpe de pronto, porque en ese 
momento llega distintamente, del otro lado 
del gran patio, que ilumina apenas la luz 
estelar, el estruendo característico de una 
alacena cargada que se derrumba. 

— ¡Ay. Dios mío. es en la despensa! 
- ¡Cierre la puerta, señor! 

El deniega con un ademán de la mano. 
Ahora sí, se ha puesto blanco, más blanco 
que el cuello de la camisa... 

— Apague esa luz, Rosa. 



Pero como la cocinera, en el paroxismo de 
su espanto animal, no acierta con la Have, 
él, en un brusco movimiento, apaga afloján- 
dola, la única bombilla que ilumina el co- 
medor. 

Después comienza a deslizarse felino por 
la sombra. 

La niña pretende detenerle: 

— ¡No. Mariano, no, por Dios! 

— ¡Déjame! 

— ¡No salga, señor! 

- — ¡Cállese la boca, usted! 

' - Mira, Mariano, no salgas si no quieres 
verme muerta. 

Pero él, transformado en otro hombre, en 
un Mariano brutal y primitivo, que ella no 
conoció jamás, se arranca bruscamente de 
sus dedos crispados, con un: «[ Vamos, hombre, 
no sea zonza!», que parece un rugido y des- 
aparece en lo obscuro, dejándola esteriotipa- 
da en la retina, la visión absurda de un Ma- 
riano con ojos de fiera, de un Mariano que 
enseña los dientes en una amarga mueca 
homicida. . . 



. . . Hace mucho rato que se marcharon el 
médico, los vigilantes, los vecinos... toda 
esa gente, en fin. que suele llegar matemá- 
ticamente después de la consumación de las 
catástrofes... La atmósfera está saturada 
aún de olor a éter, a vinagre y a agua de me- 
lisa; pero, en la alcoba, discretamente ilumi- 
nada por la lamparilla con pantalla roja del 
velador, reina la más completa y apacible 
calma. 

Ella no sufre ya, se le ha pasado el hipo que 
la atormentó por espacio de más de una hora 
y hasta el dolor de cabeza, pero no puede 
dormirse, sin embargo, y sigue removiendo 
incesantemente su rubia cabecita sobre la 
almohada. 

— ¡Ay, Jesús, José y María! 

— ¿Hum? ¿Eh? 

— Nada, nada, Mariano... 
■ — ¿Me hablaste. Nena? 

— No, Mariano... no. 

El, que ha abierto galantemente un ojo, 
vuelve a ser precipitado por el sueño, en un 
mullido abismo de algodón en rama. ..ye! 
gran silencio torna a tender sus alas sobre 
el tálamo. Ya una débil luz blancuzca co- 
mienza a insinuarse por las rendijas de la 
ventana que da al campo. Transcurre así 
un largo rato. 

El sigue durmiendo y ella, contemplándole 
entre pensativa y curiosa: 

— Cuan grande es y qué bueno parece así 
dormido. . . sin embargo. . . ¡Ay, Jesús. José 
y María! . . . 

El no abre esta vez ni siquiera un ojo. 
Está más dormido que antes. Ella se destose 
entonces. . . 

— ¿Hum? Hace él, pero no se despierta. 
La niña cambia bruscamente de postura. 

Su movimiento recuerda ti salto de los peces 
en el río, bajo la luz de la luna. 

— ¿Hum?, ¿eh?. . . 

— ¡Ay!, ¡madre mía! 

El abre un instante los dos ojos renegridos 
y absortos. 

— ¿Qué?, ¿qué tienes? ¿Te sientes mal? . . . 

— No, Mariano, no. . . 

— Duérmete, duérmete entonces. 

— Es, Mariano, que estoy pensando. . . 
-- ¿Qué m'hija? 

— - En el hombre. ¿Tu crees que se morirá 
el hombre, Mariano? 

— No, Nena, ¡qué pamplina! Duérmete; no 
te preocupes. . . 

Y va a darse vuelta para cambiar de pos- 
tura cuando ella le detiene, estupefacto, casi 
indignado. . . 

— ¿Qué? 

~ Es, Mariano, que yo quería decirte, 
además, otra cosa. . . 

— ¿Qué, m'hija? 

— Una cosa, pero me da mucha vergüen- 
za. . . 

Y al decir esto, es ella la que se vuelve 
bruscamente y ocultando su rostro entre las 
almohadas, comienza a sollozar dulcemente. 

El, despierto ya del todo por la sorpresa, 
se incorpora en el lecho. Mira un instante 
con ceño la lamparilla de roja pantalla que 
ilumina la alcoba, y luego se inclina lleno de 
ansiedad cariñosa sobre los alborotados ca- 
bellos de color de ceniza. . . 

— ¿Qué tiene, Nena?, ¿qué le pasa? 

Ella se explica entonces entre cortados 
suspiros: 

— Nada, Mariano, una zoncera. . . quería 
decirte, no más. . . 

— ¿Qué?, preciosa. . . 

— Que es cierto . . . que hoy dije, una in . . . 
con. . .ve. . .nien. . .cia. . . 

- — Y torna a llorar después desconsolada. 
El palidece de emoción al oiría: 

— Vamos Nena, vamos; ¡qué pavada, qué 
que pavada! mi vida . . . Y mientras las grue- 
sas manos del hombre acarician la rubia 
cabecita que se entrega sumisa, y mientras 
los labios ratifican un viejo y sagrado con- 
venio de amor y de paz, afuera comienzan a 
cantar los pajarillos. . . 



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^^inica::^eJ^ (xrziez'icaz2a/' 



J. Torres- García, pintor y escritor; Rafael Barra- 
das, paladín del evolucionismo pictórico, — los dos 
uruguayos — y Roberto Montenegro, mejicano, 
delicado ilustrador de poetas, acaban de celebrar 
exposiciones de sus obras en esta ciudad. La afluen- 
cia de artistas extranjeros a España, como una re- 
sultante de la guerra, es muy curiosa; antes se dis- 
putaban las predilecciones artísticas otros países. 
Hoy todo ha cambiado. El arteno puede vivir como 
antes en la contienda. El arte sigue siendo diver- 
sión del espíritu y la buena pintura patrimonio de 
los ricos. Las fortunas han sufrido enormes desca- 
labros, y los enriquecidos en la guerra, no tienen 
su atención en estas bellas cosas. Además, los sa- 
lones de París, están cerrados y los artistas emi- 
gran. España es un oasis de paz. 

J. Torres-García, publicó, poco antes de su ex- 
posición, un libro: «El descubrimiento de sí mismo». 
Consejos a los artistas, escritos en forma epistolar. 
Obra vivida en la cual el autor nos cuenta su proce- 
so espiritual hasta llegar a una absoluta sinceridad 
en arte; en cierto modo ingenua y con un lugar 
común; la personalidad. El autor exhorta a su crea- 
ción, pequeña o grande, dentro de cada ser, pero 
con demasiada insistencia, olvidando que ello es 
algo que se posee o no. Y que, los que la tuvieron 
en más alto grado no se preocuparon de ella. 

Después de publicar este libro, como una ratifi- 
cación de sus teorías, ha expuesto en varios salones 
un centenar de obras. En ellas están bien marcadas 
sus evoluciones; Desde los motivos decorativos del 
Palacio de la Diputación Catalana, a la manera de 
Puvis de Chavannes, hasta su última manifestación 
de un futurismo acertado y de buena ley que él titu- 
la; Plasticismo Biológico. En su paleta priman los 
colores sucios, por eso nos impresiona el extraordi- 
nario vigor de sus asuntos del puerto y algunos as- 
pectos de la ciudad verdaderamente antipáticos. 

Torres-García es uruguayo, aunque los catalanes 
lo cuenten entre ellos y hable y escriba en el idioma 
de Verdaguer. Practicando su credo, vive en un 
pueblecito cercano a Barcelona, frente al mar y 




CZ2/ ^^^^S>ciTx:je¿^cyxxcLsí^. 



junto a la montaña, donde todo es grandeza y sere- 
nidad. Allí, en su soledad, trabaja. Y ya con la bar- 
ba y el cabello canos, piensa en su patria, con las 
nostalgias tristes que curará el retorno. . . 

En las Galerías Dalmau, donde todo lo raro y lo 
nuevo tiene su sala, ha expuesto Rafael Barradas; 
y su exposición ha tenido la virtud de desconcertar 
a los críticos y al público. No quiere este pintor que 
se lo clasifique entre futuristas, ni cubistas, ni pla- 
nistas. . . Quiere ser él, único y solo, y si con algún 
nombre habríamos de clasificarlo sería con el de 
emocionista del color. Es este elemento lo que más 
nos interesa en sus cuadros; con el color está enma- 
ridada su alma y con el color nos da la impresión de 
una cosa, de una persona, de un movimiento. Es el 
suyo un arte personal que anhela llegar a la emo- 
ción pura, simple, pero a través de una difícil cere- 
bración. La novedad en arte es siempre una prueba 
de existencia, y Barradas tiene esta novedad y una 
gran fuerza interior, para imponerla o sacrificarse. 
Es uruguayo, es joven y es fuerte. 



Hace mucho tiempo, vimos un libro de versos de 
Amado Ñervo, ilustrado por Roberto Montenegro. 
A la delicadeza de la rima del dulce poeta, corres- 
pondía la obra del dibujante. Era una bella inter- 
pretación de símbolos; era un extraordinario buen 
gusto. Han pasado algunos años y aquellas cuali- 
dades han ido depurándose, hasta llegar a esta ex- 
posición, donde hemos experimentado una agrada- 
ble sensación de orientalismo. Montenegro ama 
y pinta paisajes y floras extraños, de cuentos 
miliunanochescos. Las ilustraciones a «La Lámpara 
deAladino», libro suntuoso que acaba de editar, co- 
rresponden a estas bellas visiones y han tenido un 
éxito enorme. Hay una serie de interpretaciones de 
poemas de Herrera y Reissig, Valle-lnclán, Ma- 
nuel Machado y de otros poetas, cuyas emociones 
son afines a las de su espíritu sutil y refinado. 

Valentín de Pedro. 



COLEOIALA (PROCESO DINÁMICO), 



A PLUMA, DE MONTENEGRO. 




DE LA COLECCIÓN PELLERANO. 



ESCUELA ITALIANA 



LA PLEGARIA 

ÓLEO DE BIANCHI MOSÉ DI MONZA 




PLV6 • 
. VLTPA 



"r?>x- 



JOJ'E 

CAO 



Inútil empeño el mío querer 
encerrar en unos cuantos párrafos 
la compleja personalidad de Cao. 
Bien a mi pesar, tengo que valer- 
me de formas vulgares, lugares 
comunes, fríos e inexpresivos, por 
no hallar los términos precisos con 
que trazar la silueta del maestro 
de la ironia. 

La enorme figura de Cao, em- 
pezamos a verla en sus justas pro- 
porciones, después de haber des- 
aparecido. Va agrandándose a me- 
dida que el tiempo pasa, y cuando 
llegue el momento en que cuajen 
y se sinteticen las manifestacio- 
nes de su múltiple talento, ten- 
dremos entonces la noción exacta 
del prodigioso volumen espiritual 
de José María Cao. 

He de limitar mis deseos, pues 
sería necesario poseer la aguda 
visión del mismo Cao para tra- 
zar con alguna exactitud su inde- 
finible personalidad. Por eso temo 
que en este caso no sea suficiente 
mi buena voluntad. 

Su vida exterior, aunque bien 
conocida, no fué bastante para 
juzgarle. Era preciso estar en 
contacto íntimo con él, analizarle 
con frecuencia, escudriñar las 
complicadas indecisiones de su es- 
píritu, sus dudas perpetuas, sus 
constantes tanteos, que le impi- 
dieron orientarse de un modo de- 
finitivo, desconcertando al que 
trataba de analizarle. Su caracte- 
rística fué siempre la indecisión. 
Un pensador indeciso, sí, pero 
cultísimo, profundo, amplio, de- 
purado. 

El carácter de Cao puede pin- 
tarse con esta frase suya: «El últi- 
mo libro que leo — me decía — es el que me con- 
vence». Así era; la última idea, el último pensa- 
miento borraba los anteriores, y subsistía. . . hasta 
que otro más nuevo lo desalojaba. Y siempre in- 
deciso, sin oponer resistencia, sin preocuparse nada 
de la línea recta, se dejaba llevar aceptándolo todo 
como una fatalidad, a la que hay que someterse. 

Y por contraste, esta serena indiferencia ocul- 
taba al ironista más agudo y sutil, al caricaturista 
más fino, mordaz, ingenioso y afirmativo que ha 
existido en este continente. La labor externa era 
débil reflejo de sus sorprendentes facultades. La 
labor íntima, la que se realiza sin ligaduras, libre, 
amplia, atrevida hasta la irreverencia o la cruel- 
dad y que no sale del reducido círculo donde todo 
se tolera, menos la tontería; ahí la mordaz ironía 
de Cao llegaba al rojo blanco y provocaba la fran- 
ca carcajada hasta el llanto. ¡Qué derroche de 
imaginación! ¡Qué observación más profunda! ¡Qué 
asombroso acierto para descubrir el punto débil 
y destacar la nota ridicula de la víctima elegida! 
Infundía pavor, porque a su aguda y certera vista 
era inútil ocultar las pequeñas debilidades que 
todos poseemos. Sin mirar, veía; y las corazas más 
seguras carecían de eficacia ante sus infalibles 
arremetidas. 

En estos secretos certámenes del ingenio, han 
nacido dibujos formidables, positivamente supe- 
riores a los que el público conoce. Por ahí andan 
innumerables caricaturas (algunas de ellas cuida- 
dosamente ocultas) verdaderos tratados de psico- 
logía, revelaciones sorprendentes, que han causa- 
do, por su fidelidad, más de un serio disgusto de 
esos que perturban el sueño. Muchas veces ha sido 
necesario contenerle porque de su lápiz salían a 
menudo caricaturas verdaderamente demoledoras. 
Si esta obra llegara a conocerse produciría asombro. 

Dejaba pasar la vida con aparente indiferencia, 
y sólo en el momento oportuno alargaba la mano 




para tomar la parte ridicula que estaba al alcance 
de ella, que guardaba después cuidadosamente, 
como guarda el naturalista los insectos que han 
de servirle de estudio. 

Sentía secreta complacencia en volver del revés 
esas figuras decorativas que aparentan ser algo y 
no son nada; como hábil jugador de manos, des- 
cubierta la insignificancia, las volvía nuevamente 
a su estado normal y las dejaba continuar su ca- 
mino tranquilamente. 

Y, aunque parezca algo extraño, yo encuentro 
en todo esto cierta relación con las facultades 
pedagógicas de Cao. Porque — y como otra nota 
bien saliente de su personalidad — poseía la carac- 
terística de saber enseñar. Tenía la rara propiedad 
de colocarse, sin el menor esfuerzo, en el mismo 
plano del discípulo. Su mentalidad se elevaba o 
descendía, con la sensibilidad de un termómetro, 
para situarse en el punto preciso, y sus diáfanas 
explicaciones no dejaban rastro de duda. 

Esta figura incoherente y extraña, está llena de 
episodios interesantes. Allá por el año 1889, Cao 
empezó a dibujar periódicos tomando un poco en 
serio la profesión. El más observador no hubiera 
podido encontrar en estos comienzos al hábil dibu- 
jante del futuro. Algo más tarde, ingresó en El 
Quijote, y allí, con el pseudónimo de Demócrito 
II, empezó a revelar sus facultades que conclu- 
yeron por afirmarse en Caras y Caretas. 

Antes de esta época, su vida, a veces fué dura. 
Cierto día, estando muy necesitado mandó a co- 
brar — sin resultado — el importe de unos dibu- 
jos. A la segunda tentativa. Cao dijo al cobrador: 

— «No te molestes más; no vale la pena. El deu- 
dor o no puede o no quiere pagar; en ambos casos 
yo no cobro. Pero si cambia de actitud y mañana 
quiere pagarme, se embroma, ¡porque no le cobro!» 

— Y rompió la cuenta. 



Otra vez pidió ayuda' a otro 
compañero y a mí, para llevar a 
cabo una obra pictórica de cierta 
importancia. Se trataba nada me- 
nos que de pintar el carro de la 
carne de Lanús. Y el carro fué 
pintado. 

Cao ejecutó en el frente una 
alegoría que representaba una 
vaca pastando tréboles. — ¿Qué 
es eso?, le pregunté. — Pero hom- 
bre, replicó, si está clarísimo. La 
vaca, nutriéndose de tréboles, lle- 
va la buena alimentación y la bue- 
na suerte al que la come, todo en 
una pieza. Si encuentras un sím- 
bolo mejor, dímelo. 

Las condiciones pedagógicas de 
Cao fallaron una vez. Preso, por 
sus violentas campañas políticas, 
trabó conocimiento en la cárcel 
con un célebre ladrón, que le fué 
muy útil durante la reclusión. En- 
ternecido, decidió protegerle pen- 
sando rehabilitarle. Conseguida la 
libertad de ambos. Cao le admitió 
en su casa como sirviente y empe- 
zó el trabajo de regeneración. El 
ladrón se sometía gustoso e iba 
adaptándose al nuevo ambiente, 
cuyas ventajas reconocía. 

Seguro de la eficacia de su pré- 
dica. Cao llegó a confiarse, y es- 
ta confianza la aprovechó el la- 
drón para llevársele hasta el úl- 
timo centavo. 

— «Don José - le decía el la- 
drón en la breve entrevista que 
tuvieron al descubrirse el robo 
— don José, no pierda el tiem- 
po conmigo; la vida que usted 
me aconseja no es para mí; me 
aburre». Y Cao dejó que se fuera 
con los pesos. 
Tuvo siempre marcada afición por la música, 
y si bien llegó a dominar la teoría en absoluto, 
jamás pudo vencer las dificultades técnicas que 
siempre le presentaron los rebeldes instrumentos. 
Llegó a conocer el mecanismo de la flauta, la gui- 
tarra, el piano, el mandolín, la bandurria, el arpa, 
el violoncelo y el violi.i. Pero aunque insistió sobre 
este último con verdadera tenacidad años y años, 
siempre salió derrotado. 

Muchos que hayan cruzado a altas horas de la 
noche las calles solitarias de Lanús, habrán oído 
los ásperos sonidos de un violín inhábilmente to- 
cado, acompañado de los aullidos de un perro. 
Este dúo fantástico tenía por actores a Cao que 
estudiaba música, y a Cucho, su perro, que le 
acompañaba con sus lamentos. 

En resumen, Cao fué de todo: poeta, comedió- 
grafo, excelente prosista, dibujante, músico, pe- 
dagogo; fué fundador del Eco de Galicia, El Cid 
y otras publicaciones. Colaboró en casi todos los 
diarios y revistas ilustradas de Buenos Aires. 
Socialista, anarquista, aristócrata, masón, indife- 
rente, crédulo, esoéptico, contradictorio, y por en- 
cima de todo un pensador profundo y un ironista 
formidable. Una enciclopedia viva y serena, que 
derrochó cuanto tuvo, y no quiso guardar nada 
para él. En una palabra: Cao fué un caos. 

Trato en este juicio mío de apartar por un 
momento las sensaciones que me conmueven y 
que pudieran parecer apasionadas. Miro con la 
imaginación las grandes figuras de los grandes 
humoristas contemporáneos, y veo abrirse sus filas 
para dejar espacio al inolvidable amigo que va a 
ocuparlo por derecho propio. Y así, del brazo de 
los indiscutibles, de los consagrados, tranquilo y 
sonriente, le veo marchar hacia el alto lugar que 
tiene tan bien ganado y al que no llegan más que 
los elegidos. 

Manuel Mayol. 



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El iübUo MoMocorde y desentonado de las Carnestolendas callejeras, inspiró a Cao una sátira que rebosa humorismo e intención. Las frases, los 
erilos y las bromas, tal w hayan ido modificándose; pero el espíritu del Carnaval y sus demostraciones de ronca alegría resultan idénticos a 
los que W gr"- dibujante y escritor supo resumir en esta página, que reproducimos como homenaje al claro talento del inolvidable humorista. 

cuya aguda sátira nunca pierde ni actualidad ni valía artística. 







Buenos Aires es el país del 
ingenio, del buen humor, del 
esprít. del aticismo, de la gra- 
cia... (Véase la muestra.) 



Buenos Aires no rie a carca- 
jadas como esos pueblos bár- 
baros de ultramar; su risa es 
grave, serena, culta, recatada, 
enteramente moderna. 



Para convencerse, no hay 
más que seguir a una máscara 
cualquiera, y escuchar un rato. 
Ahí viene un Arlequín. 

— ¿Cómo te vaaa? ... ( Eso 
lo dice Arlequín.) 



— ¿Cómo te vaaa? — le con- 
testan. Y entre Arlequín y las 
máscaras que van pasando se 
entablan los diálogos que si- 
guen: 




— ¿Cómo te va. che?... Fí- 
jense ustedes en ese che: es 
todo un epigrama encerrado 
en una sílaba. (Pero hay que 
entenderlo, por supuesto.) 



— ¿Cómo ta? . . . — ¡Zas! . . . 
(Zas no es una exclamación, 
sino la consabida bomba de 
agua que revienta sobre la 
cara de Arlequín.) 



— /Adiós/ — contesta Ar- 
lequín. — /Adiós, atorrante.' 
(Esta salida es de lo más feliz 
que se ha oído en los presentes 
carnavales.) 



— ¿Cómo le vaaa? ( La gracia 
de Arlequín, habrán podido 
observar ustedes que consiste 
mucho en la reiteración de la 
frase.) 





Y como al que no quiere 
caldo le dan tres tazas, le con- 
testan de seguida. — ¿Cómo te 
va. . ., cómo te va. . ., cómo te 
vaaa?. . . 



— ¿Cómo te? . . . — / Tuuu! 
/Tuuu! /Tutututuuu! . . . (Sis- 
tema enteramente nuevo, que 
consiste en retrucar por mú- 
sica. ) 



No podemos contener la 
discreta sonrisa: Arlequín ha 
cambiado de táctica, y, ha- 
ciéndose el mudo, arroja bom- 
bas boers a un coche cargado 
de niños. 



Después echa a correr, gri- 
tando a derecha e izquierda: 
— ¿Cómo te va, cómo te va. 
cómo te va, cómo te vaaa?... 




Multitud de máscaras que 
han visto el éxito de la frase- 
cita, corren también repitién- 
dola por todos los corsos de la 
capital. 



Como el procedimiento data 
de muchos años atrás, resulta 
hoy Buenos Aires de una ale- 
gría bárbara. (Véase la clase...) 



Y siendo esta una revista de 
índole principalmente humo- 
rística, permítasenos repetir 
ahora: — ¿Cómo te va, lector? 



Porque el ingenio, el aticis- 
mo y el buen humor actuales, 
consisten en dar así las bro- 
mas: o pesadas, o no darlas. 



A 



N^LTri^y^— 





Txmdafddx 



Carmen, Leonor y Elena han sonreído. 

(Los estandartes rojos del crepúsculo carminan 
las aguas paralíticas del lago. Rosas inumerables 
sufragan el primaveral plebiscito. Sobre los verdes 
almohadones de césped, aves galantes y exóticas 
vagan en silencio decorando distraídamente la 
tarde.) 

Carmen ha sonreído incrédula, Leonor con tris- 
teza, Elena con ironía. 

— El amor — prosigo, mirando alternativamen- 
te las tres divinas sonrisas - es una pasión bas- 
tarda y prematura que o nos arroja como heroidas 
a las grotescas tragedias del guiñol o nos arrastra 
como fantoches por los tablados del ridículo. El 
espíritu ecuánime, serenado en el panorama espi- 
ritual de la filosofía, contempla compasivamente 
sus lamentables aventuras. Porque tampoco es el 
amor una pasión original, ni siquiera una suma 
sensitiva, sino la complacencia enfermiza de otras 
pasiones menores en la declinante mansedumbre 
de nuestras potencias morales. Su obscuro origen, 
sus arbitrarias ideaciones y la flébil complexión 
de su ortodoxia pueden darnos la medida de su 
valor. 



i**^ 



(La carne viva de las rosas se melifica con el 
dorado polen del crepúsculo. Un violeta espiritual 
arrasa suavemente los matices en una desmayada 
atmósfera de ensueño. Cisnes de seda virgen flotan 
someramente sobre la seda vegetal de las aguas 
limosas. Embiste al firmamento el cuerno agudo 
y luminoso del semilunio.) 

Carmen, Leonor y Elena miran meditativamen- 
te la vaga opacidad del infinito. 

— El amor — continúo — ha puesto en la fle- 
cha milagrosa su heráldica cruel. Por parecer 
ingenuo se fingió niño (él que tiene la edad fa- 
bulosa de los astros) y para herir sin miedo se 
vendó los ojos. La elástica fibra de su arco zum- 
ba siniestramente y en la aljaba repleta asoman 
sus vértices erectos los venenosos haces. Gue- 
rrero formidable, porque es también poeta y 
tampoco desdeña el hábil plectro que suscita en 
las noches las nobles melodías. ¡Pobre la donce- 
lla curiosa que abra su puerta al peregrino! Ex- 
primirán sus ojos el zumo venerable y agitarán 
su pecho tormentas de sollozos. La última estre- 
lla de la noche la encontrará despierta cuando 
las campanas del alba llamen a misa de sol, pero 
su alma envidiará la inocencia feliz de las alon- 
dras mañaneras. 

Carmen dice: «Después de todo, ¡quién sabe!» 

Y Elena: «¿Vamos a cortar rosas?» 

Tomadas de la mano, suscitando en el verde- 
grisado de la hora la candida afluencia de sus 
vestidos blancos, se alejan por la recta, larga y 
crujiente del paseo. Luego se internan en los ma- 
cizos de rosales. 

Quedamos solos, sentados frente a frente. Los 
otros dos sillones de mimbre parecen las mitades 
de una cuna vacía. La soledad nos da una isla 



exorbitada. Mi alma se ilumina de vagas proyec- 
ciones, mis ojos buscan las pupilas excelsas. Y Leo- 
nor, la muy amada, contempla fijamente sus ma- 
nos superpuestas que sobre el fondo blanco de la 
falda radian sus dedos finos como las puntas de 
una rosa de los vientos. 

(Se acerca, de puntillas, la noche. Voces obs- 
curas van borrando a trechos el silencio. Los ár- 
boles se duermen como ancianos, en un tránsito 
audible. El crepúsculo deja apenas un recuerdo 
de luz.) 

Y Leonor, la dilecta, dice: «Entonces ¿para qué 
amar?» 

Secretamente se miran y comprenden nuestras 
almas. Se deshace en mis manos su rosa de los 
vientos y como no hay palabras que digan lo 
inefable, escuchamos las voces del paisaje. 

Se oyen de pronto dos pavorosos gritos. Carmen 
y Elena regresan en temerosa fuga a nuestro am- 
paro, incendiando de rosas el paseo. 

Llegan purpúreas y tremantes, como esas dalias 
sanguíneas, llagas en el boscaje, donde se abrasan 
los insectos nómadas en las siestas calinas. 

— ¿Era un hombre? 

— No; era un monstruo. 

— A mí me agarró de una mano. 

— A mí de la falda. 

Y Leonor, dulcemente: «Por aquí no ha pa- 
sado.» 

(Golpetean los sapos sus cristalinos tamboriles. 
Cruza rauda un ave rezagada. La sombra de los 
árboles mancha la claridad lunar de los paseos.) 

Nosotros sonreímos. Ellas suspiran sin saber 
por qué. 



José Martínez Jerez. 



DIBUJO DE PKLAEZ. 



— r>L-NX:^ V^LJT^P3>ív— 




:a_ 



iA.e iuo.como im íaiáo, sobte el cWse lon^ue. ríe iaclina- 
la caLeza, de lui rua.o maioiazo, el esplin.. 
(uji eco ¿e jadeaxiieó clocfaeos de g allin a, 
eiiiía, por la^ vemajios atieilas, del jatcu-ay. 

xiL sol incetnaescenie, ^iatro. se m.e iirLa<^in¿i . 
mmn, un roslro apopléiíjco. saiiAraao de (^m . 
(Un coro de ckicnattas adriamenie rec ni-na 
ataííaiido su áspero, monóioiio ■vioÜn.j. 



lores 



La luz se iiüra y posa , pálida , en los Ác^^^^, 
con un trusco ro&iezo. desliójeuase loias tiores 
majrckilíaí.. eji un vaso de ¿amou del Japón , 



.e m 



imb 



¡re. 



los sillones ortecen sus amplexos du , 

y sale. exiraiamenie de l& pared, el Timbre, 
como el cruel oio rasorone de al<^ií-ri <^eiiio r> u r l o j 




MoóanTc^ 



Las aduas iemblorosas, 

1 • 

ios nuflisais os espejos 

de las a<^aias verdosas, 

iniundejí a las cosas 

viDracipnes l)izaira.s ■, 
y el cnimiajiie, monólojio, canrar de las ci<3,aitas, 
liierve. como una. aLsurda sintonía , allá lejos . . . 
Ivevolorea . viDranie como im.a puñalada , 
el picaLlor de pluma xomasol; 
I sol) re el ironco Lueco de una palma cfuejnada, 
yace xma mariposa- azul.ciue, aleíaré,a-aa, 
se estremece al amplexo arcLoroso cLel sol. 
las ladarlijas repian, con lenlo comsDneo, 
con una itresistíDle pereza, ole vivir •, 
Lay en iodos los árLoles el mismo cabeceo, 
como si el Loscrue eniero se cjviisiera dormir... 
Todo se duerme y calla : y en un cierio momento 
cual si un soplo de vida lo viniera a aru 



Lunar, 



esiira los iollajes un desperezamienio -, 

■y rueda el vaio pesado, hocnoxiioso, del viento, 

como el boslezo enorme del bosciue secular-... 

luán Cailoi' Bernárdez-s» 



DIBUJOS DE RIAMBAU. 



>y^ — 




¿Quién inventó esa lotería que se llama veraneo? 
Difícil resulta despejar la incógnita. 

Desde luego, puede afirmarse que el espíritu 
humano, triple esencia de la contradicción, es pa- 
nameño en invierno, y esquimal en estío. Porque 
el alma gira alrededor de un eje inclinado parale- 
lamente al eje de la Tierra. Hasta ahora se creía 
que nuestro huésped interior era plano, inmóvil, 
mantenido sobre ocho columnas, bajo el séptuple 
fanal de los cielos. Ya se sabe que es un esferoide 
de revolución, y este conocimiento ha venido a 
revolucionar toda la filosofía. Sin embargo, aun 
existen metafísicos que conocen menos del alma 
que el célebre profesor cuyo saber hacía cantar a 
los discípulos: 

La Tierra es una bola 

chata por arriba, chata por abajo. 

Esta doble natura terráquea es semejante a la 
anímica, pues natura non fecit sáltum. «Chata por 
arriba, chata por abajo», y giradora de suyo, el 
alma, pues, tiene cuatro estaciones: mas como da 
vueltas en sentido inverso, es inverniza durante el 
estío y veraniega durante el invierno. 

Ahora bien: no habiendo veraneo bastante para 
todos, fué necesaria y benéfica la institución de 
la lotería del veraneo. 

Las golondrinas, algunos empleados de frigo- 
rífico, las cigüeñas, los lapones, todas las aves 
migratorias, la mayoría de los ricos e innumerables 
«frescos» supieron burlar las leyes distributivas del 
calor y del frío para buscarse la temperatura que 
más les conviene. 

Pero, más bien que el de lotería, le sienta al 
veraneo el nombre de rifa, o el de rifa-lotería 
autorizada por el superior gobierno de todas las 
naciones terrestres y celestes. Es una institución 
eminentemente moral y reguladora, aunque lo con- 
trario afirmen los hombres descontentos. La Na- 
turaleza sabia lo ordenó así; porque si todos vera- 
neasen, las urbes se quedarían vacías en pleno estío, 
cuando las fábricas de hielo, de ventiladores, aba- 
nicos y tifus, más necesitan el concurso del parro- 




eP'-TIVAU 



quiano, Y si el previsor gobierno, discípulo aven- 
tajadísimo de la Naturaleza, supiera enmendar la 
plana a su profesora, prohibiendo el veraneo, ¿qué 
sería de la Ilusión? 

¡Oh, la Ilusión, ola refrescante, una y múltiple, 
ilusión de ilusiones que tiene iodo de anhelo y sal 
de esperanzas, qué sería de Ti sin las dos esferas 
giratorias donde están los premios grandes y chi- 
cos del veraneo! 



Los favorecidos, los agraciados de la suerte, co- 
bran a estas horas, o cobraron ya, sus premios. 
Esa gente feliz que satisface el ansia lapona de 
su espíritu en la estancia del pariente o en la casa 
playera del amigo, nada necesita de nosotros. 

Nuestra prosa, que deseamos hacer lo más be- 
néfica posible, te hablará, lector, de los <'desve- 
raneados» de la fortuna. 

Comencemos por los hebdomadarios veranean- 
tes de esta playa dulce, de esta playa ilusa donde 
un mundo dominguero busca oxígeno fresquito. 
Bajo los árboles de cuya madera extraen frescas 
virutas, junto a la cerveza al hielo o a la novia 
deshelada, los muchachos se tonifican. El baño, 
la sombra, el aire y la fantasía, todo mezclado con 
gotas de fino amor, realizan una obra «auto-al- 
truista,» 

« Mar del Plata es caro, aburrido, incómodo; 
las demás playas, lejanas y cursis: la permanencia 
en el empleo, imprescindible. , , » Con estas consi- 
deraciones no hay veraneante malogrado que no 
se consuele, Y la brisa fresca ayuda a suspirar, 
a imaginar, a vivir. 



Cuando el tranvía los devuelve a la ciudad, 
traen el espíritu oreado, satisfecho, dispuesto para 
resistir ventajosamente el calor bonaerense. 

Otros convierten la acera en playa veraniega, y 
a la luz cansina de los faroles, casi en traje de 
baño, descansan. Las notas de un bandoleón per- 
fuman el ambiente, oxigenándole de paso, porque 
la música también tiene oxígeno. 

En todas partes hay un pedazo de veraneo, un 
sabroso trozo que se prepara en las cocinas de 
Maya, la diosa de la ilusión y. por lo tanto, de la 
conformidad. Los lagos de Palermo son mares, 
los cóndores del Zoológico esparcen bajo el sol 
incandescente la frescura de las eternas nieves. 
Contemplando los patinajes carcelarios de los osos 
polares una ola de frío nos conforta. El hombre, 
maestro de baile del oso y su discípulo de patina- 
ción, le debe además este consuelo. 



De este modo, por mil procedimientos cuya re- 
lación no cabría en una página, pasamos el estío 
sin envidiar la suerte de los favorecidos. 

¿Qué sería del mundo caldeado, si todo fuese 
de un color uniformemente negro, de negro pési- 
mo, si los hombres no supieran teñir de rosa su 
existencia? ¿Qué más da Trouville que la gran 
playa de un inmenso río amarillo donde los ba- 
ñistas arrastren el abdomen haciendo como que 
nadan sobre enormes profundidades? 

El alma humana es un esferoide de revolución 
que gira alrededor de un eje inclinado sobre dos 
polos eminentemente chatos. Hay una psicología 
de invierno, una lógica de verano y una moral de 
entretiempo. Irse ajusfando al constante y anual 
cambio de las estaciones anímicas equivale a ser 
sabio en mundología y demás ciencias exactas. 
Y no reconocer tales enseñanzas, es ir a pasos 
largos hacia la atorrancia menos científica, por- 
que tejer el capullo dorado de la vida con hilos 
de paciencia y conformidad es como vivir en pleno 
veraneo, 

Raúl P, Osorio. 




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GOUACHE DE ALONSO. 



CARAS. 



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¿En* dónde la naturaleza es más benigna, y 
fraterniza de una manera más cordial con nosotros. 
que en las márgenes de este lago, sereno, como la 
pupila de una divinidad antigua? ¿En qué parte 
se respira una elegancia tan ligera, y tan perezosa. 
como en el silencio rumoroso de estas terrazas 
perfumadas? ¿Montañas verdegueantes que repri- 
men su ambición para volcarse en curvas caden- 
ciosas? ¿Impavidez del lago, cuya tersura sólo a 
veces se empaña con la brisa, como obscurece una 
pupila cuando pasa por ella un pensamiento, me- 
lancólico?. . . 

¡Sin duda, estos son los jardines del amor! Entre 
las justas proporciones de cuanto nos rodea, nos 
movemos libremente, livianamente, sin que nada 
de excesivo nos sofoque o nos intranquilice. Con 
sólo descansar nuestra vista en las curvas femeni- 
nas de las montañas, sentimos una verdadera sa- 
tisfacción, y el solo hecho de respirar es. para nos- 
otros, un deleite parecido al que deben sentir los 
árboles al llegar la primavera. Ungidos por esta 
luz embriagadora y tornasolada como el ajenjo. 
nuestro exceso de vida aprovecha cualquiera opor- 
tunidad para emplear su vigor, con la coquetería 
con que pudiera hacerlo una mujer nrtadura. 

Llenos de un sentimiento pagano, nos compla- 
cemos en sentirnos vivir, y con sólo sentirnos 
vivir nos contentamos. Nuestra enfermiza ansie- 
dad de «más allá» y de «quién sabe qué» nos aban- 
dona al aspirar esta brisa perfumada y fresca. 
como »! a"i<--!to de un adolescente: y la vida, nos 
P*'' ' delicado y tan fácil, que no desea- 

mos ,s de que vivimos. 

Ciertamente, un temperamento que se complaz- 
ca en arder de continuo en una heroica exalta- 
ción, podrá encontrar demasiado muelle, y hasta 
un poco banal este paisaje. Sin duda, las monta- 
ñas, al demorar las caídas de los torrentes que se 
suicidan pasando por las pupilas huecas de los 
puentes asi como la docilidad algo doméstica, con 
que los árboles reprimen el desorden de sus ade- 
manes, le restan sublimidad, y contribuyen a 
darle una blandura casi cortesana. Pero en cam- 
bio, ¡qué elegancia tan medida y tan fina: qué 
pereza tan pacífica y tan azulada nos invade en 
esto' •íi"ír<.r '■•ruinosos, donde las cosas atenúan 
sus -a fundirse en una harmonía 

sua 

Yo. ai menos, al pasearme por sus terrazas flo- 
recidas, he aspirado con deleite la 'an;'iiiíi<.r i» 



cuanto me rodeaba, y sintiendo la benignidad aca- 
riciadora de las cosas, me he abandonado sin re- 
servas a la dulzura de registrar mis propias sensa- 
ciones. ¿No es acaso disculpable cualquiera lan- 
guidez en un paraje donde los botes se deslizan 
en un susurro de faldas femeninas? ¿En dónde las 
mujeres tienden sus molicies en los lechos flotan- 
tes, mientras sonríen a su propia pereza? ¿Donde 
todas ellas se visten con colores claros, tienen el 
olor sencillo de las flores silvestres, y parece que 
no temieran que nuestra codicia les apretara la 
cintura?. . . 

Sin duda, seria petulante tachar de mal gusto 
la sensualidad de estas gentes que han aprendido 
a tener gestos harmoniosos. mientras la barca se 
desliza al empuje de las velas latinas; y fuera una 
imperdonable falta de comprensión que. apreta- 
dos por nuestro traje negro y nuestros modales 
dímasiado sajones, juzgásemos excesiva la gra- 
ciosa libertad de sus maneras y de sus sentimien- 
tos. Las mujeres, sobre todo, tienen un encanto 
en que se mezclan los desfallecimientos más sen- 
suales a una alegría sana que suena en risas har- 
moniosas. 

En sus ojos y en sus caderas hay. no obstante. 
algo de la cadencia trágicamente voluptuosa de 




las mujeres andaluzas: pero su sensualidad es me- 
nos vibrante, menos dolorosa. más delicada, más 
felina. Mirándolas presentimos que podríamos 
amarlas fácil, alegremente, sin que la intensidad 
de nuestro amor nos ponga en presencia de la 
muerte. 

Es esta la idea que con más frecuencia he es- 
cuchado mientras me llegaba el sonido de las cam- 
panas y refrescaba mis manos en el lago. En este 
rincón pri/ilegiado — me decía yo — la natura- 
leza es tan benigna, que no es posible imaginarla 
desprovista de cuanto la decora en este instante. 
La idea de inmortalidad que comúnmente nos 
sugieren las montañas y las estrellas, se extiende 
aquí, a todas las cosas y a todos los seres; y sola- 
mente por un esfuerzo intelectual llego a com- 
prender que ellos están sujetos, como en cualquiera 
otra parte, a las leyes que gobiernan la vida. En 
tal sentido han hecho bien en venir a ocultar sus 
amores descalificados, todos aquellos cuya histo- 
ria se comenta aún. sobre las mesas de las «tratto- 
rias». Sus fiebres pudieron encontrar aquí, no tan 
sólo un ambiente que les aconsejara el desprecio 
de todos aquellos fantasmas con que la ciudad 
pretendía reprimir sus desórdenes, sino que. al 
mismo tiempo de brindarles un marco propicio a 
todos los excesos, les infundiera la ilusión embria- 
gadora de que sus desfallecimientos no tendrían 
un término. En las villas perdidas bajo las cúpulas 
de las higueras y de los nogales, sus pasiones pu- 
dieron respirar libremente, y en el silencio de los 
plenilunios, cuando el lago se perfuma de cancio- 
nes, sentirse estremecer mientras los remos del 
bote se plateaban. 

¡Estos son los jardines del amor! ¡No es poruña 
casualidad que Psiquis besa a Cupido allí en la 
«Villa Carlotta»! Cuantos viven sobre sus márgenes 
tienen una misma y enternecedora buena volun- 
tad de ser felices, que para la mayor parte de nos- 
otros no consiste en otra cosa que en conseguir un 
mendrugo de cariño. Qué de extraño tiene enton- 
ces, que cuando veo desde mi bote los caminos 
por donde trepan los sátiros y las cabras, piense 
que me gustaría trepar a mí también, después 
de retozar en las laderas perezosas y verdeguean- 
tes, de exprimir las ubres de las viñas, y tejer 
un ensueño sencillo, bajo la complicidad de las 
hojas antiguas de los olivos. 

Oliverio Girondo. 



^^L^^rt^^^— 



CJ" 




(t Los incesantes 
progresos del espiri- 
tismo, quiero decir, 
su incesante incre- 
mento, dando lugar 
a que un mismo es- 
píritu pueda ser in- 
vocado a un mismo 
tiempo en opuestos 
lugares de la Tierra, 
plantea naturalmen- 
te la cuestión de la 
ubicuidad de los es- 
píritus ». Así prin- 
cipia una comunica- 
ción recientemente 
dirigida por el pro- 
fesor Ciríaco Vene- 
zuela, de la Univer- 
sidad de Caracas, a 
la Administración 
General Espiritista 
del Oeste, de la doc- 
ta ciudad de San 
Francisco de Cali- 
fornia. Trátase de 
un documento de la 
mayor importancia, 
tanto por la entidad 
del tema que abor- 
da, como por las teo- 
rías que sustenta, 
como por los hechos 
históricos que refie- 
re, como, en fin, por 
la propia autoridad 
del profesor Ciríaco 
Venezuela. 

El profesor Vene- 
zuela no admite la 
ubicuidad de los es- 
píritus, o Es posible, 
— dice, ■ — como lo 
afirma mi sabio 
amigo y colega el 
profesor Buenaven- 
tura Gomensoro, de 
Las Palmas Produ- 
ce, República Ar- 
gentina; es posible 
que los habitantes 
del Ibicuy, en esa 
misma república, es- 
tén dotados del don 

delaibicuidad. Pero 
de aquí en manera 

alguna se sigue que los espíritus estén dota- 
dos del don de la ubicuidad: y se sigue tan- 
to menos, cuanto más profunda y evidente 
es la diferencia que existe entre la ibicuidad 
y la ubicuidad ». En efecto, y por si nues- 
tros lectores no lo supiesen todavía, los es- 
piritistas de la escuela paranaense, acaudi- 
llados por el profesor Gomensoro, quisieron 
apoyar sus teorías sobre la ubicuidad de los 
espíritus, en cosa que le es tan ajena, como 
esa propiedad característica y privativa de 
los habitantes del Ibicuy, que se llama la 
ibicuidad. 

Según el profesor Venezuela, si urge acla- 
rar la cuestión de la ubicuidad de los espí- 
ritus, no es por ella en sí misma, puesto que 
no afecta a la esencia del espiritismo. Es por 
•las razones de orden práctico a que alude al 
principio, es para que. no siendo ubicuos los 
espíritus, puedan adoptarse medidas por 
cuya virtud se impida que un mismo espí- 
ritu sea invocado al mismo tiempo en esta- 
ciones tan distantes como, por ejemplo, las 
de Caracas y Singapore. Para eso propone 
la organización de un sistema de comunica- 
ciones telepáticas entre los espiritistas. <(Es 
menester, — dice, — que en alguna parte se 
establezca una estación central telepática, 
a donde todo investigador comunique cuál 
es el espíritu que en ese momento tiene aca- 
parado, y pueda preguntar si cierto y deter- 
minado espíritu a quien él se propone re- 
cuestar, no se encuentra por acaso recues- 
tado en otra parte, y en fin, a donde pueda 
hacer saber que el espíritu a quien él tenía 
recuestado, ha quedado en libertad de serlo 
por tercera persona. Propongo, — ■ dice tam- 
bién, — que esa estación quede establecida 
en las azoteas de la Universidad de Caracas». 
Dijimos que el señor Venezuela no admite 
la ubicuidad de los espíritus. Para que ella 
fuese posible, fuera menester, por ejemplo, 
que el espíritu invocado estuviese difundido 
por todo el universo, o por lo menos, y por 
lo que a nosotros concierne, que lo estuvie- 
se en toda la región correspondiente a la 
Tierra, y que de grado o por fuerza siguiese 
al astro en su revolución en torno del Sol. 
Pero un espíritu, siendo una individualidad, 
una conciencia, no es infinito, sino, al con- 
trario, extremadamente finito. No extrema- 
damente, diríamos nosotros, pero sin duda 
finito en grado positivo. Por lo tanto, si se 
encontrase difundido en una extensión tan 
grande, la substancia espiritual se encontra- 
ría en tan extremo estado de enrarecimiento, 
que pudiendo existir como substancia, no 
podría existir como individuo. Y sería im- 
posible recuestar lo que no existe, no ya al 
mismo tiempo en dos lugares antípodas. 




-GRON IGA-ei iN-Pl FieA- 



híAoíudad^ ck I^ i^^pui^lik^. 



sino que ni siquiera en uno solo. «Los espíri- 
tus, — dice el profesor Venezuela, — son li- 
mitadamente difusibles. Su difusibilidad se 
circunscribe a lo compatible con la existen- 
cia de su individualidad. So pena de dejar 
de ser. Pues no hay que confundir el indi- 
viduo con la substancia. Yo estaría por no 
admitir la difusibilidad, sino tan sólo la 
elasticidad de los espíritus», — ■ añade aún. 

«Téngase presente. — continúa el profesor 
Venezuela, — que no existe uno solo, sino 
miles de millones, billones, trillones, miria- 
llones de espíritus. Supongámoslos igualmen- 
te difundidos, que es lo que habría que su- 
poner, en un espacio cualquiera, limitado o 
ilimitado. Sólo podrían estarlo mediante una 
intima compenetración, formando una mez- 
cla perfecta, quizá un compuesto espiritual. 
Formarían por lo menos una red inextri- 
cable, donde las conciencias, colocándonos 
en el mejor de los casos, estuviesen aturdidas 
y recíprocamente interceptadas. Sólo me- 
diante muy delicadas, laboriosas, lentas y 
difíciles operaciones, pudiera un espíritu ser 
extraído o desprenderse él mismo de la caó- 
tica maraña, y para esto fuera condición que 
se concentrase en lugar determinado, hecho 
incompatible con el de la ubicuidad. 

La ubicuidad también pudiera ser permi- 
tida por la segmentabilidad, si ésta fuese, si 
ésta pudiese ser, una propiedad de los espí- 
ritus. Pudiendo un espíritu dividirse en dos, 
tres o más partes, podría a un mismo tiem- 
po acudir a dos, tres o más lugares. Desde 
luego, la segmentabilidad tendría límites más 
estrechos que la difusibilidad. Pero si los 
espíritus pudieran segmentarse, ¿qué habría 
pasadoV ¡Se habrían reproducido! Reprodu 
cido en la forma más elemental de las cé 
lulas, al estilo de los leucocitos. En tal caso 
el espíritu originario habría desaparecido 
para dar lugar a dos, tres o más espíritus 
ninguno de los cuales, por fuerza, podría ser 
la individualidad desaparecida, sino tan sólo 
descendencia de su linaje. Por otra parte, no 
puede concebirse la reproducción sin la nu- 
trición, y si en el orden espiritual mediasen 
una y otra cosa, los espíritus tendrían una 
existencia independiente, formarían una es- 
pecie particular de seres, tal vez numerosas 
especies, desarrollándose con independencia 
de nosotros, y nos serían tan extraños, quie- 
ro decir, mucho más extraños, que las espe- 
cies terrestres (y acuáticas, añade entre pa- 
réntesis), y sólo podrían vivir en nosotros a 
título de parásitos, sin formar parte de nosr 
otros mismos, de nuestra personalidad, sin 
tener de nosotros, sus huéspedes, sino una 
noticia incompleta e imperfecta. Esto seria' 
sólo compatible con ufta noción grosera y 



supersticiosa de los espíritus, que no es la 
nuestra, la de los espiritistas. Esos espíritus 
no serían más que los dioses y los demonios, 
los seres sobrenaturales cualesquiera, distin- 
tos de nosotros, capaces de introducirse en 
nuestro cuerpo y de hacernos víctima de 
hondas perturbaciones nerviosas, pero ca- 
paces también de ser expulsados por medio 
de enérgicos exorcismos. Mientras que aque- 
llos otros son los espíritus de nosotros mis- 
mos, nuestra última o penúltima esencia, 
inmortal y sublime. 

Y si los espíritus, no siendo segmentables 
al estilo de los leucocitos, fuesen fragmenta- 
bles, pulverizables. divisibles al estilo de 
la materia inorgánica, bruta, es decir, de la 
materia ignorante {obsérvese que ignorancia 
es anagrama de inorgánica), cada espíritu 
no sería más que una porción de substancia 
espiritual, él mismo no sería más que un 
fragmento de otro mayor, él mismo carecería 
de individualidad. «¡No!, — exclama el pro- 
fesor Venezuela. — ¡Rechacemos la idea de 
la ubicuidad de los espíritus! Existe la ibi- 
cuidad, no me cabe duda, puesto que lo dice 
Gomensoro. Pero no existe la ubicuidad. Y la 
primera no es don ni facultad de los espíritus, 
sino tan sólo de ciertos y determinados seres 
biológicos de la República Argentina, el 
Homo ibicuyensis Gomensori.ií 

Las teorías del profesor Venezuela pare- 
cerán mejor a unos y parecerán peor a otros, 
y otros habrá a quienes no les parezca nada. 
Es la suerte de todas las teorías. Pero el pro- 
fesor Venezuela relata hechos de los cuales 
resulta que los espíritus no son ubicuos. Nos 
limitaremos a uno solo, al que nos parece 
más notable, para no prolongar esta crónica. 
Era el 14 de julio de 1916, aniversario de 
la Revolución Francesa, a las 8 horas 45 mi- 
nutos pasado meridiano. Estaban reunidos 
el profesor Venezuela, el profesor Martín Pé- 
rez Villadiego, de la Universidad de Mara- 
caibo, el profesor Emerenciano Comechingo- 
nes, de la Universidad de Tegucigalpa y otros 
49 profesores, de 47 universidades, cuya nó- 
mina haremos pública en caso necesario. 
Fué convocado, naturalmente, el espíritu de 
Napoleón 1. Pronto se sintió la presencia de 
un espíritu. 

— Espíritu, ¿quién sois? — le pregunta- 
ron. — - ¡Hablad! 

— Soy Luis Alejandro Berthier, príncipe 
de Wagram. Su Majestad mantiene en este 
momento una conferencia con el profesor 
Buenaventura Gomensoro, de Las Palmas 

^produce, y un grupo de caracterizados espi- 

líistas del Baradero y de Campana. Me dejó 

^iricar^ado Su Majestad (Berthier lo pronun- 

' '>Ti mayúscula), que así lo hiciese 



saber a quienquiera 
que le llamase. Me 
encargó también que 
me pusiese en su lu- 
gar a las órdenes de 
los mismos. 

— Id entonces a 
Las Palmas Produ- 
ce, y decida vuestro 
emperador que aquí 
le aguardamos en 
Caracas los siguien- 
tes profesores: pro- 
fesor Martín Pérez 
Villadiego.de la Uni- 
versidad de Maracai- 
bo (y todos los demás 
profesores). 

— Vuestras órde- 
nes son para mí de- 
seos, — respondió 
Berthier. — Voy al 
punto. — Y se sintió 
que había salido. Po- 
co después sintióse 
la presencia de un 
espíritu. 

— Espíritu, ¿quién 
sois? — le pregunta- 
ron. — ¡Hablad! 

— Soy Luis Ale- 
jandro Berthier, 
príncipe de Wagram. 
Su Majestad se en- 
cuentra todavía es- 
trechamente recues- 
tado por Gomensoro 
y su partida. Man- 
dad. 

-—Os mandamos 
que regreséis a vues- 
tros lares, y que tan 
pronto como Su Ma- 
jestad se encuentre 
de regreso, le digáis 
que aquí en Caracas 
le estamos aguardan- 
do los 52 profesores 
siguientes (y le citó 
los nombres), y que 
le mandamos e inti- 
mamos que se pre- 
sente ante nosotros. 
- Vuestras órde- 
nes son para mí de- 
seos, — respondió 
Berthier — y también lo son para Su Majestad. 

Y se sintió que había desaparecido. Mo- 
mentos más tarde se sintió la presencia de 
un espíritu. 

— Espíritu, ¿quién sois? — le pregunta- 
ron. — ¡Hablad! 

— Soy el genio vencedor en Austerlitz, 
soy Napoleón Bonaparte, emperador de los 
franceses. Disculpad si os hice aguardar. 
Pero ya mi fiel Berthier os habrá dicho. Me 
tenían recuestado allá en Las Palmas Pro- 
duce. ¿Qué se os ofrece? 

— Por el momento, nada grave. Nuestras 
investigaciones se encaminan actualmente a 
establecer los hechos de ubicuidad o de in- 
ubicuidad de los espíritus, y vuestra conduc- 
ta en la fecha de hoy parece significar que 
los espíritus no sois ubicuos. ¿Tenéis algo que 
observar al respecto? 

■ — Nada tengo que observar. Escribid ahí. 

Napoleón había asumido el tono impera- 
tivo que le era característico en vida, y sin- 
tióse que se paseaba por la habitación con 
la cabeza baja, las cejas fruncidas, la mano 
izquierda a la espalda, y la otra en la aber- 
tura pectoral del redingote. 

— Escribid ahí: « Yo, Napoleón, declaro: 
Los espíritus, por lo menos los de empera- 
dores, no son ubicuos. Dado en Caracas, etc.* 

Y apenas hubieron escrito, apareció de- 
bajo la firma de Napoleón. 

Aunque no tenga relación con el tema de 
la ubicuidad, no podemos resistir el deseo 
de dar a conocer el siguiente caso, relatado 
también en la memoria del profesor Vene- 
zuela. Citado y convocado el espíritu del rey 
Arturo, personaje tenido por fabuloso, se 
sintió la presencia de algo que se manifes- 
taba según la manera usual de los espíritus. 
Interrogado acerca de quién era, respondió 
con esta sola palabra: 

— Nadie. 

— -¿No eres el espíritu del rey Arturo? 
El o lo interrogado respondió lacónica- 
mente: 

— No existo. 

— Y entonces, ¿cómo es que hablas? 

— Ni yo mismo lo entiendo. 

¿Tratábase del espíritu de un loco, o exis- 
ten espíritus que no existen, de hombres que 
no existieron? 

Enrique M. Rúas. 
dibujo dh alonso. 

P. S. — Todo error espiritista o científico, 
y aun gramatical, que pueda advertirse en 
esta crónica, va por cuenta del profesor Ci- 
ríaco Venezuela. El asume toda la responsa- 
bilidad, y a él deben ir dirigidas las recla- 
maciones. — E. M. R. 



i 



— f=>í.jyy'^ ■va_m2>=v— 




FRENTE DEL TEMPLO DE ABU-SIMBEL. 




LOS-SPEOSDE 
ABU-J~1MBEU 



ESTATUAS DE LA FACHADA TIENEN 20 MET. DE ALTURA. 



GALtCfA 0( ESTATUAS EN 
tí INTtRlOa DCL TEMPLO. 



En la Baja Nubia, a 1.200 kilómetros de la desembocadura del Nilo, 
sobre la margen izquierda del río, se hallan situados los Speos o Templos- 
cavernas de Abu-Simbel. Son dos, el grande y el pequeño, tallados am- 
bos en la piedra arenisca que forma una cadena de colinas, límite del 
desierto líbico. 

El gran templo fué dedicado a Amon-rá de Tebas, a Re-Arakté de 
Heliopolis, a Ptah de Memfis y a su propio constructor Ramsés 11, deifi- 
cado. La trinidad divina y su augusto acompañante están representados 
en el santuario por sus cuatro estatuas sentadas, con la seriedad de 
escolares juiciosos, en un largo banco. 

Lo más notable del templo es su fachada, en la que se encuentran 
cuatro colosales estatuas del rey Ramsés, de 20 metros de alto, y que 
desde sus asientos han visto ya más de dos millones de veces salir el 
sol de Arabia. 

Las estatuas están en excelente estado de conservación, salvo una que 
debió caer poco tiempo después de su construcción, debido a una falla 
de la roca. Ha perdido la cabeza y la parte superior del cuerpo, que 
yacen fragmentados a sus pies. Otras han dado señales de ruina y desde 
la antigüedad han sido reparadas con muros de sostenimiento, lo que ha 
detenido el peligro de fragmentación y caída. 

Encima de los colosos y como friso del frente, corre una cornisa for- 
mada por cinocéfalos adorando al sol en la actitud ritual de las religio- 
nes orientales. Todo el frente forma un conjunto grandioso y único en 
el que armonizan de tal modo las proporciones que, para apreciar su 
desmesurado tamaño, se necesita referirlo a alguna dimensión familiar, 
a una figura humana, por ejemplo. 

Como todo monumento de Egipto, está abundantemente adornado de 
inscripciones jeroglificas y de estatuas menores que representan persona- 
jes de la familia real o dioses de menor cuantía. 

A los lados de la puerta de entrada se hallan unos bajo relieves que 
representan las distintas razas vencidas por Ramsés; los prisioneros, 
con los brazos ligados a la espalda y unidos entre sí por cuerdas, es- 
peran el momento en que el rey venga a decapitarlos o a inferirles 
mutilaciones peores que la muerte, según nos enseñan otras piedras 
grabadas. 

Entre las estatuas del medio se halla la entrada a la caverna cuyas 
salas sucesivas forman el interior del templo, orientado exactamente de 
este a oeste, de manera que el sol del trópico, al nacer, ilumina las esta- 
tuas de los dioses y del rey en la parte más lejana, en el santuario. 




ESTATUAS COLOSALES DE 
LA CALERÍA. 



^«^L^'l Í^>X — 



Varias son las salas y dependencias 
del templo, pero la que es verdadera- 
mente notable es la primera, cuyo te- 
cho está sostenido por ocho pilares con 
otras tantas estatuas colosales del rey, 
bajo el aspecto de Osiris. Cada estatua 
es de 10 metros de alto y conserva al- 
guna los rasgos intactos del Faraón. 
Esta parte del templo produce una im- 
presión intensa de quietud y grandeza, 
imposible de describir. 

Aun libre de las creencias religiosas 
de la raza egipcia, el visitante com- 
prende todo el poder avasallador que 
el enorme monumento produciría en el 
espíritu de las castas, a las cuales el 
Faraón, con la ayuda del sacerdorcio y 
de los guerreros, logró dominar tirá- 
nicamente. Aquel edificio sobrecoge el 
ánimo más sereno. 

El conjunto todo del gran templo es 
digno de figurar al par de las Pirámides 
y la Esfinge entre las mayores maravi- 
llas de Egipto, siendo sin embargo poco 
visitado por los turistas, dada la dis- 
tancia a que se encuentra y la falta de 
vía férrea entre la primera y la segun- 
da catarata del Nilo. 

A poca distancia al norte del gran 
templo se halla el otro, tallado en una 
colina semejante y dedicado por el mis- 
mo Ramsés a la diosa Hator y a su 
propia esposa deificada. 

La fachada imita un pilón de los otros 
templos egipcios y está formada por 
seis colosos del rey y de la reina. La 
parte superior ha caído por fracturas de 




la roca. Su interior es curioso y elegan- 
te, pero a todo quita importancia la 
vecindad del otro templo, que absorbe 
la atención del visitante con su colosal 
superioridad. 

Estos monumentos, cuya grandeza 
nos asombra por su fábrica, también 
ejercen poderosa sugestión por su sig- 
nificado. Sus colosos, sus estatuas, sus 
jeroglíficos, nos cuentan detallada- 
mente una etapa de la humanidad en 
una de sus épocas de mayor esplendor, 
y después de varios milenios sabemos 
exactamente sus creencias, sus costum- 
bres y sus ideas. Y de todo esto, el me- 
nos observador puede deducir que en 
tan largo período el fondo humano no 
ha cambiado. Creíamos haber progre- 
sado ideológicamente y nos encontra- 
mos con la misma intimidad de los po- 
derosos con la Divinidad. Poca diferen- 
cia existe entre Faraón sentado entre 
los dioses y estos ahora convertidos en 
ayudantes de los déspotas y las filas de 
prisioneros que van al sacrificio en los 
frisos de Abu-Simbel seguramente eran 
llevados invocando la kultura de 
Ramsés. 

Y algún orgullo o megalomanía que 
ha sumido al mundo en la ruina no es 
sino la reedición de otros orgullos que 
también se alzaron sobre ruinas. Ram- 
sés está representado en Abu-Simbel, 
cansado quizás de la intimidad divina, 
haciendo ofrenda a su propia imagen. 

José B. Llan-os. 




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ARRASTRE DE UN CAÑÓN 



DE GRUESO CALIBRE. 



Italia, como en los tiempos pretéritos del Rena- 
cimiento, tiene hoy día hombres que la hacen ho- 
nor en las artes y en las letras; tal ocurre con 
D'Annunzio. poeta y héroe, a quien le es dado em- 
prender un vuelo sobre Pola, y luego, en alas d; 
la inspiración, escribir un intenso poema sobre el 
raid realizado: a Aristides Sartorio que, soldado 
de la causa de su patria, se bate con bravura y cae 
prisionero de los austriacos. y ni aún en tan acer- 
bos momentos desfallece su espíritu artístico, y 
crea obras maestrales, como podrá juzgarse por 
la publicación que hacemos de ellas. 

Sartorio es uno de esos artistas geniales a quien 
la pintura moderna debe días de gloria; sus frisos 
para el salón del parlamento italiano pusieron de 
relieve toda la potencia de su arte como dibujante 
y colorista. Tal obra, que es de vastísimas propor- 
ciones, y quizá la más importante de la época pre- 
sente, por su cantidad y calidad, — ciento diez 




TUMBAS EN UNA COLINA DEL CARSO. 



metros de largo por cuatro de ancho, - obtuvo el 
beneplácito de la crítica, y fué considerada por sus 
compañeros como obra maestra. 

Hoy, el eximio pintor, según nos acaba de co- 
municar el telégrafo, ha celebrado una exposición 
de sus obras en Roma, inaugurándola el Duque 
de Genova, y a la que ha concurrido lo más repre- 
sentativo de la sociedad romana, queriendo rendir 
así un homenaje al artista y al héroe. 

En la exposición actual, grandiosa por sus pro- 
porciones y por el mérito de los trabajos, ha 
reunido el autor algunas escenas de la guerra trá- 
gica, donde su genio ha encontrado asunto para 
realizar varias obras maestras. Cuanto de horrendo 
tiene la catástrofe que hoy pesa sobre el mundo, 
ha encontrado colores en la paleta del maestro. 
Sus cuadros, por el alma que en ellos ha puesto, 
serán el mejor documento que el arte italiano 
podrá legar a las generaciones futuras. 




PROPIEDAD DEL SEÑOR NICANOR R. NEWTON. 



VISITA AL CARDENAL 

ÓLEO DE SÁNCHEZ BARBUDO. 




PLVS • 
. VLTPA 



— i^Ljv^^ v^LnrK2>x— 



5a "TOILETTE" e n ia 
A N TI (iÜE DAD 




las apariencias, las formas, pero la osamenta es 
igual. Perduran los mismos defectos. Por ejemplo, 
la vanidad femenina es tan vieja como el mundo, 
y no fué ajena tampoco a las desmedidas tragedias 
de la guerra. 

Ciertos hábitos que se adquieren cuando joven- 
citas perduran hasta la edad madura, y sucede a 
menudo que, aun en los hospitales, se advierte la 
presencia de damas perfumadas que se aproximan 
a los lechos de los enfermos o heridos. » 

Por mi parte he tratado de indagar un poco 
para persuadirme de que el uso de los perfumes es 
efectivamente antiguo. Y es así realmente. 

Introducida por los fenicios, la moda de los per- 
fumes pasó a Grecia, donde en los más remotos 
tiempos se tenía en gran estima la ambrosía, una 
especie de ungüento perfumado, al cual se le atri- 
buían cualidades milagrosas para conservar y 
purificar. 

La mitología griega creó maravillosos relatos, 
cuyo tema eran los perfumes. Así Venus regaló al 
piloto Faone — en señal de reconocimiento por 



haberla transportado de Lesbos al continente — 
un vaso de mirra, capaz de conceder y mantener 
una belleza eterna. Hoy los avisos de rédame de 
los diarios ensalzan precisamente las virtudes mila- 
grosas de cosméticos con los que se obtienen efec- 
tos maravillosos, aun cuando no hayan sido pre- 
parados por la diosa Venus y por lo cual muchos 
susurran que, por lo general, más que mantener 
eterna belleza, marchitan la piel antes de tiempo... 
De Grecia, el uso de los perfumes pasó a Roma, 
donde hallaron una gran aceptación, a tal pun- 
to de hacer la competencia a los mismos países 
orientales; los escritores satíricos no en balde tu- 
vieron palabras mordaces y punzantes contra los 
afeminados quirites, que evidentemente dejaban 
al pasar un olor emanado de sus personas, el cual 
se prolongaba por algunos minutos. 

Aun cuando estuviese profundamente arraigado 
el uso de los perfumes en Roma, se ha comproba- 
do el hecho que, ni el Cristianismo tuvo influencia 
suficiente para refrenarlo; al contrario, lo introdujo 
en las mismas ceremonias del culto; y Plinio deplo- 
raba que el imperio romano se empobreciera cada 
año, en cien millones de sestercios, en provecho 
de la Arabia, de la India y de la China, única- 
mente por la importación de las esencias. 

Pero donde verdaderamente se usaban los per- 
fumes con profusión, era en las termas y en las 
peluquerías, siendo denominados tensores los 
encargados de éstas. 

Después del baño se procedía normalmente 
al masaje y, para facilitar y hacer más prove- 
chosa tal operación, se empleaban aceites aromá- 
ticos y ungüentos perfumados. 

No es ciertamente exagerado creer que la 
tienda de un barbero, como el gabinete de un 



*> * w 



ARQUILLA DE MARFIL QUE 
SE UTILIZABA PARA GUAR- 
DAR JOYAS, PERFUMES Y 
PAPELES ÍNTIMOS. MUSEO 
KIRKERIANO, ROMA. 



BOTONU DE BRONCE ORNADOS CON FIGURAS. MUSEO DE CORNETO. 

Elegantísimas señoras, al pasar a nuestro lado, 
impregnan la atmósfera de perfumes. Esto ha su- 
gerido algunas reflexiones a una dama perspicaz, 
que se ha dedicado por entero a las obras filantró- 
picas y. en especial, a la asistencia de los soldados 
heridos. Entre otras cosas, la precitada dama ha 
manifestado con profunda tristeza: * He aquí co- 
mo, después de tantos siglos, hombres y mujeres 
siguen siendo substancialmente lo mismo. Cambian 






■■CinClITU CANÓPICOS DE METAL. DONDE SE PONÍA AGUA DEL HILO, PERFUMADA. CON LA CUAL SE 

BaAaBAM U» EGIPCIOS. CAHOPUS ERA EL DIOS DE LAS AGUAS Y SE LE REPRESENTABA EN FORMA DE 

JARRÓK CON UMA CABEZA. DE HOMBRE O DE ANIMAL. EN LA PARTE SUPERIOR. MUSEO DE CH1U3Í. 



RECIPIENTE ANTIGUO PARA CONSERVAR UNGÜENTOS. 



.<7HgM, 



a 



>yx— 




masajista — bien se entiende aquellos que tenían una clientela capaz de gastar tranquila- 
mente algunos miles de sestercios únicamente en cosas superfluas — debían ser un verda- 
dero y precioso museo, sea por los ungüentos aromáticos y esencias raras, sea por los reci- 
pientes en los cuales eran conservados. 

Se escogía el alabastro y también el ónix oriental para confeccionar los pequeños vasos 
para la perfumería, porque los antiguos atribuían a eilos una frescura constante y lo creían 
particularmente adecuado para conservar intacta 
la fragancia ae los más delicados perfumes. Hay que 
decir sin embargo, que de esos vasitos se encuen- 
tran también de otras materias, 
tales como el vidrio. la arcilla 
pintada, la plata y el oro. 

También el uso de estos vasos 
de formas variadísimas y con las 
más hermosas decoraciones, es 
muy antiguo, y Hero- 
doto es el primero en re- 
cordar a los vasos de 
alabastro, que se en- 
cuentran entre los re- 
galos que Cambises, rey 
de Persia, envió al rey 
de Etiopía. 



ALFILERES DE 
GANCHO O «IM- 
PERDIBLES» AN- 
TIGUOS. LOS MO- 
DERNOS NO SON 
OTRA COSA QUE 
UNA IMITACIÓN. 



ANILLOS DE CRISTAL E HILO DE ORO. 
MUSEO DE CORNETO. 

De las figuras dibujadas so- 
bre algunos vasos, podemos 
también deducir como eran es- 
tos pequeños recipientes, que 
se tenían y conservaban en ca- 
jitas adecuadasque nos recuer- 
dan, por el gran parecido, las 
que se usan actualmente, y 
que están revestidas de seda, 
de cuero o de terciopelo, que 
contienen todo lo necesario 
para la toilette. 

Uno de nuestros grabados 
reproduce una de esaa cajas an- 
tiguas, que debe haber sido 
ciertamente una de las que 
destinaban para contener los 
vasitos de perfumes y los 
objetos de tocador. 

Rafael Simboli. 

Roma, 1918, 




SOPORTES PARA RECIPIENTES DE DIVERSAS FORMAS. MUSEO PREHISTÓRICO NACIONAL, ROMA. 




ARTE MODERNO 



PROPIEDAD DEL SEÑOR ALEJO GONZÁLEZ GARAÑO. 



ÓLEO DE ZULOAGA 




PLV* • 
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"l\ est plus de masques au monde, 
Que de visages decouverts..." 

Lenoble. 

Carnaval . . . Una vez más surges del pa- 
sado, y cruzas en medio de nosotros, como 
pálido reflejo de las costumbres paganas, 
vestigio suyo que hundió tan hondas raíces 
en la historia de la humanidad. . . Y una vez 
más has de cubrir tu rostro con el manto 
suntuosamente recamado, y volver medroso 
las espaldas al horrendo drama del Viejo 
Mundo, que acató durante siglos tu sobera- 
nía; porque la tradición nos enseña que su- 
piste sobrevivir a todas las revoluciones, y 
que sólo lograron apagar muy débilmente tu 
bullicio y oropeles, la severidad de la Refor- 
ma y la guerra de los Treinta Años. . . 

La tragedia indescriptible, repudia hoy los 
carnavalescos tamboriles del Rey del Placer, 
desterrado de aquel ambiente en el que re- 
sonaron con locas, cristalinas vibraciones, al 
imperioso signo de su cetro, los áureos cas- 
cabeles! Roma, París. Venecia, Ñapóles. . . 
visiones de locura, de intrigas, de elegante 
discreteo, que inspiraron en otras épocas, a 
las glorias de la pintura; que cantaron Byron 
y Goethe, entusiastas fervientes de la clá- 
sica farándula latina. . . También entre nos- 
otros, marcó tu brillante reinado una de las 
épocas más interesantes de nuestra breve 
actuación social; pero sufriste tú también, la 
ineludible evolución de nuestro ambiente. 
Las viejas casas coloniales de Cosmipolis, 
se han cerrado ahora a las alegres mascara- 
das que sorprendían a aquellas patricias que 
dieron la norma de aristocrática elegancia 
en la vieja y reducida aldea; más tarde, cul- 
minaron los tradicionales corsos de Florida, 
en brillante torneo de cultura y distinción . . . 
Ahora nos llegas displicente, fatigado, y re- 
cién nos damos cuenta que perdura aún (a 
pesar de todas las vicisitudes que atraviesa 
la humanidad) la mágica sugestión de tus 
opacos oropeles, del apagado retintín de tus 
cascabeles... y en pos de ellos, corre la 
farándula, ávida de alegría y de placeres, 
tratando de revivir viejas añoranzas, o de- 
seosa de vivir plenamente sus horas juveni- 
les: corre la farándula, hacia el último refu- 
gio del viejo y desterrado soberano... ¡hacia 
el Tigre! ¡a Mar del Plata! 

Y esa continua peregrinación en busca de 
intensas, pero efímeras alegrías, es una prue- 
ba más para mí, de ese feroz egcismo colec- 
tivo que ahuyenta continuamente de nues- 
tro espíritu la visión de la triundial tragedia, 
y hasta los siniestros presagios de un in- 
cierto porvenir. . . 

Para muchos de los tristes que vegetan 
dolorosamente en nuestro pequeño mundo, 
suena a gloria, sin embargo, ese apagado re- 



tintín de los escasos cascabeles que conserva 
en su cetro el soberano Carnaval; para ellos 
significa ese tenue rumor un trabajo asegu- 
rado, porque el viejo y decaído soberano 
exige que reviva todavía aunque sea por 
breves horas, el fausto y esplendor que le 
rodeara en mejores días. . . Hiere encajes y 
brocatoE. va y viene sin descanso, la aguja 
de la obrera; dedos ágiles y menudos han 
duplicado sus actividades, combinando se- 
das y oropeles, rizando airosas plumas, pe- 
nachos altaneros; mientras que acariciaba 
más de una de esas humildes, pero tam- 



bién coquetas cabecitas,'la riente visión de 
formar parte de la eterna mascarada: un 
corpino de aldeana, un tocado de zíngara, 
dos o tres sartas de cuentas de colores, 
habrán de engalanar a su vez a la que pudo 
procurarse una tregua en su mísera existen - 
cía, porque vino Carnaval, trayéndole re- 
cargo de tareas, pero también su hora de 
ilusión. . . Y en merced a esa hora de ilusión, 
supremo bien para grandes y pequeños, de- 
jemos pasar al soberano desterrado, y deje- 
mos hacer al egoísmo colectivo, que si no se 
deja conmover por la ajena desventura, pro- 











I^¿) 








m 






\^y\CJ\^}^ 












PARA PLVS VLTRA. 






Regardez-les ees yeux si doux, 
Qui se sont énivrés de vous; 




lis ont la couleur des opales 
Pris entre deux fréles pétales! 


Leur regard, on dirait parfois 
Des reproches émus, sans voix . . . 


Et l'on tache en vain, de comprendre 
Car le regard s'éteint si tendré... 


Un peu de lui flotte au hasard: 

C'est que dans l'áme il est tres tard... 


Regardez-les, ees yeux qui pleurent 
Qui pleurent avant qu'ils n'en ineurentl 


Laura Holmberg de Bracht. 
Enero de 1918. 



porciona inconscientemente, eso sí, horas de 
alivio y de dulzura. . . 

Pocas horas más, y generalmente se es- 
fuma esa ilusión. . . se desvanecen los mira- 
jes de nuestra loca fantasía; sólo la experien- 
cia adquirida nos enseña que suelen ser lan- 
ces de Carnaval los azares de nuestra vida, 
porque «el mundo todo es máscara; todo el 
año es Carnaval!» (1 ). Pero grandes y peque- 
ños no resistimos al anhelo de ocultar algu- 
na vez el rostro, bajo la misteriosa máscara 
que disimula la indiscreta expresión de nues- 
tra sonrisa, fugaz y revelador destello de 
nuestro sentir... porque la máscara adop- 
tada por las coquetas del día. es la misma 
que heredaron de las misteriosas «tapadas» 
de antaño, enigmas vivientes, cuando gra- 
cias al lúgubre, pero sugestivo antifaz, anu- 
daban intrigas de amor, o cual inaccesibles 
esfinges, desdeñaban a sus rendidos gala- 
nes. . . luego, y siempre por su causa, se con- 
certaban al abrigo de obscura y tortuosa ca- 
lleja, siniestros planes de venganza, inspi- 
rados por los celos, o por amargos y homici- 
das rencores. .. 

Muy lejos estamos ya de tan románticas 
aventuras; y si no temiera que se me acusa- 
ra de amargo escepticismo, aseguraría que 
en ciertos circuios es lo corriente festejar hoy 
Carnaval, sin variar ni un ápice de la acos- 
tumbrada vida; bailando, cenando, mintien- 
do, con una sola diferencia: la del atavio. 
o se luce suntuoso disfraz, o se sigue la fa- 
rándula, vistiendo de mamarracho... 

Y así circula el enjambre de abigarradas 
máscaras, que buscan siempre «algo» sin 
hallario jamás. . . Mudas o parlanchínas, va- 
gan errantes, no sé si por huir de sí mismas, 
o por creerse felices durante la tregua que 
les forja este soberano vencido casi, por ía 
adversidad... ¿Qué recuerdos nos deja en 
este año del Señor? Una rápida visión de luz 
y de color, una radiante evocación de las 
escenas inmortalizadas por Goya, y que son 
toda la España de su época, arrogante, su- 
gestiva, graciosa y señoril; peinetones, man- 
tillas y madroños, aristocráticas majas, airo- 
sas chulas, formaron el brillante cortejo a 
cuyo paso se disiparon muchas hondas pre- 
ocupaciones. . . 

Desvanecidos ya los oropeles vistosos, 
apagado por completo el tenue rumor de 
áureos cascabeles, surge en mi espíritu el 
recuerdo de otro Carnaval porteño, uno de 
nuestros vulgares, recientes carnavales, cuan- 
do bulle y se apiña en nuestra gran Avenida, 
abigarrada muchedumbre, y se cruzan entre 
fiacres y peatones, las torpes agudezas del 
repertorio callejero. . . 



La Dama Duende. 



(I) Fígaro. 



— E3i_;v^^ N^i_nr P3 .-x — 




^N\^^~^ 



A k» pias del Cristo 
Redentor. qiM beiulioe 
düJa b cumbre U pu 
etoita da dos patrias 
harmanat oe labf die. al 
17 de enero próximo pa- 
sado, el santo nerífldo 
da la misa. Oficad el R. 





P. Juan Terracciano. mi- 
sionero de la benemérita 
Congregación de los Sa- 
grados Corazones, ayu- 
dando el doctor Manuel 
Moyano, ex ministro de 
Obras Públicas. 




El corazón se recoge y calla para no dis- 
pemr su emoci6n, y fervoroso escucha su 
hondo palpitar. 

¡Silencio! la noche es suave y misteriosa: 
la que preside a los abismas se levanta s:>li- 
taria y enaefla al mundo su menguante be- 
lleza, tocando a veces con su frente adorme- 
cida la negrura intensa de los árboles: el 
iago enmudece bajo la mirada de estrellas 
qve llegan hasta su cristal inmóvil: entre las 
sombría ■i»: b-.ique brillan aqui y allá focos 
est - luminosas pupilas. 

E ;o pais encantado que invita 

a comparur sl» sueftos. La paz envuelve el 
cielo, los árboles, el lago y las almas, como 
si un último soplo hubiera apagado la luz 
de las conciencias: hay como átomos de ter- 
nura que estremecen los seres y las cosas en 
eMa noche serena y cuenta al alma secretos 
poemas huidos de la agitación de la vida. 
Lao en lo infmito y comprendo el divmo 
silencio que hace a un lado toda inütil pa- 
labra: ei corazón escucha el canto de las 
cosas eternas. Y se funde en su éxtasis como 
en el éter el azul incienso. 

Sobre el lago resbalan calladas unas bar- 
cas, las horas las llevan y las separan más 

pronto que se exti^i' - - -jr de sus 

remos, al pasar las : ;,lo sus si- 

luetas y preludio un ,nde irán? 

¿Volverán a encontr.. a los seres 

que van en las barca llepuemos 

al puerto a donde tod'.<: va: !ad... 

jOh corazón mió. sinoer :• tu 

ie. alentado por la esperanza am- 

bies de délo ni de ensueftos y sé como el 
daro barco del lago, que se desliza feliz en 
un beao de luna. 

Roía BazXn de Cámara. 
Baer.0* Airas, «ñero de 1918. 



La caridad entre nosotros 
es tenida muy en honra. La 
mujer argentina se ha dedi- 
cado siempre c^n notable 
celo al alivio de todos los 
dolores: la variedad de sus 
instituciones caritativas ha- 
blan bien de su corazón. Po- 
dría decirse que en cueilión 
limosna dejan poco que in- 
ventar, sólo hay que desear- 
les mayor prosperidad, mayor acción. 

Sin embargo, vemos que no bastan: la mi- 
seria aumenta dia a día. El desarrollo del 
industrialismo lleva a la mujer y al niño a 
las fábricas, destruyendo su salud y desorga- 
nizando la familia. La implacable competen- 
cia entre los diversos patrones prolonga las 
jornadas y baja los salarios. Por eso. la li- 
mosna se siente incapaz de sostener a tanto 
desgraciado: por eso el odio del pobre al rico 
crece por momentos y se cierne en sombríos 
nubarrones sobre la sociedad. 

Mirar esta situación con indiferencia, o 
evitar el mirarla, diciéndonos que no tenemos 
la culpa del actual estado de cosas, sería sin- 
gular cobardía. Obrando asi. nos mostraría- 
mos indignas de nuestras abuelas: ellas hicie- 
ron siempre lo que el momento exigía, las 
Patricias cosiendo para los soldados, curan- 
do a los heridos, entregando sus alhajas y di- 
nero: las primeras Damas de Beneficencia 
tomando a su cargo, durante la laboriosa or- 
ganización nacional, el velar por los huérfa- 
nos y por la instrucción de los niños pobres: 
cada generación dio un paso hacia adelante. 
Nuestro país ha evolucionado vertiginosa- 
mente; no es. pues, extraño que nos encontre- 
mos nosotras en presencia de deberes nuevos. 

Ha llegado la hora de que todas las con- 
ciencias argentinas mediten sobre esta ver- 
dad: vale más prevenir que curar. Hace cin- 
cuenta años, bastaba tal vez levantar a los 
caídos, que no eran demasiado numerosos: 
hoy. urge sostenerlos antes de que caigan . . . 

Afirman que hay que ir a la verdad con 
toda el alma, que no la alcanzan las solas 
indagaciones del pensamiento... lo mismo 
podríamos decir: Hay que ir al bien con toda 
el alma: no es suficiente la inclinación del co- 
razón, sin la inteligencia que estudia los me- 
dios de ser más tjti!. sin la voluntad que rea- 
liza el esfuerzo, los mejores sentimientos re- 
sultan estériles. La esencia de la caridad, que 
es el amor, no cambia, pero sus manifesta- 
ciones varían con las circunstancias. Por eso 
vemos a veces emprender obras extrañas, 
cuya novedad inspira más críticas que sim- 
patías... es que. como dijo un pensador 
profundo, nada hay más revolucionario que 
el amor. . . 

Este amor, que es caridad y que es justi- 
cia (en el fondo, todo es uno), ha creado en 
muchos países Ligas Sociales de Comprado- 
res, Sindicatos de Empleadas y de Obreras 
(I ). Cooperativas de producción y de consu- 
mo. Escuelas de Economía Doméstica, Socie- 
dades mutualistas. Leyes de protección al 
trabajo de mujeres y niños, y mil cosas por 
el estilo. Todo eso difiere esencialmente de la 



/Cada 
ad£/a^2/e^' 



(!) Existen en Buenos Aires dos Sindicatos. 
ya constituidor: el Sindicato La Cruz, de Fosfo- 
reras, fundado en ¡a parroquia de Avellaneda, y 
el Sindicato Católico de Empleadas, fundado 
por el centro Blanca de Castilla, en el local de 
la Lí?a de Protección a las Jóvenes, Pellegri- 
ní, 224. El Centro Blanca de Castilla está orga- 
nizando un Sindicato de Costureras, Bordadoras 
etc., y un Sindicato de Telefonistas; hacer pro- 
paganda por estos Sindicatos es trabajar por el 
bien d? la obrera. 



limosna, pero es caridad de 
la más pura y cristiana. 

¿A qué conduce?, pregun- 
tarán mis lectoras. Pues a 
preservar a la mujer pobre 
de la explotación, de la en- 
fermedad, de la miseria y de 
la desesperación; y por lo 
tanto a salvar a la familia 
y a la raza. Las Ligas de 
Compradores llevan al clien- 
te a defender los justos intereses del pro- 
ductor, de la costurera en particular. Los 
Sindicatos de Empleadas y de Obreras las 
unen para que mejoren su situación por me- 
dios legítimos, y a menudo son cuna de nu- 
merosas obras de protección mutua. ¿Qué 
tenemos que ver con eso?, dicen algunos. Es 
el patrón quien debe tratar humanamente a 
la obrera... Es cierto; pero, ¿no cae tam- 
bién sobre la conciencia del patrón la me- 
dida exacta de la mercancía? Sin embargo, 
nosotros aprobamos que haya una ley de 
pesas y medidas, y. no satisfechas, verifica- 
mos si el patrón cumple con su deber... En 
fin. todo lo que he mencionado tiende a re- 
ducir la jornada de la obrera, de modo que 
su trabajo no resulte una horrible esclavi- 
tud; a aumentar su ganancia hasta que llegue 
a salario vital, a prepararla moral y mate- 
rialmente a ser una honrada y hábil madre 
de familia. ¡A cuántas desgraciadas librarán 
del asilo, del hospital, de la cárcel esas inicia 
tivasl ¡A cuántos niños beneficiará la acer 
tada protección concedida a la madre! 

El aumento de la previsión social dismi 
nuirá la necesidad de la asistencia social 
Así, cuando su labor alimente a la obrera 
la Sociedad de San Vicente de Paul no nece 
sitará socorrer a cientos de mujeres que hoy 
viven de limosna, aunque trabajan hasta ex 
tenuarse. Y cuando sea sancionado el humil 
de proyecto de Ley de la Silla, presentado a 
la Cámara de Diputados por los doctores 
Avellaneda y Martínez Zuviría, a pedido del 
Centro Blanca de Castilla, preservará de en- 
fermedades casi inevitables hoy, a las 10.000 
empleadas que actualmente permanecen de 
pie diez horas diarias. . . Es, pues, una eco- 
nomía de dispensarios y hospitales. . . 

Conseguir que todo el que no es enfermo, 
niño o anciano, viva decentemente de su sa- 
lario, ¿no es un bello ideal? Dicen que querer 
es poder... Y poder, ¿no será también 
deber? Nuestras hermanas, que sufren, nos 
llaman a todas, todas podemos hacer algo 
por la causa de la justicia; en esta lucha por 
el bien ninguna cooperación es despreciable, 
la unión de las buenas voluntades es todo- 
poderosa, los pequeños arroyos forman los 
grandes ríos. Nuestras hermanas nos llaman, 
vamos pues a ellas y oigamos bien lo que 
nos dicen, y miremos bien su dolor, y busque- 
mos sin miedo la causa y el remedio. Vamos, 
pues, y aprovechando la experiencia de las 
mujeres de otros países, pongámosnos cuan- 
to antes al trabajo. Ellas nos han demostra- 
do que sus obras no son utopias ... ( I ). Es- 
tudiemos en los libros lo que ellas han hecho, 
y acá en el terreno lo que es necesario hacer; 
no olvidemos que el esfuerzo, para ser efi- 
caz, ha de ser inteligente, que al bien, hay 
que ir con toda el alma. 

Sofía Molina Pico, 

llj Datos sobre la acción femenina en el ex- 
tranjero, particularmente en Francia, se encuen- 
tran en la obra de Max Turmann "Iniciativas 
Femeninas", libro sumamente interesante y de 
fácil lectura, que todas debiéramos tener en 
nuestra mesa de luz. 





Investigadora. -— Eres algo más que cu- 
riosa, como aseguras en tu interesante mi- 
siva. Tu pregunta: " ¿Por qué el hombre debe 
caer en el mal y padecer el sufrimiento para 
alcanzar la perfección? ¿Por qué siendo Dios 
poder y amor no cre6 al hombre perfecto 
librándolo así de la larga peregrinación del 
dolor? » 

Para satisfacer tu curiosidad, o mejor di- 
cho, ei anhelo de saber que revela tu carta, 
he debido recurrir a les maestros que han 
logrado descifrar ciertos arcanos; es una 
mujer, también, la que responde hoy por mi 
intermedio: Aimée Blech, la admirable auto- 
ra de un pequeño libro dedicado «A los que 
sufren. . .» «'Dios hubiera podido, seguramen- 
te, crear el ser perfecto; no lo quiso, pues de 
haberlo hecho así de golpe hubiese sido crear 
una máquina, un autómata: Dios dotó al 
hombre del libre albedrío; quiso que llegase 
por su propia voluntad, por sus experien- 
cias, al conocimiento, a la conciencia de sí 
mismo, y por último, a la perfección; quiso 
que el hombre conociese el mal y el sufri- 
miento, que padeciese las pruebas penosas 
necesarias al desarrollo de su conciencia: 
quiso que el hombre fuese un ser libre que 
elevándose pudiese identificarse con todas 
sus flaquezas y amarguras pasadas, a fin de 
simpatizar con las de sus hermanos, de ma- 
nera que en él brotara la flor divina de la 
compasión, preparándole de este modo a la 
misión sublime de conductor de almas. Así 
lo quiso Dios, no en el sentido vulgar de la 
palabra, sino en el sentido de la necesidad.» 

Manon Roland. — Me preguntas: ¿Cuál 
fué el tratado diplomático que recibió el 
nombre de «Paz de las Damas», y que por 
qué motivo? 

Me has obligado a hacer investigaciones 
históricas que me han hecho retroceder hasta 
las crónicas del año 15291 Pluguiera al cielo 
que esta vez también la historiase repitiera... 
Se designó bajo el nombre de "Paz de las 
Damas* e! tratado de Cambra!, que negocia- 
ron Margarita de Austria. Regente de los 
Países Bajos; Eleonora de Austria, hermana 
de Carlos V, reina de Portugal y futura es- 
posa de Francisco I, y Luisa de Saboya, 
madre de este rey. 

María Lebem. 



».¿x— 




fotografía 

DE 
VAN RIEL. 



>y^ — 




\ )1^2iJ;M^ii!ii^lAi 

\ iT^ÍENOS A/RES 
^•^ Humberto 1=2051 





Los fuma la gente chic 

I os tabacos más finos y costosos 
•"-^ de la Habana con que se ela- 
boran los cigarrillos Reina Victoria, 
hacen que éstos sean una delicia 
para los fumadores entendidos. 

I os cigarrillos Reina Victoria son 
— * completamente distintos de los 
cigarrillos ordinarios, porque el se- 
creto de su delicadeza — la liga — 
es desconocido por los otros fabri- 
cantes. 

I a superioridad de los cigarrillos 
Reina Victoria resalta espe- 
cialmente en la comparación. Com- 
párelos usted con los de cualquier 
otra marca, sea cual fuere su pre- 
cio. — Compárelos en gusto, en fra- 
gancia, elaboración o bajo cual- 
quier punto de los que uno debe fi- 
jarse para juzgar un cigarrillo. En- 
tonces comprenderá Vd. porque los 
cigairillos Reina Victoria son consi- 
derados supremos en calidad. 



ReinaYictoria 




LA GENTE CHIC FUMA CIGARRILLOS 

l^liia\ictoria 



— p:>LJV/':s 



UNA ESCALERA 



Hay en e5 Palacio Nuevo de Potsdam 
una escalera qu«es la más rara de cuantas 
dan acceso al histórico edificio. La custo- 
dian varios amorcillos de bronce, uno de 
los ctiales impone silencio — mientras los 
denUks permanecen eternamente quietos. 
en graciosas actitudes. Emperadores, re- 
yes, principes, infantes, duques, minis- 
tros, coroneles, etc., han subido y bajado 
por esa escalinata de mármol vigilado por 
ios inmóviles centinelas del amor. Noti- 
cias de victorias y desastres, discreteos, 
pasiones, ambiciones, amarguras, todo, ha 
desfilado ascendiendo o descendiendo, co- 
mo en tantas otras escaleras cortesanas. 
Las espuelas, los altos tacones deslustra- 
ban el blanco mármol que la servidumbre 
pulía cuidadosamente. 

Pero un dia la escalera dejó de serlo; el 
tráfago del mundo abandonaba aquellas 
gradas, y desde entonces nadie puede uti- 
lizarla: es una escalera muerta, una rui.ia 
sin arruinar. Porque entre los dos prime- 
ros pilares pusieron una cadena y. colgan- 
do de los eslabones, una placa donde hay 
una prohibición imperiosa. Ningún hom- 
bre digno puede pisar aquellos escalones 
porque fué hollada por guerrero enemigo. 




H I s r Ó R I C A 



Un hombre de la clase media, nacido 
en una isla del Mediterráneo, dueño de 
casi toda Europa merced a su genio te- 
merario, inaudito, subió y bajó victorioso 
la ex escalera del Palacio Nuevo de Pots- 
dam. Federico Guillermo III, derrotado 
por aquel coloso, dicen que ordenó la co- 
locación de la cadena. El odio, pues, clau- 
suró con eslabones de hierro la gradería 
custodiada por los amorcillos juguetones 
y silenciosos. 

Ninguno de los emperadores, reyes y 
príncipes que la usaron, dejó su huella vi- 
sible en los escalones. Napoleón I, empe- 
rador por derecho propio, por la fuerza de 
su genial cerebro, dejó la huella de su paso: 
una cadena. 

En aquellos tiempos le temblaban los 
monarcas y él disponía de los odios reales 
para hacer y deshacer coaliciones, derri- 
bar tronos y conquistar pueblos. Sus ene- 
migos le llamaban el Gran Malvado. Era 
un instrumento de una revolución que 
transformó el mundo. 

En el Palacio Nuevo de Potsdam sólo 
consiguió privar de su libertad a una esca- 
lera, haciéndola inaccesible para grandes 
y chicos. 



Manera de desprenderse de un cutis malo 



Es una tontería el intentar cubrir un color 
cetrino, cuando se puede hacer desaparecer el 
mismo, o cambiar el cutis. 

El «rouge» u otras sustancias similares apli- 
cadas a una piel morena, sólo sirven para ha- 
cer más palpable el defecto. El mejor medio 
es aplicaise cera pura mercolizada — lo mismo 



ÍDEL "WomAn's ReALM") 

que se pone el cold cream — poniéndosela por 
la noche, lavándose la cara por la mañana, 
con agua caliente y jabón y después un poco 
de agua fría. 

El efecto de unas pocas aplicaciones es sim- 
plemente maravilloso. 

La cutícula mortecina absorbe la cera, gra- 



dualmente y sin dolor, en partículas impercep- 
tibles, mostrando la hermosa piel blanca ater- 
ciopelada que había debajo. 

Ninguna mujer debe tener un cutis pálido, 
con ronchas, con barrillos o con pecas, si com- 
pra en una botica un poco de cera buena mer- 
colizada y la usa como dejamos dicho. 




PNEUMÁTICOS 



DUHLOP 



RESISTENCIA 

FLEXIBILIDAD 

DURACIÓN 



542, PASEO COLON, 544 



>>^— 



NOTAS DEL CARNAVAL 




EN LOS BAILES DE LA OPERA. PALCO OCUPADO POR SEÑORITAS QUE PROVISTAS DE ELEGANTES PULVERIZADORES PERFUMABAN A LAS PAREJAS CON LAS EXQUISITAS AGUAS 

DE COLONIA OLE SANCY», «NORA», «KENDAL» Y «DUC>), INICIATIVA QUE FUÉ MUY FESTEJADA POR LA CONCURRENCIA. 




AUTOMÓVIL QUE LLAMÓ NOTABLEMENTE LA ATENCIÓN EN LOS CORSOS DE BELCRANO, FLORES Y AVENIDA DE MAYO, ASI COMO EN SUS RECORRIDOS POR LAS CALLES CENTRALES 

DE LA CAPITAL Y AVENIDAS DE PALERMO. 



— v^is^^^- ^ ' i—nrt^ .-X - 



AUTOMÓVILES 
SOBRE EL 
RIO HUDSON 



Los automovilistas neo- 
yorquinos poseen una de 
las pistas más cómodas 
del mundo. Y lo mejor de 
todo, es que dicha pista 
les resulta completamente 
gratis, o sea. que les viene 
de arriba. El frió intenso 
que disfrutan aquellos 
ciudadanos, enviado por el 
cielo, se encarga de helar 
el rio Hudson. dando a la 
capa de hielo un espesor 




de treinta a cuarenta cen- 
tímetros. Por lo tanto, el 
inmenso velódromo no 
ofrece peligro alguno, en 
cuanto a roturas, dada la 
enorme resistencia del hie- 
lo. Sin embargo, la remota 
posibilidad de una inmer- 
sión en el Hudson, presta 
a la aventura de andar so- 
bre su helada superficie 
un encanto excitante, muy 
del gusto de todo sports- 
man. Y a esto hay que 
añadir que la tarea de 
manejar un automóvil, en 
aquella pista resbaladiza, 
no es muy fácil, si se tiene 
en cuenta que el coche 
patina a cada momento 
más de lo conveniente. 



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es el remedio soberano para toda la familia. Hace del hombre un ser fuerte y vigoroso, 

capaz de sobrellevar las cargas que sobre él pesan. Da a la madre energías para la lucha, 

equilibrio nervioso, cuerpo y mente robustos. 

En cuanto a los niños, les evita la anemia, la clorosis, la debilidad que, con frecuencia, 

es causa de innumerables enfermedades. 

Lleve hoy mismo un frasco a su casa y déles a todos. 

Preparación patentada del Establecimiento Químico Dr. Malesci - Firenze (Italia). 
Inscripta en la Farmacopea del Reino de Italia. 



VENTA EN FARMACIAS 



droguerías 



ün,co.Conces.onar.o, Importador J^^ Q^ J^ MOnaCO, ViamOntC, 871 - BUCnOS AirCS 



en la República Argentina: 




Bllnos Aius. febrero de 1918. 



TALLERES GRÁFICOS DE CaRAS Y CaRETAS 




QUIMERA 



DE LA PRÓXIMA EÍP03JC1ÓN DE ALONSO. 



'is ^^Ln""i3^x— 



ARNESES HISTÓRICOS DE LA ARMERÍA REAL DE MADRID 





ARMADURA DE DON SEBASTIAN I. 
DE PORTUGAL (AÑO 1574). 

El siglo XVI fué la época en que lle- 
garon a completarse y a perfeccionarse 
en Europa las llamadas armaduras de 
guerra. Hasta la mitad del siglo, éstas 
eran de dos clases: de batalla y de tor- 
neo, presentando al exterior solamente 
superficies lisas y bruñidas. A partir 
de entonces, comenzaron a fabricarse 
arneses de gala, adornándose los cas- 
cos y demás piezas con figuras repu- 
jadas del más artístico dibujo. 

Tales medios de protección, no sola- 
mente fueron usados por capitanes y 
hombres de armas, sino que hasta los 
monarcas y príncipes solían asistir a 
los combates cubiertos con férreas ar- 
maduras. 



^/e 



ARNÉS PEQUEÑO DE FELIPE III (1585). 





RODELA ITALIANA DE CARLOS V (1541). 



armas de guerra de felipe ii 
(año 1550). 



En los torneos, el justador cubría su 
coraza con una cota de terciopelo o de 
seda, prendida a la cintura con un cor- 
dón y un ancho talabarte ricamente 
adornado, del que pendía a la izquier- 
da la espada y a la derecha el puñal. 
Los caballeros se diferenciaban entre 
sí por los colores de la cimera, y por 
la divisa del escudo. 

La aparición de las armas de fuego 
en los campos de batalla, fué quitando 
valor defensivo a la armadura: ya no 
tenía fuerza bastante contra las balas 
de arcabuz y mosquete, por lo que se 
perdió la confianza en ella, desterrán- 
dose al fin por innecesaria en los nue- 
vos métodos de lucha. 






^fc ^-^y^^at^^i^aigySw^ fcS 







PERSEGUIDO POR UN TEMOR INDETERMINADO 



Al que no goza de perfecta salud, le persigue el espectro de la 
vejez prematura y de la tristeza abrumadora; muchas enfermeda- 
des, cuya causa se ignora, provienen del estómago o de los intesti- 
nos, se descuidan porque no hay peligro de muerte ; pero, una vez 
crónicas, son insufribles y engendran la desesperación. Los des- 
gastes físicos, consecuencia de la actividad excesiva, hacen que la 
mayor parte de la humanidad esté enferma del ESTOMAGO, y es 
necesario prevenir muchos males que ocasionan una mala digestión. 
"STOM.'\LIX" Saiz de Carlos, conserva la integridad de su orga- 
nismo. Es el TÓNICO-DIGESTIVO por excelencia. Su eficacia 
y su sabor agradable, han conquistado la fama mundial que goza. 
"STOMALIX" debe ser su compañero en la mesa. 
Venta Farmacias. Pidan folleto a Carlos S. Prats, San Martín. 66. 
Hucnos Aires. 




— r->L.^'i^ \ i_ I k:>.-x— 



ESCULTURAS QUE SIRVEN DE COLiMENAS 




UN ASPECTO DEL COLUENAR DE HOFEU 

Un colmenar parece algo as! como una hilera de 
columnas. La «repüblica de las solícitas abejas», según 
la llamaba Cervantes, trabaja dentro de un cajón cua- 
drado, que por su forma diríase pertenecer a las ruinas 
de un templo del que se conservaran solamente los 
fustes de las columnas sostenedoras de la techumbre. 
Esta semejanra con un templo derruido es todo un 
símbolo que honra la vida y los trabajos del útil insecto. 

En todo el mundo no existe nada parecido al colme- 
nar que los turistas admiran en la pequeña villa ale- 
mana de Hofel, cerca de Lowenburg, en Silesia. 

Quien tal obra ejecutó tenia inmenso cariño a las 
abejas, pues supo levantar en honor de las moscas de 
miel monumentos de alto significado religioso. Y su 
actual propietario, el señor Germán Vogt. heredero de 
tan raro colmenar, también adora a las abejas, ya que 
ha despreciado cuantos ricos ofrecimientos de com- 



pra le hicieron los coleccionistas y anticuarios. 

Estas esculturas remontan a! siglo xvi y su 
autor es desconocido. 

Nuestros fotograbados representan algunas de 
las curiosas colmenas de Hofel, vigiladas por su 
cuidador un venerable obispo cubierto con su 
mitra y empuñando el báculo; un abad que 
sostiene su breviario: un monje coronado de 
rosas y una hermana de la caridad que además 
de la corona lleva un crucifijo. 

Ni Mauricio Maeterlink hubiera inventado cosa 
más imponente para honrar a sus queridísimas 
abejas. El arte cristiano prestó a las aladas obre- 
ras el interior de unos cuantos sacerdotes pé- 
treos. ¿Qué más bendita morada pueden apete- 
cer las abejas? 



CINCO DE I.AS ESCULTURAS DONDE ELABORAN SU MIEL LAS ABEJAS. 




'iS x^'i^rpí^.-^- 




Este canapé 
excepcionalmente elegante, 

copia fiel de un original de estilo 
jacobino, es característico en todo 
vestíbulo y biblioteca moderna. 

jNJuestras producciones clásicas com- 
prenden todos los modelos. 

]_^os Muebles Thompson son conoci- 
dos por su alta calidad, su belleza 
de dibujos y perfección de trabajo. 




— T=>i-.;v^Si 



>y^— 



EL VALLE DE MINA DURANTE LA PEREGRINACIÓN 




EM EL ESTRECHO VALLE DE MINA, A DOS O TRES HORAS DE LA MECA, TIENEN LUGAR ALGUNAS DE LAS MAS IMPORTANTES CEREMONIAS DE LA PEREGRINACIÓN MAHOMETANA 
A LA HECA. EN EL «OIa DEL SACRIFICIO* SE SACRIFICA EL CORDERO, Y DESPUÉS DE ESA CEREMONIA, MINA SE CONVIERTE EN UNA GRAN FERIA INTERNACIONAL, EN 

LA CUAL ACTÚAN COMERCIANTES DE TODOS LOS PUNTOS DEL MUNDO MAHOMETANO. 





Gtropol^azar 



Casa Argentina F. STAROPOLSKI 

340, C. Pellegrini - Bs, Aires 

A nuestra distinguida clientela: 

No obstante las circunstancias difíciles por- 
que atraviesa la importación, hemos recibido un 
surtido de las más altas NOVEDADES en porcela- 
nas, cristales, bronces, lámparas, etc., etc. 

Huelga decir que todos los artículos que re- 
cibe el Metropol Bazar, son de indiscutible 
BUEN GUSTO y, como ya es notorio, se venden en 
el Metropol Bazar a precios módicos. 

Invitamos a visitar nuestra exposición per- 
manente y aprovechamos la oportunidad de sa- 
ludar a nuestros favorecedores. 



METRQFOí-BñZñR 





V~>1 



^^1^1'v:?^^ — 




— P5L>-'i~ X 1. ru?.-^— 



LA ÚLTIMA MODA EN TEJIDOS DE PUNTO 



LINA VISITA A LA FABRICA -LA GLORIA". ORGULLO DE LA INDUSTRIA NACIONAL 



Desde hace cinco o seis años a esta parte se vie- 
ne observando en el público una marcada tenden- 
cia a favor de los artículos fabricados en el país. 
La incontrarrestable competencia europea venia 
ahofando en sus más fundamentales raices toda 
iniciativa y toda tentativa de fabricación nacio- 
nal, lo que llegó a constituir un problema, aparen- 
temente imposible de resolver. Sin embargo, el 




problema se viene resolviendo, merced por un lado 
a la falta de intercambio que lleva anexo el espan- 
toso conflicto de la guerra, y por otro, la necesidad 
imperante de abastecer los mercados argentinos 
con aquellos productos industriales que reclama 
el comercio y que son de innegable utilidad para 
el público que los utiliza. 

En materia de tejidos de punto, poco o nada se 
había adelantado en nuestros centros fabriles, a 
pesar del enorme consumo y de la predilección que 
se ha observado siempre por los artículos de esta 
clase. 




Teniendo en cuenta las excelentes condiciones 
del mercado, cada día más favorable para el ne- 
gocio de tejidos de punto, se proyectó en diferen- 
tes ocasiones la formación de una industria propia, 
organizada de manera que pudiese substituir la 
mercadería de importación, pasando mucho tiem- 
po sin que se llegara a nada concreto y eficaz en 
dicho sentido. 

Utilizando como medida indispensable sus pro- 
fundos conocimientos en el ramo y queriendo ejer- 
citar sus actividades en tierras de América, los 
prestigiosos y afamados fabricantes catalanes se- 
ñores Masllorens Hermanos, tuvieron entonces la 
feliz idea de instalar una gran fábrica, dando im- 
pulso a nuestra industria incipiente y perfeccio- 
nando el inseguro y poco práctico sistema de ela- 
boración que venia empleándose de antiguo. Al 
quedar vencidas las primeras dificultades se con- 
siguió, poco después, inaugurar el negocio en el 
inmediato pueblo de Avellaneda, sobre la calle 
Olavarría. 130, en amplio y cómodo edificio, con 
excelentes instalaciones mecánicas y gran número 
de operarios. 

Bajo la pericia y bien desempeñada dirección 
del señor Pablo Masllorens. esta casa ha ido ci- 
mentando su prestigio, habiendo llegado a la 
próspera situación en que se encuentra hoy. no 
ciertamente por causas fortuitas o de favoritismo. 
sino debido tan sólo al espíritu emprendedor y a 
la constancia y laboriosidad de sus fundadores y 
dueños. 

Todo cuanto hay de utilidad práctica dentro 
del ramo, se produce en los talleres de la fábrica 
que nos ocupa, cuyos departamentos y variadas 
secciones hemos tenido oportunidad de conocer. 
Más de cuatrocientos operarios ocupan su lugar en 
las anchas y espaciosas naves del hermoso edificio, 
y elaboran con precisión, digna de los mayores 
elogios, una enorme cantidad de modelos para 
ambos sexos, desde los más económicos y prácti- 
cos a los más elegantes, útiles y vistosos. 

El perfeccionamiento técnico de los propietarios 
está llevando a cabo una labor realmente extraor- 
dinaria, pues a pesar de haber hecho en distintas 
oportunidades grandes y costosas innovaciones y 
ampliaciones en el local de la calle Olavarría. 130, 
cada día es mayor la actividad y más considera- 
ble la producción, habiendo merecido la con- 
fianza de todo el comercio de la República, que 
favorece continuamente a esta casa con premiosos 
e importantes pedidos. 

Entre la cuantiosa producción que hemos visto 
terminada, hay abrigos de punto para señora, muy 
a la moda, y excelentes para la próxima estación; 
echarpes de variados gustos; pasamontañas; trico- 
tas de hombre; medias inglesas y otra diversidad 
de artículos de la misma industria, en gran sur- 
tido, todos confeccionados con suma perfección y 
vistoso aspecto. 

Actualmente, los depósitos de la casa Masllo- 
rens. casi puede decirse que a pesar de su amplitud 
resultan pequeños para recibir lo que producen los 
talleres, pudiendo así atenuar con bien manifiesta 
eficacia las múltiples necesidades creadas por la 
falta de importación. 

Por otra parte, la competencia extranjera, en 
vez de perjudicar y entorpecer el desenvolvimiento 
de esta importante industria, ha venido a favore- 
cerla, pues al ser preferidos sus artículos por los 
consumidores, se ha demostrado la superioridad 
que tienen los productos de esta casa sobre todos 
sus similares importados. 

Las materias primas que se vienen utilizando 
en las elaboraciones de la fábrica «La Gloria», pro- 
ceden de la gran empresa que los señores Masllo- 
rens poseen en Cataluña. En Begudá, pintoresco 
pueblo próximo a Gerona, se halla instalada la im- 
portante hilandería de la casa, bajo la inteligente 
dirección de don Manuel Masllorens; y en la casa 
central establecida en Olot y fundada el año 1754 
por los ascendientes de sus actuales dueños, punto 
inicial de esta vital industria, ejerce la gerencia 
don Esteban Masllorens, ingeniero mecánico, que 
desde edad juvenil consagró su inteligencia y sus 
actividades a los progresos de la fabricación. 

La casa de Buenos Aires, que tan prósperamen- 
te funciona en Avellaneda, además de los artículos 
enumerados anteriormente, se especializa en la 
manufactura de sacos de punto para niña, habien- 
do creado por dicha circunstancia un surtido de 
modelos tan completo que no tiene semejanza con 



lo ya conocido. Su enumeración ocuparía un espa- 
cio mayor del que disponemos: baste saber que en 
variedad, originalidad y buen gusto no se puede 
competir con tan laboriosos industriales. 

En los depósitos del importante establecimiento 
«La Gloria» hemos visto un incalculable número 
de fardos y grandes cajas preparadas para la ex- 
pedición, saliendo diariamente vagones completes 




de esta clase de mercaderías con destino a las 
más apartadas ciudades y pueblos de la República. 
Bien es verdad que con el prestigio de que gozan 
los señores Masllorens, con sus conocimientos en 
el ramo y sobre todo con la buena orientación co- 
mercial que han distinguido siempre sus negocios 
y asuntos, es lógico y hasta natural que desde el 
primer momento el éxito haya coronado su obra. 
La industria textil puede considerarse una rea- 
lidad en el mercado argentino, ya que la acredi- 
tada fábrica de tejidos de punto «La Gloria», está 
en condiciones, porsu enorme producción, de aten- 
der cualquier pedido por grande que t£te sea. 



MODELOS 1918, EXCLUSIVOS DE LA CASA. 




^'j^ri'^i^^^— 




— 1=>|_;>^:3 \ I ri=>,-x — 






Modelos de creación JPíarrods 



ULTIMA CREACIÓN 
rest ido para novia, en char- 
meuse blanca o marfil, 
con encaje legitimo de Bru- 
selas, manto y ramos de 
azahares, 

$ 250.— 



ELEGANTE VESTIDO 
DE CEREMONIA, en 
charmeuse negra, con ga- 
sa chiffón, bordado a mano, 

$ 225.— 



ESPLENDIDO SOM- 
BRERO, ala completa- 
mente en pluma de aves- 
truz, copa souple de rico 
satín negro, 

$ 70.— 




^^IdrrOClS centro de elegancias y creador de la moda 
en nuestro ambiente, expone las últimas novedades de estación. 



