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E S C V r L A 



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Q .A LE S 



NGLESA« DEL • SIGLO XVm 



l'Ji.7^'^:.'í''^^/lLLIAM • IDEECHEy-^^^-'^^'' 






P-LA-COLECCION-D 

PON. LORENZO 

l'ELLLKANO 



'R' A'D'/XmDRES 



La EXPOSICIÓN DE PLATERÍA 

instalada en los salones del Tercer piso, exhibe una magnífica 
colección de COPAS y TROFEOS PARA PREMIOS, 
en cuyo conjunto se brindan todos los estilos en boga, como así 
nuevos y artísticos modelos en plata inglesa, se- 
llada, creados exclusivamente 
para HARRODS. 





M7A a. ..;..:-. 

mcdelo de copa, 
en plata inglesa. 
aelljida: artística- 
mente Iahrada.es- 
tílo de 
cJón; ai: 
base: 64ó mm. 



$ 2.000 



L ó A. Recia co- 
pa, en plata ingle- 
sa, sellada, con ta- 
pa, adornada con 
altorrelieve aca- 
nalado; altura, sin 
la base: 505 mm. 



$ I. ICO 



1 19 A. Copa, en 
plata inglesa, se- 
llada, con tapa, 
modelo apropiado 
para premios de- 
portivos: altura, 
sin la base: 375 
milímetros. 



$ 686 



136 A. Modelo 
muy nuevo de 

copa, en plata in- 
glesa, sellada; al- 
tura, sin la base: 
348 milímetros. 



$ 1.150 



126 A. El trofeo se- 
ñalado para un va- 
lioso premio. En pla- 
ta ingle.sa, sellada, re- 
pujado en altorrelie- 
ve, dibujos de gran 
originalidad; altura, 
sin la base: 555 mm. 



$ 2.100 



111 A. Novedo- 
so estilo de copa, 

en plata inglesa. 
Sillada, con tapa, 
relieves labra- 
dos; altura, sin la 
base: 623 mm. 



$ 2.200 




TODOS los amantes de la 
buena música: «amateurs» 
y profesionales, distinguen, elo- 
gian y prefieren los pianos ex- 
puestos por HARRODS, en su 
Departamento de Música 
(Primer piso), de prestigiosas 
marcas mundiales, como ser: 

Collard ^ Collard 
Bechstein 
Schiedmayer 



testimonio intergiversable de 
superioridad. 



CALLES: 



Florida, Pa raguay, San 



Martin y Córdoba 



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RELIQUIAS ARGENTINAS 



Por una ley sencilla, que a 
muchos desagrada, que muchos 
viven gozándola en sus conse- 
cuencias, cuanto las ciudades de 
la república están más distantes 
del gran foco de progreso y 
avance que representa Buenos 
Aires, por una falta comprensi- 
ble de irradiación, más conser- 
van su sello de coloniaje y algu- 
nas de ellas hasta la influencia 
misma de la conquista. 

Tal sucede con las ciudades 
del norte del país, donde es co- 
mún, para la mayoría de los ar- 
gentinos, encontrarse sorprendi- 
dos por e! hallazgo de edificios 
bien antiguos, obras del arte in- 
dígena influenciada sobremane- 
ra por el arte español fogoso, 
rico, sutil y a veces magnífico. 

Igual que en las demás artes, 
en la literatura americana, aun en 
sencilloselementosdel «folklore», 
encontramos a cada paso la in- 
fluencia hispana, transmitida de 
generación en generación. 

Tal la ermita dominicana, con 
su portada de una magnificencia 
de ara preciosa, con sus colum- 
natas y capitel primorosos. 

La voluta española modifica- 
da por la característica flor de 
cinco pétalos indígena: la co- 
lumnata breve, sobria, remata- 
da por motivos indígenas. 

Del siglo XVII, su arquitectura 
primitiva nos habla con elo- 
cuencia del esfuerzo español, del 
espíritu tenaz de la raza empe- 
ñada en imponer su sello a todo. 

Raúl W. de Allende. 




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■;iiiiiuiiiiiiiiinic]iiiinniiiiainiiiiiiiiiainniiiiiiiaiiiiiiuniic]UjiiiiuiiiE]iiiiiiiiiiiiuiiiniiiiiiiE]iiiiniiiiiiC]iiiuiiiini[]iiiiiiiiiiii(]niiiiiiiMiniiiiiiiiiiiin 



fi/TVa^ 



MUEBLES 

Y DECORACIONES 

ESPEC I ALIDAD 
EN MUEBLES DE 
ESTILO ANTIGUO 



576-SUIPACHA-586 



5 Unión Telef., 3773, Rivadavia. 



Cooperativa, 2388, Central. 



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NOCERA UMBRA 

FUENTE ANGÉLICA 

LA REINA DE LAS AGUAS MINERALES 
= PARA LA MESA ■ 



En Italia los profesores doctores: De Giovanni, Molescott, Mantegazza, Mar- 
chiafava, Cantani, ?emmola y otras lumbreras de la ciencia médica la hicieron 
popular con sus escritos y la recomiendan a sus enfermos. 

En la República Argentina profesores ilustres como: Señorans, Larguía, Mo- 
lina, Obejero. Llobet, Gandolfo, Botto, etc., reconocen sus excelentes propiedí^.- 
des higiénicas y al mismo tiempo que la declaran la mejor de las aguas de mesa, 
la dicen muy buena para las afecciones del estómago, del hígado, de la veji- 
ga y de los ríñones. 

El profesor Dr. Pedro N. Arata, Jefe de la Oficina Química Municipal, 
con certificado N." 35129 declara ser el ácido carbónico que contiene de prove- 
niencia natural y no agregado artificialmente. 



^ CoKCK3!QM ARIOS EN LAS REPÚBLICAS ARGENTINA, UrUCUAV Y PaRAOUAY: 

I JOSÉ F^ERETTI & Cía. - Rivadavia, 1914 - Buenos Aires 



T#*#^#^#*#^#^^#**^#^S#^S#^«#S#^#^,#^s#S#^#^^S#S#^#^#^#S#s#S#^#^#s#s#^<^#^#s#s#s#^sr^sr^^#^ 




FAJAS ABDOMINALES 

PARA SEÑORAS Y HOMBRES. 

OBESIDAD, RIÑON 
MÓVIL, ESTÓMAGO, etc. 

Como el modelo, tejido liviano, para 
persona algo gruesa, muy cómoda, 
de 70 a 120 centímetros, 



ancho: 21 



23 



26 31 cms. 



$ 21.°° 23.°° 27.^ 32.°? 

Medias elásticas de todos tamaños. 
Vendas elásticas de $ 1.30 y 1.50 metro. 

SE REMITE CATÁLOGO AL INTERIOR 

PASA PORTA PIEDRAS, 341 \ 

v^/\o/\ r-wr^ i/\ 3UEN0S AIRES :; 



— I3Urv:S 



1Í5Í 



Lujo y Confort 

L^A elegancia y armonía de líneas y la 
suntuosidad en general de los hermosos 
automóviles STUDEBAKER, se aunan 
con el admirable confort que ofrecen es- 
pecialmente para satisfacer las exigencias 
del espíritu más refinado. 

L-»L lujo interior de la carrocería llama justamente la 
atención per sus mullidos y espaciosos asientos ricamente 
tapizados, sus asientos plegadizos que desaparecen com- 
pletamente cuando no son necesarios, su alumbrado eléc- 
trico y otros complementos del más exquisito confort. 
Poseen también resortes especiales que amortiguan las sa- 
cudidas en los malos caminos, tornando suave y cómoda 
la marcha. 

/A. pesar de ello y en vista del creciente aumento de 
las ventas, la Compañía Studebaker ss complace en anun- 
ciar la siguiente reducción de precies: 

Seis Grande (7 pasajeros) antes $ 6.500, ahora S 8.000 
Seis Especial (7 pasajeros) » $7.150, » $6.650 
SeisEspecial(5. 4 y 2p.) » $7.000, » $6.500 
Seis Liviano (5 pasajeros) . $ 6.000, » $ 5.500 

The Studebaker Corporation 
of America 

Avda. de Mayo, 1235. Buenos Aires 



j. ..}. 



/K»#- 



^Jty^ ^ ^r - *^ VJ ' H.^^.F 



Todos /nuestros 
modelos están pro- 
vistos de Neumáti- 
cos Cord y Magne- 
to de Alta Tensión 



ANO V I I 
N Ú M . 6 9 





ENERO 
DE 19 22 



J. 




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A ioi, jleur, ¡une. Amour, 
Songe eterneU . . . 

T Que este álbum simbolice _ 
Primavera, yo deseara: 
Primavera azul' y clara 

que envidiase Berenice. 

Berenice y Cloe y Bice; 

una lámpara y un ara, 

un coloquio de ilusiones... 

Primavera de bombones, 
exquisita, 

dulce 

y rara! . . . 

I I Rosa de las maravillas 
dulces, raras y sencillas 
de un país de nebulosa! 
Suspiros en traje rosa, 
bajo una tarde ojerosa, 
besándote de rodillas... 
Y mientras, gime un violín 

de terciopelo y satín . . . 
y un excéntrico Arlequín 
pálido, a melenas de oro, 
diciendo un chiste y al fin 
vertiendo lloro y más lloro, 

inacabable, 
incoloro, 

de esplín! . . . 

TTT ¡Oh Julieta, 
^^^ ¡Oh Divina 
Mariposa vespertina 
hecha de luna y neblina! 
Taciturna violeta 
loca de ensueño, 
extrafina! 
Ave mística y secreta 
de tu místico Poeta 
a quien le has robado el sueño!... 
¡Oh la tres veces Divina 
. perla fina, 

la peregrina 

Julieta! 
la tres veces Parisina 
que interpreta 
a Chopín y a su Poeta! 

Graba este «improntu» halagüeño 
a manera de blasón 
en tu inquieto corazón 
junto al nombre de tu dueño, 
entre una postal y un sueño, 
y una perla 
y un 

bombón!. . . 




Cd. 



'l¿JO 




bres alpinas tienen la más fantástica va- 
riedad de formas. A veces lanzan al cielo 
agujas agudas como la del Monviso; torreo- 
nes aislados como el Cervino; masas como 
el Monte Blanco; dorsos que se suceden co- 
mo las olas en la tempestad; y a veces, 
ventisqueros enormes, inmensos, llenos de 
soledad, como los del Adamello, de los 








Y LA GUERRA TRAZO SUS SENDEROS 
ROJOS EN LA CÁNDIDA NIEVE. 

cuales se ha dicho con palabras de inspi- 
ración grandiosa y ferviente: 

Esce nel solé ¡'águila e distende in tarde 
ruóte digradante il ñero voló solenne . . . 

En algunos sitios los Alpes ofrecen al 
asombro del viajero murallas inmensas, 
lisas, que se alzan perpendicularmente, como 
los Dolomitas, que los siglos, las aguas y los 
vientos han dejado desnudos, como esque- 
letos de montañas. Pero en los montes que 
parecen muertos, centenares y millares de 
arroyos recogen el agua que desciende ru- 
morosa y espumosa de los ventisqueros y 
de los numerosos, pintorescos, estupendos 
lagos alpinos, y la llevan a los grandes 
valles de abajo. 

Hay pequeños lagos aun a más de dos 
mil metros de altura, y los viajeros no pue- 
den dejar de detenerse a contemplar el ma- 
ravilloso espectáculo. El viento, atacando 
a las nubes que a veces parecen océanos de 
niebla, abre huecos inmensos que permiten 
ver los picos blancos e inmaculados que al 
principio no se veían. 

De alguna de esas cumbres se destaca una 
pequeña avalancha que crece rápidamente, 
y rodando al borde de los precipicios se 
lanza a veces al abismo arrastrándolo todo. 
De lejos no se oye sino el sordo mugido del 
monstruo invisible que se precipita... 

¿Cuántas víctimas han hecho los Alpes? 
Millares y millares; pero su número no logra 
amenguar ni el atrevimiento ni la impru- 
dencia de los alpinistas. Hay allí todo un 
cementerio cosmopolita; allá van los teme- 
rarios de todo el mundo. Un día es el hura- 
cán que los arrastra; otro día, el. hielo que 
se rompe. A veces, en la soledad de los 
ventisqueros, no se oyen los últimos gritos 
que imploran socorro. Pero nadie contesta: 
sólo las águilas con sus gritos burlones. . . 

Un alpinista, cuyo cadáver fué encontra- 
do enterrado bajo una montaña de hielo, 
había escrito antes de morir, en una libreta 
de apuntes, todas las impresiones de su 
larga agonía . . . 



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TAMPOCO LA GUERRA INDUSTRIAL 

Los guias, los robustos y vigorosos guias alpi- 
nos que el duque de los Abruzzos quiso llevar 
en su excursión polar y en su expedición al Hi- 
malaya. han muerto, y seguirán muriendo tam- 
bién en gran número, frecuentemente por que- 
rer salvar a los que no tuvieron la prudencia 
de seguir sus consejos. Giocosa dice de ellos: 

«Cuando escondida, la muerte se los lleva 
«enteros y gallardos, robándoles cincuenta años 
« de salud. Cuando se deja ver y amenaza, los 
«encuentra luchadores impertérritos y pruden- 
« tes.» 

Si sabe que en alguna aldea hay baile, el 
alpino camina tranquilamente veinte o vienti- 
cinco kilómetros por la montaña para tomar 
parte en la fiesta. A veces camina para llevar 
edelweis a su novia. ¡Oh! La terrible flor, que a 
juicio de algunos seria tan fácil hacerla en casa, 
con algunos trozos de franela blanca! 

Los dramas del edelweis son innumerables. 
Por tenerlo, ha habido casos en que diez o quince 
personas han caído a abismos de cuyas profun- 
didades no volvió ninguna! 

Los guías conocen bien al alpinista verdadero, 
que desea escalar la montaña para gozar, para 
admirar, para sentirse libre y fuerte, en medio 
de la libertad y de la fuerza de la naturaleza; 
el alpinista que en sitios de pura serenidad y de 
belleza salvaje, entre el rumor de las selvas y el 
murmurar de las fuentes, ante tanto candor de 
nieve, siente su alma presa de embriagueces y 
delirios que azotan la sangre ante horizontes 
infinitos: los montañeses saben comprender y 
distinguir al que ama el alpinismo como humana 
y simpática forma de deporte, del mero curioso 
que no aspira sino a llegar a una cumbre para 
dejar en ella su nombre escrito en pergamino 
y encerrado en un tubo de plomo, y del deportivo 
vanidoso que no quiere sino ganar un record. 

¡Qué diferencia, en cambio, con los apóstoles 
del paisaje alpino: Juan Segantini, Emilio Lon- 
goni, Carlos Cressini, G. Carozzi, César Maggi, 




AUTORRETRATO 
DE SEGANTINI. 



HA RESPETADO LA NIEVE. 






X-, 



J. Ciardi! Vivieron mucho en los Alpes y repro- 
dujeron en sus telas los paisajes más sugerentes. 
Segantini fué el jefe de la escuela, porque el 
arte de las cumbres alpinas nació con él. Fué 
llamado el Nansen de los Alpes; la montaña fué 
su reino; estudió el rocío, la nieve, los arroyos, 
los ventisqueros, y entendió el significado de 
todo. Preguntó a las flores de la montaña lo que 
es la belleza universal, y las flores le contestaron 
perfumando su alma con amor! 

En septiembre de 1899 Segantini salió de su 
casita de Maloia para subir al Schaafberg, con 
el propósito de concluir el tríptico destinado a la 
Exposición de París de 1900; pero lo agarró la 
tormenta, enfermos? y murió el 28 de ese mes, 
dejando inconcluso su último cuadro. 

Hoy no se puede hacer una excursión alpina 
sin recordar a ese gran pintor, cuyas huellas han 
seguido otros de menor fama, pero de igual en- 
tusiasmo y de igual amor. Los artistas italianos 
son excelentes en la reproducción de los paisajes 
alpinos, porque saben presentar en un admirable 
concierto de luces y colores las bellezas reales e 
ideales de las cumbres alpinas, que otros artistas, 
suizos, franceses, austríacos, no logran reproducir 
con tanta eficacia. 

Los apóstoles artísticos de la montaña deben 
multiplicarse también en la Argentina, y Plvs 
Vltra, que está siempre a la vanguardia de toda 
manifestación artística, no dejará de apoyar a 
todos los que tengan voluntad y méritos. 

Tres grandes, solemnes monumentos fueron 
obsequiados por la naturaleza a la Argentina; la 
pampa, el Plata y los Andes, que son para los 
artistas nacionales tres campos inagotables de 
trabajo fecundo. 

El futuro pintor de los Andes se hará célebre 
como se hizo célebre Segantini. Jóvenes resueltos 
al trabajo: vivid entre la nieve y en los ventis- 
queros y trasladad a la tela el sentido de la so- 
ledad, la grandiosidad del paisaje, la fiereza de 
las blancas y majestuosas cumbres. 




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Bendita sea mi lámpara. No me humilla, 
como la llamarada del sol. y tiene un mirar 
humanizado, de pura suavidad, de pura dul- 
cedumbre. 

Arde en medio de mi cuarto. Es su alma. 
Su apando reflejo hace brillar apenas mis 
láprimas. y no las veo correr por mi pecho. 

Según el sueño que está en mi corazón, 
mudo su cabezuela de cristal. Para mi ora- 
ción, le doy una lumbre azul, y mi cuarto se 
hace como la hondura del valle (ahora que no 
rezo desde el fondo de los valles). Para la 
tristexa, tiene un cristal violeta, y hace a las 
oons padecer conmigo. 

Más sabe ella de mi vida que los pechos 
en que he descansado. Está viva de haber 
locado tantas noches mi corazón. Tiene el 
suave ardor de mi herida intima, que ya no 
abrasa, que para durar más se hizo suaví- 
sima. . . 

Tal vez al caer la noche los muertos sin 
mirada vienen a buscarla en los ojos de las 
lámparas. ¿Quién será este muerto que está 
mirándome en ella con tan callada dulzura? 

Es silenciosa. Otra compañera creerla pre- 
dao hablar. ¡Ella sabe que ya tengo el can- 
ttncio de todas las palabras! 

Sí fuese humana, tal vez se fatigaría antes 
de mi pena, o bien, enardecida de solicitud, 
querría aún estar conmigo cuando la miseri- 
cordia del sueño llega. Ella es, pues, la per- 
fección. 

Desde afuera, no se adivina, y mis enemi- 
gos n»e creerán sola. A todas mis posesiones, 
tan pequelfau como ésta, tan divinas como 
égU. yo vov dando su claridad impercepti- 
ble, para defenderlas de los robadores de 
dichas. 

Basta lo que alumbra su halo de resplan- 
dor. Caben en él la cara de mi madre y el 
Hbro abierto. ¡Qué me dejen solamente lo 
que bafta esu lámpara: de todo lo demás 
pueden desposeerme! 

Yo pido a Dios que en esta noche no falte 
a ningtjn triste una lámpara suave que amor- 
tigüe el brillo de sus lágrimas. i l u i 




t l«C A NTA k 0*J. SG L í O A 

¡Cántaro de greda, moreno como mi mejilla, tan fácil 
que eres a mi sed! Mejor que tú el labio de la fuente. 
abierto allá abajo, en la quebrada; pero está lejos y en 
esta noche de verano no puedo descender hacia ella. 

Yo te colmo cada mañana lentamente, religiosamente. El 
agua canta primero al caer: cuando quedas en silencio, con 
la boca temblorosa, beso el agua, pagándole su servicio. 

Eres gracioso y fuerte, cántaro moreno. Te pareces al 
pecho de una campesina que me amamantó, cuando rendí 
el seno de mi madre. Y yo me acuerdo de ella mirándote, y 
te palpo con ternura los contornos. Ella ha muerto: pero 
tal vez su seno te esponjó, para seguir refrescándome la 
boca con sed. Porque ella me amaba. . . 

¿Tú me ves los labios secos? Son labios que trajeron 
muchas sedes; la de Dios, la de la Belleza, la del Amor. 
Ninguna de estas cosas fué como tú, sencilla y dócil, y 
las tres siguen blanqueando mis labios. 

En las noches, te dejo bajo el cielo, para que caigan en 
tu cuello las gotas de rocío, por si también tuvieras sed. 
Y es que pienso que como yo puedes tener la apariencia 
de la plenitud y estar vaciado. 

Como te amo, no pongo nunca a tu lado una copa. Bebo 
en tu mismo labio, sosteniéndote con mi brazo. Si en tu 
silencio sueñas con el abrazo de alguien, te doy la ilusión 
de que lo tienes. ¿Sientes en todo esto mi amor? 

En el verano pongo debajo de ti una arenilla dorada y 
húmeda, para que no te tajee el calor, y una vez te cubrí 
tiernamente una quebrajadura con barro fresco. 

Fui torpe para muchas faenas, pero siempre he querido 
ser la dulce dueña, la que coge con temblor de dulzura las 
cosas, por si entendieran, por si padecieran como yo. 

Mañana, cuando vaya al campo, cortaré las hierbas bue- 
nas para traértelas y sumergirlas en tu agua. iSentirás el 
campo en el olor de mis manos! 

Cántaro de greda; eres más bueno para mí que muchos 
que dijeron ser buenos. 

¡Yo quiero que todos los pobres tengan como yo un 
cántaro fresco para sus labios con amargura! 



¡Brasero de pedrerías, ilusión para el po- 
bre!, mirándote él no desea las piedras pre- 
ciosas. 

Voy gozándote a lo largo de la noche los 
grados de tu ardor; primero la brasa, desnuda 
como una herida: después una veladura de 
ceniza, que te da el color de las rosas menos 
ardientes, y al acabar la noche, una blancura 
leve y suavísima te amortaja. 

Mientras ardías, se me iban encendiendo los 
sueños o los recuerdos, y con la lentitud de 
tu brasa se iban en mi alma velándose, mu- 
riéndose. 

Eres la intimidad; sin ti existe la casa, 
pero no sentimos el hogar. 

Unes a los míos mejor que mi ternura. Tú 
me enseñaste que lo que arde congrega a los 
seres en torno de su llama, y mirándote cuan- 
do niña, pensé hacer así mi corazón, e hice en 
torno mío el corro de los niños. 

Las manos de los míos se juntan sobre 
tus brasas. 

Aunque la vida nos esparza, nos hemos 
de acordar de esta red de las manos tejida 
en torno suyo. 

Para gozarte mejor, te dejo descubierto; 
no consiento que pongan otra cosa sobre tu 
rescoldo maravilloso. 

Te dieron una aureola de bronce, y ella te 
ennoblece, ensanchando el resplandor. 

Mis abuelas quemaron en ti las buenas hier- 
bas que ahuyentan a los espíritus malignos, 
y yo también, para que te acuerdes de ellas, 
suelo espolvorearte polvos de hierbas fragan- 
tes que crepitan en tu rescoldo como muchos 
besos. 

Mirándote, viejo brasero del hogar, voy 
diciendo; Que todos los pobres te encien- 
dan esta noche, para que sus manos tristes 
R i o se junten sobre ti con amor. 



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§ A I G N [ U S [ S 

FAbTEL Dt E . f- E \ L M f \ \ K o 

DE LA COLECCIÓN DEL DR.LLObET 




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K 





Hoy me emociona todo: 
llegó una carta 
de mi hermana 
en que — con lágrimas — 
me habla 
de nuestra madre, 
de nuestra vieja casa. 

Pasan los años, pasan . . . 
Y el corazón, sensible, 
entre las cuatro paredes 
del ajetreo de la vida, 
no cambia. 

Está puro, está limpio, 
como aquella semilla 
que luego de mil años, 
de dos mil, no esperaba 
sino un poco de humus 
para ser planta, 
flor y espiga. 



M O N T I t L 



'V..'' 




Los encajes y los fle- 
cos juegan hoy princi- 
pal papel en las toilettes 
de nuestras elegantes, 
por la variedad de las 
combinaciones a que se 
prestan y el chic y ale- 
gría que comunican a 
los vestidos. 

Los encajes llama- 
dos «encaje español», 
cuyos tejidos ligeros y 
grandes dibujos artísti- 
cos son en este momen- 
to tan apreciados, guar- 
necen no solamente los 
vestidos sino también 
las capas y sombreros. 
Este año la moda pare- 
ce haber buscado su 
inspiración en España. 
Ella nos ha impuesto los 
encantadores boleros, 
las amplias mantillas de 
encaje que con tanta 
gracia han sabido adop- 
tar nuestras damas. 

Para acompañar a la 
toilette española se es- 
coge un sombrero que 
armonice con el estilo; 
por la tarde se prefie- 
ren las tintas obscuras, 



como el negro, el ma- 
rrón o el azul profundo; 
y la toilette de visita 
debe tener también su 
carácter especial. 

Los encajes son ge- 
neralmente de tonos 
claros, en rosa, beige, 
gris, marrón, y se llevan 
sobre crépe georgete. 

Algunas veces se con- 
fecciona la falda entera- 
mente con estos vapo- 
rosos encajes, dispues- 
tos en capas superpues- 
tas; en otros modelos el 
encaje se emplea tan 
sólo en las mangas am- 
plias que envuelven va- 
gamente los brazos, co- 
municando a la toilette 
la gracia y ligereza tan 
necesarias para los pri- 
meros días de esplen- 
dente sol. 

Los encajes teñidos 
en los mismos tonos que 
la seda o lana de los 
vestidos, reemplazan a 
los ligeros tejidos que 
antes se usaban. 

Estos trajecitos obs- 
curos de un solo tono 
están muy en boga ?n- 





L» (STRCLLA UIUA KAKTOUSCH LUCIINCO UN TRAJE DE ENCAJE BEIOE. 



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tre nuestras elegantes. 
y se llevan de tarde y 
para reuniones intimas 
de noche. El negro es 
hoy el color de moda, y 
las damas saben perfec- 
tamente que es el tono 
que más favorece y que 
el traje negro es siempre 
e! que más viste. 

Tan lejos se ha ido 
este año en tal sentido, 
que hasta las alhajas 
deben ser blancas o ne- 
gras; asi a los diamantes 
se les rodea de ónix ne- 
gro y a falta se le reem- 
plaza con ébano, en el 
cual se incrustan los 
brillantes. Actualmente 
se hacen sortijas de 
ébano guarnecidas con 
diamantes. 

Los flecos, como diji- 
mos al principio, gozan 
también este año de los 
favores de la moda. 
Largos flecos de seda, 
generalmente negros o 
blancos, guarnecen las 
capas; ellos completan 
asimismo el chic de un 
vestido de crepé de Chi- 
na, y adornan los som- 
breros, guantes, zapa- 
titos y sombrillas. 

La moda de los flecos 
es también oriunda de 
España; pero nuestras 
mujeres la emplean con 
tal gracia y originali- 
dad, con un sello tan 
personal, que este ador- 
no nos parece completa- 
mente nuevo e inédito. 

Los flecos se emplean 
en todas partes, allí 
donde pueden contri- 
buir a realzar el chic de 
la toilette, o completar 
un vestido. 

En Viena tenemos 
especial sensibilidad 
para presentir las mo- 
das; aquello que la 
francesa rechaza, la in- 
glesa ni repara, la vie- 
nesa lo acepta, arregla 
y acomoda en tal forma 
que llega a ser la nove- 
dad típica y caracterís- 
tica del año, y aunque 
la creación haya sido 
francesa la vienesa sabe 
imponerla con nuevo 
carácter al mundo. 

El fleco es una prue- 
ba de ello: las modistas 
francesas ensayaron en 
vano sacar partido de 
este adorno; no encon- 
traron público. Al lle- 
gar a Viena el fleco con- 
quistó el corazón de 
nuestras mujeres, quie- 
nes pronto supieron im- 
ponerlo, volviendo la 
moda a Francia, donde 
encontró esta vez sus 
admiradoras. 

Así, pues, encajes y 
flecos son la última pa- 
labra de la moda para 
nuestras elegantes. Am- 
bas realzan la belleza, 
el chic y la gracia y 
permiten a la mujer co- 
municar a su toilette 
esa nota tan buscada: 




L. SCHMIDT EN TRAJE CFÉPE CHINA BLANCO, FLECOS Y FAJA NEGRA DE TUL. 



la personalidad. 

f "■ 












Hay en Mendoza un canal a veces caudaloso y 
otras completamente bajo hasta el punto de dejar 
descubiertas las brillantes piedritas de su lecho. Le 
llaman el Zanjón, y separa con sus aguas a la capi- 
tal mendocina del vasto pueblo de Guaymallén. 
Es atravesado en varios puntos por anchos 
puentes de materiales sólidos, y en otros por 
frágiles puentecillos de madera que nunca resisten 
el embate de las crecientes que bajan a menudo 
en la época de los deshielos. 

Era, años atrás, uno de los parajes más pinto- 
rescos vecinos a la pequeña ciudad. En sus riberas 
crecía una enorme diversidad de árboles. Trechos 
había en los que soñaban los sauces sobre las 
turbias aguas, como encantados del murmurar 
continuo de la corriente. Pk ellos íbamos cuando 
niños y, haciendo trenzas con sus ramas, nos 
columpiábamos sobre la tierra y el agua, a riesgo 
de tomar un baño sin querer. 

Más allá, terminando el sauzal melancólico, 
se levantan los álamos escuetos, con cierto aire 
de sutil elegancia y delicadamente femeninos, con 
sus pequeñas hojas en forma de corazón. Luego 
el cañaveral compacto, casi imposible de atrave- 
sar, donde el viento, como un sátiro invisible, se 
entretenía más que en parte alguna para cantar 
una música extraña entre sus hojas delga- 
das y largas. 

El cañaveral era el sitio preferido para 
desnudarse y dejar las ropas cuando, en 
las silenciosas siestas del verano, bus- 
cábamos la grata frescura de! agua. 
Tampoco faltaban en las am- 
plias orillas del canal pintores- 
co los árboles frutales: pues 
que había vetustos ciruelos 



y altísimos perales y algún duraznero gentil, 
que en la anhelada estación de los frutos ma- 
duros nos daban la oportunidad de poner a 
prueba nuestra agilidad de trepadores y nues- 
tra puntería en tirar piedras, con el imprevisto 
blanco hecho en la cabeza de algún compañero 
que estallaba en gritos intempestivos, privándo- 
nos del dulce placer de saborear la fruta del 
cercado ajeno. 

Pero un lugar había que era el más grato entre 
todos. Era un larguísimo trecho todo lleno de 
rosales silvestres, puesto que nadie conocía el 
buen jardinero que los había plantado. Era una 
enorme profusión de rosales, altos y espesos en 
ramas, que al llegar el tibio mes de octubre se 
cubrían de flores de un suave tono rosa pálido, 
pero en una abundancia tal, que parecía in- 
creíble, como si la naturaleza hubiera dejado 
caer en ese punto de la orilla una larga lluvia 
de rosas. 

Una oleada de perfume envolvía al viajero 
cuando se acercaba a ese sitio. Era una atrayente 
nota de color entre el verde prieto de los árboles, 
así como una gran franja rosada distendida sobre 
un fondo esmeralda. Eran rosas frágiles, casi efí- 
meras, pues no duraban en su plenitud más que 
brevísimos días, como si su misión no fuera otra 
que la de alegrar un poco a los sauces y a los 
álamos con su perfume y su color; y pasar... 
Así, que al menor soplo de viento era aquello 
un revuelo de pétalos que daba la impresión de 
una milagrosa bandada de avecillas diminutas, 
revoloteando hasta alfombrar de rosas la orilla 
dormida, o alejarse sobre la mansa ondulación 
del agua. 

Terminaban las rosas, pero quedaban los álamos 



y los sauces, los durazneros y los cañaverales, 
hasta que el otoño llegaba cubriendo de tristeza 
el delicioso paraje. 

Entonces se experimentaba una profunda pena 
al ver las ramas rígidas desprenderse de sus últi- 
mas hojas para quedar como enormes manos des- 
carnadas implorando la misericordia de la nueva 
primavera. 

Los pájaros abandonaban la orilla donde sólo 
se oían los murmurios monótonos de las hojas 
marchitas movidas por las últimas caricias del 
viento. 

Y entre tanta desolación, entre tanta tristeza, 
quedaba una nota de color representando a la 
vida: el cañaveral, con su verdor profundo y 
su extraña música cólica. 

El canal se hacía más triste; ¡hasta bajaban sus 
aguas, como si pensaran que ya no eran tan útiles 
como en el mejor tiempo del año! 

¿Y en la primavera? ¡Nuevo verdor y murmurio, 
nuevos trinos y nuevos perfumes! ¡Y la canción 
alegre y fresca de las aguas! 

Pero hoy el canal está más triste que nunca, 
más desolado que nunca. 

Ya no hay rosales en sus riberas, y sólo uno 
que otro sauce sueña aislado a la distancia. 

El hacha del leñador se ha hundido una y 
mil veces en el tronco de los árboles hasta 
arrasarlo todo para dar paso al futuro. Y 
donde ayer había rosas y durazneros en 
flor, hoy vive y trabaja el hombre. 

¡Pero, entre tanto, el vetusto ca- 
nal de siempre, gime un hondo 
responso por el alma de todos 
los árboles, de todos los pája- 
ros y de todas las rosas! . . . 



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Así: «como ias mariposas», aunque a primera vista la frase tenga un dejo de cursilería. Tibio y cobarde 
resulta el madrigal cuando no se atreve a rendir atrevidos símiles en holocausto de la mu'er. Y ya que 
es difícil la invención de nuevas comparaciones madrigalescas, elijamos entre las antiguas la que mejor 
siente al eterno femenino porteño. ¿Gacela?... ¿Paloma?... No, mariposa. Tiene mucho de vuelo el 
pasito breve y rápido con que las muchachas recorren la metrópoli. Las que se diri- 
gen al trabajo o vuelven de él caminan apremiadas por el horario, y a. veces sus 
andares se transforman en una franca carrera hacia el magazine impaciente o el 
tramway d€s:ortés. Las que salieron de compras marchan rápidas hostigadas por 
la distancia, y en las bocacalles, a través del tráfico aglomerado, coches, auto- 
móviles y tranvías suelen as'.star a verdaderos enjambres de mariposas que 
huyen del peligro. Solamente en la calle Florida y sfs alrededores, a las horas 
consagradas a ese ceremonioso pasear de retreta provinciana, la mujer camina 
(^g:jii<^v;;~.-^^ solemne, pero siempre entre ellas pasan muchas en pleno vuelo mariposil. Ma- 

riposas obscuras, útiles como abejas; mariposas claras y brillantes que vuelan en 




va 



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vacaciones por la ciudad, de tienda en tienda, de visita en visita: todas son mariposas, flores aladas. 
Mariposas, recreo de los mariposones y de los entomólogos más o menos platónicos, ¡cómo voláis una 
a una, en parejas, en enjambre, tiñendo de colores fugitivos y alegres la ciudad gris. A nuestro paso se 
abre la flor del piropo y crece el calor de las miradas. Por vosotras, mariposas parlanchínas y ri- 
sueñas, hay encanto en las calles uniformes; por vosotras se puede vivir. Acechando 
al abrigo de los muros, con la red preparada los entomólogos os esperan, picaros u 
honestos cazadores de mariposas que casi siempre terminan cazados. Llevar 
agarrada del brazo una mariposa, deslizarle al oído palabritas dulces: he aquí 
el bello ideal de la juventud. Y esas parejas que caminan lentamente hacia 
el tranvía sin acordarse de que viven en este mundo son también alegría y 
envidia del espectador viejo o desafortunado en amores. . . Tal vez las antiguas 
porteñas ss pareciesen más a las mariposas que las porteñitas de estos tiem- 
pos: pero no vivían así. El mariposeo actual se debe al cosmopolitismo que 
ha traído, para adoptarlas, reformándolas a la criolla, costumbres extranjeras. 











Ua toAador. . . un lírico andariego, 
c nn ci b tó un dia la empresa, quijo- 
toca Bn duda, pero hermosa por 
su patriótica y artística inspiración, 
da abar al víwlo oon un grupo de 
faranduleros, trasponer 
ka Andea y vanir a nosotros para 
levantar en el suelo argentino la 
carpa dd Teatro Nacional de Chile. 

La «mpcen. para mal de la Razón 
J la JiBtieia, resultó en realidad 
quijoteaca, poca no anduvieron jun- 
tas esta vez la Fortuna y la Fama, 
pero el poeta, que como tal, sólo 
en su bella quimera de 
> aoBador un ideal de arte, logró 
so objeto, y nos dio a conocer en 
•oda su faeacura juvenil el teatro 
bennano. 

Fué el poeta de esta singular aven- 
tura artística el escritor Víctor 
Domiaco Silva, una de las peisona- 
' \ Htoarias de más sólido pres- 

tifto intelectual de Chile, y fueron 
oompafieros de correrías los 



actores y actrices chilenos cuyas 
fotografías adornan estas planas, 

A través del corto número de re- 
presentaciones que nos ofrecieron 
hemos seguido con interés las diver- 
sas expresiones, el temperamento 
artístico de cada uno de los autores 
de aquella tierra, y en cada una de 
las obras, cuya crítica hicieran opor- 
tunamente los aristarcos de la prensa 
diaria, hemos observado un deseo 
encomiable de hacer obra sana, de 
reflejar las modalidades del espíritu 
chileno, de llevar a las tablas los 
aspectos del alma nacional, de tras- 
ladar, en fin, al escenario, en dramas 
intensos, en comedías apacibles y 
reidoras, o en saínetes de sabor y 
colorido admirable, la vida, el sentir 
y el pensar de una sociedad ... de 
un pueblo viril y fuerte. 

El teatro chileno, según uno de 
sus historiadores, nació a la vida con 
el estreno, en el año 1850, de una 
obra original de don Carlos Bello, 




BVMUSrO UU.O. 



ANA NOVELLA, DALY BARRIOS, LUISA OTERO Y UMBERTO ONETTO, 



ALEJANDRO FLORES. 



¿fe 




VICENTE E3PÍ E ISAURA GUTIÉRREZ. 

hijo del gran don Andrés Bello . 
Titulábase la comedia, o drama, no 
dicen las crónicas su clasificación 
escénica, <'Los amores del poeta» 
Tanto este primer ensayo teatral 
como los que posteriormente reali 
zaron Luis Rodríguez Velazco, Da 
niel Caldera, Daniel Barres Grez 
Juan Rafael Allende y Román Vial 
casi todos ellos escritores costum 
bristas, obtuvieron éxito lisonjero 

Durante los treinta años de «rei- 
nado» del género chico español, en 
gran boga en todo Chile, surgieron 
espontáneamente algunos actores 
nacionales y se operó el curioso fe- 
nómeno de que tuviese la escena na- 
cional chilena primero a los intérpre- 
tes que a los productores. 

Puede decirse, en verdad, que a 
partir del año 1917 el teatro chileno 
fué una realidad; había autores, 
había obras y ha^ía público. Si fe 
tuvieron en el porvenir los autores 
y actores, no menor fué la fe que en 
ellos tuvo el público. 



E . 



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EVARISTO LILLO Y UMBERTO ONETTO- 

Y más tarde, cuando ya de norte 
a sur de la república habían cose- 
chado aplausos obras e intérpretes 
nacionales, cupo a un actor y a una 
actriz argentinos dar impulso y forma 
definitiva al teatro hermano. 

Arturo Mario y María Padín. dos 
estimables figuras de nuestra farán- 
dula, fueron los embajadores artís- 
ticos que primero dieron a conocer 
en la vecina tierra el teatro argen- 
tino; allí, vinculados al ambiente, 
reunieron a su alrededor a las más 
destacadas figuras del naciente tea- 
tro chileno y se dedicaron a culti- 
varlo con el mismo entusiasmo y 
amor con que entre nosotros dedi- 
caron su juvenil entusiasmo al teatro 
nacional argentino. 

Y hoy han coronado su carrera 
artística trayéndonos el teatro de 
allende los Andes, y compartiendo 
con el grupo de actrices y actores 
chilenos de su compañía los aplau- 
sos que les prodigó el público y los 
elogios que no les escatimó la crilica_ 



D 



O M 





L A S 
NOVIAb 
1^ í M I 
\ MIGO 



U«yTt*CIONt '' 





P O R 
ENRIQUE 

M 
AMOR.1N 



I)fc DELÜCCKi 



Ayer ne v.ajado con Pablo Astier, y hoy me 
dispongo a relatar la vida de «nuestro hombre 
vulgar». Nunca creí poder aplicar un calificativo 
más cierto, más apropiado, como llamándole a 
Pablo Astier «el hombre vulgar». Cuando le cono- 
droos, los amigos jamás pensamos hallar en 
Pablo una cordialidad; ni tampoco dudar de su 
amistad fina y de caballero simpático. Mis com- 
pafieros, como yo, jamás se atrevieron a indagar 
e interesarse por las «cosas» de Pablo. Confidencias, 
seguramente, ninguno de nosotros entregó al 
4>ombre vulgar». Pero esto no significa que ne- 
gásemos la mano bien amiga, estrechándosela con 
calurosa protesta de cariño. ¿Malo?. . . ¿Bueno?. . . 
No le conocíamos ni un gesto, ni una palabra 
fuera de lugar. Por otra parte, no podemos re- 
cordar, ni agradecer, ese «algo» que debemos a 
menudo a los amigos. 

Pablo Astier nunca nos sorprendió con una 
idea osada: vivía al margen de nuestras discusio- 
nes, y no era por ello un prudente y tímido, ca- 
paz de exaltar nuestra nerviosidad de bruscos. 

El único «misterio» de su vida era su trato con 
las mujeres, a quienes cautivaba por su pulcritud, 
(«finamiento y atención, propias de hombre ciu- 
dadano y varonil, 

interesaban a los amigos «las novias» de Pablo, 
aquellas a quienes despuós de un trato más o 
menos largo abandonaba, para entusiasmarse con 
otra, de quien no hablaría a sus amigos sino 
lo necesario, dejando, por cierto, mucho en el 
tintero. 

Mayormente no fué la preocupación de sus 
amigos aquellas novias de Pablo, que sucedíanse 
unas tras otras, después de las formalidades y exi- 
gencias de estos casos, en el medio donde actuaba 
el amigo Astier. 

Preocupábanos lo singular de aquellos desenla- 
ces ante la conformidad de las abandonadas, 
quienes hablaban tan bien de Pablo como si nada 
hubieie sucedido. Dejaba clavaba en cada corazón 
la espina sutil de alguna insinuación bien dicha. 
De lo que se adivina o se presiente, o no se ha 
dicho todavía, como debe decirse. 

Ayer he viajado con Pablo Astier desde el 



pueblito donde reside, Olivos, hasta la estación 
Retiro. 

Conozco la casa de nuestro «hombre vulgar» 
y en sus habitaciones no he hallado el sello de 
su personalidad; el lugar donde se le puede en- 
contrar durante la ausencia. Un día, definiendo 
su cuarto de estudio, díjome que era una órbita 
vacía cuando él no lo habitaba, y las ventanas, 
aunque estuviesen abiertas de par en par, durante 
su ausencia eran párpados secos. . . — El paisaje 
no entra en mi cuarto, si yo no estoy en él — 
me dijo abriendo las ventanas, aquella mañana 
de mi visita. 

No tenía estampas en las paredes, ni retratos, 
ni cuadros. Conservaba las paredes limpias. 

La misma mañana de mi visita, le pregunté la 
razón de aquella soledad. 

— Yo creo me he hallado, amigo — díjome; — 
me he encontrado, por eso no busco nada, ni a 
nadie, en cuadros o estampas. . . yo estoy con- 
migo mismo. 

No sé ciertamente sí esto fué lo dicho, pues mi 
atención es limitada para con los «hombres vul- 
gares» y no me permite aseverarlo. 

Ayer, dije hace un momento, viajé con Pablo 
Astier de Olivos a Retiro. Discurrimos siempre 
teniendo en cuenta el lugar donde estamos más 
que comprendiendo a quienes nos rodean o nos 
escuchan. Así por ejemplo, un hombre viajando 
por agua no discurre de la misma manera que 
otro hombre, en iguales condiciones intelectuales 
y psíquicas, que ha quedado en t'erra. El factor 
emoción producido por el paisaje da su pincelada 
en nuestro espíritu, transformando, en parte, 
nuestra manera de discurrir. Nunca, claro está, 
fundamentalmente la manera de pensar. 

Algunas veces he visto el mundo y he pensado 
en mí, mientras corría en un automóvil o me es- 
forzaba en una bicicleta, y. ¡cuan distinto era mi 
procedimiento al discurrirl 

Le encontré en la estación de Olivos mientras 
miraba pasar, con una curiosidad extraña, los 
vehículos por la carretera Se sorprendió al sen- 
tirme a su lado. 

— Cuento los coches del desfile y quiero con- 



tarlos hasta el mom.ento que la locomotora vaya 
en busca de los vagones. . . catorce, quince, diez 
y seis... — y siguió contando hasta cuando la 
máquina se puso en movimiento; después continuó: 

— Ocurrencias... Si no lo hago, seguramente 
me irá mal. . . 

— ¿Supersticioso? — insinué yo. 

— Caprichoso, más bien... Pero ¿qué hace 
usted por aquí? 

Seguimos y allá en un vagón desierto nos ins- 
talamos, Pablo Astier cerca de la ventanilla y 
yo a su diestra. 

No ben rartió el tren me percaté que algo 
había sucedido y de suma importancia en la vida 
de nuestro «hombre vulgar». Sus ojos eran otros. 
Más inquieto y nervioso. Menos parco y medido. 

Corría ya el tren cuando pasó Dor cerca nuestro, 
muy apresurada, una mujer mal vestida, de feo 
aspecto, pintarrajeada y cubierta de pieles sucias. 
Le miró a Pablo y éste le hizo una seña obligándola 
a alejarse. Comprendiendo, ella y yo nos miramo.';, 
y él dijo: 

— Le extraña, se extraña ¿eh?. . . antes yo no 
conocía esta clase de mujeres. . . — Y mientras yo 
ponía cara de indiferente, él continuó: — Después 
de mis tres últimas novias, conozco tantas mu- 
jeres de éstasl ... Y, ahora, casi nunca pienso en 
mis novias; las tr'-s últimas las recuerdo de cuando 
en cuando. . . A ninguno de mis amigos se le ha 
ocurrido preguntarme por qué terminaban tan 
inesperadamente mis noviazgos... 

— Francamente, usted jamás encaminó una 
conversación por ese camino; casi, casi, usted 
evitó el momento... — argüí yo sin mayor 
interés. 

— Voy a contarle las tres historias. . . ¡Vea cuán- 
tos hermosos lugares!... Me siento distinto y 
mejor al emocionarme. Este viaje es una emoción. 
Ahora verá usted como matamos el tiempo recor- 
dando... ¿Usted conoció a Ida, a Ida Turbis? 
— Hice un gesto de afirmación. — Una noche 
al volver de .su casa, apunté mis impresiones en 
un pedacito de papel. A! día siguiente busqué 
como un loco mi apunte y no pude hallarlo; sólo 
recordaba la impresión experimentada al conocer 



IMS 




la madre de Ida. Era una mujer un poco vieja y 
muy parecida a mi novia. Tenia sus mismos ojos 
tristes, el encanto mayor de Ida, pero la boca de 
aquella mujer era horrible, fea. tenía e! labio infe- 
rior caído y se entreveía un diente, completando 
la fealdad de aquella boca. Y, sin embargo, era 
igual, igual a la de Ida. Aquella pequeña y gra- 
ciosa caída del labio inferior de la boca de mi 
novia — ¡me seducía y gustaba tanto! — estaba 
allí, en la boca de su madre. 

Parecióme enternecido y continuó: — No se ima- 
gina cuánto hice por besar aquella boca, aquel 
labio... Tenía esta mujer un raro sentimiento 
de pudor. 

El primer beso me lo dio ella, con su boca 
húmeda, mientras hablaba de cosas tontas y 
superficiales, envolviendo aquel beso con un relato 
de lo más trivial, y me besó muchas veces, mien- 
tras decía cosas que nada embellecían el encuentro 
de nuestras bocas ni fortificaban nuestro amor. 
Palabras y palabras e.scondiendo aquel acto, pues 
a ella se le antojaba un pecado horrible. Palabras 
envolviendo el pecado suyo, como se envuelve 
un pedazo de cobre descuidado, entre pétalos 
frescos. Como el rezo trivial en el momento del 
pecado. Hablaba de cosas sin sentido mientras 
me besaba, y yo pretendía encaminar la plática 
por el cauce amatorio. 

La misma boca, del beso y del pecado, era 
aquella, la horrible boca de la madre... Esto 
fué poco a poco obsesionándome, y comencé por 
no besarla. El labio inferior de aquella boca fea 
de la madre exageraba, como una caricatura, el 
encanto de los labios de Ida. . . Tenía la impresión 
de que alguien me gritaba su defecto, haciéndolo 
resaltar, para enfermarme de desprecio... Pero 
una noche, no pudiendo más, trituré en mi boca 
una palabra desagradable, sostuve un gesto de 
repugnancia y besándole las manos — porque 
nunca había observado las de la madre — salí, y 
aquella fué la última noche. 

Miró el paisaje. Hundió la mirada en la espesura 
de un boscaje y continuó el relato de la penúltima 
novia, con una sonrisa forzada. Pasando su brazo 
por el respaldo, se tornaba más confidencial. 

— El padre de Alba, la penúltima, usted sabe 
cuánto era de antipático con su mirar equívoco 
y su desdén eterno. Siempre me extasiaba ante 
los ojos de Alba, tan extraños para mí, tan 
raros. Me miraban en forma tal, enigmática 
y desconocida, que más de una vez me sentí 
inferior al no poder comprenderla. 

Una noche, después de cenar, discuti- 
mos acaloradamente con aquel señor tan 
antipático. Sus gestos y ademanes — pude 
observar — correspondían con los de Alba. 
Ya sus movimientos afirn«»ativos o negati- 
vos de cabeza: ya sus ademanes violentos. 
Eran los mismos, exagerados por su condi- 
ción masculina, pero yo advertía y compa- 
raba. Allí, cerca de su padre. Alba estaba 
como dominada por la discusión. Le ava- 
sallaban las palabras y las miradas, pues todo 
su cuerpecito se echó para atrás, mientras vivía 
intensamente en sus ojos grises, con dos puntos 
verdes en las pupilas... Atisbaba los gestos y 
parecía afirmarlo todo. El padre se exaltó más y 



hasta llegó a la amenaza en un momento. Alba 
juntó las cejas con sorpresa, con ira y con curio- 
sidad. Vi sus manos crisparse y erguir su busto, 
hasta el punto de apreciar la ola contenida en 
su bata de seda. 

El padre se puso de pie y me miró clavan- 
do sus miradas en mis retinas, como para de- 
cirme con los ojos otro insulto a más del for- 
mulado por sus labios. Entonces yo vi, en los 
ojos de aquel hombre, otros ojos, metido,'; allí 
dentro, como incrustados en sus mismas pu- 
pilas. . . 

Me insultó con palabras insolentes, y en aquellas 
miradas, tan solapadas y perversas, estaban las 
miradas de Alba, las de mi novia, estaban sus 
ojos, ¡iguales, iguales, iguales!... Vi los ojos de 
Alba en sus originarios; comprendí sus miradas: 
me dio miedo y asco por aquel parecido, por 
aquellas miradas del hombre. Eran las de Alba 
exageradas... Y, aprovechando el altercado, no 
volví por su casa. 

Tiró al suelo una colilla y con el pie la deshizo, 
haciéndolo de una manera como experimentando 
una rara fruición. Yo le miré interrogándole; 
comenzaba a interesarme vivamente. 




— La última novia se suicidó... Mi noviazgo, 
que casi no llegó a ser tal, se llevó a cabo 
en casa de los abuelos de Encarnación... la de 
las manos pequeñas y frías, tan frías que nunca 
pude calentarlas con mi tibieza de amor. . . Una 
tarde de invierno nos pusimos a releer un libro 
querido, sentados en el hall de su casa, en donde 
por vez primera pisaba a instancias de la vieja 
abuela. 

Corría un viento helado por la calle, y lle- 
gaba hasta nosotros cuando pasaba alguien ol- 
vidando de cerrar la puerta que conducía al 
zaguán. Pasaban unos y otros. Encarnación les 
gritaba al pasar: ¡cierren la puerta.' con aquella 





V. 



vocecita cristalina, a veces, pues casi siempre 
estaba ronca. 

¡Cuántas veces pensé en una Encarnación 
enferma! ¡Esto era para justificar mi cariño, te- 
niéndole lástima y amando a una enfermita a 
quien debía tratar con la ternura de un her- 
mano mayor! ... Me acariciaba dulcemente la 
idea de sentirme su enfermero, de besarla cuando 
tuviese fiebre . . . 

A veces el amor necesita de estas cosas: de 
la compasión y la protección queremos más, 
más tiernamente cuando se interpone entre nos- 
otros y el cariño la mano perfumada de la 
caridad. Muchas veces pensé en una Encarna- 
ción tuberculosa, a quien lógicamente amaría 
mejor. 

Se sucedieron algunas llamadas de mi novia, 
rogando que cerrasen la puerta. De pronto oí un • 
grito horrible, ronco, formulado por Encarnación. 
Me sorprendí: era aquello como si fuese dicho para 
caer en un abismo, para ser gritado en una soledad 
inmensa. 

Por una extraña percepción se me ocurrió 
que solamente a un ciego se le podía gritar 
así, pues no ve los gritos, pensé... Dándome 
vuelta vi un ciego cuyos párpados encarnados y 
húmedos diéronme asco... Le miré, y ella le 
hizo acercar, conduciéndolo de la mano: ¡Un 
hermano mío!, dijo. Miré al ciego con atención, 
con curiosidad, y tenía la misma boca, la misma 
frente, el mismo perfil, las mismas facciones con- 
servadas y jóvenes de Encarnación. Era la cara 
de mi novia, sin ojos, con unos párpados rojos 
y unas cejas iguales, idénticas! 

Dominándome, aventuré mi acecho. Miré a 
ambos con desagrado: ella me parecía el ciego 
con ojos: él, ella sin ojos, con las órbitas vacías 
y los párpados rojos, húmedos de sangre. . . Casi 
hube de confundir las dos visiones, pues miraba 
a uno y me parecía ver al otro. 

Tomé una mano de Encarnación y estaba 
fría. Todo lo que no pude decirles a Ida y 
Alba y a todas las demás, se lo dije a ella y 
se tornaron más frías sus manos. Con aquellas 
manos levantó la copa con veneno hasta sus la- 
bios, y no sé si en mi exaltación exigí el sa- 
crificio! 
Desde entonces me he llenado de supersticio- 
nes. Yo me las creo y vivo con ellas. ¡Aque- 
llas manos frías levantaron la copa con 
veneno!... Con ella suicidáronse todas mis 
novias. 

Llegábamos. A medida que el tren iba 
deteniéndose cambiaba la expresión de Pa- 
blo Astier, hasta ser la misma de antes del 
relato. 

Nos escurrimos apresuradamente entre 
la muchedumbre siguiendo la línea serpen- 
teada, entrft la gente, por Pablo llamada 
«la caravana de los apresurados», como 
una víbora entre la muchedumbre lenta y 
pesada. 

Pablo tomó del brazo a una mala mujer 
y me dijo: 
- Estas son únicas... sin madre... sin pa- 
dre... sin parecidos... — y sonrió dándome la mano. 
Dejaba de ser un hombre vulgar. 



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Ab'TOKKÍS 



DON^r[D^O 

OLEO'DE 

OCTAVIO 

PINTO 



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MESA DEL 
SEÑOR AN- 
TONIO DE LA 
VEGA. 



La velada de fin y principio de año ofre- 
cida por esta institución a las familias de 
sus asociados fué una fiesta que tuvo inte- 
resantes proporciones. Numerosa y distin- 
guida concurrencia de damas, señoritas y 
caballeros congregóse en la terraza y en el 
jardín del club, que la comisión organiza- 



c/ 



dora habia, como de costumbre, adornado 
primorosamente, donde pasó agradables 
horas. Después de la alegre despedida y 
recibimiento hechos al año que moría y al 
1922 naciente, cuando mayor era la anima- 
ción, sobrevino la lluvia que puso inespe- 
rado punto final al simpático «reveillon». 



F A M I LIAS 

DE CAFLO- 

M AG NO y 

NISEGGI. 




EL PRESIDENTE DEL CLUB, DR. MAGLIONE, E INVITADOS. 



FAMILIAS DE RAMOS, BERZURA, POMBO Y HAEDO. 



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TM eHAkfvA^ 



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\' eiiiNA 

'\k.ACE 




EL «charrot es el tipo del criollo mejicano; 
corresponde al guaucho argentino; pero a 
un gaucho con sangre andaluza y azteca 
al mismo tiempo. El «charro» es alto, muscu- 
loso, morocho, de bigote negro y, a veces, 
pelo ensortijado. 

Viste pantalón ceñido a la pierna y encima 
unas «chaparreras» de cuero cerradas con boto- 
nadura de plata: chaleco y chaquetilla de ga- 
muza con alamares y adornos también de pla- 
ta, asi como !-« del sombrero de anchas alas y 
copa pronunciada. Anuda al cuello corbata roja 
de seda que forma, al frente, amplia mariposa 
bermeja. 

Luce sobre el hombro un poncho de vivos 
colores admirablemente matizados, calza espue- 
las de plata trabajadas a martillo en Amozoc, 
pueblo famoso por ellas, fuma habano fino y 
lleva en la mano látigo flexible y decorado con 
: ' ráticas labores. 

'"'t tan gallardo talante no es raro que sea 
70 de pendencias y valiente. Usa 
'•SCO. se deja matar por una mu- 
,' ■ nina» los más lindos versos 

"■ ■'■ '■ '■'■ '■ ¡r un hombre acompañado 

d<; la güiu:r<i. iiiscparable amiga de sus horas 
de soMad en el rancho. 

La «china» es criolla como él. Su rostro mo- 
reno rectierda siempre al de una Virgen mejica- 
.na que ha llegado a ser sím.bolo de ¡a nació- 
í ^ aaüdad. aparecida, según cuentan las 
-^ crónicas, a un pobre indio a me- 

' iiados del siglo xvi. Los ojos 

de la «china» son negros y 
^ profundos, el rostro ova- 
^ lado y sereno, los 

dientes blancos y 
finos, «el 1 pie 
chiquito y 
el talle 



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gentil», como reza un viejo cantar. Viste za- 
galejo o pollera de castor rojo adornado de 
entejuelas y abalorios, sobre cinco o seis 
enaguas de colores vivos; cubre su busto una 
simple camisa de lino bordada de seda, calza 
zapatillas de raso verde y en sus hombros se 
cruza el clásico «rebozo» mejicano tejido en 
seda y terminado en cumplidos flecos. Para que 
el «rebozo» sea bueno es menester que pase por 
el breve espacio de un anille. 

En las fiestas pueblerinas el «charro» y la 
«china» se encuentran, y miman su eterna come- 
dia de amor. El «charro» requiebra a la «china» a 
los acordes de una orquesta sumaria. Un zapa- 
teado difícil inicia la acción; la «china» hácele 
reverencias al «charro», tomando con las pun- 
tas de los dedos su zagalejo rojo; el «charro» 
tira el sombrero, y sobre aquellas alas, la «china» 
danza un paso complicado y ágil de baile. 

Suelen acompañar el taconeo de los bailarines 
cantos que improvisan los concurrentes, me- 
lancólicos unos, alegres y picantes otros, sabro- 
sos todos. Por ejemplo: 

Buscando donde acostarme 
Se me apagó la linterna; 
La fortuna que encontré 
Los ojos de mi morena. 

Esta pantomima coreográfica tiene una fres- 
cura indecible y, al mismo tiem.po, una 
im.portancia dramática considera- 
ble. Lo estimó asi Wlme. Pavlowa 
e incorporó el «jarabe» a su 
repertorio de bailes típi- 
cos internacionales. 
Adolf Bolm siguió 
el ejemplo 
iniciando 
su tem- 








porada de clásicos europeos en un teatro de Boston 
con el graciosísimo «jarabe» mejicano, típico y pin- 
toresco como el que más en la América latina. 



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J A 



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En las tardes domingueras se reúnen en los co- 
rrales de las estancias o en las plazas de los pue- 
blos los «charros» de la comarca a ejercitar su 
destreza en la doma de potros o en el volteamien- 
to de reses. 

Se improvisan tablados y desde ellos las «chi- 
nas» se encienden en amor con las proezas de sus 
galanes. 

Son verdaderas justas de agilidad, valor, ente- 
reza de ánimo. 

"Charros) y «chinas» visten sus mejores galas y 
compiten en aderezo ellas, como en valor sus 
enamorados. 

Los caballos ostentan ricos jaeces: sillas con 
chapetones de plata, pretales, frenos y estribos 
de lo mismo, cuero repujado en las «cantinas». 

El «charro» dibuja en el aire con el lazo figuras 
complicadas y con precisión absoluta inmoviliza 
al toro o al caballo para después jinetearlo en me- 
dio del entusiasmo llevado al delirio del concurso. 
Ahora voltea a un novillo quebrando la cola entre 
la pierna de! jinete y la silla del caballo. Actitu- 
des todas de plasticidad estatuaria que, pi- 
\ diendo el bronce, han sido fijadas con arte 

rx incomparable en barro por los alfa- 

', V^" reros indios, de perfil de águila. 

"^ "^-^ A la luz de las estrellas los «cha- 

rros» conducen a las «chinas» 
a la grupa de los caba- 
llos, mientras de las 
chozas que bor- 
dean el camino 
l^-j^O.^ se escapan 



alfarería de jalisco. 




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coplas de noble arte ingenuo que tiemblan en la 
noche a la par de los luceros y de las estrellas. 

INTORESCAS 



Las mujeres del istmo de Tehuantepec tienen 
fama de ser las criollas más lindas de Méjico. En 
pleno trópico, sus ojos arden con llama vivísima. 
Son fuertes, duras y bien hechas; un par de tren- 
zas negras encuadra un rostro moreno de contor- 
nos perfectos. Visten telas blancas, siempre lim- 
pias y cuidadosamente planchadas. Sobre la falda 
una camisola de colores vivos bordada de flores 
amplias y luminosas. 

Aman las joyas, y en los pueblos de la región se 
trabaja cuidadosamente el oro y la plata para pro- 
porcionar a estas mujeres de andar onduloso sorti- 
jas y aros de filigrana que engarza rubíes, esme- 
raldas y zafiros. 

Las tehuanas se bañan en los ríos más caudalo- 
sos de la república y duermen la siesta en hamacas 
tendidas en árboles de maderas preciosas y se 
abanican con anchas hojas de banano. 

Para ser más inquietantes aún rodean su cabeza 
de una gran toca en forma de resplandor, hecha de 
encajes o de tiras bordadas. 



L 
N 



cerámica de guadalajara. 



Pero el arte nacional mejicano tiene otra ^-v 
forma más duradera, sencilla y popu- ^^.../Í^J 
lar. De la vieja civilización indígena '''^^ 
lo único que se conserva con 
carácter verdaderamente ar- 
tístico es su cerám.ica. 
Los indios eran ya 
dibujantes, estili- 
zaban los mo- 
delos con 




OL 




habilidad prodigiosa, y el indio 
de nuestros días ha heredado 
de sus antepasados la destre- 
za sorprendente de modelar 
el barro y decorarlo con figu- 
ras de dibujo único. Flores 
estilizadas, pájaros curiosos. 
grecas, toda la flora ornamen- 
tal simplificada y preciosa. 

Es que el artista indio no 
puede usar un objeto sin em- 
bellecerlo previamente, he- 
rencia de una civilización de 
decadencia, extraordinaría- 
"lente original y decorativa. 



MONOS 
C U A D A L A J 



O E 
ARA 




Pero no es la fabricación de 
objetos usuales de repostería 

de cocina lo que ha hecho 
írnosos a los alfareros indíge- 
nas, sino el modelado de pe- 
queflas, de minúsculas esta- 
tuas de barro coloreadas. Es- 
tas figuras representan aspec- 

J . JIMÉNEZ 



NO HAY JINETE TAN 
HÁBILCOMOELaCHA- 
RRO» UejICANO. BAS- 
TE DECIR OUE ES EL 
MAESTRO DE LOS CÉ- 
LEBRES «cow-Bors», 

CENTAUROS QUE EL 
CINE POCULARIZÓ. 





tos de la vida rural: Un «cha- 
rro» que derriba a un toro, un 
caballo que salta la tranque- 
ra, el aguador con sus ollas de 
agua al hombro, la pareja que 
baila el «jarabe» . . . 

El escultor que trabaja el 
barro de Guadalajara tiene 
predilección por los toros, y 
reproduce escenas de lidia, 
banderilleros, matadores que 
pasan de muleta, picadores 
que sufren tumbos. 

Nada puede reprocharse a 
los muñecos de los imagineros 
indios: la expresión es perfec- 
ta, la actitud adecuada, la in- 
dumentaria propia. Con ello, 
el escultor indígena, desde el 
fondo de su choza, reivindica 
para sí la representación del 
arte más genuinamente popu- 
lar de Méjico. 

jY cuan honrosa estirpe tie- 
ne este humilde arte en el 
mundo! 



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GOLONDRINAS DE CUELLO BLANCO 

A lo largo de la calle silenciosa vuelan desde 
esta mañana unas golondrinas de alas parduscas 
y blanco cuello. Toda la noche ha llovido mansa- 
mente — última llovizna del invierno — y aun 
el cielo está gris como un viejo cromo de plata. 
La tierra, empero, no presenta charcos y sólo 
tiene una monotonía turbia en la que se esfuman 
las alas pardas de las golondrinas. Cuando éstas 
cortan el aire y se alejan en fugaces ondulaciones, 
la vista ¡as sigue con marcada inquietud. ¿Será 
porque anuncian que se va el invierno o será 
porque llega la primavera? 

A ratos, las infatigables viajeras quieren ser 
más expresivas y pían: pero su canto sin varia- 
ciones remeda malamente los ensayos de cualquier 
pichón hambriento . . . Parece que de tanto vaga- 
bundear de un país a otro, siguiendo la rotación 
de los días luminosos y floridos, las golondrinas 
se han olvidado de las canciones nativas. 

Algunas baten las alas hasta lo alto de un sauce 
enorme que da sombra a la acequia pueblera, y 
se posan en una débil rama seca. Allí esponjan las 
plumas y se aduermen largas horas, muy cerca 
unas de otras, amparando sus ouerpecitos de la 
humedad flotante. Y luego, cuando el primer rayo 
de sol rompe la gris monotonía de! cielo, revuelan 
alocadamente todas las golondrinas, y en colonia, 
piando desatinadamente, se van a lo largo de 
la calle, lejos, muy lejos, a ver si encuen- 
tran de nuevo la emoción de su cantar 
olvidado . . . 

Como aun no hemos salido del pueblo, 
vemos pasar después por la calle, con 
rumbo desconocido, un hombre silen- 
cioso, jinete en un rocín montañés y 
terciada la vihuela a la espalda. 

Tiene, por extraño destino, alma 
andariega de gitano, y en sus ojos 
apenas si el más avisado puede des- 
cubrir una vislumbre acerada que 
hiende la sombra de las anchas 
alas del sombrero. Este hombre — 
a nadie preocupa cómo se llama — 
es un cantor que va diciendo sus 
coplas de rancho en rancho, de baile 
en baile. Sin recordar cómo ni dónde 
las aprendió — lo que tampoco pre- 
ocupa — sabe todas las canciones 
regionales con su sabor aborigen y 
su perfume de leyenda, y las va des- 
granando en la algarabía de. las fies- 
tas lugareñas, con pena o con malicia, 
que de todo hay en su arte. 

Es también infatigable viajero; mas 
no abandona nunca la tierra de origen. 
Acallado el bullicio de las fiestas, da un 
gran rodeo por el valle y se vuelve a su 
casa de piedra. 

Supone la gente que allí se da a pensar, un 
poco apesadumbrado, en la suerte de un amor 
que se hizo precursor de esperanzas en otros 
hombres como las golondrinas son precursoras 
de primaveras en todos los países. En un amor 
que, al decir de la gente sencilla, se hizo o fué 
simplemente inconstante. 

Y no debe ser así, porque año tras año se 
enriquece el acervo de sus cantares. Sin duda en 
su retiro — hombre sencillo él también — lejos 
de torturarse con mujeriles inconstancias, renueva 
la emoción del romancero tradicional, cumple so- 
segadamente su destino y es su gloria que al 
conjuro de sus canciones florezca amor en los 
demás. . . 

NUESTRA ESCUELA 

¡Si vieras, compañero, cómo está la casa de 
nuestra escuela, la casa del patio enorme en que 
tú sentiste conmigo la tentación de la primera 
travesura complicada con algo que aprendimos 
en los libros! 

Esta mañana nos ha despertado el bullicio de los 
chicos que pasan con la indisciplina inocente y 
alegre de las últimas clases y del postrer examen 
del año reflejada en los rostros y confiada espon- 
táneame te al desorden de la charla. La inquietud 
del estudio, del saber o no saber, los ha tornado 
expansivos y ante la inminencia de las pregun- 
tas finales, definitivas, del maestro, parecen 
esperar mucho de la suerte y mucho de la cla- 
ridad del día. 

¡Admirable bandada que rejuvenece con sus 
ensueños! 

Muchas veces en las ciudades hemos visto cole- 



gios enteros que pasan en los tranvías y que se 
alejan cantando, sin saber dónde van ni por qué 
cantan, y hemos sentido también remozada la vida. 

Aquí si sabemos donde van los chiquillos y por 
qué arman esa algarabía, y seducidos por ellos 
hemos venido otra vez a la escuela. 

¿Te acuerdas de aquella muchachita condiscí- 
pula que tanto nos llamaba la atención porque 
era rubia y hacendosa como una abeja? Se ha 
diplomado de maestra y enseña con noble vocación. 
Al reconocernos nos ha tendido la mano fina, 
gentil, y ha sonreído evocando buenamente quién 
sabe qué pretensiones que nosotros tuvimos en la 
adolescencia. Y en su compañía hemos recorrido 
la casa: las aulas nuevas, el patio embaldosado, 
el laboratorio y hasta una biblioteca con su corres- 
pondiente sección de mapoteca. 

Ante la transformación que se advierte por 
doquiera, experimenta nuestro espíritu una sen- 
sación extraña, mezcla de sorpresa y desencanto, 
pese a ¡o cual confesamos que se han cumplido 
nuestros temores. Sólo queda en su sitio, sin 
causa conocida, la vieja campana con que nos 




llamaban a clases; la vieja campana que un día 
de invierno que nevó en demasía se rompió con 
fragilidad de cristal. 

Lo demás resulta aquí extraño puesto que es 
vulgar y común a todas las escuelas. Quisiéramos, 
sin duda con acentuado egoísmo y únicamente 
por el placer sentimental de sentirnos niños otra 
vez, ante el recuerdo de las mismas cosas que 
vimos y nos rodearon cuando éramos chicos, que 
nada hubiese cambiado en el aspecto de nuestra 
escuela. Por eso nos desconcierta la maestrita 
rubia que, conocedora de nuestra impresión por 
pocas palabras que hemos pronunciado con des- 
aliento, responde sencillamente: 

— También ustedes están muy cambia- 
dos . . . 

Al decir esto, ella baja la vista y sus largas 
pestañas dan una sombra triste a las ojeras. 
Cohibidos y no obstante pretensiosos de nuevo, 
nos aventuramos a suponer que ella ha evocado 
los días lejanos de compañerismo y ha dejado es- 
capar, con su observación anterior, un ligero repro- 
che porque ya ni nos acordamos de haber aspirado 
a su preferencia. 

¡Vanidad que ojalá ella nunca sorprenda! 

Sin embargo, se acentúa en nosotros la desilu- 
sión por las reformas arquitectónicas de la vieja 



casa. Y sólo comprendemos la sin razón de nues- 
tra nostalgia cuando inopinadamente golpeamos 
la antigua campana, cuyo bronce roto y he- 
rrumbrado lanza un sonido seco, lastimosamen- 
te destemplado en el ambiente bullicioso del úl- 
timo recreo. 

De lejos, un chico nos mira con visible curiosi- 
dad, mientras el tañido inarmónico de la campana 
cae bruscamente sobre nuestro egoísmo y abre 
camino al aplauso para todo lo que es nuevo en la 
casa que fué de nuestra escuela. 

EL AMIGO DE LAS VÍBORAS 

De pronto ha surgido en la conversación el 
recuerdo de este extraño protector de las víboras. 
En la rueda de amigos, viejos y mozos, todos le 
conocemos; pero hasta ahora ninguno de nosotros 
se detuvo a pensar en las características de su 
personalidad. Ha sido necesario que un hecho 
reciente, una nueva hazaña suya venga a incitar 
nuestra curiosidad aletargada. 

A medio día. este hombre taciturno se ha pa- 
seado hoy por la plaza acariciando una víbora 
de movediza cabeza chata y se ha sentado con 
ella a la sombra del mismo sauce en que esponjan 
sus plumas las golondrinas. Las ramas lánguidas 
del árbol en cuyas guías se insinúan tiernos 
brotes, apretujados y verdes, cristalinamente 
verdes como incipientes racimos de uvas, 
lo han invitado con su frescor a quitarse 
el sombrero, que él ha colocado a su 
vera, con aparente descuido. Después, sin 
moverse de su sitio, ha cortado algunas 
hojas, las más nuevas, y con ellas ha 
formado en el sombrero mullido lecho 
para su viscosa amiga. 
Adormilado ahí el reptil, su extraño 
protector se ha quedado mirando 
largo rato un punto lejano del ho- 
rizonte, allá por las abras monta- 
ñesas donde el choque de los vientos 
levanta vertiginosos remolinos en 
< cuya cresta, según la conseja que 

i en la siesta sirve para amedrentar 

a los chicos, cabalga frecuente- 
mente el mandinga. 
Como siempre, el hombre esquivo 
i apareció con su fascinada compa- 

/ ñera, concluido el trabajo matinal, 

del fondo de las viñas en que él dis- 
tribuye con admirable maestría el 
agua de las acequias. Nunca en el 
pueblo el encantador de víboras tuvo 
confidentes. Ha vivido, más bien, ale- 
jado de los hombres y a veces en riña 
con ellos. Cuando corren como ahora los 
meses calurosos, se le ha visto muchas 
veces enjugar gruesas lágrimas porque los 
peones compañeros de su faena o los mucha- 
chos parlanchines que alegran la vendimia 
mataron una víbora, cuya libertad, con destino 
exclusivo a la muerte, le fué ordenada por la due- 
ña de la heredad. Entonces él se ha ocultado resig- 
nadamente,con paso tardo y doliente, en un rincón 
cualquiera de la casa, y se ha quedado triste, pro- 
fundamente conmovido, mascullando incomprensi- 
bles rezongos. Acabada la fiesta de la ejecución, 
que fué para él una burla mordaz, ha recogido los 
despojos sangrantes y se los ha llevado para cum- 
plir sin duda diabólicos ritos en el aquelarre donde 
las viejas más viejas aseguran que alterna con las 
últimas brujas. Pero al día siguiente ha fascinado 
otra víbora. Al divisarla en los parrales, la diafani- 
dad de sus ojos garzos se ha tornado iridiscente y 
la luz opalina ha reflejado en el fondo, primero con 
leve temblor y en seguida muy fijamente, dos pun- 
tos negros, redondos, perfectos: los ojos de la víbo- 
ra. Ha acariciado suavemente la cabeza astuta del 
animal enroscado en algún sarmiento, y siguiendo 
las rítmicas contorsiones ha extendido después la ca • 
ricia de su mano callosa a lo largo del cuerpo frío, 
repugnante y rastrero como una calumnia. La ha 
envuelto luego en un puño y le ha brindado el calor 
de su cuerpo robusto pero tembloroso cual un ar- 
bolillo azotado por el zonda. Y ocultando su presa 
encantada se ha marchado sin rumbo preciso, por- 
que parece olvidado de que poco después ha de lle- 
gar, fatalmente, nueva orden de sacrificio... 

En la rueda de amigos, mozos y viejos, nos 
hemos quedado pensando, irresistiblemente su- 
gestionados, en la vida de este hombre extraño 
que no hace mal a nadie y sólo demuestra cariño 
a las víboras. Y no hemos podido descifrar su 
destino ni el misterio de sus ojos garzos que 
suelen tornarse luminosos, iridiscentes... 



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X/ENECIXV 



No es la Venecia suntuosa y bullanguera de! Canal Gran- 
de, la Venecia que los artistas han consagrado a pinceladas 
y que la fotografía reproduce sin descanso. No es la Venecia 
magnífica recorrida procesionalmente por el dux y el Bucen- 
tauro. Cerca y lejos de los palacios señoriales este «rio» 
donde sólo pasan las góndolas pequeñas, este canal Ducci 
es un recoveco de una Venecia desconocida y modesta. 

Estamos en la «fondamenta» Zarzi, frente al «sottoportico» 
Marín. Mientras la turbamulta de los turistas pasa y re- 
pasa por ante los monumentos, una pareja de viajeros 
más enamorada mutuamente que enamorada de la gran 
ciudad huyó del bullicio en una góndola diminuta y ligera 
como un esquife. Por la Venecia de palacios, por las ca- 
llejuelas acuáticas de una villa única para el arte y el 
amor, oculta su cariño. Así en aquellos tiempos de ameres 
celosos y aventuras trágicas bogaban cautelosamente las 



embarcaciones llevando a las parejas incógnitas. Allí, al 
paso, se sorprende el movimiento de la Venecia modesta 
y humilde: cantos familiares, ruidos de vajillas, gritos, ri- 
sas y llantos de niños, órdenes. Y veis a la buena gente 
que echa ojeadas curiosas a los raros visitantes, y en las 
miradas que os dirigen por encima del parapeto de la «fon- 
damenta» advertís la ágil y graciosa malicia veneciana. 
Todos los «ciceroni» os han pregonado que el encanto 
mayor de la ciudad lacustre está en su fastuoso lujo artís- 
tico. Los libros de viaje y las guías lo repiten tanto, que 
Venecia la grande os resulta ya conocida al visitarla por 
primera vez. Pero los distraídos turistas de las lunas de 
miel prefieren esta ciudad oculta al abrigo de la otra, cer- 
cana y lejana de San Marcos, olvidada por los artistas, la 
madeja enmarañada de los «rii» casi solitarios donde vive 
la gracia popular de la inimitable y hermosa Venecia. 



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quiere contribuir de continuo a que el 
mundo elegante renueve sus moblajes de 
acuerdo con los preceptos de la última 
moda y ajustándose siempre a los dictados 
de la mayor distinción y belleza. Y en tal 
propósito, se inspira y orienta la labor 
constante de su Estudio Artístico. 



FLORIDA 833 



3vcNOs Amis. enebo dc 1922. 



.|íllllllimil1IJIIl!t!l1<lli<il¡ll|i|llll!llll 



BUENOS AIRES 



iiiiiiii!iiiiiii|iiiiiiiiitili]iliii{i!iiiiiiiiiiiiliiiiiiiiiiiiiiiiriiiiiiiíiiiliiiiliiiii{iiiii:iiiiiiiiiiiii[iiiiiiii{iiiiiiiiiiiiiill!iill'llll11llll^ 
TALLERES GRÁFICOS DE CaRAS Y CaRETAS 




A rniíCCION 



por su inveterada distinción, acrece constantemente su con- 
cepto de CASA DE CALIDAD, y se señala, 
por definición estética, como el centro pre- 
dilecto de ^todo Buenos Aires" 
artístico V social. 




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en bronce cin- 
celado, estilo 
bizantino, re- 
producción del 
Museo deCluny, 
de París. 



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la preferencia de profesionales y «amateurs», hacia este 
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cados para obsequios a profesionales, acontecimien- 
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rsción irplesa: bandeja, cafetera, azucarera y cucharillas, en plata inglesa, sellada. 



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r/rocftd^r.ria inglesa, comprenden todos los estilos en boga y se imponen por su riqueza y calidad. 



3 Entradas y Vidrieras: 



FLOl>IDA, PARAGUAY, SAM MARTÍN y CÓRDOBA 




>.^K.— 



LA ENSEÑANZA 



DEL 



HOGAR 




NO SE TRATA DE UNAS AMIÜAS REUNIDAS PARA COSER ROPAS CON FINES BENÉFICOS. ESTA ARTÍSTICA FOTO REPRODUCE El, INTERIOR DE UNA CLASE NORTEAMERICANA 
DE LABORES. EN LAS ESCUELAS DE TODOS LOS PAÍSES LAS FUTURAS MAESTRITAS NORMALES COSEN, TEJEN Y BORDAN EN LAS MISMAS AULAS DONDE ESTUDIAN PEDAGOGÍA O ARIT- 
MÉTICA, CASI SIEMPRE APROVECHANDO LOS MISMOS PUPITRES. LOS AUTORES DE ESTA INICIATIVA QUIEREN LOGRAR QUE LAS DISCÍPULAS, AL MISMO TIEMPO DE APRENDER LOS 
TRABAJOS DE LA AGUJA, APRENDAN A TENERLE CARIÑO AL HOGAR. POR ESO LE QUITARON A ESTA ORIGINALÍSIMA CLASE TODO CUANTO PUDIERA HACERLA SEMEJANTE A AULA. 



25 FL 




■I 




NOCERA UMBRA 

FUENTE ANGÉLICA 



-Bmo / LA REINA DE LAS AGUAS MINERALES 
•A>»^5^y PARA LA MESA - -- - _, 

En Italia los profesores doctores: De Giovanni, Molescott, Mantegazza, Mar- 
chiafava. Cantan!, Semrnola y otras lumbreras de la ciencia médica la hicieron 
popular con sus escritos y la recomiendan a sus enfermos. 

En la República Argentina profesores ilustres como: Señorans, Larguía, Mo- 
lina, Obejero, Llobet, Gandolfo, Botto, etc., reconocen sus excelentes propieda- 
des higiénicas y al mismo tiempo que la declaran la mejor de las aguas de mesa, 
la dicen muy buena para las afecciones del estómago, del hígado, de la veji- 
ga y de los ríñones. 

El profesor Dr. Pedro N. Arata, Jefe de la Oficina Química Municipal, 
con certificado N." 35129 declara ser el ácido carbónico que contiene de prove- 
niencia natural y no agregado artificialmente. 



Concesionarios en las Repúblicas Argentina, Uruguay y Paraguay: 
JOSÉ PERETTI & CÍA. - Rivadavia, 1914 - Buenos Aires 



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Después del placer de dar expresión 
a nuestros sentimientos, está el de 
expresarlos deí modo adecuado. Las 
mejores ideas, los más sublimes 
Densamientos, resultan vanos sí se 
escriben en papel estrafalario, de 
mala calidad. EP' papel es el ropaje 
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tisfacción. Hace 70 años que Studebaker 
está considerado como uno de los grandes 
fabricantes del mundo, conservando desde en- 
tonces el cetro de la dirección en cuanto se re- 
fiere a los complejos problemas del automovilismo. 

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tan largo de experiencia y prosperidad cada vez mayores. 

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superior; 2." Al ejercicio de métodos comerciales de la más 
irreprochable base mora!, y 3.° A la prudente y sana polí- 
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JlLSTA es la mejor garantía que puede ofrecerse al compra- 
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son vendidos por una sucursal de la Studebaker Corporation 
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años, es decir, son vendidos directamente por sus fabricantes. 

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' ;Riv&da.viaL 1^38 



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Bueríos 




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AÑO VI 
N ÚM. 70 



FEBRERO 
DE 1922 




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<^--T0\IS.\2JES 



NPQENIINC6 




AN ORAMAS 
FOTOGRÁFICOS 

DE 
P A E L O 




jj,H- -- •• -~- — 3n el ruadro 

mi; ¡ago Nahuel 

Hus- ri-rs los coihues 

y raüa^ s« e&uecriftn y cGn funden lu- 
ríendo la esbeltez de sus copas sazcnadas 
de verdor. Por entre los Intersticios de la 
lujuriosa fronda, que trepa escalonada 
cubriendo pedriscos y laderas, se perfilan 
«n el horizonte las agujas montafíosas del Catedral y Traíiil 
hiriendo las blancas nubes que pasan encadenadas como 
gieanteacas legiones del espado. 

LtM horas de !a madnif^da y de la tarde se suceden con 
delicadas transictones, trazando policromos espejismos sobre 
la azulada superficie del embalse, o sacudiendo con arrebatos 
tempestuosos las profundidades liquidas de los prehistóricos 
«!<ac^iarss. El lago Nahuel Kiupi, cuya extensión abarca 76 
kilómetros, exorna la nota mis hermcsa de la topografía 
andina. 

Sus fjords. nevados y cascadas pueden ser cantados en 
galanas estrofas de poética inspiración. La naturaleza ha 



MUCHO SE HA ES- 
CRITO SOBRE LA MÁS 
HERMOSA REGIÓN DE LA RE- 
PÚBLICA; SU BELLEZA AUGUSTA 
y MAJESTUOSA HA INSPIRADO PÁGI- 
NAS NOTABLES A LOS OUE HAN LLEGADO 
HASTA ELLA EN PROCURA DE SENSACIONES DE 
EMOCIÓN Y DE ARTE. «PLVS VLTRA» PRESENTA AQUÍ 
ALGUNOS PAISAJES DE ENSUEÑO Y DE MARAVILLA, 
Y LA PLUMA DE EMILIO B. MORALES DESCRIBE SO- 
BRIA Y MAGISTRALMENTE SUS IGNORADOS SECRE- 
TOS. POCOS, ES VERDAD, PUEDEN HACERLO COMO 
MORALES, CONOCEDOR PROFUNDO Y ADMIRADOR 
CULTO Y ENTUSIASTA DE LA MUY BIEN LLAMADA 
«SUIZA ARGENTINA»; MORALES HA RECORRIDO 
MINUCIOSAMENTE LA REGIÓN DE LOS LA- 
GOS SERENOS, DEDICANDO, CON CARI- 
ÑO DE ARTISTA, PARTE DE SU 
VIDA A REVELARNOS LOS 
TESOROS DE ENCANTO 
ALLÍ ENCERRADOS. 



ofrendado así su magna obra, para satisfacción y orgullo de 
la nacionalidad argentina. 

Cuando se t'ende la vista por aquel inmenso escenario 
de las aguas y los montes, la imaginación se remonta al 
recuerde de los primeros conquistadores españoles que, al 
trasponer los mares, loriaron la visión de la ciudad encantada 
de los Césares Araucanos que idealizó uno de los sobrevivien- 
tes de la triste y célebre expedición de don Simón de Alcazaba 
en el año 1535. 

La zona de Nahuel Huapí, dividida por les territorios de 
Rio Negro y Neuquén, cuya línea cruza desde la embocadura 
de! rio Limay hasta puerto Blest, culmina desbordes pri- 
morosos de selvas milenarias. La flora se expande alegre- 
mente bordeando arroyuelos que nacen en heleros superiores, 
los cuales al precipilar.se en cascadas bañan losnegrcs peñones 
de la costa. Descontando la magnitud del lago, otra carac- 
terística de esplendor le rodea; una sucesión de lagos más 
pequeños, pero no menos armoniosos e interesantes. Muchos 
de ellos se comunican entre si: el Cerrentoso, Traful, Falck- 
ner, Machónico, Villarino, Hermoso, Filohahuen, Meliquína, 



fe 





INFINITOS SON LOS ADMIRA- 
BLES PAISAJES DEL NAHUEL 
HUAPf, EL GIGANTESCO LAGO 
ARGENTINO. 



Espeje, Cántaros, Frías, Frey, Canquenes, Morales, 
Moreno, Gutiérrez, Mascardi, Guillelmo, Fonck, 
Hess, Steffens, Martín, Gormaz y otros que se ex- 
tienden hacia el sur en dirección al Rivadavia. 

Dominando el inmenso circuito de las aguas y 
las cumbres, el imponente Tronador eleva sus pe- 
nachos de blancura en el límite argentincchileno, 
vclcando sobre el territorio vecino los caudalosos 
ríos Peulla y Blanco que desaguan en el pintoresco 
lago Esmeralda, y sobre la Argentina el Manso y 
Frías, que entran al Mascardi y Huapí, respectiva- 
mente. Haciendo «pendant» con las blancas y verdo- 
sas cumbres del oeste, otras cadenas rocosas e 
imponentes surgen por la extremidad opuesta del 
nordeste, ofrendando sinuosidades y elevaciones la- 
minadas por el transcurso de los siglos. 

Los montes que encajonan el Limay, donde des- 
emboca el violente río que nace en el lago Traful, 
ofrecen contrastes y dibujos originales con el con- 
glomerado de monolitos, columnas basálticas, grutas, 
torreones, pirámides; obscuros y gigantescos peñones 
que parecen monumentos y castillos derruidos de la 
antigüedad; perfiles de cúpulas y arcos con figuras 
extrañas e incrustaciones que simulan papiros egip- 
cios. En aquellos solitarios lugares, donde hace medi- 
tar la salvaje naturaleza, el intrépido caminante se 
detiene absorto ante los pedestales de granito que, 
con el rodar de los siglos, han soportado la acción 
destructora de los elementos encadenados al través 
de edades primitivas. En el centro de aquellos to- 
rreones y columnas fantásticas aparece la silueta 
misterio5a de la Gruta del Diablo, cuya gótica 
portada, surmontada por triangular frontón, dice, 
con gráfica elocuencia, lo que la naturaleza puede 
en sus violentos arranques de secretas concepciones. 
Sobre el flanco izquierdo, la cabeza de Satán se 
dibuja con soprendente realidad. 

El camino accidentado que parte de Bariloche 
para el lago Lacar serpentea por las márgenes del 
Limay; cruza los ríos Traful, Filohahuen, Caleufú 
y Pilpil, dejando a retaguardia la pintoresca fuente 
de! Meliquina. Los pasos de Ipela y el de la cum- 
bre en el Traful, a pesar de sus pendientes y esca- 
brosidades, presentan panoramas de alternadas pers- 
pectivas. Elanfi teatro del Limay— tan acertadamente 
calificado — constituye sin duda alguna ia nota ad- 
mirativa más descollante de la travesía. Las aguas 



DESDE CUALQUIER PUNTO DE 
VISTA EL FOTÓGRAFO PUE- 
DE REALIZAR VERDADERAS 
OBRAS DE ARTE. 





describen amplio óvalo con borduras de arbustos y flores, 
dejando en el centro pequeñas isletas de pregonantes co 
loraciones y espejismos vibrantes que se alargan como ar- 
tísticos caireles de »broderie». Por ambos lados las barran- 
cas, cubiertas de verdor, llegan suavemente al nivel de las 
aguas con el imponente aspecto de gradería, cuyos asien- 
tos se dijera que esperan a los espectadores para admirar 
aquel conjunto suntuoso de los escenarios naturales y al 
aire libre, que tanto amaron y cantaron los griegos. 

A corta distancia, e incrustada a paredes de granito, 
aparece una Gruta Peb.uenche, por cuya entrada se des- 
prende rumorosa rascada. En su interior se observan signos 
indescifrables y bifurcaciones primitivas que sintetizan 
recuerdos históricos de aborígenes, donde indómitos caci- 
ques ejercieron el poder de tribus que más tarde cayeron 
vencidas por el ejército de la civilización. 



Los que llegan a esas regiones, atraídos por el prestigio 
del ambiente sano y delicado de los lagos y las selvas, 
confortan el espíritu abatido por la vorágine de la vida 
material. Nutren la mente y el corazón con sucesivas im- 
presiones que despiertan la topografía andina, pictórica 
de contrastes en bellezas naturales. 

Bariloche es el punto obligado de conrentrat.ión para 
interesantes excursiones. Un mes de permanencia modifica 
por completo el organism.o. Con animosa disposición, las 
horas y los días resultan insuficientes para investigar y 
apreciarla voluptuosa inmensidad desús fuentes y jardines. 

Isla Victoria con su esnlendente flora; península Beatriz; 



ALT 
«rVADAS. 




& 




puertos'Manzano, Sabanah, Blest. Rincón, Tigre, Pañuelo, 
y Moreno: golfo, de la Tristeza; lagos Moreno, Gutiérrez 
y Mascardi; sierras de la Ventana, Catedral, López. Ot- 
toshoe, y el pintoresco camino de la costa que conduce al 
cerro Campanario, único punto desde donde se domina 
toda la extensión del lago, son lugares que, por su galanura, 
mitigan los efectos de la displicencia y la neurastenia. 

Si entre las caravanas figuran turistas intrépidos y 
decididos, se pueden realizar ascensiones al Peñón de las 
Argentinas, desde donde se abarca toda la grandiosidad 
del cerro Tronador con extensos campos de blancura. La 
picada Morales arranca a pocas cuadras del lago Frías 
y llega por estrecho sendero a 3.200 m.etros de altura. 



M 



O 



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El recorrido se hace en un día, cómodamente y sin mayores 
tropiezos. El espectáculo que se abarca en círculo colma 
el anhelo de quienes llevan el propósito de conocer de 
cerca los macizos helados de nuestro Monte Blanco ame- 
ricano. 

Les hombres de gobierno, los que bregan por el adelanto 
del país, los políticos, estudiosos, artistas y pensadores 
tienen en la inmensa cordillera !a mejor panacea que vigo- 
riza el humano temperamento. Allí se nivelan Us altera- 
ciones diarias del organismo, se quiebran las exaltaciones 
inherentes al carácter y se confortan energías con el 
ambiente de los lagos y selvas. No existe otro tratamiento 
m.ás saludable y positivo que el de la propia naturaleza, 
con sus horas primaverales y los majestuosos panoramas 
que por momentos se perfilan en el extenso radio dei 
Nahuel Huapí y sus montañas. 



EL TRONADOR 
DOMINANDO 
EL LAGO NA- 
HUEL HUAPÍ. 







l^-EX/ELAClO'N 



ILUSTRACIÓN 
DE ÁLVAKEZ. 



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ORA 



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LA LLUVIA, ESENXIA CONDENSADA DIX CIE- 
LO, CON SUS GOTAS HIENHECHOKAS, RIEGA 
COX UNA INEFABLE BONDAD LOS CAMPOS Y 
LOS VALLES. LOS MONTES V LOS PRADOS, Y CON 
LA SAVIA INVISIBLE DE SU AMOR TRANSPAREN- 
TE, DEVUELVE A LA TIERRA SEDIENTA, FLORA- 
CIÓN, NUEVA VIDA, FRESCURA Y BIENESTAR. 



Y DICE LA AMADA: 

YO QUIERO DE MI AMADO LA INEFABLE DUL- 
ZURA DE SU CORAZÓN, QUE CUAL GOTAS BIEN- 
HECHORAS DEVUELVAN A MI CORAZÓN SE- 
DIENTO NUEVA VIDA Y ALEGRE BIENESTAR. 

YO QUIERO DE MI AMADO LA DULZURA DE SU 
GENEROSO CORAZÓN, 



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DAD 



I 



VOSO 



CORA 



O N 



LA TIERRA CON LA PLENITUD DE SU FECUN- 
DIDAD, DE SUS ENTRAÑAS Y DE SU CORA- 
ZÓN, DASE EN UNA CONTINUA COSECHA, EN 
UN CONTINUO AMOR. 
Y DICE LA AMADA: 
YO QUIERO DE MI AMADO LA PLENITUD ICX- 



CELSA DE SU CORAZÓN, PARA QUE COLME MI 
CORAZÓN HAMBRIENTO CON LA AMOROSA DA- 
DIVA DE SU INMENSO SEMBRAR Y DE SU CON- 
TINUA COSECHA. 

YO QUIERO DE MI AMADO LA PLENITUD DE 
SU DADIVOSO CORAZÓN. 



L .\ 



\' I C T O R I A DE SU E T lí R N O CORAZÓN 



EL SOL, ESTE HÉROE DE MIRADAS ARDIEN- 
lES CUAL FLECHAS DE ORO, ENLOQUECE 
LA TIERRA DE AMOR, QUE CUAL UNA CO- 
ROLA AMOROSA MAJO SUS BESOS SE ABRE, VIVE 
Y RENACE. 

EL SOL BRILLA Y EXISTE SOLO PARA i;LLA 
DESDE LA CREACIÓN DE LOS MUNDOS HASTA 
LOS CONFINES DE LA ETERNIDAD. 
Y DICE LA \M AMA: 



YO QLIEKO DE MI AMADO EL FUICGO DE SU 
PASIÓN INMENSA QUE CUAL LAMPARA VOTIVA 
ALUMBRE E INFLAME EL MUNDO DE NUESTROS 
CORAZONES, Y EN UN ESTALLIDO DE ESPLEN- 
DOR BRILLE LA VICTORIA DE NUESTRO AMOR 
A TRAVÉS DE LA VIDA Y MAS ALLÁ DE LA 
MUERT!-;. 

YO QUIERO DE MI AMADO LA \'lCTORIA DE SU 
ETERNO CORAZÓN. 



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Klf^AJ DE JANTA MAI^IA 

OLEO D JVLIO R^OMEP^O D TOP^P^EJ 



De La colección De D 



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ANTONIO Del CAJ"TILL0 




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^víl — WAj'^'W^ 




rn ^v /) I EN sabemos que la plaza de 

V V \ — ~-~>/ / ^" Marcos, en Venecia, es 
'I ^yív S^^J una de las más decorativas 
del mundo, y sin discusión ¡a 
más original. A la vez grave 
y cómica, con austeridades 
católicas y perfiles coránicos, 
su primera impresión es des- 
concertante. Colocado en un 
ingulo. el 'amoso Campanile — vulgar y pesadí- 
sima fábrica de ladrillos con que los tiempos mo- 
dernos afearon la suprema poesía de este clásico 
rincón veneciano — da a la plaza, de trazado 
cuadrangular. un aspecto lamentable de palma- 
toria. En cambio su suelo enlosado y los soportales 
del magnifico palacio de mármol — obra de los 
siglos XV y XVI — que cierra sus lados norte, este 
y sur. la visten de señorío y la infunden una 
melancolía dulce. íntima y callada, de viejo claus- 
tro o de patio andaluz, mientras a poniente la 
basilica. con sus cinco cúpulas bizantinas y sus 
mosaicos dorados, que por las tardes fulgen como 
llamas ante la agonía del sol. vierten sobre ella los 
reflejos amarillos y rojos del alma de Bizancio. 
Pero no es la iglesia que guarda los restos de! 
Evangelista, patrón de la ciudad, ni la triple fa- 
chada del soberbio palacio de Lus Procuraciones, 
ni el Campanil,' infamante, ni tampoco el amable, 
misterioso e intraducibie espíritu de esa plaza 
donde la Cruz y la Media Luna parecen haberse 
dado una cita y una tregua, lo que primero detiene 
la errante atención del turista: lo que más llama 
a sus o|os y pone en seguida en sus labios una 
soniisa, son las palomas que viven allí libres y 
descienden de aquellas que antiguamente los fieles 
acostumbraban lanzar al paso de ¡a procesión del 
Domingo de Ramos. Hace muchos arios que cierta 
leftora, rica y sentimental, acordóse de ellas en 
su testamento, e instituyó una manda para que 
tas diesen de comer, una vez al día. De su manu- 
tención también se preocupa el Ayuntamiento, y 
mis que nadie los forasteros. De setecientas pasan 
las qtie hay ahora. Son mansas, inteligentes, afec- 
tuosas, y discurren sin miedo entre los pies de los 
paseantes: cuando vuelan lo hacen en tropel, y 
su recio aleteo levanta en la plaza rumores de 
refaga, y si alguna se remonta solitaria, la blancura 
de su cuerpo parece suspender sobre el templo, 
con ai>ariencias de mezquita, la emoción de un 
Espíritu Santo. 

El cronista no participa, sin embargo, de ¡a 
simpatía que el pueblo veneciano, acaso por tra- 
dición, dedica a las palomas de la plaza de San 
Marcos. Prefiero los ariscos gorriones de El Lido, 
o la docena de palomas que viven solitarias en 
el campo de Santa María dei Frari, y de las cuales 
nadie se ocupa. Las palomas de San Marcos, por 
lo rutinario de sus costumbres, merecían usar 
librea. Pecan de demasiado célebres. Son aves 



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«oficiales», con un lugar en el capítulo de gastos 
del Excelentísimo Ayuntamiento: pájaros «de 
tarjeta postal», sostenidos para «el fomento del 
turismo»; pájaros burgueses, con rentas fijas y 
habituados a exhibirse y a retratarse. 

Por las mañanas y también por las tardes, 
inmediatamente después de almorzar, las turistas 
inglesas y las yanquis acuden a la plaza de San 
Marcos «a dar de comer a las palomas»; las sor- 
prende su docilidad, la gracia de sus pechugas 
tornasoladas, la confianza con que se aproximan 
zureando, y se posan en los hombros y en las 
manos de sus protectoras. Esta escena de carácter 
bucólico nunca deja de conmover a las mujeres, 
siempre inclinadas al enternecimiento. Dando de 
comer a las palomas, se sienten mejores y más 
niñas; una emoción inefable de bondad, de piedad, 
las estremece dulcemente. ¡Qué alegría hay en 
repartir alegría! ... Y piensan: "Si todos los hartos, 
si todos los felices diesen las sobras de sus ban- 
quetes a los pobres, no existiría el dolor». 
Un fotógrafo callejero las aborda: 
— ¿La señorita quiere retratarse?... 




Sí. «Ella» accede a retratarse; y «posará» arro- 
dillada o de pie, en aquel ambiente de égloga 
virgiliana que seguramente ha de añadir a su 
belleza un prestigio nuevo. Estas fotografías irán 
después a América, a Londres, a España... y 
harán vibrar de amor al novio que espera; y así 
las celebradas palomas de la plaza de San Marcos, 
sin salir de su retiro medioeval, recorren el mundo. 

Pero de estas caridades «para !a exportación», 
de estos fáciles arrebatos de una misericordia que 
llamaremos epidérmica o de «Bazar», no es cuerdo 
fiarse, pues poco o nada dio quien hizo donación de 
lo que no necesitaba. Nuestro corazón está plagado 
de contrasentidos odiosos, de egoísmos que sólo le 
permiten inclinarse hacia aquellos dolores que po- 
demos socorrer sin trabajo, ¿Un ejemplo?. . . 

Al siguiente día de salir de Venecia fui a Desen- 
zano para cruzar el lago de Garda, en cuyas orillas 
magníficas Gabriel D'Annunzio ha buscado un 
refugio. En el embarcadero, junto al vaporcito 
que había de llevarnos, y metido en un carreton- 
cillo tirado por dos perros, un mutilado de la 
guerra, al que la explosión de una bomba arrancó 
ambas piernas, tocaba un acordeón. Su cabeza 
fuerte y la robustez de su tórax daban a compren- 
der que había sido un hombre alto. Todavía 
vestía el traje militar; representaba treinta años; 
¡la flor de la vida!... En el reposo azul de la 
tarde, y sobre la superficie verde, apacible, ruti- 
lante, del lago dormido, la canción del instrumento 
pedigüeño resonaba doliente. Apareció un grupo 
de turistas, entre los que venían aquellas mismas 
inglesitas que días atrás gastaban su dinero en 
alimentar a las palomas de San Marcos. Uno de 
los excursionistas, provisto de un Kodak, juzgó 
interesante para sus recuerdos de viaje una foto- 
grafía del mendigo, y lo retrató. Hecho lo cual, le 
dio una limosna insignificante; los demás viajeros 
no le dieron nada. Aquel hombre sin piernas, el 
horrible espectáculo de su juventud rota, el esfuer- 
zo con que sus dedos se ahincaban sobre aquel 
acordeón, que en tal momento tenía una emoción 
de pupila que llora y de mano que pide, no sugirie- 
ron a los circunstantes ningún movimiento de pie- 
dad y, sin embargo, allí había italianos, franceses, 
ingleses, americanos.., mujeres y hombres, en fin, 
pertenecientes a todas las naciones que alimenta- 
ron la gran heoatombre; y, por lo mismo, obligados 
a considerar que aquel mutilado era un «compañe- 
ro» de armas que peleó con ellos y por ellos, y con- 
tribuyó con su cuerpo destrozado a la paz actual. 

— Si podemos viajar hoy — debieron decirse — 
es gracias a los mutilados y a los muertos de ayer... 

Pero no lo pensaron... o no quisieron pen- 
sarlo, y alegremente siguieron su camino. 

Lector; ¿qué abismo negro hay en nosotros para 
que así, tan fácilmente, el hombre se olvide de su 
hermano?..- ¡Pobres hombres que por todos los 
medios tratan de estar juntos... y nunca lo están!... 







NTRE los horro- 

f"' I res de la espan- 

£^j I tosa guerra mun- 
dial que ha de- 
' " solado la huma- 
nidad durante cuatro años y 
tres meses, alcanzando a la 
cifra de quince millones de 
cadáveres y montañas de ri- 
quezas destruidas; enlutando 
a cincuenta millones de ha- 
bitantes (estragos nunca ob- 
servados en !a historia del 
mundo), han sobresalido 
también gallardamente po- 
tencias colosales, heroísmos 
brillantes, energías indoma- 
bles para defender los más 
caros tesoros de la civiliza- 
ción contemporánea: la mo- 
ral, la justicia, el derecho, la 
libertad, la cultura civil, so- 
bre toda compresión dogmá- 
tica o pretoriana.y el triunfe 
de !a democracia representa- 
tiva sobre autocracias y oli- 
garquías anacrónicas. 

Para alcanzar tan sober- 
bio triunfo contra los ma- 
yores peligros y asaltos for- 
midables de elementos destructores, en 
la tierra, en el" agua, en los'aires o de- 
bajo de los mares, se ha presenciado 
un concurso magnífico de factores 
enormes y eficacísimos; de millones y mi- 
llones de guerreros, de todas las razas y 
continentes, dirigidos por generales eximios, 
bajo comando de un capitán de genio, que 
irá a la cabeza de los grandes guerreros de la 
historia; se han aportado las montañas de 
ro y de finanzas requeridas; el talento de 
''S primeros estadistas; transportes intermi- 
nables de materiales de guerra y alimenti- 
cios; escuadras colosales; parques para todas 
las líneas de fuego, y esfuerzos industriales 
gigantescos, para hacer frente a todas las 
necesidades de la paz y de la guerra. 

Las naciones victoriosas en esta guerra de 
titanes glorificaron con sobrada razón los 
esfuerzos determinantes de su triunfo y los 
numerosos rasgos de hermoso heroísmo de 
los combatientes, exaltando el rango, la dis- 
tinción y el reconocimiento para con todos 




lA 



SDLIISDa:i_XB:S(:OSOGIDO 



los bizarros directores de la victoria. Pero 
hicieron algo más justiciero y magnífico, 
omitido en todas las grandes guerras de la 
humanidad, aun en las más proficuas para 
los pueblos, y ha sido erigir altares y monu- 
mentos imperecederos en los sitios consa- 
grados a la inmortalidad de los primeros 
hombres del mundo: al soldado desconocido, 
al héroe anónimo, a la carne noble de cañón, 
al átomo de los ejércitos inmensos, que siem- 
pre ha concurrido, anónimamente, a dar bri- 
llo, consistencia y esplendor al genio que 
monopolizaba la gloria y los honores de las 
jornadas felices de la estrategia vencedora. 
Por primera vez en la historia del mundo 
el soldado anónimo tiene monumentos de 
su inmortalidad en la guerra gigantesca que 
ha salvado el derecho y la civilización, antes 
que Foch, que Jofíre, que Douglas Haig, que 



Alberto I, que Pershing y que Díaz. ¿Y en 
qué escenarios? ¡En el Arco de Triunfo de 
París! En la Abadía de Wéstminsíer de Lon- 
dres! ¡En el Panteón de Roma! ¡En la Patria 
de Washington!... ¡En las naciones más 
poderosas, más libres y más civilizadas de la 
Tierra! 

Esta sublime y justiciera innovación de 
glorificar el heroísmo de los humildes, ¿no 
será un anticipo de solucionar con humani- 
dad, armonía y derecho los trascendentales 
problemas obreros, la economía industrial del 
mundo, favoreciendo a la masa consumido- 
ra, a los capitalistas y a los trabajadores, al 
nivel de la pacificación de los pueblos, de la 
magna obra de justicia internacional enco- 
mendada a la Liga de las Naciones? Sería 
el más digno y trascendental corolario de 
la victoria de los aliados el transformar 



en beneficio humano las 
angustias de un lustro. 

A pesar de lo tocante, 
bello y grandioso del home- 
naje al héroe anónimo, a que 
han concurrido las grandes 
potencias vencedoras con sus 
elementos más representati- 
vos y populosos, no se ha 
producido todavía en prosa 
ni en verso la página litera- 
ria inmortal que transmita a 
la posteridad tan justiciera 
glorificación del heroísmo, 
en todos los inmensos cam- 
pos de batalla, en tierra, en 
el mar, en el aire y debajo 
de las aguas. 

Así como respecto al kai- 
ser alemán cupo el honor de 
la flagelación poética a nues- 
tro compatriota Almafuerte, 
en su célebre Apó'itrofe, cabe 
a la inspiración de un joven 
literato argentino el alto ho- 
nor de un bello canto Al 
HÉROE ANÓNIMO, con Versifi- 
cación elegante, profunda y 
sublime, en armonía con la 
estética y la elevación moral del tema, 
de tanta belleza, humanidad y justicia 
histórica. El doctor Delio Panizza. poe- 
ta de Entre Ríos, es el autor de esta 
creación literaria de alto vuelo, como tam- 
bién lo fué su famoso Canto a Urquiza, glo- 
rificando al libertador y organizador cons- 
titucional del país. 

Es de esperar que su hermoso canto Al 
HÉROE ANÓNIMO tenga mucha resonancia en 
el idioma de Cervantes, en inglés, en ita- 
liano y en la bella lengua de Racine, donde 
se ha glorificado dignamente al obscuro sol- 
dado raso, decisivo factor de la victoria de 
la libertad y de la civilización. Es honroso 
para las letras argentinas que desde el Nuevo 
Mundo, desde nuestra patria, se hayan en- 
tonado poemas tan bellos y potentes como 
aquella flagelación digna de Juvenal, y este 
hosanna de Panizza que glcrifica al soldado 
desconocido. 



F. A. BARROETAVENA. 



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L 



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)NiR^o: 



La lumbre de la gloria, 
tu postrera visión en la batalla, 
proyéctase sobre tu huesa anónima 
y. a los conjuros del amor, la agranda. . 
La lumbre de la gloria, 
que será tu quimérica mortaja, 
cae sobre tu huesa florecida 
al calor inefable de las lágrimas 
y entona como un himno imponderable 
al quebrarse en la piedra inmaculada, 
donde pondrán su beso muchos labios 
y dirán su responso muchas almas 
porque ella encierra, religiosamente, 
jirones de la gloria de las razas...! 

La humanidad doliente 
sangrando aún la desgarrada planta, 
al rendir su tributo a tu heroísmo, 
ha de pasar en larga caravana 
junto a tu muda tumba misteriosa, 
como pasan los vientos y las aguas 
sobre el peñón marino que se encumbra 
dominando los mares y las playas... 
Cruzará junto a ti la interminable 
caravana ofrendarla, 
sin sospechar siquiera cual ha sido 
tu nombre y tu lugar en las batallas; 
pero segura siempre 
de que al pasar con la cabeza baja 
y religiosamente ante tu huesa, 
rinde homenaje a la virtud humana, 
reverencia el valor y el heroísmo. 
se inclina ante la sombra de la Patria! 

Ss alzará como un faro 
de salvación, tu hue.sa solitaria; 
ella dirá al obscuro caminante, 
anónimo también, sin esperanzas, 
que detenga su paso en tu presencia 
y descubra su testa atormentada 
saludando tu gloria, que el abismo 



de misterio que guarda 
escondido como un tesoro inmenso 
tu lápida blanquísima, sin mancha, 
es toda la virtud de lo ignorado 
que por el bien humano se desangra, 
la grandeza de todo lo pequeño 
que muere por la gloria de la raza, 
la heroicidad de la hoja que se pudre 
para dar vida a gigantesca planta, 
la inmensidad sin par del sacrificio 
ofrecido sin otras esperanzas 
que el triunfo del ideal o del ensueño 
que se llevan metidos en el alma! 

Y así. el triste y obscuro caminante 
recibirá emociones y enseñanzas 
de la tumba sin nombre 
que en lo más claro del camino se alza; 
y en el interrogante 
que su misterio receloso guarda, 
verá el índice mismo del destino, 
indescifrable como el alma sacra 
de la esfinge que espía en el sendero 
el momento propicio a su mirada 
para extender su mano irremediable 
y echar la noche eterna sobre el alma! 

Frente a la tumba anónima 
que tus despojos ignorados guarda, 
pasarán, silenciosas, 
los millares de madres enlutadas 
ansiando percibir en su silencio 
una sola palabra 

que pueda serenar su incertidumbre. . . 
Y acariciando la ilusión dorada 
de tu inmensa apoteosis, 
de tu apoteosis imposible y magna, 
recibirán un poco de consuelo, 
endulzarán alguna de sus lágrimas... 
y acaso, y sin acaso, sea ese 
tu fin más noble, tu misión más alta... 



¡Pobre despojo anónimo! 
¡Imagen fiel del pueblo que batalla 
por conseguir la paz de sus ensueños, 
por percibir la luz de su esperanza! 
Que las almas florezcan 
siempre sobre tu huesa solitaria, 
que la voz de los pueblos 
no cese de rodar sobre tu lápida, 
que las santas pupilas de las madres 
no dejen de mojarte con sus lágrimas: 
porque tú eres la imagen 
del anónimo pueblo que desgarra 
su corazón por alcanzar la cumbre 
de la hermandad humana! 

Y mientras van las flores 
formando en tu homenaje una montaña. 
mientras murmura en torno de tu huesa 
la infinita marea de las almas, 
mientras atruene el aire 
el bronce con su estruendo y con su diana: 
llegue amorosamente 
el ala de una brisa americana 
hasta tu tumba anónima y entone 
en tu loor el himno sin palabras 
que surge desde el fondo de los pechos 
como un murmullo mágico del alma 
y que sólo se entona 
cuando la voz del corazón lo manda! 

Que lleguen sin alardes; 
pero lleguen altivas, soberanas, 
la voz de mis llanuras 
y la vez de mis selvas entrerrianas, 
y que en la noche quieta, 
cuando vigilan las estrellas blancas, 
cuando el silencio reine 
en torno de tu lápida sagrada: 
sean ellas las diosas del recuerdo 
que mantengan el óleo de tu lámpara, 
alejen los fantasmas del olvido 
y renueven los himnos y las palmas. . .! 




íDHLIO -PANIZZ/^ 





»> 




Los pintores 
ya no cultivan 
la bohemia: son 
demasiado ri- 
cos- Los lienzos 
y tos retratos 
alcanzan respe- 
tablas precios, 
que permiten a 
un pintor de re- 
nombre llevar 
uiM vida muy 
semejante a la 
de un burgués. 
Y sólo en las 
novelas anti- 
guas o en los 
escritores mal 
docun>entados 
veremos descri- 
bir el estudio 
de un pintor 
como un des- 
ván pobre don 
de las sillas ro 
tas se alian ce r 
las telarañas. 

El estudie 
por ejemplo, 
del señor Al va 
rer Sotomayc r 
es una mat—.i- 
ca están 
espaciosa 
elegante. Ai en- 
trar, mientras el 
sirviente marcha a 
avisar al artista, mis 
ojos pueden recorrer en 
una rápida mirada el lu 
jo» y al mismo tiempo s 
ciUo taller. Todo indica que 
una inteligencia experta ha di- 
rigido su construcción. El techo 
alto, la luz amplia y frontal, las pa- 
redes tapizadas en tonos neutros; y después las comodi- 
dades de una buena calefacción, con la añadidura de algu- 
nos cortinones y el indispensable diván en un ángulo reca- 
tado de la estancia. 

Pero ahí entra el propio Sotomayor, con su aire nor- 
mal y su absoluta carencia de «pose». 

— Maestro; estaba pensando en lo ricamente que se ha 
instalado usted. Le envidiarían los más concienzudos bur- 
fueaes. 

— ¿Y qué hacer, amigo mío? Pintamos para los bur- 
gueses. Además, el gesto de bohemia ya no se usa en nin- 
guna parte. 

— - ¿Ha padecido usted antes el sarampión de la 
bohemia? 

— Nunca. Ni siquiera a los diez y ocho años caí en la 
debilidad de dejarme crecer el pelo. No he usado corbata 
de chalina. El fumar en pipa me resulta absurdo y des- 
agradable. Y a esta altura de mi vida ¿para qué voy a 
ensayar actitudes fantásticas y de fantoche? 

— Verdaderamente, no tiene usted tipo de artista, según la imagen con- 
vencional que se ha formado el vulgo... 

— Es verdad. Y créame que no me entristece la falta de tipo. Cierta vez 
vino a visitarme un pintor de Venezuela, que había pasado por algunos 
estudios de Montmartre y poseía, lo aseguro, un estupendo uniforme de 
artista. Traje de terciopelo obscuro, sombrero de alas anchas, pelo largo, 
pipa: nada le faltaba para ser un gran pintor. Fué gracioso cuando aquel 
caballero venezolano se empeñó en tomarme a mí por el mayordomo o 
secretario del señor Sotomayor. . . Me costó bastante trabajo convencerle 
de que el señor Sotomayor, «el glorioso artista», era yo en persona. Para 
cierta gente, el Upo es lo más importante en el arte. Pero resulta, al re- 
vés, que los malos pintores suelen tener un tipo de artista estupendo, y los 
grandes pintores parecen con frecuencia honrados tenderos. 

— Completamente de acuerdo. ¿Y qué obras tiene usted entre manos? 

— Esta... 

El señor Sotomayor hace girar un caballete de cara a la luz y me mues- 
tra de p: ■ sin concluir. Es un retrato del rey Alfonso. Está 
el mons n traje de caza, en un paisaje serrano de her- 
mosas enior.acr.r.e;; y,r la densidad del fondo, por la severa grandeza del 
paisaje verdaderamente madrileño, el cuadro tiene una 
franca orientación velazqueña del mejor y más noble 
periodo. He ahí un retrato magnifico, logrado den- 
""■ '^' 'i"a difícil sinceridad y al margen de los 
. rebuscamientos que hoy se usan. 
- omo éste, me dice el artista, tengo otro 
encargo; se trata de la reina Victoria, a 



N 
EL-ESTVDIC) 
10 

oro 



¡Me 




JO. SÉ 



la cual me r;r 



forme de coro- 
nel de caballe- 
ría, y montada, 
naturalmente, a 
caballo. 

Será un lin- 
do retrato. 

- - Pondré to- 
do mi afán en 
que lo sea. 

— ¿Vende us- 
ted muchos 
cuadros? 

— Sí, bastan- 
tes; vendo todo 
lo que puedo 
pintar. En 
América es muy 
solicitada mi 
pintura. Ade- 
más, los encar- 
gos de retratos 
no me permiten 
el menor repo- 
so. Trabajo a 
cualquier hora 
del día, aprove- 
chando todos 
los momentos. 
¿Hablaba usted 
de bohemia?... 
No soy bastan- 
te rico para 
permitirme esos 
lujos. 

Y de todos los 
temas pictóricos 
¿cuál es el que prefiere 
ited? ¿Los asuntos ga- 
is, no es así? 
efecto. Aunque soy 
andaluz de raza, en Galicia 
nací y en el ambiente gallego me 
he criado. Los tipos de mujeres de 
aquella dulce región me encantan, y 
especialmente las muchachitas rubias, que allí tanto abun- 
dan. Vea usted esa chica; la he pintado hace unas semanas. 
¿Verdad que parece una holandesa, con ese claror blando 
de las pupilas y ese rubio tierno y lacio del pelo? 

— Sin embargo, usted ha vivido lejos de su país natal 
y lejos de sus modelos amados. 

— He dirigido durante algunos años la Escuela de Bellas 
Artes de Santiago de Chile. Allí me vinculé con lazos de 
amistad y de gratitud a una sociedad que me hizo ligera 
la expatriación. Yo me esforcé por pagar esas bondades 
poniendo en mi obra educadora la voluntad y el entusias- 
mo más grandes. Ignoro si lo conseguí. Los chilenos lo 
afirman, y esta es una gran prueba de amistad. 

— ¿Se detuvo usted en Buenos Aires? 
Muy pocos días. Apenas tuve tiempo de visitar con 

calma los museos y las muestras de arte. Saqué una im- 
presión algo confusa. Buenos Aires, visto a la carrera, 
aturde y perturba. ¡Espléndida ciudad! Me dicen que 
el arte hace allí rápidos e increíbles progresos. Pero... 
permitirá usted que corrija los apuntes de mis discípulas? 

— ¿Se dedica usted a la enseñanza? 

— Sí. Doy lecciones de pintura a las señoritas de la aristocracia. Parece 
que les gusta el profesor. Y yo estoy encantado, aunque el oficio de peda- 
gogo artístico me roba un tiempo precioso. Venga usted conmigo. Es en un 
taller adjunto. 

Atravesamos, efectivamente, un corredor que conduce a un local grande, 
lleno de luz y algo vacío de muebles y de adornos. Una docena de joven- 
citas, ataviadas con una blusa de trabajo, manejan muy a conciencia sus 
pinceles. Están interpretando un modelo que yace sentado y visiblemente 
aburrido, sobre una silla alta. Es un pobre viejete. Al entrar nosotros, una 
de las discípulas, la más traviesa, y también la más linda de todas, se ocupa 
en burlarse del soñoliento modelo. 

— Bueno, Carmencita, sea formal. A ver ese trabajo... 

Y el maestro va de un caballete a otro dejando caer al paso la observa- 
ción certera o la rápida corrección oportuna. 
Antes de salir le pregunto: 

— ¿Qué piensa usted de las nuevas escuelas de arte? 

— Nada. No tengo tiempo para dedicarme a inventar teorías estéticas. 

Me fijo, en efecto, en un cuadro recién concluido. 
Es un busto de chica pescadora, frente al puerto 
atiborrado de goletas y quechemarines. Honradez, 
calidad, maestría, fuerza, emoción: he ahí lo 
que distingue a la pintura de Sotomayor. Y 
me digo al marchar: esto gustará siempre; 
esto sobrenadará sobre modas efímeras; 



-,n!rr, r'-tratar con uni- 



í- A I A^ rr -Tj II T A. ^^10 soDrenaoara soore moaas eiimera 

,)/ \l ^/ Vv/ J Zli^ rV |/\ ahora y siempre, será una gran pintura. 



CA 








v^e 5 



Aves de! mar 
Graznando en vuestro vuelo solitario, 
f_Qné alma nerdida al revolar llamáis? „ 

¿Decis adiós a las perdidas naves, '^ 

O a aquellos que se ahogaron en el mar? 
¿O en vuestra visión surge, blanco y triste, 

Un recuerdo espectraP 



del 



Aves del mar, 
^Contempláis las sirenas en la espuma. 
Entonando su lúgubre cantar. 
Tejiendo las mortajas transparentes 
De viajeros que nunca volverán? 
¿O advertís a los pobres navegantes: 

«Más allá. . . Más allá. . .»? 



ni a r 

Llevad mi canto al tormentoso cielo, 
Decid mi ensueño al agitada mar, 
Cantadle a los esfíritus del viento 
Esta canción que al horizonte va. 
Esta canción que canta ante las ola 
Un alma en libertad! 



jr\ c.<S\or 



fcJ. 



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O m jb e r^ 



U S T 



A L V A R B Z 



Cd^^ 




Una (echa que ha de figurar oun letras de oro 
en la historia de la emancipación femenina es 
la del próximo mes de abril, en que, en la ciu- 
dad de Baltimore, estado de Maryland, Estados 
Unidos de Norte América, se realizará la Con- 
ferencia Panamericana de Mujeres, en relación 
con la Tercera Convención anual de la Liga 
Nacional de Mujeres Votantes organizada por 
sus miembros, y a la que han sido invitadas 
las agrupaciones femeninas de todos los países 
americanos. Hasta nosotros ha llegado la voz de 
las hermanas del norte, y en respuesta a la nota 
enviada por Mrs. Maud Wood Park, presidenta 
de la Liga Nacional al Consejo Nacional de Mu- 
jeres de la República Argentina, que preside la 
señora Julia Moreno de Moreno, se nombró dele- 
gada de nuestro pais a la conferencia panameri- 
cana a la esposa del embajador de la República 
Argentina en Estados Unidos de Norte América, 
señora María Pereyra de Le Bretón. Y para 
asistir a dicha conferencia, en su condición de 
miembro de la difundida asociación argentina, 
emprenderá viaje para Estados Unidos la señora 
Leonor L. de Dickinson. 

Son muchas las mujeres que en la Argentina 
luchan por el mejoramiento de su sexo, en todas 
las esferas en que la mujer está llamada a actuar, 
y aun cuando todavía son grandes los obstáculos 
para llegar a un fin ventajoso para el sexo débil, 
es mucho lo que se ha adelantado en poco 
tiempo. El feminismo argentino es, en su 
mayor parte, y afortunadamente, un feminismo 
que más bien podría llamarse «femenino». La 
mujer que milita en los centros políticos y que 
se convierte en oradora callejera o en miembro 
del parlamento, o que pierde su natural suavi- 
dad arrostrando situaciones que fueron creadas 
para el sexo fuerte, no es la verdadera feminista; 
el feminismo nuestro no es el que llevará a la 
mujer a las urnas, sino el que la defenderá con- 
tra los hombres; no es el que la arrastrará a plei- 
tear con el sexo opuesto en cuestiones de gobier- 
no, sino el que le dará leyes que le permitan 
tener absoluta independencia de acción, sin que 
las trabas de las leyes actuales la despojen del 
fruto de su trabajo o la obliguen a humillarse 
ante el marido tirano, licencioso y disipado. 

Es por eso que tiene tan trascendental impor- 
tancia en este país la emancipación discreta y 
suave, diremos, de la mujer, y el llamado de las 
feministas norteamericanas para tratar temas 
eminentemente femeninos, como son la puericul- 
tura, la educación de las mujeres en las indus- 
trias, el estado civil de la mujer y la higiene 
social, ha tenido un eco de simpatía en el seno 
de la más importante agrupación femenina del 
país; el Consejo Nacional de Mujeres, rama del 
Consejo Internacional, la institución mundial 
que cuenta con millones de asociadas, y cuya 
presidenta honoraria es la duquesa de Aberdeen. 

Durante los días 20, 21 y 22 de abril un grupo 
caracterizado de mujeres norteamericanas cam- 
biará impresiones sobre temas de trascendental 
interés para la sociedad. 

Los puntos a tratar serán los siguientes; Bien- 
estar del niño, tema que desarrollará la señorita 
Grace Abbott, jefe del buró de niños del Depar- 
tamento del Trabajo de Estados Unidos; Educa- 
ción, que tratará la señorita Julia Abbott, del 
Departamento del Interior del citado pais; Las 
mujeres en la Industria, sobre el que disertará 
la señorita Mary Anderson, jefe del buró de 
Mujeres del Departamento del Trabajo; Preven- 

CONSUELO MORENO 




MRS. MABEL WALKEK ,. . .,^.. ^., . ... LT, SU BPROCU- 
RADORA GENERAL DE ESTADOS UNIDOS. 



^Ü¿^ 



ción del Tráfico en las Mujeres, a cargo de la 
doctora Valeria H. Parker, secretaria de la Junta 
de Higiene Social interdepartamental de Estados 
Unidos; Estado Civil de las Mujeres, que des- 
arrollará la señora Mabel Walker Willebrandt, 
auxiliar de la Fiscalía General del departamento 
de Justicia de Estados Unidos, y Estado político 
de las Mujeres, tema importante que tendrá a 
su cargo la presidenta de la Alianza Internacio- 
nal del sufragio femenino, señora Carrie Chap- 
man Catt. 

A invitación del gobernador de Maryland, el 
23 de abril todos los asistentes a la Conferencia 
Panamericana se congregarán en Annápolis. 

En la reunión magna, que se efectuará el mis- 
mo día, el tema general será Las mujeres másavan- 
zadas en el progreso del mundo, y en esa ocasión 
pronunciarán discursos las delegadas panameri- 
canas. Presidirá esta reunión la señora Helen H. 
Gardener, comisionada del ServicioCivil de Esta- 
dos Unidos. 

El lunes 24 habrá un gran banquete. El tema 
elegido para desarrollar en esa ocasión será: 
Amistad, y sobre él disertarán las oficíales de la 
Liga Nacional de Mujeres Votantes y las oficia- 
les de Maryland. Durante los días 25, 26 y 27 de 
abril habrá reuniones ordinarias de la Conven- 
ción Anual de la Liga de Mujeres Votantes, y en 
estas reuniones las delegadas panamericanas ten-- 
drán todos los privilegios posibles en una reu- 
nión, menos el voto. Se llamará «Día de Was- 
hington» al 28 de abril. Habrá ese día visitas 
al Capitolio, al Palacio de la Unión Panameri- 
cana y otros sitios de interés. 

Por la noche se realizará en la misma ciudad 
una reunión magna, cuyo tema general será: 
Lo que pueden hacer las mujeres de las tres 
Américas para promover amistosas relaciones. 

Serán oradores en esta ocasión el secretario 
de Estado, señor Hughes; el director de la Unión 
Panamericana, doctor L. S. Rowe y las delegadas 
a la conferencia. 

Pronto llegarán, pues, transmitidas por el cable 
las informaciones sobre la Conferencia Paname- 
ricana de señoras, en que tendrá preferente sitio 
nuestra embajadora, la señora de Le Bretón, de- 
legada del Consejo Nacional de Mujeres de la 
República Argentina. 

Este Consejo, al que se hallan adheridas en la 
actualidad la casi totalidad de asociaciones de 
caridad del país, es un lazo de unión entre las 
mujeres del mundo entero; esta unión espiritual 
ha traído en los liltimos tiempos un acercamien- 
to considerable entre el sexo femenino. 

La mujer, el eje principal del mundo, está 
llamada a regir los destinos futuros de la hu- 
manidad, ya que los hombres han demostrado 
que sólo saben gobernar por la fuerza y hacer 
valer sus derechos a sangre y fuego. 

Tenemos las mujeres la misión más grande y 
sagrada que le fué destinada a ningún ser hu- 
mano: ser madres. Y debemos serlo en la con- 
cepción más amplia de la palabra, formando 
los corazones masculinos, los de nuestros hijos, 
en la rectitud, en la humanidad y en la confra- 
ternidad. Seamos madres universales, trasmitien- 
do a los hombres del porvenir, en todas aquellas 
esferas en que el destino les llame a actuar, los 
sentimientos más nobles y más desinteresados, 
enseñándoles a luchar por los altos ideales de las 
naciones libres, y éste será el mejor «feminis- 
mo», el imperecedero, y el que dará los más glo- 
riosos lauros a la mujer. 

DE DUPUY DE LOME 



MRS. WILLIAM H. i'. F CRETARIA DE LA 

CONFERENCIA PANAMERICANA DE MUJERES. 



SRA. JULIA MORENO 
DE MORENO, PRESI- 
DENTA DEL CONSEJO 



NACIONAL DE MUJE- 
RES DE LA REPÚ- 
BLICA ARGENTINA. 



