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^■cQi&2^^ M 



Iv DAMA nP TA A/IAMTITTA 



ÓLEO DE A. CHRISTOPHERSEH. 




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LAGO 



D E 



N A H U E L 



H U A P 1 




GRUFO DE EMBARCACIONES EN EL PUERTO ANCHORENA. 



MUEBLES Y DECORACIONES 



EXPOSICIÓN DE 

MUEBLES ANTIGUOS 

NUESTRA COLECCIÓN HA SIDO 

SUMAMENTE AUMENTADA POR 

LA LLEGADA DE EUROPA 

• DE VARIOS MUEBLES RAROS 

\ CURIOSOS 







658, SUI PACHA 



FOTOGRAFÍA DE UN ESPEJO, RICAMENTE 

TALLADO, ESTILO «GEORGIAN». UN PAR 

DE ESTOS ESPEJOS, ESTÁN EN VISTA EN 

NUESTRAS GALERÍAS. 



— i=>i_7s.'.^ "vi^nPR^-x— 










--H 



¡Cómo Nuevo! 

Los muebles opacos, manchados y 
que recogen el polvo, pueden volver a 
tener su belleza primitiva si se les aplica 
la Cera Preparada de Johnson. ¿Ha 
notado Ud. un color azuloso en sus 
muebles de caoba? Una aplicación de la 

CERApREPARADADlJOiiSOI 

lo hará desaparecer y al mismo tiempo dará un 
lustre seco, brillante y de gran hermosura. Prote- 
gerá al barniz, haciendo mayor su duración y 
aumentando su hermosura; cubrirá las manchas 
y rayas. Limpia y dá lustre en una operación. 

La Cera Preparada de Johnson no contiene aceite, jamás 
se pone suave o pegajosa con el calor y por lo tanto 
no recoge el polvo ni retiene las machas de los dedos. 

Puede Ud. usarla en su piano, fonógrafo muebles, 
pisos, obra de madera, linóleo y objetos de cuero. 

Magnífico Para Los Automóviles 

porque conserva el acabado y lo protege contra las in- 
clemencias del tiempo— evita que se parta el barniz, corta 
el agua y el polvo, haciendo que los lavados duren más. 

Exija Ud. lo» producto» Johnson. Si su vendedor no 
lo» tuviere, él puede obtenerlos de los distribuidores: 

JANKEE SPECIALTIES AGENCY 



Rivadavia, 1255 

S. C. JOHNSON & SON 

Fabricante» 

Racine, Wisconsin, El. U. A. 



Buenos Aires 




ENRIQUE STEIN 




Era el decano de los dibujantes nacionales y extranjeros que en 
la Argentina cultivan la caricatura. Y lo fué conno todos sabemos, 
por inesperado azar de la esquiva fortuna. 

Quería Stein explotar a las apacibles y dulces abejas, y tuvo 
que vivir del zumbido irónico e insistente de «El Mosquito». Así, 
aquel hombre cuyo sueño dorado estribó siempre en la industria 
honrada, fué quien, hacia la mitad del siglo XIX, echó los cimientos 
de la moderna sátira gráfica. 

Enrique Stein tenía alma enérgica de caballero y trabajador. 
Además de las anécdotas populares de su vida, debe ser citada la 
siguiente, fiel testimonio de su hidalgo espíritu: 

Una vez, Eduardo Sojo, rival de Stein en arte y en política, 
andaba perseguido por enemigos peligrosos; y, con esa clara intui- 
ción que a veces da el miedo, fué a verle demandando auxilio. 

«Escóndase aquí en mi casa, donde nadie pensará en buscarlo», 
le dijo Stein. Y en el domicilio del dibujante rival se refugió Sojo 
hasta que pagara la tormenta. 

Enrique Stein, colaborador del admirable Eduardo Wilde, con- 
virtióse en propietario de «El Mosquito», la revista temida donde 
ambos hicieron afortunadas campañas políticas. 

En 1887, el decano volvió a emprender sus tareas industrialer, 
abriendo un establecimiento de útiles de pintura y dibujo, mien- 
tras proseguía sus trabajos caricaturescos. Poco a poco, ya anciano, 
hizo abandono del lápiz, y, en 1912, se despedía de la caricatura. 

Pero no para siempre. Todos han visto los dibujos que desde 
1914 adornaron las vidrieras de la casa Stein, en plena Avenida 
de Mayo. Fueron caricaturas en las que el patriota francés, a quien 
la «revanche» sorprendía ya inútil para empuñar las armas, luchaba 
a su manera por el país querido y lejano. 

Así, por obra y gracia del patriotismo de un anciano, volvió a 
florecer el arte anticuado de aquellos tiempos de «El Mosquito» 
y de «La Presidencia». 

Y le jour de gloire, cuando la gente esperaba una nueva prueba 
del entusiasmo de Stein, quedó desilusionada. El caricaturista 
caballero y patriota se moría. 



ANO IV 
NÚM. 33 



ENERO 
1919. 




TEODORO 



ROOSEVELT 



DIBUJO AL CARBÓN DE ALONSO. 



EX PREEIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS, NOTABLE ESTADISTA, Y GRAN DEFENSOR 
DE LAS IDEAS DEMOCRÁTICAS, FALLECIDO EL 6 DEL ACTUAL EN OYSTERBAY. 



Homenaje de PLVS VLTRA. 



— i=>i_:7v^-^ -Vv -j_n"P2>í>w — 



CCR=DOC-\ 




lELES a un propósito preconcebido, 
estaTios en la noble y antigua ciudad 
de Córdoba, fundada por el muy 
ilustre señor Don Gerónimo Luis de 
Cabrera. Gobernador y Capitán Ge- 
neral del Tucumán. el 6 de julio de 1573. 

Hemos venido a visitar la casa del virrey Sobre- 
monte, su primer Gobernador Intendente; hemos 
venido a conocer esta ruina, que no han sabido 
respetar los hombres y que han respetado los años. 
La memoria de tan célebre personaje, fundador 
de la Concepción del Rio IV, de las Villas de 
Tulumba, Chañar, Río Seco y Chilino, y de las 
poblaciones de San Carlos, en Mendoza, y la Ca- 
rolina, en San Luis, ha sido rehabilitada con do- 
cumentos fidedignos por el cronista Don Ignacio 
Garzón, en su obra sobre Córdoba, publicada el 
año de 1898. En ella se comprueba, que cuando 
fué conquistada Buenos Aires por las tropas de 
Berresford, Sobremonte no entró en Córdoba 



como prófugo, sino como virrey, habiendo ido a 
rehacer su ejército, evitando el entrar en la capi- 
tulación para quedar libre en el supremo man- 
do de gobierno y sostener los dominios del vi- 
rreynato. 

Para llevar a cabo la visita al viejo edificio, 
hemos salido por las calles de la ciudad. Estas 
calles son iguales a las de cualquier otro pueblo 
de la República; solamente, recortándose sobre 
el cielo azul, distantes y próximas, por el norte, 
por el oeste, por todas partes donde dirigimos la 
vista, encontramos siempre una torre de iglesia, 
de convento, uno de esos campanarios humildes 
que sintetizan el viejo espíritu de las viejas ciu- 
dades. A su alrededor están las edificaciones mo- 
dernas, — artificiosas de cemento — donde vive la 
nueva generación de doctores, de comerciantes, 
de hacendados, de familias burguesas, tan desli- 
gadas ya de la tradición legendaria y heroica. 

Mientras seguimos nuestra marcha, pensamos 



que estas calles han perdido el carácter que tu- 
vieron en otro tiempo, cuando Córdoba era go- 
bernada por los capitulares del siglo xviii, prin- 
cipalmente durante la gobernación de Sobremonte, 
época en que llegó a su mejor grado de urbani- 
zación, equidad y empleo de justicia. La pobla- 
ción mejoraba en todos sus órdenes y a él se debe 
la fundación de escuelas gratuitas, la nivelación 
de las calles, el alumbrado público, y la construc- 
ción de paseos y mercados, abasteciendo al ve- 
cindario de aguas corrientes y dictando además 
sabias medidas, relacionadas con el ornamento y 
aseo de la ciudad. Apesar de todo, Córdoba ha 
seguido acrecentando su prestigio. — prestigio reli- 
gioso y universitario; — las casas coloniales han ido 
cayendo poco a poco, siendo substituidas por estas 
otras de estilo francés, bajo cuyos muros duer- 
men tres siglos de vida local y de menudas his- 
torias vecinales. . . Y pensamos: Indudablemen- 
te, Córdoba es una ciudad que evoluciona. . . 



— I=>JL^V^.S 



>JK.- 



En nuestro caminar lento 
y de observación, llegamos a 
una plaza cuadrangular som- 
breada de árboles corpulen- 
tos. Por nuestro lado pasan 
gentes que marchan en todas 
direcciones: caras morochas, 
caras negras, caras blancas. 
Son gentes que van a sus 
quehaceres; nosotros las ob- 
servamos filosóficamente, en 
tanto que seguimos por una 
calle larga, llena de tiendas y 
comercios. Después, al vol- 
ver una esquina, hiere nues- 
tra sensibilidad la nota blan- 
ca de una pared pobre y des- 
nuda, a cuyo extremo sobre- 
sale una especie de torreón, 
rematado por ancho alero de 
madera. Este torreón tiene 
dos balcones unidos en el 
vértice de la esquina, y de- 
bajo dos puertas coronadas 
con cenefas de yeso gris, que 
separa un basamento de la- 
drillo con franjas y colum- 
nas. A los costados de las 
puertas hay grandes letreros 
donde se lee: «Bar y Confite- 
ría». Esta es la casa del vi- 
rrey. En su derrengada y ve- 
nerable mole, reposa el espí- 
ritu de la tradición. Ninguna 
de las otras puertas que he- 
mos visto en los edificios mo- 
dernos, se parece a estas 
puertas desvencijadas, con 
sus herrajes y pesados goz- 
nes mugrientos, que crujen 
a veces con un sonido lasti- 
moso; ninguna ventana ni 
tragaluz es semejante tam- 
poco a los obscuros ventanu- 
cos de este destartalado ca- 
serón, con rejas de artísticos 
hierros retorcidos. Los años 
han dado a las paredes una 
palidez leprosa y cadavérica. 
Todo está rodeado de silen- 
cio, de serenidad, de quietud 
sosegada y majestuosa. . . 

Nuestra vista contempla 
con estupor los altos balco- 
nes soñolientos, el alero po- 
drido, los sombríos y 
tuertos tragaluces, las 





del Gobernador y su séqui- 
to. Bajo tales disposiciones 
fué alhajada la casa con 
todo el aparato que requería 
tan ilustre huésped, y poste- 
riormente, al establecerse allí 
con su familia, fueron enri- 
quecidos los salones con nue- 
vos muebles y platería de 
mérito, traídos de Oruro, de 
Charcas y de la Villa Impe- 
rial de Potosí. Todo esto ha 
desaparecido hace ya más de 
un siglo, al retirarse Sobre- 
monte de la gobernación, 
después de trece años, o sea 
a fines de 1797. 

El alma de la casa quedó 
ausente. Ninguno de sus mo- 
radores actuales, responde a 
su espíritu y a su leyenda. 

En los días de la goberna- 
ción, la casa del marqués 
presentaba un aspecto de 
lujo suntuoso y rico. Las 
puertas de cuarterones eran 
guarnecidas con herrajes y 
pestillos de hierro; al abrirse 
producían un ruido seco y 
metálico, repercutiendo en 
las anchas cámaras familia- 
res, donde un reloj de pén- 
dulo anunciaba el curso de 
las horas, con su tintineo 
acompasado y monocorde. 
En los pasillos y antesalas, 
los esclavos negros, inmóvi- 
les ante los pesados cortina- 
jes, lucían sus casacas rojas 
galoneadas de oro. Todo era 
señorial sin afectación. La 
sala de recibo, correspon- 
diente al balcón angular, ha 
liábase revestida con tapi 
ees procedentes de España 
y cubierto el pavimento con 
gruesas alfombras incásicas, 
trabajadas por los indios 
de Tilquiza, Chijra, Ocloyas 
y otros fundos hereditarios 
del valle de Jujuy. Los ob- 
jetos decorativos eran, en su 
mayoría, trofeos de las cam- 
pañas militares: agujas de 
sílex, yelmos con airones de 
plumas, caparazones de 
fvK > tortuga en forma de ro- 

m 



CANCELA DE HIERRO FORiado 



<S^ 



tejas verdirrojas, la cancela negra 
y los puntales descarnados y húme- 
dos, sin fuerzas ya para sostener el 
peso de la mole vetusta. Los gran- 
des letreros, dejan en nuestro es- 
píritu una impresión extraña. ¿Cómo 
— pensamos — la casa donde vivió 
el más célebre de !os gobernadores 
de Córdoba, ha podido caer en tan 
vulgar destino? La curiosidad nos 
hace trasponer el dintel, y ya den- 
tro, lo primero que vemos es una 
verja con labores afiligranadas, que 
' ega hasta el medio punto del arco; 
y después, al penetrar en el patio, 
toda una síntesis de ruidos, de alegría 
de sol, de colores policromados, que 
se diluyen por el reflejo de la luz, al 
dar sobre una tela de randas incási- 
cas. Atravesamos la cripta conven- 
tual, blanca y desnuda, con anchas 
puertas laterales; luego subimos por 
la escalera angosta, desembocando en 
un sencillo repartidor desmantelado. 
Las habitaciones son espaciosas, so- 
lemnes, como hechas para recibir el 
tumulto representativo de cabildan- 
tes, militares y alto clero de la ciudad. 
Recorda'mos, que al ser favorecido 
el Marqués de Sobremonte con el 
título de Gobernador, el 15 de agosto 
de 1783, se dispuso por orden del Ca- 
bildo, que esta casa, ocupada por 
los jesuítas expulsados en 1767, fuese 
dispuesta para recibir la persona 




~-i=>LS\^'^ ^.L_-rr2-'^— 



déla, placas pecto- 
rales, collares de 
huesos calcinados, y 
escudos de piel de 
saurio. rebrillando 
sobre los huinches 
con cenefas de ópalo 
y negro. Sobre có- 
modas y pedestal^. 
lindas telas de labo- 
res aztecas y calcha- 
quies, cordones de 
alpaca, ponchos con 
grecas ondulantes y 
tejidos mexicanos. 
hechos con plumas 
de papagayo, de 
garza y de avestruz. 

En el centro de 
las cámaras, gran- 
des braseros de pla- 
ta maciza, perfuma- 
ban el ambiente con 
aromas de canela y 
de nardo. 

Los estrados eran 
de maderas obscu- 
ras, pesados y ele- 
gantes, con asiento 
de cuero o damasco, 
según el carácter y 
destino de cada sala: 
había sillas volantes 
de conversación. 
para sentarse a la 
jineta: sillones espa- 
ñoles de caoba con 
preciosos guadama- 
ciles de oro. y mesi- 
tas enanas para 
guardar las labores. 

En los aparadores 
y alhacenas, junto a 
las vajillas de plata 
con los blasones es- 
culpidos, hacían 
contraste los agua- 
maniles y garrafas. 
los huacos peruanos, 
los yuros de decora- 
ción antropomorfa. 
y los grandes cande- 
labros, portadores 
de velas amarillas. 
que se utilizaban en 
noches de sarao y 
fiestas solemnes. 

En todos estos 
aposentos había re- 
tratos de épocas an- 
teriores: un inquisi- 
dor y una dama ca- 
nonesadeSan Juan, 
con su leyenda en 
latín. Frente a ellos, 
un galán petimetre 



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GALERIA lUL Pat,o 



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del siglo xviu. so- 
brino del marqués, 
luciendo casaca re- 
camada y fina gor- 
guera de encajes, pe- 
luca de tres bucles, 
y entre las áureas 
joyas, ópalos y ama- 
tistas, la roja insig- 
nia de los profesos 
de Montesa, En otro 
lugar, una dama de 
guardainfante, lucía 
su airosa cabeza con 
monterilla de plu- 
mas de faisán. Otros 
retratos, con valo- 
nas y ferreruelos, re- 
presentaban perso- 
najes ilustres de la 
colonia, célebres en 
la gobernación del 
Tucumán. Algunos 
de estos retratos pa- 
saron después a la 
península, conser- 
vándose otros en ca- 
sas particulares del 
país, donde consta 
su procedencia. 



Por disposición de 
las autoridades cor- 
dobesas, la casa del 
virrey Sobremonte 
se destinará en bre- 
ve para museo colo- 
nial de la provincia, 
restaurándola en de- 
bida forma y con- 
servándola para las 
generaciones futu- 
ras. Tal medida me- 
rece, sin duda, ser 
considerada en su 
verdadero sentido, 
pues no sólo implica, 
respeto a lo tradi- 
cional, sino que con 
ella se reivindica de 
una vez la memoria 
de este virrey, equi- 
vocadamente juzga- 
do por los historia- 
dores partidistas de 
la Revolución y a 
quien es justo recono- 
cer como a uno de los, 
más ilustres gober- 
nadores de Córdoba. 

Antonio 
Pérez-Valiente. 

FOTOGRAFÍAS DE GONZÁLEZ 
GARAÑO Y A. FRANCISCO,, 



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EN LA QUIETUD DEL TALLER 



OLEO DE A. CHRISTOPHERSEN. 




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AliM^NDRgO 

OMTOllfodN 



S hubiera necesidad de sintetizar la obra de este artista en 
do* solas palabras, diríamos que su labor, sobre toda otra 
cualidad, es equilibrada y reflexiva. 

En arquitectura. Alejandro Christophersen. cjya plurali- 
dad de medios es merecedora del más amplio de los elogios. 
si^ue preferentemente la orientación francesa moderna. 
basada en ios modelos del estilo Luis XVI. creados en el 
último lerdo de siglo xviii por el célebre arquitecto Gabriel. 
Así nos lo ha demostrado al menos, no s61o en artículos y 
coniercncías. donde además ha puesto las bases para el 
resurgimiento del noble estilo 
colonia!, «no también con el _ 
ejemplo de algtmas de sus más 
importantes construcciones, en 
tre ellas el palacio Anchorena. de 
la plaza San Martín, uno de los 
más benos edificios de Buenos 
Aires, y la nueva Bolsa de Co- 
mercio, que demuestran todo el 
talento y capacidad de ejecución 
que ha desarrollado hasta hoy 
en su carrera. 

Pero no es esto de lo que aho 
ra debemos ocupamos. La otra 
cualidad de tu temperamento, 
esto es. los méritos que reúne 
como intérprete del color y 
luz. >on los que quisiéramos po- 
ner de relieve: porque Christo- 
phersen. es ante todo un pintor 
sincero, que copia la naturaleza 
tal como él la siente, sin emplear 
recetarios académicos ni recur- 
sos de convencionalismo pictóri- 
co. Su firme concepto de la com- 
posición, su dominio del colorido 
y la idea peculiar que desarrolla 
en el dibujo interno, dando vida 
y movimiento a las figuras, son 
particularidades propias que lo 
caracterizan y d^finrn 





Si analizáramos su extensa labor - -difundida en Europa 
y América- con todo el detenimiento y extensión que requie- 
re una critica bien razonada, tal vez trataríamos de descu- 
brirle cierta semejanza de orientación con los levantinos 
españoles, cuya técnica, de una vibrante fuerza sensorial, 
culmina en el pincel avasallador e incomparable de Sorolla. 
Como este maestro de la técnica y del color, Christopher- 
sen es a su vez un enamorado de la vida, que define su ver- 
dadera personalidad con dos elementos determinantes: la 
intuición y la perseverancia. Nacido en un bello rincón de 
Andalucía, aunque de origen noruego, pasa en Cádiz, su 
ciudad natal, los primeros años 

,_ de la juventud; de aquí que su 

retináoste tan acostumbrada a 
la transparente luminosidad de 
aquel cielo, de aquel sol y de 
aquella naturaleza exuberante 
y cálida, tantas veces evocada 
por él, a través de la distancia. 
en cuadros de composición típica. 
Apenas salido de la infancia, 
marcha a Noruega para cursar 
los años del bachillerato, dedi- 
cándose, terminado éste, a via- 
jar por losdemás países europeos. 
Enamorado de la pintura, rea- 
liza durante este viaje algunos 
ensayos como escenógrafo, que 
lo inician en el conocimiento de 
la línea. Después, siendo discí- 
pulo de la Real Academia de 
Bélgica, consigue con el diploma 
de arquitecto la medalla de oro. 
Luego marcha a París, donde 
vuelve años más tarde para per- 
feccionar sus conocimientos ar- 
tísticos y arquitectónicos, asis- 
tiendo durante tres cursos a la 
escuela de arte dirigida por Fleury 
y Lefévre. Bajo la paternidad de 
estos maestros, concurre a varias 
exposiciones en la capital fran- 



< PETENERAS», EX PUES- 
TO EN EL SALÓN DE 
PARÍS DE 1909. 




^T^y^— 





ALEJANDRO CHRISTOPHERSEN, PINTANDO 
EN EL JARDÍN DE SU CASA. 



Si 



cesa, consiguiendo algunos triunfos 
que ]o dan a conocer como pintor 
de fino temperamento. 

A los 22 años de edad viene a 
Buenos Aires, donde se radica defini- 
tivamente. Aquí forma su hogar y 
su familia; aquí llega a imponerse 
en poco tiempo por sus méritos per- 
sonales, y uniéndose al movimiento 
artístico del país, hace gala de su en- 
tusiasmo concurriendo a cuantas 
exposiciones y concursos se organi- 
zan, nasta lograr la reputación de 
que hoy goza, al cabo de veinte y 
ocho años de labor persistente y con- 
tmuada. 

Desde el principio de su carrera, 
Christophersen ha cultivado con 
acierto todos los géneros que se cono- 
cen, pero sin abandonar nunca la 
idea de su orientación fundamental, 
sintetizada en el sentido de que el 
arte de la pintura debe expresar fiel- 
mente la modalidad y el carácter de 
la época en que vive el artista. Así lo 
demuestra en cada uno de sus paisa- 
jes, en cada uno de sus estudios y 
retratos, dándonos la sensación de 
realidad que persigue con sus con- 
trastes de color, suavizados a veces 
por la inflexión de lo delicado y gra- 
cioso. Las masas y las líneas, si están 
c ertamenle colocadas al azar como 
corresponde a su tendencia realista, 
idéntica a la que siguen los pintores 
de la escuela mediterránea, no por 
eso dejan de tener la armonía lumi- 
nosa de los más avanzados maestros 
del impresionismo; este efecto des- 
lumbrador de su paleta hizo que 
cierto crítico, al formular un juicio 
amplio sobre la obra de Christopher- 
sen, dijera que los cuadros de este 
pintor puedefl considerarse como un 
espectáculo esplendente. 

VÍCTOR Andrés. 




— "C3i_;v^.s 





JSlíT 



PiUjo 



'^' eidiia <fe¿^ impulcriva y loile, 

llena de juveiiud^ de efiyidn y de eiconto, 

que la iíkle qirielud de mi reiiro 

kv revolucioiíado . . . 

h coner, feiiililal)a la eccpecnira . . . 
W florece" ooi envidia le eícocoil . . . 
¡vi que, ei la^r locfguecíllo.í', locS* áibolcj' iigiuelo.? 
le lendíon lof romocf dtajeoLÓble el ^a^o ! . . . 

Ocf veiü¿b^a crer flor enbie lóu^ üoreep 
y paiariÜD ¿xle^e enbe lo^p pójotpoe/' 
7 aé'uaA^jva.ñénle "y relozoia^ 
jioId al omoyo claco . . . 




y ane le pTie«flo a ecfcuckai!^ pota evococte 



ei liw lelctí" cMüidooC, el canlai! de W ■pójaco^'. 

Idco K fina cfeda de IocP rOccacr" 

' )ai!a cfenhi la j-eda de lu. trazo. . . 

icio de cHi períime en lacT capoLocf 

demezte- "poT la rocPa de W lobiOeP. . . 

y^onle la cj'eca y olorocfa yeiba^ 

le le recordado : 
cmle la G^eca yeiia amoilonaria 
donde, con ciier'po láa^indo, 
voliipliLOcranieiile le dejacfle 
caer lióviafa ccmLo en. léelo liando . . . 

En Icl oplocflada yeria ecrlá lu cuerpo 
con leiiadora marca j^eiolado . . . 
ín iii¿x loc/" cTÍio. . . e evoco 
yo C02L celo de Eóanio ... 
¡y liemblo, de -píSufjdiL y de docreo,, 
la lenladcra marca cojilejuplando I 



— F^U^^^-^-S ^^LJTI^T^^^^ 




A exposición nacional de arte decorativo re- 
cientemente celebrada, ha sido una verda- 
dera revelación en lo que se refiere al arte 
incásico aplicado a la decoración de tapices, 
muebles y alfombras, con los trabajos origi- 
nales de los señores Guido y Gerbino y los 
tejidos del señor Clemente Onelli. trabajos que por su belle- 
za y orientación, merecen toda clase de elogios. Sus autores 
son acaso los únicos que han puesto una nota original en 
el mencionado concurso, demostrando lo mucho que se 
puede hacer dentro de la tradición y del arte genuinamente 
americano. 

Llevado de una justificada curiosidad por todo lo que se 
refiere al conocimiento y difusión de las industrias suntuarias 
del nuevo mundo, especialmente las aztecas e incásicas, he 
llegado al convencimiento de que estas artes, producto de 
una civilización extinguida, pueden competir y aún com- 
pararse con los modelos de fabricación egipcia, árabe, persa. 
y demás estilos ornamentales conocidos, tanto en la armo- 
nía de los colores como en la rareza y extraña combinación 
de los dibujos. 



Ya en la época del descubrimiento, una de las cosas que 
llamaron más extraordinariamente la atención de los con- 
quistadores, fué el uso que los indios hacían de telas y man- 
tas primorosamente tejidas, constituyendo su elaboración 
una industria perfectamente organizada y extendida por 
todos los lugares del continente. 

El Inca Garcilaso de la Vega, dice que una de las atribu- 
ciones de la familia real del Perú, era el proveerse de sufi- 
ciente cantidad de lanas en vellón o tejidas para abastecer 
a los subditos. La lana se obtenía de los guanacos, llamas, 
alpacas y vicuñas salvajes, haciéndose la esquila en todas 
las regiones del dominio incásico, dirigida por miembros de 
la dinastía, o por los curacas, sus prefectos. También infor- 
ma de como los incas no supieron la invención de los col- 
chones siendo la ropa de las camas toda de mantas y cober- 
tores hechos con lana de vicuña, tan suave y regalada, que 
se enviaron algunas <'para el lecho del rey don Felipe II»; 
los mexicanos, en cambio, según refiere el historiador Solís, 
tenían camas entoldadas con colgaduras en forma de pabe- 



llones, estando los reposorios formados con blandas esteri- 
llas de palma. En cuanto al lujo y alhajamiento de las cáma- 
ras reales de México y el Cuzco, algunos historiadores afir- 
man que de los artesones de madera, sujetos en su misma 
tablazón, por desconocerse el uso de los clavos, pendían 
grandes colgaduras tejidas primorosamente, con finos y 
proporcionados tejidos en color, y el pavimento revestido 
de alfombras. Sobre la portada principal del palacio de 
México, el paramento de honor, hallábase cubierto por mag- 
nífico repostero bordado, en cuyo centro se veían las ar- 
mas de los Moctezuma. Los demás aposentos guardaban 
asimismo gran cantidad de tapices dibujados con interposi- 
ción de plumas, en que admiraban los aciertos entre lo 
prolijo y lo precioso; había también todo género de telas 
procedentes de los distintos estados del imperio, que hila- 
ban y tejían las mujeres, "enemigas de la ociosidad y 
aplicadas al ingenio de las manos». 

El jesuíta Andrés Pérez de Rivas, hace memoria de la 
vestidura que ostentaba el Emperador en su primer encuen- 
tro con Hernán Cortés, de donde se infiere que el manto era 
doblado de dos telas, la una transparente dejando ver el 
recamado y flores hermosas de la interna, pendiente con 
mucho aire de los hombros, enlazadas las puntas al costado 
derecho y rematando en una rica joya por lazada. 

Es sabido que tanto los aztecas como los incas usaban para 
decorar los tejidos figuras humanas y de animales, estiliza- 
das con un sentido geométrico y adornadas de losanges, aje- 
drezados y randas serpentiformes, encuadrándolo todo den- 
tro de artística greca, algo parecida al meandro helénico. 

Las telas y alfombras que se hicieron en la época colo- 
nial eran una derivación de estos modelos, con la sola ex- 
cepción de carecer de figuras humanas; de ese modo, fuese 
siguiendo la forma empleada por los árabes granadinos, según 
he podido comprobar con numerosos ejemplos, formándose 
entonces una nueva modalidad, que podría clasificarse de 
hispano-incásica. 

En la elaboración de tejidos americanos se emplearon 
siempre los más variados colores, como se comprueba con 
¡os pocos fragmentos y modelos que han llegado hasta nues- 
tros días, sacados en su mayor parte de las tumbas preco- 
lombianas, y cuidadosamente conservados ahora en colec- 
ciones y museos. Los colores fundamentales empleados en 



— T=>1S^-^^ ^^1 





3 



la tintorería incásica, fueron el grana, que se obtenía de un 
insecto propio de los nopales mexicanos, el azul del añil, 
llamado también índigo, el anaranjado, mezcla de un pro- 
ducto vegetal con la ceniza del jume, el amarillo, sacado 
directamente de la planta de fique y del azafrán de la Puna. 
el grisáceo, extraído de determinadas especies arbóreas, el 
negro, producto del guayacán y del cebil, y el color verde, 
extraído de la jarilla. planta perenne en toda la región xeró- 
fita de Sud América. 

La típica y bella industria de las alfombras y tejidos incá- 
sicos, resucitada por los señores Padilla, en Tucumán; Cár- 
cano. en Córdoba; y Clemente Onelli, en Buenos Aires, 
empieza a merecer la atención del público selecto y de buen 
gusto, que demuestra, al adquirirlos, cómo pueden armoni- 
zarse estos elementos, de un refinamiento exótico, con los 
muebles de línea virreinal, muy de moda en los momentos 
actuales. 

Tan simpática orientación del público, que descubre así 



su predilección por las bellas cosas'"de'origen continental, 
favorece sin duda el desarrollo de la vieja industria de teji- 
dos, susceptible siempre de adquirir nuevos valores, con la 
creación de modelos originales, que. aunque sin salirse de 
los primitivos con sus grecas y randas características, po- 
drían ser. por ejemplo, más a la manera del moderno impre- 
sionismo; dibujos policromados sobre grandes masas de co- 
lor, con paisajes convencionales o quiméricos. Alfombras y 
tapices, únicos de originalidad, que al ser hechos con la per- 
fección acostumbrada, posiblemente podrían llegar a com- 
petir en mérito, a los elaborados en los telares de Klandes. 
del Artois, de Florencia, de Madrid, y de tantas otras fábri- 
cas europeas, cuyos modelos se ven difundidos y copiados 
por todas partes. Es una aspiración muy fácil de ver reali- 
zada y a la que debieran contribuir con entusiasmo todos 
los artistas del país, por tratarse del elemento más propicio 
quizás, para la formación del futuro y verdadero arte ar- 
gentino. 

José M.=^ Pérez- Valiente. 



EL DESPACHO DE D. CLEMENTE ONELLI, EN SUS TELARES 
DE RUSPI AYUISCA. 




ARTE FRANCÉS 



LES DEUX AMIS 

ÓLEO DE RIBOT, PROPIEDAD DEL DOCTOR 
FRANCISCO LLOBET. 




Pl>» " 
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■Í->_L-\ r— \ i . i i^'_ X- 




iílotivQ6s¿ e/íí 




Suave gracia de égloga tienen estos peque- 
ños motivos que suavizan nuestra alma y se 
fijan largamente en la retina con su fresco y 
sedante encanto. 

Si nos fuera dable el color preciso, la riqueza 
de tonos, el definir de los claroscuros, posible- 
mente alguna alma lejana vibrase armónica 
con nuestro místico entusiasmo por estos temas 
simples y sencillos. 

Humildad de cuadros ciudadanos trasladados 
al prolijo escenario del parque público; enigma 
de paseante solitario que enhebra un poema, re- 
fresca un obsesor pesimismo, o sonríe a algún 
ensueño, inicial de amor que grava el estilete 
nervioso guiado por una mano femenina, entre- 
lazando dos cifras serpentinas sobre la propicia 
carne blanda de una anciana pita... 

LA DAMA Al salvar un puentecito blanco, 
p^j ._ . _p en rústico banco empotrado en 
yUt Lt-t, yf,3 altura coronada de follaje 
verde claro, lee una mujer. Tiene una graciosa 
postura efectista; su cuerpo joven y flexible se 
dibuja preciso bajo las finas y claras telas del 
vestido. La dama vuelve lentamente las hojas 
del libro con una gravedad de comprensiva. ¡A 
sus pies, un niño rubio juega con las piedrecillas 
■del sendero; el niño viste de rolo y va y viene 
con una movilidad de mariposa frente al hiera- 
tismo de la dama impasible que quién sabe por 
cuales regiones de ensueño tiene su alma! . . . 

LOS SEÑORES Por el camino central, a la 
húmeda sombra de los 



CIUDADANOS 



eucaliptos añosos, desfilan. 



lentos y nobles, ¡os autos. 

Cruza algún jinete trajeado a usanza ingles?. 
Por las aceras los pequeños grupos pintorescos: 



la mamá anciana, aburrida con las chicas inte- 
resantes; el burgués pacífico, resoplante, con sus 
chicos que llevan la palita, el balde, el muñe- 
co... al lado la señora aun fresca... las se- 
ñoritas solas. La que lleva la falda asaz breve... 
La que os mira. La indiferente. La que con ei 
imán de su feminidad arrastra admiradores... 
Los dragones acaramelados. . . 

DON I UAN L-uego hay como un estreme- 
-^ cimiento en los corazones, 

un palpitar de almitas de mujer. Se dijera lo 
que acontece en los bosques entrerrianos cuando 
chirria aquella rara lechucita de enorme cabeza 
y garras poderosas que llaman oaburé... ¡Por 
allí, por allí, con su garbo, con su pisada firme, 
con su mirar conquistador, con su aire audaz, 
con su tono elegante y su sombrero un poquitin 
echado sobre una oreja, viene don Juan!... 

Este nuestro don Juan criollo, que tiene con- 
quistas a los cuatro vientos, que domina corazones 
con su hombría, con su apostura, con sus cartas 
llenas de faltas de ortografía. . . 

Este nuestro don Juan, que debe tener en sus 
venas sangre de Moreira o de algún orgulloso 
hidalguillo de gotera. . . 

El extiende la vista por el mar revuelto de la 
muchedumbre como un capitán desde el puente 
de mando de su barco, ¡y pasa! . . . 

¡Pasa don Juan! . . . 

«EL Tío VIVO» '^°" sus caballitos de ma- 
dera que se columpian en 
movimientos iguales, con sus carrozas llenas de 
colorinches, adornadas de cabezas fantásticas de 
dragones y de espejos centelleantes, gira el ca- 
rrousell al compás de sus cornetas chillonas, de 



sus timbres metálicos, de sus platillos, de su: 
bombo. 

Giran las calesitas, mientas el muñeco rígido, 
que dirige la banda mecánica, agita en el aire los: 
torpes compases de su batuta filarmónica. 

Gira el «tío vivo» al son de musiquillas bullicio- 
sas y alegres, en que tintinea e! cascabel de Poli- 
chinela y estalla el escándalo de la risa traviesa 
de las operetas. 

Gira el carrousell y la chiquillería lanza gri- 
tos de júbilo, caballeros en los bucéfalos de: 
palo, y ríe sonoramente en el vaivén de las prin- 
cipescas carrozas historiadas de colorinches. En 
las carrozas cuajadas de pedrerías, de dorados,, 
de caprichosos dibujos, como debió ser la del 
príncipe del cuento, que fué a buscar a la Ceni- 
cienta, con el zapatito de cristal que había per- 
dido en el baile 

Esta música superficial y despreocupada, como. 
el alma loca de un buen artista bohemio, puede- 
no llegar al espíritu, pero emociona con saudades, 
amables y nos trasforma en pequeños seres cré- 
dulos e inocentes. . . 

Ese remolino de color y contento, esas cabeci- 
tas doradas, morenas, rojas, mareadas por un 
suave vals agradable nos evocan retrospectivas; 
épocas, cuando allá en nuestro pueblo nos agol- 
pábamos los «botijas') alrededor de las calesitas 
singulares a las que uno de los compañeros — máa 
grande y tal vez más pobre — - matizaba con los: 
chillidos de un viejo órgano de manubrio. . . 

Y mientras se va la imaginación en raudo vuelo, 
sigue «el tío vivo» -— que tan bien pintara Ramí- 
rez Ángel— sonando una cancionilla popular, que- 
nos hace inconscientemente, acompañarla silban- 
do tira. . . ra. . . ra. . . rí, tira. . . ra. . . ra. . . rí. . ^ 



DIBUJO DE ALVAREZ, 



.Ndomel y. 



^'1 



aiie/Leio/ 



~t=>LJ>-^& 



'^- 



Salen del Jardín Zoológico y se 
sientan silenciosas en un banco. 
La Avenida está desierta y el sol 
de julio desciende ya por el lado 
del «Departamento de Policía", do- 
rando los troncos de los eucaliptus 
y arrancando chispazos de los 
alambres telefónicos. 

Las tres son jóvenes, pero de 
'edades y aspectos muy distintos. 
Dos de ellas parecen hermanas. La 
una en plena adolescencia dolorosa 
y motivo indudable de aquel paseo 
al aire libre — distracciones, ejer- 
cicio moderado, hierro y quina 
como dijo el médico --no ofrece 
interés ninguno. La otra, gruesa, 
rubicunda, inflada de esa adipo- 
sidad prematura que empequeñece 
los ojos y caricaturiza los movi- 
mientos femeninos más gentiles 
y más espontáneos, <'no resulta* 
tampoco. La grasa está reñida con 
la gracia, como se sabe, y en el 
caso, para peor, <'el gusto, en su 
primer período de evolución recién, 
agrava la circunstancia desdicha- 
da. "La Gorda" cree todavía, que 
elegancia es lujo y que la mujer 
para hacer resaltar sus encantos, 
debe echarse encima todo lo que le 
permitan sus recursos. La indumen- 
taria de <'La Gorda> evoca el recuer- 
do del pintoresco «palo de Dios» 
de los Tehuelches. 

Su amiga, en cambio, es exqui- 
sita. Constituye uno de esos fre- 
cuentes casos en que la naturaleza 
aliada a la maravillosa facultad de 
adaptación que tienen las mujeres, 
se burla despiadadamente de las 
patrañas del origen. 

¡Qué distinción, qué pies, qué 
manos; qué gentiles maneras! — 
como hubiera dicho un poeta del 
romanticismo! - -Sin ser una be- 
lleza extraordinaria, es indudable- 
mente bella. No es ni alta, ni baja, ni gruesa, 
ni delgada. Está en el fiel de la proporción 
más absoluta. Tiene unos ojos únicos, unos 
ojos de ágata con chiribitas de venturina, 
unos ojos extraños, que no parpadean jamás 
y que miran medio de soslayo, como han de 
mirar, sin duda, los ojos de las panteras 
cuando están enamoradas. Su belleza, pasa 
por esa hora solemne en la vida de las rosas, 
en que parece que bastaría el soplo de los 
labios de una mujer dormida, para deshojar- 
las por completo. Hasta podría decirse, que 
ya una levísima sombra se insinúa en la ter- 
sura de sus sienes cuando entorna dema- 
siado los párpados en e! ambiente de la tarde 
invernal: pero ese es un detalle que no tiene 
importancia para el caso. También a las ro- 
sas comienza a rizárseles el borde de los pé- 
talos, en ese mismo minuto maravilloso de 
la culminación de la belleza. . . 

No hay en su figura un detalle que cho- 
que. Todas sus líneas son armoniosas y sua- 
ves como los movimientos de una gata de 
Persia. Pero, no es un ser blando ni muelle, 
sin embargo. Se adivina la energía, se adivi- 
na la fuerza en potencia y lista para la lucha, 
bajo la traidora apacibilidad del conjunto. 
Se ve claramente, que hay una voluntad 
ejercitada dentro de aquel cuerpo flexible y 
ágil, una voluntad agresiva, que el elegante 
traje de «gabardina-' azul que lo ciñe, no 
puede ocultar, como no oculta tampoco la 
afelpada piel de los tigres su indomable 
fiereza. 

Se llama Magdalena, pero no ha pecado 
nunca, ni pecará ya, probablemebte. Quien 
no erró en la edad de las pasiones, ni en las 
luchas del áspero repecho, es difícil que lo 
haga ya en las horas de la reflexión y en la 
pendiente suave del descenso... 

Magdalena cruza las piernas, sus piernas 
de «ducal finura» — como ha dicho Lugones 
— enseña las medias transparentes hasta 
donde la discreción actual lo permite y lle- 
vando hasta los labios la amorosa caricia de 
un «manguito cerrado» de piel de zorro ne- 
gro que hace juego con los puños y con el 
cuello de su vestido; sonríe levemente. 

Magdalena recuerda la respuesta que dio 
aquella mañana a la broma de un viejo cole- 
ga a quien apodan «La Momia» y se siente 
capaz, aplomada y satisfecha. Qué bueno es 
•poder» - piensa - y con qué legítimo or- 
gullo se movería desde la cumbre que pare- 
ció otrora inaccesible, los tremendos despe- 
ñaderos del camino. . . 

V.Para qué necesito yo a los hombres?-)- 
fué la lespue-ta. Y Magdalena tiene razón. 

¿Para qué necesita ella a los hombres, 
cuando ha aprendido a bastarse a sí misma? 

Magdalena no les odia por cierto, pero no 
cree, no puede creer en los hombres. ¿Por 
ventura no ha visto, no está viendo todos 
los días ejemplos aplastadores de su fatal 
decadencia? ¿No está ahí el caso típico de 
esa colega suya, de esa «desgraciada» de 
Raquel Antúnez, que a los treinta años dio 
en casarse con un conscripto y que a los 




treinta y cinco sigue trabajando a más y 
mejor para mantenerle las mañas, mientras 
el conscripto convertido en un amo no hace 
más que divertirse a descontar sus días con 
la salvaje despreocupación de un indio? ¿No 
está ahí, también, ese otro caso de la de Var- 
gas, que aunque no se casó con un conscripto 
sino con un mozo «serio y trabajador», se 
encuentra al cabo en situación parecida, 
porque el matrimonio ha operado un cam- 
bio tan fundamental en el carácter de su 
flamante marido, que éste ni trabaja ya, ni 
es serio, ni tiene otra preocupación que pa- 
sarse la vida en el Hipódromo? 

¡Oh, Magdalena los conoce bien a los horr',- 
bres! Son ignorantes, haraganes, pretencio- 
sos, absurdos. Para ganar cien pesos mal 
ganados, «hacen más ruido» que sí ganasen 
miles y se creen aun unos esforzados y unos 
mártires. Ellas, en cambio, silenciosas y prác- 
ticas y abnegadas como las hormigas, reali- 
zan una gran labor de utilidad, no sólo para 
ellas mismas, sino también para los suyos y 
para sus semejantes. ¡Si sabrá Magdalena de 
derrumbes apuntalados y de hogares levan- 
tados de la miseria, por dos jóvenes brazos 
de mujer! ¡Si sabrá de actividades y de he- 
roísmos femeninos en contraste de inercias 
y de cobardías masculinas! 

A Magdalena le sobra todo, Magdalena 
gana tanto como un senador o como un mi- 
nistro, y sus capacidades y su acción la han 
colocado en un nivel tan alto de intelectua- 
lidad y de independencia, que la mayoría 
de los hombres tienen por fuerza que resul- 
tarle pequeñitos. 

Magdalena es, además, unamuchachahon- 
rada — como dice muy bien su mamá — ha- 
ciendo sonar la uña del pulgar derecho en 
su incisivo único, nadie puede decir ni «esto» 
de ella. Pero por lo mismo que Magdalena 
es honesta, altiva y capaz, su problema no 
tiene solución posible. Los hombres que po- 
drían seducirla con los prestigios de una po- 
sición superior, 6 están ya casados, por razón 
de su edad, o le tienen miedo. La alta sa- 
piencia femenina es una cosa que arredraaún 
a los espíritus masculinos de cierta alcurnia, 
por más emancipados que se 
crean del pupilaje del prejuicio. 
Magdalena les resulta muy 
gentil, sin duda muy merito- 
ria, pero a la vez muy inquie- 
tante. 

¿Con sus iguales? El negocio 
no conviene a Magdalena... 
¿Un profesor? ¿Un empleado? 
¡Bah! Sería perder la indepen- 
dencia, para no ganar nada en 
el cambio; sería condenarse 
tontamente a sabiendas, a un 
papel injustamente secunda- 
rio, y Magdalena es demasiado 
inteligente y altiva, para ad- 
mitir que entre dos de igual 
capacidad y de igual «rendi- 
miento», pueda haber uno que 
se crea con derecho a rezongar 
y asumir actitudes de tirano..'. 




Pero, a pesar de todo, Magdalena no está 
contenta; Magdalena siente un vacío. 

Antes, cuando repechaba la cuesta, con 
el sol de cara, cuando sus triunfos y el dia- 
rio ardor de la lucha la embriagaban o la 
enardecían, todo iba bien; pero, ¿ahora? 
Ahora por más que quiera engañarse, Mag- 
dalena siente que no es feliz, que no es tan 
feliz al menos como lo esperaba, y lo que es 
peor, siente que se aburre. . . 

El Colón ya no la seduce, como a «La 
Gorda», ni los grandes almacenes de nove- 
dades, ni las joyerías, ni los balnearios de 
allende y aquende el Plata, que ha recorrido 
en los últimos años con la conciencia de 
quien cumple un programa ancestral, de 
quien realiza el sueño dorado de diez gene- 
raciones impotentes. . . 

Por eso, Magdalena comienza a experi- 
mentar la vaga necesidad de un objetivo 
nuevo, que ya no puede ser, ni el ascenso, ni 
la holgura pecuniaria, ni el elogio de los co- 
legas, ni ia derrota de sus rivales. . . Es mu- 
cho más grande y más noble y más hondo y 
más definitivo lo que necesita Magdalena 
ahora, lo que comienzan a buscar ansiosa- 
mente sus extraños ojos de ágata con chiri- 
bitas de venturina. . . 

... La pequeña y astrosa caravana se alle- 
ga lentamente. El mayor, un muchachuelo 
canijo y antipático, viene trazando una larga 
raya con carbón en el muro del Zoológico. 
La chica descalza y desmelenada arrastra 
una rama de eucaliptus y el más pequeño 
de los tres, un niño de cuatro años, dolorido 
y lloroso, cierra la marcha enfundado en un 
negro delantal de luto y renqueando de un 
modo lamentable. Más que por su triste as- 
pecto de desamparo y de miseria, el peque- 
ñuelo atrae la atención por su belleza. Se 
diría un Niño-Dios, arrancado de un reta- 
blo por manos sacrilegas, o un pequeño San 
Juan extraviado en el bosque. 

En el grupo de las muchachas hay un 
estremecimiento de curiosidad y simpatía. 
— ¡Miren el personaje! — ■ exclama «La 
Gorda». ¡Qué monada! 

Magdalena se levanta resuel- 
tamente. Venga m'hijito — 
dice — .Venga esa preciosura. 
Pero el pequeñuelo, que se 
ha detenido, no se acerca. La 
mira torvo y huraño a través 
de sus lágrimas. Tiene las ma- 
nos y los piececitos desnudos, 
plagados de sabañones, y tirita 
de frío. 

— Venga m'hijito — repite 
Magdalena, yendo hacia él — 
venga mi vida. ¡Díganme si no 
es un encanto esta ricura! 

El muchacho grande se atra- 
viesa, para recitar su lección 
cínica: 

— «¡Una limosnita para mi 
mamá, que está enferma!» 

Pero Magdalena le aparta: 

— ¡Salí de aquí, a vos no te 



llamo!. . . ¡Venga mi alma! . . . 
El pequeño da un paso para ale* 
jarse, pero Magdalena le atrapa con 
sus enguantadas manos y lo atrae 
hacia el banco. 

- Te vas a poner a la miseria • — 
le previene *La Gorda» — fíjate 
cómo está. . . 

— ¡Qué me importa! ¡Díganme 
si no es una ricura este angelito de 
Dios!... Te juro que me lo comería... 

El chicuelo solloza. 

— ¿Pero porqué llora m'hijito? 
¿Qué tiene? 

J— Ha de tener frío. ¡Mira como 
tiene las manos! ¡Alma de Dios! 
— - ¿Tiene frío, precioso? 
El niño guarda silencio. De sus 
ojazos límpidos como su alma Ino- 
cente, como su vida en blanco, se 
desprenden grandes lagrimones que 
ruedan por las mejillas y van a 
resumirse en el delantal todo 
mugriento. 

El muchacho rubio interviene: 

— Se le murió la madre - dice. 
Mi mamá le tiene en casa. . . 

Ma^alena se vuelve brusca- 
mente hacia su amiga: 

- ¡Se le murió la madre! ¿Has 
visto. «Gorda»? ¡Se le muñó la ma- 
dre al pobrecitol 

*La Gorda*, interroga a los chi- 
cos autoritaria y concisa: 

- ¿Y qué anda haciendo con 
ustedes este niño? 

- ~ Y qué va andar haciendo — 
responde el muchachuelo rubio ~ 
pide limosna, aprende a pedir li- 
mosna. . . 

- Tu mamá, ¿qué hace? 
Y. . . Mi mamá está enferma. 

ni <-^ tV padre? 

\ ^ Yo no sé. 

¿No tienes padre? 

Sí... 

¿Y esa chica? 

— Y — es mi hermana. 

- ¿Ustedes no van a la escuela? 

— No. 

— «No, señorita»; se dice... ¿Y por qué 
no van? 

— ¿Pa qué? 

— Cómo «pa qué». Para aprender, para 
instruirse, «para hacerse ciudadanos útiles a 
ustedes mismos y a sus semejantes». . . 

La chicuela interviene a su vez; 

— - En el cuartel — dice — nos dieron pan; 
pan y puchero. . . 

«La Gorda», embozada hasta las cejas, en 
su descomunal «zorro de Alaska», se vuelve 
entonces hacia Magdatena: 

— ¿Has visto cómo anda la educación en 
el país? 

¡Cómo anda todo! Y los bellos ojos de 
Magdalena, sus bellos ojos de ágata con chi- 
ribitas de venturina. se posan amorosamen- 
te en el niño lloroso y enlutado, en aquel po- 
bre niño sin madre, que tiene estremecimien- 
tos de pájaro aterido. 

- «¡Ahí tienen hijos — piensa Magdalena 
— los que no debieran tjenerles y no les tie- 
nen los que podrían criarles como Dios man- 
da!» Por todas partes la despreocupación y 
el egoísmo! ¡Se ha legislado para reglarrien- 
tar todas las fabricaciones posibles, menos 
esta sacra y solemne «fabricación» de los se- 
res humanos! Las sociedades actuales no tie- 
nen ni fuerzas ni arte para sustituir a todas 
las madres que se mueren, ni tan siquiera 
para recoger de la calle a sus pobres peque- 
ñuelos! ...» 

Y Magdalena acaricia aí chiquillo mater- 
nal y amorosamente, inclinando sobre él su 
rubia cabeza tocada de felpa: «¡Qué lindo es 
--murmura. ^ — y cuánto más lindo podría 
ser aún, bien cuidado! ¿Has visto "Gorda»? 

«La Gorda» sonríe. 

— Estás chocha con el muchacho ese, Mag- 
dalena; nunca te he visto así. . . 

Magdalena experimenta un leve estreme- 
cimiento y se apresura a depositar al niño en 
el suelo. Tiene los párpados bajos y las meji- 
llas arreboladas como si la hubiesen sorpren- 
dido haciendo alguna picardía. . . 

Después, hurga febrilmente en su cartera 
y extrayendo un billete lo pone en la ateri- 
da y sucia manecita del pequeñuelo: 

— Tome, precioso, tomey cómprese todos 
los caramelos que quiera... 

... Te has quedado melancólica — dice 
«La Gorda». 

— ¿Yo?, no. ¡Ah, sí!; ¿qué quieres?, me dan 
mucha lástima estos chicos. . . 

... Y debe ser verdad lo que dice Mag- 
dalena; porque sus bellos ojos de ágata con 
chiribitas de venturina, están empañados y 
siguen con visible interés la marcha lenta de 
la pequeña caravana, que se aleja con el sol 
de cara, y, en la cual, la rubia cabecita del 
niño sin madre, se destaca sobre el triste 
delantal de luto, como rodeada por un nim- 
bo de oro. . . 



DIBUJOS DE PELÁF.Z. 



Benito Lynch. 



—t=>is\y^^ 




La cámara oscura sufre, a veces, rabiosos ataques 
de misantropía. Allá en el fondo de su lóbrego cere- 
bro odia al hombre y, en cuanto puede, lo expulsa 
del paisaje, lo arroja de la iglesia, lo despide, lo 
desahucia. La cámara oscura lleva y no lleva razón, 
como ocurre en todas las cuestiones. 

Indudablemente, la figura humana es un elemento 
perturbador de esa armonía que debe reinar en co- 
mités, jardines, palacios, congresos y otros lugares 
dignos. Y si la figura humana se multiplica hasta la 
muchedumbre y de ésta se sustrae el elemento feme- 



nino, cualquier variedad armónica se convierte en 
ridicula monotonía. 

Sólo la mujer sería digna de vestir el uniforme, 
porque sólo ella sabe variarlo de forma sin perder la 
unidad, a costa de los bolsillos que paguen. Cada 
mujer es como un rey que para halagar a cien reyes 
se colocara un uniforme hecho de cien uniformes. 
Per troppo variar la mujer es mucho más bella. 

El hombre no; le gusta someterse incondicional- 
mente a la disciplina de la moda, de una moda cada 
vez más fea y menos digna de añadir una nota a las 
risueñas notas de color. Todas las mujeres, salvo 
antiquísimas u horribles excepciones femeniles, hacen 
bien, forman concierto entre las rosas rosas, amari- 
llas, purpúreas, blancas y moradas del Rosedal. Pero 



as figuras varoniles bien o mal vestidas se sale 
marco. 

Para pasear por el Rosedal sería necesario ve 
de casacón y chupa Luis XVI, traje más acord 
los colores de la naturaleza. Es claro, que a un fil 
de esa época le parecería indigno tal traje y qu 
giría otro vestuario pretérito: el de Luis XV. 
pensador a lo Luis XV añoraría un número m 
y así sucesivamente hasta llegar de pensador en 
sador y de filósofo en filósofo a las indumen 
de los trovadores, a las clámides, togas, pie 
ramajes de otros siglos. 

En resumen: por muy enamorado y bien v(' 
que se halle un hombre del siglo veinte, dése 
sobre el policromo fondo del Rosedal. Esta vi 



Jll^y^ — 



■ji más evidente e inútil que los sacos entallados, 
eso, la cámara oscura que dio a luz estas 
fotográficas del Rosedal expulsó de ellas a la 
dumbre. permitiendo tan sólo la presencia de 
ujer y de un hombre, como en el Paraíso Te- 
pareja distanciada, lejana, de espaldas, 
tienes, lector, el Rosedal libre de la grey em- 
ulada de todos los domingos y días festivos. 
no man- garden, el jardín de ningún hombre, 
is más desierto que un doliente del espíritu y 
ado haya soñado en sus ataques misantrópicos. 



jardín especialista: esto es el Rosedal de Pa- 

Hasta el momento en que se estableciera junto 
que, no había en la Argentina especialidad 
era alguna. Las flores de la misma fami- 
amente se reunían en la mata, en el árbol 
1 ramo. 

especialización obedece a un anhelo 
jor medicina. Por eso hay bosques 
¡aliptus, consultorios otorrinolarin- 
cos y otros lugares donde la bu- 
lad busca cura o alivio, 
qué plan terapéutico obedece 
ecialidad conocida con el nom- 
! Rosedal? 

bosquecillos de pinos obran 

los pulmones, los de euca- 

alejan las fiebres. No es de 

que las rosas amontonadas en 

din saneen el aire hasta el 

de matar el paludismo y 

estados febricientes. 

el contrario, la cercanía de 
sas infinitas es propicia para 

os ese paludismo conocido con 

vulgar nombre de amor. 
e el cantar: 

Porque esos males 
si no los cura el cura 
son incurables. 



El Rosedal no se distingue, precisamente, por la 
afluencia de sacerdotes. ¿Qué especie de curación, 
pues, proporciona a la humanidad? ¿El encendido 
amor de las rosas es un similia similibus curántur? 

Quizás la Providencia inspiró a un Intendente la 
iniciativa de establecer el sanatorio rosáceo donde se 
perfume, se idilice, depure, etc., el amor. 

Si en eso consiste la especialidad curativa de un 
jardín tan hermoso y poético, el amor quiera que el 
influjo sea rápido, hondo y eminentemente contagioso. 

FOTOGRAFÍAS DEL SEÑOR RaÚL P. OSORIO. 

BENITO J. CARRASCO. 




—r=>Ls^^yrs "v^Lnrra.-=>w— 



Una quietud sobrenatural, religiosa, 
de eternidad, de njuerte. flotaba en 
el aire bochornoso. El corazón de !a 
tropa pemanecia angustiado. Hacia 
un dia que ni siquiera un pájaro veían 
posarse en los árboles. Raleaba la ve- 
getación, y la sed se unía al hambre. 

A la espalda los grandes montes, la 
maraña de la selva pocas veces holla 
da por el pie del soldado; las picadas 
abiertas con tanto sacrificio como pe- 
ligro: los pozos de ajua aiiarga que 
habían hecho enflaquecer a las muías. 
morir a los perros y descomponer a los 
hombres. Y no había otra agua que 
beber. Cada nuevo pozo que se abría 
era un purgante nuevo. Aquella loca 
expedición iba a la muerte. Treinta 
los hombres que la componían, exce 
sivo número nunca aconsejado por la 
práctica. Treinta hombres que alimen- 
tar; treinta bocas sedienta» para be- 
ber, cuatdo diez, quince hombres de 
tropa bastan y sobran para repeler 
una a^^resión o castigar una horda de 
indiosmal arma josy peor disciplinados. 

El comandante, fuerte e imponente 
voluntad, sabía todo eso: pero no 
creyó nunca que la expedición durase 
tanto. Calculó tres días de marcha, al 
cabo de los cuales habría batido a 
los indios mandados por los correntines 
desertores: los habría hecho huir hacia 
el corazón del Chaco, y habría regre- 
sado con la hacienda robada a los ve- 
cinos del fortín, y con seis meses de 
tranquilidad por delante. Y, después 
de todo, con una lección bien dada a 
los bandoleros qué se sirven del indio 
para cometer sus fechorías. 

Desde que salieron del fortín, a 
veinte leguas del Tostado, hacia ya 
cinco días, no había el comandante 
abandonado el puesto de vanguardia. Dos veces 
cambió de muía, y no se atrevía a mirar al mataco 
que marchaba a su lado sirviéndole de guía, por 
temor a confirmar lo que sospechaba, y la tropa 
dejara entender con frases sueltas. 

Aquella tierra tétrica, aquel campo espectral 
del que hasta los pájaros huían, no podía ser gua- 
rida de indios ni de maíevos. Nunca el indio se 
aparta de las corrientes de agua, de las lagunas o 
de las aguadas. Y allí no había ni arroyos, ni la- 
gunas, ni aguadas. 

¡Oh! ¡Si hubiesen sorprendido al guia en las no- 
ches, mientras la tropa dormía, acechar desde el 
hoyo en que descansaba! Sus ojos fulguraban de 
perversa alegría por entre las negras crenchas que 
le tapaban la frente. 

Por tres veces, el más castigado de la tropa, el 
soldado Medina, se había acercado al jefe con un 
caraguatá, cortado a costa de su vida, porque al 
pie de la milagrosa copa de agua clara, puesta por 
la naturaleza como un regalo para el caminante 
en mitad del Chaco, está acechando la muerte en 
los colmillos de la víbora. Y el comandante había 
bebido ávidamente. 

¡Bravo, sufrido, hecho a todo, el soldado criollo, 
aquel bravo soldado patrio corrido de los cuerpos 
de linea por la conscripción y refugiado en los 
batallones provinciales como última etapa de la 
vida de la antigua milicia nacional! 

El comandante era también de aquellos hom- 
bres, y por eso merecía la confianza y el respeto 
del «enganchado». Como él. su escuela fueron los 
cuerpos patrios: había participado de la guerra 
del Paraguay y formado en Santa Fe su batallón 
de veteranos a la antigua. Y como al soldado viejo 
lo echaron del ejército los conscriptos, las nuevas 
orientaciones políticas lo echaban a él de las ca- 
pitales ha^ia el Chaco, a justificar la existencia de 
su tropa alzada frente al ejército de línea. 

Medina, la última vez que ofreció a su jefe la 
milagrosa copa de caraguatá, tímidamente se atre- 
vió a decirle: 

- Comandante, este es el campo del infierno. 
Un día más y estaremos en el campo de la muerte, 
de donde nadie ha regresado. 

El comandante lo miró fijamente, y Medina sos- 
tuvo la mirada y agregó: 

— Yo anduve hace ocho aiíos cerca de acá, 
huyendo de mi provincia, de Santiago, y me salvó 
un milagro. 

— ¡Mataco! -' llamó el comandante, detenien- 
do su muía y deteniendo al indio. — ¿Sabes bien 
por dónde nos llevas? 

— Llevando bien, mi coronel. 

— ¿Dónde está el indio? 

- — Siempre andando. Y bajó la vista. 

Siguieron. 

A las dos leguas se sentó la muía del teniente. 




La naturaleza era verdaderamente de muerte. 
Un quebrachal se alzaba como una bandera sos- 
tenida por una mano oculta en aquel mar de 
quietud. 

De la tropa se levantó un rumor de rabia. De 
todas partes no debía de acechar la muerte. Un 
camino hacia la vida debía de haber. El quebra- 
chal. como centinela, indicaba la salvación y el 
peligro; pero, ¿quién podría comprender su mudo 
lenguaje? 

Subió un soldado al más alto palo del pequeño 
monte, como un gato. Y quedó en observación, 
constituyendo el árbol en «mangrullo». 

A sus pies se tendió la soldadesca. El hambre, 
que en los primeros días les daba sueño, ahora les 
desvelaba, y un cansancio y una laxitud rabiosa 
les echaba en tierra. 

El comandante quiso recorrer a pie el terreno 
elegido para el campamento, pero se sintió sin 
fuerzas, y se tendió a la sombra de un espinillo. 
No se oía volar ni un insecto. Su frente hervía: 
su amor propio habíale hecho despreciar el ali- 
mento para que sus soldados sufrieran menos 
hambre. Se abismó en reflexiones acaloradas. Vio 
su fortín asaltado por los malevos; vio luego ar- 
marse los pocos soldados de la guardia y perse- 
guirlos. Ahora eran los indios los que huían; un 
santón conjuraba por el castigo de los blancos 
que los echaban al monte espeso, o a los campos 
áridos, sin agua y sin plantas, donde los animales 
mueren de miedo. Y era un mundo de espectros, 
el inmenso ejército indio echado de las fértiles lla- 
nuras del país, corriendo a través de las pampas, 
sedientos, hambrientos, delirantes, rabiosos. Los 
antiguos reyes del continente, vagaban perdidos 
en la inmensidad de los campos de la muerte. 

¡Los campos de la muerte! Había oído hablar 
de ellos. . . Campos de infierno, campos de muer- 
te. . . Y eran los soldados, ellos, la vanguardia de 
la civilización, los que condenaban a los indios a 
habitarlos. 

En aquellas soledades hostiles, en que todo fal- 
ta, no era extraño que el indio comiese carne de 
perro. Encontraba justificado hasta la antropo- 
fagia. Entre los indios iba su tropa, rotosa, fiera, 
horrible. Iba él también, y, a su lado, riéndose de 
ellos por haberse vengado, su guía, el mataco im- 
perturbable, sumiso y esquivo. 

Abrió los ojos, sobresaltado, y vio parado a su 
vera, al guía que le miraba sonriendo. 

Se incorporó avergonzado y rabioso. 

Le anunciaron entonces que el teniente estaba 
enfermo, seguramente de hambre. Vio cerca del 
grupo la muía cansada, hecha un esqueleto, y 
ordenó la matasen. 

El cuchillo de Medina se hundió en la garganta 
de la bestia, y, una hora después, chisporroteaba 
la leña con la grasa derretida. 



Como fieras comieron todos. Un 
viejo milico se apartó llevando bajo 
la chaquetilla un bulto extraño: la 
vejiga de la muía para saciar su sed. 

La disciplina, vencida por la mise- 
ria, no servía para nada. Un soldado 
se negó a subir al «mangrullo». El in- 
dio sonreía, con sus ojos como dos 
carbones encendidos. 

Llegó el anochecer y se tendieron a 
dormir sin montar guardia. Intima- 
mente ansiaban la presencia de la in- 
diada para que concluyera con sus 
sufrimientos. 

Amanecieron otros. La luz del nue- 
vo día les devolvía la vida. 

El jefe se incorporó anhelante. Ha- 
bía que continuar la marcha o morir. 

El soldado que calmó su sed con 
la vejiga de la muía, se sentía enfer- 
mo. El indio miraba a todos con recelo. 

Lleno de una energía delirante or- 
■ > nó el jefe que un soldado subiera 
al «mangrullo», y. cuando estuvo en lo 
alto, oteó el horizonte como quien 
busca la costa en que ha de hacer pie, 
inútilmente. 

Medina, tendido, con el oído en tie- 
rra, escuchaba silencioso. 

- - Coronel, — gritó de pronto, — 
viene gente. 

Y el hombre del «mangrullo» gritó: 

— ¡Indios! 
Rápido abrazaron las armas. El guía 

miró hacia el monte. No podían ser 
indios los que se acercaban. ¡Y no lo 
eran! 

El indio no anda en tropilla por la 
selva. 

Hubo un momento en que las pisa- 
das de las caballerías no se oyeron 
más. Se alejaban sin duda. La tropa, 
con las armas montadas, desfalleció. El coman- 
dante, rabioso, disparó su carabina. El eco retum- 
bó por los montes con estruendos acrecentados 
por la soledad. Un segundo después se oyó un 
silbido distante. Otra carabina disparada al aire. 
Y. más tarde, gritos, voces de mando. Después 
se vieron los chambergos de la tropa de línea. 

Era una expedición que había salido de Formo- 
sa, al mando del más bravo de los coroneles, en 
persecución de otros indios salteadores. Habían 
cortado el Chaco, y bordeando el campo de la 
muerte, perseguían un rastro. 

Viejo en las lides de las campañas chaqueñas, el 
coronel de línea, adivinó la traición de que era 
victima la expedición de soldados santafesinos 
del Tostado, y venía en su ayuda, con muías car- 
gadas con provisiones y con agua. 

Por todo saludo, el viejo coronel dijo al jefe 
de la milicia: 

- Comandante de los Ríos, fusile a su guía. 

Y cuatro soldados avanzaron para cumplir la 
orden. 

Inmutable, se adelantó el indio, prisionero. 

El comandante lo vio tal cual le entreviera en 
su ensueño, marchando a su lado, saboreando su 
venganza. La muerte cercana no le infundía pavor. 
Era su raza que por él protestaba de la injusticia 
de los blancos. Era el alma aborigen que acusaba 
a los hombres por su persecución eterna hacia el 
desierto; por la ilevantable condena a muerte que 
los echaba hacia los campos del infierno, en que 
falta el agua, y de donde hasta las fieras huyen. 

Humano, noble, el comandante miliciano vio 
la atrocidad de la condena, y mandó a las filas 
a los tiradores. 

Huya de acá,— díjole al indio. — Y el mataco, 
impasible, como si el regalo de la vida no fuera 
para él nada, se internó en el monte, mirando 
de soslayo los restos de la muía, que habrían de 
sostenerle en su larga travesía... 

Cuando, después de dos días de marcha cor- 
tando selva, se separaron las expediciones, pre- 
guntó el jefe de línea al miliciano: 

- Comandante, ¿por qué no mató a su guía? 

Y el comandante respondió: 

- ¿Para qué? A los campos de la muerte con- 
denamos nosotros a su raza, por la codicia de sus 
tierras. A ellas nos llevó para que supiéramos lo 
que en el desierto se sufre. ¡Pobres indios! Su ven- 
ganza es más humana que nuestra crueldad. 

Los fortines del Tostado no fueron atacados 
más por el indio, pero meses después, retiraban 
al jefe miliciano de aquella zona. 

¡Era demasiado débil para conquistar el de- 
sierto! 



i 



DIBUJO DE RETRONÉ. 



F. Defilippis Novoa. 



AVXCIEL. 



VELLOCINO 
'DO 




Eran amigos inseparables. los tres, y los 
Tves. literatos. Es cierto que la «Critica». 
desde su actual solio en la crónica bibliográ- 
fica de los diarios, llama genio o «formida- 
ble» a cualquier extrangulador del idioma; 
pero no sería justo negar «inspiración poéti- 
ca'> a Apolo Heredia; raras condiciones de 
psicólogo a Julio Bourget, y brillantez y 
transparencia, ala prosa de Hortensio Larra. 
Pílades y Orestes habian sido aumentados 
con otro ejemplar armónico, porque la amis- 
tad que unía a los tres «artistas del pensa- 
miento y de la forma», como ellos intima- 
mente se llamaban, nunca había tenido que- 
brantos, hasta esa fecha, y eso que. en más 
de una ocasión, alguna cabecita adorable, 
colocada sobre un cuerpo delicioso, había 
aparecido en el mismo centro del triángulo 
fraternal, a manera de tentación diabólica, 
destinada a probar que ni ia misma Geome- 
tría es capaz de resistir la intervención del 
«eterno femenino". No hubo conmoción, sin 
embargo, y los tres puntos permanecieron 
fijos, como atalayas, porque aquellos mucha- 
chos eran soñadores, pero soñadores discre- 
tos y precavidos; idealistas, pero idealistas 
experimentales. 

— Pero, ¿cómo? — dirá cualquier didác- 
tico, de esos que no admiten un segundo, ni 
menos un tercer sentido a los vocablos^ 
eso es una contradicción, un verdadero ab- 
surdo. 

Pues me afirmo en la calificación: «soña- 
dores discretos", e «idealistas experimentales» 
y para hacerme entender, agregaré en forma 
de parábola: 

El ave de blancura inmaculada, que cruza 
el cielo bajo la caricia radiante del astro, 
¿no es un sueño de la aurora, no es un sím- 
bolo del ideal, remontándose a lo infinitoV 
Bien: el ave de inmaculada albura, vuela a 
esa hora, y a cualquier hora, en dirección al 
sitio en que puede hallar algún alimento. 
De donde se deduce, que se puede volar y 
tener apetito, al mismo tiempo. 

Por eso. los tres amigos. — jóvenes culti- 
vadores de la Belleza, con cierta notoriedad 
en los círculos literarios ríoplatenses, y mo- 
tejados de "Soñadores". — - hacía rato que es- 
taban convencidos de que la gloria sólo po- 
see principios nutritivos espirituales y que 
una cosa es la prosaica viscera en donde se 
reúnen los jugos gástricos, en cumplimiento 
de una misión ineludible, y otra, «las ansias'), 
que, según el engañado Becquer. indican que 
se lleva algo divino en la mente. Además. 
como porteños de pura cepa, aspiraban, no 
sólo a la gloria, s'no también a la «buena 
vida», al lujo, a la ostentación, a convertirse, 
de acuerdo con ¡a teoría económica, en cir- 
culadores de iegítimos billetes de banco, per- 
manentemente, sin solución de continuidad. 

Una noche, «n «El Derbyo. — restaurant 
de moda, — estando de sobremesa, la cues- 
tión de -\o porvenir", se planteó seriamente. 
El psicólogo — como era natural — inició la 
conversación, haciendo algunas observacio- 
nes sutiles: 

— La literatura, caros amigos, — dijo — 
no puede constituir un «fin", en estos tiem- 
pos. En otros. — ya pasados, desgraciada- 
mente, - - fué un «medio*; los escritores, pro- 
sistas c poetas, haciendo solamente prosa y 
verso o componiendo discursos, que después 
improvisaban con arte, llegaban a diputa- 
dos, a senadores, a ministros y a presidentes 
de República. Hoy, para llegar a esas posi- 
ciones, huelga el cultivo de las células cere- 
brales. Basta ser caudillo hábil y oportunis- 
ta, porque el oportunismo es una habilidad. 
La explotación, pues, de nuestras sobresa- 
lientes cualidades, es, y será infecunda, por- 
que, a fuerza de años de labor, conquistare- 
mos, tal vez, un nombre, pero no una posi- 
ción desahogada para hacer frente a la vida, 
para lograr el éxito material absoluto. Por lo' 
tanto, amigos, debemos tomar otra ruta, 
aunque claudiquemos. Hay que conquistar 
el vellocino de oro. Yo. por mi parte, desde 
csíe momento, m.e transformo en argonauta. 

— Yo, — dijo el poeta, algo conmovido, 
— declare, que el ideal puro no' me satisfa- 
ce; que mi musa inspiradora se está volvien- 
do un tanto positivista. Me hallo dispuesto 
a trazar un paréntesis, entre cuyos dos arcos 
depositaré mi lira resonante. Volveré por 
ella cuando pueda hacerla un estuche cu- 
bierto de preciosa pedrería. No dejaré, sin 
embargo, de protestar contra la realidad 
inexorable, aunque me someta al destino. 
Si hoy las monedas suenan mejor que un 




cuerda órfica acepto el son de los discos 
áureos. No quiero ser una nota discordante 
en el concierto del siglo. 

— Y yo, — exclamó el prosista. — aban- 
dono mi arte eximio, que no da más rendi- 
mientos que la psicología y la versicultura. 
En estas épocas, todos son escritores y hasta 
hay quien, a la inversa del personaje de 
Moliere, hace mala prosa sin saberlo, porque 
como bien dice Julio Sandeau, se ha hecho 
uno de los oficios más fáciles, de una de las 
artes más difíciles. 

— Apoyado. — dijo el psicólogo — pero, 
¿cuál es el programa de ustedes? 

■ — Creo, — ■ expuso el poeta, — que lo 
mejor es que nos dediquemos a la ganadería. 

— Pero es el caso que somos unos igno- 
rantes en eso de la selección de las razas. 

— No importa, todo se aprende y más 
pronto los que. como nosotros, tienen ilus- 
tración y talento. . . 

— Bien, ■ — exclamaron los amigos, casi a 
un tiempo: — ¡Al campo, al campo! . . . 

— Pero antes ,— repuso Bourget. — tene- 
mos que hacer un juramento. Dentro de 
cinco años, ricos o pobres, debemos contraer 
el compromiso de encontrarnos los tres en 
este mismo lugar. Si alguno fracasara en su 
empresa, los que triunfemos quedaremos 
obligados a repartir nuestra fortuna con el 
amigo en desgracia. 

— Aprobado, — gritaron los otros dos. 
— - Juremos, entonces. 

— Juremos. 

Y tendieron los brazos, en actitud solem- 
ne, como en la memorable «bendición de 
los puñales" de «Hugonotes". 

El plazo iba a finalizar y ninguno de los 
amigos había dado «señales de vida» durante 
los cinco años de ausencia. Cada uno salió 
«por su lado", a «correr mundo», como en los 
cuentos infantiles, aunque todos, con el pen- 
samiento fijo de dedicarse a los trabajos ru- 
rales. ¡Oh, noble destino del arte! 

¿Qué había sido del psicólogo, del gran 
analizador de temperamentos? ¿Había, por 
fin. resuelto su problema personal, con el 
mismo acierto y prontitud que empleó, siem- 
pre, en la exploración del intrincado labe- 
rinto de las almas abstrusas y complejas? 

¿Qué. del poeta sentimental, cuyo con- 
cepto de la vida moderna, le impelió a adap- 
tar su fantasía al medio ambiente, en un 
acondicionamiento de cosa dúctil, como si 



se tratase de una pasta, aunque divina? 
¿Había reali-zado sus honestas y heroicas in- 
tenciones? Los consonantes, como bajo la 
acción de una alquimia prodigiosa, ¿habían 
adquirido sonoridades metálicas? 

¿Qué, del prosista elegante y pulido, cons- 
tructor de brillantes oraciones de original ar- 
quitectura, colaborador asiduo en todas las 
"Revistas* bonaerenses, que soñara vender 
sus lucubraciones, a los más altos precios, 
como si fueran títulos bursátiles? 

Eran las 8 de noche, cuando los «mozos» 
de «El Derby» vieron entrar al psicólogo. 
Rodearon al antiguo cliente de la casa, salu- 
dándole y haciéndole reverencias, por más 
que él nunca fuera pródigo en el reparto de 
las propinas. 

— Señor Bourget, — le decían — ¡qué bien 
está! ¡Si parece más joven! ¡Y cómo ha en- 
gordado!. . . 

Efectivamente: a pesar de su aire de hom- 
bre de campo, el viajero tenía cierta elegan 
cía, y su rostro lleno y algo mofletudo, de- 
mostraba una nueva y fuerte vitalidad. La 
línea abdominal se pronunciaba francamente 
bajo el chaleco, y su aspecto de satisfac- 
ción y contento, fluía de toda su persona, 
como una radiación de la psiquis. Era indu- 
dable que el primer argonauta llegado, había 
conquistado su vellocino, venciendo los pe- 
ligros de Scila y Caribdis y hasta, acaso, el 
de las Sirenas. 

No había concluido Bourget de responder 
a las salutaciones de los «mozos», cuando dos 
nuevos personajes, tomados del brazo, apa- 
recieron en el salón. Eran el poeta y el pro- 
sista. Un abrazo estrecho unió a los tres ami- 
gos. Emocionados se contemplaban, como si 
la ausencia, no hubiese aflojado sus vínculos 
de afecto verdaderamente fraternal. Pero 
¡caso coincidente! Heredia y Larra, también 
había aumentado en tejido adiposo, no pa 
reciendo, sino, que los tres hubieran encon 
trado grandes depósitos de substancias nu 
tritivas, en armonía con sus poderosas cuall 
dades de asimilación. Parecían más jóvenes 
descubriendo en sus sonrisas y en sus des 
plantes, ese equilibrio de las gentes que han 
encadenado el porvenir, sometiéndolo al 
capricho de su voluntad. 

Se interrogaron mutuamente, con ansie- 
dad, mientras los «mozos» les servían su- 
culentas viandas y vinos generosos: 



— ¿Triunfaste? 

— Triunfé. 

— íY tú? 

— Yo. también. 

Exclamando los tres, casi al mismo tiempo: 

— Todos hemos tenido suerte. ¡Oh, la 
ganadería! 

Y Larra, agregó sentenciosamente: 

— ¡Oh la selección de las razas! 

Y Heredia, no menos convencido: 

— ¡La industria madre es un Pactólo vi- 
viente. 

— B^en — continuó Bourget. — Ahora 
que somos ricos, debemos de consolidar — 
aún más. si es posible — nuestros lazos amis- 
tosos. Esta noche les presentaré a mi esposa, 
una dulce criatura, con quien me uní a los 
dos meses cabales de irme al campo. 

— Y yo a la mía — dijo el poeta. — Yo me 
casé a los tres meses. 

Y Larra agregó, sonriendo: 

— Yo, también, tengo que presentarles a 
mi querida compañera. A' mes de despedir- 
me de ustedes, fué bendecida nuestra socie- 
dad conyugal. 

— ¡Delicioso! — siguió Bourget.— Hemos 
logrado el mismo éxito en nuestros propósi- 
tos, como si nuestros destinos fueran idén- 
ticos . . . 

Y agregó con cierta vanidad: 

- — Mi mujer es una joven estanciera muy 
acaudalada. . . 

— La mía — respondió el poeta — una 
viuda, dueña de treinta mil hectáreas de 
campo, sin desperdicios y diez mil cabezas de 
ganado de alta mestización. 

— Y la mía — dijo el prosista con afectada 
sencillez ^ — posee veinte mil hectáreas, no 
pudiéndose contar las innúmeras haciendas, 
que pastan en los esmeraldinos valles. . . 

AI servirse el «champagne», el entusiasmo 
aumentó hasta lo indecible y los «mozos», 
celebraban, igualmente encantados, aquella 
victoria de la inteligencia aplicada a las in- 
dustrias nativas, seguros de alguna copar- 
ticipación, aunque mínima, en la fortuna 
galopante de los clientes felices. 

Y la reunión de los tres argonautas, ter- 
minó con un brindis sintético, pero elo- 
cuente. . . 

— Brindemos, señores — dijo Bourget — ■ 
por nuestras amantísimas esposas y por el 
estado pastoril de las naciones. . . 




ESCUELA HOLANDESA DEL SIGLO XVU 



BODEGÓN 



OLEO DE AUTOR DESCONOCÍ DO, l'ROPIEDA D 
DEL SEÑOR ALEJO GONZÁLEZ GARAÑO. 




— T=>LS\^^ 



!>X— 




Sin excepción, 'todas las mujeres saben sonreír. 
Muchas lo hacen muy bien. Otras lo hacen mal 
y sin gracia; pero lo hacen. Y esto pasa así, 
porque esta virtud del término medio — tal la 
sonrisa. — de la esperanza a medias, de la con- 
cesión a medias, del perdón a medias, es eminen- 
temente femenina. 

Los hombres, en cambio, ríen con toda la boca 
si hallan motivos para estar alegres, y dicen 
terribles groserías cuando están enojados. Tal es 
su pasta. 

Y esto proviene de que siendo gente de ataque 
y no de defensa, se dejan ir a fondo. Prometen 
demasiado, y conceden también demasiado. Lo 
que hace que ambos sexos anden tropezando desde 
e! caso Eva-Paraíso, y hasta su triste vejez. Por- 
que entonces uno llora todo lo que rió al princi- 
pio, y el otro ríe con el cigarro en la boca cuanto 
en el comienzo le fué preciso lloriquear. 

El hombre — el varón, digamos — no sabe son- 
reír. La sonrisa es en él una cuestión intelectual, 
un signo externo de su cultura. Cuantos más fre- 
cuentes han sido sus escapatorias a través de los 
juicios y de los prejuicios, mayor finura adquiere 
su sonrisa. 

Sonrisa fina: He aquí una cualidad de sonrisa 
exclusivamente masculina. La sonrisa de la mujer 
puede ser amable, graciosa, seductora, insinuante, 
cualquier cosa. Cualquiera que sea su carácter, 
ella es siempre una virtud del sexo mismo, que 
no tiene sino una finalidad y una manifestación: 
tornar más seductor el rostro que la ha bosque- 
jado. 



1 

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JlOTáClO 




uiio^a 



DIBUJO DE ÁI.VAREZ. 



En el hombre, no. En él la sonrisa es una cosa de 
adentro, cuya finura creciente, hasta diluirse en una 
imperceptible luz de la pupila, va marcando la pro- 
fundidad mental del sujeto. 

¿Ha supuesto nadie una fina sonrisa en un que- 
randi o en un campesino de la Galitzia? 

Tampoco en la mujer, porque dichosamente para 
ella — y para nosotros — la hermosa criatura de 17 
años que sonríe, no ha menester de otra cosa para 
valer en este bajo mundo, ella, lo que la Suprema 
Intelectualidad de cualquier cantidad de hombres. 

Y si el hombre no sabe sonreír, es sencillamente 
porque su naturaleza no está hecha para ello. Cuando 
lo aprende, es porque su cerebro ha sonreído ya de 
una porción de cosas. De aquí que sonrisa e ironía 
sean flor y fruto del mismo árbol, y por idéntico 
motivo la sonrisa de un hombre de cabeza nevada 
que todo lo perdona porque todo lo comprende, 
tiene una finura que merece gran cariño y respeto. 

Dios nos libre, sin embargo, de ser nosotros el mo- 
tivo de su sonrisa. 

Pero hay a todo lo apuntado una excepción, una 
sola, en la cual todo hombre — aun el campesino de 
la Gaützia — sabe sonreír. Este fenómeno se verifica 
cuando el hombre y la mujer, ambos jóvenes, están 
uno al lado del otro mirándose a una distancia que 
en el 99 de los casos no debe exceder de 20 centí- 
metros: y el mundo exterior se ha retirado a dis- 
tancias planetarias, y no queda del vasto mundo 
pululante sino dos seres que desde hace un minuto 
se están mirando mudos y sonriendo. 

Pero esta clase de sonrisas nada tienen que ver con 
nuestro asunto. 



l"k^.-X- 



Aqu«I hombrecito debia te- 
ner como ochenta años, pero 
a pesar de la barba hirsuta 
color de hojarasca otoñal, que 
le envolvía como una hiedra. 
mirándole en los ojos, azules 
y vivos como charquitos al 
sol. parecía tener diex. Le sor- 
prendí cierta mañana dorada. 
recogiendo miel en el hueco de 
un olmo secular. Primero in- 
tentó evitarme, pero luego 
tranquilizado sin duda, con la 
espontaneidad de una ardilla, 
estuvo de un salto a mi lado. 
Nos hicimos amigos. El acos- 
tumbraba regalarme con deli- 
cados panales de miel, que 
guardaban intacto el sabor 
virgen de las flores silvestres. 
Yo le hablaba de rústicas le- 
yendas latinas y del dios Pan, 
que nos legó la flauta. El hom- 
brecito era reservado pero afa- 
ble. Además, un espíritu sin- 
gularmente emotivo, sobre 
todo cuando escuchaba mis 
vagas narraciones mitológicas. 
por las que tenia manifiesta 
predilección. Estremecíase, 
entonces de pies a cabeza, 
como un arbusto cargado de 
rocío bajo un rayo de sol. Sus 
ojitos azules chispeaban ale- 
gremente, o se nublaban me- 
lancólicos, siguiendo las vici- 
situdes del relato. Era sensible 
y húmedo como una fuente. 

Una tarde, contagiados tal 
vez por la excelencia del cre- 
púsculo que se deshojaba co- 
mo margarita de seda Dor el 
amor de las estrellas, olvida- 
mos la hora y las primeras som- 
bras nos envolvieron, acrecen- 
tando nuestra fiebre de miste- 
rio y de ideal. Habíamos ha- 
blado mucho, junto al olmo 
venerable que parecía regir si- 
lenciosamente la selva, ese ol- 
mo que guardaba en su tronco 
rugoso, como un corazón per- 
fumado, la dulzura de un panal . 

De pronto me sobrecogió la 
fugitiva idea de hallarme en 
presencia de un enigma. ¿Quién 
era mi interlocutor? Al obser- 
varle interrogante, tuve como 
una revelación. 

Sentado en las raices del viejo árbol, sonreía 
con malicia, mientras las últimas gotitas de luz 
se prendían como abejas en su barba desteñida. 
Era un espíritu del bosque, en otro marco no 
hubiera tenido más importancia que la de un ena- 
no reclame; pero ahí junto al tronco paternal, en 
la apoteosis crepuscular, tomaba el relieve de un 
dios silvestre; sí. era sin duda un genio de la selva, 
uno de esos buenos geniecülos joviales que asus- 
tan las muchachas en el claro de luna. 

— ¿Quién eres, padrecito? — le pregunté, mien- 
tras una inefable curiosidad ancestral se asomaba 
a mis ojos intensamente abiertos. 

— Ya lo has adivinado, — me contestó son- 
riendo; — soy para los hombres una apariencia, 
tan sólo una apariencia, como todas las cosas vi- 
vientes que les rodean -- árboles, fuentes y ani- 
males; — pero tú eres distinto, por eso te conozco 
V te quiero. Contra tu voluntad te has alejado de 
la naturaleza, por obra de lo que ustedes llaman 
civilización. No obstante algo indefinible para ti, 
que no es otra cosa más que una rítmica concor- 
dancia de tu ser franco y sincero con el esplendor 
del mundo, quiere acercarte a ella, por eso eres 
mi amigo. Verdad es que no soy, y tú lo has pre- 
sentido, el viejecito de luengas barbas que tú 
acostumbras a ver todos los días. Viejo soy. en 
efecto, pero fundamentalmente joven. Mi tiempo 
tiene una medida distinta del vuestro, aunque es 
el mismo sin embargo; todos los tiempos son igua- 
les. Me llamo Khobol, el último gnomo, y mi his- 
toria, por raro que te parezca, es una historia de 
amor, ni más ni menos. De ese amor que por ser 
de divina esencia es el arma única con que los 
hombres pueden vencer a los dioses. Era hace 
mucho tiempo, cuando en la selva virgen no se 
había oído aún el primer golpe del hacha sacri- 
lega y todos los reinos eran uno en el jardín del 
universo. Los gnomos benevolentes y sabios re- 
gíamos por entonces la tierra materna, tan gene- 
rosa y hospitalaria, que no había lugar desnudo 
ni desierto, todo era abundancia, confianza y re- 
gocijo. Los árboles hablaban, como en aquel suave 




cuento infantil, que habrás oído sin'duda siendo 
niño, y la armonía más perfecta reinaba entre las 
especies. Nada era oculto ni misterioso, porque 
no existia el remordimiento, origen de todo miedo. 
Nada era impuro, vil o perverso, porque en la 
claridad meridiana de aquellos días felices no había 
lugar suficientemente sombrío donde guarecer a 
la perversidad o a la impureza. Las fábulas anti- 
guas que tú sueles referirme, perpetúan vagamen- 
te el recuerdo de aquella edad bucólica en la me- 
moria de los hombres. La civilización ha des- 
virtuado entretanto la saludable leyenda, y los 
gnomos como las hadas han abandonado la tierra 
para vivir tan sólo en los candorosos cuentos in- 
fantiles. Pero volvamos a mi historia. Debes saber 
que cuando el hombre por mandato de Dios apa- 
reció desnudo sobre el jardín del mundo, todos los 
seres le fueron cariñosos. Dábale el árbol sin es- 
fuerzo su sazonado fruto, la humilde hierba ser- 
víale de aromática almohada y el pájaro cantaba 
su más tierna canción, en el crepúsculo, para en- 
dulzar su innata melancolía. Sin embargo el hom- 
bre se encontraba solo en el mundo, y era huraño, 
retraído, indiferente al afecto que le rodeaba. 
A veces, un resplandor de odio o de dominio bri- 
llaba en su pupila, y una inquietud incomprensi- 
ble sacudía sus miembros. ¡Ah! yo los he visto 
aquellos primeros hombres, altos y ágiles, de ojos 
profundos como la noche, en la que tiritaban sus 
pobres almas intranquilas. Fui uno de sus prime- 
ros amigos, y como puedes verlo tú mismo, he sido 
por mi parte fiel a aquella amistad. Pero si bien 
en esos primeros tiempos de la humanidad el hom- 
bre no respondió como debía al cariño universal, 
que hubiera hecho de él el hijo predilecto de la 
naturaleza, por ser el último y el más débil, una 
discreta sabiduría le aconsejaba la concordia y el 
hombre no era odioso en su primitivo aislamiento. 
La guerra sobrevino mucho más tarde y no fué 
el hombre causa sino pretexto, por más que su 
vanidad se atribuya el secreto designio de domi- 
nación, con que las potencias ocultas le mistifi- 
caron. Lo cierto es que un día, muy contra su 



propio provecho, se declaró 
nuestro enemigo implacable. 
Entonces, todos le abandona- 
mos y quedó solo ante el si- 
lencio hostil de la naturaleza. 
Asi comienza el reinado de la 
apariencia y de las formas ve- 
ladas. El ritmo y la armonía 
suprema del universo dejan de 
hacerse perceptibles para él. 
Enmudecen a su paso los ár- 
boles de la selva materna y de 
las humildes yerbas del cam- 
po brotan espinas para sus 
pies fatigados. Era el perjuro, 
el que había roto el divino 
pacto. Pero como las zarzas 
intrincadas y contradictorias 
del ciénago inhabitable, revol- 
viéndose en su propia tortura 
punzante, la humanidad se 
multiplica de manera asom- 
brosa, hasta convertirse en el 
peligro de la secreta armonía 
de la tierra. De nada sirvió en- 
tonces nuestra guerra silencio- 
sa, algún dios desconocido ha- 
bía hecho alianza con el re- 
cién llegado. El mundo poco 
a poco fué cambiando de as- 
pecto; escondiendo sus tesoros, 
disimulando sus bellezas, enal- 
teciendo la sombra que da pá- 
bulo al misterio. Nosotros, los 
gnomos, nos retiramos enton- 
ces a la más recóndita selva, 
una sagrada selva latina, don- 
de todavía las cosas veíanse 
como son, bajo el sol tutelar. 
Era la última selva viviente; 
la selva del pájaro azul. Allí 
nos sorprendió la curiosidad 
del hombre ultrajado en su ais- 
lamiento, y el hacha, el fuego 
y la sangre dijeron su himno 
de violencia. Khalí, nuestro 
padrevenerable, eterno detoda 
eternidad, convocó al pueblo 
de los gnomos y habló de esta 
manera: «Hijos míos, nuestro 
reino ha terminado sobre la 
tierra. Violadas han sido las 
fuentes, mutilados los árboles, 
envilecidas las piedras! ... El 
hombre, ciego, desconoció la 
santa ley. Podríamos aniqui- 
larle, vencerle, esclavizarle; 
pero tal no es la naturaleza 
de nuestro espíritu benigno. 
Nos retiraremos al maravilloso reino subterráneo, 
que nos ha otorgado la misericordia del Señor, 
entre las dos inmutables latitudes del Amor y del 
Sueño. El reino del perpetuo Devenir». Así habló 
Khalí, nuestro padre venerable, y aquella noche 
lejana, por el tronco rugoso de este mismo olmo 
secular en que descanso, el innúmero pueblo de 
los gnomos abandonó para siempre la tierra de 
los hombres. . . 

Las últimas palabras del semi-dios prolongáron- 
se en una tristeza infinita. 

— Pero tú, Khobol, — dije por romper el en- 
canto, — ¿has vuelto entonces? 

— No, yo me quedé: era muy joven, muy hu- 
mano, me aconteció una historia de amor. Siempre 
ha sido el amor el pecado de los dioses. Escucha: 
Entre las hijas de los hombres que estas colinas 
boscosas frecuentaron, había una, como no la ha 
habido nunca jamás. « C'etait une source qui 
marchait. . . », como cuenta un poeta de los tuyos. 
Era el encanto de la selva, y por ella pájaros y 
plantas violaban su secreto con espontánea can- 
didez. Tal es el triunfo eterno de la juventud y 
de la gracia. Yo, Khobol, tuve la debilidad de que 
Apolo adolecía y la amé, como puede hacerlo un 
gnomo, en el ardor de su adolescencia, cuando la 
mañana floreciente del mundo. Por ella violenté 
las leyes de mi padre Khalí y fui desterrado del 
reino del perpetuo Devenir. Aquel poema primi- 
tivo no puede traducirse con tus palabras huma- 
nas, amigo mío. 

La noche salpicaba sus estrellas sobre el lím- 
pido cristal de la fuente vecina, y un resplandor 
de paganía transformaba en un Apolo adolescente 
al último gnomo, enamorado de la hija del hombre. 

— ¿Y dónde está tu amiga, Khobol? — le pre- 
gunté; — quisiera conocerla, quisiera ser su her- 
mano. Debe ser dulce como la miel de tus panales. 

— Pobre hijo mío, -- respondió Khobol; — mi 
amiga ha muerto, como dicen ustedes, va para 
cinco siglos, con los últimos días del Renacimiento 
y se llamaba Madonna Lissa. 

DIBUJO DE SIRIO. 



íyX- 




EN PALERMO 

GOUACHE DE CENTURIÓN. 



^'l_'I^k¿.^>..— 




Una KAora de Santiago lenia d^idida a 
la homanidad en dos categorías: la de los 
propMtañas de las casas que habitaban y la 
de los anendatarios a los cuales aplicaba 
despreciativamenie el calincativo de arren- 
éoius. Me cuento entre los últimos. 

Principalmente soy un arrendón impeni- 
tente y sin expectativas de enmienda en materia de casa 
de veraneo. Se ha hecho una propaganda tan continuada y 
Iwen dingida sobre la necesidad de abandonar su ciudad, 
sos comodidades y su dom. cilio ordinario, durante los meses 
<ie añero y febrero, que toda persona que se respete, se apre- 
sura a hacer maletas y despachar a su familia a un sitio 
cualquiera apartado de poblado, con polvo, mala alimenta- 
ción y asaltos nocturnos. Por una ironía de la suerte apenas 
se ausentan de la ciudad los veraneantes refresca en ella el 
clima y se hace más ardiente e.-i los campos, se abarata la 
trvta en las capitales y escasea sobremanera en los amenos 
sitias donde uno va a buscar el paraíso terrenal de donde 
fueron expulsados nuestros primeros padres, sin que geógrafo 
alguno haya podido marcar el sitio de ese gran huerto en 
que había un solo árbol prohibida o reservado. 

Yo no he podido averiguar el paradero, durante el verano, 
de los propietarios de casas de veraneo. Sólo sé que se 
ausentan con facilidad, poniendo un canon severo de arren- 
damiento al audadano que desea substituirlos por breve 
temporada. Si las casas de la ciudad dejan algo que desear 
en diversos capítulos, se comprenderá fácilmente todo lo 
que falta en estas mansiones de recreo estival. Nadie igno- 
rará ciertas excursiones nocturnas en que el veraneante 
marcha con vela encendida en una mano y la otra a manera 
de pantalla para que el viento no extinga la oscilante llama. 
tropezando con los variados objetos que pavimentan el 
patio o el corral o el huerto, entrando en vergonzosas 
^ntfmporizaciooes con los perros guardianes, cayendo sobre 
el marrano gordo que dormita o estampando el exacto mo- 
delo de la planta sobre diversas materias plásticas y malea- 
bles que se ofrecen impensadamente en su camino. 

Acabo de soportar la pesada viaorucis de un arriendo de 
varano. Bajo el nombre caprichoso de chalets se alzan en 
los alrededores de Santiago y otras ciudades del país muchas 
casas de apariencia engaflosa y coqueta. Aquí una torrecilla, 
allá una ve.eta que hace el encanto de los niños, acá un bal- 
cón saliente, ninguna puerta es de líneas rectas ni asume la 
vulgar forma de un paralelogramo. El arquitecto travieso las 
ha hecho ojivales del lado sur. otomanas del lado poniente, 
circulares por el norte y tan estrechas por el oriente que ha 
sido apenas consultada la moda femenina del día, para 
dejar entrar a la dueña de casa sin ponerse en la posible 
vuelta de la crinolina. Distraídos arquitectos y propietarios 
en estos juegos inocentes de la arquitectura se olvidan com- 
pletamente de diversos problemas que antes interesaban 
a los constructores. Por ejemplo, el sol y la lluvia penetran 
por todas partes; las pequeñas escaleras para subir a 
los pisos superiores han sido hechas para monos o papa- 
gallos; desde el piso bajo las visitas pueden seguir todo 
el cuno de las diligencias que una persona ejecuta en 
tos altos antes de acostarse. Si es una señora puede 
oírse hasta el ruido de cada broche del corset cuando 
lo va desprendiendo uno por uno con aire perezoso. 
No puede disimularse función alguna de cualquier 
carácter que sea. 

Cai con uno de estos encantadores chalets que en 
veinticinco años más. cuando los árboles que los cir- 
cundan hayan crecido, tendrán un relativo agrado: pero 
para entonces el coqueto palacete habrá caído bajo el 
golpe incesante de los elementos, pues sus tenues y 
delicados tabiques, comparados con las murallas de 
la Moneda, son como los pesos de hoy día con los de 
51 peniques, de otras edades. Lo único sólido que 
había en mi negocio era el canon excesivamente alto. 
fijado por el propietario, en atenaón a que su casa 
estaba lujosamente amoblada según aseguraba con 
ingenuidad el agente comisionista que intervenía, con 
la sonrisa en los labios, en este trágico incidente de 
mi vida. Este canon era tan crecido como eran peque- 
lios y casi invisibles los árboles del parque, como se 
llamaba el piso de tierra en el cual comenzaban a ver- 
dear algunas varillitas de siete centímetros de alto, a 
cuyo lado una estaca de dos metros ostentaba una 
etiqueta de madera con un nombre pomposo y hasta 
burlesco, como: por ejemplo Wellingtonia gigantea. 
Yo había llevado una media docena de hamacas y como 
no las hubiera colgada entre las barras de los catres, 
lo que habría parecido redundante, ninguna otra ma- 
nera habría tenido de gozar en ellas el descanso que 
me prometía. 

La casa tenía muebles, era verdad. ¿Conocen ustedes 
áerta clase de mobiliario que, cuando va saliendo de 
la fábrica, parece ya viejo, que antes de usarla pro- 
duce la impresión de haber sido usado siempre, desde 






el principio del mundo, por muchas capas y sucesiones de 
familias, muebles incoloros; pero no inodoros y en todo caso 
insípidos? Esos eran los que me esperaban. Las sillas no 
permitían en sus faldas estrechas otras posaderas que las 
de los menores de quince años; los sillones tenían resortes 
tan duros y porfiados bajo el crin de los tapices que expul- 
saban al visitante apenas se soltara éste de los brazos 
donde había que buscar apoyo. Los cajones no cerraban; no 
por defecto de uso sino porque el carpiniero los había hecho 
expresamente más grandes que los huecos en que estaban a 
medias embutidos. El mueble donde se colocaban los som- 
breros, apenas había recibido dos y sus correspondientes 
bastones, se inclinaba y caía de golpe al suelo. Todo era 
allí inhospitalario. Pero lo cruel, lo que significaba un ensa- 
ñamiento con el huésped y sus alojados, eran los catres, que 
esperaban solamente la hora suprema de meterse en la cama 
para plegarse sobre el cuerpoy aprisionarlo bruscamente. El 
alumbrado de acetileno tenía olor a ajos; las ventanas no 
juntaban y tampoco era posible abrirlas, permanecían como 
los ministerios de administración, entornadas. 

Pero lo que comenzó a exasperarme hasta el delirio, fué 
la inspección a los retratos de familia que el propietario 
había querido dejar a mi contemplación, creyendo que o 
no tenía yo familia alguna y me iba a sorprender déla suya, 
o suponiendo osadamente que a pesar del canon podía yo 
mirar con simpatía a los abuelos, padres, tíos, hermanos y 
cuñadas de mi victimario.^ Al principio tomé con resigna- 
ción el espectáculo de la familia ajena, impuesta a mis 
afectos. Observé el grupo del matrimonio de los dueños de 
la casa y de sus hijos de ambos sexos. El era flaco y na- 
rigón, ella era regordeta y casi sin nariz perceptible. La fila 
de jóvenes habían salido todos delgados y de largas y 
afiladas narices y en ella se intercalaban graciosamente las 
niñas bajas, redondas y sin apéndice nasal. Uno sí y otro 
no en materia de narices; uno sí y otro no en materia de 
carnes. Era delicioso y cómico a la vez. En seguida me fui 
a estudiar de dónde venía la gran nariz del padre y la 
falta de la misma en la madre. Fuíme a los abuelos de am- 
bos y noté que la característica era anterior a ellos, pues 
ios abuelos del caballero ya la ostentaban grandiosa y los 
de la señora, miserable y casi anulada. Todo ésto era ame- 
no, les aseguro a ustedes, pero toda amenidad desaparecía 
cuando se llegaba frente al retrato de medio cuerpo de un 
tío vestido de militar y cargado de medallas de tiro al 
blanco y posiblemente de alguna acción de guerra. Nunca 
he visto un tío más repulsivo. Era un animal, es decir, 




debía ser un animal. Frente baja, de la cual 
salía el pelo un centímetro más arriba de las 
cejas. Nariz aplastada — - porque debía ser tío 
de la señora — en la misma forma que se la 
aplastan pasajeramente los chicos cuando la 
oprimen contra un cristal de la ventana, pá- 
lida y algo vellosa en la vasta plataforma que 
ofrecía horizontal a la mirada del espectador. Desde el primer 
instante sentí por él profundo desprecio. Me lo figuraba 
atrabiliario. Llegué a asegurarle a mis visitantes que lo cono- 
cía de vista y era borracho, aun seguí en la calumnia hasta 
asegurar que había estafado a un canónigo, cuando con 
conservadores hablaba, o a doña Belén de Sárraga cuando 
era radical el interlocutor. Yo quería comunicarle a todos 
mi odio y formar una cruzada de resistencia contra este 
hombre que no sabía si estaba muerto o vivo. No podía ha- 
cer nada en el escritorio sin que su mirada imbécil me per- 
siguiera y sin que su plataforma nasal, pálida y cabelluda, 
se grabara en mis retinas. 

Una tarde llegó a verme un señor con el cual deseaba 
estar en buenas relaciones. Era regularmente antipático; 
pero yo lo cultivaba con esmero. Con tanto esmero como mi 
propietario cultivaba sus enanos del futuro parque, en la 
esperanza de que llegaran a ser gigantes y me sirvieran de 
sombra para alguna siesta al calor del presupuesto fiscal. 
Yo me encuentro dotado de un regular espíritu de contra- 
dicción, única cualidad femenina que me reconozco, y así 
entre radicales paso siempre por clerical y entre conserva- 
dores aparezco como un demagogo. Pero, delante de un 
farsante, todas mis contradicciones se desvanecen y le llevo 
la corriente. En una palabra, cuando un individuo me 
miente grandezas, yo me atribuyo otras tantas y hasta en- 
carezco la puja. Cuando mi visitante hubo traspasado el 
umbral de mi chalet, dio una mirada circular y exclamó con 
tono de buen conocedor: cNo está del todo mal la casita». 
Y luego, poniéndomela rnano en el hombro, me dijo: ('Cuan- 
do tengas un momento libre, te invitaré a ver mi casa.de 
Viña; verás todo lo que puede discurrir la ciencia moderna 
del confort y del buen gusto». Debí, pues, asegurarle en el 
acto, que no sólo era de mi propiedad ese chalet sino los 
dos que asomaban al frente sus torrecillas sobre los eucalip- 
tus y además una casa en Zapallar. Una vez en la mentira, 
me calumnié con un fundo en la frontera y ciertos derechos 
de una boratera. 

Aceptada la propiedad de la casa, debí reconocer que to- 
dos esos malditos retratos eran de personas de mi familia 
y como el amigo era curioso, le conté una historia sobre cada 
cual. Recibí sin enrojecerme, felicitaciones por una tía gor- 
dita y de aspecto soberanamente cursi. Después de lo cual 
pasamos al comedor, y como es de regla en casa de arren- 
datarios, yo le di mal de comer y él se deshizo en elogios a 
la cocinera. 

¿Debo decir que durante toda la comida pensaba con 
terror en el momento del café y de los cigarros que- 
deberíamos pasarlo de la mejor manera posible en mi 
escritorio bajo la estúpida mirada de mi tío? Nada 
me avergonzaba más que estar obligado a declararme 
pariente de ese abominable individuo sobre cuya con- 
ducta desarreglada tenía ya arraigadas aunque injustas 
convicciones. Pero llegó la hora fatal. Fui tan pobre^ 
de recursos que no se me ocurrió fingir una historia 
cualquiera que me librara de un oprobioso parentesco, 
como, por ejemplo, un salvamento a un sobrino que- 
se ahogaba en el balneario del Recreo. Mi amigo entró 
al escritorio y antes de sentarse fué recorriendo una. 
por una las fotografías apoyadas sobre los estantes. 
Se detuvo ante el retrato de medio cuerpo y se quedó 
meditabundo. Yo sentía ira y vergüenza. Me retorcía, 
de despecho ante la idea de aceptar como miembro 
de mi familia a ese individuo cargado de medallas de 
tiro al blanco. Pensaba declararlo tío, pero extraviado. 
Con esta palabra vaga dejaría ancho campo a las 
conjeturas, dando libertad al curioso de suponer que 
el extravío era de nacimiento o de conducta. Pero no 
hubo tiempo para mayores preparativos mentales. 
¿Quién es este señor - - preguntó con visible interés. — 
«Un tío paterno».. . - — había alcanzado a decir; cuando 
mi amigo avanzó rápidamente hacia mí, y abriendo 
los brazos me gritó con efusión: «¡Somos parientes! 
¡También es tío mío! Don Gregorio Campusano, el más: 
insigne ganador de todos los concursos de tiro al blanco, 
es nuestro tío común». . . «sí, común». . . ■ — respondía 
yo a medias palabras. 

Toda esa noche mi amigo pasó mirando al retrato 
y mirándome a mí y asegurando que los tres nos 
parecíamos muchísimo. 

De resultas de esta trágica escena caí con una fiebre 
maligna y tuve que guardar cama algún tiempo. Hasta 
hoy' mi amigo me grita en todas partes: «¡Adiós,, 
pariente!» 

Santiago de Chile. 



— T=>J.Sy^^ 



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ARTE FOTOGRÁFICO 



UN LUGAR PINTORESCO DE CÓRDOBA 

FOTOGRAFÍA DE GONZÁLEZ CARAÑO. 



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ÜE LA COLECCIÓN DE DON JOSÉ M- MÉNDEZ. 



EN LA HOSTERÍA 



OLEO CE M0?Í1LL0. 




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E M E N I N /K ^ 



Ha terminado el año. sin que languide- 
ciera, ni siquiera por algunos días, la bri- 
llante actividad de nuestros círculos mun- 
danos; imposible me sería el concretar, en 
tan breve espacio, el balance completo de 
los acontecimientos sociales anotados en el 
último mes del año. Bailes suntuosísimos. 
bodas principescas, en cuya oportunidad se 
han abierto los salones de aristocráticas re- 
sidencias... Si logro reconcentrar un mo- 
mento mis recuerdos, para tratar de hacerlas 
disfrutar a ustedes conmigo de tan gratas 
impresiones, me parece oír vibrar todavía los 
acordes de armoniosa orquesta... Aturdi- 
da aún, al hallarme en pleno sarao, se me 
ocurre que toda aquella preciosa legión de 
flores vivas, que va, viene, se desliza, ceñido 
e! talle por el fuerte brazo que la impulsa o 
la sostiene, con ansias de dominio, me habrá 
visto cruzar en medio de tan radiante cua- 
dro, como un extraño ejemplar de murcié- 
lago mundano, lleno de curiosidad. . . 

Retirada casi por completo de los gran- 
des acontecimientos de la vida mundana, 
sólo llegan hasta mí sus vibraciones, merced 
al comentario de los que actúan en ella con 
entusiasmo juvenil, por los deberes que Íes 
impone el rango, por. . . ¿lo sabemos acaso? 
¡Son tantos, y tan complejos, los resortes del 
poderoso engranaje! Pero esta vez se tra- 
taba de un acontecimiento que me intere- 
saba especialmente, y heme aquí, en la sun- 
tuosa fiesta ofrecida por doña Elena de Iri- 
goyen de Velar, para presentar a la aristo- 
cracia porteña a su hija María Elena, La 
Nena, como llaman todos a la criatura gen- 
til, mimada en aquel hogar patricio, como el 
último retoño del viejo tronco, y también 
porque recuerdan que fué «ella» la predilec- 
ta, y el último resplandor q^e iluminara la 
existencia de su ilustre abuelo. . . La encan- 
tadora promesa de entonces se ha cumplido; 
digna heredera de los prestigios de su raza, 
la señorita de Velar Irigoyen. se inicia en la 
vida mundana, revelando una personalidad 
propia, a pesar de vivir esa breve etapa de 
nuestra primera juventud, en la que todo 
son ensueños, anhelos, alegrías. . . La sólida 
instrucción recibida junto con sus hermanas 
mayores, durante los largos años de resi- 
dencia en el extranjero, — Londres, París, 
Berlín. Florencia. . . ■ — el ambiente señorial 
de un hogar «a la antigua^ en el que pueden 
evocarse las más nobles tradiciones, han 
sabido armonizar en la encantadora joven- 
cita, todo el saber de la mujer moderna, con 
la gracia innata de la criolla de abolengo, de 
esa Nena, que por rara coincidencia, fuera 
bautizada en la vieja pila de la Iglesia de 
San Nicolás de Bary. pila en la que reci- 
biera también el agua del bautismo el célebre 
estadista don Bernardo de Irigoyen. . . Hoy, 
preside la fiesta ofrecida en honor de su 
nieta, en el salón de estilo Luis XIV. su 
magnífico retrato, firmado por Max; y 
surgen, inevitables para mi. los recuerdos 
de otros tiempos. . . aquellas suntuosas fies- 
tas en los salones de la mansión de la calle 
Florida, donde admirara yo. por vez pri- 
mera, la expresión de esa Madonna de la es- 



cuela del Guercino; ante ella, cruzaron tam- 
bién, en la patriarcal residencia, esas flores 
vivas, que van, vienen, se deslizan, siguiendo 
los armoniosos acordes de la orquesta. 

Irradiaba entonces la belleza y la gracia de 
Carmencita y de Elena de Irigoyen; hoy 
son otras, esas flores vivas, y visten sus si- 
luetas el blanco atavío tradicional para las 
que inician su actuación mundana, o el se- 
vero traje negro de la joven señora, anima- 
do por los trazos de oro de su traine de en- 
cajes, y por el oro pálido de un gran abanico. 

La visión de hoy, es feérica, realmente; 
he vuelto al salón de honor, acompañada por 
uno de mis viejos amigos, mundano enragé 
que no consiente en verme semioculta en el 
artístico «'Coin» del hall, y nos unimos al 
brillante círculo que ocupa su estrado. Los 
muebles del estrado, que reproducen los 
legendarios cuentos de Perrault, son de au- 
téntico Aubusson. y procedentes del castillo 
de Metternich . . . Caperucita Roja, la hu- 
milde campesina: Cenicienta, la reina de 
aquel baile de ensueño... ¿contemplaron 
alguna vez los ojos de la atónita figurilla, un 
espectáculo más deslumbrador que el de 
esta noche? «Las hadasviven siempre. ¿Quién 
pudiera dudarlo? — dice. — Si lograra ha- 
cerme oír, tal vez me concediera el vivir 
por unas horas, tan intensamente como en- 
tonces, alguna de esas hadas, que llegan 
hasta mí. deslumbradoras de belleza y 
pedrería. . . » 

La ingenua criatura, prisionera entre los 
hilos del maravilloso tapiz, creía vivir aun 
su ensueño... Cruzaban cerca deella. arrogan- 
tes o graciosas, llenas de sugestivo encanto, 
las más destacadas figuras de nuestros círcu- 
los mundanos; vestidas de vivos colores, 
flexibles sedas color solferino, o de raso y 
encajes de oro, ostentando gemas prodigio- 
sas, cadenas de pedrería, arrastrando la 
traine de lana color turquesa. . . ¿cómo ex- 
trañar, pues, que la ingenua Cenicienta afir- 
mara que las hadas viven todavía?. . . Pocas 
veces suele congregarse en determinadas fies- 
tas un núcleo tan brillante como el que ro- 
deaba a la distinguida matrona que hacía 
los honores de su mansión, con esa afabili- 
dad exquisita, que tanto distinguía a su 
digna madre, doña Carmen Olazcoaga de 
Irigoyen... Consecuente con las tradicio- 
nes de su abolengo, la señora de Velar man- 
tiene la consigna de unión y de solidaridad 
entre los representantes de la acrisolada so- 
ciedad porteña . . . // faut serrer les rangs. . . 
Pocas, entre nuestras grandes damas, po- 
drán ostentar con tan justo orgullo las con- 
decoraciones, distinciones y medallas que 
pertenecieron a su ilustre padre; tales joyas 
constituirían inapreciable tesoro, para algu- 
no de nuestros reputados coleccionistas, 
como también la suntuosa vajilla de oro, el 
servicio completo de porcelana de la China, 
ejemplar único en nuestro país, los cande- 
labros de oro antiguo, los mil objetos, testi- 
gos mudos de la vida noble y fastuosa de 
varias generaciones, pero que parecen ha- 
blarnos de las grandezas pasadas, y parecen 
también respondernos del porvenir... 



Pero volvamos una mirada al amplio jar- 
dín, antes de abandonar una de las fiestas 
más réussies de la temporada; florecidos sus 
macizos, como en plena, sonriente primavera, 
iluminados sus senderos, con arte exquisito, 
nadie hubiera creído que había sonado, lar- 
go rato ha, la misteriosa medianoche; y las 
parejas que vivían su ensueño en tan mara- 
villoso paisaje, creían que empezara recién 
un romántico atardecer... 

Teatro también, de feérica fiesta, fueron 
más tarde, los maravillosos jardines de la 
residencia de los señores de Alvear. en San 
Fernando; clareaba el día. cuando regresaba, 
camino de la ciudad, aun dormida, la inter- 
minable caravana de autos, llevando su car- 
ga de alegría, de ilusiones. . . vibrante aun 
la preciosa legión de flores vivas, más de 
una encantadora figurita arrebatada de la 
fiesta, por la loca velocidad del auto que se 
aleja, entorna sus ojazos, y cree hallarse 
todavía en medio de la brillante farándula, 
y sueña que va. viene, se desliza, creyendo 
que oprime aún su talle, el fuerte brazo 
que la impulsa o la sostiene. 

Casi simultáneamente, hemos asistido lue- 
go a dos interesantísimas ceremonias nup- 
ciales; una. celebrada con toda la solemni- 
dad del rito católico. Misa de esponsales, 
en el Templo radiante de luces. . . la otra, 
en el cuadro suntuosísimo y severo, de una 
de las residencias más artísticamente alha- 
jadas de nuestro faubourg aristocrático. Fue- 
ron ambas desposadas, dos figuras sobre- 
salientes en nuestros más altos círculos: 
Adela Gramajo, — Nenina, como la llaman 
los suyos, y todos los que han aprendido a 
quererla — y Lucía De Bruyn. descendiente, 
por la línea materna, del fundador de la 
primitiva aldea, transformada hoy en pro- 
digiosa Cosmópolis. . . 

He de mencionar, en primer lugar, la nota 
de exquisita elegancia, dada por tan gráci- 
les figuras, al imponer nuevamente el atavío 
que fuera tradicional para toda desposada. 
antes que el capricho de la moda acortara 
exageradamente la falda del albo traje, des- 
figurando una silueta ideal, con rasgos abso- 
lutamente impropios, a la solemnidad del 
acto... Armoniosa, serenamente, cruzaron 
las gentiles desposadas, arrastrando las albas 
vestiduras, los encajes maravillosos, que 
guarnecían el velo que nimbaba sus intere- 
santes rasgos; rara vez pudo revelarse tan 
honda emoción, en un séquito de honor, 
como en el que acompañara al Templo, a la 
señorita de Gramajo, en cuya clara, serena 
mirada, irradiaba todo el fulgor de su espí 
ritu exquisito, de sus dotes de excepción. 
Encerró su canastilla de bodas toda la mag 
nificencia de feéricas leyendas: diadema 
digna de ceñir la frente de alguna soberana, 
y al lado de la clásica sarta de perlas, la ful 
gurante riuiére de solitarios; toda una for 
tuna, en un trazo de pluma, que lleva la fir 
ma de una de nuestras matronas, dueña de 
fabuloso caudal; títulos de propiedades... 
lo dicho: una canastilla de bodas, que en- 
cerraba dones dignos de feérica leyenda. . . 
Acompañemos ahora a la gentil figura que 



acaba de recibir la sagrada sanción ante el 
severo altar erigido en el salón de honor de 
la residencia de su familia; la mansión de 
los señores De Bruyn. en la Avenida Alvear. 
es relativamente moderna, y sin embargo, 
el espíritu más curioso, entre todas ustedes, 
amigas y lectoras mías, con las que deseo 
revivir tan gratas horas, ha de hallar en la 
suntuosa residencia, ese sello especialísimo, 
que sólo imprime en el cuadro familiar la 
sucesión de varias generaciones, , , sello sin- 
gular, sobre todo en un país nuevo como el 
nuestro; ha sido menester el exquisito senti- 
miento artístico de una gran dama porteña. 
como la señora Mercedes M. de Bruyn, para 
realizar el milagro. . . 

Luciendo regio traje negro, signé Worth, 
recibía a sus invitados, en el severo hall, 
cuyo decorado armoniza, junto a su roja ta- 
picería, la sombría ensambladura primo- 
rosamente tallada; flores, flores en profusión, 
poetizaban el suntuoso cuadro, y esta vez 
también dominaba en cada salón la nota 
uniforme de un solo color, según los dictados 
del artífice de moda; rojos claveles, rojas 
rosas de Francia, en el vasto hall; rosas 
blancas y azucenas, en el salón de honor; el 
azul de las hortensias, en las salas laterales. .. 

La exposición de los valiosos obsequios 
recibidos, ocupaba varias salitas del piso 
alto, y entre aquella profusión de joyas, pla- 
tería, lámparas, potiches y relicarios anti- 
guos, imperaba una verdadera colección de 
costosos abanicos, representando todas las 
épocas, desde el clásico y suave ondular de 
plumas blancas, en transparente montura 
de carey, los de marfil primorosamente ca- 
lados, los chinescos, los de pintado perga- 
mino, los Isabelinos. los de fulgurante reca- 
mado de plata, hasta los que ilustraran ma- 
gos como Boucher y Watteau. . . 

Desde los amplios y altos balcones, veo 
como se ilumina el jardín, al aparecer en la 
terraza la gentil figura de la joven despo- 
sada. . . y esa luz, que irradia como por en- 
canto de los floridos macizos, se me antoja 
el símbolo de la que ha de iluminar el nuevo 
camino que se inicia. 

Y no es ese el único ensueño de la serena 
tarde de diciembre: se yergue en la elegante 
escalinata, que conduce al jardín, flexible 
y fina silueta, vestida de pálido color lila. 
el color adecuado para un luto que termina; 
la pálida silueta escucha hondamente emo- 
cionada las protestas del simpatiquísimo re- 
presentante de dos viejos y prestigiosos 
apellidos criollos; ella le escucha, honda- 
mente interesada, y su mano martiriza 
distraídamente los pétalos del ramo de 
crisantemos color lila, prendidos en su 
talle; dos gemas transparentes, del mismo 
color, única joya que completa su atavío, 
acarician su esbelto cuello, cuando ella in- 
clina lentamente su rostro pálido, de finos y 
aristocráticos rasgos; su nombre simboliza 
infinita y divina merced, y lleva también 
dos apellidos que significan tradición, ran- 
go, fortuna — 

La Dama Duende. 




SEÑORA ADELA GRAMAJO DE PATRÓN COSTA. 



SEÑOR PATRÓN COSTA. 



SEÑORA LUCÍA DE BRUYN DE PALACIOS COSTA. SEÑOR NICANOR PALACIOS COSTA. 



— t^L^^ 



n.'I_'T~k:^--x- 



ALTRUI 



VTIO 



Roptrcute hov hondamente en los cora- 
xoms de las mujeres de lodos los 'imbitos 
del mondo, el altruismo y la caridad, y ha- 
ciendo causa común, unen sus bracos y su 
voluntad en un esfuerzo supremo y sobre 
las ruinas del mundo, regadas por la sangre 
y las ligrimas de tanta desgracia, derraman 
la liu de la esperanza, de la superesptrama. 
como dice el Rey Profeta en uno de sus 
salinos, que es esperar mis allá de la espe- 
ranza; y alivian dolores, enjugan ligrimas. 
curan heridas de los cuerpos y las almas; 
cumpliendo la sagrada doctrina de Aqutl 
que nos ensefló a querer a nuestro prójimo 
como a nosotros mismos. 

La mujer argentina, siguiendo los impul- 
sos de sus sentimientos generosos, y cuya 
•Odón caritativa tantos beneficios derrama 
aqui entre los abandonados de la suerte, ha 
cumplido su obra, haciendo llegar hasta 
aquellos desdichados de allende los mares 
el óbolo para que el huérfano cubra sus car- 
néalas y el inválido pueda recuperar, aun- 
que artificialmente, el brazo que le arrebató 
la metralla, y que ha de servirle para seguir 
en la vida, valiéndose de sus fuerzas como 
hombre útil. 

Son muchas las instituciones creadas con 
estos fines caritativos: pero se destaca entre 
ellas la «Unión de Damas Argentinas», cuya 
comisión directiva está formada por selecto 
grupo de señoras que cuentan con una hon- 
rosa foja de servicios en la campaKa contra 
la miseria y el dolor. 

En casa de dofla Julia Elena Acevedo de 
Martínez de Hoz. respondiendo al llamado 
que esta distinguida dama les hiciera, el día 
24 de noviembre próximo pasado se reunie- 
ron las sefioras: Susana Rodríguez de Quin- 
tana, Lucrecia Guerrico de Ramos Mejía. 
Elvira de la Riestra de Láinez. Angélica 
García de Garda Mansilla. María Julia Mar- 
tínez de Hoz de Salamanca. Adelia Harílaos 
de Olmos. María Luisa Quintana de Rodri- 
gues Larreta. Otilia Alcona de Rodríguez. 
Zelmira Paz de Gainza. Carmen Madero de 
Agrelo. María Elena Peralta Alvear de Lái- 
nez. Victoria Ocampo de Estrada. Mercedes 
Lezica de Christophersen. María Teresa 
Quintana de Pearson. Condesa de Sena. Ma- 
na Magdalena Bengolea de Sánchez Elia. 
María L. de Souberán. Cecilia B. de Lignié- 
res. Mercedes Christophersen de Cádiz. Leo- 
nor Basavilbaso de Pinero. Susana Casares 
de Llovet. Marta Casares de Bioy. señorita 
Adelia Acevedo y la que subscriba. La señora 
de Martínez de Hoz explicó a las señoras el 
móvil de la reunión, diciéndoles con su es- 
tilo franco y sencillo: 

Que estaba segura que la pena que ella 
sentía era sentimiento unánime de todas las 
presentes, causado por las noticias de devas- 




tación y miseria que el telégrafo nos había 
hecho conocer a diario durante cuatro lar- 
gos años de una guerra cruel e injusta, que 
la habían conmovido en extremo y que aho- 
ra, en estos días de gloria y de victoria, que 
llegan siempre para las causas justas, y no 
demasiado tarde, creía llegado el momento 
de dar un desahogo a su corazón tratando 
de remediar en algo la desgracia y la miseria 
de esos infelices que han sido despojados de 
hogar, de padres, de hermanos, de hijos, de 
honor, , . 

Pidió a todas las señoras que la ayuda- 
ran en esta obra, que seria el portavoz de 
la mujer argentina ante la desgracia humana 
o sea el símbolo del amor, de la justicia y 



de la paz, y propuso hacer firmar un álbum 
como demostración de simpatía por la con- 
clusión de esta guerra. 

Pero el álbum solo no era suficiente, había 
también que recolectar fondos para ayudar 
a vestir a los despojados, para rehacer las 
viviendas incendiadas y destruidas, para en- 
dulzar la existencia de los ciegos e inválidos, 
para dar de comer a los hambrientos. 

Como para poder mitigar todas estas pe- 
nas sería imprescindible una suma crecida. 
se propuso que cada persona que firmara en 
el álbum contribuyera con $ 2. como mí- 
nimum, y de este modo se haría la caridad 
colectiva sin gravamen y hasta la persona 
de posición más humilde, en esta forma podría 



FEMENINO 

darse el placer de hacer llegar a los nece- 
sitados su pequeña contribución con el 
grito de su corazón frLe jour de gloire est 
arrive»! 

La comisión quedó formada por las seño- 
ras cuyos nombres van a continuación, ha- 
biendo dado principio a los trabajos que 
piensan tener terminados para el mes de 
marzo, fecha en que enviarán los fondos que 
hayan recolectado al general Malleterre, 

Presidenta: Julia Helena A. de Martínez 
de Hoz: vicepresidenta: Elvira de la R. de 
Láinez: secretaria: Angélica G. de García 
Mansilla: tesorera: Susana R, de Quintana: 
vocales: Teodolina de Lezica de Alvear, Car- 
men Marcó de Pont de Rodríguez Larreta. 
Sara U. de Madero, Lucrecia G, de Ramos 
Mejía, Angelina A. de Mitre, Julia E. M, de 
H. de Salamanca, Emilia B, de Gané, Felisa 
O. B, de Alvear, Sara C. de Drago Mitre, 
Adelia H. de Olmos. Zelmira P, de Gainza, 
Carmen M. de Agrelo, María E. Q. de Uri- 
buru, Elena Z. de Cullen, Esther Ll, de Roca, 
Elena S. de Elizalde, Lia .S. de Gálvez, Ma- 
ría E. T. A. de Láinez, Victoria O, de Es- 
trada, Mercedes B. de Casares, Celia M. de 
Várela. Elena H. de Casares, Silvia E. C, de 
Miguenz, Mercedes P. de Rodríguez, Estela 
M. de Cárcano, Mercedes L. de Christopher- 
sen, Fanny C. de Woodgate, Dolores G, de 
Güiraldes, Condesa de Sena, María M, B, de 
Sánchez Elia, Otilia A. de Rodríguez, María 
P. de Souberán, Mercedes U. de Arteyeta. 
Elisa C. de González Moreno. Adelina del 
C. de Güiraldes, María Rosa L. A. de Piro- 
vano, Leonor B. de Pinero, Susana C, de 
Llovet, Emma del C. de Víale, Josefina G. de 
Sánchez Elia, Mercedes C, de Cádiz, Isabel 
C. de Nevares, María Luisa Q. de Rodríguez 
Larreta, Enriqueta S. de Anchorena, Ceci- 
lia B. de Lignié -es, Man'a Teresa Q. de Pear- 
son, Josefa A, de Errázuriz, Elisa A. de 
Bosch, Marta C. de Bioy. María Erna G. 
de Vedoya, María Carlota P, A. de Gowland, 
Ernestina G. M. de Mantilla, Celina P. de 
Pinero Sorondo, Sara P. de Abreg Cobo, 
María Teresa P. de Alzaga, María M. de 
Torquinst, María G, de Lanús, María Te- 
resa M. de Lavalle, Irene Martínez de Hoz 
de Campos, Señoritas: Adelia Acevedo, Ma- 
ría Baudrix, María Elena Casares, Lola Güi- 
raldes, Jovita García Mansilla, María Esther 
Sansinena. 

La caridad, la forma más bella del sentir 
humano, ejercida por las damas argentinas, 
ha de llegar pronto, como llegarán también 
los pensamientos que les dedican, hechos luz, 
a iluminar a aquellos corazones amargados 
por la desgracia, y empezará a resurgir en 
ellos la fe y la esperanza en el porvenir. 

Fanny Coverton de Woodgate. 



jEn qué forma la mujer pudiente puede me- 
jorar la situación en que se halla la obrera en 
nuestro país.' 

Dar para conseguir. Así como la tierra es 
abonada para que mejore sus frutos, así es 
necesario dar primero, para obtener buenos 
resultados. 

Creo que la mejor manera como la mujer 
pudiente puede contribuir a mejorar la situa- 
ción de la obrera, es donando casas en los 
distintos barrios de la ciudad, donde las 
obreras puedan concurrir siempre que de- 
seen y encuentren allí un ambiente de pro- 
tección y cariño. Allí se les enseñará en for- 
ma amena, y adecuada a las oyentes, todo 
aquello que puede serles necesario para la 
vida, inculcándoles, ante todo, los privilegios, 
la satisfacción y la nobleza del trabajo. 

Eugenia Domecq García. 



Acercándose a la obrera en sus talleres o 
fábricas: dándoles conferencias comentadas, 
en las que ellas puedan exponer sus ideas y 
enunciar sus necesidades. Inculcarles mejo- 
ras en el sentido práctico de la vida, con 
temas de: higiene personal y doméstica: pri- 
meros auxilios (rudimentarios): economía 
doméstica, previsión y ahorro: aconsejándo- 
les la ayuda mutua, la cooperación para sí 
y los suyos. Todo esto en forma amistosa 
y sencilla, despertando en ellas simpatías y 
no odios. Coronando los temas, siempre, con 
moral cristiana, que es fuente de honestidad 
y unión. 

Esta la idea, la forma: comités seccionales 
de distinguidas damas pudientes que deben 
gastar en aprender para enseñar y en ayudar 



las asociaciones de ca- 
rácter mutualista y no 
hiriendo al dar lo que 
les sobra, sin orden ni 
discreción. 

Sarah Seniulosa de 
Carranza. 



Me complazco en 
contestar a esta pre- 
gunta que se me hace. 

En muchas formas 
la caridad argentina 
ayuda a la indigencia 
y protege a la obrera: 
pero esa aspiración de 
mejorarla, no es com- 
pleta. A menudo casos 
desesperados acuden a 
la puerta de esas so- 
ciedades y tropiezan 
con dificultades inac 
cesibles: la tarjeta de 
recomendación (con 
preferencia de la cono- 
cida): la falta de va- 
cantes. Considero, y 
Dios mío... no quisie- 
ra lastimar la benefi- 
cencia con mi opinión, 
que la verdadera cari- 
dad se impone por si 
sola al golpear una 
puerta; que no debiera 
necesitar recomendaciones y que las socie- 
dades están aún muy divididas entre sí. 