FUORIDA a 77 Y PARAGUAY 5S4- 





=*^' "T^ 



U aíiivGíj'a-rio óg rhzs y lita 

•U& sal-udios -y -pifcrpoj" ±to 'íisChrárH iii'— 
Ven-Éado Icxy -pet-iod-ij-íaí en doj" J-i— 
cgloj c3€» -pí-eíij>a. -pa-ra. agtacáecei- fii 
boíid-ad, o í-w. j«.í"íÍGÍa. ! X^eJ'd.e 
lo dl-fo de ejfa. ssChxtsLción , doj". — ■ 
Gienfoj" a.ni'vei-j'a.-irioj' d.© dojcien— 
ios ittil -p>et>iód.icoj' fe ccrfife-íH-plan -« 
fe j-al-ttida-n , lecfot ama-tle , i-ticans'a.- 
'bil-ísi-ltio lecfoi-. 

Ir ivy Vlf-ra c^í-ttL-píe aiio±a 

cáoj «s^o;- "</-ivic3o;' loeijo la. fja-tet— 
üal fifíela cm© eje-tcii-íe genet-o- 
^aiíieíi-íe. Tti, lec-tof, ei-ej el «lásT 

c^^aíifej'co de loj- fiilfoí-ej', el «láj» 
ix^tíííhle' , el ■ínáj' ccloj-o, -pcríq-vie -í-tt 
flaljeza ej- tt^ cofíglcrmet-axáo de ca.- 
t>ez<aj' -g f-tt. Goí-a.zc5íi, -piríefo i»a.~ 
cirmo de coí-azcmej'. Ijat-a a^a— 
dafíe, el -periódico -fieííe él -mis— 
■mo a^Ae ci-eatJ'e a i-ti. íínagen. -« 
j-e-ítiejaíiza. . 

^j-í, Pl-VJ Vlf ía ff a.-bs.;ic5 
sie-migrte, -q f-f-aba-jaíá , "b-aí cando el 
íwodo <¿e /et- exiaciío tef lejo de -íi 
-15 de -í-wj" dttj'foj'. ^l?al eiíi-píej-a 
t^s-wtísi lafcoí-ioj'a. attíiq-tie ^■í-o.-ía , 
q-wei-ido -g ^i^ati-íej-co lee •fot". 
P^-ttedej- as e(^\xír Si-ir , jí en a-ld-ttiica- 
ocaj-iott -fe -vej" -pi-ecij-ado s -tojíi — 
-pe-í- -tttia lanza eíi farvot- de lí-uu 
±evi^fa -pí-ef et-ida. , a-tíe •íodaj' la-f 
-pá<^i«a.j' de X^l'v:/' "v 1-ff a, le-fta 
•poí- le"í±-a., -f-f-azo -pot -fi-azo, f-tie— 
•fon G-w.idadoj'aitLeíiiíe Itecíia^. 
-A.j'e^tiira q-tte j-i -íieíieíi defecfoj" 
j'e deííeit a. la íní-pef-feccion die la 
li-tt-mana. naf-ttíaleza •, soHéíL q-ue. 
loy d-u-toj' -i^ pej'a-doj' di-ísis cLe la- 
«g-ttei'í'a. laan. afiadido dific-al — 
xader a. la. difícil lat>ot, ■« pt-o— 
cla-tfia anfe el -íH-íindo afríjfico- 
lifet'a-i>io la cafegcíi-ica afifína — 
ción de qtie ^F=» l'VJ* ""Vltía. "í-u-vo 
j-ie-m-pí-e i'tir -pttetfa-r ftsi.-n.csis a. 
•iodo fta-lsajo -mei'it'otio . 

vi alnid, lecfof. v^ctte la 
paz -f-tt-qa- -q lo. a-jena &ndi-u.í — 
cen -ítí. e:x-ij'fe3icaa ja^-udaljle, ptoj'— 
-pei-a, dila-fada, a-fioj-a, -g q-tte f-w- 
-i-evii'-ía. lo -vea. 



Pkr Yk 




•p:3L\ 




Ot'CKítfuvQj/' 



Cuando tocamos el botón 
eiéctríoo colocado junto a 
la verja de )a quinta, el tim 
bre sonó persistente en el 
interior de la casa. Pasado 
algún tiempo, apareció por 
el sendero del jardín una 
mudiacha joven, de ojos 
grandes y cabello graciosa 
mente recogido sobre la 
nuca. 

Al verla llegar, pregun- 
tamos: 

— ¿Vive aquí el pintor 
Eduardo Sivori? 

— S. señor: aquí vive. 
pero creo que salió hace un 
momento ... no sé. Si quie- 
ren decirme su gracia. . . 

Le entregamos una tar- 
jeta y nos dispusimos a es 
perar. Poco tiempo después 
salla el anciano maestro a 
recibirnos. 

— Es una casualidad que 
me encuentren. — nos dijo 
— Pensaba ir hoy a Bue 
nos Aires para traer un 
cuadro que quiero termi- 
nar en estos días. 

— ¿Entonces hemos ve 
nido a deshacer sus planes? 

— De ninguna manera 
Yo tengo verdadero place 
en estar un rato con usté 
des. poniéndome a su dis 
posición en lo que deseen 

Informado de nuestro 
propósito, pasamos a una pequeña habitación 
habilitada para estudio. Pendiendo de las paredes 
descubríanse algunos lienzos a medio pintar, varios 
bocetos al óleo y calcos en yeso de antiguas escul- 
turas. Por las ventanas entreabiertas el sol se filtra- 
ba en pequeños hilos de oro que iban a quebrar- 
se sobre el obscuro pavimento. Al sentarnos en am- 
plios y cómodos sillones, observamos la figura del 
anciano pintor. Mentalmente vino a nuestra memo- 
ria el retrato que de él conocemos y que figura en 
la sala argentina del Museo Nacional. Es la misma 
dulzura en la expresión: la misma inteligencia en 
la mirada: el mismo porte severo; las mismas bar- 
bas apostólicas. Sus mesurados ademanes armo- 
nizaban con la suavidad de su palabra persuasiva 
y amena, que atraen nuestro interés y simpatía. 
A lo que parece, - le dijimos, — usted vive 
aqui todo el año. 

— Por lo general, estoy desde noviembre hasta 
fines de abril. En cuanto empiezan los fríos, nos 
trasladamos a Buenos Aires, donde tengo mi ver- 
dadera casa. Aqui no podríamos vivir el invierno: 
faltan comodidades, y no es posible prescindir de 
ellas cuando se ha llegado a la vejez. 

— Pero no serán tantos sus años. 

Sivori tardó un poco en contestar. Luego habló 
despacio, como si quisiera medir su pensamiento: 

— Creo que no; y aunque siempre es desagrada- 
ble traer a la memoria estas cosas de la edad, voy 
a satisfacer su pregunta. Tengo más de setenta 
años. Nací en Buenos Aires el 13 de octubre de 
1847. 

Cuando el anciano pronunció estas palabras, su 
voz parecía temblorosa: fué acaso una emoción 
instantánea que se desvanecería como el relám- 
pago. Después, al recordar su juventud, tenía ilu- 
minado el semblante. 

— Mi vocación a la pintura — nos dijo -- se 
debe a una feliz casualidad. Habiéndome dedica- 
do mis padres al comercio, el año 74 tuve que ir 
a Italia para resolver, no recuerdo qué asunto. 
Visitando los museos y pinacotecas, despertóse 
en mi una gran inclinación al arte de la pintura. 
De regreso en Buenos Aires inicié mis estudios en 
un edificio que estaba situado en Suipacha y Bar- 
tolomé Mitre. Creo que ya no existe. Allí se insta- 
ló la Academia de Bellas Artes, trasladada más 
tarde a los altos del viejo teatro Colón, siendo mi 
primer maestro de dibujo el profesor Augusto Ro 





mero, que ganó su plaza en reñidas oposiciones. 
El año 75. dibujando ya con bastante adelanto, 
se reafirmaron mis aspiraciones al tener noticia 
que en París se celebraba un certamen de dibujos 
a carbonilla, organizado por la revista «Feussain». 
Yo presenté un trabajo tomado al natural en los 
bosques de Palermo, el que me fué premiado con 
mención honorífica. Creo que fué la primera dis- 
tinción de mi carrera, y me sirvió de mucho estí- 
mulo para seguir trabajando. 

— Y en Buenos Aires, ¿dónde expuso por pri- 
mera vez? 

— En e! Salón Continental del año 80. Allí con- 
currimos todos los alumnos de la academia, ga- 
nando una medalla de oro. Esta época fué muy 
feliz para mis ilusiones de muchacho. A los pocos 
meses hice un aguafuerte titulado «Tropa de carre- 
tas en la Pampa», y como antes no se conocían 
ensayos de esta índole, me cupo la gloria de figu- 
rar en nuestro ambiente como iniciador del gra- 
bado. Después se me designaba para ir a Europa, 
junto con Boneo, Agrelo y otros que formaban el 
primer núcleo de becados argentinos; pero aun- 
que ocupaba lugar preferente en la lista, no pude 
realizar el viaje, debido a la oposición de mi fa- 
milia. 

— Entonces, ¿no llegó a estudiar en Europa? 
Cómo no; marché a Francia en 1882, esta- 
bleciéndome en París, donde pasé años de bohe 
mia como toda la juventud de aquel tiempo, que 
ya no ha de volver. ¡Oh mis días de París! Hoy los 
recuerdo aún con la vaga tristeza de lo que se ha 
perdido para siempre. 

Estuvo un momento pensativo, y después con- 
tinuó: 

- Allí fué mi maestro el celebrado pintor Jean 
Paul Laurens, cuyo estudio frecuenté hasta 1888. 
Desde el 86 hasta el 9 1 que regresé a Buenos Aires, 
concurrí sin interrupción a las exposiciones anua- 
les que se venían celebrando en la capital francesa. 
¿Se costeaba usted mismo los estudios? 
Yo, y nadie más. Cuando me dediqué a la 
pintura, había formado en el comercio un capi- 
tal de relativa importancia, cuya renta percibía 
en Europa, permitiéndome hasta el lujo de viajar 
con frecuencia. Nunca pinté mis cuadros con idea 
de venderlos, porque no necesitaba la profesión 
para vivir, sin que por esto hayan dejado de alcan- 
zar buenos precios. Hasta he tenido mis sorpresas. 



l\\f>tM 



¿Sorpresas? 
Sí; verán ustedes. Una 
vez me encargaron el retra 
to de cierto personaje co 
nocido, tratando el precio 
en dos mil pesos naciona 
les. Cuando di la obra por 
terminada, me entregaron 
un cheque que fui a cobrai 
al Banco de la Nación. El 
empleado de la caja me 
preguntó la cantidad antes 
de abonarme el importe 
Dos mil pesos, le dije. 
Aquel joven se quedó mi 
rándome con extrañeza 
No puede ser; usted debe 
estar equivocado. Aqui fi- 
guran tres mil pesos a co 
brar. Entonces — contesté 
— no es equivocación mía, 
sino de la persona que ha 
extendido el documento. 
— ¿Y fué usted a subsa 
nar el error? 

"Naturalmente. Fui a 
ver al dueño del retrato, 
y al explicarle lo que me 
acababa de pasar, se echó 
a reir. diciéndome que co 
brara todo, pues considera- 
ba que la obra valía más 
de lo convenido. 

— ¿Qué pintor, de los de 
su época, ha influenciado 
más en su temperamento? 
— Dándole la razón a un 
crítico de Chile, creo que 
Mtllet es el único que ha influido en mi manera de 
sentir el arte. Puesto ante la naturaleza, no hallo 
ninguno tan inspirado comoél. Aquí podíamos tener 
en el Museo uno de sus mejores lienzos, «La Tem- 
pestad». Fué ofrecido a la comisión de Bellas Ar- 
t-es en noventa mil francos, pero no llegó a adqui- 
rirse, siendo vendido en Londres por un precio 
mucho más elevado que el que se nos pidió a 
nosotros. 

— ¿Usted pertenecía entonces a la comisión de 
Bellas Artes? 

— Cuando hubo de constituirse la primera en 
1896. fui nombrado para formar parte de ella, 
siendo reelegido en la segunda, que es la que ha 
venido sucediéndose. Substituyendo al pintor de 
la Cárcova, fui, durante dos años, director de la 
Academia de Pintura. También desempeñé por 
espacio de un mes la Dirección del Museo, en au- 
sencia del señor Eduardo Schiaffino. 

— ¿Nos quiere decir su opinión sobre los pin- 
tores argentinos? 

— Esta pregunta no debiera yo contestarla, 
porque carece de valor en mis labios. Sin embar- 
go, les voy a hablar sinceramente. Creo que pocos 
países pueden hoy presentar un núcleo tan selecto 
de verdaderos artistas jóvenes. Entre los pintores 
hay figuras como Fader, que pueden destacarse 
dondequiera que presenten sus obras: y lo mismo 
otros muchos. . . 

- Y como última pregunta, ¿qué cuadro de los 
que ha pintado le gusta más? 

— En los mil cuadros que habré hecho ya, en- 
tre acuarelas y óleos, no tengo preferencia por 
ninguno; considero de lo mejor que ha salido de 
mis pinceles el autorretrato y «Los bueyes», que 
se guardan en el museo, y que obtuvieron meda 
lias de oro en las exposiciones internacionales de 
San Francisco y de San Luis. 

Al despedirnos del decano de los pintores argen- 
tinos, don Eduardo Sivori, le indicamos si había 
pensado alguna vez en retirarse de la profesión 
El nos tendió su mano afablemente, y haciendo 
un poco enérgica su palabra suave, nos contestó 
con esta afirmación rotunda: 

— Yo seré pintor siempre. 



VÍCTOR Andrés. 



OIBUIO oe MAVOt.. 



— Ul 



VJ_'1~1,J^X— 



L'a tvocKq, ■ma'tTOTN-a de ©íf relia j' y aTT\orer. 
del aln\ei del cielo los aífror /acó, 
de/pue/ adoTTiaL-pido y-u tez de palctey 
^e /ienfa en el solio qu© fuera del sol. 

La lívida luna solloza en el cielo 
como tina sonafa ©t\ fono TC\enor, 
y AVarte, más alto, se enciende de celo 
mirando a la frisfe ccjn roio FiaIóot. 

Mas farde una -n-ul^e, cocof fe del espacio, 
carr\biando de formas pregona su amor : 
dra§ón , cocodrilo, turquesa , topacio , 
se acl\ica y se agranda tn-udando color. 

Cantando rarezas -utn 'vievdo 1-u^ónico 
seduce al -perfume de -mi Kuerto en flor, 
y en el feoKo -u-n ¿ato de ¿esfo asfrono-mico 
rurrvia -u-na mefáfora -para su canción.. 

Xa ¿ata se acerca -moviéndose toda 
coTí\o -una tjmss rutia de 1a ¿ríe Albidn , 
se l-\acen -unas muecas y firman la toda 
ccm un lar^o rezo cieses-perador. 

En la insufic-iente calle solitaria 
como un sabio cl\ino -nNedifa ut\ farol, 
y su luz caduca de albor de plegaria 
se extiende y se esfuma a su alrededor. 

La I-una, viciosa de ensueño y rrvorfina 
sobre -un carapanario se da una inyección, 
y si^e brillando sutil y divina 
sobre la mvorfina de rvA corazón. 






■* ; ífi 'Ví&íjSíjE. ate' ' - 



^^Z^rpdo y$.JBc¿/^7icP 



Dibtiio c^e Al 



varez. 



— iz>L-N. i:? \ L^irr^ .-^ — 




DE'^TIERRJK 



^ TR.OP ICALEe/' 



E L ~ O J 0~ D E ~ /^ G U ./^. 



POR 



Y^ R T^ U R. O 




A veredita angosta y ondulante. 
se pierde en la espesura de la 
huerta. Ha trazado la tal vere- 
dita, entre la apretada grama 
y los matizados escobíllales, el 
trajinar constante de las muje- 
rucas que. de! pardo caserío, van 
mañana y tarde, en busca del 
agua. La huerta está colmada de 
árboles frutales y de matas de 
plátanos que forman umbría. 
Hay naranjos, agobiados por el 
peso de los frutos maduros: hay 
paternos; hay papayos; hay ano- 
nos; hay un aceituno descomu- 
nal que vota los remorados frutos, como una pe- 
drisca: hay también unos cuantos cocoteros, y un 
rincón, un frondoso macizo de bambúes que cun- 
de un espacioso cuadrilátero de terreno con la 
tubería dorada de sus gruesas cañas nudosas. Al 
pie de ese macizo crujiente concluye la angosta 
veredita. que viene ondulando, como el rastro de 
una culebra, desde la «puerta de golpea: y a la 
sombra del mismo, densa y húmeda, trascendiente 
a yerba magullada y a hoja podrida, se estanca 
•el ojo de agua*. En el cuenco que ignorada pio- 
cha labró diligente un día. en el vivo talpetate, ha 
ido acumulándose el agua del venero subterráneo: 
un agua fresca, cristalina y pura. Ha ido manan- 
do esa agua, gota a gota, de la entraña de la 
roca porosa: y de ese modo minúsculo, la con- 
cavidad, como una ánfora tosca, ha ido colmán- 
dose poquito a poco, hasta rebasar, y con esas so- 
bras, formar un minúsculo regajo que se desliza 
entre tiernos berros y va a sumirse entre las aspe- 
rezas del matorral, Al través de la limpidez de la 
linfa, trasparentase, nítido, el fondo del «ojo, de 
un rosado palidecente marmoleado de verde 
manzana. Entre las aristas de azufre, la platea- 
da arenilla ha formado tenue lecho. 

A la sombra densa de los bambúes, aquella agua 
no tiene reflejos; es una agua que duerme. Cuando 
abre los párpados es para, terca, obstinada, estarse 
todo el día fija en lo alto, tratando de divisar el 
cielo que el pabellón de hojas de un verde ácido 



^ /\ B R. O G I. 



que le abriga le impide contemplar. Es una agua 
triste: un agua contaminada de la nostalgia del 
azul infinito. Sabe de otras aguas que el sol dora. 
y en las que un pedazo de cielo se refleja, tremante. 
De cuando en vez, una burbuja de aire que se 
escapa del fondo, viene a estallar en la quieta su- 
perficie. Un circulito se forma en seguida al rede- 
dor del alvéolo, circulito que va ensanchándose, 
hasta disiparse. Otras, es una libélula la que la 
cruza, y va rayando la tersura del espejo trans- 
parente, como con el filo de un imperceptible 
patín. Hay momento en que todo el verde ácido 
de la hojarasca de los bambúes parece chorrear, 
como en un vaso de arcilla en el cuenco del «ojo». 
El agua que se tiñe entonces de un tinte glauco. 



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L^)\ 






que empaña aquella pupila nostálgica como de 
una turbieza de llanto. 

Esta mañana, después de desayunarme, he ido 
hasta el «ojo de agua». Estoy satisfecho. Veo la 
vida al través de un lente rosado. Camino despa- 
cio, por la veredita angosta y ondulante, entre la 
apretada grama y los floridos escobillales, diaman- 
tados por el rocío nocturno. Por entre las fibrosas 
cascaras marchitas, la corteza nueva de los tron- 
cos de los plátanos brilla con cambiantes alabas- 
trinos. De las copas de los quijinicuiles. cae una 
lluvia de flores blancas. Trasciende en el ambiente 
matinal la melífera emanación de las papayas que 
maduran en el árbol. El oro de las naranjas es un 
oro mate; y en algunas de ellas, una pandilla de 
azulejos, pica y arma pelotera celebrando el di- 
lecto regalo. Voy caminando. Las mariposas se 
despiertan, y surgen, soñolientas, de sus hamacas 
de follaje. Entre los arbustos y malezas papalo- 
tean buscando las florecillas, para libar su des- 
ayuno. Una lagartija se escurre, al ruido de mis 
pasos. ¿Por qué molestarse? Yo no le haré daño, 
como no lo hice a los azulejos golosos que se rego- 
deaban con mis naranjas, inutilizándolas. Llego 
por fin hasta el «ojo de agua». El ambiente húmedo 
exhala un olor penetrante de yerba magullada y 
de hojas en putrefacción. El «ojo de agua» parece 
despertar en esos momentos. La pupila está aún 
empañada por el sueño apenas sacudido. El agua 
antes clara, se ha enturbiado: y el fondo de la roca 
porosa, apenas se deja adivinar. Todo está opaco. 
Contemplo un instante el mezquino regajo que el 
rebase forma. Le veo alejarse, entre los tiernos 
berros, orlado del frágil espumarajo de sapo. 
Se desliza sin rumor; y se introduce entre las aspe- 
rezas de la maleza. Un vientecillo liviano comien- 
za a agitar el follaje de los bambúes. Se adivina, 
por la tibieza que va impregnando el ambiente, 
que el sol ha acabado de salir. Pero hasta allí no 
llega un halo. Es por eso que esa agua siempre 
está muda, siempre está triste, sintiendo eterna- 
mente la honda nostalgia del límpido azul del 
cielo y del oro inflamado del sol. 



DIBUJO DE SIRIO. 



San Salvador (Centro América). 




ARTE MODERNO 



GITANA 

ÓLEO DE H. ANCLADA CAMARASA 



propiedad del señor alfredo 
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Estábamos atracados a la playa de Posa- 
das. Eran las tres de la mañana, y acababa 
de despertarme, muerto de sueño aún y con 
las caderas muy doloridas, porque una tabla 
de cedro de veinticinco centímetros no es 
lecho confortable. Como no teníamos el me- 
nor interés en perder un solo minuto de ese 
día. desperté a mi vez a mis compañeros y 
nos lavamos la cara en el agua aceitosa de 
la orilla, empuñando en seguida los remos, 
de vuelta a San Ignacio. 

Habíamos llegado a Posadas la tarde an- 
terior, muy bien, si se quiere, pues en la se- 
gunda hora de viaje <'La Gaviota^» había roto 
dos veces el mástil, tres veces la botavara, 
concluyendo por trepar con su aparejo com- 
puesto, encima de un arrecife de asperón, a 
todo el viento que puede no desear un aficio- 
nado -- que es ya una dosis máxima de aire. 

Durante un mes entero habíamos clamado 
por viento, esa honrada brisa que hace an- 
dar armoniosamente a las embarcaciones. 
Lo habíamos tenido por fin. la mañana an- 
terior, y bien de largo, el viento norte de 
Misiones, silbante, implacable, que sopla y 
sopla hasta concluir ahogado en un diluvio 
de agua sombría del sur. 

Había llegado a las seis de la mañana. 
«La Gaviota>» volaba aguas abajo, cayendo 
de proa con un timpánico chasquido de pal- 
meta a cada cabeceo. El Alto Paraná, con 
treinta o más brazas de agua, levanta olas, 
hay que creerlo. 

Bajábamos rozando la costa paraguaya. 
El timón, bastante cerrado, roncaba y vi- 
braba dentro de nuestro cuerpo. El bosque 
del litoral, fresco aún y doblado por el viento 
hacia el sur. parecía empujar él también. 

Era un encanto. Al rato. no. Un ensamble 
de lapacho y canela con tornillos de dos pul- 
gadas y media, es una cosa muy seria. Pero 
el viento norte, cuando se decide a bramar 
después de un mes de sequía brumosa, re- 
conoce muy bien lo que está ensamblado. A 
las siete y media las cabezas de los tornillos 
pasaban a través de la canela, y la vela 
se acostaba de proa. 

Atracamos donde nos fué posible — donde 
había providencialmente una tacuara ar- 
queada sobre el río, el único ejemplar que 
hubiéramos visto desde la partida, pues to- 
das habían secado ese invierno. Era un sim- 
ple golpe de suerte; en media hora cortamos 
las espinas del nuevo mástil, taladramos, 
atamos y cosimos. Y todo quedó muy bien. 

Pero nuestro viento se enloquecía. La ta- 
cuara cedía tanto, que el centro vélico que- 
daba casi sobre proa. Un rato después la 
botavara, terriblemente solicitada por la es- 
cota, se cerraba como un compás. Y el resto 
en la hora subsiguiente. 

Resumen: al doblar el cabo de Candelaria 
y ante la brusca curva del río hacia el norte, 
el viento nos cogió de proa. En el otro ex- 
tremo de la anchísima cancha en que el Pa- 
raná se engolfa allí, estaba Posadas. Cerca, 
si se quiere: cuatro leguas. Pero con un vien- 
to aciclonado de frente, que eriza en ralla- 
dor las olas en los bajos fondos, y atraviesa 
instantáneamente la embarcación, por poco 
que la proa guiñe un milímetro, esas cuatro 
leguas nos costaron toda una tarde de es- 
fuerzo a diente cerrado. 



Los tripulantes de «La Gaviota» que sali- 
mos de San Ignacio éramos tres: Romero, 
Ismael y yo. Pero al regreso éramos cuatro; 
por lo que se verá. 

Cuando al atardecer hubimos llegado a 
Posadas, fuimos a la plaza a sentarnos — o 
a abandonar contra algo la espalda. No creo 
que tuviéramos figura muy decente. Un pa- 
seante, sin embargo, cruzó la calle para ve- 
nir a saludarnos. Lo habíamos visto alguna 
vez en San Ignacio, donde tenía parientes. 
No sabíamos más; pero estaba encantado de 
vernos, y se empeñó en volver con nosotros. 
Le preguntamos, es claro, si sabia remar. 
¿Qué si sabía remar'-' Estaba cansado de ir 
y volver a remo a la villa. 

El paseo no es malo: legua y tres cuartos 
o casi dos. por poco que se quiera bordear 
los vapores anclados. Pero nosotros debía- 
mos remar un poco más que eso. porque de 
Posadas a San Ignacio, contando restingas 
y demás, no hay menos de veinte leguas. 

El muchacho parecía de buena pasta, y 
sabía remar. Porque no dejaba de entrar en 
nuestro pequeño cálculo el refuerzo ese. En 



cuanto a él. le divertía locamente ir a cenar 
con nosotros abordo, y dormir atracados a 
tierra en la misma «Gaviotas 

Dormir sobre una tabla de veinticinco 
centímetros de ancho no es cosa agradable, 
como he dicho, aunque aquélla sea de cedro. 
El pasajero se despertó alegre, no obstante, 
bien que. fuera aún noche cerrada. No se sen- 
tía todavía un solo ruido en el puerto. En 
larga fila, como yacarés, dormían en la playa 
las chalanas, trepadas de proa sobre tierra. 
Uno que otro farol de viento, de vigilancia 
en la popa, ponia en manifiesto el rio negro 
en un inmóvil reflejo aceitoso. El agua esta- 
ba untuosa y tibia. 

Listos, pues, organizamos los turnos, que 
debían ser de una hora: Ismael y Romero, el 
pasajero y yo. Remamos en dirección a Villa 
Encarnación, por razones de corriente, y el 
crepúsculo estaba ya muy adelantado cuan- 
do comenzamos a remontar la costa para- 
guaya. Desde el horizonte, en el confín de 
la cancha, una barra de fuego vibraba so- 
bre el río encendido, hasta nosotros, y re- 
montaba hasta el cénit, en el cielo. El sol 
estaba por asomar. Fondeamos un cuarto 
de hora, y concluímos nuestro tatú asado. 
El azúcar para el café se nos acabó también, 
quedándonos sólo las galletas y el tabaco 
lavado. 

Continuamos. El sol subía, <'La Gaviota» 
avanzaba costeando, pero el viento no lle- 
gaba. Ni un soplo de aire; el gallardete del 
mástil, aunque leve como seda, pendía per- 
pendicular. 

Es ésta otra de las sorpresas del Alto Pa- 
raná. Cuando el viento norte se decide a so- 
plar, no hay nada humano ni fuera de la 
humanidad que lo haga cesar — a excepción 
de la tormenta del sur. Calma al anochecer, 
y recomienza a la mañana siguiente. Y he 
aquí que rompía su ritmo, se retardaba, se 
agotaba, precisamente cuando habíamos con- 
tado con él para salvar por lo menos aquella 
abrumadora cancha hasta el Garupá. 

Nada que hacer. La costa paraguaya, des- 
de la Villa hasta la barra de aquel arroyo, es 
sumamente baja. La bajada intrínseca del 
Paraná era asimismo extraordinaria en aquel 
momento. De modo que debíamos bogar 
lejos de ia playa, sobre dos cuartas de agua 
y un fondo visible de piedra, que rompía en 
escollos a cada trecho. 

Ahora bien; entre los escollos el agua co- 
rre, y ha corrido toda la vida de un modo 
infernal en esa costa. Mal dormidos, pues, 
quebrados por la lucha de la tarde anterior, 
con las manos imposibles y el sol en los ojos 
irritados, avanzábamos siempre relevándo- 
nos con todo juicio, sumando una legua pe- 
nosamente ganada a la otra, y a la otra, y 
a la otra. 

A las diez habíamos entrado en el seno 
paraguayo de la cancha, y la corriente des- 
de luego, no nos molestaba más. Pero desde 
ese momento nuestro pasajero quedaba des- 
contado como fuerza activa. 

El muchacho había hecho indudablemente 
cuanto había podido. Remaba bien, aún a 
dos remos, lo que parece no entraba en su 
costumbre. Pero una cosa es un paseo de dos 
horas a la frescura del crepúsculo para visi- 
tar dos ciudades, y otra muy distinta remon- 
tar un río salvaje bajo un sol de diciembre, 
cuando se está en eso desde antes de aclarar, 
y se tiene todavía catorce leguas por delante. 

El pasajero nos tendió sus manos; no había 
nada que decir. Es posible que las nuestras 
no estuvieran mucho mejor; pero él preten- 
día efectuar un paseo alegre, y nosotros re- 
gresábamos de un viaje — lo que es bien 
distinto. 

Entretanto, la atmósfera pesaba de un 
modo insólito. Hacia el sur. el horizonte co- 
menzaba a cargarse de cúmulos lívidos, que 
temblaban en sordas conmociones de luz. 
La tormenta venía, sin duda, y de aquí la 
falta de aire. Pero faltaba también para 
nuestra vela, y más ahora, en la precisa 
ocasión en que nos tocaba un turno alterno 
de dos horas. 

Este era el caso: dos horas continuas de 
remo y una de descanso. Al concluir ésta, — 
y una hora pasa rápido. — vuelta al remo 
por otras dos horas. Este turno vuelve el 
humor poco alegre cuando es preciso cum- 
plirlo después de nueve horas de estar re- 
montando un río que corre dos millas en la 
canal, y otras tantas por la costa cuando la 
bajada saca a luz una restinga cada doscien- 



^^^'Lm:^.*^— 



tos metros. Todo esto, bajo un asfixiante 
amago de tormenta que se ha llevado arriba 
todo el aire. 

En dos horas de remo hay que tirar de él 
para atrás mil ochocientas veces, en el más 
benigno de los casos. Por esto nos había di- 
cho el griego, después de oírnos hablar de 
nuestro proyecto en San Ignacio: 

— El remo no es cosa de juego. . . Hay 
que darle. Poco o mucho, pero hay que darle 
siempre. 

Nosotros le dábamos, pues, aunque muy 
poco contentos. Mas, ¡qué íbamos a hacer! 
La tenacidad en el esfuerzo, por lo demás; 
la brutalidad sorda de sentirse condenado a 
eso. es una locura tan entrenante como cual- 
quiera de ellas. 

Queríamos subir y subir: nada más. 

Mas en esa depresión de atmósfera, el sol 
a plomo era particularmente duro de sopor- 
tar! Aunque con la cabeza en e! Paraná cada 
diez minutos, el agua caliente por el poco 
fondo de la orilla nos producía sensación de 
aceite en la caray en el estómago, tanto más. 
Un consuelo teníamos: y era sentarnos con 
los pies hacia afuera dentro del río filante, 
todo el tiempo del turno libre. Pero al vol- 
ver al remo, como no era posible soñar en 
ponernos las botas que quemaban, el sol 
hacía lo mismo con nuestros pies; por lo que 
debíamos tenerlos ocultos bajo diarios. 

Subíamos siempre. Las horas iban pasan- 
do, con un nuevo consuelo. Nos reconocía- 
mos otra vez en el ambiente, fuera por fin 
de aquella eterna cancha de costa baja que 
habíamos dejado con Candelaria. Era otra 
vez nuestro Paraná encajonado, amurallado 
de bosque que se vertía desde lo alto en cur- 
vas sucesivas de copas hasta el agua. Un 
brusco cabo de arenisca, un nuevo cerro 
doblado, eran jalones de nuestro paisaje 
familiar, en que la caída de la tarde volcaba 
su salvaje y profunda serenidad. 

En ei hoiizonte del sur la tormenta tem- 
blaba siempre, pero sin avanzar. Arriba, el 
cielo estaba despejado. La calma del aire se 
acentuaba también por la hora. El río, sua- 
vizado como terciopelo, corría terso en finas 
arrugas longitudinales, refrescando a su vez 
por el monte que comenzaba a verter sobre 
el agua su perfume crepuscular. En los re- 
mansos umbríos de la costa argentina, el aire 
cobraba una transparencia tal. que las fron- 
das hinchadas sobre el río adquirían un re- 
lieve casi mareante. Los más leves ruidos 
tenían un carácter de inesperada brus- 
quedad, y se propagaban clarisímos. 
Desde la costa paraguaya, a dos mil 
metros, nos llegaba con limpidez metá- 
lica la charla a media voz de dos chicos 
que tornaban a vestirse en la playa. 

Este era el ambiente. Pero allá, re- 
montando el río como una tortuga he- 
rida, iba penosamente «■La Gaviota». 
Como vida, ofrecía la que pueden suge- 
rir cuatro remos moviéndose lentos. Pero 
conciencia, norte, esperanza, esto no. 

Estábamos deshechos. Las manos. 
desde luego: negras, con las venas hin- 
chadas y lucientes, acalambradas hacia 
adentro, estuviéramos o no en el remo. 
Esto por el dorso; por abajo, los dedos 
cuadrados, con un lívido ribete de carne 
aplastada. Debajo de cada callo, un 
ancho derrame seropurulento sobre lla- 
ga viva. 

Algo más: los remos de proa, dejando 
mucho que desear en su empuñadura, 
trabajaban sobre el índice y el pulgar, 
y venían trabajando desde veintiséis 
horas atrás. Había allí, pues, dos nue- 
vos puntos de mortificación en toda la 
extensión física y moral de la cosa. 

Con estas manos — sin contar lo que 
había en las muñecas y la cintura — 
remábamos siempre, aunque como es 
lógico suponer, los turnos habían dismi- 
nuido. Eran ahora de media hora o tres 
cuartos, a lo sumo. Equitativamente. 
los descansos eran muy cortos. — de 
diez minutos, a veces. — que apenas 
teníamos tiempo de gozar, tirados a 
popa. En un momento — es difícil apre- 
ciar lo cortos que son diez minutos — ■ 
volvíamos al remo. Al rato el maquinis- 
mo brutal nos cogía de nuevo; tornába- 
mos a balancearnos, a alzar los hombros 
hasta las orejas, a tirar, tirar siempre, 
con la base de la mano, con la primera 
falanje, con la punta de los dedos, con 
cualquier cosa menos ron la mano. 

Esto, al rato; pero los primeros mi- 
nutos eran muy duros porque teníamos 
ya las manos frías, y tirar era una ver- 
dadera tortura. Y teníamos, sobre todo 
y por encima de todo, la moral comple- 
tamente quebrada. 

Un remero mira con placer el agua 
a uno y otro lado de sus toletes, por- 
que ello constituye una honrada diver- 
sión. Pero a nosotros no nos divertía 
ya el agua, ni el Paraná y su frescura 
crepuscular. Era tanto, que en la más 
fugaz ojeada al borbollón de agua fan- 
gosa que levantaba la pala; en un simple 
tropiezo de mirada con un tornillo flojo. 



una cuaderna fuera de la perpendicular, había 
una verdadera náusea, porque nos sentíamos 
hartos de todo eso. Hubiéramos dado no sé 
qué por emplear de otro modo las fuerzas, 
porque en realidad no estábamos extenua- 
dos. Era un cambio de oficio, lo que quería- 
mos; hacer otra cosa, cualquiera, menos 
aquella cosa horrible de echarnos adelante y 
tirar atrás: volver otra vez adelante, y tor- 
nar a hacer fuerza atrás; sin la menor va- 
riante, siempre el mismo movimiento, desde 
las tres de la mañana, y desde toda la tarde 
anterior. Dejar de remar: esto es lo que 
queríamos. Cambiar de oficio, nada más. Y 
esta impresión de náusea a todo y por todo. 
vivísima al tornar al banco, crecía de qué 
modo durante media hora de la misma mi- 
seria. 

Nuestro pasajero, sentado a popa con la 
barra, estaba mudo desde la caída de la 
tarde, lo que le agradecíamos infinitamente. 
Tampoco hablábamos nosotros, por lo que 
es fácil comprender. Lo único que nos inte- 
resaba, en cuanto a esperanza, era llegar a 
la barra del San Juan antes de las nueve de 
la noche, pues eso formaba parte de nues- 
tro plan. El resto, — incluso en primer tér- 
mino el mutismo del pasajero, — nos tenía 
sin cuidado. 

De pronto, y cuando menos lo esperába- 
mos, pues comenzábamos a forzar la larga 
corredera de Itahú, el pasajero soltó la barra 
en un largo desperezo; 

— ¡Qué aburrido estoy! — exclamó. 

— ¡Cuide el timón! — le contestó de un 
humor bastante mediano Ismael, que tenía 
turno de descanso. En el comienzo de un 
rápido es lícito hacer cualquier cDsa, me- 
nos apartar un instante la atención de la 
corriente. 

¡Aburrido!... ¡El señor estaba aburrido! 
Cambiamos una ojeada con Romero e Is- 
mael, y bajamos los ojos, evitando como el 
fuego mirar el agua. 

Al rato el pasajero tornó a exclamar con 
voz plañidera: 

— ¡Tengo unas ganas de estar en casa!. . . 
Ismael, que tenía las manos en ei agua. — 

para ablandarlas, decía él, — cambió de pos- 
tura y sacó los pies afuera, a la corriente. Yo 
estaba en los remos de proa, los que traba- 
jaban sobre el índice y el pulgar. Vi la cara 
de Romero vuelta al tolete izquierdo, y man- 
tenida fija allí durante un momento. Nada 
más. 

Pero en la mueca característica de Rome- 



ro, cuando el hígado comienza a aconsejarlo 
mal. y en los ojos entrecerrados al río de 
Ismael, sentí el pulso de nosotros tres. He 
aquí el estado en que estábamos: 

No había allí desde una hora atrás, como 
acabo de anotarlo también, un detalle, el 
más insignificante de todos los detalles ano- 
dinos, uno sólo que no nos suscitara un 
hondo sentimiento de repugnancia, porque 
estábamos hartos — ¡hartos! — de todo. De 
í'La Gaviota'» entera, con sus remos desigua- 
les, sus toletes desiguales, el puente de proa 
rebocado de barro, el fondo sucio, lleno 
de herramientas y trozos de diarios; la Para- 
bellum oxidada, a medio caer de un cajón 
de popa: las correas de la máquina fotográ- 
fica, apretadas por la tapa del otro cajón; 
hartos de esto, de todo, de nosotros mismos 
y del diablo, 

Y a gentes que estaban en esta situación, 
dando todo lo que podían con las manos 
destrozadas, venía un tipo a recitarnos que 
él. él estaba aburrido y tenía ganas de estar 
en su casa! 

Ya una hora antes, al declinar el sol, y es- 
tando yo en turno de descanso, había ob- 
servado las caras de Ismael y Romero, re- 
mando con el sol de frente. Ismael usa el 
pelo hacia atrás; pero entonces lo tenía caído 
en un pesado mechón goteante de sudor, que 
el muchacho apartaba de los ojos con una 
sacudida. Sucio, — ¡desde luego!, — des- 
encajado de cansancio, con la mueca a que 
lo forzaba el sol en los ojos, mostrando los 
dientes a cada esfuerzo hacia atrás, era 
aquello todo un trozo de cinta salvaje. 

El pelo de Romero, en cambio, que éste 
aplana normalmente a un lado, se había 
alborotado hacia arriba, en dos mechones 
curvos que le brotaban de los costados de la 
cabeza — porque ea el medio tiene poco pelo. 
Negro, él. los ojos inyectados y la boca 
saliente por e! profundo pliegue de las meji- 
llas, era una buena figura del hombre que 
está pasando el límite que le concede su 
entrenamiento. 

Pues bien: en aquel momento todo esto me 
era muy poco simpático, porque yo a mi vez 
sentía la náusea de mí m.ismo. Este solo de- 
talle: el pelo de Ismael para abajo y el de 
Romero para arriba, me mortificaba, como 
un aspecto provocador. Y si entre nosotros 
mismos no hablábamos, ello se debe a que 
nos quedaba un resto de común y mutuo 
respeto por lo que estábamos pasando y 
pensando. 




¡Es de figurarse ahora la gota de aceite 
que volcaría en nosotros, la observacioncilla 
del pasajero reclinado sobre tres almohado- 
nes, haciéndonos notar que él hallaba un 
poco largo el viaje! 

El Paraná comenzaba a obscurecer. El 
último rostro morado de la canal se perdía 
en la sombra de la selva paraguaya, que 
avanzaba hasta la mitad del río. y <'La Ga- 
viota», blanca, debía parecer una pequeña 
cosa gris que remontaba trabajosamente 
arrimada a la costa. 

Pero en la frescura ya muy viva del río, 
y a pesar de ella, la temperatura del terceto 
iba creciendo, porque el pasajero se dispo- 
nía a abrir de nuevo la boca. Lo sentíamos 
bien en sus miradas altas a una y otra orilla. 
Mientras observaba la toma de la proa en la 
corriente, que es el deber de todo timonel en 
el Alto Paraná, todo iba bien; pero apenas 
el deseo de estar en su casa lo invadía, co- 
menzaba a mirar alternativamente los bor- 
bollones de agua de los remos y después la 
costa a derecha e izquierda. De modo que la 
tensión de nuestros nervios, ya dura para 
con nosotros mismos, llegaba a! disparate 
ante la amenaza de una nueva observación. 

— ¡Qué vida ésta! — suspiró de pronto. 
Paré bruscamente los remos y miré hacia 

popa. Romero quedó detenido en el primer 
tiempo, echado adelante, y con los brazos 
en los remos. Volvió la cabeza a proa con 
una sonrisa — o lo que él cree que fué son- 
risa. — Pasó un instante, y los remos caye- 
ron de nuevo. 

Pero la copa estaba desbordada. Cuanto 
hay de impulsividad en un individuo suma- 
mente cansado y rabioso, estaba vibrando 
de la roda al timón de "La Gaviota». Durante 
diez segundos no levanté los ojos de los dia- 
rios en los pies: estaba seguro de que el pasa- 
jero comenzaba a hallar de nuevo aburrido 
el paseo . . . ¡Tac! 

— ¡Qué daría por estar! . . . 

Sin una palabra, Romero levantó el remo 
y lo aplastó en la cabeza del charlatán. 

Las patas de los remos son de lapacho, 
que es una madera muy dura; pero sólo tie- 
nen tres milímetros de espesor, lo que alcan- 
zando a luchar victoriosamente con el agua, 
no es suficiente para matar de plano a un 
hombre. De modo que el pasajero no murió 
del golpe, aunque cayó adelante, despué=:' de 
mirar fijamente el cielo. 

Volvió en sí en seguida, pero con bastante 
pesadez, tardando un buen momento en re- 
conocernos. Murmuró luego, pasándose 
la mano por la cabeza: 

— ¡Qué bárbaros! . . . 

Esto era evidente; nada podíamos ob- 
jetar. Pero debió haberse dado cuenta 
él mismo de cómo estábamos nosotros, 
con nuestro estado físico y moral. . . 

Sacudía siempre la cabeza, sin querer 
oírnos: 

— ¡Qué bárbaros! . . . 

En fin. aquello había descargado los 
nervios, mucho mejor que la tormenta, 
contenida siempre en sordo tronar. Cru- 
zamos el Paraná, pues ya no teníamos 
luz suficiente para llegar a los remoli- 
nos del San Juan, y dormimos atraca- 
dos a una jangadilla, bastante contentos 
después de todo, pues aparte un posible 
baile de viento y lluvia, estábamos a 
seis leguas escasas de San Ignacio-.* 



Llegamos al día siguiente a mediodía 
cosa que no hubiéramos podido ejecu- 
tar sin la feliz interposición de diarios 
arrugados y elásticos entre remo y 
mano. Hay además, antes de llegar a 
San Ignacio, dos o tres tropiezos con 
el Paraná entero al doblar el Teyucua- 
ré, que se pueden utilizar para concluir 
con las fuerzas de tres pobres diablos. 

Como final, la llegada a nuestro país, 
aquella media hora de espera en el an- 
dén de Calmón. bajo un sol a plomo 
que está evaporando en vaho asfixiante 
un ligero chubasco, mientras el mensú 
de yaque traía a tirones los caballos 
del sulky. y nuestro pasajero nos to- 
maba una fotografía doblados sobre los 
codos, más blancos al sol que el sol mis- 
mo, — aquella media hora es la más 
fuerte que hayamos pasado fuera y 
dentro de "La Gaviota» — el pasajero 
incluso. 

Dos días después, inmaculadamente 
limpios y peinados, tomábamos café 
con leche en casa, a la vista del Para- 
ná, cuando pasó a caballo nuestro pasa- 
jero. Iba al puerto, a embarcarse de 
vuelta a Posadas. Nos saludó al pasar 
con la mano, y tuvimos tiempo de gri- 
tarle que si volvía a San Ignacio antes 
de fin de mes. pues nosotros debíamos 
regresar a Buenos Aires en esa fecha, 
podríamos planear un bello paseo. 

— ¡Cualquier día! ... — nos contestó 
alegre. 



Horacio Quiroca. 



DIBUJOS DE ALVAREZ. 




DE LA COLECCIÓN DEL DOCTOR FRANCISCO LLOVET. 



ARTE TRANCES 



PENSATIVA 

ÓLEO DE COROT. 




PLVÍ> 
. VOPA 



— T^LS^^i:^ 



1.' ^ — 




EL PEQUEÑO <iFUMOIPp>. LA3 TAILAS Y 
E.SCULTURAS QUE LO ADORNAN. SON BE- 
LLOS EJEMPLARES AUTÉNTICOS DE LOS 
SIGLOS XVI Y XVII. 



OS muebles, las tallas y los magnífi- 
cos tapices que conserva en su domi- 
cilio de la calle Libertad el doctor 
Ernesto Quesada, fueron adquiridos 
por su progenitor, en España, sien- 
do ministro plenipotenciario de la 
República en el mencionado país. 
Con tan artísticos elementos, se alha- 
jaron los salones de la legación ar- 
gentina por el ya fallecido diplo- 
mático, a cuyas fiestas, dice uno de sus biógrafos, 
asistían las damas más linajudas y los hombres 
más eminentes de la corte. 

El edificio donde se guardan hoy tan valiosas 
colecciones artísticas, carece de la amplitud que 
sería indispensable para el buen acomodo de los 
objetos, forzosamente distribuidos en anacrónica 
discordancia de valores, estilos y épocas. Su as- 
pecto, más que el de una casa llena de suntuosas 
obras antiguas, da la impresión de un pequeño 
museo, donde se exhiben en orden de catálogo 
restos de estimable valor, debidos al arte de otros 
siglos. 

Ocupando el frente de la sencilla escalera, en- 
noblece el recinto un viejo repostero, que luce, 
sobre fondo de terciopelo púrpura, las armas du- 
cales de Medinaceli. timbradas con la corona de 
los grandes de España. Respecto al origen de esta 
clase de ornamentos, se sabe que estuvieron en 
boga durante todo el siglo xvi. constando en un 
escrito donde se hace referencia a ellos, que el 
año 1570, hallándose Felipe II en Córdoba ocu- 
pado en dominar la rebelión de los moriscos de 
Granada, llegó el Duque de Medina Sidonia, ha- 
ciendo su entrada en la referida ciudad el 13 de 
abril del mismo año; en su cortejo — dice textual- 
mente — iban ciento sesenta y tres acémilas cu- 



ÁNGULO DEL 5ALON ROJO. SOBRE EL AN- 
TIGUO SOFÁ, ÉPOCA DE FERNANDO VI. 
HAY UN HERMOSO TAPIZ DE LA FÁBRICA 
DE GOBELINOS. 



— tr>L-^.'?=. 'VL^'riD.A^— 




biertas con rerosteros de lana, y seis más de ter- 
ciopelo morado, con realces de plata y oro. El que 
ocupa nuestra atención debe pertenecer a esta 
época, pues años más tarde se empezaron a hacer 
en tapicería, encargándose a Toledo y a otros te- 
lares de Castilla. 

Contiguo a la escalera hállase la cámara central 
o recibimiento, especie de repartidor que comu- 
nica con las habitaciones principales. Entre sus 
muebles se destaca un precioso tabernáculo de 
estilo churrigueresco, estofado y laminado de oro. 
puesto sobre antigua mesa de caoba. Los seis si- 
llones, modelo isabelino. fueron propiedad del pri- 
mer marqués de Salamanca, evocando por su pro- 
cedencia los tiempos fastuosos del célebre finan- 
cista hispano. Colocadas en las paredes, descú- 
brense gran cantidad de tallas y esculturas, que 
componen uno de los más curiosos aspectos de la 
colección. Sobre repisa labrada y policromada ri- 
camente, hay una imagen gótica de Santa Cata- 
lina, cuya fuerza de ejecución denota el carácter 
excepcional que lograron imprimir en obras de 
este género los artistas de la edad media. Su as- 
pecto es majestuoso y rígido, teniendo al pie, 
junto a los pliegues del vestido, la cabeza de un 
emperador en actitud atormentada. Es un ejem- 
plar raro y de gran 
mérito, parecido a 
otra imagen de las 
que se conservan en 
el museo de Cluny. 

Cuatro medallo- 
nes colgados en el 
testero principal, re- 
presentan los cuatro 
evangelistas, y entre 
el cúmulo de figuras 
en actitud hierática, 
iconos bizantinos, 




TAPIZ FLAMENCO DEL SIOLO XVI. 



ángeles, alto relieves, soportes, etc., dos escul- 
turas románicas del siglo xiii, bastante deterio- 
radas por el tiempo. Otro de los frentes está re- 
vestido con un hermoso tapiz flamenco. 

El comedor luce una sillería moderna sin estilo 
determinado, y a los costados del «buffet» dos es- 
pejos barrocos de 1640. muy decorativos; destá- 
canse igualmente pequeñas cornucopias con cris- 
tal tallado de Manises. 

El «fumoir» es un saloncito ovalado, cuyos prin- 
cipales adornos lo componen valiosas tallas sobre 
columnas salomónicas, y pedestales ornados con 
guirnaldas y entrelazos geométricos. Hay un niño 
desnudo, escuela de Roldan, el sevillano; una ca- 
beza gótica de virgen, en madera renegrida y sin 
estofar, tipo catedral de Reims; un pequeño busto 
de peregrino, y el monje cartujo, obra de positivo 
mérito atribuido al racionero Cano. También exis- 
ten algunos fragmentos de decoraciones antiguas, 
presentando en sus relieves, de gran pompa orna- 
mental, escenas de vestiglos, figuras híbridas y 
monstruos de leyendas heráldicas. 

La biblioteca es igualmente importantísima, 
ocupando un salón de treinta y cinco metros de 
largo por diez de ancho. Contiene muy cerca de 
cincuenta mil volúmenes, sin contar el archivo 

donde se guardan 
unas diez y ocho mil 
copias de documen- 
tos referentes a la 
historia del conti- 
nente americano, 
desde su descubri- 
miento y conquista 
hasta la época de su 
independencia. Sin 
duda es la biblioteca 
particular más valio- 
sa y extensa del país. 




EL AMPLIO COMEDOR DE LA CASA. 




"V^L^a"K>yí^.— 




LA SALETA AMARILLA, ALHAJADA CON PRECIOSOS MUEBLES. 

siendo excepcionalmente notable en sus secciones 
de historia, ciencias políticas y literatura. Entre 
los muebles y objetos que ornamentan este lugar, 
se destaca un sillón de Milán, con taraceas de 
marfil y maderas olorosas artísticamente combi- 
nadas. En el respaldo cuadrilongo, tiene una es- 
cena con dos figuras, incrustadas en plata y cobre. 
Es un paje y una dama. El primero sostiene en sus 
manos un alcón en actitud de vuelo, y la dama, 
ataviada con amplios ropajes, tiene a sus pies un 
galgo y un pequeño leoncillo de marfil. 

La parte destinada a recibo la componen tres 
cámaras, donde se encuentran los tres tapices, joya 
de esta colección. Proceden de la catedral del 
Borgo de Osma, a la cual habían sido donados por 
el emperador Carlos V el año de 1515. La fábrica 
de la catedral solicitó de la Nunciatura eclesiás- 
tica en Madrid, su enajenación, y a indicaciones 
de Monseñor Di Pietro, fueron adquiridos por el 
anciano diplomático doctor Quesada. 

El primer salón, tapizado de rojo, tiene una si- 
llería estilo Luis Felipe de Orleans, que armoniza 
con el tono de las paredes. El escritorio, que se 
halla frente a la puerta del recibimiento, es un 
precioso modelo italiano del siglo xviii. Sus ador- 
nos están formados con taraceas del gusto rococó, 
teniendo esculpidas sobre el 
tablero las armas eclesiásti- 
cas de un cardenal del solio 
pontificio. En los ángulos, 
cuatro cornucopias doradas, 
y sobre antiguo pedestal, un 
busto muy raro que reprodu- 
ce la efigie de un caballero, 
época de Felipe 1 1 ; está toca- 
do de boina carmesí, con plu- 
ma blanca ondulada hacia 
atrásy sujetaporunjoyel. En 
esta sala hay también dos ta- 
pices de la fábrica Gobelin, 
fundada por Luis XlVa prin- 
cipios del siglo XVII. Repre- 
sentan un turco y un monte- 
negrino. Del arco que comu- 
nica con el gabinete azul, 
pende un soberbio cortinaje 
chinesco, de armoniosa com- 
posición y contrastes de co- 
lor sumamente decorativos. 
Figuró en el palacio veranie- 
go de la emperatriz de China 
en Pekín, siendo llevado a 
Europa en 1900, cuando el 
saqueo de la expedición pu- 
nitiva contra los boxers, co- 
mandada por el general Wal- 
dersel. 

El gabinete azul es de un 
tono muy elegante. Su deco- 
ración y sus muebles, de se- 
da rameada en términos de 
caprichosa curvatura, inspí- 
ranse en la barroca solemni- 
dad délos palacios matriten- 




VISTA GENERAL DE LA BIBLIOTECA, COMPUESTA DE 
CINCUENTA MIL VOLÚMENES. 



UN ASPECTO DEL SALÓN ROJO, SUNTUOSAMENTE DECORADO. 



ses. Hay dos sillas volantes que estuvieron en los 
salones de la reina María Cristina, y un diván de 
forma ovalada, cuya sedería fué un traje de corte 
usado por Isabel II, y regalado más tarde como 
recuerdo a una de sus azafatas. Las consolas, con 
altas lunas de bisel, sustentan ídolos y reliquias 
etruscas, figuras aztecas de la alfarería mexica- 
na, pequeños Bhudas de Kiu-Chiang y otros ob- 
jetos de distinto carácter y procedencia; igual- 
mente hay varias mesitas cubiertas con tejidos 
del renacimiento, y viejos paños de tisú bor- 
dados en oro y realce. 

De esta pieza se pasa a la saleta amarilla, lugar 
preferente de la casa. El estrado, compuesto de 
sofá, dos marquesinas y varios sillones, todo am- 
plio y de lujoso aspecto, fué propiedad de los En- 
riquez de Ribera, Marqueses de Malpica, asi como 
las cornucopias y espejos dorados a mercurio. 
Ocupando el espacio comprendido entre los bal- 
cones, una vitrina, sin adornos y de línea frágil, 
contiene muñecas de biscuit, abanicos, joyas, mar- 
files, tabaqueras y otros pequeños bibelots. Grue- 
sas cortinas adamascadas, sujetas con prendedores 
borlados, entonan suavemente la luz que irradia 
por los cristales entreabiertos. Junto a la puerta 
que comunica con el gabinete azul, decora la pared 
una de las tapicerías de 
que hablamos anteriormen- 
te, y sirviendo de dosel al 
estrado, y sobre el muro de 
la izquierda, otros dos tapi- 
ces de la misma fábrica, con 
episodios bocetados por Ru- 
bens. Cubre el parquet una 
mullida alfombra de tonali- 
dades apagadas y cenefa de 
hojas y frutas. En los rin- 
cones, algunos pedestales 
sosteniendo búcaros de por- 
celana, y en el centro, una 

mesita con el pie bifurcado 

Bü^^'l ®" cuatro garras y con losa 

^E^^Sa de mármol. 

^^^^^H Sirve de complemento una 

— HHSES^S bonita araña de cristal que 

lució en el palacio de las 

Vistillas, del duque de 

Osuna, famoso EmlDajador 

de España ante la corte de 

Rusia. 

En su conjunto, la saleta 
amarilla tiene cierto ambien- 
te aristocrático, sellado con 
el prestigio de lo pomposa- 
mente señorial y velado con 
la pátina de lo antiguo. Sus 
tintes han palidecido; han 
adquirido ya ese tono suave 
y armonioso que imprimen 
los años, y que dejan en el 
oro viejo de los muebles, un 
polvo amarillo y perdurable. 

Antonio Pérez-Valiente. 




— i=>L7Vw^^ "v^i_n"í-?^^— 



C\RL(Z>S-n 




A Martin Re!b«l, 
criollo alsaciano. 



Con gloría escribo en francés el nombre 
de la niña más divina de las que festejé 
en Abacia- Lo rena. Yo tenia diez y ocho 
años y venia de París en viaje de estudio 
por todo el Este de Francia. Durante 
seis meses de vagabundaje intelectual, 
ora en tren, ora «pedibus cum gambis», 
me había familiarizado con la sublime 
catedral de Reims. la belicosa Chálons. la 
riente y pintoresca Bar-le-Duc. la formi- 
dable Toul. guarnecida de fuertes en al- 
tísimas rocas abruptas, cuyo solo aspecto 
le inspira a uno aplastante pavor. Nancy. la se- 
ñorial, que ostenta la joya de su maravilloso pala- 
cio ducal, me había hechizado también toda una 
semana. Por fin. después de una estada de bre- 
ves horas en Luneville. penetré por Avricourt en 
Alsacia mártir. 

¡Qué recepción. Dios mío! Yo. acostumbrado a 
la cortesía alegre, la natural afabilidad de los em- 
pleados franceses, me vi brutalmente interpelado 
por una especie de moloso. Ladrando, y con los ojos 
inyectados de sangre, me reclamaba los pasapor- 
tes como quien amenaza matar a uno. 

Todo esto porque llegaba de Francia y hablaba 
su idioma. ¿Tal vez. examinando mi bigote ya flo- 
reciente y mi juvenil apostura marcial, le había 
entrado la vaga sospecha de que pudiera ser un 
oficial en misión de espionaje? 

¡No! La grosería sistemática era norma impues- 
ta, en los territorios anexionados, a toda la buro- 
cracia prusiana. 

El primer lugar en donde me detuve fué Saver- 
na, cuyo nombre cantaba heroicamente en mi me- 
moria. Mi objeto principal era visitar el famoso 
castillo del cardenal de Rohan. prodigio de la ar- 
quitectura Luis XV. 

De la estación a la ciudad no había sino un cen- 
tenar de metros. Valijas en manos, franqueé el 
hermoso puente y la primera casa que yo vi osten- 
taba ya un pregón de libertad y un símbolo de re- 
beldía. Era. en efecto, el Hotel de Guillaume Tell. 

El dueño, gigante de barbas blancas, la dueña, 
diminuta mujer al lado de su marido, me acogie- 
ron con patriarcal bondad, y casi con entusiasmo 
mal disimulado, pues se les humedecían los ojos. 

— ¡Luisa. Luisa, ven pronto!. . . ¡Un señor que 
llega de Francia! . . . 

Y corriendo, palpitante de emoción, se me pre- 
sentó, visión inolvidable, riendo y sollozando a la 
vez. una deliciosa niña, todo un poema de diez y seis 
años. La raza galo-céltica, que es el fondo esencial 
de la familia alsaciana, la había dotado de fulgu- 
rantes ojos negros y de opulenta cabellera castaña. 
¡Monsieur. . . monsieur! . . . 

Era todo lo que acertaba a decir, con voz entre- 
cortada, la gentil criatura, embargada como lo era 
por todo un mundo de sueños patrióticos. 

Pero la madre tuvo una inspiració.i verdadera- 
mente sublime: 

- - Luisa, en la persona del señor, dale un beso 
a Francia a nombre de Alsacia y Lorena. 

Confusa y orgullosa a la vez, la dulce niña se 
precipitó en mis brazos y depositó en cada una 
de mis mejillas un casto y sonoro ósculo. Se lo de- 
volví generosamente y conservo aun en los labios 
la frescura perfumada de ese rostro candido como 
un lirio que pudiera sonrojarse. 

-- ¡Pon la mesa, Luisa! -- ordenó el viejo. - - 
¡El mejor mantel, los cubiertos de Pascuas, los vi- 
nos más añejos! El señor, supongo, — dijo, vol- 
viéndose a mi, - nos hará el honor de acompa- 
ñarnos a cenar. 

¡Qué alegría para esas buenas gentes y qué sa- 
tisfacción moral para mí! 

£>electable resultó la comida. ¡Esas truchas meu- 
niére, cuyo recuerdo aun me hace agua la boca! 
¡Y los vinos!... Blancos o tintos, eran dignos 
';J'":anes de tan sabrosos manjares. 

• ■; ,: a, casi todos los gastos déla 
■•■■ -'I - "inte, tuve que hacerlos yo. 




Suspensos de mis labios, los vie- 
jos, la niña y hasta la servidum- 
bre que escuchaba, ávida, desde 
el umbral de la cocina, todos oían religiosamente 
mis últimas sensaciones de París, mis comentarios 
sobre la situación política, mis entrevistas, en pro- 
vincias, con obispos, magistrados, generales y otros 
altos personajes, la infatigable acción del noble 
Dérouléde y su Liga redentora... 

— ¡Ah! la Liberación tarda mucho en llegar, — 
suspiraba tristemente el anciano. — ¿Quién sabe 
si tendré otra vez la dicha de empuñar mi fusil 
como en el 70?. . . 

A mi turno le rogué me contara algunos episo- 
dios de su campaña. Con toda sencillez, como si 
se tratase de aventuras de caza, me refirió ciertas 
hazañas suyas, que constituían toda una epopeya 
de valor sereno e indomable energía. 

Me habían reservado la pieza de gala. Amue- 
blada con patriarcal suntuosidad, me procuró la 
ilusión de no estar en un hotel, sino bajo el techo 
de parientes. Dormí triunfante, soñando en el al- 
ma ingenua de Luisa y la sana bondad ingénita de 
sus padres. ¡Siempre franceses en la idolatría del 
honor y de la dignidad! 

— Señor, son las diez. Como usted nos recomen- 
dó avisarle. ¿Prefiere usted café o chocolate? 

Quien tan maternalmente me despertaba era 
madama Wirtz, la dueña. 

Rápido me vestí y. una vez apurado el desayuno, 
anuncié mi propósito de visitar el castillo de Rohan. 

— Se ha convertido en cuartel, donde hacen de 
las suyas los hidalguillos (junkers) de Prusia. ¡Cui- 
dado con entrar, que le pueden hacer pasar un mal 
rato. . . por equivocación! 

— Ya que han profanado con su presencia, los 
vándalos, los principescos salones, me limitaré a 
contemplar la noble fachada del augusto monu- 
mento. No quiero ver lágrimas en los ojos de los 
Amorcillos que tejen guirnaldas de rosas traidoras, 
ni el espanto de las Pastoras interrumpidas en sus 
idilios por el ruido de crueles armas. . . De todos 
modos, quiero estudiar a Saverna en pleno día. La 
nieve ha dejado de esparcir sus mariposas y el sol 
brilla. ¡Qué paisaje de encanto! 

Ignoro si los esposos Wirtz y Luisa entendieron 
algo de mi lenguaje figurado, pero como yo llega- 
ba de París . . . 

Al retornar de mi excursión, noté con asombro 
que, a lo largo de la avenida, hombres de todas las 
condiciones sociales, mujeres y niños, se habían 
aglomerado y cariñosamente me saludaban en 
francés, con un entusiasmo interior contenido co- 
mo la fuerza de un volcán. 

Esa noche, como las siguientes, el «Guillaume 
Tell» se convirtió en un santuario patriótico. Mal 
o bien, todos los asistentes hablaban el dulce idio- 
ma de su dulce Francia y, sintiendo latir en mi 
pecho adolescente un corazón sincero, absorbían 
mis palabras como los robles de la montaña aspi- 
ran el aroma de la flor más humilde. 

Invitaciones me llovían de todas partes y, cosa 
sorprendente, Luisa reía de dicha al verme tan 
agasajado. Estábamos en plena semana de Navi- 
dad, y todos los elementos leales se empeñaban en 
que permaneciera hasta la ceremonia del Árbol. 

¡Inolvidable noche!. . . Después de la misa del 
Gallo, los notables y yo. Luisa también, especial- 
mente invitados, nos reunimos en casa del primer 



abogado de la ciudad. Abiertas de par en 
par las puertas del gótico salón, vimos en 
sitio de honor un magnífico pino de los 
Vosgos, deslumbrante de luces y bande- 
ritas tricolores. 

Empero había también un nacimiento.. . 
El niño Jesús, la Virgen, San José, el Asno, 
el Buey, todos llevaban cintas con colores 
franceses. En el Establo se había desliza- 
do, sin embargo, un intruso: un Chancho, 
y. detalle picante, lo habían adornado con 
os colores alemanes! . . . 

Honda emoción, impregnada de cruentos 
recuerdos y de imborrables esperanzas, nos 
embargaba a todos durante la fiesta, a pe- 
sar de las tradicionales libaciones. 

Al regreso, di el brazo a Luisa. Los pa- 
dres nos seguían a poca distancia. Aprove- 
ché el misterio de la noche propicia, toda 
sembrada de líricas estrellas, para declarar, 
temblando, mi amor. 

Gravemente me contestó Luisa: 
— En mucho aprecio sus elevados sen- 
timientos, porque entrar en una familia co- 
mo la suya seria para cualquier pobre niña 
como yo un ideal. Además, lo quiero de 
veras, porque usted ha despertado en mi 
un mundo de sensaciones poéticas que no 
sospechaba. Adoro sus versos y su modo 
de expresar, su vocabulario 
tan pulcro hace vibrar todo 
mi corazón de francesa. Yo 
lo quiero, pero no lo puedo 
^_^^ I .„. _^ querer sino como a un her- 

0''',,i(^^^L mano, porque estoy com- 
'"'"^ prometida con mi primo, que 

es suboficial en el ejército 
francés. Siempre he jurado no ser esposa sino de 
un militar. Y ruego a Dios me dé muchos hijos 
varones para que sean todos soldados y contri- 
buyan a la liberación de Alsacia y Lorena. 

- ¡Noble Luisa! — exclamé. — Tú eres verda- 
deramente la virgen fuerte simbólica de tu raza. 
Con el corazón destrozado te apruebo, te felicito y 
me pongo de rodillas ante el altar de tu heroísmo. 
Esa noche era la última que pasaba en Saverna. 
Temprano iba a tomar el tren para Estrasburgo. 
Nuestros besos de despedida fueron santamente 
fraternales y ambos, en medio de nuestras sonri- 
sas, llorábamos. 



Desde ese tocante episodio, habían transcurrido 
quince años. Me encontraba de nuevo en París, 
después de haber viajado por muchas tierras y sa- 
boreado el cáliz de profundas amarguras. 

Rubén Darío y yo estábamos platicando en la 
suave intimidad del Luxemburgo, frente a la 
fuente Médicis, do pían sentimentales, los gorriones. 

-- Mira, Rubén, a ese joven capitán que camina 
con muletas. Está sin duda en convalecencia en el 
hospital militar del Val-de-Gráce. ¡Qué linda mujer 
lo acompaña! ¡Y qué hermosos hijos!... 

El grupo se sentó en nuestro banco y, como con- 
versábamos en español, el oficial y su esposa se 
pusieron a hablar en dialecto con plena confianza. 

De repente oí esta frase: 

— A propósito, Luisa, ¿has recibido noticias de 
Saverna? 

Quedé fulgurado como por un rayo. Miré con 
disimulada atención. ¡Sí! era ella, mi Luisa, mi 
hermanita de Alsacia! 

Ante Rubén Darío, estupefacto de mi osadía, me 
dirigí al capitán, que lucia sobre el viril pecho la 
cruz de la Legión de Honor: 

Perdone, señor, mi indiscreción; pero usted 
acaba de pronunciar un nombre que evoca para mí 
un sagrado recuerdo. He vivido en Saverna ocho 
días de los más deliciosos de mi vida. ¿Podría dar- 
me informaciones respecto a la familia Wirtz, due- 
ña del «Hotel Guillaume Tell». 

-Con inmenso placer. Precisamente mi esposa 
es la hija. . . 

Pero Luisa ya me había reconocido y, levantán- 
dose, profundamente conmovida, gritó, llena de 
júbilo: 

¡Ah! Monsieur... Monsieur... Gastón, este 
es el señor de quien tanto te hablábamos, papá, 
mamita y yo. ¡Qué gloria para nosotros! 

Se irguió sin aparente dificultad el oficial, me 
hizo el saludo militar y, de repente, los dos nos 
abrazamos como viejos hermanos. 

Y Luisa me presentó a sus cuatro hijos, tres be- 
llos varones y una nena que prometía ser aun más 
seductora que la madre. 

Son mis sobrinos, — decía yo, cubriéndolos 
de besos. 

Y nada para su hermana Luisa, — reflexionó 
con cierta gracia picaresca el capitán. 

Y, como en Saverna. Luisa me tendió sus castas 
mejillas de santa mujer francesa... 

DIBUJO DE niRIO. 



^^'L'rr^^x- 



iflA''AARTA'ALDAO 
' DE'HILERET 



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RTA " ELENA 
SANTA/\ARiNA. 



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fotografías de van riel 




ESCENAS PINTORESCAS 



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EN EL MERCADO DE LA ASUNCIÓN 



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ELaVZVVDO 
DE.LÍXJI,. 

ttmCUVtOOS DSICXAM riAJS os UK IL' 



En aqiMUalwciiMa m»ft«ni de 
MptÑmbn (cuando ms diddi a 
la oooqaista de las Indias), 
tania yo veinte aiVos ¿e edad 
j sesenta duras en dinero: 
ka dacaenta para adqui- 
rir un pasa|e de tercera 
hasta San Juan de Puer- 
to Rico, y los otros diez 
para el resto de gastos 
y contingencias. 

Nunca vi reunido 
tanto ifinero en una 
sola mano. La idea 
de que portaba en 
mi boUUo sesenta 
duros, nae hada te- 
mer {antástioos ríes- 
eos, inverosimiles 
robos. Aun no esta- 
ba en moda la lite- 
ratura detectivesca 
ni el dne tenebroso 
se había inventado: 
pero mi imaginación 
sugería truculentas es- 
cenas en las que al- 
guien, con mirada mis 
terioaa. averiguaba c 
sitio de mi tesoro y me io 
arrebataba de alguna ma- 
nera, induso asesinándo- 
me. Por consiguiente, no 
pude dormir ni estar tran- 
quilo en todo el viaje desde 
San Sebastiln hasta Santander. 
Constantemente palpaba mi dine- 
ro, que iba envuelto en un fuerte 
papd y oculto en la parte interior 
del chaleco. 

Todo fui bien, sin embargo, y nadie 
intentó asesinarme. Cuando adquirí en San 
tander mi pasaje de tercera, creo que me 
senti aliviado de una pesadumbre; entregué 
los dncuenta duros en la agencia, compré 
un sombrero de paja en substitución de mi 
boina azul, y aliviado de tantos compromi- 
sos me lancé a vagar por la dudad. Corrí al 
puerto e hice que me mostrasen el buque 
que me llevaría a Puerto Rico. Allí estaba 
el vapor, chato y íeo. no muy grande, an- 
dado en la bahía Sólo tenía de bello el 
nombre: se llamaba María. Lo mismo que 
aqudla hermana mayor, tan buena, que yo 
quise tanto y que se murió en plena juventud. 
Entonces, al contemplar el buque que 
había de llevarme a la emigración dudosa. 
empecé a sentir la amargura de la nostalgia. 
Todavía no empezaba mi emigración, y ya 
d ser entero se me deshada en lágrimas. . . 
Me veia desarraigado de mi país, de mi fa- 
milia, de mis ilusiones; me consideraba como 
un individuo sobrante e inepto a quien se 
despide, quizá para siempre. ¡Adiós la tierra 
patria! Los amigos, las chicas rientes y codi- 
ciadas, los paseos soUtarios a la luz lunática, 
los versas escritos secretamente, los libros 
amados, la ilusión de gloria literaria . . . Todo 
se desvaneda en un momento, y yo no era 
más que un joven emigrante que se sumer- 
giría en faenas prosaicas y en una vida vul- 
gar de indiano. ¿Y era posible que mis pa- 
dres y hermanos hubieran consentido aque- 
lla ruptura transcendental? Las lágrimas sal- 
taron a mis ojos cuando consideré la ingra- 
titud de mí familia; me vi inmensamente 
abandonado... ¡y capdosamente olvidaba 
mi sentimiento que yo mismo, con mi terca 
manía de vagabundaje ultramarino, fui el 
iniciador y consumador de aquella aventura! 
El viento sacudía las jardas: la mar, grue- 
sa y espumante, daba al barco de proa y le 
hada balancear con un alto y majestuoso 
movimiento. El chi.'riar de las maquinillas 
rimaba con el sordo rumor del viento y del 
olaje, y los marinos, ágiles en la última 
maniobra, aferraban las anclas y recogían 
en ruedas los chorreantes calabrotes. La no- 
che caía densa y nubarrosa. Por el costado 
se dedizaban las luces de la dudad. Un gran 
alarido de la sirena anundó. por último, que 
entrábamos en la región del mar abierto. 

Mi baúl y mi maleta estaban, pues, den- 
tro del buque. Yo esuba dentro también, 
¡pero en qué estado miserable! Un enorme, 
un indedble mareo revolvía mis entrañas 
ha5-a •:'. -5-T:rio y golpeaba mi frente con 
- . Me habían dado una li- 
. de proa, hecha de lona 
^qu^i pequeño e mverosímil ca- 
.' -•• - ; -oíamos dormir los cuatro pasaje- 
expedición y otros cuatro tripu- 
. Mi litera colgaba allá arriba, pegante 




lame 



al techo, y para trepar hasta ella necesitaba 
realizar un complicado ejerddo gimnástico. 



¡Qué 
horribles 

paredan las " - «^ 

bascas del mareo 
en aquel exiguo cama- 
rote y aquella angosta litera 
balanceante! El tufo de humanidad, el olor 
a brea, el repugnante hedor de grasas, todo 
venía a complicar la angustia de mi estó- 
mago débil y desgraciado. A veces, por el 
agujero de cristal, abierto como un ojo en 
la banda, veía asomarse una alta ola, cuya 
espuma rezumaba después largamente sobre 
el cristal lloroso. 

De pronto oi sobre cubierta, y en la misma 
proa, un tumulto feroz. Voces airadas, blas- 
femias, gritos de mando, jadear de hombres 
agarrados en riña... En la semiestupidez 
de mi mareo, en la sombra de la noche nu- 
barrosa. alcancé a ver el relámpago, el ful- 
gor siniestro y fugaz de la hoja de un cuchillo. 

— -¡Amarra! ¡Amarra!... 

Era el capitán del buque, hirsuto y rechon- 
cho vizcaíno, que con jadeante y rencorosa 
voz ordenaba a su gente el secuestro y cas- 
tigo del culpable. 

Al día siguiente me enteraron del drama. 
Uno de los marineros, vascongado como el 
capitán, había subido borracho a bordo. Era 
un arrogante mozo, joven y un poco petu- 
lante, que en la vida de los grandes puertos 
adquirió sin duda las mañas y los ademanes 
del valentón. Acaso el capitán no era una 
persona muy generosa ni simpática. Lo cier- 
to es que el marinero encontró la ocasión 
propicia para liquidar agravios antiguos. 
Trabáronse a reñir, y faltó poco para que el 
capitán se encontrase con el pecho agujerea- 
do. En cuanto al marinero valentón y beodo, 
ejecutivamente y sin 
melindres fué amarra- 
do al palo trinquete, 
para que la noche, el 
viento y la lluvia le 
refrescaran la cabeza. 

Desde el día siguien- 
te acomodé mi vida a 
las costumbres de a 
bordo, y desvanecido 
ya el mareo, resigna- 
do con mi suerte, pro- 
curaba buscarme un 
poco de felicidad en 
aquel reducido mundo 
balanceante. La obs- 
cura costa del Cantá- 
brico nos acompañó 
por la banda de ba- 
bor algunas horas. 
Hídmos escala en La 
Coruña. y luego, defi- 




niti- 
vamente, 
nos arriesga- 
mos en la larga 
travesía del Atlántico. 
Trabé amistad con mis com- 
pañeros de camarote. Uno era un mulato de 
Puerto Rico, especie de gandul, joven y 
grande, que hablaba siempre un lenguaje 
obsceno saturado de exageración tropical. 
Debió de considerarnos un poco ingenuos y 
excesivamente virtuosos, porque nos aban- 
donó en seguida; se iba a la parte de popa 
y al entrepuente, donde los pilotos, maqui- 
nistas y cocineros acosaban a una pobre 
mujer con esa excitación repugnante que 
se apodera de las gentes en las largas tra- 
vesías de mar. 

Mis verdaderos amigos eran dos mucha- 
chos del valle de Baztán. Uno parecía un 
hidalguete de aldea, fino de facciones y bien 
portante; hartos de verle malgastar los años 
en la plaza y los caminos de Elizondo, sus 
padres lo enviaban a Puerto Rico. El otro 
era un pastorcillo vivaz, ambicioso y enér- 
gico. Marchaba recto a la conquista del oro, 
y a estas horas, seguramente, será un sefior 
barrigudo que consultará las cotizaciones de 
los Bancos. 

Nuestra distracción más amena consistía 
en asomarnos a proa, cuando llegaba la no- 
che, y ver atenta y maravillosamente la fos- 
forescencia de las aguas tropicales. La punta 
recta del buque hendía el mar y lanzaba a 
los costados dos masas burbujeantes de es- 
puma; y las espumas entonces, bajo la calma 
densa y penumbrosa de la prima noche, lle- 
nábanse de constelaciones milagrosas, de fós- 
foros ondeantes, de cavernas rápidas y en. 
cendidas, como bocas 
de los antros donde 
viven las hadas. 

Otras veces nos re- 
feríamos nuestras vi- 
das y alzábamos el velo 
de nuestras ilusiones. 
Pero aquellas almas 
simples concluían por 
fatigarme. Y mi recal- 
citrante pasión solita- 
ria me hacía buscar el 
ángulo más escondido, 
en las serenas tardes 
luminosas y allí encon- 
traba a los buenos 
compañeros: los libros. 
Ya mi familia me lo 
advirtió: «Nada de lec- 
turas que distraen; de- 
ja los libros de una vez 
y hazte hombre. . . » 



Pon.joj'E 

iALAYEMm 



Pero yo pude deslizar en mi maleta 
tres o cuatro volúmenes. Había 
un tomo empastado que yo esti- 
maba mucho; era una colección 
de ensayos de Macaulay. Los 
que se referían a Grecia y a 
la Florencia de la época del 
Dante me gustaban extra- 
ordinariamente y los re- 
leía siempre con entu- 
siasmo. Leídos entonces 
en pleno Atlántico, en 
la serenidad de aque- 
llas horas inefables, 
tenían para mí un 
nuevo sabor sublime 
y evocaban en mi 
espíritu tiempos y 
civilizaciones de be- 
lla y heroica vida. 

Otro libro pude 
meter en mi bagaje. 
Tan pequeño, tan 
poco voluminoso, que 
fácilmente lo escon- 
día en mi bolsillo. ¡ Ah, 
el diminuto y mano- 
seado libro, tosco y en 
/ rústica!. . . «Parerga y 
Paralipomena», decía el 
titulo; y era su autor el 
detonante Schopenhauer. 
¡Cuántas veces recorrí 
sus páginas, desde la cabeza 
hasta el pie! Las márgenes 
del libro tentador estaban lle- 
nas de cesuras, observaciones y 
llamadas. Y en mi mente que- 
daba claro el recuerdo de la pri- 
mera lectura, ¡aquella lectura catas- 
trófica, decisiva, verdadero terremoto 
moral, en que mi espíritu pensaba a cada 
frase que estaba operándose un milagro, por- 
que parecía que aquellos pensamientos se 
habían escrito expresamente para mi, o que 
los había escrito mi otro yo, más culto y 
discursivo que yo mismo! . . . 

¿Cuánta parle de culpa le cabía a Scho- 
penhauer en aquel viaje que yo emprendía 
entonces? Lo cierto es que el «Parerga y 
Paralipomena» produjo en mí una inmensa 
revolución moral; cuando salí del primer 
asombro, observé que mi espíritu se habia 
complicado con una imprevista agregación; 
un orgullo íntimo, una confianza en mi mis- 
mo, una protesta soberbia contra la volun- 
tad rebajadora y diminutiva del vulgo se 
alzó dentro de mí, sin duda con cierto exceso 
juvenil. Y mediante el «cataclismo sohope- 
nhaueriano», inmediatamente me propuse 
conquistar el nervio del orgullo; el dinero. 
¡Sería independiente, dueño de mis días y 
mis gustos, separado del vulgo, con opción a 
una vida elevada como la de Grecia y Flo- 
rencia! Hacía falta dinero . . . Está bien; unos 
cuantos años en Puerto Rico me darían la 
posesión de la modesta fortuna que yo nece- 
sitaba. 

Pero en la tarde luminosa y serena del 
Atlántico, levantaba a veces mis ojos del 
libro tentador, y con espanto pensaba: 

«¿Cuántosaños me bastarán para ganar esa 
modesta fortuna que necesito? ¿Cinco añosr' 
¿Tal vez diez años? ... Y después de una vida 
de comercio, de grosería y de tratos vulga- 
res, ¿conservaré todavía la flor poética y 
virgen de mis ideas, de mis sentimientos y 
propósitos? ¿No me habré convertido en un 
infame hombre vulgar?. . . 

Cuando pensaba esto ¡hubiera querido vol- 
verme atrás, huir con el tesoro de mis sue- 
ños, defender mí vida contra la amenaza de 
aquella perspectiva de pedestre indiano.' Pero 
el buque seguía su marcha inflexible. En- 
tonces, en lo más secreto, me prometí pasar 
lo más rápido posible por encima del tor- 
mento de loi emigración. ¡Y de este modo 
operaba sobre mí el viejo Schopenhauer, in- 
fundiéndome un gran vuelo de huida al prin- 
cipio, para separarme después del camino de 
la voluntad ejecutiva! 

En fin. una mañana vimos alzarse la som- 
bra de las montañas de Puerto Rico, entre la 
masa de nubes caliginosas. En la playa, unos 
cocoteros, con su gracia sensual, me revelaron 
el signo y el tono exótico de la América so- 
ñada. Luego se aproximó la barca del prác- 
tico; desde cubierta, muy abiertos los ojos, 
veía yo los remeros, cuyos dientes, puestos 
al descubierto por la sonrisa pueril de la 
raza, blanqueaban extrañamente en los ros- 
tros negrísimos. . . 



Madrid, diciembre 1917. 



DIBUJO DE SIRIO. 



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XXI rvrz>y\— 



iS'fcw-.-. 




■^««"^Wsjv. 



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n^. 



El amigo paraguayo me dio todos los porme- 
nores que yo le pedí sobre la vida y costumbres 
del pintoresco vendedor. 

« Puede afirmar que es un oficio fácil. El ven- 
dedor de loros se encamina al bosque y en el 
árbol más gritón arranca la rama más llena de 
loritos. Después la tercia sobre el hombro, procu- 
rando guarde perfecto equilibrio aquella balanza 
de la charlatanería. 

« El guaraní llama loro al loro, a la cotorra 
no se qué, al árbol favorito de loros y cotorras le 
dice. . .; pero será mejor suprimir los vocablos in- 
dígenas porque sino el articulo de costumbres que 
usted fragua, va a llenarse de voces ininteligibles 
como el palo del vendedor. 

« Hablemos de la mercadería antes de pintar al 
comerciante. El loro y su cónyuge la cotorra, a 
quienes la gente quiere enseñar lenguaje, fueron 
los Berlitz del hombre cuaternario. Todos los gri- 
tos, silbos y rumores del bosque los encontró co- 
leccionados en aquel diccionario de tapas verdes. 
Antes de que el chisporroteo del hogar alegrase 
las cavernas, el chirrido «cotorril» las hacía habi- 
tables. Quizás de ahí vengan las sinónimas cota- 
rro y cotorro. El loro enseñó al hombre la sílaba 
«st», raíz de una innúmera familia de vocablos. 
<'St», «ohist» o «chirrist», es el alerta del loro: lo 
exhala cuando alguien quiere tocarle, cuando se 
dispone a pedir la papa. Y por eso, el hombre 
primitivo decía «chist» para llamar, para imponer 
silencio, para revelar su presencia. «Sta», «chist», 
<'wihit» y todas las voces primitivas en las que la 
s y la t se unen, fueron patrimonio lingüístico de 
los cazadores y guerreros; el léxico de la vigilancia, 
del pavor, de la precaución. Entre ellas y el «aler- 
ta está», de nuestros centinelas, hay poco trecho. 
Se me olvidaba decirte que el «chist» fué también 
expresión de alegría convertido en «chistes el loro 
es y era muy chistoso. 

<i A la imitación verbal la castigó la naturaleza 
emplumándola con plumas verdes. Sobre el ba- 
lancín que el vendedor sostiene sobre su hombro, 
las cotorras imitan antipáticamente todo lo imi- 
table, y, aferradas sobre las patas de presa, infla- 
das de cursilería y vanagloria, se contonean. Ya lo 
dijo el vate, al pintar la figura de un seudopoeta: 

En millones de arrobas de cantares 
ha disuelto un adarme de poesía 
y un gramo de ridículos pesares. 
Parece una cotorra tonta y fría 
que, so el poder de los divinos Lares, 
pena de plagio y de ñoñez expía. 

« Desde hace siglos, el hombre enseña idiomas 
al loro, como si deseara vengar la mudez de los 
abuelos trogloditas. Así acuchilla, y vende de paso. 
a su maestro. 




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« Antipático resulta ese pajarraquito testarudo, 
antecesor del gramófono. Un loro es una pesadilla 
con pico corvo y patas ganchudas. Si Zeus hubie- 
ra odiado verdaderamente a Prometeo, hubiera 
encargado al loro la tarea de comerse el hígado 
del titán. El dolor y el fastidio habrían hecho pe- 
recer al benéfico semidiós, arrepentido de su fi- 
lantropía. 

« El vulgo atribuye conciencia y pensamiento al 
loro. «Hablo, luego soy», parece afirmar el pájaro 
cuyas actitudes tienen algo de solemnes y medi- 
tadas». 



« En cuanto al mercader de la verde mercadería 
— prosiguió mi amigo - puede decirse que es per- 
fectamente absurdo. Vender loros y cotorras en el 
Paraguay, viene a ser algo así como juntar puchos 
en La Habana. En las selvas de allí y en las del 



Brasil está el dilatado pa- 
raíso de los loros. A fuer 
de buenos plagiarios son 
ladrones; roban la fruta, 
los granos y la paciencia. 
« Por esta causa, el ven- 
dedor ambulante de loros 
es un ser benéfico; si el 
público le ayudase en esa 
labor de exportación, pron- 
to la República quedaría 
libre de gritos. Yo creo 
que el espíritu revolucionario tal vez debería ele- 
gir al loro por animal heráldico, y más si se tie- 
ne en cuenta que esto de las revoluciones es imi- 
tación, pura imitación. 

« ¿Vende loros el vendedor de loros? He aquí un 
problema aun no resuelto. Yo nunca le he visto 
hacer transacciones. Acaso este comerciante, con- 
tagiado por el instinto de su mercancía, parodie 
a los comerciantes de verdad, es decir, juegue al 
juego de la venta. 

« De pura raza india, de cutis sombrío que con- 
trasta con el escandaloso verdor de sus pupilos, 
pasea y pasea, pregonando sobriamente. Cuando 
la rama queda vacía, vuelve al bosque y busca 
otra bien llena. 

« Tenemos, pues, un símbolo a hombros de otro 
símbolo, ambos viejos, expresivos: el indio y el 
loro. La raza que se va, que se extingue encerrada 
en nuestras ciudades donde no encuentra libertad 
ni aire, obligada a vivir traficando con la imi- 
tación. El ave que no es ave ni hombre, el paja- 
rraquito charlatán y menudo como una comadre, 
especie de bruja en pena. 

« Usted, yo y todos los que vivimos de la negra 
pluma, aceptemos como símbolo esta pareja: el 
indio y el loro. Nadie mejor personificará nuestro 
destino. Como si fuesen ramas elegidas en el bos- 
que, llenamos las líneas de los libros y de los pe- 
riódicos con vocablos que forman ideas. Y tales 
ideas son incansables repeticiones de todo cuanto 
los humanos labios están repitiendo desde hace 
siglos y siglos. Varía la ocasión y el lugar, las 
personas y las cosas: pero nosotros proseguimos 
entonando las mismas cantatas en busca de la 
papita del loro, a cambio de decir cosas que cree- 
mos nuevas bajo un sol incapaz de alumbrar no- 
vedades, como tan bien lo expresaba Salomón 
en latín macarrónico. 

« Usted, hostigado por el afán de originalidad, 
quiere llenar espacio haciendo primores, a pro- 
pósito de un vendedor que vio desde lejos. Toda 
mi ciencia cotorril la puse a su disposición; lo 
demás lo puede extraer ya hecho de las páginas 
de una enciclopedia, donde se le concede al loro 
una importancia que no tiene. 

« No me hable más del estúpido animalito a 
quien yo haría sordomudo o, por lo menos, le con- 
cedería alas de águila que lo remontasen hasta los 
elevados desiertos de la atmósfera, hasta esa al- 
titud donde explotan los globos y no se oyen 
los chirridos del gramófono.» 



Eduardo del Saz. 



DIBUJO nn ALONSO. 



r=, >v'LT^K3>x— 





^^^ Hay que suponer 

^c^^t^ que, toda persona 

• - 'f que se lanza a la ca- 

lle pregonando la 
mercadería que 
transporta, lo hace 
con el propósito de 
venderla, ¿verdad? 
Pues. no. señor. Yo 
he tenido que con- 
vencerme de que tal 
suposición es erró- 
nea. La mayoría de 
las personas que lle- 
van por la calle ca- 
nastos, bolsas, ces- 
tas, etc.. ygritan.no 
son vendedores am- 
bulantes, como ge- 
neralmente se cree; 
deben ser personas que se dedican a un nuevo 
sport que no conozco, o que realizan el cuplimien- 
to de un voto o la fórmula de algún rito que 
tampoco conozco. 

Y hago esta afirma- 
ción porque he tenido 
verdadero empeño en 
averiguar la relación 
que pueda existir en- 
tre el grito que lan- 
zan y la mercadería 
que venden, y nunca 
hepodidoencontrarla. 
He tenido necesidad 
de perseguir al mar- 
chante, tomar al oído 
el pregón y luego, ma- 
terialmente, meter las 
narices en la cesta o 
el canasto para averi- 
guar de qué se trataba. 
¡A mi que no me di- 
gan! Entre vendedor 
y comprador debe existir una clave más compli- 
cada que la que emplea la diplomacia: de otro 
modo seria imposible establecer el mutuo cono- 
cimiento y los vende- 
dores ambulantes hu- 
bieran desaparecido o 
habrían cambiado la 
forma de anunciar la 
mercancía. 

Y como todo cuanto 
aquí digo es de fácil 
comprobación, invito 
al incrédulo a fijar su 
atención en los pregones 
y no habrá uno que 
aclare el enigma como 
no vea por sus propios 
ojos de lo que se trata. 
Para esta investigación 
hay que poner en acti- 
vidad, por lo menos, 
dos sentidos: si ejercita 
uno sólo, pierde el tiem- 
po miserablemente. Más 
aún: me ha ocurrido el caso de ver lo que se pre- 
gona, he escuchado el pregón y me he dicho en 

el acto: no puede 
ser; una cosa no 
tiene ninguna re- 
lación con la otra. 
Y he mirado con 
recelo al vendedor, 
llegando a sospe- 
char si sería un 
espía alemán.. 

Pero no; es que 
seguramente no es- 
toy en el secreto, 
porque la comuni- 
cación entre ven- 
dedor y compra- 
dor está preesta- 
blecida y se en- 
tienden; el que no 
o entiende soy yo. 
Fíjense, fíjense 
y verán. 



OSeTEPví/Ac: ION B eT 

Inútiles/' ^^ 






CAl4LEcJEK.O.r 



— *¡I-ce-ri-ce-ri-ce-riii . . . schó/» 

¿Saben ustedes que quiere decir esto? Ciruelas. 
El que oiga el grito y. como yo. no se asome 
al canasto, ¡en seguida sabe que son ciruelas! 
Otro caso: 

-- *¿A bental-paqué-tamani h 
Traducción: A veinte el paquete de maní. 
Vean, vean este otro: 

— *¡Lemonátalemoná-tagasó!i> 

A la fija, dirá cualquiera, este es un producto 
japonés. Pues no. señor, que es: Limonada, Limo- 
nada y gaseosa. 

Y este, que si no es vasco le anda raspando: 
«I Gurú-badida-da-sedá-echamanó.'o, y que 
puede cantarse muy bien con música de zortzico, 
quiere decir; Corbatitas de seda hechas a mano. 
«¿Bay-nebaineda/» Peines y peinetas. 




¿Y qué me dicen de este otro, que parece una 
dignidad china? 

- vjKamandarí!» Pues son... naranjas manda- 
rinas. 

— «/Gamaró-negamaró/» Camarones. 

— o/Luramí-lode-cami . . ./>> El ramito de jaz- 
mines. 

— «¡Boy. . . teterére! . . . Bollitos tostados. 

Y ahí van tres pregones, que deberían pertene- 
cer a la misma familia y no tienen ni aire de ella. 
"¡O... quinta!'} — Corvina. 

- ¡Frushca... frushcaf ...— Pescado fresco. 

- "¡Boo. . . ooh! . . . ¡Boo . . . ooh! — Pescado. 

Como se ve. los tres gritos anuncian pescado, pe- 
ro el que intente averiguar porqué el mismo ar- 
tículo se anuncia de manera tan diversa, tiene pa- 
ra rato. ¿Por qué no se pondrán de acuerdo? 

Otro caso que. a pesar de mi empeño, sigue en 
el misterio. Un individuo con aspecto de vendedor, 
llevando una bolsa vacía debajo del brazo, grita 
de puerta en puerta: 
- ¡An araba! 

He mirado en todas direcciones para encontrar 
la mercadería reveladora y . . . ¡nada! No había ab- 
solutamente nada que denunciara la cosa. El ven- 
dedor ha seguido tranquilamente metiendo la ca- 





-^^ 



beza en los zaguanes y 
gritando: 

- ¡A narabá! 

Y me he quedado con 
las ganas de saber que 
es A narabá. 

Los casos apuntados 
y otros que no recuerdo, 
me obligan a preguntar- 
me: ¿Habrá en todo esto 
un misterioso secreto 
que no acierto a pene- 
trar? ¿Será que la prác- 
tica habrá demostrado 
que pregonando con cla- 
ridad se vende menos, 
o no se vende? ¡Vaya 
usted a saber! 

En esta forma de 
anunciar hay tres ex- 
cepciones: El afilador, 
con su siringa de fau- 
no, lanza escalas cromáticas y. ya se sabe, por la 
fuerza de la costumbre, que no es el dios Pan pre- 
cisamente, pero es el afilador. El vendedor de he- 
lados, con su bocina 
que recuerda los anti- 
guos conductores del 
tranvía; y el triángulo 
del barquillero. Lo 
que no he podido oir 
todavía es un con junto 
de ese terceto, pero 
valdría la pena. Si cree 
«El Diapasón» que 
puede aprovecharse la 
idea, que la aprove- 
che. 

En pro del mejora- 
miento de las costum- 
bres, propongo a los 
vendedores ambulan- 
tes una modificación: 
apliqúese a los prego- 
nes música conocida y 
apropiada y me pare- 
ce que saldrán ganan- 
do, pero a condición de que se entienda la letra. 
Vaya un ejemplo: 

Música del tango «Cara sucia»: 

«Camarones, camarones, camarones, 
queseacaban ahora mismo de pescar.» 

Aunque se hayan pescado dos 
meses antes, para el caso no 
importa. 

Con música del «Tango Ar- 
gentino»; 

«E! ramito de jazmines...» etcétera. 

Y este otro, que no hay que 
decir que música le cuadra, por- 
que salta a la vista: 

«Muy rica trae el marchante 
la naranja mandarina, 
será fina, será fina. . . » 

Y el comprador, para salir de 
dudas, prueba una, se cerciora 
si es fina o no es fina. . . y ya 
está. 

Para todo esto, naturalmente, 
habrá que contar con el beneplácito de la «Socie- 
dad de Autores», porque se corre el riesgo de que 
quieran cobrar los derechos de autor o prohibir la 
entrada a los vendedores en los teatros nacionales 
y sería una grave contrariedad. Pero conseguido 
el permiso correspondiente, nada hay que se opon- 
ga, pues yo. 
por mi parte, 
renuncio, des- 
de ya, a los 
derechos que 
puedan co- 
rresponderme 
por la inicia- 
tiva. 

Antonio 

CaÑ AMAQUE. 



dibujos de 
Alvarez. 






^^t /ri-^'yX- 



En el amplio parque de ia 
Villa Augusta, sentadas en 
cómodas sillas de Viena pin- 
tadas de blanco, bajo los es- 
beltos pinos que han hecho 
famosa dicha residencia ve- 
raniega, Eulalia, Lydia y 
Clotilde sostenían una plá- 
tica animada. Comentaban 
el último acontecimiento im- 
portante: Eulalia acababa 
de romper su compromiso 
matrin^onial con Carlos Fi- 
guerella. el hijo del célebre 
banquero. 

Clotilde y Lydia. que no 
llegaban aún a los veinticin- 
co años, eran dos hermosas 
morenas, casadas poco tiem- 
po antes casi simultánea- 
mente. Lydia tenía los ojos 
verdes con raros matices do- 
rados, desmesuradamente 
abiertos, que parecían absor- 
tos en la contemplación de 
una trágica dicha presenti- 
da. En los momentos de 
emoción aquellos ojos mira- 
ban ofreciéndose, semejan- 
tes entonces a dos profun- 
das promesas de felicidad. 
En Clotilde lo que llamaba 
la atención era la boca. Era 
una boca pequeña y rosada 
que rechazaba toda compa- 
ración. Ninguna flor era tan 
bella, ninguna seda tan sua- 
ve, ninguna piedra preciosa 
tan igual y Juciente en el co- 
lor, ni fruta alguna tan ape- 
titosa y provocante. Era, 
además, una boca elocuente. 
Había más expresión en 
aquellos labios finos que en 
las pupilas espléndidas de 
Lydia. En el rostro tranqui- 
lo de Clotilde aquella boca 
de excepción producía un 
efecto diabólico. Gracias a 
ese contraste, hijo de uno 
de los momentos en que la 
naturaleza se equivoca, Clo- 
tilde era una de esas muje- 
res que inspiran extraños 
temores a los hombres super- 
ficiales y que después, en el 
hogar, resultan divinamente 
buenas. 

Eulalia era una magnifica 
rubia de veinte años. Delga- 
da, alta, sin un ángulo, su 
cuerpo de euritmia perfecta 
tenía la gloriosa asensuali- 
dad de los seres sobrenatu- 
rales. Todo en ella se conformaba al tipo de 
la mujer seráfica: los ojos azules llenos de 
inteligencia. la boca exigua y graciosa, la 
nariz severa y un tanto movible y el aire 
grave sin afectación. La cabellera azafrana- 
da y abundante, de un brillo fantástico, tra- 
zaba un marco de luz a la belleza inau- 
dita de la cara. Era una joven nacida para el 
sacrificio, para el heroísmo, para dar la vida 
con alegría, en un ímpetu, por el hombre 
amado o por la fe sentida. 

- Hablemos claro — exclamó Lydia en el 
tono imperativo que la distinguía.- ¿Por 
qué rompiste con Carlos? 

- Por la sencilla razón de que no le que- 
ría - fué la respuesta de la interrogada. 

No me satisface dijo Clotilde. - - ¿De 
modo que necesitaste tres años de noviazgo 
para darte cuenta de que no le amabas? 
¿Tan lenta eres para conocer tus sentimien- 
tos? 

— He precisado tres años y me felicito. 
Peor habría sido que hubiese hecho después 
de casada tan terrible descubrimiento. 

¿En qué circunstancia penetraste en el 
fondo de tu corazón? ¿Qué suceso te reveló 
tu desgracia? Porque es una desgracia no 
amar al hombre para quien una ha sido 
durante tanto tiempo la más dulce promesa 
y la mejor esperanza. 

Estas palabras, pronunciadas por Lydia, 
tuvieron la virtud de herir hondamente a 
Eulalia. Cambió de posición en la silla, 
haciendo un movimiento como si quisiera 
acurrucarse, como si intentara recogerse en 
sí misma. Quedóse luego inmóvil, con la mi- 
rada fija a la distancia, en una actitud extra- 
ña que bien pudiera ser la de la estrella de 
la contemplación o la de la timidez. 

— Si es un secreto — - murmuró Clotilde — 
guárdalo, Eulalia, no lo cuentes. Te cono- 
cemos demasiado para creer 'que se trate de 
algo que afecte tu buen nombre. 

Esta frase produjo en la rubia deliciosa 
el efecto de una puñalada. Sin embargo, 
mantuvo su hierática quietud. La mujer que, 
cuando se le solicita una confidencia o en el 
amor, vacila, está derrotada. La duda en 
tales instantes implica el vencimiento. Sólo 
un acontecimiento imprevisto, ajeno a la 
situación, puede salvar a la víctima. Tal 





PCDRO ^©NDeReCJ 



acontecimien- 
to no se pro- 
dujo en el caso 
de la doliente 
Eulalia. 

--Sabréis — 
empezódicien- 
do la triste 
vencida que 
siempre he es- 
tado enamora- 
da de una ilu- 
sión. Un hom- 
bre ideal, adornado de cualidades heroicas y 
con facciones enérgicas y hermosas, con ras- 
gos típicos reveladores de una perseverante 
voluntad de dominios, ha ocupado siempre la 
parte más noble de mi espíritu. Es un hom- 
bre que yo tengo la convicción de haber vis- 
to y de haber amado. Y no precisamente en 
sueños. Lo he visto y lo he amado en otro 
mundo, en otro momento de mi existencia, 
en un instante de mi vida que yo debo ha- 
ber olvidado. ¿Es esto locura? No lo sé. 

Hizo una pausa como para ordenar sus 
recuerdos. Lydia comentó: 

— Esa es una consecuencia de la lectura 
de novelas. Es el príncipe de hermosura 
irreal con que sueñan las muchachas cuando 
despiertan al amor. 

--No. Jamás he leído novelas. No me 
agrada ese género de literatura. La realidad 
es más interesante que el mejor producto de 
la imaginación cuando se sabe vivirla hon- 
damente. La mejor novela es nuestra pro- 
pia existencia y la existencia de los que nos 
rodean. Esta tiene al menos el sublime vigor 
de las cosas verdaderas. La vida es trágica. 
Hay más dolor a veces en una lágrima que 
en un pistoletazo. 

— No te apartes de tu relato — insinuó 
Clotilde, curiosa. 

■ Cuando conocí a Carlos Figuerella — ■ 
continuó narrando Eulalia, — creí haber ha- 
llado en él algo del ser extraordinario de 
quien estaba enamorada. No sé qué había 
en su rostro que me recordaba a mi vieja 
ilusión. Como veis, no amaba en él sino a un 
recuerdo. Me pareció sincero y acepté sus 
ofrecimientos apasionados. Al principio me 
di a pensar que Carlos cometía una usurpa- 



ción. En oca- 
siones me cau- 
saba la misma 
impresión que 
me produciría 
un audaz que, 
fingiéndose mi 
padre, me ro- 
bara un beso 
en la sombra. 
Ese pensa- 
miento me fué 
abandonando 
poco a poco y acepté a Carlos, acostum- 
brándome por fin a la idea de unirme a él 
en matrimonio. De tarde en tarde, sin em- 
bargo, me acordaba de mi antiguo amor 
perdido y sufría una especie de remordi- 
miento. Mi cariño a Carlos era casi una 
infidelidad. En cierta oportunidad este sen- 
timiento alcanzó a ser una tortura insopor- 
table. Sabéis vosotras que en esto tengo yo 
creencias bastante raras. 

— Así es — afirmó Lydia. — Un día me 
sostuviste que la mujer casada que peca con 
el pensamiento quita la verdadera paterni- 
dad a sus hijos. Eres una muchacha excep- 
cional. 

— Pasó el tiempo — siguió la narradora. 
— - Yo me había habituado a Carlos y hasta 
llegué a suponer que le quería. Pero una ma- 
ñana, ayudando a mi madre en la limpieza 
de un mueble viejo, encontré en el fondo ds 
un cajón un retrato amarillento, recortado 
de una revista. Al verlo, lancé un grito. Aquel 
retrato era el del hombre que yo había amado 
en esa otra vida a la que su recuerdo, y sólo 
su recuerdo, me unía de modo indestructible. 
Mi madre, inquieta, me preguntó qué me 
pasaba. Después de un prolongado silencio, 
durante el cual mi alma experimentó una 
revolución, un cambio total y definitivo, in- 
terrogué a mi madre: <'¿De quién es este re- 
trato?') Palideció ella y yo insistí, cruel: 
«¿Por qué te alteras?» Hizo ella un esfuerzo 
y repuso, suspirando: <<Es una historia breve, 
pero intensa. Una noche estábamos en la 
Opera, tu padre y yo. Escuchábamos a Ta- 
magno. De repente, en momentos en que el 
inolvidable tenor cantaba una romanza emo- 
cionante, alguien en un palco vecino sufrió 



un síncope cardíaco. Tuve 
tiempo de contemplarle a 
mi satisfacción. Era un hom- 
bre joven, de rasgos pronun- 
ciados que revelaban volun- 
tad y talento. A pesar de su 
actitud de vencido por el 
mal, se adivinaba que aquel 
hombre era capaz de domi- 
nar a! mundo. Tuve un mi- 
nuto de pasión fanática. 
Afortunadamente, para di- 
cha mía y de todos, el joven 
murió aquella noche. Yo 
guardé su retrato, que re- 
corté de una mala publica- 
ción mensual. Pero. . . ya lo 
había olvidado». 

Lydia y Clotilde escucha- 
ban con interés creciente. 
Sus almas, hasta entonces 
puras, no concebían aquellas 
complicaciones. 

- Tras una rápida medi- 
tación prosiguió Eulalia - 
pregunté a mi madre: «¿Ha- 
bía yo nacido para enton- 
ces?» Ella contestó: «Naciste 
cinco meses después». No 
volvimos a hablar del asun- 
to. No podéis imaginaros el 
cúmulo de pensamientos 
que en ios días que siguieron 
a aquella inaudita confiden- 
cia pasaron por mi mente. 
Estuve enferma. Pasé una 
semana recluida en mi dor- 
mitorio y sin querer ver a 
nadie. Aquel hombre, muer- 
to hacía veinte años, era el 
amante cuyo recuerdo ocu- 
paba mi corazón completa- 
mente. Mi pena era honda y 
sin consuelo. Yo había here- 
dado una pasión sin espe- 
ranzas; estaba enamorada, 
estoy enamorada de una 
sombra. ¿De modo que el 
idilio vivido en otra vida 
inescrutable se reducía a 
una dolorosa remembranza? 
Jamás desesperación alguna 
igualó a mi desesperación. 
Nada es más triste que pa- 
sar por el mundo habiendo 
perdido la más dulce, la más 
grande, la más bella de to- 
das las ilusiones: ser amada 
del ser que se ama. Sufrir 
los pesares ingentes del amor 
sin haber conocido al bien 
amado, es espantoso... 
¡Dios mío! . . . ¡Dios mío!. . . 
Hundió la desdichada el 
rostro entre las manos. Ni Lydia ni Clotilde 
se atrevieron a pronunciar una palabra. 
Ellas no comprendían la extraordinaria psi- 
cología de la rubia encantadora, pero adivi- 
naron la intensidad de su dolor y lo respe- 
taron. El silencio en este caso era un divino 
homenaje. Eulalia continuó, después de un 
rato: 

— Cuando me sentí con valor, escribí a 
Carlos, manifestándole mi deseo de hablar 
seriamente con él. Celebramos nuestra en- 
trevista, la última, en el jardín de mi casa. 
Entré bruscamente en materia. Le dije que 
era necesario que rompiéramos nuestro com- 
promiso, porque me había convencido de que 
no le amaba. Doliente, casi con lágrimas 
en los ojos, me preguntó los motivos de 
mi resolución. Había pensado ahorrarle la 
pena de una explicación; pero, al advertir su 
cobardía, sentí hacia él un poco de despre- 
cio, y me animé. Fué una a manera de exal- 
tación. «No te amo — grité. — no puedo 
amarte, porque adoro a otro, a otro que no 
tiene más vida que la que le da mi propio 
corazón. Amo a un hombre que los demás 
creen muerto; pero que no lo está, porque 
se halla en lo más hondo de mis entrañas 
con vida más real y más potente que la de 
ese acervo de seres sin aspiraciones ni pro- 
pósitos que representan la comedia de la 
existencia por arte de quien sabe qué mis- 
terioso destino. Y no es un amor repentino. 
Lo he amado siempre; sólo que hasta ahora 
no había podido rehacer fielmente su re- 
cuerdo. Porque has de saber que estoy en 
demencia de amor por un recuerdo que, por 
lo intenso e imborrable, es una realidad, es 
más que una realidad». Carlos quedó por un 
instante estupefacto. Luego se levantó in- 
tranquilo, asustado. Aquel infeliz creyó que 
estaba loca. Se fué sin despedirse. Yo quedé 
dichosa en mi tortura. 

Los pardos ojos de Lydia, más abiertos 
que nunca, revelaban una profunda emoción. 
Clotilde, no menos emocionada, miraba fija- 
mente a Eulalia, como si quisiera conocer 
todo lo que en su alma acontecía. Al cabo 
dijo dulcemente: 

-¿Quieres un consejo? 

— Dilo. 

— Cásate con Carlos. 




LA~VEG.DAD 
Qy^ODaQ~L/A 

/v\UEa,TE--DE 
O/CADrvyiLDE 



Algo borrachos — de alcohol y de luna — íba- 
mos Osear Wilde y yo por las calles de París en 
las horas de la madrugada. Algo borrachos, sí se- 
ñor, porque como los dos éramos pobres, imagina- 
tivos y desgraciados, buscábamos en la bebida 
consuelos que la realidad nos negaba y sin los 
cuales era nuestra débil voluntad cosa exangüe 
y fofa. 

Estaba Wilde magníficamente decidor; él. tan 
parco siempre, charlaba con brío andaluz. Yo es- 
cuchaba asombrado y deslumhrado ante aquel de- 
rroche je ironías, paradojas, flores y estiletazos. Es- 
taba en la situación de un chico en un bazar lleno 
de maravillosos juguetes. Wilde. por primera vez, 
desde que salió de Reading, se sentía dichoso, me- 
jor aún: se sentía sencillamente humano y viril. 

Para celebrar aquellas nuevas nupcias con la 
vida — tal el clásico alboroque de las ferias de- 
cidimos brindar: entramos en un tabernucho. el 
dueíio atajó el paso a Wilde: 

— Usted no puede entrar. 

— ¿Por qué? 

— Lea esa advertencia. 

Alzamos la vista al cartel, que contenía la vulgar 
prohibición policial de separación de sexos. Un 
¡oh! de rabia y de impotencia se estranguló en la 
garganta de V/ilde. 

Salimos, más que avergonzados, tristes. Largo 
trecho caminamos en silencio. Iba Wilde con la 
cabeza caída sobre el pecho y aire de trágica 
derrota. 

Tienen razón, y sin embargo soy mejor que 
ellos. . . 

— iQuién lo duda! 

— Pero he de vengarme y renacer. 

Nos separamos; me pareció ver en la frente de 
Wilde una arruga siniestra y un resplandor som- 
brío en sus ojos. . . Fui a mi casa, dormí . . . 

A la noche siguiente — ¡con cuánto asombro! 
lei en los diarios la noticia de la muerte de Wilde. 
Todos, con justo y piadoso sentido, olvidaban las 
desgracias del hombre para hablar solamente de 
las glorias del escritor. Pero a través de todas las 



(/^ 



glorias, yo veía al pobre Wilde, solo, en el camastro 
del hospital, tendiendo las manos trémulas de 
agonía, sin que nadie las estrechara. En homenaje 
al pobre muerto — ¿cuál habría sido su último pen- 
samiento? — leí el «De profundis». . . Después 
pensé: 

— ¡Qué diablo!; por orgullo y por limpieza esté- 
tica, conviene morir como Wilde: que la trágica 
mueca final y la espuma negruzca que manche 
nuestros labios, sea para nosotros solos. Hay que 
morir de cara a la pared, sin alegrar al sobrino 
que desea heredarnos, ni a la mujer que para gozar 
a sus anchas espera a que nos vayamos del mundo, 
ni al querido compañero que ve en nuestra muer- 
te su ascenso y mejora. 

A los tres días, al entrar en casa, me encontré 
con Osear Wilde. 
- ¿Con Wilde? 

- Si, señor; con Wilde. el mismo, con Osear 
Wilde Fingall O'Flahertie Wills, con Wilde el de 
Dublín, el autor de «El retrato de Dorian Grey», 
el amigo de Douglas, el amado y funesto, el discí- 
pulo de Ruskin. el perseguido por lord Quens- 
bury. ¡con Wilde el grande! 