: C A N -X 
RAS 



MISS GRACE ABBü:,, ..i..^^.üRA DE LA OFICINA 

DE NlíiOS DEL DEPARTAMENTO DEL TRABAJO, 

DE ESTADOS UNIDOS. 



DOCTORA VALERIA PARK: 

TORIA DE LA JUNTA DE ni^i tr- 1 iucí ft i. IN i LK- 
DEPARTAMENTAL DE ESTADOS UNIDOS. 



MISS MARY ANDERSON, DIRECTORA DE LA 
OFICINA DE MUJERES DEL D. DEL TRABAJO. 







1-J 



Ansiando la paz universal ha muerto el Sumo 
Pontífice Benedicto XV. Elegido en septiembre 
de 1914 todo su reinado fué una continua ple- 
garia en pro de la humanidad, entregada a 
los furores bélico y revolucionario. 
Giácomo Dalla Chiesa, hijo del marqués 
del mismo título y de la marquesa Mi- 
gliorati, abrazó la carrera eclesiástica 
donde supo distinguirse, como se hu- 
biera distinguido en otra profesión, 
porque fué un gran cerebro y un al- 
ma piadosa. Y es fama que su padre, 
a pesar de ser un ferviente católico, 
se opuso a la temprana vocación 
del futuro Pontífice. 
El día 21 de diciembre de 1878 re- 
cibía las sagradas órdenes, pasan- 
do a la Academia de Nobles Ecle- 
siásticos y de allí a la Secretaría 
de Negocios Eclesiásticos. Subor- 
dinado y discípulo del cardenal 
RampoUa, el joven sacerdote hí- 
zose notar por sus dotes intelec- 
tuales. Unido siempre al célebre 
purpurado, cuya política siguió con 
todo entusiasmo, su carrera fué 
brillantísima. La Iglesia le tenía por 
uno de sus más prudentes y hábiles 
diplomáticos. 

En 1907 su antecesor el Papa Pío X 
le otorgó el arzobispado de Bolonia, 
el 25 de mayo de 1914 el capelo car- 
denalicio. Antes de cumplirse los cua- 
tro meses el conclave lo elegía para ocu- 
par la silla de San Pedro. 
Benedicto XV se ha distinguido por su 
ecuanimidad, defendiendo tenazmente el dog- 
ma y los intereses materiales de la Iglesia Ca- 
tólica. Pero lo más sublime de su misión estuvo 
en el celo con que predicaba ante las naciones el 
ideal pacifista. Y aunque predicaba en el desierto 
de la ira, su elocuente y cristianísima palabra consi- 
guió mucho, arrancando numerosas victimas al odio. 




LA TRADICIÓN" ■!■■-»>'. re ia M'i.rlTUD DURANTE LAS ELECCIONED 



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Lo mismo que su antecesor, el nuevo Pontífice 
fué elegido al poco tiempo de recibir el capelo. 
Aquiles Ratti nació en la villa de Desio el 31 
de marzo de 1857. Desde muy joven de- 
dicóse a estudios de bibliografía y filológi- 
cos, materias en que brilla por su sabidu- 
ría. Estos conocimientos le valieron pa- 
sar de la catedral de Milán, donde ocu- 
paba el cargo de canónigo, a dirigir la 
Biblioteca Ambrosiana y luego la del 
Vaticano. 

El Papa le nombró en 1918 visita- 
dor apostólico de Polonia, Lituania 
y Finlandia, concediéndole luego la 
misión de representar al Vaticano 
como nuncio en el primero de di- 
chos países. 

Esta nueva nación le debe un 
ejemplo de energía, pues monseñor 
Ratti continuó al frente de la nun- 
ciatura durante los días en que 
Varsovia estaba amenazada por 
los ejércitos del soviet ruso. 

La empresa diplomática asigna- 
da al nuevo nuncio en aquel país 
de honda tradición católica, pero 
trastornado a consecuencia de la 
guerra, era sumamente difícil. Sin 
embargo, el sabio sacerdote supo 
realizar admirablemente su cometido. 

Nombrado cardenal-arzobispo de 
Milán en 13 de junio de 1921, ocupó su 
cargo en septiembre del mismo año. El 
6 de febrero fué elegido Pontífice. 

Benedicto XV le profesaba singular afec- 
to y reconocía todas las grandes cualidades 
intelectuales y espirituales de monseñor Ratti, 
en quien tal vez veía a su futuro sucesor, se- 
gún afirma la conocida anécdota que atribuye 
al difunto pontífice aquellas palabras pronunciadas 
durante el acto de la imposición del capelo: «Entre 
tanto rojo veo algo blanco». Pío XI, indudablemente, 
cumplirá las esperanzas de piadoso Vicario de Cristo. 



y-. 



ELEOIDO SUMO PONTÍFICE 
EL 6 DE FEBRERO 1922. 



^-v*. 



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ti^ 



EL SOLEMNE MOMENTO DE LA PROCLAMACIÓN DE LOS NUEVOS PONTÍFLCES. 



S H A C K L E T O N 





NAVE EXPeOICIONARIA 

.i;bie enemigo le hirió 
- "nteenel pecho. Ve- 
'■ generosas güe- 
ra lo desconoci- 
do, capitán sin ambicio- 
-ics torpes, Shackieton, 
"I sabio héroe, vivió a 
osta de su coraxón, 
■■-•"*' 'i" T-r^a y 
• ■■ '--nsas. 
;-í;c ;.c;«..o iiirme- 
age lo ha matado 
in plena gloria. 

La vida del cé- 
'•rbre exDlorador 
iigio de 
y de éxi- 
to. Fuede compa- 
rársela a la de los 
grandes conquista- 
iores científicos y 
la de los 
■ : lores san- 
truinanos. Alejandro 
raramente se jugaba 
r el todo: 
y soldado, 
i existencia 
Hernán Cor- 
.> ,■-•'='"■■' »us naves en 
jn momento de angustia; 
•! llevaba siempre su barco 
al mortífero bloqueo del hielo. 
hn loí rr.á'. -Tribles campos de 
rata ares libres de pe- 

'■rf el blanco desierto 

:^'S sin posibles distin- 
• asedio, naufragio y retira- 
as. esto es el combate coti- 
^nemigo desconocido. No existe 
heroisrric rr.ayor. Shackieton peleaba por la ciencia 
que le pedía resolver problemas grandes. Estas iii 
ves ligaciones, por ahora, no tienen un fin práctico, no 
conducen a ningún lucro. Sublimemente ideal resulta 



SIR ERNESTO SHACKLETON, 
EL ILUSTRE EXPLORADOR. 



ABRIÉNDOSE PASO ENTRE LOS HIELOS, 

la empresa ala que el alto re- 
presentante de una raza uti- 
aria, según creencia de los 
■ulgos. sacrificó su vida. 
Pero tal vez estas explo- 
raciones sean algún día 
salvadoras para la hu- 
manidad. En el pre- 
sente peligro de los 
hielos vive el germen 
de un remoto peligro 
que la ciencia pue- 
de conjurar cuando 
posea los suficien- 
tes fundamentos. 
Sir Ernesto Shac- 
kieton era además 
de un sabio un gen- 
tleman cuya bon- 
dad corría parejas 
con su valor. Soli- 
dario con sus hom- 
bres, veía en ellos 
camaradas heroicos 
a quienes trató co- 
mo hermanos, como 
hijos. Y fué siempre 
amado, admirado y obe- 
decido ciegamente. 
Tenía derecho al descan- 
so, porque el caudal de sus 
descubrimientos y conquis- 
tas se lo otorgaba; mas su sed 
insaciable de saber y su larga 
preparación de sufrimiento le 
han obligado a continuar en la lu- 
cha. Su muerte es un envidiable ejem- 
plo. Todos los hombres de corazón, sa- 
bios o ignorantes, han sentido la pérdi- 
da universal. Esta unanimidad en el dolor y 
en la admiración enaltecen a la estirpe humana 
cuyo pensamiento hállase ahora concentrado sobre 
la humilde iglesita de la Georgia del Sur, tumba he- 
roica de un superhombre, honra de la ciencia moderna. 



& 




o 



En la simbólica mañana de julio en que los pájaros ascienden hacia las 
nubes rosadas, y la red impalpable de una bruma sutil mantiene prisionero ei 
sol; quiero que el alma mía — «sentimental, sensible y sensitiva» — se me 
vaya toda por los poros — ¿no somos acaso y sólo ánforas de barro? — como 
un vago perfume ancestral, como una melodía «d'autre fois», como un simple 
suspiro que substituya al ritmo, tardo en venir, con sus imposibles arabes- 
cos y sus volutas ideales. 

¿Cuál es el cuento del alma? ¿Aquella libre invención de imágenes que 
para nosotros significa el mundo, el mundo real, tan diverso del de todos los 
días, ese mundo que recordamos cuando se cierran los ojos y canta en el 
perfumado silencio el pajarito azul? 

Es como para los niños el cuento de nunca acabar: «Entró por un cami- 
nito y salió por otro, para que tú me cuentes otro». Nadie'escribe en rea- 
lidad lo que siente, sin falso pudor y coqueterías anímicas. La edu- 
cación es una cosa terrible. Ella nos fija' normas y pautas compren- 
sibles, consideraciones de estilo y sobre todo respeto al sen- 
tido común que, como dragón celoso, guarda la entrada de la 
gruta maravillosa donde la Fantasía, inmortal Penélope, 
teje con rayos de luna su encaje de ensueño: 

Et je te donnerais, 

ce qui vaut plus que gloire et fortune, 

ma robe tisúe de rayons de ¡une... 

Gústame, en definitiva, ese dulce fan- 
tasma que Vielé Griffin celebra en su 
«chevauchée d'Yeldis»: 

— Es un vagabundear admira 
ble de los caballeros que han 
partido en pos de la inaccesi- 
ble y espléndida princesa. 
Persíguenla por todos 
los caminos del mundo, 
y la propia luz que dora 
sus espaldas recorta sobre la 
arena mágica del recorrido una 
sombra ideal y fugitiva, que es la 
única que alcanza a la princesa. 

/ era una . . . y era una . . . y era una 

sola sombra larga . . . 

y era una sombra larga . . . 

Cumplen los caballeros sus posibilidades y a 
volver de una ruta, al vadear de un torrente, al 
atravesar de un bosque rumoroso, van perdiendo uno a 
uno la Yeldis de sus sueños, desparramada como la luz de 
un prisma roto en el sublime panteísmo del paisaje viviente. 
Sólo uno — y ese hombre pálido triunfará de la muerte — dará 
alcance a «la belle creature a la criniére faune». Darále alcance al 
borde mismo de la noche y, al hundirse en la inmensa alegría solitaria 
del beso nupcial, colocará sobre sus cabellos de oro viejo la diadema 
lunática donde brilla, corazón inconsútil, !a gloria triste de un ópalo 
escondido . . . 

Así persiguen la Vida nuestros cinco caballeros ideales, cuyas lanzas 
fraternas suelen quebrarse o cejar en la lírica empresa. 

«The many fail, the one succsd». 

Pero un sol imprevisto desgarra como una metáfora feliz la bruma 
del momento, llenando de reminiscencias orientales el alma dócil y vaga- 
bunda. Y ya que entre caballeros anda el cuento, diremos aquí otra leyenda, 
la del Caballero Victorioso, la de ese «Uno que triunfa entre mil». . . 

Bajo las murallas de Jerusalén duermen las huestes de Godofredo de 
Bouillón, condestable del rey de Francia. El ángel del Señor las visita para 
fortalecerlas y sobre ellas va volcando desde ¡a altura su místico copón de 




ensueño. A su dulcísimo imperio levántase de las arenas del desierto la arqui- 
tectura ideal de la Jerusalén libertada; y el romance de cada uno va colgando 
su nido de los maravillosos capiteles. 

El bravo Godofredo por su parte, sumido en la infinita certidumbre de 
su fantasía, sueña un amor, un amor imposible y casto lleno de ruiseñores 
del norte. 

La gótica doncella de su enamoramiento sonriele desde lo alto de la 
torre almenada, como lo hiciera otrora la bella Aude con el inmortal Rolando. 
Busca Godofredo la forma de llegar hasta ella, pero detiénenle las pie- 
dras inflexibles y tristes. 

— Si me amas, ¡oh noble caballero! — dice la princesa lejana vé a la 

montaña azul del heroísmo, y allí hallarás, entre las zarzas del sacrificio, 

una pequeña flor, roja como un corazón. Ella brotó de la herida de 

San Jorge, cuando el héroe divino combatía el inmundo dragón. 

Con ella tocarás el pie de esta torre que me aprisiona y podrás 

llegar hasta mí. 

Vese luego el audaz caballero cabalgando por la montaña 
sagrada. Asáltanle los monstruos de la desesperanza y de 
a duda, hiérenle las crueles espinas de! descreimiento y 
a debilidad, y desde el pedestal de la noche el pá- 
jaro de Tous le arroja su grito helado: «¡Malheur, 
Malheurl ...» 

¡Pero no importa! En lo más intrincado del 
monte siente como una música dulcísima, 
mientras que un perfume inefable llena 
su corazón. 

Es el perfume de todas las horas 
bellas de su vida. Apéase el ca- 
ballero, y frente a él, como 
un rubí que brilla en el 
terciopelo de la som- 
bra, ve la divina flor. 
No bien la corta transmú- 
tase la trágica escena. Ca- 
balga nuevamente el caballero 
«sur son cheval tout noir a la cri- 
niére rousse» y en un instante llega al 
pie de la torre, que corona la sonrisa 
fiel de la doncella. Tocar el muro con el de- 
licado pétalo y derrumbarse la torre es todo 
uno. Contempla Godofredo ala hermosísima don- 
cella en la fiera y al par amable prisión de sus bra- 
zos; y mientras diseminadas por el valle las obscuras 
piedras de la torre van trocándose en árboles y flores, es- 
cucha el suave acento de su corazón. 
— ¡Oh! amado mío, tú fe me ha salvado... 
Y aquí la historia: Al amanecer de aquella noche inefable nueva 
aurora de la cristiandad, «Le chevaüer au bras de fer» requiere su es- 
pada y su corcel y preséntase solo al pie de las murallas de la ciudad sitia- 
da. En lo alto de un alminar, símbolo delicado y eterno, posa una blanca pa- 
loma. Indiferente a la lluvia de saetas que provoca el tremolar de su niveo 
penacho, el caballero cristiano desciende de su cabalgadura y paséase a lo 
largo del foso, «a solas con su Dios». De pronto lanza un grito de júbilo, yes 
que en el intersticio de unas piedras viejas abre su regazo a la caricia del 
sol naciente una rosita de Jericó. Córtala Godofredo, y volviendo a su tienda 
ordena e! asalto a las murallas por aquel sitio. Ese mismo día los clarines 
cristianos proclamaban bajo el cielo azul la toma de Jerusalén. 



O 



& 



Y aquí, volviendo al querido desorden de este cuento sin argumento, 
invito a cada uno a proseguir su leyenda sobre un camino esmaltado de 
puntos suspensivos. . . 



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UNA LOBITA DE 
MAR. 





TRES ESCENAS DE PLAYA; EL PIBE INGENIERO, 
LAS BAÑISTAS INDECISAS Y EN PLENA RETIRADA. 



El verdadero bal- 
neario está en la pla- 
ya, según diría Pero 
Grullo si tan lógico 
personaje viviera y 
fuese a Mar del Plata. 
Con más talento que 
el citado filósofo, cual- 
quiera de los numero- 
sos veraneantes del 
Biarritz argentino in- 
curre en la equivoca- 
ción de creer que el 
verdadero balneario 
está en la Rambla y 
otros sitios de espar- 
cimientos. La Ram- 
bla es, sin embargo, 
una continuación de 
Buenos Aires y sus 
protocolos mundanos. 
Por eso, en desagra- 
vio de la humanidad 
bañista, consagramos 
estas páginas a la pla- 
ya y al mar donde se 
tonifica la gente, se 
yodiza y se divierte 
con las olas. Resulta 
un lindo espectácu- 
lo, una nota llena 
de colorido y sor- 
prendente ani- 
mación. Aferra- 
das a las cuer- 
das las damas 
reciben gol- 
pes de las 





ondas, masaje natural 
de positivo beneficio 
salutífero. Otras, más 
temerarias, desafían 
el oleaje bajo el patro- 
cinio de los bañeros, 
maestros sabios de 
natación. Los niños 
corretean diableando 
por la arena, bajo la 
lluvia luminosa del 
más grande de todos 
los médicos: el doc- 
tor Sol. Y los parti- 
darios del régimen se- 
co toman sus baños 
de oxígeno yodado y 
se dedican a sus entre- 
tenimientos visuales. 
Para los cultores 
decididos del mar y 
de la playa es el ve- 
raneo marplatense. 
Ellos saben disfrutar 
con el cambio de vida 
y recibir el gratísimo 
regalo de energía que 
el mar ofrece a las se- 
ñoras, señoritas, ni- 
ños y caballeros de 
buena voluntad, 
regalo que s'gue 
siéndolo a pesar 
de costarles su 
dinero, porque 
los hombres 
nada pueden 
regalar. 



LO MÁS SEGURO DE TODO ES LA PILETA, 
DONDE NO HAY ROMPIENTES PELI0R03AS. 



Cdu 





'UÁNTO DOLOR QUE NO SE DICE. 

CUÁNTA AMARGURA QUE SE CALLA, 
CUÁNTA CONGOJA QUE SE OCULTA 
EN LA INQUIETUD DE SU MIRADA ! 



y^ÓMO ADIVINO EN SUS SILENCIOS. 

QUE NO SE LLENAN CON PALABRAS. 

TODA LA ÍNTIMA TORTURA 

QUE HA DE MORDER SU POBRE ÁNIMA. 



D 



D 



E LOS IDILIOS DEL CREPÚSCULO 

LLENOS DE UNCIÓN Y DE ESPERANZA 

{SU CABECITA EN MI CABEZA 

Y SUS DOS MANOS EN MIS FALDAS). 

EL LEÑO ROJO DE LA ESTUFA 

QUE LA MIMASE Y LA ABRIGARA 
PARA QUE EL FRÍO DEL INVIERNO 
NO SE ATREVIERA A TORTURARLA... 



D 



N 



E LA CASITA SOLARIEGA 

QUE HABÍA DE ESTAR EN LA MONTAÑA 
TODA CON RUMBO AL SOL LEVANTE 
PARA QUE FUESE ASÍ MÁS SANA. 



O VA QUEDANDO YA A ESTAS HORAS 
MÁS QUE UNA LUZ QUE SE ME APAGA: 
HA Y TOSECITA POR LAS NOCHES. 
HA Y PALIDEZ POR LAS MAÑANAS. 
Y HAY UN MURCIÉLAGO FATÍDICO 
QUE LE HACE SOMBRA CON SUS ALAS. 



efe 











Qf'P>K — -^C^ N COMPAÑERO inseparable 
y^/1 \ \ J ^^ "^^ amiga la aguja, 
!:--é^' m\0 hebra larga y delgada, 
(~ (^(^ )\ ''^~~\ de valor inapreciable por 

— VJ~^^ y ^^ J '^^ '^'' utilidades que 
reportas; sin ti no sería 
posible formar, preparar, unir, tejer, añadir, bor- 
dar, crear notas de arte y de belleza. 

Hilo frágil, en tus vueltas y más vueltas ento- 
nas en cada día la canción silenciosa, la canción 
sin palabras del trabajo. 

Apareces y desapareces en el constante hundir 
de la aguja, en el enlace de los puntos, como apa- 
rece y desaparece fugazmente la esperanza en los 
días de angustia o de peligro. 
1' Hilo amigo, hilo bueno, obscuro propulsor del 
progreso de los pueblos; simple como los grandes 
genios, humilde como la bondad que se exterioriza 
sin heraldos en múltiples formas, hilo amigo, tú 
también tienes historia. ¿Recuerdas? ¿Recuer- 
das?. . . Ariadna te dio a Teseo para que encon- 
trara el camino del Laberinto. Teseo por ese 
medio mató al monstruo. 

Hilo amigo, ¿por qué fuiste el medio? ¿No 
sospechaste que Teseo dos veces vencedor robaría 
a Ariadna enamorada y la abandonaría ingrato y 
maldecido en las riberas de la isla de Naxos?. . . 

Dime, hilo amigo, dímelo quedamente, ¿verdad 
que en tu larguísima existencia muchos Téseos 
encontraron las juveniles manos que te acogían 
diariamente en la primorosa labor con que distra- 
jeron sus ocios o se ganaron el pan? 

Hilo con que fabrica la infatigable araña su 
tela semejante a! ñanduty; hilo que el gusano de 
seda necesita en la elaboración de su capullo; hilo 
que sigues el curso ordinario de la vida; hilo tan 
tenue que, al gual de la existencia humana, basta 
un breve corte para que se interrumpa, para que 
tenga término; ¡cuántas cosas sugieres, cuántas 
enseñas! 

Dice el hombre muchas veces: «Sigo el hilo». 
Sigue el hilo de la idea, del discurso; sigue el hilo 
de la trama o del enredo y descubre la verdad, 
y asiste a desenlaces no esperados. 

¡Ve el hilo y le muestras el principio de una cosa 
para que conozca el resto y llegue al fin. ¡Hilo, 
amigo tan finito y tan frágil, haces bien en el 
silencio, haces bien! . . . 

Ahí estás en mi costurero envolviendo los 
carretes, siempre pronto, siempre ansioso de ser 
útil. Ahí estás formando ovillos y madejas, y te 
veo ya de lino, ya de lana, ya de seda o de cáña- 
mo, y te admiro en hermosa policromía que re- 
cuerda de las flores de verjeles primorosos. 

¡Y, de todos tus colores, yo prefiero el del blanco 
inmaculado, porque blancas son las hebras vene- 
radas que cubren en dos alas la cabeza de mi 
madre! 

Después, el azul claro viene en pos, porque azul 
fué la flor que el Ensueño puso en mi alma, y 
bella y lozana creció en ella, pero vino el Des- 
engaño y sin piedad se la llevó. 

Hilo amigo, hilo bueno de color amarillento por 




el tiempo transcurrido que sostienes en unión las 
flores ya marchitas de un amor, que murió come 
los lirios. Yo te quiero y proclamo tu excelencia, 
hilo frágil, compañero infatigable de la aguja que 
te envuelves en carretes, como envuelven mi 
alma los hilos mágicos de una voz dulce que me 
habla de vida, de venturas y de amor. 

ÚTILES sin duda algu- 
na las tijeras, útiles pa- 
ra el bien y para el mal. 
Son sus hojas dos cuchi- 
llas, dos cuchillas asesi- 
nas que separan, que 
quitan, que desgarran. Están trabadas por un eje 
en mitad de sus dos hojas, com.o es eje la perso- 
na o la cuestión con quien la lengua malediciente 
se ensaña sin reparo y acosa con ahínco, impa- 
sible ante el mal que consciente ella produce. 

Instrumento de trabajo y de exterminio: al re- 
mate dos anillos fueron hechos para servirse mejor; 
y el manejo se hace fácil, y las hojas impertérritas 
a la presión de los dedos se introducen en el paño 
a dividir. 

Dos anillos que nada dicen de alianza, porque 
jamás fueron hechas las cuchillas para enlace en el 
humano vivir. Dos anillos que evidencian el afán 
siempre laudable de los hombres a perfeccionar 
cuanto tocan, cuanto usan. 

¡Oh!, ¡tijeras! Eres como esas almas malas que 
ni el amor las redime... ¿El amor? ¡Qué digo! 
¡Ellas no saben de amor! ¿Cuándo se hará la poda 
de esas almas? En manos de un genio inmortal es 
preciso que se entreguen las tijeras que han de pro- 
ceder al corte. 

Es una poda que se impone y que el mundo re- 
clama para bien. Para bien es que, en manos del 
podador impasible van las tijeras desgarrando la 
parra y a cada golpe parece que un gemido le 
acompaña. Para bien, porque en la estación flo- 
rida les tiernos brotes nazcan. 

A los golpes de tijeras caen las ramas de los ár- 
boles, para que en la primavera nuevos retoños 
les salgan. 

Y a los golpes de tijeras se corta y acorta la 
tela de ajena reputación . . . menoscabando la vida. 

Necesarias para el bien y para el mal, las tijeras 
eliminan lo que sobra, deshacen, descosen lo que 
se quiere enmendar y forman rápidamente las 
aberturas. 

Mis tijeras de labor han servido esta mañana 
para cortar las margaritas reunidas en un gran 

. / /^ Tt(trflOCtOft-0 




(2 




vaso colocado sobre el altar de un sepulcro que en 
la penumbra de la tarde recoge una tenue luz 
difundiéndola en una mancha blanca semejante 
a una cosecha de pequeñas hostias de corazón ar- 
diente; dulces y tímidos susurros corren en ese 
altar, soplos errantes de la vida que han quedado 
unidos a las formas, palpitaciones del alma uni- 
versa! que transporta en un único vuelo amores 
y dolores de los hombres, belleza y fragilidad de 
las cosas . . . 

Útiles sin duda alguna son las tijeras, útiles 
para el bien y para el mal. 



G/'~>- ^-^^^ — ^ INSTRUMENTO pequeñito 
y Y O \ \ — O de metal o de marfil, 
-^¿;1¡' (¿&^C^\. que en la mano feme- 
r~^\ í^ iV C^\ "'"^ laboriosa siempre 
^ — ■ v/^-'^y' ^v^ J 'uces; instrumento pe- 
queñito de cilindrica fi- 
gura siempre igual. Desde tiempos medioevales 
te ha elegido la mujer para no herirse al coser; 
porque ella advirtió el riesgo, con palabra cariño- 
sa pidió al hombre te creara. 

Instrumento pequeñito cerrado o no por cas- 
quete, que su forma tomara de la esfera: los árabes 
hicieron de ti creaciones primorosas y los honores 
recibiste del museo. 

En la cesta coquetuela de una dama linajuda, 
hecho en precioso meta!, ostentas en artístico con- 
sorcio unas piedras de valor, que la vanidad, siem- 
pre despierta, sobre ti acumulara. Pero ocioso, te 
enmoheces y suspiras anheloso de otras manos, de 
otras épocas, en que no te desdeñaron las princesas 
y las reinas. 

Eran tiempos más hermosos. Eran tiempos de 
sin par galantería. En las horas de las noches in- 
vernales dedicadas a la aguja, al temblor de unos 
violines y al sonido de una voz, la tímida doncella 
se asomaba a la ventana y al saludo con su diestra 
agradeciendo el poético homenaje, te llevaba pues- 
to a! dedo. 

Y al calor de sus sonrojos que dos flores de gra- 
nado dibujaban en el rostro, y al sonreír imper- 
ceptible de una boca de carmín, dos hoyuelos se 
formaban, dos hoyuelos que retrataban fielmente 
los que llenan tu redonda superficie. 

Instrumento pequeñito sirves siempre puesto 
junto a la extremidad, y coraza de mi dedo vas 
empujando a la aguja sin temor a que me hiera. 

Tú no tienes vanidad. Y realizas tu misión en 
la mano de la obrera que incesante te maneja 
noche y día; en la de la dulce joven de los ojos 
soñadores que se inclinan sobre sedas; en la de 
majestuosa matrona de nevada cabellera; en la de 
la bendita mano de la artista; en la de aquella que 
cediendo a sentimientos o anhelos amontona las 
palabras en las páginas en blanco, y en la criatura 
que, ignorando aún el mal, comienza vacilante sus 
primeros puntos en fina tela que feliz a sus mani- 
tas se somete. 

Instrumento pequeñito: Si a buscar yo fuera 
emblema de un blasón, sólo a ti elegiría y a la 
aguja que es mi amiga más antigua y más leal. 





Cisne es una palabra intensamente blanca. Y, sin embargo, hay cisnes negros, cisnes de ébano bruñido, tan grá- 
ciles_ como los niveos cisnes. Ningún poeta cantó a los cisnes enlutados, ningún poeta hizo de ellos un 
símbolo. Todo fué y será para los descendientes del cisne que remolcara la caballeresca barquilla 
de Lohengrin, para el cantor mentido de la agónica melodía. ¿Es que el hombre lleva hasta 
sus nobles luchas poéticas humanos prejuicios de raza? ¡Quién sabe! Todos los que, según 
el cuento genial de Andersen, pasaron de «patitos feos» a cisnes no encontrarán 
un símil mejor que el cisne de ébano. Porque siempre les persiguirá en el 
mundo de los cisnes el desprecio y las burlas que sufrieron en la 
tribu de los patos. Al pasar la bandada reveladora, cuando 
el patito feo dice: «¡Anch'io so cignol» y se une a ella, 
casi siempre tiene que vestir de luto su corazón. 
Porque la lucha entre los verdaderos her- 
manos será tan cruel como aquella 
otra. Cisnes de ébano, cisnes 
negros, ¿no es verdad? 

reiroúRAPÍ< 



>y^— 




Lleve una Kodak consigo 

La Kodak Autográfica, de uso fácil y atractivo, suministra diversión interesante en 
cualquier tiempo. Al placer que se experimenta al tomar las fotografías se une la 
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— t:>lj^'s> x'L_nrr2>x — 



CARLOS DE 
A UST R I A 

DESTERRADO 

El infortunado suce- 
sor de Francisco José 
hállase actualmente re- 
cluido en la isla Made- 
ra, bajo la vigilancia 
del gobierno portugués. 
Quizis el ex emperador, 
que quiso recobrar dos 
veces el trono húngaro, 
haya comprendido lo 
inútil de sus ambicio- 
nes; tal vez acaricie aún 
su ensueño de sobera- 
nía. Los ingleses le lla- 
man «El Napoleón de 
Madera», símil humorís- 
tico que no deja de tener 
grada aunque no se la 
haga al fracasado Rey. 

A la ex emperatriz 
Zita se le ha permitido 
realizar un viaje, e in- 
dudablemente obten- 
drá permiso cuantas ve- 
ces lo desee, asi como 
sus hijos. La isla de Ma- 
dera solamente es una 
Santa Elena para Car- 
los de Austria. 

En medio de su des- 
gracia el ex emperador 
tiene la satisfacción de 
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na al gran Napoleón se- 
parado de su hijo. 




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La Verdad es Potente 

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A aceptación universal de los automóviles STUDEBAKER se ha com- 
probado una vez más por el hecho de que los negocios de laStudebaker 
Corporation fueron mayores en el año 1921 que en cualquier otro pe- 
riodo de su historia. 



A cesar de que el número total de todos los automóviles vendidos en 1921 
(menos el Ford) mermó en un 40 "„ comparado con el volumen de ventas en 1920, 
el promedio total de las ventas de coches STUDEBAKER fué 29 "„ mayor que en 
el año 1920, y en el Canadá 64 "'„ mayor que en 1920. 

La totalidad de los coches STUDEBAKER vendidos en 1921 tanto en la ciudad 
de Nueva York como en el municipio de esa misma capital sobrepasó a la de cualquier 
otra marca exceptuando solamente el Ford. 

STUDEBAKER es el fabricante más grande del mundo, de automóviles de seis 
cilindres. 

La inmensa popularidad de los coches STUDEBAKER sólo se puede explicar 
por su alta calidad, su construcción sólida, y los resultados altamente satisfactorios 
que rinden a sus propietarios. El hecho de que nuestras ventas de piezas de repuesto 
en el año 1921 fueron menor en un 12 % comparado con las de 1919 atestigua la re- 
sistencia de nuestro producto bajo todas condiciones de uso, y esto a pesar de que 
en los años 1920 y 1921 fabricamos e hicimos distribuir 1 18,000 coches nuevos. To- 
mando como base la cantidad de coches STUDEBAKER en circulación durante 
el año 1921, vendimos al propietario de cada coche un promedio de $ 16 de repuestos, 
inclusive las reparaciones motivadas por accidentes. 

Tanto los materiales como la mano de obra empleados en la fabricación de los 
coches STUDEBAKER pertenecen a la más alta categoría conocida en la industria, 
y es imposible conseguir por ningún precio un mayor rendimiento o que compense 
más ampliamente el dinero invertido. Es pueril y ociosa la tesis que invocan ciertos 
fabricantes y según la cual los precios altos son sinónimos de coches finos, por cuanto 
los precios no se gobiernan por el valor real y efectivo de la mercadería sino por los 
costos de producción del fabricante respectivo, y que varían de acuerdo con la habi- 
lidad y facilidades fabriles que posee cada uno. Es evidente que los elevados costos 
de producción, respondiendo inevitablemente a la incompetencia o la falta de faci- 
lidades fabriles, no señalan tan sólo precios altes sino coches que en realidad son 
inferiores. 

Con $ 70.000.000 oro americano de activo real, inclusive $ 36.000.000 oro ame- 
ricano invertidos en fábricas y maquinarias modernas, STUDEBAKER surge so- 
bresaliente en pericia y recursos para la fabricación económica, y ofrece el mayor 
valor real por su precio. 

Este es Otro Año Studebaker. 



The Studebaker Corporation of America 



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ANO VII 
N ÚM. 71 



MARZO 
DE 1922 






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Los DOS CIEGOS QUE AL SALIR DE J ERICÓ 
PARA JeRUSALEM, CURÓ J ESÚS DEVOLVIÉN- 
DOLES LA VISTA, SIGUIÉRONLO ACTO CON- 
TINUO, DICE EL CAPÍTULO XX DE MaTEO 
EN SUS VERSOS 30.° AL 34." DONDE ESTÁ 

narrado el prodigio. 
Pero esa noche, cuando Jesús se 

RETIRÓ A BeTANIA PARA DESCANSAR, POR- 
que ya era visible la hostilidad de 
los sacerdotes contra él, notó la 
ausencia de los mendigos. 

— Quedáronse, sin duda, en Jeru- 
salem por cobardía, insinuó judas, que 
era intransigente porque era malo. 
Y AÑADIÓ: ¿Quién no conoce la ingra- 
titud DE LA CANALLA? 

— La GENTE ES INGRATA Y COBARDE, 

REPUSO Jesús, porque se halla envile- 
LECiDA. Pepo sólo haciéndole el bien 



se ha de sacarla de la vileza. Aceite 

DE suavidad, que NO VINAGRE, PONEMOS 

en la llaga enconada. yo no devolví 
a esos míseros la vista para que me 
siguieran, sino para que, dueí^gs de 
sus ojos, tomaran el camino de su 
elección. 

Entonces llegó un publicano di- 
ciendo: 

— Uno de los ciegos, que cuando 
vidente fué ladrón, púsose ya a apro- 
vechar del milagro para sus infames 

TRAGINES. El otro NO HA TARDADO EN 
IRSE TRAS EL ENCANTO LASCIVO DE LAS 
CORTESANAS. 

— ¿Qué MUCHO, COMPADECIÓ EL RABÍ, 
SI EL HAMBRIENTO SE HARTA VORAZ, PUES- 
TO DE GOLPE ANTE LOS MANJARES? ¿Y NO 
SABÉIS QUE LA HERMOSURA DE LA MUJER 



motivo al principio de los tiempos la 
caída de muchos ángeles de luz? 
¿Quién condenaría, pues, a esos po- 
bres CIEGOS por EL ABUSO DE SUS OJOS 

recobrados? Dejadlos gozar un mo- 
mento AUNQUE SEA EN LA CULPA. QUE 

ésta la asumiré yo, por haberles de- 
vuelto la vista de que abusaron. 

— ¡Entonces, Maestro, es menester 
perdonarlo todo!. . . 

— Mejor es todavía hacer siempre 
EL BIEN. Triunfaría, por cierto, el mal, 
si la bondad del perdón no fuese más 
grande que la maldad de la culpa. 
Cada vez que perdonáis, lo que hacéis 

ES COMPADECER A UN CIEGO. PrOCEDED CO- 
MO HABÉIS visto QUE HICE CON LOS MEN- 
DIGOS DE J ERICÓ: Para sus ojos tuve la 

LUZ, para sus faltas tengo el PERDÓN. 



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L arte rivaliza con la natu- 
raleza creando espejismos. 
Quizá sea éste su único fin: 
darnos ia sensación viva de 
cosas pasadas o lejanas, im- 
posibles o difíciles de alcanzar. E' es- 
pejismo es una aproximación mentida 
que en pleno desierto, en plena mar. 
ofrece a los peregrinos momentáneas 
visiones del lejano descansa. Por eso 
los espejismos del arte, más sólidos y 
tangibles, superan a los otros. 

Una salita cuidadosamente amue- 
blada a la japonesa constituye un es- 
pejismo artístico que influye sobre 
nuestro espíritu. Toda la lógica senti- 
mental que creó aquellas costumbres 
y aquellos muebles viene a poner dulce 
beneficio en el vivir de las criaturas 
occidentales factoras del espejismo. 
Un Buda dorado de extática y bon- 






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EN EL RINCONCITO DONDE FLORECE TANTO ARTE EXÓTICO, 
HOJEA PÁGINAS PERFUMADAS LA SEÑORITA MARÍA 



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dadosa sonrisa, un hcmbre-dios que 
derramó verdades y mansas rebelio- 
nes, preside el rinccncito donde flo- 
rece tanto arle exótico. Y los -mue- 
bles policromes cuyas lacas, marfiles, 
nácares, purpurinas, sedas, bronces, 
dibujos y tallas proclaman todo el 
primor de una cultura legendaria, se 
ordenan formando un santuario, una 
capilla del Buda piadoso y altruista. 
Un poco de ensueño, un poco de es- 
pejismo para distraer la mente fati- 
gada. Ningún refugio artístico lo brin- 
dará mejor que la salita japonesa or- 
denada por una suave mano de mu'er 
espiritual. Per eso la moda de repro- 
ducir estassalitrs va exten- 
diéndose. Mas es necesario 
comprender estos refugios 
que ofrece la fiel evoca- 
ción de -un pueblo artífice. 




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'; uio:r»de Maria Luz de Torre 
■-.í:::. sa. la preciosa heredera de 

fl ] .los acaudalados Torre Hermosa. 
— ^ era una maravilla de lujo y «con- 
fort». Nada de cuanto el refina- 
miento ha inventado para la co- 
' I modidad de las muñequifas de 
carne y hueso faltaba en *l. Es- 
taba éste instalado en una amplia pieza, con ^an 
puerta balcón que abria sobre el jardin del pala- 
cio, que tal era la mansión de los padres de 
Mwta Luz: por ella penetraba !a luz a raudales 
y un airedto fresco que impregnaba el ambiente 
de ok>r a flores, a verdura, a primavera, ha- 
ciendo olvidar la tristeza de! invierno que, me- 
nos crudo que otros, tocaba a su fin. 

Las paredes tapizadas con «gobelinos» — legíti- 
mos — que repressntaban las cuatro estaciones 
del alto, imprimían un carácter de suntuosidad 
a la habitación, que se disipaba con la presencia 
de los muebles y objetos que la adornaban, casi 
todos ellcs sencillos y femeniles. En un ángulo 
un diván, cuya colocación en ese sitio más se 
adivinaba que se veía, por la profusión de cojines 
que, diseminados en el suelo y sobre él. lo ocultaban 
casi por completo. Los había de todos tamaños, 
colores y formas: ese rincón hacia pensar en una 
sultanita muy linda y perezosa. Haciendo frente. 
en el otro ángulo de la pieza, una biblioteca, 
atestada de libros, desmentía ese pensamiento, 
pues los volúmenes que contenia eran todos obras 
de indiscutible mérito: clásicos ingleses, franceses 
y españoles demostraban la cultura de su dueña. 
En un costado una «toilette» llena de frascos, 
objetos de plata y demás bagatelas que la coque- 
tería exige para mantener la hermosura. En el 
oentro una gran mesa de nogal obscuro, soberbia- 
mente tallada, que debía strvirle de escritorio, 
a juz^r por el tintero y demás útiles que sobre 
ella descansahan. Su presencia chocaba un poco 
en ese ambiente de tan refinada feminidad; al lado 
de los otros muebles que completaban el ajuar 
de la pieza — sillas, biombos, confidentes, etc., — 
todos de laque blanco, parecía un señor grave y 
severo pue quisiese imponer su seriedad. Esa mesa 
y el único cuadro al óleo que adornaba la pared 
(rente a la «toilette», y que ss reflejaba en el espejo 
de ésta, eran lo más auerido de su dueña de cuanto 
contenia la habitación. Ambos eran herencia de 
su abuela materna, de quien llevaba ella el nombre, 
y con la cual tenia un sorprendente parecido, 
como lo atestiguaba el cuadro que la representaba 
a los veinte años, meses antes de morir. Maria 
Luz tenía sus mismos ojos luminosos, grandes, 
rasgados, ron la expresión soñadora y tierna de las 
apasionadas, los que sombreaban largas pestañas 
destinadas a ocultar las emociones que en ellos 
je reflejasen, velando como con diáfano tul su 
excesivo brillo: era su misma nariz delgada y 
recta: su misma frente amplia, coronada por abun- 
dantes cabellos de color único e indefinible, ni 
oscuros ni claros, con pinceladas rojizas que 
recordaban las vírgenes del Tiziano: era su mismo 
óvalo delicado y hasU el hoyuelo en la barba 
que daba cierto aspecto picaresco a esa cara 
romántica de dulcísima mirada. Un solo detalle 
hacia que esas dos fisonomías no fuesen seme- 
jantes como lo son dos gotas de agua entre sí, 
modificando un tanto su expresión: las bocas eran 
distintas. La de la abuela, pequeña y bien deli- 
neada, como la de la nieta, era de labios más 
delgados que los de ésta, dando a su cara un as- 
pecto de firmeza y energía que sus demás facciones 
no hacían sospechar siquiera. La de la nieta, en 
cambio, era una preciosa boca de labios carnosos, 
frescos, húmedos, como fruta en sazón. Era una 
boca de tentación... 

Sin duda esa otra Maria Luz, muerta en la flor 
de la edad, rodeada de tanta poesía, a pesar del 
empello de presentarla a los ojos de la nieta como 
una victima de su desobediencia, había sido todo 
un carácter: ¡cuántas veces había escuchado su 
historia Maria Luz de Torre Hermosal Ese día, 
sentada ante su «toilette, afirmada de codos en 
ella, con la cara apoyada en la palma de sus 
peqtielías manos, contemplando su imagen / la 
de la abuela, reflejadas en el espejo, pensaba en la 
historia de aquélla mil veces escuchada. — «Hija 
única, habían querido casarla con un joven de 
acaudalada fortuna, de altos abolengos, pero ella 
habla rehusado ese partido, huyendo de su casa 
y casándose con el hombre que amaba. Sus padres 
la desconocieron desde ese día, pues el hombre 
que les robaba a su hija era un artista, un pintor, 
que comenzaba su carrera y que fuera de su 
cariño no tenía nada que ofrecerle. Algunos decían 
que era «segundón» de una noble casa española; 
pero se sabia de cierto que era un bohemio, un 
infeliz, que la haría morir de miseria. Efectiva- 
mente, había muerto al cabo de dos años, al dar 




a luz su hija, y el artista, perdida su compañera, 
su única inspiradora, se había suicidado dejando 
a la nenita sola en el mundo. La muerte redime 
las peores faltas, y los padres que no quisieron 
perdonar a la hija, acogieron a la nieta, la educa- 
ron y casaron como correspondía a una descen- 
diente de los Del Valle. Y así había nacido ella, 
esa segunda Maria Luz. tan soñadora y poco con- 
vencional como la otra. Y queriendo profundizar 
más aún esa historia, saber el misterio de esa alma, 
María Luz escudriñaba en vano en ese retrato 
que la representaba próxima a !a partida, la 
huella de los dolores con que la amenazaron: en 
vano quería descubrir en sus labios el pliegue de 
amargura del desencanto: sus ojos nada decían 
de penas, miraban con ternura profunda: en esos 
labios nada había de amargo, vagaba en ellos 
una dulce sonrisa. ¿Entonces, qué? ¿Mentían los 
que la dijeron infortunada? ¿Había encontrado 
en el amor de su pintor la dicha que pretendía? 
¿Era su energía la que la hacía disimular, para 
no confesarse derrotada? ¿Era su voluntad?... 
¿Esa poderosa voluntad que la ayudó a dar el 
paso que la conduciría al hombre obscuro que 
adoraba, renunciando así a todos y a todo por él, 
la que seguía sosteniéndola y dándole fuerzas 
para ocultar sus desencantos y dolores? No. eso 
era imposible, todo sufrimiento deja su huella 
imborrable, y en esa fisonomía tranquila y serena 
nada hacia sospechar luchas interiores, renuncia- 
mientos, desencantos... 

Un golpecito en la puerta turbó la meditación 
de María Luz, volviéndola a la realidad presente. 
Maquinalmente contestó: «.Adelante, entre». . . La 
puerta se entreabrió y apareció en el marco de 
ella el rostro enjuto y arrugado de miss Kate, su 
antigua institutriz, quedada en la casa para acom- 
pañarla en sus paseos matinales, al tennis y demás 
salidas en que la presencia de su madre no sería 
indispensable. 

— Darling, su mamá pregunta si estará lista 
para salir a las cuatro y media 

Sin invitarla a entrar. Maria Luz interrogó: 

— ¿Qué hora es. miss? 

— Las cuatro, Marylight. 

La inglesa adoraba a su discípula. todo en ella 
a su juicio era perfecto; en su pasión queriendo 
darle los más afectuosos nombres había llegado a 
bautizarla en su idioma. jPara los ingleses, lo 
mejor es siempre lo suyo!... 

— Diga a mamá, por favor, que estaré pronta 
a esa hora. 

— All right, dear. 

La puerta se cerró, pero a pesar de la promesa 
que acababa de hacer, la niña no se movió de su 
asiento, y dos minutos más tarde ya se había 
olvidado de ella absorta nuevamente en sus pen- 
samientos. 

Esa tarde debían presentarle al elegante y co- 
diciado joven a la moda, al insinuante Ricardo 
de Castro, que manifestaba su entusiasmo por 
ella, siguiéndola al cine, a los paseos, a todas 
partes, como si una casualidad le colocara siempre 
en su camino. No se escapaba a María Luz la 
importancia de esa presentación, pues sabía que 
su padre gustaría de ese enlace que uniría dos 
de los nombres más ilustres, las dos fortunas más 
poderosas de la República. Pero, ¿y ella? ¿Qué 
haría de su corazón, de sus sentimientos? ¿Qué le 
importaba que Ricardo tuviese los más hermosos 
caballos de carrera, los autos más modernos, que 
fuese el primer bailarín en sociedad, que las 
chicas se peleasen por sus miradas, por una palabra 
suya? ¿Qué le importaba a ella, que tenía su 
corazón lleno del amor de Pedro Vélez, el joven 
escultor que había conocido en la estancia de sus 
amigas las de Rodríguez, que gustaban rodearse 
de gente de arte aunque no fuesen ricos ni patri- 
cios? ¿Cómo renunciar a él, a él que amaba con 
todo el vigor de su alma joven y sentimental? 
¿Cómo confesar ese amor sin atraerse una tor- 
menta mayor aún que la provocada años atrás 
por esa linda abuelita que la miraba fijamente, 
sin turbarse, inmóvil en su marco, insensible a 



su congoja? |Ah! ¿por qué, junto con legarle su 
fisonomía, no le había legado también su energía? 
¿Por qué ella se sentía desfallecer a la idea sola 
de tener que manifestar a los suyos el deseo de 
unirse al que amaba? ¿Por qué su amor tan 
grande no le infundía ánimos?. . . ¿Qué le impor- 
taba el decir de las gentes, ni su lujo y comodi- 
dades? Y sin embargo ssntia que la voluntad de 
su padre firme y poderosa la dominaría: que sin 
fuerzas para luchar. S3 dejaría casar con Ricardo 
de Castro, u otro. . . el que le eligiessn; y como 
todos los seres débiles, con lágrimas y pensando 
en morir, estaba pronta a esquivar la lucha que 
S2 presjntaría. imponiéndose a ella si quería de- 
fender su cariño. Entre sollozos murmuró: «Abue- 
lita. tú que supiste de penas de amor, ten compa- 
sión de mí, llévame contigo ya que no podré ser 
de Pedro...» Pero ni el eco le respondió y la 
abuela en su placidez, parecía decirle: «Yo luché 
y fui feliz». 

Una campanada del reloj en la pieza vecina la 
hizo estremecer. Era la media de las cuatro. «Es la 
hora, pensó, y a mamá no le gusta esperar». Pre- 
cipitadamente terminó su tocado, y momentos 
después, convertida en la muñequita de lujo que 
era para los demás, envuelta en pieles, la huella 
de las lágrimas disimulada con un poco de polvos 
y una ligera sombra en los ojos, abrió la puerta 
y respondió al llamado de su madre con un: «voy 
mamá ...» apenas trémulo. Antes de salir se volvió 
hacia el retrato, el que iluminado por un débil 
rayo de sol parecía animarse, tomar vida, y, como 
para agradecerle una resolución que la inspirara, 
con la punta de sus dediles enguantados le envió 
un beso. 

Eran las cinco de la tarde cuando madre e 
hija llegaron en su lujoso auto a Palermo. Gusta- 
ban en los días de sol, antes de ir a cumplir con 
sus deberes mundanos, dar una vuelta por las 
avenidas de es3 paseo eternamente nuevo y her- 
moso en medio de su verdura, que reposa el alma 
de las huellas y dolores de la vida diaria. La se- 
ñora de Torre Hermosa, muy joven aún y que 
conservaba en toda su esplendidez la belleza que 
le conquistara el calificativo de divinidad con que 
la designaban, poseía un sentimentalismo que los 
veinte años de matrimonio al lado de un hombre 
frío y calculador como su esposo no habían conse- 
guido destruir. Para contrarrestar la «perniciosa 
herencia», como decían sus abuelos, la habían 
casado a los quince años con Héctor de Torre 
Hermosa, que mayor diez años que ella y muy 
poco dado a romanticismos, sabría hacerle apreciar 
la vida bajo su verdadera faz. Ella, la sensitiva 
y tierna Diana, ss había inclinado ante la voluntad 
de sus abuelos, segura de antemano, por haberlo 
escuchado mil veces, que sería inútil protestar. 
La habían calificado de sin juicio, porque mani- 
festaba su entusiasmo por la naturaleza, su pación 
por las flores y las aves. ¿Qué no dirían si confesaba 
que quería casarse por amor, y aunque fuese con 
un desconocido? Esa su primera sumisión trajo 
consigo las demás: su marido lo resolvió todo 
por sí mismo, sin consultarla para nada. Ella 
habló y hasta se esíorzó por no pensar sino aquello 
que él le trasmitía. En una palabra, renunció a 
su personalidad, sintiendo que ambos eran tan 
distintos como el día y la noche, deseosa de tener 
paz, ya que las cosa,; no tenían remedio. Se 
replegó en sí misma, y cuando las lágrimas la 
ahogaban y su ser se rebelaba contra esa injusticia 
del destino, corría adonde estaba su hijita, y en 
ese amor infinito, inmenso como ninguno, ahogaba 
sus vanas quejas y hallaba su compensación. 
Pero esos años habían pasado, su nenita crecía 
y sería preciso educarla; en esa educación tampoco 
había podido tomar parte, pues su marido, juz- 
gando pernicioso para la niña los excesivos mimos 
de la madre y sin tomar en cuenta la ofensa y el 
dolor que significaría para ésta, había hecho venir 
una inglesa — esa misma miss Kate — que 
reemplazaría a la madre al lado de la hija y que 
se ocuparía de su instrucción. Separadas ambas 
por ese medio, ni la una ni la otra tuvieron ya 
días de alegría. La madre se replegó más comple- 
tamente en sí misma, y la niña, por más excelente 
que fuese su institutriz, aprendió a no confiarse. 
La frialdad británica heló sus manifestaciones de 
entusiasmo, y cuando alguna exclamación viva 
se le escapaba, un «schoking» severo de miss Kate, 
la hacía enmudecer. La hija creció tan distante 
de la madre que jamás S3 le hubiese cruzado 
por la mente recurrir a ella en busca de amparo. 
Lo que es instintivo en todos los seres, para ella 
fué un sueño. Sin embargo la adoraba. María 
Luz nunca habría pensado en culpar a su madre 
de abandono; sin explicárselo bien, comprendía 
ese alejamiento aparente de ambas; la veía tan 
débil y sumisa con su padre, ella misma experi- 



OÉ^ 



mentaba con tanla violencia esa voluntad sub- 
yugador? e indomable, que no imaginaba siquiera 
que pudiesen ser distintas. Y así cuando ambas 
necesitaban desahogar sus corazones desbordantes 
de ternura, ávidos de cariño, agitados por emo- 
ciones y anhelos insatisfechos, pensaban en la 
muerta que no conocieron y que les legó su sen- 
sibilidad... La madre lloraba su orfandad real, 
que la condujo a esa vida tan distante de sus 
aspiraciones; la hija lloraba la orfandad impuesta 
que sin sostén la llevaría también a ella a otra 
vida que la con que soñaba. Y la abuelíta hermosa 
y joven se idealizaba en sus imaginaciones, sin 
que ninguna de las dos consiguiese substraerse a 
su suerte teniendo la valentía de imitarla. 

Por orden de la señora de Torre Hermosa, el 
chofer había tomado por la solitaria avenida de 
les sauces, alejándose del bullicio y tráfico de las 
otras más concurridas a esa hora. El auto seguía 
avanzando lentamente: la tarde declinaba y la 
noche venía envolviendo en suaves tonalidades 
el paisaje. Allá lejos se oía el murmullo de la gran 
ciudad; acá era la paz augusta de la naturaleza 
que se entrega al reposo... En el cielo algunas 
pálidas estrellas empezaban a enviar su luz. 
Embebidas en sus pensamientos, madre e hija 
callaban!. . . ¡Era la bendita hora de la calma en 
que el alma sueña y espera contra toda esperanza! 
¿Hay algo más hermoso, que .encierre más honda 
poesía que el atardecer? ¡Es la hora en que dor- 
mido el pensar, todo nuestro ser se recoge e 
impregna con !a dulzura del ambiente!. . . ¡Es la 
hora en que las almas se buscan, en que las manos 
se unen en una leve y conmovedora caricia!... 
¡Es la hora del silencio y del amor! ¡Desdichados 
aquellos que nc han sentido la profunda emoción, 
que no han experimentado la bienhechora influen- 
cia del atardecer! . . . 

La madre, habituada a desprenderse de los 
momentos de romanticismo para obedecer las ór- 
denes de su marido, fué la que rompió el encanto. 

— Creo que es hora de volver, nena... 
Un ruego apenas expresado le respondió: 

— Ya. . . mamita. 

— Sí, hijita. Tenemos que llegar a casa de las 
Tillier antes de las seis y m.edia. 

— ¿Y si . . . no fuésemos? 

— ¿Qué diría tu padre? 

— Es verdad... volvamos. 

Y sumisas a esa voluntad que hasta desde 
lejos las dominaba, emprendieron el regreso. 
Poco a poco el auto volvió a mezclarse con el 
inmenso desfile de coches que volvían del paseo, 
dejando atrás las silenciosas avenidas, las emo- 
ciones y deseos que éstas inspiraron. Ya estaban 
nuevamente en el bullicio, en medio de esa mundo 
en el cual se movían, ellas, las hijas del sentimiento, 
las desheredadas del amor, como autómatas, como 
frivolas mujeres, como si fuesen incapaces de 
sentir y desear otra cosa que aquello que la 
fortuna les brindaba. 

¡María Luz, que había hecho el propósito antes 
de salir de confiar a su madre sus angustias, 
al ver su amor en peligro de zozobrar, nada 
había dicho!. . . ¡Se había disipado el encanto!. . . 
¡Ese instante de ensueño, allá en la poética ave- 
nida de los sauces, se había esfumado llevándose 
la emoción que hiciera vibrar sus almas! Ese 
momento de quietud que les diera la ilusión de la 
felicidad y que invitaba a las confidencias había 
pasado... ¡Y cuando, media hora más tarde, 
entraron en el salón de las de Tillier, no quedaba 
de la impresión reseniida más huella que un 
mayor brillo en sus ojos, y un nuevo dolor de 
renunciamiento en el alma!... 



¡El triunfo de Pedro Vélez estaba plenamente 
consagrado! ¡Los periódicos lo comentaban llenos 
de elogiosos conceptos para el joven escultor que 
tan rápidamente llegaba a la gloria! ¡Hacía apenas 
cinco años que había partido a Roma a perfec- 
cionar sus conocimientos, y volvía consagrado 
maestro de donde sólo conquistan laureles los 
genios! Los aplausos llegaban más moderados y 
discretos hasta la valiente y bella compañera 
que, intrépida y sin temor, le había acompañado 
alentándole con su fe en el éxito y con su amor. 
María Luz leía y releía esas líneas que hablaban 
de su «primero y único amor» y una emoción ex- 
traña la iba embargando. Todo el pasado resurgía 
en su mente evocado por ese hecho innegable y 
que la desconcertaba, haciendo acudir las lágrimas 
a sus ojos: ¡Pedro Vélez triunfaba, y empujado 
por el amor de otra!... ¿Y ella? ¿No le había 
amado acaso también? No podía negar su amor 
sin negar su vida, pero, ¡cuan débil y mezquino le 



aparecía ahora ese su sentimiento al lado de ese 
otro que no había desdeñado ni la lucha ni el 
sacrificio! . . . ¡Cuan orgullosa se sentiría esa mujer 
que lo había acogido con toda su ternura cuando, 
loco de dolor por su rechazo, había estado a las 
puertas de la eternidad! Ella había sabido todo 
por Elvirita Rodríguez. Sin valor para luchar 
contra la voluntad de su padre que deseaba casarla 
con Ricardo de Castre, y sin resolverse tampoco a 
decir adiós a Pedro después de haberle jurado 
que sería de él o de nadie, había encontrado en 
su abandono de ser débil el medio de substraerse 
a uno de estos dolores. El más fácil de evitar era 
cortar con Pedro, e inconsciente del horrible daño 
que haría, deseosa al mismo tiempo de atenuar 
el golpe, escribió unas cuantas líneas en las que le 
manifestaba que habiéndose interrogado creía 
que no podría hacerle feliz. El pobre muchacho, 
al recibir esa carta fría e indiferente cuando más 
lleno de esperanzas e ilusiones estaba, vio derrum- 
barse su vida en ese instante. Una fiebre espantosa 
le acometió y durante días y días sólo repetía 
en su delirio: ¡María Luz, María Luz!, con el 
ansia de un niño que al borde de la tumba clama 
por su madre. Los médicos que le asistieron de- 
sesperaron de salvarle, y jamás creyeron que si 
libraba su vida conservaría la razón. En ese terrible 
trance le cuidó con incansable solicitud, velando 
día y noche a su cabecera, disputándole a la 
muerte con toda su energía y su cariño, la que hoy 
era su esposa: Magdalena de Sevry. Hija de fran- 
ceses venidos a menos en tiempos de la revolución, 
vivía con su madre inválida, a quien sostenía con 
su trabajo, en el departamento contiguo al de 
Pedro Vélez. La simpatía, afabilidad y corrección 
de! mí^zo la habían enamorado, sin que nunca 
él, demasiado absorto por los encantos de María 
Luz, reparase en su linda vecina. Pero Magda, 
como la llamaba su madre, era de las que saben 
sufrir y luchar. Conocía la indiferencia de su 
vecino, y sin saber la causa que la motivaba 
estaba cerca de adivinarla por los bruscos cambios 
que sufría el carácter de Pedro, ora alegre y 
comunicativo, ora silencioso y triste. Debe estar 
enamorado, se decía, ¿pero de quién? Sin duda 
de alguna que será incapaz de apreciar su talento. 
Y esa idea la hacía querer más a Pedro y le daba 
ánimos al suponer inferior a la rival para luchar 
y conquistarle. 

Es muy posible que nunca hubiese conseguido 
su objeto si esa misma rival no se encargara de 
facilitar la tarea renunciando al artista. ¡Cuánto 
le amaba ella! ... Y cómo repetía viéndole morirse 
por la ingrata: «Insensato, pobrecito mío, morirse 
por esa que no le quiere estando yo con todo mi 
amor para él». 

¡Y el milagro que la ciencia sola no habría 
realizado, lo obtuvieron unas manos blancas que 
curaban, unos ojos bellos que daban ternura, un 
corazón que sabía amar! ¡Y Pedro salvó, y Pedro 
volvió a la vida, y Pedro, que en un momento de 
locura maldijo el amor, volvió a querer con todas 
sus fuerzas!... Y ella, María Luz, se casó con 
el novio que le eligieron, y continuó encerrada 
en un círculo de hierro; su vida árida de senti- 
mientos, toda de ostentación, miserable como 
ninguna, pues su miseria no se cubre con harapos 
sino con seda, no tiene el derecho cual el pobre 
de tender la mano y solicitar un mendrugo; ella 
¿a quién pediría una limosna de cariño? ¿Qué 
habían sido esos cinco años de matrimonio? Emo- 
ciones compartidas, luchas, vida, amor, para el 
hombre que rechazó por su pobreza. ¿Para ella? 
¡Desencanto, monotonía, tristeza!... 



IM 




Quería ver, necesitaba conocer las obras que 
despertaban la admiración de cuantos las con- 
templaban. ¡Era preciso que ella visitase la expo- 
sición de Pedro Vélez; una irresistible fuerza, una 
curiosidad invencible la empujaba hacia allá, 
donde tendría que sentir más punzante su soledad, 
con la demostración hecha arte, del amor triun- 
fante! Pero quería ir a una hora en que nadie la 
interrumpiese, en que el público ávido de nove- 
dades que comentar, no llenara las salas con su 
charla superficial. Ella no quería «mostrarse»; 
quería «ver»; y sin darse cuenta casi de lo que hacía, 
dominada por el impulso que la arrastraba, pidió 
su coche y se hizo conducir a la exposición. 

Eran las diez y media de la mañana cuando 
entró en la primera sala. Estaba desierta. Tran- 
quilizada por la seguridad de que nadie la impor- 
tunaría, empezó lentamente a recorrerla. En un 
ángulo, un poco en la penumbra, S3 divisaba un 
pequeño mármol, cuyas formas no alcanzaba a 
distinguir, y por eso que parecía querer ocultarse 
resolvió comenzar su visita de investigación. 
Cuando se halló ante él, apenas si consiguió con- 
tener un grito. Esa «Quimera» era ella, ella ideali- 
zada por el artista, pero ella sin lugar a dudas. 
Se inclinó y leyó la fecha en que había sido escul- 
pida: 19... ¡El año en que habían dejado de 
verse, después de «su» enfermedad! ¡Cuánto la 
habría amado! ¡cuan profundamente grabada la 
tendría en su mente! ¡cuan presente estaría en 
su pensamiento para que ni un detalle faltase 
que permitiera confundirla! . . . ¡Qué nombre le 
había dado! ¡Quimera! ¡Sí, tenía razón, ella había 
sido (SU quimera»! ¡Con cuánta propiedad e hidal- 
guía la había simbolizado: una hermosa mujer 
perdida entre nubes! ¡Esa era ella perdida para 
él! . . . Unos pasos que se alejaban en la sala 
vecina, la recordaron que muy pronto no tendría 
libertad para contemplar las otras obras sin tes- 
tigos; y haciéndose violencia s3 arrancó de ese 
sitio en que veía su imagen embellecida por un 
sentimiento grande y noble, que cobardemente 
desechó! Lágrimas de fuego arrasaron sus ojos. 
Se alejó de esa «Quimera» que ponía ante ella 
con toda su crudeza la amargura y desencanto 
de su vida. Quería conocer a la «otra» a esa Magda 
que la había reemplazado en el corazón de Pedro 
y se dirigió hacia las otras esculturas que ador- 
naban la sala. Primero una «Appassionata», repre- 
sentada por una mujer de hermosura cautivadora, 
en cuya fisonomía se reflejaba una pasión tan 
intensa que fascinaba. Con los brazos extendidos, 
la cabeza un poco hacia atrás en espera de la 
caricia que vendría, era maravillosamente real de 
expresión. María Luz sintió al mirarla como si 
un puñal de hoja muy fina y afilada le penetrara 
en el corazón. Volvió, herida, !a vista más allá. 
Seguía a la «Appassionata», «Maternidad», con la 
misma modelo, pero con una dulzura en e! sem- 
blante que la anterior no tenía: la otra pedía 
protección y amor, con todo su ser tendido vi- 
brando ya de la caricia que vendría; ésta le daba 
ese amor al pequeño que contemplaba entre sus 
brazos. 

Un «Luchador», «El Pensador», una copia del 
«Moisés», una «Bacante» y «La bailarina con anti- 
faz», completaban esa sala, Pero estos últimos, 
aunque todos poseían la perfección de la línea 
y la expresión que caracterizaba las obras de 
Pedro Vélez, se notaba que habían sido «traba- 
jados» y no «inspirados» como los tres primeros. 
Sin duda las había hecho durante los meses en 
que su amada Magda no podía posar, porque su 
estado se lo impedía antes del nacimiento de su 
hijo. ¡María Luz volvió otra vez a extasiarse ante 
esa «Maternidad» que expresaba tanta tranquila 
felicidad, tanto orgullo justificado! Esa era la 
«otra» recompensada plenamente... Sintió un 
nudo en la garganta, como si una garra le destro- 
zase el corazón. Extendió los brazos para alcanzar 
ese pequeño que debiera haber sido suyo y éstos 
cayeron pesadamente. ¡Anhelo vano! Ese hijo del 
amor tenía madre. ¡Ella ni siquiera un hijo del 
deber tenía que endulzara su soledad! ¡Silencio- 
samente las lágrimas corrían por sus mejillas; ya 
no pensaba en que vendría gente, en que la po- 
drían ver abatida, en que debía ocultar su dolor! .. . 

Un murmullo de voces muy suaves la hizo 
volver la cabeza. ¡A su lado, frente a la «Appassio- 
nata» Vélez y su mujer, ajenos a todo, muy juntos 
el uno al otro, miraban en esa obra su pasado de 
amor! Su presencia fué demasiado cruel para 
María Luz: no pudo resistir la visión de esa dicha 
que jamás alcanzaría, y sollozando con la amar- 
gura de lo irreparable, huyó de ese sitio en que 
tanto ella como su felicidad estaban simbolizadas 
por la «Quimera». . . 



.©=lí 




El mes pasado tío Juan, desde su 
pueblo, me eecribU: 

«Entre los chacareros hay ahora mu- 
cho intM^s por automóviles de segunda 
mano. La cosedia se presenta bien. Cóm- 
prame unas carTÍndan|:as. flétalas, y 
gira.» 

Me puae, pues, en campaña: visité las 
caas áei ramo, y luego contesté a tio 
Juan: 

«Me he ocupado de tu asunto. Yo ya 
tenia mis nociones sobre esto de los 
automóviles de segunda mano, pero las 
he rectificado y restaurado en tu obse- 
quio, de modo que smn conducentes a 
tu negocio. Desde ya debo prevenirte 
que. a juzgar por la forma sencilla y 
perentoria en que me haces el encargo. 
tú no entiendes nada del negocio. Ab- 
solutamente nada, te lo aseguro. Muy 
suelto de cuerpo me ordenas: compra 
carrindangas: agregas un fin inadmisi- 
ble: para vtndirselas a los chacareros: y 
concluyes con una razón absurda: por- 
qu* la cosecha será buena. 

Esto me demuestra, querido tio Juan. 
que todavia tú. como yo antes, crees, 
iluso, que la adquisición de carrindangas 
no ultrapasa los previstos limites de otra 
vulgar operación de compraventa, y que 
aun supones que una tal operación pue- 
da tener relaciones o afinidades con la 
locomoción mecánica, así urbana como 
rural. 

Como, de persistir en semejante error. 
tu quiebra seria segura, voy a ilustrarte. 

El eje de toda la cuestión gira alrede- 
dor de una pequeña diferencia, es una 
nuance tan tenue que pocos la aprecian a prime- 
ra vista. 

Un coche nuevo es aquel respecto del cual puede 
formularse tímidamente la suposición optimista de 
qtie. mientras se le mantenga en relación masó- 
nica con cierto y determinado mecánico que guar- 
da celoso el secreto de su funcionamiento perió- 
dico, será capaz de trasladarse de un punto a 
otro, por sí mismo, o por la favorable intercesión 
de una yunta de bueyes. Ahora bien, tratándose 
de un coche de segunda mano, semejante suposi- 
ción no sólo seria ajena, pero hasta contradicto- 
ria del interés final de la operación comercial, y el 
presunto comprador debe anticiparse a desecharla 
de plano si no quiere que sufran su orgullo, su 
giro mundano y la reputación de su buen gusto 
artístico. Prácticamente, el coche nuevo y sin pedi- 
gret responde a la demanda vulgar del burgués, del 
lilisteo y del nouveau riche; por la carrindanga 
sólo alcanzan a interesarse el refinado de nervios 
de seda, el hombre de clase, el esteta. El primero 
se ofrece en venta así: 60 caballos, 20 litros por 
cien kilómetros, cojines tapizados de búfalo, elás- 
ticos de doble suspensión y amortiguadores, 90 
millas por hora, 7.000 pesos. Al segundo se le 
coloca asi: Perteneció al descuartizador Ernst, 
•esos de Conrado en el radiador, cojines mancha- 
dos de sangre, no anda, 14.000 pesos. Esa es la 
nuance. 

En principio, toda carrindanga constituye una 
reliquia sentimental, social, financiera o criminosa. 
Allí donde claves la vista entre los muchos autos 
del depósito, ten la certeza de que te encontrarás 
con «aquel coche que Fulano le regaló a Fulana 
antes de la convocatoria de acreedores» o con «aquel 
en cuyo interior Mengano se hizo saltar la tapa de 
los sesos, cuando supo lo de la hija que, según 
dicen, era lo de la señora». 

Para que aprecies el verdadero papel sentimen- 
tal que desempeña el coche de segunda mano, 
supongamos, querido tío, que tú te hubieses ena- 
morado de La Maravilla, La Coya o La Imperio 
que viste en las tablas, o de Pearl White. Ethel 
Clayton o Bebé Daniels que viste en la pantalla; 
y que las tres primeras porque conocían tu gusto 
en la elección de corbatas y las tres últimas porque 
lo ignoraban, no te hubiesen dedicado la menor 
de stis sonrisas, dejando así en tu pecho sensible 
un vacio que no aciertas a llenar ni con el auxilio 
de la bolsa de oxígeno. Ya nada te distrae: si vas 
a las carreras, sufres: si vas al teatro nacional, 
lloras: piensas si no será preferible acabar de una 
vez y frecuentar la barra de la Cá- 
mara de Diputados. Por fin. provi- 
dencialmente, tu planchadora te 
presta las memorias de cualquier 
bailarina o esposa de primer minis- 
tro europeo, y lees allí esta sentencia 
sibilir>a: «Quién me quiere a mí, quie- 
re a mí perro». ¡Estás salvado! Corres 
a la casa de automóviles de segunda 
mano, pides el coche de la que sea 




P O 

PADLO'DEIvIA QOPT^ (Wt 



tu tormento, y te lo dan al punto y sin recargo 
de precio, lo mismo que si fuese nuevecito. ¿Apre- 
cias el consuelo? ¿Te das cuenta de la pichin- 
cha? Sin necesidad de trasladarte a Barcelona 
o San Francisco, que siempre sería irte a Califor- 
nia, respiras su ambiente y hasta el de su chauffeur, 
y cuanto te apabullas entre los almohadones, con 
las tuyas propias reconstituyes, sobre el asiento 
muelle, las más graciosas de las formas amadas. 

De esto tengo constancias. Un caballero com- 
prador dudó de ello. Y quedó aplastado. Pretendía 
el escéptico que en el interior del coche que había 
comprado como de Gloria Swanson predominaba 
un perfume de tripe a la mode de Caen que, si bien 
despertaba el apetito, adormecía a la ilusión. El 
vendedor, hombre de mundo, lo dejó que se des- 
pachase a su gusto, y cuando el quídam insistía 
sobre lo del mondongo le soltó a quemarropa esta 
prueba irrefragable: «¿Pero es posible, señor, que 
usando usted camisetas de tejido celular, ignore 
todavía lo que hubo el año pasado entre Gloria y 
Tripitas?... ¡Vamos, hombrel...» Y el quejoso 
se retiró humillado hasta la camiseta. 

Pero como no quiero abrumarte con ejemplos 
innecesarios, dadas tus largas vistas comerciales, 
me limitaré a presentarte una clasificación de los 
artículos. 

Los coches carrozados en vsilurette, baquet, coun- 
Iry club y coupé de dos asientos, fuerza entre 10 
y 25 caballos, han pertenecido siempre a un joven 
calavera o a una joven pelandruna. Si se hallan en 
venta, es porque, casos previstos, él ha ido a la 
estancia a regenerarse con las gringuitas puesteras, 
o ella se ha vuelto a París a casarse con el millo- 
nario yankee que tenía un café de apaches en la 
calle Talcahuano. 

Los automóviles de tipos doble faetón con ca- 
nasta de picnic, grand sport con bastonera de 
mimbre, convertible y brougham, de 8 a 12 cilin- 
dros, fuerza entre 60 y 3ü0 caballos, distintivo 
del Automóvil Club de Francia sobre la perilla 
del radiador, pueden haber pertenecido indistin- 
tamente al aviador que S3 mató hace dos años, 
cuando se mataron algunos, o al miembro cons- 
picuo del Mercado a Término que veranea en la 
Penitenciaría, o al autor nacional que, como va 
a casarse, ss deja de «mostrador» y quiere com- 
prarse una quintita por los alrededores. 

Las uoitures de ville y limousines, entre 25 y 60 
caballos, 6 cilindros y no más, 7 a 9 asientos, 
calefacción, teléfono, cama-jaula y cocina eco- 
nómica, han sido siempre traídas a la venta par- 




ticular por un cónyuge supérstite, a 
saber: la viuda anciana que acaba de 
casar a su última hija fea: la viuda 
joven que desea cambiar este coche por 
otro de la clasificación anterior, pues 
estima más deportiva la posición del 
árbol del volante directa hacia el con- 
ductor, o, por último, el viudo ex chauf- 
feur de la dama sexagenaria que sufrió 
la fractura del espinazo a consecuencias 
de una falsa maniobra de su perito es- 
poso, afortunadamente ileso en el acci- 
dente. 

A esta altura ya habrás comprendido 
que los coches de segunda mano están 
imbuidos de mayor fuerza ejemplariza- 
dora que «Las Vidas» de Plutarco o «El 
Carácter» de Smiles. Así sucede que, 
cuando uno entra en cualquiera de las 
casas que los expenden, el empleado no 
le pregunte; «¿Qué desea, señor?» sino: 
«¿Qué le pasa, compañero?» Y esto con 
voz de simpatizante y gesto solidario. El 
interesado oye la historia de cada coche, 
contempla la suya propia, y se decide 
por el que más se adapta a su caso o 
condice con sus proyectos. Entonces co- 
mienza el análisis de la prenda: 

— ¿Ustedes repondrán este cristal del 
parabrisa, que está roto?. . . 

— De ninguna manera, señor. Ello des- 
merecería infinitamente el valor histórico 
y político de vehículo. Figúrese usted que 
esa perforación se debe al revólver del 
Tamberito, que en la pasada elección fes- 
tejó de ese modo espontáneo el triunfo 
de sus ideales, frente al comité del par- 
tido contrario. 

— ¿Y esta abolladura? 

— Un afortunado choque con el automóvil que 
sirvió para el robo del Habilitado de la Aduana. 
Además, el carburador está especialmente arre- 
glado. . . 

— . . .¿para disminuir el consumo de nafta?. . . 

— No, caballero; eso denunciaría un amarretis- 
mo impropio por parte del propietario; el carbu- 
rador está especialmente arreglado para producir, 
a voluntad, una contra -explosión y el consiguiente 
incendio del coche en cualquier desfile militar, 
fiesta patria u otra ocasión brillante de espantar 
a la multitud anónima. 

— ¿Hay repuestos disponibles? 

— No hacen falta; este coche no es capaz de 
descomponerse más de una vez, y después hay 
que tirarlo. 

— ¿Al cajón de la basura? 

— ¡Si cupiese! . . . Pero un gentleman de buen 
gusto puede desbarrancarlo en la bajada de la 
Quinta de Halley a labora de mayor tráfico por la 
Avenida Alvear, y el efecto seria sorprendente. 
También puede echársele al rio desde un puente 
de ferrocarril, y aun esta solución fué últimamente 
innovada con acierto por uno de nuestros sports- 
men más distinguidos, que tuvo la inspiración de 
tripular el vehículo con su señora suegra, y la 
precaución de bajarse a empujarlo en el momento 
oportuno. 

— ¿Y aquel chassis negro y descascarado? 

— Una primicia, señor. Es La Mataniños. 
200 kilómetros por hora, pero vuelca desde los 100. 
Doce conductores muertos, todos de la aristo- 
cracia, sin contar un chauffeur loco y otro para- 
lítico por traumatismos de segundo grado. Si 
usted estuviese por casarse con alguna niña rica, 
le convendría regalar esta joya, sucesivamente, 
a cada uno de sus cuñados. 

— Me intereso, en efecto, por un faetoncito 
para mi novia. . . 

— ¡Ah, Landrú!... Ha hecho usted bien en 
hablarme con franqueza. Pues le hallaremos un 
modelito muy liviano, y fragilísimo. 

-¡Pero no, hombre!... si quiero un coche de 
paseo, simplemente... 

— ¿Habla usted en ssrio?... 

— Y tres o cuatro carrindangas para verdérselas 
a los chacareros. 

— ¿Carrindangas? ¿Chacareros? ¿Y se ha creído 
usted que yo tengo reunidos aquí desde el 60 H.P. 
de Napoleón I, hasta el furgón autobús de los 
fusilados por el Soviet, para entregarme a nego- 
cios sucios con sus chacareros? ¡No, 
señor mío, usted se ha equivocado! 
Vaya, si le parece, a buscarse por ahí 
un coche nuevo. Y no vuelva a poner- 
me los pies en el depósito. ¡Gato! . . . 

Ya ves, tio, que nosotros no en- 
tendíamos nada, pero absolutamen- 
te nada, de este negocio.» 

ILUSTRACIONES DE MACAYA, 




EL Al 

CARLOS 




K^EIS 




BL AntOPt*- 
■o BOS OntB' 

cxmeritii- 





DIDO PANORA- 
MA DE LA HER- 
MOSA CIUDAD, 



DESD8 EL CERRO SAN BER- 

A mirada se fija en el 
oriente. AHÍ se alza el 
San Bernardo como un 
recio murallón orlado 
de algarrobos y chur- 
quis. En su cumbre, 
blanca y nítida en la 
tarde, abre sus brazos 
una cruz compañera del 
Cristo Redentor que allí 
ha colocado la devoción local de este 
pueblo meditativo para que siempre, a 
toda hora, le esté recordando que hay 
una vida más alta y menos efímera que 
esta de nuestras dianas pequeneces. 

A paso lento, sin ningún apuro, as- 
ciendo por el cerro hasta ganar la cum- 
bre, al pie del Cristo. El panorama que 
desde allí se alcanza es bellísimo. Ten- 
didas en el valle, aquí cerca, las blancas 
casas de la ciudad se acuestan como can- 
didas ovejas salpicadas a veces de verdes 
manchones. Más allá, suaves lomadas 
que van ascendiendo gradualmente has- 
ta diluirse en el azu! de la distancia, 
en la fina y quebrada linea de los cerros. 
Volviéndome hacia el sur, ¡cuánta pla- 
cidez enctientro en ese largo valle que 
se extiende entre los 
cerros como una ve- 
ga plena de árboles 
y sembradíos regada 
por el Arias, inf;- 



AOMIltABLE PAISAJE 
SAtTESO EN LAS 
0«IU.AS OELCOCREN- 
TOSO Rio ARIAS. 





rrumpida en lontananza por un tímido 
cerrito que yace, más corto que el valle, 
como una sierpe mitológica y ondulada! 

Al contemplar todo esto después de 
tantos años, cómo acuden a mi los dulces 
recuerdos de la infancia. Sí, es la calle 
Caseros al centro, larga, larga hasta 
perderse en las lomadas del ocaso. Allí, 
cerca, e! viejo convento de los carmelitas 
descalzos. El parque San Martín con su 
lago que semeja una límpida pupila 
entre las verdes y tupidas arboledas. 
Más allá, siempre a la izquierda, el tem- 
plo de La Candelaria con sus cúpulas 
que semejan las de mezquitas árabes, 
esas claras mezquitas de los cuentos 
de Alá. 

¿Y aquí, al centro? Pues la fina y ele- 
vada torre de San Francisco; el recio 
Club 20; las agujas medioevales de La 
Merced que se alzan en eterna aspiración 
de más allá; las casuchas que se pierden 
luego a! pie de las lomas. Y la plaza 
9 de Julio que se alza en el centro mismo 
de la ciudad, con sus altos edificios que 
la rodean. Allí está la Catedral levan- 
tada piedra sobre piedra por las mujeres 
de Salta, perdurable testimonio del es- 
fuerzo de un pueblo 

cuya alma no aba- ^^^^^ artística de 
tieron nunca los re- ^^ estatua que la 
veses. Y mientras ciudad levantó al 
lenta cae la pacifica general alvarado. 






tarde sobre la dulce ciudad, 
mientras se detiene el sol so- 
bre las doradas cumbres de los 
cerros lejanos yo sigo mirando esta 
ciudad de mis afectos donde duer- 
men el eterno sueño los seres queridos 
de mi corazón: donde piensan y se 
inquietan y se esfuerzan los hom- 
bres numerosos de mi estirpe. Alli 
están mis amigos, allí mis esperan- 
zas, allí mi pequeña. 

Contemplo estos blancos edificios 
que a mi derecha, aquí cerca, al pie 
casi de este cerro forman ej Club de 
de Gimnasia donde tantos niños se 
hacen hombres y donde tantos 
hombres fortalecen el cuerpo y 
vivifican el alma en una fir- 
me aspiración de inmorta- 
lidad. iCómo se desliza 
apresurado el humito 
de los trenes en la 
vía que se tiende 
más allá de las 
arboledas del 



OTRO ASPECTO 
DE SALTA, VISTA 



CIRO 



TORRES 



DESDE LA TORRE 
DES. FRANCISCO. 



LÓPEZ 



Seminario, entre aquellos 
altos árboles que forman un 
verde manchoncito! ¿Y aque- 
llos blancos hangares que semejan 
allá, al fondo, lejos, los cuarteles de 
las tropas nacionales? ¿Y el campo 
que se extiende hacia las lomas? ¿Y 
los cerros que siempre más allá, más 
allá se desenroscan en interminable 
sucesión de cumbres? 

El corazón se abre punto por punto 
a la paz maravillosa de la noche, co- 
mo esos focos eléctricos que uno a 
uno van encendiéndose allá, en la 
ciudad, semejando rojas estrellas de 
la tierra. Pero todo esto no son 
sino sueños; yo, con esta cum- 
bre, voy sumiéndome en las 
sombras, como apartándo- 
me del mundo cuando 
más cerca de él, cuando 
más en su seno quie- 
ro estar. Y a paso 
lento abando- 
né la cumbre. 




ip-. 



^7 



El entusiasmo viajero de la gente 
latina no suele resistir las bajas tem- 
peraturas. La moda, que es una con- 
tinua excepción, ha puesto excepcio- 
nes a esta regla: las visitas a los Al- 
pes, una rápida asomada al nebuloso 
Londres o un invierno en París son 
empresas que el latino acomete fácil- 
mente. Pero hablarle de Suecia, No- 
ruega y otros sitios es como propo- 
nerle una expedición a los polos. Y si 
el viajero pertenece a la estirpe crio- 
lla, peor todavía aunque sea vecino 
de Bahía Blanca, Santa Cruz u otros 



LA UrritAOA A ESTOCOLMO 
POK KL MAK BÁLTICO. 




lugares donde el frío está barato. La 
gente latina es friolera y, además, 
poco dada a seguir otras rutas que las 
impuestas por la moda. Hace falta 
que el destino la empuje irrevocable- 
mente por una senda desconocida. 
Entonces emprenderá la marcha a 
regañadientes, sintiendo nostalgias de 
su país y de los otros países donde 
vivió cómodamente. En cambio, 
puesta ya en marcha es capaz de las 
mayores y más audaces tentativas. 
Acuérdase de que pertenece a la raza 
de los Colón, Balboa, etc., y arremete 

EL MUSEO, EL ESTADIO Y EL 
CONGRESO, EN ESTOCOLMO. 




:-l 



y /A/O 




UN TRÍPTrco DEL iN- ¡mpávida desafiando el intenso frío. 
viERNo SUECO. A PESAR Yo sé dc alguicH que, por una im- 
DE LA NIEVE QUE SE posición de la suBrte, supo convcrtirse 
en un humano producto de frigorífi- 
co. Y ahora, recordando sus paseos por el Estocolmo de fines 
de invierno, de primavera y estío, siente un placer muy 
grande y desea relatar sus excursiones al margen de 
unas fotografías, resumen de sus excursiones por Suecia. 
Nunca he podido explicar a los suecos que estudian el idio- 
ma castellano el origen y alcance de esta frasecilla prover- 
bial. Hacerse el sueco es, según el vulgo, no hacer caso de lo 
que se dice, con el deliberado propó- 
Los NIÑOS RESULTAN síto de sallrse uno con su gusto. Res- 
INFATIGABLES Y BRAVOS to de algún chascarríllo que tal vez 
CULTORES DEL «SKIS*. tuviera gracía, la frase resulta sin ex- 



AMONTONA, EL FRÍO SE- 
CO ES MENOS TERRIBLE 
DE LO QUE PARECE. 



plicación satisfactoria, pero la usa- 
mos a menudo en sentido irónico. 
Hoy, lector, la oyes aquí emplea- 
da en distinto sentido. El héroe del 

dicho se haría el sueco en tierra española; el protagonista 
de esta aventura tuvo la originalidad de hacerse el sueco 
en plena Suecia, una vez que la suerte le llevó allí. 
Para un hombre sano el aprendizaje es menos dificultoso 
de lo que puede suponerse. Algunos de mis lectores, los más, 
sentirán un frío de muerte a la sola enunciación de tal em- 
presa. Sin embargo, a la baja temperatura sueca le sucede lo 
que a otras cosas de este mundo don- 
de el hecho de sacarse una muela ^l puente de skuru, 
es un confite después de los miedos de cemento armado, 
que se pasan antes de la extracción. el mayor en su género 






Mucha nieve se l* casa del cí- 
amontona sobre el libre artista 
hielo sueco, mucho ahkarcroha. 
hun>ea nuestra res- " ^-^^'"°- 
piractón y bastante 
(rescura ¿ente la punta de la nariz. 
Estocolmo durante el invierno no se 
parece al Sahara; en cambio, es un 
cómodo oasis del desierto helado. 

Los deportes y el hogar: he aquí 
los dos sabios maestros que enseñan 
rápidamente y sin cobrar sueldo. 

Puede decine que los deportes son 
el rudo trabajo físico de la gente que 



DURANTE LA ES- HO vívc dc SU trabajo 
TAciÓN DE LAS figigo L^ moda ha 
FLORES. EscE- j también ex- 

NAS CAMPESTRES f - ^ v- 

cepciones a esta de- 
finición. Hay obre- 
ros que tras seis días de ruda labor 
emplean el descanso dominical en los 
trabajos del football u otras labores. 
En Suecia tales excepciones consti- 
tuyen casi la regla general. Los depor- 
tes a base de nieve baten la sangre 
encendiéndola para resistir el frío. 
El «skis» y otros aparatos de desli- 
zamiento abren caminos en la helada 







superficie usados por casi to- la catedral de 
dos: señoras, señoritas, caba- wsby y el palacio 
lleros y niños. Son las cotidia- ''^'''- sueco. 

ñas olimpíadas de la nieve, y 
en ellas la cordialidad, el buen carácter y la edu- 
cación del pueblo sueco llevan sobre la álgida pista 
esa sombra del hogar que se llama vida social. Allí 
veis la alegría de ese país sano y culto, una alegría 
que parece perfectamente latina, meridional. Los 
gritos y las risas deslízanse sobre la nieve e invaden 
el picante aire. Ese gozo infantil es calor del 
corazón y aliciente poderoso de la fraternidad. 

El hogar sueco tendrá sus 
dolores, sus angustias, mas no 
para el huésped. Aunque el 
mío era un hospedaje, no sentí 
esa odiosa animad- 
versión que se 
siente en los ho- 
gares de alquiler 
propios de otras 
tierras. Formando 
parte de la fami- 
lia, mimado por 
toda ella, junto al 
fuego pasé días y 
veladas que no se 
borrarán nunca de 
mi memoria. Y es 
dulce, muy dulce, 
hacerse el sueco de 
esta manera, al la- 
do de ancianos que 
os miran paternal- 
mente y de jóvenes 
en cuyas almas 
sentís la confra- 
ternidad. 

Sobre todo, hay 
en la casa sueca 
más que en otras 
de semejantes lati- 
tudes un hecho hu- 
mano que D'Ami- 
cis no veía posible: 
laamistad de polos 
contrarios entre 
una niña y un mu- 

R A U L P. 



ELCAST1LL0DEWAD- chacho. Hcdda fué mi compa- 
TENA, OBRA DEL ñera, milagro que yo Ho conce- 
REY GusTAFWASA. ^13 antes de verlo patente. Y 
no es que Hedda fuese despre- 
ciable. Al contrario: no he visto una linda mucha- 
cha más parejera con mis justas estéticas y mis 
aficiones. Pero como ya tenía un novio, el cariño 
no pasó de amistad ardiente y bien avenida. 
En compañía de la novia sueca recorrí la ciudad. 
Acostumbrados a las acostumbradas visitas a esas 
ciudades que todo el mundo alaba, no comprende- 
réis la graciosa belleza de Estocolmo. La fama la 
ha llamado Venecia del Norte. 
No intento describiros la gran 
capital porque me faltan arte 
y espacio. Además de su her- 
mosura tiene para 
los latinos el má- 
gico adorno de la 
originalidad. Todo 
en ella es para nos- 
otros extremamen- 
te nuevo. Tiene los 
esmaltes policro- 
mos de esas porce- 
lanas nórdicas que 
parecen húmedas 
por lo relucientes. 
Y sus extraños días 
y noches añaden 
belleza sobre be- 
lleza al conjunto. 
La industria de 
sus laboriosos y 
hábiles pobladores 
varápidamenteau- 
mentando este te- 
soro. Estocolmo ca- 
mina hacia un es- 
pléndido porvenir. 
Verdadero pro- 
digio es la irrup- 
ción victoriosa de 
la primavera. En 
esa época en que 
toda Suecia huele 
a pinares vale la 
pena ir allá. 

O S O R I O 



:N"Viina 
í o K 

(PlAKA 
fAI[K9 



A DE 





TRAMODERNO DEL 
PROFESOR JOSÉ 
HOFFMANN. 



Al arreglar la casa se pro- 
cura no solamente ponerla tan 
bonita como sea posible sino 
también dar a la personalidad 
i*! lu" la habita un marco 

r .<■:. er.te. El arquitecto en- 
argado de instalar una casa 
■-studia ante todo el carácter 
del que va a vivir en ella: una 
vez que conoce su personali- 
dad, empieza su tarea y se em- 
peña por dar un carácter per- 
sonal a cada pieza que amue- 
bla. Sin el conocimiento de esa 
personalidad, el más hábil ar- 
quitecto no podría crear algo 
armonioso y al mismo tiempo 
cr.pinal. Y en el arte de los in- 
teriores modernos, en el que 
desde hace mucho tiempo se 
distingue nuestra escuela de 
Viena. que tiene toda una se- 
ne de artistas 
notables, muy 
conocidos en 
íl extranjero, 
y \v.f. ; or 'mz 
ideas nuevas 



EL MUEVO ES- 
TILO A QUE SE 
' ■ TTA ESTE CO- 




y creaciones originales han pro- 
vocado la dmiración en todas 
partes. Los más célebres de 
esos artistas son los profeso- 
res José Hoffmann, Ernesto 
Lichblan, Struad y Peche. 

El profesor José Hoffmann, 
aunque está todavía en la flor 
de la edad, es desde hace tiem- 
po el jefe de los artistas de 
interiores modernos. Su pode- 
rosa individualidad y sus es- 
fuerzos incesantes para crear 
siempre algo nuevo y unir lo 
bello y lo práctico, han hecho 
escuela. Su supremo cuidado, 
antes de empezar la construc- 
ción y el arreglo interior de una 
casa, es estudiar la personali- 
dad del que va a habitarla. To- 
dos los hábitos, las particu- 
laridades, las aptitudes y el 
temperamen- 
to del habi- 
tante, deben 
ser conocidos 
por el arqui- 
tecto. La es- 



MEDOR RECIBE 
EL NOMBRE DE 
'BLANCH-HOIR>. 





UNO DE LOS MAS ORIGI 

NALES «HALLS» PLANEA 

DOS POR HOFFMANN. 



cuela de Viena, siguiendo sus enseñanzas, ha reunido 
la utilidad, la belleza y la poesía, y sobre esa base 
crea interiores que asombran por la sencillez de la 
linea, la belleza de las formas, y también por la utili- 
dad. La condición principal de un mueble es que sea no sólo bonito sino 
también práctico. A nuestros artistas les gusta producir contrastes de colores. 
Luz, mucha luz: esa es la consigna de nuestros artistas; cada rincón debe 
ser alumbrado 
por una lámpa- 
ra, y muchas 
lámparas, apli- 
cadas en las pa- 
redes, deben 
enviar sus ra- 
yos a toda la 
habitación. Los 
escritorios ce- 
rrados hacen el 
efecto de arcas 
artísticamente 
trabajadas, que 
adornan la pie- 
za, y los huecos 
de las ventanas 
invitan a la 
conversación. 
Las vitrinas se 
encuadran en 
los rincones de 
la pieza para no 
interrumpir la 
linea; las mesas 
se colocan cerca 
de los asientos; 
los armarios se 
hacen de mane- 
ra que no alte- 
ren la armonía 
de las lineas ya 
menudo se ven 
en los rincones 
divanes altos y 
capitonés. 



SALÓN DE MÚSICA, 
SOBRIA MUESTRA 



ELEGANTE GABINETE, 
MODELO DEL ARQUI- 
TECTO STRUAD. 




Para el salón de recepción se usan muebles de ma- 
dera de peral, negra y barnizada; los muebles de las 
piezas intimas son de laca blanca o de trianón gris. 
Si se emplea la madera de encina o de nogal, se la 

barniza también, porque la madera mate haría sombría la pieza. En cuanto a 
tapices, se emplea el gobelino, la seda roja recamada, cretonas con dibujos 
de flores, o cuero de Suecia negro, con bordados en colores. Los divanes in- 
vitan a sentar- 
se y las corti- 
nas, artística- 
mente arregla- 
das, ocultan los 
huecos. El buen 
gusto no permi- 
te otros orna- 
mentos. Sólo en 
los boudoirs o 
en las salitas de 
señoras se tie- 
nen muebles de 
formas capri- 
chosas; allí rei- 
nan la fantasía 
y la poesía; sin 
embargo, esos 
mismos muebles 
deben ser esco- 
gidos con dis- 
creción, no per- 
diéndose nunca 
de vista la be- 
lleza de las lí- 
neas y de la 
construcción. 
Practicando es- 
tos principios, 
se combinan ha- 
bitaciones ori- 
ginales y her- 
mosas, en las 
cuales uno se 
encuentra có- 
modo y feJíz. 



DE LA ARQUITEC- 
TURA MODERNA. 




Lectoras ricas o acomodadas 
pero siempre bellas, que en los car- 
navales, en funciones 
otros festejos vest 

paisanita; lectores bien o regular que os 
disfrazáis de gauchos antiguos o de gauchos 
contemporáneos: comprended fácilmente este 
atavio de las andaluzas y andaluces adinerados. 
Todo el año es Carnaval, decía Larra con inge- 
nioso y duro pesimismo, fórmula repetida por la 
gente en trances desengañadores. Pero la cotidiana 
mascarada tiene su lado ¡npenuo. amable, artístico. 



^. que cu lus car- 
nes caritativas o en / ^ Ai /^ ^ L^ ^'i^'~^ 
ís Cándidas ropas de t ^X. V — \ /^ 
bien o regular que os ^-^ s — -LX — -A Iv — VO 

AND 




Mientras bailáis el pericón nacional, 
o asistís de riguroso chiripá a una 
hierra ningún pesimista os puede poner 
tilde. En aquellos instantes de mimetis- 
mo popular rendís culto a una honda tra- 
dición. Hablando de copleros ha dicho el 
eminente escritor don Francisco Rodríguez 
Marín: El poeta erudito, cuando escribe coplas, 
se hace en realidad de verdad hombre del pueblo: 
«se desposee de su personalidad y pensamientos pro- 
pios, consiguiendo por esta razón el fin artístico que 
se propuso». Estas lindas palabras pueden aplicarse 



& 




EN EL CAMINO 

a nuestro te- de la ermita es 
ma. He visto necesario ha- 
muchas de es- ^^^ algunos 
tas comparsas descansos. 

ecuestres; sólo 

he gozado de una. Todas deben 
saber lo mismo a las gentes de 
bondadoso o mediano corazón. 
Por eso aliñaré mis añoranzas 
de un verano inolvidable de mi 
juventud. 

Fué en los montes de Málaga 
por las sendas bordeadas de 
verdes viñas. íbamos a un cor- 
tijo cuyo dueño ofrecía una 
fiesta típica. La casualidad há- 
bilmente guiada por unas pia- 
dosas amigas hizo que yo llevase 
a la grupa de mi prestado ca- 
ballejo una niña por quien yo 
suspiraba demasiado. Enseñad 
el dialecto andaluz a la más 
graciosa de las porteñas, ves- 
tidla primorosa y sencillamente, 
y veréis cómo era mi compa- 
ñerita de excursión. 

El idilio en la reja, el idilio 
en el baile son dulces; pero el 
idilio ecuestre resulta dulcísimo. 
Tiene algo de baile y es el que 
da mejor la sensación del an- 
siado matrimonio. Sentís y veis 
la dulce mano sobre vuestro 
pecho; comprendéis que una 
grave responsabilidad pesa so- 
bre nosotros. Se necesita llevar 
a buen puerto aquel adorable 
cuerpecíto; atendéis al cuidado 
del caballo desconocido, de quien hay que recelar mil mañas. Sobre vuestra 
nuca sentís a veces un suave hálito de juventud femenina, y si el animal 
trota, vienen a empeorar la situación leves y cálidos roces que martirizan 



DIME A donde quie- 
res IR, QUE YO 

MANDO EN MI CABA- 
LLO YTÚ ME MAN- 
DAS A MÍ. 



PREPARÁNDOSE 

PARA EMPREN- delici osamcH- 
DER LA MARCHA tc vuBstras es- 

SE PIERDE MU- pgldaS. A tOdO 

CHO TIEMPO. g3jQ Jgb¿i3 y 

queréis conver- 
sar, y conversar de cariño. El 
tira y afloja de una charla idí- 
lica con una niña y a caballo 
es asunto dificilísimo y grato. 
Y añadid a todo esto las pullas 
y las coplas alusivas que las 
muchachas y los muchachos de 
la cabalgata os dirigen, y las 
miraditas socarronas que los 
verdaderos paisanos os lanzan. 
Indudablemente: no hay reja 
ni baile ni comida que os dé 
una noción tan anticipada y 
clara del matrimonio como la 
gratísima y dificultosa tarea de 
mantener un «filo» a caballo. 

Todas estas parejas que aquí 
veis, lectoras y lectores, todas 
estas parejas que me traen una 
carga de nostalgias sentirán lo 
mismo, lo mismito que yo sentí. 
Son ocasiones ansiosamente 
esperadas que la juventud amo- 
rosa trata de menudear. Lucirse 
llevando los trajes más caracte- 
rísticos, los mejores jaeces, los 
caballos más briosos para ofre- 
cerse y ofrecerlos a la niña pre- 
dilecta, que es precisamente la 
más hermosa, la más bien ves- 
tida, la reina. . . 

Los gauchos andaluces de 

este carnaval galante imitan así 

en romerías, excursiones, cacerías, hierras y otros regocijos a los gauchos 

de verdad, a los que trabajan empeñosamente la tierra andaluza. ¡Ojalá todos 

los disfraces fueran tan nobles, tan sanos, como los vestidos del pueblo! 






OLEO c DE <2 



FMTZ ^ EMLK 




I 



C/l» 




HUACO es este pedazo de tierra circuido de ca- 
rros que ahora traigo a esta página desde el fondo 
de mis recuerdos de adolescente. Pequeño el río 
que lo cruza, conduce agua suficiente para irrigar 
el valle. ¡Esos valles andinos, que surgen de vez 
en cuando entre tales empinadas soledades del 
planeta! 

Para llegar a Huaco por primera vez hay que 
tener resolución, mucha más resolución que la 
que ha menester un niño para trepar a un alga- 
rrobo y bajar un nido de coperotes. Huaco podría 
ser, también, una fortaleza de guerra, y es seguro 
que los aborígenes sentaron allí, hace trescientos 
años, el último reducto contra la invasión con- 
quistadora, y que no fueron exterminados sino 
que transaron, amodorrados, un día, viniendo así, 
con el tiempo, a diluirse su bravia sangre roja en 
la sangre azul de los bravos hispanos. Partiendo 
de la villa de Jachal yo llegué a Huaco en un 
anochecer. 

Mi compañero Flavio era ya baquiano por 
aquellos caminos, como que los había trajinado 
otras veces; pero con todo, me dijo que había que 
pasar la quebrada con luz del día. Esta sola adver- 
tencia me puso en guardia. Luego nos dimos a 
conversar sobre los tiempos en que por allí asal- 
taban a los caminantes y de las noches, no menos 
temibles, en las que se hacía sentir la salamanca. 
La cosa era como para que a uno se le pusiesen 
los pelos de punta y la piel de gallina. Andando, 
andando — al paso de los caballos — nos encon- 
tramos de pronto . . . ¿en la selva dantesca? No; 
nos encontramos en un punto que parecía ser el 
punto final de la vida. A un lado, la peña abrupta 
irguiéndose como un torreón en el cerro; al otro 
lado, el precipicio a cuya sima el río va cantu- 
rreando las endechas de la soledad; en frente, una 
rampa de fuerte pendiente, como trabajada quién 
sabe por qué picapedreros de antaño. Sobre la ram- 
pa de granito había que deslizarse en cuatro pies. 

Mi compañero se apeó, tomó la rienda, y el 
caballo en sus cuatro patas y el caballero en sus 
cuatro pies, se largaron. Perder el equilibrio era 
perder el bautismo. Caballo y caballero llegaron 
salvos y sanos a la base de la rampa: como cua- 
tro varas bien calculadas. Flavio se incorporó 
entonces, como un vencedor, sobre sus extremi- 
dades inferiores y, sonriente, me dijo que me 
aguardaba. ¡Yo lo hubiera querido ver a Juan 
Facundo, acosado por el tigre, en semejante 
pináculo! Y en verdad que para arriesgarse a la 
quebrada debía uno estar confesado y comulgado. 
El hecho es que salí con vida, para contar el 
cuento. Ya estábamos en pleno Huaco. Valía la 
pena el sacrificio. Esa vega pictórica de vegeta- 
ción es una delicia. Las higueras empiezan a dar 
brevas en noviembre, para anunciar el verano, y 
tres meses después brindan una carga de higos 
que se cosecha por arrobas para venderlos en el 
invierno, hechos pasas, a real los tres almudes. 
Las ciruelas son de miel. Los membrillos, tamaños 
como que apenas cabe uno en cada manaza de 
don Julián, un señor que explotaba una huerta 
con fines comerciales. Las uvas... pero si estas 
uvas podrían ser el adorno y el deleite en una 
mesa de cardenales. Y los olivos: los olivos son 
la quinta maravilla. Hay en Huaco olivos cente- 
narios, en plena producción. Estas plantas viven 
inmunes a la mosquilla, al diablo a cuatro y a 




toda peste. Un andaluz diría que cada aceituna 
es más grande que un huevo de martineta, y no 
habría puesto gran cosa de su cosecha. Yo no he 
probado el aceite de esos olivos, pero tengo por 
cosa cierta que ha de ser el aceite más exquisito 
del mundo. 

Y más allá las sementeras constituyendo una 
promesa de bendiciones, o los alfalfares a modo 
de una verde alfombra matizada por el suave 
azul de sus florecillas, o los trigales a medio segar 
o emparvados ya, todo ello alternando con par- 
celas de suelo quebrado y montuoso que esperan 
la decisión de muchos brazos. 

Valía la pena, ciertamente, el sacrificio de 
galopar ocho leguas y de cruzar la quebrada 
aquella satisfacción de ver con los propios ojos 
tan dulce nido de amor. 

¿Qué más hallé de bueno en Huaco? Paso por 
alto pormenores acerca de la vida sencilla de la 
población, de su fauna garrida, de su clima para- 
disíaco, para concretar en una persona mis obser- 
vaciones de orden psico-sooiológico. Conocí a Ri- 
cardo Dojorti. Tenía interés en tratar a esta 
persona, porque me habían dicho que era la pla- 
tita labrada de Huaco, queriendo con ello seña- 
lar al hombre más civilizado del lugar. Hablé con 
él a la luz de la luna. Su casa tenía el aspecto de 
cualquier antigua casona de campo; y así su es- 
posa, que era una magnolia, resultaba obsequio 
en vulgar cacharro. De la conversación con Ri- 
cardo pude sacar en limpio que este mocetón era 
un espíritu iluminando una torre de marfil, que 
era su propia morada. Cuando chico, sus padres 
lo habían mandado a Buenos Aires, donde actua- 
ra con lucimiento; pero él dejó los oropeles de la 
resonante urbe y tornó al silencio de Huaco. 
Por un dejo de pronunciación porteña de la «11» 
y de la «y» advertíanse sus pasadas andanzas. 



JV\N 

I^OMULO 

FEI^NAN»» 

TAI/AIE-DE 
5IMO 



Tornó a Huaco, construyó su hogar y a la sazón 
labraba su heredad. Sabía Ricardo, al salvar el 
recodo de los treinta abriles, de Rousseau, de 
Tocqueville, de Alberdi ~~- creo yo — lo que no 
todos saben en una facultad universitaria, y cuan- 
do no andaba arando la tierra, sembrando o tri- 
llando, estaba en la casa con un viejo libróte en 
la mano, y tan abstraído en remotos mundos que 
no sentía ni cuando iban a avisarle que la mesa 
estaba puesta. Junto con estas cosas que fui cono- 
ciendo poco después, me hacía esta consideración: 
difícil comprender por qué este hombre no está 
en el parlamento o en un ministerio; y es sin duda 

— pensaba yo — que en los parlamentos y en los 
ministerios están los oropeles, mientras que aquí, 
en el campo, no están todos los que son. 

— ¿Y todos son aquí felices? — pregunté a 
Dojorti. — Y él me respondió: 

— Trillan con yeguas y no tienen vencimientos 
en los bancos. 

— Bien; pero lo que no comprendo — argüí 
seguidamente — es por qué no son todos ricos. 

— Debe haber en eso un poco de cuestión de 
ambiente — replico. — A un muchacho que traba- 
jaba a mis órdenes lo mandé un día a la leña. (En 
Huaco nadie compra leña, sino que se manda a 
traerla «del campo»). Bueno; en el camino Pancho 
vio una bolsa llena de algo, y entre queriendo y no 
queriendo inclinó el cuerpo hacia un lado, apo- 
yándose en el estribo derecho y deteniendo un 
poco la marcha (una marcha que hay allí como 
para mandar en busca de la muerte), deteniendo 
un poco la marcha de la cabalgadura, que era 
un pollino medio chucaro, golpeó con el cabo del 
rebenque sobre la bolsa dándose cuenta, por el 
sonido, que la bolsa contenía piezas de metal. 

— «Esta es una bolsa de plata. . . que debe haber 
perdido algún arriero volviendo de vender la ha- 
cienda en Chile» — se dijo para si. Pancho estuvo 
a punto de bajarse y cargar la bolsa, pero luego 
pensó: — «Buena es una bolsa de plata y hasta 
podría hacerle parte al patrón, que es tan laido. . . 
pero ¡qué diantres! yo voy a buscar leña; leña es 
lo que ahora ss necesita; mañana vendré por la 
bolsa.» — Al día siguiente por la mañana Pancho me 
contó el caso, e inmediatamente nos pusimos en 
marcha, por la misma senda. — «No galopee tanto, 
patrón — me decía — que es güeno tener bestia 
pa volver.» — Y se quedaba atrás, sin sacar al po- 
llino de su marcha (la de cementerio). — «¡Cómo 
son los hombres pa la plata... ni que juera a 
buscar una medecina en caso e parto» — iba refun- 
fuñando este mal escudero. Llegamos. Llegamos, 
pero la bolsa no estaba. Colgar a Pancho de un 
árbol habría sido poco... 

— ¿Y usted, señor, está seguro de haberse 
puesto en marcha inmediatamente?. . . 

Ricardo comprendió la intención y me dijo, con 
gesto displicente: 

— Es cuestión del ambiente, don. 

Cuando me alejaba de Huaco pensaba yo en 
las últimas palabras de Ricardo. Es que el amor, 
me decía yo para mí mismo, no suele andar del 
brazo con la fortuna, y como Huaco es un nido 
de amor... sácale molde, alazán, díjele a mi 
caballo al par que le hacia sentir las espuelas en 
los ijares incitándolo a penetrar en los hondones 
del cerro. Huaco estaba ya solamente en mi 
espíritu. 





CUCCARESE. 



El disfraz infantil deja de ser un pequeño crimen cuando la 
mascarita tiene edad suficiente para sentirse admirada. La 
prtieba psicológica de esto nos la da el objetivo: si el disfraza- 
dito sabe adoptar una pose ante la máquina fotográfica sin 
echarse a llorar desesperadamente, resulta indudable que cono- 
ce las satisfacciones de la vanidad. Entonces, sólo entonces, 
puede decirse que la máscara hállase preparada para dar a 






#^P 



sus progenitores y deudos cariñosos un indescriptible placer 
sin pagarlo con lágrimas, gritos y otros excesos lamentables. 

Porque en la vida carnavalesca existe esa quisicosa llamada 
metempsicosis. El mamoncito disfrazado es una oruga; el que 
ya camina, dejando más o menos rastro, es una crisálida, y el 
que saborea su disfraz es mariposa, mascarita completa. 

Para estas mariposas del Carnaval son verdaderamente los 




LOUTA vbrti. 



MARÍA M. D'ERRICO DORLY. 



TERESA DÍAZ. 




corsos y concursos. Amon- 
tonadas sobre las capotas 
de los autos y de los coches 
disfrutan de los días car- 
navalescos, derrochando 
serpentinas. Visten diver- 
sos disfraces, desde la con- 
vencional indumentaria 
zingaresca a las sublimida- 
des de los atavíos fantás- 
ticos. 

Nosotros preferimos en- 
tre todos los militares, ha- 
das, baturros, ángeles, gau- 
chos, etc., el disfraz goyes- 
co de las majas, moda im- 
puesta por las tonadilleras 
en combinación con músi- 
cos y copleros. Tal vez esta 
preferencia sea arbitraria, 
pero el sentimiento hace 
poco caso de la lógica. A 
nosotros nos gustan las ma- 
jitas ingenuas que durante 
los carnavales andan por 
la metrópoli remedando el 
vestir y la gracia de aque- 
llas «majas aristocráticas». 

Aunque abunda ese dis- 
fraz, no todas las niñas po- 
seen las condiciones reque- 
ridas para portarlo digna- 
mente. Dentro del pompo- 
so vestido hay casi siem- 
pre algo de niña prodigio. 
La majita. en el noventa 
por ciento de los casos, re- 
veló sus facultades después 
de aquella noche memora- 
ble en que viera y oyera a 
la cupletista tal o cual. 
Ante los papitos y las tiítas 
absortos parodió los ade- 
manes y los cantos de la 
tonadillera. Luego la tía. 



NÉLIDA E. PÉREZ. 



) ^ 



0~ 



profesora de piano, supo en- 
sayarla eficazmente, y la 
artista en pimpollo surgió 
para encanto de la fa- 
milia. 

Nosotros preferimos las 
majas infantiles que se li- 
mitan a copiar los adema- 
nes. Pocas entre las que 
cantan merecen nuestro 
aplauso. Es que la imita- 
ción tiene sagradas fronte- 
ras. La imitación es más 
plausible cuanto menos 
reste las gracias candoro- 
sas infantiles. Una majita 
que tropiece y se caiga vale 
por ciento de las mejores 
cantoras de «El relicario», 
«El gitanillo» y otras to- 
nadillas. 

Resulta encantadora y 
digna de ser besada la fe- 
menil niñez cuando mima 
con gracejo intuitivo mira- 
das, andares y gcstitos mu- 
jeriles. 

Vedlas ante la máquina 
adoptando las poses que 
ensayaron en el hogar. 
Unas triunfan espléndida- 
mente: otras, un poquito 
asustadas, no consiguen del 
todo el efecto buscado. 
Hasta ese fracaso encieria 
un atractivo más, aunque 
otra cosa crean las perso- 
nas exigentes. Siempre ni- 
ñas, como es bueno que lo 
sean aun en la juventud y 
en la edad madura, porque 
el carácter que no conserve 
hasta la ancianidad un 
perfume de infancia vale 
poco o nada. 



-¿y 



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/ 



FLORINDA R. GURUCHAGA. 



PIEDAD GOWEZ. 



Cík 





U/%7N,W 




¡Paso a la vieja farándula! ¡Paso a esa cuerda 
locura que ha marcado su día en el almanaque! 
\P»so a los loccs que han decidido divertirse, paso! 

Como un estruendo cada vez más lejano se 
escuchan tus sones. Carnaval de otros siglos, des- 
bordamiento de pueblos contenidos. . . Se necesi- 
taba, para mantener vivo el fuego de tu existencia. 
la ingenuidad de otras generaciones más sencillas 
que la nuestra: se necesitaba también una liber- 
tad mis restringida para que en un día dado se 
expandiera la locura universal . . . 

Hoy sólo los niños te esperan con ansia. Para 
ellos es hoy tu paraíso de misterio, tus ridiculos 
aones de trompeta y de cascabeleo. Sólo ellos 
aguardan impacientes tu clarinada de alerta: «Aquí 
está Momo, el que protege todas las locuras, el que 
pennile la ilusión de transformarse en lo que se 
desearía ser. ¡Aqui está Momo! ...» 

lY aJ mirar la híbrida comparsa que hoy pasa 
por las calles, descolorida, torpe, como un rebaño 
que no tuviera columna vertebral, ¡quién no evoca 
los cuadros magníficos que describieran Balzac. 
Dumas padre. Cautier. o con el lápiz Gustavo 
Doré. Gavami. Daumier! 

¡Los bailes de la Opera de París! 

Su renombre ha cruzado los océanos, ha res- 
plandecido en todas las capitales del mundo como 
foco de magnífica locura. ¡Cuánta espiritualidad, 
ctiánta graciosa alegría han derrochado allí gene- 
raciones enteras! ¡Cuántas citas de amor, cuánto 
misterio en la aventura de sus mascaradas! El 
arte, el comercio, la nobleza, la burguesía y el 
pueblo mezclaron en democrática alegría los es- 
parcimientos de sus almas contagiadas de la fie- 
bre bufonesca. 

Bajo la arcada galante de sus pórticos cuántas 
princesas saciaron su sed de capricho . . . hartas del 
ceremonial de la corte, hartas de una clase de 
seres siempre iguales, ceremoniosos siempre. Las 
princesas buscaban la locura más allá de su 
circulo . . . Así como lo hizo en noche de escapada 
la humanísima Helena, la princesa Bebé de Be- 
navente... ¿La recordáis? Es aquella que tenía 
abierto el corazón a todas las sensaciones, es aque- 
lla que jamás se sintió capaz de arrastrar el ca- 
dáver de ningún amor muerto, es aquella que 
decía: íYo no sé rezar sin fe ante ningún altar». . . 
Pero no la recordemos, que su irreverencia sen- 
timental y convencional la han proscripto de los 
escenarios, por demasiado humana. . . 

Y. sin embargo, ¡cuántas mujeres quisieran 
parecerse a ella! Cuantas envidian el valor que 
hace decir: «Esta es la vida, no cerrar los ojos a 
nada, comprenderlo todo, simpatizar con todo» o 
exclamar como ella: «Si la pasión, si la locura 
no pasaran alguna vez por las almas... ¿qué 
valdría la vida?« 

Y no era en noche de Carnaval, era en mo- 
mentos en que nadie más que ella tenía la res- 
ponsabilidad de sus actos y de su vida, no era 
la broma cobarde que se lanza desde atrás del 
antifaz... ¿pero a qué recordarla, a qué recor- 
darla, si está proscripta? 

Hablábamos de los bailes de la Opera de Pa- 
ris. . . esa fiesta que sobrevivió a las catástrofes, 
a las revoluciones y a las guerras, esa institución 
que como pocas ha tenido sus tradiciones, sus 
costumbres y hasta su lengua especial. Cada más- 
cara, como dice el cronista del Mercure Calant, era 
recibida allí mediante el pago de un escudo. A 
este título se adquiría el privilegio de bailar o de 
entretenerse con las mujeres más distinguidas y 
más bonitas de Francia. Cualquiera que tuviera 
condiciones de espiritualidad y de gracia podía, 
favorecido por su disfraz, hacer fortuna. El re- 
gente en persona los frecuentaba asiduamente; 
una entrada particular daba acceso de su palacio 
a ese lugar. Más tarde María Antonieta cedía a 
la inocente curíosidad de asistir durante una 
hora a recrearse, disfrazada de panadera, 
cosechando homenajes de admiración, 
entre los cuales se conserva uno muy 
familiar y respetuoso, de un desco- 
nocido: Gentil panadera — que 
el don de una diosa — con 
mano graciosa — con- 
viertes en pan; — pa- 
nadera hermosa. 



por ser tú quien eres — con el don de Céres, — que 
lus manos dan — nos haces vivir. — Pero crueles 
luego — tus ojos de fuego - nos hacen morir. . . 

La Restauración, el reinado de Luis Felipe, el 
segundo Imperio vieron la apoteosis de esa mag- 
nífica fiesta. Fué esta la época de las cuadrillas 
desatinadas, de los «galops», de los cancanes epi- 
lépticos. . . El renombre del baile famoso brilla a 
través del mundo. A él acuden los extranjeros de 
todas partes, ingleses, rusos, ávidos de derrochar 
su prodigalidad. Desde lo alto de sus palcos lan- 
zan a los bailarines puñados de luisas. Las ac- 
trices a la moda se encuentran en el avant-scéne 
del jockey admirablemente ornado de flores. La 
prensa, la novela y el teatro le conceden una 
enorme importancia a estas cosas frivolas. 

Escritores ilustres no desdeñan meditar larga- 
mente sobre ellas. ¡Cuántas comedias y vaudevi- 
lles, desde Henriette Marechal hasta Francillon, 
giran alrededor de una intriga anudada entre dos 
dóminos en el foyer de la Opera de París! 

Después de 1870, la decadencia comienza. . . Las 
fiestas nocturnas de la Opera, transportadas al 
nuevo edificio de Charles Garnier, pierden la ale- 
gría y el brillo de antaño. Los trajes son pobres, 
mal llevados, feos... Los fracs se aburren... 
Muchos han conservado un nublado recuerdo, 
desmintiendo la alegría y la gracia de otros tiem- 
pos; pero, ¿quién es el que no ha experimentado 
esta decepción al asistir al primer baile de más- 
caras? Quien que haya leído la maravillosa pági- 
na de «Grandeza y miseria de las cortesanas» de 
Balzac, ese capítulo donde figura un torbellino 
de changadores espirituales y de falsas lecheras 
bulliciosas. Supónese uno ingenuamente que la 
realidad se asemeja a este cuadro; supónese el 
que se inicia que va a descubrir intrigas, a escu- 
char la voz ríante que responderá an seguida a 
los arrumacos hechos con voz insinuante, supó- 
nese que las chispeantes frases se desplegarán 
delante de una mesa delicadamente servida. Y 
avanza el novicio lleno de ardor, con una llama 
de conquista en los ojos... Poco a poco extín- 
guese la fiebre, cayendo el novicio desde lo alto 
de sus ilusiones. Todas las mujeres verdadera- 
mente lindas e interesantes que le hubiera gus- 
tado acompañar están ya acompañadas. Y sola- 
mente las feas o las de aspecto vulgar y aire apa- 
gado quedan libres. . . 

¡Id a desflorar madrigales a los pies de una 
comadre que huele a agua de pomitos! Debajo del 
antifaz, largo, discreto, descubre el novicio una 
boca sin frescura. Bajo el guante frotado con ben- 
cina apercibe una mano enrojecida por el trabajo 
doméstico... ¡Horror! El joven rechaza sus ve- 
leidades de galantería y se retira solitario y des- 
engañado a tomar una taza de caldo, jurando no 
reincidir. . . 

Para divertirse en un baile de máscaras no 
hay que tener el corazón sentimental de Coelium, 
sino el buen humor de Octavio. No hay que ser 
exigente. Levantad, si es posible, el espíritu pre- 
viamente, con un buen rocío de champagne o de 
Oporto y no tratéis de descubrir debajo del dis- 
fraz una princesa extraviada. Dejad que vuestros 
ojos se embriaguen de luz y vuestros oídos de 
carcajadas, de murmullos y de músicas lejanas. 
No pidáis a este placer mediocre más que un 
momento de olvido... 

¿Pero no es una pretensión extravagante dar 
consejos a la juventud? Ella obedece a sus ins- 
tintos, a la necesidad de movimiento y de alegría 
que es de todos los países y de todos los tiempos. 

¿Qué muchacha resiste al misterio encantador 
de disfrazarse para ir a un baile? ¿Y qué fino 
observador no ha hecho la psicología de las mas- 
caritas? Las hay de todos los tonos y de todos 
los gustos. Desde la mascarita experimentada y 
desenvuelta que tiene la llave del éxito en «petit 
comité» hasta la tímida niña vestida de mariposa, 
y cuyos atavíos la abruman de responsabilidad, 
pues al entrar en la sala ha olvidado todos los 
movimientos aprendidos delante del espejo. Y 
menos mal si por fortuna tropieza con un torbe- 
llino de muchachos alegres que la arrastran en 
loca tarándola, porque entonces su propia ju- 
ventud la defenderá del ridículo, su gracia natural 



le hará mover las alas y el cascabeleo de sus car- 
cajadas bastará para que muy pronto el joven 
que está junto a ella sienta nacer el instinto de 
la caza que todo hombre lleva en si desde niño . . . 
Y le tienda sus redes. Si ella cae, se aprestará a 
cumplir el eterno destino de las Evas; si no logra 
atraparla habrá esgrimido sus armas de coqueta 
y habrá aprendido a hacerse amar. . . 

Existe también la mascarita de éxito ruidoso, 
la que demasiado joven y demasiado plena de 
locura audaz ha decidido «hacerse ver». Esta suele 
vestirse de Odalisca o de Scheherezada. lo oriental 
la deslumhra aunque no tenga el tipo ni la molicie 
de sus movimientos. 

Riéndose a grandes carcajadas inexplicables 
como un contrasentido avanza a pequeños pasos 
de fox-trot. Y es tan original y llamativa que 
pronto se hace a su alrededor un círculo de curio- 
sos que lanzan pequeñas bromas como bardos 
inocentes; no se atreven con ella. . . 

Por fin, después de luchar toda la noche en 
vanos y desesperados esfuerzos para mantener 
despierta la atención de su circulo, se encuentra 
aburrida, extenuada, no ha logrado un solo com- 
pañero constante; todos son fugitivos como lo 
efímero de su llamarada de originalidad... Y se 
va. derrotada, decepcionada íntimamente de sí 
misma. Ha descubierto que no es irresistible. . . 

La verdadera mascarita espiritual no se ve, la 
tienen sitiada los afortunados que han logrado la 
dicha de disfrutar de sus gracias y de su conver- 
sación brillante y amena. Si no cuenta más que 
con las gracias de su espíritu, lo cual es muy 
frecuente, va generalmente vestida de dominó, 
sencillamente; hará durar la broma hasta lo infi- 
nito y no se quitará el antifaz hasta muy tarde. . . 
Al revés de las bonitas que no saben resistir a la 
tentación de mostrar que son mucho mejor de lo 
que se adivina. Si la mascarita espiritual une a su 
chispa el ingenio, es muy frecuente verla vestida 
de gitana, prediciéndole a cada cual su suerte 
con un acierto que difícilmente tienen las gitanas 
legítimas, primero porque sabe más de la vida 
individual de cada uno, y segundo porque por 
lo menos conoce siempre la psicología de los 
rasgos fisonómícos y también la del nudo de la 
corbata. Con estos detalles y otros como el len- 
guaje del calzado y de las uñas — signos elocuen- 
tísimos para la verdadera mujer observadora — 
resulta fácil deducir si el moreno será un marido 
fiel o si se la pegará a su mujer con demasiada fre- 
cuencia; si el rubio es tímido o pusilánime; si el 
de labios carnosos tiene buen carácter e inclina- 
ciones sentimentales; si, por el contrario, el otro 
que tiene la boca cortada como una herida es 
agudo, mordaz, y hasta perverso; si aquel de 
manos blancas y pulidísimas uñas es pueril en 
su espíritu y descolorido en su vida íntima, o el 
que usa desprendidos los últimos botones de su 
bota es inspirado y ardiente en sus pasiones... 
Intrigado el varón por el acierto, y hostigado por 
la vanidad de sentirse observado, despliega enton- 
ces sus galas, luce su imaginación o su talento, 
descuella como conversador elegante y lleno de 
recursos de salón. 

Y he aquí que de pronto, en algún rincón ais- 
lado de la sala, como pequeño paraíso de escogi- 
dos, puede observarse el fenómeno de que una 
mujer menos brillante, pero de más quilates, hace 
jugar a su alrededor, como si fuera un eje de en- 
cantamiento, a una rueda de hombres que muchas 
otras cuentan en el número de los «inatrapables», 
y frente a ella, única diosa de un torneo de amor, 
disputan todas sus armas. 

Acostumbrada, dueña del campo, segura de su 
éxito, la mujer espiritual entonces se despide con 
una carcajada. Está cansada, pero se va a dor 
mir contenta: ¡Se ha divertido! 



Y ahora silencio... que ya empieza 
a escucharse la fanfarra de Momo. 
Callen las reflexiones y las filo- 
sofías, paso al torrente de 
locura que deja circular, 
libre, sin riesgos, la 
mascarada uni- 
versal 



LOLA 



PITA 



MARTÍNEZ 







GjaVENTaD--SO PaE P^)A N A 



Peón de la quinta, 
jornalero, 
sobre la tierra 
doblado el cuerpo. . . 

Peón de la estancia 
que bregas recio 
con la caballada 
cerril del potrero. . . 

Hombre de trabajo, 
joven y apuesto 
y de mal pergeño, 
sucio y sudoroso, 
por toda gala 
el pañolito colorado al cuello. 

■Con todo y con ello 
y, pese 

a tu mal pergeño, 
por su juventud, descubre 
la lozanía tu cuerpo, 
como en la primavera 
el tallo tierno. . . 

JríoMBRE de trabajo, 
joven y apuesto; 
eres 

de natural desenvuelto... 
te manifiestas 
de tu valer satisfecho. . . 
y, como en nadie confías, 
en ti confías contento... 
Trabajas 
alegre y dicharachero, 



la flor en la oreja, 

la flor en el pecho, 

la flor en la boca, 

la flor en la cinta del sombrero. . . 



Mozo sano 
y contento, 

sobre e! arado, sobre la azada, 
sobre el caballo inquieto... 
Bajo tu pobre ropa destrozada, 
se marca tu cuerpo 
igual que en madera tallado con brío, 
airoso y esbelto . . . 

Mozo, llevas 

hinchado el pecho 
de gritos cordiales 
y en humildes afanes deshecho... 

Mozo, llevas la frente 
erguida al aire fresco, 
libre de tormentosos 
pensamientos. . . 
jla frente despejada 
como limpio de nubes el cielo!... 
La nubécula, acaso, del pan de cada día 
es la que sueles ver en tu firmamento. . . 
Poco alcanzar esperas 
y es, en razón, así, poco el tormento... 

Eres pobre, 



pero 

tienes tus juveniles 



anhelos. . . 

¡y tienes, por delante, 

el tiempo! . . . 

t/RES pobre, 
pero 

son de oro fino 
tus esperanzas y tus sueños. . . 

1 por eso: 

porque eres joven, 

por eso, 

pobre y dasharrapado, me pareces 

un señor disfrazado de siervo... 

Porque eres joven, 
por eso, 

un canto de triunfo parece tu canto 
de vencido y prisionero... 

Por eso arrogante pasas, 
bracero, 
alegre 

y dicharachero, 
a la vida 
sonriendo, 
por toda gala 

el pañolito colorado al cuello, 
la flor en la oreja, 
la flor en el pecho, 
la flor en la boca, 
la flor en la cinta del sombrero. . . 



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DOS 



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A ORFANDAD LOS HIZO HERMANOS. FORMAN PARTE DE LA 
PROLE INNÚMERA QUE LAS SOCIEDADES ADOPTAN. OTROS 
HERMANITOS VIVEN EN EL MUNDO DESMADRADOS. ÉSTOS 
SIQUIERA HÁLLANSE BAJO EL AMPARO DE UNA SOMBRA MA- 
TERNAL, INSPIRAN UN CARIÑO, ALIENTAN UN DEBER HUMA- 
NITARIO. LA ORFANDAD LOS HIZO HERMANOS, LA INGENUA 
SIMPATÍA DE SUS ALMAS INOCENTES ESTRECHÓ MAS ESTAS 
RELACIONES FRATERNALES. MUTUAMENTE PREDILECTOS 
AMBOS VIVEN UNIDOS ESTA VIDA QUE LA CARIDAD LES 
OFRECE. POR ESO SOPORTAN MEJOR LA AUSENCIA DE LAS 
MADRES. LA VECINDAD DE LAS CAMAS, DE LA MESA Y DE LA CLASE PROVOCARON EL 
MUTUO AMOR. UNO DE ELLOS, EL MÁS FUERTE DE ESPÍRITU DIRIGE AL OTRO. LO 
PATROCINA. EN SU AFECTO FRATERNO HAY ALGO DE CARIÑO PATERNAL. ES UN 
PULGARCITO QUE EN LUGAR DE SIETE HERMANOS TIENE MILES. Y DEDICA AL 
HERMANITO PREDILECTO TODA LA ENERGÍA. LA PRUDENCIA Y LA ASTUCIA DE 
SU ALMA. YA PUEDE VENIR EL OGRO AL GALOPE DE SUS BOTAS DE SIETE 
LEGUAS. PULGARCITO DEFENDERÁ A SU HERMANO. SON ENTERNECE- 
DORES LOS ASILOS QUE LA VERDADERA CARIDAD INSTITUYE; 
PERO DENTRO DE ELLOS EXISTE ALGO MÁS CONMOVEDOR: 
EL CARIÑO INOCENTE DE ESTAS PAREJAS BIEN AVE- 
NIDAS, DE ESTOS HERMANOS CUYA COMÚN TER- 
NURA LES SIRVE PARA HERMOSEAR LA EXIS- 
TENCIA QUE LA DESGRACIA QUISO MAR- 
CAR CON INFORTURNIOS PRECOCES. 



