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THE 

nettie lee benson 
latín am!::iican collection 

of 

The General Librari«i 

Univcrsiiy of Texaa 

C, 



4S60IR7 



EDUARDO WILDE 



-vf^lfgr- 



l 



...1 



POR MARES I POR TIERRAS 



-Hl\r- 



I. Europa: Varios puntos. 
II. Áfirica: Costas obl Mediterráneo. 

III. Sud Amériea: Chile i Perú. 

IV. Al rededor del mondo : Itinerario de viaje desde Bue- 

nos Aires : Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, Ca- 
nal de Suez, Mar Rojo, Ceylan, China, Japón, Honolulú, 
Norte-América, Lisboa i Rio de Janeiro. 




BUENOS AIRES 



87671— Imprenta, Litografía y Encuauernación de Jacobo Peuser 

Calle San Martín esquina Cangallo 

1899 



EUROPA : VARIOS PUNTOS 



Lo que no he visto he leído i solo he 
tomado de los ajenos datos, cuando los 
he necesitado, los mas dignos de crédito 
por la autoridad de los escritores que los 
consignan i la recíproca confirmación de 
sus informes. - Habrá, no lo dudo en mi 
trabajo,- muchos errores, pero no en lo 
observado por mí directamente, a menos 
de haberme engañado a mí mismo. 



Salimos por segunda vez de Buenos Aires, capital de 
la república arjentina (Sud América), el 16 de julio 
de 1892 — ¿Quiénes salieron? preguntará el lector — 
«Nosotros, le contesto, los que salimos i bástele esto» . . . 
Pero no; prefiero decirle desde luego, quienes somos 
nosotros porque ello puede ser útil en el curso de mi 
narración. 

Nosotros somos: un servidor de usted, la señora Gui- 
llermina, alias esposa de un servidor de usted i Bau- 
tista, hombre provecto a quien llaman FA Intendente no 
sé por qué, ni atino a calcular de qué lo sea. 

Con nuestro amigo Romualdo Urtubey i su joven i 
preciosa señora, nuestros compañeros de viaje de Bue- 
nos Aires a Europa, bajamos en Río de Janeiro i pasamos 
una noche en la montaña en un hotel vecino al Corco- 
bado, pico al cual subimos al dia siguiente, i de cuya 
cima miramos el glorioso panorama de la comarca. 
Desde allí como de las alturas donde teníamos nuestro 
alojamiento, se ve también durante la noche la ciudad 



— 4 — 

iluminada como si fuera un pedazo de cielo tachonado 
de estrellas caído en el valle. El espectáculo es una 
fiesta para los ojos. 

Llegamos a Jénova el 6 de agosto i salimos el 12 
para Pegli, un pueblito de baños donde pasamos una 
temporada mui bien, nadando yo a mi gusto en el mar i 
gozando de la franca i buena sociedad de los concu- 
rrentes a la playa. 

Allí tuve ocasión de examinar por primera vez la vida 
de esos nobles arruinados o pobres de nacimiento, que 
de todas partes de Europa van a los sitios de baños 
donde la vida es relativamente barata. Mis investigacio- 
nes me causaron tristeza, como la causa siempre la 
comprobación de una decadencia; sin embargo, un 
conde que era una deuda ambulante pero mui caballero, 
me hizo reir una vez, diciéndome con sinceras mues- 
tras de la mayor gratitud i admiración por mi genero- 
sidad: «Oh, porqué hace usted eso» a propósito de un 
desembolso a su favor de ochenta céntimos. 

* 
* ♦ 

El 3 de setiembre volvimos a Jénova y nos instalamos 
en un departamento de la Via Assaroti, para asistir a 
los biailes i fiestas que se preparaban con motivo de 
celebrarse el centenario de Colon i de la presencia del 
rei, la reina i su corte. 

Las fiestas populares fueron insuperables en su oriji- 
nalidad i atractivo. Hubo cabalgatas características, 
iluminaciones, juegos i funciones gratuitas en los teatros. 
A mas se ofreció a sus majestades cuatro bailes. Se dio 
el primero en tres palacios convertidos en uno, mediante 
arreglos transitorios. La reunión fué colosal. Allí esta- 
ban representadas casi todas las naciones del mundo por 
sus ministros i sus marinos, i las tres mil personas que 
circulaban en los salones, fueron atendidas con esmero 
por el numeroso servicio. 

El segundo, tuvo lugar en el palacio del señor Raggio, 
castillo situado en una especie de península de rocas que 
entran al mar. Nada de mas bello i lujoso puede imaji- 



— 5 — 

narse a mas de la brillante sociedad e irreprochable ser- 
vicio, la concurrencia pudo ver desde los balcones i 
jardines los fuegos artificiales encendidos en los buques 
i botes que jiraban frente al castillo. Este baile valió el 
título de Conde al señor Raggio. 

El tercero, dado en el Palacio i villa Palavicini, por su 
propietario, fué una maravilla. Los invitados ocupaban 
los salones i los jardines, 1 en todas partes se bailó. Las 
mesas servidas con un lujo extraordinario i la casa ador- 
nada i preparada en horas, dejaron sorprendida a la 
sociedad jenovesa. El Príncipe de Centurión dio el 
cuarto baile, no menos notable que los otros, siendo el 
principal adorno de la fiesta la bellísima mujer del invi- 
tante. 



La Esposicion abierta, era otro de los atractivos ; — 
su arreglo i la variedad i número de los objetos espues- 
tos superaron toda esperanza. 

Durante las fiestas hubo iluminación en el puerto, en 
la ciudad i en las colinas contiguas; nosotros la vimos 
del Brown, buque de guerra argentino, en cuya cubierta 
se improvisó también un baile. Nuestro ministro el doc- 
tor Viso, fué por su buen humor el eje de la fiesta; nues- 
tro almirante Solier recibió cordiales felicitaciones por 
la espléndida cena con que nos obsequió. 



Salimos de Jénova para Turin el 25 de setiembre, i 
llegamos a «La Mandria» castillo del marqués de Me- 
dici, donde pasamos siete dias. Luego fuimos en escur- 
sion a la propiedad de otro Medici, D. Juan, mi compa- 
dre, constituida por la mitad de un grande i antiguo 
castillo. Después visitamos la rejia morada i parque 
Gavone que fué de la Duquesa de Jénova; — los actua- 
les propietarios lo quieren vender, — pero ya no es 
tiempo de castillos — está mas que arruinado, descuidado. 



* 



- 6 — 

El 3 de octubre nos trasladamos a Aix-les-Bains : — 
No por cierto en la estación propicia, pero así era mejor. 
Allí hicimos lo que hacen todos : paseamos en bote por 
el lago Bourget, subimos al Revard, hicimos las otras 
escursiones de regla. Anduvimos por la villa de las 
flores, asistimos al Cerele, i oimos como cuarenta con- 
ciertos. Conocimos una buena cantidad de ingleses, 
entre ellos Mr. Harvey, un joven con un espantoso reu- 
matismo diformante i una señorita Andrée Goddard, 
niña mui bonita, a quien dejé mas linda aun sacándole 
dos lunares de la cara. 

* * 

El 15 de octubre salimos de Aix-les-Bains i llegamos 
a Lion — ahí recorrimos la ciudad, visitamos una fábrica 
de tejidos de seda, donde por primera vez examiné las 
máquinas de tejer i entendí como se hacia los dibujos 
en las telas por medio de cartones agujereados. Luego 
visitamos los preciosos invernáculos del parque. Lion es 
una ciudad mui linda; me pareció que la belleza en las 
mujeres era jeneral, i las bonitas mui bien constituidas. 
Me imájino que toman especial cuidado en acomodar sus 
vestidos como para lucir «les hanches» (caderas es pa- 
labra fea). Aun las jóvenes mas delgadas ostentan formas 
seductoras. 

Salimos para Barcelona el 17 de octubre; pasamos 
en el tren una mala noche; — no habia vagones con cama 
ni otras comodidades indispensables. 

Para poder ir solos en un coche, hubimos de pagar 
clandestinamente una propina al guarda tren; después 
me apercibí de lo inútil de mi falta, pues los coches iban 
casi vacíos. Ademas, como no los habia de 2» clase, 
I pagué boleto de I» para nuestro asistente, i lo hice 

\L'* (/> con gusto. 

Al llegar a la frontera sufrimos la inspección de 
aduana i una médica ridicula. Conmigo fueron políticos 



1 1 ' 



los empleados; todo pasó bien, excepto lo relativo al 
bagaje; no sé por qué causa dejaron un baúl en la esta- 
ción i debimos hacer telegrama para recuperarlo. 



* * 



i Cómo rae gustó Barcelona desde el primer momento í 
Paramos en el hotel de Oriente, sobre la Rambla,, una 
calle ancha, con grandes árboles i siempre llena de 
jente. Apenas instalados nos dijeron que debiamos pre- 
sentarnos a la inspección médica durante 7 dias con- 
secutivos. Bueno: eso supone que la Sanidad allí ha 
descubierto las siguientes tonterías: I», que con tal de 
no enfermarse en 7 días, no trae peligro la residencia 
del que viene de pais infestado ni el hecho de comuni- 
carse libremente con todos. 2©, que lo peligroso es la per- 
sona i no el bagaje. 3o, que la incubación del cólera 
dura 7 dias. 4o, que todos han de ir a presentarse de 
puro inocentes cuando los ajentes sanitarios- no disponen 
de medios coercitivos. 5o, que ciertas partes del mundo 
no quieren abandonar rutinas inesplicables, (este es des- 
cubrimiento de los pasajeros). 

Ponen cuarentenas a los buques provenientes del Bra- 
sil i por esto perjudican inconsideradamente su comercio, 
sin salvar siquiera sus aprensiones, pues los pasajeros 
del Brasil, rechazados el dia antes, les llegan al dia si- 
guiente de Jénova, donde tienen el buen sentido de no 
ser medioevales en esto. El médico que nos examinaba 
a ver si teniaraos cólera, parecía él mismo, un cadáver; 
era una antigualla exhumada ; no hacia caso de razones, 
todo su criterio estaba encerrado • en estas palabras : 
«nos lo manda el reglamento». Estando en la oficina 
de este antidiluviana, entró á ella una niña que se habia 
clavado en la mano una aguja de tejer, de esas de gan- 
cho. Yo se la habría sacado en un segundo i sin esfuer- 
zo, pero el cirujano de las Cruzadas, conservaba sus 
fueros i no me atreví a ofrecerme; él se atrevía a todo; 
arremetió a la niña i tomando la aguja con todas sus 
ganas se ^uso a revolver con ella haciéndola jirar en 
varias direcciones i tirándola a veces ; la niña daba gri- 



— 8 — 

tos lastimeros; — la aguja no salió. Entonces el cirujano 
aquel, cansado de forcejear dejó la tarea diciéndome: 
« vea usted, si no la saco, atravesaré con ella la mano ; 
le romperé el gancho en el dorso de ella i la sacaré así 
fácilmente». Pero, observé yo, usted corre peligro de 
herir el arco palmar, lo que es grave, mientras que con 
una lijera torcion i fracción al mismo tiempo . . . La nina 
quedó allí llorando ; no sé si mi ilustre colega la mató 
mas tarde. 



Saliendo de allí vemos bastante jente en todas las 
calles ; muchas mujeres de paseo, algunas, pocas, lindas, 
casi todas con una cintura admirable, increíble en ciertas 
jóvenes que la tenían menos gruesa que la cara contras- 
tando con las formas inmediatamente inferiores, en las 
cuales la naturaleza catalana ha echado el resto; enjam- 
bres de mendigos incómodos, pesados como moscas de 
campo, o como vendedores de billetes de lotería ; no 
me dejan andar; si me paro acuden en tropel diez o 
doce i se pelean por establecer la prioridad del fastidio. 
« Yo lo vengo siguiendo desde hace media hora», objeta 
uno; «yo lo sigo todos los días» dice otro. Este asunto 
de los mendigos es una de las grandes mortificaciones 
en España. Aparte de la imposibilidad de darles plata a 
todos, el viajero no puede marchar ni pararse, ni hablar 
con persona alguna, porque el mendigo lo asedia cons- 
tantemente repitiéndole al oido su pedido. Añádase a 
esto que los mas fastidiosos no son los mas necesi- 
tados. Una vez rodeado de cinco ciegos falsificados o 
cojos de encargo, saco una moneda de dos francos i 
pregunto a uno si tenia cambio, ¡ todos tenían cambio ! 
Le instalan a uno sus deformidades, le meten por los 
ojos sus brazos mutilados, i lo mortifican constantemente. 

Con qué derecho se impone esta tortura al transeúnte? 

Puede un hombre por sólo ser o llamarse mendigo, 
seguir a otro una hora molestándolo, i no podrá el 
perseguido usar siquiera de la facultud de defenderse i 
repeler al importuno con mal modo? Debe haber aquí 
una fábrica de pordioseros lejítimos i otra de falsifica- 



— 9 — 

dos ; todos tienen por sí o por sus acólitos un plato de 
metal que exhiben a modo de diploma ; algunos simulan 
ser músicos aun cuando su violin no tenga cuerdas como 
le sucede al del hombre que hace guardia en la puerta 
de mi hotel para tomar fresquitos a los pasajeros a su 
salida. Varían hasta el infinito las modas de pedir, i sue- 
len ser-graciosos : uno me dice, « a ver pues, hombre, 
como suelta usted una perra chica a este desgraciao >. 
(Una perra chica es cinco céntimos de peseta). 

* 
* * 

Vengo de un café donde se reúne la clase dirijente: 
políticos, literatos, poetas, banqueros, altos comercian- 
tes i sujetos de la nobleza. A mi lado en una mesa habia 
cuatro caballeros discutiendo sobre elecciones, i uno de 
ellos contestando a un periodista le soltó el siguiente 
discurso, que contiene muchas verdades : « Ustedes los 
demagogos, es decir, los periodistas, supuestos defen- 
sores del pueblo, apenas si lo conocen. Si el pueblo es 
el conjunto de todos los habitantes de una comarca o 
ciudad, ningún calificativo de los que ustedes le dan le 
conviene, i todos los que se le aplique, ya sea para en- 
salzarlo, ya para deprimirlo, serán falsos i caprichosos. 
Si pueblo no es, eso será una mayoría o una minoría de 
individuos que en un momento dado, con palabras o con 
hechos expresa una pretensión o reclama a nombre de 
todos, actos o reformas i entonces no tiene los derechos 
que se atribuye, i asume actitudes falsas verificando una 
usurpación. Si pueblo no es ninguna de las dos entida- 
des mencionadas, será entonces lo que todos entende- 
mos sin definir o creemos entender cuando ponemos la 
palabra <i pueblo » en representación de la idea, como si 
el sujeto señalado tuviera una existencia individual i una 
fisonomía propia. Bien, pues, si pueblo es aquello que 
todos invocamos cuando queremos hacernos pasar por 
abnegados, jenerosos, altruistas, humanitarios, austeros, 
caritativos, independientes, desinteresados i nobles. Si 
pueblo es la esencia de un sujeto que los demagogos, 
los aspirantes i los hipócritas simulan defender no 



— 10 — 

abriendo jamás la boca sino para ponderarlo, embrave- 
cerlo i utilizarlo. Si pueblo es el mito convencional en 
cuyo nombre hablan todos los audaces sin fé, los ora- 
deres mediocres que buscan el aplauso con las palabras 
sonoras o simpáticas al auditorio, los periodistas desal- 
mados capaces de cometer todos los crímenes, los polí- 
ticos sin conciencia, los sediciosos, los desconformes 
con el orden establecido, los novicios inocentes que 
persiguen el éxito invocando la fórmula contra ía cual 
nadie combate i cuyo nombre excluido de toda contro- 
versia por la rutina basta para protejer al que lo pro- 
nuncia, como un estandarte sagrado ; los ociosos sin 
profesión i sin pan que se declaran defensores de los 
nobles principios i protectores de la humanidad para 
vivir a sus espensas; los austeros que viven en la po- 
breza por especulación o por impotencia; los viciosos 
de todas las esferas i de todos los gremios, los perver- 
sos disfrazados de santos, los perseguidos con razón 
por la justicia, i por fin los descontentos con su suerte, 
que echan de ella la culpa a la lei, a la fortuna o al go- 
bierno, i los desgraciados en sus empresas que esperan 
cambiar su presente con un cataclismo jeneral. Si pueblo 
es el sujeto, el motor o el orijen de todas estas ilejitimi- 
dades, yo declaro que en mi idea, el pueblo es inculto, 
servil, ignorante, veleidoso, inconsciente, inmoral, bajo, 
cobarde, cruel, estúpido, soez, irracional, corrompido, 
criminal, innoble, adulón, rastrero, egoísta i digno sólo 
de ser tratado a latigazos i a palos. 

Si es pueblo la masa humana que ha venido envile- 
ciéndose desde la aparición del primer rudimento de 
sociedad; si el pueblo adora a Dios i a los ídolos alter- 
nando sus fanatismos, para aborrecer i matar siempre 
en nombre de todos; si el pueblo desterró i sacrificó a 
sus virtuosos benefactores en Grecia; -^yudó a los tira- 
nos i fomentó las atrocidades de los emperadores roma- 
nos, crucificó a Jesucristo, lapidó a sus predicadores i 
profetas, quemó inocentes con la- inquisición, persiguió, 
asesinó é incendió en nombre de todas las relijiones. 

Si es el pueblo el ájente que cortó la cabeza al pobre 
i buen hombre Luis XVI, a María Antonieta i a infinidad 



— II — 

de inocentes varones, mujeres i criaturas ; el que degolló 
millares de hombres con todos los caudillos sombríos, 
el que fué cobarde i adulón con todos los tiranos sangui- 
narios, el que les prestó mano fuerte e hizo posibles i 
duraderas sus execrables matanzas i vejámenes; si él 
fué quien quemó a Giordano Bruno, persiguió a Galileo 
i se levantó para sostener el oscurantismo i ahogar la 
ciencia en todos los paises i en todas las épocas, si a él 
es a quien vemos perpetuamente en armas contra la 
razón i resistiendo con la injuria i con la chuza a todo 
cuanto signifique civilización i adelanto en nombre de la 
rutina esplotada siempre por los perversos a quienes 
obedece ciego e inconsciente; si no comprendió jamás 
un principio elevado ni una palabra de cultura ; si no 
tiene idea de la belleza ni paladar, ni gusto, ni senti- 
miento estético ; si todo progreso ha debido serle im- 
puesto, i si hasta para hacer bien a su descendencia, es 
necesario someterlo o matarlo; si es el juguete peligroso 
del primero que halaga sus pasiones siempre estremas i 
brutales; si eso todo es el pueblo, yo no lo respeto, no 
lo amo ni le tengo lástima ; su ferocidad me repugna, su 
servilismo me inspira desprecio, i sus pretensiones al 
gobierno en nombre de la mas supina ignorancia i de la 
falta de toda idea positiva, noble i consciente, me parece 
soberanamente ridicula. » 

¡Si el pueblo leyera estas pajinas i quisiera hacer una 
de las suyas, hallando al autor á tiro, no dejaria de ase- 
sinarlo ! A lo menos mil hombres, en nombre del pueblo 
ultrajado, se reunirían para castigar a uno solo, y así 
probarian con un nuevo hecho la verdad de la tesis que 
sostenia el bravio orador del café barcelonés. 

♦ 

Circulan por la Rambla en ciertas horas, como diez 
mil personas. Al ver tal afluencia, me preguntaba yo a 
mí mismo « ¿ Todos andarán de paseo como yo ? ¿ Serán 
desocupados ? { A qué hora trabajarán i ganarán su ali- 
mento i su vestido? {Habrá en Barcelona algún ájente 
poderosamente rico que mantenga en la ociosidad a 



— 12 — 

estos viandantes?» De cien individuos del sexo mascu- 
lino, noventa estaban fumando. La costumbre de fumar 
es en Barcelona universal; se fuma en todas partes; en 
los teatros de segundo orden, el director de orquesta i 
los músicos fuman durante la representación, i lo mas 
raro es, que lo hacen hasta los que tocan instrumentos 
de viento ; no sé cómo. En el Tíboli, un teatrito sin pre- 
tensiones, veo a un ájente de policía colgar un cartón 
con este letrero : « Por disposición del Gobernador es 
prohidido fumar», para dar el ejemplo de obediencia, 
fumaba con todas sus ganas mientras suspendia el cartel. 
¡Juro por Dios i los Santos ser esto la pura verdad! 

* * 

Conocí a Mr. Simón, Jerente del Banco «: Union de 
España é Inglaterra ». Este caballero fué mui bondadoso 
i amable con nosotros. Nos presentó a una de sus hijas, 
señora casada, i al marido de ésta, i nos invitó a dar un 
paseo por la montaña en los sitios llamados Tibidabo, 
Vallvidrera, i Pabellón de la Reina. Fuimos en carruaje 
acompañados por el Sr. Simón, su hija, su yerno i su nieta. 
La hija se llama Jessy, es inglesa ; pero parece andaluza 
por el color i por la gracia; elegante, airosa, esbelta; sus 
ojos acarician cuando miran, i hai tal enerjía de vida en su 
semblante, que apenas comprende uno como puede exis- 
tir una fisonomía tan deliciosa, sin provocar conflictos a 
cada paso. Añádase a esto i al encanto atrevido de su 
nombre, Jessy, una sencillez de costumbres fuera de toda 
previsión i una libertad de lenguaje en la cual la natura- 
lidad está unida al candor i a la mas esquisita familiari- 
dad. Su hijita es una de esas criaturas inglesas con enor- 
mes ojos azules, redondos, inocentes hasta un grado 
alarmante i con un cutis color de leche boreal, (me per- 
mito introducir en el lenguaje esta nueva espresion.) El 
marido de Jessy no posee los encantos estatuarios de su 
distinguida esposa, pero tiene en cambio otras cualida- 
des : habla poco, bien atinadamente i revelando buena 
instrucción. Es cojo (eso no es un defecto desde el tiem- 
po de Lord Byron); se rompió el muslo i la pierna, es 



— 13 — 

decir, todos los huesos largos de uno de los miembros 
inferiores, el derecho, en las minas de Sierra Nevada, 
donde estaba empleado en calidad de injeniero. Bajaba, 
dice, en unO de los cajones que transportaban a los 
mineros, cuando se rompió la cuerda de suspensión i el 
cajón fué a dar al fondo con su cargamento humano. 
Este accidente i sus consecuencias, lejos de haberle qui- 
tado méritos, lo han hecho mas interesante. 

Almorzamos en Vallvidrera, subimos al pabellón de la 
Reina, elojiamos todo cuanto vimos i volvimos como se 
vuelve de todas las excursiones, mas cansados que satis- 
fechos. 



Tocóme a mi vez invitar a otra excursión. El paraje 
elejido para ella fué el Santuario de Monserrat, habitado 
por la Vírjen del mismo nombre, servido por el ferro- 
carril de Barcelona a Monistrol i por el de engranaje de 
este punto hasta el sitio mas elevado accesible de la 
montana; fomentado por innumerables devotos i explo- 
tado por no sé cuantos religiosos. El Santuario tiene 
anexos i dependencias destinadas a objetos piadosos, 
como son fondas, hosterías i alojamientos para pasaje- 
ros ; además, una iglesia en un plano inferior al del San- 
tuario. !Las jentes devotas pasaban allí la noche, cuando 
no había ferro-carril de engranaje; ahora pasan sola- 
mente parte del dia i lo emplean en comer, en besar la 
mano a la imajen de Nuestra Señora de Monserrat, en 
beber, en dar limosna a las reliquias, en hacer procesio- 
nes hasta la gruta donde la dicha imajen estuvo ocupada 
de milagros, i en asustarse de las caras grotescas que los 
empresarios del Santuario han dibujado en los mamelo- 
nes de las peñas, figuras hechas probablemente por las 
aguas de lluvia, sin la idea de prepararlas para futuras 
esplotaciones. 