Pálido, pregunté; 
¿Usted? 

Sí, yo mismo; tenía un plan para vengarme 
y ya he empezado a realizarlo. Fui al hospital, pero 
de acuerdo con un médico, en la cama a mi desti- 
nada se colocó a un moribundo, que falleció al poco 
rato, con el nombre de Osear Wilde. Osear Wilde 
no existe ya. Yo soy Leónidas González, guatemal- 
teco. ¿No es tristemente divertido? Me voy a Flo- 
rencia. Allí trabajaré como joyero y orfebre. La- 
brar una buena joya es tanto como cincelar un so- 
neto impecable. En Florencia hay historia y leyen- 
da. Hay un río glauco. Sobre sus puentes pasan la 
caravana ociosa de los ricos enfermos de tedio y 
la devota procesión ardiente de los artistas soña- 
dores y pobres. . . Ustedes me harán una estatua; 
a usted se la confío, y cuando vaya a inaugurarse 
apareceré yo sobre el pedestal. ¡Wilde vivo y lim- 
pio de pecados por esta farsa de la muerte! 



A Ci. C I A 

ANDA 



Pensé en el acto, ¿qué me conviene más? ¿Ir a 
«Fígaro» o «Le Matin», que pagan bien estas histo- 
rias sensacionales, y relatar lo ocurrido, o explotar 
en mi provecho y a mi capricho el ingenio de Wil- 
de? Huelga decir que opté por lo último. 

Hice la campaña pro-estatua, escribí cientos de 
artículos, inicié subscripciones, obtuve subvencio- 
nes, interesé a las academias y hasta el alma puri- 
tana de Inglaterra — ¡al fin y al cabo Wilde era 
del imperio! — se abrió, rompiendo la costra cuá- 
quera, en un rasgo generoso. 

Wilde en Florencia saltaba de contento. Me en- 
viaba cuentos admirables y magníficas poesías que 
yo firmaba y cobraba a espléndido precio. Yo tenía 
la fama y la fortuna. Wilde su venganza. 

Ya todo listo, telegrafié a Wilde; «Ven ya». Tres 
días después debíamos descubrir el monumento. 
Anatole France pronunciaría un discurso, la bella 
actriz Lilian Enmery depositaría un ramo de flores 
con cintas de los colores de Francia e Inglaterra; 
asistiría el ministro y los niños de las escuelas bri- 
tánicas, con sus maestras — unas señoras escuáli- 
das, con lentes y trajes a cuadros. - cantarían un 
himno, uno de esos himnos ingleses que en unos 
compases parecen salmos y en otros saltarina mú- 
sica de charanga de circo... La noche anterior 
Wilde y yo robamos la estatua... 

Se descorrió el lienzo y ante el público atónito, 
en vez de un mármol apareció un hombre. 

- ¡Yo soy Wilde! — clamó soberbiamente. 
¡Un loco, un loco! - gritó todo el mundo. Se 

aplazó la ceremonia. El loco fué detenido. La jus- 
ticia averiguó que se trataba de un tal Leónidas 
González, guatemalteco, y lo internaron en un ma- 
nicomio. 

Poco después se descubría el monumento; Wilde, 
en tanto, se moría de veras y casi loco en una celda 
de la Salpetriére. Cuando lo supe, ¡al fin era su gran 
amigo!, pronuncié en la soledad de mi despacho 
esta humana oración fúnebre: 

— ¡Ya era hora! ¡Me estaba molestando ese ti- 
po! ¡Cualquier día iba a pretender discutir mi glo- 
ria y mi dinero! 




PROPIEDAD DEL DOCTOR ARAOZ ALFARO. 



ARTE NORTEAMERICANO 



AL BORDE DE LA LAGUNA 



ACUARELA DE CHARLES W. BARTLETT. 




pi,vs ■ 

. VLTPA 



— p>L^ i!-' \ i_'T"i:3.-x — 




moral rioDALizADO' 



y,tar\ írvmunQ, 
'^ ^o 5Qlepüe- 
K ..oticiar 



La excesiva disciplina ejercida sobre los otros: 
el demasiado temor infundido. aunque sea con 
fines moralizadores, es siempre despotismo. 

Tan pernicioso resulta un individuo déspota, co- 
mo un criminal; del mismo modo va contra las re- 
glas y los convencionalismos el uno como el otro. 

Seres estúpidos y contumaces hay, con un con- 
cepto tan bajo de lo que es moral social y de lo que 
es administrar justicia, que llegan hasta a perso- 
nificar su necio alarde de autoridad, su monoma- 
nía moralizadora, no ya en las personas sino en un 
irresponsable animal cualquiera, como con frecuen- 
cia se ve. 

Se trata de evitar, por todos los medios, el roce 
con individuos, para quienes el más legal, es un 
ladrón, el más santo, un paria y la más honrada, 
una prostituta. 

Son los empeñados en alterar constantemente la 
tranquilidad, la normalidad en el vivir de cuantos 
tienen el infortunio de caer bajo su contacto forzoso 
o bajo su tutela, y. sin embargo, muy poco caso 
se les hace. 

Pertenecen a la legión de los cretinos con la ma- 
nía de las meticulosidades, con la obsesión de la 
moral práctica, hasta lo impracticable, y son más 
temibles, mucho más. que un libertino cualquiera, 
porque el cretino do^matizador. el moralizador así, 
es, en tal caso, en el seno de la familia y de la so- 
ciedad, mucho más amoral que aquél, mucho más 
disolvente. 



Debe obrar, en ese inepto, una causa oculta te- 
rrible. Su contextura psicológica es un enigma, aún. 
Puede afirmarse que es la anomalía moral que 
menos raíz genitora se le encuentra, dado que no 
se sabe de dónde procede: si del aire, si de la luz . . . 
si por atavismo. . .: quizás por reflejo, e incapaz 
de asociar y sustentar, incapaz de equilibrar, de 
ahí la aberración que lo hace abominable. 

Abominable, en efecto, la esencia psíquica del 
presunto moralizador aberrado. Tanto más, desde 
que. por otra parte, imposible es de reprimir o de 
evitar. . . Es tan noble la humana divisa que os- 
tenta, indignamente, es tan pura que, aunque la 
escarnece y maleficia, ella misma lo ampara, ella 
lo preserva contra cualquiera acusación justa, con- 
tra toda represalia legal, por parte de la Razón. 

No se puede repetir que tiene su límite la moral, 
para ser administrada, desde que es obvio encare- 
cer, una vez más, verdad tan axiomática. 

Empero, y por desdicha, en el insólito albedrio 
del moralista fatuo, tiene su translimitación y, con 
ella, su pernición manifiesta, puesto que siempre 
resulta, en él, la antitesis del verdadero punto 
moralizador. 

No se exigirán de un padre, excesivamente sa- 
gaz, hijos que no sean bobos, ni de un marido hosco 
e inconsecuente con esa liberalidad condicional, 
esposas que no sean infieles. De la misma manera, 
de didácticos y educadores rigurosos, en exceso, e 
intransigentes, no podrán salir más que educan- 
dos toscos y discípulos desilusionados del saber. 
Es lo que se obtiene de cualquiera de esos dema- 
gogos de tribuna procaz, y que llevan la paradoja 
y la hipérbole furibunda, por doctrina, la utopia 
por apostolado... es. en fin, una plebe detenta- 
dora, incendiaria. Y fruto deplorable es, también, 
el de un director de Estado, déspota y opresor 
cuando al fin consigue la sublevación y la anarquía 
total, entre el pueblo. 

La libertad, el derecho, la estimación propia, 
santos valores, privativos de cada cual, ofrecen 
resistencias sin límites cuando, inconsultamente, 
se les ataca o se les usurpa. 

Porque una cosa es la austeridad, la prudencia 
y otra es la temeridad extorsionadora. al proceder 
con los bienes ajenos, morales o materiales. 

La Suprema Justicia, al ssr tan justa, sin dejar 
de ser Suprema, obra con equidad: S3 pronuncia, 
o no, inexorable, según los casos. 

Tolerancia, no es licencia: se entiende, toleran- 
cia, por convicción. 

No es ser ecuánimes, querer ssr inflexibles, para 
conseguir laudos frutos de moralidad y ds justicia, 
en la práctica. 

Fiscalizar, pues, el autoritarismo y la adminis- 
tración moral que ejerce, coa tanta frecuencia, el 
moralizador y justiciador insensato, entre la fa- 
milia y entre el pueblo, sería moralizar, sería 
hacer justicia. 

Con el soberbio consuetudinario, amoral; con 
ese irrespetuoso, que no tiene la menor noción de 
la facultad ni de la personalidad ajena, que no la 
consiente, bajo ningún pretexto, porque tiene que 
servir antes y siempre, ds forma esclavizada, al 
propio egoísmo devorador. . . con ess que no mo- 
raliza nunca, sino por propia conveniencia, que 
reclama, insistentemente, moralidad y probidad 
en los otros, pero que vive huérfano del don mo- 
ral y que no fué probo jamás. . . con ese, sí, hay 
que ser inflexibles. 

Para serlo — S3 entiende, aquellos que gozan de 
la relativa aptitud virtuosa — aunque se tenga 
que prevaricar, en conciencia, ante el principio de 
la legalidad intangible, hay que ser circunspectos, 
hay que ser precavidos. . . Es esa precaución y es 
esa circunspección, reglares y académicas, exentas 
de todo gesto de violencia, en la práctica, que es 
lo esencial, para con el amoral-moralizador exal- 
tado e indómito. 

Será, es verdad, la academia de la sutileza falsa: 
del ludibrio: de la adulación. . . la regla, en fin, de 
la hipocresía: será una disciplina hipócrita la que 
ss le infiere al inepto; pero es la que lo atenúa, es 
la que lo inhabilita. 

En puridad, es, la escuela, ingrata que, para 
muchos, al llevarla a la práctica, constituye un 
esfuerzo sobrehumano; no obstante, es la que de- 
fiende y evita la discordia: la que brinda la paz 
del espíritu — ¡bello caso de felicidad! — la que, 
en fin, compensa, con creces, cuando, serenamente, 
inteligentemente, ss le administra al amoral-mo- 
ralizador... ess ssr despreciable, que lo es tanto 
más, cuanto que, la misma Razón, resulta impo- 
tente, ante él: siempre, casi siempre escapa in- 
mune para los casos de Ley reprensora, por lo 
que es imposible aplicarle el apropiado correctivo, 
en bien, claro está, de la única, de la soberana 
moral. 

Demetrio de Pereda. 

DIBUJO DE PETRDNE. 



^-^' 



>>x— 




fotografía de t-ORENTE. 



ARTE COLONIAL 



INTERIOR DEL CASTILLO DEL MORRO (HABANA). 



— I^LJV^^ ■V-'I_'T-I3 .-X — 



RALDICA- ARGENTINA 



/ 



\PELLIDO/-^ILV/TRE/é:! 




BONEO. Apellido originario de 
Areuille, condado de Poitiers. Primi- 
tivamente se escribía Bonneaux. 

El progenitor de la rama española 
de este nombre fué don Martin Boneo 
y Brondo de Morales, que habiéndose 
distinguido en la defensa de Palma de 
Mallorca, mereció de S. M. ampliación 
de armas en el escudo de su linaje. Ca- 
só con doña Gerónima de Villalonga y 
nació don Martin, notable marino en 
tiempo de Carlos 111. Como general de 
la armada, vino a Buenos Aires en 
1791. casando en esta ciudad el 3 de 
julio de 1793 con doña Cipriana Via- 
fta y Pérez-Dávila. La ceremonia se 
celebró en el palacio arzobispal y ben- 
dijo la unión el obispo diocesano don 
Manuel de Azamor. Tuvieron por hi- 
jos, entre otros, a don Martín, vicario 
general del arzobispo Escalada y pri- 
mer rector del Seminario Conciliar, en 
1865; don Manuel, don Ramón, don 
José María y don Mariano Boneo y 
Viaña. que casó con doña María de Paz 
Noguera, porteña. padres del obispo 
don Juan A. Boneo. nacido en Buenos 
Aires el año 1845. y bautizado en la 
parroquia de Monserrat. 

Escudo partido: 1.". de azur y tres 
granadas de oro. que fueron las armas 
concedidas a don Martin Boneo y 
Brondo de Morales; 2.". de gules y un 
entino de oro, cortado de puntos de ajedrez, plata y sable. 

PINTO. Consta el origen de este apellido y el de sus derivados 
Pintos y Pintor, en la certificación otorgada a don Francisco de 
Pintor, de Valderas y Granada-Venegas (3 de diciembre de 1706) 
por el cronista Rey de Armas de Felipe V, don Joseph Alfonso de 
Guerra y Villegas. Declara dicho documento que el tronco del linaje 
es Gonzalo de Pinto, poseedor del antiguo solar de su nombre en la 
ciudad de Burgos- Después de haber estada, con otros infanzones cas- 
tellanos, en Francia, donde venció en un torneo al caballero Hugo 
de Angenoust, marchó a la conquista de Granada, atendiendo al 
llamamiento que los Reyes Católicos hicieron a toda la nobleza de 
sus estados (alio 1488). 

La fama de Gonzalo de Pinto se debe a la singular aventura de 
haber salido victorioso en una escaramuza contra las huestes del 
príncipe moro Aliel-Zagal. volviendo al Real de Santa Fe todo tinto 
en sangre, y con un alfanje morisco que le sirvió para defenderse, 
después de haber roto sus armas en la lucha. 

Los Reyes Católicos le apellidaron Pintor, al regresar ame ellos 
con la armadura y arneses pintados de sangre, concediéndole am- 
pliación de armas y heredades en la vega de Motril, donde sus des- 
cendientes fundaron casa solariega, con vinculo de mayorazgo en 
la sierra de Luxar. 

Gonzalo de Pinto casó con doña María Diez de San Martin, te- 
niendo, entre otros hijos, a Gonzalo de Pinto, II del nombre y 
heredero del solar de Burgos; a Fernán Pintor de San Martín, cuyo 
hijo Fernando estuvo en las guerras de Indias, donde murió, y a 
Juan de Pintor, segundo génito, que desde la Taha de Andarax se 
trasladó a Motril, siendo el tronco de su apellido en dicha ciudad. 
De esta rama desciende por linea troncal paterna, doña María Her- 
nández-Guerrero y Pintor, dama noble de la Banda de María Luisa 
y de honor de la Reina Mercedes de Orteans; Duquesa de Sanioña, 
Marquesa de Manzanedo, Grande de España de 1.' clase: y don 
Andrés Pintor, Díaz de Vivar, cuya hija doña Aurora Pintor Ocete, 

contrajo enlace con don José Pérez- 
Valiente de Moctezuma y Santiago; 
médico, gentil hombre de S. M., biz- 
nieto de doña María de Moctezuma, 
casada a fines del siglo xviii con don 
José Pérez-Valiente y reconocida X 
nieta del último emperador azteca de 
México, fallecido en 1520. 

De Gonzalo de Pinto. 1 1 del nombre, 
procedió don Simón de Pinto, hijo- 
dalgo de la ciudad de Burgos, que con- 
trajo enlace con una señora de apelli- 
do González, siendo su hijo don Joa- 
quín de Pinto, que nació en dicha ciu- 
dad el año 1739. Fué el primero que 
pasó a Buenos Aires, donde casó el 
1." de agosto de 1763 con doña Rita 
Lobo, procreando, entre otros, a don 
Manuel Guillermo Pinto, Guerrero de 
la Independencia, Brigadier General y 
Gobernador de la Provincia de Buenos 
Aires, y doña María de las Nieves Pin- 
to, nacida en Buenos Aires el año 1786. 
Estuvo casada en primeras nupcias 
con don Miguel Barroetaveña. muerto 
por el General Facundo Quiroga con 
una quijada de asno en la conspira- 
ción de San Luis de 1319; y en segun- 
das con don Buenaventura de Lavalle. 
hermano del General Juan Lavalle. 
Tuvieron por hijo a don Manuel de 
Lavalle y Pinto, de quien descienden 
los Lavalle Santa Coloma. 

Las armas de Pinto son: en campo 





de gules cinco menguantes ranversa- 
dos de plata. 

DEMARlA. Alfonso De María, ita- 
liano, pasó a España y contrajo ma- 
trimonio en Cádiz con doña Rosa Pra- 
do, teniendo por hijo a don Domingo 
Demarta que se graduó de médico y 
casó en la misma ciudad el año 1757 
con doña Rosa Camusso, hija de Bar- 
tolomé Gamuzzo (1) y de doña Geró- 
nima Morando, naturales de Neri. en 
los alrededores de Genova. Don José 
Demaria y Camusso nació en Cádiz, 
el 4 de julio de 1767. pasando a Bue- 
nos Aires donde contrajo enlace el 7 
de junio de 1797 con doña María 
Eugenia de Escalada y Salcedo, hija 
de don Antonio José de Escalada y de 
doña Petrona de Salcedo y Silva, hija 
ésta del abogado don José de Salcedo 
y Enriquez de Navarra, primo her- 
mano del Virrey don Juan José de 
Vértiz y Salcedo, y de doña Juana de 
Silva y Quirós. 

Don José Demaria y Camusso y 
doña María Eugenia de Escalada y 
Salcedo, tuvieron varios hijos, de quie- 
nes descienden en Buenos Aires las fa- 
milias de Holmberg. Lawson. .Aguirre- 
Lynch. Hasperg. Ayerza. Bengolea, 
Gonnet. Almeyra. etc. 

El escudo de Demaria es de azur y 

una banda de plata con la salutación: «ave maría» entre dos Uses 
de azur. Bordura de gules. 

DE RODRIGO. Don Salvador de Rodrigo, natural de Alicante, 

tuvo por hijo a don Francisco, que se trasladó a Buenos Aires con 
el grado de Coronel de los Reales ejércitos. Fué Sargento Mayor y 
primer Comandante del regimiento de voluntarios de caballería de 
Maldonado. distinguiéndose como militar en las campañas de ex- 
ploración y en las expediciones contra los indios. Se desposó en la 
Merced, catedral al norte (libro 6 de matrimonios, folio 461), el 24 
de diciembre de 1777 con doña María Antonia Espinosa de la Cueva 
y de la Quintana, hija de don Francisco Espinosa de la Cueva y 
Muxica. capitán de milicias, y de doña Narcisa de la Quintana y 
Riglos, hija ésta de don Nicolás de la Quintana y de doña Leocadia 
de Riglos y Torres-Goete. 

Tuvieron por hijas a doña Juana, monja profesa en el convento 
de Santa Catalina de Sena de esta ciudad, y a doña María de Ro- 
drigo y Espinosa de la Cueva, dama patricia de Buenos Aires, 
casada con don Ángel Manuel del Rosario Fernández-Blanco y 
Aguirre. Gobernador de la Provincia de Corrientes. 

El escudo se compone de un león andante, coronado, en campo 
de oro, y bordura jaquelada de plata y azur. 

BASAVI LBASO. En el Archivo de los Tribunales (Legajo A, nú- 
mero 15) constan los antecedentes de esta familia, oriunda del se- 
ñorío de Vizcaya. 

Don Santiago de Basavilbaso y doña María de Jáuregui, su mu- 
jer, fueron padres de don Domingo, bautizado en Bilbao el año 1683. 
Este casó con doña Maria Rosa de la Presa y Erreynosa, del lugar 
de Luyando, siendo su sucesor otro don Domingo de Basavilbaso, 
bautizado en Muga, Valle de Llodis. Establecido en Buenos Aires, 
falleció el año 1775. De su casamiento con doña María Ignacia de 
Urtubia y Toledo, nacida en esta ciudad en 1704. fueron sus hijos: 
doña Rosa Benedicta, casada con el señor de Azcuénaga; doña 
Rafaela, con el capitán don José Igna- 
cio MerIos:doña Manuela, con don 
Pascual Ibáñez de Echabarri. Re- 
gidor y Fiel Executor de Buenos Aires; 
doña Victoria, con don Domingo Ig- 
nacio de Urien. Alcalde de primer voto 
y Regidor; don Domingo, igualmente 
Alcalde y Regidor, y fundador del 
Correo. Don Francisco. Alcalde y Sín- 
dico Procurador, y don Manuel de Ba- 
savilbaso y Urtubia, Jefe de Correos de 
Buenos Aires, cuya hija doña Justa 
Rufina de Basavilbaso casó con el Bri- 
gadier General don Miguel de Azcué- 
naga. procer de la Independencia. 

Sus armas se componen de un escu- 
do de oro, con castaño de sinople fru- 
tado del mismo metal y dos lobos ne- 
gros empinantes al tronco. En jefe 
una estrella de gules. 

José M.* Pérez-Valiente. 




L> iJ^J 




(I) La familia Gamuzzo es de buen 
origen italiano, contando príncipes y car- 
denales en su árbol genealógico. De un 
hermano de doña Rosa Camusso, llamado 
Carlos Gamuzzo y Morando, casado con 
doña Francisca de Alsina, descienden los 
Altgeit, Tornquist, Dielh, Cárdenas y 
Miguens de Buenos Aires, y los Camusso 
y otras numerosas familias de Montevi- 
deo. Los de este apellido en América ca- 
recieron de posición social; el oro elevó a 
'a rama Tornquist a fines del siglo pasado. 




!>X — 







La ciudad se esfuma a lo lejos, en una 
indecisa penumbra gris. . . Es una tarde bo- 
chornosa de febrero: no perdura otra nota 
luminosa, que el débil resplandor del sol. 
velado por pesados nubarrones grises, que. 
rasgados en breves trechos, dejan reflejar en 
las aguas del río ese débil, pálido resplan- 
dor. . . Destácanse las altas chimeneas fa- 
briles empenachadas de humo, que arrastra 
una brisa del norte, sobre los pretenciosos 
rascacielos porteños. Aumenta la penumbra 
gris de la bochornosa tarde de febrero; sólo 
se destacan aún dos o tres esbeltos campa- 
narios, faros permanentes que dominan la 
inmensa metrópoli que, al alzarse en medio 
de la sombra cada vez más densa, parecen 
levantar también nuestros corazones: en esa 
hora de exquisita calma para el espíritu, 
cuando nos acechan ensueños o añoranzas, 
el esbelto, erguido campanario que domina 
tantas y tan diversas miserias humanas, pa- 
rece repetirnos: "si tienes fe. tus propios des- 
engaños te serán gratos, recordando que 
hasta que no llegaron, esperaste... y las 
dichas florecerán como rosas plenas, después 
de una estación entera de rosas. . . » (1). 

(1) Amado Ñervo. 




No hay horizonte que limite la mirada de 
mis cansados ojos... no se han encendido 
aún los poderosos focos de parques y pla- 
zuelas, y en un intenso anhelo de aire puro, 
de brisas que me hicieran olvidar la abruma- 
dora pesadez de estos días de febrero, deseo 
hallarme como si dominara desde mi balcón 
la amplia extensión del rlente prado que 
amanece, o el mágico, grandioso espectáculo 
de una puesta de sol sobre el mar. . . dejo 
vagar la loca fantasía: sueño con amplios 
parques señoriales, donde alterne la riente 
pradera con la fronda de la espesura, donde 
se escuche el gorgotear de una fuente que 
llora, sobre el viejo pilón de piedra carco- 
mida. . . sueño con aquel «encanto azui>' 
evocado por el insigne maestro: 

« La calma empieza a tomar 
un claror de la otra vida, 
y la tarde ya dormida, 
sueña en azul, cielo y mar... 

Suspira de cuando en cuando 
el gran silencio marino, 
y en su misterio divino 
la tierra se va azulando...» (1) 

Cuan intensamente llega a soñar la que 
permanece prisionera de la gran ciudad, y 
que contempla el horizonte lejano desde su 
elevado balcón. . . ya se apartan los obscu- 
ros celajes, para dejar libre la última franja 
anaranjada, que ilumina una fantástica ca- 
balgata de corceles grises: jinetes y cabal- 
gaduras ascienden al infinito. . . el que fuera 
sólo reflejo luminoso se torna en un vivo 
resplandor sonrosado, que tiñe de color mal- 
va la cúspide de campanarios y rascacielos . . . 
Rompe el encanto el primer titilar de un 
aviso luminoso: luego, un ronco llamado de 
bocina. . . ya se encienden los innumerables 
reverberos, porque vuelve a la vida la gran 
metrópoli, adormecida breve instante como 
si hubiera sufrido también ella la sugestión 
de esa hora de exquisita calma, en la que 
evocamos los míseros mortales, ensueños y 
añoranzas. . . 

Dejo volar aún mi loca fantasía, y con la 
rapidez del pensamiento, rehago mis perió- 
dicas andanzas de Duende: una rfw^ííí/í ultra- 
moderna, que suele recorrer a sesenta kiló- 
metros por hora la amplia carretera que nos 
lleva lejos de la bulliciosa, febril Cosmó- 
polis. . . limitada a un lado por la sinuosa 
loma en la que se levantan, a partir de Vicen- 
te López, villas y chalets de todos estilos, y 
a la derecha, por la poética ribera, bordeada 
de añosos y frondosos sauces. . . se suceden. 
como en un jilm interminable, las coquetas 
o suntuosas residencias veraniegas del Norte, 
llenas de vida y movimiento casi siempre; 

(1) Leopoldo Lugones. 



a veces, enigmáticamente cerradas, diríase 
dormidas . . . Verjas artísticas o pretenciosas: 
amplios y vetustos portones abiertos sobre 
umbrosas avenidas. . . espesos matorrales: 
más adelante, luminosos cuadros de césped, 
limitados por bosquecillos de casuarinas. . . 
Olivos. Martínez. San Isidro; es éste uno de 
los altos predilectos de esta Duende, que. 
fatigada de cruzar con la rapidez del pensa- 
miento, dejando atrás las umbrosas avenidas 
de las viejas chacras silenciosas, sin poder 
deslizarse inadvertida en ellas, al abrigo 
de sus frondosos sauces... He de conten- 
tarme con la hospitalaria sombra de los tra- 
dicionales Tres Ombües; apoyada en la rús- 
tica baranda, trato de atesorar la divina su- 
gestión de ese atardecer maravilloso, en el 
que se reflejan las aguas del río la opalina 
transparencia del horizonte. 

Circundan la reducida plazoleta, tres vie- 
jos quintones coloniales; vivo anacronismo 
se me antojan, dos autos estacionados en 
ella; el que me ha llevado hasta allí, y otro 
de excursión que se detiene ante uno de los 
antiquísimqs portales, y del cual salta detrás 
de su chauffeur, y con felino arranque,- un 
enorme perrazo con aspecto de lobo presu- 
mido... y es que en toda esta pintoresca 
región de la costa, evoca San Isidro todos 
los recuerdos de nuestra vieja, aristocrática 
sociedad: a la sombra de los coposos om- 
búes detuviéronse las alegres, pintorescas 
cabalgatas de otros tiempos: tiempos en los 
que no se hubiera sospechado siquiera que 
las descendientes de aquellas aristocráticas, 
señoriles figuras, hubieran de adoptar al 
transcurrir de los años, las maneras llenas 
de sans-fagon de la sociedad actual. . . 

Pero no ha de detenerse mi rápida excur- 
sión bajo la sombra de los tradicionales 
Tres Ombúes: me atrae también San Fer- 
nando, con sus modernos jardines trazados 
a la europea, con sus viejos quintones en 
.cuyos cercos vivos florecen madreselvas y 
jazmines... evoco la ideal disposición del 
parque de Villa Pearson. con su lago de en- 
sueño, bordeado de rosales; como en los jar- 
dines de feérica leyenda, préstanle mayor 
encanto la delicada belleza de sus juveniles 
figuras: María Teresa e Isabel Pearson Quin- 
tana, tan exquisitamente bellas ... a su lado, 
la esbelta silueta, la radiante belleza de Jo- 
vita García Mansilla... 

¿Cómo resistir a la poderosa sugestión de 
esa región privilegiada, que congregara por 
aristocrática tradición los más brillantes ele- 
mentos de nuestra vieja sociedad? Desde Vi 
cente López hasta el Tigre, pueblan la poé 
tica ribera las suntuosas o patriarcales resi 
dencias de los Anchorena, Alvear. Casares 
Urquiza. Lastra, Gramajo, Lacroze. Aguirre 
Villatte, Demarchí, Sala, Giménez, Pirovano 
White, Alzaga. . . 



Allí olvidan nuestras coquetas mundanas, 
la morgue que suele reinar aún en determi- 
nado veraneo, y ávidas de vida amplia, que 
las hará desdeñar la persistente impresión 
de necios pasatiempos, de comentarios y fri- 
volidades, libres casi, de trabas y prejuicios, 
visten con encantadora sencillez, y disfrutan 
ampliamente del yachting, del baile, del 
tennis. . . y la ribera se ve animada por una 
hechicera legión de juveniles siluetas: Mer- 
cedes de Alvear. María Carolina Harilaos. 
Ercilia Murga Lynch, las señoritas de Agui- 
rre, figuras en las que perdura todo el en- 
canto y el prestigio de su raza: Manuela de 
Elizalde. María Zieguer Pero, Angela y En- 
riqueta Bidau Lastra, atrayentes todas como 
una luminosa primavera: María Teresa y 
Adelia Lacroze. las señoritas de Flores Piran. 
y de Escalada. Delia y Silvia Bosch Gramajo. 
Elsa y Margarita Pirovano, que guardan 
también en sus pupilas, toda la poesía, todo 
el encanto de esa región privilegiada, aue 
nos hace soñar, a las prisioneras de la gran 
ciudad, con transparencias de manantial, 
con ráfagas de aire puro, con los amplios y 
vetustos portones, abiertos sobre umbrosas 
avenidas. 

La Dama Duende. 



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l-'L^N. c:£, >.. 1_ 1 U'.-X 



TicMros ««MiTUfOs. — El abanico no se 
ha Uamado áempce asi: hs ';—»•*- ^iversos 
nembco;. y ha tomado u mas: 

Ukaman. tckmmxrr. hmc-. Kim- 

pomom-mm». flabtUaiu. tabt:.Ji. ¿^¡KjKchoir. 
«s«««dor. «awalMi. «snman d* rair. ttpiíyos. 
imptr^tptiHn. y por fin. abanico. 

¿S« trata acaso áe un mueble? ¿De un 
utensilio' Te<lo esto s» presta a discusión; 
pero hasta ahora los entendidos no han lle- 
udo a ponerse de acuerdo sobre este tema. 

Furvtires lo califica de «instnimento que 
haos ai:«. Ridtelet opina lo mismo. La aca- 
demia lo define •muebledllo que sirve para 
abanicarse», de lo que se deduce que todos 
los normandos se han confabulado para en- 
redar las cosas. 

Uamétnoale instrumento mando tiene 
jifi^an»"-'--' ■■ *"'- -■^"■'■^ ■"■"■ 'U bé- 
lica y P»f« 
de un ir.'. en íl 
buen papel, y entonces cada uno de ellos 
serA designado como le corresponda- 
Pero como ante todo hay que dar al César 
lo q«M «s del César, debemos afirmar que 
cualquier .lue st?a el nombre con que se le 
llame, r -nto o este mueble es de 
indiscu: .i en diversas circunstan- 
-ias: 

I. Es el complemento del gesto. 
II. Un objeto de alta elegancia. 

III. El confidente intimo, el amigo, el in- 

separable 

IV. La victima expiatoria que se rompe 

con indiferencia. 
V. El intérprete de los sentimientos. 
He aqui mis de lo que necesita para ser 
ei favorito de la mujer. 

El abanico naeii en Oriente, bajo el ra- 
diante cielo 
que acaricia el 
sol con sus ar- 
dientes rayos. 
Blondel. se- 
gún una poesía 
dei poeta Lo- 
ki. supone que 
el inventor de 
los abanicos 
■uéen China el 
emperador 
Norvaug. fun- 
dador de la di- 
nastía de los 
Tcheon Í434 




y¿yro 



(TRADUCIDO ESPECIALMENTE PARA "PAOINAS FEMENINAS", 
POR LA SEiíORA SUSANA OLIVEK TB2ANOS DE PANELO). 




aftos antes de la era cristiana). El abanico 
era entonces un distintivo de contraseña. 
como fué el penacho bajo Enrique IV. y 
no un objeto de utilidad práctica. El aba. 
níco de bambú parece originario también 
de la época del Emperador Houan-Ti. de 
la dmastía de los Han (145 a 157 años an- 
tes de Jesucristo). 

Blonde! indica como cuna del abanico a 
la antigua India. Fué primitivamente la 
hoja del loto sagrado, la hoja del bananero. 
de la palmera, o tejido de junco. Los egip- 
cios poseían el ¡lahcllum. especie de abanico 
de mango largo, terminado por una parte 
plana, semejante al esmonchoir y que era de 
pluma o junco tejido. Es muy probable que 
al regresar a Europa los caballeros cruzados. 
introdujeran algunos de estos abanicos, pues- 
to que volvemos a hallarlos en la pompa del 
soberano Pontífice, sirviéndole de escolta; 
son inmensos, muy decorativos, con una 
nota exótica debida a las plumas que lo 
adornan. Los etruscos tenían igualmente 
abanicos en el estilo del Ilahellum. como po- 
demos verlos aún en el Museo de Ñapóles. 
El plumaje de la real ave de Juno, fué el 
preferido por las bellezas de Atenas y de Co- 
rínto. y con él avivaron el fuego sagrado las 
Vestales de la antigua Roma; aparece luego 
como reducido objeto de fantasía durante la 
Edad Media. Brantóme lo menciona ya en 
las crónicas del Renacimiento. Madame de 
Sevigné, lo elige como obsequio especial para 
su hija. Madame de Maíntenón pone a la 
moda el abanico devoto y silencioso, y lle- 
gamos a la época de la Regencia. Se eligen 
en esa época escenas más escabrosas para 
decorarlo; el abanico se hace galante, liber- 



tino, y es sin embargo siempre compañero 
inseparable. 

Se ve a la princesa Palatina, madre del 
Regente, en traje de caza, llevando su fusil 
en una mano y su abanico en la otra. 

Los fabricantes de abanicos estaban aún 
bajo- la dependencia de los vendedores de 
pieles, de los doradores, de los varilleros, lo 
que daba lugar a pleitos porque cada gremio 
mantenía ferozmente sus derechos; uno debía 
pintarlo, el otro fabricar su montura y el 
tercero dorarlo; pero tenían absoluta prohi. 
bición de investir estos oficios y usurpar sus 
recíprocos derechos. Darras y Pardon. sufren 
persecuciones por haber quebrantado la ley; 
en 1635, Andrés Lienard hizo circular los 
abanicos que pintara su cuñado Enrique 
Solé, y se vieron acribillados a multas como 
delincuentes. 

Uno de los más importantes fabricantes 
de abanicos es Josse, el célebre Josse, que 
abrió tienda en la calle de los Osos, y tam- 
bién al aire libre en las ferias más concurri- 
das; inunda ciudades y campiñas con estas 
obras maestras que se hacen populares; sur- 
gen competidores como Hebert, Chevalier, 
Raun, Boquet, quienes como él se dedican 
a iluminar abanicos por docenas. 

Difiere de ellos Madame Verité, que fabri- 
ca el abanico de lujo montado sobre dorado 
marfil, con varillaje de nácar y país de seda 
o de vitela, sobre los que pintan primorosos 
temas, artistas de fama; todo lo pastoril, las 
escenas campestres, los motivos galantes, 
figuran sobre estos delicados, graciosos y pi- 
carescos abanicos. 

Bajo Luis XV, el marfil se incrusta con 
carey, con nácar, con oro y plata, y hasta 



se labra; igualmente se dora, se pinta, y se 
riñe el nácar de verde, y vemos una serie de 
nuevos sujetos: «Babet la florista», «El con- 
trato matrimonial». El abanico «Cadiere». 
• Danaire», «Rey de Polonia», el nuevo «Jue- 
ito de píquel entre las naciones de Europa», 
como réplica al "Baile de las Naciones». 

Germaín Bapst ha publicado el inventario 
de la princesa María de Sajonia, Delfina de 
Francia, Menciona treinta y seis abanicos, 
de los cuales el que se cotizó más alto marca 
el precio de 45b libras: es poco con relación 
al lujo que desplegaba esta princesa en otros 
objetos. 

En \7i^ los abanicos se hacen enormes, 
montados en nácar y dorados en el borde. 
Hacia mediados del siglo xviii los abanicos 
fueron ilustrados por pintores célebres: Lan- 
cret. Watteau. Boucher, y después Fragonar 
los convierten en obras de arte. 

Madame de Pompadour dejó su nombre ? 
los abanicos de manijo de marfil y nácar 
esculpido. Sin embargo la favorita compró 
a Lazare Devau :. joyero del rey, un abani- 
co de Nankin en 72 libras, y los abanicos de 
la India o de China no eran artísticos, pero 
los chinos sembraban en ellos una lluvia de 
oro, origen de su nombre de "lluvias» que 
deslumhraban bajo una pintura más o me- 
nos primitiva. 

El abanico dibujado para la boda de Ma- 
ría Antonieta con Luis XVI. fué grabado 
por Gabriel de Saint Aubin. Representa un 
ángel que lleva un ramo de br^j al altar en 
el que van a unirse las manos de ambos pro- 
metidos. A la derecha, sobre una gradería, un 
guardia noble despliega el estandarte real: 
a la izquierda un grupo de soldados sobre 
los que planea un águila, y más abajo bebe- 
dores que levantan sus copas a la salud de 
los nuevos es- 
posos. 

El águila de- 
bía abatirse 
sobre el trono 
de Francia y 
adueñarse de 
él; hay a ve- 
cesen la histo- 
ria de los pue- 
blos, presagios 
nefastos. . . 

Condesa 
Tramar, 




«i 



¿hn aui loriua la mujer de la clase pu- 
diente debe ir "ira tratar de mejorar 

las condkici .-ncuentran las mu- 

¡eres de la •i nuestro país? 

Seria, sin duda alguna, una obra útil y 
benéfica, digna de ser emprendida por las 
sefioras de nuestra sociedad, la de fundar 
entre las mujeres de la clase obrera coope- 
raüvas de diversas índoles, lo que contri- 
luina eficazmente a su mayor bienestar. 

El sistema cooperativo es un excelente 
medio de mejorar la condición obrera, pues 
teniendo por base la agrupación de todos los 
que persiguen un mismo fin, le es dado ob- 
tener numerosas ventajas que aisladamente 
no se podrían conseguir. 

Me limitaré aqui a tratar sobre las coope- 
rativas de consumos. Esta clase de coopera- 
tivas trae indefectiblemente el alza del sa- 
lario real. Sus asociados pueden comprar al 
por mayor los artículos de consumo y re- 
partirles luego entre sí sin recargo de inter- 
mediarios. De este modo, su dinero, aunque 
nominalmenie el mismo, aumenta su valor 
efectivo permitiéndoles sacar de él un mayor 
provecho. 

En Europa estas cooperativas han sido 
implantadas con gran éxito, siendo nume- 
rosas las obreras que compran unidas sus 
útiles de trabajo, sus víveres, etc. 

Entre nosotros poco se ha trabajado aún 
en este sentido. Seria, pues, muy hermoso 
el iniciar a las obreras en estas cuestiones. 
ya que ellas no han llegado a comprender 
todavía las ventajas que les reportaría la 
unión. El enseflarles a bastarse a si mismas 
es una forma superior de caridad cristiana, 
porque no deprime ai que la recibe, sino, al 
contrario, lo dignifica y eleva. 

MakIa CAKMrM Akama Díaz. 

La situadin de la obrera, cuyo salario, 
en el mejor de los casos, apenas alcanza para 
cubrir sus necesidades apremiantes, es agra- 
vada aún por los intermediarios que, contra- 
tando en las grandes casas cantidades de 
trabajo, para distribuirlo luego, obligan a 
aquellas que no pueden ir a buscar y entre- 
gar su tarea, o conseguirla directamente, a 
aceptar las condiciones que quieran impo- 
nerles. 

A esle mal se une el paro forzoso, que 
,<.w, .> la .-•../^•ia de las obreras en la 




época de veraneo, en 
que los negocios se para- 
lizan, y estos dos pro- 
blemas, el del salario 
ínfimo y el de la escasez 
de trabajo en determi- 
nada época, son angus- 
tiosos para miles de ho- 
gares en los que unos 
centavos hacen una di- 
ferencia notable. 

Para resolverlos se han 
creado en otros países, 
con el nombre de coope- 
rativas de producción, 
asociaciones de señoras 
. que consiguen en talle, 
res. tiendas, y por en. 
cargos particulares, tra- 
bajo para repartir entre 
las obreras, suprimiendo 
así los agentes, y hacien- 
do llegar hasta ellas ínte- 
gramente el jornal que 
las corresponde, al par 
que procuran darles ocupación durante la 
temporada de receso. 

Esta iniciativa, implantada entre nosotros, 
podría, a mí modo de ver, mejorar la suerte 
de la mujer que trabaja, y para llevarla a 
la práctica se requiere solamente tener tiem- 
po disponible, y la buena voluntad que ha 
de encontrarse en todo corazón de mujer. 
siempre que se trate de socorrer, casi diría 
de salvar, a su hermana oprimida. 

Ana Julia Sagastume. 

Una de las tantas formas que tiene la 
mujer de clase pudiente para ayudar a las 
obreras de nuestro país, es la de preocuparse 
de una manera directa de la mujer pobre de 
campo, que es una obrera, y a quien la tiene 
olvidada por lo poco que la conoce, y por 
esto mismo no palpa sus necesidades. 

Estas, aunque en un ambiente más sano 
que el de la obrera de la ciudad, por falta 
de ayuda social que para ellas reclamo en 
esta oportunidad, cae en el mal y hasta en 
el vicio. Cosa que se remediaría sin mayor 
dificultad estableciendo pequeñas escuelas 
de Economía Doméstica, donde se les ins- 
truyera en religión, moral, se les enseñara 
a leer y escribir en las regiones donde no 
h':h'e-i colecios del Estado, y luego corte 



y confección, zurcido, 
bordado, planchado, et- 
cétera, todo aquello aue 
influya en su capacidad 
para que bastándose a 
sí mismas puedan hacer 
útil y fecunda su vida y 
capaz de convertir el 
desmantelado ranchito 
en una morada alegre y 
confortable. 

Los resultados obte- 
nidos por las pocas es- 
cuelas de esta índole que 
hay en nuestra campa- 
ña, son marav'Uosos, da- 
do el poco tiempo que 
ellas funcionan durante 
el año, pues sólo están 
abiertas los meses de ve- 
, rano y son dirigidas por 

7y//yy niñas de familias pudien- 

■yc'<yy tes. que van a veranear 

a sus establecimientos. 
Y en otros casos nunca 
faltaría una maestra de Buenos Aires, o bus- 
cada en los alrededores, que quisiera pres- 
tar su ayuda en favor de las niñas del cam- 
po, en cambio de un pequeño sueldo y al- 
gunos meses de veraneo. 

La mujer de campo es una criatura dócil 
y que como un niño se impresiona fácilmen- 
te, de manera que el buen ejemplo encuentra 
en ella ambiente favorable, dando su apli- 
cación los mejores resultados, pues pronto 
se arraigan en su aima de tal manera, que 
forma parte de su mismo ser, y asi perfec- 
tamente resguardada y salvada está en con- 
diciones de ser una buena hija, una madre 
cariñosa y una esposa fiel, 

Carmen Pérez Catán de Fació, 



Varias son las formas en que esto puede 
llevarse a cabo útil y provechosamente, 
siendo una de las principales la creación de 
clases de Economía Doméstica. 

Estas son particularmente indispensables, 
siendo, a mi parecer, de gran necesidad in- 
culcar en la mente de las niñas del pueblo, 
futuras obreras, que han de ser un día mu- 
jeres de hogar, madres de familia, la idea de 
que, tener ciertos conocimientos de higiene, 
cocina, manejo y arreglo de la casa, etc, no 
es pequeña cosa, sino fundamental, útil y 



hasta hermosa en el bagaje de una mujer 
por pobre que sea. 

Semejante instrucción debería ser obli- 
gatoria y formar parte del programa en las 
escuelas primarias, recargado muchas veces 
de materias superfluas. pronto olvidadas, y 
que sólo han servido para perder el tiempo. 

Si la mujer fuese más hábil e instruida, no 
ofrecerían ese aspecto tan triste los conven- 
tillos y habitaciones obreras, cuyo lamenta- 
ble estado es debido las más de las veces a 
ignorancia y falta de iniciativa. 

Margot Escalada Fragueiro. 

Entre las muchas formas de mejorar la 
condición de la mujer obrera, considero una 
de las más importantes la que tiende a la 
creación de leyes protectoras del trabajo fe- 
menino. 

Hasta ahora la caridad particular ha tra- 
tado por muchos medios de remediar males 
que únicamente provienen de una legisla- 
ción deficiente. ¡Cuánta miseria se evitaría 
y cuántas enfermedades, sí el trabajo estu- 
viera mejor reglamentado, si la explotación 
de la obrera fuera legalmente imposible! 
Y es deber del Estado el interesarse en estas 
cuestiones, propiciando las iniciativas en este 
sentido y apoyándolas en toda forma, ya que 
ellas se dirigen a mejorar la suerte de una 
parte tan numerosa de la sociedad. 

Mucho se ha discutido sobre la interven- 
ción del Estado en estas materias, alegándo- 
se que de este modo se destruiría la libertad 
individual. Esto, sin embargo, es inexacto, 
puesto que la obrera necesitada no es, por 
ejemplo, verdaderamente libre al aceptar 
una ocupación malsana y mal retribuida, 
ofrecida por un patrón sin escrúpulos, sino 
que es obligada a ello por las circunstancias. 
Todo esto podría subsanarse con leyes pre- 
visoras que beneficiarían a la totalidad de 
las obreras, cosa que nunca podría obtener 
la acción particular, por mucho que multi- 
plicara sus obras de protección. 

La mujer, por más que no tenga participa- 
ción directa en la creación de las leyes, pue- 
de, sin embargo, colaborar en ellas forman- 
do el ambiente que las ha de hacfr surgir. 
Y esta tarea obscura y silenciosa, pero no 
por eso menos eficaz, creo que podría ser 
uno de los medios conducentes al mejora- 
miento de la condición de la obrera. 

VicTOSiA Arana DÍ'-.z. 



— f^I 



■»^L'rt2^x- 



_;:'.'««F*í*»R5?^; 




EN EL BALNEARIO MUNICIPAL 



UN día de viento 

DtBUJO OE ACQUAROME 



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ESCENAS DE ACTUALIDAD 



EL REGRESO DEL VERANEO 



OOUACHE DE ALONSO. 



""v^LTI^I^ /^w — 




— l^-'l ^ 



\ 



1 k.'. V — 



LOTOS 



Entre todos los países de 
la tierra, el Japón es sin 
duda el que presenta ma- 
yores caracteres de objeti- 
vidad y de amnonia. 

Los japoneses no se apar- 
tan jamás de la naturaleza. 
Sienten como nadie el en- 
canto del cielo y de la luz: 
pueblo objetivo por exce- 
lencia, sus concepciones ar- 
tísticas hállanse limitadas 
siempre por una lejanía de 
colores, que es maravilla 
de los ojos. Rodeando sus 
ciudades, sus pueblos, sus 
viviendas, el paisaje se bo- 
rra bajo una transparente 
claridad azulada. Su bel'e- 
za es imponderable y mag- 
nifica. Impresiones de efí- 
meras flores de cerezo, bro- 
tadas en las primaveras de 
nieve: hojas de lotos esti- 
vales, crisantemos de esta- 
ción intermedia y plantas 




EN FLOR 



de raros matices que enro- 
jecen bajo el triste cielo del 
otoño. Pero estas cosas de- 
licadas, se destacan inva- 
riablemente ante un fondo 
inmutable de criptomerias, 
de pinos, de cedros obscu- 
ros y de gigantescos bam- 
búes, que hacen resaltar 
su ondulante y graciosa 
curva sobre el agua muerta 
de los lagos. 

Los japoneses aman tan- 
to la naturaleza, que en el 
interior de sus templos, 
alegran siempre el conjun- 
to gran profusión de flores 
artísticamente combina- 
das: hasta las escalinatas y 
las cúpulas de sus sorpren- 
dentes pagodas, ofrecen 
una vegetación de hiedras, 
que va decorando los mu- 
ros hasta confundirlos con 
el verde intenso de los 
campos. . . 



Manera de hacer desaparecer un cutis malo 



Loj cosméticos nunca msjoran un cutis mi- 
lo; CDn frecuencia son positivamente dañinos. 
La manera racional es quitar el velo apagado, 
mortecino de la cara, y dejar que la nueva piel 
debajo pueda salir y respirar, mostrando su fres- 
cura y juventud. 

La mejor manera de hacer esto, es de una 



(del "London Fashíons") 

manera muy sencilla. Póngase en la cara csra 
pura msrcolizada por las noches, lo mismo 
que se pone el cold cream, y lávese por las 
mañanas. 

Cjra bus.na mercolizada pu3de obtenerse de 
cualquier botica importante. Absorbe la cu- 
tícula desfigurante, de una manera gradual y 



sin dolor, dejando un cutis natural y brillante. 
Naturalmente, también quita todas las im- 
perfecciones de la cara, como manchas rojas, 
palidez, barrillos, tostaduras de sol, etc., etc. 
Como quitador de pecas y hermoseador gene- 
ral del cutis, este antiguo remedio no tiene 
rival. 




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EXPOSICIÓN 

Los Estados Unidos han figurado siempre como 
el pais de las excentricidades: las mayores rarezas, 
las cosas más fantásticas y hasta las que se recha- 
zan generalmente por absurdas, hallaron acogida 
favorable entre el público cosmopolita y hetero- 
géneo de esa parte de América. Ahora se ha im- 
puesto entre las mujeres elegantes la moda ex- 
traordinaria de ir acompañadas por felinos. Los 
perrillos japoneses, los galgos y demás ejemplares 
de la raza canina, puede decirse que han sido 
relegados a segundo término. 





EN NEW YORK 



La exposición de gatos celebrada recientemente 
en New York, es una confirmación de lo que ve- 
nimos diciendo. Los premios, consistentes en oo- 
llaritos de plata, diplomas y títulos honoríficos, 
han sido adjudicados ante una crecida concurren- 
cia que aprobaba o desaprobaba el fallo. 

Entre los ejemplares expuestos, había muchos 
con cartelitos pidiendo pequeñas cantidades a los 
curiosos, destinadas para comprar cigarros, que 
luego se envían a los soldados norteamericanos que 
luchan actualmente en Europa. 



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Médico Y Tomas Sanatogen? 

ESE cansancio con que se empieza el día, desde que se 
presenta uno a tomar el refrigerio matinal, la repugnan- 
cia hacia los alimentos, la falta de ambición para trabajar, 
el tedio que dan las diversiones, el sentimiento de pavor que 
causa la llegada de la noche por los insomnios que trae consigo 
en lugar del descanso reparador, son todos heraldos que anun- 
cian la llegada de la Neurastenia, esto es, debilidad nerviosa. 

Para combatirla, nada mejor que el Sanatogen, porque 
combina las substancias esenciales para el nutrimento de los 
nervios, sin drogas ni estimulante alguno. No uno, sino 
22,000 médicos lo han recomendado por escrito, entre ellos 
autoridades como el Frof. Dr. Neisser, cuyas enseñanzas en 
medicina son acatadas y de gran valor en todo el mundo 
científico. Este eminente médico dice: "Los resultados que 
he obtenido siempre que he recetado el Sanatogen, sobre todo 
en los casos de neurastenia con pérdida de apetito, han sido 
altamente satisfactorios." 

Por nuestro propio bien y por el de los seres queridos, 
hay que tomar el Sanatogen. 

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1918 



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LA caballería NORTEAMERICANA 



Hasta hace pocos años, 
la opinión pública sólo re- 
conocía el título de centau- 
ro, es decir de perfecto ji- 
nete, a los cosacos y a los 
árabes. Cada vez que se ha- 
blaba de caballería guerre- 
ra, el vulgo hacíase lenguas 
de la habilidad del habi- 
tante del Don, o del salvaje 
hijo del desierto africano. 
Las «sotnias» cosacas y las 
«mías» marroquíes eran, se- 
gún ese lugar común de las 
conversaciones bélicas, las 
únicas capaces de hacer 
maravillas ecuestres. 

Nadie se acordaba de 
nuestros gauchos, de los 
«rotos» chilenos, de los me- 
jicanos ni de los pieles ro- 
jas. El cetro de la equita- 
ción lo empuñaban aque- 
llos habitantes de Europa, 
Asia y África. 

Pero bien pronto, las re- 
vistas comenzaron a des- 
truir esta leyenda, revelán- 
donos que en numerosos 
países existen escuelas de 
equitación superiores a la 
cosaca y a la árabe. 

Italia, Portugal. Fran- 
cia, España, Suecia y No- 
ruega en Europa poseen re- 
gimientos de caballería ca- 
paces de disputar el puesto 
de honor. En América, los 
jinetes norteamericanos, 
peruanos, chilenos y meji- 
canos tampoco se quedan 
atrás en el arte de unir la 
equitación a la acrobacia. 
Y nada diremos de nues- 




tros escuadrones que han 
demostrado hallarse en 
condiciones de dominar ad- 
mirablemente su espléndi- 
da caballada. 

Lo mismo sucede en Es- 
tados Unidos de Norte 
América. El cow-boy del 
Par Westes un jinete di- 
fícilmente superable. Bien 
lo hemos visto en las pelí- 
culas cinematográficas que 
han extendido por el mun- 
do la fama de esos rudos 
cabalgadores. Para ellos no 
hay ejercicio ni proeza que 
no sea posible. Poseen la • 
vocación del oficio; saben 
amansar y educar como el 
mejor de los picadores de 
circo. El caballo en su po- 
der no pierde el ímpetu ni 
la audacia, obedeciendo al 
jinete a la más ligera señal 
de las riendas, de las rodi- 
llas, de la voz. De este mo- 
do se hallan habilitados 
para realizar ejercicios de 
agilidad francamente te- 
merarios. Véase sino la her- 
mosa fotografía que repro- 
ducimos. Parece que el ob- 
jetivo ha sorprendido el 
momento en que un caba- 
llo desbocado se alza sobre 
los cuartos traseros y va a 
caer de espaldas aplastan- 
do al jinete. Pero en reali- 
dad, el caballero ejecuta 
una prueba de acrobacia 
que termina haciendo girar 
al bruto que vuelve tran- 
quilamente a recobrar su 
cuadrúpeda posición. 






^ TDuebles antiguos 

!. 4ír: SrécLef de da. 

aipacpa 245 




— rr>L-^v ';=. X. 'i^nrvs >x- 



UNA 

Este ejemplar de Wanda Lo- 
wii es el más notable de cuantos 
hasta ahora se han logrado ob- 
tener. Y eso de constituir algo 
raro entre las orquídeas, supone 
dificultades sinnúmero. Las or- 
quídeas forman cinco mil espe- 
cies repartidas en trescientas 
treinta y cuatro familias, ade- 
más de las que la paciencia de 
los aficionados descubre. 

Un coleccionador de orquí- 
deas es un ser que debe contar 
con un enorme capital y una de- 
voción admirable. Claro es que 
cualesquiera aficiones cuestan 
mucho dinero y una suma de 
energía digna de mejor empleo. 
Además téngase en cuenta que 
las colecciones, como el infinito. 
no tienen limites, querer ence- 
rrar en cajas, invernaderos, vi- 
trinas, etc.. todas las variedades. 
es una empresa imposible. 

Los «orquideófilos» impeniten- 
tes, aquellos que se pasan la 
vida entregados a la tarea de 
reunir ejemplares y ejemplares. 
son tal vez. sobre todos los co- 
leccionistas, los más devotos. 
los más encarnizados. Su afició.n 
raya en la monomanía, o es una 
forma de esa enfermedad. 

Hay un cuento de Enrique 
Conscience. <EI aficionado a las 
dalias», en el que se describe de 
mano maestra el tipo de colec- 
cionista floricultor. El protago- 
nista de la narración llega a pe- 
learse seriamente con un rival, 
estando a dos dedos del crimen, 
amén de encontrarse a punto de 
destruir la felicidad de su hija: 
todo porque supone que aquél 
ha destruido un tubérculo de 



N O 1^ A B L E 



O R Q U 1 D E A 




una especie de dalia ralísima. 

Parece ser que cuanto más 
suave y espiritual es el objeto a 
coleccionar, mayor y más furio- 
sa resulta la monomanía. 

No sabemos hasta dónde pue- 
de llegar un filatelista que persi- 
gue la más difícil de las estam- 
pillas; pero debe suponerse que 
le parecerán pocos todos los sa- 
crificios. Pues bien; el hombre 
que ama las flores, las flores ex- 
trañas, exóticas, las que nadie 
tiene, las que pueden ocasionar 
la envidia ajena y satisfacer la 
vanidad propia, resulta capaz de 
de lo imposible. Aquel que daba 
las reglas a que debe sujetarse el 
bibliófilo para robar libros podía 
escribir algo parecido acerca de 
las orquídeas. 

Estas flores, monstruosas co- 
mo microbios, están repartidas 
en los climas cálidos y templa- 
dos. Algunas son fáciles de en- 
contrar: pero éstas no valen 
nada al lado de las orquídeas 
que hay que buscar en las regio- 
nes tropicales. 

Cuando los ejemplares de or- 
quídeas llegan a poder de los co- 
leccionistas, éstos tienen que 
aclimatarlos en sus invernade- 
ros, pudiendo calcularse que sólo 
un pequeño tanto por ciento de 
las plantas llega a sobrevivir al 
cautiverio, porque la orquídea es 
salvaje, bravia y. como las razas 
que viven libres, perece dentro 
de los límites de la civilización. 

Este ejemplar fué cultivado 
por el doctor Edmundo Four- 
nier. en Neuilly. y es sin disputa 
el más asombroso de todos los 
conseguidos hasta el día. 



II n 11 II u tr 11 li 11 Ll 11 II II II it LL-n u u 11 11 ■■ ti H Fi 11 II « T 



1 1 n 11 II Li II 11 II ri n » ii u i i ii it il ll u n ii ll ir 



M^M^l^^rG 



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DE UN SOFÁ Y 
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AMUEBLADAS Y DECORADAS EN LOS ESTILOS ANTIGUOS 

SUIPACHA. 658 



— 13>I_7v^-S 'V-'Lm:2yN.— 




ANEXO: Avenida de Mayo, Perú y Riuadauia 



— I ^LJV,' 



■V^L^'l"U>.-\— 



UN PAISAJE 
1. I X A R 



Las alturas lunares se 
calculan desde la tierra 
midiendo las sombras de 
los objetos lunares. Dice 
sir Roberto Bael: «Los pi- 
cos de las montañas de la 
luna hacen grandes y 
bien definidas sombras, 
caracterizadas por una 
precisión que no encon- 
tramos en las sombras de 
los objetos terrestres. La 
diferencia entre ambos 
casos tiene por causa la 
falta de aire en la luna, y 
aprovechamos la preci- 
sión de las sombras para 
medir las alturas de las 
montañas de la luna. Del 
mismo modo, puede me- 
dirse la altura de otros 
objetos lunares, como, 
por ejemplo, las eminen- 
cias que rodean una lla- 
nura circular». El hombre 
de ciencia, casi es innece- 
sario decirlo, se ve mucho 
más ayudado en sus in- 
vestigaciones, por la cir- 
cunstancia de que la luna 
es. entre todos los cuer- 
pos celestes, nuestro ve- 
cino más permanente. Se 
ha dicho que la superficie 
de la luna es más conoci- 
da de los astrónomos que 
el interior del África por 
los exploradores. 







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líLTROPOL BAZAR 



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C/45A /4«ce«TIWA 






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(•'. 5T/4l?OPOI.JI',i ! 

340 C. PeaECRIMl ( 



exposición 

OE PORCeWdAá 

RECIÉN RIÍCIBIDA5 

OE LA CHÍMA Y DEL JAPÓN 









II 

EL >üRTI0O,. I i 

1:5 IMCOMPARAGLü ¡! 

u no ADMiTem Yi % 

ií C0MPETI-I1CIA ¡í ^i 



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El hogar más feliz es aquel donde no hay 

enfermedades; donde tanto los padres como 

los hijos tienen organismos equilibrados y 

vigorosos. 

Ipcrbiotina Malcsci 

hace hogares felices, llevando la salud a to- 
dos: grandes y niños; hombres y mujeres. 
Es un preparado poderoso que vigoriza 
y reconforta. 

VENTA EN DROGUERÍAS Y FARMACIAS 
Preparación patentada del Establecimiento Quí- 
mico Dr. Malesci - Firenze (Italia) 
Inscripta en la Farmacopea del Reino de Italia. 

M. C. de MONACO 

Único Concesionario- Importador para Sud y Cen- 
tro América: VI AMONTE, 871 - Buenos Aires. 



— I=»LJV^^ 



>>^— 



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X* 

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LA MODA EN HARRODS 

MODELOS EXCLUSIVOS DE ESTACIÓN 




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'"■" ^^ -^ » ^^ 12635 

613 \^V^ 
\ 

12828 V^flWi ^^,^^^ >- 

/'r^ 12783 ÍP5? ' 

>- ^ 

12793. — SOMBRERO MUY CHIC, en felpa, copa drapeada. ^ '*' 

ala cubierta con un precioso bandeau de pluma. Co- , q 

lores azul marino, marrón y negro, a $ T'O. 

613— SOMBRERO LEVANTADO, adornado con un __ W-y>^ — V 12759 

pouf de aigrette, en negro, a % J O» ^ "*«k^ 

EL MISMO MODELO, con imitación aigrette, a $ 55. — 

12V83--SOMBRER1TO MUY NOVEDOSO, e.i ter- ^^ 
ciopelo negro, azul o marión, adornado con cinta, $ ^\J» 

12835 -- ELEGANTE CANOTIER, ala de terciopelo con un pe- ,2334 mUY BONITO SOMBRERO de satín couHssé, ador- 

queño reborde, fondo souple en satín matelassé. En -^ ^^^^ ^^^ ^j^j^ terciopelo, en negro, azul o marrón. -^ 

negro, blanco, azul o marrón a $ 00« ^ ^ ó^» 

12759- ELEGANTE TOCA drapeada en felpa, adornada con 
12828- PRECIOSA TOCA drapeada en terciopelo -yf\ un grupo de alitas. En negro, azul marino o topo, ..^ _ 
negro, azul marino o marró.n a $ Ov/» a $ O»?. 

ÍJJD W^t^i^rW Q FLORIDA S77 

K^^Mdi 1 V^ViXO Y PARAGUAY 554- 



P LVS VLTR a 






; ^FÑT\m\N 



U'HimíN^ ::; 



i -L.X ;-^ \ L. 1 !-• X- 



El stunpido de les caño- 
nazos del Fuerte, haciendo 
las salvas reales, y el repi- 
q je general de las campanas 
de Iglesias y conventos des- 
pertaron regocijados a los 
««cines del Puerto de Bue- 
iMis Aytes. an la ma<irugada 
dd 15 de noviembre de 1760. 

Al retumbo, gran trajín 
«inpM¿ en las casas del se- 
Aorío. Corrían pnauícsoslos 
nafroa aKÍav«s al impera- 
tiva llamado de loe amos: 
uno en ancha )o(aiiu de ba- 
rro llevaba el agua de la ti- 
naja para las abluciofMs.otro 
el encendido velón para 
alumbrar los aún oscuros 
aposanios; la mulatilla el 
mate de leche para la seAora. 
el muleque boJtal el amargo 
cároarrte para el amo; todo 
ello con mucho griterío, mu- 
cha alharaca, repitiendo ór- 
denes, querellándose mutua- 
mente; dando al fin tanu 
algarabía, bien menguada 
cosa de provecho. Activábase 
en las oodnas la lumbre de 
los iofooes para adelantar la 
hora habitual del yantar, 
acuciados todos por tí deseo 
de llegar maAaneros a los 
balcones del Cabildo. Comió- 
se luego a toda prisa y agran- 
des bocados, sin presur ma- 
yor atención a las viandas 
servidas. 

Salieron a liu aquel día 
las ropas de ceremonia. Los 
wfcji s t de respeto auviáron- 
ae con caaacones abrochados, de falda de mu- 
dio vuelo y vueltas grandes; los mozos, más 
petrimetres. con casaca muy abierta para lu- 
cir el rico chupetín de raso; todos con calzón 
corto y zapato de hebilla. Tocáronse los pri- 
meros con peluca francesa de rizos, de uso 
en el anterior reinado de Fernando VI, y los 
segundos, con la que imponía la nueva mo- 
da, de coleta y lazo, bien rizadas y empol- 
vadas. El espadín de salón, de lujosa empu- 
lladura y el sombrero tricornio, completaban 
el auvio. Engalanáronse las damas con lujo- 
sa vestimenta; enjoyadas con arracadas de 
diamantes y ahogadores de perlas; ostentan- 
do altos peinados, adornados de flores y pe- 
drerías, que laboriosamente levantara en sus 
cabezas el día anterior, el mulato Gabriel, 
peluquero del señorío. Dama hubo que por 
no descomponer el castillejo de sus trenzas 
y moftos. durmió sentada la noche entera. 

Ya en las casas, que con tal lujo se ufa- 
ruban. aguardaba frente al ancho portón la 
berliiu de triple estribo, que en las cocheras 
reposara todo el aíio en plácida quietud; en 
el alto pescante, tieso y grave, el negro la- 
dino sostenía con recia mano el rendaje de 
las pardas muías, inquietas por el sonajeo 
de los cascabeles de pretales y colleras. 

Bien merecia tantos trajines, tanto acica- 
larse y el boato de trajes y adornos la cere- 
monia del día. La Muy Noble y Muy Leal 
Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto 
Santa María de Buenos Ayres. levantaba 
pendones por el Rey. proclamando al nuevo 
monarca S. M. Carlos III. 

Grande era la muchedumbre que se dirigía 
a la Plaza Mayor. Las calles San Carlos, Ca- 
bildo, Las Torres. San Martin y Santísima 
Trinidad, que a ella conducían, eran un 
hormiguero de gente. 

De acuerdo con lo dispuesto por el Cabil- 
do, habíanse enjalbegado los frentes de las 
casas y engalanado con bastidores, arambe- 
les, tapices. daiTuscos, y el ventanaje de 
flores y farolillos de color. En los tejados 
gran copia de banderas y gallardetes flamea- 
ban al viento, dando la nota de color y de 
alegría. 

Abigarrado conjunto presentaba la multi- 
tud en sus tipos, ropajes y arreos. Veíanse 
allí indios pampas, coyas y tapes guaraníes, 
de cetrino color, salientes pómulos y torvo 
mirar, luciendo extraAa vestimenta: mulé. 
ros de las arrias del Tucumán: negros de 
encrespado pelo, vestidos con pantalón a la 
rodilla, zamarra de bayeta y calzados con 
tamangos. Mulatos pretenciosos galleaban. 
perfumados y engalanados con chillones tra- 
jes; vaqueros de la campafta, de negra barba 
y larga melena, ataviados con botas de cuero 
sin curtir y chillona rodaja, pantalón corto, 
cribado calzoncillo y en sus hombros una 
esclavina, que llamaban iponcho», sustitu- 
yendo algunos el pantalón por el «chiripá*, 
manta de paflo. a guisa de saya pasado 
entre los muslos, cuyo uso empezaba a ge- 
neralizarse. 

Qrculabar. 
joviales, grav 

mitas, ar;s- ._; .í; 

los no. ,aos por un día a ia mo- 

nacal c. . zaban gozosos, a hurto de 

las miradas i» ¡os graves y discretos Padres. 




P€IQD 



habíanse retraí 

do. como protes- 
ta contra las ten- 
dencias liberales 
delnuevomonar- 
ca. quien, asegu- 
rábase, era de 
ellos enemigo. 

Crecía el tumulto, la grita y el bullicio al 
aproximarse a la Plaza, bregando el popula- 
cho para abrirse paso. Dos beatas con há- 
bito de la Compañía, sotana negra, toca y 
manto, pugnaban por escapar a las soeces 
zumbas y bellaquerías de una taifa de pica- 
ros, a los que hacían coro varias desvergon- 
zadas cuarteronas, que lucían muy garbo- 
sas, pollera de vuelta angosta con muchos 
faralaes, mantilla de tafetán doble, pesados 
zarcillos en las orejas y un gran manojo de 
rojos claveles en el pelo. 

Daban una nota de color algunos mamelu- 
cos paulistas con sus chillonas bombachas de 
angarípola, formando corrillo con un grupo 
de «gauderios» de allende el Uruguay. 

Graves y circunspectos, serios castellanos 
se apartaban del populacho, terciadas, a 
pesar de la calor, sus luengas capas devuelta 
entera y cubiertos con aludos sombreros, 
prendas ambas que presto reformadoras 
pragmáticas del nuevo monarca iban a re- 
ducir en largo y amplitud. 

Negros pasteleros pregonaban con chillo- 
nes gritos su mercancía: aceitunas aliñadas 
con picantes, empanadas, roscas de maíz, al- 
fajores y alfeñiques; otros ofrecían refrescos, 
limonada, vinagrillo y horchata; mientras al 
tranco de sus caballos iban los fruteros con 
árganas repletas de naranjas, que mercaban 
con afán, golosos, los rapazuelos. 

Pero el chusmerio daba su preferencia a 
las pulperías; el consumo de vino, chicha y 
aguardiente, que aunque fuera resacado no 
hacía mella en sus curtidos gaznates, prego- 
naba la fuerza de su realismo; vaciábanse 
con presteza los odres y botijos que el pul- 
pero abría presuroso, mientras avizoraba a 
la picara clientela, lista para hurtar el cuer- 
po al pago, que en ese día no se bebía al 
fiado por tarja, sino real en mano. 

En los huecos y esquinas habíanse impro- 
visado bodegones, donde se asaban castañas, 
chorizos, chinchulines y pedazos delechón y 
freíanse buñuelos y pasteles, apestando el 
ambiente el tufo de grasa y aceite frito. 

Toda la población de Buenos Aires y sus 
pagos aledaños, habíase reunido en la Plaza; 
desde los del «Barrio Recio», con fama de 
barraganes y contrabandistas, hasta los del 
«Alto de San Pedro», pendencieros y cuchi- 
lleros. Del Pago de los Montes Grandes de 
San Isidro, de la Cruz de los Quilmes y de la 
Guardia de Lujan, a pie, a caballo, en muía, 
en carretillas y en carretas, habían acudido 
a las fiestas, que formaban época en la mo- 
nótona vida de la ciudad. 

El polvo levantado por millares de pies y 
el fuerte sol, empezaban a convertir en asfi- 
xiante el ambiente, aturdiendo el estrépito 
de los cohetes, tronantes y montantes, que 
al reventar en el aire, llevaban al colmo el 
loco bullicio de la multitud. 






Rebosante de 
damas y caballe- 
ros estaban los 
salones y balco- 
najedel Cabildo. 
Talento, noble- 
za, señorío y ri- 
queza estaba allí 
representado por toda la gente hidalga, de 
abolengo y adinerada de Buenos Ayres: dig- 
natarios, prelados, magistrados, cabildantes, 
militares y comerciantes. 

Restaba brillo a las ceremonias en tan 
auspicioso día la ausencia del Gobernador, 
general don Pedro de Cebailos, a quien rete- 
nía en Misiones el desenredo del malhadado 
('Convenio de Permutan que diera origen ala 
sangrienta «'Guerra guaranítica», y la del 
Obispo don José Antonio Bazurco, a quien 
grave dolencia, de que falleció pocos meses 
después, postraba en el lecho. 

Entre la aristocrática concurrencia del Ca- 
bildo, distinguíase al Marqués de Valdelirios, 
de paso en Buenos Ayres en su rggreso a 
España. Comisionado por el Ministro Carba- 
jal para la ejecución de la entrega de los 
pueblos de Misiones al Portugal, su actua- 
ción muy discutida, fué contrarrestada por 
la enérgica y patriótica de Cebailos, quien 
logró al fin hacerlo retornar a España. A su 
vera formábanle corte los enemigos de Ceba- 
ilos, Hilson, Viana, Maziel. 

Veíase en los salones al Teniente Rey don 
Alonso de la Vega, al Alférez Real don Ge- 
rónimo Matorras, a don Francisco Rodrí- 
guez de Vida. Alcalde de primer voto, al de 
segundo don José de Iturriaga y a los Al- 
caldes Ordinarios don Juan de LezJca y don 
Marco José de Riglos: diputados Alvarez, 
Campana y Bartolomé Quiroga. 

Citábanse los nombres de López Osornio, 
Moreno y Argumoza, Belgrano y Peri. Lerdo 
de Tejada. Tocornal, Ramos Mexía, Irigo- 
yen, Aguirre, Sánchez Larrea, Obligado. Pi- 
nedo, Osorio, Cárdenas. Azcuénaga. Aldao. 
Bustillo, Urien, del Pino Sarratea. Mansilla. 
V/arnes, Basavilbaso, Alzaga. Vera y Ara- 
gón. Gainza, Vetazco, Quintana, Ortiz de 
Rozas. Rivarola, Salas y Maestro de Campo 
don Juan de San Martín. En representación 
del Cabildo de Montevideo había concurrido 
el Alguacil Mayor don Bartolomé Mitre. 

Por su ilustración y talento señalábanse 
los doctores Baltazar Maziel, Claudio Ros- 
pigliosi, José de Andújar, José Carranclo, 
Benito González Rivadavia. Baltazar So- 
roa. José Manuel de Labarden y Fray Pan- 
taleón García. 

En los balcones agrupábanse las familias 
de Altolaguirre. Escalada, García Pasos, 
Otarola, Díaz Vélez, Balbastro, Ibáñez. Ba- 
rragan. Arana, Gálvez, Agüero, Castellanos, 
Zamudio y Orbe. 



A las tres de la tarde salió del Cabildo el 
Teniente Rey, en representación de Ceba- 
ilos, rodeado de los Alcaldes y Regidores, 
precedidos por los maceros y escoltado por 
el Cuerpo de Dragones. 

La casa del Alférez Real, a donde se diri- 
gió el cortej:) en busca del Real Estandarte, 



estaba lujosamente para- 
mentada; ricas colgaduras de 
damasco carmesí y artísticos 
bastidores cubrían su frente, 
levantándose en la portada 
un elegante arco de flores y 
banderas. En el patio dos 
retablos, con los retratos del 
Rey y la Reina, y bajo regio 
dosel recamado de oro, con 
guardia de honor, el Real Es- 
tandarte. 

Apeóse al llegar el Regidor 
Decano y tomando el Es- 
tandarte hizo de él entrega 
al Alférez Real, con el cere- 
monial de práctica. Púsose 
entonces en marcha el corte- 
jo, entre el ruido ensordece- 
dor de trompas, clarines y 
atabales. Encabezaban el 
desfile ios Dragones a caba- 
llo, espada en mano y los 
maceros del Cabildo con ro- 
jas dalmáticas, gorra de ter- 
ciopelo y al hombro la maza 
de plata. Seguían de dos en 
dos los vecinos más expecta- 
bles, montados en briosos y 
bien arreados caballos, luego 
los Regidores: Mantilla, Es 
parza. García Zúñiga, Azcué 
naga, Bustamante. Castro 
Castillo. Quintana y Ramos 
Rodeado por una Guardia 
de honor, iba el Alférez Real 
en un magnífico caballo, en 
jaezado con bridas de seda 
tapafunda. mandil de bor 
las. gualdrapa de brocato 
todo bordado con pasamane 
ría de oro y plata. Bizarra 
mente llevaba el Estandarte, 
del que a su vera, los dos 
alcaldes tenían las borlas; cerraba el cortejo 
otro escuadrón de Dragones. 

De esta guisa siguióse la marcha hasta la 
plaza Mayor, acompañados por el griterío 
de la entusiasmada muchedumbre. En el 
centro de la Plaza habíase levantado vis- 
toso tablado, tapizado con alfombras y ador- 
nado con banderas y gallardetes. A él subie- 
ron el Alférez Real, Regidor Decano y los 
Alcaldes junto con el Escribano del Cabildo. 
Sonó breve el clarín, a cuyo son hízose el si- 
lencio; tremoló el Alférez el Estandarte, 
proclamando tres veces: 

('Castilla y las I ndias por el Rey Carlos 11 1 ». 
Atronó el espacio ensordecedor ruido: sal- 
va de los cañones del Fuerte, redoble de ata- 
bales, clarines y trompas, repique de las 
campanas, estampido de cohetes, bombas y 
morteros y el griterío y clamoreo del pueblo, 
más excitado aún con el reparto de medallas, 
a puñados arrojadas desde el tablado. 

Púsose de nuevo en marcha el cortejo en 
el orden anterior, repitiéndose la proclama- 
ción frente a San Ignacio, Hospital, San 
Francisco, Santo Domingo y la Merced. 
Después de cantarse un solemne Tedeum. 
retornaron a la casa de Matorras, donde 
quedó depositado el Estandarte. 



Por la noche hubo luminarias y candela- 
das en la Plaza y calles. El frente del Cabildo 
semejaba, al decir de la gente, una ascua de 
oro con sus miles de candilejas. Quemáronse 
vistosos fuegos de artificio; castillos de luces. 
combates navales, rodantes, batafuegos, 
montantes, girándulas y tronantes y en los 
arrabales fogatas de alquitrán. 

Para regocijo del pueblo fueron los feste- 
jos en los siguientes días: corridas de toros, 
juegos de cañas y sortijas, paseo de gigantes 
y enanos, danzas, estafermos, botargas, cu- 
caña, palmas, alcancía y fandangos de negros. 

Gran prueba de su lealtad dieron los gre- 
mios con sus cabalgatas: el de plateros paseó 
un artístico castillo y una falúa tripulada por 
seis niñas vestidas de marinero; los carpin- 
teros organizaron una vistosa mogiganga a 
caballo; los sastres una mascarada en un 
carromato triunfal; los zapateros una bur- 
lesca encamisada con orquesta. 

Para el señorío hubo comedias y óperas en 
los salones del Fuerte y del Cabildo, donde ss 
levantaron teatros, decorados con tapices e 
iluminados profusamente con faroles y ha- 
chas de cera. Destacábanse a ambos lados 
del escenario doradas tarjas con versos alu- 
sivos a! acontecimiento. 

Dieron digno remate a las fiestas, el sarao 
de don Agustín de Pinedo y el banquete de 
noventa y seis cubiertos que dio don Geró- 
nimo Matorras, que terminó en un gran baile, 
en el que hicieron los honores doña Manuela 
Larrazábal su esposa y su hija María Juana. 

No fueron olvidados el pobrerío y los des- 
graciados; dióse al primero un popular y 
abundante banquete y a los presos de la 
cárcel una gran comida. 

Grande y perdurable recuerdo dejaron los 
festejos de la proclamación en la memoria 
de los tranquilos habitantes de la porteña 
ciudad. 

B. I. Mallol. 

DIBUJO DE FORTUNY. ■' 



— IJi-^^'í^ >^'i^'I I^^^— 




a Komttuióti fe fe td 



^rmog, 



\ :— \ L 1 J^'. X — 





Detrás de las pintorescas barrancas de Belgrano, 
en una mansión sencilla y moderna, tiene su «he- 
me» el doctor Joaquín V. González; esa es «la 
escondida senda» del talentoso autor de Mis Mon- 
tañas y La Tradición Nacional. 

Allí fui a verle, días pasados, y mientras^ espe- 
raba su persona en el interior de un pequeño ga- 
binete de estudio, mi vista empezó a vagar por el 
moblaje y la habitación... Dos cosas me lla- 
maron la atención, un busto broncíneo de Volt^i- 
re, sobre el escritorio, y la ventana que, frente a 
éste, dejaba penetrar la luz de la calle. 

¡Voltaire! me dije... ¿Por qué Voltaire?... 
¿Será el doctor González un íntimo admirador de 
la doctrina de aquel genial filósofo escéptico?. . . 
Yo sé que no se tiene impunemente un busto de 
Voltaire encima de una mesa de trabajo: hace años 
que tuve uno. en tal sitio, y sufrí el contagio de 
su risa sarcástica hasta el punto de que por ahí 
anda un artículo mío titulado Fuentes perdidas, 
en que es bien visible la influencia del rictus vol- 
teriano sobre mi ánimo. 

Pasando a la ventana, ¿a que no sabéis qué 
extraña reminiscencia vino hasta mí, desde el 
fondo de añejas lecturas de la infancia? ¿Y qué 
original relación de ideas me sugirió el recuerdo?. .. 
Pues, la siguiente: cuentan crónicas de infolios 
medioevales, que en Cangas de Tineo, a princi- 
pios del siglo XV, el célebre Marqués de Villena 
era tenido por hechicero entre las gentes de la 
comarca, por la razón de que la ventana de su 
habitación en el castillo dejaba ver luz encendida 
a altas horas de la noche. . . Y yo pensé (!): en 
este pacifico barrio de Belprano. cuántas veces el 



IMPRESIONES Y 
CONFIDENCIAS 



transeúnte retrasado, al enfrentar por la noche la 
ventana del escritorio del doctor González, quien 
indudablemente trabaja a veces en la medianoche 
dada su vasta y múltiple labor intelectual, no 
sentirá cierto supersticioso respeto y se dirá entre 
sí: ¡El doctor González estudiando la política 
argentina!. . . Como antes se decían: ¡El Marqués 
de Villena estudiando la magia y sus conjuros! . . . 

A esta altura de mi divagación, entró el doctor 
González en el gabinete: su persona tenía todo el 
aspecto de quien se levanta de dormir. . . Era la 
una de la tarde. 

Y con la parsimonia que es característica en el 
ilustre senador riojano, se inició nuestra conversa- 
ción; rodó ésta sobre tópicos diversos, al prin 
cipio. . . No es el doctor González de aquellas per- 
sonas de locuacidad natural: pesa las palabras, 
mide el sentido y alcance de todas ellas. 

— ,¡Cuál fué su primera vocación, doctor? — 
le interrogué después del preámbulo consiguiente. 

— Mi primera vocación infantil — respondió el 
doctor González fué la poesía, y sigue siendo 
mi pasión... infantil. Me pasé muchos días va- 
gando solo entre las viñas paternas de Nonogasta 
y Chilecito, recibiendo revelaciones de la natura- 
leza, algunas de las cuales sólo ahora voy comen- 
zando a comprender. Una vez había escrito unas 
estrofas largas, es decir, muchas; y como mi ma- 
dre me las descubriese, me dijo: Muéstraselas a 
tu padre, que le va a gustar... Temblando de 
miedo se las mostré una tarde muy apacible, sen- 
tados en el enorme patio de casa. Cuando acabé 
de leerlas, mi padre y mi madre, que conocían mi 
inclinación prematura por una de mis primitas. 



la cual tendría los mismos ocho años que yo, se 
rieron entre satisfechos y burlones, y yo no paré 
de correr hasta hallarme debajo de un manzano 
de la finca, distante dos cuadras, lo menos, del 
sitio de mi primera lectura. 

— Seguramente, en sus lecturas de entonces, 
primarían las obras literarias, doctor. 

• — En mi primera juventud, que ha sido muy 
larga porque empezó muy temprano, leía mucho 
a Chateaubriand, El Genio del Cristianismo, y los 
clásicos españoles. — los poetas del siglo de oro, — 
y en mis años de colegio intensifiqué mucho la 
lectura de clásicos latinos y griegos, historia, y 
mucho Macaulay y otros historiadores. Muy pocas 
novelas, salvo aquellas inevitables por lo famosas, 
y Lamartine, Walter Scott. Zorrilla, Hugo, y tam- 
bién los poetas indios, y la Biblia y los libros sa- 
bios de la antigüedad. 

— ¿Cuál fué la tesis con que usted obtuvo el 
título universitario de doctor? 

— Rendí mi tesis en la Universidad de Córdoba, 
en 1885, con una disertación escrita que se titula 
Ensayo sobre la Ret'olución {Tesis, etc., 1885). 
179 páginas, que quedaron después de suprimidos 
dos capítulos, por consejo de censura, y unas bue- 
nas páginas más de asunto religioso; todo lo cual, 
reunido y precedido de una introducción de ahora, 
hará un volumen de .300 páginas lo menos, — en 
breve, — cuando se reimpriman, como Chateau- 
briand reimprimió su Estudio sobre ¡as revoluciones 
antiguas, después de hacerse católico, con la dife- 
rencia de que yo aparecí liberal entonces y... 
ahora no me siento cambiado. . . 

El doctor González nació en la aldea de Nono- 
gasta, al pie de la gran sierra nevada del Fama- 
tina, el 6 de marzo de 1863. Sus recuerdos esco- 
lares están llenos de anécdotas narradas en «Mis 
Montañas», «Cuentos» e «Historias». 

— ¿Por cuál de las personalidades argentinas, 
de los últimos tiempos, siente usted más admira- 
ción y respeto? 

— Nuestro país no está aún en edad cultural 
para producir el hombre admirable, si bien puede 
dar y ha dado muchos que tienen mayor o menor 
número de cualidades, fases o rasgos dignos de 
admiración. Así (hablo dentro del período de los 
últimos 50 años de la pregunta), Urquiza, Mitre, 
Sarmiento, Gutiérrez (Juan M.), Alberdi, Avella- 
neda, Roca, Quintana, del Valle, Estrada, Pelle- 
grini, y otros más. tienen estos varios o singulares 
aspectos admirables de su personalidad, o bien 
reúnen una mayor suma de condiciones, que los 
colocan en la categoría de los hombres dignos de 
admiración. Además, yo he estudiado mucha his- 
toria antigua y moderna, y me resulta difícil, en 
nuestra época, calificar así, netamente, de hom- 
bre admirable, sino a muy pocos en el mundo. 
Luego, la condición de admirable para los espíri- 
tus como el mío, rara vez se halla en la política, 
y sí me es más fácil encontrarlo en el arte, la 
poesía, la elocuencia, la filosofía, la literatura, en 
fin, y también en la política, siempre que un fondo 
y una orientación ética y estética, definan la per- 
sonalidad y su acción. 

— ¿Qué opina usted, doctor. — insinué, — de 
la actual crisis política interna? 

— Que es una honda crisis de valores políticos 
e institucionales, que contribuirá a afirmar el con- 
cepto de nuestra historia y de nuestro régimen 
constitucional, para. . . después. 

— ¿Y cuál es, según su criterio, entonces, la mi- 
sión del futuro presidente de la República? 

— Gobernar con la Constitución, — repuso gra- 
vemente el doctor González, — restaurar la cultu- 
ra, la educación política y el legado de progresos 
heredados de las generaciones anteriores, reafir- 
mar el orden, el crédito y la autoridad nacional, 
levantar de la humillación y postración a las pro- 
vincias, simplificar las administraciones federal y 
provinciales, y desarrollar la producción y las in- 
dustrias propias de la Nación y de las Provincias, 
restablecer nuestra política externa tradicional, 
sobre las bases de nuestro mayor valimiento na- 
cional y solidario en América y en Europa, y acen- 
tuar el valor moral, intelectual y político de nues- 
tra democracia, acercándola a los destinos de las 
más avanzadas democracias de América y Euro- 
pa; arreglar sobre bases firmes para el progreso 
y la paz de la Nación, el problema social. 

Iba a retirarme; el doctor González se puso de 
pie, cortésmente. De nuevo, recobró su habitual 
actitud de modorra y ensueño. . . Yo pensé en las 
características que el vulgo le atribuye y me pa- 
reció que al irme de allí, el doctor González tor- 
naría quizás al lecho. . . 

Pero la sonrisa del busto de Voltaire me suges- 
tionó de improviso; el rostro irónico del gran pen- 
sador parecía decirme: «¡Es falsa la conseja; esto 
ciudadano, de quien todo el mundo dice que siem- 
pre duerme, es, felizmente para la patria, uno de 
los pocos que velan por sus destinos!» 

Claudio Arena. 




DE LA GALERÍA DEL SEÑOR JOSÉ BLANCO CASARIEGO. 



LA ORACIÓN DE LOS HUMILDES 

CLE3 DE SOTOMAYOR. 




PIVS 
. VITPA 



— ir>i_;v:s 



L.A 



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OLl'N TAD 

Yo conocí una vez a un hombre que valia más 
que su obra. Emerson anota que esto es bastante 
común en los individuos de carácter. Lo que hizo 
mi hombre, aquello que él consideraba su obra 
definitiva, no valia cinco centavos; pero el resto. 
el material y el medio para obtenerlo, eso no lo 
volverá a hacer fácilmente nadie. 

Los protagonistas son un hombre y su mujer. 
Pero intervienen un caballo, en primer término: 
un maestro de escuela rural: un palacio encan- 
tado en el bosque, y mi propia persona, como 
lazo de unión. 

Hela aquí, la historia. 

Hace cinco afios - a mediados de 1913 — fué 
a casa, en el monte de Misiones, un sujeto joven 
y rubio, alto y extraordinariamente flaco. Tipo 
eslavo, sin confusión posible. Hacia posiblemente 
mucho tiempo que no se afeitaba: pero como no 
tenia casi pelo en la cara, toda su barba consistía 
en una estrecha y larga pelusa en el mentón — 
una barbicha. en fin. Iba vestido de trabajo: 
botas y pantalón rojizo de género de maleta, con 
un vasto desgarrón cosido a largas puntadas por 
mano de hombre. Su camisa blanca tenia rasga- 
duras semejantes, pero sin coser. Se le veia la piel 
que hacia casi daño por su blancura. 

Ahora bien: nunca he visto un avance más 
firme — altanero casi — que el de aquel sujeto por 
entre los naranjos de casa. Venia a comprar un 
papel sellado de diez pesos que yo. dada mi situa- 
ción oficial en aquel entonces, estaba en el caso 
de venderle. 

Esperó, bien plantado y mirándome sin el más 
leve rastro de afable sonrisa. Apenas le entregué 
su papel, saludó brevemente y salió, con igual 
aire. Por atrás, desde media cintura le colgaba 
una faja de camisa que arrancaba desde el hombro. 
.Abrió el portoncito y se fué a pie. como había 
venido, en un país donde solamente un tipo en 
la miseria no tiene un caballo para hacer visitas 
de tres leguas. 

¿Quién era? Algún tiempo después lo supe, de 
un modo bastante indirecto. El almacenero de! que 
nos surtíamos en casa, me mandó una mañana 
ofrecer un anteojo prismático de guerra - algo 
extraordinario. No me interesaba. Días después 
me llegó por igual conducto la oferta de una Pa- 
rabellun con 600 balar, por 60 pesos, que adquirí. 

Y algo más tarde, siempre por intermedio del 
rr.ismo almacén, me ofrecían varias condecoracio- 
nes extranjeras - rusas, según la muestra que en 
la maleta traía el muchacho de casa. 

Me informé bien, entonces, y supe lo que quería. 
El poseedor de las condecoraciones y el hombre 
del papel seHado eran el mismo sujeto, desde 
luego. Y ambos se resumían en la persona de Ni- 
colás Dmitrovich Bibikoff. capitán ruso de arti- 
llería que vivia en San Ignacio desde dos años 
atrás, y en el estado de última pobreza que aque- 
llo daba a suponer. 

Me expliqué bien, entonces, el aire altanero de 
mi hombre, con su fira colgante de camisa: se 
defendía así contra la idea da que pudieran creer 
que iba a solicitar ayuda, a pedir limosna. ¡El! 

Y aunque yo no soy capitán de ejército alguno 
ni poseo condecoraciones otorgadas por una augus- 
ta mano, aprecio muy bien el grado de miseria, 
la necesidad de comer algo del tipo de la barbicha, 
cuando enviaba sus colgajos a subasta, a un bo- 
liche de mensús. 

Supe algo más. Vivía en el fondo de la colonia, 
contra las barrancas pedregosas del Yabebirí. 
Había comprado 25 hectáreas -y no definitiva- 
mente, a juzgar por el sellado de diez pesos para 
reposición. Todo allí; chacra, Yabebirí y cantiles 
de piedra, queda bajo bosque absoluto. El monte 
cerrado da buenas cosechas, pero torna la vida 
un poco dura a fuerza de barigüis, tábanos, mos- 
quitos, uras y demás. Es muy posible dormir la 
siesta alguna vez bajo el monte, y despertarse 
con la ropa blanca de garrapatas. Muy pequeñas 
y anémicas, si se quiere: pero garrapatas, en fin. 
Como medios de comunicación a San Ignacio, sólo 
hay dos formales: el vado del Horqueta y el puente 
sobre el mismo arroyo. Cuando llueve en forma, 
el puente no da paso en tres días, y el vado, en 
todo el periodo. De modo que para los pobladores 
del fondo aún los nativos la vida se com- 
plica duramente en las grandes lluvias e invierno, 
por poco que falte en la casa una caja de fósforos. 

Allí, pues, se había establecido Bibikoff en 
compañía de su esposa. Plantaban tabaco, a lo 
que parece, sin más ayuda que la de sus cuatro 
brazos. Y tampoco esto, porque él, siendo enfer- 
mo, tenía que dejar f>or días enteros toda la tarea 
a su mujer. Dinero, no lo habían tenido nunca. 
Y en el momento actual, el desprendimiento de 



algo tan entrañable para un oficial europeo como 
sus condecoraciones de guerra, probaba la total 
miseria de la pareja. 

Casi todos estos datos los obtuve de mi verdu- 
lero, llamado Machinchux. Era un viejo maestro 
ruso, de la Besarabia, que había conseguido a su 
vejez hacerse desterrar por sus ideas democráticas. 
Tenia los ojos azules más cariñosos que haya visto 
en mi vida. Conversando con él. parecíame siem- 
pre estar delante de una criatura; tal era la pu- 
reza lúcida, mansa y llena de afabilidad para su 
interlocutor, de su mirada. Vivía con gran difi- 
cultad vendiendo verduras, que obtenía no sé 
cómo, defendiéndolas de las hormigas, el sol y la 
seca, para sus cuatro o cinco clientes. Iba dos 
veces por semana a casa. Conocía a Bibikoff. 
aunque no lo estimaba mayormente; el capitán 
de artillería era francamente reaccionario, y él. 
Machinchux. estaba desterrado. 

— No tiene sino orgullo - me decía. - Su mu- 
jer vale más que él. 

Era lo que yo deseaba constatar, y fui a verlos. 

Una hectárea rozada en el monte, enclavada 
entre cuatro muros negros, con su fúnebre alfom- 
bra de árboles quemados a medio tumbar: cons- 
tantemente amenazada por el rebrote del monte 
y la maleza, ardida a mediodía de so' y silencio, 
no es una visión agradable para quien no tiene el 
pulso alterado por la lucha. En el centro del pá- 
ramo, surgía apenas de la monstruosa maleza el 
rancho de los esposos Bibikoff. Vi prime/o a la 
mujer, que salía en ese momento. Era una mu- 
chacha descalza, vestida de hombre, y de tipo 
marcadamente eslavo. Tenia los ojos azules, un 
poco achicados por los párpados demasiado glo- 
bosos. No era bella, pero sí muy joven. 

Al verme tuvo una brusca ojeada para su pan- 
talón, pero se contuvo ante mi propio aspecto de 
trabajo, y me tendió la mano sonriendo. Entra- 
mos. El interior del mísero rancho estaba muy 
oscuro, como todos los ranchos del mundo. En un 
catre estaba tendido el dueño de casa vistiendo 
la misma ropa con que yo lo había visto. — ja- 
deando con las manos detrás de la cabeza. Sufría 
del corazón, y a veces pasaba semanas enteras sin 
poder levantarse. Su mujer debía entonces hacer 
todo — incluso proseguir la plantación de tabaco. 

Ahora bien: si hay una cosa pesada, que exija 
cintura y resistencia al sol excepcionales, es el 
cultivo del tabaco. La mujer debía levantarse de 
noche aún, regar los almacigos, transplantar las 
matas, regar de nuevo, carpir a machete y azada 
la mandioca ineludible, y concluir la tarde con el 
hacha en el monte, para regresar al crepúsculo 
con tres o cuatro palos al hombro, tan largos y 
pesados que imprimen al paso un balanceo, cuya 
elasticidad es el rebote de un profundo esfuerzo 
que no se ve. 

De noche, las caderas de una mujer de veinte 
años sometida a esta tarea, duelen un poco, y el 
dolor hace cerrar los ojos- y soñar. Pero en el 
período último, habiéndose repetido los ataques 
del marido, la mujer, de noche, en vez de dormir 
en seguida, tejía cestas de tacuapí. que un vecino 
iba a vender a los boliches de San Ignacio, a un 
precio suficiente para que les permitiera comprar 
medio kilo de grasa quemada de vez en cuando. 

Pero, ¿qué hacer? En la media hora que estuve 
con ellos, Bibikoff se mantuvo en una reserva casi 
hostil. He sabido después que era muy celoso. 
Mal hecho, porque su mujercita. con aquel pan- 
talón y aquellas manos ennegrecidas de barigüis 
y más callosas que las mías, no despertaba otra 
cosa que gran admiración. 

Así hasta agosto de 1914. Jamás hubiera ima- 
ginado yo que un cardíaco con la asistolia de mi 
hombre pudiera haber tenido veleidades guerre- 
ras, cuando mucho más fácil y corto le habría sido 
quedarse a morir allí. No pasó esto, sin embargo, 
y con la sorpresa consiguiente supe a fines de 
agosto que el capitán de artillería se había em- 
barcado para Buenos Aires, rumbo a su patria. 

¿Y el dinero? ¿Y su mujer? Ambas cosas las 
supe por Machinchux. que desde el comienzo de 
la guerra venía cada dos días a casa a comentar 
mapas y estrategias conmigo. El caso es que Bi- 
bikoff necesitaba dinero para irse, y no lo tenía. 
Entonces Machinchux había vendido su caballo 
¡lo único que tenía! - y le había dado su importe 
a Bibikoff, a quien no estimaba, pero que quería 
cumplir con lo que él creía su deber. 

¿Y usted. Machinchux? le dije. ¿Cómo 
va a hacer para traer la verdura? 

Por toda respuesta el viejo maestro democrá- 
tico se sonrió, mirándome por largo rato. Yo me 
sonreí a mi vez. Hay cosas que un hombre no 
puede hacer: pero yo tenía un buen nudo en la 
garganta. Desde la ausencia de su marido, la mu- 
jer estaba en casa de Allain, pues por veinte 
motivos a que no era ajena la juventud de la 
señora, no podía ésta quedar sola allá. 



Allain es un gentilhombre de campo, de una 
vasta cultura literaria, que se ha empeñado desde 
su juventud en empresas de agricultura. Tuvo en 
su mocedad correspondencia filosófica con Mau- 
rice Barres. Ahora dirige en San Ignacio una vasta 
empresa de yerba mate, cuyo cultivo ha iniciado 
en el país. Tiene como pocos el sentido del savoir- 
fairc. y posee una bella casa con gran hall ilumi- 
nado, y sillones entre macetas exuberantes. Esto, 
a quince metros del bosque virgen. 

Las peculiaridades de la vida de allá me lleva- 
ban a veces a verdaderos diner en ville a casa de 
Allain. Fué una de esas noches cuando saludé, en 
el hall resplandeciente, a una joven y muy ele- 
gante dama reclinada en una chaise ¡ongue. 

- Madame Bibikoff - me dijo la señora de 
Allain. 

¡Cierto! Era ella. Pero de los pies descalzos, del 
pantalón y demás, no quedaba nada, a excepción 
de los párpados demasiado globosos. Era un ver- 
dadero golpe de vara mágica. Eché una ojeada a 
sus manos; qué esfuerzos- como a machete - 
debió hacer la dama en un mes para estirar, sua- 
vizar y blanquear aquella piel, lo ignoro. Pero la 
mano pendía inmaculada, en un abandono ad- 
mirable. 

¡Pobre Bibikoff! No era de su mujer deschalan- 
do maíz de quien debiera haber estado celoso, 
sino de aquella damita que quedaba tras él, y que 
miraba todo con una beata sonrisa primitiva de 
inefable descanso. 

En total, esperaba irse en seguida a reunirse 
con su marido, cosa que pudo realizar poco des- 
pués. Mas no por eso dejó, durante su estada en 
lo de Allain. de preocuparse vivamente y atender 
su plantación de tabaco. 

Esta es la historia. Algunos meses más tarde, 
supe por Allain que madame Bibikoff le había 
confiado un manuscrito - el diario de su marido, 
en que éste contaba su vida y el por qué de su 
destierro al fondo del Horqueta, La consigna era 
ésta; no leer el diario, hasta pasado un año sin 
noticias de los Bibikoff. 

Pasó ese año, y leí el manuscrito. La causa, el 
único motivo de la aventura, había sido probar 
a los oficiales de San Petersburgo que un hombre 
es libre de su alma y de su vida, donde él quiere 
y donde quiera que esté. De todos modos lo había 
demostrado. 

El diario ese, escrito con un énfasis filosófico- 
literario 
espantoso, 
no servía 
absoluta- 
mente pa- 
ra nada, 
aunque se 
veía claro 
que el 
autor ha- 
bía puesto 
su alma en 
él — y por 
él había 
hecho lo 
que hizo. 
Y éste fué 
su error, 
emplean- 
do un no- 
ble mate- 
rial para la 
finalidad 
deunapo 
bre retóri- 
ca. Pero el 
material 
mismo, los 
puños de 
la pareja, 
su feroz 
voluntad 
para no 
hundirse 
del todo, 
esto vale 
mucho 
más que 
ellos mis- 
mos — in- 
cluyendo 
la chaise 
longue y lo 
demás. 



Horacio 

QUIROGA. 

DiBUJO DE 
ÁLVAREZ. 





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La chica del sombrero colorado, 

la que nunca me mira, 
la que pasa a mi lado como un mármol, 
me ha dejado caer una sonrisa!... 

Del jardín de sus labios 
la gracia de una amable florecilla, 
de una elocuente florecilla roja. 

ha sido su sonrisa. 
Y así como una estrella que de pronto 
volcara el halo de su luz altísima 
sobre la angustia de una noche negra 
así brilló en mi alma esa sonrisa. 
La chica del sombrero colorado 

tan lánguida y tan rítmica!... 
Tal vez pensó que no es de finos modos 

mostrarse tan esquiva 

y que al fin mi constancia 
algún gesto galante merecía: 

o bien para mostrarme 

(vanidad femenina) 

que erraban mis reproches 

tachándola de fría. . . 

Ah, si. para probarme 

que tiembla fresca y viva 
bajo la seda de su carne un alma 
y no son aguas muertas sus pupilas, 
que también tiene un corazón que late 
y no es de mármol como yo creía, 
la chica del sombrero colorado, 
la que nunca me mira, 
al pasar a mi lado, esta mañana, 
me ha dejado caer una sonrisa! . . . 



DIBUJOS DE CENTURIÓN. 



Arturo S. Mom. 



Cabeza de mi madre. 
El andar de los años y las rachas 

adversas de la vida 
como la espuma la volvieron blanca. . . 
Y se ha irisado de un profundo hechizo 

esta testa de plata 
cuyos ojos parece que estuvieran 
cansados de mirar cosas lejanas 
y perfilan tesoros inefables 
de maternal dulzura en la mirada. 

Cabeza seductora. 

sus lineas se destacan 
con la misma firmeza melancólica 

que tienen las estatuas 
del gran Miguel. Cabeza pensativa, 
relicario viviente de añoranzas: 
su belleza es la lírica belleza 
de las flores marchitas, donde vaga 
moribundo el espíritu aromado 
generatriz de plenitud pasada. 

Cabeza de mi madre, 
como el azahar de las uniones, blanca. 

Hace largos instantes que la miro 
y la ternura me inundó mirándola... 

Ahora frescos y límpidos 
corren mis pensamientos como el agua 

que fluye de las fuentes: 
un suave efluvio de pureza abarca 

todo mi ser; los ámbitos 

exiguos de la sala 
se han llenado de mística quietud: 

y siento que me embarga 
una honda emoción mirando como 
en la penumbra silenciosa, mi alma 
y la cabeza de mi madre son 
cosas que se confunden de tan blancas. . . 



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alegría 

ÓLEO DE J. HONCRELL. 



DE LA galería DEL SEÑOR 
JOSÉ BLANCO CASARIEGO. 




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niGVEL- ANGEL-BVONABIIOTI 

CASTEL~CAPEESE~I4r5"-RCnA~ 15 64- 

A vista se recrea, este momento, 
en cosas que hablan a nuestro 
espíritu con una nueva y sutil 
emoción de arte. Ya no son los 
salones suntuosos, ni los mue- 
bles, ni los tapices, ni las tallas 
antiguas. . . Son dibujos amari- 
llentos, deslucidos; pequeñas 
obras que descubren el carácter 
inconfundible de su época; boce- 
tos al lápiz, a la pluma y a la 
sanguina, donde se advierte el rasgo, el movi- 
miento, la composición, y hasta los modelos que 
hemos admirado otras veces en algunas obras 
maestras de los más célebres pintores. 

Estamos en la planta baja del Museo, ante la 
serie de dibujos que pertenecieron al coleccio- 
nista inglés Sir John Bayley, y que abarca un 
total de quinientas noventa y siete obras, ad- 
quiridas en Roma el año 1907 por iniciativa de 
la comisión nacional de Bellas Artes. 

Muchos de estos apuntes guardan en sus mo- 
tivos el sello sensual o seráfico del autor. Otros 






DIBVJOS 

NOTABLES 



nysiO NACIONy\L 
BELLAS ARTES 





E L 



T I Z, I A NI O 

PIí:VE~D1»-CAD0EE -1490 



ANI 5AL~CAR,RACC I 
bOLON IA~I56 0~L609 



en su línea ligera y fácil, dan la emoción abstrac- 
ta del momento que se ha querido impresionar; 
el trazo, ampuloso o quebrado, tiene a veces in- 
tención, es decir, cualidades espirituales y emo- 
tivas. Hay dibujos, como la fuente de Benve- 
nuto Cellini, por ejemplo, que están ejecutados 
con cierta gracia picaresca, llena de sana origi- 
nalidad, y que revelan un alto sentido estético 
y un fino concepto de la belleza clásica. En ge- 
neral, viendo toda la colección, se encuentran 
muy pocos dibujos terminados; parecen ser única- 
mente modelos esquemáticos de más amplias 
concepciones artísticas, utilizados, sin duda, en 
la tarea de expresar bella y afirmativamente la 
esencia misma de las cosas. 

El conjunto hállase valorizado con trabajos de 
muchos famosos pintores de la escuela alemana, 
holandesa, francesa, inglesa y española; sin em- 
bargo corresponde el primer lugar a la italiana, 
no sólo por la calidad, sino también por el núme- 
ro de originales, habiendo desde los primitivos 
del siglo XIII hasta los últimos del renacimiento 




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\' E. IM E. C I A'-nio 



Pri.icipalmínts los primitivos, nos sorprenden 
por el candor místico de los temas y la rigidez 
híerática de las figuras. Giovanni Cimabué. que 
floreció por los años de 1249. o sea en el periodo 
pleno donde convergen la exaltación de la fe y 
la objetividad de la carne, nos deja, en un bo- 
ceto milagrosamente conservado, esa impresión 
enigmática que clasifica el sentido gótico en el 
arte. La manera seráfica de Fra Angélico (1387), 
ha quedado impresa como símbolo de eternidad 
en la figura de un monje dominico, cuya cabeza. 
nimbada de resplandores celestiales, se corona 
con un letrero donde dice: beato-giovanni- 

PRIORE. 

La sensibilidad tierna y sencilla de este pin- 
tor, obedece, como todos los de su época, a un 
pensamiento profundamente religioso y diná- 
mico. Asi lo vemos también en la degollación de 
los inocentes, de Fra Filippo Lippi: el valor de 
las tonalidades, está conseguido en esta obra con 
un ligero tinte de sepia. 

Sandro Botticelli. el gran reformador de la 
escuela florentina (14471. nos hace recordar la 
suprema vibración de su estilo con una virgen- 
cita orante, boceto del cuadro al óleo que se 
conserva en la pinacoteca de Lord Northwick. 

También existe otro dibujo más completo del 
mismo autor, donde aparecen numerosas figu- 
ras llevando dos hombres al suplicio. Van agarro- 
tados en una carreta conducida por bueyes y 
rodeada de varios piqueros armados con rodela 
y lanza. A la izquierda, un fraile encapuchado, 
parece invitarles al arrepentimiento de sus cul- 
pas. Sobre el fondo recórtase la simple arqui- 
tectura de un convento de religiosas, y apoyada 
en los escalones del pórtico, una mujer que ense- 
ña a sus hijos el cortejo de los condenados. 

Este pintor de transición, que inicia con otros 
la era gloriosa del renacimiento, desentumece las 
figuras del arte gótico, dándoles movilidad y 
gracia. Poseedor del más amplio y humano con- 




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B O T^ O N I A-I 6 6 6 




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LEONAODO - DA -VI NC I 

CASTEULO-V'INCI-IM'i 



cepto de la forma conocido hasta entonces, sus 
cuadros, esencialmente decorativos, marcan un 
nuevo punto de orientación en la pintura. 

La colección se compone de otros trabajos 
raros y curiosos, como son los de Giulio Campi, 
nacido en Cremona el año de 1500; Domenioo 
Aresti, Rafael Sanzio, El Tintoretto, Andrea del 
Sarto. Leonardo da Vinci. Donato de Nicolo y el 
caballero de Arpiño, pintor de la escuela romana. 
Sólo de Miguel Ángel, hay treinta y ocho apun- 
tes, siendo algunos de ellos los croquis que uti- 
lizó el maestro para decorar la Capilla Sixtina 
del Vaticano. 

Un cuadro de costumbres holandesas, firma- 
do por Cruikshank, y algunos más de otros afa- 
mados pintores, constituyen lo mejor entre los 
ingleses: asimismo hay varios de escuela holan- 
desa, tales como un paisaje lavado a sepia por 
Jacques Dromer y otro de S. de Kieger, que fi- 
guró en la galería de Sir Tho.mas Lawrence. 

De Fragonard, pintor francés de fino tempe- 
ramento, consérvase una linda escena de jardín, 
ejecutada a la sepia. Tres mujeres sentadas en 
un banco de piedra, contestan al saludo de un 
caballero, que se inclina ante ellas con ademán 
ceremonioso. A la izquierda y frente a una pa- 
reja de enamorados que aparecen en primer tér- 
mino, las fontanas elevan sus finos surtidores de 
cristal, que se quiebran sobre dos pequeños amor- 
cillos de mármol. 

E! poco espacio de que disponemos, nos im- 
pide hacer el detallado estudio que merece esta 
magnífica colección, donde figuran, a más de 
los dibujos a que hemos hecho referencia, otros 
de artistas tan célebres como Rembrandt, Mu- 
rillo, Rubens, Van der Meulen, Le Brun, Wou- 
werman y el incomparable Watteau. cuya obra 
ha reflejado para siempre el espíritu decadente 
y exquisito de los últimos Bortones de Francia. 

Antonio Pérez- Valiente 



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Nuestro léxico está plagado de errores. Para convencerse, no es necesario acudir a profundas y complica- 
das investigaciones. Muchas, muchísimas palabras alejan por su eufonía el valor de su actual signifi- 
cado, y únicamente la costumbre hace que se acepten aunque el oído las rechace. 

Indudablemente, gran número de voces, por sucesivas alteraciones, están bien distantes de su primitivo 
sonido, destruyendo, por consiguiente, su valor onomatopéyico, elemento importantísimo en la formación 
de los idiomas. ¿Quién es capaz de afirmar que la palabra etiqueta viene de las voces latinas est-hic- 
qucestio? ¿Qué hay de común en ellas? 

Fundado en estas razones (y otras que a su tiempo irán saliendo), me propongo demostrar, con algunos 
ejemplos tomados al acaso, las reformas que, con más amplitud, tendrán que ser aceptadas oficialmente en 
nuestro idioma, puesto que de hecho ya están admitidas por todos. 

¿A qué cansar, pues, con áridas demostraciones, si la simple lectura de las palabras elegidas lo eviden- 
cian cumplidamente? 



ACHURARSE— El escalofrío precursor del chu- 
cho 

ALBÚMINA - Manía de las señoritas por poseer 
albums iluminados. 



ALFAJOR — Arma curva de punta y filo. «Blan- 
diendo su alfajor^). 

ALTRUISTA — Amigo de subir a las alturas. 
«Escaló, sin fatiga, las más altas montañas; era 
un verdadero altruista». 



ANÍMICO — Débil, exangüe. Si el estado del en- 
fermo es muy grave, se dice antagónico. 

ARACA — Palabra griega. Aquí pertenece al ar- 
got del suburbio, pero su origen es helénico. 
araka, ananké, eureka, están diciendo que per- 
tenecen al mismo idioma. 

ASFALTADO — Se dice a todo aquel que come- 
te una falta. 



RANTIFUSA- 
rantifusa. 



-Signo musical. Fusa, semifusa y 



ASPIRINA — La mujer que aspira a desempeñar 
un puesto público. 

ASTERISCO — Enfermedad que molesta al pa- 
ciente y a los demás. Generalmente lo padecen 
las señoras y lo sufren los hombres. 

ATORRANTE — Tostado. «Este café está muy 
atorrante-). 



AUTÓCRATA — El anarquista aficionado a via- 
jar en auto. 

BACTERIÓLOGO — El artillero encargado de 
cuidar las baterías. 

BANDURRIA — Enfermedad de los ríñones. 



BARCAROLA — Verdura alechugada. 

BATUQUE — Nombre de tribu. «Guaraní, Toba, 
Mataco y Batuque». 

BICARBONATO — El que nos trae a casa el car- 
bón dos veces al día. 



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BOMEÓM — Vocablo muy usado en el arma de 
artillería. Onomatopéyico como zumba y re- 
tumba, que se aplica para significar disparos. 
Samborombón, es el disparo de una batería 
Gn tcrs, 

BRONCÓNEUMONIA - Hacer pendencia. El 
que tiene la manía de armar broncas. Bronco- 
NEUMÓNico, sinónimo de patotero. 