POTO DE BALDISSEROTTO. 



-I='J_7v^-S 




Las bellezas del campo invitan a su 



KODAK 



y con el aditamento autográjico, un distintivo 
exclusivo de la Eastman, puede inscribirse el título y 
la fecha al mismo tiempo que se toma la fotografía. 



KODAK ARGENTINA. Ltd 

Corrientes 2558, Buenos Aires 



— 1=>LJ'^S> 






LA HXDKE DE S. S. 



MONSEÑOR RATTl, EN COMPAÑÍA DE SU HERMANO FERMO. 



EL PADRE DE S. S. 



EL NUEVO pontífice 






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1.03 OrERADORES CINEUATOCRXfICOS 
rSPCRAM LA BENDICIÓN PAPAL. 



LA CASA DONDE NA- 
CIÓ EL PONT f FICE. 



EL MINISTRO ARGENTINO, GARCÍA MANSILLA. 
Y SU ESPOSA DIRIGIÉNDOSE AL VATICANO. 



La proclamación de Su 
Santidad Pió XI produjo 
gran júbilo en toda la cris- 
tiandad, pero el foco más 
ardiente de entusiasmo fué 
Cesio, lugar natal de mon- 
sefior Aquiles Ratti. 

Cuéntase que al recibir 
el telegrama del senador 
Títtoni comunicando a la 
familia el fausto aconteci- 
miento, los parientes del 
Papa quedaron aturdidos 
por la sorpresa. Momentos 
después Desio estaba toda 
embanderada y los habi- 
tantes locos de júbilo. Al 
día siguiente llegó la inva- 
sión de fotógrafos, perio- 
distas, etc.. comenzando 



L03 PARIENTES DEL 
PAPA ASALTADOS 




el asedio de !a familia 
Ratti, que soportó resigna- 
damente los gajes de la 
celebridad. Componen esta 
familia un hermano del 
Pontífice, el señor Fermo 
Ratti, comerciante en 
seda, y dos hijos de éste: 
el ingeniero Franco Ratti, 
héroe durante la pasada 
guerra, y María. 

Entre los más satisfe- 
chos hállase un zapatero 
de Desio llamado Gussani 
Tommaso, condiscípulo de 
escuela de Pío XI, con el 
cual solía el joven Aquiles 
Ratti pasear por las mon- 
tañas. No se cansa de na- 
rrar aouellas aventuras. 



POR LOS PERIODIE- 
TAS Y AMIGOS. 



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ESTILO ANTIGUO 




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CARAS Y CARETAS 



EN PARÍS =- 



Para subscripciones y ejemplares de 

CARAS Y CARETAS y PLVS VLTRA 

en París, dirigirse a 

L. MAYENCE y Cí 

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PUBLICACIÓN MENSUAL 
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SUPLEMENTO DE 
«CARAS Y CARETAS» 




Dirección y Administración: Chacabuco, 151/155 



Buenos Aires 



PRECIOS 

EN TODA LA REPÚBLICA 
Trimestre ( 3 ejemplares).... $ "!{, 
Semestre (6 » )....»» 
Año (12 » )....» 1) 
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DE SUBSCRIPCIÓN 



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Año $ oro 5. — 

Número suelto » » 0.50 

Pueden solicitarse subscripciones o ejemplares suel- 
tos a todos les agentes de Caras y Caretas, o 
directamente a la Administración. 




^iiiiii«iiiiiiiiiiiic]iiiiiiiiiNi[]iiiiiiiiiiiiE]iiiiiiniMiniiiiiiiiiinE]iniiiiiiiiiaiiiiiiiiniiHiiiiiiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiaiiiiiiiiiiiiuiiiii^ 



— P'LJV/'^S 




ÚLTIMOS MOMENTOS DE LANDRU 



CEMENTERIO EL CADAVEi^. 




U. HOKO ÚIAFFERRI PRONUN- 
CIANDO SU ELOCUENTE DISCURSO. 



I.ANDRU HABLANDO CON SU DE- 
FENSOR DURANTE LA VISTA. 




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Loi I 












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MkV' 








c;ue co:.nrr::a elo' 

•.de THOMPSON. 

. . 1 >■•■ a. j.iwiici i,i\.¿'j e;i ou'j Arr.nrica por virtud de los 

.?5fí:erz<w que representan repetidas ejecuciones como ésta. 



FLORID/ 



BUENOS AIRES. 



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fe/f 



flXu^&f^ 



i-ii;:i:i!:iii!iíiíiiiii(lii!! 



•^JZZ. 



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TAI l.ERES CRÁI ICOS DE CaRAS V CaRETAS 



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ess^fes^ 




Qgünfs €xdusift 

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&5^^Q^ nos PlouNpel Igs Voj h u re s 
C'e^r vous qui r\ou5 erv d¡rG¿^ lea qíialí I-es. 




Billarv:óürr (5e¡n«)^ 



n.>\-.'\^,G£:R 




ÚrfefacfüB 
cJe ^sfi/c 

evidencian el 
guBÍo personal 
de Vd 

• 

Conviene, pues, a Vd. 
reemplazar sus arte- 
factos antiguos por 
otros que armonicen 
con el conjunto artístico 
y elegante de su hogar. 

Una visita a nuestros 
amplísimos salones fa- 
cilitará a Vd. la elec- 
ción, pues acabamos 
de traer un magní- 
fico surtido de arañas 
de estilo, de los prin- 
cipales centros de fa- 
bricación, así como las 
últimas creaciones en 
Cristal de Baccarat. 



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TIERRA 



ADENTRO 



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En el corazón 
de la patria, tie- 
na adentro, la 
agricultura lucha 
contra los innu- 
merables obs- 
táculos que el 
suelo virgen, la 
falta de comuni- 
caciones, la ca- 
rencia de agua 
oponen a las ac- 
tividades varo- 
niles. AlH está la 
futura grandeza 
de la Argentina 
que elevará a in- 
calculable altura 
la actual gran- 
deza. Un experto 
e inteligente via- 
jero, cuya mi- 
sión es la de pro- 
pagar entre los 
colonos de diver- 
sas regiones los 
métodos técnicos 
modernos, un co- 



é) 




(S 



laborador de 
Plvs Vltra nos 
remite estas fo- 
tos, obra suya, 
que reproducen 
paisajes y cos- 
tumbres de las 
estancias y cha- 
cras del interior. 
Hay en esas pá- 
ginas gráficas 
gran sabor de 
verdad y de arte, 
y al mismo tiem- 
po una enorme 
impresión de es- 
peranza. Andan- 
do el tiempo to- 
das estas peno- 
sas tentativas 
actuales se con- 
vertirán, para 
bien del país, en 
establecimientos 
agrícolas de 
enorme impor- 
tancia y rendi- 
miento. 



(S 



UNA TROPILLA DE GANADO VACUNO BAJANDO DEL MONTE A LA 
REPRESA Y BEBEDERO, EN UNA MAÑANA DE OTOÑO. VISTA TO- 
MADA EN LA GRANJA EXPERIMENTAL DEL FERROCARRIL CEN- 
TRAL ARGENTINO EN LA PROVINCIA DE SANTIAGO DEL ESTERO. 

Foto de Hugo Miatello (hijo). 





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NDRÉS efONTE. 



CORRIENTES 760 



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Cada una de nuestras esmeradas confec- 
ciones lleva este sello característico, expo- 
nente de la más alta selección de flores y 
plantas naturales. 





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Florida igc) 



U. T.2081 Avenida 



I 



Actualmente en plena LIQUIDACIÓN del 
CALZADO FORTUNATO 
A MITAD DE SU VALOR 

POR eliminarse dicha marca de la casa. 

OPORTUNIDAD ÚNICA 



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1 



Creaciones exclusivas en pieles para Señoras 

Suntuosas notas de elegancia, impuestas por su 
DISTINCIÓN Y CALIDAD 



93 A (bis). — Precioso 

SACO, MODELO DE GRAN 
ACTUALIDAD, CD piel de 

taupe, de muy fina ca- 
lidad, forrado en seda 
de inmejorable clase. 

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555 A — Bonito modelo 

DE SACO, ÚLTIMA MODA, 

en piel de loutre austra- 
iano, de muy buena ca- 
lidad, cinturón de lo mis- 
mo, con rico forro en seda 
floreada. 



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561 A — Práctico mo- 
delo de tapado en piel 
de loutre extrafina, con 
un riquísimo cuello forma 
chai; forrado en seda de 
muy rica calidad. 



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91 A 
Elegantísi- 
mo modelo DE 
CAPA, en piel 
de taupe esco- 
cés, extrafina, con precio- 
so forro de satín; estilo 
de reciente creación. 



$ 1.700.- 



'_\ Entradas y vidrieras: [_ 



Florida - Paraguay - San Martín - Córdoba 



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El Triunfo 

las elecciones 



de automóviles corresponde siempre a los coches 
STUDEBAKER, debido a que ellos satisfacen las exigen- 
cias del gusto más refinado por las inapreciables venta- 
jas que ofrecen, su aspecto de soberbia belleza, el suntuo- 
so confort con que están interiormente equipados y la 
elegancia de su atrayente diseño. 

Es pueril y ociosa la tesis que invocan ciertos fabricantes y según la cuai los pre- 
cios altos son sinónimo de coches finos, por cuanto los precios no se gobiernan por 
el valor real y efectivo de la mercadería sino por los costos de producción del fa- 
bricante respective, y que varían de acuerdo con la habilidad y facilidades fabriles 
que posee cada uno. Es evidente que los elevados costos de producción, respondiendo 
inevitablemente a la incompetencia o la falta de facilidades fabriles, no señalan 
tan sólo precios altos sino coches que en realidad son inferiores. 

Con $ 70.000.000 oro americano de activo real, inclusive $ 36.000.000 oro ame- 
ricano invertidos en fábricas y maquinarias modernas, STUDEBAKER surge sobre- ^ 
saliente en pe.-icia y recursos para la fabricación económica, y ofrece el mayor valor 
real por su precio. 

Precio del coche que ilustra esta página, $ 12.000 (con ruedas de madera) 
Tenemos 1 1 tipos de coches cerrados, desde $ 6.300. 

The Studebaker Corporation of America 

AVEN. DE MAYO, 1235. — U. Telef. 5935, Rivad. — Buenos Aires 




AÑO VII 
N ÚM . 72 



ABRIL 
DE 1922 












lUDAS EL SUGESTIONADO 



Ce 



>0M0 era de hermosa la leyenda del PUE- 
BLO DE ISRAEL EN LOS LABIOS DE JESÚS DE NAZARET!... 
EL PUEBLO ENTERO. AGOLPADO CONTRA LA MURALLA 
VETUSTA, IBA A OÍRLE Y AL FIN DE SUS HISTORIAS LOS 
SABIOS DECÍAN QUE OYENDO A JESÚS SE EXPLICABAN 
LA EXTRAÑA DEFINICIÓN DE LA BELLEZA HECHA POR 
PLATÓN. EL discípulo DE SÓCRATES ESCRIBIÓ UN DÍA: 
<.LA BELLEZA ES LA FLOR DE LA VOZ». 

ELEGANTE EN SUS MANERAS DE DECIR, COMO LO ERA, 
EN SU ANDAR, A TODOS PERSUADÍA EN BIEN, JESÚS- 
PERO LO QUE FUÉ EN UN PRINCIPIO UN ATRACTIVO 
DE SU ESTILO. FUÉ LUEGO VERDAD LUMINOSA A PARTIR 
DEL día aquel EN QUE JESÚS, DECIDIDO A MORIR, 
DENUNCIÓ QUE ERA EL HIJO DE DIOS. 



TRENTE A LOS DOCE APÓSTOLES, COMO ANTE 
DOCE ESPEJOS. HIZO SUS MILAGROS. ERAN BIENAVEN- 
TURADOS POBRES DE ESPÍRITU Y JESÚS LES OFRECIÓ, 
EN CAMBIO DE LA MISERIA QUE CONOCÍAN EN LA TIE- 
RRA, «EL REINO DE LOS CIELOS». 

CUANDO JESÚS, ANTE EL ÚNICO PAN, DIJO «COMED», 
CADA CUAL VIO EN SU ESCUDILLA APARECER UN PAN. EL 
MAESTRO LOS HABÍA SUBYUGADO A SU VOLUNTAD COMO 
UN BOTÓN DE BRILLANTE JUNTA Y RETIENE LAS DOCE 
VARILLAS DE UN ABANICO. 



L/ 






yk NOCHE AQUELLA, EN LA CENA DE BETLEM, 
CUANDO FUÉ NECESARIO QUE JESÚS SE SACRIFICARA 
PARA SALVAR SU DOCTRINA. SE IRGUIÓ EN LA MESA Y 
DIJO. QUERIENDO DEPARAR EL TÍTULO MÁS ALTO DE 
GRATITUD QUE PODÍA DAR EN LA TIERRA A SUS DIS- 
CÍPULOS: 

— DE CIERTO OS DIGO QUE UNO DE VOSOTROS ME 
HA DE ENTREGAR. 

LOS DOCE APÓSTOLES CONMOVIDOS POR LA GRACIA 
OFRECIDA MIRARON TIERNOS A JESÚS, Y AUNQUE TODOS 
ENTRISTECIERON POR LA PRÓXIMA MUERTE DEL JUSTO, 
DOCE ANHELOS SE PREGUNTABAN AL UNÍSONO: 
— - ¿SERÉ YO? 

JESÚS LOS BESÓ UNO A UNO, ACREDITÁNDOLES LA 
MISMA CONFIANZA AL ACERCARSE A PREGUNTARLE: 

— ¿SOY YO, SEÑOR? 

PERO AL ÚLTIMO DE ELLOS, QUE SE SENTABA EN EL 
EXTREMO DE LA MESA CONSIDERÁNDOSE EL MÁS MISE- 
RABLE, LE RESPONDIÓ: 

— TÚ ME HAS DE VENDER. 

Y VELANDO EL IMPERIO QUE ENCERRABAN SUS PALA- 
BRAS. AGREGÓ OBLICUAMENTE. COMO EN OTRA OCASIÓN: 

— TÚ LO HAS DICHO. 



J. 



lUDAS ISCARIOTE ERA EL MÁS CIEGO DE LOS DISCÍ- 
PULOS DE JESÚS. NUNCA VIO MÁS OBSTÁCULOS QUE LOS 
QUE LE SEÑALABA EN EL CAMINO JESÚS. NUNCA DIJO: 
NO. NUNCA VIO MUJER MÁS HERMOSA QUE LA SAMARI- 
TANA A QUIEN LLAMÓ «HERMOSA» EL DE NAZARET. 

AL IR A ENTREGAR EL HIJO DE DIOS AL PUEBLO 
INFIEL, SE SINTIÓ SOLO COMO UN CORDERO ENTRE LOS 
LOBOS Y SE PREGUNTÓ: 

— ¿POR QUÉ, SI JESÚS ES TAN BUENO, ME HA SEÑA- 
LADO A MÍ PARA REQUERIR SU MUERTE, SIENDO YO 
QUIEN HA DE LLORARLO, INCONSOLABLEMENTE, 
MAÑANA? 

SE DETUVO FRENTE A UNA PIEDRA QUE NO DA SOM- 
BRA EN JUDEA. BAJÓ LA CABEZA COMO UN BUEY PUEDE 
BAJARLA AL YUGO. AL RATO, AUTÓMATA QUE ERA. SIGUIÓ 
SU ÁSPERO CAMINO DICIENDO CON TODA CONTRICIÓN: 

— EL SEÑOR LO QUIERE. POR MI BOCA LO DICE. 



VIXONDE DE LASCANO TEC, 

I L U 5 I ív, A C I o N DE LA" 



K t 



O 







AL TERMINAR EL ALMUERZO HABÍA GANADO 

— Quise — chapurreó el señor Onelli — pro- 
porcionarme un film a mí mismo, harto de los 
perfiles de enorme mandíbula de los «cow-boys», 
que siempre ponen al pecho el revólver; harto 
también de las estrellas de la pantalla, eterna- 
mente rubias, eternamente con ojos claros y en 
blanco, y eternamente violentando la estética 
femenina hasta prodigarla y vulgarizarla por 
veinte centavos la sección. 

Esta cinta es bien nuestra — prosiguió; — 
tan nuestra que me ha sido facilísimo reunir 
los elementos necesarios para desarrollarla; vie- 
jas tallas de la época colonial, toscos cacharros 
conventuales y hasta tres indígenas de una 
misteriosa raza casi extinguida, cuyos restos 
viven en la Puna de Atacama; todo lo he tenido 
a mano. Me resultó algo difícil conseguir un 
franciscano auténtico que se prestara a repre- 
sentar en la instructiva película. Conseguida la 
importante colaboración, confirmé al simpá- 
tico reverendo imponiéndole un nombre que 
viste mucho gracias a su sabor 
colonial: Fray Diego de Fi- 
gueredo. 
En esta colección de 
postales — nos dijo el 
señor Onelli — entre- 
sacadas del film fal- 



VN 

FILM 

HISTÓRICO 

El 

MiSiONERO 

Atacama 



I 



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YA LA SIMPATÍA DE LOS INDÍGENAS. 

ta la escena culminante. Apenas durante un 
segundo pude repetir el milagro del seráfico 
hermano de Asís con las fieras del bosque. El 
puma encargado de este papel estuvo muy 
parecido al lobo de que nos habló Rubén Darío. 
Parecía repetir, mientras mostraba los dientes 
y las zarpas, el verso: 

«Hermano Francisco, no te acerques mucho». 
Por lo cual el fraile tenía recelo de acariciarlo. 
En fin; el puma no estuvo del todo bien en su 
papel colonial, de cuando los españoles le lla- 
maban «amigo del cristiano». 

Después nos detalló la película en estilo de 
epígrafe. Es un argumento sin amores, intrigas 
ambiciosas ni peripecias policiales. Fué hecha 
para ayudar a la enseñanza de la historia ar- 
gentina proporcionando el elemento gráfico. 
La reconstrucción cumple un fin justiciero: 
poner de relieve la parte buena de las misiones. 
Y es una joya del «folk-lore» nacional que 
nos muestra con realismo artístico una fase 
de la «civilización de indígenas 
a principios del siglo xviii». 
Cuadro I. — Un fraile pa- 
sea por el claustro de un 
convento español, re- 
zando el breviario. 
Llega un monaguillg 





y ie alcanza un papel. 
Es la orden de <la obe- 
diencia» que destina a 
fray Diego, del conven- 
to de Palos, a las mi- 
siones del Tu- 
cumán. El epí- 
grafe dice: 

En 170;; los 
pocos Francis- 
canos de h Cus- 
todia del Tucu- 
mán pedían a 
los conventos del 
Virreinato del 
Rio de la Plata 
doctrineros para 
civilizar indíge- 
nas de A taca- 
na. El pedido 
fué pasado a los 
conventos de Es- 
paña. 

Cuadro II. — 
Una iglesia en 
Europa con la 
puerta entor- 
nada. Sale el 
monaguillo lle- 
vando una bol- 
ea y una arca, 
el pobre bagaje 
del fraile. Su- 
ben la escalera 
del templo al- 
gunas mujeres, 
mientras sale 
de la iglesia el fraile 
encapuchado: le be- 
san la mano para des- 
pedirlo y entran en la 
iglesia. 



EL FRAILE Y EL AL- 



^O^^Xjó'''' CALDE DE PPIMER 



VOTO, LAS AUTORI- 
DADES COLONIALES. 



Cuadro III. — Un 
buque a vela de la épo- 
ca en alta mar (se su- 
pone que es la nave 
donde navega el mi- 
sionero). 

Cuadro IV. 
— En medio de 
a pampa el 
fraile viaja en 
la carreta colo- 
nial tirada por 
bueyes. 

Cuadro V. — 
Un patio de 
convento pobre 
en una quebra- 
da de Atacama. 
Una vieja crio- 
lla trabaja en 
la rueca: dos 
indígenas de 
Susques senta- 
dos a su mane- 
ra en el suelo 
hilan lana de 
vicuña en la 
pascana. Llega 
al patio una 
llama cargada 
con dos peta- 
quitas: eso lla- 
ma la atención 
de los indíge- 
nas que se in- 
corporan mien- 
tras entra al 
patio el fraile doctri- 
nero. 

Cuadros VI y V 
El mismo patio con una 
pobre mesa con cacha- 



^^^ 



y ÁÁlp 





FRAY DIEGO DE FICUEREDO 

rros españoles de la época: el fraile, los dos in 
dígenas y un chico comen unos choclos sanco- 
chados. Durante este frugal almuerzo fray 
Diego se gana la simpatía de los mansos 
indios, quienes le obsequian pieles, el in- 
transigente puma y unos ídolos. Re- 
lativo fracaso de las caricias fran 
ciscanas a la fiera. 

El reverendo mira tristemen 
te los ídolos; después con dul- 
zura los esconde en una 
alforja. Llega un viejo 
señor español de pon 
cho. Es el alcalde de 
primer voto que 
saluda y conver- 
sa con el fraile 
el cual le indica 
la alforja. Después 
el fraile le enseña a 
los indígenas tres vigas 
entalladas (año 170 
para puerta de una iglesia: 
los indígenas cargan con ellas 
como para ir a terminar una 
capilla. 

Cuadro VIH. — En la puerta del 
convento. El fraile enseñando a los 
neófitos a cultivar el terruño. De este 
modo consigue que la alimentación no sea 
únicamente de maíz. 

Cuadro IX. — En el patio conventual un 
chico sentado en un 
tronco cerca de una 
tinaja deletrea en un 
libro: cerca una mu- 




jer criolla desgrana 
maíz, la otra criolla 
sigue hilando y el 

fraile con un pincel en la mano y de pie re- 
toca un cuadro de la Visitación (tela colonial de 
la época) en el que está trabajando uno de los 



AZADA EN MANO, EL 
REVERENDO PREDICA 



CON EL EJEMPLO LA- 
BRANDO LA TIERRA. 



EN VIAJE A LA MISIÓN. 

indígenas ya mejor vestido, mientras el otro, 
sentado, toca el instrumento indígena la «fusa». 
Fray Diego ha conseguido — dice el epígrafe 
— que los indígenas sepan leer, que mode- 
ren sus bailes y sus músicas, y que un 
indígena de Susques pinte el cuadro de 
la Visitación para la nueva capilla. 
Y así prosigue la película, sin más 
amores que el amor cristiano, 
hasta llenar quince agrada- 
bles e instructivos mi- 
nutos. 
Don Clemente Onelli 
llevó a su nuevo ar- 
te de «supervisio- 
nista» todo el 
saber, la ini- 
ciativa y la teso- 
nería que pone 
en todas las múlti- 
ples empresas por él 
acometidas, desde la for- 
mación de un Zoo mode- 
lo a la captura de un animal 
misterioso. Es un romano acrio- 
llado con energías norteamerica- 
nas, pero sin los millones que nece- 
sita para hacer una proteica y fe- 
cunda obra de cultura nacional. 
Mucho se habló del cinematógrafo escolar, 
muy poco se ha hecho relativamente, porque 
a película didáctica rinde ganancias limitadas. 
Los films teatrales, 
pergeñados con esce- 
nas cursis y resobadas, 
proporcionan mayor 
utilidad metálica. Sin 
embargo, las cintas en 
las que se presentan 
usos y costumbres históricas o actuales darían 
para el porvenir rendimientos espiritual y pecu- 
niario, perfeccionando las inteligencias infantiles. 





r^ 



... No se os exige que 
seáis bellas... sed tristes... 

De U tristen viene la 
somnolencia del misterio: y 
del misterio la concepción 
del Ideal. .. La tristeza for- 
ma una aureola en vuestros 
rostros: la tristeza trae el 
enigrna. y comunica a los se- 
res una luz problemática... 

Hay en todos nosotros 
una desconocida impenetra- 
ble a quien amamos: pero 
no la amamos en la risa: la 
amamos en la meditación. 
Los rostros que viven entre 
sombras se rodean de cre- 
púsculos yvivenenelamor. 
El cielo es bello por sus cre- 
púsculos, y si le amamos es 
porque sus crepúsculos son 
tristes . . . 

Si queréis ser bellas. . . 
sed tristes . . . 

Son cuatro hermanas, las 
tristes, las pálidas, las hijas 
de Shakespeare: sombras 
nostálgicas que representan 
en la tragedia figuras albas. 
Con besos y lágrimas, con 
ensueños y suspiros, forja- 
ron corona de inmortales 
para el creador de Romeo. 
de Hamlet. del viejo Lear y 
de Ótelo. Son las Ideales 
agradecidas: y en sus ago- 
nías cantaron la apoteosis 
del gran trágico. 

Julieta da la mano a Ofe- 
lia: la bella virgen de cator- 
ce años que soñó con el 
canto del ruisefior y recha- 
zó la luz del día en el acen- 
to de la alondra: besa apa- 
sionadamente la casta fren- 
te de la rubia soñadora, que 
cierta tarde recoge manojos 
de tiernas flores para regar 
el sendero de su próxima 
muerte . . . Cordelia da la 
mano a Desdémona: la hija 
rechazada, vuelta espíritu 
ante el demente anciano 
que tiene sed de consuelos 
y caricias, besa candorosa- 
mente a la esposa inocente, 
que en sus luchas ha recor- 
dado la Canción del Sauce... 
Julieta ama a Ofelia como 
la aurora ama la luz. Corde- 
lia ama a Desdémona como 
el céfiro ama lo azul. Y la 
aurora, la luz, el céfiro y lo 
azul se aman porque son 
tristes... Ofelia es la casta: 
murió sin que sus labios 
temblasen apoyados en 
otros labios; sin que empa- 
ñase su frente el roce de un 
aliento extraño; sin que sus 
cabellos ondulasen en el 
fuego del placer. La ironía 
de Hamlet convirtió aque- 
lla sonrisa en llanto, y 
aquel dolor en risa... Desdé- 
mona es el sollozo: es algo 
que n<)f aflige y nos desve- 
la. Todavía no le hemos 
perdonado al infame negro 
que dudara de aquel lirio. 
El moro no ha llegado a ser 
absueito. ni aun después de 
derramar la propia sangre 
oon sus manos heroicas. 

PEDRO CÉSAR 





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DOM 



L- y c p-i TOí- y Pi r i.om Anco 



^<Yo traigo ante todo — me dice el doctor Dominici y con ello confirma opiniones expresadas anterior- 
mente — una misión espiritual de mi pueblo para el pueblo argentino. Una misión del alma de Venezuela 
para el alma de esta joven república, y aspiro a cumplirla con positivos beneficios en el afianzamiento de 
un tradicional sentimiento de hermandad...» 

Escritor y diplomático — pienso. — las inclinaciones naturales de su espíritu han de facilitarle, sin 
duda, la realización de tan alto anhelo- Así trabajó ya en España, en Londres, en París, donde representó 
a su patria antes de venir a Buenos Aires, ciudad que le encanta principalmente por su fisonomía parisina. 
Muy joven, apenas obtenido su título universitario, el doctor Dominici abandonó la tierra de origen y se 
fué a vivir a París, pensionado por su señor padre. 

La bohemia literaria de la gran capital ganó por algún tiempo su temperamento aventurero, y el que 
había de ser, andando los años, sesudo diplomático, ordenado en su trabajo y hombre, a la postre, con 
aspecto bondadoso, reposado, perdió en su mocedad muchas noches ilusionado, como tanto poeta obscuro, 
por unoa labios artificiosamente frescos. . . 

Pero el ambiente bullicioso, intranquilo y con frecuencia doloroso de los trasnochadores intelectuales, 
maduró, por extraña virtud, su vocación de escritor ya iniciado con fortuna en las lides del periodismo 
combativo. De tal manera, se hizo o fué al mismo tiempo que parroquiano inquieto del café de concurrencia 
aleare, artista pensativo, estudioso, serenamente reflexivo... En esa época escribió "Dionysos», libro admi- 
rable que bastó para darle gloria y renombre universales... 

Cuatro años de labor necesitó la preparación de ese libro en que las visiones helénicas se suceden con 
fluidez y galanura propias del medio y de la civilización que reflejan. 

Todo en él; personajes, escenas, historias de amor, cultos paganos, tiene la serenidad que fué gala 
de la Grecia filosófica y la elegancia de aquella tierra de artistas. 

De «Dionysos» se han hecho muchísimas ediciones que valieron a su autor ser conocido simultánea- 
mente y comentado con elogio en los más diversos y apartados pueblos. 

— Yo compré «Dionysos* — le digo al ministro venezolano, evocando recuerdos — hace seis o siete 
años en.. . 

— ¿Dónde? — me interrumpe casi con indiferencia que desaparece súbitamente cuando continúo: 

— ...Lo compré en el Chaco... perdido en la estantería de un negocio de imprenta... 

Se diría que la leyenda un tanto fantástica de aquel territorio argentino le da, en su concepto, singular 
valor al hecho de que su mejor libro se vendiese también allí a la vez que en Madrid, en Nicaragua y en 
Chile... 

— Sí... — añade entonces satisfecho. — Tuve la suerte de encontrar un editor que sabía hacer pro- 
paganda de las obras que él editaba. Me pagó poco, una miseria, es cierto: pero declaro que jamás aspiré 
a ganar dinero ni siquiera renombre con mi pluma... Escribo por vocación y sólo cuando realmente siento 
lo que escribo. Por eso escribo poco. 

Después, el doctor Dominici me habla con entusiasmo de su patria que ha entrado ahora, serenadas 
las pasiones políticas que tanto la agitaron, en un período de franco progreso y de intenso crecimiento indus- 
trial. Habla de los principales productos del comercio y de las manufacturas, y al hacerlo pone de manifiesto 
el convencimiento de que entre su país y el nuestro ha de entablarse prontamente una estrecha vinculación, 
en todos los órdenes de la vida. Confía para ello en la buena predisposición que desde su arribo se le ha 
exteriorizado en Buenos Aires, y confia también en su acción inicial de primer ministro de Vene, 
zuela en la República Argentina. Y a fe que lo conseguirá sin mayores esfuerzos. La co- 
munión de origen y sentimientos simplificará sus tareas, y de las dificultades 
que pudieran surgir se descuenta que han de triunfar, como ya triunfa- 
ron en otros países, su tacto de diplomático y su refinado es- 
píritu de literato. ¿Oué más puede decirse, ante la 
perspectiva del artículo suyo que da mérito 
a esta página y que él, gentilmente, 
ofrece para Flvs Vltra?... 




Ótelo necesitaba muchas 
vidas para expiar su cri- 
men... Cordelia es el deste- 
llo. Después que Lear inte- 
rroga en medio del bosque 
la tempestad: «¿Por qué me 
odiáis? ¿Por qué me perse- 
guís? ¿Sois acaso mis hi- 
jas?...» Aquel ángel olvi- 
dado presentóse al padre 
ingrato; y fué su guía, y 
fué su sostén, y volvió al 
loco la razón para morir 
por él. El viejo amaba la 
luz; y al morir la hija, que- 
dó entre tinieblas, y murió 
buscando el destello que 
había partido. . . Julieta es 
la Primavera, es la diosa del 
ideal de amor. A cada hom- 
bre no le es dado poseer si- 
no una Julieta, que se va 
sin regresar nunca; y que 
luego llámase Nostalgia, 
Desengaño, Melancolía... 
Julieta es la preferida délos 
tristes, la novia inmortal de 
todos los corazones. No es 
Cleopatra, no es la egipcia 
lasciva de desnudez diabóli- 
ca que embriagó a Antonio 
con néctar de voluptuosi- 
dad; no es la seducción ves- 
tida de aire y fuego, la ser- 
piente del viejo Nilo, como 
dijo el poeta inglés. Cleopa- 
tra es la amante, es la pa- 
sión sensual irresistible y 
palpitante. El amor que 
obligó al triunviro romano 
a atravesarse con su propia 
espada, y a la reina de Egip- 
to a abrazar el áspid contra 
el pecho y soportar sonrien- 
te la mordedura del reptil 
venenoso; no es la que obli- 
gó a Romeo a apurar el 
tósigo, y a Julieta a herirse 
con el puñal del heredero de 
los Mónteseos. Desde el se- 
pulcro de los Ptolomeos no 
se contempla el sepulcro de 
losCapuletos. Los amantes 
paganos están muy lejos de 
ios amantes cristianos. . . 

En la peregrinación de la 
Belleza y el Amor no se ad- 
miten las niñas alegres. Ve- 
nus dio a Psiquis por com- 
pañeras la Tristeza y la So- 
ledad; y desde entonces, los 
que cantaron el amor han 
cantado a las Tristes... 

Si queréis ser amadas... 
sed tristes... 

No es la poesía lo que os 
hace amar la inmensidad y 
lo azul; no es el misticismo 
lo que os hace solicitar las 
religiones: es la tristeza. Las 
plegarias que en vuestras 
creencias enviáis al cielo son 
vuestras tristezas que anhe- 
lan santuario. Si vais a los 
templos, si el sonido de las 
campanas os hace pensar, 
si os arrodilláis ante el al- 
tar, es porque sois tristes... 
En el fondo del vivir palpi- 
ta inagotable fuente de tris- 
tezas. Amor que ríe lleva en 
sí germen de olvido . . . 

Si queréis ser bellas... 
sed tristes . . . 

DOM I N I C I 






Qjlo 



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ma^ 




D E 






La coronación de un 
Papa es un suceso tras- 
cendental... Llego, al 
alba, a la plaza de San 
Pedro. Masas obscuras 
de gente se mueven, se 
empujan, chocan y des- 
bordan unas en otras. El templo está ya casi lleno. 
La atmósfera es sofocante. La escalera Braschi 
está congestionada. Sólo los diplomáticos y los 
cardenales pueden pasar con facilidad. Aire hú- 
medo y frío. Hay gentes que comen frutas, galle- 
tas, bombones, y no faltan las que beben. En rea- 
lidad, la basílica de San Pedro, llena de tan in- 
mensa multitud, da miedo. La más pequeña alar- 
ma podría tener consecuencias trágicas... 

De pronto, un murmullo que va acentuándose 
hasta convertirse en algo así como un trueno sordo: 
- ¡El Papa! ¡El Papa! 

Una tempestad de aplausos. Suenan las trompe- 
tas de plata. Miles y miles de pañuelos, de bille- 
tes de entrada, se agitan en el aire nerviosamente, 
desesperadamente. 

— ¡Vivael Papa! ¡Viva el Papa de la paz uní versal! 

Lentamente.apenas oscilante, tanto es el religioso 

cuidado con que sus portadores la llevan, avanza 

lar Silla gestatoria con el 
Papa. Pío XI bendice 
con mano enérgica, se- 
gura, resuelta; pero sus 
bendiciones cesan pron- 
to. El Papa está conmo- 
vido, y la emoción de 



EL IMPONENTE COR- 
TEJO PONTIFICIO 
DE.SFILA POR EN ME- 
DIO DE LA MUCHE- 
DUMBRE. 




la cosmopolita multi- 
tud, más visible toda- 
vía que la suya, au- 
menta la intensidad. 
Cuando Su Santidad 
pasa frente a la tribuna 
en que están sus pa- 
rientes, los ojos le brillan. El momento es conmo- 
vedor. El hermano de Pío XI, el industrial señor 
Fermo Ratti, está inmóvil como una estatua; quie- 
re dominarse, pero de pronto empieza a llorar. Su 
esposa se santigua incesantemente. La hermana del 
Papa, la señorita Camila, oculta la cara en las ma- 
nos profundamente emocionada. . . 

Pío XI se sienta en el trono, y el cardenal Merry 
del Val, arcipreste de San Pedro, pronuncia breves 
palabras de saludo al jefe de la cristiandad. Entre- 
tanto, se forma el cortejo, un cortejo triunfal, que 
no tiene igual en ninguna parte del mundo. Es un 
espectáculo grandioso, imponente, que se renueva a 
través de los siglos y al cual contribuyen los pue- 
blos y las naciones con sus costumbres, sus tradi- 
ciones, su fe. Mientras desfila lentamente el impo- 
nente cortejo, el maestro de ceremonias, con el ri- 
tual d^l caso, recuerda al nuevo Pontífice que las 
glorias de este mundo son perecederas: sic transit 
gloria mundi. 

Momento solemnísi- 
mo es cuando el carde- 
nal Vanutelli quita de la 
cabeza de Su Santidad 
la mitra y le pone la 
tiara diciendo: «Toma 



pío XI IMPARTIENDO 
LA BENDICIÓN APOS- 
TÓLICA «URBI ET 
ORBE» DESPUÉS DE 
PROCLAMADO. 





la tiara adornada con 
las tres coronas y no 
olvides que eres el pa- 
dre de los príncipes y 
de los reyes, el con- 
ductor del mundo, el 
Vicario del Salvador, 
nuestro Señor Jesucristo, honrado y glorificado por 
la continuidad de los siglos. Amén». 

Millares de personas lloran, y las lágrimas co- 
rren también por las mejillas del Papa. 

La tiara que el cardenal decano ha puesto en 
as sienes de Su Santidad es un joyel maravillo- 
so. De fieltro muy fino, está cubierta de un tejido 
de malla de plata y lleva tres coronas muy livia- 
nas. Cada corona no es sino un haz de oro, ador- 
nado con piedras preciosas y dos hilos de perlas: 
noventa perlas por hilo, lo que hace un total de 
quinientas cuarenta. 

La primera corona tiene además diez y nueve 
rubíes, tres esmeraldas, un jacinto, una aguamari- 
na, un zafiro y ocho puntas de oro con cinco gra- 
nates y dos rubíes. 

La parte superior de la tiara está cubierta con 
una lámina de oro en la cual hay ocho rubíes y ocho 
esmeraldas. Encima, una esfera de oro esmaltado 

de azul, coronada por 

una cruz resplandecien- 

ELEGiDo EL PAPA tc coH ocho briUantcs 

FUERON BAJADOS To- magníflcos. 

DOS LOS DOSELES Las dos bandas que 

CARDENALICIOS, EX- ^ 

CEPTO EL SUYO. 



fe 




penden de la parte 
posterior de la tiara, 
y en la cual se ven las 
armas del nuevo Papa, 
ostentan también topa- 
cios, esmeraldas y ru- 
bíes de gran valor. 

La ceremonia de la coronación, larga, intermina- 
ble, continúa. El premio de la resistencia física 
debería corresponder al Sumo Pontífice, que se 
viste y se desviste un número inverosímil de 
veces. La ceremonia del beso, por sí sola, ocupa 
mucho tiempo. Algunas personas deben besar el 
pie al Papa. 

En la plaza esperan, desde las primeras horas de 
la mañana, más de cien mil personas. ¿Quién piensa 
en ellas? Pensaremos nosotros, dice el Papa a uno 
de sus íntimos que se atreve a hacerle esa pregun- 
ta, y después de la ceremonia, a la una y diez y 
siete minutos. Pío XI se asoma al balcón central 
de la basílica para bendecir a la multitud, que 
cae de rodillas gritando; 

— ¡Viva el Papa 

Y Pío XI queda un momento inmóvil ante esa 
enorme multitud, compuesta por hombres de todas 
las nacionalidades y de todas las clases sociales, ri- 
cos y pobres, creyentes 
y no creyentes, que lo 
aclaman como a Vica- 
rio de Jesucristo en 
la tierra. . . 



S I M B O L I 



EL PRIMER RETRATO 
OFICIAL DE PÍO XI 
HECHO POR EL FO- 
TÓGRAFO PONTIFICIO 
COMM. FELICI. 




LA OfATOfiA AL 



NTRE las muchas vanidades del hom- 
bre puede ponerse como la más uni- 
versal la vanidad oratoria. En ninguna 
actividad espiritual hace tanto hinca- 
pié el amor propio. Pocos hombres ci- 
fran su orillo en obrar bien: ninguno 
deja de cifrarlo en hablar de una manera plausible 
y triunfante. Pero no es fácil parlar brillantemen- 
te, aunque el contenido sea insustancial. Aparte 
de las condicionfs meramente físicas — buen tim- 
bre en la voz, dicción pura, bellos gestos — re- 
quiérese fluencia verbal y dominio del léxico para 
envolver en ropaje elegante las banalidades. 

Este problema lexicográfico para uso de ora- 
dores de ocasión lo da resuelto Mr. Doriac en su 
admirable libro «Discours Modeles». Contiene el 
volumen todo género de oraciones aplicadas a 
todas las circunstancias en que un individuo se 
ve obligado — o asi lo desea, que es lo más fre- 
cuente — a tomar la palabra. En el manual hay 
discursos para candidatos a cualquier puesto pú- 
blico, para los electos y para los derrotados. 
aunque éstos no es probable que utilicen la oración 
del manual, porque, una vez derrotados, ¿para 
qué hablar más? 

Trae el libro modelos de peroratas con motivo 
de una boda, un bautizo, un funeral, un concurso, 
una inauguración. Contiene alocuciones de toda 
especie, brindis, «especch» para toda clase de ban- 
quetes, por variados que sean los motivos, y com- 
posiciones oratorias apropiadas para reuniones 
sociales, fiestas de familia, aniversarios, bodas de 
plata, de oro, etc., etc. Todo lo abarca el manual 
de Mr. Doriac, desde la más resonante vida 
pública hasta la más discreta existencia privada. 
El editor recomienda la obra diciendo que 
cuantos tengan que tomar la palabra hallarán en 
este libro una cantidad de discursos admirable- 
mente trazados, «donde la banalidad está excluida 
y la forma es irreprochable». «Poseer y utilizar 
este libro — añade — es economizar tiempo, evi- 
tarse preocupaciones y ganar seguramente el au- 
ditorio». Debo confesar que no he leído el libro de 
Mr. Doriac. Me he limitado a verlo en los escapa- 
rates de las librerías. Pero la circunstancia de no 
haberlo leído no es obstáculo para recomendarlo 
con tanto o mayor calor que el propio editor. 
Alguna vez he ensalzado libros después de leerlos, 
Y quiero declarar que no fué ello acto de mayor 
justicia que recomendar éste sin haberlo leído. 
Por otra parte, necesitan leer el manual de Mr. Do- 
riac los que han de hablar, no los que han de 
escribir. Para hablar es imprescindible el manual; 
pero se puede escribir sobre él sin él. De aquí su 
doble ventaja de imprescindible y prescindible. 
No es necesario leer la obra de Mr. Doriac para 
notar su utilidad manifiesta. Se trata, como dice 
el editor, de «economizar tiempo y evitarse preo- 
cupaciones». Y esto es siempre recomendable. 

Nietzsche, en su «Aurora», colección de aforis- 
mos deslumbrantes, publica uno que titula: *EI 
medio de ser despreciado en seguida». Refiérese 
a ciertos oradores políticos de fácil y abundante 
palabra: oradores a la manera española y sudame- 
ricana. «El hombre que habla muy de prisa y 
mucho dice — decae extraordinariamente en 
nuestra estimación, tras las relaciones más breves 
y aun concediendo que hable sensatamente: y no 
:6Io decae en la misma medida en que nos impor- 
tuna, sino mucho más abajo. Es que adivinamos 
que ha importunado ya a muchas personas, y 
al desagrado que nos causa sumamos los demás 
desagrados que suponemos ha causado antes». En 
lenguaje más llano podríamos decir que ello es 
el efecto irritante de la acumulación de las latas. 
El remedio contra este efecto deplorable está en 
el manual de Mr. Doriac, «donde la banalidad está 
excluida y la forma es irreprochable». Este manual 
es como un aristón o como una pianola en que las 
tocatas son perfectas. Los políticos que aspiran a 
dirigir a los pueblos con el timón de su laringe 
deben utilizar el manual, pues en él Mr. Doriac 
ofrece las recetas oratorias de la felicidad social 
con una precisión a que no 
puede llegar el espontáneo ver- 
balismo de los Parlamentos. 
Mr. Doriac ofrece discursos 
para defender ideas de la Iz- 
quierda, de la derecha y del 
centro; ideas liberales, conser- 
vadoras, mixtas y neutras. La- 




ALCANCE DE TODO? 




FTvdANCI'PCO 
GtANDMONTAGNE 



boulaye fué en esto un gran precursor de 
Mr. Doriac. El eminente pensador francés es- 
cribió un libro, «Le Prince Caniche» que es la más 
divertida critica del parlamentarismo. En este 
libro figura como principal personaje Mr. Piebor- 
gue. abogado y primer ministro del fantástico país 
de los Gobernouches, donde reina el príncipe Ca- 
niche. El país está muy revuelto, sacudido por dos 
tendencias, una conservadora y otra radical. No 
sabe el monarca cual cuenta con la mayoría de la 
opinión. Esto se verá en una gran asamblea que 
va a verificarse. El monarca quiere estar con la 
mayoría. Para tranquilizarle. Mr. Pieborgue, el 
jefe del gobierno, pronuncia, en consejo privado y 
a manera de ensayo, dos discursos, uno conserva- 
dor y tradicionalista, y el otro liberal progresivo. 
Según s3 manifieste la ola popular y parlamen- 
taria, así echará mano de unos u otros argu- 
mentos. Los dos discursos son igualmente nota- 
bles como muestras de la facultad ergotista del 
orador político. La materia de ambas oraciones 
és vaga, generalizadora y abstracta, insuscepti- 
ble de comprobación evidente. 

Para defender los principios conservadores como 
para sostener los ideales liberales y aun revolu- 
cionarios, Pieborgue ofrece a su rey un arsenal de 
silogismos igualmente eficaces. La fuerza dialéc- 
tica es la misma en los dos discursos. Pieborgue 
triunfa con la sonoridad, con el acento y el gesto. 
La oratoria es un bello ejercicio físico. Así pensaba 
de ella su propio padre, Demóstenes, cuando se 
iba a la orilla del río a meterse cantos en la boca 
para corregir los defectos de dicción en que le 
hacía incurrir la deplorable contextura de sus 
mandíbulas. El príncipe Caniche quedó maravilla- 
do de 1?. facundia verbosa de su primer ministro, 
puesta lo mismo al servicio de los ideales estáticos 
que de los dinámicos, del tradicionalismo que de 
las reformas, de que el mundo marche como de 
que se esté quieto. Con el mismo aparato doctrinal 
~- ya que hay doctrinas para todo - defendía 
Pieborgue que era mejor lo malo conocido que lo 
bueno por conocer, como que era mejor aspirar 
a lo bueno por conocer que atenerse a lo malo 
conocido. Con el estudio de «Le Prince Caniche» y 
de este manual de Mr. Doriac se puede sjr un 
perfecto orador político, ya de la derecha, ya de la 
izquierda, ya del centro. 

La elocuencia, aunque no sea el arte de la per- 
suasión, como la definían los griegos, es siempre 
un bello espectáculo. No quiere esto decir que 
el hablar mal no sea también en ocasiones, muy 
útil. De ello nos ofrece Chamfort una prueba en 
sus espirituales y cínicas anécdotas. Cuenta que 
un desmañado predicador le decía en una oportu- 
nidad: «Cuando el padre Bourdalone (que era muy 
elocuente) predicaba en Rúen, causaba allí un 
gran desorden: los obreros abandonaban sus tareas 
para oírle; los médicos, sus enfermos; los abogados, 
sus pleitos, etc. Yo prediqué un año después y 
todo lo puse en orden». E!n cuanto comenzaba a 
hablar, todo el mundo salía de! templo. He ahí 
cómo la mala oratoria puede ser útil, metiendo la 
vida en quicio y haciendo volver a las gentes a 
sus habituales faenas. 

Los oradores se han definido en dos grupos: en 
oradores que dicen lo que creen y en oradores que 



creen lo que dicen. Hay, sin embargo, un tercer 
grupo: los que no dicen lo que creen, ni creen lo 
que están diciendo. Y quizá, en fin. el mayor de 
todos los grupos sea el compuesto por aquellos 
que hablan por comezón, por necesidad física, 
hablar por hablar, a quienes, según Gracián. «la 
facundia les es mortífera». Para éstos, e! estimu- 
lante no está en las razones íntimas, sino en el 
espectáculo externo del auditorio. Pertenecen a 
esa clase de oradores cuyos discursos, como le 
decía Platón a Antístenes. «los componen los que 
oyen». Pero a los que mayores servicios puede 
prestar el admirable manual de Mr. Doriac es a los 
que. no teniendo costumbre de hablar en público, 
se ven forzados a tomar la palabra por cualquier 
circunstancia: un banquete, una boda, un aniver- 
sario, un funeral. La edad, las condiciones sociales, 
las relaciones de parentesco, la jerarquía, etc. 
pueden poner en este trance al hombre exento de 
condiciones oratorias. 

Trance peligroso. Porque hay hombres muy 
sensatos, muy juiciosos, muy avisados, que dis- 
curren con singular tino en la conversación fami- 
liar. Un buen día estos hombres tienen que hablar 
en público y pierden en un instante la considera- 
ción que gozaban de excelentes razonadores. Me- 
tidos a oradores ocasionales sólo sueltan palabras 
incoherentes, absurdas, exentas de sindéresis. 
Otros, en medio de un balbuceo pedregoso, no 
pueden coordinar un par de superficiales conceptos. 
Unos y otros producen angustia a los oyentes 
más piadosos y risa a los irónicos y exentos de 
todo sentimiento de benevolencia. 

¿Qué ha pasado? ¿Qué se hizo de aquella razón 
S2rena, clara, certera? Ha naufragado en la alte- 
ración emocional que produce la aparatosidad de 
la oratoria. El sistema nervioso, en lugar de un 
aliado, se ha convertido en un enemigo, como 
diría William James. En unos, en los que sólo 
logran balbucir, el exceso de tensión del espíritu 
ha paralizado los movimientos del cerebro, helan- 
do, digamos así, la corriente de las asociaciones 
ideológicas. Voluntad, espíritu, acción discursiva, 
todo queda obstruido por aquella trabucante emo- 
ción. Se quedan mudos, o, por lo menos, tarta- 
mudos. Los otros, los incoherentes, logran romper 
la trabazón, dan a su voluntad embargada un 
movimiento precipitado y estallan en un montón 
de simplezas y extravagancias. La razón, su buena 
razón, no les asiste, porque su cerebro se ha con- 
vertido en un turbión en medio de aquellos esfuer- 
zos para libertar el espíritu y la voluntad de las 
influencias inhibitorias que destruyen el libre fluir 
de las ideas. El hombre, habitualmente sensato, 
sale de estas pruebas muy disminuido en el concep- 
to de las gentes. Ya no podremos verle sin recor- 
dar aquel apuro y reimos un poquito de! hombre 
respetable. Si somos banqueros- pase la hipóte- 
sis — quizá le restrinjamos e! crédito, pensando 
que su cabeza no es tan firme como creíamos. Si 
era nuestro consejero, no hemos de atenernos ya 
con tanta confianza a sus indicaciones, convenci- 
dos de que hay en é! cierta propensión a la locura. 

Todo esto puede evitarse con el manual de 
Mr. Doriac, «Discours Modeles», obra maestra «don- 
de la banalidad está excluida y la forma es irre- 
prochable». Allí están previstas todas las ocasiones 
de hablar, así en los festivales como en los «mee- 
tings» ante los electores. Por lo que toca a los 
banquetes, el manual contiene una gran variedad 
de brindis; es la materia en que mayor cuidado 
ha puesto Mr. Doriac, a juzgar por e! índice, del 
cual no hemos pasado, pero pasaremos, si un día 
las circunstancias — no lo permita el destino — 
nos ponen en trance de pedir la palabra. 

Este manual debe usarse sin escrúpulos de 
plagio. Nadie debe detenerse en esto. E! encargado 
de un discurso o de un brindis no debe pensar en 
que. utilizando esta obra admirable, no sería él 
quien hablara sino Mr. Doriac. El argumento es dé- 
bil. Vale más hablar bien por cuenta de Mr. Doriac 
que mal por iniciativa propia. La originalidad pue- 
de ser fatal al original y, desde luego, a los oyentes. 

Así como se repiten por insu- 
perables los salmos y los versícu- 
los en los oficios divinos, se pue- 
de en los actos mundanos repe- 
tir los brindis y los discursos de 
esta biblia de la oratoria, «donde 
la banalidad está excluida y la 
forma es irreprochable». . . 




Qí 



ÁloP 




El blanco tapiz que eternamente cubre las altas 
cimas se ha corrido sobre toda la cordillera. La 
nieve parece bajar de las cumbres, y no del cielo, 
en un alud suave. El fenómeno anual esperado 
sorprende la admiración del hombre como un gran 
hecho milagroso. 

«Ha nevado en la cordillera», dícese por las ciu- 
dades de ambas repúblicas, noticia que sólo tiene 
importancia comercial. Porque la caída de la 
nieve es un atentado de la naturaleza contra el 
tráfico internacional. El candido tapiz impide 
o dificulta la marcha de personas, bestias y tre- 
nes, tráfico muy necesario para la vida mercan- 
til. Y por eso la lucha contra la nieve invasora 
adquiere caracteres de verdadera batalla. Es ne- 
cesario despejar las vías entre nevada y nevada 
para que los convoyes pasen por las entrañas de 



DURANTE EL INVIER- 
NO CORDILLERANO. 




la cordillera afianzando las relaciones de dos 
pueblos. 

Si ese continuo y abundante nevar sólo tuviera 
importancia artística ahorraríanse los dineros em- 
pleados en barrer y perseguir la nieve. Cuanta 
más cantidad y de más limpia blancura mejor para 
los pintores y los turistas que la desafían con el 
fin de perpetuarla sobre el lienzo y en la memoria. 
Pero como no sólo de arte vive el hombre resulta 
fatal y necesario ese combatir incansable. 

La nieve, obstinada como Penélope, blanquísi- 
ma y hecha y deshecha como su célebre tejido, 
desafía al hombre dándole grandes trabajos. Y 
esta misma labor sirve para afianzar más los lazos 
amistosos. 

El continuo despejo de la frontera helada tiene 
la fuerza de un símbolo. 






09^ 

LLEVA". 

AMO 
EN TV 

rECO 



M 



UJER DE LA POBRE ROPA DESTROZADA 
Y ARRUINADO EL CUERPO, 
CON EL HIJO EN BRAZOS 
COMO SI LLEVARAS A DIOS MISMO EN ELLOS: 
RESPLANDECE TU CARA DE MADRE 
LO MISMO QUE EL CIELO. 
POR ESO: 
PORQUE LLEVAS AMOR EN TU PECHO. 



TE IMPONDRÁ PARA SIEMPRE SILENCIO: 
TÚ NO VES LA MUERTE: 

TÚ VES LA VICTORIA Y EL DULCE REGRESO. 
Y EN LA TIERRA EMPAPADA DE SANGRE 
CAERÁS SONRIENDO. 

POR ESO: 
PORQUE LLEVAS AMOR EN TU PECHO. 



H 



OMBRE QUE A TU CASA 

VUELVES DEL TRABAJO DICHOSO Y CONTENTO 

Y LOS BRAZOS ABRES 
A TU HIJITO QUE SALE A TU ENCUENTRO: 

TU POBREZA OLVIDAS 
Y FATIGA NO SIENTE TU CUERPO. 

POR ESO: 
PORQUE LLEVAS AMOR EN TU PECHO. 



R 



M 



M 



UCHACHA QUE CANTAS 

IGUAL QUE UN JILGUERO, 
AUNQUE LAVAS ROPA 
UN Di A DE INVIERNO. 
MOSTRANDO TUS CARNES MORADAS DE FRÍO 
MAL TAPADAS POR UN VESTIDITO 
VIEJO. 
Y POR TODA GALA 
UNA ROSA ENCENDIDA EN EL PELO: 
TÚ NO TIENES PENAS Y MIRAS LA VIDA 
CON UNA SONRISA DE REINA EN SU REINO, 

POR ESO: 
PORQUE LLEVAS AMOR EN TU PECHO. 

ARINERO... 
MARINERO BIZARRO QUE LUCHAS 
CON EL MAR Y EL VIENTO: 
SURCAS LOS ABISMOS. 
AL PELIGRO AJENO. 

Y ESTANDO A LAS MISMAS PUERTAS DE LA MUERTE, 
TU VIDA Y TU ALMA PONES EN EL PUERTO. 

POR ESO: 
PORQUE LLEVAS AMOR EN TU PECHO. 



EDENTOR DE ESCLAVOS, 

GUIADOR DE PUEBLOS 

QUE A LOS HOMBRES TRAZAS 

LOS CAMINOS NUEVOS. . . 

APÓSTOL DE IDEAS 

QUE VAS AL DESTIERRO: 

EXPATRIADO SUEÑAS, 
DE TU PATRIA GLORIAS Y ENGRANDECIMIENTOS, 

POR ESO: 
PORQUE LLEVAS AMOR EN TU PECHO. 



Canción de la cárcel, 

que se escapa a través de los hierros.. 

canta la esperanza 

más que el prisionero... 

penado que cantas 
limando los duros años de tu encierro, 

ya que no los hierros... 

esperas y cantas, 
y esperas y cantas por eso: 
porque llevas amor en tu pecho. 



ESTUDIANTE QUE CIENCIAS ESTUDIAS 

Y OTRAS COSAS SALES DESPUÉS APRENDIENDO, 
PORQUE ANTE LOS OJOS Y MÁS QUE OTROS LIBROS, 
ESTE DE LA VIDA LO TIENES ABIERTO... 
ESTUDIANTE ALEGRE: MÁS QUE EN OTROS LIBROS, 
TÚ LO APRENDES TODO EN ÉSTE, POR ESO: 
PORQUE LLEVAS AMOR EN TU PECHO. 



A 



So. 



^LDADO QUE SUELES 

AGUERRIDO AVANZAR BAJO EL FUEGO, 

Y EN GRITOS DE TRIUNFO 

ESTALLA TU PECHO. 

CUANDO ACASO UNA BALA CERTERA 



RTISTA QUE SUENAS Y EN OBRAS DIVINAS 
CUAJAS TUS ENSUEÑOS: 
SON DIVINAS TUS OBRAS, 

POR ESO: 
SON ETERNAS TUS OBRAS, 
POR ESO: 
PORQUE PONES AMOR EN TUS SUEÑOS... 
/ PORQUE LLEVAS AMOR EN TU PECHO I 



m 



N 

umm 




DOS PAISANOS HÚNGAROS VISTIENDO 



SUS típicos trajes de campo. 





durante el descanso 
mediodía. 



r>usU. y la pusta a su vez los 
ha convertido rápidamente en 
pastores sedentarios y en agri- 
cultores. 

Durante mucho tiempo al- 
ternaron los magyares los an- 
tagónicos usos de la espada y 
•-! arado. Jinetes audaces, ba- 
tiéronse con los pueblos veci- 
nos, llegando a veces hasta 
tierras francesas e italianas. 
Convertidos al cristianismo 
volvieron sus armas contra 
ios turcos invasores. El mag- 
yar es un hombre bien bati- 
do por la lucha y el trabajo. 

Aunque toda la pusta cabría 
■;n un rincón de la pampa. 
viene a ser una estepa de gran- 
des proporciones rodeada por 
altas montañas donde tam- 
• lén vive el magyar. La pusta 
"s casi perfectamente llana, 
:aIvo algunos montículos, y lo 
r.astante extensa para que se 
pierda en el horizonte rodean- 
do al viajero durante horas y 
horas de camino. 

En las partes arenosas que 
a agricultura no pudo domi- 
.-.ar. viven los caballos en es- 
tado salvaje, siendo uno de 
los pocos sitios europeos que 
:e asemeja en esto a nuestra 
r ampa. 

También el campesino mag- 
yar tiene mucha semejanza 
con el gaucho por sus habili- 
dades ecuestres, por su cariño 
a la libertad y por sus sobrias 
costumbres. Cerca de medio 
millón de magyares abando- 
naron su país, desde fines del 
pasado siglo hasta ahora, para 
venir a tierras americanas. 

CONRADO 



EMPARVANDO LAS 
GAVILLAS DE MIES. 



CAMPESINOS DIRIGIÉN- 
DOSE A LA LABOR. 



ALMORZANDO EN PLENA 
PUSTA. 



Muchos de ellos continúan, 
con el nombre de austriacos, 
en la llanura argentina sus 
labores agrícolas. 

Aunque en algunos distritos 
los grandes terratenientes in- 
trodujeron maquinarias agrí- 
colas, por lo general el campe- 
sino húngaro cultiva el terruño 
a brazo partido, según la tra- 
dición. Hay en esto de las la- 
bores de la agricultura una 
especie de culto religioso que 
no abandonan los pueblos 
nunca. Las espigas cortadas 
con guadaña, el trigo trillado 
con caballerías le comunican 
al pan un sabor que prefiere 
el campesino, 

Y los artistas tienen igual 
parecer. La pusta trabajada 
por medios mecánicos dejaría 
de ser una de las tierras más 
pintorescas del mundo, a don- 
de van los pintores y los lite- 
ratos en busca de modelos. 
Pocos campesinos pueden pre- 
sentar trajes más típicos y 
vistosos que los del pueblo 
magyar. Su indumentaria de 
trabajo y sus atavíos domin- 
gueros abundan en colores 
brillantes y bien concertados. 
Sus danzas, cantares, leyendas 
y usos familiares y públicos 
tienen un encanto «sui gene- 
ris", lleno de dulce emoción. 

Un viaje a través de la pusta 
en la época de la cosecha y de 
la vendimia es algo que merece 
la pena. Actualmente, el bravo 
campesino magyar lucha con- 
tra la miseria procurando 
arrancarle al suelo las mieses 
que salvarán a su psís. 

S C H U L T Z 



& 




IMPRESIONES 
DE AYER Y DE HOY 



MALA 



M E M O R I 



Al atardecer viajé largo rato con la vista aban- 
donada en los campos. De trecho en trecho una 
laguna o un riacho quebraban la monotonía de 
la tierra arada y de los nacientes plantíos. 

Desfilaron algunos pueblos con sus casitas blan- 
cas y sus casitas amarillas. Asomaban silenciosos, 
como pintados en el horizonte, y se desteñían a la 
distancia, entre el humo de la locomotora y las 
sombras que iban subiendo de la tierra. Sentía los 
ojos doloridos de mirar siempre lo mismo, y una 
desconocida sensación de ausencia me oprimía. 

Cuando cayó la noche y brillaron sobre los pas- 
tos algunas lucecitas andariegas, el tren se detuvo. 
En la casa de la estación, sobre la pared de ladri- 
llos ennegrecidos pestañeaba un farol y, a lo 
lejos, otro farol, el de un empleado ferroviario, 
marcaba oscilaciones de péndulo luminoso. 

El viento trajo de pronto una fragancia de flor 
abierta en la noche, y entonces adiviné que aquel 
pueblo era tu pueblo. 

En otros sitios, junto a ti, había aspirado mu- 
chas veces ese mismo perfume que no venía como 
en esta ocasión del campo, sino de tu cuerpo 
suave y fresco cual una flor recién abierta. 

¡Qué extraña turbación me dominó! 

¡Tu pueblol . . . Hundí mis ojos en la obscuridad 
y con el mismo abandono de la tarde me quedé 
mucho tiempo con la vista perdida en las som- 
bras. Hasta que nimbada para mi admiración 
surgiste tú y avanzaste confiada y quedamente. 

Había en tu andar alardes de señoril herencia 
y tenía tu cuerpo la airosa delgadez de un lirio. 
La armonía de tus movimientos revelaba una 
alta serenidad espiritual. Ostentaba tu porte, con 
rítmicas ondulaciones, la distinción altiva de otras 
edades y te mostrabas así, sin sospecharlo acaso. 
un poco ufana de tu lozanía y otro poco orgullosa 
de tu juventud. 

Pero tus ojos, de suyo tranquilos, que se esfor- 
zaban por escudriñar también entre las sombras, 
se agrandaron con una expresión de inmensa 
bondad. Y toda tu altanería se desvaneció en la 
infinita dulzura de tus miradas... 

Seguiste avanzando. Caminabas pausadamente 
y parecías gloriarte de que tu esbeltez hendiese la 
noche como una estela... 

Torpe, el arrancar del tren destrozó el ensueño. 
Y proseguí mi viaje, ahondada la sensación de 
soledad, sin saber cómo era tu pueblo ni buscar 
sosiego para mis inquietudes en la amorosa paz 
de tus ojos. 

Al correr del tiempo volví por allí. Habíate 
vencido la costumbre del pueblo, la de todos los 
pueblos, y en fila de amigas paseabas por los jar- 
dines de la estación. 

Te saludé desde el tren. Tú te sorprendiste un 
poco y disimuladamente deslizaste algunas pala- 
bras al oído de tu amiga más íntima, que me miró 
con marcada familiaridad, como si fuera también 
íntima amiga mía. . . 



Bajé a los jardines y te tendí la mano. Me pre- 
sentaste a nuestra amiga. Y con largas pausas 
en la conversación, tú y yo sólo dijimos una serie 
de cosas triviales que no eran siquiera para nos- 
otros. . . 

Reanudé otra vez el viaje, pero al despedirme 
creí sorprender una vaga tristeza en la serenidad 
de tus ojos. Una vaga tristeza que me llenó de 
alegría. . . 

Recuerdo solamente que después te vi partir de 
regreso al pueblo en compañía de nuestra amiga 
y que en mi desasosiego floreció una esperanza 
de amorosa quietud... 

Desde entonces tanto ha mudado mi condición 
que me asalta el temor de que tú no sepas siquie- 
ra cuántos años han pasado . . . 




SEAMOS 



o P T 



M I S T A S 



Desde hoy, compañero, y pese a los temores 
que me asaltan, seamos optimistas. Desde hoy, 
para siempre, amemos la vida y busquemos la 
dicha de vivir en constante renovación de es- 
peranzas. . . 

Que el regustillo amargo del descreimiento que 
comenzó a vencernos se convierta en savia toni- 
ficante cuyas virtudes animen nuestra dormida 
aspiración. Que sea, ni más ni menos, la gota de 
veneno que fortalece la sangre de los enfermos. . . 

Piensa que del más profundo abismo de aban- 
dono se yerguen las voluntades. Basta la fres- 
cura de una brisa que nos traiga como otrora el 
recuerdo de un perfume, la ilusión de un nombre, 
la inquietud de un beso. . . Todo eso que puede 
ser, en nuestra intimidad, formal promesa de 
remozamiento. Piensa que una caída hoy, la de 
ayer, la de mañana, por bruscas que sean, por 
culpables que seamos, no pueden acumular tanta 
fuerza de abatimiento como para aniquilarnos 
definitivamente. Cuando mucho, su enseñanza 
nos hará más parcos o más cautelosos: vale decir 
que tendremos mejor intuición del porvenir y 
habremos comenzado a comprender la inaprecia- 
ble virtud de la serenidad. Cuando mucho, será 
así un poco triste nuestra alegría. . . 

Quizá al principio experimentemos ligera nos- 
talgia por aquellas expansiones fáciles y bulli- 
ciosas de nuestra característica; pero a poco andar 
convendrás tú conmigo que ahonda más y mejor 
sus raíces la planta que crece sin artero apresu- 
ramiento, la que ha de dar flor o ha de dar fruto, 



y tal vez ambas cosas y aún semilla, sólo cuando 
sea cumplido el tiempo de la cosecha sazonada 
o florida. . . 

Sin presunción de penetrar su sentido filosófico 
aceptemos complacidos, como un inesperado es- 
tímulo y como una real confirmación de esto que 
estamos diciendo y a punto de convenir, el pen- 
samiento de Kant; 

«De todo lo que se puede concebir en el mundo 
y aun en general fuera de él, no hay más que una 
sola cosa que sin restricción se puede tener por 
buena, y esta es una buena voluntad.» 

Antaño los campesinos del país montañoso en 
que agitaron mi espíritu las primeras emociones, 
solían atrapar, de tarde en tarde, algún cóndor 
que por audacia o por hambre llegaba en sus in- 
cursiones a perseguir a los crios más nuevos del 
ganado en el mismo corral aledaño de los ran- 
chos. Fuera por habilidad de cazadores o por santa 
paciencia, dolorosa paciencia que les enseñaba a 
aguardar inmóviles hasta que el cóndor terminase 
su festín, lo cierto es que el carnicero señor de 
las sierras caía al fin en las garras de aquellos 
hombres taciturnos y primitivos. 

Ruda venganza ejecutaban con él los vaqueros 
montañeses. Ruda venganza en que había algo 
de leyes y costumbres ancestrales. Bien asegu- 
rado el prisionero, el más sanguinario o el más 
agraviado de los peones le saltaba los ojos con 
certero pinchazo, y de resultas de aquella cruel- 
dad el animal quedaba ciego. 

Ciego pero libre. Con sus enormes alas caídas 
encarnaba una negra figura de la derrota. Pero 
luego, lentamente. Dios sabe con qué esfuerzo y 
con cuánto dolor, comenzaba a erguirse levan- 
tando la cabeza manchada por dos lágrimas san- 
guinolentas. Ensayaba después algunos pasos va- 
cilantes, corría un poco y alzaba el vuelo. Y subía 
en armoniosas espirales más allá de las cumbres, 
por encima de las nubes, en procura de nueva luz 
para sus ojos ciegos, hasta que el negro plumaje 
se esfumaba en la altura y se desvanecía bajo el 
combo techo azul... 

Nunca he pensado cuál sería después la suerte 
del ave montañesa, víctima de una costumbre que 
los lugareños llamaban sencillamente «remontar 
el cóndor»... Sólo sé que el cóndor cumplía el 
destino de sus alas cuando volaba buscando un 
poco de luz en las alturas. . . Esto es, que aunque 
momentáneamente, luchaba para sobreponerse a 
la eterna noche de sus pupilas... 

¿Qué más? Si estuviéramos nosotros muy ano- 
nadados buscaríamos también, desde hoy, sobre- 
ponernos y vencer todos los temores. Porque como 
ya somos optimistas y no hay lugar para dudas, 
seguramente piensas lo mismo que yo. Piensas que 
por quebrantados que salgamos, por cambiados 
que regresemos, al final de nuestras andanzas 
habrá siempre alguien que nos diga: 

— ¡Qué importa! No bajes la frente. . . ¡Si yo 
te quiero lo mismo! . . . 



ADOLFO 

ILUSTRACIÓN 



L A N U S 

DE SIRIO 




PEI^^PECTIV^. 
DFL \ATICAlxJO 

OLHO- DE- HyCVE[.A- ITALT/^J^rA 
DE'AVTOP^- DE^COJ ÍOCIDO 



m 

oí- 







Casaux debería ser a estas horas el for- 
mal subgerente de un banco importante. 
En el Banco Francés había comenzado 
su carrera bancaria como telefonista, y 
pronto lo hicieron pasar a los gruesos li- 
bros de contaduría. Su rostro sugería gran 
simpatía al gerente del Banco, quien opina 
que la seriedad facial de los empleados da 
una gran tranquilidad a los depositantes. . . 
Pero Casaubon — ese es su verdadero 
apellido — frecuentaba el camarín de 
Parravicini y allí todas las noches los éxi- 
tos del gran bufo le hacían olvidar la de- 
voción al Debe y al Haber. De tal manera 
trabajaba en su cerebro la idea de dedi- 
carse al teatro que más de una vez algún 
cliente del Banco creyó en su locura vién- 
dolo sobre las hojas del diario ensayando 
los más pintorescos gestos. . . Una noche 
Parravicini representaba una comedia en 
la que cantaba un gallo y ese gallo cambia 
el destino de Casaux. Al revés de lo que 
ocurre a los tenores, que por un gallo dejan 





los escenarios, Casaux entra a ellos por un 
gallo. Se ofrece para hacer entre bastidores 
una imitación del alado animalito, y tan 
bien lo hace que un chusco de la platea 
grita: «¡Que el gallo haga bis!» 

Parravicini insiste en aconsejarle que 
debute, pero Casaubon no se atreve. Su 
familia le señala la senda formal. A los 
quince años de actuar honesta y devota- 
mente en un banco, puede llegar a ganar 
600 pesos, ser considerado por las personas 
formales y conseguir que le hagan dos 
trajes sin garantía. En cambio en el tea- 
tro. . . El teatro es sitio de corrupción que 
conduce a todas las decadencias. Y Casau- 
bon sigue su carrera bancaria hasta que 
una noche en el año 1909, estando de visita 
en el camarín de Parravicini, falta el actor 
que hace el rol del francés. El cambio de 
cartel era inevitable y, lo que era peor para 
todos, era inevitable la devolución de los 
pesos de las entradas. Entonces Casaubon 
se ofrece a reemplazar al ausente y experi- 



EN su ADMIRABLE Y APLAUDIDA INTERPRETACIÓN DE «UN GRAN SEÑOR» 
CASAUX SE SIENTA CÓMODAMENTE, COMO CUMPLE A QUIEN TIENE GRAN- 
DES CAPITALES. SIEMPRE CUIDA MUCHO ESE DETALLE. DICE QUE LOS 
POBRES SE SIENTAN EN LAS ORILLAS DE LOS SOFÁS PORQUE TEMEN 
QUE LOS ECHEN. . . 




(É5 



.-.^^^v^ 




HÁSCAKA CÓMICA. 

menta por primera vez el placer del aplauso. Tan 
bien ha trabajado que al día siguiente Parra lo 
contrata y Casaux escribe al gerente de su Banco: 
•Muy ssftor mió; estoy cansado de las entradas 
y salidas de sus libros: me interesan más las en- 
tradas y silidas a escena». — «¡Pobre muchacho 
— dijo el gerente golpeándose el corazón en el 
lado derecho del pecho como hacen los tenores — 
no hará reir ni a su tia. . . ¡Paz en su tumba!». . . 
No ocurrió asi afortunadamente. En marzo de 
1910 Casaux obtiene un buen éxito en «Aniceto 
el Gallo» de Gerardo López: luego consigue figu- 
rar en el cartel, pues se organiza la compañía 
Casaux -Petray. Ya Casaux podía abandonar sus 
estudios, sir fatuo, tirano. ¡Era primer actor de 
cartel! Pero Casaux es muchacho sensato y no se 
marea como tanto compañero suyo, que al tercer 
aplauso lo trata de tú a Novelli. Sigue estudiando 
y progresando. En 1911 va a Montevideo contra- 
tado por Arellano: el 12 y el 13 trabaja otra vez 
con Parravicini y el astro de nues- 
tros actores graciosos no lo obscu- 
rece. Casaux puede decir como el 
personaje italiano: «Anche io sonó 
attore...!» Hay en ese año un mo- 
mento nefasto para nuestro tea- 
tro. Los empresarios — ¡siempre 
matadores de todo escrúpulo a la 
tercera entrada floja! — hacen gé- 
nero libre por doquier. Casaux cae 
en la marejada, mas como es un ar- 
tista de veras, bien pronto repu- 
dia eso y se va a un elenco hispa- 
no-criollo formado con Perdigue- 
ro. Luego lo contrata Angelina Pa- 
gano, y en esa temporada, a raíz 
del retiro de la inteligente actriz, 
obtiene Casaux el primero de sus 
éxitos de resonancia: «El distin- 
guido ciudadano». El año 1916 se 
forma el elenco Casaux-Rosich- 
Mary y se hace el hallazgo de «El 
movimiento continuo» donde per- 
sonifica un tipo de catalán tan 
admirablemente que el sainetón 
llega a las 200 representaciones. 

Y tan personal es el éxito que la 
obra no consigue brillar en nin- 
guna parte sin su interpretación. 
En 1917 se organiza la compañía 
con Lola Membrives, una buena 
idea y un mal negocio. No hay 
producción para ellos. Se hacen, 
como de costumbre, arias corea- 
das y allí se necesitaban dúos. , . 

Y Casaux se emancipa definitiva- 
mente diciendo con su sorna habi- 
tual: «Mejor solo que «bien* 
acompañado»... Acierta 
en 1918 con «El pariente 
político»: en el año 1919 
con «El dotor Carricoche»; 
luego con «El Profesor Mu- 
ller» del señor Hicken. En 
1920 pasa del Apolo al 
Politeama. Todos decretan 
entonces su epilogo artísti- 
co y la obra del debut, «El 
campeón del kilómetro» del 

JULIO F . 




EL PROTAGONISTA DEL ÚLTIMO ÉXITO DE CASAUX RECUERDA 

LA FIGURA DE UN CONOCIDÍSIMO CRÍTICO ITALIANO. PERO 

SE TRATA DE UN PARECIDO CASUAL. 




CASAUX DICE QUE A GRAN SEÑOR ORAN 
ESTORNUDO Y GRAN PAÑUELO-sXbANA. 



señor Saldías, parece un epitafio. Pero afortu- 
nadamente no es así, y Casaux toma en segui- 
da su revancha con «El vasco de Olavarría»: 
luego con «Kolosal mujer» y ahora lo tenemos, a 
despecho de tanto agorero, triunfando en el Ar- 
gentino con «Un gran señor», donde vuelve a 
acreditar la eficacia de sus graciosas «maochiet- 
tas». Está en pleno período ascendente. 

Casaux merece la suerte que tiene. Es el cómico 
estudioso, enamorado de su arte. No es de los 
que salen a escena confiado en sus cualidades de 
improvisador, ni en el apuntador, ni en la bondad 
del público. Casaux es el artista tesonero que 
sabe que el estudio es el complemento del talento, 
y cuando sale a escena, sale con el aplomo de 
quien sabe lo que hace. Ha estudiado perfecta- 
mente el tipo de su comedia. Ningún detalle del 
texto se le escapa. Es un observador admirable 
de tipos, y tan bien los copia de la realidad que 
a cada uno de sus éxitos la gente va al camarín 
a decirle: «¡Qué bien imita usted 
a Fulano!». Y no copia sólo deta- 
lles exteriores, el léxico o los tics 
de un tipo. Asimila admirable- 
mente el acento, la carcajada, el 
bostezo, la manera de sentir. Tan 
minucioso es en su estudio que 
constituye una de sus preocupa- 
ciones algo que olvidan la mayo- 
ría de los actores: la manera de 
caminar. La edad, la nacionalidad 
y los oficios dan a cada tipo una 
particular manera de andar. La 
mayoría de nuestros actores, sin 
embargo, siempre caminan igual, 
sean italianos o alemanes, zapate- 
ros o carteros, cuarentones o se- 
sentones. Casaux no: camina co- 
mo alemán, como italiano; de 
acuerdo a la edad del personaje 
que representa y a sus ocupacio- 
nes. Tiene entre sus virtudes otra 
igualmente digna de elogio: el 
respeto por el texto del autor y 
por el público. Es morigerado, 
no confunde el escenario con la 
pista del circo y no cree que ha 
llegado a ser tan «personaje» que 
todos los despotismos y licencias 
le estén permitidos. 

Por eso es un artista del que 
aun hay mucho que esperar. Dis- 
ciplinado — hace seis años que 
tiene a Joaquín Vedia de direc- 
tor — ama su arte y estudia, y 
ni el dinero ni el aplauso, lo 
han mareado. Es para muchos 
de sus colegas no sólo un 
ejemplo como cómico sino 
un ejemplo como conduc- 
ta. Los éxitos no han al- 
terado sus cualidades de 
buen muchacho y apenas 
sale del escenario es el 
gordito formal y afable 
que tan buena carrera, 
hasta los 600 pesos men- 
suales, iba a hacer en el 
Banco Francés . . . 

ESCOBAR 




O&aD 




^ 



t^ 



L marqués de la Vega Inclán, 
ese procer benemérito que tan 
titiles servicios está prestando 
al turismo artístico de España, 
se ha propuesto últimamente 
crear un Museo Romántico en 



Madrid, donde se reúnan todos los objetos 
posibles relacionados con aquella época 
inquieta, dramática, sentimental y extra- 
ordinariamente fecunda, que abarca el pe- 
riodo entre dos guerras memorables: desde 
la «francesada» (guerra contra Napoleón) 
hasta la campaña de África de 1859. 

Con el tiempo podrá reunirse sin duda 
un número considerable de cuadros, graba- 
dos, esmaltes, miniaturas, camafeos, joyas, 
trajes, muebles, retratos, autógrafos y de- 
más objetos que sirvan para fijar y resaltar 
el carácter de una época tan reciente y ya 
un poco olvidada. Por el momento no se 



EL 
Aí\í)TE 

EMPANA 



VN 

MVIE® 

IC>MANTICO 



RETRATO DE SEÑORA. 
VICENTE LÓPEZ. 



grandes pintores clásicos, «académicos»: Vi- 
cente López, el impecable retratista, y Ma- 
drazo, otro magistral pintor de retratos. 

¡Qué prestigio tiene para nuestras ima- 
ginaciones aquella época que llenó de pa- 
sión, de arbitrariedad y de fantasía a un 
mundo que salía como despavorido de las 
convulsiones revolucionarias y napoleóni- 
cas! La palabra «romántico» se ha intro- 
ducido en los idiomas como la voz expli- 
cativa de algo que sin duda ya existía en 
e! hombre, pero que no halló hasta enton- 
ces expresión verbal. Crear una expresión 
así, tan profunda y voluminosa, es ya un 
mérito que justifica el paso de un periodo 
histórico. 

El hombre sabía nombrar el valor, el 
desprendimiento, el sacrificio, la sentimen- 
talidad, la tristeza, la melancolía, la nos- 
talgia, el anhelo vago, el ensueño, el idea- 




•^^.^ 



¿J^ 



ha reunido una gran ri- 
queza de materiales. Se 
limitan éstos a unas do- 
cenas de cuadros, casi 
del todo adquiridos a 
sus expensas por el pro- 
pio marqués de la Vega 
Inclán. Ellos servirán 
de matriz al futuro Mu- 
seo Romántico, el cual, 
una vez nutrido de 
obras, será una nota in- 
teresantísima y educa- 
tiva en alto grado. 

Los cuadros hasta 
ahora reunidos estaban 
en poder de particula- 
res. Tienen el mérito 
de ser variadísimos, y 
esto les da un valor pe- 
dagógico y anecdótico 
muyestimable. Enefec- 
to, más de treinta y dos 
firmas diferentes cons- 
tan en esta exhibición. 
Algunos de los cuadros 
pertenecen a pintores 
obscuros y poco desco- 
llantes. En cambio hay 
obras de artistas que 
cada día adquieren ma- 
yor estimación en el 
mundo de los entendi- 
dos. Tales Alenza. Es- 
quivel. El Panadero, 
Lucas, verdaderos pin- 
tores románticos, con 
el costumbrista Vale- 
riano Domínguez Béc- 
quer, hermano del poe- 
ta, y contando a los 




^^í*-^^ 



A^ 





lismo, la fantasía, el culto por las edades pasadas. 
el afán por los países exóticos, la atracción por lo 
pintoresco, el raro placer de llorar, la visión dulce 
de la muerte. las pesadillas macabras, los pasaos a 
la orilla del lago, las imprecaciones a la luna, el 
amor sin esperanza, la desesperación maldiciente. 
el arrebato revolucionario, el arrepentimiento 
religioso, la oración inmediatamente después de la 
blasfemia. 

Todo esto lo conocía el hombre, y sabía nom- 
brarlo aislada y particularmente. Pero faltaba la 
palabra que sirviera para expresar precisamente 
el conjunto confuso, caótico tal vez. de todo ese 
mundo ideológico y emocional. 

Cuando la sociedad fué sacudida por aquella 
gran tormenta que arranca de los finales del 
setecientos y llega hasta la mitad del ochocien- 
tos, diriamos que la propagación de una forma de 
neurastenia a través del mundo civilizado hizo 
indispensable, para expresar un rictus especial de 
la psicología, la creación de un nuevo concepto: 
Romanticismo. * 

Vino en aire de guerra. Contra el despotismo 
político, contra la frialdad clásica y contra la 
sequedad de sentimientos emprendieron batallas 
implacables los románticos. Cuando se ignoraba 
el sentido exacto del nuevo movimiento, siempre 
quedaba en último caso la adivinación de lo que 
aquello quería decir, o sea: rebeldía. El romántico 
no estaba a veces muy seguro de a dónde y con 



qué lógica le llevaban sus^ideas; tampoco muchas 
veces tenía seguridad en sus ideas: y con frecuencia 
un mismo hombre manifestaba un fogoso entu- 
siasmo por la revolución destructora y una me- 
lancólica nostalgia por las costumbres, por los 
amores, les odios, los combates y los castillos 
feudales de la Edad Media. 

Sólo en cuanto a la necesidad de la rebelión 
tenía el romántico una idea clara y firme. Con el 
mismo coraje que empleaba en combatir al «ogro 
clásico», acudía a las barricadas a batirse en favor 



* 



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de la Constitución, de la República, del Pueblo; 
sin renunciar, no obstante, al derecho a laelegancia 
(era el tiempo del fino zapato, los chalecos bor- 
dados, los enormes sombreros de copa, los fra- 
ques azules, las entalladas y pomposas levitas, 
las opulentas corbatas, el bastoncillo en mano, 
y una minuciosa preocupación por las patillas 
rizadas y las perillas hidalgas enmarcando la pa- 
lidez aristocrática del rostro). 

Pero el positivismo filosófico se disponía al ata- 
que, y el incremento de la experimentación cien- 
tífica aplicada a fines inmediatamente prácticos 
o utilitarios fué desviando e! interés de los hombres 
hacia otro género de actividades intelectuales. 
Pronto llegó el naturalismo, que materialmente 
aplastó las fugas románticas con su pesado zueco 
de porquero. 

Los que fuimos educados, y no voluntaria sino 
forzosamente, en la torpeza del positivismo cien- 
tífico y filosófico y en el bajo vuelo de la literatura 
naturalista, nunca hemos renunciado a una íntima 
protesta y a una secreta nostalgia por el roman- 
ticismo. Era una corriente espiritual arbitraria, 
contradictoria en sí misma, con excesiva dimen- 
sión del gesto tal vez; pero cuando como ahora en 
este Museo Romántico de Madrid nos vemos rodea- 
dos y empapados por su ambiente, todas nuestras 
potencias de emoción se dejan arrastrar con es- 
pontáneo gozo por la virtud de encanto de aquella 
ráfaga idealista. 




& 



Era en el país maravilloso 
donde no anochece nunca. El 
sol encendía los techos de las 
casas, que brillaban relucien- 
tes como láminas de oro; y las 
sombras contemplaban desde 
tierras extrañas el resplandor 
eterno que reflejaba en el cie- 
lo la supuesta dicha de la ciu- 
dad siempre despierta. De 
cuando en cuando la tiniebla 
ponía sobre el horizonte una 
faja negra de amenaza, pero 
otra azul se superponía on- 
deando en la brisa como una 
serpentina. 

La princesa Griselidis, en su 
ventanita verde, pedía un poco 
de luz para los ojos ciegos de 
su pueblo, y para los suyos 
propios, que se apagaban co- 
mo dos lamparitas sin aceite, 
gastados por el sol del país 
donde no anochece nunca. La 
muñeca no la distraía; los 
cuentos más bellos o los paya- 
sos más raros eran cuentos o 
payasos de ciego, y no pudie- 
ron jamás hacer revolotear so- 
bre sus labios la mariposa de 
una sonrisa. 

El viejo rey se escurría, pe- 
gado a los muros, entre aque- 
lla corte de autómatas y pal- 
padores como murciélago en 
un polvoriento desván aban- 
donado, mientras las gentes de 
la corte, en actitudes orantes, 
extendían los brazos alarga- 
dos y macilentos en busca del 
infalible punto de apoyo. 

Era la luz eterna con la no- 
che eterna. Era la noche no 
turbada en el sueño de los ojos 
por un rayo de sol . . . Y asi 
la tierra se agrietaba como 
una cascara seca, los árboles 
plegaban sus hojas, y el rocío 
no pudo nunca poner sus go- 
tas de esmeralda o de ama- 
tista sobre los pétalos rojos 
del hibiscus. 

Un extraño fuego ardía en 
las piedras de los caminos, las 
llamas del incendio mordien- 
do en lenguas de hemiciclo las 
hierbecillas muertas, se apa- 
gaban sobre las carnes tosta- 
das de las bestias, y los arro- 
yos alargaban el tajo tortuoso 
y ardiente de sus lechos mí- 
seros. 

— ¡Dios mío! — dijo Grise- 
lidis — haz que los ciegos 
vuelvan a la luz de sus ojos. . . 
haz que las plantas vivan, que 
los hilos de agua vuelvan a 
murmurar la canción de los 
bosques. . . 

La frase cobró forma, como 
una pequeña flor extraña, y 
una golondrina vagabunda, 
tomándola en su pico y giran- 
do, girando, la llevó hasta la 
ciudad del Ensueño donde vi- 
ve la Luna y tiene su castillo 
la Esperanza. Perdióse la golondrina para luego 
aparecer como un puntito entre las nubes que 
S2 deslizaban como inmensos copos de nieve, 
ora sonrosados como una doncella, ora rubios 
como los trigales, o divinamente grises como 
los pájaros viajeros. 

Griselidis puso toda su atención sobre el pun- 
tito vago, que apenas apercibían sus ojos tristes 
y enfermos. El sol brillaba como nunca y en las 
cavernas más profundas, en los huecos más soli- 
tarios o en las galerías subterráneas y sórdidas, 
penetraban sus rayos ardientes escudriñando hasta 
el menor e inapercibido resquicio abandonado 
por la sombra. 

Una voz suave como un murmullo dijo al oído 
de Griselidis: «Toma esta cajita; en ella encontra- 
ras el ala de la noche, un haz de rayos de luna y 
el corazón de un poeta del país del Ensueño. . .>/ 
Era la palabra milagrosa de la golondrina del 
■castillo de la Esperanza, la que después de cum- 
plir con la encomienda del ruego se alejó perdién- 
dose a lo lejos como un papelito. 

Dejaba en manos de Griselidis los tres símbolos 
más admirables en el triángulo eterno de la armo- 
nía: contrapeso a la brutalidad, buscando en la 




luz discreta la mayor luz por contraste; necesi- 
dad del dolor para confortar el corazón humano 
y hacerlo hipersensible a la felicidad relativa. 

Sólo el viajero de tierras de amargura, el que 
se apoya en una rama del árbol de lo imposible, 
conoce los momentos en que la mirada vuélvese 
hacia los recónditos pozos, cheridos como por un 
pedrusco por el reflejo de una estrella». Sólo los 
que sufrieron mucho valoran el momento infini- 
tesimal que les depara un descanso antes del 
descanso supremo . . . 

Griselidis tomó la pequeña caja. Su voz corrió 
por las salas polvorientas, su alegría desbordóse 
como una esperanza por el desván de los murcié- 
lagos, y el tropel de las gentes encabezado por el 
viejo rey del país de los ciegos siguió a la prin- 
cesa llevando en cada corazón el dolor de sus 
ansias. 

Las puertas de maderos resecos iniciaban un 
leve saludo, recordando sus orígenes, en el tronco 
rugoso del sándalo o de los pinos de Arabia. Las 
horas disminuían su marcha de fatalismo a la 
espera de un milagro que las libertara de la ca- 
dena de Orónos. Y a lo lejos un murmullo de 
selva, una gritería ensordecedora, una congoja 



planeando sobre la ciudad condenada, seguía como 
por intuición el camino de la princesa. 

Cruzó Griselidis la gran sala de los Suplicios, 
la del Sol y de la Muerte. Detúvose un instante, 
y abriendo la cajita dijo: «Vuela mi ala de tercio- 
pelo, vuela por los ámbitos de la tierra, y para 
todos trae el divino vaso de agua fresca. Va mi 
pequeño haz de rayos de luna; irisa el cielo y 
vence a la tiniebla; mírate en el arroyo y guarda 
en mi ventana el amor que protejes. Y tú mi co- 
razón, corazón de poeta, canta en la fronda, en 
el secreto de la placidez nocturna, entre las rui- 
nas de la ciudad que florece, cuando los seres 
descansan y el alma de tu princesa te com- 
prende.» 

El crepúsculo caía como un manto gris fuera 
y dentro del palacio. La penumbra anuncióse con 
su paso de seda, y la sombra amiga llegó con el 
descanso para los hombres y las bestias. 

De pronto una canción suave y extraña dijo 
con el ruiseñor la tristeza de la vida, la fe y el 
ensueño; y Griselidis comprendió que sobre la 
felicidad segura de su padre y de su pueblo que- 
daba, para ella, el romanticismo y el amor lle- 
gados en una cajita, con el ruiseñor y con el poeta. 




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tasía pusieran en la invención de peinados. Re- 
unidos en una gran sala todos los artistas del ramo 
pusieron mano a sus respectivas obras maestras. 
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genio, la tradición y el exquisito 
gusto francés. 

Sobreponiéndose a las alternativas 
de la moda en lo referente a tipos 
y calidades de automóviles, el 
"Renault" predomina siempre con 
sus características propias de ele- 
gancia y belleza consagradas. 

A esto se debe la preferencia, 
jamás desmentida, que en todos los 
paises ha conquistado.» 

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"Le Tenips" sobre la In- 
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asiduidad y complacencia las cosas de nuestra 
tietia, que van éstas definiéndose cada vez 
más, hasta adquirir en el despertar de la con- 
ciencia colectiva un relieve propio, que ha de 



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darnos mañana, cuando se 
estabilioen, ese sello de per- 
sonería espiritual que afir- 
ma la verdadera grandeza 
de las naciones. 

'T'al vez el forzoso confina- 
miento impuesto por la 
tragedia europea fué causa 
de que volviésemos nuestros 
ojos puertas adentro, para 
valorizar por fin el olvidado 
patrimonio, siguiendo en lo 
colectivo, aquel grave pre- 
cepto de Bhagabat: «dirigí 
mi esDtritu sobre esta alma 
residente dentro mi propia 
alma». 

A sí hemos descubierto mu- 
^^ chas cosas, entre otras, 
y no ha de ser la menos pre- 
ciada: que tenemos una tra- 
dición que. aunque tergiver- 
sada y maculada por el uti- 
litarismo cosmopolita, per- 
dura latente y brilla a poco 
que se escarbe. 

I pARA entrar desde luego en 
I el mundo que frecuenta- 

mos y sobre el cual discurri- 
rán estas lineas, diremos que 
no bien rehabilitada la tra- 
dición, el arte argentino, 
aunque incipiente vigoroso, 
trató de desentrañar de ella 
el secreto de su estética. Ya 
no era trabajar según fór- 
mulas transplantadas y 
como en tierra extraña, 
sino en el propio solar 
y con instrumentos 
propios. De aquí 




la eclosión inusitada pero 
espontánea de una flora ideo- 
lógica, que esclarece una vi- 
talidad insospechable, volca- 
da en viejas formas maravi- 
. llosas. 

T Tna de las primeras entre 
las artes en sentir la 
reacción admirable fué la ar- 
quitectura. Quizá por haber 
sido ella misma, otrora, la 
primer piedra de escándalo 
en la confusión de nuestros 
valores. 

/^Corresponde a un arqui- 
tecto argentino, don 
Martin S. Noel, el honor de 
haber escrito los prolegóme- 
nos de esta renovación ar- 
quitectónica, mediante el es- 
tilo de la colonia, reanudan- 
do el hilo de nuestra vida 
espiritual, un tanto desca- 
minada, diremos, dentro de 
la propia heredad. 

/'Comprendiendo la necesi- 
^^ dad apremiante de un 
arte propio frente a la inva- 
sión continuada de formas 
ajenas e inadaptables, es que 
Noel s3 apresuró a confesar 
públicamente su anhelo por 
lo que él llama «la estética 
de la tradición». No es esta 
empresa anacrónica, ni in- 
fiere negación de la vida mo- 
derna; muy por el contra- 
rio, «ese salto atrás 
indispensable — 
Noel — busca 
adaptación desde 




y- /A/O 




un punto de vista particu- 
lar de los elementos de la 
antigüedad a las necesida- 
des de la época». Y agrega 
en otra oportunidad, pre- 
viendo las objeciones: «El 
ideal nacionalista, basado en 
la estrecha relación de la 
historia y de la arquitectura, 
lejos de conducirnos a un 
arte localista, sin trascen- 
dencia, como pudieran te- 
merlo quienes no estén po- 
seídos por la misma /« que 
nosotros, puede transformar- 
se, por el contrario, como lo 
sospechó la ley individualista 
de la teoría hegeliana, o ya 
como lo afirman las más 
modernas de la filosofía in- 
tuitiva, en una estética que 
atesorando en grado supre- 
mo el alma nativa en su ex- 
presión más genuina, ad- 
quiera la unidad y el equili- 
brio que la hagan compren- 
sible en todos los idiomas del 
universo, poniendo así en 
huida a todas aquéllas, las 
insulsas alegorías de los 
ideales abstractos e inco- 
loros». 

T Te aquí claramente afir- 
mados los fundamentos 
de la «estética de la tradi- 
ción», por la que aboga, en 
palabra y obra, este lírico 
apóstol de la arquitectura 
colonial, que revive en tie- 
rras de América la in- 
decible pasión de los 
viejos maesas rena- 
centistas o hispa- 





nos que, como Bruneleschi o 
Churriguera, confiaran a la 
eternidad de la piedra un 
ideal infinito de humanidad 
y de misticismo. 

T Tmien DO la vascongada te- 
nacidad ancestral a esa 
exquisita valorización del 
carácter, que sólo da Fran- 
cia, junto con la prontitud 
y agilidad en la percspción, 
este arquitecto de gran es- 
cuela, antes de reproducir su 
castillo interior en la tierra 
nativa, fuese peregrino a es- 
cuchar atentamente la voz 
de la raza, que duerme en 
las carcomidas piedras es- 
pañolas. 

~V/ sllí aprendió, hojeando 
aquellas eternas «biblias 
del pueblo» que son las cate- 
drales de Toledo, Segovia, 
Sigüenza, Gerona, Salaman- 
ca, San Juan de los Reyes y 
Cartuja de Miraflores, junto 
con el arte supremo de la 
mística castellana, la vigo- 
rosa palabra cuyo eco vibra 
remozado en los anchurosos 
valles de la América hispana, 
transformándose bajo la ca- 
ricia del sol y sobre la fera- 
cidad del suelo en la risueña 
canción de las arquitecturas 
coloniales. Aunando voz y 
eco, es como el sagaz artista 
llega a comprender el re- 
cóndito espíritu 
raza, y como cor 
cuencia: la estética 
de la tradición. 




Ua 





Oasando del gran 
vuelo místico de 
las catedrales al dis- 
creto aleteo del te- 
jado familiar, el ar- 
tista, que sabe recor- 
dar a tiempo, descu- 
bre que: «allegándose 
ya a lo más intimo, a 
lo más nuestro, la ca- 
sa de la hacienda pe- 
ruana, la del fundo 
chileno, la de la es- 
tancia argentina, ¿no 
son acaso las traduc- 
ciones americanas, 
con múltiples matices 
lugareños y arcaicos, 
del cortijo andaluz. 
del caserío vasconga- 
do y de la heredad 
castellana? 

QUÉ mayor testi- 
monio — exclama 
para sí — que esos 
patios comunes a to- 
das nuestras vivien- 
das, desde aquel 
aposentó 
estrado de 
adobes y al 





aljibe de rústico hor- 
cón, hasta aquel otro 
del rumoroso surtidor 
cercado por las flores 
bermejas del empar- 
rado!» 

A sí, pocoapoco.res- 
■^ pendiendo a la va- 
rita mágica de la evo- 
cación histórica, van 
surgiendo en la obra 
de nuestro arquitecto 
las viejas formas colo- 
niales donde cristalizó 
el espíritu de la pa- 
tria: formas austeras 
y nobles, que al pres- 
tarse a la adaptación 
de la casa moderna 
la dignifican y elevan, 
quitándole ese aspecto 
efímero de las piedras, 
que no tienen alma. 

X /fucHAS son las 
" obras que ha he- 
cho Noel de acuer- 
do con su estéti 
ca de la tradi- 
ción, y todas 
ellas abo- 








nan, por su belleza, 
la verdad de sus afir- 
maciones. Ya sea la 
venerable casa capi- 
tular en la Villa de 
Nuestra Señora de 
Lujan, «ese joyel que 
atesora el germen es- 
piritual de la arqui- 
tectura de nuestra 
pampa», tan admira- 
blemente restaurado 
por el arquitecto; los 
oratorios aldeanos co- 
mo el de Chillar o 
Durango, cortados 
en el sayal de San 
Francisco: las estan- 
cias tradicionales del 
Tandil o de Córdoba; 
las casas solariegas 
como la de los señores 
de Achábal, y sobre 
todo la que aquí re- 
producimos, su propia 
casona de la calle 
Suipacha, que sor- 
prende al viandan- 
la evoca- 
imprevis- 
, de esa vie- 
ja ciudad 





colonial de nuestros 
abuelos, donde la vida 
era interior y profun- 
da como un remanso. 

■pL mismo Noel nos 
— ' dice que quiere 
ser un «continuador de 
la historia». Nosotros 
diremos más aún: es 
un restaurador de la 
tradición, dentro de 
la cual su estética, 
como tenemos dicho, 
se define y se afirma, 
sin vacilaciones ni 
extranjeiismos. 

\ /lENE a corroborar 
nuestro aserto el 
reciente fallo de !a 
Real Academia de San 
Fernando, al otorgar 
el premio de la «Fiesta 
de la Raza» al libro de 
don Martín Noel in- 
titulado «Contribución 
a la historia de la 
arquitectura His- 
panoamerica- 
na». No resis- 
timos aquí 






al agrado de transcribir, por lo que 
ello significa para la afirmación de 
la estética tradicionalista del arqui- 
tecto, estética que por hacsrla nues- 
tra, en tantas oportunidades hemos 
defendido, unas cuantas palabras en- 
tre las muchas admirables que fun- 
dando su dictamen escribiera el eru- 
dito historiador de la arquitectura 
hispanoárabe don Vicente Lampé- 
nz Romea: «Triunfa ?Hí - dice refi- 
riéndose a las monografías que com- 
ponen el libro — el vuelo libérrimo de 
un pensador pleno de fantasía que, 
indómito a las trabas del método, de- 
rrama sus impresiones sobre la ar- 
quitectura hispanoamericana con no- 
tas de filosofía, de arte, de política, 
de sociología y de costumbrismo». Y 
termina diciendo: «la tesis del señor 
Noel tiene un corolario de la mayor 
trascendencia, ardientemente demos- 
trado en su libro: que el estilo «hispa- 
noamericano» debe constituir el ideal 
nacionalista de la arquitectura moder- 
na en las naciones de habla española. 
Volviendo a la realización de este ideal 



!NAN*C2ffLiy^ 






estético diren~.os que fué así que unien- 
do prédica y obra, para mostrarnos 
hasta que punto el propio convenci- 
miento ss afincó en su alma soñadora 
■de raro temple toledano, es que cons- 
truyó como un símbolo y alzó como 
un oriflama esta su noble casona colo- 
nial, que empinada sobre el barranco 
del Retiro parece atalayar el hori- 
zonte lejano, allí donde el pasado y 
el porvenir se dan armonioro abrazo. 

X yfÁs que casa de artista es esta 
verdadera casa de apóstol y sus 
recios muros enjalbegados, sui arcos 
escarzanos, sus pórticos monacales, 
columnas carolíticas y suntuoso enre- 
jado de forja, donde pone sinembafgo 
su ósculo de vida el clavel moruno y 
propaga su filosofía complaciente el 
granado; todo nos habla de un ideal 
definido y preciso, que puede concre- 
tar el espíritu de nuestra raza, fuerte 
y soñadora a la vez, capaz de todas las 
energías, pero tamtién—salvando co- 
rrientes utilitaristas— hoy como ayer, 
capaz de todos los romanticismos. 



ésDE^AMADOÍ 




INTERIOK DEL ESTUDIO 



EL ARQUITECTO M. S. NOEL. 




J VDI? CON- LA- CADEZA-Dlr/ HrXíVFEflN't^ 



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Jí. 1^ O 



DEL 




R híí-'i M.XIi^DK. 




Si la expedición que ha ido a la Patagonia en 
busca del plesíosaurío no ha fracasado ya. debe 
estar fracasando. Ella traerá de allá cualquier cosa, 
-nenos el plesiosaurio. Pero por eso no hay que 
afligirse. ¿El plesiosaurio no existe? Bueno, pero 
puede hacerse. Cuestión de un poco de paciencia. 
Hagamos, pues, un plesiosaurio. 

Pero antes de poner manos a la obra, resolvamos 
una duda gramatical: ¿Plesiosauro o plesiosaurio? 
En las repúblicas federales donde es fácil conseguir 
dinero para ir a buscar plesiosaurios en la Avenida 
de Mayo, plesiosaurio se escribe y se pronuncia 
como mejor le parezca al operador. Pero haga- 
mos un plesiosauro... o saurio. Hagámoslo. 

¿Ha oido el lector hablar del caucho sintético? 
En lugar de ir al Brasil con un tarrito, y poner 
el tarrito debajo de una higuera, y aguardar a 
que se llene del caucho que gotee de ella, y luego 
ir ccn el tarrito a Pernambuco y tomar el vapor 
para Europa, se hace una cosa más sencilla: se 
averigua de qué está hecho el caucho y cómo está 
hecho; se compran los ingredientes en la botica, 
se mezclan en una oUita de barro, se ponen media 
hora al baño maña (teniendo cuidado de revolver 
bien con un revólver) y después se deja una noche 
al sereno. Resulta un caucho magnífico, química- 
mente puro, y mucho más saltarín que el otro. 
Eso es el caucho sintético. 

Pues bien, así como se hace caucho sintético ¿no 
se podrían hacer plesiosaurios sintéticos? ¡Quién 
lo duda! ¡Y mucho más saltarines que los otros! 

Supe una vez que un químico húngaro había 
logrado hacer leche vacuna sintética. La materia 
prima eran los porotos. Posteriormente supe que 
en una oficina técnica norteamericana también 
habían conseguido hacer leche sintética, y que 
empleaban por materia prima los manís, maníes 
o manises. Dado a probar el producto a un ter- 
nero mamón, lo prefirió al de su propia madre. 

Pues bien, lector amado y respetuoso: ya que 
se hace la leche ¿por qué no hacer también la 
vaca? No es más que una cuestión de iniciativa. 
Veamos cómo. 

¿Quién no ha visto la máquina norteamericana 
de hacer chorizos? Es más conocida que la bici- 
cleta. Se pone el chancho vivo (nota bene: vivo) 
en un embudo de que la máquina está dotada, 
le da vuelta a una manija, y empiezan a salir los 
chorizos por un canuto. 

Alabo la inventiva de los yankis. ¿Qué es lo 
que elW* no inventaron? El baroo de' vapor, la 
máquina de coser, los tacos de goma; todo lo 
inventaron los yankis. Honor, pues, al pueblo 
yanki. Pero si ellos tienen inventiva ¿qué es lo 
que puede igualar al ingenio de los argentinos? 
Los yankis inventaron la máquina instantánea de 
hacer chorizos, pero ¿quién sino un argentino — 
por más señas genovés de la Boca ~ la perfec- 
cionó a tal punto, que hoy, para que salgan por 
el canuto chorizos de chancho, ya no es menester 
echarle en el embudo un chancho vivo, sino cual- 



[[ faxioj'Amo 

y° I N T E T I C o 

r.. ENMQUÍ: M UIJAJ 



quier animal muerto? La trascendencia de este 
perfeccionamiento es incalculable, porque gracias 
a él no hay caballo ni perro ni gato que se pierda. 
Todo sirve para hacer chorizos de chancho; y si 
existiese el plesiosaurio, también él serviría. 

¿Cómo es posible? — preguntará el lector. Muy 
fácil. ¿Ha oído el lector hablar de la transmutación 
de los elementos? Es quizás la parte más entrete- 
nida de la química industrial. Consiste en cambiar 
el plomo en oro. el zinc en plata, el agua en fuego, 
la sequedad en humedad, etc., etc. Todos los al- 
quimistas saben cómo se hace. Se ponen dos o 
tres puñados de plomo en un mortero; se le ma- 
chaca hasta el rojo vivo, y entonces se le sumerge 
repentinamente en agua alcanforada a la tempe- 
ratura de 4 grados centígrado. Ahora bien, en 
el invento norteamericano perfeccionado por los 
argentinos se operan transmutaciones internas, 
íntimas y secretas, de carne de caballo, de perro, 
de lagarto, de langosta, etc., en carne de chancho. 
A esto se reduce el misterio. Como siempre, el 
huevo de Colón. 

Y esto del huevo de Colón viene aquí muy a 
propósito. Si para hacer chorizos de chancho basta 
echar cualquier cosa en el embudo y darle vuelta 
a la manija, ¿cómo se hace para hacer el chancho 
sintético? Primero se hacen los chorizos; después 
se da vuelta a la manija al revés, y los chorizos 
son reabsorbidos por el canuto, y a las pocas 
vueltas empieza a salir un chancho vivo por el 
embudo. ¡El huevo de Colón, quiero decir, el 
chancho sintético! 

¿Comprende ahora el lector la posibilidad de 
hacer vacas sintéticas... y plesiosaurios sinté- 
ticos? Una máquina transmutadora con su co- 
rrespondiente manija y su correspondiente em- 
budo, y un peón para darle vuelta a la manija. 
Eso es todo. 

Pero ¿se fabrican plesiosaurios sintéticos? Ayer 
mismo recibí un telegrama que dice así: 

«ínsula doctoris Moreau. Oceanus Pacificus. — 
Plesiosauros sinteticus fabricatus est. — Firmatus: 
Prendick.» 

He aquí la traducción española de este telegrama: 

«Isla del doctor Moreau. Océano Pacifico. — 
Señor don Fulano de Tal. Buenos Aires. — Muy 
señor mío y de mi mayor respeto y consideración 
y aprecio: Desearé que al recibo de la presente 
se encuentre gozando de perfecta salud, como para 




mí deseo. Por aquí, todos buenos, a Dios gracias, 
y siempre y completamente a sus órdenes. Sabrá 
como siguiendo las instrucciones de Vuestra Ex- 
celencia, y con el dinero, los productos y los ele- 
mentos que tan generosa y desinteresadamente 
Vuestra Excelencia puso a mi disposición — por 
cierto que sin exigirme siquiera recibo, lo cual 
habla muy alto de la nobleza, la caballerosidad 
y el abolengo de Vuestra Excelencia — he conse- 
guido por fin, gracias a vos. Excelentísimo señor, 
fabricar el plesiosaurio sintético, cuya idea sólo a 
vos se debe (porque Prendick, a veces, me trata 
de vos), y cuya gloria, por lo tanto, a vos os 
corresponde exclusivamente. Saludo a Vuestra 
Excelencia (¡rataplán!) con la expresión mayor de 
mi consideración más distinguida (¡plan, rataplán, 
plan, plan!) y me suscribo su muy atento y seguro 
servidor, que le besa la mano y verle desea — 
Prendick,» 

Prendick es un protegido mío. Como él lo dice 
en su carta, yo soy, pese a mi modestia, el inventor 
del plesiosaurio sintético. Se hacen separadamente 
carne sintética de plesiosaurio, sangre, pasta en- 
cefálica y demás ingredientes que entran en la 
composición del plesiosaurio, y después de estar 
todo bien sintetizado, se echa en el embudo y 
se le da vuelta a la manija, rodándolo al mismo 
tiempo con un poco de agua salada. Una vez lo 
encontré — ahora hablo de Prendick ■ — en la 
Avenida de Mayo, le expliqué la idea, le di dinero, 
le compré ropa, le dije cómo se construía la má- 
quina, le di la receta para hacer la carne sintética, 
la sangra sintética, etc., le advertí lo del agua 
salada, y lo envié por mi cuenta a la isla del 
doctor Moreau, en el Océano Pacifico. Ahora él 
me comunica que los trabajos han tenido pleno 
éxito, y que todo se me debe a mi. Esto halaga 
mucho mi nunca desmentida modestia. 

Pero si el lector me permite una confidencia, 
aquí lo del plesiosaurio es lo de menos. Se puede 
hacer todo lo que se quiera, inclusive el buey 
Apis. Yo creo que el gran golpe sería fabricar 
fenómenos y animales y seres fabulosos, para 
exhibirlos en el Paseo de Julio. Se podrían fabricar 
sirenas y medusas, terneros de tres patas, dragones 
chinos y unicornios ingleses, serpientes de tres 
colas, avestruces con cabeza de pejerrey, etc. 
Creo más todavía: creo que se podrían fabricar 
los dioses del Olimpo, puesto que también eran 
de carne y hueso. Sería un negocio colosal. Fabri- 
cábamos los dioses del Olimpo, constituíamos con 
ellos una compañía cómico-lírico-dramática, y les 
hacíamos representar obritas con milonga, que 
son las que tienen más éxito. 

Y en cuanto al plesiosaurio, me ratifico en lo di- 
cho, porque está bien dicho. No es más difícil hacer 
un plesiosaurio que un mono o que un conejo. Al 
contrario, es más fácil, sólo que se necesita mayor 
cantidad de materia prima. Pero aun esto no es un 
inconveniente porque ¡gran ventaja! el plesiosaurio 
sintético puede hacerse del tamaño que se quiera. 









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•PUESTA DE SOL». 
PREMIO PArIs 1900. CARLOS REÍS. 



ONMOVIDO por una obra de 
Carlos Reis escribía el formi- 
dable maestro Eija de Queiroz: 
«Es un lindo pedazo de natura- 
leza, admirablemente sorpren- 
dido, no sólo en su verdad ex- 
terior, sino en aquel no sé qué 
que habita en las formas de la 
naturaleza inerte y muda, co- 
mo una alma que les es propia y que las torna 
expresivas. ¡Todo está admirable y superiormente 
traducido en su cuadro, sobre todo lo que era más 
difícil de traducir; la melancolía, la soledad, el si- 
lencio de la floresta, de la nieve y del ocaso!» Y 
termina la carta manifestando que fué escrita «a 



CEN FAMILIA». 
ÓLEO. CARLOS REÍS. 



Cá 





iirreitioiies de la casa de los artistas en lisboa. 








prisa, dejando mucho por decir». 
Esto es un justo elogio. 

Las consideraciones que Ega de 
Queiroz se dejó en el tintero an- 
dan esparciendo cálida belleza por 
las hojas de sus libros. Toda la fi- 
nísima ironía del gran escritor se 
vuelve acariciadora cuando se ha- 
bla de la tierra portuguesa. Por 
eso el cuadro aludido, igual que 
otros donde Carlos Reis pinta pai- 
sajes y tipos portugueses, inspi- 
raría a £93 de Queiroz bellos pen- 
samientos patrióticos. 

Ved esa tela delicadísima y 
fuerte que se llama «Los gaiteros», 
cuadro digno del mejor de los mu- 
seos. Hay en aquel pedazo de cas- 
tizo Portugal un amor a las tradi- 
ciones populares aue emociona. 
Lo mismo podemos decir de 
telas como «Rayos de sol ardien- 
te», «La feria», «Las planchado- 
ras», «La 
puesta del 
sol» y otros 
cuadros 
donde el 
pincel rico 
y potente 
acarició pai- 
sajes y per- 
sonas 





«RETRATO DE NIÑO 
JOAO REÍS. 



aKZSICMAClÓNt. 

caku» mis. 




Respecto a Carlos Reis como 
retratista, dijo Francisco Alcánta- 
ra en un diario: 

«Tentado estaba de decir que el 
ta! doctor tiene cara de vinagre si 
no fuese porque, al través de tales 
apariencias, se adivina una perso- 
na bondadosa, como ocurre con 
muchos de esos cetrinos verdine- 
gros que parecen dispuestos a co- 
merse los niños crudos y luego son 
la bondad misma. Cuando un re- 
trato pictórico o escultórico susci- 
ta la ideología que he insinuado en 
los renglones antecedentes, ese re- 
trato es una obra de arte.» 

Digno continuador de esta ma- 
nera es Joao Reis, hijo del nota- 
ble artista. Sus cuadros «El mo- 
linero», «Confidencia», «Lavande- 
ras»* Gracinda» y sus retratos de 
los señores Eduardo Aridrade y J. 
Rezende, señorita F. C. y niño M. 
Sab u gosa 
son obras 
bien dibu- 
jadas y de 
hermoso co- 
lorido en las 
que hay sin- 
ceridad y 
amor al te- 
rruño. 





ILOS GAITEROS». CARLOS REIS. 



«INTERIOR DE SU ATELIER». 
CARLOS REIS. 



CÉ^ 



— Yo creo que al irnos, todos dejamos algo en 
este mundo. . . — dijo el optimista. 

— Nada, no dejamos nada — afirmó con voz 
suavísima, como si no tuviera ningún interés en 
que se pusieran de acuerdo con él los demás, el 
escéptico. — Nada... ni la belleza en el mármol, ni 
el color en la tela, ni la armonía en el pentagra- 
ma, ni la luz de una idea en la página — y todo 
eso es lo más perdurable — deja el hombre en el 
mundo... Lo mejor dura apenas unos años... 
Sólo tenemos memoria, y para eso debemos esfor- 
zarnos en aprenderlo de los pesados eruditos, de 
lo que han hecho, de lo 

que han dejado los hom- 
bres de hace dos mil 
años; dos mil años, co- 
mo quien dice, los se- 
senta minutos que pierde 
cualquiera de nosotros 
al lado de una mesa de 
café . . . 

— Yo creo firmemente 
que algo queda — insistió 
calurosamente el optimis- 
ta. — Si no quedara nada, 
como tú dices, ¿estaría- 
mos nosotros en la vida? 
¿No somos rastro dejado 
por aquéllos? Tú mismo, 
¿no eres prueba indiscu- 
tible de que dejaron en el 
mundo recuerdo de su pa- 
so los que, en lejanísimas 
generaciones, gozaron y 
sufrieron lo mismo que 
sufrimos y gozamos nos- 
otros?. . . 

— ¡Ah! Sobre eso discu- 
tiríamos el pro y el con- 
tra días enteros sin que 
llegáramos a nada con- 
creto, a nada definitivo... 
Lo cierto, créeme, lo cier- 
to es que no queda nada, 
y, si tú quieres, te con- 
cedo aquello de que no 
queda nada porque la 
Nada vuelve al Todo, de 
donde proviene. . . 

— ¡Queda entonces! La 
Nada que tú dices vuel- 
ve al Todo y, en conclu- 
sión, el Todo y la Nada 
es siempre la misma co- 
sa: el mundo, la Vida, 
nosotros. . . 

— ¡Optimista! 

— ¡Escéptico! . . . 

Se cruzaron tales pala- 
bras como enormes re- 
proches, que no lastima- 
ron sólo porque la vieja 
amistad los resguardaba 
bajo su caparazón. 

— Mira — dijo mucho 
después el optimista — lo 
bello que deja detrás de 
si un artista podrá per- 
derse materialmente, pero 
una sola partícula de su 
belleza que persista en los 
espíritus de las generacio- 
nes venideras, eso que- 
da. . . No me negarás tú 
que queda. . . El gesto de 
Jesús no se ha perdido, 
ni se perderá, aunque se 
borrara por completo su 
historia de las páginas de 
todas las Historias... Y 
el gesto de jesús es belle- 
za pura. . . 

— Vendida a plazos 
por los. . . 

— Lo que quieras, pero 
es belleza. . . 

Volvieron a callar. El 
silencio era penoso y se 
estiraba lentamente. 

— El otro día, conocí-- 
en el «estudio» de un fotó- 
grafo amigo a una mu- 
jer — dijo mucho después 
el escéptico. — Era una 
mujer cualquiera, de esas 
que se encuentran en ra- 
cimos por la calle . . . Ten- 
dría treinta o cuarenta 
años y coqueteaba con su 
vestido de luto, porque 
eso es lo lógico . . . Pedir 



NO 




DCONZALCZ-A^^ILl 




otra cosa, por ejemplo: que una viuda de treinta 
o cuarenta años no coquetee con sus crespones, se- 
ría ser optimista, demasiado optimista... Pues bien, 
la viuda coqueta traía en su carterita de mano un 
retrato, una cartulina pequeña y medio amari- 
llenta y borrosa, donde se distinguían las caras de 
tres hombres sobre un fondo de jardín zoológico . . . 
Una de esas tres caras, la del centro, perteneció 
al que había sido esposo de aquella viuda. Y ella 
quería que de allí, reproduciendo la figura amarilla 
y borrosa de la vieja cartulina, le hiciera mi amigo 
el fotógrafo un retrato grande. . . Decía la coqueta 
enlutada, que aquello era 
el único recuerdo que 
le quedaba del marido 
desaparecido . . . ¡Ya ves! 
Una cartulina con un tro- 
cito de papel sucio era 
el único recuerdo dejado 
por un marido a su espo- 
sa. . . Cuando la amplia- 
ran e hicieran con aque- 
llo uno de esos tiesos y 
estirados fantasmones ne- 
gros, llenos de lápiz y de 
carbonilla, y, recuadrado 
por un marco dorado, 
fuera a quedar colgado 
de una de las paredes de 
la sala o del comedor de 
la casa de la viuda, eso, 
simplemente eso será todo 
lo dejado por el muerto 
en el mundo, y eso du- 
rará por lo menos hasta 
que se case de nuevo la 
enlutada y el flamante 
marido mande esconder 
el retrato de su antecesor 
para evitarse malos pen- 
samientos... ¡Ya ves tú!... 

— Sí, así será... pero 
no sería así si el muerto 
hubiera dejado hijos... 
La viuda no podría en- 
tonces decir que aquel 
retrato era el único re- 
cuerdo dejado por su 
marido . . . 

— Igual, igual seria 
andando el tiempo, por- 
que los hijos se mueren 
de la misma manera que 
los padres, y vuelven a la 
Nada unos detrás de los 
otros, sin dejar más me- 
moria que un retratito 
amarillento que después 
se hace ampliar «al car- 
bón» y que cualquier nie- 
to, cuando mucho, se 
encarga de destruir... 
Un día pregunta uno: «Y 
ese carbonero tan estira- 
do y relamido, ¿quién 
es?». Y le contesta, como 
al descuido, algún miem- 
bro de su familia, bien 
informado de su genea- 
logía: «Ese fué el abuelo 
de tu padre». «¡Vaya una 
cosa!» responde el prime- 
ro, y descuelga el telara- 
ñoso retrato y lo hace 
desaparecer. . . Porque es 
así. De nosotros no queda 
nada para el mundo, y 
para nuestros descendien- 
tes, cuando queda un re- 
trato siempre viene un 
biznieto y lo hace añi- 
cos. . . porque a la terce- 
ra generación, aun den- 
tro de nuestra misma 
casa, desaparecemos de- 
finitivamente. . . irreme- 
diablemente... ante la 
frase breve y dura, des- 
pectiva y cortante, pro- 
nunciada por cualquier 
mequetrefe irreverente 
que no sabe — y hace 
bien — mirar hacia el 
pasado: 

— ¿Quién es éste? ¡Un 
abuelo!... ¡¡Vaya una 
cosa!! ... — y así termi- 
namos todos. . . 

1 l-USTRACIÓN 





TATAOO DE «BReiTSCHV*HZ< COM FIELES 
DE CHINCHILLA. 



El tapado y la capa desempeñan actualmente 
un papel importantísimo en la toilette de la mu- 
jer vienesa. Estas prendas realzan y completan 
su atavío durante los grandes fríos. La moda, 
nunca desprovista de lógica, indica la capa co- 
mo una suave transición entre los trajes ligeros 
y las pieles. 

Las ideas del lujo se apoderan del mundo en 
tal forma, que se ha relegado el uso del traje sastre 
exclusivamente para los deportes, y lleva la suges- 
tiva y elegante capa para las fiestas mundanas, 
las visitas y la calle. La novedad de la presente 
estación son las capas de paño negro guarnecidas 
de pieles. Se hace notar la predilección por los 
tapados ablusados en la espalda. 

En los trajes, la nota original y atrayente son 
las mangas, enormes en su amplitud, y los altos 
cuellos confeccionados con riquísimas pieles. La 
capa generalmente preferida por nuestras da- 
mas es de terciopelo de lana, guarnecida de lu- 
josas pieles, de una elegancia irreprochable. Con 
frecuencia el traje hace juego con la capa ador- 
nándose las mangas con la misma piel que en 
las grandes aberturas para las manos lleva la 
capa. Una de nuestras fotog;rafías nos muestra un 
modelo donde se ve que la capa y el vestido for- 
man un todo homogéneo. 

El color marrón obscuro ornado de cibelina 
ofrece combinaciones de gusto exquisito. El ma- 
rrón, color de invierno, favorece tanto a las rubias 
como a las morochas; por ello se ha impuesto. 

Desde luego hay que advertir que la capa debe 
ser tan amplia que permita envolverse por entero 
en sus pliegues y defenderse asi confortablemente 
de los rigores del frío. 

Para el paseo de tarde y las visitas es preferible 
la capa de liberty negro forrada de duveteen, 
forro originalísimo a la par que abrigado y que 
ofrece la ventaja de poder usar la capa por los 
dos lados. 

La piel de mono se emplea en todos los trajes 
elegantes de tarde y tanto en las capas y tapados 
como bordeando el sombrero. 

El furor de la danza impera en todas partes y 
se ha hecho tan necesario el baile que casi no se 
comprende un te elegante sin el shimmy, el fox- 
trot y el two-step. 

El sombrero es de rigor para estas reuniones 




CAPA DE ÍBREITSCHVANZ,) GUARNECIDA 
CON PIEL DE MONO. 



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•a^' 




CAPA DE TERCIOPELO. 




TAPADO DE PAÑO NEGRO ABLUSADO, CON 
AMPLIO CUELLO Y BOCAMANOAS DE PIELES. 



pero ha de ssr el sombrero pequeño como para 
no estorbar en nada los movimientos del baile. 
Se confeccionan de terciopelo de peluche y de 
seda en formas de toca o gorra y adornados 
de azabaches y cadenitas de perlas de varios 
tamaños. 

Las modas de invierno son las más bonitas pero 
también las más costosas. Exige para las capas 
y los abrigos que resguardan del frío a nues- 
tras delicadas damas, pieles tan valiosas como la 
cibelina, el breitschvanz y la chinchilla. Esta últi- 
ma es la favorita; es la reina de las pieles por ser 
la más escasa. El precioso animalito que nos da 
su piel está por desgracia llamado a desapare- 
cer de la faz de la tierra, y tal vez debido a 
este trágico porvenir las damas le tributan su 
postrer homenaje, cooperando a su pronta ex- 
tinción. 

La piel cibelina, que no cede en nada en belleza 
a la de chinchilla, tiene la ventaja sobre ésta de 
no ajarse con el correr de los años. Sus rayas 
obscuras, si se combinan artísticamente, son de 
un efecto encantador en las capas forma kimono. 

La chinchilla y la cibelina se usan con prefe- 
reoia de noche; para las toilettes de día son más 
adecuadas el breitschvanz y el topo. Ligeras y 
suaves como el terciopelo chiffon estas pieles se 
prestan para las más complicadas confecciones. 

Un tapado de talle ablusado, tan en boga aún, 
puede resultar liviano y flexible si se hace de 
breitschvanz con franjas de chinchilla en el borde. 
Las pieles favorecen mucho la delicada tez de 
nuestras damas, haciendo resaltar la belleza de 
sus blondos cabellos. Se adaptan admirablemente 
al cuerpo', tanto que en su porte se adivina la 
gracia y gentileza de talle de quien las lleva. 

La moda ha lanzado estos costosos caprichos 
para interesar a las damas y anonadar a los hom- 
bres con sus precios fabulosos. La moda es tiránica, 
pero hay que reconocer que en realidad la nece- 
sitamos. Una vez abolido el chic y la elegancia, 
¿no desaparecería el amor? ¡Qué vida entonces 
tan insípida la nuestra! La moda es pues indis- 
pensable tal como hoy está constituida la sociedad. 

CLAIRE PATEK 



SUNTUOSA CAPA-TRAJE ÚLTIMO MODELO. 




VESTIDO DE TERCIOPELO NEGRO, SIN MAN- 
GAS, GUARNECIDO CON ROSAS EN LOS LADOS. 





RUZAR el camino de la vida 
siendo dos los compañeros de 
viaje, es la única manera de 
evitar las asperezas y de sal- 
var los obstáculos que se in- 
terponen para dificultar la 
marcha. Cuando se van se- 
ñalando etapas en ese camino, cuando cada 
aniversario sirve para recordar tantas emo- 
ciones experimentadas al calor de ese com- 
pañerismo, único en la existencia, va ha- 
ciéndose más indisoluble el lazo de unión, 
más hondo el sentimiento de afecto, más 
completa la fusión de los espíritus que saben 
comprenderse, y que saben valorarse. 

Por eso, cuando un matrimonio llega a 
celebrar el 25.° aniversario de su unión, esa 
fecha marca un acontecimiento trascenden- 
tal que en nuestra sociedad se hace exten- 
sivo, no sólo a los miembros de la familia 
íntima, sino a las amistades. 

Este año son muchos los matrimonios 
aristocráticos que han celebrado y celebra- 
rán sus bodas de plata. 

En el mes de mayo próximo pasado los 
dos acontecimientos de esa índole que ma- 
yor repercusión han tenido en los círculos 
mundanos, fueron los de los des matrimo- 
nies cuyos retratos engalanan estas páginas. 
El 1." de mayo celebraren sus bodas de 
plata el señor Ezequiel P. Paz y su señora 
Celina Zaldarriaga. 

Pocos hombres habrá en nuestro país cuya 
personalidad sea mundialmente conocida 
como la del señor Ezequiel P. Paz, direc- 
tor de «La Prensa . todo un carácter y una 
figura de perfiles difíciles de igualar. Al 
servicio de la patria puso siempre «La 
Prensa» sus ideales y sus convicciones, sus 
juicios serenos y rectos y su norma de con- 
ducta irreprochable, y es que fué hecha siem- 
pre "La Prensa» a imagen y semejanza de les 
hombres que rigieron sus destinos: ayer, José 
C. Paz, el fundador y encarrilador de la 
obra; hoy. Ezequiel P. Paz, que ha hecho de 
«La Prensa» su segundo hogar, en el que un 
sinnúmero de «hijos espirituales» lo quieren, 
lo rescetan y se desviven por colaborar en la 
obra que se engrandece cada día bajo su 
dirección inteligente. ¿Qué hemos de 
decir en estas páginas de la «dul- 
ce señora de Paz», como la 
llamó Francisco Grand- 
montagne, que no 
sepa ]a sociedad 
entera de 




.t>OCTOR HORACIO CAU>ERON Y SU SEÑORA ESTHER 
JtACBDO, QUE CELEBRARON SUS BODAS DE PLAT^ 



ch 




Buenos Aires? La modestia, la bondad. la 
sencillez, se encarnan en ella, y se funden 
en el corazón, para asomar al rostro sereno 
por sus bellísimos ojos. La belleza de la se- 
ñora de Paz es el complemento de sus ex- 
cepcionales condiciones, que la colocan en la 
sociedad porteña entre las figuras femeni- 
nas de mayor prestigio. 

El 5 del mes de mayo celebraron también 
sus bodas de plata el doctor Horacio Calde- 
rón y su señora Esther Racedo. La actua- 
ción política del doctor Calderón, tan desta- 
cada y tan apreciada en lo mucho que vale, 
no sólo por sus partidarios sino, además, 
por los elementos contrarios, es la mejor pon- 
deración que puede hacerse del distinguido 
jurisconsulto. El ministerio del doctor Cal- 
derón puso de manifiesto sus dotes de hom- 
bre recto y de cultivada inteligencia, y al 
abandonar su cargo no hubo más que una 
opinión unánime de respeto para él. Su es- 
posa, doña Esther Racedo. bella, inteligente, . 
llena de encanto, no ha conquistado en la 
sociedad porteña más que afectos y admira- 
ción. Madre perfecta, formó una hermosa fa- 
milia. Sus descendientes recibirán como pre- 
ciosa herencia el ejemplo de su bondad y de 
su cultivado espíritu. 