El espectáculo que ofrecen los cuartos i salones, pasa- 
dizos i escaleras de las fondas, mientras comen los pere- 
grinos por centenares de docenas, es por demás curioso 
i animado; casi todas estas fondas han sido conventos o 



— 14 — 

pedazos de ellos, pero hacen ahora su nuevo oficio como 
si nunca hubieran hecho otra cosa. 

Si las procesiones son interesantes para la salud del 
alma, no lo son menos para la del cuerpo; los bailes al 
aire libre con que los fieles se preparan para entregarse 
en buenas condiciones a los piadosos encantos de sus 
actos religiosos. Ellas se verifican a lo largo del camino 
por la montaña. Los fieles llevan cruces, estandartes, 
cirios encendidos i a sus novias del brazo. Un fraile pre- 
side la marcha; se para cuando le da la gana; se arro- 
dilla, reza en alta voz, se levanta, se da vuelta a correjir 
la alineación de los concurrentes i recomienda muchas 
almas a la indulgencia de la vírjen de Monserrát i de otros 
Personajes de la corte celestial. Los peregrinos cantan 
en latin infinidad de rezos mui propiciatorios, pero ningún 
empresario de teatro se atreveria a contratarlos para dar 
una ópera de Wagner. 

Tuvimos ocasión de tratar al Sr. Macphersen, cónsul 
de Inglaterra, i a su familia. 

El es un hombre distinguido i un literato erudito ; ha 
traducido en verso a Shakspeare mui bien. Me regaló 
un ejemplar de sus obras, que son mui apreciadas, sobre 
todo en Alemania. Nos hicimos grandes amigos ; jugá- 
bamos al ajedrez todos los dias, aun cuando él podia ser 
mi maestro en la materia, 

* * 

He debido hablar antes del Sr. Calvari, cónsul jeneral 
de la República Arjentina en España, i de su amable 
familia, cuya relación i amistad cultivamos desde el pri- 
mer dia de nuestro arribo. No hubo atención que no nos 
prodigaran ; en su casa hemos encontrado la mas franca, 
sincera i afectuosa acojida. El Sr. Calvari nos prestó 
delicados servicios i nos habria puesto en contacto con 
todo lo principal de Barcelona, si lo hubiéramos consen- 
tido. Solo aceptamos que nos presentase a un número 



— 15 — 

reducido (Je personas de su relación, entre ellas al señor 
Dr. González de Montalvan i su familia, compuesta de la 
señora, tres niñas i- un joven. En casa de este señor, que 
era Presidente de los Tribunales y vivia en la audiencia, 
conocimos varios jueces, fiscales i otros funcionarios. 

En una de nuestras visitas, después de recorrer la casa 
i admirar unos ornamentos viejos de mucho mérito, per- 
tenecientes a la capilla, la señora de Calvkri, su hija, 
la mujer de Montalvan, sus tres hijas, Guillermina i ) o, 
entramos a la sala del Tribunal i asistimos a un juicio. 
Se trataba de un joven acusado de haber roto el brazo 
a otro, tirándolo por encima de una silla, i con motivo 
del examen del acusado i testigos por el juez, el físcal i 
los abogados, las niñas de Montalvan, muí listas e inteli- 
jentes, hacian las observaciones mas picantes; la menor 
sobre todo, un pequeño diablo, tenia ocurrencias gracio- 
sas i oportunas. Difícilmente se encontrará criaturas mas 
agfradables que estas españolitas, masfínas, mas bien edu- 
cadas, mas sencillas i mas alegres. Como los sacristanes 
que pierden el respeto á las imájenes de los santos, a los 
ornamentos, a los altares, a la iglesia i aun a los curas, 
a causa de su familiaridad con estos objetos i personas, 
así las tres muchachas se lo han perdido a los jueces i a 
las insignias de la judicatura; se visten con las togas, 
se ponen los bonetes de esos dignos majistrados i quedan 
verdaderamente adorables con sus caras jóvenes i viva- 
rachas en su estraño disfraz. Conservamos un retrato de 
ellas en ese traje de divertida fantasía. 



Una vez almorzamos en casa de Calvari con dos de 
estas nuestras espirituales amiguitas. La conversación 
fué animadísima, sazonada con espresiones exóticas en 
boca de muchachas, pues los términos jurídicos no esca- 
seaban en la charla ; nos narraron varios procesos ; una 
habló del Fuero Juzgo con la mayor desenvoltura ; las 
dos eran partidarias de la pena de muerte i probaban 
con el relato de ciertos crímenes cuyos detalles conocie- 
ron, la lejitimidad i moralidad de su juicio. El contacto 



— 16 — 

con los letrados les había dado una erudición seria sobre 
muchas situaciones de la vida, i era de ver el efecto 
estraño que hacian las máximas i sentencias al salir de 
aquellos labios casi infantiles. Joaquina, así se llamaba 
una de ellas, soltó este aforismo: «Todos los mates 
vienen de la Francia; la España no hace mas que imitar- 
la; vean ustedes las modas, las costumbres de las muje- 
res libres, tema constante de los diarios franceses, tra- 
tado siempre con elojio, i por fin, las esplosiones de 
dinamita ». La otra, Elvira, criticó grandemente la falta 
de diversiones sociales inocentes, la supresión de las visi- 
tas de los jóvenes a las familias i la sustitución de ese 
pasatiempo por la asistencia a los cafés, los clubs, las 
casas de juego i otros perniciosos entretenimientos que 
apartan a los hombres de la senda de la moral, de la 
salud i del hogar honrado. La menor de las tres, María 
Rosa, el diablito preferido, no estaba allí. La tal María 
Rosa, sin ser bonita, enloquecerá a muchos de sus con- 
temporáneos, i si se casa, dominará a su marido, hacién- 
dolo feliz. 

La hija de nuestro cónsul Calvari, es una muchacha 
llena de méritos, bastante instruida; ha hecho muchas 
lecturas, toca mui bien el piano i el arpa; es además 
buena cocinera i canta con gusto. Se llama Geyita como 
su mamá, es el encanto de sus padres ; su especialidad 
en letras es el conocimiento de las campañas de Na- 
poleón I. 

El Gobernador de Barcelona, Sr. Blanco, a quien 
también me habia presentado Calvari, me pagó mi visita 
el mismo dia. No he tratado un hombre mas amable i mas 
franco. Sentí haberlo conocido solamente pocas horas 
antes de nuestra partida, aun cuando si así no hubiera 
sido, el señor Jeneral me habría vuelto loco a invitaciones, 
manteniéndome en circulación constante, según lo mani- 
festó. Su mujer se habria apoderado de Guillermina, i las 
dos habrian vivido en el teatro. En casa se encontró con 
Jessy, i parece que ésta le hizo una fuerte impresión. 



— f7 — 

Debí también conocer un exelénte funcionario, el 
Alcalde ; pero no fui a veHo, porque lo juzgue contra- 
riado por los motivos que le habian obligado a renun- 
ciar su puesto en esos días. Aquí también el pueblo, la 
opinión pública, es decir, la prensa, persigue a los bene- 
factores de la ciudad, de la comarca, de la. nación 
i del jénero humano. 






Ya próximos a embarcarnos, tuvimos el gusto de ver 
á Urtubei i su mujercita, Belinda Pura Piatini, cuyo nom- 
bre armonioso le viene de molde por ser linda i pura, 
dejando él Piatini solo como una adición tradicional. Se 
encontraron de manos a boca con Guillermina en la 
Rambla, i se pusieron por esto a gritar como unas locas. 
A mí no me sorprendió su llagada : I» Porque cuando 
entraron en marcha triunfal a nuestra salida del hotel, yo 
estaba jugando al ajedrez con Macphersen ; mientras uno 
juega al ajedrez, no ve nada ni se sorprende por ninguna 
causa ! 2o Porque yo habia pencado verlos aparecer en 
Barcelona de un momento a otro. Nos contaron sus via- 
jes por Suiza i Francia, llamándonos la atención un inci- 
dente raro que les acaeció en un hotel. Belinda estaba 
durmiendo, según el relato, con aquella profundidad de 
sueño propia de las mujeres jóvenes i sanas. Urtubei 
escribía carta tras carta a todos los habitantes de la 
América latina. Eran" las dos de la noche ; la puerta del 
cuarto estaba cerrada. Urtubei se levantó con la con- 
ciencia del deber cumplido i se encontró de pronto con 
un hombre de pie al otro lado de la mesa ; el pelo se le 
puso de punta, según su propia expresión, sus dedos se 
convirtieron en ganchos, i con el furor irreiflexivo natural 
en semejante situación « Un hombre », gritó, e iba a lan- 
zarse contra el intruso, quien por su parte se aprestaba 
a la defensa con iguales ademanes, cuando reconoció su 
propia imájen en el espejo de enfrente. 

Belinda despertada por el grito i toda despavorida, 
gritó a su vez : « ¡ Qué, hai 1 . ! . un hombre ! ...» Sí, con- 

Por tnares i por tierras 2 



— 18 — 

testó Urtubei . , . pero ese hombre soi yo ! Y aun cuando 
riéndose contó su error, Belinda continuó temblando por 
dos horas. 

Guillermina i su amiga tomaron en Barcelona los dias 
por su cuenta i hablando incansablemente sobre vestidos 
i sombreros, recorrieron las calles i las plazas. Urtubei 
i yo paseamos por el precioso parque, sitio de la 
reciente esposicion, vagamos por parajes solitarios 
huyendo de la vecindad de los museos i de las otras 
curiosidades. Con todo, una tarde invitamos a las seño- 
ras a subir al monumento de Colon, i por el hueco de su 
columna, como cuatro entosoarios, trepamos a la cum- 
bre desde donde vimos a través de vidrios de colores, la 
ciudad violeta, el mar amarillo, el puerto rojo, la cam- 
piña azul, el cielo café i los caballos de los tranways» 
verdes. 

* * 

Durante ciertas horas en la Rambla perfumada, flan- 
queando su sección mas concurrida, se instalan tiendas 
improvisadas de riquísimas flores. Las jóvenes mas apues- 
tas, brindan allí sus ramos i sus gracias a los galanes 
reacios, que si bien se arruinan en la compra de rosas, 
jazmines, nardos, violetas i claveles, tramitan con cierta 
tibieza el espediente de un amor demasiado ofrecido para 
ser ambicionado. 

Esta parte del paseo, o arteria central de la ciudad, 
es deliciosa; todo en ella es animado i tiene el aire de 
una alegre fiesta. 






Nos embarcamos el dia 23 a las 9 de la noche, en el 
vapor « Cabo Palos », de 2,300 toneladas. Capitán 
Gregorio de Belaunde Alvarez, un muchacho simpático i 
bondadoso. Tomé las cuatro literas de un camarín para 
estar cómodo i Bautista se instaló en el camarote contí- 



— 19 — 

guo. El mar estaba tranquilo i el cielo estrellado con- 
vidaba a revolver recuerdos agradables. 

Al amanecer llegamos a Tarragona; en seguida baja- 
mos a tierra, i nuestra primer visita fué a una iglesia 
donde un viejo cargado de rosarios, sopando su mano 
sucia en la pila de agua bendita, nos brindó un poco 
del salado líquido ; yo lo tomé i me hice con él una cruz 
colosal en la frente; pagué diez céntimos al viejo i me 
encontré satisfecho de poder borrar a tan poca costa 
un resto de pecados veniales, lo único que podia que- 
darme, dada mi condición de hombre casado, por ser 
cosa averiguada que la vida conyugal purga de pecados 
mortales al marido. En seguida paseamos por las calles 
i después de rezar en otra iglesia, fuimos a conocer la 
catedral. Un sacristán nos la mostró, con aquella pesa- 
dez característica de los propietarios, sin economizar 
rincón ni tallado, altar, claustro ni sepulcro. Yo no sé 
como me someto a semejantes torturas , después de 
haber visto mil iglesias i estar curado de sorpresas en 
cuanto a la erudición pedantesca, trunca i apócrifa de los 
sacristanes. Mientras sufríamos nuestro martirolójio, nos 
dio caza un joven llamado Eujenio Saugár, por encargo 
del cónsul argentino, Sr. Juan Gasset i Matheu ; llevaba 
un coche i las intenciones mas siniestras ; se proponía 
hacernos recorrer el contorno de las antiguas murallas i 
mostrarnos el museo. Las dos cosas hizo con una cruel- 
dad increíble. En el museo se admira obligatoriamente 
unas cuantas piedras viejas, restos de molduras, estatuas 
i columnas, i los conocimientos del cuidador, extensísi- 
mos, sobre todo en lo referente a un pozo servido antes 
por una maquinaria que proveía de agua a la ciudad, 
alternativamente usado i abandonado, según las épocas i 
los temores de sitio. El modelo del pozo i de la máquina 
figura mui honrado en una de las salas. Luego el señor 
Saugar nos llevó a su casa, donde nos obsequió galan- 
temente, haciéndonos probar los vinos de su comercio i 
regalándonos para el viaje algunas botellas. A la noche 
salimos para Valencia, llegando a esta ciudad el 25 por 
la mañana,. Allí nos esperaba otro cónsul ; el Sr. Jesús 
de la Cuadra. En casa de este caballero vimos algunos 



— 20 — 

cuadros de mérito, i conocimos a su esposa, una linda 
señora, parecida por igual a dos damas hermosas de 
Buenos Aires, Doña Elisa Linch de Casares i Doña Justa 
Várela de Laines. Con ella i su obsequioso marido, em- 
prendimos una nueva jira. Vimos el magnífico i grande 
hospital provincial, la catedral donde figuran como tro- 
feos, los fragmentos de las. cadenas con que en cierta 
época los marselleses cerraron el puerto, sacados del 
mar, después de haber roto la barrera una flota espa- 
ñola; la Lonja, salón a modo de templo, espec\e de 
Bolsa de comercio o mercado de granos i otros artículos 
de análogo consumo ; i por fin, la Alameda, paseo aristo- 
crático, en el que se hallaba a la sazón lo mas distin- 
guido* de la ciudad, según lo afirmaron nuestros amables 
acompañantes. 

* 
♦ * 

Salimos para Alicante el 25 a la noche i llegamos a su 
puerto el 26 temprano. Una vez en tierra, paseamos por 
toda la ciudad, sin encontrar nada particular, a no ser 
su castillo viejo. El 27 paramos en Torrevieja, lugar 
caracterizado por sus salinas i sus numerosos molinos de 
sal. Habia también allí lo que no falta en ningún pueblo 
español chico o grande, una plaza de toros. El bárbaro 
juego o entretenimiento degradante, tiende a estenderse 
en España a pesar de la reprobación casi universal. 

Con grande escándalo mió i tal vez de otros, la Reina 
Rejente, con ocasión de las fiestas para el centenario de 
Colon, obsequió a su huésped el rei de Portugal, con una 
corrida de toros, i este digno señor, rei de un palmo de 
península, premió con un alfiler de brillantes que lleVaba 
en la corbata^ al matador alevoso de un pobre animal 
indefenso, ya casi agonizante por el tormento de las 
banderillas. 

La prensa local no habló en quince dias sino de la 
corrida i del noble carácter del rei de Portugal. 



* 



— 21 — 

Llegamos a Cartajena por la noche, i entramos en su 
espléndido puerto natural, cuyas condiciones exepcio- 
nales han dado lugar a este refrán : « Hái tres puertos 
en el Mediterráneo, Julio, Agosto i Cartajena, aludiendo 
a la tranquilidad del mar en esos meses i a la del puerto 
siempre. Por encargo del Cónsul arjentino, señor Juan 
Sánchez Domenech, i en su ausencia, un hermano político 
suyo, fué a buscarnos a bordo. Bajamos a tierra i toma- 
mos el coche preparado, durante una lluvia torrencial 
nunca vista en Cartajena. • 

Dia de reposo el 28 ; ni visitas, ni paseos, ni emociones ; 
permanecemos en el Hotel oyendo llover i leyendo las me- 
morias de Ultra-tumba del pobre Chateaubriand. Al prin- 
cipio del volumen encuentro en un artículo de Monselet, 
mui ponderado este párrafo que prueba la candidez de 
Chateaubriand i la ignorancia inocente de su panejirísta. 

« Con^oit-on bien ce que serait une scéne de la nature 
si elle etait abandonnée au seul mouvement de la ma- 
tiére? Les nuages obéissant aux lois de la pesanteur, 
tomberaient perpendiculairetnent sur la terre ou monte- 
raient en pyramides dans les airs L'instant d'aprés 
Tatmosphére serait trop épaisse ou trop raréfiée pour 
les organes. La lune trop prés ou trop loin de nous 
tour-a-tour serait invisible, tour-a-tour se montrerait 
sanglante couverte de taches enormes ou remplissant 
seul de son orbe démesuré le dome celeste. Saisie 
comnie d'une étrange folie elle marcherait d' eclipse en 
eclipse, ou se roulant d'un flanc sur Tautre, elle de- 
couvrirait enfin eette autre face que la terre ne connait 
pas. Les étoiles sembleraient frappées du méme vertige ; 
ce ne serait plus q^une suite de conjonctions effrayantes ; 
la, des astres passeraient avec la rapidité de Téclair; 
ici, ils paraitraient immobiles; quelque fois ^ pressant 
en groupes, ils formeraíent une no\ivelle voie lactée ; 
puis disparaissant toüs ensemble et dechirant le rideau 
des mondes, suivant Texpression de TertuUien, ils 
laisseráient apércevoir les abimes de T eternité ». 

He transcrito el testo francés para conservarle su 
autenticidad hasta en la forma i doi en seguida la versión 
castellana : 



— 22 ^ 

< i Concíbese acaso lo que seria una escena de la natu- 
raleza, sí ella estuviera abandonada al solo movimiento 
de la materia? Las nubes, obedeciendo a las levcts de la 
pesantez, caerían perpendicularmente sobre la tierra o 
subirían en pirámides por los aires. Al instante la atmós- 
fera sería demasiado espesa o demasiado rarificada para 
los órganos. La luna, muí cerca o muí lejos.de nosotros, 
seria ' a veces invisible i a veces se mostraría color de 
sangre, cubierta de manchas, o llenaría con su sola esfera 
desmedida, la cúpula celeste. Como poseída de una es- 
traña locura, marcharía de eclipse en eclipse o revolcán- 
dose de un flanco al otro, descubríría, en fin, esa otra faz 
que la tierra no conoce. Las estrellas parecerían ataca- 
das de vértigo i no habría mas que una serie de conjun- 
ciones espantosas ; alh los astros pasarían con la rapi- 
dez del rayo, aquí parecerían inmóviles; algunas veces 
apretándose en grupos formarían una nueva vía láctea; 
después, desapareciendo todos juntos i desgarrando 
la cortina de los mundos, según la espresion de l>rtu- 
liano, dejarían percibir los abismos de la eternidad. > 

Y por qué había de suceder todo eso ? Y aunque 
sucediera, { qué mal habría en ello ? 

; Acaso no existia cuando Chateaubríand estaba escri- 
biendo tanto disparate, la causa de las catástrofes que él 
soñaba, para cuando sucediera lo que estaba sucediendo, 
muchas de las cuales no serían tales, como la de que 
hubiera dos vías lácteas, o que la luna mostrara su otro 
hemisferio ? 

Pues como lo sabe todo el mundo i muestra sospe- 
charlo el mismo autor en su predicción condicional, dis- 
cordante i contraproducente si las nubes no se caen, no 
chocan los astros, i la luna no anda como una bola loca, 
debido es todo ello a que < la naturaleza está abando- 
nada a las solas fuerzas de la materia >, es decir, sujeta 
a la leí de la gravitación; o no cree el cristiano escritor 
que la pesantez mantiene las nubes en lo alto ? 






— 23 - 

El 29 tuvimos la visita de un caballero estimable, pero 
cuya conversación es un monólogo : ejemplo parco. « Si, 
pues, aquí no hai nada, como digo, pero lo veremos 
todo ; el arsenal, las murallas, las minas, el teatro circo, 
un teatro de ningún valor, no vale nada, vale menos que 
nada, i si se aburren nos saldremos ; la niña del Cónsul 
arjentino estudia música, su profesor es precisamente el 
director de orquesta del teatro circo, i dice que esta 
noche no hai función por la lluvia, como no la hubo ano- 
che por la misma causa : ¡ que quiere usted, aquí todo es 
asi ! >, 

Horas mas tarde, el señor Cónsul, amabilísimo sujeto 
lleno de cualidades, nos presentó su hija Teresa, preciosa 
joven parecida a Silvia, la hermana menor de Guiller- 
mina, aun cuando no es tan despejada ni tiene el aplomo 
de mi ilustre cuñada, como yo la llamo. 

La tierna Teresa se ruboriza, tiembla al hablar i en 
sus primeras frases no sabe lo que dice, como le sucedió 
en su conversación conmigo a pesar de ese arte que yo 
tengo para poner cómodo a todo el mundo ( mi afirma- 
ción no es un elojio en honor propio, pues ese arte es 
hijo de un sentimiento de humildad que no sé como está 
junto a uno de gran orgullo, en el fondo de mi carác- 
ter ). No pronuncia cuando habla, suspira sus palabras, 
i cuando sonríe, el alma de la Gracia vuela con aleteos de 
luz sobre sus labios. Cualquier hombre libre i joven, con 
solo verla, se enamoraría de ella ; verdad es que también 
se enamoraría de todas cuantas mujeres jóvenes i lindas 
viera, porque así son los hombres. 



* * 



El 30 fuimos al arsenal con el Cónsul i un jefe de 
marina que ha estado en Buenos Aires; vimos los talle- 
res, el gran dique movible, los depósitos, la fábrica de 
cables, donde unos grandes carreteles, cargados de otros 
carreteles chicos i valseando exactamente como los 
tourneurs musulmanes, dan por resultado toda clase 
de cuerdas. 



24 



Sw'xníos al < Lcp2n:o> en cosi5tn*ji^.-:n^ xis.taxvS el 
ta2'*:r ce torpecos, i > "^ i>:>r ic: iKirte -^uedc mu: ben 
"x>res:ona'ío respecto a las coafir ^aes Ce¡ arsenai, en 
eí ci-áI ifWzdcn ser constni:das ío-ias ías ináT>¿:nas : pro- 
^ect-ies Ce ^*rrra, ¿as esrl-:r b-:^ixes n: oanoaes. El ¡ocal 
•:e". Esia^:ec:!n;en:o es aiaj or «^ne el área Ce Cartajrrna. Haí 
en e: tres o ci-atro buques en cesarme i ios gandes en 
C'-n^tr-jc :.'" n, *:^\ós jálanos c^nsl.'.Iaa los adelantos co- 
n>c>f'^ Lasta ei cia. Dentro dcí arsenal puede moverse 
una escuadra. 