Creo (y esta es mera suposición mía) que 
sí las sociedades: «&>nservación de la Fe», 
•Cantinas Maternales), «Gota de Leche», «Se- 
mana del Nene», «Asociación Escolar Mutua- 




E NC U 



lista», «Patronato déla 
Infancia», «Liga contra 
la Tuberculosis», asilos 
maternales diurnos, 
asistencia gratuita y 
demás, se coaiigaran 
para establecer en ca- 
da barrio o parroquia 
un local amplio e higié- 
nico como las necesi- 
dades actuales lo exi- 
gen y tuvieran cada 
una sus respectivas sa- 
las en conformidad con 
sus ejercicios, agregan- 
do a ellas una sección 
que todavía no existe. 
a saber: pupilaje para 
niños transitoriamente 
sin protección, por 
enfermedad o muerte 
de sus padres, peligro 
a contagios, abandono 
o desalojos. Cieo, re- 
pito, que mejoraría 
muy eficazmente y de 
un modo organizado y 
constante, a la madre 
obrera, recibiendo el 
niño, en esa forma. la 
protección y el ampa- 
ro de la higiene, de la 
educación y del cuida- 
do; y a su vez permi- 
tiéndole a la madre el 
libre empleo de sus 
horas de trabajo, sin preocupaciones ni dis- 
turbios. 

«La Caja DotaU, la cEscoIar Mutualista». 
«Conservación de la Fe», tal vez las «Filomenas» 
y «Divino Rostro», pudieran seguir la criatura 
hasta la obrerita, dándole la base de educa- 



TA 



ción e instrucción que necesita. La mucha- 
chita no debiera abandonar la escuela sin 
una preparación moral, sólida y adecuada a 
sus necesidades y medio ambiente. Plantear- 
le la vida bien de frente, con sus peligros y 
sus consecuencias. Las cosas como son... 
no como quisiéramos que fueran. 

Educar es me'orar. Y es educarla, forta- 
lecer en ella el respeto a sí misma; crearle 
una conciencia que no tiene; fomentarle el 
respeto a su culto, cualquiera que fuera; a 
sus padres, cualesquiera que sean. 

La madre ha de iniciar el corazón del niño; 
la escuela ha de formarle la inteligencia; las 
universidades han de marcar su criterio y 
sus capacidades ... y esperemos que en nues- 
tra patria, libre y hospitalaria para todos, 
se vulgaricen con los conceptos de la justicia 
¡os cerebros pensantes, conscientes y serenos, 
que puedan afrontar las situaciones difíciles, 
sin injurias, balazos o atropello?. La patria 
necesita hombres hechos al ambiente de 
nuestro suelo cosmopolita; la mujer necesita 
conciencia de ella misma y de sus responsa- 
bilidades; el niño protección. 

Mejorar, educar a la obrera soltera es for- 
mar a la futura madre; formar a la madre 
es crear el hogar y el hogar en la buena 
acepción de la palabra hace al hombre de 
bien. 

¿Podría la mujer pudiente, desparramada 
en tantas obras distintas, solidarizarse con 
ese fin? 

¿Habría suficiente capacidad y pondera- 
ción en nuestras damas para ello? ¿Serían 
o no serían hostiles a lo que no fuera su 
propio pensar, su propia preponderancia? 
La educación, la cultura, supongo, lo pueden 
todo. 

¡Lanzo la idea; si alguien la considera 
oportuna, que la recoja! 

Mahuinca. 



CuacWtw 

b i 



En el fondo de un cajón 
he hallado, cubierto por una 
leve capa de polvo, mi olvi- 
dado cuadernito de apuntes. 
Su aparición ha puesto en 
mi espíritu una vaga triste- 
za. Ha sido algo así como 
el encuentro imprevisto con 
un viejo amigo a quien creí- 
mos no volver a hallar nun- 
ca y en quien depositamos 
la sinceridad de las confi- 
dencias diarias. No en vano 
hemos escrito en ese cuader- 
no nombres que tuvieron un 
hondo significado, señas que 
consideramos necesarias, im- 
presiones que no quisimos 
dejar morir en el abismo de 
la renovación inconsciente 
donde van a perderse, como 
las cosas en la lejanía del 
paisaje, tantos nombres, 
tantos acontecimientos, tan- 
tas sombras aladas. 

El cuaderno ha surgido 
de un montón de papeles... 
He leído, después, algunas 
hojas. . . Y he pensado que 
el olvido es una ley inexo- 
rable. Muchos de los nom- 
bres allí escritos, ya no me 
dicen nada. Cuales, corres- 
ponden a muertos: cuales a 
idos; cuales — he ahí lo peor 
— a seres a quienes hemos 
arrojado de nuestro afecto. 
Nada, en resolución, tan 
inactual, tan lejano, tan ex- 
traño a mí mismo, como el 
espíritu de ese breve cuader- 
no en que he ido poniendo 
el nombre propio, la fecha 
precisa, la impresión volan- 
dera . . . 

Algunos nombres — he ahí 
donde finca el desencanto más grande — han 
aparecido a mis ojos con un significado completa- 
mente distinto al que tenían allá cuando fueron 
escritos. Tal nombre, puesto allí para no olvidar 
nunca la figura moral de un amigo, evócame ahora 
una traición desolante. Tal nombre, el de una mu- 
jer que pudo inquietarme con su gracia y su porte, 
no habla ya nada a mi espíritu desencantado. La 
misma suerte ha corrido el nombre de aquella 
figura que yo evoco ahora al ver unos cabalísticos 
signos encubridores de algo. Todo, todo, en este 
cuaderno, es el signo de una simpatía apagada, 
de un interés muerto, de un encanto marchito. 
El cuaderno, abierto sobre mi mesa, ha llevado 
a mi espíritu la convicción de que todo está en 
nosotros y de que nuestra- verdadera historia no 
tiene más capítulos que los que se grabaron en 
la memoria. Bien podemos decir que fué en vano 
lo que no está en nosotros. Lo que pasó sin mo- 
dificar nuestra naturaleza, que fué sino raya en 
el agua. Lo no recordado fué, sin duda, lo indigno 
de ser vivido. Lo que no se salva en nosotros. 




depurándose por obra del tiempo, no se salvará 
en las hojas de un triste cuaderno donde se di- 
sipan, poco a poco, hasta los signos escritos. 

Y ha sido que, repasando las hojas del pequeño 
cuaderno, he llegado a decirme: ¿De qué modo 
han influido en mí estos hombres, estos aconte- 
cimientos? De esta persona, apenas si conservo 
un vago recuerdo. De este acontecimiento, bien 
puedo decir que mi vida no ha cobrado el más 
tenue soplo. ¿Qué es todo esto sino una sospecha 
de posibilidad, una sombra de sombra, una ilu- 
sión de verdad?. . . 

Después, hojeando, hojeando, he llegado al nom- 
bre de una mujer seductora. ¡Con qué indiferencia 
he leído ese nombre! Y eso que hubo un tiempo 
en que se arrodillaba mi alma cuando osaban aca- 
riciarlo mis labios. Por ella. . . Nada más cierto 
que por ella, mi egoísmo de hoy no abandonaría 
el ancho sillón en que divago ahora alrededor de 
su nombre. 

Luego. . . Ello ha sido que me he sonreído des- 
pués ante el testimonio de un momento de ira. 



Un nombre propio ha aparecido, en la nitidez de 
una hoja, borrado, herido podría decirse, por un 
rasgo enérgico. Aquel nombre es el nombre de 
un amigo que me hizo traición. ¿Cómo no expul- 
sarlo de aquel breve santuario con la punta de 
la pluma, que es la más fuerte espada? Asi, de 
ese modo, fué expulsado el que se deshonró en la 
perfidia. Y, sin embargo, yo he sancionado todo 
aquello sonriendo indulgentemente. 

Al cabo de la tarde, yo he puesto en orden los 
dispersos papeles: he anudado, con la jovialidad 
de una cinta, una veintena de cartas: he guardado 
todo aquello en el ancho cajón, y lo he cerrado 
después, sin dar hospitalidad en su seno a aquel 
descolorido cuadernito de apuntes. El cuaderno, 
roto con mano enérgica, ha ido a parar al cesto. 
No de otro modo debe terminar lo que no tiene 
razón de ser en este enorme drama. 



Manuel Aznar. 



CARBÓN DE ALONSO. 



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La Belleza juvenil puede conservarse 

casi indefinidamente. Consejos prácticos de la especialista 

Charlotte Rouvier 



terva'o de algunos días a fin de obtener un re- 
sultado per^la^ente. 

NO PONGA VD. CARA DE VIEJO 

T AS cana'; añaden años a nuestra persona. Las 
desventajas de teñirse el pelo son tantas, que 
no es necesario mencionarlas. Pocas personas sa- 
ben que una sencilla receta al estilo de nuestros 
abuelos, que puede haberse en casa, devuelve pron- 
tamente el color primitivo a las canas, sin produ- 
cir ningún daño al cabello. No hay más que com- 
prar en la botica dos onzas de tammalite concen- 
trada y mezclarlas con tres onzas de bay rhum 
o espíritu de laurel. Con una esponjita se aplica 
la loción al cabello durante algunas noches y se 
conseguirá perfectamente el objeto deseado. Está 
fórmula tan sencilla ha dado el mejor resultado 
a cuantos la conocían y usaban en las pasadas 
generaciones. Mezcle usted mismo la loción en 
su casa, consiguiendo un frasco completo de tam- 
malite concentrada, con el sello intacto, lo cual 
será suficiente para asegurar éxito. 

EXTERMINACIÓN DE LOS BARRILLOS RECUPERAR LA BELLEZA PERDIDA 



T a grasitud y brillantez del cutis, la dilatación 
^ de sus poros y los puntos negros que tanto 
afean, son defectos que no deben menguar con 
su existencia, los encantos de un rostro femenino 
y mucho menos siendo posible librarse de estas 
molestias instantáneamente, por medio de un 
nuevo y científico procedimiento, tan sencillo 
como eficaz. Obtenga algunas tabletas de stymol 
en cualquier buena farmacia, tratando de con- 
servarlas bien tapadas y aisladas de la humedad. 
Eche una tableta en un vaso con agua caliente 
y tan pronto como la efervescencia que produce 
haya cesado, bañe usted su rostro con el agua es- 
timolizada. secándose luego con una toalla limpia 
y blanca. El efecto es asombroso y quedará us- 
ted encantada al notar que los puntos negros ha- 
brán salido fíícílmente y sin dolor, la grasitud ha- 
brá desapa-ecido y los poros dilatados se habrán 
contraído, dejando la ca^a alisada, limpia y fres- 
ca. Es necesario repetir el tratamiento con in- 



Ql en general \r.~ mujeres se decidieran a sus- 
^ pender el uso de cosméticos, cremas, etc., adop- 
tando en cambio un procedimiento más sencillo 
y práctico como consecuencia lógica de un breve 
razonamiento, podrían recuperar y conservar in- 
definidamente el atrayente aspecto de un cutis 
joven y hermoso. Los malos cutis tienen su orí- 
gen generalmente en la dificultad con que tro- 
pieza la piel para separarse gradualmente de su 
cubierta exterior como debiera ocurrir por ley 
natural, lo cual trae por resultado que el velo 
externo de piel medio muerta continúa adherido, 
hasta que tal desarreglo determina las manchas 
y arrugas que tanto afean el rostro de una mujer. 

Lo natural en este caso, es eliminar esa epi- 
dermis de aspecto desagradable, lo cual puede 
hacerse con rapidez y sin peligro alguno aplicán- 
dose una pequeña cantidad de buena cera merco- 
lizada, sustancia cuyo uso es muy simple y nada 
tiene de desagradable. En esta forma se extirpa 



muy pronto la epidermis sin vida, dejando así 
a! descubierto la piel nueva y tersa que se encuen- 
tra inmediatamente debajo. 

Si usted quiere ensayar este procedimiento tan 
sencillo y económico, basta adquirir en su farma- 
cia un poco de cera mercolizada y aplicársela en el 
rostro durante algunas noches, como si se tratara 
de cold cream. Tenga la seguridad que con un cutis 
bello y suave el corazón se siente más joven. 

El producto genuino se expende al público en 
un envoltorio de cartón blanco, cuya cubierta 
exterior tiene la inscripción en inglés «puré mer- 
colized wax» impresa en azul. 

PARA HERMOSEAR Y HACER CRECER 
EL CABELLO 

T OS jabones y los shampoo artificia-es causan 
la ruina de muchas cabezas de preciosa ca- 
bellera. Pocas personas saben que una cuchara- 
dita de las de café llena de buen stallax disuelto 
en una taza de agua caliente ejerce una natural 
afinadad sobre el pelo y constituye el lavado de 
cabeza más delicioso que pueda imaginarse. De- 
ja el cabello brillante, suave y ondulado, limpia 
completamente la piel del cráneo y estimula en 
gran manera el crecimiento del pelo. Se vende 
en las boticas solamente en paquetes sellados, a 
un precio que no es elevado, porque cada envase 
contiene cantidad suficiente para hacer de vein- 
ticinco a treinta shampoo, lo que, al fin y al cabo 
resulta económico. 

EFICAZ REMEDIO CONTRA EL VELLO 

\ /ÍUCHAS damas saben cómo combatir tempo- 
■'■*■'■ raímente ese crecimiento del vello que las 
afea, pero pocas conocen un remedio permanente. 
Para este propósito, debe usarse porlac puro pul- 
verizado. Compre usted una onza, poco más o 
menos, en su botica, y aplíquelo directamente 
a la parte de pelo que le moleste. El objeto de 
este tratamiento no es solamente la repentina 
desaparición del vello o pelo superfluo. sino que 
mata sus raíces por completo en un espacio de 
tiempo relativamente corto. 



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PROPIEDAD DEL SEÑOR PABLO BIANCO. 



EXCURSIÓN Y MISA CANTADA EN EL CRISTO DE LOS ANDES 



Recuerdo imborrable habrá 
dejado en todos los excursio- 
nistas la ascensión a La Cum- 
bre, realizada por un grupo 
numeroso de personas de 
las que veranean en Puente 
del Inca. 

La jornada se hizo en dos 
etapas: en tren expreso hasta 
Las Cuevas, y en muía desde 
este punto hasta el lugar 
donde se alza el monumento 
del Cristo Redentor. 

El viaje de Puente del Inca 
a Las Cuevas es delicioso. El 
tren asciende entre uno y otro 
punto cuatrocientos treinta 
metros, por un hermotisimo 
valle que forman dos elevadas 
cadenas de montañas, y por el 
cual corre, encajonado entre 
altas barrancas, el torrentoso 
Rio Las Cuevas. 

A la llegada a la estación de 
este nombre los turistas su- 
bieron en las muías que se les 
tenía preparadas. Varias seño- 
ritas de conocidas familias de 
Buenos Aires y Mendoza for- 
maban parte de la excursión y 
dábanle extraordinario realce. 

La ascensión se hizo sin 
contratiempo y los excursio- 
nistas, a medida que subían la 
empinada cuesta, veían reno- 
varse el soberbio paisaje. Lle- 
gados a La Cumbre, se exta- 
siaio.i en la contemplación del grandioso espec- 
táculo que desde allí ofrece la cordillera, princi- 
palmente del lado chileno, en que se presenta 
abrupta y muy accidentada. 

Se había llevado a lomo de muía un harmo- 
nium. El maestro Aguada y el violinista BoUarino 
ejecutaron el Himno Nacional, que cantaron todos 
los concurrentes, y el Himno Chileno, que fué ento- 
nado por la señorita Ana María Anasagasti. 




Luego se ofició una misa, que el celebrante. 
Padre Juan Terraooiano, dedicó a los caídos 
de la guerra. Fué un espectáculo imponente, 
al que dieron mayor solemnidad los armonio- 
sos acordes del órgano. 

Terminada la misa, iniciaron el descenso, 
igualmente sin contratiempo, y llegados a Las 
Cuevas tomaron asiento alrededor de una 
mesa en la que se sirvió un magnífico almuerzo 



ofrecido por el señor Balbi, gerente del Hotel 
de Puente del Inca. 

Poco después, se emprendió viaje de regreso. 
La mayor parte lo hizo en tren; pero no falta- 
ron caballeros y señoritas que lo hicieran en 
muía, sin arredrarse por las tres leguas de 
distancia que era preciso recorrer al galope, 
para llegar al Hotel antes de la noche. 

Antonio J. Arata. 



MUEBLES Y DECORACIONES 




EXPOSICIÓN DE 

MUEBLES ANTIGUOS 



NUESTRA COLECCIÓN HA SIDO 
SUMAMENTE AUMENTADA POR 
LA LLEGADA DE EUROPA 
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658, SUI PACHA 



— i3>i_>./rs ■\^Lj~rv:> ^^^— 



LA NAVIDAD EN UN HOSPITAL DE DESEMBARCO 




CÓMO TRATAN A LOS HERIDOS EN LOS HOSPITALES DE NUEVA YORK. 




¡La Belleza es un culto! 

Y es la mujer la única que tiene 
obligación de cuidarla y mejorarla, 

por Charlotte Rouvler 



COMO ME LIBRE DE LOS BARRILLOS 

T oi barrillos y puntos negros en el rostro fueron para mi, 
durante algunos años, motivo de tan tristes días, que 
muchas veces me vi imposibilitada de presentarme en so- 
ciedad por la persistencia con que tan repugnante molestia 
atacaba mi rostro. Pero luego encontré el stymol y fué 
tan rápido y lisonjero el resultada obtenido, que la feli- 
c*dad de este acontecimiento hizome olvidar muy pronto 
Im sufrimientos pasados. Trátase de un procedimiento tan 
sencillo como agradable; tan sólo son necesarias algunas 
tabletas de stymol que obtendrá en la farmacia y conser- 
vará bien tapadas en un lugar seco. Eche una tableta en 
un vaso con agua callen te_ y cuando haya cesado la efer- 
vescencia que se produce, lave abundantemente su rostro 
con el liquido, secándose por último, con una toalla blanda. 
El resultado le sorprenderá: todos les barrillos habrán que- 
dado en la toalla y habrá desaparecido la grasitud para 
ofrecerse a su vista una cara aterciopelada, fresca y encan- 
tadora. A fin de que el resultado sea definitivo, repita la 
cperadó'i algunos dias después. 



UN MARAVILLOSO SHAMPOO 

T Te tenido una verdadera sorpresa sabiendo que esta se- 
ñorita, con el cabello tan bellamente aterciopelado, no 
se lo lava nunca con Jabón o con polvos de shampoo arti- 
ficial. Se hace ella misma su propio shampoo disolviendo 
una cucharadita de las de café llena de granulados stallax 
en una taza de agua caliente». *Yo le encargo el stallax a 
mi boticario - — dice esta señorita — y él lo recibe en paque- 
tes que vienen sellados, y solamente se venden así, conte- 
niendo cada paquete cantidad suficiente como para ha- 
cerme de veinticinco a treinta lavados de cabeza. Es de 
tan rico olor el stallax, que muchas veces lo comería como 
si fuera una golosina». (-Ciertamente, y aun con esta extraña 
idea, el pelo de esta señorita se conserva tan hermoso, que 
desde este momento voy a probar en mí misma el efecto 
del plan.» 

UN PROCEDIMIENTO SIN IGUAL PARA 
CONSERVAR LA BELLEZA 

/~^omo que he sido siempre muy interesada en todos los 
estudios científicos relacionados con la conservación de 
la belleza natural del cutis, me ha impresionado vivamente 
la popularidad siempre creciente del nuevo y sencillo pro- 
cedimiento de «absorción». 

Miles de mujeres emplean privadamente este procedi- 
miento en sus hogares. Se basan sobre razonada teoría que 
me parece de buen criterio, es decir, que el cutis viejo y 
descolorido debe ser extirpado, máxime cuando la acción 
de los años, el uso de jabones cáusticos, cosméticos, etc., 
ha determinado manchas y arrugas en aquél. Dicha epi- 
dermis de mal aspecto, sólo sirve para ocultar la hermosa, 
vigorosa y fresca piel nueva que hay debajo y que espera 
ser relevada para exhibir su hermosura y lozanía. 

Con este objeto, las mujeres aplican únicamente un poco 
de cera mercolizada, tal como puede obtenerse en cual- 
quier farmacia importante, extendiéndola a modo de cold 
cream sobre el cutis. Tal procedimiento observado por es- 
pacio de algunas noches, determina la absorción completa 



de la epidermis muerta y vieja. Cera mercolizada de buena 
calidad no es una substancia desagradable y los resultados 
inmediatos de este sencillo e ingenioso sistema son real- 
mente sorprendentes. 

Tengo entendido que el producto genuino se vende so- 
lamente en un envoltorio de cartón blanco, cuya cubierta 
exterior tiene la inscripción en inglés «puré mercolized wax», 
impresa en azul. 

EXTIRPACIÓN COMPLETA DEL VELLO 

/'^omo quitarse de un modo permanente, no sólo tempo- 
raímente, el vello que desfigura la belleza, es cosa que 
muchas damas desean conocer. Es una lástima que no esté 
extendido más generalmente el conocimiento de que basta 
para el caso el uso de porlac puro pulverizado, de venta 
en todas las farmacias. Debe aplicarse directamente al pelo 
que se quiera hacer desaparecer. Este tratamiento se re- 
comienda porque no sólo borra instantáneamente el vello 
sin dejar la menor señal, sino también porque mata por 
completo las raices. 

NO PONGA VD. CARA DE VIEJO 

T as canas añaden años a nuestra persona. Las desventajas de 
'"' teñirse el pelo son tantas, que no es necesario mencio- 
narlas. Pocas personas saben que una sencilla receta al es- 
tilo de nuestros abuelos, que puede hacerse en casa, devuelve 
prontamente el color primitivo a las canas sin producir 
ningún daño al cabello. No hay más que comprar en la 
botica dos onzas de tammalite concentrada y mezclarlas 
con tres onzas de bay rhum o espíritu de laurel. Con una 
esponjita se aplica la loción al cabello durante algunas 
noches y se conseguirá perfectamente el objeto deseado. 
Esta fórmula tan sencilla ha dado el mejor resultado a 
cuantos la conocían y usaban en las pasadas generacio- 
nes. Mezcle usted mismo la loción en su casa, consigu'endo 
un frasco completo de tammalite concentrada, con el sello 
intacto, lo cual será suficiente para asegurar éxilo. 



ANO IV. 
NÚM. 34. 



SyUL^XL^IytT'i^ 



FEBRERO 
DE 1919. 




^yl^oAt^--- 





SALIENDO DEL BAÑO 



PASTEL DE ALONSO. 



-i:>LJ>w^'^ 



-^2»».— 





de los estilos ideados por la vieja civilización aborigen. 

Una prueba manifiesta de la sabiduría con que han sa- 
bido armonizar y componer los dispersos motivos existentes, 
adaptándolos a su elevada tendencia renovadora, son los 
artísticos proyectos de decoración mural, inspirados siem- 
pre en modelos ornamentales autóctonos; principalmente el 
entonado en negro, con dibujos draconianos y de ritmo 
ondulante, destácase sobre los cinco restantes por la expre- 
siva fuerza del color y las líneas, esencialmente estilizadas 
con un profundo hieratismo geométrico. Otro, inspirado en las 
bellas labores características de los tejidos del Norte, repre- 
senta el pájaro de fuego, símbolo de una rara leyenda de su- 
perstición y fatalismo. 

En cuanto al número y variedad de urnas, yuros, huacos, 
nipos y demás especies de alfarería americana, basados casi 
totalmente en el estilo calchaquí, puede decirse que resultan 
de una perfección admirable, abarcando por su forma y 
decoración los tres principales períodos que se desarrollan 
en las provincias del noroeste argentino. 

Al primero de estos períodos corresponden los vasos de 
ornamentación draconiana, en parte pintados y grabados con 
severas y simétricas formas lineales, que se destinaban gene- 
ralmente a ritos y usos funerarios. 

El segundo periodo es el que se refiere al estilo pre-incaico, 
acaso el más típico y original de todos, con sus dibujos simé- 
tricos alternados con espacios de líneas paralelas y verticales, 
en negro y blanco, que resaltan armoniosamente sobre el 
fondo ocre de la piedra. 

El tercero es incaico por definición y se transforma en el 
estilo zoomorfo. observándose en los modelos de esta época. 



La hermosa colección de cerámica y muebles de estilo 
calchaqui. presentada por Guido y Cervino en la expo- 
sición de artes decorativas celebrada en fecha reciente, 
no sólo ha motivado el legitimo y justo elogio de la 
critica, que ha sabido justipreciar en su verdadera signi- 
ficación el meritorio esfuerzo de los dos jóvenes artistas 
rosarinos, sino que además ha servido como ejemplo, 
acaso el más eficaz que pudiera elegirse, para difundir y 
hacer que se conozca la belleza ornamental y símbo- 
lógica del autóctono arte precolombiano. 

Basta fijar un poco la atención en el hermoso con- 
junto de las obras, para llegar al convencimiento de que 
sus autores han logrado penetrar hondamente en la ló- 
gica de la composición decorativa, en el ritmo exacto 
de las formas y en el extraño misterio de los símbolos 
y divinidades antropo-zoomorfas de la mitología cal- 
chaqui. cuyo origen desconocido fúndese en la nebulosa 
complejidad de primitivas y remotas edades. 

Tanto en los modelos de alfarería americana, como en 
los distintos muebles presentados, adviértese que Guido 
y Cervino se han unido en un común propósito de reno- 
vación decorativa, más digno de tenerse en considera- 
ción, no tanto por el mérito de la obra como por haber 
sido ellos los primeros en emprender esta plausible inicia- 
tiva, que tiende ante todo al resurgimiento y desarrollo 




~I=>LS\^& 



!>5s.- 




que las figuras estilizadas se 
repiten y confunden con ex- 
traños símbolos de otras civi- 
'izaciones, cuyas visibles in- 
fluencias desvirtúan en cierto 
modo la arcaica originalidad y 
forma de la ornamentación 
primitiva. 

Al emprender tan intere- 
sante obra de reconstrucción, 
basada como se ha visto lue- 



•'^^w'^-w^ 






go en un principio de patriotismo y de sana orientación esté- 
tica, el pintor Alfredo Guido y el escultor José Cervino, dotatos 
de una privilegiada ductilidad artística, tuvieron necesariamente 
que ahondar en el conocimiento científico de la arqueología pre- 
colombiana. debidamente clasificada y estudiada ya por hom- 
bres tan eminentes como Ameghino, Oyarzún, Lafone Quevedo, 
Ambrosetti, y algunos más, que nos sugieren en sabias descrip- 
ciones la importancia de aquellos pueblos antiguos y olvidados. 
La ornamentación geométrica, base y eje de los grandes esti- 
los, es también la base del arte calchaquí, como es fácil de com- 





bre de interpretar por 
medio de símbolos todo 
aquello que les sorpren- 
de o sugestiona, que 
ampliando la forma 
fundamental del estilo 
con nuevas composicio- 
nes y dibujos donde se 
emplean las líneas esca- 
lonadas o simétricas, al- 
ternándolas con figuras 
monstruosas de serpien- 
tes, dragones, ídolos y 
animales sagrados, lo- 
gran constituir un arte 
único, pleno de concien- 
cia emotiva, sujeto a 
reglas y lleno todo él de 
un insuperable lirismo 
geométrico. 

El proceso de evolu- 
ción se detuvo y empe- 
zó a declinar con la lie- 



I 



probar con los numerosos objetos exis- 
tentes, reliquias y fragmentos de un in- 
calculable valor arqueológico, encontra- 
dos en los departamentos de Guachipá, 
Tafí Viejo, Cayafate y Santa María de 
Catamarca, lugares donde habitaba esta 
famosa tribu perteneciente a la gran raza 
de los Diaguitas. 

Como sucede a todos los pueblos de la 
antigüedad, el calchaquí inicia también la 
formación de su arte característico inter- 
pretando la naturaleza, germen de toda 
creación maravillosa, compendio de la 
humana existencia y punto intermedio 
entre el infinito y el hombre. 

Las creencias religiosas, fundadas en el 
misterioso y temible poder de los elemen- 
tos naturales, llegan a ser fuente inago- 
table de inspiración para el artista, el cual, 
sin otra enseñanza que la del pensamiento 
y el instinto, va interpretando en forma 
originalmente subjetiva los propios senti- 
mientos, derivados según la índole de sus 
temores, impulsos y necesidades. Por 
ejemplo, la falta de agua en los valles y 
altiplanicies sedientas de las montañas, 
originan la implantación de cultos para 
atraer la lluvia benéfica que les asegure el 
bienestar y la abundancia; y de tal modo 
llega a desarrollarse entre ellos la costum- 





PORTALIBROS Y COFRE, DECORADOS CON FIGURAS SIMBÓLICAS. 



— r^LJv-^s 



gad» de los conquistadores 
hispanos, que al obligarlos 
primero a una guerra defen- 
siva y al someterlos después, 
por razón de ley. a su autori- 
dad y poderío, acabaron por 
desterrar los usos del pueblo 
sojuzgado, empezando a per- 
der el estilo sus formas típi- 
cas y originales hasta olvi- 
darse por completo. 

Pero como el arte es el 
testimonio más inconfundi- 
ble que señala la existencia 
de una civilización extingui- 
da, todo cuanto se haga hoy 
por resucitar el arte calcha- 
qui tendrá indudablemente 
su compensación en el éxito. 
por tratarse de una obra 
bella y genuinamente ame- 
ricana. 

Los ocho pequeños mue- 
bles presentados en la expo- 
sición, por cuyo conjunto 
han merecido sus autores la 
medalla de oro, nos demues- 
tran que ha sido francamen- 
te resuelto el loable propósi- 
to de hacer extensiva la apli- 
cación del estilo calchaqui, a 
todos los objetos de uso in- 
dispensable en la casa mo- 
derna; asi lo vemos contem- 
plando uno de los cofres, pre- 
ciosamente decorado con di- 
bujos y ornamentación ca- 
racterística, cuyos medallo- 
nes de bronce copian amule- 
tos para el amor y símbolos 
invocatorios de la lluvia. 

Otro muy artístico tam- 
bién, aunque menos elegan- 
te de línea, es el que aparece 
sostenido por columnas de- 
rivadas de la estilización ar- 
quitectónica de un yuro cal- 




chaqui - antropomor- 
fo. Igualmente intere- 
santes son los portali- 
bros y bandejas, con 
decoración draconia- 
na y serpentiforme, 
destacándose entre 
todos los modelos un 
cofre coronado por la 
Trinidad india de la 
Tanga-Tanga, mode- 
lada en bronce y lle- 
vando en la parte del 
frente un relieve ova- 
lado con la represen- 
tación simbólica del 
temido dios Catequil. 
Estos muebles, verda- 
deras creaciones origi- 
nales, basados en los 
motivos autóctonos 
americanos, afirman 
la creencia de que e¡ 
bello arte calchaqu: es 
fuente inagotable de 




ARCA DEL MISMO ESTILO CON DECORACIÓN SER- 
PENTIFORME Y APLICACIONES DE BRONCE REPU- 
JADO. EL MEDALLÓN CENTRAL, COLOCADO EN LA 
CERRADURA, REPRODUCE UN AMULETO PARA EL 
BUEN AMOR, Y LOS DOS LATERALES, CON ADOR- 
NOS DE SIERPES ENROSCADAS, SON SÍMBOLOS 
INVOCATORIOS DE LA LLUVIA. 



bellezas ornamentales, y que 
al ser aplicadas con habili- 
dad a las artes industriales y 
decorativas podría crearse 
un estilo básico inconfundi- 
ble y netamente nacional, 
sin mezcla extranjera y lla- 
mado a tener grandes pro- 
yecciones en la arquitectura 
y en el vasto campo de la de- 
coración. Solamente obser- 
vándolo en este último as- 
pecto, es suficiente para cer- 
ciorarse de que los anónimos 
artistas que lo crearon y 
lo hicieron evolucionar te- 
nían una intuición notable 
del ritmo musical de las lí- 
neas, del equilibrio y lógica 
de la composición, de la al- 
ternancia, del dibujo, de la 
repetición y de tantos otros 
problemas ornamentales. 

La famosa simbología de 
los calchaquíes, cuya repre- 
sentación más importante es 
el dios Catequil, símbolo del 
sol y del fuego, puede consi- 
derarse como el principal y el 
más indispensable elemento 
decorativo del arte que nos 
ocupa, pues diferenciándose 
de la ornamentación moder- 
na que es sólo sensorial, la 
calchaqui es sensorio-intelec- 
tual y a la vez nos en- 
canta a los ojos con sus lí- 
neas, colores y formas, nos 
habla al espíritu con sus sím- 
bolos y oraciones. 

En síntesis, no es aventu- 
rado afirmar, en vista del 
éxito alcanzado, que los ar- 








tistas Guido y Cervi- 
no han conseguido 
despertare! interés de 
todos con su feliz ini- 
ciativa, tendiente a 
hacer resurgir de nue- 
vo el autóctono arte 
precolombiano, que 
por su lógica singular 
y característica está 
llamado a servir de 
base a los artistas ar- 
gentinos, para la for- 
mación de un estilo 
propio y eminente- 
mente nacional, pues- 
to que en él está sin- 
téticamente represen- 
tada la sobria y deso- 
lada vida de los cam- 
pos americanos y el 
ritmo musical de las 
canciones incásicas. 

Antonio 
Pérez-Valiente. 



3^ 



EIE 



PORTALIBROS Y PUENTE DE MADERA TALLADA, CON APLICA- 
CIÓN EN BRONCE REPRESENTANDO EL DIOS CATEQUIL. 



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^ 







EL EMBARCADERO 

BOCETO AL ÓLEO DE FRANK BRANGWYN. 



PROPIEDAD DEL SEÑOR MARTIN S. NOEL. 




PLVS • 
. VLTPA 



— iOi_>.',^ N^l_^T^j:¿.-x— 




El Balneario Municipal ha per- 
mitido a los habitantes de Buenos 
Aires hacer un descubrimiento 
extraordinario. Buenos Aires tie- 
ne rio. ese viejo Río de la Plata 
que sólo conocen los que viajan 
a! extranjero porque lo atraviesan 
en vapor. Nosotros ya no lo cono- 
ciamos. Recordábamos su exis- 
tencia a través de los cantares 
patrióticos y a través de lo que 
nos contaban los porteños de 
otro tiempo, que evocaban, en 
medio de la metrópoli actual, 
con su puerto atestado y sus 
dársenas enormes, la visión pre- 
térita del Estuario, con su olaje 
blando, su playa inacabable, ho- 
llada por los areneros, sus pasos 
conocidos por donde entraba el 
bienvenido inmigrante, hato al 
hombro, a horcajadas sobre el 
cargador descalzo, dispuesto a 
trabar con los ojos dilatados el 
nuevo horizonte del nuevo país, 
promeja de la fortuna soñada. 
Pero, a medida se conquistaba 
esa fortuna y crecía con ella, 
tumultuosa y grandiosa, la capi- 
tal de todos, el río se fué reti- 
rando, como si huyera, conforme 
a su ley. hacia el mar distante, 
hasta desaparecer detrás de una 
hilera de toscos edificios y de 
rudos galpones en que vibra la 
forja heroica del trabajo común. 
No lo vimos más desde enton- 
ces. Advertíamos únicamente, en 
los paseos dominicales o en las 
huelgas del colegio, mientras se- 
guíamos a la locomotora del 
manisero, los cajones de a»ua turbia en que dor- 
mitan los grandes barcos, tendida verticalme.ite la 
cadena del áncora, como si hubieran echado raíces 
de hierro. Nunca estaba presente el río, en su am- 
plitud ma°;n!fica. para que nos dé, con el lomo 
levantado en la distancia, la sensación, un poco 
triste, del infinito y nos exacerbe con el deseo de 
lo ignoto, con el afán de la aventura, que emba-ga 
como un aroma depresivo y hace recordar, cuai- 
do se retorna a casa, canciones olvidadas hacía 
mucho . . . 

Síntesis de los emporios atlánticos de este 
lado del continente, constructor de la grandeza 
argentina y generador de la potencia centraliza- 
dora y cernidora de Buenos Aires, el río había 
desaparecido convirtiéndonos en gente medite- 
rránea, sustraída al sortilegio de su inmensidad 
por el muro implacable de la ribera, poblada de 
colosales arañas de acero que extienden sus ante- 
nas ingeniosas, para dejar caer al fondo de ]a.i 




bodega-3 la riqueza íntegra, el sudor total de la 
república. El río no estaba. ¿Por qué instaron su 
pérdida rápida los cuidadores de la ciudad? Afa- 
nosos de multiplicar esa riqueza, ávidos de que la 
actividad del puerto resuma las actividades todas 
de la población, sin conocimiento de lo dulce que 
es agregar a! espectáculo de la fatiga colectiva el 
paisaje movible del río abierto, que en las horas 
de asueto y en los días de reposo permita a la 
muchedumbre aprender de su extensidad leccio- 
nes de ánimo y de su paz crepuscular ejemplos de 
sosiego, alejáronlo tanto, escondiéronlo tanto de 
nuestra vista, se fueron tanto margen afuera con 
la máquina y con el monstruo de portland, que 
no nos quedaban de su esplendor sino los vahos 
de bruma en las tardes calientes y ruidos bárba- 
ros en la jornada perpetua. 

Jamás se vengaba el río. La ofensa del tráfago 
interminable no perturbaba su serenidad augusta. 
Acogedor y cordial, reflejaba invariablemente el 



cielo dorado, las auroras encendidas, los graves 
ocasos, para anegar en esa luz vibrante y profunda, 
iluminándole la esperanza, a! de buena voluntad 
que viene a vivir con nosotros. Ahora se abrió la 
brecha en medio de la aglomeración portuaria, a 
fin de que volvamos al río y lo contemplemos en 
su antigua majestad. Complicados jardines, ca- 
minos prolijos y retiros placenteros nos acercan 
de nuevo para que oigamos en las noches la voz 
familiar del Plata. Lo hemos recobrado inespera- 
damente y lo celebramos con fiestas populares en 
las cuales, a! recrearnos y a! inundar el alma con 
la luna extendida hasta muy lejos, pensamos en 
el milagro nuestro, el milagro argentino, ese bu- 
que de obscuras bordas que sigue viniendo, como 
vino aquella vez remota la carabela inmortal, en 
busca de la tierra desconocida. 



Alberto Gerchunoff. 



DIBUJO DE FORTUNV. 



— V^LS>^S, 



'>X — 



Los que después de admirar en 
las tablas los talentos proteicos de 
Ermete Novelli, le conocimos en 
la intimidad de su vida y su per- 
sona, podremos borrar difícil- 
mente de nuestros recuerdos tea- 
trales esta eminentísima figura de 
la .escena italiana, que acaba de 
desaparecer. 

Mucho se ha escrito sobre las 
interpretaciones de Novelli, pero 
falta aún mucho por escribir. 
Cuando apareció en el Plata pro- 
dujo fanatismcs, hizo olvidar a las 
mismas eminencias que le habían 
aitecedido. Traía dentro de la es- 
cuela realista, que apenas se inicia- 
ba, y de la cual la Duse nos había 
hecho vislumbrar las nuevas ver- 
dades en la «Dama de las Came- 
lias» principalmente, un bagaje 
enteramente personal, propio, li- 
bre ds academicismcs y de reti- 
cencias didácticas. Cuando lle- 
gaba a la más alta eficacia dra- 
mática en «Papá Lebonard», como 
cuando nos hacía estallar de risa 
en «Mia moglie non ha chic», su 
labor era tan sincera y espon- 
tánea como la naturaleza misma. 

Yo me atrevo a decir que él 
culminó la influencia del arte 
teatral italiano entre nosotros. 
Durante treinta años se habían 
sucedido dueños y señores de 
la escena argentina, los con- 
juntos dramáticos italianos reem- 
plazando a las compa- 
ñías españolas que du- 
rante la colonia y las 
primeras décadas de la 
Independencia mono- 
polizaron los especta- 
dores. Y fueron intér- 
pretes de «la talla de 
Salvini», ambos Rossi. 
la Ristori, la Pezzana, 
la Tessero, la Duse, la 
Boetti Valvassura. 
Maggi, Ando. Pasta, y 
otros tantos astros, 
quienes componían 
aquel estado mayor de 
la declamación itálica, 
que nos hizo conocer 
con sus fases múltiples 
todas las escuelas y to- 
dos los géneros en los 
más admirables reper- 
torios de dos siglos. 

El teatro italiaro educó aquí el gusto público 
y estimuló la afición. Era ésta su misión en Euro- 
pa desde el siglo xviii. Francia aprendió en su 
escuela y con sus artistas, España recogió en él 
saludables enseñanzas, hasta tener incorporada 
a su escena una comedianta como la Civili. 

¿Seríamos nosotros temerarios en afirmar que 
los primeros ensayos del actual teatro nacional se 
alimentaron en aquella fuente poderosa de genio 
que anualmente nos enviaba la madre Italia con 
generosa y solícita fraternidad? Es el caso que en- 
tre los iniciadores de nuestro teatro, los mejores 
actores eran italianos o hijos de éstos. Battaglia, 
que sobresalía, fué admirador de Novelli, discípulo 
de sus enseñanzas, recitaba a maravilla sus mo- 
nólogos, reprodujo algunas de sus interpretacio- 
nes. Y Battaglia fué el primer verdadero jalón 
de un teatro nacional con vistas a! arte verdadero. 

He ahí, pues, definida para nosotros, una valio- 
sa faz, un ilustre aspecto de la tarea de Novelli 
en la Argentina. Queríamos decir esta verdad como 
el mejor elogio criollo que sirva de epitafio al exi- 
mio maestro cuya pérdida llora el arte universal. 
Era nuestro amigo, admirador de la potencia del 
país, entusiasta de nuestros progresos. Un día un 
ilustrado diplomático argentino le oía en su cama- 
rín de Roma hablar de la Argentina y el Brasil 
con aquella sorpresa, que se pintaba en su cálida 
expresión y en sus grandes ojos expresivos y elo- 
cuentes. El diplomático le dijo, agradecido, por 
toda respuesta: 

-Amigo Novelli, sería usted el mejor agente 
de inmigración que podían pagar nuestros go- 
biernos. 

Rara vez se obtiene en una personalidad de 
teatro este singular desdoblamiento: que sea gran- 
de como intérprete y que esté lejos del nivel vul- 
gar como individuo. El arte teatral está hecho de 
intuiciones en gran parte — por lo que a los cómi- 
cos se refiere — de intuiciones, de vocación impul- 
siva y absorbente. Y siendo una carrera más prác- 



I 





ACERaCA-DE-NOVELLI 

POÍL-A,LFR»EDO~DUH AU- 



tica que teórica, a menudo los artistas llegan al 
renombre sin haberse cultivado individualmente. 
Sería ocioso que yo adujera ejemplos para pro- 
bar que tal actor, tal cantante extraordinarios, que 
a veces nos deslumhran por sus poderosas facul- 
tades, que son un prodigio de delicadeza, de gracia 
y de finura, fuera del palco escénico disputarían 
al más caracterizado mozo de cordel su torpeza, 
su grosería y su analfabetismo. 

Novelli constituía a estos respectos una honro- 
sísima excepción. Era el erudito comentarista del 
teatro que representaba. Aquellos autores que me- 
recen ser penetrados en sus intenciones más re- 
cónditas, los que han aportado alguna evolución 
a la escena, o marcaron una huella apreciable — 
citemos para abarcarlo todo el nombre de Goldoni 
— él los había explorado, con ojo de crítico ex- 
perto, y con lente de psicólogo. Sabía más de ellos 
que cualquier enciclopedia. Esta preparación sin- 
gular le permitió abordar a su vez la literatura tea- 
tral y cuando lo hizo no se contentó con el trabajo 
de costumbres, o con la mera observación social, 
quiso penetrar en la historia y lo realizó con 
mano segura en una pieza de la España caballe- 
resca que le era perfectamente conocida como el 
idioma de Lope. 



Sus grandes triunfos de Buenos Aires estuvie- 
ron marcados por una página excepcional en su 
carrera y suficiente para consagrarle sin rival en 
el arte. Se midió con Coqueli.i en un formidable 
duelo artístico. Si no le excedía en la nota cómica 
interpretando a Moliere o a Labíche o Hennequin, 
tampoco le cedía terreno. Pero un día se anunció 
que los dos representarían «Un drama nuevo» 
de Tamayo y la opinión se dividió en dos apasio- 
nados campos para apreciar a los grandes come- 
diantes que entraban así en el género dramático. 
Nosotros, con nuestra misma preponderancia de 
raza, preferimos al Yorick italiano que se reveló 



un coloso. Los rivales se conocie- 
ron y se trataron aquí en tierra 
de Buenos Aires y se rindieron 
mutuo pleito homenaje. 

Años después, Novelli visitaba 
a París en visita de reposo. Fué 
invitado á tomar parte en una 
fiesta de Le Fígaro y recitó en 
ella un monólogo. Al díasiguieijte, 
Sarcey, que no le conocía, habló 
de su talento con entusiasmo y 
declaró que aquel artista era. sin 
duda, un «mimo» extraordinario. 
¿Cómo se llamaba? El no había 
oído nunca resonar su nombre. 
Coquelin escribió inmediatamente 
al crítico haciéndole saber que Le 
Fígaro había hospedado al actor 
más genial de Italia a quien él 
consideraba sin competidor en la 
escenacontemporánea. ¡Magnífico 
gesto fraternal del insigne colega, 
que tocó las fibras exquisitas de 
Novelli. Poco después presentán- 
dose en la escena parisién. Novelli 
obtenía inmarcesibles lauros! 

Ermete Novelli, no sabemos 
por qué, amaba últimamente so- 
bre todo repertorio, las obras 
truculentas. Este penchanl de 
los postreros años, le indujo a 
abordar la tragedia. Y lo hizo 
en la América del Sud. Debutó en 
el género con 
el «Nerón» de 
Cossa, en Mon- 
tevideo. Su en- 
sayo no fué sa- 
tisfactorio. No 
es que careciera 
de la compren- 
sión del papel, 
ni le faltasen 
fuerzas paralle- 
gar a la nota 
cálida de la vio- 
lencia. Es que 
la transición 
era demasiado 
fuerte y tomó 
de nuevas al 
público habi- 
tuado princi- 
palmente acon- 
siderarle el rey 
del vaudeitíüe. 
Los convencio- 
nalismos trá- 
gicos no conve- 
nían, evidentemente, a su voz ni a su gesto que 
sabía, sin embargo, llegar otras veces a la verdad 
dramática expresándola con realidad sincera. 

La noche de su «Nerón», los rugidos del Empera- 
dor que huye cobardemente de sus perseguidores, 
arrancaron más que pavor risas en las alturas del 
teatro. Novelli detuvo la representación y vagó 
por sus labios una imprecación que no llegó a for- 
mularse. Poco después lo visitamos en el escenario 
y lo encontramos terriblemente impresionado por 
aquella irrespetuosa explosión de los espectadores. 

— ¿Qué me dice usted de esos ignorantes? — nos 
preguntó. 

Nos atrevimos a explicarle en qué consistía el 
fenómeno, apaciguando un tanto su ira, pero sin 
lograr que se apease del propósito. Días después 
se presentaba en «Otello». Pero tampoco Shakes- 
peare que le daba una bella ocasión de triunfar en 
«La bisbetica domata». le propoicionó una victoria 
con la desgracia conyugal del moro de Venecia. 

Es tarea difícil convencer al talento de sus erro- 
res. Al partir para Italia, la última vez que nos 
visitó, quiso rendirnos una prueba de su afecto. 

¿Por qué no me escribe una obra, nos preguntó, 
y nos la manda a Italia? La representaré el pró- 
ximo invierno. 

— ¿De qué género, Novelli? 

— ¡Si pudiera hacerle algo semejante a«Alleluja»! 

— No, amigo mío; un drama fuerte, vigoroso, 
vibrante; quiero que sea un drama... Aquí hay 
ambiente. 

Por mucho que nos halagase el benevolente pe- 
dido del actor no osamos arriesgarnos. 

Su desaparición aun temprana, pues que trabajó 
hasta hace pocos meses con el mismo amor a su 
arte que en el vigor de la juventud, nos llena de 
dolorosa melancolía. Se va con él una fuerza efi- 
ciente del arte universal, un maestro, un genio 
extraordinario que Italia aun no había logrado 
reemplazar. 



— f=>l-^''-S "^ L1 Í^.^X — 






e 





A Mar del Plata tta el que figura. 



... y el que quiere figurar. 




En Nccochea, es oirá cosa: gente tranquila y Je paz. 




Si el viento no viene, hay que ir hacia el viento. 



El veraneo con "camouflage" tiene sus adeptos, y con algún 
ingenio puede disfrutarse en ciertas azoteas. 




Casa con dos pueril 



puertas. 



A la playa de Quilmes 
ida y vuelta, 0.75. 




Aire /resco y agua "limpia" en el Balneario Municipal. 



, . pero, ¡ojo con 
la ropa! 



Una victima de la página 
y del calor. 



PÁGINAS HUMORÍSTICAS 



>>^— 




CONCURRENTES A MAR DEL PLATA 



«PARA DEJAR CONSTANCIA» 



GOUACHE DE HUERGO. 



-i^i.:r^- 



X^i^T {-2^-5s.- 





Yo dije que sí: que conocía a maravilla los 
trabajos pastoriles de esos «écuyers» de la alta 
escuela gaucha. Y lo sostuve con toda la ham- 
brienta inmodestia de! hombre que busca em- 
pleo. Yo quería matar mi apetito, un terrible 
apetito de venganza. 

Tanto hice que. por fin. pasó a mis manos 
la fotografía con la orden de comentarla, de 
glosarla. Al pie de un fotograbado mi pluma 
iba a gustar el placer de los dioses. 

Pero me arrepentí a tiempo, porque soy 
oportunamente generoso. 

Para esclarecer estas líneas, debo contar los 
agravios que estuvieron a punto de sumergirme 
en los abismos de la calumnia y de la injuria. 

Yo soy patriota andaluz. El andaluz patrio- 
ta, que no tiene siquiera el consuelo remoto 
de una autonomía, es la antitesis viviente del 
Judío Errante. «¡Descansa, descansa, descan- 
sa!», le grita la universal opinión, y el andaluz 
haraganea, en tanto que los viñedos, los tri- 
gales y los olivares se cultivan merced a la ge- 
neración espontánea, y todos los frutos de An- 
dalucía, fruta del mundo, amontónanse sobre 
los «docks» del puerto de Jauja. Un cotidiano 
milagro del pan y de los peces en unas per- 
petuas bodas de Cana, eso resulta el país donde 
se atan con longaniza los «perros chicos» y las 
«perras grandes». 

Hijo de padres castellanos, yo soy criollo 
andaluz. Por eso, mi amor a la patria chica 
que casi estuvo a punto de no verme nacer. 
tiene grandes exageraciones. En el libro del 
viajero más observador y fiel, advierte mi pa- 
trioterismo mentiras, insultos y calumnias. En 
las alabanzas del turista mejor intencionado 
sorprendo frases irritantes. Sólo reconozco a 
mis paisanos, y a los españoles que merecerían 



ser andaluces, el derecho de exagerar y mentir 
acerca de nuestros usos y abusos. 

¿Cómo quieres, lector argentino, que mi cora- 
zón no clame venganza, cuando muchos de tus 
compatriotas escriben y hablan, al divino botón, 
de cosas de la Tierra de María Santísima? 

Yo recuerdo descripciones de corridas en las 
que la fiesta española además de bárbara resul- 
taba disparatada. Y no hablemos de los bailes, 
las serenatas, las borracheras y otros excesos des- 
criptivos. 

Así, perdona, que al ver la fotografía que a la 
vista tienes, yo sintiera el deseo de pintar una 
escenita gaucha. Sin trabajo alguno, asistido por 
mi valerosa ignorancia, me habría cobrado con 
creces el más burdo de los relatos taurinos hecho 
en el país. Pero me arrepentí a tiempo, porque 
soy oportunamente generoso. 

Hay cinco horas escasas de diferencia entre el 
sol de los labriegos y artesanos andaluces y el sol 
de los peones y obreros argentinos, ambos impe- 
riosos y madrugadores capataces. Lo que nadie 
puede calcular es la diferencia que media entre 
las lunas de los ociosos de la Bélica y del Plata. 

Cuando en las dehesas de la llanura sevillana 
sestean ya los bravos toros de lidia, bajo la vigi- 
lancia de los vaqueros, los jinetes de la pampa 
inician sus labores. Duro es el trabajo en las dos 
partes, regateada la recompensa, árida la vida, 
limitado el horizonte espiritual, ilimitado el hori- 
zonte terreno. 

Allí se pastorean toros aptos para un combate; 
acá, mansas reses de matadero y de frigorífico 
que durante cuatro espantosos años fortalecieron 
marciales estómagos. De ese modo, por ley fatal, 
la ardiente sangre y la nutriva carne sirve para 
alimentar inútiles luchas. 



No sé si la civilización ha llevado a las gana- 
derías andaluzas nuevos métodos de crianza y 
trabajo. Todo es posible, porque la economía 
política sabe meterse donde menos la llaman. 
Quizás, anden a estas horas ensayando proce- 
dimientos ahorradores de espacio y de plata. 
Si tal cosa sucede, el vaquero andaluz, el gau- 
cho de las dehesas vive sus últimos instantes. 

El alambre de púa, los administradores in- 
gleses y otros aparatos limitan la libre acción 
de los vaqueros argentinos. Todos los poetas y 
prosistas estamos de acuerdo en que el gaucho 
desaparece. Ya no hay haciendas misturadas 
que apartar, ya, por medio de trampas y ta- 
blones, las reses caen rápidamente en manos 
del matarife. 

Pronto llegará el día en que un muchacho 
sea capaz de pastorear miles de cornúpetos, 
sentado a la sombra de un ombú («sub tégmi- 
ne ombi») y tocando al bandoleón el tango de 
moda. 



Y vendrán otros hombres, otros jinetes, y 
una nueva leyenda, forjada con verdades y 
mentiras, adornará a los nuevos héroes del 
trabajo. Y alguna vez, las viejas lanzas de los 
gauchos de Quemes, y las antiguas garrochas 
de los vaqueros de Bailen, volverán a hincarse 
en el pecho de los valientes y en las espaldas 
cobardes. 

Propios y extraños, indígenas y viajeros, en 
libros y en conversaciones, dedicaranse enton- 
ces como ahora, a juzgar ligeramente pueblos 
entrevistos y usos complicados. 

De ese modo, por ley fatal del prejuicio y la 
ignorancia, todo ha de alimentar inútiles luchas. 

Raúl P. Osorio. 




La IJpdada^ 

La rueda de peones, bruñida en perfiles bastos 
por la claridad del fogón, establece como una 
corona viva a! viejo. Caduco y rugoso, su cara 
remeda un nido fosco, disforme, enzarzado por la 
breña de barbas y cabellos ásperos, en el fondo 
del cual lucen sus ojos como dos huevos de pájaro. 

Es pajón. Rústico mentor que satura perpetua- 
mente las imaginaciones de hazañas fabulosas. 
Fundamentando, a través de lo remoto, su ca- 
rácter desuso, en el rol de los ascendientes. 

— He andao de ocasiones mal en esta vida... Puf... 

— ¿De ropa? — chancea a la sordina uno. 

— Ni por tarjas cuento las hechas a la justicia. 
¿Se eren qu'el caldo es grasa y la taza cucharón? 
Me les acostumbraba de mozo golpear la boca a 
la partida, y campo ajuera sólo las estrellas en- 
dilgaban mis paraderos. ¡Era un vicio! Conozco 
toíta la pampa como la palma e la mano, dende 
la cabeza e los montes grandes hasta el pie mes- 
mo e la cordillera. 

— Si no'es mentira ai ser cierto. 

— Di'ande reales. . . 

Disimuladamente, desentume entonces una pier- 
na chueca, atributo infalible de sus ascendientes. 
Y repasa como para sí sus memorias. Sin parar 
en los comentarios chuscos y cantos de la rueda, 
seguro del aprecio fiel escondido bajo las aparen- 
tes contradicciones. 

— Aura, ansina e la verdá, tamos medios bi- 
chocos. Bollaos como chingólos. Dende que me 
quebró la rodada... Cuando uno llega a viejo, 
se l'enjaretan las disgracias como gusanera en 
cuero d'epidemia estaqueao a l'intemperie. . . 



— No arrugue. 

— Óigale. . . 

— ¡Pero tuavía puede que algún día resucite 
el broto de abajo de las raices, y sepa todo lo 
viviente que abarca la mirada'el sol, quien es 
Pajón viejo aquí y ande quiera! 

— ¡Ah, tigre! 

— ¡Cola larga! 

— Una vez pelié. . . 

Y va a abordar la rememoración crónica de la 
hazaña, cuando entra Inocencia, la hija mayor 
del antiguo capataz de la estancia, viudo de mu- 
chos años. Infundiendo, desde su donosura pesa- 
rosa, en la sospecha instintiva que se apunta en 
todos, un silencio confuso. El hijo joven del pa- 
trón, que fuera tal como para fluir sus dogmas 
universitarios, asiduo a las sobrecenas del fogón, 
falta, ahora. Se ha ido otra vez a la ciudad. 

Sobre los 16 años de la muchacha, se transpa- 
renta perceptibles, por influjo espiritual, los se- 
cretos fatales... Hay en sus ojos un reflejo de 
vacío, en su aspecto una desbaratación de ilu- 
siones... La ven sin mirarla, cristianamente, !a 
sienten dañados. Y ella, sin saber, sin pensarlo, 
en la atmósfera suspensa, solicita inadvertida- 
mente con su voz apagada y embalsamante; 

— Cuente un cuento. Pajón. 

Y Pajón alza la cara fosca, completada de som- 
bra, escrutándola como desde el fondo de la na- 
turaleza. Los huevos de los ojos, dentro el nido 
de barbas ásperas, asumen una extraordinaria, 
mutua, equivalencia providencial de sentimientos. 
Y narra el cuento positivo de la rodada. 

— No me quisiera acordar, m'hija. . . Jué en 
tiempo que los campos florecen, y a la oración 
cuando el cielo se nos mestura con l'alma. Yo iba 
en el zaino fino, cortando campo y cantando, 



casi a media rienda deslum- 
brao rentendimiento, olvldao 
de yo, como pa dir del tirón 
hasta la fin del mundo. . . Y 
enderrepente se m'hizo ovillo, 
se me perdió d'entre las pier- 
nas. ¡Mi madre, rodada fiera! 
Me tapó entero. Y con el gol- 
pe, al hilo mesmo, sentí Gru- 
jirme l'esqueleto; ¡ese crujido 
mortal que se juye de la vida 
a! rayar contra los alientos de 
la sipultura! Me había que- 
brao, este caracú. . . La noche 
enterita la pasé al raso, gri- 
tando a ratos, ma ver si me 
oiba algún viviente que me 
socorriese. Y pu'allá, qué sé 
yo, vean lo que son los mis- 
terios, ¿no? Pu'allá... sentía 
mis propios gritos como si se 
astillasen, o que otro me res- 
pondiera igualito, de muy lejo, 
de nuien sabe onde. . . ¿Quién 
m'iba responder? Naide... 
Naide. . . 

Los ojos de la muchacha 
se agrandan, experimentan 
infinita la sensación del desam- 
paro; suponen dos sentidos de 
asombro prontos a desplomar- 
se expiatorios en la propia 
conciencia. Los peones, car- 
gados de escuchar relación tan 
sabida, o por deuda piadosa, 
van puerteando uno a uno con 
e! sueño en los párpados y el 
desentono en el ánimo, hacia 
el galpón, difuso en la noche. 
— Ansina son las rodadas, 
traicioneras y desgraciadoras. 
Parao cualesquiera sale, sí, 
,, cualesquiera: corriendo y a las 

risadas adelante, si la discon- 
fianza o la sospecha le secretea 
a tiempo. Pero cuando se va 
cantando, con el cielo entero 
en el corazón, por campo com- 
parao a la mano propia de 
liso y siguro, y se da güelta 
como la suerte e taba el montao de toda nuestra 
fe ciega... Ah, entonce no hay parador. Si pa- 
rece qu'es la mesma tierra que nos faltara abajo 
de golpe, que la vida se nos desparramara d'entre 
las manos hecha hilachas de humo. . . A los vie- 
jos nos quiebra los güesos una rodada ansina, 
¡a los inocentes, pior, les quiebra I'alma! 

Finaliza sus palabras con un acento rudo de 
quebranto, de lástima, de perdón. Nadie extraño 
queda ya en la cocina. Y la muchacha, en la so- 
ledad auspiciosa, como en el chai de la madre 
muerta que parece patentizarse en la noche mag- 
nánima, rompe en sollozos sobre los ecos del re- 
lato, implorando a la obscuridad. 

— ¡Mama! ¡Mama! 

Pajón, ante la queja íntima, aquel otro crujido 
mortal, infeliz, ridículo, la ampara en su abrazo 
bendito. 

— Güeno, criatura... ¡Llore aural Criatura, 
criatura. . . 

El capataz entra en ese momento, imprevista- 
mente, sorprendiéndose de la escena. Y Pajón, de 
golpe, brusco, vuelve ante él al predominio de los 
ascendientes, contestando a su ansiedad, refren- 
dada la manifestación en la falla fatal de su pierna. 

— Ha rodao. ¡Le han quebrao l'alma! 

— ¡Rodao! ¿Cuándo, cómo? ¡M'hijita! 
Silencio. . . Llanto. . . Opresión de corazones. . . 

La noche parece realmente que empuja su obscu- 
ridad besando las frentes abatidas. Y el nido de 
la cara del mentor, con los huevos de los ojos 
lacerados de pena bruta y humana, se doblega, 
trémulo sobre el fuego que muere, en un estrago 
de sentimientos, de justicia, de ignorancia... 



Albino Dardo López. 



DIBUJO DE 2AVATTARC. 



— •I='Ij:v.':S X<'T^T"I2>x— 




LA POMPA 

Ser una cola de oro y pedrería 

Y un brutal grito azul... y en su apogeo, 
Sentir arder en él, como el deseo. 
Todos los ojos con que admira el día. 

Glorificar ante el amor sumiso. 
La belleza total, perfecta y sola. 
Presentir que en su grito y en su cola 
Desgaja un árbol de oro el Paraíso. 

LA RUEDA 

Crujiente crispadura de oro vivo 
Dilata en su lujuria esplendorosa 
Un viso de sutil flámula rosa 
Sobre el deslumbramiento convulsivo. 

En penacho de estrellas, su hondo anhelo 
Abre al amor irresistible estuche. 

Y en la turgencia del ansioso buche, 
Profundo fuego azul inflama el cielo. 

EL ORGULLO 

Y todo él no es más que oro, oro, esmeralda, 

Y oro otra vez, y vividos cianuros. 
Que, ya apaga en relámpagos oscuros. 
Ya en espasmos flamígeros escalda. 

Fuego de oro, no más. De cuando en cuando, 
Parece que lo atiza con las alas. 

Y que en la cruel soberbia de sus galas. 
Dos cuchillos de cobre está afilando. 




Jfllli 

jiíiíiiiír" 



LA AURORA 

Anticipando al sol, la ardiente rueda 
Alza en el prado, porque más resalte, 
En un prodigio de ilusorio esmalte, 
La ilusión prodigiosa de su seda. 

Maravillada así, su audaz derroche 
Aturde al día, y pone, en lento giro, 
Pestañas de oro al lóbrego zafiro 
De los ojos tardíos de la noche. 

LA TARDE 

El cielo funde ya su piedra fina 
En el horno del sol, que tras del monte, 
Va esmaltando el metal del horizonte 
Con los más bellos cromos de su mina. 

Mordido de color en cada poro. 
Friega de oro el metal su pulimento, 

Y exorbita hasta el cénit un violento 
Pavo real verde delirado en oro. 

LA NOCHE 

Desmaya el campo en la blandura inerme 
De la noche feliz. Sobre el paisaje 
Serenamente azul, en su plumaje 
De torvo pavo real la sombra duerme. 

Y hacia las blandas playas de! olvido. 
Vuelca la Vía Láctea su tesoro. 
Como la gigantesca cola de oro 

De algún profundo pavo real dormido. 



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En los días invernales, Mar del Plata es una 
ciudad sin atractivos. El vendaval azota con vio- 
lencia sus largas y solitarias calles; gimen los 
vientos al dar en el paredón de la Rambla, chocan 
fuertemente sobre el frente de los modernos edi- 
ficios, y su eco se une al bramido ronco de las 
tempestades marinas. Nadie dijera entonces que 
esta desolada ciudad es durante una época del 
año el centro de los placeres y del lujo. Pero llega 
diciembre, y el milagro de la transformación se 
realiza. Cada tren que sale de Buenos Aires con- 
duce una avalancha de gente desocupada y anda- 
riega. Abrense los lindos chalets de la Loma, los 
hoteles cosmopolitas, los clubs, los centros spor- 
tivos, los casinos donde se juega y se derrocha. . . 

Iniciada la estación de verano, nadie piensa ya 
en otra cosa que no sea divertirse: y desde ese 
momento las horas resultan demasiado breves 
para asistir al tennis, al golf, a las fiestas de todas 
clases... Se sale a pasear por la Rambla, y la 
fotografía y el flirt parecen consecuencias obliga- 
das de la salida. La casualidad hace que se im- 
ponga un deporte cualquiera o un atavío sin im- 




portancia, y veréis a todo el mundo imitarlo o 
adoptarlo sin discusión, porque la moda no es ele- 
gante discutirla, se acepta o no se acepta. 

Desde diciembre hasta fines de marzo, puede 
considerarse a Mar del Plata como la ciudad de 
la sonrisa. Todo en ella es optimista y alegre. Mu- 
jeres elegantes, con siluetas y ademanes de figu- 
rín neoyorquino, lucen modelos costosos firmados 
por Worth o por Doeuillet. Hasta el escenario de 
la playa misma, con su núblico heterogéneo de ba- 
ñistas y curiosos entretenidos resulta un pretexto 
más para lucir las ricas toilettes, para exhibirse, 
para dar expansión a los lujosos refinamientos del 
gran mundo. Así, entre frivolas diversiones y fri- 
volidades transcendentes, van pasando semanas y 
semanas, hasta que los ligeros fríos otoñales mar- 
can el término obligado del veraneo fácil y agra- 
dable. Es entonces cuando se dispone el retorno 
definitivo, complicado siempre con el mismo tu- 
multo amenazador de pintorescos equipajes, en 
cuyo fondo, archivo de pasajeras dichas, van galas 
y vestidos que ridiculizará la moda futura. 

Y entretanto la playa va quedando sola. . . 



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ESPERANDO LA SALIDA DE LOS BAÑISTAS 




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ARTE ARGENTINO 



CRUZANDO LA LOMA 



ÓLEO DE FERNANDO FADER. 




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PATIO DE UNA CASA COLONIAL EN CUBA 



í^otograíia de González Garaño. 



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APOLDIZAI^ 



POR 



EDUARDO 
ACEVEDO 




AL POETA IVA:I TABOR... 

No se usa tanto de la lira como en otro tiempo. 
No me refiero al instrumento simbólico del poeta. 
Aludo a las combinaciones métricas así llamadas. 
Pero, si no se riman con frecuencia las liras de 
cinco, o de seis versos, en cambio se abusa siem- 
pre de la lira, propiamente dicha; siendo de ex- 
trañar que un vocablo nuevo, como el de «liro- 
manía» no haya sido introducido en el léxico para 
calificar el exceso, ya que se hizo uso de la voz 
lirismo para otro extremo criticable. 

Muy raro es el que no se crea nacido para el 
cultivo de lo bello en verso. Todos quieren ma- 
nejar el plectro, herir la cítara o la lira, y a fe 
que muchos «hieren» ésta o aquélla de verdad. 
La ficción poética del plectro se transforma para 
ellos en una batuta tangible y cierta, cuando no 
en un batintín chinesco, sin fijarse que la rima 
y el ritmo entran en pelea «no obedeciendo en el 
turbado canto — la cuerda al plectro ni la voz 
al canto», como dijo un maestro en estrofas. 

Es una especie de mal romántico de juventud. 
Cada cerebro que empieza a chispear anhela el 
desahogo en forma métrica por instinto sexual, a 
manera del pájaro que azuza en su gargantilla el 
don de atraer a su compañera en la época del celo. 

Algunos alados sin plumaje pintoresco, por el 
contrario, bien opaco y deslucido, lanzan arpegios 
o trinos tan deliciosos, que en breves instantes les 
improvisan auditorios selectos, y aun cortes de alto 
coturno como en los juegos florales, con la dife- 
rencia de que para esos cantores la «rosa natural» 
es la más seductora de las reinas que le rodean 
en lo oculto del boscaje. Son líricos de privilegio. 

Otros a su vez, enseñan galas deslumbrantes, 
remos de reflejo tornasol, cuellos arqueados y pe- 



nachos de señorío. Sin embargo, cuando cantan 
ahuyentan a la grey que se ha acercado curiosa 
para admirar sus lujos de oropel. Les está vedado 
engolfarse en dulces y amables armonías. 

Sin ser ellos: considérense reunidos en un trazo 
de la selva mixtos, benteveos, gorriones y coto- 
rras en bizarra confusión y en ejercicio sus órga- 
nos vocales, y se tendrá un remedo fiel de la 
poetambre que «en invierno se emboza con la lira». 

La «liromanía» tiene diversas fases risueñas, pero 
también una grave; y es la de que algunos se creen 
indignos de la gracia femenina si no producen un 
adonice siquiera que llegue a cautivar a la dama 
desdeñosa. Cuando todo pende de un dáctilo y 
de un espondeo, ocurre así que la facultad no 
alcanza y la creída inspiración se ofusca. ¿Qué 
hacer en trance tan amargo para correr el verso? 
Correr el verso es tarea difícil para el que no está 
al habla con la musa. ¡Lástima grande! Una cesta 
de plata llena de magníficas orquídeas de las aro- 
madas podría suplir. Pero eso no sería más que 
un símbolo del adónico entrelazado con sáficos. 
Hay que atacar el verso con valentía. Y el joven 
aspirante a poeta estudia, se afana, se abisma en 
hondas pesquisas, buscando una fluidez codicia- 
ble y una corrección exigible, sin que el estro le 
ampare ni el oído responda. No obstante, se en- 
capricha; otros lo consiguen sin esfuerzo; son ala- 
bados, sonreídos, preferidos; la musa ha de so- 
plar, pues que se trata de un voto ferviente con 
relieves de bello y de sublime. Y al fin, en pos de 
noches en vela y de vuelos mentales, de enmiendas 
y remiendos y sudores del alma, el vate «apoloiza» 
y desprende de su espíritu una larga inspiración, 
semejante a una de esas guias de flores de papel 
o hilo que un jugador de manos extrae del fondo 
de un sombrero de felpa con asombro del público 
de feria. 

¡Tan arduo suele ser fundir tonos exquisitos, 
propios de los grandes rimadores! 

En la poesía lírica se ven muchos de esos casos. 
Los versos para el canto de ideas o de afectos, 
conservan siempre estrecho parentesco con los 
demás del género, antes de que el sello original, 
personalísimo del autor, que en el empeño de dár- 
selo a su poesía, rebusca, urde y violenta el estro 
si lo tiene hasta ensañarse con el buen gusto y 
la estética delicada. Rehuyendo la imitación, suele 
caerse en la extravagancia o en lo insípido. 

Poetizar, es hacer fluir armonías del espíritu con 
encantadora naturalidad. 

Hay ingenios preclaros en el arte mayor; como 
hay inspiradas en el numen de Safo. 

Los que abordan el alto poema son contados; 
y en corta proporción quienes hacen cabalgar un 
verso sobre otro con deleitable maestría. Pero, en 
cambio, los más glosan en demasía las mismas 
emociones. Cuando una de esas emociones es nue- 
va, ignota, rara, algo como un fluido impondera- 
ble que sirve al espíritu de puente entre la belleza 
plástica y la belleza ideal, cabe decir que la nota 
supera a la más extensa del canto si hubiese gama 
en la poética. 

El cerebro ha dado entonces como expresión 
artística de la belleza, algo de obscuro para mu- 
chos, y de lumínico para pocos; especie de lirios 
cárdenos que espiran perfumes desconocidos al 
comiin de las gentes. Lo que quería fuesen sus 
estrofas Mallarmé, el codicioso insaciable del se- 
creto, el ávido de soñados ecos no perceptibles 
para el mundo. También Verlaine. Aunque el hada 
verde fuese el médium escogido para la cita con 
la musa, preciso es reconocer que este artificio 
para excitar la célula a abismarse fuera de fron- 
teras, les era propicio, como lo es el lenticular al 
explorador de los cielos. Lo mismo a Darío. Poco 
importaba para estos singulares entes de la poéti- 
ca el sacrificio pleno de la salud, con tal de des- 
cubrir un signo leve de! «quid divinum», 

Y por ese camino tantos van, y han de seguir! . . . 

Los puramente líricos, los que endechan, los 
que se ordenan en plañideros no se despojan de 
lo humano, al punto de cabalgar en la fantasía 
hasta lo «incognoscible y maravilloso». Sus vuelos 
son más cortos. El nunca más de Poe les señala 
el límite. 

El hada verde indicó a Poe como mejor mé- 
dium al cuervo lúgubre. Saber el porqué, la razón, 
la causa del infinito, era mucho. Se llega al ex- 
tremo verosímil de lo «contingente y relativo». 
Nunca más! . . . 



No extrañe usted estas cosas. 

Se me ocurren en presencia de la multitud de 
versos que por todas partes aparecen y se repar- 
ten a modo de boletines de un «espíritu joven y 
creador», ajeno al viejo espíritu, para explicarme 
más claro; y no a los muy contados poetas que 
aquí y acullá salpican de vez en cuando con clari- 
dades vivas el cielo de la literatura como gérme- 



nes de estrellas que se esfuerzan por escapar a la 
nebulosa y esplender con luz propia. Con lo que 
digo, que no es fácil hacerse sol, aunque sea sol 
de fantasía. 

Para ajustarse a la métrica y a la trova, a la 
poesía ligera, hay muchos bien dispuestos. Para 
alcanzar el ideal helénico, que nunca hemos lle- 
gado a comprender en toda su plenitud, según el 
filósofo alemán que no respetaba fronteras; y com- 
plementar aquel ideal incomparable, son rarísi- 
mos, y como tales, intérpretes de jeroglíficos di- 
vinos. Citar alguno, aunque exista, sería exponer- 
se a un error, aunque error sincero. El cuervo 
saldría gritando: nunca más! 

Y aunque así no fuera: en los magníficos arre- 
batos del aeda de genio el pensamiento escolla, 
porque no halla el vocablo. Pues si el léxico no 
da el medio — se dijo más de uno — echemos 
mano al símbolo. Alrededor del símbolo, haremos 
el bordado de lo ignoto y de lo inexpresable como 
clave extrahumana del misterio. Pero, el cuervo 
bisbisa con aire sardónico; no, nunca más! La be- 
lleza ideal, en forma y alma, la suspiró en vano 
el hada verde. Apesar de ello, se obstina. 

La poesía ligera moderna puede hacer de las 
plantas un Diego de noche, un ombligo de Venus, 
como la antigua hacía un laurel de Dafne, y ané- 
monas de las lágrimas de la diosa del amor; en 
esto nada de nuevo; ni en lo épico, ni en lo idi- 
líaco, ni en lo pindárico, ni en lo trágico. Se ad- 
miran a Goethe en el poema, a Shakespeare en el 
drama, a Hugo en lo lírico; y bien admirados. 
Se estudia con ellos el corazón humano en sus 
más hondos ideales y pasiones. 

Fuera de duda, que el dolor es fuente fecunda 
de la poesía. El dolor moral, cuando existe afini- 
dad entre él y un sentimiento venerable o una 
idea excelsa, vibra en el verso como flecha de sol; 
se adivina en la escultura correcta; se destaca en 
la cara de un cristo pincelado por artista de genio. 

Pero es necesario sentirlo de verdad. Para el 
que lo simula o inventa, Erato se muestra fría y 
muda. Habrá verso, pero no poesía, pues que no 
existe emoción real, o sea un estado del alma que 
no puede ser suplido por la imaginación. Erato 
era para el clásico helénico la sencillez genuina; 
y el dolor cuando inspiraba, debía diluirse en la 
sencillez de la estrofa, al punto de que en su re- 
citación o canto repercutiera en el oyente como 
si él mismo lo sintiese. 

En el fondo, pues, la poesía no ha cambiado; 
lo que ha cambiado es la forma. Como se ha dicho, 
ya de escuelas literarias, ya de laúdes nuevos, 
todo es cuestión de «moda». Y las «modas» pasan, 
sin que por eso se transformen o modifiquen sus- 
tanoialmente los organismos que las adoptan. 

Respecto a usted, me permito aconsejarle que 
no tome muy en serio ciertos asuntos del arte. 
Haga usted versos; pero así... como en broma! 
No es que sean malos sus versos. No. . . Nada de 
eso! . . . Apoloice usted por distracción de espí- 
ritu, pues esto muchas veces evita que él se enca- 
mine por entusiasmos excesivos al boquerón del 
sur en vez de orientarse hacia el sol azul de la 
Lyra. ¡Travesuras del propio ingenio! Sino, re- 
cuerde usted lo que en una hora de buen humor 
y de alegría sana, escribió el infortunado bardo 
Acuña, que sabía de lógica superior y de alta 
poesía; 

Yo, a lo menos por mi, protesto y juro — que si 
al irme trepando en la escalera — que a la gloria 
encamina — la gloria me dijera — sube que aquí 
te espera — lo que tanto te halaga y te fascina — ya 
la vez una chica me gritara — baje usted que lo 
aguardo aquí en la esquina, — lo juro, lo protesto y 
lo repito — si sucediera semejante historia — a 
riesgo de pasar por un bendito — primero iba a la 
esquina que a la gloria — porque será muy tonto — 
cambiar una corona por un beso. — Mas como yo 
de sabio no presumo. — me atengo a lo que soy. de 
carne y hueso — y prefiero los besos y no el humo — 
que al fin, al fin, ¡a gloria no es más que eso. 



Buenos Aires, XII, 1918. 



DIBUJO DE SIRIO. 




— i=>i_;v:s 



LAS TOILETTES DE PICHULA EN MAR DEL PLATA 



D* muñana, 
d kimono. 




El paseo en 
la Rambla. 



Al recogerse para el descanso. 



Para la comida 
en el Bristol. 



Dibujos de Larco. 



— i=>i_;:v<s 




OLEDADES floridas de 
Valldemosa donde Da- 
río fué a sus soledades 
y volvió de sus soleda- 
des; casa hospitalaria 
de Sureda, ¡reavivad los 
recuerdos del maestro! 
En esa cama antigua de los hués- 
pedes ilustres, entre cuatro columnas 
salomónicas y bajo un dosel de bro- 
cada tela, reposó el corpachón de 
Darío. Allí, en el trasnochar yacente, 
a la luz de una vela, leía el maestro 
la vida de un maestro que él eligió 
para recibir lecciones de paz conso- 
ladora. Y mientras gustaba la vida 
de San Bruno relatada en francés, 
quizás la mano izquierda de Darío 
acariciando la próxima columna halló 
que el torneado trozo tenía movi- 
miento sobre sus ejes. Y maquinal- 
mente, hacíale girar a compás del 
vivir cartujo del bendito varón. Y, 
entonces, el pensamiento, apartán- 
dose del libro casi santo, fijóse en 
la rotación de aquella espiral que 
fingía horadar el dosel para elevarse 
a las alturas. 

Yo veo a Darío, el pensador, cavi- 
lando sobre esa ilusión óptica, para 
hallar en la columna salomónica que 
gira, un símbolo de las existencias 
consagradas al ensueño, que, como 
espirales sin fin, parecen elevarse a 
las alturas sin cambiar de sitio, cla- 
vadas a estéril superficie. 

Ya la «Vie de Saint Bruñe» yace 
abierta, texto abajo, junto al corpa- 
chón de Darío. La fantasía genial gira 
y gira más rápida que la columnita, y 
retrocediendo y adelantándose, bus- 
ca el origen del fuste salomónico, la 
intención del inventor, y la basílica 
donde el poeta vio un bosque de co- 
lumnas espirales tendientes hacia el 
cielo como plegarias. Eran ellas per- 
feccionamientos artísticos de retor- 
cidas ramas de vid, de los troncos de 
olivo que pintara Pilar, de lianas en- 
roscadas sobre lianas. Y fueron en la 
mente del poeta la premeditación de 
un canto a las columnas salomónicas 




ENTRADA DE SANTA MARÍA. 



ESCALERA PRINCIPAL DE SANTA 
MARÍA. 



que en las naves, claustros y aulas 
españolas y coloniales viven junto al 
saber y la tozudez de la estirpe re- 
presentando convencionalmente la 
sabiduría del gran monarca israelita. 

Y ese imaginar recordó a Darío 
cierto órgano de feria visto en Mont- 
martre en días alegres, un órgano 
churrigueresco lleno de notas gango- 
sas, asmáticas, cristalinas y metáli- 
cas, y de muñecos que giraban dan- 
zando entre columnitas salomónicas 
tornadizas, pintadas de blanco es- 
malte y de purpurina dorada. 

¡Oh, claros días de París! ¡Oh, mil 
y una noches del boulevard! Allí la 
imaginación gira «fuera del tiempo y 
fuera del espacio», en las verdaderas 
alturas del genio sin abandonar la 
mesa donde brilla el ópalo embria- 
gador! 

Y la mirada de Darío va hacia el 
montón de *Le Matin». hacia los dia- 
rios repletos de noticiat, retratos mar- 
ciales y crónicas vaporosas que trajo 
el último vapor. 

Aquella vida y otras vidas de ciu- 
dades enormes le produjeron ese has- 
tio y ese ansia que él vino a curarse 
en Valldemosa, buscando la isla de 
Lulio y Chopin, una de las tierras 
donde fué posible una cartuja. La 
mazmorra de Cervantes, la celda de 
San Bruno; he aquí lo que necesita el 
inquieto espíritu del poeta, que en el 
mundo se retuerce para dar frutos 
copiosos y gratos, pero menudos, 
como los olivos de Pilar. 

Darío se incorpora con la majestad 
de un príncipe enfermo; sus anchas 
manos de forjador oprimen aquella 
frente forjada. Es la vanidad de lo 
que hizo y la angustia de lo que no 
ha de hacer nunca, aun sobrándole 
mente para hacerlo, es la imagen de 
las enamoradas y de las amadas, el 
recuerdo de los elogios y de los in- 
sultos. Ya las sábanas tienen puntas 



—J=>LS'^y:& 





de agujas invisibles; ya el soñar despierto causa fatiga; ya 
viene el día y se va la conciencia... 

Todo esto no es otra pobre cosa que un imaginar de los imagi- 
nares de Rubén Dario, una atrevidísima fantasía, tal vez una 
irreverencia. 

Mas, siempre me torturó la curiosidad insaciable de saber 
cómo podía laborar aquel cerebro, cuando no se viese estorbado 
por la rebelde palabra escrita y por la lenta pluma. 

Y ahora, en la hora del aniversario, frente a las fotografías 
que el lector y admirador de Darío ve aquí, quise hacer una obra 
que abandono lleno de vergüenza. También el cariño tiene sus 
ridiculeces. Nos enamoramos de los poetas igual que novias, 
como novias fuertes y candidas, y queremos conocer enteramente 
el alma inmortal de esos hombres grandes y engrandecidos. 

Por eso, nada más que por eso, deseé darme cuenta del mundo 
de concepciones y fantasías que las salas, los parajes y los mue- 
bles de esta casa hospitalaria de los Surada inspiraron a Dario. 
Secreto que nadie aclarará, secreto atormentado y alegrado 
por las visiones de un cerebro poderoso en mística comunicación 
con algo Todopoderoso, trasnochares que han oído el murmullo 
de oraciones casi rimadas y fragantes de unción y originalidad. 
El genio es un fracaso, porque sus frutos de arte o de cien- 
cia consisten en residuos de una 
cosecha perdida. Aunque el símil 
resulte grosero, me atrevo a com- 
pararlas mentes geniales con alam- 
biques rotos que dejan evaporarse 
el perfume destilado, guardando 
sólo aromáticas borras. Por gran- 
des que me parezcan las concep- 
ciones de Dario, siento lástimapor 
el inaudito caudal de ideas des- 
perdiciado en monólogos íntimos, 
hechos con esencia de palabras 
vertiginosas y lúcidas. 

Un día de hace ya muchos años, 
llegó Rubén Darío a las soledades 
floridas de Valldemosa, huyendo y 
buscando nuevas soledades. Estuvo 
allí algunas semanas, sin discutir, 
como de costumbre, ligeramente 
irónico, como siempre; vistió el 
hábito de cartujo, releyó la vida 
del santo, planeando muchísimo y 
escribiendo poco. La belleza del 
paisaje, la dulzura del clima y la 
grata hospitalidad de sus huéspe- 
des artistas le hicieron gran bien. 
La contemplación de un paraíso 
pintoresco y tranquilo obraba 
sanamente sobre aquel ánima en 
pena. El ejemplo de los cartujos, 
artífices de la paz interior, de la 
cerámicay otras labores celestiales 
y mundanas era tentador... 

Cuando parecía que el maestro 
lograba hallar el reposo y la disci- 
plina necesarios para hacer la obra 
enorme, maestra, que de él siem- 
pre estuvimos aguardando, Ru- 
bén Darío huyó de repente. 

Estaba escrito que, tras largo 
peregrinaje por las soledades del 
mundo, debía morir en la soledad 
de León de Nicaragua. 

Eduardo del Saz. 



i:^y^— 




ONVIENE que ustedes, los jóvenes, 
vean como en este siglo de frivo- 
lidad y escepticismo, subsisten 
todavía pueblos que son asilos 
de la santidad, depósitos de la fe 
y orgullo de la religión que los 
hace dichosos, j Vaya usted a San 
Onfalio de la Sierral 

Fui. Se agrupan sus casas en 
torno a la iglesia como los po- 
lluelos junto a la madre. La igle- 
sia es todo: recia y fuerte, en 
tiempos sirvió de fortaleza; desde su torre se atala- 
yaba al enemigo y sus campanas llamaban a la 
defensa común: en las losas funerarias de su atrio 
está escrita !a historia del pueblo; su pila de bau- 
tismo es la cuna espiritual de todos y tales ex 
votos hablan de los grandes dolores o fortunas 
que pasaron por San Ünfalio. 

Llegué en noviembre; se rezaba la novena de 
las ánimas. El pueblo se arrodillaba acongojado 
ante un lienzo en el cual hombres desnudos, 
con la mirada implorante dirigida a lo alto, se 
retorcían entre llamas. A la oscilante luz de las 
hachas daba la impresión fantasmal y medrosa 
que sugiere el «Entierro del conde Orgaz» cuan- 
do lo muestran en Toledo al trémulo resplan- 
dor de los blandones. El predicador hablaba de 
muerte y expiación: el pueblo escuchaba con- 
trito. Luego desfilaba en silencio por las calles 
tortuosas. La gente al entrar en casa decía: ¡Ave 
María!, al despedirse no faltaba el piadoso «si 
Dios quiero, el vigilante nocturno añadiendo 
pavor a la sombra gritaba: «¡Mientras dormís, la 
muerte vela!» En el arco de entrada de todas las 
casas campeaba la imagen del Sagrado Corazón 
de Jesús. Y no era jansenismo, porque el pueblo 
trabajaba con honesta alegría; era religión, sen- 
cillamente. 

Me contaron la historia del pueblo y me 
expliqué que fuera como era. Lo había 
fundado, sin querer, un antiquísimo ere- 
mita llamado Onfalio. El santo varón, 
huyendo de la pompa del mundo que en 
tan grave aprieto suele poner la salvación 
del alma, se refugió en aquellos, entonces 



solitarios riscos; fué inútil, la fama de sus virtu- 
des atrajo a la gente que le pedía consejo. Frente 
a la cueva que servía más de «in pace» que de ha- 
bitación a Onfalio, se fundó una hospedería... 
Y así se creó el pueblo. 

La religiosidad, pues, reflexionaba yo, es en San 
Onfalio de la Sierra, algo tan natural e indestruc- 
tible como lo que por herencia nos viene, disuelto 
en la sangre . . . 

— No lo crea usted; la historia es otra y aun a 
trueque de desilusionarle quiero contársela. Ói- 
game: 

« El rey don Sancho xxvn. conocido por Brazo 
de Hierro por lo duro e infatigable que era en 
zurrar a la morisma, venía, después de bien co- 
mido y bebido, por estos andurriales con objeto 
de favorecer la digestión con el ejercicio de la ce- 
trería. Montaba un espléndido caballo y en el 
puño, cubierto por gruesa lioa. llevaba, encapiro- 
tado, como es uso, un magnífico halcón. Era casi 
la sonochada. 

De repente apareció una paloma. Lanzó el rey 
contra ella el ave de presa y la paloma desapa- 
reció como por encanto. Mustiamente, como aver- 
gonzado volvió el halcón a' puño real. Apareció 
de nuevo la paloma, tornó a hacerse invisible y 
así una vez más y otra. . . 

El rey, furioso, espoleó su caballo; iba al ga- 
lope, saltaba las zanjas, rasgaba los jarales; sus 
cascos arrancaban chispas en la roca... La pa- 
loma, fugaz relámpago blanquecino, aparecía y 
desaparecía en el cielo ya densamente negro. 

Los sapos hicieron sonar en la noche apacible 
sus flautas de cristal; en la arboleda se durmió 
el viento blandamente y las nubes blancas, ilu- 
minadas por la luna, pasaban sobre el cielo 
límpido como navios de nácar. . . Y el rey espo- 
leaba a su caballo y en su puño el halcón, ya 




sin caperuza, extendidas las fuertes alas, y quería 
horadar con su mirada la negrura de la noche en 
la que, ¡quién sabe por qué misterio!, se ocultaba 
la palom.a. 

De pronto el caballo paró en seco. El rey tam- 
bién quedó inmóvil. Pareció que bruto y jinete 
estaban envueltos en una tupida tela negra: tal 
era la obscuridad. Se apeó el monarca y a tientas 
reconoció el lugar: estaba en una cueva; no encon- 
traba la salida. . . Sintió entonces gran miedo 
y como el temor es fuente de arrepentimiento, 
prometió, si salía con bien de la aventura, 
edificar en aquel sitio una capilla para la santa 
virgen, concediéndole, entre otros honores, el de- 
recho de asilo. 

A la mañana siguiente un alegre son de clari- 
nes despertó al rey; lo buscaban las gentes de su 
corte, pero antes de partir dejó en la cueva una 
pequeña imagen de la Virgen y rodeó el lugar con 
unas cadenas que limitaban el espacio dentro del 
cual los delincuentes, por terribles que fueran, 
eran inviolables para la justicia de los hombres. 

Por aquellos días un bandolero llamado Onfa- 
lio cometió un terrible crimen: se amparó en la 
cueva; cuando, ya libre, la abandonaba, encontró 
a otro bandido que venía buscando favor. Se unie- 
ron; hicieron una choza. Llegaban nuevos crimi- 
nales y cuando salían hambrientos y rendidos de 
la cueva, en la choza, a precios carísimos, les pro- 
porcionaban lo necesario, mas si alguno llevaba 
grandes riquezas pagaba con la vida. Una moza 
les atendió en el cuidado de la casa: pronto la 
alegre risa de unos niños embelleció el lugar; se 
hicieron otras casas, se cultivó la tierra... 

Esta es la historia: aquí tiene usted el origen 
de este pueblo santo, fundado por ladrones y ase- 
sinos, al amparo de una Virgen que nunca apare- 
ció. ¿Es triste? 

— ¡Tan triste que parece verdad! 

— El pueblo no es ni mejor ni peor 
que cualquiera, pues en las colectividades 
hay de todo, tan necio sería suponer 
que por haberlo fundado un santo era 
de santos como que fuera de bandidos 
por ser nieto de criminales. Las obras, no 
la ascendencia, son lo importante... 



b 




SOBRE LA LOMA 

ÓLEO DE PELAE2, 




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Pocos días hace, amigas y lectoras mías, 
comentaba con ustedes, en esta misma pági- 
na, les últimos acontecimientos sociales de 
gran resonancia; charlamos entonces, de va- 
porosas galas femeninas, de suntuosas resi- 
dencias, llenas de vida y animación: vibra- 
ban aún en nuestro oído los solemnes, ma- 
jestuosos compases de las marchas nupciales, 
y también los arrebatadores acordes de val- 
ses y fox-trott . 

Cuan distinto es el cuadro que anhelaría 
reílejar hoy fielmente para ustedes, hacién- 
dolas participar conmigo de esta sensación 
de serenidad infinita, que renueva el espíri- 
tu, fatigado del vértigo de la vida diaria, de 
esa vida intensamente agitada que nos en- 
vuelve y arrastra en esa populosa cosmópolis, 
que me he decidido ¡al fin! a abandonar por 
unos días. 

¿Las sorprenderá a ustedes, seguramente, 
que esta incorregible Duende se haya anima- 
do a emprender el vuelo come las inquietas 
golondrinas, habituadas a emigrar de la gran 
ciudad en busca de nuevos horizontes, ávidas 
de aire puro, y completa libertad?... Pues 
sí, amigas mías, me he dejado tentar por mis 
sobrinos, y héteme aquí, en medio de la paz 
de los campos. . . No conocía — debía aver- 
gonzarme el confesarlo — • la estancia de la 
que es dueña y señora hace cosa de año y me- 
dio, mi rubia Mary, la que llenaba de bullicio 
y alegría mi pequeño hoíKe; hoy no es sólo 
ella, la que me ha atraído hasta aquí; hace 
algunos meses llegó a esta estancia, en plena 
provincia de Buenos Aires, el minúsculo per- 
sonaje de negros ojazos y dorado plumonci- 
11o, que tendría el don de hacerme cruzar 
penosamente valles y montañas, con tal de 
poder contemplar su naricita remangada, y 
escuchar sus primeros gorjeos: así es la vi- 
da... Envejecemos, creemos volvernos 
egoístas, y, sin embargo, hemos de depender 
siempre de ajena voluntad: y en estos casos, 
la más infinitamente pequeña, es la que nos 
dicta las más imperiosas leyes. 

Pero no era necesario cruzar penosamente 
— como los caballeros andantes, o las prin- 
cesas heroicas — por valles y montañas, para 
llegar a este establecimiento, propiedad de 
Jaime, y de cuya importancia y admirable 
organización puede darm.e cuenta recién aho- 
ra. Treinta leguas en auto, son, naturalmen- 
te, un juguete, para este nuevo sobrino que 
me ha adoptado y conquistado al mismo 
tiempo por completo, se lo aseguro a uste- 
des; él mismo quiso evitarme las molestias 
del tren, y desde la puerta de mi hotelito, 
donde quedó sentado Pushy, enroscado so- 
bre su cola y muy indignado, al parecer, con 
la persistente manía de vagabundeo de su 
ama, — hasta la tupida avenida de eucalip- 
tus que da acceso a La Mary no tardamos 
ni siquiera cuatro horas; cruzamos leguas y 
leguas a una velocidad de noventa kilóme- 
tros por hora, y aunque no dejaba de ma- 



rearme un tanto el vértigo que me arras- 
traba, mi amor propio no me permitía con- 
venir en que los años no pasan impunemen- 
te. . . Por nada de este mundo hubiera con- 
fesado a Jaime mi repentino malestar: y el 
auto hendía el espacio, dejando atrás la tu- 
pida fronda de las estancias del camino, sus 
puestos — dos o tres piezas de material, el 
pozo legendario, una sarta de chiquillos des- 
greñados y tostados por el sol, colgados, 
conio vivos racimos, del cerco que limita sus 
domiinios. La lamentable indolencia c.-iolla se 
revela en esos puestos, tan próximos aun de 
la prodigiosa ciudad... El auto sigue su ver- 
tiginosa carrera, turbando la plácida tran- 
quilidad de los venteveos, posados en 
los palos del alambrado, levantando las ban- 
dadas de teros que chillan desaforadamente 
anunciando el paso de ese enorme monstruo 
gris que cruza creDÍtando la llanura sin fin . . . 
Sólo una cabana llena de moderna coquete- 
ría, con sus techos rojos, sus balcones flori- 
dos, cautiva mi atención: es de un inglés, 
me inform.a Jaime: y es un verdadero modelo 
de confort y de elegancia; pero atardece ya, 
y Jaime apresura aún la marcha, temeroso 
de que pueda alcanzarnos la noche lejos aun 
de la estancia. 

¡Y aquí me tienen ustedes, definitivamen- 
te instalada! He improvisado mi mesa de 
trabajo, en pleno parque, en un parque que 
no tiene nada que envidiar, a los más pinto- 
rescos puntos de nuestros aristocráticos pa- 
seos. Rodean la amplia y vieja casa baja de 
estilo colonial, con sus corredores, tapizados 
de florida enredadera, bosquecillos de casua- 
rinas, y quentias gigantescas; el incesante 
parloteo matinal de las cabecilas negras, 
tijeretas y urracas llena de vida el parque 
solitario: el acompasado quejido de las palo- 
mas torcaces, parece improvisado acompaña- 
miento, para tanta algarabía. . . Es una hora 
de tan exquisito encanto, que me parece un 
imposible, el haber resistido hasta hace tan 
breves horas el vivir en medio de esa vorá- 
gine de ruidos propios a la gran ciudad; |es 
tan grande la serenidad de este ambiente, 
que no turba ni el vocear de los vendedores 
de diarios, ni ¡a persistente vibración de 
campanas y sirenas! ¡Puedo contemplar a lo 
lejos, las avenidas de acacias y deeucaliptus; 
se internan bajo la tu- 
pid.i fronda de los sau- 
ces avestruces y llamas 
que obedecen a la voz; 
sólo limitan el horizonte, 
las cortinas de álamos, 
que separan el parque 
de los potreros en que 
se selecciona la hacien- 
da por categorías; ¡si su- 
pieran ustedes, amigas 
mías, lo mucho que he 
aprendido en tan corto 
plazol Sospecho que si 




al majestuoso Don Patricio, el mayordo- 
mo, jefe supremo de los distintos mayor- 
domos y capataces de todas las secciones 
en que está dividida La Mary se le conce- 
diera anotar algún dato sobre mi estada, en 
el prolijo registro de informes que lleva, re- 
ferente al personal y a los menudos inciden- 
tes de la vida diaria de la estancia, habría 
de consignar en el expediente a mi respecto: 
«visita curiosa, indiscreta, investigadora, 
que nos molesta a todas horas...» Curiosa 
he sido siempre, y esa modalidad es aguza- 
da ahora por el interés de cuadros absolu- 
tamente nuevos para mí; cuando Jaime 
anda en alguna de sus jiras acostumbradas 
— remates o selección de hacienda, ferias en 
los alrededores — no me queda otra víctima 
a mi alcance, que el majestuoso Don Pa- 
tricio. 

¡Y hay tanto que ver en el establecimiento! 
Ya no se trata de duendear por teatros o sa- 
lones, ni de describir toiletteí, joyas y pena- 
chos. . . Acaparan hoy toda mi curiosidad, el 
gallinero modelo, la conejera, en que los re- 
cién nacidos — de raza angora, por su- 
puesto — parecen copos de cisne sobre seda 
sonrosada... los vastos, interminables gal- 
pones que encierran majestuosos ejemplares 
vacunos que representan un capital de cien- 
tos de miles de pesos; la fábrica, en que un 
poderoso motor muele el grano que ha de 
alimentar a tan importantes personajes; el 
tambo modelo, que parece reproducir una 
caja de juguete, alberga como un centenar 
de vaquitas de pedi^ree: hay que pensar que 
se necesitan ochocientos litros diarios de le- 
che para el consumo de los majestuosos 
ejemplares que albergan los galpones. 

He llegado, también, en mi fiebre de ex- 
cursionista, hasta el horno de ladrillos, y me 
he documentado prolijamente sobre esa cu- 
riosa elaboración que era para mí profundo 
misterio. . . Luego, he iniciado también nue- 
vas amistades; sólo en el casco de la estancia, 
se alberga una peonada — criolla en su ma- 
yoría • — como de cincuenta hombres, y he 
podido convencerme, después de conversar 
con ellos, que no hay temor que traspase los 
lindes de esta cabana modelo, ningún fer- 
mento de violentas imposiciones; muchos es- 
tancieros podrían evitar la sombría amena- 
za si adoptaran para sus 
establecimientos un re- 
glamento tan equitativo 
como el que impone a 
su personal esta admi- 
nistración modelo, ha- 
ciéndole disfrutar a la 
vez de un conferí desco- 
nocido, según se asegura, 
en muchas de las estan- 
cias del contorno. 

¿Y de qué se ocupa la 
rubia y encantadora 
'castellana» — me ore- 



guntarán ustedes? Tiene tiempo para lodo... 
Aquella mundana infatigable, aquella om- 
tura gentil, alegre y bulliciosa, dirige tam- 
bién con firme manecita la administración 
interna, en la que no interviene, por cierto, 
Jaime; no acapara tampoco todas sus horas 
la deliciosa criatura — es una nena - — que 
llena la vida de ambos: Mary ha aprendido a 
no limitar su acción a la sagrada tarea del 
hogar, porque la mujer dichosa como ella, 
debe recordar otros deberes, y velar por el 
bien ajeno ... He sido consultada por ella — 
cesa que me ha encantado — sobre el progra- 
ma, cuyas bases ha estipulado ya, para una 
escuelita rural; la horroriza, sobre todo, la 
falta de higiene de los chiquillos que pululan 
en los alrededores; agua a raudales, será lo 
que exija a sus primeros protegidos; agua a 
raudales, que es salud del cuerpo, y también 
del alma... Luego, ha de inculcarles los 
conocimientos sencillos, imprescindibles, pa- 
ra que esas criaturas desarrollen una acción 
honesta y útil en el medio que las correspon- 
de; ¿no creen ustedes, lectoras mías, que 
Mary ha comprendido su deber? Y será, no lo 
dudo, la eficaz colaboradora de la obra de su 
marido... Ellos saben ser generosos y pre- 
visores; y así les juzgarán ustedes, por un 
solo detalle, tan nimio al parecer. 

Días pasados, Modesto, el capataz de cam- 
po, hizo notar a Jaime, un hecho singular. 
Una mulita retozona, pero muy arisca con 
todos los peones, se había encariñado, si así 
puede decirse, con un viejo caballo ciego, 
que vagaba a su antojo, por uno de los po- 
treros a su cargo; había observado que cuan- 
do el pobre matungo tenía sed, relinchaba 
bajito, llamando a su lazarillo; ella todo lo 
abandonaba para venir a su lado, y el po- 
bre inválido apoyaba entonces el sediento 
hocico, sobre el anca de su generosa amiga, 
que lo guiaba pacientemente hasta el bebe- 
dero; lo mismo se ingeniaba para llevarle 
hasta donde pudiera encontrar la más tierna 
alfalfa, sin permitir que ninguno de sus vi- 
gorosos compañeros pudiera disputar al po- 
bre ciego el lugar privilegiado. . . Tal ejem- 
plo de abnegación, que pudiera abochornar 
a muchos seres conscientes, ha tenido su in- 
mediata recompensa. La generosa mulita ha 
sido jubilada por la dirección; su única ta- 
rea, será de hoy en adelante, el cuidado del 
pobre ciego, del que no puede percibir la luz 
radiante que matiza con trazos de oro la lla- 
nura infinita, ni el divino fulgor de la prime- 
ra estrella de la tarde, la que lleva el nombre 
de la más seductora de las diosas, y la que el 
ingenuo hablar de los paisanos llama «la bo- 
yera» porque el declinar de su brillo señala 
la hora de llevar la hacienda al pastoreo, y 
porque a la oración augura su divino fulgor 
la hora del reposo de todas las faenas . . . 

La Dama Duende 



— i=>l;v/':s v/T_mK?^^— 



Oasdt moy tanspraao se batUn en los 
■IradKloras át la plaia Su> Sulpido. Al da- 
ñar al Aa. loa «adma. antiaabriando sus 
veaianaL haUaa visto pasar por las calles 
^■iertas. bataDoaea de Knaa que marchaban 
stñ raido y eoa las náyoras precauciones. 
Las pantalniw» rojoa iormakaa una pan ola 
de pArpwa que al acero de las bayonetas 
vrrrm^^ eon una espuma brillante. Camt- 
mbaa an el nis absoluto silencio. Los ofi- 
cialsa. sapada an mir^.'. tVan ruando las 
paiadB. oon él oii a mirada es- 

cmtadora. como s -a embosca- 

da dstris de cada rp.?:<.;on oe adoquines. 
Deatunfiíhin de todo, y oon raxta. porque 
la fuarra dvil no ofcaoe trefua ni cuartel. 

A lo laioa tronaba sordamente el caftón 
y m oiaB incesantes da K ii gsi de fusileria. 
Una Wkcha y espesa columna de humo ira* 
aaba caprichoaos arabescos en el azul de un 
bello dalo da mayo. Paris ardía... Una 
twba estúpida y desentrañada incendiaba 
lea monaaentas acumulados durante diei 
si(loa: y en aquel momento La Comuna aca- 
baba de prendar fueco al palacio mismo de 
La Comuna 

Las campanas no hadan oír su toque fu- 
nerario, porque las iglesias habían sido ce- 
rradas: y esos bronces que sonaban para 
todas las fiestas no podian ahora asociarse 
a la afDoia de la pan dudad. En todas par- 
tas reinaba un Hfubre silencio, interrumpido 
a6lo por el eco de las descargas. Los rayos 
del «ai abritedoae paso a través de aquella 
naba de hooio, iluminaban escenas de cruel 
camioaria, horribles escenas que sólo la his- 
toria poade eacribír sin temblar, en las pá- 
ginas de <sr libre qmt no mturt nunca! 



En una de las barricadas se veía a un 
Bmehaciio como de quince años, uno de esos 
pffliislni que el gran poeta ha inmortalizado 
en CaTrt>cbe. Delgado, bajo, con el rostro 
pálido lleno de pecav las mejillas hundidas. 
la frente ancha, grandes ojos azules, vivos 
y a l a g ius y una cabellera enmarañada del 
color del trigo maduro. Vestía decentemente 
y hasta luda sobre su chaleco de terciopelo 
Astado una gruesa cadena de plata. Empuña- 
ba con entasiasmo un fusil viejo, pero no 
ttnia ni un solo tiro en la cartuchera que 
llevaba a la cintura. Cerca de él, cinco o 
■ola hombres mal vestidos y de aspecto pa- 
tibulario hadan fuego sobre los soldados que 
avanzaban a lo largo de las paredes por la 
calle Canettes. 

En el momento en que aquellos soldados 
•saltaban la barricada, una mujer del bajo 
pueblo se dirigía a ella llevando en la mano 
un )arro de lata lleno de petróleo, en el cual 
mocaba una escobilla. Les insurrectos huye- 
ron ante el ataque, pero uno de ellos cayó 
j fué hecho prisionero. La mujer fué tam- 



bién rodeada, defen- 
diéndose ton.-!.- 
te oon su es 
empapada en ; 
loo. con la cual ro- 
ciaba a los soldados. 

— ¡Ah! — exclamó 
cuando la sujetaron 
— si ahora tuviera 
un fósforo, ¡cómo 
ardería toda esta 
canalla! 

El oficial que 
mandaba el destaca, 
mentó, un capitán. 
Joven, de rostro va- 
ronil y mirada inte- 
ligente, señalando a 
uno de los costados 
de la iglesia, gritó 
con voz dura: 

— |A la pared!' 
Los dos prisione 

ros fueron llevados 
allí: él. abatido y 
temblando: ella, al- 
tanera y con una 

sonrisa de desafio en 

los labios. Se oyó ^^f^"^^ 
una descarga y los EMlru^ P de 
dos infelices cayeron MBZC^JPÜA 
fulminados. 

Entonces, el sar- 
gento que mandaba el pelotón, se volvió 
hacia el capitán y llamó su atención sobre 
el pilluelo que a pocos pasos de allí, de pie, 
con los brazos cruzados sobre el pecho y sin 
pestañear, había presenciado la escena, y 
preguntó qué se hacía con él. 

El capitán titubeó. (Uno más!... ¿Por 
qué no lo habían despachado junto con los 
otros?. . . Y su mirada indecisa y triste iba 
de los cadáveres que yacían al pie del muro 
sobre un charco de sangre, a aquel adoles- 
cente de aspecto travieso, ¡Todavía uno! , . . 
¿Cuándo acabaría esta ingrata tarea?.,. 
Por último llamó al muchacho y comenzó a 
interrogarlo nerviosamente: 

— ,iTu nombre? 

- julio Ballard, 

- ¿Qué edad tienes? 

— - Catorce años y medio. 

— ¿Tú estabas con esos hombres? 

— Sí, señor, 

— ¿Por qué? 
Porque. . , 
¿Tienes padre? 

— Los prusianos lo mataron en Cham- 
pigny; yo soy el menor, , , a mi hermano 
mayor también lo mataron los prusianos, 
en Buzenval . , , 

— ¿Dónde has robado esa cadena? 

— ¡Robado! — exclamó el pilluelo hacien- 
do un gesto de indignación, — ¿por quién 
me toma usted? La he comprado , , , es mía . . . 




yo trabajo, . , o me- 
jor, trabajaba con 
un encuadernador, 
ganaba dos francos 
y medio por día y 
sostengo, es decir, 
sostenía a mi pobre 
vieja, , . Yo no he 
muerto a nadie. Oía 
decir que ustedes 
querían echar abajo 
la República. , , Yo 
no sé lo que es: pero, 
¿por qué no dejan 
tranquilo al pueblo? 
¿Por qué me han 
asesinado a mi pa- 
dre y a mi herma- 
no?. . . 

El capitán se sen- 
tía conmovido. El 
muchacho continuó 
con vehemencia: 

— Usted me va a 
hacer fusilar como a 
los otros, ¿no es cier- 
to? ¡Bien hecho! Yo 
no debía haberme 
metido en estas cosas 
que no entiendo, , , 
Recogí ese fusil y esa 
cartuchera vacía 
ni sé en dónde, , , 
Este es el resultado de querer ser hombre 
cuando todavía no se tiene un pelo en la 
cara. En fin, ¡qué le hemos de hacer!,., 
Pero... usted, mi capitán, me parece que 
es muy bueno y si yo me atreviera a pe- 
dirle. . . 

— ¿Qué? Habla, 

— Pues bien: mi madre vive en la calle 
Princesse, número 17. . . Aquí está mi reloj 
y mi dinero... Mándele todo esto a mi 
madre, capitán; mándeselo, ¡por favor! Es 
pobre, no tiene a nadie más que yo en el 
mundo. . , ¡Ah! Cómo hubiera deseado abra- 
zarla antes de. . . 

Esta vez el muchacho no pudo contener 
un sollozo y una lágrima asomó a sus ojos. 

— ¡Anda a abrazar a tu madre, tunante! 
— exclamó el oficial, cediendo a un impulso 
de su corazón. 

En el primer momento el muchacho no 
comprendió o creyó que se burlaban de él, 
y continuó inmóvil, estrujando su gorra 
entre los dedos y mirando con desconfianza 
al capitán, Pero luego, empezó a darse cuen- 
ta de que aquello era en serio y haciendo un 
esfuerzo para hablar, preguntó: 

— ¿De veras?. . , ¿No es una broma?, , , 
¿Usted me permite que vaya a abrazar a mi 
vieja y que le lleve el reloj y el dinero?, , . 
¡Ah! ¡Qué felicidad!. . . Bueno, voy y vuelvo. 
Mi palabra de honor que estaré de vuelta 
antes de media hora... Pero quiero saber 



su nombre, capitán, para decírselo a mi 
madre y para presentarme a usted cuando 
vuelva para que me fusilen,,. Dígame su 
nombre, capitán, se lo pido... 

— El capitán Frémont, — contestó el ofi- 
cial sonriendo. 

El muchacho le tomó una mano, se la 
besó y echó a correr. 



El capitán Frémont debía esperar allí 
órdenes de su jefe. Mientras tanto, hizo 
acampar a sus hombres, les distribuyó aguar, 
diente y les mandó descansar. Luego, fué a 
sentarse en un banco allí cerca y encendió 
un cigarrillo, 

A la media hora precisa, Julio Ballard, 
con los ojos enrojecidos, pero caminando 
tranquilamente, con las manos en los bolsi. 
líos, llegó por la calle Canettes y se presentó 
al capitán. 

¿Qué quieres tú aquí? — le preguntó 
éste, entre admirado y enojado. 

— ¡Cómo! ¿Qué es lo que quiero?. . . ¿Ya 
no me recuerda usted?. . . Julio Ballard. . . 
Le di mi palabra de honor de volver des- 
pués de abrazar a mi madre, y aquí estoy 
para. . . 

Y con el dedo señalaba a la pared de pie. 
dra a cuyo pie yacían los cadáveres de sus 
dos compañeros. 

— ¿Y qué dice tu madre? — le preguntó 
el capitán lleno de admiración ante tanto 
valor y buena fe. 

— ¡No dice nada . . . llora! . . . 

No pudiendo ya contenerse, el capitán se 
levantó, lo tomó de un brazo y sacudiéndolo 
con fingida cólera, exclamó: 

— ¡Quieres mandarte mudar de aquí in- 
mediatamente, grandísimo bribón! 



Hace unos días, en el casamiento del ca- 
pitán marqués de Frémont con lady Eleo- 
nora Brompton, se notaba entre la distin- 
guida concurrencia que llenaba las naves de 
la iglesia de la Magdalena, un hombre joven, 
vestido como un obrero endomingado. Cuan- 
do terminó la ceremonia y todos se dirigie- 
ron a la sacristía, él se mezcló al cortejo y 
saludó a los recién casados: 

— Mi coronel, hoy no me dirá usted que 
me mande mudar. Permítame que le ofrezca 
mi regalo de bodas. Su generosidad ha hecho 
de mí un buen hombre; mi madre le está 
muy agradecida. 

El capitán trataba en vano de recordar 
aquella fisonomía. La joven marquesa abrió 
el estuche y encontró en él un precioso libro 
de oraciones, manuscrito sobre pergamino, 
admirablemente encuadernado en piel de 
víbora y con esta inscripción, en letras de 
oro, en la tapa: 

s Julio Ballard a su salvador, iSji. » 




OBNlONErf 



:m£.mi,na^ 



Ofreoeroos a nuestras lectoras un articulo 
de la prcBdenU del «Consejo Nacional de 
Majará», de Francia. Esta importante fede- 
ración atti formada por ricHTO dos socie- 
dadei, que se ocupan de la suerte de las 
mv\ent y lo* niltos, permitiéndoles conocerse 
y aytidane mutiumente: que dirigidas por 
d taknto y el prestigio de su presidenU, no 
tu v i er o n otro afán, desde el principio de las 
hoetilidades, que aliviar ¡as miserias inme- 
<S«tM ranndaí por la lucha sangrienta sin 
p iíee d o n tea. No necesitaron un llamamiento 
ccpedal, todas se agruparon espontáneamen- 
te para ajnidar a los que tan heroicamente 
deieodicroa d glorioao suelo franoéi. 

NADA DE PAZ APRESURADA 

Se dice que de varios puntos se inician 
movimientos pacifistas y que las mujeres los 
organizan y toman una parte ac'-- -- •'<• 
Ecto es muy posible. Las muje- 
qoe riesnpre han causado la ac 
mondo por su amor a la patria y el cuito 
sagrado dd deber, ¿qué quieren? Una paz 



apresurada, de consiguiente una paz ale- 
mana. Esto no es admisible. 

En nombre de los que han caído, en nom- 
bre de los que luchan, o permanecen testigos 
mutilados del gigantesco esfuerzo por la li- 
bertad futura de la humanidad, todas las 
mujeres francesas, acallando sus angustias y 
sus desgarramientos, deben repetir todos los 
días: «Hasta el f'.nal>. 

En 1864, Lincoln, en el momento más 
sombrío, más doloroso de la guerra contra 
la esclavitud, recibió una delegación fran- 
cesa, que le ofreció su intervención para una 
paz sin victoria. Sin vacilar, el presidente 
respondió: • Nosotros hemos sufrido esta 
guerra, la hemos aceptado, combatimos hacia 
un fin y por una causa que es vital en el 
mundo entere, y ante Dios esta guerra no 
terminará hasta que este fin no haya sido 
alcanzado. » 

Francesas: Unidas a todos los franceses, 
repitamos estas nobles palabras. Es la huma- 
nidad que marcha la que parece hablar des- 
pués de un medio siglo por boca del presi- 
dente Lincoln, este grande y venerado pa- 
triota. 

Que la retaguardia sea digna del frente, 
A nuestra manera, seamos como soldados 
siempre en su puesto, Guardianas del hogar, 
dedicadas a la vida sencilla, seamos por to- 
das partes y siempre las sembradoras de 
valor, a fin de que más tarde nuestros hijos 
conserven de nosotras en estos días inolvi- 
dables un recuerdo luminoso de fuerza y de 
ternura. 

• Cuando yo tengo un pensamiento de 
represión, — decía una noble mujer, — me 
parece que fusilo por la espalda a nuestros 
soldados » — palabras fuertes para retener y 
meditar. Avancemos así hacia la hora defi- 
nitiva y sagrada de la victoria y de la paz, 
la paz magnifica comprada al precio de tan- 
tas vidas dignas del sacrificio sublime ofre- 



cido conscientemente a la patria y a la huma- 
nidad. 

1 Yo quiero volver al frente, — me decía 
un joven paisano, convaleciente de una re- 
ciente herida; — lo quiero para que los ni- 
ños no tengan que ir después de nosotros. » 

Mujeres francesas: ¡Qué glorioso fin! ¡Ah! 
ciertamente el camino es largo y duro, y 
algunos peregrinos fatigados, vacilantes se 
detienen aquí y allá y querrían hacer alto, 
¡Ah! ¡Qué se guarden bien de ello! Que su 
debilidad estimule nuestra fuerza y que 
nuestra actitud inquebrantable en la justi- 
cia de nuestra causa común nos haga cola- 
boradoras de la mejor paz, !a que nos traerá, 
no lo dudemos, la paz verdadera. ¡Ah, cómo 
aspiramos a ella! 

Hay un proverbio que dice: «Lo que la 
mujer quiere, Dios lo quiere». Cuando nues- 
tro deseo haya llegado a ser una esperanza 
viviente, entonces se nos verá querrr. 

En el silencio de su corazón oprimido por 
la angustia, en el trabajo de la compasión, 
en las rudas labores impuestas a su debili- 
dad por la patria en peligro, la mujer ha 
guardado silencio noblemente, pues era ne- 
cesario que a su manera y al lado del hom- 
bre ella trabajara para la victoria: pero 
cuando el alba nueva se levante fuerte con la 
experiencia y con las grandes lecciones del 
dolor, madre y compañera del hombre a la 
vez, las que han guardado silencio hablarán, 
sus voces subirán entre todas !as naciones 
para llamar a la humanidad a una paz uni- 
versal. Su llamado será cído al fin, y la pa- 
labra de un viejo profeta se realizará: « No 
tendrás más hijos para verlos perecer por el 
hacha y por la espada», 

Julia Sieofried, 

Presidenta del «Consejo Nacional ds Mujeres», 
de Francia, 



LOS DERECHOS 
DE LA MUJER 

Presidido por una distingi'ida intelectual, 
un grupo de mujeres argentinas ha empren- 
dido la campaña por los derechos de la mujer. 

Deseamos que el mejor de los éxitos co- 
rone este esfuerzo de buena voluntad, si- 
guiendo el ejemplo de las mujeres europeas 
y norteamericanas. 

LO QUE QUEREMOS 

Que el Poder Legislativo derogue toda ley 
que no se ajuste a la equidad, y haga des- 
aparecer de los Códigos todo articulo que 
establezca una diferencia de lec^islación entre 
ambos sexos y en contra de la mujer, para 
que ésta deje de ser la incapaz que es hoy 
ante la tey, y recobre todos los derechos que 
corresponden a un ser humano consciente y 
responsable; 

Que se dé cabida a la mujer en los puestos 
directivos de los Consejos Nacional y Sec- 
cionales de Educación; 

Que igualmente tenga un sitio en los Tri- 
bunales, especialmente para causas de me- 
nores abandonados y delincuentes, y para 
mujeres; 

Que se dicten leyes que protejan la ma- 
ternidad y permitan la investigación de la 
PATERNIDAD, de modo que todo hijo, legíti- 
mo o no, viva una vida plena y goce de igual 
protección de sus progenitores, e igual res- 
peto social; 

Que a igualdad de trabajo sea concedido 
igual salario, sin distinción de sexos. 

Queremos todos los derechos políti- 
cos, debiendo ser tanto electoras como ele- 
gidas. 

Elvira Rawson de Dellepiane. 




lE RR A5J>^TRIANA5 




La ciudad de Pola que sirvió de base naval a Austria, 
fué asediada durante siglos por los bárbaros, y sus 
defensas se vieron teñidas de sangre. Al conquistarla, 
recibió, en unión de las comarcas vecinas, diversos 
nombres, cambiando los nuevos habitantes la denomi. 
nación de las tierras y de los ríos. Únicamente sus 
bellezas naturales no cambiaron jamás. Elevados mon- 
tes la rodean, famosos ya en los anales romanos; aun 
existe un punto denominado Sassn di Dante, donde 
cierta vez el gran poeta italiano se detuvo, en un 
convento de benedictinos; a la magnificencia del paisaje 
úñense los recuerdos de las grandes glorias itálicas. 

Ya los poetas griegos celebraron sus rios y sus ma- 
jestuosas moles alpinas. Seiscientos años antes de Cristo 
algunas tribus galo-célticas se establecieron en aquellas 
tierras, hasta que Roma llevó allí su dominación. 
En el Isonzo, Teodoríco venció a Odoacre. Larga lista 
de nombres de reyes y guerreros figura en los anales de 
la región que tantas veces cambió de dueño. 

El tratado de Campoforte la puso bajo el poder de 
Austria; luego vinieron los de Presburgo, Fontainebleu, 
Schonbrum, París y Viena. Istria sufrió distintas do- 
mínaciones y, por último, fué considerada austríaca 
definitivamente. ¿Cuál será su suerte en el futuro? 

Pola, en la punta extrema de la península istriana, 
fué en una época la sucursal de Ravenna; desde la isla 
de Cisso era conducida a ella la púrpura de la célebre 
tintorería. De su puerto salían las más preciadas mer- 
cancías. La naturaleza la prodigó toda suerte de dones; 
los olivos la enriquecían; la vid producía el vino delicia 
de los emperadores romanos. 

El arte contribuyó a hermosearla. Entre sus monu- 
mentos se destacan la Arena que tanto recuerda al 
Coliseo y el templo de Augusto, joya arquitectónica de 
inapreciable valor. El Arco de los Sergios es también 
una reliquia artística salvada de la sistemática destruc- 
ción de los bárbaros. 

Pola dio más de un dux a Venecia; le prestó ayuda 
con las armas, y resistió a la ínliltracíón extranjera. 
Algunos de los que ambicionaban su conquista trope- 
zaron con la muralla de hierro que formaban los nobles 
istrianos, quienes herían a sus feroces enemigos con el 
mismo cuchillo que les sirviera para sacrificar las 
reses de sus festines. 

Hace poco el nombre de Pola figuró en la crónica de 
la guerra. Fresco está el recuerdo de lo ocurrido allí, 
en la mente de todos. No necesitaba, por cierto, de esta 
actualidad para que sus magníficos monumentos figu- 
rasen en una publicación como Plvs Vi.tra, esencial- 
mente artística. — Corresponsal. 





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Asi evitará Ud. 80% de las molestias causadas por 
el motor. El ruido, uso excesivo de combustible, 
falta de fuerza; todo puede eliminarse con una 
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Esta aplicación es muy sencilla. No hay necesidad 
de pulir ni quemar. Simplemente hay que poner 
una onza del Desprendedor en cada cilindro por la 
abertura de la bujía de chispa, donde se dejará de 
30 á 45 minutos. No importa la acumulación de 
carbón que haya, el Desprendedor Johnson penetra 
y reblandece el carbón— entonces el calor del motor 

lo quema y pulveriza, 
haciéndolo salir por el 
tubo de escape cuando 
el coche está en movi- 
miento. 

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No importa cuánto se use o 
de que manera se aplique, no 
puede perjudicar ninguna 
parte del motor. No dañará 
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la caja de arranque. Dismi- 
nuya Ud. la acumulación del 
carbón agregando cuatro on- 
zas del Desprendedor Johnson 
a cada 10 galones de gasolina. 

Se Karantiza que el Desprendedor 
de Carbón Johnson no contiene 
ácidos o substancias químicas per- 
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quedará convencido efe sus resul- 
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Ahora es necesario dar de baja definitivamente a las teorías y 
argumentaciones de los innumerables adversarios del feminismo. 
Prácticamente, andando, como el filósofo griego demostraba el movi- 
miento, es decir, andando, las mujeres supieron demostrar que todas 
aquellas medidas craneanas y todos aquellos distingos fisiológicos 
eran pura invención. 

Brillante y deci.sivo resultó el triunfo e inútil sería insistir en 
pregonarle; mas aun existen representantes del sexo feo empeñados 
en discutirle. Así, cuanto se hable de la colaboración femenina durante 
la guerra y de )a que la mujer prestará en lo futuro, es poco para 
convencer a los recalcitrantes. 

Las mujeres norteamericanas consiguieron fundar instituciones im- 
provisadas, de urgencia, que a los hombres les habrían costado largos 
años de tentativas y fracasos. 

Una de las más admirables, es el Ejercito Nacional de Mujeres, 
donde se enrolaron millares y millares de damas, señoritas y obreras. 
Gracias a verdaderos prodigios de organización, hubo en seguida 
dinero, material y todo lo que el ejército necesitaba. Nadie recuerda 
una explosión parecida de entusiasmo público y de pericia. 

Pronto el ejército inició sus servicios auxiliares que tanta impor- 
tancia han tenido en la participación bélica de la gran república. 

Además de eso, el entusiasmo feminista sirvió para formar una 
atmósfera de energía que retemplaba el entusiasmo varonil. Fué un 
ejemplo que se tradujo en el mayor incremento de la presentación 
de voluntarios. 

Las heroínas del Ejército Nacional de Mujeres son su presidenta 
Mrs. Irving Pratt, y la vice Mrs. Pierson Hamilton, que trabajaron 
sin descanso para conseguir tan hermoso resultado. 



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TRO Y 280 DE ELEVACIÓN. 




Sonrisas de satisfacción 

de una dama que se precia de 
bella y no anticipa su decadencia» 

por Charlotte Rouvier 



UNA CABELLERA NATURALMENTE 
ONDULADA 

T^L buen stallax no solamente produce el mejor shampoo 
posible, sino que además tiene la propiedad peculiar de 
formar una natural y pronunciada ondulación en el cabello, 
efecto que seguramente desean casi todas las damas. Una 
cucharadita de las de café llena de granulados stallax disuelto 
en una taza de agua caliente, deja amplio margen para ha- 
cer un magnífico lavado de cabeza y da al pelo una brillan- 
tez y suavidad que ninguna otra cosa conocida puede pro- 
porcionar. Es totalmente inofensivo y puede comprarse en 
casi todas las droguerías. Como hasta ahora ha sido poco 
usado para este propósito, el stallax sólo se vende en paque- 
tes con sello original, conteniendo cada paquete cantidad 
suficiente para veinticinco o treinta shampoo. 

NO TENGA BARRILLOS 

P'- nuevo tratamiento para hacer desaparecer instantá- 
neamente del rostro los molestos barrillos, puntos ne- 
gros, grasitud y dilatación de los poros, es tan sencillo y 
agradable que me ha sorprendido ver todavía algunas da- 
mas ostentando tales fealdades en la cara, en las cuales es 
visible la depresión moral que tales contrariedades causan. 



El procedimiento a seguir es muy sencillo. Obtenga algunas 
tabletas de stymol, cuidando estén siempre bien tapadas y 
en lugar seco. Eche una en un vaso con agua caliente y 
bañe su rostro con ese líquido en seguida de cesar la efer- 
vescencia que el stymol produce, secándose luego con una 
toalla limpia y blanda. Observará inmediatamente una 
mejoría notable más asombrosa cuando usted vea que los 
barrillos han quedado en la toalla, !a grasttud eliminada 
y los poros contraídos hasta su estado normal. Sentirá en- 
tonces la sensación de un cutis fresco, aterciopelado y blan- 
do, que la hará francamente feliz. Para asegurar la perma- 
nencia de tan lisonjero resultado, es preciso repetir el pro- 
cedimiento algunos días después. 

SUPRESIÓN DEL BOZO EN LA MUJER 

P^RA las damas que ven su belleza desfigurada por este 
molesto crecimiento de vello, constituirá una gran no- 
ticia saber cómo se extirpa de un modo permanente ese 
vello. Para este propósito debe usarse el porlac puro pul- 
verizado, de cuya substancia casi todos los boticarios pue- 
den venderle a usted una onza. El tratamiento se recomien- 
da no sólo para la desaparición instantánea del vello que 
os desfigure, sino para matar por completo las raíces, sin 
que por esto sufra la belleza de vuestra piel. 

EL BUEN SENTIDO Y EL CUTIS 

T Tasta en las investigaciones de la ciencia, en lo que a la 
^ ^ belleza del cutís se refiere, va imponiéndose la doctrina 
del buen sentido. En lugar de obstruir el natural funciona- 
miento de los poros con el uso de cosméticos, la mujer de 
talento adopta en la actualidad el <'método de absorción», 
que consiste sencillamente en eliminar por medio de ab- 
sorción el cutis exterior marchito y gastado, que por cual- 
quier razón la naturaleza no ha desprendido en la forma 
usual, en una piel sana y joven. Bajo el cutis exterior, ru- 
goso y manchado, toda mujer tiene una piel hermosísima. 

Para extirpar este velo de aspecto desagradable, las mu- 
jeres inteligentes usan simplemente un poco de buena cera 



mercolizada, extendiéndola sobre la piel como si se tratara 
de cold cream. El resultado es inmediato, pues, en poco 
tiempo, la cera absorbe la epidermis externa de poca vida, 
cayendo aquélla en forma de copos microscópicos y des- 
cubriendo el cutis bellísimo y joven que se encuentra de- 
bajo. 

Si desean hacer la prueba, adquieran en la farmacia un 
poco de buena cera mercolizada. aplicándola por las noches 
a manera de cold cream sobre el cutis. Nada tiene de des- 
agradable y el resultado que con tal procedimiento se obtie- 
ne es maravilloso, pues devuelve la felicidad a cualquier 
mujer, que puede sentir entonces las delicias de un cutis 
lozano y fresco. 

Tengo entendido que el producto genuino se expende 
al público en un envoltorio de cartón blanco, cuya cu- 
bierta exterior tiene tiene la inscripción en inglés «puré 
mercolized wax» impresa en azul. 

CANAS A UN LADO 

T A.s canas son a menudo una seria contrariedad que se 
presenta tanto a hombres como a mujeres cuando aun 
se encuentran en la plenitud de su vida. Las tinturas para 
el cabello no deben usarse siempre porque sus inconve- 
nientes son obvios y además causan perjuicio al pelo en 
muchos casos. Pocas personas saben que una fórmula muy 
sencilla, fácilmente hecha en casa, devuelve a las canas 
el color primitivo del cabello, de la manera más inofensiva. 
Basta con que compre usted dos onzas de tammalite con- 
centrada en casa de un boticario, y las mezcle con tres onzas 
de <'bay rhum» o espíritu de laurel. Aplique usted esta sen- 
cilla e inofensiva loción a su cabello durante unas cuantas 
noches, por medio de una esponjita, y las canas desapare- 
cerán paulatinamente. La loción no es grasienta ni pegajosa, 
y ha sido probada con éxito una y otra vez durante varias 
generaciones por las personas que han tenido la dicha de 
poseer la fórmula. Mezcle usted mismo la loción en su casa, 
consiguiendo un frasco completo de tamma'ite concentrada, 
con el sello intacto, lo cual será suficiente para asegurar 
éxito. 



— p?l^:v^^ x-'L-Tl^yx — 




¿Elstán Los 

Muebles 

DeUd. 

opacos, con man- 
chas de los dedos y 
recogen todo el polvo? 
¿Tiene su fonógrafo, 
piano u otro mueble de 
caoba, un color azuloso? Puede Ud. sin dificultad 
devolver su belleza primitiva usando la 




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el barniz— cubre manchas y rayas superficiales — 
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superficie como cristal, que no recoge ni retiene el polvo. 
Jamás se pondrá suave o pegajosa en tiempo caluroso. Ade- 
más de pulir muebles, también sirve para la conservación de 



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JOSÉ BOUCHET 





Son pocos; vienen entre los hombres que buscan el bienestar o 
la fortuna por medios industriales y agrícolas. Mientras sus com- 
pañeros de inmigración calculan, ellos sueñan con ideales de arte. 
Una voluntad enérgica les dice que en cualquier sitio halla el hombre 
el modo de satisfacer su vocación. 