COMANDITARIA -- Enfermedad aguda que se 
adquiere por el abuso en las comidas. 

CONCUÑADO — El que consigue un puesto a 
fuerza de cuñas, de recomendaciones. 



CONTRALOREAR — Enemigo de los loros. (Véa- 
se lorifobo). 

CURTIEMBRE — Mes de reserva para, en caso 
preciso, prolongar el año a trece meses: «Octu- 
bre, noviembre, diciembre y curtiembre». 

CHUCRUT — Equivocadamente se le da este 
nombre a un plato; pero su verdadero signifi- 
cado es un juego. «Juguemos un rato al chucrut». 



DACTILÓGRAFO — El que saca la cuenta por 

los dedos._ 
DILATACIÓN — Acción y efecto de dar una lata 

formidable. 
ESCARLATINA — Música italiana del célebre 

Scarlatti. 



EXTREMAUNCIÓN — Región de España que 
líndacon Portugal. 

FILOSÓFICO — Se dice del cuchillo que está bien 
afilado. 

FRENÓPATA — El encargado de hacer funcio- 
nar los frenos en los ferrocarriles. 



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GELATINA — Consonante de uso en nuestro 
idioma. . . y en determinados platos. 

GUARANGADA — Bebida refrescante que se 
consume en la Argentina. Suele pedirse en esta 
forma: «Mozo, una guarangada con soda». 



HECTOLITRO — Filósofo griego, contemporáneo 

de Demócrito y Heráolito. 
HIPÓCRITA — Médico famoso de la antigüedad. 



IMPERATIVO — Vendedor de peras. 
MAYESTÁTICO — Habitué al Cine Majestic. 
MENEGUINA — Pastilla para la tos. 



MENTECATO -Masita que se toma empapada 
en leche o chocolate. «Mentecato de Astorga». 

METROPOLITANO — Unidad de medida em- 
pleada por los napolitanos. 

MORFEO — Dedicado al morfo. 

MORGANÁTICO -Amigo de Pieport Morgan. 
Partidario de su sistema. 



NECROLÓGICO- Negro de pura raza. Lógica- 
mente negro. 

NIQUELADO — Puede decirse del individuo que 
está exhausto, concluido, completamente nique- 
lado. 

PENTECOSTÉS - Postre de cocina, así como 
«Picatoste». De la familia de las frituras. 



REFRACTARIO — Se aplica a los ladrillos... 

que no quieren ser ladrillos. Ladrillo malgré luí. 
RETOBAR — El toba que emigra de su tribu y 

retorna a ella. 



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RETRETA — Fotografía de mujer. Cuando es de 
hombre se dice retrato. Cuando es de los dos, 
se dice retruco. 

ROMÁNTICO — El artista que sueña con una 
beca para Roma. 

SACARINA — Ocupación predilecta de los pana- 
deros para reducir los panes. 



SAGITARIO — El encargado de agitar las bebi- 
das compuestas en las farmacias. El que agita 
las bebidas antes de usarlas. 

SCRUCHANTE — Se dice de las bebidas eferves- 
centes, como el champagne y la sidra. 



TABAQUERA — Estuche para guardar la taba. 
TANINO — Hijo de napolitano. 
TELEFUNKEN — Palabra insultante, despecti- 
va. Equivalente a la frase: «Que te zurzan». 
TORTÍCOLIS — Tortilla de coles. 

TRANQUILIZAR — Poner trancas a las puertas. 
Echar la tranquera. 

TRUCULENTO — Jugador calmoso de truco. 

TURISTA — El uruguayo partidario de las corri- 
das de toros. 

ULTRAJE — Muy elegante. El que usa los trajes 
anticipándose a la moda. 

VERDUGO — Vegetal. «Sembró su quinta de le- 
chugas, repollos, verdugos y barcarolas». 

YAPEYÚ — Lugar que debe su nombre al abuso 
de la yapa. 



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zafaduría - - Oficina pública. «Ese asunto lo 
despacharán en la zafaduría». 

Antonio Cañamaque. 
(de la academia del idioma, 
dibujos de álvarez. 




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Hace tiempo que el señor Patricio Morantes 
Blanco, escribano de registro, laborioso y buen 
padre de familia, me honra con su amistad. Don 
Patricio es una persona de cuarenta y cinco años, 
alto, bien cumplido de carnes, con una cabeza 
grande escasamente cubierta de pelo. Su cara es 
simple, exuberante de franqueza y de color rojizo. 
con una nariz abombada, boca chica, coronada 
por un bigote tan puntiagudo y tan áspero que 
le da un aspecto pintoresco. Sus ojos son viva 
expresión de sus honrados sentimientos. 

Muchas virtudes transparenta su vida; pero las 
que más lo individualizan son las de ser metó- 
dico, trabajador y opositor a toda política oficial. 
No hay remedio de ninguna clase. No valen con- 
sejos ni insinuaciones. El es opositor. 

Cultivar la política en forma de combate es. no 
hay que dudarlo, un signo de patriotismo acen- 
drado. Y como don Patricio es hombre que no 
carece de lecturas, afirma siempre que 
todo poder gubernativo, como claramen- 
te lo establece Platón en La República. 
debe ser fiel imagen de la justicia. Y esa 
fidelidad no la ve nunca en los gobiernos. 
Por lo demás, ahí está la Constitución 
que ampara a todo ciudadano para ex- 
presar libremente y sin previa censura 
sus ideas y pensamientos. 

Don Patricio vive en una florida locali- 
dad, a treinta kilómetros de la metrópoli. 
en una casita de una arquitectura imposi- 
ble de ser clasificada en ningún estilo, pe- 
ro llena de luz y de aire. Está rodeada de 
plantas, circundada por una verja de 
alambre. En su frente, en letras blancas, 
se lee: «La María». Y allá me fui el domin- 
go para visitarlo e informarme de su sa- 
lud. Su escritorio hacía varios días que no 
se decoraba con su cuerpo monumental, ni 
se animaba con su conversación abun- 
dante y sonora. 

Hasta mis oídos llegó la noticia de que 
un grave di^usto había perturbado hon- 
damente su ánimo y el de su apreciable 
familia. Y como el pueblo de su residen- 
cia estaba agitado a la sazón por cuestio- 
nes políticas, me hice, no sin cierta inquie- 
tud, la siguiente reflexión, que me dispu- 
se a trasmitírsela cuando lo viera: 

— He ahí. amigo don Patricio, los se- 
rios inconvenientes de ser opositor en todo 
lugar debidamente oficializado. 

Don Patricio es un temperamento san- 
guíneo, dado fácilmenteala vehemencia, y 
como buen ciudadano, asistido por sus de- 
rechos, no usa el eufemismo para opinar. 

— En política, amigo, — me dijo después 
del saludo y de haber escuchado la ante- 
cedente reflexión mía. — no son claras úni- 
camente la tiranía, la oligarquía y la dema- 
gogia. ¿Dónde va a parar la libertad délas 
instituciones? ¿Qué crimen mayor que el 
coartar la libertad de palabra? 

Don Patricio, la cara roja y el ademán 
expeditivo, estaba cubierto de indignación 
y de un flamante traje blanco. Su familia. 
con propósitos de paz. lo invitaba a que re- 
gase el jardín, los rosales y una hermosa 
hiedra que bronceaba plácidamente uno 
de los muros de la casa. 

Y fui a acompañarlo para escuchar de sus labios 
el dramático episodio en el que ocupara el puesto 
principal. La historia me fué narrada con toda cla- 
se de informaciones. El detalle era minucioso, el cua- 
dro bien pintado, lleno de color y de ambiente. 

Y junto con esa abundancia descriptiva, no le 
faltó a don Patricio el comentario mordaz, algún 
chiste y. sobre todo, la referencia histórica de los 
derechos políticos de la humanidad. 

Afirma un filósofo que han sido necesarios ma- 
yores esfuerzos para hacer tangible la idea de que 
el hombre es libre que para saber que la Tierra 
gira alrededor del Sol. Y el relato que sigue pa- 
rece que esos esfuerzos y esa tangibilidad pueden 
discutirse desde el punto de vista práctico. 

Don Patricio Morantes Blanco, escribano de re- 
gistro, honorable padre de familia, es, en este 
caso, una figura fehaciente, una estatua simbó- 
lica. No fué hombre libre, ni tuvo el ejercicio de 
stis derechos. 

Es digno, pues, de que la historia lo considere 
como una víctima. 

La libertad de reunión y de palabra son, por asi 
decirio, las fuentes del libre albedrio. Y bajo la 
caricia cordial de este magno principio, don Pa- 
tricio se prestó, acompañado de su hijo primogé- 
nito, a repartir en la estación de su pueblo unos 



volantes impresos con leyendas contrarias al poder 
oficial. 

¿Qué sentimiento le impulsaba a ello? Sería ne- 
cesario entrar en una extensa exposición de hechos 
para ver cuánta era su sinceridad y cuánto su en- 
tusiasmo. Entraban en tal determinación razones 
económicas, morales y cívicas. El poder local era 
absorbente. El ejercicio de la libertad yacía, en su 
localidad, profundamente dormido en un desván. 
Luego, el caudillaje, los impuestos crecidos, el 
despilfarro. . . 

Así. pues, consideraba hacer un servicio al país. 
Y para que el acto tuviese una eficacia mayor, a 
todo conocido a quien entregaba un papel pro- 
nunciábale aforismos políticos, rudos y lapidarios, 
es cierto, pero dentro de una moral inatacable. 

Y en estas funciones cívicas tan legales e inofen- 
sivas, don Patricio fué interrumpido por un agen- 
te policial: 




— Veía, está prohibido repartir papeles en el 
andén . . . 

Todos los ciudadanos están regidos por los mis- 
mos derechos: pero el que inviste título de auto- 
ridad, define siempre. 

Comprendiólo asi mi amigo, y como hombre de 
orden, se fué hacia la calle a continuar su pro- 
paganda. 

— Veia, está prohibido repartir papeles por la 
caye . . . 

Esta vez, don Patricio reflexionó en el artículo 
14 de la Constitución. Con voz fuerte recitóselo al 
guardia, con aclaraciones y comentarios. Estaba 
en su derecho y nadie podía impedirle dar libre 
curso a sus ideas. 

— Ahí está la Constitución, amigo, ahí está. . . 
¿Qué me dice? 

El porte voluminoso de don Patricio, la firmeza 
de su ilustración y de su elocuente vocabulario 
hicieron meditar al agente, quien se quedaba per- 
plejo ante la solemnidad de los términos. Hasta 
las rocas se ablandan con la razón, a veces, según 
el criterio optimista. 

Al primer agente unióse otro de grado superior, 
también ciudadano libre, pero acicateado por el 
mandato jerárquico. 

— Proceda, no más, agente, proceda... 



La autoridad es un instrumento implacable, 
ciego. Está distanciado mentalmente de los re- 
sortes éticos. Ejecuta y procede. El examen de 
los derechos compete a los tribunales; pero, entre- 
tanto, cumple su misión. 

Por eso don Patricio y su hijo viéronse obliga- 
dos a entregar los volantes y a seguir al agente 
hasta la comisaría. Aquello, dado el diapasón 
opositor del propagandista, era un desorden per- 
fectamente calificado por las ordenanzas. Lo de 
la Constitución y el tema de los derechos del hom- 
bre y del ciudadano que tanto lustre dan a las 
oratorias corrientes, era asunto de altos estudios. 
El seguir a la autoridad hasta la comisaría, en 
cambio, no pasaba de ser un acto práctico y usual. 
Don Patricio poseía, innegablemente, sus dere- 
chos para repartir papeles de propaganda polí- 
tica llamados a despertar la conciencia del pue- 
blo, en el presunto caso de que pueblo y concien- 
cia fueran susceptibles de interesarse por la 
marcha política de la localidad. El agente, 
a su vez, tenía el deber, tan sagrado como 
el derecho, de cumplir con sus importantes 
obligaciones. Tenía, además, como guardia 
de campaña, un rebenque, un sable sonan- 
te, ancho como una mano, un bonito revól- 
ver y una cara ligeramente prehistórica. 
Era, así, una institución ante la que se 
estrellaban las razones jurídicas y consti- 
tucionales de don Patricio. ¿Quién le man- 
daba ser opositor sistemático? 

La llegada a la comisaría no fué nada 
transcendental, como lo iba suponiendo 
por el camino don Patricio. Allí fué recibi- 
do con indiferencia, y la única palabra que 
le dijeron fué la siguiente: 

— Siéntese. . . 

Un reloj de pared cuyas agujas iban cir- 
culando ante sus ojos, hízole tener la vi- 
sión de la perfecta neutralidad de aquella 
casa, pues nadie mostraba interés alguno 
ni se preocupaba por su presencia. Estaba 
sentado con su hijo en uno de los bancos 
del inhóspite escritorio, en una de cuyas 
paredes hallábase colocado un retrato so- 
lemne de cierto político contrario a sus 
ideas. Fué lo que más impaciencia le pro- 
dujo, a él, ¡opositor tenaz de tamaño cau- 
dillo! Pero como era hombre de ideas y de 
ilustración, sus impaciencias cedieron ante 
su razonamiento. 

— Un eminente jurisconsulto, — dijo a 
su hijo, — afirmaba con gran juicio lo si- 
guiente: la detención o prisión injusta de 
un hombre libre es la más odiosa de las 
injusticias. Y para eso fué creada la ley 
del «babeas Corpus», «babeas corpus»... 

Entretanto las agujas del reloj seguían 
su marcha inevitablemente, indiferentes, 
como cómplices tácitas de aquella deten- 
ción. Fué un oficial de policía el que vino, 
ya cercana la noche, a resolver el episo- 
dio. Don Patricio se explicó con palabras 
mesuradas, graves y eruditas. 

— ¿Qué ley, señor, autoriza este abuso? 
¿Dónde quedan los derechos del ciudada- 
no? La Constitución me ampara en toda 
las formas. . . 

Contravención simple; treinta pesos 
de multa. 

Esa respuesta de la autoridad no correspondía 
al espíritu legal de don Patricio: pero fué una res- 
puesta terminante. El oficial habló cual un oráculo, 
cual una fría Pitonisa fiel intérprete del orden y 
de la seguridad públicas. 

La cartera de mi amigo quedó alivianada des- 
pués de aquella oblación. Y saliéronse don Patri- 
cio y su hijo con el ánimo contrito ante la adversi- 
dad del día. ante aquella imposición rígida e inexo- 
rable. La Constitución había sido violada y los 
nervios de mi amigo llevados a una crisis que le 
obligó a guardar cama durante los días cabales 
de una semana. 

— Hijo mío, - había dicho melancólicamente a 
su mayorazgo, poniéndole su pesada diestra en el 
hombro, — si llegas alguna vez a ser autoridad o 
gobierno, sírvate este suceso como ejemplo insu- 
perable de la arbitrariedad y de la opresión. 

Cuando me despedí de él quedóse aliviado. Su 
larga plática había encontrado una favorable y 
cordial recepción. 

Prometió venir a mi casa para que le prestara 
unos libros, pues necesitaba de ellos a fin de do- 
cumentarse en forma amplia. Don Patricio Mo- 
rantes Blanco piensa recurrir en queja ante la 
justicia del fuero federal. 

DIBUJO DE ALONSO. 



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>.^5S.— 










llá un lii níniítinn bf cnncia, iiitit iionrrlln ))riitri)inl t| rn^ririiOBn, ritp nomtirr prrMóse 
fiitrt los ütrsos ir un trouabot anónimo, vi'fs, n urrfs, no j)nn tumbo mós tnllolin quf la 
liofBín. " í rnnrin partió In niña, íic raurin In bini guarniín: '.ünsf jiarn oris, 
*-' lio pnbrc n ntabrc tenia." ra biscrctn, vorqnc n persona l)umnnn refirió la nuentura 
que le Ijiío Dejar el rejnlo be la corte, tan biseretn qiif los libros be raballeria no saben el 
secreto. " rrabo Ueoa el camino, erraba lleua la guia: arrimárase a un roble por 
esperar compañia." rn mnu hermosa; en sus ojos be mirar triste brillaba un no sé qué be plcoro. 

bioinñbase lo mcnubfi be su cnerpecito oculto por lo probiqnlibab be su riqibn uestimenta. " ió nenir 
un caballero que a arís Ueua la guía." ampoco os birón las nouelas caballerescas quien fué ese caballero. 
" a niña besque lo uibo be esta suerte le becia: i te place, caballero, Uéuesme en tu compañía." 
<^ I besconocibo bdnuo sn caballo, i) bespués be tasar con certera miraba la calibab n In hermosura be In 
mncl)acl)a: " láceme, bijo, señora, pláceme, bijo, mi uibn. peóse bel caballo por dacerle cortesía; 
»' puso In niña en las nucas i) él subiérase en la silln". nrís nnbabn cerca, poco más allá bel bos- 
que, ara saborear el leue t) tibio contncto, refrenaba su cnballo el caballero. " n el mebio bel camino 
■^ be nmores In requerió. a niña besque lo oqera bíjole con osnbia: ate, tale, caballero, no 
fagáis tal uillanio: t)ijn soq be un mulato q be nnn malatia; el l)ombre que a mi llegase mulato 
se tornaría". a t)ija be un leproso i) be una leprosa, una niñn que ocnltnbn bnjo sus Injosns uestibn- 
ras la bolencia bel meubigo. " on temor el caballero palabra no respoubia. la entrnbn be nris 
In niñn se sonrein" ern un murmullo be risn, un reprimibo murmullo be riso picnrescn, burlona, 
palaciega. "¿ e qué os reis, señora? ¿be qué os reís, mi uiba? ióme bel caballero q be su grnu 
cobarbin: ¡tener In uiñn en el cnmpo q cntnrle cortesínl'W^ro misterio es el cornjón be Ins niñns, 
coquetos: " on uergiiemn el cnbnllero estos palnbrns becín: ueltn, uneltn, mi señorn, wqut una 
cosn se me oluibn. n uiñn como biseretn bijo: o no uoluerin, ni persona, aunque 
uoluiese, a mi cuerpo tocarla: l)ijn soq bel req be rnucin q In reina oustnutinn: 
el bombre Vi,\\t a mí llegase muq caro le costaría." qni termina el omance be In 
' iufantn be rnucin, que bebéis leer bespojáubole be tonto prosnico comentario, s un 
grnuito be picnnte pimientn que nu joqero bel ibiomn eugnríó en unn monturn be oro uiejo. 




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A linea recta, el cuadrado y ese afán de modernizarlo todo: he aquí lo 
que distingue a las ciudades de provincia argentinas de sus simi- 
lares españolas. Añádase a estas características una mezcla de acen- 
tos extranjeros traída por el aluvión inmigratorio, vocablos de idio- 
mas indígenas y el dejo peculiar de cada comarca. A pesar de tales 
diferencias, el español nunca hallará en las ciudades de la Repú- 
blica esa «incómoda comodidad» que aun el viajero rico siente en 
toda villa extranjera. 
.^^^ La raza se reconoce única y sólo ve en esas sus variedades el pro- 

ff ^ ducto de una evolución, por medio de la cual la tierra incorpora al 

rl „ hombre y se transforma en patria para conseguir que la labor hu- 

' ■ ' ' mana triunfe de los siglos. 

Comparados los planos de Córdoba de España y de su homóni- 
■^ ma y ahijada nuestra Córdoba de la Argentina, solamente apercibi- 
remos que aquélla está surcada por calles que parecen arrugas, sig- 
nos de una vejez legendaria. Las calles de la joven y sabia Cór- 
doba que Jerónimo Luis de Cabrera fundó en 1573 son tersas, rígi- 
das. Aquellos hombres habrían inventado la geometría, si esta cien- 
cia no hubiese existido. La apropiación rápida del suelo fué en el 
remoto Egipto y en la India la madre de los teoremas geométricos. 
Pero se da el caso digno de tenerse en cuenta, que estas ciudades 
•tiradas a cordel» consiguen patrocinar y custodiar firmemente sus 
monumentos tradicionales, con tanta fuerza como las villas donde 
la arquitectura legendaria se defiende tras los recovecos de sus 
calles. El vendaval de la modernización puede correr sin obstácu- 
los por las vías inflexibles, sin lograr su intento de destruir lo 
antiguo. 

De todas las ciudades argentinas, la noble y erudita Córdoba es 
la que con mayor perseverancia supo mantener el doble tesoro espi- 
ritual y material legado por las generaciones de un pasado viril. 
A esta obra de patriotismo culto ha cooperado admirablemente el 
suelo cordobés rico en mármoles, piedras de construcción y argamasas. Sin ayuda de la natura- 
leza, el hombre no podría hacer las obras que el tiempo respeta y avalora. 

La Universidad de los Cabrera. Funes, Gorriti, Castro Barros, Molina, Bedoya, Agüero, Castro, 
Paz. Agrelo. Caballero, Corro. Vélez Sársfield y tantos ingenios cultivados en aquellas aulas, es 
la hoguera donde eternamente arde ese amor a las tradiciones nacionales y universales que distingue 
a los cordobeses. 

Esta universidad constituye uno de los más firmes lazos de unión entre la madre patria y 
la Argentina. 

La Catedral, joya de la arquitectura católica, es la piedra angular de la devoción hacia el glo- 
rioso pasado. El señor Urien, cronista insuperable de la historia cordobesa, la describe con palabras 
que merecen ser siempre reproducidas: « sus detalles, algo toscos si se quiere, le dan un carácter 
arcaico, y nos hacen mirar con cierto respeto este templo, el más antiguo como monumento arqui- 






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tectónico, que las generaciones pasadas levantaron en suelo argentino. En su interior se pueden 
admirar algunos buenos cuadros de la escuela española, grandes y curiosísimos muebles de madera 
tallada, con incrustaciones artísticas, y un rico tesoro de objetos de orfebrería de oro y plata ma- 
cizos, ofrecidos al Dios de la paz por los aventureros y conquistadores españoles. » 

El palacio del virrey Sobremonte, convertido ahora en Museo Nacional, encierra todos los rasgos 
del coloniaje y es un trozo de historia viva, donde el pasado se nos presenta para sugerirnos amor 
a la antigüedad bella. 

Y en todas partes, en las iglesias y en las casas, en los alrededores de Córdoba y en toda la provincia, 
como lo demuestra el artístico monumento de Cruz del Eje, existe un tesoro de inmenso valor. 

A cambio de esta devoción por las cosas y los hombres del terruño, éste concede una ecuanimidad 
ambiente, una idiosincrasia que tiene mucho parecido con la felicidad. Sombra enérgicamente 
dibujada sobre el blanco lienzo del alma, es sin duda este trasunto de la felicidad que el ser humano 
alcanza en la paz de las ciudades creyentes, llenas de fe. 

Y este plácido regalo del corazón amante que los enemigos de las innovaciones a ccutrance» sabo- 
rean, se traduce en belleza femenina, en bienestar, en todo eso 
que alegra la existencia. 

No es Córdoba una adversaria tenaz del progreso, sino que, acon- 
sejada por su espíritu tradicional, sabe aquilatar todo adelanto, 
toda cultura, para aceptarla cuando resulte oro de ley y no cuen- 
tas de vidrio, de aquellas con las que se engañan los civilizados 
salvajes tan bien como los indios ingenuos de nuestro continente. 







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Las Repúblicas 
Argentina y Chile- 
na han conmemo- 
rado solemnemen- 
te el centenario de 
la batalla de Mai- 
pú. Más que la 
cantidad y el lujo 
de las fiestas cele- 
bradas, brilló la 
esplendidez de un 
sentimiento unáni- 
me: el hermanazgo 
de los dos pueblos. 

Esta demostra- 
ción de verdadera 
confraternidad es 
el mejor homenaje 
a la memoria de 
los héroes que en 
Maipú recibieran 
su comunión de 
sangre sobre el al- 
tar de las dos pa- 
trias. Chilenos y 
argentinos sienten 
en su alma el im- 
pulso generoso que 
San Martin y 
O ' Higgins tradu- 
jeron en aque! 
abrazo. 

La inmensa Cor- 
dillera no fué obs- 
táculo bastante 





para contener el 
ansia libertadora 
del Gran Patriota. 
El genio de San 
Martín y el genio 
de la raza la fran- 
quearon trepando 
por los desfilade- 
ros, como cóndo- 
res que llevasen 
una inmensa car- 
ga. Así se realizó 
por primera vez la 
unión espiritual de 
los dos pueblos, 
que durante el co- 
loniaje nunca se 
habían conocido ni 
ayudado. 

Tampoco para 
el genio de ambas 
Repúblicas puede 
el Andes presentar 
una barrera in- 
franqueable. Asilo 
demostraron, con 
firme y recíproco 
cariño. 

Que esta glorio- 
sa fecha del com- 
bate libertador 
constituya el pri- 
mer día de una era 
de unión cordial 
y fructífera. 



A<^. 



EL MONUMENTO A LOS HÉROES DE LA BATALLA DE MAIPÚ. 










Era el año 82 del siglo pasado. Don Manuel 
Láinez me había dado un puesto en la redacción 
de «El Diario», que acababa de fundar. Una tarde, 
a las cuatro más o menos, me llamó a su escritorio 
y me dijo: 

— El vapor sale a las cinco. Vayase en él y 
mande información telegráfica y epistolar sobre 
ese bárbaro asunto que está pasando en Monte- 
video, del que resultan víctimas los italianos Volpi 
y Patroni. 

— Voy a casa a buscar ropa, le contesté. 

— Vayase con lo puesto. 

Obedecí. A las cinco de la tarde estaba en el 
vapor y a la madrugada siguiente en Montevideo. 
Me alojé en el «Hotel de las Pirámides» y, al pedir 
habitación, el camarero inquirió dónde estaba mi 
equipaje. 

— Los periodistas en campaña, nunca tienen 
equipaje, le dije. Y para mis adentros pensé que 
no lo tienen ni en campaña ni en poblado. 

Visité, por la mañana, las redacciones de los 
diarios. Don Daniel Muñoz, el famoso Sansón 
Carrasco, dirigía «La Razón». Me atendió deferen- 
temente. Me dio toda clase de informes y me auxi- 
lió de la manera más eficaz para que llenase mi 
comisión. A las once de la mañana, yo ya había 
expedido tres telegramas al diario y a las once y 
media estaba tranquilamente sentado en el hotel, 
comiendo unos sabrosos ríñones al vino Jerez 
que en las ■Pirámides» preparaban deliciosamente. 

Estaba yo en los postres, pensando en el triunfo 
periodístico que aquella campaña me habría de 
proporcionar, cuando penetraron al salón cuatro 
caballeros, correotísimamente vestidos, que pare- 
cían ser grandes señores. Se sentaron a una mesa 
muy próxima a la mía y pidieron de almorzar. 
Durante los primeros dos platos, la conversación 
no fué muy abundante, pero a medida que el al- 
muerzo avanzaba, los caballeros iban siendo más 
explícitos, más expansivos. Uno de ellos, especial- 
mente, se hacía notar por las agresiones veladas 
que en su conversación hacía contra el dictador 
Santos. No disimulaba su mal humor y su con- 
trariedad por el asunto Volpi y Patroni, que había 
producido contra el gobierno un verdadero esta- 
llido de indignación. 

La conversación me iba interesando. Yo estaba 
semi-oculto entre dos cortinas verdes, al lado de 
una puerta de calle que daba al costado de la 
Matriz. Sospeché que de aquella conversación iba 
a sacar algún detalle útil a mi función periodís- 
tica y me puse a escuchar con redoblada atención. 

Al poco rato, el caballero que estaba exaltado 
contra el dictador Santos, exclamó: 

— Yo le voy a enseñar al general, que no se 
juega con los hombres. Hoy mismo presento mi 
renuncia para que otro cargue con el mochuelo del 
Ministerio. Y metiéndose la mano en el bolsillo de 
la levita, agregó: 

— Aquí la tengo escrita. 

Abrió el papel y leyó la renuncia, que yo copié 
de oídas desde mi escondrijo. Excuso decir que 
tres minutos más tarde estaba yo en la oficina 
del telégrafo trasmitiendo la renuncia del Ministro 



Vilaza, que él era el dimitente. Satisfecho de la 
proeza periodística qus la Divina Providencia me 
había deparado, satisfecho de mi almuerzo, sa- 
broso y abundante, satisfecho por el habano que 
saboreaba y que había comprado por tres reales 
en una cigarrería del tránsito, me puse a recorrer 
la ciudad. 

A las tres de la tarde estaba de regreso en el 
Hotel y me había echado en la cama a hacer una 
pequeña siesta, cuando, entre dormitando, oí que 
alguien golpeaba a la puerta de mi cuarto con los 
nudillos de los dedos. Salté de la cama y como 
estaba vestido, abrí inmediatamente la puerta. 
Un hombre bajito, delgado, de perita rubia, re- 
gularmente vestido, me preguntó: 

— ¿Es usted don Pablo Della Costa? 

— Sí, señor. 

— ¿Corresponsal ds «El Diario» ds Buenos Aires? 




— Sí, señor. 

— Bueno. Entonces tenga la bondad de acom- 
pañarme. Soy oficial de policía. 

Me alarmé, pero disimulé mi alarma. Un perio- 
dista nunca debe tener miedo, aunque lo tenga y 
aunque se trate del dictador Santos. Pregunté al 
oficial, cuál era la causa por la cual se me llevaba 
preso. Me dijo que lo ignoraba y que sólo cumplía 
con la orden que había recibido de detenerme. 
Salimos del Hotel, costeamos la Plaza de la Matriz 
y entramos en el Departamento de Policía, ubi- 
cado en los bajos de la Sala de Representantes. Sin 
agregar palabra, el oficialito me hizo encerrar 
tranquilamente en un calabozo. 

No las tenía todas conmigo. La situación del 
país, los atropellos que se cometían, el terror que 
había infundido el gobierno de Santos, me hacían 



prever cosas desagradables. Mil ideas de terror 
me cruzaban por la imaginación. Pensé en el mi- 
nistro argentino, que lo era entonces e! doctor 
Moreno. Pensé en la escuadra, en el ejército ar- 
gentino, en el general Roca, en todo lo que repre- 
sentaba fuerza, y pensé en mi mujer y en mis hijos 
y en todo lo que me ligaba a la tierra, y concluí 
por convencerme que mi situación era desespe- 
rante. 

A las cinco de la tarde, después de dos horas 
mortales de angustia, me sacaron del calabozo y 
me condujeron al salón del jefe de policía, un 
salón largo, tapizado de rojo, con los retratos de 
Artigas, de Flores, de Latorre y de Santos. Un 
hombre alto, que presumo fuese el jefe de policía, 
de pie, al lado del escritorio, me preguntó con voz 
enérgica y corta: 

— ¿De dónde ha sacado usted la noticia de la 
renuncia del doctor Vilaza? 

Respiré, y, rápidamente, hice el proceso evolu- 
tivo de mi información. Mi noticia había sido 
retrasmitida de Buenos Aires a Montevideo y 
como probablemente el doctor Vilaza no había 
presentado su renuncia hasta la hora en que fui 
preso, había causado sensación en el gobierno. 
Libre ya de temor contesté con una audacia pro- 
pia de mi profesión: 

— Es un secreto periodístico, señor; no puedo 
contestar. 

Me metieron de nuevo en el calabozo. A las 
nueve de la noche me llamaron otra vez. No tengo 
para qué decir que durante esas nuevas cuatro 
horas de prisión estuve más contento que un 
chico con un par de zapatos nuevos. 

La segunda interrogación fué igual a la primera 
y mi respuesta absolutamente idéntica a la ante- 
rior. Y como consecuencia de esto, me volvieron, 
a meter en el calabozo. 

A las diez de la noche empecé a sentir apetito. 
Los ríñones al vino Jerez estaban lejos de mi 
vista y de mi olfato. Pensé que no era conveniente 
estirar la cuerda. A las doce empezaba a creer 
que los empecinamientos periodísticos que tienen 
relación con el estómago son siempre perjudicia- 
les. A la una de la mañana me volvieron a llamar. 
El mismo hombre, siempre de pie, al lado de su 
escritorio, me hizo por tercera vez la pregunta 
consabida. 

— Es un secreto periodístico, señor, le dije, que 
sólo puedo revelárselo al mismo doctor Vilaza, y, 
o me llevan a su casa, o lo hacen venir aquí para 
que yo se lo revele. 

El doctor Vilaza estaba en la pieza contigua. 
Lo llamaron y cuando se acercó a mí, lo llevé a 
un rincón del salón enorme y le dije: 

■ — Vea, doctor, cuando usted quiera renunciar, 
no lea su renuncia en los hoteles, porque los hote- 
les tienen oídos y alojan periodistas extranjeros 
que de todo quieren hacer un triunfo para su 
diario. 

Inmediatamente fui puesto en libertad. 

El doctor Vilaza había desistido de presentar 
su renuncia. 




\ i^ rk.>.-x — 



y\v(riiíiiK> ^ 




Habitaba aquel hotel de la rúa de Cattete una 
sociedad heterogénea, pero toda en buena situa- 
ción. El propietario se enorgullecía de albergar al 
senador Comes con sus inmundas levitas, al ex 
vicepresidente de la ex misión de Méjico, a la pri- 
mera ex gran actriz de revistas con su perro, a 
Mme. de Santarein. divorciada por cuarta vez en 
distintas religiones, al barón de Somerino del Ins- 
tituto Histórico, a un comerciante tuberculoso lle- 
gado de las altitudes suizas con su enorme fardo 
de esposa, al ingeniero Pereira con su mujer, con 
sus siete hijos, con su criada, a la notable trágica 
Zulmira Simóss de regreso de una jira por las pro- 
vincias en compañía del elegante Raymundo de 
Souza, a dos señoras viudas, solteras o perfecta- 
mente casadas, en fin. todo un mundo muy varia- 
do, pero que pagaba bien. Por lo demás, el pro- 
pietario, como lo aseguraba la ex estrella de re- 
vistas, estaba a la recíproca; esto es. los servia 
delicadamente. Habia electricidad en todos los 
cuartos, un baño de lluvia en la azotea y un co- 
cinero chino. 

A la hora del almuerzo era curioso ver toda 
aquella gente en la sala del piso bajo ornada de 
páümeras y de flores comunes, entre los pulidos 
metales de la vajilla de mesa. El comedor tenía el 
techo bajo, con una luz de claraboya; parecía un 
submarino o un acuarium. Por lo menos a mí. 
Las actrices tomaban aires graves de peces evolu- 
cionando ceremoniosamente en el fondo de las 
aguas para cumplimentar a las damas que no eran 
de teatro; los hombres eran reservadísimos. Todos 
comían silenciosamente, cada uno en su mesa, 
oyéndose a penas el ruido de los cubiertos. Sólo 
cuando aparecía un huésped nuevo, surgían fra- 
ses breves. 

— ¿Quién es? 

— El diputado Gomensoro. 

— lAh! 

Siempre grandes nombres, gente importante, 
un conglomerado blasónico de celebridades de la 
burocracia y títulos bombásticos. Y por la no- 
che, en el zaguán de entrada, zaguán de mármol 
que el gerente guarneciera de vieja tapicería y 
adornara de un indecible moblaje cuyo estilo os- 
cilaba entre el otomano, el belchior y el inglés 
confortable, podía verse a los representantes de 
todas las clases sociales desde la diplomacia hasta 
el «trololó». 

Precisamente teníamos dos nuevos huéspedes, 
el viejo ministro del Supremo Tribunal, Melchior 
y su sobrino Raúl Pontes, joven elegante, vivaz, 
espiritual, con veinte años irresistibles. Todos er 
el hotel respetaban a Melchior y gustaban de Raúl 
y nadie olvidara su «verve» cuando el diputado 
Gomensoro. después de estrecharle la mano, notó 
la falta de su reloj. ¿Dónde se había ido el reloj? 
¿En el tranvía? ¿Robado? ¿Salió Gomensoro con 
él? El doctor Raúl Pontes reía de todo corazón. 
El reloj se había evaporado seguramente. Era el 
calor. Y fué muy oportuna aquella broma, tanto 
más cuanto que el viejo Melchior, representante de 
la justicia, mostrábase incomodado. 

Al día siguiente, al vestirme para el almuerzo, 
acordéme que en mi corbata crema había quedado 
un alfiler de turmalina azul con brillantes del 
Cabo, linda alhaja y lindo regalo. Abrí el cajón 
donde lo dejara la noche anterior. No estaba allí. 
Abri otros cajones, removí los baúles, todos los 
muebles. El alfiler habia desaparecido. Quise pre- 
venir al gerente. Pero me contuve. Podía haberlo 
tirado en algún rincón. Cuando se busca un ob- 
jeto la gente lo ve sin verlo. Además, una queja 
sin pruebas contra el criado atraería su mala vo- 
luntad. Menor tal vez que una queja con pruebas, 
pero siempre lo suficiente para ser mal servido. Y 
yo soy prudente. Tres o cuatro días después, el 
senador Gomes, que sólo tiene libros y ropa vieja 
en su aposento, preguntóme de repente: 

— ¿Usted tiene un alfiler de turmalina 
azul, no? 

Además de prudente, yo soy inteligente. ¿Por 
qué diablos, en aquel hotel distinguido, el senador 
indagaba por un alfiler desaparecido? ¿Se trataba 
de una broma? Era poco propio para su alto cargo 
legislativo, pero para mí sería una prueba de sim- 
pática confianza. Me hizo el efecto de un papiro- 
tazo en el vientre. Respondí: 




— Si. tengo. 
¿Por qué me lo 
pregunta? Aun 
hoy salí con él... 

Gomes había 
trabado con la 
genial Zulmira 
Simoes. oráculo 
teatral de aquí 
y de allende los 
mares, una dis- 
cusión superior 
sobre Calderón 
de la Barca, a 
quien, ambos 
imputaban va- 
rias piezas de 
Lope de Vega. 
En tan elevada 
esfera del dra- 
ma español. 
Comes no res- 
pondió a mi 
pregunta, y yo, 
que aquella no- 
che no salí de 
casa, al retirar- 
me antes del té. 
sólo encontré 
en el corredor 
al viejo Mel- 
chior muy aba- 
tido, cerré la 
puerta por den- 
tro, dormí y al 
día siguiente 
noté la falta de 
mi portamone- 
das de plata. 
¡Cosa estúpida 
al final! 

El ladrón, — 
porque era un 
ladrón, no ca- 
bía duda, — la- 
drón o bromista 
sin gracia, ha- 
bia dejado mi 
cartera y había 
dejado hasta 
los níqueles pa- 
ra significarme 
seguramente 
que aquello era 
suyo y que es- 
taba allí por- 
que él volvería. 
¿Qué hacer? 
¿Prevenir al 
propietario? 
¡Pero yo estaba 
en un hotel tan 
dist inguidol 
¡Era poco co- 
rrecto y causa- 
ría el desequili- 
brio en la confianza general! 
esperar. 

Al día siguiente, al volver de escuchar «Don 
César de Bazán» con Zulmira Simóes y el brum- 
meliano de Sousa, cuando éste subía, la actriz le 
murmuró: 

— ¡Ah! Amigo mío, este hotel tiene cosas cu- 
riosas... ¿Sabe que fui robada? 

— ¿Seriamente? 

— Sí. El objeto tiene un valor relativo, era un 
dije que me dio Raymundo cuando nos conocimos. 
No le diga nada, que le incomodaría. Por lo demás, 
no soy la única. Al doctor Pontes le robaron su 
portamonedas. 

— ¡Como a mí! 

— ¿Al señor también? ¡Pero estamos en la ca- 
verna de Alí-Babá! 

Felizmente horas después estallaba el escándalo. 
Por la mañana, Mme. de Santarein quejóse por- 
que le robaron su «face a main» de madreperla con 
incrustaciones de oro dibujadas, decía ella, por un 
pintor húngaro. Y el gerente echó al criado Anto- 
nio porque a él le faltaban también repasadores 
y servilletas, dos o tres perdió. Antonio salió pro- 
testando, furioso. Hasta amenazó con un proceso 
por daños y perjuicios. Era un ladrón cínico. Y du- 
rante el almuerzo la conversación se generalizó. 
Nadie había escapado. Lo que pasó conmigo le 
aconteció a de Sousa, al barón de Somerino, al 
comerciante tuberculoso, al ex vicepresidente de 
la ex misión mejicana, a la estrella de revistas, al 
doctor Melchior. Todos habían sido robados. Y lo 
confesaban desahogándose. Se recordaban circuns- 
tancias especiales. El doctor Pontes, nuestro caro 
Raúl, preguntó a la genial Simóes: 



y 



¡No! Era mejor 



— ¿Usted andaba buscando al ladrón aquel día 
que la encontré en el corredor? 

— No; aun nada sabía. Tenía a penas un pre- 
sentimiento. Opino que debían haber prendido al 
hombre. 

— ¡Pero si no hay pruebas! — exclamaba mada- 
me de Santarein. — ¡No encontraron nada! Era muy 
hábil. El día que desapareció mi «face a main», no 
había salido de su cuarto. 

— Robos extraordinarios. , , 

— Estamos bajo el dominio de ladrones genia- 
les. Necesitamos de un gran detective para des- 
cubrir el crimen . . . 

— ¿Y prender al sirviente Antonio? ¡Para ladro- 
nes de ese género basta nuestra policía! 

Además, el tal Antonio, más que ladrón parecía 
un enfermo. Porque el hombre nunca robó dinero 
y las servilletas del hotel eran insignificantes en 
cuanto a su valor. Mas, fuese ladrón genial o en- 
fermo, Antonio se fué y volvió a renacer la con- 
fianza. Pasamos así una semana y con gran pasmo 
nuestro, Mme. de Santarein y la actriz Zulmira 
Simóes, el mismo día, a la misma hora, encontra- 
ron encima del lavatorio, una su «face a main», y 
la otra su dije. 

— ¡Es una aventura! ¡Es un caso diabólico! — 
sentenciaba el comerciante tuberculoso. 

El hotel se convulsionó. Tan sólo el senador 
Gomes refunfuñaba: 

— ¡Qué bestia! 

Y aquella frase, dicha tristemente, preocupóme. 
Porque en el fondo, el sujeto, el ilustre hombre, 
tenía razón. El ladrón, o «sportsman» de robos, no 
era Antonio, era otro, existía, anunciaba su pre- 
sencia, estaba pHí, a nuestro lado. ¿Audacia? ¿Lo- 



T^L. 



^^ij~ri:2>x— 




cura? ¿Estupidez? Al día siguiente notóse la falta 
del collar de oro con piedras finas de la actriz 
SimÓ3s y los aros de la mujer del tuberculoso. 
Fué el terror. Los huéspedes atrancaban sus cuar- 
tos y salían llevándose sus objetos de valor en los 
bolsillos hasta para almorzar. La limpieza de los 
cuartos se hacía en presencia de los respectivos 
locatarios. Ya nadie se hablaba. Había entre nos- 
otros un ladrón. ¡Un ladrón! Las señoras, de miedo, 
no salían de sus cuartos. Nadie salía sin una nece- 
sidad urgente, temiendo ser sospechado aunque 
sea por un instante, como lo fué Antonio. Todos 
éramos los indicados de aquellos delitos; teníamos 
que llegar a la tragedia. El gerente, lívido, armaba 
una polémica interna feroz; los criados servían 
afligidos, con una humildad dolorosa, temiendo la 
sospecha, y el ex vicepresidente de la ex misión 
de Méjico se obstinaba en escribir al jefe de poli- 
cía para que vinieran a revisar todos los cuartos. 

— ¡Por amor de Dios! — gemía el propietario. 

— Es otra tontería, — acrecentaba Gomes. — 
Tenemos aquí gente respetable. 

— i Está claro, tiene razón!- decía luego mada- 
me de Santarein, divorciada por la cuarta vez. 

Y a pesar de la vigilancia, continuaban desapa- 
reciendo objetos. ¡No era posible! O salir de allí 
o quejarse a la policía. 

Una vez encontré en la ciudad a Melchior y a 
Pontes, acompañando a Mme. de Santarein a una 
confitería. Eran las dos de la tarde. Volví a la 
pensión. Por una coincidencia, vivía en el mismo 
corredor que estas tres personas, junto al cuarto 
del senador Gomes. Estaba por desvestirme cuando 
sentí pasos silenciosos. Entreabrí la puerta. Era 
el alegre y siempre espiritual Pontes. Iba a su 



i cuarto. Mas no. 
|| Detúvose fren- 
te al de mada- 
me de Santa- 
rein, sacó una 
llave del bolsi- 
llo, abrió la 
puerta y entró. 
¡Oh! ¡La inmo- 
ralidad de los 
hoteles hones- 
tos! ¡El afortu- 
nado! ¡Oh! ¡Las 
honestísimas 
señoras! Poco 
después volví a 
oír un leve ru- 
mor, espié de 
nuevo. Era 
Pontes que con 
el aire más na- 
tural cerraba 
la puerta y se 
iba apresura- 
damente. Quise 
gritar, decirle: 
párese, tunan- 
te, u otra ne- 
cedad cualquie- 
ra — porque 
por naturaleza 
yo soy bromís- 
ta. Pero resolví 
dejarlo para la 
comida. Y por 
la noche, mada- 
me de Santa- 
rein, que había 
llegadomomen- 
tos antes, apa- 
reció en el co- 
medor agitada: 
le habían roba 
do el broche de 
rubíes. 

Estábamos 
todos presos de 
un sentimiento 
de rabia cuan- 
do la gentil se- 
ñora gritó: 

— ¡Acaban 
de robarme mi 
broche de ru- 
bíes! ¡Uno más! 
Mis ojos cla- 
váronse en el 
doctor Pontes. 
Tenia el mismo 
pavor de los 
demás, su mis- 
mo aire y mi- 
rada. 

Una idea 
atravesó mi es- 
píritu. ¡Era él, 
el ladrón! No había duda. Pero, ¿si fuese a penas 
el amante? ¡Porque al fin era un hombre que de- 
bía respeto a su nombre, a su tío! 

Las pruebas eran contrarias a él, absolutamente 
contrarias. Nadie pensó siquiera salir del hotel 
después de aquellos robos. Era preciso aclarar la 
situación. Yo promovería el escándalo, diría que 
lo vi entrar en el cuarto de Mme. Santarein y las 
explicaciones vendrían después. 

Iba a hablar, iba a contar todo, cuando sentí 
que pesaba sobre mí la mirada del senador Gomes, 
que moviendo la cabeza, moviendo el cuchillo 
entre sus dedos, parecía en todas formas pedirme 
que no dijera nada. ¡Gomes sabía! ¡Desde el día 
en que me habló de mi alfiler! Me contuve. Tam- 
bién, porque en aquel momento entraban la Pe- 
pita con su perro, ambos desesperados por la des- 
aparición de un anillo, una marquise admirable, 
al decir de la estrella. 

El ingeniero Pereira, irguióse: 

— ¡Gerente! No me quedo ni un día más en su 
hotel. La situación es delicada para el primero 
que salga de este infierno, pero yo la afronto. 
Tengo familia, tengo una esposa nerviosa y tengo 
valores. Soy el ingeniero Salustio Pereira. Mis va- 
lijas pasarán por su oficina para que las revise. 
Prepáreme la cuenta. 

El diplomático, que entre paréntesis debía la 
pensión de cinco semanas, tuvo un gesto: 

— Yo también me voy. 

Los otros permanecieron callados, estaban ano- 
nadados, mas con gran admiración m.ía, el doctor 
Pontes habló; 

— Vivimos desde hace algún tiempo bajo una 



Riblo E)c3rrrío 

(JocSo oo 1-^i 



lO; 



pesadilla. Hay aquí un ladrón, o un ladró.i de 
afuera posee una llave. 

Es eso, una llave. . . — observé yo. 

— Pero a pesar del respeto mutuo que nos de- 
bemos, la desconfianza existe. Así yo. ya pensé 
mal de mi tío. Propongo, pues, que al salir de aquí 
visitemos todo el hotel, revisando todos los cuar- 
tos. ¿Les conviene? 

Yo acababa de tomar el café y admiré a Pon- 
tes; o es, me dije, un ladrón espléndido o es ino- 
cente. En cambio, el senador Gomes miraba la 
puerta, estaba muy pálido. ¿Qué iba a ocurrir? 

— ¿Les conviene? -- volvió a decir Pontes. 

— Claro está que sí, — dijo Gomes. — Salgamos 
todos en caravana empezando por la entrada. 
Es un medio alegre de terminar con una obse- 
sión trágica. 

— ¡Apoyado! ¡Este Pontes es siempre el mismo! 
Mas Gomes, entre el rumor de los comentarios, 

levantóse y salió. Yo le seguí, alcanzándole en el 
corredor. Estábamos solos. 

— El ladrón es él, — murmuréle. — Yo le vi 
entrar en el cuarto de la Santarein. . . 

— No es. 

— Entonces, ¿quién es? 

— No lo sé. 

— Es imposible negar por más tiempo. O usted 
me lo dice o yo revelo todo públicamente. Sólo 
el gran respeto. . . 

Gomes tuvo un gesto de alucinado, detenién- 
dose junto a la escalera que conducía a los apo- 
sentos superiores. 

— Nada de palabras inútiles. ¿Jura guardar 
secreto? 

— Es un crimen. 

— ¿Jura? 

— Juro. 

— Pues bien; salvemos a una pobre mujer, 
salvemos a una loca, mi amigo, ¡salvémosla! 
No me pregunte por qué. La amo como un pa- 
dre, como un amante, como usted quiera. Es ella 
la que roba, ella es. No soy medio de impe- 
dirlo. Voy a echarla de aquí y al mismo tiem- 
po tiemblo de verla en la cárcel. Está loca. En 
este mismo momento nos encontramos a mer- 
ced de la suerte y de los disparates de Pontes 
a quien yo debería odiar. Pero vamos a salvarla. 
Es preciso salvarla. Todo será restituido. Ya lo 
he hecho. ¡Cuidado! Escóndase, escóndase. Ahí, 
debajo de la escalera. Que no lo vean, que no 
lo vean . . . 

Alguien bajaba corriendo la escalera. Escondido, 
latiéndome el corazón, mientras Gomes colocába- 
se junto al pasamano de la escalera, oí su voz pre- 
guntando; 

— ¿Todo? 

— Sí, miedoso mío, sí; yo tenía todo junto. 
Tome. Y ahora, yo también... 

El bulto pasó hacia el zaguán de la entrada. 
Del comedor salían los huéspedes, apasionados con 
aquella investigación policial a los cuartos. Tré 
mulo, lívido. Gomes metióme en la mano un pa- 
quete, mientras guardaba en los amplios bolsillos 
de su levita y de los pantalones otros pequeños 
envoltorios. 

— Mañana, — me dijo, - - restituiremos todo por 
correo. ¡Sea bueno, sálvela! 

Era atroz, era trágico, era ridículo ver a 
aquel hombre ilustre y honesto guardar los ob- 
jetos robados por una kleptómana satánica, y 
era estúpido lo que yo hacía. ¡Estúpido, mas 
irresistible! 

Fuese quien fuese esa ladrona inteligente, era 
de una audacia, de un ingenio, de una sutileza 
y de un egoísmo diabólicamente espléndidos. 
Estiré el pescuezo en una ansia de curiosidad pa- 
ra saber quién era, para ver quien podía, en un 
hotel tan repleto de huéspedes, ser aquella de la 
que yo me hacía cómplice, aquella que, misterio- 
samente, impalpablemente, durante un mes, tra- 
jera al hotel la atmósfera de duda, de delito 
y de infamia. Y conteniendo un grito de horror, 
vi a Mme. de Santarein entrar al zaguán, son- 
riente y tranquila. 



Río de Janeiro. 



DIBUJO DE ALONSO. 



— I3>L,"\ 'i 



X -L. 



Bien, púas; lo que csnoci al doctor Baran- 
diaiin (un mMioo recibido, de mucha pre- 
paractón) simpatiíainos con tí. eso que la 
lante expresa diciendo mía cosa bárbara. . . 
y no es Urttara ni cosa: pero algo quiere 
Jedr, y todo el mundo lo entiende. 

iQÚt doctor aqud doctor) Mozo lindo y 
criollo neto, por mis'que era hijo de vasco 
(pero sin gorra de tal) sd varonil gallardía 
causaba buena impresión, siendo un ejem- 
plar macuco de esa raza vigorosa, tan nece- 
saria en Amirica. donde no habría alambra- 
dos ni propiedad deOnida. si el ñandubay 
(esqueleto de la red que la circuye) no en- 
contrara un domador que lo barrena y serru- 
cha, en cada hijc de Vasconia: pues por algo 
saben ser esos hercúleos vascuences, paisa- 
nas del mar y el fierro: verdadera yunta 
brava, por lo dura y lo indomable. 

Nos conocimos con él cuando era en Cho- 
ritolongo médioo municipal de aquel partido 
del sur. que no por ser un puchito como ex- 
presión geogrifica, se creía sin sus derechos 
a alimentar pretensiones, cantando como 
contaba con un cine en un galpón, un dia- 
rito semanal (editado por la imprenta de una 
población vecina, que lo notaba un día antes 
de aparecer cada número) y otros focos de 
cultura, qtie le imprimían aspecto de urbe 
alepe y progresista, muy pagada de sus 
oosas. pero mAs aún de sus gentes. Como que 
d diaríio habló hasta de su hfülK- (|qué bár- 
baro! y lo ponía con hache) cierta vez que 
lüó el elenco del público distinguido, con- 
cuTNBte. . . no sé bien si es que era a la misa 
de onca (la única que se oficiaba) o si a un 
bailongo m^y fiambre del salón municipal; 
de aquel suntnso salón, antes barraca de 
frutos y hoy tiatro de vanidades, compadra- 
das y flirteos . . . cachis hasta el caracú. 

Allí me lo presentaron (digo que en Cha- 
ritolongo).. . ya no me recuerdo quiéi: ni 
es Ucil que me recuerde, dado que allí, cual- 
quier quisque hace las presentaciones, sin 
conocer bien al otro (iqué digo al otro. . . ni 
a uno!) y se queda lo más fresco. . . Ello fué, 
si no me piso, creo que en el iClub la Unión*. 
que era el más alto exponente de la sociabi- 
lidad de aquel culto vecindario, cuyos indi- 
viduos todos. . . si no llevaban cencerro, era 
porque Dios es grande, y cuando El está de 
humor se permite ¡cada cosa! 

Una prueba convincente del acierto y la 
cordura de los organizadores de aquel centro 
de atracción, al darle un nombre tan propio. 
eran los siete buracos ubicados a capricho 
sobre dos muros fronteros de la sala de billar 
(que también lo era de ba<le, de lectura, de 
sesiones de la junta directiva. . . y de otros 
más menesteres) recadando pintorescos in- 
cidentes de revólver, con pésimos resultados 
para la naciente fama del mistongo sland de 
tiro de aquella localidad; pues ni un solo 
proyectil de los allí fulminados, no había 
hecho su deber, gracias a aquellos mulitas, 
tan vivos para gastar su pólvora ... y no 
en chimangos. .. 

Los socios que concurrían s5!o por matar 
el tiempo, pues ya se ha visto que allá na- 
dies corria peligro de muerte ni de lesiones. . . 
(hasta el morirse de risa resultaba algo im- 
posible, causa del opio reinante) eran puros 
funcionarios de la situación política, que por 
sus sueldos estaban en tren de darse ese 
lujo. . . y cinco o seis extranjeros, que a ga- 
tas podían ir sólo los días domingo, pues te- 
nían los negocios abiertos entre semana. . . y. 
como no eran ubicuos no podían encontrarse 
en ambos sitios a un tiempo. 

¡Linda sociabilidad, aquella del «Club la 
Unión», cordialmente desunida, que sabía 
hacerse ver por su crianza y su cultura. . . 
igual que postre de fonda o pito viejo de 
vasco, que allá se van por lo corto?! . . . 

Como ni yo ni el doctor jugábamos a ba- 
rajas, tal vez por haber leído al gaucho de 
Schopenhauer y profesarle manía a todos los 
zanagorias que se solazan a base de carton- 
citos pintados (filisteos los llamaba, con in- 
tención despectiva) no sabíamos pisar, pero 
que ni por un queso, en la pieza donde algu- 
nos se ríunían por las noches, perdiendo un 
tiempo precioso para ganarse un café (sien- 
do que hay tanto infeliz que tiembla si se 
lo dan) jugando a esa gran pavada que lla- 
man tulis díl medio. , . y es e! ídem más se- 
guro para graduarse de otario. . . 

De todo esto resultaba que en aquel hones- 
to emporio de aburrimiento corrido, ni yo 
ni el pobre doctor sabíamos proceder para 
medio darnos vuelta, cosa de pasar las noches 
sin dormirnos de parados (¡habían tan pocas 
sillas útiles para el servicio!) bostezar a con- 
trapunto, o de no. como unos zonzos, pa- 
tiar a aquellos idiotas (eso es lo que merecían) 
en su infame entretención, donde salen arras- 
!rar,do' . , . ¡Vaya un programa atrayenle. . . 
y además, para hombres solos! . . . 

Puestos frente al txdium irilT de situación 
tan incómoda, concluímos por donde acaban 

los que -- -lué hacer; por latiarnos 

mutua; indo ese sistema que rige 

en las r- nablo del turno pacifico; 

que ti la >ey es pareja, no resulta rigurosa. 
Cierta vez que era el doctor quien tenia 
la palabra, me decia. . . no sé qué, mientras 
que yo, resignado, no tenia más defensa que 







chamuscar cigarrillos. 
chupar cervera de a 
pocos y fingir un inte- 
rés-., que un de repente 
pasó de interés a capi- 
tal, por lo grande y 
verdadero, cuando re- 
cién me di cuenta de 
lo que me conversaba. 

— Vea, amigo (me 
decia). el genio impro- 
visador y las salidas 
agudas de nuestros 
buenos paisanos, son 
algo que no es de creer: 
sobre todo, por la fuer- 
za de penetración sulil 
con que. ahi no más. sobre el pucho dt ale- 
gaciones báñale*-, madrugan al contendor y 
traviesos le barajan fácil i?/ ¡ao df los palos. 
¿Quiere que le haga aura un cuento que vie- 
ne a ídem? Pues, e<:cuche. Lo que mataron 
a Elias (ti turco d.' Lis bandolas, como sabían 
llamarlo)... Usté no lo conoció, ¡qué espe- 
ranza! usté es muy nuevo, y al pobre lo ase- 
sinaron ya hace un tiempito. . . Verá era un 
viejo cam^lot, muy diablo para su oficio de 
mercachifle ambulante. . . no como los que 
andan aura, a base de tullo a innt\ que son 
unos pobres gatos para aquellos de en otrora, 
que eran tigres de verdad no de talabartería. 
Aquel turco era un sicólogo, profundo cono- 
cedor de las mujeres camperas, cuyo espíritu 
calaba con igual facilidad que un cerealista 
a una bolsa. . . y sin precisar de pinche. . . 
Ciomo le hubiese tomado un parecer Mefistó- 
feles. sobre todas las zonceras que colocó e.n 
el estuche tentador de Margarita, creo que 
con la mitad de lo que gastó en pavadas, se la 
hubiese pastoriado sin andar con tanta his- 
toria. Y ese cincuenta por ciento de benefi- 
cio, merece los honores del estudio, tratándose 
de señoras, por las que sabemos dar el triple 
de lo que valen... de puro otarios que somos... 

Como conocía bien a nuestra bella mitad 
(sobre todo, a la de aquí) no se cargaba de 
artículos que no fuesen eficaces para el puro 
coqueteo de las ingenuas paisanas. Toda su 
mercadería consultaba la intención de pulir 
a las mujeres, tratando de embellecerlas. 
Llevaba un mundo de cosas en el ramo de 
toihtíe, como ser: tainas, baincías, horquillas. 
polvos de arroz, aguas bien, jabones finos 
(cero veinte la pastilla)... y en particular, 
espejos; que para toda mujer, el contemplar- 
se a sí misma es su mejor espectáculo . . . 

¡Pobre Elias! aunque bueno, tenía también 
su falla, o su manquera moral... o como quiera 
llamarse aquella manía loca de no confiarle a 
ninguno la custodia de su toco... Jamás tu- 
vo una libreta de depósito bancario; ni un 
crédito en una casa de comercio, conocida: 
ni nunca llevó su grano de arena a la cCaja de 
Ahorros*... ¿Sería por desconfianza? ¿Pre- 
visión para cuerpiarle al peágro de un em- 







Por 



bargo. si el negocio se 
torcía, dándose vuelta 
la taba? ¿Prurito de 
voraciar haciendo gran 
mostrador de sus in- 
gentes riquezas, no in- 
feriores a mil pesos? 
;Vaya a saber! ¡Es el 
hombre, aunque haya 
nacido turco de cosa 
Umia e barata, un tan 
insondable abismo de 
codicia y vanidad!. . . 
Pero él sabia decir: 
— ¿Para qué presisar 
mí. caja de fiero ni ban- 
cas, teniendo tantas 
bolpiya. bien grandes y muy sicuras? Todo 
lo llevaba encima; y hubiera sido más fácil 
arrancarle un par de pesos o tres, a cualquier 
canario que volara por el aire, que sacárselos 
al turco, que al acostarse a dormir daba ba- 
lance de fondos, sin que faltase un centavo 
de los muchos que escondía. . . siempre que 
no los mostraba con punible ostentación. 

Y eso fué. sin duda alguna, la causa de su 
infortunio; el afán de hacerse ver como hom- 
bre que anda en la buena y da envidia a los 
demás. Los amigos de lo a'eno pierden fácil 
los estribos, lo que lo ven tan cerquita que 
basta alargar las uñas {bien armadas o sutiles) 
para quitárselo a otro, por la fuerza o por la 
astucia. La plata del tal Elias era bastante 
comadre, para que algunos golosos no la arras- 
trasen el ala, viendo de alzarse con ella. . . 
¡Tenía que suceder, aunque no estuviese 
escrito! Un mal día (pues es torpe llamar 
bueno al en que ocurren o siniestros o triste- 
zas) unos pibes tropezaron, adentro de un 
pajonal, orilla de la laguna, el cuerpo del po- 
bre turco, jediendo a muerto e hinchado de 
una manera monstruosa; pues la descompo- 
sición cadavérica era enorme, activada por 
cincuenta grados de temperatura (claro es 
que lo eran al sol) de un verano sin vergüen- 
za. . . pero con coup de chaleur, del que hu- 
bieron varios casos. 

Así la caja toráxica, como la que alguien 
llamó la de ¡a pasta divina (únicas que se no- 
taban en el lugar del suceso, pues la de fon- 
dos voló, como puede maliciarse) habían sido 
chuciadas y heridas sin compasión, con tan 
despiadado lujo de ferocidad salvaje y de . 
cruel ensañamiento, que solamente los hom- 
bres podían ser responsables de una muerte 
tan odiosa. Las fieras, como son brutos, nun- 
ca hacen el daño inútil, sino aquello que pre- 
cisan. . . y no por hacer sufrir: el martirio es 
invención de nuestra mísera especie, que 
algunos ingenuos nombran humana... (sí; 
por antífrasis; que bien inhumana es). 

Hubo autopsia, ¡cómo no!, es de regla en 
casos tales, aunque al doctor no le den ele- 
mentos a propósito... Es más; ni aunque 
se los diesen. . . Esas pesquisas post morten 




suelen ser muy defeatuosiis; ¿quiere que le 
dé una prueba? Aun no se sabe dónde anda 
uno de los proyectiles que Zolgos metió en 
el cuerpo del ex presidente Mackinley... y 
eso que eran cinco tíos de lo mejor de su 
pais, los médicos que anduvieron por cazarle, 
sin lograrlo, ni en recinto tan angosto como 
el cuerpo de un difunto. Conque, hay que 
echarse a pensar sobre el resultado útil de las 
autopsias de aldea. . . hechas pour {'exporta- 
tion. sin honorarios ni estímulos... y de 
malísima gana. 

Volvamos a nuestro cuento, puesto que a 
nada conduce hablar de balas perdidas, que 
no han de matar a nadies. Hablandoló al 
comisario (que fué quien me dio la orden de 
oler a muerto hora y media, sin malditas las 
ventajas para la vindicta pública) de que 
precisaba gente para hacer la operación y su- 
jetar al cadáver, que se cae a los costados 
como no le agarren bien... — «No se des- 
aflija, amigo (me contestó muy seguro), lo 
que le sobrará es gente que le ayude en su 
tarea... Los calabozos están, digamos, au 
grand complet; con que, pida lo que guste- su 
boca será medida». 

Unos momentos después ya tenía yo ayu- 
dantes, si no muy doctos (pues eso no era lo 
que se buscaba), tan fuertes como esquine- 
ros; un paisano vistiador y un poquito man- 
giacaña (digno de llamarse Robles, por ser 
recio como dos) que ya al tercer copetín se 
peliaba con su sombra. . . y un vasco morru- 
do y fuerte, que estaba allí detenido por 
ebriedad y lesiones, según rezaba el sumario; 
total, más ruido que nueces; una regular 
moscorra (como llaman en vascuence al po- 
nerse divertido) y una trompada. . . de vas- 
co, con la que le había puesto a un gringo 
un ojo en compota. 

La elección de candidatos honraba a la 
policía: ambos eran bien frisones y fortachos 
como estacas; pero ni el uno ni el otro deja- 
ban de ser ariscos para la ing;rata emergencia. 
tan reñida a un mismo tiemno con la caridad 
cristiana y el sentido de! olfato. En la acti- 
tud y en el gesto de aquellos dos infelices se 
notaba la aversión por un rol tan repulsivo, 
si fácil para sus mú.sculos, penoso para sus 
nervios. . . y aun mismo para sus creencias. 
Yo, que conozco a los vascos por haberme 
criado entre ellos, sé de las supersticiones que 
les sugiere la Intrusa, reveladas por un rasgo 
de aquellos que hacen pensar, por lo plenos 
de puesía. La luna no tiene nombre en la 
lengua milenaria de esa gente brava y buena. 
¿Sabe cómo es que le dicen a nuestro frío 
satélite? Le llaman luz de los muertos. ¿Qué 
le parece la cosa? 

De nuestro criollo, ni hablar; cuando un 
paisano es de cepa (y casi todos lo son) no 
le hace ascos a los hombres ni le tiene chucho 
a nadies. . . hasta que ya lo ve muerto. . . 
Los difuntos le procuran un terror que no se 
explica. Sólo deja de temblarlos en velorios 
concurridos; o si el que está en el cajón es 
angelito ... y entonces se presta para farriar. 
Sigo el cuento: yo aguaytaba a mis colabo- 
radores, haciéndome el que no veía ni les 
llevaba el apunte, viéndolos de rabo de ojo. 
En tanto que preparaba los cachivaches del 
caso para emprender la labor, les estudiaba 
a mi gusto, siguiendo sus impresiones, que 
fuera inútil cambiaran entre sí los íin ven- 
tura. . . ¿Para qué tal intercambio? ¿Para 
quedarse lo mismo, es decir, muertos de sus- 
to... o cosa muy parecida? Acercándosele 
al muerte, con un andar desconfiado, el uno 
empujaba al otro. . . y el otro empujaba al 
uno, viendo de darse un coraje tan ausente 
de los dos. . . ¡Qué yunta de ricos tipos! Ca- 
minando hacia el cadáver, para no parecer 
maulas, avanzaban lentamente... retroce- 
diendo en seguida, rápidos como dos balas, 
con ignorados pretextos, que les alejaban 
más de la zona del jabón... 

¿Cuánto es que habría durado aquel jue- 
guito? ¡Quién sabe! Pero al dirigirme yo a 
ellos, diciendo: -■ «¡Vamos, señnres! Acer- 
qúese. . . siquiera uno, para darme una ma- 
nito — - me apercibí claramente (aunque lo 
hizo en voz más baja que yuyo en tiempo de 
seca) que el criollo decía al vasco: — «¡Vaya 
amigo, apúrese. ¿No ve que lo habla el doc- 
tor?:> ■ — Y cuando el vasco, perplejo, replicó 
con frase tímida: — oDise usté que hablar- 
me me hase?» —' «¡Natural! (retrucó el otro) 
¿a quién va a ser sino a usté? ¿No ve nue le 
ha conosido que usté es más inteligente?. . .» 
Y me agregaba el doctor, lo que me conta- 
ba el caso: - "Jamás me he puesto yo a reir, 
con violencia más ruidosa, ni con un menor 
dominio de mis excitados nervios, que no me 
dieron ni calce para dominar mi impulso, tan 
impropio de la escena... Lamento sincera- 
mente aquella profanación... Pero, ¿qué 
quiere mi amigo? me tomó tan descuidado, 
que no io pude evitar. Tan feliz fué la salida 
que a mí me cazó sin perros. ¿Quién se domi- 
na al oír un piropo tan astuto, sabiamente 
improvisado para rendir la tozuda voluntad 
de quien se opcne (con oposición vascuence) 
a una invitación tenaz? El zorro de la famosa 
fábula de Le corbeau, no se expidió con tal 
gracia, siendo un mísero poroto, comparado 
con aquel modo de apagar faroles. 

DIBUJO DE PElAEZ. 




ARTE URUGUAYO 



RECUERDOS DE ESPAÑA 

ÓLEO DE PEDRO BLANES VÍALE. 




PLVS • 
. VITOA 



— 1-:>LS^^^S "VLT^Pa.-X— 




ALBINO 



Sucede en el campo que las «niñas» se enamoran de 
los gauchos. De aquellos que son troveros de su mo- 
cedad, con sensaciones de payadores. Es un fondo 
sensible en ellas, de sublevación innata, contradic- 
tora, al ambiente forzado que las culmina. Edad de 
hechicerías. las vuelan sus pimpollos de años en pos 
de lo hermoso y aventurero, como entre plumas. 
Naturalmente. En el privilegio de la canción sobre 
las almas. 

Eres chiquita y bonita, 
eres como yo te quiero, 
pareces campanilüta 
hecha por un relojero. 

Una copla asi le había conquistado el alma. Era el 
solsito dd pago, la rubia, cuyos cabellos tenían en- 
cantos dormitados de pajas secas. O la ternura, el 
gusto y la seda, de las mazorcas que se maduran. 

Pelo de oro como hilachas 
de choclo recién cortao. 

Otra comparación asi, la estremeció, con dulzura 
de mieses sob resentidas. 

Su casa no era un nido. Vivía el alba de sus ilusio- 
nes en un edificio seco de ladrillos, cabeza de chacra 
modelo. En invierno castigaba el cierzo por el corre- 
dor, silbando: y de verano lo abrasaban los resplando- 
res. Siempre invadido de la tierra del acarreo y la 
playa de los arados. Y allá, a treinta cuadras, suges- 
tionante a los ojos ansioEcs de belleza fresca y libre. 
el rancho arropado entre un cerco de árboles, sobre 
campo verde y fragante. Silencioso, una huella como 
un hilo, ondulada. . . Aquello era un nido. . . Y las 
miradas de la niña rubia, desde una ventana empol- 
vada, recta y severa, se perdían en la dirección, como 
suspiros que rodasen. Hasta que a los empañes de luz 
de la oración, hora de hechicerías, se veía galopar en 
'in recoveco de gavilán, la figura del mozo, ignaro ca- 
ballero romántico, entre las resquebraduras lucientes 
de la plata del apero. Y palpitaban dos corazones. 

El padre, colono ricacho del partido, absorto en las 
transacciones de plaza, como comerciante agrícola, no 
sabia de su hija con el alma volada. Pero sí lo sabia. 
el novio que le dedicara, equiparado a su condición 
de clase. Sabia que a boca de noche, cuando todos se 
amparaban a la quietud de la lámpara y el mechero. 
patrones y peones. Indalecio, el del rancho de la es- 
tancia vecina, concurría por aquella ventana, con 
una cinta rosa o azul para la trenza rubia, y una co- 
pla en los labios para su sentimentaüdad. 

Las puertas cerradas, prevenían por dentro una 
sorpresa: y por afuera la pared rígida y una empali- 
zada larga, dejaban libre el campo al valor perso- 
na!. El novio no pisó ese campo. Como hombre culto 
pisó el despacho del comisario. 

— ¡Voló el chimango. don delantero! 

El delantero miró. Sobre la casa de ladrillos flota- 
ba, nerviosa de aire, una banderita de arpillera. 

— Las once. 

— ¡Y cómo no! Rumbie no más a la manya, ¿qué 
se v'hacer? — y le bajó los grados de la palanca del 
arado, volcando con ruido de raíces cortadas dos ca- 
ballones húmedos. 

La fila del laboreo se encaminó al tranco más lar- 
go de los bueyes. Por el camino hablaron, los dos. 
únicos criollos en toda la tropa de aradores, a gritos 
para oírse. 

— Y mañana es el casorio, ¿no dicen? 

— Mañana ha e ser. 

— Hable, pues. No le oigo . . . 

— ¡Que sí! 

— Ah , . . Habla como si le doliera. 

— Quien sabe . . . 
-¿Eh? 

— ¡Que sí! 

— ¡Hombre trabajoso!. . . ¡No Temiendo un demo- 
nio! — Cimbró la orejera sobre el lomo del buey tron- 
quero y le alcanzó corriendo. 

— Usté siente algo: ¿qué eré en sus adentros? 

— Yo nada. Pero no se hace eso con nengún 
hombre. Lo acusa cualquiera, lo llevan preso sin más. 
y mientras tanto le soplan en mala ley lo único que 
más quería. ¡Qué hazaña!- Y miró a lo lejos el ran- 
cho, que parecía soportando la pompa hojuda de los 
sauces, un amante olvidado bajo la carga abatida de 
todas sus esperanzas. 

— ¡Cierto, don! ¡Cierto, juna! Nos hemos arrancao 
las espuelas pa prenderlos al arao, y tuavía nos jue- 
gan puerco con las prendas e l'alma. . . 

— ¡Ah. pero v'haber una! Dej estar. . . Ellos no sa- 
ben, yo sé. .. 

¿Qué? Vomite... 




— Indalecio ha salido. No lo diga a naide. 
¡Y esa chanchada no puede quedar ansí, pa 
nengún gaucho! 

Se le atracó de costillas y de boca, presa de 
sensación, con el interés que le apagaba la voz. 

— ¿Va matar? 

— Quien sabe, todo puede ser. . . ¡Y esto ta- 
mién! — y la mano tosca, enristrando ligera la pi- 
cana bajo el brazo, aserró a la nuca algo imagi- 
nario y bello. 

— ¡Cerdiarla! 

No son fieles, ni son constantes, los amores de 
las niñas. Cuando no se ha sufrido no hay sen- 
timientos profundos. Desvarios, embriagueces 
efímeras de sol y fantasías, que el ambiente 
muy pronto, pesando con su grave morigeración, 
sobre la falta de auxilio, o sobre la ausencia de pe- 
cho y palabra cálidos, recupera. 

Una honda meditación delibera en la vengan- 
za criolla. La nobleza y el honor riñen su partida 
más encarnizada. Afrentar, es menos noble que 
matar: pero matar sin el peligro de la defensa, es 
sepultarse en la más deshonrosa muerte del orgullo 
de un varón que se aprecie. Y perdonar es ser flo- 
jo, permitirles que se «raigan». . . Por una perfi- 
dia, se afrenta, entonces. Sobre las mujeres infie- 
les cae la misma sentencia que sobre los caballos 
de los milicos infelices o del alcalde ensoberbe- 
cido. Tronchan aquello que más amaron en ellas, 
y que más acariciaron, el pelo que es su tesoro, a 
veces con un dolor propio que les desgarra el al- 
ma, ¡Pero es ley! Las tonsuran a cuchillo. Y pa- 
sean la trenza perlas pulperías sobre el copete de 
su caballo, si es gaucho huido, para que todos le 
tiendan la mano, y conozcan la trenza de «Ña Fu- 
lana», la que lo echó al padecimiento. O la aprie- 



tan en las noches secretas sobre sus labios, si sólo 
es amante burlado. La ley rige igual sobre la pro- 
metida que falta a la palabra o la compañera que 
falta a la fe. Y es fama que «mujer cerdiada» ha de 
ser desgraciada toda su vida. 

Plácido el campo. . . La caída del sol pintaba 
de cárdeno el horizonte. Y sobre el fondo expiran- 
te de luz. resaltaba obscurecido, como un ramo 
que se enlutase de sombras, el rancho olvidado. 

La gritería del acompañamiento anunciaba la 
aproximación de la boda, y de la hilera de ca- 
rricoches y volantas. ascendía una columna lar- 
ga de polvareda, como humo. . . 

Bruscamente, de un recodo, bajo ese humo, sal- 
tó la figura descompuesta del amador. Y el cuchi- 
llo, antes que nadie pudiera evitarlo, brilló sobre 
los azahares de la rubia, que abrió los brazos, 
desatinada, exhalante. jPobrecita! 

Sonaron algunos disparos. Un envoltorio bati- 
do de polvo, señalaba, cortando oblicuo la hilera 
de rodados, el rastro del jinete. Toda la comitiva 
se echó a perseguirle. Ávidos, se fulguraban de 
rojo, con el tinte del ocaso, los caños de los revól- 
veres. . Y entre el polvo, al rasgarse, relucía en 
filos cortantes, la plata. Una bala, al fin, le vol- 
tio el caballo. 

De pie, presentó el pecho a las armas que le 
apuntaban. 

¡Maten un hombre! ¡Y digalén que baile. . . 
esa ingrata! 

Dos gotas le surcaron la cara. Los revólveres se 
inclinaron a la tierra. En la serenidad, la atmós- 
fera embargaba sollozos de mujer. Y sin notarlo 
en la mano, arrasó la lágrima generosa, con el tro 
feo. ¡Una vara brillante de trenza rubia! 

DIBUJO CE CENTURIÓN. 



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RE CUECDO í< 

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ESTUDIANTE 



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7^\ A C y^ N 



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O G a .A r r A. 



Cierta tarde, un jovenzuelo nos dijo: — Ustedes 
van a asistir ahora a la clase de un verdadero 
maestro. . . — Enarcó las cejas, acaballó en lugar 
estratégico del prominente apéndice nasal los mo- 
numentales quevedos, y nos hizo un cumplido elo- 
gio de nuestro profesor: 

— Ustedes apreciarán — aseguraba con suficien- 
cia — la importancia intrínseca de esas explica- 
ciones, sencillas en su hondura y expuestas en un 
estilo ameno y atrayente. Es un gran hombre «el 
viejo» — agregó en tono familiar refiriéndose al 
menudo provecto catedrático. 

Mi curiosidad creció en forma alarmante cuando 
escuché otros adjetivos encomiásticos aplicados en 
serie creciente al susodicho feliz mortal. — Pero, 
Dios mío — me interrogaba perplejo-— ¿cómo es que 
yo ignoraba por completo que semejante pozo de 
ciencia infusa hallábase tan a mano en esta ciudad 
fenicia?, . . Y entonces, con leve escozor de mi 
juvenil vanidad, me respondía: - Es que tú, po- 
lluelo con plumón, atesoras bien pocos conoci- 
mientos y los que posees son harto febles y raqui- 
ticos; pesa sobre ti la justificada presunción de que 
nada sabes, y el día que llegues a aprender cuatro 
paparruchas, — si no te infatúas, — lo único que 
sacarás en limpio, y por operación matemática de 
substracción o resta, es que lo que desconoces se 
te hace presente, en toda su informe mole, gracias 
a que te has pasado años y años, humilde, cando- 
rosamente, en un continuo acopio de nociones, a 
veces valederas, a veces endebles o hipotéticas. 
Pero, eso sí, — me advertía la voz de la pruden- 
cia — para «saber que no sabes», según fórmula 
clásica, imprescindible es que estudies. 

Merced a esta peroración interior logré calmar- 
me: no era tan extraordinario, como en un prin- 
cipio supuse, el que yo no estuviese enterado de 
que existía en nuestro país ese raro ejemplar de 
maestro, de «verdadero maestro». No; al fin de 
cuentas, e! caballero aludido podía vivir muy tran- 
quilamente a pesar de que yo no me hubiese noti- 
ficado del fausto evento. . . Y así, en dos segun- 
dos, logré torcer el cuello a esa ridicula presuntuo- 
sidad de la muchachez que subsiste, en buen golpe 
de conciudadanos, hasta en su edad madura y en 
su senectud venerable. 

Consumado el homicidio legal - que ojalá sea 
definitivo — de esa enfermiza condición del áni- 
mo, quise prepararme para escuchar en buena dis- 
posición de espíritu la conferencia de aquel por- 
tento universitario. 

El doctor Carlos Alberto Pérez, que de tal guisa 
le apellidaremos, penetró al aula por una puerta 
lateral. Era de pequeña estatura, algo encorvado 
y de alba epidermis; su modosa apariencia aco- 
plábase en amable armonía con la risueña sereni- 
dad de su mirada. De todo su ser desprendíase ese 
efluvio cordial que establece viva corriente de 
simpatía en la convivencia humana. Una vez ins- 
talado tras el pupitre, calados sus tenues lentes de 
carey, la figura diminuta resaltó agradablemente. 
La corbata, de candida nitidez, intercambiaba con 
el rostro sus reflejos blanquecinos, y aquella per- 
sona, imagen de la mesura, lucía por momentos 
la aureola de lo puro y de lo inmaculado. 

Comenzó a hablar con modulación apagada; el 
timbre vocal, aunque «in crescendo», no pudo lle- 
nar los reducidos ámbitos de la sala, y ello contri- 
buía, aún más, a trocar en misteriosa aquella cere- 
monia docente, rodeándola de conturbadores atri- 
butos litúrgicos. 



A la sordina enumeró hechos simples y corrien- 
tes, tratando de coordinarlos sin esfuerzo. Nada 
denotó su interés por las palabras que desgranaba 
lentamente; nada, su entusiasmo. En ocasiones 
una sonrisa, mezcla de apatía y de escepticismo, 
subrayaba un párrafo bien construido. 

« Alcanzar la verdad histórica — aseveró con 
llana entonación - es un feliz accidente ». Y, como 
al desgaire, señaló la labor de Sarmiento tildán- 
dola de «mera faena de periodista», citó algunos 
tipos del pasado colonial, mentó — por modo es- 
cueto, casi de croquis — - los ritos religiosos del 
medioevo criollo y apuntó — trascendentes reve- 
laciones -■- el precio de una arroba de lana allá 
por el comedio del siglo xvii y el costo en pesos 
de una fanega de trigo puesta a la venta pública 
en aquellos lustros de adelantados y gobernadores. 
Le oímos con atención respetuosa: nos había im- 
presionado bien el espectáculo, propensos como 
estábamos a sopesar las opiniones del «viejo 
Pérez» colocándolas antes en la elevada balanza 
que la mente reserva para los sólidos pareceres 
de «los consagrados». 

Másalos pocos días, [oh desilusión!, me encontré 
con un amigo mendocino ya más adelantado en 
la carrera, tipo perfecto del negador sempiterno. 
De sopetón me roció con varios denuestos: 

— - Ya me dijeron que las otras tardes «el viejo 
Pérez» dio el gran golpe. ¡Claro! ... a chiquilines 
como ustedes que son novatos y no ven que todo 
«eso» de los lentes, de las afirmaciones en redondo 
y demás adyacencias son «macanas»; sí, macanas. .. 
Allí quizás haya algo de literatura, algo de 
elocución florida y efectista, pero, ciencia... 
¡qué va a haber ciencia! Eso es «macaneografia» 
y ríen de plus. 

Quedé anonadado, estupefacto. Mi interlocutor 
era un estudiante inteligente y vivaz; pero yo, en 
el fondo, no quería creer las «barbaridades» que él 
hilvanaba haciendo la autopsia de nuestro ídolo. 

Por último, terminó en lenguaje áspero y ex- 
clamativo: 

— ¿Y tú sabes, ¡qué carape!, por qué lo endiosan 
a ese simulador? ¿No?... Pues te lo comunico: 
porque la mayoría de los alumnos tiene que agra- 
decerle alguna buena nota discernida complacien- 
temente, porque es de la camarilla que mangonea 
en la Facultad, porque en su mesa, ¡qué carape!, 
el más burro aprueba la asignatura. Así se es per- 
sonalidad y hasta «intelectual» en este frivolo 
Buenos Aires. Macaneografia...; no te rías: 
¡macaneografia! y «camamas», como dicen en 
la madre patria. 



Paulatinamente fuimos dotándonos de un fuerte 
reactivo contra el filtro mágico que don Carlos 
Alberto Pérez nos servía tres veces por semana. 
Ya en agosto, el alquitarado bebedizo carecía de 
sus pretéritas virtudes, anestesiadoras de la crí- 
tica, y nosotros, con frialdad de cirujanos, hincá- 
bamos el bisturí en las inorgánicas fantasías socio- 
lógicas del pulcro catedrático. 

Siempre emitimos, y aun hoy quedan vestigios 
de ello, juicios benévolos — en demasía -acerca 
de su especial manera de escribir, de su ironía re- 
tozona y mariposeante, de su medida elegancia 
retórica. . .; pero no transigíamos con lo que mu- 
chos suponen ciencia y estudio y sólo es imagina- 
ción y fluctuante base documental para la serena 
investigación de nuestra historia. 



Años más tarde llegó a mi poder un libro de 
Taine. Poco después conocí, en parte, la produc- 
ción de Anatolio France, y los juicios benévolos 
vertidos en otra época de mayor lirismo, de mayor 
ingenuidad y - si es posible lo imposible — de 
mayor ignorancia, los consideré arriesgados, de 
débil fundamento. A acentuar este menoscabo en 
la ponderación literaria, contribuyó asimismo la 
lectura de los volúmenes que «Azorín» dedica a la 
«historia contemporánea», quien, en análogo gé- 
nero, borda filigranas de agudo valor conceptual 
y de fina trama idiomática. Y he de estampar tam- 
bién - olvidando casi a Lucio López, a Cañé, a 
García Merou y a Mansilla - el nombre de Eduar- 
do Wilde, predecesor argentino de dotes muy supe- 
riores a las de don Carlos Alberto Pérez, en ese 
arte difícil y donoso en que la eutrapelia y la joco- 
sidad y el humorismo tejen la urdimbre multicolor 
de la prosa costumbrista. 

Esta breve nota no exige, creo, coronación de 
moraleja. Queda asi. sin retoques, tal como desor- 
denadamente la pluma ha ido recogiendo las 
hilachas del recuerdo para reunirías en haz ni 
vistoso ni prieto. 

DUBIN. EL TRATADISTA 

Presidía un tribunal examinador el titular de 
«la materia». Era una persona que, con decididos 
gustos mundanos, no se preocupaba mucho de sus 
disertaciones universitarias. A ello añadía una 
mansedumbre y bondad sin límites para calificar 
a los discípulos en la temida prueba final. 

Presentóse un educando cuya audacia corría 
parejas con su descaro notorio. Empezó a ensar- 
tar lugares comunes sin discreción ni tino, aunque 
revestidos de cierta fluencia verborrágica en la 
exposición. A los contados segundos, sus ojos ad- 
quirieron extrañas refulgencias, y, ante el asom- 
bro de los circunstantes, oyéronse las siguie.ntes 
palabras proferidas con firmeza y altisonancia: 

« Bien es verdad que hoy esta teoría no goza de 
tantos adeptos como en las postrimerías de la an- 
terior centuria; ello se debe, sin duda, a los ataques 
certeros del publicista francés Jacobo Dubin, quien 
en la «Revue Historique», etc. 

Cuando concluyó ese párrafo grandilocuente, 
henchido de austero vigor doctrinario, los profe- 
sores, de común acuerdo, dieron por finiquitado 
el examen. Entretanto, el habilidoso alumno son- 
reía con aire enigmático. 

Al ser leídas las notas nos enteramos de que 
había obtenido ocho puntos, alto guarismo que 
hasta entonces no figuraba en su planilla o pron- 
tuario de haragán incorruptible. 

Se retiraba ya de la Facultad cuando el cate- 
drático lo llamó; 

— Una pregunta, joven. Si usted me permite. . . 
nosotros desearíamos conocer donde ha consegui- 
do el dato referente a ese señor francés, monsieur 
Dubin, pues el apellido no nos suena como trata- 
dista. . . 

— No; claro está. Jacobo Dubin es el dueño de 
una florería de la calle Esmeralda. No sé que hastt 
ahora haya impreso más que anuncios y volanter. 



José M. Monner Sans. 



DIBUJO DS SIRIO. 



— E^I.JV-'iS 



Al caer de la tarde, siéntase Ma- 
riquiña. siempre tfn la misma pie- 
dra, junto a los alambres espinosos, 
lo más lejos posible del rancho, con 
la vista fija en el nordeste, hacia 
donde un certero instinto le dice 
que está la lejana «tierruca». Y asi. 
padentemente. triste, inmóvil, per- 
manece hasta que una voz dulce de 
madre grita: «¡Mariquiña. Manqui- 
ña!» Entonces, como animalito des- 
pavorido, corre a esconderse en el 
randio. 

Mariquiña es una inocente, una 
tontita. Reparé en ella a la caida 
de una tarde pampeana, al apartar 
yo los ojos del poniente donde la 
luz solar tenia las nubes. Reparé en 
ella cuando aquel continuo cambio 
y fusión de celestiales colores iba 
perdiendo su influencia sobre mi, 
cuando el tedio avivaba mi nos- 
talgia. 

Tiene Mariquiña una de esas mi- 
radas que nos hacen lagrimear y 
que nos producen algo asi como un 
remordimiento; su rostro respira 
saludable fealdad. La pobrecita me 
dio toda la lástima que puede sen- 
tir un padre en presencia de los 
hijos infelices. 

— ¡Mariquiña. Mariquiña! — le 
grité una vez. imitando cariñosa- 
mente la música dulce del habla 
gallega. Me miró un momento va- 
gamente, después volvió los ojos 
hacia su invisible mira. 

¡Pobre Mariquiña. mi voz te fué 
extraña y comprendiste que nin- 
gún consuelo podías esperar de ella! 
Y al repetir yo tu nombre me mi- 
raste desconfiada y corriste hacia 
el rancho sin esperar el maternal 
llamamiento. 

¡Pobre Mariquiña! Yo no puedo 
consolarte porque no sé hablar con 
los humildes aunque sienta sus 
penas. Nunca habrías comprendido 
mis palabras, por más de que en el 
fondo nuestros dolores y nuestras 
meditaciones se parecen bastante. 
Ninguno de los dos comprendemos 
la pampa: es muy grande para mí, 
demasiado estrecha para ti. Yo la 
temo como a un mar helado, tú no puedes vivir 
en la calma chicha de sus tierras. A ambos nos 
gustan las olas: a ti aquellas de piedra en cuyo 
seno está tu valle, tu mundo; a mí las que for- 
man las casas en las ciudades. 

He leído dos libros en los que se trata de estas 
cosas, y he aspirado el perfume de otros cien li- 
bros. Mariquiña. que exhalan semejante olor. Uno 
lo escribió un creyente, el otro un escéptico; se 
llaman «Peñas arriba», «La ciudad y la sierra». 
Los dos son admirables. Pereda nos dice de como 
un hombre harto de correr mundos y escudriñar 
ciudades va a un vallezuelo casi como el tuyo, se 
acomoda, se habitúa y cumple allí una alta mi- 
sión humanitaria. E9a de Queiróz pinta a un hom- 
bre, terriblemente urbanizado como yo y rico 
como él solo, que va a la sierra y . . . se queda en 
ella enamorado de la vida del campo. Además de 
estos dos insignes autores, muchos otros te dirían 
más o menos lo mismo, Mariquiña, si supieras leer. 
Y te demostrarían lo mismo que me demostraron: 
que las peñas y las sierras son para el que puede 
costearlas con su dir-;ero n con su piel y sus sudores. 




Si la diosa de la Fortuna no ayuda a la diosa de 
la Justicia, Mariquiña, ten por seguro que ni tú 
volverás al suspirado valle ni yo encontraré el 
camino de la sierra. 



Al caer de la tarde, sentada sobre una piedra, 
sufre Mariquiña la fiebre de su nostalgia, con los 
ojos clavados en el nordeste. Las sombras envuel- 
ven poco a poco aquella triste figura que al caer 
la noche parece una estatua. Y lo es; a lo menos 
para mí, porque nadie personificaría mejor que 
ella el amor al terruño. No inventan la pólvora, 
ni mucho menos, los hombres sabios, ricos y va- 
lerosos que adoran a su patria: cumplen un deber 
grato. Pero que este amor viva en el alma de Ma- 
riquiña. que sin comprenderlo ella constituya toda 
su alegría, es algo hermosamente instintivo, de 
una inmensa fuerza. Mariquiña es la estatua de la 
nostalgia, de la nostalgia lo más puro del patrio- 
tismo, porque es el amor a la patria ausente y 
adversa. 

Allí, en el cielo del nordeste casi a ras de tierra. 



finge la añoranza un espejismo de desierto; allí 
reconoce Mariquiña el praduco de sus cariños, 
que verdea hasta amarillear en agosto y que la 
guadaña pintará de color terroso; allí reconoce 
la iglesia pequeñita y blanca, olorosa de incien- 
so y llena de tañidos; allí ve las casacas. 

]ld gaiteros de los valles y las rías y las aldeas, 
id al rincón de la pampa donde Mariquiña sufre 
sin llorar, sin quejarse, y que de las henchidas 
gaitas salga el soplo de vuestros pulmones con- 
vertido en dulces alboradas y muiñeiras! Mari- 
quiña recordará mejor y sentirá menos, el valle, 
la ría, la aldea. Por compasión o por burla algu- 
nas veces los mozos invitaron a Mariquiña y la 
pobre, tomándolo en serio, bailaba alegremente. 
Quizás sintió en el fondo de su mortecina concien- 
cia despertarse un sentimiento amoroso por el 
mejor bailarín o el último gaitero, y ese cariño 
es ahora lo más amargo de su amarga morriña. 

GOUACHE DE AL0N50. 



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ASARON los luminosos y serenos días de abril, del di- 
^ J|i| ^'"° *'"^'' "í"® ofrece la sola tregua de verdadero 
r\^ JJÜl descanso veraniego a las infatigables mundanas ávi- 
^— 7¿l das de disfrutar de las uilleggiatturas a la moda . . . 
Después del vértigo de la vida atrayente del bal- 
neario, sea en Mar del Plata o en Montevideo, abrumadas por la 
continua preocupación de sostener una obligada supremacía en su 
elegancia y en otras mil pequeñas vanidades, sólo descansa la 
infatigable mundana en la breve temporada 
de la estancia; a ella vuelven también las 
intrépidas viajeras que buscaron nuevas im- 
presiones realizando interesantes jiras por 
la pintoresca sierra cordobesa, o desafiando 
— y son las menos, por desdicha — todas 
las dificultades e incidencias de atrevidas 
excursiones, para poder admirar los sober- 
bios panoramas de la majestuosa región an- 
dina, y detenerse, llenas las pupilas de azul 
y de infinito, ante la mágica visión de los 
lagos del Sud. . . 

Para muchas, sin embargo, nada compen- 
sa el encanto de la vieja y sencilla estancia 
criolla, aquella que conserva aún su poético 
estilo colonial, con sus amplios corredores 
claustrales, engalanados de madreselvas y 
jazmines: también las modernas y suntuosas 
residencias levantadas en medio de parques 
de ensueño por los potentados que quisieron 
desfrutar de todos los detalles del indispen- 
sable coulort. poseen, como la vieja estancia, 
el privilegio de atraer, conquistando por lar- 
gas temporadas, a las que han de dar vida 
y alegría a los viejos corredores claustrales, 
a las elegantes terrazas desde las que se do- 



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■^sssssaeessss^. 



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§;§ 



Es la vida amplia, generosa, de los grandes propietarios de la vieja 
Inglaterra; pero irradia en medio de esa existencia fastuosa el espí- 
ritu amable y delicado de la gran dama argentina, de la castellana de 
Chapadmalal, doña Julia Helena Acevedo de Martínez de Hoz... 

« Miraflores, m'a paru l'asile du bonheur. Je n'y peux penser sans 
entendre des éolats de rire, sans évoquer des visages heureux, et sou- 
riants, des galopades.des alleés et venues en 
liberté, sans me souvenir des propos spirí- 
tuels, et des conversations ardentes sur mille 
sujets intéressanls. » (1) 

¿Quién podría describir mejor que e! re- 
putado literato que tuvo oportunidad de 
disfrutar de la cordial hospitalidad de los 
esposos Ramos Mejía, la vida apacible, se- 
rena, que transcurre llena de encanto, du- 
rante la temporada de MiradoresV ¿Cómo no 
recordar en esta breve nota la majestad de 
su avenida principal, en la que árboles se- 
culares forman una bóveda que apenas logra 
atravesar el sol radiante, para dorar por 
breve trecho sus enarenadas sendas, sus am- 
plios cuadros de césped? 

Guardan el acceso a la blanca residencia, 
con su esbelto pórtico que recuerda el estilo 
de las Villas italianas, dos enormes leones 
adormecidos sobre sus pedestales, tal vez por 
la serena sugestión de aquel oasis en medio 
de la infinita, solitaria llanura... 

El irresistible encanto de la vida patriarcal 
de Miraflores, congrega en la hospitalaria es- 
tancia un círculo femenino d'élile, en el que 
predomina el ingenio vivaz, la inteligencia y 



JULIA HELENA ACEVEDO DE MARTÍNEZ DE HOZ. 
ESTANCIA DE CHAPADMALAL. 




SEÑORITA TON! QUIÑONES DE LEÓN. SEÑOR NARC 
ERCILIA C. H. DE ANCHORENA. SEÑORA MARÍA JULI 
LAMANCA, SEÑORA JOSEFINA AYERZA DE SEGURA, S 



mina el lejano horizonte, más allá del flo- 
rido cercado que limita las hectáreas reser- 
vadas para jardines a la francesa, para can- 
chas de croquet y tennis, y desde donde pue- 
den distinguirse aún las claras siluetas de 
los jugadores en los pintorescos links, donde 
se organizan interminables partidas de golf. . . 

¡Cuan intensa simpatía me inspiran estas 
fervientes amigas del campo, o mejor dicho, 
de la tierra y del aire libre, gozosas de vivir 
prolongada estancia en el hogar fundado 
en tierra suya, y que practican la amplia, 
tradicional hospitalidad argentina con toda 
la espontaneidad y el irresistible encanto de 
la criolla, que ama las dotes de un espíritu 
selecto, a su gracia proverbial y a su ele- 
gancia! Ellas han sabido comprender que el 
agradabilísimo privilegio del veraneo en sus 
vastas posesiones, tiene también obligacio- 
nes ineludibles: al amar esa tierra, «madre, 
nodriza, maestra consoladora, cuna y se- 
pulcro», que es también «fuente de salud y 
manantial de serena alegría», inculcan en los 
suyos el noble afán de conservar ese hogar 
iluminado por la continua presencia de su 
inteligente chá'elaine. . . 

Ilustran hoy esta breve reseña de la vida 
de nuestras estancias, paisajes y escenas que parecen sorprendidos en 
alguna histórica residencia europea, cuando la Duquesa de Uzés el 
Marques de I Aigle, o los Duques de Marisborough congregan en sus 
reglas moradas a la fine fleur de todas las aristocracias: Chapadmalal 
y Mirallores Argentinos e ilustres personalidades extranjeras co- 
nocen la tradicional hospitalidad de esas estancias en las que se ins- 
aian por largas temporadas sus interesantes y cultísimas castellanas' 
a proximidad del Biarritz argentino, obliga más aún, si cabe, la sun- 
tuosa hospitalidad de los señoresMartinez de Hoz. Se congrega pe- 
riódicamente en Chapadmalal, brillantísimo núcleo de nuestra socie- 
aaa, suntuosos almuerzos en el hermoso castillo, cuya arquitectura 
reproduce el grandioso estilo de «Carlos II»; partidas de polo, excur- 
siones en auto, accidentadas cacerías... Se baila en pleno parque 
yiDra en la espesura de los bosquecillos el eco de alegres risas; se sueña 
también mas allá, alejándonos por enarenado y sombrío sendero 



SEÑORA LUCRECIA GUERRICO 
DE RAMOS MEJÍA. 



gs 



NZUÉ Y MECHITA ALVEAR. PASEANDO EN CARRUAJE 
HERMOSAS AVENIDAS DEL PARQ.UE, EN LA RESl- 
CIA VERANIEGA DE CHAPADMALAL. 



la exquisita cultura de la bella castellana, 
doña Lucrecia Guerrico de Ramos Mejía. 
personalidad tan destacada en la alta so- 
ciedad argentina. 

Otras ocupaciones llenan también el es- 
píritu y el corazón de ciertas privilegiadas 
de la fortuna, que parecen saldar gustosas 
la deuda contraída al nacer en la opulencia. . . 
Por eso recuerdo otra vieja estancia criolla, 
camino del Sud, «Las Jucas». Veo agrupadas 
al lado de antiquísima fuente de piedras y 
bajo la sombra de sus palmeras, nutrido 
grupo de jovencitas, vestidas de blanco y 
cubiertas con el velo de la primera comunión, 
y es que la gentil castellana de «Las Jucas», 
la que llaman en la región la niña, y que es 
hoy la señora Carmen Pérez Catán de Fació, 
ha llevado a cabo en la vieja estancia pater- 
na una obra de previsión social digna de ser 
imitada; dedicó a ella los meses de descanso 
del estío; se trata de la sencilla escuela ve- 
raniega. . . Tan noble y generosa iniciativa, 
a favor de nuestras campesinas, influirá pro- 
vechosamente en miles de mujeres, en esas 
humildes mujeres de las que no alcanzan a 
ocuparse las organizaciones benéficas y de 
las que depende en gran parte, sin embargo, 
el mejoramiento de la raza y el progreso del 
país. «La campesina es como el niño, fácilmente se impresiona. . . En 
su alma descansan nobles sentimientos, gérmenes de virtudes; hay que 
despertarlos revelándole los principios religiosos y morales, con cariño 
y con verdadero convencimiento; de este modo se levantará en su es- 
píritu una verdadera fortaleza, resguardo de su honestidad. . . » (2) 

Y esto no es una hipótesis. . . He podido comprobar la transforma- 
ción de muchos humildes hogares, gracias a la influencia de lapequeña 
escuela veraniega, creada y dirigida por la generosidad y la perseve- 
rancia de las estancieras argentinasque han sabido comprender las res- 
ponsabilidades que corresponden a las que han sido privilegiadas de 
la fortuna. 

(1) Jules Huret: En Argentine. 

(2) Trabajo presentado por la señorita Carmen Pérez 
Catán, en agosto de 1917 al Centro de Estudios «Blanca 
de Castilla». 



DE MIRAFLORES. 
DE LA CASA. 



SEÑORA CARMEN PÉREZ CATÁN DE FACIÓ. 



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RISAS 
INFANTILES 



S muy hospitalaria la monu- 
mental tribuna que, frente a 
la morada de los actuales 
parlamentarios, elevó el país 
en homenaje a sus primitivos 
legisladores. Podéis discutir su 
belleza, pero no regatearle la 
cristiana virtud que la hace 
única entre todos los monumentos de la ciudad. Es 
hospitalaria, «practicable», como algunas decoracio- 
nes de teatro, y no refleja el egoísmo. 

Tiene tres escalinatas majestuosas que conducen a 
una azotea amplia. Cuando las personas mayores no 
la invaden desalojando a las personitas menores, las 
tres escalinatas y la azotea caen bajo el dominio 
absoluto de los niños. 

Recordad vuestra vida infantil, y comprenderéis 
cuanto partido hubiera sacado vuestra fantasía de 
este espléndido monumento. Comprended, pues, las 
delicias gozadas por los chiquitines que todos los días 
se apoderan de aquel altar de los proceres, como lili- 
putienses en país de gigantes. 

Las escalinatas conducen a un palacio, son pala- 
cios ellas mismas o casas donde se juega a las mu- 
ñecas. A veces allí se realizan asaltos guerreros al 
castillo en el aire que los hombrecitos construyen. 
Una suave y alegre parodia del mundo grande y 
triste tiene por escenario aquel monumento glorioso. 
Único entre todos, el de «Los Dos Congresos») sopor- 
ta plácidamente, íntimamente, el bullicio infantil. 
Y la tumba espiritual de los primitivos legisladores 
nacionales se cubre de vida fresca, juguetona, her- 
moso homenaje que gorriones y palomas humanos 
ofrendan a los cóndores de la Libertad argentina. 




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LA EXTRAVAGANCIA 




BARQUEROS, ÓLEO DE HORACE BRADZKY. 



A tal punto han llegado las cosas del Arte, 
que ya resulta un arduo problema distinguir 
lo bueno de lo malo y lo feo de lo hermoso, 
lo verdaderamente inspirado de lo grotesco. 

En presencia de un cuadro hecho a fuerza 
de chafarrinones sobre palotes que un lápiz 
infantil trazó, nadie sabe si se trata de obra 
genial o de insigne mamarracho ya que el 
vulgar «cuentero» también opera en las regio- 
nes del arte pictórico. 

Los maestros antiguos, y los modernos que 
siguen la escuela clásica, pintaron tratando 
de reproducir el original, imitando la natura- 
leza. Donde había carne, pusieron carne; don- 
de cabello, cabello, etc. Y tanto era su afán 
porque el retrato y el paisaje tuviesen vida. 
que algunas veces caían en una meticulosidad 
algo empalagosa. ¿Pero no es preferible esto 
a pintar dislocadamente y sin saber dibujo? 
Tal vez sí, tal vez no. Pues existen millares 
y millares de personas que rinden culto a la 
extravagancia, prefiriendo las pinturas de 
monigotes malísimos a los acabados trabajos 
de artistas honestos, entusiastas, dignos. 

Por eso hay seres que. en broma y en se- 
rio, aplauden las telas de futuristas como los 
que se presentaron en el Salón «The Penquins» 
que se celebra todos los años en Nueva York. 




SCHAMBERG. 



Renovación de cutis por absorción 



Si su cutis está estropeado, con palidez, man- 
chas, barrillos o pecas, de nada sirve que use 
usted polvos o pinturas, lociones, cremas y 
otras cosas para hacer desaparecer estos fas- 
tidios. A menos que tenga usted la habilidad 
de un artista, desfigurará su apariencia mucho 
más. 



(del «Woman's Magazinií») 

El nuevo método racional, es quitar el cutis 
mismo con todas sus faltas ofensivas. 

Cómprese un poco de cera mercolizada en 
una botica, y úsese por las noches, lo mismo 
que si fuera oold cream. Quítese por la ma- 
ñana con agua y jabón, y un salpicón de 
agua fría. 



La cera mercolizada absorbe la banda morte- 
cina de piel en pequeñas partículas, de manera 
que nadie nota que está una arreglándose la 
cara, a no ser por su resultado que es verda- 
deramente maravilloso. No hay nada que se 
le parezca para conseguir un cutis saludable 
y hermoso. 



COLLA RD& 
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BUENOS AIRES 



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L. DUBARRY 

— BUENOS AIRES 



— T'>lS*^ir^ X''I,TK?>5>».— 



TtMPORADA OFICIAL l:>E 1918. 

compañía dramática 

MARÍA G U E R R L-: R O 
FERNANDO DÍAZ DE MENDOZA 

ANDRÉ BRL'LÉ - VERA SERGINE 

Conciertos DE ARTUR RUBINSTEIN 





KEKNAN:>0 niAZ \>V MFNl>t)/A. 




VERA SERGINE. 




HABIENDO TERMINADO 
EL PLAZO PARA LOS 
SEÑORES ABONADOS 
DE LA TEMPORADA AN- 
TERIOR, SE RUEGA A 
LAS PERSONAS QUE 
HAYAN RETENIDO LO- 
CALIDADES PARA LA 
PRÓXIMA TEMPORADA, 
SE SIRVAN RETIRAR- 
LAS EN LA ADMINIS- 
TRACIÓN DEL TEATRO. 



EL PALACIO DE LOS VIENTOS 



1 1 1 > ^ 



:í¿¿^aii.- 



ARTUR Rt;BIMSTEIN' 




Una de las maravillas arquitectónicas más visitadas por los turistas 
es el Hawa Mahal o Palacio de los Vientos, en la ciudad de Yeipur, 
India Inglesa. Este edificio forma parte del palacio de los maharajás, 
soberanos del principado de Yeipure, y fué construido por Jey Sing, 
fundador de la ciudad, en 1728. Por lo tanto, viene a ser una de las 
más modernas obras del genio indo, cuya antiquísima civilización 
produjo admirables edificaciones. 

Jey Sing, a principios del siglo xvm, cuando nadie había pensado 
en dar enorme altura a las viviendas, construyó un verdadero rasca- 
cielos. El espíritu innovador del monarca indio adelantóse a su época, 
no sólo en la edificación de este palacio, sino también en la funda- 
ción de la misma ciudad de Yeipur. El plano de ésta puede compararse 
al de las villas americanas modernas. Las calles se cruzan en ángulo 
recto y se divide en seis partes simétricas. 

Dice la tradición que Jey Sing estaba descontento de la antigua 
capital del maharajato, Amber. En Amber no había calles rectas; 
aquel cúmulo de recovecos y callejuelas no satisfacía los gustos del 
soberano, amigo de la luz. de la higiene y del lujo. Y concibió el pro- 
yecto de edificar una ciudad que respondiese a sus deseos. Para ello, 
a fuerza de dinero y del trabajo de los esclavos, edificó de una vez 
y calladamente la ciudad de Yeipur. Guando todo estuvo terminado, 
comunicó a sus ministros y a todo el personal de la Corte, que la resi- 
dencia real se trasladaba a Yeipur. Tal decisión no fué del agrado 
de los cortesanos, que como buenos siervos de la tradición, preferían 
la Amber a todas las ciudades de la India. Hubo hasta conatos de 
conspiraciones y se asegura que Jey Sing se vio obligado a emplear 
la amenaza para conseguir sus propósitos. 

Pero cuando los intransigentes conservadores llegaron a Yeipur, 
el descontento se transformó en admiración; la ciudad era superior 
a todo cuanto la fantasía oriental pudiera soñar, sobre todo el Palacio 
de los Vientos, con sus nueve pisos, su fachada de estuco blanco y 
rosa, sus cúpulas ligeras, elegantes, y la decoración exquisita del frente, 
modelo de decoraciones. 

Los viajeros, que comparten con los familiares de Jey Sing esta ad- 
miración, se hacen lenguas de la belleza sorprendente del encantado 
palacio. « Visión de una gracia atrevida y delicada, — dice sir Edwin 
Arnold, — nueve pisos de albañilería color rosa, con exquisitas ga- 
lerías suspendidas y tribunas con celosías figuran tras ringleras de 
ingeniosa arquitectura, remontándose en forma de pirámide, una ver- 
dadera montaña de belleza aérea y audaz, a través de cuyas mil 
aberturas y arcos dorados, el fresco aire de la India sopla sobre las 
aplastadas bóvedas de las construcciones más altas. El mago de Ala- 
dino no hubiera levantado una residencia más maravillosa, ni el 
palacio de perlas y plata del Peri Banu fué más delicadamente en- 
cantador. » 



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En el «Hotel de 
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Nueva York, cele- 
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tiempo un festival 
donde el buen gus- 
to y el lujo, de que 
están dando tan- 
tas y repetidas 
pruebas los norte- 
americanos, res- 
plandecieron es- 
pléndidamente, 
siendo uno de los 
acontecimientos 
más importantes 
de la sociedad neo- 
yorquina. 

Hasta hace po- 
cos años, aun nos- 
otros, vecinos de 
continente, no co- 
nocíamos al pue- 
blo de la Gran Re- 
pública. Para todo 
el mundo, el norte- 
americano era un 
ser enteramente 
dedicado a la con- 
quista del dólar, 
ideal que conse- 
guía en negocios 
industriales y co- 
merciales reñidos 
con el arte, o con 
todo lo que no se 
refiere al vil metal. 

Sin embargo, la 
vida artística nor- 
teamericana es ad- 
mirable y de una 
i.ntensidad inaudi- 
ta. En la literatu- 
ra, rama de las Be- 
llas Artes en la que 




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los compatriotas 
de Poey Bret Har- 
te han demostrado 
toda la eficacia de 
una observación 
exquisita: en el 
teatro, en la pin- 
tura, etc.. sobresa- 
le una pléyade de 
artistas que nada 
pueden envidiar a 
sus colegas de los 
otros continentes. 
Clara prueba de 
esta potencialidad 
estética, es el cine- 
matógrafo, arte 
nuevo donde el ta- 
lento norteameri- 
cano ha realizado 
prodigios, ponién- 
dose en pocos años 
a la cabeza de la 
cinematografía 
mundial. Tal ade- 
lanto no es priva- 
tivo del film, sino 
un resultado de la 
superior cultura 
norteamericana, 
aun casi desconoci- 
da. El «Masquerads 
Ball», de que hace- 
mos referencia al 
comienzo de esta 
nota, y de cuyo 
lujo darán idea los 
tres fotograbados 
que reproducimos, 
obtuvo un éxito 
completo. En di- 
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Three Bears (Tres Osos), famoso y anciano jefe de los indios 
Piesnegros, ha muerto en su vivienda del Parque Nacional de Re- 
serva, en los Estados Unidos. Tenía poco más de cien años, según 
calculan los más viejos de los Piesnegros, que recuerdan que cuan- 
do Tres Osos hablaba de su infancia contaba que John Quiney 
Adams, elegido Presidente en 1825, fué el primer Presidente que 
habló con los indios, y que él le vio una vez en una conferencia 
con los ancianos de su tribu. Tres Osos conocía Chicago y otras 
ciudades y había visitado varias exposiciones. En el Parque Nacional 
de Reserva, era cariñosamente visitado por los turistas, que le con- 
sideraban una de las más interesantes pei'.sonalidades del país. Te- 
nía Tres Osos fama de valeroso guerrero. En 1860 fué jefe de los 
Piesnegros en la guerra contra los Sioux, guerra sangrienta por la 
posesión de algunos distritos en las montañas Rocosas. El anciano 
indio fué enterrado con todo el ritual establecido en su tribu. 