Diciembre í*^ — Escursion a las minas de plomo i plata 
íj:í--ada3 a ^ ^ de hora fK>r tren de Cartajena i en los al- 
rT ir dores de un puebliio üamado !a Union, habitado 
soio per mineros i los comerciantes encarg^ados de pro- 
-eeríos de lo necesario para la vida. Subo a las minas, 
examino ¡os pozos, el sistema de estraccion por medio 
de motores á vapor que \aldean el metal empleando 
cintas compuestas de cabirs cuyo largo es de 5*30 me- 
tros o mas. cintas que se envuelven fácilmente en un 
estrechí> carretel de gran drcunslVrencia en sus láminas 
laterales; trepo hasta un punto llamado la Rsqa. un cerro 
partido por los romanos en sus primeras esploraciones ; 
0!go míi historias de antigüedades, relatos de objetos 
haiiados: herramientas, huesos de pies con argollas de 
presidarios; i pienso en mi interior que en esto como 
en todo, la fábula está mezclada a la realidad. Bajo á las 
moliendas, trapiches o injenios i recuerdo en su presen- 
cía los primeros años de mi vida, transportado por la 
ímajinadon a Choroma, cerca de Tupiza en Bolivia, mi- 
neral donde mi padre perdió su pequeña fortuna ganada 
en el comercio, durante su i migración, su salud casi, su 
buen humor, seguramente, a donde fué víctima de aquella 
locura especial propia de los mineros que los obliga a 
mantener esperanza sobre la riqueza escondida en una 
veta, a pesar de todos los desengaños i de la ruina visi- 
ble, palpitante i presente. Los trapiches no molian como 
en Choroma, primero con almadanetas para concuazar 



— 25 — 

el metal, después con piedras verticales circulando so- 
bre otras horizontales para reducirlo a polvo. Aquí la 
trituración se hace como en los establecimientos de mo- 
ler caña entre cilindros jirando en sentido contrario i 
después la reducción a polvo en piedras. De los injenios 
hemos pasado a una fundición donde el ensayador ha 
copelado en un momento dos botones^ de plata, para 
darnos como recuerdo; uno de ellos ésplotó como su- 
cede frecuentemente, el otro está intacto, parecido a los 
que sacaba mi querido profesor de química D. Miguel 
Puigari en la clase. 

La fundición se compone de los depósitos de metal 
bruto, comprado a las minas en mayor o menor estado 
de pulverización ; de los hornos para la primera calcina- 
ción, de los otros para la fundición i de los laboratorios 
de ensayo; todo con sus accesorios correspondientes 
entre los que figuran en primera línea los ventiladores i 
su maquinaria. * Los hornos tienen su chimenea a grande 
distancia i en sitios elevados. Cuando la chimenea no 
puede colocarse mui lejos, la galería de comunicación con 
los hornos es mui tortuosa a fin de aumentar la distan- 
cia ; el objeto es como se supone facilitar el enfriamiento 
del humo i condensación de los metales que por volati- 
lización han ido con él. Me dicen mis compañeros de 
escursion, dueños de varias minas en el distrito, que la 
limpieza de las galerías i chimeneas suele dejar hasta 
cuarenta mil pesos de beneficio. Vi la punción de los 
hornos semejante a la operación médica en caso de 
ascitis, pero mas eficaz; presencié la salida del líquido 
rojo i su amoldamiento en lingotes i tuve el espectáculo 
del incendio de dos hornos. 

El enorme calor interno quema el barro semi refrac- 
tario de que los hornos son hechos jeneralmente, en las 
vecindades de las bocas de entrada de los ventiladores 
i una furia de llamas i de arenas es proyectada al este- 
rior ; si no se atiende pronto al accidente, el horno 
puede destruirse, quemarse las mangas ventiladoras i 
por fin perderse la fundición ; pero los operarios tienen 
el remedio a la mano. Con una destreza i una eficacia 
admirables arrojan grandes pelotas de barro a la 



— 26 — 

boca en ignición i poco a poco reconstruyen la pared; 
la fundición sigue hasta nueva combustión en otra 
parte. 

# * 

Diciembre 2 — Por la noche recibimos la visita del 
Cónsul, su hija Teresa i el maestro de música de ésta. 
No sé si me gusta o no la música, creo que nunca debe 
uno pronunciarse en términos jenerales sobre un gusto. 
; Qué dirían ustedes si les preguntaran, les gusta la co- 
mida? Todas las comidas no les gustan á todos. A 
mi no me gustan todas las piezas de música, pero hai 
alguna música que me gusta hasta el deleite: la música 
sentimental, clásica o vulgar, popular o cientílica. Y algo 
mas debo decir : me gusta tal o cual pieza según la cir- 
cunstancia en que la oí por primera vez, según el estado 
de mis sentimientos en el momento de oiría i según la 
escena en que se ejecuta; a todos les sucede lo mismo, 
creo. 

La música oida en compañía de la mujer o del hombre 
a quien se ama, en los prolegómenos de las crisis o 
consagraciones del amor, es la música mejor ¿quién 
no lo sabe? 

Bien pues, cuando una persona de buena vista i buenos 
oidos, oye una buena música, i tiene ante los ojos un 
bello rostro que mirar, las dos sensaciones, la visual i 
la auditiva se ayudan i se refuerzan. 

La música del violinista acompañada a primera vista 
i mui bien por Guillermina, era una buena música si uno 
la escuchaba mezclándola con rostros de Teresas. 

Indudablemente una mujer tiene lo que la imajinacion 
del espectador le pone. Tal vez come con los dedos, 
dice palabras vulgares i carece en su trato diario de la 
dulzura, amenidad i distinción que uno le presta, pero 
dÜicil es adivinar tales disimulos, i ninguna joven dotada 
de atractivos esteriores deja de ser lo que parece a 
quien la ve instalar ahí, si a la niña que pinto se asemeja, 
su cara inocente, oval i tímida, su color pálido, sin brillo, 
pero fresco, de hoja de camelia lijeramente alumbrada 



— 27 — 

por un reflejo rosado moribundo; sus facciones con lí- 
neas de modelo i para que nada falte, su pelo rubio 
abundante, empolvado por manos diminutas i en virtud 
de una coquetería injénua de su dueña, a quien le choca 
el lustre del cabello. 

* * 

Kl día 3 de diciembre nos embarcamos para Oran. 
Nuestro amigo Sánchez Domenech, un joven hijo suyo i 
Teresa nos acompañaron hasta el buque. 

Observaciones de última hora: — no recuerdo el traje 
del señor Cónsul ni el de su hijo ; pero . . . ¡ estraños ca- 
prichos de la memoria ! . . . me acuerdo perfectamente 
del vestido de Teresa : era de tela azul i corte mari- 
nero — i Hai telas i colores mui felices ! Noté también 
que la niña tenia una pequeña lastimadura en el labio in- 
ferior, por cuya causa se sonreía con cierta merma ; su 
sonrisa era incompleta, menos franca diremos, pero en 

cambio tímida i mas dulce ! Perdone el señor Domenech 

estos metafóricos elogios que inspirados por una criatura 
i dichos con ocho años de retardo, desde lejanas tierras 
por un hombre de mi edad, no pueden signiñcar sino 
afecto hacia una familia que nos ha colmado de atencio- 
nes i un tributo que aun los cerebros viejos, pagan a los 
eücantos de la juventud, la sencillez, la bondad i la ino- 
cencia, cuando las hallan encarnadas, como en el caso 
actual, en uno de los mas bellos ejemplares de la raza 
humana. 



La noche a bordo fué espantosa; tuvimos un mareo 
continuo, insoportable. La corriente de las olas tomaba 
al buque casi de flanco i lo obligaba a moverse del modo 
mas desagradable. Durante las agonías del sufrimiento 
formé la decisión de no embarcarme sino en caso de gran 
necesidad, por lo tanto renuncié formalmente a ir al 
Japón i a San Francisco de California, mientras esos dos 
puntos del globo no se pusieran á tiro de ferrocarril. 



II 



ÁFRICA : —COSTA DEL MEDITERRÁNEO 

A Oran llegamos el dia 4 al amanecer i desembarca- 
mos á las seis de la mañana sin haber podido dormir un 
minuto. 

Nos alojamos en el hotel Continental, digno de cual- 
quier ciudad de Europa, i después de descansar salimos 
a conocer la ciudad. Asistimos al paseo clásico sobre el 
mar, con vista al puerto, donde. por ser domingo, una 
banda de música tocaba watses, polcas i marchas, ante 
una concurrencia compuesta de todo cuanto hai de dis- 
tinguido en Oran, en materia de familias establecidas i 
viajeros. Las señoras, señoritas i caballeros formaban 
grupos apenas divididos por pequeños espacios; los 
mas numerosos i en apariencia alegres, ocupaban las 
sillas del Paseo, dándole animación con su bullicio Heno 
de jente. Concluida la música salimos del circuito i si- 
guiendo nuestro camino fuimos a dar con una Mezquita. 
Entramos en ella : un árabe que no habla ningún idioma 
ños da mil esplicaciones ; otro, sentado en el suelo, co- 
piaba un libro, escribiendo con suma rapidez. No tenía 
mesa naturalmente, el tintero estaba en tierra i el cua- 
derno sobre los muslos del escritor, en dirección oblicua; 
la escritura corría de arriba para abajo, i la pajina se 
llenaba de derecha a izquierda.. No veo la ventaja ni la 
desventaja de este método. 

. El copista. era un negro joven, flaco i feo, pero su cali- 
grafía rápida i limpia denunciaba la mano de un doctor. 
(Entre los árabes se conoce por la letra a los doctores). 



— 30 — 

Diciembre S. — Otro paseo por las calles i una visita 
al mercado, uno de los mas orijinales que yo haya visto. 
En los diversos puestos se vende todo: artículos de 
mercería, comestibles, zapatos, vinos, ropa i herramien- 
tas de distintas industrias. El recinto está literalmente 
lleno de jente i se hace difícil la circulación. 

Los idiomas en uso casi esclusivamente en aquella Ba- 
rraca de Babel, son el francés, e! español i el árabe, sin 
poderse decir cual es el mas estendido. En la parte baja 
del ediñcio se hace la venta de pescado, i allí he visto mas 
variedades de clases que en el acuario de Berlín. Oran 
es una ciudad en pleno progreso ; se la ve brotar, puede 
decirse i sus brotes anuncian para un próximo porvenir, 
una gran capital. El clima es delicioso; el puerto mui fa- 
vorable al desarrollo comercial La población es com- 
puesta en jeneral de tres grandes grupos: francés, es- 
pañol i árabe, predominando ya, creo, el español. Los 
árabes, primitivos dueños de la tierra, asisten como es- 
pectadores al avance de una civilización estraña i se 
retiran sin luchar; su casta está herida de muerte i es 
impotente para conservarse en el medio ambiente creado 
por la invasión de las costumbres europeas. Su relijion, 
sus hábitos i hasta su físico, los colocan en situación des- 
ventajosa. Su vestido, tan augusto i tan solemne, es in- 
cómodo para las funciones mecánicas de la vida social 
en nuestros tiempos. Los árabes en jeneral son débiles 
de constitución, no mui intelijentes i bastante perezosos. 
Si no fueran i no hubieran sido así, no se habrian dejado 
vencer i sojuzgar. Ahora deben someterse a la implaca- 
ble lei del predominio del mas fuerte, i ser mas fuerte es 
ser mas intelijente, mas sano, mas activo i mas innovador. 



Aun cuando los árabes o moros de Oran se hallan en 
parte diseminados en la ciudad, habitan principalmente 
un barrio, en cierto modo apartado. He visitado ese 
barrio ; nada tiene de atractivo. En las calles, sucias i 
tortuosas, algunas mujeres totalmente envueltas en túni- 
cas o sábanas blancas, andan como penitentes i no se 



— 31 - 

saludan entre ellas porque no se reconocen; por un 
pequeño triángulo abierto en el envoltorio de la cabeza 
a la altura del ojo izquierdo ven su camino. Tuve 
curiosidad de verles la cara, i aproveché el momento en 
que al entrar a sus casas, especie de cuevas artificiales, 
húmedas i repelentes, el calor i la costumbre las hacia 
descubrirse; jamás vi rostros mas desagradables» ni mas 
feos. Mas tarde encontré algunas mujeres con la cara 
descubierta, caminando, o sentadas en la puerta de su 
casa; todas eran negras o morenas, muchas llevaban 
marcas de tatuaje i no habia una sola cuya fisonomía 
diera pretesto para incluirla entre las del bello sexo. Los 
hombres van envueltos en una vestimenta compuesta de 
una túnica corta, una tela colocada entre las piernas i 
sujetada en la cintura, una capa blanca, un capuchón 
que oculta el cuello por detrás i cubre la cabeza, i un 
pañuelo o manojo de cuerdas blandas, dispuesto a modo 
de corona al rededor de esta ; vestido que en los paises 
cálidos no sólo debe ser incómodo para el que lo lleva, 
sino peligroso también por las conjestiones cerebrales 
i otros accidentes a que lo espone. Si la relijion pres- 
cribe tales usos, ella acabará con sus adeptos. Entre 
tanto la Francia con el desarrollo de sus colonias, renue- 
va su vigor en estos paises, donde sus hijos viviendo 
|nas holgadamente, se multiplican sin restricción, traba- 
jan con mayor éxito, gozan de relativo bienestar, ven 
progresar sus bienes i echan la base de la fortuna colec- 
tiva. Ya las familias de orijen francés, formadas en tierra 
africana, constan de un número mayor de individuos que 
las de sus parientes en el continente europeo. 



Hai en Oran numerosos edificios públicos de impor- 
tancia, grandes casas de comercio i una actividad nota- 
ble en todos los ramos industriales. Si los españoles se 
ocupasen un poco mas de sus intereses positivos, esta- 
Mecerian líneas de vapores directas de sus costas a estas 
comarcas i en pocos años, la población española supe- 
rana a toda otra colonia. 



— 32 — 

¡ Importantísimo para el lector ! He escrito las líneas 
anteriores, después de haber pasado una media hora en 
el balcón de nuestra habitación, mirando el mar, la 
tierra, los reflejos de esta en las ag^uas, la hondonada 
llena de plantas que va desde el pie del hbtel hasta la 
ribera; oyendo cantar a Guillermina cuya vo? me parece 
exótica en estas comarcas tan distantes de todo lo habi- 
tual. Como se vé la noche es de luna; todos los poetas 
o escritores románticos o tiernos prefieren que sus esce- 
nas descritas pasen en noches de luna, i suelen inventar 
ad hoc esas noches ; esta vez i sin ser yo poeta, ni román- 
tico ni. tierno, aseguro que la noche es verdaderamente 
de luna, i garantizo mi afirmación con el almanaque en 
el cual puede ver cualquiera que el cinco de diciembre 
hai luna mas o menos llena en las costas del mediterrá- 
neo. No le llamaré yo astro de la noche, por no ser tal 
astro, sino un simple satélite, ni yo poeta sino un buen 
vecino en viaje; le llamaré luna a secas i diré que pocas 
veces su luz me ha traído mas sentimientos tristes. Todo 
está lejos, lejos, lejos; todo muerto, olvidado, seco, des- 
truido, i hasta el poder de sentir, de marearse con ensue- 
ños agradables, está oprimido por el peso de la vida 
real, de los años pasados, del físico decadente, del can- 
sancio moral i de la percepción clara de la infinita mise- 
ria i anonadamiento de todo : afecciones, glorias, amor, 
amistades i tranquilidad suave o encantos pasajeros. 

Lejos como la luna cuya luz sin calor me llega, denun- 
ciando la vejez de su osamenta, pero eternamente suave 
i eternamente nueva, a pesar de haber rociado con sus 
gotas de plata, la cuna del jénero humano i haber bañado 
con sus reflejos el crisol de las primeras transformacio- 
nes de nuestro globo, o del globo de ustedes, pues yo 
no lo quiero para nada. 

Diciembre 7. — Tomamos el tren para Argel^ hai doce 
horas de viaje ; somos al salir de Oran los únicos pasa- 
jeros de la; sin embargo, nos proponemos defender 
nuestro vagón para ir solos, aun cuando en él caben 



— 33 — 

seis personas mas. Nada desarrolla tanto los sentimien- 
tos egoístas como los viajes, i' por una de esas contradic- 
ciopes deque la naturaleza está llena, es en los viajes que 
sé manifíesta mas la otra*tendenc¡a, la tendencia altruista 
del jénero humano. Pero sia entender muí bien como 
sucede esto, en apariencia contradictorio, infiero que 
uno comienza por ser egoista. Habíamos, pues, colocado 
en cada asiento una maleta, una balija, una manta o una 
canasta para mostrar el vagón totalmente ocupado, 
cuando a la tercera parte del camino, en una estación, 
sube un caballero i echando una mirada por los asientos 
dice: «todo ocupado». Me dio vergüenza asentir tácita- 
mente a una mentira preparada por mí, i le dije: « no 
señor, estos objetos pueden ser puestos en otra parte i 
dejar los asientos libres ». El nuevo viajero se instaló i 
surjiendo i marchando la conversación resultó que era 
el injeniero constructor de la línea, un buen matemático, 
un hombre mui instruido i un hablador sempiterno, pero 
metódico. 

Me contó como eran los árabes i mostró el efecto de- 
sastroso de su fatalismo. Para conservar una idea de 
nuestra accidentada conversación, me parece mejor co- 
piar en estracto parte de ella, con sus incoherencias e 
interrupciones. 

El. — Usted pregunta por qué destruyen las plantas? 
porque no comprenden ni su utilidad palpable ni su 
efecto benéfico indirecto. Saben que las lluvias favore- 
cen las cosechas, pero con su aforismo «lloverá si Dios 
quiere» oponen una resistencia invencible al conocido 
principio de que la vejetacion determina i aumenta las 
lluvias. Ven un arbusto, i si necesitan un palo para 
arrear su burro, arrancan la tierna planta, que sería en 
lo futuro un útil árbol. Así, en todas partes donde su 
raza o la de los que tienen su misma relijion, ha puesto 
los pies, los bosques, las selvas i hasta la verdura, han 
desaparecido para dar lugar a los áridos desiertos, o las 
montañas secas i peladas. 

Yo. — Eso he observado en cuantas comarcas se ha- 
llan bajo la dominación musulmana, i alguna vez he 

Por ntares i Por tierras 3 



— 34 — 

escrito que si Mahooia se descuida, su relíjion acabará 
con sus adeptos. 

El. — No lo creo, la poligamia favorece la procreación. 

Yo. — Eso no está muí aventado, i mas bien los 
hechos observados en la población, tienden a negarlo. 
Vea usted como progresan las razas de los países frios 
en donde no hai tal poligamia. 

EL — Eso quizá dependa de la alimentación. La repro- 
ducción entre los musulmanes, sin embargo, debe ser 
mui grande cuando su población resiste a tantos ele- 
mentos de merma; las criaturas, por la falta de cuidado 
i de alimento, mueren por millares; las mujeres conside- 
radas como muebles, se envejecen en pocos años i des- 
aparecen en corto tiempo, incapaces para proveer a su 
subsistencia, cuando los hombres las abandonan; los 
varones mismos, aun los mas vigorosos, dan un contin- 
jente formidable a la mortalidad. Cada cierto tiempo 
hai hambres espantosas. Yo he presenciado una de estas, 
mientras construía este ferrocarril. De todas partes de 
la comarca venían centenares de hambrientos en busca 
de alimento i morían miserablemente aun después de 
obtenerlo i al probar los primeros bocados. ¡ I sí viera 
usted con que estoicismo se dejaban morir! El número 
de estos infelices era tan grande que sin el menor es- 
fuerzo, habrían quitado a los europeos todas sus provi- 
siones, pero nada intentaban ; se abandonaban porque 
Dios lo había dispuesto así. Por la misma razón no siem- 
bran sino rudimentaria i escasamente para llenar la 
necesidad inmediata; no trabajan, no tienen la menor 
previsión, no aprenden con el ejemplo, i por relíjion i 
por rutina, son incapaces de todo adelanto. Al lado de 
un campo árabe hai uno perteneciente a un colono eu- 
ropeo ; los árabes ven que el colono, arando profunda- 
mente la tierra obtienen cosechas cuatro veces mayores 
que las de ellos i sin embargo siguen sembrando en la 
superficie. Saben que el riego fertiliza la tierra, pero 
esperan el agua del cielo. ¿ Sabe usted como hacen llo- 
ver ? Tienen un director o jefe de relijion con diversas 
atribuciones, i entre otras la de servir de intermediario 
para obtener de Dios órdenes de lluvia. Este jefe, es 



— 35 — 

jeneralmente tan pobre como sus feligreses i necesita 
ropa; posee como los pastores cierta previsión respecto 
a las lluvias, i anuncia a los fieles la época en que deben 
verificar sus prácticas relijiosas para obtener del cielo 
el beneficio anhelado. La ceremonia consiste en sumer- 
jir al jefe vestido, en un estanque, laguna u otro depó- 
sito de agua. El jefe para someterse a esta operación, 
se pone sus mas viejos vestidos i después de ella llueve, 
o no llueve, pero el sacerdote tiene un bornoz nuevo 
costeado por la piedad de los adeptos. Si llueve, el jefe 
gana en reputación, pero si no llueve no pierde la que 
tenía : — no ha llovido porque Dios no se ha dado aun 
por satisfecho ; algo faltó en la ceremonia. 

Yo. — Pero ese fatahsmo es irracional. Todas las reli- 
jiones, inclusive la cristiana, enseñiin el fatalismo ; la 
Providencia entre los cristianos, es el Destino en otras 
creencias. En realidad, todo el mundo es fatalista, pues 
el hombre sabe que los sucesos no dependen de su 
voluntad, que obedecen a las leyes de la naturaleza. El 
fatalismo bien entendido es filosófico i altamente cientí- 
fico. Está escrito cómo ha de suceder un hecho, en sus 
fines i en sus medios, i es absurdo suponer que el libre 
albedrío puede cambiar los sucesos. Los que niegan el 
fatalismo no lo entienden i lo suponen contradictorio 
con la libertad de obrar ; lo entenderian si se dieran 
cuenta de que la libertad de obrar es también i no puede 
menos de ser fatal a trueque de subordinar a la volun- 
tad de un hombre el orden de la naturaleza. Un buque 
naufraga i se ahogan los pasajeros. Estaba escrito, ad- 
mitamos, que el buque se perdería, pero los que no 
entienden la lójica de los sucesos, objetan: si los viajeros 
no se hubieran embarcado, no se habrian ahogado; pero 
estaba escrito que se embarcarian, i si no, examine usted 
los mil i mil sucesos fatales que obligaron a cada uno de 
los viajeros a embarcarse en aquel buque. Los que nie- 
gan el fatalismo, se quedan como los mjLisulmanes, a la 
mitad del camino en el raciocinio ; admiten la fatalidad 
para los finales, pero no para los preparatorios ; entre 
tanto, en un hecho, no solo el hecho mismo, sino los 
sucesos preparatorios, deben ocurrir forzosamente, so 



-So- 
peña de no suceder tal hecho. Yo me atrevería a conven- 
cer a un árabe de la necesidad de actuar para que llueva, 
con este simple raciocinio : 

Está escrito que lloverá si Dios quiere, pero también 
está escrito que Dios querrá si usted planta árboles, si 
los árboles dan sombra, recojen el rocío, humedecen la 
tierra, determinan fenómenos eléctricos i por fin traen la' 
lluvia, por orden de Dios, quien también necesita condi- 
ciones para hacer las cosas.. No es lójico ser fatalista 
para un hecho i no serlo para todos. 

El. — Sí, aviado va usted si espera convencer a un 
árabe. Por atavismo, los árabes lo mismo que los judíos, 
son refractarios a todo cambio. 

Yo. — Ahí tiene usted un pueblo que me sorprende; 
un pueblo sin patria, sin relaciones estrechas ni lejanas 
muchas veces entre sus grupos, i conservando sin em* 
bargo, a pesar de su diseminación i a través de los siglos, 
caracteres tan vivaces, tan imborrables, tan uniformes, 
sobre los cuajes nada tiene acción, ni el tiempo ni los 
hábitos desemejantes de las diversas colectividades en 
cuyo seno viven. 