Son pocos, pero necesarios. Una inmigración en la que sólo figuren 
hombres prácticos y negociantes, es una inmigración incompleta. 
La riqueza de un país debe ser embellecida por el arte, porque el 
arte es un lujo de lujos. Este el papel que juegan esos inmigrantes 
que entre los ansiosos de fortuna sueñan con el ideal. Son pocos, 
pero firmes y entusiastas. Trabajarán en el menester que la suerte 
les ofrezca, dedicando siempre sus ocios al aprendizaje o al refina- 
miento del arte elegido. 

El día 7 de marzo falleció uno de esos campeones idealistas, el 
pintor José Bouchet. Vino muy joven a nuestra ciudad, desde España, 
su país natal, para llegar a ser uno de los más beneméritos artistas 
argentinos. 

Incansablemente, Bouchet realizó sus primeros ensayos en el arte 
pictórico con gran aprovechamiento. Este tesón obtuvo su recompen- 
sa, pues el artista halló personas que le ayudaron. Era lo único que el 
joven pintor necesitaba para dar obras de mérito. 

Al poco tiempo sus patrocinadores le consiguieron una beca para 
proseguir sus estudios en Europa. Trasladóse a Florencia, donde 
estuvo varios años practicando con notable resultado. Terminado el 
período de práctica, Bouchet volvió a la metrópoli, ocupando la 
cátedra de dibujo del Colegio Nacional de Buenos Aires, puesto que 
ha desempeñado hasta su muerte. 

La obra de Bouchet tiene enorme importancia en la escuela pic- 
tórica argentina. Dedicado a la pintura de historia, rama a la cual 
consagró lo mejor de sus actividades, produjo cuadros notables por 
la fidelidad con que interpretó los episodios elegidos y la brillante 
técnica de que dio pruebas. El «San Martín en Plumerillos», lienzo 
que se conserva en el Museo Nacional, «El fusilamiento de Liniers», 
y «La fundación de Buenos Aires», son sus mejores producciones. 

Además de esas labores, hizo numerosos retratos, entre los que 
se distinguen los de Juan María Gutiérrez y Carlos Berg. 

Desde hace tiempo, Bouchet había abandonado los pinceles para 
dedicarse por entero a la enseñanza, en cuyas tareas propagó el ins- 
tinto de arte y el buen gusto en dos generaciones de jóvenes argentinos. 
* En la vida era José Bouchet tan excelente hombre como artista. 
Por eso, fué amigo querido y respetado de todos. 

Con él desaparece una de las más relevantes figuras de la pintura 
nacional, dejando un hueco difícil de llenar. 




AMO !V. 
MAÍ\70 1919 



flIVEKS/Wo 



[1\^\ N/LTKA t; EhviA- vn- mvevo • jalvdo, gxpKtjioN 

[lEMPf^E DECAMTToAGKAPíCIDoY- No.\/\MA- FÓKMVLA- DE- 
. "Vi^^BAniPAP • PEMoDÍjTICA. ♦ . • NvMCA PoDKAH- ComPA- 
KAk^E A LOj- DE WEi^^eVlEJ- ÍO¡- DOCE- TKABAJOj. QVE ■ TV 
KEVI^TA- KEALI7.o.£ri- ¡V-TEKCEf\A CAMPANA; PEÍkP- EMTP^E 
AsMDAJ- DoCEflAj- DE- LAPOP-^E^- W/^V-^Nv^M/^- foMBI^A DE 
PAK.ECIPO. K.ELE''e,' LECTOfí^^LA MlTOLOCiiA- V- VElvA(- COtMo, 
EnCIEKTO-Mopo, PlVÍ N/LTKA T VVO • GVE' APsKEMCTEf^ 
CoriTK/\-EL-LEo'N- DE NEMEA-Y-LA-mDkA-pE Lei^NAY- NPPAlk 
pAKA-TI-MAH7:/\n/^^-En-(lT|o(.MEJoí^ qVAMADoj- QVE 
EL-JAMIN-DE'LAJ Me^PeKiDE^. ♦ ♦ ♦ MtíkCED-A- EJA- LVCWAiCoN- 
^E^^/AJ- FACpVllLEj- DEPELLOj-cx^DKoJ- nACloHALEi-Y- EXTKAN" 
JE^Pl , PENETf\A(TE-Eh- MAn(|ONEj- ^EhoKi ALEj, ADMlf\AHDo- coiECClo- 
MEJ-/\Wr'ÍTlCANJ-Y-oTKA[-CofAJ' DiqriAJ- DE-^DMIP^/^CIOM. 
PoKa^^E ()lV( Vl"K/^ EÍ-Vn"M Aj-AUÁ'- de- la información 
UTEKAM A- Y qfk AFIC/S| ALqo • aVE -TN^ LECTOR ^ MECEf irABA(. 
• ♦•El IVAHo•QVE■AHOpv,A•CoMlEM7:A•HA■DE•ff^•vn•MAYO|^• g|- 
FVEKZo•P^EMlADo, CoMo-Lo( - AflTE fMO^EÍ, PoR TV- qPAOA' AYVDA. 




VLTFxA 



•J=>LS^''i~' \ L^ I"f:3.-X- 



JKJlhO ' JATU 








eXTtIUOIt DEL EDIFICIO. 

La obra de cuidad ejercida con amplitud de mi- 
rai. qoe i6k> tiene en cuenta nobles propósitos 
pafa denrrollar su acción, es uno de los rasgos 
canetarteioos de la Sociedad de Beneficencia. 
que no ocatima esfuerzo para dar relieve, cada 
«es mayor, a las obras que sufraga. 

Mudias «eoes se ha hablado de la educación que 
ae proporciona en los establecimientos de caridad; 
paro de muy pocos se podrá decir tanto, como de la 
«Bnoradhima instrucción que se da 
a tas wiladOT del establecimiento 
que en Mar del Plata sostiene la 
asociación dtada y que se denomi- 
na Asilo Saiomino £. Unzué. 

Esta edifícadón fui hecha por 
los hijos del ilustre filántropo cuyo 
nom b ro hemos enunciado y que al 
morir encargó a sus descendientes 
levantaran un asilo. 

Las sefioras María Unzuó de Al- 
Tcar. Concepción Unzué de Casa- 
res. Anfeta Unzuó de Alzaga y el 
se&or Satvmino Unzuó, cumplien- 
do con los deseos de su seflor pa- 
dre, hicieron construir este modelo 
deaailo.enei cual se hallan actual- 
mente internadas más de trescien- 
tas niSas. a las que no sólo se les 
proporciona una educación esmera- 
da, sino también se les instruye 
acabadamente en ciertos ramos de 
la industria, para que en el día de 
mafiana puedan ganarse la vida y 




EL SOLARIUM. 

ser elementos útiles de su hogar. El estableci- 
miento fué entregado a la Sociedad de Benefi- 
cencia de la Capital, y desde su fundación lo ha 
regenteado con gran acierto, obteniendo los re- 
sultados halagüeños que son conocidos. 

La inteligencia de las señoras presidentas que 
han regido los destinos de esta sociedad desde que 
se fundó el asilo, secundada por la acción de las 
señoras que lo visitan periódicamente, lo han 
colocado en un pie de orden y 
dulce disciplina digno de los ma- 
yores encomios. 

Las religiosas misioneras Fran- 
ciscanas de María, administran 
el asilo y ellas mismas tienen a su 
cargo la educación e instrucción de 
las asiladas. 

Allí se cursa hasta el sexto 
grado y en este año fueron nume- 
rosas las niñas que pasaron a la 
Escuela Normal. 

Las clases de labor, de encajes, 
corte y confección, bordados y 
vainillados, son practicadas por 
la mayoría de las niñas, existien- 
do también clases de repujados 
en plata, cobre, estaño, etc. 

Digna de llamar la atención es 
la clase o sección de tapicería en 
donde un grupo de asiladas con- 
fecciona alfombras de Esmirna o 
de Persia, en forma primorosa. 
Coleccionados los trabajos al 






REPUJADO. 



CLASE DE ENCAJES. 

fin de cada curso, se hace con ellos una exposi- 
ción sumamente interesante por lo completa. Ca- 
da labor tiene su precio y la alumna autora de los 
trabados que se venden, percibe un tanto por 
ciento de su valor, el cual se le deposita en la ■ 
Caja Dotal de Obreras, a fin de que, al salir del 
asilo, se encuentren con un pequeño fondo formado 
con el producto de su obra., 

En la exposición de este año se han visto traba- 
jos primorosos que han causado muy grata impre- 
sión. Los grabados representan las clases de labor 
donde practican las niñas, y una parte de la 
exposición de broderie y encajes. Otros reproducen 
uno de los telares y una alumna trabajando en 
repujado 

£1 edificio en que está instalada esta nunca bien 
ponderada obra de caridad, es de hermosa cons- 
trucción y ocupa un enorme terreno. La severidad 
de sus líneas impone. La distribución interna está 
hei^ha de acuerdo con las exigencias modernas, y 
todo en ella revela la acertada dirección y lo que 
es más aún, el lujo de detalles, demostrándose 
así que para poner en práctica el bien en favor del 
prójimo, las damas y el caballero que encargaron 
la obra no han tenido en cuenta otra cosa que dar 
al necesitado la comodidad a que tiene derecho 




.^ •' -iimw^f^^W 




i. 



CASILLA DE BAÑO EN LA PLAYA. 



SSi 




-T=^i_;v^-S X J- ; ;- 




todas las exigencias de la higiene moderna. 

Las salas de los enfermos son muy amplias 
y ventiladas, y los pabellones se componen 
de dos salas cada uno y un pequeño cuarto 
para casos de gravedad. 

Están completamente separados los niños de 
las niñas, y bajo la maternal dirección de las 
religiosas del Huerto. 

Este establecimiento es una dependencia 
del Hospital de Niños de esta capital, y la 
Sociedad de Beneficencia al tener en cuenta 
los resultados que en Norte América y en 
Europa estaba dando la cura por los rayos del 
sol, no vaciló en poner en práctica este trata- 
miento, con el que se ha conseguido tan ex- 
celentes resultados. 

En Sud América es el primer establecimien- 
to de esta índole. Fué inaugurado el año pasa- 
do cuando aun era presidenta de la Sociedad 
de Beneficencia la señora María Unzué de Al- 
vear, una de las prestigiosas damas que ha regi- 
do con acierto singular los destinos de la 
Sociedad que fundara Rivadavia. Su sucesora, 
la actual presidenta señora Inés Dorrego de 
Unzué. continuará la obra con inteligencia 
y cariño nunca desmentidos, para bien de 
todos. 

El beneficio que reporta a todos los centros 
sociales la educación de los niños y asilados 
en estos establecimientos es incalculable, má- 
xime si se tiene presente que no sólo abarca 
la educación en sí, sino la preservación de los 
estragos que puede dar la contaminación de las 
enfermedades a los pequeños asilados. 

La Sociedad de Beneficencia tiene ideales 
bien conocidos, y no hay más que recurrir a 
la obra que sostiene para darse cuenta de la 
magnitud de su acción y del resultado tan 
eficiente. 

Ese modo de ejercer la caridad conserva el 
prestigio de esa asociación, la primera por su 
magnitud. 

Las simpatías que siempre ha despertado la 
acción de las damas que la componen, se tra- 
duce de continuo por las donaciones que se 
hacen en favor de las obras. 

Últimamente se han hecho importantes do- 
nativos y entre ellos figura uno de la señora 
María Unzué de Alvear, en memoria de su 
extinto esposo señor Ángel de Alvear. Así con- 
tribuirá a extender la obra, con los pro- 
yectos que en breve habrán de convertirse en 
realidades. 

La instalación de los hospitales es digna 
del mayor encom.io y al dedicar estas páginas 
a la obra filantrópica que en Mar del Plata se 
sostiene, nos complacemos en hacer destacar 
una vez más las excelencias de su organiza- 
ción, cuyos prest'gios se han afirmado tan 
sólidamente. 

Figuran como socías las damas más encum- 
bradas del Buenos Aires distinguido; otro 
título que debemos añadir para que resalte 
que esta obra es dirigida por señoras cuyo 
abolengo es la mejor garantía de la finali- 
dad altruista que persiguen. 

L. M. DE E. Z. 



EL PREBISTERIO Y EL PULPITO. 

como todo ser humano. Las aulas, los comedores, el salón 
<te »cto«, k» dormitorios, los baños, en fin, las dependen- 
cútt todas están distribuidas en forma amplia, causando al 
visitants grata impresión de confort aquel ambiente de 
npoto y bienestar. 

En el centro del edificio se halla un gran patio y una 
huerta para recreo de las niftas al mismo tiempo que pro- 
porciona aire y luz a las dependencias internas de la casa. 

La construccidn está hecha, calle por medio con el mar. 
de manera que las asiladas toman diariamente su baño allí, 
aun cuando la insulación de baños del asilo está igualmente 
hecha para afua de mar. Otro de los grabados reproduce 
a las niftas en la playa momentos antes del baño. 

La Capilla del establecimiento es una verdadera obra de 
arte. Responde al más puro estilo Bizantino y es una mara- 
villa la reproducción de todas sus partes, para no apartarse 
de la Hnea purísima de aquel estilo. 

Díei grandes columnas de mármol violáceo sostienen la 
ctipula centra!, cuya decoración es notable. Lámparas de 
bronce penden de la cúpula, y alrededor de ella, con gran- 
de* letras esmaltadas, se leen parábolas de las sagradas 
eacrittns. 

Los piso* y los zócalos son de mármol de colores. Las pi- 
las de agua bendita son de mármol y esmalte, primorosas 
muestras de arte exquisito. El pulpito, que afecta una forma 
rectangular, es de mármol tallado, y los altes relieves que 
ostenta son hermosísimos. 

El altar mayor es también de mármol y en el centro se 
destaca a maravilla una imagen de la Virgen trabajada en 
purísimo Carrara. Debajo de la mesa del altar un bronce 
reproduce la Cena y las figuras han sido cinceladas artís- 
ticamente. 



Los bancos son de roble tallado y 
responden al mismo estilo Bizantino. 

A estos detalles, aparentemente 
sencillos, que por si solos exigirían un 
estudio más completo, se debe agregar 
ahora lo que en sí significa la obra. 
Las religiosas que regentean este lujo- 
so establecimiento, cumplen su huma- 
nitaria misión prodigando a las asila- 
das todas las atenciones que requie- 
ren y muchas encuentran en e 
desvelos maternales. 

Otra de las obras que sostiene la 
Sociedad de Beneficencia en Mar del 
Plata es el Solarium, construido 
poca distancia del Asilo Unzué y que 
es también una maravilla de edificación 
y confort. 

El objeto del Solarium es hacer la 
cura de la tuberculosis por medio de 
los rayos solares y con aire de mar. 
La galería en donde se coloca a los 
enfermos está orientada enferma tal, 
que durante todo el día penetra el 
sol en ella. Las ventanas tienen un si.stema de 
visagras que permiten ser abiertas de modo 
que en ningún momento los enfermos tengan 
corrientes de aire que puedan perjudicar su salud. 

Los consultorios están instalados en forma pri- 
morosa, y para ello se han tenido en cuenta 




— T=>IJ>v^.S 



.y!V 




Más fuerte que aquella muerte partida- 
ria de Rozas, era el romanticismo porte- 
ño, el romanticismo de Amalia, de Mármol 
y demás compañeros de amores e infor- 
tunios. La prosa de la vida era pesada en 
los años tranquilos de don Juan Manuel; 
aliviar el terror o poetizar la valentía, 
resultaba una empresa difícil. Nunca en 
el mundo romántico hubo tiempos más 
heroicos. La juventud porteña que aun 
esté en disposición de cultivar el género, 

puede pedir para los unitarios románticos y los rozistas werthe- 
rianos, el sitio de honor en los dominios de Jorge Sand. 

Hay un tema literario que, con leves variantes, inspiró ya mu- 
chísimas narraciones primorosas y mil cuentos mediocres: el tema 
«bajo el Terror». Bajo el Terror o durante el Terror sucedieron y 
sucederán aún muchos casos y cosas de notable contraste. Las 
marquesas, los abates, las favoritas y los sabios continuaban en 
las mazmorras de la Revolución y bajo la amenaza de la guillotina 
su acostumbrada, discreta y galante vida. Así, bajo la falsa alar- 
ma de una apariencia de Terror Argentino, los porteños román- 
ticos endulzaron su existencia imitando a los héroes de novelas. 
Ese triunfo literario-mundano habla en favor de aquellas gene- 
raciones valientes. 

Los que nunca hicieron versos a unos lindos ojos o no doblaron 



K,anANTicD>\o 

PORTEÑO'^ 
EDUARDO-DEL JAZ-. 




la rodilla romántica ante una muchacha 
bonita, no comprenden la importancia 
oue tiene esta reivindicación de gloria. 
^ Para ellos, el romanticismo es cosa ridicu- 

la que murió hace años, sobre todo en 
nuestra ciudad «oosmopolitalizada». 

Pero hay muchos y excelentes señores 
que opinan lo contrario; hay innumerables 
porteños portadores de perillas espronce- 
dianas y zorrillescas que recitan versos de 
los dos grandes Josés. Hasta en la insti- 
tución que conocemos por el nombre de patota, existe un fondo 
de bohemia bárbara y encantadora, algo así como aquella reunión 
de artistas que perseguía a los esposos y porteros Pipelet. 

Buenos Aires posee, además, un comercio y una industria bas- 
tante románticos y una política interesante como un folletín. 

¿Y las porteñas? Aquí sí que se puede divagar sin temor alguno. 
La mujer porteña es romántica, hermosamente romántica. No se 
contenta con la mezquina prosa del vivir cotidiano. Desde la modes- 
ta obrerita a la más rica dama, hay en todos los corazones feme- 
niles un fondo de romanticismo que endulza los amores. 

Gracias a eso, hay todavía amor en Buenos Aires, junto a los 
cariños de conveniencia. Gracias a ellas, la próxima resurrección 
del romanticismo, que está por verificarse, no nos agarrará des- 
prevenidos leyendo libros realistas y modernistas. 



— t-'L-\ ^^ \ L_ Ik-^.-X — 



-^-Ué^/l/^iT/^ ^/7^/h^/f^. 




I 



La 



j^jf!^^ E" Palermo. allí donde el tráfa- 
^^•Sy^W ?° ^^ '3 ciudad se apaga com- 
N, .IL^ pletamente, se vive a cubierto 
de indiscreciones, y puede uno 
entregarse al trabajo por en- 
tero, el artista Zonza Briano 
ha ido a establecer su solita- 
rio refugio, su torre de mar- 
fil. su atelier, lejos del 
mundanal ruido para evi- 
tarse visitas inoportunas. 
Pero aún así. no falta 
quien se atreva a turbar 
la paz del recinto don- 
de labora el asceta 
escultor, 
curíosidad no repara en sa- 
crificios... y nosotros, curiosos en 
grado superlativo como buenos re- 
pórteres, decidimos interrumpir 
aquel reposo. 

La leyenda nos ha forjado un 
Zonza Briano silencioso, hosco, 
torturado por el deseo de ser 
original . . . Pero la leyenda la 
han modelado sus amigos, y por 
lo tanto teníamos la certeza de 
que distaría mucho de la verdad. 
Algo recelosos tocamos el tim- 
bre de su casa. ¿Qué sorpresa 
nos esperaba?. . . ¿Mandaría el 
escultor que nos volviéramos 
con las baterías de Daguerre sin 
entrar en funciones?... El ladrido 
bronco de un can empezó a in- 
quietarnos un tanto. 

Pasados unos segundos de re- 
celosa espera, se nos presentó, cu- 



«RBALIZACIÓNI, TETRALOGÍA DE LAS MADRES. 



bierto por una túnica lleaa de bordados, una 
especie de ermitaño, cuya fisonomía y porte 
semejaba bastante al dulce poeta Musset. 
Era Zonza Briano. Se acercó cariñosa- 
mente. E! can dejó de ladrar... la tran- 
quilidad renació en nosotros. 
— ¿Qué les trae por mi casa? Pasen, pasen. 
Ante tanta amabilidad, la leyenda em- 
pezó a desvanecerse. 
— Venimos a reportearlo. . . y si lo 
permite, a imprimir unas placas de 
sus obras. 

— El caso es que voy a hacer una 
exposición pronto, y si publican 
fotografías de mis esculturas, aque- 
lla va a carecer de novedad. 
— ¡Bah! Una exposición de usted, 
siempre es novedosa para Bue- 
nos Aires. . . 

— Sí, siempre doy que hablar 
respecto a mi arte; pero ]qué 
hablen!... ¡Mientras ellos ha- 
blan, yo trabajo!. . . 

— ¿Mucho? 

— Cerca de ochenta obras. ¡Pa- 
sen, pasen, y se convencerán!... 
En el vestíbulo destacaba un 
inmenso bloque blanco... Es 
«El Despertar de la Cariátide», 
obra magna donde el maestro 
ha revelado toda la pujanza 
de su arte. 

— ¡Bien, Zonza, esto es bueno! 
lí / I — Es una obra sincera... ¡Ya 
^-i^ verá, ya verá lo que sé hacer! 

\t\a\ — Le advierto que nosotros no 

hemos dudado nunca de su ta- 
lento de escultor. 



— t3L;>>^^ ^>^i_m:2>x- 



pass 



I 



— ¡Escultor!... ¡Phs! ¡Bajo ese disfraz se ocultan tantos yeseros!... A 
mi no me basta ya la forma. Eso lo han realizado los griegos como 
nadie... Yo quiero algo más. Deseo interpretar la vida interior de mis 
modelos. . . Mi supremo ideal en arte es ser el escultor de las pasiones. Eso 
sí que es hacer algo... Para lograrlo hay que estar dotado de sensibi- 
lidad y tener un alto conocimiento de anatomía artística!... Pase, 
por aquí y podrá apreciar si en mi obra hay más que líneas. 

Penetramos en su estudio. El violento blanco de las esculturas no mo- 
lesta la vista, porque la luz se deslíe en el salón atenuada por unas corti- 
nas. De un pebetero escapaban volutas de aromático incienso que sugerían 
ideas místicas. A esta sugestión contribuía las esculturas que más destaca- 
ban en aquel estudio; un San Francisco de Asís, cuyo rostro era la cris- 
talización de la bondad; una Santa Teresa de Jesús, la encarnación del 
misticismo más puro (obra que pertenece actualmente a doña Julia Elena 
Acevedo de Martínez de Hoz), y una estatua que representa la Maternidad. 
El artista ha dejado en esta escultura huella perdurable. Aquel rostro de 
la madre adolorida por la pérdida del hijo, que extiende sus manos como 
dos lirios, convence; su dolor llega a conmovernos. Zonza en esta obra 
es, con justicia, el escultor de las pasiones. Allí hay más que líneas, hay 
la tragedia del amor maternal. 

Ante aquellas estatuas cuyas expresiones son de bondad y amor, creí- 
mos hallarnos en un templo, y más nos aferramos en esta creencia al 
escuchar las voces graves y melodiosas de un órgano aue llegaban hasta 
nosotros de una habitación lindera. 

— ¡Zonza! Debemos serle sinceros. Será por este 
olor a incienso que sirve de sedante, por la luz 
maestramente repartida, por esas armonías 
de órgano que ss oyen, impregnándonos 
de misticismo, que sus esculturas pa- 
recen dotadas de vida. No hay en 
ellas esa rigidez hosca con que 
suelen modelar sus obras los 
escultores que desean sorpren- 
der más que convencer; ve- 
mos en ellas serenidad, cal- 
ma; no cansan, no fatigan 
al que las ve. tienen el 
sublime reposo de las 
obras sentidas. 

— Veo que me ha 
comprendido; sí, eso 
ha sido mi propósi- 
to al modelarlas. .. 
darles vida. . . ar- 
tística, que deja- 
sen de ser mate- 
ria para transfor- 
marse en obra 



— Efectivamente, esa 
cara de santo es tan 
pura, que parece 
musitar alguna de sus 
místicas oraciones... 
¡Hermano sol! ¡Herma- 
na agua!'. . . 

— ¡Yhermano lobo!... 
sobretodo cuando trato 
con mis colegas. 

Nuestra vista vaga- 
ba por el estudio dete- 
niéndose en aquellas 
blancas esculturas a las 
que se diría no habían 
tocado manos. Una nos 
interesó poderosamen- 
te; representaba «El 
Pudor». 

En esa obra el artista 
ha traducido todo lo 
casto y puro de ese sen- 
timiento. 



•contempla- 
ción», de i a 
tetralogía 

DE LAS 

MADRES. 





irreal. Para mí la dificultad de 
la forma dejó de ser. Eso está 
al alcance de cualquier volun- 
tad. Lo que me inquieta, lo 
que deseo lograr, en ese mo- 
mento que artísticamente lla- 
mamos inspiración, es la vida 
interior; el gesto que refleja una 
pasión, un sentimiento... Mire esta 
figura de la Tetralogía de la Mater- 
nidad, ¿no ve en ella dolor?. . . 

Y Zonza, con la unción de un 
creyente, iba buscando la luz para 
hacer que aquella figura se animase. 
Las palabras fluían de sus labios 
con un sello de sinceridad. 

Después se dirigió a su San Fran- 
cisco, y con aire de triunfo exclamó: 
¿Qué le parece? ¿He interpretado o 
no la figura del Gran Místico? 

— Indudablemente. Manos san- 
tas se diría que le han modelado. 

— He querido representarle con 
esta figura larga y magra, como si 
Quisiera desprenderse de la tierra y 
llegar al cielo. 



Aquella figurita de 
mujer que parece sur- 
gir del blanco már- 
mol y que se reco- 
ge toda temblorosa 
de pudor, encanta 
por la pureza de sus 
líneas; pero más aún, 
por la noble inter- 
pretación de la idea 
— Esto es bueno, 
dijimos a Zonza. 
— Es un trabajo que 
hice con gusto. 
Por todos lados, ha- 
bía bustos cubiertos, 
sobre caballetes; 
Zonza, iba descu- 
briéndolos a nuestra 
vista. 

A cada uno le hacía un 
historial. — Vea esta ca- 
beza. Y encendiendo un 
fósforo y haciendo que su 
luz se reflejase en ella, con- 
tinuaba: — La luz en todo es 
escultura. Ella nos da el relieve 
de los objetos. . . 
— ¡Pero, cuánto ha trabajado!... 
— ¡Y lo que tengo que trabajar aúnl 
En arte nunca se acaba de aprender. . . 
Un llanto de niño que se escuchó, bastó 
para que Zonza nos abandonara. 
A poco volvió sonriente con un nenito en los bra- 
zos: era su hijo. Bastaba ver la ternura con que 
acariciaban sus manos aquella cabecita. para comprender 
todo su amor de padre. 

Enjugadas las lágrimas y calmado el pequeño, continuó: — Ahora 
tengo que trabajar más, por mí y por éste. 

— Quiero — y me sobra voluntad para ello — tener personalidad propia 
en escultura, y como Sarmiento creo que las cosas hay que hacerlas, aunque 
S3 hagan mal. El tiempo dirá, cuando nuestros intereses no choquen con 
'os de los demás, si en arte he realizado algo perdurable. ¡Yo me tengo fe! 

— Dicen que la fe transporta las montañas. . . 

— ¡Las montañas no sé; pero que yo he de ser algo en mi arte, no me cabe 
la menor duda! 

Disculpe que diga en voz alta lo que otros callan por cobardía, ¡pero lo 
piensan! . . . 

El fotógrafo nos hizo señas de que había terminado, y en vista de ello, 
nos despedimos de Zonza. 

— No se marchen; vamos a tomar té. . . 

— Otra vez será, cuando tengamos tiempo para charlar largo y tendido. 

— ¡Cómo yo le tome por mí cuenta no le suelto! Quiero que sea usted un 
convencido de que el arte escultórico debe renovarse, que los griegos son de 
ayer y nosotros somos de hoy. 

— ¡Exactísimo! Y estrechándole la diestra, salimos de su casa seguros de 
que la leyenda del ogro de Zonza, era. . . leyenda. 

Sus obras, su gentileza para tratarnos, su erudición en materias de arte y, 
sobre todo, su bondad, dan derecho a este artista, a que le estimemos en todo 
"o que vale. 

Julio Castellanos. 




PROPIEDAD DEL SEÑOR JOSÉ BLANCO CASARIEGO. 



ALDEANITAS EXTREMEÑAS 



ÓLEO DE EUGENIO HERMOSO. 





E L D I N OVA URO 



Después de traspasar el Guayra, y en un trecho 
de diez leguas, el río Paraná es inaccesible a la 
navegaoió.i. Constituye allí, entre altísimas ba- 
rrancas negras, una canal de 200 metros de an- 
cho y profundidad insondable. El agua corre a 
tal velocidad que los vapores, a toda máquina, 
marcan el paso horas y horas en el mismo sitio. 
El plaio del agua está constantemente desnive- 
lado por el borbollón de los remolinos, que en su 
choque forman conos de absorción tan hondos a 
veces que pueden aspirar de punta a una lancha 
a vapor. La región, aunque lúgubre por el dominio 
absoluto del negro del bosque y del basalto, puede 
hacer las delicias de un botánico, en razón de la 
humedad ambiente reforzada por lluvias copio- 
sísimas, que excitan en la flora guayreña una 
lujuria fantástica. 

En esa región fui huésped una tarde y una 
noche de un hombre extraordinario que había ido 
a vivir al Guayra, solo como un hongo, porque 
estaba cansado del comercio de los hombres y 
de la civilización, que todo se lo daba hecho, por 
lo que se aburría. Pero como quería ser litil a 
los que vivían sentados allá abajo, aprendiendo 
en los libros, instaló una pequeña estación me- 
teorológica, que el gobierno argentino tomó bajo 
su protección. 

Nada hubo que observar durante un tiem.po a 
los registros que se recibían de vez en cuando; 
hasta que un día comenzaron a llegar observa- 
ciones de tal magnitud, con tales decímetros de 



lluvia y tales índices de humedad, que nuestra 
Central creyó necesario controlar aquellas enor- 
midades. Yo partía entonces para una inspección 
en el Brasil, arriba del Iguazú; y extendiendo un 
poco la mano, podía alcanzar hasta allá. 

Fué lo que hi.:;e. Pero el hombre no tenía nada 
de divertido. Era un individuo alto, de pelo y bar- 
ba muy negros, muy pálido a pesar del so!, y con 
grandes ojos que se clavaban inmóviles en los de 
uno, sin desviarse un milímetro. Con las manos 
metidas en los bolsillos, me veía llegar sin dar un 
paso hacia mí. Por fin me tendió la mano, 
pero cuando yo lo había ya hecho con una soste- 
nida sonrisa. 

En el resto de la tarde, que pasamos sentados 
bajo el alero de su rancho-chalet, hablamos de 
generalidades, O mejor dicho hablé yo, porque 
el hombre se mostraba muy parco de palabras. 
Y aunque yo ponía particular empeño en sostener 
la charla, algo había en la reserva de mi hombre, 
que los hábitos civilizados de cambiar ideas se 
me escapaban por inútiles. 

Cayó la noche, sumamente pesada. Al concluir 
de cenar volvimos de nuevo al corredor, pero nos 
corrió presto el viento huracanado salpicado de 
gotas ralas, que barría hasta las sillas. Cesó a los 
diez minutos, y después de un momento el agua 
comenzó a caer, la lluvia desplomada y maciza 
de que no tiene idea quien no la haya sentido 
tronar horas y horas sobre el monte, sin la más 
ligera tregua ni el menor soplo de aire en las hojas. 



— Creo que tendremos para rato — dije a mi 
hombre. 

- Quién sabe — respondió. — A esta altura del 
mes no es probable. 

Aproveché entonces la ruptura del hielo para 
recordar la misión particular que me había lle- 
vado allá. 

— Hac3 varios meses — comencé — los regis- 
tros de s'J pluviómetro que llegaron a Buenos 
Aires. . . 

Y mientras exponía el caso, puse de relieve la 
sorpresa de la Central por el inesperado volumen 
de aquellas observaciones. 

— ¿No hubo error? — concluí — . ¿Los índices 
eran tales como usted los envió? 

— Sí — respondió, mirándome de pleno con 
sus ojos inmóviles. 

Me callé entonces, y durante un tiempo que 
no pude medir, pero que pudo ser muy largo, no 
cambiamos una palabra. Yo fumaba; él levantaba 
de rato en rato los ojos a la pared — afuera, a la 
lluvia, como si esperara oír algo tras aquel sordo 
tronar que inundaba la selva. Y para mí, ganado 
por el vaho de excesiva humedad que llegaba de 
afuera, persistía el enigma de aquella mirada y 
aquella nariz abierta al olor de los árboles mo- 
jados. 

De pronto su voz se levantó. 

— ¿Usted ha visto un dinosauro? 

En la época actual, en compañía de un hombre 
culto que se ha vuelto loco, y que tiene un res- 



— I^L-^v:© x.a_nri:3--x- 



plandor prehistórico en los ojos, la pregunta aque 
lia era dura. Lo miré fijamente: ¿I hacia lo mis- 
mo conmigo. 

- ¿Qué? — dije al fin. 

— Un dinosauró... un nothosauro carnívoro. 

- jamis. ¿Usted lo ha visto? 

No se le movía un pirpado mientras me mi- 
raba. 

— ¿Aqul> 

— Aqui. Ya ha muerto... Anduvimos juntos 
tres mcsfs. 

¡Anduvimos junios! Me explicaba ahora bien la 
lu: ultra histórica de sus ojos, y las observa- 
ciones meteorológicas de un hombre que había 
hecho vida de selva en pleno periodo secundario. 

— Y las lluvias y la humedad que usted anotó 
y envió a Buenos Aires — le dije — datan de ese 
tiempo? 

— Si — afirmó tianquilo. Alzó las orejas y los 
ojos al tronar de la selva inundada, y agregó len • 
lamente: 

— Era un nothosauro . . . Pero yo no fui hasta 
su horizonte: ¿I bajó hasta aqui. Hace seis meses. 
Ahora. . . ahora tengo más dudas que usted sobre 
todo esto. Pero cuando lo hallé sobre el peñón 
en el Paraná, al crepúsculo, no tuve duda alguna 
de que yo desde ese instante quedaba fuera de 
la ley. Era un dínosauro, tal cual: alzaba el pes- 
cuezo a todos lados, y abría la boca como si qui- 
siera gritar y no pudiera. Yo. por mi parte. 
tranquilo. Durante meses y meses había deseado 
ardientemente olvidar todo lo que era y sabía 
yo. y lo que eran y sabían los hombres... Re- 
gresión total a una vida real y precisa, como un 
árbol que siempre está donde debe, porque tiene 
razón de ser. Desde miles de años la especie hu- 
mana va al desastre. Ha vuelto al mono, guar- 
dando la inteligencia del hombre. No hay en la 

ración un solo hombre que tenga un valor 

— j; se le aparta. Y ni uno solo podría gritar 
a la Naturaleza: yo soy. 

Día tras día iba rastreando en mí la profunda 
fruición de la reconquista, de la regresión que me 
hacia dueño absoluto del lugar que ocupaban mis 
pies. Comenzaba a sentirme, nebuloso aún, el 
representante verdadero de una especie. La vida 
que me animaba era mía exclusivamente. Y tre- 
pando así como en un árbol por encima de millo- 
nes de años, sintiéndome cada vez más dueño 
del rincón del bo<;que que dominaban mis ojos 
a cuatro lados, llegué a ver brotar en mi cerebro 
vado, la lucecilla débil, fija, obstinada e inmortal 
del hombre terciario. 

¿Por qué asustarme, pues? Sí el removido 
fondo de la biología lanzaba a plena época actual 
tal espectro, permitiéndole vivir a expensas del 
Querer humano, él, como yo, estaba fuera de las 
leyes normales de la vida. 

Nada que temer. Me acerqué al monstruo y 
sentí ' una agria pestilencia de vegetación des- 
compuesta. Como continuaba haciendo bailar 
el cuello allá arriba, le tiré una piedra. De un 
salto se lanzó al agua, y la ola que inundó la 
playa me arrastró con el reflujo. Me había visto, 
y se balanceaba sobre 2O0 brazas de agua. Pero en- 
tonces gritaba. ¿El grito?. . . No sé. . . Muy des- 
afinado. Agudo y profundo. . . Cosa de agonía. Y 
abría desmesuradamente la boca para gritar. No 
me miraba ni me miró jamás. Es decir, una vez 
lo hizo... Pero esto fue al final. 

Salió por fin a tierra, ya oscuro, y caminamos 
juntos. 



Este fué el principio. Durante tres meses fué 
mi compañero nocturno, pues a la primera fres- 
cura del día me abandonaba. Se iba, entraba en 
el monte como si no viera, rompiéndolo, o se 
hundía en el Paraná con hondos remolinos hasta 
el medio del río. 

Al bajar aquí habrá visto una picada maestra: 
se conserva limpia, aunque hace tiempo que no 
se trabaja yerba. El dinosauro y yo la recorríamos 
paso a paso. Jamás lo hallé de día. La formidable 
vida creada por el Querer del hombre y el Con- 
sentimiento de las edades muertas, no me era 
accesible sino de noche. Sin un signo exterior de 
reconocimiento, caminábamos horas y horas uno 
al lado de otro, como sombríos hermanos que se 
buscan sin comprenderse. 

De su desmesurada vida anterior, enterrada 
bajo millones de años, no le quedaba más que 
la ciega orientación a las profundidades más hú- 
medas de la selva, a las charcas pestilentes donde 
las negras columnas de los heléchos crujían y per- 
dían el vello al paso de la bestia. 

Por mi parte, mi vida de día proseguía su mar- 
cha normal aquí mismo, aunque con la mirada 
perdida a cada momento. Vivía maquinalmente. 



adherido al horizonte contemporáneo como un so- 
námbulo, y sólo despertaba al primer olor salvaje 
que la frescura del crepúsculo me enviaba ras- 
treando desde la selva. 

No sé qué tiempo duró esto. Sólo sé que una 
noche grité, y no conocí el grito que salía de mi 
garganta. Y que no tenia ropa, y si pelo en todo 
el cuerpo. En una palabra, había regresado al 
período terciario por obra y gracia de mi propio 
deseo. 

Dentro de aquella forma negra y cargada de 
espaldas que trotaba a la sombra del dinosauro. 
iba mi alma actual, pero dormida, sofocada den- 
tro del espeso cráneo primitivo. Vivíamos unidos 
por el mismo destierro ultra milenario. Su hori- 
zonte era mi horizonte: su ruta era la mía. En las 
noches de luna solíamos ir hasta la barranca del 
rio, y allí quedábamos largo tiempo inmóviles. 
él con la cabeza caída al olor del agua allá abajo, 
yo acurrucado en la horqueta de un árbol. 

La soledad y el silencio eran completos. Pero 
en la niebla con olor a pescado que subía del Pa- 
raná, la bestia husmeaba la inmensidad líquida 
de su horizonte secundario, y abriendo la boca 
al cielo, lanzaba un breve grito. De tiempo en 
tiempo tornaba a alzar el cuello y lanzaba su 
lamento. Y yo. acurrucado allá arriba, con los 
ojos entrecerrados de sueño e informe nostalgia, 
respondía con un aullido. 

F'ero cuando nuestra fraternidad era más honda 
era en las noches de lluvia — ésta de ahora que 
está sintiendo es una simple garúa comparada 
con las de abril y mayo. Desde una hora antes 
oíamos el tronar profundo de la lluvia sobre el 
monte lejano. Desembocábamos entonces en una 
picada: — no había aire, no había ruido, no ha- 
bía nada, sino un cielo fulgurante que cegaba — 
y el dinosauro aplastaba el cuello en el suelo y 
ponía la lengua sobre la tierra estremecida. Y 
cuando la lluvia llegaba y se desplomaba, nos 
levantábamos y caminábamos sin parar, respi- 
rando profundamente el diluvio que roncaba so- 
bre el monte y crepitaba sobre el lomo del dino- 
sauro. 

A fines de abril el sordo temblor de la tierra 
que llegaba desde el Guayra nos anunció que el 
río crecía. Y aquí, cuando el Paraná llega cargado 
de grandes lluvias, sube catorce metros en una 
noche. 

Y el agua subía y subía. Desde la costa oíamos 
claro el retumbo del Guayra, y en las restingas 
veíamos pasar al lado sobre el agua vertiginosa, 
todo lo que pasa ahogado o podrido con una inun- 
dación de otoño. 

Las noches, negras. El dinosauro, excitado, 
bebía a cada instante un sorbo y sus ojos remon- 
taban la tiniebla del río, hacia las inmensas llu- 
vias que llegaban aún calientes. Y paso a paso 
remontábamos a nuestra vez el Paraná, tocan- 
do la inundación. 

Así un mes más. Cuanto quedaba en mí del 
hombre que le está hablando ahora, crujió, se 
aplastó, desapareció. Hasta que una noche. . . 

El hombre se detuvo. 

— ¿Qué pasó? — le dije. 

— Nada. . . Lo maté. 

— ¿Al . . . dinosauro? 

— Sí, a él. ¿No comprende? El era un dino- 
sauro... un nothosauro carnívoro. Y yo era un 
hombre terciario... una bestezuela de carne y 
ojos demasiado vivos... Y él tenía un olor pes- 
tilente de fiera. ¿Comprende ahora? 




— Si: continúe. 

— Mientras quedó en mí un rastro del hombre 
actual, el monstruo surgido de las entrañas muer- 
tas de la Tierra por el deseo de ese mismo hom- 
bre, se contuvo. Después. . . . 

Allá en el norte, el Guayra retumbaba siempre 
por las aguas hinchadas, y el río subía y subía 
con una corriente de infierno. Y el dinosauro, 
aplastado en la orilla, bebía a cortos sorbos de- 
vorado de sed. 

Una noche, mientras el monstruo entraba y 
salía sin cesar del agua, y el remanso parecía un 
mar. me hallé a mí mismo asomado tras un pe- 
ñasco, espiando con el pelo erizado a la bestia 
enloquecida de hambre. Esto lo vi claro en ese 
momento. Y vi que a la par explotaba en mí la 
carga de terror almacenada millones de años, y 
que en esos tres meses de fraternidad hipnótica 
no había podido descifrar. 

Retrocedí, espiándolo siempre, di vuelta al 
peñasco, y emprendí la carrera hacia un cantil 
de basalto que se levantaba a plomo sobre veinte 
brazas de agua. La fiera me vio seguramente co- 
rriendo al fulgor de un relámpago, porque oí su 
alarido agudo, tal como nunca se lo había oído, 
y sentí la persecución. Pero yo llegaba ya y tre- 
paba por una ancha rajadura de la mole. 

Cuando estuve en la cúspide me afirmé en 
cuatro pies, asomé la cabeza y vi al monstruo que 
trotaba buscándome, brillante y rayado de re- 
flejos porque llovía a torrentes. Y cuando me vio 
allá arriba comenzó a correr alrededor del cantil 
en procura de un plano menos perpendicular — que 
no lo había. Al llegar a la orilla se lanzaba al agua, 
escudriñaba el basalto, cobraba tierra y tornaba 
a hundirse. Y cuando un relámpago más soste- 
nido lo destacaba sobre el río cribado de lluvia, 
nadando casi erguido para no perderme de vista, 
yo respondía a su alarido asesino rugiéndole mi 
terror y mi odio, abalanzándome sobre los puños. 

La lluvia me cegaba, a punto que estuve a un 
paso de perder pie en una grieta que no habia 
sentido. A un nuevo relámpago eché una ojeada 
atrás y vi que la grieta circundaba completa- 
mente el bloque de basalto herido. 

De allí surgió mi plan de defensa. En guardia 
siempre, siguiendo al dinosauro en su girar, tuve 
tiempo de descender diez metros y desprender 
una gran esquirla de la rajadura central, con la 
que volví a la cumbre. Y hundiéndola como una 
cuña en la grieta, hice palanca y sentí contra mi 
pecho la desgarradura del peñasco a punto de 
precipitarse. 

No tuve entonces más que esperar el momen- 
to. . . En la playa, bajo el cielo abierto en fisuras 
fulgurantes, el dinosauro trotaba y hacía bailar 
el cuello buscándome. Y al verme de nuevo co- 
rría a lanzarse al agua. 

En un instante cargué sobre la palanca mi peso 
y el odio de diez millones de vida aterrorizada, y 
el inmenso peñasco cayó — cayó sobre la cabeza 
del monstruo, y ambos se hundieron en veinte 
brazas de agua. 

Lo que salió después fué el dinosauro; pero 
la mitad de la cabeza estaba aplastada, y abría 
la boca para gritar como la primera vez que lo 
vi — pero ahora gritaba. . . Algo horrible. Nadaba 
al azar porque estaba ciego, sacudiendo a todos 
lados el cuello, sobre el río blanco de lluvia. Dos 
o tres veces desapareció, para resurgir alzando 
desesperado su cabeza ciega. Y se hundió al 
fin para siempre, y la lluvia alisó en seguida el 
agua. 

Pero allá arriba yo roncaba aún en cuatro pa- 
tas. Poco a poco me convencí de que no tenía 
ya nada que temer, y descendí cabeza abajo por 
la rajadura central. 

El hombre se detuvo otra vez. 

— ¿Y después? -- dije. 

— ¿Después? Nada más. Un día me hallé de 
nuevo en esta casa, como ahora. El agua ha pa- 
rado — concluyó. — En esta época no se sostiene. 

Cuando al día siguiente subí en la canoa que 
la habilidad de dos peones de obraje había llevado 
hasta allá conmigo, comenzó a llover de nuevo. 
Sobre la costa, a quinientos metros agua arriba, 
una mole aguda se elevaba desde el río. 

— ¿El cantil... es ése? — pregunté a mi 
hombre. 

El volvió la cabeza y miró largo rato el peñón 
que iba blanqueando tras la lluvia. 

— Sí — repuso sin moverse. 

Y mientras la canoa descendía por la costa - 
sintiéndome bajo el capote saturado de humedad 
de selva y de diluvio, comprendí a la vista de aquel 
hombre que no apartaba los ojos de su cantil, no 
que estuviera loco, sino que un día u otro iba a 
vivir realmente lo que había soñado. 



DIBUJOS DE ALONSO. 



Horacio Quiroga. 



— T=>L7v^-S 



¿Era el profesor Píndaro Adoni::. un <'des- 
equilibrado* o un amante excéntrico de la 
Belleza, obsesionado por los esti'.dios mito- 
lógicos? 

El caso resultaba insólito, porque en la 
ciudad de Orbahuera, no hubo, nunca, un 
sabio — y eso que se conocían m-is de siete — 
con suficiente osadía, para afirmar que en 
este siglo de las faldas cortas y de los boti- 
nes norteamericanos, con dibujos de pes- 
puntes, había mujeres más hermosas y de 
líneas más puras que "Las Tres Gracias», in- 
mortalizadas por Apeles y Rubens. Y no lo 
afirmaba, solamente, sino que, en su afán 
demostrativo, llegó hasta iniciar una inves- 
tigación minuciosa, tal como correspondía, 
tratándose de un asunto relacionado con los 
ideales estéticos de la humanidad. 

Empezó por trazar un plan sintético^que 
hizo público ■ — estableciendo las cualidades 
plásticas del modelo, de conformidad con las 
opiniones de los esclarecidos mitólogos Ger- 
hard. Müller, Wálker y Decharme, todos con- 
testes en que la talla de los griegos era ele- 
vada, como lo prueba su historia filogénica 
y ontogénica, confirmándose, así. la aserción 
de Nietzsche, de que no puede ser bella una 
mujer de baja estatura. Esas cualidades se 
referían, también, al busto y largura de las 
extremidades, así como a otros detalles de 
suprema elegancia: óvalo del rostro y exten- 
sión del cuello; tamaño y expresión de los 
ojos y de la boca; color de la piel y distribu- 
ción correcta de los tejidos musculares. Para 
mayoi claridad, hacía mención de las obser* 
vaciones de Paul de Saint Víctor, sobre Diana 
y la Venus de Milo. Las tres nuevas Gracias 
que encarnasen el «tipo», se harían acreedo- 
ras a un subido premio en "talentos» o cdrac- 
mas», equivalente a $ 30.000 moneda argen- 
tina y a ser reproducidas en mármol de Pa- 
ros, o del Pentélico, de rigurosa autenticidad. 
Al conocerse tan orij^inal proyecto, la 
prensa se abstuvo de todo comentario, limi- 
tándose, los grandes ^rotativos», a dar la no- 
ticia, discretamente, con el objeto, tal vez, 
de que sus lectoras quedaran enteradas de él. 
ya que ellas iban a ser materia viva del con- 
curso. Solo La Irania, revista semanal, re- 
dactada por el joven «Orba Anaíhole-). crítico 
sutil de arte, hizo algunas consideraciones, en 
forma reticente, pero no por eso menos ática. 
Decía el célebre «ironista»: 

«Grave problema va a ser este para el sa- 
bio profesor, porque en los tiempos mitoló- 
gicos, la plástica era más accesible que aho- 
ra, tanto a los ojos de los dioses, como a los 
de los simples mortales. Deidades y ninfas, 
triscaban alegremente al aire libre, en las 
sagradas florestas o en ios valles del Alfeo, 
sin ocultar sus magníficos torsos, y ya sabe- 
mos que hasta la misma Diana, no pudo im- 
pedir la curiosidad de Acteón. ni Leda la de 
Júpiter, a pesar de sus inverosímiles recatos». 
*Es verdad que en estos instantes <'ulira 
modernistas», las femeninas beldades, se rin- 
den, sin escrúpulos al imperio de la moda :'pa- 
risién», inclinada — como es notorio — a la 
reducción de telas; pero, no imaginamos có- 
mo un investigador sincero, por más sabio 
que sea, podrá comprobar la existencia de 
ciertas perfecciones, en toda su olenitud, 
cuando no dispone, ni del anillo de Gíges 
para hacerse invisible, ni de la maravillosa 
virtud de las transformaciones jupiterianas'>. 
«■Luego, hay mil detalles de efectos y lí- 
neas — si se han de aplicar estrictamente 
los arquetipos griegos — porque e¡ "corset,. 

— prisión de encantos — ha deformado ta- 
lles y bustos — al decir de los higienistas 

— y será muy difícil hallar aquellas cur- 
vas selectas, que las Tres Gracias ostenta- 
ron como un compendio de la belleza pa- 
gana. Después, debe de pensarse, que ellas 
no triunfaron sólo por su estupenda her- 
mosura — «sin su presencia, dice Píndaro, 
nada había encantador y dulce — sino, 
también, por el ritmo de sus movimien- 
tos; por la expresión arrobadora de sus 
ojos; por sus diminutos y promisores labios; 
por sus picarescas, al par que insinuantes 
sonrisas y por la serenidad olímpica de sus 
espíritus, símbolos de la clásica armonías 

*No nos proponemos negar al profesor Ado- 
nis, erudición y genio y sobre todo, experien- 
cia en achaques femeninos, ya que como sol- 
tero recalcitrante y aficionado a la anatomía, 
ha de haber tenido muchas oportunidades de 
consolidar sus vastos conocimientos; pero 
creemos que se trata de una investigación pe 
ligrosa y dada a escollar en preferencias que 
pueden derivar de simpatías provocadas por 
«I continuo trato con tantas hermosas muje- 
res — hermosas, pero quizá no gráciles — lo 
que vendría a anular la imparcialidad severa 
de único arbitro en este certamen casi divino». 

«Prepárense, no obstante, nuestras lindas 
lectoras, a sufrir el análisis artístico, si es 
que desean colaborar en la obra del más pe- 
regrino de los mitólogos contemporáneos^. 

Cuando e! ilustre profesor terminó la lec- 
tura del insidioso artículo, no pudo contener 
la indignación, y contestólo en un escrito 
que revelaba dominio del tema, así como des- 
dén por la crítica, calificada por él de azote 
del arte y de la ciencia. 

•Nos hacemos cargo — agregaba ~ juz- 
gando ciertas opiniones, cuan fácil es es- 
cribir sobre lo que no se entiende, cuando so- 




bra audacia y se pretende manejar la sátira 
de Scarron, como se maneja cualquier ins- 
trumento ordinario. Quien haya leído algo 
de Mitología, sabe, que las Tres Gracias usa- 
ban el traje helénico de la época, tal como se 
describe en los frisos del Phartenon y como 
se admira en las estatuas de Minerva. Pau- 
sanias expresa en el «Libro Elida» de su «Iti- 
nerario» (Elados Periogesis) "que no pudo 
averiguar — por más esfuerzos que hizo — 
quien fué el artista que rompiendo con la 
tradición, representó por primera vez, a las 
hijas de Helios y Erimona, completamente 
desnudas, siendo así que en las obras más 
notables del arte helénico, aparecen, siem- 
pre, vestidas, como, por ejemplo, en las que 
pintó Apeles para el Odeón de Siracusa to- 
mando, acaso, de modelos a Lais y Friné; en 
el cuadro que Átalo encargó a Bupalos; en el 
de Pitágoras de Paros y en el Pythium, en la 
estatua del templo de Elis». 

"De modo, que no será difícil, descubrir, o 
adivinar, a través del traje, la elegancia de 
las actitudes, la pureza de líneas y la delica- 
deza encantadora con que soñó el paganismo 
a Aglae, la brillante; a Eufrosina, la alegría 
del corazón y a Thaüa, la que hacía florecer 
las plantas, al prirrierrcfce alado de las cari- 
cias primaverales». 

*E1 humorismo burdo y grosero, nada tie- 
ne que hacer en esta cuestión de belleza, in- 
comprensible para los que aun no han logra- 
do pulir su humano bloque. Puede lanzar, 
pues, su risotada de Bacante en la Vendimia, 
cuantas veces quiera, en la seguridad de que 
no me apartará de mis propósitos idealistas 
en pro de la alta cultura de Orbahuera». 

Sensación produjo la noticia del concurso 
de belleza, en el «sexo débil» de la gran me- 
trópoli. En los teatros, calles y bailes, las 
niñas no ocultaban su impresión y rivaliza- 
ban en acicalamientos. Las madres, especial- 
mente, parecían fuera de sí y apenas divi- 
saban al profesor Adonis, decían a sus hijas. 

— Ahí viene el doctor; caminen con elegan- 
cia y miren abriendo bien los ojos. Ya saben 
que las Gracias hablaban con las pupilas. 

Y si estaban paradas. la advertencia ma- 
ternal se repetía: 

— Pronto; adopten una actitud poética 
así, como de ensueño. Sobre todo, cambien 
a cada instante de posición, para que se no- 
ten bien sus perfecciones. 

Y el mitólogo pasaba, dirigiendo a los gru- 
pos su vista penetrante, tratando de descu- 
brir poemas de armonía, bajo aquellas ;'toi- 
lettes» ligeras, de flexibles gasas, que el vien- 
to ceñía a los mórbidos cuerpos. Tras él iban 
ansiedades y desvelos y además, corrientes 
de secretas simpatías, porque el sabio pro- 
fesor se había convertido en un ente adora- 
ble, a pesar de que no era un Adonis, por más 
que así se llamara. Pero, se le perdonaba 
todo: sus ojillos vidriosos de felino experto; 
su nariz algo rema, y su boca grande de sáti- 
ro alegre. Sabían que había pasado de la 



edad juvenil, aunque se conservaba animoso 
y frescachón con aire de adalid nunca ven- 
cido, mas eso no obstaba a que se le consi- 
derara un buen partido matrimonia!, sobre 
todo, teniendo en cuenta su bien saneada 
situación pecuniaria. En esto sí que no había 
mito ninguno y el áureo metal acuñado, no 
lo tenía en fantásticos Paetolas, sino en el 
Banco Nacional de Orbahuera. 

La primera semana de investigación había 
sido estéril. 

— Caramba,— decía el doctor a su discí- 
pulo predilecto — no se puede negar que hay 
aquí muchas mujeres lindas; pero la que no 
tiene un defecto tiene otro. Fíjese usted en 
las señoritas de Orense. No son feas, ¿verdad? 
Pues bien, la mayor de las tres, es corta de 
talle; la segunda tiene el busto demasiado 
turgente y la tercera es dura como si se le 
hubiera anquilosado la espina dorsal. Luego, 
las tres se ríen apretando las comisuras de 
los labios, en un mohín de mal gusto y cami- 
nan o se paran adoptando posiciones stan- 
gueras», como «maniquíes» de escaparate. Las 
tres hermanas Frydolin. tienen cuerpos es- 
culturales, pero son muy feas; de una feal- 
dad ascendente y bien podría aplicárseles el 

- mote de las heroínas de Palacios Valdés. 

— ¿Cómo era? — interrogó el discípulo. - 

— «Las tres circunstancias agravantes». 
Y maestro y discípulo, se reían. 

— Bien — continuó el doctor. — Así son to- 
das. Parecen bellas y divinas, porque no las 
examinamos con severidad. Nos sorprenden 
por ('impresionismo» en conjunto, pero nin- 
guna resiste el análisis. 

Ya el profesor estaba un poco descorazo- 
nado, porque después de más de dos meses 
de búsqueda no había encontrado <.sus ti- 
pos», cuando su discípulo predilecto, pene- 
tró estrepitosamente en el despacho, dicien- 
do a gritos: 

— Maestro, ya sé donde hay una gracia . . . 

— ¡Una sola! — exclamó el doctor. 

— Y gracias que hay una. 

— ¿Dónde está? Guíame en seguida. 

— No, ahora no. E.'^ta noche la verá usted. 

— ¿Y la has estudiado bien? 

— Me parece que sí. 

— Vamos a ver: ¿es alta? 

— De arrogante estatura. 

— ¿Es bella? 

— Un portento. 

— ¿Blanca? 

— Un alabastro. 

— ¿Bien repartida? 

— Una armonía de líneas, engendradoras 
de deseos, que dijo el romántico Becquer. 

— ¿Es alegre, tiene movimientos elegan- 
tes, exquisitas suavidades, caderas de Venus 
Afrodita; majestad de Juno; recato de Diana? 

— El patrón clásico completo. 

— Pero, ¿dónde está esa joya? 

— Nn le digo más. 

— Bribón, me desesperas. 



— Es mi secreto, maestro amigo. 

— ¿A qué hora? 

— Dentro de cuatro; a las 10. 

— Es mucho para mi ansiedad; pero me 
someto a tu despotismo y te agradezco que 
me hayas librado de un fracaso y de la burla 
de ese criticastro que pretende ser émulo de 
Anatole France. 

La luz difusa del salón hacía resaltar la fi- 
gura estatua-ia de la señorita Hebé Praxíte- 
les, cuando penetró en él nuestro sabio mitó- 
logo, acompañado de su discípulo predilecto. 
Con la niña estaba la madre y un joven alto y 
delgado, de pálido rostro y cabello largo, a la 
moda de los artistas y de los que quieren pa- 
recerlo. El doctor fué presentado ceremonio- 
sámente. La niña sonrió, abriendo cuanto 
pudo — que fué muy poco — el estuchecito 
rosado de su diminuta boca, enseñando una 
pequeña parte de las sartas nacarinas de su 
dentadura auténtica. La mamá se mostró 
amabilísima, pero el joven permaneció grave 
y reconcentrado, como un mastín en tren de 
asalto. La señora notó el gesto y ss apresuró 
a hacer la presentación: 

— Doctor — dijo — el señor es el joven 
Orba Anathole, redactor de La Ironía. 

— Tanto gusto, dijo el doctor, algo des- 
concertado. Pero, repuesto en seguida, exa- 
minó el cuadro. 

Ella era bellísima, sencillamente admira- 
ble. ¿Cómo no la había visto antes? ¡Qué per- 
fecciones! ]Un modelo superior a todo elogie! 
Las musas, las gracias y ías nereidas, desfila- 
ron ve-íiginosamente por su imaginación, en 
derrota. Quedaban opacas, como en un eclip- 
se, ante aquella majestad deslumbradora. 

— Pero— se dijo— ¿qué papel juega aquí. 
ese petulante de criticastro? 

No quiso resolver, hasta averiguarlo y co- 
mo quien no tiene interés, luego de alabar 
■a la joven, preguntó: 

— ¿Es cierto, señorita, que usted contrae- 
rá nupcias en breve? 

Ella, riéndose como reirían las mismas 
Gracias, contestó. 

— ¿Yo?. . . Es una noticia nueva para mí. 
Por ahora no he pensado en ello. 

Y volvió a reír. — Las sartas se exigirían 
triunfalmente, como una tentación ?.l robo. 
La mamá intervino: 

— No. doctor, es muy joven. Festejantes 
no le faltan; pero somos muy exigentes. . . 

La niña agregó, como para exponer su 
psiquis: 

— Mi corazón es alegre, pero amo las cosas 
serias, acaso por contraste. 

El doctor replicó, rompiendo per primera 
vez la línea: 

— ¿Corazón alegre y amor a las cosas se- 
rias! ¡Ay Hebé! Usted es la misma Eufrosina. 
la gracia que derramaba bálsamo perfumado 
en los espíritus. Es usted un encanto. 

Después, se explayó, fuera ya de quicio: 

— Voy a buscar las otras dos que faltan 
y si no las encuentro, todo el premio será 
para usted, señorita. 

Pidió permiso para volver a visitarlas — 
que le fué concedido inmediatamente — y ya 
de pie, al despedirse, rendido como un galán 
arñartelado, dijo a la joven, mientras le es- 
trechaba la mano, suave y ebúrnea: 

• — Usted vale por las Tres Gracias y mi 
mayor gloria, consistiría en tener su estatua 
en mi gabinete de estudio, para inspirarme 
en su hermosura. 

Orba Anathole, aflojó entonces, su renda- 
je de oro y lanzó un flechazo irónico. No 
podía más. 

— Es un orgullo para mí — dijo — que tan 
gran sabio mitólogo, haya confirmado mi opi- 
nión sobre la belleza de la señorita Hebé. Yo 
la he calificado de Venus de Orbahuera. 

— Barrili dice que Venus era una despe- 
chugada. 

— Bien, pero era la Reina del Olimpo. 

— Y la esposa de Vulcano, hábil herrero 
constructor de trampas invisibles de alam.- 
bre tejido. 

— Venus o Gracia, en el fondo estamos de 
acuerdo. El tiempo, hará la clasificación de- 
finitiva. 

Tres meses habían transcurrido, de estos 
extraordinarios sucesos, cuando La Ironía 
publicó el siguiente artículo que fué la comi- 
dilla de la alia aristocracia y del mundo cien- 
tífico de Orbahuera: 

«Nuestros lectores no habrán olvidado 
aquel curioso certamen de belleza, iniciado 
por el sabio mitólogo doctor Píndaro Adonis. 
El buscó las nuevas Gracias en nuestra po- 
pulosa urbe y sólo pudo encontrar una, a pe- 
sar de sus insistentes investigaciones». 

«Menos habrán olvidado que el doctor Ado- 
nis, enamorado de su hallazgo, se casó antes 
del mes, con la joven favorecida, evitándose. 
así, por coincidencia, el desembolso de los 
miles de «talentos» y «dracmas» prornetidos, 
o sean $ 30.000, en moneda vulgar». 

«Pues bien, nuestro sabio mitólogo, se ha 
presentado ayer a los tribunales iniciando 
juicio de divorcio, por disparidad de carac- 
teres, lo que da lugar a suponer, lógicamente, 
que la Gracia, le ha resultado una desgracia». 

«Lo sentimos por la Mitología». 



Santiago Mí>ciel. 



DIBUJO DE CENTURIÓN. 












^^'^^^ 




INDEPENDENCIA Y PASEO COLÓN 



ÓLEO DE PÍO COLLIVADJNO. 




PLVS • 
. VLTPA 



JVI~¿J^— 











' U recuerdo perdurará como una de 
las figuras más altas del teatro ar- 
gentino, a quien Martín Coronado 
consagró la enérgica belleza de su 
mente. 

El ilustre poeta y dramaturgo co- 
menzó su carrera teatral estrenando en 1877 la 
comedia La rosa blanca. Hace poco, escribía las 
siguientes palabras en las que se puede apreciar 
la difícil labor preparatoria que él y sus compa- 
ñeros realizaron en bien del teatro nacional: 

« El estreno se efectuó el 16 de junio. Ni las 
condiciones del teatro, caro y lujoso, ni el modesto 
y poco llamativo título de una obra de autor 
desconocido, podían prometer a la empresa un 
público numeroso. Pero si no fué numeroso, fué 
tal vez, para orgullo mío, uno de los más selectos, 
porque estaba presente la mayoría de los intelec- 
tuales argentinos de la -época, y ocu- 
paban los palcos, florecidos de ju- 
ventud y hermosura, muchas fami- 
lias distinguidas que habían querido 
asociarse a la fiesta como un estímu- 
lo al joven compatriota que hacía sus 
primeras armas en la escena. 

« No sólo por sus versos triunfó la 
obra: triunfó por hondamente senti- 
da y noblemente romántica. La sen- 
cillez de su argumento y el lirismo de 




sus escenas, más poéticas que vigorosas, no fueron 
un obstáculo para que desde el primer momento 
se ganara todas las simpatías. Y con ser toda 
ella una filigrana, como la clasificaban los artis- 
tas, y con tener en su contra la influencia domi- 
nante del teatro de Echegaray, que la misma com- 
pañía de Hernán Cortés estaba haciendo conocer 
en Buenos Aires, el público la recibió complacido 
y la aplaudió sin restricciones. 

<i Pero aquel fué un triunfo efímero. Faltaba a 
La rosa blanca, para tener una vida duradera, lo 
que las obras de teatro necesitan, acaso más que 
ninguna otra, como después la experiencia me lo 
ha demostrado. Le faltaba el sello argentino: ser 
cosa nuestra, hija de nuestra tierra, con ambiente 
y personajes nuestros, en lo cual consiste el gran 
secreto de dominar a un público y de llegar hasta 
el fondo de su alma. » 

Don Martin Coronado deja escri- 
tas muchas y excelentes obras. La 
que mayor éxito alcanzó. La piedra 
del escándalo, ha sido representada 
más de quinientas veces, sin que esa 
enorme cifra importe una fortuna. 
Entusiasta cultivador del arte 
por el arte, buscando en la sublime 
dramática un deleite, el gran poeta 
fué un amateur magistral y un hi- 
dalgo argentino respetado y querido. 



EL VOTO 

I 

Bajo el azul de un cielo transparente 
brillaba la mañana, 
húmeda de rocío 

y chispeante de luz, sonriendo ufana 
a la inquietud del río, 
y quebrando en la trémula corriente 
tos rayos de su sol, un sol de estío. 

Flotaban sobre el tímido oleaje 
en las aguas del Tigre los vapores 
como jirones de rasgado encaje, 
y en alas de la brisa pasajera 
columpio de las flores, 
huían, mojando al paso en la ribera 
el lánguido follaje 
de los sedientos sauces cimbradores. 

Cual lejano rumor de catarata 
dispersado en el viento, 
la ronca voz del Plata 
como un redoble en el confín se oía: 
esa voz del abismo soñoliento 
que despierta a las olas cada día. 

Efluvios de perfume, desprendidos 
de toda la amplitud del horizonte, 
pasaban en ú aire, confundidos 
con la música eterna de los nidos 
ocultos en el monte. 

La vida, desbordante 
de juventud y brillo y primavera, 
circulaba en redor, engalanada 
como una novia errante. 
En la atmósfera pura, 
¡cuánta luz inflamada! 
En la verde ribera, 
por el viejo sauzal amurallada, 
¡cuánto alegre rumor, cuánta jrescura! 

Surgiendo del paisaje sonriente, 
blandos susurros, mágicos sonidos, 
poblaban de caricias el ambiente, 
como el eco de arrullos escondidos 
a la sombra del monte, en los ribazos, 
donde besaba el junco a la corriente 
desmayada en sus brazos. 

II 

El Cisne iba a partir: su casco entero 
con el ronco estertor se estremecía 
del vapor prisionero, 
que inquieto y jadeante, 
en la cárcel estrecha comprimía 
su aliento de gigante. 

Súbito en silbo ardiente 
arrojó al aire un grito, 
el grito de su cólera impaciente, 
y salvando la válvula, que abría 
paso a la libertad y al infinito, 
con un salto de fiera 
se lanzó sobre el émbolo indolente, 
y lo arrastró rugiente 
en el vértigo audaz de su carrera. 

El Cisne, con nerviosa sacudida, 
se desprendió del viejo fondeadero, 
balanceando su mole conmovida: 
batió las rojas palas, 
y ceñido de espumas bullidoras, 
hendió las ondas y partió ligero, 
semejante a esas aves pescadoras 
que vuelan empapándose las alas. 

II! 

Cubría la toldílla 
inquieta muchedumbre de viajeros, 
que miraban, en grupos placenteros, 
cómo huían los sauces con la orilla, 
dejando a trechos asomar, esquivo, 
tras el verdor risueño de sus hojas, 
como un breve relámpago jurtivo, 
un ramo encantador de jlores rojas 
sobre la oscura copa de un seibo. 

Todos, con sed de luz en la mirada, 
contemplaban los juncos, que abatían 
al paso de la ola desbordada 
sus tallos tembladores: 
las aguas tumultuosas, que subían 
con empuje de asalto a la ribera, 
y luego descendían 
en cascadas henchidas de rumores: 

Las deshechas espumas que azotaban 
los jlancos de la nave, 
y girando en la estela se alejaban 
cautivas del hirviente remolino: 
el vuelo tardo y grave 
de alguna blanca garza soñolienta: 
el humo negro, en fin, que en torbellino 
corría sobre el agua y sobre el monte, 
y remedaba nubes de tormenta 
en el vago confín del horizonte 




CERRO DE LOS TRES HERMANOS. AL OESTE 
DEL LAGO NAH'JEL HUAPÍ. 







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WÍ^Wxi,.^., .««>*„-,,„„- 



N la región andina situada al sur del te- 
rritorio de Río Negro, entre los límites 
naturales que forma el lago Traful. el 
río Manso y la imponente cordillera ne- 
vada, encuéntrase el ya célebre parque 
natural de Nahuel Huapí donde la 
naturaleza ofrece al viajero, acaso como en ningún otro 
paraje de la República, el extraordinario atractivo de 
ío maravilloso. Frente a frente del volcán Ttronador, 
cuya presencia se hace notar por la estruendosa caída 
de los aluviones de nieve, el delicioso lago central nos 
produce una rara sensación de belleza con sus precio- 
sas ensenadas, sus riberas sombreadas de cipreses, sus 
remansos obscuros, sus promontorios y sus cuatro 
islas cubiertas en parte de vegetación y en parte coro- 
nadas de agudas rocas de granito, que adquieren a 
veces la forma fantástica de fortalezas derruidas. 

Desde la altiplanicie del oeste, situándose sobre el 
alto bloque porfídico manchado de traquitas de ama- 
ranto y ópalo, se descubre con facilidad el lecho de 
un ventisquero desaparecido, lleno de hendiduras y 



bellas estrías pulimentadas. A su derecha tiém 
paisaje morenisco de la pradera, rodeada en st 
contigua al lago por ancho círculo de coihues y ci 
cuyas copas puntiagudas se proyectan inmóv 
las aguas mansas y azules. Y más allá de los pi 
torios, más allá de las selvas cruzadas por arr 
ríos turbulentos, más allá de los valles en flor y 
mesetas glaciales, cierra el confín la cordillera 
lada, llena de manchas boscosas, insondables a 
y cimas blanqueadas por los hielos y las nieves e 
Ya en el siglo épico de la conquista, mucho 
cubridores pretendieron llegar obstinadamente 
cumbres, alucinados por la visión incompara 
los gigantescos promontorios dorados. Mil rumor 
conocidos, llenos casi siempre de promesas hal 
ras. colocaban allí la fabulosa y encantada ciu( 
los Césares. Pero a pesar de todo, hasta el año c 
nadie había podido penetrar el misterio. Sólo el 
Marcardí, valiéndose de unos indios Tehuelches. 
ñeros en Chile, consiguió que a cambio de la libe 
indicaran el paso de las selvas, logrando llegar h. 



UNA VISTA PANORÁMICA DEL PARQUE NACIONAL DE NAHUEL HUAPl. I 




MANSO EN LOS VENTISQUEROS DEL TRONADOR, VISTO A TRAVÉS DEL PASO DE LAS NUBES. 



s Nahuel Huapi. en cuya margen boreal fundó 
equeña ermita misionera. Durante siete años 
utivos. los religiosos fueron amparados y res- 
is por los indígenas; pero al fin éstos terminaron 
altar la misión, asesinando y quemando a sus 
isos moradores. 

leyendas del sangriento episodio, evitaron 
iormente toda tentativa de viaje, siendo el 
> Guillermo Cox, que en 1861 lanzóse persona'- 
a buscar una ruta interoceánica, el primer ex- 
or afortunado de Nahuel Huapi. Otro viajero 
iporáneo. el Dr. Moreno, ex director del Mu- 
La Plata, también llevó a cabo dos interesan- 
accidentadas jiras, que facilitaron grandemente 
idio y conocimiento de aquellas pintorescas re- 
comparables en cualquier sentido con las más 
!S y frecuentadas de Suiza. Así. advertimos que 
10 de sus ventisqueros famosos, es superior ^n 
osidad al transparente y maravilloso mar de 
dominado por el volcán Fitz-Roy. Las monta- 
recen aquí un aspecto más abrupto, más fuerte. 



más indómito. Igual puede decirse de 
sus bosques imoenetrables. donde crece 
el laurel, donde los coihues alcanzan una 
altura de treinta y cinco metros y donde 
la maraña selvática se entreteje hasta 
formar obscuras galerías vegetales. Tam- 
bién el lago San Martín, el Traful y todos los ( 
llecen el paraíso glacial de los Andes, resultan i 
yentes y grandiosos con sus moles porfídicas, sus rocas y 
sus montañas moradas, nacaradas y negras, que mues- 
tran en la corteza cóncava, iluminada por el sol, man- 
chas de liqúenes verdosos y fragmentos petrificados. 

En medio de esta prodigiosa naturaleza, entre los 
cerros y los valles, es donde está enclavado el hermoso 
parque nacional de Nahuel Huapi, cuyo perímetro má- 
ximo alcanza una extensión de cien leguas cuadradas, 
y donde el monte Tronador, verdadero gigante geoló- 
gico, hace sentir continuamente el ronco sonido de 
sus enormes sacudidas de cíclope. 



fí*:..) 



EL BO-QUE DE CIPRESES Y COHIOUES, Y AL FONDO EL CERRO TRONADOR. 




— p:>L->w^^ 'VLmi2>^— 



D«iiii»iWlil>i<i. charlando, la playa de 
Bstafofo. Rafratibaiiias de hacer una vi- 
sta al Hoapido <it Alienadas y. natural- 
mente, la cofraenacMn recordaba los epi- 
sodios de viii4n dainosa y trifíca que nos 
Oanara los oles dorante «1 dta. 

Eramos tras: Lery y ^<raulio. estudiantes 
de madirlna «a vísperas de doctorarse, y 
yo. AquaOos. intoroos de) Hospicio, habitua- 
dos al espectáculo cotidiano durante aftos. 
hablaban de todo con la mayor naturalidad. 
Citaban locorai terribles y e>traAas. cuya 
ampie nai i a cKii bastaba para dar caloMos 
de honor. conMarindolas a titulo de bellos 
casos patoWc*oos. dicncs de estudio, de l's 
q«e trataban sin la menor em-^-ión 

Ea cuanto a mi. lo -ue - -abi 

más vivamente no eran las -ntas 

del ilmsi|uiMbi iii mental, las icoias. los^tos. 
ka diáWes qae váfn la aaeuridad de las 
lamiíai da faeiia. aran, por el oontraríc. 
los paq u süo s desvies de la rarón. las alu- 
cmaaones manas y tranquilas, que obs- 
tinan el aipiíttu en dirección errada, hada 
un aélo ponto, y dejan en todo lo demás la 
iatacridad intelértiiiil 

Machas vocea, al pasar, un loco se me 
aeeraaba y me seeroteaba. con voz natural 
y sacara. Dena de convicción — la convic 
ción que orifina los grandes heroísmos — 
alfana biaarra extrava(ancia. concluyendo 
per q u s l a ijs de que lo hubieran secuestrado 
an aqwaUa eompisAia de locos. Y para ser 
amable tenia el cuidado de mostrarme a 
aqaeOas que en su opinión •estaban rtal- 
mnml* Vaoof. En estas circunstancias en que 
mi interlocntor seAalaba como verdaderos 
shenadni. pasaban sonriendo con mali- 
ciosa mirada de inteUcenda como indicán- 
doos qc« el Anioo looa era él. E instinti- 
vamsate se llegaba a dudar de la propia 
nudo, cavilando en el simple desvio, en el 
drairilamlento sutil que basta para de- 
tenerla en so recto camino. 

ftnsábamos en todo eso. La tarde era 
mafniflca. El sol. oculta ya hada rato, man- 
tenía aún en el cielo un desmayo dr lur tenue 
e indedss. un crepúsculo pálido y suave. 
El mar susurraba orlando de blanco encaje 
las ondas pequeflas y bajas. . . A la puerta 
de los Jardines, algunos grupos de ñiflas par. 
loteaban. Veíase a la distancia, el blanco 
caa e i l u de Nicteroy. En la curva armoniosa 
y ancha de la bahía, las grandes embarca- 
ciones gallardas ondeaban en el aire calmo 
los avontareros gallardetes, aflorando tal 
vez otras tardes distantes, de otros lejanos 
ci epts cu los. La entrada de la barra, abierta 
allá a lo lejos como una puerta despalan- 
cada, era tma evocadón doliente de la tris- 
teza de las partidas... Todo, en (in, en 
aquella hora de infinita mansedumbre, asu- 
mía im tono dulce y tierno, una blandura 
anímica de oonvalecenda . . . 

A poco la charla empezó a aflojar. Se 
sucedían largos momentos en que nos callá- 
bamos todos, sintiendo que la sugestión de 
aquella tristeza ambiente amortiguaba en 
nosotros la vivaddad de las réplicas. 

Hablábamos lentamente, en voz más baja. 
Y la memoria, conformándose a la ternura 
triste de la hora, evocaba tan solamente el 
roeoerdo de ciertas locuras de una tristeza 
mfinitamente tisma. 

Había, entre otros, en el Hospicio un mu- 
chacho qtie todos conodmos en perfecta 
salud. Era un tipo expar.sivo y jovial, alegre 
áempre. siempre dispuesto a la broma y al 
Ingenio. De improviso, sin embargo, comenzó 
a haoarae retraído y triste, a tornarse tan 
áspero e insociable, que fué rasi sin sorpresa 
que leímos su nombre en una garetilla de 
diario, como el autor de una tentativa de 
assaínato. 

En la substanciadón del proceso pudo 
determinarse la causa del crimen. Era el 
delirio de las peraecudones. 

Una aludnadón persistente le hada es- 
cuchar que alguien lo injuriaba. A veces, 
en un transeúnte que pasara hablando. 
creia reconocer la misma voz. y le asaltaban 
irapetia de matar al individuo. Al fin, un 
boen dia. no pudo contenerse más: se arrojó 
sobre un pobre hombre que conversaba y 
trató de altogarlo entre sus dedos convulsos- 

Sólo a costa de grandes esfuerzos se lo- 
gró ashrar a la victima, mientras la multi- 
tud bestial rugia grites de ¡Málenlol contra 
el agresor que. de la prisión pasó rápida- 
mente al Hoíptrio Allá. la locura, siguiendo 
su cor»'- jmenzó a evoludonar 

hada el grandezas. 

Coandv ., ..;..c.s ese día, tenía en la 

cabeza tm sombrero de papel, atravesado 
a la manera napoleónica y, con los brazos 
cruzados, con los labios fri:nddos en una 
actitud olímpica de despredo, nos miraba 
con el más atildado desdén, sin siquiera 
dignarse dirigimos la palabra. 

Salimos con un pesar extremo, compa- 
deddos. ¡En pleno vigor de juventud y de 
talento, era realmente muy triste ver aquella 
zozobra de un futuro que pudo ser tan bello 
y tan grande! 

Como yo acabara de expresarme asi. 
Braulio comentó. 




xor 



]v4'Mi;diir05^/\ipuqiibm^ 



— Es verdad. Hay. como esie. muchos 
otros cmsos igualmente tristes. Aun cuando 
voy perdiendo la excesiva sensibilidad que 
tú muestras, no he podido sustraerme a un 
pesar intimo a) recordar un caso, el que más 
me impresionó desde que trabajo en e! 
Hospicio,.. No creas — continuó después 
de una pausa - que se trate de alguna 
cosa extravagante y aparatosa. Por el con- 
trario: es todo lo que puede haber de más 
tranquilo, de menos violento . . . Calcula 
por ti mismo . . . Tratábase de una joven 
de diez y nueve aftcs. inteligente y hermosa, 
tan hermosa que no \z describo para que no 
presumas que romantizo el episodio. Pues 
bien: esa joven se ca<;ó. transcurrió un año 
de vida deliciosa, y. de súbito, con ocasión 
de su primer alumbramiento, tras de una 
fiebre puerperal, enloqueció. 

La yoz de Pranlio se hizo más grave. Ha- 
bíamos llegado al extremo de la playa. Vol- 
vimos. Era noche ya. En el azul, que la 
claridad de la luna menguante decoloraba 
tristemente, algunas estrellas iban surgiendo. 
Subimos de nuevo f>or el lado del paredón. 
La marea creció de pronto; las ondas eran 
más fuertes, cítreliábanse contra las pie- 
dras con un rumor más alto y más plañi- 
dero . . . 

— Enloqueció — prosiguió el narrador — 



pasó dos mc^es en medio de un delirio vio- 
lentísimo y. de repente, al cabo de ese 
tiempo, tranquilizóse en la calma más pro- 
funda. Se pasaba los días sentada en un rin- 
cón de la celda que le habian destinado. 
Todo su cuerpo, absolutamente inerte, pa- 
recía atiesado por la catalepsia. Su mirada 
— unos grandes ojos negros, muy brillan- 
tes — se fijaba obstinadamente en el es- 
pacio, con la expresión indefinible de quien, 
muy abstraído, mira "in ver... A penas 
en aquella estatua los labios se movían con 
una contracción regular y monótona, bal- 
buciendo cualquier cosa que no se podíi 
oir. A las preguntas que se le hacían no 
respondía; sus labios tan sólo parecían re- 
petir infatigablemente la misma palabra. 
Una vez más sufrió una crisis. Yo estaba 
de servicio; fui a verla. Los gritos, las con- 
vulsiones, las quejas fueron cesando poco a 
poco para pasar a una faz de llanto. Luego, 
como me viera solícito a su lado, tuvo una 
expansión inesperada y comenzó a dirigirme 
la palabra con una volubilidad estrema y 
febril. Me previno, luego, que era la última 
vez que hablaba a alguien y me explicó, 
entonces, el misterioso balbuceo que la ata- 
reaba. Me dijo, cierta vez, en medio de un 
delirio, advirtiendo los saltos desesperados 
del corazón y sintiéndolo palpitar febrilmen- 




te, como un pájaro preso en la mano que 
se esfuerza por huir, tuvo pena del pobreci- 
llo. Recordó que el cautivo músculo latía 
así ininterrumpidamente desde las primera 
manifestaciones de la existencia hasta el pos- 
trer momento de la agonía, sin una pausa, 
sin un descanso. Era el forzado eterno, el 
galeote de la vida, trabajando siempre, 
siempre batiendo... Le inspiró lástima el 
infeliz. ¡Figurábasele cansado, jadeante, 
queriendo detenerse al fin, al fin descansar 
y alcanzado inexorablemente por la onda 
de sangre, subiendo siemore, siempre: tra- 
bajo interminable de Sísifol Y entonces, 
no deseando agitarse más en grandes mo- 
vimientos, porque ello hacía sufrir al po- 
brecillo, hizo intimo voto de verlo tranqui- 
lizado y detenido. A partir de entonces, 
comenzó a vigilar el constante tic-tac. Era 
ésta, pues, la palabra que sus labios repe- 
tían incesantemente. Intentaba decirla más 
lentamente cada vez. para que los latidos 
cardíacos se fueran conformando con esa 
lentitud provocada por el ritmo. Traté de 
disuadirla. Le dije que el corazón era uno 
de esos músculos que escapan al poder 
de la voluntad, acumulé argumentos para 
demostrárselo. . . Todo fué inútil. Ella cesó 
de conversar, sonriendo con una sonrisa de 
duda y obstinación y recomenzó el tic-tac. 
Le examiné el pulso; su latido era seguro 
y normal. No era posible que lo alterase 
tan fácilmente. A partir de allí, metida en 
un ángulo de la celda, la pobre loca prosi- 
guió su ocupación. Transcurrieron algunos 
días sin que volviera a hablarla. Al cabo 
de un mes. en cierta ocasión en que yo 
la mirara fijamente, ella me extendió su 
pulso. Se lo tomé de nuevo y no pijde re- 
primir un gesto de asombro mientras la po- 
bre niña sonreía triunfalmente. En efec- 
to, la pulsación había disminuido de una 
manera sensible. Era más débil y más lenta. 
Pretendí, una vez más, disuadirla y de nue- 
vo fué inútil todo mi esfuerzo. Permaneció 
repitiendo mecánicamente el eterno tic-tac, 
mucho más suave ya. 

— No sé - agregó, después de una breve 
pausa — puede parecer pueril esta confesión, 
pero nunca sabría decirlo, viendo a cada día 
tantas otras locas, igualmente hermosas, 
porque delante de ésta se me henchía el 
corazón de una angustia verdaderamente 
dolorosa. Por fin. el tic-tac, concluyó por per- 
seguirme. Llegué a creer que enloquecería 
también. Aquel ruido monótono me llenaba 
los oídos: a toda hora de oir a la loca repe- 
tirlo, percibía yo incesantemente el tic-tac 
oscilar dentro de mí; y mis labios se movían 
a veces, inconscientes, modulando las dos 
sílabas, siempre las mismas. . . Era ya una 
obsesión extraña que me hacía evitar la ve- 
cindad de la enferma. Ni de lejos la miraba. 
Sus grandes ojos negros, tranquilos y afables 
como un lago desierto a la hora muerta del 
crepúsculo, parecían sorberme la razón, con- 
vidarme a la locura, decirme que olvidara 
las preocupaciones mezquinas de la vida por 
un sueño cualquiera, aun cuando fuera el es- 
téril deseo de hacer parar el corazón... Y 
es por eso por lo que trataba de no pasar por 
cerca de ella. 

Pero, una vez en que no pude hurtarme 
a las exigencias del servicio — hacía ya tres 
meses que ella estaba recluida — la loca 
sonrióme de nuevo, extendiendo el brazo 
descarnado, sin que me fuese posible rehusar. 
¡Qué asombrosa pertinacia! Me costó encon- 
trar el pulso. Era un latido flácido. filiforme, 
sin vigor, ampliamente espaciado, casi per- 
diéndose... La demente no interrumpía el 
tic-tac, cada vez mas retardado, como e! de 
un reloj que estuviera por pararse. . . 

Ni pude hablarla siquiera; las palabras 
morían en mi garganta. A penas la miré 
con tristeza y ella bajó la vista... Pasé 
adelante sin oir nada más que el implaca- 
ble tictac que me cantaba en los oídos... 
Cuando a la mañana siguente, la enfermera 
de servicio vino a trasmitirme las novedades 
de la noche, me contó que en la víspera, 
antes de acostarse la enferma, me envió el 
siguiente mensaje. «'¡Dígale adiós! de mi 
parte... El terminó por pararse». La en- 
fermera me había trasmitido lo que le oyera 
decir sin prestarle la menor importancia. 
No había comprendido. Corrí a la celda: 
hallé muerta a la pobre loca. Tenía el rostro 
resplandeciente en una sonrisa afable de 
victoria... El eterno tic-tac se detuvo, a! 
fin, en sus labios amortecidos... ¡Auscúl- 
tele el corazón: el músculo grillete, el galeote 
de la vida, descansaba finalmente! Sus gran- 
des ojos negros estaban desmesuradamente 
abiertos, fijos er. el espacio. . . [Pobre loca! 

Cuando Braulio terminó, habíamos llegado 
de regreso frente al Hospicio. El mar batía 
las rocas con rabia, plañidero y triste... 
Arrimado a los barrotes de una de las ven- 
tanas, que sacudía furiosamente, un loco 
cortó el rumor de las olas con un rugido 
gutural. De diversos puntos, fúnebres y 
tristes, otros locos le respondían . . . 

TRADUCCIÓN DE B. DE CARAY. 
DIBUJO DE ALVAREZ. 




PROPIEDAD DE DON JOSÉ BLANCO CASARIEGO. 



SANCHO PANZA 



OLEO DE MORENO CARBONERO. 




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■X. 



^A-^V"ID/\-DE- UJM-PEQUENO-PUEBLO 



PANORAMA. '^. "•"•« ° »• °*?"- " 
mismo donde se bifur- 

cui • todo* los rumbos los vientos del 
tur, se enonentra el pequeño pueblo. Las 
vial farreas rectan la imensidad de los cam- 
pas 7 da tarde en tarde pasan los trenes 
llenando el espado con la resonante can- 
ción de sus alelados hierros. Cuando la 
voluntariosa cabeza del convoy aparece 
como quieta y estupefacta en la lejanía. 
d grave maquinista mira por el ojo de 
buey, y entonces se inclinan, dando la 
bienvenida, las astas de los semáforos. El 
trvn avanza, y en la ventanilla asoma la 
cabea del extranjero. 

Ba)o la carga del sol ha sido solitario y 
ardiente el largo trayecto, y he aquí que se 
abren a la vista frescos oasis de verdura y 
tiembla en el aire el ruido cordial de las 
acciones humanas. Se ven, lejanas, las es- 
tancias rodeadas de eucaliptus. y más cer- 
ca chacras y quintas con sus molinos de 
viento de metálicas y zumbadoras aspas. 

El pueblo está dividido en dos partes que 
corta la via. Pocas casas al poniente frente 
a lo» galpones ferroviarios: muchas y casi 
todas bajitas y de estilo uniforme al levante. 
rodeando a la iglesia cuya torre esbelta y 
a^da se destaca en el añil del cielo. Junto 
a la iglesia, que alzaron a un costado de la 
plaza no hace mucho los hombres más gra- 
ves del pueblo, se ve la Intendencia. Es un 
caserón de complicada arquitectura y larga 
historia municipal: costó mucho dinero y 
su fachada de corte italiano, mudejar y 
gótico a la vez, fusta al vecindario y con- 
sulta las ideas estéticas de los varones más 
conspicuos y exigentes. Una bandera azul 
y blanca seflala el edificio escolar: más allá 
se ve la copa de un enorme ceibo que huma- 
niza con su sombra el triste y sucio patio de 
la comisaria. Alrededor del pueblo industrio- 
sas emigrantes trabajan en las granjas y 
recuentan los ganados: en los planteles de 
legumbres el jornalero remueve la tierra, y 
dode la ventana de alguna casa una voz 
de mujer llama al ñifla travieso que corre 
por el jardín persiguiendo mariposas. 

En todas direcciones sesgan el césped an- 
chos caminos: pasan, lentamente, carretas 
de bueyes, y al trote de criolla cabalgadura, 
jinetes de tez bronceada y aludo chambergo. 
Lejos, en el vértice de dos senderos que for- 
man ángulo, se divisa una pulpería. 

LAS AGUAS Cerca del pueblo pa- 

Y LOS TOROS " "" "'°^?- 5*" 
arroyo es silencioso 

y humilde y tiene una historia tan bella 
que parece humana. Hace unas curvas sua- 
ves y elegantes en la verde campifía y es 
muy sabido que en sus recodos más profun- 
dos nunca se ahogó nadie: canta además 
siempre donde sus aguas mis se dilatan de- 
jando ver el cauce lleno de pulidas piedras 
y obscuros légamos. Junto al puente de un 
camino que penetra en el campo, unas mu- 
|eres lavan ropa. Son las lavanderas que en 
todas las parties de la tierra buscan las ori- 
llas de los ríos buenos y mansos, y mientras 
limpian la ropa de los pobres y los ricos, 
charlan y cantan alegremente. Las bizarras 
cantatas de las lavanderas se pierden en el 
rumor de crótalos de las aguas que pasan 
reidoras y ligeras, en las maftanas de sol. 
El arroyo, a veces, da sus caudales a la 



tierra yerma; los hombre, abren sañudos 
rumbos en sus flancos, y como si se desangra- 
se, las aguas, se le van. señalando plateadas 
vetas en los campos sedientos. 

En estos campos tan vastos y luminosos 
pace ahora la grey vacuna: y precisamente, 
mientras las lavanderas dicen una cantata 
que suena igual en las orillas de todos los 
mansos rios de la tierra, se miran, ceñudos, 
dos toros en cuyas ardientes pupilas tiem- 
bla la imagen de una misma vaquita. 

Estos dos toros parecen hijos de una de 
las siete vacas gordas del apólogo egipcio; 
pero la remota consanguinidad calla ante la 
despierta violencia del instinto. He aquí que, 
juntas las cabezas, luchan los toros, force- 
jeando a puro empuje de frentes. Está como 
estupefacta la vaquita gentil y es menester 
que el gaucho aparcero, picana en mano, 
descomponga la animada y rotunda escul- 
tura de los toros que luchan. 

Cerca de las aguas reidoras, los toros en 
pelea improvisaron por un instante un mag- 
nífico símbolo de la tierra feraz y milagrosa. 



LOS PERROS 
VAGABUNDOS. 



Está el tiempo nu- 
boso y abundan los 
perros por las calles. 
Unos cirrus errantes y grises cruzan el espa- 
cio como caravanas de informes dromeda- 
rios, y las almas los siguen sufriendo una 
inefable inquietud. Todo propicia el an- 
helo vagabundo y la nostalgia de cosas re- 
motas. Algún misterioso piano estridula, 
inauditamente, un andante de Grieg. 

Los perros, traídos, sin duda, por los fres- 
cos vientos de otoño, aparecen en las calles 
del pueblo. Son unos canes de recia pelambre- 
ra, enérgica pupila, descuidados y libres: se 
les ve en todas partes, husmeando las puer- 
tas, mirando a lo alto, con el aire de anar- 
quistas que buscasen lugar adecuado para 
pronunciar una bíblica arenga. 

Detrás de la Intendencia, rodeando las 
carnes fétidas de un caballo muerto, se ofre- 
cieron un festín los perros vagabundos. Du- 
rante toda la tarde, silenciosos y juiciosa- 
mente, dieron feroces mordiscos al caballo 
muerto. Los chicos, al fin, como en la vieja 
Constantinopla. organizaron una pedrea dis- 
persando a los canes. Algún mastín fué vis- 
to luego con una estrepitosa lata atada a la 
cola, correr enloquecido. 

Llegada la noche, los perros dejaron toda. 
via un testimonio más firme de su paso por 
el pequeño pueblo. En el teatro local, una 
casi barraca donde las gentes se sientan 
con el sombrero puesto y fuman distraída- 
mente, hace función una «troupe» de ope- 
retas. La gracia picaresca de una galante 
historia con personajes de Hungría intere- 
sa escasamente; pero los líricos arrebatos 
del tenor y la tiple, la palabra del barí- 
tono, que es travieso como un canóni- 
go, y aún las discordes 
voces del coro distraen 
al público. Ivlas, el es- 
pectáculo no convence, y 
he aquí que sólo por una 
grotesca providencia ter- 
mina a gusto de todos. 
En el patio de plateas, 
sin que se sepa cómo, 
entraron numerosos pe- 
rros: y cuando la tiple 
exalta en un grito la dul- 



"T" 






DELIO 




ce queja de un melanc61ico amor, los ca- 
nes vagabundos aullan al unísono de pron- 
to, llenando el espacio con la espantable 
salmodia de sus agorerías. Y forzosa- 
mente, la función termina. 

HOMBRE El hombre de campo en- 

un ^^mr^. ^^^ ^^^^^ ^^ ^¡^^^ ^^_ 

cho que hacer. Heredó de sus mayores 
hábitos patriarcales y se pasa la vida 
discurriendo por la florida tierra, identi- 
ficado con su alma profunda y armoniosa, 
Pero los tiempos de ahora no son como los 
pasados y de cuando en cuando es necesario 
colocar los arreos al caballo zaino y dirigir- 
se luego, pisando conocidos rastros, en di- 
rección a las casas. 

El hombre de campo aposenta en la fon- 
da de unos vascos cuyo carácter adusto tanto 
condice con su espíritu grave. Dejó la cabal- 
gadura en el patio de la hospedería y se le 
ve por los negocios realizando necesarias 
compras. Hace tratos cabales con pocas y 
breves palabras, y acentúa sus intenciones 
con actitudes mesuradas y firmes. . . Llega- 
da la hora de yantar, si aún ha de seguir en 
el pueblo, busca en el comedor un sitio apar- 
tado y se sirve de lo que hay, sobriamente; 
y mientras los viajantes, titiriteros, y em- 
pleados charlan de las cosas del día, él calla, 
porque de hablar sus palabras sonarían en 
el corazón de todos de una manera extraña 
y distinta. 

Este hombre de campo vino muchas veces 
al pueblo regresando pronto a sus pagos. 
Pero ahora ha llegado enfermo y está en el 
comedor de la vieja fonda de vascos, más 
silencioso que nunca. Un mal sin cura le roe 
el corazón y poco a poco va para muerto 
cuando todo parece -renacer a una nueva 
vida. Lívida, casi verdosa la faz, escucha el 
discurso adventicio con el aire resignado de 
quien espera, en vano, algo mejor. 

El nieto del viejo Vizcacha mientras ha- 
blan en absurda jerigonza los extranjeros 
que almuerzan en la fonda de vascos, sus- 
pira profundamente, y su cabeza, pálida y 
triste, se inclina como si fuera a rodar sobre 
la extensión de su vasto pecho. 

ALMAS La facultad de soñar es 
VIAIRPA*^ en el pequeño pueblo pa- 
VlAJtKA:^. trimonio de las mujeres. 
El alma femenina medita al margen del 
ensueño y va diseñando poco a poco la 
arquitectura de un mundo ideal. Cuando 
las muchachas casaderas están al lado del 
novio, posiblemente no piensan en nada; 
pero no todas las muchachas tienen no- 
vio, y aún las mismas prometidas se dis- 
traen frecuentemente, mirando al horizonte. 
Por el océano del cielo, cuando el ocaso 
solar, Dasan ligeras nubes como fantásticas 
naves matizadas de fue- 
go: en la noche el dis- 
tante y claro firmamento 
es rayado por el diaman- 
te de alguna estrella fu- 
gitiva. El alma de las 
muchachas surge enton- 
ces del profundo pozo 
del vivir monótono y se- 
dentario y sigue a las 
ilusorias naves del cielo; 
corre tras la blanca es* 



T 






trella fugitiva. Esta necesidad de sentir la 
emoción del ensueño explica perfectamente 
el hecho de que las muchachas no se can- 
sen de pasear todas las tardes por el an- 
dén de la estación, y de dar vueltas alre- 
dedor de la plaza las noches en que la 
banda de música hace concierto. Cuando 
llegan los trenes, las muchachas del pe- 
queño pueblo, viendo las caras extrañas 
que asoman en las ventanillas, piensan 
que el mundo es muy grande: que hay 
otras tierras y otros cielos, y ciudades enor- 
mes donde cumplen un destino desconocido 
las gentes que llenan el convoy que pasa. 
Al iniciar de nuevo la marcha el tren de la 
tarde, en los grandes ojos de las muchachas 
tiembla la tristeza. 

Por la noche, con propicia luna llena en- 
cima de la torre de la iglesia, los bravos ita- 
lianos de la banda ejecutan, preferentemen- 
te, «Cavallería Rusticana». Las frases de 
aquella música, celestial y bárbara, suenan 
en el espacio figurando la voz de una qui- 
mera que arrebatara las almas; y entonces, 
las muchachas del pequeño pueblo acarician 
la ilusión de que alguien vendrá a buscarlas 
para un largo y lírico viaje. 

LA ÚNICA Sólo el trabajo acrece la 
P 11 P P 7 A grandeza de este pueblo 
r U íircz,/\. plantado en mitad de los 
campos. Día a día el impulso del trabajo 
aumenta el comercio y las incipientes in- 
dustrias. Llegan continuamente gentes de 
todas las partes, y el perímetro urbano se 
va ensanchando con las nuevas construc- 
ciones que se levantan al final de las calles. 

Hay entre los hombres el culto de la ac- 
ción. Se labran las tierras, se fomenta la ga- 
nadería, multiplícanse las granjas y ya se 
cuenta con alguna fábrica. En más de treinta 
leguas a la redonda no existe otro pueblo que 
en tan poco tiempo haya progresado tanto. 

Las jornadas del trabajo tienen un carác- 
ter vario y circunstancial. Regularmente 
todo es salud y buena ventura; pero a veces 
un trágico viento estremece las cabezas de 
la gleba. No hace mucho llegaron a la esta- 
ción numerosos braceros que no hubieron 
faena por otros lugares. Mochila al hombro, 
rotosos y barbudos aparecieron ante el pue- 
blo como un violento testimonio de la deses- 
peración y el hambre. Cundió el pánico entre 
los más felices y fué menester que alguien 
realizase un esforzado gesto de humana soli- 
daridad para mitigar el dolor de aquella 
espantable caravana. 

Es siempre por la época de las ubérrimas 
cosechas que llegan al pueblo estos dramá- 
ticos parias. 

Cuenta ya el pequeño pueblo con un diario 
que es allí, según se dijo alguna vez en grave 
artículo de fondo, la manifestación más alta 
y espiritual del trabajo. El dueño y direc- 
tor es un portugués presuntuoso a quien 
nadie estima mucho. Resultaría interesante 
saber cómo pudo ingeniarse para llegar a ser. 
sin proponérselo, envidiado por todos. En 
otros periódicos de aparición irregular se le 
insulta y vilipendia; cada ataque cuesta un 
disgusto a la señora del director. Pero el por- 
tugués, alentado por el odio, sigue trabajan- 
do y como es ingenioso, progresa. El diario 
acaba de recibir una máquina linotipo y es 
sin duda alguna, en el pequeño pueblo, la 
expresión más inteligente del trabajo. 



/VORiALEs/^ 



DIBU;0 DE MAVOL. 




AM«fvD O 

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A' MI- HERJ^l ANA' LA- M ONJA 



&M*PL\yvVLTRA 



U, \\ 



■alvdtc tu, acrnxana , con tu sencillez. 



lile 



j^alvcmc yo. con 
nti compleucidci. 

Duninta os la i"i?ucla.clij"tmta la vez 
y aun j'icndo la muma. otra la vculad. 

Jigüe traj" laj- nube^ buícando el fulgor 
de tu datropomoria oi\est<¿ deidad, 
micntrdj" yo me asomo todo a mi interior, 
Ka mbr lento de eniema-yyde eternidad. 

Hay <ilgc> en nojotror igual: el TAinor, 
y ese. Ka de loerarno,? al fin la Vnidad 

Jaiva seds vvlcs tii , con tu candor, 
jaluo yo, con toda mi complejidad. 




lEN venido el poeta de la sencillez, de la serenidad, de la rima 
transparente y alada: bien venido el poeta de la tristeza, el 
dulce poeta de la delectación amorosa, llena de ensueños celes- 
tes y sobrenaturales; bien venido el poeta místico, el poeta 
melodioso que sueña con la realización de una esperanza única, 
de un afán hacia lo absoluto, y que sabe transmitirnos la emo- 
ción de su filosofía panteísta por medio de la palabra musical, 
del ritmo elegante, de la forma sutil y aristocrática. Amado 
Ñervo es todo esto, y es más aún que esto. Para nosotros es 
el viejo amigo que llega; es el amigo de corazón a quien se recibe con los 
brazos abiertos, y a quien se saluda con la íntima complacencia del que 
sabe corresponder a las más caras demostraciones de confraternidad. 

La sencillez, ese don precioso de los buenos y de los elegidos, es una 
cualidad predominante en el carácter y en la obra del poeta. Se la encuentra 
en toda su labor, en su prosa concisa y sintética, en su vida y en sus ideas, 
en sus palabras y en sus versos emotivos y mágicos. A trevés de ellos se adi- 
vina un vago misticismo espiritual, triste como algo perdido para siempre, 
suave como una oración musitada entre labios. 

La delicadeza sentimental de Ñervo se advierte en sus composiciones 
amorosas. La psicología del escritor pierde su frecuente complejidad cuando 
los estímulos de la pasión desnudan el alma, caracterizándose por su ternura, 
reveladora de un corazón repleto de bondad y sincero hasta el sufri- 
miento. Ni la exaltada voluptuosidad ni la absurda divagación idealista, 
mellan su inquebrantable normalidad de hombre que refrena ajenos extra- 
víos con el ejemplo. 

Amado Ñervo es de aquellos poetas que sienten la atracción irresistible 
del misterio, pero con serenidad de hombres maduros, llenos de la contem- 
plación de la vida, que evitan los extravíos febriles a lo Edgard Poe y las 
alucinaciones enfermizas. 

Quien haya leído a Emerson, príncipe del ocultismo, reconocerá la irre- 
sistible simpatía que inspira este gran pensador. El poeta transforma la 
sensualidad de la visión externa en otra sensualidad superior, la de poner 
lo que recogieron sus sentidos ante el santuario cerrado de su entendimiento. 
El esplritualismo sencillo y cordial de Emerson, parece realizado por Ñervo 
en algunas de sus poesías, en apariencia humildes, inofensivas de puro senti- 
miento y en realidad profundas, como si velaran las hondas inquietudes de 
este hermano de Emerson. 

El deseo inmoderado de establecer aproximaciones entre las figuras lite- 
rarias de alguna magnitud, lleva a muchos por erróneos caminos, dando 
a la crítica un falso sentido de comparación. Englobar la labor literaria de 
Amado Ñervo entre la de aquellos continuadores del simbolismo francés, y 
colocarla después de Rubén Darío, como siguiendo las mismas sendas espi- 
rituales del autor de «Prosas Profanas», no significa en verdad mucha agu- 
deza crítica. Las comparaciones son siempre odiosas, y más aún, cuando la 
orientación es tan distinta que en una sola lectura de Ñervo puede obser- 
varse la distancia ideológica que los separa del galicismo imperante entre 
los líricos de la última generación hispano-americana. 

Hoy, ostentando la investidura de plenipotenciario, trayendo la represen- 
tación diplomática de su país cerca del gobierno argentino, el noble escritor 
mexicano llega a Buenos Aires, la ciudad cosmopolita y atrayente, no como el 
extranjero a quien hay que brindar atenciones protocolares, en mérito a la 
misión que desempeña, sino más bien como el antiguo conocido de todos, 
el amigo predilecto de todos, que conmovió nuestra sensibilidad más de una 
vez con el maravilloso encanto de su poesía. El nuevo representante de Mé- 
xico puede decir que Buenos Aires no es una ciudad extraña, ni que el país 
es un país ajeno y desconocido. Todo en él le será familiar, aun sin haberlo 
visitado anteriormente, porque su espíritu está identificado ya. desde hace 
mucho tiempo, con esta tierra donde se le profesa la más sincera simpatía 
y donde el acontecimiento de su llegada ha suscitado tantas y tan elocuentes 
demostraciones de afecto y consideración. 

Antonio Pérez-Valiente. 



— Í^i-.X^M= "VLmO.^- 



LA WERMANITA 

( DE LA REALIDAD) 



Querido amigo: 

En el momento en que escribo esta confesión, 
estoy ebrio, completamente ebrio . . . 

No vayas a creer por ello que esta narración es 
la obra de un cerebro enloquecido por el alcohol: 
ni pienses tampoco que vas a leer incoherencias. 
ni divagaciones sin sentido: nada de eso. Te diré. 
por lo pronto, para explicarte semejante cordura 
en un beodo, dos palabras: mi embriaguez es ab- 
solutamente premeditada, y estoy firmemente 
convencido, que, cuando uno se propone, en estos 
caaos, discurrir razonadamente, no se pierde el 
tino, y en cambio se aguzan los recuerdos. (Ya te 
explicaré este fenómeno en otra oportunidad). 

Tú sabes que tengo la debilidad de escribir 
cuando estoy triste, cuando tengo una pena: es un 
consuelo. . . Sabes también que se me murió una 
hermanita, ¿te acuerdas?... Mercedes: aquella 
chica que declamaba: 

• República Arf¡entina patria amada». .. etc. 

Pero si. ahora recuerdo: tú la escuchaste en un 
dia patrio, y estabas inquieto, pues temías se cor- 
tase; sin embargo se desempeñó muy bien, y con 
mucha gracia se inclinó cuando decía: 

• . Vengo patria gloriosa, solamente 

a doblar la rodilla reverente 

y a deshojar las mías a tus pies. > 

Y deshojó un ramo de flores que le había pre- 
parado la mamá. Bueno: como me estoy acordan- 
do de elln. quiero escribir. ¿Por qué me he embria- 
gado para ello? Eso te lo diré, y comprenderás 
mejor, al fina!. 

Olvidaba hacerte una advertencia: si crees en- 
contrar un cuento entretenido, no lo leas, y si no 
tienes ánimo de entristecerte, tampoco. 

II 

Mercedes tenia ocho años. Era linda, ¿no es 
cierto'i' Todos los que quieren creen ingenuamente 
que la persona querida es muy hermosa siempre; 
pero ésta lo era en verdad. ¡Estoy seguro! Tenía, 
dije, ocho años, y unos ojos grandotes, que cuan- 
do estaba en agonía, dilataron tanto las pupilas 
que parecía iban a estallar. . . másese correspon- 
de al final de la narración . . . pierdo un tanto la 
cabeza. . . Eran unos ojos expresivos como si re- 
flejaran un alma de veinte años. Cuando yo la 
hacia llorar (lo hice muchas veces) adquirían una 
expresión de reproche, tan triste, que de inmedia- 
to me llenaba de arrepentimiento. Se me ocurre que 
habiendo descrito sus ojos, la he descrito toda. 

Una tarde, regresó enferma del colegio; le dolía 
el vientre y tenía fiebre: llamaron al médico (dicen 
que es de gente vulgar culpar a los médicos), pero 
— te lo diré en confianza — parece que equivocó 
el tratamiento y la nena empeoró. 

Hubo consulta; es imponente una consulta; 
aquellos señores graves, de ademanes mesurados, 
van a decidir la alegría del hogar. El nuevo médico 
le palpó el lado derecho del vientre, durante mu- 
cho rato; golpeaba con el índice y el dedo medio 
de su mano derecha sobre los mismos dedos de la 
izquierda, que había colocado sobre la piel; «per- 
cutía», en su lenguaje; y se escuchaban ruidos va- 
gos e indescifrables para mí; de vez en cuando. 
hundía los dedos en la carne, y la enfermita res- 
pondía con un grito crispante. 

— Es un caso clavado de apendicitis. — dijo. 

Y ordenó que se invirtiera el tratamiento. 

— Hielo, mucho hielo. 

Pero ya era tarde. La enfermita estaba agotada; 
no se podía operar. 

Ahora comienza lo más triste para mi; desde 
aquel dia no se escuchó otra cosa que un quejido 
continuo; era como el débil quejido de una ovejita 
herida: pero ¡cómo resonaba en mis oídos! ¡se me 
clavaba en el tímpano! Y ella nos miraba llena de 
angustia, solicitando protección, ¡cómo si pudié- 
ramos dársela! Esas miradas cohibían, pues por 
momentos imploraban y a veces exigían . . . 

— ¡¡Mamá qué voy a hacer con este dolor!! 
La madre callaba sin saber qué responder a la 

súplica desesperada. Rezaba pidiendo ingenua- 
mente un milagro; y en su oración preguntaba re- 
pitiendo las propias palabras de la nena: 
— ¿Qué va a hacer la nena. Dios mío, con ese dolor? 

Y Dios enmudeció; por eso no creo en él. 
Después se agregó el tormento de la sed. Aquel 

cuerpecíto enflaquecido, de cara desencajada y de 
ojos que hacia brillar la fiebre, tenía un volcán 
en el vientre. 

— ¡Agua... pronto... agua!... 

Entretanto, sin un instante de tregua, tenaz- 
mente, la acosaban agudas punzadas, cual si una 
api ja perforara sus intestinos; y ese sin tregua 




repetía: ¡Mamá! ¿que haré con este dolor?... 

Una tarde los médicos declararon que no ve.i- 
drían ya. 

Cuando entré en el cuarto de la enfermita. ma- 
má, sentada junto al lecho, volvió hacia mí su 
rostro; en sus facciones marchitas por las vigilias 
y la pena, se marcaba netamente la curva de unas 
profundas ojeras violáceas. 

— ¿Sabes? — me dijo con voz apagada. — Ya 
no vendrán más los médicos. . . — y tornó a sus 
atenciones maternales. 

En la blancura de las sábanas, se destacaba 
igual a una flor tronchada, la cabecita doliente, 
con el rubio cabello desordenado. 

Tú que entiendes de medicina, conocerás sin 
duda los detalles que te envía este profano. 

Creo que aquello era lo que llaman estado co- 
matoso. 

Respiraba lenta y profundamente. Tenía las 
mejillas teñidas de color rosado y los músculos 
faciales flácidos, dábanle una expresión de intenso 
abatimiento; la boquita aparecía un tanto desvia- 
da. ¿Sabes por qué me llamó la atención este de- 
talle? Porque recordaba por contraste la gracia 
con que aquellos labios sabían decir la canción 
escolar: 

«Tuve una muñeca, vestida de azul». 



Siguiendo mi relación: 

Los ojos en aquel momento me produjeron 
horror. Vidriosos, más grandes que nunca; me in- 
cliné para adivinar la expresió.i . . . Me parecieron 
como aterrados; creo haberte dicho que tenían la 
pupila bárbaramente dilatada, con un diámetro 
longitudinal, mayor que el transverso. No conozco 
qué clase de lelaciones fisiológicas pueden existir 
entre los ojos y ese estado que los técnicos llaman 
comatoso; no conozco, pero a mí me pareció que 
estaban así, porque veían la mu3rte y el espanto 
les esculpió su sello. Murió al amanecer. Cuan- 
do el día nacía, ella expiraba. 

Yo fui a verla, cuando ya estaba vestida; me 
acordé de aquel trajecito nuevo que era su orgullo, 
el mismo que vestía, cuando dijo aquellos versos, 
en el día patrio; la madre, aturdida por la desgra- 
cia, en la inconsciencia momentánea de los gran- 
des dolores, se lo arreglaba con riingular esmero, 
cuidadosamente, amorosamente, como si la pre- 
parara para aquella fiesta... 

¿Me entiendes por qué me he embriagado? 

Porque dicen que los hombres no deben llorar: 
eso queda para las mujeres; y yo, así ebrio, he 
llorado mientras escribía y he derretido unas lá- 
grimas que tenía cristalizadas en el alma, desde 
su muerte. — Tu amigo. 

Esta carta estaba manchada de vino. 



• La saqué a paseo y se me enfermó 
jPobre muñequtta, que se me muriól» 



DIB. DE HOHMANN. 



Por la copia; 
Julio César Dabove. 




PROPIEDAD DEL SEÑOR MIGUEL A. FINOCHIETTO. 



ESLAVA 

ÓLEO DE LÓPEZ NAGUIL. 




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El hombre que detestaba a sus semejantes 
vivia en las montanas completamente solo. 
Era feliz. Mychos aflos atrás, habia salido de 
la nudad. huyendo desesperado d« la estupi- 
dei inaudita de los hombres. Ansioso de so- 
ledad absoluta, caminó infatigablemente du- 
rante muchos días y muchas noches, y atra- 
vesó ríos, y subió cerros y montalUs hasta 
dar con aquel lugar oculto y lejano adonde 
DO llegaba nunca el eco abominable de la ci- 
viHzaciófl. Su espíritu atormentado encontró 
en la contemplación de !a naturaleza el más 
puro de los (oces. Y su vida se deslizó desde 
entonces con la augusta serenidad del vuelo 
de las águilas... 

Pero un dia, el hombre que detestaba a 
«ussemejanies. sintió deseos de visiur la ciu- 
dad, de ver a los hombres. Tal vez — pei«ó 
— se hayan modificado: tal vez pueda vivir 
oon ellof. Y entonces bajó de las montanas. 
y caminó muchos dias y muchas noches, y 
llegó a la llanura y entró en la ciudad, y vio 
que los hambres eran un detestables como 
siempre y sos costumbres las mismas. 

Desilusionado, habii emprendido ya el via- 
je de regres' — — ' -I anciano se acercó 
a él y lo de- ;iano le dijo: Hom- 

bre, ¿por qu» :as con nosotros? Me 

apena que vivas un icjos de las i;entes. Yo he 
ccnocicio a tus padres y te he conocido a ti 
cuando attn «ras joven y vivias en el pue- 



blo. Los hombres te quieren. Ellos son bue- 
nos. Quédate. Aquí podrás hacer una vida 
tranquila. Encontrarás reposo para tu cuer- 
po y recrea para tu espíritu. Nuestros tei- 
tros te proporcionarán espectáculos hermo 
sos. Nuestras mujeres te brindarán sus en 
cantos incomparables. La ciudad, con todos 
sus atractivos y actividades, te transforma- 
rá por completo, haciendo de ti un hombre 
amante de la vida. . . Si. en verdad te digo 
que me da pena que vivas tan solo. Hombre, 
¿por qué no te quedas con nosotros? 

Y el hombre dijo: 

No me quedo con vosotros porque os de- 
testo. Vuestras costumbres me repugnan. 
Vuestra vanidad es insoportable... Déja- 
me. Dices que vivo muy solo en los montes: 
es verdad, pero más solo me encuentro entre 
vosotros. Me dices que amaré la vida, igno- 
rando que por amarla inmensamente y por 
quererla pura y bella me he retirado a un 
lugar agreste y oculto. Me ofreces ropas y 
no las necesito, pues estos andrajos me bas- 
tan. Tengo alimento en abundancia y nadie 
me disputa su posesión. En ninguna parte 
puedo estar más tranquilo que en mis mon- 
uftas. En ninguna parte hallaré deleites mas 
grandes para mi espíritu. De las mujeres, no 
me hables: todas son iguales: frivolas, vani- 
dosas, incapaces de pensar. La escasa men- 
talidad que poseen les impide ocuparse de 



otra cosa que de adornar su cuerpo. Son peli- 
grosas. Ellas se interponen siempre en nues- 
tro camino y nos ilusionan y nos pierden. . . 
En cuanto a los espectáculos, joh anciano in- 
genuo! ¿Cómo os atrevéis a hablar de espec- 
táculos, vosotros que no habéis mirado nun- 
ca las estrellas? ¡Espectáculo! El único que 
me podríais ofrecer sería el de la muchedum- 
bre en su lucha sórdida y desesperada por el 
dinero. Déjame, anciano, déjame. Agradezco 
tu buena voluntad; pero déjame solo. Nada 
necesitan los hombres de mi. Nada necesito 
yo de ellos. . . 

Y después que así hubo hablado, el hom. 
bre siguió su camino ante la mirada de asom- 
bro del viejo, que lo vio alejarse poco a poco 
hasta perderse de vista en la bruma de la 
tarde. Y continuó caminando. 

Pasaron muchos días y muchas noches, y 
por fin llegó. Vio de nuevo su choza, que pa- 
recía esperarlo, y vio los picachos helados de 
los montes. Vio las piedras y las plantas, y 
las águilas que pasaban volando sobre su 
cabeza. Vio las nubes que se desgarraban 
lentamente en las cumbres altísimas, y oirá 
vez fué feliz porque estaba solo, completa- 
mente solo, y entonces miró a! cielo y una 
alegría inmensa le llenó el corazón . . . 

Pasaron muchos años. La cabeza del mi- 
sántropo se había cubierto de canas. Sus es- 



paldas estaban encorvadas, su rostro surca- 
do de arrugas. Y durante todo ese tiempo no 
vio nunca la figura de un hombre ni recibió 
noticia alguna de la vida de la ciudad. 

Fero una tarde el hombre que detestaba a 
sus semejantes sintió deseos de ver a los 
hombres por última vez. Y entonces volvió 
a bajar las montañas y como sus piernas ha- 
bían perdido la fortaleza primitiva, el viaje 
resultó muy largo y muy penoso, y después 
de mucho tiempo llegó al llano y vio con sor- 
presa que la ciudad no existía ya. Creyó que 
habia perdido el rumbo, pero unos extraños 
montículos de tierra, como pequeños cerros, 
le llamaron la atención. 

Dirigióse a ellos y pudo ver que eran es- 
combros casi cubiertos de tierra y sobre les 
cuales crecía el musgo, y comprendió asom- 
brado que un cataclismo enorme había se- 
pultado la ciudad. . . 

La magnitud del descubrimiento lo dejó 
anonadado. Su rostro se puso pálido. Miró 
hacia todos lados como buscando algo... 
¡Escombros, ruinas; ya no había hom.- 
bres! Y entonces se sintió solo, completa- 
mente solo. . . como en las montañas, y un 
frió inmenso le llenó el corazón . . . 

El sol se ocultaba lentamente tras la faja 
violeta de los montes. Y esa tarde, el hom- 
bre que detestaba a sus semejantes, murió 
■de miedo. . . 




I 



Laura Dambré pintaba. A los veintiséis 
años era aquella su única pasión, hija de un 
sentimiento innato, profundo y reavivado 
con tanto más vigor cuanto que los incon- 
venientes de la vida diaria le oponían serios 
obstáculos. 

Pobre como era, ¿a qué perseverar? 

Así opinaba a menudo don Perfecto, des- 
pachante de aduana e interesado en un gran 
comercio, el cual la pretendía. Entonces so- 
lamente dudaba !a madre de Laura, doña 
Concepción, a quien de sus nueve hijos le 
quedaban a su lado la pintora y Jacinto. 
aprendiz grabador. 

No siendo en el par de horas largas que 
duraba la irreprochable visita mensui^l de 
don Perfecto, muy otro era el sentir perma- 
nente de doña Concepción, sobre todo desde 
que Laura consiguiera atender la clase de 
dibujo de una escuela nocturna. 

Pagar la pieza, comer todos los días y 
vestir modestamente, se hacían ahora posi- 
bles. ¿Por qué molestar entonces a la sola 
hija que consolaba sus años, agobiadores ya? 

La pieza tenía una ventana que daba a 
un barracón. El caballete no se movía del 
'indo golpe de luz que entraba por ella, ni 
Laura de junto al caballete. Corrientes de 
aire en invierno, excesivo calor en verano, 
no la perturbaban mayormente. Sus inquie- 
tudes eran otras: el encarecimiento del color, 
cada pomo del cual casi le llevaba los aho- 
rros de un mes; la carencia del dinero para 
alquilar local donde exponer sus obras que 
ahí permanecían arrinconadas unas sobre 
otras; el terror de ser rechazada otra vez 
del Salón . . . 

Protección no esperaba de nadie. De sus 
hermanos y hermanas distantes, sólo Rafael 
se hallaría en condiciones; pero su mujer, ta- 
caña, estaba alerta y lo impedía. 

¡La mujer de Rafaell Laura no la pasaba 
ni con colador, según decía. Se le plantifi- 
caba frente al caballete y permanecía horas 
enteras tiesa, muda y seca como una estaca. 

— ¡Ah, sí? — respondía tan sólo a las es- 
peranzas que le expresaba la madre y que 
ella sabía eran las de la hija. 

Aquel «¡ah, sí?» equivalía a «¡qué rara chi- 
fladura! ¡vean las pretensiones!-» 

En cuanto a las condiscípulas de la Aca- 
demia, si alguna adinerada pudo exponer, 
dar motivo a la critica y llegar al Salón, esa 
no estaba muy convencida de que fuera 
humano hacer que lograra otro tanto una 
compañera como Laura, que pintaba cosas 
vulgares. 

Esta última opinión era la de todas. Pero 
ninguna dejaba de ir a ver cómo iban esas 
«cosas vulgares». 

E iban bien: no pasaba semana sin que 
un nuevo cuadro fuese concluido. Y sin en- 
jugar los pinceles, Laura comenzaba otro. 

A condiscípulas y condiscípulos, más que 
las bellas realidades que surgían de aquellas 
telas les fastidiaba la infatigable creación en 
que se engolfaba su autora, ¿Cuántos cau- 
dros eran? A veces hacían el recuento. El 
chinito que monta en petizo blanco; el ver- 



dulero que ve tumbado el carro de su mer- 
cadería; el viejo negro con su largo tambor 
listado de azul; la muchacha en pleno sol 
junto a su tacho suspendiendo el lavado para 
ver cómo el gato atisba a los gorriones sobre 
la tapia... Y la enumeración no concluía, 
porque alguien apuntaba el consabido 

— ¡Sí. pero con esos temas!... 

Esos temas eran los del patio de la casa 
de Laura, los del barrio popular en que vi- 
vía, los del barracón hacia donde se que- 
daba mirando, en la hora cruenta del des- 
aliento, cuando paleta y pincel se abatían 
y dos lágrimas ardientes como su fe, amar- 
gas como su infortunio rodaban lentísimas 
de sus inteligentes ojos claros. 

Los desánimos, tan negros y hondos como 
breves, eran los solos descansos de Laura. 
Salía de ellos más trabajadora, como si los 
huyera. 

A veces pasaba por su mente la esperanza 
un tanto repugnante de que don Perfecto le 
alquilaría un salón. Ignoraba que lo había 
pensado y casi decidido el año anterior, cuan- 
do ella se le ocurrió tener de modelo durante 
diez días seguidos a Daniel. 

Daniel, ese pelafustán, al pensar de don 
Perfecto. Daniel, el poeta, al sentir de Laura 
y doña Concepción. 

Daniel Liraico, el disparatador profuso, 
opinarán los que sigan mi relato y recuerden 
su firma al pie de versos llenos de parques 
de raso, princesas de niebla, cisnes de sus- 
piro y lunas como de vaho de alcanfor. 

Y sin embargo ese <'loco» era un amigo 
consecuente de la pintora. Cierto es que a la 
Comisión de Bellas Artes le bastó ver su 
retrato para rechazar a Laura del Salón; no 
menos cierto que el haberlo hecho le cosió 
a la misma el que don Perfecto no la favo- 
reciese. . . De ambas cosas abrigaba la sos- 
pecha. Pero no dejaba de confiar en el sin- 
cero entusiasmo que Daniel tenía por sus 
cuadros, presintiendo que habría de serle 
beneficioso. 

Y es que ya lo había sido. Las primeras 
noticias que de sus obras recibió el público 
fueron dadas por Daniel en las revistas don- 
de escribía, y el buen muchacho multipli- 
caba ahora sus diligencias para que las nue- 
vas pinturas no fueran rechazadas del Salón. 
Había visto en persona, uno por uno, a los 
miembros de la Comisión, quienes recono- 
cieron en él al joven Liraico retratado antes, 
el del pintoresco vestir anacrónico; cham- 
bergo mosquetero, melena romana, capa es- 
pañola. . . 

El caso es que el estrafalario mozo argu- 
mentaba persuasivamente al mostrar el par 
de cuadros pequeños que llevaba escondidos 
bajo la capa. Y no era motivo de poca sor- 
presa para los caballeros de la Comisión el 
comprobar cómo aquel joven que vivía tan 
fuera de lo circundante podía aducir razo- 
nes hábiles en defensa de obras como las de 
Laura Dambré, a las que fuera torpe negar 
su mucha realidad. 

— ¡Milagros del amorl — pensaban, cre- 
yendo acertar. 

Y se sentían por fin bien dispuestos hacia 
el quijotesco paladín de aquella Dulcinea 



pmtora, por cuya persona 
comenzaba a picarles la 
curiosidad. 

11 

Desde que el Salón abrió 
y supe que Laura Dambré 
había sido admitida, sus- 
tenté el propósito de visi- 
tarlo. Las noticias de Da- 
niel Liraico primeramente, 
mi aprecio directo de sus 
obras luego, me inspiraron 
verdadero interés por la 
artista y su trabajo. 

^ ¿A que todavía no 
fué? — di jome el poeta por 
todo saludo entrando un 
mes más tarde a la redac- 
ción de mi diario. 

— ¡Caramba: en verdad, 
y lo siento! 

Y a mi aflicción replicó, 
echando atrás gallarda- 
mente su capa y sacando 
su cartera: 

— Es que no leyó los 
juicios. ¡Qué periodistas 
estos! Entérese. De La 
Nación, de La Prensa, de 
La Razón. . . 

Y me ^largaba los re- 
cortes que yo recorría bus- 
cando el nombre de la 
Dambré. 

Los diarios, las revistas 
coincidían en reconocer 
que «La Viejecita» de 
Laura Dambré era entre 
otras pocas una obra que 
halagaba las buenas mi- 
ras del arte argentino. 
Nada de artificiosos acce- 
sorios en ella, nada de 
fondos combinados. Distante se hallaba 
í'La Viejecita') de todo cuanto fuera asunto 
falso, urdido en el estudio al recuerdo de 
productos de extrañas escuelas, que era lo 
que predominaba en el Salón. 

— ¡Bravo! — exclamé, indicando asiento 
en una mesa a Liriaco para que se despacha- 
ra a su gusto en la aclamación de su dama. 

El hombre escribió un brillante artículo 
que publiqué. Con eso me desquitaba en 
algo del disgusto que sentía al no poder con- 
currir al Salón. 

Florida abajo. Florida arriba. Liriaco pa- 
seaba radiante su mosqueteril figura una 
tarde tras otra. 

Pero ¿cuántos días duró su andar como 
en el aire y la luz? 

Muy pocos: porque de pronto su gozosa 
curiosidad se trocó en furioso paso de carga 
con el que entró a verme. 

— ¡Qué vergüenza para el arte, amigo 
mío! — exclamó con una indignación que no 
le conocía. 

Y comenzó a referir a gritos, mostrándo- 
me un breve impreso, cómo el jurado se 
había expedido sin mencionar siquiera a 
Laura Dambré. 

— Vea: primer premio. . . 

Y con su cara de ángel descompuesta y su 
índice nervioso me invitaba a leer. 

Yo tuve que llevarlo a otra sala. Los re- 
dactores se hallaban en plena labor. No era 
bien que compartieran por el momento 
aquella desgracia. 

En otro nuevo artículo Liriaco puso por 
los suelos a los miembros del jurado rom- 
piendo briosamente un centenar de lanzas. 
Di a publicidad sus rayos y centellas, pero 
esta vez no me resarcí con eso. Mi disgusto 
se trocó en remordimiento. Parecíame que 
el no haber hecho algo yo mismo en favor 
de la Dambré fuera la causa de que no le 
premiaran su obra. 

Pero ¿había visto yo «La Viejecita» acaso? 
¿Sería verdaderamente una obra notable 
como se pretendía? 

Esa tarde me desprendí como pude de 
mis obligaciones, y quise ver, quise saber. 
Nunca olvidaré el fastidio, la grima que 
me produjo mi paseo por las secciones del 
Salón. ¡Cuánta pintura zurdamente recor- 
dadora de cosas hechas, de extravagancias 
ajenas! ¡Cuánta sensualidad! ¡el color por el 
color mismo! ¿Desaparecería para siempre 
del arte pictórico el alma humana? 

El público asistente era numeroso. Sin lle- 
gar ai tono furibundo de Liriaco, los perió- 
dicos creyeron justo protestar y recordar 
«La Viejecita'», indebidamente olvidada. Ese 
tole-tole había motivado un nuevo interés 
por el Salón. 

Ya desesperaba de no dar con mi cuadro 
cuando un grupo de contempladores me lo 
indicó. Me acerqué y vi, y quedé maravi- 
llado. En la tela sin marco, fuera de la tela 
mejor dicho, tal era su relieve, veía a la ma- 
dre de Laura, a doña Concepción, sentada, 
como diciendo: «píntame, hija mía; aquí 
estoy tal como soy». Los claros ojos algo 
más grandes, menos inteligentes pero más 
sentimentales que los de su hija, esparcían 



la plácida luz de su mirada, la misma luz 
interior que parecía iluminar el rugoso rostro 
donde todo era energía y bondad. 

El asunto de la viejecita era pues la misma 
madre de Laura. 

— ¡Está hablando! — dijo alguien tras de 
mí. 

Volvíme. Deseaba no conocer a quien así 
exclamaba, pues sentía mis ojos excesiva- 
mente humedecidos por la emoción. Pero 
recordé: era una escritora que me presenta- 
ran en casa de la Dambré. 

—- Sí, señorita. Esto es un portento de sen- 
cillez y de intensa verdad. 

— ¿Sabe qué dice hoy La Palestra? — 
agregó. — Que solamente el gran retratista 
inglés que ha querido exhibir una obra aquí 
mismo como para enseñarnos a pintar, ese 
famoso pincel de un vigor extraordinario... 

— Sí, — le interrumpí. — el que se co- 
tiza a 20.000 pesos por retrato. . . 

— Ese mismo. . . Que solamente él aven- 
taja a Laura este año. 

— Lo creo. 

E iba a volverme hacia «La Viejecita», 
hacia el cuadro del día. cuando un suceso 
increíble, un acontecimiento de todo punto 
inesperado para mí, túvome un rato sin mo- 
verme, en muda consideración. 