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Por el año de 1725. 
apenas si Buenos 
Aires conservaba ya 
algo de la ciudad 
que viera Caray. La 
primitiva, formada 
casi totalmente con 
ranchos de barro y 
paja, había ido desa- 
pareciendo poco a 
poco, siendo reem- 
plazada por otra, en 
la cual, el desahogo 
pecuniario alcanza- 
do por sus habitan- 
tes, les permitía una 
cierta preocupación 
en el adorno de sus 
nuevas viviendas. 

Entre las obras 
que empezaron a 
construirse en dicho 
año. figuraba en pri- 
mer lugar el edificio 
de las casas capitu- 
lares, cuya fábrica 
no pudo terminarse 
hasta 1763 debido 
a la escasez de fon- 
dos. Por esta fecha. 

y a pesar de los repetidos intentos del Cabildo, la ciu- 
dad no contaba todavía con un reloj público. El vecin- 
dario, cada día más numeroso y formado en su mejor 
clase por familias de calidad, no aceptaba con agrado 
el seguir viviendo como en los tiempos de lucha 
constante contra el indio y la soledad, haciendo vida 
de campamento, sin más regulador que los toques de 
cometa y los cañonazos del fuerte, que indicaban las 
horas de labor o descanso al sonar la diana, al medio- 
día, a la oración y al cubre fuego. 

Reciente aún en muchos el recuerdo de Cádiz, última 
tierra que pisaran en la lejana pero siempre recordada 
España, se les imponía la imagen del reloj que habían 
visto en las casas de la ciudad y que les señalara las ho- 
ras del embarque para las fabulosas Indias. 

En 1761, el Cabildo de Buenos Aires, interpretando 
los deseos de todos, reunió cien cueros para remitirlos a 
Cádiz, y con el producto de su venta adquirir un reloj 
idéntico al de aquel Municipio, a cuyo efecto se escri- 
bió a don Juan Antonio de Zevallos encomendándole 
ambas diligencias. Las comunicaciones lentas y tardías 
de la época no permitieron tener noticias de este pe- 
dido hasta entrado el año 1763, en que una carta de 
Juan Sánchez de la Vega comunicaba haber recibido 
sustitución de Zevallos para proseguir las gestiones en- 
comendadas por el Cabildo de Buenos Aires y anuncian- 
do el próximo envío del reloj y su campana en el navio 
•San Ignacio», cuyo maestro era Juan Ángel Lezcano. 
Mucho tiempo pasó aún sin tenerse la menor noti- 
cia del objeto pedido, hasta que en el acuerdo del 2 de 
mayo de 1764 pudo darse lectura a una carta de Sán- 
chez de la Vega, anunciando haberse embarcado los 
cajones en la fragata «Nuestra Señora del Carmen» y 
enviando cuenta detallada de las negociaciones. El 
agrado de recibir el codiciado reloj, que llegó poco des- 
pués, fuese perdiendo al enterarse que les costaba dos 
mil setecientos veinticinco pesos, suma nunca vista en 
las arcas del Cabildo. Es fácil suponer la consternación 
de los señores cabildantes ante el compromiso creado, 
y más todavía sabiendo que los cueros habíanse vendi- 
do a un precio verdaderamente irrisorio. Sospechando 
que hubiera mala fe por parte del remitente, pidióse 
declaración a Lezcano. cuyo navio hallábase anclado en 
el puerto, resultando que había pedido por el flete una 
cantidad menor a la cobrada por la fragata «Nuestra 
Señora del Carmen». Este asunto debió constituir se- 
guramente la preocupación de los cabildantes y el 
tema de sus conversaciones hasta la reunión del 9 de 
mayo, en que, al estudiar la fabulosa cuen- 
ta examinándola en detalle, fué rechazada 
una partida de cien pesos dados como gra- 
tificación al relojero Tomás Lozano «por 
haberlo hecho bien». 

El 12 de octubre del mismo año se reba- 





TORRE DEL CONVENTO DE SAN IG- 
NACIO, DONDE SE HALLA COLOCADO 
EL ANTIGUO RELOJ DEL CABILDO. 



jaron otras partidas 
por acuerdo del Ca- 
bildo, entre ellas la 
del flete, teniendo en 
cuenta las declara- 
ciones de Lezcano 
Asi mismo resolvióse, 
demostrando la co- 
rrección de sus pro- 
cederes, comunicaí 
a Sánchez de la Vega 
que se le pagaría el 
interés usual del 5 "o 
sobre el saldo que re- 
sultara debérsele, 
una vez aceptada la 
cuenta. El testimo- 
nio de los acuerdos y 
declaraciones debie- 
ron enviarse en la 
fragata del rey «El 
punto fixo», donde 
también regresaba a 
España don Geróni- 
mo Matorras, corres- 
ponsal de Sánchez de 
la Vega en Buenos 
Aires. 

Al recibirse el re- 
loj, fueron designa- 
dos para que solicitasen del vecindario una contribución 
graciosa con que pagar la fábrica de la torre, los alcal- 
des don Juan Miguel de Esparza, don Ramón de Pala 
cío, el Alférez Real don Gerónimo Matorras. ya mencio- 
nado, y a don José de Albizuri. Reunidos los fondos 
necesarios se levantó la torre, y como al resolverse la 
colocación del reloj era necesario verificar su estado y 
funcionamiento, se requirió la presencia del relojero 
Maestro Gachemaille, precediéndose a abrir el embalaje 
en la sala capitular del Cabildo. Al levantarse las ta- 
blas, aparecieron ante los ojos asombrados de los cir- 
cunstantes numerosas mercaderías llenando los huecos 
y consignadas a nombre del vecino don Toribio Viaña. 
Este descubrimiento vino a complicar el enojoso asun- 
to, pues practicado el examen del reloj por Gachemai- 
lle, se vio que le faltaban algunas piezas. El Cabildo, 
queriendo conservar su imparcialidad, llamó al P. An- 
tonio de Mayer S. J., para hacer una nueva pericia, y 
ante el Alcalde de l.er voto y el escribano, hizo nueva 
revisación informando que no estaban las pesas y que lo 
demás observado por Gachemaille no podía ser enviado 
desde Cádiz, por desconocerse allí el espacio donde 
debía ser colocado el reloj. 

En posesión de todos los antecedentes, creyóse opor- 
tuno finalizar el asunto, a cuyo efecto, el 23 de octu- 
bre se encomendó al Regidor don José de Albizuri que 
hiciera la cuenta, excluyendo las partidas de gratifi- 
cación, valor de las pesas y disminución de fletes. 

Respecto al pago, nada se resolvió en concreto; pero 
como los acreedores suelen tener mejor memoria que 
los deudores, Sánchez de la Vega, en 16 de abril de 
1779, escribía al Virrey don Juan José de Vértiz y 
Salcedo reclamando el saldo adeudado, interés, demo- 
ras, daños y perjuicios, comunicando haber conferido 
poder a don Francisco de Seguróla, para gestionar el 
cobro. El Virrey pidió informe al Cabildo, quien acon- 
sejó tomar declaración al albacea de Matorras, don Jo- 
sé de San Pedro Lorente, pues ya no actuaban los 
cabildantes de 1763. Este declaró haber presenciado 
los reproches dirigidos por Matorras a Sánchez de la 
Vega, durante su estada en Cádiz, principalmente por 
el abuso de enviar mercaderías en los cajones; pero del 
texto original que se guarda en el Archivo de los Tri- ■ 
bunales, surge la duda de si el reproche era por el abuso 
en sí, o por haber sido las mercaderías tan ordinarias 
«que ni las negras las querían comprar». 

Este es el historial del primer reloj público de Buenos 
Aires, el mismo que apesar de haber sido tratado por 
los peritos de «gentil maula», después de 
154 años sigue marcando las horas desde 
la torre de San Ignacio, después de haber 
señalado las históricas de la Reconquista, 
Defensa, Emancipación y las lúgubres e 
interminables de la Tiranía. 




-; ri-2>x— 




FOIMA 
FCWDO 




No me ofrezcas deleitoso licor en rústico vaso, ni presente que valga más por lo intrínseco que por lo 
artístico. Artista y no mercader soy y he de dar, por múltiples razones que provienen de mi tempera- 
mento, tanto valor a la forma, que desoyera la voz de la verdad si ésta me fuera dicha en áspero lenguaje. 

¡El fondo de las cosas! parece mentira. . . cambia en el correr de los siglos. Verdades del ayer hoy 
son probadas supercherías; las verdades del hoy acaso sean discutibles en breve e imposibles más 
tarde. Una ánfora griega, en cambio, podrá no ser de moda, pero siempre resultará primorosa. 

Forma, es estilo en la pluma, relieve y armonía en el cincel, firme trazo en el lápiz y colorido en los 
pinceles. Fondo es la ciencia que cuanto más sabe más comprende la magnitud de su pequenez; fondo 
es el espíritu de los seres de cuyos efectos sabemos un poco, pero de cuya naturaleza no conocemos nada: 
fondo es lo ideal, lo que se siente y no puede precisarse, emoción, sensación, todo aquello que ni 
tiene términos de comparación fijos ni puede localizarse. 

Si eres sabio, empuña el barreno, entra en el túnel que han ido abriendo con esfuerzo sobrehumano 
las generaciones fenecidas, y húndete en el mar de conjeturas a que va a parar todo trabajo de inves- 
tigación; los filones, las verdades absolutas no han sido encontradas todavía ¡y acaso si existan!, de to- 
dos modos, la humanidad debe creer, debe esperar. . . El día que lo supiera todo, moriría de pesadumbre. 

Yo sólo soy artista, amo el sol, y la luna me sugiere cosas sin importancia, pero muy bellas; 
creo en el amor aunque sé no poder inspirarlo ferviente, y si alguna vez profundizo llegando atrevido 
hasta los quimos, no es sino para este saludable contraste: poner primero ante tus ojos el sucio 
lodo, para mostrarte después la blanca nube que cruza el inmenso azul de los cielos. 

DIBUJO DE ALONSO. 



VIliELA- 




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^ ' nVJER. 
COMPAÑERA'*^' 
ABTI^TA^ 




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SOLITARIOS 

Todo artista es persuasivo. Las almas no ini- 
ciadas sienten el prestig^io de su doble naturaleza, 
y bajo disfraz de indiferencia se reconocen pe- 
queñas y transitorias, rindiendo interior home- 
naje al genio. 

Sin embargo, el hablar a las gentes y sentirse 
escuchado, aisla establece categorías: por eso el 
artista hállase solitario entre los hombres y busca 
en la mujer compañera fiel, sorda tal vez a sus 
palabras, incomprensiva de su misión de sembra- 
dor, pero atenta a sus silencios, ternuras y debi- 
lidades. 

La amistad y el amor son complementos de un 
espíritu. La mujer de extraño temperamento e 
inteligencia excepcional, no unirá bien con el 
hombre tan fuerte como ella. De contrario modo. 
el artista más audaz y extravagante será feliz si 
busca mujer sencilla, poco romántica, capaz de 
sumar a su vida inquieta la calma y estable ale 
gria de un hogar tranquilo. 

Como la golondrina que emprende largos viajes 
para retornar siempre al mismo nido, la perenne 
agitación espiritual de un artista necesita el oasis 
de su nomadismo; la ternura de una elegida en 
lugares de meditación y retiro. 

La soledad se corona entonces de rosas, y tro- 
feos misteriosos enlazan la pareja emblemática. 

ROMANTICISMO Y SENTIDO PRÁCTICO 

Una mujer se dejaría raptar sin titubeos, cuan- 
do creyera a su amante dispuesto a repetir esa 
primera fuga en sucesivos días, con el mismo 
amor y entusiasmo. Su romanticismo la impulsa 
a huir; su sentido práctico la detiene, advirtiendo 
que esa huida mata la pasión, y que puestos otra 
vez en idéntico caso. El. no volverá a implorarla 
desesper'adamente. 

El alma femenina dispone de un arma formi- 
dable: la Desconfianza. Barbey d'Aurevilly habla 
del temible demonio que sería dueño de toda 
mujer, si no equilibraran su influencia otros dos 
poderosos demonios: Cobardía y Vergüenza. 

Cualquier mujer práctica y romántica a un 
tiempo, complementa mejor al artista que una 
enamorada excepcional libertada de ese equilibrio. 
Abnegación, persistencia, reposo, sólo se en- 
cuentran entre las mujeres 
anónimas, flores de un hu- 
milde y limitado jardín. 
Encontrar las manos cuida- 
dosas, que se desdoblan por 
la casa adivinando y pre- 
sintiendo, es lo conveniente 
a cabezas que miran a to- 
das horas lejanos e intangi- 
bles horizontes. 

Si una mujer se asemeja 
a un hombre de genio, po- 
drá ser su amiga o su aman- 
te, nunca esposa. La anor- 
malidad está en el contras- 
te y entre temperamentos 
superiores se borran las 
diferencias que hacen aVe- 





nus la esposa de Marte y a juno la de Júpiter. 
Las nupcias se truecan en aberración porque se 
pierde la dualidad de sexos. 

Veamos, pues, en la mujer el juguete amable y 
cariñoso, contradictorio e incomprensible. Aque- 
llos ojos que nos miren incrédulamente, aquel co- 
razón que se espante de nuestras ideas, son pro- 
mesas de felicidad y sin vacilar debemos encade- 
narnos con tan frágiles y tenaces encantos, igua- 
les a la hiedra que trepa y se adhiere fuertemente 
a un tronco. 

PLACER Y PERFECCIÓN 

La obra del artista se realiza en gran parte bajo 
influencias de una mujer, cuando existe recíproca 
fidelidad y algo de eterno deja sus huellas en la 
cotidiana comunidad de las dos almas y los dos 
cuerpos. 

¿Es posible que un hombre de refinada sensi- 
bilidad pueda cambiar de afectos como muda sus 
ropas? Hay falsedad en ese repetido argumento 
del hastío que contra la fidelidad amorosa usan 
los espíritus frivolos. Años enteros son insuficien- 
tes para comprender y gozar en sutilísima reno- 
vación algunos de los infinitos matices, que en la 
sonrisa de la esposa nos ofrecen continuas y ale- 
gres sensaciones. 

El naturalista que examina durante toda su 
existencia un pequeño insecto, no ve nunca límite 
a su estudio, y pretendemos agotar en escaso 
tiempo algo de tan maravillosa variedad como es 
la psicología de una mujer que se entrega ple- 
namente. 

El placer más puro y permanente está en la 
perfección del conocimiento y éste exige la acción 
del tiempo que sofrena y enseña. A un enamorado 
voluble o pasional, bastan breves instantes para 
cometer arrebatos, locuras y violencias pronto 
olvidadas, pero el verdadero amor descubre en la 
repetición nuevas bellezas, como ante un mismo 
paisaje nos asombra diariamente el aspecto cam- 
biante y misterioso de la Naturaleza. 

VIVIR DE ACUERDO CON LA REALIDAD 

El hogar de un artista debe ser un hogar como 
otro cualquiera y funcionar siguiendo el meca- 



nismo de las costumbres de 
sus contemporáneos. 

Es el pasado muy inadmisible 
y el futuro demasiado incierto, 
para edificar sobre ellos la cons- 
trucción de triviales vulgarida- 
des que forman en conjunto la 
vida. Porque la psicología y la 
fisiología nos prohiben toda 
ilusión sobre este punto. El 
artista es un hombre semejante 
a los otros, aferrado a un am- 
biente, sujeto a determinados 
medios económicos y morales 
y a multitud de accidentes en- 
gendrados por la sociabilidad. 

La mujer que en el hogar del 
artista es planta bella y efí- 
mera, cobijada bajo un árbol de fronda majes- 
tuosa, debe estar de acuerdo con las demás plan- 
tas bellas y efímeras que ornan todos los jar- 
dines. El aroma que más halaga no es el más 
penetrante. La vestidura que deslumhra no es 
la que más embellece. 

Un hogar tranquilo armoniza con la actividad 
espiritual, adormeciendo esas fatigas que pliegan 
y empalidecen la frente que ha pensado. 

LA MUJER FATAL 

¿Recordáis aquella Marcela, pastora, y aquel 
Grisóstomo, estudiante, que hizo protagonistas de 
amorosa tragedia el glorioso autor del Quijote? 
Esta historia es símbolo perfecto de los peligros 
a que tales mujeres, inteligentes y fatales, condu- 
cen. Grisóstomo poeta, músico y estudiante, no 
pudo resistir al sufrimiento como los zafios luga- 
reños y pastores del contorno. Hubiera debido 
enamorarse de alguna sencilla aldeana, gozando 
libre de preocupaciones -- esos rústicos placeres 
loados en las églogas. 

Princesa o pastora, artista o iluminada, la mu- 
jer excepcional, tiene un inexorable anatema en 
materia de amor, y sólo el hombre ingenuo y sin 
voluntad que se deje arrastrar por la corriente 
impetuosa, puede seguir su ruta y compartir en 
categoría de esclavo sus destinos. 




PSOFISDAD DEL SENOS JUSTO BOU. 



ALDEANOS DE AVILA 

ÓLEO DE J. LÓPEZ MEZQUITA. 




PLVS 
. VITPA 



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.^ 



\ 



AS primeras señales de una 
vida floreciente iban apa- 
reciendo, como si al des- 
cender de las grandes al- 
turas en que. libre el es- 
píritu de ruidos munda- 
nos se remontaba hacia 
una idealidad azul, el ma- 
terialismo de la vida fuese llegando en for- 
ma agradable y pintoresca, para hacer me- 
nos ruda la mudanza de ambiente. 

El trasandino bajaba por la falda de Ca- 
racoles, hacia la estación de los Andes, 
como una oruga que se deslizaba 
sobre la corteza de un árbol gran- 
de y viejo, de esos rugosos en que 
las tormentas dejaron su huella 
inequívoca, y hacía contorsiones 
para evitar la rápida caída. 

Se hablaba ya del alojamiento 
ie todos y cada uno de los que 
.bamos en la comitiva. Alguien sa- 
bía el destino que se nos adjudica- 
ría y nos había hecho rápidas des- 
ripciones. El doctor Pueyrredón 
jue pudiera haber vivido en la Le- 
í'ación Argentina, acogía con en- 
tusiasmo el ofrecimiento que se le 
hiciera, del Palacio Valdez Morell, 
porque, dada la fineza de un chile- 
no ilustre, como lo es su propieta- 
.^^ rio, reposaría más íntimamente en 

\ el seno de la sociedad de Santiago. 

^4^ Y a medida que el tren se iba 



aproximando a Santiago, más crecía la ex- 
pectativa de todos, por conocer los tesoros 
que guarda la capital del Pacífico y muy en 
especial por contemplar la maravilla de 
buen gusto, distinción y «savoir faire», que 
habría de ser ese palacio, que merecía el 
elogio de cuantos ya lo habían visitado en 
oportunidades anteriores. 



LA ENTRADA AL PALACIO VALDEZ MORELL. 



Las gentes que saben colocar en orden 
todos los atavíos de una mansión, 
dejan traslucir en el exterior del 
edificio la elegancia de su interior, 
sin cargar los detalles de la fa- 
chada. El palacio Valdez Morell, 
cuyo frente da por completo a 
la Alameda de las Delicias, es 
de un estilo arquitectónico un 
poco antiguo. Su fachada es seve- 
ra, sobria; destácase, a primera 
vista, la maestría del ejecutor del 
proyecto, que tuvo muy en cuenta 
los destinos de cada una de las 
partes del edificio, llamadas a 
acoger con sencillez, fáciles ador- 
nos, en cualquier circunstancia 
que requiriera su engalanamien- 
to exterior. Desde la portada has- 
ta el final del frente, la planta 
baja se inicia con un largo bal- 
cón — pudiera llamársele terraza 



■I >L^N.'; 



N^ l^T^Í-^.-X- 




que da vistas a la alameda y desde el cual se divi- 
san los tres aspectos distintos del oeste, del norte y 
del sur, en que la naturaleza pone, por obra y gracia 
de su prodigalidad, una nota distinta de belleza, cul- 
minando el panorama, en las tres torrecitas que de 
noche parecen tres luciérnagas que trepan por la fal- 
da del cerro de Buelén. 

La portada es amplia. Cuando se aboca a ella, se 
experimenta una sensación de grandiosidad. Si des- 
de la distancia, el aspecto de la casa da la idea de 
que moran allí grandes señores, llenos de placidez y 
de dicha, por la holgura que tal posesión representa; 
cuando se traspone la portería y aparece un patio 
redondo, en cuyo fondo se muestran los primeros 
indicios de un parque en que disfrutan garbo y ele- 
vación, los copihues y las palmeras, tórnase el 
primer sentimiento artístico en admira- 
ción. Como se visita un templo, como 
se sube a los altares centenarios 
para contemplar muy de cerca 
las reliquias que guardan, 
así, en silencio, el palacio, 
en medio de cuyas belle- 
zas surgen estas líneas, 
al correr de la pluma, 
convida a oír de pun- 
tillas, de una a otra 
habitación para 
avizorarlas todas. 

Lasdos colum- 
nas medioevales 
que orlan la en- 
trada a la casa, 
parecen centi- 
nelas que guar- 
daran el tesoro 
que se encierra, 
en las vitrinas, en 
los tapices, en los 
gobelinos, que 
simbolizan el abo- 
lengo de varias ge- 
neraciones de un 
gran sentimien 
artístico. 




No queremos, con nuestro relato, hacer el elogio, 
de tal manera que pudiera parecer forzado. Para 
llegar al convencimiento de lo que aseguramos, bas- 
taría conversar con los argentinos que en él se han 
hospedado, y recibir sus impresiones, que en nada 
difieren de las nuestras; y para ser fieles intérpretes 
de lo que, llenos de sinceridad, hemos escuchado de 
labios del doctor Pueyrredón y de su distinguida 
esposa, olvidaremos un momento la descripción de 
la parte material del palacio, nota que sólo tiene una 
relativa importancia estética, para hacer una digre- 
sión que pertenece por entero al afecto. 

Si la grandiosidad caracteriza el ambiente, donde 
el gusto y el dinero se disputan el honor de ser más 
eficaces, sobre todas las cosas, en el «chic» del conjun- 
to tan harmónico, en el prolijo cuidado del 
detalle, en la delicadeza y elegancia de 
las pequeñas minucias que componen 
la parte más intima de los gabi- 
netes de familia, reina la pre- 
dominante de un espíritu ex- 
quisito, nota dulcemente 
femenina que tuvo el ta- 
ento de seleccionarlo 
todo. Nada ha esca- 
pado al encanto de 
quien hizo la poesía 
de su hogar; por- 
que la fría psico- 
logía, que a las 
veces nos lleva 
a conclusiones 
meramente ru- 
das e impracti- 
cables, nos ha 
hecho inferir, 
en esta circuns- 
tancia, cual fue- 
ra el pensamien- 
to de quien con 
tanta delicadeza 
ha hecho de su 
mansión un hermoso 
templo de arte. 

Arturo M. Mané. 



. DEL HE.fíMOSO 
DEL PALACIO. 




ARTE ARGENTINO 



RETRATO DE LA SEÑORITA 
JOAQUINA OLIVER ROMERO 

ÓLEO DE EERMÚDEZ. 




PLVÍ. 
. VLTPA 



— í->L^N^^ •^'i_rrE2>2v— 




y 



QvÍXOjjJIü 



Cuando en abril de 1917 se celebró en 
Buenos Aires la tercera exposición nacional 
de acuarelistas, Rodolfo Franco envió desde 
Europa algunos trabajos al aguafuerte, que 
merecieron, por parte de la prensa, los más 
justos y sinceros elogios. Su nombre, hasta 
entonces casi desconocido por el público, 
empezó a adquirir cierta popularidad, ci- 
mentada poco después al conocerse sus 
triunfos artísticos en España, donde residía 
desde el principio de la guerra. Últimamen- 
te en Madrid, patrocinado por el maestro 
Sorolla y por e! embajador Avellaneda, ex- 
puso una cantidad de obras en el Circulo de 
Bellas Artes, con asistencia de la Infanta 
Isabel, que le adquirió dos cuadros, siendo 
uno de ellos i'El alma de Sevilla», que repro- 
ducimos en esta página. 

Nuestra curiosidad por conocer la intere- 
sante labor de este joven artista, comparado 
ya por los críticos europeos, con grabadores 
tan célebres como Lee Haakey y Whistler, 
hacía que deseáramos particularmente su 
venida, teniendo en cuenta por supuesto, el 
agrado con que aquí es siempre recibida 
cualquier manifestación de verdadero arte. 

Hoy, después de catorce años de ausen- 
cia, ss encuentra Franco entre nosotros. El 
solo anuncio de su exposición, que debe 
inaugurarse en los primeros días de junio, 
ha despertado un interés que le asegura otro 
nuevo y estimable éxito. 

Franco inició sus estudios hace quince o 
diez y seis años en Buenos Aires, siendo su 
primer maestro el paisajista italiano Copini. 
Luego marchó a Francia para cursar inge- 
niería, carrera a la que sus padres querían 



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dedicarlo. Establecido en París, pronto se dio 
cuenta de que el arte era su única afición. Las 
matemáticas no llegaron a convencerle nunca. 
En vez de asistir a las clases, se pasaba el 
tiempo visitando los museos y tratando de 
relacionarse con los grandes pintores estable- 
cidos en la capital francesa, que fueron quie- 
nes, en vista de sus condiciones, le aconseja- 
ron se dedicase de lleno a la pintura. Bajo la 
dirección de Hermen Anglada Camarasa, que 
e distinguía como a uno de sus más aventajados dis- 
cípulos, pintó algunos cuadros al óleo, entre ellos «Eula- 
ia» y «La Iglesia de San Hermenegildo», que se hallan 
en el Museo Nacional de Bellas Artes. Otras obras de la 
misma orientación y estilo fueron enviadas a varios 
certámenes de Londres, figurando también su firma 
durante cuatro años consecutivos, en el Salón de Oto- 
ño de París. Después ensayó el aguafuerte, género difícil 
en el que ha conseguido tantos y tan sonoros triunfos, 
y al que le debe su envidiable reputación artística: 
trabajando por espacio de muchos meses en el estu- 
dio de Edward León, notable personalidad reconocida 
como uno de los maestros del grabado en Francia, 
adquirió Franco el tecnicismo que necesitaba para 
triunfar en su carrera. Con tan excelente preparación, 
libre de toda extraña influencia y con un enorme cau- 
dal de energías y de conocimientos artísticos, pasó a 
España en 1914, radicándose en Sevilla, donde ha vivi- 



do durante los tres últimos años. La hermosa ca- 
pital andaluza, tuvo en este cultivador de la belle- 
za un nuevo y original intérprete de sus misteriosos 
y sutiles encantos. El alma nocturna de Sevilla, 
fué despertando intensamente la extraña y vigo- 
rosa sensibilidad del artista argentino, que con- 
siguió reflejar en su obra, el carácter trágico y 
sensual de aquel pueblo apasionado y sensitivo. 

Las aguafuertes que han de figurar en la pró- 
xima exposición, confirman lo que acabamos de 
decir. Franco ha impresionado con un dominio pro- 
digioso de la línea y del claro obscuro, raros aspeo- 
tos de los típicos barrios de Santa Cruz y de Tria- 
na; paredones grises, en los que sólo se proyecta 
la sombra larga de algún viandante trasnochado; 
obscuros callejones sombríos, donde apenas si se 
descubre en la distancia una pequeña y mortecina 
luz, colgada ante la imagen de un nazareno fla- 
gelado y exangüe. En otros grabados suelen verse 
mujeres y hombres, hechos con un sentido go- 
yesco, sobre fondos de enigmática irrealidad. En 
resumen: nadie ha sabido descubrir mejor que él 
los secretos de una noche sombría, ni nadie nos 
ha revelado con más artística emoción esas esce- 
nas lúgubres de café-cantante, donde una joven 
danzarina hace despertar el amor, con la gracia 
milagrosa del ritmo. 

VÍCTOR Andrés, 

AGUAFUERTES DE FRANCO. 



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Hacíase llamar Rene. Era pálido, distinguido y 
levemente hermoso. Hablaba correcto parisiense. 
Desembarcó en Buenos Aires allá por el año... 
nadie sabe la fecha exacta, pero poco le ha de 
faltar o sobrar al siglo. 

Rene D'Auvillac — Bartolomé Capdevila, según 
lenguas murmuradoras — no estaba en peligro de 
hacer la América. Y. sin embargo, la hizo 

Quería dinero, mucho, para conseguir una mano 
diminuta de francesa hermosa, pálida y distin- 
guida como él. La suerte arregló las cosas de otro 
modo: la suerte era entonces más romántica. 

Un dia. a la salida de misa mayor. Rene D'Au- 
villac quedóse atónito sobre el atrio de Las Mer- 
cedes. Ramona Zapata era capaz de tales mila- 
gros, porque atesoraba veintisiete perfecciones de 
las treinta exigidas a toda mujer. La curva, el 
color y la gracia se armonizaban en aquella virgen 
devota. Rene enamoróse explosivamente. 

Cuando Ramona veia asomar por encima de 
los visillos de su ventana un sombrero de copa alta 
y peluda, los levantaba recatadamente para con- 
templar aquel figurín masculino. Y se enamoró. 

Un amigo le presentó a «monsieur» D'Auvillac; 
D'Auvillac le presentó a Rene, y éste, a «mi Rene». 

El Idilio de los Idilios debe llamarse aquella 
novela que Ramona y Rene escribieron con sus 
corazones en el gris papel de la prosaica vida. 

No se sabe quién o quiénes transportaron en 
tardos bergantines y fragatas las modas europeas 
que «hacían furor» allá por los comienzos del siglo 
pasado. La moda literioromántica vino con Rene 
D'Auvillac. 



EdiLcttdo del S<3¿z. 



Toda la pericia y la vanidad indumentaria que 
la juventud de ahora usa en cada uno de los dis- 
tintos <'sports», las precisaba para el noble y pe- 
ligroso deporte del amor romántico. Puede afirmar- 
se que D'Auvillac fué quien puso de moda, de ra- 
biosa moda, la imitación casera del «loman román - 
tique». 

Antes de Rene, la bella mitad de la muchacha- 
da se entendía con la otra mitad sin tantos requi- 
lorios. Rene provocó el renacimiento de la idea- 
lidad enfermiza. Los Bernardos, Severianos, Gas- 
pares, Bartolomés, Domingos, Rupertos, etc., abo- 
minaron de sus castizos nombres. Cada cual que- 
ría llamarse Raúl, Roberto, Leoncio, Amaury, et- 
cétera, Y las Pacas, Ramonas. Virtudes, Eulogias. 
Perfectas y Emerencianas. en el secreto del no- 
viazgo oíanse llamar Valentina, Laura, Carlota, 
Leonora. . . 

Un nocturno ejecutado al piano, una escala de 
seda, una furtiva entrevista, una oposición despó- 
tica y paternal, un poco de lividez en derredor de 
dos ojeras, una tosecilla, he aquí los ideales. Y las 
niñas deletreaban el francés para buscar modelos 
de fino amor, y en el idioma se introducían los 
galicismos ayudados por los malos traductores. 



Fué un contagio general y duradero. Todavía 
quedan indicios en las costumbres amatorias de 
la juventud de Buenos Aires. Aun los hijos de los 
discípulos de Rene y Ramona se llaman Leandros. 
Sarahs. Reginaldos, Haydées, Robertos. . . 

Rene D'Auvillac y Ramona Zapata son nom- 
bres y apellidos inventados que encubren otros 
nombres y apellidos reales. Las aventuras de este 
protagonista y de esta heroína se han ido olvi- 
dando con el tiempo. Dícese que no quedó lance 
romántico que no realizaran o intentaran. Con- 
trajeron enlace en Las Mercedes cuando el señor 
Zapata se dio por vencido. La descendencia fué 
numerosa para mayor gloria del «football'i, el 
«rowing», el «tennis», etc. 

La Argentina recoge en estos primeros años del 
siglo su primera cosecha de centenarios. Ninguna 
comisión organizadora se acordó del Centenario 
del Romanticismo Argentino. Y esta negligencia 
tiene más importancia de lo que parece. Román- 
ticos fueron muchos proceres y patricias; el ro- 
manticismo y la política trabajaron juntos en la 
obra nacional. 

Recordad los nombres de vuestros poetas, de 
vuestros literatos. Fervor de romántica religiosi- 
dad hubo en sus cerebros y hay en sus trabajos. 
Y hasta en los cultivadores del clasicismo, se ad- 
vierte la influencia del espíritu romántico. 

Sea rememorado y celebrado en un humilde 
artículo al pie de un buen dibujo romántico, el 
centenario del romanticismo criollo. 

DIBUJO DE LARGO. 



— l->l_^\ié- X L l"I-3>-X— 




Al trasponer ios umbrales del viejo palacio de 
Lezama. situado en la calle Defensa entre Ca- 
seros y Martín García, el visitante empieza a sen- 
tir la influencia que ejercen en su sensibilidad 
los mudos vestigios de la historia. 

En la yerta claridad de las salas, en la penum- 
bra de los sótanos y a través de los estrechos 
corredores y galerías, adviértese que todo está 
lleno de evocación y de interés, y sellado con 
el espíritu de los hombres que formaron la pa- 
tria. Allí están los recuerdos de sus obras y las 
cosas que a ellos pertenecieron: los uniformes. 
los muebles patinosos, los objetos íntimos, los 
trofeos y los mil detalles que han podido sal- 
varse en el derrumbamiento de las vidas lejanas. 
Ya no se siente bajo el peto de las guerreras el 
latir de los corazones, pero las espadas resplan- 
decen aún como una ofrenda de heroísmo, y hasta 
las figuras de los cuadros parecen frías imáge- 
nes que todavía piensan y miran. . . 

RECUERDOS DE SAN MARTÍN. Por tratar- 
se de la figura más descollante del pasado argen- 
tino, se ha dado lugar preferente a sus reliquias, 
que constituyen el núcleo preferido a la venera- 
ción del visitante. 



Cuidadosamente conservados en estantes y ur- 
nas de cristal, admíranse los objetos que fueron 
de su pertenencia: sellos de oro, chifles, porcela- 
nas, autógrafo,^: y retratos de sus descendientes: 
el parte de la batalla de Chacabuco, una banda 
con los colores de Chile, y el sombrero elástico, 
semejante al de Napoleón, usado por el General 
durante la travesía de los Andes. 

Ocupa el rincón de la derecha un cofre con 
herrajes enmohecidos, de mucho carácter: en el 
centro hállase colocado el catre de campaña, y 
enuna de las urnas a que hemos hecho referencia, 
el tintero y sello de la inquisición de ¡_ima y una 
copia a! óleo del estandarte que dicen de Fizarro. 
Estos objetos le fueron donados al general por el 
Cabildo de Lima, después de jurada la indepen- 
dencia del Perú en 1821. El tintero, que estuvo 
en poder de su nieta y última descendiente, doña 
Josefa Balcarce San Martín de Gutiérrez de Es- 
trada, lo cedió en París al diplomático don José 
Machain, regalándolo éste al Museo en 1899. En 
cuanto al estandarte, fué devuelto a Lima por 
resolución testamentaria del Libertador, y custo- 
diado en la sala capitular de aquel Cabildo, des- 
apareció durante el saqueo del populacho, el 6 de 
noviembre de 1865. cuando la caída del presidente 
Pezet. Se ha comprobado posteriormente que este 
estandarte no fué el que llevó Pizarro a la con- 
quista del Perú, sino el de Alférez Real de Lima, 
con las armas concedidas por el Emperador Car- 
los V en cédula de 7 de diciembre de 1537. 

Otro aposento, con balcones a la calle Defensa, 
guarda los muebles que componían el dormitorio 
del venerado patricio, en su casa de Bolonia del 
Mar. El lecho donde falleció, bastante bien con- 
servado, es de hierro con dosel de cretona. 

INVASIONES INGLESAS. Los objetos rela- 
cionados con esta gloriosa página de la Historia, 
hállanse dispuestos en una pequeña salita conti- 
gua a la de Mayo, comunicando también con la 
biblioteca por la puerta del fondo. De sus muros 
penden los retratos del general británico Sir Gui- 
llermo Carr Beresford y de don Santiago de Li- 
niers. penúltimo virrey del Rio de la Plata. 



Dos vitrinas de madera y cristal contienen 
autógrafos, porcelanas y documentos de la época, 
una cartera con anotaciones del General Lewison 
Gower. y la espada que Beresford entregó a 
don Hilarión de la Quintana, cuyo retrato, que 
aparece junto a la cama del virrey Marqués de 
Sobremonte. fué ejecutado en Chile por el indio 
José Gil, en 1818. 

Entre banderas y estandartes tomados durante 
la Defensa, ocupa lugar preferente la magnífica 
lámina de plata y oro que el Cabildo de Oruro 
regaló al de Buenos Aires, como testimonio de ad- 
miración por la reconquista de la ciudad en 1806. 

Completan el interesante conjunto los retratos 
de don Cornelio de Saavedra. don Máximo de Za- 
mudio y el de don Martín Casimiro de Lasala, 
teniente coronel del Real cuerpo de Ingenieros 
(1805): el del General don Juan Gutiérrez de la 
Concha, muerto en 1810 siendo Gobernador de 
las provincias de Córdoba del Tuoumán, y el de 
doña Cayetana de Oromí y Lasala, que el 21 de 
noviembre de 1807 ingresó en el convento de las 
capuchinas, cumpliendo el voto que hiciera antes 
de la victoria alcanzada por los ejércitos virreinales 
contra los ingleses, el 5 de julio del mismo año. 

SALETA DE PATRICIAS. Se halla en el ángu- 
lo noroeste del edificio, con puerta de comunica- 
ción a la galería exterior del Museo. Aunque de 
pequeñas proporciones, es considerada entre las 
secciones preferidas del público. En ella expónense 
los retratos de aquellas damas, ilustres en la his- 
toria, que contribuyeron eficacísimamente y a ba- 
se de grandes sacrificios, al mantenimiento y sos- 
tén de las fuerzas libertadoras. Sus nombres sue- 
nan en nuestros oídos, despertando singulares 
evocaciones de leyenda patricia. 

Los muebles que sirven de complemento a la sa- 
leta, figuraron en la casa de los Escalada, centro 
donde concurría lo más selecto y representativo 
de la vieja sociedad pcrteña. y donde se resol- 
vieron asuntos de importancia nacional en tiem- 
pos de la emancipación. Entre los muebles se re- 
cuerdan el clave, dos espejos de cristal tallado, va- 
rias sillas de linea curva, un reloj de pared y dos 





SALA DE SAN MARTÍN, CON OBJETOS QUE PERTENECIERON AL LIBERTADOR DE AMÉRICA. 



mesas españolas con mármol jaspeado del Perú, que sustentan lindas por- 
celanas diinas de azul cobalto con escenas en oro. 

PERIODO DE LA INDEPENDENCIA. Consta de tres salones, material- 
mente ocupados con trofeos, uniformes y otras reliquias de la época, distri- 
buidos en grupos, según el orden de los acortecimientos a que cada cosa se 
refiere. 

En la sala de Mayo, a ambos costados de la mesa que fué de Mañano Mo- 
reno, se ven dos escaños del antiguo Cabildo, con taraceas de caoba y ja- 
caranda, y ante la puerta de la biblioteca, en urna bronceada, el acta de la 
independencia que firmaron los miembros de la Junta, cuyos retratos ocu- 
pan las cuatro paredes del recinto. 

En el salón de entrada hay cuadros de los constituyentes de 
Tucumán, otros alusivos al himno, y el clavicordio donde se 
tocó por vez primera en casa de los Escalada. En la mis- 
ma pieza guárdanse los objetos de don Bernardino Ri- 
vadavia. asi como la caja donde fueron traídos sus 
restos desde Cádiz. También existe en una vitrina 
la llave de la ciudadela de Montevideo, entregada 
cuando la rendición de dicha ciudad, en 1814. 

El tercero de los salones da frente a la calle De- 
fensa, estando comprendidos en él ios episodios de 
la expedición al Perú, con reliquias de don Simón 
Bolívar; la bandera que llevó el ejército liberta- 
dor durante el glorioso paso de los Andes, y los 
uniformes y espadas de los generales Zapiola 
Escalada, Las Heras, Guido. Pedernera, corone 
Olazábal y del ayudante mayor de Granaderos 
don Pedro Ramos. 

También está lo referente a la guerra 



del Brasil, con armas y trofeos ganados en esa campaña y otra infinidad 
de recuerdos históricos. 

SALA DE BELGRANO. Las reliquia que se conservan de este ilustre 
argentino, creador de la bandera nacional, hállanse en una pequeña salita 
contigua al patio, donde hay cuatro cañones de la indepeniencia, algunos 
bustos de militares y proceres, f aleóneles de la conquista, el arca fiscal, 
jambas y columnas talladas por los indios y otras curiosidades. En la salita 
nue nos ocupa, se ven dos elegantes mesas de pata curvada, sustentando 
viejos contadores, sobre los que aparecen dos antiguas imágenes de talla, 
una de ellas la Virgen de las Mercedes, de quien el general era muy devoto. 
En las paredes se descubren las banderas tomadas en los campos de 
Salta y Tucumán, y la valiosísima tarja de plata y oro regalada 
por las señoras de Potosí a don Manuel Belgrano el año de 
1813. También hay una preciosa arquimesa de rica made- 
a maqueada y dos sillones con asiento de seda que fue- 
ron del Triláunal del Consulado. La vitrina que ocupa 
el centro de la salita, guarda, entre otras cosas, el 
sable del procer, varias miniaturas de sus herma- 
nos y una de la reina María Luisa, que le fué en- 
tregada en Roma, donde había ido comisionado 
por el gobierno de las Provincias Unidas, para 
resolver una importante gestión diplomática. 

SECCIÓN ORTIZ DE ROZAS. Ocupa un gran 
aposento y dos repartidores, al final de un estrecho 
pasillo que se alarga de norte a sur. con gran nú- 
mero de litografías y cuadros de costumbres. 
Esta sección, sin duda la más numerosa y mejor 
distribuida del museo, contiene elementos 




UM RINCÓN DE LA SALA DE ROZAS 



ORAN SALÓN DE ENTRADA AL MUSEO- 



>yx — 




GALA 


DE 


MAYO. 


<? 


JE CONTIENE 


E.SCAÑOS 


DEL 


CA- 


BILDO 


Y 


RETRATOS 


DE 


LOS ASISTENTES A L 


A PRIME- 1 










RA 


JUNTA. 








Q^iro 



















de mucho valor ilustrativo, todos ellos re- 
lacionados con el histórico y turbulento 
periodo de la Dictadura. Allí vemos el re- 
trato de don Juan Manuel, de su esposa doña En- 
carnación de Ezcurra y de su hija Manuelita, pin- 
tado este último por don Prilidiano Pueyrredón, 
en 1850. 

Entre el enorme con- 
junto de objetos, cuya 
enumeración se hace 
poco menos que impo- 
sible, descúbrense algu- 
nas banderas de la Fe- 
deración, con las cuatro 
monteras rojas en las 
puntas; cuadros de mi- 
litares, acciones navales 
y terrestres, expedición 
a! Colorado, etc.: la me- 
sa donde firmóse la sen- 
tencia de muerte del 
coronel Dorrego; una vi- 
trina con los desmesura- 




dos Deinetones Af 1 834 v caricaturas alusivas. 
.¡Trabadas Dor Drake; un óleo de grandes di- 
mensiones, con la conducción del cadáver 
del g:eneral La^alle por la quebrada de 
Humahuaca. y la litera que doña Agustina 
López de Osornio. madre del dictador, usa- 
ba en su estancia cEl Rincón de López», 
de la que nos ocuDaremos en uno de nues- 
tros Dróximos articules, 
BANDERAS COLONIALES. En la ealeria 
contigua al patio, que abarca todo el costa- 
do norte del museo, están las banderas y estandar- 
tes de los rep^imientos coloniales de América, que se 
creaban por Real Decreto, bien con nombres pe- 
ninsulares o con otros de repiones o ciudades del 
Nuevo Mundo. Los colores soüan ser eeneralmente 
blancos, a diferencia de los estandartes reales, 
símbolo de España, que eran color de púrpura, y 
que como enhblema del poder absoluto custodiá- 
banse por' el alférez real de los Cabildos. En su cen- 
tro figuraban las empresas de la corona sobre bas- 
tones'^rojos de capitán general: al crearse estos 
cuerpos, se nombraban los jefes, oficiales y clases 
que venían de la península. 

I Una de las banderas más interesantes es la del 
batallón ligero de Arica, mandada de Lima por el 
general San Martin, en 1821. Otras, procedentes 
de la'misma ciudad, son la de Champiguaranga 
y la.de América; la del regimiento de Lorca. to- 
mada en la rendición de Montevideo, el 26 de ju- 
lio de I8J4;'la del batallón de voluntarios provin- 



SALA DE LAS INVASIONES INGLESAS, CON ALGUNAS 
RELIQUIAS CORRESPONDIENTES A LA HEROICA DE- 
FENSA DE BUENOS AIRES. 




cr>»_9 



cíales de Potosí (1825) y la del regimien- 
to de Castro, con las armas de dicha vi- 
lla, tomada en la batalla de Pasco, el 6 
de diciembre de 1820: igualmente interesante es 
la del batallón de Albuera, cuya divisa recuerda 
la batalla ganada a los franceses el 16 de mayo 
de 1811, y la del regimiento «Dragones de la 
frontera», tomada en los campos de Maipú. 

A lo largo de la pared y en los espacios compren- 
didos entre las 
distintas puertas 
de salida, figuran 
cómodas, arcenes 
y otros muebles 
de la época colo- 
nial, una vitrina 
con las bandas 
presidenciales y 
varias mesas con 
las medallas acu- 
ñadas en honor 
de los prohom- 
bres argentinos. 




SALETA DE PATRICIAS ARGENTINAS 



GALERÍA CON LAS BANDERAS COLONIALES. 




SALA DE LA INDEPENDÍ 




EL MUSEO HISTÓRICO 



_ F>Ljv^^5^ V I ^ r:.^ X — 





SALA ÜE ORTIZ DE . , , ,, i i i- I 

„_,.„ ,.„„ „„„„ muchos de ellos en la parte contigua a la 

ROZAS, CON REcuER. ^^|_^ ^^j Paraguay. decorada con los trofeos 

DOS DE LA DICTA- ^^ ^^^^ campaña militar. 

''"''*■ Rodeada de sillas barrocas, hay una mesa 

octógona de elegante forma y finas labo- 
res. A los costados, dos escaños; uno, con 

^ r-. I '' relieves incásicos, que fué del convento 

de San Francisco de Córdoba, y otro del 
siglo XVII, con una inscripción romana que dice: don pedro de 
CABRERA. Pendientes del muro, el estandarte real hecho para el 
Cabildo a expensas del caritán Hernando de Vargas, en 1605, y 
el del virreinato, que paseó la última vez por Buenos Aires en 



^ 



SAL* COU>NIAL, DONDE SE GUARDAN 
MUEBLES Y RELIQUIAS DE LOS VI- 
RREINATOS DEL Rio DE LA PLATA. 

y una urna dt cristal qus guar- 
da el tintero usado por los 
constituyentes de Santa Fe 
en 1852. 

ÉPOCA VIRREINAL. Por 
incapacidad del edificio, insu- 
ficiente ya para contener las 
donaciones, cada día más im- 
portantes y valiosas, los mue- 
ijlcs y elementos anteriores al 
siglo XIX. hállanse repartidos 
entre todas las salas, estando 

lecho donde rallcclo el general san 

mart!:. 



EL A>CA tac VL 



CAMA DE JACARANDA, TALLADA, CON DOSEL Y RESPALDO DE BROCATO DE SEDA, 

CONSIDERADA COMO EL MUEBLE MÁS ARtfSTICO DEL MUSEO. PERTENECIÓ AL 

VIRREY MAROUÉS DE SOBREMONTE. 



<y^- 




TRAJE DE GALA DEL 
GENERAL SAN MARTÍN. 



1811. Un Óleo con la imagen de la Virgen amparando a 
doña Rosa de Giles y al capitán don José Ruiz de Arellano, 
fundadores del Templo de la Merced (siglo xvii). Varios 
grabados de las ciudades Cartagena de Indias, Callao de 
Lima, Truxillo, el cerro de la villa imperial de Potosí y otro 
del Cuzco, en 1571, con la comitiva del Inca en su acanea. 
Retratos de los virreyes, y en las vitrinas un bastón de 
plata y carey, de Alcalde de la Santa Hermandad: un cos- 
turero que fué de la Condesa de la Conquista, azulejos del 
convento de la Rábida, cerraduras y llamador del Fuerte y de 
la Real Fortaleza, y el sello del Santo Oficio déla Inquisición. 

Antes de concluir esta reseña, cabe preguntar si los 
objetos de la colonia que posee el Museo Histórico, no 
sería conveniente trasladarlos al otro museo que se está 
organizando en el antiguo Cabildo de Lujan, donde sin 
duda hallarían mejor ubicación en cuanto al espacio, a más 
de que podrían servir como base para llenar cumplidamente 
los fines que se han propuesto sus organizadores. 

Dicha resolución habría de ser indudablemente bien reci- 
bida por todos, ya que las salas que contienen estos objetos 
tendrían entonces capacidad para algunos recuerdos de la 
Independencia y épocas posteriores, que están hoy almace- 
nados en los desvanes, por no haber sitio donde poderlos 
exnoner con lucimiento. 

Antonio Pérez-Valiente. 



UNIFORME Y SOMBRERO DEL 
GENERAL URQUIZA. 



X . 




OLEO DE MEDINA VKRA. 



Del 



oeiüzx 



Ltx GOULpoSexíx 



II 



■ ■■ 



EL TEc/^OT^O 

Tfanqiiilcx -pniedep dormir, 
f roLücj-W-iloi por í-w. le^cxdo : 
fii me icxj^ áí^-jc\3io -miíeppro 
cjníe -yo codicdocPO ^-uordo... 

HerenciocP diviaiL dnelo^p, 
y e^ lo cj-ne o» iii:l me la -poj^aaD: 
í-ú due Jl¡y^p cLeJ0kc3jo ntíi. íecPC>ro, 
■y el ¿oloíi ■^03^ conllevexiiáo. 



Eii.lc> cexmok ej^ickc/^ cLormicLa, 
ítíL jo-tieSo j^erá tien Icxr^o... 
lz>jo nenjcxcp epíán de 1-wio 
■y 1:1110 íen^o "éx ce^drx lado... 

Ejoíe Cc/o el fec^oro mío 
q-uLe iníjHii l>ieii,me li2xj=> dejado, 
37" j^ttíro exl penpax cjiie -puede 
írjoeme de erifre la«p íiiímio*p... 

EtPÍe CcP el :f Coloro mío, 
del c:ji;Le me :£ienecp exvarío, 
jy ídemblo al peiLpar á cfuiéiL, 
cpí mn^üs-ro^ li¿xt>re de dejarlo ! 

"Viceidje J^diniCKo 



— I=>LJ>^-'-S 




Entre altas montañas desnudas, severas, de 
austera grandeza, se extiende el fértil valle cu- 
bierto de prósperos plantíos, en toda la gama del 
verde, que sólo interrumpen las rectas blancas de 
los caminos y senderos y, allá a lo lejos, las man- 
chas cenicientas u obscuras de la ciudad y los vi- 
llorrios. 

Detrás de las montañas azules, de las montañas 
de amatista, de las montañas rojas, de las monta- 
ñas blancas de nieve, en una abra o gruta inacce- 
sible, nace el viento, y es el reino eterno del más 
rudo y pentoman Eolo que sopla, conmoviendo las 
entrañas mismas de las sierras. Su ruido enorme, 
que se dilata prolongando un espantoso eco, es co- 
mo un arrastrarse de truenos por las cumbres roca- 
llosas. Elévase girando sobre sí mismo, alcanza el 
torbellino las nubes, y de pronto invade la que- 
brada para arrojarse al valle y asolar la llanura 
como una tropa en guerra, azote de Dios, que cas- 
tiga ciudades como en los tiempos bíblicos. 

Pero, no importa. Las aguas cristalinas y more- 
nas nacen también de la montaña. Aguas inconta- 
bles, humildes o turbulentas, cada una de las cua- 
les va recitando una diversa, monocorde, elocuen- 
te o soñadora canción. Precipitándose unas de las 
escarpadas cimas, rodando otras apaciblemente; 





CVAQ, 



Ulij^ 



aguas llenas de ricos limos, aguas machas de peces, 
aguas orgullosas de su origen, van del cielo a la 
planicie, para dulcificarse todas, cada vez más, 
hasta volverse melancólicas al pasar, después, 
bajo los sauces espesos, dirigiéndose más tarde, 
cumplido su destino, a morir en los arenosos de- 
siertos. Y he aquí que la unión celestial y terrestre, 
realizado por otra de las fecundas corrientes pro- 
duce el milagro de la belleza, de la salud, de la 
embriaguez de la vida, en el goce de todos sus 
bienes. 

Allí vive ese pueblo, noble y grande entre los 
iguales de nuestra tierra: hablo de mi nativa Men- 
doza. Tierra virgen, página blanca, inédito tesoro 
para el arte, donde todo está por revelarse, aun 
sin poeta que la cante, sin sabio que la estudie, 
sin historiador que la perpetúe, con demasiados 
censores que la denigren. Grande, he dicho, pen- 
sando en la epopeya de los Andes; noble, he escri- 
to, pensando en su largo sacrificio silencioso de la 
época libertadora, empeñada en crear patria y sien- 
do el mejor instrumento para labrarla; triste, no 
obstante, como su estupenda y desolada monta- 
ña; sufrido y paciente como su suelo incansable 
para producir riquezas. Pueblo grande, noble, tris- 
te y martirizado; desangrado por la vasta guerra 
continental y las campañas intestinas; pueblo he- 
roico de 1817; mas, injustamente humillado bajo el 
herético fraile Aldao; pueblo capaz de libertar na- 
ciones y vencer a capitanes invencibles, fuera y 
dentro del terreno, pero sin culpa, degradado y 
escarnecido como ningún otro en el cielo sombrío 
de la tiranía, cuando el degüello o la inaudita 
crueldad de degollar vivos a seres humanos alter- 
naba con la trágica declaración de insania a los 
tibios federales o los unitarios: pueblo el más do- 
loroso, al cual, hasta las ocultas fuerzas de la na- 
turaleza quieren doblegar y hundir en la tremenda 
catástrofe del 61; pero que resurge de sus ruinas, 
históricaníiente sagradas, más joven, más fuerte, 
con más ansias de vivir y ser, allí mismo, contra 
su montaña, que le amenaza y le protege, al par 
hostil y tutelar. 

Y bien, esta tierra encontró un grande que su- 
piera comprenderla, que como nadie supiera amar- 
la, y, cual si lo emularan las cumbres, en ella 
cobró su propia estatura que refleja su larga y 
ancha sombra hasta cubrirla todo entero. Se habrá 
comprendido que me refiero a San Martín. 

El descendiente del «huarpe» troglodita y del 
hombre de la raza «gasta», y de su hijo mestizado 
el «pehuenche» de idioma «quechua», plácido en 
su vida hasta la pereza, mesurado en sus hábitos 
y sobrio, mediocre minero, agricultor o pastor y 
rudimentario orfebre; si bien observador perspicaz, 
supersticioso hasta ser medio brujo, y curandero, 
cuya farmacopea culmina en la misteriosa piedra 
bezoar, empírico sanalotodo, — ¡quién dijera!, — 
movido por la incontrastable mano del destino, 
cumpliría la alta misión que le estaba reservada 
en este sur del nuevo mundo, convertiríase en 
héroe, casi siempre obscuro pero magnífico, en el 
ciudadano generoso hasta darlo todo, su alma, su 
vida, sus bienes; en el guerrero actor de combates 




sin cuento. Tales nuestros viejos y rudos abuelos. 
¡Qué mejor ascendencia ni abolengo! Nada extra- 
ño entonces este presente de paz y bienestar, ga- 
nado en buena lid a las enemigas voluntades di- 
vinase humanas. Mi actual conterráneo, el cuyano 
plebeyo como yo mismo, biznieto de indio y es- 
pañol, agrega a las cualidades del primitivo lo 
mejor y lo peor de la sangre del civilizado. Y el 
guerrero sin quererlo de antaño, es simplemente 
el tranquilo vendimiador de hoy día. En su fiso- 
nomía persiste el rasgo típico del áspero y magro 
antepasado, bueno si los hay, silencioso por ocul- 
to en sí mismo, sereno por seguro, sin inquietud 
por facilidad de la existencia, amante de los dones 
de la vida y como nadie de su fruto más perfecto. 
He soñado, allí, adolescente, en las mañanas 
helénicas; pues, ¿cómo no evocarlas y creerse 
transportado a la maravillosa península, alguna 
ocasión en que la admirable primavera hace flo- 
recer todas las rosas que tanto amó Anacreonte; 
en que el estío desnuda bajo los sauces y dentro 
de los remansos náyades y ninfas, mientras bajo 
el sol se exaltan las cigarras; en que el otoño 
arroja próvidamente en los lagares los racimos 
propicios a la alegre fiesta de Baco, y en que se 
presiente, constantemente, en las praderas centre 
las vides, la sombra del dios de patas de cabra 
cuyo nombre llevo? 




rr>i .^ -í=- X -1 .-ri^.'N — 




(g,OMO 



cr-.J? 



Y ' LA-DICHOSA.— ^^^ Uarcio* Lope^i^ 



¡No! le dijo. Cuánto que yo te amo. es 
hasta más allá de tus entrañas. ¿Has de desde- 
cirte de mí porque no comulgo avenimientos, con 
tu pobre negativa de mariposa? No acepto tu 
negativa, decido conquistar tu voluntad. Soy poe- 
ta, seré rey. . . Yo no tengo la culpa que te hayas 
cruzado por la puerta desamparada de mis huer- 
tos. Y logrado mi desvelación. ¡Ah!... (Su tono 
asumió el sentimiento de una tribulación profun- 
da.) Tu voz ha enmudecido mis aves de libertad. 
Ella puso en mi emoción de solitario, la miel mis- 
tica de los éxtasis, el bálsamo del beso de una 
madre en el dolor de su hijo. . . Cuando te oigo 
hablar, siento en mí la facultad todopoderosa de 
los infinitOi. Tus ojos son el cielo donde volarán 
eternamente mis esperanzas, batiendo sus plu- 
majes de amor. . . ¡No tengo yo la culpa que hayas 
pasado por la puerta desamparada de mis huertos! 
Rayaba la tarde en un ritmo de horas postreras. 
Hacia el poniente se ensangrentaba anaranjado 
el horizonte. Flameaba en el aire cruel incerti- 
dumbre, como un naufragio de alas rotas. El ama- 
dor clavó con un golpe de nervios su azada en 
el surco labrado, que pareció vibrar en su cuerda 
larga el aliento de células milenarias, como una 
lira mágica, al desgarrar el tendón de la tierra. 
Dio la espalda al sol que rodaba como vencido, 



autómata de su eclíptica eterna. La frente alu- 
cinó una comunión participante con la fatalidad 
de la noche que iba a venir. Y la novia forzada, 
dijo: 

¿Por qué insistes inútilmente? Oh, Señor, tu 
amor es imposible para mi. Encontrarás otra que 
te quiera y a la que vos merezcas. Yo tengo ad- 
quirida mi dicha, pequeña, más que el más mí- 
nimo grano de tus ideas. Tan mísera quizás como 
la sangre de un lunar mío. ¡Pero es mi dicha! 
¡Respétame! 

- ¿Piensas en el fruto que tu dicha producirá? 
Ruborizada, respondió, descendido el azul de 
su mirar, al suelo sembrado de hojas moribundas 
color oro. 

Pienso . . . 

¿Qué piensas? 

Que vendrá. . , 

¿Nada más? 

No... 
La apoderó las manos, repentino, como en una 
tenaza dentro la suya fibrosa. Y le articuló en la 
faz estas palabras, conmocionalmente: 

¡Desdichada! Y se ahogará el cielo tan in- 
menso de tus ojos entre las cuatro paredes de la 
vivienda del adra. Nunca sabrás al lado del irres- 
ponsable desposado con tu entraña, que en tu voz 



germinaba el acento inmortal de una revelación 
sobreviviente. . . Que la sangre de tu corazón era 
el manantial que florecía en tu boca, aljonjolí de 
inagotable dulcificación al dolor sufrido de la vida. 
¡Nunca te lo dirá, nunca! Desprovisto para sentir 
y expresar que en tu beso tenían partes esenciales 
la naturaleza y lo divino, el milagro que fecunda 
el alma de los poetas. Suyo tendrás un hijo más. 
Te hartarás de pan y desengaños, sin que disfrutes 
una miga de idealidad más allá de tus días. Des- 
pués, morirás. ¡He ahí tu historia! Pero mi amor, 
cuanto es, es más allá de tus entrañas y de todo. 
Abraza glorias supremas, supera destinos morta- 
les; se arraiga de fatalidades. Contigo él engen- 
drará el Poema Sagrado de la creación profanada. 
¡Serás mía! ¡Serás mía! Para cantar sobre todo 
lo que es luz y tiniebla, vida y extinción. ¡Amor! 
¡Alma! 

— ¡No! ¡Oh, Señor!... ¡Es imposible! 

Y aritmo, doloroso, con la noche en la frente - 
ilustra el cromo trágico candó las manos y los 
labios en la garganta prodigiosa y la boca nup- 
cial, hasta derribar el cuerpo ahogado, entre las 
cuerdas cálidas del surco abierto, apagados los 
cielos de los ojos. Encima gotearon, una a una, 
las lágrimas del malogrado,.. 

DIBUJO DR PElABZ. 




^E LA GALSRIA DEL SEÑOR JOSÉ BLANCO CASARIEGO. 



EL NIÑO DE LA GALLINA 

ÓLEO DE MANUEL BENEDITO. 




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L/\ 

DEi-CENDENCIA 

DE-DON 
]V\N-B!:GARAÍ 

HIJOo/° 

A pesar de lo mucho que se lleva es- 
crito sobre el origen y descendientes de 
Juan de Caray, quedan aún muchos 
puntos por esclarecer. Uno de ellos. 
quizás el más discutido, es el de su no- 
bleza, y en el estado actual de la cues- 
tión, sólo puede afirmarse que fué «ca- 
ballero hijodalgo», pues asi lo califica 
el Adelantado Zarate al nombrarle Te- 
niente de Gobernador del Rio de la 
Plata el 7 de junio de 1574 (1). 

Las historias y cartas de la época, 
donde siempre se le trata de «hidalgo 
vizcaíno» demuestran el concepto uni- 
forme que mereció de sus contemporá- 
neos y explican los casamientos de sus 
nietos con otros descendientes de con- 
quistadores de apellidos ilustres en Es- 
paña, como son Saavedra. Cabrera, Paz. 
Chacón, etc. 

Además, en 1684, el Capitán Lázaro 
de Caray, hizo información de nobleza 
probando ser descendiente legítimo de 
Caray. Zaldivar. Insaurralde y otros 
«conquistadores nobles y beneméritos». 
en la cual declaran vecinos caracteriza- 
dos de la Asunción del Paraguay, sien- 
do aprobada. Asimismo vemos que este 
Lázaro de Caray era Familiar de la In- 
quisición, para cuyo cargo habia que 
presentar iguales pruebas a las exigidas 
para el ingreso en las cuatro Ordenes Militares 
de España. 

Apesar de lo expuesto, es imposible saber a cua! 
de las numerosas familias Caray existentes en 
Vizcaya y Cuipúzcoa. que citan los minuciosos 
autores heráldico-vascos Guerra y Labayrú. per- 
tenecía nuestro personaje, ni podrá averiguarse 
mientras no se conozca quienes fueron sus padres 
y el lugar de su Casa. De este modo, resultan igual- 
mente antojadizos los escudos que varios autores 
y reyes de armas le atribuyen. 

En lo que respecta a sus hijos, el fundador no 
menciona más que a Juan de Caray, «mi hijo na- 
tural», según consta escrito en el reparto de Bue- 
nos Aires; también, en carta dirigida al rey en 
1582, dice tener tres hijas, pero sin dar el nombre. 
Oe la revisación hecha por el señor Cervera y el 
P. Cabrera en los Archivos de Córdoba y Santa 
Fe, resulta que ellas fueron doña Gerónima de 
Contreras. mujer del Gobernador Hernandarias 
de Saavedra: doña María de Caray y Mendoza, 
casada en primeras nupcias con don Gonzalo Mar- 
tel de Cabrera, y en segundas con el capitán Pedro 
García Arredondo, y doña Ana de Caray, esposa 
de don Gonzalo de Luna y Trexo. sobrino del 
Obispo Trexo y Sanabria. Pero la viuda de Caray. 
doña Isabel de Becerra y Mendoza, al pedir mer- 
cedes al rey, le dice que son muchos sus hijos y 
nietos, aunque tampoco nombra a ninguno. 

Entre los hijos hay uno del cual nunca hemos 
visto hecho memoria: el capitán Cristóbal de Ca- 
ray. Le creemos inédito. Sin embargo, el historia- 
dor Cervera ha conocido un documento donde se 
hace referencia a él, y al comentarlo, le confunde 
con otro Cristóbal de Caray y Saavedra. En efec- 
to, Cervera (2) cita un pleito seguido el año 1647 
por Juan de Texeda y Caray, por residencia al 



(1) Anala de ¡i Biblioteca. Tomo X. 

(2) Híttoria de Sanu Fe. Tomo 1.° 




DON ' JVy^N " D " G/\Kj\>í^. 



Alcalde Juan de Avila y Salazar. donde el pri- 
mero figura como hijo y heredero de doña Isabel 
de Caray, sobrino de Bernabé de Caray, y so- 
brino-nieto de Cristóbal de Caray. El dato no 
puede ser más preciso; doña Isabel de Caray, 
madre de Juan de Texeda y Caray, era hija 
de Juan de Caray el mozo, luego Cristóbal de Ca- 
ray, tío-abuelo de Texeda y Caray, no podía ser 
sino hijo del General Juan de Caray. Este dato 
concuerda con otros que existen en los autos se- 
guidos en 1717 por don Fernando Arias de Ca- 
brera, sobre información y cobro de ganados (1), 
donde hay agregados varios testimonios de actua- 
ciones seguidas por doña Gerónima de Contre- 
ras, abuela del actuante, sobre ganado cimarrón. 
Dicha señora, en uno de sus escritos menciona dos 
veces a <'su hermano» don Cristóbal de Caray, y 
su contrario, un Cristóbal González, dice que doña 
Gerónima heredó a su hermano el Capitán don 
Cristóbal de Garay. Resulta de todo lo expuesto 
que es indiscutible la existencia de esta persona, 
puesto que se halla reconocida en instrumentos 
públicos por varios miembros de la familia. En el 
mismo expediente consta que vivió en las estan- 

(1) Legajo existente en el Archivo de los Tribunales. 





POR 
(TUIC/XR^DO- 

DE 
LAfVENTEf\ACHAlN 



cias de Garay y Saavedra, a orillas del 
Paraná, y se desprende que moriría sin 
descendencia, cuando sus hermanos lo 
heredaron. 

Otro hijo legítimo del fundador, fué 
el Capitán Tomás de Garay, cuya vin- 
culación con el General ha sido conside- 
rada de distintas maneras. Para unos 
no era sino un homónimo; otros, como 
Madero, lo consideran sobrino; y Cervera. 
por último, lo tiene por hijo natural, 
aunque reconoce que nadie se ha ocupa- 
do de él ni de su descendencia. Se ignora 
dónde y cuándo nació; de sus servicios 
se encuentran menciones en las actas 
capitulares de nuestro extinguido Cabil- 
do y algunos documentos en el de la 
Asunción. En Buenos Aires fué Regidor 
en 1586 y 1592, Alcalde Ordinario en 
1596, Procurador general de las Provin- 
cias del Río déla Plata en 1597, Teniente 
de Gobernador de Buenos Aires en 1603 
y 1605 después de haber sido Regidor de 
la Asunción en 1601. Según Trelles, ven- 
dió la casa que tenía en Buenos Aires en 
1605 y seguramente se retiró a Asunción 
donde estaba avecindado y residía su fa- 
milia. Allí murió en 1608 testando ante 
Juan de Montenegro. Había sido casado 
con doña Juana de Morales, hija legíti- 
ma de Hernando Notario (venido en la 
expedición de Mendoza) y de doña Catalina Prieto. 
Fueron sus hijos: Juan de Garay, doña María de 
Garay, y doña Juana Morales de Garay. Esta úl- 
tima casó en Asunción el 25 de abril de 1619 con 
don Agustín de Insaurralde, Regidor de dicha ciu- 
dad y Notario del Santo Oficio de la Inquisición, 
hijo de don Martín de Insaurralde, Alcalde Mayor, 
Regidor, Procurador general y Alférez Real de 
la Asunción, y de doña María de Zaldivar. Doña 
Juana Morales de Garay. testó el 4 de mayo de 
1628 y fueron sus hijos; don Agustín de Insaurral- 
de de Valesi, don Lázaro de Garay e Insaurralde, 
doña Ana y doña María de Garay. 

El Capitán don Lázaro de Garay e Insaurralde 
fué Alcalde Ordinario y Procurador general de 
Asunción, Teniente de Gobernador, Justicia Mayor 
y Capitán a Guerra de Villa Rica y Familiar de 
la Inquisición. El 16 de diciembre de 1684 hizo 
información de origen para demostrar su descen- 
dencia legitima y directa del General Juan de Ga- 
ray, Juan de Zaldivar, don Martín de Insaurralde, 
«y otros conquistadores nobles y beneméritos», 
siendo aprobada por el Alcalde ordinario y Juez 
Comisario de la Asunción, Maestre de Campo don 
José de Roxas y Aranda. 

Lázaro de Garay fué casado con doña María 
Josefa Núñez Añasco, hija del General don Fran- 
cisco Núñez Abalos y de doña Potenciana de 
Añasco Saavedra y Sanabria. hija a su vez del 
General don Antonio de Añasco, Teniente de Go- 
bernador del Paraguay, etc., y de doña Ana de 
Ocampo, hermana del célebre Hernandarias. 

Garay testó el 2 de noviembre de 1686 ante 
don Lesmes de Oña y Zapata. Tuvo ocho hijos, 
siete mujeres y al Mariscal de campo General Juan 
de Garay, muerto en 1712, después de haber sido 
casado con doña Úrsula de Vallexo Chacón, des- 
cendiente del famoso Martínez de I rala. 

La familia Machain, posee en su archivo las 
pruebas de esta genealogía. 



~í) 




AUTClüRAFO DE TOMAS DE GARAY, HIJO DEL 
FUNDADOR. 



^LJlU^y:^- 



í^^ 




J^ CABALLERO 

Surg'c eí vogtvo virif de ía redonda 
GoiiCíx s-cñopiaí- AC -pptrho afv.ada 
La marro marfifina y ¿Lfifada 
Ta[ veT, a un voto dp fcaCta^d responda' 

Dijéras'e que jya ía -muerte rotada 
En iovno a i^u figurá^ dexcamada^- 
Pintó ef Greco en yu extitica mirada 
Una tragedia j^ifencioj^a jv^ honda- 



DE LA^ MANO AL PECHO ^ 

Ahí quien j^abe en que mii'ñco martirio^ 
Bn q-ue cxtrahutpano amotvfn quf dpfípip 
De g'foria ardid ni covinón ej^toicof 

Btevm^^do 2iJ^i en í^ fefa Iníiguz^ 
B-T utia ixnlgen pdCid^ijy Oíi^aa. 
De j^u r'i^ío faniiiczojx heroico- 




PROPIEDAD DEL DOCTOR G. ARAOZ ALFARO. 



ARTE ITALIANO 



LE QUAI VERT DE BRUCES 



OLEO DE BORSA ROBERTO. 




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. VUVA 



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I ^VM^ \ij2 



Estamos en presencia del más honra- 
do, más fino y más puro de los moder- 
nos líricos castellanos. Acaso sea menos 
conocido de lo que debiera y por este 
motivo no se le aprecia cuanto mere- 
ce. Además, hay una poesía más cerca 
de la vida vulgar, más en consonancia 
con la música de los organillos. Pero 
él posee en el más alto grado, así como 
Antonio Machado, esa condición esen- 
cial del poeta que consiste en estar en 
contacto con lo sobrenatural, interpre- 
tando las inquietudes del alma al in- 
flujo de las fuerzas extrañas y de las 
cosas que nuestros sentidos limitados 
no alcanzan a percibir. 

Es un niño divino en presencia del 
mundo. Sus libros parecen perfumados 
por una melancolía inefable y nos de- 
jan tristes sin saber porqué. . . 

Teníamos de su persona extrañas 
noticias: Un amigo nos habló de las 
románticas peregrinaciones al sanato- 
rio donde Juan Ramón Jiménez estaba 
enfermo de tanto soñar; otro, al pasar 
frente a la casa de un médico, en Ma- 
drid, nos dijo: Aquí vivió el poeta du- 
rante varios años en los que sufría la 
obsesión de la muerte. . . 

Y nos sorprende encontrarnos ante 
él en una sala primorosamente arre- 
glada, llena de luz en la cual un piano 
nos habla de sus aficiones musicales; la 
biblioteca de su espíritu estudioso y 
su escritorio, con libros, pruebas y ori- 
ginales, de su continualalíor. En un cuadro, vemos 
su casita blanca, en Moguer, el pueblo natal, fren- 
te al mar, en el ambiente lleno de claridad y vi- 
braciones, de Andalucía. Y a este cuadro sienta 
bien su figura de árabe español. Tienen sus ojos, 
grandes y luminosos, una expresión infantil. Nos 
recibe con alegría y cordialidad; es expansivo y de 
palabra fácil. Al yo saludarlo como al más sutil 
y exquisito de todos los portaliras españoles, según 
Darío, me contesta: 

— No sé si seré mejor o peor; pero tengo la 
convicción de haber hecho una poesía honrada. 
He sido poeta siempre, si — como dice Poe — 
para serlo es necesario entregarse a la poesía por 
entero. Tendré, es claro, mis cosas buenas y malas, 
los que vengan después seleccionarán. Creo que el 
escritor debe ser a la manera de Unamuno, que 
siempre está produciendo. No me gustan los que 
se limitan a cantar ciertas cosas o seleccionar, para 
darnos al cabo una impresión incompleta y de 
segunda mano, como Enrique de Mesa. Luego, 
están los poetas cerebrales, que son buenos cuando 
tienen talento, como Ramón Pérez de Ayala. Tam- 
poco paso por la poesía de Valle-Inclán, que se 
siente poeta a los cuarenta años y no hace sino 
alargar hasta lo infinito creaciones de otros. Así 
como admiro al autor de «Romance de Lobos»; 
esa creación maravillosa. Creo que la única poesía 
que puede perdurar es la lírica. 

— Debe ser para usted doloroso el ver que el 
público se va con preferencia hacia los rimadores 
que surten al mercado literario... 

— Quisiera que no mezclasen nuestros nombres. 
Y no es sólo el público, sino también los diarios 
y revistas. Es necesario separar lo que es de lo 
que no es. Antonio Machado y yo, hemos procu- 
rado hacer una obra honrada, sin tener en cuenta, 
para nada, al público; siempre viviendo en nues- 
tra intimidad. Es una lástima que Villaespesa y 
Marquina, que hicieron cosas que estaban muy 
bien, terminaran escribiendo estos dramones y 




siendo padres del ripio. Y a los que se extrañan 
de nuestra actitud, a los que preguntan: ¿y para 
qué sirve todo eso? yo les respondería: No puede 
haber placer más grande que el de la creación. 
Y lo que me he divertido al hacer mi obra. . . 

- ¿Sus poetas preferidos? 

- - ¡Son tantos! Se puede decir que no tengo es- 
pecial predilección por ninguno. Admiro una parte 
de la obra de uno, otra de otro; a veces una com- 
posición . . . Entre los castellanos, si y o tuviese que 
hacer una antología sería en la siguiente forma: 
El Romancero, El Poema del Cid, Jorge Manrique, 
Santillana, Garcilaso, Fray Luis de León, Góngora, 
Quevedo, San Juan de la Cruz, algo de Espron- 
ceda y entre los románticos, sólo a Bécquer. Es 
posible que me olvide de algunos, pero esto basta 
para dar una idea de mis predilecciones. 

- ¿Entre los modernos españoles? 

- - Los Machado y Unamuno en sus últimas 
poesías. 

Luego, habla el poeta de la semejanza entre 
Góngora y Mallarmé y entre Manuel Machado y 
Bécquer. De éstos dice: es raro que nadie se haya 
fijado, pues no se ha dicho; tan parecidos como 
son, por su forma quebrada e incorrecta, el sen- 
timiento profundo y la impresión de Andalucía. 

Hablando del idioma, dice: Cada escritor debe 
crearse el suyo, con vida propia; tal es el caso 
que culmina en Rubén Darío. 





— . . .¿Y Lugones? 

— También. Este es otro escritor a 
quien admiro. Conozco toda su obra 
literaria, que es grandiosa. La lírica de 
Darío me agrada más que la suya, pero 
si tuviese que dar una opinión sobre 
la obra, en conjunto, diría que la de 
Lugones me parece superior. 

Y hablamos de él. Juan Ramón Ji- 
ménez se extraña de que nuestro go- 
bierno no le pase una pensión, que le 
permita vivir sin preocupaciones eco- 
nómicas, entregado por completo a 
su obra. 

-Que no lo hagan en España,— 
dice, — se justifica; pero en esos países 
nuevos, debía haber más preocupación 
por estas cosas. Además, Lugones es una 
personalidad excepcional, que no se da 
a cada momento, ni en cualquier parte. 

Seguimos hablando de escritores 
americanos y me demuestra un gran 
interés por Almafuerte, del que conoce 
poesías que le entusiasman. Dice su 
admiración por una parte de la obra 
de José Asunción Silva. No participa 
de la general admiración por Julio 
Herrera y Reissig, cuya obra le parece 
fría, llena de reflejos... 

De pronto, con una sonrisa de iro- 
nía, me pregunta: 

;^ — ¿Y aquellos poetas de antología 
argentina: Coronado, Oyuela?... 

— Por mi parte creo que no tienen 
ninguna influencia en la moderna literatura. 

— ¿Ya no se leen, verdad? 

--¿...? 

■ - Son los Núñez de Arce y Manuel del Palacio 
y otros, de aquí . . . ¡Qué poca poesía! 

Al yo extrañarme de sus conocimientos y su 
afán de enterarse de todo, manifiesta la necesidad 
que del estudio tiene el poeta y su ideal de ser 
un sabio. 

He aquí el secreto de este espíritu tan sutil y 
fuerte, como un diamante. A su alma atormentada, 
a su sensibilidad vibrante, a la musicalización de 
su espíritu, une el concepto de lo mejor, de lo 
escogido, de la belleza máxima. 
¿Vive usted de la literatura? 
Sí; desde los 25 años, en que se perdió nues- 
tra fortuna. 

Actualmente dirige las publicaciones de la Re- 
sidencia de Estudiantes y la Biblioteca Calleja 
publica sus obras completas; prepara, además, un 
libro que le ha encargado la Society Híspanla 
of New York, de versos suyos. 

Y al nombrar esta institución tiene para ella 
palabras de franco elogio. La ha conocido en su 
viaje de recién casado, a Norte América. 

De los libros que está por publicar, el que más 
prefiere es el Diario de un poeta recién casado, con 
sus impresiones sobre el mar. 

Su esposa, norteamericana, Zenobia Camprubí, 
se hermana a él en el amor y en la inteligencia. 
Actualmente hace esas exquisitas traducciones de 
Rabindranath Tagore. 

Es tan agradable la conversación con Juan Ra- 
món Jiménez, que nosotros quisiéramos prolon- 
gar la entrevista indefinidamente. 

Este poeta lleno de pureza, sencillez y de inge- 
nuidad, nos descubre su vida así como su alma 
en uno de sus libros, desnuda como una estrella . . . 
— |0h, este prodigio de la sinceridad! — o bien 
derramando su luz sobre las cosas, como en el 
libro maravilloso de Platero y Yo. 



s.-. 
I*.. 



— r^i >. '-^ \ 1 ru?..x — 



r /\ G 1 :\ x 



Lecioru y amigas utias: Por poco que las 
pc«ocupen a ustedes los problemas transcen- 
ieotaies planteadas por una tralla sin 
praoedentes «n la historia de la humanidad. 
ha de hacer vibrar intensamente todas las 
fibras del corazón y de la intelifrenoia dt 
estas nptctaioras (pues eso es lo que nos 
otras somos ante tales acontecimientos), el 
himno ds admiración y gratitud que inspirx 
a los mis ilustres pensadores de la actuali- 
dad, la obra de inmenso y constante sacri- 
ncio. llevada a cabo por la mujer moderna. . . 
Y ya que de ello hemos de hablar hoy. no 
me seria pasible, se lo aseguro a ustedes 
dejar de comentar, en esta Pigina Femeni 
na. «I tema del dia: ese ti*mo Itwunino. que 
sigidfica hoy abnegación y sacrificio, y que 
nos advierte a nosotras, tas felices despre- 
octipadas. qtie no podemos ya limitar nues- 
tra acción a la intimidad del hogar; que nos 
reclaman y nos reclamarán más aún en el 
porvenir, intensas actividades, puesto que 
la mujer ha sido consagrada como «factor 
nuevo, inesperado fruto de la guerra actual. 
con el que será indispensable contar a la 
hora de la paz. . .' 

Hoy me toca duenátar en huerto ajen\ 
asi se lo confieso a ustedes con la más ab- 
soluta sinceridad: hemos de comentar ideas 
y consejos, he de reproducir párrafos enteros. 
de dos ilustres literatos hispanos, q ue hablan 
a sta compatriotas, como convendría que 
nos hablaran a nosotras algunos de nuestros 
grandes pensadores. Marquina y Marline; 
Sierra. . . ellos han de perdonar el atrevi- 
miento de esta Duende, reconociendo que su 
intención es buena y tal vez descubran el 
hlUllo de oro casi im[>erceptible. que puede 
llegar a unir firmemente el espíritu de estas 
despreocupadas espectadoras de hoy. al vas- 
to, gigantesco engranaje de generosas y al 
truístas actividades desarrolladas por las 
obreras del presente; nosotras pretendere- 
mos, entonces, ser el porvenir. . . 

Confieso a ustedes, que no sostengo el que 
todas las espectadoras han de ser necesaria- 
mente despreocupadas; un 
chispazo suele bastar para 
encender la hoguera: bastó 
un rápido destello, para 
sugerir a la vagabunda 
imaginación de esta Duen 
de. vastos horizontes... 
Fué esa chispa, una peque- 
Aisima. casi imperceptible 
coincidencia, que hace 
grande honor a estas mis- 
mas PáginasFemeninas.en 
las que más de un delicado 
espíritu de argentina ha 
grabado interesante hue- 
lla. . . J uzgueA ustedes: de 
cuando en cuando, alter- 
nando con prestigiosas fir- 
mas, veo figurar en deter- 
minada sección algunas 
preguntas que han solido 
interesarme: asi iué como 
despertómicuriosidadcier- 
ta Manon Roland (pseudó- 
nimo que debe ocultar la 
personalidaddealgunapor- 
tefla con tendencias poiiti- 
queras) que deseaba saber 
por quí motivo hubo un 
tratado diplomático que 
fuera consagrado porla his- 
toria, con el extrafio nom 
bre de -Par de las Da 
r: •'Uieraalcielo 

<,.■ mbiin.lahis- 

loinj >t -.;... I '12.', decía la 
respuesta. haciendo alusión 
al célere tratado de C^m- 
bray, firmado el 5 de agos- 
to de 1529, por Margarita 
de Austria y Luisa deSabo- 
ya: y aqui la coincidencia: 
un me* más tarde, leíamos 
la última correspondencia 
del ilustre Marquina, que, 
sin citar precisamente el 
tratado de Cambray. nos 
hablaba del ideal de paz 
universal, deponiendo en 
las delicadas, frágiles ma- 
nes femeninas la obra que 
ha dcser'lenta. perosegura 
y progresiva, ese objetivo 
del desarme mundial, ayer 
aairriéric'j. v rj-.co a poco 
de la 




¿?^^^&'^^ENíR 



-\ 



ALVINA VAN PRABT DE SALA. FALLECIDA EL 19 üB ABRIL PRÓXIMO 
PASADO, FUNDADORA Y PRESIDENTA DEL CONSEJO NACIONAL DE MU- 
JERES ARGENTINO, EL PRIMERO FUNDADO EN SUD AMHPICA. 

*El Consejo quiere como yo, para la mujer, derechos equivalentes, no 
iguales a los del hombre y creo, que en tan delicada transformación 
social, htiv que vrnceder por evolución, no por revolución*. 

Alvina Van Praet de Sala. 

cato guarnecidos de armiño; pero bajo el albo 
uniforme de las legiones de enfermeras, bajo 
la blusa de todas las obreras movilizadas ofi- 
cialmente para "engrosar los ejércitos glorio- 
sos del trabajo humano«. late el mismo cora- 
zón, arde intensamente el mismoanhelo: plu- 
guiera al cielo que la historia se repitiera! y 
fueran estas frágiles, delicadasmanos femeni- 
nas, las que realizaran el supremo ideal de 



pliamente ha evolucionado la mujer en cuatro 
siglos! A las soberanas de la época del Rena- 
cimiento, sucederán hoy las animosas, abne- 
gadas feministas, que han hecho -de sus dolo- 
res victorias, esperando y preparando la hora 
en que el correr de !a vida del mundo pusiera 
en sus manos el arma del derecho . . . '> Estas 
no arrastrarán, como las fastuosasauloras del 
tratado de Cambray. rígidos mantos de bro- 




. . . a^it*-. 

¿n ¡ujtfr.iü. f-o-ir.: pagara la 
historia, apellidándoie: La 

que la 







^n\X) JOLDAT 



CyVL^Í\DR.LLLI — ^ 



Quand l'aube immense est sur la plaine, 
Et que tu sens. petit soldat. 
Chanter ce léve délicat 
Dont ta jeune ame est encor pleine. 
N'as-tu done pas un peu de peine 
Lorsque tu songes au combat? 

Quand tu t'en vas au clair de lune 

Braver la mort jusqu'au matin, 

Toi, qui te moques du destín 

Et veux sourire á l'infortune. 

Toi dont le coeur est sans rancune. . . 

Te souviens-tu des iours lointaínsV 



N'as-tu pas 
Maman qui 
Maman qui 



Ne voistu pas la maisonnette 

Éblouissante de soleil, 

Et ce vieux chéne au ton vermei! 

Oú tu jouais a la cachette. 

Et la douce marionnette 

Quí te ber<íaít dans ton sommeil? 



vu maman qui pleure, 
tremble á chaqué instant, 
prie en sanglotant 

Dans quelque coin de sa demeure: 

Seigneur, mon Dieu, fais que je meuie. 

Mais laisse vivre mon enfant! 

Ne vois-tu pas la tete blonde 
Qui te parlait de ton retour? 
II faut se battre au petit-jour! 
Entends le vieux canon qui gronde! 
Veux-tu pleurer? Pense qu'un monde 
Est sous les griffes du vautour! 

Et s'il le faut. perds la mémoire! 
Meurs pour la France, paladín! 
Chante toujours sur ton chemin, 
Laisse l'amour, songa a la gloíre! 
Réve au soleil de la victoire, 



Petít soldat au cceur d'airein 
Buenos Aires, abril de 1918. 



la confraternidad humana. La mano que 
mueve la cuna, mupue el mundo, y allá donde 
se dirija la mujer, se dirige el mundo. . . 

No lo hemos dicho nosotras, amigas mías: 
pero 5/ nos corresponde afirmar la razón de 
tal aserto; y ha llegado ya el momento... 
<' Toda obra social que la mujer emprenda, 
toda actividad generosa que le haga tras 
pasar por un momento los lindes encantados 
de su propio hogar, acercarse a la vida, po- 
nerse en situación de comprenderla, de darse 
cuenta de que hay un más allá o un más 
abajo, hecho de injusticias tremendas y de 
dolores insospechados, lejos de hacer perder 
feminidad a su espíritu, la aumentará, en- 
sanchándole el corazón, a medida que au- 
mente el conocimiento. Por saber más, no es 
una mujer menos mujer: por tener más con- 
ciencia y más voluntad, no es una mujer 
menos mujer. . .» 

Ha llegado, pues, el momento de que nos- 
otras, las perezosas despreocupadas sudame- 
ricanas, estudiemos los deberes, los derechos, 
las aspiraciones y las responsabilidades que 
nos incumben, y como dice el maestro his- 
pano, «transformemos las ideas en senti- 
mientos, merced a nuestro apasionado sen- 
tir femenino. . . ■• 

A nosotras corresponde ahora seguir el 
movimiento universal, serio, y ya completa- 
mente organizado, de la solidaridad femenina, 
en nuestro continente; cabe a la Argentina 
la honra de haber fundado el primer Consejo 
Nacional de Mujeres de Sud América, en 
época y circunstancias en que la palabra 
<'íemin¡smo» se susurraba temerosamente en 
nuestra sociedad; escasos círculos se com- 
penetraron entonces de la importancia de 
tal iniciativa; se ignoraba aún en nuestro 
ambiente que era el Consejo Internacional de 
las Mujeres la más grande asociación mun- 
dial, y que representaba todas las nobles y 
generosas aspiraciones de la mujer. Bn tan 
delicada transformación social, hay que pro- 
ceder por evolución, no por revolución. . . fue 
la síntesis de aquella noble iniciativa; años 
más tarde, seguianelejem- 
pío nuestras hermanas del 
Uruguay, autorizadas por 
Lady Aberdeen, Presidenta 
del Internacional, a fundar 
el segundo<'Consejo»deSud 
América, poniéndose en co- 
municación con el Conseja 
Argentino, y ambas insti- 
tuciones, que constituyen 
por sus reglamentos la fe- 
deración de todas las aso- 
ciaciones femeninas de ca- 
da país, habrán de cumplir 
uno de los propósitos de! 
Consejo 1 nternacional. 
constituido por los Conse- 
jos de veinticinco países 
distintos. Esto es; estable- 
cer la comunicación cons- 
tante entre todas esas le- 
giones femeninasy propor- 
cionarles ocasiones de reu- 
nirse y de deliberar sobre 
las cuestiones relativas al 
bien público y a la familia. 
El ejemplo nos lo dieron 
nuestras hermanas del 
Norte; data del año 188' 
la fundación del Primei 
Consejo Nacional de Muje 
res. en Norte América... 
Sigamos, pues, tan no- 
ble, tan altruista ejemplo; 
nuestra orientación está 
hecha; fácil nos será tra 
bajar en pro de este idea 
de confraternidad femé 
nina, iniciando análogo 
movimiento en todas las 
repúblicas Sud America- 
nas. . . Ya no seremos en- 
tonces meras espectadoras 
habremos colaborado eii 
la obra común; unidas t< 
das en ideales y propósitos, 
llegaríamos a realizar indu 
dablemente la obra soñada 
por los grandes pensadore: 
hispanos; ''la obra lenta, 
pero segura y progresiva, 
ese objetivo del desarme 
mundial, ayer quimerice 
y poco a poco cifra y com- 
pendio de la verdadera 
paz; la única que en justi- 
cia podrá pasar a la histo- 
ria, apellidándose: <-La Paz 
de las Damas'K 



La Dama Duende. 



■Í^L^^-" 



1 l^y^— 




¿Quién detiene al amor 
cuando se aleja? 

Bemavente. 

Sobres rectangulares de doble cubierta, de 
apagados tonos, maculados por sellos de 
correos, atravesados por aristocráticos ca- 
racteres angulosos que forman un nombre de 
mujer, ¡cuan desdeñosamente os miran los 
hombres. . . porque no vais dirigidos a ellos! 
Suponen que. en casos tales, sólo podéis en- 
cerrar chismecillos mundanos, recetas de to- 
cador, pueriles consultas sobre achaques de 
nnodistería, protestas de fingida amistad. 
Y sin embargo. . . Una afectuosa confiden- 
cia puso en mis manos, no ha mucho, a dos 
de vosotros, gris blanquecino el uno. leve- 
mente amarfilado el otro. Los plieguecillos 
que guardabais, y que devoró mi inquieta 
curiosidad, antojáranseme reveladores de 
selectas almas femeninas, y hoy los echo a 
los cuatro vientos, sin resquemores en la con- 
ciencia, ocurriéndoseme que estas indiscre- 
ciones con el público suelen ser las únicas 
discretas. 

El Naranjal, 10 de agosto de 191... 

Laura queridísima: Me es imposible expli- 
carte todo lo impresionada y conmovida que 
me encuentro al escribirte. Permita Dios 
que pasen a tu alma querida estos senti- 
mientos que agitan la mía. 

He visto a Juan Pedro, hemos hablado 
íntimamente, me ha abierto su corazón do- 
lorido... pero voy a contártelo todo en 
orden, pues hasta ahora nada habrás sacado 
en limpio de mis frases atolondradas. Creo 
haberte referido que, próxima al Naranjal, 
donde habitamos desde la muerte de mi 
suegro, hay otra hacienda extensísima con 
espléndidos terrenos para sembríos de arroz 
y algodón y casi inexplotada por la escasez 
de capital de sus propietarios. Últimamente 
lograron éstos venderla a una poderosa ne- 
gociación agrícola que se propone darle 
enorme impulso; por lo pronto, ya ha inicia- 
do serios trabajos, encargado maquinarias . . . 
y nombrado cajero de la vasta empresa a 
Juan Pedro, el cual vive con sus chiquitines 
y sus criados en una casita construida ex- 
presamente para él, muy cómoda, muy clara, 
muy alegre, y que, como me decía, sería una 
preciosura si se viera en ella la mano diestra 
y cariñosa de una mujer. ¡Vamos! No sirvo 
para narradora. El interés me ofusca y me 
atropello en mi relato; no hagas caso todavía 
de lo que acabo de decir y sigue leyendo. 

Tuvo mi marido que ir a la hacienda en 
cuestión a arreglar unos asuntos de linderos 
y al regresar me dijo que Juan Pedro y sus 
chicos vendrían a vernos el domingo siguien- 
te. La noticia no me hizo ni pizca de gracia. 
Yo no podía perdonarle a ese caballero su 
conducta desleal para contigo, y, desde en- 
tonces, cuando por azar le he encontrado, 
he esquivado su saludo en la calle y su con- 
versación en sociedad; desaprobé, pues, el 
convite de Héctor, advirtiéndole que me iba 
a ser muy difícil cumplir, con la necesaria 
cortesanía, mis deberes de ama de casa. . . 
No fué así: el día indicado, poco antes de las 
doce, precedido de una nodriza mal perge- 
ñada, con un angelote de un año en los bra- 
zos, y trayendo de la mano a una pequeñuela 
de tres que, vestida y peinada como Dios 
manda, sería monísima, entró Juan Pedro, 
algo encorvado el cuerpo alto y fuerte dentro 
del traje de luto, un poco desguarnecida ya 
la amplia frente, mustio y con tal cual hilo 
de plata el bigote, antes tan dorado y enhies- 
to, cansada y meditabunda la expresión. 
Ríete cuanto quieras de mí y llámame ro- 
mántica y sensiblera; pero te confieso que 
ante el interesante grupo mi sorda hostili- 
dad se desvaneció como por ensalmo y acogí 
con tan efusiva ternura a los nenes como 
nmpatía al papá. 

Durante el almuerzo, sólo se habló de ge- 
neralidades; pa."íamos luego a tomar el café 
a una glorieta del jardín desde donde veía- 
mos jugar a los niños; a poco vinieron a 
buscar a mi marido y nos quedamos Juan 
Pedro y yo solos, callados, la mirada fija en 
I el vacío, tal vez viendo ambos lo mismo: 



tu silueta ondulante, tu altiva cabeza, tu 
cara bonita con el contraste inquietador de 
los negros ojos pensativos y la boca maliciosa 
y picara. Por fin, él rompió a hablar; lenta- 
mente y con esfuerzo al principio, enarde- 
ciéndose muy pronto hasta a.rjpellarse en 
sus labios las frases ardorosas. Renuncio a 
repetirte todo lo que dijo; no bastaría una 
resma de papel; pero ahí va, con la fidelidad 
posibb, un resumen de sus frases, que ojalá 
encuentren generosa resonancia en ti: 

n — Créame usted, Clemencia; la mayor 
falta, el error supremo de mi vida fué rom- 
per con Laura, y. lo peor de todo, romper 
enamorado de ella porque nunca he dejado 
de estarlo. Es verdad que contribuyó algo 
su actitud orgullosa; pero, de todos modos, 
yo soy el verdadero culpable. ¡Bien caro lo 
he pagado! No se imagine usted por esto que 
yo no tuviera sincero cariño a mi pobre mu- 
jer, bella, dócil, afectuosa, ¡una santa! Fui 
un buen marido, puedo decirlo con absoluta 
satisfacción; pero ni un instante olvidé a la 
novia abandonada, ideal compendio de todo 
lo noble y dulce de mi juventud, aunque us- 
ted juzgue poco verosímil esta complejidad 
de mis sentimientos. No la engaño a usted 
ni me engaño al analizar lo que experimenta- 
ba entonces, ni, mucho menos, exagero aho- 
ra al implorar de usted, nuestra protectora y 
confidente de tiempos felices, de su alma mi 
sericordiosa y comprensiva, el auxilio mag 
nánimo y empeñoso para reconquistar la di 
cha. Usted, en la perseverencia de su amis 
tad, tiene la fuerza que yo ¡estúpido! perdí; 
usted no ha olvidado ni en la apariencia; ella 
y usted están unidas desde la infancia por 
verdadera confraternidad; no se niegue a 
ayudarme, Clemencia. Sólo confío en us- 
ted. .. y en el amor que ella me tuvo. No 
puede usted figurarse cuan mía era esa 
alma pura! » 

Yo le oía casi con las lágrimas en los ojos, 
y él, cada vez más excitado, seguía infatiga- 
ble, y estaría hablando todavía si no me 
llegan otras visitas. ¡Ah! me olvidaba. En le 
más fervoroso de la peroración, se acercó su 
hijita a pedirle algo y él la despidió brusca- 
mente. ¡Me dio una pena! No olvides esto, 
Laura; los hombres no son para tratar niños, 
los padres mejores, los más abnegados, los 
más complacientes no los entienden; las po- 
bres criaturitas necesitan del calor femenino 
como las flores del sol. 

Al atardecer se despidió Juan Pedro; lo 
acompañó Héctor un buen trecho, oyendo 
sus confidencias, y vclvió entusiasmadísimo: 

— <( Hija, tenemos que lograr esta recon- 
ciliación; es indispensable para todos: para 
esa casa, falta de dirección: para esos niños 
sin madre; para Juan Pedro, que necesita 
estímulo y halago en su existencia, y para 
Laura, que ya tiene la edad y la experiencia 
del mundo suficiente para comprender que, 
por ley fatal, quizá no tarde mucho en que- 
darse sola y sin afectos propios, y debe acep- 
tar, por lo tanto, el de un hombre honrado, 
inteligente, laborioso, el único a quien ha 
querido, según creo, y que está por ella loco 
de atar. *> 

Medita sobre esto, Laura 
mía, o, mejor dicho, siénte- 
lo todo: el abatimiento y la 
inquietud de esa alma va- 
ronil, anhelosa de rehacer 
bajo tu dulce influjo su vi- 
da fracasada; el abandono 
de esos huerfanitos inocen- 
tes, faltos de los mimosos 
cuidados maternales; la voz 
de tu propio corazón, que 
amó mucho para poder ol- 
vidar. 

Que no tarde tu respues- 
ta. La espero como espera- 
ba las cartas de Héctor 
cuando éramos novios. 

Clemencia. 



Lima, 17 agosto de 191... 

¡Qué inocente, qué buena 

y qué feliz eres, my darling! 




Sí; porque se necesita ser las tres cesasen 
grado superlativo para defender con tanto 
calor causas... Bueno; nada de calificativos 
por ahora. Quiero seguir en mi carta la 
norma ordenada de la tuya y dar una 
ojeada rápida a pasados sucesos para dedu- 
cir de ellos sabias leyes para el porvenir. 
¡Poquito que me gusta a mí la filosofía de 
la historia! 

Cinco años duraron mis amores con Juan 
Pedro, en los cuales, como él te ha dicho, fué 
suya mi alma toda, sin reservas, sin velei- 
dades, total y absolutamente. Al cabo de 
ellos, io mandaron a establecer una sucursal 
de la oficina comercial donde trabajaba en 
una ciudad del Norte; era un gran progreso 
en su carrera y debió ser el término feliz de 
nuestro noviazgo; pero su madre, prototipo 
cargante de la madre de hijo único, absor- 
bente y dominadora en su ciego cariño, le 
convenció de que debía ver si la nueva plaza 
resultaba antes de embarcarse en la peligro- 
sa aventura conyugal. Yo callé; esto de que 
el matrimonio sea nuestra única carrera ha- 
ce que el decoro nos selle los labios, aun 
cuando esté en juego nuestra ventura. Mar- 
cháronse, pues, madre e hijo, y yo me quedé 
con la yida pendiente del correo: a poco em- 
pezaron a escasear las cartas y a llegarme 
rumores de que mi presunta suegra prefería 
serlo de una linda provinciana de alto linaje, 
hija de un viudo acaudalado y todavía de 
buen ver. Naturalmente, por lealtad trans- 
mití estos decires a Juan Pedro, segura de 
que la respuesta seria una explicación apa- 
sionada y vibrante, acaso no epistolar, sino 
personal; ¡era tan fácil el viaje! Recibí en res- 
puesta una carta llena de disculpas tan frías 
y evasivas tan torpes, que, sin pedir consejo 
a nadie, según mi loable costumbre de no 
importunar, le escribí sencillamente; «Eres 
libre'>. El no contestó ni una línea... y se 
casó a los pocos meses. Lo cómico del caso 
es que el papá político, por no ser menos, se 
apresuró, en cuanto se vio libre de la niña, 
a recibir la bendición nupcial y a obsequiar 
a su yerno puntualmente con un cuñadito 
anual. 

Ahora Juan Pedro, enervado por la mo- 
nótona existencia lugareña, gastado por el 
clima casi tropical de esas regiones, abruma- 
do por las responsabilidades de la paterni- 
dad, se acuerda de que alguien le amó tan 
de veras, que, al verse nuevamente reque- 
rida por él, sentirá la fruición embriagadora 
de la odalisca a quien el sultán arroja su pa- 
ñuelo; pero, ¡ay! que con esto de la civiliza- 
ción y el progreso, las odaliscas andan tan 
echadas a perder que dejan en el suelo el 
pañuelito. 

Tu patrocinado, para conmoverte o con- 
moverme, mejor dicho, apela al recurso, no 
muy nuevo, de la perduración del sentimien- 
to primitivo a través de una existencia con- 
yugal modelo, dejando a expertos y avisa- 
dos psicólogos la explicación de esta miste- 
riosa y... cómoda dualidad. Te diré con 
Benavente: «¿Ahora lo llaman así?» Pues ye 
lo llamo falta de delicadeza con el recuerdo 
de la esposa muerta, desahogo y frescura. 
Es cierto que Juan Pedro 
no rompió conmigo porque 
yo le fuera indiferente ni 
impulsado por una nueva 
pasión, sino cediendo a ex- 
trañas sugestiones que le 
presentaban el nuevo en- 
lace como la seguridad de 
un porvenir dorado en to- 
da la extensión de la pa- 
labra. Me quería y me de- 
jó por debilidad para de- 
fenderme, por la descon- 
fianza en sus fuerzas pa- 
ra la lucha del existir. 
por miedo; y esta convic- 
ción es la que me ha per- 
mitido reaccionar tras el 
golpe alevoso y traidor, 
pues al desaparecer la esti- 
mación, murió de vergüen- 
za el amor, ¡ay! no tan 
pronto ni tan fácilmente co- 
mo la paz de mi alma nece- 



sitaba. ¿Verdad que es imposible la resu- 
rrección de amor que así sucumbe? 

Mi buen amigo Héctor, sin pararse en ti- 
quis miquis sentimentales, aduce el argu- 
mento de la conveniencia, en forma acaso 
menos suave de la que tú trasmites. Me pa- 
rece que le oigo: 

<• — Mira, tu Laurita que se deje de ton- 
terías y de hacerse la interesante: si no ha 
llegado a los treinta, le faltará muy poquito; 
no está ya para perder el tiempo en escoger, 
y cuando falten su madre y su tía se quedará 
sin otro consuelo que el de los santos a 
quienes vista. A Juan Pedro le ha entrado 
la chifladura muy fuerte; aconséjala que la 
aproveche; ¿qué más quiere? ■> 

Este qué más quiere lo oigo, te aseguro que 
lo oigo, pues, en circunstancias semejantes, 
brota fatalmente de los labios de los repre- 
sentantes del sexo modesto y abnegado. Tú, 
mi suave Clemencia, flor y espejo de ia 
Perfecta Casada, asentirías dócilmente a las 
opiniones de tu señor y dueño; confiésalo, 
tontuela; si no me pico con él ni contigo; si 
simplemente respondo: Como negocio, tam- 
poco me resulta; mi bienestar material está 
asegurado con la modesta herencia de mi 
padre, y, si ésta me faltara, me serviría para 
la prosa de la vida lo que ha sido siempre 
deleite de mi espíritu, la música, en la que, 
modestia a un lado, no soy tan poquita cosa. 
Por otra parte, la edad no es un seguro de 
vida, y espero que Dios conserve aún mu- 
cho tiempo a las viejecitas adoradas que 
prolongan mi juventud, a fuerza de llamar- 
me niña y de empeñarse en que me engalane 
y pasee. Quizás por esto los desengaños y el 
tiempo no han logrado aún encorvar mi es- 
tatura, enrarecer mis cabellos ni matizarlos 
de blanco. En fe de ello, ahí va mi último 
retrato, que si no es el de un premier prix de 
beauié. tampoco es el de una jamona tarasca. 
Tal vez sí me empeñara mucho, mucho, po- 
dría encontrar algún excéntrico que se hi- 
ciera de mí. 

Queda aún el punto más delicado: la 
preocupación íntima, la obsesión conmove- 
dora que nubla la serena claridad de tus pu- 
pilas y el limpio cristal de tu voz, que mur- 
mura: 

« — Laura, ¿y los niños? ■> 

¡Ah, los niños, los niños! Pues que los 
cuide su abuela. Sí, alma mía; que cumpla 
esa misión mi imponente ex suegra, la cual 
ahora quisiera serlo de veras por librarse del 
peligro de una nuera cerril o de una caterva 
extraoficial de nietecülos. Me explico así, el 
origen de sus sonrisas protectoras, a las que 
correspondo con unos saluditos que quieren 
ser amables y cuya benevolencia no concibe 
la voluptuosidad refinada, el goce divino de 
fastidiar al prójimo. 

En resumen: renuncio a pasear entre arro- 
zales y algodoneros, las delicias de un idilio 
trasnochado y a ser madre de hijos ajenos, 
a quienes llegaría a querer como propios, y 
que me corresponderían, indudablemente, 
con ingratitud. Me quedo en mi casa tran- 
quila, con mis libros y mi piano, junto a mis 
dos ancianas, mimadoras y mimadas, en esta 
Lima, que es, como yo, romántica y nove- 
lera, burlona y sentimental. Bajaré probable- 
mente al sepulcro con palma y corona; pero 
si cambio de opinión y cometo en ello un 
disparate, será por ley de mi deseo y de mí 
gusto y no por espíritu de sacrificio. He 
dicho. Ahora, tú procede como mejor te pa- 
rezca: sóplale a tu protegido ia pildora en 
todo su amargor o dórala cuidadosamente 
con tus dedos piadosos; me es igual; pero, 
sea como fuere, hazle comprender que nunca, 
nunca será suya esta mano que tantas veces 
se estremeció dulcemente bajo sus labios 
acariciadores y que ahora deja en el papel 
la expresión de su afecto invariable y cor- 
dialísimo por la venturosa pareja y sus lin- 
dos muñecos. 

Laura. 

P. S. — Por si acaso, no le enseñes mi re- 
trato a Juan Pedro. 

Miraflores (Lima), marzo de 1918. 



— i:^L^^~ X 1 - 1 i:^ X — 



E? 






^ir- 




Los perros del amo jugaban con los hijos del sirviente, sometiéndose a una 
tiranía que no da pan ni azúcar. 

El mismo padre nunca tuvo tanta paciencia como los perros del amo; can- 
sábase en seguida de caricias machaconas, lloriqueos insistentes, gritos ensordece- 
dores, lo mismo que el propio amo y casi todos los padres. Maternal es el cariño 
que el perro profesa a la infancia humana. 

La fidelidad perruna constituye un problema misterioso. Ni analizando minu- 
ciosamente nuestras propias fidelidades, podemos hallar el porqué de la sumisión 
canina. Nuestras menguadas fidelidades obedecen al amor y a la conveniencia. 
Hay quienes otorgan al amor y a la conveniencia un fundamento egoísta, ase- 
gurando que la comodidad y los arrumacos son idolatrías del yo. 

Aceptado esto, la fidelidad de los fidelísimos canes resulta poco airosa. Aban- 
donaron el bosque y la ferocidad lobera para buscar el pan y el palo. A cambio de 
caricias, dejan que el dueño tire al río el sobrante de la perrada recién nacida. Que- 
rer al amo más que a la raza canina, he aquí el ideal del perro. 

Sin embargo, la explicación no satisface. Hay en ese amor mucho altruismo y 
pocas miras egoístas. Pues la filantropía perruna no debe ponerse en tela de juicio. 

En todo perro, por pequeño que sea. está un candidato de héroe. Su alma 
incomprendida es tan sensible al sacrificio como su piel a las caricias. La fidelidad 
es la neurastenia crónica de los perros, un síntoma latente de la hidrofobia. Y es 
que los extremos se tocan hasta en el mundo canino, y por tal causa, el perro de! 
amo. juega con los niños, aunque sean hijos de un sirviente. 



• F^Ljv^^ 'vi.rrn^yv— 




— í3>I_;^s/^ -v^ U.'T^i:::) >x — 



CLUB FEMENINO 

La Asociación Cristiana de Jóvenes Mu- 
jeres (Y. W. C. A.), ha abierto un nuevo 
club Downtown. El establecimiento tiene 
restauran! y cuartos de vestir para mujeres. 

El club «Ann Fulton Downtown» de la 
Y. W. C. A., sirvió su primer lunch en su 
espacioso club de cinco pisos, con entradas 
por las calles Ann y Fulton. Los primeros 
dos pisos están ocupados por una cafetería. 
un restaurant y un restaurant de lujo, mien- 
tras los pisos altos están destinados a salas 
de conversación y cuartos de vestir para las 
mujeres del barrio financiero. 

La cafetería es para el uso de los que 
quieren elegir su menú, y puede dar un 
buen lunch por 2S a 50 centavos. El res- 
taurant servirá una comida científicamente 
combinada, por 25 a 30 centavos. Junto al 
restaurant hay un atrayente comedor con 
pequeñas mesas, en donde, así hombres co- 
mo mujeres, pueden comer entre II de la 
mañana y 7.30 de la noche. 

En el último piso, hay un gran local para 
reuniones, un pequeño escritorio y un salón 
de descanso, coquetamente decorados. 

Los cuartos de vestir se destinan a las 
mujeres del barrio de la Wall Street, que 
tienen invitaciones para comer o ir al teatro. 




Cómo se puede cambiar la epidermis de una mujer 



El medio más rápido y seguro de hacer un 
cutis bueno de uno malo, es el quitar mate- 
rialmente el velo viejo y descolorido exterior 
de la cara. Esto puede hacerse fácil, segura y 
privadamente por cualquier mujer. El proce- 
dimiento es uno que consiste en suave absor- 
ción. 

Compre usted un poco de cera mercolizada 



(del «Feminine World«) 

en casa de un boticario, y póngase en la cara 
por las noches, lo mismo que si fuera cold 
cream, lavándosela por la mañana. En unos 
pocos días la «mercolida» que hay en la cera 
absorberá la cutícula desfigurante, mostrando 
el cutis fresco y joven que hay debajo. Conse- 
guirá usted asi un cutis claro, hermoso y na- 
tural. El procedimiento es agradable, no es 



dañino y aparece la cara brillante, atractiva 
y joven. Quita eficazmente; manchas, pecas, 
barrillos, etc. 

Todas las mujeres deben tener siempre a 
mano un poco de cera mercolizada, pues este 
remedio casero tan sencillo, es el mejor res- 
taurador y conservador que se conoce para 
el cutis. 



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Tal VM sea este colo- 
sal fetiche hindoel mayor 
de toda la gran familia de 
los monstruos venerados 
por aquel pueblo. El bra- 
hamanismo tenia predi- 
lección por estos anima- 
lotes tan desmesurados 
como el megaterio o el 
mamuth. 

El Toro Sagrado, de 
Mysore recibe las oracio- 
nes del vulgo y de los sa- 
cerdotes, descansando 
tranquilamenteenunaco- 
lina cercana a esa ciudad 
india, situada al pie del 
monte Chamundio, a bas- 
tantes metros sobre el ni- 
vel del mar. 

El Ídolo tiene enormes 
proporcionesylaimagina- 
ción del escultor o escul- 
tores que lo tallaron le 




adornó de tal manera que 
nadie puede asegurar si 
representa un toro u otra 
cualquiera clase de ru- 
miante. 

La escultura está dedi- 
cada al dios Siva. segun- 
da persona déla trinidad 
o trimusti brahmánica 
que se entretenía en des- 
truir lo creado por Brah- 
ma para que Vishnú lo 
resucitara en otras esfe- 
ras. Siva es la divinidad 
que más oraciones y sa- 
crificios necesita: se pre- 
cisa adularle insistente- 
mente, a fin de que su 
ansia de sangre humana 
se apacigüe con toda la 
menor cantidad posible 
de víctimas. 