El. — Razón de atavismo; un judío, hijo de judíos, nace 
con el cerebro hecho para pensar como pensaron sus 
antepasados i nada mas que como ellos. 

Ya. — ¿Y por qué tan numerosos, tan ricos i tan pode- 
rosos como son, no toman un territorio, lo adoptan como 
patria i constituyen una nación ? 

El. — Pero podría usted constituir una nación de ratas? 
Los judíos se robarían entre ellos i se destruirian i-ecí- 
procamente ; necesitan vivir en lo ajeno i con lo ajeno ; 
son la lepra del jénero humano i atravesarán los siglos 
de los siglos como lo han hecho hasta ahora. 



En esto llegamos a una estación, donde Mr. E. Carriol 
(tiempo es ya de dar el nombre de mi interlocutor) me 
mostró un eucaliptus cuyo tronco tenía casi dos metros 
de diámetro. «Yo he visto plantar este eucaliptus, me 
dijo, i se lo muestro como prueba de la fertilidad de estos 



— 37 — 

sitios ». El tronco me pareció formado por la reunión de 
varios eucaliptus plantados a la menor distancia posible 
unos de otros. 

No rae admiré, pero la cortesía me impidió objetar. He 
tomado miedo a las objeciones, después de leer en un 
libro de Renán, este aforismo justísimo : « En el fondo de 
toda objeción, hai un elemento de odio i de incredulidad » 
no recuerdo bien las palabras, pero ese es el sentido. 

Otro pasajero subió al tren, instalándose en nuestro 
coche; era un profesor naturalista, según supimos des- 
pués; nuestra conversación continuó. 

Carriol. — Ahora estamos en una planicie de mas de 
cien kilómetros de largo, por veinte o treinta de ancho; 
esta planicie era antes un valle i ha sido llenado con 
tierra de aluvión a espensas de todas esas montañas que 
ve usted casi totalmente desnudas. ( A la dereciía, en 
efecto, se veia una cadena de montañas áridas). Los ára- 
bes, continuó, son enemigos de la vejetacion; ellos han 
talado las faldas de las montañas, i la lluvia ha arras- 
trado la tierra no ya retenida por las raices; en prueba 
de ello usted verá siempre en la cima algún árbol ( era 
mucho trabajo ir a destruirlo allí ). Si hai árboles arriba, 
debió haber con mas razón abajo. La creación no falta a 
la lójica. 

El profesor. ~{^ mezclándose en nuestra conversación). 
¿ Creación ? 

Car'riol. — Es decir, llamo creación a lo que ha suce- 
dido, está sucediendo i sucederá; a la serie de trasforma- 
ciones perdurables que se verifican en virtud de las ley.es 
impuestas por Dios a la naturaleza. 

El profesor. — Entonces usted cree en un ser creador 
del mundo, independiente del mundo ; en la existencia del 
universo después, como sustancia solamente i en que Dios 
una vez hecho el mundo, le impuso su modo de ser, su 
calidad, su lei en fin? 

Cíirríé?/.-:— Naturalmente • 

El profesor. — Usted no ha meditado sobre las conse- 
cuencias i no ha visto la imposibilidad i la contradicción 
de su teoría. Para que exista una cosa, necesita un modo, 
un conjunto de calidades o atributos ; usted no concibe un 



- 38 — 

sujeto independientemente de sus propiedades i si no lo 
concibe, no existe para su razón ; no se entiende que el 
hierro, por ejemplo, exista, i posteriormente á su exis- 
tencia, un ser extraño le imponga su peso, su color, 
su dureza, su fusibilidad, maleabilidad, porosidad, ductili- 
dad i afinidades químicas. Suprima usted al hierro todas 
sus calidades, i dígfame si subsiste sustancia alguna, si 
queda una existencia llamada hierro, sin peso, sin color, 
sin forma, sin dureza, sin propiedades químicas y físicas, 
en fin. Luego, á lo menos, si hai un Dios, i ese Dios creó 
el mundo, ya después nada tuvo que hacer cOn él, pues 
aplicándose mi raciocinio sobre el hierro a toda existen- 
cia material, una vez existente el universo, la gravitación 
haria formarse i moverse los astros, el calor producir la 
vejetación, i cada sustancia desenvolverse según sus 
aptitudes, es decir, según sus leyes, en el medio que ocu- 
para. Pero ya que toco esta cuestión fuera de moda, 
pues nadie discute ahora tales cosas por inútiles, quiero 
desenvolver mi teoría. 

Toda idea de un ser creador, es una invención o una 
inducción o una deducción de principios admitidos. Deci- 
mos hai Dios porque hai universo, materia, digamos, i 
nuestras inducciones i deducciones parten de una petición 
de principios, como va usted a ver. Tomemos los racio- 
cinios en su forma mas vulgar i mas clara. 

Afirmación. — Dios existe, porque el mundo existe ; esta 
maravilla, el universo, con su armonía i su grandeza, no 
habría podido existir sin un creador i un lejislador ; una 
obra tan admirable, requiere un hacedor perfecto. 

Dbjecion. — Si el mundo por ser maravilloso, necesita 
haber sido creado, el creador por ser mucho mas mara- 
villoso, mas armonioso, mas sorprendente i mas perfec- 
to, con mas razón necesita un hacedor, i volvemos a la 
objeción de los niños: ¿ Quién hizo el mundo ? — Dios. Y 
¿quién lo hizo a Dios? — Nadie. ¿Por qué? — Porque sí. 
Ningún teólogo ha respondido hasta ahora al argumento, 
porque no puede responder, siendo el principio de par- 
tida una pura afirmación gratuita o antojadiza. 

El argumento de San Anselmo creo, basado sobre la 
perfección, es un juego de palabras <:Dios existe, porque 



■- 39 - 

siendo totalmente, perfecto, si no existiera dejaria de 
tener una perfección >. ^ 

Pero mi estimado señor, si lo que usted debe probar 
es la existencia, i cómo comienza por añrmar una cali- 
dad de esa existencia? Si le niegan el sujeto, ¿cómo 
quiere que le admitan el atributo ? 

Yo. — Lo mismo sucede con el argumento de Descar- 
tes sobre la existencia : pienso, luego existo. Si lo que 
debe probar es que existe, { cómo comienza por estable- 
cer que piensa, cuando si se le admitiera que piensa, 
seria en virtud de admitírsele que existe ? Tal argu- 
mento es una simple afirmación i un modelo de petición 
de principio ; una inocencia. 

El profesor, — Verdad; i del mismo defecto adolecen 
todos los argumentos destinados a probar la existencia 
de Dios : « No hai efecto sin causa ; el mundo es efecto, 
luego hai Dios. Pasable como silojismo, pero falso como 
concepto. 

Para la lójica humana, una vez admitido un efecto, 
forzoso es admitir una causa. Toda vez que se divide 
las cosas en causas i efectos, la proposición es exacta, 
pero cuando no se las divide, no. Las existencias no se 
dividen necesariamente en esos dos grupos ; la división 
correlativa no es forzosa ; la prueba es que hai la idea 
de entidad sin correlación. Si llamamos a lo existente 
existencia, desaparece el argumento. En realidad, para 
la mente, si se quiere dividir en grupos todo lo cono- 
cido, hai tres entidades: existencias, causas, efectos. 
Pero aun siendo forzosa la división correlativa, la asig- 
nación del nombre efecto al mundo, es antojadiza. La 
frase: no hai efecto sin causa, luego el mundo ha sido 
creado, una simple afirmación. Lo que debe probarse, 
es que ha sido creado, que es en realidad un efecto, i 
por lo tanto no debe comenzarse por establecerlo como 
un hecho. 

Cuando era yo chico, me acuerdo mui bien, jamás puse 
en duda la existencia de Dios ni tuve la idea de someterla 
a la demostración ; rezaba a Dios todas las noches i le 
pedia cuánto se me antojaba, mas tarde, en el colejio, mi 
profesor de filosofía emprendió la tarea reglamentaria de 



— 40 — 

• 

probarme la existencia de un Ser creador, i entonces vi 
lo falaz de los argumentos i la inutilidad de tal empeño. 
La verdad es que semejante prueba no debe intentarse; 
la creencia en Dios, es un sentimiento, i los sentimientos 
no son racionales, o no se sujetan a la razón. Probar un 
sentimiento, importaría tanto como cambiarle su natu- 
raleza. 

La idea de Dios es tan estrictamente sentimiento, que 
no puede existir sin representación ; el idealista mas 
grande, para tenerla, necesita convertirla en sensación, 
darle forma. Y ¿ cuál es la forma ? ella varía en los deta- 
lles según las épocas o las relijiones, pero siempre toma 
su esencia de los datos humanos. Nosotros componemos 
nuestro Dios. La relijion cristiana,, la mas de moda ahora 
entre los pueblos de la mayor civilización, hace un Dios 
sumando las calidades buenas i malas de los hombres i 
exajerándolas : omnipotente, perfecto, sabio hasta lo 
infinito, bondadoso, misericordioso, juez equitativo, 
inquebrantable, la suprema belleza i mil otras cosas, 
todas aumentativas de las nociones humanas. Pero des- 
cendiendo a los detalles del culto, se ve algo mas : Dios 
es susceptible de ser adulado, sobornado, es sensible al 
elojio, vengativo, rencoroso; Dios tiene favoritos i pro- 
tejidos; recibe intermediarios; un rezo o una misa lo 
hacen cambiar de opinión. Sus ajentes en la tierra i sus 
familiares en el cielo, son interesados. Las vírjenes de 
Lourdes, de Monserrat ... (i de Lujan, añadí yo inte- 
rrumpiendo). 

Será, contestó el profesor, no la conozco; i conti- 
nuó: todas las vírjenes milagrosas, según las exijencias 
que los fieles les atribuyen, no hacen milagros espontá- 
neamente ; requieren antes que los devotos les hagan 
santuarios e iglesias a gran costo. El Papa i los clérigos 
venden a precio de oro permisos i derechos al goce de dias 
i años de felicidad en el otro mundo, en forma de bulas^ 
acordando indulgencias. Usted sabe todo esto; pero 
podrá objetar que estas prácticas son solo formas popu- 
lares necesarias para el culto esterno. Está bien; sin 
embargo, usted no dirá lo mismo ante este argumento: 
¿ha concebido usted jamás la idea abstracta de Dios? 



— 41 - 

Cuando usted ha querido fíjarla en su mente, ¿no se ha 
visto usted obligado a darle forma ? Diga si, o no, con 
toda verdad. ¿Y cuál ha sido la forma que usted le ha 
dado? la humana, ¿no es cierto? mutatis mutandi; 
por orgullo, creyendo que el hombre es lo mejor del 
mundo, i que Dios, para ser perfecto, debe parecerse á 
su. . . creador. ¡La vieja frase, dicha no sé por quien, es 
la verdad: el hombre ha hecho a Dios, a su imájen i 
semejanza ! 

Carriol, — Me place haber oido su nutrida exposición; 
en una gran parte tiene usted razón a mi juicio, pero a 
mi vez pregunto : ¿ está usted seguro de que todo lo que 
no es racional no existe? 

Ei profesor, — Casi estoi seguro délo contrario. Nues- 
tra razón no es un molde al cual se hayan adaptado, se 
adapten o deban adaptarse todas las cosas de la natura- 
leza; es un accidente de una forma orgánica i responde a 
la constitución de nuestro cerebro. Si hubiera cerebros 
servidos por mas de cinco sentidos, ciertamente muchos 
fenómenos ahora incomprensibles o juzgados imposibles, 
serían vulgares i de sentido común. La razón comprende 
o no, pero comprendiendo o no comprendiendo, no crea 
ni destruye los hechos ; i hechos hai en la naturaleza que 
no han entrado en la razón hasta ahora, como otros, juz- 
gados antes imposibles, son ahora evidentes. La comensu- 
rabilidad directa entre la hipotenusa i los catetos, es un 
hecho natural, i no existe para el cálculo, es decir, para 
la razón; que los muertos hablaran mucho después de 
enterrados, que se trasmitiera una noticia en un segundo 
a mil leguas de distancia, que se conversara oyendo la 
voz de las personas de uii pueblo a otro, que se hiciera 
un retrato en un segundo, sin pinceles ; que se escribiera 
tan lijero como se habla, en fin, que se hiciera todo lo 
que el adelanto de las ciencias i de las artes permite 
ahora hacer, habría sido considerado como absurdo, 
imposible e irracional por los talentos mas grandes de 
la tierra; por Sócrates, por Platón, por Pitágoras, por 
Aristóteles. Que se vea de América a una persona en 
Paris, es casi absurdo ahora para la casi totalidad de los 
habitantes de nuestro globo, i usted sabe cómo eso está 



— 42 — 

ya por suceder. En resumen, lo absurdo de ayer es mui 
natural hoi i lo imposible de hoi será un hecho vulgar 
mañana. Usted está viendo ya transformarse hasta las 
nociones mas racionales de las matemáticas; ya dicen 
que los cuerpos no tienen tres dimensiones. Pero, ¿ qué 
argumento es ese ? { A caso yo digo que lo no racional 
no existe? El campo de la razón es uno: el de la demos- 
tración ; i, lo no demostrable, no está en ese campo, aun 
cuando puede existir en otro ; nada mas. Así pues. Dios 
puede existir, existirá tal vez, pero no es demostrable. 
Existe como sentimiento, pues, mas o menos todos los 
seres racionales creen en él ; pero ningún sentimiento es 
demostrable ni racional, sino por accidente. Usted me 
probará que yo no debo amar a una mujer indigna, i yo 
la amaré no obstante. La historia de las pasiones está 
llena de estos hechos irracionales. Por fin, si hai un Dios 
omnipotente, creador de todo, i un hombre no cree racio- 
nalmente en él, ¿quién tiene la culpa? Dios. — ¿Q"^ ^^ 
cuesta cambiar el cerebro de ese hombre ? 

Gü^T^W.— Razonando así, estoi conforme; yo creo en 
Dios, i espero que algún dia esos argumentos clásicos, 
sacados de la necesidad, como se dice en filosofía, deja- 
rán de ser una inferencia, una deducción de proximidad, 
i se convertirán en una deducción científica, matemática ! 

El profesor, — Bien ; ahora voi a recordarle a usted un 
argumento afirmativo que me viene a la memoria, sedi- 
mento de algún manual de filosofía. Hasta ahora mi 
raciocinio ha sido de oposición, negativo, compuesto de 
objeciones; otro carácter tiene el argumento de Kant; 
¿lo conoce usted? 

CarrioL — No sé a qué argumento se refiere, al menos. 

El profesor. — Kant decia: Toda proposición es sinté- 
tica o analítica; es decir, en la representación de un dato 
mental referente a un sujeto, el atributo puede separarse 
del sujeto o no puede separarse. Si no puede separarse, 
o sea si la proposición referente es sintética, la expresión 
«Dios existen es una mera afirmación, en la cual el atri- 
buto existencia no añade nada a la idea del sujeto. Si 
puede separarse, la proposición siendo analítica, no hai 
inconveniente en separarlo, i por lo tanto puede haber 



— 43 — 

un Dios que no exista, i eso es absurdo. Así, la necesidad 
de la existencia no es forzosa, i no se ha hecho con la 
proposición argumento alguno. 

Carriol. — Realmente, el raciocinio es formidable. 

El profesor. — Tanto que los autores hablando de él, 
comienzan diciendo : c Si se ha podido arrancar a la lójica 
de la Edad media una contraprueba de esta especie, no 
por eso el sentimiento de Dios deja de ser un dato de la 
mente humana. ... i no sé qué mas. 

Yo — . Añadiré por mi parte, un argumento de mi pro- 
pia cosecha, i lo haré dialogando. Si para aceptar 
una proposición tiene que hacer usted a su razón dos 
violencias, i para aceptar otra, solo tiene usted que 
hacerle una, siendo esta igual a una de las otras dos en 
carácter, estension e intensidad, ¿cuál proposición le 
será mas aceptable ? 

Carriol. — La segunda, es claro, la que no ofrece sino 
una sola dificultad. 

Yo. — Muí bien; ahora examine estas dos tesis: I^ Dios 
existe desde ab-eterno i ha creado el mundo: 2» El 
mundo existe desde ab-eterno. La primera: Dios existe 
desde ab-eterno, es igual en todo a esta otra: El 
mundo existe desde ab-eterno. Pero con la última, usted 
ya ha concluido, pues sabe que el mundo existe; mientras 
que después de aceptar la primera, le queda a usted por 
salvar la segunda parte (Dios ha creado el mundo) para 
llegar al mismo fín : la existencia del mundo. 

El profesor. (Interrumpiendo). Proposición no sólo 
antojadiza sino repugnante a la razón que no comprende 
cómo con actos de voluntad se puede sacar una cosa 
de la nada, es decir, de donde no hai. 

Carriol. — ^ tro la suposición es que Dios siendo per- 
fecto i omnipotente, no sólo no tiene principio sino tam- 
bién tiene el poder de crear. 

Yo. — Dice usted bien : la suposición. Y llamo su 
atención sobre este hecho : el mundo ha comenzado a 
progresar en ciencias desde que los hombres han de- 
jado a un lado las discusiones teolójicas, los juegos de 
palabras, los argumentos capciosos i las invenciones, i 
admitiendo sólo aquello innegable, la existencia del 



— 44 — 

mundo, se han puesto a estudiar los modos de ser de 
ese mundo, sus leyes. Desde esa época data el naci- 
miento de la física, la química, la mecánica, la historia 
natural, la astronomía i todas las artes hijas de estas 
ciencias. 

Carriol. — Mas en fin, con qué se queda usted? Sus 
raciocinios conducen a la negación de todas las creen- 
cias, a la destrucción de la moral i de los mas nobles 
sentimientos. 

y¿7.— No señor. La moral i la conducta de los hom- 
bres no emana de sus convicciones racionales sino de su 
constitución orgánica. La nobleza, la caridad, la compa- 
sión, el horror al crimen i a la crueldad, son sentimientos 
innatos que no requieren una relijion, un culto, una 
creencia ni un sistema filosófico. Yo puedo no entender 
cómo un ser estraño al mundo lo haya hecho i ser sin 
embargo honrado, compasivo, bondadoso i dotado de 
los mas nobles sentimientos. Los silojismos admitidos o 
rechazados no crean el modo de ser moral de los 
hombres. 



Sobre esto una hora de réplicas i contra réplicas 
hasta llegar a Argel. 

Al entrar en la Estación, vimos las cintas de fuego que 
semejantes a barras de hierro en ignición, recien sacadas 
de la fragua, parecían collares puestos sobre el descote 
de las casas; las fajas reverberantes perdiéndose a lo 
lejos en ondas interminables; los torrentes de luz que 
con sus mil picos de gas, arrojaban a la calle los cafees 
de la gran avenida intermedia entre el puerto i los cubos 
de edificios ; los buques iluminados con un surtido de 
colores i los reflejos de las estrellas en los espacios de 
agua negra que las embarcaciones dejaban entre sí; 
por fin las oficinas alumbradas profusamente de la misma 
estación, los ómnibus esperando i los ajentes solícitos 
de los hoteles ponderando las exelencias del alojamiento 
que ofrecian. 



— 45 — 

Nos despedimos de nuestros agradables compañeros 
de viaje, sintiendo la separación. Carriol, sobre todo se 
Labia ganado nuestro afecto por su trato ameno, su ex- 
presión cariñosa i sus demás amables calidades. Una 
nueva prueba de su esquisita galantería, nos ofreció 
haciéndonos llegar algunos días después de nuestra se- 
paración una caja llena de flores i la semilla de unos 
árboles de aromas que dan botones colosales, pues cada 
aroma es tres veces mas grande que la mayor de las 
nuestras. 

Al obsequio acompañaba una carta amistosa llena de 
sentimientos dé estimación i aprecio, mui bien corres- 
pondidos, por otra parte. 

Diciembre 7. — ( No sé por qué pongo fechas en mis 
escritos, destinados a ver la luz pública, cuando para el 
lector no tienen la mínima importancia. Mi disculpa está 
en que no lo hago por el lector sino por mí. Me gusta 
recordar donde estuve tal dia, si bien no le veo a eso 
ninguna trascendencia social, política ni astronómica). 



Argel es una ciudad mui animada, i su población la llena 
totalmente. Ha sido edificada en varias faldas de colinas, 
i se extiende a mas por un plano hasta la orilla del 
mar. Su puerto és mui grande i mui cómodo ; aloja in- 
numerables buques i facilita un comercio extenso con 
todo el mundo. Ni, en Francia misma saben hasta donde 
alcanza su importancia. Al puerto llega el tren i descarga 
casi a la borda de los buques, las mercaderías de toda la 
comarca, llevándose al interior la carga venida por mar 
i destinada a los pueblos de las colonias. Hemos visitado 
la ciudad de arriba abajo, de izquierda a derecha i de 
frente a fondo. Nada hai mas pintoresco, mas variado ni 
mas animado. 

De los jardines i villas del Kasba, de Mustafá superior 
e inferior, se tiene el panorama del mar, del puerto i 



— +6 — 

de las habitaciones. Los edificios alternan con los jardi- 
nes, los bosques i las avenidas arboladas. Hai paseos 
grandes i numerosos, especie de Parques llenos de pal- 
meras i otros árboles indígenas i exóticos. Tiene mil ins- 
titutos de enseñanza, museo, biblioteca, iglesias, mez- 
quitas i edificios públicos diversos; grandes hoteles, 
palacios modernos i antiguos i las calles i vias públicas 
de los alrededores, son limpias en gran parte i bien pavi- 
mentadas. Los caminos en las vecindades de la ciudad, 
son como los mejores de Europa. Las casas en la parte 
nueva i en secciones, en la vieja, están agrupadas en 
manzanas chicas, reciben aire i luz de los cuatro vientos, 
i son hasta de cinco i seis pisos. No hai limosneros, por 
suerte para los transeúntes. Los mercados ofrecen una 
animación particular. El tránsito por las calles se hace 
difícil por la aglomeración de jente ; en muchas de ellas 
hai galerías, i aun cuando esto las hace un tanto tristes, 
porque les quita el espectáculo de las puertas adornadas 
de las tiendas i la luz de noche, en cierta parte, presta 
gran comodidad durante los dias de lluvia. Nada falta en 
Arjel para la comodidad, i hasta diré para el lujo de la 
vida. 

Ha llovido casi todos los dias desde nuestra llegada ; 
hoi también llueve. Esta mañana he salido a pesar de la 
lluvia, i me he paseado una hora en una sola cuadra de 
galería, meditando, meditando lo que escribiré cuando 
tenga tiempo. 

Debo, pues, al lector, mis meditaciones en Arjel. 