La misma doña Concepción auténtica 
acababa de franquear la entrada del Sa- 
lón. La viejecita en persona, sola, con su 
traje de ir a hacer las compras, como es- 
taba en la tela, después de dar dos pasos 
inciertos, levantaba su cabeza entrecana 
para mirar con bobo estupor los muros 
llenos de cuadros ricamente enmarcados y 
las gentes que los contemplaban. Dedujo su 
retrato detrás de nuestro grupo. Reaccionó 
en seguida, porque lo que traía era enojo 
y habría de expresarlo. 

Comenzó a murmurar. 

Yo me acerqué a ella, temeroso, conmo- 
vido, adivinando un dram.a en su alma ma- 
terna de ancianita ejemplar. 

— ¡Doña Concepción! Qué placer el ver- 
la... — iba a continuar diciéndole. 

— ¡Ah. señor! — exclamó en voz alta, 
rompiendo el silencio habitual del Salón. — 
iNo lo han de tener más esos señores! ¡No 
lo verán más! ¡Vengo a retirarlo! — procla- 
maba refiriéndose a los miembros del jura- 
do y al cuadro. 

Sentí el gritito de sorpresa de la escritora 
viniendo hacia doña Concepción. También 
comprendía aquello. Las gentes se volvían 
a la anciana y reconocían a la viejecita del 
ret-ato; sólo que en vez de plácida estaba 
r r tada, movía terca la cabeza, levantaba 
desconsoladamente los brazos sarmentosos. 

— ¡No señor, no señor; me lo han de de- 
volver hoy mismo! ¿No es mío acaso? ¡Hoy 
mismo, esos señores! — repetía con un re- 
tintín de censura gracioso aún para mí que 
estaba colmado de profundo pesar. 

Atiné a recordar que el secretario de ta 
Comisión era amigo mío; pensé que lleván- 
dola hasta él al través de las salas deslum- 
brantes de lujo artístico se calmaría, im- 
presionada en su sencillez. 

Le ofrecí el brazo. La anciana temblaba 
mucho. 

— Vamos a ver a esos señores, doña Con- 
cepción. 

Pero ella no amainaba así como así. Era 
evidente que ese loco de Daniel Liriaco le 
había comunicado su batallosa indignación. 

La escritora se quedó explicando aquel 
acto ingenuo y magnífico. En medio del 
público cada vez más numeroso, su explica- 
ción se multiplicó en comentarios esparcidos 
luego en los circuios de arte y repetidos por 
algunos diarios. 

Y aquella admirable anciana, si bien no 
consiguió retirar su retrato cuando quería, 
hizo más: ganó la batalla trabada entre su 
hija y la fama, que era lo esencial. 

Hoy, al mes apenas de cerrado el Salón, 
Laura Dambré tiene su estudio amplio, ro- 
deado de ventanales y cortinas. Lo guarda 
a la entrada, como ángel custodio. «La Vie- 
jecita». desde un suntuoso marco, y la otra, 
ia viva, andando por toda la casa. 

Ha operado esa transformación el resul- 
tado de ocho retratos de encargo, los más 
hechos por recomendación del gran pintor a 
que aludía La Palestra. 

Este invierno exhibirá Laura todas sus 
obras, y entonces hablaremos. 

Edmundo Montagne. 
dibujo de m. petrone 




—T^LS^^^rs "V'-j-rri^^^— 





ALTA. 



A OMLLA5 DEtL K\0 

Amas. 




N el puente de madera tendido 
sobre el río Arias, asaltóme un 
recuerdo que es como un puen- 
tecillo que une las dos orillas de 
dos vagos existires míos. «Hace 
mucho — pensé — yo vi estas 
márgenes y este puente. Acá me 
sucedió algo. Puente de madera, provisional y 
durable, ¿eres un recuerdo-fantasma que en 
esta vida difusa de ahora me traes la remi- 
niscencia de otra vida anterior? » 

Junto a la fe o a la esperanza de una trans- 
migración, alienta esta memoria tenue del pa- 
sado. Es como la sombra que en el mármol de 
un altar arroja el humo de incienso; sombra 
de un perfume que aromatiza nuestra pavura. 
¿Será la muerte tan sólo una amnesia, cu- 
rable en el infinito? ¿Recobraremos la memoria 
allá, donde el espíritu quede libre de los ner- 
vios y del corazón? 

No sé; mas esa reminiscencia grata y dolo- 
rosa viene a parecerse al esfuerzo que hacemos 
para rememorar un nombre olvidado. 

El vicio humano del olvido, espectro de ese 
gran olvido misterioso, no borrará la sensa- 
ción que experimenté junto al rústico ^. 
puente cuando quise recordar cosas ffiS 
que yo no he visto con estos ojos, sino ^ri 
con aquellos que ya se comió la tierra. |£@ 



■^1:2 >x- 




PAGINAJ" PÍMENINA.J' 



«E! mundo fué hecho para los 
hombres, y no para las mu- 
i eres . , . ¡ 

«Phrases et Phüosophies» 
Óscar Wilde. 

El transcurrir de los años, nivelador de 
tantas injusticias seculares, la sublime abne- 
gación de la mujer moderna, que exaltó sus 
deberes hasta el sacrificio, ha borrado para 
siempre, la amarga, irónica sentencia... 

El problema mundial — los derechos de 
ia mujer — hallará en breve la solución re- 
clamada, no sólo por nosotras mismas, ami- 
gas mías, sino por muchos hombres ilustres, 
que afirman hoy que «de las mujeres es el 
porvenir. . .» 

El lema nos apasiona, ¿a qué negarlo? Pa- 
saron ya los tiempos aquellos en que el ini- 
ciarlo, solamente, y en reducido grupo, pro- 
vocaba protestas, sarcasmos o irónicas son- 
risas: la idea se hace carne en nosotras mis- 
mas, en las que fuimos hasta ayer tan indo- 
lentes, tan apáticas. . . la chispa intermiten- 
te se fija y se transforma poco a poco en luz 
perenne que ilumina mil repliegues de la 
mente femenina. Por mi parte, he llegado a 
comprender que el voto no significa un dere- 
cho, que constituye un deber, y por consi- 
guiente, todo ser humano, sin excepción, 
debe prepararse para saberlo cumplir... 

Por eso deseo convencer a ustedes, amigas 
mías, que debemos abrir los ojos y el espíritu 
de par en par. y ya que a todos conviene, ha- 
cernos feministas de buena ley. dejando da 
lado prejuicios y convencionalismos anticua- 
dos; pero no basta muchas veces, por desdi- 
cha, la mejor y más sana intención. . . y co- 
mo no me hallo capaz de exponer a ustedes 
una síntesis clara, de cómo debe interpretar- 
se la palabra que ha sido durante largos 
años fantasm.a ridículo en nuestro ambiente, 
recurro a uno de los maestros en la materia: 
(1) duendeo pues, y no por vez primera, en 
huerto ajeno. . . 

« El feminismo quiere sencillamente que 
las mujeres alcancen la plenitud de su vida, 
es decir, que tengan los mismos derechos y 
los mismos deberes que los hombres, que go- 
biernen el mundo a medias con ellos, ya que 
a medias le pueblan, y que, en perfecta cola- 
boración procuren su felicidad propia y mu- 
tua, y el perfeccionamiento de la especie hu- 
mana. Pretende que lleven ellas y ellos una 
vida serena, fundada en la mutua tolerancia 
que cabe entre iguales, no en la rencorosa y 
degradante sumisión del que es menos, 
opuesta a la egoísta tiranía del que cree 
ser más. * 

Para alcanzar este ideaJ, necesita la mujer 
una educación superior, ¡qué duda cabe!, y 
también, qLe pueda opinar ante su marido, 
con sinceridad y firmeza de igual, como la 

(!) G. Martínez Sierra. 



verdadera compañera y colaboradora de to- 
da una vida; tiempo es ya que la mujer inter- 
venga en los destinos de su país; que su opi- 
nión tenga autoridad para colaborar en la 
formación de sus leyes... Reconozco, en 
justicia, que abundan mujeres torpes, inep- 
tas, sin tino ni discreción, incapaces de tener 
una idea propia, y como si esto no bastara, 
petulantes, vanidosas, egoístas... pero, ¿se 
carece acaso de análogos ejemplares entre 
los que se han reservado el exclusivo privi- 
legio de regir la sociedad? Sin embargo, hay 
entre ellos espíritus generosos que creen que 
la intervención de la mujer, poniendo más 
equidad en la ley, hará ganar mayor con- 
ciencia en la vida total. 

Muchos de los muchos, sin embargo, han 
de hacer suya una vieja máxima alemana, 
que afirmaba que la biblioteca más adecuada 
para toda mujer era su armario, y que a las 
niñas debía encerrárselas entre los cuatro 
evangelios, o entre las cuatro paredes de su 
habitación... Siempre ha de haber cabe- 
citas huecas, ignorantes en absoluto, de 
toda responsabilidad, porque entregarán la 
educación de sus hijos en manos mercena- 
rias, fráuleins o nursies, a las que no se 
puede exigir que forjen con amor y previ- 
sión de madre, esas almitas que adolecen 
de pequeños defectos, que pueden conver- 
tirse luego en dolorosas inclinaciones... 
esas mismas cabecitas huecas, por más que 
frecuenten el templo, no conocen siquiera 
el consuelo ni la enseñanza de la plegaría, 
puesto que desgranan displicentemente las 
cjentas del primoroso rosario; tal vez lle- 
guen a fijar su atención mientras dicen «Pa- 
dre nuestro...», pero siguen luego murmu- 
rando maquinalmente la divina invocación, 
mientras analizan prolijamente el sombrero 
o el abrigo de la devota arrodillada a su lado; 
esas mismas personitas no han franqueado 
jamás el dintel de la cocina de su casa, y pa- 
gan sin pestañear las exorbitantes cuentas 
del maitre d'hótel o del chef, porque no tienen 
ni siquiera una idea aproximada del costo de 
las provisiones; con sólo lo que se derrocha 
en su casa, podrían vivir dos familias holga- 
damente. . . 

Y esas atolondradas votarán también, a 
tontas y a locas, por snobismo, y muchas ve- 
ces por no perder la oportunidad de ejercer 
su espíritu de contradicción; no han de favo- 
recer al candidato de su marido... 

Pero ellas son, felizmente, la excepción en 
nuestro ambiente; en todos los planos socia- 
les, desde los hogares de tradición y abo- 
lengo, hasta los más modestos, se abre ca- 
mino en el espíritu femenino ese anhelo de 
progreso moral, que nos enseña a no ence- 
rrarnos en estéril egoísmo; y ese anhelo fer- 
viente, perseverante, nos llena de luz el al- 
ma. . . La responsabilidad de nuestro propio 
destino ha de hacernos más ecuánimes, más 
serenas. Toda mujer bien intencionada, des- 



de la más preparada hasta la más ignorante, 
puede cooperar con los medios a su alcance, 
en cualquiera iniciativa que tienda al mejo- 
ramiento general: en cualquiera obra que 
prometa una humanidad más dichosa, más 
sana, más virtuosa... 

Y para ello, ha de guiarla ese feminismo 
que ha sido durante largos años ridículo fan- 
tasma paia el ambiente porteño: cabe recor- 
dar aquí la desalentadora sentencia de un 
eminente compatriota, que dice así: «Aplau- 
do el feminismo, en cuanto tiende a elevar el 
espíritu de la mujer, dotándolo de alas; lo 
repudio, en cuanto propende a darle ga- 
rras. '> ( 1 ) 

Cuántas veces se sacrifica una idea en 
aras de una bonita figura literaria... Y es 
que en nuestro ambiente se teme aún y se 
satiriza cruelmente, a la feminista militante, 
que pretenda ocupar una banca en el Con- 
greso, mientras la opinión asegure que la re- 
claman imperiosamente los deberes del ho- 
gar: pero señores, si este problema no es 
cuestión de sexo, sino de circunstancias! 
Bien sabemos las mujeres que ni correspon- 
de la actuación militante a las que están vi- 
viendo esa primera etapa de la vida, dedi- 
cados todos sus afectos y cualidades a for- 
mar la familia, manteniendo ese fuego sa- 
grado que ilumina y caldea el hogar modelo; 
en medio de la opulencia o en modestísima 
situación, la mujer argentina vivirá antes 
que nada para los suyos, pero. . . ¿y la que 
carezca de esos afectos íntimos? ¿La que 
perdió el compañero de su vida, la que for- 
mó ya sus hijos, orientando su porvenir, y 
conserva víbranies todas sus energías, la que 
habiendo ampliado sus conocimientos puede 
emplearlos en provecho ajeno? Esa. como 
tantas otras, a las que obligó su destino a 
vivir aisladas, deben preocuparse en favore- 
cer a las desheredadas de la suerte', interce- 
diendo para que su trabajo, ya sea intelec- 
tual o manual, se vea remunerado a la par 
del del hombre; dictando leyes que protejan 
la maternidad; interviniendo como miembro 
directivo, en los Consejos de Educación, 
siendo en ellos garantía de moralidad y res- 
peto. . . Hemos de tener presente que para 
bochorno nuestro, no existe tampoco en la 
Argentina el Jurado Femenino, ese tribunal 
especial para juzgar a menores delincuentes. 

Es necesario comprender que no puede ser 
el único objeto de nuestra existencia, la i'ida 
sentimental. . . si hemos de tratar de iñinr 
nuestra vida — y séame perdonada la frase 
predilecta de ciertas egoístas — lo mejor 
posible, debemos procurar llevar a cabo la 
mayor suma de bien posible, y sobre todo, 
ser útiles a la humanidad; '( la mujer que a 
los cuarenta años no ha substituido con una 
actividad desinteresada, y en cierto modo 
social, las actividades personales de esposa 

(1) Dharma: Dr. J. C. 



y de madre, que le llevaron la juventud, será 
un ser desdichado, que se atormenta a sí 
misma y desespera a los demás... * (1) 

Las alas de que la dotó el feminismo, al 
elevar su espíritu, han de sostenerla enton- 
ces; porque las garras, que tanto repudia el 
distinguido compatriota que firmó nuestra 
sentencia, crecen sólo en medio de la ocio- 
sidad, las afila el tedio, la vanidad, el 
egoísmo. 

El abnegado, perseverante ejercicio de la 
beneficencia, ha acaparado, durante largos 
años, todas nuestras actividades, porque la 
mujer argentina es eminentemente carita- 
tiva; pero justamente las más activas, las 
más ampliamente generosas, aquellas que, 
como la heroína de Caldos, «han bajado a los 
infiernos», palpando la verdadera miseria y 
todo el horror de la injusticia social, ven cla- 
ramente hoy. que no basta el socorro opor- 
tuno, por más que éste se multiplique; com- 
prenden que es menester votar leyes que am- 
paren a la mujer y al niño, para que no sean 
explotados por la rapacidad implacable de 
los egoístas; a las mujeres corresponde ahora 
— y no lo he inventado yo, amigas mías — 
tener « el patriotismo y el valor de intentar 
lo que los hombres no han sabido hacer. . .» 
y por eso deberán influir con ánimo ecuáni- 
me y sereno para mejorar su propio destino: 
«somos la mayoría dentro de ia humanidad»... 
Bien lo saben los hombres, y muchos han de 
temer ciertas represalias. En caso de votar 
nosotras, no se volvería ni a mentar siquiera 
aquella tan famosa «Ley del Embudo». . . 

Pero, tal vez se les ocurre a ustedes obser- 
varme; «Esas son sus teorías. Duende amiga, 
y sí no faltan en nuestra sociedad elementos 
liberales, predomina siempre entre nosotras, 
las mismas interesadas, la opinión conserva- 
dora, con todos sus prejuicios. . .*> 

También lo creía yo, lectoras mías, y sin 
embargo, he comprobado, gratamente sor- 
prendida, que vibra latente, en los más dis- 
tantes círculos de nuestra sociedad, el anhelo 
de que sea solucionado cuanto antes, en la 
Argentina, el problema mundial: el sufragio 
de la mujer. . . 

En toda agrupación femenina, aun en las 
que han sido clasificadas hasta hoy como 
fieles mantenedoras de ideas conservadoras, 
y donde se escucha también la autorizada 
opinión de las matronas que supieron ser 
dignas colaboradoras de la obra de los hom- 
bres de estado más eminentes del país; entre 
las figuras más respetables y representativas 
de la sociedad porteña, han de recoger uste- 
des la misma unánime opinión: 

Debemos ser electoras; esperamos ser ele- 
gidas. . . 



La Dama Duende. 



( 1 ) G. Martínez Sierra. 



— T=>LS^^^B' X 1_T"I^ >X— 



HonimiBoi nuastras pigiios con un frag- 
ranté d> la priiBoraia novela Vncida pu- 
Mk aiht racianMinente an Lima. Su autora, 
la aiBoríta An(élica Patina, que se es- 
cada tras al aaudónimo Manantía, hija 
dal lauraado poeta peruano, don Ricardo 
Moa. ha doñostra^o ser una escritora ga- 
iam y profunda al mismo tiempo. El fondo 
de la iwveia a que nos referimos, entrafta 
una attadón, por la que tenemos mucho 
que hidiar aun las mujerat sudamericanas, 
«ano t ando mjuKica. que el tiempo se en- 
caifari de naoer desaparecer, a medida que 
vayamos ganando terreno en las actividades 
de la ludia por la existencia. La mujer agre- 
ga iniritfls y «Dcantas a su persona, valién- 
dose de su talento y su saber, para bastarse 
a ai miamt: lin qtie asta situación pueda in- 
fluir para haoer desmerecer el idealismo espi- 
ritual que repraaema e) problema del amcr. 
La mular d^ ser, como dijo el poeta, unti- 
mdiptt y lut com p*Hsamitmto. 



Para Flommcia 

Lima, tu Jr nv.itmi-ft ílr Jyjí J. 

•Fara Florencia», asi me decía nuestra po- 
btadta Nelly cuando yo. temercsa de que se 
fatigase, le preguntaba: 

— iQaé tanto escribes, nifta? 

— Es para Florencia, — me contestaba 
con su pUda sonrisa de los últimos tiempos. 
— Pna Florencia o para el fuego; pero si 
alguien Uega a leerlas, sólo debe ser ella. 

CumpUoido su dMSO. le envío hoy. por 
seguro conducto. los papeles que te desti- 
naba. He agregado a ellos el que te escribía 
cuando un golpe de tos. seguido de una in- 
contenible hemorragia ( ;cuánta sangre. Dios 
mió. en ese i..leliz cuerpo!), la dejó sin vida 
entre mis brazcs. Solas estábamos las dos en 
la tiistexa da un pobre lugarejo de la sierra, 
y de tal modo me habían apegado a ella el 
aislaroiento y la pena, que creí que era una 
hija la que se me moría. 

h4o tengo inimos para trasladar tantas 
anargiuas a esta caru. Si algún día regresas. 
goómo me consolará hablar contigo, que tan- 
to la quisiste, de ella, que tanto te quiso! 
Eosefia a tus hijos a recordarla en sus ora- 
donas inocentes y tú no olvides a tu vieja 
amiga. 

Crimanesa Cateto dt Paredes. 



29 ée junio. — Cuando te conté. Florencia 
mía. la traidón de Javier, mi acerbo desen- 
canto y la carta brevísima en que, sin un 
reproche, le devohfía su libertad, exigiéndo- 
le, en cambio, sólo olvido y paz, te asegu- 
raba que esa larguísima epístola era, a la 
vez, resumen y- punto final de mi triste 
novela amorosa, y que no volvería a ocu- 
parme de ella. Sin embargo, como sólo 
contigo puedo hablar con entero abandona 
y tengo tanu, unta necesidad de expan- 
sión, quebranto hoy ese propósito, pero 
sólo a media:, para satisfacer en algo a mi 
orgullo, a ese orgullo que tanto me enrostran 
ahon y que me hizo prometerte y prome- 
tarme silendo. presdndencia, cuando, por 
mucho que me avergüence el confesarlo, no 
pude callar ni prescindir. El medio que he 
hallado para transigir con las dos fuerzas 
opuestas que en mi batallan, el amor y el 
orgullo, es pueril, muy pueril, y, quizás por 
eso. consolador. 




^^ENCID/V 



Te escribo, pero no te envío las cartas 
aún: quizás no te las mande nunca: quizás 
algún día las leeremos juntas y lloraremos 
sobre ellas. . . o nos reiremos, según la mueca 
que la vida haya dejado en nuestros labios 
cansados, sea de tristeza o de burla. ¡Quién 
sabe! He sufrido un trastorno tan grande en 
mi vida, en mis creencias, en mis sentimien- 
tos, en todo mi ser. que ya nada me parece 
imposible ni inaudito. Vendrían a contarme 
el hecho más ilógico y absurdo, y lo creería; 
me referirían el hecho más sencillo y natural 
y lo pondría en duda. Nada es como era, co- 
mo yo pensaba; todo está alterado e inver- 
tido: la existencia es un perpetuo engaño y 
un error continuo; no hay otra manera de 
pasarlo regularmente quj la indiferencia ab- 
soluta; y aun asi, ¡chi lo sa! Esta frase italia- 
na me martillea continuamente el cerebro y 
su ambigüedad misteriosa es el fiel reflejo 
de mi espíritu. Las cosas vulgares y las ele- 
vadas, las materiales y las abstractas, me 
inspiran el mismo comentario; ¡chi lo sa! 
Por ahora sólo sé que me alivia y me com- 
place escribir estas líneas incoherentes y 
confusas. ¿Llegarán a verlas tus ojos? ¡Chi 
lo sa!. .. 

Entretanto, el mucho divagar me ha dado 
sueRo. ¿Lo ves? Duermo, como, hablo, me 
visto, me peino, exactamente como antes, 
como si nada me hubiese sucedido. ¿Es que 
no estaba enamorada de Javier, ciega, loca- 
mente, concentrando en él mis ilusiones, mis 
anhelos, mi orgullo, mi alma entera? ¡C'-'i lo 
sa! . . . ;Ay! ¡Yo si lo sé! 



Junio 30. — Es admirable la multiplici- 
dad, la riqueza y la percepción exquisita de 
nuestras facultades para no perder uno solo 
de los leves matices, algunas de las infinitas 
gradaciones del sufrimiento. Cuando hemos 
recibido uno de esos duros golpes que atur- 
den y anonadan, creemos, en nuestra sed de 
es[>eranza y consuelo, que esa misma rudeza 
nos insensibilizará para valorizaciones de 



^4./X^sí c> JNJ p o 



AL DOCTOS OSCAK UOHTES 

Ante la reja que drcunda el jardín, el pro- 
faaor presenta, a sus alumnos, las pensio- 
nistar 

• Ea> que dlle parduzca túnica con rom- 
bos de oro y hace oír el roce de la cola, es 
Tais, víbora de cascabd. crolalus terrifi- 
tus. . . como la cortesana de Alejandría y 
tantas otras. .. 

< Esta pequefia. con malla roja, sangrien- 
ta, y anillos negros, que lleva fúnebre tiara 
sobre los diminutos ojos y se desliza bajo 
los arbustos, es Lady Macbeth; pertenece al 
féoaro elaps y es larga su parentela entre 
las mujeres ambidosas y las víboras de 
oorall . . . 

• Aqudla. de pupilas elípticas, fasdnado- 
ras. cuyo traje obscuro arrastra corazones de 
baraja y alarga d cudlo para observarnos, 
es Manon. 

Lafutüs alUnuUus para la dencia es la 
yarari dd indígena. 

I Pérfida, ostenta en la cabeza una cruz, 
un ancla o una espuda. . . ¡Guay del in- 
cauto! ¡Cuántos Des Crieux que la esperan- 
za enceguedera. sólo hallaron tras ella cruel 
ntartiriot 

• Desconfiad de Manon, mata o . . . inmu- 



niza » — agregó el anciano, y alejóse 
del serpentario hacia el Instituto 
cuya divisa es: Ciencia: humanilati 
et patria. 

— lj¡quesis. ■ . • — murmuró uno 
de los oyentes, evocando a la de- 
vanadora de los destino.s, a la parca 
que desgarrara su alma juvenil, a 
la deidad que viera, en sueños, 
triste y pensativa como la del pin- 
cel de Buonarotti. . . 

¡Ah, cuan lejos está Manon de 
la insidiosa maraña de la selva tro- 
pical! 

Nunca más acechará entre lianas 
la presa codiciada ni oirá la música 
extraña de los hombres ni el mis- 
terioso susurro de los ubapoíjs. tim- 
bóes y urundays. 

Nunca más bajo ios laureles ve- 
rá gesticular al indio que la teme 
y venera, ni aspirará el perfume de 
indensos y azahares . . . 



En la celda som- 
bría, insulso manjar 



menor cuantía. ¡Ni siquiera eso! Abierta y 
sangrando la honda herida de la puñalada 
trapera, no nos pasa inadvertido el escozor 
de los arañazos. ¡Y cuántos de estos raspu- 
ños envenenados recibe tu pobre Nelly! 

Compasiones humillantes, curiosidades in- 
disoretas. consideraciones sobre la vanidad 
juvenil que cree no necesitar las lecciones de 
la experiencia, aspavientos sobre el tupido 
velo con que el amor y la inocencia ocultan 
lo que los ojos indiferentes ven con claridad 
meridiana, nada se me escatima; cada ami- 
ga, cada persona que se me acerca vierte su 
gotita de almibarada ponzoña en este cáliz 
siempre colmado. 

Quizás soy injusta y exagerada al medir a 
todas con la misma vara; quizás en algunas 
la intención es buena y sincero el deseo de 
curar la llaga, pero carece de finura en el 
tacto y sólo logra enconarla, y obligada a 
fingir o a lastimar por el celo inoportuno de 
las más o la malévola impertinencia de las 
otras, me voy volviendo falsa y agria. 

Sin embargo, hoy he tenido un momento 
de alivio y de franqueza. Vino a verme Elvira 
Carees, que desde antes de llegar a Lima, 
sabía ya la historia con todos los detalles 
ciertos y falsos que corren en boca de la gen- 
te. Estaba yo sola cuando ella entró; yo. te 
lo confieso, mi primera impresión fué de dis- 
gusto al pensar que debía representar una 
nueva escena de la ingrata comedia: pero 
mis ojos secos y hostiles vieron brillar en los 
suyos tan sinceras lágrimas, que, sorprendi- 
da y emocionada por tan rica y generosa 
sensibilidad, dejé a mi orgullosa reserva des- 
hacerse en llanto refrigerador. Después ha- 
blamos, hablamos mucho. Nuestra conver- 
sación me causó nueva sorpresa. Elvira no 
condena inapelablemente a Javier. 



Julio 4. — He pasado varios días sin to- 
mar la pluma para hacerte mis tristes con- 
fidencias, porque me he sentido tan cansada. 



Florencia mía, que aun de ese pequeño 'rs- 
fuerzo me he encontrado incapaz. No sabe 
Elvira el daño que inocentemente me hace. 
Ya estaba yo aprendiendo a vivir en un de- 
sierto moral, sin oasis, pero sin tempestades, 
y ella, con el candido optimismo de quien 
desconoce el dolor, se empeña en mostrar- 
me espejismos engañosos de felicidad. No 
comprende que no puedo tener fe. que aun- 
que quisiera tenerla, no lo lograría, porque 
la fe no deoende de la voluntad. 

Hoy me llevó a su casa y entre Pepe y 
ella se propusieron convencerme, buscando 
atenuantes a la conducta de Javier, obli- 
gándome a leer unas cartas en que le entona 
a su amigo el mt'a culpa, y sacando a relucir, 
como último argumento, el regreso de mi 
rival a su tierra. 

— ¡Velas y buen viento! — fué mi res- 
puesta. Acabaron por enojarse ccnmigo. por 
motejarme de rencorosa, de seca, de fría y 
no sé cuántas lindezas más. Yo les dejaba 
hablar sin ganas de defenderme, importán- 
dome poco que atribuyeran a orgullo lo que 
es sólo enervamiento e impotencia para ex- 
presar lo que pasa en mí. No son mi amor 
burlado y mi dignidad ofendida lo que me 
imponen esta conducta, no: el amor perdona 
siempre y la dignidad no se degrada pe ello... 
No e,<: tampoco que mi cariño haya desapa- 
recido, como los fantasmas nocturnos cuan- 
do raya la aurora, ante la cruda luz del des- 
engaño; eso está bueno para heroínas de no- 
vela; en la realidad se necesitan muchos años 
para poder borrar un amor verdadero, si es 
que se llega a borrarlo... Es que ya no 
puedo creer ni esperar en Javier, no puedo; 
¿qué quieres que haga? Con la mejor volun- 
tad, con el mayor esfuerzo humano, me seria 
imposible. Es algo más fuerte que yo y más 
fuerte que este amor no extinguido, tormen- 
to de mi vida; más fuerte que el amor, la des- 
confianza. Yo, con la falsía de Javier, he 
llegado a ver claro lo que siempre percibí 
vagamente, a través de mi afán de ideali- 
zarlo: su moral inconsciente, su vanidoso 
egoísmo, su falta de energía para resistir a la 
tentación o a la conveniencia. Es de esos 
hombres que de la infancia sólo pierden la 
ingenuidad y sencillez, pero que, por la in- 
quietud del espíritu y la debilidad del ca- 
rácter, son niños eternos, propensos a caer 
en falta con frecuencia, necesitados de per- 
dón continuamente. 

Dicen los que pretenden conocernos que 
los seres así son los predilectos de las muje- 
res, porque les dan ocasión de verter sobre 
ellos todos los tesoros de abnegación, bene- 
volencia y consuelo de sus almas eminente- 
mente maternales y de satisfacer su necesi- 
dad de sacrificio, pues está visto que para 
los hombres es una verdad inconcusa y muy 
cómoda eso de que las mujeres necesitamos 
sacrificarnos. 

¡Ya se encargan ellos de complacernos! 



Julio fi. — Por sangrienta buna de la 
suerte, ahora que sólo anhelo tranquilidad, 
quietud, vivo en constante agitación. En 
primer lugar mis lecciones, mucho más nu- 
merosas de lo que yo quisiera, siendo tan 
modestas mis necesidades, cuando no estoy 
en ánimos de paseos ni adornes; mas por lo 
mismo que no lo deseo me llueven discípu- 
las. Las mamas dicen que aprovechan mu- 
cho conmigo. ¡Así pudiera yo aprovechar las 
duras lecciones de la vida! 



E M M yV D y\. V^ 



es la rata blanca o el cobayo, irri- 
tante olor el del antiséptico, infame 
ultraje la presión del lazo que la 
inmoviliza y deja impotenta en la 
diestra del operador... 

¡Ah, si lograra asir la mano au- 
daz que debajo de los garfios pon- 
zoñosos coloca un vidrio de reloj! 

El cautiverio acrecienta su ira y 
Manon aguarda. . . 



" Hoy le extraeré el veneno » — 
dice el iefe del laboratorio, mien- 
tras sujeta con dedos tenaces la ca- 
beza triangular del ofidio. 

Necesita pinzas y al indicar con 
inconsciente ademán dónde se ha- 
llan, extiende la izquierda... y 
brusco como resorte distendido, 
muerde el reptil la carne apete- 
cida... 

Presto arranca el médico la ma- 
no a la boca viperina, mas ya la 
rebelde inoculó tóxi- 
co fatal . . . 

Al estupor del pri- 
mer momento, sigue 



la voz de alarma de colegas y discípu- 
los. . . 

Entra el maestro y palidece, la victima 
sonríe y muestra el pulgar con los orificios 
que Manon dejara. . . <'0 mata o inmuniza, 
¿verdad?» 

El profesor no responde y sin vacilar pre- 
para la inyección de suero antibatrópico. . . 

El edema cunde, el dolor se intensifica y 
las horas de angustia de aquella noche, 
¡cuántos las recuerdan! 

¿Arrebatará la ciencia esa existencia útil 
y abnegada a la insensible parca del destino? 



Manon vive tranquila, nadie se arriesga a 
molestarla, pero el médico vuelve y los ex- 
perimentos continúan. 

El veneno es arma de dos filos, da la muer- 
te o devuelve la vida. Nada detiene a la 
ciencia en sus investigaciones y quizá en día 
no lejano consiga preparar antitóxicos nara 
muchos males, vicios, pasiones mórbidas, 
ambiciones locas... 

La humanidad será más sana, equilibrada 
y perfecta; pero. . . ¿será igualmente intere- 
sante? ¿No extrañará a Manon, Tais y 
Macbeth? 



— V^^TS^^^ 




)i?t:a. 




POTO 
V/^N R.IE-L 




L A S 



DIBUJO DE LARCO. 



/A I L 



N O C H t S 



Y 



U N A 



N O C H e 



Túete» la e«e«na^§iaWzci<U,(lelaeiiceiuli(kfciii<ajía^ 
Tú i>eiae>Mtf U/ ilanoae/ euaiuJo W ;iie%3r /e nof van. 
Y\«* iáeuio ha lesewUí^iumvíIIoíaí de poe^ía^ 
WAor lieméíicot 9»e ¿Jai^ las viejaf locie» Jel ¿l¿ii. 

Soneel Kullido lecko pet«a.eiiqae oonfundeue eojine* 
S«leorl»ocaJo»^i| se e»pc«gd,íbi£\eOT vik^l almcJiaiiáii^ 
Oíaido Id ái^ leKa dormido ')1i&volá¿o de lar iRieslnE» 
Haió, Isf fUiíiai ds AUk^eléiáiule^Ia JaIamadeUopaeúm... 



POR. ANOMTIEL B/\LLe/T&RO. 

fb-p «obre elTi^m^eti las 7ioe!ies^m<^icas fa7i<asTiu3¿opidí' 
LdJ comúwag con tiacWeí lacjid un exdi'ico iardÍTi . . . 
fra lampam de AlddlTUD^ pon/a a /odas ¡as iaTiilásíaj... 
el cdlallo cual CiavileTío^ ij el piimo loeo del festín ! ... 



Tú íe srredaiat^DoiaájaaÁa. taKríedanáXÍe fiero jcMeí.. 
taáiilffiknovifcaaniówcalavoz flexille ii niníisal : 



SmQeii •palaciof a un. conjupo ¡olí siibtío ingenuo ij ofieu^l! 
Pecina vopíoí ijlejendaí el buen Wlepo eliarUlí^dTi, ., 
Pfeíaidu ppineeJas misfefiosas eufraudoalíálaTno nupcial 
A al^n TOuiCTo TRiseraole ¡fie eome leijes del CopaTi. 



CTi.zaiieí<aavo»ecwofreTiJas.^l)el¡of ¿uen?ei?os coieseujos.,. 

ni " r"7 ' I "d — JTt i'^a "/ 7 7"/^: Yíol>pe uiifoTido de palmepas^lieelias de Wee aluz 3e sol^ 

Uk abrteado Ifej de¿ lientpo!, .Uí namie lafeifona fiel Pata el eorfejo de uta reina yie ¿uardan den Tieéws dejaui» 
teAh.Batarjc>e*c«allnA,5«fe»WaK5t«iiDl™loi(§nal.. Lllfi?CTioej¿oro,Ml<aiiUzaji|ifieml)liazulelqui4sol. ~ 

La» pemiadas islas taiuj que amJla un Iravo inar leja.!»^ 
Lo TOodiéwjo délas épu4s de puer^s de élano ij marfií . 
Lof hianeof haiwiaTide akoas/po^que euidaimalbjeiqi»? anciano. 
I -a. (juiíifaeseiife amor ^ue es eane ij es alma Kinca ij su^il . 



Dm^ deffilat caiiáioraj,mií»icaj^é^iwi»,l)ailañiMi .. 
Ata^eí poe4^iaoe n» eJo^o al sabio ^poe en j» eaivziMi. .. 
Fbf^loí dener¿3r-6ieóoiíOto-Nait eaiavanas pereérótas : 
Ho«lre*,ea«eJIoi-»ileii¿osoí^<»«o loa ftü^ica. vásión.. 



Las finas tías Jof4jidoy^impalpallGí-eual U mirada 
De Id luna -papa envolver una divina desnudez . 
Las pedpepúí léueseenfes i| ¡as joijas^SeliaWzada, 
Gmijueel&iiirdeloí Geijenfes deslumlTaemnaénaesplendide?! 

Damaseo^fl Caipo ij faWosa Baédad^k anfiéua ij sin T¿ual... 
lIíoco jleuo de piquezas^donde discurre el mepeader. 
Ol^refmaJo eneanfo deAsia^fpíunfdTidD entíilo sensual 
Con suavidaaoí de eapieia ij leve aioma de muiep] 

Te da el mofivo k -pesúje da la músiea el amoi?^ 
A SI enean/as la serpienife- de nuesfros sueñbí que se van . . . 
MienÍTOS k mueWe ronda Aenes cjue disítaep a-^ séñsv 
Y van podando ks caducas ij lap¿as noeliej del Sal/au I 

ijuey/ro eausaneia nues/io ¿-dioses k serpienlb venenosa^ 
Ytók aduerraeí^&lalirazada^eon^ fecundo iina¿inap.^ 
nos das TU vino ij noí deslojas en sus pulies UTia poía^ 
Lk-nas de azul es4 poema de nuesíta vida ■¿in vul^ap ! 



>y^- 





Los 



también 



niños 

tienen sus afecciones nerviosas; también con frecuencia sufren 
desgastes extraordinarios, que es necesario reponer rápidamente, 
para no exponerse a que crezcan raquíticos y enclenques. 

Si su hijo está pálido y no se desarrolla; si se demacra y se 
le hunden los ojos, no pierda tiempo, dele inmediatamente 

IPERBIOTINA MALESCI 

el gran tónico nervino; el gran purificador de la sangre; la fuerza 
que estimula el desarrollo de músculos y fibras, acrecentando la 
vitalidad y distribuyendo salud al organismo. 

Preparación patentada de! Establecimiento Químico Dr. Malesci ■ Firenze (Italia). Inscripta en 

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L A 



FUENTE 



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En la cima del Horeb, mon- 
taña que pertenece al macizo 
del Sinai, enseñan los «cicero- 
ni'> indígenas una enorme roca 
asegurando que es la misma 
que Moisés convirtió en fuente 
mediante un golpe de su va- 
rita mágica. 

La situación de la peña no 
está muy conforme con el re- 
lato bíblico. Para creer que 
aquello es la fuente milagrosa 
se necesita reñir con el texto 
sagrado o enmendarle. La 
fuente debía hallarse dos jor- 
nadas de camino antes del 
Horeb: pero preciso resulta 
confesar que en todos los alre- 
dedores no hay una roca tan 
digna de un sol tan hermoso. 

La piedra que cristianos, 
hebreos y árabes se hallan con- 
textes en señalar como la au- 
téntica fuente del ingenioso 
conductor de los israelitas, 
tiene una majestad inanimada 
y una belleza que ninguna otra 
puede igualar. De arriba a 
abajo la engalana una veta de 
pórfido gris y verdoso donde 
hay diez aberturas que corres- 
pondían a otros tantos chorros 
de agua cristalina y pura. 

Ahora la fuente ha vuelto a 
convertirse en piedra seca: ya 
no canta la linfa su canción de 
prodigio y bienestar. 

Hace miles de años, el pue- 
blo hebreo iba en busca de la 
tierra prometida. Su jefe había 
sabido liberarlo de la esclavi- 




MOISÉS 



tud y cotidianamente lograba 
reanimar la fe en e! destino. 
El desierto y la montaña ári- 
da eran terribles obstáculos 
para aquellas tribus habitua- 
das a la vida de la ciudad 
egipcia. Cualquier incidente de 
aquella emigración imprevista 
se convertían en una amenaza 
mortal. Sólo la fe, una fe ar- 
diente en el pastor, era capaz 
de salvar tantos peligros. Y 
llegó el más angustioso; la fal- 
ta de agua que iba a terminar 
con el pueblo elegido. Moisés, 
el genio que supo comprar en 
el maná en los almacenes ce- 
lestes, la ley en los archivos 
del Sinai, tocó con su vara de 
pastor una roca enjuta, y. al 
punto, el agua corrió a rauda- 
les salvando de la muerte a los 
emigrantes. 

¿Fué aquí, fué antes? Qué 
importa. Cristianos, islamitas, 
hebreos están conformes en 
asegurar que esta roca es la 
piedra milagrosa. 

La piedra del Horeb es un 
altar común de religiones ene- 
migas, un ara sobre la cual se 
dan la mano y rezan hombres 
de razas distintas. 

Por tal virtud, merece que 
continúe usufructuando el tí- 
tulo de fuente de Moisés, por 
más que de fuente tenga muy 
poco y de Moisés menos. La 
verdad histórica no vale nada 
junto a otras cosas dignas de 
respeto. 




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LA CAPILLA DE SANTA CATALINA, EN EL SINAÍ 



Una reliquia de la piedad ardiente de 
los primeros cristianos que en las tierras 
bíblicas adoraron a Jesús, es esta capilla 
de Santa Catalina. Fué edificada por los 
solitarios durante la cuarta centuria de 
nuestra era. en la cima de una altura que 
bautizaron con el nombre de Djebel 
Katerim. 

El Djebel Katerim tiene 2.650 metros 
de altura, siendo uno de los montes 
mis importantes del Sinai. 

No presenta el pequeño edificio nin- 
gún atractivo arquitectónico; en cual- 
quier pueblecito provinciano hay capi- 
llas más artísticas. 

Sin embargo, esta casita de Jesús edi- 
ficada entre abruptas rocas con peñascos 
sin pulimento, da una impresión inol- 
vidable de belleza. 

« La capilla de Santa Catalina — dica 
un célebre misionero católico — es tal 
vez la mis pura morada del Salvador. 
Cuando se examina su historia, vemos 
que aquella choza ha sido edificada por 
manos que dejaban de unirse en oraciór. 
para amontonar las piedras. Y recorda- 
mos que las catedrales fueron hechas por 
obreros impíos, grandes en el arte y pe- 
queños en la fe. Antes de cobijar la pie- 
dad de los fieles, cuando se batían los 
muros, los espíritus satánicos se conju- 
raban en contra de la Iglesia. Los mons- 
truos con que están adornadas las re- 
pisas de las torres, son caricaturas de 
cardenales, obispos y sacerdotes admi- 
rables: en cualquier sitio de los muros 
existen letreros irreverentes y signos 
masónicos. Decir que de este modo se 
prueba el poder de la fe que hasta apro- 
vecha el trabajo de sus enemigos, re- 
sulta un consuelo discutible. Yo hubiera 
preferido que las basílicas fuesen fruto 
de los afanes de arquitectos, capataces, 
albañiles y canteros cristiinos. devotos, 
como los solitarios edificadores de la 
capillita. • 




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ANO IV. 



BUENOS AIRES ABRIL DE 1919. 



NUM. 36. 




/A.J^N\^ZL >\AYOL 




Consolidada su obra, el fundador y director de Plvs 
Vltra ha marchado a la madre patria en busca de reposo. 

Manuel Mayol es uno de los prohombres del periodis- 
mo gráfico argentino. Este título, que le reconocen 
unánimemente propios y extraños, lo conquistó en buena 
y laboriosa lid. Amablemente enérgico, cortés y tenaz, 
Mayol ordena sin arrebatos como quien pide un favor, 
nobleza que obliga a la obediencia. Nunca tuvo esos 
momentos de iracundia que calman los nervios excita- 
dos de los organizadores. Por eso, su larga labor coti- 
diana, necesitaba descanso. 

Conocidos y elogiados son sus dibujos y lienzos. Lo 
que pocos conocen es la parte que su ágil espíritu, su 
buen gusto y su rápida iniciativa puso en los trabajos 



ajenos. Más bien que director era un amigo capaz de 
aconsejar, un maestro ducho en sugerir bellas inspi- 
raciones. 

En cuestiones literarias nunca regateó elogios a sus 
colaboradores, pues no sabe ni quiere fingirse descon- 
tentadizo, ya que conoce por propia experiencia las lu- 
chas con la pluma. "Antonio Cañamaqué», ese humorista 
seudónimo de graciosa observación, puede atestiguarlo. 

Manuel Mayol, después de conseguir su segunda vic- 
toria periodística, regresó a su patria, donde le aguardan 
los alegres y saludables ocios que le deseamos. 

La dirección de Plvs Vltra y la artística de Caras 
Y Caretas quedan a cargo de nuestro querido compa- 
ñero Juan Alonso. 



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■ Obras -Artí5tica5 ^^Teaplo^^^ Pilar^ 




A pequeña iglesia de la Recoleta, con su 
fachada sencilla, su esbelta torre y su 
bello campanario barroco, habia desper- 
tado siempre nuestra curiosidad. Estaba 
menos remozada que las otras iglesias. 
Tenía más carácter. Un día, al pasar 
frente a ella, nos dijeron que su historia 
era una historia i.nteresante, llena de evocaciones y re- 
cuerdos, y que en su interior se conservaban algunas 
obras de extraordinario mérito artístiso, del tiempo de 
la fundación. 

Antes de visitarla, quisimos conocer los antecedentes 
históricos que pudieran existir, tanto de la iglesia como 
del lugar en que está situada. En el Archivo General, 
se encuentran varios legajos, donde consta que el terreno 
es el mismo que figura con la letra G. en el plano de la 
fundación de Buenos Aires, y que le fué adjudicado al 
Alcalde Ordinario. Rodrigo Ortiz de Zarate, Teniente de 
Gobernador en 1583. A principios del siglo xvii, figura 
como propietario el General don Francés de Beaumont y 



Navarra, en cuya escritura de venta — 4 de 
agosto de 1604 — se especifica que los terrenos 
estaban contiguos a la chacra del fundador 
Juan de Garay. 

En 1660. era su poseedor Juan de Herrera y 
Hurtado, de quien los heredó su hija doña Gre- 
goria. desposada con el Capitán de Caballos 
Corazas, don Fernando de Valdes e Inolán, ¡os 
cuales, en 22 de septiembre 
de 1716, hicieron donación 
de ellos para fundarla igle- 
sia y convento de la Reco- 
leta. Antes, o sea, el 28 de 
junio del mismo año. don 
Felipe V de Borbón había 
concedido la licencia corres- 
pondiente por Real Cédula 
firmada en el Pardo. 

El zaragozano don Juan 
de Narbona, «mercader tra- 







MAGNIFICA ESCULTURA DE SAN PE- 
DRO ALCÁNTARA, OBRA DE ALONSO 
CANO, QUE SE CONSERVA EN EL TEM- 
PLO DEL PILAR. 



FRONTAL DE PLATA, ESTILO BARROCO, 
QUE ESTUVO EN EL ALTAR MAYOR 
HASTA PRINCIPIOj DEL SIOLO XIX. 



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LA GRAN CÓMODA DE LA SACRISTÍA, DES- 
TINADA PARA GUARDAR LOS ORNAMENTOS 
SACERDOTALES. EN LOS ENTREPAf50S SE 
VEN PEQUEÑAS PINTURAS SOBRE CRISTAL, 
DE ALGÚN MÉRITO ARTÍSTICO. 

tante» y vecino de Buenos Aires, 
donó a su vez veinte mil pesos 
para la construcción de la iglesia, 
que fué inaugurada con toda solem- 
nidad el 12 de octubre de 1732, 
habiendo sido hecha bajo la direc- 
ción de los padres jesuítas Bianqui 
y Primoli, constructor este último 
de otros templos y casas religiosas. 
El exterior de la iglesia, ha su- 
frido pocas transformaciones desde 
su inauguración, presentando to- 
davía la forma característica del 
tiempo en que fué construido el 
edificio. A la izquierda del pórtico, 
hay una puerta que da entrada al 
viejo claustro del convento, con te- 
cho de bóvedas aristadas y peque- 
ños ventanales abiertos en el muro 
blanco del jardín. 

Elevándose sobre la fachada sen- 
cilla, el torreón se agudiza hacia 
el cielo azul, destacando su cúpula 
de azulejos, que se recorta en for- 
ma de campana. Pequeños traga- 
luces se abren vigilantes en la pa- 
red blanca y desnuda. 

Junto al muro donde se levanta 
el campanario barroco, hay una es- 
calerilla angular que conduce al 
coro de la iglesia, que, aunque vie- 
jo y desmantelado, conserva aún 
el primitivo órgano de la fundación, 
considerado en su tiempo como el 
mejor de cuantos había en Buenos 
Aires. Rodea gran parte del recinto 
■a sillería de cedro, bastante bien 
trabajada, con relieves y delgadas 
columnas. 

Desde el balconete del coro, se- 
vero y espacioso, descúbrese todo 
el interior de la iglesia, construida 
en forma de cruz con capillas dis- 






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RELICARIOS Y URNA, CON TÉRMINOS DE BRONCE 

LABRADO, DONDE SE VENERA UNO DE LOS CUATRO 

NIÑOS DESNUDOS, ESCUELA DE ROLDAN. 



PENDIENTES DEL MURO, HAY DOS CUADROS 
CON MARCO DE ESTILO CARLOS III, Y EN LA 
HORNACINA CENTRAL UNA URNA DE MA- 
DERA CUIDADOSAMENTE TALLADA. 

puestas a ambos costados de la 
nave. El altar mayor ocupa todo el 
muro del fondo, con su retablo de 
grandes dimensiones, dividido en 
varios cuerpos de columnas y hor- 
nacinas estilo churrigueresco. En 
la parte superior se descubren dos 
estimables trabajos escultóricos, re- 
presentando imágenes de la Orden 
franciscana, hechos por un monje 
recoleto. Este altar supónese que 
fué traido de España, junto con las 
demás obras de arte, que pasamos 
a enumerar. 

San Pedro de Alcántara. — 
Obra de Alonso Cano, racionero de 
la Catedral de Granada. Esta ima- 
gen, de gran mérito artístico, es ta- 
llada en madera sin estofar y mide 
un metro sesenta y cuatro centíme- 
tros de alto. Su principal caracte- 
rística es que debió ser hecha, según 
tradición generalizada, inspirándo- 
se en las palabras de Santa Teresa 
de Jesús, que dijo refiriéndose a 
San Pedro de Alcántara, «que era 
tan seco que parecía hecho de raí- 
ces de árboles». En efecto, para que 
la obra tuviera más carácter de 
santidad y una expresión más hon- 
da del misticismo que atormentó 
la vida del santo, Alonso Cano bus- 
có un tronco de árbol, y aprove- 
chando las fibras sarmentosas de la 
madera, estilizó la línea hasta con- 
seguir la trágica expresión del sem- 
blante y la rigidez hierática de la 
figura. Es su principal mérito. No 
tiene color de carne, y habiendo 
sido barnizada hace unos cuantos 
años, da la sensación de una escul- 
tura negra. 

Crucifijo de talla. — En uno 
de los ángulos del presbiterio, se 



— T=>LSS^^ 



admira otra noble escultura de miríto. de autor 
dsKonocido. Es un Cristo de tamaño natural. 
davado en la Cruz, que alg^uien ha atribuido 
al mismo Alonso Cano. Es muy bella de propor- 
ción, pudiéndose'observar en los detalles anató- 
micos y en la violenta contracción de los mús- 
culos, todos los signos del sufrimiento y la 
tortura. Puede clasificarse como del siglo xvii. 
Capilla de las Reliquias. — Hállase a la 
entrada del templo. De sus muros penden 
varias urnas conteniendo imágenes de cera y 
adornos de plata sobredorada, donde se vene- 
ran gran número de reliquias. El altar, propia- 
mente dicho, está formado por pequeñas piezas 
de carey superpuestas entre adornos de bronce. 
Además del San Pedro Alcántara, ya descripto, 
k) mejor que figura en esta capilla son los cua- 
tro niños desnudos, magnificas esculturas de! 
siglo XVIII, dignas de ligurar en un museo. 





ÁNSULO DEL CORO ANTICUO, DONDE LOS MONJES 
RECOLETOS HACÍAN SUS PlXtICAS Y ORACIONES. 



Sobre todo las que se ven a los costados del altar. 
están graciosamente modeladas y se destacan por 
ta proporción y seguridad de las líneas. 

La mesa de la sacristía. — Ocupa el centro 
del recinto, y se halla colocada sobre una plata- 
forma o basamento de madera, cuya superficie se 
ve adornada con pequeños dibujos cuadrangulares. 
Pertenece al estilo llamado virreinal, derivación 
genuinamente americana del estilo creado en Es- 
paña por el célebre escultor Churriguera, y que tan 
bellos ejemplares dejó en el suelo de estas regio- 
nes. Por su línea ampulosa, y más aún, por la 
perfección con que están combinados los dibujos 
del precioso mueble, siempre despertó la curiosi- 
dad y el interés de aficionados y coleccionistas de 



obras de arte, habiéndose rechazado ya varias 
propuestas, entre ellas una de veinticinco mi 
pesos, cantidad por la que se trataba de ad 
quirirla, para ser trasladada como modelo de 
este estilo a uno de los museos de Francia. 

En la misma sacristía existen otros muebles 
curiosos, como, por ejemplo, los cuatro espejos 
blancos y dorados y la antigua cómoda de 
madera tallada que sirve para guardar las ves- 
tiduras y ornamentos sacerdotales. 

Frontal de plata. — Mide más de tres me- 
tros de ancho por un metro de altura, y está 
compuesto de varias láminas repujadas. Su 
estilo es el denominado plateresco, con adornos 
y lambrequines. teniendo seis escudetes cirou- 



LA artística mesa DE ESTILO VIRREINAl.. 

lares y ovalados con símbolos e iniciales de la 
Compañía de Jesús, por lo que se supone per- 
teneció en su origen a alguna casa jesuíta o al 
menos que el trabajo fué dirigido por los padres 
de esta Compañía. En general es de un agradable 
conjunto y denota su procedencia peruana, perte- 
neciendo por su antigüedad a los años de 1650. 

El frontal, que se supone fuera destinado para 
cubrir el tablero del retablo mayor, en fiestas 
de solemnidad, fué hallado junto con dos atriles 
y otros tantos candelabros de plata labrada, en 
el subsuelo de una de las galerías interiores del 
convento, donde es creencia que fué enterrado 
para evitar su desaparición en la época de Riva- 
davia, cuando la comunidad fué despojada de 
sus bienes. 

Tanto los objetos de arte que acabamos de 
enumerar, como las reliquias y otras cosas de 
mérito, cuyo paradero se ignora, fueron traídos 
de España por el Padre Fray Francisco de Alto- 
laguirre. visitador de la Orden en 1783, habiendo 
sido donados por el rey Carlos III para que fe 
venerasen y conservasen en el convento de la 
Recoleta, cuya iglesia, a pesar de las vicisitudes 
y transformaciones que ha sufrido desde su fun- 
dación, es hoy una de las parroquias más impor- 
tantes y frecuentadas de Buenos Aires, hallándose 
unida a la basílica de San Juan de Letrán de Ro- 
ma, por gracia del Sumo Pontífice, y gozando, 
en consecuencia, de los mismos privilegios que 
la Santa Sede tiene concedidos a la mencionada 
basílica. 

Antonio Pérez-Valiente. 



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«BRETONES» 

ÓLEO DE LUCIEN SIMÓN. 



PROPIEDAD DEL DOCTOR 
FRANCISCO LLOBET. 




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— I3>U>^-':S 



Muchas veces acude a mi me- 
moria el recuerdo de Tomás, co- 
mo del único ejemplo de virtud 
cristiana que conocí. ¿No es me- 
nester, para que la virtud cris- 
tiana sea. que vayan unidas la 
mansedumbre, la honradez y la 
laboríosidad> Pues este era el 
caso de Tomás. 

Recuerdo muy bien a Tomás. 
como es propio de un ejemplar 
único. Seria capaz, con cierto es- 
fuerzo, de reconstruir lo más co- 
rriente de su corto vocabulario 
y de sus locuciones y modismos: 
y si tuviese educación vocal y 
mímica, podría imitar sus errores 
de prosodia, el timbre y las in- 
flexiones de su voz. sus gestos y 
actitudes. [)el mismo modo, si 
fuese pintor, podría hacer su re- 
trato de viejo pelinegro, descui- 
dado y seco. Era rojo de piel y 
fuerte de cuerpo, de manos gran- 
des y (piiesas, reluciente y roja 
la p¿m^ tostado, opaco y vello- 
so el dorso, cnizado por abulta- 
das y nudosas venas. Una vez, 
de madrugada, lo sorprendí sa- 
liendo de una capilla del barrio, 
despidiéndose de Dios desde la 
puerta. Se estaba santiguando, 
inclinado. Al volverse conserva- 
ba todavía la expresión de la mi- 
rada. No brillaba en ella la luz 
inquietante ni el fuego devasta- 
dor del misticismo. Era la expre- 
sión del resignado prisionero que 
plegara a Dios desde el fondo 
de una cárcel. 

No podría referir la historia de 
Tomás, puesto que él no la tu- 
vo. Puesto que no podía tenerla. 
El la hubiera tenido, creo, en 
aquellos tiempos en que los reyes 
administraban justicia en nom- 
bre de Dios al pie de un árbol. 
Entonces Tomás hubiera sido un 
carbonero o leñador del bosque, 
a quien una vez se le hubiese 
aparecido la Virgen para decirle: 
•Tomás, mi Hijo está contento 
de ti». Entonces Tomás hubiera 
tenido historia, puesto que todos 
los santos la tuvieron. Pero cuan- 
do vivió Tomás eran ya pasados 
luengos siglos que los reyes no 
administraban justicia al pie de 
las encinas, y que la Santa Vir- 
gen no se aparecía a los hombres 
buenos de las cabanas del bos- 
que. Y él no hubiera podido te- 
ner sino una de esas historias de 
aquellos tiempos ingenuos y le- 
janos que eran como el alba de 
los tiempos. 

Trabajadores y honrados como 
él, otros habréis visto. Pero no 
a^ humildes y mansos. ¿Cómo 
no ha de ser humilde y manso el 
anciano y desvalido limosnero? 
Pero Tomás, con su cuerpo en- 
juto, sus ojos tristes y sus po- 
derosos miembros, hubiera podi- 
do hacer, no tan sólo el buen 
carbonero del bosque, sino tam- 
bién la fiera humana de sus es- 
pesuras y tinieblas. 

Ningún trabajo era bastante 
pesado ni demasiado humilde pa- 
ra Tomás. El vivía en un arra- 
bal, y su principal ocupación era 
el cultivo y cuidado de los jardi- 
nes y huertas de la vecindad. 
Pero podíais mandar a Tomás lo 
que quisieseis, puesto que no de- 
jaría de ser trabajo honrado. Así, 
pues, tanto podíais verle de rodi- 
llas en el suelo, lavando un piso 
de madera con un cepillo de ma- 
no, como en evidencia en lo alto 
de una escalera abierta sobre la 
acera, limpiando las persianas de 
un balcón. Y si erais pobres, era 
tan humilde y manso con voso- 
tros como si hubieseis sido ricos; 
y aun no sé si tendría por voso- 
tros cierta preferencia. Saliendo 
a la puerta de mi casa, puedo 
ver desde allí, alzándose sobre 
los fondos de otra donde he vi- 



EL «BUEN' TOMAS 

tOR. 

ENRIQUE n.'SÁJAJ 



OT 




vido. las ramas superiores de una 
acacia. Es un hermoso árbol que 
da sombra, digno de acoger a un 
fatigado caminante. Quien plantó 
ese árbol fué Tomás. Llegó una 
noche a mi casa, trayendo a hom- 
bros un gran saco de tierra y una 
estaca. Cerca de un kilómetro 
había tenido que cargar su car- 
ga. A la luz de un farol cavó un 
agujero y plantó la estaca. Nadie 
se lo había mandado, ni ya se 
le solía dar ocupación en casa. 
Pero aquel era un presente de 
Tomás. 

Tomás trabajaba desde tem- 
prano en la mañana hasta tarde 
de la noche. Así. pues, hubiera 
podido venir a ser un día lo que 
él hubiera llamado rico. Pero, 
¿cuánto valía un día de su tra- 
bajo, o la limpieza de un piso, o 
aquello que él hubiese hecho? ¡Lo 
que usted quiera!, os decía, ver- 
gonzoso de llevaros algo, pues ha- 
bía comido en vuestra casa: y se 
encogía de hombros consultiva- 
mente. Y si para componeros el 
jardín tenía que llevaros dos o 
tres sacos de la buena tierra ne- 
gra de su huerta, lo cual no ha- 
cía él porque se lo mandaseis, 
sino por dictado de probidad 
profesional, ya podíais preguntar- 
le por el valor de aquella tie- 
rra que él había cargado a hom- 
bros y amasado con sus brazos. 
Teníais que ponerle por ella al- 
guna cosa en la mano, y él lo 
aceptaba a título de merced de- 
bida a vuestra bondad. Sin 
embargo, era padre de muchos 
hijos. Pero él se conformaba con 
el estricto pan de cada día y 
con tener que ganarlo al día si- 
guiente, y así hasta el fin de los 
suyos. Con lo cual ya vei.s que 
mal hubiera podido venir a lo 
que él hubiera llamado rico. 

Tomás vivía en un terreno bal- 
dío cuyo propietario no se inte- 
resaba por la propiedad. El lo 
había cercado y convertido en 
una huerta, y había levantado en 
él una habitación de ladrillos y 
tablas. Esto le ayudaba mucho 
a vivir. Más tarde el propieta- 
rio le impuso un alquiler, y 
luego le quitó la mitad del te- 
rreno para edificarlo. Ya no le 
faltaba mucho tiempo para ser 
despojado del resto, cuando 
Tomás murió. Murió, pues, a 
tiempo. Porque una vez arro- 
jado de allí,' lo que ganase no 
le alcanzara para vivir. 

Yo no sé qué pensaréis de To- 
más, excepto que fuese un hom- 
bre bueno. ¡Cuánto mejor no se- 
ría el mundo si todos fuesen como 
él! Pero a medida que lo fuesen 
siendo, contad que los irían de- 
vorando. Pues las costumbres y 
leyes del mundo no están hechas 
para que en él vivan los hom- 
bres como Tomás. En todo caso, 
os sé decir que si vais a la calle 
donde vivió Tomás, no encon- 
traréis traza alguna ni memoria 
de él. Levantado sobre el terre- 
no de la que fué su huerta, ve- 
réis un gracioso hotelito que os 
hará sonreír lastimosamente. En- 
frente veréis un edificio de mis- 
teriosa apariencia. ¿Qué casa es 
esa?, preguntaréis. Y es respon- 
derán: Es un asilo de pobres 
vergonzantes. 

Hace poco tropecé con un hijo 
de Tomás. El me reconoció más 
pronto que yo a él, y si no se 
hubiese detenido, no hubiera 
acabado de reconocerle, j Estás 
muy viejo!, exclamé, y él me 
respondió que era la vida. Le 
pregunté por sus hermanos, y 
supe por él que ganándose el 
pan penosamente, purgaba cada 
cual por su lado la virtud del 
padre. 



DIBUJO DE SIRIO. 



-l^L 



^^i_^'rr-2.'X- 



TÍPIC/^/' 

be 

OU/^TfMALA 




/Xlnrcro indio 
e¿3ndo 3I 
mercado. 



Lí 



OPsEMTE 



— r:>LJV^-.S X^'L_-rF2--íV— 




OVE^CA 



Es b nochf. 

El nunto df U obscuridad complcrj 
dicf U mufrre df ofrodú^fí fl broche 
quf cierrj nufx'oy hfdia<; rt veleta, 
que smiU el porvenir. 

Ki" la noche. 

-\íojándo iii.f áUi" fn lof píeUgoj' 
df íombm^ haciendo ^al¿ y derroche 
de íilencíO/ exploran mil murcítla^o^ 
lar mistniaf del tnorír. 
• • » 

r>¿n U5* doce; 

ana bro^^ían horrible que ej^panfi/ 
vis•íCJa^aíana.5qtlC e*r quien conocf 
U pócitni que el animo leva.nf¿ 
V¿^ iuíío en ^lin convierte. 
> » » 

"¿Quien conjuT^*^ 
-Ttej* almiJ' oj* ofrez.co,-mi 5Enbr^ 
5Í lográis infiltrar U red impura, 
en doncflU qae tiene sjinto xmov 
y solo a la craz. v^eneca,. 

E'l ecTtanrp^ 

df ¿'atan m íntermítíable hilera 
tiene munecoi* que en un solo imüxitt 
con sdoj^sídeyovio el angel-ftera 
hamana forma revisten . 

» í * 

\t20 de elloj' 

tuc cycogídorhermo/gapuej^fQ.j'onnenfe, 
ejemplar excelente de bombrej- bello^ 
V fl Alaligtio díjo;lVrte^deteüfe 

íolo ante U xmsxnx cxutl # 

» • » 

fTentacíon! 

•I)iQr me á>^udfí\o va^tietr por mí meofc 
peniamíentcirciae xm. hrrír el coraz>oní^ 
reTriba aconejada la doticella- 
pr&rínííendo en 5u lecJio frerzte a fretiíe 
o^os de íue^ V cetitelta-» 

Pa-dre nue^fro 

que e.ff^ÍJ' en \ar clúcicsMiti^hióp... 
Quitad el conjuro/Tní atnor ^rvaertro 
c*7/Dicir de lo/ Cíelar ^lottíícado.,. 

*,>r^ fríurr&5' ía devocíont 





^^1 




Majestuosas, enmantadas de armiño y oro, las nubes 
desfilan ante el viejo campanario que parece crecer hasta 
sentir en su cabeza el roce de las alas flotantes. 

Es una procesión etérea. La nubosa comitiva pasa so- 
lemnemente adoptando formas del ensueño: cimas neva- 
das, monstruos complicados, testas encanecidas... 

Y el vetusto campanario se diría que marcha al encuen- 
tro de la procesión que lentamente se metamorfosea. 

La antigua campana está muda, no repica, no dobla, 
no reza, ni hace rodar por el valle vecino aquel lento eco 
que asemejaba el murmurio de un coro seráfico. 

Y desfila majestuosa aquella procesión que, al ponerse 
el sol, entrará en la gloria polícroma del occidente. 



CARBÓN DE ALONSO. 



t^6|^íip^%#fl6 



Abajo, otra procesión ataviada de luto desfila hacia la 
iglesia del vetusto campanario. Se divide en hileras de 
hormigas atareadas y graves. 

Ha muerto el dulce Jesús; muere simbólicamente todos 
los años para resucitar al tercer día; muere y resucita siete 
veces cada día en nuestros corazones, porque nuestra alma 
brumosa es única y multiforme como la nube. 

No está muerto el buen Jesús ni aún en los corazones 
que le niegan, porque la bondad, el espíritu de sacrificio 
y el ansia de justicia son como tres metamorfosis de una 
nube que se viste de armiño y oro en todos los cielos. 

¡Vieja campana de paz y fraternidad, lánzate pronto 
a vuelo, en la alegría del definitivo Sábado de Gloria! 



— i:5i_-v,':s 



^^ 



aííá¿/ 





V*i 





No hay vidas más nobles y 
dignas de perpetua alabanza, que 
las consagradas al bien de nues- 
tros semejantes. Esa abnegación, 
ese esp'rtu de sacrificio son las 
bases fundamentales del cristia 
nismo, que en eso se diferencia 
profundamente de las viejas reli- 
giones paganas, basadas en el 
egoísmo. Esas vidas son como las 
flores del alma de la humanidad: 
son como un vinculo celeste que 
une. allí, en las alturas, a los 
buenos, cualesquiera que en la 
tierra hayan sido sus creencias y 
doctrinas. 

Porque viven así, se ha dicho 
de los verdaderos sabios, que son 
santos. Pasteur puede citarse 
como el tipo: pero tras de esa 
gran figura hay otras no menos 
merecedoras. Por suerte, si son 
siempre escasas, nunca faltan del 
todo. Seria triste la historia del 
pueblo que no las tuviera. 

En nuestro país, podrian citarse muchos nom- 
bres: entre ellos, el del doctor José Penna, recien- 
temente fallecido, figura con singular brillo. De 
ordinario, hay en las manifestaciones públicas del 
sentimiento de las sociedades cierta dosis, más o 
menos grande, de convencionalismo, que mueve 
a tenerlas aun no tan sinceras como parecen; 
pero el dolor general causado por la muerte del 
doctor Penna fué hondamente sincero. Se ha 
dicho que fué como un duelo público y se ha dicho 
la verdad. Al saberle muerto, se pudo compren- 
der y avalorar el sitio que ocupaba en esta enor- 
me colectividad humana, tan heterogénea y 
abigarrada. 

El doctor Penna estudió medicina en fuerza de 
una vocación irresistible. No fué de esos médicos 
que se enamoran de su profesión después de ha- 
berla puesto bien a prueba: la amó desde niño, 
con aquella intuición superior que suelen tener 
algunos hombres para escoger derechamente el 
camino verdadero de su destino. Y se sentía des- 
tinado a ser médico porque amaba a sus seme- 
jantes, y la medicina le ofrecía el medio de darles 
pruebas de su amor. Tenía, además, el espíritu 
de rebeldía que inclina a los espíritus fuertes a 
luchar hasta lo último contra lo que saben que 
es inevitable. Quiso medirse frente a frente con 
la muerte. Habría ésta de vencer al cabo: pero 
sus arterias y malicias encontrarian un Perseo 
infatigable. 

Los griegos, siempre nuestros maestros, crearon 
la diosa Hygia, la diosa de la salud, suprema 
felicidad humana, encargada de cerrar eterna- 
mente el camino a la muerte. Fué la diosa del 
doctor Penna. Comprendió el hombre de ciencia 




EL DOCTOR PENNA 



que más que curar enfermos vale evitar que los 
haya, y dedicó las mejores horas de su vida a la 
higienización de su pueblo, que amaba tanto. 
La lucha fué ruda y larga, porque el prejuicio y 
el hábito son enemigos formidables. Del pasado, 
habíamos heredado muy poco, casi nada, en esa 
materia. Nuestros respetables abuelos confiaban 
más que todo en la ayuda de Dios, olvidando el 
mandato encerrado en el refrán que dice; «¡Ayú- 
date y Dios te ayudará!» Era necesario, pues, em- 
pezar por conquistar las voluntades de las gran- 
des masas, para que quisieran comprender los 
beneficios de la Higiene, de la diosa Hygia de los 
griegos. El conglomerado era duro: gruesos copos 
exóticos cubrían el núcleo propio, quizá más dócil. 
Hubo que emplear todos los recursos, desde la 
persuasión paciente hasta la imposición sin ré- 
plica. Y el doctor Penna fué infatigable en esa 
campaña, como lo fué siempre que creyó que es- 
taba en el buen camino. Su obra inmensa en la 
Asistencia Pública y en el Departamento Nacio- 
nal de Higiene es el mejor testigo, un testigo úni- 
co, que no necesita hablar para ser creído. 

Hay entre las gentes profanas cierta malévola 
inclinación a pensar que los médicos que se dedi- 
can a higienistas lo hacen porque se han dado cuen- 
ta de que fracasarían inevitablemente si se dedi- 
casen a más elevadas tareas. Es un prejuicio bas- 
tante tonto: porque el médico higienista debe 
saber y estudiar tanto o más que cualquier otro. 
Nos inclinamos a decir que más; porque el enemi- 
go toma todos los días, si no precisamente formas 
nuevas, caminos nuevos para llevar sus ataques. 
Los microbios son muy inteligentes: no tardan 
mucho en notar que las defensas son buenas, y 



se retiran, solapadamente, para 
buscar con infinita paciencia el 
punto que ha quedado vulnerable 
en la coraza de la victima de sus 
ataques. Cuando se les cree ven- 
cidos definitivamente, aparecen 
por donde menos se les esperaba, 
y empiezan su obra de destruc- 
ción y muerte. El médico higie- 
nista, como el general en jefe 
de un ejército, tiene que cuidar 
todos los puntos por donde hay 
la posibilidad de que el enemigo 
ataque, y para encontrar puntos, 
tiene que trabajar y estudiar 
mucho. 

El doctor Penna fué, así. un 
gran médico higienista; pero tam- 
bién lo fué en todo sentido. Tenía 
la audacia que se requiere para 
que la experiencia dé todos sus 
frutos, y la prudencia indispensa- 
ble para que éstos lleguen al 
estado de sazón apetecido. Fuerte 
en su ciencia, nunca creyó lle- 
gado el momento de creerla suficiente; y siempre 
continuó estudiando, hasta el día mismo de su 
muerte, ocurrida cuando se preparaba a asistir 
a uno de sus enfermos. ¿Y cómo iba a creer que 
sabía ya bastante un hombre que era un sabio 
de verdad? La característica esencial del sabio es 
creer que mientras más sabe, sabe menos, porque 
cada conocimiento adquirido abre horizontes infi- 
nitos de nuevos conocimientos. Si los sabios cre- 
yesen que puede llegar un día en que ya no nece- 
sitarán aprender más, la humanidad entera se 
encontraría ahora en el mismo nivel de civilización 
que los negros del África o los indios del Chaco. 
Y fué también el doctor Penna un hombre, en 
todas las nobles significaciones del término. Ser 
un hombre, no es cosa tan fácil como la generali- 
dad de los hombres se imaginan. Ya hablamos de 
su espíritu de abnegación, de su amor a la ciencia, 
de su sabiduría: quisiéramos hablar también de 
su carácter con la misma extensión; pero el espa- 
cio, desgraciadamente, nos falta. Tenía un gran 
corazón, con aquella grandeza que difícilmente 
llegan a apreciar los espíritus pequeños; la divina 
facultad del perdón. Era generoso y modesto. 
Parecía un poco taciturno; pero es que siempre 
estaba pensando en algo superior. Era cordial sin 
aspavientos; servicial sin escepticismo: bueno en 
todos sentidos. Severo consigo mismo, se había 
impuesto una inflexible disciplina que no abando- 
nó sino con la vida; pero esa disciplina no deformó 
jamás su noble espíritu, como suele ocurrir en tan- 
tos casos. Fué un sabio y fué un hombre: este po- 
dría ser el más adecuado epitafio que la posteridad 
escribiese en la tumba del doctor José Penna. 

E. Muñoz Raymondi. 



n JOYAS 

DEL 

MUSEO 
ETNOGRÁFICO 



¿/A/- T/? AJE -DE"- CEREMONIA '^ 

DEL '^■SICLO 

XV/l. 

Debido al altruismo y generosidad de una noble 
dama argentina, la señorita Victoria Aguirre, el 
Museo Etnográfico de Buenos Aires acaba de en- 
riquecer sus colecciones con dos valiosos trajes de 
ceremonia, genuinamente americanos, que a la 
particularidad de ser considerados como modelos 
casi únicos en su género, unen el interés de sus 
labores repujadas, de principios del siglo xvii, 
pertenecientes al período de transición incásico 
barroco. 

Los trajes se componen, según puede observar- 
se por el que reproducimos en esta página, de cinco 
piezas, a saber: dos rodelas en forma de brazal, el 
coselete, el manto implegable y el yelmo de forma 
sencilla, surmentado de su cimera correspondiente. 

Todos los objetos donados al Museo por la 
señorita de Aguirre, hallábanse en poder de 
una tribu quichua, de las que habitan en las re- 
giones comprendidas entre las ciudades bolivia- 
nas de Sucre y Santa Cruz de la Sierra. Los indios 
se ponían las vestiduras, y se adornaban con las 
placas de plata. Sentían por ellas una especie de 
veneración religiosa, pues tal vez guardaban el 
recuerdo de su procedencia. Últimamente, siguien- 
do la costumbre generalizada desde muchos años 
atrás, el cacique alquilaba los vestidos para cele- 
brar extrañas danzas rituales frente al fuego. Más 
tarde, al saberse que eran utilizados para esta 
clase de ceremonias, muchas personas llegaron a 
suponer que serían trajes de baile, creados por la 





TRAJE CEREMONIAL DE PLATA REPU- 
JADA, USADO POR LOS CACKJUES IN- 
DIOS DEL PERÚ, DURANTE EL SI- 
GLO XVII. 




MANTO DE LANA, ROJA V AMA- 
RILLA, CON SEIS GRANDES 
LÁMINAS DE PLATA. 



ESCLAVINA DE LO MISMO, 
CON DOS APLICACIONES RE- 
PUJADAS DE CARÁCTER BA- 
RROCO. 



fantasía de los quichuas. Esta creencia no tiene 
fundamento alguno, pues sólo observando la sin- 
gular simbología de los temas y que cada traje 
tiene de veinticinco a treinta kilos de plata, se lle- 
ga al convencimiento de que tuvieron en su ori- 
gen un uso muy distinto. En efecto, existe una 
tradición, por la que se supone que debieron ser 
sustraídos en la época de la Independencia, de 
algún templo o casa de consistorio. Así lo hace 
pensar, al menos, el hecho de que los indios de las 
mismas regiones en que fueron hallados los tra- 
jes, se suelen adornar con piedras preciosas de 
gran valor, procedentes, sin duda, de los despo- 
jos efectuados en las iglesias coloniales. 

La opinión más aceptada es, que siendo ves- 
tidos de ceremonia, servirían en las fiestas solem- 
nes, juras reales, proclamaciones, etc., para reves- 
tirse los caciques, que desde la tribuna colocada 
en el centro de las plazas, hacían pública demos- 
tración de fidelidad al virrey, en su nombre y en 
el de las tribus. 

El manto que reproducimos es de un tejido 
de vicuña, cárdeno y amarillo, cubierto interior 
y exteriormente por grandes láminas de plata con 
adornos bien trabajados, en el estilo que empeza- 
ba a predominar en aquella época, o sea, el ba- 
rroco con reminiscencias de orden plateresco. Las 
formas características son originadas del sentido 
incásico, pájaros y flores, con lambrequines am- 
pulosos que se repiten también en las rodelas. El 
trabajo es bastante perfecto, habiendo sido ejecu- 
tado por los indios. 

El coselete, es algo más bello de línea que lo de- 
más, y lo forma una gruesa lámina de plata, en 
cuyo centro, a modo de símbolo decorativo, os- 
tenta el águila cesárea de la dominación. 

Los trajes fueron traídos a Buenos Aires hace 
unos meses, salvándose de la destrucción a que 
estaban expuestos, gracias al patriótico interés de 
la señorita Victoria Aguirre. la cual, al enterarse 
de que iban a ser fundidas las piezas y láminas 
de plata, para hacer objetos nuevos, los adquirió 
por una fuerte suma, donándolos al Museo donde 
actualmente se conservan. 

VÍCTOR Andrés. 




«MAUVAISES NOUVELLES» 



ÓLEO DE CHARLES CATTET. 



PROPIEDAD DEL DOCTOR 
FRANCISCO LLOBET. 




PI,VS) • 
. VLTPA 



DE LIO 




QL D&^ TvwcsOe/' onciOe/-, 



AiGO ahora en la cuenta de que 
a pesar de mi irreductible incli- 
nación a la vida solitaria y libre, 
no paso en realidad de ser un 
hombre perfectamente social. Sobrellevo una 
existencia ordinaria, y yo que sólo me agitaría 
para hacer grandes cosas o me quedaría quieto, 
entregado a la inefable tortura de meditar, no 
tengo más que pensamientos triviales y realizo 
maquinalmente el vulgar esfuerzo de asistir todos 
los días a un empleo, cuyos deberes son siempre 
iguales. Quizá con más preocupaciones hago, 
exactamente, lo mismo que la gran mayoría de 
las personas que tienen por aparente destino 
trabajar para comer y dormir y hacer esto para 
seguir luego trabajando. Resulto, pues, un ser 
razonable y social, que sacrifica sus anhelos de 
acción extraordinaria a las necesidades de una 
vegetativa existencia, material y simple. 

No obstante, advertiré. Todos los días guardan 
para mí un momento en que sufro la ausencia de 
una vida humanamente libre y desordenada: me 
duele mi pasiva esclavitud. Y sin duda alguna 
estos anhelos que debilitan mi voluntad de acción 
explican claramente el que yo, a pesar de haber 
trabajado siempre demostrando ágil inteligencia 
en todas las actividades siga siendo, con mis 
veintiséis años, un hombre sin fortuna y sin im- 
portancia. 

Poco se podría, entonces, decir de mí, a través 
de la opinión ajena; sin embargo quizá resulte 
interesante saber las muchas cosas que ha hecho 
para vivir un hombre que no vale nada. 

Mi padre era un señor simpático, algo patizam- 
bo y un tanto bebedor, tresillista y violento. 
Cuando yo tenía quince años me dijo: « A ver, qué 
quieres ser. Ingeniero, abogado, médico, violinis- 
ta. . . lo que te parezca mejor». Yo, respondí, sen- 
cillamente: « No quiero ser nada: me gustaría re- 
correr el mundo». A lo que mi padre contestó, 
sonriendo: «Si no fuera un poco vieja, te alabaría 
la idea». Pecaba de vieja esta idea de recorrer el 
mundo; pero realizarla no es cosa muy fácil... 
Y yo, no siendo nada, la voy realizando. 

He recorrido parte del Oriente; estuve en el 



Cairo, visité Calcuta, en un vapor francés llegué 
hasta Hong-Kong y Sang-Haig. En otra época, 
rodé por Europa atravesando campos y ciudades 
desde Lisboa a Moscou; luego de «polisón», en un 
barco me fui a Las Antillas, y más tarde de La 
Habana pasé a los Estados Unidos. Ahora me 
encuentro aquí en estas regiones del Sur. He visto 
hombres de las razas más viejas y los países más 
remotos: caras oblicuas y enjutas me hablaron 
del ardor de los desiertos y el cansancio de las 
más antiguas experiencias: en las jóvenes tierras 
de América, pasando por los altos puentes de sus 
ciudades, sentí la angustia de una extraña pesa- 
dilla de hierro. 

Yo no soy nada y estos viajes que hice tienen 
escasa significación. Hay seres privilegiados que 
sin moverse de un lugar gustan en si mismos el 
espectáculo de todas las cosas: para esas almas 
profundas y claras, en las que existe una antici- 
pación de los sucesos más inauditos, nada que ocu- 
rra en cualquier remota región resulta substancial- 
mente original. Viviendo en el rincón más igno- 
rado cumplen un luminoso destino que compendia 
y sobrepasa todas las manifestaciones y posibili- 
dades de la realidad objetiva del mundo. Estos 
seres privilegiados no necesitan viajar. ¿Para qué? 
Pero a los espíritus mediocres como el mío los 
viajes les son provechosos. Corriendo tierras he 
recogido muchas enseñanzas que me permiten hoy 
considerar con relativa serenidad el vértigo ciego 
de las cosas y la necesaria estupidez de los hombres. 

Andando por el mundo hice de todo. Desde 
chico me ilusionaba la idea de ser un afilador de 
tijeras y navajas. Ir por las calles empujando la 
rueda de afilar y después de tocar el silbato dete- 
nerme en las puertas arreglando tijeras y cuchi- 
llos me parecía hermoso. Estando en Rumania, 
cuyos caminos propician tanto el encanto de la 
vida errante, hice de afilador, y la práctica del 
oficio desvaneció pronto las ilusiones que me for- 
jara en la niñez sobre la ventura de los galeotes 
de tan humilde menester. Antes y después tuve 
múltiples ocupaciones, siendo tan pronto artesa- 
no como oficinista. Trabajé de albañil, de pana- 
dero en una tahona francesa, obscura y triste 



como un calabozo, cosí medias suelas, fui emplea- 
do de comercio y hombre de confianza de un 
bolsista sueco, padecí días de negro vagabundaje 
sin pan ni techo, e hice tantas y tan diversas 
cosas para vivir que durante una temporada no 
muy larga me utilizaron como vigía y mandadero 
ladrones y criminales. He oído el suave y cauto 
ruido de las ganzúas, el seco golpe de las puertas 
reventadas, el trazado sutil del diamante en los 
vidrios, y he visto la mano de un hombre, potente 
como la de un orangután, caer en el cuello pálido 
de una mujer, estrangulándola. Yo soy un hom- 
bre inocente y sencillo que de las cosas que se 
pueden ver y oir he visto un poco y escuchado 
otro poco. Con estos ladrones y criminales a quie- 
nes tuve por camaradas aprendí algo. El hombre 
que estranguló a la mujer era tan rotundamente 
bestia, que yo cuando lo acompañaba por las 
calles iba temeroso de que se abalanzase sobre la 
gente. Sin embargo, este chimpancé tenía dos 
hijos y los adoraba; satisfacíale además la música 
y a veces, tocando en la mandolina aires muy 
simples y primitivos, se le caían las lágrimas. 

En este año que corre, yo, Venancio Silvestre, 
que por haber hecho de todo no sé bien nada de 
nada, me gano aquí la vida redactando noticias 
y comentarios en un periódico de la mañana: vale 
decir, yo soy ahora periodista. Juzgo prudente 
no hablar sobre la eficacia con que desempeño 
este cargo tan extraordinario; ignoro si lo hago 
bien o mal. Únicamente sé que obedezco a los 
que me mandan, y aun a los que no debieran 
mandarme, y tengo además la presunción de que, 
desde el director hasta el último ordenanza, todos 
en la casa me compadecen o desprecian un poco. 
Yo por esto no me ofendo; sospecho que mi as- 
pecto sencillo no es muy apropiado para inspi- 
rar temor o respeto... Por otra parte, quizá esa 
conducta del director, redactores y ordenanzas 
me reporta una ventaja. Ella me viene a confir- 
mar que ser periodista en esa forma es seguir no 
significando nada; nada para nadie a pesar de 
que yo haya recorrido tierras y tierras siendo hu- 
milde y esforzado trabajador de muchos oficios. 

D'BUJO DE SIRIO. 



— E>I 




BOLI VI A. UNA P 



^yx— 




EN CHAGUAYA. 



FOTOGRAFÍA DE MONTENEGRO. 



— i=»l::x^^ 'vi^TPiQ ax- 



ilar pnocopado asuba el xriejo estanciero 
doa Neonedo BaniMí, por el «proente» que 
■I morir, b habla hee)» so compadre don 
Odzto, el buen oompaOero de andanzas ]u- 
viBitaa. el leal amifb de todos ka tiempos. 
il«i(nÉnilnln ea ra mu— nto. tutor de su 
«iriea M)a. — vía criatara casi oarrU. casi dtú- 
cara, «tdaniaricaa. criada en la Ubertad de 
los campot. ni mis ni menos que un anima- 
Uto sOvesne. Porque la nifta era linda en sus 
quince aOos. ffloreddos al sol y al aire puro. 
como e*tt plantas que brotan exuberantes 
ea ladans y ribaaoa sin que nadie las rie- 
(oe ni tas cuide: paro, ¿de qué le servia la 
bailen, d su carteter uraflo la hada insoda- 
bie y antipática? 

Al ser notificado de la tutoría y adminis- 
tracita de loa cuanticaos bienes de la huér- 
fana, don hBoomedat le hizo una visita, con 
el objeto de DeviiMla a vivir con su familia. 
La irTti"^ de la heredera estaba situada 
Junto a la tuya, «alambrado» por medio, y 
daade la puvta de su rancho, se veia la casa 
anu afie dda por el tiempo y el coposo ombú 
qaa llenaba el patio con su sombra y sus ra- 
malea. El. podía, pues, vigilarla desde alli, 
sin mayor trabajo, pero no era propio, ni 
oenecto dejarla sola, entre les peones, sin 
otia peraona a su lado que una anciana, acha- 
coaa y casi irresponsable. 

— Vengo a buscarte, Laurencia, - la dijo 

— pa que vivas con nosotros. Mi mujer y mis 
hijas ya te han arreglao el cuarto. . . 

Ella no le dejó concluir. Se expresó sin 
reatos, como quien sabe imponer su voluntad. 

— Yo no sa%o di aquí, ni a la juerza. 

— Pero mir* que eso no puede ser. Soy tu 
tutor, que es lo mesmo que si juera tu padre 
y yo mando, ¿sabes? La ley me autoriza y 
d finao ha de aprobar, dóde el cielo, mi 
oooduta . . . 

— Y yo respondo a todo eso que no quiero 
saHr de mi casa. 

— ¿Quién te va a cuidar, entonces? 

— Ña Casilda. 

— Pero Aa Casilda está bichoca de vieja y 
s iem p r e en cama... 

— No importa, le digo. Mande en todo, 
pero en mi, mando yo. 

Y se puso a llorar, con las mejillas enro- 
Jeddas por el arrebato y brillantes los ojos 
por las copiosas lá^mas. 

No hubo forma de reducirla. El viejo sa- 
bia, que cuando aquella preciosa «gatita 
montMf decía que no, no existía razona- 
miento criollo que venciera su empecina- 
miento. No quiso insistir y se fué, malhumo- 
rado, maldidendo del «regalo de su com- 
padre. 

La preocupadón de don Nicomedes tenía, 
pues, nootivos fundados. ¡Qué conflicto, espe- 
cialmente para un hombre como él, acostum- 
brado a la vida tranquila y a que todos, en 
su casa, le obedederan y le respetaran, sin 
alzar la vista! Entonces pensó en su hijo ma- 
yor, reden egresado de la Escuela de Veteri- 
naria, que iba a llegar de un momento a otro, 
y se dijo: 

— Puede que a Ramón le haga más caso. 

Y Ramón llegó, por fin, y con él, de nuevo. 
la alegría para la buena gente. 

Enterado del asunto, el mozo se echó a reír. 
pues ya conocía el carácter de Laurencia. 

— Eso no tiene importancia. — dijo. — 
La muchacha es maftera desde chiquita, por- 
que se ha criado libre y sin madre, pero, to- 
davía es charabona y con un poco de educa- 
ción, entrará por la senda, dócil al freno. . . 

— ¿Charabona? — exclamó don Nicome- 
des. ^ [Si es una mujer hecha y derecha, 
güeña moza y juerte y con más orgullo que 
una rdna! . . . 

— La reina del campo. . . ¿Y no la han 
invitado a venir, aunque más no fuera, de 
visiu? 

— Jué tu madre, juí yo y jueron tus tres 
hermanas a convidarla y ¿sabes lo que con- 
testó? Que ella no hacia visitas, hasta que 
no se aliviara el luto, como si tratara con ex- 
traAos, lo que no quita qui ande tuito el día 
a caballo, porque eso si. es más jinau que 
un domador de potros. Por esos caminos no 
se ve más que la polvadera, porque corre 
echando diablos. 

— Bueno, — dijo el mozo, — ya veremos 
como le compone eso. Y agregó: Me ha 
dicho el capataz que matiana van a domar 
onoa potros. Me parece que Laurencia no 
desperdiciará la ocasión de presendar un es- 
pectáculo, que parece estar en armonía c^n 
sus altdones. Yo voy a invitarla . . . 

— Te vas a chasquiar de lo lindo. 

— No le hace. Probaremos. Nada se pier- 
de oon intentarlo. 

Y el mozo, esa misma tarde, muy arrogan- 
te con su traje color kaki, sus polainas de 
cuero y montado en el mejor caballo de la 
estancia, se presentó en la vivienda de la jo- 
ven, la cual reden llegaba de una de sus 
excursiones hípicas, con el pelo en desorden 
y la cara llena de arreboles... Ella se sor- 
prendió al verle, admirándose de la gallar- 
día y el eg a ncia del joven. Al prindpio no le 
reconoció, porque hada más de seis afíos que 
él estaba ausente; pero, pronto comprendió 
que se trataba del hijo de don Nicomedes, 

— *! dotor», — como le llamaban. — No 




PO^\^ANTIAGO MACIEL 



podta retroceder ya, y se quedó esperando, 
mientras el mozo se apeaba, diciéndola con 
familiaridad: 

— iQué crecida estás. Laurencia, y linda 
como el sol de los campos! 

Y ella, un tanto humanizada por la galan- 
tería, como mujer, al fin: 

— No diga mentiras de pueblero, don 
Ramón. 

Y el mozo, dispuesto a suprimir trascen- 
dentalismos: 

— Dime, Laurenda, ¿por qué no me tu- 
teas, como en aquellos tiempos en que los 
dos juntábamos huevos de teru-teros y aga- 
rrábamos pichones de perdices y torcaces? 

— Es que aura es diferente. . . 

— iQué va a ser diferentel Yo soy el mis- 
mo. ¿Qué tenemos algunos años más? ¿Y eso 
qué importa? Para mí, tú eres la niña travie- 
sa de los diez años y asi debo de ser yo, para 
mi compañera de correrías infantiles... 

— Güeno, será así. si a usté le parece. 



casa, tanto, que si la dejara me moriría. Es 
la querencia, don Ramón... 

El se rió campechanamente y mirándola 
a los ojos, hasta hacerla bajar la cabeza, 
díjola: 

— ■ Dejemos eso para otro día. Ahora, te 
vengo a pedir que renovemos nuestra anti- 
gua amistad y que vayas mañana a visitar- 
nos, aunque sea por un ratito. Hay doma de 
potros, solemnizando mi llegada y ¡cómo a 
ti te gusta tanto ver esas cosas! . . . 

Ella interrumpióle; 

— Gracias, don Ramón, pero no puedo. 
Ya dije que no saldría de aquí y no pondré 
un pie más allá del alambrao. 

El «dotor» se despidió algo despechado, 

no sin antes pedirle permiso para visitarla. 

En el camino, de regreso, el mozo pensaba: 

— ¡Diablo de chica! ¡Qué carácter original, 
a fuerza de ser nativo! ¡Y es atrayente y su- 
gestiva, a pesar de sus imperfecciones mora- 
les! Lo que hay es, que la Naturaleza la hizo 




— Si a li te parece, repiúá él. con re- 
tintín... 

— CQeno. — dijo ella, — no vamos a pe- 
liar por eso. 

Y agregó, con cierto mohín espontáneo, 
que la sentaba muy bien: 

— Dentre, don Ramón, si quiere descan- 
sar y tomar un mate. 

Y él entró, admirado de aquella belleza 
criolla, sin aliño, de piel trigueña, cuya ter- 
sura, ni el aire, ni la luz habían alterado; de 
aquellos ojos profundamente obscuros, co- 
mo el misterio de su alma rebelde y de aque- 
lla arquitectura femenina, que se columbra- 
ba bajo el amplio ropaje, como la fruta do- 
rada bajo las hojas, excitando con la hermo- 
sura promisoria de su dulce carne. .. y se di jo: 

— ¡Sí no es como la pintan! Yo la encuen- 
tro un poco silvestre, nada más, como el 
ambiente en que vive. 

Ya sentados, ella promovió la conversa- 
ción: 

— ¿Qué le ha dicho de mí don Nicomedes? 
Ha de estar enojao, porque no quise dirme 
con él. ¡Qué se le va a hacer! Yo quiero a mi 



hermosa, como ha hecho las grutas y los bos- 
ques, con flores y espinas, zarzas y aromas, 
lo que no impide que sean creaciones encan- 
tadoras. 

En su casa, contó lo que le había sucedido. 
Don Nicomedes se puso de mal humor, otra 
vez, exclamando: 

- Ese es un potro que no lo doma naide. 
El joven contestó: 

- Tata, científicamente, no hay potros 
indomables. Todo consiste en saber aman- 
sarlos. 

— Güeno, a ver si domas a ese... sin 
castigo. 

Entonces el cuidador de caballos, que ha- 
bía oído el diálogo, mientras desensillaba, 
dijo, tomándose, como siempre, más con- 
fianza de la que le consentían: 

■ — Si me la dejaran a mí, pronto iba a sen- 
tir el freno. . . 

Ramón, indignado, le gritó: 

■ — Usted vaya a cumplir sus deberes. Na- 
die lo ha autorizado a meterse en las con- 
versaciones de la familia. 

El aludido bajó la cabeza y se fué, rezon- 



gando, bajo las severas miradas del joven 
diciendo a media voz: 

— Es que esa no es de la familia. . . por 
aura, al menos. . . 

La doma había empezado, desde el ama- 
necer, en la forma brutal de otros tiempos. 
Los animales, empapados en sudor, echando 
sangre por la boca y las heridas que en sus 
ijares hicieran los 'taleros» y ^nazarenas», 
disparaban, al sentirse libres, arrastrando 
las patas, temblorosos y enfurecidos, cuando 
Ramón apareció, en el preciso momento en 
que el cuidador de caballos parecía que iba 
a quebrar por el espinazo a un hermoso ala- 
zán, tierno todavía, tales eran los «sofrena- 
zos» y los azotes que le daba. El pobre ani- 
mal arqueaba el cuerpo hasta tocar la ca- 
beza en los corvejones y de pronto se aba- 
lanzaba, parándose de manos, como para 
bolearse, arrojando espuma sanguinolenta 
que iba a posarse en copos sobre las ancas 
lustrosas. 

— Bájese, — gritóle Ramón. — Eso no es 
domar, es martirizar a los animales. 

El cuidador se desmontó de mala gana, 
interrogándole con desplante. 

~- ¿Y cómo va a domarlo, entonces, dán- 
dole besos? 

— Usted es un atrevido; pero yo voy a en- 
señarle como se procede. Sáquele pronto el 
recado y póngale otro freno más fino. 

El cuidador obedeció, riéndose estentó- 
reamente. 

Entonces, el joven, sin hacer caso, tomó 
de las riendas al caballo, le pasó varias veces 
la mano por el húmedo cuello, que se estre- 
mecía a! sentir el contacto, y lo paseó, tiran- 
do suavemente de las riendas. Luego, lo dejó 
descansar, atándolo al palenque, repitiendo 
más tarde la tarea. 

— Ahora, póngale una montura inglesa, 
y guarde esos trastos ordinarios en el galpón. 

Le apretó la cincha él mismo y volvió a 
pasearlo durante una hora. 

— Colóquelo en el pesebre sin sacarle la 
silla, asegúrelo bien y esta tarde me lo trae, 
otra vez. cuidando de que no se alborote. 

Los peones no se atrevían a sonreír, pero 
pensaban que aquello era cosa de risa, y 
cuando volvió el cuidador y le vieron la cara, 
casi explosionaron, teniendo que darse vuelta, 
para que el joven no advirtiera sus gestos 
de burla. Pero la burla se trocó en asombro, 
cuando, algunos días después, vieron al 
«dotor» montado en el alazán, sin que éste 
hiciera ninguna manifestación bravia, obe- 
diente a la rienda, manso, tan manso, como 
el más viejo de los caballos de la estancia. 

Ramón visitaba asiduamente a la huér- 
fana. La última vez que la vio, estuvo tan 
amable y atenta con él, que quedó sorpren- 
dido. Ese día, por supuesto, la encontró más 
bella — si era posible, — más bien arreglada, 
y sobre todo, más femenina. Parece que lo 
esperaba, porque salió a la puerta a recibirle, 
sencilla y afable, con la naturalidad de los 
seres que no ocultan sus sentimientos. El, 
impelido por extraño impulso, la tomó de 
las manos y la miró en los ojos. Ella lo miró, 
también, sonriente, sin malicia, como si toda 
su alma se asomase por sus pupilas negras. 

¿Qué pasó, en ese momento, por e! espí- 
ritu del joven? Algo inexplicable, porque la 
atrajo, con ímpetu, hacia sí, diciéndola: 

— Si yo tuviese, Laurencia, una mujer- 
cita como tú, ¡qué feliz sería! 

Como ella guardara silencio, sin hacer es- 
fuerzo alguno para desprenderse de sus bra- 
zos, agregó, con anhelo: 

--- Dime, preciosa, que me quieres un poco, 
un poco no más, pero dímelo, si lo sientes así, 
comohace laNaturaleza, que no miente nunca. 

— Sí. — dijo ella. -- lo quiero, no un po- 
quito, sino ¡mucho! ¡mucho!, porque lo que- 
ría desde antes de dirse. 

Y se dejó besar, como una flor se deja as- 
pirar el perfume. 

---Bueno, — dijo, de pronto, Ramón, — 
ahora no tendrás inconveniente en ir a casa. 
¿Quieres que vayamos juntos? 

Y sin darla tiempo a reflexionar, la tomó 
del brazo, apretándoselo, por temor de que 
se le escapara y se la llevó casi corriendo. No 
habían llegado aun a las casas, cuando él 
empezó a gritar: 

— ¡Tata, mama, muchachas! ¡Aquí viene 
Laurencia! 

Todos salieron al patio y al verla del bra- 
zo del joven, tan tranquila y satisfecha, y aun- 
que intrigados, la colmaron de atenciones. 

— ¿Qué ha ocurrido? — interrogó don Ni- 
comedes. 

— Ha ocurrido, — contestó el mozo, — 
que Laurencia y yo nos queremos y vamos a 
casarnos, si usted nos da el consentimiento. 

Y agregó, bromeando, mientras la acari- 
ciaba enternecido: 

— Yo la domé para mí. 

— No, no juistes vos, — dijo, riéndose, 
don Nicomedes. — Tu cencía esta vez no ha 
servido pa nada. 

— ¿Y quién fué entonces? 

— El amor, ¡ay junal, que es el domador 
más baquiano del mundo. 

DIBUJO DE ZAVATTARO. 




ESCUELA HOLANDESA 



MONDANDO HABAS 

ÓLEO DE WEIJNS JAN HARM. 

PREMIADO CON MENCIÓN HONORÍFICA 

EN LA EXPOSICIÓN INTERNACIONAL DE 

BUENOS AIRES DE 1910. 



Propiedad del señor 
josé méndez casariego. 




— r:>i_;v:S 



BcN^PvAMá^^ eX^IE te/Vv! 



H 



La estética en el café. 



..1^ 



■'•« de invierno. A travís de los cristales del coche, 
'ria, arrebujada en la niebla. El Prado ... La Ci- 



WYa e.T mi «iojamienio. ne pude resistir el deseo de pasear mi curiosidad 
rcr la famosa Villa: sus noches eran de gran sugestión para mi espíritu. 
La Puerta del Sol v las calles que la circundan era lo único animado con 
L" 7 un ritmo de vida. La ciudad, desierta, sólo parecía habitada por mujeres 

que a nuestro paso vocean ti Htraldo. 

Pero allí, detris de los focos que rielaban su luí gris sobre la acera 

w- J mojada, estaba el caf*; café madrileBo, cuya influencia es para nosotros 

taa o^AÚbte. aunque el motivo sea superficial: con sus tpeflas» de consagrados, cerno una 

ptoloii f «ci6o de las famosas «sobremesas» del Atices: con sus tristes «peñas» de fracasados, 

dndt •£! CkM>. de Moraiin. hasta «La Losa de los Sueños», de Benavente. 

ADI. •noontrarU algunos hombres, a través de cuyas obras de arte, habían ganado mi 
•draineióa j alecto. Medianoche era por filo, como canta el romance, cuando entré al «Lion 
fOrv. y cuil no aeria mi sorpresa, al ver el café con muy poca gente, en un ambiente reco- 
cido y nTmvfkwo Un buen rato llevaba sentado, cuando de un saloncillo del fondo vi salir. 
■nvueito on su capa, pilidc el rostro, ilustrado por sus largas barbas de chivo, seco como un 
oaoobita. el fulcar de su mirada tras los grandes anteojos de carey, con un andar nervioso, 
raanudo y ripido. a don Ramón del Valle Inclán. 

A punto mtuve de detenerlo, para estrechar su única mano gloriosa y ofrecerle, como un 
nuno de rosas nacidas en las tierras de Indias, las rosas de mi admiración: mas lo miré pasar 
Uc!» de emoción y respeto. Volvió con una caja de cigarrillos egipcios en la mano, para seguir 
pcoidiendo los ritos de arte y divertimiento, en el rincón solitario del café, rodeado por Ansel- 
mo UBtgatX Nieto. Martínez Corbalin, Ricardo Baroja. Juan José Llovet, Penagos. Moya del 
Ptno... Y yo. no queriendo borrar de mi retina la visión del maestro, me retiré recitando 
al soneto de Rubén.- 

«Este gran don Ramón del Valle Inclán me inquieta». 



Aaisti a aquellas reuniones. Un dia en que Corbalán se burlaba de Carrére. por habérsele 
oanrido aquella imagen comparando a la luna con una moneda de plata: Llovet ensayaba 
s ingeniosas. Moya del Pino hacia retratos futuristas y Penagos hablaba con una deli- 
1 mujercita francesa- — alguien dijo ai autor de «Aromas de Leyenda»; 
.¿Sabe usted, don Ramón, que Marquina ha declarado no escribirá más dramas en verse? 

— Es que no debía escribirlos tampoco en prosa. . . Contestó Valle Inclán, con su palabra 
»oeante y temible. 

Le pregunté entonces por la suerte de su teatro poético, con relación al de otros que hoy 
tienen acaparados los escenarios españoles. 

— Yo quise que en mi teatro el verso correspondiera a la acción, para que formase todo 
uru unidad de belleza; ahora que los cómicos no pueden acostumbrarse a eso. La lucha es 
inútil: son muy bestias. No pueden salir de Villaespesa y Marquina, que no han creado nada, 
ooncretándose a ver una prolongación de Zorrilla: algo muy endeble. 

Nosotros pensamos en la malaventura de lo bello y lo grande. . . 

Don Ramón del Valle Inclán ha escrito las obras más originales y bellas del teatro español 
contemporáneo. Su «Romance de Lobos» es una creación portentosa, que acreditaría a un 
genio en cualquier literatura del mundo:— recordamos que la guerra impidió su estreno en 
Paris. cuando ya estaba anunciada y publicada en hermosa traducción • — según él — por el 
•Mercure de France». — tVoces de Gesta», tiene la grandeza que atesoran las páginas del ro- 
mancero y por sus escenas corre una emoción honda y sincera. «La Marquesa Rosalinda» y 
•Cuento de Abril», obras llenas de exquisita novedad y música imponderable. . . Ncsotros. al 
pefiaarenel teatro de Valle Inclán, come en casi toda su obra, pensamos con los oíos: porque 
US personales y sus escenas, los recordamos como concepciones pictóricas: indudahlemente 
fl los ve tal un pintor: así, a veces, creemos estar ante maravillosos retablos animados. 



Hablando de su estilo, comparado con el de otros escritores — Ricardo León sirva de ejem- 
plo — está de acuerdo con la respuesta que dio «Azorín» al autor de «Critica Profana». 

•El estilo es la personalidad a través de la cultura — dice. — Yo, a la influencia de Quevedo 
o Cervantes, he preferido la de los primitivos escritores, donde se encuentran los giros más 
ingenuos y puros del idioma; como en «La Conquista de Nueva España», por Bernal Diaz 
CastiUo, en los autores anónimos de «Las Crónicas», en los místicos. . . 

lAsi. si un escritor lee a un solo clásico, resultará un imitador; pero si sus elementos sen 
tomados de muchos, toda huella de imitación es difícil de encontrar y su personalidad es 
mis robusta. El secreto de los grandes prosistas o poetas — los creadores -- está en situarse 
ante la vida como un hombre sin tradición, llevando toda la tradición a la espalda, y como si él 
fuese el primero que va a ver las cosas. Es el caso de Rubén, el de Lugones. . . Y luego, 
como gustando un pensamiento con voluptuosidad, añade: 

•¡Oh, Rubén, en su última manera, la forma sabia con que cantó en Mallorca. . .!• 



Al maestro le piden su opinión sobre un libro. 

— No vale nada — contesta. 

Alguien dice su sospecha de que don Ramón no ha leído aquel libro. 

— Es cierto — dice. — ^No lo he leído; leo muy poco. Pero tengo un procedimiento infa- 
lible para saber si un libro es bueno o malo. 

Todos interrogan con avidez: él se explica: a veces le basta el título y la portada, para no 
seguir mis adelante. Otras, ya en la primera página, le pide a su señora que marque en un 
papel en blanco el tamaño de las palabras, y viendo aquellas lineas, sabe si es bueno o malo. 
Porte un ejemplo. 

Las hijas dt las madres que amé tanto . . . 
ínclitas razas uf'hrirfías . . . 

— ¿Y dónde está el secreto de ese conocimiento? 

— Si es malc, ha de haber muchas líneas cortas, como en lo primero; eso quiere decir, abun- 
dancia de artículo» y preposiciones y todo lo que se pone de relleno. Lo segundo, lineas lar- 
gas, significa conocimiento del idioma, plenitud; cada palabra dice algo. Y el escritor debe 
buscar esa sinte^'s. en la que culminan las lenguas griega y latina. 

— ¿Pero algunas veces ha de equivocarse? 

— Muy pocas. 

— Por ese procedimiento, no hubiera usted descubierto a Juan R. Jiménez. 

— Es que en Jiménez el idioma es lo de menos; tanto daría que escribiese por gestos. . . 




Don Ramón del Valle Inclán tjene ahora gloria y dineros. Dicta en la Universidad de Ma- 
drid, una clase de Estética y hay una juventud literaria que le llama padre y maestro, mago 
en letras castellanas. El nos ha descubierto el alma trágica de su Galicia natal: ¡Oh, Flor de 
San'idad: Adega, tn cuyos 010% llama azul fulgura, de la piedad humildf. . . 

Ha n*^ -I- tan noble a! Marqués de Bradomín, tan perverso y galante y refinado, 

que su ;irse la mano con el Abate Casanovas o con M. J. Barbey d'Aurevilly. 

Ha escr anta y tanta bella página inmortal. 

Ahora, anrieia ei castillo de sus antepasados, los señores de Caramiñal, en la costa, donde 
las olas del mar Cantábrico pasan con su armonía eterna; y allí, como un voluptuoso del 
silencio y la soledad, encerrará su leyenda; Valle Incl.'in tiene leyenda. Historia ya la tiene 
cualquiera. . . 

Vai.entí.n de Pedro. 

Madrid. 1919. 




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'ti x^^i-^nri^^^v— 




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dfendé' 



I 



(En el estudio del abo- 
gado Speroni. Entra Spi- 
netti: cuarenta años, ele- 
gante, todavía bastante ru- 
bio, sonrisa cortante.) 

— Buenos días, abo- 
gado. 

— Buenos días... Ten- 
ga la bondad de sentarse. 

— Usted no se acuerda 
de mí. ¿verdad? 

— Verdaderamente. . . 

— Spinetti. Carlos 
Spinetti. . . Nos hemos co- 
nocido algunos años atrás. 
Entonces también usted 
se daba buena vida... 
¿Me mira? ¿Acaso he 
cambiado? 

— No, no es eso.. . Al 
contrario, por más que 
me esfuerzo, no logro 
recordar.. . 

— Pero sí. icaramba! 
Nos hemos puesto en re- 
lación dos veces. Hace 
diez años, la primera, por 
una cuestión de honor, 
¿recuerda? Eramos pa- 
drinos adversarios . . . 

— Ah, sí, sí; recuerdo. 

— ...Luego, dos años 
más tarde. Una vez más 
fué usted mi adversario 
en otro pequeño asunto... 

— Judicial. También lo 
recuerdo. Spinetti: Spi- 
netti Carlos. Recuerdo. 

— Pero fui absuelto. 
Por inexistencia... 

— ¿Inexistencia? No 
me parece.. . 

— Sí. por inexistencia 
de pruebas suficientes... 
No es por decir, pero 
conseguir esto, teniendo 
en contra un abogado co- 
mo usted, es una hazaña. 

— Por favor: usted es 
muy amable. 

— No, no. Siempre he 
sentido por usted grande 
estimación: siempre he 
apreciado a las personas 

que me han dado que hacer, ¡y vaya 
si usted me lo ha dado! 

— ¿Qué quiere usted?. . . El deber... 

— Sí, usted es persona preciosa o 
peligrosa, según los casos: es usted 
uno que «encuentra», como decimos 
nosotros. 

— ¿Quienes? 

— Nosotros... pues. (Pausa.) 

— Y... ¿en qué puedo servirle? 

— Precisamente en esto: necesito 
de usted un «hallazgo». Comúnmente 
también a mí se me ocurre alguno. 
Y de los buenos... Pero esta vez no 
se me ocurre. 

— Oigamos. 

— ¿Usted conoce al duque Lan- 
zoni? 

— ¿Memé Lanzoni? Hemos sido 
compañeros de colegio. 

— Muy bien. El asunto se resolve- 
rá aún más fácilmente. ¿Y a Spizzi- 
chino, le conoce usted? 

— ¿Aarón? ¿el prestamista? Lo he 
conocido en otros tiempos. 

— Pues se trata de esto... 

— Naturalmente, de algún nego- 
cio de usura: ¡si están de por medio 
Memé Lanzoni y Aarón Spizzichi- 
no!... ¡Pobre Memé! Aquella mujer 

[se lo come vivo. 

No, abogado. Marióri; por esta 
vez, no tiene nada que ver en el 
asunto. Yo sí, en cambio. 

— No comprendo. 

— En seguida se lo explico. Hace 
dos meses, pues, yo fui a ver al ópti- 
rno Aarón y le dije: Mi querido Aa- 
rón, el duque Lanzoni me escribe 
desde París que necesita treinta mil 

' liras... Aarón quedóse algo perplejo, 
[luego rascóse la barba... 
■ Y aceptó. 




UI^^Z&O. 



— Veo que usted lo conoce. Cuan- 
do Aarón se rasca la barba, asunto 
arreglado. Y arreglamos el asunto: 
cinco o seis días después fui a casa de 
Aarón con cuatro pagarés de diez 
mil liras, con la firma del duque y a 
vencer cuando muera el padre; y co- 
bré las treinta mil liras. Después de 
lo cual subí a un tren, y... (Pausa.) 

— Y... usted no llevó las treinta 
mil liras a Lanzoni. 

— Naturalmente. 

— Oh, es un asunto muy sencillo. 
Estafa y apropiación indebida, ar- 
tículos... 

— No, vea. Usted no ha entendido 
nada. No hay ni estafa ni apropia- 
ción indebida. Hay simplemente una 
falsificación .. . 

— ¡Ah! las firmas.. . 

— Eso es. Estaban... imitadas. 

— Bueno, entonces, artículo 280, 
penitenciaría de uno a tres años... 

— Lo sé muy bien. Y es precisa- 
mente lo que no querría. Sería el pri- 
mer paso ... Y a mi edad los primeros 
pasos son siempre ridículos. 

— ¿Y qué va usted a hacer? Memé 
no consentirá ciertamente en aceptar 
como suyos los autógrafos que usted 
le ha fabricado. 

— En efecto, así también lo creo yo. 

— Aarón, por otra parte, no vaci- 
lará un momento en denunciarle. 

— No lo dudo. 

— ¿Pues entonces? No hay salida, 
querido mío. 

— Es decir: habría salida después 
de muchos meses... No, no; no me 
conviene. Hace falta el hallazgo, que- 
rido abogado. Por lo mismo he veni- 
do a verle. Estoy seguro de que si 
usted busca, algo hallará . . . Mire (sa- 



cando de la cartera cinco billetes), estas 
son cinco mil liras, que es cuanto me 
ha quedado de las treinta que me dio 
el buen Aarón. Veinticinco se me han 
ido en estos dos meses entre Monte- 
cario y Niza... Yo las deposito en 
sus manos. Sáqueme usted de este 
lío, y las cinco mil liras son suyas. 

— Pero... querido Spinetti... yo 
no sé en verdad cómo. .. Ese artículo 
280 es un artículo muy estrecho, 
muy desnudo, justamente como... 
la celda de una penitenciaría. 

— Sin embargo .. . 

— No, vamos. Es inútil. Aunque 
tomara estas cinco mil liras y se las 
llevara al duque o al excelente Aa- 
rón .. . 

— De ningún modo. Le he dicho 
que son suyas: por la molestia que 
usted se da. 

— Es que no hay molestia, cuando 
le digo... 

— Hágame caso, abogado: no me 
diga nada. Medite la cosa. Estoy se- 
guro de que algo se le ocurrirá. 

— ¡Qué quiere usted que se me 
ocurra, santo Dios! Escuche: tome 
sus cinco mil liras, vayase a Ñapóles, 
suba al primer vapor que parte para 
América, y... 

— ¡Nunca! ¡En América con cinco 
mil liras! Usted bromea. Me alcanza- 
rían para los cigarrillos. Además, el 
mar me hace daño. (Levantándose.) 
Repito: medite la cosa. ¿Qué le cues- 
ta? Volveré dentro de cinco o seis 
días. Hoy es miércoles... pasaré el 
lunes. ¿De acuerdo? 

— ¿Qué puedo decirle? Pase... 
Pero no se haga usted ilusiones ab- 
surdas. 

— Para mí sólo hay una cosa ab- 



surda, querido abogado: 
el código. 

— Es usted un rico ti- 
po. Y... ¿no quiere un 
recibo? 

— ¡No faltaba más! 
Entre caballeros. 

— Demasiado amable... 

— Deje la ironía, abo- 
gado. Ya verá que el lu- 
nes, cuando vuelva, toda- 
vía seré un caballero... 
Y quién sabe si un día de 
estos no hemos de volver 
a encontrarnos en alguna 
cuestión de honor... 



(En casa de Aarón 
Spizzichino, en la Judería. 
Suciedad, sillas rotas y 
olor de gato.) 

— Buenos días, mi 
querido Aarón. 

— ¡Oh, señor abogado! 
¡A quién vemos!.. .¡ Desde 
cuatro años! ¡Estela, oye, 
Estela! Trae una silla 
para el doctor. 

— Gracias, no se mo- 
leste, Aarón. Estoy segu- 
ro de que nos despacha- 
remos pronto. 

— Muy contento si es 
por poco... ¡Por desgra- 
cia ya no soy el Aarón de 
aquellos tiempos! Pero 
por usted, mi doctor, haré 
todo lo posible. ¿Trajo 
usted el documento? 

— No se trata de mí, 
Aarón. Vengo por aque- 
llos cuatro pagarés del 
duque Lanzoni... 

— Ah, el duque.. . Sí, 
sí. ¡Oh, qué gran señor, 
ese! ¿Y el padre cómo 
está? Después de aquel 
contratiempo del año pa- 
sado, ¿no ha tenido más 
nada? Ah, pobrecito, so- 
mos viejos, es sabido . . . 

— Querido Aarón, al 
grano: las firmas del duque Lanzoni 
son falsas. 

— ¡No!... 

— Son falsas. 

— (Agitadísimo.) No... no... no... 

— Falsas. 

— Pero si me las ha traído Garli- 
tos Spinetti... ¡Oh, qué desgracia! 
¡Pobres hijos míos!. .. ¡Estela. Estela! 

— Deje a las mujeres. Hablemos 
los hombres y veamos cómo puede 
arreglarse este asunto. 

— ¿Qué quiere usted arreglar? Es- 
toy sobre la paja, en medio de la 
calle, mi doctor... 

— Cálmese, Aarón, y razonemos. 
Las firmas, pues, eran falsas. Spinet- 
ti me ha confesado haberlas... imi- 
tado. 

— ¡Oh, lo mando a la cárcel! ¡En 
seguida! ¡En seguida!... ¡Estela, mi 
sombrero! Voy ahora mismo a la co- 
misaría. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel! 
¡En seguida! 

— Sí. a la cárcel. No hay nada 
que decir. Basta que usted lo denun- 
cie y ya lo encierran. Nadie le saca 
de encima tres años. Pero ¿y después? 

— ¿Después? 

— Después, sí. ¿Quién le devuelve 
sus treinta mil liras? 

— ¡Cuarenta mil, señor abogado! 

— Cuarenta mil, sea.Y bien, ¿quién 
se las devuelve? 

— (Sollozando.) ¡Ah, pobres hijos 
míos! ¡Pobre hija mía! 

— Cálmese, Aarón. Si he venido 
a verle es porque creo que hay modo 
de que no pierda usted un centavo. 

— ¿Y cómo?... 

— Dando al duque otras treinta 
mil liras... 

— (Saltando.) ¿Eh? ¿Cómo? ¿Está 



— i=>i_;v:s 



usted loco? ¡Después de haberme 
embrollado de este modo! 

— No es él quien le ha embrollado. 
Ha sido Spinetti. 

— Es cierto. 

— Bien, usted ha confiado en el 
duque por cuarenta mil liras; puede 
confiar igualmente por ochenta mil. 

— ¡Pero usted está loco! ¿Y quién 
me da. a mi. pobre viejo, otras cua- 
renta mil liras? 

— Treinta mil... 

— Treinta mil. sea. ¿Quién me las 
da? Duermo sobre la paja... 

— Bah. si es por eso. las encon. 
trari. Aarón. Busque entre la paja.. . 
Mientras tanto razonemos. ¿No es 
mejor para usted tener que recibir 
ochenta mil liras de Memé Lanzoni. 
que cuarenta mil de nadie? 

— ¿De nadie? 

— S. de nadie. Spinetti segura- 
mente no ha de pagarle. 

— ¡Pero yo lo mandaré a la cárcel! 

— Si. lo sé. Tres 
años de penitencia- 
ría... que le costarán 
diez mil liras cada uno. 

— Es cierto . . . 

— ...Sin los inte- 
reses. 

— Pues entonces... 
¿Quiere usted que 
arríe^ue perder otras 
cuarenta mil? 

— No. querido 
Aarón. no hay riesgo. 
El anciano duque está 
en las últimas, y muy 
pronto... Se trata. 
pues, de ganar otras 
diez mil... 

— ¿Está usted se- 
guro? 

— Como estoy se- 
guro de que cuarenta 
mil y cuarenta mil su- 
man cinco mil... 

— ¿Cómo? 

— Qu iero decir 
ochenta mil. . . Conclu- 
yamos: si le traigo 
aquí al mismo duque 
en persona para fir- 
marle por ochenta mil 
liras . . . 

— ...En blanco... 

— ... En blanco, 
¿está usted dispuesto 
a devolver los cuatro 
documentos de Spi- 
netti? 

— (Después de una 
pausa. ) Usted dice que 
el anciano no durará 
mucho, ¿no? 

— Hum. no creo. 
Esas son enfermeda- 
des que... 

— Bueno... Haga usted, doctor. 
Me pongo en sus manos. 



[En el locador de Memé Lamoni. 
quien acaba de volver de la caza al 
zorro y está mudando de ropa.) 

— Buenos días. Memé. 

— ¡Oh. querido abogado! ¿Qué no- 
vedad hay? Han de ser como dos 
años que no nos vemos. Siéntate. 
Y discúlpame de haberte hecho pasar 
aquí... 

— No faltaba más. Al contrario. 
¿Buena caza hoy? 

— Regular. Dos galopes discretos. 

— ¿Lindas amazonas? 

— Las mismas. «Simoneta», queri- 
do amigo, ¡qué portento! Todos me 
la envidian. ¡Qué estampa! 

— Como Marión. 

— Mucho mejor. Menos caprichos. 
¿La conoces? 

— No tengo ese gusto. Hace mu- 
cho que no frecuento el gran mundo. 

— Es verdad. En efecto, ya no se 
te ve. Siempre ahogado en medio a 
los códigos ... Me dicen ... (Al criado. ) 
No. Juan, los otros tirantes: esos 
iguales a las ligas. Eres un asno, que- 
rido Juan. 

— ¿Te dicen? 

— Sí. me dicen que estás haciendo 



plata. ¡Hombre feliz! ¿Quieres to- 
marme en tu estudio? 

— Buena la harías, ¡pobre Memé! 

— Es que tarde o temprano, mien- 
tras viva papá, será necesario que me 
decida a hacer algo. De otro modo, ¡ay! 

— Lo lamento, entonces... 
~ ¿Qué? 

— ...De haber venido a causarte 
otra pesadumbre. 

- ¿Tú? 

— ¡Por desgracia! 

— ¡Al diablo los abogados! ¡Pero 
caramba, ni siquiera puede uno con- 
fiar en los compañeros de escuela! 
No, oye, hoy no es el caso de venir 
a hablarme de negocios. Pasa otro 
día. querido... Figúrate, mañana es 
el cumpleaños de Marión, y no sé 
qué hacer. Asi. pues, piensa si... 

— Sin embargo, querido Memí^, 
será necesario que me escuches cinco 
minutos. Puedes imaginarte si no ha 
de serme penoso venir a causarte un 



— ¿Spinetti?... ¿Spinetti?... Aguar- 
da: me parece que una vez me habló 
de él Marión. Pero yo no lo conozco. 
¡Qué canalla! Aun quedaba quien me 
habría dado dinero, y este pillo lo 
explota, en mi nombre, ¡en su prove- 
cho! ¡Ah. pero lo mandaré a la cár- 
cel!... ¿Me parece que se puede?... 

— ¡Cómo no! Si quieres yo mismo 
me encargo de eso. 

-- ¿Si quiero? ¡Pero en seguida, 
caramba! ¡En seguida! (Se pasea pen- 
sativo.) ¡Cuarenta mil liras! ¡Nada 
menos!... ¿Estás seguro? ¡Cuarenta 
mil liras con mi firma! 

— Completamente seguro: treinta 
mil, más diez mil de intereses. 

— No importa: siempre es un ne- 
gocio buenísimo. ¿Sabes que ese tu 
Brichetti es maravilloso? 

— Spinetti. 

— Es lo mismo. Debe ser un hom- 
bre extraordinario. Te aseguro que 
yo jamás lo habría conseguido. Casi 




fastidio, un fastidio bastante grave. . . 

— ¡Diablos! 

— Ah, sí. Muy grave. 

— Bien, oigamos: ¿quién es el su- 
cio usurero que te envía? 

— Aarón. 

— ¿Aarón?... No lo conozco. 

— Sin embargo, tiene cuatro paga- 
rés tuyos. 

— ¿Cómo?... Juan, esta corbata 
es un desastre . . . 

— Excelencia, depende de las ca- 
misas. 

— Es cierto... Decías, pues, doc- 
tor... ¿cuatro pagarés? Bromeas. 

— No bromeo. Cuatro pagarés de 
diez mil liras, en blanco, firmados 
Guillermo Lanzoni de Cormüe. 

— ¡No! ¡Yo jamás he firmado nada 
al señor Aarón! Aguarda un poco... 
Que no me haya olvidado... Juan, 
¿quieres salirte de entre los pies, vie- 
jo imbécil?... Pero no, no, nunca. 
¡Nunca he firmado nada! 

— Lo sé. 

— ¿Pues entonces? ¿Qué vienes a 
contarme? 

— Que tus pagarés los ha firmado 
por ti... otro. 

— ¡Caramba! ¿Y quién es ese sin- 
vergüenza? 

— Un sinvergüenza, en efecto: 
cierto Spinetti. ¿Lo conoces? 



es un crimen mandarlo a la cárcel. 
¿Fumas? 

— Gracias. Ves. .. esto precisamen- 
te quería proponerte. ¿No se podría 
tratar de arreglar la cosa? 

— ¿Arreglar? ¿Estás loco? ¿Y qué 
es lo que quieres arreglar? ¿Quieres 
que acepte la paternidad de esas fir- 
mas para dar gusto a un picaro que 
ni siquiera conozco? 

— No digo eso: no para dar gusto 
a él. ¿Pero si pudieras hallar el modo 
de dártelo también a ti? 

— No te entiendo. 

' - Quiero decir: si por ejemplo, el 
óptimo Aarón te facilitara otros trein- 
ta billetes de mil, ¿no le firmarías, 
retirando los documentos de Spinet- 
ti, ocho pagarés tuyos, auténticos, de 
diez mil liras? 

— Hablas en broma, espero. ¡Lin- 
do negocio me vienes a proponer! 
¡Ochenta mil liras por treinta mil! 
Muchas gracias, querido. 

— Oye, tú las pones en la testa- 
mentaría, y . . . 

— ¡Pero estás loco! ¡loco de atar! 
Ya de sobra me han ahorcado. Bas- 
ta ya. 

— Entonces, no se hable más. 
Pensemos más bien en mandar a la 
cárcel a ese canalla de Spinetti. 

. — ¡En seguida, en seguida! Como 



a ese otro canalla del camisero, que. . . 
¡uf! En seguida. A la cárcel. 

— Sí, en seguida, querido mío. No 
se necesita mucho trabajo. 

— ¡Pero qué bandido! Pensar cuan- 
to debe sudar una persona decente 
para procurarse dinero ... Y uno debe 
ver a cualquier Marchetti... 

— Spinetti. 

— Sí, es lo mismo... ¿Qué hay, 
Juan? 

— Esta carta. Excelencia... 

- Ah. es Marión... Pobre chica, 
me espera mañana al mediodía. Es 
su fiesta. ¡Pero!... ¡Va mal. querido 
abogado, va mal! Pobrecita, deberé 
hacerme el desmemoriado. Y me 
duele... No se lo merece... Es tan 
buena... (Pausa.) Di... 

¿Qué? 

¿Crees de veras que tu Samuel? 

— Aarón. 

— . . .Que tu Aarón esté dispuesto... 

— ¿A qué? 

— A darme ... a 
hacerme... Juan, haz- 
me el favor de irte un 
momento a! infierno: 
te llamaré. 

— ¿A darte las 
treinta mil liras? Es- 
toy seguro. Tú com- 
prendes que antes que 
perder las otras.. . 

— Pero sería una 
vergonzosa usura. 

-- Una innoble usu- 
ra, lo sé. Pero, tú dirás. 

— Porque, ves. . . 
(Se pasea.) 

— Por lo demás, re- 
pito, en la testamen- 
taría.. . 

— Eso es cierto.. . 

— ¿Cómo está 
papá? 

— Y.. . muy bien. 
Nunca ha estado tan 
bien. 

— Tú dirás, te re- 
pito. 

— Y.. . dime tam- 
bién: ¿cuándo podría 
hablarse con ese tu 
Isaac? Es que acaso 
podríamos ver... 

- Ahora mismo, si 
quieres. A esta hora 
está en casa. 

— ¡Oh! (Pausa.) 
¡Juan! ¡Juan!... ¿Dón- 
de se ha metido ese 
imbécil? 

— Ordene, Exce- 
lencia. 

— El sobretodo, el 
sombrero. Rápido, 
marmota. 

{En el estudio del abogado S perón i.) 
'— Querido abogado. 

— Oh, querido Spinetti. 
--¿Y? 

— Aquí tiene usted los pagarés. 
¿Reconoce sus firmas?... Quiero de- 
cir... ¿las del duque? 

— Las mismas. Gracias, doctor. 

— De nada. Gracias a usted. Pero, 
cuidado con no volver a caer. Son 
negocios peligrosos. 

— ¡Bah! En el fondo, ha sido un 
excelente negocio para todos. 

— No sé si para Aarón. 

— En efecto... Dicen que el an- 
ciano duque quiere dejar todo su pa- 
trimonio a la «Obra católica de las 
regeneradas»... Podrá servirle a Ma- 
rión en la vejez... Para nosotros 
tres, en tanto, ha ido muy bien: us- 
ted cinco mil liras, el duque treinta 
mil, yo treinta mi! .. . 

— Veinticinco, me dijo usted. 

— ¡No, caramba! ¡No iba a perder 
las otras cinco! Me las he hecho de- 
volver. 

— ¿Devolver? ¿Y por quién? 

— Por Marión. 

— ¡Ah!... Vean... 

— Sí, pobrecita. Es tan buena... 

GUELFO ClVlNlNl. 
TRADUCCIÓN DE ROBERTO F. GlUSTl. 




Fué a reclamar una camisa y perdió un año 
de bachillerato. Aun no han parecido la prenda 
ni las lecciones extraviadas; pero, en cambio, to- 
davía duran las memorias de aquel amor juvenil. 
Fué a buscar una camisa tan invisible como la 
del hombre feliz y encontró emociones. 

En un rincón del taller, el hornillo, al rojo es- 
carlata, calentaba las planchas y el ambiente 
veraniego. Pastoso olor de azufre y de lienzos 
húmedos, risas femeniles y un vaho de aroma ba- 
rato, la canción del día y la labor de siempre: 
todo lo que puede encerrar un pequeño taller. 

El había entrevisto y hasta contemplado mu- 
chas planchadoras desde la calle, a través de los 
vidrios y de las cortinas. Así, desde lejos, pare- 
cían enfermeras atareadas, blanquísimas y lindas 
enfermeras trabajando en fricciones y masajes; 
mas nunca pudo penetrar en un taller de plancha. 
Esta excursión a regiones desconocidas era un 
deseo de su alma tenoriesoamente platónica. Ale- 
grándose, pues, del pretexto, llegó aquel sábado 
para reclamar la urgente camisa del domingo. 

Era pobre y encontrábase sujeto, como tantos, 
a la imperiosa tiranía del bien vestir. El almidón 
brillante debía emblanquecer su librea de estu- 
diante, y las tres camisas de su ajuar iban y venían 
por riguroso turno. Era joven y hallábase prendi- 
do en las redes del buen amor. La tersura de sus 
cuellos jugaba importante papel en la eficacia de 
sus pretensiones. Aquel día. al volver de clase, 
no encontró sobre una silla la camisa de guardia 
junto a los cuellos pulidos y candidos. 

Cuando llegó al taller, detúvose en la puerta 
bastante aturdido. Es muy difícil penetrar de 
repente en una atmósfera a la que no estamos 
habituados, y más si cuatro pares de negros ojos 
nos miran con burlona curiosidad. Hizo su recla- 
mación tartamudeando un poco, una reclamación 
^^ llena de disculpas, cortés, suplicante. 
^^m — Carmen: la camisa del señor — dijo Meroe- 
^^B des. — ¿El número 25, señor? — agregó dirigien- 
^H^ do al reclamante una mirada negra y hermosa. 
^H Y las cuatro muchachas se dedicaron a buscar 
^Hj la camisa del estudiante. Parecían cuatro palomas 
^H^ de cabecita negra revoloteando y corriendo sobre 
^^B un tendedero de ropas, en una siesta estival. 
^^H — Tome asiento, señor — repitió Mercedes. 