Este «nandi') es uno de 
los más célebres de la In- 
dia. Los peregrinos acu- 
den a Mysore desde los 
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ED\^RDC'c/'IVORI« 

5-DEJVNIO-IQI8. . 



Con el reciente fallecimiento del anciano pintor Eduardo Sívori. el arte nacional pierde una de sus 
figuras más descollantes y representativas. Admirador entusiasta de la naturaleza, dotado de gran sensi- 
bilidad y poseedor de todas las cualidades necesarias para destacarse como artista de mérito, fué uno de 
los primeros que interpretaron la típica modalidad y belleza de nuestros paisajes y costumbres. 

La personalidad inconfundible del maestro desaparecido, puede decirse que empezó a destacarse 
desde la fecha en que expuso por primera vez. Cuando llegó a la plenitud de la vida, había conseguido 
desempeñar en su profesión los puestos más sobresalientes, y había conquistado asimismo las más altas 
recompensas en exposiciones nacionales y extranjeras, 

Sívori mereció siempre la consideración y el respeto de cuantos tuvieron oportunidad de tratarle; 
su noble ancianidad, glorificada ya por la muerte, ha quedado como un símbolo donde se plasma lo más 
esencialmente puro de nuestra tradición artística. 



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N la duda de que quiera dár- 
sele a estos apuntes un valor 
que no pretenden tener, bueno 
es empezar con esta sencilla 
declaración: el juicio que aqui 
se expresa, sobré las obras que 
este año se exponen, no tiene 
otro valor que la opinión personal y sincera 
de! que esto escribe; una unidad que puede 
sumarse a las opiniones ya publicadas, y que. 
con las otras que no han corrido la misma 
suerte, bien puede formarse un total de apre- 
ciaciones que se aproxime al valor efectivo 
de las obras expuestas. 

Vuelvo a insistir sobre este punto, porque a 
la letra de molde suele dársele mayor impor- 
tancia de la que en realidad tiene; y las opi- 
niones que en tal forma llegan a conocimien- 
to de los artistas, pueden influir en éstos 
mucho más de lo que merecen. ¿Quieren un 
ejemplo? Un cuadro parece quedar definitiva- 
mente juzgado si los cuatro o cinco críticos 
que se ocupan de estas cosas coinciden en sus 
apreciaciones. Yo por mi parte — ya lo he di- 
cho otra vez — no sigo viendo, en aquel caso, 
más que la opinión de cuatro o cinco señores 
que ejercen un indiscutible derecho haciendo 
públicas sus opiniones por medio de la prensa. 
Ahora si. que de eso a que sea la expresión de- 
finitiva, hay bastante distancia. 

En esto de determinar — subjetivamente, se 
entiende — el valor artístico de una obra, me 
ocuire algo que me sería difícil explicar; cuanto 
más procuro saber, más ignoro. Tal inseguri- 
dad tengo de mis opiniones, que siento de- 
seos de preguntar al primer niño que encuen- 




,LA PRIMERA ESTRELLA» (ACUARELA). 
JORGE SOTO ACEBAL. 




tRETRATO» (ACUARELA). 
JORGE SOTO ACEBAL. 



tre al paso para acogerme a su juicio y 
salir de dudas. Y a esta desorientación, 
que abarca todos los órdenes de la vida, 
no pueden sustraerse las manifestaciones 
de arte, mucho más. cuando se realizan 
en la forma colectiva que tanto contribuye 
a la confusión y el desacierto, imposibili- 
tando de esta suerte la serena aprecia- 
ción del valor que toda obra de arte lleva 
en si misma. 

La primera pregunta que se formula 
al visitar el Salón, es ésta; ¿Es mejor la 
exposición de este año que la del pasado? 
Y. precisamente, en la dudosa respuesta 
está la contestación. El hecho de no re- 
saltar de una manera clara y categórica 
indica que la diferencia, si existe, no pue- 
de ser muy apreciable. 



Jorge Soto Acebal. En la copiosa pro- 
ducción de este artista puede notarse un 
positivo progreso que le coloca a la ca- 
beza de los expositores. Hay en todas sus 
acuarelas fuerza, relieve, amplia técnica; 
los verdes de sus paisajes jugosos, sim- 
páticos; los contrastes de luz bien encontra- 
dos, observándose con placer que va despren- 
diéndose de ciertas durezas con las que toda- 
vía lucha. 

Yo me permito emplazar a este noble artis- 
ta para fecha no muy lejana; que el tiempo, 
juez infalible y único de estas cosas del espí- 
ritu, le hará ver con perfecta serenidad esas 
pequeñas deficiencias, que modificando un 
tanto su técnica, darán a su obra una per- 
fección envidiable. 

Lleno de promesas se presenta un nuevo 
artista, hasta hoy poco o nada conocido. Al- 
fredo Gramajo Gutiérrez, se nos revela con 
sus gouaches que se destacan fuertemente por 
su originalidad. Con agrado reconocemos que 
las pinturas de este novel autor han desper- 
tado gran interés por el feliz acierto en la 
elección de motivos y el modo de desarrollar- 
los. Por nuestra parte, nos permitimos reco- 
mendarle no se impaciente; afirme su técnica 
y prosiga sin rebuscamientos el género tan 
eficazmente emprendido; que yo. a mi vez. 
también me acojo a la misma recomendación; 
sin impaciencia, espero. 

Rodolfo Franco, que por complacencia con- 
curre a este certamen, se ha reservado su 
amplia producción para mostrarla en la expo- 
sición personal que viene preparando. En ella 
podremos apreciar cumplidamente sus pro- 
gresos. 

Ferrucio Corbellani, que tanto prometía 
en la exposición anterior, ha defraudado las 
esperanzas puestas en él. Ignoro las causas, 
pero se nota en el conjunto de sus obras cier- 
to aesgano, falta de calor, de aquel entusias- 




«BOUL-UONTPARNASSe» (ACUARELA). 
DOKIMOO VIAU. 



«EN LA FUENTE» (CARBÓN). 
CEFERINO CARNACINI. 



N/L^TfJ'^^- 




«CONCHITA» (CARBÓN COLOREADO). 
RODOLFO FRANCO. 

mo y buen deseo que le hizo destacarse 
tan brillantemente en la última exposición. 
Y es tanto más sensible cuanto que para 
conseguir un puesto brillante no le falta 
más que una sola condición que poner en 
actividad: la voluntad. 

«En la fuente» se titula un Drecioso y bien 
ejecutado carbón de Ceíerino Carnacini. De 
las dos obras que presenta este artista, aquél 
es el que más nos agrada. Armonioso, blan- 
do, poético, envuelto en dulces medias tintas 
que le hacen sumamente agradable y sim- 
pático. 

Eduardo Alvarez. acusando su excelente 
tendencia a la simplicidad decorativa. De 
muy buen gusto los pirograbados. 

Emilio Centurión, como siempre, correcto 
y sereno, da la sensación del estudioso que 
marcha por camino seguro sin impaciencias 
malsanas. 

López Naguil no parece haber hecho nin- 
gún esfuerzo para acudir a este certamen. 
Seguramente, los trabajos que expone, han 
salido de la cartera de sus dibujos, y no 
agregan nada al renombre que tiene adqui- 
rido. Esperamos y deseamos verle con más 
voluntad. 

De las obras que presenta Jorge Larco, 
la que más nos agrada es «Sonatina». Ento- 
nación suave y armónica dentro de! tinte 
azulado que predomina en esta acuarela. 

El inquieto Sirio sobresale notablemente 
por su dibujo «Tercera de lujo». Muy bien 
concebido y muy bien realizado. Positiva- 
mente una de las notas más felices de este 
certamen. 



«LA PROCESIÓN DE LA VIRGEN» (OOUACHE), 
ALFREDO GUTIÉRREZ GRAMAJO. 





«LE CHEMINEAU» (ACUARELA). 
JUAN CARLOS HUERCO. 



«ESTUDIO» (ACUARELA SOBRE MARFIL). 
marIa l. de NÚÑEZ BRIAN. 



Domingo Viau concurre con una abun- 
dante colección de obras, la mayor parte 
dibujos al lápiz, impresiones rápidas, ner- 
viosas, que revelan una gran destreza. 

La habilidad y el cariño con que Huergo 
trata los asuntos, no puede apreciarse en 
lo que ahora expone. Nosotros preferimos 
al Huergo de los pibes, del Hombre de la 
bolsa, de las ilustraciones de fábulas, donde 
seguramente se destaca por ser temas que 
encuadran dentro de su temperamento y de 
su técnica primorosa y paciente. 

«Germaine», pastel de Petrone, una pre- 
ciosa cabeza de muchacha, llena de expre- 
sión y vida. 

En la imposibilidad de seguir ocuoán- 
donos detalladamente de los demás expo- 
sitores, cerramos estas notas con la im.pre- 
sión que en su conjunto nos deja este certa- 
men. Poco se ha hecho expresamente para 
él: muchos originales han sido exhumados 
después de minuciosa rebusca; y justo es 
también hacer notar que hace falta un ma- 
yor esfuerzo si los artistas desean conservar 
los derechos y el prestigio a que se creen 
merecedores. Por ahora, demos la razón a 
los que piensan que no tenemos grandes 
motivos para quejarnos mientras despier- 
te más interés que una manifestación de 
arte los triunfos del caballo Botafogo. Hasta 
que no se inviertan estos valores, hay que 
resignarse, aceptando lo que nos quieran 
dar, y consolar.íe con estas románticas pro- 
testas de dudosa eficacia. 



Julio H. L'risn. 



«EL CURIOSO DE SAMARKANDA» (ACUARELA). 
GREGORIO LÓPEZ NAGUIL. 




flBACANAL» (GOUACHE), 
FERRUCIO CORBELLANl. 



ONATINAv (ACUARELA/. 
lOROE LARCO. 




ARTE ARGENTINO 



LA QUEBRADA 

ÓLEO DE FERNANDO FADER. 




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. VUTPA 



'v^:L_rr-i:2y=v— 



Voy — cazador de emociones — a través 
de la Isla Dorada. La naturaleza acaba de 
hacerme su más portentosa revelación, desde 
SoUer q Miramar; como si el Escenógrafo 
Celeste hubiese querido pagar a la humani- 
dad este espectáculo, pintando la más fan- 
tástica decoración. 

Cruzo las posesiones de! Archiduque de 
Austria, que hizo en su vida, de este privi- 
legiado trozo del planeta, su paraíso terrenal. 
(¡Buen paraíso para un sátiro!) El mar se ha 
escondido tras de los olivos: la carretera se 
interna en la montaña. 

Ahora la emoción del paisaje queda supe- 
ditada a la emoción literaria; a lo lejos, en 
un valle, acabo de divisar un pueblecillo de 
casas enrojecidas por el tiempo: Valldemosa. 

Inconscientemente, apresuro el paso, con 
prisa por gozar un instante de emoción mu- 
cho tiempo esperado. Ya en el hotel del 
pueblo de Santa Catarina, una idea sola me 
preocupa, como una obsesión: 

— ¿Y la Cartuja? ¡La Cartuja! 

Está allí, a unos pasos: el sacristán nos 
guía: un viejecito reumático, que apoyado 
en su bastón nos habla de la decadencia del 
turismo desde que empezó la guerra, de las 
bellezas de la región, de la bondad de aque- 
llos aires para los pulmones destrozados, — 
de cosas que en estos momentos no nos inte- 
resan en lo más mínimo. 

Abre la puerta de la capilla - este gran 
edificio cuadrangular que domina a los de- 
más del pueblo - y me enseña el altar ma- 
yor, otro de mayólica, las sillerías del coro. 
reliquias, ofrendas. . . Todo, como quien re- 
pite una lección aprendida de memoria, para 
los profesionales del turismo, que segura- 
mente lo escuchan con la misma inconscien- 
cia que él habla. 

Yo, ya con impaciencia, le ruego que me 
enseñe el hogar de los cartujos, las celdas. 

— Ahora... — Y abre una vieja puerta 
que da acceso a los claustros. 

Jamás la emoción religiosa había llenado 
mi alma como en este instante. Y luego, un 
temor, una alegría. . . Chopin. Jorge Sand, 
Rubén Darío... ¿Será acaso la ilusión de 
encontrarlos? ¿La presencia de Dios? Sí; no 
hay nadie que esté tan cerca de Dios como 
el genio y este lugar ha sido habitado por el 
genio . . . 

¡Qué impresión de paz y de calma me llega 
de estos blancos corredores! Y del patio, un 
patio cuadrado, con un pozo en el centro. — 
verde y oloroso. 

Uno de los corredores, el último, se pro- 
longa como un enorme nicho, recién blan- 
queado, donde las puertas, pequeñas, ponen 
una sucesión de manchas verde-oscuras. 

Estas puertas están numeradas; y frente 
a los números 2 y 3, el sacristán se detiene 
para decirme que se supone que aquellas 
celdas fueron ocupadas por Chopin y Jorge 
Sand. 

— No se sabe de cierto . . . 

— En una celda o en otra, ¿qué importa? 
— Pienso yo. Lo cierto es que este recinto 
albergó a aquel gran espíritu que aquí logró 
prolongar los días de su inspirada vida; y 
que su música, en este rincón de serenidad, 
debió parecer a las gentes humildes y mon- 
taraces, una música divina tocada por un 
ángel. 

De Jorge Sand, que escribió aquí su Spe- 
ridio)i. hay una leyenda... Se asustaron 
estas gentes al verla alguna noche vestida 
de hombre recorrer el pueblo, visitar el ce- 
menterio. . . Llamábanla bruja. 

— ¿Podemos ver las celdas? 

— No; están cerradas. Sus dueños vienen 
a pasar aquí el verano. . . 

— ¿Y Rubén Darío? ¿Conoció usted a 
Rubén Darío? 

— Sí, recuerdo. . . Estuvo en la 1."^ celda, 
en la otra parte. Esa sí la podrá usted ver. 
Buscaré a la mujer que cuida de la casa 
para que se la enseñe. 

Salimos a la calle y el guía me deja solo 
por un instante. Estoy frente al castillo que 
construyó el Rey Martín ■ — uno de los reyes 
de Mallorca - - para descanso y para venir 
aquí a curarse de no sé qué dolencia. Cuando 
éste lo abandonó, acertaron a pasar los frai- 
les cartujos y pensando que este sería un 
lugar excelente para sus penitencias, se lo 
solicitaron al rey y les fué concedido; en- 
-s ellos unieron el castillo con la capilla 
medio del cuerpo de edificio que aca- 
bamos de visitar. 

Pertenece ahora este viejo 
castillo a los señores Sureda, 
una familia de espíritus de gran- 
de sensibilidad, en cuya pose- 
sión encuentran un hogar todos 
los artistas que pasan por Vall- 
demosa, desde Vanda Landowi- 
ka a Miguel de Unamuno. 

Una mujer nos guía a través 
del edificio, lleno de curiosida- 
des artísticas, hasta detenerse 
frente a una puerta: 
' - Estas son las habitaciones 

i que ocupaba el señor Darío. 







¿^^t^c:) 




Desde qu3 él se marchó no han sido to- 
cadas. . . 

— Aquí pasó uno de sus últimos invier- 
nos; — pienso yo en voz alta, con emoción 
acendrada y pura. 

— Si. señor; estuvo aquí algunos meses. 
Se marchó para Navidad. En esta habita- 
ción escribía. . . 

Luego hemos sabido una anécdota curiosa 
de esta habitación: Hay aquí, junto a la 
mesa escritorio, una baldosa que tiene la 
marca de una pata de chivo: Darío se fijó 
en ella en seguida y se quedó pensativo, mi- 
rando la huella que quién sabe por qué ca- 
sualidad imprimió allí el lujurioso animal. 
Ante la interrogación de los que presencia- 
ban la escena, dijo é! entre inquieto e iró- 
nico: 

■ — No han hecho ustedes más que desig- 
nar este sitio para mí y ya ha pasado el 
Diablo. . . 

Es necesario haber conocido el terrible es- 
tado nervioso del poeta en sus últimos años. 
con sus extrañas preocupaciones, sus luchas 
íntimas, sus dudas, para apreciar el valor 
de esta frase en momentos en que iba a 



buscar paz interior, con la voluntad de un 
ermitaño. 

Pasamos a la habitación siguiente: una 
especie de despacho, con una gran estufa. 

— Este era su lugar preferido; aquí, bien 
abrigado, solía pasar muchas horas. -- La 
mujer que nos dice esto, abre la ventana de 
la habitación, que descubre un paisaje es- 
pléndido: montañas, altas montañas a los 
dos lados, abiertas allá en el fondo, en un 
precioso valle; y más lejos, apenas percep- 
tible, el mar. 

— Sí; — pienso yo — debió ser grato para 
el maestro pasar aquí las horas, en serena 
meditación, con este bello panorama en la 
retina. . . 

— Este era su dormitorio. 

Y nos enseña una habitación con una cama 
enorme, imperio, con dosel de púrpura. ■• 

Esta vez la imagen del poeta tiene pre- 
sencia ante nosotros: Fué aquí mismo, don- 
de — después de una noche de insomnios y 
fiebre creadora - - en un blanco amanecer de 
invierno, llamó a doña Pilar, su gran amiga, 
para decirle: -- Ahora va a conocer usted, la 
primera, lo mejor que he escrito en mi vida. 




Y lo vemos incorporado en su lecho, con el 
rostro inefable, recitando de aquella manera 
tan particular suya, recalcando las sílabas 
con voluptuosidad. 

« Este vetusto monasterio ha visto, 
secos de orar y pálidos de ayuno, 
con el breviario y con el santo-cristo, 
a tos callados hijos de San Bruno. *» 



Al ver que tan gran atención y tanto de- 
tenimiento pongo en las cosas del poeta, la 
mujer que me acompaña manifiesta su ca- 
riño hacia aquel hombre extraordinario: 

— El señor Darío era muy bueno. . . Di- 
cen que era un gran poeta. . . Servidora no 
sabe; dice lo que oye. . . Lo que sí sé es que 
era muy bueno. . . Lo servíamos yo y otra 
mujer que se llama Francina... 

— - ¡Francina! ¡Francina! — Me repito yo, 
en pleno vuelo de la fantasía. ¡Qué nombre 
de hada! ¿No son los poetas grandes caza- 
dores de hadas? Sí; Rubén Darío en su in- 
vierno de la Cartuja de Valldemosa. junto a 
!?.s sombras de Chopin y Jorge Sand. fué 
cuidado por un hada que se llamaba Fran- 
cina. . . 

Luego hemos sabido que ésta es un hada 
viejecita y buena, que contaba al poeta ran- 
cias historias de embrujamientos y le hacía 
platos exquisitos, que él sabía agradecérse- 
los, porque el poeta era glotón. 

Busco, en vano, un recuerdo de su paso 
por estas habitaciones: un retrato, un libro, 
una cuartilla. . . 

— Todo se lo llevó, ~ me dicen. 

Rubén Darío vino por primera vez a Ma- 
llorca hacia 1906; en Palma vivió con Fran- 
cisca Sánchez y su hijo. Aquí debió vivir en- 
tonces como dentro una torre de marfil, 
como dentro un diamante, -- que esta es la 
impresión que nos da la isla maravillosa en 
los días claros. Entonces, escribió muchos de 
los versos de El Canto Errante. Después, vi- 
nieron los días de placer y de gloría. . . 

Unos años más tarde, al regreso de su 
marcha triunfal por las naciones de habla 
castellana, entraba su espíritu atormentado 
en una terrible crisis, precursora de la noche. 
Y entonces debió acordarse del bienestar 
inefable que aquieta el espíritu en la isla de 
la calma y soñó en un refugio donde domar 
a la vida como domaba a la palabra rebelde. 

La cartuja de Valldemosa. Desde allí, ten- 
dían sus brazos hacia él, ofreciéndole el calor 
de su amistad, dos grandes espíritus: don 
Juan Sureda y su esposa doña Pilar, la no- 
table pintora, cuyos cuadros de olivos loara 
más tarde el poeta en sus versos. 

Y allí fué. en busca de paz para aquella 
guerra que se libraba en su cerebro. Como a 
todos los hombres superiores, con toda la 
fuerza de su genio, le obsesionaba el más 
allá: acaso para él, que tenía tan poderosa 
luz en la inteligencia, eran más visibles las 
sombras que le rodeaban. Había derrochado 
su vida, había sido el filántropo de su propia 
existencia, gozó del vivir hecho con la mujer 
y el vino y — para él — con un Dios muy 
inmenso. . . Un día, el genio de lo sobrena- 
tural le clavó su garra en el corazón y la 
inquietud mordió, como un cuervo implaca- 
ble, en su cerebro. 

Hay algo de trágico en este último capí- 
tulo de la vida de Rubén Darío; tragedia 
íntima, que toma en él proporciones enor- 
mes: El espíritu que ha vivido en el mundo 
como una partícula divina, al comprender 
que va a apagarse, no se conforma con la 
suerte de la carne mortal. . . 

Allí, en la Cartuja, quiso reverdecer las 
hojas secas de su fe; ss vistió con el hábito 
de los hijos de San Bruno, se aisló completa- 
mente en su soledad, pidió un confesor... 

Nada consiguió aquietarlo. Y una noche, 
desesperado del esfuerzo inútil, hizo sus ma- 
letas precipitadamente y en un automóvil 
partió hacia el mundo. En la hora de la des- 
pedida, cuando todos eran a retenerlo, cuan- 
do había lágrimas en todas las miradas que 
lo miraban por última vez, él también debió 
llorar en secreto y con un doloroso gesto 
debió contestarles: 

o Dejad la tempestad mover mi corazón. » 

Es como si en la playa, ya dispuesto para 
el último viaje, su alma de niño hubiese te- 
nido miedo. . . 

Hizo en su obra la más ar- 
moniosa mezcla de paganismo 
y cristianismo, confirmando una 
luminosa teoría de Juan Mara- 
gall, el más grande poeta pe- 
ninsular del último siglo: 

- -„E1 genio es una flecha di- 
vina que atraviesa el espacio en 
busca de Dios.» 

Valentín de Pedro. 

Mallorca, mayo d9 1918. 

DIBUJO DE ÁLVAREZ. 



— i:>I_>v-':S 




seSofita ángeles ottein, soprano lírica del colón. 



En estos cielos de artificio, fingidos por telones y bamba- 
linas, puede parecer estrella cualquier lucecita de fuego fatuo. 
Pero ahora los que avizoran con ojo experto estos firmamentos. 
anuncian la aparición de una estrella de primera magnitud, de 
fulgor deslumbrante y que ha de recorrer una inmensa órbita 
eclipsando el recuerdo de otros astros. . . 

Del afortunadísimo debut que hizo la notable soprano espa- 
ñola Angeles Ottein en el teatro Ck>lón. se desprende una amplia 
consagración para la artista que triunfó y se impuso. 

Visitamos a María de los Angeles Nieto (Angeles Ottein. en 
el teatro), en el hotel donde se aloja con su señora madre. 
Es aquélla una muchacha que posee el tipo definido de la mujer 
española: morena, con grandes ojos negros, vivaz, sencilla. 
noble, de aristocráticos modales y modestia ejemplar. Nació 
hace muy pocos años en Santiago de Compostela. donde su 
padre ejercía la profesión de notario. Poquísimo tiempo lleva 
en el teatro y ya ha actuado en los principales de España, en 
Monte Cario, en Lisboa y en el Costanzi de Roma. Aunque su 
carrera artística recién se inicia, consiguió ya sonados triun- 
fos, pues ha sido aclamada en todas partes donde se presentó. 

— ¿Qué impresión tiene de nuestro público? 

— Buenísima: y no puede ser otra puesto que han sido tan 
benévolos conmigo. 

Nos relata cuan mal la habían prevenido en contra nuestra, 
pintándonos como un público terco, intolerante, empecinado 
en no admitir otros artistas que los consagrados por él. 

— Pero — agrega la gentil artista- yo rectifico gustosa las 
apreciaciones de vuestros detractores, quienes habían logrado 
ponerme en un estado tal de excitación como nunca lo estuve 
antes de ningún debut. Logré sobreponerme, saií, canté... y 
parece que he gustado. 

— Puede usted estar segura de haber triunfado plenamente. 

— Que me place — dice riendo. — y en el perlino son de esa 
risa cascabelera y juvenil adivinamos el cantar de un lírico 
ruiseflor aprisionado en su garganta de oro. 



-iLofablG^» 

Para mayor elogio del célebre músico español, dicese comúnmente que la gui- 
tarra en aquellas manos suena a laúd, a clave, a címbalo... 

No es justo enaltecer al Príncipe denigrando a la Cenicienta. Quizás la guitarra 
de once órdenes imite el retintín aristocrático de tales instrumentos, como las her- 
manastrillas de la humilde moza remedaron los ademanes palaciegos. La guitarra 
de séxtuple cordaje, la guitarra popular, la de los payadores y «tocaores». es prin- 
cesa, es reina. Porque tiene una íntima señal: su voz, diminuta y preciosa, como 
aquellos piececitos elogiados por Perrault. 

La guitarra, pobre y rica, orgullosamente modesta, no necesita ser comparada 
a instrumento alguno. Femenina por el nombre y por la calidad del sonido, la gui- 
tarra canta a media voz todas las penas, y el vibrar de su cordaje es como una corrien- 
te nerviosa que excita nuestros nervios. 

Pocos son los hombres capaces de hacerla cantar. Entre los elegidos. Miguel 
Llobet ocupa el puesto de honor. Su antecesor y maestro, el inolvidable Tárrega 
supo encontrar en el joven aficionado a su digno discípulo. 

Llobet nació en Barcelona en octubre de 1878. Dedicóse en sus mocedades al 
arte pictórico: mas bien pronto halló el camino verdadero. 

La guitarra de Tárrega iba a quedar a la muerte del notable virtuoso «silenciosa 
y cubierta de polvo», semejante al arpa de que nos habló Bécquer. Llobet ha sido 
el nuevo maestro, el continuador de la rara y corta estirpe de los guitarristas, porque 
sabe despertar las notas dormidas en las seis cuerdas «como el pájaro duerme en 
la rama». 

El público bonaerense, un público que por tradición es más amante de la guitarra 
que de otro cualquier instrumento, aplaude estos días al preclaro artista. En su 
segunda jira musical, Llobet entusiasmó a los maestros y aficionados argentinos, 
que le reconocen unánimemente como un prodigio. 

La técnica del artista español es una técnica apasionada. A la habilidad de las 
manos se une el calor de un sentimiento exquisito. Gracias a ese arte. Llobet enno- 
blece la guitarra, haciéndola digna compañera de los instrumentos de más brillante 
historia. Pasión intensa de enamorado millonario que lo arriesga todo por el cariño 
hacia una mujer humilde y hermosa, hay en el cariño que Llobet prodiga a la gui- 
tarra. Y ella responde sumisa «hablando» con una voz suave, penetrante, pura, que 
emociona hasta hacer llorar. . . 

Don Miguel Llobet, accediendo a nuestra petición, ha suspendido su cotidiano 
estudio para someterse al tormento de la «pose» fotográfica. Mientras se preparaba 
la máquina, él sacó de un estuche un instrumento veterano: una guitarra de Tárrega 
construida en 1864 por el célebre Torres, Stradivarius de la guitarra que pertenece 
actualmente a la joven señorita Anido, notable artista. 

Y maquinalmente, el maestro hace arpegios con la mano izquierda y afina las 
cuerdas. Conócese que en él es instintivo el hábito. 

Llobet es un señor sencillo, sin pose. El timbre musical de su voz es grato al oído 
a través del acento catalán. No habla de sus triunfos y recibe los elogios con verda- 
dera modestia. 

En su historia artística hay rasgos de filantropía que el público ya conoce. 

Es como música de guitarra, pleno de voluntad, inspiración y música; nadie 
habría presentido su triunfo... 




A -^ CAJA 



EJPANOL 





DON ^ENRIQVE 
LARRETA ^ ^ *• 




MCMXVOl 



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EL ^ ^^AGVAN 




UERA menester la pluma erudita de un Riaños, o de un 

Giner de los Ríos, para discurrir discretamente sobre 

las artísticas riquezas que atesora la noble casona de 

los blancos azores de la calle del Juramento. Depongo, 

pues, todo afán arqueológico, y tal hago con humildad, no 

por ignorancia sino también porque he creído advertir 

que la actual morada del insigne artista don Enrique Larre- 

a más de ser museo del hispano ingenio, es adoratorio 

del zumo de su esencia plástica. 

Entré en ella por vez primera en una tarde del pasado 
invierno, iba prevenido: membraba aquella estancia pol- 
vorienta donde sorbió Ramiro el místico sahumerio de 
Castilla, así también como el atildado es- 
:'; conoció a la doncella avileña, y malgrado 

regalo de mi memoria, fué recia la emoción. 

remaba aún el ritmo del acomodo; una parte 
oblaje era tan sólo llegado; sin embargo, el am- 
eno atrio evocóme dentro de su nueva hechura, ante- 
pasados venerables: Alcalá de Henares, Monterrey, Gua- 
dalajara. Salamanca; universidades, palacios, infantados, 
casas consistoriales, arzobispados que por el pregón de los 



críticos modernos no tardarán en sumarse al léxico de los clásicos euro- 
peos. Sí. el atrio cercado de columnas rematadas por esbeltas zapatas; la. 
hermosa estufa en piedra de cantería ornada de blasones, sustentando pro- 
digioso retablo, obra presunta del Montañés: las puertas de acceso, peque- 
ñas, comedidas, claustrales; cuadros de pátinas bituminosas, tapicerías: 
solera de orlambrillas; rejas de voluptuosa forja, en fin la selección inteli- 
gente de los elementos más genuinos, congregados en una composición 
severa no exenta de matices imprevistos, digno todo ello de la prosapia 
espiritualista de su origen. Día a día acrecentóse el caos que la lle- 
gada de nuevas joyas de arte suntuario ponían en la casa; pero acon- 
teció que, el amo, luego de haber soportado en silencio los consejos 
mudos de tanta reliquia suya, se echó a poner orden, y como por arte 
angélica todas las cosas hallaron cabida y merecimiento en uno y otro 
aposento. 

Así, junto a un pórtico de líneas mudejares, ábrese una sala que es, a mi 
juicio, la de más austero linaje. La techa un artesonado de carreras par- 
das y lacunares bermejos; corre luego un friso decorado por amañado al- 
morabe que sirve de cenefa al rico brocato, el que en fajas alternadas baja 
hasta el zócalo; y es aquí donde se acomodan en derredor de un brase- 
ro, que convida a la tradicional tertulia, un escaño aforrado en terciopelo 
carmesí y cierto número de escogidos fraileros de nogal y castaño con tersos. 



— i=>i_;v<s v^Lmia^^- 




guadameciles y telas bordadas a gran 
realce. Adosados a los muros: bar- 
gueños y bufetes y un relicario de 
tres cuerpos en_ el estilo del segundo 
renacimiento; en sus estantes vieja 
librería de pergamino, textos anti- 
cuados con estampas iluminadas. 

Es el relicario una pieza barroca dig- 
na de Tomé o Churriguera; sus co- 
lumnas carolíticas, asi como los tallos 
serpeantes que las ladean, son de vir- 
tuosa factura, y el todo de una poli- 
cromía esplendente. Superpuesto a 
este mueble pende el escudo heráldi- 
co, por frente a él una panoplia flan- 
queada por dos querubes portadores 
de haces y sustentados por tenantes 
de efecto milagrero. Alternan en los 
entrepaños cornucopias y pinturas en 
ellos sabiamente ajustados, rematan las 
golas y cimacios de las cornisas cerá- 
micas y tallas de cinceles no ajenos 
a las escuelas de los imagineros realis- 
ta-simbólicos: Machuca. Becerra, Pe- 
dro de Mena, Roldan, sobredoradas 
las unas y las más estofadas al gusto 
de los siglos XVII y xviii. Representan 
ios cacharros, búcaros, ollas y pate- 
nas a las alfare'rías levantinas de 
Murcia, Sevilla, Manises y Alcora de 
eugobes ferruginosos y blancos plom- 
bíferos exornados por grecas y lace- 
rías en azul de cobalto o bien en oros 
metálicos. Las hay también castella- 
nas de Talavera de la Reina y Puen- 
te del Arzobispo con sus emblemas 
nobiliarios e imágenes de montería. 

En la otra cabecera del salón ocupa 



DETA LLE ' DEL * %AG\/:\S * 



preferente lugar una hermosa mesa, 
banquetas de taracea y enconchados, 
candiles, velones e infinidad de otros 
pormenores de gran valia venidos de 
las más famosas alcaycerías. Y es a 
esta altura de nuestras observaciones, 
ya amenguada la primera fiebre, 
cuando la hoja entreabierta de una 
puerta plateresca, nos señala la mís- 
tica penumbra del oratorio. Entramos 
en él; un retablo gótico mudejar ab- 
sorbe nuestra atención, en tanto que 
el espíritu cae bajo la férula de esa 
caricia que es el don primogénito del 
bien cristiano, gracia beata de la sa- 
grada forma cuyo símbolo es el acicate 
de esta estética, esencialmente pia- 
dosa, llena de sahumerios de algalia 
y de nardo; su poder intangible gana 
nuestros sentidos hasta anonadarlos 
en la contemplación absoluta. 

Arte supremo de la mística caste- 
llana sintetizado por los Juan de Cuas, 
Antón Egas, Gil de Hontañón, Siloe, 
Berruguete. . . nombres incrustados 
en piedras eternales que llevan otros 
nombres: catedrales de Toledo, Se- 
govia, Sigüenza, Gerona, Salamanca, 
San Juan de los Reyes, Cartuja de 
Miraflores. 

Aparejados de esta suerte escudri- 
ñamos la reliquia — la gótica trace- 
ría sabia estructura de ajimeces y 
parteluces es el campo de espigadas 
nervosidades, gabletes, lacinas y de 
arcos agrelados; grumos floridos y 
cuadrifolios son el terminar de airo- 
sos chapiteles. 




PORTÓN' E)* £NTRADA*2^*VfRJA* DEL' RECIBLMIENTO 



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Elí Oratorio * 




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Recibimiento*. 




gados, hirsutos 



STA arquitectura encuadra las tablas iconográficas de Santa 
Ana, bajo cuya invocación se erigió esta obra en la 
centuria decimoquinta, según reza en la leyenda anotada 
en la faja que la sirve de basa. Son escenas devotas y 
familiares a la Santa, de una manera propia a los pri- 
mitivos castellano-flamencos, y tampoco extraña a los 
maestros de Siena. Representan un período bien elocuente 
de la pictografía española; los personajes, aunque agal- 
y descarnados por las asperezas ascéticas, muestran un 
natural exquisito en sus actitudes: los vemos cumpliendo sus menesteres 
al través del realismo romántico de los aceites y barnices de un glacis 
translúcido y ya libres de las jorobas, estucos, cabujones y orofrés traídos 
por los arcaístas flamencos, quedando de esta moda, que fué el triunfo 
de la época anterior, sólo el gusto por los sobredorados y por los tonos 
encendidos. De las prácticas trescentistas, por cierto no desprovistas de 
nervio realista e imaginación cristiana, de los Ferrer Bassá y del franco-fla- 
menco Bonifacio Ferrer, nos allegamos, merced al giotismo traído por Dello 
de Nicola y Nicolás el Florentino, a las lucubraciones evangélicas robuste- 
cidas por la hierática reciedumbre de Fernando Gallego. Y atando la expre- 



sión de los pintados paineles a la del recuadro, veremos que esta estética 
que apura los últimos vagidos del goticismo, cumple con las santas inten- 
ciones de todos los períodos históricos de las hispanas artes. Mística interpre- 
tación del romance dentro de su concepto arcaico exaltado de continuo por 
el contacto agareno, a cuyo servicio vienen a plegarse las importaciones 
extranjeras. Rito indígena que, por el abigarramiento de sus formas bizarras 
y por su macha enjundia, transformó todo galicismo en bien nacional. 

Si echamos ahora la vista por lo demás de esta cámara ungida de divina 
excelsitud, hallaremos, entre los objetos que la aderezan; al pie del ara. 
un facistol zelando contrito el silencio; en su atril, un antifonario de ma- 
yúsculas sobrecargadas de viñetas y frondas iluminadas; a ambos lados, dos 
sitiales de tres plazas cada uno; en el ángulo, un ángel sosteniendo una lám- 
para votiva; bajo el alféizar de la ventana, cierta arca, bellísimo espécimen 
del género de las más remotas de palus y garlopa; a la media altura de la pa- 
red de enfrente, el retrato de la madre Santa Teresa, pintura de la época de 
un realismo desconcertante; cuelgan además otras telas de asuntos religiosos, 
relicarios y hacheros con los gualdos blandones de la cera simbólica; todo ello 
destacándose sobre el damasco azul, cuyo cálido añil va a empalmar con 
los blancos grisáceos y los cromos del alicato lambris. 



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F>' La *g,/>vUA* 

Rk. nací MIENTO.** 




A estancia contigua, 
que con ser de ca- 
rácter laico no des- 
dice en nada de su 
vecina, es, asu ma- 
nera, santuario de 
artísticas antigua- 
llas. Entre ellas fi- 
gura un cuadro coetáneo nuestro, 
ocupando el paramento de honor, es 
el retrato del dueño de casa, de manos 
del gran artista vasco don Ignacio 
Zuloaga; no ha menester de comen- 
tarios. Citaremos de entre los- mue- 
bles: una hucha del siglo xvii, podio 
de ngrupo orante deampulosa talla; 
dos sillones florentinos de elevados 
respaldares y una mesa de estampa 
manohega, escenario de botes multi- 
formes y selecta vasijería. Los ziszás. 





I3./\RGV E NO* y ■* Paño 

- PLl A* F) * LA*e/^ALA* 

Renacimiento.** 



los dientes de sierra, lotos y follajes 
estilizados marcan los contornos y 
dintornos de estas poterías de formas 
gráciles en cuya frita arenosa quedó 
marcado para siempre el trazo inge- 
nuo, pero sí indeleble de los ceramis- 
tas talaveranos y andaluces. Añadire- 
mos que el comedor y las demás habi- 
taciones son tabernáculos de preciosos 
ejemplos que completan la colección: 
no los enumeraremos; sólo la prolija 
clasificación de pinturas, tallas, bar- 
gueños, vidrierías, faroles y palomi- 
llas formaría un hacinamiento de 
abultado número de páginas, digno 
de un catálogo, y como ya lo tenemos 
dicho, es trabajo que escapa al alcance 
del que redacta estas líneas: supone- 
mos, pues, que este estudio analítico 
será la obra del futuro. 




—13 




2^^.— 




N.'TUrrT^^^- 




■^'i: 



P0EME.N011' DEL* PATIO* CVBIEUTO.- * * 




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Comedor: 




Hemos de insistir en cambio sobre el espíritu esen- 
cial que hace del conjunto de tan raros elementos de 
épocas diversas una fascinadora miscelánea. Tal armo- 
nía y tal belleza, que corren parejas al acecho de 
los sentidos, manan del mismo hontanar, fuente de 
fe inspiradora, amiga vieja y segura del que ha con- 
certado este desplante de arte hispano al suelo ameri- 
cano, que para acreditar el grado educativo de la 
venerable tradición nuestra ha querido despertar el verbo 
de los troveros de su suntuaria en el mismo ambiente 
en que naciera. Y ya que hablamos de fuente de fe 
como musa sugeridora de formas, expondremos, dentro 
de la brevedad de estas líneas, las razones fundamen- 
tales de su génesis tomadas en la época más significa- 
tiva. Fué en el siglo xiii cuando aquella Sicilia, 
que oyera años antes los clamores apocalípticos de 
Joaquín -de Flora, dejó paso a las doctrinas raciona- 
listas. Los monjes, los cenobitas, recoletos que recibían 
la luz creadora en el arrobo místico de la celda o del 
claustro, viéronse despojados de su misión de apóstoles 
del arte; la escuela de Cluny, la de Rávena, la de 
los Cistercianos y Franciscanos ceden por la fuerza 
novadora de los humanistas la exégesis estética a los 
artesanos laicos. Más tarde el mártir de la plaza vieja, 



Savonarola, el último asceta del plácido valle de la Umbría, purga el 
postrer arrebato de la Florencia Evangelista. La Italia de Dante, eman- 
cipada de la jerarquía ortodoxa, por manos de los supuestos herejes, 
derrumba la enmohecida escolástica, y la razón azuzada por la ciencia 
se hace dueña de la nueva religión plástica. Allá también en la Francia 
medioeval ocurre un fenómeno análogo. Los arcos apuntados, las pre- 
siones localizadas descargadas por valientes botareles, triunfo portentoso 
de la técnica constructiva, primaron sobre los porches soñolientos y las 
bóvedas macizas. 

La penumbra, producto de la fábrica homogénea, se transformará 
en luz polícroma generadora de muy distintas preocupaciones, que sí 
bien en sus albores tenderán al vuelo celeste, muy luego entoldarán 
de cieno a la causa que pretendieran amparar. Sola la España fa- 
nática, ciega en su credo, fía a los cenobios la defensa de sus artes 
en pugna con la influencia filosófica de la ciencia de Averroes. Las 
ansias místicas encastilladas en las villas castellanas, hacen perdurar 
por el genio de sus iluminados prebostes, hasta muy llegado el siglo 
xvii, los ideales del fervor cristiano. La España de los imagineros, la 
de los entalladores de retablos y frontispicios fué la encargada de velar 
por los bienes dsl espíritu en el arte de construir. Su tonsura monacal 
supo subyugar de continuo todas las importaciones que por los puertos 
de la sierra pirenaica o por las costas cantábricas o mediterráneas, ya 
por Navarra o por Asturias, ya por Cataluña o por Valencia vinieron al 
seno de su reino. 



— i=»i.jx/':s 'v^LnrK?>=s.— 





Glorieta* del * jardín* 

EJ'TILO*ANn/\LVZ*** 



I UN cuando tnunían (momen- 
táneamente) en sus ocres 
arenas «las Medidas del 
Romano», ensalzadas por 
Arfe, ella descubre la ensor- 
tijada maraña Plateresca 
í digna precursora del gran 
loco de la Arquitectura: 
V-,.-. ..fi^i-.u. Hemos sí de reconocer otra 
fuente de originalidad perenne, por cierto 
harto provista de vuelo imaginativo. De ella 
nos da buena cuenta don Enrique Larreta 
en las fachadas que atalayan su jardín an- 
daluz. El pórtico del antepecho sintetiza las 
lineas esenciales del clásico Arrabaa; han 
desaparecido los recortes acairelados y los 
atauriques superfluos. quedando de la linea 
agarena lo esencial: el fuste esbelto, el abaco 
achaparrado recibiendo en su vuelo, a falso 
plomo, el peso de la archivolta peraltada. 
Iguales interpretaciones, y aún más atildadas, 
descubrimos en un patio abierto, disimulado 
en la fachada posterior. Todo sonríe en torno 
de un naranjo, paredes enjalbegadas, arcos 
escarzanos, teja de corte ancestral de enlo- 
mados Roblones, cuadrícula verde celedón 
en los diminutos balcones, emparrados, zóca- 
los alicatados en vidriados azulejos, un alero 
descansando sobre ingeniosa ensambladura: 
donosas añoranzas aportadas por el dominio 
muslímico que maguer su frescor y sus colo- 
res rutilantes no contrastan con el ceño torvo 
de los varones del Andalus Cristiano. Y es 
que, a pesar de los fieros antagonismos polí- 
ticos y religiosos, el comercio entre ambas 
razas sufrió el ajetreo de varios siglos de 
vida hermana. Los moros conversos cooperan 
en las construcciones de los monasterios: en 
Santo Domingo de Silos esclavos árabes tra- 
bajan bajo las órdenes de los monjes burga- 
leses: en plena reconquista los estucadores del 
alcázar granadino trazan los alfarjes del In- 
fantado de Cuadalajara y los discípulos de 




Arriate *y* Fvente 
DEL* Jardín.******* 



éstos, decoran el Paraninfo de la Universidad 
de Alcalá de Henares. Terminemos y digamos 
que junto a la tapia, protegida por comedida 
albardilla, prospera el romero y el boj deli- 
neando veredas geométricas que conducen a 
una fontana, escalinatas y cercos coronados 
de tinajas y macetas floridas, cipreses y 
laureles de deliciosa fronda que envuelve con 
su exuberancia balsámica el poema arquitec- 
tónico de un maestro de las letras erudito 
alamín. Felicitemos también a nuestro colega 
el señor Schindler que con técnica segura ha 
sabido traducir con materiales adecuados 
imaginación tan peregrina. 



Ya no plañirán en vano las campanas de 
!a iglesia aledaña. ¿Cuántas vísperas y mai- 
tines llevarán oídos ese bufete de sacristía o 
esotro escaño de recio nogal? Un eco pro- 
fundo de la mística Iberia en su enjundia 
viril y robusta, responderá de la casa de la 
calle del Juramento a las metálicas voces y 
a nadie le sabrá a mal un poco de ventura 
monjil en esta era de rudo positivismo. 




— X=>I.J>v^-S 



>yX— 





DEL 



ETRATO DE DOÑA JUANA DE AUSTRIA. INFANTA 
DE CASTILLA, HIJA TERCERA DEL EMPERADOR 
CARLOS V, NACIDA EN EL ALCÁZAR DE MADRID 
EL 27 DE JUNIO DE 1535. ESTUVO CASADA CON EL 
PRÍNCIPE DON JUAN DE BRAGANZA, HEREDERO 
■ DE LOS REINOS DE PORTUGAL, Y FUÉ MADRE 
REY DON SEBASTIAN. MUERTO EN LA BATALLA DE 
ALCAZAR-QUIVIR EL 4 DE AGOSTO DE 1578. 



ÓLEO DE ALONSO SÁNCHEZ COELLO, PINTOR DE CÁMARA DE FELIPE II. 



PROPIEDAD DE DON ENRIQUE LARP.ETA. 



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CüAStNTA 



Por 

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— Encarnado gana; y color. 

Un silencio en el que se oyen volar las moscas. 
Sobre el tapete verde caen las miradas hoscas 
del punto, poseído de ansiedad y estupor. 

— Encarnado gana; y color. 

— Es preciso poner coto a estos sinsabores: 
«afortunado en juego, desgraciado en amores»; 
va el juego a resarcirme del dolor del amor. 

— Encarnado gana; y color. 

— No deben darse siete. Buen instante. Me alegro. 
Van cien pesos a contra y cien pesos a negro. 

Si gano, bien; si pierdo... vendrá después mejor. 

— Encarnado gana; y color. 

— Doscientos, contra y negro. Fuera negro y extraño 
que perdiera el color y no ganara el paño. 

Y sobre todo... a una angustia, otra m.ayor. 

— Encarnado gana; y color. 

— Valor. A negro y contra, van cuatrocientos pesos 
que no han de serme más traidores que los besos. 

Y si el dinero sigue tan rebelde y traidor... 

Encarnado gana; y color. 
"Flor... que toco...» Los mil, últimos pesos. Juego 
a negro y contra. Al fuego los restos de otro fuego. 
Imposible que el juego siga en este tenor. 

— Encarnado gana; y color. 

— ¡Horror! ¿Se admite? Va, a contra y negro. Antes 
de la tirada, juro que es platino y brillantes 
y vale el relicario mil pesos (¡y el honor!) 

Encarnado gana; y color. 
Como herido por un eléctrico chispazo 
un hombre dobla sobre la mesa el espinazo; 
y otro canta impasible al amor... y al dolor... 
-—Encarnado... pierde...: y color. 




^i^r 




^"L^TCS^X — 




Tenía treinta años, pero aun era poeta. Como 
vivía en una gran ciudad moderna y populosa, 
llena de gentes de toda la epiderrris planetaria, 
podía vivir solitario, dichoso y desconocido en el 
caparazón de una pieza amueblada, un poco más 
abajo de las nubes, sacando de vez en vez por un 
agujero cuadrilongo su testa al sol con la devota 
complacencia de los caracoles campesinos. 

Comía poco, mas no por penitencia de pecador 
sino de misticismo positivo, porque le faltaba vo- 
luntad gástrica a pesar de no sobrarle la medida 
de un posible deseo. Tenía sus virtudes humanas 
y sus vicios más humanos todavía, vale decir que 
era un ser perfecto sin necesidad de que quisiera 
serlo y que por tanto lo dejara de ser. 

Su breve experiencia de la vida de relación le 
permitía conocer lo puro y original de la entraña 
humana, la gota de agua de la conciencia y la 
piedra imán del corazón. Creyendo siempre que 
era él mismo, sentía la exégesis universal en su 
reciprocidad de individuo reflejo. (La certidumbre 
magnética de la aguja de una briijula, fija la po- 
sición del cuadrante que la demuestra.) 

Escribía a la sazón el poeta su séptima oda 
preliminar y acababa de discernir la primera es- 
trofa cuando supo que alguien 
desde una ventana frontera le 
espiaba. De todas las cualidades 
específicas de la psicología hu- 
mana, la de mayor frecuencia 
es la espectacularidad. El hom- 
bre tiene siempre para los demás 
algo de escénico y se exhibe im- 
provisada y bruscamente. La 
mujer, más cauta, se cultiva y 
ensaya en soledad, primera es- 
pectadora de sí misma. 

Luis Súnchales fingió no ha- 
ber advertido la asechanza. 
Pasóse la diestra, ingrávida, por 
el alboroto de su melena me- 
rovingia y a media voz leyó la 
flamante estrofa. Siguió luego 
como delirando la génesis rít- 
mica del poema. La atención 
crecía del otro lado. 

Aquella ventana estaba ce- 
rrada siempre de día, pero no 
en la forma usual de clausura, 
sino herméticamente como to- 
das las ventanas novelescas. 
Esta circunstancia le deparaba 
al poeta un inefable síntoma 
de aislamiento por elevación 
real, aparte de la otra psíquica 
por la escala infinita de los ale- 
jandrinos. Ahora, al ver po- 
blada una altura equidistante 
con la de él de las estrellas, 
sintió la previa inquietud de lo 
desconocido. Sus abstractas elu- 
cubraciones convergieron luego 
hacia unaposibilidad romántica. 

Eran unos días apacibles de 
otoño. Las noches serenas y 
frescas tenían en aquellos pa- 
rajes un encanto casi sideral y 
siempre a la misma hora se 
abría sigilosamente la ventana. 
La obscuridad y la distancia no 

Irmitían a Súnchales el descu- 
imiento del rostro correspon- 
inte a la mano que con táh- 
puntualidad operaba del otro 
lo de la calle, precisamente 
nivel de su corazón; pero 
rovechando las preciosas cua- 
'lldades que en el orden eutra 
pélico hiperbolizan la facultad 
maginativa de los poetas, em 
lazó en aquel cuadrilátero d'; 



tinieblas, más espesas que las de la noche, una 
cabeza de extraordinarios encantos, seguida en 
equivalente armonía, de las demás partes de una 
arquitectura femenina. No muy seguro, sin em- 
bargo, de su precisión interpretativa, trató de 
contrastarla, siquiera en lo fundamental, para sus 
secuencias sentimentales, pues una alteración 
gramatical de género en sus futuros adjetivos po- 
dría arrastrarle a desastrosas incongruencias. 

Iban ya pasados no pocos días en simples simu- 
lacros por los que no llegaba a la definición psico- 
física de la enigmática figura que había inquie- 
tado su corazón transcendental. Este ya comen- 
zaba a sentirse desabrido cuando Súnchales re- 
solvió dar a su voluntad una entereza heroica, 
para afrontar definitivamente el misterio. 

— ¡Buenas noches! 

Fué como un desafío. Su voz sonó áspera, es- 
cueta, parecida a una amenaza alevosa en la noc- 
turna soledad de un camino. 

Le contestó, irónico, el silencio. Mostraba la 
ventana sus fauces tenebrosas, alto bostezo del 
altillo. Un vasto paisaje de azoteas extendía su 
accidentado panorama, escasamente tachonado 
de pequeñas luces amarillas. Allá remoto, corrióse 
una como estrella fugaz. Murió otra, improvisada 
y reciamente. De rato en rato se alzaba como de 
la más profunda intimidad de un aljibe, el breve 
mosconeo de un tranvía y en seguida el estridor 
chirriante de las ruedas en la curva de la esquina. 

Sintió Súnchales un acérrimo dolor de soledad. 
La ventana, con su enigma sombrío, había encen- 
dido en el alma del poeta las devotas luces de los 
ritos mayores. La misteriosa operación nocturna 
que abría a sus complicadas construcciones ima- 
ginativas la infinita perspectiva de un cuarto obs- 
curo, tenía todas las probabilidades magníficas. 
Allí podía generarse un destino perdurable y grave. 
Era quizás un símbolo. Acaso un conjuro fatal. 

Esta insinuación metafísica le sustrajo a la con- 
templación objetiva. Cerró la ventana de su cuarto 
y buscó en el sueño una de esas inspiraciones sub- 
conscientes que a veces nos dan el prodigio de 
una solución inesperada. 




Siguieron luego varios días de lluvia pertinaz. 
Móviles cataratas libraban sobre la ciudad conse- 
cutivos aguaceros. Un frío húmedo, como artifi- 
cial, cristalizaba las noches. A través de los vi- 
drios de su ventana, atisbaba Súnchales en la 
negra pantalla fronteriza, la película vaga y com- 
placiente; pero fuera que el cambio climatérico 
retuviese en guarda preventiva los asiduos ace- 
chos o que una óptica inconsecuencia conspirara 
también entre la irreparable opacidad del ámbito 
medianero, aquella noche no columbró el poeta, 
frente al macizo tenebroso, la periodicidad del no- 
velesco mecanismo. 

Otros días más, agotaron los odres peregrinos. 
Una mañana, recobró el sol su insigne dictadura, 
encharcando de luz todas las cosas. Regocijáronse 
las horas y pájaros viajeros cruzaron el azul. 
Eran más de las once cuando Súnchales regresó 
de las zahúrdas fantásticas del sueño, retorciendo 
los brazos como en uno de aquellos antiguos potros 
de la vieja justicia. Bostezó bravamente y termi- 
nadas estas íntimas complacencias con las c(ue es 
uso prologar la actividad consciente, sonrió con 
beata serenidad. 

En la actuación vegetativa de un poeta, la fies- 
ta natural de un buen día de sol tiene invencibles 
sugestiones rurales y si es frugal el oficiante hay 
muchas probabilidades de que las rutas campesi- 
nas le sustraigan de la vida civil, incluso en esa 
hora difícil cuando plantea sus premisas apre- 
miantes el problema nutricio. 

Así fué como Súnchales regresó aquel día a su 
eminencia ya bien consumada la noche. Eran los 
momentos visperales de la apertura. Había salido 
una luna clara que prometía magnífica verbena 
porque también los astros infinitos fingiendo la 
vados por la lluvia, brillaban como joyas legíti- 
mas en el escaparate de los cielos. 

La ventana estaba cerrada, partida en luz y 
sombra a proyección oblicua de un alero. Era una 
bella perspectiva la de aquellos arquitectónicos 
picachos, plafones, cúpulas, cornisas y barandas 
inundados de luna, recortando fantásticas siluetas 
con tapices y colgaduras de sombra azul obscuro. 
Poco tardaría en revelarse la 
prodigiosa incógnita. Ya estaba 
la ventana en plenilunio. El poe- 
ta sentía una emoción insigne, 
como en esos instantes capitales 
cuando nos jugamos la vida. La 
perentoria inminencia del mo- 
mento le había exaltado al má- 
ximo la exaltación nerviosa, 
paralizándole en dolorosa impo- 
tencia la actividad mental y el 
mecanismo volitivo. 

Primero fué un breve giro 
del batiente de la ventana. llue- 
go, tres más, concisos, rápidos, 
estrictos, como de mano torpe 
y débil o que no alcanzara su 
objetivo. Quedó media abierta 
la ventana y en seguida, sua- 
vemente, con un blando desliz, 
en ese automático despliegue 
con que se mueven soías las 
puertas oblicuadas, perfeccionó 
su cuadrilátero sombrío. La luz 
de la luna, apoyada en las 
jambas, miraba curiosamente 
al interior. 

Ocurrió entonces el prodigio. 
Una sombra negra, viva, elás- 
tica, saltó sobre el alféizar. Ten- 
dría el tamaño de una cabeza 
humana y allí quedó un instan- 
te, como en magnético equili- 
brio. A poco sufrió una meta- 
morfosis singular. Aquella ma- 
sa redonda se alargaba, se er- 
guía, arqueaba una cúspide cen- 
tral y garabateaba el aire con 
un largo apéndice vermiforme. 
Dos resplandores verdes flamea- 
ron como explosiones diminu- 
tas y una voz gutural, desfa- 
llecida y quejumbrosa pronunció 
quién sabe qué magia abraca- 
dabra. 

Súnchales sonrió. Si no era 
aquella para él una aventura 
de amor, de amor era el mis- 
terio. De "amor y de poesía. 
Porque, ¿quién le aseguraba que 
no hubiese transmigrado a 
aquel enamorado peregrino el 
alma tránsfuga, nonchalante y 
sibilina de Baudelaire? 

José Martínez Jerez. 

DIBUJOS DE ALONSO. 



-r^LTs/^S 




Cjo^umbtcs me 




en LÍ^^hx 



— r:>L^s^.S ^^LJ-pi^y^^- 




_ 3CTOR Ricardo doctor Eduardo señor Alberto señor emilioca- señor Carlos g. 

E. CRANWELL(H.), ZUBERBÜH1ER, DEL SOLAR DO- SAL, SECRETARIO PALMER. TESO- 
PRESIDENTE. VICEPRESIDENTE. RBEGO, CAPITÁN. HONORARIO. RERO HONORARIO 



Para el público cosmopolita que 
concurre los veranos a Mar del 
Plata, es familiar el nombre de 
este centro sportivo, donde suelen 
reunirse con frecuencia muchas 
distinguidas familias del gran 
mundo porteño y personalidades 
de las colonias extranjeras. 

Situado cerca de la ciudad, en 
un lugar pintoresco que separa 
del mar la estrecha franja de los 
médanos, descúbrese desde su te- 
rraza un bello paisaje que armo- 
niza con la azul grandiosidad del 
Atlántico y la soberbia perspec- 
tiva de la costa. El «Mar del Plata 
Golf Club» está considerado hoy 
entre los más completos y mejor 
instalados que se conocen, no sólo 
por su situación inmejorable, sino 
también por la capacidad del cam- 
po, que tiene los diez y ocho 





SEÑOR ENRIQUE 

DE ANCHORBNA, 

VOCAL. 



guíente comisión directiva: pre- 
sidente y capitán, Mr. Frank 
Henderson: secretario y tesorero, 
honorario, Mr. John Ballautyne; 
vocales, los señores William A. 
Agar. H. Hume. R. Patón y T. 
Watson. 

Disponía así el Club de una 
cancha de golf, pero no de aque- 
llas comodidades indispensables 
para pa.sar el tiempo, faltando 
hasta el imprescindible pabellón 
de socios. Este fué donado al si- 
guiente año por el señor José N. 
Drysdale, siendo edificado junto 
al putting green del primer hoyo, 
que señalara el señor Ferguson. 

Desde entonces el progreso de 
la institución se hace cada vez 
más sensible. El señor Watson, 
que era un entusiasta del golf, 
llevó a cabo la primera amplia- 



ESPERANDO TURNO PARA SALIR. 



IL PRESIDENTE Di-.L GOLF Y VICE DEL G. C 

ARGENTINO DE PAl.ERMO, DOCTOR CRANWELI 

EN UNO DE SUS MEJORES "DRIVERS*. 



hoyos reglamentarios en la llamada acancha grande* y nueve en la 
otra destinada a los que se inician en este juego. 

El desarrollo del golf en la bella ciudad marplatense, inicióse por el año 
de 1890, practicándolo en primer lugar los señores Scroggie, Carlisle, 
Agar. Ferguson Smith y Walker que jugaban en los terrenos baldíos 
próximos a la plaza Colón, hasta donde actualmente se levanta el incon- 
cluso hotel St. James. Poco después don Ricardo Agar marcó varios hoyos 
en las inmediaciones de su casa, sosteniendo el sport hasta el verano 
de 1897. Por esta época el señor Ferguson. buscando un terreno fiscal que 
reuniera las condiciones exigidas para instalar una buena cancha de golf, 
llegó hasta los alrededores del cementerio local, deteniéndose sobre el 
borde de las barrancas. El señor Ferguson encontró el sitio donde se 
hallaba muy apropiado para lo que él se proponía: su misma ondulación 
y desigualdad, fueron un factor muy importante para preferirlo a cual- 
quier otro, ya que sus obstáculos naturales eran constituidos por los 
distintos pozos de arena que en el tecnicismo del juego que nos ocupa 
se denominan <'bunki>rs«. 

Al inspeccionar esa parte del terreno, vióse obligado a trazar los nueve 
primeros hoyos sobre los médanos, situados al sud de lo que era entonces 
vaciadero de la Comuna y que resultaba una vecindad desagradable para 
los jugadores y aficionados. Dispuesto el campo en la forma antedicha, 
jugóse el primer partido durante los días de Carnaval del mismo año 
entre los señores Ferguson y Walker. 

En 1900, habiendo sido modificada la cancha por el profesional Juan 
Dentone, contratado especialmente para ese fin, y aumentado el número 
de amateurs hasta cuarenta, resolvióse por iniciativa de ocho dee líos 
dar constitución orgánica a este grupo, reuniéndose el 17 de enero y fun- 
dando el «Mar del Plata Golf Club'>, que empezó a funcionar con la si- 




SL SENDR TOMAS GREGORY, SUPERINTENDENTE 
DE TRÁFICO DEL F. C S., DESPUÉS DE HABER 
ENVIADO LA PELOTA A 250 MTS. DE DISTANCIA. 



— i:3L->^.s= V l_l l^^.-x — 




■LTIKA HASEXO, CXBOOiUO TOgSES. COSA ESCALA! A FSA- 
OUSlira T KAÚL HIHANOTICH. 



ción de los links en el año 1903, teniendo que 
ordenar la limpieza de la parte norte del terreno 
y la tarea de sujetar los médanos de arena, cu- 
briéndolos de césped y sosteniendo éste, como 
todavía se ve. con durmientes de ferrocarril faci- 
litados por la empresa del Sud. 

El pabellón general fué trasladado a unos 
quinientos metros al norte, situándolo en el lu- 
gar donde hoy se encuentra. Los nueve hoyos 
que modificara Juan Dentone fueron, pues, bas- 
tante mejorados, aumentándose la extensión de 
su recorrido y respondiendo de ese modo a las 
necesidades de los jugadores. Durante el verano 
de 1906 se trazaron dentro de! mismo campo 
otros nueve hoyos separados por más corta dis- 
tancia, destinados a entrenamiento de los socios. 
Desde entonces, el número de aficionados fué en 
aumento de año en año, llevándose a cabo en 



CARLOS MArERO. FEDERICO ELORTONDO. MERCEDES DE AI.VRAR 
y MARQUESA DE SALAMANCA. 

Los gastos de reparación y sostenimiento que 
ocasiona tan hermoso campo de golf, se elevan 
a una crecida suma; para dar idea aproximada 
de ello, basta tañeren cuenta que los veintisiete 
hoyos comprendidos en una superficie de cua- 
renta hectáreas más o menos, están servidos por 
cañerías de tres pulgadas que se utilizan para el 
constante riego que exige su conservación; el 
agua es suministrada por tres poderosos motores 
y un molino que mantiene llenos continuamente 
los di/ersos tanques, cuya capacidad es en con- 
junto de ciento cincuenta mil litros. El cuidado 
de esa extensión de césped exige un capital en 
máquinas para su corte y un gasto bastante 
crecido en sueldos de personal y otras atenciones. 

Rápidamente, hemos historiado la evolución 
di'! 'Mar del Plata Golf Club», haciendo reseña 
de los progresos que han ido elevando esta so- 




SEÍSORITA DE 
PERALTA * AL- 
VEAR, MERCE- 
DES DOSE Y LA M 
SEÑORA AGOSTA 
DE NOEL. 




HAIfUBl. JOltOE ACOSTA, TEOOOUNA 
BOSCH ALVRAR, ENRIQUETA DEL SOLAK 
DOUEOO T LUIS HARÍA RODRÍGUEZ. 



1915 una nueva ampliación 
consistente en dar a la «cancha 
grande», como se llama a la 
primera, extensión suficiente 
para hacerla de diez y ocho 
hoyos en vez de los nueve que 
anteriormente tenía. Esto se 
obtuvo prolongando el campo 
más hacia el mar, y en algunos 
sitios hasta la mis- 
ma playa, habien- 
do sido indispen- 
sable colocar tres 
millones de panes 
de césped. Tan 
importante mejora 
ha hecho de los 
links marplatenses 
un modelo compa- 

J rabie a los más per- 
fectos y mejor 
acondicionados. 





VISTA PARCIAL DE LOS LINKS EN LA lARTE DEL ENSANCHE ÚLTIMO. 



GRUPO DE JUGADORES LLEGANDO AL 
GOLF. 



ciedad hasta el grado de es- 
plendor que hoy tiene. 

Sólo es de desear, ahora, 
que sea resuelta favorable- 
mente por la Suprema Corte 
de la Nación el <'affairef- pen- 
diente sobre la propiedad del 
terreno que ocupan los links, 
llegándose a una solución que 
no arrebate a Mar del Plata 
el más necesario, 
tal vez, de sus 
atractivos, dentro 
del ambiente de 
cultura y sociabi- 
lidad, quehaheoho 
de este magnífico 
Balneario algo si- 
milar a las más ce- 
lebres playas euro- 
peas. 

Antonio Pérez 
Valiente. 





PROPIEDAD DEL SEÑOR JUSTO BOU. 



SACANDO LA BARCA 

ÓLEO DE MONGRELL. 




PLVS • 
. VITPA 



— T^Ur^y"^ 



el 




OÍ ciiiior 



IIUI^r<o 



A Tom««ito Anchorena, 
el hijo de Joaquín. 

Tin García Victorica, que entre otras 
bellas condiciones ostenta la de ser el «petit 
Larrouse amoureux» de su generación, refe- 
ríame noches pasadas las incidencias de un 
pintoresco romance, del que serian protago- 
nistas una encantadora joven de veintidós 
aftos y un inexperto adolescente cuya can- 
didez y hermosura evoca les comienzos de 
aquel ebúrneo Donan Grey que Osear Wilde 
exaltara en rasgos magníficos y eternos. 

En el relato de mi amigo, chispeante de la 
aftideza habitual que pone simultáneamente 
en sus labios un acento de gracia y un tono 
de ironia, no faltó un solo detalle de tan 
pcrefiina aventura, y si hoy me atrevo a 
abandonar el anónimo en busca de un pro- 
bable lector, es para que aquél comprenda 
porque, entonces, lejos de moverme a risa 
xtis palabras, las oi con la silenciosa amargu- 
ra con que Jean Valgean escuchara del buen 
sacerdote la crónica de sus propios delitos. 

Además, cuando ya se ha podido decir con 
Ricardo Gutiérrez en la carta a Lucia «Adiós, 
mi planta de tu umbral se aleja. . .•. cuando 
el tiempo ha consumado su obra en la mente 
y en el corazón y cuando los hijos de nues- 
tros amigos, ocupando en sociedad los pues- 
tos de vanguardia, nos dan la evidencia de 
la perdida juventud, no hay escrúpulo posi- 
ble para lanzar a los vientos la gran confi- 
denda. aun cuando su simple recuerdo arran- 
que del alma la blasfemia profunda. . . 



Yo tenia entonces 16 afios. vale decir, la 
edad terrible, la edad innocua, la edad des- 
graciada por excelencia. Bien que pese a 
las coplas de Manrique, cuyo incondiciona- 
lismo por el pasado ha llegado a ser un lugar 
común del peor gusto, insisto en que no hay 
en el mundo, en la vida, en el espacio y en 
el infinito una cosa más desagradable ni una 
tortura más cruenta que la de tener 16 años. 

Las razones, entre muchas otras, son las 
siguientes: 

1. — Hay que ir al colegio forzosa e irre- 
mediablemente, salvo los días de difícil y 
temeraria rabona. 

2. — Cuando uno se porta mal es indis- 
pensable fingir que se cree, todavía, en la 
promesa que le hacen tos padres de ponerlo 
en un buque de guerra. 

3. — Es forzoso guardar silencio ante to- 
das las visitas de la casa que se consideran 
en la obligación de afirmar que uno está cada 
día más grande. 

*. — Se es el único indicado para levan- 
tarse de la mesa a la hora del almuerzo o de 
la comida, si alguien llama al teléfono. 

S, — Hay que ir a visitar a todos los pa- 
rientes de ambos sexos «en el día de su san- 
toi, sin resistirse a recitar «El nido de c6n- 
dores» en casa de la tía vieja, quien jura por 
ahí i'je 'ino es muy inteligente. 

;so ponerles buena cara a los 
n' .ntes de las hermanas mayo- 

res H.. » - - ... le pregunten delante de sus 
padres: ¿qué tal van los estudios-' ¿Qué nota 
•r hir. •^im— r-,:r mr^ en geografíaV 

■ ar el recibito de 
"ían de \í estan- 
•.-.a / ... ■ - -íí las tien- 

das cu;. simétricos, 

nunca \r . »r. 

8. — Es indaperisaLíe enjuagarse la boca 
varias veces por día para que la hermanita 
menor, que a una metida, no pueda decir: 
;0h. mamá, futanito ha fumado! 

"y Hav T,;*!'^.r.a- dei^í. -adámenle por 
«' : ' V^r 

dt pan- 

talones iarg'-: '-uya.- a esa 

edad sobre la plan-: :. s 

br- '' -■••'•o ,i.i . 5 1^5 

P 

'-- cho- 
'.-spárragcs por '.;l¿ a '.;a::es que 




comporta la administración de los utensilios 
correspondientes, y 

11. — Hay que librar batallas campales 
con los hermanos, hermanas, primas, primos 
y demás deudos, cuando le critican a uno 
los amigos del colegio por la sencilla razón 
de llamarse Pelasfrutini. Pichón o Guerri- 
covích . 

En fin, estas y muchísimas otras razones 
fundamentales, que seria muy largo enume- 
rar, hacen, a mi modo de ver. del muchacho 
de 16 años el gremio más desgraciado de la 
creación, a no ser que en los tiempos actua- 
les los que tienen esa edad alcancen la glo- 
riosa posesión de una motocicleta o la dicha 
de lucir el magnifico uniforme de los «boy- 
scouts». esa elegante y amenísima institución 
que, aparte de inmortalizar los nombres de 
don Bosco y de don Francisco Moreno, nos 
brindan en las fiestas patrias un armonioso 
e incansable espectáculo de orden, de mar- 
cialidad y de disciplina. 



Volviendo a mi historia (y suplico a los es- 
tilistas me perdonen el gerundio), debo men- 
cionar en honor de la verdad las cuatro cir- 
cunstancias atenuantes que hicieron de mis 
16 años una pena menos angustiosa que la 
del resto de los mortales de mi tiempo. 

a) Usé constantemente mi monograma en 
la pretina del cinturón. 

A) Practiqué la cura total de una boquilla 
de ámbar, robada a un grillo del Jardín 
Florida. 

c) Fui aliado de Laucha López, cuando la 
famosa guerra contra el francés de las ca- 
lesitas. y 

á) Amé locamente a Aurora, la mujer más 
hermosa del mundo. 



¡Auroral Yo no soy de esos escritores irre- 
verentes que gustan meterse con el lector, 
acosándolo a preguntas: pero esta vez ha de 
permitirme que le interrogue: ¿Querrá creer 



que aún después ds tantos años transcurri- 
dos no puedo pronunciar su nombre sin sen- 
tir opresión en el pecho y lágrimas en los 
ojos? jAurora! Sí, ya sé lo que van a decir, 
que es un nombre cursi, que es un nombre 
de guaranga, que es un nombre de lancha 
del Tigre. ¡Oh, desventurados! ¡Cómo se ad- 
vierte que no conocisteis a esa criatura estu- 
penda a la que no S5 pudo bautizar sino 
como al primer celaje que ilumina al mundo. 
como al sonrosado matiz que arranca al rui- 
señor sus más armoniosos trinos, como a 
esa tenue luz de amor y de esperanza que 
todos los días denuncia en oriente la pre- 
sencia de Dios! 



Aurora, como Blanca de Beaulieu. tenía 
veintidós años, como don Benito Villanueva 
vivía en la calle Larga de la Recoleta, y 
como don Cristóbal Colón era hija de un 
pobre cardador de lanas. Ninguna de estas 
tres coincidencias podía imoedir. ciertamen- 
te, que su rostro fuera virginal, que su pelo 
fuera más rubio y abundante que el de 
Aphrodita, que no hubiera incompatibilidad 
entre sus ojos celestes o su mirar profundo, 
que sus dientes, sin ser de perlas ni de nácar, 
fueran sanos, limpios y casi todos iguales, 
que su cuerpo fuera divino como el de la 
Diana de Falguiere que poseía entonces el 
doctor Aristóbulo del Valle, ni que la expre- 
sión de su cara fuera la más sublime del 
universo, tanto asi que al lado del esguince 
de su boca, siempre fresca, la zonza y po- 
pular sonrisa de la Gioconda resultaba, a mi 
modo de ver, el gesto de una persona dis- 
tinguida después de tomar un frasco de 
Emulsión de Scott. 

Sin embargo, las tres circunstancias apun- 
tadas tuvieron una influencia importantísi- 
ma en el curso de nuestros amores, pues a 
no mediar los seis años de edad que me lle- 
vaba, me habría podido esperar; de no vivir 
en la calle Larga yo no hubiera tenido que 
hacerle confidencias al cabo de facción en la 
esquina de Callao, que luego resultó un trai- 
dor y se lo contó todo al pobre cardador de 



lanas, y finalmente, si este distinguido ciu- 
dadano en vez de poner en sus tarjetas oGia- 
como Palestroni, colchonero», hubiera de- 
jado entrever la propiedad de alguna estan- 
cia en cualquiera de los cuatro puntos cardi- 
nales de la provincia de Buenos Aires, mi 
familia no habría tenido motivos serios para 
hacerme oposición ni mi padre me hubiese 
impuesto como penitencia copiar diez veces 
el primer capítulo de «E! ahorro» de Samuel 
Smiles, un señor antipático e inglés que se 
complace en aconsejarle a uno cosas más 
tontas y aburridas que hacer trampas jugan- 
do al solitario. 



El «coup de foudre» se produjo una tarde 
en que yo volvía del colegio con el pato 
Egusquiza. La vi y la amé como debía suce- 
derle razonablemente a quien acababa de 
leer la dulce «María-i de Jorge Isaacs. Y por- 
que la amé de una manera romántica y de- 
finitiva i'pura el alma y celeste el pensa- 
miento» al decir de Miguel Cañé, no seguí 
los consejos de mi camarada, quien me pro- 
puso una ofensiva que hubiera horrorizado 
a Lamartine. 

Desde aquel momento Aurora fué la ob- 
sesión de mi vida. Por la mañana, por la 
tarde y por la noche, a toda hora y con cual- 
quier motivo pasaba yo jadeante por el fren- 
te de su casa. F.l buzón de la esquina Ro- 
dríguez Peña no me dejará mentir: él fué 
el testigo de mis cuitas y mis andanzas y 
aun hoy cuando paso a su lado me parece 
reconocer en su boca enorme y desdentada 
la sonrisa socarrona del confidente fie!. 

Excuso decir que desde que comenzó este 
idilio usé guantes color patito, bastón fle- 
xible y alfiler de corbata con una herradu- 
rita de brillantes, hice esfuerzos sobrehuma- 
nos para no comerme las uñas que a esa 
edad son tan sabrosas, gasté toneladas de 
piedra pómez para los dedos entintados siem- 
pre, llevé invariablemente bajo el brazo un 
texto de Física o de cualquiera otra materia 
fundamental, no abrí un solo libro de estu- 
dios sino para escribir el nombre de Aurora 
en cada una de sus páginas y aprendí todos 
los versos de Musset y Sully Prudhom que 
encontré a mano para recitárselos a quien 
había concluido por ser el único motivo de 
mis inquietudes, mis ensueños y mis espe- 
ranzas. . , 



La oportunidad llegó una tarde, en las 
Cinco Esquinas, a la hora del crepúsculo. 
Aurora, como las diosas más atendidas en las 
fiestas del Olimpo, venía democráticamente 
en cabeza y me sonrió a! pasar. Hasta ahora 
no sé como pude acercarme, vacilante y tem- 
bloroso, inseguro de mi palabra virgen aun 
para el supremo idioma. Me acogió amable- 
mente y <'amor sonó la lira. . .» como hubie- 
ra dicho Juan Cruz Várela. La entrevista 
fué larga y cordial y aunque sufrí un peque- 
ño desencanto cuando después de recitarle 
yo una encendida estrofa de Lord Byron. 
ella me dijo: «no diguea. joven», afirmo que 
la pasión de Peleas y Melisandre fué un 
simple flirt de a bordo al lado de la que 
aquella noche unió nuestros corazones en un 
suprimo juramento de eternidad. . . 



El destino quiso las cosas de otra manera, 
pues la felonía del cabo de facción desbarató 
todos nuestros planes. Don Giacomo nos 
sorprendió una tarde en que bajo los paraí- 
sos de la calle Larga contábale yo a mi ado- 
rada por centésima vez la leyenda del delfín 
y la pastora, poema exquisito que la hacía 
llorar. Lo que vino después nadie quiera 
saberlo, tendría que enterarse de muchas 
cosas íntimas, hasta del fracaso de un suici- 
da disidente que en lugar de pedirle al co- 
misario que no culpara a nadie ds su muer- 
te establecía en términos concretos las res- 
ponsabilidades de su desesperación. 



Aurora, que si hubiera tenido un poco de 
dignidad se habria metido en un convento, 
hizo precisamente todo lo contrario, pues se 
cas5 con un masagista. Comprendo que la 
rivalidad afortunada de un masagista no es 
una página brillante en la vida de un hom- 
bre de mundo. Pero, como todo lo que yo 
pudiera deoir sobre el matrimonio de mi 
primer amor se atribuiría a despecho como 
aquel Sir Rodger Casement de la antolosiia 
británica, prefiero cerrar elegantemente mis 
labios a la inútil imprecación. 

Lo que si, cuando pienso en los posibles 
expedientes de mi sucesor para enamorar a 
Aurora y en su contraste con el lirismo de 
mis festejos, siento acentuarse en mi espí- 
ritu una duda escéptica y un tardío arrepen- 
timiento, que sin que yo los explique, todos 
comprenderán . . . 

Junio, 1918. 



-i:^l:>v^-s 



No hay persona que escriba para el pú- 
blico que no haya recibido alguna vez una 
visita maravillosa. Recuérdese las veces que 
Abraham. Scherezada y el mismo Salvador: 
Mahoma. Napoleón y otros personajes, han 
condescendido a abrir !a puerta de un escri- 
torio. El que más o el que menos, todos han 
llegado a entrever una gran sombra y a 
vivir los días de un remotísimo pasado. 

Yo también he gozado de ese don reser- 
vado exclusivamente a los que escriben. 
Yo vi una vez un dmosaurio, y hallé otra vez 
a una mujer de 6000 años. El dinosaurio no 
nos interesa por el momento; pero si el otro 
personaje. Conservo aún su retrato, que 
constituye el encanto de esta historia. 

A esa mujer de 6000 años la hallé en el 
bosque de Misiones. Yo estaba ocupado ese 
día en localizar una colmena, cuyos indivi- 
duos danzaban allá arriba por !a copa de 
los árboles. Pero no podía precisar en qué 
palo estaba ia colmena. Para averiguarlo. 
golpeaba los troncos con el hacha, y arrima- 
ba el oído; cuando se acertó con el árbol, el 
zumbido es inequívoco. 

Hallé al cabo el mío: era un ivapohí. — 
un higuerón salvaje, —-y tan hueco que re- 
sonaba al golpe como un tubo de órgano, y 
el hacha vibraba en las manos. Cuando me 
disponía a trabajar, oí una voz que me decía: 

— ¡Por favor! . . . Tenga un poco más de 
cuidado. 

Mudo, miré el árbol de arriba a abajo: la 
voz salía de dentro, sin la menor duda. 
Ahora bien; una voz que habla en español, 
sin el menor acento guaraní, y que sale de 
adentro de un árbol, es un hecho tan poco 
común que el que lo contempla recobra de 
seguido su presencia de ánimo. Es un fenó- 
meno que no nos puede hacer daño, que está 
fuera de todos los peligros y contingencias 
humanas; son cosas de otro orden, de con- 
flictos y catástrofes reales, t^.! vez, pero en 
los que no tenemos cabida. Nadn. pues, que 
temer. Y si se nos toma un día de especta- 
dores o de algo más, mejor para nosotros: 
aprovechémoslo. 

He aquí porqué dejé el hacha al lado, y 
golpeé con los nudillos en el ivapohí. 

— ¡Hola! 

— ;Por fin!. . . — respondió la m.isma voz. 
ligeramente burlona. — Ya era tiempo. . . 

- ¿Con quién habloV — insistí. 

- Con una señora . . . Debería bastarle esto. 

- Enterado: pero ¿qué señora? 

- ¿Quiere saber mi nombre*-' 
-Precisamente; me gustaría sab'^r... 
-Usted no me conoce. 

¡De esto estoy completamente seguro! 

— - Soy Eva. 

Aquí me detuve un momento. Hay cosas 
fuertes, y acababa de pasar por una de ellas. 

- ¡Hola! 
-¡Sí! 

¿Eva?... 

- ¡Si, señor, sí! . . . Eva. 
Eva... ¿nuestra abuela? 

- La misma, señor cazador de abejas. . . 
Entonces me rasqué la cabeza. La voz que 

me hablaba era la voz de una persona muy 
joven, y tenia un timbre extraño, de una 
profunda frescura: algo dulcísimamente sal- 
vaje e inmaculado, voz de rocío y Paraíso, 
que ya no es posible hallar más en el mundo. 
Por lo cual: 

— ¡Hola! 

|:¡sí! 
- Y esa voz ... la voz fresca . 
'Creo que sí. . . 
"¿Y lo demás? 
"¿Qué? 
- El cuerpo. . . 
-¿Qué tiene? 
o era cómodo hablarle de su cuerpo a 
I una dama anterior al diluvio. 

--Su cuerpo... ¿fresco también? 

— ¡Oh, no! . . . ¿Cómo quiere usted que me 
parezca a una de esas señoritas que a usted 
le g'jstan tanto? 

— [Ah, ah! ¿Y cómo sabe? 

— Lo sé porque a Adán le pasaba lo mis- 
mo... Como a todos ustedes. 

— ¡Pero en aquel tiempo no había más 
mujer que usted! 

— ¿Usted qué sabe? 

Cierto; yo no sabía ni sé nada al respecto. 
fuera de lo que me han enseñado cuando 
■chico. Y ella parecía bastante segura de lo 
que decía. Pero el diablo me seguía tentando. 

— Quisiera verla, 

— ¿A quién? 
-■■A usted. 

— ¿.^ mí"-' 

— Sí, a usted. No sa presenta dos veces 
^^U ocasión así. 

^^■^¡Ah! Curiosidad de sabio. . . Le voy a 

^^■Ear horror. 

^K^ Aunque me lo cause. 

— Es que no estoy vestida. . . ¡No, no se 
asuste!. . . No voy a aparecer ante sus ojos. 
y con mis años, en traje. . . paradisiaco, di- 
cen ustedes. Soy demasiado vieja para que 

-uerpo no haga huir de horror. . . aún a 

';d. Pero quiero pedirle una cosa: lléveme 

--nde haya gente, señoras bien vestidas, 

como se visten ahora... ¡Lléveme! Hace 



. ¿es suya.-" 




Laj' HiJAj' m E\A. 




Jlataciok<2iiro¿í¿' 



cientos de años que tengo este deseo. Antes 
nos preocupábamos poco; ahora sé que han 
llegado al límite de la elegancia... 

— ¿Cómo lo sabe? 

— Es muy fácil ... No faltan nunca ser- 
pientes, usted lo sabe bien. . . Y aquí en su 
país hay algunas yararás y unas cuantas ví- 
boras de cascabel ... 

— Crotalus terrificus. . . —murmuré. 

— Eso es... ¡Esa elegancia de ahora es 
lo que deseo ver! ¡Es tan nuevo para mí! 
Pienso, pienso, y no puedo imaginar qué 
pueden ser esos adornos, esos nuevos ele- 
mentos de decoración femenina que enlo- 
quecen a los individuos como usted. . . 

Por tercera o cuarta vez la ilustre y des- 
agradable vieja la emprendía conmigo, que 
si no me enloquezco, — como avanzaba ella, 
— siento sobre todo a la mujer a través del 
vestido, del mismo modo que gi:sto de con- 
templar un cuadro de pleno sel colocado en 
la sombra, y no expuesto al sol mismo. 

Pero admirar, con traje o sin él, a aquella 
ruina prediluviana. esto no. Por lo cual me 
hallaba más que dispuesto a recoger el hacha 
y alejarme silbando. 

Cuando fui a hacerlo, me llamó, insistió, 
rogó y lloró. Accedí al fin con visible dis- 
gusto a entrar en negociaciones. Me proponía 
lo siguiente: Llevarla a Buenos Aires y pre- 
sentarla a un grupo de damas elegantes. 
Pasajes, incomodidades y ridículos de todo 
orden, esto corría por cuenta mía. No pedía 
más, ni ofrecía nada en cambio — fuera de 
la satisfacción a mí acordada por el deber 
cumplido acerca una persona, después de 
todo de mi misma sangre. 

Tal lo hicimos. Entró esa noche brusca- 
mente en casa, envuelta en un negro manto 
de la cabeza a los pies. Lo poco de cara que 
podía habérsele visto, quedaba oculto por un 
antifaz. El antifaz asimismo tenía cosido por 
encima de los ojos un espeso tul. Llevaba 
también guantes negros. De modo que aque- 
lla silueta horriblemente pretérita, angulosa. 
doblada, cargada de 6000 años, me heló el 
corazón. 

Pues bien; con esa facha, ella, y con in- 
acabable llanto de arrepentido, yo, hicimos 
el viaje a Buenos Aires, pasamos allí diez 
días, y la puse en contacto con un cónclave 
de jóvenes y elegantes damas. Toda esa se- 
sión: Mi presencia presentando mi compa- 
ñera bajo el aspecto de una ilustre y estra- 
falaria señora que quería guardar el incóg- 
nito; la burlesca estupefacción de las chicas, 
que charlaban sin perder de vista al fenó- 
meno; los esfuerzos míos para afrontar un 
ridículo menor que el que merecía: las son- 
risas cruzadas de las damas ojeándonos a la 



momia y a mí; — todo esto fué mi sudor de 
agonía aquella velada de salida de teatro. 

Creo que la señora Eva vió todo lo que 
deseaba; las chicas estaban vestidas como 
ángeles, — pues yo también comenzaba a 
pensar en forma paradisiaca. Volv'mos a 
Misiones, pasé un momento por casa para 
cambiar de ropa, y en diez minutos estába- 
mos de nuevo junto al ivapohí. 

Durante el regreso no habíamos cambiado 
sino dos o tres palabras, y ella parecía deci- 
dida a nn volver a abrir la boca en su vida. 
Pero como no deseaba yo perder todo ras- 
tro de la aventura, le dije: 

— Si usted no se opone, me gustaría sa- 
carle un retrato. 

— Saque — me coníe::tó sin volver la ca- 
beza. 

Fui a casa, volví con la máquina y saqué 
el retrato. La saludé con el machete, y me 
fui a revelar, muy contento de mí mismo. 

Pero el mismo monte lleno de barrancos 
. me vió pasar de vuelta media hora después, 
llevándolo todo por delante. Y es que en la 
prueba que llevaba en la mano no había 
ni tapado, ni antifaz con tul en los ojos, ni 
vieja alguna, sino la muchacha más extra- 
ordinariamente fresca y hermosa que haya 
habido en el mundo desde su creación. 

¡La voz. la voz! — me decía a mí mismo. 
¿Cómo he podido no comprender que la per- 
sona que tenía esa frescura de Edén en la 
voz, no podía ser sino ella? 

Llegué al ivapohí; allí estaba ella, Eva, o 
como se llamara, recestada al árbol, como 
el primer día de la creación. Y me miraba 
CDn una sonrisita irónica. 

Yo la m.iré también — no sé cuanto tiem- 
po. Al fin, idiota, por hacer algo, le tendí 
en silencio la prueba. 

— No la necesito — me respondió. — 
Guárdela como recuerdo, puesto que le in- 
tereso. . . ahora. 

--- ¡Siempre! - — murmuré, cada vez más 
idiota. 

— Sí, siempre. . . Pero yo no estoy elegan- 
temente vestida, y me vuelvo. Pero antes le 
voy a decir algo, para que comprenda ciertas 
cosas. Ustedes, les hombres, se han cansado 
de repetir que la coquetería es patrimonio 
de las hijas de Eva, y que el mundo marcha 
ma! desde que la primer mujer coqueteó con 
la serpiente... No me mire así. Yo podría 
agregar algo, pero prefiero no volver sobre 
una historia vieja. . . aún para mí. Le diré 
esto, sí: que antes la coquetería — me refie- 
ro al adorno de la mujer — era una cosa muy 
sencilla, porque no teníamos más que la 
cabellera. Después, mucho después, hubo 
otras cosas... Pero yo no tenía más que 



mis 17 años, y algo pude hacer; usted lo 
sabe por la Biblia, Pues bien; desde mucho 
tiempo atrás quería reencarnar en la vida 
contemporánea, por un tiempo corto; y era 
indispensable que viera cómo se visten hoy 
las mujeres. ¿Qué podía hacer yo. con ios 
miserables adornos de la mujer anterior al 
Diluvio? Por eso me he puesto en comuni- 
cación con usted. . . y por eso he desistido. 
No volveré más a molestar a cazador algu- 
no de abejas, ni a lis señoritas que gustan 
al cazador. El mundo de ustedes ha progre- 
sado mucho en 6000 años, y hay ahora cosas 
admirables. Lo que no hay — óigame bien ^ 
es progreso en el adorno de la mujer. Uste- 
des lo creen, porque el adorno cuesta dinero. 
En mi época, una muchacha estaba bien 
vestida cuando a más de ser bella, llevaba 
en los cabellos flores o plumas de garza, 
cuando tepía en los hombros una piel de pelo 
suave, cuando adornaba su cuello con per- 
las y usaba una gran pantalla de plumas. 
Hoy, señor arrepentido, después de 6000 
años de febril progreso, de incalculables es- 
fuerzos de la inteligencia y el arte, de rebus- 
camientos y refinamientos sutilísimos, hoy 
las mujeres bien vestidas llevan plumas en 
la cabeza, pieles de pelo suave en los hom- 
bros, se rodean el cuello de perlas,- — exac- 
tamente como en los tiempos primitivos. 
¿Es cierto o no? ¿Son o no los mismos, los 
elementos de adorno? ¿Dónde está el pro- 
greso? ¿Qué ha inventado de nuevo la mu- 
jer? ¡Bah, señor! Ustedes creerán lo que 
quieran de su refinamiento actual; pero salvo 
uno que otro detalle, la dama más elegante 
y original de hoy, tiene que recurrir fatal- 
mente a los elementos miserables del obscuro 
mundo primitivo: las plumas, las pieles, las 
cositas que brillan. No sólo no se ha con- 
quistado nada, sino que se ha rebajado el 
valor de tales cesas. El valor de una piel 
está en la sangre que ha costado obtenerla. 
El amante primitivo que a cosía de su vida 
conquistó la niel para adornar con ella a su 
amada, consagró el alto valo»- de ese adorno. 
Es bella la piel en los hombros de la mucha- 
cha, porque un hombre que la amaba se 
desangró para conseguírsela. Este es su va- 
lor — como el de una obra de arte cualquie- 
ra, que para ser tal debe dejar exhausto un 
corazón. Hoy no es la muchacha más 
amada la que luce la piel, sino aquella cuyo 
padre tiene más dinero. Y volveré a la tum- 
ba del Edén, sin comcrender cómo sus ama- 
gas de usted, las que conocí y la^ otras, sien- 
ten tanto orgullo de lucir una piel que no 
la ha conquistado el varón que aman, sino 
que la han tenido que comprar muy caro al 
tendero, — y cómo ustedes, los hombres, no 
se mueren de vergüenza al sentirse orgullo- 
sos de que sus novias luzcan un adorno que 
ustedes mismos serían incapaces de obtener, 
y por el que otro hombre, joven como uste- 
des, buen mozo como ustedes. dió todo su 
brío viril en una cacería salvaje. — No soy 

yo, como usted ve, la persona destinada a 

hacerlo feliz. Siga cazando abejas, y olvide 
todo el disgusto que puedo haberle ocasio- 
nado. Vuélvase un instante... 

Todo esto lo había hablado ella con su voz 
d2 Paraíso — y con su cabellera que la en- 
volvía. Sonreía ahora, indicándome con 
la mano la medía vuelta a dar. Pero yo se- 
guía con la boca abierta sin querer hacer un 
movimiento, adorándola. 

■ — ■ ¡No se vaya! — gemí. — No voy a cazar 
más abejas... Voy a cazar tigres, lo que 
usted quiera. ¡Pero no se vaya! 
Eila me miró un poco de costado: 
— - ¿Usted? ¿Usted, cazar tigres?. . . Usted 
es un cazador de historietas- — y bastante 
aburridas, por lo demás... Pero le estoy 
agradecida, muy agradecida. . . Y si alguna 
vez me decidiera a volver por un tiempo a 
este. . . ¡Bueno! Dése por muy contento con 
lo que he dicho... Vuélvase, ahora. ¡En 
seguida! 

Me volví, un segundo nada más. Y ya no 
estaba. ¡Evaporada, disuelta, diluida, para 
siempre jamás! Golpeé el ivapohí hasta la 
noche, llamándola por todos los nombres 
imaginables, y prometiéndole la piel de to- 
dos los animales existentes. 

Y no me queda más que su retrato. Guar- 
do la placa como un tesoro, pu?s es la única 
prueba que tengo de que todo aquello no 
fué más que una broma pesada de alguna 
miel de monte. Cuando mirándolo a los ojos 
sin decir una palabra, enseño la copia a un 
amigo, el amigo no se sorprende jamás de 
esa extraordinaria belleza. 

— Muy lindo, — dice; — pero es una copia. 

— ¡Copia de qué! — respondo abrumado. 

— De cualquier cuadro... Esas bellezas 
no existen. 

Y así es. en efecto. Hace 6000 años que 
ha desaparecido. Pero yo he de morir con 
seguridad; y si a los muertos les es conce- 
dido reencarnar un día. tendré sumo cuidado 
de vigilar un ivapohí que conozco. Entonces 
estaré muy cerca de la señora Eva, cuando 
diga: Y si alguna vez me decidiera a gustar 
de algún hombre. , . eic. 

DIBUJO DE ÁLVAREZ. 



— i^LJv^^ N/Lnrt?.'^— 







<KOL« 



-t:?i_;v^.s 




Sagenfe chic fuma 
cigarrillos 




tetona 



-l=>i_>-'':s 



bibliografía 



MEMORIAS r^ "N c.-MT-r^N. np ES- 
TANCIA, r 
No ooDooanos - -^<e. 

aunque, naturalmente, nos suera e. apelUdo. 
Este dooonadmiemo tal vez sea una igno- 
rancia injiBtiricable; pero árve de garantía 
a les ala(ios que vamos a dedicar al libro 

•Memorias de un portón de estancia». 
Tampoco pudimos nunca ver un portón 
de estancia en una estancia, sino colocado 
en la vidriera de este o esotro comercio. 
También nuestra ignorancia absoluta de H 
vida y de los usos «stancieros dari más 

valor al elogio. 
I\>rque ni la sugestión de una fírma reco- 
nocida célebre ni el recuerdo de cosas gratas 
. inOuirin sobre la pluma para diaarle frases 
hedías y alabanzas interesadas. 
El portón de estanda es una nueva puerta 
que el piogieso puso a la campafta argen- 
tina. Sucesor de la legendaria tranquera, el 
portón se abre hacia adentro para dar paso 
a los usos extranjeros y hada el exterior 
proporcionando mayores y mis prácticos 
empleos a la vida nadonal. Nadie presen- 
taria titulo tan justo y tan claro para refe- 
rir el entrevero de los viejos y de los rhoder- 

iMs usos como^l portón de estancia. 
Edmundo Werniclte ha concedido la pa- 
labra a este hur-' ■•- '•- -—"''tante de la cul- 
tura en un libr idamente corta- 
do en pequeftcs mo tientos que 
se trenzan para ivímar un lazo con el cual 

cautiva la atendón del lector. 
A!U hay una hermosa montonera de epi- 
sodios sencillos tomados del natural, que 
Wernicke relata con estilo fácil, referentes a 
tres generadones de una familia hacendada. 
Es una historia gaucha que se adivina verí- 
dica, que interesa y conmueve. 
Desde el nadmiento hasta la vejez inser- 
vible del portón, suceden en «La Porteña» 
cosas dignas de ser leidas por extranjeros y 
argentinos- Tant- t' h-mbre rffinado como 
et pein inculto me- 

lancólicas y alr ios. 

Leed, comí mwn..:.: j^aulos, 

titulado *I.a F fa*: 

• El vasto campo de ;ia« qued6 

cercado por su buen aiambrado de dnco 
Míos negros, postes a seis metros y varillas 
de alambre torddo. Con asistencia del al- 



calde del cuartel y sus tenientes, dióse ro- 
deo general y salieron del campo seiscientos 
vacunos ajenos, más unos mil yeguarizos, 
por lo menos, sin contar los animales que 
hizo depositar la autoridad por ser de mar- 
cas desconocidas — aparentemenf - o cu- 
yos dueños no se presentaron haciéndose los 
vivos para implorar más tarde a don Goyo 

empeflar de la buena voluntad de don 
José los admitiera un tiempo más. pues no 
vino don Goyo como se esperaba, ni tam- 
poco el hijo; pero las órdenes al mayordomo 
eran terminantes de no tolerar a los anima- 
les ajenos en el campo- 

1 Al cerrar- a la tardecita, la última cua- 
dra del cerco, rióse el vasco alambrador a! 
recoger su herramienta y echar un vistazo 

de despedida a su obra: 

, Ya, criollo, no vas a andar más ;no. 

no! campeando yegua todos los días; ahora 
trabajarás vos también un poquito más 

isi, si! • 
Ahora, busquen las «Memorias de un por- 
tón de estancia». 



POEMAS MODERNOS Y EXÓTICOS. 

por Bartolomé Galíndez. 
«Yo pagano y apóstata en el siglo Vein- 
te. ..««Yo vivía en tiempos de Mazarino. . -• 
«Yo que nací romántico bajo el sol de Vero- 
na . . . • «Yo que tengo del I nca salvajismo ..." 
Ninguno de estos versos ni los demás que 
forman el primer lomo de versos dedicado 
al Encelentisimo señor Presidente de la Re- 
pública Argentina, doctor Hipólito Irigoyen, 
justifican la palabra «modernos» del titulo. 
El poeta Galindez es pagano, infiel, aben- 
cerraje, árabe, indo... todo menos moder- 
no. En las cuerdas de su lira se enredan mil 
época.^. a excepción de la actual. Por tal 
motivo, sus sonoras composiciones necesitan 
ser leídas y saboreadas con ayuda de un 
diccionario polígloto. 



EL MUCHACHO ESPAÑOL— EL POEMA 
DE LA PAMPA por José M.» Salaverría. 
El Índice de este nuevo libro de Salave- 
rría señala el plan que el notable escritor 
desarrolla: El amor a !a Patria. Las virtudes 



Otro, 

Casa Argentina 




de! ciudadano: La sinceridad; el amor; el 
deber; la voluntad. Los ejercicios físicos. 
La moral cívica. La hermosa España. Las 
empresas de España. Los héroes españoles: 
Pizarro. Los exploradores españoles. Las vio 
torias modernas. Los soldados españolas. El 
amor a la independencia. La bandera. Tú 

eres la esperanza de España. 
La prosa de Salaverría no necesita ala- 
banza, ni su acendrado patriotismo. El maes- 
tro de las letras al convertirse en pedagogo 
ha conservado toda su fuerza persuasiva y 
toda la brillantez de concepción y de estilo. 
En su otra producción, ^El poema de la 
pampa. Martín Fierro y el criollismo espa- 
ñol». Salaverría hace también obra <<pro 
Hispana patria». El poema de José Her- 
nández que «en época bien moderna, en el 
año 1872 contiene todas las particulari- 
dades de las obras míticas y de los libros 
anónimos, populares», es «altamente excep- 
cional y hondamente español* «y tiene para 
España acaso tanto valor como para la Ar- 
gentina». Debe, pues, ser estudiado por los 
intelectuales de la península. A este fin pro- 
pende Salaverría que se queja de! «hecho 
triste, vergonzoso, de la separación intelec- 
tual entre España y sus hijas la repúblicas 

de América*. 

Si la segunda parte del buen libro hubiera 

sido dedicada a insertar el poema y su 

glosario, quedaría completo. 



EL AÑO ARTÍSTICO (1917), por Jos!^ 

Francés. 
Desde 1915, José Francés (Silvio Lago) 
da a la imprenta, coleccionados en un vo- 
lumen, los mejores estudios de crítica artís- 
tica que escribe durante el año. De esa ma- 
nera, hace un resumen del movimiento 
anual de las bellas artes en una obra llena 
de interés para los profesionales y los afi- 

cionados- 
EI tomo correspondiente a 1917. recién 
llegado a nuestras librerías, contiene her 
mosos trabajos y numerosas ilustraciones. 
Como José Francés posee verdadero espí- 
ritu crítico y vasta erudición, sus crónica*^ 
resultan verdaderas lecciones de técnica y 
de historia artísticas. 



AUGUSTA. 
Hemos recibido el primer número de esta 

exquisita revista de arte. 
Los señores Van Riel y Rojas Silveyra 
ofrecen a nuestro mundo artístico un reflejo 
y un estímulo: conseguirán su doble propó- 
sito. 
Deseamos a tan notable publicación larra 
y próspera existencia. 



ORO Y PIEDRA (poesías), por Eze- 

QUiEL Martínez Estrada. 
Este joven poeta es colaborador de Plvs 
Vltra. Toda alabanza entonada en su honor 
desde esta.*; columnas parecería obedecer a 
móviles de buen compañerismo. Ya es un 
tácito elogio publicar sus versos en las me- 
jores páginas de una revista que cuidamos 

celosamente. 
Con las precedentes aclaraciones, con nues- 
tros augurios de triunfo y la copia de una 
poesía de "Oro y piedra», que es una feliz 
síntesis de filosofía poética, damos por ter- 
minado nuestro cometido. 

SUGESTIONES 

Ni es mío cuanto soy 

ni valgo lo que tengo. 

Desde regiones misteriosas vengo 

y hacia las sombras voy. 

Soy lo que siempre fui: 

no seré, nunca, más. 

Nada es el tiempo que duerme detrás 

ni el que vela ante mí. 

Sucesivos instantes 

forman mi duración 

vinculándome a estirpes que aun no son 

y a otras que fueron antes. 

Gentes desconocidas 

van andando conmigo. 

Todo lo llevo en mí y ella consigo. 

Como yo son venidas 

y como yo se irán 

sin llegar a saber 

por qué designio son sin querer ser 

ni a qué vinieron ni por qué se van. 




F. STAROPOLSKI 



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DE LA HISTORIA DE DOS N4 0NUMENT0S 




burgos: arco de santa 



Además de enseñanzas delei- 
tosas, los monumentos antiguos 
ofrecen lecciones útiles. Por eso, 
es digno de conocerse cómo la 
ciudad de Burgos erigió en 1540 
el Arco de Santa María, y cómo el 
vecindario de Alan supo defender 
la puerta de su Obispado. 

Cuando Carlos V de Alemania 
inició con el nombre de Carlos I, 
la lucha contra la democracia es- 
pañola, representada por los co- 
muneros. Burgos, vencida y teme- 
rosa, quiso ganarse las benevolen- 
cias del tirano. Para ello edificó 
el Arco de Santa María, en cuya 
fachada puso las estatuas del Cid, 
Fernán González, Ñuño Rasura, 
Diego Porcelos, Laín Calvo y el 
victorioso emperador. Arco de 
triunfo y altar a los héroes caste- 
llanos, símbolo de gloria y venci- 
miento es esa hermosa construc- 
ción. Sin embargo, puede notarse 
que el espíritu noble y firme del 
pueblo burgalés dio poca altura y 
suntuosidad al verdadero arco, es 
decir, a ese túnel por donde pasa- 
ría el vencedor. Quitad las esta- 
tuas y las torres al monumento y 
ese túnel parecerá más bien puer- 
ta de prisión. 

En cambio la artística puerta 
del obispado de Alan, obra del si- 
glo XV, trae a la memoria un 
triunfo democrático conseguido 
en 1912. 

Uno de esos anticuarios que 
quieren lucrarse a costa de las 
reliquias de su patria, adquirió la 
gótica portada, decidiendo des- 
hacerla con el fin de venderla no 
se sabe dónde. Amotinóse el ve- 
cindario y la joya fué salvada. 




PORTADA DEL PALACIO EPISCOPAL DE ALAN (FRANCIA) 



CONCURSO 

Chocolate Productora Americana 

150 Premios — $ 1500 en efectivo 

Desde la fecha hasta el día 30 de septiembre próximo, a las 5 p. m., 
en que se considerará clausurado, se organiza este concurso entre 
los consumidores del excelente CHOCOLATE PRODUCTORA AME- 
RICANA, de acuerdo con las siguientes 

BASES 

1 .'' — -Se tratit (le rscriliir ht Ttiavor riintidad de veces la frase corapleta 
CHOCOLATE PRODUCTORA AMERICANA, emiileando i)ara ello los cii- 
pones especiales que contienen todos los paquetes de chocolate que salen de 
nuestra fábrica. 

2.» — La frase CHOCOLATE PRODUCTORA AMERICANA del)crá escri- 
liirse a mano, con tinta, letra legible a simple vista, sin raspaduras, omi- 
siones ni enmiendas. 

3." — Cada persona podrá remitir todas las soluciones que desee, pero sólo 
puede optar a un premio. 

4." — Al hacer el cómi>uto, sólo se tomarán en cuenta las frases completas, 

5.« — La adjudicación de los premios estará a car^o del señor Escribano 
Público, Fernando O. del Kío, Kivadavia, 714, cuyo fallo será inapelable. 

6." — Los premios se adjudicarán j)or orden de clasificación (primero, se- 
gundo, tercero, etc.), a las personas que remitan las mejores soluciones. Si 
dos o más concurrentes coincidieran en la cantidad de frases escritas, se ad- 
judicará el premio al que haya remitido mayor cantidad de soluciones, pa- 
sando los demás a disputar los premios subsiguientes. 
Se establecen los siguientes: 

PREMIOS 

ler. premio de $ 1 000 6" efectivo 
de $ 500 
un reloj oro, para señora 
una máquina de coser 
un violin Stradivarius 
un grafófono, con 6 discos 
una máquina fotográfica 
una linterna mágica 
un triciclo 
un reloj cincelado 
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en el tocador se emplea, contribuyen a realzar la belleza, se 
necesitan otras cosas para que pueda decirse de una mujer 
que es atrayente y bella. 

La alegría y brillantez de la mirada, la perfección de líneas, la 
expresión de franca y saludable vivacidad del rostro, son atracti- 
vos que no se encuentran en el tocador ni en las exageraciones de 
la moda. Son atractivos que constituyen el patrimonio de la 
mujer que no sufre físicamente, de la mujer con el sistema 
nervioso perfectamente equilibrado. 

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miento de todos los órganos vitales y equilibrando el sistema 
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DE LA H I STOR I A 



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GOUACHE DE ALCN50. 



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Los oüvos que tu Pilar pintó, son ciertos. 
Son paganos, cristianos y modernos olivos. 
que guardan los secretos deseos de los muertos 
con gestos, voluntades y ademanes de vivos. 

Se han juntado a la tierra, porque es carne de tierra 
su carne; y tienen brazos y tienen vientre y boca 
que lucha por decir el enigma que encierra 
su ademán vegetal o su querer de roca. 

En los Getsemanies que en la isla de oro 

fingen en torturada pasividad eterna 

se ve una muchedumbre que haya escuchado un coro 

o que acaba de hollar Tagua de una cisterna. 

Ni Gustavo Doré miró estas maravillas, 
ni se puede pintar como Aurora Dupín 
con incomodidad, con prosa y con rencillas 
lo que bien comprendía el divino Chopin. . . 

Los olivos que están aquí son los olivos 
que desde las prístinas estaciones están 
y que vieron danzar los faunos y los chivos 
que seguían el movimiento que dio Pan. 

Los olivos que están aquí, los ejercicios 

vieron de los que daban la muerte con las piedras. 

y miraron pasar los cortejos fenicios 

como nupcias romanas coronadas de hiedras. 

Mas sobre toda aquesa usual arqueología 
Vosotros, cuyo tronco y cuyas ramas son 
hechos de la sonora y divina armonía 
que puso en vuestro torno Publio Ovidio Nasson. 

No hay religión o las hay todas por vosotros. 
Las Américas rojas y las Asias distantes 
llevan sus dioses en los tropeles de potros 
o las rituales caminatas de elefantes. 

que buscando lo angosto de la eterna esperanza. 
nos ofrece el naciente de una inmediata aurora. 
con lo que todo quiere y lo que nada alcanza, 
que es la fe y la esperanza y lo que nada implora. 



{^¿¿^ár/ ^/7^ 



Así cantó Rubén Darío jrent'e a los cuadros de doña Pilar Montaner de Sureda. 
A tal punto llegó a interesarle la interpretación que da a los olivos esta mujer excep- 
cional, que su pensamiento fué hacer un largo poema que se editaría en un volumen 
especial, al que sirvieran de ilustración sus cuadros. La muerte, la implacable, de¡ó 
trunco este proyecto del que, como portentosas columnas que dan idea del edificio que 
iban a sustentar, nos quedan algunas estrofas como éstas que transcribimos. 

El que no haya estado en Mallorca, no puede comprender la emoción de estos ár- 
boles que cubren las montañas y crecen hasta entre las rocas. 

Sus troncos, nos obsesionan bien pronto, como si fueran genios del bosque que han 
adoptado estas formas tan extrañas, estas retorcidas actitudes inverosímiles. Y pen- 
samos, con una mezcla de curiosidad y temor, que por las noches recobrarán su verda- 
dera individualidad y el bosque hospedará a todos sus inquilinos fantásticos. Si algún 
pino encontramos en el camino, nos hace el efecto de una hembra, de talle esbelto y 
alto, y que están aquí junto a ella los machos cabríos de los olivos, retorcidos de lujuria 
por su presencia inviolada. Por eso, a cada paso, vamos intimando con el arte de 
doña Pilar, como familiarmente la llaman todos en Valldcmosa. 

Pinta los olivos con una pasión que raya en la locura, febril por arrancar su se- 
creto a la naturaleza inimitable; y no es que sólo pinte olivos, sino que esta parte de su 
obra es acaso la más interesante, pues nos descubre un gran espíritu de recóndita 
inspiración, que sabe crear y ver la naturaleza de una manera personal. 

Toda su obra revela un alma lírica, encantada ante el deslumbramiento de colores 
de la Isla maravillosa. Su cuadro de la catedral, nos dice su fina visión, la poesía 
de su manera de mirar; este estupendo monumento gótico, tan grácil y a la par tan 
mafestuoso, se nos figura una palma sobre el verde del mar . . , 

En su arte podemos notar sus predilecciones artísticas entre Coya, el genial visio- 
nario, y los impresionistas franceses. 

Muchos han sido los pintores tentados por las bellezas de Mallorca, que se han 
detenido en ella para fijar en el lienzo sus impresiones del paisaje; muy pocos son 
¡os que han acertado con una impresión exacta. La naturaleza no es amante que se 
entrega al primero que pasa, por muy grande que sea su amor. 

Esta mujer, que ha vivido hasta ahora toda su vida en la Isla, ausentándose sólo 
en viajes de estudios, le ha prestado su amor día por día, ha conseguido arrancarle 
los secretos de su alma, — alma acaso más dijicil de interpretar que la humana. 

Ajustándose a una escrupulosa honradez artística, ha dejado pasar los años en un 
trabajo de constante depuración, hasta lograr la pleni'ud que hoy admiramos en ella. 



Li»i;;o tz Alt>' 



.Mallorca, abril, i^iS. 



Valentín de Pedro. 



DEL JMU5E O ETNOGRAPICO DE BUENO^y AIRE^^ 




ALTAR BUDISTA 



SECTA SHIN-SHÚ. 



Las más puras interpretaciones del arte decora- 
vo japonés, responden generalmente a la idea 
■iigiosa; el loto, flor sagrada por excelencia; los 
-agones imaginarios; las escenas donde la pureza 
luntante, representada por la primavera, vence 

IOS genios del mal, que simbolizan las fuerzas 



destructoras; todos estos motivos, alternados con 
las prodigiosas ornamentaciones del Oriente, se 
basan en la exaltación de la divinidad suprema, y 
sobre todo, en la interpretación de la naturaleza 
simbolizada. Así lo vemos en el altar budista de la 
secta «Shin-Shú», que se conserva en la Facultad 



de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Verdadera 
obra de arte en su género, llama doblemente la 
atención por pertenecer a uno de los más fastuosos 
cultos religiosos de Asia. La coronación, esmaltada 
de oro, copia un cielo con sus nubes polícromas, 
sirviendo de fondo a dos tenantes que sostienen la 



\ 1_ I U'. X 







IMAGEN XEPIIBSBKTATIVA DEI 
HATO. 