• * 

El 15 de diciembre a las 5 de la msmana, tomamos el 
tren para Constantina; todavía estaba alumbrado el puer- 
to con las luces de la noche; solamente los focos eléc- 
tricos habían desaparecido, pero bastaba el gas soño- 
liento de los picos i los faroles aburridos de los buques, 
para mantener en todo el esplendor de su belleza, el 
panorama de aquella parte de la ciudad i de su rada. En 
el tren nos encontramos con el coronel Amade, que 
ocupa una posición oficial en la provincia de Arjel ; era 



— 47 - 

este caballero idéntico físicamente a Granchi, nuestro 
amigo de Florencia, i yo juzgué que debía parecérsele en 
todo. Ya luego no mas emprendimos conversación ; yo 
no puedo ir callado la boca ni a bordo ni en el tren. Habló 
el coronel, i su voz idéntica a la de Granchi, no me sor-* 
prendió; sus frases i formas de espresion, cadencias, repe- 
ticiones e inflexiones, eran también iguales; me dijo que 
era militar; ya lo sabia, pues Granchi es militar. Con 
todos estos motivos, yo no me podia convencer de que 
aquel hombre i yo nos encontrábamos por primera vez, 
i no pude dejar de tratarlo como a un antiguo conocido. 
Los temas de nuestra conversación fueron: trasmi- 
gración de las almas (él era espiritista); formación del 
mundo ; relaciones de lo físico con lo moral ; simpatias 
recíprocas por deducciones sacadas de las semejanzas 
orgánicas con otras personas conocidas antes ; teoría de 
la vida i de la muerte ; atavismo ; caracteres indelebles 
en la raza de los judíos; porvenir del jénero humano en 
la tierra; destino final de las almas; semejanza de las reli- 
jiones; identidad del pensamiento de los hombres en 
todas las épocas, salvo los accidentes debidos al cambio 
del medio en que han vivido i... me parece bastante 
para un dia de tren. No dejó de sorprenderle mi teoría 
sobre la vida i la muerte, cuyo estracto copio para no 
olvidarlo. El hombre, le dije, está naciendo i muriendo 
parcialmente desde su cuna hasta su sepulcro. Cómo 
comienza, usted lo sabe ; un espermatozoario entra en un 
óvulo, determina en el plasma alteraciones, él mismo se 
disuelve i comienza la vida del nuevo ser, que no será ni 
óvulo ni espermatozoario, pero que recibirá, trasmitido 
por esos elementos, un bagaje de propiedades físicas o 
morales, de los antepasados i del medio en que vivieron, 
o sea el carácter jeneral de la nación, la raza i el grado 
de civilización adquirido en forma de predisposición. 
Cómo un óvulo o uit espermatozoario pueden trasmitir 
un lunar o un talento, no sé; pero lo trasmiten puro, 
simple, variado o alterado. Nacido el nuevo ser, sigue 
adquiriendo i perdiendo sustancias materiales, aptitudes 
morales i talentos o deficiencias especiales, i cada ele- 
mento perdido o absorbido trasporta, o muchos de 



- 48 — 

e?los llevan o traen, o pueden llevar o traer jérmenes 
de la personalidad del individuo, como la vacuna, los 
virus i las ponzoñas u otros fluidos orgánicos llevan 
i trasmiten su entidad íntegra, en lo material. Porrin- 
'duccion debe calcularse que otro tanto sucede en lo 
moral, i así se ve que algunos individuos concluyen 
por tener la voz, la forma de espresion,' las ideas, el 
parecido, los gustos i hasta los talentos de otra. Esto 
para mí es el resultado de una trasmisión de personali- 
dad mas o menos completa. Por consiguiente, si llama- 
mos alma a esa personalidad, tenemos muchas almas de 
diversa clase, que durante la vida i aun después de la 
muerte, están constantemente escapándose de nosotros 
para ser absorbidas por otros seres, como uti gramo de 
vacuna o de virus tiene mil millones de personalidades, 
capaz cada una de enjendrar una pústula o una enferme- 
dad, o de destruir una aptitud, como lo hace la vacuna 
respecto a la viruela. Ahora preguntará usted cómo llega 
uno a morir en su calidad de hombre i cual. o cuales de las 
personalidades de mi teoría mantiene la vida mientras uno 
vive. Contesto: la muerte es una disasocracion, i no hai 
para mí una sola entidad encargada de mantener la aso- 
ciación, cuya falta trae la muerte. En primer lugar, nadie 
se muere de golpe; todos se mueren poco a poco. Unas 
funciones mueren antes, otras después i otras no mue- 
ren;, continúan verificándose en el cadáver del individuo, 
llamado muerto. Antes de acabarse la función respirato- 
ria, se acaba la absorción, i cuando ya no se respira, to- 
davía continua la circulación, rudimentaria si se quiere, 
pero positiva. La última fricción de la sangre en el cere- 
bro, determina el último momento de vida del animal en 
calidad de individuo íntegro, pero la vida de sus partes 
continua con otras formas. Así, pues, la armonía i el tra- 
bajo de conjunto, han cesado; ha habido una desinte- 
gración, i por lo tanto la función de aparato cesa. Una 
comparación hará comprender mejor mi idea : quite usted 
una pieza importante a un reloj u otra maquinaria; el 
movimiento propio del aparato íntegro cesa, pero sub- 
siste cada rueda, cada eje, cada resorte con su peso, su 
forma, su aptitud, en fin, sus calidades íntegras, aunque 



— 49 — 

incapaces de hacer un trabajo de conjunto. Ponga usted 
el dedo en el péndulo de un reloj; este se para, ya no 
hace mas ruido, como si dijéramos, ya no tiene mas vida; 
{dónde se ha ido el ruido? no se ha ido a parte alguna, 
no hai ya mas solamente. Lo mismo sucede en los orga- 
nismos vivos ; interrúmpase la función de conjunto i cesa 
la vida; el organismo, como tal, como ser complejo, deja 
de actuar, es decir, de vivir, pero cada una de sus partes 
conservará los despojos de su personalidad. 

Esta es en el fondo la teoría, susceptible como usted 
calcula, de muchos desarrollos i de demostraciones par- 
ciales, tomando los datos innegables de la ciencia. 

Concluida mi esposicion, el coronel no dijo nada, pero 
yo leí en su frente este pensamiento: «nunca he oido 
mas disparates» a lo cual respondí yo mentalmente: «si 
lo son, se paf ecen a la trasmigración de las almas, acep- 
tada por usted ». 

A medio camino subieron otros dos sujetos ; el Co- 
mandante A. Monier, Jefe de escuadrón, i el señor Alfonso 
Huard, Sub-inspector de aduanas, quienes me dieron hhI 
informes respecto a las rejiones que visitaba, informes 
susceptibles de ser trasmitidos por mí a cualquier inter- 
locutor cuando ocurra el caso, pero inútiles en estos 
apuntes. 

♦ 

* * 

En Constantina nos quedamos dos dias i lo vimos 
todo ; mencionaré solo algo : Los barrios árabes i ju- 
díos, sucios i feos. El antiguo palacio del Bei, como 
todos los de su jénero, con patios, fuentes, corredores, 
galerías, mosaicos, puertas labradas i cuartos como ni- 
chos. El camino de los turistas mui notable : el agua 
inmediatamente después del diluvio universal, comenzó a 
correr por unas peñas mui altas siguiendo los declives, 
supongo, i con su trabajo incesante desde esa época 
hasta el dia de mi Jlegada a Constantina, ha hecho una 
profunda ranura, escavacion o tajo en la roca, para 
irse roas cómodamente al mar ; los franceses han ayu- 
dado a la naturaleza a embellecer el sitio, construyendo 

Por mares i por tierras 4 



— 50 - 

un camino que desde el fondo del precipicio conduce 
hasta el nivel de los puentes, i otro desde estos, si- 
guiendo el borde del tajo, para carruajes hasta la 
campaña ; cuando se llega al límite del precipicio o del 
Rumel, como se llama, se ve en lo alto de la montaña cor- 
tada a pique, parte de la ciudad de Constantina, en frente 
una inmensa serie de colinas figurando el mar en tor- 
menta i a los pies la formidable hondonada llena de 
vueltas, por cuyo fondo corre el agua. Nótese que parte 
de esta agua proviene de vertientes ; es caliente i sulfu- 
rosa; abajo, en las vecindades del lecho del torrente, hai 
baños medicinales. El Rumel divide la ciudad en dos 
partes desiguales. 

* « 

Imposible me fué obtener en Constantina, de donde 
salimos el 18, noticias respecto al mejor medio de cortar 
el viaje a Túnez, cuya duración por el tren es de 19 
horas, en dos partes de mediano largo; las estaciones 
donde habia hotel, estaban o mui cerca o mui lejos ; por 
fin me indicaron una parada, Hammah Meskoutine, sitio 
mui digno en verdad de ser conocido, célebre en tiempo 
de los romanos por sus vertientes de agua caliente i de 
propiedades medicinales, i por la peculiaridad de los 
paisajes. Como sucede con frecuencia, después de mucho 
vacilar, caí en lo peor para mi propósito. Hammah Mes- 
koutin está mui cerca de Constantina i mui lejos de Túnez; 
pero las vertientes de agua, visibles desde el tren, el modo 
estraño como sale esta entre las peñas, levantando 
una polvareda de vapor, i las predilecciones de los turis- 
tas obligarian sin duda al noticiero a indicarme ese 
paraje. Yo no quise sin embargo quedarme en él, i resolví 
pasar hasta otro punto, donde la existencia de un hotel 
era indicada por el guarda tren con un meneo de cabeza, 
como diciendo: hai i no hai. Peto se puede pasar la 
noche, en fin, en Duvivier? interrogué. — Oh! eso sí, segu- 
ramente ; el mismo dueño del Buffet de la estación tiene 
un carruaje para conducir a los viajeros al hotel, que no 
dista sino dos quilómetros de la estación.- Perfecta- 



— sí- 
mente. Al dia siguiente podíamos levantarnos tarde i 
tomar a las doce el tren para Túnez. En la estación de 
Duvivier le pregunté a una mora que despachaba en su 
p^licna, cómo kiaria. para ir al hotel. —Pregúntele a mi 
padre, me contestó. Yo no tenía el honor de conocer a 
su señor padre, pero un caballero robusto q^atit en man- 
gas de camisa, cortaba en este momento un salchichón^ 
me pareció serlo.— Señor, le dije, ¿ cómo haré para ir al 
hotel? — «Ahora vamos», me respondió, deje usted que 
mi hija se despache. «Ahora vamos>, me repetí yo mental- 
mente; «qué será eso !> Algo habia adelantado entre- 
tanto, ya conocía el parentesco de la mora, bastante agra- 
dable, i del cortador de salchichón, muí corriente. —Tiene 
usted bagaje? me dijo este. — Si, un poco. — Cómo cuán- 
tos bultos?— No voi a llevarlo todo, llevaré solo unas 
balijas de mano. — ¿Cuántas, mas o menos? —Cinco o seis. 
— Ah, diablos, entonces no está usted solo. — No, somos 
tres, una señora, yo i Bautista ( a mi me parece que todo 
el mundo debe conocer a Bautista). —Pues si es así, dijo 
el padre, levantando el cuchillo del salchichón i rascán- 
dose con él una oreja, no cabemos en el carruaje. Ya no 
habia duda; debíamos ir todos juntos, la mora, el padre, 
otro señor con aire de intendente que por allí andaba, el 
cochero i nosotros tres con nuestros seis bultos de mano. 
El padre reflexionó un rato i emitió, mezclando a su dic- 
ción un suspiro, esta frase: habrá que hacer dos viajes. 
Y así se hizo. Bautista acomodó los bultos i subimos en 
un carruaje descubierto i desvencijado, en el cual, por un 
camino delicioso, fuimos hasta el hotel. ; El hotel ! era la 
casa del padre, de la moi^, de tres moras mas, del mu- 
chacho cochero, de la madre de esos jóvenes i la habita- 
ción adoptada a perpetuidad por el hombre con aspecto 
de intendente. Entramos en una sala donde había una 
mesa de billar, otra de pino mui larga, un despacho de 
bebidas, una cama i tres peones jugando en otra mesita 
chica con un naipe viejo i sucio, ya mui hecho a resol- 
verse en montes, biscambras, burros i otros juegos clási- 
cos. La madre de familia me preguntó si queríamos comer 
solos o con ellos. —Solos, contesté, para no incomodar a 
ustedes. — Entonces hai que preparar otra comida, aña- 



— 52 — 

dio. — Me parece bien» repuse: háganos una sopa, una tor- 
tilla, un pollo asado, ensalada, postre i lo demás que 
usted quiera; denos vino blanco i prepárenos un buen 
café bien negro. —Todo hai, dijo, i mui bueno todo. Yo 
la seguí cuando se retiró, la vi recojer sus provisiones 
en diferentes partes de la casa i encaminarse a la cocina, 
donde la esperaba un biien fuego i una gallina pelada, 
balanceándose colgada del pescuezo por un hilo atado 
en un tirantilló del techo. Sin duda la gallina i la po- 
sadera nos estaban espiando. Mientras esperábamos 
impacientemente la comida, llegaron el padre, la mora i 
el intendente de la estación ; la tertulia se hizo animada ; 
el padre contó su historia; había sido capataz durante un 
tiempo, de los peones que construian la via férrea de 
Duvivier a no sé donde; uno de sus ayudantes de con- 
ñanza, era el que yo he calificado de intendente por su 
aire grave ; de ayudante había pasado a miembro de la 
familia sin mas trámite, comía en la mesa con ella; en 
cierta ocasión alguien murmuró de esta familiaridad i el 
padre significó ál muchacho o mozo, ahora viejo, que 
comiera aparte; desde ese dia se retiró de la mesa i 
no probó mas bocado, de tristeza; como se moría de 
hambre, la familia conmovida lo obligó a seguir la 
antigua costumbre, i desde entonces no solo come en la 
mesa, sino que se sienta en una de las cabeceras. El 
lector no habrá olvidado que es el padre quien habla : de 
mayordomo pasó a fondero, su familia fué aumentando i 
ahora tiene dos hijas casadas, tres solteras i dos mucha- 
chos, uno de ellos famoso cazador de liebres. Ahora 
hablo yo : la penúltima de las niñas se llama Lucía, tiene 
trece años, es mui robusta, preciosa i mas que bella 
encantadora ; cada uno de sus movimientos, de sus ade- 
manes i de sus actos, es una inocente seducción ; la gracia 
i el atractivo brotan de su cara limpia i pura ; no habla 
sin ruborizarse i todo le da vergüenza ; que se cierre 
una puerta, que pase el gato o que le hablen, son mo- 
tivos de sonrojo. Ella nos sirvió i cuando nos trajo 
todos los platos, se fué a comer con sus hermanas i 
padres. Yo me levanté i fui a ver la mesa del posa' 
derq. — ^Necesita algo? me preguntaron. ~ Nada, que- 



— 53 — 

• 
ria ver la familia reunida ! . . . La vi ; pcesentaba un 

espectáculo animado i agradable; todos quedaron mui 
complacidos con mi ocurrencia. Despwjes el padre me 
dijo: Necesitan ustedes venir para Noel ( navidad). Sí, 
necesitan v^enir o. quedarse aquí, hasta ese dia; entonces 
estarán también mis hijas casadas con sus maridos, i 
comeremos todos juntos con ustedes; vea, en ninguna 
parte lo van a pasar mejor; yo he conocido muchos 
estranjeros, pero nunca me. ha dado por tratar a nadie 
como a ustedes; me parece que son amigos antiguos; 
vaya, si se quedan, le ofrezco a la señora un ramo de 
violetas cada dia, i una escopeta de niña ; iremos a cazar 
el día anterior a la fiesta o todos los dias si quieren; si 
tienen que ir antes a Túnez, les presto a Lucía para que 
los acompañe, ahí la tienen, irá con ustedes. 

En vista de tanta i tan sincera amabilidad, casi nos 
decidimos a quedarnos, pero era una locura; en la casa no 
había la menor comodidad, i sobre todo, faltaba lo indis- 
pensable, de lo cual no puedo hablar aquí; sorprendente 
e increíble falta, en un hotel, donde vivia permanente- 
mente una numerosa familia compuesta de muchachas 
jóvenes, mujeres, varones i una regular servidumbre de 
ambos sexos; i nadie en la casa parecia notarlo. Por 
mi parte, confieso que este es el hecho mas estraor- 
tlinario del cual tengo noticia desde mi nacimiento hasta 
la fecha. 

El 19, es decir, al otro dia de nuestra llegada a ese 
inolvidable hotel, nos levantamos tarde i nos fuimos con 
la mayor parte de la famiha a la estación, donde la 
hija mayor de las solteras tenia el restaurant para los 
pasajeros. Allí almorzamos, mui bien servidos por la sin 
par Lucía, i luego emprendimos nuestro viaje a Túnez, 
sintiendo dejar en aquel medio semi salvaje, una criatura 
tan digna de vivir en otro ambiente; ella también, según 
nos dijo, habría deseado que la lleváramos i vivir siem- 
pre con nosotros. 



- 5+ — 

Los viajes tienen muchos encantos, pero también algu- 
nas contrariedades morales, entre otras, el pesar de 
separarse de personas a quienes en pocas horas se cobra 
un gran carino, i con las cuales desearía uno estar en 
contacto toda la vida. Lucia nos procuró este sentimien- 
to. Bien pronto debíamos tener otro análogo. En el tren 
que tomábamos, iban en un compartimiento de 2^ del 
mismo coche nuestro, un caballero francés con su hija, i 
en nuestro mismo compartimento un joven norte-ameri- 
cano; tres personas a cual mas simpáticas, finas i agrada- 
bles. En el acto trabamos conversación en el pasillo, con 
el caballero francés i su hija, una delicada i linda mucha- 
cha a quien su padre llevaba a Túnez para dejarla* en un 
colejio. La niña era una delicia, i el padre un miembro de 
la nobleza de Francia, sumamente instruido. Yo me entré 
en su compartimento para conversar con él, i Guiller- 
mina se llevó a la niña al nuestro, donde las dos enta- 
blaron conversación con el norte-americano. No habían 
transcurrido dos horas desde el principio de nuestro viaje, 
cuando ya todos éramos antiguos conocidos; comimos 
juntos nuestras provisiones, i dormimos juntos algunas 
horas; la inocente~naiña comenzó primero a dormir sen- 
tada, después se fué cayendo poco a poco i concluyó por 
ocupar todo el costado del coche; el americano i nos- 
otros le acomodamos una almohada, haciéndola con nues- 
tros abrigos, sin que la niña se despertara^ i yo pasé 
mucho tiempo mirando aquella cara anjelical en cuyas 
facciones el sueño esparcía nuevas bellezas. 

En Túnez, a donde llegamos el mismo 19 un poco 
tarde, formamos al día siguiente una caravana i visita- 
mos la ciudad en grupo. Un dia después, el caballero 
francés Barón Maximin de Vialar, pues tal era su nombre, 
i su encantadora hija Emilia, nos abandonaron, i nosotros 
seguimos nuestras escursiones con el joven norte-ameri- 
cano, William S. Kahnweiler al otro dia, siendo la mas 
importante la^ de Cartago, a hora i media de Túnez, en 
coche. Nos detuvimos en el palacio del Bey, situado cerca 



— 55 — 

de Cartago, visitamos algunas de sus dependencias : las 
cabalierizaSf las cocheras, las barracas de animales fínos 
i otras reparticiones, sin encontrar nada rejio de oríjen 
local; almorzamos nuestras provisiones mui contentos i 
segiiimos viaje. Llegamos a una aldea árabe, la atrave- 
samos, subimos ai faro situado en la parte mas alta de 
ella i contemplamos un panorama imponente : el mar, el 
lago salado, el canal en construcción desde el puerto 
llamado La Goulette hasta Túnez, las ruinas de la célebre 
ciudad, los acueductos destruidos, los aljibes, la basílica 
nueva, el museo, las colinas, las casas i quintas esparci- 
das en todas direcciones de la tierra, i por fín^ la aldea 
árabe ya mencionada, a los pies,* con sus calles en esca- 
lera i sus techos blanqueados, que le dan un aspecto de 
cementerio. Bajando del faro, pasamos de nuevo por la 
aldea. ¡ Qué desolación i qué tristeza ! Los escasos habi- 
tantes sentados en las* puertas de sus cuevas o tiendas, 
ociosos, impasibles, viendo pasar el tiempo, sin esperar 
cambio alguno, mientras el mundo se ajita en la tremenda 
lucha por la vida fuera de allí, ofrecen una quietud que 
conmueve i aflije. « This is not New York » le dije a mi 
compañero. « No, certainly » me contestó. El había espe- 
rimentado la misma impresión mía sin duda. Volvimos a 
tomar el carruaje i fuimos al sitio de la basílica romana. 
Allí, como en todo el recinto que debió ocupar Cartago, 
la de los cartajineses, no se ve nada de su época; las 
pocas ruinas pertenecen a la época romana. En la basí- 
lica se ve esparcidos trozos de columnas, de muros, de 
bóvedas i algunas partes del piso todavía con mosaico; 
en una palabra, nada realmente interesante. Después 
fuimos a ver los aljibes, encontramos las ruinas de los 
viejos, i examinamos los reconstruidos, que son en verdad 
dignos de nota ; constituyelos una serie mui larga i ancha 
de fosos rectangulares, divididos por pilares i cubiertos 
de bóveda ; el agua se conserva allí fresca i en buenas 
condiciones ; según el cuidador, el conjunto de los depó- 
sitos puede contener 27,000 metros cúbicos. De los alji- 
bes al museo, basílica nueva i capilla construida por los 
franceses en honor de San Luis, hai poca distancia. El 
museo contiene los restos de estatuas, columnas, relieves 



— 56 — 

e inscripciones encontradas en los alrededores, como 
también varios objetos de uso i esqueletos hallados en 
las ruinas ; todo o casi todo es del tiempo romano i tiene 
mui poco interés, para mí al menos. La iglesia i la capilla 
no merecen el tiempo que uno emplea en ir a verlas. 
Pero nuestro acompañante es un famoso admirador de 
todo, por principio, i se da unas tareas colosales por ir 
a cuanto sitio accesible hai. Este caballero, como muchos 
de sus compatriotas que sin ser doctores son mui ins- 
truidos, me encantó con su conversacipn durante el viaje 
de regreso ; era un verdadero erudito ; estaba familiari- 
zado -con todas las cuestiones de interés social que los 
sabios discuten ; había leido a Herbert Spencer; conocía 
las obras de los economistas célebres i no hai cuestión 
de cierto interés práctico para el jénero humano que le 
fuera estrana. Me llamaba la atención sobre todo, el 
modo norte- americano de tratar las teorías en apariencia 
mas abstractas. A él le habían llegado por el camino 
práctico, casi diría comercial, i era de ver como factu- 
raba las sublimidades mas trascendentales, quitándoles 
sus aparatos de elevación para traerlas a la superficie de 
la tierra i hacerlas concurrir al trámite de la vida mas 
común. Se acercaba sin sacarse el sombrero a la filoso- 
fía, a la teodicea, a la moral, a la estética i a la litera- 
tura, no para pedirles proposiciones metafísicas, sino 
datos de estadística i conocimientos susceptibles de ser 
convertidos en objetos de industria, capaces de contri- 
buir al bienestar en la vida normal de cualquier hombre 
aldeano o rei. Y así hablaba de todo, con gran conoci- 
miento de la materia teórica, pero con una falta de mira- 
miento tan democrática, que un hombre como Avella- 
neda, por ejemplo, se habría escandalizado al oirlo. Eso 
si que es fin de siglo práctico, humano i útil. Eso es ser 
realmente instruido. Si él hubiera podido hacer su gusto, 
habría puesto una tienda para vender principios ontoló- 
jicos, o una fábrica de verdades metafísicas aplicables a 
las máquinas de coser. 



* 
* * 



— 57 — 

Hai en Túnez muchos árabes, muchos italianos, pocos 
atractivos i muchos bazares, con su falta de aseo i su 
olor característico. Resolvimos allí no ir a Palermo, no 
ir a Ñápeles, no ir a la India, no ir a Australia, no ir 
al Japón, no volver por California, pero sí embarcarnos 
para Marsella, donde según nuestras cartas i nuestras 
reflexiones, decidiríamos nuestro itinerario. No faltaba 
motivo para estar desanimados de nuevos largos viajes ; 
habíamos recorrido en pocos días mil trescientos treinta 
i tres kilómetros, como sigue: de Oran a Arjel 421, de 
Arjel a Constantina 464, de Constantina a Duvivier 149 
i de Duvivier a Túnez 299 ; todo ello en trenes lentos i 
no muí cómodos. 