I " ^ ' 




áeT^PiancñadoKic/ 



los ojos llenos de admiración, el reclamante se- 
guía la maniobra. Fué recobrando la serenidad 
y el seguro uso de su galante palabra. 

— Quiera Dios que no parezca. 

— ¿Por qué, caballero? — preguntó Mercedes. 

— Porque quiero ser feliz. 

Las niñas no le comprendieron, adivinando, sin 
embargo, que aquella frase encerraba un piropo. 

— ¿Ustedes no saben el cuento de la camisa 
del hombre feliz? — preguntó nuevamente el joven. 

No conocían el conocido cuento y dejaron la 
busca para escucharlo. 

— Pero usted tiene dos camisas todavía — in- 
sinuó Mercedes. 

— Piérdanlas en seguida, señoritas; me hace mu- 
cha falta. 

Una cuádruple risotada resonó en el taller. Lue- 
go hablaron y rieron los cinco, mientras Mercedes 
y el reclamante se miraban con sed de felicidad. 



Aquella misma noche relució sobre la silla la 
camisa número tres, lavada y planchada en una 
hora por las ágiles manos de Mercedes. 

La llevó y la trajo Manuelita. y, gracias a Ma- 
nuelita, pudo enterarse el reclamante que Merce- 
des no tenia novio, que habitaba junto al taller 
y que no salía los domingos. 

Y sobre aquella coraza, sobre aquel brillante 
esternón vio la doble llamarada negra de dos ojos 
intensos. Y al día siguiente, desafiando los rigores 
del sol, fué a la calle de Mercedes para agradecer 
el trabajo extraordinario. 

Todas las mañanas de aquel curso escolar, el 
joven iba, con los libros bajo el brazo, y en el 
caluroso taller se saturaba de amor y de tufo de 
carbón. Mercedes era hermosa y distinguida como 
una reinecita; sabía querer como quieren los hu- 
mildes: amor, agradecimiento, esperanza y celos. 

Poco a poco conquistó el derecho a una silla 



del taller. Desde allí oía la charla y los cantos 
de las lindas obreras, tomaba parte en las bromas 
perdiendo gozosamente un año de enseñanza. 

En cambio, su espíritu siempre ingenuo y mozo, 
aprendió mucho en aquella aula de la vida. Mer- 
cedes se le aparecía como el símbolo amado de 
toda una clase. También ella rudamente traba- 
jaba por lo peor que se puede trabajar: por la 
vanidad m.^sculina. Todos los trozos de la arma- 
dura que el hombre viste para defender su cora- 
zón y su existencia adquirían bajo la sorprendente 
fuerza de aquellas lindas manos temple y brillo. 

Y las reflexiones del enamorado se llenaban de 
amor a los humildes, a los que se alimentan con 
migajas y caridades del lujo. Allí tomó su espí- 
ritu ese baño de benevolencia y justicia que vigo- 
riza sus rebeldías y atenúa su aristocraticismo. 

Desde el primer momento, comprendió el joven 
que aquel idilio iba a fracasar. La familia nunca 
autorizaría la legalización de tales amores por muy 
honestos que fuesen. Procuraba él olvidar ese 
inevitable y presentido fin, distrayéndose con las 
delicias de su cariño. 

¡Flojo amor de esclavos, más flojo que el mundo: 
te reproduces, te sumas y sobrevives a la muerte, 
siendo cobarde en la vida; gastas tu poderío, alma 
del mundo, en juramentos mentidos; enervas tu 
juventud, tus vigores, flojo amor de niños es- 
clavos! ¡A la hora de los inútiles recuerdos, con- 
viertes en sensiblería el sentimentalismo indescrip- 
tible de tus horas buenas! 



Casi todas las noches salían del brazo, a pasear 
lentamente por la plaza, como esposos flamantes, 
como padres nuevos. Y eran felices así, al jugar 
a los cónyuges, al representar sus papeles en la 
comedia mundana, sabiendo que nunca lograrían 
el mutuo propósito. 

Bajo los árboles de la plaza murió aquel idilio 
de quinto año de bachiller; murió todo lo más 
honradamente posible, como los amores ingenuos, 
en una disputa casi matrimonial. 

Fué a reclamar una camisa y perdió el curso. 
En cambio, todavía duran las memorias de aque- 
llos amores imposibles, de planchadorcita y estu- 
diante. 

Eduardo del Saz. 



— I3»l^-N^'4= 'V.L^T^IS^'X— 



c 



:b 




B^K_0 M .^ N í ^^ 



El Wroe de este apunte ha apaLrecido en el caté 
con la marcialidad de un redoble. El hombre ha 
entrado bello, imperioso, mag^nlfico. luciendo una 
cabellera remolinada como la de Antinoo. y un 
perfil apolíneo, y hasta un amplio cuello abierto 
a lo Byron. Y ha sido — vean ustedes hasta donde 
llefa la impertinencia del mundo — que en la se- 
dante obscuridad del 
recinto han comentado 
a volar los cínifes de 
la ironía. El que no 
ha levantado las cejas, 
ha vuelto la cabeza, 
dislocándose el cuello, 
o ha insinuado, ¡ay!. 
una risa lesiva. En to- 
dos los rostros se ha 
hecho visible un esta- 
do mental negativo. 
Arlequín no hubiera 
hecho más con su ex- 
traño indumento. Hasta 
el mozo — un hombre 
recio, discretísimo y 
manso — ha querido 
distinguir al intruso 
mirándole en el cristal 
de un espejo en que to- 
do aparece anegado en 
la falsedad de una agua 
azulenca. 

Digo que el hombre 
heroico, pues héroe hay 
que ser para hacer de 
actor en esta picara 
farsa, ha aparecido en 
el café con todo el 
aparato del mundo. El 
muy candido ha entra- 
do luciendo un ancho 
sombrero norteameri- 
cano, una linda guerre- 
ra, unos «briches» ¡a 
mar de hípicos, unas 
botas flexibles y unas 
resonantes espuelas. A 
decir verdad, nadie 
puede decir si ese hom- 
bre es un estanciero 
rumboso o una evoca- 
ción de los guerreros 
del gran Douglas Haig. 
Su figura es una figu- 
ra ambigua. Lo mismo 
puede ser la de un do- 
mador de leones, que 
la de un mozo «bien*, 
enamorado de las apa- 
riencias bizarras. Que 
no es militar, dícelo su 
traje horro de distinti- 
vos: que no es estan- 
ciero, proclámalo su re- 
lamida apariencia. ¿Qué 
será. pues, esc hombre 
heroico, llamativo, bi- 
zarro, que rinde culto a 
la lampiñomania de úl- 
tima hora, viste ese 
traje extraordinario y 
acentúa la nota lucien- 
do en plena ciudad la 
inutilidad de una fusta? 

Si el lector no lo di- 
ce, voy a decir yo que 
ese hombre es un biza- 
rrómano ingenuo y que 



de ningún modo hay que co.ifu.Tdirlo con los asis- 
tidos por la gracia de la elegancia. Elegancia y 
bizarría son dos «cosas» distintas. Brummell no 
se atrevería a suscitar asi la burla plebeya. Los 
trajes de un Brummell son idénticos a los de su 
ayuda de cámara, sencillamente porque el dandy 
tiene la seguridad de no ser confundido jamás. 




^■V^ 



El elegants es el verdadero prodigioso de la me- 
dida y del tono. Da él son la sencillez, la natura- 
lidad, la parquedad, el visible desdén por las 
notas chocantes. ¿Cómo creer, pues, que el héroe 
de este apunte es algo más que un mozo ingenuo 
que desconoce el valor de las medias tintas?... 
Ese hombre... Hay que decir que ese hom- 
bre no es más que un 
bizarrómano y que su 
amena manía es necesa- 
ria, como el movimiento 
y el brillo, para la ar- 
monía de este mundo. 
El mundo es un poco 
triste y, de seguro, lo 
sería más si no pudiera 
sonreírse de esa rara fi- 
gura. Si no existiera ese 
hombre, tendríamos que 
inventarlo para no la- 
mentar la ausencia de 
un gran elemento deco- 
rativo. Porque el biza- 
rrómano es algo así 
como el escaparate de 
una joyería o la venus- 
tidad de una fémina. Sin 
él habría menos anima- 
ción en la calle y nunca 
más veríamos el pena- 
cho del viejo Don Juan, 
aquel que repetía ma- 
drigales ajenos ofre- 
ciendo un porvenir 
sentimental a todas las 
damas. 

El bizarrómano no 
seduce más que a los 
corazones sencillos. La 
gran dama ni para la 
atención en esa amena 
figura lampiña. Y es que 
el seductor de estos días 
es un hombre grave y 
experto, que luce en las 
sienes el albor de unas 
canas, y que. por haber 
vivido intensamente, 
sabe decir conmovedo- 
ras mentiras. Don Juan 
ha pensado mucho en 
estos últimos tiempos y 
sabe que en el gran mun- 
do no llama la atención 
su deslucido penacho. 
Pero hagamos por no 
acentuar la sonrisa y 
por ver en la figurilla 
de este apunte, ya que 
ello es necesario para 
nuestraeducación senti- 
mental, a un buen ami- 
go débil de espíritu. Es3 
hombre pueril a quien 
todos han visto, se aliña 
para todos nosotros, y 
sólo se cura de la impre- 
sión que produce en el 
espíritu de los especta- 
dores. Por él podemos 
sonreír buenamente, , , 
Tolerémosle mientras 
viva y no digamos que 
el mundo sería mejor sin 
su bizarra figura. 

Manuel Aznar. 

CARBÓN DE ALONSO. 



"1:2 >2v- 




Muéstrame ese camino que tu planta hollara; 
«se largo camino donde tu irradiación pobló de 
nuevas luces la obscuridad, donde al hechizo de 
ítu voz brotó intangida música en el silencio. 
Allí donde la vida germina en el seno de la muerte, 
donde la nada encierra a todo el universo. 

Muéstrame el camino y deja que tu amor me 
guíe. Tu amor siempre clemente y lleno de mi- 
:sericordia. Porque tú no puedes dejar de amar 
ra quien tanto te quiere; y mi amor es un pobre 
-reflejo del que tú me profesas. 

Por eso te busco, porque tú me buscas. Y mar- 
.cho confiado tras las huellas que tú dejaras en 
«1 camino, sabedor de que tarde o temprano lo 
recorrería este humilde esclavo. 



En el primer día de la existencia, sembraste 
-en mí el grano fértil de tu cosecha. 

La reja de tu arado abrió despiadadamente 
un surco profundo en mi ser, y a ese surco se 
•abalanzaron codiciosas las aves del cielo. 

Removieron con sus garras la húmeda arcilla 
y extrajeron lo único que allí existía: larvas e 
(insectos. 

Y se alimentaron las aves, y el grano fértil 



germinó en fruto, y aprendí entonces, que todos 
tus actos, aun los más crueles, llenos están de 
bondades y de dulzuras, amor mío. 



«Tú sabes lo que hay en el fondo 
de mi alma, y yo ignoro lo que 
hay en el fondo de la tuya. (Corán, 
sura V, vers. 116.) 



Me dijeron que para encontrarte era menester 
hallar tu alma; y fui en su busca, por el áspero 
sendero del amor divino. 

Pero esa alma se ocultaba en tu cuerpo, y tu 
cuerpo estaba oculto en el alma; fruta inefable 
que contiene la semilla donde se oculta la fruta 
misma. 

Y retorné ."^in verte; porque no pude llegar a 
Ti; que te ocultas dentro de lo que está oculto; 
que eres alma de tu alma. 



Tú fuiste el Primero y Único que me dio la 
bienvenida, cuando llegué a este mundo. 

Me esperabas en el jubiloso rayo de sol que hirió 
mis ojos al despertar; me besaste en la frente con 
la brisa primaveral; el rocío de tus cielos hume- 
deció mis labios y el perfume de tus flores se ciñó a 
mi cuerpo, como una túnica en cuyos pliegues se 
ocultara el hálito de tu inextinguible esencia. 

Y tú serás el Primero y Único en darme el 
postrer adiós, cuando mi alma emprenda el viaje 
sin fin, a través de ese suspiro inmenso que di- 
vide este mundo del más allá. 

Alma infiel, alma desobediente, alma cobarde 
ésta que tú me diste, Señor. 

Que se esmera en ser pura y se mancilla, que 
quiere ser temerosa y es cobarde; y que ha des- 
cubierto, que todos los regocijos y placeres que 
tú le prometes en la futura vida, serán en pro- 
porción, no de tu generosidad, que es inmensa 
e inacabable, sino de los triunfos que esta alma 
miserable e indefensa, obtenga en sus combates 
contra la concupiscencia y el Samsara. 

Y el Samsara es pérfido y engañoso, porque 
es ilusión y falsedad. No está arriba ni abajo, no 
fué, ni será. Duerme desde el comienzo del mundo 
dentro de nosotros mismos, y basta para desper- 
tarle el más leve soplo de nuestros pecados. 




PÁGINAS HUMORÍSTICAS 



LA ALEGRÍA DEL DOMINGO 



GOUACHE DE HUERCO. 



—v=rLS'^^@ 



>>2S.— 



■^nfe>_,-_.- . „-^_^ 




SEÑORA CARMEN CHRISTOPHERSEN 
ALVEAR DE DODERO. 










* Cuando un matrimonio es 
feliz, ¿qué palabras podríamos 
hallar que fueran dignas de ex- 
presar esa dicha? Puesto que 
aquellos a quienes unió ta! fe- 
licidad, no se separarán ni en 
las amai^uras. ni en la adver- , 
sidad, ni en la alegría. No ten- 
drán secretos el uno para el 
otro, ni podrá alcanzarles el 
hastio. » 

Tertuliano. 

¡Ama, si has de vivir! La vida sin amor 
es sacrilegio... Así asegura el poeta que 
hablaron las hadas tutelares; cuenta tam- 
bién como despertaron las horas, y de nuevo 
preludiaron cantos de vida; que gracias y 
risas pueblan los aires, mientras las niveas. 
ideales figuras de nuevas desposadas, aman 
para vivir, aman intensamente, al empren- 
der e: sendero elegido. . . 

Carmen Chrístophersen Alvear, Mercedes 
Peña Unzué, María Luisa Rodríguez Quin- 
tana, Jovita García Mansilla, abriendo las 
alas del alma, inician su nueva vida, y no 
puede haber para ellas mejor augurio que 
las palabras del eminente padre de la Igle- 
sia latina. Han despertado las horas nueva- 
mente, preludiando una vez más cantos de 
vida... Las veo cruzar, nimbadas por su 
ensueño, seguidas por la estela de los hondos 
afectos que supieron inspirar, iluminado el 
rostro por esa divina sonrisa que parece 
escuchar como vibran, dentro del corazón, 
todas las melodías... El recuerdo de esa 
hora, evocará siempre para ellas una gloria 




SEÑORITA JOVITA GARCÍA MANSI 



de luz, un rumor de alas, un palpitar de es- 
trofas murmuradas en voz baja, lágrimas 
que brotan y se deslizan serenamente, tal 
fué la intensidad de su emoción. . . 

Nunca debió soñar el poeta evocación tan 
acabada de todo el encanto y la sentimental 
poesía que pueda encerrarse en una sola 
palabra: la desposada... El grupo de gen- 
tiles y aristocráticas figuras que inician su 
nueva vida, en esta época del año recibió 
de las hadas tutelares todos los dones, y esas 
frágiles delicadas manos encierran a su vez 
toda la esperanza, toda la luz que ha de 
sonreír en ese nuevo hogar, donde las horas 
preludiarán día tras día nuevos cánticos de 
vida. . . 

Es bella, delicadamente linda; con toda la 
serenidad de una Madonna, se destaca la 
figura de Carmen Chrístophersen Alvear, 
como una de las más interesantes de su ge- 
neración; en sus ojos claros, se revela el es- 
píritu firme, la clara inteligencia de las ru- 
bias apariciones de la región escandinava; 
en su porte señoril, toda la tradición patri- 
cia de su histórico abolengo. . . y en ella ar- 
monizaron las firmes convicciones de la mu- 
jer fuerte del norte, con la suavidad y atrac- 
tivo de la criolla, que no olvida que la casa 
solariega de la rama materna fué levantada 
en hidalga tierra, en el principado de As- 
turias, puesto que desciende la novia gentil 
de aquel Brigadier General de la Armada 
Española, que fué don Diego de Alvear y 
Ponce de León, casado en el Río de la Plata 
con doña Josefa Balbastro, y cuyo hijo, fun- 
dador de la rama establecida en- América, 
fué el ilustre general 
don Canos de Alvear. 

Mercedes Peña Unzué. 
encarna la delicada be- 
lleza criolla, con su mi- 
rada profunda y soña- 
dora. . . A ella no le bas- 
tó abrir sólo las alas del 
alma, para vivir intensa- 
mente ... ha sabido tam- 
bién cultivar su espíritu 
con todas las galasxdel 
saber, reservando largas 
horas para el estudio, en 
medio de la brillantísima 
actuación mundana que 
corresponde a su elevado 
rango, a su fabulosa for- 
tuna, y que fascina tan 
poderosamente a las ju- 
veniles figuras que po- 
seen todas las ventajas 
de la vida; pero es que 
las hadas tutelares no 
olvidaron entre sus do- 
nes la serenidad y la 
discreción . . . 

María Luisa Rodrí- 
guez Quintana, — Be- 
bita — como aprendie- 
ron a nombrarla cariño- 



samente todos los amigos y amigas que ella 
conquistara con su encantadora sencillez, con 
su sonrisa intensamente luminosa... Reúne 
su delicada figura todos los prestigios, pues- 
to que las representantes femeninas de las 
familias de Rodríguez Larreta y de Quin- 
tana brillaron siempre en los más altos 
círculos porteños, como en los europeos, por 
su clara inteligencia, su armoniosa belleza, 
su distinción exquisita... Vinculadas por 
lazos de parentesco con la gentil desposada 
porteña, la de los claros ojos que sonríen 
bajo el dosel de su obscura cabellera, la 
vida del eminente hombre de estado don 
Manuel Quintana, son destacadas figuras en 
la corte madrileña, la Condesa de Xiquena, 
la Duquesa de Bivona, la Marquesa de la 
Mina, descendientes todas del general espa- 
ñol Marqués de La Habana; y a través de 
esa rama de los Concha, se unen dos familias 
de prohombres argentinos: los descendientes 
del Brigadier General José Ignacio de la 
Quintana y Riglos, con los de don Bernardo 
de Irigoyen. No consta, sin embargo, en la 
heráldica de tan ilustres familias, que la 
encantadora desposada, la que supo inspi- 
rar -- cuando preludiaron las horas — nue- 
vos cantos de vida, que corre por sus venas 
la sangre de dos tiranos, cuyos nombres lle- 
naron las crónicas americanas: López y Ori- 
be... ella ha realizado el milagro, puesto 
que llegó a fundirse la tradición del mirar 
dominante y fiero de aquellos hombres, en 
la clara mirada que sonríe bajo el dosel de 
la sombría cabellera... 

De noble abolengo hispano, desciende la 
bellísima Jovita García 
Mansilla, cuyos antepa- 
sados levantaron en los 
montes de Santander la 
vieja casa solariega; he- 
reda la desposada de 
ayer la arrogante her- 
mosura, el encanto irre- 
sistible de las figuras 
femeninas de su raza, 
porque si bien nuestra 
historia consigna que 
hubo un tirano en su 
ascendencia, nos enseña 
sin embargo, a amar 
admirándolas, a las lu 
miñosas rosas que flore 
cieron a su lado. . . Fué 
su bisabuela la ilustre 
dama Agustina de Ro- 
zas de Mansilla, cuya 
ideal belleza pudo com- 
petir con su inteligencia 
excepcional, su cultura, 
y la exquisita sensibili- 
dad de su corazón. . . y 
si en la vida de aquellas 
ilustres figuras que tu- 
vieron tan preponderan- 
te y bienhechora actua- 
ción en la jornada más 



trágica de nuestra historia, pudieron entre- 
tejerse muchas hebras de doradas ilusiones, 
de románticos idilios, de intensas amargu- 
ras, no faltará quien descubra en el destino 
de la grácil y elegante figura de hoy el hílillo 
de oro que supo anudar el más moderno de 
los idilios sentimentales... 

Así fué como el distinguido compatriota 
que era ya casi un forastero en su tierra, 
pudo sólo percibir por un reflejo la bella y 
delicada imagen femenina que realizaba todo 
su ensueño, sin alcanzar la gracia de escu- 
char su voz. . . Desde aquella noche en que 
asistiera a un festival de caridad en el que 
se exhibía el artístico film donde encarnara 
la seductora criolla a la heroína del romance, 
no pudo olvidarla más... Pasaron largos 
meses, y el forastero volvió, porque ha de 
ser intensamente poderosa la atracción del 
espíritu de nuestra raza, cuando vemos como 
los herederos de familias argentinas trans- 
plantadas desde largos años en ambiente 
europeo, vuelven al viejo solar de sus ante- 
pasados, para elegir la compañera de su 
vida! Y aquellos <- a quienes unió tal feli- 
cidad, no se separarán ni en las amarguras 
ni en la felicidad, ni en la adversidad ni en 
la alegría. . . » 

¡Asi sea! Y que las horas que transcurran 
en la existencia de estos hogares fundados 
con todos los prestigios del encanto femeni- 
no, de la caballerosidad e hidalguía de los 
que supieron merecer el anhelado don de 
tanta gracia y hermosura, preludien sólo 
cánticos de vida y esperanza!. . . 

La Dama Duende. 




SEÑORITA MARÍA LUISA RODRÍGUEZ QUINTANA 



!>X — 




E5CLELA GLATUITAdeiBUEN CON5EJO 



SSÍtOltA HAICA tMMA 
OIBSX DC TBIMTA. 



OS Uk ASOCIACIÓN MIIAS OB HAKÍA (SEAO- 
*A9) OB LA SAMTA DMIÓN DB LOS 
SAOBADOS COBAXOWBS. 

•El hbnder qoe lu rolando la turra, abier- 
to «1 tono T plütado la nrailla. siente im con- 
swto nstaorador al contemplar las mieses do- 
radas qua cabraa los campos de sus fatigas. 
Dios ka bs n dseido ana vez mis vuestras apos- 
t^ttess taiMi. dspartedoos la satisfacción in- 
■ miii de verla* fructificar. La fundación de 
lis HQas de Maifa de U Santa Unión de los 
S atia da » Corasoae». fué la simiente puesta por 
T u e sua mano en el surco abierto en el campo 
de la piedad femenina de Buenos Aires. En 
vaintidbco alto*, el irbol se ha desarrollado 
• atraoidi oariamente, denunciando el vigor de 
ia simiente; la fecundidad del suelo y la solici- 
tud del cuidado. Hor es ya la encina corpu- 
Isnta de raicOT tan hondas que ha podido le- 
vastana hasta el ciekt y extender la. frondo- 
sidad de so ramaje hasta proyectar su benéfica 
aonbra sotx» estos parajes colindantes con 
« M S SIia inrfsdiocióo. en donde innumerables 
a*«t abandonadas hasta hoy a las inclemencias 
d* la intemperie ensontrarin en adelante re- 
biC'rio r abrifo. Sos cantares repetirán vues- 
tro noobre.» 

<^r«riMiile M éiícane pratunciaio por Mon- 
seéor D^ Aniña tn d acto de ¡a ¡Kauguracióit.) 

Las palabras que anteceden son el mejor 
elogio a las d:stingu:das y altruistas dantas 
que realizan una obra cuyos resultados lle- 
nan de viva satislacción a todos los cora- 
zones bien generosos. • La verdad que ilu- 



mina la inteligencia y fortifica el corazón, 
es la verdad completa; el hombre no es sólo 
inteligencia, es ademis voluntad. No le bas- 
ta, por lo tanto, conocer el deber, necesita, 
ademis. cobrar energías, indispensables para 
poderlo cumplir: luz y fuerza, he ahi los dos 
elementos indispensables a la verdadera edu- 
cación. » 

Prevenir los males, es mejor y más cris- 
tiano que remediarlos: de ahi que la obra 
que llevan a cabo las Hijas de María de los 
Sagrados Corazones tiende sus miras hacia 
horizontes lejanos, pero no imposibles de al- 
canzar. Preparar a las mujeres en la lucha por 
la vida, • dándoles sana moral para ser bue- 
nas madres, y capaces compañeras del hom- 
bre >, es realizar una obra de altruismo que 
redunda en provecho colectivo. Llevar luz 
a los espíritus y guiar el esfuerzo en la lu- 
cha por la existencia, es una caridad más 
bien entendida que dar de comer al ham- 
briento. 

La Escuela Gra- 
tuita de Nuestra Se- 
ñora del Buen Con- 
sejo se levanta am- 
plia y cómoda en un 
terreno, en Barra- 
cas, donado por la 
señorita Laura Pe- 
reyra Iraola. 
■ No habiéndose 
distraído cantidad 
ninguna en ornamen- 
tación, es su estila 
sobrio y sencillo: 
pero tiene grandes 
salas llenas de luz y 
de aire, amplios co- 
rredores que circun- 
dan los pabellones y 
que permiirn a las 
niñas sus expansio- 
nes y juegos, aun 
en los días de lluvia. 

Los planos fueron 
ofrecidos, gratuita- 
mente, por el inge- 
niero don Alejandro 
Christophersen. que 
con su reconocida 
competencia, en un 




terreno de 90 varas por .SO, ha hallado el 
medio de asilar a SOO niñas, con todas las 
comodidades que requieren estos estable- 
cimientos, siendo un modelo entre los de 
su género. Su costo fué de $ 450.000. de 
los que tan sólo se adeudan hoy $ 110.000. 
Durante la presidencia de la señora María 
Emma Creen de Vedoya. en 1912. ocupan- 
do el cargo de secretaria la señora Isolina 
Landívar de Zorraquín, se inició la recolec. 
ción de fondos. 

El año 1914. tocó la presidencia a la seño- 
ra Virginia Aliaga de Blaquier. continuando 
en la secretaría la señora Isolina Landívar 
de Zorraquín. y a raíz de haber votado el 
Honorable Congreso la suma de .$ 20.000, a 
favor de la obra, dio comienzo la edificación 
de esa escuela. 

En el periodo que correspondía al ejercicio 
de los años 1916 a 1918, fueron reelectas 
en sus cargos la señora de Blaquier y la 
señora de Zorra- 
quín, cabiéndole a 
esta Comisión Di- 
rectiva el honor de 
inaugurar la Escue- 
la, el año de 1917. 
La comisión ac- 
tual, cuya presiden- 
cia ocupa la señora 
Isolina Landívar de 
Zorraquín, infatiga- 
ble trabajadora que 
ha puesto al servi- 
cio de la obra todo 
su talento y activi- 
dad, está formada 
por un grupo presti- 
gioso de jóvenes se- 
ñoras, alumnas ayer 
de las abnegadas 
Hermanas del Buen 
Consejo, que supie- 
ron inspirar a esas 
privilegiadas de la 
fortuna el anhelo de 
un mejoramiento so- 
cial; y las mismas 
que guiaron no hace 
muchos años el es- 
píritu de las que 
velan hoy por las 




SEÑORA VIRGINIA 
ALZAGA DE BLAQUIER. 



niñas sin amparo, por los hijos de los po- 
bres, han sido llamadas para enseñar en 
ese hogar a las que no sabían ni siquiera 
balbucear una plegaria... 

Acompañan a la señora de Zorraquín, en 
el presente ejercicio, las siguientes señoras: 
Vicepresidenta l.«, Magdalena C. de Bull- 
rich; vicepresidenta 2.», Virginia A. de Bla- 
quier; secretaria, María Rosa Lezica Alvear 
de Pirovano; prosecretaria, Adela L. de La- 
valle Cobo; tesorera, Sara S. de Frederking; 
protesorera. María C. S. de Demaria; voca- 
les: Sara B. de Zorraquín, María Eugenia 
Q. de Uriburu, María E. G. de Vedoya, Er- 
cilia C. H. de Anchorena, Celia G. de Gallo, 
Elvira S. de Lezica Alvear. Guillermina B. 
de Moreno. Lorenza Z. de Ramos Mejia, 
Teodolina Lezica A. de Uriburu María E. 
A. de Ibarguren. 

Ellas han conseguido de Amado Ñervo 
una conferencia que versará sobre «La evo- 
lución social de la mujer»; y la palabra del 
mago, del poeta de los corazones, del soña- 
dor, del filósofo, cuyos ecos se vuelven senti- 
mientos, que cautivan el espíritu, templán- 
dolo al fuego de un sentir desconocido, que 
lo conmueve intensamente, hallará la expre- 
sión que convenza, y el corazón y la voluntad 
de todos y de cada uno, prestarán su ayuda 
para ver terminada la piadosa y benemé- 
rita obra de estas distinguidas y altruistas 
damas. 




H E R. O I N y^. wT 
/N C T U y^. L 1 D 



E 

D 



Lj\UY har.ley~ 

Lady Harley, hermana del maris- 
cal French, diriifia un servicio de 
ambulancia-automóvil, en el ejército 
serbio. Durante un bombardeo de la 
dudad abierta Monastir, por los hul- 
earos. Lady Harley. quien, junto 
con su hija, distribuía socorros a la 
pobUdón necesitada de la villa 
(pues des<ie el prindpio había insti- 
tuido una sopa popular pa.'-a los po- 
bres y los huérfanos), fué grave- 
mente herida en la cabeza, por un 
obús que explotó al lado del auto- 
móvil en que se hallaba. 

Se hizo todo lo humanamente po- 
sible para salvar la vida de esa noble 
hijadel gran ptieblo inglés, que cayó 
victima de la barbarie búlgara, en 
el eierdcio de su altruista deber de 
caridad, deber que llevaba a cabo 
con una suprema abnegación y el 
más puro amor cristiano. 

Inmediatamente que el gobierno 
serbio supo la muerte heroica de 
Lady Harley, envió sus condolendas. 
por telégrafo, al mariscal French, asi 
como a Miss Harley. 

Miss Harley declaró a los repre- 
sentantes del príndpe Alejandro, 
que fueron a presentar sus homena- 
jes, en nombre del prindpe herede- 
ro, a los despojos mortales de Lidy 
Harley, que ella se quedaría en Mo- 
nastir para continuar ia obra empe- 
zada por su madre. 



.y\MOFL: 




Cuando el amor está obrando 
Lo que tiene obligación. 
Si flaquea. si se cansa. 
Si desmaya, no es amor. 
Cuando el amor está orando 
Con amorosa atención. 
Si decae, si se entibia. 
Si se inquieta, no es amor. 
Cuando en sequedad padece 
Tormenta de una opresión. 
Si no sufre, si no es firme, 
Si se queja, no es amor. 
Cuando el amante se ausenta 

Y le deja en aflicción. 

Si se acobarda y se turba. 

Si se abate, no es amor. 

Cuando la piedad divina 

Dilata la petición. 

Si no cree, si no espera. 

Si no aguarda, no es amor. 

Cuando tiene de sí mismo 

El amor satisfacción 

De que ama, de que adora. 

De que sirve, no es amor. 

Cuando en la adversa fortuna 

Y en toda tribulación, 

No es humilde, no es alegre, 
No es afable, no es amor. 

¿QUE ES AMOR? 

Y pues nada de lo dicho 
Se llama amor con razón. 
Pregunto corazón mío 

¿No me dirás qué es amor? 
Amor es un dulce afecto 
Del alma para con Dios, 
Que termina en caridad 
Comenzando en dilecdón. 
Si deseas padecer 
Por quien tanto padeció, 

Y en el padecer te alegras, 

Y en la cruz, esto es amor. 
Si en este mundo apeteces 

Santa Teresa 



DIVINO. 



Vivir en humillación, 

Y que todos te desprecien 
Por Jesús, esto es amor. 
Si no apetece alabanzas, 

Y cuando le dan loor 
Le refiere confundido 

A su amado, esto es amor. 
Si en medio de adversidades 
Persevera el corazón 
Con serenidad, con gozo 

Y con paz, esto es amor. 

Si a su voluntad en todo 
Contradice con tesón. 
Posponiéndola a la ajena 
Por obediencia, es amor. 

Si cuando está meditando 
No apega su corazón 
A los consuelos anejos 
Al orar, esto es amor. 
Si las dulzuras que advierte 
Cuando está en contemplación, 
Sabiendo no merecerlas. 
Las renuncia, esto es amor. 
Si conoce su bajeza 

Y la grandeza de Dios, 

Y despreciándose así 

A Dios exalta, es amor. 
Si se ve igual entre alegres 
En gozo que en aflicción, 

Y ni penas, ni contentos 
La entibian, esto es amor. 
Si se mira traspasada 

De agudísimo dolor 
Al contemplar a su amado 
Ofendido, esto es amor. 
Si desea eficazmente 
Que cuantas almas crió 
La divina Omnipotencia 
Se salven, esto es amor. 

Y en fin, si cuanto produce 
Su pensar, su obrar, su voz. 
Quiere que sea en obsequio 
De su amado, esto es amor. 

DE Jesús. 




HER-OIN^vT DE 
/KCXU /\L1 D /\ D 

MARCELLE J^OMMER^ 

En la última matinée nacional de 
la Soborna, M. KIotz, antiguominis- 
tro y uno de los hombres políticos 
de Francia, a quien más debe el 
feminismo, ha hecho célebre el he- 
roísmo de la señorita Marcelle Som- 
m.er, que, a los veintiún años, ha 
sido condecorada con la Cruz de 
Guerra y la «Legión de Honor». Sien- 
do así la más joven legionaria de 
Francia. 

La señorita Sorrmer detuvo du- 
rante veinticuatro horas, levantando 
el tablero de un puente, la furiosa 
acometida de todo un cuerpo del 
ejército alemán. Salvó en seguida a 
veintiséis soldados franceses. Y des- 
pués de mil p>-oezas (que nos refe- 
rirá muy pronto Mme. Daniel Lese- 
ceur), terminó por caer en manos dé- 
los boches. 

— Yr> soy hiiér/ana, — les dijo; — 
no tenso otra madre más que la Fran- 
cia. Y no m^ imperta morir. 

Por esta razón, los alemanes, sin 
la menor vacilación, condenaron a 
muerte a esta jovencita de veintiún 
años. . . y se preparaban a fusilarla, 
cuando una descarga de 75 dispersó, 
el pelotón que debía ejecutarla. 
María Lebím. 





foio 



-T-^J_^ 'i= \ .!_ 1 t-? .-X- 





.cAoiu 





MONÓLOGO DE HAMLET 

uauf /Guau/ Yo soy el perro preferido 

de Pototo y Mechita. 
El es un mozo bien, muy distinguido, 
ella es una preciosa figurita, 
yo soy Hamlet, el perro más valiente 

del Nuevo Continente. 
Medito algunas veces y me aterro 

con mis meditaciones. 

El ser o no ser... perro 
se presta a hondas ¡muy hondasl reflexiones. 
Ser perro de Mechita y de Pototo 
representa una suerte escandalosa. 

Ahí pasa una pareja fastidiosa 
que arma con su presencia un alboroto. 
Mal vestida, sin perro y pretenciosa, 
al lado de ios «tres» es un poroto. 

Mechita es elegante 
y graciosa. ¡Qué tipo interesante! 

Desprecia a los burgueses, 
porque es aristocrática Mechita, 
y habla con una voz muy delgadita 
un francés... que no entienden los franceses. 
¿Y Pototo'^ Enamora la sonrisa 
que a todas rinde, como yo me rindo. 
Nadie hay como Potito. Su camisa 
es un tablero de ajedrez. ¡Qué lindo! 
A algunos les parece un monigote; 
¡pero tiene un vigor! . . . ¡Vaya! ¡Que venga 
el que presuma y que, como él, sostenga 
el peso formidable del garrote! 
fcr. Hay ras^a que nos mira furibundo, 
somos aquí y allá lo más notable 
y, por nuestra elegancia insuperable, 
llamamos la atención de todo el mundo. 
¿Cómo no ha de envidiar el mundo entero 
a Pototo, Mechita y su faldero? 
...Disculpe el que se sienta fastidiado. 
Mi monólogo ¡guau! ha terminado. 

Luis García. 



~^í:2>2v— 




— T3>Ljv/':s "vrunrn? >=>».— 




TEATROS JAPONESES 



"¿Cómo e* que pone Ud. objeto* calientes aobre la mesa? 
¿Nóteme Ud. arruinarla? 

"No, esta mesa está pulida con Cera Preparada de Johnson. 
Dá tanta protección al barniz que el calor no lo perjudica. " 




protege y conserva el barniz, 
haciendo rnayor su duración y 
belleza. Limpia y pule en una 
operación. Cubre las man- 
chas y rayas. Evita que el 
barniz se parta. 

La Cera Preparada de Johnson 
puede usarse sobre el acabado más 
fino sin peligro alguno. La superficie 
como cristal que produce, protege el 
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CALLE DE LOS TEATROS EN TOKIO. 

Puede asegurarse que en Tokio hay una calle de Corrientes, una 
vía nocharniega donde se agrupan casi todos los teatros de la ca- 
pital nipona. 

Allí va la multitud amarilla, esa multitud de la eterna y pomular 
sonrisa, a divertirse con los episodios de la escena japonesa, con las 
habilidades de los prestidigitadores y con las hazañas de los luchadores. 

Es una calle regularmente angosta, abarrotada de largos cartelo- 
nes escritos en caracteres chinos. Esos carteles anuncian las obras 
y los actores de moda, pregonando las excelencias de unos y otros. 

Toda la calle es vereda, casi casi como sucede en la calle Corrientes. 
Allí se apelotonan los aficionados nacionales y extranjeros, los que 
entienden y no entienden el teatro japonés. 

En Tokio, lo mismo que en todo, el teatro nacional no es un pro- 
blema. En esto no se parecen los coliseos nipones a los argentinos. 
El teatro nacional del Imperio del Sol Naciente es antiquísimo. Si los 
autores o sus herederos cobrasen el diez por ciento de la entrada 
bruta, serían millonar'os. Hay dramas legendarios que se han repre- 
sentado miles y miles de veces, siempre con éxito de público y de 
empresa. 

No sabemos si el cine hizo ya furor en Tokio como en Buenos 
Aires. Si tal cosa sucede, la Calle de los Teatros nada tiene que envi- 
diar a nuestra calle de Corrientes, por lo divertida. 




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CONSEJOS PRÁCTICOS 

PARA CONSERVAR LA BELLEZA 

por Charlotte Rouvier 



Para desarrollar la hermosura oculta 
del cabello 

NO hay nada tan encantador en una dama como la 
ostentación de una hermosa cabellera, que para parecer 
tal, debe ser bríliante, sedosa y ondulada. Una mujer que 
une a sus encantos este complemento indiscutible de su 
gracia natura!, es sencillamente seductora. En la conserva- 
ción del cabello y su mejoramiento, interviene en primer 
la(ar la calidad del shampoo que se emplea, pues si éste 
no produce buena espuma, lo higieniza relativamente, y en 
comecoencia nunca ostenta ese brillo que debe tener. 
En cambio, un shampoo preparado con granulados stallax 
y agua caliente, produce una abundante espuma perfumada 
y limpia eficazmente el cabello. Después de enjuagarlo, se 
seca con toallas calientes- y el resultado obtenido es admi- 
rable. Toda la brillantez oculta del cabello es revelada y 
queda sedoso, ondulado y fácil para peinar. En los casos 
de persistente grasitud en el cuero cabelludo, el stallax es 
un correctivo irreemplazable, y a las personas que tienen 
d cabello quebradizo y seco, se les recomienda, antes de 
cada shampoo, un masaje en la cabeza con aceite de oliva. 



Un enemi^ de la belleza 

UNA hermosa y abundante cabellera, digno marco de 
r.-.b!adas ce'is v Izr^as pestaifas, es lo mis admirable 
- sentirse orguliosa de tan seduc- 
umerosos casos esa riqueza capilar 
.:-, :r: ?/.ceso, apareciendo también en forma 
■• vello superfluo en diversas partes del rostro, 
'., etc.; lo cual desfigura totalmente una faz 
1 las mujeres de la antigua Grecia tenian el 
■ Q al respecto y se preocupaban de combatir 
. en^pleando depilatorios en forma de pastas. En la 
dad, los métodos para extirparlo son numerosos y 
«n ia mayor parte de los casos poco satisfactorios. El trata- 
miento eléctrico, tan recomendado, es hoy muy costoso, 
lento y dolorcic. En f.arr,tij el sistema de más resultado 
parece ler e en cuenta que su adopción 

elimina los ::; del tratamiento eléctrico, 

pues es econórr: ,, :;:.:. i-A-.t y rápido, es decir, cuestión 
de minutos. Se prepara la pasta a base de porlac puro 
pulverizado, mezclado con un poco de agua y se aplica a 
la parte afectada por el vello superfluo, dejándola secarse 
endma, y cuando al lavarse se saca la pasta ya seca, con 
ella desaparece también el vello, quedando el cutis comple- 
tamente alisado y libre de inflamación. Este sencillo pro- 



cedimiento tiene entre sus grandes ventajas, !a propiedad 
de matar el vello en su misma raíz. 

E^ dolorosamente necesario reconocer los 
defectos del rostro 

LAS damas que, mediante un detenido examen ante un 
espejo, no tienen la valentía de reconocer los defecto'? 
de su cutís, se limitan solamente a una ligera mirada e inge- 
nuamente creen que con el auvilio de un prolijo acicala- 
miento, los defectos no serán visibles a la luz del día. Pocas 
mujeres conservan en perfecto estado el cutis de su juventud 
y estas mismas, sí se disponen a revisar detenidamente su 
rostro, encontrarán a pesar suyo, algunos defectos como 
grasitud, dilatación de los poros, etc., que lentamente van 
produciendo su acción deplorable sobre una faz hermosa, 
pues los poros dilatados permiten el paso de esa sustancia 
grasosa que precede a la brillantez y el acumulamíento de 
aquélla trae como consecuencia la aparición de los detesta- 
bles barrillos que nadie quiere ostentar. Para preparar una 
ablución astringente que simultáneamente contraiga los 
poros dilatados y extirpe la brillantez y los barrillos, basta 
conseguir algunas tabletas de stymol y se disuelve una en 
un vaso de agua caliente. Lavando el rostro con esta sencilla 
preparación se nota inmediatamente su efecto maravilloso, 
pues el cutís queda limpio y alisado por la desaparición 
de los barrillos que se desprenden fácilmente lo mismo que 
la grasitud, y los poros dilatados se habrán contraído, pre- 
sentando su rostro un aspecto encantador. 

Las canas. Su tratamiento sin teñirlas 

HE tenido oportunidad de observar el proceso de muchas 
tentativas para ocultar las canas por parte de nume- 
rosas personas empeñadas en ello. Algunos experimentos 
han sido irrisorios, otros, francamente desastrosos hasta 
ocasionar la caída del cabello, y bien pocos dieron resultado. 
Por mi parte, cuando llegue el periodo de encanecimiento 
de mis cabellos, creo que no me opondré a este accidente 
natural de la vida, pero si tuviese alguna intención de evi- 
tarlo, recurriría sin duda a una vieja fórmula usada por 
nuestros antepasados, vale decir, por varías generaciones, 
y aunque sencilla, es probablemente la que más asegura el 
objeto deseado sin dañar la vitalidad del cabello. Consiste 
en mezclar dos onzas de tammalite concentrada con tres 
onzas de bay rhum, loción que luego se aplica a las canas 
por medio de una esponjita. He observado en muchas per- 
sonas que han puesto en práctica el procedimiento, como el 
cabello vuelve a su color primitivo, paulatinamente y de 
acuerdo con la naturaleza. Mezcle usted mismo la loción 




en su casa, consiguiendo un (rasco completo de tammalite 
concentrada, con el sello intacto, lo cual será suficiente para 
asegurar éxito. 

Reiuvenecer diez años en una sola noche 

LAS arrugas prematuras en el rostro de una dama aun 
joven, son una injusticia y constituyen por eso su diaria 
pesadilla. jCuántos sacrificios se impondrían con tal de res- 
taurar la lozanía y frescura de su cutis envejecido por el 
empleo de materias nocivas en el tocador! Se conocen casos 
de cantidades fabulosas pagadas con el fin de someter las 
arrugas a tratamientos por demás costosos y que al fin no 
han dado resultado. En la actualidad no hay necesidad de 
tales extravagancias, porque si usted siente su espíritu de- 
primido por la temprana aparición de arrugas en el rostro, 
no tiene más que obtener un poco de buena cera mercolizada 
en cualquier farmacia seria, y, al acostarse previa ablución 
con agua templada, extender la cera en todo el rostro hasta 
el cuello, sin hacer masaje, volviendo por la mañana a la- 
varse con agua caliente. Sometidas las arrugas a este trata- 
miento por espacio de una semana, desaparecen paulatina- 
mente, y el cutís recobra la frescura y lozanía propias de la 
juventud. Por medio de este económico y sencillo remedio, 
puede usted parecer mucho más joven y mantener en su 
apogeo la belleza de su rostro. 




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las tareas del campo son tan sanas como nobles; en el campo 
no hay superabundancia de brazos, rencores, ni egoísmos 
de ciudad; vamos al campo, explotemos la Granja; la Gran- 
ja proporciona bienestar al cuerpo, placideces al alma y 
holgadas retribuciones al trabajo, ya sea consagrado al cul- 
tivo de la tierra, cría de animales domésticos, cremería, 
apicultura o explotación de frutales. Una parcela, 
basta para instalar una Granja modelo, máxime, 
si los artículos que se adquieren para formarla, 
son de fabricación NOE. Quien no haya visitado 
nuestra Exposición, debe visitarla; en su ramo, 
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Cómo una dama del mundo social 
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Por Charlotte Rouvier 



P&ra evitar el vello 

[7S cosa muy fácil hacer desaparecer temporal- 
*-^ mente el vello: pero evitar definitivamente 
esa innecesaria abundancia de pelo es ya otro 
problema diferente. No son muchas las damas que 
conocen los satisfactorios efectos que para ese 
resultado produce una substancia tan sencilla co- 
mo el porlac pulverizado aplicado directamente 
al pelo. Este tratamiento se recomienda no sólo 
para hacer desaparecer al instante el vello o las 
superfluidades del cabello, sino para matar sus 
raices por completo. Casi todos los boticarios 
pueden venderle a usted una onza de porlac, can- 
tidad suficiente para el experimento. 

Exterminación de los barrillos 

T A grasitud y brillantez del cutis, la dilata- 
*— ' Clon de sus poros y los puntos negros que 
tanto afean, son defectos que no deben menguar 
con su existencia, los encantos de un rostro fe- 
menino y mucho menos siendo posible librarse 
de estas molestias instantáneamente, por medio 
de un nuevo y científico procedimiento, tan* 
sencillo como eficaz. Obtenga algunas tabletas 
de stymol en cualquier buena farmacia, tratan- 
do de conservarlas bien tapadas y aisladas de 



la humedad. Eche una tableta en un vaso con 
agua caliente y tan pronto como la efervescen- 
cia que produce haya cesado, bañe Vd. su ros- 
tro con el agua estimolizada. secándose luego 
con una toalla limpia y blanda. El efecto es 
asombroso, y quedará Vd. encantada al notar 
que los puntos negros habrán salido fácilmente 
y sin dolor, la grasitud habrá desaparecido y 
los poros dilatados se habrán contraído, de- 
jando la cara alisada, limpia y fresca. Es nece- 
sario repetir el tratamiento con intervalo de al- 
gunos días, a fin de obtener un resultado per- 
manente. 

Cabelleras onduladas 

DOCAS personas saben que el stallax puede ser 
usado como shampoo y que es mucho mejor 
para este propósito que cualquiera otra substan- 
cia. Tiene una natural afinidad con el cabello, 
dejándolo lustroso, aterciopelado y pronunciada- 
mente ondulado. Una cucharadita de las de café 
llena de stallax granulado, disuelta en una taza 
de agua caliente, es más que suficiente para el 
objeto. El stallax legítimo se vende en las far- 
macias, sólo en paquetes sellados, conteniendo una 
cantidad suficiente para hacer de veinticinco a 
treinta shampoo. La brillantez que confiere al 
cabello es completamente inimitable e indes- 
criptible. 

Se acabaren las canas 

^sJO es necesario recurrir a los tan discutidos 
* ^ tintes del cabello para no tener canas. Las 
canas pueden recuperar fácilmente el color na- 
tural del resto del pelo con sólo usar durante 
pocos días de la aplicación de un remedio case- 
ro, al estilo antiguo, tan sencillo como inofen- 
sivo. Compre usted en seguida en casa de su 
boticario dos onzas de tammalite concentrada y 
mézclelas con tres onzas de «bay rhum» o de 
espíritu de laurel. Aplique la loción al cabello 
unas cuantas veces con una esponjita, y verá 



usted con placer que al cabo de pocos días las 
canas que usted tenga van recobrando gradual- 
mente el primitivo color del cabello. La loción 
es muy agradable, nada grasienta ni pegajosa 
y no hace daño en ninguna forma al cabello. 
Mezcle usted mismo la loción en su casa, con- 
siguiendo un frasco completo de tammalite con- 
centrada, con el sello intacto, lo cual será sufi- 
ciente para asegurar éxito. 

¿Qué edad tiene usted? 

KJlNGUNA mujer se preocupa de la edad que 
^ tiene mientras parece joven, y teniendo en 
cuenta que bajo el marchito cutis exterior cada 
mujer posee una piel nueva y hermosa, aparece 
entonces subsanada la primera dificultad que pre- 
ocupa a muchas damas afectadas por una vejez 
prematura, pues se trata entonces de descorrer 
ese velo que en tantos casos empaña una belleza. 
Cuando, debido a la edad u otras circunstancias, 
el cutis deja de eliminar su capa exterior por pa- 
ralización de ese proceso natural que es la reno- 
vación periódica de la epidermis durante la ju- 
ventud, ha llegado el momento de ayudar a la 
naturaleza a hacer lo que ella debiera por sí sola. 
Y este procedimiento entusiastamente adopta- 
do hoy por numerosas damas, es muy simple y 
agradable. Se emplea sencillamente un poco de 
cera mercolizada de buena calidad, aplicada al 
rostro a manera de cold cream. La cera absorbe 
paulatinamente el cutis exterior gastado y de mal 
aspecto, descubriendo la piel hermosa, tersa y ju- 
venil que bajo aquél se encuentra. Si Vd. está 
actualmente en estas condiciones, adquiera en la 
farmacia un poco de cera mercolizada de buena 
calidad y aplíquesela al rostro durante algunas 
noches. Nada perderá con probar este tratamiento, 
y no dudo que quedará convencida y se sentirá, 
como tantas otras damas, íntimamente satisfecha 
y feliz de recuperar sus galas y prestigios de mujer 
joven y hermosa. Un buen cutis natural tiene más 
encanto y valor que muchos artificiales. 



ANO IV. 



BUENOS AIRES. MAYO DE 1919. 



NUM. 37. 




FOTOGRAFÍA DE BALCISSEROTTO 



DEL ANTAÑO SENTIMENTAL 

¡AQUELLOS AMORES! 



— I3LJv:S 




EL Cf TILD 

GHAE\&1ALAL 




A suntuosa residencia de Chapadmalal„ 
distante unos cuantos kilómetros de 
Mar del Plata, es preferentemente 
visitada durante la temporada vera- 
niega, por muchas distinguidas perso- 
nas del gran mundo y destacadas per- 
sonalidades extranjeras que residen temporalmen- 
te en el hermoso balneario. 

La familia Martínez de Hoz, dueña de la ex- 
tensa propiedad que da nombre al castillo, perte- 
nece por vínculos matrimoniales a la más ilustre 
y antigua nobleza del país, originaria de sus con- 
quistadores y pobladores, contando entre sus as- 
cendientes colaterales a D. Ignacio Fernández de 
Agüero y Valdenebro, Alcalde de Buenos Aires, 
en 1660, al Capitán y Conquistador Ñuño Fer- 
nández-Lobo, natura! de Olivenza en Extrama- 
dura, y al Teniente de Gobernador de Corrientes: 
Francisco de Agüero, supuesto descendiente de 
Diego de Agüero, uno de los primeros conquis- 
tadores del Perú. 




— V:yi^^Ky^S, 



JT^TZ>./^-- 




El progenitor del apellido fué D. Narciso 
Alonso, Martínez de Hoz, originario del Lugar 
de Madrid en el antiguo arzobispado de Bur- 
gos, que pasó al Virreinato de Buenos Aires, 
llamado por su tío materno D. José Martínez 
de Hoz, rico hacendado de aquel tiempo. 

D. Miguel Alfredo Martínez de Hoz — hijo 
de la actual Condesa de Sena,— está casado con 
una dama encantadora en extremo, D." Julia 
Elena Acevedo y Larrazábal, perteneciente 
también por su linaje al núcleo más elevado 
de la sociedad argentina. 

Su hija María Julia, ooseedora de todos los 
secretos de la dis- 
tinción y la belle- 
za, es a su vez, 
desde hace varios 
años, 1 11 Marque- 
sa de Salamanca 
por su casamiento 
con D. Luis de Sa- 
lamanca Hurtado 
de Zaldívar, de la 
Casa Condal de los 
Llanos. 

Las veladas y 
fiestas en el sun- 
tuoso castillo de 
Chapadmalal, son 
extremadamente 
agradables, y sus 
dueños hacen los 
honores con el tra- 
to exquisito que 
los distingue. 

Almuerzos cam- 
pestres en el bos- 
que, partidas de 
polo y de tennis, 
típicas cacerías y 
animadas reunio- 
nes donde se baila 
en pleno parque. 

Al penetrar en 
la finca, el paisaje 
se transforma en 
una inmensa ex- 
tensión aterciope- 
lada y ondulante, 
cuya monotonía 
se rompe de tre- 
cho en trecho, por 



pequeños bosques de eucaliptus y macizos de 
fronda espesa y negra. 

Un largo sendero enarenado conduce a la 
explanada del castillo. Su arquitectura tiene el 
sello característico de las mansiones señoria- 
les inglesas y corresponde al estilo clásico que 
predominó durante el reinado de Jaoobo 
Stuard. 

Poéticas yedras, matizadas de perenne ver- 
dor, escalan los muros almenados, donde re- 
saltan las líneas cuadradas de los ventanales 
simétricos. 

Todo el conjunto, con los torreones al fondo, 
hace recordar esas 
típicas estampas 
inglesas entonadas 
en verde, y en las 
que siempre se des- 
cubre una línea de 
casacas rojas, en- 
tre perros y caba- 
llos de raza. 

Rodeando el 
castillo y cerca de 
la cancha de golf, 
están los pabello- 
nes de la cabana. 
En ella ha reunido 
su dueño algunos 
magníficos ejem- 
plares de caballos, 
entre ellos el cé- 
lebre Craganour, 
traído de Ingla- 
terra, y el aun 
más célebre Bota- 
fogo, adquirido 
últimamente en la 
fuerte suma de 
quinientos mil pe- 
sos. 

Los invernácu- 
los son también 
otro atractivo que 
valoriza el hermo- 
so parque de Cha- 
padmalal. Plantas 

TAPIZ DEL COMEDOR Y 
COPAS DE PLATA, GA- 
NADAS POR LA ESTAN- 
CIA CHAPADMALAL. 



— I=>LJV^^ '^^LrT"I3>\— 



de colección, crisante- 
mos, rosas de distintas 
especies y de los más 
variados matices, y ra- 
ros modelos de ñores 
delicadas y exóticas. 

Desde el bajo muro 
de yedra hasta la blan- 
ca balaustrada exte- 
rior, se pisa sobre una 
verde superficie de cés- 
ped que termina en la 
ancha escalinata de 
piedra. 

Las dependencias del 
piso bajo, contiguas a la 
entrada, son las que po- 
dríamos llamar de reci- 
bo y contieneiv valiosa 
colección de muebles y 
antigüedades conve- 
nienteme.ite distribui- 
das. 

El hall es como el 
corazón de la casa: des- 
de ¿I se pasa a los gabi- 
netes, al comedor, a las 
habitaciones intimas. 
Sus muros, enyesados 
en gris antiguo, hacen 
destacar períectamente 
los objetos, estantes y 
mesas de nogal con in- 
crustaciones y herrajes, 
entre tas cuales figuran 
algunas sillas de forma 
vasca, muy originales 
y artisticas. cuyo dibu- 
jo, repetido en simétri- 
cas curvas, denota va- 
gas influencias de la 
decoración hispano- 
árabe. 

Uno de los frentes 
está ocupado por la 
chimenea Renacimien- 
to, de delicadas y ar- 
moniosas labores, 
época Elisa- 




Son del estilo llamado 
Conventual, y por su 
antigüedad se remon- 
tan a los años de 1600. 

Frente a la espléndi- 
da tapicería de carác- 
ter flamenco, pintada 
porCondor. ocupa lugar 
apropiado lacláslca chi- 
menea de campana, con 
sus pilares y ático de 
piedra donde luce el 
alto-relieve de San Jor- 
ge, procedente de un 
castillo irlandés. 

Todos estos objetos 
contrastan con el viejo 
armario barroco, traído 
de España, sobre el que 
se halla colocado un 
noble retrato de caba- 
lero. cuyo traje de ter- 
ciopelo negro evoca la 
época sombría de Carlos 
II el Hechizado. 

Esta visión antigua 
se transforma al pene- 
trar en la salita, alha- 
jada con un gusto feme- 
nino y moderno. Sua- 
ves tapicerías, sirven de 
fondo a los muebles y 
sillas de conversación, 
elegantemente agrupa- 
das; y alternando con 
las pinturas y cuadros 
familiares, hay lindas 
vitrinas donde luce una 
frágil colección de mi- 
niaturas, marfiles y 
abanicos. 

Mirando por los ven- 
tanales entreabiertos, y 
a través de las arbole- 
das obscuras, se distin- 
gue a lo lejos el término 
arquitectónico de la 
capilla, construi- 
da al gusto 



UM RIMCÓM DE LA CANCHA DE TEN.-IIS. 

beth. Ancho y espacioso arco rebajado co- 
munica con el despacho-biblioteca, que 
se dignifica por el viejo lar chaflanado, de 
maderas antiguas, y la estantería de roble, 
dispuesta en zócalo a lo largo del paramen- 
to. Sobre ella, varios retratos y porcelanas 
de Noruega y de China, adornan el con- 
junto, que se completa con la redonda mesa 
plegadiza y los cómodos sillones de ter- 
ciopelo. 

Esta pieza hállase próxima al comedor, 
revocado de cal gruesa y granulada, tenien- 
do esa brillante pátina que sólo se ve en las 
viejas casas del siglo xvi. 

El techo es de vigas obscuras sencilla- 
mente labradas y estriadas, de donde pen- 
den dos preciosas lámparas de metal, mo- 
delo de Castilla, sostenidas por gruesos 
cordones de lana. 

La disposición de los muebles es hábil y 
de severo gusto. Oculta la puerta del «office» 
un artístico biombo de cuatro hojas, deco- 
rado con pájaros de colores vivos, que po- 
nen su nota multicolor en la severidad del 
recinto. 

Tanto las mesas de nogal, como la sille- 
ría de cuero tachonado, proceden de un vie- 
jo palacio solariego del Señorío de Vizcaya. 




EL FAMOSO CRACK ECTAPOGO, Ar.QUlRIOO fOR DON MrOUEL A. 
MARTÍNEZ DE HOZ, PARA SEMENTAL DE SU CABARA. 



LA CASA DE CRAGANOUR Y BOTAFOGO. 

español. Interiormente es sencilla y seve- 
ra, teniendo a ambos costados de la na- 
ve anchos ventanales románicos, y en el 
altar mayor, revestido por alto dosel de 
damasco, un frontal gótico de mucha 
antigüedad y carácter, con imágenes pri- 
morosamente talladas. Sus frentes exte- 
riores cierran la perspectiva del jardín, 
embellecido por la entonación diversa de 
la grama y bojes recortados. 

Cuando subimos al torreón del homenaje, 
el parque tiene una vaga sensación de In- 
glaterra. Muy elegante y de simétricas pers- 
pectivas. 

Es la hora del crepúsculo, y el horizonte 
se esfuma en una lejanía serena y armo- 
niosa, semejante a un inmenso mar de es- 
meralda. La luz es dorada, reluciente, de 
oro desleído. Ante ella, los pavos reales 
abren orgullosamente la pompa de sus man- 
tos de pluma. Y más lejos, por los senderos 
florecidos, prolóngase el tapiz verde de las 
enredaderas, cuya tupida malla de hojas 
contrasta con los tonos vivos del sol, que 
a esta hora adquiere toda la gama del rubí, 
del ópalo, toda la gama amarillenta del 
topacio. 

Antonio Pérez-Valiente. 




£R.\/0^ 



PASTEL DE ALONSO. 




ÁS se sabe de la vida de Amado Ñervo, que del miste- 
rioso jardin de su poesía, maravilla de media luz, jardín 
crepuscular sin agua, pero con variedad de flores 
moradas. 

Más se conocen los nombres de sus libros, que el talis- 
mán capaz de hacerlos, talismán de inteligencia acostum- 
brada a reclinarse bajo un árbol. 

¿Qué interesa de un poeta sino el vacilar de su corazón 
y los saltos mortales de su espíritu? 

Siempre he oído elogiar a Ñervo, como un poeta claro. 




diáfano, sencillo, hasta ingenuo; poeta para buenas 
transparentes como su poesía. 

No es eso. 

Los cristales no dejan ver cuando la luz reverbera en ellos, y en la lím- 
pida mirada de una mujer hay profundos enigmas. 

Espectros eternos, se levantan en el rayo de sol, en el rayo de luna y 
en la sombra. 

Y Ñervo es un evocador de esos espectros, que se alzan en el camino de 
los hombres, pero los ha visto con sentimientos humanos y por eso, ni es- 
pantan, ni nos enredan en sus largos sudarios. 



— PLS''^^' 'V 



¿Qué es la poesía? 

Evocar, evocar siempre y despertar coraxones 
dormidos y cerebros torpes o desorientados. 

La verdadera c!av* de la poesía de Ñervo, hay 
que buscarla fuera de ella. Ñervo tal vez no sabe 
donde est¿. . . 

Porque el poeta que se prepara por la lectura 
y la meditación a recibir las voces desconocidas. 
reflexiona y si es sincero ignora de donde vienen. 

Pero hay en la formación espiritual sendas di- 
v ei gen t e s . diversos rastros luminosos que cada 
uno elige para seguir. Y esa elección es casi siem- 
pre intuitiva. Ved. la difícil clave de la poesía. 
el arcano que el poeta mismo no se atreve a des- 
cifrar. 

¿Qué método entonces, para alabar o censurar. 
para hacer, en una palabra, lo que llamamos «cri- 
tica» de un poeta? 

Siendo la Critica un arte que se basa en la fácil 
elasticidad de la Lógica, niego toda posibilidad 
de critica ante la obra de un poeta. 

Cabe seguirla en sus rutas verdaderas o extra- 
viadas, pero es invulnerable a toda afirmación. 

Quien sostenga lo contrario, ni es crítico ni 
poeta. 

No pretendo, pues, descubrir un hermetismo 
inaccesible en la poesía de Ñervo; lo que sostengo 
es que se ha inspirado y mantenido en la senda 
de otros lejanos y olvidados hermetismos. 

Las cosas no tienen un solo y fijo color. Ese 
color cambia con la luz. con la distancia, con e! 
tiempo, con el ojo que lo mira. 

Por eso. la poesía tiene infinitos matices y siem- 
pre lo incomprensible unifica y resuelve su poli- 
cromía. 

El lirismo de Ñervo parece tranquilo, somno- 
liento: pero un espíritu sutil, al penetrar en su 
fondo ve repentinamente la ráfaga, como en el 
mar un solo golpe de viento hace verdes montañas 
de caperuza blanca con lo que un instante atrás 
era un espejo azul . . . 

En el ambiente literario de Madrid, encontró 
Ñervo compañeros y admiradores, pero no un 
paisaje espiritual adecuado a su temperamento. 

Tampoco lo hallará en Buenos Aires. 

Es un caso de aislamiento intelectual. 

No continúa ni sustituye a nadie, como creerán 
los que viven de la comparación. 

No tuvo maestro, ni tiene ni tendrá discípulos. 

Hay figuras literarias que exigen una escuela. 

No se comprenden sin una sala llena de imita- 
dores. Eugenio de Castro. D'Annunzio, Rubén 
Dario. Valle-Inclán. son de estas figuras que pre- 
siden un festival poético. 

Pero hay otras, como Amado Ñervo, que están 
solas. Su casa es lugar de paso donde la misma 
cordialidad habla de perenne aislamiento. 

La soledad de un hombre que piensa es. sin 
embargo, relativa. Conducir las ideas y ordenar 
las emociones es hallar una grata compañía en las 
horas solitarias, cuando al crear, nos parece que 
lo ideal toma formas sensibles, como los arcán- 
geles bíblicos. 

Ñervo en Buenos Aires y en Madrid verá a su 
alrededor compañeros y admiradores. Pero el pai- 
saje espiritual estará tras de su frente. 

Incomprensible para los críticos y los huma- 
nistas. 

La poesía no admite análisis, ni microscopio. 

Ser minucioso en critica es síntoma de medio- 
cridad. Rasgos generales, siluetas, horizontes am- 
plios, superficies extensas: eso exige la verdadera 
poesía a sus comentaristas. 

Y sobre todo el alma de lo que se dice, lo inde- 
finible, lo perdurable y vivificador. 

Mueren las teorías literarias. Pasan los sistemas 
y las discusiones estéticas. La Poesía queda en 
pie y si cambia su aspecto, en su esencia es in- 
mutable. 

Yo veo esa misma convicción en Amado Ñervo. 
Lo antiguo y lo moderno tienen la misma corona 
de laurel, el mismo olivo de las colinas griegas, el 




«» t> 



v* 



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>, 7^ »¿ 



ENRIQUE DE LEGUINA. 

ItOSTRACIÓN DE ALONSO. 



mismo arrayán de Berbería. Lo que hoy es moder- 
no será antiguo mañana. 

Y los estanques reflejarán como un recuerdo 
lo que hoy reflejan como una realidad. 

La forma poética es indiferente y peculiar a la 
sensibilidad de cada escritor. El ritmo preesta- 
blecido no es más que una curiosa obsesión de los 
retóricos, que catalogan el resultado de sus lec- 
turas y niegan el derecho de separarse de su 
manía dogmática. Son hombres más aficionados 
a contar los pétalos de una rosa, que a extasiarse 
con su perfume. 

Ni aun los grandes estetas como Guyau y Be- 
nedetto Croze. se salvan ante la poesía, de cierta 
funesta sistematización. 

Atengámonos a una distinta visión de la poesía. 
El verbo «sugerir» fué creado para ella. Y recor- 
demos los infinitos ritmos, la enorme variedad 
de matices, que la Naturaleza envía a nuestros 
ojos y oídos, una tarde, en el campo, al irse entre 
resplandores de sangre, el sol... 

Definiciones: 

La Poesía es una expresión de las evocaciones 
interiores, provocadas por la movilidad cíclica del 
sentimiento. 

El Poeta es un espejo donde aparecen y desapa- 
recen los fantasmas evocados. 

La Crítica es un sentimiento que ve pasar a la 
emoción sin atreverse a seguirla. Es como el bar- 
quero de rio, más preocupado en unir las dos ri- 
beras con su barca, que en detenerse a media co- 
rriente, para verla huir copiando temblorosos ála- 
mos y temblorosos luceros. 

El Critico es un pensamiento fijo, más ávido 
de sentarse que de andar. Línea alabeada que en- 
laza diversos jardines de poesía y condenada a ir 
de uno en otro sin tener flores propias jamás. 



Hubo en la Edad Media, cantidad de sectas 
misteriosas, de cenáculos elegidos, de extraños 
personajes que no vivían la vida de su tiempo. 

Conservaban antiguas tradiciones de Oriente, 
poseían talismanes y guardaban un profundo se- 
creto de su ciencia. 

Desde aquellas sectas heterodoxas de «safies» y 
«motáziles», perseguidas en Córdoba, hasta el avi- 
cenismo y las místicas y hondas inquietudes de 
Raimundo Lulio. florecen doctrinas misteriosas, 
donde un velo polícromo oculta tesoros de sabi- 
duría y perfecciones estéticas. 

¿Qué puente o ligadura espiritual une aquellos 
astros, ya idos, con nuestros intranquilos ensue- 
ños contemporáneos? 

Yo he visto en Ñervo un lector de Gabirol y 
Yehudad-Leví. Lo he visto reflexivo sobre las pá- 
ginas de Emerson y perturbado bajo los arcos 
blancos de las sinagogas toledanas. 

Santa María la Blanca es un templo para el 
espíritu de Ñervo. La capilla abulense de Mosén 
Rubí, un rincón para su eterna manía de meditar 
sobre los problemas centrales. 

¡Cómo nos sentimos fuertes al contemplar el 
porvenir sentados sobre viejas ruinas! 

El buho, pájaro de la noche y de la sabiduría, 
está posado en las secas ramas de un árbol negro 
y adivina la meditación del poeta. 

Después de la sombra llega el día, y un pájaro 
multicolor sustituye al buho en la rama del árbol. 

Y en esa perpetua rotación, el poeta va dejando 
desgarraduras dolorosas, dolientes desilusiones, 
desengaños dormidos bajo la esperanza de la 
aurora. 

Difícil de hallar es la clave de la poesía de Ama- 
do Ñervo. 

No la busque quien se interese por su vida o 
su nombre. Como todas las cosas lejanas, sólo la 
evocación puede comprenderla. 

Jardines rústicos, con acacias monjiles y algu- 
na piedra blanca. Veredas con guijarros y olorosa 
hierba. Espejismos de arena. Aguas paradas bajo 
penumbras de zarzas. Y aquella visión de Bocklin: 
una isla en el sombrío mar; en el mar, la barca 
de los muertos: y lápidas sobre el basalto de trá- 
gicas vetas, a la sombra de altos cipreses, que do- 
blan su copa de dolor.,. 



.••/' 



./ 




^'un'j^.-^— 






Como en años anteriores, ha sido conside- 
rable la labor de los artistas argentinos, 
estando representadas en el salón las diver- 
sas tendencias que hoy predominan en este 
medio artístico; y lo mismo, también, que 
en los anteriores concursos, se 
afianza el predominio de lo que po- 
dríamos llamar tendencia decora- 
tiva. 

Entre todos los expositores, Al- 
fredo Gramajo Gutiérrez se des- 
taca por la originalidad de su es- 
tilo y el valor americanista de su 
obra. Los asuntos, llenos de emo- 
tividad, interpretan distintos as- 
pectos de la vida provinciana de 
Salta y Santiago del Estero, en 






RODOLFO FRANCO. CABEZA AL PASTEL. 



dé 

c/icuarelímxj^ 



término, son rítmicas y pasan, se las ve pasar 
ante dos árboles y un fondo de nubes. «Las 
Santiagueñas», marcado con el número 75, se 
define por la calidad de la pintura. 

En síntesis, Gramajo Gutiérrez, significa 
dentro de la pintura argentina, un 
espíritu original alimentado por 
insaciables cromatismos, de antes 
y de ahora; supervivencias colonia- 
les remozadas por su propia visión 
de la luz y su comprensión de todo 
lo que se inmoviliza y estiliza. 

Dos paisajes de Raúl Prieto, 
«Ocaso» y «Caserío», representan en 
la segunda sala, valores de alto sig- 
nificado. La suavidad misma que 
los envuelve, unida a un vago con- 





SECCION DE ARTE RETROSPECTIVO. 

aquellos parajes donde el nativo se 
aletarga en la soñolencia de los días 
interminables bajo la pesadilla del sol 
o de la noche. 

Sus cuadros son reveladores de un 
temperamento naturalmente educado 
para la observación, para el análisis de 
tipos y costumbres características, 
donde se transparenta un trágico mis- 
terio remoto, algo inexplicablemente 
sombrío, que encadenara las almas y 
las cosas. Es un caso de transmisión 
de raza, de supervivencia colonial, 
plasmada en la profundidad honda y 
el sentimiento emotivo del que sabe 
reflejar sinceramente las convicciones 
de su espíritu. 

El tríptico titulado «Los Daños», es 
donde más fuertemente se revela la 
sugestión atormentadora. En «La Ca- 
ravana» el efecto de color se complica 
en tonos verdes y morados, en gamas 
de un rosa traslúcido, en combinacio- 
nes de luz, que se esfuman sobre la 
tierra llana, salpicada de casitas blan- 
cas. Las figuras, dibujadas en primer 



CUADROS DE 

A. CHRIST0PHER3EN 

Y MIGUEL PETROHB 



VISTA DE CONJUNTO. 

cepto de la composición, hace que ad- 
quieran ese sentimiento poético de los 
paisajes otoñales. 

Alejandro Christophersen es el acua- 
relista que más fuertemente se desta- 
ca en el estudio de figuras. Su pincel 
es decidido y valiente, dando impre- 
siones del natural en ráfagas multico- 
lores, suavizadas por transparencias 
que revelan maestría y sinceridad. 

Gregorio López Naguil nos da otra 
nueva prueba de su talento con el 
gouache titulado «El buque fantas- 
ma», revelando en la interpretación de 
ese legendario y poético motivo, un 
gran sentido de la decoración y una 
gran facultad interpretativa. Este ar- 
tista presenta además varios ex-libris 
y dibujos coloreados. 

También es interesante la serie de 
cabezas al pastel, firmadas por Rodolfo 
Franco; Malvina, Alice y Magde, son 
figuras de ensueño ejecutadas fina- 
mente con mucho sentido de la ex- 
presión y del sentimiento femenino. 

Otro expositor de los jóvenes, que 



— oi_;v^:s N/'Ln^R-x— 



se destaca en la primera sala, es Miguel Pe- 
trone. con dos cuadros al pastel donde marca 
un visible adelanto en su orientación, amplia- 
mente definida en el titulado «Dama de ojos 
negros». El «desnudo», del mismo autor, que 
figura a la entrada, es interesante por la so- 
lidez y valentía cor. que está ejecutado. 

Enrique Prins exhibe tres pequeños paisajes 
de una técnica suave y delicada, que responden 
plenamente a su elevado concepto ideológico. 

Completan discretamente el conjunto varias 
actuunelas de Jorge Soto Acebal, y otras del 
corone) Diaz, que reproducen aspectos del pai- 
sa)e argentino, aguafuertes de Lorenzo Gigli. 
gouaches de Huergo y Jorge Larco. dibujos 
de Soubirats. miniaturas y carbones de Aaron 
I. Billís. y las obras de Santiago Stagnaro. 
fallecido recientemente, que demuestran las 
grandes cualidades del malogrado artista y su 
visión personal y fantástica de los colores 
abigarrados. 

üsonie Matthis, la interesante pintora, nos 
descubre algo del alma de la ciudad, en sus 
dos rincones pintorescos de 
las plazas Congreso y San 
Martin: lo que pasa inad- 
vertido a los ojos profanos. 
lo que no vemos en nues- 
tro cuotidiano ambular por 
las calles porteñas, toda 





PELLEORIN'. RETRMO DE MANUEL MASCULINO, CREACOS DE L03 
CÉLEBRE? PE1NET0NE3 QUE SE USARON EN LA ÉPOCA DE ROZAS. 



Bernardo Suárez; paisajes de Peter Schmidt- 
meyer; retratos de Prilidiano Pueyrredón. 
Fernando García del Molino y escenas de 
costumbres del marino Adolphe D'Hastrel 
de Rivedoy, que tomó parte en el bloqueo 
de Buenos Aires. 

Otros dibujos representando escenas típicas 
de la ciudad vieja, cuadros y paisajes de la 
campaña, llevan firmas de conocidos grabado- 
res y aficionados como Demasdryl, Methfessel 
y Core Onseley, este último Ministro de In- 
glaterra ante el Gobierno de Rozas. 

Del pintor Jean León Pall;ére. hay gran 
número de acuarelas hechas durante sus acci- 
dentados viajes por el interior del país, 
haciéndose notar, por el colorido y ambien- 
te, la titulada «Carga de caballería entre- 
rriana». 

Carlos Enrique Pellegrini, el célebre retratis- 
ta de la época romántica, tiene una salita 
donde se exhiben varios retratos de damas y 
personajes que figuraron en la sociedad por- 
teña de aquel tiempo, y muchas vistas del 
Buenos Aires antiguo. 

Entre los retratos me- 
recen citarse el de doña 
Micaela Camusso de Mal- 
donado y el de doña Ma- 
nuela Suárez de Lastra, de 
Garmendia. que reprodu- 





RIMOÓN DE LA JALA PELLEC.RINI. 



la misteriosa poesía de la urbe moder- 
na, vibra como rayo de luz' en estas 
notas de color, sutiles, muy francesas. 

Por úlf.mo, la modalidad netamente 
americana de los estilos azteca e incási- 
co, se halla representada por Travascio y 
Blake, los cuales exponen: el primero, 
acuarelas sobre fondos de oro, y ambos en 
colaboración, urnas, yuros, huacos y otras 
piezas de cerámica con decoraciones y 
motivos de ornamentación precolombiana. 

En las tres salas del fondo, el Jurado 
ha reunido una interesante colección de 
obras, firmadas por los pintores y artis- 
tas que más se significaron en el país du- 
rante la primera mitad del siglo xix. 

Grabados de Branbila y 
Willian Holland; cuadernos 
H» dibujo, ejecutados por 





cimos en este número. Laudable es pre- 
sentar ante los ojos de la actual genera- 
ción, recuerdes artísticos de valia, y más 
cuando en su mayor parte reproducen 
costumbres y paisajes evocadores de la 
historia argentina. Al mismo tiempo se 
observa el contraste de las modalidades 
estéticas pasadas, con las que hoy triun- 
fan y defienden los mejores artistas. Con 
acierto e inteligencia han desempeñado 
los organizadores de esta exposición su 
difícil tarea, recompensada por el éxito 
e indiscutiblemente útil y patriótica, 
puesto que ofrece un conjunto encomia- 
ble de lo que fueron, desde el punto de 
vista artístico, los hombres del¿pasado 
siglo. 



José M.'' Pérez-Valiente 



TRAVA.'?C10. lJlBL-;0.5 AZTECAÍ. 




C^L. 



"r:2>^— 





jOK cuiti beílo ¿s pa5ar inxdverüido, 
dalce Fray Luií! Que no di^a mti^uno 
'Ahí va el emitiente, e2 disfin^uido", 
¡Qoii siuV(? re^íTJO el áoX olx/iduo*. 
\Q.Vi¿ íikncio mullido! 
\Ciué rem¿itiyo de pa.2^ tan oporfutio! 



Sitnplcmen^, di irrttao 
d^ la naturaleza, tcu-drc S3int3^, 
hicer U obra^dar el fru^o opimo, 
¡como lírÍTida, J"u nécisiV el racimo, 
U fuente l?rota y €l pjirdiZlo cauiai 

® 

No pedir gatirdon ni recom^penía , 
fdix del fruto que cuajo en la rama, 
cordialtncníc pinjar con cuanto pietua^ 
/férvidamente atnar con cuauto ama.' 

<^ 
Scutine uno por ííenipre con la esencix 
mÍ3ma de la pcretitic crea clon; 
chispa coTv5cicate en íu ititnoríal conciencia 
y latido en Su ¿titnetvso Cornijón. 






HETRATO *DE ♦LA*DAMA*INGLE.yA- 

7 







GOWLAND-ÜE 
PROPIEDAD* DEL- DR=, 




PLVS 
. VLTPA 



DE -LA-FAMILIA 

8!JKN05'Am.E.S 

\ FERNANDO* GOTLAND 



1Í56 ' ' ' 1625 



— I3>l_7vr:S ^V/LmP2.^=s.— 





SALAMANCA. ARTÍSTICA TORRE 
DEL PALACIO DE MONTERREY. 



11a tradición artística. Parece 
que hablar de arte colonial es 
hablar de algo tan íntimamen- 
te ligado con el arte español 
que resulta indispensable co- 
nocer ese arte de la patria de ori- 
gen, comprenderlo y sentirlo a fon- 
do para darse cuenta de las razo- 
nes que pudieran influir en trans- 
formarlo, si no en su esencia, al 
menos en el detalle, al tomar carta 
de ciudadanía argentina. 

Será sin duda porque al abrir los 
ojos por primera vez vi el paisaje 
soleado de Andalucía, por eso será 
que se impresionó tan hondamente 
mi retina que la visión no se ha 
borrado jamás, a pesar del andar 
de los años. 

Veo aún a toda aquella Andalu- 
cía como inmenso verjel de flores, 
veo las calles del pueblo solitario, 
sus casas solariegas, con carácter 
inmensa de una arquitectura claus- 
tral', y tranquila; arquitectura ex- 
traña me parece ahora después de 
haber visto tantas otras. Es que 
esa arquitectura forma parte inte- 
grante del suelo y del paisaje anda- 
luz, es algo que nacer parece de la 
tierra misma como una prolonga- 
ción del suelo, como una protube- 
rancia de la costra terrestre; tan 
intimamente está vinculada con 
todo lo que la rodea. ¡Allí no cabe 
otro artel 




ECIJA. TORRE Y PORTADA DE 
UN PALACIO PARTICULAR. 



— I^LJV^^ N^-L_-T-^K2-'X— 




TClí PITAL 

DE SANTA CRUZ. SlüLO XVI. 



escala y de armonía? 

No es ni hacer arte, 
ni crear arte nacional 
(si pudiera adjudicar- 
se nacionalidad al ar- 
te) el hecho de copiar 
detalles toscamente 
realizados por opera- 
rios inexpertos o sim- 
plemente por los in- 
dios de las misiones, 
compuestos a menudo 
por los mismos misio- 
neros con más fe cris- 
tiana y mejor volun- 
tad, que con ciencia 
y acierto. 

Tampoco lo es co- 
piar la arquitectura 
originaria española 
adaptada aquí en la 
época de la colonia 
por cualquier «media 
cuchara» venido del 
Puerto o de la Isla, 
quienes en el afán de 
cumplir un encargo 
fabricaban su compo- 
sición con las reminis- 
cencias de algún edifi- 
cio del terruño, gra- 
badas incompletas en 
la memoria. 

Ya me imagino qué 
trance duro pasaría 
ese modesto «media 
cuchara», a quien al- 
gún potentado o qui- 
zás el mismo cura del 
pueblo le encargaba 
su vivienda. Me lo 
figuro consultando su 
memoria, la de los ve- 
cinos y parientes para 
dar después a luz 
algo, que hoy quizás 
hemos declarado so- 
lemnemente monu- 
mento tipo del arte co- 
lonial para uso y abu- 
so de todos los que a 



Todo eso y aun más nos lo cuenta 
esta arquitectura de la tierra anda- 
luza en su arte peculiar, mezcla de 
moro y de cristiano, de sencillez y 
de nobleza, puro en su interpreta- 
ción porque refleja fielmente el suelo 
donde naciera y la raza que cobija 
entre sus muros. 

Ese es el arte originario que fué 
traído por los primeros alarifes anda- 
luces, trasplantado por el espíritu em- 
prendedor y audaz de las misiones 
jesuíticas. 

Nació el arte colonial incompleto, 
ingenuo, lleno quizás de aspiraciones 
que no llegaron a concretarse en he- 
chos, pero muy digno de respeto por 
las intenciones que guiara a sus auto- 
res, muy digno también de ser tenido 
en cuenta porque aún hoy señala un 
derrotero cuando nos alejamos por 
«snobismos» extravagantes de reflejar 
en la arquitectura el clima, las cos- 
tumbres y los materiales del suelo 
argentino. 

En el arte colonial hay que admirar 
el espíritu y no la forma, porque ésta 
es incompleta. 

Esa adaptación al suelo argentino 
tan admirablemente interpretada por 
la inteligencia de los jesuítas, debe- 
riamos tenerla todos en cuenta y eso 
es justamente lo que se olvidan, aque- 
llos que entienden por hacer arte colo- 
nial copiarlo servilmente hasta en sus 
errores sin adaptarlo a otras civiliza- 
ciones y a otros progresos. ¿Por qué 
ensañarse en copiarlo malo o lo incom- 

Í)leto bajo el pretexto de hacer arqueo- 
ogia. por qué ceñirse estrictamente a 
los detalles y a los errores, que seña- 
lan quizás la característica de esa 
época, pero que al fin y al cabo son 
errores, torpezas de cosas mal conce- 
bidas y peor compuestas, fuera de 





ZARAOOZA. PATÍO Y ESCALERA DE LA 



CASA ZAPORTA. ESTILO RENACIMIENTO. 



esta especialidad se dedican. Los habi- 
tantes de la colonia tuvieron que con- 
tentarse con lo que la época les brinda- 
ba; mas téngase por cierto que si hubie- 
sen dispuesto de medios más perfectos... 
vaya si ios hubieran aprovechado. 

Copiar, pues, los restos de una época 
relativamente atrasada y copiarla has- 
ta en sus defectos. . . y en sus erro- 
res e imperfecciones podrá resultar 
interesante bajo la faz arqueológica, 
pero debemos dejar eso para el museo 
de arte retrospectivo. 

Pero la casa, el hogar que responda 
a nuestra vida, a nuestras intimidades 
y a nuestro temperamento moderno, 
tiene otras aspiraciones de confort, de 
progreso y aun de estética. 

Así lo han entendido los norteameri- 
canos que al aprovecharse de las sa- 
bias enseñanzas de los jesuítas, que 
en sus andanzas llevaron también allí 
su civilización, han sabido separar lo 
bueno y lo lógico de aquella arqui- 
tectura a la cual le han agregado los 
encantos de todos los progresos y las 
comodidades de nuestra época. Han 
creado un estilo que denominan «Mis- 
sion Style» de la esquemática arqui- 
tectura de antaño, han perfeccionado 
la distribución de sus hogares y han 
completado la arquitectura externa, 
conservando el exquisito sabor de ese 
arte primitivo hábilmente retocado 
por manos maestras. 

Creo que inspirándonos en esta nue- 
va enseñanza, siendo sinceros con nos- 
otros mismos y buscando el camino 
de la verdad, llegaremos a realizar una 
arquitectura que sea la que refleje, 
conjuntamente con el clima, las cos- 
tumbres y los materiales del suelo 
argentino, la muy justa aspiración de 
los hombres que se desvelan y luchan 
por un alto y patriótico ideal de arte. 



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PNA MANUELA^ UARE2^ 
DE^i ASm^^oE^CiARMENDIA 





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íSO^ . E^i lALDON ADO, 




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HOMDRE^bUEY 



. . .Suave, acompasada- 
mente, golpeó con su vari- 
ta de ballena la punta de 
uno de sus zapatos, y luego 
dijo: 

— ¿Y qué quieres que 
ha^ si se me ha atrave- 
sido en el camino un hom- 
bre ■ buey.' 

El otro le miró de reojo 
con cara de curiosidad y 
de fastidio: 

— ¿Un hombre • buey? j 

— ¿Un hombre ■ buey.' 

— No sé que quieres de- 
cir... Y le volvió la espal- 
da a medias, para descan- 
sar mejor en el asiento y 
para demostrarle, que 
aquello le importaba un 
comino. 

El se dio cuenta: 

— ¿No sabes — pregun- 
tó — no sabes lo que es un 
hombre buey? 

— No. 

— Eres un ignorante. . . 

— iMejor! 

— ... Sin embargo, voy 
a explicarte lo que es un 
hombre - buey ... i 

E inclinando el busto 
hasta que los antebrazos j 
se apoyaron en los muslos. 
el joven se puso a hablar 
pausadamente, mientras | 
su varita trazaba en la ¡ 
conchilla blanca del paseo, I 
curiosos arabescos. [ 

— ... Tú sabes que yo 
me he criado en el campo 
— dijo — ; y has de saber 
también que las impresio- 
nes recibidas en la niñez se 
graban en el cerebro tan j 
profundamente, que nada j 
puede borrarlas. Bueno; yo 
era un chico, un chico. . . i 
¿qué tendría?... ¡Seis o 
siete años a lo sumo! ¡Bue- 
no! . . . Había un buey vie- 
jo, un buey bayo overo 
muy grande... — Me acuer- 
do como si fuera hoy. ¿Tú 
sabes qué pelo es ese?: 
¿bayo overo? i 

— ¿Yo? ¿Qué sé yo? 

— ¡Qué bárbaro! De 
veras, ¿no sabes? . . . Bue- 
no, no importa: hay gobernantes que saben 
menos que tú, y, sin embargo, gobiernan . . . 
Bueno: como te contaba, ese buey bayo no servía 
para nada, para nada absolutamente: primero, 
porque era muy viejo, y después, porque tenia 
más mañas que algunos de esos empleados de 
todos los regímenes... 

Bueno: el muy cornúpeto se entraba todas las 
noches en la quinta: se entraba todas las maña- 
nas y las tardes: se entraba, en fin. a cada hora, 
a cada minuto, es decir, toda vez que podía derri- 
bar la tranquera o aflojar los alambres del cer- 
cado. 

— ¿Y para qué? — dirás tú que eres un igno- 
rante en estos asuntos de bueyes y de tranqueras. 
¡Pues, señor! para comerse los zapallos y los melo- 
nes y todas las cucurbitáceas de la quinta. . . 

¡Oh! ¡era un buey chacarero de lo más sinver- 
güenza! . . . 

Bueno; para corregirlo los peones le propinaban 
palizas que él soportaba con estoicismo admira- 
ble y que nunca lograron hacerle apresurar su 
filosófico tranco . . . Salía a fuerza de rebencazos 
y de pechadas, pero se quedaba ahí no más, ob- 
servando, firmeen su idea de gustar la golosina, y, 
una vez que todos se habían marchado, volvía a 
entrar en la chacra, ya derribando la tranca, ya 
colándose entre los hilos del alambrado. 

¡Oh! ¡lo qué me ha hecho sufrir la tal 
Mi padre, que no podía mantener a los 
ocupados en apalear al miserable, solía 
garme muy serio: 

— Mira, hijito: me voy. pero en cuanto tú veas 
que el buey bayo se quiere entrar en la quinta, 
hazlo correr por los perros. . . Yo tenía un perro 





bENITQ)LYNCH 



blanco, un perro de Terranova que se llamaba 
Carhué, y que era tan grande como un ternero y 
tan zonzo que no servía para maldita la cosa. 
¡Oh! los perros de Terranova; serán todo lo útiles 
que tú quieras, para buscar viajeros perdidos en 
la nieve, pero lo que es para correr bueyes ma- 
ñeros resultan un fracaso... Bueno, como decía; 
honrado por la importante misión que me con- 
fiaba mi padre yo me ponía en acecho bajo los 
grandes árboles del patio. Carhué se situaba allí 
a mi lado, con una lengua de a palmo y fatigado 
de antemano. 

El buey bayo repechaba lentamente la loma 
que había al fondo del potrero y paso a paso ve- 
níase acercando, inexorable y fatal como la muer- 
te. ¡Ah! jla bestia maldecida! 

A veces se detenía un momento para escuchar, 
sin duda, para ver si había moros en la costa; pero 
muy luego continuaba la marcha interrumpida 
cada vez más resuelto, cada vez más atrevido. . . 
Llegaba a la tranquera y con sus cuernos enormes 
levantaba los palos... — Carhué — gritaba yo enton- 



bestial 
peones 
en car- 




ees frenético. — ¡Chúmale, 
Carhué!. y llenos los bol- 
sillos de cascotes me lan- 
zaba contra la bestia con 
denuedo: 

— ¡Fuera buey!, ¡ladrón!, 
¡sinvergüenza! 

Pero él. después de vol- 
ver la cabeza mansamente 
para ver. sin duda, quienes 
eran sus atacantes, aca- 
baba de derribar los palos 
y «sin llevarnos el apunte», 
tomaba a través de la 
huerta y pisando las plan- 
tas, el camino de sus luga- 
res predilectos. . . 

— ¡ Fuera, buey! — gritaba 
yo hasta enronquecer, y 
le arrojaba cascotes, mien- 
tras el haragán del perro 
creyendo cumplida su mi- 
sión, con dos ladridos inno- 
cuos, se sentaba a contem- 
plar la lucha desde lejos, 
o bien para entregarse a 
una toilette tan inoportuna 
como íntima. 

¡Oh! ¡cómo caía el sol a 
plomo sobre mi cabeza y 
cómo la sangre martillaba 
mis arterias, mientras co- 
rría tropezando entre los 
surcos en pos de aquella 
bestia infernal, a la cual 
no podían detener en su 
camino, ni mis fuerzas, ni 
mi estrategia, ni mis cóle- 
ras! 

¡Ah! Yo inventaba con- 
tra el enemigo armas de 
guerra complicadas, fero- 
ces, dignas de los pueblos 
más salvajes de la tierra, 
armas abolidas por el de- 
recho de gentes y que hu- 
bieran rechazado los antro- 
pófagos más bárbaros. 

Pero todo era inútil. 
Aquellas lanzas, aquellas 
boleadoras, aquellas hon- 
das mortíferas, todo se 
estrellaba, todo resultaba 
inútil para detener a aque- 
lla montaña overa cuya 
mansedumbre hacía más 
irritante su odiosidad pro- 
pia, y siempre lo mismo, 
siempre la amarga derrota, 
los peones, allá, al anochecer, sacándolo a chirlos... 
y mi padre diciéndome en son de burla: 

— Vaya amigo, que había sido zonzo. 
¿Qué te parece? 

El otro gruñó un ¡hum! ambiguo, y el joven, 
tras un breve compás de silencio, prosiguió con un 
dejo de tristeza en su voz varonil: 

Bueno; ya mozo, ya desilusionado, escéptico, 
con el corazón enfermo de amarguras y harto 
de ver miserias, he vuelto a encontrar la bestia 
aquella encarnada en el espíritu de ciertos hom- 
bres. . , El hombre - buey, amigo mío, es un hom- 
bre que marcha a su objeto, no con el salto fle- 
xible de la bestia de presa, no con la audaz arro- 
gancia de un padrillo encelado, no con la saña del 
toro . . , Marcha como un buey, marcha como aquel 
buey inservible y mañero de mi cuento, que iba 
paso a paso hacia los zapallos que ansiaba, dejan- 
do tiras de cuero en los alambres de púa y sopor- 
tando con estoicismo asombroso las más tremendas 
palizas... 

¡Ah!, ¡hermano! yo lucharía contra todas las 
fieras de la tierra, pero con él, jamás. ¡El hombre- 
buey me anonada, me aplasta! Oigo sus pasos 
lentos, pesados, resonar en mi cerebro y veo su 
grupa enorme, su grupa prosbocídea oscilando en 
la marcha, . . Va a los zapallos y llegará sino se 
muere. . . ¡Lo que es yo, no lo atajo! 

Calló el joven y hubo un largo compás de si- 
lencio. 

Después, dijo el otro con sonrisa forzada; 

— ¡Sos un rico tipo! ¡Qué macana! . . . 
Y volvieron a quedar en silencio, , . 

ILUSTRACIÓN DE ZAVATTARO. 



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MUsTEO 



¿ DE L ^ 



lOÜVM 



EL ESPAROLETO. la ADORA- 
CIÓN DE LOS PASTORES. 



Las obras maestras 
retornan a París. Es 
esta una señal de que 
finalizan los horrores de 
la guerra y la contrase- 
ña también del retor- 
no a la serena belleza 
del arte. 

Las obras inmortali- 
zadas por los siglos han 
vuelto de Tolosa silen- 
ciosamente, como par- 
tieron; pero su viaje de 
regreso ha sido sin duda 
menos emocionante que 
el otro. Entonces pesa- 
ba sobre los parisienses 
la zozobra frente al con- 
tinuo avance del ene- 
migo: los alemanes se 
hallaban a pocas dece- 
nas de kilómetros; el 
gobierno se trasladaba 
a Burdeos; en el cielo de 
la capital los zeppelines 
y los «taubes» hacían 
frecuentes apariciones 
sembrando la destrucción y la muerte. Las 
pobres obras maestras, como prófugos echa- 
dos de las casas por el soplo violento de 
la invasión, se retiraban a un lugar segu- 
ro, sin la certeza del retorno. Y los peli- 
gros, en el viaje, no faltaron. Un día, mien- 
tras la interminable fila de carros, cargados 
de cajas conteniendo los más bellos cuadros 
del Louvre, atravesaba la carretera Lefuel, 
un «taube» volaba sobre ella. ¿'No vio el 
aviador tudesco o no tuvo la intuición de lo 
que constituía aquella carga? Sus bombas, 
felizmente, fueron a caer más lejos, sobre las 
ondas del Sena. 

Los tesoros del Louvre han sido también víc- 
timas de la guerra; como los soldados, han vuelto 
heridos y enfermos. Recuerdo haber visitado en 
Roma, hace pocos meses, la sala adyacente al 
patio de las balas, en el castillo Sant'Angelo, 
en la cual estaban custodiadas las más bellas 
obras de arte, y los más preciosos objetos artís- 
ticos de Venecia y de las otras ciudades del 
Véneto. Las obras de arte estaban en el suelo; 
entre una y otra se pasaba con dificultad, con 
infinitas precauciones. Algunos profanos se 
maravillaban y se apenaban por la humedad 
que comenzaba a cubrir varias de las pintu- 
ras. La humedad es la enfermedad de los cua- 
dros; los ataca cuando están en lugares som- 
bríos y sin luz. 

Los cuadros del Louvre se han enfermado 
también de la humedad; algunos han sufrido 






DAVID. LA CONSAGRACIÓN 
DE NAPOLEÓN. 



VAN DICK. RETRATO D2 
CARLOS I. 



muchísimo. Cuando lle- 
garon a Tolosa, fueron 
llevados directamente a 
la vieja iglesia de los 
Jacobinos, inadecuada, 
desde luego, para su 
seguridad y cuidado. 

El gobierno dio or- 
den de no desembalar 
las cajas; los cultores 
de arte atormentaban 
con sus protestas para 
que se levantase la pro- 
hibición, pero inútil- 
mente. Así los tolesa- 
nos ahora proclaman en 
alta voz que son irres- 
ponsables en absoluto 
de la humedad que ha 
cubierto los cuadros 
confiados a su custodia. 
Por lo demás, el mal no 
es irreparable; como 
existen los especialistas 
para cubrir de hume- 
dad una pésima copia 
para venderla — como 
si se tratase del origi- 
nal de un precioso cua- 
al neo-millonario-pro- 
más 



RAFAEL SANZIO. RETRATO DE BALTASAR COSTIOLIONE. 



dro de autor conocido 
fano, así existen también especialistas 
útiles que aquéllos, para quitar la verdadera 
humedad de los cuadros de mérito indiscutible. 
Las obras del Louvre deberán, pues, sufrir una 
reparación y se ofrecerán nuevamente bellas a 
las miradas de los admiradores. Ciertamente 
algunas quedarán irremediablemente lesionadas, 
otras conservarán alguna huella del acciden- 
tado viaje impuesto por la guerra. 

Esto nada importa. Los buenos parisienses 
amarán más a sus obras maestras por el dolor 
de las heridas que éstas han recibido, y su amor 
por las telas, como aquel que sienten por los 
mutilados, estará lleno de piedad y recono- 
cimiento. 



Por lo demás, pudo acontecer lo irreparable: 
las obras maestras pudieron perderse. Pensemos 
en las terribles jornadas de agosto de 1914. 

La guerra fulmínea, inesperada, había plan- 
teado numerosos, vitales problemas que reque- 
rían una solución inmediata. El Louvre estaba 
expuesto a la doble amenaza de la invasión ene- 
miga y de los bombardeos aéreos. Se dio orden 
al director del Museo de embalar y enviar tres- 
cientos de los más hermosos cuadros: en seguida 
quinientos, después ochocientos, luego mil dos- 



— I=>Lrv.^^ -VT-TT^I^^íS.— 




iitiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiir 



cientos, después todos los cua- 
dros debían partir. ¿Cómo ha- 
cer? La movilización y la requi- 
sación se habían llevado a los 
hombres, a los caballos y a los 
carros: faltaban las cajas, falta- 
ban los especialistas embalado- 
res: la confusión reinaba en todo 
París. Todavía con un supremo 
esfuerzo de voluntad, el trabajo 
se realizó en cuatro días y cua- 
tro noches. El último día los 
obreros estaban extenuados: 
dormían en las salas y en los pa- 
tios del Museo. Se requirió la 
ayuda de una compañía de te- 
rritoriales: estaban también 
ellos rendidos: habían trabajado 
todo el día y toda la noche, en 
ayunas. No importa: un abun- 
dante rancho y los territoriales 
actuaron como embaladores. 
Partieron de este modo todos 
los cuadros del Louvre, grandes 
y pequeños: Rubens, Murillo. 
el Tiziano. Van Dyck. Rem- 
brandt. todas las obras de los 
más grandes maestros de la pin- 
tura universal. Partió también 
con ellos el bellísimo cuadro 
de David «La consagración 
de Napoleón», el mastodóntico 
cuadro de seis metros de altura 
por nueve de ancho, contenien- 
do cien figuras, representando 
la coronación de la emperatriz 
Josefina en Notre-Dame. Con 
las pinturas partieron igualmen- 
te los más ricos objetos de arte, 
otros fueron colocados en sitios 
seguros. El mismo superinten- 
dente de Bellas Artes conservó 
en un saquito los preciosos dia- 
mantes de la colección «Regent» 
y los llevó consigo a un lugar ig- 
norado y lejano. 

Solamente las esculturas, 
cuyo transporte ofrecía grandes 
dificultades, obligadas a que- 
darse, tuvieron que sufrir las 
fuertes y profundas emociones 
que la aproximación del enemi- 
go provocaba. Sólo se sacó a la 
•Venus de Milo». Pero ella era la 



C^-^^^o) 




más bella de las esculturas del 
Louvre; su origen se remonta al 
siglo IV antes de Jesucristo, y 
fué descubierta en el año 1820, 
cerca del villorrio de Castro, en 
la isla de Milo. El marqués De 
Riviére, embajador francés en 
Constantinopla, la adquirió en 
1821 y se la regaló al rey 
Luis XVI 11. Todas las otras es- 
culturas, entre las que está com- 
prendida la bellísima «Victoria 
de Samotracia», estatua griega 
de gran mérito, exhumada en 
Samotracia en 1863, fueron ba- 
jadas de sus respectivos pedes- 
tales y relegadas a los ángulos 
más resguardados, para preser- 
varlas de las bombas de los 
aeroplanos y de los obuses del 
cañón de largo alcance. 

Ahora la angustiosa pesadilla 
se ha desvanecido. El Louvre, 
el viejo «Gabinet du Roi» que 
Francisco 1 construyó, que la 
Asamblea Nacional en 1793 de- 
claró «Museo de la República» 
y que la Constituyente enrique- 
ció con todas las obras maestras 
que el rey conservaba en Ver- 
salles, ha comenzado a reabrir 
sus salas a los parisienses. Los 
tres mil cuadros que partieron, 
vuelven día por día a sus pare- 
des, y las estatuas están ya so- 
bre sus pedestales. 

El público desfila delante de 
los mármoles antiguos, de los 
sarcófagos monumentales del 
Egipto y ante los Toros alados 
de Siria. Las salas de las escul- 
turas medioevales, de la italia- 
na y francesa del Renacimiento 
están por reabrirse; y en tanto 
que las salas de pintura ya están 
arregladas y todo ha vuelto al 
orden primitivo, los visitantes 
pueden ya admirar las adquisi- 
ciones más recientes, y las obras 
de autores contemporáneos re- 
galadas al Museo durante la 
guerra. 

Dr. F. Dubojs. 

París, abril de 1919. 




RETRATO * DE ^ UN ^ DEJ^CONOCIDO 

OLEO- DEL- CAV.- LEANDRO- DA. • PONTE-DE-BAJ^J^ANO- 

DE'LA-EJCUELA 
155<5~162.5 



CELEBRE- PINTOR 

VENECIANA 



PROPIEDAD- -DEL- -J'K- 




PLVS • 
. VLTPA 



L ORENZO- P ELLER ANO 



P31. 



X -L^T^i:? .-^— 




Muchas naciones, entre las cuales está inclui- 
da Alemania, envidian a Italia este grandioso 
anfiteatro por el cual han desfilado los más in- 
signes cultores de la música del mundo entero. 
Pero lo que constituye la característica del 
Augusteo. es el público, un público curioso, es- 
pecial, típico, en el que se hallan representadas 
no sólo Roma e Italia, sino casi todos los pue- 
blos del orbe y todas las clases sociales. En las 
butacas se advierte la presencia de la aristo- 
cracia del blasón y la del talento, en las galerías 
la pequeña burguesía y los obreros y numero- 
sos frailes y curas. Durante la ejecución del 
oratorio de la «Resurrección de Cristo», del aba- 
te Perosi. en el Augusteo. éste se hallaba re- 
pleto de sacerdotes. El concierto se repitió a 
la semana siguiente exclusivamente para los 
clérigos y colegios religiosos de Roma. Pero los 
curas y frailes concurrieron también. 

En el Augusteo se hace verdadero arte y to- 
das las personalidades del mundo musical han 
sido invitadas a presentarse sobre el podio de 
este teatro con capacidad para 3.700 personas. 
El Augusteo surge delante del antiguo mau- 
soleo de Augusto, levantado en el año 28 antes 
de Cristo. Estaba constituido por un basamento 
circular de mármol blanco, tenien- 
do un diámetro de 200 pies roma- 
I*'/' V «í ""* antiguos, sobre el cual domi- 
'y^. _Sj¿ naba un túmulo alrededor del 
' ' ^ cual se plantaron árboles de va- 

rias especies hasta la cima, la que 
estaba coronada por la estatua en 
bronce de Augusto. 

Las destrucciones siguieron a 
las destrucciones. Hundida la bó- 
veda que sostenía el túmulo y que 
cubría la sala de las celdas, se for- 
mó un terraplén, en torno al cual 
se construyó después el anfitea- 
tro, al que su propietario deno- 
minó Corea. Así fué que el religio- 
so monumento consagrado a la 



/- 





muerte se transformó en circo. Hoy el circo se 
ha convertido en templo. La idea de esta ge- 
nial transformación se debe a una de las más 
respetables personalidades de Roma, el conde 
de San Martino. El primer experimento, sin 
embargo, aterrorizó a los promotores: alboro- 
tos, retumbos, una casa del diablo, en la que 
todo se oía menos la música, tal fué en sus co- 
mienzos. Pero la constancia venció a los re- 
fractarios de la materia bruta. Con el tiempo, 
las columnas de ladrillos oportunamente levan- 
tadas bajo el palco armónico amortiguaron los 
ruidos. Todo un sistema de hilos a través del 
cielorraso interrumpió el cruzamiento de las 
ondas sonoras, mientras los bancos, los corti- 
nados en las galerías y la gran cubierta supe- 
rior consiguieron mejorar la acústica, que fué 
perfecta cuando se ensayó el gran órgano, que 
sin duda alguna figura entre los mejores del 
mundo. Está colocado sobre la caja armónica, 
frente a la puerta central de ingreso. Como 
ya dijimos, el ensayo produjo un efecto admi- 
rable. Dirigía el gran Martucci. El Augusteo se 
estremecía con sus miles de almas. Y la alegría 
estuvo en proporción con el acontecimiento. 
D'Annunzio, que se encontraba presente, en- 
tusiasmado, se precipitó en el 
palco de la autoridad teatral para 
congratularla; todos se adelanta- 
ron a ofrecerle una silla; pero en 
el alboroto, entre tantos ofertan- 
tes, el poeta se encontró sin silla 
y creyendo sentarse, cayó. Entre 
los aplausos frenéticos que salu- 
daban al maestro Martucci, visi- 
blemente conmovido, se vieron 
en el aire las piernas del poeta. 
Fué tanta la hilaridad, que nin- 
guno pensó en ayudar a D'Annun- 
zio a levantarse. . . 

Rafael Simboli. 

Roma, febrero de 1919. 




>>%.— 




w 



A doble cruz de la cinta descolo- 
rida reunecuatro cartas que sirven 
de féretros a cuatro siemprevivas 
muertas. Cada uno de los sobres 
tiene distinta inscripción; en todos figura el mis- 
mo apellido, como en los panteones de familia; 
el papel amarillea, como mármol olvidado. 

Fechadas en octubre de 1831, las cuatro se 
refieren a una partida de campo sin citar el sitio 
donde se realizó. Sólo dicen a ese respecto, que 
en la quinta había muchas siemprevivas y que la 
reunión campestre estuvo animadísima. 

Roberto escribe a Leonora, ésta a Luis; Luis a 
Carmen, que a su vez se dirige a Roberto. Una 
cadena epistolar formada con eslabones de amor, 
odio, celos y súplicas. Son cuatro cartas de nin- 
gún valor literario, escritas a punta de nervios, 
desesperadamente. 



Debió ser en un soleado día de aquella prima- 
vera, en una quinta de los alrededores de aquel 
Buenos Aires. Celebrábase una fiesta familiar, 
sobre el césped, al aire libre, en el sitio donde los 
bisabuelos labraron la futura riqueza de sus des- 
cendientes. 

Bajo los árboles, las damas y las niñas se sen- 
taron a disfrutar la frescura. Fué un montón 
clarísimo y brillante de polleras, de aquellas po- 
lleras-miriñaques que por su volumen y hechura 
parecían construidas para guardar 
una clueca y su pollada. Entre el 
amontonamiento femenil, veíanse las 
notas oscuras de los trajes mascu- 
linos coronados por aquellas galeras 
que se dirían construidas con el fin 
de transportar viajeros. Y fué un 
tumulto de voces argentinas, grititos 
agudos y risas gozosas, acompaña- 
das por el recio murmullo varonil. 

Un sabroso humo comenzó a in- 
ciensar la reunión. Era el aromático 
espíritu del asado con cuero, que un 
Brillant-Savarin pampeano prepa- 
raba. 

Sobre el pastito tendieron las sir- 
vientas manteles de candido damas- 
co y vajilla y fiambres. Allí se tras- 



ladó con algazara la concurrencia, los novios y 
los viejos lentamente, los jóvenes y los enamo- 
rados en súbita corrida. 

Fué un banquete inesperado donde la falta re- 
lativa de comodidades se suplió con derroches de 
alegría, donde el asado y el champaña trabaron 
conocimiento. 

A la hora de levantarse, ¡qué terrible peso ofre- 
cían las livianas polleras y qué galantes fueron 
las palabras de los muchachos! 

Estaban muy lejos de los saraos y teatros; po- 
dían huir inocentemente de aquel mundo rígido 
que todo lo traduce en fórmulas sociales. 

Jugóse a las prendas, a la rueda. Un día de 
retorno a la niñez, un día revolucionario durante 
el cual la juventud hizo locuras ingenuas. Así, el 
sol, siempre el mismo, siempre natural y cálido, 




subleva la sangre, la precipita en un ritmo loco. 
¡Amores, amores, amores de las partidas cam- 
pestres, remozad el alma de los niños viejos! 



Según atestiguan las cartas muertas, Carmen. 
Leonora, Roberto y Luis llevaron sus angustias 
a la partida de campo. Roberto amaba a su prima 
Leonora que admitía las pretensiones de Luis, el 
ideal de Carmen. Una historia de pasiones equi- 
vocadas, una sencilla aventura, cariños encontra- 
dos que se disputan la primacía, la pertenencia, 
el imperioso monopolio del amor. . . Cosas trivia- 
les y tristes. 

Ninguno de los cuatro disfrutó los placeres de 
la jira. Espiándose mutuamente, de la misma ma- 
nera que ellos lo habían visto hacer en los roman- 
ces y en los dramas, los cuatro perdieron el día. 
Y a la mañana siguiente, cuatro epístolas dolo- 
rosas se cruzaron en el camino, cuatro epístolas 
sin respuesta que ahora yacen unidas por una 
doble cruz. 

¿Cuál fué el desenlace de aquella aventura don- 
de cuatro seres sólo recogieron siemprevivas y 
dolores? La unión de las cartas, ¿dice que sus 
autores desaparecieron en un drama mismo y 
Terrible? 

Ya por aquellos tiempos iniciábase en la metró- 
poli la manía de dar misteriosas proporciones a 
las muertes. De este modo, todo 
personaje desaparecido no fallecía 
natural y tranquilamente; rumores 
de suicidio o de homicidio corren 
desde entonces en derredor de la me- 
moria de los muertos. 

Indudablemente, la historia amo- 
rosa de los cuatro Osorno, — sea 
este el apellido que oculte su apelli- 
do ilustre. — produjo lúgubres y mis- 
teriosos comentarios. Tal vez la unión 
de las cuatro cartas sea un capricho 
de cualquier persona romántica se- 
dienta de aventuras. Yo hubiera en- 
contrado singular placer en unir con 
el vínculo de una doble cruz de rosa 
descolorida aquellos cuatro testimo- 
nios de amores rivales. 



— T^LJ'syríS 



ESPAfsO 





Ante todo es un via- 
jero infatigable. Ingla- 
terra. Holanda, Sud 
América, los Estados 
Unidos... OrtizEcha- 
güe lleva dentro la in- 
quietud espiritual de 
los artistas que luchan 
por descubrir el alma 
de las cosas. Su ex- 
tensa labor, sobria y 
llena de vida, se ofre- 
ce a nuestra curiosi- 
dad con todo el inte- 
rés de lo juvenil y 
atrayente, pero al 
mismo tiempo satu- 
rada de una sutil y 
elegante melancolía. 

A veces el artista 
parece sentir también 
la necesidad de supe- 
rarse a sí mismo. Y 
tal vez por esa misma 
inquietud espiritual 
que adivinamos en 
cada uno de sus retra- 
tos y figuras, nos inte- 
resa la obra de este 
joven pintor, cuya 
exposición representa 
entre nosotros una 
muy estimable y alta 
manifestación de be- 
lleza. 

Ortiz Eohagüe na- 
ció bajo el cielo diá- 
fano de Castilla, en 
una de esas ciudades 
donde cada hombre es 
una voluntad y cada 




"1:2 >=s.— 




piedra un símbolo. Y, sin embargo. 
en su pintura sobria y luminosa, 
apenas si encontramos alguna vaga 
huella que nos haga pensar en la 
aspereza castellana. Nada de lla- 
nuras pardas y solitarias: nada de 
paisajes desolados, ni ásperos ce- 
rros, ni ciudades amarillas y grises. 

Su temperamento huye de estas 
sensaciones fuertes y cruentas, en 
que la tierra parece inmovilizada 
por una tragedia antigua y palpi- 
tante. El joven pintor español, 
cuyo paralelo artístico habría de 
buscarse en la moderna escuela le- 
vantina, gusta sobremanera de la 
luz amplia y de la transparente dia- 
fanidad que hallamos, por ejem- 
plo, en SoroUa. 

Echagüe se formó lejos de su pa- 
tria. A los catorce años ingresaba 
•como alumno en la academia Julián 
de París, donde se le recibió con 
manifiesta ostilidad por parte de 
sus compañeros de tareas; pero al 
fin lograba imponerse revelando 
sus excepcionales condiciones artís- 
ticas bajo la dirección de Jean Paúl 
Laurens y Benjamín Constand, dos 
grandes maestros de la pintura 
francesa contemporárea. 

Discípulo más tarde de León 
Bonnat, en la Ecole des BeauK-Arís, 
salió de ella en 1902 para regresar 
a su patria, presentándose por 
primera vez en la exposición del 
Círculo de Bellas Artes de Madrid, 
donde obtuvo un premio de esti- 
mulo. En esta exposición fué 
acogido con mucho entusiasmo por 
la crítica, que lo señaló entre los 
pintores jóvenes mejor represen- 
tados y de más amplia orienta- 
ción y talento. Pocos meses después 
ganaba el premio de Roma y partía 
para la Ciudad Eterna, disponién- 




dose a perfeccionar su arte en la 
Academia del Janículo. 

Hasta entonces, las bases del 
concurso para estudiar en Italia, 
establecían el paisaje o el cuadro 
de composición histórica, nombre 
terrible este último, que hacía com- 
poner grandes lienzos de composi- 
ción amanerada, los cuales, salvo 
honrosas y determinadas excepcio- 
nes, fueron de un funesto y triste 
resultado. 

Ortiz Echagüe prefirió romper 
esta costumbre, marchando a Cer- 
deña para pintar su cuadro de en- 
vío, que fué premiado en la exposi- 
ción internacional de Munich con 
medalla de oro. El cuadro tiene ri- 
queza de color, habiendo en él cier- 
ta influencia recibida de los pinto- 
res flamencos, y sobre todo del fa- 
moso Van der Helst, que, como es 
sabido, estaba influenciado a su 
vez por los maestros españoles de 
aquella época. 

Dice Echagüe que el artista que 
consiga hacer una figura de tama- 
ño natural, como el Esopo de Ve- 
lázquez, reunirá, a su juicio, las 
máximas cualidades de un pintor. 
Tales palabras, pueden considerarse 
como la síntesis de sus aspiraciones 
artísticas. 

VÍCTOR Andrés. 



MOSTRANDO UM ÁLBUM CON LA REPRODUCCIÓN DE SUS OBRAS. 



^UJER 
DALUZA 




OLEO DE 

ANTONIO 

ORTIZ ECHAGÜE. 




PLVS • 
. VLTRA 



•l'X2>^— 








^ L pasado no siempre ha muerto. 
A veces sobrevive su espíritu 
^ y se continúa en realidades que 

parecsn una evocación de los 
días idos. Un ramo de flores primave- 
rales son estas lindas muchachas ar- 
gentinas, que esconden en el misterio 
de sus ojos las ternuras y adivinacio- 
nes espirituales de la raza. 

Pero no van solas por la vida. Las 
acompaña el pasado, sobreviviendo en 
ellas, que descienden de las damas pa- 
tricias, aquellas que vieron levantarse 
un nuevo sol mientras sus corazones se 
iluminaban con la dulce promesa ds 
los destinos de América. 

El nombre de la abuela y el de la 
nieta ciñen una misma corona de rosas 
bajo el techo familiar; la sombra de la 





Jj XcAjkíCj XcijkoX XxsXvsiXcXjuie}. 



SEÑORITA VALENTINA CAENZ-V ALI E NTF- 
AGUIRRE, SEGUNDA NIETA DE LA DAMA 
PATRICIA JUANA PUEYRREDÓN, ESPOSA 
DE DON ANSELMO 5ÁENZ-VALIENTE, PRO- 
GENITOR DE ESTE APELLIDO EN BUENOS 
AIRES. 



abuela proyecta sobre la nieta el 
ideal de la nacionalidad, como un 
severo manto negro. No obstante, 
la niña de hoy renuncia al cere- 
monioso tiempo de las abuelas, 
para vivir la vida inquieta, pene- 
trante, audaz, moderna... 

En Palermo se ven estas rosas 
de juventud, que al ir al bosque 
y recibir el aliento de los árboles 
olvidan las tristezas del sentimiento 
femenino que pesó sobre la exis- 
tencia de las abuelas y del que se 
han libertado ellas en un siglo, 
puente de oro que enlaza los orí- 
genes de la vida argentina con 
nuestro modo de sentir. 

Dos generaciones han transfor- 
mado la silueta de la mujer argen- 
tina haciéndola más universal, más 
interesante, más amable. Pero la 
belleza de las niñas que hoy ador- 
na los floridos salones, conserva 
algo de aquel aire señorial, melan- 



cólico de las damas que formaron el 
patriciado argentino. 

Lo antiguo y lo moderno, aquella 
obsesión de Rubén Darío, aquel soñar 
suyo con la fusión íntima del pasado y 
del presente, lo vemos realizado en estas 
figuras delicadas, sutiles, que nos son- 
ríen encantándonos con su secreto ta- 
lismán de mujer. 

El alma argentina tiene una profun- 
didad extraordinaria; está escondida en 
las miradas inquietantes y enigmáticas 
de sus mujeres, frivolas y serenas, rosas 
de fuego en un jardín de amor. 

Hemos pretendido buscar de esta ma- 
nera el nexo entre lo histórico y tradi- 
cional, presentado por el recuerdo de 
las ilustres damas que fueron orgullo 
de la sociedad argentina, y lo actual 



SEÑORITA AGUSTINA PICO ESTRADA, SEGUNDA 

NIETA DE LA DAMA PATRICIA BENITA N».ZARRE, 

ESPOSA DE DON BENITO FICO Y VALDI. 





SEÑORITA MERCEDES DE ALVEAR, SEGUNDA NIETA 
DE LA DAMA PATRICIA MERCEDES SÁENZ DE 
OUINTANILLA, ESPOSA DEL GENERAL DON CARLOS 
PE ALVEAR Y BALBASTRO PONCE DE LEÓN, 
PROCER DE LA INDEPENDENCIA. 



SEÑORITA MARÍA LUISA COSTANZO BLA- 
OUIER, SEGUNDA NIETA DE LA DAMA PA- 
TRICIA AGUSTINA DE LASALA, ESPOSA DE 
DON RAMÓN DE OROM ¡ Y MARTILLER, 
CABALLERO DE LA ORDEN DE CARLOS III. 

simbolizado en esas niñas represen- 
tativas de la alta sociedad porte- 
ña, luminosas en su moderna edu- 
cación, que, sin atenuar la sensibi- 
lidad y maneras de la estirpe, hace 
de la mujer un valor independiente 
y capaz de afrontar la vida con 
la misma energía moral que el 
hombre. 

Nada pierde la feminidad con 
esta decisión e independencia de 
espíritu, característica de las mu- 
chachas contemporáneas. 

Precisamente los críticos actua- 
les señalan la agudización de la 
sensibilidad en la mujer y en el 
hombre de nuestros días, como se 
comprueba en la maravillosa lite- 
ratura que llevó la disección de los 
más recónditos pliegues de la psl- 
quis contemporánea a la más ex- 
traordinaria sutilidad. 

Las americanas han dado una 
norma a las mujeres de la vieja 
Europa. Esa norma es la tranque- 



— V=>LS^'-^ ^' 



13 >X— 






StílORtTK ADELA SÁNCHEZ TERRERO, SE- 
CUNDA NIETA DE LA DAMA PATRICIA BER- 
MASDIHA CMAVARRÍA.E5POSA DEL GENERAL 
PItÓCER DE LA INDEPENDENCIA, DON ;UAN 
J03É VIAMONTE. 



campo. Ved en este lindo ramo de flores de 
juventud, el calor y el influjo de los astros 
que presiden la primavera en su gran movi- 
miento nocturno. Talismanes del alma feme- 
nina anudados con cadenas de rosas al cuello 
de cisne de las doncellas, cuando llenas de 
albor parecen hijas de la luna. 

iAh! Divinos rostros que alegráis esta pá- 
gina evocando encantadores cuadros del siglo 
XVIII. Pupilas ya inmortalizadas en antiguas 
pinturas y que podemos contemplar en vos- 
otras, viviendo otra vez. 

La aristocracia es sólo un perfume, un 
matiz que diferencia una mujer de otra mu- 
jer, como se diferencia una rosa de otra rosa. 
La más rara, la más fina, cuidada por el 
más hábil jardinero, es la rosa de aristocra- 
cia, distinta de las otras rosas del jardín. 

Vosotras tenéis ese perfume; sois las rosas 
que ganaron nuestro corazón cuando con- 
templábamos una infinita variedad de flores 
bajo los árboles dorados, junto a una fuente 
blanca. Entre todas las flores que recibían 
la misma luz del sol de la tarde, vosotras 
fuisteis las reinas que recibían el homenaje 



ffe 



m 



SEÑORITA'MARÍA EUGENIA' LÓPEZ GOWLAND, 
TERCERA NlEfA DE LA DAMA PATRICIA LUI- 
SA RIERA MERLO, ESPOSA DE DON VICENTE 
LÓPEZ Y PLANES, AUTOR DEL HIMNO NA- 
CIONAL ARGENTINO. 



za. la'resolución. el enigma que no 
parece enigma, porque se esconde 
detrás de unos labios aparente- 
mente serenos, y de unos ojos llenos 
de luz. que velan la sutilidad del 
pensamiento. 

Ese enigma encantador de la 
mujer argentina, ha triunfado en 
París, Madrid, Londres y Roma. 

Hay una estrella que rige los 
destinos de cada mujer; guía su fe- 
licidad y se nubla cuando el dolor 
brota en la tierra, como una hierba 
surgida espontáneamente en el 



de los poetas, de las mariposas y 
de la brisa suave. 

Vosotras continuáis nombres 
arraigados por el tiempo en el suelo 
argentino, los mismos nombres que 
llevaron mujeres acostumbradas a 
tener en Indias el fausto de la 
Corte española, a ocultar el rostro 
tras abanicos primorosos, a rezar 
en miniados y pequeños devocio- 
narios, a sentir el amor a través 
de la leyenda romancesca y a es- 
parcir en las misteriosas penum- 
bras del hogar un poco de sándalo. 




SCAORITA SUSANA LABOUCLE, TERCERA NIETA 
DE LA DAMA PATRICIA EUGENIA DE ESCALADA 
Y SALCEDO. CUAaDA DEL GENERAL LIBERTADOR 
JOSÉ DE SAN MARTÍN Y ESPOSA DE DON JOSÉ DE 
MARÍA, MIEMBRO DEL TRIBUNAL DEL CONSULADO. 



SEÑORITA JOSEFINA DF RIGLOS AlZAGA, TERCER». 
NIETA DE LA DAMA PATRICIA MERCEDES DE 
LAEALA Y FERNÁNDEZ DE LARPAZÁBAL, ESPOSA 
DEL CABALLERO DE SANTIAGO, DON MIGUEL DE 
RIGLOS Y SAN MARTÍN. 





SEÑORITA ANA DE LEZICA, TERCERA NIETA 
DE LA DAMA PATRICIA MARÍA SÁNCHEZ DE 
VELASCO, ESPOSA DE DON MARTÍN THOMP- 
SON, CORONEL DE LA INDEPENDENCIA. 



>>=^ — 



La niianaeía 

Olegario K/larianiio 

TCV. 



• Ditiuio de y\.licm 



rJ'O' 



I 



Linda Hilandera que hilas todo el día, 
hila, mas nunca dejes de cantar. 
De esos tus ojos claros, la alegría 
va a huir, según empiezo a sospechar. . . 

Hay en tu voz que es monocorde y fría 
un algo misterioso y singular. 
Tu alma que sólo a ti pertenecía, 
no es tuya y tras la de otro ha de vagar. 

A la luz de la luna, hoy percibí 
que, entre un rumor de espuelas relucientes, 
pasaba un caballero por aquí . . . 

¡Ay, Hilandera, si llegaste a amar, 
cuántas penas tus dedos transparentes 
y cuántas amarguras han de hilar! 



II 



Dos años han pasado. La Hilandera 
hila. . . Y en vano trata de cantar. 
Canta la llama del hogar y fuera 
danzan las hojas secas, sin cesar. 

— ¿A dónde vas, almita forastera, 
sin rumbo, en noche obscura y al azar? 
— Voy al encuentro de otro que me quiera; 
el que me quiso huyó y no ha de tornar. 

Espera un poco, que me voy también, 
en espera de días más serenos. 
Y ante el recuerdo del perdido bien 

la Hilandera infeliz tornó a cantar: 
Todo me falta en este invierno, menos 
lana en el huso y penas que llorar. 



III 



— Yo bien te aconsejaba, pobre amiga, 
que no amases. . . En fin. . . ¿para qué hablar? 
Fué tan triste tu amor cual la cantiga 
que no gustabas mucho de cantar. 

Hoy que, triste, pretendes evocar 
otros tiempos, consiente que te diga: 
Pensé en ti día y noche, sin cesar, 
y fuiste mi descanso y mi fatiga. 

Porque no sé si debo o no decir 
que te amo, Marta, y te amo de manera 
que sin ti no podría ya vivir. 

El sólo hombre que, fiel, te va a adorar 
soy yo, pastor de ovejas... La Hilandera 
tuvo una pobre choza por hogar. 



IV 



Mas, a veces, hilando ve asomar 
una pluma que avanza o retrocede, 
pluma de Caballero, a no dudar. 
Y cuando esto sucede 
la Hilandera, en continuo hilar, hilar, 
baja la frente y pónese a llorar... 

TRADUCCIÓN DEL PORTUGUÉS. 





— i:3X_;vx:S 







mi;\/oc/\c\on 



Por mucho que los soldados estrechen las filas, por muy juntas 
que estén las espuelas de las espuelas. h;iy sitio para los caballeros 
fantasmas. Son los espíritus de los hombres que en el combate 
abandonaron su musculosa vestidura; son los caídos gloriosa- 
mente, los que hacen un regimiento de cada escuadrón. Forman 
entre los jinetes para llenar los huecos, para estrechar el contac- 
to, para hacer un bloque duro como una roca andina. 

Nadie los ve; todos los patriotas los presienten. Son como 
nub«s de gloria, como una niebla de heroísmo que envuelve al 
regimiento. Marchan bajo la bandera, al son de los clarines, comu- 
nicando la inmortalidad, el valor y el sacrificio. Allí están pre- 
sentes, reunidos, del mismo modo que en una carga suprema se 



juntan los soldados dispersos para conquistar la indecisa victoria. 

A la cabeza, frente al peligro, van los fantasmas de los gauchos. 
Son los espíritus de aquellos espíritus, almas de almas, que se 
infiltran en el cuerpo de todos los sold.idos. San Martín. El de 
los Granaderos. Güemes. El de los Gauchos, ordenan todavía el 
triunfo de la Patria. Entre las lanzas, se adivinan los lanzones 
gauchescos, entre los sables aquellas dagas nobles y mortíferas 
como espadas de Toledo. Desfilan al son de los vítores popula- 
res, en homenaje a la Patria, bajo el sol de Mayo. 

Por mucho que los jinetes estrechen las filas, por muy juntas 
que estén las espuelas, por muy apiñados que se hallen los corazo- 
nes, habrá siempre espacio para los innúmeros caballeros fantasmas. 



OOUACHC DE ZAVATTARO. 



>y^— 




— I3>i_;v.':s "v. 'I ,~ri::> .-^ — 



L A 



M U J 



R 



L I M 



N A 




SEÑORITA CONSUELO LA HOÍ. 



SEÑORITA LUZ JAVRÍN. 




SÍHOrtilA CLAKA SORIA. 



En las mañanas luminosas de verano o grises de invierno, 
requerida por las innumerables iglesias de la ciudad de los virre- 
yes, la limeña, ataviada con la clásica mantilla española de sutiles 
encajes, evoca el recuerdo de pasados tiempos, de los que no queda 
sino el misticismo de estas mujeres cuyos ojos fulguran en la obs- 
curidad de los templos coloniales. 

A mediodía, o cuando el centelleo de las infinitas bombillas 
eléctricas proyecta torrentes de luz en las calles, en los barrios 
comerciales, la aglomeración y el tráfico crecen intensamente, 
debido exclusivamente a las mujeres: porque es la hora propicia 
para el paseo, la compra y la visita a los escaparates. 

La calle que arranca de la Plaza Mayor y concluye en la de 
San Martin, a la que alli denominan «Girón de la Unión», es la más 
concurrida, y por ella van y vienen las limeñas: vaporosas, ágiles, 
rítmicas, repartiendo sonrisas a la multitud apiñada en las aceras. 

El espíritu de estas mujeres está en relación con los encantos 
naturales. La limeña posee inteligencia y perspicacia; gusta de 
saborear los goces supremos del arte y ha formado sociedades con 
miras positivistas para su complemento cultural. 

Es demás hablar de las simpatías profundas que las limeñas 
en particular, y todas las peruanas en general, profesan sincera- 
mente por la Argentina y ponderan los encantos de nuestras por- 
teñas, que son el alma de Buenos Aires. 




SEÑORA PENDAVIS DE RÜBINSON. 



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NUEVA YORK DE NOCHE 



I 




Parece esta fotografía una ilustración de cualquier fantástica 
novela que nos transporte al reino de lo inverosímil. En la torre 
central, contando únicamente las ventanas iluminadas, se distinguen 
treinta pisos. En derredor de la torre, como satélites menores, otras 
casas desafían también al cielo en un milagro de la estática. 

Así, recostándose sobre la obscura bóveda, los rascacielos sirven 
de montura a collares de refulgentes diamantes como en la vidriera 
de una colosal joyería. 

Podrá opinarse que el rascacielos no es un prodigio de estética; 
podrá abominarse del loco tráfago, de los ruidos neurasténicos de la 
gran ciudad, pero nadie puede decir que Nueva York, vista desde 
una altura en la calma negra de la noche, no es admirable, portentosa. 

Así brilla la enorme ciudad todas las noches en que las nieblas 
del río no la envuelven en un espeso manto. Para los habitantes de 
otras villas, donde las luces no se apiñan y se enfilan como en los 
rascacielos neoyorquinos, este espectáculo resulta de una emoción 
indescriptible. El viajero pasa las horas muertas saboreando tan her- 
mosa vista panorámica, viendo el juego de las luces que nacen y mue- 
ren sobre las ventanas, y las que corren por las anchas vías. 

Poco a poco se van apagando hasta que sólo quedan algunos 
millares de luces diseminadas. Son las lámparas de los obreros insom- 
nes, de los que velan trabajando incansablemente por la cultura, 
por el porvenir. 