NiciAN su nueva vida, ro- 
deadas de todos los hala- 
gos y con un porvenir lleno 
de promesas, tres novias de 
hoy, esposas de mañana, 
pertenecientes a! núcleo so- 
cial más aristocrático, des- 
pués de haber sido adorno de los salones 
mundanos donde su actuación fué destacada 
y de donde se alejan ahora momentánea- 
mente, conducidas por la ilusión... 

Perduran aún los ecos del enlace de Jose- 
fina Moreno, la joven de altiva belleza, tra- 
dicional en su familia, con Marciano Hunter, 
quien a sus cualidades intelectuales une sus 
condiciones caballerescas y su cultura. 
Fué consagrada la unión a comienzos 
de mayo, en la basílica de la Mer- 
ced, y la figura llena de serena 
majestad de Josefina Moreno 
parecía más bella aún con el 
atavío de novia, cubierta 




de regios encajes y ostentando alhajas de 
gran valor, como una desposada de cuentos 
de hadas, que hubiera recibido todos los 
dones divinos... Una admiración sincera 
despertó a su paso por el templo, mientras 
irradiaba a su alrededor el perfume de los 
azahares de su ramo de novia. 

Fué, en suma, aquella ceremonia una de 
las que hacen época en los anales de la vida 
mundana por el brillo y el buen tono de 
que estuvo revestida. 

En el mes de junio se realizarán, entre 
otras muchas, dos bodas que darán margen 
a verdaderos acontecimientos sociales. 

La de Elvira Castro Soto con el doctor 
Alberto de Gainza Paz, y la de María Julia 
de Bary Brinkmann con el doctor Eduardo 
Bidau. 

Elvira Castro está adornada con tan her- 
mosas prendas morales, que mayor es el 
encanto espiritual que de ella emana que 
su belleza física, delicadamente candorosa. 
Alberto de Gainza Paz es una promesa del 
futuro: no se apoderó de él ¡a vanidad, aun- 
que motivos sobrados habría tenido, porque 
su corazón está templado por la más bien 
orientada de las inteligencias. Sea cual fuera 
la esfera en que deba desenvolverse, el equi- 
librio de que está dotado su espíritu lo hará 
descollar... La nueva pareja partirá para 
Europa por una temporada. 

María Julia de Bary Brinkmann realizará 
su unión con el doctor Eduardo Bidau a 
mediados de junio. Es ésta otra pareja que 
lleva consigo la simpatía y el afecto de pro- 
pios y extraños. La «Nena», como familiar- 
mente la llaman sus íntimas, es el prototipo 
de la jovencita de otros tiempos. . . Su sen- 
cillez ingénita, detrás de la que se oculta 
preciosamente su inteligencia cultivada, y 
un encanto personal muy poco común en la 
época actual la hicieron acreedora al sitio 
preferente que ocupó en nuestros salones, 
donde su silueta distinguida y fina se des- 
tacó siempre con inconfundibles perfiles. 

Heredó el doctor Bidau el talento que 
dio tanto prestigio a su padre, y se 
espera de él una actuación brillan- 
te que prometen su cultura y 
su inteligencia. 

R O X A N A 




_l 



RUZAR el camino de la v'iái 
siendo dos los compañeros de 
viaje, es la única manera de 
evitar las asperezas y de sal- 
var los obstáculos que se in- 
terponen para dificultar la 
marcha. Cuando se van se- 
ñalando etapas en ese camino, cuando cada 
aniversario sirve para recordar tantas emo- 
ciones experimentadas al calor de ese com- 
pañerismo, único en la existencia, va ha- 
ciéndose más indisoluble el lazo de unión, 
más hondo el sentimiento de afecto, más 
completa la fusión de los espíritus que saben 
comprenderse, y que saben valorarse. 

Por eso, cuando un matrimonio llega a 
celebrar el 25." aniversario de su unión, esa 
fecha marca un acontecimiento trascenden- 
tal que en nuestra sociedad se hace exten- 
sivo, no sólo a los miembros de la familia 
intima, sino a las amistades. 

Este año son muchos los matrimonios 
aristocráticos que han celebrado y celebra- 
rán sus bodas de plata. 

En el mes de mayo próximo pasado los 
dos acontecimientos de esa índole que ma- 
yor repercusión han tenido en los círculos 
mundanos, fueron los de los des matrimo- 
nies cuyos retrates engalanan estas páginas. 
El I." de mayo celebraren sus bodas de 
plata el señor Ézequiel P, Paz y su señora 
Celina Zaldarriaga. 

Pocos hombres habrá en nuestro país cuya 
personalidad sea mundialmente conocida 
como la del señor Ézequiel P. Paz, direc- 
tor de vLa Prensa , todo un carácter y una 
figura de perfiles difíciles de igualar. AI 
servicio de la patria puso siempre ^-La 
Prensa* sus ideales y sus convicciones, sus 
juicios serenos y rectcs y su norma de con- 
ducta irreprcchable, y es que fué hecha siem- 
pre «La Prensa» a imagen y semejanza de Íes 
hombres que rigieron sus destinos: ayer, José 
C. Paz, el fundador y encarrilador de la 
obra; hoy, Ézequiel P. Paz, que ha hecho de 
♦La Prensa» su segundo hogar, en el que un 
sinnúmero de «hijos espirituales» lo quiereri, 
lo respetan y se desviven por colaborar en la 
obra que se engrandece cada día bajo su 
dirección inteligente. ¿Qué hemos de 
decir en estas páginas de la «dul- 
ce señora de Paz», como la 
Uamó Francisco Grand- 
montagne, que no 
sepa la sociedad 
entera de 




DOCTOR HORACIO CALDERÓN Y SU SEÑORA ESTHER 

ftACEDO. QUE CELEBRARON SUS BODAS DE PLATA 

EL 5 DE MAYO. 







Buenos Aires? La modestia, la bondad, la 
sencillez, se encarnan en ella, y se funden 
en el corazón, para asomar al rostro sereno 
por sus bellísimos ojos. La belleza de la se- 
ñora de Paz es el complemento de sus ex- 
cepcionales condiciones, que la colocan en la 
sociedad porteña entre las figuras femeni- 
nas de mayor prestigio. 

El 5 del mes de mayo celebraron también 
sus bodas de plata el doctor Horacio Calde- 
rón y su señora Esther Racedo. La actua- 
ción política del doctor Calderón, tan desta- 
cada y tan apreciada en lo mucho que vale, 
no sólo por sus partidarios sino, además, 
por los elementos contraríos, es la mejor pon- 
deración que puede hacerse del distinguido 
jurisconsulto. El ministerio del doctor Cal- 
derón puso de manifiesto sus dotes de hom- 
bre recto y de cultivada inteligencia, y al 
abandonar su cargo no hubo más que una 
opinión unánime de respeto para él. Su es- 
posa, doña Esther Racedo, bella, inteligente, 
llena de encanto, no ha conquistado en la 
sociedad porteña más que afectos y admira- 
ción. Madre perfecta, formó una hermosa fa- 
milia. Sus descendientes recibirán como pre- 
ciosa herencia el ejemplo de su bondad y de 
su cultivado espíritu. 



NiCiAN su nueva vida, ro- 
deadas de todos los hala- 
gos y con un porvenir lleno 
de promesas, tres novias de 
hoy, esposas de mañana, 
pertenecientes al núcleo so- 
cial más aristocrático, des- 
pués de haber sido adorno de los salones 
mundanos donde su actuaóíón fuá destacada 
y de donde se alejan ahora momentánea- 
mente, conducidas por la ilusión... 

Perduran aún los ecos del enlace de Jose- 
fina Moreno, la joven de altiva belleza, tra- 
dicional en su familia, con Marciano Hunter, 
quien a sus cualidades intelectuales une sus 
condiciones caballerescas y su cultura. 
Fué consagrada la unión a comienzos 
de mayo, en la basílica de la Mer- 
ced, y la figura llena de serena 
majestad de Josefina Moreno 
parecía más bella aún con el 
atavío de novia, cubierta 




de regios encajes y ostentando alhajas de 
gran valor, como una desposada de cuentos 
de hadas, que hubiera recibido todos los 
dones divinos... Una admi.-ación sincera 
despertó a su paso por el templo, mientras 
irradiaba a su alrededor el perfume de los 
azahares de su ramo de novia. 

Fué, en suma, aquella ceremonia una de 
las que hacen época en los anales de la vida 
mundana por el brillo y el buen tono de 
que estuvo revestida. 

En el mes de junio se realizarán, entre 
otras muchas, dos bodas que darán margen 
a verdaderos acontecimientos sociales. 

La de Elvira Castro Soto con el doctor 
Alberto de Gainza Paz, y la de María Julia 
de Bary Brinkmann con el doctor Eduardo 
Bidau. 

Elvira Castro está adornada con tan her- 
mosas prendas morales, que mayor es el 
encanto espiritual que de ella emana que 
su belleza física, delicadamente candorosa. 
Alberto de Gainza Paz es una promesa del 
futuro: no se apoderó de él la vanidad, aun- 
que motivos sobrados habría tenido, porque 
su corazón está templado por la más bien 
orientada de las inteligencias. Sea cual fuera 
la esfera en que deba desenvolverse, el equi- 
librio de que está dotado su espíritu lo hará 
descollar... La nueva pareja partirá para 
Europa por una temporada. 

María Julia de Bary Brinkmann realizará 
su unión con el doctor Eduardo Bidau a 
mediados de junio. Es ésta otra pareja que 
lleva consigo la simpatía y el afecto de pro- 
píos y extraños. La «Nena», como familiar- 
mente la llaman sus íntimas, es el prototipo 
de la jovencita de otros tiempos. . . Su sen- 
cillez ingénita, detrás de la que se oculta 
preciosamente su inteligencia cultivada, y 
un encanto personal muy poco común en la 
época actual la hicieron acreedora al sitio 
preferente que ocupó en nuestros salones, 
donde su silueta distinguida y fina se des- 
tacó siempre con inconfundibles perfiles. 

Heredó el doctor Bidau el talento que 
dio tanto prestigio a su padre, y se 
espera de él una actuación brillan- 
te que prometen su cultura y 
su inteligencia. 

R O X A N A 




/ 



Mucho ha protestado nuestra latinidad contra 
la invasión sajona en nuestras costumbres, pero 
es la verdad que mucho le debemos. Sin apartar- 
nos de que conviene a nuestro espíritu conservar 
la linea sentimental e intelectual que caracterizó 
a las pasadas generaciones de nuestra sangre, 
surge de la amalgama de estos pueblos tan mez- 
clados el tipo que participa de todas las razas, 
híbrido al principio por la propia extensión de 
sus aptitudes, perfeccionado después, perfecto aca- 
so mañana. 

El criticismo moderno ha esgrimido, con la mis- 
ma intolerancia que emplea para el arte, sus 
armas contra las nuevas generaciones de América, 
sin pensar que el arte es viejo como el mundo y 
que tiene por viejo la obligación de ser perfecto. 
América es una especie de niño prodigio, que da, 
para sus años, la maravilla de un ade- 
lanto enorme que tiene además la fuer- 
za de un coloso, pero como todos los 
pueblos, refina primero el músculo, 
después el alma. Por lo pronto este si- 
glo que corre se llamará en la historia 
el siglo de América. La hegemonía del 
mundo es una herencia que los pueblos 
se vienen legando siglo a siglo. Desde 
el lejano xvi, siglo de Felipe II en Es- 
paña, pasó el cetro del mundo por las 
manos de Francia en el siguiente xvii 
bajo el reinado del solemne Luis xiv. 
El xviii correspondió a Inglaterra, el 
XIX a Inglaterra y Alemania y el xx 
es el siglo de América. Puede decirse 
que los vencedores de esta última gue- 
rra han sido dos: América y las mu- 
jeres. América desplegando frente al 
viejo mundo su fuerte vitalidad de 
pueblo nuevo, henchido de promesas, 
y convirtiéndose en tierra prometida 
de todos los ambiciosos: las mujeres conquistándo- 
se por derecho de abnegación y de inteligencia la 
admiración universal y alzando el nivel de sus de- 
rechos sociales y políticos a la altura que el hombre. 
Este es el elemento que se prepara para la civili- 
zación de mañana y tiene todo el derecho de es- 
perar que sus frutos serán perfectos, porque la 
mezcla de razas en que se funde es el crisol que 
lo reúne todo. 

Prepara el cuerpo porque el alma es un producto 
que se forja por la labor lenta de los siglos. 

La personalidad, en los frutos de su inteligencia. 
apunta apenas sus pálidos ribetes de originalidad. 
Seducida hoy con una, mañana con otra, el alma 
de América se encuentra tan dispersa como los 
jovenzuelos que por primera vez se encuentran 
frente a la vida galante; pero el cuerpo, que no 

tiene más que 
una orientación, 
porque es el ins- 
trumento de que 
nos valemos, tie- 
ne que estar bien 
preparado, bien 
educado, y es esa 
educación, tan 
amada y cultiva- 
da hoy por nues- 
tra juventud, el 



mejor producto que debemos a los sajones. 
La forma masculina va adquiriendo ahora una 
gracia que nunca tuvo; en vano han existido modas 
que delineaban perfectamente el talle, la esbeltez 
del cuerpo, la forma de las piernas; ahora ya no 
es la forma solamente, es la soltura, es la agilidad 
al mismo tiempo fuerte que viriliza y da gracia 
a los movimientos. Y afortunadamente en esta 
aspiración se va mezclando cada día de manera 
más decidida la tendencia femenina. Poco a poco, 
como una valentía ayer, hoy ya con naturalidad, 
la mujer participa de esos torneos de gracia y de 
destreza que embellecen la forma y armonizan la 




roo 

0$OflA 
TO^QIA 

DErOtoT 
rof^-LOLA-riTA 

MALTINEZ 



I llí^T LACONES ■ DI ■ $\L\0 




vida. El deporte ha substituido la inutilidad de la 
horas perdidas en un vano paseo de carruajes. 
A veces, recordando la ciudad antigua aunque no 
muy lejana, lamentamos la perdida costumbre 
llena del encanto y la poesía de lo viejo . . . pero 
¿está bien llorar a los muertos en menoscabo de 
los vivos? 

Ha cambiado el espíritu. Las dificultades de la 
vida nos han dado la verdadera noción del valer 
del tiempo y las horas ociosas ya no se las regala- 
mos a los demás sino que las aprovechamos para 
el cultivo y esparcimiento del propio Yo. Nos 
hemos dado cuenta de que en la vida, la mitad 
del triunfo es cuestión de músculo; sabemos que la 
inteligencia sola desfallece si no está sostenida por 
la energía interior, y a nadie se le oculta la co- 
rrespondencia que existe entre la tonicidad psí- 
quica y la muscular... Por eso, los campos de depor- 
te están llenándose no solamente de los que acuden 
por snobismo, sino de los que, conscientes, quieren 
recuperar en un resto de juventud esa energía 
vital que es la llave del triunfo. Y jamás más 
presente aquello de «nunca es tarde. . .» Es intere- 
santísimo ver la aplicación con que se dedican al 
deporte estos viejos alumnos, ¡cómo se esfuerzan 



por recuperar, con una asiduidad cotidiana, la 
habilidad que los otros adquieren paulatinamente» 
como producto de larga educación! 

Es evidente que el deseo de adiestrarse física- 
mente no es una preocupación de hoy. Además, 
el deporte, concienzudamente analizado, parece 
ser el producto de un largo estudio filosófico. 
Fundémonos en la célebre teoría estética que expli- 
ca el arte por el placer del juego, en el cual emplea- 
mos el excedente de nuestra energía nerviosa. 
Esta teoría, tan combatida por Guyau, empeñado 
en demostrar el carácter serio del arte, puede sin 
embargo explicar cómo se ha concertado tan 
hábilmente la gimnasia, que de por sí es poco 
amena, con el juego que es todo lo contrario, ds 
cuya combinación ha nacido el deporte. 

Existe pues en esta resultante un principio de 
utilidad, lo cual, según Guyau, es un 
factor de belleza. «Por ejemplo, dice, 
en las funciones de nutrición, el sen- 
timiento de la vida reparada y renova- 
da, constituye una armonía verdadera 
y profunda que no carece de belleza». 
Verdad es que por este camino llega 
Guyau a afirmar el carácter estético 
del arte culinario y de la perfumería, 
pero, sin inmiscuirnos en digresio- 
nes tan apartadas de nuestro tema, 
podemos dejar aquí sentado el argu- 
mento de que el origen del deporte tie- 
ne un fundamente filosófico. En efec- 
to, la aplicación de la disciplina gim- 
nástica al juego hace pensar que se ha 
especulado con la diversión para darle 
uri valor utilitario, máxime si conside- 
ramos lo especialmente atrayentes que 
se hacen los lugares en que se cultiva. 

No parece sino que se ha intentado 

hacernos concebir la pasión deportiva 
a través de todos los sentidos. El traje, el ambiente, 
el arreglo del lugar, la concurrencia de ambos 
sexos, todo está hecho para agradar profunda- 
mente. ¡Y bienvenida sea la especulación, el 
utilitarismo introducido en el juego si con ello 
habríamos de obtener tantos partidarios del 
deporte! 

Que sean muchos, que sean todos, es lo que 
hay que desear. Que no veamos ya por la 
calle el triste espectáculo de mujeres jóvenes 
que tienen para andar la torpeza de las viejas. 
Que las nuevas generaciones sean ágiles, fuer- 
ces, decididas; que no sean unos prematuros 
fracasados por inconsistencia física, y no creo 
que nadie tenga nada que lamentar si este 
ideal se cumple, como puede esperarse, en to- 
dos los ámbitos de la sociedad argentina, y no 
sólo en el hom- 
bre sino también 
en la mujer. 

Ya está, afortu- 
nadamente, muy 
anticuado el con- 
cepto aquel de 
que el principal 
encanto de la 
mujer consiste 
en su languidez 
enfermiza, en su 




^rfL 





delilidad, en su 
gracia desarma- 
da. ¡Torpe del 
hombre que hoy 
proclama estas 
teorías! ¡Sólo una 
sensualidad muy 
inconsciente, 
muy pedestre, 
hace que cierta le- 
gión de hombres 
continúe prefi- 
riendo ese tipo de mujer que nada más que por te- 
ner sabor de esclava les es más apetecible, sacrifi- 
cando a este deseo toda conciencia de que no es ese 
el tipo-madre, el tipo-compañera, la mujer que ma- 
ñana sabrá infundirle alientos al vencido, soportar 
las asperezas de la vida, dirigir bien al hijo! 

En cuanto al hombre, ha comprendido este be- 
neficio para si desde los tiempos más remotos y, 
salvo en Esparta, siempre se ha reservado el 
privilegio de ser él el único que se educara de esta 
manera. 

Actualmente el deporte es la causa de que no 
exista el Atlántico, vale decir que asi como 
Luis XIV dijo aquello de «II n"y a plus de Pyré- 
nées», en nuestra época puede decirse: «II n"y a 
plus d'Atlantique». Hay siglos que devoran las 
montañas y otros que se beben los océanos. Los 
pueblosmás lejanos hacen frecuente in- 
tercambio de sus campeones; los euro- 
peos vienen a América por un «match» 
y los americanos van a Europa por un 
desafío, y los resultados de los «matches» 
corren a lo largo de los cables o vue- 
lan de nube en nube esperados por 
millones de seres sinceramente an- 
siosos. 

El box y el tennis no son los únicos 
causantes de estas mutaciones; todos 
los deportes tienen en todos los países 
sus campeones corredores del mundo. 
Pero volvamos al tennis. ¿De dónde 
viene el tennis? Esta es una cuestión 
que los profesionales discuten desde 
hace mucho tiempo: unos dicen que 
de Francia, otros que de Inglaterra. . . 
El primer cronista deportivo, Home- 
ro, dará la clave del enigma mostran- 
do en el sexto libro de la Odisea a 
Nausica jugando a la pelota con sus 
compañeras, tirando la pelota al rio, dando un 
grito y despertando a Ulises. La pelota era ya. 
pues, conocida en esta época y se dice que Sófocles 
encontró en este juego la inspiración para una 
tragedia hoy perdida. 

Los griegos, tan enanf.orados de la vida del 
cuerpo como de la vida del espíritu — dos cosas 
indisolubles por lo demás, — jugaban con pelotas 
de varias clases. Naturalmente los romanos «mens 
sana in córpore sano») imitaron a los griegos y 
tuvieron las mismas leyes de juego y la misma 
elección de lugares. 

Los historiadores y letrados han hecho muchas 
veces estudios sobre la esferística de los antiguos. 
La esferística era el código de los deportes (se 
daba este nombre a la parte de la gimnástica 
griega que comprendía el juego de pelota). En 

esta época no 
era cuestión to- 
davía de raque- 
ta ni de pala; 
estas invencio- 
nes aparecen 
después, en el 
transcurso de los 
siglos. 

La Edad Media, 
parlera en teolo- 
gía, lo es menos 



en deporte. Solamente a fines del siglo xiv encon- 
tramos como verdaderos aficionados a Luis X, 
Carlos V y Du Guesclin. Esto nos prueba que el 
juego de pelota no ha debido apagarse con el 
imperio romano, sino que ha continuado su ruta, 
indiferente a la política. Carlos V lanza en mayo 
de 1369 un edicto contra todos los juegos incluso 
la pelota, pero la prohibición se limita a los villa- 
nos; los gentileshombres pueden dedicarse al noble 
ejercicio, convertido en ejercicio noble. En el 
siglo XV encontramos como diestros jugadores 
primero a Luis XI, después a Carlos VIII. 

Se dice que en los fosos del castillo de Amboise 
había instalado un juego de pelota y que Ana de 
Bretaña asistía muy complacida a los partidos 
interesantes. 

Nosotros vamos también a asistir a un acciden- 
tado partido entre los duques de Orleáns y de 
Lorena en presencia de varias damas y señores: 
«Entablóse una discusión a propósito de un golpe 
dudoso y la concurrencia erigida en arbitro comí, 
sionó a Mme. de Beaujen para dar el fallo defini- 
tivo. Esta juzgó en contra del duque de Orleáns, 
que encolerizado dijo que había mentido, acom- 
pañando esta aserción con una frase mal sonante, 






y entonces la tíama, ofendida, volvióse hacia el 
de Lorena su primo y le increpó: «¿Cómo es que 
me dejáis injuriar?» Hostigado, dio el de Lorena 
una sonora bofetada a su contrario, con lo cual 
quedó disuelta la reunión». 

Hay que creer que los edictos y las leyes no 
tienen ningún poder contra las costumbres y los 
gustos de un pueblo, pues el edicto de 1369, que 
limitaba el juego de pelota para la nobleza, cayó 
en el año 1427. 

Se jugaba entonces a mano limpia; un poco 
más tarde algunos, para hacerse menos mal, se 
ponían guantes dobles, hasta que por fin los juga- 
dores más finos, para tener ventaja sobre sus con- 
trarios, usaron cuerdas y tendones para arrojar la 
pelota con mayor empuje. 

Francisco I jugaba ya con raqueta. Según parece 
este instrumento apareció en Italia en la época 
del Renacimiento. Las pelotas se hacían entonces 
de estopa de lana, recubiertas de cuero. El caucho 
fué conocido sólo en el siglo xviii. existiendo 
en los anales del deporte este relato de unos via- 
jeros europeos: 

«Los salvajes de Venezuela y de Méjico jugaban 
a la pelota con pelotas hechas de una especie de 



resina, llamada 
«caucho», y la 
más ligera impul- 
sión las hacia 
saltar a la altu- 
ra de un hom- 
bre.» 

Volvamos a 
Francisco I . 

Loys Guyon, 
relata un peque- 
ño hecho que 

puede probar que un talento vale a menudo más 
que una virtud. «El rey jugaba contra dos favo- 
ritos. Su compañero, un monje, dio con su raqueta 
un acertado golpe que decidió el partido. 

— «¡Vaya un golpe de monje! - - exclamó el rey. 

— «Señor, será un golpe de abad, cuando vos 
lo queráis. 

«Y como justamente había una abadía vacante, 
le fué otorgada.» 

A Luis XIV no le gustaba más que el billar. 
Reconozcamos, sin embargo, que sabía admirar 
una buena partida de pelota y que tal vez, si no 
hubiera estado bajo la influencia pesada de Maza- 
rino, tanto él como la corte, acaso hubiera prefe- 
rido estos deportes a los juegos de azar que el 
italiano había importado a Francia. 

La pelota bajo el reinado de Francisco I, el 
billar en tiempos de Luis XIV, el 
bridge o el tango en nuestros días, 
cualquiera de estas cosas basta para 
orientar el destino de un hombre o 
desorientar el corazón de una mujer. 
El duque de Beaufort tenía una gran 
reputación de jugador en todo París, 
y un día que las mujeres del mercado 
estaban haciendo gran ruido en la 
puerta del club, el duque las hizo en- 
trar. La partida continuó y como una 
de ellas lo mirara «con demasiado bue- 
nos ojos», le dijo el duque: «¿Y bien, 
os divierte verme jugar y verme perder 
mi dinero?» 

«Señor de Beaufort, repuso la mu- 
jer, jugad tranquilamente porque mi 
comadre y yo hemos traído 200 escu- 
dos para pagar por vos, y si hace fal- 
ta iremos por más». Y parece que 
todas las demás hicieron inmediata- 
mente el mismo ofrecimiento. 
Con estas y otras anécdotas llegamos a la con- 
clusión de que a través de todos los tiempos el 
hombre se ha preocupado siempre de adquirir 
destreza y fuerza, y que el juego de pelota, madre 
directa del moderno tennis, ha llegado a merecer 
hasta los honores de la tesis en medicina y el 
elogio en verso. 

En efecto, en 1745 fué sostenida por un médico 
célebre la tesis de que «La pelota es un preservativo 
contra el reumatismo», y más tarde M. Bajot, 
oficial de la Legión de Honor, publicó la siguiente 
poesía cuyas últimas estrofas dicen así: 

La raquette est pour vous le scepire d'Esculape. 
— De votre corps fumant chaqué coup qu'elle 
frappe — Chasse une mal adié et détourne le cours — 
De ¡a source de mauxqui jondraient sur vos jours... — 

C'est le catarrhe 

affreux, c'est la 
goutte cruelle, — 
Le fréquent rhu- 
matisme, aussi 
terrible qu'elle, — 
Fléaux qu'en vo- 
tre sein entassait 
sourdemen t — 
Des stagnantes 
humeurs le dan- 
gereux ferment. 





. V^lP 



^MT^^ 



PBC^FECIAS 




DAWIEC 



* PIHTADO AL OLEO» 

EJ-C.VELA 
FLAMEt/lCA 



cm 



E! despacho de un hombre de buen gusto, 
Mobiliario sobrio. Un goteüno. Dos cuadros, 
Una cabeza de Mermes en mármol. 

Al levantarse el telón, Alfredo Stumer, 
financista, y Douglas Niort, su secretario, 
hablan en voz baja siguiendo con igual 
interés el texto de una carta que tienen 
bajo sus ojos. Stumer es un hombre de ne- 
gocios tentaculares. A un monopolio, sigue 
otro. Está en tren de poseer conjuntamente 
con las minas de carbón, las empresas de luz 
y de navegación del país, la prensa en el 
comienzo de su elaboración, los bosques que 
dan la materia primera del papel, las fábricas 
que lo preparan y las imprentas donde !o 
imprimen. Sus negocios se confunden y 
prosperan en ese mutuo apoyo, en esa co- 
rrelación calculada. 

Stumer firma la carta aquella y Douglas 
Niort se retira. 

Elvira Stumer penetra en el despacho de 
su esposo. Se siente un poco más de ruido 
en aquel silencioso y elegante rincón de un 
hombre de acción reconcentrada. Se imagina, 
el espectador, que más allá de esas paredes 
está la selva y Stumer. el tigre, de este lado, 
entre los juncos agazapado. 

Elvira llega de improviso, contra su cos- 
tumbre. Ha llegado al escritoro de su espeso 
en busca de un poco de afección, como si 
viniera a pedir un cheque. Stumer da la 
sensación de estar siempre detrás de la 
ventanilla. 

Dos timbres suenan. Una visita que llega: 
el otro, un llamado al teléfono. El hombre 
de negocios acude al receptor telefónico 
como quien se dirige hacia algo prec'so a la 
par que rápido. 

El criado trae una tarjeta scbre bandeja 
de plata. Roberto Rauch. amigo de la casa 
le sigue. Se excusa de la hora de su visita; 
en plena hora de negocies un negocio es ca- 
sualmente lo que lo trae. Las campanillas 
continúan sonando. Del teléfono, previo un 
rápido apretón de manes al recién llegado. 
Stumer pasa a las otras oficinas de su vasta 
dirección. 

Elvira. — ¿Negocio? {pregunta afectuo- 
sámente). 

Rauch. — Sí... un poco tarde, pero, 
todos debemos pasar por ahí... Tú sabes 
mejor que nadie, Elvira, que si yo no fui 
marino, si malogré muchos años de mi vida, 
fué por aquel amor que tuve por ti... 
Stumer me ganó el negocio. .. Era más hábil. 
Te sacó de entre mis manos. Tengo que re- 
conquistar ese tiempo. 

Elvira. -- No he dejado de ser una mer- 
cadería, y 5 tampoco... En esta casa se 
siente ese estado más que en cualquiera 
otra... Sobre todo cuando la mercadería 
ha pasado de moda... 

Rauch. — Hoy vengo a pedirle a Stumer 
su apoyo.. . Pero antes tengo que pedírtelo 
a ti. De la ayuda de ustedes depende mi 
porvenir. Yo puedo adquirir sin gran esfuerzo 
un diario. Necesito una persona que me 
sirva de garantía, a la que entregaría desde 
ya, para asegurarse, la parte administrativa 
de la empresa. 

Elvira. — Nunca le he pedido nada, pero 
me of.-ezco a pedirle a Stumer lo que soli- 
citas. Fíate en mí... Tú mereces, cuando 
menos, que no te olvide. 
Rauch. — ¿Prometido? 
Elvira. — Palabra de honor. 
Rauch. — Entonces, me retiro. Espero 
en casa el resultado de tu gestión. Un golpe 
de teléfono... (de pie) ¿No sé cómo agra- 
decerte lo buena que eres?... [Melancólico) 
Ya no te puedo besar... he perdido ese 
derecho. 

Elvira (le ofrece la mejilla). — Besa. 



{Rauch ¡a 



esa ceremonioso y se relira). 



Algunos momentos después Stumer 
vuelve. 

Stumer {a Elvira). — ¿Y Rauch? 

Elvira. -Se ha ido... Venía a pedirte 
algo. 

Stumer {indiferente). — ¿Qué? 

Elvira. — Un diario se vende. . . un gran 
diario.. . 

Stumer. — Ya lo sé: «The Graphic». 

Elvira. -- ¿Lo sabes?. . . bueno. Rauch, 
quisiera comprarlo si tú lo ayudas. 

Stumer. - - Ya lo sabía a Rauch mi único 
competidor... Acabo de comprarlo. 

Elvira. --¿Cuándo? 

Stumer. -- Aprovechando que estaría 
retenido por ti, que llegaría tarde... Ya he 
firmado el cheque {saca el reloj). Ya estará 
depositado. 

Elvira. — No es nada correcto lo que 
has hecho... 

Stumer. — Los negocios no tienen rostro. 
No bajan nunca los ojos. 

Elvira. — Pero estás aún en tiempo de 
darle una compensación... Encárgale la 
dirección. 

Stumer. - No me interesa. 

Elvira. - ¡Alfredo!... Hace mucho que 
debes una reparación a Rauch. 

Stumer. - ¿Lo quieres aún? 

Elvira. - Te interesaría tan poco a ti 



EL 
TC 




LL 

ViZOtt D 
LA^CANO 
TCQU 



saber la verdad. . . Si fuera el estado de una 
sociedad anónima, el curso de una moneda 
o la dotízación de un título. . . pero de mí. . . 
Yo te pido que seas... ¿cómo diré?... 
cristiano. 

Stumer. -— Rauch puede venir a nuestros 
salones... muy bien. En este escritorio no 
tiene nada que hacer. 

Elvira. — ¿Y si yo te lo pidiera? Es la 
primera y la última cosa que te pediría. 
Vuelve scbre tu manera de pensar. 

Stumer. — Yo no soy mujer. Yo no me 
arrepiento j£más de lo que hago. 

Elvira. -- Pues si es así, yo me arre- 
piento. Tú me das ese derecho. 

Stumer. — ¿De qué? 

Elvira. — De haber hecho un tan mal 
negocio con mi alma. Por eso te la retiro. 

El telón cae lentamente. En el rostro de 
Stumer se siente el esfuerzo que hace para 
compenetrarse de la cantidad de verdad que 
encierra la última frase. Quiere s£ber si es 
cierto que Elvira ha dejado de ser su mujer; 
si ha dejado, al menos de ser el tesoro feme- 
nino que poseía en sus cajas. 

ACTO SEGUNDO 

Var'os meses después. El mismo escenario. 
Stumer entra nervioso. Ve sentada, en uno 
de los sillones que le sirven para imaginar 
negocios, a Elvira, que lee un diario. 

Stumer. — Eres la primera persona a 
quien veo leer ese pasquín. 

Elvira. — Se escribe, antes de todo, para 
mí. . . 

Stumer. — ¿Te hallas contenta de ver 
arrastrar tu apellido en el barro? 

Elvira. - - El tuyo. 

Stumer {recalcando las sílabas últimas). — 
Elvira STUMER. 

Elvira. — No, Elvira. Stumer es una 
marca de comercio. 

Stumer. — Pero poca vida tiene ese 
pasquín... {Con energía). Mañana a estas 
horas... no saldrá más. 

Elvira. — Todo está previsto... el des- 
pecho del señor, sobre todo. Mañana, en 
estas páginas saldrá a luz tu hermoso ne- 
gocio... el de las mercaderías japonesas. 

Stumer. — Tengo documentos para de- 
fenderme. 



Elvira. — Los tiene, tal vez, Rauch {con 
doble sentido). 

Stumer. — ¿Rauch? {Se dirige a la caja 
de hierro, la abre, busca en un cajón los pa- 
peles Y no los halla). iMe han robadol. . . 

Elvira {con ironía). — Robado... o 
tomado. 

Stumer. — ¡Tú! 

Elvira. — Yo o algún otro. . . 

Stumer. — ¡No!... a pesar de todo... 
a mí no me toman desprevenido . . . Tengan 
todos los documentos del mundo. . . mañana 
no aparecerá... Ese diarucho no saldrá 
más. 

Elvira. — ...Si tú decides arreglar... 
A dar a Rauch.. . 

Stumer. — ¡No! {Stumer se retira violen- 
tamente. Un silencio. Elvira llama a un 
criado). 

Elvira. — Haga pasar aquí al señor que 
espera en mi gabinete. {Momentos después 
Rauch, procurando adoptar la actitud que 
convenga, entra preocupado en el escritorio. 
Elvira le tiende un rollo de documentos y le 
dice): He hecho toda la comedia. No hay 
nada que hacer. . . Es inquebrantable. Toma. 
Esto es decisivo. Publícalo mañana. 

Rauch. -- ¿Y tú? 

Elvira. — Yo me voy de esta casa esta 
misma tarde. 

Rauch {la voz de Rauch bajo el peso de 
una gran emoción). — ¡Elvira! 

Elvira. — Seremos más felices... que lo 
que fuimos hasta hoy... 

Rauch se retira por donde vino. Stumer 
vuelve, al parecer, de la calle. 

Stumer. — ¿Rauch ha vuelto a esta casa? 
Acaba de salir, me han dicho. 

Elvira. — Es cierto... Ahora sólo falta 
que yo le siga. 
Stumer. — ¡Era usted la mujer honesta!... 

Elvira. — Lo fui... mientras no me 
forzó usted a ser negociante.. . a comerciar 
con todo lo respetable: amistad, honor, vir- 
tud... Quiero mostrarle que sus alumncs 
progresan. 

Stumer. — Usted es mi esposa y me debe 
el ser honesta. 

Elvira. — Yo no le pertenezco. . . Le 
retiro todo... Voy a entregarle a Rauch lo 
que usted tuvo la maña de sacarle. Hay 
cosas que no se poseen por millones que se 
tengan. 



Stumer. — ¡Muerta antes que dejar esta 
casa! {Stumer se retira en tusca de un arma 
pasiblemente. Elvira se na, tranquila, a sus 
departamentos). 

La escena vacía. Un silencio. El secretario 
entra al mismo tiempo que Stumer. Este 
trae en la mano un revólver que disimula. 

Stumer. ¿Qué hay? 

Niort. - Algo grave... El señor 
Rauch ha e.n Irado en esta casa en su ausen- 
cia. Estamos vendidos... Aquí le han dado, 
tal vez, papeles comprcmeledcres. 

Stumer. — Lo sé... es mi mujer. 

Niort. --Hay algo más... El gobier- 
no está decidido -- aquí está la ficha que 

me comunica nuestro agente secreto a 

hacerle un proceso a base de las acusaciones 
de Rauch. Todos sus enemigos esperan la 
más leve oportunidad para terminar con 
usted. 

Stumer. — ¿El diario de Rauch saldrá 
mañana? 

Niort. - No saldrá. No tiene papel... 
No tiene crédito... no tiene corriente eléc- 
trica para las máquinas. 

Stumer {con una sonrisa). — Entonces. . . 

Niort. - Su mujer lo ha vendido. . . Ya 
me lo suponía. 

Stumer. — Sé lo que merece... 

Niort. — Usted hará lo que haría un 
hombre en ese caso. 

Stumer {guardando el revólver). No 

tengo que ofrecer ninguna ocasión para que 
ese asalto de mis enemigos se produzca. Es 
necesario que parezca la víctima. . . Me con- 
viene más. 

El telón cae. 



ACTO 



TERCERO 



Varios meses han pasado. Elvira ha aban- 
donado la casa de Stumer. Este continúa 
triunfando, torciendo a sus enemigos, elimi- 
nándolos de la ruta. Se habla de ofrecerle la 
presidencia del Consejo de Ministros. El 
diario de Rauch no sale más. Elvira no 
tiene con qué vivir, porque le ha suprimido 
todas las entradas. Sin embargo, es ella o 
su recuerdo lo único que le saca del escenario 
árido de los negocios y lo hace sentir. En 
este acto Stumer está en su dormitorio. So- 
bre los muebles se siente la ausencia de la 
mujer. Toma un retrato de ella y lo mira 
largo tiempo. Elvira, que ha vuelto de im- 
proviso, lo sorprende en esa actitud. 
Stumer (cohibido). — ¿Usted acá? 
Elvira. — Vengo a buscar lo mío, lo que 
me pertenece. . . Unas monedas. Mi felicidad 
no puede ser comprometida al pie de una 
mala operación matemática. 

Stumer. —¿Tu felicidad?... No... No la 
necesito, pero no te la entrego... Es nece- 
sario que sufras... que parezcas arrepen- 
tirte... Sólo en ese hermoso estado decora- 
tivo de arrepentimiento me interesas... e 
interesas a la sociedad que me compadece. 
Elvira. — ¡Verdugo! 
Stumer. — Si te diera dinero... si te 
ayudara, aparecería interiorante el concep- 
to de los otros. No... 

Elvira. — Todavía te sirves de mi dolor 
para parecer menos infame. 

Stumer. - Si desaparecieras del todo. . . 
Pero no tienes esa pasta... 

Elvira. — Quiero darle una satisfacción 
mayor. (Elvira se retira altiva. En la pieza 
vecina se oye un tiro). 

Stumer (corriendo a mirar por la puerta). 
- - ¿Se ha suicidado?. . . (Douglas Niort acu- 
de. Un sirviente cruza la escena). 

Stumer (a través de las cortinas). — Un 
médico. 

Niort. — Aquí, en el otro piso. 
Se oye el murmullo de toda la casa sor- 
prendida por la detonación. Luego unas 
voces. Al rato, el médico, Douglas y el mu- 
camo traen el cuerpo de la suicida y lo ponen 
sobre el lecho. El médico examina la herida. 
Stumer se ha quedado a distancia y ensi- 
mismado en una esquina de la habitación. 
Douglas y el sirviente se han retirado. El 
examen se prolonga. El médico retiene la 
sangre que mana de la herida abierta en el 
blanco seno de Elvira. 

Douglas, el secretario, hace irrupción. ¿La 
policía, tal vez? No. Es el presidente de la 
república. Viene a ofrecer a Stumer la for- 
mación de su ministerio vacante. 
Niort. — ¿Qué hago? 
Stumer. — ¿Doctor?... ¿Hay para mu- 
cho tiempo? 

El médico. — No... cinco minutos, a 
lo más. 

Stumer se vuelve a Douglas y refiriéndose 
al presidente, responde: 
— Que me espere. . . 

Douglas se retira.. . El telón cae y Stumer 
inmóvil, cree oir. tal vez supersticioso, el 
último suspiro de la pálida moribunda. 



ilustración 



A L V A R E Z 




— ¡Ah, consejero, mire 
que ya empieza a hablar 
en verso! 

— No hay hombre que 
no tenga una lira en su 
corazón, a menos de no 
ser hombre. No digo que 
esa lira haya de vibrar en 
todo momento y a todo 
propósito: pero si de 
cuando en cuando y con 
ocasión de alguna remi- 
niscencia particular . . . 
¿Sabe usted por qué yo 
parezco poeta, pese a las 
ordenanzas del reino y a 
mis canas? Pues porque 
estamos pasando por de- 
lante de «la gloria», muy 
cerca del Ministerio de 
Estado. Mire la célebre 
colina... Un poco más 
allá hay una casa. 

— Y luego. . . 

— Luego... Divina 
Quintilla. ¡Todas esas ca- 
sas que ss ven son nue- 
vas, pero me hablan de 
ese tiempo remoto, como 
si fuesen las mismas de 
antes! ¡Vibra ía lira y la 
imaginación pone lo de-_ 
más, oh divina Quintilla!' 

-*¿Pero S2 llamaba 
Quintilla? Cuando yo fre- 
cuentaba la escuela de 

medicina conocí a una señorita muy linda que 
ss llamaba asi. Tenia fama de ser la muchacha 
más hermosa de la población. 

— Sin duda era ella, pues tenia esa fama. ¿Del- 
gada y alta? 

— Asi mismo. ¿Qué ha sido de ella? 

— Murió en 1859. El 20 de abril. Jamás olvidaré 
esa fecha. Voy a contarle un caso interesante para 
mi y creo que para usted también. Mire. . . , esa es 
la casa. . . Vivía con un tío suyo, militar retirado, 
el cual poseía otra casa en Cosme Velho. Cuando 
conocí yo a Quintilia .... ¿qué edad cree usted que 
tenia ella cuando yo la conocí? 

— Si era en 1855... 

— En 1855. 

— Tendría entonces veinte años. 

— No: treinta. 

— ¡Treinta! 

— Treinta años. No los representaba, y ni si- 
quiera sus enemigas le echaban esa edad. Ella era 
quien se ufanaba de tenerlos. Una de sus amigas 
afirmaba, por el contrario, que Quintilia no pasaba 
de los veintisiete. Sólo que decía eso para hacerse 
pasar por más joven, pues habían nacido las dos 
el mismo día. 

— ¡Bah, no gaste usted ironías: la ironía no se 
aviene bien con la melancolía de los recuerdos. 

— Pero, ¿qué es esa melancolía, sino una ironía 
del tiempo y la fortuna? ¡Vaya, ya me estoy po- 
niendo sentencioso! Treinta años; pero en verdad 
que no los representaba. Recordará usted que era 
delgada y esbelta: tenía unos ojos que. como decía 
yo por aquel tiempo, parecían recortados del man- 
to de la noche última, pero que, a pesar de su 
brillo nocturno, no tenían ni misterios ni abismos. 
Su voz era muy dulce, con un ligero dejo de Sao 
Paulo, su boca grande, y al hablar !os dientes dá- 
banle un aire risueño. Reía también, y su risa fué, 
al par que sus ojos, lo que la hizo sufrir mucho 
durante algún tiempo. 

— ¡Pero si sus ojos no tenían misterios! 

— Tan no los tenían, que yo llegué a imaginarme 
que eran la puerta abierta del castillo, y su sonrisa, 
el clarín que llamaba a los caballeros. Hacía algún 
tiempo que la conocíamos yo y mi compañero de 
bufete, Juan Nobrega, novatos ambos en el foro 
y amigos hasta más no poder. Pero jamás había- 
mos pensado en hacerle el amor. Ella era hermosa, 
rica, elegante y de la aristocracia más linajuda. 
Mas un día. en el antiguo teatro provisional, en 
un entreacto de los Puníanos, mientras paseaba 
arriba y abajo pore! pasillo, oí a un grupo de pollos 
hablar de Quintilia como de una fortaleza inex- 
pugnable. Dos de ellos confesaron sus tentativas 
inútiles: todos hacíanse cruces de la inexplicable 
soltería de la muchacha. Y decían a ese propósito 
mil sandeces: explicaba el uno aquel celibato di- 
ciendo que se trataba de un voto, que se había 
propuesto engordar: otro, que esperaba a la segun- 
da juventud de su tío para casarse con él, y un 
tercero, que sin duda tendríale encargado algún 

Querubín al portero del paraíso. Aquellas vulgari- 
ades me dieron náuseas, pareciéndome de una 
grosería sin nombre en labios de quienes confesa- 
lan haberla amado o cortejádola. Mas todos coinci- 





W 



dían unánimes en reconocer su extraordinaria 
belleza. Sobre ese particular mostráronse entu- 
siastas y sinceros. 

— Sí, |me acuerdo todavía!... ¡Era muy hermosal 
Al otro día, al ir a! bufet, en espera de pleitos 
que no llegaban, referíle a Nobrega la conversación 
de la víspera. Nobrega se echó a reír a lo primero, 
pero luego se quedó pensativo, y después de dar 
unos pasos, paróse frente a mí y miróme de hito 
en hito, sin decir palabra. 

— Apuesto cualquier cosa a que estás enamo- 
rado de esa chica — le dije. 

— No — me respondió: — ni tú tampoco; ¿ver- 
dad? Bueno; pues se me ocurre una idea: ¿quieres 
que intentemos el asalto a la fortaleza? Perder, no 
podemos perder nada. O nos manda enhoramala, 
cosa con la que ya contamos, o acepta las relacio- 
nes con uno de los dos; y miel sobre hojuelas para 
el otro, que habrá de verla felicidad de su amigo .. . 

— ¿Pero hablas en serio? 

— Y tan en serio que más no puede ser. 
Añadió Nobrega que no era la hermosura de la 

muchacha su único aliciente. Ha de hacer usted 
cuenta que mi amigo ss las echaba de hombre prác- 
tico, aunque, en realidad, era un visionario que se 
pasaba la vida leyendo y edificando sistemas polí- 
ticos y sociales. A juicio suyo, los pollos a quienes 
yo oyera en el pasillo del teatro evitaban hablar de 
los caudales de la joven, que constituían uno de 
sus hechizos y una de las causas probables de la 
tristeza de los unos y los sarcasmos de los otros. 
Y me decía: 

— Escúchame; no hay que divinizar al dinero, 
ni tampoco despreciarlo. No nos hagamos la ilusión 
de que el dinero lo sea todo. Pero reconozcamos 
que algo y aun algos. Luchemos, pues, por nuestra 
Quintilia, ya haya de ser tuya, ya haya de ser 
mía, aunque lo más probable es lo segundo, puesto 
que soy mejor mozo que tú. 

— Consejero, la confesión es grave; de suerte 
que fué así como por broma... 

— Sí, señor; como por broma, y recién salidos 
de los bancos de la Universidad, nos empeñamos 
en aquella grave aventura, que podía no haber 
parado en nada, pero que tuvo tan serias conse- 
cuencias. Fué aquello un capricho de la poca edad, 
casi una distracción de chicos, a la que le faltaba 
la nota sincera; pero e! hombre propone y la especie 
dispone. Conocíamos a Quintilia, por más que sólc 
la viéramos de tarde en tarde; pero desde que nos 
aprestamos a una acción común, terció en nuestra 
vida un elemento nuevo, y al cabo de un mes ya 
habíamos reñido. 



— ¿Reñido? 

— O poco menos. No 
habíamos contado con 
ella, que nos embrujó a 
ambos. Al cabo de una 
semana, hablábamos 
muy poco y con indife- 
rencia de Quintilia; tirá- 
bamos a engañarnos mu- 
tuamente y a disimular 
nuestros sentimientos. De 
ese modo fué acabándose 
nuestra amistad, hasta 
terminarse al cabo de 
S3is meses, sin rencor, lu- 
cha ni demostraciones, 
pues todavía nos hablá- 
bamos cuando por casua- 
lidad nos veíamos. Pero 
ya habíamos puesto cada 
uno un bufete aparte. 

— - Ya estoy viendo ve- 
nir su poquito de drama. 

— Drama no. tragedia; 
pues al cabo de algún 
tiempo, ya fuera que ella 
le desengañase franca- 
mente, o que desesperase 
él de la victoria, dejóme 
Nobrega el campo libre. 
Pidió que le nombrasen 
juez municipal, y allá, en 
la soledad de Bahía, en- 
fermó y murió en menos 
de cuatro años. Y le juro 
a usted que no fué el es- 
píritu práctico de Nobrega lo que nos separó; él, 
que tanto ponderaba las excelencias del dinero, 
murió de pasión, como un simple Werther. 

— Menos el revólver. 

— También el veneno mata. Y el amor de Quin- 
tilia era como un tósigo. Ese amor fué lo que lo 
mató, y aun hoy día me apena su muerte . . . ; pero 
por sus palabras, veo que las mías le aburren. 

— Le juro que no. Fué una simple broma. Siga, 
consejero; habíamos quedado en que le dejaron el 
campo libre. 

— No había tal campo libre con Quintilia. Y 
no lo digo por ella, sino por ellos. Muchos iban 
allí a beber una cepita de esperanza y se iban a 
cenar a otra parte. Ella los trataba a todos por 
igual. Pero era amable, graciosa, y tenía un modo 
de mirar que sacaba de quicio a quien era un poco 
celosillo. Sufría yo celos amargos y a veces terri- 
bles. Todo cobraba a mis ojos proporciones desco- 
munales. Al fin acostúmbreme a reducir las cosas 
a su justo valor. Algunas amistades nuevas infun- 
díanme más recelos, pues veía en ellas la mano de 
amigas interesadas y casamenteras. Tres negocia- 
ciones hubo de esa índole, pero sin resultado. 
Quintilia declaró que no daría paso alguno sin 
consultarlo con su tío, y éste aconsejóle que dijese 
que no; lo que de antemano estaba previsto. El 
vejete no miraba con buenos ojos las visitas de 
hombres, pues temía que su sobrina se echase un 
novio formal y se casase con él. Estaba tan acos- 
tumbrado a tenerla siempre junto, como una mu- 
leta para su caduca alma lisiada, que temía per- 
derla del todo. 

— Y, ¿era esa la razón de las calabazas que la 
joven dábales a todos sus pretendientes? 

— Ya verá usted como no. 

— Pero observo una cosa, y es que usted se obs- 
tinaba más que los otros en conseguir su empresa. 

— Yo vivía de ilusiones al principio, pues Quin- 
tilla me prefería a todos sus pretendientes y ha- 
blaba conmigo más largo rato y con más intimidad, 
hasta el punto de esparcirse la fama de que íbamos 
a casarnos en breve. 

— Pero, ¿de qué hablaban ustedes? 

■ — De cosas de que ella no hablaba con los de- 
más: resultando asombroso que una muchacha tan 
aficionada a bailes y paseos, y tan risueña siempre, 
se mostrara en mi compañía tan seria y grave y 
tan otra de lo que solía ser o aparentar. 

— La razón es clara; sin duda la conversación 
de usted parecíale más interesante. 

— Gracias. La causa de esa diferencia era más 
profunda, y sus efectos acentuábanse de día en día. 
Cuando la vida del centro de la población enojá- 
bala demasiado íbase a vivir a Cosme Velho, y 
allí nuestros paliques eran más frecuentes y largos. 
No podría decirle, ni usted podría comprender, las 
horas que pasé allí, fundiendo mi vida con la que 
de sí emanaba ella. Muchas veces quise darle a 
entender lo que sentía; mas tenían miedo las pala 
bras, y quedábanseme en el corazón. Escribíale 
cartas y más cartas; pero todas parecíanme frías, 
difusas o altisonantes. Además, ella no me daba pie; 
tratábame como a un amigo antiguo. A principios 
del año 1857 cayó enfermo mi padre en Itaborahy; 




corrí a su lado y encontrélo moribundo. Ese acon- 
tecimiento túvome alejado de Río unos cuatro 
meses. Volví allí a fines de mayo. Recibióme Quin- 
tilia triste a causa de mi tristeza, y vi claramente 
que mi duelo se reflejaba en sus miradas. 

— Pero, ¿qué era eso sino amor? 

— Tal imaginaba yo, y lo dispuse todo pensando 
casarme con ella. Entretanto, cayó su tío grave- 
mente enfermo. Quintilla no había de quedarse 
sola, pues aparte gran número de parientes que 
tenía acá y allá, vivía con ella, en la casa de la 
calle de Cattete, una prima suya, viuda, llamada 
doña Ana. Pero el cariño principal había de fal- 
tarle, y en esa transición de la vida presente a la 
futura podía yo encontrar el logro de mis deseos. 
La enfermedad del tío fué breve y. secundada por 
la vejez, llevóselo al otro mundo en dos semanas. 
Debo decirle que esa muerte hizo que recordase 
yo la de mi padre, siendo casi tan intenso el dolor 
que me causó como el que acababa de experimen- 
tar. Vióme Quintilia sufrir, comprendió el doble 
motivo de mi sufrimiento y, según me dijo después, 
consolóse un tanto con la coincidencia de aquel 
doble golpe. Sus palabras pareciéronme una invi- 
tación al matrimonio. Dos meses después creí lle- 
gado ya el momento de declararme. Doña Ana 
seguía viviendo con ella y ambas se hallaban pa- 
sando una temporada en Cosme Velho. Fui allí y 
encontrólas en una terraza muy cerca de la mon- 
taña. Eran las cuatro de la tarde de un domingo. 

Doña Ana, que nos consideraba como novios, 
dejónos el campo libre. 

— iPor fin! 

— En la terraza, lugar solitario y hasta agreste, 
proferí la primera palabra. Mi plan consistía pre- 
cisamente en atrepellar por todo, por temor a que 
S3 me acabasen los bríos en cinco minutos de con- 
versación. Pero, aun así y todo, no puede usted 
figurarse los apuros tan grandes que pasé; hubiera 
preferido una batalla, y eso que no tengo nada de 
marcial. Pero aquella mujercita fina y delicada me 
intimidaba como ninguna otra me ha intimidado, 
ni antes ni después... 

— Y,' ¿en qué quedó la cosa? 

— Por la emoción que se dibujaba en mi rostro 
adivinó Quintilia lo que yo iba a decirle y me dejó 
hablar, con la mira de preparar la respuesta. Esta 
fué interrogativa y negativa. ¡Para qué casarnos! 
¿No era mejor seguir siendo amigos? Respondile 
yo que hacía mucho tiempo que no era mi amistad 
sino la simple centinela del amor. No pudiendo 
guardar por más tiempo el 
secreto, se lo descubría. 
Quintilia sonrió de la me- 
táfora, lo cual hízome sufrir 
sin motivo; al observarlo 
ella, púsose seria y probó 
a persuadirme de que era 
preferible que no nos casá- 
ramos. «Yo soy ya trancona 
— me dijo — voy a cum- 
plir treinta y tres años». 

— Pero, ¡si yo lo quiero 
asi! — repliqué, y añadí 
un montón de cosas que 
me sería imposible repetir 
ahora. Quintilia recapacitó 
un instante; luego insistió 
para que nuestro trato con- 
tinuase como hasta allí, en 
un tono de sencilla amis- 
tad; díjome que por más 
que yo fuese más joven que 
ella tenía la gravedad de 
un hombre ya maduro y 
que ella fiaba en mí más 
que en nadie. Yo, desespe- 
rado, di algunos pasos; pe- 
ro luego volví a sentarme 
y se lo conté todo. Al saber 
ella mi rivalidad con mi an- 
tiguo condiscípulo y nues- 
tra separación pareció ape- 
narse o enojarse. Nos cen- 
suró a ambos. ¿Por qué 
entregarse a esos excesos? 

— Habla usted así por- 
que no comparte mis sen- 
timientos. 

— Pero, ¿entonces se 
trata de un delirio? 

— Paréceme que sí; lo que puedo asegurarle es 
que si fuera menester volvería a reñir con mi ami- 
go cien veces más, y hasta creo poderle afirmar que 
otro tanto haría él. 

En aquel momento quedóseme mirando estupe- 
facta, como S2 mira a una persona que ha perdido 
el juicio; luego movió la cabeza y repitió que había- 
mos hecho mal, que «la cosa no valía la pena». 

— Seamos amigos — dijome, tendiéndome 
a mano. 



— Imposible; me pide usted una cosa superior 
a mis fuerzas; jamás podré considerarla como a 
una simple amiga. Además yo, al fin y al cabo, 
nada exijo. Es más; ni siquiera insisto, pues no 
podría aceptar ahora otra respuesta. 

Cambiamos todavía algunas palabras y me 
retiré. 

Míreme la mano. 

— Todavía le tiembla... 

— Y eso que aun no se lo he contado todo. No 
le he referido mis contrariedades, ni el dolor y des- 
pecho que sentí. Arrepentíme amargamente de no 
haber provocado aquella decepción al principio de 
cortejar a Quintilia; la culpa de todo teníala la 
esperanza, planta parásita que usurpad puesto del 
buen grano. A los cinco días de eso salí para Ita- 
borahy, donde me llamaban los asuntos de la tes- 
tamentaría de mi pobre padre. Al volver a Río 
tres semanas después encontróme en casa una 
carta de Quintilia. 

— ¡Oh! 

— Díme prisa a abrirla; tenía cuatro días de 
fecha. En ella hacía referencia a los últimos acon- 
tecimientos y me decía cosas tiernas y graves. 
Asegurábame Quintilia que todos los días habíame 
esperado, no pasando a creer que yo fuese tan 
egoísta que no volviese a visitarla; y me escribía 
para rogarme que formase con mis sentimientos 
personales, faltos de eco, una página de historia, 
perfectamente rematada: ¡que sólo el amigo fuera 
a ver a la amiga! Y terminaba con estas palabras 
singulares; «¿Quiere usted una prenda? Pues le 
juro no casarme nunca». Comprendí que un lazo 
de simpatía moral uníanos a ambos, con la dife- 
rencia de que lo que en mí era pasión específica, 
no pasaba de ser en ella simple elección de carác- 
ter. Eramos dos socios que entrábamos en el co- 
mercio de la vida aportando a él capitales dife- 
rentes; yo, cuanto poseía; ella, apenas un óbolo. 
Respondile en ese sentido; declaróle que eran tales 
mi obediencia y mi amor, que aceptaba, aunque a 
regañadientes, pues habiendo ocurrido aquello en- 
tre nosotros, había de sentirme humillado. Taché 
la palabra ridículo, que al principio escribiera, por 
no incurrir en esa situación; con la otra bastaba. 

— Apuesto a que llegó usted al mismo tiempo 
que la carta. Otro tanto hubiera hecho yo; pues o 
mucho me engaño o la chica moríase de ganas de 
casarse con usted. 

— Deje usted quieta su psicología usual; el caso 
que le refiero es particularísimo. 





(Urna 



— Ya adivino el desenlace; el juramento es un 
anzuelo místico; aparte de que usted tenía el poder 
de levantárselo en su provecho. De todos modos 
habíamos quedado en que corrió usted a verla. 

— No; dejé pasar dos días antes de visitarla. En 
el intervalo respondió ella a mi carta con una ca- 
riñosa esquela que terminaba con este pensamien- 
to: «No hable de humillación, puesto que no hubo 
testigos». 

Volví a verla una y muchas veces y reanuda- 
mos nuestras relaciones. No hablábamos jamás de 
nada de lo pasado; al principio costóme trabajo 
parecer el mismo de antes; luego, el demonio de 
la esperanza volvió a alojarse en mi corazón, y, sin 
decir nada, pensaba en mi interior que algún día. 
tarde o temprano, se casaría ella conmigo. Esa 
esperanza rehabilitóme a mis propios ojos, en la 
situación en que me encontraba. Todo el mundo 
hablaba de nuestro casamiento; yo lo negaba con 
toda formalidad y sin sonreír; ella reía y se encogía 
do hombros. Aquella fase de nuestra existencia 
fué la más apacible para mí, salvo la aparición de 
un diplomático austríaco o de no sé qué país, buen 
mozo, elegante, rubio, con unos ojazos muy se- 
ductores y que, además, era noble de raza. Quin- 
tilia dispensóle tales finezas, que el pollo creyóse 
preferido y se excedió. Creo que un gesto incons- 
ciente de mi parte o algo de la sagacidad que el 
cielo concediérale a Quintilia hicieron que el des- 
encanto entrara sin tardar en la cancillería aus- 
tríaca. A poco de eso cayó Quintilia enferma; en- 
tonces fué cuando más estrecha hízose nuestra in- 
timidad. Siguiendo el consejo de los médicos re- 
solvió Quintilia no salir de casa hasta no estar 
del todo bien. Yo me pasaba todos los días muchas 
horas a su lado. Jugábamos o leíamos; aunque la 
mayor parte del tiempo no hacíamos sino hablar. 
Tuve entonces ocasión de conocerla más a fondo. 
Observando sus lecturas, vi que los libros pura- 
mente de amor resultábanle incomprensibles, y que 
en tratándose de pasiones violentas tiraba lejos de 
sí, aburrida, el volumen. Y no procedía así por 
ignorancia; tenía una vaga noción de las pasiones y 
había asistido en más de una ocasión a sus peri- 
pecias en los demás. 

— ¿Y qué enfermedad era la suya? 

— Padecía de la médula. Decían los médicos que 
la enfermedad databa de hacía ya mucho tiempo 
y que se aproximaba a la crisis. En esta situación 
llegamos a principios de 1859. En el mes de marzo 
agravóse la enfermedad y estúvose algunos días 

estacionada, y ya a fines 
de mes perdimos toda es- 
peranza de salvar a la en- 
ferma. Jamás vi criatura 
más enérgica ante una ca- 
tástrofe inminente; estaba 
tan flaca que parecía dia- 
na y casi fluida; reía, o por 
mejor decir, sonreía dulce- 
mente, y al ver que yo ocul- 
taba mis lágrimas, estre- 
chábame las manos agra- 
decida. Un día, encontrán- 
dose a solas con el médi- 
co, conjuróle a declararle la 
verdad. Iba a mentirle el 
galeno; pero ella díjole que 
sería inútil, pues sentíase 
ya perdida. 

— Perdida no — mur- 
muró el médico. 

— Júremelo. 
Vaciló el médico y ella le 

dio las gracias. Segura ya 
de su fin, ordenó lo que a 
sí misma se prometiera. 

— ¡Seguro que se casó 
con usted! 

— No me recuerde esa 
triste ceremonia; o más 
bien déjeme que la recuer- 
de, para que aspire en ella 
una ráfaga del pasado. No 
quiso aceptarme ninguna 
excusa. Tuve que casarme 
con ella al filo de la muer- 
te. Fué el 18 de abril de 
1859. Los dos últimos días, 
hasta el 20 de abril, pasó- 
los al pie del lecho de mi 

agonizante novia, y díle el primer beso cuando 
ya no era sino cadáver. 

— ¡Qué cosa más rara! 

— No sé qué pensará de esto la fisiología que 
usted profesa. La mía, que es la de un profano, 
me persuade de que esa joven sentía por el ma- 
trimonio una repulsión puramente física. Despo- 
sóse medio muerta, en los umbrales de la nada. 
Llámela usted monstruo si quiere, pero añada el 
epíteto de divino. 




ftArinament» apaneeri «o 
la eelaodia de monofrafias át 
artbiaa aspa6oles i^e publica 
en Madrid «I scftor Blanco 
Fomboaa la dsdicada al es- 
onltor Joaa Crictttal. Para 
mucliM oidos americanos tal 
vas neaa «Me nombre a algo 
■nevo y daacoaocido. No ha 
habido tiempo aún de que pa- 
ae las faca teta» y el mar y lle- 
gue hasta aqui a ocupar el 
puesto que le conespcnde en 
aadmiracite y el aplauso. So- 
lamente ciaoa aAcs hará que 
en la Expoaicite Nacional de 
Bellas Artes de Madrid le «lor- 
garoa aeguada medalla por su 
toras desnudo «n mármol. El 
tnxÍM aatonoes menos de los 
veinte ailos. Y a los catorce 
aquél muchachito premiado, 
aquella reveliciin de gran ar- 
tista era recadero en el Centro 
Artisticj y Literario de Grana- 
da. ¡Admirable principio de 
biografía que recuerda a mu- 
chos grandes artistas cUsi- 
cos!... 

Juan Cristóbal es um de las 
más siKdas esperanzas de la 
eacultura moderna española. 
Viviendo Julio Antonio, aque- 
lla magnifica mocedad que la 
muerte se llevó antes de que 
dieae todo su fruto, Juan Cris- 
tóbal era su gemelo en la aten- 
ción de los entendidos. Tenia 
Julio Antonio la ventaja de 
una visión más madurada y 
profunda de la vida: pero Juan 
Cristóbal daba a sus figuras 
tma carnalidad blanda y sua- 
ve, las animaba con un soplo 
de simpatía y de especial 
atractivo. Había además entre 
los dos artistas un desnivel de 
más de diez aRos. Luego se 
murió Julio Antonio entre la 
consternación de los que fue- 
ren sus amigos y de los que 
fuimos sus admiradores. 

En su estudio del barrio de 
Salamanca el pequeño mucha- 
chito granadino ha seguido 
trabajando silenciosa y sere- 
namote. En estos últimos 
alios ha atacado dos grandes 
temas de la escultura: el mo- 
niuitento funerario, la estatua 
coontemorativa. Ha hecho un 
sepulcro, arca eterna para les 
reatos de un muerto ilustre, y 
los monumentos a Ángel Ga- 
nivet (en Granada) y al jefe de 
las comunidades Maldonado 

JOSÉ MORA 

TOaSO DESNUDO. 
ESCULTURA 




/\ 1) 




J-Os 

DE » _ L/X 
ACOAL 



(en Salamanca). Alternando 
con estos trabajos ha modela- 
do unos diez bustos, todos con 
el sello peculiar de su ejecu* 
ción. De algunos de estos bus- 
tes damos la reproducción, 
porque sus obras mayores, si 
bien estarán reproducidas en 
la monografía próxima a apa- 
recer, son más propias para la 
visión total en sus emplaza- 
mientos que para la estampa- 
ción fotográfica. 

Los bustos de Juan Cristó- 
bal, como toda obra de un gran 
artista plástico, son síntesis re- 
presentativas de los valores de 
su raza. Tras de las frentes se 
adivina una preocupacicn. un 
sistema de pensamientos, de 
anhelos y de tristezas. Es has- 
ta en la cabeza del canónigo, 
satisfecho y obeso, una leve 
arruga de inquietud futura, de 
interrogante angustiado y pa- 
tético. ¡Y qué singular melan- 
colía de resignada conformidad 
en la niñila que anda con las 
manos cruzadas sobre el vien- 
tre y en los ojos esa mirada 
vaga que expresa aceptación 
mística de todo lo que ha de 
ser! 

Todos los artistas españoles 
— los que son reales artistas y 
responden con sus obras al im- 
pulso creador de su espíritu, 
viven actualmente la honda 
perturbación nacional, el her- 
videro íilimo en que se agita 
y sufre y sueña su pueblo — 
su gran pueblo de tristes ac- 
tualidades. El arte moderno 
español — el que brota de fuen- 
tes sinceras y no del mezquino 
interés profesional — es un 
desfile de gestos atormenta- 
dos, de rebeldías y de protes- 
tas. Pero este gran rebelde que 
ha sido y es Juan Cristóbal no 
expresa su emoción interior 
sino por los bellos y eternos 
reflejos de la tristeza muda, la 
melancolía resignada, o la per- 
pleja ansiedad. Y cuando el 
dedo tierno de Juan Cristóbal 
modela un niño, olvida su 
constante y reflexiva postura 
de descontento, y con amoro- 
sa blandura paternal perfec- 
ciona y eterniza en las faccio- 
nes infantiles la vida sana, 
alegre, buena, sin prejuicios de 
frontera adentro, con perspec- 
tiva de fraternidad universal. 

GUARNIDO 

PREMIADA CON 
SEGUNDA MEDALIA. 




tos OBRAS MAESTRAS DEL NOTABLE ARTISTA. 





L MIEDO, EL ESPANTO QUE 
INFUNDE AL HOMBRE LA SO- 
LEDAD — ESPECIE DE MONÓ- 
LOGO ETERNO DE REPROCHE 
Y DE AMENAZA— LE LLEVÓ 
INSTINTIVAMENTE AL HACINAMIENTO 
DE LA URBE, AL ESCONDRIJO Y AL RE- 
BAÑO... 

LAS BREVES Y MONÓTONAS PALABRAS 
DE LA ETERNIDAD SE AHOGAN EN EL 
ESTRÉPITO ESCANDALOSO DE LAS GRAN- 
DES CIUDADES, EN SU VERTIENTE DE 
EMOCIONES QUE SURGEN Y TORNAN 
A SURGIR COMO EN FANTÁSTICO AQUE- 
LARRE... 

LA CIUDAD ES CÓMPLICE DEL ENGAÑO, 
DE LA GRAN FARSA QUE NOS RODEA; Y 
ES ELLA LA QUE, ASTUTAMENTE, NOS 
IMPELE A INTERVENIR EN LA COMEDIA.. . 

MUCHAS VECES LA INTERVENCIÓN ES 
SINCERA: CASI SIEMPRE ES SINCERA... 
LOS INSTINTOS SE ENCARGAN DE CORRER 
EL CORTINAJE DEL FORO OCULTANDO A 
LA VISTA LAS PERSPECTIVAS DESNUDAS 
Y ESCUETAS... 

ESTA LIMITACIÓN ESTIMULA NUESTROS 
ACTOS, OTORGA AL HOMBRE UN SENTIDO 
"LOCALISTA" DE LA VIDA... MERCED A 
ESE SENTIDO PODEMOS VIVIR SETENTA 
U OCHENTA AÑOS SIN AGOBIO, SIN DE- 
SESPERAR DEL ABSURDO... 

LAS CIUDADES TIENEN TAMBIÉN, CON 
SU GRAN ESPÍRITU DE CONJUNTO Y DE 
UNIDAD, SUS PEQUEÑOS ESPÍRITUS IN- 
FORMADORES. LOS VEMOS, LOS RESPIRA- 
MOS EN LAS CALLES ESTRECHAS, SINUO- 
SAS. EN LOS ALTOS MUROS, EN LAS CASAS 
VIEJAS, EN LOS VENTANALES CON SUS 
VERJAS DE HIERRO, EN LAS PLAZOLETAS 
SOLITARIAS EN CUYO CENTRO SE VE UNA 
FUENTE DE MÁRMOL BLANCO Y SE OYE 
EL CRISTALINO RUMOR DE UN CHORRO 
DE AGUA QUE GOLPEA EN LAS BALDOSAS, 
EN MEDIO DE LA FRONDA... 

POCO A POCO, SIN PRISA, SIN ENGREI- 
MIENTO, LAS CIUDADES SE ENTREGAN AL 



VIAJERO MOSTRANDO SUS DOS CARAS 
CON EL MISMO ORGULLO, CON IDÉNTICA 
PASIVIDAD... 

jY QUÉ DELICIOSA EMOCIÓN PRODUCE 
EL IR VIOLANDO UNO A UNO SUS SECRE- 
TOS, SUS RINCONES, SUS GRATAS PENUM- 
BRAS, SUS OCULTOS RECOVECOS, DONDE 
SE ANIDAN COMO PÁJAROS LOS RECUER- 
DOS ALADOS DE TANTAS GENERACIONES! 

Si; ES GRAN PLACER IRRUMPIR EN EL 
CORAZÓN POTENTE DE LA CIUDAD, EM- 
PAPARSE EN SU DUCHA DE RUIDOS Y DE 
COLORES... LA PUPILA ADQUIERE EN 
LAS CIUDADES NUEVAS REFRACCIONES, 
LOS INSTINTOS SE AGUZAN. . . UNA NUE- 
VA "TÉCNICA" COBRA CUERPO EN NOS- 
OTROS; NOS DEFIENDE, NOS ESCUDA... 

EN LAS CIUDADES DESCONFIAMOS, SOS- 
PECHAMOS DE TODO, Y UN VAGO Y OBS- 
CURO ESCEPTICISMO ALÉJANOS DEL CIE- 
LO Y NOS LLEVA A INCLINAR LA CABEZA 
DE MANERA QUE VISTOS A DISTANCIA 
DAMOS LA IMPRESIÓN DE "ESTAR SU- 
BIENDO UNA LARGA CUESTA..." 

PETRARCA IMPLORABA: 

"SIEMPRE HE BUSCADO LA VIDA SOLI- 
TARIA, LOS MONTES, LOS BOSQUES, PARA 
HUIR DE ESTOS ESPÍRITUS DEFORMES 
QUE HAN PERDIDO EL CAMINO DEL 
CIELO..." 



M 



O 



¿QUÉ HAY MÁS GRANDE, MÁS HERMOSO 
QUE EL CAMPO INFINITO, EL BOSQUE, LA 
SELVA O EL MONTE? 

NUNCA TIENE EL AGUA MÁS SIGNIFICA- 
DO QUE CUANDO CORRE CONVERTIDA EN 
ARROYO, EN RIACHO, O SE ESTANCA PER- 
PLEJA EN EL PERÍMETRO DE LAS LAGU- 
NAS, ESAS HUMILDES LAGUNAS DONDE 
LOS BUEYES, AL VOLVER POR LA TARDE 
DE LA FAENA, SE DETIENEN A BEBER. . . 

"LA NATURALEZA NOS ENSEÑA SIEM- 
PRE LAS MISMAS LECCIONES" —ESCRI- 
BIÓ EMERSON. 



UNA SABIA LECCIÓN DE QUIETUD RE- 
NOVADA SIEMPRE, A TRAVÉS DE LOS 
SIGLOS... 

Y PENSEMOS: ¡QUÉ ENORME DISPARI- 
DAD ENTRE LA CALMA APAISADA DE LOS 
CAMPOS Y LA TURBULENCIA DE NUESTRO 
ESPÍRITU, HILANDO SIN DESCANSO EN SU 
POBRE RUECA LOS HILOS DORADOS DE 
LA ILUSIÓN! 

FRENTE A ELLA, SIN APOYO, HABLAN 
CON VOZ CLARA Y DIÁFANA LA PARTE 
NOBLE QUE JESÚS SANTIFICARA EN LA 
DULCE PARÁBOLA DE MARÍA... 

EN EL CAMPO, SIENDO TODO QUIETUD 
PARA NUESTROS OJOS ES TAMBIÉN TODO 
QUIETUD PARA NUESTRA ALMA... 

LAS HORAS LARGAS, INTERMINABLES, 
SE ARRASTRAN SUAVEMENTE SOBRE 
CIELOS AZULES, CLAROS, EN LOS QUE 
NAVEGAN FRÁGILES NUBECILLAS BRI- 
LLANTES... 

DORADOS TRIGALES SE ESPONJAN AL 

SOI SOBRE LA VERDE ESPESURA EL 

ARROYO TRAZA UNA LARGA RÚBRICA DE 
PLATA, LLENA DE VIBRANTES DESTE- 
LLOS... 

MÁS TARDE, AL LLEGAR LOS PRIMEROS 
SOPLOS DE LA NOCHE. EL CAMPO SE RE- 
COGE, SE ABISMA, SE DESCOLORA, SE EN- 
TREGA AL ÉXTASIS DE SOMBRAS QUE 
LLEGAN EN ENORMES ESCUADRONES 
DESDE PONIENTE... 

AUN HAY UNA RESISTENCIA ÚLTIMA, 
DESESPERADA, Y VEMOS EL GRAN 
DISCO ROJO MORDER LA TIERRA CON 
SUS ENORMES LENGUAS DE PÚR- 
PURA... 

DESPUÉS, NADA...; EL SILENCIO DE 
ARRIBA CON SUS ESTRELLAS INCONTA- 
BLES Y EL SILENCIO DE ABAJO HENCHI- 
DO DE EXTRAÑOS RUMORES Y MISTERIO- 
SAS PALPITACIONES. . . 

ASÍ TAMBI ÉN EN NUESTRO CORAZÓN SE 
HACE LA NOCHE, PERO QUEDA EN ÉL, 
COMO DULCE EPITALAMIO, LA VOZ DIVINA 
DE LA ETERNIDAD... 





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LA OFICIALIDAD HACIENDO Uft HQNQR^'i OE LA CASA. 



COMENTO MUSICAL A CARGO DE ROSITA RODRIGO. 



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LOS PERIODISTAS ESCUCHANDO 



compafierismo y mutuo conocimien- 
to vinculando más estrechamente a 
los periodistas de ambos países. Así, 
las prensas brasileña y argentina 
podrán dar noticias exactas de lo 
que son y lo que valen dos flore- 
cientes naciones. 

Afortunadamente los periodistas 
porteños han tenido ocasión para 



COMO EN TIERRA FIRME. 



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AL CANTANTE ENZO FUSCO. 



agradecer las gentilezas de sus cama- 
radas, ya que en el «Giulio Cesare» 
vinieron los señores Gastón de Car- 
valho, de «O Paiz»; Roberto Marinho 
y J. Castellar de Carvalho, de «A 
Noite»; N. Viggiani, de «Fanfulla», y 
N. Mesquita y señora, de «O Jornal» 
de San Pablo. 

La suerte no podía haber elegido 



EN EL SALÓN DE FIESTAS. 



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UNA CALUROSA OVACIÓN. 



mejor sitio para un viaje de confra- 
ternidad. El «Giulio Cesare», el más 
suntuoso de los palacios flotantes que 
ha cruzado el océano rumbo a nues- 
tra metrópoli, ofrecióse ampliamente 
propicio para esta conferencia oca- 
sional. Enorme como un alcázar, sin 
estremecerse bajo los pies, con sus sa- 
lones amplios y lujosamente amue- 
blados, lleno de obras artísticas como 
un museo, el vapor de la compañía 
«Navigazione Genérale Italiana» brin- 
dó la aristocrática hospitalidad de un 
noble señor del Renacimiento. 

Con piedra blanca debe marcarse 
esta excursión que se realizó bajo los 
felices auspicios de aquel palacio flo- 
tante cuya suntuosidad artística pro- 
porciona al espíritu delicado inspira- 
ciones intensas. Más que una descrip- 
ción literaria darán idea de tanto 




EL COMANDANTE 



^UMISARIO. 



fausto las fotografías que ilustran 
esta nota. Difícilmente habrá un 
trasatlántico donde se reúnan en tan 
armoniosa proporción el lujo y el 
arte. Estas felices circunstancias lle- 
gan a hacer olvidar que aquello es 
una rapidísima nave. El palacio ma- 
jestuosamente inmóvil, pleno de es- 
culturas, cuadros, tapices y ricos 
muebles elegidos con exquisito gus- 
to, fué el lugar donde en amena char- 
la y entre simpáticas fiestas afianzóse 
la unión intelectual de unos dignos 
compañeros. 

Y como «a tal palacio tales seño- 
res», debe ser reconocida y agradeci- 
da la noble cortesía del comandante 
y oficiales del «Giulio Cesare» que 
durante la grata travesía rivaliza- 
ron gentilmente en prodigar aten- 
ciones a sus huéspedes. 



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UN IDILIO 
MATRIMONIAL 




«C AUSERIE* 
ARTÍSTICA, 



ATRACANDO A LA «OTRA BANDA». 



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6 



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MASC AGNl 




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'art de diriger l'orchestre est une 
virtuosilé toute moderne». dice Ku- 
(ferath: pero es que también la or- 
questa es un recurso sonoro mo- 
derno, nacido de la creciente com- 
plicación de los medios expresivos y 
del inmenso progreso realizado en 
los últimos dos siglos por la música. 
Los conjuntos vocales tuvieron su 
desarrollo y su apogeo en las grandes catedrales cristianas. 
]r de las grandes obras corales derivaron las formas instru- 
mentales y las reglas técnicas de la composición. Los 
•kappelmeisterní alemanes o los directores de los coros en 
las capillas de los soberanos (que las más de las veces com- 
prendían también pequeñas orquestas, como «les Violons 
du Roi> en Francia o los conjuntos de los principes austría- 
cos) fueron, en realidad, los precursores de los maestros de 
la batuta. El mismo Kufferath cita a este propósito los 

nombres de Bach, de Hándel, de Lulli, de Gluck y de Scarlatti; pero justamente limita 
su especialidad a la dirección de las propias producciones. El verdadero intérprete, el que 
se dedica a comprender y expresar las obras ajenas en la orquesta — como el concertista 
de piano lo hace con las composiciones para ese instrumento,— no apareció sino con la 
creación de la sinfonía en su carácter de género superior en la música, y el primer nombre 
que asoma en la historia del arte es el de Johann Statnitz, maestro bohemio, director 
de la capilla ducal de Mannheim, de quien Mozart habla con admiración. Después, la 
fundación de los grandes teatros y de las instituciones especialmente consagradas a los 
conciertos, como la Cewandhaus de Leipzig, requirieron la preparación singular de los 
organizadores de sus audiciones y provocaren, de tal modo, la revelación de aptitudes 
personales y especificadas, surgiendo entonces les Mcscheles, los Mendelssohn, les Wágner, 
los LiU, los Hiller. los Bülow, los Richter, los Nikisch, los Weingartner, los Levy, 
los Strauss, los MottI, los Mengelberg, los Toscanini, les Stokowsky, los Mascagni, les 
Bathon... y aun podríamos continuar la lista interminablemente. 

Pues bien; be aquí que dos de esos virtuosos de la dirección orquestal, dos de eses 
magos de la batuta, se encuentran entre nosotros y tienen a su cargo la organización 
de los eq>ectáculos musicales de nuestro teatro municipal; Weingartner y Mascsfni. 
Ambos reúnen los méritos de compositores de gran talento, aunque de muy diferentes 
escuelas, y ambos representan las tendencias, si se quiere, contraríES en el arte, pero 
también ambos personifican el espíritu de sus razas y el alma generosa de sus pue- 
blos artistas. Félix von Weingartner nació en la capital de la Dalmacia en 1863 y reci- 
bió la primera educación musical de su propia madre, pianista notable. En Cori- 
cia perfeccionS sus estudios con el maestro Guillermo Mayer y los continuó luego 
en Leipzig, bajo la dirección de Jadassohn, obteniendo al final el premio oficial 
puesto bajo la advocación de Mozart, por su ejecución de la 2." sinfonía de 
Beethcven, La publicación de sus primeras composiciones para piano, en 
1880, le valió una beca de su patria para seguir los estudios en Alema- 
nia; pero aquel galardón, conseguido en Leipzig, y la inclinación natu- 
ral de sus preferencias, le indujeron a dedicarse a la dirección or- 
questal, y en 1664 aceptó el puesto de director del teatro muni- 
cipal de Koenisberg. Pronto se destacó de manera evidente 
entre los maestros de la lírica, y de Koenisberg pasó a 
Dantzig, y luego a Hamburgo, a Francfort y a Mannheim, 
de donde fué llamado a dirigir el teatro de la Opera 
Imperial de Berlín, adquiriendo el cetro incontestado 
de los Kappelmeistern alemanes, y en 1904 un res- 
cripto del emperador Guillermo lo premió con 




ÍS)Í L 

VriNCAiLTNEt. 



HARO COlO 



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un título de nobleza. Su renombre se difundió en todo el 
mundo y las inolvidables audiciones ofrecidas en todas las 
grandes ciudades de Europa y América le acordaren la cele- 
bridad de que goza, eclipsando sus méritos de compositor y 
de escritor. Nadie dejará de recordar, por cierto, las inter- 
pretaciones magníficas que dio, en condiciones realmente de- 
sastrosas, hace dos años, pero pocos saben que Weingartner 
es autor de las óperas «Genesius», «Orestes*, «Sakuntalas. 
«Malawika», de la sinfonía «Rey Lear», de otras dos sinfonías 
en sol mayor y en mi bemol mayor; de tres cuartetos para 
arcos, numerosos «Heder» y piezas para piano; y menos cono- 
cen sus libros sobre «La evolución del drama musical», sobre 
«La dirección orquestal», sobre «La sinfonía después de 
Beethoven» y sus «Recuerdos de artista», publicados en 1904. 
La personalidad de Mascagni es bien distinta, en verdad. 
Nacido el mismo año qi^e Weingartner, en 1863, estudió en 
Livorno, su ciudad natal, continuó su instrucción en el Con- 
servatorio de Milán, como condiscípulo de Puccini, y ávido 
de movimiento, dejó pronto sus clases para merodear en la dirección de la compañía de 
operetas del famoso Maresoa, hasta que cansado de la vida nómada e incierta se estableció 
en Cerignola, dando lecciones de piano, con el cargo de director de la banda y del pequeño 
teatro comunal. Allí se enteró del concurso abierto por la revista «Teatro lllustrato», edita- 
da por la casa de música de Eduardo Sonzogno, para la composición de una ópera en un 
acto, y decidió presentarse a la prueba. Con la reducción del drama «Cavallería Rusticana», 
de Giovami Verga, hecha por su amigo Giovanni Targioni Torzetti y Guido Menascí, 
compuso la obra que desde la primera representación le dio la celebridad y le abrió las 
puertas de la gloria. El jurado del concurso se componía del marqués de Arcáis, Amintore 
Galli, Giovanni Sgambati. Filippo Marchetti y Pietro Platania, y ese tribunal eligió, entre 
todas las obras presentadas, tres que debían ser ejecutadas en el teatro Costanzi juntas, 
para que el público indicara la vencedora. Fueren; «Labilia», de M. Spinelli; «Rudelle», 
de M. Ferroni, y «Cavallería Rusticana», de P. Mascagni, y la representación se realizó 
el 1." de mayo de 1890, bajo la dirección de Leopoldo Mugnone. El resultado de la velada 
es conocido; La Bellincione y Stagno recibieron una ovación tan grande como no se 
recuerda otra parecida (sus salidas a escena llegaron a la cuarentena) y el público tanto 
como la crítica consagraron desde ese instante un gran músico. 

No era esa, sin embargo, su primera ópera. Mascagni, con la fecundidad de les ver- 
daderos artistas excepcionales, había escrito ya numerosas producciones de diverses 
géneros, y sin mentar las obras instrumentales y vocales de conservatorio, recordemcs 
el «Guglielmo Ratcliff» y la «Pinotta» (esta última no se representó nunca). Pero 
después del éxito portentoso de «Cavallería Rusticana» vinieren «I.'amico Fritz», 
«I Rantzaui, «Zanetto», «Iris», «Le maschere», «Árnica», «Isabeau», «Parisins», 
«Lodoletta» y por fin «11 piccolo Marat», que acaba de dirigir en el teatro 
Colón. Fuera de estas obras de teatro Mascagni tiene gran cantidad de com- 
posiciones de todos los géneros; sinfcnías, cantatas, poemas sinfónicos, 
misas, interludios, trozos instrumentales, piezas para piano, melodías 
para canto, etc. Y como escritor ha dado a publicidad numerosos 
estudios, en forma de libros, novelas, opúsculos de polémica, 
conferencias, críticas artísticas, etc. 

El autor y el compositor, a pesar de la actividad increí- 
ble que exigían esas especialidades, ha dejado tiempo toda- 
vía al director de orquesta para hacerse un nombre envi- 
diable, y en su patria, así como en Estados Unidos y 
en Francia, Mascagni ha sido agasajado y respetado 
como uno délos intérpretes más personales y sobre- 
salientes de las grandes producciones sinfónicas. 




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Conserve una historia gráfica 

de los niños con su Kodak 



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TIERRA 



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MODERNAS, CASI TODOS LOS AGRICULTORES CHAQUEÑOS CONSTRUYEN ESTOS SENCILLOS EDIFICIOS. FotO de HugO MiatellO (hijO). 





S MUEBLES Y DECORACIONES 




658 SUIPACHA 




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Actualmente en plena LIQUIDACIÓN del 
CALZADO FORTUNATO 
A MITAD DE SU VALOR 

POR ELIMINARSE DICHA MARCA DE LA CASA. 
OPORTUNIDAD ÚNICA 



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EL CAIMÁN ENGANCHADO 

A kiiigOn fabulista se le hubiera ocurrido este apólogo, que puede titularse «el caimán y la niíSa». el den- 
tudo ANIUALITO ha dejado DE LLORAR PARA HACER DE CABALLO ENGANCHADO AL PEQUEÑO VEHÍCULO. AHORA BUSQUE 

EL LECTOR LA MORALEJA DE LA FÁBULA. 



MARÍA TERESA 
ZORRAQUIN 

ÓI.EO DE EIOÍSA AVILA. 

EL cultivo de las Bellas Artes no sola- 
mente rinde producto pecuniario sino 
también recompensas de alto valor es- 
piritual. Por eso la noble afición va exten- 
diéndose rápidamente entre las damas y se- 
ñoritas argentinas, que buscan en él una sim- 
pática manera de ocupar sus ocios. Para 
alentar esta buena dirección de las inteligen- 
cias femeninas reproducimos una obra de la 
distinguida aficionada señorita Eloísa Avila, el 
retrato de María Teresa Zorraquín, óleo re- 
velador de excelentes condiciones que se am- 
pliarán y afirmarán mediante el estudio. 



^yy;«^j>íCí5í 



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' "F. 3TAROPOLSK/ 

§85 SUIPACHA 585 

^ "líJ lA CASA ESPECIAL 

P^Y# PARA RECALOS 



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SU;PACHA / ^ I L- -TAonoOlSKi \. SUlt-'*-^' j 

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nni^^ / 'REGALOS \l <=^'^d'^ lnFHH pieza , 
^ODa/de gusto V^^ llmilU ^ENE 

=>C5x: 1 AL&O iflniHI GUSTO I 

\/ ^"TROPOLl^^ 
vi5,reNosVp BAZAR W. 




s/isit^me: 

; nMPRCni5ü 




SUIPAdlA 5S5 





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■^T^R, 



'°^°j^^U;p^§ó , 



OTROSTEF^'NAN 



BAZAR 

S" p.STAROPOLSKl 

SUIPACHA 



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BAZAR 

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DEDISTINCDN 

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'¿tTn^M' 




'iinMuiiiiniMiiHnniHiiiiiinniiuiiiiiiiiiiii:iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiitiuiiiiinim'iiuii«iiiiHiiiiiiittii«iiiiiiHiiiii^ 




S-L/S indudable que estas decoraciones obtenidas a base de "color", determinan 
ciempre impresiones decisivas, vale decir que el juicio que ellas sugieren es o no 
de aprobación, nunca intermedio. 

Y es también innegable que muchas veces se consigue un efecto de agradable 
atracción sin recurrir para ello al empleo de elementos de valioso costo. Claro es 
que esto lejos de ser un asunto de capricho está sujeto a razones de cultura ar- 
tística, cosa que, conviene recordar, THOMPSON brinda a simple solicitud, me- 
diante su Estudio Técnico y sus departamentos de Alfombras y Cortinas, en 
donde todos los artículos ofrecen análogas características de distinción, indepen- 
dientemente de su valor intrínseco. 



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BvtSO» AotES. MAYO DE 1922. 



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BUENOS AIRES 

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Ff^OriíDAD DEL JEÑOP^ 
HUMeERTO DE LIMA 



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NA NUEVA LEY ALEMA- 
NA PERMITE A LOS MU - 
SECS DONDE EXISTAN 
OBRAS DE UN AUTOR EXTRAN- 
JERO, RESERVARSE UNA Y 
VENDER LAS DEMÁS, DESTI- 
NANDO EL PRODUCTO A LA AD- 
QUISICIÓN DE LAS FIRMADAS 



CO.!virK.\DO AL 
MUJIO DE HAMBUNCO 




N 



o ha menester HARRODS, para destacar la importancia 
de su DEPARTAMENTO DE MÚSICA, más que señalar 
las marcas de sus pianos, todas de prestigiosa reputación. 



Entre ellos, ccupan lugar señalado los pianos Bechstein, Erard, 

Collard & Collard, Schiedmayer (Pianofortefabrick), etc. Primer Piso. 



El famoso concertista 
Risler utiliza en sus 
audiciones el piano 
ERARD, exclusividad 
de HARRODS. 




^ ^ 



LA EXPOSICIÓN DEL DEPARTAMENTO 

DE MARKOQÜINERIA Y PARAGUAS 

abarca un novedoso y original conjunto de 
abanicos ce pluma, carteras de seda, con cie- 
ñe y aplicaciones fantasía, gemelos para teatro, 
en-tout-cas, etc. 

Salones de Venta, en la Planta ba|a. 



platería HARRODS 

Su calidad indiscutible, su 
presentación delicadamente 
artística, y la conveniencia 
de sus prec'os, dictan y hacen 
desear un término com- 
parativo y de competencia, 
antes de decidir una compra. 

Por lo demás, la PLATERÍA 
HARRODS es centro pre- 
dilecto de compras, por la 
riqueza y variedad de toda 
su colección. 




Exposición: 
Tercer Piso. 



'j Entradas y Vidrieras: 



Florida - Paraguay - San Martín - Córdoba 



—V=>lSKyr^ "VT_;m3>^— 



NOTAS 



BIBLIOGRÁFICAS 



LOS 




LIBROS 

Al florecer el 
romanticismo, el 
librito pequeño 
como un devo- 
cionario sale de 
las prensas; Jor- 
ge Sand, Walter 
Seo t, Musse t, 
etc., andaban im- 
presos en tama- 
ño 16. 

Después el li- 
bro dije eclipsóse 
un tiempo: las no- 
velas realista y 
naturalista nece- 
sitaban formatos 
mayores. Ahora 
vuelve la moda 
de los libros di- 
jes. Entre las bien 
cuidadas edicio- 
nes que salieron 
al mercado ocupa 
un buen puesto 
la impresa por la 
«Casa Editorial 
Franco-Hispano- 
Americana, Pa- 
rís». Las «Cuares- 
mas del duque 
Job», de Gutié- 
rrez Nájera, «La 
limeña», colec- 
ción de tradicio- 
nes de Ricardo 
Palma, y «Las 
mejores coplas es- 
pañolas», son los 
tres primeros vo- 
lúmenes. 



DIJES 





-t I I I III lili n-m 



Renaui 



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..veNüE de;s CHAiip&-4t,T¿¿^^ 



«Cada vez más atrayente y per- 
feccionado, el "Renault" se mantie- 
ne fiel a si mismo. 

Por sus magnificas líneas y su 
exclusiva concepción mecánica, él 
representa en todo el mundo el 
genio, la tradición y el exquisito 
gusto francés. 

Sobreponiéndose a las alternativas 
de la moda en lo referente a tipos 
y calidades de automóviles, el 
"Renault" predomina siempre con 
sus características propias de ele- 
gancia y belleza consagradas. 

A esto se debe la preferencia, 
jamás desmentida, que en todos los 
países ha conquistado.» 

(Extracto de un articulo de 
■'Le Temps" sobre la In- 
dustria Auíomovilistica). 

AüENTEÜ EXCÍ.USIV05 PARA LA REP. ARGENTINA! 

E. ABAL Y CÍA. 

LAVALLE. 1202 
Buenos Aires 



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CONVENTO ce LA ENCARNACIÓN. 



BIBLIOTECA Y MUSEO TERESIANOS. 




CASA DONDE NACIÓ LA SANTA. 



■ RECUERDOS DE 
SANTA TERESA 

Unos son devotos de la santa, otros 
admiradores de la doctora. Por eso 
Teresa de Avila tiene partidarios en 
todas partes, allí donde la intoleran- 
cia no oprima los cerebros y los co- 
razones. Como escritora es uno de 
los ingenios más poderosos, galanos 
y sinceros que tiene España; como 
santa, una mujer ejemplar. Pero na- 
die puede desunir las idiosincrasias 
de la santa y de la doctora. Sus en- 
cendidos versos y su ardiente prosa 
son murmurios armónicos de arpa 
eólica que el aire místico hace vibrar. 

Avila, la ciudad donde tuvo sus 
moradas la autora de «Las moradas» 
hállase llena de Santa Teresa. La 
casa natal; la pila donde recibió el 
bautismo; la basílica de San Vicente 
en cuya cripta se descalzó el día que 
inició la reforma de la orden; el con- 
vento de las Madres, su primera fun- 
dación; el de la Encarnación, donde 
obróse el prodigio de la transverbe- 
ración; toda Santa Teresa está allí 
en recuerdo. 




LA PILA BAUTISMAL. 




BASÍLICA DE SAN VICENTE. 



CONVENTO DE LAS MADRES. 



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ILUSTRADA 



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Dirección y Administración: Chacabuco, 1,51/155 Buenos Aires 




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MUEBLES Y 
DECORACIONES 




65S SUIPACHA 



1 



—v^yLS'-^y^s 



He aquí 
el último 
modelo 

SERIE 22 



L último Modelo STUDEBAKER Seis Grande Serie 
22, es aún más hermoso que los anteriores. Tiene 
carrocería nueva, doble, biselada; asiento trasero 
más ancho; tapicería todavía más lujosa; parabrisa 
sólido, de una sola pieza y más práctico que el 
antiguo cuya tira de goma estorbaba la vista del 
conductor. Tiene también un gran ventilador, y fa- 
roles delanteros más suntuosos. 

Posee entre otras características notables, em- 
brague disco seco, que ya se ha hecho famoso en 
el STUDEBAKER Seis Liviano, y un compartimiento 
para herramientas en el bolsillo de la puerta de- 
lantera que se cierra con la misma llave de ignición 
y caja de velocidades. El motor de este gran 
STUDEBAKER no ha sufrido ningún cambio. 

Para poder apreciar ia extraordinaria aceptación 
del STUDEBAKER, basta saber que en los últimos 
meses se ha vendido más que cualquier otra marca 
a excepción del Ford, en el mercado más grande 
del mundo: Nueva York. 

Permítanos que le demostremos prácticamente las 
bondades de este coche o cualquier otro modelo 
STUDEBAKER, y Vd. conocerá la razón de este 
éxito excepcional. 

The Studebaker Corporation 
of America 

Avenida de Mayo, 1235 - U. T. 5935, Riv. - Buenos Aires 



»-r" 



I 4» 



El Nuevo y Lujoso 

STUDEBAKER 

Tipo Sport 

viene equipado con ruedas discos, 
dos ruedas y dos neumáticos de au- 
xilio, paragolpe adelante, paragolpe 
trasero y baúl, neumáticos Cord y 

Magneto de alta tensión. 



JUNIO 
DE 1922 




^-¿JmoKh (¿Jx^ioliwoL 





Enclavada en el si- 
tio más pintoresco del 
«Trouville» argentino, 
en la loma de Mar del 
Plata, ha sido edifica- 
da la residencia del se- 
ñor Antonio Leloir y 
su señora Adela Un- 
zué. El más puro esti- 
lo español, desde los 
jardines para los que 
se elegieron las flores 
de ardiente colorido, 
como para añadir un 
detalle más elocuente 
a] conjunto, hasta las 
rojas tejas que coro- 
nan el edificio, todo 
acusa un conocimien- 
to detallado de la épo- 
ca que se evoca. El 
señor Leloir es un co- 
nocedor, y sus conti- 
nuos viajes no sólo al 
extranjero sino al in- 
terior del país, donde 
se conservan verdade- 
ras reliquias, aumen- 
taron el caudal de esos 
conocimientos, que ha 
demostrado amplia- 
mente en la elección 
de estilo para su casa. 
una de las más sun- 
tuosas del balneario 
marpla tense. 




El grandioso edifi- 
cio es una obra armó- 
nica donde se han tra- 
bado artísticamente la 
gracia y la fuerza. El 
espectador después de 
abarcar de un solo gol- 
pe de vista aquel con- 
junto majestuoso, 
examina luego deteni- 
damente los ricos de- 
talles, deleitándose en 
la contemplación de 
las cosas que va ad- 
virtiendo. Los venta- 
nales del torreón, las 
galerías abiertas, las 
rejas, los balcones fi- 
namente tallados que 
ofrecen rinconcilloscó- 
modos y lindos. Todo 
se halla reunido tan 
bien al conjunto y a 
la vez tan destacado 
que alegra la vista. 

Una impresión ex- 
traña de recogimiento 
y de paz se siente al 
escalar la gradería de 
piedra, por la que se 
arrastran los geranios 
rojos, dando la bien- 
venida al visitante, y 
al penetrar al recibi- 
miento con piso de 
mosaico blanco y ne- 





gro, al que da acceso 
una reja española de 
hierro forjado, atrae 
la mirada la ventana 
estilo árabe, hecha co- 
mo para ocultar un 
perfil morisco; en ese 
recinto hay detalles de 
estilo plateresco y mu- 
dejar, combinados ex- 
quisitamente. 

Se adosan a las pa- 
redes muebles de cao- 
ba tapizados de da- 
masco, y algunas pie- 
zas de plata de inesti- 
mable valor comple- 
tan el conjunto. Ilu- 
mina este recibimien- 
to, dando vida a una 
tela admirable del 
1368, de autor desco- 
nocido, una carabela 
de cuentas de cristal, 
a manera de araña 
central, colgando de 



REJA DEL RE- 
CIB IMIENTO. 



UN CUAD 
DE 136 






los tirantes de caoba 
del techo; es ésta una 
pieza santanderina 
que perteneció a un 
marino que la donó 
como exvoto. 

De ese recibimien- 
to se pasa a una sali- 
ta de estilo colonial, 
cuyos muebles autén- 
ticos, de caoba talla- 
da, lucen tapices de 
color azul pastel y pa- 
ja; ha sido colocado 
allí el piano que per- 
teneció a doña Juana 
Pueyrredón de Sáenz 
Valiente, antepasada 
del señor Leloir. En 
esa misma salita, se- 
parada del pequeño 
«fumoir» por una reja 
de hierro, se admira 
una alfombra de «Au- 
busson» que pertene- 
ció al palacio de Le- 



LA REJA 
ESPAÑOLA. 



LA ARTÍSTICA 
CANCELA. 








zarria y que el señor 
Leloir hizo restaurar. 
Las paredes de esta 
salita color azul pas- 
tel contrastan con el 
techo blanco, del que 
cuelga una araña de 
hierro forjado. 

El comedor es a la 
vez suntuoso y senci- 
llo; está separado de 
la anterior salita por 
una portada de caoba 
con herrajes de hierro. 

Los amplios sillones 
fraileros, tapizados de 
rojo unos, y de azul 
otros, y la mesa son 
obras de arte de buen 
gusto y de estilo. La 
araña central es de 
hierro forjado, y sua- 
vizan la luz pantallas 
color fresa obscuro 
que dan tonalidades 
sangrientas a los reta- 
blos de madera talla- 
da pintada de azul y 
dorada, que encierran 
porcelanas de China. 

En e! fondo de esta 
habitación se admira 
una chimenea con co- 
lumnas talladas, en 
cuyo hogar, sostenido 
por cadenas y garfios 



UNA ARANA 
HISTÓRICA. 



TRAS EL 
VENTANAL. 



de hierro, pende una 
marmita de cobre. En 
la parte superior de 
esta chimenea de 
enormes proporciones 
está esculpido el escu- 
do de la familia de 
Sáenz Valiente. 

Encierra ese come- 
dor verdaderas joyas 
en objetos de plata. 
Cada pieza parece so- 
brepujar en hermosu- 
ra y en riqueza a la 
anterior; nada desen- 
tona allí, todo es agra- 
dable a los ojos, y en 
cada detalle se adivi- 
na el gusto refinado 
del hábil coleccionista. 

El piso superior de 
la residencia Leloir 
es un museo en mue- 
bles antiguos. De los 
conventos, de las igle- 
sias, de las casas sola- 
riegas de las provin- 
cias del norte, donde 
más se conserva la 
tradición de lo bello 
en nuestro país, el 
señor Leloir trajo 
desde los muebles 
hasta los más peque- 
ños detalles de orna- 
mentación. 



CONSUELO MORENO 



DE DUPUY DE LOME 




L* Rebeca era fiera, obscura 
y flaca como garra. En aquella 
naturaleza agreste de la sierra 
vivia bajo el rigor, como los 
potros en doma. 

Ño vestido, sino envuelto por 
un chusi. andaba de aquí para 
allá su cuerpo desairado. En la 
cara, apenas deslavazada, caía el 
sol de la siesta como puntas de 
chuzo, percudiendo la tez. Y los 
aires, ya fuesen de los hielos, ya 
de las vividas reverberaciones 
astrales, le aventaban el pelo lacio y retinto, co- 
mo en una flagelación. En los senos exiguos y fláci- 
dos. cubiertos por el chusi caluroso en verano, 
habia una ausencia irreparable de afectos y un 
rescoldo riguroso de estío. Nadie sabía qué psicolo- 
gia moraba en ese desamparo humano. Su rostro 
con ojos de constante hipoema tenía la ceguera 
resplandeciente del páramo, y no expresaba más 
que la resolana de un destino rudo, bajo el cual 
la armazón de la Rebeca, si ajena a toda sua- 
vidad, fué también impenetrable a la desgracia. 

Y fué la Rebeca así. con aceptación inexpresada 
de todo, como la piedra entre el fuego donde asen- 
taba todos los días la olla renga de hierro. ¡Vivió 
quemada por el rigor hasta la íntima entraña ! 

La vez que bajo el sol de la siesta llegaba la 
Rebeca a la rueda del mate en el sombreado 
galpón, levantábase la voz de la mediera: — «¡Anda, 
chinita. volvé las cabras de aquel filo!» — Y ella 
se iba al refunfuñar de la propia ushuta sobre las 
caldeadas piedras, barbotando apenas palabras que 
ella misma echaba al saco vacío del alma. Sólo 
allá, entre los cardones espinudos, fn los agrios 
y pedregosos peladares, donde no había más retozo 
que el de las cabras, tenía, no más, su zafia 
gracia, apenas concebible, la Rebeca. 

Pero un día, un estanciero zamarro reparó en 
ella por el beneficio que podía prestarle mientras 
holgara él. Pronto arregló con los mediaros el caso, 
y sin requerimiento alguno a ella, casóse con la 
Rebeca, y se la llevó a lo alto del cerro, donde 
cuidaba vacas y yeguarizos. 

Quince días duró el baile, mojado con vino, 
aloja y aguardiente. Comenzó en la casa de la 
Rebeca y siguió con la misma concurrencia tras- 
ladada a pie o a caballo, según se pudo, en la 
vivienda de Eladio, marido brutal ya de la Rebeca. 
Para ésta su nuevo estado no fué más que una 
variación del rigor. 

Panza arriba vivía Eladio, a todo gusto. Comer, 
dormir, beber la vez que había vino, fué su pasar 
cotidiano: mientras que la Rebeca salía al campo 
con lazo al recado, montada a veces, no sin peligro, 
en el sillero redomón del indio Eladio. ¡Guay si 
un animal se derrumbaba; guay si un ternero era 
arrebatado porel cóndor, cuatrero parael que no ha- 
bia más policía que la bala silbadora en los diáfanos 
y elásticos aires; guay si la vaquillona se perdía en 
la vastedad de los campos! La Rebeca pagaba el 
latrocinio del cóndor, la aspereza de la loma de- 
rrumbadiza, la apertura de los campos comune- 
ros... Los puntapiés y los latigazos de Eladio 
caían en su cuerpo aguantador, hecho al rigor de 
la naturaleza, con categórica afirmación de amo, 
en los lomos redivivos de la secular esclavitud. 
Los golpes de Eladio resonaban en el tiempo, 
daban en el pasado colonial; y sus insultos de 
«¡perra!», «¡sinvergüenza!», «¡roñosa!», y otros por 
el jaez, repercutían en chasquidos bárbaros, como 
los ecos en la montaña allá en la época no lejana 
del capataz de cuadrilla que dirigía la peonada 
sudorienta y humilde. 

La Rebeca no extrañó su nuevo estado. El 
amor fué para ella como las trompadas, los pun- 
tapiés y las injurias: rigor del cuerpo y del alma. 

No le pareció bien ni mal su nuevo estado. Ni 
lo lamentaba, ni lo razonaba, ni lo placía. Podía 
decirse, extremando la situación de su espíritu, 
que pasaba el vivir siempre virgen de psicología. 
Algo adiviné, sin embargo, una vez. en su voz, y 
en un ligerísimo resplandor de alma que cruzó 
por la ceguera de páramo bajo el sol, de su rostro 
requemado por los soles de su tierra y de su vida; 
y ello fué una noche en que la oí decir en rueda 
de pasajeras conocidas por la Rebeca: — «Ahora 
ando a muía, y subo también el potro redomón 

de Elario». Sendas azotainas recibió por cada 
golpe del potro abajo; pero, en fin, ella hizo 
memoria para olvidar las zurras. . . Y to- 
davía, un poco animada, contó a las mu- 
jeres esta cosa maravillosa: «Cuando 
yo me casé con Elario, y Elario se 
casó colmigo, bailamos quince días, 
cuasi un mes!». 

Pero el rigor iba en aumento. 




Eladio, fastidioso en la ruin y sucia opulencia de 
su haraganería, variaba el holocausto a su mal 
humor, de la Rebeca, obligándola a montar «como 
hombre» y en pelo los potros chucaros, en el amplio 
corral de la estancia. El mismo (o los peones) to- 
maba con mano robusta a los potros, perlas orejas, 
y hacía sentar a horcajadas a la Rebeca, en el lomo 
nervioso y virgen de toda monta, de los chuca- 
ros. . . Al grito de «¡agárrate, roñosa!» — soltaba 
a los chucaros que, alzados en nerviosa energía, 
con la boca abierta y el grito furioso en los sor- 
prendidos aires, sacudían la carga, en tremendo 
golpe de la Rebeca contra el suelo. Las patadas 
de Eladio llevaban hacia la tranquera, después. 
la ridicula bazofia de la Rebeca hecha un barro 
de sangre: — «¡Ah. flojonaza — le decía, cuando la 
desgraciada podía ponerse de pie: no aprendas a 
jinetiar. no más!». 

Y la Rebeca tuvo que aprender. Día llegó en 
que no la volteaba sino rarísimo chucaro. El temor 
del golpe y un salvaje deleite de vencer ganaron 
el alma de la Rebeca: y ésta resistía con perti- 
nacia de raíz serrana entre las grietas de la peña 
estéril. No se desasía, clavada con uñas y dientes, 
del lomo rebotador de los potros. El hecho es que 
la Rebeca iba descubriendo, para ella y para los 
demás, que tenía un alma. 

El recuerdo de sus bodas entre el rigor de su 
suerte y un zumo de deleite entre el mal trato 
y el ridículo de la doma en pelo, brotaron del 
paladar agrio de su vida como un retoño de inci- 
piente espiritualidad. A veces se creería que su 
alma iba a derramarse como un recial, pecho 
afuera; otras que seguiría impasible el bárbaro 
desfile de los sucesos trágicos de sus días de 
aceptación estoica de las cosas. 

Moraban en la estancia dos familias de cabal- 
gares indomables y magistralmente forjados por 
la naturaleza bravia de las cumbres. Nunca dio 
el cerro potros más hermosos, más fuertes e indo- 
mables que los bayos y los rosillos. Hasta en la 
vejez, hasta en el último día de monta se mos- 
traban rebeldes y bellacos. Encarnaban la potencia 
de la naturaleza serrana; y el espíritu indomable 
del monte dilataba la nariz nerviosa, hacía tem- 
blar el belfo en intraducibies rebeldías, ponía en 
los cascos ansiedad de carrera y alevosía en las 
coces mortales, y lanzaba el relincho como la- 
tigazo contra la aspereza de las resonantes cu- 
chillas. 

El tozudo de Eladio pensaba y repensaba en 
amansar él el más hermoso de esos potros. Tres 
años tenía el bruto, vividos en la bárbara inte- 
gridad de su belleza y de su libertad sobre los 
campos propicios a la ostentación soberbia de su 
figura. Por fin un día púsole su apero de domar. 
La Rebeca experimentó por primera vez en su 
vida un ligero temblor de su alma brutal; y hasta 
se la sintió decir con voz apenas tremulenta, donde 
había quizás alguna influencia de amor y de or- 
gullo: — «¡Elario va a amansar el rosillo!». — No 
hubiera llamado la atención el caso si el indio 
hubiese sido domador; pero simple hombre de a 
caballo, no rezaba con sus prácticas y su oficio 
el repentino antojo. ¿Despuntó en su egoísmo sal- 
vaje alguna rivalidad con el triunfo de la Rebeca 
sobre los potros, en pelo? Lo cierto es que pasaba 
días enteros sin maltratar de hecho a su mujer 
y sin obligarla a la doma y a ningún sacrificio, 
que ya no le había para la naturaleza sufrida y 
vencedora de la hembra bárbara. Lo cierto es que 
Eladio supo que la Rebeca saltaba sobre los 
potros, en pelo, para satisfacer su naciente deleite 
de dominio de aquella naturaleza salvaje. Bajo el 



lo.^ 




rigor" de su destino, salvó lacum- 
bre con su pie barroso y flaco, su- 
frió sin quebranto el azote del 
sol canicular, holló las nieves y 
anduvo más de una vez por las 
fronteras de la muerte... ¡Ahora 
vencía a los potros chucaros! 
Eladio no montaba el rosillo 
ensillado desde la mañana. Fué 
el primer día que se le vio traba- 
jar en faenas de poco momen- 
to, como para disimular su tar- 
danza. . . 
Como se avecinase la hora en que la hacienda 
retenida en el corral volvía a los profundos cam- 
pos mugidores, comprendieron los peones y tam- 
bién la Rebeca, ella con cierta vergüenza, que 
Eladio dejaba transcurrir la hora de amansar, 
de miedo de montar el rosillo. Pero de repente, 
mientras las sonrisas burlonas cruzaban el am- 
biente recargado de ironía y de una nerviosidad de 
expectativa, avanzó la Rebeca llena de resolución 
hacia el temido bruto; recogióse la falda a modo 
de chiripá, cruzándosela entre las piernas obscuras 
que. flacas y nervudas, quedaron descubiertas 
hasta algo más arriba del nudo descarnado de la 
rodilla; desató del palenque al potro cerril, que 
bufaba de impaciencia, le cubrió los ojos con un 
poncho que encontró a mano, y saltó sobre el 
lomo al propio tiempo que destapaba los ojos 
ignifluentes del bruto y le asestaba un pon- 
chazo en la cabeza alzada tan braviamente co- 
mo si hubiese querido imponer en los aires y 
en toda la naturaleza serrana el instintivo gesto 
de su rebeldía 

No un bufido, no un relincho, sino grito agudo 
y de vasta repercusión lanzó el chucaro cuando 
se sacudió en los aires para arrojar de sí la audacia 
mujeril, incrustada ya, con sutil penetración, en 
el nervio levantisco del bruto. Inútil fué el bella- 
quear; inútil el sacudirse como un demonio enfu- 
recido en la próxima ladera rocosa, donde parecía 
el ánima de la aspereza bravia de los cerros poseída 
por las furias: inútil el corcoveo quebradizo en 
los aires; inútil el resbalar de los dientes en el 
cuero reseco de los guardamontes, donde los pon- 
chazos de la Rebeca producían hoscas resonan- 
cias; inútil el salto de larga curva después de 
apoyado el potro en los solos miembros trase- 
ros; todo inútil: ¡la determinación de domar de 
la Rebeca había penetrado, hiriendo como un 
clavo los centros nerviosos de la bestia de ante- 
mano vencida! 

¡La Rebeca parecía una reina bárbara y fiera 
sobre la áspera desenvoltura de la serranía do- 
minada! ¡A veces era un crestón bravio que coro- 
nase toda la vasta naturaleza vencida! 

¡El alma forjada en el rigor, de la Rebeca, 
salió venciendo del pecho! 

No transcurrieron tres cuartos de hora cuando 
volvió de los campos ásperos, a ponchazos, al 
bruto completamente domado. En vano ella había 
excitado su furia con la voz mujeril, alzada y 
vibrante. La energía de la Rebeca había sobrado 
con mucho a la rebeldía del rosillo, y no sabía 
dónde aplacarse. 

Cuando se bajó de la bestia tremulenta entre 
el asombro de los que la burlaron en ocasión de 
la doma en pelo, llevaba el signo de una deter- 
minación aun inconcreta en el rostro ahora ex- 
presivo y fosforescente de alma. Y avanzó sin 
saber lo que haría necesitada de dar pasto al 
volcán abierto de su espíritu inmensamente enér- 
gico. Chocó la chispa de su mirada con el rostro 
del zafio de Eladio, confundido; y desde ese mo- 
mento cuajó en el espíritu de la Rebeca la final 
concreción de su voluntad en ascuas. Tomó de 
paso un rebenque, se encaró con el dueño de la 
estancia y su antes propio dueño y tirano, y 
azotó los robustos y carnosos lomos del bárbaro, 
que no osó defenderse ni protestar siquiera. — 
«¡Elario díjole — gaucho flojazo! ¡Fullero!». 

Sólo así quedó serenada aquella reina flaca, 
obscura y fiera, como garra. Todos guardaron res- 
petuoso silencio; y hasta la serranía — dijérase 
— rindió adhesión completa a su imponencia de 
macho envuelta en desairadas faldas. 

Ella expresó el dolor y el triunfo de la natura- 
leza. Forjó su espíritu en el rigor de la vida y 
de la intemperancia del medio natural, como 
la propia serranía forjó también su alma en 
el rigor geológico correspondiente a las 
transtormaciones cosmogónicas. 

Y la Rebeca fué, acaso, el alma 
bravia de las asperezas de la sie- 
rra, que reinó sobre la ruda na- 
turaleza, sobre los hombres y 
los brutos! 




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No era U reina Rosa- 
linda como tantísimas 
otras: bien cuidaba de su 
«inico hijo Cabecita de Oro: 
nada de amas ni de cria- 
dos: era una verdadera ma- 
dre. Vivia para su peque- 
fluelo y esperando al espo- 
so, el rey Ror de Lis. ya 
legendario por sus proezas. 
que en tierras lejanas com- 
batia por un ideal. 

Cabedta de Oro. aunque 
bueno e inteligente, consi- 
deraba exagerada la vigi- 
lancia de su mamá... Si 
hubiera sido por su «cabe- 
dta de chorlito» — y lo 
digo por su poco juicio — 
muy a menudo hubiérase 
alejado de la reina. 

Cierta mañana pareció 
ofrecérsele esa oportuni- 
dad: por entre las ramas 
de las plantas florecidas 
de la ventana de la regia 
alcoba. Cabecita de Oro 
vio a la reina entretenida 
en desensortijar su magni- 
fica cabellera con un peine 
de oro. que se confundía 
entre las hebras doradas. 
En tal tarea la reina Ro- 
salinda ponía un poquito 
de vanidad, visible en su 
sonrisa de satisfacción 
(vanidad disculpable si se 
piensa que a ese tesoro de- 
bíale la primera frase de 
amor de su ausente esposo 
amado). 

— Mejor oportunidad 
qtje ésta no se presenta- 
rá... Visitaré, a mi capri- 
cho, la huerta del vecino, 
rica de los más variados 
frutos — pensó Cabecita 
de Oro. 

Y la ocasión parecía fa- 
vorecer al niño que. sin 
hacer caso de las recomen- 
daciones maternas, pecó de 
desobediencia. 

Tan melosas fueron las 
palabras y tan atrayentes los modales del guar- 
dián de la tentadora huerta, que Cabecita de Oro 
no se apercibió, o no quiso apercibirse, de la ex- 
traña figura del hombrecillo. 

Nuestro pequeño amigo no quería creer a sus 
ojos ¡¡tanta cosa apetecible se le brindaba!! y el 
hombrecillo — que no era más que el genio del 
Mal — ofrece que se te ofrece . . . 

Cuando la reina Rosalinda encontró a su hijo 
en el huerto maléfico, el geniecillo iba a dar fin 
a su obra nefasta . . . 

Contrariado sobremanera por no haber podido 
dar cuenta del goloso niño, al arribo de la madre 
desapareció jurando vengarse . . . 



Ni el mismo rey, con su poder, hubiera sido 
eficaz: la ciencia con todos sus recursos era impo- 
tente con el mal de Cabecita de Oro, agravándose 
de día en día . . . 

- Solamente un milagro ... un milagro tan sólo 
puede salvar al príncipe — predecían los ancianos 
sabios. . . Y todos estaban consternados. . . 

Un día, rompiendo el sortilegio del silencio 
angustioso, una voz dijo: 

— Nadie puede amar a Cabecita de Oro más 
que su madre: que ella dé lo mejor de su cuerpo 
y el niño será salvado. 

Nunca se supo de qué labios salieron esas fatí- 
dicas palabras, por todos escuchadas. 
Y esa voz ronca, desconocida, agregó: 

— Más largo que tu cuerpo, Rosalinda, es el 
haz de tus cabellos de oro; deberás ofrendarlo, 
pero con sufrimiento... 

— ¡Cuan grande es el dolor de desprenderme 
de tanta riqueza! — repuso la reina. 

— No cuenta: los largos años de fama de su 
belleza te compensan suficientemente... 

— ¿Y el dolor de que a su vuelta mi amado 
esposo me vea sin ellos, no es sobrado sufrimiento? 

— No es basUnte. . . Yo sé que Flor de Lis te 
besará en la frente y ello será buena recompensa . . . 




3 
X9 



CU[NIO 
C«/\ÜIO 

— ¿Qué haré entonces.,, qué podría hacer 
digno de la salud de mi niño? — gimió más que 
dijo la atribulada madre. 

Y una horrible vieja se le apareció diciéndole: 

— Si haces lo que te digo, Cabecita de Oro se 
salvará , . . 

— Sí... si... sí. — fueron los alaridos de la 
madre. 

Entonces la vieja — que no era más que el 
genio del Mal, capaz de asumir los más diversos 
aspectos — le susurró: 

— Pide que te traigan a Bucéfalo, el mejor, 
e! más querido caballo de Flor de Lis. . . Ordena 
luego que aten tus cabellos a su larga cola y 
que el bruto te arrastre hasta que todos los hilos 
de oro de tu fina cabellera se rompan ... Si quedas 
completamente libre . . . sólo entonces, ¿entiendes?, 
tan sólo asi Cabecita de Oro podrá curarse . . . 

— Si . . . sí . . . sí . . . — asentía vez a vez, la 
atribulada madre. 

— Y si no te quieren atar ellos, tú misma lo 
harás; Bucéfalo te obedece casi como al mismo rey. 

Y luego de sugerir el espantoso remedio des- 
apareció, o tal vez cambiara de aspecto; el caso 
es que la reina no la vio más... 

Al pie de la letra y con tanto fervor se ejecutó 
lo ordenado misteriosamente, que los demás cre- 
yeron que la reina estaba delirando, que era 
presa de locura sin freno. 

— Su maravillosa cabeza se separará de su 
cuerpo — decían unos. 

— No tanto, pero se quebrará contra las rocas 
del camino — dijeron otros. 

— En cualquier forma no saldrá con vida de 
tamaña empresa... y el niño no salvará. 



A pesar de estas apre- 
ciaciones hizose como la 
reina Rosalinda ordenó, 
que no valen obstáculos 
frente al infinito cariño de 
una madre. 

Y en tanto el sacrificio 
íbase cumpliendo, Rosalin- 
da no dio muestras de des- 
mayo ni de indecisión al- 
guna. . . 

Tanta abnegación, niño 
mío, operó un prodigio: el 
Bien, en continua batalla 
con el Mal, poderoso por 
los halagos que ofrece pro- 
fusamente, desatendió su 
excesiva labor para concen- 
trar todas sus fuerzas en 
favor de Rosalinda, madre 
tan amante como infortu- 
nada... que para el Amor y 
el Dolor no rigen jerarquías. 

Los ojos que vieron la 
emocionante escena eran 
muchos y todos afirman 
que sucedió lo que paso a 
contar; 

Cada hilo de oro de la 
cabellera de la reina fué 
atado a otro de plata de 
Bucéfalo. Y, cuando la ca- 
dena singular se hizo, la 
reina Rosalinda aun tuvo 
aliento para decir: 

— Bucéfalo, en nombre 
de nuestro amo y señor, 
el rey Flor de Lis, llévame 
por donde quieras... arrás- 
trame, y tan violentamente 
que mis cabellos se rom- 
pan pronto, bien pronto 
como para que la enferme- 
dad de nuestro Cabecita de 
Oro cese de inmediato. Llé- 
vame a la muerte para que 
él consiga la vida... de mí 
no te preocupes... Que el 
niño pueda ser mañana un 
digno hombre como su 
amado padre, importa más 
que mi vida. . . 
A las voces de la reina comenzó Bucéfalo su mar- 
cha lentamente como si comprendiera. . . y asóm- 
brate, Chalo mío; de cada una de sus recias extre- 
midades — seguramente al conjuro del genio del 
Bien — salieron un par de alas, como para volar... 
Los cabellos de oro y la crin de plata, débiles 
para sostener por los aires el cuerpo de la reina 
Rosalinda, en vez de quebrarse, milagrosamente 
se transformaron en resistentes cuerdas; de seda 
cual las de los tiernos violines; de tripa como las 
del grave violoncelo, y no faltaban las de metal 
de las arpas trémulas... De tan sorprendente mane- 
ra el caballo y su dulce carga pudieron elevarse, es- 
piral de humo en amanecer de ensueño... Entretan- 
to los perfumes de los jardines, que siempre tien- 
den al cielo, herían suavemente las cuerdas sedo- 
sas y el viento arrancaba notas graves de las grue- 
sas... La sublime melodía de las primas encontraba 
en las bordonas el acompañamiento perfecto... 

El genio del Mal, desarmado por la abnegación 
de la madre y subyugado por la maravillosa áurea 
melodía, alióse — caso nunca visto hasta entonces 

— con el genio del Bien, para que la reina y 
Bucéfalo pudieran descender de las alturas sin 
sufrir daño alguno. . . Y a su retorno le fué dado 
a Flor de Lis el hallar sanos y salvos a su amante 
Rosalinda y a su queridísimo hijo... 

Desde entonces Cabecita de Oro no hizo más 
picardías... Prefería entretenerse con Bucéfalo, 
y fueron buenos camaradas... 

Los hombres, deseosos de escuchar nuevamente 
aquellos sonidos del vuelo fabuloso, que nunca 
más se repetirá, inventaron diversos instrumentos 
de cuerdas. . . 

Por ello, si un dolor o alguna ilusión o el amor 

— unificados peregrinamente en el caso de la 
reina Rosalinda — hacen que manos artistas pre- 
sionen emocionadas los encordados vibrantes, es- 
cuchamos melodías que nos llevan a regiones su- 
blimes en alas del canto... 



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NTRE los creadores de ideas y 
sentimientos, entre los artistas 
que dan a la humanidad pensa- 
mientos y sensaciones, emociones 
y juicios nuevos, ninguno alcanza 
tan amplia y rápidamente la di- 
fusión y el prestigio como el dra- 
maturgo. El teatro se ha hecho 
una necesidad diaria de la vida moderna: la escena 
ha dejado de ser espectáculo festivo y excepcional 
para transformarse en una suerte de periodismo 
de ideas, en una especie de tribuna de impresiones. 
Ya no es la pintura de caracteres o la realización 
de tipos su objeto superior: las descripciones de 
almas, las historias de la evolución de los instintos 
y de las facultades en la acción, no nos interesan 
sino como medios de expresar conceptos y razo- 
namientos con propósitos determinados. Se en- 
cuentra, en efecto, agradable y fácil desarrollar 
la tesis de un cuento dramatizado y poner una 
filosofía causalista en los acontecimientos comu- 
nes de la vida, y por el contrario, incómodo y 
difícil transportar un modelo humano a las tablas 
cumpliendo la exigencia de Balzac: '■ajov.ter á 
l'état civil". 

Y sin embargo, el teatro es por excelencia el 
arte de manifestar el hombre moral en todas las 
variedades y tipos de espíritus que la educación 
y las circunstancias plasman en los temperamen- 
tos. Dramas, comedias y entremeses aspiran desde 
Ibsen a demostrar, no a crear, y bien que una y 
otra cosa no sean voluntaria sino espontánea 
producción de la inteligencia, aquello abunda y 
esto escasea. Pero existen todavíri dos o tres es- 
critores que suscitan verdaderos seres nuevos en 
la conciencia universal, seres rea- 
les para la verdad subjetiva, y 
cuyas criaturas influyen en el 
espíritu del mundo por la fuerza 
enorme de su presencia constante 
y dominadora en el corazón hu- 
mano. M. Porto Riche es, en 
Francia, uno de ellos; don Jacinto 
Benavente suele ser otro en Es- 
paña. 

La posición de Benavente en 
la literatura española es represen- 
tativa más por el contenido filo- 
sófico de su teatro que por la 
realización técnica de las piezas, 
más por la descripción de los 
conflictos y de los modelos de 
hombres modernos que por la 
uniformidad de su producción. 
Su obra vasta y multiforme tiene 
la abundancia verbal de la raza 
junto con el pensamiento latino 
de esperanza y de fe, de belleza 
y de bondad: es varia y sorpren- 
dente como la vida; desde «El 
nido ajeno» hasta «Una pobre 
mujer», la recién estrenada, las 
jornadas de esa enorme produc- 
ción pasan de lo fantástico a lo 
común, de lo trascendental a lo 
simple, sin transición y sin me- 
dida, com.o los aspectos dispara- 
tados y sin conexión aparente 
del mundo. Pero en ninguna la 
amargura colma el vaso, ninguna 
proclama el principio pesimista 
de Hobbes. ni el principio egoísta 
de La Rochefouoault, ni el prin- 
cipio de misantropía schopen- 
haueriano; aun en las tragedias 
más terribles, como «La Malque- 
rida», resta siempre en el fondo 
la confianza puesta en el corazón 
del hombre y la creencia en el 
poder de la virtud. 

Esos personajes de todas las 
clases sociales y de todos los tiem- 
pos, hasta los de pura imagina- 
ción, como Mefistofela, poseen el 
mérito de la bondad fundamen- 
tal y de la simpatía íntima, no 
por artificio del creador, sino por 
naturaleza propia y por condi- 
ción humana. 

Es que son casos particulares 
tomados objetivamente, son ejem- 
plos individuales, cuya mora- 
lidad no depende de la creación 
voluntaria del autor ni de un 
concepto fijado anteladamente 
en el plan ideológico de la com- 
posición. 