Nos embarcamos en el <s: Ville d'Oran> el 23 de di- 
ciembre. Nuestro amigo, el norte-americano, nos acom- 
pañó a bordo i estuvimos juntos hasta el último mo- 
mento ; nos despedimos con sentimiento, quizá para no 
volvernos a ver; el pobre joven era tísico i nosotros 
somos mortales como él ! yo le habia cobrado una gran 
simpatía, cariño en verdad, por sus dotes exepcionales. 

* * 

El viaje a Marsella fué atroz ; el mar estuvo insoporta- 
ble ; ni el capitán asistió a la mesa ; no hubo mesa, 
mas bien dicho. Llegamos a nuestro destino el 25, dia 
domingo, i nos alojamos en el hotel Noailles. decididos 
a descansar unos días. La permanencia en esta ciudad 
fué agradable en cuanto cabia, dado lo crudo del in- 
vierno, Francisco Molina Salas, Cónsul argentino, i su 
señora nos trataron mui bien, nos dieron una comida i 
nos presentaron parte de su sociedad. A la comida asis- 
tieron a mas de otros invitados, unas niñas encantadoras 
no mui lindas, pero mui intelijentes, instruidas i de un 
trato esquisito. Con este motivo comprobé: I», que 
Molina Salas vivia mui bien i es mui feliz. 2o, que su 
Señora era una de aquellas dignas esposas que sirven 



- 58 — 

de pedestal a su marido; su trato era delicioso. (Las mu- 
jeres lejítimas o hunden o levantan a sus maridos, según 
su conducta o su tacto; hai algunas que son una verda- 
dera lápida o una cadena de presidario con una pesada 
bola al estremo). 3^, que cuando uno en un pueblo no 
conoce siquiera una familia, no tiene la menor noción 
de las ciudades que visita; todas son iguales ante sus 
ojos, por ser iguales los hoteles i las fachadas de los 
edificios, i las tiendas, i los cocheros, i las fondas, i las 
calles, salvo diferencias de poca monta. En cada parte 
donde me ha sido dado conocer siquiera superficialmente 
una parte de su sociedad, me he quedado maravillado de 
los tesoros de afecto, de belleza i de distinción concen- 
trados i como escondidos en sus mujeres jóvenes, i les 
he tenido gran lástima, no encontrando casi hombre que 
las merezca. ¡ Pobres flores sencillas i perfumadas, es- 
puestas a que un macho brutal las corte i las ultraje o 
destinadas a secarse en su tallo, melancólica i estéril- 
mente. 

* « 

Habíamos pasado en Marsella el primer dia del ano 
nuevo 1893, sin caer en cuenta de ello, felizmente. El 4 
fuimos con el Cónsul a la Catedral nueva i a Nuestra 
Señora de la Garde. La Catedral es grandiosa, notabi- 
lísima, de una bella arquitectura, ya medio célebre por 
su acústica, dependiendo esta exelencia quizá de ha- 
llarse vacía; en efecto, no tenia aun ornamentación ni 
mobiliario; uno que otro altar de madera pintada se veía, 
de vez en cuando, puesto mas bien como para indicar el 
sitio donde debia erijirse el definitivo. Así han de haber 
comenzado todas las catedrales, me supongo, encar- 
gándose después la piedad relijiosa ola vanidad mundana 
de ejecutar esas soberbias decoraciones hechas con már- 
moles raros, piedras preciosas i ricos metales que nos 
admiran tanto en San Pedro, San Pablo, San Isaac, la 
Chartosa de Pavía, el Escorial, en fin, en casi todas las 
iglesias de nota del mundo. 

Nuestra señora de la Garde, izada en un peñasco, 
colina o montaña, según los términos de comparación, 



— 59 — 

tiene el mar i la ciudad a sus pies, lo cual no impide que 
la ciudad sea mui mal sana i el mar detestable, i mucho 
menos que la santa o la virjen tenga todos los muros de 
su iglesia cubiertos con placas e inscripciones conmemo- 
rativas de algún suceso feliz del cual los feligreses echan 
la culpa a la inocente inmaculada, quien seguramente no 
lo ha comido ni lo ha bebido. Ella, según los letreros, 
ha salvado buques i ha curado enfermos ; en cuanto a 
los buques perdidos i a los enfermos muertos, los letre- 
ros están mudos;- no cuentan sino los éxitos felices! 

¡Por fin concluí de leer «Fabiola >! una oovelita cató- 
lica escrita por el cardenal Wiseman, para entreteni- 
miento e ilustración de los fieles. « Fabiola o la Iglesia 
de las catacumbas >, me ha sido regalada por la señora 
del Cónsul Calvari, con fines morales; por ejemplo, ha- 
cerme mucho mas cristiano, católico, apostólico i ro- 
mano, i lo ha conseguido. La obrita es mui moral i mui 
atractiva por sus bellezas literarias, aun cuando no tanto 
por sus anacronismos i falta de naturalidad en algunos 
casos. Por ejemplo, un niño de 14 años, Pancracio, 
al salir de la escuela, tiene una conversación con su ma- 
dre, i en medio de un discurso mui académico i poco 
a propósito para ser dicho en familia, nos sorprende con 
esta frase: c Así fué, que mientras yo al escribir lo es- 
taba desenvolviendo, mi corazón latia violentamente, mi 
imajinacion parecia de fuego; el recuerdo de tus leccio- 
nes i las prácticas de nuestro hogar doméstico, se repre- 
sentaban tan a lo vivo en mi mente, que conmovido todo 
mi ser, sentía circular la sangre por mis venas con desu- 
dada precipitación i violencia!». El tema que desenvolvia 
el niño en la escuela i al cual se refiere, es el siguiente, 
dado por su maestro Casiano. < El verdadero filósofo 
debe estar siempre dispuesto a morir por la verdad >; 
tema mui adaptado a los medios i las aptitudes de un 
escolar de 14 años, i tan fecundo, qife gracias a él como 
se ve, el niño Pancracio, con una precocidad alarmante, 
descubrió en los primeros albores de la era cristiana, 



— 60 - 

nada menos que la circulación de la sangre, vuelta des- 
cubrir por Harvey en 1628, según lo aseguran algunos 
mentecatos. 

I«2ste anacronismo, es disculpable, i sólo supone una 
distracción producida por el hábito de referirse a ideas 
comunes i familiarmente repetidas; pero con el amane- 
ramiento de Pancracio, no sucede lo mismo ; ningún niño- 
habla así, i mucho menos conversando con su madre. 

Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba, dice : 
«La malveillance et le denigrement, sont les deux carac- 
teres de r esprit francais ; la moquerie et la calomnie le 
resultat certain d'une confidence >^. Debe ser así, pues á no 
serlo, no tendria curso corriente este refrán o aforismo : 
«Entre veinte individuos hai cuando menos un pillo, 
salvo si son marselleses, en cuyo caso hai cuatro. ¿Será 
esto un resultado de la maledicencia solamente ? pensaba 
yo una mañana en el restaurant de la Reserve, Maison 
Roubion a donde fuimos á almorzar con el Cónsul Mo- 
lina Salas i su interesante mujer; no, tal vez el construc- 
tor de esa frase, ha estado en este hotel, seguí pensando, 
i entonces su desconsolador sentido ha podido tener un 
fondo de verdad. Los cuatro pillos marselleses, son pro- 
bablemente los dueños del hotel de la Reserve, los finan- 
cistas mas descarados i atentos de la comarca ; eso si, 
lo arruinan a usted con una esquisita cortesía i las ma- 
neras mas delicadas. Al volver de este modelo de alber- 
gue, caminando a lo largo de la Corniche, ancho paseo 
construido a orillas del mar, el frió intenso nos presentó 
un espectáculo indigno del hotel, es decir, mui digno de 
ser apreciado; en las barrancas de un lado cortadas a 
pique para formar el camino, i al pié de las hermosas 
casas de campo, la nieve se había colgado en largos me- 
chones desiguales, como si una majada de ovejas desbar- 
rancándose i rodando por las breñas, hubiera dejado 
allí toda su lana. 

Esta comparación exactísima que yo me permití hacer 
en alta voz, sujirió a Molina un recuerdo singular. Allí, 



— 61 — 

en aquel sitio, me dijo señalándome un punto de la 
playa, nos bañábamos el año pasado ; entre las bañistas 
habia una preciosa niña de- doce años, una verdadera 
estatua griega; su vestido de baño, de lanilla blanca, 
con el agua se encojía i se le pegaba al cuerpo; cuando 
salia nosotros le hacíamos calle ; nunca he visto cuerpo 
de mujer mas perfecto ; el vestido tenue i transparente 
no sólo modelaba las formas, sino que dejaba apreciar 
el color sonrosado de las carnes, las sombras en las 
depresiones i los puntos luminosos en los senos ; en fin, 
era una delicia! La madre la esperaba un poco lejos del 
agua para envolverla en el peinador, pero no se daba 
prisa para ejecutar sus maternales cuidados, dejándonos 
tiempo para admirar los primores de su hija ; el novio, 
pues tenia uno, un príncipe de no sé cómo, ya a la fecha 
casado con ella, se colocaba al estremo de nuestra calle; 
feliz mancebo ! Los viejos padres de familia que habian 
abierto tamaños ojos mientras la niña pasaba, dirijién- 
dose a sus esposas o hijas, exclamaban; ¡qué inmorali- 
dad ! después de haber mirado a su gusto. En verdad, 
la muchacha era una coqueta i estaba segura de sus 
triunfos. Ahora me dirán ustedes ¿habrian sospechado 
en todp un señor Cónsul tan serio, la facultad de descri- 
bir tan a lo vivo un cuerpo de mujer saliendo del baño, 
i hacerlo con la misma práctica con que despacharía un 
buque? — La señora del Cónsul no oyó la descripción. 
(Nota del interlocutor). — Gracias a las ovejas, cuya lana 
quedaba pendiente en las peñas, i por una asociación de 
ideas entre lana i lanilla tuve la ocasión de oir tan sa- 
brosa cuento, i reconocer en el narrador calidades lite- 
rarias dignas de encomio. Mas adelante me contó una 
historia de otro estilo pero igualmente atractiva por su 
orijinalidad;--Sabe usted doctor, me dijo, que uno de mis 
colegas estuvo a punto de tener un duelo con otro 
colega? Pero lo raro es el motivo. Imajínese. El Cónsul 

de no habla sino español, i aquí en Marsella no 

tenia con quien conversar a no ser con sus colegas; uno 

de ellos el Cónsul de le inspiró una gran simpatía 

i esa fué la causa del duelo; no lo dejaba ni a sol ni a 
sombra; comenzaba a visitarlo al rayar el alba i no lo 



— 62 — 

abandonaba sino a las doce de la noche, siempre con- 
versando ; lo convidaba a comer, a cenar, a almorzar, al 
teatro, a los conciertos, a pasear por las calles i se 
metia hasta en los detaUcs ñas ínfrnos de su vida. El 
inspirador de tanto cariño, ya no sabia cómo hacer para 
gozaLT siquiera un momento de libertad. — Mire, le dccia, 
tengo que hacer. — No importa, yo lo esperaré, contes- 
taba el otro. — Espero jente. — Oh ! yo no incomodo, 
usted sabe, después que se vayan sus visitas saldremos 
a dar una vuelta. — Pero deseo estar solo.- Conmigo es 
como si usted estuviera solo, no se inquiete por mí. En 
fin, un dia ya desesperado, le dijo : Vayase usted al de- 
monio o le rompo el alma.— A mí?— Sí, a usted, es usted 
un fastidioso, un mal criado, un impertinente ; no me 
convide a comer, ni a cenar, ni a ir al teatro, ni a nada, 
ni vuelva usted a poner los pies en mi casa. — Pero hom- 
bre, habla usted deveras ? — Y tan deveras, que ya lo 
verá usted. 

El obsequioso colega se quedó como quien ve visio- 
nes, i su víctima dejándolo plantado en la calle, vino a 
verme para que fuera a desafiar a su perseguidor. — Yo 
no podré vivir mas, me dijo, donde viva ese mentecato ; 
lo he insultado i debo matarlo. —Pero hombre, si no hai 
motivo para un duelo, i en todo caso no es a usted a 
quien le toca provocarlo. — No importa, hágame usted el 
servicio ; vaya, véalo i que nombre sus padrinos. 

Fui, lo vi, lo encontré mui compunjido, mui sorpren- 
dido del suceso, creía que su estimado colega se había 
vuelto loco ; cjijo que jamás había visto el menor signo 
de disgusto en él i que su repentina salida lo habia de- 
jado aturdido. 

Al fin pude convencer al otro colega, de que no tenia 
razón, i todo quedó terminado estableciéndose un regla- 
mento para las futuras visitas e invitaciones. 

Fuimos el dia 6 al Prado i vimos patinar en un pe- 
queño lago ; - nada de mui sorprendente todo esto, pero 
caminamos seis quilómetros i yo he tenido una conver- 



— 63 — 

sacion agradable cuyos puntos salientes fueron estos 
aforismos : 

< Si las mujeres no eng^^aran a los hombres { qué 
harían? si se mostraran tales cuales son, ¿se atrevería 
alguien a quererlas concienzudamente, a buscarlas, a 
sacríñcarse por ellas, a dar tanto valor a sus sonrisas, a 
sus gracias, a sus palabras afectuosas, a sus encantos, a 
sus bellezas; se atrevería uno por fín reflexionando un 
poco, a casarse con ellas, es decir, a ponerse una cadena 
de presidario, a desdoblar su persona ofreciendo mayor 
blanco a los tiros de los contemporáneos i lo que es 
mas a esponerse a ser ridiculizado, deshonrado, dice la 
sociedad, sin culpa alguna, sin acto de su parte, sin la 
menor razón ni justicia? Luego, yo no creo que las mu- 
jeres como los hombres engañen con premeditación en 
jeneral; cuando afirman su cariño, su constancia, i se 
entregan, lo hacen salvo exepciones, en momentos de 
sinceridad ; ellas no saben cuánto hai de cambiable en 
su naturaleza. La pasión proclamada es verdad en el 
momento de la proclamación, después se hace mentira. 
Acusar de inconstancia a las' mujeres, es lo mismo que 
acusar de variables a las veletas, calumniándolas como 
lo hacemos sin sospechar la calumnia. No son la^ pobres 
veletas quienes cambian, son los vientos ; ellas jiran ce- 
diendo a una violencia i muchas veces sus gritos estri- 
dentes en medio de la noche, chillados por sus ejes 
herrumbrados, son los quejidos inútiles contra la fuerza 
bruta que las impele ; ellas desearían estarse quietas !> 






De Marsella salimos el 9 i llegamos a París a las once 
de la noche, con un frío conjelador. Nos alojamos en el 
viejo Hotel de Bade, un páramo; nos había sido recomen- 
dado en Jénova por una señora de Acosta, venezolana, 
viuda de un Jeneral ( todas las viudas de Venezuela lo 
son de algún Jeneral). 



— 64 — 

Terrible era en aquella época el frió en París, a lo 
menos para mí; no podía leer, ni escribir, ni pensar. 
Durante el día, estaba de pié o caminando por ímajinar- 
me que así me procuraba una tolerable temperatura; i 
de noche en cama, no me atrevía a sacar las manos de 
debajo de las cobijas, a pesar del íue^o de la chimenea. 

No obstante, no lo pasamos del todo mal, moralmente, 
por las atenciones de nuesiros amigos i conocidos. 

Encontramos a Mr. de Montravel que filé mui obse- 
quioso con nosotros, recordando haberme conocido 
muchacho durante su permanencia en Buenos Aires ; al 
Diputado Gaillard, a quien habíamos encontrado en Aiz- 
les-Bains; al señor Paul Mayer, relación del mismo 
orijen; este caballero nos invitó a comer en su casa i 
nos presentó cariñosamente a su familia. 

Conocí también a la señora del Conde Ormesson, 
empleado a la sazón en el Ministerio de Relaciones 
Esteriores, en calidad de introductor de embajadores. 
Nuestros amigos Federico i Carlos Portalis, nos habían 
dado una carta de introducción para el señor Conde i su 
mujer, mas cuando fui a entregarla, sólo hallé en su 
casa a la señora Condesa, mui noble, mui en sus trece de 
serlo. El dia de mi visita era el de recibo; por esa 
causa había reunión plena, i tuve ocasión de ser pre- 
sentado a una media docena de nobles de ambos sexos. 

Una dama extranjera a quien me presentaron en otra 
casa, también noble pero de lejos, me causó gran pena 
con sus referencias; parecía acobardada, a pesar de su 
arrogancia nativa, con ciertos procesos, i según me dije- 
ron, ya no estaba tan segura de sí misma por los sufri- 
mientos de amor propio que le ocasionaba una discusión 
judicial cuyo tema era su honor. No había en la acusa- 
ción una palabra de verdad, según la opinión juiciosa, 
pero el solo hecho de discutirse la reputación de una 
mujer, basta para empañarla. Lo mismo sucede con la 
reputación de un hombre, dirá el lector al ver esto, si lo 
vé, i yo contestaré ; es verdad ! 



— 65 — 

La República francesa se encuentra ahora en un mal 
momento, i como nuestro país, no sabe a donde va. La 
prensa libre amenaza poner en la picota a todo el 
mundo. Las entidades mas universalmente conocidas, 
ven discutido su buen nombre: Lesseps, Eiífel i otro9, 
los ministros, los senadores, los diputados, los miembros 
de la Lejion de Honor, todos cuantos hasta hoi han sido 
tenidos en estima^ son fustigados sin piedad, aun antes de 
saberse si son culpables. Los diarios ingleses no mencio- 
nan la cuestión eterna sino bajo este título : c Panamá 
scandals > i como los estranjeros, aun los que no han' 
estado en la Francia, conocen, sin embargo, a Lesseps 
como factor del Canal de Suez, a Eiffel por su torre, i a 
los funcionarios públicos por ver sus nombres a cada 
instante, la Europa, pueblo, cree que cuando esas gran- 
des personalidades están comprometidas, lo están todos 
los franceses, i la inculpación recae sobre la Francia, 
cuyas acciones políticas i económicas comienzan a bajar. 
Los mismos promotores del escándalo, ya tienen miedo 
de que las consecuencias se estiendan mas allá de su 
propósito, i resulte un descrédito real para la nación, 
en vez de un beneficio para la moral, sin mas satisfac- 
ción de la vindicta pública que el de ahorcar a un 
arquitecto, como el del cuento, por tal de matar algo. 
Parece además que la cuestión no es simple ni puramente 
interna ; alguien de afuera dirije, según piensan muchos, 
la maquinaria, i se vale o se ha valido de los mismos 
franceses para deprimir la Francia, en virtud del prin- 
cipio homeopático «similia similibus curantur>. La^/r- 
Jida Albion es sospechada ; ella tiene interés en tomarse 
Marruecos i en quedarse en Ejipto, a lo cual los fran- 
ceses opondrían un obstáculo formal si continuaran en 
el pleno goce de su poder, importancia i crédito. La 
triple alianza, a su vez, secunda los propósitos de Ingla- 
terra, en cuanto a eso de hacerles daño por razones 
obvias, entre ellas, las pretensiones de Italia sobre Túnez 
i Trípoli. 

En resumen, hai, dicen, una conjuración contra la 
Francia, i cuanto mas se compliquen los Panamá scandals, 
tanto mejor para los conjurados. Se puede añadir a esta 

Por mares i por tierras 5 



— 66 — 

salsa otro ingrediente: el empeño de la nobleza en de- 
nigrar a la República, i aun cuando esa nobleza vea el 
daño a la nación, como los partidos son crueles i ciegos, 
el patriotismo cede ante el espíritu de oposición. No se 
paran en el peligro de hacer mal a todo el país, con tal 
de herir a la República i desprestijiar el sistema con la 
deshonra de sus sostenedores. Después se compondrá 
eso, dicen los nobles, pero los republicanos comienzan a 
desear que el gobierno se ocupe un poco de las cuestio^ 
nes esteriores. 

* ♦ 

Salimos de París i llegamos a Londres el 21, con 
un gran miedo de encontrar una temperatura peor 
que la de París. Por suerte, hallamos un clima benig- 
no relativamente, que hizo inútil usar abrigo escepcio- 
nal i prender las estufas en los primeros dias. ¿ Será 
esto casual ? nos decíamos. Pero ahí estaba el hecho 
innegable : nos encontrábamos cómodos i no nos veíamos 
obligados a mantenernos en continua defensa contra 
el frío, con lo cual yo por mi parte, declaré calumnia- 
dores a cuántos me habían hablado mal del invierno de 
Londres. 

*■ ♦ 

Recopilando mis apuntes para este volumen, hoi 12 
de setiembre de 1898, en Buenos Aires, me encuentra 
con algunos que inserto en toda su integridad i con su 
forma para conservarles su sello de actualidad relativa 
a los dias en que fueron escritos. En ellos encontrará el 
lector hasta problemas aritméticos i aljebráicos. Sólo- 
suprimo la copia de una carta dirijida a un personaje 
político de mi tierra, por las verdades que contiene. 
Decir verdades, equivale a veces a plantar frescas, i yo, 
hoi por hoi, no me siento inclinado a plantárselas en 
público a nadie, pero guardo la copia por si cambio de 
humor en lo futuro. 



— 67 ^ 

Bajo el título ^ Pajinas muertas >, dejo subsistente un 
proyecto de prefacio para una edición de varios escritos 
mios de diversa época, cuyo título debía ser el del mismo 
prefacio. 

Como se vé por el presente volumen, cuyo testo ha- 
bría tenido cabida en esa edición, he renunciado al titulo 
i al prefacio ; también a la edición completa, por ahora, 
i si no elimino el proyectado encabezamiento, es porque 
los conceptos espresados en él pueden salir solos al 
público i por su propia cuenta, pues no por no figurar 
én un prefacio de mamotretos dejan de ser verdaderos, 
a mi juicio, i aplicables a todo conjunto de notas tomadas 
a lo largo de la vida, por cualquier hombre amigo 
de escribir sus recuerdos. 

Hé aquí mis viejas notas. 






1893, Enero 29, — Londres. Nos hemos instalado ayer 
en 15a Clifford Stt. Bond Street W, en un precioso i 
cómodo departamento. ¿Por qué tamaña nomenclatura 
para designar una casa? Hai tal número de calles en 
este monstruo de ciudad, que es imposible retener los 
nombres de todas, no siendo raro hallar dos o mas del 
mismo nombre; por esto, cuando una calle secundaria 
está cerca de una mui conocida, se añade el nombre de 
ésta al de aquella, i así todo pasa en paz i conformidad. 
Hai calles tan cortas que tienen cuatro casas: HoUy 
Stret, por ejemplo, i otras tan largas que han requerido 
varios nombres; ¡vaya uno a saber todo estol Clifford 
Street está en lo más central de la ciudad, a veinte pasos 
de New- Bond, a dos cuadras de Picadilli, i a dos i media 
de Regent Street. Pues, en Clifford Street Bond Street 
15», vivían seis mujeres, de las cuales sólo he visto tres 
hasta ahora. Hai según referencias dos hermanas, un^ 
de ellas visible, bastante buena moza (tiene un granito 
pasajero en la cara) es alta, i no sé mas de ella; la 
hermana no se ha mostrado; las dos son las dueñ.'is o 
encargadas de la casa; las otras cuatro mujeres son 



— 68 — 

sirvientes, de las cuales dos hai visibles; bonita la una, 
fea la otra. Es cuanto por el momento puedo informar 
sobre el asunto. 