TAISHI SKüTÜKi;, GKAK 
PROTECTOP DEL BUDISMO. 



esmeralda mila- 
grosa de Tama, jo- 
ya de !a felicidad. 
Exteriormente. 
el altar es de laca 
negra. Un tenue 
tejido de gasa vela 
las divinidades del 
"ulto. cuyas acti- 
tudes responde.! al 
pensamiento mís- 
tico de la contem- 
plación y del éx- 
tasis. Grandes plantas de loto, adornando las 
tablas protectora.s. elevan al cielo su inma- 
culada flor que simboliza !a juventud res- 
plandeciente: alternando con la decoración 
de las nubes, luce un frente calado donde 
se transparenta el infinito celeste, lleno de 
celestes aromas. Toda la ornamentación 
anuncia a la India. 

Dentro del camarín, hay pequeñas lám- 
paras de bronce; copas bruñidas para la 
ofrenda del arroz: sahumerios y tibores de 
sándalo. En el centro, adornada con ramos 
de botan, la más bella flor japonesa, el sa- 
grario llamado Yhai contiene la tabla donde 
se inscribe el nombre de los difuntos y que 
se venera como el espíritu de la muerte. 

A derecha e izquierda del grupo principa!. 
álzanse las emblemáticas figuras de Anan y Mo- 
kuren. discípulos predilectos de Buda: junto a 
estas imágenes están las de seis monjes divini- 
zados, como fundadores de las distintas sectas 
búdicas del Japón. 

Al altar acompaña un asiento de madera roja. 
para el sacerdote oficiante, y varios objetos usados 
en las liturgias. Uno de ellos, el más antiguo, lleva 
inscripciones en carácter Ten-sho donde se hace 
alusión a la placidez del justo, comparán- 
dola con la música melodiosa del arpa, oída 
en un bosque de bambúes y acompañada 
por el suave ruido de las hojas. 

En preciosas cajas de madera, con el 
sello imperial grabado sobre negro, guár- 
danse viejos textos escritos en japonés, que 
relatan la naturaleza de Buda y las descrip- 
ciones de su reino de Sukhavati: la colec- 
ción de himnos compuestos por el fundador 
Shin-ran a principios del siglo xin y las 
epístolas de Rennu-yo. reformador de la 
secta Shin Shú. 

Ocupando la 
hornacina del ca- 
marín, entre esbel 
tos tallos de loto 
artificial. como na 
cidos en un fondo 
de limo negro la 
sagrada imagen de 
Budayérguesema- 
jestuosaysolemne. .„,... 
rodeada desús dos ' la rECTA THrN-sHú. 



LA PEQUEÑA FIGURA DE BUDA. A SUS COSTADOS, SEISHt-BOSATSU, DIOSA DE LA 

FUERZA INTELECTUAL Y KOUANNON-BOSATSU, DIOSA DE LA CARIDAD Y DE LA 

IPACIA. A IZQUIERDA Y DERECHA DEL GRUPO SE VEN LAS IMÁGENES DE ANAN 

Y MOKUREN DISCÍPUI OS PREDILECTOS DE BUDA. 






IMAGEN REPRESENTATIVA DEL 
FUEGO. 



r^¡^^ C^^i^r^, 



KOBO DAI-SHU 
DE LA SECTA 



FUNDADOR 
SHIN - GON. 



rr -M-^rwmi 



GEN-KU O HO-NEN FUNDA- 
DOR DE LA SECTA YODO. 



principales emanaciones o Bodisattwas: Kouan- 
non. diosa de la caridad y de la gracia, y Seishi. 
diosa de la fuerza intelectual. 

Buda. el fundador de la secta brahmánica de 
su nombre, era un magnate indú que abandonó 
su poderío para consagrarse a la vida ascética, 
propagando e! culto de la fraternidad humana 
por las ciudades de la India. Según textos sánscri- 
tos, nació en el siglo iv antes de Jesucristo, en 






la capital de un 
pequeño dominio 
situado al sur del 
territorio de Ne- 
pal, junto al Hima- 
laya. Hijo primo- 
génito de un rey 
perteneciente a la 
casta militar de !os 
Kchatrias. descen- 
día del santo fakir 
Gautama, excelso 
cantor de las pri- 
mitivas epopeyas heroicas. A los doscientos 
años de su muerte, fué considerado como el 
dios supremo, el creador de todas las gracias. 
El culto de Brahma, al irse transforman- 
do en el sentido de divinizar a los hombres 
superiores, dio margen alas numerosas sectas 
que dividieron el dogma de los Arios. Apo- 
yándose en la famosa teoría de la metempsi- 
cosis. Buda creó su doctrina filosófico-reli- 
íiosa. que se fué extendiendo por todos los 
naíses asiáticos hasta vencer momentánea- 
mente las enseñanzas del brahmanismo. el 
cual resistió la lucha de creencias, excitando 
el espíritu voluptuoso de las razas indúes. 
Legiones de misioneros predicaron la nueva 
religión en Persia y en los territorios cen- 
trales. Zeilán le proporcionó numerosos 
adeptos. De la China, donde había sido implan- 
tada bajo la protección del emperador Ahi-li. 
pasó al Japón, siendo difundida por e! príncipe 
Taishi. hijo del emperador Yo-mei, que había 
consagrado su vida a la propagación de la secta. 
Las religiones orientales, se basaron en un 
politeísmo hasta cierto punto aparente. Según 
este principio, en la unidad de Dios, centro de! 
Universo, irradiaban todas las divinidades que 
representan la naturaleza creadora. Tales 
representaciones divinas ejercían su poder 
en la tierra y en el cielo. Ellas formaban el 
gran Todo, de donde emanan y a donde 
van a parar las cosas existentes y por exis- 
tir. Para poder reincorporarse al Dios Su- 
premo, los creyentes renunciaban a los 
goces del mundo, consagrándose a la santi- 
dad y al quietismo, por cuyo medio el pue- 
blo creía reintegrarse en lo infinito de la 
Nada, salvándose de una tercera existencia. 
En general, estas mismas ideas fueron 
difundidas en el Japón por los misioneros 
y más tarde por 
los reformadores 
Budistas, llegán- 
dose a conservar 
como fundamen- 
tales en la secta 
japonesa que nos 
ocupa. 



--: -ADOP r 

SECTA ZEM'SHt- 



FUNDADOR DE LA : 
DE NI-CHI-RF.N. 



Antonio Pérez- 
Valiente. 




I 




UN HERALDO 

ÓLEO DE J. MORENO CARBONERO 



PROPIEDAD DEL SEÑOR ROBERTO SOTO MALDONADO, 




piva • 

. VITPA 



— I=>I_7*^^ 



NcYeoíd 



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Eyhoy jurvho ex la pvjei-hc\ 
de mi rr\odey|-o> KzvbihcxcidrN de e^bvidio, 
irrGvcrcrvhc, darNdo l&.y C-r-pcNlda-/" 
ex lo^ Qj-^cxrslzy de e>l¡Pi<2íxdQy^ libros... 



./olo 



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dír\ D>l frerNh 



Llcrxo.^ Cklgvjr^íx-/- ple>.r\h?x^ de boForNe./: 
plchórictx^ d<2 .^cxvicx exvibcrcxiAhe^ 
ptxrecer\ ¡r\dicD>r qvje <zr\ el IrNvieri^o 
Kzxy ol-rOk pMnrNZxvcrov er\|-re Ijx,^ Flore.y-. 

Lex T\<2^rz>i hier-hzx I prepoherxhc. opor\e 
D. Izx-/- de^olcxciorxc^ de lo,/" fr'o,^ 
el vi^or de -^vi er\hrexr\'ex Fec\jr\dcxr\l"e . 

Y rr\ed rcx/^o^- , exlzcxp^do lo,^ Y<zrror\<2.y^ 
cuexl ^ e^piexrexrN dehráy do vjnsx verNl-&.r\cx . 
©o^orrN&^rs lo.^ rehorÑo,^ de lo».^ Pt-e.^¡2x^- 
irrevolvil'ex,/- de exhh¡e.^¿cxr,x-e rrwjcKo . 

L^x llvjvisx ccxe, co.r¿Q^cx, per^i^FerNl-e 
— icxri^OL/- de cri^l^cxl ^u^ rrNÍI corre&.^ — 
2xzol"Cxr\do lcx>^ Kojex^ que ^e ¡r\clir%?xrN 
cf\ \jr\ex ir\herrrN¡r\2xble revererNcijs* ... 

A\¡ro ur^ l-errórN , dorvdc ^<2 oculf-ex virv hcxllo .- 
pzxvj^o^djx I ler\!^exrT\er\l-e ^o. deslíe 
y el cKíxrco que circulado, cxquel rervvjcvo 
ej- rT\\r\\i^c\i\o l?x¿o de cv^uex^ rvjrbiex./-... 

Y e^hqy jur\ho zx rrvi puerho, 
irreverer\|-e ^ dcxr\do Icx^ e^píxldex.^ 
Cx lo./- e^Fcxr\f-e^ de cxliiAeíxdo.^ libro./-, 



pero Frer\l-e ?x oFi-o libro ¡rNConr\prerN/"ible , 
cor\ vjr\ ir\|-erro¿2xn|-e -siempre exbierho ! ... 

\Jr\cx FlexbdexcidrN ... ye ipviciex el vier\Fo 
y .-/"e .^¡er\Fe rrNsx.^- Fno... 
De^ypue^i de vez er\ cviaxrxdo sxl^urxo/- copc/^ 
de '\r\ó<zc\^e\.^ e./-p\jrT\ex,/'... 

jY Icx r\ieve t\o cc^-^cx : ^¿vje lerxFex . 
Fei-Nbleiir\er\Fe ler\Fex ! ... 

He cerhexdo rrxi pvjerFex 
y ^poyexdo la> Frer\Fe er\ lo,^ cri^FexIe^^ 
r\o_/Fál¿¡co de .^ol ... 

Lejo-/^, lex.^ r^xmex.^ 
que .yxz zx^i Fb.r\ de virv yauce ^e rrve at^^ojar^ 
oFrzx.^ Fexr\Fex_/ bo.r\derex^ que Fl^xrT^ecx^^KrN ... 

¡Y rT\e pcki-ece oir poh Fodo./ Icxdo-^ 
el .^u^pií-o de débiles y er^Fef-rno./- ! ... 
j lrNVÍerr\o que Fe ePi-^-exT^zx-^ cor\ lo./" viejos 
y lo^ llersex-^ de íxr\¿u./-Fie>« 1 

Er\ blzxpvqvji^irrvo.^ copoL/- cae lex rsieve , 
cviCxl .^i ./obre iT\i pcxFio revolexríxi^ 
¿íxrzo.-/' rrwjy blcxrNco../- 
y perdierzxp. pl\jnr\2>./^ ... 



Jur.io 22 



Rodolfo Fc)^^^^ Rodrí^vjez 



DIBUJO DE RIAMBAU. 



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i^a ioquii 





DIBUJOS DB 



PELAEZ 



ígnito LINCn 



... El capitán, espantando, con un 
ademán de su mano gruesa y cur- 
tida, el enjambre de moscas que 
pugnaban por posarse en el 
vaso, prosiguió así su relato: 

«Bueno, entonces, como le 
decía, viendo yo que la fra- 
gata quería ponerse al ha 
bla, porque comenzaba a 
«bracear» sus aparejos 
del «medio y de mesa- 
na», «agarro» y hago lo 
mismo. La «Medea» 
era un gran barco, 
señor, y con aquel 
«largo fresco» lleva- 
ba una famosa 
«arrancada», de mo- 
do que con verda- 
dero fastidio tuve 
todavía que man- 
dar «bracear» los 
tres aparejos por 
barlovento, para 
conseguir detenerla. 
No es que uno sea 
un desconsiderado, 
pero yo quisiera verlo 
a usted cuando va na- 
vegando lo más tran- 
quilo con un viento de 
bendición por esos mares 
y «agarran» y lo obligan 
de pronto, las más veces 
por una «sonsería», a descom- 
poner toda la orientación de 
su velamen, y lo que es peor a 
«cargar» los sobres y los juanetes, 
para no quebrar un mastelero. Me 
puse «en facha», como decía, y tomé 
la bocina, 

« — ¡Oh, de la fragata! — gritaron. 

« — ¡Oh, de la fragata! 

« — ¿Para dónde? 

« — «Medea» de Stokolmo, con abeto de No- 
ruega para el Callao. Treinta y siete días de viaje, 
sin novedad a bordo, y ¿ustedes? 

« — «Royal Star», de Panamá para Plymouth, 
Vamos a arriar un bote, ¡espérense! 

« Yo entonces, incomodado, «agarré» y me puse 
a gritar como un demonio: 

« — ¡Qué cuerno! ¡Digan lo que precisan, que 
el viento está muy fresco para chariar ahora y 
no pienso rendir la arboladura! 

« — ¡Vamos a bordo! ¡Vamos a bordo! — contes- 
taron, y vi en seguida como empezaban a arriar 
una embarcación por sotavento. 

«- ¡Diablo! ¿Qué será eso? — Y mi timonel, 
un noruego más serio que un mascarón y más 
callado que un pescado, me contestó encogién- 
dose de hombros: 

« — ¿Y? Será algo , . . 

« Como la arboladura crujía que daba miedo, 
tuve todavía que arriar un poco las gavias y car- 
gar las mayores. La «Medea» retrocedía así, muy 
poquito, contrarrestada la «arribada» de la proa 
por la orzada de la popa, pero yo me sentía cada 
vez más rabioso: 

« — ¡Apúrense! — les gritaba. — Apúrense o me 
meto «en viento» en seguida. ¡No quiero hacer 
averia por ustedes! 

« Cuando atracaron a la escalera, me asomé al 
portalón: 

« - ¡Hola! ¿Qué hay? 

« - Nada; esta muchacha, — dijo un mulato. 
que después resultó ser el segundo de a bordo, in- 
dicándome un bulto, o más bien dicho, el bulto 
de una persona que, envuelta en un manto negro. 
se sentaba agobiada en la bancada de proa, — Esta 
muchacha, amigo , . . 

« — ¿Una muchacha? ¿Y qué flauta tengo que 
hacer yo con su muchacha? — grité fuera de mí. 
— ¡Ábranse, hombre! ¡Y ustedes listos a la ma- 
niobra! 

« Pero el mulato me interpeló muy serio, agarra- 
do a la escalera con sus dos manos: 

1 — Vea, amigo, escúcheme y no sea bruto. . . 
Se trata de esto: A los seis días de haber salido 
de Valparaíso, en donde entramos el treinta de 
arribada forzosa por tener fuego a bordo, nos 
hemos encontrado escondida en la estiba y medio 
muerta de hambre a esta muchacha, a esta chica 
que no sabemos de dónde habrá salido, pero que, 
sin duda, se ha embarcado allí, . . No habla una 
palabra. . . 

« Como usted comprenderá, ahí no más «agarré» 
y volví a enojarme de nuevo: 



* — Pero, quiere decirme, ¿qué reverendísimo 
cuerno tengo que hacer yo con que su muchacha 
se le haya metido por donde se le haya metido? 

« — Óigame, óigame, amigo, — prosiguió el mu 
lato; — óigame con calma. Nosotros hemos visto 
que no se trata de una cualquiera, sino de una per- 
sona bien. Se nos ocurre que es alguna criatura 
que, falta de razón, se ha escapado de su casa. 
Viera qué sortijas tiene en los dedos y qué pen- 
dientes. . . 

« — Bueno; todo está muy bien; pero, ¿qué dia- 
blos tengo yo que hacer con ella? ¿Qué cuerno, 
qué sagradísimo cuerno? ¿Quiere decirme? 

« — Óigame, óigame... Nosotros hemos pen- 
sado, el capitán ha pensado, que era obra de ca- 
ridad, obra de deber, mejor dicho, no llevarla más 
lejos, y que cualquier buque de los que siguen la 
costa para el Norte y toquen Valparaíso podía 
hacerse cargo de ella y volverla a su familia. , . 
Vea, es muda; no dice, ni por un diablo, una pala- 
bra. — Y al decir esto, el mulato «agarró» y le des- 
cubrió la cara que tenía cubierta con un manto 
de esos que usan las chilenas. . . Y, viera usted, 
amigo, ¡qué ojos! ¡qué mirada! ¡Bendito sea Dios! 
Diez y nueve años llevo navegando desde entonces 




y no he podido olvidarlos ni un mi- 
nuto. Unos ojos tristes, amigo, 
unos ojos grandes así, como pa- 
tacones y negros, más negros 
que una noche de invierno 
en eL Estrecho. , . 
«Apenas el mulato la dejó 
libre, ella volvió a ocul- 
tar la cara entre los 
pliegues de su manto 
y vi que lloraba. 
« — Ahí tiene usted, 
— dijo el hombre, — 
es lo único que sabe, 
llorar y llorar; pero 
no larga una pa- 
labra. . . 

<i — Bueno, — dije 
entonces con mal 
humor, — súbanla 
a bordo; pero les 
prevengo que yo 
no toco en Valpa- 
raíso. . . 

« El mulato se rió: 
« — Ya lo sé; pero 
no importa, en cual- 
quier parte donde la 
desembarquen, siem- 
pre la dejarán más 
cerca que nosotros, que 
vamos a Plymouth. 
« — Bueno; ¡hala! 
Con mil trabajos la su- 
bieron a bordo. Estaba en 
un estado de debilidad ex- 
trema y ocultaba el rostro con 
verdadera obstinación. Apenas 
a dejaron sobre cubierta fué y se 
sentó hecha una bola sobre la borda 
de la falúa que llevábamos trincada al 
pie de la mesana, y no quiso responder 
ni con un gesto a las palabras de despedida 
del mulato. 

« — No ve, — me dijo éste, ■ — asi todo el viaje; 
al principio no quería comer, ni nada. . . Debe 
estar loca la pobreoita criatura. 

« Como eso de poner «en viento» un barco del 
porte de la «Medea» que se tiene «facheando» con 
sus tres aparejos, no es cosa de «juguetería», nece- 
sité un buen rato para desocuparme y poder volver 
a la chica. Arriba se había «rifado» el sobre de 
trinquete y había una porción de escotines y car- 
gaderas enredados; pero, en fin, bien pronto pude 
hacer «levantar» la maniobra y busqué a la mu- 
chacha con los ojos. Estaba allí, en el mismo si- 
tio, inmóvil y sin cambiar de postura. Moscardín 
y Fortunato, mis dos grumetes, la miraban cu- 
riosamente y se cambiaban impresiones en voz 
baja: 

« — ¡Está dormida, te digo! 
« — Te digo que no, que está muerta — repli- 
caba el otro. 

« Yo tuve un gran sobresalto: 
« — ¿Qué están diciendo? Animales — grité, — y 
al abalanzarme sobre ella para tocarla, para pal- 
parla, tuve la evidencia de todo: En efecto, la 
chica estaba muerta, bien muerta, y lo que es peor, 
acababa de morirse. 

— Qué broma, ¿eh? 

— Ya lo creo, amigo. Aquellos canallas me hi- 
cieron un buen regalo; pero . . . 

Sí; pero, ¿qué hizo usted entonces? 

— Y, ¿qué iba a hacer?. Al día siguiente, al 
amanecer, navegando «a la cuadra», con todo el 
trapo y casi a la vista de «Juan Fernández», la 
tiramos al agua. . . 

— ¡Qué bárbaros! 

— Y, ¿qué quiere usted? Más me dolió a mí. 
Demasiado hice que desviando mi ruta «fondié» 
después, en la rada de Valparaíso para hacer la 
denuncia... 

-¿Y? 

— Era como habíamos pensado; una señorita 
que se había enfermado de la cabeza. . . 

¡Ah! ¿sí? Y ¿por qué? 

— ¡Qué sé yo! Conocí la familia — unos richa- 
chos señorones, — le entregué las joyas de la po- 
brecita muerta y en cuanto pude volví a ponerme 
en franquía. . . 

— ¡Qué cosa! ¿eh? 

— ¿Ha visto? 

Y el capitán de «La Loquita» terminó mirán- 
dome en los ojos y diciendo en tono de reproche: 

— Ya ve, amigo, como los nombres de los bar- 
cos, aunque parezcan mal elegidos y tontos, sue- 
len tener su motivo.,. 




ARTE ARGENTINO 



CONTRA LUZ 

ÓLEO DE WALTER DE NAVAZIO. 




Pl-VS 
. VLfPA 



X L;! I^.A.— 



CARLOJ GUIDO ^ ÍPANO 





N una mañana primaveral de este invierno que la nieve 
matizó de blanco, extinguióse el venerable poeta: nivea 
albura nimbaba su rostro, perenne vigor juvenil poseía su 
espíritu... La Muerte puso término a una labor estatuaria 
emprendida hace años. 

Así, sobre el lecho que él convirtió en un trono, muere 
el patriarca de la poesía, de la paciencia y de la bondad, el 
vate más anciano a quien todos veneraban. 

Carlos Guido y Spano nació el 19 de enero de 1827 en 
esta ciudad de Buenos Aires donde fué, y será siempre, pro- 
feta. Desde muy joven, el digno hijo del heroico general 
Tomás Guido, dedicóse con amor a la literatura. 

La obra poética de Guido y Spano no puede ser clasificada rigurosamente. 
Clásico y romántico a un mismo tiempo, el vate consigue aliar, en nombre 
de la eterna Belleza, los ideales divergentes de los dos movimientos estéticos. 
En 1848 tradujo al portugués el «Rafael», de Lamartine; luego lentamente 
escribió sus libros de versos pulcros y bien rimados, sus prosas de crítica, 
polémica, historia, educación y agricultura. 

Ingenios hay que hablan de virtudes y de justicias merced a una pode- 




rosa fuerza de adivinación, ya que no fueron ni justos ni virtuosos en su vida 
de hombres. Guido y Spano era un poeta que ponía en rima los sentimientos 
de su abnegado y altruista corazón. Siempre tuvo rebeldes protestas contra 
lo tiránico y lo innoble; siempre tomó parte en los dolores y angustias de 
la Patria. 

Durante la epidemia de 1871, vivió su poema épico de civismo, siendo 
la voluntad firme a cuyo rededor se agruparon los filántropos. 

Y en los días de paz y de salud, cuando el país necesitó reorganizadores 
e iniciativas, Guido y Spano fué un colaborador entusiasta, incansable. 

Por todo esto, por su doble y santa vida de poeta y ciudadano, la Argen- 
tina adoraba a Guido y Spano. Una fiesta nacional íntima se celebraba 
cada año el día de su natalicio. La infancia iba en peregrinación hasta el 
lecho del hermoso anciano, que se cubría de flores. Y los jóvenes y artistas 
saludaban aquella figura personificación de nuestra estirpe y de nuestra 
historia. Tras amplia y generosa vida, en una mañana primaveral, con la 
muerte que los hombres buenos desean a los seres queridos, extinguióse 
como copo de nieve el gran poeta, el ejemplar patriota. 

Descanse en su nuevo lecho a donde el amor de los argentinos seguirá 
rindiéndole culto. 



— 1=>LJV^.S -Ky^-L-T^TZ? J^— 



N V 




P 1 N T O R. E 



E^AREO 
"ALDC^DE 



Estamos en uno de los pabellones de Palermo. 
próximo al Rosedal, donde Quirós ha instalado 
últimamente su taller de pintura. 

El ambiente que nos rodea, es excepcionalmente 
agradable: muebles de linea severa, sillones tapi- 
zados, antigüedades, pequeños objetos artísticos 
que denctan selección y buen gusto. La mesa del 
centro, cubierta con rico paño de tisú, contiene 
porcelanas, abanicos, grandes ramos de flores . . . 
Dos elegantes cómodas españolas, estilo Fer- 
nando VI. ocupan el testero del fondo. En las pa- 
redes, obras sin terminar, bocetos y cuadros de 
distintas épocas, encerrados en marcos de talla 
patinosa. 

Quirós nos atiende con amable desinterés: su 
fisonomía, francamente simpática, animase con un 
gesto espontáneo. Sonríe. Nosotros le interro- 
gamos. 

— ¿Hace mucho qué instaló aquí su estudio? 

— Poco más de un año. Por cierto que fué una 
solución. Tenia que pintar cinco grandes lienzos 
para el Jockey Club de Rosario, y no encontraba 
local a propósito. Tuve la suerte de que la Munici- 
palidad me cediera este pabellón. 

— Aquí trabajará usted con mucha comodidad. 

— El sitio es inmejorable. Hasta el aislamiento 
me favorece, pues no pudiendo distraer el tiempo 
en otra cosa, estoy casi todo el día con los pinceles 
en la mano. 

En efecto: el número considerable de telas que 
■ ocupan por todas partes el taller, confirma las pa- 
labras del joven y notable artista. 

— Esos cuadros, nos dice a continuación, for- 
man pafte de la labor realizada últimamente para 
la exposición que pienso organizar en Chile. Pre- 
sentaré la mayoría de lo que ustedes ven. En total, 
unas cincuenta obras. 

— Entonces estará poco tiempo entre nosotros. 

— Sino sucede alguna contrariedad, espero 
llegar a Santiago para fines de agosto. . . 

Tratamos de desviar el diálogo. Quisiéramos sa- 
ber algo de su vida, de su evolución, del proceso 
de su carrera. El mismo Quirós nos facilita este 
propósito, vislumbrado ya al preguntarle como 
se despertaron sus aficiones artísticas. 

— Recuerdo que mi mayor distracción de mu- 
chacho, era ver las caricaturas de «El Quijote». Me 
refiero a la revista fundada por Sojo en Buenos 






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QUIRÓS, PINTANDO 
ANTE LA MODELO. 



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UNA PARTE DEL ESTUDIO. 



Aires, y que tanta popularidad alcanzó en tiem- 
pos del presidente Juárez Celman. He de confesar 
que las ilustraciones de Mayol y de Cao. me entu- 
siasmaban extraordinariamente. 

— ¿Empezó sus estudios en Buenos Aires? 

— Cuando vine por primera vez, estuve traba- 
jando con Mayol, recibiendo sus lecciones 
hasta el año 1906. Mi segundo maestro fué el 
pintor Vicente Nicolao Colanda, a quien dejé para 
ingresar como alumno en la Academia de Bellas 
Artes. Allí conseguí por concurso una de las pri- 
meras becas nacionales, para estudiar en Euro- 
pa, junto con Ripamonte y el escultor Zonza 
Briano. 

— ¿Se radicó en alguna ciudad del viejo mundo? 

— Después de viajar algún tiempo por Italia, 
fui a París, donde abrí un estudio que todavía 
conservo. En Mallorca también tengo mi pequeña 
casita; es un precioso rincón lleno de agradables re- 
cuerdos, y en el que he pasado muchas horas feli- 
ces; su situación es muy pintoresca, estando situada 
en una altura desde donde se descubren bellos 
panoramas de una policromía luminosa. Por la 
circunstancia de estar alhajada con mis mejores 
antigüedades, desfilaron por ella cuantas personas 
de significación han desembarcado en la isla. 

Cambiando el giro de sus ideas, preguntamos 
por curiosidad. 

— ■ ¿Eran sus padres argentinos? 

-- Mi padre era vasco. Había nacido en Eibar. 
o sea, en el mismo pueblo de donde es Ignacio 
Zuloaga; allí existe aún la vieja casa de los abue- 
los, y según he oído decir a mi familia, campeaba 
sobre la puerta de piedra el blasón de las dos lla- 
ves pasadas, con la extraña leyenda feudal: «Des- 
pués de Dios la Casa de Quirós». . . Creo que Ri- 
cardo Palma hace la descripción de este mismo 
escudo en sus tradiciones del Perú, al relatar la 
entrada de unos caballeros en Lima, 

— Y usted, ¿es natural de Buenos Aires? 

— Mucha gente me supone de aquí, pero esta 
creencia no tiene fundamente alguno. Soy entre- 
rriano y nací en un pequeño pueblo del norte: en 
Gualeguay. Allí tenían mis padres una propie- 
dad de campo que ahora me pertenece; con fte- 
cuencia paso en ella largas temporadas dedicado 
a mi arte. Varios de los cuadros que hay en 
el taller, copian aquella vegetación tan rica, 
tan llena de matices. Algunos parajes son de una 
belleza deslumbradora. El pintor que, como yo, 
guste de la naturaleza, que ame la luz y que sienta 
intensamente la voluptuosidad de los campos ame- 
ricanos, de seguro que puede realizar allí cosas 
interesantes, y sobre todo nuestras. 

Mientras Quirós habla de modo tan ameno y 
sencillo, nosotros miramos al azar por las pare- 



des del estudio. El total de las obras, en su ma- 
yoría paisajes y notas de color, acusan en el inte- 
resante artista una franca tendencia al luminismo, 
plenamente definida ya en sus últimos trabajos. 

Despierta nuestro interés un paisaje sin termi- 
nar aún, cuya composición, exenta de todo arti- 
ficio y de todo amaneramiento de escuela, afirma 
de modo terminante, los principios puramente es- 
téticos del conjunto. La pintura es clara, luminosa; 
cada pincelada es un valor nuevo, una sorpresa 
más que contribuye a darnos la sensación justa 
de la naturaleza y del momento. Sobre un fondo 
de azul límpido, transparente, fondo de cielo azul 
turquesa lleno de profundidad y de luz, destá- 
canse varios árboles retorcidos, ondulantes, sin 
complicaciones de dibujo, casi sin dibujo, pero 
haciendo destacar maravillosamente los planos. 

Otro paisaje que, como el anterior, debe figurar 
en la exposición de Santiago, sorprende por su 
originalidad y belleza. Todo en él nos da una grata 
impresión de poesía mansa, de «soledad sonora», 
de remanso húmedo y soñoliento. El sauce del 
primer plano, es un acierto de ejecución. Los ver- 
des sobre todo están tratados de manera insupe- 
rable, dando consistencia plástica al resto de la 
composición, que vibra en mil gamas de variedad 
inquietadora. 

Quirós, después de observarnos en silencio, vuel- 
ve a reanudar el diálogo: 

— ¿Creen ustedes que mi renovación no obe- 
dece al deseo de llegar a descubrirme a mí mismo? 




PINTANDO UNO DE LOS «PANNEAUX» DECORATIVOS PARA EL 
JOCKEY CLUB DE ROSARIO. 



Pues así es; ei pintor no acaba nunca de aprendes 
su arte; iniciado en los secretos de la paleta, vr 
ante el natural muchas cosas que escapan al máe 
suspicaz de los observadores. Pues esas cosas que 
los otros no ven, son las que es necesario repro- 
ducir, pero no tomando como medio de conduc- 
ción al cerebro, sino al espíritu. Es la única ma- 
nera de hacer obra original y permanente. 

— ¿Siempre tuvo esas mismas ideas respecto 
al arte? 

— No les podría decir con exactitud. Cuando 
marché a Europa el año 1910, llevaba el propó- 
sito casi único de estudiar a los grandes pintores. 
Pasaba sin duda por ese período de academismo, 
tan natural en los que no se han definido aún. 
Mi primer visita la hice al Museo del Prado. Ve- 
lázquez. Coya y los demás grandes maestros de 
la pintura hispana, llegaron a sugestionarme. En 
esa época hice, entre otros, el cuadro «mi familia», 
adquirido por la comisión de Bellas Artes para 
nuestro Museo Nacional. Desde España marché a 
la isla de Cerdeña, donde seguí pintando con el 
espíritu puesto en aquellas célebres obras que aca- 
baban de impresionarme. Allí realicé algunos feli- 
ces ensayos, que me sirvieron de mucho, princi- 
palmente para vencer dificultades de técnica. Creo 
no haber sido ineficaz para mi formación este pe- 
ríodo. «Justicia sarda», ejecutado en aquel tiem- 
po y que figura actualmente en la Cámara de Di- 
putados, es acaso, por sus dimensiones y por el 
número de figuras agrupadas, uno de mis cuadros 
más completos y desde luego el de composición 
más amplia. En Florencia, donde estuve más tar- 
de, empecé a reaccionar del academismo. Recuer- 
do que el escultor Trentacoste me invitó para ce- 
lebrar una exposición en Venecia, rechazando tan 
halagadora invitación por no gustarme ya las 
obras que tenía terminadas de antemano. Puede 
decirse que desde entonces empezó el periodo de 
mi renovación artística. El impresionismo llegó 
a descubrirme cosas originales, que antes no había 
podido comprender. Hoy creo tener ya formada 
mi paleta, excluyendo en absoluto los colores gri- 
ses y los sienas; el negro tampoco lo uso para 
nada. Dentro de la escuela luminista, trato de 
llegar en la figura a un modelado que tenga valor 
y consistencia. Esta es mi ilusión por ahora. . . 

Antes de retirarnos, Quirós nos hace conocer las 
demás obras que tiene por terminar. Son las seis 
de la tarde. Cuando dejamos el estudio, salimos 
pensando en el esfuerzo de este joven pintor, con- 
siderado por la sinceridad de su arte, como uno 
de los valores más positivos de la moderna 
pintura americana, 

Víctor Andrés. 



-F^LJV^^ 



- ¡Papi! — dice Ed- 
gardo ~ cuánta barca 
hay esta tarde: parece 
una bandada de gavio- 
tas. Son pescadores, ¿no 
es cierto? 

- Asi han de serlo. 

— Papá, quisiera ser 
pescador. 

— Yo también, hijo; 
el mar es nuestro verda- 
dero padre, por eso senti- 
mos esa especie de atrac- 
ción ancestral, cuando 
nos acercamos a él. una 
inexplicable nostalgia, 
algo asi como un recuer- 
do que quisiese precisar- 
seynoencontrase expre- 
sión. Para nosotros que 
lo vemos desde la playa, 
es inquietante y lleno de 
misterio: para los mari- 
nos, es rezongón y cari- 
ñoso como tu abuelo. Sin 
embargo, a pesar de sus 
sonrosadas sonrisas ysus 
éxtasis de luna, su mis- 
terio es terrible. Nos está 
vedado conocer el fondo 
desu abismo, tal vez por- 
queen él resideel secreto 
de nuestra propia vida. 

Voy a contarte una 
historia al respecto, hijo 
mío. porque es bueno 
que desde niño ejerci- 
tes tu imaginación en 
la enseñanza lírica, que 
dará más tarde brillo a 
tu alma. 

Me preguntaste, hace 
un momento, si eran pes- 
cadores los tripulantes 
de esas barcas que com- 
paraste con acierto a un 
vuelo de gaviotas. Te 
contestéquesí en un sen- 
tido general, pero en 
realidad no sé porqué; 
nadie puede adivinar 
quién es el tripulante de 
la' barca lejana. ¡Es tan 
diverso el hombre, por 
más que se parezcan 
tanto entre ellos! 

Escucha la historia 
del barquero misterioso. 
que es popular leyenda 
en nuestro pueblecito 
costero. Cuando yo era 

niño como tú. me la contó mi padre, en una tarde 
semejante a ésta, mientras pasaban las barcas so- 
bre el rio sereno. 

Era un hombre que siendo como todos los hom- 
bies. era sin embargo misterioso. Llegó un día, 
¡Dios sabe de dónde!, y compró esa casita abando- 
nada que debes haber visto a la orilla del río. 
De mediana estatura, la rizada cabellera desparra- 
mándose en el viento, iba siempre envuelto en una 
obscura y larga capa que le daba un insólito aspec- 
to de sombra errante. 

Por timidez, sin duda, no hablaba con nadie; 
pero por la expresión cálida de sus ojos, y su eter- 
na sonrisa vagabunda, delataba un carácter bon- 
dadoso y tierno, que le hacía simpático a primera 
vista. Vivía solitario y retirado en su casita ribe- 
reña, y su único paseo tenía lugar en el crepúsculo 
con la marea creciente. Trepaba entonces sobre su 
barquichuelo blanco, donde aleteaba la roja vela 
latina, y salía mar afuera, ¡mar afuera!, hasta des- 
vanecerse como un punto fugitivo en el horizonte. 
Ya eran entradas todas las barcas y adormecido 
el mañanero pueblecito, cuando reaparecía la em- 
barcación aventurera. 

¿Qué hacia en sus largas correrías aquel hom- 
bre solitario? Nadie supo decirlo nunca en reali- 
dad, y por eso empezaron a llamarle el barquero 
misterioso. Asi se hacen las leyendas. Los hombres, 
hasta los más ínfimos, tienen necesidad de lo mis- 
terioso, ese lacito imperceptible tendido al través 
de los siglos que les conduce a Dios. Y aquel hom- 
bre era un lacito imperceptible. Fué la preocupa- 
ción de la aldea. La conseja murmurada quedo 
junto al hogar, en las noches de invierno, cuando 
el viento suele batir las puertas como un malhechor 
y la leña crepita salamandrinamente en el brasero. 
Ya eran muchos los que evitaban el pasar junto 
o su casita solitaria, en cuya última ventana, así 
Bomo una estrella, palpitaba una luz. 

-7 ¡Pa mí que hay brujería! — murmuraba 
misia Petrona, sacudiendo las mechas blancas que 




EL ñAROVERO^/X rcRNATM 

MIr5TLR105ü '-'^ /V-IADOR 

se pegaban a su rostro bronceado. — Dios me cas- 
tigue si digo falsedad; ya saben que mi ranchito 
no está lejos de la costa, y yo con esta asma mal- 
dita no puedo casi dormir, así es que más de una 
vez he oído como una música en lo del hombre, 
una música que parecía un quejido. ¡Dios me per- 
done! pero daba gusto oiría... Pa mí que hay 
brujería. Así hablaba misia Petrona, la vieja más 
vieja del pueblo, que había ayudado a bien nacer 
a muchos de los que la escuchaban. 

Entretanto, el barquero misterioso proseguía 
en su vida extraña, ajeno a la preocupación de la 
gente, de su casita al barquichuelo. del barqui- 
chuelo a su casita. De rato en rato, subía al pue- 
blo, compraba tabaco, cuerdas de violín y de gui- 
tarra, libros, alguna que otra pieza de música y 
luego sonriendo a todo el que encontraba a su 
paso, desaparecía bajo la sauceda, discreto y ta- 
citurno, como sumido en un sueño infinito. 

Pero una mañana, la que primero anunciara tal 
vez, la primavera, las bulliciosas lavanderas más 
alegres que de costumbre, los pescadores moceto- 
nes, los tejedores de canastas, todo ese mundo 
descuidado y caprichoso de la costa, quedóse pen- 
sativo, mirándose los unos a los otros. 

La barca misteriosa no estaba allí, no había 
entrado esa noche. Y no debía ser por causa de mal 
tiempo. Nunca noche de luna bajó más serena que 
aquélla, sobre el río inmóvil, semejante a un ca- 
mino de plata esmaltado de diamantes. El mis- 
terio aumentó, cuando misia Petrona, bajando 
apresurada de su ranchito, agregó a su eterno es- 
tribillo: — ¡Pa mí que hay brujería! y ¡Dios me 
perdone! — esta insólita afirmación.- Esta no- 
che había un alma en mi ventana. ¡Dios me am- 
pare! ... Se quejaba ni más ni menos que un niño, 
y tenía una voz dulce, dulce como la música del 



barquero.' diciendo es- 
to señalaba la casita soli- 
taria que se doraba con 
los primeros rayos del 
sol. Hasta el Contino, 
proseguía volviéndo- 
se haciaun perrito blan- 
co y lanudo que asentía 
con un aire triste, has- 
ta el Contino que aulló 
tres veces y fué a escon- 
derse bajo la cama. ¡Dios 
me perdone!, pero aquí 
hay brujería concluyó 
diciendo misia Petrona, 
y se fué camino del pue- 
blo, más vieja que nun- 
ca, con un perrito triste 
como ella, cabizbajo y 
preocupado. 

Nada respondieron a 
la viej a lavanderas y pes- 
cadores; pero en silencio, 
como al entrar en una 
estancia mortuoria, fue- 
ron asus quehaceres uno 
por uno. en la hermosa 
mañana de primavera. 
Dos días después, don 
Mariano, que había di- 
cho la víspera a sus hijos 
olfateando el viento: — 
¡Preparen el «Lucero», 
muchachos, nochede pe- 
jerrey! volvió al ama- 
necer a toda vela remol- 
cando la barca miste- 
riosa. 

Con qué ansia le vio 
llegar el pueblecito alar- 
mado, entre variados co- 
mentarios, bajo los i Dios 
me perdone! de misia 
Petrona. 

Y asi habló don Maria- 
no, ante el alcalde, el cu- 
ra y el maestro que fue- 
ron a recibirle: 

Pues, sí, señores, se- 
rian como las tres y ya 
cargábamos pejerrey, 
cuando cerca nuestro, 
como salida un de repen- 
te, vimos una barcaque 
venía a toda vela sobre 
nosotros. La reconocí en 
seguida y le di je a los mu- 
chachos: Es el barquero 
misterioso; ahora vamos 
a saber lo que hace. Lar- 
gamos trapo para alcan- 
zarla, pues soplaba viento del río e iba ligera. Pero 
de pronto vimos que paraba de golpe, como una 
bruja que agarra un pez y así nos allegamos. La lu- 
na estaba linda como nunca, por eso pudimos ver 
dentro la barca. Y bien, no había naiáes, señores, 
naides. Yo me acordé lo que decía misia Petrona y 
quería dirme; pero los muchachos abordaron no 
más, y uno de ellos saltó en la barca. Como decía, 
no encontraron a naides como persona, sólo encon- 
traron esto, deben de ser las prendas del finao. 
Entonces sobre la playa húmeda, don Mariano, 
con manos temblorosas, desligó un paquete, que 
todos reconocieron ser hecho con la capa oscura 
del barquero. Apareció luego su sombrero amplio, 
un pañuelo azul y después un instrumento extra- 
ño y desconocido que llevaba enredada en sus 
cuerdas una admirable y desmesurada trenza de 
oro. Bajo el sol aquello era un prodigio, y cuando 
el alcalde, más audaz, le tocó ligeramente, una 
vibración indefinible recorrió la playa. 

— ¡Dios me asista! exclamó misia Petrona, 
santiguándose - ¡Es la voz! ¡Es la voz!... — y 
echó a correr hacia su rancho. 

El maestro dijo, examinando el instrumento: 
Esta es un arpa eolia; entre los griegos, fué un 
instrumento sagrado. 

El alcalde dijo, recogiendo la trenza de oro; 

- Por mi alma, nunca he visto más admirable 
cabellera. 

Y el cura, que estaba descifrando un papel en- 
contrado en el fondo de la barca, leyó en voz alta: 

- He perseguido el canto de la sirena y le hallé. 
El mundo no puede contenerle, por eso perecieron 
los navegantes que supieron como yo hacérselo 
suyo. El mundo no existe... 

- ¡Dios le perdone!— dijo el cura; — y todos de 
rodillas sobre la arena, inclinaron bajo el sol na- 
ciente sus cabezas abrumadas, sobre las que pasó 
como un pájaro inmenso el soplo eterno de la 
leyenda. . . 

DIBUJO DE LÓPEZ NAGUH.. 





N*EL 



§URCO* 



c: 




¿Cuál es el hijo que demuestra su amor cubriendo 
de arrugas el rostro de la madre? 

¿Cuál es el navio que siempre corre dando bordadas, 
y cuya estela vale más que él? 

¡Surca sobre el arado, labrador, el mar sin olas de 
la pampa; haz rugoso el terso cutis de tu madre la tierra! 

Otros hermanos tuyos, durante la misma mañanita 
entoldada por blanquísimas nubes, no se acuerdan de la 
anciana fértil y pródiga y desperdician las horas en fú- 
tiles ocupaciones o en viciosos descansos. 

Tú eres el hermano menor, el Pulgarcito menudo y 
sagaz, que sabe los medios para encontrar el camino de 
la casa paterna o vencer al Ogro... 

Tú, como José, fuiste vendido a los mercaderes, que 
te revendieron en la ciudad egipcia. Adivinaste la pesa- 
dilla de las vacas flacas, el sueño de las vacas gordas. 
Tú subiste al trono, junto al faraón, y, sin embargo, 
nadie reconoce tu poder. 

El alto asiento de tu arado es tu carro de triunfo. 

Desde la madrugada del universo, empuñas el timón 
de nuestras vidas, y por ti las patrias son maternales. . . 

Todos vivimos de tu trabajo sin agradecerlo, casi 
despreciándote, buen arador que arrugas la tierra para 
remozarla. 

Los pacíficos caballos que arrastran la máquina, las 
gaviotas voraces que en el surco recién abierto destruyen 
los parásitos, y el sol, salud dorada del mundo, colaboran 
en tu empresa. 

¿Qué te importa de los hombres ingratos, labrador, 
si la naturaleza es tu amiga? 

Ara, cubre de arrugas el rostro de la anciana madre 
trazando surcos paralelos, estelas productivas, que en tu 
corazón recibirás la ganancia de ese cariño filial. 




Ulbnio- de- 



MEDtNA\VERA 



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EN LAS PLAY 
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DEL PLATA 



FOTOGRAFÍA DEL SEÑOR ALBERTO DE 



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— X^-L-^v^íS '<^l-jTr2yX — 



Un Oi«jriÍDr ori^üuL 

El-íocouTimmm 

A la avanzada edad de noventa años ha falle- 
cido, en su patriarcal retiro de Medina Sidonia, 
el doctor Thebussem, el escritor más original de 
la literatura española contemporánea, el hombre 
que supo dar a los asuntos mínimos el carácter 
de nimios, o sea de grandes. 

Ya el afortunado pseudónimo revelador es de 
algo que se eleva sobre el común nivel. Thebussem, 
anagrama ligeramente modificado de Embustes, 
descubre a las claras peregrino talento, dispuesto 
a mofarse de las humanas credulidades; como 
prueba varonil, aunque zumbona energía, la ame- 
naza de llevar ante los tribunales de justicia a 
quien se atreviera a negar su origen alemán. 

Asi como otros literatos con menos enjundia 
que él, se desviven porque las prensas pregonen, un 
día sí, y otro también, con su nombre, los títulos 
de cuantas producciones lanzan al mercado inte- 
lectual, Thebussem gustaba de vivir en el miste- 
rio, y de intrigar a lectores y críticos. Hidalgo de 
alcurnia y por temperamento, huía de la popula- 
ridad; noble de abolengo, era el gran señor que 
escucha sin inmutarse elogios, y desprecia cen- 
suras de distraídos o malintencionados. Su sere- 
nidad anglo-sajona, para acompasarse con su 
pseudónimo, se revela en su vastísima producción. 

Dejando para trabajo de mayor vuelo, la tarea 
de puntualizar la universalidad de los conocimien- 
tos del doctor Thebussem, y los innegables servi- 
cios que en vida prestara a la cultura española, 
relataré dos anécdotas que, quizás más que un 
retrato, pintan de cuerpo entero quien fué el fa- 
moso autor de las Epístolas Droapianas. 

Sabido es que cuando un trabajo está bien hecho, 
una cuenta bien sacada, algo que merezca ser 
aprobado, el superior estampa al pie la oficinesca 
frase; Visto Bueno. Ahora bien; Thebussem estaba 
en Madrid; los marqueses de Roncal! quisieron 
obsequiarle con un banquete; mas temerosa la mar- 
quesa de que su cocinero no hubiese acertado en 
la confección de la lista, o que el orden de los 
platos no correspondiese al refinado gusto de quien 
como el hidalgo andaluz era perito y ducho en 
asuntos culinarios, le remitió el borrador de la 
lista para obtener el beneplácito del ilustre amigo 
o aceptar las indicaciones que sobre ella se le 
ocurrieran. El doctor se limitó a poner al pie de 
la cartulina; Visto. . . y Bueno, ponderando de an- 
temano, con la sola agregación de la copulativa y, 
cuan sabrosos serían los manjares que componían 
la anunciada comida. 

Empeñado en vivir siempre alejado de la polí- 
tica, se admiraba y espantaba — son verbos su- 
yos — de que existiesen mortales dispuestos a gas- 
tar tiempo, salud y dinero en llegar a ser alcaldes 
o diputados. Aturdido y horripilado - también 
adjetivos suyos confesaba no haberse mezclado 
en asuntos electorales, ni servido cargo o destino 
público, ni haber sido siquiera elector; y dada 
esta su enemiga contra cuanto trascendiera a pú- 
blica administración, ya se colegirá la sorpresa, 
más que sorpresa, el estupor que le causaría reci- 
bir el nombramiento de Alcalde de su pueblo 
natal. Resistió cuanto pudo la orden del Gober- 
nador militar y civil de Cádiz, para que tomara po- 
sesión de tan elevado cargo: mas como dicha auto- 
ridad estaba dispuesta a que se cumpliera su man- 
dato, encomendó al oficial de la Guardia Civil de 
Medina Sidonia el espinoso encargo de convertir 
al doctor Thebussem en «El Alcalde por fuerza». 

Pero, oigámosle a él mismo; 

«. . .fueron tales sus razonamientos --los del ofi- 
cial, — su habilidad, su finura, su elocuencia y su 
tacto, que logró persuadirme a que asistiese a la cita. 

— Conforme — dije — vamos a donde usted me 
mande; pero con una condición. 

— Con todas las que usted quiera — respondió 
gozoso Almagro, temiendo espantar al pájaro que 
ya estaba en la red. 

— ¿Palabra de caballero? 

— - [Palabra de honor! — replicó el capitán muy 
serio, colocando su mano derecha en el pomo de la 
espada. 

— Pues bien; he de ir amarrado codo con codo, 
asistido de los guardias que- usted trae, y por las 
calles que yo señale. 

— ¡Pero como ni usted pretende fugarse ni aquí 
tenemos cuerdas! ... — balbuceó mi interlocutor 
un tanto desconcertado por mis extemporáneas 
exigencias. 

— No importa; yo las tengo. Manuel — dije a 
mi criado — trae un cordel al momento. . . Muy 
bueno que es; átame los brazos atrás... aprieta 
un poco. , .; basta ya. . , Señor de Almagro, estoy 
listo y cuando usted lo ordene vamos andando. 




Y nos pusimos en marcha por las calles más 
principales de la población, hasta llegar al Ayun- 
tamiento. » 

Apesar de esto, nuestro héroe, no fué Alcalde 
más que unos minutos. 

Como para no aceptar el cargo había pretextado 
su falta de salud, quiso rematar casi en tragedia 
la comedia comenzada. No bien había empezado 
a agradecer a la autoridad civil y militar y a los 
concejales, la distinción con que se le honraba, un 
simulado vahído cortóle la palabra, obligándole a 
sentarse en el alcaldesco sillón. Hubo el consi- 
guiente susto; se le llevó en andas a su casa, y ya 
en ella, y a solas, escribió al Jefe del Gobierno, que 
lo era a la sazón su buen amigo el Duque de la To- 
rre, para que lo salvase del grave aprieto en que 
se encontraba. Deferente el Duque con la rara pe- 
tición de su amigo, ya que en verdad es sorpren- 
dente que un peninsular — o hispano-americano, que 
para el caso es igual— renuncie a mandar, solicitó 
del Gobernador de Cádiz dejase sin efecto el nom- 
bramiento. Al dársele cuenta oficialmente de que se 
le relevaba de tan alto cargo, se le prevenía entre- 
gase la jurisdicción a don Fernando de Pareja. 

Como digna contera de tan peregrina historia, 
dice el doctor Thebussem; 

« No me ocupé de semejante entrega, y sospecho 
que viéndose abandonada y sola aquella jurisdic- 
ción a quien dejé virgen, ella misma se entregaría 
de- buen talante y con la mejor voluntad, al pri- 
mero que le alargase la mano. » 

Cuando quien más quien menos, intriga y em- 
puja para ocupar un sitio visible en la sociedad, 
resulta poco menos que un mirlo blanco dar con 
un mortal que, a semejanza del célebre García 
del Castañar, anteponga a las seducciones del 
mando y del boato la tranquila vida del propio 
hogar. 



Thebussem escribió de todo y sobre todo. Sus 
sabrosos artículos sobre la mesa moderna le valie- 
ron los títulos de Presidente Honorario de la So- 
ciedad de Cocineros de Madrid y Miembro Hono- 
rario de la Society of Gastronomists and Cooks of 
London. Sus profundos conocimientos sobre el 
Quijote y toda la producción cervantina, la Cruz 
de la Orden de Maximiliano, otorgada por el rey 
de Baviera, y su paciente y tenazuda labor refe- 
rente a los correos españoles, su historia y su 
organización, el nombramiento de Cartero Hono- 
rario de España. 

Vaya otra última muestra, por ahora, de su 
originalidad. 

El, que en cuanto puso la mano estampó el sello 
de su poderosa inteligencia; que con igual acierto 
hablaba de historia, que de filatelia, de gastrono- 
mía que de heráldica, de filología que de tauro- 
maquia, logrando que cuanto brotaba de su pluma 
fuese saboreado con placer por los de refinado 
gusto literario, pues a lo interesante del asunto, 
unía estilo cervantino, escribía con encantadora 
modestia; «... ni mi inteligencia, ni mis estudios, 
ni mis aficiones, ni mi salud, ni mi gusto, me per- 
miten salir del agradabilísimo recinto de lo insubs- 
tancial y de lo fútil. » 

(Cuan cierto que la sabiduría suele caminar 
asida del brazo de la modestia! 

Ricardo Monner Sans, 

P. S. -- Noto un olvido que me apresuro a sub- 
sanar. «El Ingenioso Hidalgo de Medina-Sidonia». 
según feliz expresión de Castro y Serrano, llamóse 
en vida Mariano Pardo de Figueroa, de quien 
pienso ocuparme con alguna extensión en la inte- 
resante revista Nosotros. 

Vale. 

DIBUJO DE ALONSO. 



— r^LA-'^S 



— ¿Qué hay de libros nuevos? — me pre- 
munió Jofe. suspirando como distraído, de- 
iando de pensar en mi y en lo que me había 
preguntada 

Estaba péUdo. ojeroso, con cara de sueAo 
y de mal humor. Yo le mii4 con atención y 
fíjeia. y dando cierta intención maliciosa a 
mis palabras, contesté; 

- Acabo de ver que Carlos Crxw:. ya sa- 
bes, d docto alemán que publicó en 1696 
Du SpuU itr Tkitrt {Los itufcs dt hs ani- 
males), publica ahora />>> SpieU d*r Mfní- 
•:htn {Los .'Wru <M komtrri 

— Si: ya nte acuerdo. Los l'yfgas dt los 
amimúUs. . . No hay mis juego que ese. 
Parque. . . ivaBentes animale: son todos los 
que juaganl 

— Hombre, no itufues tú con el vocablo . . 
Ya sí que «s feo jugar dt beca. . . Y. en 

rigor, está prohibido. . . Viase el articulo. . . 
-- No digo eso. Juegas con el vocablo; 
porque animales. . . 

- Si: ya te entiendo. Se trata de los ani- 
males. . . no humanos. Bueno, pues el señor 
Croos los calabria Los animales no juegan. 
Sólo juega ■- lue es el único ser 
metafisico ■ un efecto de la di- 
chosa evoluv..jii- ,vurr tcmedio! Yo quería 
corregirme, dejar el vicio. . . pero. . . impo- 
sible. . Es oosa de la herencia ... de la raza. 
Lo he Itido en ihering. en la His'.oria de los 
iado-mropeos antes de su stparaáón. Aquello 
desconsuela. Nuestros patriarcales y bucó- 
licas ascendientes remoiisimos. . . eran unos 
empedernidos jugadores. Mataban el tiempo, 
el tiempo monótono de aquella vida lacia, 
sin variedad, sin emociones nuevas, jugando 
y jugando. . . Y esto, generariones y genera 
dones. . . ¡Ya ves! ¿Quién puede más que el 
hábito incnistado en !a herencia? . . . Pasto- 
res... y 'ugadores... 

— Basta de disculpas prehistóHcas y dir- 
winistas. . . No me has entendido, o no has 
querido entenderme. . . o todo te sabe a lo 
que te pica. El juego de que habla Croos 
no es ese; es el juego como diversión o re- 
creación, tegún dice el Diccionario, en que 
no se persigue otro propósito que la distrac- 
ción misma. .. 

— A propfsilo del Diccionario. Los que 
hablan mal de ese libro acadómico no co-, 
nocen su gran mérito. Es un libro de moral . . . 
A lo menos a mi. casi me convirtió. Verás 
lo que pasó. Un día. viéndome encenagado 
en el picaro juego, sin poder remediarlo, con- 
vencido de que eran inútiles los propósitos 
de enmienda, quise saber a lo menos cómo 
se definía académicamente el vicio que me 
dominaba, y me fui al Diccionario oficial, y 
leí: «Juego, pasatiempo, recreación, aquello 
que se hace por espíritu de alegría y s6lo para 
dnrertirse y entretenerse'. No era esto: mi 
iutfo no era pasatiempo, ni alegría; ¡era in- 
fierno!... Seguí leyendo; «Ejercicio recrea- 
tivo sometido a reglas, y en el cual je gana 
o se pierde*. Lo de ejercicio no me llenaba. 
porque jse hace tan poco ejercicio pasando 
doce horas arrimado al tapete verde! Y lo 
de «se gana o se pierde» no es exacto, porque 
mudias veces se queda... a juego, ni se 
pierde ni se ^ana Si el banquero abale con 
nueve y yo también... ni pierdo ni gano. 
Y si salgo del Casino con el mismo dinero 
con que entré... ni pierdo ni gano. «Par 
darle mayor aliciente — continúa el Dicci 
nario — aventúrase en él con frecuencia a 
gún dittero». Los académicos deben de r' 
peseteros por esa manera de hablar. «Merec 
reprobación sigue la Academia — cuand 
la ganancia o la pérdida puede ser impcr 
tante: cuando je juega por vicio o cuando ■ 
iufodor no tiene por objeto divertirse o enir, 
tenerse, sino hacer suyo el dinero ajeno: A 
leer esto, sentí toda la sangre en el rostr 
estaba muerto de vergüenza. ;Qué leccií : 
inesperada me daba el líxico oficial! ¡Cuáni 
había yo leído contra el juego! Pero nun 
aquella bofetada de moralidad me hab: 
azotado el rostro. Tolstoi, con su moral i 
maníaco, combatiendo lo mismo que el jue^í 

'.\ vino, el tabaco. . . el servicio militar y • 
■rabajo, no me había hecho sonrojarrr.' 
S:?mpre que se atacaba el juego como i/iV; 
í o me disculpaba con la decencia que pu- 
den tener ios viciosos. El juego me pare-j: i 
diabólico, pero noble, jugando como caba 
llero. es claro. ¡Cuántos sofismas había inver 
lado yo para disculpar mi vicio! Le hab 
encontrado analogías con mil cosas, mala 
p«o no bochornosas. As: como el amor ilef^;. 
es pecado, pero no sórdido, no bajo, el juer 
u.'. tarecía incompatible con la vida econo 
ia de la sociedad . . . pero no in- 
no mezquino: sin relación co.n 
jesús, el robo! Y '!• 
as!, me dabaaqu' 
,....,. .-labia fijado! Al ju- 
go se Iba para hacer suyo el dinero ajeno . 
Era verdad: a eso se iba. Lo mismo que i' r, 
usureros y que los ladrones... para hacer 
de uno el dinero ajeno . . . contra la voluntad 
de su duefto también; porque nadie tiene la 
voluntad de perder. ¿Que se expone el di- 
nero propio en cambio? También el avaro 
expone la salud, la vida; el usurero se ex- 



F í RM Ac/ 



Av J E N /^^' . 




DISLOCO. R 



* 



LATÓN ICO. 



pone a quedarse sin lo prestado, y el ladrón. . . 
a ir a presidio. Sí. no cabe duda; el juego es 
eso: desear quedarse con el dinero ajeno. 
¿Querrás creer que me dio asco el juego? 
Vi en mí un pecado de la índole ruin de que 
•tempre me había creído libre: un pecado 
sirdido. de injusticia con el prójimo, de re- 
pugnante psiquis. . . (Pausa.) 
~lY qué? 

— Pues nada. Que estuve sin jugar... 
mucho tiempo, 

— ¿Mucho, eh? 

— Sí; ¡varias semanas! 

— - Pero, ¿cómo volviste a lo sórdido, a lo 
ruin, a lo que. . . (perdona, tú lo has dicho) 
se parecía a) robo?. . . 

■ ' Verás. Eché mis cuentas. Según mis 
cálculos, yo. en conjunto, llevaba perdido 
mucho más dinero que ganado. Todavía me 
tientan por allá algunos miles de duros. Iba 
por el desquite. Iba por lo mío. Aquello no 
era jugar, y no hacía mío el dinero ajeno. . . 
sino el mío. 

— Vamos, sí; les habías hecho una señal 
a las monedas y a los billetes, y cuando no 
eran los tuyos los que ganabas... los de- 
volvías. 

— Ya sabes que el dinero se considera 
como cosa fungible. . . 

— ¿Pues entonces?... Además, tus deu- 
dores (!), es decir, los que te habían ganaí'o 
a tí. ¿eran los mismos a quienes tú ganabas? 

Ese argumento tiene menos fuerza que 
el que empleó para anonadarme la picara 
realidad. . . 
-¿Y fué?... 

— Que aquellos señores, que no eran los 
que me habían ganado. . . me ganaron tam- 
bién. (Nueva pausa.) 

Me daba lástima del pobre Jorge. No qui- 
se molestarle con nuevas observaciones vir- 
tuosas tan fáciles de encontrar. ¡Es tan fácil 
lidiar los victos desde la barrera, cuando no 
se tienen! 

— |E1 juegol — continuó el jugador. — 
Los filósofos no saben lo que es. Montaigne. 



que ha hab'ado de tantas cosas% de tantos 
vicios, no tiene ningún capítulo dedicado al 
juego. Montaigne hablaba de lo que sabía, 
de lo que habia experimentado. Ren-.n se 
queja de que los filósofos no han tomado el 
amor en serio del todo, y su verdadera filo- 
sofía está sin hacer. Y es verdad. Y la causa 
será que los filósofos no suelen enamorarse 
de veras. Lo mismo les pasa con el juego. 
¡La estética del juego! existe: pero no es esa 
de que hablan esos libros nuevos. . . Como 
que el juego. . . no es juego. . . no tiene nada 
de juego, en ese otro sentido de finalidad sin 
fin de que ya Kant hablaba. No debiera 
usarse la misma palabra para cosas tan dife- 
rentes. Una opinión muy generalizada entre 
los estéticos, es que ei arte... es juego. 
Schiller, en sus célebres cartas sobre la cien- 
cia de lo bello, siguiendo a Kant. desenvuel- 
ve admirablemente la teoría... 

— Si; y ahora la estética de tendencia po- 
sitivista, o mejor acaso la que estudia lo bello 
y el arte en su aspecto psico-fisiológico. sigue 
el mismo criterio. Spencer. como es sabido, 
también admite la teoría del arte juego... 

— Y se ha dicho que el juego es un exce- 
so, una sombra de la vida. . . lo mismo que 
se ha dicho del amor. Renán le preguntaba 
un día a Claudio Bernard por el misterio del 
amor, y el gran fisiólogo le decía: «No, no hay 
cosa más sencilla que el amor; es la vida que 
sobra. . .» De modo que amor y juego son 
plétora, lo que rebosa. . . 

El juego, según este Groos de que ha- 
blábamos, es un ejercicio natural de los apa- 
ratos sensoriales y de los motores, de las 
facultades de! espíritu (inteligencia se en- 
tiende) y de los sentimientos, en atención al 
placer. . . La actividad por el placer mismo 
de la actividad, eso es el juego. . . 

-- ¡Qué cosa tan diferente del otro fuego, 
de mi j uego! El j ugador no b usca el placer . . . 
y en eso se engañan muchos que ven las co- 
sas desde fuera. . . Busca la ganancia; sólo 
que la busca en la forma picante, misteriosa, 
inexplicable. . . de la suerte. ¡La suerte! Es- 
toy p3r de:;¡r que el jugal:)r e» un mstafísicD 




apasionado que interroga de cerca y con 
interés el misterio metafisico en cada juga- 
da. . . ¿Hay ley? ¿No hay ley? ¿Es casua- 
lidad? ¿Qué es casualidad? ¿La Providencia 
se mezcla en estas cosas? ¿El cálculo de las 
probabilidades hasta dónde sirve?. . . Y des- 
pués. . . ¡una cosa terrible! Lo que a mí. al 
fin, me ata al juego hasta por la filosofía. . . 
quiero decir, por el sofisma, es... que la 
i'ida fs fuego. Sólo el que aspira al nirvana, 
a la abulia, a la apatía, puede decir que no 
es jugador. Los demás, todos juegan. La 
vida y la muerte son un modo de copar la 
banca. Cada latido del corazón es un golpe 
de fortuna, una carta que se juega; cada 
vez que respiro puedo perder o ganar la vi- 
da. . . La riqueza o la miseria. . . juego. . .; 
el mérito... juego. ¿De dónde me viene el 
talento o la estupidez? ¿De dónde v enen 
las fudias y las cristianas. los nueves o las fi- 
guras?... Del misterio, del horrible cí/ícmíí/- 
ta por ciento..., del abismo que se llama 
pares o nones, cara o cruz. . . «Esto. . . í? lo 
otro». En esa o. en esa disyuntiva está el 
símbolo del juego... y de la existencia... 
Voy ahora a casa. . .; mis hijos, mis entra- 
ñas, ¿estarán durmiendo. . . o muertos?. . . 
¡Quién sabe!. . . Están durmiendo; ¡bien! 
qué hermosas! ¡qué inocentes! Pero ¿ma- 
ñana? Ei porvenir, la carta que les tocará. . . 
la vida que les espera. . . ¿Qué puedo yo para 
ccnseguir su dicha futura? Todos mis cálcu- 
los, mis previsiones, mis cuidados, mis aho- 
rros, ¡inútil martingala! Mis esperanzas... 
ilusión como las supersticiones del jugador.. . 
■ En el fondo de la magna cuestión del libre 
albedrío. de la libertad y ta gracia, de la li- 
bertad y el determinismo, de la filosofía de 
la contingencia, que hoy da nombre a una 
escuela, lo que se ve es el quid del juego. . . 
No; ei juego, el mío, no es diversión, no es 
broma, no es desinterés, no es finalidad sin 
fin. . . Es todo lo contrario; el interés, la ga- 
n mcia, el egoísmo en la lucha con la suerte. . . 
lo mismo que la vida non saricta, que es la 
vida de casi todo^. Los grandes hombres, los 
héroes, decía Cariyle, toman la realidad, el 
mundo, en serio. No son dilettanti. Lo mis- 
mo el jugador. El azar para mí o contra mí .. . 
Esta es su idea, siempre seria, siempre con 
fin, siempre interesada. . . 

— Sin embargo, en el juego, no el tuyo, el 
otro, el juego por el placer de la actividad, 
se llega, según nuestro autor, a lo que él 
llama el placer del mal, a jugar con el propio 
dolor. Además, hay la catarsis de Aristóte- 
les, el placer de la calma tras la borrasca. 

— No, no importa. Ni por ahí existe afi- 
nidad entre los fuegos y ei juego. El jugador 
no busca el dolor del juego, que es grande, 
por el dolor, por el placer de saber que es un 
dolor buscado, querido; no, porque él sabe 
bien que la pasión le domina y que aquel 
dolor no es voluntario; y además, tolera el 
dolor por la esperanza de ganar, no por el 
gusto de poder triunfar de él. En cuanto a 
la catarsis, no tiene explicación... Porque 
la calma para el jugador nunca llega. Todo 
es borrasca. Después de ganar. . . quiere, ne- 
cesita ganar más. Es un judío errante, no 
para nunca su ambición. 

— Groos habla también de juegos guerre- 
ros, los del placer de luchar, de vencer a un 
contrario. . . 

--- Tampoco en eso hay afinidad entre los 
juegos y el juego. En La Trauiata. el tenor 
juega por ganar a un rival... Eso es mú- 
sica. El jugador de veras no quiere el dinero 
de Fulano, quiere el dinero; en el juego hay 
disputas, pero no hay rivalidades, ni perso- 
nalismos, ni rencores; no hay más enemigo 
que la contraria. Suerte, ganancia, pérdida. 
Esas son las categorías. 

■ - Pues Groos dice textualmente que las 
apuestas son juegos guerreros, y los juegos de 
azar apuestas intelectuales. El juego de azar 
tiene para él tres elementos: el placer de 
ganar, que crece con la importancia de lo 
que se arriesga, sin que la ganancia por si 
sea el obfeto del fuego: el placer de una exci- 
tación fuerte, y el placer de la lucha... 

-Sí, pistolas de salón, de viento. Ese 
juego lo hay. . ., la lotería de las viejas. . . 
¡y aún! No; en el juego verdad no se sienten 
esas emociones pueriles; se quiere dinero, ga- 
nancia, y se quiere por el único camino del 
jugador, la suerte. Que salga cara, si juga- 
mos cara; quesean pares, si jugamos pares... 
y no por acertar, sino por ganar. Suerte, in- 
terés, eso es todo. ¡La excitación fuerte! Esa 
no es incentivo aunque el jugador crea que 
sí. Es un castigo, es una maldición del juego, 
como el remordimienío. la vergüenza de per- 
der, después. Desengáñate; el juego... no 
es broma. Es como la vida, es como la meta- 
física. . . La vida racional quiere penetrar en 
el misterio para saber de su destino, porque 
teme y quiere esperar, ser feliz. . . El juga- 
dor, igual. Ser o no ser, esa es la cuestión . . . 
Venir o no venir. . . esa es la cuestión. Bstar 
a la que salta; eso hace el jugador. Y eso hace 
el que nu renuncia a las contingencias de la 
realidad. O ser santo. . . o fugar . . . 



DIBUJO DE ALONSO. 



— X=>l_:s/'-S 



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ARTE 
FOTOGRÁFICO 



r:>.-x — 




La hermosa niña vivía sola en aquella quinta. 
Ella cuidaba su jardín, limpiaba y arreglaba su 
casa, y algunas veces iba a la ciudad y traía 
cuanto necesitaba para la vida. 

Ni padre, ni hermanos, ni esposo, ni servidores. 
En aquel país de arcádicas costumbres podía vivir 
sola una doncella, sin temor y sin riesgo. 

La casa, pequeña y soleada, tenía un alegre 
tejado de rojo color, y unas paredes muy blancas 
cubiertas por la fragante madreselva y la hiedra 
trepadora y tenaz. Estaba rodeada de un jardín. 
que latía de gozo cuando su jardinera regaba las 
flores o se tendía, como en un lecho, sobre la 
hierba elástica y sedosa, para soñar allí, cara al 
cielo. 

Tenia también el jardín dos fuentes de mármol, 
donde corría siempre un agua muy pura humede- 
ciendo el mirto de perenne verdor. 

Y delante de la casa había un gran ciprés. 

La niña amaba aquel grande y viejo ciprés, 
centinela de su casita, amigo fiel que no moría 
como las flores, ni perdía sus hojas cuando llegaba 
el pálido sol de otoño. 

Alrededor del rugoso tronco, había plantado la 
niña un rosal, y en el tiempo de las rosas, se enor- 
gullecía el viejo árbol viéndose engalanado y en- 
vuelto en el aroma que el rosal exhalaba. 

Las gentes del país, y los 
viajeros que pasaban por 
aquel lugar, se detenían a 
contemplar la hermosa quin- 
ta, con sus dos fuentes y su 
orgulloso ciprés trepado por 
las rosas. 

- He aquí un rincón de 
felicidad 4^cían. 

Toda la comarca estaba en 
una edad de oro. y la Natu- 
raleza y los hombres resplan- 
decían, y no era un mito ser 
puro y feliz. 

Pero un día. llegaron a ese 
lugar algunos ex tran jeros que 
1 raían ya la mancha de una 




tierra viciada. Y se esparció la intranquilidad en 
la región y todos presentían algún mai, como las 
ovejas cuando el lobo desciende de las montañas 
al valle en famélicas correrías. 

Una noche incendiaron dos granjas y ardieron 
las mieses de oro. agavilladas. Otra vez, robaron 
ganados, degollaron las reses y las comieron en 
báquico festín. Nadie dormía ya tranquilo y en 
las horas nocturnas la sombra de los extranjeros 
atemorizaba la región, y se veían espectros de 
sangre y grandes cabalgatas a la luz de la antor- 
cha incendiaria y el reflejo de las crueles espadas. 



Aquellos bandoleros, resolvieron en uno de sus 
conciliábulos asaltar la quinta de la doncella, des- 
truirla, y echar a suertes la mujer entre ellos. 

Reuniéronse una noche de plenilunio, y bajo la 
claridad lunar rodearon la casa y el pequeño jar- 
dín, y el más inútil de la banda estaba emboscado 
en el camino, dispuesto a dar el ¡alerta! si alguien 
venía a interrumpir la hazaña. 

Silenciosamente, saltaron la tapia y fueron con 



lentitud hacia la puerta. Esta aparecía entornada 
y había luz detrás de ella. La niña velaba, sin duda. 

Sin echar mano a las armas, el jefe empujó 
violentamente la puerta, que se abrió con estré- 
pito. 

La luz cayó sobre su faz alcohólica y embrute- 
cida y sus vestidos salpicados de lodo. La boca 
del facineroso se fruncía en perversa sonrisa. 

Absorta ante la siniestra aparición, la niña dejó 
caer un libro de sus manos. Echó la cabeza hacia 
atrás, y en los ojos de color de mar se acentuó 
un terrible espanto. Ni un grito dejaron escapar 
sus labios. 

Y el bandido se dirigió hacia ella. 



Entonces, el ciprés se convirtió en un gran gi- 
gante. Del tronco se hicieron dos enormes piernas, 
y el denso ramaje se trocó en un cuerpo inmenso 
y dos poderosos brazos. 

Y aquel gigante, atacó a los malhechores, y 
éstos de miedo y estupor no lucharon, sino que 
huyeron a través del jardín, lanzando grandes 
gritos. 

Sólo el capitán de los extranjeros se atrevió a 
disparar contra el ser extraño, pero la bala quedó 
perdida y una mano de hierro lo deshizo con su 
potente golpe. 

La doncella nada pudo 
ver, porque estaba sobre el 
suelo, desmayada, con los 
cabellos cubriendo las blan- 
cas losas en un finísimo haz 
de seda. 



Cuando abrió los ojos y 
sacudió el letargo, el cuerpo 
del bandido estaba allí, dia- 
bólicamente aplastado. 

Pero en el jardín, bajo 
la clara noche, el gigante 
había vuelto a su antigua 
forma de ciprés. 

niDujo nn sirio. 





PROPIEDAD DEL SEÑOR JUSTO BOU. 



EL BESO 

ÓLEO DE CARDONA. 




PLVS • 
. VITPA 



— I- 



'i=- \ J_ I l^^'.-x — 



i'^P^ /<:)U' 



No hay que asustarse, señores No me da 
el cuero para atormentar al paciente lector 
000 disqutaicioiMS profundas ssbre el alcance 
y proyecdoiMs de las teorías estéticas de 
Ptatin. Hegel. Richter y otros compañeros 
qi» me han precedido en el camino de la 
fioria. No. Mis aspiraciones, en este casa, son 
tnycbo más modestas, y los conocimientos 
qoe pienso otiUiar son a papel, es decir 
por «lebaio dd oro. Los pequeños problemas 
de que voy a ocuparme no tienen, pues. 
mayor importancia: son ejemplos de estética 
menuda, a! alcanoe de todas las fortunas 
y de todas las inteligencias: como si dije- 
twnae. una estética para andar por cas3. 

No es un misterio la dificultad de encon- 
trar una definición precisa, exacta de la be- 
lleza. Ya es vieja la fórmula vulgar de que 
«sobre gustos no hay nada escrito» ... — aun- 
que se ha escrito muchísimo, precisamente 
sobre el mismo tema. — pero debo concre- 
tarme a Impresiones personales, subjetivas. 
de ciertos ejemplos que están bastante más 
cerca det Código Penal que de la Metafísica. 

Entre las varias formas que existen para 
propagar los conocimientos estéticos, las hay 
afirmativas y negativas: una. ensena lo que 
se debe hacer, y la otra, lo que no se debe 
hacer. Yo, por ahora, elijo esta última. 

Hace mucho tiempo leí en un periódico 
francés la herejía perpetrada con la Venus de 
Milo, aprovechada para fines utilitarios. Una 
reproducción de esta noble escultura habia 
sido modifUadti cn)r,rándole un reloj en la 






barriga y convirtiéndola de este modo en un 
vulgar objeto de bazar. Después supe que se 
habían celebrado varios mitins pidiendo la 
abolición de la pena de muerte. 

No diré que por aqui hayamos llegado a 
tanto: eso no: pero admitimos sin protesta 
ciertas cosas a las que vendría muy bien la 
aplicación del tcamobflage». 

Existen materias, de uso corriente, que 
están reñidas abiertamente con la belleza: el 
cemento, el niquel. el aluminio, el celuloide 



Entran ganas de no morirse para 
no ser transportado en semejante 
vehículo. 

Sigúele en importancia la caja 
registradora, de niquel, con su co- 
pete en forma de edificio chino, el 
timbre interior, la luz, el manu- 
brio y los números indicadores. 
Objeto muy útil, no lo niego: 
pero, ¿no podrían haberle dado 
una forma menos antipática? 

Fíjense un poco en la entrada 
del subterráneo. ¿No es verdad que 
parece una enorme tumba de esas 
que abundan en la Chacarita? Yo siempre la 
veo con una cruz y una corona en la parte 
superior y no puedo convencerme de que 
eso sea la entrada para tomar un tranvía. 




-T^CP PXTT^ ^T^<:PPX 




¿A qué estilo responde el adorno de los 
dulces de confitería? ¿Renacimiento? ¿Luis 
XV? ¿Churrigueresco? Menos mal que lo 
dulce de su masa compensa el mal gusto de 
la ornamentación. 

Las grutas artificiales, de cemento armado, 
puentes de troncos imitados, y piedras rús- 
ticas... que no son ni piedras, ni troncos, 
rii grutas, también constituyen un ejemplo 
de lo que no debe hacerse. 

El jarrón de mosaicos, aprovechando los 
vidrios y las porcelanas que se rompen. 
Suelen armarlo con cemento pintando des- 
pués las uniones o junturas con ¡purpurina! 
— ¡Precioso, lindísimo! — he oído exclamar 
ante este prodigio rival de las porcelanas de 
Alcora o Capo di Monte: y a mí ss me ha 
hecho la boca agua pensando en la destreza 
de los honderos mallorquines. 

Afortunadamente ya va pasada la moda 
de aquellas sillas inverosímiles, l'enas de 





y la purpurina. Donde entra cualquiera de 
estas substancias no entra el arte. 

¿Y qué me dicen ustedes del coche fúne- 
bre? ¿Hay nada más horrendo? Aquella es- 
pecie de reluciente paraguas, empenachado, 
que ostenta en lo alto: los panos con flecos, 
las columnas, los plumeros, y sobre todo las 
ruedas, con los radios planos, recortados, de 
dibujos absurdos y preten .iosos, en forma de 
balaustre, con filetes de purpurina, dan un 
conjunto de fealdad abrumadora, aplastante. 




curvas, sillas con corte y quebrada, que da- 
ban la idea de sentarse sobre una rúbrica. 

En los muebles de vestíbulo, estilo norte- 
americano, hay también tal abuso de curvas, 
tal derroche de mimbres retorcidos, de pali- 
troques torturados, que sí los complicados 
adornos se hicieran en línea recta se po- 
drían fabricar tres juegos de muebles con el 
material que se emplea en uno. 

El termómetro 
grande, de punta de 
alabarda, que todavía 
se ve en algunos escri- 
torios, dan bien pobre 
idea del gusto del pro- 
pietario. 

Los cortaplumas re- 
chonchos, pesados, lle- 
nos de cuchillas, pin- 



zas limpiauñas, sacacorchos, tije- 
ras, etcétera, que no sirven ab- 
solutamente para nada, más que 
para romper el forro de los bolsi- 
llos de ciertos ingenuos que creen 
llevar la solución de cualquier caso 
de emergencia. 

¿Y qué me dicen ustedes de la 
mulita convertida en joyero? ¡Qué 
satisfecho debió quedar el creador 
de este bibdot! Porque, hay que 
reconocer que la creación, a juz- 
gar por lo que se repite, ha tenido 
éxito. Yo suelo verla con frecuen- 
cia en ciertos escaparates, apoyada en el 
lomo, lustroso por el barniz, y mostrando el 
vientre, abierto y forrado de raso celeste, 
capitoné: las patitas al aire enseñando las 
uñas, como si el pobre armadillo se hubiera 
caído de espaldas, indicando lo que debe 



adoradores del estilo Rastaamieiúo o Gua- 
ran^ólko, yo les daria una cátedra en Sie- 
rra Chica, a condición de desempeñarla a 
perpetuidad. 

En la misma clasificación zoológica que 
los anteriores están comprendidos ciertos ad- 
m radores de personalidades célebres. Conoz- 
co a uno cuyos padres, en un momento de 
desbordante entusiasmo provocado por las 
lecturas de las obras de Víctor Hugo, pusie- 





hacer todo espectador ante semejante en- 
gendro. Algunos, en un alarde de refinada 
coquetería, llegan a presentarle mordiéndose 
la cola. Y para complemento, suele estar 
acompañado de arañas, escarabajos, lagar- 
tos que, siquiera han tenido la suerte de 
ser expuestos al natural, como animales 
de menor cuantía, indignos de ser embelle- 
cidos por la mano del artista. 




ron a sus hijos los siguientes nombres: Al pri- 
mero (una niña) <'Nuestra Señora de París 
García y Obes»: al segundo (varón) «Víctor 
Hugo García y Obes», y al tercero «Noventa 
y tres García y Obes». . . ¡y jorobó a las po- 
bres criaturas para toda la vida! 

Hay otro de la misma especie que salvó la 
vida después de una operación cruenta. Este 
rindió tributo de gratitud a la ciencia hacien- 
do bautizar a su hijo de este modo: «Cloro- 
formo Requejo y Puntales»... y, natural- 
mente, reventó a su hijo y al cloroformo. 

La rueda y el eje han revolucionado el 
mundo: han sido la palanca y el punto de 
apoyo deseado por Arquímedes. (Hoy estoy 
tremendo). Así y todo, como factores del 
arte, yo creo que no hay nada más horrendo. 
La rueda dentada, asombro de los amantes 
del progreso, que creen ver en ella el símbolo 
más perfecto del ingenio humano, ajustan- 




De espuma de mar, de treinta a cuarenta 
centímetros de larga, llenas de relieves y es- 
culturas fantásticas, he visto algunas pipas 
que dicen que son para fumar. Su tamaño y 
su peso ha de ser tal, que supongo yo han 
de usarse colocándolas en un punto fijo, 
teniendo que acercarse a ellas el fumador y 
aplicar los labios a la boquilla todas las veces 
que desee satisfacer el vicio. Porque, tenién- 
dola en la mano, es imposible, aun poseyen- 
do las fuerzas de Paul Pons o Jhonson. En la 
parte correspondiente al adorno he podido 
ver en distintos ejemplares, lo siguiente: el 
descubrimiento de América, la coronación 
del Zar y un naufragio de un barco velero, 
con náufragos y todo. 

Conozco personas que, no satisfechas con 
las formas imperfectas que la naturaleza 
suele dar a algunas de sus obras, las corrigen 
y arreglan a su modo, neutralizando aque- 
llas imperfecciones. Los árboles son los que 
más se prestan a perder su forma vulgar, y 
para conseguirlo se les poda, corta, ata y tor- 
tura sin compasión, haciéndoles adquirir for- 
ma de botella, de paraguas, de pagoda, de 
cualquier cosa que 
responda a la fanta- 
sía del artista. Estos 
mismos son los que. 
en un derroche de 
estética, arreglan los 
parterres «a la ingle- 
sa» dejándolos que 
parecen un postre. 
A estos grandes 




dose en sus revoluciones a los dientes de otra 
rueda, fabrican utensilios, — que diría mí 
amigo Bergson, • — pero yo suelo ver en ellas 
elementos muy perfectos para triturar bellas 
ideas. No conozco nada artístico hecho a 
máquina. 

Y este sí que es un pensamiento genial, 
profundo, amplio y elevado, capaz por sí 
solo de abarcar las cuatro dimensiones. 

— ¿Las cuatro dimensiones? ¿Y cuáles 
son? 

■ — ¡Hombre, cuáles van a ser! Norte, Sur, 
Este y Oeste. 

Antonio Cañamaque. 

dibujos de sirio. 

Nota. — De la fealdad de la motocicleta, 
sin y con sidecar, no me ocupo en este ar- 
tículo porque pienso dedicarle un libro entero. 




■i3)L,-v^íB '^^i_rT"i:2>K— 




T1L^TOUiA^DE*UN 

CAMPO^-IANTO^ 

PORí EDUARDO DEL efA 



Bajo la protección de la muralla y de los torreo- 
nes vive el cristianísimo cementerio. 

Lo que hoy es campo santo, era, hace mucho, un 
foso, tumba abierta para los enemigos. Allí caían 
las escaleras dé asalto cuajadas de sitiadores; el 
rencor rellenaba aprisa el foso amontonando ca- 
dáveres, armas, pedruscos... 

Dos razas guerreras y rivales disputáronse el 
dominio de aquel suelo. Venció la que vivía al 
abrigo de las murallas y de las fuertes torres. Las 
dos fueron después vencidas por el Tiempo, y el 
foso convirtióse en sepulcro, como toda la tierra. 

Hoy el pueblo es una tumba tranquila que los 
curiosos suelen visitar buscando rastros del pa- 
sado. La poesía de las ruinas y de la muerte se 
unen sobre el antiguo foso, donde el pacífico cés- 
ped oculta tantos despojos guerreros. 

Allí están enterradas todas las ambiciones beli- 
cosas de la aldea; allí junto a los humildes van 
enterrando a todos los ambiciosos del pueblo. 

Al abrigo de las murallas y de los torreones, 
vive un eco largo y triple. Los golpes de la pique- 
ta, la voz de los sochantres, las campanadas re- 
tumban una y otra y otra vez. Allí, donde el so- 
nido tiene tres vidas y el eco un dejo burlón, nada 
hace temer la muerte eterna. 

Impasibles, erguidos, los cipreses montan la fú- 
nebre guardia. Sus troncos, semejantes a mástiles, 
sus ramas que parecen alas, poseen incontrastable 
fuerza ascensional. Todo en los cipreses se dirige 
al cielo mediante la energía que sus raíces beben 
en la tierra. 

Las almas elegidas corren por los ríos de aquella 
savia y huyen hacia el espacio, escapándose por 
las innumerables hojas. El ciprés es el símbolo de 
la ascensión fúnebre. 



Entre los melancólicos árboles que con tanta 
dignidad soportan el dolor humano, se multiplican 
las cruces de madera, diminutos facsímiles del 
patíbulo romano. En cada una de ellas está cru- 
cificada una sombra: la del callado habitante de 
la tumba. 

¡Haced cruces, muchas cruces, tantas como 
vuestro capricho o vuestra piedad quiera! Siempre 
habrá para cada una dolores, angustias y vicios a 
quienes crucificar en sombra. 

En las horas amargas, me acuerdo del campo 
santo de la aldea y de su historia que se com- 
pone de todos los desenlaces de los dramas y saí- 
netes donde hicieron su papel mis paisanos. 

El sepulturero, un viejecito alegre y lindo que 
no tiene cara de verdugo, fué el «cicerone» coti- 
diano de mis visitas. Conocía a todos sus cómodos 
clientes. 

Cuando yo era un niño, él enterró junto al ci- 
prés más añoso al inventor del movimiento con- 
tinuo. Este desconocido genio cobraba humilde- 
mente un sueldo de cartero hasta poco antes de 
descubrir que las máquinas podían funcionar sin 
gastos de combustible y sin pérdida de energía. 
Su desmedido sueño aguarda la confirmación se- 
pultado bajo la cruz que no se mueve. 

Muy cerca, al pie de ese tronco en cuya rugosa 
superficie un enamorado comenzó a inscribir un 
nombre femenino, duerme la novia que detuvo la 
sacrilega mano que mezclaba con la eternidad el 
egoísmo del amor. 

El poeta del pueblo, aquel iluso cuyos sueños 
tenían ritmos y rima, descansa en medio de dos 
cipreses. La enemiga sorprendióle en el momento 
que, cansado de buscar consonantes, se despere- 
zaba, y en aquella postura clavóle a la cruz entre 
dos árboles. 

Muy cerquita está el cuerpo de un niño. La pie- 
dad materna trasladó al camposanto el barandal 
de la cuna infantil. De este modo la sepultura 
infantil rompe la monotonía del cementerio, po- 
niendo algo del hogar sobre el solícito césped. 

Al lado reposa la prometida que murió de amor: 



también en la aldea hay obstáculos capaces de 
poner cruel final a los idilios. 

Y la hija del sepulturero, la única persona a 
quien él no pudo dar reposo con propia mano, 
duerme allá donde el cementerio se une a la 
muralla. 



La vida presente aprende a morir preparando 
el curso de la vida futura. 

Nada turba la tranquilidad de aquel campo 
santo de la aldea. Todas las muertes se desencade- 
naron sobre el mundo, en tanto que la muerte 
acostumbrada prosigue su obra acompasadamente. 

Tan cansada de la fúnebre recolección se en- 
cuentra que guarda respeto al antiguo foso relle- 
no de cadáveres, armaduras y pedruscos. 

Bajo la protección de la muralla y de los torreo- 
nes vive el cristianísimo cementerio de la aldea. 

Duerme como un trovador que, cansado de es- 
perar la hospitalidad del castillo, reposa junto a 
los muros donde le sorprendiera la noche estre- 
llada. 

Allí están enterradas todas las ambiciones beli- 
cosas de mi estirpe; allí no podré nunca descansar 
de mis mansas ambiciones. 





PROPIEDAD DEL SEÑOR JUSTO BOU. 



CALLE DE UNA ALDEA DE CASTILLA 



OLEO DE MARTÍNEZ VÁZQUEZ. 




PIVS 
VUPA 



—T^J-^^^i 



"1:2 >^- 




Entre ]os acontecimientos sociales más 
destacados del año. despertó singular expec- 
tativa, en nuestros altos círculos, la ceremo- 
nia nupcial de la señorita Josefina de Gainza 
Paz, con el doctor Raúl Sánchez Elía. cele- 
brada en la tarde del 4 de julio, en el Tem- 
plo de Nuestra Señora de la Merced. 

La delicada y juvenil figura de !a despo- 
sada, ha reunido, en su breve actuación, 
rodos los prestigios; pudiera decirse de ella, 
que. como la-í ideales princesitas de leyenda. 
fuera dotada por las hadas previsoras, con 
las exquisitas cualidades que !a supieron 
conquistar todos los afectos, como también 
con todas las ventajas propias de brillantí- 
sima existencia. 

En el aristocrático templo, radiante de 
luces y armonías, en la grandiosa mansión 
de los Paz. donde se efectuara luego una 
recepción suntuosísima, con todos los con- 
tornos de un acontecimiento principesco, se 
destacaba la esbelta, nivea silueta de Jose- 
fina de Gainza Pa:^. engalanada sólo con el 
irresistible encanto de sus diez y ocho años. 
Ella pudo elegir su velo de desposada entre 
los viejos y maravillosos encajes, reliquias 
de pasados siglos, cuando diáfanas y primo- 
rosas manos entretejieron, a la vez que sus 
flores de ensueño, las propias quimeras, los 
chispazos de sus alegrías, y también de sus 
sentimientos. Pero prefirió recocer sencilla- 
mente, muy bajo, sobre el erguido cuello, la 
sombría cabe'lera, nimbando su aristocrá- 
tica silueta con vaporosos tules de ilusión; 
la que pudo ostentar íoyas dignas de fabu- 
losos tesoros, no quiso más galas al iniciar 
su nueva vida, que las de su radiante ju- 
ventud. . . 

Deslumbrador corteje acompañó a !o=! no- 
vios hasta el altar. En el brillante núcleo 
que representaba a las familias de Gainza 
Paz y Sánchez Elía. figuraban hermosísimas, 
destacadas personalidades de nuestra sita 
sociedad: Zelmira Paz de Op.inzi, que lucía, 
con arrogante porte y exquisita distinción. 
suntuoso traje negro; la ideal belleza de 
Magdalena Ben^clea de Sánchez Elía; la in- 
teresantísima figura de Carmen Sánchez Elía 
de Quintana; luego. Angélica Sastre de Paz. 
que estaba preciosa vistiendo rico traje de 
chantilly negro; como elegantísimo detalle, 
lucía caravanas y collar de azabache; bellí- 
simas, también Josefina de A'zaga Unzué 
de Sánchez Elía. vestida de color turquesa, 
con soberbias joyas, y Celina Zaldarriaga de 
Paz. otra de nuestras bellezas tradicionales. 
Luego, la delicada belleza de 'ovencitas como 
Angélica de Gainza Paz, y Mercedes Ocam- 
po Paz . . . 

En el templ-^ se apiñaba brillantísima fa- 
lange mundana; obscuras abrigos cubrían 



LA^PIEvTTA? 
DEL*4*DE*JULIO 




Fiesta de exquisito buen gu'to^y suma- 
mente original, ha sido la "kermeisc" orga- 
nizada por la comisión de dama- norteame- 
ricana' a beneficio de la Cruz Roja, que ?e 
celebró conmemorando la independencia de 
los Euados Unidos. El local del "Príncipe 
Jorge", sitio donde tuvo lugar la interesante 
reunón. hallábale transformado en un peque- 
ño mundo de fábula, compueito de ciudade» 
en miniatura. construccione> exótica'^, fuen- 
te', cabana"^, fruterías, kioscos de flore-, y 
otra» novedades no menos vistosas y atra- 
yentes. La planta baja de! edificio, cuyo 




ENLACE GAINZA PAZ - SANTHEZ ELÍA. LOS DESPOSADOS AL 
SALIR DE LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED. 



!as toilettes claras que habrían de lucirse, 
minuto" más tarde, en una de las más sun- 
tuosas residencias porteñas; sólo en el mo- 
numental ¡lall de mármol de la casa de los 
Paz, fué dado admirar a las curiosas indis- 
cretas como cierta Duende de nuestra rela- 
ción, todo el esplendor del atavío de las por- 
teñas que imponen la moda. En medio de 
esas elegidas, se erguía una de las más ad- 
miradas figuras de la tarde, que lucía senci- 
llírima — a! parecer -- toilette de raso ne- 
gro, muy lisa; rodeaba el escote de su cor- 



piño, ancho bordado de azabaches, talladcs 
en cuadro; las mismas piedras descendían a 
lo largo del talle, cortado por una faja verde 
obscura. Al verla cruzar con sereno y rítmico 
andar, el suntuoso hall recordaba la bonita 
frase atribuida al acaudalado caballero que 
ofreció feérica fiesta en honor de eminente 
embajada extranjera. Dijo el galante finan- 
cista a una distinguida y espiritualísima 
dama: *' He abierto mi casa para ofrecer en 
ella una fiesta digna de Sír Bunsen , . . pero 
el más lindo y preciado adorno, me lo ha 




DE IZQUIERDA A DERECHA: SEÑORITA MC. CRUDDEN. KATHERINE BROOKS. 

SEÑOR RICHARDS BROOKS, SEÑORA A. T. SMITH, SEÑORITA ROSITA FRANKIN. 

SEÑORITA ELIZABETH BROOKS Y SEÑORITA MELITA THOMAS. 



proporcionado usted, señora, con la presen- 
cia de su hija. . . •• 

De tipo completamente opuesto al de la 
esbelta belleza criolla cuya silueta he preten- 
dido fijar con breve .-asgo, suntuosamente 
ataviada con un luminoso tíssu de oro. vela- 
do en trechos por tu! marrón, cubierta la 
rubia cabellera por elegante toca empena- 
chada de aigrettes del mismo color marrón, 
despierta entusiasta comentario la delicada 
belleza de una encantadora dama a quien 
acompañan dos jovencitas que han heredado 
de ella su incomparable charnic... 

Clara y luminosa visión cruza luego el 
gran Í!al¡. envuelta en suntuoso abrigo de 
chinchilla real, cubierta también la rubia ca- 
bellera por vaporosa toca gris, verdadera 
diadema de aigrettes del mismo color. . , 

Luego, alegre enjambre de jovencitas me 
envuelve y me arrastra a curiosear con ellas: 
hay que admirar los regalos, dignos de figu- 
rar en la corbeiV.c de alguna soberana. . . y 
so'^rada razón tenían las bulliciosas chiqui- 
llas, que apenas si tienen tiempo de ver dos 
o tres joyas de valor incalculable- los acor- 
des de rítmica danza las arrastran más allá. . . 
come dorado enjambre, con sus coquetas ca- 
becitas tocadas por turbantes de tul, sujetos 
con rosas, o por guías de follaje, novísimas 
coiffures que idealizan la delicadeza de sus 
caritas, casi infantiles. . . pero sin embargo, 
algo susurraron, a prisa, pues las reclaman 
sus impacientes parejas, sobre las maravi- 
llas del ajuar. Paquín ha sabido hacer de- 
rroche de suntuosidad, superada sólo por la 
exquisita distinción de todos los detalles, de 
todas esas faufrduch.es que nos son indis- 
pensables. . . 

Descansan en sus estuches, esperando real 
zar la juvenil belleza de tan interesante des- 
posada, algunas joyas de inestimable val^r; 
enorme zafiro de un azul gris, como no lo vi 
jamás en ninguna de las famosas colecciones; 
sólo puede figurar a su lado el magnífico so- 
litario digno de alguna diadema real; sun- 
tuosa y completísima va'illa de plata, poli- 
ches y jarrones de esmalte, de porcelana de 
oriente. . . y entre tanta maravilla, trabaja- 
da por los artífices que tallaron luminosa pe- 
drería, que decoraron poliches y paravents 
de laca, que cincelaron piezas de pesada or- 
febre^-ía, la serena imagen del Divino Maes- 
tro, en enorme crucifijo de tallado marfil. . . 

La fiesta está en su apogeo; en los suntuo- 
sos salones Luis XVI. el comedor de estilo 
Renacimiento, el jardín de invierno, vibran 
el entusiasmo y la alearía de las encantado- 
ras compañeras de la gentil desposada: Ma- 
ría Laura Ved^ya. bellísima y muy atendida; 
lo mismo que Isabel Pearson Quintana. Su- 
sanita y María Luisa Rodríguez Quintana, 
las señoritas de Muñ¡z Lívinsgston y de 
Bary: Adelia Díaz Vieyra, con todo el 
encanto de su lozana juventud; María Luisa 
Constanzó. y Amalia Chapeaurrouge: Mer- 
cedes Ortiz Basualdo. las señoritas de Bosch 
Alvear y de Sáenz Valiente: Mercedes Peña 
Unzué. Mercedes y Marta Madero Unzué. . . 
Rodeada por un grupo de snobs, se destaca 
la figurita de Angélica de Gainza Paz; indis- 
cretos susurros insinúan que entre el círculo 
de admiradores los hay algunos muy insis- 
tentes. . . prestigiosos apellidos, compuesto 
el uno, y de gran actuación en los círculos 
aristocráticos, y de mucha influencia en los 
del Turf; sencillo y breve er el otro, de ori- 
gen rosarino, vinculadísimo también en los 
altos círculos porteños... Sólo falta saber 
si la princesita de leyenda querrá también 
iniciar su nueva vida en los dinteles de su 
riente juventud. . . 

La Dama Duende. 

ambiente agradable suscitó elogiosos comen- 
tario-í. representaba una calle-de La Unión, 
tal como existían a fine.s del siglo xviii. 
E! escenario reproducía la fachada del anti- 
guo palacio gubernamental de Filadelfia, 
siendo este lugar destinado para la exposi- 
ción de objetos artísticos. En otros pabello- 
nes estaba el restaurant. tómbola y casa de 
cambio, hallándose la venta de los objetos 
a cargo de )indas niñas y señoras de la colo- 
nia norteamericana, ataviadas con trajes de 
la época de Washington. En el centro del 
jardín iluminado convenientemente, admi- 
rábase el grupo escultórico de las tres gra- 
cias y el estanque milagroso, sitio de extra- 
ordinaria novedad y entretenimiento. 

Varios salones del piso alto habían sido 
pintorescamente transformados bajo ei titulo 
de <'Un rincón de Bagdad». El clásico fuma- 
dero de opio, las platerías y el harén, abrían- 
se a la curiosidad de los visitantes como una 
tentación. Mezclados con el público que lle- 
naba los pequeños recintos, se veían los fa- 
kires, músicos ambulantes y mercaderes 
orientales, así como muchas hermosas oda- 
liscas paseando en pequeñas literas llevadas 
por indúes. 

A esta fiesta, cuyo éxito pecuniario sobre- 
pasó los cálculos más optimistas, hizo acto 
de presencia cuanto hay de más caracteri- 
zado e 1 la colectividad norteamericana y 
demás países aliados, así como muchar fa- 
milias de la alta sociedad porteña. 



— t=>LS^^iS> ^' L-T^K? ^X — 




oroo; 






En U serrania cordobesa, entre talas, co- 
co . y molte. consérvanse aún estancias que 
fueron ha siglos residencias de los jesuítas. 

• ¡1769! afto en gracia de Dios • — dice la 
insrripción latina de la vieja puerta de -Las 
Peflas». 



¿Que manos tallaron el \enerable tronco 
¿Las toscas de burdo monje o las delicadas 
de aristocrático filósofo? ¿Satisfacer ambi- 
ciones de lucro? ¿Anhelos de soledad? ¿Qué 
buscaron en esos confines los hermano;, de 
Jesús? 

La puerta, fiel guardiana del pasado le- 
jano, permanece muda: sólo la fecha surge 
entre guirnaldas de hojas, evocando imá- 
genes de antaAo. 

Quizá. . . bajo los árboles seculares pasea- 
ra sus nostalgias austero religioso; qi'ijá a 
orillas del arroyo algún espíritu febril leyó 
a hurtadillas las páginas del «Emilio*, mien- 
tras allá, a lo lejos, resonaba el golpe del 
hacha, la que en el subir y bajar del brazo 
vigoroso domeñara instintos y pailones-. - 

¡1769! Juan Jacobo peregrinaba en Ingla 
térra en tanto germinaban en Francia las 
semillas revolucionarias que arrojara el Con- 
trato Social . . . 

|1769! Voltaire cultivaba «su propio jai- 
din» en los dominios de Ferney. 

¡Veinte años tenía Mirabeaul 

Chehier deletreaba a los clásicos en el re- 
gazo materno. Chateaubriand daba sus pri- 
meros pasos en la playa de Saint Malo y 
Germaine. Necker balbuceaba sus primeras 
palabras . . . 

En el infinito tiempo centellaron un ins- 
tante, dejándonos el resplandor de sus obras- 
Luces errantes interrumpen mi ensueño. ¿Es- 
trellas fugaces? No. son los tucos ios que fos- 
forecen hoy en la noche sombría como otrora 
en las obscuras y silenciosas se'vas que no 
alcanzaron a conocer los antecesores del 
hombre. 

¡Cuan breve es la historia del rey de la 
creación junto a la del modesto coleóptero! 

La ciencia destruye hipérboles, clasifica 
al primate y pone al insecto el nombre de 
piróforo, portador de fuego, como el sacer- 
dote que en la vanguardia de los ejércitos 
llevaba la tea sagrada, como al rebelde Pro- 
meteo que inmortalizara Esquilol 

Girones de leyenda y poesía vuelan en sus 
alas, y de permitirlo Zeus, los magnífico.. 
focos verdes hallaran digno engarce en las 



pupilas de Pallas Athenea. la deidad de bri- 
llantes ojos. . . 

Al morir de la tarde se dirigen los paisa- 
nos al oratorio. 

Entre las breña-, por estrechas y tortuo- 
sas sendas, cabalgan largas horas sin que su 
rostro refleje cansancio. 

Perfumes agrestes saturan el aire. Entre- 
ábrense tos cálices de los cactus y mezclan 
su aroma al arrayán y al poleo. La brisa 
mece la grama y las corolaj amarilla.; de los 
cilicios, cuyos filamentos rojos parecen des- 
tilar sangre penitente... 

Absorto ante el abismo, el arroyo se de- 
tiene y calla en "el agua parada», luego, tra- 
vieso sigue besando heléchos y nenúfares. 

Al paso de los jinetes huyen los lagartos 
bajo las piedras negruzcas, entre las que 
asoman, como retorcidas serpientes, las raí- 
ces de vetusto algarrobo. 

Oculta en la hondonada está la capilla. 

En el caserío desierto, la maleza ha inva- 
dido el patio, las ventanas y el pozo de ca- 
denas enmohecidas. 

Verdes higueras prestan sombra al hilo 
de agua que riega el yermo, antes jardín, 
donde las yucas alzan aún sus blancos cas- 
cabeles y las achiras sus lenguas de fuego. 

De las sierras y estancias acuden los peo- 
nes y puesteros con sus mujeres e hijos. 

Lucen prendas de fierta: ponchos a listas, 
pañuelos con flores, sayas de tieso percal, 
enaguas con randas. 

Atan sus cabalgaduras en las ramas de los 
árboles, y piadosos entran al lugar sagrado. 

Sobre el altar, entre azucenas de papel, 
extiende Cristo sus brazos redentores y la 
Virgen sostiene, displicente, al pequeño Jesús. 

Antiguo lampadario cuelga de las vigas 
y cuadros de tintes obscuros cubren las pa- 
redes. 

El cura, de rostro socarrón, canta, al lado 
del clavicordio, himnos a María; 'sirena del 
mundo, vaso de néctar embriagador..." 

Los fíeles de alma sencilla, escuchan las 
alabanzas profanas, con igual beatitud que 
aquellos del siglo xv oyeran al Cardenal 



Bembo amenazarlos con la ira de los dioses 
inmortales. 

Bendita fe. ¿quién se atreve a desarrai- 
garte, sin dejar algo más hermoso y firme en 
los espíritus ingenuos? 

La concurrencia reza en coro la Salve, y 
la ceremonia termina al anochecer. 

Como las aves a sus nidos y los hatos al 
aprisco, vuelven los serranos al rancho so- 
litario. 

Ya las vizcachas salen de sus cuevas, los 
buhos sobre pinos y postes acechan su presa 
y en el ocaso esfümanse los contornos del 
Cerro de la Cruz. 

Envuelta en tules despídese de natura la 
estación de las míeses y sobre el monte ex- 
tiende vaporosos cendales. 

Las telarañas que el rocío esmalta, las ra- 
mas con finas sartas de perlas, los musgos 
con gemas cristalinas, los liqúenes plateados 
y las lianas ondulantes lloran la ausencia de 
la ardiente viajera. 

Sobre el pajizo techo, las golondrinas pían, 
sacuden las alas y en fantásticos giros revo- 
lotean alistándose para la partida. 

Amarillean las hojas de la glicina que cu- 
bre troncos muertos, en el cáliz de las dalias 
yacen inertes maripo.as, y el álamo, centi- 
nela de la cañada, surge en la bruma como 
vago espectro que viera pasar el hoy y el 
ayer - , . 

A lo lejos ¡el mañana! la pampa con su:; 
chañares, espinillos y verbenas multicolores, 
aire puro, libertad, horizonte sin fin,,. 




¿Eh giU forma la mujer dt la clase pudiente 
debe intervenir para tratar de mejorar la con- 
dición en que se encuentran las mujeres obre- 
ras de nuestro país/ 

Dadas las circunstancias de los tiempos 
presentes, creo que, entre otras, la organiza- 
ción sindical es de suma importancia. 

La obrera no es esa joven alegre que ima- 
ginamos y libre de trabajos, que parece vivir 
de la sonrisa y de la galantería. ¡No! 

La obrera es aquella mujer que cada dia 
dtbc hacer grandes sacrificios y enérgicos 
esfuerzos. 

Necesita tanta fuerza, tanto apoyo: y eso 
lo encontrará en los Sindicatos Católicos. 

Un Sindicato es una agrupación de perso- 
nas de una misma profesión, que se unen 
para defender sus intereses y mejorar las 
condiciones de su trabajo. 

Ahora bien. ¿Qué es un Sindicato Cató- 
lico? Es aquél que tiende a conseguir sus fi- 
no por medios pacíficos, respetando los 
grandes principios que son la familia, la so- 
ciedad y la propiedad. 

A más de los beneficios propios de la 
unión, los sindicatos ofrecen a sus adheren- 
tes, médicos y abogados honorarios, agencia 
de colocaciones gratu.tas. clases de idiomas. 
cooperativas, etc. 



El dinero tiene dos 
valores, uno real y otro 
nominal. í'or ejemplo; 
el valor nomi nal de $ 1 . 
es 100 centavos; y su 
valor real es todo lo 
que se puede comprar 
con ese peso. Asi con 
elbeneficío delacoope- 
ratíva. se aumenta el 
valor de los sueldos, 
porque en realidad se consiguen más cosas 
con ese mismo dinero. 

Los Sindicatos Católicos no imponen obli- 
gación religiosa: pero sí exigen buenas cos- 
tumbres- 
Enseñan a sus adherentes la defensa de sus 
derechos; pero sin lesionar los derechos de 
los demás. Ofrecen una gran ayuda moral. 
puesto que vienen a ser la familia profesio- 
nal, que vela por todos sus hijos- Hasta ahora 
sólo existían sociedades de resistencia, que 
son organismos de lucha pero no de pacifi- 
cación social. 

Por eso vemos llenos de gusto organizarse 
estos nuevos Sindicatos Católicos de Em- 
pleadas, de Costureras, de Telefonistas, de 
Obreras Fosforeras, llenos de vigor, llenos 
de fe. 

Es de desear que todas las personas de 




buena voluntad tien- 
dan a favorecerlos, 
porque a más de ser 
una obra buena y 
grande, es una obra 
patriótica, puesto que. 
salvando a la mujer, 
se salva a la Patria! 

María Rosario 
Ledesma. 



Es este un problema mucho más difícil 
de lo que en el primer momento parece. 

En síntesis se puede, sin embargo, contes- 
tar esa pregunta, a mi modo de ver, en la 
siguiente forma; 

1." Haciendo todo lo posible para con- 
servar la salud de la obrera a fin de prolon- 
gar su vida en una forma agradable, útil y 
económica. 

2." Propender a robustecer su moral y 
a refinar sus gustos, 

3." Tratar de aumentar su capacidad ad- 
quisitiva, dándole una instrucción práctica 
a la vez que utilitaría- 

4." Instituir el ahorro, buscando al mis- 
mo tiempo su mejor empleo. 



5." Fomentar el cooperativismo en todas 
sus formas. 

6." Asegurarles una vejez tranquila e in- 
dependiente por medio de la creación de cajas 
de pensiones formadas con la contribución 
obrera, patronal y gubernativa. 

Emma W. de Pietranera. 



Se debería propender a la creación de Es- 
cuelas de Economía Doméstica, con progra- 
mas prácticos de enseñanza que formen las 
mujeres aptas para la vida, y que en casos 
necesarios sepan, sin mayores recursos, go- 
bernar su hogar, de cuya buena dirección de- 
pende la paz y tranquilidad en las familias. 

Inculcarles ideas de higiene, evitando con 
esto la propagación de enfermedades, como 
para obtener la salud de las nuevas genera- 
ciones. 

Con este fin el Instituto profesional de 
Economía Doméstica, dirigido por las Reli- 
giosas de Jesús María (Tacuarí, 1005), da 
cursos gratuitos nocturnos para obreras. 

No obstante éste y algunos otros, es un 
número muy limitado para lo que exige el 
considerable elemento necesitado. 

María Euna Yañis. 




inenPH'effleiiiioi». 



Prodigarse, es encentrarse: quiero ser útil, 
si; la vida debe tener un objeto, un fin, que 
conscientemente se siga, y que se busque 
a penr de los inconvenientes, de los obs- 
táculos, y los tropiezos. Quiero, quiero, eso 
es lo que hace falta decir y sentir, pero con 
energía que ni se doble, ni se quiebre, con 



firme resolución. Pensad en la obra del agua 
que tranquilamente corre y orada con su 
constancia la piedra más dura y tenaz, pero 
menos tenaz que perseverante. 

Hay veces que la voluntad se manifiesta 
como huracán que arrasa y despeja el cíelo, 
cambiando la vida como la tormenta cambia 
la atmósfera; pero no es lo corriente, y nos- 
otras debemos pensar que a todo se habitúa 
el ser humano, y sí la violencia obra de con- 
tinuo, ésta tendrá que ir en aumento para 
hacerse sentir siempre, mientras que la sua- 
vidad, cada dia más intensa, al perseguir el 
mismo fin, logrará su objeto serenamente, 
porque la calma trae siempre beneficios más 
positivos y firmes; y sobre todo, debemos 
considerar que la energía significa fuerza. 
pero no violencia: que es una fuerza que se 
manifiesta constantemente, que debe man- 
tenerse como corriente continua. . . 

A la energía, a la voluntad, debe unirse 
el amor; llenad las fuentes de vuestras almas 
de tan grande bendición, para que podáis 
derramarla en vuestro camino, que la huella 
de vuestro paso quede marcada por una ca- 
ricia, por un beneficio, por el imperceptible 
rastro de una lágrima enjugada a tiempo, 
por un dolor que supisteis evitar, por la es- 
peranza que inspiráisteis, por la fe que ilu- 
mina y alienta, por el amor que conforta 
siempre... Bendecid el amor a vuestros 
semejantes, uniéndolo siempre a vuestra fir- 
me voluntad. 

Serenísima. 




.PASANDO LAS HORAS'.— La señorita Cleopatra Cordiviola ha reunido en un libro, que 
lleva por título el mismo que encabeza estas líneas, varios cuentos cortos, que demuestran, por 
su estilo sencillo y ameno, el espíritu culto y clara inteligencia de su autora. 