Para explicar el nacimiento de 
esos caracteres en el espíritu del 
dramaturgo, nada vale como sus 
propias confesiones y sus propios 
análisis expresados en las confe- 



rencias de cuya primicia el público de Buenos 
Aires goza actualmente el privilegio. La serie de 
disertaciones que nos está ofreciendo Benavente 
en el teatro Avenida encierra el secreto de su 
sistema literario y filosófico, contiene la esencia 
de sus juicios acerca de la significación y el objeto 
de la obra artística. 

De escasa estatura, alta frente despejada, viví- 
simos ojillos moriscos, boca fina de inquietante 
sonrisa, bigotes retorcidos y afilada barbilla, 
Benavente dice con sencillez su pensar en un 
lenguaje hecho de elevada poesía y de realismo 
casi crudo. 

La primera conferencia, sobre la moral en el 
teatro, situó admirablemente su punto de vista 
en la evolución de los géneros literarios, señalando 
la verdad como fin supremo del arte, y el desin- 
terés de su bu.sca como condición de la calidad 
superior de la obra. Para él, la verdad no puede 
nunca ser inmoral ni antisocial, y el arte que 
persigue ese objeto desinteresadamente, sin pre- 
ocuparse de la utilidad individual o general, pa- 
sajera o permanente, es el arte idealista y eterno. 
En su concepto, el culto de la verdad conduce 
a la consideración simpática de todos los dolores, 
a la contemplación de la realidad del mundo con 
el espíritu de amor y de caridad que califica la 
pureza moral, y la mentira, por la deformación 
interesada y utilitaria de las cosas lleva al egoís- 
mo, que es germen de la degeneración. 

En el teatro, la verdad es un resultado del 
espíritu popular más que una cualidad propia del 
autor, puesto que éste produce conforme el espí- 
ritu de su época. La moral del teatro refleja, en 
consecuencia, la moral ambiente, y el artista que 




ve el mundo con claridad y procede desinteresa- 
damente, traduce la ética social de su tiempo, 
que siempre tiene perfume de idealismo y de 
nobleza. 

He ahí cómo Benavente considera el contenido 
del teatro y de qué modo estima el objeto final 
de esta manifestación artística. La producción de 
la obra de arte es, para él, un fenómeno de gene- 
ración espontánea, al cual asiste y se somete el 
escritor. Al analizar, en efecto, la creación artís- 
tica, el dramaturgo confiesa que sus personajes 
imaginarios lo arrastran en su vida y absorben 
su alma en una especie de transfusión espiritual, 
puesto que en el momento de aparecer en e! 
mundo de las sombras, nacen con el albedrío de 
seres reales, compuestos fuera de la voluntad y 
de la inteligencia del creador, por la cerebración 
subconsciente, como presencias autónomasy libres, 
con voluntad e inteligencia propias. 

La psicología del autor dramático — tema de 
otra conferencia ~- resulta así el ejemplo más 
nítido y admirable de observación introspectiva, 
confesión magnífica del asombro que origina el 
fenómeno de la creación en el mismo que lo pro- 
duce. Esa condición del artista creador — la 
espontaneidad involuntaria — pone un califi- 
cativo de clase en las obras del verdadero poeta, 
y marca todavía con mayor particularidad al 
autor dramático, desde que debe animar con su 
corazón y su pensamiento los personajes más 
diversos, y debe sentir las más opuestas pasiones, 
desprendiéndose de su propia personalidad para 
agitarse y existir con almas diferentes, en la 
interpretación de la infinita alma humana. 
El origen de la obra de arte, la semilla que la 
hace germinar en el espíritu del 
poeta, determina a veces su gé- 
nero, y de ahí que una situación 
social, un carácter o una emoción, 
sean los núcleos diferentes de una 
obra de tesis, de una pintura de 
tipos humanos o de un poema 
dramático, sin que la diversidad 
de realizaciones desmienta ¡a 
unidad de pensamiento en el 
conjunto. 

Benavente atribuye a la obra 
dramática una vaguedad de limi- 
tes quizás excesiva. Si es difícil 
deslindar sus condiciones de ma- 
nera precisa, el contenido espiri- 
tual de la producción dramática 
— la descripción de caracteres 
por medio de la acción de ellos 
mismos en su ambiente — es 
suficiente, a mi juicio, para esta- 
blecer las fronteras de! teatro en 
relación con las de otros géneros 
literarios. El título de «Dramas» 
que Renán ha dado a prodigiosas 
composiciones poéticas como 
«Próspero» y «Calibán», o la de- 
signación semejante puesta por 
Ibsen a «Peer Gynt», a «Brand» 
y aún a «Emperador y Galileo» no 
autorizan a tenerlas por obras de 
teatro: y su representación oca- 
sional bien lo prueba, en verdad, 
con el fracaso escénico. 

En la producción de Benavente 
existen páginas de esa naturaleza, 
impregnadas de honda emoción 
o estremecidas por el entusiasmo 
de la belleza; pero tanto ellas 
como las que escudriñan los mo- 
vimientos del corazón para reve- 
lar sus escondidos repliegues, se 
ajustan a la técnica de l?s tablas 
y prestan abundante materia para 
las realizaciones escénicas, por 
virtud del estilo maravillosamen- 
te propio con que las engalana; 
estilo de ennoblecimiento verbal, 
de elevación de lenguaje, de pu- 
rificación de ideas, que transmite 
a las personificaciones dramáticas 
no sé qué grandeza y dignidad, 
sin quitarles, por cierto, el sabor 
de realidad y de sencillez que las 
hace esencialmente teatrales. 

Los veintisiete tomos bien nu- 
tridos de su obra contienen piezas 
cuya clasificación se reparte en 
todos los géneros dramáticos y 
que podrían pertenecer tal vez a 
muchas escuelas; pero la variedad 
de composiciones no es más que 
el resultado de los mismos prin- 
cipios reflejados por las diferentes 
facetas de un espíritu enamorado 
del ideal, que \ busca honesta- 
mente la belleza en la verdad. 





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N aquel pequeño y correcto hotel 
inglés de la Riviera, perdido en- 
tre las flores, junto al romanticis- 
mo azul del Mediterráneo que se 
confunde en el horizonte con el 
más dulce cielo de la tierra, a 
paso de arroyito se deslizaba la 
vida, ingenua y asombrada de todo, como la de 
!os niños. Una insaciable y sensitiva curiosidad 
nos acercaba los unos a los otros, con ese desbor- 
damiento propio de toda plenitud afectuosa. Por- 
que la felicidad se suele contagiar del mismo 
modo que la melancolía. 

Venidos de todos los puntos de la tierra, los 
viajeros que el azar hakía congregado en aquel 
rinconcito florido y amable formábamos, como 
se dice vulgarmente, una sola familia, propensa 
a la alegría y dócil, en extremo, al sueño. En tal 
impresionable trance, ¿cómo no había de intrigarnos 
sobremanera la presencia de aquel enigmático 
caballero que, conviviendo desde hacía tiempo con 
nosotros, manteníase reservado y solitario, si bien 
dentro de los límites de una corrección exquisita? 
E! incentivo más original era que siempre, a 
todas horas, ya en la mesa como en sus paseos, 
el extraño personaje llevaba consigo una maravi- 
llosa caja labrada, con incrustaciones de nácar, 
que formaban un delicadbimo arabesco lleno de 
pájaros y flores. 

Aquel hombre y aquella caja fueron para nues- 
tra infantil curiosidad alimento perpetuo. En vano 
inquiríamos de mozos y camareras el esclareci- 
miento del misterio; en vano con exageradas cor- 
tesías intentamos romper el pulido hielo que 
recelaba la intimidad del caballero. A tales indis- 
cretos avances contestaba éste con perfecta gala- 
nura, envolviendo sus respuestas en la seda trans- 



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párente de una sonrisa enigmática, y en la primera 
oportunidad se eclipsaba con un fútil pretexto, 
portador de la caja misteriosa. 

No se habló de otra cosa en el hotel, hicimos 
sobre el tema las más extravagantes conjeturas 
y hasta hubo americano que hizo apuesta conmigo 
sobre la incógnita que encerraba e' cofre — apuesta 
que, como veremos más adelante, tuve ocasión de 
ganar. 

Mi contrincante hablaba de un tesoro material 
en donde, naturalmente, dado el tipo miliunano- 
chesco de nuestro héroe, no faltaban ni sensitivas 
perlas ni orgullosos diamantes. 

Yo, por el contrario, llenaba e! cofre de reliquias 
sentimentales, poblando aquel delicado recinto de 
un inquietante idilio entre arrozales y lotos. 

Por estos romances y aquellas imaginaciones 
dialogaba nuestra fantasía, hasta que una noche 
complaciente el destino puso en mis manos el hilo 
del enigma. 

Me había retirado tarde, con el desganado pro- 
pósito de acostarme, pero el noctámbulo rayo de 
luna que entró conmigo desde la terraza puso 
obstáculo a mi corporal apremio, y con dulces e 
íntimas razones consiguió fácilmente llevarme de 
nuevo al jardín, prometiéndome el espectáculo 
magnífico de la .Serenidad paseándose en lunática 
góndola sobre las tranquilas aguas. 

Acodado frente al rumoroso silencio de la noche, 
hecho de voces extinguidas y suspiros que se ini- 
cian, sentía ya titilar en el corazón la estrellita 
milagrera que anuncia el verso, cuando una voz 
intempestiva me sacó de mi ensimismamiento. 
Era como una exótica melopea, como un quejum- 
broso llamado que culminaba en esta única inteligi- 
ble palabra, modulada con precisión y con alma: 

— ¡Dinah! ¡Dinah! 



Presintiendo algún romántico secreto, volvíme 
hacia el cercano bosquecillo de laureles de donde 
la voz partía y cautelosamente me allegué a él. 

Sentado a la oriental, sobre el césped 'brillante 
de luna, estaba el caballero del cofre. Frente a él, 
irguiéndcse sobre el labrado leño como sobre un 
místico pedestal, había una admirable cabeza de 
mujer, pálida hasta lo imposible. Sus largas pes- 
tañas, bajas sobre el misterio de sus ojos, sus 
largas trenzas negras rozando la hierba fresca, los 
labios entreabriéndose en un tibio amago de son- 
risa o de beso. 

— ¡Dinah! ]Dinah! — clamaba el caballero, le- 
vantando hacia el cielo estrellado sus manos 
afiladas y cobrizas donde brillaba como una lá- 
grima una perla solitaria. Había en su acento 
tanto dolor y tanto amor, que en la discreción de 
mi conciencia pensé en retirarme respetuosamen- 
te, pero mi humana curiosidad pudo más, y a ella 
cediendo me adelanté como al azar. Al ruido de 
mis pasos levantó el extranjero la cabeza y al verme 
se apresuró a encerrar en el cofre su delicado ídolo. 

Yo atiné a decir tontamente: Disculpe caballero, 
veo que le he incomodado. No me contestó en un 
principio, pero viendo que yo permanecía de pie 
frente a él, dijo por fin con enigmática sonrisa 
señalándome el cofre: 

— Es una cabeza de cera, sencillamente una 
cabeza de cera, y desapareció en la noche. 

Guardé silencio sobre la extraña aventura, 
temiendo que su divulgación me malquistase defi- 
nitivamente con el caballero, rompiendo así toda 
posiblidad de conocer el bien guardado secreto. 
Me limité tan sólo a sonreír con sutileza de cóm- 
plice al encontrarme con é! al día siguiente en la 
table d'hóts. 

Su pálido rostro lo era más que de costumbre 
aquella mañana. En sus ojos afiebrados posaban 
como dos mariposas negras, visiones de insomnio, 
y su mano demacrada y nerviosa, acariciaba con 
fruición inquietante el cofre enigmático, como de 
costumbre a su lado. 

Pensé en la escena de la víspera y volví a ver 
el maravilloso ídolo femenino, por él llamado: 
una cabeza de cera. 

Esa noche, cuando todo era reposo en el hotel, 
bajé nuevamente al jardín. La luna rielaba sobre 
las aguas como en la anterior y un hálito vago de 
tierra mojada daba más grande intensidad al 
enervante perfume de las rcsas 

Acodado en la familiar balaustrada, esperé con 
el oído atento la renovación del singular rito del 
extranjero. Pero aquel exótico nombre que cul- 
minaba la dolorosa melopea y que llevaba envuelto 
como un murmullo de palmeras: ¡Dinah! ¡Dinah! . . . 
no quebrantó el silencio de la noche mediterránea, 
donde tan solo el grillon boulanger ejercitaba 
su sonata veraniega bajo el claro de luna. De 
pronto me estremecí: el misterioso caballero estaba 
a mi lado, su mano demacrada me rozaba el 
hombro y una dulce sonrisa entreabría sus labios. 

— Os esperaba — dijo. — La curiosidad, que es 
vicio en el vulgo, es virtud en el poeta, y la vues- 
tra, ampliamente justificada, tiene además el raro 
encanto de la discreción. 

Yo me incliné confuso. 

— Por otra parte — siguió diciendo el caballero, 
en un francés apagado lleno de suaves inflexiones 
de voz, que realzaban su inexplicable hechizo — 
mañana volveré a mi acostumbrado peregrinar, y 
la vida inexorable nos separará sin duda para 
siempre. Permitidme entonces, que en recuerdo 
de la escena nocturna y triste, de la que fuisteis 
testigo involuntario, os narre bajo las serenas es- 
trellas, junto a este viejo Mediterráneo, romántico 
y enamorado, la historia dolorosa de mi corazón, 
que es la que alienta en este cofre perfumado. 

Recibido que hubo mis agradecimientos y la 
expresión de mi viva simpatía, nos instalamos el 
caballero y yo sobre la hierba fresca déla pelouse, 
y esta fué la dolorosa cuanto extraña historia que 
nació de sus labios elocuentes. 



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«Yo, señor, soy el raja de Kartemfalia, y a no 
mediar la trágica aventura que ha herido mi co- 
razón, mi vida, al parecer privilegiada, hubiera 
transcurrido sin duda, con la lírica y suntuosa 
despreocupación de los fabulosos ríos de mi selva. 
Pero nadie puede conocer los ocultos designios de 
Brahma. 

Según la tradición de mi raza, que desciende 
en línea recta de Indra, dios de las cinco flechas, 
encantador de gacelas, en mis dominios, tan apa- 
cibles como dilatados, florecía en singular prodigio 
el sonrosado arbusto del amor. 

¡Todo era amor en él!, y la felicidad dejaba 
sentir por todos sus ámbitos su agradable murmu- 
llo, semejante al de la brisa que en el mes de Bala- 
Rama mece los armoniosos tallos de las cañas. 




Por natural y justa proporción, yo, príncipe 
joven de tan sensitivo reino, fui el más enamorado 
de sus moradores, pero mi amor, como convenía 
a mi rango, no se individualizó ni en persona ni en 
cosa: era general y ardiente como el del sol. Mas, 
¡ay de mí! el corazón del hombre es pájaro de 
corto vuelo y ha menester como tal, de una rama 
inmediata donde posarse, a riesgo de consumirse 
en el vacío de un inextinguible anhelo. 

Así fué el mío cuando, con la velocidad de la 
alondra, bajó desde la altura hasta la tímida 
ramita de cerezo que entre la opulenta selva 
tendiera hacia él, Dinah la esclava. 

Fué un divino reposo, la seguridad de una po- 
sesión absoluta; como quien llevase en la mano 
una rosa fragante, que ha nacido para uno y que 
nos dará su perfume y su vida, hasta el último 
pétalo, incondicionalmente. 

Dinah era, como yo, nativa de esa tierra de 
amor que fué la mía. Nos juntamos como dos 
llamas, y ella, la pobrecilla, ardió como el sándalo 
en la hoguera. Conocida esclava, fué saludada 
reina y el hilo de seda de sus dulces palabras 
hizo prisionero al pájaro vagabundo de mi corazón, 
que sólo para ella tuvo desde entonces caricias 
y canciones. 

Fuimos inseparables como el ensueño y la es- 
peranza. Su belleza suprema era para mí el insus- 
tituible atavío de la tierra. Sin, ella no hubo día 
de sol, ni noche estrellada. La veía en todas las 
formas graciosas de la naturaleza. Su voz estaba 
en todo ritmo, su aliento en todas las flores y 
aromas de la tierra. Su gracia, así una estatuíta 
de marfil de una viviente y todopoderosa Adda- 
Nari, tocaba con sus cuatro brazos los cuatro 
puntos cardinales de mi universo. Y esto logró 
no por ciencias ni ardides, sino por fuerza de amor, 
ya que Dinah fué, en todo el transcurso de su 
vida breve, sólo una niña, una pobre niña ena- 
morada!» 

Calló un momento con grave melancolía el 
noble caballero, como si hiciera un esfuerzo para 
contener el tropel doloroso de los recuerdos que 
le asaltaban y continuó: 

«Eramos perfectamente felices. Nuestra unión 
era tan profunda que hablábamos sin hablar, 
que nos besábamos sin besarnos, como en el verso 
sagrado. 

Era la perpetua contemplación del sicómoro en 
el nítido cristal de la fuente escondida de la selva. 

Yo me veía en ella y ella me veía en su seno: 
como en el viejo poema persa, éramos el uno para 
el otro: 

«A la vez: e! amor, el amante y la amada; 

El espejo, la belleza y el ojo.» 

Pero otros eran desgraciadamente los designios 
de Bhagavat. El hacha corva de Siva se alzaba 
en el misterio, silenciosamente, sobre el efímero 
arbolito de nuestra inmensa felicidad. 

Como decía, éramos inseparables y esta insepa- 
rabilidad, anhelada embriaguez del amor, fué 
causa de nuestra desdicha. La felicidad debe es- 
conderse como un tesoro, en el santuario más 
íntimo del hogar. Que jamás la envidiosa mirada 
de un extranjero recorra envidiosamente las her- 
mosas rimas insustituibles de aquel entrañable 
poema que dos almas suscitan al unísono. 

El viejo Maharajá de Sindia, mi aliado, amigo 
y señor, que abrigaba al parecer por mí mani- 
fiesta predilección, me invitó en cierta oportunidad 
a una de aquellas fabulosas cacerías, que consti- 
tuían el paliativo más intenso de su vejez. 

Era el Maharajá un gran señor sibarita, de 
alma «dura y brillante como el diamante», que 
harto de una grandeza huérfana de amor, perse- 
guía en el teclado casi afónico de su cuerpo gas- 
tado ese acorde definitivo, eterno y absoluto que 
sólo ciertas almas unidas llegan a producir. Y fué 
por su ministerio, en aquella malhadada y sun- 
tuosa cacería, que la asechanza latente de Siva, 
el destructor, se encontró con nuestra felicidad. 

Era la más hermosa mañana de la India, lo que 
no es poco decir, y Dinah, en un caballo blanco 
y ligero como una nubécula primaveral en el vien- 
to, estaba a mi lado. 

Nunca mujer alguna, ni la misma Rhada, espesa 
predilecta de Krischna, tuviera igual poder de 
belleza que el que tenía mi amada, aquella ma- 
ñana fragante erguida en su caballo blanco, dentro 
el marco esmeraldino de la selva. 

Y se cumplió la voluntad inquebrantable de 
Siva. 

El encanto de Dinah, la esclava, que iluminaba 
e ilumina para siempre mi alma, obscureció invo- 
luntariamente la del Maharajá, haciendo desapa- 
recer de ella, los tradicionales y afectuosos fan- 
tasmas que nos unían, para no dejar en su reem- 
plazo más que la deleznable imagen de un cri- 
minal cuanto imposible deseo. 

Al terminar la cacería, ya extinguidas las an- 
cestrales voces de la selva en el filosófico atardecer,- 



me apercibí de ello, yo ciego, como todo perfecto 
enamorado, cuando el hasta entonces fraternal 
príncipe, nunca para conmigo celoso de autoridad, 
me dijo conminatoriamente: 

— ¡Véndeme tu bella esclava, raja!; la nece- 
sito. Te daré en cambio de ella lo que quieras, 
así fuese la mitad de mi reino. 

— ¿Dinah? ijamás! — le respondí con increíble 
angustia. — Dinah, aunque es aparentemente mi 
esclava, no lo es en realidad, sino más bien yo 
soy el suyo, y puedes saberlo Maharajá, señor 
mío, que no la trocaré, no digo por la mitad de 
tu reino, ni por toda la India maravillosa! 

El astuto Maharajá no insistió ante mi visible 
impaciencia; guardó silencio, comenzando a fra- 
guar sin duda, entonces, su tenebroso plan. 

De regreso con Dinah a mi palacio, aquella 
noche, nos dijimos más que nunca cosas eternas, 
en la dulce terraza nuestra que bordea el lago, 
bajo la serenidad infinita y complaciente de las 
estrellas. 

Pero, allá en lo más hondo, la inquietud, como 
la bola de nieve que rueda de las cumbres del 
Himalaya, se agrandaba en mi corazón. ¡Ay! ya 
veréis si era justificada!. . . Hoy que todo ha con- 
cluido para mí, y que en vano los años pretenden 
empujar mis recuerdos hacia el abismo, la sufro 
todavía, como en esa noche admirable, triste por 
su misma intensa felicidad. Así revivimos eterna- 
mente nuestros dolores que, a semejanza de un 
ácido corrosivo, pulen el metal del alma, pero la 
van gastando hasta confundirla definitivamente 
en el seno brillante de Alzara la luz-universo. 

Pocos días después de aquel suceso recibo del 
Maharajá invitación de presentarme en su palacio, 
por asuntos, así decía el mensaje, relacionados 
con la propia seguridad del Estado. Y esta vez 
fui solo, arrancándome de Dinah, en cuyos ojos 
de terciopelo, que se esforzaban por sonreirme, 
aparecían, ingenuos en su prístina claridad, los 
primeros diamantes del desconsuelo: las lágrimas. 

Fué con el corazón nublado por el presenti- 
miento, ese agorero pájaro del destino, cuya voz 
es de acero, que emprendí el viaje al palacio del 
Maharajá, distante cerca de una jornada del mío. 
Allí me esperaban, agazapadas en la sombra, como 
dos panteras gemelas, la traición y la felonía. 

Mi presentimiento tomó cuerpo cuando, llegado 
al palacio, el chambelán de su majestad me co- 
municó que mi poderoso señor había tenido que 
ausentarse de improviso, pero que no tardaría en 
volver, rogándome a la vez que le esperase, pues 
le era de urgencia hablarme. 

Grande fué mi cólera al descubrir la por demás 
visible superchería del Maharajá. Intentaron cor- 
tarme el paso, pero la tradición es planta arrai- 
gada hondamente en todo verdadero pecho hindii 
y nadie se animó a atentar contra la sangre que 
yo representaba. .Mis heroicos muertos ancestrales 
estaban conmigo. Partí, pues, de inmediato, pues- 
ta la mente en mi Dinah maravillosa, contra cuya 
incorruptible belleza se ejercían sin duda, enton- 
ces, los repugnantes ardides de un innoble deseo. 

No fué carrera la mía, sino más bien un vuelo 
al través de la selva. Quedábanse atrás mi séquito 
y mi orgullo, como iban delante mi amor y mi 
angustia. Mi pobre caballo extenuado, sin que 
mediara ni látigo ni espuela, comprendiendo el 
peligroso trance en que me hallaba sacó fuerzas 
ds flaqueza y fué en esa circunstancia ligero como 
un suspiro. Así en las humildes bestias cariñosas 
suele hacer milagros la dulzura del hombre. 

Cuando llegué a mi casa amanecía. Un absoluto 
silencio reinaba en mis dominios, y me pareció 
que hasta los pájaros se callaban como al anuncio 
de una tormenta inminente. 




ILUSTRACIONES DE LuPEZ NAGUIL 



Con creciente alarma, al penetrar en ti peris- 
tilo, no encontré en él el cuerpo de guardia que 
allí debía estar día y noche. 

— ¡Dinah! — exclamé ¡Dinah! Y mi voz reso- 
naba lúgubre en los corredores desiertos. Asi llegué 
hasta mi habitación, la más íntima, aquella que 
es como la visible conciencia del hombre, donde 
ae sueña, donde se ama, donde se muere. 

Era, como dicen los occidentales, mi paraíso, 
yo diré más bien el Nirvana infinito de Bhagavat. 

AI entrar en la estancia, el corazón se me re- 
gocijó, ¡oh engañoso y cruel apaciguamiento! 

Más hermosa que el lucero de la mañana al 
reflejarse en la cristalina linfa de la fuente escon- 
dida, reposaba Dinah sobre el lecho de púrpura. 

Su palidez era extrema pero sus ojos eran más 
dulces que la hidromiel que hace olvidar las penas. 

Filtrábase una tenue claridad perfumada entre 
las persianas bajas, y el espíritu de la estancia 
era sereno y fresco como una flor de loto. 

— ¡Dinah! — le dije — me has hecho suspirar 
hasta morir! 

Y ella, con una voz más leve que el murmullo 
del céfiro en los arrozales, me contestó: 

— Y yo por ti me muero suspirando; y el 
mal es irreparable; que la paz de Brahma recoge 
mi suspiro, y su mano todopoderosa te brinda 
en buena hora la delicada copa del olvido. ¡Amor 
mío, me muero por tu amor! Puedes besarme en 
la boca, que ella y mi corazón son siempre tuyos. 
No así el resto de mi cuerpo, mancillado por el 
Maharajá tu señor. Pero no temas, el veneno que 
corre por mis venas le purificará como el fuego, 
y seré en la integridad de mi conciencia, siempre, 
por los siglos de los siglos, en la luz, en el aire y 
en el agua, flor, perfume o nube, Dinah, tu es- 
clava! 

Así dijo la dulce voz y por primera vez su acento, 
siempre tan armonioso, fué más terrible y horrí- 
sono que el trueno que delata el rayo destructor. 
Nada hice para espantar a la muerte que lle- 
gaba; el cuerpo de Dinah ya no me pertenecía, 
pero sí su boca y su corazón, su cabeza admirable, 
sus ojos de terciopelo... 

¡Nos besábamos infinitamente por toda la eter- 
nidad! Aun guardo en mis labios amargos el 
sabor de aquellos besos definitivos que nunca 
volverán. Y en aquella mañana incomparable, 
trémula de juventud, Dinah, mi reina y mi esclava, 
expiró en mis brazos. 

No describiré el dolor de una ausencia que para 
mí no ha tenido nunca lugar. Dinah sigue siendo 
mía; su alma luminosa brilla siempre sobre mi 
universo, y es para mí la esencia de la luz, la for- 
ma tangible de la intangible Alzara. 

Después de sumergirme como en un pozo en 
el éxtasis profundo de mi propia contemplación, 
consultando, según Viara aquel Dios que llevamos 
adentro vigilante, fui otro hombre, y ajeno a 
toda preocupación material fragüé la venganza 
que diera paz a mi espíritu. 

Las últimas palabras de Dinah sonaban como 
un consejo, persistentes a mi oído, y sin titubear, 
automáticamente, me llevé lo que seguía siendo 
mío, lo no profanado, lo sin mancilla, donde 
sin duda alguna mi imagen estaba presente toda- 
vía: la cabeza: la incomparable cabeza de Dinah, 
bella como la luna, que corté de un solo tajo de 
mi cincelado alfanje. 

Intacta, gracias a un viejo secreto de la selva, 
es ésta la cabeza de cera que habéis visto en este 
cofre misterioso. Mi compañera inseparable, mi 
Dinah, la que me habla en el silencio de la noche, 
y vive en mí, más que mi propio espíritu: como 
una esencia, como un arrullo, como un suspiro. . . 

— ¿Y el cuerpo? -— pregunté — ¿el admirable 
cuerpo envenenado? 

— Esa fué mi venganza — prosiguió el caballero. 
— Colocado en dignísimo cofre, espléndidamente 
desnudo, reposando en la familiaridad de la seda, 
pero llevando oculta misteriosa potencia de male- 
ficio, lo envié de regalo al Maharajá, con esta 
misiva: 

«Señor: este cuerpo te pertenece, aquí le tienes. 
Yo me guardo lo mío: el alma y la incontaminada 
cabeza.» 

Y al día siguiente me alejé de la India mara- 
villosa, para nunca más volver.» 

Calló el raja, y mi espíritu absorto guardó 
el silencio propicio a la fantasía. 

De pronto, en el recogimiento de la media 
noche, subió nuevamente hacia las estrellas aquella 
extraña melopea con que se inicia esta historia, 
aquel exótico canto, quejumbroso llamado, tré- 
mulo de dulzura que culminaba en esta única e 
inteligible modulada con precisión, con alma: 
¡Dinah! ¡Dinah! Y el caballero de la cabeza de 
cera cumplió su amoroso rito en mi presencia. 

Aquí termina mi historia, pero todavía llevo 
ardiendo en el alma, como dos estrellas sonámbulas, 
las orientales pupilas de Dinah, la esclava. 






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<EM EL '-AWEÍ-I.NOí. 



NTRE los jóvenes pintores 
españoles que siguen la 
venerable y hermosa es- 
cuela nacional, ocupa un 
alto puesto José Cruz He- 
rrera. .Su pincel vigoroso 
no se dejó imbuir por los 
atrevimientos de modernis- 
mos malsanos, tan comu- 
nes en la juventud artís- 
tica. Pintar del natural y 
para el natural fué el deseo ardiente de Cruz 
Herrera. Desde muchacho inició su aprendizaje 
en los estudios de dos maestros: Cecilio Pía y 
Juan Aciago. Allí supo aprender de ambas deli- 
cadas técnicas, creándose su estilo propio. 

José Cruz Herrera es andaluz gaditano; conoce 
y ama el color pródigo de su patria chica, y lo 
traslada a sus cuadros, dibujados sobriamente bien. 
Aunque algunas veces rindió culto a su tierra 





• EL ülLtiO». 





pintando hermosos paisajes, se dedica al género 
costumbrista con predilección. 

Tipos populares, como «El Gildo», e! «Morito 
aguador» y «En el camerino»; parejas amo- 
rosas, verdaderos dúos apasionados, como «La 
madre», tela donde el viejísimo tema del amor 
maternal hállase expuesto original y suave- 
mente, «Amor triunfa», linda fantasía también 
trabajada sobre un antiguo asunto, son obras 
donde el pintor hace alardes de colorido firme. 

La exposición que de sus últimos cuadros 
inauguró el día 26 en los salones Witcomb 
importa un triunfo para este notable artista, 
de quien el público argentino no conocía aún 
sino lienzos separados. 

Muchas y excelentes exposiciones de autores 
españoles han tenido ocasión de visitar los 
«amateurs» porteños, mas puede decirse que 
muy pocas poseían la unidad graciosa y atrac- 
tiva de la aue presenta el joven artista 




• PRIMAVERA E INVIERNO». 



«CURRILLO DE LAS FLORES». 



«LA MADRE*. 






E aquí un país — tengamos 
el valor de decirlo — de cuyo 
seno está proscripto el ro- 
mance. . . Solamente el afán 
de lucro inspira y mueve las 
energías del conjunto. ¡Dine- 
ro, dinero! Si se excluye la 
pasión religiosa, fácilmente 
perceptible en ciertas esfe- 
ras de la sociedad, ¿qué otra pasión que la de 
acumular podría señalarse en la colmena in- 
quieta y febril que nos rodea? ¿Es que entre 
nosotros alguien muere o mata, verbigracia, por 
su dama? Búsquese la tragedia en el fondo de 
nuestra vida y se la encontrará, es cierto, pero 
siempre originada por un interés material y dentro 
de un triángulo de hierro cuyos tres vértices se 
señalarían con la misma palabra: oro... 

Si una nota roja ensangrienta la crónica diaria 
de los bajos fondos de nuestra sociedad, no es 
preciso requerir mayores informaciones para inte- 
grar los detalles del cuadro: es una taberna, una 
mesa, sobre la mesa unas copas y entre las copas 
un naipe... Y de ahí no salimos. La pincelada 
pasional está ausente del cuadro. Por eso la novela 
o el drama que pretenda reflejar el ambiente local 
tiene necesariamente que adolecer de monocor- 
dismo. La materia prima de que disponemos no 
da sino para construir episodios económicos. La 
figura del hombre que jadea tras de la fortuna 
material; la del nuevo conquistador que quema 
sus naves como el otro y se echa de bruces sobre 
el afán de hacer ¡a América; la del aborigen de 
buena clase para quien el único tema de con- 
versación en la tertulia elegante o en la co- 
mida fastuosa es el precio de las vacas o 
el valor de las tierras; la del muchacho 
desorbitado que finca en un matrimo- 
nio de conveniencias todas las espe- 
ranzas de su vida, y — para concluir 
- la del aventurero afortunado y 
enérgico que se vale de los guan- 
tes para disimular las callosida- 
des de su mano . . . : he aquí los 
ún icos tipos q ue es posible lle- 
var al drama o la novela. 
Son, como se ve, siluetas 
similares y exentas de 
toda variedad. Se tra- 
ta de una sola ar- 



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quitectura psicológica. Es el mismo sujeto girando 
en diferentes capas sociales, pero siempre regido por 
el denominador común de la única pasión que 
estimula sus actividades. No habré de negar que 
es interesante como levadura artística la persona 
de ese recién llegado que dejó en la aldea remota, 
a donde nunca más volverá, los mejores recuerdos 
de su pasado, y cuya despedida de la madre, de 
la novia, del amigo, es en su propia simplicidad 
una página profunda de belleza y de ternura; no 
negaré que su ascención entre nosotros a fuerza 
de puños, substituyendo la propia ignorancia por 
la impulsión victoriosa de sus instintos, marca 
una parábola llena de atracciones para el novelista 
o el dramaturgo; pero convengamos en que el 
taller de! artista reclama una variedad psicológica 
que decididamente nc encontrará entre sus ele- 
mentos el creador argentino... 

¡Dinero, dinero! No existe otro rumbo en las 
energías locales. Y en cuanto a la pasión religiosa, 



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carece de toda suerte de vehemencias. Es una 
pasión blanca, si así puede decirse, que huye de 
la controversia y se esconde en el templo. 

Pensando en estas verdades elementales leo 
algunos juicios críticos que nuestro teatro — ma- 
lamente interpretado en Madrid por una compañía 
de segundones — ha inspirado a algunos críticos 
de la coronada villa. Fuera preciso que esos críti- 
cos hubieran estudiado el ambiente argentino en 
sí mismo antes de analizarlo en aquella su deri- 
vación teatral. 

Habrían comprobado entonces cómo es inevi- 
table para los autores, sobre todo si son since- 
ros en su visión del medio local, esa monotonía 
que advierten en su obra y esa ausencia de 
gamas psicológicas que les ha sido fácil advertir 
en la misma. 

Preténdase ubicar entre nosotros cualquiera de 
los tipos benaventinos, por ejemplo, y saltará a la 
vista su inconsistencia real dentro de esta atmós- 
fera: serían simples exotismos que el público 
aplaudiría como frutos de la imaginación del autor, 
pero nunca como expresiones de este momento 
argentino; sería un transplante artificial, tan efí- 
mero en su éxito como la vida de un árbol ajeno 
puesto en tierra impropicia a su raigambre. 

Yo imagino la suerte que habría corrido en 
Buenos Aires, a haberse estrenado aquí, cualquiera 
de las obras del autor de El collar de estrellas. Y 
no creo excederme en pesimismo asegurando que 
ninguna de esas obras habría estado más de diez 
noches en el cartel. . . 

Agreguemos todavía que el público argentino, 
formado de aluviones interminables, aumenta 
en valor numérico tanto como disminuye en 
poder comprensivo. El inmigrante que em- 
pieza a ponerse cuello limpio significa 
todas las noches para el teatro abo- 
rigen una platea más y una sensibi- 
lidad menos. 

No. No es posible analizar la obra 
intelectual — sobre todo cuando 
se trata de una obra indefectible- 
mente vinculada al medio mo- 
ral donde se escribe — sin es- 
tudiar primero ese medio y 
hundir en su entraña la 
mirada. Es a ese crítico 
a quien estamos espe- 
rando los argentinos. 





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SPAÑA ha sido en todo tiempo abundante de artistas, y 
especialmente de cantantes; y entre las voces que más 
ha dado al mundo, las de sopranos han llegado a la cele- 
bridad muchas veces. No citemos en prueba sino a la fa- 
milia García, que dio los grandes nombres de la Malibran 
y la Viardot, ni mencionemos a la Patti y a la Barrientes; 
pero recordemos a la familia Nieto, de la que conocemos 
a Angeles y a Ofelia. 

Hijas de un reputado médico de Santiago, las señoritas 
Nieto estudiaron m.úsica en su ciudad natal, y sobresalieron de modo tan 
extraordinario desde muy pequeñas, que nadie que las oyera dudaba de su 
porvenir. 

La vocación de ambas por el teatro fué temprana, por cierto, e irrefre- 
nable. Ofeüa, sobre todo, revelaba dotes realmente superiores, y sometién- 
dose a la disciplina severa del estudio, pronto demostró una preparación 
natural sorprendente. Se presentó primero en los teatros de la península, 
y viajó después, por Italia y Portugal, distinguiéndose tan rápidamente, 
que desde luego consiguió ventajosas propuestas para actuar en América. 
Nos visitó así, hace dos años, en viaje a las naciones del Pacífico, y esta 
vez se nos presenta entre los más valiosos elementos del teatro Colón como 
una artista de merecidos prestigio.-;. 

Poseedora de una voz agradabilísima, extensa y sumamente sonora, 
su escuela denota la virtud rara de la medida y la proporción justa de los 
efectos, y el carácter líricodramático de sus cualidades vocales señala to- 
davía aquella excelencia como un mérito mayor de refinado arte. Joven 
y bellísima, prestigia sus personificaciones con estas otras dotes; y 
delicadamente expresiva en la escena, comunica con los gestos 
de sus pequeñas manos infantiles una gracia exquisita a los 
personajes que representa. Ha sido ya aplaudida calu- 
rosamente en «Isabeau» y en «Tosca», y está encarga- 
da do realizar el papel de protagonista en la exhu- 
mación de «La Dolores», de Bretón. L.a seño- 
rita Nieto ha adquirido el derecho a los 
agasajos de nuestro público, y ha de- 
mostrado que su carrera artística le 
promete aún mayores triunfos. 




A sabido destacarse entre los artistas venidos este año a 
tomar parte en la temporada lírica oficial, el tenor español 
don Miguel Fleta. 

En Barcelona fué alumno de la Academia del Liceo, 
donde maestros y condiscípulos no supieron adivinar el 
oculto tesoro de su garganta, y tuvo que trasladarse a 
Italia para perfeccionarse con los maestros de la lírica y 
los profesores del tradicional «bel canto», ganándose el 
sustento con su trabajo, con su intervención en compañías 
de segundo orden y en representaciones ocasionales. 

Sus primeros triunfos fueron obtenidos en los escenarios ya ilustrados 
por las celebridades más grandes del canto, con las óperas famosas del re- 
pertorio popular, pero no se impuso a la consideración de las empresas 
hasta que un gran compositor, Zandonai, lo eligió para crear el personaje 
principal de su última obra, «Giulietta e Romeo». Antes de hacerse cargo 
de ese papel, el joven tenor había conquistado éxitos valederos; pero el 
estreno de la referida ópera en el teatro Costanzi, a principios de este año, 
lo destacó decididamente, poniendo de manifiesto sus cualidades vocales 
y escénicas. 

Su voz tiene un encanto particular de timbre; vigorosa, abundante y 
admirablemente homogénea, ha sido per.fectamente preparada para la eje- 
cución de los más difíciles pasos; con las notas centrales sonoras y bellísimas, 
demuestra de manera completa un órgano bien desarrollado, que al subir 
al registro agudo no cambia de apoyo ni modifica de calidad. Acostum- 
brado a la escuela italiana, en la que se acuerda excesiva importan- 
cia a la hermosura y extensión de las notas en detrimento del buen 
gusto y de la unidad de la melodía, tiene aún cierta tendencia 
a obtener efectos por medio de la habilidad vocal; pero su 
juventud lo explica todo, y se perfeccionará seguramen- 
te con los años, cuando comprenda que la música 
es el arte y no el canto. En el Colón ha obteni- 
do ya varios éxitos, entre los que son de se- 
ñalar los de «Carmen», «Tosca» y «Frances- 
ca da Rimini». Como es natural, ten- 
drá a su cargo el extreno de «Giu- 
lietta e Romeo», que él creó. 





A Z^ Tí L 




UANDO me encontré en las ante- 
salas de aquella casa, tan elegante 
y hasta suntuosamente dispues- 
ta, temí, por un momento, haber- 
me equivocado. Eché mano a la 
cartera y volví a leer, en la duda, 
el anuncio que había recortado 
esa mañana, en un diario del día: 
ZORRO AZUL — Hermoso ejem- 
plar. Se vende por su precio o se 
regala. Avenida Tal, N.°. . . 

Me tranquilicé al punto. No ha- 
bía error de mi parte pues me ha- 
llaba en el domicilio indicado. En 
el peor de los casos, para mí, una 
falla de imprenta me habría hecho 
efectuar un viaje inútil desde mi 
refugio lejano, situado en el extre- 
mo opuesto de la ciudad, y, quizás frustrara en mí. al mismo 
tiempo, la ilusión de hacerme dueño de un animal cuya 
existencia no había sospechado hasta entonces. También 
puede ser — pensé — que tampoco sea el tipóg»afo el 
equivocado, sino el propietario actual del zorro, que lo 
adquirió y trajo a esta casa, sin calcular todas las molestias 
que su permanencia en ella produciría. No es imposible, 
por otra parte — seguí pensando — que ni siquiera el 
zorro tenga la culpa, sino que... a pesar de las apariencias. . . 
Todo puede ser... Un apuro imprevisto... ¡Vaya uno a 
saberlo!. . . Y por último, a mí ¿qué me importa? — terminé 
diciéndome, al caer en la cuenta de que efectivamente era así. 

— Si el señor gusta acompañarme... — me dijo un 
criado apareciendo en el dintel de la puerta. 

Y como yo le siguiera, me condujo, a través del vestíbulo, 
a una habitación vecina que resultó ser fumadero. 

Me di allí con un adusto señor de innegable distinción 
que. desde el diván en que estaba arrellanado, me invitó, 
después de responder a mi saludo, a tomar asiento en una 
silla contigua. 

— A sus órdenes, señor — díjome en seguida. 

— Señor — repuse: — Me he permitido molestarle porque 
un anuncio . . . 

— Sí, ya sé — me interrumpió. — Usted está interesado 
en el zorro azul ¿no es así? 

— Es así, en efecto — respondí, satisfecho de que fuera 
mi interlocutor, que no me era simpático, quien se encar- 
gara de abreviar la conversación. 

— Muy bien, amigo. Tiene usted buen gusto. Y ¿cuánto 
podría ofrecer usted por él? 

— No sé... según sea... veinte pesos... treinta... 
veremos. . . 

El hombre saltó de su asiento y se me encaró, a medio 
metro de distancia, de pie: 

— Pero ¿sabe usted, señor mío, lo que es un zorro azul? 

— Pues, . . la verdad es que no he visto nunca ninguno . . . 
Pero es . . . o debe ser . . . imagino ... un zorro con pelo 
de ese color. 

— ¡No sea bárbaro, amigo, y disculpe! — exclamó el 
dueño de casa, sin poder contenerse. 

Y sin darme tiempo a reponerme de la sorpresa que el 
exabrupto suscitó en mí, continuó: 

— Un zorro azul, entiéndalo usted bien, no es un zorro 
cualquiera, capaz de despoblarle en una noche el gallinero. 
Es un zorro polar, bellísimo animal que es todavía más 
valioso que lindo. ¡Y por él ofrece usted veinte pesos! . . . 
jEs una irrisión! 

— Confieso — dije, a manera de excusa, — que no 



sabía de lo que se trataba: pero, entonces ¿no es azul? 

— No, señor. ¡Qué ha de serlo! ¿Cómo concibe usted un 
animal azul, azul marino o azul turquí? ¡Ni en la tintorería! 

— Entonces, no me interesa. 

— Mal pensado. Un zorro polar es algo más prodigioso 
aún. Su pelaje espeso, largo y lanoso — no cerdudo como 
es el de los demás de su especie — es casi negro en el estío 
y blanco en el invierno. 

— ¿Es posible? 

— ¡Como usted lo oye! De ahí que sea tan estimado en 
las comarcas glaciales de donde es oriundo, pues como allá 
siempre hace frío, los naturales del país se valen del zorro 
para saber en cual de las cuatro estaciones del año están, 
según que su pinta sea o no blanca, o se obscurezca o aclare. 

— ¡Maravilloso! - - exclamé, no dudando ya de que el 
irascible señor se estaba burlando bonitamente de mí; — 
pero lamento decirle - - agregué — que ni aun cuando, 
además de señalar las estaciones, el zorro anuncie los eclip- 
ses, prediga el tiempo y hasta dé la hora, yo no lo compro 
y me voy. 

El rostro del aristócrata reveló una gran decepción. 

— ¿Por qué? — me preguntó, consternado. 

— Pues. . . porque no puedo dar por él más de lo que he 
ofrecido y comprendo que vale mucho más — contesté, 
por decir algo. 

— Bien. Yo necesito deshacerme del zorro de cualquier 
manera que sea — me replicó. — Si le he hecho a usted 
cuestión sobre el precio, es... 

No pudo terminar. Una de las puertas laterales del fu- 
madero se abrió en ese instante con estrépito y apareció 
en ella una joven hermosísima, inundada en llanto, que se 
dirigió, con las manos unidas en ademán de súplica, al 
que era por lo visto su marido. 

— No lo vendas; no me prives, Leoncio, del pobre Gluck 
— imploró entre sollozos. 

Ante la aparición de la dama, los ojos del esposo, al ir 
hacia ella, fulguraron con un brillo siniestro. 

— ¡Clotilde! ¡Mala mujer! Te cuesta separarte de él ¿no 
es cierto? — exclamó con sorna. 

— No seas cruel, Leoncio, no seas injusto — contestó 
ella, mirándole de frente. 

— Ha de saber usted, caballero — vociferó el maride, 
volviéndose furioso hacia mí, — que si quiero eliminar de 
mi casa, a toda costa, este maldito animal, se debe a que 
él es. . . ¡el precio de una afrenta!. . . — ¡Miserable! — aña- 
dió, dirigiéndose a su mujer. 

Yo me encogí en mi asiento cuanto pude. 

— No crea usted, señor — me dijo entonces Clotilde, 
mientras se enjugaba las lágrimas. — La neurastenia le 
ha vuelto ahora celoso. Imagínese usted que este animalito 
me lo trajo de regalo el comandante Fulano, de la «Sar- 
miento», al regreso de la última travesía. Y a este tonto 
se le ha puesto que es porque me corteja, cuando apenas 
si lo veo dos o tres veces al mes. 

— ¡Infame! ¡Y cómo disimula! — gruf.ó Lencio entre dientes. 
En ese momento conocí al zorro, causante involuntario 

de este drama conyugal, que llegó en seguimiento de su ama. 

Era, en verdad, un hermoso ejemplar, de no más de un 
metro del hocico a la cola, de un color gris intenso que se 
acentuaba al aproximarse al lomo, donde se tornaba azul 
profundo, casi negro, y de donde el largo pelo, fino y suave, 
caía distribuido en crenchas sobre los flancos. 

Yo me enamoré de él al momento; mas no así el marido, 
quien, al verle, pareció enconarse más y me gritó, más 
que dijo: 

— ¡Usted se lo lleva, señor! ¡Trato hecho! 




— ¡No lo compre usted, señor! — me suplicó a su vez la 
esposa, tornando a lloriquear. 

— ¿Te irás de aquí, víbora? — estalló el marido, plan- 
tándosele delante con aire amenazador. 

Tan decidida fué su actitud, que la joven huyó medrosa 
a las habitaciones interiores. 

Cuando el lindo animalito quiso seguirla, él lo sujetó por 
un hermoso collar de plata labrada que adornaba su cuello 
y que valía, ciertamente, un dineral. Y en esa forma lo 
entregó en mis manos. 

— ¡Lo dicho dicho está! — exclamó algo apaciguado. — 
¡Es suyo! 

— Pero ¿el precio? — pregunté, confuso. 

— Mantengo lo que digo en el anuncio — me contestó. 
— Si usted hubiera podido pagar los mil quinientos pesos 
que vale seguramente esta bestia odiosa, se la hubiera ven- 
dido, pues tenía hecho el propósito de donar su importe 
a la Liga de Protección a las Jóvenes: pero desde que no 
puede pagar su precio... ¡sostengo lo dicho!... ¡Se la regalol 

— Pero... el collar, al menos — objeté tímidamente. 

— ¡Nada! — me replicó. — Se la regalo con collar y todo; 
pero márchese usted con ella al instante. 

No me hice rogar, ni había para qué prolongar aquella 
incómoda situación. Acepté el obsequio, ofrecí mi tarjeta 
al raro personaje y eché a andar, escaleras abajo, arras- 
trando en pos de mí al curioso espécimen de la fauna polar. 

— ¡Al fin dormiré tranquilo! ¡Gracias a usted! — alcanzó 
a decirme aún Leoncio, mientras yo descendía. 



^ 



Tres días con sus noches estuve pensando y divagando 
en y a propósito de la extraña y ridicula aventura que me 
había hecho dueño de Gluck, en una forma tan rara y, 
sobre todo, económica: pero hubiera terminado, sin duda, 
por relegarla al último rincón de la memoria, a no mediar 
la circunstancia de que una tarde, en el momento mismo 
en que empezaba a olvidarla, se apareció en mi departa- 
mento, para evitar que así fuera, uno de los protagonistas: 
Clotilde. 

Era uno de esos atardeceres aburridos, característicos del 
otoño porteño, húmedo, pegajoso, frío. Tendido en una 
mecedora, mientras Gluck descansaba sobre una piel de 
tigre a mis pies, yo distraía mi soledad leyendo un capítulo 
de Budha, acerca de las mujeres: «La mujer anhela mostrar 
su figura y su talle, ya al andar, ya de pie, ya sentada o 
bien durmiendo. Hasta reproducida en pintura desea cau- 
tivar por los encantos de su belleza y robar así a los hombres 
la firmeza de su corazón. ¿Cómo debéis guardaros?» 

Sobre esta grave cuestión, sobre cómo puede uno guar- 
darse de la mujer, meditaba yo con hondo recogimiento, 
sumido en las cuatro verdades salvadoras del Dharma, 
cuando de improviso, abriéndose la puerta, apareció Clotilde, 
destacando su silueta sobre el rectángulo luminoso de! marco. 

— ¡Esta campanilla no funciona!. . . ¿No hay nadie aquí? 
— preguntó desde el umbral, al no distinguir de pronto los 
objetos en la penumbra de la habitación. 

Gruñó Gluck al oírla y ella, que le echó de ver, se pre- 
cipitó hacia él, arrodillándose a su lado, abrazándole y 
llamándole con los más tiernos nombres, que repetía al 
acariciarle, haciendo caso omiso de mi. 

— ¡Queridito! ¡Lindo! ¡Ricura! ¿No te acordabas ya de 
tu madrecita? ¡IVIalote! ¡Y he ahí que tu madrecita viene 
a visitarte, porque no puede vivir sin ti! ¡Precioso mío! 
¡Encanto!. . . 

Confieso que hubo un momento en que me olvidé de la sa- 
bia admonición del Bhagavat y hasta deseé hallarme en el 
pellejo del zorro, aun a trueque de tener que reiniciar el 
ciclo de mis encarnaciones; pero me repuse al punto, con- 
fortándome con las santas palabras del Bienaventurado: 
«La pasión anubla el corazón del hombre cuando se deslum- 
hra por la belleza de la mujer, y su espíritu está entonces 
desamparado». 

Entretanto, satisfecha al fin la ternura de Clotilde, se 
irguió y encaró conmigo para excusarse y explicarme, con 
garrulería y volubilidad infantiles, el paso que acababa de 
dar. No era vida la que llevaba sin Gluck, y hubiera muerto 
seguramente de pena, desesperanzada de volverle a ver, 
si la casualidad no hubiese querido, esa mañana, que ha- 
llara mi tarjeta con mis señas en el escritorio de su esposo. 
No había vacilado. Todo lo arriesgaba por su «queridito»; 
pero, no: no arriesgaba nada. Ella sabía, no sé cómo, que 
se hallaba en casa de un caballero. 

— ¡Ay! ¡Pero si Leoncio lo supiera!... ¡Me mata, 
señor, me mata!... ¡Y a usted también!... 
Gluck!... ¡A todos!... ¡Nos mata sin piedad 

Yo no sé por qué miré sin querer hacia 
puerta, que había quedado abierta, mientras 
hacia lo posible por infundir a Clotilde un 
coraje que yo no poseía. Mi alma, en efec 
to, vacilando entre dos temores, estaba 
llena de miedo. Si cerraba la puerta ha- 
llándose adentro aquella hermosa mujer, 
corría el riesgo de perder el rumbo de 
las Seis Direcciones; si la dejaba abier- 
ta. . . ya me parecía ver a Leoncio pre- 
sentándose en ella. Opté por cerrarla. 



f I .P- ^T ^ \T 




Después de esto, Clotilde se mostró más razonable; aceptó 
un ponche, se arropó en mi manta y hasta me pidió que 
le obsequiara un pequeño Budha de marfil que vio en mi 
velador; pero no pude convencerla de que había cometido 
una imprudencia y de que, si llegaba a saberse que había 
estado en mi casa, el hecho podría tener para ella muy 
graves consecuencias. 

— No se sabrá porque usted guardará el secreto ¿verdad? 
— • me preguntó, poniéndome familiarmente las manos en 
los hombros y mirándome candorosamente a los ojos. 

Si el Santo, el Budha, penetró en ese instante en mi 
corazón, seguramente ha gravitado un segundo sobre mi 
cabeza la maldición de los reprobos. 

— Nada diré — repuse; — pero. . . ¡márchese usted!. . . 
Es tarde . . . 

— Está bien — me contestó. — Me iré ya; pero usted 
me prometerá antes que un día a la semana, por lo menos, 
yo podré venir a visitar a Gluck. 

Consentí, obligado por las circunstancias, y así fué. Clo- 
tilde inició sus visitas semanales con puntualidad ejemplar, 
que extremaba cada vez más, pues antes de un mes las 
visitas fueron bisemanales, trisemanales luego y finalmente 
diarias, por exigirlo así el inexplicable amor que profesaba 
al bendito zorro polar. 

Diariamente, pues, mientras tomábamos el te que ella 
misma preparaba entonces, yo, fiel a mi doctrina — en la 
que la inicié sin lograr hacerla adelantar un paso en el 
Óctuple Sendero, — trataba de hallarle ubicación en mi 
casa y a mi lado como madre, hermana o hija, según ordena 
el precepto; pero mi Karma se oponía a que pudiera reco- 
nocerla en ninguna de estas tres condiciones. 

Perseveré, no obstante, y en ello estaba un día, cuando 
me anunciaron que un amigo deseaba verme. 

Era la hora en que solía llegar Clotilde y me urgía des- 
pachar cuanto antes al importuno visitante. 

— Hágale usted pasar — dije a mi criado. 

No fué poca mi sorpresa — llamémosla así — cuando 
segundos después se presentó Leoncio. 

— Señor — me dijo, mientras yo moría al recordar la 
fatídica predicción de Clotilde: — vengo a comprarle por lo 
que pida el zorro azul que le regalé. 

No pude contestar al punto. En un instante me había 
visto muerto junto al cadáver de Gluck, mezclada con la 
mía su sangre no menos inocente, y me costaba trabajo 
recobrar el habla. 

— Muy bien, señor — pude decir al fin. 

— ¿Cuánto pide por él? 

— Nada, señor... Es suyo... Lléveselo usted... — 
contesté, sin darme cuenta de lo que decía. 

— De ninguna manera — protestó mi inquietante in- 
terlocutor, con su rudo acento habitual. — Fije usted un 
precio. 

— Pero ¿por qué ese empeño? — me atreví a preguntar. 
— Usted no quería antes a este animal . . . 

— Es verdad; pero las circunstancias han cambiado. Yo 
he sido un bruto y mi mujer es una santa. Felizmente no 
es tarde todavía para reparar el mal que le he hecho... 
Pero esto no le interesa a usted. A mi, en cambie, me inte- 
resa saber cuánto pide usted por el zorro. Me lo llevaré 
en seguida. 

Tranquilizado y dueño ya de mi mismo, contesté entonces 
con aplomo: 

— No quiero ser menos gentil que usted, señor: se lo 
regalo. 

— Es usted un terco — prorrumpió mi visitante; — pero 
no lo es más que yo. Si usted hubiera podido comprar el 
zorro cuando se lo di — añadió — yo le hubiera pedido 
por él mil quinientos pesos. Eso es lo que vale y eso es lo 
que pago. ¡Ea! ¡Aquí tiene usted! 

Y así diciendo, depositó sobre mi mesa un cheque que 
traía ya extendido, tomó del collar a Gluck y se dispuso 
a salir. 

Comprendí que no había nada que hacer. 

— ¡Un momento, señor! — le supliqué, recogiendo el 
cheque, que endosé rápidamente y le devolví, diciéndole: — 
Me permito rogarle que lo haga llegar usted a su destino. 

— ¿Qué quiere decir esto? — me preguntó arrugando 
el ceño. 

— Nada — respondí: — lo he endosado a favor de la Liga 
de Protección a las Jóvenes. 

El gran señor me miró con sus ojos crueles tan amable- 
mente como pudo, guardó el cheque y, haciéndome crujir 
la mano en un cordial apretón de despedida, exclamó, su- 
jetando a Gluck: 
— ¡Adiós! ¡Es usted un hombre de bien! 



^ 



Al día siguiente, entre dos tazas de te, Clo- 
tilde, que acudió a casa en busca de no 
sé qué chisme olvidado, me refirió el 
proceso y la escena de la reconciliación, 
sin omitir, siquiera, detalles que no me 
interesaban. ¿Por qué lo haría?... Lo 
ignoro. Sólo sé que, desde aquella tar- 
de, la beatitud del Nirvana es, para 
mí, un sueño inaccesible... 



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«LA GALLINA CIEGA», 

El invierno moderó sus furias; las jaras quieren comenzar a flore- 
cer. Desde lejos (desde el balcón del palacio real o desde los alto- 
zanos de la Moncloa) el Guadarrama es como una nube azulina y flo- 
tante en cuyo borde, rozando el cielo, blanquea una franja de nieve. 

Espectáculo indispensable, fondo de telón perpetuo, 
norte y mira y obsesión de Madrid, ¿cómo ha sido 
vista esa sierra sin igual por los hombre urbanos? Ol- 
videmos las injurias y el terror supersticioso que la 
gente de Madrid ha destinado siempre al Guadarra- 
ma, nido de pulmonías y origen de todo estornudo. 
El Arte, por fortuna, no ha sido ingrato para las mon- 
tañas de blanco y azul que cierran maravillosa y ma- 
jestuosamente e! horizonte madrileño. 

Dos poetas y dos pintores han interpretado con es- 
pecial predilección el Guadarrama. El Arcipreste de 
Hita es uno de los poetas y el marqués de Santillana 
el otro; Velázquez y Goya son los pintores. Diferen- 
tes en época, en cultura y en temperamento, 
¿podrá nadie sorprenderse de que las cuatro 
interpretaciones sean tan distintas? 

Juan Ruiz, el sano, recio, material y pene- 
trante Arcipreste de Hita, adopta frente al 
Guadarrama la actitud que es en él habitual e inco- 
rregible: la risa y la broma. Sabría rimar cantigas 
y pastorelas como tantos otros poetas contemporá- 
neos; ha leído a Virgilio; conoce los clásicos profunda- 
mente, por más que lo disimule bajo su chocarrería 
cotidiana. Pero en vez de cantigas pulidas, al Arci- 
preste le brotan carcajadas y anécdotas de un humo- 
rismo cerril. El viento frío de las cumbres y las as- 
censiones por los grandes lomazos no hacen más que 
estimular su apetito, y también su buen humor; en 
cuanto a las vaqueras, aunque tal vez le estimulan 
otros apetitos menos confesables, sólo consigue de ellas 
bufidos, burlas. 

Todo al contrario, el marqués de Santillana inter- 
preta la sierra al modo pulido de los troveros contem- 
poráneos. Se dirige a las quebradas y cumbres del 
Guadarrama como lo que es, como un gran caballero 
y cortesano, como un guerrero y galanteador. Así como 
al Arcipreste las pastoras se le convierten en agresivas, 
feroces y chatas vaqueras, el marqués hace de las po- 
bres vaquerizas verdaderas pastoras de idilio galante. 



CV\DR.OS 



O • GENIALES 
INTEÍLPRETES 
El- OVADMAMA 



Allá en la uegüela 
a Mata' I .íspino, 
en ese camino 
oue va a Lozoyuela, 
de guisa la vi 
que me fizo gana 
la fruta temprana. 



Garnacha traía 
dp. oro pri'sada 
con broncha dorada 
que bien parecía. 
A ella volví 
diciendo: "Lozana, 
je sois vos villana?. 



Tal vez nadie hasta hoy ha sentido y expre- 
sado la sierra de Guadarrama como Veláz- 
quez. Verdaderamente es el procer pintor 
sevillano quien de una manera sublime 



JOSÉ 



MARÍA 




CARTÓN DE GOYA. 



(la manera velazqueña por antonomasia) infunde vida estética y repre- 
sentación nobiliaria a ese macizo montañoso céntrico vertebral de la 
Península. Los fondos paisajistas de los cuadros han podido ser perfec- 
tamente convencionales hasta ahora, árboles y colinas, praderas y ríos 
remansados, en el taller del pintor, de memoria y 
sobre patrones convenidos, se han pintado siempre. 
Pero desde Velázquez ya no podrá esto repetirse im- 
punemente. Porque el gran artista, impresionado por 
lo que sus ojos ven todos los días desde las venta- 
nas del palacio del rey, ha comprendido que sería es- 
túpido pintar de memoria ese trozo de naturaleza, el 
paisaje, que posee tanto valor, tanta importancia en 
un lienzo como las mismas personas humanas. Y así, 
cuando hace un retrato, aunque la persona sea de 
tanta calidad como el propio rey, su señor, asigna al 
fondo paisajista del cuadro ni más ni menos la mis- 
ma consideración que al retratado. 

Velázquez pone en sus lienzos el paisaje que 
le es habitual, el que más frecuenta y vive. Es 
ese trozo de campo que se extiende al norte y 
a poniente de Madrid desde el palacio hasta 
el Guadarrama. 
Ahí está el retrato del príncipe Baltasar. Caballero 
y caballo adquieren una pompa singular mediante la 
colaboración del país que se divisa al fondo. Ya no se 
trata del fondo obligado en toda pintura: no es la ven- 
tana por la que asoman los árboles, las colinas con 
algún castillo torreado, el cielo de limpio y encantador 
azul. Ahora Velázquez pone a su retratado en mitad 
de una suave ladera, en pleno aire y a plena luz; aire 
y luz envuelven a las figuras; el cuadro entero es luz 
y aire vivientes. Estamos en un monte, probablemente 
el monte de El Pardo. El terreno se desliza sinuoso. 



Busquemos ahora a Goya. Hundámonos en el sóta- 
no, donde se ha reservado unos compartimentos. Los 
cartones para los tapices nos asaltan al paso, nos de- 
tienen: necesario es obedecer al mandato imperativo de 
esa multitud de figuras que nos hacen desde las pare- 
des los más varios, pintorescos y encantadores gestos. 

Ahí también aparece el Guadarrama en ese pintor 
que trabaja en Madrid y que ama el campo grave, 
cenceño, a ratos lindo y como nada riente. Pero los 
cartones para tapicería no son obras de cuya veracidad 
necesitará responder el pintor. Son creaciones capri- 
',;hosas. de mera imaginación y trabajadas al vuelo de 
la fantasía. El Guadarrama que ahí vemos ya no es 
la sierra exacta y a la vez sublime de Velázquez, sino 
un Guadarrama algo arbitrario, como propio de quien 
pinta fácil, alegremente, unos cuantos motivos de 
decoración. 

El Guadarrama de cLa Vendimia» es harto conven- 
cional; un ancho y fértil valle de viñedos se tiende 
al pie de las azuladas montañas recordando más 
que los pobres y fríos pastizales guadarrame- 
ños, la fecundidad y lozanía del valle del 
Tietar, al pie de! largo macizo de Gredos. 



SALAVERRIA 



«EL PRÍNCIPE BALTASAR», POR VELÁZQUEZ. 





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No hay sentimiento compara- 
ble en el corazón humano al 
amor de las madres por sus 
hijos. Las mujeres con la sen- 
sibilidad propia del sexo fe- 
menino, exhaltan ese amor 
hasta su más alto grado, 
amor en el que no existe 
egoísmo; un amor todo 
ternura, todo delicadeza, 
sin arrebatos, sin impa- 
ciencias, y tan grande, 
tan hondo, que sola- 
mente las que tuvieron 
la dicha inefable de te- 
ner hijos pueden apre- 
ciarlo. Ese amor no 
desmaya, no se ami- 
nora en el transcurso 
de la vida; antes por 
el contrario, parece 
acrecentarse, y sabe 
¡revolucionando a me- 
dida que la hija se ha- 
ce mujer, que el hijo 
se hace hombre... Pri- 
mero es el amor tierno, 
el que protege.el que ro- 
dea al débil ser con los 
más solícitos cuidados: el 
amor temeroso, el que 
continuamente parece que- 
rer detener el más mínimo 
mal que amenace al ser 
adorado... Luego viene la 
edad de la amistad, del compa- 
ñerismo, en que la madre y la 
hija son hermanas, y el corazón 
materno trata de rejuvenecerse 
para acercarse 
másaesecora- señora haría luisa 
zón que nace a demarchi de gallardo. 



la vida, que comienza recién a la- 
tir. . . y cuando las primeras pe- 
nas, los primeros dolores van a 
herir el alma del hijo, ¡es la vi- 
da entera de la madre la que 
se funde en ese dolor para 
compartirlo, para aliviar- 
lo!.. . No hay momento 
de la vida en que el co- 
razón materno no vigile 
ansioso el curso de la 
existencia de los que 
son pedazos de su al- 
ma, y cuando una se- 
paración forzosa aleja 
de sí a sus hijos, en 
pos de ellos va su 
pensamiento y su es- 
píritu. . . 

La madre argentina 
es particularmente 
amante de sus hijos, 
salvo dolorosos casos 
en los que se les aban- 
dona en absoluto a 
manos mercenarias pa- 
ra tener mayor inde- 
pendencia mundana. 
Vemos así en estas pági- 
nas mamas pertenecien- 
tes a la más alta aristo- 
cracia, orgullosas de sus 
hijos, luciendo su juvenil 
belleza junto a bs caritas 
de sus bebés, verdaderos 
muñecos con vida, que son su 
más preciado tesoro y su más 
bella ilusión del porvenir. 



--*•**■* 



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seAora ,'USTA dose de zemborain. 



señora angela de ALZAOA UNZUÉ de GONZÁLEZ GUERRICO. 



a 





SEÑORA MARÍA MURGA LYNCH DE FRERS. 



SEÑORA MARÍA TERESA PEARSON DE ALZAOA. 




SEÑORA AGUSTINA OARCÍA MANSILLA DE MANTILLA. 



SEÑORA MERCEDES QUINTANA DE SANTAMARINA. 




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•Son mis ensue- 
ños nriaterializados 
por el lápiz y el 
cincel* — dice el 
ingeniero arquitec- 
to Mano Palanti. 

En un rincón del 
estudio hay una 
obra escultórica 
que cautiva la vis- 
ta. Está llena de 
fuerza ascensional 
y de gracia rara. 
Pslanti la explica: 

•Alma de héroe ■ 
se titula. Me inspi- 
ré en la glorifica- 
ción del sacrificic 
sublime, en la di- 
vinidad del ardi- 
miento humano, 
plasmado en la en- 
camación del po- 
derío del águila 
elevándose hacia 
las alturas infini- 
tas. El cuerpo está 
muerto, pero el al- 
ma vive y palpita 
con la más pura 
pasión de amor pa- 
trio. Es un vuelo 
de adiós a la pa- 
tria: es un intento 
de materializar el 
esfuerzo humano 
luchando por la 
conquista de la in- 
mortalidad, y su 
triunfo sobre la in- 
sidia y el terror; es 
el símbolo potente 
y ágil del águila 
•que separa y une 
los espacios y la 
tierra», el más an- 
tiguo y el más mo- 
derno de los sím- 
bolos elegidos para 
representar la fuer- 
za y la belleza; es 
el natural conjun- 
to del águila y del 
cuerpo humano 
elevándose hacia 
la morada donde 
ha de recibir el hé- 
roe su divina re- 
compensa.» 

•Y este centau- 
ro erguido sobre 
una roca — añade 
con cálida palabra 
— representa el 
poderío incontras- 
table del genio uni- 
do a la intraduci- 
bie «hardiesse», y 
puestos al servicio 
del ideal. Su acti- 
tud lo muestra 
próximo a alzarse 
en algún soberbio 
esfuerzo renovador 
de mitológicas ha- 
zañas. He querido 
que su figura sea a 
la vez bizarra, im 
periosa y fuerte 
Es el genio domi 
nador. cuya mira 
da ilumina el por 
venir y redime e 
presente.» 

El ingeniero Pa 
lanti habla entu 
siasmado. sin ade 
manes teatrales 
con modestia. Es 
un artista cons 
ciente. uno de esos 
artífices italianos 
cultores de las tra- 
diciones espléndi- 
das de su patria. 
Hay en él noble 



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INTERIOR Y FREN- 
TE DE UN ANFI- 



TEATRO DE CON- 
CIERTOS CLÁSICOS. 



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ALMA DE HÉROE. 



EL CENTAURO EN LUCHA. 



LA LLAMA DEL GENIO LATINO. 



orgullo, no frágil 
vanidad. Joven y 
entusiasta, de gran 
ilustración cientí- 
fica y artística 
realiza en nuestra 
metrópoli una la- 
bor de progreso. 

Si él pudiera 
realizar todos sus 
ensueños arquitec- 
tónicos, tendría- 
mos muchas obras 
monumentales. 
Ved, si no, ese an- 
fiteatro de concier- 
tos clásicos, edifi- 
cio que Palanti co- 
menta así: «Se tra- 
ta de una amplísi- 
ma sala para audi- 
ciones musicales y 
espectáculos líri- 
cos, cuya estructu- 
ra y aspectos exte- 
rior e interior han 
sido imaginados 
para crear el am- 
biente propio, ne- 
cesario y natural 
que requieren. La 
sala no afecta la 
forma común de 
los recintos cons- 
truidos hasta aho- 
ra para espec- 
táculos. Es un ver- 
dadero anfiteatro, 
inspirado en los 
teatros romanos, 
con estas diferen- 
cias: que en lugar 
de ser a cielo abier- 
to está techado, y 
en vez de teñera la 
naturaleza por es- 
cenario tiene un 
proscenio artifi- 
cial, impuesto por 
las circunstancias, 
y cuyo decorado 
simularía lo más a 
menudo la sencilla 
línea del horizon- 
te. Su capacidad es 
de cuatro mil per- 
sonas, lo que da 
idea de la impor- 
tancia que tendría 
este coliseo. El 
ambiente medioe- 
val imaginado se 
adapta perfecta- 
mente al misticis- 
mo de la música 
wagneriana; es 
realmente su at- 
mósfera especial. 
Las curvas cónca- 
vas y convexas de 
bóvedas y arcadas 
refuerzan la acús- 
tica». 

Junto a los bo- 
cetos de esta obra 
hemos visto otros. 
Hay un castillo de 
florida y elegante 
presencia que, in- 
mediatamente, 
nuestra imagina- 
ción eligió para el 
día que la fortuna 
nos haga «noveaux 
riches». Quizás ese 
castillo no tenga 
nunca castellano, 
pero es un primor 
de esbeltez y de 
gracia. Quizás sea 
andando el tiempo 
donde Palanti ten- 
ga libres sus horas 
para soñar a gol- 
pes de cincel y tra- 
zos de lápiz. 






Df lA VIDA 




L EDUAIiO 



Flaco — más flaco que 
nunca — metido en un 
gabán de pieles y conva- 
leciente de una pulmo- 
nía, acabo de ver en una 
calle de Madrid al poeta 
y diplomático brasileño 
Jarbas Loretti da Silva 
Lima, a quien conocí en 
Quito. 

Alto, seco y cetrino, 
siempre algo inclinado 
hacia adelante en un 
gesto distinguido y cor- 
dial, Jarbas Loretti me 
«xplica las razones de su 
viaje a España, donde 
querría establecerse. 
Tendrá cincuenta años. 
Su palabra es vivaz, sus 
manos huesudas practi- 
can la elegancia envol- 
vente de los ademanes 
pausados, y tras sus es- 
pejuelos de oro, sus ojos 
verdosos nos observan 
con esa dulzura que in- 
funde a la mirada la mio- 
pía. Viste sombrero blan- 
do, de color gris, botas 
de charo!, pantalón obs- 
curo a rayas, y un mo- 
mento en que su gabán 

se ha entreabierto, vimos bajo el chaquet, bien 
ceñido al talle elástico, un chaleco de terciopelo 
negro, con flores rojas, que trajo a mi memoria 
los chalecos — tantas veces recordados — de 
Gautier y de Barbey d'Aurevilly. 

Durante mi permanencia en Quito, Jarbas Lo- 
retti, a la sazón ministro del Brasil en la República 
del Ecuador, iba a visitarme al hotel casi todos los 
días, y su amable charlar, y aquel énfasis con que 
solía recitarme versos de los grandes poetas clá- 
sicos portugueses, proporcionábanme ratos muy 
agradables. ¡Bien se echaba de ver que anduvo 
mucho por el mundo! Era distinguido, era afec- 
tuoso, con ese deseo de sociabilidad que caracteriza 
a los solterones, y había en su voz una tristeza 
persuasiva de súplica. 

A Jarbas Loretti le sorprendía hallarme siempre 
rodeado de amigos. Una tarde en que, por casua- 
lidad rarísima, no había nadie me lo dijo: 

— ¿Cómo se las arregla usted para no estar 
nunca solo?. . . 

No supe qué contestarle; yo, verdaderamente 
no hacía nada. El insistió: 

— ¿Realmente no hace usted nada? 

- — No — repuse — como no sea recibir amable- 
mente a cuantos camaradas se acercan a mí. 

El exclamó con expresión distraída y mirando 
a su alrededor, como dialogando consigo mismo: 

— ¡La amabilidad es buena, pero no basta! 
Amable soy yo y vivo aislado . . . 

Abismóse en una rememoración que le tuvo 
callado larguísimo rato. Después prendió un ciga- 
rrillo y continuó: 

— No puede usted imaginarse cuántos esfuerzos 
he hecho para rodearme de afectos que me ayu- 
dasen a olvidar un poco el fastidio de los días. 
A poco de llegar aquí, intenté convertir mi casa, 
que es grande y alegre, en una especie de club. 
Para conseguirlo estaba resuelto a gastarme el 
dinero que fuese preciso: además disponía de un 
cocinero excelente. Organicé algunos bailes a los 
que asistieron las familias de mayor viso de la 
ciudad, y empecé a dar comidas. Aquellas reunio- 
nes al principio fueron muy animadas; luego, sin 
motivo ninguno, poco a poco decayeron, y volví 
a quedar solo. La ciencia de mi cocinero no me 
sirvió de nada. Yo le aseguro a usted que en mi 
casa reinaba la mejor libertad; el piano era bueno, 
los muebles cómodos, y en mi bodega había vinos 
de marca... ¿Cómo explica usted, dadas estas 
circunstancias, que todo el mundo huyera de 
mí?... Para concluir le diré que algún tiempo 
después tuve que hacer un viaje a Río de Janeiro, 
se lo participé por carta a mis amigos saludándoles 
y despidiéndome de ellos, y cuando llegué a la 




INQjJIETA 
D 




lAMACOIS 

DC VillbíüA 



estación tuve la pena de comprobar que nadie. . . 
¿oye usted bien? . . . ¡nadie! . . . había ido a decirme 
adiós. 

La sinceridad con que mi colocutor se dolía de 
su incomunicación, me interesó. ¿Por qué las gen- 
tes parecían esquivar el trato de un hombre que 
habitaba en casa espaciosa y confortable y era 
simpático, y se desvivía por dar bien de comer a 




■«MAMÉIhi 



sus invitados? ¿A qué 
causas arcanas atribuir 
aquel retraimiento? 
¿Qué misterio había allí? 
De pronto comprendí: 
la razón, bañada en luz 
meridiana, aparecía a 
mis ojos. 

— ¿Cuántos años hace 
que vive usted en Quito? 
— pregunté a Loretti. 

— Once años. 

— ¡Once años! — re- 
petí. — Entonces, ¿de 
qué se extraña usted?. . . 
Lo extraordinario, lo 
asombroso y sin prece- 
dentes, sería tener ami- 
gos en una ciudad donde 
se ha permanecido tanto 
tiempo. Yo estoy rodea- 
do de amigos porque lle- 
gué hace pocos días, y 
todavía no han podido 
cansarse de mí, y saben 
que me marcho pronto. 
¡Pero la situación de us- 
ted es otra! ¡Once años!... 
¿Usted cree que los hom- 

ábres aciertan a fabticar 
KfíggglliglIHll amistades de tanta du- 
ración? No: ni las hay, 
ni las hubo; y lo de- 
muestra el que Orestes y Pílades, por el mero 
hecho de ser buenos amigos, hayan conquistado 
la posteridad. 

Continué desarrollando mi teoría, y cuando 
Jarbas Loretti se marchó, comprendí que iba con- 
solado. De esto hemos vuelto a hablar ahora. 

— ¡Qué razón tenía usted! — exclamó; — últi- 
mamente, al salir de Buenos Aires donde apenas 
había permanecido dos semanas, más de cincuenta 
-| personas fueron a despedirme al muelle, y todas 
estaban conmovidas... 

Y he aquí una prueba más de que en «e! arte 
de irse» reside un noventa por ciento, cuando 
menos, de la buena impresión que podemos dejar 
detrás de nosotros. 

Como sobre los escenarios de la farándula, en el 
teatro de la vida conviene «saber aparecer» y más 
aún, «saber marcharse». En el campo de las inves- 
tigaciones científicas se debe rebuscar, perseverar, 
insistir sin darle al misterio cuartel; un sabio puede 
i permanecer veinte años asomado a su microscopio 
: j buscando la contestación a una pregunta; la ciencia 
1 necesita ahondar; en el sabio, el genio se confunde 
con la voluntad. Pero en la frivola existencia so- 
! cial, en esa vida epidérmica hecha de frases ama- 
' bles, de apretones de manos, de tarjetas de invi- 
¡ tación, de pequeños negocios. . . es indispensable 
I resbalar, patinar, deslizarse, si no queremos pecar 
: de aburridos. El alma de la vida universal es el 
Tiempo, como el alma de la oración gramatical es 
,¡ el verbo. Así en nuestra vida: «fui, soy, seré...» 
¡I repetimos; y caminamos sin detenernos jamás, ni 
;; aun en la muerte, porque allí donde se muere, allí 
se renace. La vida es una conjugación. 

¡Pasad. . . pasad! Acostumbraos a iros antes de 
\ agotar el misterio que late en vosotros; marchaos 
.! sin haber dicho el último donaire, sin haber gas- 
tado la última gallardía, sin haber descubierto 
vuestros secretos más hondos. De no acertar a 
marcharnos en la hora justa, preferible será siem- 
pre retirarnos un poco antes que no un poco des- 
pués; porque en el primer caso, a !os que andu- 
vieron a nuestro alrededor les quedará la pena 
do vernos partir demasiado pronto; y en el se- 
gundo, el empacho de una convivencia demasia- 
do larga. 

No insistamos, no queramos convertir en surco 
la frivolidad de la estela. Con el corazón pleno de 
bondad y de alegría, pasemos. Hagamos de nuestra 
inconsistencia una filosofía y también una gracia. 
Pasemos con una flor en la mano, y pronto, para 
que algún día, los que nos recuerden, lo hagan 
con afecto. 

¡Pasar! . . . Bien sé que es triste pasar; y sin 
embargo, es lo mejor... 



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PREHISTORIA 



ARGENTINA 




La cueva denominada 



-■A UEL TORO DEGOLLADO*. EN GUASAPAMPA, PROVINCIA DE COR['OBA, EN CUYO INTERIOR HALLANSE LOS PETROGLIFICOS REPRODUCIDOS EN LA 
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Después del placer de dar expresión 
a nuestros sentimientos, está el de 
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elevado concepto que a éste le merece, y que constituye el 
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maravilla de fertilidad y abundancia si en toda la provincia abundaran 
sitios como los que reproducimos en estas fotos. Pero la lucha desigual 
que aquellos colonos se ven obligados a sostener contra la sequía, hace que 
no abunden estas estancias, verdaderos oasis en el desierto. 

Arca de Noé llama e! señor Nicanor Santorso a este zoológico en 



miniatura que formó en su establecimiento de Punta de Llanos. Tam- 
bién es digna de notarse una de las represas construidas en la estancia 
del señor Marcial Paredes, en el punto denominado Las Jarilla.s. Mediante 
estos depósitos de agua el ganadero y el agricultor pueden vencer a la natu- 
raleza. Los terratenientes ricos pueden propoi clonarse estos lujos; pero 
no los colonos modestos. 




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ventanillas, y el Sedan se convierte prácticamente en 
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graniza o sopla mucho viento, se alzan las ventanillas y 
quedan los pasajeros completamente protegidos contra las 
inclemencias del tiempo, sentados cómodamente en los mu- 
llidos cojines. En climas calurosos, el imperial, construido 
de madera de aeroplano dispuesta en tres capas, tiene las 
propiedades de los sombreros de corcho, refractarios a los 
rayos del sol. 




AÑO VII 
N Ú M. 75 



JULIO 
DE 1922 




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CREUOANTE. 



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L 13 de octubre del corriente año 
se cumple el primer centenario 
de la muerte de Antonio Cane- 
vá, un gigante de la escultura 
italiana. Quien haya visto una 
de sus estatuas más importan- 
tes, no podrá por cierto olvidar- 
la. Canova merece ser recordado 
como hombre y como artista; pobre, sin influen- 
cias, supo abrirse un camino en la vida a fuerza de 
tenacidad y de trabajo. No fué comprendido inme- 
diatamente; tuvo que luchar c.on enormes difi- 
cultades y contra sus enemigos; pero bueno, ama- 
ble, de carácter optimista, acabó por beneficiar 
aún a sus detractores. Uno de éstos se enfermó. 
Era un menguado pintor de poco mérito, pero 
envidioso y mala lengua. Canova, de quien el pin- 
tor hablaba siempre mal, supo que estaba enfer- 
mo, y le escribió una carta cariñosísima para com- 
prarle uno de sus cuadros y adjuntarle una suma 
apreciable. . . 

Los amigos de Canova, por su parte, lo querían 
mucho. Como Antonio d'Este hubisse oído decir 
que el escultor francés Suasy llamaba a Canova 
«escultor veneciano traducido al griego», envolvió 
en un paño brazos, manos, pies, esculpidos por el 
artista, y se puso a pasear por la calle que el fran- 
cés acostumbraba recorrer. A Suasy le llamó la 
atención el envoltorio que d'Este llevaba, y 
le preguntó: 

— ¿Qué es eso? 

— Fragmentos interesantes, en mármol, que he 
22) comprado a un escultor. CI 



DAMO.SSENO. 



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EL DOLOR. 





MONUMENTO A CLEMENTE XIV. 



MONUMENTO DE LOS E5TUARD0. 



— Veamos. ¡Qué hermosos! ¡Son obras de estilo! 
Muéstreselos a Canova y dígale que los estudie y 
aprenda. 

Cuando el francés supo la broma, no le perdonó 
jamás. . . 

Canova era un alma candida; era sencillo, de 
buenas maneras, cortés aun con los importunos. 

Cuando Canova no tenía sino diez años, preparó, 
con motivo de una gran comida ofrecida por el 
sanador Zuane Faüer, un magnífico león de San 
Marcos, de... manteca. 

Fué un éxito que le ganó elogios; pero que no 
agradó a su abuelo, que quería que el muchacho 
fuese, como él, picapedrero, y no escultor. - Hay 
que trabajar y no perder el tiempo -decía el viejo. 

Pero el león de manteca le trajo suerte a Cano- 
va, porque el senador Falier logró convencer al 
terrible abuelo de que hiciera estudiar al mucha- 
cho, que primero fuá mandado al taller de un 




MONUMENTO REZZONICO. 



artista, y después a Venecia. No tenia entonces 
sino doce años. Sus primeras obras fueron dos 
canastas llenas de frutas que le mandó hacer el 
senador Falier, el cual quedó tan satisfecho, que 
quiso que el joven artista le hiciese en el acto dos 
estatuas importantes; una Eurídice y un Orfeo. 
Mas ¿cómo y en dónde encontrar los modelos? 
Canova se hallaba en Possagno, su pequeño pue- 
blo nativo, y alli las dificultades eran mayores. 
Al fin una hermosa jovencita, previa promesa del 
más riguroso secreto, aceptó servir de modelo; 
pero el abuelo del joven escultor no quiso saber 
nada; hasta que, por intervención del párroco, 
se resignó a que la joven posase para su nieto. 

Pero una modelo sola no bastaba, y Canova se 
levantaba al amanecer para ir a pie a Venecia, 
a la escuela de desnudo. Cincuenta millas, ida y 
vuelta. ¿Quién haría otro tanto? 

Las estatuas gustaron; mas la pobreza conti- 





HtRCULCS Y LICAS. 



TUMBA DE LA ARCHIDUIJUESA M. CRISTINA. 



ntiaba. En Roma, las cosas cambiaron. Zuliar. 
embajador de la república de Venecia. ofreció a 
Canova mesa, alojamiento y estudio, y su protec- 
ción duró tres años. A Canova todo eso le parecía 
un sueño. Se puso a trabajar y no se dio reposo. 
Su primer gran monumento fué el de Clemente 
XIV, en la iglesia de los Santos Apóstoles. Fué 
inaugurado en abril de 1787. Durante la ceremo- 
nia, un escultor envidioso empezó a criticar en 
voz alta la concepción, la arquitectura y la eje- 
cución de la obra, hasta que un noble, fastidiado 
e irritado por tanta audacia, se subió a una silla, 
y dijo, de manera que todos pudiesen oírlo: 

— ¿Saben ustedes quién es el que se atreve a 
criticar? El autor de aquellos renacuajos— y con el 
dedo señaló un grupo de ángeles, que poco des- 
pués fué sacado de la iglesia por no ser digno de 
figurar al lado de las obras maestras que hay allí. 

Cuando, después de sus grandes éxitos, éste 
volvió a Possagno, recibió la más entusiasta aco- 
gida: tuvo que corresponder a tantas invitacio- 
nes, que de repente se encontró sin dinero, tanto 
que para seguir viaje necesitó pedir prestado y 
empeñar su reloj y el de su amigo d'Este. 

En abril de l&Dl Canova concluyó el Perseo 
con la cabeza de Medusa. Esta estatua gustó 
bastante, y Canova quiso venderla a buen precio, 
para comprar unas tierras que se proponía llamar 
los campos de Perseo. En París querían comprar 
el Perseo, pero Roma no podía permitir que fuese 
al extranjero, y una gran dama propuso a sus 
amigas hacer una subscripción para adquirirlo. 
El Papa, entonces, intervino, y compró el Perseo 
para el museo Pío Clementino. 

Días tristísimos fueron para Canova los que 
pasó con motivo del llamamiento imperioso que 
de Paris le hizo Napoleón. Al principio, se negó 
a ir. pero después, a causa de los temores del 
Vaticano y por obra de la habilidad del embaja- 
dor francés en Roma, se dejó convencer; pero no 
quiso quedarse en París, a pesar de las atencio- 
nes y honorei que recibió. 

De vuelta a Roma, amplió sus talleres, de los 
cuales aun quedan trozos, y volvió a trabajar. 
Pero una crecida del Tiber inundó los talleres del 
artista. En los primeros días no ocurrió nada 
grave, y la estatua de Palamedes, para el conde 
Sommariva estaba intacta; mas un buen día, el 
pavimento, podrido por el agua, se hundió, y el 
Palamedes por poco mata a su creador. La esta- 
tua se rompió los brazos y las piernas. Canova, 
que ya había recibido y gastado los cincuenta mil 
escudos del conde, prometió restaurarla. El con- 
de, que era muy avaro, consintió, pero con la 
condición de una rebaja en el precio. ■ — Canova no 
rebaja sus precios; hará otra estatua — contestó el 
escultor. Mas como la obra demoraría algunos 
años, el conde Sommariva tuvo que contentarse 
con el Palamedes hábilmente restaurado. 

Pocos artistas han tenido la dignidad y la alti- 
vez de Canova. Cuando el marqués Forionia com- 
pró el maravilloso grupo de Hércules y Licas, 
que todo Roma había corrido a admirar, en una 
cámara convenientemente decorada, las alaban- 




LAS TRES GRACIAS. 



NAPOLEÓN I. 



zas fueron unánimes para el artista y para el 
marqués, el cual dejó escapar esta frase: - - Pero se 
necesita mi valor para haber dado diez y ocho 
mil escudos... - Canova lo supo tres días después 
de haber entregado el grupo, y en el acto pidió a 
su banquero veintiún mil escudos, que llevó al 
marqués diciéndole que los tres mil de más eran 
por la molestia de haber tenido el grupo tres días 
en su palacio. Forionia, muy fastidiado, quiso 
concluir el incidente; pero Canova dejó el dinero 
en la mesa y salió para llamar a los changadores. 
El marqués, desesperado, corrió tras él, lo alcanzó 
en la escalera, lo arrastró casi a su gabinete, y 
le habló con tanta humildad, que el escultor 
acabó por llevarse su dinero. Pero cuando salió, 
lo hizo sin despedirse del marqués. 

Forionia quiso reparar su gaffe, y en su testa- 
mento obligó a sus herederos a no vender jamAs 
el grupo, por razón alguna, que después de la 
demolición del palacio Forionia ha sido conser- 
vado en la Galería Corsini. 

Con todo, si a veces perdía la paciencia, Canova 
tenía un corazón de oro, y hacia el bien señorial- 
menU-, sin que los beneficiados por él sufriesen ni 
la sombra de una humillación. Ayudaba a sus 
discípulos, y aun a pintores y a escultores que le 
eran desconocidos. Cuando todos los pensionados 
de la Academia Española fueron encerrados en 
el Castillo de Sant' Angelo (enero de 1809), porque 
se habían negado a prestar juramento de fideli- 
dad a la nueva constitución del reino de España, 
Canova interpuso su mediación, y mientras lle- 
gaba la respuesta de París, hacia enviar a los 
presos toda clase de víveres. La respuesta fué 
favorable; la prisión se abrió, pero los pensiona- 
dos perdieron sus pensiones. Uno de ellos, don 
José Alvarez, escultor atrevido pero infortunado, 
quedó en la más horrible miseria. Canova lo supo, 
y dijo confidencialmente a Vicaré: 

— Las obras de Alvarez no se venden en su 
estudio porque no están en el mío. 

Bastó ese juicio para que de todas partes sur- 
gieran compradores de las obras de Alvarez. 

Canova fundó a sus expensas una escuela del 
desnudo, corrió con todos los gastos del mante- 
nimiento y asignó una pensión a los alumnos que 
se distinguiesen. Invitaba a comer a los jóvenes 
artistas, les regalaba trozos de mármol, ropa, 
hasta relojes y cadenas. En una ocasión llegó a 
pagar las deudas de sus discípulos. 

Para comprender lo bueno que era Canova, 
basta recordar el grandísimo afecto que tuvo a 
Luisa Boccolini Guili, de Ravena, que fué no ya 
su ama de llaves, sino como su segunda madre. 
Es verdad que cuando era joven, desconocido y 
pobre, Luisa vendió todas sus modestas alhajas 
para proporcionarle los medios de concluir su 
primer monumento: el de Clemente XIV. El es- 
cultor no olvidó jamás ese sacrificio, y cuando le 
dijeron que Luisa estaba muy enferma, corrió a 
su lado para recoger su último suspiro. 

Canova sabía conquistarse de tal manera la 
simpatía de las mujeres, que éstas no tenían ver- 
güenza alguna para servirle de modelo. Se cuenta 





que la bellísima Paulina Bonaparte Borghese, 
juzgada como la más bella mujer de Europa, 
empezó a posar cubierta de velos, que a los pocos 
instantes se quitó diciendo que todo velo pedia 
caer en presencia de Canova. 

El artista insuperable copió de modo perfecto 
la maravillosa belleza de Paulina, y su estatua no 
puede contemplarse sin admiración. Hoy como 
ayer, desfilan ante ella artistas de todos los países, 
que se quedan suspensos ante escultura tan per- 
fecta. Todos se preguntan cómo pudo Canova 
lograr dar al mármol la morbidez de las carnes 
y de las telas, hasta el punto de que en el acto 
se distingue el tejido de lana del de seda o algodón. 
Así como supo crearse un estilo propio muy 
personal, Canova tenía un método especial de 
trabajo. En esos tiempos, los modelos se hacían 
de estuco y no mayores que la mitad del tamaño 
natural; pero Canova empleó la creta, que es más 
maleable, menos dura, e hizo modelos de tamaño 
natural, de los cuales sacó las formas en yeso, 
que después transportaba al mármol, sirviéndose 
de puntos de referencia. Inventó toda una serie 
de útiles: escalpelos, limas, sierras, etc. Para ali- 
vianar las carnes (de mármol, se entiende) empleó 
el polvo de las ruedas de afilar. Frecuentemente 
trabajaba a la luz de antorchas y velas, para 
observar los efectos de las sombras y de los cla- 
roscuros. Lo cierto es que todos los mármoles de 
Canova tienen una gracia clásica. Son finos, deli- 
cados, concluidos en todas sus partes, móibidos 
y casi evanescentes como en sueños... 

A propósito del arte admirable de Canova para 
reproducir el desnudo de manera de no ofender 
el pudor, conviene recordar un episodio curioso. 
El Vaticano ordenó que se revistiesen con una 
camisola de yeso el Genio del monumento a uno 

de los Papas, y los dos 
ángeles maravillosos 
del monumento a los 
Estuardo. Las cami- 
solas se conservaron 
hasta el pontificado 
de León XIII; pero 
después se hizo justi- 
cia al arte de Canova, 
que poseía el secreto 

RAFAEL 





LA CASA NATAL., EN POSSAONO. 



de tornar púdicas aun las cosas inverecundas. Las 
estatuas de Canova no tienen jamás un gesto in- 
conveniente, una actitud dudosa. Canova sabía do- 
minar la verdad artística e idealizar la desnudez. 

Canova murió de una parálisis del estómago 
causada por la obturación del píloro. Tenía sesenta 
y cinco años. Los venecianos reclamaron su 
corazón y su mano derecha, para guardar reli- 
giosamente esa mano que había esculpido tantas 
estatuas que parecen obra, no de un artista, sino 
de una docena de escultores. 

Si Canova se hubiese casado, ¿habría producido 
tan formidablemente? Es dudoso, porque él mismo, 
después de un incidente doloroso, declaró: «Espero 
no tomar nunca esposa, o por lo menos, si tuviese 
que hacerlo, la tomaría a edad avanzada, para 
poder vivir siempre tranquilo y atender a mi arte, 
que tanto amo y que exige el hombre todo, sin 
perder un momento». 

He aquí ese incidente tragicómico: 

Canova debía casarse con Dominga Volpato, 
hermosa joven, hija de un grabador notable. La 
boda estaba próxima cuando Canova supo que 
la muchacha estaba enamorada en secreto de un 
tal Morghen, discípulo de Volpato. Para darse 
cuenta exacta de la realidad, Canova compró 
al panadero, y se hizo esconder en el gran cesto 
de pan que llevaba bien atado a la espalda por 
fuertes cuerdas. Luego, hizo que el panadero se 
apostase delante de la ventana en la cual, a 
cierta hora, su novia debía conversar con Morghen. 
A los pocos momentos llegó el joven, y empezó 
el coloquio, que Canova oyó desde el cesto del 
panadero. 

— ¿Verdad que te faltan pocos días para ca- 
sarte con Canova? 

— Así es — suspiró Dominga. — Mi padre lo 
quiere y debo dar el 
gran paso. 

Canova creyó que 
se moría. A los pocos 
días rompió el com- 
promiso, y Dominga 
se casó con Morghen, 
para no tardar, por 
cierto, en arrepentirse 
amargamente. 

S I M B O L I 




fe 



El café esa n^che estaba 
casi desierto. Cuatro compa- 
ñeros y yo ¿ramos los únicos 
concurrentes. Afuera cala esa 
llovizna menuda, lenta, per- 
sistente del invierno entre- 
rriano. Las sombras eran den- 
sas, tristes. Soplaba un viento 
frío y desapacible. Algunas 
ráfagas, filtrándose a través 
de las puertas cort su grito 
característico, ponían en el 
corazón un largo escalofrío. 

Era como la una de la ma- 
ñana, cuando un hombre em- 
pujó la puerta y fentró. Al 
quitarse la capucha lo reco- 
nocimos. Era nuestro amigo 
Edgardo. Un hombre extraor- 
dinario: geni» con visos de 
loco, o más bien loco con 
visos de genio, a quien siem- 
pre concluíamos por no com- 
prender. 

Venia, como de costumbre, 
sucio, mal vestido, hecho una 
miseria. Su traje no era traje, 
era un montón de harapos cu- 
biertos de lodo. La barba cre- 
cida de cuatro o cinco días le 
desfiguraba el rostro. Entre 
la maraña de ella, sobre los 
pómulos salientes, los ojos ne- 
gros y profundos le brillaban 
con un resplandor de fiebre. 
Alguien le interrogó, asom- 
brado: 

— ¿Pero Tíombre, de dónde 
sales asi? 

— De conversar con los gu- 
sanos. 

Hubo una estupefacción ge- 
neral. Nos miramos como in- 
terrogándonos unos a otros. 

— ¿ ...? 

— SI. hombres, si; de con- 
versar con los gusanos... y 
con los gusanos del cementerio. Como lo oyen. 

— Pero, a ver, explícate. 

— ¿Para qué? Vosotros no entendéis estas cosas. 
Una franca carcajada acogió estas palabras. 

Vueltos de nuestro asombro comprendíamos: es- 
taba loco. Su tono serio no daba lugar a dudas. 
Y la risa se trocó en sonrisa melancólica con un 
vago gesto de protección y de lástima. 

— Hombres, no sé porque os reís. . . 

Hubo un momento de silencio. El quedó un 
instante pensativo. Después, de súbito, com- 
prendió. 

— ¡Ah!. ya caigo. . . No, no estoy loco. Ya sé 
que hace un tiempo venís creyendo que tengo 
ráfagas de demencia. Os demostraré lo contrario. 
Contaré como tuve mi primera conversación con 
ellos. . . 

Hizo una pausa. Me miró con su mirar de fiebre. 

— Tú. Leopoldo -^-continuó dirigiéndose a mí - 
escucha bien que a ti reportará mucho lo que voy 
a decir. A ti, que eres un poco imbécil, con tu 
cabeza llena de humo y de sueños de eternidad... 

Yo no sé de dónde sacaba él esto. Y como fuera 
a protestar, cortó rápido: 

— Bien, bien, no quiero discusión. Toda discu- 
sión personal es casi siempre estúpida. Oid y 
callad: si no suspendo mi relato y me voy. 

Punteó con una nueva pausa. Y empezó: 

— Fué así . . . 

Una noche de luna del pasado otoño, aburrido 
del parque solitario pero lleno de la vida obscura 
de los árboles . . . 

— Al contrario, me parece clara. . . 
¡Cállate! 

Aburrido del murmullo de la fronda, hastiado 
de pasearme a la orilla del Uruguay, me puse a 
pensar donde podía encontrar un sitio de silencio 
y soledad absoluta. Y como no se me ocurriera 
otro que el cementerio, allá fui. , . 

En efecto; en él todo era silencio, paz y soledad. 
Una quietud profunda flotaba alrededor del pue- 
blo blanco. El cono negro de un pino inmóvil 
tenía no sé qué tristeza como cansada y dulce. 
La brisa tranquila soplaba imprimiendo a su copa 
un movimiento grave, como negando sabe Dios 
qué cosas. . . 

La luna era de una limpidez de hielo, translúcida, 
en medio de la noche diáfana. . . 

Salté el muro de piedra rocosa, casi derruido, y 
me encontré en su recinto. Me encaminé a la huesa 
común. Aquel montón de huesos acariciados por la 
luz de los astros incitaba a meditar. Era un espec- 
táculo un poco triste. . . 




LEODLDO 

rvjo 




Ustedes saben que el misterio de la muerte hace 
mucho tiempo que obsede mi cerebro... Bueno; 
monologué un rato. Me encaré con el misterio 
frente a frente. Hice extrañas deduoiones. ¡Cosa 
absurda en mí. esa noche estaba optimista! Y 
concluí por admitir la inmortalidad de nuestra 
vida. . . 

— ¿Cómo? 

La generación espontánea, la teoría de Haeckel 
sobre el origen de la vida me pareció una cosa 
cierta. La unidad de la materia orgánica y de la 
materia inorgánica un hecho incontrovertible. La 
vida existe latente en todas las cosas, como un 
soplo animador formado por los gases emanados 
por la descomposición de la materia cósmica. 
Salen de ella, animan un momento — las existen- 
cias más largas siempre son un momento relativo 
en la eternidad de los tiempos — animan un mo- 
mento, bajo cualquier forma, un pedazo de arcilla 
y la abandonan después para volver a sus fuentes 
originarias. Concreté en este «soplo del humus pri- 
mitivo» esa cosa obscura que la escuela estúpida 
de los teólogos llamó el alma. De aquí por un 
riguroso, o que yo entonces creí riguroso, razona- 
miento científico a través de Darwin, Kant, La- 
place, llegué a deducir la inmortalidad de nuestra 
vida, afirmando la teoría schopenhaueriana: «el 
mundo es mi representación», aunque invirtiéndola 
un poco en ésta otra: e! mundo es mi prolongación, 
y yo, puesto que soy el ente animado más inteli- 
gente de la creación, la síntesis, la representación 
más alta de la vida. . . 

Claro, que de aquí a reírme de la majestad de 
los sepulcros, que me estaban diciendo con su 
silencio que todo acaba allí en humilis puluis, no 
había más que un paso . . . 

Pero de pronto siento que una voz pregunta: 

— ¡Eh!. . . ¿Qué dices?. . . ¿De qué ríes sombra 
imbécil?. . . 

Me vuelvo. Allí cerca, a una pequeña distancia 

1 Á L V A F E Z 



mía, en el suelo, un rostro 
descarnado hacía brotar dos 
rayitos de luz cárdena de sus 
órbitas vacías. Yo no creo en 
aparecidos. Un espíritu culto 
no puede creer en ellos, como 
no puede creer en la influen- 
cia benéfica del cristianismo. 
Pero. . . a la verdad, que me 
quedé un poco perplejo. 

La voz se aprovechó de 
este asombro y siguió: 

— Claro, imbécil, que la 
Vida no muere. Pero tu vida 
no es la Vida. Tú eres sólo 
un poco de materia inerte 
animada, como bien dices, por 
un soplo de la Vida. Este pasa 
por ti, te anima un momento 
y al tornar a su fuente pri- 
mitiva lo hace ya completa- 
mente extraño, independiente 
de ti mismo. Desde ese ins- 
tante dejas de existir para 
siempre. Y acabado el latido 
de tu corazón, apagado tu ce- 
rebro, el mundo sigue mar- 
chando, la vida sigue existien- 
do. La ley de espacio, de 
tiempo y de causalidad no se 
interrumpen por eso, siguen 
existiendo fuera de ti, son in- 
mutables y eternas como la 
rotación de las esferas. Y ante 
esto tu vida es miserablemen- 
te fugaz, sin más importan- 
cia que la vida de un perro, 
de una planta o de una hor- 
miga. . . 

Una risita irónica, fría, cor- 
tó la frase. Se hizo un peque- 
ño silencio. Y en seguida se 
oyó un leve rechinar de dien- 
tes; primero sordo, opaco, co- 
mo lejano; después claro, dis- 
tinto como si mordieran con 
dientes duros y fuertes los 
huesos secos de un animal muerto. . . 

Me estremecí. Un sudor frío me bañó la frente. 
El rumor de dientes iba creciendo. Se hizo seco, 
tenaz, nervioso y fué subiendo transformado en 
áspero chirriar de lima, en furiosa mordedura, has- 
ta llenar la noche y sonar dentro de mi propio 
cerebro . . . 

— ¿No sientes ya el gusano que te está royendo 
el cráneo? — dijeron. 

Y en seguida me arrojaron una palabra: 

— ¡Idiota!... ¡Idiota!... ¡Idiota!... 

Era como si me apedrearan con ella. Después, 
nada. El tableteo de los dientes en su furia des- 
tructora. La calavera empeñada en su relampa- 
gueo nervioso. Me acerqué. Le di un puntapié. Un 
gusanito de luz huyó hacia el cielo. . . 

— He aquí mis nuevas relaciones... 

Una sonrisa enigmática contrajo los labios de 
Edgardo. Calló un instante. Después agregó: 

— Desde entonces voy a menudo a conversar 
con ellos. Me dicen la verdad franca y llanamente. 
Por esto los he clasificado en la primera categoría 
de mis amigos; mis enemigos ocupan la segunda; 
vosotros la tercera... 

Las luces del café empezaron a apagarse. Un 
mozo vino a decirle que iban a cerrar. Edgardo 
lo miró tranquilamente como si no le hablaran a 
él. Tornó su cabeza a otro lado y terminó así: 

— Ahora vosotros diréis que estoy loco. ¿Loco? 
¿Por qué? ¿Y si fuera uno de vosotros el que aca- 
bara de contar esto? ¿Estaría por eso loco? ¿Por 
qué confiar demasiado en la fuerza de la inteli- 
gencia humana? Ella es flaca, contradictoria, ruin. 
Puede probar que una cosa es blanca con la misma 
facilidad con que puede probar que es negra. Y 
entonces ¿por qué asegurar que yo estoy loco y 
no vosotros?. . . ¡Oye, Leopoldo, no hay leche 
pura, no hay leche pura, toda está mezclada con 
agua' 



Y tornó a reir. Esta vez convulsamente. 



i^ 



Yo desde entonces ya no dudé de su locura. 
Pero esa noche pensé tantas y tantas veces en 
ella, que terminé por hacerme mal yo mismo: no 
pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía 
el cuarto poblado de gusanos luminosos en forma 
de letras, con largas lombrices blancas por signos 
de interrogación, haciéndome ésta pregunta ri- 
dicula: 

- ¿Existirá la 'eche pura o estarás tú loco? 




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13 AKTE rOfvTUGUC^ §r 

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EIGH 



Richmond es una pequeña villa de 
los alrededores de Londres, en la 
margen derecha del Támesis. edifica- 
da sobre una superficie de colinas, 
suave y ondulada, como una cabelle- 
ra de mujer. 

Llamábase en otro tiempo Sheen 
y debe su nombre actual a Enri- 
que 111. conde de Richmond. 

Del antiguo palacio que en ella 
hubo no queda más que una puer- 
ta blasonada, que la intemperie ha pa- 
tinado al través de los siglos. Y la gra- 
cia exquisita del recuerdo tradicional, ilus- 
tra y respeta todavía. 

Cuenta la conseja lugareña que esta villa fuera, en 
otrora, famosa por sus manjares culinarios, de con- 
fitería y pastelería especialmente, cuyos productos orna- 
ban la mesa de los reyes, allá cuando las damas de com- 
pañía de una de las antiguas reinas de Inglaterra solían 
acudir ?1 lugar personalmente para dirigir la complicada 
elaboración de cierta «patisssrie» muy celebrada, que se deno 
minaba «maids of honour» o «files d'honeur», porque fuera in- 
ventada por l?s mismas. 

Y así se veía llegar a ella, en vísperas de los grandes días de re- 
cepción, el séquito real mencionado, que llenaba la silenciosa aldea 
de entonces de novedad, esplendor y bullicio con el aparato de sus 
carrozas señoriales. Para partir, luego, conduciendo el equipo de la deli- 
cada confitura a la corte, como una verdadera delicia. Y volvía la hermo- 
sa villa a sumergirse en la colina que la rodeaba, junto al río murmurante 
y rumoroso. . . De aquello hace mucho tiempo, diría algunas centurias, cuan- 
do todavía no había subterráneos, trenes, automóviles ni motocicletas. Sal- 
vo la pequeña iglesia parroquial, situada sobre una de las más altas colinas, 
en el centro de la población, donde se halla el sepulcro del posta Thomson 





(1748) y una placa funeraria del glo- 
rioso actor Edmond Kean (1833) — 
destacado intérprete del teatro sha- 
kespeariano — el aspecto ha cambia- 
do en su apariencia general, pero no 
así en detalle. 

Se conserva, como una reliquia, 
un puente de piedra que une a Rich- 
mond con la margen opuesta, cons- 
truido en el año 1777 por Pain; ad- 
mirable obra de sorprendentes pro- 
porciones y esbelta arquitectura. Pero 
hoy, la villa que vengo de visitar, tiene 
una celebridad muy distinta a la que le 
diera el curioso prestigio culinario de otras 
edades. A pocos minutos de Londres como se 
halla, Richmond es la ciudad elegida por el mundo 
del sport náutico. En ella, sobre ambas riberas del Tá- 
mesis está la mayoría de los clubs del remo, vela y 
«yating» más conocidos de Inglaterra. Y cuando la prima- 
vera llega, celebránse allí, amablemente, todos los torneos 
de regatas, carreras de veleros y demás concursos deportivos, 
con el fausto y la importancia que los ingleses suelen prestar 
a los nobles ejercicios del cuerpo. Navegan entonces, frente a 
Richmond los yates más elegantes de la aristocracia británica. Y en 
él anclan sus barcos domingueros, para el «picnic» campero, alegres 
bandadas de colegiales. Y los vaporcitos a precios populares que hacen 
la carrera, durante el «weekend», entre el puente de Wéstminster y 
Hampton Court. Así como también vense cruzar, a toda marcha, ágiles cha- 
lupas que tripulan blancas siluetas femeninas, envueltas en el oro viejo de la 
tarde, sobre la quietud del rio. O dulces parejas de amor, sueltos los remos, an- 
te el prodigio crepuscular, dejándose llevar por la corriente, sin rumbo ni desti- 
no, perdidos en un mundo distinto al que abandonaron allá lejos, en la ciudad 
nebulosa y obscura, como el humo de las usinas, para volver a la Naturaleza. . . 



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RAMBLA FRENTE A LA CUAL £E REALIZAN LAS RECATAS. 






Por ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ 

MINISTRO DE MÉJICO 

De siete lámparas de pozo 
que han velado sobre mi vida, 
al correr de mi tiempo mozo 
una sola estaba encendida. 
De mi juvenil ardimiento 
a mi madurez advertida, 
encendiólas a golpe lento 
una mano desconocida... 

De siete lámparas de duelo 

que hoy alumbran sobre mi vida, 

en mis años de pequeñuelo 

sólo una estaba encendida. 

De mi abril rebosante y loco 

al otoño que me intimida, 

fué encendiéndolas poco a poco 

una mano desconocida... 

Hoy presiden desde mi cielo 
cada risa y cada sollozo 
las siete lámparas de duelo, 
las siete lámparas de gozo... 

Mano incógnita, la que llamas 

a la hora de la partida 

y has de extinguir las puras flamas 

que velaron sobre mi vida: 

no me arrebates el consuelo 

de una alegría y de un sollozo 

cuando emprenda el último vuelo... 

Deja una lámpara de gozo! 

Deja una lámpara de duelo!... 






EL rOÍTICO ARROYO 
DE ALTA GRACIA. 



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^ lio 




Todavía se mani- 
fiesta aqui la prima- 
vera serrana que. al 
vestir de intenso 
verde las lomas, di- 
seminó de florecillas 
silvestres las aspere- 
zas del terreno, los 
senderos y caminos, 
desde los cuales el 
paisaje aparece en 
toda su pompa y es- 
plendor cual obra de 
imaginación o de 
ensueño. 

Alta Gracia, sin 
disputa, es uno de 
los sitios más encan- 
tadores y pintores- 
cos del país, pues 
une a sus bellezas 
naturales el alto 
don o el hechizo 
fascinante que para 
las almas superiores 
conservan los luga- 
res que tienen un 
pasado histórico. 

La iglesia de Alta 
Gracia es una de las 
reliquias de la Re- 
pública. 

Construida en 
pleno siglo XVII. se 
conserva, pese a las 
injurias y a la pá- 
tina que a sus pare- 
des ha agregado el 
tiempo, como una 
preciada joya de la 
Colonia; tiene, ade- 
más, entre otras co- 
sas interesantes, este 
rincón de ensueño, 
la gruta en donde 
ae rinde culto a la 




CARRETERA A TRA- 
VÉS DE LA MONTAÑA. 



1^ i 




Virgen de Lourdes, 
la que se encuentra 
en el hueco de una 
sierra solitaria, ta- 
llada en la roca vi- 
va; la casa de corte 
colonial en donde, 
según la tradición, 
un virrey español 
pasara parte de sus 
días buscando un 
retiro apacible para 
descansar saluda- 
blemente. 

Ahora, como un 
lazo de indisoluble 
unión de lo antiguo 
con lo moderno, se 
destacan en esta 
región privilegiada 
sus lugares y paseos 
magníficos, como el 
Baño del Obispo, el 
Peñón de la Amis- 
tad, el Primer ySe- 
gundo Paredón, La 
Bolsa y otros luga- 
res desde donde do- 
mínase casi en toda 
su extensión el pa- 
norama serrano. 

Y como si esta 
sucinta descripción 
de Alta Gracia no 
fuera un motivo de 
atracción para el 
viajero curioso, ávi- 
do de emociones, 
posee el encantador 
río Anizacate que, 
serpenteando entre 
las sierras, refleja 
en sus aguas claras 
y cristalinas la be- 
lleza de los lugares 
que recorre. 



zh 




EN LA BALSA. 
EFECTO DE LUZ. 



¡Las sierras de 
Alta Gracia! 

Por nuestra ima- 
ginación exaltada 
cruzan de continuo, 
con todo el poder de 
las evocaciones feli- 
ces, mil y una le- 
yendas interesantes. 

Un rancho casi 
oculto, a lo lejos, en 
el que se observa un 
rebaño de ariscas 
cabras, nos inspira 
una página de églo- 
ga virgiliana. 

Quisiéramos que- 
darnos perpetua- 
mente en estas so- 
ledades pintorescas 
a comulgar con la 
naturaleza plena, 
para olvidar las ren- 
cillas del diario vi- 
vir. . . lejos del trá- 
fago incesante y de 
la pesadumbre que 
trae aparejada la 
lucha de todos los 
días y de todos los 
momentos en la ur- 
be tentacular y le- 
jana. 

El canto de los 
grillos al anochecer; 
el ladrido de los 
perros cuyos ecos 
nos repiten las sie- 
rras; una canción 
lánguida oída en la 
quietud de la noche; 
el balido del ganado 
que pace en los al- 
rededores, cabe la 
protección de un 
ranchito humilde; la 
iluminación del ho- 
tel que desde lo alto 
se destaca nítida- 
mente en la obscu- 
ridad, y estas gen- 
tes campesinas, sen- 
cillas, afables y ge- 

GERMÁN B . 

POTOGRAPÍAS 




LA CASCADA DEL 
PRIMER PAREDÓN. 



nerosas, son argu- 
mentos que se su- 
man al anhelo que 
sentimos de quedar- 
nos para siempre en 
estos campos mon- 
tañosos a disfrutar 
del tan dulce quie- 
tismo estético, de esa 
devoción estética 
que pondera don 
Ramón del Valle 
Inolán. 

Por algo en estas 
sierras cordobesas 
sentimos el estreme- 
cimiento de nues- 
tras carnes al soplo 
de agradable aireci- 
11o; por algo soña- 
mos despiertos y 
nos sentimos aco- 
metidos de una dul- 
ce, sedante y opti- 
mista filosofía de la 
soledad y de la con- 
templación. 

El libro mil veces 
abierto se nos esca- 
pa de la mano. La 
letra no nos dice 
nada, pues todo lo 
llena el paisaje so- 
berano. Cada piedra 
preséntasenos con 
extraños contornos; 
en cada árbol halla- 
mos recreación para 
la vista; y hasta el 
simple pajarillo que 
se columpia de rama 
en rama sírvenos de 
distracción. 

Todo enAIta Gra- 
cia hace pensar se- 
rena y plácidamen- 
te, como si el alma 
grande y generosa 
del paisaje nos po- 
seyera y se fundiera 
en la nuestra, en 
estos rincones pro- 
picios al|ensueño. . . 

MARTIN 

DE DERESKÉ 






VILLA FALCONIERI, POR SOTO. 

jKTf mjOKLf 
APvQENTlNO/ 
EnlaEXPo/ICPN 
NACIONAL 
i) BElLAf APvTEf 
De TVlADPvJn 

Por méritos propios y tras 
la calificación de un riguroso 
jurado lograron tres pintores 
argentinos un puesto en el cer- 
tamen de la pintura española: 
Ernesto Ricoio, Cleto Ciocchi- 
ni y Carlos L. Soto, artistas 
de vigorosa sensibilidad. 



CABEZA DE NIÑO, 
POR CIOCCHINI. 



DR. F. SILVA, 
POR RICCIO. 




EL PINTOR ERNESTO RICCIO. 



CARLOS L. SOTO, 
POR RICCIO. 



CLETO CIOCCHINI, 
POR RICCIO. 






'iPÍoPpaíicacP 



Perduran aún los ecos, en nuestros círculos aristocráticos, del enlace 
de la señorita Elvira Castro Soto con el doctor Alberto Gainza Paz. 
De las realizadas en el año, ninguna boda revistió los contornos de 
la que damos una interesante nota gráfica. La belleza de la desposa- 
da, realzada con el atavío nupcial, lucía en toda su juvenil lozanía, 



y la apuesta figura del doctor Gainza Paz armonizaba con la de su 
grácil compañera. Este matrimonio es un bello lazo de unión entre 
dos familias de abolengo, que legaron a sus hijos talento, cultura, 
simpatía y modestia, condiciones que abren para su vida, que 
inician juntos casi en la adolescencia, un porvenir de felicidad. 








[AAfMlICllM 



5^ 



Las ciudades del 
interior brasileño, 
como Ouro Preto, 
Diamantina. Marianna. Sao Joáo 
El Rey, en el próspero Estado 
de Minas Geraes, no sufrieron 
la acción del tiempo ni la inicia- 
tiva de los gobernantes demole- 
dores. Se han conservado, en 
efecto, como si la mala piqueta 
de una evolución arbitraria tu- 
viese una secreta conciencia de 
noli me tangere. Intactos en lo 
mejor de su forma edilicia pri- 
mordial, su arquitectura vive, 
para regocijo de los que no son 
capaces de negociar harinas y 
yerta mate, sin manoseos, sin el 
afán de presentarlas más lindas 
de todo cuanto contiene su enor- 
me belleza de origen, de origep 
puro, aquí gótico, alli arábigo y 
acullá de un barroco hermoso, 
como siempre lo fué este estilo. 

Al contemplar esas iglesias, 
esas fuentes que van seculari- 
zándose, al verlas incólumes, 
sin negar su estirpe, parece que 
se estuviera frente mismo del 
pasado; y el espíritu se inclina, 
reverente, ante su grandeza. 

¿Fueron portugueses, fueron en 
connubio portugueses y españo- 
les, o fueron sencillamente los 
arquitectos judíos desparramados 
por el mundo antes del decreto 
de Roridablanca? 
Porque este gober- 
nante de Carlos 1 1 1 
contribuyó— en una 
forma en que hoy 



CURO PRE 
TO. — PUEN- 
TE DE MA- 
SILIA. 




CC3LONIAL 



¡MSh 




la historia todavía 
no puede apreciar — 
a difundir muchas 
artes, las de Salomón y David, 
en la poesía y en el pensar (Pas- 
cal, filósofo, es un hijo del Pen- 
tateuco, libro del judío Salomón 
y no de Moisés), y la de los gran- 
des ingenieros que levantaron el 
templo de Sión. Dicho está, pues, 
que fueron judíos, posiblemente, 
y que, sin duda, contribuyó en 
mucho el decreto de dispersión 
del judaismo, de Floridablanoa. 
para que los arquitectos hebreos 
trabajaran en este Nuevo Mundo, 
trayendo de Sión su visión de los 
grandes frentes, y de los árabes 
(africanos del Mediterráneo) la 
filigrana a veces, la sobriedad 
otras, y siempre su profunda emo- 
ción artística. 

El Brasil tiene, del tiempo del 
coloniaje, maravillas arquitec- 
tónicas. En todas sus ciudades 
— especialmente las del norte — 
hay una iglesia, hay un «chafa- 
riz» de tipo característico y típico 
«colonial». Ya hemos explicado lo 
que queremos decir con esta 
palabra. 

¡Oh. iglesias! [Oh, divinas fuen- 
tes esculpidas, talladas en la mis- 
ma piedra, sobre el flanco de la 
montaña! 

¡Qué emoción, qué enorme 
emoción producís 
cuando se os admi- 
ra!...' Porque al con- 
templar tantas reli- 
quias, de una belle- 



S. JOAO EL 
REY.- PUER- 
TA DE SAN 
FRANCISCO. 







za augusta, tan severa, 
se siente que se doblan 
las rodillas y que el 
rostro ss inclina sobre 
el pecho con el misti- 
cismo que produce una plegaria. 

Y lo que parece más inverosí- 
mil es que esas construcciones 
fueron hechas por obreros que 
odiaban su obra — sentimiento 
de antirreügiosidad, — que esta- 
ban obligados a trabajar, y que 
aprovechaban cualquier circuns- 
tancia para malograr lo que con 
inmenso rencor iban levantando. 

Esos templos anidan viejas 
tradiciones de atentados frus- 
trados, de rebeliones, de mil con- 
tingencias que los arquitectos, 
verdaderos artífices, tuvieron que 
vencer para lograr el milagro de 
legar a la posteridad el sollo de 
una época. 

Las pátinas que acentúan relie- 
ves, que sombrean aristas, que 
parecsn vestir con tenues velos 
la desnudez de las piedras, les 
prestan el mismo encanto de un 
ropaje transparente sobre un 
cuerpo de mujer. 

Y en sus interiores, bajo las 
bóvedas pesadas de arte, diría- 
se que las piedras se sensibili- 
zaran a fuerza de vibrar con la 
misma música, con el sonido de 
las mismas plegarias, de las mis- 
mas súplicas, como las cajas de 
esos viejos violines que van con- 
formando su alma a fuerza de 
vibrar con las mismas melodías. 

¡Qué enorme sugestión la de 
esas losas gastadas por las rodi- 
llas de varias generaciones! ¡So- 
bre cada una de ellas cuántas 
veces un mismo dolor habrá mo- 
dulado una misma súplica! 

Parece que se poblasen de imá- 
genes del pasado. Vemos surgir 
los audaces bandeiran- 
tes, los crueles negreros, 
los infelices esclavos, los 
indios mal tratados, los 
mestizos sedientos de 



OURO PRETO. IGLESIA DE 

SAN FRANCISCO. 




benjamín 



libertad. . . y junto a 
ellos los mismos señores 
implorando por ellos, 
para que Dios se los 
conserve, y las mismas 
madres, iguales ante el dolor y 
ante Dios, elevando la súplica 
desesperada de sus santas angus- 
tias. . . 

¡Oh, viejas iglesias, conserva- 
das intactas, cuan elocuente es el 
lenguaje con que habláis a los que 
saben comprenderos, a los que 
se estremecen pensando que al- 
guien quiera reformaros, cometer 
el sacrilegio de modernizaros, tan 
grande, tan inaudito, como el 
del agua al vino, sangre de Cristo, 
con el que en vuestras entrañas 
se oficia la misal 

Pero en la ya larga digresión 
de esta nota nos falta decir que 
quienes más saben sobre el pun- 
to, que apenas esbozamos, son 
los señores Ricardo Severo y José 
Wasth Rodríguez, el primero por 
su originalidad, por su espíritu, 
por su permanente inquietud por 
as cosas de todas las artes, y el 
segundo por su gran dominio de 
la luz, como pintor; y ya sabemos 
que la luz es todo en la perspec- 
tiva. Son dos hombres. 

Y bien: Severo y Wasth Ro- 
dríguez, dos grandes líricos, se 
han «metido» a hacer una obra 
de exhumación artística de un 
arte sepultado en lo intricado del 
interior brasileño, todo él casi 
desconocido, y que si él aun su- 
pervive es gracias a que los autóc- 
tonos tienen una reverencia ins- 
tintiva, mejor dicho, sana, que 
no le da por la destrucción de lo 
que ellos ven todos los días en 
frente de ellos, respetando ese 
misterio de lo para ellos levan- 
tado (un edificio, una iglesia o 
una fuente) «piedra so- 
bre piedra para arri- 
ba». . . algo tan inex- 
RODRíGUEz plioable como un 
Dios. 



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En medio de la 
fortaleza de la Al- 
hambra, junto al Pa- 
bcio de los Reyes Moros 
que parece proteger con sus 
recios muros de piedra, está 
el Palacio del Emperador Car- 
los V. Vini el Emperador a Es- 
pafta desde las pálidas tierras del 
norte y al sentirse en Granada, el rei- 
no recién conquistado por sus abuelos, 
ni espíritu se dejó fácilmente arrastrar 
por las seducciones de esta tierra de 
clima caliente, llena de jardines y 
de verdes lejanías, donde to- 
davía dominaba el esplendor 
árabe y se vivía con las 
delicadas y lánguidas 
aiegancias de los pue- 
blos legendarios de 
Oriente. Para vivir 
aqui, rodeado de tan 

encanudor escenario, el brillante Emperador quiso edi- 
ficar una casa. Trabajó en su proyecto Machuca, el gran 
arquitecto, que había formado su personalidad en la 
escuela iuliana y participado en aquella sorprendente 
reanudación de cultura que fué el Renacimiento. Obreros 
innumerables levanUron los muros de piedra labrada, pu- 
lieron las columnas y saluron ágiles sobre las cornisas para 
grabar en el blanco mármol, que el tiempo había de dorar, 
guirnaldas eternas de flores. Pero la vida de aquel gran 
monarca de mandíbula voluntariosa y labios sensuales estaba 
predestinada a ser una serie de trabajos sin terminar y esta 
suerte tuvo también el Palacio granadino. Sin terminar 
quedó, con los muros nada más levanudos, huecos sus bal- 
cones y venUnas, huecas sus puertas por las que no habría 
de entrarse nunca en busca de calor de hogar. 

Esu casa que nunca se ha cerrado, que no ha tenido 
techo, es un símbolo. Ningún poderío humano puede seguir 
en la vida el camino que quiere, ni siquiera levantar su 
morada en donde no estaba ordenado. Pero además nos 



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indica el gran cambio que en España fué la sucesión del 
grande y brillante Emperador por su hijo Felipe, el rey 
sedentario y sombrío de las leyendas tétricas. ¡Qué gran 
paisaje es el del Escorial; pero qué distinto del de Granada! 
Felipe prefiere aquel peñascal austero y robusto, sembrado 
de espinos, aulagas y tomillos, flores ascetas del secano, 
a los laureles, cípreses, rosales y nardos de Granada. Felipe 
es un hombre que teme al demonio, y en Granada, en las 
lindas casas de los moriscos, en las retorcidas travesías del 
Albaicín, aun está el demonio sin encadenar. No ha sido 
encadenado nunca. Todavía en estos tiempos la suave ten- 
tación se nota. 

¿Qué influjo de severa austeridad tenía entonces la tierra 
parda y llana de Castilla? Aquel emperador flamenco de 



bravo corazón, 
alegres aventuras, 
fiestas brillantes y se- 
cretos bastardos, acabó 
siendo dominado por la 
terrosa castidad del ambien- 
te conventual y murió en un 
monasterio, olvidado seguramen- 
te en sus tremendas inquietudes 
espirituales de aquellos paisajes dulces 
y atrayentes entre los que había querido 
vivir. El Palacio quedó abandonado des- 
de entonces, ruina de lo que no ha sido. 
Ahora en el vasto anillo de piedra 
de su patio las columnas mor- 
didas por el tiempo se lle- 
nan de musgo, y algunos 
dinteles se tuercen 
ablandados por la llu- 
via. Ha sido preciso 
ponerles sostenes de 
madera. Y todo parece 
esperar que nazca otra vez aquel gran Emperador. Que 
venga otra vez, como entonces de tierras extrañas, 
porque así su espíritu chocará con el español y en el 
choque se acostumbrarán ambos a conocerse y quererse. 
Que entre con su corte de favoritos por el Pirineo, exalte 
con sus excentridades el enojo nacional y provoque explo- 
siones fuertes de revolución y protesta en el pueblo. De esta 
manera su influjo impuesto por las armas profundizará y 
arraigará fuertemente. Que sea entonces, con su frente pen- 
sativa, su barba voluntariosa y sus labios sensuales, nuestro 
Gran Emperador. Y que entonces, mientras su voz provo- 
que atención y perplejidad en todas las cancillerías del 
mundo y tome con España a su lado fuerte participación 
en el futuro universal, que sus arquitectos le ayuden a 
concluir este Palacio vacío de la Alhambra para que sea 
en él donde reciba el homenaje. Porque si no es él el que 
lo termina, nadie podrá hacerlo. 

En fin.. . El Palacio de Carlos V es un sepulcro sin cerrar 
de un sueño imperialista. 



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— ¡Al demonio los ruidos! . 



me dije un día, 



desesperado por los rumores que de la calle subían 
a los balcones de mi casa. Y sin más, alquilé en 
un barrio apartado un pequeño departamento, sin 
más comodidades que las indispensables. Llevé 
allí mis muebles, colgué los cuadros, estiré las 
alfombras, ubiqué mi dormitorio en la última 
piecita y me preparé para vivir tranquilamente. 

Cuando me asomé al balcón vi que aquello era 
bueno. No pasaban tranvías por frente a la casa; 
uno que otro automóvil y muy pocos coches de 
alquiler andaban por la calzada. De vez en 
cuando un carrito de verdulero asomaba por la 
bocacalle. 

La casa era silenciosa a pesar de sus cinco 
pisos superpuestos. Parece que el portero había 
sabido disciplinar a mis convecinos, pues no se 
oía el ruido de una mosca. Aquello era, para mí, 
el mejor de los mundos habitados. Valía la pena 
vivir en una casa tan tranquila, tan aereada y tan 
confortable. 

El único ruido que se escuchaba dentro del edi- 
ficio era el del ascensor, con su golpe seco, cada 
vez que era solicitado por los vecinos. Por la 
mañana subió y bajó las escaleras el enjambre de 
proveedores: el carnicero, el panadero, el lechero, 
el vendedor de diarios, el almacenero, la lavande- 
ra, la planchadora, etc. Después se hizo un si- 
lencio sepulcral en toda aquella vasta cons- 
trucción, que destacaba su silueta ga- 
llarda sobre la multitud de casas ba- 
jas que la rodeaban. 

Al fin, después de mucho su- 
frir y de mucho bregar, había 
encontrado una casa que lle- 
naba todas mis aspirado 
nes: vivir tranquilo. Hice 
uso de ella, durante todo 
el día, con una alegría 
retozona que me lle- 
vaba a mis recuerdos 
juveniles. 