Cuando un acontecimiento jubiloso agita al mundo, las luces de 
la ciudad se refuerzan, Y son haces de resplandores blancos, que sur- 
can el cielo como colas y cabelleras de cometas, cohetes y palmas 
de cohetes que desde los techos de los rascacielos suben más alto y 
estallan en policromo chisporroteo. Entonces, Nueva York adquiere 
un aspecto que supera en mil veces a este extraordinario aspecto de 
las noches tranquilas. 

Hace pocos dias, al recibirse la noticia de que el Atlántico dejaba 
de ser un abismo infranqueable para los voladores, Nueva York 
poblóse de luces, ardió en una gigantesca fiesta dé la luz, fué un 
enorme castillo de pirotecnia. 

De este modo, la gran metrópoli celebra con derroches de ilumi- 
nación todos los triunfos de esa luz siempre brillante que el espíritu 
humano lleva dentro de su cerebro para alumbrar los caminos del 
mañana. 



1^13 >X- 




Los primeros fríos... 

suelen ser fatales para los organismos que no están prepa- 
rados. Los cambios bruscos de temperatura, las hume- 
dades, son causa de pertinaces resfríos que cuando 
encuentran terreno apropiado sangre débil dege- 
neran fácilmente en reumatismo, bronquitis crónica, 
o en traumatismos pulmonares, difíciles ya que no 
imposibles, de curar. 

Así, por tanto, si se encuentra usted débil y en mal 
estado de salud para soportar los rigores del invierno, 
empiece usted en seguida a fortificarse para evitar males 
mayores, con 

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— ir>L->»'^= >v'I— I 1-2^'^ — 



UNA SOLA PALABRA!... 




Una palabra honrada equivale a 
una declaración de fe. 

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FAUNA marítima DE GOLFO NUEVO 




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La expedición a Puerto Madryn, que el doctor 
Miguel Fernández llevó a cabo en compañía de 
los alumnos dsl último año del doctorado de 
Zoología, trajo un material abundante de la fau- 
na marina del Golfo Nuevo, obtenido ya sea 
recorriendo la costa, ya dragando con redes de 
fondo de varios modelos. 

En la fauna de fondo del Golfo Nuevo preva- 
lecen ante todo los esponjiarios; pero abundan 
también las ascidías simples y compuestas, las 
colonias de hidrozoarios y las actinias, de las 
que hay algunas especies notables por sus colo- 
res sumamente delicados. Abundan también 1 )s 
polielados y los anélidos, tanto los sedentarios 
como los errantes, distinguiéTdose entre estos 
últimos, por su forma y su tamaño, la Aphrodite 
aculeata. También los crustáceos, los equinoder- 
mos y los moluscos están representados por una 
cantidad de especies interesantes. La riqueza de 
peces del Golfo Nuevo es bien conocida; abunda 
ante todo el pejerrey, para cuya explotación in- 
dustrial fué fundada en Madryn, hace algunos 
años, una fábrica de conservas, cuyos productos 
pueden com.petír por zu calidad ventajosamente 
con 'os importa-los. 




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AGUADOR EGIPCIO 



V ii^^l^'^- ' I 







«Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan». — 
aseguró Bonaparte a sus soldados, para hacerles concebir grandiosa 
idea de la hazaña realizada por los destructores de la Bastilla con- 
vertidos en conquistadores. Hay muy pocos seres y cosas en Egipto 
que no nos miran desde cuarenta y más siglos de distancia. 

Ya en los tiempos de la primera dinastía, aguateros o aguadores 
como éste llenaban sus odres de cabra en el Nilo o en los raros pozos 
de aquella tierra sedienta que limita con el desierto. Muchísimos de 
ellos se encargaron de apaciguar la sed de los esclavos constructores 
de las pirámides, templos y palacios. Corrían entre las filas llevando 
el agua consoladora que apagaba una ansia orgánica de los albañiles, 
canteros y otros forzados creadores de las Bastillas espirituales. 
Y eran recibidos como una bendición del cielo, como una generosidad 
del rey; y, sin embargo, eran parte de una maldición fatal. 

También durante los dias triunfales, cuando el faraón o sus vic- 
toriosos generales volvían seguidos de prisioneros amarrados codo 
con codo, los aguadores circulaban entre la muchedumbre vocinglera 
y apiñada distribuyendo el líquido que templa los ardores del sol 
africano y refresca gargantas enronquecidas por los vítores. En las 
fiestas religiosas, el aguador corría de acá para allá aplacando la sed 
mejor que los sacerdotes de Osiris, Apis y otros ídolos. 

Ahora aguateros y aguadores egipcios rezan en árabe oraciones 
que Mahoma les impuso en nombre de Alá y merced a la espada. 
Los peregrinos y los paseantes, las muchedumbres jubilosas o tristes 
de «fellahs» egipcios encuentran en los odres de cabra el líquido sose- 
gador de siervos. Aunque la esclavitud se haya suavizado bastante, 
siempre precisarán los siervos agua, mucha agua; su sed es infinita. 

Ahora, en el dialecto arábigo que el actual egipcio usa, el agua se 
llama «mayya». Pronunciase guturalmente, como en un esfuerzo de 
la garganta seca, y parece una súplica de condenado. El «sagga», 
aguatero, llena su odre en las afueras, y se convierte en «himali», agua- 
dor, comerciante de agua, al entrar en las ciudades, o vende el odre 
a un «himali». Mediante un pedacito de cobre roñoso que ni casi 
tiene la forma de una moneda, el «himali» vende su grata mercadería 
a los pobres, como en los tiempos del glorioso Egipto faraónico. 



/\NO-lV-N^-XXXVril 



nIODMCMXIX 




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p>L-;v^.^ 



CLe/ARD 

CARLIZO 



ILUc/^Tl^AClON 

DE 



^^^/^ll^sp^G 





I 



UÉ en Chañarmuyo, en el 
solar de mis ascendientes. 

— ¿Chañarmuyo? — pre- 
guntará el lector. 

— Tal es el nombre, lector 
amigo: un pueblecito blanco y 
pequeñin dormido en e! rega- 
zo de una vega serrana, a cu- 
bierto del zonda y la ventisca, y arrullado por la 
pastoral de un río de leyenda. Ahí está donde lo 
plantara España; con sus higueras malagueñas, y 
sus naranjos de Sevilla: sus batanes y lagares cas- 
tizos: y entre las viñas, a la sombra de muros en- 
calados, el alma elemental — austera y riente — de la 
Madre Patria. Ese río canta serenatas en los días 
calmos y azules, y brama como un toro semental 
en días de creciente, cuando ha llovido mucho 
en las quiebras y cañadones de la montaña. 

De noche esplende el cielo innumerable. Las 
constelaciones que en la astrología de los pueblos 
se llaman El Zuri (avestruz). La Paloma, El 
Crucero, el Rosario y la Campana se destacan con 
limpieza única. Y calla el viento: y callan los ga- 
ñanes y huertanos sus decires y ovillejos: y tan 
sólo las acequias, llenas de agua, en su lento 
discurrir repiten no sé qué romance de viejo.,. 
Es entonces que en los patios — si es verano — 
o en torno a los hogares encendidos, si es invierno, 
que las ancianas refieren a los mozos y mozas de 
ogaño las malandanzas del diablo, y las hazañas 
de héroes olvidados, de cuyo choque o conjunción, 
y después de cruentos azares, durante la monto- 
nera, la tiranía y la organización nacional, surgió 
nuestro federalismo. 



II 



Cuando llega la primavera y empieza el deshielo, 
y las cumbres, antes cubiertas de nieve van tor- 
nándose azules, óyese en las cimas de la montaña 
un murmullo coral, de acordes extraños, como si 
arriba cantaran al ritmo de cítaras y tamboriles. 
Basta un soplo de brisa para que las armonías 
bajen al valle y se difundan. 

Siendo niño, ya sentí esa música: la piedra te- 
nía un idioma, el cerro paterno una canción. Fui 
adolescente, y en vacaciones, al regresar de una 
ciudad lejana, oí la música de siempre. Llegué a 
hombre; el amor y el dolor — buenos hermanos — 
me dieron a beber el vino del bien y del mal. 
Partí sin rumbo fijo: ambulé; y un día. desde el 
Buenos Aires trepidante y enorme, volví al pue- 
blo blanco y pequeñito, donde quedara mi infan- 
cia jugando con guijarros y margaritas. jSiempre 
escuché la rapsodia que modelan las cumbres! 

Era necesario encontrar la razón del fenómeno 
acústico y la encontré. El viento cordillerano, al 
cruzar los altos mogotes, desciende un tanto, se 
filtra por las escotaduras de los cerros menores 
y al rozar las estrías que forma la nieve, produce 
la ficción maravillosa de una melodía humana. 
El monte sonoro, el deshielo, la fuerza del aire y 
la dirección del viento, he ahí la razón del milagro. 
Mas, guardé en mis adentros la verdad y escuché 
con respeto la conseja de los ancianos. 

— ¡Ooo. . .!, ya está cantando el cerro; me han 
dicho. 

— ¿El cerro? Linda canción, viejo. 

— Es un encanto... Diz que en las cumbres 
hay un tesoro y un genio que lo cuida. Sólo espera 
que un hombre de buen discurso, valiente y sin 



pecado mortal llegue a la cima para entregárselo. 

— ¿Sí? 

— Sí, pues: desde muy cuanta suenan las voces. 

— Y ¿por qué ninguno se atreve? — he pregun- 
tado. 

— ¡Bah!... muchos han pretendido trepar la 
sierra. Pero a medida que subían, la música se 
iba, se iba; y soplaba el viento, la nevasca; y el 
hombre perdía el tino y la senda; y tenía que bajar 
derrotado. 

— ¿Nadie ha repetido la empresa? 

— Año a año no faltan quienes vayan a buscar- 
lo; y todos oímos la voz que nos llama pa arriba; 
y sabemos que día llegará que uno de nosotros 
encontrará el tapao (tesoro). 

No he querido contrariar la creencia de los an- 
cianos y de los mozos. ¿Para qué destrozar la ma- 
riposa de alas verdes que todas las primaveras 
baja de las cumbres, vuela sobre los olivares y 
viñedos, y deja en las almas su matiz de esperanza? 
Ellos, los espíritus castos y primitivos, lo oreen y 
dejémosles con su ilusión. Yo a mi vez, aquí en 
la ciudad ruda y enorme sigo creyendo en la mú- 
sica que llama hacia lo alto a ese pueblecito dor- 
mido en la hondura del valle. 

— ¡Oh artistas!, hermanos en el dolor y en el 
amor de la belleza: aquella música es un símbolo. 
¿No la habéis oído también, en las horas de inquie- 
tud y concepción, arriba, en las cimas del arte y 
de la vida, donde la gloria toca su melopea de 
eternidad? Si ponéis sinceridad y emoción heroi- 
ca en vuestra obra; si trabajáis con optimismo, 
estoy seguro que habréis oído la voz que invita a 
escalar las cumbres de la belleza. Aquí también, 
como en el monte de Chañarmuyo, hay un tesoro 
escondido. 



VN/V RELICUI/v DEL c/'IGLO 




IGLEJIA 
COLEGIO 



DE 

ALTA 
GRACIA 



MTRE las construcciones del tiempo de 
9Í\ "-^^j '^ Colonia que se conservan actualmen- 
y) /gira ce en la provincia de Córdoba, figura, 
'-^''"-^^ '::omo una de las más importantes, el 
lecular Colegio e Iglesia de Alta Gracia. 
Llegado a este lugar de aquella pro- 
vincia, y siguiendo por el camino que va hacia el 
poblado, se presenta a nuestra izquierda una masa 
arquitectónica de interesantes líneas, de formas va- 
riadas, y características en las construcciones de esa 
época Colonial; y a nuestra derecha el antiguo taja- 
mar, que con el ya destruido molino, ambos contem- 
poráneos de la mencionada construcción, fueron en 
su tiempo, elementos indispensables para el progreso 
de aquella rica y hoy extinguida colonia. El con- 
junto del vetusto edificio, cuya primitiva fábrica 
data del siglo xvii, es un exponente de la prosperi- 
dad jesuítica en aquel período; e impone a quien lo 
visita — a pesar de su franciscana pobreza — por 
el severo aspecto de su mole de ladrillo y canto que 
el tiempo en su trabajo de siglos ha dejado al des- 
cubierto, y el cual, al parecer arrepentido de su 
acción destructora, con manto verde gris de mus- 
gosa pátina va cubriendo en originales y capricho- 
sas guirnaldas. 

Próximos al pie de sus carcomidos muros, una in- 
teresante vista de conjunto nos es dado contemplar. 



CLAUSTRO. 



— i=»i_:>^-s 



adminndo b annonja que ofre- 
ce la sencilla composición de ar- 
quitectura que aquellos modes- 
tos alariies de antaSo nos han 
tacado. 

Al aaawidef unos cuant(>s es- 
ealonaa, nos hallamos ex un e:r,- 
pedrado atito. frente al crir-"^! 
pórtico de la Iglesia, cuya fecha 
de construcción — a pesar de las 
insoripctonas esculpidas tí aAo 
I6S9, que se hallan colocadas en 
él y que podrían hacer creer que 
esta foaie la verdadera lecha en 
quesee|acutó- esdelafio 1762. 
safita testimonio hecho por el 
Alguacil Mayor don Nicolás Gui- 
lledo, en 1779. que copio literal- 
mente y dice; «Hay sobre la por- 
tada de este edificio — de Alia 
Gracia — dos piedras de sapo 
labradas en cada una una piri- 
mide. y éstas tienen esculpidas 
el aAo de I6S9. las cuales piedras, 
se asienta, fueron sacadas de la 
otra portada vieja para poner en 
asta, que se concluyó e) afio de 
17tó...» 

Penetramos en la Iglesia y nos 
complace ti observar que no ha 
pasado aún por ella la mano pro- 
fana de quienes pretendiendo 
mejorar y enriquecer con malas 
entendidas restauraciones estas 
reliquias, introducen reformas 
que redundan en su perjuicio, y 
hioenles perder el interés que 
tienen cuando se las observa, tal 
cual quedaron después de sus 
siglas de existencia. 

Conaérvanse aún en su recinto 
objetas valiosos de su lejana 
grandeza: sus tres hermosos re- 
tablos, un pulpito de madera ta- 
llada, que nos dice de la habili- 
dad de artista que b ejecutó, un 
interesante confesonario de sen- 
cilla labor y de curiosas lineas: 
asi como la puerta de la sacris- 
tia, que con un pie de candela- 
bro, también de madera, forman 
aunque reducido un apreciable 
conjunto artístico. 

Traspuesta la puerta que une 
la Igloia con la sacrisiii. nos 
hallamos en ista. que es una 
sala blanca abovedada, y con es- 
caso moblaje, que comunicinda 
con otra más amplia une a su 
vez. por medio de una pequeña 
escalera, la Iglesia con las de- 
pendencias del antiguo Colegio, 
que hoy sirve de vivienda a 
los actuales poseedores de tan 




locados perpendicularmente a 
éstos, tienen su vista al exte- 
rior desde un mirador formado 
por tres arcos de medio punto 
y al que, mediante una angos- 
ta y empinada escalera de pie- 
dra, se puede llegar desde el 
camino que separa el edificio 
del tajamar y represa ya men- 
cionados anteriormente; dando 
al interior estos aposentos so- 
bre el claustro paralelo al pa- 
redón de la Iglesia. 

Esto es lo que queda, de lo 
que fué en lejanos tiempos un 
centro importante de laboriosa 
actividad. 

La somera descripción traza- 
da, y aun la simple visita de 
esta antigua construcción, no 
basta ni con mucho para com- 
prender la enorme energía des- 
plegada por quienes la ejecu- 
taron. 

Es menester, con la imagina- 
ción, retroceder varios siglos y 
ubicarse en aquel medio am- 
biente, para reconocer la ím- 
proba labor que representa el 
alzar una construcción de la 
índole de la de Alta Gracia que, 
a pesar de su modesta sencillez, 
tiene, a más del histórico, un 
importante y real valor cons- 
tructivo y artístico, que pres- 
ta grandioso relieve al monu- 
mento. 

Ese medio ambiente en que 
se habían propuesto levantar 
sus construcciones los pobla- 
dores primitivos de Córdoba, 
les era completamente adver- 
so, no sólo por la carencia de 
materiales, sino también por 
la falte de elementos en úti- 
les y personal tónico, práctico 
para elaborar los escasos de 
que disponían y hacer una 
aplicación ventajosa de todos 
ellos. 

Al ponernos en este lugar, no 
podemos menos de reconocer el 
tesón y energía de los que em- 
prendieron semejante obra, cuya 
demostración nos es permitido 
admirar en las construcciones 
que aún la utilitaria, la vandá- 
lica piqueta demoledora no se ha 
atrevido a destruir, , . 

Y nuestro espíritu sensibiliza- 
do por la mística tranquilidad de 
esta reliquia, interrógala para 
saber de la historia que sus anti- 
guos moradores presenciaron. 



CÚPULA Y CAMPANARIO VISTOS 
DESDE EL PATIO. 



preciada y artística reliquia histórica. 

Rodean estas habitaciones un gran pa- 
tio lamentablemente abandonado; sólo 
hay en él alguno que otro árbol raquítico 
en reemplazo del corpulento aguaribay 
desaparecido, y del cual a manera do mu- 
.ñón queda sobresaliendo de tierra un grue- 
so trozo de su tronco hachado, 

A este patío rectangular, formado des 
de sus lados por el paredón de la Iglesia 
y la tapia que lo separa del exterior, y 
por las arcadas de un claustro aboveda- 
do en sus otros dos, se llega de fuera 
por un interesante pórtico que queda en- 
frente a una escalinata de dos rampas y 
que constituye el motivo principal del 
patío; esta escalera permite llegar al ci- 
tado claustro y a los aposentos que dis- 
puestos en ángulo recto dan unos, a un 
patio posterior y también sobre el claus- 
tro paralelo a la fachada; y los otros, co- 



C" j^ Texto "':^ !['■•, 

■ fotografías *^"\1 

-{ y dibujos 

\ de 

\. « Lacalle A huso. 






ESCALINATA DEL CLAUSTRO, 




RETRATO -D-VN'-DEef CONOCIDO .~ 



PRíOPIEDAD-E)~Don~LOR.EN2.0-PELLE:IIANO 




PLVS • 
. VITPA 



— I3>L,^ 



X i np^v-x— 




Hay momentos de profun- 
do abandono, de inexplicable 
anhelo en nuestra vida, mo- 
mentos solitarios en que sólo 
nos son agradables las voces 
indefinidas de la naturaleza. 
Entonces, vale un mundo la 
sonrisa de una flor y se escu- 
cha como en la leyenda can- 
tar las hierbecitas del campo. 

Era una tarde casi otoñal, 
las últimas margaritas del 
campo, violetas, como un re- 
cuerdo perfumaban la hora: y 
en aquel camino habitual, la 
triste beatitud de la resigna- 
ción movía nuestros pasos ol- 
vidados. 

¿Por qué. la vieja quinta de 
las Glicinas, siempre silencio- 
sa bajo la hiedra funeraria, 
cobraba aquella tarde tan sin- 
gular animación? Diriase que 
la veía por primera vez. tal 
era la juventud que retozaba 
en sus piedras ancianas. Do- 
raba el sol sus tejas desteñi- 
das, sus ventanitas centena- 
rias perpetuamente cerradas y 
en el viejo aljibe colonial un 
silencio infantil parecía mirar 
de hito en hito a la muerte. 

Circunstancia extraña, la 
verja del jardín estaba abierta. 
hospitalaria y honda. Cuando 
entré en el perfumado desier- 
to, sólo un suspiro de flores 
delató mi presencia. ¡Qué re- 
cinto maravilloso! Era aquel el invernáculo de la 
primavera. A pesar del otoño precoz, la multitud 
de las flores esmaltaba el jardín, como en un 
paisaje del Renacimiento, y en el rincón escondi- 
do, donde un amorcillo griego se abrazaba a un 
cordero pascual, sonreían entre los laureles, divi- 
namente humanos, el Boticelli y el beato An- 
gélico. 

Por lógica sentimental me recosté sobre el flo- 
rido césped, y mi corazón era una página blanca 
para la pluma azul de la fantasía. 

Fué entonces que con paso de seda vi llegar a 
la Dama de otra Edad. ¡Dulce viejecita reclusa!. 
nunca olvidaré la ternura triste e insinuante de 
tus palabras en aquella tarde otoñal . . . Muchas 
de ellas, las más íntimas, quedarán escondidas 
pa.-a siempre, como esas flores de muerto que se 
guardan en el fondo de terciopelo de los relicarios. 
Otras, he de escribirlas, para consuelo de los hom- 
bres y regocijo de los románticos. Porque tú. vie- 
jecita de otra edad, me enseñaste aquella tarde la 
suave, incomparable poesía de las flores. Más que 
por libro docto, supe de su inteligencia por tu 
discreta plática sentimental. 

— ■ No creas en los reinos diversos. — me dijis- 
te. — todos son uno en el seno de la naturaleza. 
Entre las piedras, plantas, animales y nosotros 
mismos, no hay otra distancia que la de un grado 
más en el Silencio. Cuanto a las flores, ellas son 
las ilusiones palpables de la tierra, su verdadera 
carne espiritual, porque la naturaleza, que dicen 
insensible, es tan humana como nosotros y sufre 
y ama lo nTismo, pero en la inmensidad de su 
musical Silencio. 

Y volviéndose luego, con los brazos extendidos 
como si quisiese con ellos abarcar 
todo el jardín, añadió: 

— ¡Quién diría, hijo mío, que con 
estas flores plantadas por mi mano. 
he escrito el profundo poema de mi 
vida! Ellas son mi humanidad, mi 
decir verdadero, el símbolo perfu- 
mado de mi silencio. Para decirlo 
de una vez: la representación vivien- 
te de mi existencia interior. La úni- 
ca que cuenta para algo, en la sa- 
grada balanza de los destinos. Por 
ellas, mi vida, de la que los hombres 





no conocieron más que la vana apariencia, ha 
sido milagro en la soledad, perpetua sonrisa del 
Señor. En cada frágil tallo, muévese en el viento 
una querida ilusión, y por eso, a pesar del tiempo, 
reverdecen, año tras año. cada vez más hermosas 
mis lejanas primaveras. . . Ven. hijo mío: recorra- 
mos juntos el jardín, e iré volviendo para ti las 
hojas del escondido libro de mi vivir. 

Las palabras de la viejecita. como el leve vapor 
de un surtidor versallesco, salpicaban de perlas 
sentimentales la tarde de oro. En un tiesto de 
porcelana china, un arbusto locuaz nos habló con 
sus mil margaritas enamoradas. 

— Este arbusto, — dijo la dama, — guarda in- 
tacto el secreto de mi infancia, el si. el no. el 
mucho, poquito, nada, que hubo de realizarse: pero 
yo nunca deshojé la margarita augural del cuento 
legendario, y por eso conservo todavía, como este 
arbusto empedernido, las mil corolas de la in- 
fancia. Mas henos aquí, en la avenida de mis ro- 
sas, de mis múltiples rosas pasionarias: ellas re- 
presentan en su clásica belleza todo el eterno 
drama de mi carne virginal. La rebeldía de lo 
efímero, el encanto perverso de lo fugitivo: ¡Rosa 
blanca!, primera palidez, del primer estremeci- 
miento sensual. . . ¡Rosa té!, fiebre de mis noches 
alucinadas y solitarias... Rosa rosa, rubor del 
primer beso que pasó sin posarse. . . Rosa punzó, 
la herida cama! que se abre en el corazón y cuya 
sangre no dejará de correr nunca jamás... bien 
lo dijo el poeta: 

Oh.' rose, fkur ¡iipocryti-J 
fleur du silence! . . . 







Una agilidad imprevista 
prestaba su ritmo juvenil al 
andar de la dama, cuyos afi- 
lados dedos de marfil como 
subrayando sus palabras, aca- 
riciaban levemente las gráciles 
corolas, abrumadas de sueño. 
Y el perfume de las rosas era 
intenso como un quejido... 

Bordeando un breve y mo- 
desto sendero, unas violetas 
de Francia disimulábanse en- 
tre la hierba. 

— Son mis ilusiones coti- 
dianas, — decía la voz hospi- 
talaria, — las pequeñas y fie- 
les alegrías que decoran cada 
momento de la vida. Su per- 
fume inimitable es el que co- 
rresponde al intimo pañuelo 
de todos los instantes, siem- 
pre sumiso al alcance de la 
mano. He aquí, también, en 
este lugar tranquilo, la inge- 
nua afirmación del alhelí, 
música infantil, ritmo blan- 
co, que siempre me recuerda 
un verso querido. 

Canción allégale a mí 
dulce como la paloma, 
envuelta en ingenuo aroma 
de alhelí . . . 

Y la canción evocada, voló 
un momento por la tarde co- 
mo un pájaro sorprendido. 

— Veamos ahora: el nardo, 
— dijo la dama. — el bastón del apóstol que lle- 
va en la mano mi Sueño de dulzura universal. 
Es el dedo de la virtud heroica y sin tacha, que 
señala un lejano horizonte más allá de la vida. 
Y allí, ¡mira poeta!, tú que sabes ver, mira co- 
mo baja, desde aquel techo chinesco, la mara- 
villosa cascada de las campanillas azules. ¿No 
comprendes su divina fugacidad? Ellas te dirán 
mis ideas inexprimidas. mis sueños imposibles, 
la inaccesible belleza del anhelo fugitivo, que 
vive sólo un momento bajo el cielo azul... Y 
esta matita de resedá, pequeña y triste, que bro- 
ta a sus pies, es la matita de la resignación, la 
buena consejera que cierra cuidadosa las puer- 
tas de tu casa, para que no entre por ellas, ha- 
ciendo estragos, la locura vagabunda. 

La tarde agonizaba como una mariposa gigan- 
tesca, sobre el cristal de la ventanita elegida, y 
todas las flores desaparecían en el regazo de la 
noche. Un pequeño invernáculo nos interceptó el 
camino. Adivinando un misterio más hondo, pre- 
gunté: 

- Dulce señora, ¿qué preciosa flor es la que 
recelan estos vidrios opacos? 

— Esa — respondió la dama de antaño — es la 
única que no debía mostrarte: pero, qué importa, 
lo haré; algo me dice que tú eres digno de mi se- 
creto. 

La mano blanca empujó la puertecita empina- 
da que se abrió en un silencio religioso. Sobre 
un pedestal de basalto negro, en un vaso ve- 
neciano color de laguna, una fantástica flor de 
lis desplegaba la ducal armonía de su traje de 
seda. La viejecita y la flor me sonreían desde 
el fondo del silencio. 

- Es el secreto de mi alma. — di- 
jo aquélla. — Sí. es mi alma más 
verdadera, pálida y virginal. Nadie 
supo encontrarla sobre la tierra. 
Sólo la mano de Dios es digna de 
cortar su elevado tallo... 

El suspiro de la noche estreme- 
ció el jardín y la caricia infinita del 
plenilunio, rozando la nevada cabeza 
de la dama, fué a posarse en la flor 
de lis. como el pájaro azul de la 
leyenda. 

San Isidro, marzo de 1919. 



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El cuerno rebosante de agua pende de la cin- 
tura del quintero, sobre la grupa fuerte. Por de- 
lante, rae una área de pastos enhestos. cual una 
enjambrazón de fibras, acotándola laborioso en 
hileras largas de engavilladuras. La hoja de la 
guadaña — media luna de plata — va y viene a 
ras de los tallos. Y en el paso rítmico, tardo y 
seguro, parecen remar las- piernas: se balancea el 
cuerpo, a compás, igual a un péndulo. El alfalfar 
huele y sabe a tierra fecunda y fresca. Campean, 
obscuras, como versos rústicos estampados en un 
papiro prístino, las tandas. 

Es un bálsamo trascendido la tarde. . . La obs- 
curidad, crepuscular, lentamente, femenina, de- 
rrama voluptuosa sobre lo azul que consume una 
devanación de olvidos. . . El silencio, impregnado 
de fervor, se hace un copo fragante. A lo lejos se 
suavizan de las perspectivas abarcadas, los ángu- 



los cortantes: tamizados por humos de fondo que 
se apagan o esfuman contra ellas cariñosos. Se 
siente el alma de la creación ... El sabor de pasto, 
vivido, acre, embarga el ánimo, tonifica, exulta 
las facultades. La alegría espontánea fluye po- 
derosa a la boca en un canto sentido y pobre: como 
las aguas brutales de las montañas que arriban 
placenteras a los arcos de un puente. 

Coopera invadiendo el espacio un timbre me- 
tálico y dulce de cuerda. La piedra de afilar, al 
correr como un dedo tosco de genio por el filo 
curvo de la herramienta, le arranca ese sonido, 
sing;ul armen te. Llin . . . Llin . . . 

De píe, constituye un arpa tañida la guadaña. 
Y la boca del mozo, participación canora, esen- 
cial, por cuya barquinan eficaces los ritmos de la 
vida: alientos de amor, lo primario y supremo. 
Los pájaros aletean coloreándose en el horizonte 

ILUSTRACIÓN DE AlVAREZ. 



que se adormece. Las mariposas blancas, semejan 
vecinas, emergiendo y tumbándose fugaces, dimi- 
nutas canoas empavesadas en la transparencia de 
un mar de aire. 

Distintiva, de una hoja oscilante, una gota de 
rocío titila como un punto de espejo, ojo inefable, 
donde se concentra el alma vital y transitoria de 
lo circunstante y toda la grandeza permanente 
del cíelo. Perpendicular una estrella esparce el 
surtidor de sus destellos, abierta en flor caudal, 
sobre la noche secreta. Y el hálito de la naturaleza, 
la musa viva, útil y beneplácita, enamorada y 
joven, insistentemente eterna, se posesiona del 
corazón y el espíritu, como una novia, como una 
madre: sobre virtud de hora y realidad. 

Llin!... Llin!... La guadaña emborracha de 
timbres el silencio. Y es como el latido vibrante 
de un ala que conquista desde su filo la tierra. . . 





Ptvs • 

1. VUPA 




cA.LE)0 t> 



DE-LA-VIEJA 
HOLANDA 

^TxS^^cíicireU ac- — ^^ 

Denedito 



1:3 >^- 




El bandoleón dio las 6, la hora del 
aperitivo. Inmediatamente, el violín 
y la viola comenzaron a afinar, a 
templar el guitarrista, como plagian- 
do la «Danza macabra» de Saint 
Saens. Un tango lento, un tango ser- 
pentino empezó a enrollar y desen- 
rollar sus anillos melódicos. 

Pedro Vidal no había visto nunca 
aquella orquesta típica, cosa rara en 
un hombre tan experto. Los cuatro 
músicos iban vestidos de rojo, a ma- 
nera de zíngaros; el del bandoleón 
tenía perilla catalana con dos pun- 
tas; los otros tres estaban completa- 
mente rasurados y enormemente me- 
lenudos. Todos eran más feos que 
carátulas de tango, y tocaban metí- 



4 









dos en un enorme caldero tiznado. 
Tampoco conocía Vidal aquel ca- 
baret extraño. En los muros de pie- 
dra oscura y viscosa había espejos 
verdes y decoraciones monstruosas. 
Del techo colgaban telas de araña 
enormes como redes, donde, ilumi- 
nando el recinto, numerosos y gran- 



des bichos de luz estaban prisioneros. 
Las mesitas tenían manteles enluta- 
dos y sobre las copas oscilaban pena- 
chos de fuego. Negrí.simos, pequeñi- 
nes y con rojizas libreas, los cama- 
reros adivinaban los gustos alcohó- 
licos de cada cual. 

Las parejas rompieron el baile. 



Parejas de esqueletos desiguales, muy 
blancos los más bajos, muy amari- 
llos los más altos, parejas de esque- 
letos femeninos y varoniles. Las cho- 
quezuelas, los fémures, las tibias, los 
húmeros entrechocaban llevando el 
compás; los esternones y las costillas, 
al frotarse, también obedecían al rit- 
mo de aquella música lúgubre. 

Era un tango sin piel, sin sangre, 
sin formas, sin miradas, sin amor, sin 
odio; era la radiografía del tango; era 
el diagrama del tango. 

Pedro Vidal se entusiasmó. Bebió- 
se de un trago el wisky ardiente, y 
al levantar la copa vio que sus dedos 
no tenían carne. Fué hacia la luna 
más próxima, contemplándose sin re- 



— t3i_-x/<i3 N/i_n^r-2>x— 



^l^flL conocerse: se parecía a 

^mS^^ todos los esqueletos, se 

^KtK parecía a la Muerte. 

"^f^ttt Mas no tuvo miedo. Al 

vi contrarío: la sonrisa de 

^Sé^ sus Jabios descamados, 

N aquella sonrisa donde 

brillaban tres colmillos de oro. le 

puso alegre. 

•¡Vamos a mover las tabas!» — 
dijo. — y salió al encuentro de un 
esqueletito vivaracho que en direc- 
ción de él venia. 

; Te quebrara en las quebradas? 

:eguntó. 
:.o ten^ huesos de porcelana 
diina. " le respondió el esqueletito. 
~ ¡Asi me gustan las chinas! 

— íQué había sido compadre el 
esqueleto' 

— Pichón de compadre, no más. 
Tisculpá. vieja. 

¿Y de qué pagos? 
De junto la Chacarita. ¿Y vos? 
Nací en Tucumán, en una refi- 
nería de azúcar. 

— ¿Y el apelativo? 

— Me llaman Ro. . . osario. 

— ¡Qué fúnebre! 

Y l«i!aron: bailaron muy bisn. 
meior que nadie, e.i silencio, grave- 
mente, como si tuviesen músculos 
elásticos y firmes. El esqueletito co- 
nocía a la perfección todas las figuras 
complicadas del tango, y Vidal era 
un maestro. Aa. que ambos bailaban 
maquinalmente pudiendo mirarse y 
mirar e.i derredor sin perder detalle. 
Pedro reparó en que su compañera 
tenía pintados de rosa los pómulos y 
un lunar sobre la mandíbula inferior: 
la coquetería es más fuerte que 
la muerte. Después púsose a oir 
la música, un tango hecho con 
aires de todos los tangos, con 
melodías conocidas, un tango 
donde cada nota era un espec- 
tro. En el borde del caldero-tri- 
buna veíase el nombre de la 
composición: «Tango macabro». 
Entonces conoció a los músicos. 
Era la orquesta típica Mandin- 
ga, dirigida por el Enemigo en 
persona, la orquesta donde fi- 
guraban además Mefistófeles, 
Belcebú y Luzbel. 

— ¿Quién sos? — preguntó 
Vidal a su pareja, rompiendo el 
silencio. 

— No me conoces — dijo el 
esqueleto dando una carcajada 
lúgubre. 

— No. 

— Eso: nunca me conociste. 
Fui para vos un juguete, una 
muiteca. Me engañaste tan bien 
que no pude odiarte. La muerte 
llegó antes que el aborrecimien- 
to. Soy Rosalía. 

Instantáneamente, el esque- 
letito se convirtió en un recuer- 
do vivo, es decir, hizose carne, 
porque no hay recuerdo sin for- 
ma. Y entre los brazos de Vidal 
floreció una mujer, Rosalía, 
Rosa. Los mismos ojos, los mis- 
mos rizos, aquella garganta re- 
donda y robusta, aquel perfu- 
me olvidado. Pero la mirada 
heria en las pupilas como el do- 
ble puñal de unas tijeras, los 
rizos convirtiéronse en sierpes 
y en la garganta se dibujaron 
todos los músculos y las arte- 
rias del odio. El suave abrazo 
del baile se convirtió en un rí- 
gido abrazo de muerte. Las cos- 
tillas de Pedro crujían, aplas- 
tándose, ahogando el corazón 
que había resucitado para mo- 
rir como un pajarillo dentro de 
una jaula aplastada. 



Despertóse atontado por el 
alcohol y la pesadilla. Todo des- 
pertar equivale a una resurrec- 
ción. 

Pedro Vidal es el tango en 
persona, el tango en figura hu- 
mana, la estatua danzante del 



tango. Pocas veces se habrán emplea- 
do mejores materiales en una obra 
tan mediocre. Pedro Vidal tiene un 
rostro enérgico de noble y puro per- 
fil, y una planta de atleta. Su espí- 
ritu fué creado para dominar un arte 
y ser esclavo de una vocación. Esa 
hipnótica simpatía que se traduce en 
amores femeniles, cariños amistosos 
y admiraciones públicas, fluye de su 
alma. Es bueno, bondadoso y alegre 
a pesar del vicio, a pesar de los con- 
tagios, a pesar del tango. 

Sus padres, después de aumentar 
una fortuna heredada, vinieron a la 
metrópoli donde se distinguen entre 
la sociedad rica. Don Pedro peca 
más de aristócrata que de demócrata; 
la plebe le inspira lástima y piedad 
por sus males y sus enfermedades, 
que él trata de curar mediante una 
caridad aséptica. Honradote, dulce- 
mente egoísta y de mediana inteli- 
gencia, es doctor y señor al mismo 
tiempo, cosa bastante difícil. 

Doña Estaurófila, devota sin hipo- 
cresía, tampoco se distingue por su 
cariño a las costumbres plebeyas. 
Si con algunas muchedumbres tran- 
sige, es con la de tierra adentro, con 
las muchedumbres puebleras, que 
bailan el pericón nacional y convier- 
ten el tango en una danza honestí- 
sima. 

Ambos, pues, ningún mal ejemplo 
dieron a su hijo, al hijo querido, 
único, esperado y mimado. Por el 
contrario, las aficiones de Pedrito 
son el tormento de los días presentes, 
el desengaño, su vergüenza piadosa. 
¿Qué misterio psicológico encierra 



esta torcida predilección del here- 
dero? 

Pedro Vidal es una clase en perso- 
na, la estatua viviente de una clase. 
En estos grandes rios crecidos, la es- 
puma, el fango, los desechos y los 
microbios bajan revueltos entre sí y 
con el agua. Nadie sabe distinguir el 
lodo que mancha del lodo fertiliza- 
dor, la espuma limpia; nadie podrá 
separarlos sino el filtro casero. En 
el caso de Pedrito ni el filtro sirvió. 

Somos pueblo; de él venimos, en 
él caemos muchas veces y quizás a él 
vayamos. El agua de las inundacio- 
nes, la lava de los volcanes, las cris- 
paciones de los terremotos y las gue- 
rras nos transforman en pueblo. Y en 
medio de la calma, la plebe atrae uno 
a uno a sus desertores. Así. desde la 
manolesca duquesa de Alba - el 
ejemplo se impone porque está en 
boga — hasta Pedrito, hay numero- 
sos seres que practican una demo- 
cracia picaresca y maleante. 



El tango agoniza. Ya no es aquel 
baile mulato que llevaba en sus giros 
la ingenua y graciosa inspiración del 
arte africano. Después de revolver 
los bajos fondos, subió a la superfi- 
cie, a las cumbres sociales y pasó el 
par. Fué un momento de imperia- 
lismo «parvenú», un triunfo inaudito; 
duró lo que duran los imperios. Fué 
una revolución canallesca y mansa, 
un Terror cosquilloso. 

Ahora se ha hecho sabio, busca y 
rebusca originalidades, apela a todos 
los medios para vivir, agoniza. 





fotografías 

DE 

VARGAS 

MACHUCA. 



Pedro Vidal, el com- 
positor, el ejecutante, 
el bailarín, es uno de 
los médicos de cabece- 
ra. Cree todavía en que 
el rítmico conductor de 
multitudes sanará. 



Aquella misma tarde Pedro comu- 
nicó a sus camaradas que ya tenía 
completa la idea perseguida. 

Los tres compañeros de Vidal tam- 
bién formaban parte de la guardia 
vieja del tango. Entre los cuatro se 
habían constituido en orquesta típi- 
ca, una orquesta que sólo tocaba en 
el interior de un departamento ba- 
rato. Allí, la inspiración de Pedro 
era puesta en solfa, bajo la mirada 
pericial de Rosalía, la esqueletito de 
la pesadilla. 

- - Ya está la obra; una revista en 
un acto y tres cuadros. La escena 
principal se me ocurrió anoche dor- 
mido. Luego he proyectado las dos 
otras. 

- Vamos a ver - - dijo el del ban- 
doleón. 

- Bueno; primer cuadro. Esta jo- 
ven y yo aparecemos en escena, es 
decir, aparecen los dos cómicos en- 
cargados de representarnos. Rosa 
es la mejor bailarina de tango; tiene 
fama mundial, todos la admiran. 
Pedro es un músico pobre que ha 
escrito unos tangos, los mejores de 
todos y los ha compuesto para 
enamorar a Rosa. En esos tan- 
gos andan mezclados muchos esti- 
los criollos sin que nadie pueda de- 
cir que los robé. Durante toda 
la escena esas melodías, que 
forman una especie, sirven de 
romanza, de dúo amoroso, de 
terceto, etc., terminando en un 
baile general. Se llama; «El po- 
der del tango», o cosa parecida; 
ya veremos. 

El segundo cuadro es mi sue- 
ño de anoche. La escena queda 
a oscuras. Junto al proscenio 
aparece una orquesta típica ves- 
tida de diablos. Cuando empie- 
zan a tocar salen bailando poco 
a poco parejas de esqueletos. 
Sonido de huesos. A intervalos, 
una luz hace visibles las cabe- 
zas. Se oye el canto de todos los 
bailarines. Luego, yo encuentro 
una pareja y me pongo a bailar. 
Hablando, hablando, resulta 
que la muchacha es Rosa. Me da 
bromas lúgubres; dice que está 
muerta y celosa, y, por fin, me 
abraza muy fuerte. Yo pido 
perdón y me ahogo. Ya le da- 
remos carácter a esta escenita 
que ha de ser breve. Puede lla- 
marse «Tango macabro», «La 
agonía del tango», etc. 

Tercer cuadro; Nadie ha 
muerto. Sin embargo. Rosita 
llevaba parte de razón porque 
yo estuve a punto de olvidarla 
por otra. Esa otra entra en es- 
cena y vuelve a soltarme la de- 
claración número treinta y seis. 
Sale a su vez Rosita y tiene un 
dúo de celos con la tal. Después 
yo, que estoy enamorado terri- 
blemente, así se lo juro sin re- 
sultado positivo. Un tipo, que 
está loco por la otra, viene insti- 
gado por ella y cuando levanta 
la daga para matarme, Rosita 
se interpone y resulta herida 
levemente. Final de amores. 
Ahora bien; en toda la obra 
no habría una palabra habla- 
da; pura música. ¿Eso no es 
una trilogía? 

— Me gusta — diagnosticó el 
del bandoleón. 

— ¿Cómo se llamará eso? — 
inquirió el guitarrista. 

— No lo vas a escribir nunca 

— aseguró el de la viola. 
— ¿Es verdad que me querés? 

— dijo Rosita a Pedro mirán- 
dole tiernamente. 



'-^ — 



(-^^^t^-x^<^t^r-6 





En un villorrio cercano hay una quinta recostada sobre 
ia vía férrea que tiene una estación muy burguesa a pocos 
metros de distancia. Se vive en ella oyendo los alaridos de 
las locomotoras cada tres minutos, complicados con la fatiga 
resoplante de los monstruos en fuga, dulces notas que pres- 
tan a las estaciones ferroviarias su melancolía habitual. 
Además, el vapor que producen los monstruos se infiltra 
entre las copas de la arboleda, asociando la memoria de 
Stephenson a la exquisita trabazón de las ramas y los gajos 
del jardín. 
f Es la quinta de Soto Acebal, pintor de acuarelas en las 

/ que pone los caracteres de la raza que asoma a su cara; que 

I tiene una calle al frente, otra al fondo, otra al costado, 

I municipaimente adoquinadas, con casas plebeyas recubier- 

I tas de letreros que pregonan drogas para la ganadería o 

recomiendan candidaturas para diputaciones provinciales. 
Por la calzada pasan incesantemente vehículos sonoros, y 
por las aceras viandantes de todo linaje que acuden al 
pic-nic mensual del Orfeón en el hotel legendario, cuyo 
nombre aviva en las almas baratas la nostalgia de preca- 
rias dichas. 

E! villorrio cercano donde la quinta yace, tiene todo lo 
indispensable para endulzar la vida de los bienaventurados 
que aspiran al reino de los cielos, sin que les falte el color 
vivaz difundido en una atmósfera trivial, el aroma de las 
flores que recuerdan pretenciosamente al opopónax y al 
trébol encarnado, y el bullicioso sosiego de los pueblecillos 
ingenuos que se endomingan isócronamente cada siete días. 
La quinta del acuarelista es, no obstante, silenciosa y 
austera. No tiene leyendas escritas con matas de violetas 
en los bordes de las canteras, ni estatuas de los dioses po- 



pulares en las obras propicias, ni bancos pintados al laque 
sobre la espesura del follaje. 

El jardinero no es hombre de ideas propias; si lo fuese, 
el pintor habría emigrado ya de su dominio. 

Sola, discretamente sola, como una esmeralda sombría 
en un dudoso aderezo, la residencia del artista no se vincula 
al marco que la recuadra, ni al sentimiento perennemente 
veraniego de los vecinos. Sus árboles serios, como viejos que 
son, mantienen la indiferencia vanidosa y romántica de sus 
abolengos. De buena cepa, bien educados, han retenido su 
blasón a medida que han ido creciendo. Con la altivez de 
una imperecedera lozanía, que es en ellos supremacía, viven, 
hoy como ayer, la tranquila vida de lo definido, de lo armó- 
nicamente combinado, de lo que existe en afectuosa herman- 
dad con el buen vivir y el buen soñar. 

Hay exóticos pinos que bajan sus ramas hasta la tierra, 
como brazos cansados; encinas de antojadizos arabescos, 
eucaliptus. plátanos, y muchas, muchas flores extrañamente 
dibujadas, bizarramente luminosas, ilógicamente dispuestas. 
Entre todo, luces, sombras, misterios. Caminos sin preme- 
ditación de mirajes, en los que la línea va a perderse por su 
cuenta a su impreciso destino. Y si aquí cae un lampo de 
luz, que detona con inesperada vibración, se esconde abajo 
la sombra que lo justifica; detrás, una media tinta oportuna 
lo destaca todo íntegro; y entre los troncos y las hojas que 
tejen los fondos del inconstante cuadro habitual, manchas 
de cielo que modulan el acorde, instante por instante, con 
las franjas de la tarde, o con la irradiación meridiana o con 
la opacidad del nublado. 

Como es de imaginarse, el pintor siente que en medio de 
aquella expansión de naturales encantos, que es regalo para 



■V>LS^^y^& 




su paleta, fuerza es identificarse con el sol y la infinita 
«•cala de sus sorpresas. 

Así. el espíritu se aisla como el enamorado en la hora 
del tributo galante, y olvida lo prosaico de la calle, que es 
sendero de Id's: r.o oye el silbato estridente, ni lo asfixia 
el vapor qi:- .•; calderas de hierro y convierte su 

arboleda er. boscaje, y cambia de día y de siglo 

pora evocar lo qLe quiere su fantasía, más que lo que sus 
o)<>s ven: y hoy sombrío, maflana claro, su ensueño de artis- 
ta le define en el vago cuarto de hora en que una flor es 
sólo la tinta que expresa una emoción, una nube la forma 
que decora una id^a y un horizonte la línea que termina 
un romarK:r . por irrecusables mandatos del ca- 

pricho de % la luz de la quinta del pueblecillo 

ingenuo y ^c, .... ,. 

De este modo un poco infantil y otro poco vehemente, 
como \rr^r^v:i:^r'i-j dfa r.^r día ^ir^^ gloria para su uso per- 
sonal. ■' encuentra que las ilu- 
sione; auroras — se han ves- 
tido dr acucr jv '-':n ^i ari,,ir.ir'.' '.^rsij^nio de un ideal suyo. 

En esta singular abstracción, mientras los que aspiran 
al celeste reino van a merendar al hotel de las dichas pre- 
carias, él sigue mirando por entre los troncos del jardín para 
peiqiusar la silueta furttvi d« una dama que, en llegando 



al punto de la 
complementa el c 

Para el pintor í,^. .... . .. . 

también un oficio, y que lo-. 
determinado, una fronda - 
todo el secreto de una 
esto cuando un previo : 



:<; la rosa granate que 

-or „„„ 1-5 pintura es 

;n porvenir 

■-. encierran 

I i. iHay algo más que 

cce y hostiga? Sólo en 



el secreto esti el arte; ei r-=,, . ■:^ -ancamenle pintura. 

Jorge Soto pinta por satisfacer el apremio de ser feliz. 
Sin embargo, conociéndole bien pudiera sospecharse que 



su paleta no fuera el indispensable talismán. Si no tuviese 
colores, pintaría en verso y leeríamos el poema de su quinta, 
la égloga o la pastoral, el soneto de las araucarias o el ma- 
drigal de las violetas. ¿No habrá consultado una vez al 
amigo ese que subsiste dentro de cada sujeto para responder 
a ciertos íntimos interrogatorios? ¿Y el amigo no lo habrá 
inducido hacia las sugerentes virtudes del color? ¿No habrán 
dialogado en un mediodía blanco de plata o en una tarde 
violácea con estrias amarillentas sobre el borde del cielo? 

No pudiera dudarlo. Por sentirse mejor, pinta luminosas 
y poéticas acuarelas, como por cantar ante los geranios de 
una reja tentadora se haría trovador un caminante senti- 
mental. 

Dije que lo que Soto pinta acusa lo que la raza marca 
en su cara, y la verdad es que si hay lozanía en sus cuadros 
y puede hacerlos vibrar en una gama audaz, es porque sólo 
los siente bajo el impulso de lo que en él es jovialmente 
distintivo: su audacia, su lozanía, fuerzas del temperamento 
tan dominantes que fuera improbable esperarlas contenidas. 
Tal vez por eso mismo su mano prefiera la acuarela, que es 
vertiginosa: que rinde en breves momentos el vaivén de la 
ocasión feliz. Porque para lo que él forja bajo un cielo azul, 
menester es condensar el esfuerzo en los límites indefinidos 
de la evocación fugaz, dando luz y forma a la escena imagi- 
naria que flota sobre lo real en el efímero transcurso de la 
musa. Y la escena pictórica, la perdurable, la eterna, vive 
interiormente, como la belleza, como el arte que la consagra, 
como el episodio sRnr;ifivo que anima su realización. El cua- 



dro... el cuadro muere en cualquier pirte: en el bosque' 
en el arroyo, en la antesala del dentista, en el café de la 
Avenida, en el museo de Baltimore. 

Lo que hay en Soto, como sangre y como sensibilidad, 
es lo que hay en su obra, por lo que el experto podrá amo- 
nestarle con el índice enhiesto, diciéndole que con aquello 
del temperamento de que tanto se habla, vinculase la re- 
flexiva meditación del que lucha para cimentar su dominio 
individual, que no es en definitiva sino la brega empeñosa 
por prestar a la inquietud de la idea, la forma pasiva de lo 
eterno. Y quizás tenga razón el hombre que levanta el ín- 
dice, si lo hace como los abuelos cuando riñen suavemente 
a los nietos. Quizás tenga razón al rebelarse contra ese arte 
demasiado fresco y altivo, arrogante en fuerza de juventud, 
pregonando la omnipotencia tardía pero segura de quien 
somete el ímpetu de la garra al ceñido guante que acaba 
por conferir a la mano la ductilidad aristócrata de los ex- 
tremados. 

No que piense yo que lo impetuoso, lo espontáneo y hasta 
lo garrafal no sean valores descontables en el mercado del 
arte, pues que bien sé que acusa todo ello modalidades que 
admiro como fuerzas instintivas y sanas. Mas no podría 
olvidarse que toda fuerza ha menester del sometimiento 
para que su virtud se encauce y que en arte tal sometimien- 
to ha de ser sin tregua y sin fin. 

Cada artista es una progresión incesante; cada estado 
emocional implica una prístina fórmula expresiva: cada rin- 
cón de naturaleza tiene un sutil misterio que desentrañar, 
una esencia que cambia con la hora y con el sentimiento, 
como cambian las tonalidades de la quinta, a medida que 
va el cielo disponiendo la esencia del momento, el matiz 
del sitio indeciso, el aire de la glorieta o la penumbra del 
sendero que se incurva hacia la fronda. 

Enrique Prins. 



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«PUENTE CON LLUVIA», ORIGINAL OBRA DE HOKUSAl, EL MÁS 
CÉLEBRE DE LOS PAISAJISTAS JAPONESES. 1760 A 1849. 



Con una importante serie de gra- 
bados antiguos, estaña paciones en co- 
lor, libros mimados, apuntes y ka- 
kemonos originales pintados sobre 
seda, el señor A. Sarcoli, profesor 
del Conservatorio Musical de Tokio, 



ha inaugurada recientemente en Buenos Aires 
una interesante exposición de arte japonés, 
estando representados en ella los artistas que 
más significación alcanzaron duranie los cua- 
tro grandes períodos de la pintura japonesa. 
Aunque en la exposición hay algunas be- 
llas reproducciones de la época primitiva, 
donde las deidades y símbolos religiosos pre- 
sentan un marcado sello ritual, con tendencias 
a la inmovilidad hierática de los pintores ceno- 
bitas, lo verdaderamente notable del conjunto 
es la colección de grabados y estampas en 
color, correspondientes a los períodos sucesi- 
vos, que es cuando el arte japonés llega a su 



más alto grado de perfeccionamiento, tanto 
en el dibujo sintético como en la técnica y 
variedad de los matices. 

Entre los precursores y fundadores de la 
escuela imperial, destácanse las estampas de 
Daishi, inventor de los caracteres silábicos y 
el más antiguo de los pintores satíricos del 
Japón. Luego vienen las obras de Gaki, de 
Toba Sojo, de Densu y del inimitable Kanao- 
ka, que debe principalmente su fama al re- 
trato del príncipe Assa, existente en e! pala- 
cio de Ninwanji. cerca de Tokio. 

A continuación figuran los artistas que in- 
fluenciaron el arte europeo durante el siglo 




xviii, cuyas obras originales se con- 
servan en los museos orientales de 
Florencia, de París y de Londres. 
Flores miniadas, policromadas como 
gemas, crisantemos de un amarillo 
tornasol, lotos que se abren sobre 
la superficie muerta de los lagos, 
verdes y transparentes, y guindas 
florecidas de púrpura, con pétalos 
y hojas de oro. 

Pasando por alto los dibujos de 
Okyo y Jakuchú, cuya serie de pája- 
ros multicolores son una maravilla 
de estilización y elegancia, fijamos 
momentáneamente la atención en los 
pintores de figuras, tales como Sha- 
raku, Utamaro y Suruk Harunobu, 
que realizaron en su tiempo la labor 
más completa que se conoce, en todo 
cuanto se refiere a retratos y cos- 
tumbres niponas. 

Y, por último, anotaremos los be- 
llos paisajes de Hiroshige y Hokusai, 
impregnados de rara emoción deco- 
rativa. Ríos grises sin horizonte y sin 
orilla; cielos altos, azules, mancha- 
dos a lo lejos por nubes inmóviles, de 
suave transparencia rosada; panora- 
mas minúsculos con casitas y pago- 
das de plata; puentes negros que se 
inclinan sobre un agua sin fondo y 
sin color; tierras de blancura neva- 
da; montañas de basalto; pájaros ro- 
jos que cruzan raudos como flechas; 
mares turbulentos de ondas azules 
y maravilloso oleaje, entre cuyas 
blancas espumas, surge una visión de 
barcas rotas y amarillos esqueletos 
danzantes, y esas escenas populares 
nocturnas alumbradas por farolillos 
multicolores y por la gracia y la finu- 
ra de una observación sagaz, exacta, 
rebosante de picardía y de cariño a 
las costumbres tradicionales. 

Víctor Andrés. 






ESCENA DE COSTUMBRES NIPONAS, POR EL PINTOR HIROSHIGE, 
LLAMADO EL DE LOS CIEN VOLCANES. 1796 A 1858 





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El De J'cuBI\J^v4IENTo 






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Confieso con toda la dulce mansedumbre de mi 
carácter de buey envejecido, que soy un perfecto 
chambón a todo juego — desde el ta-te-tí hasta el 
poker — incluso las carambolas, las carreras y la 
lotería. El doctor Manuel Gorostiaga, que era un 
buen amigo mío. me acompañaba una noche de 
invierno, fria y lluviosa, en una interesante par- 
tida de billar, que habitualmente me ganaba, hace 
veinte años, en el «Club Social del Rosario», a 
pesar de la enorme ventaja que me concedía. El 
juego se hacia de esta manera: — Don Manuel 
apuntaba a la bola con el taco, hacía puntería y 
media el efecto, y cuando iba a dar el golpe, vol- 
vía la cabeza. Erraba pocas veces. Yo jugaba de- 
rechamente, ponía mis cinco sentidos, y. efectiva- 
mente, cuando no daba pifia se me iba la caram- 
bola por la corbata. . 

Estábamos aquella noche finalizando la habitual 
partida, cuando se acercó a la mesa de billar el 
doctor Gabriel Carrasco, que era por aquel enton- 
ces Ministro de Hacienda de Santa F6, y que ha- 
bía sido Intendente Municipal del Rosario, abo- 
gado, historiador, estadígrafo, etc. 

— Don Pablo, t— me dijo. — cuando usted con- 
cluya, tengo que hablar una palabra con usted. 

Don Manuel, visto el pedido de mi interlocu- 
tor, apresuró la partida, que ganó en pocos taca- 
zos más y con el último sorbo de café, bebido de 
pie. me puse a las -órdenes del ministro. Este me 
llevó a un saloncito reservado del club, nos sen- 
tamos en mullidos sillones, a la luz de la lumbre. 
y, como quien va a revelar un secreto profundo, 
«1 ministro me dijo en voz queda: 

— ¿Conoce usted la historia del descubi ¡miento 
de América? . . . 

Al principio no supe qué contestar. Me quedé 
perplejo. La pregunta era curiosa. Por ver a donde 
iba a parar, le dije: 

— Tal vez. . . un poco. . . no estoy bien seguro... 

— Pues ha de saber usted que Cristóbal Colón.. . 

— ¿Cristóbal Colón?... ¡Ah!. sí... ¿el genovés?... 

— Cristóbal Colón, después de haber ofrecido a 
todas las naciones regalarles un mundo nuevo — 
apoyado en la teoría de la redondez del orbe y del 
equilibrio de la tierra — desoído por todas ellas, 
se fué a España con su idea y con sus planos, a 
ver si esa nación, más justiciera que las otras. 
prestaba atención a su proyecto y aceptaba el 
regalo del nuevo mundo. . . Visionario, peregrino, 
genio, llegó un día a pie al convento de la Rábida. 
donde expuso su pensamiento a los frailes, quie- 
nes lo tomaron por loco, 
excepto el padre Marchena, 
confesor de la reina. Este 
fraile convenció a la sobe- 
rana que Cristóbal Colón 
no era loco. La reina en- 
tregó sus alhajas para ar- 
mar tres carabelas, la «Ni- 
ña». «La Pinta» y «La San- 
ta María» y Colón empren- 
dió el descubrimiento de 
América sal iendo del Puerto 
de Palos de Moguer. . . 




— Con que de Moguer. ¿eh?. . . |qué bonito! . . . 

Asi siguió el Ministro de Hacienda, durante una 
hora, contándome, detalle por detalle, la historia 
del descubrimiento del Nuevo Mundo. Habló de 




la isla de Guanahani. de los Pinzón, de Magallanes. 
del segundo viaje de Colón, de su vuelta a la Corte, 
de su encarcelamiento y su muerte, de la conquis- 
ta, de sus capitanes, amontonando los hechos, las 
circunstancias, los motivos, las consecuencias, el 
desarrollo • completo del colosal acontecimiento: 
puntualizando, definiendo, marcando, recordan- 




do fechas, documentos y todo esto dicho precipi- 
tadamente como un chorro continuo, como una 
válvula abierta, como un motor incansable, como 
una sierra sin fin. como una catarata, sin que me 
permitiera, siquiera una vez, intercalar un simple 
monosílabo en su verba terrible y avasalladora. 

— Usted sabrá, me dijo en cierto momento, que 
la primera fundación de la ciudad de Santa Fe la 
hizo Sebastián Gaboto en el puerto de Sancti 
Spiritus. 

— Ignoraba. . . — contesté lo más candidamen- 
te posible. 




— ¿Lo ignoraba usted?. . . Me alegro'que usted 
lo ignorase... Pues bien, si: Sebastián Gaboto 
fundó en Sancti Spiritus la ciudad, y más tarde, 
la fundó de nuevo en el lugar donde ahora se en- 
cuentra, al borde del río Santa Fe, lindando con 
la laguna de Guadalupe y sobre el puerto de Co- 
lastiné. 

— Que sea por muchos años. . . 

— Pero bien, continuó, en mi calidad de Mi- 
nistro de Hacienda he pensado que seria patrió- 
tico levantar un monumento a la memoria de 
Sebastián Gaboto. 

— No me opongo. . . 

— Pero creo. — agregó — que el monumento debe 
levantarse en el mismo lugar donde estaba el fuer- 
te, es decir, en la primera fundación de Santa Fe. 

— No me opongo. . . 

— Pero también, se me ha ocurrido que la ma- 
nera mejor de glorificar a Sebastián Gaboto. es la 
siguiente: — expropiar toda la tierra donde estuvo 
la primera ciudad, hacer en ella una gran escuela 
normal agrícola santafesina y colocar en el centro 
el monumento que he pensado debe hacerse a 
Gaboto. 

— No me opongo. . . pero no veo que yo tenga 
nada que ver con su proyecto. . . 

— |Cómo no. mi amigo, cómo no! . . . Usted es 
director del diario El Orden, que es amigo del go- 
bierno. Su diario es muy apreciado y muy res- 
petado . . . 

— Gracias . . . 

— Entonces, le pido a usted, que haga en su 
diario toda una campaña en pro de mi pensamien- 
to, pero una campaña seria, científica, histórica, 
de manera que convenza no sólo al pueblo, sino a 
la legislatura, que debe votar la escuela, la expro- 
piación y el monumento... 

— Me opongo. . . Me opongo terminantemente, 
terriblemente. . . 

— ¿Por qué se opone?. . . ¿No es usted amigo 
del gobierno?. . . ¿No le parece buena la idea?. . . 
¿No cree que sea un acto de verdadera justicia 
postuma honrar a Gaboto?... ¿No piensa usted 
en la gloria de Colón y de sus prosecutores?. . . 
¿No se siente usted inflamado de veneración por 
esos intrépidos conquistadores, por esos civiliza- 
dores del Nuevo Mundo?. . . 

Lo pensé un minuto. Después, apoyando la bar- 
ba en la palma de la mano, le dije lentamente: 

— Vea. mi querido ministro; si usted ha tenido 
necesidad de ilustrarme contándome la historia de 
Cristóbal Colón, que yo ignoraba en absoluto, 
¿cómo puedo conocer la vida, las hazañas y los 
méritos de Sebastián Gaboto, que por ser una fi- 
gura borrosa al lado del genio genovés. solamente 
los grandes investigado- 
res como usted pueden 
conocerla? 

El ministro se dio 
cuenta de la puñalada. 
Había estado excesivo en 
su curso de historia. Por 
eso no presentó nunca su 
proyecto de Escuela Agrí- 
cola y de monumento a 
Sebastián Gaboto en las 
tierras del fuerte de 
Sancti Spiritus. . . 




>>X— 




Éíuátárame tafier natíbo 
en el siglo hit} p itii, 
p justar en campo abierto 
con inbómita altibe^ 

por mi 23Í0S p por mi bama 
por mi patria p por mi rep. 

Pien cubierto con telaba, 
con escubo p con broquel, 
bcácabalgarme p bejarlc 
mi alaMn al capiller, 
p en la ermita bó se reja 
penetrar noble p cortés, 
pibiénbole al cielo bríos 
para ir al rebonbel; 
p entre rejos p promesas 
jurar que batallare, 

por mi J3Í0S p por mi bama 
por mi patria p por mi rep. 

&i se corre la morisma 
con arrojo o sorbibe?, 



p tace ri?a en los poblabos 
Sin bar treguas ni cuartel: 
con mi peto p espalbar 
para bien me precaber, 
afirmabo en mi alaján 
con mi mote en el arne'S 
a la lib lanzarme brabo, 
ton arrojo acometer 

por mi ©ios p por mi bama 
por mi patria p por mi rep. 

^i a quien cifte áurea corona 
le insultara algún tac}, 
p quisiera abasallarle 
olbíbanbo que es mi rep, 
a la justa bescenbiera 
ton toraje p altíbe?, 
p al follón besafiara 
p tenbicrale a mis pies. 




murmuranbo como rejo 

entre fiero braboncl: 

por mi 23ÍOS p por mi bama 
por mí patria p por mi rep. 

^i a la bama que es la bueña 
be mi biba p be mi ser, 
p ante quien me rinbo amante 
tumilbísimo a sus pies, 
infanjón o caballero 
Se atrebiera a besplacer, 
con la punta be mi lanja 
caballero en mi corcel, 
le obligara que a Sus plantas 
se postrara mup cortés, 
que no en balbe reja el mote 
be mi cscubo p be mí arnés: 
por mi ©ios p por mi bama 
por mí patria p por mí rep. 

¡S? así fjablara Si naciera 
en el siglo biej p seis! 



FIGURA F.CUESTKE EíN i'LATA Y MARFU,, ÉPOCA DEL RENACIMIENTO FLOKP:nTINO. 
PROPIEDAD DEL DOCTOR L. INURRIGARRO. 



-i=>i_;vx-^ 



El viento era propicio, y la galera obícura 
Con ¿gil movimiento rasfó la glauca hondura. 
Véspero, en el espacio, como limpio diamante 
Fulgía, y en las olas su estela rutilante 
Desplegaba una cinta de pálidos zafiros 
Que, al ondular, temblaban en caprichosos giros. 

Ariana se ha dormido en la fatal ribera 
De Naxos... Es de oro y luz su cabellera; 
Muestra el desnudo torso con grácil desaliño; 
Parece hecha de nácar, de rosas y de armiño: 
La sombra misma envuélvela en diáfano esplendor; 
Su desnudez es casta como la de una flor. 








iDespierta. hija divina de Pa.<!ifae. despierta! 
Sobre la mar sonora y en la playa desierta 
Desata sus cendales de fuego la mañana; 
De la celeste cuadriga flota la crin de grana 

Y en las más altas rocas ceñidas por la espuma 
Oprimen nuestros labios la planta azul de bruma... 
¡Despierta, Ariana, es hora! 

A. Ríl A NA X lxVCORcPORa.^N.'DO.y'E:-" 

¿Quién gime, canta o llora? 
¿Del fondo de la noche, quién empuja la aurora 
Con sus corceles rápidos y ardientes como el día? 
¿Quién en mis sueños vierte su frase de harmonía? 
¿Sois, acaso, las Syrtes fatales a Odiseo? 
¿Fantasmas engañosos que forja mi deseo? 
¿O las brisas errantes murmuran en mi oído 
Sus risas perfumadas? ¿Qué sois, Afán?... ¿Olvido?... 

Í.A5XSlRJMA5X EÑVUf:LTAS-t.S'-L.VE.R.JMA-MATXNAl,- — 

¡Hija del Sol! Te hablamos nosotras tus hermanas. 
Surgidas de la onda, venimos de lejanas 
Riberas, donde cae la sombra como un velo 

Y donde se amortaja de niebla gris el cielo. . . 
De allá, de la postrera Thulé desconocida, 
Donde moran los Ciclopes en horrenda guarida. 
Venimos en el lomo de curvos hipocampos 

Y sobre el mar dejamos regueros como lampos 
De púrpura y de ópalo... Audaces los Tritones 
Persiguennos con furia de encelados bridones; 
Pero su abrazo es bárbaro, brutal es su caricia: 
Muerde el Tritón, si besa; y estruja si acaricia. . . 
Por eso. entre las rocas de Naxos ignorada 
Plegamos, como cisnes, la aleta fatigada... 

CSHESS^SaARí-I AJNAv {SSgglcgsSS B 

¿Una galera extraña con las velas sombrías 

No habéis, en vuestra ruta, cruzado herma.nas mías? 

Una galera rauda, tendida el ancha vela. 

Hendió las glaucas ondas, dejando una alba estela; 

Los marineros iban cantando hacia el Egeo... 



yN. Rp I vA N^A X corví • dol-qr^^? 

¡Hermanas!... ¡Es la nave traidora de Teseo!... 
Como la flecha artera me hirió su engaño impuro, 

Y en plena primavera voy al Hades obscuro... 

^^^^^^LAc/' X (/"I R.Í1N Aa/° ^^^^^^ 

¡Oh frágil asfódelo que el huracán deshoja 

Y el inefable llanto del crepúsculo moja! 

ll0110!1010!Eai.^A Rol Av N A 'OHOÍlOli 

Partí soñando un mundo de amor y de belleza, 

Y circundada en flores mi juvenil cabeza 
Flotaban mis cabellos al soplo de la brisa, 
Del mar inmenso y calmo sobre la azul sonrisa. 
El héroe (¡oh falaz sueño!) amante iba a mi lado. 
Con la caliente sangre del monstruo aun salpicado, 
Volcando en mis oídos promesas de fortuna: 

Y con nupciales velos nos envolvió la luna... 
Así se consumaron mis bodas de un instante 
Sobre el dormido piélago, donde el alcyón errante 
Su grito agudo lanza sobre las crespas olas. 
¡Y desperté de Naxos en las riberas solas! 
¡Decidme qué infortunio es comparable al mío! 
¡Soy débil flor tronchada por vendaval bravio! 
¡Soy como alondra herida al remontar el vuelo 
Sedienta de esperanza, de luz, ámbito y cielo! 

¡Adiós nativas playas! ¡Adiós cielos de Greta! 
¡Adiós monte lejano bañado en luz violeta! 
¡Adiós hogar, ternuras, sonrisas de la infancia 
Que abandoné, perdidos en la brumal distancia! 
¡Todo se hundió en las sombras o naufragó en la noche! 



¡Flor pálida, que al cierzo hiemal inclina el broche! 
jOh lamentable esposa! ¡Oh Ariana infortunada! 

■V El 1 - 'N .f^" - \ X ^:orM • r v^' R-^cd P-^- 

Ni lágrimas os pido, ni quejas, ni canciones. 
Quiero las aceradas zarpas de los leones, 
Las cóleras del monstruo, los afilados dientes 
De los hircanos tigres, la hiél de las serpientes. 
El trueno con que Bóreas redobla sus timbales, 
Para olvidar mis ansias, para vengar mis males... 
¡Teseo! que mi sombra se junte en el Estigia 
Con tu pérfida sombra! ¡Los ábregos de Frigia 
Rasguen o despedacen tus velas voladoras, 
Y que la triple Hécate nuble su faz si lloras!... 



ex E 



Dtl. >'\/.^-vJ-vJElCT 13 y\ 



^. 



trO^^N^ «^ S! 



De súbito en la playa retumban cien clarines 
Hiriendo, como flechas de bronce, los confines... 
Su clamoroso grito prolongan las Bacantes: 
De címbalos y tímpanos los ecos resonantes 
Se mezclan a las flautas y al evohé sonoro 
En cristalino vértigo de cláusulas de oro. 

Blanco tropel de Ninfas cruza sembrando rosas; 
Arden en áureos trípodes las mirras olorosas. 
Los índicos perfumes, las esencias de Tracia, 
Las gomas de las Islas, el sándalo del Asia. . . 

Y Bakos, desceñida la flava cabellera. 
Avanza en carro ebúrneo, que arrastra ágil pantera. 

IPSXCDR.IBANTESX PR-ECEPlt.NDO • E.L • CORSTCJO 

¡Únanse en lírica pauta 

Tímpano, címbalo y flauta! 

¡Lance el sistro su parlera 

Agridulce y fugaz risa 

Y ondule la bayadera 

Como el junco al impulso de la brisa! 

¡Con sangre de vides los cráteres llenen! 
¡El pífano agudo levante su voz! 
Los crótalos huecos al aire resuenen 

Y dancen las Ninfas y Faunos en ronda veloz! 



\i ^ ^ 




>>=v— 




L\S'«BACANry " AGITAN DO-TlRSC'S-Y-DEJ'HOJANDO^rLOR.tJ^ 

jValles, florestas y vientos 
Desatad hondos acentos! 
¡De Naxos las playas solas 
Besen, mar azul, tus olas! 
¡Vuestras urnas ignoradas 
Abandonad, hamadriadas! 
¡Sátiros, Ninfas, Silvanos 
Danzad, cogidas las manos. 
Para la ronda nupcial 
De la misteriosa Virgen y Dionysos inmortal! 

DIQN Y505 X DF.5CENDlENPO-D£-SU-CARR0-yDlRlGl£NDOSE-A-AR.lANA 

¡Del fondo de las índicas regiones. 
Atravesando selvas y domando leones, 
Por mandato de arcana profecía 
Vengo hacia ti, soñada Esposa mía! 
Ni hostiles antros, ni hórridos tropeles 
De monstruos, detuvieron mis bajeles, 
Pues marchaba hacia Ti — y aquí me tienes 
Ceñida la corona nupcial sobre mis sienes. 

^^Rily^lM/K « C O JM - P A e/- I o" ivj 

¡Oh música suprema! ¡Celeste melodía! 

¡Cual inunda la trémula alma mía 

De tu voz el incienso resonante! 

¡Cómo en Ti, se refugia palpitante 

IVli ilusión, como el ave perseguida! 

¡Soy tu esclava de Amor! ¡Tuya es mi Vida! 




'í^-fl 



INVOCACIÓN «Ai* AFÍLODITA 




Hija de las espumas y de las glaucas ondas. 
Nacida en el misterio de la mar infinita. 
Enséñame el encanto de tus caricias hondas... 
¡Protégeme, Afrodita! 

En tu viviente y límpida llanura de esmeralda. 
Como el alcyón la ofrenda del canto deposita, 
De virginales rosas deshojo mi guirnalda... 
¡Protégeme, Afrodita! 

Haz que en mi seno el héroe recline la cabeza; 
Haz que mi beso encienda la llama en que palpita; 
Pon en mi amor el fuego de tu triunfal belleza... 
¡Protégeme, Afrodital 



«• 



• •. 



Como el pájaro azul de la leyenda 

Tu arrullo diste al dios, cual una ofrenda; 

Y tu arrullo fué luz, y se hizo llama, 

Y la llama fué Estrella que se inflama, 

Y la estrella formó constelaciones. . . 



•i» 



Así crecen, Ariana, mis pasiones! 



APIANA** F.XTENPIENPO-L.OS-h'RAVL.05-H/\CIA-D10NV<0> 

Quisiera para el dios, ser un perfume 
De mirra, que en la hoguera se consume; 
Y ser ola que asciende; y ser el canto 
De un astro; y de la Aurora el puro llanto! 



DIONYSOS >« ACERCANDO-SF. • A • AR-l ANA 

¡Myrtos! ¡Deshojad myrtos! . . . ¡Ornad de lirio y rosa 
La cabellera magna de la Esposa! 

¡Ceñid frescos laureles y pámpano flexible 
En la sien fulgurante del Esposo Invencible! 

¡Corra la savia ardiente de la Vida 

A henchir el corazón del Universo! 

¡Y palpiten en mi alma estremecida 

Tu beso, Ariana, y la embriaguez del Verso! 

A R.I ANA" ARROJÁNDOSE -EN-LOS-BRAZ-OS -DE l.-PÍQr 

¡Auras, pájaros, luz, selvas, perfumes! 
Hoguera inmaterial que me consumes 

En ímpetus de amor; 
¡Haced que me deshoje entre sus brazos 

Como un arbusto en flor! 

DlONYSOSxYx ARI ANA.X AL-MisMO-TiFMro 

Vésper en el azur abre su broche 

Como una flor sagrada. 
¡Y será nuestro tálamo la Noche 

De estrellas coronada! 



D I O N Y/O./ X CON- PK orUNDA'TKRvNL'RA 



ZT^IT 



A^LIlcLAÑ 



l_ií:>jt-,a.menite:- 



Blanco loto de ensueño presentido 
¡Ruiseñores del Ganges he traído 
Y las gemas extrañas del Oriente 
Para embriagar tu oído 
Y circundar tu frente! 



A. Ri I /K N /\ t CON • PROn >N DA- TFR>NVrRA 

Mi fe, — claro diamante, — 

Mi juventud y mi ternura ofrendo 

Al vencedor del Indus arrogante. 

Por quien la mirra del amor enciendo. 

DIONYSOS X DI ai c: I í:'. N DOS F. ' 1-1 AC 1 /^ • KL • M A R 

¡Apolo, que sumerges allá en el mar distante 
Tu carro de oro, alumbra los ojos de la amante! 
¡Ciñe en el halo fúlgido de tu heroico destello 
La perfumada selva de su blondo cabello! 



AP.T AIMAX Mír.NTR AS-CANTA-FRt^NTE-AL 



¡Hija del Sol! ¡Ariana! ¡Los dioses te han oído!... 
¡En Naxos, los boscajes de nuevo han florecido! 
A Ti, la cristalina canción de las fontanas; 
A Ti, el beso del Aura en las frondas lejanas; 
¡A Ti, el rumor polífono del mar meditabundo 
Y el estremecimiento de amor que agita el Mundo! 

¡De los hinchados odres corra la sangre hirviente! 
¡Oh, Mar! ¡Alcen tus olas epitalamio ardiente! 

./iLV?ANOcr»«MENADEy X Y xNlNFA/ 

¡Hija de Pasifae! . . . ¡Hijo de Semelé! . . . 

¡Oh Himené! ¡Oh Himené! ¡Evohé, Evohé, Evohé!... 

LL-.yU.-XVF-- CR.tPU./'CULO-DE rClt.NPF. •COMO'UNJ- 
VF.LO-,rOBRF.-F.l.-Dll..\TAPO-M.AR-AXUL.-MlEN~ 




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' \VaUcau 



I 



Es la hora azul. En el parque y 
en el bosque hay ya rincones ves- 
tidos de penumbra. Las pérgolas. 
las glorietas y las enredaderas se 
envuelven de misterio: los árboles 
se despojan de su forma y su co- 
lor para ser sólo siluetas, azules. 
violáceas: y en el Rosedal, una muy 
fina gasa de rocío, cubre los sende- 
ros y llora sobre las flores. Se en- 
cienden luces al par que estrellas. 
En el espejo del lago de cristal, 
coquetas se miran las hortensias y 
las dalias, ademadas de túnicas 
violetas. . . 

El parque se anima: llega la ho- 
ra de la fiesta cotidiana. De leja- 
nías viene el rumor de un suntuo- 
so desfile que se acerca. En el ca- 
mino, suena sonoro el trotar de los 
potros de Inglaterra: tocan las bo 
ciñas, llegan los autos y cruzai 
vibrando de energía: las cabalga 
tas no tardan en seguirlos y van 
llegando más autos y más coches. 
y poco a poco el camino, antes 
tranquilo es un enjambre de bri- 
llantes atalajes. La ciudad cercana 
vuelca sobre el parque un inter- 
minable y ruidoso borbotón de 
lujosas caravanas. 

El paseo de los rosales y los ti- 
los enciende sus luces encantadas. 
y las primeras princesitas del 
•chic» van apareciendo en la lumi- 
nosidad de sus galas blancas y 
pálidas. Detiénense los autos junto a la calzada: 
los paseantes se multiplican, recorren todo lo 
largo del camino, pasan y vuelven y comienza 
el desfile. Van los solitarios, las parejas amo- 
rosas y las bandadas alegres de las damitas de 
marfil y rosa. Bajo la sombra de los árboles, 
en los bancos y en el «parterre», se adivinan 
grupos elegantes. Hay deliciosas mujercitas de 
siluetas lánguidas y perezosas: hay ingenuas 
•poupées» delgaditas como chiquillos, hay, dis- 
frazadas de finezas muy «nonchalantes», domina- 
doras exquisitas y hay esclavos de monocle y 
trajes entallados. 

De los bancos se levantan parejas admirables. 
Con gestos tardíos y cansados, con una «allure» de 
elegancias sin sospecharlo, sin esfuerzo, sin brío, 
vanse caminando y se mezclan en los grupos de 
las damas de negras «aigrettes» y las princesitas 
casi niñas. 

Se acercan silenciosos más autos: los lacayos 
«muy puestos» abren las portezuelas, y ágiles y 
blandas y decididas, entre tules suaves y diáfa- 
nas gasas, como apariciones primaverales, entre 
risas y entre flores, saltan fuera las muñequitas 
de la «haute». 

Otros autos brillantes y majestuosos, vienen en 
busca de sus dueños. El «japonés», muy en su uni- 
forme y sus cordones, desciende con «Wotan», el 
«policía» mimado y espera a su dueña que se acer- 
ca y sube. Va muy elegante, con elegancia muy 
«boy», lleva gruesa sombrilla bajo el brazo y su 
traje de «museline de soie», «tres legére», es una 
brisa apenas, de sedas y de encajes. Bajo el som- 
brerón de paja, brillan unos ojos de mar sombrea- 
dos de misterio, asoman las pumitas de unos finos 
y enroscados bucles de oro, y toda ella está en 
la armonía de un «maquillage» perfecto en suavi- 
dades. Y parte el auto: un elegante, delgado y 
pálido, le mira alejarse y en el aire queda un per- 
fume de «Stik», de «Rosa d'Orsay», entre el humo 
de un «Kedive». 

Y siguen pasando deliciosas mujercitas, finas 
y delicadas como el alba de sus túnicas, y hombres 
elegantes, con una elegancia seria, muy «souple», 
muy inglesa: y al pasar y al cruzarse dejan todos 
ellos gestos de nobleza, palabras de ingenio y 
frases galantes. Hay aristocracia en los movi- 
mientos y en los espíritus. 

Cruje apenas la arena bajo los finos piececitos 
que parecen posarse con timidez, y las siluetas de 
vaporosas telas no se anuncian con un «frou-frou»; 
se adivinan, se sueñan, se las siente llegar, en el 
débil taconeo, en el suave rumor de los pliegues 
de seda . . . 

Junto al lago, en la glorieta de Diana Cazado- 




^ oroí.^olocAaM; 



O 



'5TIWC1ÜNES 
DE PELAE?. 



ra, bajo las madreselvas y los jazmines, charlan 
y ríen las parejas juveniles. 

Y nace la luna y las princesitas encantadas ves- 
tidas de nieve y Diana de mármol y el plumaje 
esponjoso de los cisnes y las manos largas y pá- 
lidas y los jazmines y los cuellos y los brazos de 
nácar y marfil: todo se tiñe de malva y azul, en 
una armonía generosa que todo lo envuelve, que 
todo lo vela y lo hace hermoso. 

Van pasando otra vez las bandadas blancas y 
las siluetas ágiles y vaporosas: de lejos parecen 
vestales que danzan y corren. . . Vuelve el desfile 
interminable: se oye el rodar de los coches y el 
trote animoso de los caballos: vibran de nuevo 
los motores enérgicos y la caravana se retira rui- 
dosa y elegante, llevándose a las princesitas de- 
liciosas y pálidas. Muy pronto no es sino un mur- 
mullo lejano. 

Se apagan algunas luces, se encienden más es- 
trellas. La luna ha remontado en su camino de 
luz y el parque se abandona en amorosa quietud. 
Los cisnes majestuosos nadan silenciosamente 
entre hilos de plata: nada se oye, ya todo duerme. 
Y de repente suena un grito, intenso, audaz, bra- 
vio, un grito fino y punzante como flecha lanzada 
en la noche. . . y es que en la glorieta de Diana, 
aristocráticamente hermoso, un pavo real, abrien- 
do su cola, ha saludado a la luna. 

II 

Es la hora azul. En el parque y en el bosque 
hay ya rincones vestidos de penumbra. Los sen- 
deros, las glorietas, las pérgolas y los macizos de 
hortensias y de rosas se cubren de humedad en 
largos y rasantes jirones de tules blancos... 
Son los sitios y lugares que ya conocemos. El mis- 
mo paseo de los rosales y los tilos. Un poco más 






J 




viejos los rosales, sus troncos más 
nudosos, más retorcidos y un poco 
más corpulentos los tilos, los plá- 
tanos y los Jacarandas. La misma 
escena, sólo han cambiado los ac- 
tores. 

Pero es ya tarde; la animación 
decae. La multitud levanta sus 
campamentos improvisados, sus 
tiendas de «pic-nic». los toldillos 
multicolores: recoge sus meriendas, 
vacía sobre el césped los restos de 
las canastas y reuniendo a los dis- 
persos y llamando a los chiquillos 
que corren todavía, se van. se 
pierden por los caminos, cantando 
y riendo. El rumor del enjambre 
disminuye, se aleja: pero grupos 
cercanos, aun huelgan y prosiguen 
la fiesta. En los «parterres», bajo 
los tilos y los castaños, hay hom- 
bres y mujeres que echados sobre 
el suelo, ríen y cantan. Suenan los 
acordeones, tañen las guitarras y 
hay parejas que bailan, entre chi- 
llidos y risotadas... Apenas si se 
apercibe la voz de los troveros que 
cantan y que tocan. Aumenta la 
algazara: en grupos más cercanos, 
es mayor el vocerío, más conti- 
nuas las carcajadas: nadie se oye, 
hay discusiones ruidosas donde las 
expresiones groseras ganan brillan- 
tes victorias y hay vulgares des- 
plantes y voceros enronquecidos. 
Bajo los eucaliptus, la reunión es 
numerosa y atrae a los dispersos: 
el público se multiplica, negra se 
ensancha la muchedumbre y se es- 
trujan, se aprietan, brotan insultos e interjeccio- 
nes. Un orador de voz robusta y enérgico ademán 
arenga a la gente, y pone en sus palabras senten- 
cias sin piedad... Los proletarios gritan entu- 
siasmados y hay resoplidos de alegría, aplausos 
ruidosos y «vivas» y «mueras», que lejanas reco- 
ge el eco del bosque. Concluye su peroración el 
«avanzado» y la plebe se desparrama por los ca- 
minos y por el césped... Los chiquillos corren, 
se esconden tras los rosales y las madres que los 
buscan, los persiguen por entre las flores, piso- 
teándolas y llevándose al pasar prendidas en sus 
faldas los gajos más generosos. 

Saltan los corchos, aun quedan botellas. El ora- 
dor remoja su garganta, escupe y bebe y brinda 
por sus «compañeros»: todos ríen y aplauden, gri- 
tan y cantan: los acordeones, entonces, arremeten 
furiosos, entonan la «marcha triunfal», que el 
parque entero corea. . . 

Y nace la luna: la luz de plata teje un encaje 
primoroso tras los castaños y los tilos. Los últi- 
mos grupos se levantan para marcharse. Cargan 
las mujeres con sus chiquillos y sus canastos, los 
hombres con sus ideas y sus botellas, se reúnen 
las familias, se despiden los grupos y el vocerío 
se apaga, se aleja. . . 

Aun pasan rezagados entre gritos destemplados 
y agrios, arrancan flores al pasar y adornan con 
ellas sus sombreros y sus guitarras. 

De la glorieta de Diana parten los últimos. 
Por entre las enredaderas de madreselvas y jaz- 
mines, la luna ilumina el lugar. Hay por la arena, 
sobre el césped y los arrayanes, papeles y trapos 
sucios, cascaras y naranjas pisoteadas y botellas 
y flores. Diana cubre su cabeza con un sombrero 
de periódico y sobre los bancos de mármol hay 
cajas desvencijadas, rotas canastas en cuyas heri- 
das se tiñen de rojo los jazmines caídos. Charcos 
de vino y de lodo, se extienden y chorrean por los 
escalones del lago. . . En el aire queda un vaho de 
humedad, de frutas, de «Toscanos» y «Cavoures», 
de vinagre, de taberna. . . 

Se apagan algunas luces, se encienden más es- 
trellas. Ya todo duerme. Los cisnes majestuosos 
nadan silenciosamente entre hilos de plata. Todo 
es quietud, nada se oye. Y de repente suena un 
gemido largo y punzante como flecha que cruza 
en la noche. . . y es que en la glorieta de Diana, 
aristocráticamente hermoso, más hermoso que 
nunca, un pavo real, pasando desdeñosamente por 
entre los papeles, las cascaras y los charcos de 
vino y de lodo, ha subido a lo alto, lanzando 
desde allí su grito de desilusión, y abriendo su cola, 
ha saludado a la luna. 







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ODA la vida de Máximo Gorki, ac- 
cidentada y andariega, está admi- 
rablemente sintetizada en un vulgar 
episodio, que dibuja con vigor la 
intererante figura del gran rebelde: 
Un buen día. llevado por su inex- 
tingible pasión errabunda, llegó a 
una pequeña población, perdida entre las soli- 
tarias rocas del Cáucaso: Tiflis. Traía el gran 
vagabundo, el alma henchida de las luminosa-, 
visiones del Mar Negro, que más tarde habían 
de servir de fondo para sus hermosas narracio- 
nes, y aun perduraba en su corazón el eco sal- 
vaje que. a las orillas del Don. recibiera oyendo 
las viejas canciones cosacas que añoran días de 
gloría y sangre. Venia de Kouban. ebrio de mar 
y cielo, sólo traía por todo bien, un pequeño y 
misero atado. Llegó a la estación de Tiflis. pi- 
dió trabajo, lo obtuvo. Fué simple changador. 
No tardaron stis jefes en descubrir en el recién 
venido virtudes superiores. ¿Quién era aquel hom- 
bre de humilde aspecto y de tan soberana elo- 
cuencia como penetrante inteligencia'? Después 
de las horas de ruda labor, y esto lo ha contado 
más tarde uno de sus jefes, se le veía rodeado 
por los innumerables obreros de las canteras, a 
quienes tan pronto les leía un libro, cuyo sentido 
aclaraba, como discurría con envidiable prepara- 
ción sobre los sucesos y temas más difíciles y va- 
riados. Fijos los ojos en aquel hombre extraño, 
habían de sentir aquellas almas vírgenes ensan- 
char su limitado horizonte espiritual, al conjuro 
de la cálida elocuencia de Pechkov (Gorki), mien- 
tras las brisas salinas del Mar Caspio reabrían 
en los corazones viejos ensueños que, para aque- 
llos pobres seres, se perdían misteriosamente tras 
los picudos y abruptos Alpes Caucásicos. 

Ocurrió, que estando una vez el subjefe leyendo 
una novela, halló algo referente a los masones. 
Quiso saber, como es muy natural, quiénes eran y 
lo qué hacían. Al parecer de aquel íjuen hombre, 
en Tiflis. fuera del jefe, nadie podía saber nada al 
respecto. Le preguntó y el jefe, sólo recordaba 
vagamente haber oído algo, pero en realidad estaba 
en ayunas sobre el punto. Presente en esas circuns- 
tancias Máximo Pechkov (Gorki), le manifestó al 
subjefe, que si no ter.ía inconveniente él seria el 
encargado de darle una relación detallada sobre la 
masonería. Jefe y subjefe, se miraron con una son- 
risa de incredulidad. ¿Cómo sería posible que aquel 
tosco changador, dijese algo con tino? Sin mayo- 
res preámbulos empezó Pechkov a explicarles el 



origen, desarrollo y finalidad de la masonería, 
con tales demostraciones de erudición y ameni- 
dad, que durante dos horas quedaron ambos oyén- 
dolo dentro del mayor asombro. Desde aquel mo- 
mento. Pechkov. compartía las largas veladas con 
sus jefes, cuya admiración iba en «crescendo». 
Además. Pechkov. mantenía una copiosa corres- 
pondencia y esto, avivaba aún más la curiosidad 
de sus dos amigos. 

¿Sería un estudiante perseguido? 

Se le aumentó el sueldo a veinticinco rublos, 
que Pechkov, despreocupado y pródigo, se encar- 
gaba de repartir entre los obreros más necesi- 
tados. Y así, hasta que una tarde, Pechkov se 
presentó en el despacho del jefe y le anunció su 
firme resolución de marcharse. Fueron inútiles las 
promesas y ruegos del superior. Había resuelto 
irse, y nada podía detenerlo. Se le pagó lo que le 
correspondía del sueldo, y al mismo tiempo, se le 
ofreció un pasaje hasta la estación que eligiese. 
Con la consiguiente extrañeza del buen jefe, 
Pechkov rechazó el ofrecimiento, limitándose a 
decir, que haría el largo trayecto a pie. Y sin más 
explicaciones, echó al hombro su mísero atado y 
calzado con burdas botas de fieltro salió del des- 
pacho con dirección a la población más cercana: 
Kazbeck. Durante algunos instantes pudo ver 
el jefe, a aquel hombre exótico marchar sereno 
hacia un punto ignoto, con la fe de un iluminado 




y la convicción de un apóstol. Impresionado, lo 
siguió con la mirada. Luego, en el silencio de la 
tarde, su figura se perdió en e! horizonte como 
un ensueño, y en la solitaria tristeza de Tiflis sólo 
quedó el recuerdo de un hombre que había sido 
muy sabio y muy bueno. 

Y así ha sido toda su vida. Arrastrado, desde la 
más corta edad, por una fuerza irresistible, aban- 
donó el hogar para ir por la nivea frialdad de la 
estepa, buscando con desesperación, algo, que si 
todavía palpitaba incierto en su gran corazón, 
presentía, en cambio, como un don, que más tarde 
había de brindarle conjuntamente con la gloria, 
la cárcel. Recorrió así toda la Rusia, llenando su 
alma con las mil escenas, que unas veces la cruel- 
dad de los hombres y otras, el amor, ofrecen al 
caminante que siente y observa. Impulsado por 
«un deseo feroz de aprender», se abrió a la vida con 
sin igual pasión y todo quiso verlo y para todos, 
de sus labios, brotó el perdón. Su odio, violento y 
santo, lo reservó para los tiranos. Vivió hermana- 
do con el hampa instantes trágicos, que han in- 
mortalizado sus narraciones. La miseria llevó su 
vida de andanzas a lo más abyecto de la sociedad, 
de donde su pluma tornó empapada en el dolor 
de los que sufren eterna miseria y degradación, 
para redimirlos con ternura en páginas reales, 
intensas y dramáticas. Comprendió, como ninguno, 
su misión sagrada de escritor y desde el primer 
rasgo de su pluma, vibró enérgica la protesta en 
un llamado formidable de rebeldía, contra la bar- 
barie, en nombre de la libertad y de la humanidad. 
Tembló toda la Santa Rusia, ante el rugido de 
aquel león que, suelto en la inmensidad de la es- 
tepa, mostraba sus garras y su odio. Y las puertas 
de la cárcel se abrieron para el gran vagabundo, 
para Máximo el «Amargo». Toda su obra refleja, 
con sinceridad absoluta, y con el desaliño selvá- 
tico de su gran temperamento, su vida de andan- 
zas, de incansable nómada, inquieto y rebelde, 
Y por eso, por haber vivido en el seno de la natu- 
raleza, nadie lo iguala, dentro de la literatura 
rusa, cuando su pluma, rica en colorido, pinta es- 
tremecida de emoción,... «el ruido y la luz del 
sol, mil veces reverberado por el mar» o bien... 
«la inmensidad infinita, libre y poderosa de la 
estepa». 

Cada acento de su alma trae un gran dolor co- 
lectivo. Siente el rumor del pueblo con cariño de 
padre, y su miseria lo conmueve, incitándole a la 
acción. 



>J^' 



pía po/mcHíiiid 
soíiimpnidl 

PORd 

JOMm I^. VILLA 




ILUS TKACION Dt 



Murió Ana María con las últimas violetas, cuan- 
do la primavera empezaba a insinuarse levemente 
vistiendo a los árboles de follaje y a las plantas de 
flores, allá en la tranquila, pequeña y antigua ciu- 
dad provinciana, envuelta en un silencio de claus- 
tro y en una paz labriega. 

Murió Ana María atacada por un mal, descono- 
cido para las sencillas gentes de la ciudad. Alguna 
persona dijo que le habían hecho daño. Y ni la 
madre con la experiencia de la edad y el natural 
interés de madre, ni la vieja criada con su astu- 
cia y perspicacia ingénitas de criolla, ni el bona- 
chón médico del pueblo con sus elementales cono- 
cimientos de su ciencia, lograron encontrar el ori- 
gen de la extraña enfermedad de la niña. 

Sólo Ana María sabía la causa de su mal. El 
había empezado poco tiempo después de conocer 
a Arturo, un arrogante oficial de caballería, todo 
bigotez y esbeltez, de facciones afeminadas aunque 
agradables; maestro en el arte de la seducción, 
tenaz cuando ponia en práctica sus variados re- 
cursos para conquistar a las mujeres y exigente 
hasta la terquedad cuando la rendición de la «pla- 
za asediada» le convertía en vencedor. 

Vio a Ana María en la modesta plaza de la ciu- 
dad, en una tarde maravillosamente hermosa de 
abril; gustóle e! garbo, fineza y hermosura de la 
riña y creyó adivinar en los negrísimos y húmedos 
ojos de mirada vaga y melancólica, una natura- 
leza sensible y un alma ingenua y buena, dulce 
y poética — tranquila como la azulada y tersa 
superficie de un lago — aún no surcada por el olea- 
je violento que produce la tempestad de las pa- 
siones. » 

Y la candorosa niña que como capullo de blanca 
rosa abríase a la vida, criada con la sencilla seve- 
ridad de las costumbres lugareñas, desconocedo- 
ra de los fingimientos y mentiras, como la tímida 
mariposa de vistosas alas que cae abrasada en la 
llama de una bujía, cayó ofuscada por el res- 
plandor intenso de dos lámparas traidoras: los 
azules ojos del teniente. 

Y desde entonces, el apuesto militar y la can- 
dida niña viéronse de noche, secretamente, en el 
jardín de la antigua casa de arquitectura colo- 
nial — construida por los antepasados de Ana 
María — bajo los naranjos en flor cuyos sutiles 
'erfumes embalsamaban el ambiente con un vaho 
enervador y voluptuoso que incitaba a olvidar 
¡as amarguras de la vida, a perdonar los agravios, 
a ser bueno, a pensar, a amar mucho. . . 

Las citas ocultas sucediéronse noche a noche 
por espacio de un mes. 

Ana María, del brazo de su amado y reclinando 
en uno de los hombros del teniente su adorable 
cabecita llena de ideas románticas, cuando todo 
era silencio en la vetusta casa, paseábase lenta- 
mente bajo los naranjos, embriagándose con el 
penetrante aroma de sus flores; invadida por una 
extraña laxitud, con los ojos cerrados dulcemente 
y la carmínea boquita entreabierta como para as- 
pirar ávidamente el aire cual si temiera que fuera 
a faltarle de improviso; sumida en un estado nir- 
vánico, con los sentidos insensibilizados por una 
especie de sopor. . . 

Durante estos paseos nocturnos, la jovencita 
experimentaba crisis agudas de sentimentalismo. 
Como una desesperada, abandonando su estado de 
inconsciencia, estrechaba a Arturo fuertemente 
con sus delgados y bien torneados brazos. Y en- 
tonces Ana María lloraba, sin saber por qué, con 
un desconsolamiento inmenso, sollozando frases 
sin sentido pero impregnadas de amor. . . 




Quizás vislumbraba un futuro nebuloso para 
ella o para su novio; tal vez presentía que la aguar- 
daba un cúmulo de desgracias y contrariedades 
en los días venideros. 

Indudablemente, por eso lloraba la provincia- 
nita toda idealidad y pasión. 



La racha glacial y furiosa de la Fatalidad arras- 
tró lejos, muy lejos, diluyéndolas en la atmósfera 
de lo irrealizable, una multitud de ilusiones dora- 
das alimentadas por el suave calor de un alma 
soñadora y bella, delicada como una sensitiva. 

Arturo marchóse de la ciudad serrana, sin expe- 
rimentar dolor alguno al separarse para siempre 
de Ana María. Su idilio había sido uno de los 
tantos que gustó en su vida, que empezaron y 
terminaron sin saber cómo y sin dejar la más leve 
huella en su espíritu de hombre materialista. Y 
fuese de la ciudad despreocupado y alegre como 
siempre, atizando hasta el último momento el 
fuego de las ilusiones de la niña con promesas fin- 
gidas y falsos juramentos. 

Ana María pretextó ante su madre urgente ne- 
cesidad de salir y fué a despedirlo a la estación. 

Y cuando el tren se perdió en la lejanía de la 
llanura, la jovencita sintió un vacío inmenso den- 
tro de sí; un vacío insondable que fuese llenando 
poco a poco con ideas tristes y presentimientos 
fúnebres. . . 

Y así pasaron varios meses en el vertiginoso 
rodar del tiempo. . . 

La ingenua provincianitasufría doblemente por- 
que sufría en silencio: el dolor compartido no nos 
parece tan acerbo. 

Ana María no tuvo noticias de Arturo, aunque 
buscó todos los medios para obtenerlas. 

Una mañana el correo trájole una carta que 
abrió y leyó con ansiedad profunda. Era de Arturo 
y le comunicaba lacónicamente su casamiento. . . 
con otra mujer. . . 

Fué el golpe de muerte asestado en el corazón 
de la pobre niña. Sufrió mucho, como sufren las 
almas delicadas cuando se las hiere brutalmente, y 
lloró en silencio y ocultamente su tremenda des- 
ventura... Paseó en las tardes tristes y serenas 
del invierno montañés por el jardín de los naran- 
jos, y rememoró los instantes de la felicidad ya 
muerta. 

El jardín ya no era el mismo; los naranjos es- 



taban mustios como si sufrieran una gran sequía, 
las plantas tristes, marchitas: una alfombra de 
hojas amarillentas y resecas cubría el suelo cru- 
jiendo suavemente cuando la niña las hollaba 
con sus diminutos pies. . . „ 

Desde entonces Ana María empezó a adelga- 
zar a ojos vistas, rápidamente, fatalmente. . . Los 
obscuros ojos perdieron el brillo intenso de los 
días pretéritos; el color rosado de la juventud 
esfumóse para siempre de sus pómulos; los labios, 
en un tiempo exquisitamente modelados y son- 
rientes, plegábanse ahora en un gesto de amar- 
gura, de desencanto, de profundo desaliento... 

Ana María fuese consumiendo poco a poco. . . 
Y llegó un día en que no pudo abandonar el lecho; 
tal era su debilidad y decaimiento físico. 

Desde entonces pasó la vida en un sillón espe- 
rando resignadamente la muerte... Los días se 
deslizaron en lenta sucesión de horas monótonas, 
sin objeto determinado, sin alicientes gratos, sin 
esperanzas fundadas, sin ambiciones definidas. . . 
Vivía únicamente su vida pasada. . . 

El mismo sufrimiento dióle un estoicismo sobre- 
natural. La mujer toda ensueños y optimismo 
volvióse materialista y escéptica hasta el des- 
aliento... Ya no lloraba: sonreía, pero con una 
sonrisa triste que enmascaraba al llanto y al 
dolor. . . 

Y una tarde, cuando las últimas violetas se 
agostaban y los primeros botones engalanaban los 
rosales, Ana María, contemplando el sol que se 
hundía lentamente tras la ingente mole de una 
sierra que recortábase nítidamente sobre el fondo 
opalino del horizonte, harta de aire y de perfu- 
mes, ebria de paisaje y de luz, cerró los ojos dul- 
cemente, plegó los labios en una sonrisa indefini- 
ble mezcla de dolor y de satisfacción y expiró. . . 

El astro del día acababa de esconderse detrás 
de una montaña majestuosa... La noche diá- 
fana y fresca descendió pesadamente... El cielo 
adquirió azulina transparencia... La luna brilló 
muy luego con su magnífica esplendidez. . . 

La ciudad estaba quieta, con quietud de cam- 
posanto. . . 

En el jardín de la vieja casa colonial los naran- 
jos estaban mustios como en los días dolorosos 
que vivió Ana María, la linda provincianita soña- 
dora y sencilla, frágil y pura como los lirios de 
su valle natal. 




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i Q<ió en lílaubcui}^ el ano 6c 1^0 jiíjniticanbofe:^ 
por haber 4Í60 d primero qm ÍHtro6uio,íl¿!u^o 
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I. VUPA 



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'cííecrao 




—T=>1^>^& X^'l_m:2>ís.— 




TRAJE BLONDINE. EN TAFETÁN MARRÓN, 

FLORES DEL MISMO TEJIDO RECOGEN LOS 

BULLONES. 



Tres enigmáticas pero modernísimas figurillas me espe- 
ran esta tarde, bajo el. círculo luminoso de mi lámpara, 
compañera fiel de mis horas de trabajo... Al tomarlas, 
debo acercarlas aún más a !a luz para descifrar — - con 
bastante dificultad — la leyenda anotada al pie de cada 
dibujo, y me parece descubrir cierta expresión de ironía, 
en esos ojillos apenas indicados por el rápido trazo de lápiz 
que ha cuidado con esmero de los detalles del vestido, — 
y era en este caso lo esencial: — pero que no ha tenido 
tiempo que perder para convencerme que las figurilla" 
que lucían los codiciados modelos dernier cri podían se.- 
admiradas también por su belleza... 

¿De dónde venimos? . . . ¿Qué es lo qué hacemos aquí? , . . 
parecían preguntarme... Busqué entonces la leyenda de 
la más atrayente de las tres, y leí: Longchamp. . . y ese 
solo nombre evocó, para mí, el cuadro inolvidable, ¡de 
luz y de color! El Gran Prix, acontecimiento indispensa- 
ble para la vida parisina, como lo es el Derby, para los 
hijos de Albión: después de la prolongada paralización 
de toda manifestación mundana, París revive sus fiestas 
predilectas, y sus elegantes mujeres se congregan, bulli- 
ciosas y coquetas, para lucir galas primaverales; dema- 
siado largos fueron los meses en que llevaron las sobrias 
vestiduras que simbolizarán para siempre la infinita ab- 
negación de esas mismas frágiles Tanagras, cuyos movi- 
mientos ciñe hoy la estrecha falda que las impone la moda. 

En el primero, cubre el estrecho forro de raso negro 
una túnica de tul blanco plegado, terminado por ancha 
franja de piel de mono. 

Es el segundo, de estilo sastre, de lana color almendra, 
con bordados del mismo color, pero en tono más obscuro; 
falda plegada. 

Luego, el traje para la tarde, hora del té. conciertes, 
visitas. . . Su nombre — Blondine — indica que deben 
llevarlo, con preferencia, las de dorada cabellera; está 
hecho todo de pequin marrón, y guarnecido con flores 
de la misma tela. 

La Dama Duende. 



t 





bfmmi 
wmofú 




fotografías tomadas 

expresamente para 

•PLVS VLTRA. 



X 



TRAJE DE CARRERAS, EN 
SATÍN NEGRO RECUBIERTO 
DE TUL BLANCO PLEGADO. 

LOS BAJOS DE LA FALDA, 

GUARNECIDOS CON PIEL 

DE MONO. 




SASTRE RIBERA. FORMA SASTRE EN TEJ IDO 
BEIGE, BORDADO CON CINTA PASADA, FAL- 
DA BEIGE PLEGADA. 



— I=>I_7v:s 



}j^- 



PINTORLe/'CO 



^^lt~*** la criatura vino al mundo, ya le 
tanin k» padrinos deudos, y hasta el notn- 
bre que — fuera varón o mu)er — debía lle- 
var al nombre del padrino, por cierto. 

qoe ara también el de la re^ón donde nada: 
fué mujer, y la llamaron Salvadora. . . era su 
destino. 

En aquellas parajes tan alejados de los 
rseunos de la civilización, donde las oostum- 
bras aaa tan primitivas y donde un sacer- 
dote tiene que atondar una (eligresia de mis 
de euaranta leguas, están autcri^.í Jas las 
penonas de mes represent'^ '^r a 

pooar el a(ua bautisnal a 1 ios. 

pots de k) contrario, corren ts: 
da lluai a su mayor edad sin V 
oifaido. 

nra los padres de nuestra ahijada, eran 
extiaojaras. y ito se conformaban con la cos- 
tumbre del lugar: querian que su hija fuera 
bautiíada por un sacerdote y en una iglesia: 
y oomo el establecimiento don'de residíamos. 
diitaha siete largas leguas, no diré de la igle- 
sia mes cercana, pero sí de la que tenia cura. 
tuvimos que salvar a caballo la .distancia 
que nos separaba de Belín. la capital del 
Departamento. 

Preeioao fué el recorrida que hicimos en 
numerosa caravatu acompal^ando a la niña 
a su bautizo: cruzamos cerros escarpados, 
Ileoos de lujuriante vegetación, donde col- 
gaban de irboles centenarios. Jas coquetas 
lianas que cantan los poetas, y a cuyo pie 
corrían las transparentes aguas de un arro- 
yito, alimentado, sin duda, por algún ma- 
nantial oculto bajo un tapiz de heléchos de 
variadisiinas formas y colores. 

¿Por qué — pensaba yo — llevar esta ñifla 
a una iglesia para acercarla a Dios? ¿No está 
más cerca de El aquí, rodeada de su obra? 
En medio de aquella salvaje y grandiosa 
naturaleza, donde es tan fuerte la sensación 
de la propia pequefíez. el alma se dilata y 
adora con verdadera unción al Creador de 
tanta maravilla, entrando realmente en co- 
munión con Dios. 

Allí es donde hubiera yo bautizado a mi 
ahijadita: sentía vehementes deseos de ha- 
cer un Jordán del plateado arroyito cuyas 
caprichosas curvas seguíamos en la quebra- 
da: pero.-, imposible ni dejar traslucir mi 
pensamiento: mis futuros compadres se hu- 




bieran horrorizado ante semejante idea y me 
hubieran creído, seguramente atea. 

La quebrada iba ensanchándose y nos 
acercábamos a la gran planicie que consti- 
tuye el valle llamada de Belón. cuando em- 
pezamos a oír, en medio del imponente silen- 
cio propio de aquellas regiones, algo asi 
como el lejano rumor del mar. A medida 
que avanzábamos, el ruido crecía en inten- 
sidad, pero no podíamos adivinar qué era 
lo que lo producía. Intrigados por aquel fe- 
nómeno, tratamos de inquirir su causa. 

«Son los loros, señor», nos dijo el mozo de 
mano sonriendo y un tanto extrañado de 
que nos sorprendiera un hecho tan común 
para él. 

No le creímos, sin embargo, pues el estré- 
pito iba ín crescendo y no parecía cosas de 
loros. El vago rumor de un mar lejano ¡base 
convirtiendo en el ruido ensordecedor del 
choque de furiosas olas sobre las rocas. Y. 
cuando, pasada una vuelta del camino, nos 
encontramos en el abra formada por la des- 
embocadura de una quebrada, el espectáculo 
que se ofreció a nuestra vista era verdadera- 
mente imponderable: millares y millares de 
loros cubrían allí los árboles: no se veía una 
hoja y había ramas que parecían no poder 
ya resistir el peso que tenían que soportar. 
Aquellos eran verdaderos árboles de loros, 
especie ésta que no figura en nuestro Jardín 
Botánico. 

Todos los endiablados y ruidosos pajarra- 
cos de la comarca, enemigos acérrimos del 
agricultor, se habían reunido allí en solemne 
congreso y sólo Dios sabe lo que discutían; 
pero sí aseguro que cientos de bocinas de 
automóvil sonando a la vez, juntamente con 
las campanas todas de nuestras iglesias lan- 
zadas a vuelo, no hubieran producido tanto 
ruido como el que hacían aquellos diminutos 
congresales. 

El espectáculo era muy original y de los 
que no se olvidan fácilmente, pero para ali- 



vio de nuestros tímpanos apuramos la mar- 
cha y pronto dejamos atrás aquella animada 
rsuni6n. que seguramente se habrá prolon- 
gado hasta la caída de la noche. 

Habíamos recorrido ya más de cuatro le- 
guas, cuando divisamos los primeros ranchi- 
tos que forman la población llamada Lon- 
dres', sitio donde residieron en otro tiempo 
los indios más valientes que habitaban lo 
que es hoy nuestro territorio: los Calchaquíes 
y los Quilmes. Existen aún algunos vestigios 
de su extinguida civilización, pues se ven 
todavía allí restos de ruinas de los fuertes 
que ellos hicieron, quizá para defenderse de 
los españoles que. venidos del Perú, funda- 
ron en aquel lugar la primera población, que 
ellos levantaron en territorio, hoy, argentino. 

No eligieron mal, por cierto, pues es ese 
punto uno de los rincones más pintorescos 
de la República, uno de los que más bellezas 
reúne. Lleva aquel pueblito el pomposo nom- 
bre de Londres, porque fué fundado en el 
afto 1559, en ocasión del casamiento de Feli- 
pe 11 con María de Inglaterra, hija de En- 
rique 111. 

A pesar de la atracción que ejercía sobre 
nosotros este precioso e histórico pueblo, con 
sus coquetos cerritos y sus tortuosos y som- 
bríos callejones, bordeados de acequias y 
desde donde la frondosidad de los árboles 
que los forman, no dejan ver ese cielo siem- 
pre azul y siempre diáfano: donde anidan la 
variedad más completa de pajaritos de vis- 
toso plumaje y armonioso canto, tuvimos 
que seguir viaje para no llegar demasiado 
tarde a nuestro destino. 

Eran las siete de la noche cuando arriba- 
mos a Belén, y fué con verdadera alegría que 
vimos el fin de la jornada, pues nuestros 
cuerpos poco habituados al exceso de ejer- 
cicio que les habíamDS exigido, veían con 
placer llegar la hora del reposo. 

Belén se parece mucho a Londres: pero 
todo en él es más grande: sus cerros son más 



EMlNy\* P. «DE 



altos, sus planicies mayores, los callejones 
más anchos: en lo que a naturaleza se re- 
fiere, se podría decir que es Londres visto 
a través de una lente de aumento; pero no 
siempre favorecen las mayores dimensiones. 
y esto, a mi juicio, pasa con estos dos pue- 
blos, uno es más grande, pero el otro mucho 
más hermoso. Como población, no hay com- 
paración. Belén es la capital del Departa- 
mento. Grande fué nuestra sorpresa al en- 
contrar allí una lujosa iglesia moderna, de 
tres amplias naves, que no desmerecería en 
un aristocrático barrio de nuestra Capital. 
No diré que la escuela y demás edificios sean 
en consecuencia; quizá las veinte leguas que 
separan esta población del ferrocarril, entor- 
pecen su adelanto. 

Al día siguiente de nuestra llegada, tuvo 
lugar el bautizo, al que concurrió gran parte 
de la población, atraída, sin duda, más por el 
deseo de ver a los forasteros — que tan po- 
cos llegan hasta aquellas regiones — que por 
el bautizo en sí. Esta ceremonia es allí como 
en todas partes, no tiene ninguna caracterís- 
tica especial que llame nuestra atención. 
Después de terminada fuimos obsequiados 
por el cura del lugar, con un suntuoso al- 
muerzo, al que concurrieron las autoridades 
y todas las personas representativas de Be- 
lén. Sociedad patriarcal aquélla, sencilla, hos- 
pitalaria, buena, como la que tantas veces 
(con una sonrisa incrédula en los labios) 
hemos oído describir a nuestras abuelas; in- 
crédula digo, porque las que hemos nacido 
en este medio y en esta época, no alcanza- 
mos a comprender que haya habido una so- 
ciedad sin doblez, sin vanidad, donde se tu- 
viera el culto de la amistad y del honor: y, 
sin embargo, hoy en pleno siglo xx, encon- 
tramos parajes donde sus habitantes, no han 
sido aún contaminados por los egoísmos y 
falsías que la civilización aporta. 

Dejamos Belén con verdadero pesar y vol- 
vimos a llevar a la pequeña cristiana, de ru- 
bios cabellos, a la adusta montaña que la 
vio nacer. 

Si como las madrinas de los cuentos de 
hadas, hubiera podido hacerle dones, hubie- 
ra sido uno de ellos, el que nunca dejara el 
majestuoso silencio de aquellos lugares, cuya 
nostalgia siento y seguramente no me aban- 
donará jamás. 




TRABA. J0-DC~L05~NIN05-CN~LAS-CALLL5-DE-LA5~CÍUD^DE5. 



• Toda obra que la mujer emprerwia. toda 
actividad generosa que la haga traspasar 
por un momento los lindes encantados de 
su propio hogar, acercarse a la vida, ponerse 
en situación de comprenderla, de darse cuen- 
ta de que hay un más allá hecho de injusti- 
cias tremendas y de dolores insospechados, 
lejos de hacer perder feminidad a su espí- 
ritu, la aumentará ensanchándose el cora- 
zón a medida que aumente el conocimiento». 
Esto dice Martínez Sierra, el maestro, el es- 
cultor de la palabra, que conoce el corazón 
femenino, como si viera sus sentimientos 
reflejados en un espejo. 

Aquí en nuestro ambiente van rompién- 
dose ya prejuicios de antaño, y vemos a dís- 
tininiídas damas que ocupan una posición 
sodal. que en otras épocas habría absor- 
bido por entero su vida, dedicarse no sola- 
mente a endulzar existencias, aliviando mi- 
serías, sino estudiando problemas sociales 
que eviten los males: que más caridad y 
mejor aplicada es propender a evitarlos que 
remediarlos. 

La sefiora Etelvina González Chaves de 
ToreUó, secretaria de actas del Consejo Ge- 
neral de Sar Vicente de Paul, ha encontra- 
da d tiempo, a pesar de sus múltiples obti- 
gadones olctaleí y mundanas, para tradu- 
cir a nuestro idioma un libro cuyo conoci- 
miento es tan necesarío en esta ciudad, 
donde el trabajo de los niños en la calle 
carece en absoluto de reglamentación y vi- 
gilaiKia. A con'l"""- ^' "anscribimos al- 
gunos párrafos ; ro, escrito por 
R. N. Qopper. escabeza estas 
lineas. Los cinco primeros capítulos exponen 
las condiciones y discuten las causas; los dos 

subsiguientes se "' 's efectos, y los 

últimos tratan . os. El asunto 

está presentado .-nplitud. 

• EL TRIBUNAL DE VENDEDORES DE DIARIOS 

En Boston se ha emprendido un ensaya 
interesante en el sufragio juvenil y de juris- 
prudencia, con el fin de poder contralorear 



hasta cierto punto ¡a tendencia de los dia- 
reros a la delincuencia, e infundirles un sen- 
timiento personal de responsabilidad. 

Durante el año 1909. cerca de trescientos 
diareros pasaron ante el tribunal para niños 
en esta ciudad, los cuales estaban acusados 
por violación a las reglas locales referentes 
a las autorizaciones. 

Como en éste tribunal había exceso de 
trabajo y demora- 
ban en pronunciar 
las sentencias, en 
vista de ésta situa- 
ción, los mucha- 
chos concibieron la 
idea de establecer 
un tribunal de ven- 
dedores de diarios 
que tendría juris- 
dicción en todos 
tos casos por faltas 
a la observancia de 
las reglas que rigen 
el oficio. Al año si- 
guiente se presentó 
una solicitud al Co- 
mité de las Escue- 
las de Boston, la 
que fué favorable- 
mente recibida por 
aquel cuerpo, y en 
conformidad, en la 
elección ordinaria 
del día en aquel 
año, los diareros 
echaron sus boli- 
llas para elegir tres 
jóvenes jueces para 
el tribunal. Estos 
tres muchachos y 
dos adultos desig- 
nados por el Co- 
mité de la Escuela, 
componen el tribu- 
nal. La elección de 
esos niños jueces, 
tiene lugar anual- 
mente y todos los 
diareros autoriza- 
dos que concurren 




SEfíORA MARÍA TERESA DE OUERRICO DE 2API0LA 
ACOSTA 

La consagración del enlace de la señorita de 
Cuerrico, con el señor Nicanor Zapiola Acosta, dio 
lugar a uno de los acontecimientos sociales más 
brillantes de la temporada. La ceremonia se efec- 
tuó en la elegante residencia de los esposos Guerrico- 
Carlés. en cuyo salón de honor se dispuso un sun- 
tuoso altar en el que se admiraron ornamentos 
sagrados de incalculable valor artístico, piezas pro- 
venientes de las colecciones propiedad de las familias 
de Guerrico, Bunge, García Calvo y Carballido. 

La gentil desposada lució, durante la solemne 
ceremonia, sobrio atavío de raso blanco, nimbando 
la delicadísima belleza de su rostro, así como su 
esbelta silueta, e! tradicional velo de tul de ilusión, 
sujeto sobre la frente por azahares y azucenas. 

La D. D. 



a las escuelas públicas, son calificados como 
electores. El tribunal está autorizado para 
investigar y manifestar sus fallos con las 
recomendaciones al Comité de las Escuelas 
en todos los casos de infracción a las reglas 
del diarero. Bajo la ley del Estado de Mas- 
sachusetts, el Comité de la Escuela está 
autorizado para reglamentar los oficios de 
la calle para niños menores de catorce años 
de edad; por eso los 
diareros están suje- 
tos puramente a la 
superintendencia 
local. El Inspector 
de menores autori- 
zados, que también 
es un delegado del 
Comité de las Es- 
cuelas, puede a su 
discreción tomar 
las acusaciones de 
su departamento 
ante el tribunal de 
los diareros en vez 
del tribunal de los 
jóvenes. A los jue- 
ces de los diareros 
se les paga cincuen- 
ta centavos por sus 
honorarios por cada 
sesión oficial del tri- 
bunal. Las acusa- 
ciones que se hacen 
ante la mesa del 
juicio, como se lla- 
ma en Boston el 
tribunal de los dia- 
reros, son las si- 
guientes: hacer la 
venta de diarios sin 
tener la divisa co- 
rrespondiente des- 
pués de las ocho de 
la noche, o en los 
tranvías; observar 
mala conducta; por 
inasistencia a la 
Escuela, por jugar 
o fumar. Las penas 
para estos casos va- 



rían desde las reprensiones, o la suspensión 
del permiso por un tiempo limitado o por la 
completa revocación. 



Aunque e! trabajo de vender diarios ha 
sido subd'vidido hasta cierto punto y tam- 
bién sistematizado por los directores de la 
circulación, SDn tantos los resultadas perju- 
diciales en los niños, que debería hacerse un 
cambio completo en los métodos que se em- 
plean al presente. 

Sabemos que este trabajo carece de vigi- 
lancia y di.'íciplina de parte de los adultos, 
lo que expone a los niños a los peligros ma- 
teriales que los acechan en las calles; que las 
horas tan matinales los fatiga y que las 
oportunidades para las malas compañías son 
muy frecuentes durante la noche; que las 
irregularidades de las comidas y el uso de 
los estimulantes tienden a debilitar sus or- 
ganismos; que no ofrece este trabajo oportu- 
nidades para adelantar, y que no conduce a 
nada útil. Sabemos, además, que la presen- 
cia d2l niño diarero en nuestras calles no 
puede justificarse por razón de la pobreza. 
En otros países se ha demostrado que a los 
niños no se les necesita para ia venta y el 
reparto de diarios; en fin, también se ha 
demostrado que la venta en los kioscos y el 
ocupar a hombres en vez de niños para la 
venta en las calles, son dos cosas factibles 
y de resultado satisfactorio. ¿Por qué no 
podemos introducir en los Estados Unidos 
tales prácticas? No hay duda en cuanto a 
la conveniencia de este cambio, pero la in- 
novación no será hecha seguramente con 
voluntad por parte de los diarios. La ley 
debe proceder con energía para prohibir a 
los niños el trabajo en las calles. » 

No es necesario hacer ninguna pondera- 
ción alrededor de la obra generosa de la se 
ñora de Torelló; basta hojear el libro para 
darse cuenta que sólo un espíritu femenino 
altruista, clarovidente y lleno de generosi- 
dad pudo dedicar mucho tiempo a tan in- 
grata tarea, para reportar un beneficio a 
nuestra sociedad. 



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rOTOCDAriA • DC 
rOANZ^VAN • DICL 




j^. CPíaíIa Qj,k2fhc^u3^pch 



Kismino Kusmoto es un rayito del Sol Na- 
ciente que fraterniza con los del Sol de Mayo; 
Kismino Kusmoto es un pimpollo de nenúfar ama- 
rillo que florece en tierra argentina: Kismino Kus- 
moto es una muñequita japonesa que habla el 
porteño. 

Tiene cuatro años, cuatro años reflexivos, tran- 
quilos: en su rostro de viva porcelana aún no ha 
nacido la eterna sonrisa nipona: en sus ojitos in- 
tensamente negros hay una miniatura de medi- 
tación. 

Kismino Kusmoto. la criolla japonesa, es el 
encanto de las miradas azules, de las miradas gri- 
ses, de las miradas morochas. Las manos blancas 
sienten la tentación de acariciar aquel cabello re- 
negrido y sedoso: los labios rojos desearían posarse 
en aquellas mejillas tersas: mas Kismino Kusmoto 



inspira un extraño respeto. Viéndola, se compren- 
de la veneración que el japonés tiene al niño: hay 
en aquella figura algo de sagrado: parece el ídolo 
bello y amable de una creencia misteriosa. 

Habitualmente, como buena criolla, viste a la 
europea. Esos trajes irracionales adquieren todo 
el aspecto de un disfraz, contrastando con la cari- 
ta de Kismino Kusmoto. Sólo en Carnaval, cuan- 
do las madres y las tías disfrazan a los chiquilines, 
martirizándoles cariñosamente, Kismino Kusmoto 
viste a la japonesa. Entonces, sobre el sedoso y 
florido «kimono», surge aquella cabecita rosada 
como flor de cerezo. Y la criolla japonesa se dis- 
tingue por la calma, de toda la turba infantil in- 
dócil, llorona y torpe. Kismino Kusmoto, erguida. 
imperturbable, tiene actitudes esculturales de una 
elegancia exótica. Ingenuamente representa la 



sabiduría artística de toda una raza original. 

Kismino Kusmoto, pimpollo de nenúfar ama- 
rillo, criollita japonesa, tú vivirás en tu patria de 
nacimiento mientras tus padres no realicen sus 
propósitos y vuelvan a su patria. Tal vez, la for- 
tuna quiera que tu sonrisa nipona florezca en tie- 
rra argentina. 

De todos modos, siempre has de ser un hilo 
tenue que unas dos razas. ¿Qué destino tiene re- 
servado el porvenir a tus compañeros y compañe- 
ras? ¿Qué gotas de voluntad y de inteligencia re- 
presentáis? 

¡Kismino Kusmoto, rayito de Sol Naciente que 
se hermana con los del Sol de Mayo, muñequita 
japonesa que habla porteño, la dicha te acom- 
pañe siempre! 



GOUACHE DE ALVAREZ, 



C2>X — 




— i^ux^-s 'V/a_nri3--x— 



M E R C A D I T O 



PARAGUAYO 




SIN NECESIDAD DE COMPLICADAS ADMINISTRACIONES. LOS INDÍGENAS COLOCAN SUS MERCADERÍAS SOBRE EL SUEL^ .ivEGONAN Y LAS VENDEN. NINGÚN MERCADO 

MODERNO PUEDE RIVALIZAR CON ESTOS MERCADITOS PARAGUAYOS. COMO NOTAS DE COLOR Y DE ARTE LLENAS DE LUZ Y DE PINTORESCA POESÍA. 





El encanto de un rostro agraciado 

no debe variai' ni con el transcurso de los 
años, pero es necesario saber conservarlo. 

Mme. Charlotte Rouvier 



Procedimiento novedoso contra los 
barrillos 

r^ESPUES de la revelación de recientes secre- 
'-^ tos de la ciencia moderna, no deben existir 
en ningún rostro femenino esos molestos barrillos, 
grasitud y poros dilatados que tanto restan a 
los encantos de la mujer y tan cruel efecto pro- 
ducen en el ánimo de la misma. El nuevo proce- 
dimiento elimina instantáneamente tales moles- 
tias sin necesidad de recurrir a masajes y sin da- 
ñar en lo más mínimo el delicado cutis. Se reco- 
mienda precisamente por su sencillez y por ser 
agradable. Obtenga algunas tabletas de stymol. 
cuidando estén siempre bien tapadas y en lugar 
seco. Eche una en un vaso con agua caliente. 
Luego de cesar la efervescencia que se produce 
y usando una esponjita o paño, someta su rostro 
a un abundante baño, secándose luego con una 
toalla limpia y blanda. Y con gran alegría notará 
usted que de su cara habrán desaparecido los 
barrillos y la grasitud. los poros se habrán con- 
traído, quedando un cutis claro, aterciopelado y 
fresco. Con tan sencilla operación, que puede re- 
petirse algunos días después para la definitiva 



permanencia de tan rápido éxito, se restituye al 
corazón la felicidad de los atractivos de la vida. 

Las canas. — Remedio casero 

QON muchas las razones para que consideremos 
*^ a las canas como huéspedes molestos, y mu- 
chas también las que nos hacen aborrecer el uso 
de los tintes. Y. por otra parte, no hay razón 
para tener canas si no queremos tenerlas. Devol- 
ver el color natural a las canas es realmente la 
cosa más sencilla. Basta comprar en la botica dos 
onzas de tammalite y mezclarlas con tres onzas 
de «bay-rhum» o espíritu de laurel. Apliqúese la 
loción a la cabellera por medio de una esponjita 
durante algunas noches, y las canas irán desapare- 
ciendo paulatinamente. Este líquido no es pega- 
joso ni grasicnto, ni tampoco produce daño de 
ningún género al cabello. Ha estado en uso du- 
rante generaciones que han conocido la fórmula, 
con los más satisfactorios resultados. 

Para extirpar las raíces del vello 

I AS damas a quienes contraríe el crecimiento 
'-^ de pelo superfluo, deben saber que hay un 
medio de hacerlo desaparecer, no sólo temporal- 
mente, sino de matar por completo sus raices. 
Para este propósito basta aplicar porlac puro pul- 
verizado a la parte donde se haya presentado ese 
huésped molesto. Este tratamiento se recomienda 
porque borra instantáneamente el vello y además 
extirpa para siempre sus raíces de tal manera que 
el vello no vuelve a hacer su aparición. Una onza 
de porlac. que puede usted comprar en cualquier 
botica, es suficiente para el caso. 

Renovación del cutis 

f^REO poder contribuir en al^o a la felicidad 
^^ de muchas mujeres revelando un interesante 
«secreto de belleza» que, en gran parte, disipa el 
temor al avance de los años. 

Pienso que cuando el cutis se torna incoloro, 



arrugado y feo a consecuencia de los años, o - - 
en la mayoría de los casos — por el deplorable 
efecto de tratamientos equivocados, sólo queda 
un remedio a que acudir. Me refiero a la elimi- 
nación de esa capa o velo rígido y apergaminado 
que cubre la piel nueva y lozana oculta por el 
mismo, fenómeno que invariablemente se repite 
en todos los cutis femeninos. Para llegar paula- 
tinamente a este resultado, se usa cera mercoli- 
zada buena, que durante algunas noches se ex- 
tenderá suavemente por el rostro sin hacer ma- 
saje. Poco a poco la piel externa, sin vida, em- 
pieza a desprenderse en pequeñas partículas, de- 
jando en descubierto el hermoso y aterciopelado 
cutis que se encuentra inmediatamente debajo. 
Conozco algunas damas que han recurrido a este 
sencillo procedimiento, y hoy sus cutis son per- 
fectos. 

Como la mayoría de las mujeres, tengo horror 
a parecer vieja, de manera que ha sido para mí 
una gran satisfacción el descubrimiento y resul- 
tado de este método tan sencillo como eficaz. 

El atractivo de los Cabellos Abundantes 

T A belleza del cabello contribuye poderosamen- 
te al magnetismo personal de damas y caba- 
lleros. Lo mismo las actrices que las damas de 
la sociedad elegante, están siempre a la mira de 
cualquier producto inofensivo que aumente la 
natural hermosura de su cabellera. El remedio 
novísimo es usar stallax puro como shampoo a 
causa de la brillantez, suavidad y ondulación que 
produce en el pelo. Como el stallax no ha sido 
usado nunca antes de ahora para este efecto, sólo 
lo reciben los droguistas en paquetes con sello 
original, conteniendo cada uno cantidad suficien- 
te para veinticinco a treinta lavados de cabeza. 
Una cucharadita de las de café llena de los olo- 
rosos granulos del stallax, disuelta en una taza 
de agua caliente, es más que bastante para cada 
shampoo. Beneficia y estimula grandemente el 
cabello, además del efecto embellecedor que le 
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Mi desesperación 



Mi desesperación no reco- 
nocía límites; una horrible 
caspa destruía lentamente 
mi cabellera, dando a mi 
rostro el prematuro aspecto 
de la vejez. 

Recurrí al remedio que 
muchísimos proclamaban 
como INSUPERABLE, y 
hoy gracias a su empleo, mi 
cabellera es hermosa y abun- 
dante, siendo mi orgullo y 
la envidia de todos. 