Febrero 2, — Indudablemente, en mi casa las seis mu- 
jeres se han repartido los papeles de este modo : visibles 
tres, invisibles tres ; bonitas dos, fea una, de las visibles ; 
de las otras no hai noticias estéticas; supongo que habrá 
una bonita i dos feas para compensar el esceso de be- 
lleza relativa entre las visibles ; silenciosas tres ; absolu- 
tamente insonoras tres; metódicas seis; abstinentes seis. 

Tengo gana de prender fuego a la casa para ver que 
hacen ; me incomodan con su absoluta supresión ; yo no 
estoi acostumbrado a vivir con personas que no existen 
ni con brujas, ni adivinas. Como no veo a nadie, no 
tengo a quien pedir lo que necesito, sino llamando es- 
presamente a la sirviente más visible, la fea; pero una 
vez hecho el pedido, se acabó todo motivo de relación, 
pues al día siguiente a la misma hora en que necesité 
el dia anterior agua caliente, por ejemplo, entra una re- 
gadera seguida de la muchacha fea, i lo mismo todos 
los dias; agua caliente para toda la vida ! 

Febrero 3.— Primer dia de fog, neblina negra, las 
nubes o mas bien la nube que cubre Londres, baja a las 
calles arrastrando las partículas de carbón de la atmós- 
fera, el ácido sulfúrico i otros materiales ; arriba el cielo 
está rojo, sombrío. Londres arregla los asuntos de la 
luz al revés de otras ciudades: a media noche es de dia, 
i los dias son de noche ; pero, no es verdad que no se 
vea un objeto a un metro de distancia, durante el mas 
fuerte fog; se puede leer los mas pequeños caracteres 
a la luz de una vela i a la distancia habitual. Las direc- 
toras de nuestra casa se han hecho ahora mas invisibles 
que nunca a causa de haberse complicado con el fog su 
habitual misterio. Sin embargo, ya sé algo mas. a cerca 



— 69 — 

de ellas; se llaman las señoritas * * *, son huérfanas de 
padre i madre, por lo tanto alguna vez han nacido, i 
pertenecen desde luego al jénero humano. Una de ellas 
es rara, dice la hermana visible; yo la supongo histérica; 
toca el piano, { cuándo, dónde ? nadie podrá decirlo ni 
vanagloriarse de haberla oído; habla algunas veces, 
siempre mui poco según su hermana; tiene lindo nom- 
bre, se llama Aid a, nada menos. La visible también 
tiene nombre, pero de eso hablaremos otro dia. 

Febrero 4, — La verdad, ayer no me acordaba del 
nombre de la invisible, pero hoi cuando entró la rega- 
dera de agua caliente, le pregunté a la sirviente fea 
cómo se llamaba la señorita visible — Eujenia — me dijo, 
i yo trasmito su respuesta a la posteridad sin quitarle ni 
añadirle una coma, como hacen algunos historiadores 
con hechos de menor importancia aun. 

Es de dia— Yes Sir thankyou — Si señor, gracias. Ahora 
debo trasmitir otras tres cosas ala posteridad. loque para 
saber si es de dia o de noche en Londres, hai que averi- 
guarlo mui detenidamente (la luz no cuenta). 2» que la 
sirviente fea se llama Margarita. 3© que Margarita no dice 
jamás una palabra sin añadir thank you. Así, yo, a quien 
se pega con mucha facilidad cualquier buen hábito o cos- 
tumbre virtuosa, ya he tomado también el estribillo i 
añado : thank you en las partes de la oración que menos 
se prestan a ello ; digo, por ejemplo : « voi a tomar mis 
guantes, thank you; almorzaremos ya? thank you i 
buen día, thank you. 

Pedrero 6, — Ayer he ido a lo de don Mateo Clark, a 
tomar el lunch. La señora de Clark es una linda mujer, 
mas bien dicho, una hermosa dama i de un estilo mui 
poco jeneral. No entiende la vida como las señoras de 
mi tierra; allí piensan que una madre de familia no es 
buena si no es intratable, si no habla constantemente 



— yo- 
de sus hijos, si no interrumpe toda conversación para 
reprenderlos, llamarlos ú ordenarles algo, si no es en 
una palabra, el verdugo de sus hijos i la mujer mas incó- 
moda para su sociedad. La señora de Clark tiene un 
círculo estenso principalmente de Sud-americanos de 
todas las naciones ; se ocupa de sus niños lo bastante 
para educarlos admirablemente; no los muestra ni dema- 
siado ni mui poco, pero sí lo justo para hacerlos a!dorar 
de sus amigos. Las tres criaturas son tres ánjeles, mo- 
delos de belleza, de salud i de buena crianza; las tres 
hablan cuatro idiomas a tan tierna edad, pues la mayor 
tiene apenas cinco años. Además la señora encuentra 
tiempo para cumplir sus deberes sociales i para estudiar 
pintura, música i esgrima; monta todos los días a ca- 
ballo i pasea mucho a pié. Todo puede hacer por la 
división escrupulosa de su tiempo. El señor Clark sería 
un hombre mui feliz si no estuviera tan ocupado i no cre- 
yera tanto en la acción individual para la resolución de 
todos los problemas de la vida, cuando esa acción es 
casi nula. 

Febrero 7. — En una pajina de estos apuntes escrita 
en África, prometí escribir cuando tuviera tiempo, bajo 
este título « Meditaciones en Arjel > lo que estuve pen- 
sando mientras me paseaba durante una fuerte lluvia 
debajo de las galerías, cerca del Hotel Oasis. Ahora me 
ocurre contarlo. 

♦ ♦ 

Febrero 13, — No pude cumplir la promesa el dia 7 
ni los siguientes, como se ve por la fecha actual,* ni hoi 
tampoco puedo porque quiero dar lugar a otros inci- 
dentes. Ayer hemos estado en lo del señor Alejandro 
Paz, que nos había invitado a comer; comimos, natu- 
ralmente. Estaba también allí el señor ♦ * * +, un honabre 
mui agradable, quien entre mil asuntos, llegó a tratar de 
algunos problemas de números i los presentó como ma- 



— 71 — 

ravillas sin solución. Yo le dije que todo ello podría 
demostrarse i esplicarse, por cuanto lo que aparecía 
como maravilla o adivinanza, no era jeneralmente sino 
la espresion de una fórmula aljebráíca i que tal vez yo 
le daría la solución de los propuestos. 

— Será usted un sabio, me contestó» i yo no sabré 
cómo elojiarlo si lo hace. 

La siguiente carta que hoi le escribo, instruye a cerca 
de este incidente, i da la solución de los dos problemas 
que me puso. «Mi estimado señor ♦ * ♦ • Anoche al llegar 
a casa, me ocupé de sus problemas, a pesar de la hora 
avanzada, i tuve la suerte de resolverlos, felicitándome a 
raí mismo por no haber olvidado mis matemáticas a 
través de la medicina, la literatura i la política. Le 
incluyo en esta, la resolución por la cual me debe usted 
un gran elojio, según su promesa. El primer problema es 
más sencillo ; no pongo en haberlo resuelto amor propio, 
porque conservaba alguna reminiscencia a cerca de él ; 
en cuanto al segundo, es diferente el caso, pues no tenía 
á su respecto la menor idea ; observo, sin embargo, que 
los dos, aun cuando tienen forma distinta, son iguales en 
el fondo. 

« lo Se puede anunciar a prior i las cifras que espre- 
sen la diferencia entre dos cantidades de tres guarismos 
en que el restando las tenga invertidas con relación al 
Testador, porque < toda cantidad de tres guarismos 
comparada con otra de los mismos, en la cual las cifras 
estén invertidas, dará una diferencia éspresada por un 
grupo, cuya cifra media será 9, siendo la suma de las 
dos estremas 9 también, i la de las tres 18. 

,.. , 123 421 532 862 ,, , , , 
Ejemplos: 32J ; ^; 235*' 2^ Usted vera 

19^ 297 297 594 

la razón de ello, sustituyendo, en la fórmula para el otro 
problema, las libras, chelines i peniques por centenas, 
decenas i unidades. 

€ 2o Si de una suma de libras, . chelines i peniques, 
compuesta con números díjitos, se resta otra formada 



~ 12 — 

con las mismas cifras invertidas^ i si a la diferencia se le 
suma una cantidad representada con las cifras de ella 
misma a la inversa, el resultado será siempre £ 12, 
18, II. 

Ejemplo : Sean las cantidades £ 4, 6, 8, i f 8, 6, 4. 
Para la facilidad de la resta colocaremos como restando 
la cantidad mayor, es decir, la que tiene mas libras, i 
por consiguiente menos peniques, por la razón de 4a 
inversión; así : 

£.8.6.4 

Menos > 4 . 6 . 8 in virtiendo las cifras 

Diferencia.. . f. 3 . 19 . 8 

Mas > 8 . 19 . 3 invirtiendo las cifras 

Suma £. 12 . 18 . II de la diferencia con su 

inversión, siempre constante. Razón: Para hacer la dife- 
rencia o resta de los peniques, usted tiene que añadir al 
restando, un chelin o sea 12 peniques quitándolos a los 
chelines, i para hacer la resta de los chelines ( como las 
cifras del restando i restador eran iguales, i el restando 
ha perdido un chelin) usted tiene que añadirle I £ o sea 
20 chelines quitándolos a las libras. Por consiguiente, 
tendrá usted para el restando, provisionalmente, £ 7. 
Ch. 20 + (6 — 1). P 12 + 4 o sea: £ 7 . 25 . 16. 

Restando de esto » 4 -. 6 . 8, 

queda £ 3 . 19 . 8 es decir, tres cantidades en que 
siempre la del medio será 19, i siempre la suma de los 
dos estremos será II, i por tanto, la suma de ellas con 
la invertida, dará £ 12. Ch. 18 i P. II, por cuanto los 
chelines siendo invariablemente 19, sumados consigo 
mismos dan 38 = 20 -h 18 =^ £ I f Ch. 18, i aña- 
diendo la libra a los II del estremo izquierdo da 
12 = II + I. 

« Esto se verificará cualesquiera que sean las cifras» 
con tal de representar díjitos, como es el problema. En 
efecto : llamemos n al número de libras, s al de chelines 
i ^ al de peniques; (n, s i p pueden ser cualquier 
número díjito de la cantidad propuesta). Tendrá pues 

£ n.s.p~^SLp.s.n;o sea para la diferencia de 
libras, chelines i peniques : 



— 73 



Para las libras ( u — I — / ). 

> los peniques (12 •}- p — n). 

> los chelines (20 + j — I — s ), Y por lo 
tanto la suma de libras con peniques o de peniques con 
libras = (;^— I -\. p ^ 12 + p — «) = Destruyendo 
las letras ¡guales de diferente signo : 

(»— I — / ^ 12 -{-p— n) = — 1 + 12 = 11 — 
Siempre II para los dos estrenaos o sea: suma de L. * 
con P.* o de P. * con L.^ 

< Para los chelines, su representante (20 + ^ — I — s) 
= 20 — I = 19. Siempre 19, que sumado consigo mismo, 
por la inversión, da 19 -|- 19 = 38 = £ I . 18, i por 
tanto el total : £ II + £ I + Ch. 18 + P. II = 
£ 12. 18, 11. 

< Lo que se quería demostrar. 

Suyo aftmo. — E. Wilde ». 

La peor broma que le pueden hacer a un hombre, es 
suponerle conocimientos que no tiene ; si * * * * no sabe 
áljebra fresco estoi con mi demostración! 

Febrero 14. — He conocido hoi a Tosti, el famoso 
compositor de romanzas sentimentales. Es un hombre 
de edad provecta i cuya estatura no mide ni aun de 
lejos, las dimensiones de su talento cuyo alcance sabe, 
lo que le hace ser un tanto desconsiderado en sus juicios 
respecto a sus colegas. Infiero a pesar de mi respeto 
por su jénio, que padece del error común a todos los 
maestros de cualquier arte; cree que el eje del mundo 
está en su enseñanza í por ende en su individuo. Glad- 
stone es nada al lado de un músico o pintor engreido 
por la opinión pública. 



— 74 — 

He conocido también al famoso maestro de armas 
XX; desprecia a Marte, a Wellington, a César i a Napo- 
león, i aplica a la esgrima lo que los maestros cantores 
i pintores aplican a la música i a la pintura. 

Londres se presta prodijiosamente a todas las pedan- 
terías nacionales e internacionales, i las paga con es- 
plendidez. A pesar de la regla común, todos son aquí 
profetas en su tierra, i hai además una provisión inag^o- 
table de profetas estranjeros. Londres es el mundo 
entero i no son estrañas por tanto estas aparentes ano- 
malías. Es admirable la facilidad con que cualquier pre- 
tensión se impone asumiendo las formas de una audacia 
solemne, concorde con el carácter inglés. Pero todo es 
mas o menos portentoso. 

Los clubs sociales i políticos, por ejemplo, cuyo nú- 
mero es mui grande, son instituciones dignas de estudio. 
Cada socio que no tiene una gran casa ni una g^ran 
renta, encuentra en ellos el modo de sustituir esos dos 
elementos; su club es su escritorio, su biblioteca, su 
casa, durante el dia i su medio social; allí tiene todo 
aseado, confortable i opulento. Una de las particulari- 
dades mas provechosas de los clubs, es la de suministrar 
a los socios las noticias de todo el mundo i del movi- 
miento interno de la metrópoli en todos sus ramos, por 
medio de aparatos automáticos eléctricos que funcionan 
todo el dia, imprimiendo en tiras u hojas del papel, 
cuanto ocurre en política, en negocios comerciales, en 
diversiones i en todo lo concerniente a la jestion de la 
vida, si tiene algún interés o puede satisfacer alguna cu- 
riosidad. Un inglés con su club, escepto dinero, necesita 
mui pocas cosas privadas i para su uso esclusivo. 



• 



Febrero 17, — Pues, las meditaciones de Arjel prome- 
tidas, tenían por tema el título i el prefacio de una pro- 
yectada edición de varios escritos míos, como lo dije, 
inéditos algunos, ya publicados otros. El título era 
« Pajinas muertas > pero no me acuerdo ya bien como 



— 75 - 

redacté en mi mente lo que ahora trato de recompone! , 
proponiéndome dejarlo en esta forma: 

PAJINAS MUERTAS 

Prefacio, ... 

( Mi querido lector te pido disculpa 

he cambiado de idea .... me parece mejor pon^r el pro- 
metido prefacio en otra de mis obras, que se titulará 
< Prometeo i compañía» próxima a salir ) 

Rebrero ^'^. — Muchos dias se me pasan sin escribir, lo 
prueban las fechas de este cuaderno. En los traifscurri- 
dos, he hecho mil cosas de que daré cuenta poco a poco: 
ahora contaré solo qué me encontré en Carlton-club con 
un joven inglés ex-rico i maniático por los juegos de socie- 
dad i los problemas ; hablando, hablando, dijo que en la 
escuela le habían puesto una cuenta cuyo resultado sabía, 
pero cuya esplicacion jamás había encontrado ni creía po- 
sible encontrar. La proposición era (testual): ¿What 
price are eggs a dozen, if by getting two more for a 
shelling, you cheapen them one penny a dozen? Yo le 
dije que eso era mui fácil i le redacté en el acto lo si- 
guiente : « According to the problem when the price of 
(12-1-2) 14 eggs will be the first price of 12 eggs plus 
I sh or 12 pence, the price of 12 eggs will be I p cheea- 
per than the first price — Well ; let x be the first price; 

you will have ; 14 : ¿r -f- 12/ :; \2 \ x —\ p; \\ x — 

144 4- 14 
14 = 12 :ir + 144; íü = ^- = 7^ the first price; 

then that of 14 eggs = 79 + 12 = 91y and it is so be- 
cause 14 : 91 :: 12 : :*: — I and ^ - I = 79 — I = 78 
Q. E. D. 



41 * 



Mareo 21, París, — No he apuntado nada desde el 24 
de Febrero ; sin embargo, mi vida ha sido enteramente 
ocupada en Londres hasta mi salida para Francia, que 



— 76 — 

fué el 14 de marzo ; ahora tampoco tengo tiempo de con- 
tar mis observaciones i me limitaré a marcar fechas para 
mi uso particular, añadiendo lijeras notas. Dejamos el 25 
de febrero nuestro alojamiento de CliíTord Street para 
ir a vivir con la familia de Edwards en su casa, 14 
Graven Hill Lancaster Gate. La familia de Edwards 
consta de él, su señora, llamada Grace, una niñita, May, i 
la institutriz de esta. Mr. Edwards es un noble caballero 
cuya amistad me supongo durará mientras viyamos él 
i yo. No tenía el menor motivo para obligarnos, como 
lo hizo, a vivir en su casa, donde nos obsequió durante 
mas de medio mes, de la manera mas desprendida, obli- 
gando nuestra gratitud para siempre. Solo habíamos 
llevado para él una carta de introducción del Conde Paul 
de Montravel i sin mas que eso i a pesar de nuestra resis- 
tencia, nos forzó a aceptar su galante invitación. Un dia, 
cuando ya teníamos cierta confianza, tuvimos el siguiente 
diálogo. 

— Mr. Edwards. 

— Doctor. 

— Usted me parece un tanto loco. 

— Por qué ? 

— Usted obra sin motivos racionales. 

— No sé en qué. 

— A qué viene esta jenerosidad con nosotros a quienes 
usted no conoce i cuando ninguna retribución puede 
esperar ? 

— Friendship. . .sympathy. . . me respondió Edwards, 
i sin mas me dio la espalda i se largó a la City. 

Otro dia en la mesa, sabiendo que el vino del Rhin 
rico, es mui caro i ese era el que nos daba, por evitarle 
un gasto exajerado, le dije : 

— Mr. Edwards. 

— Doctor. 

— A mí me gusta comer con vino francés común, vino 
de mesa, regular no mas. 

— Ah ! mui bien doctor, mui bien. 

Así concluyó el segundo diálogo, pero al otro dia en 
la comida, nos hizo servir vino francés .... Chateau 
Laffite lejítimo. 



— n — 

Desde entonces tengo a Mr. Edwards por incorre- 
jible. 

Grace, Mrs. Edwards, es una joven amable, graciosa, 
como lo indica su nombre, bondadosa, prudente i muí 
afectuosa ; es una joya de mujer. Educa a su hijita May 
como los reyes educan a las princesas. 

May toca el piano, pinta, hace toda clase de jimnasia 
compatible con el decoro de su sexo i de su edad, i es 
además una criatura adorable, de una belleza i una gracia 
encantadoras. Tenemos de ella veinte retratos, i nos 
deleitamos en mirarlos cuando May no está presente. 
Como yo soi tan afectuoso con los niños en jeneral, í lo 
he sido hasta el estremo con ella, sinceramente i de todo 
corazón, he obtenido su retrato en miniatura sobre por- 
celana, con un marco de oro ; en cambio le he prometido 
i le mandaré apenas llegue a Buenos Aires, una colec- 
ción de mariposas, porque May es coleccionista, i desea 
tener unas de Sud América, del Paraguai, i el norte de 
la República Arjentina, principalmente, según dice ella, 
pues ha visto algunas con alas azules mui raras i le 
han dicho que son del Paraguai. May tiene ahora de 
seis a siete años, creo; ya sabe mas de historia natu- 
ral i de jeografía que cualquiera de nuestros senado- 
res al Congreso, i es particularmente deliciosa cuando 
trata con la seriedad i el movimiento animado de faccio- 
nes que la caracterizan, adaptado a las circunstancias, 
cuestiones de alta ciencia con su papá o su institutriz. Su 
museo de colecciones contiene un gran surtido de cajones 
adaptados a su objeto, que ajustan perfectamente en sus 
armarios. May sabe de memoria, la ubicación en ellos de 
cada mariposa notable. 

El 14 (de febrero) nos instalamos en París en el 
hotel de Bade; allí estuvimos hasta el 19, dia en que nos 
trasladamos al Hotel Cusset de la calle Richelieu, por 
hallarse en él Urtubei i su señora, i poder yo dejar a 
Guillermina con ellos mientras fuera a Londres, a donde 
debía volver por asuntos particulares. 

Pero antes de ir a Londres, debía ir a Bélgica; salí 
de París el 21, llegué el mismo dia a Bruselas i permanecí 
allí hasta el 23, fecha en que me trasladé a Londres. El 



— 78 — 

24 dejé esta ciudad i llegué el 25 a las 5 i media de la 
mañana a París. Al día siguiente, 26, salimos para Bar- 
celona, a donde llegamos el 27, i habiendo hecho un viaje 
molesto por la dificultad de combinar las salidas de los 
trenes con las horas cómodas. 

* * 

1893. Mayo 20, Buenos Aires,— 'Exí Barcelona perma- 
necimos seis dias rodeados de nuestros amigos, obse- 
quiados como antes i sin tiempo casi para gozar de 
tantas atenciones i tener el placer de retribuirlas. Nos 
embarcamos el 2 de Abril en el vapor < Orione, > buque 
italiano, capitán Victor Emanuele Lavarello. 

A bordo nos encontramos entre otros pasajeros ama- 
bles, con el señor Gustavo Paroletti i su señora, una 
distinguida dama. El señor Paroletti, escritor, poeta i 
periodista, se dirijía a Buenos Aires para ponerse al frente 
de un diario italiano. Hicimos con él i su señora Rosa 
mui buenas amistades, que espero no serán rotas ni en- 
friadas por causa alguna, dada su sinceridad i las exe- 
lentes calidades de la pareja italiana. 

Lavarello el capitán, es el hombre mas bueno, que no 
pisa jamás sobre la tierra, pero sí que cruza los mares; 
conoce el Atlántico al dedillo i parece que las olas al 
pasar le hacen un saludo como a un viejo amigo. No 
afecta ninguna arrogancia ni pretensión, atiende a todo el 
mundo con cariño, i como conversador entretenido i eru- 
dito en crónica social de ambos mundos, no tiene precio. 

Estamos desde el 19 de abril en esta ciudad, la gran, 
capital del Sud, i por lo tanto doi fin a estos apuntes^ 
para volver a tomar el hilo cuando haga otro viaje, aun- 
que sea a pocas leguas, pues de lo que me pasa en el 
lugar de mi residencia, no me gusta dar cuenta, sea 
porque carece de interés o por otras yerbas. 

Nota. Ya he mandado a May una hermosísima colee-, 
cion de mariposas arjentinas i paraguayas, i he colgado 
en sitio visible las miniaturas de la dulce niñita. 



III 



SÜD AMfiBIGA: CHILE I PERO 

Desde Chile. 

Cartas confidenciaUs. 

Valparaíso, febrero 18 de 1895. 

TÚ conoces el Alto Grande en la línea del Pacífico ? 

Pues te felicito ; yo también lo conozco ; es el mejor 
justificativo del dulce nombre que lleva nuestro planeta 
i constituye la única i desagradable novedad en el viaje 
desde Buenos Aires hasta Mendoza. 

Si después de pasarlo ( hablo siempre del Alto 
Grande ) no tuviera uno la satisfacción de encontrar 
algunos correlijionarios políticos en el anden de la esta- 
ción San Luis, el Alto Grande sería insoportable. 

Te comunico que Mendoza (ciudad) no ha sido lle- 
vada en su totalidad por ninguna inundación; la que 
hubo le causó algunos desperfectos, pero mayores le 
causan todos los dias los políticos i nadie se alarma, aun 
cuando todos saben, que entre el desborde de una ace- 
quia i el de una lejislatura o de un gobernador, es pre- 
ferible el primero. 