Sería muy cerca 
de la medianoche 
cuando me prepa- 
raba para acostar- 
me. Sin apresurar- 
me, lentamente, 
me desnudé, hice 
mi higiene noctur- 
na, me metí den- 
tro del camisón, 
me instalé entre 
las dos sábanas es- 
tirándome cuan 
largo soy, y me pro- 
puse dormir como 
un bendito. Estaba 
yo «entre la vigilia y 
el sueño», en ese mo- 
mento en que se va 
perdiendo la noción de 
la vida, cuando un pro- 
longadísimo silbido, pe- 
netrante y agudo, me des- 
pertó sobresaltado. Escuché. 
Siguió otro y después un ter- 
C2ro. Indudablemente se trataba 
de una señal. Debía ser algún la- 
drón que avisaba a sus compañeros 
de afuera, pues el silbido partía, sin 
duda, de la habitación que estaba en- 
cima de mí dormitorio. Me incorporé y puse 
el oído atento. Se hizo un largo silencio. Des- 
pués siguieron unos silbiditos cortos y armonio- 
sos, que me quitaron la primera aprensión. Eran 
más humanos, más suaves, menos de ladrón. 
Minutos más tarde, con un entusiasmo, una ener- 
gía, una afinación y un calor de verdadero artista, 
el silbido comenzó a hacer escalas cromáticas, 
floreos y variaciones en todos los tonos. En se- 
guida, y a raíz de esa «vocalización», el silbido 
atacó enérgicamente la introducción del «Barbero 
de Sevilla» y no paró hasta el último acto, incluso 
las «Voces de Primavera», que suelen introducir las 
divas, para lucir su garganta de canario, en el 
acto de la lección. 

Eran las tres de la mañana cuando cesó el sil- 
bido. Oí cerrar las ventanas, oí el ruido que hace 
un par de botines al caer al suelo, oí el rumor de 
los chismes de lavatorio que se movían y, final- 
mente, vi que la luz del piso superior se apagaba. 

— ¡Bendito sea Dios y la madre de Dios! — me 
dije para mí. - Este hombre debe tener unas carre- 
tillas de acero y unos labios de piedra berroqueña 
para silbar tanto y por tanto tiempo . . . 

Mientras me arrebujé en las sábanas pensé que 
aquello sería un accidente, una simple casualidad. 
Tal vez el hombre había venido de mal humor y 
quería desquitarse de él silbando hasta la des- 
esperación. Tal vez le había tocado el premio 






mayor y expresaba de esa manera su alegría. 
Quizás había pedido la mano de su novia y se la 
habían acordado. ¡Vaya uno a saber lo que le 
había pasado a aquel buen hombre que tan rui- 
dosamente se manifestaba! . . . 

Pero a la noche siguiente ocurrió lo mismo. A 
las doce en punto y cuando yo acababa de acos- 
tarme, volvieron a sonar los tres silbidos largos, 
después los cortos y en seguida una ópera ínte- 
gra, «Aída», con sus trompetas egipcias y su co- 
rrespondiente «Radamés, discolpati!. . .» La melo- 
manía silbante me inquietó, más aún, me irritó. 
El hombre no me dejaba dormir por segunda vez 
y yo necesitaba de mi reposo bien ganado. 

La tercera noche, como ocurriera lo mismo, me 
tiré de la cama, abrí la ventana y solté una impre- 
cación. El hombre no se dio por aludido y conti- 
nuó silbando como si estuviera en plena Pampa 
Central. «Cavalleria Rusticana», «Paglíacci», «Nor- 
ma», «Elixir d'Amore», «Traviata», hasta «Parsi- 
fal», silbaron en mis oídos en las noches sucesivas. 
Una vez, en el colmo del furor, volví a asomarme 
al balcón y le grité con todas las fuerzas de mis 
pulmones; 

— ¡Siquiera se muriera!. . . — Pero ni por esas. 
Era un impertérrito. Tuve tentaciones de dar 
cuenta a la policía, pero después me pareció 

ridículo y no lo hice. Sin embargo, le hablé 
al portero del asunto. 

— Es un buen hombre — me dijo; — 
no molesta a nadie. . . 
Tuve que conformarme. Le averi- 
güé la vida. Era un jubilado na- 
cional con ochocientos pesos al 
mes, es decir, casi un peso 
por hora. No tenía mujer ni 
hijos. Vivía solo con una 
vieja sirvienta. Por la 
mañana iba a todos los 
entierros, misas y fu- 
nerales que había en 
la ciudad, y en todas 
partes dejaba su tar- 
jeta aunque no co- 
nociese al muerto 
ni a sus deudos. 
Por la tarde pa- 
seaba por la calle 
Florida en tren de 
conquistador; por 
la noche iba al 
teatro, donde re- 
cogía todas las 
melodías, arias y 
cavatinas que me 
espetaba a mansal- 
va a la hora de dor- 
mir. Era un ser ino- 
fensivo y manso, 
que no tenía más de- 
fecto que silbar a 
hora fija, religiosa- 
mente, cronométrica- 
mente, muía de atahona, 
de una preocupación artís- 
tica reventadora para los 
demás, pero que debía hacer- 
nmensamente feliz. 
Poco a poco me fui acostum- 
brando a aquel vecino incómodo 
y a los seis meses de esta vida pude 
comenzar a dormirme al rato de em- 
pezar su silbatina impenitente. 
Pasó un tiempo más y tal fué lo acostum- 
brado que estaba a aquel molinillo de notas que 
ya no lo tomaba en cuenta. Pero una noche, 
para desesperación mía, se puso a silbar el 
tango de moda: «¡Mozo, traiga otra copa!...» y 
lo silbó una, diez, cien, mil veces, hasta que, 
fuera de mí, salté de la cama y le grité repe- 
tidas veces: 

— ¡Canalla! . . . ¡Canalla! . . . ¡Canalla! . . . 

Desde entonces el hombre silbó menos. Repe- 
tía siempre el mismo tango, pero con menos 
ahinco, como si fuera desfalleciendo, lentamente, 
casi con desgano, como una cosa que se acaba, 
que se va agotando por propio aniquilamiento. 
Yo notaba el fenómeno de esta disminución de 
bríos filarmónicos y lo atribuí al aburrimiento de 
silbar siempre la misma cosa. Hace dos noches 
el silbido cesó por completo. Por la mañana, 
cuando bajé de mi departamento, el portero me 
dijo; 

— El señor Amado ha muerto . . . 

— Me lo explico. . . No podía ser de otra ma- 
nera. . . El tango tiene la culpa. . . 

El señor Amado, que bien pudo llamarse odiado, 
ha hecho bien en morirse por aquello de que Dios 
es Dios y Moisés el que trajo las tablas de su Ley, 
en las que está escrito: «No molestes al prójimo 
y la santa tranquilidad de su sueño. ..» 





EnXAJTlLLA 



OIpo do 

/ALENTIN dXUBIM J 

DE LA CDLE0ÍIÜN M' )LLEK_ 







^J¿. 



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Árbol que. como el hombre, te alimentas de lodo, 
Pero que alzas al cielo los brazos retorcidos 
Y. apretado a tus ramas, mantienes alto todo 
Lo que amas: hojas nuevas, botones, flores, nidos: 

Quiero tu paz severa, tu fe en orar en vano, 
Tu esperar, cuando emigran, que las aves regresen. 
Tu silencio, más hondo que mi cantar humano 
Y tu ardor, por cubrirte de flores, que fenecen . . . 

Tú te bastas; tu creas la flor que lleva un germen 
Que. en cualquier campo sano, perpetuará tu ser: 




bEZ^ANIlU 



El hombre, tras de angustias de amores que le enfermen. 
Pondrá en su sangre oscuras influencias de mujer. 

Árbol, tu sombra a todos protege, tu perfume 
Por el amor del viento se puede disfrutar; 
Pero el hombre, en sus ansias de darse, se consume. 
Por ofrecer un bien que no puede formar... 

Buscándolo, recorre los valles; su destino 
Oscuro le hace ser eterno vagabundo, 
Y tú, inmovilizado junto a cualquier camino. 
Le dices que encontraste tu sitio en este mundo... 





Zipia callr tu 



¿í g'^mcfro '?cñor "Jfiufnfo cneOkraitiKrsdu 

-^pliíníio cLq Doto pia6oib kccdo porop^hr 
'^cinoá^" ht9 ai^uílldLQ dtóíOG) ¿urautcG) (og) pcfc &c 165' 



©bírammeraau. 



amonto lana. ^ ^^^ 
Cnsto. 




n un baile be la 



^ Jgattrra, a orillae bel río 
aímmer, fjap, bcíbe tiempo 
inmemorial, un puebltto ta- 
!ólico llamabo Oberammer- 
gau, célebre por Suá repre- 
stentacionesí escénicas: be la 
}3a¿ión p üluertc be íiuti- 
tro jfeeñor Jesucristo, 
iiinsuno be los pueblos bonbe el 
brama sacro tiene una reprobucción 
más o menos artística compite con 
este municipio piaboso, que es el 
^apreutt) be la $}asión. (fDberammer- 
gau bibe para, p casi por, este es- 
pectáculo. €s un pueblo be menestra- 
les p artífices preocupabo continua- 
mente en la bifícil tarea be preparar 
reprobucciones berosímiles bel <Cban- 
gelio. Cales representaciones escéni- 
cas constitupen un e.xboto. una pro- 
mesa solemne que aquellos habitantes 
i)icieron en 1633, cuanbo una malig- 
na peste a^otó la comarca. 
Como en (t^berammergau i)ap dábi- 



mta (3~^^e^: 




iítartfja Wtit, 
la Virgen. 



Cl teatro 





^uarbarropía. 






feebaátíán TLanz 
?lnás 



Icá talliítasi e ímaaincroá, el beítua» 
río p la composíictón plásítíca be lasí 
eücenasí obtienen la bebiba propiebab. 
é>on tuabroá be bíbrantc policromía, 
algo aaíí como atrapentesí esítampasí 
coloreabas! a lai que una aiimpática 
múáica, compuesta en 1814 por el 
maestro be eácuela íRocfjuá 23ebler, 
comunica nuebo atractibo. 

®noá setecientos! actores j» compar- 
sas toman parte en las representa- 
ciones, p más be seis mil espectabo- 
res, renobabos continuamente, asisten 
a ellas. (£1 precio be las localibabes, 
el Suelbo be los artistas p, por lo 
tanto, el beneficio total, que se bebi- 
ca al fonbo be la comuna, son móbicos. 

í.a fama bien mereciba be ©be= 
rammergau es unibersal. S causa be 
la guerra las representaciones, que se 
realizan caba t>ie} años, se aplacaron 
besbe 1910 íjasta 1922. (El 14 be 
mapo se inauguró la temporaba. 




Xf 



Antonio Uecfjner, 
(prólogo). 




i>ii<ui>H)itiiMii"u"H»»>iM<<mHUH)<Himm>itimiitnt<MuHt»iHHHi"tii<miiiii'i«ttitmimiHiiiiiiti*mtmiiti<u<ii 




Ucfaban al cielo constantemente quejas y ala- 
ridos que turbaban la augusta beatitud de aque- 
llos lugares sagrados. Los santos recibían numero- 
sas peticiones a cual más disparatada, y no se 
daban punto de reposo y todo se les volvía ir y 
tomar al trono de Dios para abogar por los habi- 
tantes de la tierra. 

A muchas petioiones. Dios, que es la esencia de 
la bondad infinita, se hacia el sordo, como cual- 
guier padre verdaderamente humano hace oídos 
de mercader cuando un hijo, excesivamente mi- 
moso, le pide que le traiga una pomada para que le 
nasca pronto el bigote, un tren que produzca ca- 
tástrofes o un cañón del 42 para matar primorosos 
pajarillos. Pero unto y tanto le pidieron, tan des- 
ordenadas andaban las cosas en la tierra y tan des- 
graciados se manifestaban los hombres, que deci- 
dió en . : • 'o para que remediara en lo po- 
sible t .ste reinante. 

En prirn-r lugar pensó en San Severo: pero te- 
mió que la seriedad y rectitud de su carácter em- 
peorara el asunto en lugar de arreglarlo. San 



LOS 



'ÚLTIMOS 
ELIGES 




Severo era poco amigo de contemplaciones; no gus- 
taba mucho de la empalagosa diplomacia ni era 
partidario de emplear eufemismos, sino de llamar 
a las cosas por su nombre. Y Dios sabía que, al 
enviarle a la tierra, Severo habría preparado por 
todo equipaje no paños de lágrimas, sino un látigo 
morrocotudo. 

— Otro emisario — se dijo — necesitan aquellos 
infelices. 

Y, repasando su memoria, vino a elegir, entre 
todos los santos que llenan la gloria, a San Mo- 
desto. 

— Tú sabes — le advirtió — que yo di a los seres 
que se llaman hombres y que habitan la tierra la 
razón y el libre albedrío; que los doté de discerni- 
miento para que pudieran distinguir lo bueno de 
lo malo y lo justo de lo injusto; que les perdoné e! 
pecado de soberbia y les envié a mi Hijo para que 
les enseñase la verdad y los redimiera. No ignoras 
lo que hicieron con El. No quiero volver a enviarle 
a la tierra, porque estoy seguro de que volverían a 
crucificarle. Tú, Modesto, vas a ir ahora. ¡Pero no 



ch 



tiembles, criatura! Yo haré todo lo que convenga 
para que las gentes no conozcan que eres santo. 
Así podrás librarte de las travesuras que pudieran 
idear contra ti y de los odios terribles que inspira 
por allá todo varón justo y piadoso. Por lo visto, 
la gente de la tierra no acaba de comprender la 
santidad; los poquísimos elegidos que han llegado 
a mi presencia en estos últimos tiempos pasaron 
allí por tontos o por locos, o por locos y tontos a 
la vez, aunque estas dos cosas son antagónicas. 

— Pero, ¿Tú crees Señor — preguntó el humilde 
San Modesto — que soy capaz de realizar una obra 
grande? ¿No sería preferible que enviases a tus 
arcángeles que pueden trasladarse rápidamente de 
un lugar a otro a favor de sus alas? 

— ¡Válgame mi poder, mi admirable Modesto! 
Tú, que siempre supiste admirarlo todo con la in- 
genuidad graciosa de un muchacho, ¿no has po- 
dido percatarte de que los hombres sienten un 
odio profundo hacia todo lo que puede elevarse 
y especialmente hacia todo lo que vuela? Si les 
enviase a mis arcángeles, se sentirían muy capa- 
ces de darles caza a escopetazos. 

— Si no a tus arcángeles, Señor, pudieras en- 
viar a otros más a propósito que yo para hacer algo 
de provecho. ¡Si yo no sé hacer nada. Señor, y 
aunque pongo en mis acciones toda mi voluntad 
y todo este amor ardiente que te profeso, mis me- 
jores obras no han servido nunca para nada! . . . 

— Oye, Modesto. Si fuera mi intento hacer cesas 
deslumbrantes que causaran asombro en el mun- 
do, no te enviaría, porque te conozco bien y sé 
que serías muy capaz de no hacerlas. Pero no ss 
trata de nada de eso. Vas a ir sólo con la aparien- 
cia de un buen viejecito, y con facultades amplias 
para realizar todo lo que te pidan, siempre que lo 
creas justo. Todo mi poder lo pongo en tus manos, 
con esa sola condición. Vete a la tierra y haz allí fe- 
lices a cuantos lo merezcan. Y no tiembles ni pases 
temor alguno; te libraré de persecuciones, hacién- 
dote invisible cuando llegue e! caso. ¡Anda y pro- 
cura hacer todo el bien que puedas con tal de que 
no esté reñido con la justicia! 

Con tales instrucciones y seguridades llegó San 
Modesto a la tierra y vino a caer en una ciudad 
muy grande y ruidosa en la que los hombres cami- 
naban de prisa, con gesto hosco, como si se hubie- 
ran levantado tarde para llevar a cabo alguna 
gestión urgente. Y vio que todos aquellos hombres 
que marchaban atrepellándose sin consideración 
no tenían más que un pensamiento: ser ricos, muy 
ricos, más ricos que todo el mundo, para tener cria- 
dos y automóviles, para que sus mesas fueran las 
mejor servidas, para comprar conciencias, que en 
realidad iban bastante baratas. 

Se acercó a un hombre de aspecto humil- 
de y pacífico, que estaba tranquilamente en 
la puerta de un comercio, y entabló conver- 
sación con él creyendo que sería cosa fácil 
hacerlo feliz. Pero, de buenas a primeras, el 
hombrecillo le confesó: 

— Tengo mi tienda llena de mercaderías 
riquísimas; pero la competencia hace que me 
vea obligado a vender sin ganar apenas e! 
doscientos por ciento. Para ser feliz, yo nece- 
sitaría que se incendiasen todas las tiendas de 
la ciudad; que se hundiesen todos los barcos 
que conducen mercaderías iguales a las mías, 
menos los que las traen para mí; que me de- 
jasen tranquilo de competencias, siquiera 
durante diez añitos, para que todo el que 
quisiera vestirse tuviese que recurrir a mí. 

San Modesto continuó sus indagaciones. 
Habló con muchos y vio que los deseos más 
ardorosos de todos eran casi idénticos. El 
ministro necesitaba que formasen juicio po- 
lítico al presidente para poder colocarse !a 
banda; el subsecretario, que se hundiese el 
ministro para verse en posesión de la car- 
tera; el banquero, la ruina de los demás 
banqueros. . . 

El pobre santo se desesperaba. El quería 
hacer felices a los hombres, pero, ¡le pedían 
unas cosas!... 

Ideó volverse al cielo y dar por fracasa- 
da su gestión; pero antes quiso pasar por 
los lugares destinados a diversiones. 
Penetró en un teatro en el instante 
en que aplaudían frenéticamente 
a una joven que había cantado 
una romanza de una manera 
admirable. Tuvo deseo de 
verla de cerca y, apro- 
vechando un momen- 
to en que se encon- 
traba sola, entró 



en su camerino y, ¡oh sorpresa!, la encontró 
llorando rabiosamente. 

— ¡Hija mía! — dijo con suave bondad — ¿por 
qué lloras? Acabas de ser objeto de una gran ova- 
ción. 

— Sí; pero en cambio han aplaudido también de 
un modo delirante a la primera tiple, que es una 
mujer orgullosa e inaguantable. 

— Y para ser feliz quisieras cantar como ella, 
¿no? Encargarte de sus papeles, ¿verdad? 

— No, no necesito tanto; me bastaría con que 
ella adquiriese una enfermedad en la garganta que 
la impidiese cantar. 

Escandalizado se escabulló San Modesto, y al 
salir a la calle encontró a un viejecito pegando 
los carteles que anunciaban las funciones para el 
día siguiente. El viejo canturreaba satisfecho, y 
el santo se detuvo a escuchar. Era una de esas 
canciones que se aprenden en la infancia y que 
casi carecen de sentido, pero que tienen una inge- 
nuidad y una frescura maravillosas. A pesar de su 
vejez y de su barba blanca, la tez de aquel anciano 
era sonrosada como la de un niño, y había una 
alegría y un brillo en sus ojos que encantaba. 

— ¿Estás contento, viejo? — preguntó el en- 
viado celeste. 

— ¿Y por qué no estarlo? ¡Siempre estuve yo 
alegre! Sólo hace diez años, cuando ya no podía 
yo con las fatigas del trabajo del tramoyista, me 
puse triste, porque creí que me iba a faltar el 
pan. Pero el empresario me empleó en pegar car- 
teles, cosa fácil como ves, y en hacer algunos re- 
cados de confianza. Desde entonces pego carteles, 
y pongo todo mi cuidado en que queden derechi- 
tos, muy dereohitos y en un sitio en que pueda 
leerlos bien el público; porque me pagan para eso. 
Además, el empresario es hombre bueno que sabe 
estimar el trabajo, y me suele dar algunas alegrías 
impagables. 

— ¿Dándote más dinero? 

— No; no es hombre que dé mucho. Siempre se 
queja de que van mal los negocios. El entiende de 
eso, que es hombre de números. Pero algunas 
veces me llama y me dice, poniéndome la mano 
cariñosamente en el hombro, como si fuera un 
igual mío: — Viejo, hoy he dado una vuelta en 
coche para ver los carteles. ¡Y están bien pegados 
y puestos con inteligencia! ¡Así me gusta! Te 
felicito, viejo, te felicito. — Y tú no sabes la alegría 
que me produce esto y los ánimos que me da para 
seguir pegándolos cada vez mejor. 

Maravillado, verdaderamente encantado quedó 
San Modesto ante aquella felicidad hecha con tan 
poco. Y quiso saber hasta dónde podía llegar la 




bondad de aquel viejecito que, mientras realizaba 
su trabajo, entonaba las inocentes canciones que 
le enseñó su madre, recordándola. Así dijo: 

— ¿Sabes qué tienes suerte? Yo, en cambio, 
viejo como tú, me encuentro sin poder hacer nada 
y paso mis miserias. 

— ¡Bah! No te aflijas. Tengo yo aquí unos 
pesos y voy a dártelos para que te alivies en lo 
que puedas. Al mismo tiempo, si quieres, te ense- 
ñaré a pegar carteles y te recomendaré a mi pa- 
trón. 

— ¡Gracias! Yo sé pegarlos. He pegado muchos 
en mi vida en otras poblaciones. 

Y el santo puso manos a la obra con tal 
ligereza y perfección que el viejo quedó admi- 
rado. 

— Sí que trabajas bien y con limpieza. Ven y te 
llevaré a mi empresario. Le diré lo que sabes 
hacer y te dará trabajo en seguida. 

— ¿Pero no temes que pueda hacerte la com- 
petencia? 

— ¿Y por qué voy a temer? Encontrar a un 
hombre que trabaja mejor que uno, siempre es 
una suerte, porque así puede aprenderse algo 
más. Dios da para todos. 

El santo se sentía dichoso ante aquel hombre, 
tanto que acabó por confesarle quién era y a lo 
que había venido, y acabó diciéndole: 

— Tú debes tener algún deseo. Dime cuál es tu 
mayor deseo y yo lo realizaré. 

— ¿No me engañas? 

— No, no te engaño. 

— ¿Y realizarás mi deseo, aunque sea muy 
grande y muy difícil? 

— Lo realizaré. 

— Bueno, oye: mi vieja, que me acompaña desde 
hace más de cuarenta años, y que me quiere mu- 
cho, empieza a estar torpe. Algunas veces se le 
pega la comida o comete cualquier torpeza, y 
sufre mucho por eso y reniega que ya no sirve 
para nada, y que hasta los guisos que a mí más 
me gustan los hace mal. 

— Comprendo: tú quieres que ella guise bien. 
Por la alegría con que trabajas, casi se te puede 
consentir esa glotonería. 

— No me has entendido. No soy glotón. Lo 
que yo quiero es que ella no se dé cuenta de que 
hace mal las comidas y de que se le pegan. El 
que estén malas, ¿qué me importa? A todo se 
acostumbra uno menos a ver sufrir a las personas 
a quienes ama. 

— Bueno; te voy a conceder eso; pero a cam- 
bio de que me convides a cenar esta noche. 

Fueron a la casa. El dijo a su mujer que lle- 
vaba un convidado. 

— Pues no podías haber elegido noche 
mejor; porque esta noche me ha salido la 
cena muy bien. Está diciendo: ¡comedme! 

El viejo notó que la sopa estaba sin sal, 
pegada la carne y a medio cocer. Pero co- 
mía con gusto y estaba radiante al ver el 
contento de su vieja, y para alegrarla más, 
le decía: 

— Esta es una mujercita, amigo. ¡Si gui- 
sa mejor que ninguna cocinera del mundo! . . . 

— ¿Estás satisfecho? — le preguntó el 
santo. 

— ¡Satisfechísimo! Eso era lo que yo que- 
ría. ¿Qué me importan los manjares más 
delicados ante su satisfacción? 

— Vete ahora un ratito, que quiero hablar 
con ella. 

La vieja escuchó atónita las palabras del 
santo. También tenía ella algo que pe- 
dirle . . . 

Y le pidió que guiase siempre la mano 
de su viejo; que le hiciese pegar los carteles 
muy dereohitos, muy dereohitos, puesto que 
en ello cifraba su mayor orgullo; que ella 
pudiera verle feliz. . . 

Se acostaron. 

A la mañana siguiente, San Modesto se 
presentó ante el trono de Dios llevando 
de la mano a sus viejos amigos. 

— ¿Cómo te fué, Modesto? ¿Has po- 
dido hacer gran cosa por la tierra? 

— Señor: aquello es un caos terrible 
e ingobernable. Todos son desdicha- 
dos porque quieren. Sólo he podi- 
do encontrar dos seres felices, y 
ms he permitido traértelos 
para recomendarte que les 
des un lugar en tu gloria. 

Y Dios los reci- 
bió con los brazos 
abiertos. 



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es la memoria, ¿podremos contestar más tarde la pregunta? 

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MONUMENTO A ALFONSO XII 



FINALMENTE, el día 3 de junio de este año se inauguró el monumento 
al rey don Alfonso XII, padre del actual monarca. Fué principiado 
hace muchos años ocurriendo dificultades que retrasaron los trabajos. 
Como puede juzgarse por las fotos que publicamos, el monumento es gran- 
dioso y severo. Hállase situado en el Retiro a orillas del estanque donde la 
juventud suele remar románticamente en lanchitas de a dos personas. Asi 
la estatua ecuestre del finado monarca, que era un gran corazón, presidirá 
los honestos amores románticos del Retiro. Y las sentimentales parejitas 



admirarán, en justo cambio, la efigie broncínea y el marmóreo monumento 
que la soporta, aunque esta admiración sólo sea un pretexto, igual que casi 
todas las admiraciones, más o menos oficiales, que en el mundo han sido. 

El monumento es obra del arquitecto Grases Riera, en las esculturas 
han colaborado muchos artistas, y la estatua ecuestre del soberano fué mode- 
lada por el ilustre Benlliure. La policía impidió que los repórters gráficos 
tomaran vistas de la ceremonia inaugural, ocasionando esta arbitraria me- 
dida el retiro y protesta de aquéllos. 









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bre de THOMPSON no se asocie al mismo el 
concepto claro y preciso de lo que es distinción. 

Y es que persiguiendo esa finalidad, THOMPSON 
ha realizado muchos esfuerzos, anotados en una 
obra vasta y consciente y que, en su misma ex- 
tensión, le ha permitido demostrar la legitimidad 
de ese anhelo y hasta donde resulta hoy aceptable 
aquella afirmación, que acaso pudo parecer va- 
nidosa al lector. 



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El. — Parece imposible, señor mío. que en los 
tiempos que corren profess usted todavía ese in- 
dividualismo desenfrenado. . . 

Yo. — En primer lugar, caballero, yo no vivo 
en los tiempos que corren sino en el tiempo que 
se queda y no profeso tcdauia sino que profeso ya 
ese que usted llama individualismo desenfrenado, 
y que es la fe del porvenir, del eterno porvenir, 
del que será porvenir siempre, del reino de la li- 
bertad . . . 

El. — Es que vivimos en el presente. 

Yo. — ¿Está usted seguro de ello? 

El. — ¡Pues no he de estarlo! 

Yo. — ¡Pero yo no! 

El. — ¿Pues en qué vivimos? 

Yo. — Usted no lo sé, yo en el pasado y en el 
porvenir a la vez. Y mire, señor, no vamos hacia 
el mañana, hacia el pasado mañana más bien, 
como quien va en un auto de cara hacia adelante 
y viendo venir a él los campos que ha de recorrer, 
el puente que ha de pasar, la cuesta que ha de 
subir o bajar, sino que vamos de espalda al ma- 
ñana y de cara al ayer y viendo pasar, en sentido 
inverso al de nuestra marcha, lo que ya hemos 
recorrido. 

El. — ¿Y cómo guiar así el auto? 

Yo. — Es que nos lleva y no le llevamos. Y en 
todo caso hay una manera de guiarlo y es con un 
espejo, teniendo en la trasera del carruaje un gran 
espejo, y así podemos guiarlo de espalda a la di- 
rección de su marcha. 

El. — Pues es un modo de ver el porvenir ese 
del espejo. . . 

Yo. — Acaso. . . Sólo que el espejo a las ve- 
ces. . . Y hay que saber interpretarlo. Y nadie le 
interpreta mejor que el profeta. 



El. — ¿Pero usted cree en los profetas? 

Yo. — Como entiendo por profeta otra cosa que 
usted, creo en ellos. Porque profeta, en el rigor 
originario de su significación, no quiso decir el que 
predice lo que ocurrirá sino el que dice lo que los 
otros callan o no quieren ver, el que revela la 
verdad de hoy, el que dice las verdades del bar- 
quero, el que revela lo oculto en las honduras pre- 
sentes, el poeta, en fin, el que con la palabra crea. 

El. — ¿Y qué crean el poeta o el profeta? 

Yo. — Lo que ha de ocurrir. Y así el profeta 
predice y augura y anticipa y adivina; no porque 
diga lo que ha de ocurrir sino porque ocurre lo 
que él dice. El que escribe historia hace historia. 
El que crea un mito crea una fuente de realidades 
futuras. ¿Y sabe usted a lo que en esta tierra 
llaman los charros, los campesinos, poeta? 

El. — Cuando me lo diga lo sabré. 

Yo. — Pues en esta tierra poeta, lo mismo que 
calendariero, es el que escribe, en verso ¡claro está!, 
el pronóstico del calendario, el juicio del año y 
si será seco el otoño o blando el invierno o fría 
la primavera, Y así el barquero aquel del Mondego, 
en Coimbra. al preguntarle qué poeta conocía, 
contestó: «¿posta o zaragozano?». Y es que el 
verso se hizo para coplas con que se acompañe, 
y con guitarra, al baile, para celebrar crímenes 
espeluznantes y para hacer juicios del año. 

El. — ¿Y esto, qué tiene que ver con lo otro? 



MIGUEL DE 
U N A M U N O 

ILUSTRACIÓN DE DELUCCHI 



Yo. — ¿Qué? Que el poeta, o el profeta, si usted 
prefiere, hace el juicio del otro año, . . 

El. — ¿Y nieva en tales días porque él lo dijo, no? 

Yo. — Sí; hay revolución porque él la cantó. 

El. — Todos los días hay revolución en alguna 
parts, como todos los días nieva sobre alguna 
tierra o sobre otra nieve. 

Yo. — ¡Naturalmente! Y se hace revolución o 
nevada universal aquella que el poeta canta. ¿No 
ha oído usted hablar del diluvio universal? Pues 
es universal porque lo ha unlversalizado el relato 
del Génesis. Y esto lo hizo un individuo. Porque 
sólo el individuo crea. 

El. — ¿Pero no sabe usted aquello de Natorp 
de que el individuo es, como el átomo, una abs- 
tracción? 

Yo. — Yo diría más bien un mito, y ahí está 
su fuerza. 

El. — ¿De modo que usted es un mito? 

Yo. — ¡Pues claro, hombre, pues claro! Soy un 
mito que me estoy haciendo día a día, según voy 
llevado al mañana, al abismo, de espalda al por- 
venir. Y mi obra es hacer mi mito, es hacerme a 
mí mismo en cuanto mito. «Que es el fin de la 
vida hacerse un alma», como dije al final de uno 
de mis Sonetos. Y si el individuo es una abstracción 
el universo es otra. Una parte que no es más que 
parte es tan abstracta como un todo que no es más 
que todo. 

El. — Empiezo a marearme. . . 

Yo. — Ese es el camino de la profecía. 

El. — ¿Cuál, marearse? 

Yo. — Sí, marearse. Cuando lo vea usted todo 
patas arriba empezará a ver prof éticamente. Y por 
eso para poder profetizar se emborrachaban mu- 
chos. Con alcohol o con lo que sea. 



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EL DIQUE DE SAN ROQUE 






VISTA DEL DIpJE. 



JUNTO AL DIQUE. 




REGANDO LA CAMPIÑA. 



UNA de las más hermosas obras de ingeniería hechas en 
la república es el dique de San Roque (Córdoba), que 
proporciona el beneficio del regadío a una vasta región. 
Desgraciadamente en todo el país existen muy pocas cons- 
trucciones como ésta, habiendo provincias necesitadas de 
asegurar el riego de sus campos sedientos. Mientras el estado 
no realice en vasta escala un plan de embalsamiento por 
medio de grandes diques, los colonos estarán a merced de la 
naturaleza que raramente distribuye bien las aguas. 

El dique de San Roque cumple admirablemente su misión, 
proporcionando de paso a los habitantes de la zona que fe- 
cunda un lugar de recreo, donde el agua añade bellezas al 
paisaje. Prueba de ello son las artísticas fotografías que 
publicamos en esta página. 




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EN ■ LA- EX- 
-PO/ICDN 

DE 
VEfiECIA 





LLEGADA DEL PRÍNCIPE. 



A principal novedad de 
la actual Exposición 
Bienal de Arte, en Ve- 
necia, la constituye la 
participación de la Ar- 
gentina, hermana de 
raza y de idioma de 
Italia. Refiriéndose a 
la participación argentina et conocido 
crítico Ezio Camuncoli escribía hace 
pocos días en un importante diatio de 
la tarde: 

«Al comisario del gobierno argentino, 
señor Francisco Armellini, actualmente 
prosecretario de la Comisión Nacional 
de Bellas Artes de la República, corres- 
pondió la iniciativa, a fines de septiem- 
bre de 1919. El comendador Víctor Co- 
bianchi, ministro entonces de Italia en 
Buenos Aires, acogió con entusiasmo la 
idea e informó a nuestro gobierno, y 
con igual entusiasmo la Presidencia de 
la Exposición invitó a los artistas ar- 
gentinos; pero eso ocurría en febrero de 
1920, demasiado tarde ya, y la invita- 
ción no pudo ser aceptada para ese año. 
A procurar el buen éxito de la empresa 
se dedicó el presidente de la Comisión 
Nacional Argentina de Bellas Artes, 
arquitecto Martín Noel, quien confió al 
señor Armellini la preparación de los 
envíos y el cargo de comisario del go- 
bierno. Las funciones de delegados de la 



Cz/l 





UN ASPECTO DE LA SALA ARGENTINA. 



fiEL CARRERO)), 
HÉCTOR NAV; 



comisión fueron confiadas al doctor 
Cupertino de! Campo, director del Mu- 
seo Nacional de Bellas Artes de Bue- 
nos Aires, y al señor Alfredo Gonzá- 
lez Garano, conocido coleccionista de 
arte.» 

El profesor Juan Bordiga, presidente 
de la Exposición, en el discurso inaugu- 
ral dijo así: «La República Argentina 
ha venido por primera vez ahora entre 
nosotros. La temporal convivencia re- 
aviva y amplía, así, en 
labores civiles y mo- 
rales, la fraternidad de 
dos pueblos separados 
por el océano; pero de 



EL INTENDENTE 
LEYENDO EL 
DISCURSO INAU- 
GURAL. 






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«EL PINTOR VENA», ALFREDO GUIDO. 



común origen y de recuerdos comu- 
nes». En la sala argentina, una de 
las más vastas del Palacio Central, se 
hallan convenientemente expuestas 
treinta obras de pintura y escultu- 
ra. El ya citado crítico las enume- 
ra así: 

«Ante todo, es preciso nombrar al re- 
putadísimo paisajista y animalista Fer- 
nando Fáder, justamente proclamado el 
príncipe de los pintores argentinos vivos. 
Figuran, además, en la 
lista, Francisco Berna- „, „„, 

,, , . ELPRÍNCIPE 

reggi, notable colorista Humberto vi- 
delaescuelaangladiana; sitando la sa- 
el aguafortista Rodolfo la argentina. 






Franco; el místico Gui- otro aspecto 
llermo Butler. padre "" la sala 
dominico: Cupertinodel 
Campo, con «El jardín de los naran- 
jos»: Antonio Alice. con «Hormigas hu- 
manas.: el retratista Jorge Bermúdez: 
ítalo Botti: Alejandro Bustillo, con un 
autorretrato: Ceferino Camacini, el apo- 
sionado ilustrador de la Pampa: Emilio 
Centurión; el paisajista Tito Cittadini, 
hijo del lamentado director del gran 
diario italoargentino La Patria dígli 
llahani: Pío Collivadino. director de la 
Academia de Bellas Artes de Buenos 
Aires: el animalista Luis Cordiviola- 
Alfredo Guido; Héctor Nava, que pasó 
muchos años en Chioggia y llevó a 
Buenos Aires obras muy gustadas- Án- 
gel Vena:Thibón deLibián; los escultores 
Alberto Lagos. Agustín Riganelli, César 
Slorza y otros más.» 

Claro está que no puede decirse que 
todo el arte argentino está representado 
en la Exposición de Venecia. pues son 
muchos los que faltan; pero se trata de 
un primer paso, y el primer paso es el 
más importante. Por lo demás, la esca- 
sez de espacio no habría permitido una 




AROENT.NA EN mayor concurrencia. 
LA EXPOSICIÓN. En conjunto, la sala 
argentina ha gustado 
mucho y soporta perfectamente la com- 
paración con las demás. En ella, como 
muy atinadamente me decía el doctor 
Cupertino del Campo, se siente una im- 
presión de reposo, después de ver otras 
obras violentas y cuando todavía se está 
bajo la sensación de escuelas, más que 
atrevidas, extrañas, incomprensibles, 
verdaderas desviaciones del arte. 

El interés de las obras expuesta.»: por 
los artistas argentinos y la seriedad de 
sus aspiraciones no han escapado a los 
estudiosos italianos, y especialmente a 
los artistas más notables. 

Entre las personas que se han mani- 
festado muy complacidas por el éxito 
de la exposición argentina y no han 
ocultado su viva simpatía por la joven 
república sudamericana, con la cual se 
prometen fortificar vínculos cada vez 
más estrechos de intercambio artístico 
y espiritual, recuerdo a Plinio Nomellini 
Mancini, Héctor Tito, el escultor Ca- 
nónica. Scattola. Sortini. Beltrami, el 
comendador Colosanti. director de Be- 






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«EL PATIO DE LOS NA- 
RANJOS», CUPERTrNO 
DEL CAMPO. 



é) 



<'RESTOS DE DOMINIO», 
CARLOS P. RIHAMONTE. 



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"FIN DE INVIERNO», 
FERNANDO FADER. 




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lias Artes, y muchos otros. Al activo 
comisario de la sección arf;entina, señor 
Francisco Armellini, le pregunté su opi- 
nión, y me contestó: «La gran Expo- 
sición veneciana, en general, tiene in- 
discutible interés por la grandiosidad de 
las obras expuestas, por la variedad de 
escuelas que se ven reunidas y por la 
aceptación liberal de todas las tenden- 
cias, especialmente las nuevas; pero no 
creo que pueda citarse entre las mejo- 
res. La nota fuerte y las figuras que 
se destacan en el conjunto carecen de 



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realidad; los principales nombres son ya 
conocidos por obras y valores.» 

Por mi cuenta agregaré una observa- 
ción que tal vez pueda aplicarse a todas 
las exposiciones modernas. Lo que pre- 
domina casi siempre son los paisajes y 
los retratos; de la vida de nuestro tiem- 
po, nada o muy poco. ¿Quién se acuerda 
de celebrar el trabajo, la bondad, el 
heroísmo, con su cuadro social, históri- 
co, místico, heroico? 

El mundo quiere que el pincel y el 
pensamiento formen una sola cosa. 



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M 



B O L I 



(ELEVADORES DE GRANO», PÍO COLLIVADINO. 




ARQ. MARTÍN NOEL, PRESIDENTE 
DE LA COMISIÓN N. DE B. ARTES. 



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H^I^^^I^^B^ 




SR. FRANCISCO ARMELLINI, COMI- 
SARIO DE LA SECCIÓN ARGENTINA. 



LA DELEGACIÓN ARGENTINA. 





¿Qué es un !ibro? y ¿qué 
es hacer un libro?. . . 
lUn librol 

Cada vex que' veo pedir 
un pensamiento para una 
tarjeta postal, me lleno 
de asombro y no alcanzo 

a explicartne la ingenua naturalidad de quien lo 
solicita. Mil perdones; mas ¿cómo podría entre- 
rarae aíi. en un inconcebible desprendimiento 
de millonario, a la modesta suerte de una tarjeta 
postal, nada menos que un pensamiento? 

No es mi inimo. por cierto, inferir un agravio 
a taita impaciente, candorosa y abnegada colec- 
cionista. En su buena fe. desde luego, residiría 
su mejor defensa contra mis propias perplejidades. 
que resultarían de todo punto injustificadas a la 
Iu2 de aquella misma sinceridad ... Lo que hay 
es que un pensamiento es mucha cosa... Por 
ejemplo: puede ser hasta un libro. 

Un libro es ura construcción, un organismo, 
y requiere, como base o como núcleo, un pensa- 
miento. Un libro es una idea que se desenvuelve. 
una teoría que se expone, una doctrina que se 
define, una pasión que se expande... Sin em- 
bargo, un pensamiento le precede, le preside, le 
envtidve. le culmina... Un pensamiento no es 
la obra de un esfuerzo mental; lo que requiere 
esfuerzo mental, y continuo, es el libro. Un pen- 
samiento no es ti resultado de la voluntad; lo 
que exige voluntad, y perseverante, es también 
el libro. Un pensamiento sobreviene, estalla; es 
una especie de aparición: es una luz repentina; 
es una concepción improvisa. Un libro, en cambio, 
tiene antecedentes, principio, desarrollo, f in . . . 
Fin. en el sentido de término material y en el 
sentido de dirección, objeto y alcance... En el 
otro sintido. lo tendrá o no lo tendrá, según 
resista o no resista al tiempo... Entre un pen- 
samiento y un libro, por último, media la misma 
distancia que entre una concepción y una eje- 
cución. 

Ahora bien: espiritual, subjetiva, intimamente. 
vale más concebir que ejecutar. No les seria da-do 
decir: «esto haré», sin caír en la risa o en el desdén 
ds sus auditores, a los incapaces, notoriamente 
incaoa-»s. de concebir en idea lo que anuncian 
en realización; pero sí habría de serles permitido 
decirlo, aunque fallaran luego, no en la ejecución. 
sino en la energía necesaria para ejecutar, a aque- 
llos que tuviesen la aptitud esencial, la primera 
aotitud. . . ¿Acaso no mueren en los campos fera- 
ces las cosichas pictóricas de granos y de pro- 
mesas?. .. Si no se tiene una hectárea sembrada. 
es claro que no hay sobre qué basar el cálculo, 
sin duda alegre, de un rendimiento fabuloso. Entre 
tanto, si s; mira verdear hasta el horizonte la 
inmensa zona propia — aunque de sus cultivos 
pudiera dar cuenta en una hora la naturaleza. — 
¿por qué no cabría soñar las mayores delicias y 
\zi mayores audacias? 

Entonces, pues, cuando un escritor de verdad, 
o con elementos que equivalgan al título, des- 
cubre la intención de hacer un libro, no hay el 
derecho de afirmar, por simple incredulidad, si- 
quiera se funde ésta en una indolencia pública 
del presunto autor, que no debe esperarse el cum- 
plimiento de su palabra. Si tiene aquella primera 
aptitud, esa palabra vale por sí sola como vale 
un titulo con arreglo a la capacidad de quien lo 
emite, independientemente del negocio a que es 
aplicado, por una parte, y de la marcha ulterior, 
por otra, de la empresa respectiva. La esperanza 
nace con la concepción; con la ejecución crece la 
fe; el éxito se alcanza con la cúpula . . . 

Es indudable que. ante un criterio humano de 
la vida y de la lucha, las disposiciones y los hechos 
aparecen bajo aspectos bien distintos: ante ese 
criterio, lógicamente ajustado al interés real de 
todas las transacciones, no es posible cotizar sino 
la acción representativa de valor, sino el fruto 
representativo de la labor madre, o sía de la 
fuente productora. . . Es asimismo evidente que 
la inteligencia que no crea se parece a la tierra 
yerma; pero se parece no más. . . 

Y ¿por qué no habrían de ser comfaradas sus 
manifestaciones posibles con el oro de la mina 
ínexplotada, o con aquel otro, jamás sonante, de 
la especulación afanosa y deslumbradora? Des- 
lumbradora quand mime. . . Deslumbradora toda- 
vía, a la distancia, como lo fué en su tiempo, por 
reflejos, desde la ausencia... 

Fuera de eso, un libro puede ser un intento 
fracasado... Como toda gestación, un libro está 
sujeto a laí leyes inflexibles. Una alegría intensa 
y un intenso pesar son factores de irremediables 
malogros. Traen consigo, respectivamente, fatales 
deslumbramientos y mortales displicencias, que 
nada tienen que ver con la esterilidad. Al con- 
trario. La fecundida-1 habrá sido herida, y — 






quizá para siempre; — pero ha exisistic'o, desde 
luego. Gritar en circunstancias tales contra el 
insuficiente, el inútil, el náufrago; hablar de im- 
potencia: decretar el déclass'wnl; enderezar el 
carro de la victoria para que las ruedas pasen 
exaotamsnte sobre el caído; hacer sonar todavía 
el látigo de la mofa, cuando no el de la injuria, 
son todos movimientos y rasgos acentuados de 
la multitud inclemente: pero suelen ser además 
singulares espontaneidades y curiosas satisfaccio- 
nes de a'gunos extraños caballeros de blasón in- 
verso . . . 

Da ahí que haya que triunfar siempre, o reti- 
rarse a esperar en la sombra la oportunidad de 
la revancha, o ressrvar como una tumba lo que 
S3 guarda en sueños y en proyectos. . . 

El escritor no confiesa sus sinsabores y sus fa- 
tigai sino cuando la celebridad le permite todas 
las coqueterías y todas las debilidades. Esos sinsa- 
bores y esas fatigas, de los que llegan y pasan 
adelante, tienen su preciosa documentación, tienen 
su interesantísima historia, llena de emociones y 
de enseñanzas a la vez. 

Los de los otros, los de aquellos que no alcanzan 
a la luz. por cierto que permanecen, como sus 
héroes, en la sombra. Apenas si constituyen algu 
ñas veces melancólicas páginas de novela. . . Sin 
embargo, ¡qué refriegas escondidas de pasiones 
exaltadas; qué obscuros dramas de la ambición 
mordedora y rabiosa: qué secretas y desesperantes 
luchas de la vanidad, exigente, persistente, enco- 
nada, y de la adversa suerte, fría e inexorable 
como una lápida! ¡Ahí las violentas acometidas, 
los retrocesos angustiosos, las cargas renovadas. 
los delirios, las sofocaciones y las muertes! Es el 
ideal que se esquiva, el placer que se niega, la 
gloria que se rehusa. Es la condena de Dios, la 
negación absoluta, el supremo desahucio, cuyo 
sello angustioso se advierte en tantas faces páli- 
das, ojerosas, afligidas. . . 

Hay el pensamiento, la idea, la visión; hay el 
plan, la traza, el bosquejo; hay el material, la 
decisión, el brazo; hay el estilo... 

¡El estilo!... Canta al oído del escritor, flota 




sobre su cabeza, llena su 
alma, le sonríe, le alienta, 
le invita a una comunión 
adorable. Asi, en espí- 
ritu, es bueno, bello, ar- 
monioso, sutil, condescen- 
diente. . . Diríase que to- 
das las ideas le interesan y que está dispuesto 
a vestirlas a todas, no obstante una marcada 
inclinación en favor de las más humildes, de 
las que más necesitan de su amparo y de sus 
galas, como si fuera un soberano caritativo. 

El escritor le presiente, le siente,., pero 
teme. Teme que se le desvanezca, como una 
ilusión, en cuanto tienda la mano, y prefiere 
cerrar los ojos y dejarse acariciar la frente por 
el ala leve de la forma perfecta. El pensamiento 
se revuelve con apremio en su cerebro, ganoso de 
envolverse en los pliegues de esa forma; pero el 
escritor se resiste a la prueba, quiere contentarse 
con la proximidad moral, no se anima a ensayar 
la unión. ¿Para qué salir del círculo del ensueño, 
si un desengaño lo mataría? Reflexiona y tiembla 
como un amante tímido. . . Y el estilo continúa 
rodeándole, seduciéndole, murmurándole. . . ¿Lla- 
mariase de indolencia esa situación de verdadero 
éxtasis y arrancaríase de ella la incredulidad de 
que antes hablábamos?... Con todo, habría que 
vencerla. . . 

De pronto, levantando el ánimo, el escritor 
sacude su enervación y se resuelve a celebrar las 
bodas celestes del pensamiento y la forma, de la 
idea y el estilo. El pensamiento está ya en mar- 
cha. . . ¿La forma?. . . 

La forma se vuelve ahora severa, difícil, huraña. 
Espiritualízase más para escapar mejor. Pierde la 
línea; es nube. Desoye el ruego; es esfinge. La 
caricia no halla donde posarse, la súplica no 
encuentra seno para su refugio, la queja se pierde 
en el espacio. . . Pues al espacio entrega el escritor 
su plegaria humildísirra. . . 

« Forma, sé generosa: responde: entrégate. Yo 
« pensa-é para ti cosas superiores y sublimes. 
« Acude a mi llamado, porque no soy indigno de 
« tus favores. Verás cuánto te amo, y qué bien te 
« comprendo. No me trates cerno a uno de tantos 
« oficiantes del estilo, ni me hieías con tu desdén 
« y tu indiferencia. Debes tenerme piedad, puesto 
« que te ofrezco todo mi espíritu. No castigues 
« mi admiración y mi timidez, ni las tomes por 
<i temor vano, abandono o cobardía. Te esperan 
(1 mis ideas, te aguarda mi pluma, te anhela 
« mi cora^6n. Yo te haré brillar a la luz de mi 
<i inteligencia y te encenderé al calor de mis 
« pasiones. » 

¡Inútiles lloriqueos!... La forma se diseña de 
nuevo, aletea, asciende y se aleja, dejando al es- 
critor sumido en la obscuridad y en el dolor. 
Va a enloquecer a otras cabezas, o a someterse a 
alguna más fuerte, o a expresar sensaciones más 
precisas y más intensas. . . 

Y bien, joven poeta, injustamente abandonado, 
no es el caso de la desesperación y el suicidio. 
Es el caso de la altivez volviendo por sus fueros. 
Es el caso de cubrir uno mismo su propio pensa- 
miento. Si el estilo ideal, soñado, se niega a recibir 
tu alma, hay que hacer otro, que crear otro. No 
se trata de recogerlo todo de mano de hada. 
Como antes te dijera: escribir es llenar una tarea; 
hoy te digo que hacer estilo es escribir. Escri- 
biendo se hace, en efecto, el estilo, como la tela 
tejiendo. El estilo no es un alma extraña, sino el 
reflejo de la propia. A golpes habrá que labrarlo; 
o pacientemente, a tramos. El estilo no es un don; 
es una conquista. No es una conquista fácil; es 
una recompensa, a veces tardía, de largos afanes 
y de largas vigilias. ¿Qué expresarás malamente 
buenas ideas? Hay quienes realizan grandes ha- 
zañas y no saben del gesto heroico, como hay 
hermosas mujeres mal vestidas. Deja que éstas 
adquieran por sí mismas, sino el secreto de la 
elegancia, el secreto de la propia personalidad y 
la noción del mejor modo de presentarse. 

Y después, una frase no es un moño, ni una flor, 
ni un pendiente. Es más bien un sello, una marca. 
Si no surge como de un molde, se la reduce a 
martillo. El martilleo mismo es un estilo. Acusa 
el golpe sobre el yunque. El estilo es como la 
estatua, con todo lo que va hasta el mármol desde 
la arcilla. Hay que verter, traducir, corregir, 
hacer de nuevo y hacer otra vez. El estilo no se 
ofrece; se deja encontrar. No es la nube del en- 
sueño; es el producto de la labor. A la gloria mis- 
ma, puesto que es el norte de toda ambición, no 
se la engaña. Le quiere a uno como es, o no le 
quiere. Lo que ella exige, sobre todo, es fuerza, 
consagración, prueba y evidencia. Hay, en fin, 
que escribir hasta fatigarse, y el estilo vendrá.. . 

¿Para qué? ¿En eso estamos todavía? ¡Pronto 
lo sabremos! 






ADSyiMDOror iaCOMISWN y^nNACFNAL peBELLAS ARTES 

MIGUE! '^PETKONE 






CTM IJ C1 [ 



Si yo fuera hombre, ¡qué hartazgo de luna, 
De sombra y silencio me había de dar! 
¡Como, noche a noche, solo ambularía 
Por ¡os campos quietos y por frente al mar! 

Si yo fuera hombre, ¡qué extraño, qué loco, 
Tenaz vagabundo que había de ser! 
Amigo de todos los largos caminos 
Que invitan a ir lejos, para no volver! 

Cuando así me acosan ansias andariegas, 
¡Qué pena tan honda me da ser mujer! 

1) N A -V O 

Yo no sé que alma sola 

Va cantando ese tango por la calle. 

Debe ser algún alma, 
Así como la mía. 
Loca y reconcentrada. 
Ardorosa y huraña. 

He hundido la cabeza entre las manos. 

El cantor invisible 
Se alejó por la calle 
Blanda de pastos viejos. 

Y dentro de las cuatro paredes de mi cuarto 
Me he quedado soñando. 



¡Por un montón de noches 
Ya tengo compañero! 

lUA^A DC llAUOükOU 




ILUSTRACIONES 
DE SIRIO. 







UNA REJA DEL SALÓN 



<rva 



•DE TiEP^Pv.A-AD£NTP^O' 

VEfnGlO? DEL PAfADO 



DE 4LA OBRA» 



t-^ 



JI^STE mi 9 de Julio lo celebré en Yacanto, en tierra 
•L-^ cordobesa, lejos de las ciudades argentinas. Quizás 
ssa el que más hondos recuerdos dejará en mi alma. 

T os muros, los portones y los ventanales de «La Obra» 
■L-^ fueron testigos del pasado. Un poco de imagina- 
ción y de lirismo patriótico bastan para inspirar hon- 
das reflexiones ante la vista de este centenario edificio, 

KJo lo iluminaba la paternal munificencia edilicia, ni 
•L ^ el júbilo popular rompia el augusto silencio de la 
soledad histórica. Pero todas las fachadas irradiaban un 
plácido resplandor solamente visible para los ojos del 
espíritu. Abandonado a su ancianidad fuerte aquel monu- 
mento de trabajos y luchas coloniales era una visión 
telepática, un testimonio glorioso de nuestras luchas. 

"Y" yo^ pensaba: Justo es que las fuentes de energía 
■•■ eléctrica corran allá, en las ciudades argentinas, 
para mayor lustre del júbilo nacional. Patriótico resulta 
que todos los aniversarios tengan sus derroches de dine- 
ro y entusiasmo, pues no somos pobres. 



RAÚL 



P . 




JUSTO y patriótico sería también que los municipios 
se impusiesen una contribución sacada de las lu- 
minarias, destinando el producto a beneficio de los mo- 
numentos arquitectónicos. De las cantidades que se 
consagran todos los años a la iluminación debería eco- 
nomizarse un tanto por ciento y emplearlo en revocar 
muros venerables y en reconstruir techos ruinosos. 

PORQUE si no se realiza esa obra restauradora, al cabo 
de los años se habrá ido todo en luces efímeras. 
Afianzar el pasado, como se hizo con el Cabildo de Lujan 
y otros monumentos; esa es la obra urgente y patriótica. 

APARTE de esta acción debiera ser fomentada la de los 
particulares, que por medio de donaciones poco one- 
rosas contribuirían a realizar este trabajo reivindicatorío 

Así, mientras el gusto ahora en boga edifica palacios 
y casas de estilos históricos, los auténticos represen- 
tantes de arquitecturas pasadas permanecerán en pie er- 
guidos, evocando épocas memorables y sirviendo de 
modelos para las nuevas construcciones particulares. 

O S O R I O 



PUERTA TALLADA A CUCHILLO. 



CÁ 





«SARAHt. PEKFIL. 



«EL PINTOR ANTONIO PEDONE». 
PERFIL. 




EDUCIDO es el nú- 
mero de los esculto- 
res argentinos que 
merecen considerar- 
se algo más que sim- 
ples obreros del már- 
mol, sobrando, por 
consiguiente, para 
contarlos los dedos 
de la mano. En este 
reducido número, 
que afortunadamen- 
te lucha por despla- 
zar la rutina profesional y el estancamiento de 
nuestra estatuaria. José Fioravanti ocupa un 
sitio de primera fila. Su obra es uno de los es- 
fuerzos más completos que se hayan hecho en 
este sentido, y S3 singulariza noblemente por la 
vigorosa reacción espiritualista que representa; 
ya que debemos confesar que no es tan sólo el 
abandono o la indiferencia el peor de los males 
qu: aqueja a nuestra escultura, sino más aún: 
el materialismo, el sórdido materialismo de los 
cuerpos de yeso, de los «sepulcros blanqueados», 
esclavo incondicional de la realidad aparente, 
aus parece complacerse en todas las deformida- 
des y miserias del hombre; planta que destila 
amargura y que no arraiga sino en el doloroso 
•fumier» del viejo Zola. 

Pero hay algo todavía, que se nos ocurre 
insHisiblemente ante la obra generosa y fresca 
de este admirable reaccionario de pura raza lati- 
ne, y es que la escultura va perdiéndose en el pa- 
sado, lo mismo en todas partes y aquí casi sin 
haber nacido. 

Tuvo este arte de otra edad, de aquella cuando 
los hombres no se avergonzaban de su desnudez 
y llevaban el alma a flor de piel, dos enemigos 
irreducibles: la industria y la vanidad, que 
dieron por triste resultado, el monumento. Es, 
en efecto, la universal difusión de esta macabra 
monomania, que ha herido de muerte a la es- 
cultura contemporánea. 

Pasó la época de las grandes concepciones, 
i-ispiradas en la noble amplitud de la vida an- 
tigua, salvo el reciente y magnífico caso del 
«Canto al Trabajo», de Irurtia, que cobra así toda 
la virtud de un Renacimiento. 

Lo de hov «-! I', pequeño dentro de lo colosal. 
Así. por -1 mal gusto teutón traduce 

el granit -ico en mamposteria «mittel 

Europa». Esu influencia germánica, y bárbara, 
no es ajena por cierto a la decadencia pronuncia- 
da de la escultura moderna, como también de 
su complemento natural: la arquitectura. 



,1 EL TRIBUTO.), OBRA EN MARWOL ADQUIRIDA 
PARA LA FACULTAD DE MEDICINA DEL LITORAL. 




A_y XJLj 




Lo incomprensible es que el ligero y sutil 
espíritu latino se haya dejado sorprender por el 
pesado concepto ultrarenano. Para volver a 
Grecia no hay otro camino que el de París y 
e! de Roma, por donde corre imperturbable el 
sereno torrente de la raza. 

Nuestra América iconoclasta que vio florecer 
otrora el imperio magnífico de los aztecas, riva- 
les de los egipcios en la sintética expresión de 
la piedra, ha dejado hace tiempo de ser tierra 
de escultores. El bello caso aislado, como es el 
de Fioravanti, no hace más que corroborar este 
aserto. La fragilidad del yeso enmascara la vida 
del espíritu. Y con ella pasó el tiempo en que 
el artista omnipotente no gustaba otro diálogo 
que aquel vibrante del bien templado buril, con 
la pureza imparcial del mármol. Ese antiguo 
domador de la materia va desapareciendo mer- 
ced a los fundidores; y a la severidad del mármol 
apolíneo sucede, en Occidente, la fácil liviandad 
de la pastelina, dúctil pero peligrosa. 

Entre tanto y mientras agoniza la escultura 
bajo el cemento armado de la urbe, puéblanse 
de monumentos anacrónicos las ciudades de 
América, de donde poco a poco se va perdiendo 
el alma sensitiva y armoniosa de la raza greco- 
latina. 

Debemos aligerarnos, debemos espiritualizar- 
nos sin tardanza. Volver a creer en la belleza de 
la vida y saber encontrar, en la gracia de una 
línea, siempre un concepto de amor, nunca una 
rastrera insinuación de odio o de bajeza. 

El arte es el llamado a purificar el ambiente, 
un arte limpio, desinteresado y blanco, como el 
nenúfar que brota sobre las aguas turbias de la 
ciénaga, transubstanciando, en luz y en poesía, 
su barro inicial. 



Es esta necesidad imperiosa de absoluta reac- 
ción la qus campea en la obra escultórica de 
José Fioravanti, prestándole en todo momento 
ese cálido gesto de vida que sólo produce la 
sinceridad y el entusiasmo. 

Aunque breve, la carrera de este joven esta- 
tuario argentino ha sido rápida y sorprendente. 
Liberado en sus comienzos de ese afán que se- 
ñalábamos: de lo enorme y lo deforme — diremos 
aliterando de propósito, — a quien rindiera tri- 
buto lógico en alguna que otra obra primigenia, 
como «En la brecha», Fioravanti inicia, con 
«Ocaso» y sobre todo con el retrato de su madre, 
esa búsqueda constante de la emoción psicoló- 
gica que caracteriza su temperamento. Desde- 



C&rD 




ñoso de las fórmulas fáciles, que llevan al éxito por el 
asombro y la ignorancia, el noble escultor detiénese como 
un niño ante el misterio admirable de la vida y acecha 
tembloroso y anhelante que se produzca el milagro y que 
en la melodía de una línea, en lo imprevisto de un gesto, 
en la humedad fugitiva de unos ojos, brille el alma, la 
cosa eterna y escondida que fluye de los versos del poeta: 

<iO! la douceur des ysux que les pleurs ont mouillé! . . . 
— caresse de la pluie sur des violettes bruñes . . . 
Sur les vifs petits lacs oü l'áme a surnagé 
comm? un poisson d'argenl qui luit au clair de lune 

Así, pez de plata en 
atisba el alma, en el 
forma, sin someterse 
a la cómoda tiranía 
riencia: que poco nos 
luminoso huésped. De 
ello emana esa dol 
serenidad que dignifica 
obra del artista, dándol 
un carácter propio e in- 
tenso, inconfundible 
dentro de la estatua- 
ria argentina. Due- 
ño de esta convic- 
ción definitiva que 
puede sintetizarse 
con el supremo 
aforismo de Leo- 
nardo: «el arte no 
es el gesto», Flo- 
ra van ti prosigue 
su camino, y en 
el salón de 1919 
nos da una de 
sus obras más 
bellas: «Mi her- 
mana María», fi- 
gura espiritual si 
las hay, hecha a 
base de honestidad 




FERNÁN FUiX 




y de cariño, que traduce, por línea y marera, un suave 
poema de sereno recogimiento. Inclínase la cabecita ma- 
dura de sueño, mientras acariciando las manos, estre- 
meciendo el vestido familiar, sube como humo azul la 
intimidad fragante de un corazón humilde. No es de 
extrañarse que puesto en este estado de alma, el escultor 
realizara, junto con su extraordinario retrato de aquel 
pintor admirable que fué Walter de Navazio, su grupo 
«El Tributo», especie de «Piedad» humana y moderna 
donde resuelve, con delicadeza ejemplar, un des- 
nudo de hombre que, en su belleza de espí- 
ritu, no hemos visto jamás entre nosotros. 
)bra es un símbolo en la producción 
Fioravanti y nos descubre el ínti- 
mo secreto de su estética. 
«Mi madre» y «Mi hermana María» 
os dieron la medida de su ca- 
pacidad para sentir; el «Tri- 
o» nos dará la medida 
su capacidad para pen- 
;ar. Con esta obra tras- 
cendente, el escultor in- 
timista entra de lleno 
en la «melée»: su es- 
tandarte es el espiri- 
tualismo. Acabamos 
de ver sus últimas 
cabezas; tres de 
ellas, sobre todo, 
confirman admi- 
rablemente nues- 
tro aserto, for- 
mando como el 
triángulo ideal 
donde se asienta 
una concepción 
definitiva: la de 
una niña, la de 
una mujer, la de 
un poeta. En lapri- 
mera, amor; en la 
segunda, dolor;en la 
tercera, serenidad. 



m s ÜMDOK. 



VASCA». 





S/\N(;iiir/^.^( )ii()Ni)o 
si;]vvi(V cámM 

V c t l'v 

JUAN. r A u 



G 




L 




CABABA de estrenarse el 
drama «Electra» de Pé- 
rez Caldos. Su libera- 
lismo estaba provocan- 
do discusiones retum- 
bantes en los circuios 
intelectuales de España 
y América, cuando en 
cierta revista local vino 
^-' a mis manos un articu- 
lo que trataba el tema, 
y cuya lectura me interesó vivamente. Lo fir- 
maba «M. C. Sánchez Sorondo». Yo conocía de 
vista al autor. Solía encontrarlo en el Club del 
Promso, que ambos frecuentábamos, y me 
habuk dicho su nombre alguien a quien yo le 
hiciera notar el aire un poco desdeñoso de aquel 
muchacho de perfil aquilino y magra silueta, 
con quien me cruzaba en la biblioteca casi a 
diario. 

Me costó creer, lo confieso, que fuera este ado- 
lescente el que con tanta penetración y justeza 
opinaba sobre el drama de Pérez Caldos, en un 
estilo sobrio y preciso, sin desfallecimientos ni 
faltas de gusto. Quiso la casualidad que un amigo 
cocnún nos aproximara días después. Y quedó 
desde entonces anudada entre nosotros una amis- 
tad que veinte años de consecuencia han acen- 
drado. 

He asistido, pues, al desenvolvimiento de esta 
personalidad intelectual y política, afirmada y 
acrecida en los últimos tiempos. Permítaseme re- 
cordar aquí algunos hechos y circunstancias que 
con ella se relacionan. 

Ya en la época en que al comenzar me referí, 
Sánchez Serondo demostraba un espíritu inquieto 
y penetrante. Se interesaba vivamente por las 
ideas: leía a Anatole France con deleite y lo co- 
mentaba con agudeza: sus conversaciones demos- 
traban una vasta información literaria y artística 
(fuera de la profesional, pues acababa de recibirse 
de abogado ganando la medalla de oro de la 
Facultad): su curiosidad intelectual lo llevaba a 
investigar a un tiempo mismo en las más diversas 
ramas del saber, y así no era raro oírlo discurrir, 
con evidente conocimiento del asunto, de teosofía. 
por ejemplo, después de haber comentado algún 
precepto de la filosofía platónica. Quiere decir 
que despuntaba ya en él una fuerte y original 
personalidad, que severas disciplinas posteriores 
desenvolverían. 

Escritor se anunciaba en el articulo sobre «Elec- 
tra», y escritor de raza ha probado ser después. 
Por lo pronto, su instinto de hombre de pluma lo 
llevó al periodismo. Eran quellos los tiempos en 
que un grupo de muchachos juguetones ensayaba 
sus péñolas en «El País*. Allí escribían de omni re, 
gracias a la condescendiente camaradería de Ma- 
nuel María Oliver — entonces secretario de re- 
dacción — Ricardo Rojas, José Ingenieros. Flo- 
rencio Sánchez, Antonio Monteavaro, Emilio Be- 
cher. Emilio Ortiz Crognet y muchos otros de la 
misma generación. Se recordará que «El País» 
tenía un lugar de libre discusión llamado Fórum, 
en el que se acogían las colaboraciones que tra- 
taran asuntos de interés general. Este fué el campo 
ele«;ido por el citado grupo para sus experimentos 
critícos y literarios, y en él vieron la luz numerosos 
articulos sobre los más variados temas, en los que 
se revelaba la mentalidad ágil y la picardía juvenil 
de stw autores. Oliver había autorizado el uso 
del pseudónimo para firmar tales escritos, y es 
fácil imaginar cómo aprovecharían los traviesos 
muchachos la franquicia. De política, de letras, 
de filosofia. de ciencias, de todo se trató en el 
Fórum con desenvoltura y suficiencia. El último 
libro, el reciente discurso, el próximo aconteci- 
miento artístico o intelectual, eran allí comenta- 
dos — generalmente sin indulgencia — por plu- 
msa maliciosas y chispeantes. El Fórum de «El 
País» llegó a conquistarse un público especial que 
lo lela con asiduidad. Los literatos y los políticos 
temían sus sátiras irreverentes. A su difusión, y 
en un momento dado a su autoridad, contribuyó 
el hecho de que algunos de sus colaboradores 



habituales abandonasen el pseudónimo de vez en 
cuando para escribir en él en serio, tajo su propia 
firma. Asi José Ingenieros, por ejemplo, quien a 
raíz del estreno de M'hijo d Dolor de Florencio 
Sánchez, publicó en el Fórum un articulo subs- 
tancioso y enérgico, que contribuyó no poco al 
éxito de la pieza. 

Tomó por aquél entonces a su cargo la crítica 
teatral de «El País» cierto muchacho ligado a 
Sánchez Serondo con los lazos de cordial 
amistad. 

Debía el nuevo crítico multiplicarse para cum- 
plir sus obligaciones, pues funcionaban simultánea- 
mente varias compañías importantes en los teatros 
de la capital, y las costumbres periodísticas del 
momento exigían qi:e las crónicas correspondien- 
tes se hicieran cada noche, a la salida de las 
representaciones, a fin de ofrecérselas a los lectores 
en la edición de la mañana siguiente. Pidióle cola- 
boración el novel crítico a su amigo Sánchez 
Serondo para poder servir debidamente la sección 
del diario a su cargo, y delegó en él la tarea de 
escribir las crónicas del Odeón, en el que se hallata 
actuando la compañía del Théatre Libre de París, 
dirigida por el famoso Antoine, Convertido en 
crítico dramático ocasional, desempeñóse el su- 
plente como veterano. Su versación en materia 
de estética teatral, y su certeza de criterio, ayu- 
daron eficazmente al público a orientarse entre 
las que por entonces parecieran desconcertantes 
audacias de la novísima escuela. Y así quedó 
lanzado en la vida periodística el joven de perfil 
magro y aquilino que, encerrado antes en la torre 
de marfil de su diletantismo desdeñoso, sólo por 
excepción descendiera a la arena literaria. 

Justamente por aquellos días empezaron a 
aparecer en el Fórum de «El País» ciertos artículos 
contundentes y mordaces, firmados con un nuevo 
pseudónimo: Serapio Gozón. ¿Quién podía ser el 
recién venido? Oliver lo sabía, pero divertido con 
la curiosidad del grupo adscripto a la sección, y 
con el alboroto que los varapalos del misterioso 
peñolista provocaban en los círculos intelectuales, 
guardó estrictamente su secreto. Ello es que 
Serapio Gozón se metió por los campos de la 
crítica literaria, retozando como potro en una 
alfarería. Cada libro que salía a luz, cada cuadro 
que se exhibía, cada pieza de teatro que se es- 
estrenaba, eran objeto de crueles disecciones por 
parte de aquel recóndito e implacable censor que 
parecía divertirse malévolamente detrás de su 
pseudónimo, vertiendo ácidos corrosivos sobre la 
producción de sus contemporáneos. Oliver seguía 
risueño e impenetrable. Hubo polémicas que fueron 
saliendo de tono y agriándose poco a poco. Pala- 
dines eventuales, tan desconocidos como el mismo 
Serapio, intervinieron en la discusión en contra 
de éste. Serapio replicaba ametrallando a sarcas- 
mos a sus contendores. Convirtióse la discusión 
en una verdadera gresca y se hizo al fin indispen- 
sable descubrir la personalidad auténtica del 
alborotador. Se trataba de una superchería. Re- 
sultó que Serapio Gozón no era un individuo sino 
una trinidad compuesta por Sánchez Serondo, 
Ricardo Olivera y el muchacho aquel que acababa 
de tomar a su cargo la crítica teatral de «El 
País». 

Este trinomio usaba por turno el pseudónimo 
común, y se entretenía en remover el ambiente 
literario con el estrépito de sus virulentos ana- 
temas. En cuanto a los contendientes salidos al 
encuentro de Serapio Gozón en mitad de la refrie- 
ga, no eran otros que los miembros del trío. Eran 
ellos quienes aumentaban la propia baraúnda, 
desdoblándose con nombres supuestos, en impug- 
nadores imaginarios del fantástico Serapio — es 
decir, de sí mismos. 

¿Hizo algunas víctimas semejante campaña? 
Sin duda; pero el solo descubrimiento de la so- 
fisticación las desagravió, al poner de manifiesto 
el espíritu de travesura y jovialidad en que la 
misma se inspirara. Ella fué, por lo demás, pro- 
vechosa para los que la realizaren y para los que 
la presenciaron. A los primeros les sirvió a modo 
de saludable gimnasia que ejercitó su pluma; 



a los segundos a modo de estimulante inte- 
lectual. 

Aquellas refocilaciones juveniles contribuyeren 
en su hora a mantener vivo el gusto por las cesas 
del arte y de ¡as letras entre la generación que 
iba surgiendo. 

No fué ésta la única empresa de tal índole que 
acometió la personalidad trinitaria de .Serapio 
Gozón. Algún tiempo después se fundaba «El 
Heraldo», periódico de jóvenes, en cuya redacción 
figuraban — entre otros muchos que he de recor- 
dar alguna vez al referir la vida y aventuras de 
aquella hoja — Emilio Becher, Alberto Gerchu- 
noff, Roberto Bunge y nuestro proteico Serapio. 
En «El Heraldo» se renovaron los escarcees de 
«El País». Pero no me ocuparé de ellos ahora. 
Sólo he querido señalar la escuela periodística en 
que hizo Sánchez Serondo sus primeras armas, 
y la mentalidad a la vez jocunda, idealista y 
sutil de aquella juventud. 

La cátedra y otras funciones públicas apartaron 
a Sánchez Serondo del diarismo. El periodista 
retozón se convirtió en grave maestro, y a partir 
de entonces publicó, en vez de ágiles y mordientes 
artículos sobre literatura y arte, sesudos volúmenes 
sobre temas educativos y jurídicos. Así el «Pro- 
yecto de Código Rural de Buenos Aires», «La 
marca en el derecho rural», «La responsabilidad 
Civil en la Legislación de Minas», «La posesión 
hereditaria», «La cuestión perú-boliviana y el 
fallo arbitral», «Teoría y práctica de la instrucción 
primaria», «La instrucción obligatoria», «La ense- 
ñanza regional», sin contar tal cual discurso de 
enjundia recogido en folleto, como el que pron- 
nunció en 1917 en la colación de grados de la 
Facultad de Derecho. 

Se lanza por último en la política, y la política 
lo lleva a la Cámara de Diputados. Una nueva 
aptitud — y no por cierto la menor — revela 
aquí su talento plástico y brillante: la de orador. 
¡Y qué orador! No creo que nadie lo sobrepase 
a la hora actual en la tribuna parlamentaria. Su 
elocución clara y directa está hecha de concisión 
y elegancia. Nada de esa retórica vacía y paroxis- 
mal, que ciertos vociferadores emiten entre ges- 
ticulaciones y manotadas, confundiéndola con la 
elocuencia. Él discurse de Sánchez Serondo se 
caracteriza per la medida, por el buen gusto, por 
la rotundez, por el desarrolle progresivo del con- 
cepto, per el amplio movimiento de la frase, por 
la erudición sin pedantería y por la firmeza sin 
desplantes. Agregúese la plenitud ideológica de 
sus disertaciones, la eficacia persuasiva de su 
dialéctica, la virtud fulminante de sus réplicas, 
la valentía, en ocasiones temeraria, pero siempre 
comedida, de sus juicios. ¿Cómo no ha de dominar 
las asambleas rebañegas, siempre ansiosas de 
rehuir la discusión escurriéndose por entre los 
vericuetos del reglamento, este orador máscule 
y sereno que, en vez de chicanas curialescas y 
marrullerías de comité político, lleva a los debates 
ideales y principios? 

A través de la cátedra, de la ciencia jurídica, 
de la función administrativa y política, y del par- 
lamento, Sánchez Serondo ha permanecido idéntico 
a sí mismo, desde los tiempos — ¡ay! lejanos... 
— en que, baje la regocijada personalidad de 
Serapio Gozón, ejercitaba su pluma en polémicas 
ficticias, a la manera del esgrimista que ensaya 
sobre un «plastrón» sus botonazes. Sus íntimos 
saben que aquel Serapio, de dulce recordación, 
suele reaparecer en el abandono de las charlas 
cordiales... Como saben que el actual represen- 
tante de la gran tradición oratoria argentina, el 
político que será mañana figura singularmente 
destacada en la escena nacional, el escritor de 
presa tersa y grávida, el poeta de paleta sun- 
tuosa y suave emoción, no viene a ser sino el 
frute maduro de aquel incipiente humanista de 
los tiempos de Serapio, de aquel clásico que 
se anunciaba en el ferviente discípulo de la cul- 
tura antigua, de aquel meditativo explorador 
del mundo moral que, ya entonces, buscaba en 
la ciencia y en el arte normas de acción y pen- 
samiento. 



ut 




El humo tenue del cigarro escrutas 
sentada frente a mi. hostil y esquiva; 
un arabesco azul de las volutas 
retiene tu mirada pensativa. 
El temblor de tus manos diminutas 
traiciona tu emoción, que pronto aviva 
el recuerdo de estériles disputas 
por donde al odio nuestro amor deriva. 
Cómo fué, no sabemos, pero es cierto 
que la ilusión de nuestra vida ha muerto: 
y mi alma herida está; su ardor deshecho 
en el constante afán de la congoja, 
como esa rosa blanca de tu pecho 
que uno a uno sus pétalos deshoja. 




DF MATIA,S Ci 

s,\N(;hi;z s'opcinjk) 



ILUSTRACIÓN 
DE ÁLVAREZ. 




Detente un punto, eterna pasajera 
dulce visión, efímera, indecisa, 
tenue, como el suspiro de la brisa, 
del mundo de los sueños, mensajera. 
Detente, por favor, dame siquiera 
la promesa falaz de tu sonrisa... 
¡Para creer, mi espíritu precisa 
de tu mentira un átomo, quimera! 
Quimera sí, que tal es vuestro nombre 
fe y esperanza, amor y poesía, 
ya que es la triste condición del hombre 
confiar, ingenuo, a la ilusión su suerte, 
embriagarse en su propia fantasía 
y llegar, engañado, hasta la muerte. 





Todo viaje resulta al fin y al cabo una fe de 
erratas, una addenda et corrigenda que el viajero 
pone a numerosos libros. ¡Oh, esos libros que 
afirman en absoluto, que tratan de pasar por 
Biblias! Describen países clasificándolos auto- 
ritariamintí; dan fórmulas rígidas sobre el ca- 
rácter de los pobladores, sobre sus creencias. 
Adulan siempre un mucho la vanidad de los in- 
difenas llamándoles leales, francos, corteses, así 
en general; pero después, con toda hipocresía des- 
lizan puñaladitas de picaro. Aunque el libro esté 
escrito por un natural del país, indudablemente 
en aquellas páginas andará infiltrado el virus 
de los odios que el autor acostumbre a usar con- 
tra sus adversarios compatriotas. Un libro de 
viajes — ¡sálvensí las excepciones que puedan! 
— es una expresión geográfica plagada de erra- 
tas y otros defectos. Lo más sano para el via- 
jero ecuánime consiste en dejar los libros de 



MÉJICO VISTA 
DESDE UNA DE 



LAS TORRES DE 
LA CATEDRAL. 



VLTkA 
EN MCKO 

^CLiaviA^ 



viaje y meterse a'Viajar. Fray Gerundio de Cam- 
pazas hizo lo mismo en materia oratoria, y le 
fué muy bien. 

Si yo hubiera creído ciegamente en el telé- 
grafo y en la opinión general que el telégrafo 
produce, este viaje a la capital de la república 
mejicana estaría aún en proyecto. Porque, según 
voz corriente. Méjico desde hace años anda más 
agitado e inseguro que el cráter del Popocatepetl. 
Descrita por los corresponsales más o menos 
interesados aquella república se ve convertida 
en una republiqueta volcánica donde el espíritu 
belicoso dirige todas las manifestaciones del pue- 
blo y de los gobiernos. 

Los vecinos de Buenos Aires recordarán a este 
propósito las noticias terribles que la prensa 
europea y americana daban durante el desarrollo 
de varios sucesos, pintándonos en plena y des- 
comunal batalla. Los vecinos de las ciudades 




LA HUMOSA E HISTÓKICA 
CATIDKAL DC MtjICO. 



EL SAGRARIO, UNA MARA- 
VILLA DEL ARTE COL&NIAL. 







1-^ 



LA AVENIDA JUÁREZ. 



EL CALENDARIO AZTECA. 



donde ocurren cosas parecidas se extrañarán 
también al verse metidos, telegráficamente, en 
espantosos cuadros de terrror. 

Pues bien: así sucedió en Méjico, según los 
relatos de personas cuya buena fe e imparciali- 
dad so.T dignas de creerse. 

No es el estúpido afán de echarse al campo 
para satisfacer salvajes necesidades guerreras 
lo que motivó las luchas magnificadas por el 
lenguaje de Morse. En la gran república se 
define rápidamente una evolución civilizadora 
que sorprenderá al mundo. 

Méjico, dos veces redimida de yugo europeo, 
siempre codiciada, necesita defender su suelo ri- 
quísimo oponiendo la cultura nacional a los 
avances extraños. El problema de la inmigra- 




ción pobre y absorbente no existe allí. Los me- 
jicanos forman numerosas veces la mayoría ab- 
soluta. Pero hace falta luchar contra la inmi- 
gración capitalista que amenaza apoderarse de 
toda fuente de riqueza. Y ese es el origen de las 
convulsiones evolucionadoras. 

Los aborígenes y la raza mestiza, que cons 
tituyen más del ochenta por ciento de la pobla- 
ción, desean patrióticamente ser los dueños de 
su país. Antes no lo eran; hoy están en camino 
de serlo. 

De ahí las energías de las reacciones con que 
el problema patriótico-social mejicano se pre- 
sentó. El gobierno del general Obregón realiza 
actualmente una amplia labor de progreso, a la 
que el país responde ansioso. La enseñanza, la 



!xrDfe"Ek "^^ 



CASTILLO DE CHAPULTEPEC. 

RESIDENCIA VERANIEGA DEL 

PRESIDENTE. 



EN UN CANAL DE XOCHI- 
MILCO, LLAMADA LA VE- 
NECIA MEJICANA. 




imprenta, la industria y el comercio mejicanos re- 
ciben impulso tenaz. Las gentes interesadas en lo 
contrario propalan noticias adversas; pero la na- 
ción esti en pie y camina victoriosamente. 

Y esta raza marees s;r dueña y señora del suelo 
qus con tal bravura sabe amar y defender. Hay 
un prejuicio científico, basado en no sé qué 
cálculos, qus atribuye superioridades aristocráti- 
cas a determinados grupos etnográficos. Las razas 
son superiores en momentos culminantes de su 
vida, cuando la fortuna lo quiere. Después caen, 
y vuslven a erguirsí o desaparecen. El porvenir 
está más allá ds )a lógica que nos enseñan en 
los libros y en las aulas. Todo pueblo valeroso 
tiene esperanzas de engrandecerse. 

Los mejicanos no desean ser grandes a costa 
de otro pueblo: les basta su territorio. No quieren 
robar reliquias a otras naciones: con las suyas se 
contentan. Estas reliquias que la naturaleza y el 
arte les han otorgado son una amplia base para 
edificar y reedificar. 

He visto en Méjico de todo, en cuanto a per- 
sonas y cosas. Mi experiencia psicológica del 
pueblo mejicano solamente puede anotar 
datos favorables. La cortesía de los hom- 
bres de la ciudad y del campo no falló 
una vez, ni llegó a los límites de la 
adulación. Orgullo digno y, a veces, 
cierta tendencia a la provoca- 
ción, pude notar; pero a estas 



cosas estamos acostumbrados los habitantes de 
la Argentina y los viajeros que corretearon por 
países de hispánico abolengo. En cuanto a dotes 
intelectuales la gente mejicana es viva de ccm- 
prensión y de fantasía. 

Y esta idiosincrasia se manifestó y se manifiesta 
desde los tiempos más remotos en las artes que el 
pueblo mejicano cultivara, es decir, en sus reli- 
quias y progresos artísticos. Ahí están, junto a las 
manifestaciones de la moderna cultura, los anti- 
guos templos, palacios, pirámides, estatuas y re- 
lieves que los aztecas y otras razas aborígenes le- 
garon a su país. Ahí están las catedrales, iglesias 
y palacios que la nueva estirpe construyó en un 
hermoso alarde creador. 

Gracias a tales monumentos y a los usos y cos- 
tumbres populares, Méjico posee un carácter pro- 
pio, bien diseñado, que lo distingue entre las de- 
más naciones americanas. 

Un paseo por tierra mejicana es una lección 
provechosa. La cortesía del pueblo y de las clases 
ilustradas, la gentileza y hermosura femeni- 
nas lo hacen agradable. Y en la otservación 
de las típicas costumbres nacionales, que 
la sociedad mejicana por encopetada que 
sea no se desdeña en imitar, aprende- 
mos muchas cosas de exquisito color. 
Los mejicanos han quemado sus 
naves obligándose audazmente a 
a conquista del suelo patrio. 




et SAHTUAItO DE TEPOZOTLÁN 
««TI CHUKKICUEKESCO. 



ALTAR MAYOR. RICA TALLA EN 
MADERA Y ORO. 



(rf£ 




NOCTURNO D 

AMORES EF 



Cae en la noche, lánguida, la lluvia del invierno. 
Mientras la lluvia cae sobre la soledad, 
yo pienso en los efímeros amores de los hombres 
comprendo su tristeza y alcanzo la verdad. 

Amores de los hombres, nuestros amores nacen, 

aunque un instante duran, para la eternidad. 
Amores de los hombres, para perpetuos nacen. 
Y son fragilidad! 

Que un solo instante viven los íntimos amores 

que límpidos nacieron para la eternidad... 

En eso está el horrible fracaso de las almas... 

Mientras la lluvia cae, comprendo la verdad. 



U 
I T 



R N 
I S T 



O 
A 









D 



ILUSTRACIÓN DE LÓPEZ NAGUIL. 



Llora en la brisa de la noche un eco 
que llora así: 

Ah, no era el tiempo de las rosas de oro 
cuando debí morir?... 

Y no sonaban los primeros cantos? 

Y no había gran fiesta en el jardín? 

No brillaba el lucero de la tarde 

en la suave pureza del confín? 
No estaba yo de mirto coronado? 
Mi novia no era mía y para mí? 

Y no sentí caer sobre mi espalda, 

puñal que me mataba?. . . Y no sentí 
qus el destino decía: Caüa y muere?. . . 

Y no era el tiempo del amor feliz?. . . 

Ya no soy más que un alma, soplo errante, 
y un hombre fuíl. . . 





y2a 



Oleo D£ 

EDOUARD 
MANET 



DE LA COLECCIÓN 
MIHALLEJ 



& 



ch 




o te diré su 
nombre... 
¿para qué?. . . 
Es toda su 
fortuna. . . lo 
único que les 
ha quedado y 
por el que sacrificarían hasta el 
honor si el honor no tuviera algo 
que ver con el apellido. Muertas, 
cerrarán sus manos para llevarse 
al otro mundo un retazo de ese 
pergamino invisible por el que han 
vivido. Amor, justicia, belleza. !a 
flor de la vida, han tajado la 
cerviz frente a esa vanidad in- 
contenible, a esa cultura intensa 
del orgullo rancio de sus abuelos 
españoles. Su nombre es por lo 
labrado y armonioso el resultado 
de un parloteo de siglos, la frase 
más sonora y por lo tanto her- 
mosa para e! concepto oratorio 
que hubiera hallado un Castelar, 
el ruido, para nosotros misterioso, 
que hace desplegar inesperada- 
mente el plumaje de los pavos 
feales. 

¡La verdad que es un bello 
nombre! . . . 

Y lo más curioso es que a pe- 
sar de la honda seguridad que de 
su propia belleza física pueden 
tener estas tres mujeres — des- 
pués de una lenta lucha íntima 
posiblemente — la han posterga- 
do al efecto de estupor que es- 
peran de su apellido. Son bellas, 
te digo y tienen hermosas voces. 
Cuando el antifaz cubría aún 
el rostro de Eula'ia, a quien pre- 
tendí en el baile aquel sobre la 
terraza del Tigre-Club, no pudo 
contener su misterio por más 
tiempo y, por el placer de decir- 
me su nombre, me dijo quien 
era. Sus labios rojos, rebordea- 
dos por el terciopelo de la más- 
cara negia, fueron como el órga- 
no frente al que ensaya su «Lec- 
ción de Música» el Ticiano, aquel 
órgano que suer.a pa-.a solaz de 
una mujer desnuda que lo escu- 
cha. Todo es plástico en ese cua- 
dro genial como fué la atracción 
de los labios de Eulalia enuncian- 
do el apellido de su familia. 

Lai tres jóvenes retiráronse del 
baile con una máscara que no qui- 
so descubrir su rostro. Era la madre de ellas. Sólo 
oí su voz cascada por los años y previ por sus 
manos y las arrugas de su cuello bajo una capa 
de albayalde, que debía ser anciana. Su voz cho- 
caba. Era agria y disonante sin quererlo. De 
cuando en cuando sentíase que su dueña poníale 
a la sordina. Deseaba matizar un concepto, ater- 
ciopelar una frase. El fracaso de la voz aquella 
era entonces mucho mayor. Era la voz del Car- 
naval decrépito. Si la hubiésemos oído en otra 
hora del año, no hubiéramos podido hacer menos 
que sonreír. 

Fui días después a ca:a de Eulalia a visitarla. 
Las tres hermanas me esperaban en acuella con- 
fortable casa de la calle Callao, que abandonaban 
raras veces. Estaban dentro del estuche. No que- 
rían descender a la calle. No tenían coche. No 
sabían andar a pie. Y por otra parte Eulalia 
se abstenía de frecuentar fiestas y salones. Su 
madre !e había pedido que no se casara 
antes que sus dos hermanas. 
— ¿Tienen novios? 

— No. Son insoportables. Las dos 
corifeos en acción del gran apelli- 
do que llevan, y con el que mi- 
den, reducen, desprecian y 
empobrecen cualesquier es- 
fuerzo, título o heroísmo. 
El apellido está como 
un mal en el tuéta- 
no de sus huesos. 
Las hace lamen- 





ILUSTRACIÓN DE ÁLVAREZ. 



tarse como un reumatismo hereditario que vence 
sus osamentas misérrima?. Eulalia tiene además el 
cuidado inm.ediato de su rradre. No la deja nunca. 
Siempre con ella a! lado, como si debiera recoger 
delaplanta e.xhaustael secreto de su omnipotencia. 

Varias veces no la hallé al ir a visitarla. Había 
saüdo con la madre, la madre aquella que no 
volví a ver más desde la noche del baile, ¿adonde? 
Las dos hermanas me dieron a entender que vol- 
verían tarde, que se hallaban de visita en casa de 
unas parienlaG. 

Poco a poco fui espaciando mi presencia en la 
casa ilustre. No podía soportar la soberbia familia. 
Eulalia, enigmática y legendaria, incapaz de con- 
cebir la felicidad que es una promesa del porvenir, 
relegada a la comprobación de la purpurina des- 



casca.'ada de su nobleza, insen- 
sible a los elogios y a mi cariño, 
habiendo puesto toda su sensibi- 
lidad en el pasado. Las otras des 
herma' a-í, Ofelia y Laura, activas 
y dañinas, recogiendo en su sayo 
la murmuración que enternece 
todas las famas y animando la 
calumnia que corroe hasta el oro. 
En esta sociedad que se derrum- 
baba, en esta ciudad de inmigran- 
tes enriquecidos, la rigurosa pre- 
sencia de sus blasones y de su 
apellido, seis veces patricio, con- 
trastaba. Nielas de libertadores 
de América, si un poco de vida 
entra en aquella casa es la renta 
que ese nombre histórico les pro- 
duce. Tienen, como nietas de pro- 
ceres, una pensión de! Congreso. 
No es mucho, pero no les conocía 
otra- rentas y me irragiraba los 
equilibrios de las vanidosas in- 
fanzor.as sosteniendo un tren de 
casa tan lujoso con tan pocas en- 
tradas. 

Las fui perdiendo de vista,., 
y de recuerdo. Sólo su apellido 
rememoraba, hasta ayer noche, 
ese plantel de mujeres de otro 
siglo y de otro mundo que creen 
constreñir la vida del país en que 
viven alzando en alto su prosa- 
pia, yes el país el que las tiene 
acorraladas y sin esperanzas de 
redención detrás de su expresión 
pictórica de fábricas, de empre- 
sas, de usinas y de talleres. Su casa 
no es otra cosa que un sepulcro 
animado, contruído en medio de 
la época que gruñe a su alrede- 
dor por las mil y una voces del 
progreso y de la fortuna. 

Ayer noche, te decía, he vuelto 
a saber de ellas. Iba andando a 
eso de las once de la noche por la 
calle Rivadavia entre las de Artes 
y Suipacha cuando apercibí más 
allá, en la otra cuadra, la silueta 
mezquira de una mujer. Estaba 
a! borde de la vereda. Vi de lejos 
acercársele unos transeúntes que 
S3 detuvieron un instante con ella 
y luego prosiguieron su camino. 
Al aproximarme, noté que la mu- 
jer se escondía detrás de unos an- 
damies que por allí estaban. Pero 
ya oyendo mis pasos en la calle 
desierta muy cerca suyo, salió del 
escondite. Era una viejecita. Sobre la cabeza lle- 
vaba un sombrero pequeño adornado con excesi- 
vas glicinas violetas. Un tul pesado caíale sobre 
la cara. Su traje era de seda a cuadros escoceses 
rojos, verdes y azules a la moda de hace treinta 
años. AI verme, me dijo: 

— Una limosna para esta pobre señora y que 

usted no le negará, porque es una buena persona. 

La voz la descubrió. Bajo el tul no era fácil 

reconocer los rasgos de su rostro. Era la voz aquella 

de la viejecita del Tigre-Club. 

Era la madre de Eulalia. Tuve un rasgo de 
piedad y tendí un pape! moneda, alejándome. 
La mano trémula de la mendiga lo tomó nerviosa- 
ávida, apresurada. 

No había en aquella calle desierta otro tran- 
seúnte. Sólo una victoria de plaza, detenida en la 
esquina de Rivadavia y Cerrito nos daba las 
espaldas. Por un movimiento de curiosidad 
miré hacia adentro del coche, ya que no 
quería volver hacia atrás mis ojos para 
ver aún la figura escuálida de la vieja 
misteriosa. En el coche había una 
mujer. A la luz difusa se veía cla- 
ramente su diminuto pie, cal- 
zado con gusto y elegancia. 
Era el pie del que me había 
enamorado en el baile 
de máscaras del Tigre- 
Club el carnaval pa- 
sado. Eulalia espe- 
raba a su madre. 






INTURA. . . literatura... Dos consonantes facilísimos que 
casi siempre engendran un pareado pobre, cursi o pe- 
dantesco. Los pintores que hacen literatura con el pin- 
cel y los literatos que comentan obras pictóricas cono- 
cen lo arduo de ambas tareas. Entre las telas con argu- 
mento producidas por los artista-; del siglo es justo 
alabar «Dolor», de Eduardo Chicharro, obra tan elo- 
cuente y emocionante que no necesita ni título ni co- 
mentaristas. Ahora, el autor de ese lienzo austero ha 
presentado «La tentación de Buda», tema mítico-filosóíi- 
co que desarrolla sin pedantería. La crítica española al comentar este cuadro, 
que alli sorprendió por el exotismo del asunto, proclama al Buda del ilustre 
artista madrileño como un mesías largamente esperado. Afirma José Fran- 
cés con la pluma de Silvio Lago: «Chicharro siempre ha ostentado esa aristo- 
cracia de su pensamiento. Siempre ha sentido el elevado deseo de unir la 
inspiración con el procedimiento. Incluso en su época — transitoria, adven- 
ticia, de una modalidad secundaria - de los temas realistas con tipos e indu- 
mentos populares, fué, como Zuloaga, un libertador de la vulgaridad costum- 
brista.» ¿Pondrá fin tste Euda a las otras monótonas y simples de esa época 
transitoria? La valentía del compositor ¿tendrá todos los émulos que el arte 
pictórico necesita? Por lo pronto «La tentación de Buda» es un triunfo in- 
discutible. Cuadro de museo, se destaca entre tantísimo cuadro de colección. 
Sólo nos llegó hasta ahora la versión fotográfica de esta obra; pero, 
acostumbrados a las gallardías del gran colorista, no resulta empresa aventu- 
rada ruponer hermosos efectos de luz y tonalidad. La composición tiene una 
plácida armonía y una rica variedad, y responde a los cánones del arte indio. 
Todas las figuras, en efecto, son producto de un meditado estudio. Lris hemos 
visto en reproducciones de pinturas, estatuas y relieves. Pero Chicharro no 
copia los convencionalismos de aquel arte: sus figuras son históricas y actua- 
les al mismo tiempo, están llenas de vida. ¿Dónde encontró los modelos 
para pintar al reformador y a las trece mujeres que lo tientan sin éxito? 
A un español no le hace falta irse a Bombay para elegir bellezas indias ni 
simpáticos Sudas. Hay por aquellos terrenos mujeres y varones que son 
primores de una raza oriental. Casi siempre disfrazados como príncipes va- 
^bundos. viven aparte y conservan la tradición de su hermosura. Otras veces 
recobran su indumentaria principesca y, o suben al trono de Kapurtala, o 
reinan desde el proscenio. ¿Quién no ha admirado a la Pastora Imperio y 



a otras flores de la raza gitana? Yo conocí los lindísimos quince años de la 
actual marajalesa, la hija del «señó» Ángel Delgado. ¡Qué la diosa Lakhmi 
me perdone y me protejal; Anita no tenía que envidiarle nada. Hay, pues, un 
lazo de unión entre la India y España. Las correctas y finas facciones de las 
trece tentadoras -- algunas se me figuran retratos conocidos — prestan espa- 
ñolismo al lienzo de Chicharro, cuyo Buda se parece a varios toreros y chala- 
nes que vi por esas tierras de María Santísima. 

Dos osntros de serenidad tiene la obra: la figura extática del bienaven- 
turado y el ojito sagaz del elefante. En rededor todas las pasiones, desnudas 
como la verdad, toman formas reales para rendir la fortaleza del santo. Cono- 
cida es la historia de Buda, sobre todo desde la aparición de esta tela que nos 
obliga a repasar nuestras lecturas. Quien no la conozca puede irse a los textos 
fáciles y poéticos: así hará más exquisito el placer intelectivo que produce la 
obra de Chicharro. 

Por primera vez — no recuerdo otra — la pintura hispánica acomete un 
episodio de la religión budista, pocas veces tratados en el arte pictórico 
occidental. Las tentaciones de Jesús y San Antonio bastaban, y de ellas se 
abusó algo. Ahora un pintor español vuelve sus ojos hacia la India arcaica 
pidiéndole el motivo de un cuadro inspirado. Este deseo de universalizar su 
obra honra a Chicharro y lo acredita como artífice noblemente ambicioso. 

Si no mienten las señales, «La tentación de Buda» ha de merecer elogios 
en todos centros de cultura artística. De las censuras y reparos que en la 
península le estarán poniendo a estas horas, no hablemos. Esta crítica forma 
parte del movimiento emulador que debe producir un cuadro al romper los 
moldes vulgares. 

Sin tales acometidas — cuanto más enconadas mejor la obra de Chi- 
charro tendría la debilidad de que el aplauso unánime es síntoma seguro. 
Unos dirán que el arte español tiene los límites marcados por la historia y 
por la geografía, que el budismo es letra muerta para la mentalidad penin- 
sular, que la pintura debe tender a la colonización artística interna del 
país, y otras cosas de mucho ingenio. Los dibujantes de mujeres feas y 
descoloridas y sus partidarios harán literatura; pero los buenos, los que 
saben pintar, trabajarán con mayores ansias. 



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M^M-d^UM 










Chantilly. En el zenit, 
una clara luna de plata. 
En el castillo de Conde, 
el Rey So!. A los pies de 
su majestad, cortesanos 
magníficos, damas pom- 
posas, servidores sin nú- 
mero. Es la hora en que 
el sol de Borbón luce sus 
destellos más claros. Y 
es también, en esta no- 
che de fiesta, el lujo de 
unos caballeros que es- 
peran al pie de una es- 
calinata de mármol. El 
rey Luis va a salir para 
correr un ciervo a la luz 
de la luna. Los caballos 
piafan, las armas relum- 
bran, los caballeros 
aguardan. Diana no co- 
rrería con más pompa. 

De pronto se han mo- 
vido las figuras de ese 
cuadro magnífico. Allá 
arriba se han abierto unas 
anchas ventanas y han 
aparecido unas deliciosas 
siluetas. Ya se oye el ru- 
mor de la comitiva que 
baja. Y el Rey Sol ha 
aparecido en la belleza 
del jardín, seguido de 
unos caballeros gentiles 
que en nada se parecen 
ya a los viejos leones del 
rey Francisco. Galas, 
plumas, encajes, espadas 
sutiles, bellas y largas 
manos que palmetean el 
cuello de los caballos in- 
quietos o acarician la no- 
ble cabeza de unos le- 
breles heráldicos. 

El rey ha saludado a 
los nobles que esperan, 
y los nobles se han incli- 
nado reverentes. El caba- 
llo que le presentan es 
estatuario y magnífico 
como un caballo de bron- 
ce. Ya el rey se afirmó en los estribos — unos breves estribos de oro — y 
ya suelta las riendas inclinándose sobre el cuello de su cabalgadura. Y el 
caballo ha partido al trote. No hay tiempo que perder; a montar todos 
y en seguimiento del rey. Ha comenzado la cacería real y sólo se escucha 
ya, como el ruido de un torrente lejano, el sordo rumor de una cabal- 
gata que vuela al suave resplandor de una luna fantástica. 



En tanto, Vatel. el cocinero del príncipe, anda 
inquieto por las dependencias del palacio, pre- 
guntando cosas absurdas. Vatel dice que ya ha 
llegado la carne, que no necesita más aves, que 
hay en su bodega toda clase de vinos y hasta 
que ha recibido de unas monjitas unos dulces 
exquisitos hechos al gusto de España. Lo que 
inquieta a Vatel es el pescado, el pescado que se 
ha pedido y no llega. Y Vatel, que es un hombre 
que suele hablar de «su honer», repite que no llega 
el pescado, y se exalta haciendo reír a unos graves 
señores que no creen en más honor que en el suyo. 

Ha comenzado la tragedia — una obscura tra- 
gedia que salvará del olvido la grafomanía de una 
dama — y con ella el martirio de «ese» Vatel . . . 
Los viejos que han quedado en palacio se ríen 
de lo que les cuentan de ese hombre fantástico 
que hasta habla de vengarse atrozmente. Vatel 
se ha convertido en un raro espectáculo ... El 
hombre habla de «su honor», del pescado que no 
llega, de la vergüenza que le espera. ¡Perderse el 
pescado cuando ya han dicho al rey que Vatel lo 



ILUSTRACIOKES 
DE LARGO. 



tiene exquisito! «Yo no so- 
breviviré a esta afrenta». 
Y Gronville, que lo ha 
oído, ha reído como un 
abad. ¿Quién piensa en 
dramas en esta noche 
magnifica? En Chantilly 
es noche de fiesta. El rey 
cab?lga a la luz de la luna 
persiguiendo a un ciervo 
que huye. Lejos, muy le- 
jos, suena el cóncavo son 
de unas trompas de caza. 
También se oye en la paz 
de la noche el furioso la- 
tido de los perros. Los 
monteros estarán apre- 
tando el círculo en cuyo 
centro un monarca res- 
plandeciente herirá con su 
espada el flanco de la res 
asustada. Tenéis razón, 
señor de Gronville. 

Chantilly arde en fies- 
tas. Jamás se vio en 
Chantilly un espectáculo 
tan soberbio. En verdad 
que es una fiesta digna 
de un rey. Verdad tam- 
bién que todo ello es obra 
del príncipe Luis de Bor- 
bón, señor serenísimo an- 
te el horror de la guerra 
y la majestad del monar- 
ca. Conde es espejo de 
príncipes. Una fiesta an- 
tes resultaría descolorida 
en Versalles que en este 
bello retiro. Y si grande 
es el principe, grande es 
también el castillo donde 
toda la nobleza ha halla- 
do aposento. Es una gran 
verdad que madama de 
Sevigné va a escribir a 
su hija la de Grignán.... 



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Madama de Sevigné 
quiere aprovechar los mi- 
nutos para dar cuenta a su hija de todo lo que ha admirado en el día. El 
rey no volverá en toda la noche. Tendrá tiempo de escribir una larga 
carta y de contar a la posteridad lo que le acaban de decir de Vatel. Vatel ha 
muerto como un buen soldado, invocando «su honor» — he ahí una cosa fan- 
tástica — y convirtiendo en tragedia lo que no era más que una dilación 
de minutos. Madama sabe hacerlo muy bien . . . 

«A las cuatro de la mañana — ha ido escri- 
biendo madama — salió Vatel y fué por todas 
partes, encontrando a todos dormidos. Sólo vio 
a un proveedor que no le llevaba más que dos 
cargas de pescado. Vatel esperó algún tiempo: 
pero los otros proveedores no vinieron. Su cabeza 
se calentaba y creyó que no habría más pescado; 
encontró a Gronville y le dijo; Caballero, yo no 
sobreviviré a esta afrenta. Gronville se burló de él. 
Vatel subió a su habitación, apoyó su espada 
contra la puerta y se la pasó a través del 
pecho; pero no murió hasta el tercer golpe. Por 
fin cayó muerto.» 

Madama ha dejado la pluma y se ha puesto a 
pensar en las burlas del destino. Vatel acaba de 
morir y ya dicen unos criados que el pescado llega 
por todas partes. Si ese hombre hubiera esperado. .. 
Y madama ha vuelto a tomar la pluma, pensando 
cómo decir a madama de Grignán que la felicidad 
llega siempre. No hay más que esperar santamente 
o echarse al campo para ver cómo corre su ciervo 
un rey imaginario, a la luz de una luna fantástica, 
para que, al volver, hallemos sobre la almohada el 
rico presente. Vatel fué un loco ... Y así pensando, 
ha escrito madama una de sus más lindas cartas. 



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Óí mommqír de Q/tw ot, 



Mi amor es como el agua, de las formas no sabe. 

Mi amor es como cera a toda mano blanda. 

Mi amor es un bohemio que en la vida no cabe. 

Judío sin refugio que por la tierra anda. 

Por todos los caminos, la ilusión va sembrando. 

Es fácil crear quimeras y animar el ensueño 

Y en el don fervoroso, yo sé, pues voy llorando, 



uan 

Que pierde el oro en polvo de que me juzgué dueño. 

Siempre el lance del fauno! . . . Siempre el amor que pasa 
Moviendo las cenizas y animando la brasa 
Y haciendo alma, el camino de rosas doloroso. 

¿Dónde estará la rama con la paloma herida? 

¿Dónde estará el albergue de esta noche florida, 
amor, que tienes canas y no tienes reposo? 



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Una fiesta hermosísima 
y que ha de perdurar en 
el recuerdo de todos los 
que disfrutaron del so- 
berbio espectáculo, fué 
la realizada en el pa- 
lacio que el señor 
Matías Errázuriz y 
su señora Josefa de 
Alvear poseen en el 
camino de Palermo, 



cedido gentilmente para 
allegar fondos en benefi- 
cio de la Obra que sos- 
tienen en esta capital 
los sacerdotes Benedic- 
tinos. En el hall cen- 
tral se efectuó la fies- 
ta. Es éste un recinto 
que tiene cabida para 
más de quinientas 
personas, amén de las 



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SRTA. ANGÉLICA OCAMPO. 



SRTAS. MARÍA I. MANIGOT, 
ELENA CHALOT, MARÍA 
L. OUEMES, MARÍA I. 



BIEDMA Y SRES. ERNES- 
TO V. BIEDMA (HIJO) Y 
MARTÍN V. BIEDMA. 



SRTA. VALERIA GUERRERO. 




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SRAS. JUSTA DOSC DE ZCMBORAIN, MAG- 
DALENA BENCOLEA DE SÁNCHEZ ELÍA, 



ANA TERESA ORTIZ BASUALDO DE OLAZA- 
BAL Y SEÑORITA MARÍA LUISA MADERO. 



galerías altas, que el día de la fiesta rebosaban de 
concurrencia. Se improvisó el escenario en dicho hall, 
al fondo, en medio de la severa austeridad del deco- 
rado, y rodeado de maravillas de arte en tapicerías 
de Flandes que ostentan la rúbrica de Julio Romano, 
diaeñísu admirable, y que representan el «Triunfo de 
Escipión». Sobre el blanco mate de la tela que cubría 
el muro fueron colocados los tapices provenientes del 
•cháteau de Saint-Mandé», propiedad de Gastón de 
Orleáns, donde pasó su destierro La Grande Demoi- 
selle. Estos tapices, bordados con «chenille» color 
fresa, ostentan motivos diversos de flores y pájaros, 
y estos mismos motivos se repiten en el moblaje de 
igual tela y bordado. 

Completaba el conjunto un clavicordio del siglo 
xviii, de laca roja con incrustaciones de bronce. 
En tan admirable marco se efectuaron los números 
del programa: música y bailes clásicos interpretados 
una y otros por un grupo de damas y señoritas de 






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nuestro gran mundo, bajo la dirección artística de la 
señora Valín y del exquisito buen gusto de la señora 
Magdalena Bengolea de Sánchez Elía. 

Vestían las señoras y señoritas trajes admirables, 
de irreprochable y perfecto estilo, que realzaban su 
belleza y distinción. 

Se destacaron así por su hermosura y bello porte 
la señora Magdalena Bengolea de Sánchez Elía y la 
señorita Angélica Ocampo, verdadera evocación de 
las adorables mujeres de la corte del Rey Sol y de la 
época de la malograda María Antonieta. Vestía la 
señora de Sánchez Elía regio traje de tela de oro con 
larga cola y, como única nota de color, una rosa 
roja en el talle; la señorita de Ocampo, en cambio, 
era una visión nivea, majestuosa, ataviada de blanco 
con volados de encaje de plata, que salpicaban guías 
de rosas de tonos color fresa. Valiosos brillantes com- 
pletaban su atavío. Justa Dose de Zemborain, de 
traje blanco y oro; Julia Blanca Roca de López, de 





brocato celeste con moños rosa viejo; Ana Teresa 
Ortiz Basualdo de Olazábal, de taffeta lila con ador- 
nos de cinta azul; Sara Hueyo de Newbery. de seda 
celeste con adornos de terciopelo fresa; Luisa Martínez 
de Hoz, de taffeta blanco con rosa en el talle; María 
Luisa Güemes, de taffeta color fresa con moños de 
cinta azul; María Isabel Biedma de taffeta verde 
con guías de rosas rojas; María Carmen Bied- 
ma, de taffeta rosa con adornos de 
encaje de plata; Agustina Marcó 
Roca, de taffeta color oro 
verdoso con guías de rosas 
color fresa; Valeria Gue- 
rrero, de taffeta 
fresa; Elena 
de taffeta pe 
dour con par 
color melón; h 
ría Isabel Man 
got, de color 
fresa con 
adornos de 
encaje de 
oro; Lucía 
Me Crud- 
den, de 



SRAS. JULIA B. ROCA DE LÓPEZ, MAGDALENA BENGO- 
LEA DE SÁNCHEZ ELÍA Y SRTA. LUCÍA MC. CRUDDEN. 

MINUÉ BAILADO POR LAS SRTAS. LUCÍA MADERO Y 

MARÍA L. GUEMES Y LOS SRES. ERNESTO VERGARA 

BIEDMA (HIJO) Y MARTÍN VERGARA BIEDMA. 



raso blanco con corpino pompadour; Alicia Víale, de 
taffeta y terciopelo celeste, y Clara Marcó Roca, de 
raso color marfil con adornos de plumas color rubí. 
Los caballeros que bailaron el minué, señores Ma- 
nuel Jorge Acosta, Jorge Allaine, Ernesto Vergara 
Biedma (hijo) y Martín Vergara Biedma, llevaban 
trajes auténticos. 

Los programas de esta fiesta fueron pinta- 
dos por la señora Stella Morra de 
Cárcano, señorita Sil vina Ocam- 
po, y los señores Alberto 
López, Rodríguez Pividal, 
Naguil, Hein y Richard, 
quienes rivalizaron en la 
noble tarea de hacer 
verdaderas obras de 
arte; luego adquiri- 
das con gran in- 
terés por la con- 
currencia, tam- 
bién en benefi- 
cio de la pía 
y benemé- 
rita Obra 
Benedic- 
tina. 



íí#3; 




CONSUELO 
MORENO 



DE DUPUY 
DE LOME 





"(^Mjjuíó yj 1/ ^Jiirceh "^cícM^ 



La entrevista de Santander tiene una alta significación. El biznieto de 
aquel rey ha pactado tácitamente con el nieto de aquel procer un trato 
definitivo de paz espiritual. Conocidos son los anhelos del monarca hidalgo: 
fomentar las amistades verdaderas que unen a la Argentina y España. Causas 
ajenas a su voluntad le impidieron hasta ahora hacer su proyectado viaje 
por tierras del Plata; pero don Alfonso sigue pensando en realizarle, y esta 



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visita del presidente argentino equivale a una nueva invitación. En Santan- 
der ambos mandatarios fraternizaron cordialmente, olvidándose un poco de 
la rígida etiqueta, como representantes de dos pueblos que se estiman. 
Las diestras del rey y del presidente, unidas en el momento que el mo- 
narca le ayudaba a entrar en el hospitalario país, parecen el símbolo herál- 
dico de un escudo que representara la fraternidad hispanoargentina. 



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El lente Kodak Anastigmático/. 7. 7 



KODAK, Jr. 

Autográfica No. 2 C 



Es una cámara superior 
equipada con un lente 
superior. 




Los lentes anastigmáticos Kodak se fabrican en las propias fábricas de lentes de la 
compañía Kodak de acuerdo con sus propias fórmulas. Los peritos que proyectan la 
cámara y los que proyectan el lente trabajan en íntima cooperación. Los últimos no 
piensan en el nombre genérico "cámara," al hacer sus diseños, sino en un modelo de- 
terminado, cuyas cualidades son conocidas, así como su tamaño y el obturador de que está 
provisto. El mismo propósito guía al que diseña las cámaras y al que diseña los lentes. 

El lente con que está provista la Kodak Júnior Autográfica No. 2C se fabrica especial- 
mente para esta cámara. Es más rápido que el mejor de los lentes rectilíneos, y es in- 
superable en cuanto a las otras dos características propias de los lentes anastigmáticos: 
precisión y amplitud del radio focal. 

La Kodak No. 2C se usa para tomar vistas de 2i x 4t pulgadas (7.3 x 12.4 cm), casi del 
tamaño de una tarjeta postal. Está equipada con el obturador Kodak Ball Bearing (de 
articulación de bolas) y, al igual de todas las Kodaks, px)see la innovación autográfica 
mediante la cual se pueden escribir la fecha y el título al margen del negativo en el 
momento de hacer la exposición 



KODAK ARGENTINA, Ltd., Corrientes 2558, Buenos Aires 



ESCUELA NORMAL PROFESIONAL DE CORRIENTES 




CHUPO DE ALUMNOS DE TERCER aSO. 



EN EL TALLER DE MODELADO. 




POTO DE LA ALUMNA OLGA GÓMEZ. 



FUNDADA en 1918 por el doctor 
Justo Faria. esta escuela, cu- 
yo plan de estudios fué am- 
pliado en 1920, presta grandes servi- 
cios a la enseñanza artística y pro- 
fesional. El objeto perseguido es 
dar ocasión a los maestros para que 
aprendan manuales. 

En tres años se distribuyen las cla- 
ses de dibujo, fotografía, modelado, 
pintura, hilado, tejido, bordado, etc. 

Actualmente cuenta la escuela con 
una asistencia diaria de 500 alumnos, 
casi todos maestros y maestras que 
aspiran a la obtención del diploma de 
competencia en los ramos estudiados. 
El Consejo de Educación ha conce- 
dido a los maestros alumnos determi- 
nadas ventajas. 

De esta manera se consiguió ya que 
muchos profesores diplomados en la 
Normal Profesional dicten clases de 
trabajos manuales en ¡as escuelas de 
los departamentos apartados exten- 
diendo la cultura en la provincia. 

También se admiten alumnos que 
hayan rendido el sexto grado. 

Dirige la escuela e! señor Albino 
Arbo, secundado por un personal téc- 
nico de reconocida competencia. Los 
cursos más concurridos son los de 
fotografía, modelado y dibujo y pin- 
tura, a cargo de los maestros señores 
Ingimbert, Antón y Ballerini. 




POTO DE LA ALUMNA ESTHER PECIE. 





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UNA EXCURSIÓN AKTlSTICA. 



POTO DE LA NIÑA VICTORINA SACHERl. 



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«IIIMIOl ■■■■■■ IIIIIIIIMIIIIIIIIIIIIMlli •Illlllllllllllllllll ■IIIIHllllt 



~-^^^ quita toda preocupación en los dispépticos, y ^^S 

^^= los inapetentes sentirán surgir un intenso de- ^^^ 
¿^^ seo de alimentarse si antes de cada comida 

toman una copita del delicioso y aromáti- 
co aperitivo vino-quinado KALISAY. 



Normaliza las funciones gástricas y 

las secreciones glandulares. Kalisay 

es el gran producto argentino y 

no debs faltar en ningún hogar. 

Dele a sus niños una copita. 

21 AÑOS DE ÉXITO. 



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íí2í5í^55íÍ5í5ií5i55gí55«Wí5í«¥S^K55^ 





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ÍÍT^T A 0"\7'T ?í es la preparación científica por excelencia para com 
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coinciden en afirmar que para el embelleci- 
miento de la tez no existe substancia alguna de 
efectos tan maravillosamente eficaces como la 

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«Nuestra cara difícilmenle resisliría a la 
deletérea acción de les afeites que se usan 
en las caracterizaciones teatrales, si no pu- 
diéramos contar con la cera mercolizada que 
tiene la propiedad de devolver a la piel su 
nitural y primitiva tersura.» 



«De los numerosos preparados de tocador 
que me ha tocado en suerte probar, ninguno 
puede sufrir el parangón con la cera pura 
mercolizada, pues es el único que logra dar 
a la tez ese aspecto siempre brillante y terso 
que constituye el complemento necesario de 
un rostro hermosa.» 



Kí 



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V-UVVW<X/ 




Si su cara demuestra imperfecciones: arrugas, manchas o palidez, 
solamente conseguirá Vd. empeorarla con el uso de afeites, cre- 
mas y lociones. Renuévela Vd., empleando cera pura mercolizada 
que, aplicada como si fuera co!d-cream, hace que, gradualmente 
y sin dolor, desaparezca en partículas imperceptibles toda la 
cutícula vieja, dejando al descubierto el nuevo, sano y sonro- 
sado cutis que toda mujer posee debajo del viejo. Y ésto . . . 
mientras Vd. duerma. 



•Para la renovación del cutis no hay ninguna 
substancia cuya eficacia pueda ser ccmpa- 
rada con la de la cera mercolizada, pues, ésta 
aplicada durante unss cuantas noches, hace 
que la cutícula vieja desaparezca, por medio 
de una suave absorción. La cara, tratada de 
esta manera, bien pronto aparece completa- 
men'.e rejuvenecida.» 



«He comprobado que la cera pura mercoli- 
zada tiene la virtud de dar al cutis ese aspecto 
terso y fresco, propio de la infancia, tan 
difícil de conservar en medio de las molestias 
e incomodidades que impone la vida de 
teatro.!) 



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SEPTIEMBRE 
DE 19 2 2 






{A mi hijita María Esthir para recitarlo con su trajecito de picaflor). 



un p.icaiior verae, ae rosa esmaltado, 
llegó hace unos días a nuestro jardín. 
Este picador parece asustado . . . 
vuelos y revuelos y zumbar sin fin. 

Cuando se detiene sobre alg^una flor 

el v;r r'ir :r.rm'.<'*.^i '\f- k\i^ sla'í de oro 
*' 'ro;, 

r- or. 

Huye de las -Jalias- pintados de rojo... 
Si a rozar va su antojo, 

tiembla, c, ,s rayos del sol 

en el agua qu:eu formando arrebol. 

■sólito, extraño, 
... y se va . . . 
,• j\¿". ^-.'.,-i!H ■:z\-. raro f.icailor huraño? 
¿De dónde ha venido y por qué se va? 



¿Por qué el rojo vivo le causa terrores? 
Otros picaflores aman los colores... 
Deseando tan grave misterio aclarar, 
pensé, por mi misma, la clave encontrar: 

Vestí esta mañana traje de cristal, 
fingí unas dos alas de artificio tal, 
que el picaflor verde, por mi arte engañado, 
en mi compañía mostróse confiado. 

Y me dijo así: «¿No te causa espanto 
el brillo siniestro de ese mal color? 
¿No sabes, acaso, io que es el dolor? 
¿No has visto pupüas nubladas de üanto...' 

«En raro presente Ikvárome un día, 
del país del sol y de la alegría 
al de las umbrosas mañanas glaciales, 
sin luz, sin colores. . . viví entre cristales.» 



«El huésped yo he sido de un parque imperial: 
Una duquesita, muy rubia y rosada, 
cuidaba mi alcázar de reja dorada, 
y de rosas frescas ornaba el portal.» 

«Un día... un día de espanto y horror 
vi todo teñido con ese color; 
la princesa rubia, el manto imperial, 
los regios jardines, mi jaula ducal...» 

«Flotaban al aire pendones sangrientos; 
llegaban los ecos de horribles lamentos 
entre voceríos de guerra y furor: 
¡ni la nieve blanca conservó su albor!» 

Asi dijo y loco, volando furioso, 
alejóse el triste picaflor medroso, 
el picaflor verde, de verde turquesa, 
que olvidar no puede a su gran duquesa.,. 



^^._ iOWJVCU 








«FIFI LOISEAU», VALENTÍN THIEON DE LISIAN. 



<'RETRATO DE LA SRA. F. C», MIGUEL PETRONE 



«BENDICIÓN», ANTONIO ALICE. 




«LA COSTURERITA'>, ALBERTO M. ROSSI. 




«PENSATIVA». MARÍA ELENA BERTRAND. 



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•SAN ISIDRO». ATILIO MAl INVERNÓ. 




«LLOVIZNA», RODOLFO FRANCO. 



Están por abrirse las puertas del bien llamado 
Salón de Primavera, el duodécimo de la serie, que 
afianza con ello la viabilidad de un propósito tilda- 
do sin duda de utopía en su hcra inicial. 

No podría encontrarse estación más propicia, 
ni nombre de mejor augurio que aquél, para nues- 
tra exposición anual de arte. Como en el jardín 
del dulce Sandro florentino, lo más inquieto de 
nuestra juventud busca el fruto de oro bajo el 
milagro de la luz. Admirable fiesta la de esta 
pequeña e infantil república del arte, dentro de 
la otra grande, camino del porvenir; y es justa- 
mente desde que existen estos salones de prima- 
vera que podemos hablar sin sonreimos del arte 
argentino. Año tras año va creciendo de talla: ya 
no es el inicial balbuceo, viciado de imitación y 
rebuscamiento, que fué con raras excepciones pá- 
lido reflejo de escuelas lejanas y exóticas. 

Es una fuerza nueva que se afirma, con toda 
voluntad y conciencia; por eso tiene un significado 
profundo, mayor que el de! arte mismo, este 
Salón de Primavera. En esta hora de vital rena- 
cimiento por la que atravesamos, es alentador 
espectáculo el de esta juventud en marcha. 

Desde luego esto no quiere decir que el arte 
argentino tenga desde ya esa consistencia propia 
que define por completo el carácter y el espíritu 
de un pueblo. Tierra como la nuestra, de tan in- 
tenso cosmopolitismo, es natural que carezca, 
sobre todo espiritualmente, de una orientación 
definitiva. Hay por lo tanto en el arte nacional 
una extraordinaria inquietud, a la que concurren 
las más contradictorias influencias extranjeras; 
pero sin embargo, lejos de ser este un peligro 
para nosotros, constituye, por el contrario, una 




BANANA EN LAS SIERRAS'), ÁNGEL DOMINGO VENA. 




«PINO ROJO», GREGORIO LÓPEZ NAOUI!.. 





•UtUTA». FRANCISCO VIDAL. 

garantía de juventud, una seguridad de floreci- 
miento. No es, en efecto, con espíritu de cómodo 
conformismo que debemos encarar en América 
el problema estético. Válganos desde luego la 
maravillosa experiencia del mundo viejo, pero 
btisauemos para la vida nueva esa fórmula 
nueva que debe estar en el fondo de nosotros 
mismos. Este es el significado que debe tener 
para los artistas argentinos el Salón de Pri- 
mavera. 

Ahora bien, veamos en qué medida los expo- 
sitores de este duodécimo Salón concurren a la 
búsqueda antedicha, y qué consecuencia auspi- 
ciosa se puede inferir de este heterogéneo cer- 
tamen, donde las más brillantes calidades van 
hombro a hombro con lo desgraciado y lo me- 
diocre, en una confusión tan extraña de valores, 
que cabe preguntarse si el tipo de Salón que 
nos corresponde no es el de los Independien- 
tes, ya que habría mucho que decir sobre la 
estabilidad y definitivo significado de los nom- 
bres hechos junto a la eclosión sorprendente de 
los que están por hacerse. 

Hemos tenido oportunidad de señalar aquí 
mismo, con motivo de algún salón anterior, que 
una de las características fundamentales de la 
pintura argentina es su pasión por el luminismo. 

Nuestros pintores, herederos directos de los 
impresionistas, ven claro — salvo tristes excep- 
ciones — y huyen como del fuego del bitumen 
y de las tierras. F^sto que resulta excelente en lo 
general tiene, sin embargo, en lo particular un 
peligro, y es el exceso decorativo. 



«LA ENGUANTADA», JORGE LARGO. 



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•L03 FAROLES CHINESCOS», ALEJANDRO CHRISTOPHERSEN. 




• LA HORA DE LA SIESTA». JUAN PELAEZ. 



{'EL RECUERDO», EMILIA BERTOLÉ. 

Por la alegría del color en sí, sostenida por la 
g'racia un tanto convencional del arabesco, se 
está faltando a! concepto sine qua non de la 
verdadera pintura: el de la profundidad. Casi 
todos nuestros artistas resultan asi decoradores, 
en el sentido superficial de la palabra, lo que 
por otra parte puede también decirse de sus 
colegas europeos, excepción hecha de los «arcai- 
zantes» y reaccionarios, o de los adoradores del 
Cubo y los iconoclastas y articidas de Marinetti. 

Otra tendencia ya observada, y que en este 
Salón se fortalece, es la predilección de nuestros 
pintores jóvenes por el paisaje. Caso lógico éste 
para nuestro país, en cuyo inmenso territorio el 
hombre resulta, por decirlo así, un accidente de 
la soledad; y caso sintomático al mismo tiempo, 
pues deja tra.sluoir, tal vez, el significado futuro 
de la Escuela Argentina como una escuela de 
paisajistas. Convéngase o no en ello, lo innegable 
es que dentro del paisaje está, y con m.ucho, lo 
mejor del XII Salón, cuya parte de figura es 
en general deficiente y reducidísima. 

Hay en el género señalado piezas de primer or- 
den, de las mejores que se han visto entre nos- 
otros, y que firman artistas de diversa nombra- 
dla como Pedone, Franco, Vena, Malanca, López 
Naguil, González Garaño, Butler, Cittadini y 
otros cuyas obras personales y significativas le- 
vantan el espíritu apocado de la muestra. 

Entre todos ellos, Rodolfo Franco es quien da 
con su «Tríptico» la nota más elevada, colocán- 
dose en un plano superior pocas veces alcanzado 
entre nosotros. Luministapor definición, y afron- 







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• IL HCXCADO DE aDaTUYA», ALFREDO CRAMAJO GUTIÉRREZ. 



CLA MODELO», DANTE ORTOLANI. 



('PREPARATIVOS», ANA WEIS. 







«'SEGADORES», LORENZO GIGLI. 



«IRIS», EMILIO CENTURIÓN. 



«'INVIERNO*, ENRIQUE CELERY. 



tando sin miedo el más difícil problema de la 
luz, Franco se manifiesta al propio tiempo pro- 
fundamente sensible en esa forma comprensiva 
de los artistas orientales que, en el tremolar de 
la primera hojita verde, descubren el esplendor 
de una futura primavera. 

Antonio Pedone sigúele en importancia, lo- 
grando en un discreto puntillismo tres piezas 
excelentes, que van desde el «Nocturno» moruno 
a la plácida plenitud del valle soleado de 
«Tarde en las sierras», pasando por el encanto 
sugestivo del duraznero en flor. 

El mismo éxito, con una técnica absoluta- 
mente distinta, obtiene Malanca en paisajes que 
lo revelan toda una promesa. Ángel Vena supera 
con su obra el esfuerzo noble de arte que 
representaba su reciente y magnífica exposición. 
Otro tanto diremos de López Naguil, cuyos pai- 
sajes de Mallorca marcan un plano defitivo en 
su carrera. 

González Garaño nos sorprende gratamente 
con tres paisajes finos y vibrados, haciéndonos 
advertir en ellos a un pintor de calidad y de 
sincera emoción. 

Desde Mallorca también envía Cittadini una 
tela extraña, que sale completamente de su 
manera habitual. 

El dominico Butler sigue en la misma man- 
sedumbre de su visión mística de la natu- 
raleza. 

Citaremos además entre los buenos paisa- 
jistas a Atilio Malinverno, Indalecio Pereyra, 
Adán Pedemonte, Augusto Marteau y Juan 
Peláez. 

Merece lugar aparte el único animalista del 
Salón, Luis Cordiviola, que logra en sus dos en- 




«TARDE EN LAS SIERRAS», ANTONIO PEDONE. 




«LABRADORES'), JOSÉ MALANCA. 




vios afianzar aun más su personalidad toda 
honradez y consecuencia. 

En cuanto a la figura destácase en primer 
término Emilia Bertolé, cuyo retrato en rojo 
renueva y aun supera las mejores épocas de la 
delicada artista. 

Gastón Jarry, de vuelta de Europa, traduce 
en un desnudo lleno de cualidades una visión 
más exquisita, más intima de las cosas, sobre 
todo en el interior del segundo plano, lo mejor 
de la obra. 

Emilio Centurión, en una tela de gran aliento, 
no ha obtenido una justa armonía de tonos, es- 
pecialmente en lo que se refiere a sus rojos y 
a sus verdes. 

Recordamos, entre otras piezas interesantes, 
un bello retrato de Jorge Larco, las telas de 
sabor decorativo nacionalista de Donnis, y las 
de Rossi, Weiss, Petrone, Christophersen, Gar- 
barini, Vidal, Arata y Soto Acebal, sin que de- 
jemos pasar por alto una hermosa cabeza de 
adolescente, obra del pintor G. Mario Parpagnoli, 
de factura eminentemente francesa. 