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sin teñirlas, su color pri- 
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Por la presente hago público mi agradecimiento y 
para bien de las personas atacadas de caspa, caida de 
pelo y calvicie, hago constar, por haberlo usado, que con 
el Específico Benguria ha desaparecido en su totalidad 
¡a caspa, que tanto me molestaba y que ocasionó la 
pérdida de mi cabellera, estando a la fecha con mi ca- 
bellera recuperada y el pelo sano y sedoso, siendo la 
admiración de las personas que han visto tan sorpren- 
dente resultado. 

Doy este certificado para los usos que crea conve- 
niente el Dr. Benguria 

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PAMPA 




He aquí que sobre la inmensa planicie re- 
cobra sus instintos ancestrales el pueblo ario. 
Los modernos descendientes de aquella raza 
nómada que hace millares de siglos abandonó 
los valles de la Bactriana, e impelida por la 
necesidad emigró a Europa en grandes aludes 
humanos, ha continuado su éxodo hacia occi- 
dente pasando el mar. 

El ario era pastor; no sabía construir ciuda- 
des ni casas de piedra o ladrillo. Seguía las 



márge.nes de los ríos do.ide el pasto y el agua 
alime.Ttaban sus ganados. Al encontrar un 
sitio que los jefes consideraban bueno para 
descansar durante el verano y el invierno, la 
tribu levantaba ranchos de madera y paja 
y allí permanecía hasta la llegada de marzo. 
mes en el que se inicia la primavera en el 
hemisferio boreal. Algunas de esas estaciones 
de reposo son ahora ruinas de ciudades. 
Así el emigrante ario, viajando los tres me- 



sas ds marzo, abril y mayo, llegó hasta los 
límites occidentales de Europa. Ahora prosi- 
gue su labor pastoril más allá del océano para 
mayor gloria y riqueza de la Argentina. 

Los rodeos de hacienda, grandes y pequeños, 
vienen a ser, pues, una continuación de las 
labores pastoriles que emprendieran hace si- 
glos los habitantes de la Bactriana que, por 
obra de la necesidad, fueron los civilizadores 
del mundo. 




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EL ARADO 



El amargo titulo de la no- 
vela italiana viene bien para 
comentar esta fotografía. 

Esta señorita de! arado no 
sufre el terrible yugo que la 
miseria y el egoísmo mas- 
culino imponen a las muje- 
res en algunos países, donde 
la esposa apareada al asno 
tira del antiquísimo arma- 
toste con que se abren los 
surcos. 

Los hombres estaban lejos, 
ante el enemigo. La tierra, 
que no se detiene como el sol 
de Josué para esperar el tér- 
mino de una batalla, necesi- 
taba el cultivo, y las muje- 
res supieron reemplazar a 
los labradores ausentes. 

En Norte América, ellas 
se dedicaron a la agricultu- 
ra con todo el entusiasmo y 
la tesonería que saben poner 
en las laboréis. Nuevas tareas 
realizadas como nuevos de- 
portes, donde la utilidad se 
unía a la emoción, eso fueron 
las ocupaciones del campo 
para las mujeres norteame- 
ricanas. Fundáronse rápida- 
mente escuelas profesionales, 
y pronto las labradoras co- 
menzaron a cumplir sus nue- 
vos deberes con tanta peri- 
cia como los más duchos la- 
bradores. En Europa tam- 
bién se hizo lo mismo, conju- 
rándose de esta manera par- 
te del peligro inmediato del 
hambre. 

La intervención eficaz de 
la mujer ha redimido a sus 
compañeras esclavas, que ya 
no se uncirán al yugo junto 
a la bestia de tiro y bajo el 
látigo despótico del hombre 
egoísta y pobre. 





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Un auto-piropo, un auto-madrigal es la «toilette». Entre los más 
galantes madrigales y media hora de tocador, la mujer elegirá siempre 
este último. Y lleva razón, porque la «toilette* es una fuente copiosa, 
una siembra afortunada de piropos y madrigales. El ingenio galante 
del hombre tiene en la «toilette» su musa más inspiradora. 

La «toilette» vence al tiempo, porque aviva la juventud, detiene la 
edad, borra los estragos del cansancio, disimula, oculta. . . 

En la íntima conferencia con el espejo, la mujer habla de si misma, 
se enaltece a sí misma, sin necesidad de palabras. La «toilette» es la 
elocuencia de la hermosura. 

Hay muchas clases de «toilette», tantas como especies de mujeres 
existen en la tierra. La más primitiva es la realizada ante el espejo 
del agua tranquila. Allí se peinó por primera vez nuestra madre Eva; 
allí supo que Dios la había creado hermosa. Oid este madrigal abs- 
temio, es decir, donde no entra para nada el alcohol de las lociones 
y extractos: 

Si el agua te es placentera, 
hay allí fuente tan clara 
que para ser la primera 
entre todas, sólo espera 
que tú te mires en ella. 

Hecho el elogio de la «toilette», citaremos unas palabras de Aulo 
Gelio que, aun refiriéndose a los hombres, pueden encerrar una lección 
femenina: 

« No se alababa (se refiere a la antigüedad romana) a un hombre 
llamándole elegante; hasta el tiempo de M. Catón, o poco menos, fué 
vicio, y no cualidad. Vése la prueba de esto en muchos escritos, y, 
entre otros, en la obra de M. Catón, titulada: Queja sobre las costum- 
bres, en la que se lee: «Creían que la avaricia encerraba todos los 
vicios. El lujo, la avidez, la elegancia, la pereza, obtenían sus elogios». 
Elegancia, pues, no significaba entonces delicadeza de espíritu, sino 
refinamiento en los manjares y vestidos. Más adelante dejó de censu- 
rarse al hombre elegante; pero no se le creyó digno de elogio, a menos 
que su elegancia no fuese muy moderada. Así es que Cicerón no alaba 
a L. Crasso y a Q. Scévola por su elegancia solamente, sino porque su 
elegancia va unida con la economía: «Crasso, dice, era el más econó- 
mico de los elegantes; Scévola el más elegante de los económicos. » 



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A TKAVÉS DE LA MANIGUA CUBANA, ESE PRODIGIO DE VEGETACIÓN QUE ESMALTA EL SUELO DE LA HERMOSA ISLA, SE ABREN PASO INNUMERABLES RÍOS DE HONDA CO- 
RRIENTE. TAREA DIFÍCIL RESULTA VADEARLOS, Y EN ELLO SON MUY HÁBILES AQUELLOS GANADEROS. 




Ninguna mujer llega a la vejez 

prematura, cuando se preocupa de 
conservar su belleza. Lea lo que dice 

Mme. Charlotte Rouvier. 



Eficaz remedio contra el vello 

\/fUCHAS damas saben cómo combatir tempo- 
raímente ese crecimiento del vello que las 
afea, pero pocas conocen un remedio permanente. 
Para este propósito, debe usarse porlac puro pul- 
verizado. Compre usted una onza, poco más o 
menos, en su botica, y aplíquelo directamente a 
la parte de pelo que le moleste. El objeto de este 
tratamiento no es solamente la repentina desapa- 
rición del vello o pelo superfluo, sino que mata 
stís raices por completo en un espacio de tiempo 
relativamente corto. 

Eliminación del mal cutis 

T^ODA mujer tiene un cutis bello, precisamente 
debajo de su cutis feo. Cuando la piel está 
sana, sufre un constante cambio y desprende con- 
tinuamente diminutas partículas de residuos en 
escamas microscópicas. Cuando, por cualquier cir- 
cunstancia, la piel no desprende estas partículas 
en la forma debida, permanecen adheridas donde 
se encuentran y forman un cutis marchito, feo y 
sin vida. 



Es evidente, pues, que lo que debe hacerse es 
ayudar a la naturaleza en este proceso de elimi- 
nación. La mejor manera consiste en aplicar sobre 
el cutis un poco de cera mercolizada pura en la 
misma forma que si se tratara de cold cream. 
Esta substancia, que nada tiene de desagradable, 
obra directamente sobre la epidermis sin vida y 
la separa en pocos días, dejando a la vista la piel 
fresca, joven y perfecta que se encuentra inme- 
diatamente debajo, o sea el cutis natural. 

Para poner en práctica este método tan sen- 
cillo, basta adquirir en la farmacia un poco de 
buena cera mercolizada y aplicarla al rostro du- 
rante algunas noches. El conocimiento de lo que 
por este procedimiento tan simple puede conse- 
guirse, basta para quitar a las mujeres buena 
parte del horror que el avance de los años suele 
inspirarles. Ninguna mujer se preocupa de los 
años que tiene, mientras parece joven. 

Exterminación de los barrillos 

T A grasitud y brillantez del cutis, la dilatación 
■^ de sus poros y los puntos negros que tanto 
afean, son defectos que no dejan menguar, con 
su existencia, los encantos de un rostro femenino 
y mucho menos siendo posible librarse de estas 
molestias instantáneamente, por medio de un 
nuevo y científico procedimiento, tan sencillo 
como eficaz. Obtenga algunas tabletas de stymol 
en cualquier buena farmacia, tratando de con- 
servarlas bien tapadas y aisladas de la humedad. 
Eche una tableta en un vaso con agua caliente y 
tan pronto como la efervescencia que produce 
haya cesado, bañe usted su rostro con el agua 
estimolizada, secándose luego con una toalla lim- 
pia y blanda. El efecto es asombroso, y quedará 
usted encantada al notar que los puntos negros 
habrán salido fácilmente y sin dolor, la grasitud 
habrá desaparecido y los poros dilatados se habrán 



contraído, dejando la cara alisada, limpia y fresca. 
Es necesario repetir el tratamiento con intervalo 
de algunos días a fin de obtener un resultado 
permanente. 

No ponga Vd. cara de viejo 

T AS canas añaden años a nuestra persona. Las 
^-^ desventajas de teñirse el pelo son tantas, que 
no es necesario mencionarlas. Pocas personas sa- 
ben que una sencilla receta al estilo de nuestros 
abuelos, que puede hacerse en casa, devuelve 
prontamente el color primitivo a las canas sin 
producir ningún daño al cabello. No hay más que 
comprar en la botica dos onzas de tammalite con- 
centrada y mezclarlas con tres onzas de bay rhum 
o espíritu de laurel. Con una esponjita se aplica 
la loción al cabello durante algunas noches y se 
conseguirá perfectamente el objeto deseado. Esta 
fórmula tan sencilla, ha dado el mejor resultado 
a cuantos la conocían y usaban en las pasadas 
generaciones. 

Para hermosear y hacer crecer el cabello 

T OS jabones y los shampoo artificiales causan 
la ruina de muchas cabezas de preciosa ca- 
bellera. Pocas personas saben que una cuchara- 
dita de las de café, llena de buen stallax, disuelto 
en una taza de agua caliente, ejerce una natural 
afinidad sobre el pelo y constituye el lavado de 
cabeza más delicioso que pueda imaginarse. Deja 
el cabello brillante, suave y ondulado, limpia com- 
pletamente la piel del cráneo y estimula en gran 
manera el crecimiento del pelo. Se vende en las 
boticas solamente en paquetes sellados, a un pre- 
cio que no es elevado, porque cada envase con- 
tiene cantidad suficiente para hacer de veinticin- 
co a treinta shampoo, lo que, al fin y al cabo, 
resulta económico. 



AÑO IV 

NÚM. 39, 



BUENOS AIRES, 
JULIO DE 1919. 




P^ETRsATO DE LA. DAMA AvRsG ENTINA- 

^D~ (s)QVOolinayjernanüezyoec^iíümr 



OLEO DE 
FR-A.NCOIS 




reDnEI>\DDE 
DONCARLjQS 

k^ rsT* ATA /■r AD 



I3>i_7V^^ 




OS alrededores de Buenos Aires tienen poéticos 
lugares, elegidos por algunas figuras de la alta 
sociedad porteña para levantar sus mansiones, 
a semejanza de lo hecho por los grandes señores 
de pasadas épocas. En San Fernando, pueblo 
pintoresco que eleva sus torreones y perennes 
frondas sobre el Río de la Plata, este palacio, de 
sobrias líneas arquitectónicas, presenta un bello 
conjunto que responde a los estilos franceses 
predominantes durante el último tercio del siglo xvni. 

Un jardín, evocador de aquellos parterres y boscajes de Versalles, donde 
el mármol de las estatuas parecía animarse bajo las bóvedas verdes y las 
guirnaldas de rosas, envuelve la casa de los señores de Alvear-Elortondo, 
aromándola con un perfume de tiempo y de refinamiento. 

Nos obliga a ser breves en la visita y descripción de esta morada suntuosa, 
la abundante información gráfica que de ella ofrecemos a nuestros lectores, 
como ejemplo de lo que pueden conseguir la distinción, fortuna y buen gusto. 



cuando se proponen realizar fines artísticos, haciendo del hogar un pequeño 
museo, donde adquieren realce todas las bellas cosas del pasado. 

Rodea el hermoso parque, sombreado por macizos de fronda y anchos 
senderos de eucaliptus, una sólida verja de hierro entretejida por enredaderas 
que se aprisionan a modo de tapiz, hasta formar una tupida malla de hojas 
y raíces obscuras. 

Al fondo, recortando sus blancas fachadas patinosas, sus frontones de 
línea neo clásica, sus columnarios, balaustradas y balcones de piedra, la 
casa parece fiel trasunto de aquellos célebres castillos de Compiegne y Saint 
Cloud, donde todavía reviven, entre los belvederes y silenciosas platabandas 
de ásteres, vagos recuerdos del fausto y magnificencia señorial de la corte 
decadente de Francia. 

Da acceso al palacio un gracioso templete de arcos rebajados, con gran- 
des farolas de hierro. La entrada es de estuco y puertas de cristal, tenien- 
do por adorno, a ambos lados de la escalinata, dos lindas jardineras de 
mármol y bronce, con plantas raras y decorativas. 

La parte destinada a recibimiento, responde, en términos generales, al 



>v^- 




periodo Luis XVI. Los tonos, claros y armoniosos. 
En el hall cuadrangular, separado del jardín de 
invierno por ancha mampara de cristales, se acu- 
mulan valiosos objetos, muebles, pinturas, tapices 
y otras manifestaciones de arte, que responden al 
sentido general de la decoración. 




ÁNGULO DEL HALL, CON RETRA- 
TOS ANTIGUOS DE LA FAMILIA 
DE ALVEAR. 



DETALLE DEL 
INTERCOLUMNIO. 




A los costados de la puerta de entrada, hay dos 
cómodas del Renacimiento con relieves que repre- 
sentan escenas religiosas. Sobre ellas, jarrones chinos 
y de la Compañía de Indias, y otros de la Fábrica 
Real de Copenhague. 

Hermosos cuadros de familia penden de los mu- 




CHIMENEA DE PIEDRA DE PARÍS 

Y CUADRO DE LA BATALLA DE 

ITUZAINOÓ. 



— psLJv:^ "va-rTts^N.— 




ros. — imitación de piedra patinada, 
ofreciendo excepcional interés el retrato 
de doña Teodolina Fernández de Alvear. 
vestida a la moda de 1860. 

Otros retratos interesantes, son el de 
D. Die^o de Alvear y Ponce de León, al- 
mirante de 'a Armada española, y el de 
su hijo D. Carlos, genera! procer de !a In- 
dependencia, firmado por E. Boutigny. 

En el ángulo de la derecha, sillones y 
estrados, énoca de la Reina Ana, con be- 
llas tapicerías entonadas en azul y blanco. 

Varias alfombras de tonalidad sinople 
y rojo coral, con labores geométricas deli- 
ciosamente combinadas, dan relieve a los 
objetos y muebles antiguos, dispuestos en 
artística desigualdad. 

La chimenea, de piedra de Fads. está 
guarnecida con preciosa tela de brocado 
de plata, y tiene tallados los escudos no- 
biliarios de Alvear y otros apellidos con 
él entroncados, sustentando un busto de 



terracota, obra del escultoi- Jean Baptis^e 
Golberg (1619-1685). 

A derecha e izquierda de !a chimenea, 
hay dos biombos de Coromandel y Malaca, 
respectivamente, de mucha antigüedad y 
belleza. 

En el fondo, junto al intercolumnio don- 
de luce la reproducción de la famosa Ve- 
nus de Cánova, arranca la escalera de ho- 
nor, adornada con antigua tapicería de 
Flandes; y a la altura del primer piso, una 
galería descubierta con dos cuerpos de 
columnas carolíticas y pilares fasoicu- 
lados. 

La «antichambreis cuyas puertas de es- 
pejos biselados conducen a los gabinetes 
y salas de recibo, tiene techo de bóveda 
y muros de piedra granulada, revestidos 
con hermosos tapices, representando es- 
cenas de cetrería. 

Detalle acabado de la selección hecha 
por don Carlos M.^ de Alvear y su señora 




SUNTUOSO COMEDOR DE LINEA REGENCIA. CON ENTREPAÑOS 



DE IMITACIÓN PIEDRA Y HERMOSAS PINTURAS ANTIGUAS. 



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Mercedes Elortondo, es el magnífico 
salón de estilo Luis XVI, ornado con 
«boisserie» de tono malva fileteada de 
oro. 

Se destacan en este aposento los 
muebles con hojas de Coromandel. co- 
locados sobre mesas de ornamentación 
orienta!, la chimenea de mármol ve- 
teado, el tapiz flamenco, las sederías, el 
retrato de la Duquesa Bonillón, obra 
de Tournieres. y un óleo del paisajista 
Turner, audaz innovador de la pintura 
de paisaje y representante caracterís- 
tico de la escuela inglesa. 

Contigua al salón, presenta agrada- 
ie aspecto de intimidad la sala verde, 
con <'boisserie> del mismo color y de- 
corada con un retrato de Vallet Bisson 
y cuadros de Constable, du Paty, Pa- 
risi, Bellecour y Whinterhalter, pintor 
'e cámara de la Emperatriz Eugenia. 

Sirven también de adorno objetos 
de platería, marfiles, ónix y cristal de 
roca, dispuestos en artística vitrina 
chaflanada. 

El comedor, de grandes dimensio- 
nes, tiene puertas a la galería del Oes- 
te, recibiendo la luz a través de trans- 
parentes cortinas blancas. 

En los muros, cubiertos de entrepa- 
ños verdes, hay grandes cuaaros de 
escuela holandesa, y sobre el damasco 
púrpura, en el paramento central, unas 
flores de Mannoyer entonadas en co- 
lores obscuros, armonizan bellamente 
con los muebles de línea Regencia. 




EL PASEO DE EUCALIPTOS. 



Dos altas vitrmas, iluminadas inte- 
riormente, guardan, entre otras piezas 
de mérito, rica vajilla de la manufac- 
tura real de Sevres, con las armas im- 
periales de Napoleón 111, adquirida 
en el Luxemburgo. 

Frontero a la «antichambre» hálla- 
se el despacho, enguatado de damasco 
rojo. Contiene cómoda sillería fran- 
cesa y modernos pedestales de bronce. 

Haciendo ángulo con el balcón, ocu- 
pa el testero del fondo una típica chi- 
menea de márm*?!, con pulimento y 
labores del siglo XVI II. 

Son de gran efecto ornamental en 
el recinto los retratos familiares de 
D. Fernando y D. Gaspar de Alvear, 
este último capitán general de Nueva 
Vizcaya en el Virreinato de México, 
Caballero del Hábito de Santiago y 
Gobernador de Cámara del Infante 
D. Juan de Austria. 

Frente a estos cuadros, llenos de 
noble austeridad, ponen su nota mís- 
tica una pintura de Alonso Cano y otra 
de escuela primitiva, representando la 
adoración de Jesús. *-- 

Tal es, sintéticamente, esta casa que 
tiene un sello de aristocracia y cierto 
misterioso encanto frente al gris del 
río, entre la enjarada de un verde 
suave decorado por las estatuas mito- 
lógicas que recuerdan viejos jardines 
señoriales, donde espíritus selectos se 
refugiaban en el aislamiento sin per- 
der por ello el contacto vivificante de 
la ciudad. 




— T=>LS^^^^ 



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AS mueblería'! 
de Buenos Ai- 
res (Buenos 
Aires es una ciudad de 
mueblerías y de conserva- 
torios), ostentan en sus in- 
mensos escaparates mue- 
bles de obscuro color, cuyo 
estilo explica invariable- 
mente un letrero con gran- 
des caracteres: pertenecen 
al genésico estilo antiguo. 
Para los ebanistas de la 
metrópoli, lo antiguo, de 
cualquier época o lugar, se 
resume en un estilo ex- 
clusivo que difunden con 
amplitud generosa. Desde 
la acera opuesta se advier- 
te el alto respaldar de los 
sillones, la delgada colum- 
nita con torsión — la co- 
lumnita salomónica — y la 
bola que aprieta la garra 
de monstruo: es la pata de la mesa o del di- 
ván. Esos muebles están de moda. Se exhiben 
en los principales negocios metropolitanos y en 
las últimas carpinterías del suburbio. Y están 
de moda porque un día averiguó el público, que 
Enrique Larreta instaló en Belgrano una casa de 
tipo arcaico con ornamentos adecuados, lienzos 
viejos, vargueños clásicos y herrajes proceden- 
tes de nobles casonas de España. Una semana 
después, Buenos Aires despertó con sueños 
coloniales. ¿Y por qué coloniales? Es muy 
sencillo. La casa de Enrique Larreta es anda- 
luza y como el país fué conquistado 
por los españoles, lo natural es que 
nuestro sentido de lo antiguo com- 
prenda las costumbres decorativas en- 
tre el primer burgo habitado hasta el 
último estertor del Virreinato. Nos he- 
mos vuelto, por lo tanto, evocadores 
de la colonia y sin saber cómo, se in- 
trodujo a favor del fantasma brusca- 
mente resurgido, el gusto de las cosas 
afines: junto con el hipotético colonial 
se expandió algo análogo: es el ¡aco- 
bean, que se parece tanto al jacobean 
verdadero como esas tablas rústica- 
mente ensombrecidas se parecen al 
mobiliario sobrio y austero que usa- 
ron los habitantes del territorio. 
hasta que se produjo el intenso inter- 
cambio con Europa y se establecie- 
ron las industrias urbanas. 

¿Puede acaso concebirse el mueble 
•colonial» y el mueble jacobino con 
las decoraciones modestas de antes? 
Eso no sería posible: sería un ana- 
cronismo. Con este motivo apareció 
una estética especial, un arte espe- 
cial, para adornar las habitaciones. 
No se ven sino pantallas sombrías, 
paños de tonos procelosos, papeles 
que se desvanecen en la infinita obs 
curidad de la gama lúgubre. Basta 
recorrer una calle del centro o de los 
puntos apartados para observar el 
rápido progreso de la nueva orna- 
mentación doméstica. A través d'; 
las persianas se ve el reflejo de las lu- 
ces multicolores que caen con triste 
placidez sobre las cretonas y sobr-í 
las torcidas columnas. También son 
antiguas las marcas de los cromos 
populares y los doseles que velan la 
recóndita intimidad de la alcoba; co- 
lonial, oriental, jacobean. . . La mez 
cía es profusa. Esa predilección por 
los colores melancólicos, por los trin- 
chantes monótonos y por las pom- 
posas chimeneas de portland trajo. 









uQTLTICft^ 
DOML9TICA 

"aibtiJjro ■ 

. GLUCHUnOff 




como era de esperarse, la 
complicación de lo asiático. 
La importación japonesa 
agregó al tumulto la nota 
lejana y exótica del Japón, 
con el ídolo de vientre des- 
nudo, la laca fúlgida y la 
tela de flores pálidas. Hay 
que ver esos muebles y hay 
que ver esas cosas. Nuestro 
buen cedro, el humilde ce- 
dro de Tuoumán, que es 
tan hermoso cuando no sale 
de su auténtica condición 
de cedro, se convierte bajo 
la evocación del colonial y 
del jacobean, en una mons- 
truosa fantasía: lo convier- 
ten en nogal. Esta flamante 
estética del «interior» de- 
nuncia más que nada el 
espíritu advenedizo de la 
gente, su ímpetu para imi- 
tar lo que no comprende 
y su tendencia a aceptar con docilidad la impo- 
sición de lo que se ofrece en el comercio. Indu- 
dablemente, el mobiliario usual, anterior al pre- 
dominio de los «estilos antiguos no podía ser 
más anárquico ni más feo. Era una tosca feria 
de armarios cubiertos con guarniciones 
de bronce y de líneas ondulante, que 
en esa etapa de la historia se llaniaba 
regocijadamente art nouin'au. 
Había que concluir con ese mer- 
cado absurdo de baratijas; pero 
en vez de ir a lo simple, al 
mueble sin presunción (como 
son el colonial efectivo y los 
efectivos estilos antiguos), se 
ha caído en lo grotesco, sin 
darse cuenta que lo esencial de 
la mueblería reside en su adap- 
tación a la vivienda y a la clase 
social del que la habita; nos- 
otros optamos igualitariamente 
por el armatoste monumental 
que lo arrumbamos con idéntica 

indiferencia en el palacio de amplins 
proporciones como en el departa- 
mentito exiguo. ¿Indicará esa manía 
restauradora, que es en realidad fic- 
ción caricaturesca, una pausa transi- 
toria entre aquel desordenado amor 
a la pacotilla chillona y el adveni- 
miento de un sentimiento más serio 
de la estética doméstica? 

El público de Buenos Aires no ha 
aprendido aún el gusto de la sencillez. 
Es cierto que es lo que más tarda en 
aprenderse y es lo que más define un 
estado de civilización. El gusto de lo 
sencillo es precisamente el buen gusto 
por excelencia y del cual nos dan un 
ejemplo en mueblería y en todo, los 
franceses y los ingleses, con su noción 
cabal de la armonía, de la medida, es 
decir de la suma discreción, que es la 
suma sabiduría en el orden artístico. 
La característica de aquellos mue- 
bles antiguos consistía en la senci- 
llez y en la solidez. Los que los 
hacían no pensaban en la moda. Pen- 
saban en la duración; por eso resulta- 
ban bellos y económicos. Pensemos 
hoy en lo mismo y no disfracemos al 
cedro de nogal, ni intentemos enga- 
ñar al transeúnte con muebles de apa- 
riencia suntuosa que mañana pondre- 
mos en subasta para cambiarlos por 
lo que sea del día, sacado de la con- 
tratapa de la revista recién venida 
de París o de Nueva York. Seamos 
honestos, por lo menos, en eso... 





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PROP!EDAD-I>DonJ05EMȒ1 ENIEI 



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]q5 oipóloAo^ dol 



— Amigo Quilques. — dijo el Comisario, al 
terminar la partida de «truco» que jugaba 
con el Juez de Paz. el curandero y otros ami- 
gos, en la «pulperia» de don Aniceto Per- 
domo. — aura, pa postre, cuéntenos algunos 
cuentos, de esos que usté sabe componer, tan 
lindos, que parecen hechos de encargo pa em- 
bromar al prójimo . . . 

Los circunstantes se rieron, porque cono- 
cían la mala intención que el viejo ponía en 
sus narraciones pintorescas, a modo de espi- 
na para que los aludidos se pincharan, dando 
asi. expansión a sus amables astucias de 
criollo. 

Al oir la invitación, todos los paisanos 
que se hallaban en el almacén se aproxi- 
maron a la mesa de los jugadores. En sus 
caras, obscurecidas por la intemperie, se no- 
taba el regocijo que les retozaba por dentro, 
insinuado en una franca sonrisa. 

El viejo Quilques acabó, al fin. de liar el 
cigarillo de tabaco negro que hacia rato te- 
nia entre los dedos: se lo llevó a la boca len- 
tamente, entornando los párpados rugosos: 
lo encendió con suma parsimonia, cruzó la 
pierna y después de echar una bocanada 
de humo que inundó su barba hirsuta, con- 
testó: 

— Güeno. amigo Comisario, si usté manda, 
yo obedeceré, como milico de las viejas pa- 
triadas, de aquellos tiempos en que el soldao 
era soldao y el jefe. jefe. 

Pareció meditar breves momentos, dando 
repetidas chupadas a! cigarro. Luego miró 
al representante de la autoridad significati- 
vamente, y empezó a contar: 

— Dicen las historias, que una vez Man- 
dinga se metió a gaucho. Cualquiera crerá 
que disfrasao de gente, no dejó en paz la 
sesión, como Juan Moreira. ni respetó pelo 
ni marca, ni hubo hembra que se escapase 
de sus garras. Pues no. señores: como re- 
negao de Dios qu'era. no se iba a descubrir 
sonsamente. Por el contrario, ayudó a la 
autoridá. persiguiendo al malevaje en cuanto 
se cometía un robo o un asesinato, como era 
concsedor de tuitos los de su calaña, sabia ande 
se escondían, y en un dos por tres, les clavaba -la 
uña. y los traiba ataos codo con codo. Jueron 
tantas sus güeñas obras y se dio tanta maña, 
que el Gobierno, agradecido, lo nombró Comisario, 
qu'era lo qu'él quería. Pero, pronto le vieron la 
cola y le tomaron olor a misto. ¿Y saben lo que 
hizo el Gobierno, cuando lo supo? Lo dejó no 
más. ande estaba, por convenencias políticas. 
Desde entonces, dicen las malas lenguas, que no 
hay Comisario que no sea el mesmo Mandinga. 

El cuento del viejo Quilques fué aplaudido es- 
trepitosamente, y el Comisario, riéndose, le hizo 
servir ginebra. 

El obsequiado preguntó con sorna: 

— ¿No me hará daño? 

— Pegúele no más, — respondió el Comisario. 
— que si juera mala, hace tiempo que se habría 
ido pal otro mundo... 

— -Ande las dan las toman, — dijo el viejo, — em- 
pinando la copa hasta ver el fondo. 

— ¡Ah, viejo ladino! — exclamó el Juez, agre- 
gando: — A ver otro cuento, que tenemos ham- 
bre de oirlo y no nos ha dao sino una tira, pa dis- 
pertar más el apetito. 

— Ay va. — repuso el viejo, y no se quejen 
ri no es de su agrado . . . 

Dicen que la comadreja había robao una ga- 
llina y ya se la llevaba pa la pila de leña ande 
tenia la casa, cuando un carancho se echó encima 
e la presa y se le prendió, dando tirones pa sa- 
carla. . . 

— La agarré yo primero — dijo la comadreja, 
sorprendida. 

— Yo estuve muchas horas aguaitándola, es- 
perando que anocheciera y no se va a dir, así 
no más. con e! fruto e mi trabajo. . . 

— El trabajo lo hice yo. mientras usté miraba. . . 

— Miraba, pero si usté no se hubiera entreme- 
tido, la gallina era mía. 

— Pa que jué sonso y aguardó tanto. Ya ve 
cómo vale más llegar a tiempo que ser madrugador. 




Y usté se va a convenser. señora, que la 
habiUdá consiste en que otros trabajen pa uno... 

Y pegando un fuerte arrancón, casi se alza, con 
la comadreja y la gallina, juntas. 

En esto, atráido por el barullo, se acercó el 
zorro y pregu.itó. relamié.Tdose el hocico: 

— ¿Qui hay. mis güenos amigos? 

Ninguno quiso contestarle, de juro por temor, 
pero el zorro trató de convenserlos. 

— Van a estar disputando, sin resultado, tuita 
la noche, hasta que venga el dueño e la gallina 
y los deje sin merendar. Óiganme a mí, que tengo 
esperencia. Si quieren seré Juez y resolveré el 
asunto de acuerdo estrilo con el Código... 

— ¿No tiene hambre? — preguntó recelosa la 
comadreja. 

- No, señora; ¿qué voy a tener? Míreme como 
estoy de gordo. 

La comadreja lo esaminó de un vistaso, y al 
verle la barriga llena, dijo con resolución; 

— Por mi parte, aceto. 

— Y yo tamién, — dijo el carancho. 

— Güeno, — contestó el zorro, - - antes de em- 
pezar el juicio, venga la gallina. 

— ¿Se la entregamos? — preguntó la comadreja 
al carancho. 

— - Sí, — dijo el carancho; — aura la cuestión es- 
tá en manos de la justicia. . . 

De tuitas maneras. — repuso el zorro, 
aunque los dos la tienen, no es de ninguno. . . 

Y se la dieron, convencidos por el argumento. 
El zorro le puso una pata encima y en tono 

solene, dijo: 

Va a comensar la audiensia. Espongan las 
partes sus rasones. 

Y en seguida, cada uno por su orden, esplicó 
lo sucedido, pa hacer valer sus derechos. 

Cuando, al cabo de un ratito, no tenían más 
que esponer, el zorro, después de meditar un poco, 
pa no equivocarse, dijo: 

— Mi deber es proponerles la conciliación. 
— -¿Y qué es eso? - preguntó el carancho. 

— - Es pa ver si se arreglan, de modo que cada 



uno se conforme con el pedasito que le toque. . . 

- Yo no permito que la partan, - dijo furiosa 
la comadreja. 

--■ Ni yo tampoco. - agregó el carancho. 

— Ta bien, — espresó el zorro; — voy a sen- 
tenciar, y pie.isea que no hay apelación. Oiganmé.T 
atentamente: Aunque el ojeto del litigio es el pro- 
duto de un robo, en los tiempos atuales, la pro- 
piedá pertenece al que la agarra primero, y por 
lo taito, resuelvo que la gallina pertenece por 
derecho de prioridá a la comadreja. 

El carancho, al verse burlao, le tiró un garraso 
al zorro y levantó el vuelo, dando grasnidos, que 
en esa laya de pajarracos, es lo mesmo que pro- 
testar. . . 

Entonces, la comadreja, dueña del campo, atro- 
pello, golosa, pa agarrar la gallina. . . 

— Poco a poco, — gritó el zorro, — no ande 
tan ligera, que entuavía no he acabao. 

Y, sin esperar contestación, de una dentellada 
le sacó a la gallina las plumas de la cola y entre- 
gándoselas a la comadreja, le dijo; 

— Eso es pa usté. 

— Y la gallina, ¿pa quién? 

— La gallina, — dijo el zorro, apretándola con 
fuerza entre los dientes. — es pal pago e las costas. 

La conclusión del cuento provocó en la concu- 
rrencia indecible entusiasmo, y el Comisario dijo 
al Juez, aprovechándose de la indirecta del viejo; 

- Lindo palo pa su rancho, amigo. 

- Usté sabe, — - contestó el aludido, — que mi 
casa es de material, con cimientos de ley. 

-— Que es lo mesmo que decir de costas. 

Y dirigiéndose a Quilques, el cual acaba de 
beberse otra copa de ginebra, no sin antes haber 
preguntado si le haría daño, lo interrogó; 

— Dígame, viejo, ¿entre el zorro y Mandinga, 
con quién se queda? 

— - Con ninguno, — contestó éste, — porque el 
zorro tiene mucho de diablo y el diablo mucho de 
zorro. Si no lo quieren creer, pregunten al vecin- 
dario. . . 




r'iiiiiiiiiniiiiniiiiiiiniíiiiiiiiiiiiinmi 




/^^^¿^^^z>-^^ 






Llueve y hace frío. . . 
llueve 
una agüita menuda que es nieve. . . 

Horas y más horas 
cae la lluvia leve. . . 
la ciudad, sin perder una gota, 
toda el agua del cielo se embebe. . . 
fango líquido enloda las calles... 
¡Llueve! . . . 

A pasar la densa y húmeda neblina 
el sol no se atreve. . . 
precipítase negra la noche... 
la tarde es más breve. . . 
y persiste el agua tenaz y monótona. . . 
¡Llueve! . . . 

¿Qué emoción extraña 
todo me remueve 



cuando de este modo monótono y triste 
llueve? 

¿Qué atracción romántica 
o torpe y aleve 

me empuja a las calles fangosas y obscuras 
estas noches de invierno que llueve? 

¿Qué rara influencia 
que tal ansia lleve 
de vagar por las calles tortuosas 
me domina en estas horas que así llueve? 

Evoco la pobre 
miserable plebe 

sin abrigo, sin pan, sin vestidos 
con que sobrelleve 
esta vil inclemencia del cielo... 
¡Llueve! . . . 






iiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiii:i:iiiiiiiiiiiii)iiii.S 



La noche - verdugo 
mis iras promueve. . . 
¿Qué extraño que todo 
mi ser se subleve? 

pasa un pobre niño temblando de frío, 
todo caladito que mi alma conmueve.. 

Con desesperante pertinaz manera 
llueve 
¡y como agujitas finas que se clavan 



es el 



aguanieve! . 



Yo voy por la calle desierta y obscura 
y empapa mi cuerpo la llovizna leve... 
En un mundo extraño de sentimentales 
divinos anhelos mi alma se mueve 
y suspiro y busco. . . busco un algo vago 
que del miserable lodazal me eleve... 
Y en el fango líquido me hundo y chapoteo. . 
¡Llueve! . . . 



ILUSTRACIÓN DE ALVAREZ. 



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IKIERESANTES FORMACIONES DE 
ARENISCAS CERCA DE COLONIA 



El estudio de la geología de 
una comarca es tanto más inte- 
resante y ameno, cuanto más 
variados y raros sean los mate- 
riales de su composición. 

En la Patagonia, el viajero 
observador encuentra cosas 
muy dignas de contemplar; los 
rodados tehuelches, de todas las 
formas y matices, las grandes 
ostras petrificadas, los cerros y 
las formaciones de areniscas, 
constituyen elementos natura- 
les curiosísimos; estas últimas 
se presentan en formas tan va- 
riadas, complejas e imponentes, 
que recuerdan, ora las ruinas de 
algún castillo feudal, ora los res- 
tos de un antiguo templo pa- 
gano . . . ¡Cuántas veces nos he- 
mos quedado extasiados al con- 
templar esas formaciones que 
de cuando en cuando se ven en 
aquella lejana y solitaria región 
argentina, bajo los aspectos más 
originales y fantásticos! 

El suelo patagónico se halla 
constituido más que todo, por materiales de 
acarreo que proceden de la descomposición de 
las rocas de la cordillera como igualmente de 
las rocas eruptivas. Dicho material se compone 
en mucha parte, de rodados y arenas. Hay tam- 



ARENISCAS, CAMINO DE LA COLONIA 
ESCALANTE, TERRITORIO DEL CHUBUT. 



SARMIENTO, A DOSCIENTOS KILO- 
METROS DE COMODORO RIVADAVIA. 

bien limos y suelos arcillosos en 
las hondanadas. 

En la zona de Comodoro Ri- 
vadavia, el suelo se eleva en 
forma escalonada desde el océa- 
no Atlántico hacia adentro, 
O sea, al Oeste, constituyendo 
mesetas de cierta elevación, 
interrumpidas a menudo por 
quebradas u ondulaciones que 
forman los cañadones. 

En esas mesetas, como en la 
mayor parte de la llanura pata- 
gónica, se observan depósitos 
terciarios, constituidos por ban- 
cos de formación calcárea, are- 
niscas, arcillas, margas y tobas 
de todos colores y matices; en 
algunas partes, filones de rocas 
eruptivas atraviesan las mese- 
tas mencionadas. 

Según Ameghino, el espesor 
de la sección patagónica alcanza 
a 300 metros. Sobre su exten- 
sión se encuentra la «ostra pata- 
gónica» en toda la costa Atlán- 
tica, como también en el inte- 
rior aunque, en escala menor. 

Verdaderamente, las mesetas son cordones de 
montañas de algunos centenares de metros 
sobre el nivel del mar; a primera vista parece 
que fueran planicies ilimitadas, pero al acer- 



carse a los bordes, se ven las depresiones. Las capas que forman las mese- 
tas son distintas y están formadas en gran parte, por areniscas sobrepues- 
tas en forma no siempre uniforme, de capas de rodados cuyo espesor es 
variable. 

Puede decirse que los rodados tehuelches cubren casi toda la Patagonia. 
desde la costa hasta la Cordillera y desde el río Colorado hasta la Tierra del 
Fuego. 

Algunos sostienen que los rodados son formaciones fluvioglaciales, y otros 
dicen que son sedimentos marinos. 

Los rodados tehuelches se encuentran en carnadas abundantes estratifica- 
das con intercalaciones locales de arena, con un espesor de 10 a 20 metros, 
en ciertos casos, aunque su nivel geológico no es tan general y constante. 

En cuanto a su edad, Mercerat la atribuye a la época pliocena; en cambio, 
Ameghino, la hace remontar a la sección miocena; de todos modos, es visible 
siempre la intervención de la actividad del mar. 

Los cañadones, tan interesantes en la Patagonia, son depresiones, repre- 
sentando cuencas de mucha antigüedad de afluentes de los ríos más impor- 
tantes que corresponden a las fases de erosión de otros tiempos. 

En muchos lugares, las areniscas son coloradas y proceden de rocas del 
mismo color, en parte arcillosas, habiendo sido observadas desde los ríos 
Negro y Neuquen hasta San Julián y el lago Argentino; en el territorio del 
Chubut, son muy notables las del cañadón del río Senguel. 

La edad de las areniscas citadas y que tienen además «dinosaurios», se la 
atribuye al cretáceo superior. 

Ameghino manifiesta que las capas con «Pyrotherium» van siempre unidas 
a las areniscas rojas con restos de «dinosaurios» y que en la costa del Atlán- 
tico están cubiertas por las capas marítimas de la forma- 
ción patagónica, siendo la edad de los depósitos con «Py- 
rotherium», decididamente cretácea. 

Es muy curioso observar los fenómenos de erosión que 
produce el viento en las areniscas; aquél actúa como un so- 
plete de arena, viéndose las areniscas perforadas por aguje- 
ros como células por el chocar continuo de las partículas are- 
nicolas que se estrellan contra las paredes con violencia. 

Las formaciones de areniscas en la Patagonia 
constituyen elementos naturales no 
tables de estudio y muy 
atraye 
vista 
viajero; 



^ 



FANTASÍA ARQUI- 
TECTÓNICA DE LAS 
ARENISCAS. UN 
CASTILLO NATU- 
RAL CERCA DE 
COMODORO RIVA- 
DAVIA. 



algunas de ellas son realmente estupendas y rarísimas; cuántas veces nos 
hemos figurado en lontananza, las ruinas de algún histórico castillo, o de 
algún antiguo templo pagano, y luego, al aproximarnos, nos encontramos 
con enormes moles de areniscas que han sido, quizás, los mudos testigos de 
quién sabe qué misterios. . . 

En ciertos parajes de la región litoral de la gobernación del Chubut, hay 
barrancas de alrededor de cien metros de altura que se componen de una 
arenisca morena, encontrándose la ostra patagónica, en su interior. 

En las barrancas del sur del Golfo Nuevo se distinguen, según Ameghino, 
cuatro capas distintas; la primera, es una arenisca generalmente de color 
pardo que sale a flor de tierra en las proximidades de Punta Ninfas. Sobre 
esta capa de arenisca yace un asperón de color azulado o amarillo, cuyo 
grosor es de quince a veinte metros; en dicho asperón se han encontrado 
muchos troncos de árboles petrificados; (éstos, también se pueden observar 
en el interior del territorio del Chubut). La capa más importante, que es 
la tercera, está constituida por margas blanquecinas y amarillentas, for- 
madas de cenizas y detritus volcánicos, hallándose también segregaciones 
de yeso fibroso y laminar. La última capa, que tiene casi cien metros de 
espesor, presenta ricas colecciones de fósiles; en su parte inferior yacen 
grandes ejemplares de ostra patagónica asociados a huesos de delfines y 
cetáceos de tamaño apreciable. Todas estas capas están cubiertas por una 
carnada de rodados, de veinticinco a treinta metros de grosor, y en partes 
hay bancos de arena. Estas formaciones del período terciario se extienden 
a lo largo de la costa desde el Golfo Nuevo hacia el sur; en la Bahía de San 
Jorge, hemos observado interesantes capas de ostras patagónicas junto a 
formaciones de areniscas muy originales. Hacia el oeste se extienden poco 
estas formaciones de la costa, dando origen a la formación 
más grande e imponente de todas las sedimentarias de la Pa- 
tagonia y que Ameghino llama de las areniscas abigarradas. 
Las formaciones de areniscas patagónicas, aunque en su 
desnudez absoluta de vegetación, impresionan como algo 
muy árido y estéril, dan motivo a emociones gratas a! 
espíritu cuando se contemplan esas majestuosas obras de la 
naturaleza de hace siglos y que nos hacen rememorar las 
estrofas del poeta: «cada comarca en la tierra, 
tiene un rasgo prominente»... 




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Región de vientos. En la noche carrereaba libre. 
cólico pampa, con rumores de enojos y burlas. 
Loma abajo, de la tapera alzada como un fantas- 
ma, corría el sendero: largo y mudo. Y en la tinta 
de la obscuridad, puntitos de plata las estrellas, 
dejaban caer destellos de una incandescencia grá- 
cil, semialumbrando como con humos de luz, la 
extensión dormida. A la distancia, la silueta co- 
losal de un monte partía la lontananza. 

- Allá es. 

--- T'amos cerca. 

Antes'e llegar, un poquito más allá... 

— No chichonee. Es seria la cosa. ¿Le parece 
que lo entregará? 

— Si se lo ha ganao en güeña ley, cómo no. 
No tiene más remedio ... 

— Si: pero ... es su crédito, ya sabe. 

— ¿Pa qué jugó? Cuando hay legalidá, no hay 
güelta. . . 

— ¡Legalidá!. . . no diga. . . 

Carrereaba el viento. En las crines de los caba- 
llos la soledad parecía poner a silbidos las rimas 
del iníl.ito. 

II 

Había resbalado a menos. La pulpería de cua- 
tro frascos en paradojal absorción, atrajo como 
a poder de imanes sus bienes todos. El hombre 
feliz, envinado, perdido, fué tocando el fondo, 
ahogándose en la toxina de un vaso de alcohol. 
Sucumbiendo sin una resistencia. El mostrador 
grasicnto, tuvo en su imaginación anormalizada, 
placideces de hogar. Y en él fué dejando peso a 
peso, prenda a prenda, su modesta fortuna. 
¡Veinte años de vida y labor! El porvenir de sus 
hijos. . . 



Se armaban jugadas de truco: le ganaban. Ca- 
rreras en que, con doble caballo, perdía. Toda una 
red de latrocinio semioculto, envolvía su opacidad, 
su inconsciencia de beodo; como en una telaraña 
de metales falsificados. 

Con su ganadito, su herraje, se habían ido sus 
caballos; por la huella de la desdicha. Esa tarde 
había jugado, ebrio a caerse, lo último que reser- 
vara, su crédito, el parejero pangaré. Lo perdió. 

— Le voy a emprestar un mancarrón del carro, 
don Sinforoso. Así me entrega el flete, para des- 
ensillarlo — díjole el comerciante, con zalamería. 

Aura... 
Y se quedó, fijo el codo en el mostrador, como 
petrificado en una meditación de medio vislum- 
bre, dolorosa y horrible, en la nebulosa de su es- 
tado. Y de golpe, sin que nadie lo sospechase, 
salió, saltando ágil sobre la montura. Y en el cam- 
po, moribundo de luz solar, brilló como un lampo 
crujiendo la carrera frenética del bruto, dispu- 
tándole soberanías al viento... 

III 

La aurora decoraba el oriente, cristalizando el 
rocío con trnalidades bermejas. Sujetaron frente 
a la puerta de la cocina, donde ardía el fogón a 
llamaradas, semejando una descomunal rosa de 
invernáculo. 

— Bajensén . . . 

Uno de los recién llegados expuso, cortando las 
palabras. 

— Venimo, ño Sinforoso, porque como el pul- 
pero se ha cráido quién sabe qué, dio cuenta al 
alcalde. 

— Ajáh . . . 



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La faz del gaucho, despejada en la frescura 
matinal, descubría esas señales indelebles que 
atarazan los rasgos, con abatimientos de anubla- 
ción. Y fijándose en el otro hombre, reconoció a 
uno de sus antiguos peones. 

— ¿Sos vo, Juancho? ¿T'as de mélico, agorar 

— - ¡Qué quiere, patronoito, la pobreza! 

- Ajáh . . . 

Y se quedaron en silencio. 

- ¿Quéhaoemo entonce?. . . - insinuó al cabo, 
lentamente, como temeroso, el enviado. 

— ¡Ahí, cierto. Hái tá en la estaca, dispongan 
d'él; — y como para sí: — ¡Es l'última prenda! , . . 

Doblegóse ensimismado, impasible, profunda- 
mente vencido. 

— ¿Se llevan el pangucho, tata? 

No respondió a la pregunta infantil. Pero en 
su corazón, castigado de amargura, sintió el tem- 
blor de una carrera loca de corceles supremos, de 
furiosos vientos regionales. Y en refusilo instin- 
tivo, la diestra rozó a la espalda la guarnición 
del cuchillo. Después, la honradez de hierro, cinco 
generaciones de patriarcas, refrenaron el impulso. 

— ¡Mi padre sabía ecirme que no montara nun- 
ca mancarrón e carro! 

Hubo otro silencio. El viento agredía a banda- 
zos sonando en la extensión, esfumando con fu- 
rias anchas estelas bruñidas. 

— ¿Y en que v'andar aura? — inquirió, con el 
parejero del cabestro, ya pronto a despedirse, las- 
timosamente el milico. 

Y de nuevo se encendió en la sangre del semi- 
centauro el orgullo salvaje, la fuerza de los vien- 
tos poderosos. 

— ¡En las alpargatas, canejol 




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Es Muratore el arquetipo del «'tenor artista», ha dicho la critica. Agregaremos: es el tenor de exquisito buen 
gusto. Por otra parte, un gran cantante, bien llamado de fia voz de oro», por su admirable timbre y un actor 
perfecto. Pone corazón e inteligencia en sus interpretaciones; de ahí que sus personajes tengan tanta seducción 
y sean el tipo soñado por poetas y músicos. Es el caso de su Des Grieux, en < Manon», del cual dijo la prensa: 
es la primera vez que hemos visto al caballero Des Grieux, tenor romántico, en la ópera de Massenet; es también 
y mejor, el tenor dramático en cCarmen», que presta al trágico don José el más extraordinario relieve. 



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DEL 



COLÓN» 



No conocemos entre las nuevas cantantes de Italia, país del canto, artista más completa que Claudia Muzio. 
Con i¿ual arte, - su ductilidad es ilimitada,- sabe ser Margarita y Elena, y a nadie mejor que a ella se aplica 
la frase: «forma ideal purísima de la belleza eterna', en la obra de Boito; o bien «Tosca» o «Manon», «Aída» o 
•Mimí», «Loreley» o «Madame Sans Cene», trágica hoy, cómica mañana. Su voz tiene inflexiones y matices 
deliciosos, se presta a todas las óperas, las más opuestas, o difíciles y que requieren mayores cualidades. 
y la artista sabe sobresalir en todas. Por eso se h?. convertido en una favorita del público porteño. 




DEL 



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SEO» 



Sólo hay dos cantantes en el mundo que puedan realizar los prodigios vocales concebidos por los maestros del 
"bel canto»: Angeles Ottein y Maria Barrientes. Pureza de sonido, elevación prodigiosa, agilidad y maestría 
para vencer las más peligrosas dificultades, he ahí las primeras y más valiosas virtudes de la garganta y 
del arte de la cantante del Coliseo. Su juventud ha sido primicia para nuestro público en sus dos grandes 
teatros líricos, y ha de serlo de nuevo en la tercera visita de Angeles Ottein. Su carrera comienza a ser una de 
las más brillantes, y será orgullo de su patria española. 



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Eíte joven tenor, entre los mejores de su pais, no tiene rival en las esfumaturas, en los «filare». Por eso resulta 
exquisito su canto en >Man6n», en tWerther» y en la (Sonámbula». Su Cavaradossi, en «Tosca», es célebre; su 
Duque de Mantua, en •Rigoletto». es de los que más haya festejado el público. Artista y cantante corren parejos. 
y son notables, y ante su presencia, se olvidan muchos nombres que se creía insubstituibles, de famosos tenores. 
El público argentino, que hace tiempo le conoce, nunca como este año le ha aplaudido tanto. Sohipa llega a 
la culminación de su carrera, pero tien'í todavía ante sí larguísima perspectiva de triunfos. 



r'L. 



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Estábannos en «alta montaña'»; 
nuestro horizonte habitual de habi- 
tantes pamperos habíase festoneado 
en toda su redondez. Aquellasucesión 
de picachos y valles recordaba las 
impresiones de alta mar, acentuadas por un 
ligero mareo. Las manchas de nieve pare- 
cían remolinos de espuma. Estábamos en 
alta montaña, en plena Cordillera andina, 
acuatro mil metros sobre el nivel de Mar del 
Plata, a bordo de nuestras cabalgaduras. 

Habíamos decidido ir a la montaña, ya 
que la montaña no venía hasta nosotros; 
andábamos respirando profundamente e 
aire libre, desierto, frío. 

Nuestra voz era un poco más apaga- 
da, pero nuestros adjetivos habían re- 
forzado su timbre. Y a pesar de la fuer- 
za que ellos cobraban no nos dejaron 
satisfechos: nadie encontró el adjetivo 
justo o, por lo menos, digno. La admi- 
ración estaba más allá de la palabra. 

Amanecía. Los nevados festones de 
oriente empezaron a teñirse de rosa, y 
pronto una extraña lumbre rojiza puso 
en ellos un filete de incandescencia. Por 
el centro de esa linea salió un punto ígneo al rojo 
escarlata que fué creciendo, entre una aureola de 
rayos, hasta tomar la encendida redondez de un 
sol nuevo para nosotros. Todas las manchas de 
nieve simularon entonces bosquecillos de cerezos 
en flor. 

La brisa empezó a entonar su canto de guerra. 
Fué como el barrito de las legiones romanas: pri- 
mero un sordo zumbido que creció hasta termi- 
narse en un mugido que los valles repitieron. Des- 



cimüsTey 




pues hízose igual, más lento, más 
uniforme. 

Estábamos en alta montaña, 
sobre los misteriosos Andes, con un 
vago sentimiento de temor en el espí- 
ritu. Las emociones del deporte, que 
comienzan en la ruleta y adquieren su mayor intensidad sobre el 
aeroplano, esas emociones donde se confunde el ansia, el placer, 
'a angustia y el miedo, embellecían nuestra excursión. 

Visitábamos los campos de batalla en los que los Titanes rebel- 
des sufrieron su más terrible derrota. De Alaska a Tierra del Fuego, 
sobre una orilla del mayor Océano, los hijos de Titán y de la Tierra 
amontonaron también rocas para asal- 
tar la celeste fortaleza; de Alaska a 
Tierra del Fuego el rayo de Júpiter los 
venció. Sepultados en las entrañas de la 
madre Tierra, viven los Titanes siembre 
rebeldes, siempre poderosos; su rabia 
ansia escupir a los cielos por la boca de 
los cráteres, sus músculos estremecen la 
losa de la tumba. Su cólera subterránea 
es impotente contra los dioses. Pero 
con;o es necesario, fatalmente necesa- 
rio que toda rebeldía domeñada pro- 
duzca víctimas, el hombre paga las cos- 
tas del mitológico pleito. De Alaska a 
Tierra del Fuego, los Andes devoran 
hombres. En este momento, en cualquier momento, 
uno a uno caen bajo la nieve, miles a miles bajo los 
escombros. San Francisco, Matienzo, El Salvador, 
Valparaíso, Mendoza. Estábamos en alta monta- 
ña, lejos y cerca de la muerte, «navegando sobre 
un ivolcán», como dijo disparatadamente uno 
que tenía muchísima razón. Este vago miedo al 
espíritu homicida de la Cordillera, convierte una 
simple excursión en algo misterioso. 



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A 5.000 METROS, ATRAVESANDO 
UNA MACHA DE NIEVE. — COR- 
DILLERAS DE TAMBILLOS. 



Todos los trances donde 
el terror se insinúa vienen 
a ser pruebas donde el es- 
píritu humano sale victo- 
rioso, con nuevo estímulo 
para la vida. La volun- 
tad toma ese temple fugiti- 
vo que se asemeja al que 
los barberos dan a su tem- 
plada navaja sumergiéndo- 
la en a?ua caliente. 



1 .u^strQ norizonte na re- 
cobrado su habitual con- 
torno. El sol sale de la lla- 
nura o del mar y se hunde 
en el mar o en la llanura. 
La brisa silba entre los 
alambres electrizados: la 
voz vibra poderosa en el 
aire denso; los adjetivos re- 
cobran su tono . . . 

Sobre la mesa hay her- 
mosas fotografías andinas, 
recuerdos de una excur- 
sión otoñal, y en medio de 
ellas el bloque de páginas 
blancas esperando los sig- 
nos. Y se inicia el desfile 
de seres y cosas de que 
nos habló el maestro Ru- 
bén Darío en su inspirada 
composición. 

Las ansias que no pu- 
dieron encontrar alivio, las 
empresas fracasadas, los 



EL VALLE DE USPALLATA. AL 

FONDO EL VALLE DE LAS CUE- 
VAS, POR DONDE PASA EL F. C. 
TRASANDINO. VISTA TOMADA A 

4.500 METROS. 
POR ESTE VALLE ATRAVESÓ LOS 
ANDES, LOCATELLL LOS CERROS 
QUE SE VEN AL FONDO SON LI- 
MÍTROFES CON CHILE, DESPUÉS 
DE PASAR ESTOS, SE PERDIÓ 
MATIENZO. 



ensueños disipados, toda 
una larga y pequeña exis- 
tencia vivida casi mecáni- 
camente al margen de las 
voluntades ajenas. Está- 
bamos en alta llanura. Mi 
horizonte tenía feas cúpu- 
las, tejados deformes; na- 
vegaba sobre un sillón. 

Los que aún podéis apro- 
vecharla, oíd una voz de 
experiencia, un lamento de 
experiencia que, inusitada- 
mente, os dice ai comentar 
estas vistas, que el joven 
debe vivir algún tiempo en 
plena naturaleza lejos de 
las ciudades, donde los 
hombres se forman. El tu- 
rismo es una útil claudica- 
ción del espíritu romántico 
aventurero; turista es el 
lector de esas novelas cu- 
yas páginas fueron escritas 
con rocas, árboles y oxí- 
geno. 

Eduardo del Saz. 

FOTOGRAFÍAS DE 
RAÚL J. ÁLVAREZ. 



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A vuelta de Jorge Bermúdez, de España, después 
de haber perfeccionado sus conocimientos del 
noble arte, bajo la tutela de los buenos maes- 
tros contemporáneos, le permitió, al encontrar- 
se otra vez en su patria, visitar las provincias 
del Norte, donde en su niñez había contempla- 
do tipos de hombre y de mujer que acariciaron 
su imaginación de artista adolescente, y que. 
con el correr de los tiempos, llegarían a ser fuente 
generadora de sus inspiraciones. Hombre ya, y 
poseedor de encomiables actitudes pictóricas, 
fué en busca de las mismas emociones que nu- 
trieran su espíritu durante su temprana edad, y 
que parecían esperarle serenamente, ocultas en 
las figuras magras y cetrinas de hombres y mu- 
jeres aborígenes de Catamarca, Salta y Jujuy. 
El resultado de sus primeros trabajos no compensó, quizá, el mucho entusiasmo y los hondos afa- 
nes que los motivaron. Su visión, turbada acaso por el color, y desorientado su espíritu por 
la nueva sensibilidad que pugnaran por imponer las modernas corrientes de arte, provocaron en 
Bermúdez un álgido momento de indecisión, de transición, más bien dicho, que presentaba, ante 
los ojos de este artista, un problema de difícil solución. Pero entre las nuevas tendencias coloristas, 
de arte rebuscado, de hábiles recursos o estratagemas de oficio, y esa otra, más noble y sincera, 
puesto que hacia ella le llevara su propio temperamento, venció esta última. Jorge Bermúdez limpió 
su paleta de todo aquello que significara efectismo alguno, o tendiera a disfrazar el verdadero arte tor« 




ciendo sus altos propósitos estéticos, y se dispuso a dejarse guiar cultivan- 
do aquel género de pintura hacia el cual le inclinara su predilección espiri- 
tual. Desde entonces sus incurriones por las citadas provincias, son cada vez 
más frecuentes, cada vez más largas. Y así como aumenta su familiaridad con 
los tipos y atributos de aquel paisaje, más se ahondan su amor y entusiasmo. 
Día llegará en que Jorge Bermúdez se vaya por muchos ^años a vivir entre 
eias gentes, cuyas figuras traslada con tanto sentimiento a sus telas. No 
en balde ha logrado identificarse con esos seres, con sus costumbres y su 
extraña psicología. Sí Jorge Bermúdez no fuera un hombre blanco, de 
nuestra raza, dijérase que pintaba a su propia gente. 

Difícilmente nos ofrece, este pintor argentino, escenas pintorescas que 
reflejen momentos característicos o peculiares de la vida en aquellas regiones. 

Y es que la obra de Bermiidez, por ser muy honda, por ser muy noble, por 
hal>er»e inspirado en algo que está más allá de las manifestaciones materiales 
o exteriores de la existencia humana, permanece ajena a todo tema trivial, 
a todo motivo pictórico que pudiera ser inspirado en un titulo literario. El 
mérito mayor de estos cuadros, finca en la expresión que el artista imprime 
en el rostro de sus figuras; expresión humana, plena de vida y de sentimiento, 
y no en esta o aquella escena, pintoresca y rebuscada, con que algunos pin- 
tores pretenden simbolizar la psicología o caracterizar las costumbres de 
un pueblo o de una raza. 

Lo» tipos que pinta Bermiidez, aparecen, casi siempre, quietos y pensativos. 
Una melancolía serena, apacible, flota sobre esas almas, vela con sus cendales 
grises, ese espíritu que las inquietudes del siglo no han logrado apartar del 
sendero polvoriento por donde vienen marchando a través de las edades. 

Y como envoltura humana, un cuerpo enjuto, una tez cobriza, en los ancianos, 

c/m:llOc/^ nvzzio 



LA OCUPACIÓN 

PREFERIDA DE 

BERMÚDEZ. 




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reseca por los vientos de la sierra que retuerce los sarmientos, pela las rocas 
y curte los rostros; y, en las mujeres y niños, un tinte cetrino, una palidez 
de aceitunas maduras en la cara de riel tersa y opaca, nimbada por recios 
y negros cabellos, sobre los cuales se descompone la luz en azulados reflejos. 

Pero este hombre, que tanto iia logrado interesarse y comprender los 
tipos de tierra adentro, es, por un raro capricho artístico, un excelente 
retratista de mujeres. Porque Jorge Bermúdez al sentir como pocos el encanto 
de esas gentes serranas de Jujuy o Catamarca, se extasía, también, ante la 
belleza y distinción de las mujeres de nuestra raza. Por eso, quizá, y para 
saciar esa sed de verdadera belleza, inherente a todo espíritu selecto y a 
toda alma sensible, este artista cultiva también, en una forma nada fácil 
de igualar, el género elegante del retrato. 

Ya conocíamos de Jorge Bermúdez algunos ensayos apreciables en ese 
sentido. En el Salón Nacional de Arte de 1916, un retrato de mujer, abonado 
por su firma, se destacaba por sobre los otros lienzos de la primera sala. La 
crítica fué unánime en prodigar sus elogios a esta obra, que hoy decora y 
aquilata la colección de cuadros que representan al arte argentino en nuestro 
Museo Nacional, y repite sus plácemes ante el retrato de la señora de Cárcano, 
exhibido con general aplauso en las galerías Müller. 

Ya se evidenciaba, entonces, hasta dónde podría llegar ese pintor que con 
tanto talento y gallardía se iniciaba' como retratista. Y hoy día, que cono- 
cemos casi toda la obra de Bermúdez, su técnica sobria y su gran sensibilidad, 
comprendemos que el arte nacional, ya decididamente orientado, va, en 
manos de quienes tan bellamente lo cultivan, en camino de imponerse, 
bertándose, al mismo tiempo, de influencias que le esclavizaran, ajenas 
a nuestro ambiente y a nuestra idiosincrasia. 



cA\EN2. ^ PtN7\ 




c 1 1/ [) A, D) € r 

ío do 



€ N J" U t NO 

bcneiro 



Una esmeralda de innumerables qui 
una esmeralda ahuecada que sirve de 
yero y de engarzadura a otras piedra 
preciosas. Un verde abrazo que reúne 
sobre el pecho de la madre natu- 
raleza cien islas, veinte ríos, un 
mar interior, una ciudad y trein- 
ta colinas: esto es la bahía de 
mágica donde vive luciente 
como un brillante, Rio de 
Janeiro. 

Nunca el prodigio recibió 
nombre más modesto: Río 
de Janeiro (Río de Enero) 
bautizáronla sus explora- 
dores con fantasía atónita 
más bien que pobre. Ella, 
por la fuerza de su propia 
hermosura, hizo del nom- 
bre vulgar un nombre 
glorioso. 

Todas las ciudades del 
ensueño han inspirado sen- 
tencias jactanciosas para 
asegurar que quien no las 
visitó no vio maravilla, o que 
puede morir después de ver- 
las. Río de Janeiro no anda 
en frases proverbiales; su elogio 
encuéntrase por encima de la 
palabra. 

Su elogio es una admiración 
tierna que arranca lágrimas; una 
•■saudade», una nostalgia de algo que 
no poseímos jamás. Es un deseo ardiente 
de convertir la estada en permanencia 
indefinida. Es un ansia de vivir allí, en plena 
maravilla, para morir allí. 

El viajero sueña que al pie de aquellos montes, 
;unto a las orillas podrá enseñorearse de todos los sueñes 




maginación persigue inútilmente; 
a que en las costas paradisiacas 
a felicidad. 

lingún habitante de Río de Janeiro, 
el más entusiasta, ni el más ar- 
tista, ni el más patriota, puede 
tener idea del encanto indescrip- 
tible que producen su bahía y 
su ciudad en el alma viajera. 
Las maravillas disfrutadas se 
atenúan. Pero, cuando no 
tuteamos aún a la belleza, 
al contemplar el panorama 
desde una altura, sentimos 
el placer de los descubri- 
dores. 

Todo es flamante, in- 
marcesible, casi inmaterial. 
De día es un espectáculo 
abrumador que enceguece, 
un arco iris ha abatido el 
vuelo posándose sobre la 
tierra y el mar. Todo ar- 
de en colores vivos, en las 
luces diamantinas de un 
Koinoor gigantesco. 
Pero de noche, al salir aque- 
lla luna carioca, cobriza, gran- 
de, violentamente recortada 
sobre el denso cielo, es cuando 
;1 panorama adquiere maravilloso 
plendor. Al mismo tiempo se ven 
márgenes de las islas floridas y 
redas de las calles, los transeun- 
; barcos. Sobre las mansas olas y 
indida silueta del Pan de Azúcar, 
cabrillea la luz argentina. Un acompasado 
ruido de rompientes marinas se une al murmullo 
del aire entre las ramas. Las estrellas y las luces 
tienen un mismo centellear. 




PROPIEmO-D-Do-JOSEM*» ENDEI 



>y^- 




^ ea¿ica /jueí/m 

E5CUELA«D^LA 

5ANTA«UNION*D 

IPS^SAGRsADOS 
* CORoA70NE5 ^ 






A Santa Unión de los Sagrados Co- 
razones... ¡Con qué dulce emoción 
repetimos todas ese nombre, que evoca 
para tantas de nosotras el recuerdo 
- ---' sereno y luminoso déla época inten- 
samente feliz de la existencia! Más 
de treinta años hace que se educan legiones de nuestras 
niñas en el tradicional establecimiento de la calle Es- 
meralda, y cada una de esas almitas blancas que han lle- 
nado las aulas de la santa casa con el gorjeo de su charla 
inocente, con su risa de cristal, han debido sentirse arropadas 
y protegidas por unas alas muy grandes, las alas espiritua- 
les de esas madres por pura esencia, madres a todas horas, 
porque Dios ha querido que lleven todas, dentro del corazón un 
hijo dormido. . . 

Serenas, perseverantes, las religiosas de la Santa Unión 
de los Sagrados Corazones han colaborado así, durante el 



transcurso de largos años, con dulzura infinita, a la reali- 
zación de <'ese ideal divino que debe hacer la felicidad del 
individuo, de la familia y de la sociedad, que ha de pro- 
gresar y elevarse, merced al orden, la paz y la armonía». 
segtin las palabras de la Superiora de las Religiosas de la 
Santa Unión, madre María Luisa. 

Cuan intensamente luminosa es la estela de la obra rea- 
lizada por la congregación que fundara en el siglo pasado 
un venerable sacerdote de la diócesis de Cambrai, en Fran- 
cia; pronto se multiplicaron sus establecimientos de edu- 
cación, creándose los más importantes en Bélgica, en Ingla- 
terra, en los Estados Unidos de Norte América, en el Cana- 
dá y en la Argentina, donde funcionan dos grandes casas- la 
del Caballito, que data del año de 1882 y la de la calle 
Esmeralda, levantada en el año de 1885. que dirige desde 
hace veinte años la Madre Superiora María Luisa. . . 

Presurosas, agitadas, como aves sorprendidas en su retiro, 



las religiosas agrupan a sus educandas. accediendo, por una 
excepción cuyo valor sabe estimar la dirección de Plvs 
Vltra. que sus páginas puedan revelar en parte, la obra de 
amor y perseverancia que se lleva a cabo en ese estableci- 
miento de educación, en medio de una placidez que serena 
el alma y eleva el espíritu . . . 

Van desfilando las distintas clases... las superiores, de 
filas formadas por jovencitas que sonríen con encantadora 
sencillez; peinan la abundante cabellera dividida en apre- 
tadas trenzas; llevan sus manos correctamente enguantadas, 
y solo presta vida al obscuro uniforme azul, la cinta roja de 
la que pende una medalla bendita, o la ancha banda de co- 
lor verde, marrón o rojo, testimonio de su excelente com- 
portación. Han pasado laciendo una profunda reverencia 
al ver a la Madre Superiora: luego, avanzan las más peque- 
ñas, esa cuarta clase que se asemeja a una bandada de jil- 
gueros o gorriones, picoteando en pleno prado... terminan 




LA ALEGRÍA DEL COLEGIO. ALUMNAS DE L» Y 2.° GRADOS, 



y 



E>I_;sx:S 



en c^.^ ...^....;e su meriend». y alguna ■■'• •«<■' 
manecttas oprime aOn al rasto de su pa - 
Arriba, visitantos las espaciosas aulas 
xas, porque toda la vida de la casa bulle, en pa 
tios y corredoras: el i^n salón costurero, dcnde 
ae f««uw« a trabajar.para los pobres las Hijas de 
Maria de la Santa Unión; pero no podría termi- 
naraa tan interesante visita sin orar breves ins- 
tantas en la capilla de la santa casa, verdadera 
joya de estilo ^ñótioo. con sus esbeltos altares de 
ct^ie tallado, sus artísticos vitraux. . . seiscien- 
tas edocandas pueden arrodillarse ante la ima- 
(cn del Divino Redentor, ante la escena de la 
Anundación, que es el lema de la gran vidriera 
que corona el altar mayor: cada detalle del sa- 
grado fednto revela un exquisito sentido artts- 
ticc. y nos recuerda la gentil colaboración del 
arquitecto Christophersen. 

Fuera, bulle la alegría del enjambre de edu- 
candas, que ilumina la tarde inveriuil triste- 
mente opaca: desde el amplío ventanal veo des- 
ligarse por una puerta lateral del patio, algu- 
nas siluetas de religiosas: ¿a dónde van . . . ? — 
pregunto- ¿Con qué edificio vecino comunica 
el cotegio? 

Con suave sonrisa responde la venerable figu- 
ra que me acompaAa: 'Van a la clase gratuita. .. 
el colegio tiene otra entrada por la calle de Cór- 
doba, y en eae recinto se da la misma educa- 
ción y se ofrece igual caríAo a setenta niñas 

desvalidas pero no hay que turbarlas, no 

debemos interrumpir la hora de sus clases . . . > 




Al despedirme, no pude menos de sonreir al 
ver alineados en las perchas del vestíbulo, los 
modestos sombreritos «Marie et Marguerite»; re- 
cordé la pretenciosa exhibición de plumas, flores 
y frutas que ofrecía esa misma percha, a poco 
de fundarse el colegio, y las protestas de muchas 
cabecitas vanidosas, al conocer la sentencia de 
la Madre Superiora. autorizada por la Madre 
Provincial: i^unlrs tocía.^, sin la menor diferen- 
cia, como lo son para nuestro corazón. . . y si- 
guen siéndolo así, para las abnegadas religiosas: 
las nietecitas. !o mismo que lo fueron las hijas, 
ya lleven apellido aristocrático, como el más 
humilde... Asisten hoy a las aulas muchas 
niñas, cuyas mamas fueron educadas en la mis- 
ma casa, o en la del Caballito, oculta casi por 
la fronda de su añoso parque: figuran, pues, 
entre las nietecitas, las niñas de Murature. 
Christophersen. Zorraquín Landívar, Zorraquín 
Rubio. Basavilbaso López, Passo Rosa, Are- 
naza. Egusquiza Rubio. . . y otras generaciones 
han de seguirlas también, para que las santas 
religiosas puedan creer que «siempre es Mayo 
en su jardín ...» 

Cae la tarde gris de julio; las sombras envuel- 
ven la gran ciudad. . . larga fila de autos espera 
en la calzada, mientras surgen del portal, par- 
leras y presurosas las deliciosas muñecas, las 
recatadas jovencitas. que abandonan la santa 
casa que permanecerá largas horas muda, silen- 
ciosa, hasta el nuevo día. 

La Dama Duende. 




CRt;ClFIJO QUE SE VENERA FRENTE A LA ENTRADA DE UA CAPILLA. 



'y^— 



\w. 



c^ n:i(^//uiA 




A DA -MAM /y 



L leer la copiosa corres- 
pondencia recibida desde 
el 25 de julio, día en que 
La Prensa publicó la no- 
ticia del fallecimiento de 
la escritora Ada M. El- 
flein, he sentido reno- 
varse en mi espíritu la pe- 
sadumbre que tan triste 
suceso me produjo. 

Hombres, mujeres, ni- 
ños, maestros, periodis- 
tas, comerciantes, perso- 
nas ocupadas en las ta- 
reas más diversas, radicadas en esta ca- 
pital y en los pueblos y ciudades del inte- 
rior, expresan en esas cartas, ingenuamente 
y como si se hubiesen sentido bajo el mismo 
imperativo de un deber, el dolor que la no- 
ticia había despertado en ellas y en el seno 
de sus familias. Solamente unas veinte o 
treinta personas, entre centenares que fir- 
man otras tantas cartas y tarjetas, recuer- 
dan haber conocido y tratado a la señorita 
Elflein: las demás declaran que no alcan- 
zaron la felicidad de conoce*-la personalmen- 
te, pero agregan, unas con más elocuencia 
que otras, que para ellas les era tan familiar 
como una dulce amiga dotada de excepcio- 
nal gracia de comprensión y de amor, y que 
crin ella mantenían desde hacía años, una 
cordial relación a través de sus cuentos, de 
sus narraciones y de sus sensaciones de 
viaje. Muchas de las piezas de esta corres- 
pondencia extraordinaria, revelan en la ma- 
nera como el firmante concibe la idea y la 
traduce en palabras, el cordial, e! nobilísi- 
mo, el espontáneo e invencible sentimiento 
de cariño y de piedad que las inspiró. No 
habían conocido a la escritora y la ama- 
ban a través de sus escritos. Y muerta 
la lloraban, y se sentían impulsados a de- 
cir su dolor, igual e intenso en tanta gen- 
te extraña entre sí, el dolor de cada uno, 
y decirlo, en homenaje a la memoria de la 
escritora, fallecida y a lá vez como piado- 
so consuelo a la que fué su digna compa- 
ñera en las horas angustiosas de su agonía 
lo mismo que en los días de sol radiante. 

Entre esas cartas encontré una pieza ex- 
traña; era un anónimo. Contenía una pro- 
testa de indignación que a la vez significaba 
un homenaje. Su autor había estado en la 
mañana del 25 de julio, estacionado frente 
a la modesta casa de la escritora: había pre- 
senciado el acto de retirar el féretro, había 
contado el número de los acompañantes y 
juzgado someramente la calidad de é'^tos. 
Cuando se puso en marcha el carro fúnebre, 
todavía permaneció en su puesto de obser- 
vación, para alejarse sólo después que la 
calle central y lujosa hubo tomado su ritmo 
habitual. Y se alejó amargado a su hotel o 
a su despacho, para escribir inmediatamen- 
te sus impresiones y enviarlas en dos hojas 
de papel de las que arrancó el timbre per- 
sonal y de dirección. Voy a copiar aquí dos 
párrafos de la extraña pieza: 

•< ¡Ada Elflein! Tu vida de estudiosa impulsa- 
da por el ideal elevado de dar a conocer un 
sinnúmero de emociones de !a vida argentina 
y de episodios históricos de nuestra emancipa- 
ción, de incuícar en las mentes juveniles el 
amor sagrado a ia patria en el medio ambiente 
resistente a esta enseñanza, ha terminado. 
Todos los obstáculos que encontraste en tu 
camino no hicieron otra cosa que aumentar tu 
lesón para mantenerte, como una reina bonda- 
dosa en su trono, sentada en tu cátedra comu- 
nicando sabiduría y emoción por medios prác- 
ticos, sin palabras abstrusas, con sencillez, cla- 
ridad, erudición, y, sobre todo, con una gran 
bondad de corazón, con palabras impregnadas 
de esa gran ternura que sólo muestran las almas 
escogidas. * 

Traza luego el cuadro del acompañamien- 
al que considera escaso sino pobre: la 
marcha silenciosa de los caballeros, de las 
señoras y de las niñas que salieron de la 
casa a ocupar los coches; recuerda la llega- 
da en retardo de varias personas y la pro- 
testa de éstas al encontrarse sin un coche 
en ei^^cual seguir al cementerio: iosinúa un 
paisaje de la calle con todo el movimiento 
matinal de proveedores; el retiro de los can- 
delabros de la capilla ardiente hecho por 
personas indiferentes que platican sobre co- 
sas extrañas, y, por último, advierte el adiós 
mudo y lacrimoso que dan, en la puerta di 



la casa mortuori?, algunas 
personas del servicio, a H 
patrona que ya nunca más 
verán, y dice: 

«Estas escenas me sugieren 
¡deas pesimistas. ¿Cómo? ¿El 
fóretro que lleva a una mujer 
que consagró toda su vida a 
transmitir enseñanzas y emo- 
ciones a los niños, no va acom- 
pañada por una pequeña co- 
lumna de niños y de niñas a su 
última morada? -íLos desapa- 
recidos que hicieron obra cul- 
tural dentro de la patria, no 
merecen honores postumos? 
Pequeneces de la vida que no 
atribularán tu espíritu. ¡Des- 
cansa en paz, Ada Elflein! jYa 
no buscaremos los domingos 
tu folletín: el pajarito voló de 
su jaula y su voz se oirá allá 
en el infinito! Cuando te vi viajar por el Sur y 
por el Norte de la República ya supuse que 
ibas herida, porque había visto en otros esas 
curas de aire, oxigenación de pulmones lasti- 
mados. . . » 

Dice más, algo amargo todavía sobre lo 
que la codicia hará alguna vez con la pro- 
ducción dispersa de la talentosa escritora. El 
que así tradujo sus impresiones y se sin- 
tió impulsado a trasmitir a los deudos sus 
pensamientos, minutos después de ver par- 
tir el féretro, tampoco había conocido per- 
sonalmente a Ada Elflein. 

Esta manera espontánea, singular y de 
rara uniformidad en la manifestación de un 
pesar, proclama a mi entender, sino e! mejor 
el más intenso y conmovedor homenaje que 
haya sido hecho en nuestro país, a una es- 
critora que dio su alma al pueblo en rauda- 
les de emoción sin poner en su estilo frivo- 
lidades femeninas, ni buscar, en cambio, esas 
retribuciones ruidosas que anhelan los pe- 
queños y los que trabajan por la resonancia 
personal sin la virtud esencial de la vo- 
cación. 

En estas breves líneas que escribo para 
Plvs Vltra, solo deseo dejar en evidencia, 
precisamente, esa virtud que he recordado, 
y lo haré valiéndome de los manuscritos que 
la escritora me dio en vida, sin sospechar 
siquiera que había de ser yo quien los uti- 
lizaría para poner de relieve un episodio de 
su vida, especialmente interesante, por tra- 
tar de su iniciación literaria. 

Ada María Elflein llegó al estado y cali- 
dad de escritora, por el imperio de su ser 
interior; por la vocación, que según el con- 
cepto que Ibsen pone en boca del personaje 
central de uno de sus poemas dramáticos, 
'■es torrente que no puede retroceder, ni pa- 
rarse, ni contenerse». 

A los 14 años empezó a escribir un «Diario 
de Vida»; sin saberlo procedía a la manera 
de aquella Margrave de Baireuth, hermana 
querida de Federico el Grande, que escribía 
su diario «para distraerse^, dándose el pla- 
cer de no ocultar nada de lo que pasaba y 
como ella dijo, «pas méme de mes plus se- 
crets pensées». La madre de Ada, la señora 
Elena Schwarz de Elflein, cuya memoria de 
educa'dora perdura en hogares porteños. 
liento esta incUnación literaria, y con su 
exquisito tacto de madre y de maestra, ad- 
virtió que el hecho, aparentemente simple, 
había de ser, como fué, un factor eficiente 
en el desarrollo de la educación moral de 
su hija. 

Conocí ese «DiarioD en todos sus detalles: 
llegó a componerse de catorce cuadernos de 
no menos de cien páginas cada uno. Algunos 
de esos cuadernos, precisamente los que con- 
tenían las primeras sensaciones de la vida 
consciente, cuando la niña se tornaba mu- 
jer, cuandoapuntaban 
en su espíritu las pri- 
meras y profundas in- 
tranquilidades, las 
conmociones de su 
conciencia y de su co- 
razón, fueron escritos 
en alemán y tuve 
especial honor- -por- 
que honor grande fué 
para mi merecer la 
amplia confianza de 
esta mujer de inteli- 
gencia superior - - de 




C 



fcmL'/mus 



ELFI .EIN 



ER,/\R.l,-\ 



escuchar su traducción du- 
rante varias sesiones de lec- 
tura a que me invitó a su 
casa. 

Entre las travesuras de 
la vida escolar y los afanes 
de la alumna que va a gra- 
duarse primero de profesora 
en el colegio americano de la 
calle Suipacha, y luego de 
bachillera en el Colegio Na 
cional, sección Norte, al 
ternan en esas páginas, inge 
nio en las observaciones 
agudezas en los juicios so 
bre las materias de estudio 
donaire en la apreciación de 
la conducta de las compa 
ñeras y también de los pro 
fesores. Revelábase ya en 
[onces, la altísima virtud de comprensión que 
había de caracterizarla en la vida, reunida 
a la ecuanimidad de su espíritu, a la altiva 
franqueza de su palabra, a su sagrado amor 
a la veracidad y a la ausencia de emulacio- 
nes subalternas. 

A los 22 años de edad era poseedora de 
una educación esmerada, pero advirtiendo 
ella misma los puntos débiles continuó sus 
lecturas y especialmente, profundizó sus es- 
tudios literarios. Llamada por contratiem- 
pos de familia a aportar ayuda a sus padres, 
buscó traducciones y discípulos, y fué en- 
tonces que conoció al general Mitre para 
quien tradujo del alemán una obra sobre el 
«Ollantay». El ilustre historiador quedó tan 
satisfecho que le otorgó un elocuente cer- 
tificado. Entre los discípulos hubo niñas de 
su misma edad, retardadas en su cultura, y 
otras menores y también algunos hombres 
ya diplomados en facultades, que deseaban 
dominar el alemán y el inglés para conocer 
a fondo la literatura de su respectiva espe- 
cialidad científica. 

La mariposa vio en aquellas horas, muy 
próximo a sus alas brillantes el fuego, y no 
se resignó a caer envuelta en las miserias de 
la vida. Tampoco su carácter respondía a 
ese género de enseñanzas, y tuvo que aban- 
donarlo. En las páginas de su «Diario», he 
visto también la huella de los Don Juanes: 
la limitada visión de estos aventureros del 
amor les permitió discernir la belleza rubia 
y finamente aristocrática de Ada, más, no 
ver que en aquella mujer, que trataban de 
despertar con los fuegos de sus pasiones 
deleznables, existía un espíritu vigoroso, so- 
berano y vigilante, y cual un pajaro azul, 
listo a tender el vuelo liacia esferas supe- 
riores. 

En septiembre de 1904 escribió en su 
«Diario»: 

« Me falta estímulo. Necesito una persona, 
hombre o mujer, quizá mejor un hombre, seve- 
ro, inflexible, rígido y a la vez bondadoso, ins- 
truido, de una franqueza rigurosa, cruel si se 
quiere en medio de su franqueza; un hombre a 
quien yo pudiera respetar, querer y temer, en 
quien pudiera tener plena confianza, que me 
encaminara, me dijera si vale algo ésto que bulle 
en mi cabeza, me tiene despierta por la noche 
y se mezcla luego en mis sueños: todo un mundo 
de formas vagas que tratan de abrirse paso y 
para los cuales me falta la palabra mágica de 
evocarlos: que me encauzara, que me dijera la 
verdad, que yo puedo soportar; que me guiara, 
indicándome el camino, . . " 

En enero de 1905, encontrándose en Santa 
Fe, de visita en casa de una amiga de la in- 
fancia, cuyo nombre fué pronunciado mn- 
chas veces horas antes de morir, vuelve a 
escribir en su «Diario». 



' Me escribe mamá 



[^JO.SE *ñANUEC 



LA NOTABLE ESCRITO 




que mis cuentos están 
en La Prensa para que 
ios lean. Y he entrado 
en curiosidad por sater 
quién los leerá. Segura- 
mente algún viejo eter- 
no, gruñón, predispuesto 
desde iuego a declarar 
que no sirven, o sino un 
mocito barbilampiño y 
engreído que sólo en- 
cuentra bueno lo que él 
mismo escribe y decla- 
rará con irónica sonrisa 
compasiva que son *pa- 
vadas de mujer'. Sea 
quien sea, estoy curiosa 




por saber quién es y lo qu_- 
dirá. Para decir la verdad, no 
se me había ocurrido nunca 
ir a algún diario, y estoy ner- 
viosa por saber lo que dirán 
de mis cuentos. En todo caso, 
ese hombre tiene ahora en sus 
manos mi suerte: según lo que 
diga, según cómo esté de hu- 
mor al leer las historias, dirá 
que sirven o no. Tan cierto es 
que estamos encadenados unos 
a otros, que ¡omos goberna- 
dos sin saber cómo ni por 
quién, que influímos incons- 
cientemente .sobre los demás y 
que un acto insignificante en sí. un capricho. 
un humor pasajero, puede traer consecuencias 
nunca soñadas. ¡Tengo una sensECión fxt aña. 
como si en este momento estuvi-era por decidir- 
se mi vida, como s¡ estuvieran cor rodar los 
dados que determinarán mi suerte! jQué rueden! 
Yo soy fatalista, y ese redactor desconocido no 
hará m^s que cumplir inconscientemente lo que 
estaba escrito». 

En el mes de abril del mismo año, cuando 
ya la dirección de La Prensa había aceptado 
los cuentos presentados, y la incorporaba 
como redactora después de un severo exa- 
men, dándole la misión de escribir un folle- 
tín dominical durante siete meses del año, 
apuntaba en su «Diarios 

«... Me dura aún la impresión de haber lle- 
gado por fin, al lugar que inconscientemente bus- 
caba. Allí piensan como yo, aman lo que yo 
amo, sienten lo que yo siento. Caminamos hacia 
el mismo fin, giramos en el mismo círculo. Al 
cruzar la avenida, el foco parecía saludarme. 
En verdad, creo que me alumbrará el camino; 
porque tengo mi camino trazado y quiero llegar 
hasta la cumbre. El gran mecanismo atronador 
con sus mil ruidos y fascinador en su comple- 
xión de gran establecimiento moderno, se ha 
apoderado de mi, me ha aprisionado entre sus 
redes y volantes y ya no me soltará más, porque 
he hallado allí lo que buscaba instintivamente; 
actividad, labor fecunda, la vida misma febril 
y agitada. Veremos lo que hace de mí*. 

Fué ese su pensamiento íntimo, escrito 
en su «Diario» antes de clausurarlo y en el 
momento en que entraba al escenario donde 
desarrollaría su vigorosa acción mental. Te- 
nía entonces 24 años, un vasto caudal de 
erudición literaria y una fe plena en sus 
fuerzas; pero no advirtió que era ella misma 
la que se iba a hacer, y que con su propio 
talento cincelaría su personalidad, nimban- 
do de luz su nombre nuevo y desconocido 
hasta entonces. En aquella hora, La Prensa 
sólo le brindó su tribuna, y la rodeó a ella 
misma de los respetos que su vida de silen- 
ciosa y su alma de pureza inmaculada me- 
recían. 

En el prólogo que ella intitula «Homena- 
je», puesto en las Leyendas Argentinas — su 
primer libro — - ella misma explica después, 
con justeza admirable, la inspiración y el 
desarrollo de su luminosa labor: 

« Los episodios grandiosos de la historia ar- 
gentina, dice — exaltaron siempre mi alma, y 
dominada por la poesía misteriosa del drama 
social, abordé el cuento placentero al espíritu 
del hombre, grato al corazón del niño, fecundo 
en el pueblo, fecundo cual esas semillas que 
arrojadas a la ventura y llevadas por vientos 
propicios, florecen en el valle o en el pequeño 
espacio de tierra que cubre una grieta en la 
montaña estéril y lejana. Creo, como el magis- 
tral don Antonio de Trueba, que ^en el cuento 
cabe todo cuanto cabe en la literatura: mora!, 
ciencias, artes, historia, costumbres, filosofía, 
en una palabra: todo cuanto abarca el saber 
humano», y trato de realizarlo en la zona de mi 
acción. • 

No creo que se pueda definir con mayor 
felicidad el contenido de la obra de sembra- 
dora de esta mujer de rara modestia y alti- 
vo carácter, de alma dulce de niña, de cora- 
zón pleno de bondad, de mentalidad fuer- 
te, la primera que ha hecho ilustre su nom- 
bre colaborando asiduamente en la prensa 
argentina con trabajos, ora psicológicos, ora 
coloristas, ora históricos, con evocaciones 
de tiempos pretéritos, con descripciones ma- 
ravillosas de los paisajes de la patria, con 
intensas emociones frente a la naturaleza 
argentina. 

Alma de artista sellada por el entusiasmo, 
la pasión y la fe. realizó su vasta labor lite- 
raria, serenamente, silenciosamente, sin que 
jamás la interrumpiese una sola vanidad de 
resonancia. Y leal y buena como una santa 
mujer, cultivó a la vez en su hogar, nobles 
afectos que no se consolarán jamás de su 
partida. 



EI^AGITIR,R{E 



N SU NIÑEZ. 



— r^Ljv^íB 'vj_m3_-x— 




• Lm imahKiám qtu ><■ /' j ítt- '.nado ¡Uidt 
tlfumos atas a rsta fnvlt tn la actuación di 
la anitr artmtíaa. *s tan p'adf, fu/ lu 
Hari/mlan m$asario dar a las friwraciows 
futuras urna prurba dr *sta luduciia, presen- 
tamia las fifuras trmruiuas más pnstifiosas 
é* umtstre pais, y kacitudo una bnut restña 
éf sm eñfm y actmaciÓH, La muitr argfMtina. 
iomoeUa tu ti mundo rnttro por su tlffancia 
Y brllaa, nelots tn cambio por sus condicio 
aa atcraUs * iuttitetualts, y lirmpo ts ya dt 
far *a afnllos pa/sts qu* han rrcibido con 
¡artmtia, tn oeasióm dt la futrra, la ayuda 
mt/trial y moral dt las irttntinas (¡ue en la 
Cnu Reía kan sido trataiadoras infaligablts 
y r mü tatts naptraácras dt los mtdicos en las 
más dlfkilts y dakrosas tartas, st stpa lam- 
mm 4«r natstras majtrts r^u^-i^n ii'ítacars* 
tn ladas las tsftras dt aci a sus 

dalas ptrsonalts la krrtu. c:a dt 

afutlles países dtl vitio mundc donde tienen 
su ariftn la mayor paitt dt las familias de 
nuestra litrra. 

Ya nutstras anttpasadas, ¡as patricias, que 
süo vivían para ti hogar y la iiltsia, dtmos- 
Iraron a su litmpo, ijut también tran dignas 
compatiras dt los hhoes que nos dieron liber- 
tad, y hoy, las nitlas dt aqutllas matronas. 
sitnien ctrrtr par sus vtnas la sangrt dt las 
fur tetaron a su núíteridad grandts tjtmplos 
de entrg 

Hoy r... 'vn. y Itndrán más 

aun en el juluro. una Uberíad r indtptndtncia 
qut no ttnian por citrto nuestras abuelas, y 
esta misma independencia abre ante ellas 
un herieonU en el que la muier estará llamada 
a desempeñar funciones de honda trascen- 
dencia. Las heroínas de la Rei'olución deiaron 
la semilla de su valentía para las generaciones 
futuras, uniendo a esta la delicadeza exquisita 
de sus senümientos. que hoy hace que la mo- 
derna mujer argentina derrame a manos lle- 
nas fl tesoro de su bondad, no sólo por la 
ayuda material, sino por la moral, más eficaz 
en muchos casos, creando instilucionts. for- 
mando escuelas, facilitando la educación del 
alma a la ivj qut ti meioramitnlo físico, por 
decirlo así, pues son innumerables los 
establecimientos fundados por iniciativa 
ftmtnina donde st cría y tduca a los 
niHos dt hoy. poniéndolos en condicio- 
nes dt ser hombres útiles y sanos para 
el matlana . . . 

Y ya que vamos a iniciar la publica- 
ción de una Galería de Damas Argenti- 
nas, comenzaremos por una de las figu- 
ras femeninas más completa i en el sen- 
tido de que habláramos an'es; la señora 
Guillermina de Oliv;ira Cezar de Wilde. 
que une al prestigio de su origen y de 
su actuación política y diplomática, el 
de su fortuna y su belleza. • 

La famil'a de Oliveira Cezar, es de 
ongen portugués. Su jefe fué ayudan- 
te de campo y amigo personal de don 
Juan VI. habiendo llegado al Brasil 
en compaftia de dicho monarca, cuan- 
do se fundó el Imperio. 

Este militar era hijo de un diplo- 
mitico portugués, casado morganá 
ticamente con una princesa de sangre 
real de una de las familias reinantes 
de Europa, llamada Guillermina. Ra- 
dicado en el Brasil este caballero, for- 
mi su familia allí, y el hijo mayor, 
Filiberto de Oliveira Cezar. fué el fun- 
dador de las ramas argentina y oren- 
tai de este apellido, habiendo sido el 
jefe de las tropas brasileras de San 
Pablo y Rio Grande que llegaron, du- 
rante la guerra del Paraguay, a la 
Banda Or.ental. donde se radicó, dan- 
do asi origen a la familia argentina y 
oriental de Oliveira Cezar. 

Por la parte materna, esta familia 
es fuipuzcoana. y, por lo tanto, per- 
tenece pura y genuinamente a la raza 
expaflola. 

El abuelo de la seflora de Wilde. 
don Martín de Coyechea. era un pa- 
triota espafiol y el más fuerte banquera 
de la época del virreinato. Fué ex pa- 
triado en tiempo de Rosas, confiscán- 
doaele sus bienes, constando este hr- 
cho en los archivos nacionales. Esta 
familia, formada de soldados y sacer- 
dotes, como casi todas las familias 
espaAolas de aquellos tiempos, dio al 
Uruguay dos obispos hermanos, los 
monseflores Inocencio y Rafael Ye- 
regui. quedando aun hoy en la vecina 
república, un representante eclesiásti- 
co de la misma familia, monseñor 
Isasn. 

La seflora de Goyechea, se casó con 
el coronel Diana, guerrero de la I nde- 
pendencia y ayudante de Brandsen, 
y la hija mayor de aquel matrimonio 




es la señora Ange- 
la Diana de Olivei- 
ra Cezar, madre 
de la hoy seíiora 
Guillermina de 
Oliveira Cezar. 
viuda de Wilde. 

Hechos estos li- 
geros apuntes co- 
mo antecedentes 
de origen familiar, 
pasaremos a los 
personales, tanto 
más interesantes 
cuantoque muchas 
compatriotas de 
la viuda del emi- 
nente medien don 
Eduardo Wilde. 
no conocen la ver- 
dadera actuación 
de su esposa. 

La señora de 
Wilde fué educada 
en el colegio ameri- 
cano de miss Con- 
way. una de las 
profesoras traídas 
por Sarmiento, es- 
píritu renovador 
que inició una en- 
señanza más prác- 
tica y progresista. 
aimque conservan- 
do siempre la in- 
fluencia católica, 
pero, sin embargo, bien distinta de la educa- 
ción conventual española de aquellos tiem- 
pos. Miss Gonway, trató de combatir la pasi- 
vidad en la mujer, alentando y permitiendo 
a sus disctpulas que desarrollaran -^u perso- 
nalidad propia, haciéndoles comprender así 
que algún día serian las colaboradoras de sus 
compañeros de vida, preparándolas en esta 
forma, con una instrucción sólida y amplia 
para las luchas del porvenir. 

En aquella misma época fueron d:&cíp''las 



de la distinguida 
educacionista las 
hoy señoras: Ana 
Elia de Ortiz Ba- 
sualdo. Mercedes 
Zapiola de Ortiz 
Basualdo, Julia 
Helena Acevedo 
de Martínez de 
Hoz. Elisa Alvear 
de Bosch y mu- 
chas más que esca- 
pan a mi memo- 
ria de «historia- 
dorao. 

La señora de 
Wilde salió del co- 
legio para contraer 
matrimonio a la 
edad de quince 
años, y casó con 
el doctor Eduardo 
Wilde, entonces 
ministro de Justi- 
cia. Culto e Ins- 
trucción Pública 
en la presidencia 
del general Roca, 
el cual fué padri- 
no de la ceremonia, 
actuando como 
testigos los enton- 
ces compañeros 
de gabinete, doc- 
tores Bernardo de 
Irigoyen, Victori- 
no de la Plaza, general Victorica y Carlos 
Pellegrini. Durante los años que ocupó el 
doctor Wilde este ministerio, y los años si- 
guientes en que tuvo a su cargo lacarte-adel 
Interior, fué su casa el centro donde, a toda 
hora, y principalmente a la del almuerzo, 
se reunía cuanto hombre de importancia 
política, literaria y periodística tenía enton- 
ces nuestro país. 

E! doctor Wilde. inspiraba, en compañía del 
doctor Lurio López las carical uras de «El Mos- 




PLLOQFUa 

(3 





NGtLICa 



Señor, cuando no goce de! divino tesoro 
de la juventud libre, risueña y vigorosa; 
cuando mi cuerpo anciano se incline hacia la fosa: 
cuando mi voz cascada pierda el timbre sonoro; 

permite que bendiga la estación placentera 
en que el buen Sol caliente mis miembros ateridos 
como cuando vibraban mi alma y mis sentidos 
al resurgir florido á^. cada primavera; 

permite que a mis pobres pupilas fatigadas 
no las empañe el llanto de la envidia senil 
al ver que otros disfrutan las para mí pasadas 
grandezas y ;:legrías de la edad juvenil; 

permitan que conozcan mis manos temblorosas 
afables ademanes de paz y bendición, 
para calmar la fiebre de las cabezas mozas 
donde en el sueño mora y anida la ilusión 

permite que aconseje mi boca desdentada 
las luchas con las huestes invasoras del mal, 
del honor y la patria la creencia sagrada, 
la fe en el dios progreso, el culto al idea¡; 

permite que en mi espíritu brille siempre un destello 
de franca simpatía o tierna compasión 
por todo lo que es grande, por todo lo qu3 es bello, 
por las debilidades de la humana pasión; 

por las luchas serenas y augustas de la ciencia, 

por el montón anónimo de las vidas obscuras, 

por los sueños felices de la dulce inocencia, 

por la noble enseñanza de las conciencias puras. 

Permi'e que. venciendo la ley del desencanto, 
mi ancianidad doliente pueda creer y sentir, 
y que al morir escuche a lo lejos el canto 
que guía a la conquista triunfal del porvenir. 




njiac/uÁuj 



quite», y con el doctor Arislóbu'.o del Valle 
y Pedro Goyena discutían sobre las graves 
cuestiones de aquellos tiempos, abordando 
temas de libertad y de progreso. Aquella 
mesa de personajes cuyo talento y actuación 
figuran en las páginas de oro de nuestra his- 
toria contemporánea, estaba presidida por 
una señora de ¡15 años! que más bien parecía 
una figura de ensueño, oyendo con avidez 
las discusiones y los admirables párrafos de 
aquellos hombres de talento, recogiendo, 
en fin, la semilla del saber que a su debido 
tiempo había de dar su fruto. 

Pasada la época militante de actuación 
política del doctor Wilde. este comenzó con 
su joven esposa los viajes alrededor del mun- 
do que nos ha hecho conocer en sus admi 
rabies libros. Recorrieron juntos: Rusia. 
Turquía, Suecia, Noruega, Estados Unidos. 
China y Japón. ¡Cuánta observación, cuánta 
enseñanza, puede haber recogido la dama de 
que me ocupo al lado de un hombre del 
talento del doctor Wilde! Son cosas que 
todavía no hemos podido medir en su justo 
alcanc'5. porque la señora de Wilde con una 
modestia poco general, habla rara vez de lo 
que sabe y ha visto, y solo se adivina todo 
ello en la ausencia total de «'snobismo» en 
una gran tolerancia y en una ilimitada bon- 
dad. . . Su patriotismo es marcadísimo, y sé 
que en cierta ocasión dijo que a fuerza de 
estar lejos, había aprendido a querer a su pais. 
y a fuerza de conocer otras sociedades y 
costumbres había aprendido a apreciar lo 
bueno que aquí tenemos, comprendiendo 
que los defectos que nosotros padecemos, 
son mucho más pequeños que los que hay 
en otras partes. . . 

Después de sus viajes, ocupó el doctor 
Wilde. como es sabido, el cargo de Ministro 
Plenipotenciario. De todos es conocida la 
actuación que tiene universalmente en la 
diplomacia una mujer culta y sabemos cuan 
importante fué la de la señora Wilde junto 
a su esposo. En Méjico, en la época histórica 
de Porfirio Díaz, nuestra representante feme- 
nina fué la amiga intima de Carmelita, la 
mujer del presidente mejicano, da- 
ma que fué siempre un ejemplo de 
discreción y talento en la historia de 
su tierra. 

En Holanda y Bélgica, la actuación 
de la señora de Wilde fué brillante, y 
en España es tan reciente y conocida, 
que no creemos que necesite comenta- 
rios. Ella fué la inspiradora del viaje 
de la Infanta Isabel a la República 
Argentina, y en su casa hizo por pri- 
mera vez el rey Alfonso XI 11, la pro- 
mesa de convertir en embajada la le- 
gación de España en nuestra tierra 
La organización de sus obras benr 
ficas es digna de ejemplo: recibe a di i 
rio pedidos innumerables que son an^ 
tados en un registro, teniendo dos per- 
sonas dedicadas exclusivamente a com ■ 
probar las necesidades de les postulan- 
tes para socorrerlos según la impor- 
tancia de los casos. Educa a su costa 
innumerables pensionistas, tanto en 
Buenos Aires como en las provincias, 
y respetando la voluntad de su esposo, 
familias enteras a quienes el doctor 
Wilde socorría y a quienes no ha cono- 
cido jamás la caritativa dama, siguen 
recibiendo la cantidad asignada. 

Los antecedentes que dejo enume- 
rados, hacen que la señora de Wilde 
sea una fuerza social de gran impor- 
tancia, y su reciente nombramiento de 
presidenta del comité de señoras de la 
• Cruz Roja Argentina», es la demostra- 
ción de! prestigio de que goza la distin- 
guida dama en su país. Nadie como 
ella podrá dar impulso a esta obra gran- 
diosa que desde que comenzó la guerra 
europea había quedado relegada a se- 
gundo término por las asociaciones si- 
milares de otros .países que encontr.L 
roñen esta tierra generosa ayuday ap' 
yo, aun contra el artículo de los est; 
tutos de nuestra Cruz Roja que pr' 
hibe que exista en el país otra asocia- 
ción con el mismo nombre y fines, de- 
dicada a allegar recursos para el alivio 
le los extranjeros. . . Pasada la terri- 
Kle contienda, resurge nuestra Cruz 
l-íoja en manos de la señora de Wilde, 
que en el término de un mes, ha hecho 
más en pro de la asociación que lo que 
podía esperarse de meses de trabajo. . . 
Ha agrupado la distinguida dama 
en la comisión que la acompaña, los 
más prestigiosos nombres argentinos, 
y en adelante su salón, como los de 
ciertas personalidades femeninas euro- 
peas, será centro de intelejtur.lidad y 
cultura como lo es ya de sociabilidad. 








lENE el paisaje — Otoño, entre 
los montes del Pirineo vasco — 
profunda dulzura algo melancó- 
lica. Aun no es el alba, pero ya 
se insinúan en el cielo trémulas 
palpitaciones de esmeralda. De 
rato en rato el clarín de un gallo 
llama al sol. El murmurio de! agua y de la fronda 
en voz que canta el ensueño de la naturaleza, no 
como será más tarde fondo sonoro, sobre el que se 
destaquen las flautas pastoriles, las esquilas del 
rebaño o las campanas de la aldea. 

Lentamente, al hombro los aperos de labranza, 
viene Juan María Oyarbíde. Mil y mil veces ha 
visto ese paisaje y lo sigue mirando con delecta- 
ción. Llega a un campe; permanece inmóvil, una 
inmovilidad meditativa. 

Va clareando el día; en la cresta de los montes 
más altos tiembla ya una pincelada de oro; el 
azul del cielo adquiere transparencia; entre las 
zarzas la algarabía de los pájaros saluda a la luz. 
Juan María Oyarbíde mira devota y afanosamen- 
te a todo aquello tan familiar.y siempre tan nuevo. 
Lejos el pueblo; en el del valle, la cinta blanca de 
la carretera, entre el boscaje los caseríos. Todo en 
silencio, entre un vago cendal de niebla que da 
al místico encanto de la hora, castidad y placidez. 
De pronto aparece el sol; Juan María Oyarbíde 
se arrodilla y reza un padre nuestro, , , 



Y yo pensaba: ¿Qué conceptos mueven a este 
hombre que saluda al sol, como un viejo pagano, 
con la oración más bella de los cristianos? El buen 
Juan María Oyarbíde no sabe nada de filosofías, 
de panteísmos, ni de historias; no hay en él más 






herencia que la de consejos cristianos, bien puros, 
bien a machamartillo, Pero en su virtuosa senci- 
llez ha aprendido a amar al sol, y lo saluda con 
las grandes palabras «padre nuestro que estás en 
los cielos...» Y después trabaja. Quizá el señor 
cura opina que Juan María Oyarbíde es un here- 
jote, digno de la hoguera; pero si bien se mira, 
hay en el sencillo acto una profunda corriente reli- 
giosa; la misma que llevó a Francisco a predicar 
a las avecillas. Es convivir con todo lo que vive; 
es decir ¡padre nuestro! a las fuerzas vitales que 




uj.trraACiQMtV/' B- o^TUJCS 



nos amparan y nutren; es humildad y también 
es amor. 

Un retórico, en presencia de este caso, hablaría 
de «los dos maravillosos»; efectivamente, se en- 
cuentra mezcla igual de algo pagano y mucho 
cristiano, en «Los mártires», de escritor tan cató- 
lico como Chateaubriand, y en «La Atlántida», 
del sacerdote Jacinto Verdaguer; pero el caso de 
Juan María Oyarbíde tenía el vigor, el relieve, el 
calor de lo vivo, superior siempre a la fantasía 
de los poetas. 



Este es el mejor himno al sol. No lo han tenido 
mejor las viejas civilizaciones que con la riqueza 
de Oriente o el fausto y brío azteca hicieron tem- 
plos al astro rey; no hay en la mitología pasaje 
tan conmovedor como ese sencillo acto; esa ora- 
ción cristiana, prólogo del trabajo, a! sol, hogar y 
lámpara de lo creado; el más augusto reflejo de 
Dios. . . Para Juan María Oyarbíde se trata nada 
más que de una costumbre, para el señor cura de 
una herejía, para los aficionados a las letras, de 
una escena bellísima, con perfume de égloga, con 
jugosidad panteísta y con honda unción cristiana. 

Después nada; Oyarbíde trabaja; canturrea, va 
de un lado para otro; aquí escarda, más allá 
endereza un tierno arbusto. De cuando en cuando 
levanta los ojos al cielo; al cielo pálidamente azul 
de Vasconia en Otoño, y siente, cuando ve que 
un águila lo cruza, rumbo al sol, algo que es casi 
envidia. Quizá por esto hay tal espíritu de aven- 
tura en la raza de Oyarbíde, y quizá no lo otro, 
por la oración y el amor a la naturaleza, tal faci- 
lidad de adaptación, sin pérdida del carácter 
propio. 





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Ulises, el astuto, el in- 
genioso, el prudente — 
¿quién no conoce al úni- 
co hombre que supo elu- 
dir la influencia bella y 
fatal de Calipsc? — te- 
nia una esposa llamada 
Penélope. Durante la 
gran ausencia del héree 
griego. Penélope. ase- 
diada por numerosos 
pretendientes que solici- 
taban su mano, empleó 
las dos en tejer una tela 
poniendo como condi- 
ción «sine qua non» para 
elegir nuevo esposo el 
término de dicho tejido. 
Pasaban los días sin que 
volviera Ulises y sin que 
la obra se concluyese. Es 
que Penélope deshacía 
por la noche la tarea he- 
cha durante el día. 

La moda es semejante 
a la tela de Penélope: un 
interminable tejer y des- 
tejer, cortar y alargar, 
poner y quitar de géne- 
ros, blondas, sederías. 
terciopelos, etc. Y la 
constancia femenina re- 
sulta tan firme como la 
fidelidad de que dio bri- 
llante prueba la esposa 
de Ulises. Agradar a un 
hombre entre todos los 
hombres, igual que Pe- 
nélope. agradar a todos 
los hombres para que el 
elegido avalore mejor la 
preferencia, he aquí el 
bello ideal de las mu- 
jeres. 

Chernit. Bernard y 
Renné son los creadores 
de los modelos flaman- 
tes y <'dernier cri» que las 
bellas lectoras tienen an- 
te sus lindos ojos. Sola- 
mente con leer los 
epígrafes, ellas sabrán 
elegir el modelo que me- 
jor realce sus gentiles 
figuras. 




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En los limiles dd poblado, lai 
humildes casas se extienden al 
wl (rente a la campaAa. sin ace- 
ras, sin casas rivales«asomándo- 
se a la Ubortad relativa y her- 



Son ka muros de la ciudad, 
de la dudad abierta, las sitios 
donde crece parecida a una al- 
dea. Allí acuden los p:ntores en 
busca de itotas brillantes, allí los 
humildes buscan emplazamiento 
para sus viviendas, huyendo de 
los cM er os caros y de las ca- 
sas inoomodas. 

Quien no ha paseado por aque- 
llos lugares no conoce entera- 
mente la villa amada, no sabe 
apreciar la fuerza de la ciudad. 
en los Hmites de la conquista, 
al margen de la lucha- 
Muchachos que corretean y 
saltan ¡unto al arroyuelo; veci- 
nos que disfrutan las caricias del 
sol y del aire campestre: mucha- 
chas que sueñan con la vida: de 
todo hay alü. No busquéis tea- 
tros, ni casinos, ni automóviles. 
Alli únicamente hallan los po- 
bres la mayor cantidad de sen- 
alie: compatible con las exigen- 
cias de una gran urbe. Estáis al 
mismo tiempo en la ciudad y 
en la campaAa entre los Dióge- 
res de la ¿poca actual que viven 
en casas pequeñas como toneles. 
Si estas casas tuviesen len- 
gua)e humano, repetirían le que 
están pregonando con su aspec- 
to tranquilo: -Queremos que no 
tMSS quitáis el sol: que frente a 
nosotras no se levanten casas ri- 
vales ensombrecedoras». 

Pero llegará su hora de escla- 
vitud, la hora en que la ciudad 
necesite rellenar las márgenes 
con lineas de casas nuevas. 





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LA VIDA DE 



LA BELLEZA ES UN CULTO! 

y es la mujer la única que tiene obligación de cuidarla y mejorarla. 

Por Charlotte Rouvier 



Las damas que. mediante un detenido examen 
ante un espejo, no tienen la valentía de reconocer 
los defectos de su cutis, se limitan solamente a 
una ligera mirada e ingenuamente creen que con 
el auxilio de un prolijo acicalamiento, los defectos 
no serán visibles a la luz del dia. Pocas mujeres 
conservan en perfecto estado el cutis de su ju- 
ventud y estas mismas, si se disponen a revisar 
detenidamente su rostro, encontrarán a pesar 
suyo algunos defectos como grasitud. dilatación 
de los poros, etc.. que lentamente van produ- 
ciendo su acción deplorable sobre una faz hermosa. 
pues los poros dilatados permiten el paso de esa 
substancia grasosa que precede a la brillantez 
y el acumulamiento de aquélla trae como conse- 
cuencia la aparición de los detestables barrillos 
que nadie quiere ostentar. Para preparar una 
ablución astringente que simultáneamente con- 
traiga los poros dilatados y extirpe la brillantez 
y los barrillos, basta conseguir algunas tabletas 
de stymol y se disuelve una en un vaso de agua 
caliente. Lavando el rostro con esta sencilla pre- 
paración se nota inmediatamente su efecto ma- 
ravilloso, pues el cutis queda limpio y alisado 
por la desaparición de los barrillos que se des- 
prenden fácilmente lo mismo que la grasitud, 
y los poros dilatados se habrán contraído, pre- 
sentando su rostro un aspecto encantador. 



He tenido oportunidad de observar el proceso 
de muchas tentativas para ocultar las canas por 
parte de numerosas personas empeñadas en ello. 
Algunos experimentos han sido irrisorios, otros 
francamente desastrosos hasta ocasionar la caída 
del cabello, y bien pocos dieron resultado. Por 
mi parte, cuando llegue el período de encaneci- 
miento de mis cabellos, creo que no me opondré 
a este accidente natural de la vida, pero si tuviese 
alguna intención de evitarlo, recurriría sin duda 
a una vieja fórmula usada por nuestros antepa- 
sados, vale decir, por varias generaciones, y aun- 
que sencilla, es probablemente la que más asegura 
el objeto deseado sin dañar la vitalidad del ca- 



bello. Consiste en mezclar dos onzas de tam- 
malite concentrada con tres onzas de bay-rhum, 
loción que luego se aplica a las canas por medio 
de una esponjita. He observado en muchas per- 
sonas que han puesto en práctica el procedi- 
miento, cómo el cabello vuelve a su color pri- 
mitivo, paulatinamente y de acuerdo con la na- 
turaleza. 

No hay nada tan encantador en una dama 
como la ostentación de una hermosa cabellera, 
que para parecer tal. debe ser brillante, sedosa 
y ondulada. Una mujer que une a sus encantos 
este complemento indiscutible de su gracia na- 
tural, es sencillamente seductora. En la conser- 
vación del cabello y su mejoramiento, interviene 
en primer lugar la calidad del shampoo que se 
emplea, pues si éste no produce buena espuma, 
lo higieniza relativamente, y en consecuencia 
nunca ostenta ese brillo que debe tener. En cam- 
bio, un shampoo preparado con granulados stallax 
y agua caliente, produce una abundante espuma 
perfumaday limpiaeficazmente el cabello. Después 
de enjuagarlo, se seca con toallas calientes y el 
resultado obtenido es admirable. Toda la brillan- 
tez oculta del cabello es revelada y queda sedoso, 
ondulado y fácil para peinar. En los casos de 
persistente grasitud en el cuero cabelludo, el 
stallax es un correctivo irreemplazable, y a las 
personas que tienen el cabello quebradizo y seco, 
se les recomienda, antes de cada shampoo, un 
masaje en la cabeza con aceite de oliva. 



Una hermosa y abundante cabellera, digno 
marco de pobladas cejas y largas pestañas, es 
lo más admirable en una dama, que puede sen- 
tirse orgullosa de tan seductores atractivos; pero 
en numerosos casos esa riqueza capilar paga su 
tributo con exceso, apareciendo también en forma 
de abundante vello superfluo en diversas partes 
del rostro, cuello, brazos, etc.; lo cual desfigura 
totalmente una faz agraciada. Ya las mujeres de 
la antigua Grecia tenían el mismo criterio a! 



respecto y se preocupaban de combatir el vello, 
empleando depilatorios en forma de pastas. En 
la actualidad, los métodos para extirparlos son 
numerosos. El tratamiento eléctrico tan recomen- 
dado, es hoy muy costoso, lento y doloroso. 
En cambio, el sistema de más resultado parece 
ser el antiguo, teniendo en cuenta que su adop- 
ción elimina los tres inconvenientes del trata- 
miento eléctrico, pues es económico, sin dolor y 
rápido, es decir, cuestión de minutos. Se prepara 
la pasta a base de porlac puro pulverizado, mez- 
clado con un poco de agua y se aplica a la parte 
afectada por el vello superfluo, dejándola secarse 
encima, y cuando al lavarse se saca la pasta ya 
seca, con ella desaparece también el vello, que- 
dando el cutis completamente alisado y libre de 
inflamación. Este sencillo procedimiento tiene 
entre sus grandes ventajas, la propiedad de matar 
el vello en su mi;ma raíz. 

Las arrugas prematuras en el rostro de una 
dama aun joven, son una injusticia y constituyen 
por eso su diaria pesadilla. ¡Cuántos sacrificios 
se impondría con tal de restaurar la lozanía y 
frescura de su cutis envejecido por el empleo de 
materias nocivas en el tocador! Se conocen casos 
de cantidades fabulosas pagadas con el fin de 
someter las arrugas a tratamientos por demás 
costosos y que al fin no han dado resultado. 
En la actualidad no hay necesidad de tales extra- 
vagancias, porque si usted siente su espíritu 
deprirriido por la temprana aparición de arrugas 
en el rostro, no tiene más que obtener un poco 
de buena cera mercolizada en cualquier farmacia 
seria, y, al acostarse, previa ablución con agua 
templada, extender la cera en todo el rostro 
hasta el cuello, sin hacer masaje, volviendo por 
la mañana a lavarse con agua caliente. Sometidas 
las arrugas a este tratamiento por espacio de una 
semana, desaparecen paulatinamente, y el cutis 
recobra la frescura y lozanía propias de la juven- 
tud. Por medio de este económico y sencillo 
remedio, puede usted parecer mucho más joven 
y mantener en su apogeo la belleza de su rostro. 



A >'4 o IV. 
NÚM. 4C. 




AM'L ARGENTINO. 



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COSTO, 1919. 




AGUAFUERJTE DE/R..ODOLrO i RcANCO 



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riNTORLí» MbTICQÍ» EJPANOLEi * . 




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.\R1A 
VERRIA" 



Aopulencia comer- 
cial en que ha vi- 
vido Sevilla, y, 
sobre todo, el ins- 
tinto refinado de 
sus habitantes, 
convierte a la ciudad del 
Guadñ' un afortu- 

nado stico. aca- 

so el mas v.i.'.cso. apartan- 
do a Madrid, de toda Espa- 
ña. El viajero no termina 
nunca de hallar nuevos mo- 
tivos de admiración, que 
abundantemente le brin- 
dan las calles, los alcázares 
y los templos. Y en último 
caso salta la emoción artís- 
tica de los cien detalles y 
matices que animan inefa- 
blemente la ciudad, y que 
sin referirse a concretas 
muestras monumentales, 
tienen, sin embargo, la in- 
tima gracia de lo original e 
imprevisto. Porque si>al- 
gunas ciudades son vivas 
manifestaciones de la diná- 
mica industrial, y en ellas 
todo parece estar cantan- 
do al ritmo de una marcha heroico-civica (Nueva 
York), otras ciudades (Florencia. Sevilla) parecen 
estar empapadas de una unción estética, por cuya 
virtud el simple peinado de una mujer o la actitud 
de una humilde piedra adquieren un inevitable y 
como premeditado interés artístico, o sea una 
intención ornamental, más trascendente todavía 
porque aspira a la continuidad y a lo eterno. 

Pero después délos paseos preliminares, el viaje- 
ro halla en Sevilla un raro placer que tiene mucho 
de inquietud y de aventura. Nada, en efecto, más 
incitante para un espíritu curioso y culto como ese 
juego de azar que consiste en perseguir el rastro de 
las capillas notables, los buenos cuadros y las es- 
culturas por la infinidad de los conventos e iglesias. 
Para este picante ejercicio, que en Sevilla es más 
recomendable que en cualquier otro lugar, convie- 
ne crearse una media ignorancia, y, sobre todo, ha- 
cer como que no han existido nunca el Baedeker 
ni los cicerones. Provisto de una fina sensibilidad, 
algunos informes amistosos y una firme cultura 
histórica, el viajero está seguro de que cada uno 
de sus días sevillanos ha de aportarle una reve- 
lación. 

Si todos los cuadros, retablos, rejas, capillas, 
ornamentos y esculturas que existen dispersos en 
Sevilla fuesen reunidos y catalogados en un museo, 
seria éste uno de los más interesantes de Europa. 
Pero las joyas están esparcidas y es preciso bus- 
carlas, descubrirlas con un poco de zozobra. 

Buscar y perseguir la huella, por ejemplo, de 
Valdés Leal, equivale a un placer estético incom- 
parable. Cuando creemos haberlo poseído del todo 
en las salas del Museo Provincial y en el Hospital 
de la Caridad, todavía nos quedan ignorados los 
lienzos de la Catedral y de las iglesias. Pero nuestro 
afán laborioso recibe magnífico premio, porque 
hemos logrado abarcar y poseer, como sólo en Se- 
villa es posible, a ese pintor fantástico, desconcer- 
tante y único, que reúne a un mismo tiempo el 
realismo naturalista, la imaginación desatada, 
una acción dramática y teatral, un efectismo li- 
terario, una brutalidad macabra y una idealiza- 
ción mística que llega al paroxismo... 

Igualmente suponíamos, antes de venir a Se- 
villa, que Murillo no guardaba secretos. Todos 
los museos de Europa guardan numerosos cua- 
dros del pintor dulce, afeminado, a quien las 
industrias gráficas y el irreverente cromo habían 
hecho un poco vulgar. Pero en Sevilla nos vemos 
sorprendidos por un gesto de Murillo que no sos- 
pechábamos. El divino pintor, quiso, sin duda, 
reservar a su patria nativa el lado más vigoroso 
y masculino de su per- 
sonalidad, y verdadera- 
mente nos en frentamo.s 






aquí con un Murillo enér- 
gico que abandona, como 
en el retrato de un Obispo 
(Catedral), la demasiada 
blandura de su habilísimo 
pincel, para afirmar esa 
valiente figura mitrada 
tan llena de vigor, de com- 
posición como rica en cáli- 
das tonalidades. Y en el 
üospital déla Caridad 
existe esa joya de Murillo, 
San Juan de Dios con un 
pobre y un ángel, que es un 
portento de pintura fuerte, 
realista, sabia y emocio- 
nada. 

Pero Sevilla nos reserva 
el último y más caro des- 
cubrimiento: Zurbarán. 

A todos nos ha sucedido 
estar en distintas zonas de 
nuestra vida como preña- 
dos y obsesionados por un 
escritor, por un libro, por 
una teoría estética o filo- 
sófica. Yo paso actual- 
mente a través de la ráfaga 
de Zurbarán. Si pienso en un viaje a París, no 
sólo es con el anhelo de remirar otras cosas, otros 
sitios parisienses, sino con el prurito de volver a 
contemplar el bello Zurbarán que conserva el Lou- 
vre. Repetidamente busco en el Museo del Prado la 
sala donde mora, o donde muere, el estupendo San 
Francisco de Asís, esa maravilla zurbaranesoa. Y 
del monasterio de Guadalupe, perdido en las mon- 
tañas de Extremadura, guardo aquel recuerdo in- 
enarrable que me proporcionó la contemplación de 
los ocho grandes zurbaranes que allí, en el casi olvi- 
dado monasterio, en el paisaje montaraz de Extre- 
madura, en un pueblo curiosísimo y en el sueño de 
unos claustros tan hermosos, están invitando a las 
almas eximias a una peregrinación intelectual. 
Pues bien, el conocimiento de Zurbarán no será 
perfecto, ni aproximado, si nos falta la experiencia 
de Sevilla. El Museo Provincial cuenta un grupo de 
zurbaranes que aturden, por su número y su impor- 
tancia. Y es ciertamente en sus salas donde pode- 
mos abarcar todos los aspectos espirituales del pin- 
tor místico, y todos los recursos de su técnica. 
La Apoteosis de Santo Tomás, por ejemplo, es un 
cuadro tan representativo y definitivo como el de 
Las Meninas es, respecto de Velázquez, En los tres 
peldaños o trazos que componen el cuadro puede 
admirarse la fuerza mística, la profunda expresión 
de ios retratos y el colorido incomparable de las 
telas, sobre todo los blancos-amarillentos de los 
hábitos religiosos. Nadie ha sabido pintar al fraile, 
al asceta, como Zurbarán. que verdaderamente ha 
sublimado y ennoblecido las figuras monacales. Un 
fraile de Zurbarán es algo que hiere y domina 
nuestro espíritu por el realismo grave y varonil, 
por la unción de las actitudes y las expresiones, y 
por una manera de idealidad que introduce el ar- 
tista, no sólo en los rostros, sino en una cosa tan 
material o subalterna como es el hábito de paño 
burdo. La estameña conventual adquiere en este 
pintor, como en un inaudito milagro, una virtud 
extraordinaria de idealismo, de tal modo, que esos 
hábitos frailunos, hechos de un blanco pajizo y 
graduados por oportunos contrastes de sombra, 
elevan ellos solos nuestra mente hasta asombrosas 
comprensiones místicas.,. 

Sin contar la unción religiosa que existe siempre 
en Zurbarán. pero una unción verdadera y sensi- 
ble, jamás mistificada por habilidades de oficio; 
una unción sincera y grave menos expuesta al his- 
terismo y al exceso que en el arte religioso riel 
Greco: en fin, un misticismo más honrado y el que 
más directamente representa a los grandes escri- 
tores místicos españoles del siglo xvr. 

Madrid, iulio. 1919. 



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«ANTICHAMBRE» DE 
ESTILO FRANCÉS. 



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DETALLE DE LA * ANTICHAMBRE» 



OS difíciles problemas plan- 
teados por el adorno y dis- 
tribución de una casa mo- 
derna, que pretenda lucir a 
un tiempo artísticos refinamientos 
y el más agradable confort, han sido 
resueltos en la nueva vivienda de los 
señores Escalier-Dorado, donde en- 
contramos bellamente armonizados, 
estilos tan característicos en la his- 
toria del arte, como son: el hispano 
del siglo xvii, el francés del xviii 
y el inglés de las mismas épocas. 
Así. el zaguán y la escalera, ofre- 
cen al visitante que sienta curiosi- 
dad por las evocaciones artísticas, 
una acabada muestra del más puro 
arte español. Zócalos y solerías de 
mármol, paredes granuladas, bra- 
zos de luz que se destacan sobre fon- 



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COMEDOR Y ENTRADA AL ÍFUMOIR», 



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dos de entonación rojiza y techos formados por 
obscuras vigas transversales y ménsulas de fina 
talla, con dibujos y estilizaciones geométricas. 

El pequeño y elegante «hall», revive la modali 
dad sobria y severa que distingue a las construc- 
ciones españolas del periodo de los Austrias. Los 
paramentos, desnudos y uniformes, son una imi- 
tación de piedra que por su misma tosquedad y 
aspereza, contribuyen a realzar los hacheros de 
madera dorada que se ven a los lados de ;cada 
puerta. La solería ajedrezada, ese.icialmeate ca- 
racterística, completa el sentirlo de la decoració.T. 

En los pisos altos, donde s; halla la parte des- 
tinada a recepción, la «antichambre» presenta u,i 
delicioso conjunto lleno de suave intimidad, con 
sus luces amortiguadas por menudas pantallas, 
sus entrepaños verdes, y los enguatados de da- 
masco rojo, de grai efecto decorativo. 

Contiguo a la «antichambre» está el gabinete 
Luis XVI. estudiado hasta en sus menores deta- 
lles, con arreglo a los modelos de ese estilo. Tanto 
las «bergéres» tapizadas de damasco, como el pia- 
no Verni Martin y ¡las sillitas de conversación, 
responden al refinado gusto de la «boiserie». en- 



tonada en blanco y celeste. Pasando por alto la 
salita Imperio, el despacho y gabinetes del se- 
gundo piso, nos detendremos en el comedor de 
estilo francés «Art Nouveau», con «boiserie» gris 
perla y chimenea de mármol de Carrara, con 
morillos de bronce dorado a fuego. 

Intimo y confortable, el «fumoir» tiene su deco- 
ración dentro del período inglés de los Estuardo, 
y como detalle de valor artístico la lámpara cas- 
tellana de hierro, que pone en este aposento una 
nota original acorde con la moda imperante. 

Después de visitar las grandes casas que en 
Euenos Aires — ciudad moderna, ciudad fastuo- 
sa — mantienen el decoro aristocrático a la altura 
de las más célebres residencias europeas, nos en- 
contramos con una tendencia general, irresistible, 
a rehuir vulgaridades en el alhajado de estas man- 
siones señoriales. Y no resignándose a imitar el 
salón más en boga o el mueble más histórico, 
procuran combinar lo bello y lo cómodo de diver- 
sos estilos, para formar con cierta modalidad pro- 
pia, el ambiente que la vida social exige. 

Antonio Pérez-Valiente. 




SALITA CON sillería IMPERIO. 



INTESIOR DEL «FUMOIR». 





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OLEO -DE - JOTOM AíOIL 



DE-LA-EXPOriCION ~ 
DE~AFLTE (E5Si GALLEGO 




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E podríamos buscar un 
nombre a ese baile? — 
preguntaba días pasa- 
dos una deliciosa «girl» a 
una alegre «boy «estudiante de Harvard. 

— Yo helenista y yanqui al mismo 
tiempo, lo titularía «centaury-trooí» o 
•Terpsicore-steep». Los griegos habían 
inventado varios nombres lindos que 
ahora nada significan: «apokinos», «as- 
koliasmos». «thermystris». etc. Venían 
a ser los «one-steep». «fox-troot» y tan- 
gos de aquellos siglos. Si quiere más 
detalles, esta noche consultaré los clá- 
sicos. Ahora sólo puedo aventurar al- 
gunas divagaciones coreográficas de 
cuya exactitud no respondo. ¿Se ani- 
ma a oir una conferencia? 

— «¡All right!» 

— Señorita: Hace menos de dos mil 
aiíos, los hermosos dioses de! paganis- 



mo quedáronse sin clientela. Las ac- 
ciones del «trust» de la Ambrosía ba- 
jaion noventa y nueve puntos, sobre- 
viviendo un «krach» horripilante. Como 
no estaba el tiempo para danzas mito- 
lógicas, todo el paganismo quedóse in- 
móvil como una cariátide y Terpsí- 
core más firme que la estatua de la 
Libertad. 

Los del «trustv contrario dedicáron- 
se desde entonces a bailar en son de 
triunfo. Hasta los negros danzaron. 
Mas. es justo decirlo: casi todos los 
bailes eran imitaciones encubiertas y 
bajas de los bailes griegos y romanos. 

Un día, Terpsícore en figura de bai- 
larina norteamericana rompió a bai- 
lar. Había adoptado un apellido esco- 
cés; se llamaba Duncan, Isadora Dun- 
can. Danzó, danzó, danzó con los pies 
desnudos, suave- 
mente, igual que 

SEÑORITAS CATALINA LAPSLEY, K 'J ' \^ 

"NINFA", CONTEMPLANDO EXTA- ■ bailarla Una ele 
siADA LA DANZA DE LAS «HA- Bsas muchaohas 

DAS., SEÑORITAS SARA WILLIAM, inmÓVÍlCS qUB lOS 

ELENA ISELIN, ADELA MEWELL , ^ 

Y VIRGINIA RicHARDsoN. escultorcs pcgaron 







SEfiOXITA ROBEItTA ROELKER, DE «REY DE LAS HADAS», EN EL CENTRO DEL CORO Y SERORITA DOROTEA ISELIN, «DE PUCK», A LA DERECHA. 



—r:>Ls\.^iS, >^'i_rr-^r2.^x— 




a los frisos. Su venida produjo pánico en- 
tre las danzas de color. 

Nosotros, los descendientes casi direc- 
tos de los hiperbóreos; nosotros los anglo- 
sajones, somos más helenos que los mis- 
mos latino-helenos. Mucho tienen que 
envidiarnos, desde el más entusiasta Pérez 
de las tierras fueguinas al más fogoso 
Petropoulos de Salónica. Somos griegos 
aunque nuestras narices no formen una 
línea recta con nuestra frente. Y ponemos 
gran entusiasmo en serlo por aquello de 
que cada uno busca lo que no tiene. 