— i:>l;>v^-s 



C^^^T//!^^ ^7n^ A^c4^^ 



Después que los Gutiérrez --- los doctores don 
José María y Ricardo — abandonaron la redacción 
de «La Patria Argentina». — allá por el año 81, — 
quedaron al frente de ella los Gutierritos, como 
llamaba Sarmiento a los hermanos Eduardo. Al- 
berto. Carlos y Juan Nepomuceno Gutiérrez, fa- 
mosos todos ellos por distintos conceptos litera- 
rios y artísticos. El diario vivía en pleno auge, 
al que imprimían un sello de juventud, de ener- 
gía, de vivacidad y de alegría propia de aquellos 
tiempos más felices que los presentes, los amení- 
simos periodistas. 

Pero, desgraciadamente para «La Patria Argen- 
tina», aquella asociación de hermanos tan unida. 
tan inteligente y tan activa se disolvió ur^ noche 
como por arte de encantamiento, y quedo '¡n el 
diario, como exclusivo dueño, don Juan Nepo- 
muceno. que si no era un escritor profundo e 
ilustrado, tenia dedos para organista, es decir, 
sabía manejar el manubrio periodístico. El único 
defecto que tenia don Juan, era que adoraba la 
literatura romántico-truculenta, y no pasaba día 
sin que la hoja no tuviese en sus columnas un 
asunto capaz de hacer poner los pelos de punta. 

Alejados los hermanos de la redacción del diario 
fuimos llamados a formar parte de ella Felipe J. 
Moreira. Juan Lussich. Mariano Zamudio. Julio 
Llanos. Rafael Barreda, Romerito. el de «Los 
amores de Giacumina». tres o cuatro noticieros y 
yo. La teoría de la división del trabajo no se co- 
nocía en aquella casa. Eramos aptos para todo; 
lo mismo escribíamos un artículo sobre la política 
del momento que criticábamos un cuadro, dába- 
mos cuenta de una fiesta o traducíamos un folletín 
espeluznante. La cuestión era trabajar mucho, de 
buen humor y por poco dinero, como se estila ahora. 

Un día. después de algún tiempo de la nueva 
organización del personal, don Juan nos dio una 
detenida conferencia para probarnos que era pa- 
triótico y generoso que «La Patria» apareciese 
también los lunes. — cosa que no hacía ningún 
diario entonces. — y que, por consiguiente, era 
indispensable que también trabajásemos los do- 
mingos. 

— Para que ustedes no se perjudiquen, — con- 
cluyó diciendo, — cada uno de ustedes escribirá, 
los domingos, un artículo literario, cuento, novela 
u otra cosa por el estilo: mi hermano Ricardo juz- 
gará de la bondad de los mismos, y el mejor de 
los trabajos tendrá un premio de 200 pesos mo- 
neda corriente, ocho pesos oro, cada semana. 

No discutimos, pero mentalmente resolvimos 
que cada premio pagado significaría un banquete 
en la fonda de «Las 14 provincias», en holocausto 
a nuestros propios talentos literarios. En el primer 
domingo Juan Lussich hizo una filigrana román- 
tica, y se llevó el premio; en el segundo le tocó a 
Felipe Moreira. Llegamos al quinto domingo y yo 
continuaba más que place. En vano me había es- 
merado en hacer cosas delicadas, bonitas, intere- 
santes; el premio no me llegaba nunca. Tuve una 
idea: era necesario penetrar en el alma literaria 
de don Juan, a quien, ya por aquel entonces, 
habíamos apodado «Don Juan Daga», y así lo hice. 
Escribí un cuento dramático, lleno de tiros, puña- 
ladas, celos, mujeres muertas, niños abandonados, 
etcétera. Aquello era de matarme a palos, y. efec- 
tivamente, don Juan me dio el premio de los dos- 
cientos pesos, porque había hecho caso omiso del 
juicio literario del Dr. Ricardo Gutiérrez. 

No contento con esto, al día siguiente don Juan 
me llamó aparte, y con la voz más cavernosa de 
su vasto repertorio, me dijo: 

— Usted tiene profundamente desarrollada la 
curva dramática; tómese un par de días de des- 
canso y después usted me escribirá una novela 
histórica, una novela sensacional, argentina, nues- 
tra, sobre un tema realmente emocionante. 

Acepté los dos días de licencia, que buena falta 
me hacían, y en seguida me puse a buscar los 
antecedentes históricos del tema que me había 
dado don Juan. 

Se trataba del asesinato de Fray Dionisio Mu- 
ñoz, prior del convento de San Francisco, ocurrido 
en 1819. perpetrado por otro fraile, llamado Po- 
lanco. con la complicidad de. un tercer fraile de 
apellido Rosa. El asunto no daba materia sino 
para una modesta crónica policial. Era un drama 
de envidia y de celos en el que no había intriga 
mayormente explotable; pero don Juan quería 
una novela tremebunda y había que complacerle. 
Empecé la obra y eché a rodar la fantasía por 
esos mundos de Dios, dando saltos y tumbos, 
inventando personajes, citando acciones, descri- 
biendo momentos y paisajes, esto es, tejiendo alre- 
'odor del modesto crimen pasional un verdadero 




crimen histórico y literario, que llegó a veinte 
folletines. A medida que la novela avanzaba, 
don Juan me decía, siempre con su voz sepulcral, 
pero cariñosamente: 

— Usted será un gran novelista, un glorioso 
novelista argentino. . . 

No hay para qué decir, que don Juan estaba 
profundamente equivocado. Cuando terminé «Fray 
Dionisio Muñoz», Julio Llanos escribió «Camila 
O'Gorman», adornada con tales detalles que, no 
sabiendo el autor qué hacer con la infortunada 
heroína, la sometió a la tortura de ser comida por 
los mosquitos, frente a Corrientes, abordo de un 
pailebote, durante quince días, como expiación 
de su delito de haber amado. 

Después, si mal no recuerdo, Rafael • Barreda 
publicó un folletín titulado «La pera envenenada», 
que debe haber tenido gran acopio de muertos, 
heridos y hecatombes de todo género, porque don 
Juan lo felicitaba muy a menudo, a medida que 
la novela iba desarrollándose. En seguida volvió 
a tocarme el turno a mí, con una novela guerrera. 

— Vayase a visitarlo al doctor Ángel Justinia- 
no Carranza, — me dijo un día don Juan. — El le 
va a dar datos sobre la defensa heroica que hizo' 
de la ciudad de Catamaroa. el gobernador Cano, 
contra una invasión de Choyanos capitaneada 
por Ibarra y por Várela, el año 1840. ¡Le va a 
salir una novela gaucha, lindísima!... jHubo 
muchos muertos en esa acción!... 

No agregamos una palabra más. Dos días des- 
pués se inició en «La Patria Argentina» la publica- 
ción de la novela «Choyanos y Catamarqueños», de 
don Pablo Della Costa, en la cual la historia es- 
taba completamente ausente, brillando en cambio, 
con luz fúlgida, el incendio, el saqueo, la matanza, 
la violación, todo el horror de la guerra civil, bajo 
el estimulo, bajo el acicate cada vez más creciente 
de don Juan, que me incitaba a matar, a dego- 






llar por la nuca y de parado, para que el efecto 
fuese más dramático. 

Terminada esta segunda novela mía. de la cual 
le pido humildemente a Dios que me perdone, 
entró en turno Juan Lussich, con un romance que 
se titulaba «La mujer embarrilada». Era un drama 
del suburbio. Un almacenero de Barracas cogió en 
renuncio a su mujer y una noche tormentosa la 
metió en el sótano del boliche, la mató, la descuar- 
tizó, guardó los restos humanos en una bordalesa 
vacía, que llenó de sal y la tapó herméticamente, 
colocándola en el fondo de la estiba. Poco tiempo 
después el almacenero vendió el negocio y desapa- 
reció del país. Una crecida grande del Riachuelo 
mordió los cimientos del boliche y el almacén se de- 
rrumbó, matando al íiuevo propietario. La policía 
descubrió los restos humanos depositados en e! 
barril y procedió al esclarecimiento del crimen, 
condenando a veinte años de galeras al delin- 
cuente prófugo. 

Juan Lussich inició la novela con un fervor dra- 
mático propio del manojo de nervios que tenía en 
el cuerpo. Al llegar al octavo o noveno folletín. 
una pulmonía fulminante, de esas que no tienen 
remisión, lo echó en cama. Don Juan Daga, que 
no quería perder su clientela, suspendiendo el folle- 
tín, me encargó que viese al enfermo, le pidiese 
el plan de la obra y la continuase hasta tanto 
pudiera abandonar la cama. Cuando llegué a la 
casa del infortunado amigo, estaba poco menos 
que en agonía. Lo vi y tuve escrúpulos de hablarle 
del asunto antipático que me llevaba hasta su 
lecho de moribundo. Hablar de novelas a un 
cadáver, era un crimen que yo no podía cometer. 
Me volví entristecido a la redacción y di cuenta 
del estado en que se hallaba el pobre Lussich. 

Pero el folletín había que continuarlo irremisi- 
blemente. Leí con todo apuro lo que había escrito 
Lussich, y confieso que no supe, en el primer 
momento, continuar la obra. Entonces me cogí 
de un cabello. La protagonista había nacido en 
Genova, y, para salir del paso, correspondía que 
hiciese una descripción de la ciudad, con su 
puente de Carignano, con su iglesia de Santa Mar- 
garita, su monumento a Colón, su cementerio fa- 
moso, su teatro della Fenice, su nobilísimo hotel 
Feder, sus colinas, sus valles, su Linterna y su 
golfo, y, para no salir del tema, conté cómo la pro- 
tagonista, paseaba los domingos por la ciudad 
llevada de la mano por sus padres, lo que impor- 
taba, según dicen los franceses «principiar por el 
principio». 

Seguí la novela lo mejor que pude y ya iba lle- 
gando al desenlace cuando un domingo, Felipe 
Moreira, que dragoneaba de subdirector, me dijo: 

— Pablo, es necesario que tú hagas la crónica 
de las carreras; se ha enfermado el cronista y tú 
le reemplazarás por hoy. 

— ¿Y el folletín, — le dije, — quién lo hace? 

— Lo harás tú después que vuelvas. 

Yo no entendía un pito de carreras; no había 
ido nunca al hipódromo, no sabía nada de caba- 
llos, de jockeys, de aprontes y de favoritos. Sin 
embargo, traté de salir airoso del empeño. Hice 
un gran cuadro de luz. de sol, de ambiente, de 
movimiento, de mujeres hermosas, de sombrillas, 
de sombreros, de vestidos, de risas, charlas, co- 
queteos, y. al final, por todo dato sportivo, puse: 
«Ganaron los caballos tales y cuales». 

A las diez de la noche, después de una comida 
opulenta, — algunas veces solía brindármelas, — 
terminé mi brillantísima crónica, que fué todo 
un éxito de color y de vida y entregué los origi- 
nales a Moreira, quien al recibirlos me dijo: 

— Ahora sigue el folletín. . . 

¿El folletín? (Estás loco!. . . Ya he trabajado 
bastante por hoy. . . 

— ¡Pero hombre!. . . 

— Sí ... ¡no escribo una linea más! . . . — protesté. 
- Tendré que seguirlo yo, — dijo Moreira re- 
signado ante mi negativa rotunda de continuar 
rompiéndome los sesos. 

¡Y así fué!. . . Moreira se puso a trabajar el fo- 
lletín y yo me fui a dormir. Al día siguiente, 
cuando abrí «La Patria Argentina», vi que Moreira 
había terminado en doscientas lineas la novela, 
asesinando, descuartizando, embarrilando y sa- 
lando, él mismo, con sus propias manos y con lujo 
de detalles, a la infeliz amante genovesa. 

¡Asesino! . . . 

Desde aquel día. para que nadie me robase 
presas tan codiciadas, juré no escribir más nove- 
las, para bien de las letras argentinas y para que 
no me entierren uniformemente execrado por mis 
coetáneos. 

DIBUJO DE ÁLVAREZ. 



— i:3l_"v 



x-i_mc?>^— 







D« carácter ligero, 
holgazán como un principe de oriente. 
hablador, insolente, 
mezcla de cachafaz y caballero. 
es Antonio un farrista impenitente 
que cuesta a sus papas mucho dinero. 

Después de escribir versos a la luna 
y sentirse rendido. 
Antonio, que ha sabido 
que quien menos trabaja hace fortuna. 
pensó: 

— Voy a ganar muchos millones. 
porque tengo sobradas condiciones. 




Todas vendrán aquí tarde o temprano. 

Será una emigración extraordinaria 
de niñas casaderas: 

y habrá entre esas legiones de solteras 
la noble millonaria. 
la vieja adinerada y caprichosa. 
la puritana adusta. 

la ex novia de algún i>on. triste y Uoio; 
la burguesa robusta, 
la joven tierna y triste 
que vive de ilusiones y de alpiste, 
la poetisa fea e irritable 
que habla sólo de rimas y de ritmos. 
la doctora que enseña 
ética, logaritmos, 
chino, latín o bable, 
la cantante risueña, 
la jamona en asuntos de flirt ducha 
y la miss macilenta y larguirucha. 

Y como para ellas — 

me refiero a las ricas y a las bellas — 
seré motivo de sorpresa y pasmo, 
se me disputarán con entusiasmo. 
Será el tributo de las cien doncellas! 

Y a quien elegiré. Luego veremos. 
Hay que reflexionar. Reflexionemos. 



o una griega divina. 

o una... |no! no sigamos adelante. 

Es un tema escabroso 
ese harén bien surtido y peligroso. 

También me gustaría una francesa 
más bien flaca que gruesa, 
que se pintase un poco 
y con su ingenio me volviera loco, 
enamorada de cualquier futesa, 
censora más aguda que Aristarco, 
algo Claudina y algo Juana de Arco, 
con su poco de artista. 




Vino a estudiar dispuesto; 
mas como el estudiar es tan molesto. 
hace tres años ya que, reprobado 
en la misma materia, 
continúa tan fresco y animado. 
pues, tres años ¿qué son? ¡una miseria! 

Siendo un hombre de mucha fantasía 
y hallándose sin plata el otro día 
meditó un largo rato, 
como medita todo el que anda pato. 
y, por fin. exclamó con alegría: 
— ¡Y no haberlo pensado! ¡Qué borrico! 
¡La guerra! Con la guerra seré rico. 




cocinera y modista. 

alegre, espiritual y que me amase 

. . .y que no me engañase. 

Una inglesa muy rubia y con perrito 
¡ay! ¡cómo me abriría el apetito! 

La inglesa, el perro y yo ¡lindo terceto! 
seríamos felices por completo. 

¡Qué se acabe la guerra 
y que venga de Prusia o de Inglaterra, 
pero que venga pronto, 
la jamona o la chica 




Alemanes, ingleses, 
italianos, franceses, 

turcos, belgas, austríacos (toda Europa 
que ya se ha vuelto *opa» 
o lo será del todo en unos meses) 
claman en vano a Dios que se hace el sordo. 
Y ahí está, justamente, el caldo gordo. 

Cuando acabe la guerra 
y noten que en su tierra 
no queda un hombre sano 
ni «apto para el consumo»; 
¿qué harán, pobres mujeres? ¡La del humo! 



Una Gretchsn fornida 
me alegrará la vida. 
De Schiller o de Wagner hablaremos 
en una suave paz no interrumpida. 
Mi ropa coserá cuando esté rota 
y me hartará de amor y de compota. 
Un himno entonaremos 
a la naturaleza, 

y entre dulce sonrisa y dulce llanto, 
filosofía, música y cerveza 
formarán nuestro encanto. 

A Dios elevaremos nuestras preces: 
me trocaré en un hombre muy sesudo 
y, serio y barrigudo. 
seré padre catorce o quince veces. 

Buena está una alemana. 
Pues ¿y si me tocase una italiana. 
o una turca soberbia, 
o una hermosa rumana, o una serbia, 
o una rusa (una Olga 
eque ha nacido en las márgenes del Volga»), 
o una montenegrina, 
o una belga con fama de heroína, 
o una austríaca elegante. 




de buena planta y rica 

a quien adoro en sueños como un tonto! 

De Austria, Bélgica o Francia, 
no hay duda que vendrán en abundancia 
¡y que traerán platita! ¡es lo primero! 

Yo no sigo estudiando ¡qué demonio! 
se trata de un negocio de importancia. 
¿Y no voy a encontrar un usurero 
que sobre mi futuro matrimonio 
se apresure a prestarme algún dinero? 

DIBUJOS DE SIRJO, 



r3 LJ\.-' i3 ^sy J_' I - J-^:> >-X — 




1 






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ReindVicforia 



I..4 Q Fí| f^f'.yr\ '''^, )r )f 3f 



J 



— ir>l_x -^ V • L-T^ I^ .-x — 



RUINAS DEL "MONASTERIO", EN YUCATÁN 




-AS MÁS HERMOSAS OBRAS DE LA ARQUITECTURA PRECOLOMBIAN A, ES EL «MONASTERlOí O «CAN DE LAS MONJAS», EXISTENTE EN UXMAL (PENÍNSULA DEL YUCATÁN). 
LOS MAYAS DEJARON COLOSALES HUELLAS DE UNA CIVILIZACIÓN OUE HABÍA ALCANZADO A PRODUCIR UN ARTE EXQUISITO. 




EXISTENCIA EN TODAS 
LAS MEDIDAS EUROPEAS 
Y NORTEAMERICANAS 



PNEUMÁTICOS 

DUNLDP 

CON ELLOS SE CONSIGUE 

VELOCIDAD 
RESISTENCIA 

DURACIÓN 

USARLOS Y ADOPTARLOS, ES UNA COSA MISMA. 



I299-VIAIVI0NTE-I299 

UNION TELEFÓNICA, «301, JUNCAL 



fZ^yiK-^ 



m.-::>iimms^mis-ím^y!m;y¡m':¡9^':^í!is^^y^ i3f> 









9 

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"AL CELESTE IMPERIO" 



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finTlGUEMOES 

y 

OBJETOS 

DE RRTE 

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PORCEMRH 

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y 

BRORCE 




ROVEDfíDES 
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DORDñDOS 

Kimonos 

m^RTORES 

DE 
OlñRlLíI 



WONG LEE Y Cía. ^ y^ ^J ^ 



CARLOS PELLEGRINI, 500 



ANEXO: 
AVALLE, 1023 



uimHiimifiBiiiiiaiiiiiaiiiiii 



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i— Plumas 
Esterbrook 




— fUV^^ V'LT^i:3>^ — 



ARTISTAS NORTEAMERICANAS 



^ 



A*; 



El dinero, unido a la generosidad en gastarle y a ese exqui- 
sito buen gusto de que en todas las ramas del arte están 
dando inequívocas pruebas los norteamericanos, hace ver- 
daderos prodigios. 

Juzgúese por la indumentaria de las tres bailarinas cuyos 
retratos reproducimos en esta nota, que tomaron parte en 
un festival a beneficio de los heridos en la guerra. La pro- 
piedad y riqueza de los trajes, asi como la maestría de ellas 
las hace resistir ventajosamente toda comparación con sus 
rivales de Europa. 





^KrON GIRL O MINE. 



MIS l'ETKR MUER. 



MISS GERALDINE TITZGERALD. 




SECRETOS REVELADOS 

DE COMO PUEDE CONSERVARSE LA HERMOSURA JUVENIL 



POR 

CHARLOTTE ROUVIER 



LOS BARRILLOS DEJAN EL CAMPO 

í Jn remedio positivamente instantáneo contra 
^^ los puntos negros, grasas y poros del rostro, 
recientemente descubierto, está ahora en general 
uso en todo «boudoir» de damas. Es muy sen- 
cillo y tan agradable como inofensivo. Échese 
una tableta de stymol (que se vende en las dro- 
guerías) en un vaso lleno de agua caliente. Así 
que haya desaparecido la efervescencia producida, 
lávese la cara con el liquido, usando una espon- 
jita o un paño blando. Seqúese la cara, y se verá 
que los pigmentos negros han abandonado espon- 
táneamente su nido para morir en la toalla, y 
que los poros grasientos también han desapare- 
cido y se han borrado como por encanto, dejando 
la cara con un cutis liso y suave y de una fres- 
cura encantadora. Este tratamiento tan sencillo 
debe repetirse unas cuantas veces con intervalos 
de cuatro o cinco días, a fin de asegurar la per- 
manencia del maravilloso resultado obtenido. 

UNA CABELLERA NATURALMENTE 
ONDULADA 

p" L buen stallax no solamente produce el mejor 
*-^ shampoo posible, sino que además tiene la 



propiedad peculiar de formar una natural y pro- 
nunciada ondulación en el cabello, efecto que se- 
guramente desean casi todas las damas. Una 
cucharadita de las de café llena de granulados 
stallax disueltos en una taza de agua caliente, 
deja amplio margen para hacer un magnífico la- 
vado de cabeza y da al pelo una brillantez y sua- 
vidad que ninguna otra cosa conocida puede 
proporcionar. Es totalmente inofensivo y puede 
comprarse en casi todas las droguerías. Como 
hasta ahora ha sido poce usado para este propó- 
sito, el stallax sólo se vende en paquetes con 
sello original, conteniendo cada paquete cantidad 
suficiente para veinticinco o treinta shampoo. 

RENOVACIÓN DE CUTIS POR 
ABSORCIÓN 

Ql su cutis está estropeado con palidez, man- 
chas, barrillos o pecas, de nada sirve que 
use usted polvos o pinturas, lociones, cremas y 
otras cosas para hacer desaparecer estos fastidios. 
A menos que tenga usted la habilidad de un 
artista, desfigurará su apariencia mucho más. 

El nuevo método racional es quitar el cutis 
mismo con todas sus faltas ofensivas. Cómprese 
un poco de cera pura mercolizada en una botica, 
y úsese por las noches, lo mismo que si fuera 
cold cream. Quítese por la mañana con agua y 
jabón y un salpicón de agua fría. La cera mer- 
colizada absorbe la banda mortecina de piel en 
pequeñas partículas, de manera que nadie nota 
que está una arreglándose la cara, a no ser por 
su resultado, que es verdaderamente maravilloso. 
No hay nada que se le parezca para conseguir 
un cutis saludable y hermoso. 

Tengo entendido que el producto genuino se 
vende solamente con un envoltorio de cartón 
blanco, con las palabras en inglés «puré merco- 
lized wax», impresas en azul. 



SUPRESIÓN DEL BOZO EN LA MUJER 

Dará las damas que ven su belleza desfigu- 
rada por este molesto crecimiento de vello, 
constituirá una gran noticia saber cómo se extir- 
pa de un modo permanente ese vello. Para este 
propósito debe usarse el porlac puro pulverizado 
de cuya substancia casi todos los boticarios pue- 
den venderle a usted una onza. El tratamiento 
se recomienda no sólo para la desaparición ins- 
tantánea del vello que os desfigure, sino para 
matar por completo las raíces, sin que por esto 
sufra la belleza de vuestra piel. 

CANAS A UN LADO 

T AS canas son a menudo una seria contraríe- 
'—^ dad que se presenta tanto a hombres como 
a mujeres cuando aun se encuentran en la pleni- 
tud de su vida. Las tinturas para el cabello no 
deben usarse siempre porque sus inconvenientes 
son obvios y además causan perjuicio al pelo 
en muchos casos. Pocas personas saben que una 
fórmula muy sencilla, fácilmente hecha en casa, 
devuelve a las canas el color primitivo del cabe- 
llo, de la manera más inofensiva. Basta con que 
compre usted dos onzas de tammalite concentra- 
da en casa de un boticario, y las mezcle con 
tres onzas de ron o espíritu de laurel. Aplique 
usted esta sencilla e inofensiva loción a su cabello 
durante unas cuantas noches, por medio de una 
esponjita, y las canas desaparecerán paulatina- 
mente. La loción no es grasicnta ni pegajosa, y 
ha sido probada con éxito una y otra vez durante 
varias generaciones por las personas que han 
tenido la dicha de poseer la fórmula. Mezcle 
usted mismo la loción en su casa, consiguiendo 
un frasco completo de tammalite concentrada, con 
el sello intacto, lo cual será suficiente para ase- 
gurar éxito. 



— v=>v^ 



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'izí \/l_'I-U>^ — 



ESTADOS UNIDOS — GALERÍA DE JÚPITER 




VISTA DE LA SIERRA SUPERIOR DE ESTAS INMENSAS GALERÍAS. 



DE CRISTAL, FORMADAS POR LA EVAPORACIÓN DE 
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CONCURSO 

Chocolate Productora Americana 



150 Premios 



— $ 1500 en efectivo 



Desde la fecha hasta el día 30 de septiembre próximo, a las 5 p. m., 
en que se considerará clausurado, se organiza este concurso entre 
los consumidores del excelente CHOCOLATE PRODUCTORA AME- 
RICANA, de acuerdo con las siguientes 

BASES 

1.8 — Se trata <lo rscrihir la mayor rantidad de veces la frase completa 
CHOCOLATE PRODUCTORA AMERICANA, empleando para ello los cu- 
pones especiales que contienen todos los paquetes de fliocolate que salen de 
nuestra fábrica. 

2.» — La frase CHOCOLATE PRODUCTORA AMERICANA deberá escri- 
birse a mano, con tinta, letra legible a simple vista, sin raspaduras, omi- 
siones ni enmiendas. 

3.» — Cada persona podrá remitir todas las soluciones que desee, pero sólo 
puede optar a un premio. 

4.» — Al hacer el cómputo, sólo se tomarán en cuenta las frases completas. 

5." — La adjudicación de los premios estará a cargo del señor Escribano 
Público, Fernando G. del Kío, líivadavia, 714, cuyo fallo será inapelable. 

6.* — Los premios se adjudicarán ]>or orden de clasificación (primero, se- 
gundo, tercero, etc.), a las personas que remitan las mejores soluciones. Si 
dos o más concurrentes coincidieran en la cantidad de frases escritas, se ad- 
judicará el premio al que haya remitido mayor cantidad de soluciones, pa- 
sando los demás a disputar los ]>remios subsiguientes. 
Se establecen los siguientes: 





PREMIOS 


Un 


ler. 


premio de $ i .000 «" efectivo 


Un 


2." 


„ de $ 500 •.; 


Un 


Ser. 


un reloj oro, para señora 


Un 


i." 


una máquina de coser 


Tres 


5.» 


un violín Stradivarius 


Tres 


6.» 


un grafófono, con 6 discos 


Dos 


7." 


una máquina fotográfica 


Cinco 


8." 


,, una linterna mágica 


Un 


9." 


un triciclo 


Cinco 


10.» 


un reloj cincelado 


Cinco 


11.» 


tren completo 


Dos 


12.» 


un par patines 


Diez 


13." 


una muñeca irrompible 


Diez 


14.» 


guitarras para niño 


Cinco 


15." 


" ,, aeroplanos mecánicos 


Cinco 


16." 


despertador 


Setenta 


IT." 


cajas bombones 


Cinco 


18." 


juego muebles p. muñeca 


Diez 


19." 


teatro completo 



Total: Ciento cincuenta oremio». 
Las soluciones deben remitirse a las oficinas centrales Je 
La Productora Americana Rivadavia, 620 - Buenos Aires 



Julio 1." .le lilis. 



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con bordado color beige $ ^VUt 

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nado con moAo de cinta terciopelo. $ fcO'~~~" 



Las creaciones ^^^f^í^'lf^í^^élcJl para 

entretiempo, se distinguen por su sencilla 

originalidad y práctica adaptación a los 

dictados de la última moda. 



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lilllllllllllllillllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllillllilllllllllllllllllillllllllll»^ 



NUM. 28. 
AÑO III. 




AGOSTO 
1918 




EL GANADOR 

GOUACHE DE 7AVATTARO. 



— p:>I_;v^^ "Vw/T_nPP3 yó- 




dalos que 'aportan algunos 
historiadores de la conquista. 
referentes a los fabulosos obsequios enviados a 
Carlos V por el emperador Moctezuma, son tes- 
timonios más que suficientes para demostrar la 
perfección alcanzada por los indios en este arte 
maravilloso. 

Los plateros y orífices del Perú, y especialmente 
los mexicanos, tenían una rara habilidad en la 
fundición de metales preciosos, cuyos trabajos 
preferían a todas las demás obras de escultura; 
no sólo modelaban las imágenes más perfectas de 
los objetos naturales, sino que sabían cincelar y 
repujar la plata y el oro, esmaltándolo con pie- 
dras de muy raro color, que también tallaban y 
pulían. Para la elaboración de esta clase de alha- 
jas, empleaban martillos y otros instrumentos, 
rematados con punta de roca o minerales puros 
que existían en las montañas del continente. 

Según el histo- 
riador Gomara, 
los aztecas fun- 
dían aves de ca- 
prichoso pluma- 
je, con la cabeza 
y las alas movi- 
bles; épicas figu- 
ras de caciques y 
guerreros indíge- 
nas, en actitud 
de disparar sus 
flechas; un pez 
con las escamas 
alternativamen- 
te de plata y oro; 

IAH0HAOO* Di n-ATA CIMCKI.AOA. DE tÍg''eS y ágUÍlaS 

tA coLBc. «ooiiicuBz Dc LA TOHc volantes, símbo- 





ARTISTICO CANDELABRO DE SIETE LUCES, REPUJADO AL GUSTO 

INCÁSICO DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XVII. RARO EJEMPLAR DE 

LA COLECCIÓN FSRNAndEZ-BLANCC. 



OS del Imperio. Tan artísticos eran los trabajos, 
que los mismos españoles, olvidando su ambición 
de riquezas, tenían en más estima el artificio de 
la forma que el elevado precio del metal. Este 
exquisito arte, ejercitado en la antigüedad por 
los Tolteques, fué desapareciendo poco a poco, no 
tanto por la sumisión de los indios como por el 
abandono de los conquistadores. 

Las piedras preferidas por ellos eran las tur- 
quesas, las cornalinas, los zafiros, las amatistas y 
otras que no se conocían en Europa antes del 
descubrimiento. Las esmeraldas fueron tan comu- 
nes entre los indios, que no había señor que no las 
poseyera en gran cantidad, y a ninguno se ente- 
rraba sin engarzarle una de los labios para que 
le sirviera de corazón después de la muerte. 

El historiador Solís, haciendo crónica de una 
visita al palacio de Moctezuma, recuerda que el 
Emperador «traía sobre sí diferentes joyas de oro. 
perlas y piedras pre- 
ciosas en tanto nú- 
mero, que servían 
más al peso que al 
adorno. La corona, 
una mitra de oro li- 
gero, quepordelante 
remataba en punta. 
El calzado, unas sue- 
las de oro macizo, 
cuyas correas de lo 
mismo, ceñ.ían e' 
pie y abrazaban par- 
te de la pierna, se- 
mejante a las calí- 
gulas militares de 
los romanos.» sahumador peruano, de la COLEC- 

En la toma de ción rodríguez de la toppe 




— i=>il;>^^^ 



>.'^ — 




YERBERA DE PLATA CON LABORES D[i 
ESTILO IMPERIO. COLEC. F.-B. 



ALGUNOS MATES DE LA COLECCIÓN FERNANDEZ - BLANCO. 



México por Hernán Cortés, el botin no fué tan grande como se es- 
peraba, pues los defensores echaron al lago sus riquezas. Las pocas pie- 
zas que pudieron salvarse dice Bernal Díaz — fueron valuadas en 
19.200 onzas, sin contar las suntuosas alhajas y perlas de gran tamaño 
que se remitieron al nuevo Señor de las Indias. Aunque todo esto se 
perdió para la corona de España, por haber caído el navio que conducía 
dicho tesoro en poder del corsario Juan Florín, que lo mandó como pre- 
sente a Francisco I de Francia, ya había llegado a su destino, 
en julio de 1519, el regalo ofrecido por el emperador Moctezuma 
a Carlos V, siendo este el primer oro y la primera plata que 
el nuevo mundo envió al antiguo. 

Entre los objetos principales que componían el imperial 
obsequio, se destacaban por su originalidad o por su arte, 
un yelmo orlado de joyeles y por cimera un pájaro verde 
con el pico de oro; varios collares del mismo metal, 
compuestos de siete piezas cada uno. con 
183 esmeraldas engarzadas y 232 rubíes; 
muchas calzas de piel de ciervo cosidas con 
hilo de oro. muy sutiles, y con la suela de 
piedra itztli, blanca y azul; dos ruedas de 
diez palmos de diámetro, una de oro con 
la imagen del sol y otra de plata con la de 
la luna, todo cubierto con figuras de animales 
y bajo relieves trabajados con singular artificio; 
24 rodelas de oro, de plumas y de 
perlas y 5 más de plumas y de plata; 
peces y pájaros de oro fundido; dos 
lagartos y un gran cocodrilo, reves- 
tidos con hilo de oro; mitras cons- 
teladas de gemas, lanzas, coronas y 
penachos, todo de oro, y muchas ves- 
tiduras bordadas con plumas de colo- 
res diversos, irisadas de un vivo 
tornasol, que eran encanto y 
maravilla de los ojos. 

Cuando Cortés regresó por 
primera vez a la península, 
llevaba en su bagaje cinco es- 
meraldas de incalculable méri- 
to, trabajadas por los aztecas; 
la primera figuraba una rosa, 
otra era un pez con los ojos de 
oro, y la más artística, por la 
cual ofrecieron unos mercaderes 
de Genova 40.000 ducados, tenía 
forma de copa con la base de 
oro y cuatro cadenillas sujetas 
en una perla a modo de joyel. 
Las cinco esmeraldas fueron rega- 
ladas por Cortés a su segunda es- 
posa doña Juana Ramírez de Are- 
llano y de Zúñiga, hija del Con- 
de de Aguilar. 

Estas y otras riquezas, arranca- 
das de América por los conquista- 
dores, pueden dar idea del perfec- 




YERBERA DE ORO Y PLATA. épOCA DB 
LA INDEPENDENCIA. COL Ec. F.*8. 

cionamíento alcanzado por los artífices mdlos en la fabricación de objetos 
de plata y oro, metales que utilizaron con preferencia también para ador- 
nar sus templos y los palacios de sus héroes y emperadores. 

Desde el momento que España fundó sus primeras colonias en el nuevo 
mundo, empezaron a transformarse las artes y las costumbres en todo el 
continente. Los antiguos ritos indígenas fueron abolidos por la enseñanza 
de los misioneros. El vencedor imponía sus leyes y su autoridad absoluta, 
gobernando con la espada y ¡a cruz. En el logro de sus am- 
biciones magnificas, los nuevos señores levantaron suntuo- 
sas moradas, que aunque de exterior sencillo y fuerte, 
propio de aquellos tiempos de lucha y de defensa, en- 
cerraban en su interior todo el fausto del abolengo y 
del poder. Bajo los artesonados de maderas obscuras, 
brillaban las grandes lámparas de plata maciza; igual- 
mente de plata, eran los frentes de las vitrinas, los 
espejos, los candelabros. . . En cámaras y 
aposentos, los sahumadores de filigrana, 
gacelas, pavos reales, llamas del Perú, en- 
volvían el ambiente con rico aroma de 
canela. Pero donde más se notaba el 
boato y suntuosidad de los moradores, 
era en el comedor. Las pulidas y aparato- 
sas alhacenas, deslumhraban por la riqueza 
del servicio; vasos de oro bruñido, de cristal, 
de búcaro, de cerámica india; fuentes 
y bandejas de plata repujada, ma- 
tes de labores incásicas, jarras 
buriladas, grandes aguamaniles de 
plata y oro, que eran presentadas 
por los esclavos al final de cada 
comida. . . 

Los artífices indios, siguiendo las 
modas impuestas por los pla- 
teros peninsulares, hacían 
toda esta variedad de obje- 
tos, imprimiéndoles un sello 
muy personal con las in- 
fluencias de su arte primitivo. 
Las piezas de plata cons- 
truidas en los primeros tiem- 
pos posteriores alaconquista, 
suplían con su candor y sen- 
timiento cristiano, la inco- 
rrección de los ornamentos y 
el abandono de las leyes de 
perspectiva. Sin embargo, pue- 
de observarse que a esa época 
pertenecen los ejemplares más 
curiosos y definidos, dentro de la 
platería colonial. 

Durante los siglos xvii y xviii, 
adquiere excepcional importan- 
cia en América la industrializa- 
ción de metales. León de Nica- 
ragua, Oruro, Valparaíso, la Villa 
'mperial de Potosí, fueron otros 




YERBERA REPUIADA, DEL SI- 
GLO XVIII, COLBC. F.-B 



ESPSjO DE PLATA LABRADA CUY* ELEGANTE LINEA EVOCA EL SUNTUOSO Af'AKATO DE LAS MANSIONES COLONIALES. 

COLECCIÓN FERNANDEZ - BLANCO. 



SAHUMADOR CON FRUTAS Y 
PÁJAROS COLEC. R. DB LA T. 



— I3>i_;vw^'-S 



' ve- 



tantes centros de producción, donde los artífices so 
metían a su criterio las influencias de ultramar, 
creando un estilo que se distingue ante todo 
por su pomposa y ostentosa opulencia 

Modelos de gran evocación, propiedad 
hoy del colecciocista señor Rodríguez 
de la Torre, son el estribo de plata 
que perteneció a la ilustre señora 
peruana doña Juana de Oro, 
Condesa de Paz. hecho en el 
Cuzco el año de 1668, y una 
bandeja burilada que recuer- 
da el bautizo del infante don 
Mariano Valdes de Peralta. 
Conde de Yucay. hecha 
por los plateros de la mis- 
ma ciudad el año de 1617. 

Cumpliendo órdenes 
de la realeza, los digna- 
tarios de más elevada 
jerarquía, dentro del 
poder oficial, enviaban 
frecuentemente a la pe- 
nínsula cantidades de 
plata y oro. destinadas 
a la fabricación de ob- 
jetos artísticos por los 
orfebres de Toledo, de 
Sevilla, de Córdoba, de 
Santiago de Composte- 
la. . . Así contribuían 
las fabulosas poblacio- 
nes de Indias al engran- 
decimiento de España. 




uarenta escalones de plata. Por su parte, las perso- 
nas de posición que venían con mandos oficiales y 
las familias americanas de rango, siguiendo las 
fastuosas costumbres de la colonia, iguala- 
ron y hasta superaron a veces el esplen- 
dor palaciego de los nobles peninsulares. 
Por ejemplo, el virrey del Perú, Prín- 
cipe de Squilache. llegó a invertir 
grandes capitales en joyas y pla- 
tería artística, sin tener en 
cuenta los tesoros acumulados 
en sus villas de Italia. Igual 
puede decirse de la virrey - 
na de México, doña Je- 
rónima de Moctezuma, 
Jofre de Loaisa. Condesa 
de Moctezuma, vizcon- 
desa de llucán y pri- 
mera Duquesa de 
Atrisco; esta dama 
había conseguido reu- 
nir en su morada del 
estado de Tula, tan 
enorme cantidad de 
piezas de plata, que 
por su valor y grandio- 
sidad era considerada 
en conjunto como una 
de las más ricas y lu- 
osas mansiones de su 
tiempo. 

El efecto deslumbra- 
dor con que se alhaja- 
ban algunas casas prin- 



URNA Y CUSTODIA DE ESTILO FLATERESCO, 
COLECCIÓN 

que se invirtió una suma equi- 



bien costeando con 
su riqueza edificios 
tan portentosos co- 
mo el monasterio del 
Escorial, o propor- 
cionando materias 
con que poder llevar 
a la práctica concep- 
ciones de tan supre- 
ma belleza como la 
custodia de la cate- 
dral de Avila, debi- 
da al artífice Juan de Arfe, en la 
váleme a 40.000 ducados de oro. 

El exceso de lujo que empezó a desarrollarse en todos los dominios 
de España, debido principalmente a las riquezas del nuevo mundo, 
dio motivo para que ya en 1574 dictasen los reyes una pragmática 
prohibiendo que se hicieran de plata muebles y utensilios, que antes 
se construían con madera, cobre y otras materias de menor precio y 
calidad. 

En las casas de la corte — escribía la Condesa D'Aulnay. en 1679. 
— «nunca se utilizaron vajillas estañadas; solamente las de plata y 
porcelana servían en las mesas.» 

El Duque de Alba, tenía en los aparadores de su palacio setecien- 
tas docenas de platos y ochocientas fuentes, de plata, y el de Albur- 
querque, además de una gran vajilla de oro, poseía mil cuatrocientas 
docenas de platos, cincuenta docenas de fuentes y setecientas ban- 
dejas repujadas; el resto del servicio estaba en la misma proporción, 
hallándose todo colocado sobre una especie de pirámide formada con 



PROCEDENTES DE UN SANTUARIO COLONIAL DE BOLIVIA. 
FERNANDEZ - BLANCO. 





cipales llegó a tomar 
también proporcio- 
nes extraordinarias 
en el interior de las 
iglesias. Junto con 
los sitiales de do- 
sel, los retablos y 
pulpitos de rica 
y ampulosa talla, 
veíanse los atributos 
religiosos, sellando 
con su brillo esplen- 
dente la fría solemnidad de los santos, colocados en camarines y hor- 
nacinas. Cruces procesionales, candeleros. incensarios de filigrana, 
bellos cálices matizados con portentosa pedrería; todo era de plata 
relevada, repujada, labrada a cincel y martillo, con notables remi- 
niscencias arcaicas y símbolos de la milenaria tradición aborigen. 

En los primeros años del siglo xix. o mejor dicho, al iniciarse los 
movimientos patrióticos que condujeron a la emancipación americana, 
nótase que las artes coloniales, principalmente el de la platería, fueron 
perdiendo importancia y vulgarizándose poco a poco, hasta desapa- 
recer por completo. Pero ya que la moda ha venido a imponer defi- 
nitivamente en Buenos Aires, la antigua y noble costumbre de usar 
ricas piezas de metales preciosos, de los templos y casas provincianas, 
empiezan a salir de nuevo esas viejas reliquias que embellecen los 
salones porteños, y que se conservan, no tanto por su labor caracte- 
rística, como por ser muchas de ellas noble recuerdo de antepasados 
venerables. 

Antonio Pérez-Valiente. 



FUENTE ijc .i.AiA .-trujAl^A, 
CONMEMORANDO LA PROCLAMA- 
CIÓN DE FERNANDO VII. PUNO 
1808. COLETCIÓN RODRÍGUEZ 
DE LA TORRE. 

PLATO TRABAJADO A CINCEL, 
CON EL BLASÓN DE TEXADA DE 
VALDEOSERA, EN LOS MONTES 
CADINES. COLECCIÓN FERNAN- 
DEZ- BLAh;0. 





TfíOPlEDAD DEL SEÑOR jOSE BLANCO CASARIEGO. 



PREPARANDO LAS REDES 

ÓLEO DE JOAQUÍN SOROLLA. 




PLVS • 
. VITPA 



— i3>i_r^^,s 




P^ — e ^íiíos- cie--bocia 



Inmediatamente después de recibirse las ele- 
gantes cartulinas donde la pareja de amigos nos 
anuncia su próximo y heroico enlace, entramos en 
el periodo de la meditación y el cálculo. Es nece- 
sario corresponder a la amable invitación con el 
regalo que ha establecido la ley de la costumbre y 
a la que nadie debe sustraerse si desea quedar bien. 
¡Quedar bien! he ahí el problema. 

Planteado asi, en forma tan sencilla, parece que 
la cosa no presenta mayores dificultades; pero al 
entrar en el campo de acción, al pesar y compulsar 
los mil factores que van surgiendo y que es forzo- 
so tener en cuenta, el asunto toma entonces un 
aspecto bien distinto, agravándose y agrandándo- 
se, por ley óptica, a medida que se acerca. 

El regalo indicado, según muchos casados, de- 
bería ser una corona fúnebre o cualouier otro atri- 
buto de duelo, pero ¡vaya usted a contentar en esta 
forma a los que están por realizar el problema 
máximo de las aspiraciones ideales! 

No; no es esto lo que corresponde, digan lo que 
quieran los amargados, los desengañados de las 
dulzuras del matrimonio. Lo que corresponde es 
hacer un regalo armónico, equilibrado, teniendo 
para ello bien presente todo esto: grado de amis- 
tad que nos une con los futuros esposos; estado de 
fortuna de éstos y su proporción con respecto a la 
nuestra; grado de fortuna de las amistades; ba- 
lance exacto de la nuestra con examen de las fa- 
cultades anímicas de la tercera potencia, y asi el 
regalo podrá quedar, como los tiros rectificados. 
ni corto ni largo. 

El primer impulso que sentimos, ya se sabe, es 
del más puro amarretismo; pero después, se pien- 
sa en la generosidad que se emplea hasta con los 
ajusticiados, y de concesión en concesión entramos 
temerariamente en los problemas crematísticos. 

Resuelta así la primera parte, se presenta la se- 
gunda, no menos ardua y compleja: la elección 
del regalo. Consejo de familia, consulta a los ami- 
gos, ejercicios nemotécnicos, visitas a los escapa- 
rates, y por último entrada en los bazares, en busca 
de lo desconocido. En estos recorridos siempre nos 
acompaña un empleado del bazar, no se sabe si 
para atender nuestro probable pedido o para evi- 
tar que nos llevemos algo. 

El regalo, para ser completo, nadie ignora que 
ha de reunir las tres bes: bueno, bonito y ba- 
rato. Con alhajas de valor queda bien cualquiera. 

Los regalos infaltables, obligados, forzosos, fa- 



tales, inseparables, apropiados, sin los cuales no 
hay boda posible, son los siguientes: 

Juego de té, japonés, en enorme estuche forrado 
de raso. 

Lámpara eléctrica, tímida para el alumbrado, 
para mesa de luz. 

Relojes de sobremesa, útiles e.n verano. En in- 
vierno se enfrían y no marchan. 

Pareja de aros servilleteros, con las iniciales de 
los novios, en su estuche. 

Necessaire de manicuro, en su estuche. 

Media docena de cucharillas de plata sobredo- 
rada, en su estuche. El peso de estas cucharillas, 
aisladas y en conjunto, está fuera de las leyes de 
gravedad. 

Estatuas y bibelots que, enfáticamente, clasi- 
fican con el genérico de obras de arte. 

Y por último, poliches. 

¿Qué es un poliche? Por su nombre parece ser un 
objeto del culto indio; pero no. Es un vulgar ca- 
charro, que no sirve absolutamente para nada. . . 
más que para regalo de boda. Incluido en la lista 
de los obsequios, el poliche ha cumplido su misión, 
y si alguno queda en la casa, se utiliza para guar- 
dar botones, piolín y los recibos dsl gas y del 
panadero. En todos los bazares hallaréis un gran 
surtido, y, sin embargo son el terror de los dueños, 
porque al día siguiente del casamiento, vuelven al 
bazar para cambiarse por otra cosa o venderse por 
lo que den. 

Siempre suele haber un grupo, no muy numero- 
so, partidario de los regalos prácticos. Estos sue- 
len ser: 

Un aparato eléctrico para tostar el pan en la 
mesa, mientras se sirve el café, y si lo aprietan, 
calentar el baño. ¡Hoy con la electricidad se hace 
lo que se quiere! 

Una libreta de almacén, para e! consumo de 
un mes. 

Un abono al cine. 

Dos docenas de latas de sardinas, un queso del 
Chubut y una pluma estilográfica. 

No falta el donante sencillo que cree firmemente 
engañar al matrimonio con un regalo de exterior 
aparatoso, decorativo, que le da apariencias de 
gran valor; ignora el ingenuo que, al día siguiente, 
los obsequiados salen de dudas, sabiendo al centa- 
vo el precio del regalo. En estos asuntos todos es- 
tán ya en el secreto y es muy difícil hacer el 
cuento. 



Hay regalos que yo he visto en todas las bodas. 
Sé de unos gemelos de camisa que los conozco 
como si fueran miembros de mi familia. En cuanto 
hay un casamiento, pienso en ellos, voy al lugar de 
los regalos, y. efectivamente ¡allí están! Estos mis- 
mos fueron regalados a un amigo mío, que les dio 
salida aprovechando otra boda; corrieron así en 
peregrinación: mi amigo enviudó, se casó de nuevo 
y volvieron a obsequiarle con los mismos gemelos. 

Yo he llegado a convencerme de que no han sido 
fabricados para los puños de la camisa, sino para 
ir de boda en boda, y hay quien asegura que tienen 
el don de la ubicuidad, pues los ha visto en dos ca- 
samientos que se celebraban simultáneamente en 
distintos puntos de la ciudad. 

Y para que no crean que macaneo, doy las señas 
precisas; fíjense y verán que tengo razón, pues 
estoy seguro que han de seguir cumpliendo su fatal 
deslino. Piedra azul obscura, forma cabuchón, 
aro al parecer de oro y cadena de dos eslabones 
en forma de ese, que los liga por la base; estu- 
che de piel de Rusia, bastante usado ¡claro!, y fo- 
rre que fué blanco y ahora tira a gris. No tiene 
marca, pero si la tuviera habría de ser una flecha, 
con la inscripción: «Siga viaje». ¿No les parece? 

Los canarios de a cien, en forma de pajaritas de 
papel, encerrados en una jaula, los oreo el re- 
galo ideal. 

Entretanto, acudamos al salvador y cómodo 
recurso, al poético y acreditado ramo de flores, 
cuyo suave perfume sabrá defendernos de nuestra 
pobreza de ingenio y de nuestra pobreza de plata. 
Engañemos a los demás engañándonos nosotros 
mismos, atribuyendo al delicado obsequio la fa- 
cultad de encubrir nuestra timidez generosa. Olvi- 
demos que a los pocos días las tristes flores, mar- 
chitas y secas ¡ay! mostrarán, al deshacerse en 
lluvia de hojas, el burdo armazón, el retorcido 
esqueleto de mimbres y alambres donde lucieron 
su belleza exquisita por breves horas, y que tritu- 
rado y deshecho aliviará prosaicamente la escasez 
de combustible en las hornallas de la cocina eco- 
nómica. 

Y ahora, para terminar, un consejo a los futuros 
esposos. Procuren casarse a principios de mes, in- 
mediatamente después que paguen los sueldos en 
las oficinas; así, seguramente saldrán ganando y 
evitarán más de un quebradero de cabeza a los 
buenos y resignados amigos. 

DIBUJO DE ÁlVAREZ, 




4 i 



— i=5i_;v^-s 




1^' 



Todos los hoteles, 
grandes y medianos, al- 
fombrados o esterados, 
ofrecen al público e! 
diario regocijo de los 
tes danzantes. Es 
esta una moda nue- 
va, evolución de 
aquella otra de los 
tes simples y can- 
didos, que tam- 
bién tenían su nom- 
bre inglés, el aboli- 
do five o'clock. bue- 
no tan sólo para ter- 
tulias pacíficas y el 
amable intercambio de 
la amistad. Menos os- 
tentoso y menos accesi- 
ble, celebrábase a puer 
ta cerrada, en las casas 
de arraigo, sin que su 
rótulo, venido de Lon- 
dres, despinte el espíri- 
tu de la vieja sociabi- 
lidad criolla, tan cordial 
como excluyente. Otra 
cosa, por cierto, son 
los tes de ahora, expan- 
didos por las hospede- 
ríay lujosas, que atraen 
con el brillo de la con- 
currencia selecta, a la 
gente sin tarea y que 
anda al atardecer al ace- 
cho de algo. 

El salón del hotel les 
proporciona lailusión de la vidasuntuosa.el goce 
elegante de conversar y bailar con una muchacha 
que viste como los figurines, o discretea- con da- 
mas de insigne porte. El hotel, aparejado así 
para fiestas cotidianas, realiza las funciones de 
agente democratizador, que confunde, en el am- 
biente voluptuoso y lánguido de la música, en 
el mareo fugitivo de los perfumes, las clases so- 
ciales, inavenibles por lo común, separadas por 
el límite de los apellidos y de las fortunas. Es lo 
mejor que tienen los tes danzantes. La vuelta ..'*■' 

del valse, los acordes dislocantes de las danzas 
norteamericanas, la disimulada quebradita del 
tango, conspiran, en la atmósfera grata, contra 
los prejuicios más sólidos. 

¿Quién puede resistir la sugestión de lo que 
nace de la música y del baile? Sabemos de anti- 
guo que ello no es posible. Lo prueban las más 
vetustas tradiciones poéticas y los más arcaicos 
documentos. El Diablo, siempre libertador y 
revolucionario, imbuido de ideas acráticas y de [ ■■ 

conceptos comunistas, se entretenía ya, en los 
siglos olvidados, en la compleja faena de mez- 
clar la sociedad de este modo. Una lámina del 
tiempo de Lutero lo muestra soplando la flauta, 
bajo los árboles, mientras un estudiante se aleja 
de la reunión, bailando cor la hija del burgomaes- 
tre. Es necesario suponer que el Diablo no ha 
perdido sus infinitos recursos. Sigue siendo dia- 
bólico. Conocedor perfecto de la ley natural, psi- 
cólogo tan hábil como San Ignacio, posee la cifra de las combinaciones más 
enredadas y sabe utilizarlas con arte incomparable. En la Alemania de los 
bosques y de los lagos, poblados de silfos y de elfos, tramaba su eterna aven- 
tura de persona disolvente cuando la primavera invadía al mundo. Se valía de 
la brisa ingenua y del canto del ruiseñor, que tornaba más largo para llenar 
con su angustia deliciosa el alma de la mujer. En esta forma consiguió que 
una condesa de Brunswick huyera una noche del castillo en compañía de un 
mísero jupiar, que había puesto en su trova la brisa y el cántico. . . 

El Diablo reposaba en invierno, según lo atestigua un sabio demonolagista, 
que cita Heine y que murió en lahoguera. ¿Qué iba a hacer con las campiñas 
cubiertas de nieve, vacíos los nidos, amarilías las frondas y negro el cielo? La 
primavera constituía su época fecunda. 

Pero el invierno de hoy es tan favorable como la primavera a los pro- 
pósitos del Maligno. Sabe aprovechar con intenso rendimiento el confort que 
deben a su ingenio inventivo las ciudades modernas. Ha convertido en 
ideal de vivir la tibieza de los recintos calentados, la blandura de las alfom- 
bras, el asiento muelle de las butacas. Este boato banal, que da a las salas 
de los hoteles la magnificencia pesada de los transatlánticos, atrae a los 
desocupados a la hora en que la calle Florida se llena de transeúntes, cuan- 
'o apenas empiezan a parpadear las luces en el aire neblinoso de la metró- 
'oli. ¿Cómo invertir el tiempo? Las mujeres son aquí poco lectoras. De no 

r asi, se quedarían en su casa con un libro en la mano. Tampoco son con- 
versadoras. Conversar es un arte di- 
fícil, y por eso las reuniones familiares 
son escasas. E! problema lo resuelve J^ «i 

el «hall" del hotel que permite a cada ^L 7 

uno disfrutar de tertulias fastuosas, en 
las cuales se admira a mujeres singu- 
larmente bellas, que el traje estrecho y 



i. 




corto afina en sus líneas. 
Se baila en todas partes. 
A las cinco de la tarde el 
te humea en las mesas 
blancas, y el Diablo, que 
no ignora las virtudes 
ocultas de la química 
- fué el primer al- 
quimista - ~ comu- 
nica a las delicadas 
copitas de licor la 
efervescencia de 
su propio pensa- 
miento, que se 
une a la efer- 
vescencia pro- 
ducida por la 
música, en 
una ola de 
curvas mági- 
cas, en un so- 
plo de viento 
voluptuoso de 
sedas y rizos, 
que se refleja 
en los espejos 
múltiples y de- 
ja en el salón 
un eco vago y 
s'util, acaricia- 
dor y envolven- 
te. El te danzan- 
te se ha difundi- 
do de tal modo 
que algunos se in- 
quietan ante su ge- 
neralización brusca 
e incontenible. Vez 
pasada trató el asun- 
to un diario religioso 
y aconsejó a las seño- 
ras y señoritas más 
restricción y más me- 
sura. Decía que el hábito de bailar con tan metódico entusias- 
moafectaba losprincipiosdelam-odestia femenina, pues el dia- 
rio aludido oree todavía que tal modestia subsiste y que ella es 
indispensable. Recuerda que el Vaticano, neutral en la guerra y 
que no lo es ante la conflagración del baile, incluyó en su Índex 
severo a determinadas danzas, entre ellas a nuestro domi- 
nante tango. 

Pero será inútil el estuerzo de los moralistas. El baile tiene 
su raigambre en lo más hondo del instinto de la mujer. Su me- 
lancolía y su nostalgia se disuelven en las vueltas de la danza 
como en un rio de aromas. Es la más primitiva expresión 
de su capacidad seductora y de su don de atraer. 

El hombre antiguo, para lograrla, realizaba hazañas enor- 
mes. Le ofrecía la caza hecha en el monte, vencía en su home- 
naje al tigre en la selva y combatía por ella con los enemigos. 
Le hablaba en un idioma de fuerza y de fatiga. Ella le contes- 
taba con el ritmo de su cuerpo y con el ritmo de su cuerpo lo 
disputaba a las rivales. Con el baile expresaba su amor y su 
fe. sus sentimientos más profundos, sus deseos más poderosos, 
su júbilo triunfal. Mientras Moisés canta himnos a Jehová, 
después de cruzar el Mar Rojo, María la profetisa danza con 
el pandero ante las tribus libertadas de Israel. La mujer danza 
siempre. Lo que tiene en sí de vital y de comunicativo, lo tra- 
duce en el movimiento armonioso del cuerpo, en el poema de 
líneas que anima su figura y su gesto. La danza la transforma: su carne ad- 
quiere la musicalidad de la canción y la gracia ligera de la sonrisa. Su arte 
de seducir se convierte en sortilegio cuando se lanza al compás de las notas 
a exhibirse e-' la integridad de sii" vibrante belleza, elástica, augusta, sagra- 
da. Sus vestidos la idealizan, su sabiduría urbana le agrega misterio. No bien 
ha empezado a bailar, deja de ser la silueta rígida y amanerada que un 
instante antes parecía un relieve estilizado del diván. 

El instinto de conquista, el celo escondido, la malicia aguda y atormen- 
tadora, el afán de beber la dicha total en un solo sorbo, violento y eterno, 
que es la condición de su naturaleza, su inquietud y su poder, sobresalen en 
el acto: la embriaguez del baile la reproduce como fué a través del tiempo 
remoto y así impera, suavemente, locamente, aprisionando en el vértigo de 
sí mismo, como en una inmensa red, al que está a su lado. 

Pocas veces puede decir la mujer con la palabra lo que dice bailando. 
Por eso prefiere el baile a cualquier otra manifestación de su personalidad y 
es por esto que Buenos Aires se ha llenado de te danzantes, fundados en los 
motivos más opuestos: los hay de conmemoración y de caridad, y los hay 
simplemente por sistema, cada tarde, en cada hotel, cuando atardece. 

A esta hora, sumergida ya en sombras, sólo se ven, en los alrededores 
de los hoteles, automóviles de los cuales descienden señoras y señoritas, 
escamoteadas en grandes mantos y en grandes pieles y en cuyos ojos se 
adivina la impaciencia. Adentro suena la música que anuncia la fiesta 

crepuscular de la ciudad, una de las 
^f. •■ f» escasas ciudades del mundo que per- 

^jjr yJL -^ siste exteriormente en la vida normal. 

S ,; É^ V'tÍ^' y celebra, al margen de la vasta ca- 

W W^ «L^fí ' tástrofe, el dancing- tea. el rito jovial 

I r? ' " del flirt, en tanto, allá, lejos, muy 

^V lejos, se sufre y se muere. 




PROPIEDAD DEL DOCTOR AYERZA. 



ARTE ARGENTINO 



LA A M I T A 

ÓLEO DE ANA WEISS. 




PI.VS 
■ VI.TPA 



'¿í5 X/l_'ri:^>x— ■ 




*ANA*VEIvr^ 




— No; soy natural de la vieja Bolonia, «alma matar studiorum» 
de la edad media. Allí naci hace la friolera de 40 años. Cuando 
tenía 12, vine con mi familia a este país, donde mi abuelo pa- 
terno, el célebre bajo cantante Rossi, había cosechado ya hono- 
res y dinero, entusiasmando al público porteño que frecuentaba 
el antiguo Colón. Mi padre, que es pintor y que vive actualmente 
en Italia, había sido llamado por el ingeniero Tamborini para de- 
corar el nuevo Colón, trabajos que no llegaron a hacerse hasta muchos 
años después y por otros artistas. 

— ¿Quedaron entonces en Buenos Aires? 

— Claro; después de atravesar el mar, no era cosa de volverse con las 
manos vacías. Aquí se puso mi padre a trabajar por cuenta propia, y como 
en aquella época no había tantos artistas como ahora, pronto alcanzó re- 
nombre. 

— Desde luego, que a él le deberá usted sus aficiones por la pintura. 

— Sí; con él empecé a estudiar dibujo, aunque tengo que confesar tam- 
bién el poco entusiasmo con que tomé la profesión. 

— ¿Es que no le gustaba? 

— Ni verla. A esa edad me sentía músico. 

— ¡Pues tiene mucha gracia! 

— Verán ustedes. Mi padre, que acaso creía en mi vocación, se le ocurrió 
mandarme a estudiar el piano con Rosa Hay, hermana del conocido esgri- 
mista del mismo nombre, y yo al frecuentar la sala de esgrima, pronto em- 
pecé a preferir el caballeresco sport a los estudios de Czerni y Clementi, 
en los que, a decir verdad, no adelanté gran cosa. 

— ¿Y abandonó la música? — agregamos curiosos. 

— Todavía, convencido de seguir mis naturales inclinaciones, estudié 
violín con Calvani y violoncelo con Bolognini. . . pero una chispa de fuego 
sagrado ardía en lo íntimo de mi ser, no pudiendo resignarme a interpretar 
inspiraciones ajenas; yo necesitaba orear, revelar al mundo algo de mi propia 
alma. ¿De qué medio me valdría? Desde la más lejana infancia, mis aspi- 
raciones habían oscilado con terrible volubilidad, al extremo, que a los 16 
años miraba atrevidamente al Parnaso. 



A\ATDIA\ONIO 
DE^ADTIi^TAX 





NTREN y les mostraré la terraza - nos invita Rossi, abriendo la 
pequeña puerta del fumoir. - Se ve casi todo Buenos Aires... 

" A mí es lo que más me agrada del nuevo estudio- agrega 
Ana, la joven esposa del pintor. — Yo siento un extraño placer 
contemplando la querida ciudad, que desde estas alturas parece más ale- 
gre, más grande. . . 

Ncs hallamos en el último piso de un rascaoielo, próximo a la Avenida. 
Por detrás de los modernos edificios que nos rodean, la vista se extiende 
más y más, hasta perderse en un horizonte esfumado por brumas blanque- 
cinas. En el Río de la Plata, ocre bajo el cielo azulado, destácanse algunos 
vapores con sus chimeneas negras y rojas. 

— En aquella parte del puerto - nos dice Rossi señalando hacia el sur - - 
es donde he pintado muchos de los cuadros que presenté en nuestra última 
exposición... Las dársenas y los astilleros de la Boca me atraen sobre- 
manera; tienen un carácter tan expresivo y tan excepcional, según como yo 
los veo, que parece imposible poder reflejar con la paleta sus gamas de 
color, sus armonías, sus contrastes de luz y de sombra. . . 

Quedamos un memento silenciosos, admirando el panorama de la urbe 
inmensa, llena de torres y de cúpulas. 

Después volvemos a entrar en el estudio. Por las cortinas de transparente 
gasa, penetran las luces rojas del crepúsculo. Todo el recinto parece en- 
vuelto en vagas tonalidades de una suave intimidad. Nos sentamos. Ana 
es la primera en iniciar el diálogo: 

— ¿De modo, que no hay más remedio que confesarse? 

— El m.cmento nos parece propicio, y por cierto, que ha de ser muy inte- 
resante todo lo que ustedes nos digan . . . Además, tienen el doble interés 
de haber triunfado en el amor y en el arte. 

— Lo del amor se puede aceptar, porque nos consideramos felices; en cuanto 
al arte. . . 

— Pues el público, que es el mejor crítico en estas cuestiones, los ha con- 
sagrado ya desde hace mucho tiempo. 

— Es cierto que no podemos quejarnos - contesta Rossi con amabilidad. 

— Y díganos usted, Ana, ¿qué género de pintura prefiere? 

— Siempre me ha gustado el retrato, aunque mis mejores éxitos los he 
conseguido con cuadros de composición. Varios estudios de esta índole, me 
hicieron ganar la beca para Europa, y otra obra. El Domingo, expuesta 
en el Salón del año 1913, fué adquirida por la Comisión de Bellas Artes 
para nuestro Museo Nacional. 

— Por supuesto que tendrán algún otro premio que les haya servido de 
estímulo en su carrera. 

— Alberto consiguió medalla de oro en la exposición del Centenario... 

y yo también, tuve la suerte de ganar otra de plata en la In- 
ternacional de San Francisco, celebrada el año 1915. 

— ¿No piensan viajar fuera de la República? 

— Si la beca que conseguí para estudiar en Europa la hacen 
efectiva, marcharemos cuando termine la guerra. 

Se hace una pausa; después preguntamos a Rossi: 

— Usted no es argentino, ¿verdad? 




. t>LJV ¿3 \ 1 . ~t O ^S.— - 




— ¿De modo que también fué poeta? 

— Las rimas de Stechetti despertaron 
mi naturaleza romántica. . . Pero mi pa- 
dre acabó por perder la paciencia, y 
obligándome a cambiar el plectro por el 
pincel, hizo que ingresara en el estudio 
de La Cárcova. en ese mismo estudio 
que ya había abierto a Ripamonte el ca- 
mino de la celebridad. Alli trabajé con 
verdadero entusiasmo durante dos años, 
al cabo de los cuales, lisonjeada mi fa- 
milia por los éxitos que había conse- 
guido, resolvió enviarme a Europa, a fi.i 
de que estudiara sus bellezas clásicas y 
vetustas . . . 

— ¿Y no volvió a cambiar de ideales? 

— Como no: yo tenía sólo 20 años 
cuando me separé de mi familia, y a los 
cinco de estar viajando por Italia, Fran- 
cia y Espafia, terminé de primer actor en 
una compañía que arrastraba de pueblo 
en pueblo su inmanente miseria... 

Las últimas palabras del artista, nos 
hacen reir alegremente. Ana, cuya risa se 
une a la nuestra, interrumpe para decir: 

— No vayan a imaginarse que lo hacía 
mal del todo, pues, según he oído, era un 
Ótelo temible. 

— Al menos — continúa Rossi — esa 
debía ser la opinión del público, cuando 




me aplaudía con tanto entusiasmo. Lo 
malo era que aquellos triunfos no com- 
pensaban los sacrificios económicos a que 
me veía obligado para no ver muertos de 
necesidad a mis compañeros de tareas: 
pocos meses después dejaba la compañía 
para siempre, pues el arte teatral absor- 
bía, sin resultado práctico alguno, las dos- 
cientas liras mensuales que mi familia me 
enviaba. Entonces fué cuando decidí vol- 
ver a la pintura, encontrando en Roma al 
compañero Ripamonte, quien me ofreció 
hospitalidad en un rincón de su estudio a 
cambio de muy buenos sermones. 

— Que sin duda le estaban haciendo 
mucha falta. . . 

— Como que si no hubiese sido por él, 
quién sabe dónde estaría yo ahora. 

— Suponemos que le duraría muy poco 
el sosiego. 

— No lo sé con exactitud; lo que sí 
recuerdo es que cuando volví a la Argen- 
tina, donde estoy nacionalizado, hice el 
firme propósito de dedicarme con seriedad 
a mi carrera; y por último, sólo deseo 
ahora llegar a verme colocado entre los 
primeros artistas de este país, que adoro 
con toda mí alma. . . 



VÍCTOR Andrés. 




>y\.- 



LTCENÜE 




I 



Cuando, al transponer la lomada de 
La Capilla, distinguí la luz de la esta- 
ción de San José, tuve una de esas ale- 
grías que sólo pueden entender los que 
se han extraviado en medio de la pam- 
pa, y. de improviso, dan con un indi- 
cio inequívoco de orientación. ¡El farol 
del semáforo! . . . ¡Qué gran invento es 
este de los semáforos! ¿Qué seria mu- 
chas veces de los viandantes de la que- 
brada y boscosa región de Bancal sin los 
victoriosos enemigos de la obscuridad? 

Una a una. van surgiendo ahora de 
las sombras las demás luces amigas; la 
amarillenta del boliche, la blanca de la 
lámpara del sereno, oscilando rítmica- 
mente de arriba abajo y de abajo arriba, 
como en un saludo de bienvenida, la 
roja del peligro en el primer cruce 
de vías y una que otra pálida y titi- 
lante en los ranchos diseminados a 
ambos lados de la estación. 

Y ahora que veo ante mí y por pri- 
mera vez el camino, comprendo la causa 
del extravío: al doblar el esquinero del 
campo de los López, confundí la mal- 
hadada blancura del salitre con que 
está cubierta la mayor parte de la 
colonia de Magnani, por la carretera. 
La lluvia es la que ha metamorfoseado 
tan lamentablemente el terreno. En vez 
de florecer en pastos florece en salitre. 
¡Vean qué monada de campo!. . . 

El caballo da un relincho y sacude 
alegremente la cabeza con gran alboroto 
de orines, una manada de yeguarizos, 
que duerme en medio de la senda, me abre camino, 
y remolineando cachazudamente lo cierra tras de 
mí. el cencerro colgado al cuello de la madrina da 
dos campanadas como de malhumor y enmudece, 
ya veo el caserío, y, al lado del primer rancho, un 
algarrobo seco alza trágicamente la ruina de sus 
ramas retorcidas en crispatura de muerte, amena- 
zando con el muñón de sus brancas carcomidas, 
semejantes a puños monstruosos, la majestuosa 
serenidad de una estrellada noche de invierno. 

El semáforo baja bruscamente su brazo derecho 
como si le agobiara la posición de la cruz, y cuando 
llego al andén ya se percibe perfectamente el 
fragor del tren de carga que llega. 

La estación está desierta. El frío ha hecho al- 
coba de la mezquina galería en la que el viento 
descarga sus furias, arrancando un alarido en la 
cítara de los hilos del telégrafo y modulando un 
lamento interminable en la rendija de la puerta 
del depósito de cargas. En el centro de la pared 
hay el vacío del reloj que halló sin duda un sitio 
más amable donde señalar el paso de las horas. 

El tren se detiene lo preciso para que suba el 
único pasajero que le espera y la máquina parte 
en seguida refunfuñando de que, por tan insigni- 
ficante cosa, le hayan hecho perder la velocidad 
que ahora debe imprimir a fuerza de rabioso re- 
soplar sobre la pereza de los émbolos. 

El furgón donde debo hacer seis largas y 
penosas horas de viaje, está casi en completa obs- 
curidad; la luz del andén apenas se trasluce en la 
mugrienta gelatina que recubre al vidrio y ni los 
carbones que agonizan en un brasero puesto en 
medio del coche, ni un cigarrillo que centellea en 
el rincón del mismo, pueden darme idea de cuán- 
tos y quiénes serán mis compañeros de viaje. 

La lámpara del guarda me saca de la duda. 
Seis ojos están clavados en mi, es lo primero que 
distingo. Uno de los viajeros es el comisario del 
distrito; los otros, dos feriantes que acompañan 
su propia hacienda; nos conocemos todos y la con- 
versación inmediatamente se generaliza. 

Uno de los estancieros me aborda: 

— Señor,., ¡disculpe la franqueza! ¿Usted no 
la traído nada para comer? 

- ¡Pero si apenas he podido tomar el tren! Ima- 
nase que me extravié, — y refiero el caso. 

Nosotros teníamos la esperanza de que el 
'en efectuara maniobras en San José; pero por 
lo visto en esa maldita estación no hay ni qué 
dejar ni qué llevarse. 

- Dentro de una hora estaremos en Lara. 

— ¡Peor que en San José! Allí no hay más ne- 
gocio que el almacén y la fonda de Candrucci. 





— ¡Buena ficha! Es capaz'de pedirnos diez pe- 
sos por una lata de sardinas. 

— ¿Usted lo conoce? 

— Desgraciadamente: una noche tuve que ce- 
nar allí, el mejor plato era un pavo, imagine como 
sería el avecita esa que ni un perro vagabundo a 
quien le ofrecí una presa pudo masticarla. 

Y se nos desató la lengua contra Candrucci. 
Uno de los feriantes tuvo que dormir al raso una 
noche porque las pulgas de que según vox populi 
está atestada la fonda, se lo comían. Su colega, a 
causa de una cuenta exagerada, casi le pega; el 
comisario le había pegado un guascazo por idén- 
tica extralimitación, y el guarda, haciéndose eco 
de todas nuestras quejas, afirmó" que él tenía re- 
sentimientos mayores y que no esperaba sino la 
primera oportunidad para vengarlos. 

Estamos llegando a Lara. El convoy es una 
goma gigantesca; se estira y se encoge con endia- 
blado chocar de paragolpes. Hay que aferrarse a 
la banqueta para no dar contra el tabique. Los 
feriantes protestan por su hacienda, el comisario 
y yo por nuestras costillas. Todos bajan, yo me 
quedo un instante viendo cómo se encienden los 
carbones con que el guarda ha colmado el bra- 
sero. Fuera se oyen voces diversas en muy alto 
tono; una dice claramente: «El s.'/s está llegando»; 
abro la ventanilla y un tren de pasajeros pasa 
como una exhalación deteniéndose suave e ins- 
tantáneamente. 

El coche dormitorio se detiene ante el furgón 
y detrás de uno de los vidrios empañados por la 
helada, en un compartimento donde las persia- 
nas han sido levantadas, veo un rostro de mujer. 
El vidrio se corre y una cabeza divina observa el 
poblacho con la curiosidad e interés que despier- 
tan las estaciones feas en las que no hemos de 
detenernos. Cuando su mirada tropieza en la mía 
impertinente, hace un gracioso mohín, me saca 
la lengua y entre melodiosa carcajada, baja el 
cristal y la persiana. 

El tren de pasajeros se aleja veloz, el nuestro 
inicia la marcha trabajosamente. Los estancieros 
van a referirnos el motivo de su indignación, que 
se exterioriza en los gestos con que acompañan 
la conversación entre ellos iniciada y de la que 
no entendíamos más que «animales estropeados, 
deficiencias imperdonables», cuando de súbito la 
puerta se abre estrepitosamente y un hombre en- 
vuelto en larga capa hace irrupción en el furgón 
dejando caer con violencia los dos canastos a que 
aferraba sus manos. 

Cuando se libra de la chalina con que se tapa 
media cara, una corriente de terror paraliza a los 




circunstantes: el nuevo viajero es Can- 
drucci, 

Al reconocernos, lanza una exclama- 
ción de júbilo y va a abrazar al comi- 
sario; pero le acoge éste de manera tan 
agria y hay en el ambiente tanta frial- 
dad para él, que retrocede. — Voy a 
tener mucho gusto en viajar con uste- 
des...- dice; mas como ve que p'jr 
nuestra parte maldita la gracia que él 
nos hace, — ¿Ustedes van a la ciudad? — 
inquiere tímidamente; y como nadie le 
responda se vuelve al guarda: 

— Che, Donato, ¿a qué hora llegare- 
mos? 

— ¡Cuando lleguemos!-- respondeseca- 
mente el interrogado. 

El fondero mira, uno después de otro, 
todos los semblantes, y en el suyo movi- 
ble va reflejándose, como en un espejo, 
la expresión de cada cual; intenta reír, 
pero la sonrisa naufraga en un mar de 
congoja que inunda su amplia carota 
de buen hombre y, para consolarse sin 
duda de un desaire que no acierta a expli- 
carse, abre uno de losdoscanastosextra- 
yendo parsimoniosamente de él un pavo 
asado que despide grato olor, una pierna 
de cabrito, un rollo de salame, un manojo 
de bananas y una damajuana de vino. 

Cuando ha colocado todo esto a su 
alrededor y se dispone a despanzurrar 
el ave. nos mira nuevamente y, como en 
una súplica, dice: 

— ¿Gusta, comisario?, usted Alfaro , . . 
todos. . . ¡Con franqueza! . . . 

En nuestro interior se libra la más ruda de las 
batallas que enciende el amor propio; leo en el 
semblante de todos la negativa más rotunda y al 
mismo tiempo la desesperación de tener que re- 
husar., cuando se me ocurre un ardid que derribará 
el obstáculo, y digo a Candrucci que espera su- 
plicante con la mirada fija y el tenedor en camino 
del túnel digestivo con la primera carga: 

-- Candrucci, tú que eres algo filósofo, dime: 
¿Por qué se habla mal de los demás? 

El hombre suelta el tenedor, lo que arranca un 
suspiro de alivio al comisario, se rasca la ceja de- 
recha y declara: 

— Pues, hombre,., por muchas cosas; pero 
sobre todo porque es un asunto interesante para 
el cual siempre hallamos bien dispuesto al prójimo. 
Cuando hay que trabajar, sin embargo, no se 
habla mal de nadie. . . En resumen: yo creo que 
es el tema de los que no tienen nada que hacer; 
pero, ¿a qué viene la pregunta? 

— Es por una discusión que sosteníamos, es- 
tos señores y yo contra el comisario. 

— ¿Y ustedes discutían con la autoridad? ¡Siem- 
pre saldrán perdiendo! 

Por la primera vez desde la entrada de Can- 
drucci. estalla una carcajada general. Ella repre- 
senta al propio tiempo el acuerdo tácito que nues- 
tro apetito y el amor propio sellan ante la fuente 
donde el pavo se enfría: y sin esperar nueva invi- 
tación nos precipitamos sobre el ave. 

— ¿Está duro el pavo? — me pregunta con toda 
malicia el feriante. 

— Para las pulgas puede que sí, — respondo 
aludiendo a las del catre famoso. 

El «agraviado» guarda, que sorprende el diálogo, 
lie con la boca llena. 

El tren sigue corriendo trabajosamente por un 
paisaje desolado que se entrevee por la puerta del 
furgón, abierta de par en par a objeto de expulsar 
el humo de los cigarrillos. Me acomete un sueño 
aplastador y me tiro sobre el escaño. Frente a mí 
el comisario y Candrucci cantan abrazados. Los 
feriantes reanudan su conversación, al guarda ya 
no lo veo. Voy poco a poco perdiendo la noción 
de la realidad y sintiendo un bienestar indecible. 
Ahora la carota amplia y pelosa del fondero, que 
tengo ante mi, va desposeyéndose misteriosamen- 
te de su tosquedad y adquiriendo la etérea be- 
lleza de una fisonomía que vi alguna vez. . . ¡Ah, 
sí, ya recuerdo! es la de la hermosa desconocida 
del tren de pasajeros, y termino soñando que ella 
ha venido a velar amorosamente mi sueño, 

DIBUJO DE PELÁEZ, 



— I=>I_7V^'-S 







¡Oh! lago de mi amor. lago de ensueño, 

De profundas riberas. 

De perezosas ondas siempre azules. 

Tu aspecto me sonrie. como otrora. 

Cuando eras para mi dulce y sedeño 

Como una anunciación de primaveras. 

En tu margen, pacifica y sonora. 

El céfiro estremece 

La copa de los altos abedules 

Con rumor semejante al de mi infancia. 

[3el fondo del boscaje 

Que una aura tibia mece. 

Se escapa una fragancia 

Que llena suavemente mis sentidos 

Trayéndome recuerdos de un pasado 

En que promesas mágicas veía. 

Hoy. como ayer, festonan tus orillas 

Los sauces musicales 

De que se alza el supremo ritmo alado, 

La trémula armonía 

De una alma palpitante entre la sombra; 

Surcan tus aguas mansas las barquillas 

Llevando como siempre sus amores; 

Blando lecho de perlas y corales 

Ofreces a la virgen como alfombra; 

Brindas al caminante fatigado 

Lenitivo cordial a sus dolores; 

Estallas por doquier en embeleso 

Como boca fragante 

Ansiosa de sentir el primer beso. 

Y sin embargo, ¡oh, lago bien amado! 
El alma que te mira en este instante 
No es el alma de ayer, el alma clara, 
Intrépida, vibrante. 

Que supo comprender tu voz preclara, 
Sino el alma de un viejo peregrino 
Que tras largo viajar, tras duras penas. 
Se sienta, vacilante, en el camino. 
Esperando que Dios, el Dios amante, 
Ablande sus cadenas 

Y se apiade por fin de su destino. 
¡Oh. lago silencioso! 

Te contemplo en la gloria de este día 
Bañado por el sol maravilloso 
De mayo sobre aureolas de jazmines. 
Al ver resplandecer tus quietas ondas 
Bajo el azul magnifico del cielo. 
Mi errante fantasía 

Que exulta el esplendor de tus jardines. 
Me parece prestar para arrobarme 
En el misterio amable de tus frondas. 
El alma juvenil con que solía 
Hundirme en tu espesura. 
Sorprender de tus pájaros el vuelo 

Y cruzar tu corriente. 
Del alba en la hora pura. 

Con tu visión de paz sobre la frente. 

Pero es una ilusión ¡oh dulce lago! 

El alma no es la misma 

De la lejana, ardiente adolescencia. 

El corazón de entonces, combatido 

Por el ábrego aciago 

De una cruel existencia, 

Al dolor implacable siempre unido, 

Fué perdiendo sus galas, 

Desmayando en ardor y valentía. 

Cayendo en la tristeza. 

Como un ave que prueba mal sus alas 

Cae en las zargas ásperas del nido. 

Y aunque mi pecho sienta tu belleza 
Como antes la sintiera, conmovido, 

Ya no imprimes en él la misma huella. 
Ni mueves mis potencias como antaño. 
Ni como antaño, amor, quietud, olvido, 





loí? 



Luz tranquila de estrellas 

Das a mi corazón, porque ha sufrido 

Del mundo el incurable desengaño. 

Mas he aquí que los cisnes se adelantan 

Surcando de tus aguas el espejo. 

¡Alada majestad, copos de nieve! 

¡De la luna más candida, reflejo! 

¡Delicadeza astral que ora se esfuma. 

Ora brota radiante y siempre leve 

De la diáfana espuma! 

¡IVIirífico cortejo 

En que la gracia triunfa soberana 

Destacando su nítido tesoro 

En la riente mañana! 

¡Helos ahí, tan blancos, tan sutiles 

Y tan llenos de ensueño 

Como la vez primera que mirara 

Su plumaje sedeño! 

En la hora solar, en la hora clara, 

Se dirían heraldos de ventura. 

Así los presentía antiguamente 

Al mirarlos flotar en un derroche 

De inaudita blancura. 

Venían del Oriente. 

Anunciaban amor en los destellos 

De sus alas abiertas. 

En el ritmo divino de sus cuellos 

Tendidos en las yertas 

Corrientes cristalinas. 

Predecían la gloria y la esperanza 

Como todo lo blanco. Eran mis sueños. 

Mis sueños juveniles, recamados 

De albor inmarcesible, de divinas 

Radiaciones de luz y de bonanza. 

¡Visión encantadora, no me engañas! 

¡Mira sino la tarde 

Alzando su caudal tras las colinas! 

¡La tarde resonante de zozobra. 

Que avanza con sigilo por los prados 

Y puebla el vago ambiente de canciones 
Terriblemente extrañas! 

El crepúsculo llega, como un monje. 

Envuelto en sus fatídicos crespones. 

¡Es la hora en que el mal se yergue y obra! 

Los cisnes eucarístioos han huido 

De las ondas azules. Ahora llena 

El espacio dormido 

Donde el lago se extiende como un denso 

Tenebroso sudario. 

Un cortejo de cisnes funerario. 

Son los cisnes que llegan 

A anunciar la derrota de mis sueños, 

A gemir el inmenso 

Poema secular de mi delirio. 

Miradlos cual navegan 

Dentro el piélago obscuro; cuánto duelo 

Desprende su plumaje. 

Cuánta angustia y martirio 

Revelan bajo el cielo 

Espectral y severo ante su paso. 

¡Dejadlos avanzar, perderse acaso 

En la noche salvaje. 

En las riberas solas. 

Hundirse en el cristal, entre el murmurio 

De las frígidas olas! 

¡Oh! dejad confundirse en la espesura 

De las sombras compactas ese augurio 

Fatal y pertinaz de mi esperanza, 

Esa tropa agorera 

Que con ansias espera 

La ocasión de elevar su voz inerte. 

Para cantar mi marcha lastimera 

Hacia el supremo reino de la muerte. 

DIBUJO DE RIAMBAU. 




FIN DE TEMPORADA 



A LA ÚLTIMA DE ABONO 

GOUACHE DE ALONSO 




EN LA ESTANCIA D 




NTO (MERCEDES 



FOTOGRAFÍA DEL SEÑOR ALBERTO DEL SOLAR DORREOO. 



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Amo con tal efusión la selva, que acaso, cuando 
sea viejo, me ocurra lo que a un anciano mendigo, 
que vivía entre las raíces de un roble inmenso, 
como un fakir entre sus serpientes adormecidas. 

Por verlo, subía yo hasta una revuelta del ca- 
mino, alU donde comenzaba a proyectar el bosque 
su sombra sobre la polvorienta blancura de la 
grava. Acurrucado junto al tronco, inmóvil, con 
toda la carne del color terroso de la corteza, pa- 
recía un tentáculo más del árbol milenario, y ape- 
nas si la vida se le notaba en un movimiento ma- 
quinal de súplica, que iniciaba ante todo vian- 
dante de aquel camino. 

Su mano sarmentosa, pegada a un brazo seco, 
era semejante a una rama que no pudiera volver 
a retoñar en hojas verdes y vigorosas. 

Un año tras otro, le encontré en su invariable 
lugar, pero cada vez más adherido al tronco y con 
el brazo más débil para su habitual movimiento 
petitorio. 



Un día, ya no pudo extender ese brazo y la 
súplica se reconcentró en los ojos apagadizos, que 
por eso, tal vez, adquirieron de nuevo algún res- 
plandor. 

Las piernas y los brazos ya no tenían sangre 
alguna y agujeritos pequeños, como los de una 
madera apelillada, le salpicaban todo el cuerpo. 

La lluvia, fué dejando en los cabellos y barba 
sedimentos innúmeros, que trabándose acabaron 
por transformarse en fibras semejantes a la rugo- 
sidad del roble. 

Todas las formas de su cuerpo se retorcieron 
adoptando la silueta ofidiana de las raíces secu- 
lares, y así, el hombre fué chupado por el árbol, 
poco a poco, hasta quedar en pellejo y huesos 
aptos para su conversión en corteza. 

Imaginad la extrañeza de los pajaritos del bos- 
que, que saltaban, sin miedo, por entre las pier- 
nas y que abatían el vuelo sobre las crenchas 
enmarañadas tan blandas como un nido, cuando 



METAMORFOc/^Ic/^ 



veían relucir los ojos del anciano y oían el ronqui- 
do de su garganta anquilosada. Se preguntaban 
con curiosidad, unos a otros, que nueva especie 
de árbol sería aquei, o si el roble grande de la 
selva se habría vuelto loco y ahora le daba por 
mirar y hablar como los hombres. . . 

Pero los hombres y las mujeres que seguían li- 
geramente el camino, hablaban de distinta manera: 

— ¿Has visto al viejo? Está muy acabado, y la 
primavera, cuando vuelva, no le hallará en ese 
lugar como otros años. 

Y otros decían: 

— ¿Cómo no tendrá ese viejo frío y hambre? 
Bien podían recogerlo las hermanitas del Asilo, y 
no dejarlo morir desamparado. 

Y nada de esto alteraba al bosque, ni al roble, 
ni al anciano, ni al tiempo que obra inmutable y 
lentamente. 



Un año después, pasé por aquel lugar en una 
tarde otoñal, cuando el crepúsculo era una alegre 
paleta de rojos y amarillos colores, en el poniente. 

Lo único que vivía en el viejo, los ojos, se ha- 
bían ensombrecido definitivamente, y el musgo 
trepaba ya, con su actitud tentacular, por lo que 
fuera carne humana. Tras una larga y minuciosa 
observación, reconocí al viejo mendigo en aquella 
musgosa madera, que parecía una grosera escul- 



tura tallada en el abuelo venerable de la selva. 

— Ya está ahí — pensé — incorporado al bos- 
que y pronto florecerá la leyenda en torno suyo, 
y sólo yo, que he visto y comprendido la transfor- 
mación, sólo yo podría explicarla. 

Y continué mi marcha por el camino blanco, 
que desciende en rápidas revueltas hacia el valle, 
entre los setos de zarzamoras que deslindan los 
campos. Iba tranquilo y satisfecho por todo 
aquello. 

El hombre anciano se habla, al fin, metamor- 
foseado en raíz del resistente roble. 

Cuando llegué a la próxima aldea, llamé al 
señor alcalde, y al maestro, y al médico y al cura. 

— ¿Han visto — les dije — al Hombre de Ma- 
dera? 

No supieron responder, porque nadie en la al- 
dea vio nunca un hombre de madera y mucjio 
menos podían averiguar el secreto de una meta- 
morfosis. 

Entonces, otro día, yo los llevé al bosque y 
quedaron encantadas las autoridades con aquel 
árbol tan extraño. . . 

— Este debe ser un pagano castigado por Dios 
en la época de los moros — opinó el cura. 

— - ¡Qué disparate! Esta es sin duda una escul- 
tura prehistórica tallada en el tronco -- respondió 
el maestro. 

— O un capricho de la Naturaleza - dijo el 
médico sacudiendo la cabeza. . . 

Y se apresuraron a enviar a los diarios de la 
capital, la noticia de un curioso hallazgo, que 
provocaría en el mundo científico las más atre- 
vidas discusiones e hipótesis de sabios y anticua- 
rios. . . 

Nadie se acordó del viejo pordiosero. 

Y el roble con raices de forma humana, quedó 
como una maravilla del pueblo, que es feliz con 
sus viñedos, sus autoridades y su «Hombre de 
Madera». 



DIBUJO DE PETRONE. 



Enrique de Leüuina. 



—T=>LS\^^> ^^'L^nr^i:2 ^^— 



EcTTILO^ 
CRlOLLOc/ 

TACILIDAD 
PAElA.^EL.,D-\GO . 

Entre los cuentos que me hizo el doctor Baran- 
diarin en las tenidas tenidas por yo y él allá en 
el «Oub la Unión» de Choritolongo, se destaca en 
mi memoria, con sus pelos y señales de relieve 
inconfundible, uno que por sugestivo se merece los 
honores de la segunda edición; porque demuestra 
lo bien que hace, a las veces, sus cosas el factor 
•casualidad», gran especialista en barros. 

Conste que. de aquí adelante, nada diré por mi 
cuenta, pues sólo soy eco fiel de una intriga ca- 
prichosa, que haré por reproducir como me la 
refirieron. 

Ahora, que hable mi doctor, pues yo me voy 
por el foro. 



Estaba yo vez pasada jugando a la carambola, 
ya muy tarde de la noche, en lo del vasco Ramon- 
chu (el mejor café del pueblo, siendo que el pa- 
trón lo jura), cuando penetró al local el vigilante 
Mansilla, el que malgrado su rol de resorte poli- 
ciano, más parecía matrero. . . si no fuese el uni- 
forme, que miembro de un instituto de garantía 
social. 

Encarándose conmigo, saludó militarmente, con 
la mano en el kepí, y dijo: 

— Discúlpeme, mi dotor, que lo inturrumpa: lo 
precisa el señor Juez y me ha mandao a decirle 
que se presiente al momento. 

— ¿Puedo seguir la bolada? — le pregunté yo 
sonriente. 

— ¡Qu 'esperanza, mi dotor! No está de ráirse 
la cosa. 

— ¿Qué pasa,' che?- le inquirí, maliciándome 
algo grave, siendo que el Juez me buscaba y a 
dohoras de la noche. 

— ¡Nada! — me agregó Mansilla — que se han 
tomao en peleya Baca con «el Correntino». y el 
pardo se le ha ido al humo, madrugándoló ale- 
voso. ... no estoy fijo si con diez o doce hachazos 
tremendos, que casi lo ha basuriáo... El Baca 
está que se va. . . si no se ha cortáo del todo. 

— ¿Qué me dice? ¡No jorobe! 

— ¿Y? ¿Qué quiere que le diga? Veya, acá me 
caiga muerto — y al decirlo se besaba dos dedos 
puesto* en cruz. — Esas cosas. . . por sabido. . . 
Cuando un tigre como es ése, pela el filoso ¡gran 
flauta! y atrepella como fulo... o llega tarde el 
dotor. . . o es que le ha erráo feo el golpe, porque 
el otro le ha cuerpiáo. Y *el Correntino» no la erra... 
ni cuando tira el güesito, que para eso es como luz. 

— Vamos, pues — dije yo inquieto: — pero ¿y 
adonde es que hay que ir? ¿Me ha traído flete? . . . 

— ¿Y Antonio? Un overo malacara, que ve más 
bien en l'oscuro, que cualsiquiera en el cine, lo 
que se apagan las luces, antes de pasar las vistas. 

Yo sí que precisaba una. . . mejor que los de 
la Aduana, para caminar tranquilo con aquella 
infame noche, más morena que Mansilla. con ser 
que éste es bien mulato. El cual, siempre jaranero, 
me había dicho al salir, encandilados los dos por 
las luces del café: 

¿Ha visto, dotor, qué noche? De escura está 
como para correrlo a un negro desnudo; no lo pis- 
pa. . . ni su mama. . . 

— ¿Qué le par. . .ece, mi amigo? — retruqué yo 
por las dudas. 

Mientras íbamos al tranco e inquiriendo el ho- 
rizonte como Dios nos ayudaba, para que no nos 
rompiese la crisma algún esquinero (ya que los 
tales palitos no saben hacerse a un lado), el agen- 
te me informó sobre todos los detalles del sangrien- 
to batifondo. El herido estaba mal; en tan .deplo- 
rable estado, que habría sido imprudente trasla- 
darlo hasta el pueblito. 

Se encontraba en el lugar donde se produjo el 
hecho; en la esquina de «La Tranca»; en donde 
según las mentas, por la contabilidad, no muy 
limpia que digamos, de unas partidas de truco. . . 
y por unos copetines que se habían interpuesto 
en el curso de la cosa. . . y porque los contendores 
(ambos valientes de oficio) no cabían a sus anchas 
en los ámbitos del mundo, pequeño para dos gua- 
pos, estalló fiera la lucha. 

Tras una preparación de artillería terrible (siete 
tiros de revólver que rompieron tres botellas, ban- 
diaron a dos tabiques y quebraron una lámpara) 



se produjo el 
cuerpo a cuerpo, 
madrugando «el 
Correntino» a 
Baca y^chucian- 
doló. , . que lo 
puso a la miseria; 
pues no pudo de- 
fenderse. causa 
de haber sido he- 
rido en la mano 
de pegar, lo que 
empezó el entre- 
vero. 

¿Cómo llevarlo 
al cotorro donde 
sabía vivir sólo 
su alma. . . y sin 
familia para ce- 
barle un amargo? 
Ni aun fletándolo 
en el fúnebre (la 
carrindanga más 
suave de todo 
aquel alcontor- 
no) lo habría pa- 
sado'bien en tan 
apretada noche; 
porque con los 
infaltables y ma- 
cucos barquina- 
zos, propios de 
aquellos caminos 
más plores que 
vizcacheras, hu- 
biese perdido, en 
fija, buena can- 
tidad de sangre: 
y no le quedaba 
mucha para de- 
rrocharlaen lujos 
que no venían a 
cuento. 



Unahoraypico 
después, que me 
parecieron dos. y 
no con pocos tra- 
bajos, llegába- 
mos a «La Tran- 
ca», la esquina 
de más renombre 
de todas las del 
partido. Sobre 
un catre a la 
Crimea y arriba 
de unas caronas 
donde la sangre 
ponía los rutilan- 
tes brochazos de 

su siniestro rojiar, yacía pálido, inmóvil, postrado 
por la hemorragia que roía su organismo, pero 
con el duro temple de su corazón intacto, Baca, 
el formidable Baca: el del cuchillo certero, el de 
valor sin alardes, el de ánimo generoso como un 
héroe de leyenda, el elemento más firme de todos 
cuantos seguían al invencible don Cruz, que era 
el tata-dios del pago, el ray de aquella comarca, 
que regía en absoluto, por sobre todos aquellos 
que pareciendo mandones eran mandados por él, 
que se contentaba siendo simplemente Juez de 
Paz... y era a la vez providencia, arbitro y 
«Gran Elector», más grande que el de Sajonia. 

Dijérase que el herido tenía ya el alma ausente, 
por !a plácida quietud de su aspecto imperturba- 
ble: con los párpados dormidos; sin una queja en 
los labios, sin una mueca en el rostro, sin un ric- 
tus de dolor: como aquel que ve en la muerte a 
una amada cariñosa, y la contempla sereno, sa- 
biendo que ha de abrazarle, fiel a su honrada pro- 
mesa. 

Después de reconocerle como Dios me dio a en- 
tender, pues una herida del tórax le interesaba el 
pulmón, que al resollar por la herida soplaba so- 
bre la luz, matándola vuelta a vuelta, pude for- 
mar un pronóstico que por muy espeluznante no 
le declaré al caudillo (quien desde el primer mo- 
mento corrió al lado de su chiche*, de miedo de 
darle un susto de aquellos «de no te muevas». 
Y una vez que hice la cura de los varios desper- 
fectos que le habían hecho a Baca. . . mucho me- 
nores en número que lo dicho por Mansilla (por- 
que siempre se exagera), don Cruz me llevó a un 
rincón, donde con voz alterada por el chucho que 
sentía, me consultó ansiosamente, diciéndomé de 
esta guisa: 

— A estar a la hora y un cuarto que ha durao 
la refación, había mucho que hacer. . , ¿Es muy 
grande el desarreglo? 




— Regularon el estrago - - contesté con amar- 
gura y recortando la voz, para que sólo él me oyese; 

- un puntazo penetrante por abajo de la islilla - - 
yo marcaba con un dedo - que por poco lo ban- 
dea, siendo la lesión más grave de cuantas ha re- 
cibido; dos hachazos competentes, uno en el cos- 
tado izquierdo, que es d-^nde se saben dar, y otro 
en la mano derecha que, si mucho no me engaño, 
afectará a su aptitud para manejar la lata. Tam- 
bién tiene unos rasguños, pero son sin trascen- 
dencia. 

— Bien; déjese de rajuñes y vamos a lo que 
importa: ¿eré que ha de escapar con vida? 

— ¡Qué quiere, amigo don Crur! No puedo de- 
cirle nada que no sea prematuro. . . Hay peligro 
muy probable de complicaciones seri.as: hacer 
cálculos alegres sobre heridas de pulmón es hacer 
preparativos para tirarse una plancha: es igual 
que hablar del tiempo que ha de hacer el mes que 
viene. . . y yo no hago calendarios ni me siento 
Martín Gil. 

— Bueno, pero, usté ¿qué eré? 

— Si algo le pudiera hablar, no precisaba pre- 
guntas. ¿No le he dicho ya, cristiano, que lo que 
puedo decirle es que no le digo nioU-'? Yo no quie- 
ro compromisos. 

— Ta güeno, pues, mi dotor; pero, sin compro- 
meterlo: para entre nosotros... ¿sabe? ¿Por qué 
no me ha de decir ni tan siquiera su palpito? 

Y al ver que yo me empacaba, tenaz, en la 
negativa, éi pasó a cuarto intermedio, para aña- 
dirme después: 

— Vea, lo que yo le digo es que me lo cuide 
¿sabe? Baca me ha servido siempre y es un amigo 
muy lial: aura quiero protegerlo. Cuídemelo, se lo 
pido; véalo lo más que pueda, que él se lo ha de 
retribuir. Yo se lo garanto ¿sabe? pa que usté no 
pierda al ñudo su trabajo ni su tiempo. 

Oyéndolo, yo estrilé, mas con estrilo interior, 
ya que no era muy político manifestar desconfian- 



'T^13vA.— 





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za frente a frente de don Cruz, que era todo un 
caballero. . . para lo que a!lí se estüa. . . don Cruz, 
sí; pero ¿y el otro? Era Baca un atorrante sin res- 
ponsabilidad, ni más bienes de fortuna que un 
parejero, la taba, la barajita, el choclón, , . y una 
daga muy filosa al servicio de don Cruz, quien se 
dejaba pechar de vez en cuando por él. ¿Y de 
adonde iba a riunir aquel mal entretenido los dos 
o trescientos pesos que valdría mí asistencia en 
el mejor de los casos, esto es, sin complicaciones? 

Pero, no había que hacerle; tenía que trabajar 
y que callarme la boca, por no enojarlo a don 
Cruz, que era allí el omnipotente. 

¡Maldito sea el tal Baca! ¡Qué de quejas y ca- 
prichos, pretensiones y exigencias! ¡Y qué traba- 
jo me dio aquella monada de hombre! Sólo en 
hilo de sutura tuve que empliar más largor que 
precisa un barrilete. Ni al alumno más contraído 
le dan, al rendir examen de las materias de un 
curso, tantos puntos como di yo en el cuero del 
tal Baca, para que la perra vida no se le escapase 
a chorros por tan extensos buracos. 



Gracias a que los malevos tienen providencia 
aparte, que no consulta la lógica para hacerles sus 
caricias, unas semanas después, que no llegaron a 
cinco. Baca abandonaba el lecho (más bien «catre 
del dolor/) y aunque forrado de gasas, de algodo- 
nes y de vendas, igual que un jarrón de Sevres, 
que estuviese por viajar, ya andaba jugando al 
truco; y con gauchesco donaire decía a sus rela- 
ciones: 

— Pa que vean si son maulas: tuavía me les 
animo pa un partido mano a mano, con cualis- 
quiera que raye, dándole una ventajilla: la de 
jugar con la zurda. . . pues la otra, por el presente 
no me sirve tan siquiera pa sostener una copa. . . 

Como se encontraba bien, creí ya llegado el 
caso de presentarle la cuenta. Con arreglo a la 



costumbre que 
observan algu- 
nos clientes, no 
la abonó sobre el 
pucho, diciéndolé 
al cobrador que 
antes de arreglar 
tenía que inter- 
vistarse conmigo 
(expediente dila- 
torio, propio de 
mal pagador). 
¿Acaso no he di- 
cho ya lo mucho 
que me temía 
surgiesencompli- 
caciones? Bueno, 
ya habían sur- 
gido, 

Y cuando mi 
malaestrellaqui- 
so que levieseun 
día, por pura ca- 
sualidad, pues él 
me andaba cuer- 
piando. . . /más 
me valiera estar 
duermes! fué y 
me puso como 
nuevo. Con fin- 
gida indignación 
de hombre hon- 
rado a quien se 
quiere mochar 
algunos pesitos 
y se resiste al 
abuso, negó lo 
que me debía: y 
con arteras chi- 
canas, más pro- 
pias de un ave 
negra, me argüyó 
que no era él 
quien me había 
hecho buscar pa- 
ra que lo visita- 
ra: que don Cruz 
le había dicho: 
— Yo te haré 
trái)- al dotor; — 
que además, co- 
mo yo lo era de 
la Mucipalidá, lo 
era de la Policía, 
y para eso me pa- 
gaban; para cu- 
rar los heridos... 
Coronando sus 
argucias, me dijo 
amenazador: 
— No arrugue, 
que no hay quien planche; y no me jorobe mucho 
ni eche pelos en la leche; porque si usté se empe- 
cina y se me vuelan los patos... — Sin definir 
la amenaza, se advertía la intención, soez y provo- 
cadora. . . 

La ingratitud y la ancheta del canalla, me pu- 
sieron tan fulo y fuera de mí, que no le atraqué 
un balazo... porque no llevo revólver, para so- 
frenar mi genio y no tener compromisos; que de 
no, se la doy chanta. Por otra parte pensé que, 
como medió don Cruz en el ya enojoso asunto, 
debía contar con él. 

El cual me dijo en sustancia: 

— Dotor, no muente el picazo, y juge serena- 
mente: Baca no le debe un zorro; el que le debo 
soy yo, que fui quien lo hizo llamar; pero yo me 
comprometo a hacer que Baca lo vea entre unos 
días, y entonces le abonará la cuentita. Precisa- 
mente le he dao una changa en un asunto que ha 
de serle de provecho; pues le he confiáo el depó- 
sito de una punta de ovejitas, en un juicio que se 
sigue por cobro de pesos ¿sabe? Como viene la 
calor, pronto las hará esquilar: de ese modo, el 
producido de la lana ha de servirle para pagar sus 
visitas. Lo hice procurándolo facilidad para el 
pago. Todo andará lo más bien. 

— Pero, esa lana. . . ¿no es de otro? — me come- 
dí a preguntar. 

— La lana — dijo don Cruz, medio cabriado y 
travieso — no es de un otro ni es de nadies; la 
lana es de las ovejas: ¿a usté qué se le supone? 
No se meta a zonzo ¿quiere? — y me sonrió bon- 
dadoso. 

Y razón que le sobraba por arriba del cham- 
bergo: ¿quién me metía a mí a otario? La bolada 
era embolsar el toco de los pesitos; lo demás eran 
historias, y no soy César Cantú ni don Bartolomé 
Mitre, para meterme a historiógrafo. 



LORENT] 



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DIBUJO DE 
ZAVATTACO 

Contra lo que me temía, todo se solucionó del 
modo más conveniente. Cuando menos lo espera- 
ba, me visitó el ex herido, que se deshizo en ex- 
cusas y al fin me puso en la mano dos papeles de 
a cien pesos. ¿Acaso me competía indagar la pro- 
cedencia de aquellas hojas de chala, tan lindas y 
amarillosas, mismo como papel de oro, aunque 
eran papel. . . papel? 

Pasemos ahora a otro inciso, pero atingente al 
asunto, que así queda redondiado. A ruego de mi 
señora, que me lo pidió, la pobre, con lágrimas 
en los ojos, hube de reconciliarme, por millonési- 
ma vez con su señora mamá, que lo es mía. .. 
aunque impolítica. 

Ya en la visita primera que vino a hacernos a 
casa, nos solió, sin compasión, con una lata mo- 
rruda. Como la conozco tanto, no la llevaba el 
apunte, delegando en mi consorte, deber tan poco 
agradable; pero al oiría, sin querer, que estaba 
hablando de Baca, me digné parar la oreja, pis- 
pando lo que decía de aquel tipo tenebroso; y he 
aquí lo que saqué, salvo error de suma o pluma. 
En la estancia de mi suegra (que está a diez le- 
guas del pueblo) había habido un nación, malo 
como plata falsa, que en trato de aparcería la 
cuidaba unas ovejas...; algo así como tres mil. 
Causa de la perra crisis, de la seca y de otros males, 
en los dos últimos años no había juntado un peso; 
pero sabía a su casa; y bajo el seguro abrigo del 
crédito de mi arpía, se había dado la vuelta, en- 
trampándose muy feo en todos los almacenes, y 
clavando sin piedad a tenderos, proveedores. . . 
y demás gentes sencillas que se habían fiado de 
él . . . es decir, de su aparcera. Y viendo que los 
negocios andaban como la mona, y el año venía 
mal. . ., si es que no venía pior, , ,, se había apre- 
tado el gorro rumbo a la loma del diablo, dejando 
un tendal tremendo de doloridos gritones; los que 
fueron como bala y en patota hasta el Juzgado, 
sabiamente dirigidos por un tipo enredador, me- 
dio grupí de don Cruz. Este les oyó muy serio, 
como quien va a hacer justicia. . . y accedió a la 
enormidad que ellos le solicitaban, embargando 
las haciendas, bajo el pretexto especioso de que 
los animalitos. . . por lo menos la mitad, eran 
bienes del fugado, desde que éste era mediero. 
A sabiendas de que aquello significaba un despojo, 
se trabó el embargo al trote. Y todavía hizo más, 
sublimando el atropello; pues nombró depositario 
(como ya creo haber dicho) a Baca; el más em- 
brollón de todo Choritolongo; quien ahí no más, 
de inmediato, hizo esquilar las ovejas, vendió la 
lana a vil precio ... y se guardó la platita de donde 
vino a salir toda la que a mí me dio. 

De modo que en fin de cuentas, si cobré mis 
honorarios fué por artes de Mandinga (o de don 
Cruz, que es igual), con dinero procedente del bol- 
sillo de mi bruja, que el caudillo hizo pasar hasta 
el tirador de Baca, dándole facilidades para chan- 
celar su débito, pagándome la asistencia. 

Aquella suma que el guapo me abonó cristia- 
namente, era la compensación con que la buena 
señora me indemnizó, sin quererlo, de los muchos 
sinsabores con que me ha favorecido, siendo auto- 
ra de mis canas. Poco es el resarcimiento; pero 
menos da una piedra. . . cuando no lo es de afilar. 



Desde el día del embargo, que vino a hacer mi 
negocio, el más ferviente secuaz y admirador en- 
tusiasta de aquel insigne «buen juez», alter ego de 
Magnaud, lo es el yerno de mi suegra. . . la cual, 
sólo tiene una hija. 

¡Salve, espléndido don Cruz! ¡Hosana, juez pro- 
vidente! ¡Hurra, Licurgo ladino, que haces la jus- 
ticia idial, hasta cuando de patriota te metes en 
las familias, reivindicando a los yernos contra 
esos verdugos hembras que los matan a. di justos... 
(como diría don Cruz). 

¿No era bien justo que el mío pagara los vi- 
drios rotos, siendo yo el damnificado? Sólo gra- 
cias a don Cruz, puedo decir que en la tierra se 
sabe aún hacer justicia; y que si en Berlín hay 
jueces, también en Choritolongo. 

Me hace feliz el pensar lo que podía haber hecho 
un juez de esa envergadura, si en lugar de ser 
don Cruz, hubiese sido don Diablo. 

¡Agárrate, Catalina, qué modo de galopiar! 



— i=>i_;v^-s 'VLrrE?>x— 




Aun el emporio 
no habla coronado 
la visión de los 
espíritus. . . Al 
occidente, tras los 
farallones de las 
montañas custo- 
dias el sol se apa- 
gaba en lo ignoto. 
Los limites los 
delineaban cun-.- 
bres y precipicios. 
Los númenes 
del mar han em- 
playado las van- 
guardias de la 
conquista en la 
garganta del Ist- 
mo. En la tierra 
salvaje retumba 
el azadonazo. La 
esclavitud pare 
el dolor de sus 
músculos. Ya las 
flechas no estelan 
la virgula brillan- 
te en el aire del 
dan. 

De las incursio- 
nes al misterio 
confinante, las 
marismas inyecta- 
das de fiebres 
mortales, cobran 
por cada holladura 
blanca, solvencias 
rigurosas de vidas. 
En la entraña de 
la selva late el 
alma de la Natu- 
raleza. 

Precaria, anodi- 
na, la situación 
del vivac evan- 
gélico. Los gue- 
rreros enervados 
cumplen el mero 
arbitrio de la 
encomienda, del 
azadón y el garro- 
te. El tributo car- 
dinal lo resume la 
esquilmación de la 
palacra aflorada. 
La industria cons- 
tituye la pepa 
aleatoria que de- 
paran los lavade- 
ros laboriosos. 
Vivamente irrum- 
pe el manotón a 
la barrilla exigua 
o al utensilio si- 
milor de usos 
autóctonos. Y en 
el fondo, el orgu- 
llo de la raza, se aflige en una agria conjuración 
de corajes. . . 

Trajéralos mensajero al Desconocido, primor 
dialmente el influjo del rico metal, aluvionado 
La promesa de especerías cimarronas, certifica 
das en el mágico arbusto de la canela. La Fábula. . 
Al uno le han ofrendado el arroyo sobrehumano 
Al otro, un atávico reflejo de sibaritismo oriental 
A la última todo el profundo amor y fantasía de 
la sangre castellana . . . 

Y allí, como una centinela hueste que ataja la 

ruta al más allá, el cordón inexpugnable de las 

montañas plomas, con sus cien implacables bocas 

de muerte. La manigua fragosa. El limo fatal. 

Mas he aquí que surge un bárbaro con la voz 



de la revelación ... Es el hijo del cacique Comagre. 
Viva expresión de astro encarnada, fluye de su 
desprecio a la codicia, el genio ancestral soberbio. 
Hállase el cacique, senil y rotundo, retorcido de 
fibras como la talla de un roble, discutiendo a 
gesticulaciones y ademanes la gravedad desquicia- 
da de la balanza que mide el tributo, impotente 
ya de costearlo. El mancebo avanza sobre los 
recaudadores y su padre. 

— ¡Qué! — grita golpeando con los dos puños 
los platillos y echando a rodar los cascos brutos 
de oro. — ¿Disputáis por una tal bagatela? ¡Oh, 
blancos, malditos! Si la voracidad de este canto 
guía vuestros empeños, mirad — y extendió el 
brazo con la boca espumarajada de ira. — ¡Mirad, 



malditos! ¡Tras- 
poned las monta- 
ñas obscuras que 
cortan los frentes, 
romped el mara- 
ñen, sepultaos en 
las charcas, cote- 
jad los alientos 
con el huracán, y 
más allá! ... ¡Al 
lado allá! ... Si 
sois sobrenatura- 
les como os decís, 
descubriréis una 
mar sobre la cual 
bogan las pira- 
guas de muy po- 
deroso imperio. Y ■ 
en el estado firme, 
los tesoros del sol, 
el oro de las cua- 
tro partes del 
mundo. ¡Marchad, 
malditos, sal- 
vad! . . . 

La hoja de una 
espada le cruzó el 
corazón mordien- 
do la blasfemia. 
El pecho ancho 
del viejo cacique 
se amortajó con 
su sangre. 

Y la fábula 
abrió desmesu- 
radas sus alas. . . 
Ya no fueron las 
montañas plutó- 
nicas que cerra- 
ban ciegas el paso 
con sus crestones 
y cárcavas. Las 
marismas de las 
que en puntos sólo 
las copas de los 
árboles sobresa- 
lían. Las miasmas 
condensadas en 
foscuras extrase- 
culares. ¡El oro! 
Era el clarín de 
la epopeya . . . 
Hasta en los ca- 
dáveres quedaba 
rebrillando yerta 
en la pupila una 
luz de sol con la 
imagen fija. La 
garganta del Ist-