En cuanto a la escultura, salvo las tres obras 
de Agustín Riganelli, que sabe mantenerse 
siempre en un plano excepcional, Leguizamón 
y algunos otros, representa un estancamiento 
cada vez más lamentable y evidente en esta 
rama de las Bellas Artes. 

Hemos dejado intencionalmente para e! fin 
e! comentario a la obra más personal y represen- 
tativa del Salón, esa pequeña joya que Thibón 
de Libián titula «Fifi l'Giseau», y que en estas 
horas de brutal realismo significa una reac- 
ción espiritualista, pródiga en gracia y en dis- 
tinción. 



FERNÁN 



L I X 



«LA YUNTA», LUIS A. CORDIVIOLA. 



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D O R 




«NATURALEZA MUERTA», JOROE SOTO ACEBAL. 



«NOCTURNO'), LUIS A. OUVRARD. 



• ESTÍO», GASTÓN JARRY. 








"ZJúqíiijel 



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de íTcrrra^ 



La copia intensa y armónica del natural sin caer en la demasiada 
fidelidad ni en los extravíos del dibujo y del color; un hermoso y sano 
talento realista: éstas son las condiciones que Anselmo Miguel Nieto posee. 
Hay pintores de cromos que satisfacen al vulgo; hay pintores de extra- 
ñas cosas que no lo conmueven. Los intelectuales y el vulgo se unen ante 
las obras donde el equilibrio es perfecto. Y por mucho que los artistas exal- 
tados pregonen su desdén hacia la opinión, en su espíritu guardan ansiosa 
sed de popularidad. Gustar a todos es parecerse a la naturaleza y a 
la vida; gustar a unos cuantos «elegidos» es como el vivir de ¡os misán- 
tropos y de los tacaños: una lucha por el aislamiento. 

Anselmo Miguel Nieto huye de los efectismos y se limita al arte de repro- 
ducir lo que ve conforme a lo que siente. Sus telas luminosas respiran honra- 
dez y trabajo. Por eso producen una emoción plácida, optimista, libre de 
anhelos literarios. Los hombres que aman la vida como un don cotidiano 
cuyo misterio resulta más fácil gozarlo sin buscarle explicaciones arduas, 
tienen en esas telas un estímulo suave y enérgico a la par. 

Tanta es la ecuanimidad artística de su atrayente pintura que pudiera 
confundirse la maestiia con la facilidad. Pero la técnica de este notable pintor 
nada tiene de fácil. Venciendo obstáculos del color sin alardear, ocultando 
la importancia de los problemas resueltos, se impone. Los peritos saben donde 
el pincel inventó fórmulas victoriosas, el público saborea la verdad in- 
terpretada de modo recio y placentero, con alma. 

Toda esta sutil suma de perfecciones fué alcanzada en incesante 
batallar contra la suerte. Anse'mo Miguel Nieto luchó desde 
niño necesitando voluntad firme y vocación prodigiosa. 
Antes de aprender a pintarnos serenas figuras casi 
vivas sufrió mucho en su propio vivir. Es uno de 
los jóvenes maestros del arte español, y su fama 
no tiene detractores entre la gente del oficio, 
que lo respeta por su honestidad profe- 
sional y su franco y altivo carácter. 



Hay en el estilo de este gran artista cordobés toda la tristeza y todo el 
sabor arcaico que escritores y viajeros notan en las costumbres del pueblo 
andaluz. Otros pintaron ya los luminosos reflejos que un sol ardiente pone 
en las carnes, en los vestidos y en los paisajes de las comarcas andalu- 
zas: otros han descrito la alegría demasiado aparente y demasiado frivola, 
que, según la vulgar opinión del mundo, distingue a aquellos sus ha- 
bitantes, hijos de una tierra soleada, fácil y hermosa. 

Julio Romero de Torres demuestra lo contrario en toda su obra, y mucho 
más en los cuadros que hoy nos presenta. Sus personificaciones de la copla 
andaluza constituyen la justificación de ese estilo arcaico y triste. El «cante 
jondo» (canto hondo), según lo titula exacta y pintorescamente el pueblo 
andaluz, t'ene notas y palabras de penetrante melancolía. El policroísmo de 
esos pedruscos donde las partículas metálicas sorprenden con sus cambian- 
tes luminosos, extraños, es el policroísmo de la copla y el de «La malagueña», 
«La carcelera». 

Sentir el estilo de este pintor equivale a sentir la copla y el carácter an- 
daluz. Apegado a la tradición aquel pueblo, aunque en apariencia siga los 
cambios de las modas artísticas y mundanas, conserva allá en el fondo 
sus costumbres sentimentales, cuidándolas celosamente. 

Las andaluzas pintadas por Romero de Torres, sombrías, pasionales, 
enérgicas y celosas tienen verdaderas almas de mujer. No esperéis de 
ellas fáciles sonrisas ni amores divertidos. Absorbentes y absorbidas, 
cuando aman, cuando el «querer» se posesiona de sus cinco 
sentidos exigen una pasión mora a sus moriscos andaluces. 
El pintor cordobés ha enriquecido los museos con estas 
nuevas figuras de mujeres hondas. Julio Romero de 
Torres es un andaluz taciturno y grave, pertinaz y 
laborioso que, muy discutido, sin discutir buscó 
el modo de imponer su labor pictórica, lo- 
grando triunfar como la copla andaluza 
se impuso por lo original y lo sentida. 




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MIENTRAS LAS OLAS LA CANCIÓN QUE HA SIDO, 
MURMURAN DULCEMENTE. 

L^A NOCHE ESTÁ ADELANTE Y, SIN EMBARGO, 
LA LUZ SE TORNA CADA VEZ MÁS BELLA, 
i ES QUE EL SEÑOR SOBRE EL PIÉLAGO AMARGO, 
DEJÓ CAER LA ROSA DE SU ESTRELLA! 

ILUSTRACIÓN DE LÓPEZ NACUIL. 




c 



u 




Será, sin duda, el más grande monumento 
ecuestre de la América del Sur. ¿El valor ar- 
tíscico de la obra está en relación con su ta- 
maño? No vacilo un segundo en responder afir- 
mativamente, y dentro de poco muchos de mis 
lectores podrán convencerse de visu, porque el 
monumento está listo y pronto saldrá paraMon- 



EL ESCULTOR 



tevideo. en donde será inaugurado, según se 
anuncia, a la brevedad posible. El monumento 
será ubicado en la plaza de la Independencia, 
; y mirará al oriente, a fin de que los efectos del 

sol den mayor realce al caballo y al jinete, 
que forman un conjunto armónico, Heno de 
ÁNGEL zANELLi. sevcrldad, de vida y de expresión. El caballo 





IMMTCVIDIO. FLAZA DE LA :N 

DirEKDCMCIA. DONDE SE ELEVARÁ 
EL HOMUHEHTO. 



es uno de los mejores escul- 
pidos hasta hoy. La figura del 
general Artigas bastaría por 
si sola para dar fama a un es- 
cultor. 

El monumento tendrá de 
alto 17.40 metros, porque el 
caballo y el jinete miden ocho 
metros y el pedestal 9.40. 
El pedestal será completado 
en el Uruguay, con labradorita 
de color rojo claro, que armo- 
niza bien con el bronce del 
caballo y del grandioso bajo- 
rrelieve, que tiene un largo 
total de 24 metros y dos de 
alto. 

Ese bajorrelieve, que ocupa- 
rá los cuatro lados del pedes- 
tal, es una verdadera obra de 
arte y figura el trágico y épico 
éxodo del pueblo uruguayo, 
siguiendo al destierro al ge- 
neral. 

Se trata de unas ciento cin- 
cuenta figuras concluidas has- 
ta en los menores detalles; una 
armonía perfecta de lineas que 
hace las fisonomías más di- 
versas, de todas las edades: 
hombres, mujeres, viejos, ni- 
ños, y con ellos, perros, ca- 
ballos, bueyes... Es un ba- 
jorrelieve que conmueve pro- 
fundamente. 




ESTA GIGANTESCA CABEZA DA IDEA 

DE LAS ENORMES PROPORCIONES DE 

LA OBRA. 



— Y había que ver ~ me 
decía con entusiasmo Zanelli 
— con qué amor reverente los 
ODerarios de la fundición 
Chiurazzi, de Ñapóles, han tra- 
bajado en mi obra, que pr'^- 
sentaba dificultades técnicas 
nada sencillas. Piense que el 
caballo, él sólo, ha sido fun- 
dido en diez trozos (pesa diez 
toneladas) y que el bajorrelieve 
es delicadísimo por sus nume- 
rosos detalles. Algunos de los 
operarios han estado en la 
América del Sur, conocen la 
Argentina y el Uruguay, y 
trabajaron con verdadera pa- 
sión. 

El ministro del Uruguay, 
señor Federico Cuestas, se ha 
preocupado mucho del monu- 
mento, y ha tenido la genti- 
leza de proporcionarme para 
Plvs Vltra un precioso au- 
tógrafo de Artigas, una carta 
escrita en noviembre de 1817, 
que dice textualmente así: 

He recibido el contesto de los 
Pueblos a mi propuesta; su ma- 
yoridad ha librado su suerte a 
mi decisión. Yo sin abusar de 
esta honrosa confianza con que 
los Pueblos de nuevo me carac- 
terizan, he creído oportuno di- 




.-.,. .... ..CCADO EN ESTOj BAJO- 
RRELIEVES ESCENAS INTERESANTÍSIMAS DE 



LOS HISTÓRICOS SUCESOS QUE TUVIERON 
POR ESCENARIO A LA REPÚBLICA HERMANA. 



üt 




EL ÉXODO DEL PUEBLO 
ORIENTAL (BAJORRELIEVE). 



rigir al Gobierno de Buenos 
A ¡res el oficio que a U . S. acom- 
paño en copia. Esta es mi re- 
solución, con ella creo haber 
llenado mi deber. Espero que 
U. S. la hará publicar en su 
pueblo para su más exacto co- 
nocimiento. 

Tengo el honor de reiterar 
a U. S. mis más cordiales 
afectos. 

José Artigas. 

Noviembre i8iy. 

El autor del monumento es 
Ángel Zanelli, lombardo, de 
43 años de edad, sano y fuerte. 
Se ha formado solo, y todo se 
lo debe a sí mismo. Empezó, 
casi niño, como tallador de 
piedra, y en Brescia, algún 
tiempo después, trabajó en 
mármol con tal éxito que ob- 
tuvo la pensión municipal 
Brozzoni y pasó a Florencia, 
en donde sus éxitos continua- 
ron. El escultor sueco Lund- 
berg lo alentó, lo hizo trabajar 
en su estudio y lo decidió a 
tomar parte en un concurso 
para proveer una plaza en 
el Pensionado Artístico Na- 
cional. 

La crítica se ocupó con sim- 
patía del joven escultor, que 
en 1906 esculpió un busto ad- 
mirable del violinista Gaspar 
de Saló. A poco, participó en 
el concurso parael bajorrelieve 
colosal del altar de la Patria. 
y triunfó. El público quedó 
sorprendido. ¿Quién era ese 
Zanelli? Muchos ignoraban 
hasta su existencia. . . 

Su mejor biógrafo, Mario 
Logo, ha hecho notar con 
razón que Zanelli tiene un 
temperamento raro por su 
complejidad. A la elevación 
del talento, a la seriedad 
del carácter, une una vo- 
luntad muy firme y una 
formidable resistencia al 
trabajo. Con amoroso 
cuidado busca la perfec- 
ción de todos los de- 
talles, y tanto insiste 
en las figuras princi- 
pales comeen los de- 
talles decorativos. 
Todo lo que sale 
de sus manos 
tiene un valor 
igualmente 



BUSTO DEL LIBERTADOR 
URUGUAYO ARTIGAS. 



precioso. La primera vez que 
visité a Zanelli en su inmen- 
so estudio pensé en un gran 
escritor que me había pre- 
cedido. Rodó, y quise pre- 
guntar al escultor la impre- 
sión que le había caurado el 
eminente autor de Ari.t y de 
los Motivos de Proteo. 

— Un mes antes de su muer- 
te, Rodó vino a visitarme en 
compañía del señor Cuestas y 
de un grupo de amigos. Con- 
versamos un poco de todo. A 
poco hablar me percaté de 
que Rodó se empeñaba en 
averiguar si yo estaría sufi- 
cientemente preparado para 
la comprensión psicológica del 
personaje que debía eternizar 
en el bronce. Sentía su mirada 
indagadora como que me pe- 
netraba en las carnes; pero, 
en el fondo estaba satis- 
fecho, pues no sentía temor 
alguno. 

Tengo en casa una pequeña 
biblioteca de libros sobre el 
Uruguay, y he pasado noches 
enteras leyendo no pocos vo- 
lúmenes para darme cuenta 
exacta de la época y del am- 
biente en que vivieron los 
principales personajes de ese 
noble país, y por eso me fué 
fácil obtener que Rodó me 
estrechase la mano lleno de 
emoción ... Me prometió es- 
cribir un artículo sobre mi 
obra; me consta que efec- 
tivamente lo escribió y qui- 
zás se encuentre entre sus 
papeles. 

Esto me contaba, conmo- 
vido, el escultor Zanelli en 
el año 1918. 

He esperado cuatro años la 
publicación del artículo de 
Rodó; pero el manuscrito no 
ha sido encontrado, tal vez 
porque no existió nunca. 
En el estudio inmenso 
del gran escultor, cada 
vez que voy a visitarlo, 
me parece ver la som- 
bra de Rodó vagar en 
torno del colosal ba- 
jorrelieve, e inclinar- 
se respetuosa ante 
una de las figuras 
gloriosas que ilu- 
minan la histo- 
ria de los pue- 
blos libres del 
Plata. . . 



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OTRO LADO DEL BAJORRELIEVE 
DEL PEDESTAL. 



S I M B O L I 





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SRA. CLARA JUÁREZ CELMAN 
DE BUSTILLO. 



SRA. ADELA UGARTE 
DE AGUIRRE. 



SRA. MARÍA EUGENIA 
QUINTANA DE URIBURU. 





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5 F A . E :- E N A OPEEN 
DC LANÚS. 



No se ha borrado aún el recuerdo de una fiesta 
brillantísima que, patrocinada por la Sociedad 
Escuelas /Patronatos, se efectuó en el año 1904, 
en el teatro de la Opera, cuando era presidenta 
y alma de la citada institución la señora Eloísa 
Ponce de León de Ezpeleta. 

Y perdura ese recuerdo porque tomaron par- 
te en la feérica kermesse conocidas jovencitas, 
hoy jóvenes señoras en todo el esplendor de su 
belleza, y que no han olvidado las impresiones de 
aquel entonces. . . 

La sala del teatro de la Opera, convertida en 
un recinto del más puro estilo Luis XV, sirvió de 
marco para la fiesta. . . Kioscos artísticos se uti- 
lizaban para la venta de flores, bombones, objetos, 
y una alegría general reinaba allí, donde cada 
figura, que parecía del más fino «saxe», recordaba 
la época del «Roí Soleil». Había grandes damas 
tocadas con pelucas blancas y sombreros emplu- 
mados, y cuyas alhajas resplandecían a la luz de 
mi! focos. . . Y las había más sencillas, sólo con- 
fiadas en su belleza para triunfar... Y también 
había deliciosas «soubrettes», vendedoras de flores 
menos frescas que la sonrisa de sus veinte años. . . 

Era aquel un momento de esplendor en nues- 
tro Buenos Aires. . . No existían en ese entonces 
los «nuevos ricos», pero muchos de los nuevos 
pobres de hoy, hidalgos de verdadera alcurnia, 
pagaron sus compras con monedas de oro para 
recibir en cambio una dulce mirada de agradeci- 
miento, en el propio nombre y en el de tantos 
pequeños desvalidos a quienes había de servir de 
alivio el generoso tributo. . . 

Algunas de aquellas jovencitas que se hicieron 
admirar por su hermosura no existen ya. . . Pero 
dejaron en nuestra sociedad entera el recuerdo de 




SRA. LAURA HOLMBERG 
DE BRACHT. 






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SRA. MATILDE GONZÁLEZ 
GUERRICO DE DEMARÍA. 



SRA. SILVIA GARCÍA VICTORICA DE CASARES. 

SU belleza y de su encanto, y también son sus 
siluetas las que evocamos, al ver estas fotogra- 
fías, en las que no figuran por cierto todas 
las que supieron transportar a los que las con- 
templaron a esa época lejana en que había tal 
vez más «feminismo» que ahora, pues sólo triun- 
faban las mujeres. . . Fiestas como aquélla debían 
reproducirse, por decirlo así, y que volvieran al 
marco de antaño todas aquellas que fueron 
princesas de la sociedad porteña y que hoy, 
siendo «reinas madres», llevarían doble 
contingente de belleza y atractivo para 
'os que las admiraron entonces 
en su radiante juventud. 



SRA. LUCRECIA BUNGE GUERRICO 
DE OLIVEIRA CÉZAR. 





SRA. MERCEDES ELIZALDE 
DE BLAQUIER. 



SRA. MARÍA ROSA LEZICA 
DE PIROVANO. 



SRA. CARMEN BOWERS DE LLAVALLOL. 




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DE TIEP^Pv.AADENTP^O 



Todavía no ss ha intentado el levan- 
tamiento de un Censo Nacional de los 
bienes muebles e inmuebles artísticos. 
Las riquezas agrícolas, industriales y 
ganaderas andan consignadas en cua- 
dros numéricos que las catalogan de 
diferentes modos. Cualquier hombre 
curioso puede darse aproximada cuenta 
de lo que significa la República Argen- 
tina en el mundo del trabajo. Una 
comisión nacional del Censo estudia 
continuamente la manera de realizar 
cada diez años estos balances: pero en 
los tomos donde la estadística formula 
stu sentencias nadie concede lugar a las 
cosas que nos legara la tradición. Úni- 
camente algunos fotograbados de mo- 
numentos históricos vienen a interca- 
lara: entre las páginas atiborradas de 
cifras. 

El caudal artístico que algunos siglos 
de vida han dejado como huellas pre- 
ciosas no es comparable en magnitud 
ni en mérito a los caudales que atesoran 
las naciones históricamente viejas. Pero 
para nosotros las ruinas romanas, grjp- 
gas. bizantinas, góticas, etc. de otros 
continentes no reúnen el valor que 
concedemos a ios vestigios de nuestro 
pasado. Cada uno se contenta con lo 
que posee y lo juzga superior a lo que 
los demás tienen. 

¿Será pedir gollerías el hecho de diri- 
girse a quien corresponda demandando 
la inclusión de unas páginas consagradas 



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DE «LA OBRA.. 



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UN CAMPANARIO 



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a los bienes histórico-artísticos del país? 
Hasta ahora solamente las colecciones 
de arqueología antecolombiana están 
catalogadas en los museos respectivos. 
El Museo Nacional y el de Córdoba 
también poseen sus catálogos: pero in- 
dependientemente, sin formar un con- 
junto y sin que figuren en libros asequi- 
bles a los aficionados. 

Tal vez, y esto no resulta difícil, se 
crea que bienes artísticos nacionales no 
tienen el mérito necesario para alcan- 
zar los honores de la estadística. 

Yo creo lo contrario. Si se levantase 
el Primer Censo Arqueológico, las cifras 
y el valor de las cosas censadas arroja- 
rían datos sorprendentes. 

Natural que este censo no se confor- 
maría con puras cifras. Necesítase algo 
que sea un álbum donde se hallen mo- 
nografías sobre los objetos. Pero si los 
agentes organizados que la comisión em- 
plea nos dijeran todos los sitios en que 
se encuentran los monumentos históri- 
cos, no faltarían aficionados capaces de 
ilustrar cada una de las joyas valiosas 
asi denunciadas. Tenemos un Touring 
Club, una Sociedad Fotográfica y otras 
entidades que sabrían completar dichos 
estudios estadísticos. 

Así propuesta, la idea parece dificul- 
tosa: mas todo es viable cuando se quie- 
re poner en ello tesón y labor. Por lo 
menos a los que amamos ardientemente 
los vestigios de nuestro pasado, porque 






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esas cosas lavenerabley 
nuestras tie- f^^RE iglesia 
nen páranos- de yacanto. 
otros palpi- 
tante vida, se nos figura ha- 
cedera la empresa. En cuanto 
a la magnitud y a la valía de 
los bienes arqueolólógicos ar- 
gentinos, la práctica responde 
afirmativamente. Acompañado 
de un fotógrafo meritorio, que 
no halla obstáculos en ningún 
sitio, he visitado varias pro- 
vincias. Siempre tuvimos oca- 
sión de encontrar monumen- 
tos, cuadros, etc., que valían 
la pena de ser fotografiados. 
De esa colección de fotogra- 
fías hay siempre a mano ejem- 
plares preciosos. Véase si no ese 
cuadro que un artista devoto 
y anónimo pintó sobre perga- 
mino de oveja y que un repu- 
jador desconocido encerró en 
ese lindo marco de plata. 
No es un Murillo: pero poseen 
Una gracia candorosa que ha- 
bla al corazón esa Virgen, ese 
Niño y esos ángeles entremez- 
clados en la obra de quebran- 
tar la cabeza de la serpiente 
bíblica. El cuadro, ahora en 
poder de doña Clara de Co- 
rrea, tiene un alto valor emo- 
tivo y artístico. La iglesia de 



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cuADROcoNPRi- Yacanto, la 
MOROSO MARCO dcsvalída 

REPUJADO, iglesia cuyo 

campanario 
no puede sostener sonoros y 
trepidantes pesos, es otro pre- 
cioso vestigio. 

En un artículo anterior ha- 
blaba de «La Obra», edificio 
construido con adobes crudos. 
Un salón espacioso, seis piezas 
grandes y un oratorio muy tí- 
pico forman «La Obra», así lla- 
mada antonomásticamento 
en Yacan tD, pues es el mayor 
edificio de la localidad. 

Fué fundada por el caballe- 
ro español don Juan Esteban 
Arias de Cabrera, y hoy perte- 
nece a doña Florinda López. 

De su historia, vergüenza 
me da confesarlo, no sé más, 
A destruir tales ignorancias 
cooperaría la obra que propon- 
go: el Censo de Bienes Arqueo- 
lógicos, base para futuros es- 
tudios de historia. Quizás se 
diga que todo esto es una chi- 
fladura o manía de un viejo 
aficionado a trastos viejos. Di- 
gan lo que quieran las lenguas 
burlonas, resulta indudable 
que este asunto de la tradición 
artística merecería ser tratado 
con respeto y cariño, 

L E M A ! R E 





miDo 1 




A la edad de doce años yo he pretendido explorar 
el rio Orinoco. .. 

Yo he nacido entre pescadores y he pasado la 
infancia y la adolescencia junto a ellos. Conozco 
la rtidexa de sus costumbres, la tosquedad de sus 
ademanes, su vivir bestial y vicioso: pero sé tam- 
bién cuanta nobleza y franca cordialidad hay en 
esas vidas valerosas. Parece que ahora mismo, 
mientras con los ojos cerrados procuro olvidar 
k) que me rodea, desciendo por la calle que chorrea 
humedad y penetro en el Portal del muelle. Con 
la boina calada hasta las orejas, el viento me 
hada adquirir la figura de un ariete que avanza 
y penetra en la hostilidad resistente del huracán 
imponderable. 

Era el Portal una especie de cobertizo, antigua 
puerta abierta en la muralla y único resto de la 
ya derruida fortificación de la ciudad. Alli, al res- 
guardo de la lluvia, aunque no com- 
pletamente del viento, chapoteando 
en la humedad viscosa, estaban los 
pescadores en días de temporal. Las 
manos en los bolsillos del pantalón, el 
aii« pesado del que huelga por fuerza, 
los lobos de mar a°:uardaban estoica- 
mente a que la tempestad quisiera 
amortiguarse. Merodeadores platóni- 
cos en las escolleras y los diques 
del pequeño puerto, nosotros éramos tam- 
bién huelguistas forzosos que compartía- 
mos la inactividad de los nescadores. 
Metiamos como ellos las manos en los 
bolsillos y nos figurábamos ser grume- 
tes de un bergantín al que la tor- 
menta impedia zarpar. Liábamos un 
flaco cigarrillo y lo colgábamos en 
la comisura izquierda de la boca. 
El ventarrón sacudía las grandes 
puertas de nuestro refugio. A ve 
oes. envuelto en una súbita rafa 
ga, venía del muelle algún hom- 
bre con su traje encerado y sus 
grandes botas, todo chorreando 
a'^ua. Si: conservo una verdadera 
simpatía por esos hombres vale- 
rosos e hirsutos que no temen al 
día de mañana: que se levantan 
cada amanecer bajo la incertid um - 
bre de un enigma: que viven co- 
mo soldados, como jugadores de 
aiar. El labriego no concilía el sue- 
ño si no ve que en el arca hay pan 
y en el escondite unas monedas: 
es prudente y avaro, ahorra y al- 
maoena, precave y calcula: la tierra 
le hace miedoso y astuto. La tierra que 
da lentamente, en un transcurso de es- 
taciones y laboreos premeditados. En 
cambio el pescador piensa poco en el ma- 
ñana, porque su vida y su trabajo pen- 
den de los hilos inexpresables de lo for- 
tuito. Se acuesta sin pan y endeudado, 
con la serenidad de un guerrero en cam- 
paña. Al alba sonarán las trompetas, en- 
trarán los soldados en combate, se lan- 
zarán al saqueo y podrán abundar en 
oro; así también el pescador piensa que 
una buena racha de suerte le hará vol- 
ver maña^a mismo con la lancha llena 
de pescado hasta los toletes. Cuando el 
temporal se prolonga, se limita a cru- 
zarse de brazos o hunde las manos en los bolsi- 
llos. ¡Para qué hacer grandes gestos! 

Antiguamente, cuando el mar tenia sorpresas 
y abundaban las sirenas y los dragones, los piratas 
y los archipiélagos maravillosos, ¡qué grató sería 
navegar, salir en una carabela, sin saber qué cosas 
podrían aparecer ante la prca del navio, tanto 
un monstruo devorador como una isla cargada de 
olorosos frutos nunca prohados por nadie! Entonces 
valla la pena ser marino. Nosotros, los chicos, 
deseábamos ser de aquella especie aventurera de 
marineros. Pilotos de mirada ardiente y sotabarba 
corrida, como en las novelas. 

Sin embargo, a mi me hubiera gustado poseer 
una barca para vagabundear por las ensenadas 
y los cabos de la costa. Hoy mismo me producen 
una emoción fresca y una envidia pueril esas lan- 
chas que salen en silencio del dique, con sólo dos re- 
meros, y huyen hacia el mar. Los dos hombres sen- 
tados reman sin prisa pero con firmeza. Se dirigen 
al pie de los acantilados y buscan precisamen- 
te junto a las rocas su pesca pintada, bonita, mu- 
cho más coloreada y bonita que la de mar adentro. 
Allí, en aquellas calas profundas, el agua, muy 
cargada de olor, es tan serena y trasparente en las 
dulces mañanas estivales, que los ojos pueden 



admirar entre las rocas del fondo las rojas estrellas. 
los erizos, las airas indolentes, y acaso también 
los siniestros pulpos de ojos saltones que se des- 
lizan con sus tentáculos flotantes desmadejados. 
Allí echan el ancla las barquitas vagabundas, y 
los hombres, como jugando, sacan del agua esos 
pececillos de las rocas que son verdaderos prodi- 
gios de color: dorados, rojos, azules, verdes, negros. 
Pero aun había otros bohemios de la pesca. 
los auténticos vagabundos del mar. Hacia el final 
del verano anclaban en la bahía, frente a la dársena, 
algunos bateles tripulados por un hombre y un 
chico. Venían a lo largo de la costa vasca pescando 
una especie de calamar grande y grosero que sirve 
de cebo y es, por lo visto, muy apreciado por los pes- 
cadores. Usaban barba cerrada y tenían cierto aire 
exótico, muc-ho más rudo e imponente que los otros 
hombres de mar: eran misántropos y cerdudos 




como piratas. ¡Nadie, sin embargo, más pacífico 
que ellos! Yo los veía a la tarde anclar frente a 
la dársena. El grumetillo había vuelto ya de tierra 
llevando un redondo pan de seis libras bajo el 
brazo. Con una vela, sostenida hábilmente por 
un pequeño mástil, el hombre barbudo de aire 
huraño, formaba una tienda de camraña, y allí 
dentro dormían los dos tripulantes mecidos por 
el manso oleaje. Pero antes habían encendido a 
popa un hornillo, donde condimentaban su cena. 

¡Imagen de felicidad! ¡Cómo los envidiaba yo, 
de bruces sobre el pretil de la escollera! Una columna 
azul subía lenta del fogón. La sopa caliente, la 
rebanada de pan, el largo trago de vino; y luego 
dormir sintiendo que la luna en la alta noche 
se infiltraba por todo el camarote de lona y lo 
hacía resplandecer fantásticamente. . . 

Entonces soñaba yo con poder poseer una barca 
así, manejable, individual, apta para vivir en ella 
la vida del vagabundo y del explorador. Pen- 
saba muy en serio que en una lancha semejante 

JOSÉ. MAPLIA 
JAIAVERRIA 

ILUSTRACIÓN DE LÓPEZ NAGUIL. 



se podía ir muy lejos. Aquel hombre de las barbas 
y su grumete ofrecían una prueba. Yo quisiera 
una barca asi, un poco más grande tal vez, y en 
lugar de la lona provisional pondríale un camarote 
permanente y verdadero. Metiendo provisiones en 
conserva y algunos utensilios robinsonianos (hacha, 
escopeta, cacerolas, hornillo, anzuelos), por las vías 
del libre mar ¡a qué brillantes riberas podía arri- 
barse! Desde luego, la imaginación prefería el tró- 
pico. Sería divino, por ejemplo, remontar la co- 
rriente del Orinoco y llegar al país donde vuelan 
los papagayos y hay todavía tribus de indios... 
Por aquel tiempo hallé en un rincón de mi casa 
un pa-aguas roto. Desencajé de su sitio las varillas 
de acero, y uniendo con cordeles tres de estas, con- 
seguí fabricar un admirable arco, que se tendía 
y que dispa-aba flechas con la mejor precisión. 
Dos o tres varillas del paraguas roto, convenien- 
temente guarnecidas con unas plumas 
de gallo, me servían de flechas. Ca- 
lentándolas al fuego y aplastándoles 
la extremidad con un martillo, doté a 
las flechas de una punta afilada y 
realmente temible. Hacía blancos in- 
superables a una distancia de ocho o diez 
metros, y estaba orgulloso de aquella arma 
que tan paradójicamente me ponía al mis- 
mo nivel de guerra que un indio de los 
bosques brasileños. 

También me dedicaba a dibujar los pla- 
nos de una barca que fuese caraz de ha- 
cer largas travesías y no precisase los 
auxilios de varios m.arineros. Yo conce- 
bía un tipo de embarcación individual, 
manejable por un solo hombre (o por 
un muchacho valeroso como en mi 
fantasía figurábame yo a mí mis- 
mo), y que contara de paso con 
algunas de las propiedades de se- 
guridad que suelen poseer las lan- 
chas insumergibles destinadas al 
salvamento de náufragos en las 
costas. Mi pequeño y seguro na- 
vio estaría armado con un más- 
til y una única vela. Tendría dos 
remos. En cuanto a la estiba de 
las provisiones, recuerdo que el 
asunto me preocupaba bastante, 
porque no era fácil meter en tan 
breve sitio el combustible, el 
agua, el aceite, la harina y los 
demás mantenimientos que una 
persona consume durante tres o 
cuatro meses. 

¿Cómo haría yo para atravesar el 
Atlántico sin las más rudimentarias 
nociones de náutica? ¿Y en dónde en- 
contraría el dinero para costear la barca 
y las provisiones, puesto que mi renta do- 
minical no pasaba entonces de cincuenta 
céntimos de peseta?... Pero una imagina- 
ción de adolescente no se para en tan penosas 
dificultades. Además, se trataba de soñar con 
todo el gallardo ímpetu de una buena voca- 
ción de aventurero. 

Sí; la culpa de aquellos sueños corresponde 
en mucha parte a Julio Verne y a Mayne 
Reid. Pero tal vez tuvo la culjra mayor un 
S ejemplar de La Araucana que había en casa 

Un precioso ejemplar a dos columnas, edita 
do por Roig, y que contenía unos encanta' 
dores dibujos profusamente intercalados en el texto 
Aquellos dibujos me obsesionaban hasta la locura, 
por cuanto reproducían tipos de indios araucanos 
paisajes de selva, asaltos, batallas y, ,sobre todo 
hombres barbudos, vestidos y armados al estilo del 
siglo XVI, el siglo que siempre, por una íntima e 
inexplicable predisposición ratural, he preferido a 
todas las otras épocas históricas. 

Un vago sueño de lo remoto y lo inactual entre- 
tenía a mi pobre alma en aquel tedio provinciano; 
una luminosa aspiración hacia los resplandores cá- 
lidos del trópico venía como providencial y piadosa- 
mente a consolar al tímido muchacho que mal so- 
portaba los sabañones y las pertinaces lluvias de 
ios largos inviernos. . . Huir lejos: marchar con rum- 
bo al mediodía: reproducir en países maravillosos 
las aventuras de los libros, más las otras aventu- 
ras de los sueños propios; ser en algún sitio como 
Robinsón, o como Ercilla, o como Núñez de Bal- 
boa, llevando espada al cinto y morrión de acero, 
o explorar en la nave que yo mismo mandaría cons- 
truir toda la extensión frondosa y florida del río 
Orinoco: ¡dichosos sueños que sostenéis de pie y 
levantáis de sobre el barro a las almas de los ado- 
lescentes, dándoles desde el principio, como en una 
gimnasia preparatoria, la propensión al vuelo! 





PRESENTIMIENTO 

Brisa cargada de humedad salobre. . . 

Olor de mar, 

que entre los olivares llega, sobre 

el campo adormecido en la noche lunar. 

Penetra nuestra carne su fragancia 

y los pulmones se hinchan con voluptuosidad; 

presentimos el mar a la distancia 

con una sensación de inmensidad. 

Infinito rosal, 

de hojas inquietas y deslumbradoras; 
con tu eterno verdor primaveral, 
tus rosas de crepúsculos y auroras. 

Al percibir tan sólo a la distancia 
tu negrura sin fin, donde destella 
la triste luz lunar, 

sueño en tu inmensidad trágica y bella 
V aspiro tu fragancia, 

tus rosas de ilusión. ^ ¡Oh, verde mar! 



KC^V AV Dfl MAP;: 



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ILiJ IV lIK ACIÓN IDIh IPIHII,A\IH,JW^ 



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¡Cielo y mar! ¡Cielo y mar! Azul divino 
que el infinito abarca; 
polvo de luz y ensueños, 
camino incierto, azul camino, 
por donde va el espíritu en su barca 
abarrotada de ilusión y sueños. 

Mirando el quieto mar, inmensamente, 
y sumergido en esta claridad, 
se aquieta la tormenta de mi mente 
y entono un canto de serenidad. 

El alma se adormece con dulce beatitud; 
ya nada la tortura, porque ya nada ansia, 
que le ha dado el amor su gloriosa virtud 
de radiante optimismo y clara poesía. 

Con las rosas del mar, tejeré una guirnalda 
para este amor, henchido de luz e inmensidad, 
y cual una doncella las flores en su falda, 
este amor guardará rosas de eternidad. 



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COLECCIÓN 
FRANCISCO 




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Lr IVlonToíro LjoJoarTjO 




UNIÓ. Mañana de neblina. Vege- 
tación aterida. En todas las hojas 
el adorno de diamantes con que 
las adereza el rocío. 

Pasan colonos que se dirigen a 
as sementeras, transidos de frío, 
echando humaraza por la boca. 
Frío. Frío de helada, de esos 
que matan pajaritos y nos pone 
sorbete dentro de los huesos. 

Habíamos .íalido temprano para ver los cafe- 
tales, y allí nos detuvimos, en la loma de la 
cuchilla, en el punto más alto de la facenda. El 
mayor, doblando la pierna sobre la cabezada de 
la montura, volvió el cuerpo hacia el mar de 
cafetos, extendido delante de nuestros ojos, y 
dijo, con un amplio gesto: 

- - ¡Todo esto es obra mía! ¡Vea! 

Vi. Vi, y comprendí su orgullo, sintiéndome a 
mi vez orgulloso de tal compatriota. Aquel doma- 
dor de sertones era una fuerza creadora, de esas 
que ennoblecen a la especie humana. 

— Cuando adquirí esta gleba, era todo selva 
virgen, de punta a punta. Limpié, corté, quemé, 
abrí caminos, drené valles, estiré alambrados, 
sembré café: hice todo. Trabajé como un negro 
cautivo durante cuatro años seguidos. Pero vencí. 
La facenda está formada. ¡Vea! 

Vi. Vi el mar de cafetos ondulando por los senos 
de la tierra, disciplinado, en hileras de absoluta 
regularidad. ¡Ni una falla! Era un ejército en pie 
de guerra, pero bisoño aún. Sólo el año venidero 
entraría en acción. Hasta allí, los primeros frutos 
no pasaban de escaramuzas de cosecha. Y el 



mayor, jefe supremo de aquel ejército verde, crea- 
do por él, disciplinado, preparado para la batalla 
decisiva de la primera zafra grande, la que liberta 
al facendero de los gravámenes de formación, 
tenía una mirada, orgullosa, de padre delante de 
hijos que no mienten la estirpe. 

El facendero paulista es una cosa seria en el 
mundo. Su energía crea. Cada facenda es una 
victoria sobre la fiereza retráctil de los elementos 
brutos, coaligados en la defensa de la virginidad 
agredida. Su esfuerzo de gigante paciente nunca 
fué cantado por los poetas, y mucha epopeya anda 
por ahí que no vale la de estos héroes del trabajo 
silencioso. Extraer una facenda de la nada, es 
proeza formidable. Alterar el orden de la natura- 
leza, vencerla, imponerle una voluntad, canali- 
zarle las fuerzas de acuerdo con un plan preesta- 
blecido, dominar la eterna reacción de la maleza 
dañina, disciplinar los hombres de la lucha, que- 
brar la fuerza de las plagas. . . batalla sin treguas, 
sin fin, sin momento de reposo, y, lo que es peor, 
sin la seguridad plena de la victoria. Recógela, 
no pocas veces, el acreedor, un copartícipe que 
adelantó unos patacones carísimos y se quedó, a 
salvo, en la ciudad, con las manos cruzadas sobre 
la barriga, de cuclillas sobre un título de hipoteca, 
atisbando el momento oportuno para caer sobre 
la presa como un gavilán. 

- ¡Realmente, mayor, esto es como para en- 
sanchar el pecho! Es, delante de espectáculos como 
éste donde veo la mezquindad de los que allá 
afuera, cómodamente, parasitan del trabajo del 
agricultor. 

— Dice usted bien. Hice todo, pero el lucro 



mayor no es mío. Tengo un socio voraz que me 
chupa, él solo, una cuarta parte de la producción: 
el gobierno. Sángranla. después, los ferrocarriles; 
pero de éstos no me quejo, porque dan algo en 
cambio. Ya no hablo de los tiburones del comercio, 
de ess bando de intermediarios que comienza allá, 
en Santos, en el zángano, y va, en una cadena, 
hasta el torrador americano, ¡Pero no importa! 
El café da para todos, hasta para la bestia del 
productor. . . — concluyó bromeando. 

Pusimos los animales al paso, con los ojos 
siempre presos en el cafetal interminable. Sin un 
defecto de formación, las paralelas de verdura 
ondeaban, siguiendo el relieve del suelo, hasta 
confundirse, allá lejos, en una masa uniforme. 
Verdadera obra de arte en que el hombre, sobre- 
poniéndose a la naturaleza, le imponía el ritmo 
de la simetría. 

— Sin embargo — continuó el mayor. — la 
batalla no está ganada todavía. He contraído deu- 
das: la facenda está hipotecada a judíos franceses. 
Como no vengan las cos?chas que espero, seré un 
vencido más por la fatalidad de las cosas. La 
naturaleza, después de subyugada, es m.adre: pero 
el acreedor es siempre verdugo... 

A espacios, perdidas en la onda verde, peroberas 
sobrevivientes erguían sus troncos retorcidos, como 
galvanizados por el fuego en una convulsión de 
dolor. ¡Pobres árboles! ¡Qué destino triste el verse, 
un día, atrancados a la vida en común y aislados 
en la verdura rastrera del café, como reinas es- 
clavas a la cola de un carro de triunfo! Huérfanos 
de la selva nativa ¡cómo no han de llorar e! 
abrigo de otrora! ¡Vedlos! No tienen la elegancia, 




la frondosklad de las copas de los que nacen en 
campo abierto. Su ramaje, hecho para la vida 
opresa de !a selva, parece ahora grotesco: su altura 
desmesurada, en desproporción con su fronda. 
provoca la risa. Son mujeres desnudadas en pú- 
blico, rfgidas de vergüenza, sin atinar qué parte 
del cuerpo han de ocultar. El exceso de aire los 
aturde, el exceso de luz los martiriza: afectos. 
como esuban. al espacio exiguo y a la penumbra 
soAolienta de un habitat milenario. 

Facenderos desalmados: no dejéis nunca árboles 
desnudos por el cafetal . . . Cortadlos del todo. 
que nada es más punzante que el forzar a un 
árbol a ser grotesco. 

— Aquella perobera que está allí — dijo el mayor 
— la dejé para seflalar el punto de partida de 
este tablón. Ss llama la peroba de Ludgero. un 
bahiano valiente que murió junto a ella aplastado 
por un coquero . . . 

Tuve la visión del libro abierto que serian para 
el facendero aquellos parajes, y dije: 

— ¡Con todo, aquí debe fallarle la memorial 

— Es asimismo. Todo habla a mi memoria. 
Cada tronco de árbol, cada pedregullo, cada recodo 
del camino tiene una historia que la sé. trágica 
a veces, como la de esa peroba; a veces cómica, 
pintoresca siempre. Allí... ¿Ve aquel tronco de 
jfTivá? Fué una tormenta de febrero. Me había 
guarecido en un rancho cubierto de totora, y allá, 
en silencio, esperábamos, yo y la cuadrilla, que 
terminase el diluvio, cuando estalló un rayo en- 
cima, casi, de nuestras cabezas. 

— ¡Fin del mundo, patrón! — recuerdo que me 
dijo, con una mueca de terror, el finado Pepe 
Coivara. — ¡Parecía!... Pero fué tan sólo el fin 
de un viejo coquero del cual queda hoy. sic 
transit..., ese pobre tronco... Pasada la lluvia, 
le encontramos deshecho en astillas. 

Más adelante la tierra se abría en zanjones, 
colorada, desmoronada, en coleos, hasta morir en 
el arroyuelo. El mayor señalándola, dijo: 

— Escenario del primer crimen cometido en la 
facenda. Pollera, ya se sabe. En las ciudades y 
en las sierras, pollera y trago son el móvil de 
todos los crímenes. Se cosieron a puñaladas, aquí, 
dos cearenses. Uno acabó en el lugar; el otro 
cumple su pena en la cárcel. Y la pollera, muy 
contenta de la vida, vive con un tertius... La 
historia de siempre. 

Y así. de evocación en evocación, a las suges- 
tiones que andando iban surgiendo, llegamos a la 
casa habitación donde nos esperaba el almuerzo. 

Almorzamos, y no sé si por la buena disposición 
creada por el paseo matinal o por el mérito excep- 
cional de la cocinera, el almuerzo de aquel día 
quedóme grabado para siempre en la memoria. 
No soy poeta, pero si Apolo algún día me diera 
en la cabeza el destello del padre Vieira, juro que 
antes de cantar Lauras y Natercias, he de hacer 
una belleza de oda a aquel almuerzo sin igual, 
única saudade gustativa con que bajaré a la 
tumba. 

En seguida, mientras el mayor atendía a su 
correspondencia, salí al patio a distraerme, y allí 
me puse a conversar con el administrador. Supe 
por él lo de la hipoteca que gravaba la facenda 
y la posibilidad de otro, no el autor, de venir a 
recoger el fruto del penoso trabajo. 

— Pero eso — aclaró el hom- 
bre — sólo en el caso de mu- 
cha desventura: granizo o he- 
lada, de esas que ya no vie- 
nen. 

— Qtie ya no vienen, ¿por 
qué? 

— Porque la última helada 
grande fué en 95. De ahí para 
acá las cosas se enderezaron. 
El mundo con la edad, cam- 
bia, como cambia uno. Las 
heladas, por ejemplo, se van 
acabando. Antiguamente na- 
die plantaba café donde plan- 
tamos hoy. Era sólo de mitad 
del morro para arriba. Ahora. 
no. ¿Vio aquel cafetal del me- 
dio? Tierra bien baja: sin em- 
bargo, si bate la helada allí, 
es siempre una cosita de nada: 
un tostado de nada. De modo 
que el patrón, con una o dos 
cosechas, paga la deuda y 
queda siendo el facendero más 
•prepotente» del municipio. 

— Así sea, que bien se lo 
merece. 

Lo dejé. Di algunas vueltas, 
fui a la quinu. estuve en la 
porqueriza viendo jugar los 
lechones, y después subí. Es- 
taba un negro dando a las 



venecianas de la casa la última mano de pintura. 
¿Por qué las pintarán siempre de verde? Le in- 
terpelé. Pero el negro no se embarazó. Respondió 
sonriendo: 

— Pues veneciana es verde como el cielo es 
azul. Es de la naturaleza de ella... 

Acepté la teoría y entré. 
En la mesa la conversación giró alrededor de !a 
helada. 

— Este es el mes peligroso — dijo el mayor. — 
El mes de aflicción. Por mayor entereza que 
tenga un hombre, tiembla en esta época. La helada 
es una eterna pesadilla. Felizmente, no es ya lo 
que era antes. Ya nos permite aprovechar mucha 
tierra baja en donde los antiguos, ni por sombra. 
plantaban un solo pie de cafeto. Pero a pesar de 
eso. uno que ha facilitado lo que yo. está siempre 
con la pulga detrás de la oreja. ¿Vendrá? ¿No 
vendrá? ¡Dios es quien lo sabe!... 

Su mirada se hundió por la ventana, en un 
sondaje profundo al cielo límpido. 

■ — Hoy, por ejemplo, está con aspecto. Este 
frío fino, este aire parado... 

Permaneció pensativo unos instantes. Después, 
espantando las nubes, murmuró: 

— No vale la pena pensar en ello. Lo que tiene 
que ssr allá está escrito en el libro del destino. 

— ¡Líbrete de los aires!. . . — objeté. 

— Cristo no entendía de agricultura — replicó, 
sonriendo. 

Y la helada vino. No heladita mansa, como la 
de todos los años, sino calamitosa, helada cíclica, 
traída en ondas de la Argentina. 

El so! de la tarde, mortecino, diera una luz sin 
luminosidad, y rayos sin calor alguno. Sol boreal, 
tiritante. Y la noche cayó rápida, sin preámbulos. 
Me acosté temprano, castañeteando los dientes 
y, en la cama, apesar de envuelto en dos cober- 
tores, permanecí aterido durante una buena hora 
antes que viniese a ag'uijonearme el sueño. 

Me despertó la campana de la facenda a la 
madrugada y, sintiéndome entumecido, con los 
pies doloridos, me levanté para un ejercicio vio- 
lento, único remedio eficaz en casos semej antes. 
Salí al patio. El relente estaba que cortaba las 
carnes. ¡Pero qué maravilloso espectáculo! 

Blancuras por todas partes. .Suelo, árboles, cés- 
pedes y pastizales, eran, de punta a punta, una 
sola sábana blanca Los árboles inmóviles, rígidos 
de frío, parecían salir de un baño de cal. Destellos 
de hielo por el suelo, .^guas cristalizadas. Las ropas 
de los tendederos tiesas, como endurecidas en 
almidón. Las pajas de los patios, las mazorcas de 
maíz, al pie de los comederos, la teja de los muros, 
el tope de las tapias, la vara de los cercos, el re- 
borde de las tablas, todo polvoreado de blancuras, 
lactecente, como llovido por una bolsa de harina. 
¡Maravilloso cuadro! Invariable como es nuestro 
oaisaje, siempre en los mismos tonos el año en- 
tero, encantaba sobremanera verlo de súbito 
cambiar, y vestirse de un esplendoroso velo de 
novia, ¡ay!, ¡de novia de muerte!... 

Durante algún tiempo caminé al azar, arras- 
trado por el esplendor de la escena. El maravilloso 
cuadro de sueño en breve moriría borrado de 
la tela por la esponja de oro del sol. Ya por los 
picos y chateces de piedra andaban los rayos en 
la tarea de restaurar la verdura. Abrían manchas 




verdes en la blancura de la helada, dilatában- 
las, entremostrando nesgas de! verde sumer- 
gido. 

Sólo en los bajíos, faldas sombrías o sitios 
sombreados por lo árboles, la blancura persistía 
aún. contrastando su nítida frialdad con los tonos 
calientes resurrectos. Vencía la vida conducida 
por el sol. 

Pero la intervención del fogoso Febo, apresu- 
rada de más. transformó en desastre horrendo la 
nevada de aquel año, !a mayor de cuantas dejaron 
señales en las sementeras de San Pablo. La re- 
surrección del verde fué aparente. Estaba muerta 
la vegetación. 

Días después, por todas partes, la vestidura 
del suelo era un burdo trapo inmenso, donde la 
sepia exhibía la gama entera de sus tonos resecos. 
Punteábalo apenas, aquí y allá, el verde-sucio 
de los eucaüptus, el invencible verde-negro de 
los naranjos y el esmeraldino del malvavisco... 

Guando regresé, el sol estaba alto ya, y la casa 
transida de! terror de las grandes catástrofes. 
Sólo entonces advertí que el bello espectáculo 
que yo, hasta ahí, sólo encarara en su prisma 
estético, tenía un reverso trágico: la ruina del 
heroico facendero. 

Y le busqué ansioso. Había desaparecido. Pasó 
la noche en claro - díjome su mujer — ^ y de 
mañana, apenas clareara, fué a la ventana y allí 
permaneció inmóvil, observando el cielo al través 
de los vidrios. Después, salió, sin pedir, siquiera 
el café, como era su costumbre. Iría a examinar 
el sembrado, probablemente. 

Debía ser eso. Pero como tardase en volver — 
¡las once, y nada! — la familia entró en apren- 
siones. Medio día. La una, las dos, las tres, |y 
nada! El administrador, que por orden de la esposa 
había salido a buscarlo, volvió tarde; pero sin 
noticias, 

— Batí todo, y ni el menor rastro. Temo alguna 
cosa. Voy a distribuir la gente por ahí en su 
busca. 

Doña Ana afligida, con los dedos de las manos 
entrelazados, sólo decía una cosa: 

— iQué va a ser de nosotros, Dios santo! 
¡Quincas es capaz de una locura!... 

Púseme en campaña yo también, en unión del 
capataz. Corrimos todos los caminos, hurgamos 
grutas en todas direcciones: inútilmente. Gayó 
la tarde. Cayó la noche: la noche más lúgubre de 
mi vida; noche de desgracia y de aflicción. No 
dormí. Imposible conciliar el sueño en aquel 
ambiente de dolor, sacudido de llanto y de so- 
llozos. 

A una cierta hora los perros ladraron en el 
patio, pero callaron en seguida. Rompió la mañana, 
glacial como la de la víspera. Todo apareció helado 
nuevamente. Vino el sol. Repitióse la mutación 
de escena. Desvanecióse la albura y el verde to- 
rrado de la vegetación envolvió el paisaje en un 
sudario de desaliento. En la casa repitióse el 
corre que te corre del día anterior: el mismo vai- 
vén, los mismos «¿quién sabe?», las mismas pes- 
quisas inútiles. 

A la tarde, sin embargo — - a eso de las tres — 
apareció despavorido uno de los peones gritando 
de lejos, en el patio: 

— ¡Lo hallé! ¡Está junto al zanjón!... 

— ¿Vivo? — preguntó el ca- 
pataz. 

— Vivo, sí; pero. . . 
Doña Ana apareció en la 

puerta de la casa, y a! oir la 
buena nueva exclamó, lloran- 
do y sonriendo: 

— ¡Bendito seas. Dios mío!.,. 
Minutos después partíamos 

todos con rumbo al zanjón, y 
a cien pasos de él divisamos un 
bulto a vueltas con los cafetos 
requemados. Nos aproxima- 
mos. Era el mayor. 

¡Pero, en qué estado! Las 
ropas hechas jirones, los cabe- 
llos sucios de tierra, los ojos 
vitreos, desvariados. Tenía en 
las manos una lata de pintura 
y un pincel. No advirtió nues- 
tra presencia. No interrumpió 
su tarea. Continuó... continuó 
pintando, una por una, de 
risueño verde esmeraldino de 
las venecianas, las hojas re- 
quemadas del cafetal muerto... 

Doña Ana, aterrada, se de- 
tuvo atónita. Después, com- 
prendiendo la tragedia, rom- 
pió en un llanto convulsivo: 

— I Loco!. . . ¡Loco, Dios mío! 



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L doblar un recodo de la carretera mi 
aTiigo y yo hemos coincidido en idéntico 
ademán. El mecánico ha sentido al mis- 
mo tiempo la instigación de parada que 
nuestras manos y nuestras voces le diri- 
gían, y el autornóvil, un poco rezongando 
como bestia animosa que se ve frustrada 
en su carrera, se ha detenido bruscamente. 
La sierra de Montserrat aparece ante nosotros en toda 
su magnifica belleza, limpia de brumas bajo un cielo pro- 
fundo y azul. El alma queda suspensa. Los ojos se abren 
fijos a la imprevista aparición de la gran montaña, que 
teatralmente y majestuosamente se muestra a la contem- 
plación como si en realidad tuviese ccnciencia de su her- 
mosura y sintiese halago de ser admirada. 

— -Mire allá arriba, aquellos peñones, - murmura mi 
compañero de viaje. 

En efecto, unas ingentes peñas de formas fantásticas se 
recortan sobre el paño azul del cielo, y a poco que se escape 
a volar la imaginación llegan a aparentar aquellas ergui- 
das rocas verdaderos personajes vivos, que tan pronto 
pueden parecer encapuchados monjes colocados en 
fila y en actitud de rezo, como pelotón de gigantes 
soldados que montan la guardia contra no se 
sabe qué quimérico y fuerte enemigo. 



Algo más tarde, cuando el automóvil' había recobrado el 
ímpetu de su carrera, el mecánico ha debido apresurar la 
maniobra, y otra vez, también bruscamente, nos hemos 
detenido. ¿Qué es eso?. . . 

La carretera está poblada en un largo trecho por una mul- 
titud abigarrada que avanza lentamente. Son los peregrinos. 
Es una procesión grave y al mismo tiempo pintoresca en 
la que se confunden los devotos de la ciudad y los sencillos 
labradores del país, mientras algunos sacerdotes y frailes, 
rodeados de mujeres con escapularios, van entonando him- 
nos y preces. 

— ¿No estamos asistiendo a una escena del mil seiscien- 
tos? — me dice mi amigo. — Suprima por un pequeño 
esfuerzo de ilusión lo que hay de moderno en los trajes de 
esos peregrinos: ni más ni menos que en una procesión como 
ésta iban hace cuatro centurias aquellos que habían sufrido 
las penalidades del cautiverio en Berbería o en las mazmo- 
rras turcas, dirigiéndose llenos de fervor al santuario de la 
Virgen, a prosternarse entre lágrimas de agradecimiento. 
Siquiera entonces— prosigue mi amigo — la gente sabía 
a quien atribuir sus desventuras y sus felicidades: si 
los turcos los cautivaban, la culpa era de sus propios 
pecados: si los parientes pagaban el rescate y sa- 
lían libres de su cautiverio, la merced atribuía- 
se a la Virgen de Guadalupe o a la de Mont- 





EL camarín de la 

VIRGEN. CAMINO 

PEL ROSARIO MONU- 
MENTAL. «JEStS», 

OBRA DE VALLMIT- 
JANA. 



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ssrrat. Las almas antiguas vetan 
más claro, más lógico y después 
de todo más consolador el mun- 
do. Mientras que ahora... 

La multitud se ha puesto de 
rodillas. Un sacerdote, junto a 
uno de los calvarios, inicia con 
elevada y solemne voz una ple- 
garia, que los peregrinos, inme- 
diatamente después, repiten con 
un largo y unánime murmullo. 
El aire en la altura es fino y 



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alegre. Sube de allá abajo, de 
la campiña donde los trigos 
maduros amarillean, un vago 
hálito de plenitud estival. Y en 
la cresta de la montaña los 
ingentes peñones siguen simu- 
lando un grupo de monjes oran- 
tes o gigantescos guerreros que 
montasen la guardia contra un 
ejército de demonios enemigos. 

JUAN SINTIERRA 



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LECTURA DE POE- 
SÍAS A UN GRUPO 
DE EXCURSIONISTAS. 
— UNA SARDANA AN- 
TE LA ERMITA DE 
SAN MIGUEL. 




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La casa solitaria 
arcón de recuerdos. 



{ — Aquí, bajo esta parra, 
^^entábase el abuelo. 



— Aquel fué el preferido 
rincón de los pequeños. 

— Desde esta alcoba fuese 
la madre hacia et misterio.) 



BESO 

Ella y yo, temerosos, 
juntamos nuestros cuerpos. 

Úñense nuestros fabios 
en un candido beso . . . 



¡Quizás hemos sentido 
la angustia de ser viejos, 
y nos hemos besado 
para espantar el miedo 
que producen las casas 
pobladas de recuerdos! . . . 



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L 



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En la noche obscura (Maeterlink: tú mismo Canto que nos hiere (Maeterlink: yo creo ¡En la noche obscura 

cantó la lechuza... hubieses sufrido.; con frío de muerte... que te hubieses muerto.) me tocaste. Intrusa! 



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Bajo la luz que aureola ¿Qué coses, ¡oh! novia mía? Tan profundo es el silencio. . . ¿Alguien nace o alguien muere? 

tu cabellera, la aguja ¿Para el Niño Dios la túnica? ¿Quién canta al pie de una cuna? ¡Oh! novia, deten tu aguja: 

es un rayo entre tus dedos. Vibran en mi corazón ¿O es la voz de alguien que reza ¡Estás cosiendo un sudario! 

(Se oye el llanto de la lluvia.) los puntos que da tu aguja. sus salmos ante una tumba? ¿No oyes llorar a la lluvia? 



ILUSTRACIÓN DE ALVAREZ 





y^hhj^ • ^v^ • -^z • 




A inmensa serenidad de los lagos patagó- 
nicos, aquel silencio augusto y salvaje en 
el cual un trozo de patria se envuelve, ha 
sido turbado por una ráfaga de arte mo- 
derno. De todas las máquinas inventadas 
en el siglo, solamente las agrícolas e indus- 
triales habían vibrado sobre aquel suelo a 
impulsos de la labor. Sólo faltaba el pe- 
queño artefacto con que los hombres reproducen las figuras y 
el movimiento. Y el cine, buscando un bravio escenario donde 
las pasiones humanas se destacasen por contraste, realizó la 
empresa difícil. 

LA fotografía animada no retrocede ante ningún obstáculo. 
Hay en aquella cámara obscura, que parece encerrar una brú- 
jula, esa temeridad guía de los atrevidos descubrimientos. Hasta 
ahora únicamente la instantánea había sido quien nos mostrase 
a los argentinos las bellezas de los lejanos territorios naciona- 
les. Pero para la gente de la ciudad la naturaleza patagónica 
parecía posar inmóvil ante el objetivo. 

EL encanto de esa Bella Durmiente quedó roto. Las olas de 
los lagos, los árboles del bosque recobran la vida que les 
alienta. Merced a la magia del hada que preside los destinos ci- 
nematográficos podemos admirar la adusta región donde 
el hombre prepara las urbes industriosas y grandes 
del porvenir argentino. No resultó muy fácil 
tal hazaña. Fué anecesrio vencer los nu- 
merosos inconvenientes que pre- 



senta e! clima patagónico y las trabajosas comunicaciones. 
Pero a veces la farándula del film resulta digna nieta de la 
antigua farándula teatral. Aunque los procedimientos del cine- 
matógrafo la obligan a desempeñarse por modo diverso, es decir, 
a peregrinar en busca del .escenario, para después recorrer en 
efigie pelicular los teatros, esta farándula sufre casi las mismas 
privaciones que antaño soportaban aquellos nunca bien ponde- 
rados cómicos de la legua. 

RECORRER el bosque, es la frase aplicada en el argot teatral ar- 
gentino a los cómicos que se internan en provincias llevando 
allá los beneficios del arte escénico. Estos artistas han batido un 
record en el deporte farandulero. Durante tres meses acamparon 
a la orilla de un lago, sufriendo las incomodidades que esta vida 
de vivac trae consigo. 

MAS su entusiasmo lo compensó todo; el frío, la lluvia y 
cuanto hostiliza al viajero en las tierras desprovistas del 
confort actual que poseen las ciudades. Por eso comentamos al 
pie de esta foto la aventura artística realizada por unos acto- 
res del film nacional. 

HAY en esta aventura un noble espíritu de innovación digno 
de aplauso. Aunque el producto de su esfuerzo sea discutida 
por la crítica, queda a beneficio espiritual de los bravos 
actores la valía de la primicia realizada. Por ellos 
la región patagónica está abierta al mundo del 
arte. Otros seguirán el ejemplo que tiene 
tanto de patriótico como de artístico. 



— I=>LJV^^ 




DE UN NEGATIVO KODAK 



Conserve una historia gráfica 

de los niños con una Kodak 



KODAK ARGENTINA, Ltd., Corrientes 2558, Buenos Aires 



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MARY Y DOUGLAS 




La princesita Mary Pickford y el cadete Fairbanks D'Artag- 
nan forman indudablemente una linda pareja, a la que presta 
mayor gracia esa niñita que pone todo su encanto entre los artís- 
ticos cónyuges. Siguiendo una costumbre que el cine nunca 
abandona, los esposos no aparecen jamás unidos en la pantalla, 
especie de divorcio cuyas razones son difíciles de comprender. 

Los artistas de teatro tenían y tienen especial tendencia a 
trabajar en un mismo elenco, y allí suelen poner también a toda 
la prole y a toda la parentela. Esta costumbre obedecía" y obe- 
dece a razones de alta economía doméstica. 

El film ha roto la tradición separando implacablemente a los 
esposos, a los padres e hijos, a los hermanos, etc. Tal vez los direc- 
tores de escena, que ya tendrán que luchar contra los caprichos 
de las estrellas y luceros peliculares, tengan miedo a los caprichos 
y exigencias colectivos de una familia o de una pareja matrimo- 
nial. Y es lástima, por lo menos en el caso del matrimonio Mary- 
Douglas. La sonrisa y la agilidad del inquieto y bravo Fairbanks 
haría buena liga con la ingenuidad y la gracia de esta pequeña 
gran actriz. Pero la suerte ha dispuesto otra cosa, y ambos tie- 
nen que hacer arte separadamente. 

Douglas D'Artagnan ha traducido, sin ayuda de su esposa, al 
norteamsricano la novela de Dumas, creando un personaje lleno 
de agilidad, bravura y simpatía. Los críticos que se imaginaron 
al valients gascón siguiendo los preceptos del teatro antiguo, en- 
contrarán qu3 esta Artagnan no les satisface. Puede decirse, sin 
embargo, que aquel «gato montes» pintado por el popular escritor 
hállasí mejor encarnado por Douglas que por otros actores más 
convencionales. 



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«HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN ESPAÑOLA» 



RICARDO ROJAS 

«BLASÓN DE PLATA') 



INTELECTUALIDAD HISPANOAMERICANA 



CUANDO triunfó la poética de Rubén Darío 
no eran tan cordiales como ahora las rela- 
ciones hispanoamericanas. Esta victoria in- 
telectual, que ungió maestro de los poetas peninsu- 
lares y americanos al autor de «Azul», ha contri- 
buido poderosamente al acercamiento. Los discí- 
pulos innumerables y entusiastas declinaron mu- 
tuos prejuicios en honor del poeta guía. 



L 



A crítica histórica hispana tiene un sabio 
e imparoial representante en este eminente 
catedrático. En su «Historia de la Civilización 
Española»encontramos justamente pintada la vida 
y la misión del pueblo que descubrió el Nuevo Mun- 
do. En la Argentina hizo Altamira una magnífica 
labor educadora, mereciendo la admiración de la 
juventud universitaria y de los profesores. 



DOS títulos capitulares de este hermoso libro 
resumen la tesis sostenida por Rojas: «De 
cómo, cumplidos los presagios, el aborigen 
indianizara el alma del Conquistador, y éste his- 
panizara su gobierno social»; «De cómo el espíritu 
de las tierras argentinas pasaba al hijo del hombre 
blanco por la carne terruña de las madres indias». 
Indianismo y exotismo es el lema de Rojas. 




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Hay lugares únicos, de una origina- 
lidad grandiosa, en los que el Supremo 
Hacedor eligió un rincón de la naturale- 
za imprimiendo en él su divina huella. 

Uno de éstos es la privilegiada región 
de Andalucía donde se cosechan los 
ricos vinos de Jerez que luego sir- 
ven para formar el tónico aperitivo 

XEREZ-QUINA RUIZ 

Esta es la bebida saludable que debe 
usted tomar diariamente 




AMADO ÑERVO 



DESPUÉS de Darío, Ñervo, entre los poetas americanos, es el .que más 
ha propendido a una inteligencia firme y bondadosa que uniera a 
España y sus hijas. La vida del gran vate mejicano estuvo dedicada 
al ejercicio de todas las bondades: su cerebro era genial en el arte, su corazón 
prodigioso en la virtud. Ñervo, en estas épocas de egoísmo intermitente, re- 
presentaba el tipo superior del ciudadano futuro, de esos hombres que en 
años venideros formarán el nivel ético mundano cuando la humanidad en- 
tera sepa obedecer los dictados de la justicia. 




AUG USTO P I Y SU N E R 

su OBRA CIENTÍFICA 

LA ciencia española registra el nombre de este sabio médico y fisiólogo 
junto a sus más esclarecidos representantes. La ciencia universal 
también le reservó un puesto honroso. Pi y Suñer, a la edad de 22 
años, en 1901, iniciaba sus admirables monografías psicológicas publicando 
la tesis que le sirviera para doctorarse. Este trabajo produjo general admi- 
ración y fué seguido por numerosos libros donde el sabio barcelonés descubre 
nuevos horizontes para sus ciencias predilectas. En 1910, por gestiones de 
la Cultural Española, vino a Buenos Aires. 



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os factores que han contribuido a nues- 
tros legítimos triunfos comerciales, son 
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articules en general, para hombres, jóvenes y 
niños, de última creación, y sus PRECIOS 
los más convenientes, han interesado al pú- 
blico en general, dispensándonos una prefe- 
rencia que retribuímos en cada oportunidad. 

Para el éxito completo, contamos en cada una 
de nuestras secciones con su respectivo per- 
sonal competentísimo, que interpre- 
ta fielmente cualquiera de las indi- 
caciones de los señores clientes. 

Como punto final, debemos advertir 
que nuestra sección SASTRERÍA está 
representada por verdaderos artistas 
dentro del ARTE de VESTIR, siendo 
por lo tanto una garantía de PER- 
FECCIÓN, ELEGANCIA y BUEN 
cada prenda que sale de nuestros 



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des en cualquier momento propicio. 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

«ARIEL» 

ALLÁ en los centros intelectuales de la penín- 
sula los libros de este gran pensador cau- 
saban admiración general. Su método hon- 
rado y sencillo de exponer los temas, su optimista 
filosofía y sus profundas enseñanzas sirvieron para 
animar el espíritu de los estudiosos. «Ariel», «Mo- 
tivos de Proteo». «El mirador de Próspero» y los 
demás libros suyos han formado el buen gusto lite- 
rario y el pensar de muchos discípulos de este 
eximio artista uruguayo, maestro de pensadores 
y de filósofos. Rodó puso toda su alma y su ce- 
rebro en su exquisita obra. 



JULIO A. ROCA 

ESTADISTA Y MILITAR 

LA célebre campaña del desierto y las dos 
presidencias de este estadista y militar 
ilustre abrieron nuevos horizontes de pro- 
greso para la Argentina. El general don Julio A. 
Roca, hombre de vasta cultura, propendió a todo 
cuanto pudiera estrechar las relaciones entre su 
patria y los países a ella ligados. Una de sus me- 
didas fué la supresión de aquellas palabras que 
en el Himno Nacional representaban un odio ya 
desaparecido. El sublime canto de libertad fué 
desde entonces un himno de generoso olvido, con- 
dición que nada quita a sus épicos bríos. 



MANUEL BERNÁRDEZ 

DIPLOMÁTICO Y LITERATO 

TODAS las gestiones de este diplomático uru- 
guayo, así como sus viajes y sus ocios 
están llenos de una labor literaria y pro- 
gresiva que equivale a un título de honor. 

Es un infatigable campeón de la cultura, espí- 
ritu siempre inquieto y ansioso: es un corazón 
entusiasta. Los artistas meritorios de Sud Amé- 
rica y España siempre encontraron en él un guía, 
un introductor que les facilitó grandemente las 
relaciones con otros países. Como literato, tiene 
bien ganada fama de observador perspicaz, de 
estilista vigoroso y de profundo pensador. 





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LA GRAN MARCA ARGENTINA 



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parte de las reservas de las BODEGAS 
TIRASSO y comprobará que están a la 
altura de los mejores importados. 

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antes que por su nacionalidad, para 
formar su opinión sobre el adelanto de 
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FRANCISCO GRANDMONTAGNE 



«TEODORO FORONDA» 



AQUÍ, en la llanura pampeana, junto a la ribera platense, se formó esa 
figura periodística y literaria. Francisco Grandmontagne es argentino 
porque en la Argentina nació como escritor insigne; Francisco Grand- 
montagne es español porque ama a España. Su hispanoargentinismo resulta 
uno de los pocos que dieron realmente frutos prácticos. No perdió el tiempo 
en esa vana palabrería encubridora de propósitos lucrativos que distingue 
a los seudo hispanoamericanistas. Lo mismo sabe describir tipos, usos y cos- 
tumbres que dar consejos provechosos para el intercambio artístico y comercial. 




ENRIQUE LARRETA 

*LA GLORIA DE DON RAMIRO» 

EN el gran imperio o república de las letras españolas que rige el idioma 
castellano hay un patriotismo común a muchas patrias y a muchos 
millones de subditos. Así lo comprenden los cultores de ese idioma, 
que, alejados de todo encono político, trabajan con entusiasmo. Por eso el 
gran libro de Enrique Larreta, «La gloria de don Ramiro», es tan español como 
americano. Entre los españoles se le considera un monumento de su lite- 
ratura, concediéndosele lugar de preferencia y honor. Es un monumento de 
cariño elevado a la historia y al «folklore» hispánicos, por un artista erudito. 



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EUGENIO D'ORS 

«NUEVO GLOSARIO» 

FILÓSOFO de bien meditados y analizados en- 
tusiasmos, Xenius el glosador entusiasmóse 
ardientemente cuando vino a la Argentina. 
Un gran optimismo, una clara fe y un afecto in- 
tenso le han producido su visión de este país, y 
téngase en cuenta que vino en un período de 
marcada crisis. Nosotros tenemos fe en la fe de 
Xenius y se nos figura que tiene clarividencia al 
juzgar con honda mirada. Eugenio D'Ors, filósofo 
tranquilo y ecuánime, debe llevar razón, la lleva 
indudablemente, al augurar muy felices días a la 
cultura argentina. 



CARLOS REYLES 

«EL EMBRUJO DE SEVILLA») 

ESTA novela del eminente escritor uruguayo 
no es una obra más donde se denigre al 
incomprendido pueblo andaluz. Reyles pin- 
ta el embrujamiento que la hermosa ciudad ejerce 
sobre los espíritus, y, sin necesidad de mentir, ha 
hecho un libro de fina observación y justo dibujo. 
Es que Reyles está enamorado de España en la 
gitana persona de Sevilla; es que Reyles ha vivido 
con intenso vivir en aquel galano, alegre y triste 
emporio andaluz; es que Reyles está embrujado 
también y ha escrito esa novela simpática para ren- 
dir homenaje amoroso a la hechicera ciudad-mujer. 



ADOLFO POSADA 

«LA ARGENTINA» 

SABIO artífice de la cultura. Posada cooperó 
al renacimiento espléndido de una univer- 
sidad. En las aulas de Oviedo ha luchado 
victoriosamente, y aquí, en las aulas argentinas, 
propagó la ciencia española. Don Adolfo Posada 
conoce palmo a palmo nuestro país, sus proble- 
mas económicos y políticos, y siente gran amor 
hacia nosotros. Los argentinos cultos, que saben 
aprovechar los valiosos consejos y enseñanzas del 
buen maestro, ven en él a uno de esos hombres 
desinteresados y retribuyen el afecto que nos tiene, 
reconociendo su decisiva autoridad. 




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LA PREFERÍDA POR LOS MÉDICOS PARA SU CONSUMO PROPIO 

Para las madres que crían, para los niños, ancianos, personas débiles 
y convalecientes, es lo mejor. 

Su poder nutritivo es mayor que en sus similares; el contenido en las botellas 

es mayor también. Por estas dos condiciones debe considerársela más barata 

que las otras, aunque en apariencia cueste algo más. 

No es dulce, como no debe serlo ninguna malta de buena calidad; es de 
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DOM JOSt BACICALUPPI, EN SU DESPACHO. 

GRAN parte de la actual riqueza argentina se 
debe a los buenos rematadores. Interme- 
diario entre el dueño y el público, un re- 
nnatador de experiencia y honestidad sabe avalo- 
rar la mercadería, si posee las condiciones y el 
crédito necesarios en estos negocios. 

Alto ejemplo de honradez profesional y de 
experiencia en tales asuntos ofrece la firma José 
Bacigaluppi e hijo. Dedicado desde muchos años 
a las operaciones de remate, el fundador de la 
acreditada casa merece la confianza pública. No 
todos los rematadores logran hacerse dignos depo- 
sitarios de ella. Es un cometido difícil, al que la 
democracia argentina supo hacer justicia equi- 
parando el ejercicio de esa profesión a los mejores. 
Y a esto ha dado mayor valor la mala fe de deter- 
minados profesionales en el ramo, quienes, abusan- 



José Bacigaluppi e hijo 



do de la credulidad, hicieron mofa de los clientes 
mediante procedimientos reñidos con la honradez. 

En cambio, la conocida razón social José Baci- 
galuppi e hijo recaba para sí el honor de haber 
respondido siempre a sus compromisos, satisfa- 
ciendo a un tiempo los anhelos del vendedor y 
de los compradores. 

Durante aquella época en que la propiedad in- 
mueble argentina se cotizaba a bajo precio por 
falta de fe en lo porvenir nacional, don José 
Bacigaluppi comprendió que el incremento de 
ella hallábase en manos de los que supieran enal- 
tecerla. Difíciles y laboriosos fueron estos prin- 
cipios porque luchaba con la indiferencia de todos; 
pero el buen rematador posee una elocuencia 
convincente. Poner de relieve, hasta que los ojos 
más miopes vean, todas las excelencias futuras d 
una propiedad rematada, conseguir que la fe ei 
lo futuro se transmita de conciencia en concien- 
cia, estos son los prodigios realizados por la clase 
de rematadores a que pertenecen los componentes 
esta firma. 

Hoy, que la propiedad rural y urbana ha con- 
seguido precios justos, resulta fácil comprender 
la clarividencia del señor Bacigaluppi; pero en 
aquellos tiempos ya remotos en que los terrenos 
y los edificios no alcanzaban grandes valores, muy 
pocos tuvieron la visión neta de lo porvenir. 

Los trabajos del señor Bacigaluppi fueron bue- 
nos augurios de prosperidad para nuestro país. 
Profetizando el entonces remoto auge de la tierra 
argentina logró este comerciante honrado hacerse 
de merecido crédito. 

Estas son las razones de los éxitos logrados por 
él en su larga y fecunda carrera. Gracias a sus pro- 
cederes intachables el monto de las operaciones 
hállase en progresión ascendente. Cada anuncio de 
remate que la casa lanza al público tiene la 
virtud de congregar a los interesados, que en- 
cuentran la mejor garantía en la conocida firma. 

Confiarles el remate de una propiedad a los 
señores Bacigaluppi e hijo, supone ir rectamente 
a un buen negocio, pues ellos no presentan nego- 
cios donde el triunfo no se encuentra asegurado 
por medio de una buena y legal oferta. 

Otra razón de peso tiene la casa para sus triun- 




DON JOSÉ BACIGALUPPI (HIJO), EFICAZ COOPEP.ADOR DE SU 
SEÑOR PADRE. 

fos; la dirección técnica del señor José Baciga- 
luppi hijo, encargado de la propaganda. La 
forma gráfica y atrayente que sabe dar a los 
avisos y reclamos, ponderando justamente el in- 
mueble ofrecido, es otra condición de triunfo. 

Dados tales recursos legítimos e ingeniosos, la 
casa José Bacigaluppi e hijo, ubicada desde hace 
tiempo en la calle San Martín, 56, es el lugar de 
cita preferido por todos los que necesitan llevar 
a cabo consultas sobre remate de inmuebles y 
negocios del ramo. 

La tasación de la tierra argentina todavía no 
dijo su última palabra. Aun, como en los remotos 
tiempos a que antes nos referimos, hay horizontes 
más dilatados, invisibles para los hombres faltos 
de fe en los destinos de un país llamado a ser 
universal emporio[_deJriqueza inmobiliaria. 








NADIE en Sud América puede superar- 
nos: Tenemos invariablemente reunido 
todo lo :necesario para poder ofrecer constantemente 
lo mejor que sea posible producir en esta interesantí- 
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«LAS MULTITUDES ARGENTINAS» 

EL acendrado nacionalismo del doctor Ra- 
mos Mejia solamente reconoció una excep- 
ción: España. Después de argentino sen- 
tíase hispanófilo, y en sus conversaciones acos- 
ttimbraba a recordar que su ilustre familia era 
originaría de Cádiz. En la potente obra naciona- 
Itzadora de las escuelas le ayudaron los maestros 
españoles, que fueron a los sitios remotos y hu- 
mildes donde el gran educador necesitaba gente 
culta y decidida y no cómodos aprovechadores de 
sueldos. Gracias a él dos generaciones aprendieron 
amor a la Argentina y respeto a España. 



J. REY PASTOR 

su ENSEÑANZA 

EL joven y sabio matemático cruzó el océano 
para traer a la ciencia argentina la inapre- 
ciable ayuda de su talento privilegiado. 
Rey Pastor, indiscutible autoridad en cuestiones 
matemáticas, ha formado discípulos y conquistado 
admiradores entre nosotros. Su labor en la Ar- 
gentina no es transitoria porque se radicó en el 
país, donde todos saben apreciar sus dotes de 
maestro. Sin necesidad de tratar el tema direc- 
tamente, Rey Pastor, con sus enseñanzas, es, por 
lo tanto, un poderosísimo auxiliar de las culturas 
argentina y española. 



FERNANDEZ MORENO 

«CAMPO ARGENTINO» 

TANTO españolismo reflejan muchas de sus 
composiciones poéticas que a veces se le 
ha juzgado nacido en la península. Fer- 
nández Moreno, uno de los poetas verdaderamente 
nacionales, tiene a orgullo su ascendencia espa- 
ñola, v así lo demostró con una sentida y vibrante 
oda a España, que obtuvo el premio en un con- 
curso convocado por el «Diario Español». Raro es 
el libro donde este vate no dedique versos a re- 
memorar las personas y los sitios que en España 
conociera y amara. Fernández Moreno es un pala- 
dín de la raza. 




r^Ljv^s 




LA MARCA DE MODA 



CALIDAD SUPREMA 



TELEFONOS: 
Unión Telef. 3244, Avenida 
Coop. Telef. 355, Central 



Por la voluntad del público consumidor los 
cigarros MARÍA GUERRERO ocupan hoy el 
primer puesto en el mercado argentino. Esta con- 
sagración de los señores fumadores constituye 
el más desinteresado elogio de sus excelencias. 

Falcon, Calvo & C^ 

IMPORTADORES 



FLORIDA, 500 
BUENOS AIRES 



iiiiiiiiiiii[]i iiiiiinni iiic]iiiiiiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiiii[]iiiiiiiiiiiiaiiiiiiiiiiiiHiimiiiiiiiniiiiiiiiiiiic]iiiiiiiiiiii(]iiiiiiiiiiii[]iiiiiiiiiiiiE]iiiii riiiiniiiiiiiiiiiiniiiiiiiiniiHiiiiiiiiiiiiHiiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiiiiC] iiiiiiiQiiiiiiiiiiiiHiiiiiiiiiiiiniiiiiiiinis 








i 




PSÍ /7 








SAN MARTIN, 201 - BUENOS AIRES 

Dirección Telegráfica: SUOMI Teléfonos: 2052, Avenida, 4228, Avenida 

Casa Matriz; HELSINKI, SUOMI (Finlandia) 

IMPORTACIÓN 

EXPORTACIÓN 

NAVEGACIÓN 

Es la casa principal en el intercambio entre las Repú- 
blicas Argentina y Suomi, siendo este último País 
proveedor de Papel y Pasta para la República Argentina. 




^/^>^ 



liiimiiici n m tji iiiiiiniiii ii»iim HiiimiiMiinn iiiuii ,,Mit,niii:>iiiiiimiiiauiiiiHiii.HNiuiuiiii«iiiiiuiiiiic3imimi..iHiiiuiinii.«imiiiuiiiuuiinmniHi«iiniiiuüuiiuiiimHiniMniii.a^ 



I3>i_-v^i3 -v'j_ri^j^.^v 



%^ 



6. 

Ci lindros 

con la 

Economia de 4. 



Seis Liviano 



Su EsfáJlCid 



"La I^árdvíllá del Siglo 



N todas las pruebas de economía a que ha sido sometido, el Studebaker :: 
'Liviano ha comprobado ampliamente su poco consumo de nafta. Si gasta \ 
más de $ 4.000 en un automóvil, debería Vd. tener uno de Seis Cilindr 
máxime pudiendo conseguir uno por $ 4.850, que es más económico que 
mayoría de los coches de cuatro cilindros. 

Pruebas Oficiales 

KILÓMETROS POR LITRO DE NAFTA 



En Buenos Aires 8.4 

En Durazno, R. O. 8. 

En Río de Janeiro -9.1 

En Transvaal, África 9.8 
En Detroit, U. S. A. 9.5 
Término medio de consumo, un litro por 9.04 kms 



En Vancouver, Canadá 9.1 
En Toronto, Canadá 8.9 
En Montreal, Canadá 8.2 
En Nueva York 9.3 

En Nueva Zelandia 10. 
o sea 162.7 kms. por Lata de Combusti 



ble. 



»"4„ 



Otra Prueba 

En un ensayo oficial organizado por el Automóvil Club del Uruguay, 
Studebaker Seis Liviano recorrió 240 kilómetros de carretera campestre, eni 
caminos buenos y malos, con 26.1 litros de nafta, o sea un término medio 
9.2 kilómetros por litro, o 165 kilómetros por lata de nafta. 

¿Qué Más Pruebas Puede Vd. Pedir? 



'\ 



iy7^ 



\ 



Avd 



-. üe ¡/.ayo, 1235 ^ X^e Studcbakcr Corporatio of America - Buenos Aires 
Concesionario en Montevideo: Concesionario en Rosario: 

GABRIEL PEDRO DÍAZ ■ Maipú, 777 



JOHN GOULD - Avda. 18 Julio, 912 



'Itt^ 




© c t u 1) r e 
he 1922 




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fjjipoíel: fí© mmc^ 








$oc iu corona 
p por Su majes- 
tiiosía belleza 
ejerce una boiile 
soberanía. (¡Esta 
Jbermosura alti= 
ba ía fjace reina 
entre las reinas. 
31 berecfjo bibi- 
no que (os mo° 
narras biten po- 
seer, une la hi- 
bina gracia íe- 
menil. JDe esta 
manera la coro- 
na la rcalja p se 
rcaUa a un mis- 
mo tiempo, p el 
protocolo concebe 
justo espacio a 
los respetuosos 
mabrigales. 

á>u (Graciosa 
íHajcstab la em- 
pcratrij Victoria, 
inolbibable Sobe- 
rana en quien la 
termo sura p la 
rcaleja también 
SE unieron armó- 
nicamente bajo 
la corona, casó 
a Su tija menor, 
la princesa J0ea- 
trij be la (gran 
JSretaña, con el 



príncipe (Enri- 
que itlaurício be 
JBattcnberg, re- 
presentante ilus- 
tre be una fami- 
lia nobiliaria. JDe 
este matrimonio 
es i)tja la actual 
reina española. 

^n balioso le- 
gabobebirtubes, 
pober p belleza 
le fue transmí- 
tibo. 31 compar- 
tir el trono be 
(España con Su 
augusto esposo 
ífiio í)onar a la 
trabición fami- 
liar, p su belleza 
p Su noble carác- 
ter resplanbecen 
aijora en ella p 
en sus cncanta- 
bores ftijos el 
príncipe fjerebcro 
p los infantes. 

€1 pueblo es- 
pañol la abmira 
profunbamente 
bemostránbolr 
Su cariño caba 
be? que boña 
Victoria (Cuge- 
nia aparece en 
publico. 




Don Alfonso Xl( i¡t iSorbón 
el Í)acificaúor, nació 
rn iflabnb el 2S 
bt nobirinbrr bt 1857 
p (ué proclamado rtp 
ht Cspaña r( 28 be 
biciembre be 1874. 
€1 29 be nobíembre 
be 1879 tontra)o 
enlace ton boña 
ifiaría Cristina, ar- 
cijibuquesa be la casa 
imperial austríaca. De 
este augusto matrimonio 
nacieron la princesa iflaría 
be las iflercebes. la infanta 
fPuiría (Ceresa p, seis meses 
bespués be (allecibo el monarca. 



bon Alfonso Xlll, el actual so- 
berano español (17 be mapo 
be 1886). €1 brebe reinabo 
be bon Alfonso Xll fué 
fecunbo para el pro- 
greso p la pa^ be la 
mabre patria, (jasta 
entonces sumiba en 
sansrientas guerras 
cibiles. TLai bos an- 
tiguas e inébitas 
fotografías que f)op 
publicamos, a las que 
Sirbe be brotfie la efigie 
bel actual príncipe be as- 
tucias. Son bocumentos que 
tompcnbian tres generaciones 
be la 3Real Jfamilia (Española. 




^unta olbibará ^. 
g. la infanta Mabtl 
be Porbón el jubilosío 
recibimiento que le tri- 
butó el pueblo argenti- 
no. Cmbajabara esípiri= 
tual be la mabre patria, 
aupo atraerse unánimes 
simpatías gracias a su 
bonbab p a su aristo- 
crática llaneja. Un en- 
tusiasta mucfjebumbrc 
be aquel primer Cente- 
nario apubó al gobierno 
en la tarea be agasajar- 
la fjibalgamente. © la 
colectibibab española fue' 
testigo be aquel magno 
acontecimiento. 

JDesbc entonces, becir 
solamente la infanta 
equibale en la ?lrgentí- 
na a nombrar por anto- 
nomasia a ^.3. Boña 
isabcl Jfrancisca be 
:llsís be ÜSorbón. 

Ha augusta Ijija be 
Boña llsabel II nació el 
20bebiciembre be 1851. 
.J^asta el nacimiento be 
|su real íjermano, Son 
Alfonso Xll, posepó el 
título be princesa be 
«Isturias, que bolbió a 
ocupar besbe el casa- 
miento be este monarca 





ijasta que nació la prin- 
cesa iílaría be las iHer- 
cebes. (En 1868 contra- 
jo matrimonio con el 
conbe be (Sirgcnti, beubo 
be Jfrancisco II, rep be 
las jOos ^icilias, que- 
banbo biuba en 1871. 

ZDesbc mup joben re- 
beló granbes botes in- 
telectuales. ZDama be 
gran cultura literaria p 
estética, fue siempre 
protectora be escritores 
p artistas, a quienes 
alentó con su apuba ge= 
nerosa p sus bencbolos 
consejos. Durante la 
ü^estauración bel trono. 
Doña Dsabel Ijijo mucfjo 
por el arraigo be la fa- 
milia borbónica, atrapcn- 
bose el cariño bel pueblo 
mabrileño. 3llí es po- 
pularísima merceb a la 
sincera biplomacia fe- 
menina con que supo 
tratar a las buenas mu- 
cfjebumbres. ?6uenos 
aires tiene ejemplos be 
este Supremo bon que 
g). 'M. la infanta po- 
see be poner amabíli- 
bab en su trato con las 
personas mobestas p 
Ijumilbes. 




1910. ft.a. acom- 
pañaba por (I en 
tontfí prf¿t6tntt 
bottor Jfigtitroa 
alicorta. Durante 
la niisa rn la inau- 
curación b( los pa- 
bellones be £Spaña 
en la exposición 
bel Centenario. 









ESPAÑA, POR SU REY Y POR 
SU PUEBLO, EXPRESÓ AL 
DR. MARCELO T. DE ALVEAR, EN 
SU RECIENTE VISITA, EL AMOR 
QUE POR SUS HIJOS DISTANTES 
SENTÍA. CONMOVIDO, NUESTRO 
ALTO EMBAJADOR AGRADECIÓ EL 
HOMENAJE Y TRADUJO ELOCUEN- 
TEMENTE EL SENTIMIENTO DE 





ESTAS TIERRAS HACIA LOS LARES ; 




PATERNOS DE NUESTRA SANGRE 




Y DE NUESTRO LENGUAJE. 








EMÍA Pablo Emilio, volviendo triunfa- 
dor a Roma, las compensaciones que, 
por tantos éxitos que le diera, iba 
a exigirle la fortuna. Al doctor Mar- 
celo T. de Alvear, que asume la presi- 
dencia de la República Argentina, 
puede embargarle la misma inquie- 
tud. Sube a la primera magistratura 
del país, siendo uno de los más jóve- 
nes presidentes que hayamos tenido, 
sin parecer haberse apresurado por ob- 
tener una tan alta consagración. La simpatía que se despren- 
de de su rectitud intachable y de sus equilibradas facultades 
de hombre de gobierno, su ejemplo de voluntad y el prestigio 
de su nombre patricio han hecho que el triunfo no meditara. 
Se ha inclinado ante su persona y habría que pedirle hoy a la 
fortuna, en último trance, que no dejara su obra inconclusa 
haciendo fácil la ruta al nuevo gobernante bajo su aspecto de 
hombre feliz. 

No son los hombres quienes van a colocarse al frente 
de las naciones. Son éstas, las que, en un momento dado, 
por el juego ciego del genio de la raza, por la fuerza impe- 
riosa del interés nacional implantan en primer plano a uno de 
sus hijos. El elegido tiene que tener como contraseña inme- 
diata una sola calidad: carácter. Casi — leyendo a Emerson — 
pudiera asegurarse que son estos hombres políticos que no 
parecieron querer ser presidentes como Woodroow Wilson, y 
que no vendieron su primogenitura al tirano popular, los 
que se llamaran más tarde, providenciales. «No hay otro 
arte para dirigir a los hombres — agrega el filósofo — que 
conocerlos, y aquel que los conoce está capacitado para la 
política, el derecho, la guerra, la religión, ya que donde 
quiera que fuese, los hombres están hechos de la misma 
manera.» 

Posee el doctor Marcelo T. de Alvear indiscutibles prendas 
de bondad, inteligencia, ecuanimidad y salud, cultura mo- 
derna, comprensión fácil, visión clara de las cosas, soltura 
en los gestos, en los actos y aquella cualidad espiritual que 
no poseyó Diógenes: «Saber vivir entre los hombres.» Esta 
elegancia de maneras, este arte social, está un tanto indi- 
vidualizado en él, por una timidez de estilo que lo hace 
más amable, 

Europa, esa escuela de estadistas en donde el doctor 
Alvear ha vivido con preferencia marcada, nos lo devuelve 
— a juzgarle por los primeros actos — con todos los carac- 
teres de una figura presidencial especializada. A la salud, 
a los bríos de una larga juventud el doctor Alvear ha unido 
esa medida discreta y humana que parece escaparnos a 
los argentinos, contenidos por una educación fría, univer- 
sitaria y de líneas enfáticas. No tiene nada de eso el nuevo 
presidente. La renunciación, a parecer, es uno de sus más 
■grandes títulos, ya que de aparato y fausto la cuna habíale 
dado tantos al nacer. 

La jactanciosa salud moral del doctor Alvear, que le per- 
mite ir sin esfuerzo de la comprensión de la obra de arte a 
laenunciación de un pensamiento de gobierno y al elogio del 
atleta, es, sin duda, una de sus riquezas más preciadas, 
La adaptación, la oportunidad, el apropósito, la compren- 
sión y la magnanimidad misma estriban en esa salud que 
prolonga el área del díscolo triunfador que ha ido de una 
rápida trayectoria ganando coronas cívicas en el gimnasio, 
en la academia y en el foro, para terminar su carrera diri- 
giendo los destinos de la nación. 



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ACÍA años que en las salas oficiales 
faltaba la dueña de casa. Nuestros 
presidentes no habían tenido el tiem- 
po de resolver el problema inmediato 
de sus vidas. Todos sus amores ha- 
bían sido para la política. Tenían de 
los solterones la tristeza y, tal vez, 
más que otros hombres, el sentimien- 
to de lo inconcluso, de lo no alcan- 
zado, de lo imperfecto. 

— Amo a las mujeres — decía un 
hombre de mundo, — por lo bien terminadas. Ellas burilan 
todo a su manera: la sociedad, las costumbres y el lenguaje. 
Un hombre solo puede ser un buen presidente, pero un 
hombre casado mejora la presidencia. Emerson, que tiene 
el libro abierto delante mío, agrega: «La civilización es 
la obra de las mujeres virtuosas.» Ellas han completado 
los capítulos finales. Han redondeado las formas crudas, 
toscas, agresivas de la obra masculina. Han sido el fin 
de los hombres y la recompensa de sus sacrificios. 

Si el modelo se deforma con frecuencia, es tal vez para 
darle mayor valor a los ejemplos de mujer que no son esos 
simples pesos de ensayo, cuerpos muertos vestidos de seda, 
archivos de nombre y dinero, formas elegantes que dejaron 
al filósofo blandamente pesimista, como el concepto del 
alma cristiana hacía esoéptico al latino «anímula, vágula, 
blándula». La mujer conquista su alto título cuando siendo 
enteramente femenina, anima la obra social de construcción 
— ella es la protegida en su finalidad, — cuando del luchador 
es estímulo y consejo, cuando del pensador es ejemplo 
silencioso, trasunto de gracia y de bondad. De estas madres 
y de estas esposas emergen los hombres representativos. 
Doña Regina P. de Alvear es una de esas esposas. Las 
virtudes más puras, el sacrificio mismo, si el sacrificio es 
para los que tienen sed de ser perfectos una manera total 
de alcanzar la perfección, le conocen. Maeterlinck escribía, 
dedicando a su esposa uno de sus libros favoritos: 

«Os dedico este libro, que es, por decirlo, la obra vuestra. 
Hay una colaboración más alta y más real que la de la 
pluma: la del pensamiento y la del ejemplo. No he necesitado 
imaginar trabajosamente las resoluciones, las acciones de 
un sabio ideal, o sacar de mi corazón la moral de un hermoso 
sueño, forzosamente un poco vago. Me ha bastado con es- 
cuchar vuestras palabras. Ha bastado con que mis ojos os 
hayan seguido atentamente por la vida: iban siguiendo 
así los movimientos, los gestos, las costumbres de la sa- 
biduría misma.» Con estas palabras el sensible escritor 
belga retribuía el capital de sensaciones, de impresiones 
sutiles que había recibido. Esta dedicatoria podían ofre- 
cerla los hombres que han alcanzado puramente, sin 
depreciaciones que desmenuzan la varonilidad, las altas 
posiciones, a sus esposas. Doña Regina P. de Alvear merece 
esa dedicatoria. La simpatía que despierta en el interlocutor 
no es la baladí simpatía que precede una sonrisa más. Está 
en el reposo de su pensamiento, en las formas simples y cla- 
ras de su discurso y en la humanidad con que arpentea to- 
do esfuerzo, en el gran capital de esperanza que ofrece su 
buena intención y en la lógica que se aferra a su persona 
sin énfasis. Los héroes nos han cansado y mentido, y son 
las mujeres que poseen las verdades seguras de la vida las 
que nos devuelven el justo valor de las cosas y son siempre 
el amigo avisado. Al doctor Marcelo T. de Alvear le ha 
tocado la suerte de tener ese amigo a su lado. 



L A S C A N O 



T E G U 1 




Cfó 



A 




Si el real decreto de 1917 
no hubiese transformado 
en Embajada la Legación 
de España en Buenos Ai- 
res, la sola designación del 
marqués de Amposta para 
represen tar an te n ues t ro go - 
biemo al rey Alfonso XIII 
hubiera elevado la repre- 
sentación diplomática de la 
madre patria en la Repú- 
blica Airgentina a su más 
alta categoría. 

Y si a esta honrosa de- 
signación agregamos ade- 
más el nombre de don Al- 
fonso Danvila. ilustre lite- 
rato y diplomático, actual 
ministro consejero, y enu- 
meramos a cada uno de los 
prestigiosos caballeros que 
integran la representación 
espióla en este país, lle- 
gamos a la conclusión de 
3ue tan digno exponente 
e la diplomacia hispana 
no había menester de aquel 
real decreto para usar por 
derecho propio el título de 
Embajada de España. 

Desde don Vicente Ca- 
sares, que fué uno de los 
primeros vicecónsules ho- 
norarios que España tuvo 
en la República Argentina 
a raíz de la emancipación 
política, se han sucedido en 
su representación numero- 
sos cónsules encargados de 
negocios y ministros pleni- 
potenciarios. 

Juan Duran y Cuervo, 
Francisco Otin. Julio Are- 
llanc y Arrózpide, Roberto 
Dupuy de Lome, Luís de la 
Barrera, Pablo Soler y 
Guardiola, etc. ¿A q ué nom - 
brar a todos, secretarios de 
legación y ministros que 
honraron a la madre patria 
representándola dignamen- 
te en esta tierra? 

El alto prestigio diplo- 
mático de ios que hoy in- 
tegran el personal de la 
Embajada de España, y las 
simpatías sociales que to- 
jos y cada uno de sus 
miembros han sabido con- 
quistar en nuestra más alta 
sociedad corona dignamen- 
te la lista de representantes 
de España en la Argentina. 
'Jo podían, pues, faltar en 
'ste número de Plvs Vl- 
TRA, dedicado a conmemo- 
rar el Día de la Raza, o sea 
!a fiesta nacional decreta- 
da por el gobierno de don 
Hipólito Irigoyen, no po- 
dían, repetimos, faltar las 
páginas que enaltecieran a 
la representación diplomá- 
tica actual de la madre pa- 
tria, y estas dos páginas 
tienen ese objeto. 

Su Majestad el rey Al- 
fonso XIII, al designar a 
don Eugenio Ferraz y Al- 
calá Caliano. marqués de 
Amposta, su Embajador en 
la República Argentina, 
quiso sin duda dar a la re- 
presentación peninsular en 
esu hija de España toda la 
importancia y el valor que 
históricamente tiene para 
la madre patria la que fue- 
ra cuna de San Martín, el 




l:MnA.iAnA ny. Tni-AÑA 

IJl'BKUa AlHF.H 



¿Qué decir de esa fecha gloriosa cual ninguna para España, ya que en ella, 
con gigantesco esfuerzo, abrió inmensos horizontes al mundo ciuilizado? ¿Qué decir 
que no haya sido ya mil y m'l veces cantado, en prosa y verso, por los más eximios 
historiadores, poetas y oradores; esculpido en mármoles y bronces y perpetuado 
en inspirados lienzos.' Ante acontecimiento de la magnitud del que se celebra en 
ese día, toda ponderación resul'a pálida y fría. Limitóme, pues, a agradecer cor- 
Jialmente a la hermosa revista -Plvs Vltra", honra de ¡a ilustrada prensa argentina, 
el homenaje que, con tal ocasión, dedica a mi Patria amada, la inmortal descu- 
bridora del Nuevo Mundo. 






gran libertador americano. 
Es el marqués de Am- 
posta una de las más dis- 
tinguidas personalidades 
de la diplomacia española. 
Su vinculación con la Casa 
Real es vieja. Fué su pa- 
dre, el marqués de Ampos- 
ta, un fiel servidor de la 
corona y un gran amigo del 
rey Allonso XIII. y él, si- 
guiendo la tradición de fa- 
milia, desde muy joven ha 
continuado sirviendo al rey 
y a su patria con gran 
acierto y lealtad. 

En su carrera, el mar- 
qués de Amposta es uno de 
los que más se han distin- 
guido, desempeñando im- 
portantes misiones y altos 
cargos de responsabilidad 
y confianza. Los gobiernos 
europeos ante los que es- 
tuvo acreditado en sus dis- 
tintas categorías diplomá- 
ticas le dieron importantes 
muestras de distinción, re- 
compensando sus servicios 
con honrosos títulos y va- 
liosas condecoraciones. 

Don Eugenio Ferraz y 
Alcalá Galiano ingresó en 
la carrera el año 1886, en 
que se inició como aspi- 
rante a agregado en el Mi- 
nisterio de Estado, reci- 
biendo su título el 1." de 
julio de 1887. Más de trein- 
ta y cinco años hace, pues, 
que presta servicios a Es- 
paña en la carrera diplo- 
mática el hoy Embajador 
de España en la República 
Argentina. 

En 1891 recibió el pri- 
mer ascenso en su carrer-a. 
Fué trasladado a París co- 
mo secretario de tercera ca- 
tegoría. Poco después re- 
gresó a España ascendido 
nuevamente a segundo se- 
cretario, y con igual cargo 
fué trasladado a Italia en 
1899. En mayo de 1900 fué 
enviado a Chile como pri- 
mer secretario de Legación, 
vinculándose a su paso por 
Buenos Aires, en aquella 
época, con nuestra socie- 
dad. Un año después fué 
nuevamente trasladado con 
igual cargo a Méjico, y de 
allí pasó a las legaciones 
de París y Berlín. Encon- 
trándose en Alemania re- 
presentó a España en el 
V Congreso Internacional 
de Actuarios celebrado en 
Berlín en 1906. 

Con ocasión de celebrar- 
se en Badén las bodas de 
oro de los grandes duques, 
el marqués de Amposta 
formó parte de la embaja- 
da española que asistió a 
las grandes fiestas, y en 
1907 representó a España 
en el Congreso Internacio- 
nal de Berlín para la pro- 
tección literaria y artís- 
tica. En el año 1909 fué as- 
cendido a Ministro residen- 
te con funciones de Conse- 
jero en la Embajada de Es- 
paña en París, actuando en 
esa ocasión como delegado 
en la reunión plenaria, rea- 
lizada en la capital de 



UIítS 



Francia, del Congreso In- 
ternacional de Agrono- 
mía Colonial y Tropical 
de Bruselas. 

En 191 1 fué nombrado 
presidente de la Real Co- 
misión Internacional de 
los Pirineos, y después fué 
vocal del Tribunal de 
Oposiciones a la carrera 
diplomática en Madrid. 

Durante la visita del 
presidente de Francia a 
la corte española en 1913, 
se comisionó al marqués 
de Amposta para acom- 
pañar al jefe de Estado 
francés, y ese mismo año 
recibió el título de Mi- 
nistro Plenipotenciario de 
primera clase. En esa 
época el señor Ferraz y 
Alcalá Galiano fué sub- 
secretario del Ministerio 
de Estado, y en 1915 vo- 
cal para la preparación 
de la conferencia inter- 
nacional de estudios 
oceanógraficos celebrada 
en Madrid. 

Tal es a grandes rasgos 
la historia, diremos asi, 
diplomática del marqués 
de Amposta, que ostenta 
el título de caballero de 
Carlos III y el de Isabel 
la Católica, que es gen- 
tilhombre de cámara del 
rey Alfonso XI II, grefier 
habilitado y Rey de Ar- 
mas de la Orden del Toi- 
són de Oro. 

Como ya hemos dicho 
anteriormente, los go- 
biernos de los países an- 
te los que estuvo acre- 
ditado le han condecc- 
rado en diversas oportu- 
nidades, premiando siem- 
pre su acertada misión 
diplomática y los altos 
servicios prestados a la 
patria con gran simpatía 
de los gobiernos ante 
quienes ostentaba la re- 
presentación de España. 

El marqués de Ampos- 
ta tiene, entre las conde- 
coraciones que le han sido 
conferidas y los títulos que le 
han sido otorgados, los siguientes: 

Oficial de la Legión de 
Honor, gran cruz de la 
Estrella Polar de Suecia, 
comendador del Águila Ro- 
ja de Prusia, gran cruz de la 
corona de Italia, placas 
de San Miguel de Bavie- 
ra y la de Alberto el 
Animoso de Sajonia, 
oficial de San Mau- 
ricio y San Lázaro 
de Italia y placas 
de Leopoldo de 
Bélgica, de León 
Zaerhingen de 
Haden, de la co- 
rona de Prusia y 
de caballero del 
Cristo de Portugal. 

Acompaña al 
marqués de Ampos- 
ta en la misión de re- 
presentar a España an- 
te el gobierno argentino 
el señor don Alfonso Dan- 
vila y Burguero, Ministro 
Consejero de la Embajada. 

A sus dotes literarios, 
evidenciados en varios li- 
bros notables, artículos periodís- 
ticos y obras teatrales, une el señor 
Danvila, académico de la Historia y Li 
cenciado en Derecho, una brillante foja 
de servicios diplomáticos y una simpatía 
personal que en los círculos sociales de Bue- 
nos Aires y Montevideo lo ha 

vinculado sólidamente. Ini- poN alfonso danvila y 
cióse en la carrera diplomáti- burguero, ministro- 
caen el año 1896 como agre- consejero. 




EL MARQUÉS DE AMPOSTA 

CON EL ALTO PERSONAL 

DE LA EMBAJADA. 



gado al ministerio de Es- 
tado. Fué nombrado se- 
cretario de tercera clase 
en Londres en 1899 y 
trasladado a Lisboa con 
igual cargo en 1902, pero 
no llegó a hacerse cargo 
de su puesto, pues se le 
destinó a la embajada 
extraordinaria que ese 
mismo año envió España 
a Roma, con objeto de 
felicitar a Su Santidad 
por el vigésimoquinto 
aniversario de su adveni- 
miento al Solio Pontificio. 
Ascendido (1905) a se- 
gundo secretario, y tras- 
ladado luego a la Haba- 
na, y en agosto del mismo 
?ño a Montevideo con 
igual categoría. Fué as- 
cendido a secretario de 
primera clase con destino 
en Chile en 1913, pero sin 
tomar posesión del cargo 
pasó a la Legación de 
Buenos Aires en marzo 
del mismo año, y en 1920 
fué ascendido a Ministro 
Residente Consejero, ha- 
biendo desempeñado en 
ésta en varias ocasiones 
el cargo de Encargado de 
Negocios. 

Por sus méritos en el 
desempeño de importan- 
tes misiones recibió del 
gobierno español el título 
de Caballero de Isabel la 
Católica y la medalla de 
plata de Alfonso XIII, y 
la Cruz de segunda clase 
del Mérito Naval. Ade- 
más tiene el señor Dan- 
vila los títulos de Caba- 
llero de Leopoldo de Bél- 
gica, la de Caballero del 
Cristo de Portugal y Ca- 
ballero de la Orden Pia- 
ña de la Santa Sede. 

Integran el personal de 
la embajada los secreta- 
rios Manuel Casulleras y 
Nacazaga y Manuel Blas- 
co López. 
' Don Manuel Casulleras 
es, indudablemente, el di- 
plomático que ha sabido cap- 
tarse dentro de nuestra sociedad 
más rápidos y sólidos afectos, por 
su carácter y la simpatía 
que irradia su persona. 
Trasladado a Buenos Aires 
en 1919, después de ocupar 
las secretarías de Legación 
en Londres, Roma y Re- 
trogrado, conquistó gran 
popularidad en nues- 
tros salones y clubs. 
En cuanto a don 
Manuel Blasco Ló- 
pez, recientemente 
incorporado a la 
embajada en la 
Argentina, es un 
hombre joven lle- 
no de porvenir y 
con antecedentes 
de familia que au- 
guran que su carre- 
ra diplomática, ini- 
ciada hace apenas 
dos años como agrega- 
do en Berlín y como 
tercer secretario después 
en Grecia, continuará con 
hermosas perspectivas. 

El personal de la emba- 
jada queda completo con 
los agregados militares se- 
ñores Julián Chanoel Norma, co- 
mandante de Estado Mayor, y el viz- 
conde de Oña, comandante de Infante- 
ría, dos prestigiosos jefes del ejército espa- 
ñol, y con los agregados civiles don Antonio 
Maura, nombre y apellido que equivalen a 
credenciales de inteligencia y 
patriotismo, y el marqués de 
Salamanca, cuyo titulo nos in- 
hibe de mayores comentarios. 



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HOSflTAl 



Hay en este hospital 
de los españoles dos espi- 
ríttis que asistieron a la 
benéfica creación: uno 
colectivo, que es la cari- 
dad; otro humano, feme- 
nino, que se llama Sor 
Josefina. Desde el día 
8 de diciembre de 1877 
ambos espíritus prestan, 
sin interrupciones ni des- 
mayos, sus nobles y fi- 
lantrópicos servicios. Y 
esta reverenda hermana, 
que dirige la administra- 
ción interna y el cuidado 
inmediato de los enfer- 
mos, es el hada diligente 
y bienhechora del hos- 
pital. Durante cuarenta 
y cinco años centenares 
de facultativos, religiosas 
y enfermeros han pasado 
por aquella benemérita 
fundación, mientras sor 
Josefina, cuyos años pro- 
longue Dios para bien de 
los dolientes, sigue, mo- 
desta e incansable, ocu- 
pando su puesto de ho- 
nor. 

¡Un hospital de espa- 
ñoles, en tierra lejana! 
¡Figuraos qué semillero 
de nostalgias, avivadas 
por los males! Cada uno 
de los tristes, cada uno 
de los postrados, oye la 
voz interior que le re- 





cuerda todos los detalles 
de su vida en el remoto 
país nativo, una voz que 
el dolor hace más honda 
y perentoria. Cor.tra ese 
mal anímico no hay re- 
medios en la farmacopea; 
únicamente las palabras 
maternales consiguen ali- 
viarlo. Y ese es el piadoso 
cometido de sor Josefina 
y de las hermanas que 
ella dirige. 

El otro espíritu, esa 
ansia colectiva de hacer 
un bien de caridad, co- 
menzó a producir resul- 
tados prácticos entre los 
residentes españoles a 
mediados del siglo xix. 
Las difíciles circunstan- 
cias por que atravesaba 
la República Argentina 
retardaron esta aspira- 
ción común. Ya en 1852, 
a la caída de Rozas, 
aprovechando un resur- 
gimiento de la libertad, 
creóse la Sala Española 
de Comercio, y allí, entre 
otras iniciativas felices, 
surge el pensamiento al- 
truista. Para este fin fué 
creada la Sociedad de 
Beneficencia Española. 

De entre los buenos y 
entusiastas españoles, 
que no escatimaron sa- 
crificios para ver corona- 




u«A calexIa dc las salas de caridad. 



PATIO Y FRENTE DE LA CAPILLA. 





ÉMtfli|T| iBfl 




UNA DE LAS SALAS 
PARA ENFERMOS PO- 
BRES. 



SALA DE RECIBO 
DE LAS HERMANA?. 
— SALÓN DEL DI- 
RECTORIO. CA- 
PILLA. 





dos por e! éxito sus es- 
fuerzos, no faltó uno que, 

estando próximo a morir, 

lejos de la patria y sin 

familia, quiso arbitrar 

los medios para que se 

llevara a la realización la 

magnánima iniciativa, y 

de un impulso, propio de 

la raza, legó todos sus 

bienes, fruto de largos 

años de trabajo, a favor 

de la Comisión que lle- 
vase a término la funda- 
ción de un Hospital Es- 
pañol en esta ciudad. Ese benemérito español fué don Pedro Manuel de la Barcena. 
El legado lo constituía la propiedad ubicada en esta ciudad, en la calle Cuyo, 471; cuyas 
rentas sirvieron más tarde para ejercer los primeros actos de caridad de la Sociedad, con la 
contribución a los gastos que demandaron la educación de una huérfana abandonada, hija de 
un español, que fué adoptada por la Sociedad Española de Beneficencia, siendo por ésta llamada 
«la hija de la Beneficencia Española». 

Hacia el año 1857, habiéndose disuelto la «Sala de Comercio Española», la Comisión, a fin 
de tomar posesión del legado del señor de la Barcena, reorganizó la de la Sociedad Española 
de Beneficencia, y como tal, los miembros de la misma formularon un reglamento provisorio 
y pidieron al gobierno de la provincia de Buenos Aires la autorización para organizar la So- 
ciedad. En 1871 la sociedad compraba el terreno de la esquina Belgrano y Rioja, y el 30 de junio 
del siguiente año se colocó la primera piedra del edificio. La ceremonia inaugural realizóse el 8 

de diciembre de 1877, 

siendo padrinos doña 

Josefa V. de Udaeta y 

don Martín Berraondo. 
Muchos profesionales 

argentinos y españoles 

ofrecieron sus desintere- 
sados servicios. Los doc- 
tores Manuel Blancas, 

Juan García Fernández, 

Martín Spuch, Toribio 

Ayerza, José López Mo- 

selle, Felii-e Sola. Alberto 

Castaño y otros formaron 

el cuerpo médico. En 

1878 encargóse al doctor 

Eduardo R. Torres el 




SALA DE CARIDAD EN 

EL ANEXO DE TEM- 

PERLEY. 



jimmi 






VISTA GENERAL 
DEL ANEXOQUE EL 
HOSPITAL TIENE 
EN TEMPERLEY. 



EL LABORATORIO DE 
ANÁLISIS Y LA SALA 
OE eSTERILIZACIO- 
MES, MACNlriCOS 
HODELOS DE ADE- 
LANTO EN SUCÉNERO 




servicio general y el con- 
sultorio externo. 

En el historial de la 

benéfica institución hay 

memorables efemérides, 

entre las que se destacan 

las operaciones realizadas 

por el célebre cirujano 

doctor Pirovano, Carié. 

Gutiérrez. Sánchez Díaz 

y otros facultativos. 

Los progresos materia- 
les han sido rápidos, hasta 

llegar al conjunto que 

actualmente ofrece este 
nosocomio modelo. Posee, además de las magníficas salas y piezas de pensionistas y consultorios, 
instalaciones de radioterapia, laboratorio, baños, masajes, rayos X y demás anexos que lo colocan 
a la altura de los mejores hospitales modernos. En 1877 abrió sus puertas con 50 camas; en la 
actualidad cuenta con 370 durante las épocas normales, que se pueden ampliar hasta 445. Durante 
el primer año atendió a 378 enfermos, y en el ejercicio de 1921 prestó asistencia a 3262 internos y 
17.906 en los consultorios externos, además de 84.876 visitas. 

La Sociedad de Beneficencia Española ha establecido también, como anexo de esta obra, el 
hospital de Temperley, donde se alojan 150 enfermos crónicos, y otras instituciones benéficas. 
Hállase a cargo de la dirección el doctor José Badía, distinguido facultativo, que desde 1911 
desempeña admirablemente sus difíciles funciones, y de la subdirecoión el doctor Raúl Sánchez 
Díaz. Forman el personal los doctores López de Gomara, Jáuregui, Gutiérrez (Vicente), Orcoyen, 
Serantes, Baliña, Iribarnes, Ontaneda, Peña, Muñoz de Toro, Gutiérrez (A.), Gabriel Moner, 

Oyarbide, Barambio, 

Fernández Pusso, Ortega 

y Berasam. 

Esta fundación, que 

presta inapreciables ser- 
vicios a la colectividad 

española, tiene la enorme 

ventaja de no parecer un 

hospital. Encuéntrase 

allí, gracias a la inteli- 
gente disposición de las 

instalaciones y al trato 

concedido a los enfermos, 

algo de familiar que borra 

ese aire de rigidez, de 

frialdad tan propio de 

tales establecimientos. 




LA SALA DE OPERA- 
CIONES Y DEPARTA- 
MENTO DE RADIO- 
GRAFÍA, DEPENDEN- 
CIAS ADMIRABLE- 
MENTE INSTALADAS. 



tres ceremonias 
memorables: vi- 
sitas DE lA IN- 
FANTA ISABEL, DEL 
PRÍNCIPE FERNAN- 
DO DE BAVIERA, Y 
BENDICIÓN DE LAS 
OBRAS INAUGURA- 
DAS EL 23 DE 
ABRIL DE 1922 POR 
EL NUNCIO APOS- 
TÓLICO. 





ch 



EL rey Alfonso V! el Bravo, llegando a Tarifa 
en el año 1080, hizo entrar su caballo en el mar 
y dijo con ingenua petulancia: 
— He llegado hasta los límites de España. 
Años más tarde, de! corazón de Extremadura y de las 
rocas cantábricas debían partir los Pizarro y los Elcano, 
almas de verdaderos reyes, para negarle al bravo bata- 
llador la noción tan patriótica como geográfica que tenía 
de España. Los límites de España pasaban más allá. 
Donde los ojos de los hombres que defendían celadas 
y enrejados no podían alcanzar. «El sol no se pondría en 
ellos'), comentaba luego el Emperador. 

Ha habido en España dos razas. La que ponía al 
cielo por testigo y fin de su misión: Santa Teresa y 
los reyes Castellanos. Ha habido otra que no ha en- 
contrado el paraíso y se ha echado a la ventura del 
mar y de la tierra llevando en su cruzada más 
allá todavía los límites eternos de España. De estos 
seres que atrae el dolor de lo desconocido, modelados 
en las manos toscas del destino, es el doctor Avelino 
Gutiérrez. Anduvo. Siguió la extensión del horizonte. Y 
cuando pareció echar raíces en un punto, fué para pene- 
trarlo perpendicularmente. Horadó, analizó al hombre 
desde la célula, y extrajo — en esos comienzos de la 
vida en que el hombre es, como decía un filósofo, 
nada más que «una enfermedad del barro» — el con- 
cepto, la medida humana que no le quita. Porque 
este héroe del trabajo no ama lo heroico, no lo 
comprende. 

Maestro de anatomía de más de veinte generaciones 
médicas argentinas, hacia él se vuelven nuestros ciru- 
janos para llamarle maestro. Es el profesor que no 
cree jamás llegado el término de su investigación, y con 
cotidiana buena 
fe, analiza, dis- 
cute y controla 
las teorías que 
surgen en estas 
matemáticas im- 
precisas de la 
ciencia que es la 
medicina. Su ju- 
ventud espiritual 
le presta agili- 
dad. La antorcha 
no le cae de las 
manos y es en la 
rápida carrera el 
conductor seguro 
de los sabios de 
mañana. 

He ido a verle 
a su consultorio. 
Llevaba en una 
mano un lápiz 
para recoger im- 
presiones. En la 
otra una máqui- 
na fotográfica 
para corregir la 
vaguedad de la 
impresión perso- 
nal por la preci- 
sión gráfica del 
grabado. El doc- 
tor Gutiérrez se 
ha negado a ocu- 
par una página 
en este número 
consagrado a la 
raza española. 
Teníale delante 
mío elocuente: 

La piel de la 
cara pegada al 
hueso transpa- 
rentando una po- 
derosa arquitec- 
tura ósea, la 
mandíbula fuer- 
te, la frente ha- 
cia atrás para no 
quitarle luz a los 
ojos. Los cabe- 
llos tornando al 
gris. En todo 
aquel rostro asi- 
metrías, equili- 
brios consegui- 
dos con dificul- 
tad, a grandes 
rasgos, y sin ama- 
bilidad. El cuer- 
po escondido 
tras de la blu- 
sa blanca del 
facultativo 
y, en pri- 
mer tér- 




EL DK A/ELINO 
GUTIEKKf; 




Ureótamle Je- la 

Cimuml (Djfiañaía 



La historia de la Cultural es muy simple: 
Un pensamiento y un sentimiento funda- 
mental: producir el acercamiento intelectual 
entre España y la Argentina, dando a cono- 
cer en la Argentina algo de lo que se hace y 
sabe en España y viceversa, e impulsar la 
cultura de ambos países. 

La Cultural no tiene edificio, ni lo nece- 
sita; vive humildemente y de prestado. 

A este respecto, es la menor cantidad de 
materia que puede ser, y ojalá que por con- 
traposición fuera la mayor cantidad de es- 
píritu que pudiera desearse. 

OverienJo establecer un activo intercam- 
bio en bs relaciones espirituales de España 
y la Argentina, v propender al dessrrcllc cul- 
tural de ambos países, no h^ím.os dejado de 
ofrecer un ejemplo a los españoles de España 
con ecta obra que prefería a las palabras 
y discurses de retórica fácil, el sacrificio si- 
lencíese. 

¿De qué modo y por qué medios? 

Fundando cátedra en la Universidad de 
Buencs Airer, y trayendo, para desempeñar- 
la, a prcfesores españoles. Para ello necesi- 
tábamos dos cesas: capital o medios con que 
retribuir a les profesores, y luego que éstos 
pudieran y quisieran venir a ocupar la cá- 
tedra. 

El capital ya lo tenemos, merced a la ge- 
nerosidad y bien entendido patriotismo de 
los españoles, y les profesores vienen año 
tras año, mandados por la Junta para Am- 
pliación de Estudios de España. La obra 
está en marcha, con el resultado que todos 
hemos podido apreciar. Para que ella tenga 
carácter de seriedad y respeto, la hemos pues- 
to aquí bajo el patrocinio moral y científico 
de la Universidad de Buenos Aires, y en Es- 
paña, bajo el patrocinio moral y científico 
de la Junta para Ampliación de Estudies. 

La obra cultural de la Colectividad Espa- 
ñola ha merecido ser imitada por otras co- 
lectividades, ya por sí o con la cooperación de 
sus estados respectivos. Francia y la colec- 
tividad francesa han creado el Instituto de 
las Universidades de Francia. La colectivi- 
dad alemana ha fundado, con la coopera- 
ción de argentinos, la Sociedad Cultura! 
Germano-Argentina, y la italiana se dispone 
a crear también su propio instituto. 

Hasta hoy nuestra sociedad no ha sido 
igualada por ninguna otra en la nota cien- 
tífica, y en cuanto a lo demás, siempre habrá 
que decir que es simpática sobre todas, sien- 
do la más generosa. 

Nuestra institución trae el profesor, y lo 
cede a la Universidad a título gratuito. 

Nos congratulamos mucho de que las 
demás colectividades vayan constituyendo 
institutos y cátedras; desearíamos que tedas 
lo hicieran y tuvieran la suya. Todo eso no 
haría.. sino elevar el nivel cultural de este 
pueblo, y ello tendría que redundar en bene- 
ficio de España y de su cultura. En cultura, 
lo que es argentino es español y lo español 
argentino. Nos basta para nuestros anhelos 
con que los profesores que nos guían se ex- 
presen en lenguaje que podamos entender. 

La Cultural Española, nacida como un ho- 
menaje a Menéndez Pelayo, ha querido, en 
ocasión del jubileo a Cajal, la figura cientí- 
fica más grande que tiene España, contribuir 



en una forma aplicada y tangible a la demos- 
tración. La Cultural, deseando cooperar al 
desarrollo de la ciencia española, se propone 
ir en ayuda de sus estudiosos, llevando 
a España sabios extranjeros en aquellos 
sectores en que más los necesitamos, para 
que, en unión de les mejores profesores espa- 
ñoles, abran curses de investigación sobre 
determinados puntos de la ciencia. Estos 
cursos serían para profesionales especializa- 
dos (argentinos y españoles) que desearan 
seguir las investigaciones que en ellcs se des- 
arrollaran, haciendo uso de las becas que 
acordaran la Junta, las Facultades o el 
Estado. 

He aquí cómo, indirectamente y con oca- 
sión de! homenaje a Cajal, la Cultural Es- 
pañola de la Argentina, ccmplementando su 
obra, iría a la creación de una escuela de in- 
vestigaciones científicas y a la formación de 
un vivero científico de donde habrían de sa- 
lir los sabios del futuro, en determinados sec- 
tores de las ciencias. Esta obra de grandes 
alientos será nuestro homenaje a Cajal. 

¿No les parece a nuestros compatriotas de 
allende los mares que es algo más práctico 
y viable que la famosa Universidad Hispano- 
Americana de que se viene hablando en es- 
tos últimos tiempos? 

Nosotros entendemos que se pueden cons- 
tituir en diversos sectores de la ciencia es- 
cuelas, institutos y laboratorios de investi- 
gación, dirigidos por nuestros profesores, 
o bien trayendo profesores del extranjero, si 
nosotros no tuviéramos sabios de primera 
fila a quienes pudiéramos encomendar la di- 
rección. 

Se podrían así organizar cursos de no 
menos de dos añcs de duración, uniendo al 
sabio extranjero profesores españoles y ense- 
ñando a profesionales especializados. 

A estos institutos y a estos cursos acudi- 
rían de fijo los hispanoamericanos, beca- 
dos y no becados. 

¿Qué sería la Universidad Hispano-Ame- 
ricana de que nos hablan? Sería una simple 
denominación, un remedo de las existentes, 
o tendría un contenido y una estructura 
también especial. ¿Sería la tal Universidad 
un organismo sostenido en comandita por el 
Estado español y los Estados hispano- 
americanos? ¿Sería una Universidad soste- 
nida por el Estado español, dirigida y regen- 
tada por profesores españoles e hispano- 
americanos? ¿Sería una Universidad soste- 
nida por el Estado español y dirigida por 
profesores españoles, en la que se harían es- 
tudios de interés particular a las naciones 
hispanoamericanES y a España? ¿Sería una 
Universidad sostenida por España y Estados 
hispanoamericancs, pero regentada por 
profesores extranjeros? 

Yo creo que nadie ha dicho en qué consis- 
tiría esa nueva Universidad, y si no se ha 



AVELI NO 




GUTIÉRREZ 



dicho es porque no se tiene plan ni concepto 
de ella y prefieren callarse, los que la imagi- 
naron, a no caer en el lugar ccmún de tener 
que repetir el plan de cualquiera de las Uni- 
versidades existentes, tanto en profesorado 
ccmo en laboratorios y organización. Y 
ahora una pregunta: 

¿Para qué una nueva Universidad? ¿No 
sería lo mismo, o mejor, levantar el nivel 
lienlífico de una de las existentes: Madrid, 
Barcelona, Sevilla? 

La Cultural de la Colectividad Española, 
al idear una escuela de investigaciones cien- 
tíficas, ha resuelto el problema de su soste- 
nimiento. Hemos reunido un capital, y este 
capital produce intereses. Con los intereses 
sostendremos la obra. De los intereses sola- 
mente haremos uso. El capital no lo tocare- 
mos por nada y la obra perdurará. 

Con los intereses que produzca el capital 
crearemos premios, y a los premies le busca- 
remos también interés, dándolo como sobre- 
sueldo a los profesores, para hacerles posible 
su dedicación exclusiva a los trabajos de in- 
vestigación y a la ciencia pura. 

Tendremos así: 1.^, profesores dedicados a 
investigación organizados en forma de escue- 
la; 2.", producción científica (la que ellcs y 
los becados hagan); 3.°, formación de discí- 
pulos con los mismos becados; 4. o, creación 
de escuelas por la organización que se diera 
a la obra. 

Los premios dados de esa manera produ- 
cirían intereses múltiples, intereses más que 
compuestos. 

Hemos hablado de traer profesores del ex- 
tranjero, y bien se comprende que ha de ser 
en aquellas ciencias en que más lo necesita- 
mos. Con el interés que produzca el capital 
que reuniremos, creo yo que podremos traer 
y pagar un profesor extranjero y dar a des 
profesores españoles un sobresueldo de cinco 
o seis mil pesetas cada uno. 

Cada cuatro o cinco años podríamos ha- 
cer una interrupcicn, y ese año en que no se 
trae profesor, se invertirían les intereses en 
premios, para premiar a los mejores trabajr s 
que se hubieran realizado en les laboratorics 
del Instituto de Investigaciones en el trans- 
curso de los cinco años anteriores. 

Si ya pudieran continuar la obra los auxi- 
liares españoles, uno de ellos podría encar- 
garse de la dirección, y entonces se debería 
traer otro profesor para otra disciplina cien- 
tífica, cargando el Estado con el pago del 
sobresueldo que se diera al profesor espa- 
ñol que tomara la dirección de la materia. 

Todo esto es bastante pretencioso y aun 
así más viable que la pomposa Universidad 
Hispano-Americana, y por cierto de un re- 
sultado tanto más inmediato como eficaz. 

Con esta y otras obras, los españoles de la 
Argentina están demostrando a los españoles 
de España que comprenden mejor que ellos 
el problema de hacer una España grande. 
Ya sabemos que contra la afirmación de 
que «les españoles de aquí vemos más claro 
y estamos en disposición de aconsejar a los 
españoles de allá» se revolverán airados mu- 
chos de nuestros compatriotas de allende, 
pero esa es la verdad; por la sencilla razón 
de que no arrastramos la pesada impedimen- 
ta de la tradición y rutina, que es una tuerza 
de inercia poderosa. 



mino siempre, las manos ricas de vida y seguras cofnú 
las de los marineros que suben a las jarcias. La cabeza 
un poco entre los hombros para sentirse segura en el 
cuerpo mediano, macizo, enérgico. La voz grave, ha- 
chada, imperiosa. 

— No hay que confundir los valores — me ha dicho. 
Los españoles, tenemos ese pecado. Y nos causa grave 
perjuicio. Ocupando en este número el homenaje a 
Cajal una página, yo debo retirarme. Me siento muy 
pequeño a su lado. 

Este hombre, que sabe cuan semejantes somos sobre 
la mesa de disección, respeta la jerarquía como un mo- 
nárquico, asegurándonos — para vencer mi obstinación 
— que si se retrae, no lo es por timidez. La verdad, la 
tenemos de buena fuente y a pesar suyo. Es un mo- 
desto. Momentos antes Roberto Levillier nos ha relatado 
el viaje del maestro por España. Allá se le quiso pre- 
miar, condecorar. El doctor Gutiérrez no aceptó la Cruz 
de Isabel la Católica ofrecida repetidas veces por el rey. 

— No quiero — dijo — que la obra que realizo como 
español pudiera tener otra finalidad que la de hacer 
bien a España. No me mueve otro propósito. No caben, 
pues, compensaciones honoríficas. 