Bien. Isadora Duncan formó escuela y 
escuelas. Cada ciudad norteamericana tu- 
vo su "teoría'!, ochoreia^ . o como se llamen 
esas reuniones de preciosas «girls» que al 
compás de músicas eólicas, se desperezan 
rítmicamente en traje de playa ática. 

Es un espectáculo encantador, flore- 
ciente de gracia tempranera, un espec- 
táculo donde el hombre no hace triste 
papel alguno. Si las ventanas de la clase 
griega diesen a un prado en el que reto- 




SEÑOFITA ELEONOR ISELIN, 
*HADA». 



SEÑORITA DOROTEA ISELlN, 
apUCK». 



zaran las casi aladas ninfas duncanescas, 
nosotros 'os esclavos de los verbos irre- 
gulares áticos aprenderíamos fácilmente 
hasta el último aoristo... 

En aquel momento, la llegada de un 
conocido me obligó a no oír más la con- 
ferencia del estudiante. Era en un jardín, 
a plena luz de un sol estival. Muchas niñas 
de irreprochables formas bailaban cerca 
de una fuente una danza que sus maes- 
tros copiaron del paganismo. 

Citaría los nombres de las pequeñas 
danzarinas y de los dueños de casa: pero 
temo que la crónica se convierta en una 
crónica social, que es la cosa menos clá- 
sica de todas las cosas conocidas. 

Yo sé que allá en la coreografía argen- 
tina, la aparición de la Duncan dejó tam- 
bién huellas, que deseo sean profundas, 
pues el culto a la belleza y la gimnasia rít- 
mica tienen un noble poder educador para 
la juventud. 

Hebert Lee. 

Nueva Yo'-k, iulio, 1919. 






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LA CIUDAD SE ILUMINA 

jY cómo se ilumina! 

Es una de las impresiones inóelebles que uno 
se lleva de Buenos Aires. A las siete de la tarde 
me asomo al balcón y extiendo la vista por toda 
la Avenida; una porción de imágenes usadas y 
de frases hechas me acude en seguida al pensamien 
to. Uno podria decir que la calle semeja un ascua 
de oro; podría hablar del consabido túnel de fuego 
bajo el cual circulan los taxímetros acuñando pesos 
a cada vuelta de sus ruedas; podria entonar un 
himno al progreso, que permite trocar en día la 
noche sólo con dar vuelta a una llave. . . 

Sólo que después de haber dicho todo eso, uno 
no habría dado ni una idea remota de lo que es 
Buenos Aires en noche de iluminación pública. 

Para un estudiante de arquitectura debe ser 
útilísimo situarse, por ejemplo, en el centro de 
la Plaza de Mayo, y contemplar desde allí las 
siluetas de los bellos edificios que la rodean. No 
hay línea, no hay saliente de la fachada, no hay 
detalle arquitectónico por nimio que sea, que no 
aparezca destacado, como trazado en el negro de 
la noche con rayos de luz. Lo declaro que, hasta 
que no los vi en una noche de éstas, no me había 
dado cuenta de la suntuosidad, de la pureza de 
líneas de casi todos ellos. Un correntino, que ha 
venido este año a Buenos Aires a pasar las fiestas 
•ulias, y a quien tuve el gusto de conocer en el sub- 
terráneo, poco antes de llegar a la Plaza Once, mj 
decía extasiado a la vista de la calle Florida: 

-¡Hay que ver! ¡Qué obscuras deben estar por 
dentro las casas en Buenos Aires!. 



— ¿Obscuras? ¿Por qué? 

— Pues, porque han sacado todas las luces fuera. 
Y eso parece en efectivo: como si todos los 

habitantes de las casas se hubieran vuelto locos, 
y ss pasaran la noche al balcón, cada uno con su 
luz correspondiente. 

Esto lo que quiere decir es que los edificios, en 
esas noches, tienen un alma especial, alma de que 
desde luego carecen durante las horas diurnas la 
mayoría de ellos. Alma y sonrisa: las dos cosas 
más importantes en la vida. 

Pero no es de las calles, ni de los monumentos 
vistos desde abajo, en estas noches de orgía de 
luz, de lo que yo quiero hablar. Es de la ciudad 
toda, vista desde la altura de mi balcón. 

Porque se ve toda ella, no en su forma real y 
palpable si no más bien como una representación 
que va destacando sus diversos matices por en- 
cima del baño intenso de la luz. Allá a lo lejos, 
por encima de los tejados y en medio de las tinie- 
blas de la noche, hay una llamarada, algo asi como 
un fulgor lechoso que sube hasta el cielo, ale- 
grando aquella parte de la ciudad; es que allí, 
en aquel barrio, en el centro de aquella plaza apar- 
tada, hay un gran edificio iluminado. No se ven 
las luces, pero se ve el resplandor, como diría el 
maestro Unamuno. es lo más interesante de toda 
luz. Estos arcos de la avenida, en que las bombillas 
parecen disputarse el sitio unas a otras, se ven 
separados unos de otros los más cercanos, pero a 
medida que la distancia va aumentando, todos se 
unen sin solución de continuidad, y forman como 
el cuerpo gigantesco de un pez en el que las 
escamas fuessn de diversos colores. 



Es algo arrebatador y atrayente: tanto que yo 
muchas veces, viéndolo, he pensado en lo bonito 
que seria suicidarse arrojándose a la calle desde 
lo alto de un balcón así para caer en un mar 
de luz como éste, en el que no fuesen posibles los 
salvavides. Muy bonito: sobre todo si le garanti- 
zaban a uno que al día siguiente iba a poder re- 
petir la operación sin riesgo. . . y así hasta el infi- 
nito. Pero no se trata de suicidarse: se trata única- 
mente de algo más modesto: de extasiarse y de 
admirar. Viendo el espectáculo se le pasan a uno 
las horas insensiblemente: es media noche, y de 
pronto, cuando todo parece dorado de un modo 
perenne por el polvillo de la ilusión, alguien, 
desde el rincón de algún cuarto muy obscuro, da 
una vuelta a una llave y ¡la ciudad se apaga! 

Es ya la madrugada y hay que dar por termi- 
nada la iluminación. Se acabaron las imágenes 
poéticas, se acabó el pez de las escamas de fuego. 

Yo creo que este es un error. La ciudad se apaga 
demasiado pronto; demasiado pronto, porque aho- 
ra en el invierno, el día viene muy tarde, quedan 
aún, — cuando ese personaje misterioso da vuelta 
a la llave de la luz — muchas horas de negrura. 

Sería mejor esperar a que el alba fuera llegando 
ella sólita, y las luces de la iluminación pública 
se fueran también apagando solas. Digo solas por- 
que las apagaría con su luz, el mismo sol. 

¡El Sol! El único que puede competir con ciertos 
derroches y el que acaba siempre con todas las 
fantasmagorías nocturnas. 

Madrid, agosto de 1919. 

ILUSTRACIÓN DE ÁLVAREZ. 



— t ^L-X' 



\ L_ 1 l,2--V— 




LÓPEZ NACUIL. 
•EL CHAL NESRO». 



IX 

SALÓN 



A.N\^L 



B 

PINTVR.A 

ESCVlT-yRA 

Altr/ITFXr/KA 

Y 
AETES D£C<SAmQV 




A luz de la tarde cae blandamente 
sobre el césped, se desliza por 
entre las ramas de los árboles y 
salta de hoja en hoja envolviendo 
a todo el paisaje en una vibración 
de múltiples tonalidades. Allá 
arriba, las cúpulas del Pabellón 
Argentino, han decorado sus ver- 
dosas techumbres cnn los matices 
irisados que les envía el sci. Las sombras, espe- 
sas, animadas, casi palpables, recogen el in- 
tenso color del cielo que, aprisionado por capi- 
teles, columnas y cornisas, se transforma de 
azul índigo. 

Respiramos honda y largamente al vernos otra 
vez al aire Ubre. Es, sin duda .-ilgund, un g'-ande 
alivio el hallarse frente a la naturaleza, contem- 
plarla en la plena apoteosis de sus inimitables 
galas. Una sensación de descanso, de inefable 
serenidad nos inunda. Buscamos un banco, nos 
sentamos y observamos a nuestro alrededor. 



lEOUIZAMÓH POHDAL. 
«PEDRA». 



SP0R2A. 

«JOVEN DESNUDA». 



ASPASIA M. DE SANTQS. 
.1UCHACHITA DE SAN TIAGO DEL ENTERO". 



v^i^n^i:^^^— 




GASTÓN jARRY. Díjérase que también aquí se realizara 

*EL PASEO». ""^ exposición de arte, entre árboles y 

flores, bajo el toldo índigo del cielo. Sólo 
que aquí hay un desconcertante exceso 
de luz y de color para nuestros pobres ojos que acaban de recorrer 
bs muros hacinados de cuadros de las galerías donde actualmente 
se celebra el IX Salón de Arte. ¡Cuántas cosas pintarrajeadas, cuán- 
tos esfuerzos vanos e inútiles derroches de imaginación allí dentro, 
y cuánta belleza, cuánta simplicidad aquí fuera! Los pintores se 
ñfanan por cautivar la luz, veleidosa señera que les tienta y acosa 
non sus mimos, y sólo han logrado que ella les sea esquiva cada vez 
más. Aquí derrama la naturaleza, a mano abierta, la riqueza impon- 
derable de sus dones; aquí se ofrece, toda entera, desafiante, a 
aquellos que aspiran a poseerla. Todo es vida y palpitar de vidas 
aquí fuera, mientras que allá dentro, el acre perfume de las flores 
marchitas, la tétrica inmovilidad de los yesos, fríos y sepulcrales, 
las telas que reflejan inverosímiles personajes, cuyas vidas quedaron 
olvidadas en la paleta del artista, nos marean, nos oprimen el pecho, 
agobian nuestro espíritu. Por eso decíamos, que era un slivio, una 
consoladora sensación de serenidad, aquella que experimentamos al 
recibir en pleno rostro el aire fresco de la tarde y al deslumhrar 
nuestras retinas la clara luz del cielo. 

Pero dentro de esa mediocridad que caracteriza al salón nacional 
de este año, hay, aunque en número reducido, algunas obras, que 
si bien no pudieran considerarse como la más acabada manifestación 
del arte argentino, no dejan, por ello, de ser meritorias contribu- 
ciones para el futuro desarrollo del mismo. Así, por ejemplo, ese 
desnudo de López Naguil, aquilata la obra de este joven artista con 
su acertada composición, la fuerza decorativa de sus líneas y la rica 
gama de su colorido. El señor Guido exhibe un retrato de mujer 
de una técnica muy superior a la que él usaba en sus anteriores 



A. M. ROSSI. 
"EN PLENA ACTIVIDAD». 



MALINVERNO. 
«TARDE DE INVIERNO». 



cuadros. Prins da la nota justa y armo- 
niosa en sus paisajes serenos y luminosos; 
Cupertino del Campo ha aclarado su vi- 
sión y vigorizado su pincel en esa bella 

tela que decora la primera sala. Soto Acebal, buscando un campo 
más vasto a su talento artístico, ensaya la pintura al óleo; Walter de 
Navazio continúa progresando en forma apreciable. Su paisaje de la 
primera sala, es una bella tela. Raúl Mazza. se presenta con un re- 
trato de mujer, que revela la gran laboriosidad y valentía del artista 
al emprender esa obra de tan complicados problemas de técnica. No- 
tamos, complacidos, los adelantos realizados por López Buchardo en 
la figura. El retrato de hombre, expuesto en la sala VI, es una obra 
vigorosa de líneas y de color. Christophersen, con sus audacias de co- 
lor y sus enérgicos brochazos, destaca su personalidad en dos retratos 
de mujer. Rossi exhibe una tela de gran valor decorativo, bien com- 
puesta. Thibon de Libian. recurre, como otras veces, a la realización 
de aquellos temas de no escaso humorismo; colorido, dibujo y compo- 
sición son cosas completamente convencionales en la tela expuesta 
en la primera sala. Guttero y Gavazzo, parecen marchar por el mis- 
mo sendero accidentado de Maurice Denis. 

Entre los retratos, notamos los pintados por Boni, Richard Hall 
y Jarry, métodos y escuelas distintas, pero que significan un enco- 
miable esfuerzo. Troilo, Pedone, Bolín y Vena, también han aportado 
su concurso a este certamen, dentro del estilo o tendencia que les 
caracteriza. Centurión, en su retrato de mujer, ha realizado una 
obra más sólida, en dibujo y composición, que las anteriores. 

Entre las esculturas, que este año forman un precario conjunto, 
se destacan por su indiscutible valor, una pequeña figura de cabrito, 
de Leguizamón Pondal, y un retrato escultórico de mujer, del se- 
ñor Fioravanti. 

C. Muzío Sáenz-Peña. 



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CENTURIÓN. 
IRETRATO DE LA SEÑORITA A. P.» 




— j-'j_\ -:3 \ ^l_'I"u?,-^ — 




í. me dijo, conti- 
nuando mi ami- 
go — donde usted 
me ve yo tam- 
biín me he ocu- 
pado de letras: 
hace muchos años 
escribí versos, prosa y hasta 
afrontí la publicación, pero 
como todo pasara inadvertido y no 
diera ni honra, ni dinero, aquí ms 
tiene usted sembrando papas y tra- 
tando de hacer plata, para vivir 
tranquilamente lo mejor que se 
pueda Por ahi en mis cajones, conservo aún 
algo inídito. revuelto entre papeles; y ya 
que usted me dice que piensa publicar un 
libro de novelas cortas, le traeré uno de 
estos dias algunos de esos ensayos, para que 
vea el modo de aprovecharlos dándole la for- 
ma que quiera. 

Quien asi me hablaba en una hermosa 
mañana de primavera allá en el fundo, era 
uno de tantos ensayistas como se encuen- 
tran en nuestra tierra, de esos que después 
de soltar mucho y tenta-lo todo sin éxito 
alguno, terminan por marcharse al campo 
a olvidar en él muchas heridas ocultas, mu- 
chas ilusiones fracasadas. 

Le acepté el ofrecimiento; y he ahí esas 
breves e ingenuas impresiones, casi iguales 
a las que me obsequiara mi buen amigo. 

Ya he cumplido catorce afíos y la vieja 
casa de campo está como encantada para 
mi en esus vacaciones. 

A mí desatinada turbulencia de otro tiem- 
po, ha sucedido una gravedad extrema. Mi 
vida ahora obedece com'> a la ley de un 
ritmo; estoy tranquilo, acaso tri.^te. pero mi 
tristeza a nadie hace mal, ¡y yo me siento 
tan hondamente enorgullecido!. 

Me paso las horas perdidas sumergido en 
pensamientos vagos y profundos ¡pero tan 
armoniosos! El vuelo de un insecto que atra- 
viesa el espacio, el perfume de una hoja de 
madreselva, me sumergen en éxtasis sin fin. 

Siento que mi alma comprende, por fin, 
su objeto, y me digo: — Ya está hecho todo, 
nada tengo que esperar. La vida se pasará 
asi... 

Comprendo que soy superior a todos; ha- 
blo como soAando desdeñosamente. Ellos no 
saben mi secreto, pienso; y callo y me sonrio 
con ternura. 

No me muevo de la casa en todo el día; 
me paseo la.'go rato tranquilamente, por mi 
pieoecilla de estudiante sin hacer nada, de- 
teniéndome a veces delante del espejo, y por 
fin, siento el deseo de ir una vez más a la 
p'.eza de mi madre. 

Alli están ella y mí prima Natalia, ocu- 



ILVTTRACipivJ-Pt 



padas en costuras y en tejidos. Natalia tiene 
quince años y ha venido a pasar las vaca- 
ciones con nosotros. Mi madre dice sonríen- 
dose, al verme entrar: 

Natalia, ocupa a este flojo en desen- 
redar tu madeja. 

Yo me acerco, me siento junto a mi prima 
en una silleta baja y tiendo los brazos, 
mientras ella me rodea cuidadosamente las 
muñecas con la madeja y principia a formar 
la pelota de lana. 

Y yo al mirarla, comprendo vagamente 
mi secreto; mí corazón palpita y se abre 
contemplando las pesadas madejas de sus 
cabellos negros peinados a la colegiala, su 
tersa frente, sus grandes ojos claros que fija 
de tiempo en tiempo en mí detenidamente, 
y en cuyo fondo iimpido y sereno, donde 
brillan rayos de ternura, me parece que se 
refleja todo mi ser. 

De repente mi brazo tiembla; la madeja 
se enreda, me esfuerzo en desenredarla mien- 
tras mi prima me dirige una mirada baja, 
con la que parece darme las gracias por lo que 
he hecho. Me inclino aturdidamente a reco- 
ger la madeja, mis cabellos rozan el percal 
del vestido de Natalia y me alzo estremecido 
con las mejillas encendidas de felicidad. 

Y después, paseándome por el comedor, 
pienso: - ¡Ah! vivir así... contemplar sus 
ojos! . . ¡No te pido más, Dios mío! 

Pero un día viene un médico del pueblo 
vecino a visitar a uno de mis hermanos. 

Después del examen del enfermo, el doc- 
tor hace sus últimas recomendaciones en el 
viejo salón de la casa. 

Es un joven elegantemente vestido, de 
pequeña estatura, ojos vivos y risa simpá- 
tica. Habla con aire de afectada desenvol- 
tura y gestos fatigados pronun- 
ciando a medias las palabras téc- 
nicas, y contempla sonriente a mi 
prima, que da vuelta lentamente 
a su alrededor con una expresión 
atenta, como si ella sola pudiese 
comprender lo que él dice. Ella 
también, de pie, parece abando- 
narse muellemente a la admiración 




que produce, y dirige al médico una mirada 
clara y luminosa, cargada de confianza y de 
interés. Yo estoy sentado junto al piano y 
comparo con humillación mis gruesos pan- 
talones de invierno, mi manchada chaqueta 
de brin y mis grandes y rojas manos de 
muchacho con el elegante y tranquilo aspecto 
del doctor. Un tumulto de punzantes in- 
quietudes se alza con violencia en el fondo 
de mi corazón; y levantándome bruscamente 
de mi asiento, me dirijo a mi habitación y 
me encierro con llave. 

Me paseo agitado por la pieza, pronun- 
ciando en voz alta frases entrecortadas: 

— Todo acabó. . . no la miraré más. Todo 
ha acabado — me repito. 

Siento que es menester hacer algo, algo 
muy grande. Ella verá. . . Pero no la mira- 
ré. . . Es menester ahora pensar seriamen- 
te... Obrar sin demora. Estudiaré... me 
digo. 

Y dirigiéndome gravemente a mi mesa de 
estudio, sobre la que está mi pequeña biblio- 
teca, ercojo entre mis librejos una vieja gra- 
mática francesa. (He fracasado en el exa- 
men ese año). - Es menester recuperar el 
tiempo perdido -- pienso, tendiéndome so- 
bre el sofá y abriendo sosegadamente la gra- 
mática. 

Y leo, leo la»*go tiempo sin entender; las 
letras danzan confusamente ante mi vista; 
y pienso en que ya todo está perdido para 
mí y en que .soy horriblemente desgraciado; 
me esfuerzo en exagerar mi desgracia; una 
compasión infinita por mi inmensa desven- 
tura se apodera de mí, un nudo amargo 
parece subirme a la garganta; mis ojos se 
nublan, mientras las lágrimas inundan sin 
cesar mis mejillas- y, por fin, abrumado de 

dolor y exhausto de lágrimas, me 
quedo dormido con la gramática 
sobre las nances. Despierto sobre- 
saltado. Alguien empuja la puer- 
ta y tamborilea impaciente en los 
vidrios. 

A través de los cristales, donde 
se reflejan los últimos rayos del 
sol poniente, diviso confusamente 



con alegría mezclada de ama'-gurr., 
e! rostro de mi prima bajo una gran 
chupalla de paja. Viene, como de 
costumbre, a invitarme a salir a 
pasear por la viña cercana. Siento 
que después de lo ocurrido ese din, 
es menester mostrarse con ella frío 
y desdeñoso. Abro la puerta. 

- Apúrate, vamos luego, que se 
hace tarde — me dice, golpeando el 
suelo con el pie y salimos. 

La tarde está tibia y serena. E! 
viento se duerme poco a poco en las 
copas de los álamos; pequeñas nu- 
bes inmóviles bordean el horizonte; el sol 
se pone sin rayos, y sobre la cordillera, 
que parece fundirse en el azul, la luna lle- 
na, como un gran escudo de plata recién 
fundido, sube lentamente en una p.tmósfera 
pesada de vapores. 

Frente a nosotros la viña, se extiende en- 
vuelta en una ligera bruma. 

Mi prima marcha lentamente delante de 
mí, hollando con cuidado la yerba, irguiendo 
la cabeza como para respirar mejor. En su 
mano lleva un gran clavel rojo, con él juega 
distraída; de cuando en cuando clava en mí 
una larga y candida mirada. 

Yo la sigo en silencio con la cabeza baja 
haciendo saltar las piedrecillas con los pies, 
Mientras ella va y viene entre las parras, 
yo me he sentado en un reguero y con 
templo el sol poniente. Y oigo que ella ex 
clama: 

-- Mira, aquí hay uvas maduras ya. Aquí 
tengo un racimo casi negro. 

El sol se ha puesto; y una gran mancha 
de oro empañado queda sobre la cordillera 
de la costa; los árboleí, los potreros lejanos 
y la viña se ennegrecen poco a poco. Mi 
prima, cansada de correr, está a mi lado si- 
lenciosa. Yo contemplo a hurtadillas su per- 
fil inmóvil, sus grandes ojos dilatados en el 
espacio, sus largos cabellos sueltos bajo la 
chupalla de paja, la pequeña mano que sos- 
tiene la mejilla, fundiéndose todo en la som- 
bra y experimento una angustia vaga e in- 
finita. 

De repente ella murmura en voz baja, sin 
volver la cabeza, como hablándose a sí misma: 
-■¿Por qué estás triste hoy? ¿No me has 
dicho que yo era tu mejor amiga?. . . 

Entonces me inclino hacia ella, y le digo: 
- Oye; confiésame esto: ¿Te casarías con 
ese doctor? 

Y ella me contesta sin mirarme: 
- - ¡Qué ideas tienes! ¿No viste, entonces, 
que era viejo? 

En seguida busca en sus cabellos el cla- 
vel que traía de la casa, me lo tiende en 
silencio y continúa contemplando el hori- 
zonte envuelto ya en las sombras de la noche. 



— 13>LJ>v^.S 




iti ui I mitititiiiniiiiti I i; 




¡M^ 



ÜiBElJre 



AY en la vida momentos de emociones 
tan sutiles, complejas e inenarrables, 
quesería imposible trasladar al ver- 
so, a ia tela o al mármol, sus exquisi- 
tas vibraciones: por eso a veces pien- 
so, entristecido, que los poetas más 
excelsos, los pintores más geniales, los 
más brillantes escjltores. se llevan 
a la tii'mba su mejor melopea, su 
cuadromasvalioso.su escultura maestra, y es por eso mismo que creo que la música es, 
de las artes, la única capaz de reflejar con fidelidad esos imponderables estados de alma, 
próvidos de encanto, en síntesis melódicas que si bien es cierto mueren en el espacio, reper- 
cuten, no obstante, en nuestro espíritu a través del tiempo, sin que decaiga nunca la brillan- 
tez de su recuerdo. Así se explica que la vuelta a Buenos Aires, de Maurice Dumesnil, el 
admirable pianista francés que por vez primera nos visitara hace tres años, despertando vi- 
vísimo interés y conquistando simpatías sinceras, haya hecho resurgir el entusiasmo del 
público por sus interesantes audiciones. 

La carrera de este virtuoso, breve pero brillante, comenzó hace pocos años relativamente. 
Graduado con medalla de oro en el Conservatorio de París, en 1905, inició al poco tiempo de 
egresar, sus jiras de conciertos por las principales ciudades europeas y americanas, cose- 
chando aplausos y conquistando laureles. Admira particularmente en Dumesnil, ia 




suprema elegancia de su interpretación. Un pianista puede 
tener talento, memoria, facilidad de digitación, fuerza, dis- 
posiciones excelentes para el manejo de los pedales, pero 
el sello de distinción sólo pueden imprimirlo a sus versiones 
aquellos que como él han nacido con esa rara cualidad 
que no es de las que se aprenden ni de las que se adquieren... 
Dumesnil es lo que se puede llamar un artista completo. 
porque no sólo toca el piano: es quintetista eximio y habilí- 
simo directo"- de orquesta; es, en fin, de la pléyade de los 
que en tiempos de Liszt y Bülow se conceptuaba en Alemania como 'personalidad* musical. 
Por eso, ante artistas de esta talla son improcedentes los estudios críticos. Lo único que 

cabe es el estímulo del aplauso Porque la música, como dijo el poeta, comienza donde 

termina la palabra; porque al conjuro mágico de los sonidos que el genial concertista arranca 
al piano, sólo aciertan a brotar de nuestro espíritu como de cristalino manantial excelsos sen- 
timientos: bondad, dulzura, serenidad, emoción estética: y porque al equilibrar los desniveles, 
elevando el espíritu hacia la perfección absoluta por medio de ¡a música, llega per un instante 
hasta convertirse en realidad precisa, lamássmpliq y secular de las quimeras: el Amor... 
¡El Amor, que es Luz; el Amor, que es Arte; el Amor, que es Gloria, que es Belleza, 
que es Vid?, y que pone resonancia en el silencio, y luz en la sombra!... 

Medardo Héctor Latorre. 




I. L PALACIO 
I J^PECTRyAL 



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L PODER B 
.• CAJ'TILLA- 



— P>1_;V^S- V l-TR .^x — 








Duro ha sido el destino, constante el infortunio 

Que ha herido nuestras almas en lo hondo, intensamente. 

Bañó el dolor en ellas su frío plenilunio 

Sin agostar, empero, su ardor resplandeciente. 

Broquel inquebrantable, sutil y fuerte escudo 
Contra todos los golpes, fué nuestro amor sereno. 
El odio de los hombres lanzóle el dardo rudo 

Y el vaso de amargura tendióle el mundo lleno. 

Mas nuestro amor sincero supo trocar en lirios 
Las punzantes espinas, en lirios de ternura. 
Desplegando por sobre nuestros grandes delirios 
Nuevos velos de gracia y de extraña ventura. 

Impulsados por este sentimiento supremo. 
Trepamos las laderas de la abrupta montaña. 
Confundiendo en un beso, de un ardimiento extremo. 
La indecible amargura y la obstinada saña. 

¡Oh, mi dulce adorada! ¡Oh. mi sacro tesoro, 
Tus pupilas contienen el bien que yo deseo. 
En tus labios purpúreos y tus cabellos de oro 
Palpita y se aprisiona todo mi devaneo! 

Alza tu voz y canta esas bellas canciones 
Que tienen en sus notas perfumes de leyendas. 
Evocan de países brumosos las visiones 
O dicen de piadosas y tocantes ofrendas. 

¡Cuan me place escucharte, mi sola bien amada, 
En mitad del silencio del cálido aposento! 
Tu voz grave susurra profunda, acongojada. 
Vertiendo las dulzuras sonoras de su acento. 

Del aire que tus labios detallan con encanto 
Contemplo levantarse tus patrios horizontes. 
Por eso en los suspiros enormes de tu canto 
Hay trozos de tus costas, tus cielos y tus montes. 

Tu espíritu armonioso palpita como un ave 
Al narrar la nostalgia de la playa lejana, 

Y tu voz la traduce ora bronca, ora suave. 
Semejante al tañido de una triste campana. 



Sumergido en el hondo deleite de tu arrullo 
Apenas si mis ojos se atreven a mirarte. 
¡En ese inenarrable y celeste murmullo 
Está oculto el enigma poderoso del arte! 

Prosigue, amada mía, la canción plañidera 
En que besas el nombre de tu suelo sagrado. 
Se diría, al oírte, que es su vasta pradera 
Quien te presta su soplo cadencioso y alado. 

Entre tanto mi alma, de la tuya obsedida. 
Asciende por la escala de tu emoción vibrante. 
Sintiendo la tristeza sin fondo de la vida, 
Palpando las tinieblas de un mundo agonizante. 

Extraños a los seres que observan nuestros ojos 
Se enlazan nuestras vidas, cual ramas de un boscaje. 
El mismo sol nos baña con sus destellos rojos. 
Un cielo igual proyecta sobre ambos su celaje. 

Sobre el antiguo encono de juventud opima 
Que enardeció la sangre bermeja en nuestras venas. 
Hoy desciende la tarde, como sobre una cima. 
Tornando en blancas rosas las sedientas verbenas. 

Una brisa apacible conduce nuestra barca. 
La estrella solitaria la ilumina al pasar, 
IVIas su piloto ignora si su mirada abarca 
La noche y si están lejos los escollos del mar. 

Por ello, vida mía, levanta esos cantares 

Que mecen nuestras almas de amor y de confianza. 

¡Bajo su unción piadosa los negros avatares 

Se adornan con estrellas de vida y de esperanza! 

Murmura en tu lenguaje dilecto y melodioso 
Las cuitas que laceran tu corazón cautivo. 
¡Desgrana en la alta noche el ritmo melodioso 
Que embriaga y adormece mi pecho sensitivo! 

Te escucho ensimismado en un grávido ensueño 

Donde flotan fragmentos de tu romanza bella 

Y quisiera llevarte, para colmar tu empeño. 

De un vuelo hacia la tierra que en bravuras destella. 

Pero ¡ay! que el Sino adverso se opone, vida mía. 
Dejando su amargura gotear dentro del alma. 
Quizás mañana pueda la luz de un nuevo día 
Verter en nuestros pechos la bienhechora calma. 

Suspenso de tus ojos, ceñido a tu cintura. 
Ligadas nuestras vidas en un solo destino. 
Iremos en la gloria o quizá en la amargura 
Deshojando guirnaldas de amor en el camino. 




LUSTRACION DH SIRIO. 



ri~:>>x— 



Ga^llego 

E M 
BvENQ/^ 




EN EL PARQUE 





FÁTIMA, LA DE LOS 



LA MUERTE DE ABEL. 



O tardará el día en que la Argen- 
tina, densamente poblada, realice 
sus sueños de Aite. Entonces, 
cuando su pintura esté dividida 
por escuelas regionales, como 
ahora la música del pueblo, los 
tucumanos, verbigracia, tendrán el gozo de vi- 
sitar en Madrid una exposición tucumana. 

El orgullo regional es el alma del patriotismo, 
máxime si se encuentra reforzado por la nostal- 
gia. Aquellas telas y grabados, dan la imagen 
de la lejana patria chica. 

Añadamos a los valores emotivos la valía es- 
tética de la exposición, y el entusiasmo resul- 
tará tan justo como grande, porque hay allí una 
muestra de excelente arte gallego. Todos los al- 
deanos que Alvarez de Sotomayor ha vuelto a 
crear, tienen una vida verdadera y fuerte, emo- 
cionan. Pintor respetuoso de la tradición pic- 
tórica, Sotomayor hállase al nivel de los mejores. 
Llorens reproduce con encantadora fidelidad 
la tierra alegremente trisie de Galicia, y el ma- 
logrado Taibo dejó junto a sus desnudos y es- 
tudios, marinas norteñas de impecable estilo. 
Además de estas firmas hay otras que hablan 
recio y hondo al patriotismo del noble pueblo. 
Buen año ha sido este para esos laboriosos 
compañeros que nos ayudan en la obra nacio- 
nal, buen año que el arte de su región señaló 
con dos piedras blancas: el estreno venturoso 
de la enorme obra «La casa de la Troya» y el 
triunfo de esta admirable exposición. 



— V=>LJ^' 



^ L^Tv::? .■^ — 



Tales son los miste- 
rios sumergidos en el 
fondo de nuestras co- 
sas familiares, tan des- 
conocidos su esencia 
y su eficacia activa, 
que cuando algo de 
ello se nos revela sen- 
timos en la imagina- 
ción el roce absurdo 
de lo sobrenatural. 

Yo ya habla expe- 
rimentado muchas ve- 
ces esa alarma abstru- 
sa y casi simplemente 
fisiológica de las coin- 
cidencias y los presen- 
timientos, pero nunca 
como la noche pasada 
he sufrido la presencia 
real de lo intangible, 
una atmósfera carga 
da de energías espiri- 
tuales. 

Había pasado un 
día encantador. Amis- 
tosas solicitaciones me 
arrancaron del ostra- 
cismo que limitaba mi 
vida desde la muerte 
de mi prima Laura, 
dieciséis años blancos 
y rubios impregnados 
de un alma angelical. 
ese primer amor que 
aun viniendo después 
de otros es siempre el 
primero porque es el 
único, esencia viva de 
(as más poderosas y 
urgentes atracciones. 
Quise resistirme, pero 
hube de ceder. La 
viudez de mi alma ins- 
piraba a todos comen- 
tarios risueños, y las 
carcajadas de sana vi- 
talidad de uno de ellos 
eran para mi como esas 
músicas de feria que 
nos llaman de lejos 
con voces persuasivas 
que es imposible resis- 
tir. 

Salí, pues, con ellos. 
La proposición era 
una fiesta íntima con 
halagos de homenaje 
por mi ferviente cul- 
to postumo a la no- 
via ida. 

— Tienes — me de- 
cía uno — un corazón 
al ferroprusiato. 

Y otro: 

— No hay derecho. Un año a los treinta es una 
vida de trescientos. ¡Viva la vida! 

Y todos: 

— ¡Vivan los trescientos! 

Salimos a la calle. Un sol casi cenital despa- 
rramaba generosamente en la acera su viva lum- 
bre primaveral. 

Cuando después de la comida me descubrieron 
que el verdadero programa iba a comenzar enton- 
ces en la casa de unas chicas muy simpáticas y 
muy tolerantes, yo no supe cómo no hacía nin- 
guna protesta. Ahora sí lo sé. La juventud tiene 
irresistibles tiranías, y el alcohol suscita gozosos 
optimismos. 

Transcurrió la tarde presidida por el más alegre 
desenfado. Una rubia sentimental se enamoró de 
mi melancolía y me juró no haber conocido nunca 
un hombre tan interesante. Yo a mi vpz le di mi 
palabra de honor de que si bien sus ojos no tenían 
la Cándida sugestión de los de mi prima, en su 
boca había, sin duda, más miel que en la de Laura. 
Hicimos la demostración, muy detenida y razo- 
nada. A poco, reconocía yo que los ojos negros 
de mirada vivaz (y la de los de ella semejaban una 
espiritual combustión), tenían mucha más efi- 
cacia estética que la azul candidez de los ojos 
claros. 

Llegué a casa, turbado, nervioso. Las alboroza- 
das risas, el baile, la charla, la brusca transición 
a la pirotecnia del flirt, habían exaltado la serena 
corriente de mi vida. 

La vista del sillón de mimbre donde había 
expirado mi prima, me hizo estremecer. Era una 
reliquia cedida a mi amor, que presidía mi habi- 
tación cenobítica. En él me sentaba a meditar 
y a recordar aquellas dulces tardes de mayo en 
un pueblecito del norte, cuando su vida se iba 




extinguiendo como una nube que se disipa, mu- 
riendo luego como una estrella que se apaga. 

Me acosté sin cenar, con la cabeza pesada, un 
poco febril. Conforme me iba recobrando com- 
prendía la grave deslealtad cometida con mi cora- 
zón. La culpable complacencia de aquella tarde 
sería una amargura más en mis recuerdos aviva- 
dos. Me prometí no reincidir, a pesar de que los 
ojos de la rubia parecía que hubieran dejado en 
los míos un destello de su intenso fulgor. 

Después de no sé cuánto tiempo, me quedé 
como dormido. Pero seguía pensando, aunque 
con cierta vaguedad. 

En el silencio obscuro crujió levemente el sillón. 
Fué como un suave quejido. Despierto, atento. 
medio incorporado en la cama, escuché. Nada. 
Un silencio total, espeso, concentrado. 

Cuando eL,taba otra vez a la linde de esa línea 
borrosa que separa la vigilia del sueño, volvió a 
quebrar el silencio un nuevo chasquido del mim- 
bre del sillón. Prendí la luz. Todo estaba como 
tenía que ser. 

Ya no pude dormir. Sin ser ciertamente supers 
ticioso, tengo algunas reservas emotivas en cuanto 
al absoluto ignorado. Quizá es sólo una concesión 
de los nervios o acaso un atavismo que despierta. 
Ello es que estaba desvelado y vigilante. 

Otra vez el crujido del mimbre. Para distraer- 
me pensé en la fiesta de la tarde, en los ojos lumi- 
nosos de la rubia, en sus labios repletos, dos pe- 
queñas olas de sangre. 

Pero otra vez y otra y otra, aquel ruido seco, 
obstinado, llegó a impacientarme. El chasquido 
era cada vez más violento, como si alguien se 
acomodara en el sillón y cambiase luego de pos- 
tura. Sin embargo, me dormí después de largo rato 
de impaciencia. Volví a hallarme junto a la ru- 
bia, bebiendo el cálido perfume de su boca, acari- 



ciando sus largas ma- 
nos pálidas, besando 
sus uñas hialinas de 
cuarzo. 

Me sentía feliz, ol- 
vidado de todo. Un 
instante nuestras bo- 
cas se aproximaron 
y aquellosojos inmen- 
sos en tornaron sus 
párpados de seda. De 
boca a boca sólo ha- 
bía el espacio de un 
suspiro. Fué entonces. 
Una crepitación ho- 
rrible, un chirrido del 
sillón, como si alguien 
retorciera sus barro- 
tes de mimbre. La 
imagen se desvaneció 
en un vacío luminoso. 
Presa de una ira 
súbita, me levanté. 
Sin encender la luz 
me dirigí a tientas ha- 
cia el sillón. Apenas 
lo toqué con una ma- 
no, sentí que se estre- 
mecía y, al empujarlo 
hacia un rincón lanzó 
un gemido doloroso. 
Aquello me exasperó. 
Lo colocaba en las 
más variadas posicio- 
nes, pero a cada mo- 
vimiento se dolía con 
más penetrante y las- 
timero quejido. Fuera 
ya de mí, exacerbado 
por una furia incons- 
ciente, tal vez por el 
terror, lo aplasté con- 
tra la pared, contra el 
suelo, le arranqué los 
brazos, lo descuarticé 
totalmente y me vol- 
ví a acostar. 

Ahora sí estaba 
aquello terminado y 
yo tranquilo. Dormí 
profundamente, sin 
sueños, hundido en 
ese letargo perfecto 
que es como un gene- 
roso anticipo de la 
muerte. 

Esta mañana, al 
despertar, en la nébu- 
la gris de los primeros 
pensamientos vi re- 
producirse la escena 
de anoche como a tra- 
vés de un vidrio es- 
merilado. Una vaga 
tristeza me acidulaba el alma, reprochándome la 
violencia cometida. Indudablemente tenía que 
haber sufrido una aguda crisis de nervios, quién 
sabe qué momentánea perturbación mental, para 
destruir aquel venerable icono del amor más 
grande de mi vida. Remordimiento y pena me 
impedían dirigir la mirada hacia los restos ya- 
centes del sillón. Había sido injusto y cruel, 
después de haber traicionado lo mejor de mí 
mismo. 

Pero estaba hecho. Era una página violenta 
al final de un dulce poema de recuerdos, un deso- 
lado epílogo a una bella historia de amor. Decidido 
a olvidar definitivamente, me levanté. Jamás la 
estupefacción me 
ha sobrecogido 
como en aquel 
instante. El ave 
de la locura pa- 
só ante mis ojos 
admirados. Gra- 
ve, sereno, in- 
tacto, estaba allí 
el sillón. Lo pal- 
pé, lo oprimí, 
dudando de su 
realidad. 

No sé. Yo es- 
toy seguro de 
que lo de ano- 
che no fué un 
sueño y hay en 
mis manos lar- 
gos y penetran- 
tes rasguños. 



ILUSTRACIONES 
CíR ^LVARIÍZ. 




-V:>l.S'^^^ "V^L-TI^vX — 




CJ 



D 



'Mí 





NA conferencia es una interviú 
en la que el público hace de pe- 
riodista, interrogando sin pala- 
bras. Y resulta preferible a la 
mejor interviú cuando no se tra- 
te de políticos y artistas cuya 
expresión se avalora al salir en 
letras de molde y en el propio 
estilo del reportero. Y resulta preferible porque, 
en cuestiones de interviú, cuanto más grande 
sea el blanco, más difícil es la puntería. Todo de- 
be preferirse, hasta la renuncia, antes de hallarse 
solo frente a un maestro del periodismo, balbu- 
ceando preguntitas. 

Por tales razones he preferido verle y oírle en 
el escenario del Odeón, durante su primera con- 
ferencia. Allí estaba el ilustre publicista como un 
modelo ante una academia del natural. La figura 
es señoril, reciamente plantada de inconfundibles 
trazos, sencilla, bondadosa. 

Habló llanamente, como si se dirigiera por sepa- 
rado a cada uno de nosotros. Fué una pintura 
admirable de las heroicas mujeres belgas, refulgen- 
tes pinceladas de luz sobre un fondo negro. El 
periodista que tuvo e! honor de vivir prisionero 
en una ciudad mártir, ha sabido fijar para siem- 
pre las escenas vistas y oídas durante la bárbara 
reclusión. Y no pierde tiempo en adornar su re- 
lato: no se trata de un heroísmo teatral que nece- 
site latiguillos ni frases retóricas; narra las proe- 
zas de un heroísmo burgués capaz de arriesgar 
la vida por la adquisición de un kilo de papas, 
de la misma manera que la arriesga protegiendo 
la fuga de los patriotas; un heroísmo de patrona 
hacendosa y de madre sublime. Nunca oí una 
palabra que me diera mejor la impresión del 
agua fuerte. Hasta entonces sólo conocía por los 
diarios el cautiverio rebelde de la mujer belga, 
imagen falsamente adornada por la literatura 
cablegráfica y por mi propia literatura. Se me 
figuraba más bien una explosión que esa resis- 
tencia cotidiana, acostumbrada, sencilla, que un 
hombre puede describir con tranquilo acento, sin 
dejarse llevar por la ira. 

Y así debe ser, así es; la palabra honrada de 
Payró merece entero crédito. Un observador de 
su valía no se equivoca. Desde hace muchos años, 
el maestro se distinguió por la veracidad de sus 
informaciones y por su experiencia en el arte de 
hallarlas. Un viejo amigo me ponderaba las haza- 
ñas reporteriles de Payró en el descubrimiento de 
un crimen misterioso cometido en un pueblo de la 
provincia. El periodista se adelantaba a todos: al 
juez, a los muñidores de la impunidad, a todos. 
Gracias a él, el público conoció los detalles del 
asesinato. Gracias a este gran periodista argenti- 
no, nuestro público conoce ahora, con justos deta- 
lles, la epopeya femenina belga. Sin apasionamien- 
tos, sin que la narración del testigo refleje el odio 
del encarcelado, nos ha dicho la verdad, porque 
siempre supo hallarla. 

Verdad y trabajo: este es el lema de Payró, lema 
que el arte ha sabido engalanar. Los literatos, los 
periodistas y los amigos de literatos y periodistas 
conocen al caballero escritor. 

Desde muy joven brilló en la prensa, donde se 
le cita como modelo, y se le quiere como amigo 
fiel y honroso. 

Su espíritu perseguidor de ideales nobles acude 
a todas las manifestaciones literarias para man- 
tenerlos y exaltarlos. Sus obras dramáticas, he- 
chas con alma y con cariño, plantean o resuelven 
problem.as sociales. En la novela desenvuelve su 
sátira equilibrada. 

Asi, mucho más que así, es el hombre amable, 
culto e íntegro cuya vida intensa estuvo siempre 
dedicada al deber. Los que no crean en que el 
periodismo puede ser profesado como sacerdocio, 
sino como arte a sueldo, analicen la personalidad 
de Payró periodista-horñbre que honra la prensa 
nacional. 




i/¿a/vo 

CAR. 

^ L O 






|NVLELTA en las leves prime- 
ras brumas de la noche, se- 
mejante una doncella escon- 
diéndose entre gasas y cres- 
pones, duerme la ciudad divina, serenamente 
tranquila bajo la égida de sus altos manes tute- 
lares. Leonardo y Lorenzo, arrullada por el Ar- 
no, manso y tierno que la circunda como en un 
abrazo y cuyo murmurio evoca apacibles can- 
ciones maternales. 

Y ante el espectáculo de la ciudad dormida, 
se piensa que ese sueño no es el simple descanso 
de las capitales fatigadas, sino un verdadero en- 
sueñe de gloria, del cual cada noche goza Flo- 
rencia y del cual cada día surge más 
pujante, sonora y luminosa 
nimbada, da oro 
y df-. sol. 





Las 
ciudades 
del^ 
ensueño 



iOKEMCIA 
LA ^ DIVINA 



EN LA HORA CREPUSCULAR PROPICIA AL RECOGIMIENTO, 

HASTA EL LEVE MURMURIO DE LAS AGUA^ SEMEJA UNA 

ORACIÓN PRONUNCIADA "SOTTO VOCE" . . . 



Sensación de gloria, absoluta e intensa, ema- 
nada de esas ajuas quietas, sobre cuya super- 
ficie los rayos d3 luz son como puñales que 
surcaren el corazón mismo del río, celosos de su 
encanto, para herirlo de muerte, y donde en la 
última hora crepuscular propicia al recogi- 
miento, aún el rumor más trivial semeja una 
oración balbuceada «sotto voce»... y que se 
eleva hasta el cielo que la devuelve transfor- 
mada en bendición para la ciudad predilecta, 
cincelado cofre de oro donde la Historia ha en- 
cerrado sus más brillantes joyas y sus 
más valiosas penas. 




.■iOBRE LA MANSA oLPER'ICIE DEL AGUA, LOS RAYOS DE LUZ SON PUÑALES VU? gUSCAN EL CORAZÓN DEL RIO. 




PATIO ANDALUZ. 

ACUARELA DEL CONOCIDO CRÍTICO DE ARTE. 





I la condición de anónima que caracteriza a !a gran 
prensa diaria del país, puede ser causa de que mu- 
chos de los lectores de La Nación ignoren el nom- 
bre de su actual crítico de arte, el señor Navarro 
Monzó es. en cambio, bien conocido en nuestros 
círculos artísticos, literarios y periodísticos. Llegado al 
país hace nueve años, ha sabido ganarse puesto dis- 
tinguido como escritor, alcanzando su actividad a 
los más diversos campos; pero ahora nos compete 
únicamente apuntar algunas breves observaciones 
sobre el crítico de arte. Ha pasado ya la época en 
que se podía gozar fama de tal crítico escribiendo 
de cualquier cosa, a propósito de una obra de arte, 
menos del arte mismo. Esa crítica, que con razón se 
llamó literaria, tomaba la obra de arte únicamente como pretexto para ex- 
cursiones más o menos entretenidas y útiles en la historia, la arqueología, la 
literatura y hasta la política, según el temperamento y la preparación del 
crítico. El señor Navarro Monzó no pertenece a esa categoría. No pretende, 
por cierto, considerar la obra de arte aisladamente, sacándola del medio 
en que se produce y desconociendo las influencias de todo orden que inevi- 
tablemente influyen sobre el artista: tampoco pretende estimarla separada 
del autor mismo como si se tratase de esculturas o cuadros de pueblos 
desaparecidos, o, siquiera, de épocas remotas. Todo ello lo tiene en su de- 
bida cuenta; pero, ante todo, ve la obra y la juzga por sus propios mé- 
ritos, como dicen los ingleses. Lo demás, viene de adehala. 

Ps'a emitir, en tales condiciones, juicios que, como todos los juicios, 
pueden ser impugnados," pero que se asienten en bases no quebrantables 
por la mera diversidad de opiniones, es menester conocer algo de lo que 
muchos críticos de arte ignoran: la técnica respectiva. No se trata 
de que el crítico sea, a la vez, pintor o escultor, grabador o di- 
bujante: pero es menester que sepa lo que son la pintura y la es- 
cultura, el grabado y el dibujo, de otra manera que quienes no 
ejercen la misión de críticos. El señor Navarro Monzó posee esos 
conocimientos: es decir, no hace crítica meramente impresionista, 
como no la hace meramente literaria, y esa es otra de las condi- 
ciones que dan valor a sus escritos sobre arte. Además, en Europa 




ha visto y ha estudiado mucho, formándose el gusto al propio tiempo que 
aprendiendo los procedimientos. 

La cómoda doctrina del arte por el arte no es la del señor Navarro Monzó. 
La rechaza con energía, por razones estéticas, por razones filosóficas y hasta 
por razones éticas. En esto, como en otras cosas, podría llamársele tolstoia- 
no. El crudo realismo, frecuentemente sin valor estético alguno, de algunas 
escuelas de pintura, nada dice a su espíritu; prefiere la candida pero espiri- 
tual gaucherie de los primitivos: hasta el misticismo un poco pueril de los 
prerrafaelitas le habla más al alma que el robusto naturalismo de Degas. 
Quiere que el arte tenga, aparte su finalidad estética, un propósito, o mejor 
dicho, un valor ético, quizá tanto más apreciable cuanto menos intenciona- 
do. Sin eso, el arte deja de ser una necesidad para convertirse en un adorno 
de la vida; y la vida es para el señor Navarro Monzó cosa demasiado seria, 
para preferir los adornos a las necesidades. Consecuencia; el artista verda- 
dero no es aquel que conoce únicamente su mctier, por bien que lo conozca; 
sin conocerlo bien, se puede ser artista de verdad. En último resorte, el arte 
podría resultar inútil; pero no es necesario llegar a esos extremos para en- 
contrar más aceptable que la teoría del arte por el arte la contraria. 

La crítica artística no debe ser demoledora, parece pensar el señor Nava- 
rro Monzó, y ejerce su misión en consecuencia. Dado que lo {(ue no es arte 
no es del dominio de la crítica artística, ésta, en realidad, está mejor cuando 
es benévola, cuando aun en los errores o frarasos descubre la posibilidad de 
una esperanza. El palo es arma grosera, y so^re todo, ineficaz; eso, en todas 
partes; pero en países nuevos que aun carecen de una tradición artística, 
la benevolencia de la crítica es un estimulante, que ofrece la comodi- 
dad de que puede suspenderse el tratamiento cuando se ve que no da 
resultado. 

Posee, pues, el señor Navarro Monzó, las condiciones requeridas para la 
eficiencia de la crítica de arte; y si se agrega que vive alejado 
de círculos y cotteries, que nada que no sea el cuidado del arte 
influye sobre su criterio, se comprende el prestigio que en tiempo 
relativamente escaso se ha ganado. Años hace que su prepa- 
ración le fué reconocida por The Studio, la gran revista londi- 
nense, que le tuvo como su corresponsal en Portugal, y esa hon- 
rosa designación no fué sino grato presagio de la situación que 
le esDeraba entre nosotros. 

E. H. A. 



13I_7>v^-S 





u -5 ioií í- ecurt-LÍ 
« del «> 
TenniíT e^ Clut» 





Es tan intensa la impresión de soledad en aquel paraje, que podríamos 
creernos muy lejos de la ciudad del ruido: pero dobla el auto hacia la 
izquierda, y surge, de entre la fronda del bosque, la nota de vida y de 
color; el cotta^e inglés, en medio del peoueño jardín, con sus cuadros de 
césped y enormes (jueiitias. y rodeándolo a su vez. las amplias canchas 
de tennis, enarenadas de rojo. . . El día es glacial, el cielo permanece im- 
placablemente bajo. gris, y sin embargo, el cuadro nos sorprende como 
una evocación de riente primavera! Ágiles, airosas y flexibles, las siluetas 
de las jugadoras, libres de toda traba que pueda impedir su juego, van 
y vienen, irguiendo el busto, modelado por sus chaquetas tejidas en vivos 
colores; la falda corta, el zapato sin taco, ajustados los cabellos bajo la 




SefiOKtTAS PARDO CE TAVERA MASCHWITZ. 



UN SAQUE MAESTRO. 



RESTANDO DÉBIL. 



?v¿N. — 




^otaeo 
a * JDetLefielo ? cLe « 
^~-^z:'^L5'oei'aeic5'-íx._^ 
c3el 



SEÑORITAS MÉNDEZ HUERGO. MARTÍNEZ SEEBER, BOUSON Y FEILBERG 



la 



boina de lana o de terciopeio, bajo el chambergo caorichosamente pren- 
dido^ o sencillamente tocadas por pañuelos de seda de tonos vivos. 

Veo erguirse a corta distancia la delicada silueta de Beatriz Bibiloni 
que viste falda blanca, blusa tejida color de oro vivo, y aprisiona sus 
cabellos, bajo una gran boina de terciopelo negro; en el court inmediato, 
juega también, - y con verdadera maestría — María Teresa Obarrio, que 
lleva falda de terciopelo inglés, gris ceniza, chaqueta de lana del mismo 
color y boma de terciopelo, también gris; María Teresa Méndez Huergo 
que viste de blanco y rosa. Mecha Cabrera Williams de color fresa en- 
vuelto el cabello en un pañuelo del mismo color; Yolanda Calvo, cuya 
arrogante silueta se destaca a lo lejos, vestida de blanco y rojo. , , Cruzan 
el jardm, dos encantadoras figuras, envueltas en abrigos claros; el oro de sus 
cabellos — pues llevan la cabeza descubierta — es una cálida nota lumi- 
nosa; son las señoritas de Flores Firán , . . 

La Dama Duende. 





UN nUEN Y ÁGIL RESTO. 



SEÑORITAS ARIAS 





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íiala' C^/w de 




osa 



A muerte, en sus 
predilecciones ex- 
trañas, ha privado 
a !a sociedad de 
Buenos Aires, de 
un bello espíritu, 
de un noble espíri- 
tu, selecto, cautivante, que reflejaba 
con una prodigalidad exquisita de 
matices, un tipo delicado de alma 
de mujer. 

En su breve trayecto por la vida 
tan dolorosamente fugaz, pasó como 
una nota amable y buena, profunda- 
mente buena, aue traducía invaria- 
blemente una bondad serena y armo- 
niosa en sus formas más nobles y 
atrayentes. 

Tenía la gracia, la belleza, la inte- 
ligencia y la bondad; pero era lo últi- 
mo con ser considerable lo demás, el 
relieve diamantino, el más puro, el 
rnás vigoroso sin duda, de su ser. 
tira buena, inteligentemente buena e 
irradiaba como un don siempre rico 
y fresco, de su sensibilidad de elegida, 
la bondad de un alma grande «hasta 
no caberle en el pecho». Y era humana 
como la traducción verdadera del 
alma de Cristo, porque ponía en todas 
las circunstancias de la vida, esa pie- 
dad suave que todo lo nivela y que 
sólo emerge de los temperamentos 
escogidos, como veta inagotable de 
sentimientos elevados. 

Un velo de lánguida fatiga amor- 
tiguaba la tersura de sus finas fac- 



ciones, y al mirar sus ojos negros y 
suaves, algo lum.inoso se transparen- 
taba, algo como un matiz subyugante 
como un don d"; misterio,., faceta 
indefinible que se muestra y que se 
siente como una flor de seda, dejando 
una impresión de paz en el espíritu. 
Frente a su conversación siempre 
animada v fina, un concepto irónico 
vertido, un juicio severo, una impre- 
sión amarga, un comicntario injusto, 
parecían percibir como nota de resis- 
tencia, la sensación de un perfume 
opuesto que llegaba a las fibras más 
nobles para serenarlas y suavizarlas 
a la manera de un sedante para el 
espíritu desarmado. Y esa bondad 
que tenía su 
fuente central 
enelcorazóny 
que surgía co- 
mo hilo linísi- 
mo de agua 
pura, guarda- 
ba un parale- 
lismo de en- 
canto con el 
acierto del 
juicio, con e! 
equilibrio del 
pensamiento, 
con la inteli- 
gencia fina y 
sutil que se 
orientaba ha- 
cia lo hermo- 
so y hacia el 



;^GOJTO 

XV 

MCMXIX 



bueno, en una rara armonía de 
calidades sustantivas y bellas. Y 
tenía el don del ingenio y del espí- 
ritu, con la misma elegancia espon- 
tánea y fácil que era atributo común 
de su persona, de esa elegancia que 
se percibe de inmediato y que se 
impone por la misma sencillez ado- 
rable de lo que no se calcula ni se 
estudia. Su cabeza, de líneas puras, 
tenía el encanto de la suavidad y de 
la gracia, y el ritmo de armonía que 
se desprendía de todo su ser, lo acen- 
tuaba la sonriente placidez del gesto 
y la delicadeza de las maneras. De 
sus m.anos inquietas y nerviosas, po- 
dría repetirse la calificación que da- 
ba el pintor 
Basíien - Le- 
page a las de 
Marie Bash- 
kirtseff: fsí no 
eran de un di- 
seño muy pu- 
ro, había una 
belleza en la 
manera como 
se posaban en 
las cosas». 

En la ac- 
ción social fué 
la gestora ve- 
hemente y ca- 
riñosa del ali- 
vio para todo 
dolor, de esa 
caridad afa- 



nosa que llevaen labora de la angus- 
tia, junto con el pan reclam.ado en el 
hogar entristecido del que sufre, la 
ofrenda de consuelo y de amor que 
entreabre la esperanza y augura el 
término de la desventura inmerecida. 
En la familia, en la intimidad, era 
la Morocha de los suyos y de sus 
amigas que provocaba sin buscarlo el 
afecto intenso o la simpatía inmedia- 
ta, mantenida en todos los aspectos 
de la sociedad y del hogar con los fuer- 
tes relieves y las ricas calidades mo- 
rales de una criatura de selección. 
Durante su enfermedad implaca- 
ble, no profirió una sola queja, una 
débil protesta que la hiciera vacilar 
en la cristiana resignación con que 
veía su fin irremediable. Esperó su 
hora, con la placidez estoica de un 
alma noble y grande, y a los 3.S años, 
edad de la joven señora, tan cruel 
para morir, cerró su vida con broche 
de oro puro, hablando a los suyos 
de conformidad y de am.or. Tuvo al 
morir la misma serena armenia de su 
vida y en ese m.muto final en que el 
alma se repliega para m.ostrarse por 
vez postrera, con la transparencia 
prístina de un cristal, tuvo ía abne- 
gación suprema de ir hacia la miuerte 
con la preocupación de no hacer do- 
lorosa la partida, com.o si sonriera, 
como si fuera a volver pronto con el 
alma restituida por la misericordia 
de Dios. . , 

GOLDEN. 




— I=>I_>^-^ X 'LT^IS j=K— 



« LN « L.A, « M ONTA^Nv^ « TUCUMv^N^X « 



El pud>lo de Villa Nougués se divisa en 
dias daros oomo una mancha de nieve en 
la cumbre de la primera serranía al Oesie 
de la ciudad histórica. Es un nido de mon- 
tana como existen pocos en la República, 
donde las dudadas hallaron espacio ilimi- 
tado para asentarse en valles y llanuras. 

Se va a Villa Nouguís por la vía que llef^ 
a San Pablo. Desde esa estadón a.Tanca un 
excelente camino para camuies y automó- 
viles que escala la cumbre del majestuosa 
cerro en inflnitas y audaces espirales. 

Pronto se dejan atrás las casitas del inge- 
nio, todas iguales, cada una con sus árboles 
frutales, entre los que se destaca el chiri- 
inojro, vigoroso de tronco y de follaje tupi- 
do y fino. El break. arrastrado por muías y 
caballejos, ruada por una carretera flan- 
queada por hermosos árboles, que asciende 
suavemente, tan suavemente que una ex- 
damadón de sorpresa brota de los labios. 
cuando de pronto se ve abajo, extendida 
cual portentoso gobelino, la llanura poblada 
y embeUedda por el trabajo. Lejos, muy le- 
jos, una mancha blanca, brilla la ciudad. 
oomo un remanso plateado por el sol. En 
cuadrilongos irrefubres salpica la campiña 
el verde inverosímil de los cañaverales, un 
tinte claro y brillante completamente carac- 
teristico e inconfundible, entreverado con el 
follaje casi negro a la distancia, de los na- 
ranjales y el profundo verdor esmeralda de 
algún alfalfar. Es aquella vega un inmenso 
jardín, que se extiende hasta el pie mismo 
de la srerra y aun sube un trecho por su 
flanco, como ola arrojada sobr: la costa. 

La montaña y la selva se apoderan de 
ím sentidos. Tan pronto desde un recodo. 
cual de un inmenso mirador, se descubren 
vastos trechos de la llanura, semejante a 
dormidas aguas azules: o la vista se hunde 
en pr^npidos cuyo fondo ocultan masas im- 
penetrables de ve^etac'ón: o una picada es- 
trecha, el «camino viejo», se abre de repente 
y desaparece con la rapidez de una vibora 
que huye: o una serie de paredones se levan. 




POR^- « .-\D.\ í 



tan, uno encima de otro, envueltos en espe- 
sos cortinados de bosque, cerrándonos el 
paso at parecer, y. al parecer también. 
abriéndose y cambiando de lugar y de án- 
gulo, como monstruosos biombos. Las cur- 
vas del camino son cada vez más frecuentes 
y cerradas; defensas de postes y piedras ase- 
guran sus flancos y ribazos. En un sitio del 
bosque yacen árboles derribados: la selva 
virgen debe ceder el lugar a la caña de azú- 
car. Un enorme tronco de quebracho está 
tendido en la pendiente: su pie toca el cami- 
no y muestra el rojo sombrío de la médula. 
Parece un gigante asesinado; completa la 
siniestra ilusión el color sangriento de las 
astillas y trozos pequeños de madera que 
cubren el suelo en derredor. Entramos en 
una curva y el melancólico cuadro queda 
atrás. Un árbol, diez, veinte han muerto. . . 



ELFLEIN* 



¿qué mella hacen en la masa incalculable de 
los que sobreviven? Mañana, nuevo verdor 
habrá cubierto el sitio donde existieron. 

Entre tanto, un cambio indefinible se ha 
operado en la selva. Luz y sombra se han 
amalgamado en un tinte gris uniforme. Algo 
flota de pronto entre los árboles: parece hu- 
mo blanco. Son las nubes que van espesán- 
dose alrededor de las cumbres. Pronto nos 
han envuelto en sus cenicientos velos hú- 
medos y fríos. El paisaje adquiere un as- 
pecto fantástico. Bandadas de aves blancas 
revolotean entre las ramas: figuras gigantes- 
cas surgen lentamente de los valles hondos 
y callados y se disuelven al cogerlas el viento 
de las alturas; espirales plomizas giran como 
el humo de grandes fogatas invisibles, y de 
árbol a árbol, de cerro a cerro, se tienden 
cintas y tules tenues y graciosos que ondú- 



POR^BLATMZ 

I3e pie junto a la obra sin terminar daba 
Sara los últimos toques a su estatua. Una 
cabeza de mujer. Y más que al calor de sus 
manos, se fundía la pasta al calor de su en- 
tusiasmo. Vibraban en su cerebro las ideas, 
mientras iban sus dedos nerviosos dando 
forma a su inspiración y en el golpe resuelto 
de sus manos de artista, adquirían los deta- 
lles sorprendentes exactitudes. L'n instante 
se detuvo. Personas autorizadas le asegu- 
raban el premio del año en el Salón. Con- 
templó la obra con amor de madre o con 
pasión de artista y el triunfo le paredó 
derto. 

En el pa.'oxismo de su entusiasmo se sin- 
tió deslumbrada por el inmenso brillo de la 
gloría. Vio su camino fádl, iluminado por la 
luz formidable de su idea palpitante en aque- 
lla cabeza de mujer, que era el deslumbra- 
miento trágico de su ideal de artista. 

Mas se obscuredó de pronto su semblante 
y un estremedmiento de dolor sacudió todo 
su cuerpo como si un flagelo invisible casti- 
gara sus carnes. 

¡El predo de su gloría! 

Aquella estatua en cuya obra, la sorpren- 
dió más de una vez la noche, había costado 
a su hijo toda la ternura de varios meses, al 
eapoao su amor. Día a día. noche a noche, 
dando forma a su idea había olvidado sus 
deberes de madre; devorada por la fiebre 
de su inspiradón y de su entusiasmo había 
olvidado sus deberes de esposa. ;Ese era el 
predo de su gloria! 

Y en la mirada ardiente de su idea hecha 
'-rmü advirtió un detalle de infinita tris- 
Y al fijar más y más su atención en 
• i hasta entonces inadvertida expresión 
de dolor, se pintó en su semblante amargo 
desaliento. Tuvo la visión entera de su vida 
futura. La liebre loca de la gloria arrastrán- 
dola en pos de sus laureles, sobre la base de 
aque'la cabeza palpitante. El delirio de su 
grandeza de artista ligándola por siempre al 
arte. El abandono absoluto de su hogar ya 
un tar.- : 1-j. El amor, la educación 

de su : 3 manos mercenarias. , , 

y Sara _ ., laure'es de ¡a gloria, sin- 
tió que la quemaban y abrazándose al busto 
ya casi terminado, fui borrando con su llanto 
la expresión de su gloría y en el paroxismo 
de un dolor sobrehumano al destrozar su 
obra, desahogó su dolor en un grito solo de 
pasión y de angustia: (Hijo mío! 




LLUVIA... 

por.*margarita* 
abí:lla*caprill 



¡Oh, la suave penumbra de la hora 
En la que sólo es luz, el pensamiento! 
Muy lejos de la vida bullidora 
Muy cerca del divino sentimiento... 

Taciturna, la lluvia sollozante. 
Llora la pena de caer, la pena 
De cambiar, por la Tierra claudicante 
Eí claro azul de la región serena. 



Descendiendo también de gran altura 
En esta hora de silencio y calma. 
Otra lluvia de paz. toda frescura 
Fertiliza los valles de mi alma. 

Luego esas gotas, cuando el Sol alumbre 
Evaporadas volarán al cielo; 
También las de mi alma, hasta la cumbre 
Del ideal levantarán su vuelo, 



lan. se enredan, se rompen y vuelven a anu- 
darse como las figuras de una danza de 
duendes. El camino emerge de lo invisible 
para volver a hundirse en lo invisible. Pa- 
redes movibles semitransparentes, como si 
fuesen de vidrio turbio, se elevan de pronto 
a ambos lados del camino y se desvanecen 
con la misma rapidez. El valle desaparece, 
las cumbres también. En medio del silencio 
avanzamos como por una región irreal. El 
cochero explica el suceso, grave y sencilla- 
mente: la montaña nos ha desconocido y se 
ha enojado. El frío arrecia: un viento vivo 
se deja sentir. La niebla parece ilenarie de 
una claridad argentina. El bosque ralea. De 
repente se levantan en la bruma las pri- 
meras casas de Villa Nougués. 

Del ponderado panorama que desde la 
cumbre debemos divisar, nada absolutamen- 
te se distingue. Solo se ve una masa algo- 
donosa y blanquizca que ondula, se infla y 
se hunde y que absorbe luz. espacio y ruidos. 
Los bosques se han animado con extraña 
vida: arropados con largas vestiduras blan- 
cas, los árboles parecen caminar, los macizos 
se aproximan y retroceden, suben y descien- 
den y desaparecen conforme la niebla se 
disuelve o se tupe. Ni la perspectiva más 
hermosa dejaría quizá impresión tan pro- 
funda como esa contradanza silenciosa de 
fantasmas en un mundo blanco y mate, 
donde se apagan colores y sonidos, se borran 
los contornos, donde todo fluctúa, se agigan- 
ta y se desvanece como sombras. Allí en el 
subtrópico, en medio de la selva húmeda y 
exuberante, acude a mi mente una leyenda 
popular de las islas alemanas del Mar del 
Norte. Cada isla tiene su espíritu familiar, 
su alma, diríamos, que afecta su misma for- 
ma y flota sobre ella como una nube. Tam- 
bién aquí cada objeto parece tener su alma, 
que vaga suelta, busca a sus compañeras y 
acaba por encerrarnos en sus giros y círculos, 
hasta que olvidamos que existe un mundo 
sólido y real fuera de las brumas de Villa 
Nougués. 



Cuando otro Sol de dulces resplandores 
Las envuelva en sus mágicos fulgores. . . 



BÍLLVEJ-^* POR. 
DELFINA^ BUNGEL 
DL?GALVELZ«» 

EL TEATRO 
<'¡0h. el gran artista! dicen muchas voces. 
¡Es admirable, es terrible, es estupendo! 
Todo el teatro llora. ¡Im'ta tan perfecta- 
mente la muerte, los envenenados con estric- 
nina! Salta, hace horribles contorsiones, y 
cae por fin <'Como un tirabuzón». ¡Y cómo 
muestra los primeros síntoma"? de la locura. 
V de las enfermedades más espantosas! ¡Es 
admirable!... ¡Esde no perder una sola noche!» 
Y habló una voz inesperada: "¡Qué des- 
ap,radable! ¡Y qué profanación de la muerte, 
y qué burla cruel de la desgracia humana! 
Preferiría ir a los manicomios, a los hospi- 
tales a ver agonizar y morir de veras. Sería 
mucho más interesante...» 

"¡Qué sentimientos! ¡Qué atrocidad!» re- 
pusieron indignadas las primeras voces, cre- 
yendo oir en la que así había hablado, a 
un ser inhumano que pidiera el espectáculo 
de los dolores reales, quizá como los paganos 
pedían el de las fieras en el circo... Pero 
ella volvió a decir: 

'■■Lloráis en el teatro, es cierto. Pero ¿para 
qué se estudiaron esas terribles convulsio- 
nes? Para divertiros. . . y esto es lo inhu- 
mano. Vais al teatro por vuestro gusto, os 
deleitáis en esos espectáculos horribles. Ya 
que tales escenas nos interesan ¿por qué no 
ir a ios manicomios y a los hospitales adonde 
aprenderemos — -de paso— no a admirar al 
artista, pero sí a tener piedad'^». 

El teatro nos acostumbra, lo mismo que 
las novelas, a vivir en medio de una humani- 
dad imaginaria. Y mientras mejor sea el 
artista y más reales sean los dramas o no- 
velas, más poderosa será nuestra ilusión. De 
modo que podemos decir en tal sentido, que 
son más nocivas y nos llenan más de ilusión 
y fantasía las obras literarias muy realistas, 
que las del todo fantásticas. Porque estas 
últimas, bien sabemos que son fantasías, 
mientras que con las otras creemos vivir 
en la realidad. . . 

Y cuando nos hemos compadecido de 
aquellos héroes ficticios, cuando hemos llo- 
rado por ellos, nos sentimos aliviados como si 
hubiéramos llenado nuestros deberes de hu- 
manidad. En ellos, y en sus emociones iluso- 
rias ha encontrado desahogo nuestra sensi- 
bilidad, nuestra necesidad de emociones. . . 

Y es así como pagamos a fantasmas que 
no existen, el tributo de piedad que debemos 
a una humanidad real, que sufre y llora. 



-E3>l-?>vxrs 



Pije 






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L la mira y suspira, 
si suspirar se llama a que resuelle 
con la elegancia y el vigor de un fuelle, 
y ella hace que no mira, aun cuando mira. 

En singular mutismo, 
saben los dos que piensan en lo mismo. 

Es un diálogo largo 
que en un hondo silencio se dilata; 
no hablan, pero conversan, sin embargo. 

El. — (¡Qué linda y qué ingrata!) 
Ella. — (¡Pobre señor! ¿Por qué se mete 
a hacer ingenuamente de tenorio?) 

El. — (No soy un pebete, 
mas no soy todavía un vejestorio.) 

Ella. — (¡Bah! No le quiero, 
pues, desde que le vi, me ha parecido 
un soltero con cara de marido, 
aunque para marido es muy soltero., 

El. — (La adoro, alma mía, 
y si fuera un bombón ¡me la comía!) 
Ella. — (Sopla da un modo lastimoso. 
Presumo que ese tipo es muy goloso.) 
El. — (Si yo me atreviese, le diría...) 

Ella. -~ (¡Por Dios! ¡Qué susto! 

Me mira el desdichado 
con ojos de carnero congelado.) 

El. — (¿Sonríe? ¡Qué gusto! 
... ¡Caramba! Siento así como un mareo... 

¿Quién contempla tranquilo 

a una Venus de Milo 
con brazos y paraguas? Vaya, creo 
que la voy a llevar a mi museo.) 

Ella. — (Veo que trata 
de acercarse y decirme una zoncera.) 
El. — (¿Pero, en realidad, será soltera?) 
Ella. — (¿Pero realme.ite tendrá plata?) 
El. — (Será caprichosa y exigente.) 
Ella. — (Debe toser horriblemente.) 
El. — (Temo que iba a hacer un desatino.) 
Ella. — (¡Si fuera un poco más muchacho!) 
El, lloroso. — (¡El eterno femenino!) 
Ella, alepre. — (¡El eterno mamarracho!) 






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UN MONUMENTO DE LA INDUSTRIA COLONIAL 



La carga arrolladura de los 
siglos y de las guerras suele res- 
petar palacios y monumentos 
poderosos que el hombre edificó 
para perpetuar su memoria y la 
memoria de sus creencias o de 
sus gustos. Un tanto por ciento 
exiguo de supervivientes queda 
en pie. herido ante las nuevas 
construcciones con que la raza 
humana va rellenando los huecos 
causados en las filas. 

Pero las cosas arquitectónicas 
como les seres humanos, son 
iguales ante la muerte. Por esc. 
junto a las ruinas de los palacics 
vense humildes edificios que les 
años respetaron. La muerte no 
elige, mata sin mirar, como en 
una lotería negativa. 

Esto ha sucedido con el mo- 
lino harinero de Puente Pérez. 
Jujuy. uno de los monumentos 
de la industria nacional que más 
larga foja de servicios puede pre- 
sentar entre todos les monu- 
mentos similares. Solamente al- 
gunos molinos de caña tucuma- 
nos podrían disputarle antigü?- 
dad y méritos a este humilde 
mDÜno de Jujuy. 

Su historia se pierde en la den - 
sa noche de los tiempos colonia- 
les, es. decir, que no tiene historia 
conocida, y por tal motivo, el 
molino de Puente Pérez es feliz. 
Fué edificado por un audaz 
industrial de hace muchos años, 
por un hombre ansioso de plata 
honestamente ganada. Aquel 
hombre adoraba la vida tranqui- 
la y tenía un instinto poético 
notable. Ser molinero, he aquí 
una profesión encantadora y 
tranquila. Tener un hogar que 
sirve de puente a una acequia 
cantarína, adornado de flores. 
arrullado por el son de las aguas 






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y de bts ruadas: tenar dos plfedns 
entre cayes superfidas el |ran~ 
se pohrcnza: ayudar al prí - 
a que coma el pan de aá^ ■ 
(aaado oon el sudor de ca<ú cii< 
estos aoB los goces de la tran 
quila iBoiinaria. 

El aaoHnero es el único ser del 
mundo que esclaviza y mete en 
el Sfua la rueda de la fortun» 
Por tal motivo, resulta el úmc 
bipedo implume que anda mis 
cerca de la felicidad. 

^acuntadle al molinero de £< 
Mmtnm it trts picos a quien os 
pmentó Fwlro Antonio de Alar- 
cón. Veréis cómo soiamenie Ls 
moUneroe saben sortear cir:: s 
peligros y aventuras que a oucs 
hombres hacen desgraciados. 

Allí, en aquel molino, varias 
generaciones de hombres empol 
vados y alegres pasaron su vida 
cantando y molienda; allí, sin 
duda, a oompis de la piedra gira 
dora han nacido algunas de las 
canciones populares de tierra 
adentro, esas canciones que a los 
habitantes de la ciudad nos lle- 
nan de -envidiosa nostalgia y de 
sentimentales emociones. 

Amigos y enemigos, todos los 
estómagos de diez o veinte le- 
guas en derredor encontraron 
allí la materia prima para ama- 
sar el pan. Por una corta suma 
de dinero, o por una cantidad 
justa de trigo, el molinero hacia 
caminar su artefacto. Y picaba 
sus piedras, como lo hace ahora 
su último sucesor, cuando la 
superficie perdia las rugosidades: 
y cuando el maderamen de las 
ruedas oedia al empuje fuerte de 
la corriente, martillo y sierra en 
mano reparaba la averia. Porque 
un molinero es picapedrero, car- 
pintero, herrero, etc.. durante 
las horas de labor, y pescador. 
)ardinero. etc., en los ratos de 
ocio. Un molinero es un hombre 
enciclopédico y alegre. ^ 




RESTO DE LA INDUSTRIA COLONIAL. EL MOLINO DE PUENTE PÉREZ, TODAVÍA ELABORA HARINA Y OFRECE AL TURISTA UN ESPECTÁCULO QUE 
JAMÁS VERÁ EN LAS GRANDES CIUDADES LLENAS DE FÁBRICAS Y TALLERES COMPLICADOS. 



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LA BELLEZA 

REVELACIÓN DE MEDIOS CASEROS PARA ASEGURARLA 

Por CHARLOTTE ROUVIER 



Los barrillos y puntos negros en el rostro fue- 
ron para mi. durante algunos años, motivo de tan 
tristes días, que muchas veces me vi imposibili- 
tada de presentarme en sociedad por la persis- 
tencia con que tan repugnante molestia atacaba 
mi rostro. Pero luego encontré el stymol y fué 
tan rápido y lisonjero el resultado obtenido, que 
la felicidad de este acontecimiento hízome olvi- 
dar muy pronto los sufrimientos pasados. Trá- 
tase de un procedimiento tan sencillo como agra- 
dable: tan sólo son necesarias algunas tabletas de 
stymol. que obtendrá en la farmacia y conservará 
bien tapadas en un lugar seco. Eche una tableta 
en un vaso con agua caliente y cuando haya cesa- 
do la efervescencia que se produce, lave abundan- 
temente su rostro con el liquido, secándose por 
último con una toalla blanda. El resultado !e sor- 
prenderá: todos los barrillos habrán quedado en 
la toalla y habrá desaparecido la grasitud para 
ofrecerse a su vista una cara aterciopelada, fresca 
y encantadora. A fin de que el resultado sea defi- 
nitivo, repita la operación algunos días después. 



Como quitarse de un modo f ermanente, no sólo 
temporalmente, el vello que desfigura la belleza, 
es cosa que muchas damas desean conocer; es una 
lástima que no esté extendido más generalmente 
el conocimiento de que basta para el caso el uso 
de porlac puro pulverizado, de venta en todas las 
(armadas. Debe aplicarse directamente al pelo 
que se quiera hacer desaparecer. Este tratamiento 



se recomienda porque no sólo borra instantánea- 
mente el vello sin dejar la menor señal, sino tam- 
bién porque mata por completo las raíces. 



Pocas personas saben que las canas no son un 
distintivo necesario de la edad y que pueden ser 
evitadas sin recurrir a los tintes para el cabello. 
Un remedio muy antiguo, casero, devuelve a las 
canas el color natura! del pelo, a! cabo de pocos 
dias. 

Solamente es preciso ir a lo del boticario, com- 
prarle dos onzas de tammalite concentrada y 
mezclarlas con tres onzas de bay rhum o espíritu 
de laurel. Apliqúese al cabello esta sencilla loción 
por medio de una esponjita durante algunas 
noches, y nos daremos el placer de ver que las 
canas van desapareciendo paulatinamente. Esta 
receta es completamente inofensiva, no es gra- 
sicnta ni pegajosa, y ha sido el éxito más ,satis- 
íactorío de cuantos han conocido el secreto du- 
rante muchas generaciones. 



Creo que muchas damas podrían conservaí su 
cutis juvenil, treinta años más de lo que gene- 
ralmente lo hacen; la dificultad estriba en que 
no saben cómo. ¿Ha oído usted hablar del siste- 
ma de absorción? Es muy sencillo y se basa en la 
eliminación paulatina de la piel exterior marchita 
y descolorida, a objeto de revelar el cutis joven 
y hermoso que se encuentra inmediatamente de- 



bajo de aquélla. Para ello basta aplicarse, durante 
algunas noches, una capa de cera mercoHzada 
pura que se extiende por el rostro sin hacer ma- 
saje. Esta substancia tan simple puede obte- 
nerse en casi todas las farmacias y sirve para 
extirpar de una manera gradual y en forma de 
pequeñas partículas, la piel exterior fea y man- 
chada. No afecta en lo más mínimo los tejidos 
sanos y en pocos días se nota el notable cambio 
con la satisfacción consiguiente, sin comparación 
cuando se trata de un acontecimiento de esta ín 
dolé en el proceso de la hermosura femenina en 
tantos casos prematuramente tronchada por los 
tratamientos equivocados. 



He tenido una verdadera sorpresa sabiendo que 
esta señorita con el cabello tan bellamente ater- 
ciopelado no se lo lava nunca con jabón o con 
polvos de shampoo artificial. Se hace ella misma 
su propio shampoo disolviendo una cucharadita 
de las de café llena de granulados stallax en una 
taza de agua caliente. ('Yo le encargo el stallax 
a mi boticario — dice esta señorita — y él lo 
recibe en paquetes que vienen sellados, y sola- 
mente se venden así, conteniendo cada paquete 
cantidad suficiente como para hacerme de veinti- 
cinco a treinta lavados de cabeza. Es de tan rico 
olor el stallax, que muchas veces lo comería como 
si fuera una golosina'', <'Ciertamente, y aun con 
esta extraña idea, el pelo de esta señorita se con- 
serva tan hermoso que desde este momento voy 
a probar en mí misma el efecto del plan». 



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LA TORRE DEL RELOJ EN VENECIA 




Mauro Coducci, llamado el Moro Lombardo por sus camaradas y 
por el vulgo, construyó en 1496 la torre donde debía colocarse un 
reloj monumental, falo cum gran imegno, según dice Sañudo. Efecti- 
vamente, tanto la torre como el reloj vienen a constituir dos hermosas 
muestras del gran ingenio italiano que la magnificencia veneciana 
supo atesorar en la divina ciudad de los canales. 

Sobre un arco sencillo de regular altura, bajo el cual discurren los 
transeúntes, hay una enorme esfera donde forman círculo las veinti- 
cuatro horas del día solar, divididas en dos series de a doce, parti- 
cularidad exclusiva de este instrumento de medir el tiempo. De dar 
las campanadas están encargadas dos figuras que al pie de la campana 
empuñan sendos martillos. 

El león de San Marcos, rey del mar latino durante largo tiem- 
po, merced a la bravura de Venecia, vigila la danza de las 
horas. Es uno de los monumentos más característicos de la ciu- 
dad de los dux. 

Coducci construyó también la iglesia de San Miguel, en Isola, cerca 
de Murano, y comenzó el palacio de Loredán. Se le atribuye también 
el campanil aislado de San Pietro di Castalio y las iglesias de Santa 
María Formosa y San Giovanni Grisostomo. Fué uno de los mejores 
artistas de su época. 




PLVc/' 

AÑO IV. 
NÚM. 41, 



DE LA COLtCClON DL 




VLTJIA 

SEPTIEMBRE 
DE 1919. 



ON LORINZO PLLLLRANO 



s >v'j_m3>x— 




La musa de los huerta- 
nos y pastores, de los cha- 
lanes y juglares de oficio, 
tiene para mi un encanto 
único. Pocas cosas tan su- 
marias, y sin embargo na- 
da tan sincero como esos 
romances de !a montaña y 
de la selva, cantados al rit- 
mo de vihuela y tamboril. 
Brota la canción y el verso 
de la propia naturaleza y 
del alma del poeta instinti- 
vo. Tales las fuentes de es- 
ta poesia, que será elemen- 
ta] e ingenua — todo lo que 
se quiera — pero que es ob- 
jetiva y subjetivs, hecha 
en substancia visible y mo- 
dulación íntima, condición 
esencial de todo arte ver- 
dadero. 

En mis andanzas por el 
interior del país me he aso- 
mado al espíritu de esos ar- 
tistas primitivos, y he visto que reflejan el medio 
ambiente y las pasiones centrales de la raza. Son 
almas sin reservas mentales ni emotivas. Desco- 
nocen los eufemismos de la ciudad y la mode- 
lación de academia; aman con fervor o embisten 
con fiereza: y cuando sufren lloran, como los 
peñones, abundante manantial venido de muy 
hondo y muy lejos. 

De la substancia moral de estos poetas anó- 
nimos, hijos legítimos de la naturaleza y de la 
casta, debió ser el juglar que compuso el Myo 
Cid, la Canción de Rolando y tantas gestas, don- 
de la fisonomía territorial y el contenido psico- 
lógico de los pueblos aparece con rasgos precisos. 

Más de una vez, al oírlos cantar en las noches 
del trópico o en los amaneceres del valle, me he 
preguntado: ¿cuándo se escribirá entre nosotros 
el poema donde el tipo americano tenga por es- 
cenario la montaña, el llano y la salva? Su au- 
tor deberá ser, no un trovador i.Tculto, pero sí un 
poeta de verbo épico y lírico que comprenda y 
sienta nuestra alma y la traduzca en ritmos per- 
durables. 

Para decirlo de otra manera: deberá ser un aeda 
de vasta y honda cultura y tamaño corazón de 
juglar. 

Nunca soñé tanto con ese poe- 
ma, como una tarde en el camino 
que va de Campanas a Opacaba- 
na. Marchábamos con uno de esos 





tipos que Sarmiento dibujó en el Facundo. Ba- 
quiano de instinto y profesión, tenia por añadi- 
dura vocación poética. íbamos callados. La so- 
ledad, la majestad de los montes y el aroma de 
Evangelio que se alza de los retamos y cedrones, 
nos penetró el alma de dulce angustia. Entonces 
el compañero, temeroso quizá de la grandeza de 
labora, púsose a cantar un peregrino romance, que 
llenó de armonías el valle. 

Anoté en mi memoria esta redondilla: 

«En el campo hay una hierba, 

Y en la hierba, hay una flor; 
En la flor hay un diamante, 

Y 3n Pastora está mi amor.» 

— ¿Quién es el autor de la copla?, pregunté 
a mi escudero, no bien terminó el canto. 

— Es una «cifra* de mi invención; se la hice para 
Pastora, mi mujer, ms respondió. 

Después, repitiendo en silencio la trova, como 
quien apura sorbo a sorbo uno de esos vinos da la 
montaña, vi que la «cifra» encerraba una compara- 



C L e>^ A 'fó 



ILUc/'TB.ACIÓn 




oión admirable, tan natu- 
ral cuanto sincera, y por 
ello mismo artística. Era 
ciertamente uno de esos 
rasgos de' ingenio popular, 
donde la intuición y la 
visión se ajustan armonio- 
samente y forman un acor- 
de hermoso. 

He aquí desarrollada la 
metáfora: 

«Como en el campo hay 
una hierba, y en la hierba, 
una flor; y en la flor una 
gota de rocío, asi el poeta 
tiene guardado su amor en 
el corazón de Pastora.» 

Como veis, en lo más ín- 
timo de la amada, en la 
flor misma de su corazón, 
el trovador errante — nos 
dice - - guardó su querer 
y su destino, para que na- 
die se lo arrebate. 

¿Que ese amor es puro 
e inocente como el «diamante» de la copla?, no 
cabe duda. Pero la gota de rocío es simple y pe- 
queñita. ¿Es también así el amor d?l poeta? Vea- 
mos. Sabemos que en una gota de rocío se reflejan 
los mundos; entonces la simpleza y la pequenez 
desaparecen, y el «diamante- es tan grande como 
el universo; mas ahora la comparación asume su 
grado máximo de naturalidad y limpieza, ya que 
el amor sin reservas ni doctrinas de aquellos 
hombres tiene en su diminuta apariencia no sé 
qué fuerza y grandeza cósmicas. 

Para estar más seguro de mí razonamiento, 
espacié la mirada sobre el campo; y al lado 
mismo del camino advertí una planta de mar- 
garita; y en la planta una flor roja; y en la corola 
la primera lágrima del crepúsculo. Focas veces 
como entonces me pareció tan segura la semejanza 
de aquella flor sencilla y rústica con el corazón 
de esas hijas del valle, nacidas para vivir y morir 
por un solo hombre, llevándose consigo el amor 
de los gañanes, puro y pequeñín como la gota 
de rocío, y por ello mismo grande, sin medida, 
puesto que ahí se espejea el infinito. 

Otra vez sonó la canción en la tarde profunda, 
y los ecos repitieron: 



A Rc) R9 I Zí. O 



f E L A. E 



«En el campo hay una hierba. 

Y en la hierba, hay una flor; 
En la flor hay un diamante, 

Y en Pastora está mi amor». 



^í:2>=v— 




A historia y el dato biográfico huelgan. Seria ofen- 
der el genio de Adelina Patti enumerar meticulo- 
samente su vida desde que nació hasta el día de 
su muerte. Los detalles matarían la armonía del 
conjunto, empalidecerían la impresión íntima, el 
movimiento de sugestión amable, el impulso del 
ánimo pensante, que tiende a reflejar un solo 



minuto, una sola larva de entusiasmo grande, que se ha quedado como foto- 
grafiada en el fondo del alma, estampada nítidamente en el corazón y en el 
cerebro, en esa forma indeleble que hiere lo perpetuo, lo inconfundible, lo 
incomparable, lo insubstituible, por la fuerza ascencional que adquiere todo 
lo que es sublime, inmaterial y celeste. 

Adelina Patti ya no es de este mundo. Pertenece a esa historia que se 

escribe a grandes trazos, que se dice en una sola palabra, en una sola línea 



— I3H_:;V'':S 



^. como una voz de apocalipsis, o como una sentencia 
x^Q cristiana. Toda la mujer ha desaparecido: queda 
-^fl^ lo incorpóreo, lo intangible, lo espiritual, lo 
^^^k que no ven los ojos ni alcanzan las ma- 

^^K^ nos: queda sólo el eco de la voz. que 
^^^^^^ viene desde lejos, de mucha distan - 
j^^Bj^^^ cía. traido por el soplo del recuer- 
^^'^^^■^^^P do. avivado por la imaginación. 
fl^L ^m como si fuera una llama que se 
^% V encendiera a ratos, como los fue- 
gos de las walkirias. como los fuegos fatuos, como 
los fuegos de las pasiones viejas, que se renuevan 
siempre, a través de la vida, inestables, si. 
pero perpetuamente brillantes. 

Su cadáver, cubierto de rosas y de mirtos, en 
la tierra de Gales, lejos del suelo nativo, lejos 
de la patria de origen, lejos de todos los suelos 
que le dieron amante asilo y la cubrieron de glo- 
ria, transformado en polvo humano, ya no tendrá 
el dominio arrollador que la artista ejercía sobre 
las grandes multitudes cultas del mundo, subyu- 
gándolas con la magia de sus acentos divinos: pero 
a esta negación de la vida, que es la verdad del des- 
tino humano, — la muerte. — se ha de imponer lo que 
ha de decir la fama, eterna como el viento, como el sol. 
como los astros, como el alma de la humanidad. Y la fama 
repetirá, por los tiempos de los tiempos, que Adelina Patti fué 
la más grande, la más admirable, la más perfecta cantatriz del 
mundo, sin igual en la tierra, en el pasado y quizás en el futuro, miniatura de la 

,,,,,,., j EXIMIA ARTISTA EN 

como no tienen igual los ángeles del cielo, como no pueden ser ^^ época de su 
iguales dos estrellas, dos rayos de sol. dos olas de una misma playa... triunfo. 





aquella noche de Semiramis, el teatro tenía un 
aspecto deslumbrante y terrible a la vez. Abajo, 
en las sillas, toda la brillazón enceguecedoia 
del boato y de la fortuna: en los palcos, 
los hombros desnudos. los tocados ca- 
prichosos, los ríos de perlas y de bri- 
llantes: arriba, en las gradas y pa- 
raíso, la masa enorme, negrr. 
amenazadora, tremenda, la masa 
que juzga, aplaude o silba, siem- 
pre alerta, esperando nerviosa a la reina de Babi- 
lonia, que dijese su pasión a muchos siglos de 
distancia, de esa distancia evocadora de los 
tiempos obscuros y perdidos. . . 

El cisne de Pesaro tomó la palabra, y se 
hizo un silencio profundo. Las vagas nebulosi- 
dades de la obertura, rodeadas de destellos de 
luz, arrancaron, pocos momentos después, un 
franco aplauso. Y en seguida comenzó la justa 
de las voces humanas, una batalla de notas, de 
escalas, de trinos, de vocalizaciones estupendas, 
de sonoridades maravillosas como si un torrente 
de cequíes de oro se derramaran por el suelo y su- 
bieran al aire, tintineando en el espacio, cristalinos, 
sonantes, que crecían, ondulaban, corrían, subían, baja- 
ban, como ráfagas, como nubes, como vientos, como aurast 
como sueños, como una embriaguez inmensa y grande domi- 
nando ánimos, corazones, sentimientos, pasiones, entusiasmos, toda 
la vida activa, toda la vida intensa, sensoria, espiritual, magnífica, 
en una impresión tan colosalmente arrolladora que turbaba y hacia 
perder la sensación del ser en un deleite supremo e indescriptible... 



Cuando la Patti llegó a Buenos Aires, en la época en que rodaban los millo- 
nes por la calle, cuando no había tasa ni medida para los caprichos,. cuando 
las multitudes no conocían ahogos en el hogar, en razón de que todos se creían 
multimillonarios, el Politeama Argentino tuvo su gran hora de esplendor 
magnifico. Se habían colocado debajo de su techo de cinc y de sus bambalinas 
de trapo, las tres voces más dulces que habia en el mundo: la Patti. Stagno 
y Guerrina Fabbri. El viejo circo competía con el teatro de la Opera, donde 
cantaba Tamagno. el coloso de los tenores, y el duelo terrible entre Ciacchí 
y Ferrari se hacía cada vez más formidable, por lo mismo que el público 
estimulaba con su dinero, derramado a rodos, aquellos atrevimientos y 
aquellas audacias de empresarios. 

Era un momento de fausto desbordante y casi insolente. El lujo y el derro- 
che habían penetrado en todas partes con una bizarría tal, que parecía que 
todos los brillantes del África se hubiesen volcado sobre nuestro país. Los 
troncos de sangre más ardiente arrastraban los carruajes más lujosos: las 
sedas, las gasas, las pieles, las flores, las plumas, los perfumes, todo lo que 
era adorno vanidoso y hasta excesivo de las mujeres y de los hombres, en 
aquel arrastre impetuoso y desbordado de una época de transición inesperada 
entre la pobreza y la fortuna que había llegado de improviso y como por 
arte de encantamiento, todo eso y la magnificencia que habían alcanzado 
los grandes espectáculos de teatro, daban un aspecto de feria deslumbra- 
dora a la ciudad, que se movía nerviosa, agitada, sacudida por mil impre- 
siones extrañas del espíritu. 

Bajo ese ambiente y con su aureola fascinante, conquistada en todos los 
países civilizados del orbe, después de haber sub- 
yugado a principes, reyes y emperadores, y, sobre 
todo, al pueblo, rey de reyes, vino Adelina Patti 
a nuestro teatro feo, con su frente de ladrillo rojo, 
con sus palcos de grotesca tablazón mal decorada, 
con su enorme paraíso, que parecía un antro, con 
su vestíbulo desnudo, sin una obra de arte, sin un 
signo de cultura, ex circo de saltarines, convertido 
de la noche a la mafiana en el templo máximo 
de la más deslumbrante concepción del deleite 
artístico. 



'f^&^X 



5rV^^--i¿5- 











Era el dúo de Semiramis y de Arsaces, eran Adelina Patti y Guerrina 
Fabbri emuladas por sus propias y grandes vanidades artísticas, que se 
disputaban la gloria encarnizadamente, que querían arrebatarse recíproca- 
mente el lauro de la noche, que cada cual hubiera dado la vida entera por 
vencer a la rival, sobreponiéndose ambas al público, a las notas, a la mú- 
sica, al drama, a la historia, al ambiente, a todo cuanto las rodeaba, como si 
hubieran concsntrado toda su existencia en aquel instante supremo y mag- 
nífico de su carrera colosal. 

El público víó la batalla en toda su plenitud; palpó la emulación y se 
sintió cogido entre las mallas finísimas de aquel perfume de gloria dis- 
putada a brazo partido con bravura de artista y de mujer... El jurado popular 
tenía que decidirse por Semiramis o por Arsaces. . . titubeó un segundo, y. 
después, como una tromba, como un rugido, como una explosión estalló 
unánime, violento, victorioso, grande, justiciero, magnífico, magnánimo, su- 
perior, como correspondía, como no podía ser de otro modo, aclamando, 
atronando, ensordeciendo, glorificando a ambas, uniéndolas en un solo bro- 
che, en un solo engarce, como cabían las dos en la corona triunfal de gloria 
que en ese instante les tributaba. . . 

Han pasado los años: muchos recuerdos bullen en el fondo de la imagi- 
nación agitando los días vividos; muchas impresiones gratas de arte y de 
sentimiento han pasado por el alma de aquel pueblo que escuchó a Adelina 
en la noche famosa. . . Ahora, todo aquello se renueva como una evocación 
cariñosa del espíritu, que se traslada misteriosamente hasta la tierra de Gales 
y coloca sobre la tumba ds aquella triunfadora, místicos y sencillos, mirtos 
y lauros, flore? de gloria y de muerte. . . 

Se ha hecho el silencio enorme alrededor de 
aquella voz que fué un cristal humano, porque 
la razón de la vida tiene un término fatal e 
impostergable; pero girando sobre los despojos 
que la piedad de los ritos guarda, volarán las 
aves parleras en cada aurora y en cada crepúscu- 
lo, cantando la canción eterna del arte, en e! 
arpegio infinito de la naturaleza que triunfa, 
dueña y señora del alma que siente y del cere- 
bro que piensa 

PABLO DELLA COSTA 




>.^^- 




antuarío be (a Jerusalén be ©ccíocntc, (a JSaáíIíca 
compostelana signa, con la inmensa cru? latina que 
forman sus nabes, el sepulcro be g)antiaso, primer 
apóstol mártir. 

"Campus ^tcllae" (Campo be la estrella), "Cam- 
pus apóstoli" (Campo bel apóstol). Son las etimo- 
logías que proponen loa filólogos para explicar el 
Suabe "apcllibo" be la ciubab. $)orque allí, al pie 



bel monte librabón, el eremita ^elapo, siguicnbo la guía be una 
estrella, encontró loS restos be &an Saco o S>an ©ago o ^an 
3íacobo o ^an STaimc o Santiago, el biscípulo be Siesús, bos 
beccs peregrino por tierra española: una en biba p otra bespucs be 
muerto. Cl píaboSo p afortunabo ermitaño, cupa inbención niega 
la crítica bolteriana, es bigno homónimo bel fjcroe be Coba- 
bonga, pues bió a las fjucstcs cristianas un caubillo inbencible p 
un grito be guerra terrorífico. JDcsbe entonces (25 be julio be 



— I=»LJV/r*3 'Vl^TÜ^X- 




\y^— 




812 u 813) peleó, bistble o inbisi- 
bU, a la caljeja be caballeroá p pco= 
neá que acometían al grito be: i;É>an= 
tiago! 

9 fines bel siglo X, cuanbo Com- 
postela iba trecienbo en berrebor bel 
sepulcro, aimamor, el €iti árabe- 
anbaluj, bestrupó la ciubab p la iglc= 
sia. á>olamcnte respetó la tumba be 
á)antiago, a la que puso guarbia 
mientras los bcncebores fjacían estra 
gos en Compostela. ij^asta bcrrotabo 
triunfaba el apóstol! aimanjor Iji^o 
transportar a hombros be cautiboS 
cristianos las campanas bel templo, 
que Se usaron como lámparas en las 
mezquitas corbobcsas fjasta el bía que 
Jfernanbo lll las bcbolbió a CompoS= 
tela a í)ombros be cautiboS árabes. 

SSajo el arjobispabo be bon JDicgo 
«Selmírej comienza la íjistoria bel ac- 
tual templo, lia bestrucción be la sa- 
graba billa acrecentó la beboción. 




^Tratábase no be una ciubab bestruíba, 
catástrofe tan común entonces como 
abora, sino be un santo sepulcro que 
la guerra íjabía bejabo al bescubicrto, 
entre fjumeantes ruinas, iíabie agra= 
becía a gllman5or su respetuosa e.\ccp= 
ción, atribuiba a milagro bel apóstol. 
^ la cristianbab encaminó sus pe= 
regrinacioncs íjacia la tumba probi- 
gíosa. QTobos loé caminos libres be 
moros se llenaron be fieles que acu= 
bían a pie j> a caballo trapcnbo ora= 
Clones p limosnas. Venían be la Cs- 
paña renaciente, be la Jfrancía. be la 
Alemania, be la Inglaterra, be tobas 
partes, tantas peregrinaciones como 
aljora ban a aaoma, HTerusalcn p 
lourbes; peregrinos be a ocfjabo que 
limosneaban burante el biaje para 
ofrecer sus limosnas al apóstol; perc= 
grinoS be bobloneS, be bucaboS que 
porteaban alforjas bencijíbas be plata 
p oro: el bincro be S>antiago. 



di^ {f-dpítwCáH 




— i^Ljv-rs -v/x-mní^ís. — 




la iSaaütta it empejó a consítruir en 1018, quebaníio terminaím en 1122, Ciento cuatro añoáíie 
labor, intrrrumpiba a betcs. mas siempre fija en loS cerebros como un ibeal tena?; ciento cuatro años 
be batallar contra la materia, labránbola, puliénbola, erigicnbola aracias a una tensión constante 
bel espíritu p be los braios, mientras proseguía la batalla contra los infieles. ILa Catebral composte- 
lana es un mtlagro arquitectónico be la gran bestructora: la guerra, 

la riqueja be la obra p los tesoros be arte p jopcría encerrabos en la Catebral p sus capillas 
están por encima be toba bescripción. 

€1 aspecto exterior es majestuoso j> be una grácil belleza que encanta, con las tres torres altas, 
sobre tobo la bel ^tloj. cura campana ópcse a tres leguas a la rebonba. 

?Uno be los primores be la Catebral. el más notable be tobos porque Se le consibera como el 
primer monumento iconográfico bel arte cristiano es el |)órtico be la Gloria. €n el arco principal Se 
abmiran las imágenes be Jesús mostranbo sus llagas, los cuatro ebangelistas, los beintícuatro an 
cíanos tanebores. los profetas, apóstoles, patriarcas p santos bel iluebo ÍCeStamento. ILoS arcos be 
los costabos representan el í3urgatorio p el 3infíerno con profusión be biabloS p monstruos; laS 
columnas se apopan sobre bestias feroces representantes be loS bicioS 

Jfuente be emoción artística, la Catebral compostelana resístese a laS beScripciones. |)or eSo loS 
peregrinos be la belleja se mejclaron siempre a los peregrinos be la fe, llenanbo las carreteras que 
lleban a la santa Jerusalén be (Dccibente, a la Atenas be (Galicia. 




mSiTA 



Todos te llaman 
Yo te llamo la Ne^ 

Y el dulce nombre en mis labios 
Es llamado y es caricia. 

Negrita es una criatura 
De veinte años, argentina, 
Que tiene prontas las lágrimas 

Y tiene fácil la risa. 

Negrita, alguna vez, dice: 
Dios debe de ser mentira... 
Pero otras veces desea 
Ser en un claustro novicia. 

Si le da por trabajar 
Deja a todas tamañitas. 
¡Ved cómo llena la casa 
De bordados, de puntillas, 
De flores artificiales. 
De veinte mil chucheriasl 

Pero ¡ay! si tiene perezas 
De rama languidecida. . . 
Entonces es muy capaz 
De estarse días y días 
Bajo el níspero del patio 
Y en una hamaca mecida, 
Viendo desfilar el lento 
Rebaño de las hormigas. 
O como pasan las nubes, 
O vuelan las golondrinas. 




Se dilata su nariz. 
De delgadas ventanitas. 
Como para respirar 
Aire de selvas bravias. 
Aroma de nardos cálidos. 
De rosas desvanecidas... 
Entero el sol se le entra 
Por la boca estremecida. 

Y hace una piedra preciosa. 
Pinta un diminuto prisma. 
Sobre los dientes, en las 
Burbujitas de saliva. 

Negrita adorna su cuello 
Con vueltas de piedrecillas, 

Y sus brazos con pulseras 
Múltiples y cantarínas. 

Y un sólo anillo en sus dedos 
Aquel de comprometida. 

No porque me quiera mucho 
Sino por coquetería, 

Y para mejor lucir 
Sus dedos de maravilla 
Desde la articulación 
Hasta las uñas buidas. 



NEGI^ITA cJÍQ §0L NEG^rTA C^tPUfcULM? 



Negrita a la luz del sol 
Es dorada, es ambarina. 
Con unos tonos de fruta 
Tropical y madurísima. 
El cabello negro y lacio 
Tiene las puntas rojizas; 
Cabellera que se escapa 
De peinetas y de horquillas, 
I Cabellera para ir 

Por las espaldas tendida. 

Los ojos, bajo las cejas 
Como este ^- de finas, 
Son dos magníficos lagos 
De aguas como dormidas. 

Azulada la esclerótica. 
De sangre sin una estría, 
Áureo el anillo del iris 
Y honda y negra la pupila 



Al toque de la oración, 
Negrita ya no es la mism.a. 
Es más mujer con el sol 
Y con la noche más niña. 

Desciende del firmamento 
Vago polvo de amatista 
Que pone rosados los 
Senderos de la campiña. 
Las aguas de la laguna. 
Los frentes de las casitas. 



Quiméricas catedrales. 
En cuatro sutiles líneas, 
Sus cúpulas y sus torres 
En el espacio perfilan. 
Vuelan en el aire tibio. 
Fragante a yerbas sencillas, 
Grandes campanas solemnes, 
Claras campanitas místicas, 

Y un labrador canta lejos 

Y cerca se oye una esquila. . . 
Negrita está en la desierta 
Vereda de su casita. 

Está calzada de blanco. 

Y está de blanco vestida. 
Al ver llegar a la noche 
Se contempló obscurecida. 
Creyó que la dulce sombra 
De ella propia surgía. 

De sus ojos ojerosos 
Q de sus trenzas sombrías. 
Así que está silenciosa. 
Extática, sorprendida. 
Apoyada en la ventana: 
¡Imagen en su hornacina! 
No digáis una palabra 
Mientras que reza Negrita. 
Para ella se ha abierto el cielo, 

Y ve pasar a María 

Con el manto azul sembrado 
De doradas estrellitas. 
(Cuatro años en el Sagrado 
Corazón, medio pupila). 

NEGi^IT/^Qr^-^ SALA 

Negrita espera a su novio 
A las nueve en su salita. 
¡Sala de la casa vieja. 
Vieja sala de provincia 




l^iANDtil nORLNO^ 



PASTEL DE ALONSO 



Que la campana cercana 
Llena de melancolía! 
Tiene un bordado y lo deja, 
Huele una flor y la tira, 
Pero está maravillosa 
Toda seda desvaida. 
Toda óvalo la cara. 
Los ojos todos pupila. 
Romántica, extraordinaria. 
Muy moderna y muy antigua. 

Parece que las abuelas 
— Marcos de caoba pulida — 
Desde la pared sonríen 
Arcaicamente a Negrita. 
¡Retratos de las abuelas. 
Veinte mujeres divinas 
Que en esta sala danzaron 
Palpitantes y encendidas, 

Y en esta sala entre cirios 
Durmieron blancas y rígidas! 

NEG^ITA^Í^ SUENO 

A las doce de la noche, 
¡Terrible iglesia vecina! 
A las doce de la noche 
Se cae de sueño Negrita. 
No lo puede remediar. 
Está nerviosa, intranquila. 
La cabeza sobre un hombro. 
Las manos blandas, juntitas. 
Se quitaría una a una 
Del peinado las horquillas, 

Y hasta el viejo peinetón 
Que en su cabeza negrísima 
Se eleva con gracia añeja 
Como una luna amarilla. 
Hasta el viejo peinetón 
¡Qué lejos lo tiraría! 

— Muy buenas noches, mujer, 
Muy buenas noches. Negrita, 
¡Quién te pudiera llevar. 
Así de blanda y de tibia, 
En el puño bien cerrado 
Como cosa pequeñita. 
Como un azul huevecillo, 
O como una semillita! 
¡Quién te pudiera llevar. 
Así por toda la vida! 

¡Oh mujer, a quien quiero 
Mucho más cada día. 
Por hermosa, por buena 

Y por argentina! 

Septiembre, 1919. 



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'iiii*iiiiiiniiittnituniiiiiiiiiiiuii)ii(itHiiiiiiiMiitiiiitimi»ii>iiitiiti 





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Icbam calosa 




Ollo 
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blAURt^L 





LA ESPLÉNDIDA 
«CATTLEYA MINUTIA, 



filantropía para los humildes 
y pobres, sí que también, y 
con brillo, al culto de las flores, que son 
el encanto de todas las almas gentiles. Es 
digno de admiración y de elogios el entu- 
siasmo que la distinguida e ilustrada señora 
María Luisa Tornquist de Barrete demues- 
tra en el cultivo de las orquídeas. Desde 
varios años, les dedica personalmente sus 
estudios y cuidados prolijos e inteligentes, 
con un tesón propio de los que persiguen 
una obra de transcendencia. En los sober- 
bios invernáculos que posee en la estancia 
Juan Jerónimo, cerca de la estación Monte 
Veloz, F. C. S., la señora de Barrete tiene 
más de tres mil especies de orquídeas cata- 




VISTA EXTERIOR DEL PALACIO-INVERNÁCULO DE «JUAN JERÓNIMO». 




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*SI MtiCl-AS LAS CK- 
QUlDEAS SUS POKHAS 
T COLORES, DANCO 
OKIQCH A HERMOSAS 

ESPECIES Híbridas. 



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orquídeas 

• WARNERI». 



logadas, cifra que en el país no la alcanza nin- 
gún aficionado ni industrial. 

Indudablemente las orquídeas constituyen una 
de las familias más interesantes y originales de 
todo el reino vegetal. 

A los aficionados floricultores ofrecen las flores 
más bellas que se puedan cultivar, encontrándose 
las formas y matices más diversos. 

Sobre todo por la singularidad de sus formas, 
es que estas flores excitan nuestra curiosidad y 
admiración. 

Por sus colores también son interesantes, desde 
que se observan los más brillantes asi como los 
más delicados. Además, todas las orquídeas exha- 
lan un aroma suave, que recuerda a veces al de 
los heliotropos, o al de muguet, lila, azahar, etc. 
Las orquídeas gozan de un favor siempre cre- 
ciente entre el público culto y elegante; esto se 
comprueba por el hecho de que son las flores más 
buscadas, más admiradas y las que alcanzan los 
mayores precios en los jardines. 

El cultivo de algunas especies de orquídeas es 
fácil, pero la mayoría requieren para su conser- 
vación en los invernáculos y para 
florecer regularmente, cuidados es- 
peciales y meticulosos que solamente 
una persona poseedora de singulares 
dotes de observación y de paciencia, 



I- 



puede ponerlos en práctica. El número de espe- 
cies llega actualmente a muchos miles, pero las 
de invernáculo son menos. Hay que agregar tam 
bien un número apreciable de variedades e hí- 
bridos obtenidos por cruzamientos artificiales. 

La familia de las orquídeas tiene representan- 
tes en todas las partes del globo. Se encuentran 
en las zonas glaciales y solitarias de la Siberia, 
en el antiguo y nuevo continente, y forman el 
encanto de las selvas vírgenes en las regiones de 
los trópicos. De las orquídeas, el género Catíleya 
tiene la supremacía y se le da esta preferencia, 
debido a su maravillosa belleza, encontrándose 
flores grandes, con colores ricos, delicados, varia- 
dos y extravagantes. 

Para el cultivo de las Cattleyas se necesita te- 
ner un invernáculo de temperatura con buena 
aeración; los riegos deben ser moderados. Se 
cultivan en macetas y en canastillas. La señora de 
Barrete ha dedicado preferente atención a las 
orquídeas Cattleyas y los ejemplares que posee se 
cuentan Dor millares. 

Los invernáculos de la estancia Juan Jeróni- 
mo se hallan instalados con tanto lujo y esplen- 
dor que, al acercarse a ellos, se va notando una 





«LABIATE 

AUTUMNALIS: 



impresión de curiosidad agradable, y al pene- 
trar se queda uno sencillamente extasiado ante 
la belleza y delicadeza que desbordan los milla- 
res de orquídeas seleccionadas y cuidadosamente 
dispuestas. Se hallan dotados de una instalación 
completa de calefacción moderna, no faltando 
hasta la luz eléctrica. Son los invernáculos más 
lujosos y más grandes que hay en el país. 

Contiguo a los invernáculos de la estancia ci- 
tada, están las habitaciones de estudio y obser- 
vación, donde la señora de Barrete posee una 
magnífica biblioteca; allí vimos cerca de mil 
volúmenes que tratan de las orquídeas. 

Estas plantas tienen, en la señora de Barrete, 
a una entusiasta e inteligente cultora, que hon- 
ra a la mujer argentina. Ejemplos como este no 
se encuentran a menudo en nuestro mundo social. 

Antes de terminar estas breves consideracio- 
nes, queremos dejar constancia de que hemos ex- 
perimentado una verdadera satisfacción al visitar 
los invernáculos de la estancia Juan Jerónimo, y 
muy complacidos tributamos a la señora María 
Luisa Tornquist de Barrete las más sinceras fe- 
licitaciones por el valioso e inteli- 
gente contributo que presta al culto ^¡~\J^/' 
de las orquídeas, una de las flores 
más poéticas y suntuosas que nos 
brinda la naturaleza. 



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En un momento de irreflexión y 
paamismo. hemos penaado aue la 
vida intdactual. nuestra mentalidad. 
nuertia vida Hteraría. son futileías. 
hinchadas pompas de jabón y nada 

Pero poco despu^ mis serena- 
mente (y aquí tenemos uno de los 
milafres de la mentalidad), hemos 
panaads todo lo contrario. 

Vais a ver para lo que sirve la 
mentabdad. la literatura: vais a ver 
ta finalidad: Estampemos primero 
estas tres verdades axiomiticas: 

La feBddad no puede ser en la 
ineooaciancia . . . La felicidad se 
proloncaen los recuerdos.. . 

Un buen libro es un tesoro de sen- 
saciones, de recuerdos, de felicidad. . . 

Pasemos ahora a la inevitable de- 
mostración. Hemos visto una casita 
blanca, oon unas persianas verdes y 
una parra y unos geranios a la puer- 
ta - . . En el zaguán cantaba en su 
jaula un canario ... La sensación 
que nos da esu casita es de paz. de 
aiitor. de armonía ... En los vidrios 
de la ventana hay blancos visillos 
muy limpios y planchados, las plan- 
titas están reciín regadas, orden y 
limpieza se respira en todo . . . 

Y hemos pensado: «En esa ca.nita 
son felioes. El dueflo de esa casita 
quisas no salga el domingo y diga: 
¿A dónde iri yo que esté como en mi 
casiu?» 

Y nos hemos imaginado a la espo- 
sa sonriente de ese hombre casero: 
sonriente y saludable, cuidadosa del 
menor detalle. . . Nos la hemos ima- 
ginado al poner la mesa con un hu- 
milde mantel muy blanco, todavia 
repasando una ya bruñida cuchara y 
observando atenta si falta alguna 
cosa... Ha puesto en un platito unas 
odwUitas tiernas, ha movido el bra- 
zo sobre la humeante sopera para 
alejar tas moscas y ha tapado el pan 
oon la punta del mantel . . . 

Luego, sentándose algo alejada de 
la mesa y como satisfecha contem- 
plando su obra, ha dicho alzando la 
voz: «Vamos, que se enfría la sopa 
y las moscas acuden...* Y, levan- 
tándose, ha vuelto a mover el brazo 
sobre la humeante sopera. . . 

Y nosotros hemos dicho: 

«En esa casita está la felicidad». 

¿Pero asi nada más y porque si^ No: la 
felicidad de esa casita es la que vemos y 
otra cosa que os vamos a decir. 

Ese hombre casero está sentado en su 
cuarto ese domingo por la tarde. Está silen- 
cioso, no hace nada: se levanta y quita las 
hojas secas de un geranio, vuelve a sentarse 
y ordena unos libros sobre la mesa . . . Quizás 
toma una guitarra y puntea sus cuerdas unos 
momentos delicadamente... Deja la guita- 
rra y se sienta de nuevo y apoya la mejilla 
en la mano . . . 

¿Está triste? ¿Está aburrido? No: ese 
hombre ya sabéis que acostumbra decir: «¿A 
dónde iré yo que esté como en mi casita?- 
Ese hombre es feliz, precisamente porque 
comprende su felicidad, porque la saborea 
conscientemente. Ese hombre reposa en esas 
dulces horas de su domingo, mientras su ima- 
ginación, como una mariposa, va y viene: y 
su imaginación se para en los tiernos tallos 
de la parra transparentes al sol y descansa 
un momento en las cubiertas de las camas 
limpias y en el pavimento brillante. . . Des- 
pués la mariposa vuela por toda la casa: pasa 
por el patio lavado, por la cocina en orden 
y oye cacarear a las gallinas... Entra la 
mariposa al fin donde la esposa se peina o 
acaso viste a unos pequeAuelos. regañona 
pero duloerr*' •- ■— '"npios delantales. . . 

Y ese hor- por eso: porque la 
mariposa de ;ón va y viene con 
blando vuelo. . . Y ia esposa es feliz porque 
también oon su imaginación vuela como una 
mariposa blanca. . . Se está peinando y pien- 
sa: «Esta noche tengo que dar puntitos toda- 
via... Si que es domingo, pero también es 
tm descanso que las ropitas de diario estén 
apafiaditas por la maflana. . . Ahora saldre- 
mos, iremos a tomar el sol . . . He tenido 
suerte: mi marido es hombre de su casa . . . 
Tengo la cena hecha . . . Cuando volvamos 
de paseo, nos sentaremos a la puerta ... Seré 
una tonta, oomo suelen decir otras mujeres, 
pero es cuando más gozo: cuando estamos 
sentados asi juntos en los días de fiesta y 
él me coge las manos . . , > 




^Pero con- 
de la vida y 
lia mariposa 



oes SI no nos habla 
bre las cosas la be- 



Sin imaginación, sin mariposa, no pode- 
mos ser felices . . . 

Hace falta saborear aquella quietud, aquel 
encanto del hogar ordenado, aquel reposo 
del jardin, el murmurar del agua, el batir de 
alas de una paloma en la calma y serenidad 
de la tarde . . . 

Y no gozaremos nada ni seremos felices, si 
nuestra imaginación no vuela y se para en 
las cosas diciendo: «La sonrisa de esa mujer 
ilumina mi vida, su voz suena en mi cora- 
zón...» •¿Quién pintará en un cuadro la 
belleza de esta mañana de primavera, la 
melancolía de ese crepúsculo?. . .• No come- 
remos una fruta sin decir: «¡Qué exquisita, 
qué hermosa!. . .» 

La felicidad nos la procura nuestra mari- 
posa inquieta, que es nuestro espíritu de 
observación, 

* * • 

Y la felicidad se prolonga con los recuer- 
dos. . . La mariposa va y viene. . . Va lejos 
y vuelve a nosotros... Va a la muerte y 
vuelve a la vida . . . 

La felicidad pasa, la felicidad corre, la fe- 
licidad vuela;... pero la mariposa de nues- 
tra imaginación vuela también tras ella, la 
alcanza de nuevo, la retiene, la acaricia. 
• ¡Ven, no te vayas, deja que te contemple... 
aunque te vas. te tengo cuando te puedo 
recordar!. . .» 

No gozaremos de nuestra libertad sin re- 
cordar la prisión . . . 

La gloria de beber agua fresca, no la go- 
zaremos si olvidamos el tormento terrible de 
la sed. sino, por el contrario, volviendo a re- 
cordar y a sentir la sed. con nuestra ima- 
ginación . . . 

El beodo goza el trago de la taberna y la 
embriaguez antes de llegar a ellos. 

Y asi todo: la intensidad de la vida está 
en la fuerza de imaginación . . . 

Hay pocos que no tengan esa mariposa 
del pensamiento. . . Solamente que hay ma- 
riposas de oro, mariposas blancas, mariposas 
rojas, mariposas negras... 



Un libro es una recopila- 
ción de sensaciones y de ob- 
servación, es decir, un arca 
preciosa que guarda la ri- 
queza de la vida . . . 

Un buen libro donde que- 
dan •rTi75r,»'t-.s ''-.'; vil''l^''í de la 




divina mariposa, un buen Hbro donde los re- 
cuerdos quedan imborrables y vivos, es un 
tesoro de felicidad, pues siempre podremos 
vivir y revivir en ét las apacibles horas de 
nuestro hogar un domingo por la tarde y 
la dulce presión de las manos de una mu- 
jer amada que ya ha muerto . . . 

* * « 

Escribíamos para las gentes y. doliéndonos 
de la mundana indiferencia, considerábamos 
nuestra obra innecesaria y fútil . . . 

Estábamos perfectamente engañados res- 
pecto al motivo, finalidad y destino de nues- 
tros libros: por ajeno que el asunto nos pa- 
rezca, ya es nuestro al pasar por nuestra sen- 
sibilidad . . . Los libros que escribimos son de 
nosotros y para nosotros, y nada debe impor- 
tarnos la aceptación o el éxito que en el mun- 
do tengan. . . El bien que encierran nuestros 
libros es para nosotros. . . al abrirlos en nues- 
tras manos resucita en ellos nuestra vida, 
nuestra juventud, nuestros amores, nuestras 
alegrías, nuestras amadas tristezas, y se re- 
producen ante nosotros los vuelos de la di- 
vina mariposa de nuestro espíritu y de nues- 
tra imaginación- . . No son futilezas ni pom- 
pas de jabón, sino un tesoro de sensaciones, 
de recuerdos y de felicidad lo que guarda 
un buen libro. . . Lo que guarda un buen li- 
bro para su autor y también, a veces, para 
algunas gentes que saben leer. . . 

♦ * * 

Seamos optimistas. . . Pensemos que este 
trabajo va a ser leído por alguien más que 
nosotros... Quizás por un descreído... Y 
concibamos la ilusión de que este descreído 
llegará a la convicción exclamando: nCa- 
ramba! Es verdad: vivimos y gozamos de 
imaginación. . . no había pensado en ello. . . 
Es verdad: se goza pensando, pensando. . . 
Pensar es la ilusión de las cosas. . .» 

Y abriguemos la esperanza de que este des- 
creído, al pasar por una librería, se fijará más 
respetuosamente en los libros y quizá piense: 
«Es verdad: cada libro de esos es un arca 
preciosa que guarda vidas. . . 
vidas vividas, vidas sentidas, 
vidas imaginadas. . .! 

Si, lector convencido y 
bueno: un panteón guarda 
los restos sagrados de una 
persona que hemos queri- 
do.,, |Un libro, pero un libro, 
puede encerrar su alma! . . . 



Lwmm 



Sentimos una cosa, la pensamos... 
tratamos de grabarla fielmente para 
siempre... ¿Lo conseguimos"? Algu- 
nas veces creemos que sí; pero es di - 
ficil: la mariposa vuela, vuela... 
¿Cómo seguir fielmente todos sus 
giros. . .? jY es tan triste dejar per- 
didos en el caos de la imaginación 
aquellos, a veces, maravillosos vue- 
los!. . . Vuela. . . vuela. . . se pierde, 
vuelve, brilla. . . ¡Preciosa mariposa 
de la imaginación parándose en las 
divinas flores de las ideas. . . ! 
• « << 

La mariposa volaba. . . He conce- 
bido este trabajo como voy a contar: 

Yo pensaba: "Escribo y escribo... 
y ¿para qué? Vivo atosigado en esta 
ansia de producireimagino. ambicio- 
so e insaciable de nombradla, que lo 
que escribo queda ignorado, desco- 
nocido e ineficaz». . .» «Lo que escri- 
bo, y mucho de lo que otros escriben 
- - seguía pensando — cae en el mon- 
tón ... se perderá ... se olvidará , , . 
¿No es insensato, entonces, escribir? 
¿Para qué escribo...? 

Y, sin embargo, yo seguía escri- 
biendo cada vez más. . . 

Entonces quise saber la verdad de 
lo que yo pensaba y sentía, pues mu- 
chas veces nos engañamos a nos- 
otros mismos, y vi que yo, si bien 
escribía para que me leyesen, escri- 
bía también, y acaso más, para leer- 
me yo mismo... Yo gozaba rele- 
yendo mis cosas, volviendo a sentir 
momentos delicados de mi espíritu... 

Esto me hizo pensar también en 
una vieja maquinita fotográfica que 
yo tengo, con la que poco a poco he 
ido sorprendiendo y fijando la vida 
de mi hogar y de mi familia en días 
plácidos y felices... Nuestros pa- 
seos a la orilla del mar, a los campos 
de almendros en flor. . . Mi compa- 
ñera, mis hijas... Mi compañera, 
joven sonriente, saludable. . . luego 
ya con cabellos blancos, triste, en- 
ferma. . . Mis hijas pequeñinas. cre- 
ciditas. mayores.,, luego, ya casada 
alguna, y en brazos la nietecita... 

¡Y estas fotografías de mi vida. 

cómo las vivo y las siento . . . ! ¡Vieja 

y buena maquinita en cuya lente 

y en cuya cámara obscura quedó la imagen 

de tantas ilusiones queridas...! 

Y como esas fotografías, son mis libros, en 
los que va impresionando páginas y páginas 
mi corazón... Y miro las fotografías y re- 
muevo mis sensaciones delicadas de otros 
días. . . Y leo mis libros y vuelvo a vivir lo 
vivido y lo amado y llorado... 

Y entonces he comprendido que escribo y 
que debo escribir para mí. soñando con días 
serenos en que gozaré el milagro de volver a 
vivir mi vida, nuevamente pasada por el 
tamiz más fino de mi espíritu... 

• * * 

¿No recogemos así también nuestra vida 
en libros de memorias, muchos de los cuales, 
si se publicaran, serían delicados, hondos, hu- 
manos libros? ¿Qué son, si no, esto mismo 
también las cartas que guardamos, cartas de 
amor, de familia, de profundas amistades...? 

Y cuando un día, por un desencanto, por 
una decepción, arrojamos esas cartas al fue- 
go, en aquel renunciamiento, en aquel acto 
de desesperación, ¿no hay algo así como un 
suicidio? ¿No es aquello toda una vida echa- 
da a las llamas . . . ? Enmudecen para siempre 
aquellas cartas que hablaban como la perso- 
na querida... Se borran para siempre aque- 
llos rasgos que son para nuestro espíritu algo 
de ta imagen adorada... Quedan, quizás, 
frases que suenan siempre en nuestro oído 
y rasgos que nada ha de borrarlos nunca, 
porque se quedaron grabados para toda nues- 
tra vida en nuestro corazón . . . 

* * * 

Y esta mentalidad, esta espiritualidad, esta 
vida literaria que un momento de cansancio 
y decepción nos ha parecido labor ineficaz 
e inútil, es lo más maravilloso y grande en 
las obras del hombre. 

La vida ha pasado, la muerte lo ha borra- 
do todo. Aquella persona murió... Y allí, 
sin embargo, en aquellas páginas, está su 
vida, su espíritu, sus pasiones violentas, sus 
ternuras, sus pensamientos. . . Nosotros mis- 
mos, en el ocaso de nuestra edad, tomamos 
en las manos aquel libro nuestro, lo abrimos 
y volvemos a vivir nuestra juventud con sus 
ilusiones, con sus emociones más delicadas... 

Un panteón es sagrado porque encierra la 
muerte. . . ¡pero un libro es la urna sagrada 
que encierra la vida! 

Vicente Medina. 

ilustración de psláez. 



i^r^^^s.— 




Un mismo carácter mantenido a pesar de 
la mezcla; una misma calidad del orgullo; un 
anhelo común que, por encima de los huma- 
nos errores, persigue un ideal misterioso; un 
mismo idioma oficial enriquecido por los tri- 
butos de diez idiomas. Esa soberbia democrá- 
tica que el mundo llama hidalguía, quijotismo; 
esa testarudez reconquistadora; esa vivacidad 
proyectista; esa ansia aventura; esa laboriosa 
ociosidad; esa critica rebelde; ese fatalismo in- 
génito. . . 

Tal es la raza creadora de treinta naciones, 
la raza con cuyos despojos se formaron im- 
perios. 

Por la Biblia y contra la Biblia ayudó al 
Almirante, hallando un mundo con tres barcas 




costeras. En piquetes, en compañías cruzó 
pampas y remontó ríos. Y quemó sus naves 
cuando fué necesario y heroico; y de la guerra 
civil hizo guerras de naciones; y cruzó los 
Andes, para ir en socorro de hermanos contra 
hermanos. 

Tal es la raza: ni menos sanguinaria ni dés- 
pota que otras, ni menos libre de prejuicios; 
pero altiva, tan altiva y heroica que aun no 
ha nacido el Homero capaz de cantar sus 
empresas. 

Y es la única que supo intercalar en el 
calendario una fiesta augural de inmensos 
límites, semejante por su magnitud a las 
fiestas que la cristiandad celebra: El Día de 
la Raza. 



— c3L-:v^^ v^l_m3 yv— 



PLÉ. sin duda, el creador de 
las Tradiciones Peruanas. 
uno de los escritores más 
representativos de la 
^ América española: no por- 
que, en un momento dado, hu- 
biese sabido interpretar en sus 
escritos las aspiraciones o dolores 
de su país, el Perú, sino porque 
supo leer en lo pasado y poner en 
un estilo peculiar suyo lo que 
leyó. Mucho se ha discutido si lo 
que leyó fué lo más o lo menos 
importante: pero, en todo caso 
su labor literaria, así por su vo 
lumen como por su carácter, cu 
brió las deficiencias posibles al 
respecto. Y la verdadera prota 
gonista de esa obra fué Lima, la 
ciudad de los virreyes, pesadilla 
y ensueño de varias generaciones 
de subditos americanos de los re- 
yes de España. 

Durante más de dos siglos, Lima 
fué la capital indiscutida e indis- 
cutible de la América meridional 
española: después, el virreinato 
peruano fué disminuido conside- 
rablemente, en particular con la 
creación del virreinato del Rio 
de la Plata: pero, aun después de 
esas desmembraciones, Lima si- 
guió teniendo el primer puesto, 
por su riqueza, sus aires aristocrá- 
ticos, su edificación monumental, 
su historia y sus costumbres. Po- 
cos años hacía que el último vi- 
rrey había salido de Lima para 
no volver, cuando nació Ricardo 
Palma. La independencia era cosa 
nueva, y más política que social. 
El intento de San Martín, de con- 
servar a la sociedad de Lima su 
carácter aristocrático, su noble- 
za, dice bastante cómo el pasado 
se aferraba a la vida. Los nobles 
limeños, por lo menos la mayoría 
de ellos, habrían preferido una 
monarquía constitucional, como 
etapa de transición entre la colo- 
nia y la república, y quizás tenían 
razón. La tradicional riqueza de 
Lima estaba harto disminuida, 
porque Lima tuvo que sostener 
así los ejércitos de Abascal y Pe- 
zuela como los de San Martín y 
Bolívar: pero aun era rica la no- 
ble ciudad, y con su riqueza con- 
servaba cierta vaga nostalgia de 
los tiempos en que era ella la que 
mandaba ejércitos al extranjero, 
y no ejércitos extranjeros los que 
acampaban a la sombra de sus 
murallas. El orgullo de Lima ha- 
bía sufrido mucho en los últimos 
años; su patriotismo le hizo tole- 
rable el sufrimiento; pero en el 
fondo de su alma — ya nadie nie- 
ga que las ciudades tienen alma — 
se sentía mortificada por su visi- 
ble y fatal disminución; y en sus 
momentos de desaliento y de des- 
gracia miraba hacia atráis. y son- 
reía, con la penosa sonrisa que 
provocan los recuerdos gratos en 
los días tristes. 

Ya el tiempo ha cambiado mu- 
cho a Lima; sin embargo, aun con- 
serva algunos de sus rasgos de an- 
taño, así en lo material como en 
lo espiritual; pero cuando Ricardo 
Palma empezó a escribir sus tra- 
diciones, los cambios eran menos 
visibles. De golpe, creó un género 
nuevo. No que nadie hubiera, an- 
tes que él. escrito de cosas colo- 
niales; mas. la originalidad del 
nuevo género estaba, ante todo, 
en que el nombre de Tradiciones 
venía a los artículos de Ricardo 
Palma como anillo al dedo, que 
vulgarmente se dice. El hecho ca- 
pital podía ser o no ser exacto; 
los personajes podían haber exis- 
tido o no; pero el ambiente que 
Palma ponía en sus Tradiciones 
hacía la impresión de una verda- 
dera resurrección, cuya fuerza de 





!>- 




IdAKDO 




iFiLLTvl^ 



APUNTES BREVES 



veracidad, por decirlo asi, aumen- 
taba por existir aún y no muy 
cambiado todavía el escenario. 
Lima. Poco a poco, fué, así. vol- 
viendo a su querida ciudad de los 
Reyes, en las Tradiciones de Pal- 
ma, la numerosa y abigarrada 
multitud que antes la poblara; y 
con esa multitud, el tradicionalis- 
ta rehizo la vida de la Lima colo- 
nial, la Lima de