No era al médico a quien quería honrarse, distin- 
guiéndolo el gobierno real. Era al alma activa de ese 
comité para mejor conocimiento y divulgación del 
pensamiento hispano en América. La Cultural Española 
es de su iniciativa. Detrás de la institución esencial- 
mente espiritual está la garra del hombre de la raza 
fuerte y tenaz, que negó al rey Alfonso VI haber lle- 
gado a los límites de España, en aquella legendaria cir- 
cunstancia. Mientras las potencias violentamente civiliza- 
das y civilizadoras de Europa extendían su influencia sobre 

América por el 
libro y el confe- 
renciante, la Ar- 
gentina ignoraba 
el arte, el pensa- 
miento y las doc- 
trinas españolas. 
No se conocía a 
sus artistas ni a 
sus filósofos. El 
doctor Gutiérrez, 
ocultándose de- 
trás de la Cultu- 
ra! Española, 
conquistó a Es- 
paña nuevos mer- 
taüos a sus mer- 
caderías de cali- 
dad, las más no- 
bles, las más al- 
tas, las más hon- 
rosas. Ortega y 
Gasset, Adolfo 
Posada, Rafael 
de Altamira fue- 
ron los embaja- 
dores que debían 
unir íntimamen- 
te a los dos pue- 
blos por una idea 
compartida en 
común a despe- 
cho de los hom- 
bres políticos.que 
siempre tienen la 
suficiencia y la 
extensión de mi- 
ras del rey aquel 
en la playa de 
Tarifa. 

La Cultural Es- 
pañola hadevuel- 
to a la madre 
patria, el relieve 
moral y científi- 
co que la pro- 
paganda de los 
otros países de 
Europa se había 
entretenido en 
hacer poco repre- 
sentativo para los 
argentinos, te- 
niendo por pro- 
grama el que el 
doctor Gutiérrez 
expuso en su obra 
y en su ideal y 
quepodriasinte ti- 
zarse en el molde 
simple del ada- 
gio que dice: 
«quienes bien 
se conocen, 
bien se 
auieren». 






En el año 1852. es decir haca 70 años, fué fun- 
dado el Club Español, bajo el nombre de «Sala Es- 
pañola d: Comercio» por iniciativa de don Vicente 
Rosa. Desde esa fecha hasta ahora, el Club Español 
ha sido y es el «alma máter» de la colectividad 
española, y el que ha auxiliado y contribuido a 
la fundación, desenvolvimiento y prestigio de 
cuantas instituciones españolas de verdadera im- 
portancia se han organizado en esta capital. 

El punto de arranque de su existencia ss basó 
en el estrechamiento de afectos, en la vinculación 
hispanoargentina. y buena prueba de ello dio 
con el rasgo caballeresco de csder su lujosa man- 
sión al ejército argentino, para celebrar en sus 
salones la conmemoración del 11 de Septiembre, 
o sea el derrocamiento de la República Unitaria. 
substituida por la federal en vigencia. 

Un viejo periódico de aquella época. «El Pro- 
gnso; al resinar aquella hermosa fiesta denominó 
a la sociedad cuyos salones hablan sido teatro del 
gran acontecimiento social, «Club Español», y 
ese fué el nombre que se adoptó después de 1872. 

El primer presidente de la institución fué don 
Esteban Rams y Rubert. que ocupó la presidencia 
de la «Sala Española de Comercio» desde 1852 
al 53, y luego fué presidente de la misma, que 
llevaba el nombre de «Casino Español», desde 
1863 a 1864. 

Formaban la primera junta directiva, acompa- 
ñando a don Esteban Rams y Rubert. los señores 
José Miguel Bravo. Francisco Gómez Diez. Satur- 
nino Soriano. Vicente Rosa. Francisco Basabe, 
Enrique Ochoa, Lázaro Elortondo y don Vicente 
Casares. 

El presidente Rams. dice la historia del Club 
Español, inició con una fuerte cantidad una subs- 
cripción para adquirir moblaje y socorrer a los 
españoles necesitados, subscripción que en el pri- 
mer momento produjo la respetable suma de 
275.00D pesos. 

El 31 de diciembre de 1853 se realizó la primera 
asamblea general de socios, y en ella quedaron 
aprobados los estatutos y reglamento, que fijaban 
los fines de la sociedad. En 1857 fué 
dístielta la «Sala Española de Co- 



FACHADA DEL 



•*¿Ítt, 




i^y 3 



■i/:'S 




AUGUSTO \^ "^^ ^^ ACTUAL 

ARAN DA 

Debemos ¡elicitarnos de que una revista que con 
tanta justicia ocupa tan alto puesto en la labor cul- 
tural del país como "Plus Ultra" dedique un nú- 
mero especial a la conmemoración del Día de la 
Haza, pues contribuirá a proclamar que el único 
alecto internacional verdadero, sin egoísmos ni do- 
bleces, que actualmente existe en el mundo, es el que 
liga a la vieja Iberia con sus bellas hijas de A mérica. 

Buenos Aires, octubre de ji)22. 



mercio», origen, como ya hemos dicho, del actúa! 
Club Español, y sus socios, que estuvieron con- 
formasen mantener un centro recreativo, siguieron 
reuniéndose, en tertulias, en lo que denominaron 
«Casino», propiedad del señor Moer, hasta que, 
oficialmente, se constituyó, bajo la denominación 
de «Casino Español», el 8 de septiembre de 1866. 
instalándose en la calle Victoria entre las de 
Piedras y Chacabuco, siendo entonces su primer 
presidente don Pedro Sorella y Mauri, al que 
siguió el doctor don Miguel Puiggari. 

Más tarde, allá por el año 1869, el Casino 
Español, recordando las bases de su origen, fundó 
el «Asilo de Beneficencia». 

Siendo presidente don Narciso Zepedano, y en 
la asamblea extraordinaria celebrada bajo su 
presidencia el 23 de marzo del año 1873, se aprobó 
un reglamento por el cual se ampliaba el objeto 
de la sociedad oreándose una serie de nuevas e 
importantes comisiones, a saber: una de fiestas; 
otra encargada de formar una escuela interna- 
cional de adultos y huérfanos; otra para el estudio 
de la inmigración española, y otra que tenía por 
objeto el fomentar y dar a conocer la literatura 
española, con encargo de realizar un tratado lite- 
rario entre España y esta República, siendo, ade- 
más, su principal misión la de organizar confe- 
rencias literarias, fomentar y organizar la biblio- 
teca social, y establecer, de acuerdo con la comisión 
especial mercantil, una cátedra de Derecho Mer- 
cantil y Economía Política. 

En 1878 se trasladó el Club a la casa número 139 
(antigua numeración) de la calle Victoria, y ne 
1887, durante la honrosa y brillante presidencia 
de don Rafael Calzada, a la casa construida con 
destino a esta sociedad por los señores don Félix 
y don Juan Bernasconi, en la misma calle Victoria, 
tomando posesión de ella el 28 de octubre. 

El 2 de mayo de 1895, siendo presidente don 
Manuel Hortal Toroba, se trasladó al palacio pro- 
piedad del acaudalado compatriota don Manuel 
Duran, sito en la calle Bartolomé Mitre esquina a 
la de Artes, hoy Carlos Pellegrini, en cuyo sun- 
tuoso edificio ha permanecido, has- 
EDiFicio socL^L. ¡a quc tomó posesión del actual 




>--'V>-ak,-t-i^;^^^2 





pa'acio social de su pro- 
piedad. La importancia 
del Club Español, como 
primer centro social de la 
colectividad, colocada 
por su representación y 
por su historia al nivel 
de las grandes institu- 
ciones sociales de Buenos 
Aires, requería, como es 
natural, un gran edificio 
que hiciera honor a la 
institución, y convencid? 
de esta necesidad, la 
junta directiva que regía 
los destinos del Club en 
1907 formada bajo la 
presidencia del doctor 
Fermín F. Calzada, por 
los señores Manuel Nú- 
ñez, Manuel Casal, Pedro 
Horta, César Pumarino, 
Antonio Várela y Manuel 
Méndez de Andes, tuvo 
la valentía de tomar esa 
iniciativa, y adquirió el 
terreno de la calle Ber- 
nardo de Irigoyen, nii- 
mero 172 al I8J, en que 
actualmente se encuentra 



instalado el Club Espa- 
ñol, por la cantidad de 
ciento sesenta mil pesos. 

Abierto el concurso de 
planos para el edificio, 
fué premiado el del ar- 
quitecto Enrique Fol- 
kers, a quien se encargó, 
en consecuencia, la direc- 
ción técnica de la obra. 

El 27 de septiembre 
de 1908 se verificó con 
gran pompa la colocación 
de la piedra fundamen- 
tal, consagrada por Fray 
Marcelino Benavente, 
Obispo de Cuyo, y ac- 
tuando como padrinos el 
presidente del Club don 
Fermín F. Calzada y su 
esposa señora Sara F. de 
Calzada, y asistiendo a 
dicho acto don Luis de 
la Barrera, en represen- 
tación diplomática de 
España. El acta fué fir- 
mada por el presidente 
de la República y por el 
intendente Municipal. 

Conmemorando el acto 






Si acuñó una medalla, obra de Blay. El 
8 de m ayo de 1 9 11 , el Cl ub Español tom ó 
posesión de su nuevo local progresando 
rápidamente. 

Este movimiento progresista !>e ha 
acentuado desde 1920, año en que subió 
a la presidencia el señor Augusto Aranda, 
reelegido en la asamblea de julio próxi- 
mo pasado. Le acompañan en su intensa 
gestión los señores: Alejandro Carbó, 
vicepresidente: José Horta. tesorero; 
doctor Manuel Arnáiz, secretario; y los 
vocales señores: Manuel Sánchez, Ma- 
nuel Viey tes. Timoteo Balbín, Francisco 
Blanco y doctor Gabriel Moner. 

Las dos presidencias del señor Aranda 
dejarán fausta memoria en los anales 




MAMUEL SÁNCHEZ, 




del Club Español. Persona de gran ener- 
gía y exquisito gusto, el actual presiden- 
te ha realizado ya una labor adminis- 
trativa y artística digna del unánime 
aplauso de los asociados. El club, cuyos 
salones y dependencias son modelos de 
ujo y confort, serán ampliados aprove- 
chando una propiedad contigua adqui- 
rida para este fin, obranecesaria dado el 
aumento de socios y las peticiones de 
ingreso. Actualmente las fiestas organi- 
zadas por la comisión directiva se dis- 
tinguen por su brillo y esplendidez. 

Por fin el Club Español consiguió 
realizar, gracias a una hábil y digna 
dirección, el ideal que los hombres cultos 
de la colectividad hispana soñaban. 




FRANCISCO BLANCO, 
VOCAL. 



DK. CABKIEL MONEK, 



DR. MANUEL ARNAlZ, 
SECRETARIO. 



íh 




Es el señor 
Justo S. López de 
Gomara, director 
de E! Diario Es- 
pañol, una de las 
figuras más des- 
tacadas de la co- 
lectividad a que 
pertenece. En la 
colectividad espa- 
ñola se- han desta- 
cado — y no podía 
ser de otra manera — 
personalidades fuertes 
y acentuadas en todos 
los campos de la activi- 
dad humana. En el co- 
mercio y en la industria, 
en la agricultura y en la ga- 
nadería, abundan los casos de 
españoles que por sus propios 
méritos se han ganado una sitúa 
ción expectante; pero eso ocurre 
bien en otras colectividades. La 
liaridad de la española consiste en que, 
gracias a la comunidad de la lengua, se 
han destacado en el país en mucho mayor pro- 
porción que en las demás, trabajadores intelec- 
tuales, literarios mejor dicho, de positivo valor. 
Son, en realidad, legión, y la mera lista de sus 
nombres ocuparía un espacio de que no podemos 
disponer. Entre esos trabajadores literarios que 
el país debe a la madre patria, la inconfundible 
silueta del señor Justo S. López de Gomara es 
una de las más conocidas. 

También buscó campo para su infatigable y 
optimista actividad, el señor López de Gomara, 
en la explotación de los recursos materiales del 
país, y triunfó; pero las íntimas 
inclinaciones de su espíritu le em- 
pujaban al campo de las letras, al 
periodismo. Se ha dicho que el pe- 
riodismo es en lo moderno, para 
los espíritus inquietos y empren- 
dedores, una tentación tan pode- 
rosa como los mares y tierras des- 
conocidas lo eran para los espíri- 
tus inquietos y emprendedores de 
hace tres o cuatro siglos. Es pro- 
bable, es casi seguro que la com- 
paración es excesivamente favora- 
ble al periodismo; mas lo cierto es 
que hay en ella un fondo de ver- 
dad. El periodista del día, sobre 
todo en los grandes centros mun- 
diales como en Buenos Aires, tie- 
ne algo del explorador y del con- 
quistador. Hay en el origen de su 
vocación una especie de nublado 

místico dorado por los reflejos de una fortuna posible. 
Cuando el periodista novel se sienta por primera vez 
a la mesa que le ha indicado el Secretario de Re- 
dacción, está como el aventurero — en el signifi- 
cado más noble del término — que se embarca 
por primera vez en la nave que le llevará a su 
destino, que él ignora, por mucho que se 
lo imagine y por mucho que desee la rea- 
lización de sus imaginaciones. El fin 
del viaje puede ser El Dorado, o 
una muerte prematura y violen- 
ta. Así en el caso del periodista 
novel: puede coronar su ca- 
rrera con la dirección del 
diario, o concluirla en un 
modesto puesto de la In- 
tendencia Municipal. El 
señor López de Gomara 




JVSTO • S 
LÓPEZ * D 
GOPAAJ^A 






c-«-<-»-»-^S' 



í-í^-z-t*^ 






/ 




no estaba destina- 
do a figurar en el 
presupuesto de la 
Intendencia Mu- 
nicipal. Para él, el 
periodismo no fué, 
como para los in- 
capaces o para los 
débiles, un medio 
sinounfin.Lospro- 
pósitos anteriores, 
realizados los unos, 
fallidos los otros, co- 
mo es el caso de to- 
dos los hombres con ex- 
cepción de los que no 
tienen propósito alguno 
en la vida — que son los 
más desgraciados a pesar 
le que suelen creerse los más 
ices, — los propósitos anterio- 
decíanios, llevaban como tá- 
de tener un diario desde 
poder hablar con autoridad 
y con sinceridad a los españoles de la 
República Argentina. El intento había sido 
varias veces cumplido; pero la obra, por unas 
u otras razones, había sido poco durable. Era 
menester quitar al periódico español de Buenos 
Aires esa condición de poco durable, que este- 
rilizaba los mejores esfuerzos poniéndolos en 
la pesada tarea de empezar de nuevo. Un dia- 
rio de vida segura, no sometida a los azares 
del momento, eso quería Justo S. López de 
Gomara, y eso lo obtuvo y lo tiene con El 
Diario Español. 

No es empeño fácil la dirección del diario de 
una colectividad tan numerosa como la española 
en nuestro país. Casi siempre, y es 
de felicitarse por ello, subsisten en 
la colectividad las divisiones de 
todo orden que en la patria no 
desaparecen sino cuando algún 
grave peligro la amenaza. ¿Cómo 
satisfacer a todos en forma que 
permita al diario seguir siendo el 
diario de la colectividad? Este es 
Caribdis; Escila es éste. ¿Cómo 
componer siempre, sin claudicacio- 
nes ni jactancias, dos patriotismos, 
o siquiera dos modos de ver las 
cosas: el de la colectividad y el 
del país? 

Basta enunciar esas preguntas 
para caer en la cuenta de las difi- 
cultades, constantes y serias, que 
ofrece el empeño. Ahí está, quizás, 
la causa de ser pocos los diarios 
de colectividades extranjeras que, 
aquí y en todas partes, pueden llegar a la florida y 
robusta virilidad de El Diario Español. Esa es la obra 
capital de López de Gomara en su calidad de perio- 
dista, cuyos muchos méritos es inútil señalar, pues 
su obra es pregonero que no ha menester ayuda 
de nadie. Es también, el director de El Diario 
Español, un hombre de letras erudito y de 
gusto delicado, un poeta a la manera vi- 
gorosa del clasicismo español que pone 
en sus versos esta galantería caba- 
lleresca tan típica y tan inconfun- 
dible; y, sobre todo, un carácter 
noble y un talento muy sim- 
pático. Radicado en nuestro 
país desde 1880, el hidalgo 
periodista español es una 
de las mejores fuerzas vi- 
vas de la cultura nacional. 







EN MAYO DE 1380. 



^•?^'- 





(3ttí 





ubo tn Iflabríb bobas reales. JBajo el palio lu- 
minoso be una esplénbiba mañana prímaberal 
trujó el cortejo por las calles que conbuccn bes 
be iJalacio a la iglesia be los Jerónimos. lHix 
gentío entusiasta agolpábase en las aceras tras 
las bos filas be tropas; los aplausos, los bítoreS p las 
flores salubaban el paso be la carroja tonociba por el 
nombre be Carrosa be la Corona, en cupo interior, bien 
bisibles, iban el monarca p su prometiba. €1 buen pue- 
blo mabrileño, siempre cariñoso con su rcp, realijó una 
bemostración be lútJilo inolbibable. Diríase que casaba 
matemalmente al soberano nacibo en iHabrib, a quien 
f)abía bisto crecer, a quien tanto tiempo llamó aifon- 
«ito. Wnase a este cariño el que fjabía bespcrtabo la 



augusta nobia entre los mabrileños. ÍKobos dallábanse 
conformes en reconocer que boña ifHaría Victoria €ugenia, 
por Su fjcrmosura p sus bírtubts era la esposa mereciba 
be un Soberano tan popular, ^sí besbe las primeras 
toras bel bía acubíeron en masa el becinbario p los foras- 
teros para formar bigno marco a la real comitiba. (Quien 
conozca a aquel noble pueblo sabe la efusión ingenua que 
pone en sus manifestaciones afectuosas. 

(£1 momento culminante bel entusiasmo, el sitio bonbe 
la comitiba lució más suntuosa fue el elegibo por el ce- 
lebre pintor fílarcelino be ÍHnccta, ilustre cronista grá- 
fico be este memorable bía, cupo cuabro reprobucimos. 

lía Corte española se bistingue por la sebera fastuo= 
sibab ton que realiza Sus fiestas p ceremonias, fio ama 








fJT 



ir/i 



los ijerrocfjcá be lujo; fjap en áu boato algo iré familiar 
que la acerca al pucülo Diana por Sí, no bcsea l)eslum= 
brar. Sino presentarse noblemente, $or eso aquella comi= 
tiba fjupó be las teatralibabcs aparatosas, p así, sin 
ofrecerse en espectáculo, cruzaba solemne las calles ple= 
ñas be mucfjebumbre p be luj 

Hos jinetes be la (Escolta 3Real, los palafreneros, la 
carroja, los príncipes p cnbiabos, auarbía be fjonor be 
los repes, el séquito palaciego, formaban un policromo p 
fjermoso conjunto. £entamente, en mebío be las aclama- 
ciones p be los salubos militares, llegó el cortejo a la 
iglesia be los Jerónimos, en cupo sagrabo recinto beri= 
ficóse la ceremonia nupcial, mientras el pueblo aguarbaba 
la tora be salubar a los reales esposos. 



iSingunaS ra?ones be (Estaba ftabían presibibo a aquellas 
babas, ©on Alfonso p baria Mxvín ??ictoría (Eugenia sc 
eligieron libremente, ^or eso en aquel acto ftubo emo- 
ciones fjumanas p no sólo rígiba etiqueta, circunstancia 
que le balora más. €1 factor cariño, tan a mcnubo 
ausente en las reales bobas, prestaba nueba lu? a ese 
enlace que el pueblo aplaubía maternalmente. 

© fué al regresar bel templo cuanba un crimen imprc= 
bisto puso Sangre be súbbitos en aquel acto placentero. 

(El atentaba be la locura consiguió matar a inocentes p 
romper la serena comitiba; pero Ijijo que el afecto mutuo 
be los esposos se fjiciese más firme, p más firme tam- 
bién el cariño que Cspaña profesa a Su íjibalgo rep p 
a su birtuoSa p bella Soberana. 





BEHS 



FRANCISCO G RAN DMON T/XGNE 



CADA vez que paso por Madrid, de regreso 
de Buenos Aires, oradores y políticos amigos 
suelen preguntarme: 

— Y. ¿qué es de don Belisario?. . . 

— Pues allá está; muy bien. 

— ¡Cómo habla! Don Belisario es un orador 
formidable. 

En Madrid se le recuerda siempre por el nombre. 
Cada vez que se alude a grandes oradores, surge la 
prefunta: «¿Oyó usted a don Belisario?» «¿Estaba usted 



DELICADO ELOGIO ESCRITO POR 
GRANDMONTAGNE EN VIDA DEL 
EMINENTE TRIBUNO - POETA, RE- 
CUERDO DE UNA CONQUISTA 
ESPIRITUAL REALIZADA POR UN 
ARGENTINO AMANTE DE LA 
ESTIRPE ESPAÑOLA QUE 
"PLVS VLTRA" GUAR- 



en el Ateneo cuando habló don Belisario?» Ningún ame- DÓ PARA ESTE 

rícano de cuantos han pasado por Madrid dejó un recuerdo NÚMERO HO- 

más duradero de su arte, ni una estela más prolongada de W^^NAIF 

afectos y simpatías. Verdad es que. personalmente, produjo ■' ' 

la impresión de un madrileño por su conocimiento de la vida y <¡ 

costumbres de la corte, de su movimiento literario y político, del 
rico anecdotario de la tribuna parlamentaria, del mismo lenguaje 
de pueblo, con sus modismos pintorescos, que le eran familiares a tra- 
vés del teatro cómico y costumbrista, de ese divertido y origina! género 
chico, con cuyos intérpretes y, sobre todo, con las «interpretas» gustaba 
el gran orador, en sus aflos floridos, mantener estrecho y constante trato. 
Parecía que Roidán no había salido nunca de Madrid. 



— Pero ¿cómo conoce tan bien el lenguaje y 
costumbres de la corte, nuestras bromas y modis- 
mos? — me preguntaban. 

■ — Ha vivido muchas noches en puro madrileño 
— respondía yo. 

Tuve el gusto y el honor de escribir un artículo 
en «El Imparcial» presentándole al público espa- 
ñol como un artista eximio de la palabra. 
Moret, a la sazón jefe del gobierno y presidente del 
Ateneo, me llamó y me dijo: — Tengo que presentaren 



el Ateneo al señor Roldan. Yo no le conozco, ni sé lo que 
vale como orador; pero he leído su artículo y haré la presen- 
tación con arreglo a sus términos, si bien con otras palabras. 
Aunque lo que usted afirma me merece confianza, conste que la 
presentación va por su cuenta. 
— No tema, señor Moret. El doctor Roldan nos dejará bien a los dos; 
superará con creces cuanto usted diga en la tribuna y cuanto yo he 
dicho en el periódico. 
No era fácil el éxito. Llegaba Roldan en momentos poco propicios para 
la oratoria; una crítica acerba, especialmente por parte de los ateneístas, 
se había desatado contra ella, atribuyéndole males sin cuento en el orden 
político. Pero, en el fondo, esta crítica no respondía a un verdadero estado 




espiritual. La elocuencia será o no será útil a este 
pueblo — habría mucho que hablar de ello — pero 
lo indudable es que le hace feliz, le emociona y 
le arrebata como ninguna otra forma de produc- 
ción artística. 

Y así se explica la curiosidad que había por 
oírle. Todo el vasto salón, los corredores y pasi- 
llos, las puertas, todo estaba atestado de un pú- 
blico intelectual. En torno a la misma tribuna se 
apiñaba la gente de letras, literatos, periodistas, 
oradores, que examinaban los menores gestos del 
tribuno americano. El auditorio, enterado de que 
ss trataba, no de un político ni de un «mitinero» 
agitador de plebes, sino de un gran artista de la 
palabra, aprestóse a no perder sílaba de la con- 
ferencia. 

Unos aplausos tibios, cortados por «chis» abru- 
mador, saludaron su presencia en el escenario en 
compañía de Moret. El jefe del gobierno hizo la 
presentación en términos elocuentes, hablando de 
una España prolongada más allá de los mares. Al 
romper Roldan a hablar hubiérase sentido el ale- 
teo de una mosca; un silencio parecido al que reina 
cuando un tenor famoso inicia las primeras notas 
de la romanza. Con el primer párrafo de agrade- 
cimiento a Moret se impuso al auditorio. Fueron 
sus primeras palabras un alarde de bien decir, de 
una sintaxis impecable, vertidas en un tono efu- 
sivo. La figura, menuda y enhiesta; la voz, varo- 
nil y dulce; la elegancia del ademán, la finura de 
todos sus gestos, cautivaron al instante a la se- 
lecta concurrencia. 

Me hallaba yo en la primera fila, entre Mel- 
quíades Alvarez y la Pardo Bazán. Moret me 
miró, haciendo un gesto que podía traducirse 
así: «¡Vaya un orador!» La vasta sala, que tiene 
forma de teatro, estalló en un aplauso unánime. 
Por todas partes S3 oyó exclamar: «¡Admirable! 
¡Admirable!» Interrogué con los ojos a Melquíades 
Alvarez. «Construye de una manera única, impe- 
cable» — me dijo al oído. 

El saludo al Ateneo y a la tribuna en que ha- 
blaron tantos maestros de la elocuencia fué ver- 
daderamente magnífico. El auditorio se sintió 
sacudido en todas sus fibras espirituales por aquel 
canto al hogar tradicional de la cultura española. 
Luego siguió una apología del espíritu de España 
y de su obra en el mundo. La palabra fluía lim- 
pia al hablar de la distinta idiosincrasia de los 
tipos regionales. Eran definiciones rápidas, alu- 
sivas al rasgo esencial de cada grupo. Los ate- 
neístas estaban maravillados del perfecto cono- 
cimiento del orador acsrca de la heterogénea con- 
textura espiritual de los pobladores de la penín- 
sula. La observación aguda iba envuelta en la 
ágil metáfora, y el concepto poético era vertido 
en párrafos esculturales, de una perfecta y armó- 
nica construcción literaria. 

El público s3 conmovió profundamente, entre- 
gándos3 por entero al orador. A partir de este 
punto, el Ateneo se convirtió en un verdadero 
alboroto de entusiasmo. Una catarata de aplau- 
sos seguía a cada párrafo, y un movimiento gene- 
ral de simpatía y admiración, manifestado en ges- 
tos, en vítores, en exclamaciones, demostraban 
que Roldan era ya algo propio, unido a nuestra 
vida por el lazo de un arte genuinamente español. 
«¡Que no se vaya! ¡Que se quede entre nosotros!» 
— S3 oía decir por todas partes. «¡Le haremos di- 
putado por Madrid!» — exclamaban algunos. 

ENTRÓ desconocido en aquella casa y salió 
eminente, convertido en as de un arte que 
será eterno en España. La ovación final fué 
estupenda. El público que llenaba la sala del Ate- 
neo saludaba, puesto en pie, al gran orador bo- 
naerense. El escenario fué materialmente asaltado 
por multitud de personas: periodistas, escritores 
y políticos, que abrazaban al conferenciante, su- 
gestionados y conmovidos por su mágica pala- 
bra. Al cruzar luego Roldan los pasillos y gale- 
rías se renovaron a su paso las ovaciones, trans- 
mitiéndose a la calle, donde se había quedado mu- 
cha gente sin poder entrar por falta de espacio. 
Por muchos años que viva y por muchos que 
S3an sus éxitos, no podrá olvidar jamás el 
obtenido en la tribuna del Ateneo de Ma- 
drid, ocupada, durante medio siglo de tor- 
neos oratorios, por todos los grandes 
cultores de la elocuencia. En los pa- 
sillos del Ateneo, después de la 
conferencia, los gruposdiscutían 
a gritos, haciendo compara- 
ciones entre Maura, Moret, 
Canalejas, Alvarez y Rol- 
dan. Me llamó aparte 
Moret, que era un 
hombre muy fino 



y cordial: «¡Qué dirá el señor Roldan de esta for- 
ma violenta de discutir! Lléveselo usted. . .» 

— Nada de eso, don Segismundo; seguramente 
está encantado de esta tremolina, o bochinche 
como él dirá. ¿Qué le ha parecido a usted? 

— Maravilloso. Posee una fuerza lírica admira- 
ble. Pero no debe ser orador parlamentario; segu- 
ramente le impedirá serlo su extraordinario buen 
gusto. Es un magnífico poeta-orador, y en los 
parlamentos impera muchas veces la prosa más 
cruda y detestable. Pero lléveselo usted; no son 
elegantes estas disputas. . . 

Al día siguiente todos los diarios de Madrid 
consagraban su primera columna al orador argen- 
tino. Eran artículos vibrantes, llenos de calor en 
el elogio al artista. Todos coincidían con el juicio 
de Moret, llamándole el «primer tribuno-poeta en 
lengua española». Las impresiones de la prensa 
madrileña se transmitían a todos los periódicos de 
la península. Por espacio de una semanales dia- 
rios de toda España no hablaban sino de la Repú- 
blica Argentina. Y he aquí cómo un orador lírico, 
un artista de la palabra, puede ser un excelente 
apóstol de su país, más útil acaso que el sociólogo 
y el economista que esparcen nociones precisas y 
concretas. En una ocasión, un escritor analítico, 
un psicólogo hablaba delante de Castelar con poco 
respeto sobre la oratoria. El gran tribuno, que 
poseía un orgullo tan alto como su elevadísima 
elocuencia, saltó al punto, diciendo: «Con un dis- 
curso lírico he libertado yo a doscientos mi! escla- 
vos. Quizá no logrará usted nunca otro tanto con 
toda su literatura psicológica.» Igualmente po- 
dría decir Roldan: «.^1i discurso del Ateneo sirvió 
para difundir en España el conocimiento de la 
República Argentina mucho más que todas las 
estadísticas en que se cuenta el número de sus 
rebaños.» 

La conferencia fué una síntesis histórica de los 
cien años de independencia, una descripción en 
grandes líneas panorámicas de las evoluciones que 
han experimentado los pueblos americanos. En 
su palabra maravillosa había de todo: riqueza 
plástica, concepto social, animada expresión para 
seguir el múltiple movimiento de las luchas polí- 
ticas y acierto insuperable, maestría única, para 
elegir el adjetivo insubstituible. Al describir las 
torvas figuras americanas de las guerras civiles, 
los ateneístas notaban su grave parecido con las 
españolas de ambas guerras carlistas. Facundo 
equivalía, en crueldad, a Cabrera, al Tigre del 
Maestrazgo; el Chacho era idéntico a Santa Cruz; 
las mismas pasiones feroces, iguales procedimien- 
tos de lucha. La palabra de Roldan llegó en este 
punto al máximo poder revelador; su conferencia 
fué la mejor monografía de las trágicas turbulen- 
cias de España y América en el trabajoso desen- 
volvimiento de su vida pública. Los caracteres de 
la raza, en la Península y en Ultramar, eran re- 
flejados de una manera nítida y palpitante por 
aquella palabra que parecía reunir las condicio- 
nes del rayo: altura, luminosidad, fuego, rapidez. 
El público, electrizado, estalló en una ovación 
imponente. 



I A oratoria de Roldan llamó principalmente la 
atención por la belleza de sus metáforas y 
amplio espíritu alegórico. Sus imágenes, unas 
veces delicadas y llenas de gracia, otras vecesenér- 
gicas y rotundas, siempre de un buen gusto ex- 
traordinario, no son puras abstracciones de su 
fantasía, o fruto de un rapsodismo extraído de la 
elocuencia y de la literatura de todos los tiempos. 
Son, por el contrario, resultado natural de una 
visión directa de la realidad histórica, social y 
geográfica de su país, donde todo se halla en ges- 
tación formidable. 

Delicadeza, humorismo, ternura, un poco de 
melancolía, intensidad de pensamiento no pocas 
veces y acierto constante en la expresión, nítida 
y clara como un cristal: tales son las cualidades 




esenciales de Belisario Roldan. En el verso, co- 
mo en la oratoria, resplandecen el lirismo, la ri- 
queza verbal y la brillantez nr.etafórica. 

Pocos como Roldan conocen los secretos de la 
lengua castellana. Dotado de vasta cultura clá- 
sica, con profundo conocimiento del siglo de oro, 
domina a la perfección su sintaxis y esas foimas 
rotundas y vigorosas que caracterizan al idioma 
español. Y al propio tiempo sabe mezclar cierta 
rapidez, cierta flexibilidad, derivadas e impues- 
tas por el último movimiento literario europeo, 
especialmente por los parnasianos y simbolistas 
franceses. 

A estas condiciones de su estilo y a su bello 
estro debió el éxito clamoroso obtenido en la 
difícil tribuna del Ateneo de Madrid. Allí fué 
consagrado como el más perfecto de los cultores 
de la oratoria literaria. No se propone él otra 
cosa; no anhela acaudillar multitudes, ni redimir 
pueblos, ni cambiar la contextura económica, ni 
la faz política del mundo. Su propósito es la ora- 
toria artística. Y justo es reconocer que lo con- 
sigue como nadie. Para Roldan el valor funda- 
mental de las ideas es que sean reduclibles a 
belleza expresiva. 

Y así, lo mismo haría un magnífico discurso 
apologético sobre César que sobre Bruto, lo mismo 
pronunciaría una gran oración sobre Nerón que 
sobre sus víctimas. Los tópicos son el pretexto; 
lo esencial para él es la belleza de la palabra. Y, 
después de todo, quizá el crear belleza sea más 
importante que determinar si la razón la tenía 
Bruto o la tenía César. 

¿Que Roldan no improvisa? ¡Naturalmente! No 
se construye prosa perfecta improvisando. Nin- 
gún orador artista improvisa. Los dos más gran- 
des tribunos en lengua castellana, rcmántico uno 
y clásico el otro, Castelar y Martes, tampoco 
improvisaron sus más célebres. discursos. Los lle- 
vaban construidos en la cabeza y aun los escri- 
bían previamente, dando luego, por medio del 
ademán, del gesto y de las inflexiones de voz, 
la sensación de lo improvisado. 

Había en ellos dos elem.entos de arte: el de 
componer en silencio y el de decir con belleza, 
como verdaderos artistas de la oratoiia. Lo bello 
S3 pueda expresar ds prisa y srguido; pero hay 
que haberlo pensado antes despacio. La belleza 
se construye lentamente. 

Hace pocos días han aparecido varios originales 
con diversos discursos escritos por mano de Cas- 
telar. El las cuartillas, en medio y al final de los 
principales párrafos, S3 leen acotaciones como 
éstas: «expectación», «aplausos», «ovación». Se han 
consultado las versiones taquigráficas y coinciden 
con las acotaciones de los originales. ¡Si estaría 
seguro Castelar de los efectos de su palabra! 

La improvisación es cosa de polemistas parla- 
mentarios y de oradores de «meeting». Y, asimismo, 
los que no piensan antes lo que van a decir, ge- 
neralmente dicen muchas tonterías. De ahí que 
los «Diarios de Sesiones» sean, como lectura, inde- 
glutibles. En ellos no hay belleza. En cambio, 
quizá encierren sus páginas la salvación de los 
pueblos, si bien éstos no parece que estén de ello 
muy convencidos. 



DE los afectos, simpatías y admiraciones que 
provocó Roldan en su paso por Madrid os 
daré un detalle revelador. Durante veinte 
días no pudimos reunimos para almorzar o ce- 
nar, pues tuvo comprometidos todos los almuer- 
zos y cenas mientras estuvo en la corte. La aris- 
tocracia, los políticos y los intelectuales se disputa- 
ron el honor de agasajarle con una cordialidad y 
una efusión que ha de perdurar en su memoria. 
Por último se le dio un banquete monstruo en 
el teatro de la Comedia, uno de los mayores de 
Madrid. Asistieron no menos de mil quinientas 
personas que representaban la intelectualidad es- 
pañola. Bajo la dirección de Benlliure, el teatro 
fué soberbiamente adornado con profusión de flo- 
res traídas de Valencia. Al final de la com.ida 
los palcos fueron ocupados por elegantes damas 
de la aristocracia, que deseaban escuchar a 
Roldan al dar las gracias a don Gumer- 
sindo Azcárate, encargado de ofrecer el 
homenaje. 

A pesar de los años transcurridos, los 
asistentes al Ateneo siguen recordan- 
do a don Belisario. Y la muletilla 
se ha hecho general en Madrid: 

— ¿Oyó usted a don Be- 
lisario? 

— No. 

— Pues n o sabe 
usted lo que es ha- 
blar... 





No por desdén a lo pequeño— que en él echan 
a veces su raíz las grandes cosas,— por amor 
a la verdad debemos proclamar el noble abo- 
lengo de Casa de Galicia. Nuestra querida ins- 
titución regional apareció en la vida de manera 
inusJUda. heroicamente. El concierto de volunta- 
des entusiastas, que es. de ordinario, el germen fecun- 
dísimo de las agrupaciones españolas, exaltóse a su po- 
tencia máxima para fundar la Casa de Galicia: no fueron in- 
dividuos sus creadores, sino sociedades; la voluntad colectiva or- 
ganizada y fuerte, impuso con fortuna la prioridad de su' rango 
indiscutible. Allá por el mes de septiembre de 1918, cuatro socie- 
dades regionales Orfeón Gallego Primitivo. Agrupación Artística 
Gallega, Asociación Coral Gallega y A Terra, ceñ¡d¿ por un abrazo 



SR. J05á VILLAMA- 
RÍN, ACTUAL PRE- 
SIDENTE DÉLA IN.'.- 
TITUCIÓN, 



de la hermandad más pura, desaparecían es- 
toicamente para dar vida, con su muerte, a 
Casa de Galicia. Al que desconozca el poderoso 
individualismo de nuestros paisanos, que impri- 
me rasjos inconfundibles a su carácter, ya tenaz 
de por sí, nada extraño hallará en ese nacimiento; 
pero a los que no ignoramos aquella virtud tan recia- 
mente mantenida, nos asombra el sacrificio que hicieron 
de ella las sociedades progenitoras de Casa de Galicia. Noble 
desinterés, abnegación admirable, que nos recuerda la de ciertos 
organismos que se aniquilan una vez satisfecha la divina misión de 
procrear, y ofrecen, en cruento holocausto a la vida, su carroña 
como primer sustento a la prole numerosa. En todo el tiempo 
transcurrido desde que así hubo de nacer, no se hizo traición a 



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los fines señalados por xantar 
tan ilustres fundado- conse; 
res. Encendida está ° ^ " ' 
la hoguera que man- 
tiene en fusión de afectos los 
ideales de la Casa: en el profun 
amor a España se amalgaman 
el carísimo de la tierra «melga* 
y el otro fraternal, sir.csro, a 
este país, cuyos hijos S3 con- 
funden con nosotros en el ín- 
timo regocijo de los «Xanta- 
res), en la emoción estética 
del arte y en el santo res- 
peto que la ciencia inspira. 
Sólo siguiendo esa mar- 
cha podrá Casa de Galicia 
ostentar la representación 
de la compleja colectivi- 
dad de los galaicos en esta 
República; de esas gentes 
que, como lo decíamos en 
«Acción Gallega», la revista 
de la Casa, a la uniformidad 
de un buen sentir unen la 
variedad armoniosa de sus 
aptitudes: labradores que del 
agro gallego, tan inagotable 
como antiguo, hicieron jardín > 
besana, ofreciendo inspirado 
eterna a sus poetas, y al arte 
égloga magnífica del honesto ■ 
aldeano; marineros de 
purísima estirpe, bra- cabecera 

A N T O N I O R. "oTena^'-e 



GRUrO DE COMENSA 

LES AL XANTAR / 

BENAVENTE 




vos como lobos, inge- 
nuos cual infantes, 
que aprendieron he- 
roísmo anónimo en la 
dura cátedra de las procelas; pas- 
tores que alternaron en la umbría 
de los sotos galaicos el honroso 
ejercicio de su menester con 
aquel altísimo de conservar la 
tradición amada en lo dulce 
de sus cantares, en la na- 
rración familiar y en el pi- 
caresco decir; arrogantes 
mozos, altos como lanzas, 
fuertes como pinos, fieles 
como rodrigones; clérigos 
y estudiantes; artesanos 
y físicos; letrados y poe- 
tas; comerciantes y artis- 
tas, y rapazas donairosas 
que inspirarían los mejo- 
res versos de un Arcipreste 
gentil o del galante Santi- 
llana: que por virtud de 
ellas y no por suerte han 
sido siempre mozas de tra- 
bajo, que no del partido... 
Gentes en número y calidad 
bastantes para fundar una na- 
ción ilustre si no las amarrasen 
a la suya gloriosa los más fuertes 
lazos, que por no padecer olvido 
hacen más intenso el 
sufrir de ausencia... 



EL DR. ANTONIO 
R. DE FRAGA PRONUN- 
CIANDO SU DISCURSO. 



DE FRAGA 




EL XANTAR EN HO.VIENAJE A DON 
FRANCISCO GRAN DMONTAGN E. 



EL DOCTOR AVELINO OUTláRREZ 
HACIENDO EL PANEGÍRICO DE CA/AL. 





La muerte Je h nuGitim 



Camo un altar blanco, cubierto de flores. 

se alzaba la mesa; 
y alli colocada, tendida a lo largo, 
entre cuatro tablas y entre cuatro velas, 

cruzadas las manos 

rígidas y bellas, 

cerradas por siempre 

las pestai^as negras, 
en medio de un grupo de gente enlutada, 

estaba la muerta. 

Cubría su cuerpo 
aquel floreado vestido de seda 

que en la cabalgata 

lució por Valencia, 
montada a la grupa con su novio Paco, 
cruzando entre aplausos la alegre A.lameda. 

¡Quién pensara entonces 
que el rico vestido de flores sangrientas, 
que el inmaculado pañuelo de encaje, 
las agujas de oro, la fina peineta 

y ¡as arracadas, 
serian mortaja de la ribereña! 

Todas las barracas quedaron sin gente. 
Allá, en la lejana torre de una iglesia, 

dobla a muerto un bronce... 
¡Es la despedida doliente y eterna! 

Sobre la barraca 
una cruz de hierro preside la escena: 
hay un jilgueríllo dentro de una jaula 
colgada en un clavo próximo a la puerta, 
y el pájaro esponja su leve plumaje 
en señal de duelo por la joven dueña. 



El perro, tendido 
al pie de la parra, detrás de una piedra, 
levantando a ratos los ojos al cielo, 

aulla con tristeza. 
Entre los espejos de los arrozales, 
por largos senderos los vecinos llegan 

vestidos de negro, 
¡la ropa de muerte, de boda y de fiesta! 

Lucha en la barraca con la luz del día 

la luz de las velas. 
Tendida en la caja, sonríe la virgen 

como si durmiera, 
y en su faz inmóvil fijas las miradas, 
hay grupos de chicos y filas de viejas, 
hombres atezados y mozos sombríos. 

El vicario reza. . . 
Una moza espanta con su «mocaorcico» 
las moscas que acuden a la boca seca; 

otra mano amiga 
alisa en las sienes la obscura guedeja; 
y unas labradoras, allá junto al pozo, 
en son de reproche con ira comentan 
que vino la muerte por el desengaño 
de casarse el novio con otra en Valencia. 

La pobre huérfana 
empezó a amustiarse y a tener ojeras, 
a ponerse blanca com.o los jazmines, 
a llorar a solas y a perder las fuerzas. 
Al toser, manchaba de sangre el pañuelo, 
y se iba quedando lo mismo que cera: 
¡ella, que era envidia 
de rosas y fresas! 



Y así fué, traidora, viniendo la muerte. 
La pobre muchacha voló de la tierra 

como un pajarico, 
nombrando a su novio, sin odio ni pena... 

Terminó el vicario su oración piadosa, 

bendijo a la muerta, 
se arregló el manteo, volvióse a los mozos, 

les hizo una seña 

y alzaron la tapa. . . 
La madre, llorando, se abrazó frenética 
al cuerpo querido: — «¡Ay, filia del ánima! 
¡Luserioo meu! ¡Ay, ma Visanteta!» 

El padre, rugiendo, 
en la del cadáver dobló su cabeza; 
el llanto amoroso se quedó prendido 
entre las pestañas, entre las guedejas, 
y rodó en los labios morados y secos 
igual que un rocío sobre una violeta. 

Pudieron los hombres 

a fuerza de fuerza 
llevarse a los padres. Clavaron el féretro; 
los mozos, en hombros, lo sacaron fuera; 
y bajo las ramas de los naranjales, 
y al blando murmurio de pardas acequias, 
íbase alejando la fúnebre caja 
con rumbo al regazo de la madre tierra, 
entre los adioses de los pajarillos, 
entre los saludos de las cañas secas, 
el vago perfume de los limoneros 
y el hondo silencio de toda la huerta. 



vs 



eTtan.o 



Q 



a-voio 




Cuando el 30 de agosto del año 
1912 un grupo de damas, vincu- 
ladas a la madre patria por su 
origen o por su enlace con espa- 
ñoles, realizó su primera reunión 
en uno de los salones contiguos 
a la iglesia de Regina Martyrum 
para tratar de formar una asocia- 
ción que velara por los huérfanos 
de españoles que no contaran en 
la Argentina con apoyo alguno, 
aquel proyecto pareció ilusión, 
que se ve convertida hoy en her- 
mosa realidad gracias al esfuerzo 
de un grupo de damas de la co- 
lectividad, que con su inteligen- 
cia y su energía han cimentado 
lo que será una obra grandiosa. 

El 3 de diciembre de 1912, gra- 
cias a la generosidad del señor 
Manuel Quemada, se inauguraba 
solemnemente, en Carlos Calvo, 
2230, la casa del Patronato. 

La casa se puso al cuidado de 
las religiosas españolas Carmeli- 
tas Terciarias, quienes, además 
del cuidado de los niños huérfa- 
nos, atendían y atienden hoy so- 



grupo DE ASILADAS ORANDO EN LA CAPILLA. 



ícitamente. a las jóvenes que 
llegan de España, solas, faltas 
de apoyo y experiencia. 

La organización interna del 
Patronato Español es perfecta. 
Basta visitaruna vez el estableci- 
miento, que tiene hoy su sede en 

a calle Federico Lacroze, 2912, 
para apreciarlo. Habitaciones 
bien aireadas, ropa limpia, bue- 
nos alimentos, enseñanza sencilla 
y provechosa, y un ambiente de 
paz que se infiltra hasta el alma. 
La hora del recreo en el Patro- 
nato Español produce la sensa- 
ción de que una bandada de pá- 
jaros hubiera idea posarse en los 
grandes patios. Una algarabía 
deliciosa resuena en todas las de- 
pendencias del establecimiento. 
Aun cuando el edificio del Pa- 
tronato Español sólo tiene cabi- 
da para unos ochenta niños, la 
comisión ha adquirido fincas lin- 
dantes con el edificio actual, y 
eso permitirá que en un porve- 
nir, no lejano por cierto, el edi- 
ficio de hoy pueda ampliarse. 




TANTO EN LOS MOMENTOS DEDICADOS AL ESTUDIO, COMO EN LAS HORAS DE 
EXPANSIÓN, SON SIEMPRE LAS HERMANAS ÁNGELES TUTELARES DE LOS HUÉRFANOS. 




c 




DO» VICENTE CASARES, PRIME.-; 
PKESIIJENTE DE LA INSTITUCIÓN. 






© 



) 



Para hablar de los tiempos de I2 
fundación de la Asociación Española 
de Socorros Mutucs de Buenos Aires. 
seria necesario habí ir también de los 
tiempos de la organización del país. 
La historia de esta importante aso- 
ciación benéfica marcha paralela con 
la historia moderna argentina. 

La Asociación Española de Soco- 
rros Mutuos fué asi fundada: 

Todos los españoles afincados en 
Buenos Aires, menos tal vez de medio 
millar, fueron convocados a concurrir 
el domingo 2) de diciembre de 1857, a 
una función que debía celebrarse en 
un teatrito llamado «Porvenir.. Como 
esuba anunciado. la reunión se cele- 
bró. ¿Cuántos españoles eran? Don 
Pedro María Moreno dicj que eran 
apenas «esenta. Y sesenta consigna, 
precisamente, el acta de fundación de 
la Sociedad. Presidió la reunión don 
Vicente Casares, como primera auto- 
ridad de la colectividad, y se sentaron 
a su derecha y a su izquierda, respec- 






DON JULIO MAQUIEIRA RODRÍ- 
GUEZ, ' ACTUAL PRESIDENTE. 



1) LA CRUZ DE 
BENEFICENCIA 




M 








/ 




n 



REAL ORDEN CONDECORANDO A LA SOCIEDAD E.-;PAfi0LA DE 
SOCORROS MUTUOS CON LA GRAN CRUZ DE BENEFICENCIA. 



tivamente, e! doctor Toribio Ayerza, 
médico, y el doctor Juan Arizábalo, 
farmacéutico. Eran las tres figuras 
representativas de la colectividad. El 
señor Muñoz explicó el objeto de la 
reunión. Pronunció un elooueiite dis- 
curso loando los ideales mutuaüstas y 
afirmando la necesidad que todos los 
españoles tenían de unirse y prote- 
gerse para hacer frente a las contin- 
gencias de la vida. Y aunque !a idea 
fué acogida por todos con en tusiasmo, 
y aunque la Asociación quedó cons- 
tituida, la cosa cayó en el vacío. 

Fué necesario empezar de nuevo. Y 
convencer a quienes acababan de su- 
frir casi un fracaso, resultó labor mis 
difícil. Sin embargo, poniendo todas 
su,-: fuerzas al servicio de la idea, ven- 
cieron por segunda vez. ¡Y vencieron 
triunfalmentel La segunda asamblea 
constitutiva se verificó días después, 
el 1." del mes de enero de 1858, en la 
casa de! doctor Enrique Ochoa, haH- 
tadaen la calle Méjico, 81, asistiendo 







LA ACTUAL COMISIÓN DIRECTIVA 

una no mucho mayor. Se constitu- 
yó definitivamente la Asociación y 
eligió una junta directiva presidida 
por don Vicente Casares. 

Y así quedó fundada la que es hoy 
«Asociación Española de Socorros 
Mutuos», la más importante asocia- 
ción de la América del Sud, con más 
de 28.000 asociados en la República. 

La sola enumeración de los bene- 
ficios que reporta al asociado esta 
obra da idea de su importancia: 

Asistencia médica y farmacéutica, 
ya sea en los consultorios centrales o 
en sus domicilios; servicio de partos a 
domicilio; ayuda de un peso y medio 
diario al asociado enfermo, que no 
puede trabajar; un subsidio a la viu- 
da o hijos menores del socio fallecido; 
a los seis años de asociarse si por una 
enfermedad queda impedido de tra- 
bajar, la Asociación le asigna una 
pensión de crónico, de un peso diario. 



J 



I 



M 




La " Asociación Española de Socorros Mutuos de Buenos Aires" 
realiza, dentro del campo del mulualismo y con arreglo a los fines de 
su creación, una obra progresista, humanitaria y patriótica. 

Contribuye al bienestar de numerosos hogares, a ¡os que hace llegar 
el auxilio de sus servicios con toda solicitud y cariño. Alcanzan sus 
beneficios a muchos compatriotas que, retirados de la vida activa por 
los achaques de la vefez y las enfermedades, pasan sus últimos años 
en la aldea de su origen disfrutando de la pensión con que mensual- 
mente les auxilia la Asociación, merecido premio a su cooperación y 
constancia. Realiza obra patriótica porque al amparo de sus liberales 
Estatutos reúne en su seno a españoles y argentinos formando con 
ellos una gran familia en la que todos gozan de los mismos dere- 
chos y privilegios, constituyendo un fuerte vínculo de acercamiento 
Hispanoargentino. 

La Asociación, pacífica y silenciosamente, va realizando el programa 
que le trazaron sus esclarecidos iniciadores, y su obra es hoy uno de 
nuestros orgullos colectivos. 

La "Asociación Española de Socorros Mutuos" es un ejemplo del 
esfuerzo poderoso del mutualismo. base en que, sin duda, se cimentará 
la felicidad y bienestar de la sociedad del porvenir. 



12 de Octubre de icj22. 





EN PLENA LABOR 



pero si en lugar de recibir esta ayuda, 
el socio desea regresar a España, la 
Asociación Española de Socorros Mu- 
tuos le hace entrega de 1.000 pesetas; 
si el asociado tiene diez años de an- 
tigüedad, como socio, tiene dere- 
cho a esa pensión de crónico en 
España. 

La comisión directiva que actual- 
mente preside don Julio Maquieira 
Rodríguez está empeñada en que las 
grandes proporciones a que ha llegado 
ya la Asociación Española de Soco- 
rros Mutuos sean aún mayores, y 
pueda esta institución mutualista, 
que es hoy de las más importantes 
del mundo, ser una potencia finan- 
ciera tal, que llegue a realizar todos 
los ideales que hace sesenta y cinco 
años soñaron los que cimentaron las 
bases de esta Asociación, con el altru- 
ista fin de que todos los españoles se 
unan, para ayudarse y protegerse. 



L 



O 



PANTEÓN SOCIAL 
PARA OCHO MIL 



NICHOS EN LA NE- 
CRÓPOLIS DEL OE$TE. 








c 



3 %>^0 fl memorial prcseiitalio por la ^Jíoriacíón íJatríótíra €e!pa= 
ñola, a la que ác Ijaii aíiljcribo tobas laá ícmáó síocicbabfá ceipafíO' 
laá p bititrsíaá ínátitiicioncsí argentinas! cicntíficaá p literarias áolící- 
tanbo Sea beclarabo fcriabo el bía 12 be ©etufarc p consíberanbo: 

ML I . — (Que el bescufarimiento be América eS el acontecí' 

miento be más trastenbencia que ftapa realijabo la íjumani- 

bab a trabes be los tiempos, pnes tobaS las renobaciones posteriores Se beri- 

üan b¿ este asombroso siireso, que al par que amplió los linbes be la tierra 

abrió insospecljabos horizontes al espíritu; 

tÍL II, — (Que Se bebió al genio íjíspano, al íbentificarsc con la bísión su= 
blime bel genio be Colón, efeméribcs tan portentosa, cupa obra no qucbó 
circunscripta al probigío bíl bescubrimiento, sino que la consolibó con la 
conquista, empresa esta tan arbua p ciclópea que no tiene términos posibles be 
comparación en los anales be tobos los pueblos; 

tÍL lll. (Que la (Kspafía bescubríbora p conquistabora boleó Sobre el contí- 
nente enigmático p magnífico el balor be Sus guerreros, el bennebo be sus 
explorabores, la fe be Sus sacerbotcs, el preceptismo be suS sabios, las labores 
be sus menestrales; p con la aleación be tobos estos factores obró el milagro 
be conquistar para la cibilí?ación la inmensa fjercbab en que Ijop florecen las 

naciones americanas. 

\L |3or tanto, sienbo eminentemente justo consagrar la fcstibibab be esta 

feclja en homenaje a Cspaña, progenitura be naciones, a las cuales fta babo 

con la lebabura be su sangre p con la armonía be Su lengua una 

terencía inmortal que bebemos afirmar p mantener con jubiloso 

reconocimiento, el |)ober €jecutibo be la ilación becreta: 

artículo 1." JDeclárase fiesta nacional el bía 12 be O^rtubre. 

art. 2." — Comuniqúese, publíquese, béSc 

al i^egistro Racional p arcbíbeSe." 




/T^ 




23ecreto bel |3ober (Sjccittibo beclaranbo 
fiesta nacional el bía 12 be (iDctubre. 





d^ 



La señora de Dan- 
vila, doña Isabel 
Amy Sánchez, es 
montevideana, y 
reúne en su afable 
trato las caracterís- 
ticas de las mujeres 
de su país, aun 
cuando su familia es 
de origen español. 
Gentil y sencilla, la 
señora de Danvila 
ha sabido conquis- 
tar en la sociedad 
porteña y en la co- 
lectividad española 
acreditada en ésta 
generales simpatías. 
y su nombre está 
unido a toda inicia- 
tiva benéfica rela- 
cionada con España 
en la Argentina. 

Pertenecientes a 
viejas familias por- 
teñas de abolengo y 
sólidos arraigos en 
nuestra sociedad son 
las señoras Margari- 
ta Casado de Corral, 
Sara Escalante de 
Maura y María Julia 
Martínez de Hoz de 
Salamanca, unidas 
por su matrimonio 
al vizconde de Oña. 
agregado militar a la 
embajada, al señor 
Antonio Maura y 
Gamazo, agregado 
civil a la misma em- 
bajada, y al marqués 
de Salamanca, tam- 
bién agregado civil 
a la embajada de 
España. 

Hay en ellas tra- 
dición de grandeza, 
de integridad y la- 
boriosidad en los 
hombres, de belleza 
y de inteligencia en 
las mujeres. Lucie- 
ron y lucen aún en 
nuestros salones por 
su hermosura y por 
su trato, y antes de 
formar parte de una 




SEÑORA MARGARITA CASADO DE 
CORRAL, VIZCONDESA DE OÑA. 



embajada que les 
hace ocupar el pri- 
mer puesto en cuan- 
to acontecimiento 
diplomático se rea- 
liza, su situación so- 
cial era igualmente 
destacada. Mas. con- 
sagrada a la vida de 
su hogar, modelo de 
esposa y madre, la 
señora vizcondesa 
de Oña vivió alejada 
del movimiento 
mundano durante 
algunos años, pero 
en cambio, las seño- 
ras de Salamanca y 
de Maura tuvieron y 
tienen una actua- 
ción que no ha dis- 
minuido en brillo ni 
en actividad. 

La s e ñ o r a de 
Maura, hija del doc- 
tor Wenceslao Es- 
calants y doña Ja- 
viera Reto, es una 
de las más bellas da- 
mas de la sociedad 
porteña, y su tipo 
de criolla, que realza 
una regia figura, se 
destaca con perfiles 
personalísimos allí 
donde se presenta. 

La señora mar- 
quesa de Salaman- 
ca, hija de don Mi- 
guel Alfredo Martí- 
nez de Hoz y doña 
Julia Helena Aceve- 
do, conquistó desde 
jovencita todas las 
simpatías por su ca- 
rácter dulce, senci- 
llo, por su encanto 
físico, lleno de ar- 
monía, pues, a pesar 
de haber nacido en 
la grandeza y de 
haberse criado en 
ella, posee una mo- 
destia exquisita y 
una afabilidad en- 
cantadora. 

R O X A N A . 




SEÑORA MARÍA JULIA MARTINEZDE 
HOZ, MARQUESA DE SALAMANCA. 



SEÑORA 

L A N T E 



SARA ESCA- 

DE MAURA. 



v/. 





SI MIÓLO DE 

EL MONVMENTO EE 



F^ ATE MSI I DAD 

O ESPAÑOLES 



a 




La Asociación Patriótica 
Española, fundada el 22 de 
marzo de 1896 bajo la pre- 
sidencia de don Fernando 
López Benedito, cuya foto- 
grafía ilustra esta página, 
fuécreadacon diversosfines 
que pueden resumirse así: 

Responder al llama- 
miento de la patria siem- 
pre que necesite el concur- 
so de sus hijos ya sea per- 
sonal, intelectual o pecu- 
niario; fomentar el espíritu 
de confraternidad entre ar- 
gentinos y españoles; aten- 
der, amparar y defender a 
los españoles necesitados, 
repatriar a los españoles 
que sean acreedores a este 
beneficio; servir de vínculo 
a todas tas asociaciones es- 
pañolas de la República 
Argentina; prestigiar la in- 
fluencia intelectual de Es- 
paña en América; celebrar 
o coadyuvar a la celebra- 
ción de concursos científi- 
cos o artísticos y exposicio- 
nes de industrias, arte y 
comercio españoles; prohi- 
jar la creación de institutos 
hispanistas de educación 
primaria y secundaria, en 
los que se enseñe muy espe- 
cialmente la historia de Es- 
paña y cuanto conocimien- 
to pueda estimular el amor 
a sus tradiciones y glorias; 
ayudar a la educación de 
los hijos de españoles po- 
bres y, en general, propen- 
der por todos los medios 
posibles al bienestar moral 
y material de los españoles 
en la República Argentina. 
La Asociación Patriótica 
Española surgió en los mo- 
mentos en que se inicia- 
ba en la República Argen- 
tina, por enemigos de Es- 
paña, una campaña centra 
la madre patria. Desde en- 
tonces la historia de esta 
institución no es sino un 
continuado esfuerzo patrió- 
tico, tendido en todas las 
direcciones donde había un 
interés español que crear o 
que defender, una necesi- 
dad que remediar, o un 



P A U L I N DE 






FATMOT 




CA 





sentimiento que traducir 
en hechos. 

El año mismo de su fun- 
dación, que como ya he- 
mos dado a entender fué el 
año de las luchas en Cuba 
y de la guerra con los Es- 
tados Unidos, adquirió la 
construcción del crucero 
«Río de la Plata» que costó 
cuatro millones de francos, 
y simultáneamente con es- 
te patriótico hecho, mandó 
cinco mil pesetas a la Cruz 
Roja Española para el sa- 
natorio en que se atendían 
los heridos procedentes del 
ejército de Cuba, organizó 
expediciones de volunta- 
rios, socorriendo a las fa- 
milias que dejaban en ésta, 
y acudió pródigamente a 
las víctimas de las inunda- 
ciones de Galicia y Valen- 
cia y a los prisioneros es- 
pañoles en Filipinas. 

El 28 de abril de 1898 
giró telegráf icamen te a Ma- 
drid, para la subscripción 
nacional, 3.763.443 pesetas. 

Las manifestaciones pú- 
blicas organizadas por la 
Patriótica Española, son 
innumerables desde la 
magna demostración de 
1900, ofrecida en honor del 
general Roca para agrade- 
cerle el decreto suprimien- 
do de la letra del himno ar- 
gentino las estrofas hirien- 
tes para España; la colosal 
en honor de Su Alteza la 
Infanta Isabel, con motivo 
de su viaje a Buenos Aires; 
y finalmente la realizada a 
raíz del decreto del gobier- 
no del presidente Irigoyen, 
creando el Día de la Raza. 

Continuador de la tradi- 
ción de esta gran obra es 
actualmente el señor don 
Félix Ortiz de San Pelayo, 
presidente de la institución 
en estos momentos, quien 
ha trabajado con verdade- 
ro entusiasmo por la Aso- 
ciación Patriótica, desde 
los más modestos puestos 
de la junta directiva, como 
simple asociado o como 
presidente de la misma. 

LA PEÑA 




ERNANDO LÓPEZ 
UTO, PRIMER PRE- 
SIDENTE. 



'¿^ 



DON FELIZ ORTIZ DE 

SAN PELAYO, ACTUAL 

PRESIDENTE. 






JOSÉ R. LENCE, DIRECTOR. 

CORREO DE GALICIA 

De los diversos núcleos regionales que forman la colecti- 
vidad española radicada en nuestro país, es el gallego, sin 
duda alguna, el más importante, no sólo por su número, 
sino también por la intensidad de su actuación social, que 
se refleja en sus prestigiosas instituciones, como Casa de 
Galicia y Centro Gallego, y por sus brillantes manifesta- 
ciones de orden espiritual. Es así que los gallegos de Bue- 
nos Aires han sentido la necesidad de crear una prensa 
propia, que fuera el fiel intérprete de su sentir y de sus 
aspiraciones, les informase minuciosamente de la vida diaria 
de Galicia y fuese, al mismo tiempo, su escudo defensor. 
Cuentan con varias publicaciones, siendo la principal el 
semanario «Correo de Galicia». 

«Correo de Galicia» fué fundado en el año 1908 pordon José 
R. Lence, brillante periodista gallego, y por el doctor José 
Vázquez Romaguera, joven abogado español, asumiendo 
el primero la dirección, y tomando a su cargo el segundo 
la administración. A poco de su aparición logró alcanzar 
un lugar honroso dentro del periodismo bonaerense, merced 
a las calificadas plumas que lo redactaban y a la acertada 
orientación que le supieron imprimir sus fundadores. Sos- 
tuvo con gran valentía, sinceridad y cultura ardorosas 
campañas, que le dieron mucha popularidad. 

El constante progreso que siempre acusó «Correo de Ga- 
licia» tuvo una fuerte acentuación hace algunos meses, 
al hacerse cargo de la revista «La Editorial Gallega». 

Esa evolución le valió llevar a su seno a dos útiles ele- 
mentos que, sumados al señor Lence, dieron por resultado 
la transformación de «Correo de Galicia» en un gran periódico 
de corte moderno. Nos referimos a los señores José Barrio y 
Rodolfo Prada, ex presidente y ex secretario, respectiva- 
mente, de Casa de Galicia, a cuyo frente demostraron po- 
S3er una actividad e inteligencia nada comunes. 

Acabo de llegar de Galicia, de una 
Galicia nueva, que nunca podría 
imaginarme, remozada espiritual- 
mente, donde a cada paso nos en- 
contramos con un recuerdo de 
gratitud y de amor a la Repú- 
blica Argentina. Soplan por aquella tierra vientos de reden- 
ción, y se aspira a crear una España mejor. Galicia, impul- 
sada por el mandato imperativo de su personalidad his- 
tórica, se apresta para la lucha 
^^■■■■1 que se avecina, y de la que 
^^^^^H ha de surgir una gran patria 
^^^^^H española, guardadora fiel de las 
^H|^H tradiciones gloriosas de esta raza 
^^5 nuestra, noble, fuerte e inmortal. 






JOSt BARKIO 
ADMINIXTKADOK. 



■:/er. 




e*«í;,. 



RODOLFO PRADA, 
SECRETARIO DE REDACCIÓN. 





EL * DíALNO! 
LOS * SIGLOS 
E>^ LA* RAZA 



J\X5TO- 
LÓPEZ * B 
GOlvIAKA 



Forman el bosque secular 
de España, demarcado por 
cerco de mirtos y laureles, 
los robledales de Galicia en que se tallaron los 
magníficos coros y retablos de las catedrales 
góticas, las cuadernas y puentes de las atrevi- 
das carabelas y pujantes galeras que descubrie- 
ron América y triunfaron en Lepante, y los 
mástiles de las modernas basílicas flotantes, 
que llevan por los mares los milagros de la in- 
dustria y el culto del comercio; los olivares 
andaluces, aragoneses y catalanes, que pregonan 
las venturas de la paz y la actividad del trabajo, 
porque su rico fruto, como su escasa sombra, no 
dan lugar al descanso; los pinares cantábricos y 
pirenaicos que brindan su dócil veta a las como- 
didades del moblaje doméstico, su inflamable 
astilla al calor y alegría del hogar y su aromática 
resina a la saludable pureza del ambiente; los 
naranjales de Murcia y de Valencia, delicioso jar- 
dín de eterna primavera, cuyo suelo no conoce 
más nieve que los blancos azahares cuando sueltan 
sus hojas como augures de sus frutos de amor, y 
los encinares castellanos y leoneses de que se cor- 
taron las mazas de Vargas Machuca, las lanzas de 
Breda que inmortalizó Velázquez, las picas de los 
gloriosos vaqueros de Bailen (soldados montaraces 
de San Martín, precursores, en su carrera, del 
gaucho mendocino, con quien después había de 
escalar los Andes), y, sobre todo, la lanza del 
hidalgo manchego: vara mágica de nuestro 
carácter y vara de justicia, entereza y patrio- 
tismo en manos de los alcaldes de Mósteles y 
Zalamea. 

De ese glorioso bosque, que despiadadamente 
empobrecieron y talaron las luchas civiles y las 
torpezas y codicias de los regidores, son trans- 
plantes, abonados con la .sangre heroica de los 
conquistadores del inmenso mundo americano, las 
ramas que hoy cubren el continente, para nido 
y abrigo de todas las libertades y progresos; como 
arterias pujantes de un organismo gigantesco, en 
cuyo seno se genera la humanidad del futuro. 
Y entre esas ramas, la Argentina, que nos 
da su .sombra, cuyo tronco regamos con 
el sudor de nuestra frente y con nues- 
tras labores fecundamos, encierra, es- 
pecialmente, con nuestros amores 
y añoranzas, más que el recuer- 
do, la prolongación y el trasun- 
to de la lejana madre patria. 
Contemplamos, en plena f lo- 
í-v ración, la semilla de en- 

^) sueños y grandeza, la 

(1^» _ inspiración de un vi- 

^"^^J dente y las genero- 

sidades de una 
reina; semilla 



en<:l\/eíxítko a 

E>*D0S'*MVNI>05 ^ 



que caldeada por la fe, el valor y el patriotismo de 
los descubridores, se confió a la maravillosa tierra 
descubierta en los mares el 12 de Octubre de 1492, 
día en que los dos mundos se encontraron y las 
carabelas, prolongación del suelo español y energía 
de su espíritu, infundieron su savia vital en el 
nuevo mundo, que a su civilización e imperio 
asimilaban. 

Terminada la reconquista española: vengado 
Guadalete en Granada, después de siete siglos de 
combate, el genio de Colón desvió la órbita de 
nuestro Sol de Victoria, y, de su majestuosa 
trayectoria, lo lanzó a los espacios en torbellinos 
de aventura. 

Arrojado Boabdil de Granada, debimos seguirle 
a África, sin piedad de sus lágrimas, picando la 
retaguardia a los moros vencidos, y buscando en 
su tierra la revancha de su secular posesión de 
nuestro suelo, hoy intentada con tan noble sacri- 
ficio como perjudicial tardanza. 

No lo hicimos así, y, seguramente, la compen- 
sación providencial que representó el hallazgo de 
América fué premio al desinterés y piedad con 
los vencidos; pero desde ese día, en que España 
llegó a la cumbre de su majestad y predestinación 
insuperada en la historia, no tuvo más destino 
que custodiar la altura, haciendo de sus armas y 
sus leyes un faro que guiase a la humanidad 
futura, para descender después, con abnegación 
maternal, a encerrarse, pobre y desposeída, en el 
solar primitivo, donde sus riquezas son reliquias 
y sus glorias blasones; valores místicos y herál- 
dicos, de gran admiración pero escaso curso en 
los mercados del positivismo, que han invadido y 
dominado el antiguo y glorioso Campo de la 
hazaña, substituyendo los cantos de la Gesta por 
el Libro Diario. 

El romántico carácter español fué poco propicio 
para realizar esta evolución, que le hubiera con- 
servado su puesto, bajo el nuevo aspecto de las 
vinculaciones internacionales; pero aun tuvimos 
la preciada suerte de que la sangre infundida en 
América, conservando sus condiciones tradiciona- 
les de altivez y arrogancia, no pudiera ser jamás 
sometida por extraños pueblos, ni absorbida por 
otras razas, no obstante los intentos de las más 
poderosas; y los que fueron territorios descubier- 
tos y poblados por España viven todos en su fe, 
y, unidos en su idioma, se conservan indepen- 
dientes, como naciones soberanas cuya historia 
propia arranca de la historia de España cuyo 
primer vagido alienta en la entraña de la gloriosa 



madre patria; como en sus 
almas se perpetúan inaltera- 
bles los anhelos, virtudes y 
pasiones ancestrales. Por esto, cuando consti- 
tuido sólidamente el presente y abierto triun- 
falmente el porvenir, los pueblos de América 
buscaron en el pasado el manantial de sus vir- 
tudes, tendieron sus brazos a la madre patria. 

Por eso el bosque secular de España reconoce 
sus brotes, sus vetas, sus frondas y sus frutos; 
hasta sus asperezas, reproducidas, con vigor gigan- 
tesco, en la fecunda tierra americana, en que la 
casa solariega se dilata también y multiplica 
en millares de hogares patriciales y honrados, 
que ostentan con orgullo los timbres de su 
sangre. 

Y España y América han vuelto así aencontrar- 
se; pero no como en 1492, por casual aventura y 
choque de conquista, sino como prolongación fra- 
ternal de un afecto inmutable; de brazos laboriosos 
que se enlazan; de espíritus idénticos que se fu- 
sionan en la más pura de las emociones; en el 
orgullo de confesar y proclamar la raza, ampliando 
y fortificando el patriotismo nacional de cada 
república hispanoamericana, en el patriotismo 
racial, para llevarlo a la culminación de sus 
destinos. 

Por ese noble empeño, quizás el más grande y 
transcendental de la vida moderna, como digno 
complemento, que es, del descubrimiento de Amé- 
rica, está' nuestro deber de luchar sin fatiga, 
riesgo ni hostilidad que pueda rendirnos; porque 
yo no comprendo la rendición en el trabajo ni 
en la guerra. 

El individuo que se rinde no piensa en el ideal 
y en la patria, sino en si mismo. Llegado el mo-- 
mento del esfuerzo supremo de la lucha ¿para 
qué necesitan patria o ideal que viva ese hombre? 

¡Sólo su egoísmo puede hacérselo suponer al 
pusilánime! Lo que necesita la empresa gloriosa, 
que cree poder contar con su concurso, es el rasgo 
de Scévola: ¡la inmolación!, ¡el sacrificio! Que la 
tenacidad y abnegación del individuo descora- 
zonen al enemigo, haciéndole comprender, 
hasta en el triunfo momentáneo, los obs- 
táculos que opondrán a su paso. 

|A luchar, pues, sin debilidad, por Es- 
paña y Américal Que todos los días 
sean los de la Raza, para formar 
con ellos infinitas centurias: pen- 
sando cada cual que, cuando 
él sucumba y ya no «sea», 
«será» más que nunca, por 
el triunfo de sus suce- 
sores, merced a las 
armas y a la glo- 
ria que les deje 
su ejemplo. 



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POR. \ 

VICENTE fvEDNA 



El aire popular puede conservarse aungue 
demos rienda suelta a la inspiración en una 
infinita variedad de formas. 

Esto es lo que yo pretendo en la mayor parte 
de mis poesías, y más en aquellas que escribo 
con el determinado prepósito de que puedan 
ser cantadas con aire de canciones populares. 

En las poesías de este libro a publicarse he 
puesto ese determinado propósito de que se pue- 
dan cantar, y creo que hasta para leerlas hay 
que dar a algunas de ellas {discretamente, es 
claro) un leve tono de canción. 

Dice el s'ífior Carlos O. Bunge, hablando 
de poesías gauchescas: 

"En la música — "cielitos", "vidalitas". 
"tristes", a veces no sin marcado sabor mo- 
risco — recordaba las melodías populares de 
la bendita tierra de ¡os claveles y de las cas- 
tañuelas". 

Y he querido, como tributo a esta tierra 
argentina (yo, hijo de aquella de los claveles 
y de las castañuelas), dar forma también a 
mi inspiración en "una vidalita", en "un 
cielito" y en "un triste". 

Mujer argentina: ¡ahí van, para tu pecho, 
mis tres flores! 

UNA VIDALITA 

Te hice una visita, 

Vidalita, 
fui bien recibido . . . 
No podré quejarme. 

Vidalita, 
de tu trato fino . . . 
Pero me dijiste, 

Vidalita, 
«Tengo compromiso». 
No podré quejarme. 

Vidalita, 
pero me has herido. . . 
Herido de muerte 

he sido. . . 
Si tú no me quieres. 

Vidalita 
¿a dónde me arrimo? 



U N 



CIELITO 



Cielo, cielito, ¡ay de mi 

que temo, 
en ti, que hallé mi cielito, 
hallar después el infierno! 

Cielito, los condenados 
aun esperan en el cielo, 
pero si yo te perdiera 
dime tú que es lo que espero. 

Cielo, cielito, tiemblo: 
¡si me condenaras tú. 
para mí no habría cielo! 



U N 



TRISTE 



Triste me llama la gente... 

y la gente 
sólo ve de mi tristeza 

mi cara 
con su sombrita de pena. . . 

¡Qué sabe la gente 

de mi tristeza! . . . 

Pasa la gente 
contenta, 
• sin ver que en mi corazón 
mis ilusiones entierran... 

Doblan a muerto, y en todo 
su apogeo está la fiesta. . . 
¡este doblar de campanas 
hasta la gente no llega!... 

¡Triste!. .. ¡La gente 
sólo ve de mi tristeza 

mi cara 
con su sombrita de pena! . . . 

ILV.! TfeA.CIÓN DB 

PELAS Z 





Don tamón ^ l'^düt klii 



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r:>L^^^^.S 



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KODAK 



La Kodak no sólo es la compañera ideal en los viajes y excursiones 
proyectados con anticipación , sino también en los paseos cotidianos y 
en el hogar donde ocurren muchos interesantes incidentes que merecen 
grabarse en la película. 

Las fotografías que se toman con la Kodak quedan identificadas 
para siempre, pues mediante la innovación autográfica puede escri- 
birse el título y la fecha en cada negativo en el momento de la ex- 
posición. 



Kodak Argentina, Ltd., Corrientes 2558, Buenos Aires 



Í=>I_^V'';S 'V'L^T 




JOSÉ ORTEGA Y GASSET 

«MEDITACIONES DEL QUIJOTE» 

LAS juventudes argentina y española reco- 
nocen casi unánimemente por uno de sus 
guias a este joven filósofo y crítico. Durante 
su permanencia entre nosotros Ortega y Gasset 
fundó una escuela intelectual a la que un crítico 
llannara Ssminario de filosofía. Esta institución 
tisn; su morada invisible en los cerebros de mu- 
chos escritores argentinos que honran la cultura 
patria. El sabio catedrático ha conseguido, pues, 
una victoria en nombre de la raza, divulgando las 
her.-nosis ideas y teorías que él supo explanar de 
un modo convinoente. 



EDUARDO MARQUINA 

«EN FLANDES SE HA PUESTO EL SOL» 

EL titulo de esta célebre obra escénica, tan 
aplaudida por el público argentino, es un 
lema de paz y olvido, antítesis de aquella 
frase que un soberano español inventara definien- 
do su enorme imperio. Gomo moraleja de aquel 
altivo drama puede repetirse la frase: «España y 
yo somos así, señora», que también es un lema defi- 
nidor del carácter de la raza. La visita del eximio 
cantor de pasadas glorias dejó en la Argentina 
una estela de cariño y admiración. Allá en Es- 
paña, donde continúa su triunfante carrera, 
Eduardo Marquina recuerda al país amigo. 



JOSÉ ORTEGA MUNILLA 

«LA CIGARRA» 

ACOMPAÑANDO a SU hijo nos visitó hace años, 
y supo compenetrarse tan íntimamente del 
espíritu nacional, que al regreso publicó 
crónicas y cuentos donde el alma argentina apa- 
rece reflejada con gran fidelidad. Don José Ortega 
Munilla es un carácter recio y artístico de español 
a la moderna y un hombre que nos quiere, y de- 
sea e! bien de esta república a la que augura fe- 
lices destinos. En el periodismo y en las le- 
tras españolas ocupa un alto lugar, y se le re- 
conoce como uno de los maestros de la novela 
realista hispana del siglo xix. 



En Cigarros y Cigarrillos 





y nada más. 



CASA PARTAGAS 



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BUENOS AIRES 





Una caja de fragantes ro- 
sas de nuestros inverna- 
deros representa el más 
distinguido obsequio. 



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U. T. 2081, Avenida. 




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El atractivo más grande de toda mujer 

No consiste en Ui lineas perfectas de S'J semblante o una cabellera abundante, 
lino «n tm cutis sano, fresco, juvenil. Vd. no puede ser hermosa con un cutis 
ajados a9:«riUeiito y percudido. 

LA REINE DES CREMES 

pcvpanda por J. Lesquendieu, de París, de perfume fresco y suave, de una 
Maacura de nieve, es ú crema preferida por toda mujer que quiera impresionar 
por na apariencia. 

LA REINE DES CREMES 

bUnqoM U piel, conserva su elasticidad y evita arrufas y grietas. Impide y 
quita lis manchas del sol. resguardando el cutis de las influencias de la tempe- 
ntnra y del aire. 

LA REINE DES CREMES 

no contiene ninguna materia nociva, pudiendo usarla sin el menor temor las 
pwi o n ai de epktermis más delicada y sensible. No deja el rostro grasiento; 
sin embuco. La adherencia de los polvos es admirable y perfecta. 

SE VENDE EN TODAS LAS PERFUMERÍAS, TIENDAS Y FARMACIAS 

EXÍJASE ESTA MARCA, Y DE NO HALLARSE 

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CAILLON y HAMONET, belgrano, 648 -bs. as. 

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EL Uruguay; 

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HIJO 

SARANDI, 431 
Montevideo 




-^-^^51 Fijarse en 
e^la contra - etiqueta 
que debe llevar ca- 
da caja. 





RAFAEL OBLIGADO 



«LA PAMPA» 



EL respeto a la patria de otros, y más si ésta tiene lazos comunes con 
!a propia, es una condición que avalora este sentimiento. Nadie tan 
nacionalista entre los literatos argentinos como el eminente cultor 
de nuestro tradicionalismo. La tradición nacional tiene sus fuentes en la 
tradición española, pues no en balde los conquistadores y los colonizadores 
vivieron en estas tierras. Sus errores humanos, inseparables de todas razas 
que se abrogan misiones sobre pueblos extraños, son, por lo tanto, errores 
que la historia de todos los países encierran. 





JOAQUÍN V. GONZÁLEZ 

«MIS MONTAÑAS» 

TODA iniciativa que tenga por finalidad fortalecer los vínculos de 
sangre y de amor raciales halla en el eximio polígrafo argentino 
un entusiasta partidario. Su carrera política está llena de trabajos 
que él hizo en pro de este ideal incesantemente perseguido, sin claudicar 
en sus creencias, predicando siempre la exaltación del espíritu nacional, 
la «unión definitiva, prosperidad y engrandecimiento de todas las provin- 
cias argentinas y la legítima expansión de la cultura nacional fuera de sus 
fronteras». 



i=>i_;>v^-s 



r 



¡892!0CTüBREh92? 



■■■iii 



ñlIUllllllllIIIIIIIIIIIE! : 



EL EXTRAORDINARIO ÉXITO 
Obtenido en la -venta excepcional 
establecida con motl-vo de nuestro 

30.° ANIVERSARIO 

nos ha demostrado que el público sabe apro- 
vechar las oportunidades que se le pre- 
sentan para embellecer su hogar con 
poco costo. - Aconsejamios a aque- 
llos que aún no hayan decidido sus 
compras y que necesitan al-- 
gunos artículos de nues- 
tras tres secciones 






\' 



\i 



En pomos y 
cajas metá- 
licas de lujo. 



MUEBLES 

BAÑOS 
ARAÑAS 



a que apro-vecben los 

dias restantes de Octubre 
para adquirir lo que les faltare 
de estos tres primiordiales comple- 
mentos de todo hogar, cuanto an^ 
tes, pues el éxito obtenido hasta la 
techa hace presumir que serán liquida- 
dos muchos artículos antes de llegar 
a su término nuestro único y exclusivo 
MES DE VENTA EXCEPCIONAL 



REBAJAS 



duraníe ^odo el 
Tici de Ocfubre> 



Muebles, Arfefactos' 
Regalos y Tan Casias 4 
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Casa Coy, Florida, 26. 
Farmacia «Beljrano», Cabildo esq. Sucre 
Y en las buenas c?sas del ramo. 



Agentes : 

Bartis&Cia. 

Sarmiento, 1748 
Buenos Aires 



Conserva la dentadura lim- 
pia y bien pulida, la boca 
sana y perfuma el aliento. 

Agrada mucho a los niños. 



XS)in 




H^ 




Champagne 

Dommery 



\Mát.:á 




r^LJx^-s 




ALBERTO I. GACHÉ 

DIPLOMÁTICO 

REPRESENTANTE consular de nuestro país en 
Barcelona, la gran ciudad catalana, que 
es uno de los centros de la corriente inmi- 
gratoria española. Gaché ha servido eficazmente 
a la Argentina y a la madre patria estrechando 
vínculos de afecto. Conocida es la obra cultural 
que en los centros intelectuales barceloneses rea- 
lizara con el aplauso de todos los que se interesan 
en estos asuntos de vital importancia para ambas 
naciones. De este modo el digno cónsul argentino 
lo es también de las letras y de las artes nacio- 
nales. 



VICENTE MEDINA 

«ALMA DEL PUEBLO» 

EL inspirado cantor de las humildes gentes y 
de las pintorescas costumbres murcianas, 
Medinica, como le llamaron cariñosos sus 
paisanos, vino a nuestro país, y en él su pluma 
continuó produciendo notables composiciones. 

Pero Vicente Medina, sin renegar de su casta, 
fué poco a poco asimilándose al nuevo ambiente, 
y hoy escribe con maestría aires criollos. La poesía 
popular argentina le debe magníficos cantos, don- 
de la ternura, el sentimiento exquisito y la imi- 
tación fiel de la musa popular resplandecen con 
suave brillo. 



MIGUEL CAÑÉ 

«VIAJES» 

HASTA hace poco las producciones del admi- 
rable escritor argentino no eran conocidas 
en la península. Hoy, gracias a la obra de 
difusión emprendida por una biblioteca, Cañé es 
leído en España, donde se le admira por sus gran- 
des artículos de costumbres y viajes. Es Cañé 
uno de los temperamentos más generosos que la 
Argentina ha producido. La cariñosa y popular 
denominación de gaucho le corresponde justa- 
mente. Fué un encendido corazón patriota, un 
hombre llano y bueno que honraba a su país y 
a su estirpe. 



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MANUEL CALVEZ 

«EL SOLAR DE LA RAZA» 

Y en lugar de escribir una novela. Calvez 
aquella vez hizo este libro. Parece la obra 
de un español que al retornar a la penín- 
sula satisface sus nostalgias alabando la tierra 
natal. «El solar de la raza» es un canto inspirado 
y amoroso, un homenaje entusiasta escrito cor- 
dialmente. Manuel Calvez no niega su ascenden- 
cia castellana ni miente la casta. Hay escritores 
a quienes les parece muchísimo más elegante ab- 
jurar de su origen formulando diatribas, llenas de 
galicismos y mentiras, contra España. Manuel Cal- 
vez no; se contenta con ser leal y bueno. 



VICENTE BLASCO IBANEZ 

«LA TIERRA DE TODOS» 

A raíz del triunfo conseguido en Norte Amé- 
rica por su arte castizamente español, el 
maestro escribe su reciente novela «La tie- 
rra de todos», la cual estudia nuestro país, in- 
sistiendo en buscar, como lo hizo antes, un esce- 
nario criollo. Blasco Ibáñez nos quiere de verdad; 
su temperamento apasionado, morisco, se com- 
place en retribuir la hospitalidad generosa que la 
Argentina le brindó; su imaginación brillantísima 
fué herida a lo vivo por nuestras costumbres típi- 
cas. Es uno de los más constantes y entusiastas 
amigos de este país. 



MARTIN S. NOEL 

«CONTRIBUCIÓN A LA HISTORIA DE LA ARQUITE( 
TURA HISPANOAMERICANA» 

LA Real Academia de Bellas Artes de Sa 
Fernando le concedió el premio en el cor 
curso convocado para celebrar la Fiesta d 
la Raza, en el año 1921. Este libro encierra tüd 
el ideal arquitectónico del joven maestro. Le 
estilos clásicos españoles y el estilo colonial tiene 
en él un apóstol. Gracias a sus desvelos, hay en 1 
Argentina palacios donde se rinde culto a est 
tradición noble. La casa de Larreta, la restaurado 
del Cabildo de Lujan y otras obras de gran vale 
demostraron su recio y estético entusiasmo haci 
la arquitectura que lleva el sello hispánico. 



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como las del Londinense 

coinciden en afirmar que para el embelleci- 
miento de la tez no existe substancia alguna de 
efectos tan maravillosamente eficaces como la 

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«Nuestra cara difícilmente resistiría a la 
deletérea acción de los afeites que se usan 
en las caracterizaciones teatrales, si no pu- 
diéramos contar con la cera mercolizada que 
tiene la propiedad de devolver a la piel su 
natural y primitiva tersura.» 



íOAVCl 



s>V\urt 



VoVÍ/vvCU 



•De los numerosos preparados de tocador 
que me ha tocado en suerte probar, ninguno 
puede sufrir el parangón con la cera pura 
mercolizada, pues es el único que lofra dar 
a la tez ese aspecto siempre brillante y terso 
que constituye el complemento necesario de 
un rostro hermoso.» 



¡noMAL 











María Esther Pode.'jtá de Pomar 



Si SU cara demuestra imperfecciones: arrugas, manchas o palidez, 
solamente conseguirá Vd. empeorarla con el uso de afeites, cre- 
mas y lociones. Renuévela Vd., empleando cera pura mercolizada 
que, aplicada como si fuera cold-cream, hace que, gradualmente 
y sin dolor, desaparezca en partículas imperceptibles toda la 
cutícula vieja, dejando al descubierto el nuevo, sano y sonro- 
sado cutis que toda mujer posee debajo del viejo. Y ésto . . . 
mientras Vd. duerma. 



«Par'a la renovación del cutis no hay ninguna 
substancia cuya eficacia pueda ser compa- 
rada con la de la cera mercolizada, pues ésta, 
aplicada durante unas cuantas noches, hace 
que la cutícula vieja desaparezca, por medio 
de una suave absorción. La cara, tratada de 
esta manera, bien pronto aparece completa- 
mente rejuvenecida.» 



«He comprobado que la cera pura mercoli- 
zada tiene la virtud de dar al cutis ese aspecto 
terso y fresco, propio de la infancia, tan 
difícil de conservar en medio de las molestias 
e incomodidades que impone la vida de 
teatro.» 



Gladys Cooper 



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EL «leit-motiv» de Ugarte es predicar la 
defensa del latinoamericanismo contra el 
poderosísimo americanismo sajón. Asi lo ha 
demostrado en libros y en periódicos. Ugarte ama 
intensament: el idioma español y la raza a la que 
honra con su pluma. Para él este su amor hállase 
amenazado. Una raza rica y absorbente llegará 
a dominar toda América e imponer su idioma, si 
nuestra raza no se defiende. Tal vez su ardiente 
celo haya aumentado las proporciones del peligro; 
mas resulta justo rendir ese honor a los tenaces y 
poderosos y vigorizar las fuerzas raciales. 



JOSÉ FRANCOS RODRÍGUEZ 

«HUELLAS ESPAÑOLAS") 

TODOS sus dotes de periodista, orador y lite- 
rato, todo su crédito político los ha puesto 
al servicio de la fraternidad hispanoargen- 
tina. Es uno de los más observadores entre los 
visitantes que España nos envió. Desde el día en 
que la Argentina lo recibiera complacida como 
embajador y persona gratos dedicóse a fomentar 
ese movimiento generoso que tantos frutos prác- 
ticos puede dar de añadidura. Sus conferencias, 
crónicas, artículos, libros atestiguan el amor, la 
laboriosidad y el talento que pone Francos 
Rodríguez en tal alta misión. 



ROBERTO LEVILLIER 

«LA AUDIENCIA DE CHARCAS» 

DIPLOMÁTICO e historiador y literato de gran 
valía. Sus eruditas y sagaces búsquedas en 
el Archivo de Indias y en otros lugares 
donde viven las grandes y pequeñas verdades his- 
tóricas han proporcionado numerosos y útiles do- 
cumentos, mediante los cuales se van fijando los 
caracteres de la conquista y colonización española. 
Durante un tiempo, de enorme importancia para 
la mutua inteligencia de argentinos y españoles, 
fué encargado de negocios de la embajada argenti- 
na en Madrid. En ese cargo demostró su cariño y 
su fe hacia el ideal común de vida fraterna. 



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Sanjurjo un 

argentino que 

honra a la 

raza. La ener- 
gía de su carácter no está 
reñida con la amabilidad. 
Cortés y emprendedor, 
siempre propicio a todas 
las iniciativas que el acele- 
rado y progresivo movi- 
miento actual trae, este 
hombre de negocios es uno 
de los firmes mantenedores 
de una tradición comercial 

honrada. 
Su nombre hállase ligado 

a numerosas empresas in- 
dustriales de la República. 
En la lucha que ella ha 
emprendido por independi- 
zarse de los mercacos ex- 
tranjeros, procurando ob- 
tener, con las innumerables 
materias primas que su 
suelo produce, los artículos 
suficientes para bastarse a 
sí misma, e! señor Sanjurjo 
llevó ideas y capital, tra- 
bajo y perseverancia. 

La Argentina, patria de 
tan tos y tantos hombres de 
buena voluntad, inspírale 
fervientes seguridades de 
cercano triunfo. 

Su actual riqueza, fruto 
de una labor constante e 
intensa, no se hizo a costa 
y en perjuicio de los inte- 
reses nacionales. Por el con- 
trario, puede demostrarse 
que cooperó notablemente 
al progreso de !a cultura y 
de la prosperidad argen- 
tinas. 

Gracias a estas aptitudes 
el comercio nacional inició, 
a fines de 1914, una de sus 
brillantes conquistas. La 
producción argentina de 
paños, casimires y fraza- 
das, que algún tiempo 
atrás no podía satisfacer 
las demandas de la plaza y 
del interior, fué intensifi- 
cada prodigiosamente por 
el señor Sanjurjo, previen- 
do las exigencias inheren- 
tes a la gran guerra mun- 
dial. Y cuando el gobierne 
francés buscó los centros 
de producción textil que 
pudiesen satisfacer las 

enormes necesidades del ejército, pudo encontrar aquí en Buenos Aires 
el stock pedido, mientras otros mercados de fama no se hallaban en con- 
diciones. Los paños y frazadas que los talleres montados por el señor 
Sanjurjo enviaron a Europa satisficieron ampliamente las condiciones 
impuestas por aquel gobierno, así como por el de Italia y otros. También 
en 1915 los comerciantes franceses acudieron a este imprevisto centro de 
producción en demanda de casimires. El señor Fernando Sanjurjo es, por 
lo tanto, el «leader» de esta conquista. 

Años antes había ya dado a conocer nuestros mejores productos en 
Francia, y los tejidos argentinos competían victoriosamente con los ex- 
tranjeros en las plazas de Chile, Perú y Solivia. 

A raíz de la depreciación que trajo la actual crisis ganadera, el señor 
Sanjurjo constituyó un sindicato para la exportación de ganado en pie a 
las plazas europeas. 

El primer embarque, de 672 animales vacunos elegidos cuidadosamente, 
fué expedido en el vapor «Fernando Velóse». El sindicato tiene en proyecto 
sucesivas remisiones de ganado, que se realizarán a medida que aumente 
la demanda, cosa indudable, pues el artículo exportado es excelente. 



Los técnicos están con- 
form.es en opinar que la idea 
puesta en práctica a inicia- 
tiva del señor Sanjurjo ha 
de influir favorablemente 
en la resolución de un pro- 
blema tan importante co- 
mo el de la depreciación del 
ganado argentino. 

La razón social Fernan- 
do Sanjurjo, cuya sede en- 
cuéntrase en la calle Alsina 
número lOO?, ostenta con 
justa razón, entre otros, el 
título de depósito de mer- 
caderías nacionales, y goza 
de alto y firme crédito en 
América y Europa. 

Como eminente propa- 
gandista de los sports, tie- 
ne una incontestable auto- 
ridad en los más distingui- 
dos centros sociales. Dedi- 
cado a ese noble deporte 
que tanto bien ha hecho 
por el refinamiento de 
nuestra raza equina, es 
propietario del caballo 
«Rico», el «crack» del año, 
ganador de todos los clási- 
cos en el Hipódromo Ar- 
gentino. 

El último triunfo conse- 
guido por este admirable 
producto dejará memoria 
en los fastos del turf na- 
cional. Fué en la reunión 
clásica de primavera al co- 
rrerse el Gran Premio Na- 
cional. 

Una enorme concurren- 
cia llenaba las tribunas to- 
das del hipódromo. Bue- 
nos Aires aprovechaba la 
reunión para saludar entu- 
siastamente al nuevo pri- 
mer mandatario, doctor 
Marcelo T, de Alvear. 

El «crack» del año venció 
por cuatro cuerpos a sus 
rivales, adjudicándose el 
premio en brillantísimo es- 
tilo. Y la concurrencia 
aclamó al vencedor con una 
delirante ovación. 

Momentos más tarde el 
señor Sanjurjo era felici- 
tado por el presidente de la 
República, que hizo justos 
y grandes elogios del invic- 
to «Rico», poniendo de re- 
lieve el triunfo que supone 
para la Argentina el haber 
conseguido anotar en su «stud book» un producto tan extraordinario. 
«Rico», en efecto, ha marcado performances mundiales y puede me- 
dirse con los más célebres «cracks» que actualmente existen. Este resultado 
se debe ala pericia deportiva de! señor Sanjurjo, que no ha omitido gastos 
en la consecución de tal propósito. 

Hay hombres que durante su juventud son pioneers valerosos, y en 
llegando a la edad madura se recogen a cuarteles de invierno para disfrutar 
el fruto de sus trabajos. El señor Fernando Sanjurjo es un pioneer de todos 
los momentos, que no ama ni desea el ocio. 

Siempre joven y laborioso, su descanso está en el pelear, como dice la 
brava y gráfica frase española. Un hidalgo de recio cuño, hijo de sus obras, 
colaborador eficaz, hombre de grandes ideas: esto resulta don Fernando 
Sanjurjo, persona que debe ponerse de modelo de varones útiles y dignos. 
Así ante las miradas de los argentinos y de los extranjeros, este caballero- 
so comerciante y distinguido sportsman continúa la misión que se trazara. 
Toda su vida intensa es un himno exaltado en honor de la República 
Argentina, su patria, que tanto necesita la firme voluntad de sus hijos 
predilectos. 



Un "leader" de la industria argentina 

Fernando Sanjurjo 

Emprendedor hombre de negocios 
y entusiasta sportsman. 



G"^ 



En un rato de interview 
con algunos de nuestros hombres de negocio. 



ENTRE los hombres de negocios de actuación política activa en 
el sud de la provincia de Buenos Aires, no obstante la modestia 
característica de su persona, destácase en primera línea Ramón 
Tristany. Su actuación en las filas del Partido Radical como 
militar revolucionario ha sido siempre sobresa- 
liente. Como sargento 1." agregado al Colé 
gio Militar, fué uno de los pocos que salieron el 26 
de juüo en armas de este instituto, siendo 
designado para mandar el cantón revolucio 
nano que se formó en las primeras horas 
del movimiento en las calles Paraná y 
Tucumán, siendo su cantón, según el 
historiador Mendia, uno de los últi- 
mos en desarmarse. En la revo 
lución de 1893 en la provincia 
de Buenos Aires tomó parte 
como capitán de la 1." com- 
pa.»\ia del Balallón i." de 
Buenos Aires, formada por 
jóvenes distinguidos de es- 
ta ciudad, entre los cuales 
se encontraban los her- 
manos Huergo, Federico 
Vilaró, Mariano Maldo- 
nado y otros. 

Durante la conspira- 
ción que tuvo como con- 
secuencia el estallido re- 
volucionario del 4 de 
febrero de 1905 tomó 
parte activísima, estan- 
do reputado entre sus 
compañeros de armas co- 
mo el más eficiente co- 
laborador que tuvo el 
actual presidente doctor 
Hipólito Irigoyen, para la 
realización de ese movi- 
miento. 

Fué por su resistencia y 
con el voto de los capitanes 
Orestcs Arbó y Blanco y Fa- 
bián Dolí que no se postergó 
el movimiento revoluciona- 
rio del 4 de febrero, no obs- 
tante el desío expresamen 
t; manifestado por el doc- 
tor Hipólito Irigoyen de 
postergarlo. 
Como soldado, dejó en las 
filas, por su laboriosidad 
amor a! estudio y espíritu mi- 
litar, grato recuerdo entre sus 

superiores y compañeros. Fué autor, 

junto con el coronel Juan F. Moscarda de un 

proyecto de Banco Militar, que, aunque 

aceptado por el ministro de la Guerra 

general Ricchieri, no se llevó a cabo 




por otras causas, fero que fué la base para la fundación de la actual 
«Sociedad Militar Seguro de Vida». 

Su proyecto de Reforma Militar mereció las felicitaciones de todos los 
elementos ilustrados del ejército, y su realización entonces hubiera impor- 
tado un verdadero triunfo para el retiro, el rejuveneci- 
miento de los cuadros y grandes ventajas económicas 
para el erario. 

Fué el primer oficial que, cumpliendo órdenes 
de su jefe, entonces coronel, Eduardo Mu- 
nilla, escribió un compendio de la historia 
de nuestros batallones. Cumplida la 
prisión que le impuso el Consejo de 
Guerra por los sucesos del 4 de 
febrero, y habiendo sido reincor- 
porado por la amnistía, su pos- 
tergación en los ascensos le hizo 
abandonar las filas definitiva- 
mente, yendo a radicarse en 
la ciudad de Tres Arroyos, 
entregándose a las tareas 
comerciales; pero sin aban- 
donar por esto sus entu- 
siasmos partidarios, reor- 
ganizó el Partido Radi- 
cal en esta ciudad y fué 
su primer presidente. 
Pasó más tarde a radi- 
carse en la ciudad de 
Bahía Blanca, actuando 
en primera fila entre los 
elementos radicales en 
esa ciudad; fué concejal, 
y con el doctor Valentín 
Vergara y otros resistió 
la intromisión de los go- 
biernos de la provincia 
en la política comunal. 
Como hombre de negocios 
actúa en toda la zona sud de 
a provincia, y debido a su ini- 
ciativa y espíritu de empresa 
grandes latifundios de campos 
han sido subdivididos y entre- 
gados a manos de los propios 
productores en los partidos de 
Tres Arroyos, G. Chaves, Juá- 
rez, Necochea, Villarino, C. 
Dorrego y Patagones, territo- 
rios de Río Negro y la Pampa. 
Su espíritu se encuentra siem- 
pre dispuesto a tomar parte en 
toda iniciativa que importe un 
progreso, y es así cómo ha sido fun- 
dador del «Balneario de Bahía Blanca», 
empresario en explotaciones mineras y coopera- 
dor para que se lleven a la práctica muchos 
inventos, algunos de los cuales son un 
honor para la industria argentina. 



O M 



N D 



D O R 



T 



R F 





FEMENINAS 



CREACIONES DISTINGUIDAS 
de la TIENDA SAN JUAN 

¿o. — SOMBRERO clochc- de muy fi- 
na paja Ramaille, el contorno guarne- 
cido de tul y vistoso moño -rf r\r\ 
de cinta, a $ O^mUU 

14— SOMBRERO de ñna paja timbó, 
fantasía, adornado con cinta de tercio- 
pelo y gran moño de la mis- -yo f\r\ 
ma, colores de moda, a $ •"C>«UU 

9. — SOMBRERO para jovencitas, en 
fina paja, con la copa y el ala de se- 
da, trabajado con novedo- "yo r\f\ 
so moño, a S ^t>«UU 



DE las numerosas y selectas que me- 
recen conceptuarse como altas nove- 
dades creadas e importadas para la 
estación primaveral por casas similares, dis- 
tínguense las representadas en el brillante 
componente que exhibe la Tienda San Juan, 
verdadera manifestación de arte y belleza! 
donde la originalidad y el buen gusto riva- 
lizan imponderablemente. 

Dichas novedades se hallan ilustradas en 
el lujoso 

CATALOGO "PRIMAVERA-VERANO" 



actualmente en circulación, el cual, como de 
costumbre, remítese libre de todo gasto a 
cualquier punto del interior, con exclusión 
de la Capital y pueblos suburbanos. 





CREACIONES de la 

TIENDA SAN JUAN 

53- — Original MODELO de "Crepé 
Romain" o de China, de elegante sen- 
cillez y de original moda, >y c í\f\ 
para señoritas, a $ • •J'VyU 

83. -- Caprichoso MODELITO de es- 
pumilla "Papillon" de seda, con ador- 
nos a los costados y manguitas con 
originales trozos del mismo tejido for- 
mando pétalos y terminado con hile- 
ras de mostacilla. 

Edades : 7 años, a $ 34. — ; 5, a 
i 3i- — ; 4. a $ -'9. — . y 3 
años, a $ 



27.00 



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^mñm É f Aaá»*^- ^ - -^^ A» A 



^'5' — BOLSIT.-\ de seda, negra 
o marino, con vivos blancos, cie- 
rre de metal y broche de galalith, 
con fantasía de acero, división in- 
terior y espejo, a pe- 
sos 



En CiNTURONES 

y ALHAJAS de fantasía 

para el adorno femenino, presen- 
tamos altas novedades de la moda, 
de original gusto y distinción. 



ELEGANTES CREACIONES 
de la TIENDA SAN JUAN 

5 — VESTIDO de finísima espu- 
milla de seda, colores modernos, 
cuyo adorno lo constituye una vis- 
tosa hebilla y caida del mismo te- 
jido combinado con mostacilla, cor- 
piño de "pongée", para . _ _ _ 
señora, a 5 OO.UÜ 

jg. — VESTIDO de significada ele- 
gancia, en tejido punto tricot, en 
colores, cinturón y caida al costa- 
do, combinado en tonos varios, ha- 
ciendo contraste con el vestido, 
para señora, a pe- 
sos 



73.00 



CIBRIAN Hnos. (S. A.) ■ A LSI NA y PIEDRAS ■ Bs. AIRES 




iiniiiiuiiHiiiiiiiiiiuimiiiiiiuiiinniiuiiiiiiintnimii 





N proyecto original de THOMPSON que, como 
tal, significa una contribución más a la tarea, cons- 
tantemente ejercida, de mantener asociado ese nombre 
a todo concepto superior de distinción y belleza. 




FLORI DA 833 



BUENOS AIRES 



nKiiiiiiniiiiiiiíiiniiniwuniHiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii iiiiinniiiiKiiiuinuiiiiiniiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii uu!!iiiiiiiiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii»wiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiimiijmiiiiiiiiiiiiwuiiiNin^^^ 




DE SPV^E St DEL^ K4ATCH 

Oleó de ^ylOnsO 

/XDOx/TDTDO POü F,T. MXZiSFiO níaCtOmat, 



El Hotel mAcX^ 

c/"vNTA/'Oo^O 







LA Comisión Mu- 
nicipal de Hote- 
les y Casinos 
Municipales ds 
Montevideo aca- 
ba de dar por 
iniciada oficialmente la 
temporada de verano en el 
suntuoso Hotel Carrasco, ubicado, 
como se sabe, frente a la hermosísi- 
ma playa del mismo nombre y con- 
siderado, sin disputa ninguna, como 
el más lujoso establecimiento en su 
género de Sud América y uno de 
los mis confortables y renombrados 
hoteles de «saison» del mundo. La 
noticia tiene singular importancia 
para buen número de familias ar- 
gentinas, ya que los grandes salo- 
nes del Casino Hotel Carrasco y su 
mijestuosa playa marítima se han 
constituido, durante estos últimos 
af5os, en el centro veraniego aristo- 
crático por excelencia de la alta so- 
ciedad del Plata. 

A PARTE de los bailes, concier- 
J~\ tos y te danzantes, que diaria- 
mante se celebran en el Carrasco, 
la Comisión Municipal ha organi- 
zado para el próximo verano un 
interesante y vastísimo programa 
de grandes fiestas sociales y de- 
portivas que tendrán por marco no 
sólo los salones del establecimien- 
to, sino también las playas y 
amplias canchas de sport que 
lo circundan. Además se ha 
dado un nuevo y vigo- 
roso impulso a la orga- 
nización interna del 
Hotel y especial- 



OTBL 




ico 

C Ac/^ino Municib\ l 

MoNT^VIDi^O 
IJRUGnAY^ 




mente al servicio de come- 
dor — con capacidad para 
más de quinientos comensa- 
les, — que ha sido puesto 
bajo la experta y directa 
vigilancia de un ((chef>> de 
primer orden contratado en 
Europa. 



EN vista de la extraordinaria 
' afluencia de veraneantes que hu- 
bo el año anterior y del interés ya de- 
mostrado por las familias que se pre- 
paran a ir este año al Carrasco, la Co- 
misión ha abierto un registro especial 
para las reservas de alojamiento y 
para dar mayores facilidades a los 
turistas argentinos. Ese registro y el 
suministro de informaciones, planos, 
fotografías y demás datos relativos al 
hotel están en Buenos Aires a cargo 
de los señores Salvatierra y Gollan, 
Florida, 524. (Unión Telefónica 3574, 
Avenida). A esa misma oficina de 
Buenos Aires puede solicitarse folle- 
tos ilustrados para cerciorarse de las 
bellezas panorámicas que rodean al 
hotel; del lujo y exquisito buen gusto 
con que están amueblados los depar- 
tamentos para familias — cada uno 
de los cuales tiene su sala y baño in- 
dependiente; — la cercanía de la playa 
que permite salir de los dormitorios 
directamente hacia los baños; — y 
de todos los demás detalles del 
confort insuperable con que ha 
sido construido y amueblado 
el gran Hotel Casino Ca- 
rrasco, a sólo veinte mi- 
nutos de automóvil 
de la capital uru- 
guaya. 



CÓRDOBA 



MOLINO ANTIGUO 




FUNCIONA AÚN, A PESAR DE LOS AÑOS, ESTE VIEJO MOLINO. SU MOTOR SE REDUCE A UNA RUEDA DE PALOS QUE EL AGUA ENCARGA DE HACER GIRAR, Y QUE TRANIMITE 

EL MOVIMIENTO A LAS PIEDRAS TRITURADORAS DEL GRANO. 




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da desear en Flores y 
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Disponemos de un extenso surtido de 
modelos, tanto para embellecer el cuerpo 
como para cualquier afección de! mismo. 
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ticas para los casos de riñon móvil, 
dilatación del estómago, etc. con receta 
médica. Medias y vendas elásticas, bra- 
gueros, etc. 

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DESPUÉS de poner Vd. 
la inteligencia de su 
cerebro, el afecto de su co- 
razón, la ingenuidad de su 
alma, en una carta, ¿le 
gustaría que ésta no surtie- 
se el resultado apetecido? 

Cuando Vd. escribahága- 
lo en papel y sobre que den 
mérito a! contenido de la 
carta en vez de quitárselo. 

Escriba en papel 

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(el papel de escribir de moda) 

Lo hay de diversos estilos 
y de muy bonitos colores. 



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LibrerUs y Papelerías 



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NADA habla tan alto del grado de perfección que hemos logrado para todo lo que 
signifique una especialidad para el toilette de las señoras, como los continuos en- 
sanches de local a que nos ha obligado la siempre creciente preferencia que en forma 
amplísima nos dispensa decididamente lo más selecto de la clientela porteña. 

NUESTROS departamentos de Confecciones, Sombreros, Corsés, Lencería, Bone- 
tería, Calzado, Carteras, Guantes, Novedades, Fantasías y Perfumería, brindan 
constantemente a nuestras distinguidas favorecedoras la 
última y más alta expresión de la moda, representada so- 
bre artículos de calidad insuperable y marcados a precios 
que descartan la más mínima posibilidad de competencia. 



PLVS VLTRA 




agradece las múltiples y efusivas felicitaciones que ha recibido en ocasión del número 
del mes de octubre, consagrado a la Fiesta de la Raza. 

Tanto estímulo, viniendo como viene de las personalidades más destacadas de 
la nación: estadistas, hombres de letras, diplomáticos, directores de empresas comer- 
ciales, personalidades sociales, hará que estas páginas, puestas de relieve por su selecta 
colaboración literaria y por la magnificencia de las artes planas, el lápiz y la foto- 
grafía, se afirmen en su destino y sean, como la prensa del exterior se complace en 
señalarlo, la revista clásica de la América Latina. 

Las artes gráficas han ofrecido, en el número aludido de Plvs Vltra, un engarce 
raras veces conocido, y la unión del artista al ilustrador fué buscada — como en otras 
ocasiones — con especial interés. Hemos procurado que el ojo discerniera de una 
forma estética que, a medida que se hace más onerosa, y más rara, por razones de 
economía humana, ha llegado a su más alto grado de perfección en los talleres de 
Caras y Caretas, donde se imprime Plvs Vltra. Nos referimos a todas las varia- 
ciones de la composición tipográfica, a la seducción que se desprende de la minuciosa 
claridad de los grabados, a la nitidez de la impresión y a las perfectes reprcducciones 
de la tricromía. 

Son, pues, estos afectuosos elogios y felicitaciones que agradecemos, aparecidos 
en las columnas de la prensa y otros llegados amistosamente hasta la mesa de nuestro 
director, los que estimularán mañana nuevos esfuerzos a los obreros y artistas que se 
consagran con igual desinterés en el silencio de nuestros talleres al éxito de este órgano 
del pensamiento argentino. 

LA DI RECCION. 




SI tietwi mucho dolor de cabeza antes de acostarte y 
te impide disfruUr de un sueño tranquilo, no tienes 
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y amanecerá* al dia siguiente con la cabeza despejada 

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ataque neurálgico más agudo, en 

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corazón ni perjudica el estómago. 
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mil crueles luírimientoj en 10 minntos. 
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de arte, bron- 
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tóricos, jarro- 
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fino, produc- 
ciones autén- 
ticas y copias 
autorizadas. 

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Un regalo, un objeto 
práctico seleccionado en 
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certero exponente de bu'en 
gusto. 

Una visita a la Exposi- 
ción del Tercer piso le 

brindará a usted delicadas 
sugestiones para la ad- 
quisición del obsequio tra- 
dicional. 



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tallado, armazón en «Alexan- 
dra Píate»; compuesta 
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Díaz yEstebecorena. Maipú, 777 



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ANO VI 
N Ú M . 7 9 



NOVIEMBRE 
DE 19 2 2 




¡Á3 E: A¿0 /^ //T/\ í- 



ara ( runmmZi^ 



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u 






I 

Caen gotitas de lluvia 
sobre las rosas tempranas. 
Qué delicioso perfume 
tienen las rosas mojadas. 

Pero si lloviera' mucho. . 
las rosas de tu ventana 
perderían sus matices, 
quedarían sin fragancia. 



Gotitas de lluvia caen 
sobre las rosas lozanas... 
Y o.ué bonita la lluvia 
entre las hojas de grana. 

II 

Anoche lloramos juntos, 
enternecidos... por nada, 
viendo la luna de oro 
sobre el río de la Plata. 



Tú dijiste suspirando: 
qué divinas estas lágrimas.., 
Era una lluvia muy dulce 
sobre las rosas tempranas. 



Juntos lloramos anoche, 
muy tiernamente... sin causa. 
Qué deliciosa frescura 
nos ha quedado en el alma. 



-^ T 

Por 
Campoamor 
/ de Lafuente 



ILUSTRACIÓN DE PELÁEZ. 





ENTRADA AL ESTUDIO. 



lEMPRE re- 
sulta unpla- 
oerel visitar 
!a casa que 
para su re- 
galo y para 

bien de las artes construyó Ignacio Zuloaga en el pueblo marinero de Zu- 
maya. La actividad constructora del insigne pintor añade cada año algún 
nuevo pabellón, alguna nueva curiosidad a su ya espléndida finca, y su 
pincel, por otra parte, está continuamente aumentando el caudal de las 
obras, cada vez más admirables por su renovado brío y su poderosa con- 
cepción. Así no es extraño que la casa del artista sea visitada por nume- 
rosas personas, que van a ella como a un delicioso museo en que la 
naturaleza, además, agrega su buena parte de estética y encanto. 

■psTÁBAMos el otro día reunidos con el pintor algunos amigos de 
^ las cosas bellas. Un cielo algo turbio escatimaba esplendor 
a la tarde, mientras el mar mostrábase benevolente y 
rompía, todo azul y manso, en la dorada playa que 
forma uno de los lados de la finca. Allí desgra- 
nábamos nuestra conversación consumiendo 
los cigarrillos de la sobremesa. Carlos Rey- 
Íes, parecido por su aspecto a un rico 



UN RINCÓN DEL ESTUDIO. 



ganadero sevillano, dis- 
cutía con José Ortega y 
Gasset sobre el arte de 
los toros, fresco en él to- 
davía el entusiasmo que 
ha puesto en su reciente 
novela Bl Embrujo de Sevilla. En cuanto a Ortega y Gasset, muy seriamente 
confesaba que él entendía mucho de toros, que había toreado en persona más 
de una vez y que estaba dispuesto a torear, para convencernos, siempre 
que nuestra incredulidad exigiese una prueba palpable. 

ENTRETANTO, Azorín demostraba ser del todo incompetente en la cues- 
tión de las corridas de toros, y permanecía callado. Pío Baroja no 
se callaba con tanta facilidad; mostrábase adversario de los toreros y 
metía su protesta personal con un franco radicalismo. Entonces yo 
recuerdo haber entendido decir alguna vez que Ignacio Zuloaga 
había toreado toros de verdad... 

- Completamente de verdad — afirma el pintor: — y 
no en cualquier parte, sino en la misma Sevilla, que es 
la patria de los más grandes toreros. Hay quien dice 
que yo hubiese sido un buen m.atador de toros. 

- ¿No siente usted pena por haber malo- 
grado su vocación, por haber desviado su 



dt 





LA FAMILIA OEL PINTOR Y LOS SESORES ' BAROJA, 
riCAVEA, ZULOACA, REYLEó, AZ0RÍN Y SALAVERRIA. 



OTRO RINCÓN DEL ESTUDIO CONDE EL MAESTRO HA 
REUNIDO NOTABLES OBRAS DE ESCUELA ESPAÑOLA. 





UM ASPECTO DEL ESPLÉNDIDO JARDÍN CUYA CONSTRUC- 
CIÓN FUÉ TAMBIÉN DIRIGIDA POR EL ORAN ARTISTA. 



SOPORTAL DE RICA ARQUITECTURA Y ENTRA- 
DA AL TALLER DONDE TRABAJA ZULOAGA. 



JOSÉ • MAMA • SALAVERMA 



verdadero destino?... Pero el pintor sonríe y no contesta. Don Fran- 
cisco de Goya, gran aficionado también, hubiera hecho lo mismo. 

'T'oDos juntos nos dirigimos al estudio, que es, como habitación, una espe- 
cie de impresionante nave de iglesia primitiva. Sabíamos que la mano de 
Zuloaga no descansa nunca, y que de año en año produce una nueva sorpresa. 

— ¿No quiere usted descubrirnos alguna obra inédita? - le dijimos. 
Y el pintor, sin responder palabra, empieza, con su habitual amabilidad 
silenciosa, a mostrarnos un lienzo tras otro lienzo, todavía fresca la pin- 
tura en los toscos bastidores. 

— Esto es lo que hago ahora - exclama ante nuestro asombrado silencio. 

psTÁBAMOS todos, en efecto, poseídos de esa estupefacción que nos invade 
cuando repentinamente se nos sitúa delante de una impensada mara- 
villa. Eran unos soberbios paisajes. Conocíamos ya las aptitudes paisajistas 
di Zuloija, y cómo, a la manera de Velázquez, ha sabido siempre colocar 
sus ritratojen medio de un trozo de naturaleza oportuna, o sea de una natu- 
.'aleza elocuente que contribuyera a realzar y completar el valor espiritual de 
la persona retratada. Pero no habíamos visto en Zuloaga el paisaje aislado, el 
paisaje por sólo el paisaje. Ahora lo veíamos. ¡Y en qué magnífica abundancia! 

Dakp.cía una respuesta a alguien que hubiese maliciosamente dudado 
de rj aptitud paisajista. Sucedíanse los lienzos, más interesante el 
: • ~o que el anterior y construidos todos con una indudable preocu- 
• i-.-ón de continuidad. 

— Por lo visto, se trata de una serie de paisajes homogéneos... 

— Sí — contestó el artista; — no descansaré hasta pintar veinte, 
cuarenu cuadros como éstos. Quiero hacer una colección completa: 

el paisaje total de España. 

— ¿Algo así como los retratos de las distintas fisonomías, 
de las múltiples naturalezas españolas? ¿Una serie de 
«estados del alma» españoles? 
Exactamente. 

'Cl pintor, entretanto, nos iba descubriendo 
una a una sus obras, manejando los 



grandes bastidores con una envidiable facilidad hercúlea. Sobre el 
gran caballete desfilaban aquellos hermosos paisajes, aquellos rincones y 
panoramas de la España central, llenos de ese sabor dramático que Zuloaga 
pone en sus obras, hasta en las que quieren ser rr.ás frivolas y smabks. 
Una plaza en el pueblo de Nájera nos gustó a todos por su aire de rcn-anti- 
cismo y por su ambiente de estampa antigua; Calaíayud, espectacularmente 
extendido entre collados de extraño tono, producía una impresión de país 
que se abre en llanuras infinitas con una especie de vértigo de inmensidad; 
había un rincón solitario y silencioso de Segovia. pintado con una diestrísima 
sobriedad de color, y que, sin apenas asunto, conmovía profundamente; 
después Burgos, con las torres gemelas de la catedral emergiendo de entre el 
apiñado caserío; en fin, allí estaba Avila, verdadero encanto de ciudad entre 
caballeresca y religiosa. 

T~\s. pronto, como si no pudiera interrumpir su movimiento mecánico de 
remover bastidores, el pintor, agotados los paisajes, plantó en el caba- 
llete un grande, un magistral desnudo de mujer; tendida sobre un diván de 
tono encarnado, la mujer desnuda llevaba prendida a la cabeza y se le derra- 
maba por los hombros una mantilla blanca. En seguida trajo otro desnudo 
femenino; esta vez se trataba de una mujer tendida en una otomana, con el 
rostro canallesco que reía exagerada, cínicamente. 

Como sé que estas cosas no le gustan a usted, por eso se las en- 
seño — me dijo con cierta zumba el pintor. Y recalcando, todavía buscó 
en el fondo del estudio un lienzo: era un enano roñoso, monstruoso, frente a 
un panorama triste donde se pronuncia la silueta de una plaza de toros. 
- En efecto — le respondí a Zuloaga; — esos cuadros no me gustan, ni 
me complace esa interpretación española que ha pintado usted más de 
una vez. Pero los paisajes que ha hecho desfilar ante nuestros ojos, 
esos sí me gustan. Tanto me placen, tan completa y profunda- 
mente me conmueven, que por ellos quiero tributarle a usted 
un particular aplauso. Son admirables, magníficos. Y 
hará usted mucho bien a su patria si prolonga la 
serie hasta el número de treinta. Ninguna na- 
ción de Europa podría entonces darse el 
lujo, como España, de haber sido retra- 
tada tan amplia, tan genialmente. 



x^ 



LA SOLEMNE BEN- 
DICIÓN EN LA ES- 
CALINATA DE SAN- 
TA MARÍA MAYOR, 




Los Con- 
gresos Euca- 
rísticos son 
una institu- 
ción, puede 
decirss, rela- 
t i vamen te 
moderna, 
pues el pri- 
mero se efec- 
tuó sólo en 
las postrime- 
rías del siglo 
pasado. Los 
ha habido no 
únicamente 
en ciudades 
tan católica'? 
como Viena 
— por lo me 
nos la Visna 
de antes de 
la guerra. — 
sino en la ca 
pital misma 
de la iglesia 
anglicana. en 
Londres, y en 
todas partes 
han servido 
para manifes- 
tar las fuer- 
zas de la re- 
ligión católi- 
ca. El último 
Congreso Eu- 
carístioo celebrado an 
tes de la guerra S3 reu 
Lourdes en 1914. y el 
sido el primero desde que S2 concluyó 
la paz. Personas que han sido tsstigos de 
Congresos Eucarísticos en otras capitales 
europeas, aseguran que el de Roma resultó, 
entre todos, el más solemne: y, a la verdad, 
no habría podido ser de otra manera, por- 
que en ninguna capital del mundo viven 
tantos obispos, abades, cardenales y altos 
dignatarios eclesiásticos. Nc en balde 
Roma es el centro de la cristiandad y 
la sede del Papado, debiendo tener- 
se en cuenta también, para apre- 
ciar la singular importancia de 
sus manifestaciones religio- 



sas, que su ca- 
rácter univer- 
sal permite a 
la Iglesia Ca- 
tólica tener 
permanente- 
mente en Ro- 
ma crecido 
número de 
eclesiásticos 
eminentes, de 
casi todas las 
naciones del 
mundo. Esta 
circunstancia 
da a sucesos 
como el Con- 
greso Euca- 
lístico, un ca- 
rácter espe- 
cial que nin- 
g u n a otra 
ciudad que 
Roma ni nin- 
guna otra re- 
ligión que la 
católica po- 
dría darles. 

El Congreso 
Eucaristico de 
Roma ha sido 
una solemne 
exaltación del 
Cristo como 
Rey de la Paz, 
y paz ha sido 
el himno, el grito y la 
del Congreso. Después 
de una guerra tan atroz, pudo 
creerse que la humanidad, y en parti- 
cular Europa, sentiría un anhelo vivísimo 
de paz, de manera que la pesadilla de una 
nueva guerra no perturbass más el sueño 
de nadie, por lo menos durante algunas 
generaciones. Por desgracia, si la paz se 
hizo en los tratados, no se hizo en todas 
las almas, y cualquier obssrvador media- 
namente inteligente puede notarqueen 
Europa hay muchos que, con uno u 
otro motivo, esperan o desean una 
nueva conflagración. La Iglesia 
no podía, pues, dejar de hacer 
sentir sus anhelos sinceros 




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de paz, y ese fué uno de 
los motivos de que el pri- 
mer Congreso Eucaristico 
después de la guerra, s: 
reuniese en Roma. 

Una de las ceremonias 
más imponentes fué la de 
dar la comunión a varios 
millares de jovencitos en 
el Coliseo, en cuya arena 
corrió hace veinte siglos la 
sangre de tantos mártires 
cristianos. El espectáculo 
fué grandioso. El obssr- 
vador atento no podía de- 
jar de evocar el recuerdo 
de aquellos mártires, que 
mientras eran tan cruel- 
mente sacrificados canta- 
ban en la misma arena el 
canto de tan poderosa su- 
gestión: Chrislus vincit, 
Chrislus imperat, Chrislus 
regnat. El significado his- 
tórico de la manifestación 
era evidente. Muy sugesti- 
va fué también la vipilia 
nocturna en la basílica de 
San Pedro. El misticismo 
más puro fué la caracte- 
rística de la procesión en 
las catacumbas de San 
Calixto: y tuvo mucho de 
fantástico la procesión del 
: ia de la clausura. 

Jamás se había visto 
reunidos, con sus pinto- 
rescas vestiduras rituales, 
tantos religiosos de todas 
partes del mundo. En el 
trayecto de la procesión, 
*e veían en todas las ven- 
tanas y balcones tapices, 

EL SUIZO 



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I'JVENES DE LA AU 
ARISTOCKACIA ROMAM 
VISTIEMDO UNIPORM 
DE fAJES DE SAH LUÍ 



GRADAS DEL CO- 
URANTE LA MISA 
MORÍA DE LOS 
ÍOS MÁRTIRES. 



telas preciosas, banderas, 
entre ellas la tricolor na- 
cional. En muchos tapices 
se veían los escudos de la 
nobleza romana. 

En la procesión, las ór- 
denes religiosas con sus 
hábitos de todos colores, 
el clero secular con sus 
sobrepellices blancas, los 
obispos con capa pluvial 
y mitra, constituían una 
asamblea imponente, en la 
cual S2 distinguían algunos 
eclesiásticos grecounidos 
y maronitas, con sus pecu- 
liares vestimentas nacio- 
nales. Todo ello preparaba 
dignamente la visión del 
Santísimo Sacramento, lle- 
vado por cardenales bajo 
espléndido palio, rodeado 
de guardias nobles del Va- 
ticano, de servidores de 
las grandes casas princi- 
pescas de Roma con an- 
torchas, en medio de una 
multitud de prelados, de 
monseñores, de grandes 
dignatarios de la Iglesia. . . 
El pueblo, conmovido, sa- 
ludaba y aplaudía, mien- 
tras las tropas presenta- 
ban las armas. . . 

Los que asistieron al 
Congreso Eucaristico de 
Roma no podrán olvidar 
jamás esas solemnes cere- 
monias que reunieron en 
torno del Supremo Pontí- 
fice tantos millares de ca- 
tólicos, venidos hasta de 
las playas más distantes. 

DE LA GUARDIA 




NUEXAQFNEmciON 

Álfriaüná. 






INA MANO, 
MANO SABIA. 

QUE DEL MÁGICO INSTRUMENTO 
LA NOTA DIVINA ARRANCAS... 



JEN 10 QUE EN LA BURDA TELA 
INANIMADA 
PONES VIDA 
Y PONES ALMA: 
GENIO QUE LA LUZ DEL CIELO 
CON TUS PINCELES AMASAS... 



Artí. 



FICE QUE EN EL BARRO 
TOSCO LABRAS 

LO INMATERIAL, LO INTANGIBLE, 
DE FORMAS TRANSFIGURADAS: 
EL PENSAMIENTO. LAS IRAS. 
EL ÉXTASIS. LA PLEGARIA. . 







joaa noaa ^. 




rOETA DE LAS ¡DEAS 
QUE LEVANTAS 

LAS BASES INCONMOVIBLES DEL UNIVERSO Y LA VIDA 
CON CIMIENTOS DE PALABRAS... 

<^ABIO TENAZ QUE A LA PUERTA 

DE LA VERDAD SIEMPRE LLAMAS, 
A SABIENDAS DE QUE SIEMPRE 
PERMANECERÁ CERRADA... 

LLSTRELLAS de LOS ESPACIOS, PRODIGIOSAS E INSINUANTES, 
¡TAN CALLADAS!... 

rKOSALES, EN ECHAR ROSAS TAN CONSTANTES, 

¡Y UNA Y OTRA PRIMAVERA VUESTRAS ROSAS DESHOJADAS!. 

1 ODO, TODO: FINA MANO, GENIO, ARTÍFICE Y POETA... 
ROSA Y ESTRELLA CALLADA... 
¿TODO, TODO, 



PARA NADA? 







ILUSTRACIÓN DE LARCO. 



y /A/O 




Ella, de pie sobre la arena rubia, 
esperaba . . . 
¿A quién? 

Su cuerpo blanco, desnudo, do- 
rado por el sol, pronto para su- 
mergirse en el agua tibia y salada, 
ss encogía un poco en una actitud 
de defensa instintiva del sexo: 
la mano izquierda sobre el pu- 
bis virginal, el brazo derecho sobre el seno, 
túrgido como un fruto; el muslo izquierdo algo 
adelantado, apretado contra el derecho; la pierna 
izquierda curvada como el asa de un ánfora, lisa 
y torneada como una defensa de elefante; la 
derecha, larga y fina — en que se marca, vigorosa 
y grácil, la rótula, — se apoyaba firmemente sobre 
sus pies largos, fuertes, armoniosos. La cintura 
mórbida, el vientre liso, suave como la flor de la 
magnolia; el ombligo misterioso y pequeño, la 
cadera apenas nubil, indicaban el cuerpo virgen 
creado más para el amor que para la maternidad; 
en el tórax, a la vez profundo y frágil, florecían 
los ssnos pequeños y redondos como dos copas 
de oro pálido; el cuello, perfecto como un tronco 
nuevo de bananero, sostenía la cabeza pequeña y 
divina; el mentón voluntarioso, la boca en arco, 
entreabierta en una in- 
consciente sonrisa; la na- 
riz recta y fina, y bajo la 
cabellera flava, despeina- 
da por el viento marino, 
bajo !a frente estrecha y 
límpida, los ojos azules, 
luminosos, miraban sin 
ver, más allá del hori- 
zonte, más allá del mar y 
del cielo, más allá, más 
allá... 

(Rugía el mar contra 
los farallones de la costa 
y S3 estrellaba con inútil 
rabia, cubriéndolos de un 
sutil encaje blanco; la 
playa se le ofrecía, amo- 
rosa, mansa, y él la aca- 
riciaba con un gesto largo 
y hondo como una mano 
ienta sobre una cabellera 
querida. Lejos, el hori- 
zonte cortaba con curva 
convencional el azul uni- 
forme del mar y del cielo. 
Algunas nubes blancas, 
casi inmóviles, fingían en 
el cielo luminoso castillos 
y monstruos.) 

Todo en Ella hacía 
pensar en el amor. Toda 
Ella