- 80 — 

La cordillera de los Andes es mui inferior a su fama. 
El cóndor tan cantado por nuestros poetas i otros em- 
busteroSf es un mito ; no hai tal cóndor ; a lo menos yo 
no he visto ninguno, i aun mas, hablando con un arriero 
que viaja por esas comarcas desde el tiempo de San 
Martin, he tenido el disgusto de oirle decir : < Si pues, 
señor ; antes mentaban cabayeros que decian que ha- 
bian oido hablar de un pájaro que solia asomarse de 
cuando en cuando, pero yo no lo he divisao nunca :^. 

El Puente del Inca es notable por esta singular cir- 
cunstancia: no es puente ni lo ha sido jamás. 

Había en tiempo de antaño, probablemente, una que- 
brada continua por cuyo fondo corria un poco de agua, 
con el nombre de rio Mendoza. Por efecto de la tempe- 
ratura, de los hielos, de los vientos o de las lluvias, las 
peñas se desmoronaron como sucede a cada momento, 
i las piedras i tierra cayeron al lecho del rio, pero no 
haciendo un conglomerado sino dejando resquicios por 
los que continuó pasando el agua, la que con su tenaci- 
dad consiguió practicar un agujero, una especie de túnel 
en el fondo del relleno. Si a todo lo que hai encima de 
un agujero se le llama puente, el del Inca lo será ; de 
otro modo no. Pero conservémosle su nombre, con el 
cual en verdad no hace mal a nadie i te diré que uno de 
estos dias nos vamos a quedar el Inca i nosotros sin 
puente; ya parte del terreno que lo forma se ha desmp- 
. roñado reduciendo su ancho ; si no salvan lo restante 
todo se irá al fondo de la quebrada. 

Nos hemos bañado en las aguas termales del Fuente 
del Inca (nota para los que no lo sepan : en la falda de 
la quebrada contigua al puente hai vertientes termales) 
i es fácil calcular el beneficio que podria resultar para 
la salud i para la industria de formar ahí un gran esta- 
blecimiento. Desgraciadamente nada puede hacerse; el 



— 81 ~ 

terreno está en pleito , cosa sumamente perjudicial para 
los transeúntes i en particular para el ganado vacuno; 
pues gracias al pleito, los potreros han sido destinados 
a los bueyes que van a Chile para ser debidamente me> 
rendados, i ya no tienen una mata de pasto con que 
obsequiar a las vacas de su comitiva. 

Está de Dios que no ha de haber un solo nombre bien 
puesto en la cordillera. En Las Vacas no hai una sola 
vaca, i en Las Cuevas, paraje donde se pasa la noche, no 
existe la menor cueva. — ¡ Qué señor, ni ratones hai ! 
I cómo quiere que haya cuevas ? me contestó una moza 
bien mantenida a quien pedí datos acerca del orijen del 
nombre. De Las Cuevas se emprende la subida de la 
cordillera propiamente dicha, a las cuatro de la mañana, 
i es un curioso espectáculo el de los viajeros, ataviados ' 
como lo permiten sus recursos i en la forma más estra- 
falaria, andando de un lado para otro, precedidos de un 
farol, en busca de su montura ; la confusión reinante, los 
reclamos, los sustos, los gritos de las mujeres, la orga- 
nización de la cabalgata i la marcha, en fín, en un orden 
admirable que no sé cómo consiguen establecer los 
arrieros. Luego se vé a lo largo de la pendiente una 
hilera de jinetes de diverso sexo, algunos sin apariencias 
definidas de ninguno, gracias a sus atavíos ; procesión 
compuesta de caballeros i señoras de todas las naciones 
del orbe, caminando en silencio, a tientas, sin mas luz 
que la de las estrellas, mas numerosas allí que en parte 
alguna, pues en realidad, según dicen las mujeres de la 
Arjentina, no hai en toda la bóveda celeste donde prmer 
la punta de un alfíler. La via láctea ha desaparecido, 
todo el cielo es una via láctea pero infinitamente mas 
brillante que nuestra antigua conocida de las comarcas 
donde hai brumas i nubes. De tiempo en tiempo se oye 
la voz de los arrieros entonando un párrafo semicantado 
dirijido a las nubes para recomendarles compostura i 
prudencia, i las moles de granito repiten i devuelven con 
su eco la voz de mando. Primero no se vé sino bultos 

Por mares i por tierras 6 



— 82 - 

mas o menos sombríos que avanzan, se mueven o están 
quietos; las pisadas de las cabalgaduras hacen crujir 
las piedras, con un compás metódico. El viajero se en- 
trega a sus meditaciones, no debiendo preocuparse de 
la dirección de su muía, pues ella sabe mas jeografia que 
su jinete i se guarda bien de obedecerle cuando intenta 
contrariarla. Es imposible encontrar animales mas inte- 
lijentes que estas muías de arriero acostumbradas a tan 
peligroso camino; la mia se paraba cuando queria o se 
metía por donde le daba la gana; una vez quise indu- 
cirla en una senda oblicua ; rechazó la oferta ; le di un 
talonazo, se paró ; le di otro, ella meneó la cabeza con 
tales muestras de enerjía que me desarmó; después de 
un momento emprendió de nuevo la marcha a su capri- 
cho; tenia razón, el elejido por ella era el buen camino. 
Entonces yo, obedeciendo a uno de esos impulsos de 
imparcialidad i de justicia que me son familiares, alcé las 
manos al cielo estrellado i esclamé : ¡ Dios de las alturas, 
permite que algún dia mi patria tenga un Congreso de 
muías i un Poder Ejecutivo compuesto de machos, para 
que la República sea conducida por un buen camino ! 

♦ ♦ 

Cuando comienza a aclarar, la escena cambia, el pai- 
saje árido i tremendo se anima; uno encuentra su indi- 
viduo en sí mismo, i comparándose con el escenario en 
que las moles jigantescas se alzan de todos lados hasta 
tocar el cielo, reconoce su pequenez i su miseria. 

Allá muevan feroz guerra. 

Ciegos reyes, . . pensaba yo mirando al Aconcagua 
a quien nadie impuso leyes ! 

Sin embargo, el Aconcagua se hace cada dia mas 
chico i sus vecinos i sus hijos, los montes formados por 
los fragmentos de granito que ruedan de sus faldas, lo 
imitan en su decadencia, urjidos por las altas i bajas de 
la temperatura que revientan su tejido, forman grietas en 
sus caras i cubriéndolos de surcos como arrugas de una 
piel que se envejece, preparan su destrucción, en un 
futuro de millones de años, para hacer entrar sus en- 



— 83 — 

hiestas cumbres, en la terrible e inevitable horizontal 
niveladora de orbes 1 

La rotación de la tierra, la formación de cavernas 
por el enfriamiento . . . basta ¡ quién se pone a pensar 
en jeolojía en frente del Aconcagfua ! 

A las cinco de la mañana llegamos a la cumbre ; los 
primeros rayos del sol reflejados en los' picos nevados, 
etc., etc. Ah ! me habia olvidado de la aurora, con sus 
tintes purpúreos, que está antes i de una suave brisa 
como la que se encuentra en los versos de cualquiera de 
nuestros poetas laureados. . . en fin, ya tú puedes calcu- 
lar lo que una imajinacion poética y entusiasta como la 
mia, podria escribir sobre semejante emerjencia. 

En la cumbre hacia calor para no interrumpir la serie 
de contradicciones en las cosas i en las palabras. 

La vista de la parte chilena desde las alturas es sor- 
prendente ; a uno le parece estar descubriendo un nuevo, 
mundo. La bajada se hace con toda comodidad, no hai 
tales precipicios ni peligros ; todo eso es apócrifo. 

En mi viaje por la cordillera he reflexionado mucho 
sobre filosofía i moral i a propósito de los nombres ina- 
decuados, he llegado a formular esta máxima que te 
recomiendo: «Lastres cuartas partes de toda afirma- 
ción son mentira >. 

La única cosa grande i verdadera, es la política ; allí 
encuentras tú sinceridad, cordura, lealtad, franqueza, 
elevación de sentimientos, respeto, por las opiniones, 
consecuencia en las amistades i todo cuanto contribuye 
a levantar la intelijencia humana ! 

Por eso en mi próxima carta, apartándome de la pe- 
quenez de los Andes, de Ja miseria de la cordillera i de 
otras bagatelas, te contaré como he defendido yo la po- 
lítica interna de nuestra tierra, contra estos pobres chile- 
nos que se atreven a lanzar apreciaciones irreverentes. 



« * 



— 84 — 

Para saber el valor de las personas se requiere a 
veces cambiar de escenario. Yo estaba acostumbrado a 
considerar a Norberto Quirno Costa como un buen com- 
pañero, buen estudiante, buen contemporáneo, buen ciu- 
dadano i buen abogado, i lo miraba con aquel descuido 
que se tiene por las cosas adquiridas i por las amistades 
seguras, apreciando sus calidades con esa merma que 
uno pone para juzgar a sus semejantes, cuando los tiene 
mui a la mano. Quirno Costa visto en Chile i a través 
de la obra que ha ejecutado, está cien codos arriba de 
la medida que, por el gasto que el trato familiar pro- 
duce, le asignan sus compañeros i sus colegas. Por lo 
demás eso es humano. No hai hombre de valer para su 
próximo — no confundir con prójimo. 

Quirno Costa ha adquirido aquí la consideración, el 
respeto i el cariño que merece i ha sabido granjearse 
la simpatía general con su tino para tratar los asun- 
tos públicos, con su cultura, bondad e intelijencia 
para acomodarse a las exijencias de una sociedad 
nueva, siendo secundado en esto por su tan distinguida 
familia 

Francamente, yo he sentido un gran contento al apre- 
ciar el grado de estimación en que es tenido nuestro 
ministro aquí por la sociedad i por los hombres de go- 
bierno. Como diplomático, Quirno hará lo que haría el 
mejor i mas preparado de nuestros políticos. La clave 
de su conducta está encerrada en esto : Suaviter in 
modo, fortiter in re. 

Yo soi envidioso, naturalmente ; la envidia es la mas 
racional de las altas calidades que un hombre puede 
tener. Si en lugar de prohibirla en el Decálogo la hubie- 
ran puesto entre las virtudes teologales, esa elevada 
pasión no seria tan perjudicada en sus derechos. « No 
codiciar los bienes ajenos » — « no desear la mujer de 
su prójimo ». Eso es prohibir precisamente lo mas 
natural i lo mas racional. ¿Querrá acaso el Decálogo 
que uno codicie los males ajenos o que desee la mujer 
propia que, según nuestra santa madre la Iglesia, debe 
estar siempre a la mano ? 

Bien, pues, yo tengo envidia de la posición de Quirno 



— 85 — 

i en virtud de esa noble pasión, me es grato pregonar 
los triunfos del compañero i del amigo. 



He conversado con muchos de los hombres mas distin- 
guidos de Chile a quienes he encontrado en casa de las 
personas que sin motivo alguno nos colman de atencio- 
nes i de obsequios^ a tal punto, que estoi temblando de 
que sepan como nos tratamos en nuestra tierra unos a 
otros, catalogándonos recíprocamente entre los mas 
grandes bandidos del orbe. 



He tenido el placer de reanudar relaciones con varios 
amigos mui queridos, como don Ambrosio Montt, que no 
me ha dejado hablar ni una palabra, ni siquiera pregun- 
tarle por su salud i felicitarlo por la Recopilación de sus 
dictámenes, obra interesantísima recien publicada; Puel- 
ma Tupper, nuestro casi compatriota por su afecto i por 
su alianza con una arjentina; Pedro Montt, con quien nos 
vamos por mar a Lota ; Gaspar Toro i su homónimo 
D. Domingo, hijo de la madre de los arjentinos, como la 
llaman a D* Emilia Herrera; i espero ver mui pronto a mi 
amigo D. Diego, el erudito historiador chileno. 



He conocido i tratado a la familia del señor Guerrero, 
ministro de este país en esa; ella nos ha colmado de 
atenciones desde nuestra llegada, lo mismo que la viuda 
del ilustre escritor Vicuña Mackena i su hija Blanca, un 
tipo de belleza distinguida, mujer del coronel Vergara 
que tu conoces. Yo tenia una deuda de gratitud para el 
señor Vicuña Mackena que hizo un estenso juicio crítico 
del «Tiempo perdido» i me ha sido mui agradable ma- 
nifestársela a su hija. 

La familia de Sarratea, tan amiga de los arjentinos en 
todas sus ramas, ha sido también mui obsequiosa. £1 



— 86 — 

doctor Schoerders, médico ruso, casado con una de las 
niñas, tiene una quinta sobre el mar i un comedor de 
cristal, aislado sobre una peña cuya base baten las olas; 
allí nos dio una comida ( cuando digo nos, me refiero a 
la familia de Quirno i a nosotros los arjentinos recien 
venidos.) Nadie puede hacerse una idea de la belleza del 
sitio i del encanto de la fiesta. El mar Pacífico, calum- 
niado siempre en sus costumbres, estaba esa noche tran- 
quilo en sus lejanas ag^uas, pero furioso én las costas, 
cosa que le ocurre con frecuencia, i la luna, en su plá- 
cida plenitud, navegando en un cielo eternamente claro 
en estas rejiones, mandaba su luz directa a través de los 
cristales de colores o los reflejos de sus rayos en el 
mar inmenso. En la esplanada habia fuegos artificiales, i 
para que nada faltara, la mejor orquesta de estos pagos 
ejecutaba trozos de un abundante i delicioso repertorio. 



Don Francisco Valdez Vergara, ex-ministro, literato, 
autor, economista de nota i periodista, tiene en un pue- 
blo nuevo, hecho por él i varios accionistas, una réjia 
mansión, con parque espléndido, invernáculos i jardines 
preciosos ; allí, bajo los árboles ños dio un almuerzo de 
cien cubiertos ; en la mesa se sentaban las señoras mas 
consideradas de esta sociedad i todos los caballeros que 
han hecho sonar su nombre en política, en la banca, en 
el comercio i en la industria : capitalistas, propietarios, 
hombres de fortuna, periodistas i literatos, que viven en 
estos alrededores o en Valparaíso o pasan la estación de 
verano en estos parajes. Conocí con esta ocasión al señor 
Marcial Martínez, ex-ministro de Chile en Europa i repu- 
tadísimo jurisconsulto; al señor Domingo Sarratea ex- 
secretario de Balmaceda en Buenos Aires i a su joven 
hermano, al Dr. Huneus, redactor de La Lei^ al señor 
B. Dávila Larrain, del Heraldo i a varios otros caballe- 
ros, todos entusiastas partidarios de la paz, cuyos brindis 
elojiosos en alto grado para nuestra república, eran una 
condenación de toda propaganda bélica. 



— 87 — 

En seguida, invitados a pasar un dia en su fundo por 
D. Agustín Edwards, actual presidente del Senado, tan 
ventajosamente conocido entre nosotros por sus altas 
calidades i su inmensa fortuna, hemos hecho relación con 
él i su encantadora familia. £1 señor Edwards ñgura 
como candidato para la presidencia futura. Lo que mas 
ha llamado nuestra atención en esta residencia de verano, 
o sea el Fundo de San Isidro, es la existencia de plantas 
i frutas tropicales, al lado de las propias de los climas 
fríos ; € aquí no hiela > me dijeron por toda esplicacion. 



Relato estos incidentes personales, lo comprenderás 
sin duda, no para atribuirme una popularidad que no 
tengo ni ambiciono, sino por darte una idea de los ele- 
mentos con que cuento para formar un juicio acertado de 
la sociedad i de la política del país que visito, i terminaré 
las referencias a nuestra permanencia de Viña del Mar, 
contándote que invitados a comer en Valparaíso por el 
intendente de esta ciudad señor Francisco Pinto, varias 
veces ministro i diputado aquí, sobrino de nuestro jene- 
ral Garmendia, nos encontramos con un banquete de 
treinta personas, digno del Savoie Hotel (Londres) con 
el aditamento de la cortesía i delicadeza con que la seño- 
ra de Pinto, una preciosa dama culta i sencilla al propio 
tiempo, hacia los honores de la casa. En frente de ella 
se sentaba la señora Teresa Cassett de Concha, mujer 
cuya belleza llamaría la atención en cualquier parte del 
mundo ; tú la conoces, ella me ha hablaba de tí, de Elvira 
con merecido elojio i del infortunado e inolvidable Lucio 
López ; dice que ustedes dos, Lucio i tú, iban a su casa 
noche a noche, impertinencia envidiable de parte de 
ustedes, pero mui fácil de disculpar. 

Figuraban también entre los visitantes, el señor Barros 
Luco, ministro del Interior, hombre de gran valor i de 
esperiencia en la vida; distraído, medio indolente para 
los sucesos del mundo. Dicen de él que asiste al desarro- 
llo de los acontecimientos como un espectador desde una 
ventana, para verlos pasar, interviniendo mui poco en 



— 88 — 

virtud de la convicción de que todo acontece obedecien- 
do a leye» naturales. Para darte una idea de su carácter, 
me bastará presentarte este hecho sorprendente ; es el 
único ministro republicano que se distrae o se va, cuando 
se discute en las cámaras el presupuesto de su departa- 
mento. Ha sido ministro doce años i lleva miras de serlo 
siempre, para bien de Chile. 

Es mui ocurrente i tiene salidas inapreciables. Su 
colega, mi vecino en la mesa, era el señor Fernandez 
Albano, ministro de Obras Públicas, en las cuales podrá 
invertir este año como quince millones \ sus proyectos 
son vastos i mui meditados. 

I ocupando el sitio que les correspondía, se hallaban: 
el señor Carlos Walker, senador, jefe del partido cleri- 
cal conservador (no nos comimos mutuamente a pesar de 
encontrarlo yo mui agradable en la mesa) es un caba- 
llero mui respetado por la firmeza de sus opiniones i sus 
bellas cualidades; el señor Reyes, miembro del Consejo de 
Estado, candidato mui probable a la presidencia, abo- 
gado de nota i tal vez el hombre mas popular en los 
círculos dirij entes ; el Dr. Domingo Toro, miembro del 
Consejo de Estado ; el señor Lira, ex-intendente de San- 
tiago ; el señor Concha, hombre de gran fortuna i ele- 
vada posición social ; el señor Vergara, diputado, i otros 
caballeros chilenos i estranjeros de ameno trato i nota- 
ble instrucción. 

Cuando se retiraron las damas, siguiendo a la señora 
de Pinto, la concurrencia masculina se dividió en grupos 
i la conversación se hizo animada i mas interesante. Lo 
que se dijo no cabe en esta carta, pero ya irá saliendo 
poco a poco en las siguientes ; bástete saber por ahora 
que el tema fué variado, pero principalmente político, en 
razón del carácter de los interlocutores. 



Mañana nos vamos a Lota con Pedro Montt i su seño- 
ra, por mar ; con solo pensarlo me estremezco ; ya siento 
el malestar de la navegación. ¡ No sé quién me mete en 
estas andanzas ! 

* * 



~ 89 — 

SanÜagOj Marzo 22 de 189S, — Dejemos mi viaje a 
Lota, mis escursiones a los fundos vecinos a Santiago, 
incluyendo el de la clásica señora de Herrera, de quien 
le hablaré en otra carta i mis visitas a establecimientos e 
institutos de la capital chilena. 

Ya es tiempo de hablar de política i quiero consignar 
mis impresiones, mis observaciones i mis diagnósticos, 
por mas que con ellos contraríe a los que en uno i otro 
país desean la guerra, que yo considero como una cala- 
midad i un crimen por falta de razón i de objeto para los 
dos países. 

He aplicado a la investigación sicológica acerca del 
punto de si los chilenos directores de la cosa publica i el 
pueblo eficiente, quieren o no la guerra, todo el poder de 
observación de que dispongo; he tratado de hacer un 
diagnóstico como hago cuando tengo un verdadero inte- 
rés en no equivocarme, i el resultado de este examen ha 
sido el siguiente : los chilenos no quieren la guerra i 
harán lo posible por evitarla dentro de sus preocupado- 
ties de patriotismo, que ellos como todos los pueblos tie- 
nen, de acuerdo con las observaciones sociológicas de 
Herbert Spencer. 

Ahora, las razones : 

Nadie piensa aquí en semejante asunto, absolutamente 
nadie, ni los mismos que hablan diariamente o tratan el 
tema en los periódicos. 

He conversado con. los hombres mas importantes de 
este país, contándose en el número el Presidente de la 
República, tres de sus ministros, tres de los cuatro almi- 
rantes que existen i varios militares con quienes he pasa- 
do treinta horas en la intimidad que imponen los viajes i 
la permanencia en una misma casa, en el campo, i puedo 
asegurarte que para todos, la pretendida idea de guerra 
es absurda, ridicula, imposible, sin causa, motivo, ni pre- 
testo. 

4; La guerra se hace para algo i por alguna causa, 
dicen los chilenos ¿ qué buscaríamos nosotros en ella i 
por qué razón la provocaríamos ? 

< ¿ Territorios ? ¿ Los podríamos conservar, dado caso 
que los conquistáramos ? 



— 90 - 

« { Indemnizaciones en dinero ? ¿ Con cuántos millones 
se pagarían nuestros perjuicios, suponiendo que tuviéra- 
mos la posibilidad de imponer condiciones en nombre de 
la victoria ? 

I Vendría la guerra por la cuestión de límites ? — Pero 
eso es una locura. —La cuestión de límites está rejída por 
los tratados ; si surjiera una diñcultad, ella seria allanada 
por la vía diplomática, pues probablemente todo está 
previsto i si sucediera algo con lo cual no se ha conta- 
do, i a quién se le ocurre que la única solución del miste- 
rioso i no calculado conflicto, seria la pelea a mano 
armada, í por consiguiente, la ruina i la miseria tal vez 
para los dos países ? 

« Nosotros somos reflexivos i sesudos, perdone la 
vanidad, me decía un distinguido hombre público, i difí- 
cilmente nos metemos en aventuras 'arriesgadas; los 
arjentinos, aunque mas inquietos, se hallan en el mismo 
caso, por lo tanto ninguno de los dos países provocará 
la guerra sin graves motivos i ellos faltan totalmente. 

< En cuanto a ustedes, anadia, nuestra creencia res- 
pecto a la posible actitud del pueblo i gobierno de su 
tierra, nos da una completa tranquilidad, por mas que la 
prensa de uno i otro país no deje de mano el tópico. 

€ i Qué buscaría la Arjentina en Chile ? ¿ Ensanchar 
su territorio ? Eso es ridículo. ¿Imponernos contribucio- 
nes para sufragar los gastos de la campaña ? No nece- 
sito contestarme ; pregúntese a cualquier arjentino si ese 
seria el móvil de sus actos ! , 

Y ¿ por qué causa nos declararían la guerra, no pro- 
vocándola nosotros? ¿Porque sí? ¿Por el gusto de pe- 
lear? ¿ por saber quiénes son mas guapos, por amor 
propio, por susceptibilidades heridas, por rivalidades de 
predominio sud-americano ? 

€ Los arjentinos son muí serios para dejarse llevar 
por semejantes fruslerías. Tienen hombres de estado 
que piensan con acierto i sano criterio i que aman dema- 
siado a su país para meterlo en camorras sin razón ni 
fundamento. 

< Para que dos personas peleen se necesita que una 
a lo menos quiera pelear i en nuestro caso ninguna 



— 91 — 

quiere.— ¿Quién hará pues pelear a los chilenos con los 
arjentínos, si ni los arjentinos ni los chilenos quieren 
pelear ? 

«Nosotros no esperamos, ciertamente, ser atacados 
sin motivo, pero si lo fuéramos, bien saben todos que 
nos defenderíamos i que no nos faltarían elementos para 
sostener nuestro derecho, ni coraje para afrontar todas 
las situaciones. 

< Yo no niego la posibilidad de la guerra i comparo 
la situación delicada de las dos repúblicas con la de una 
maquinaria movida por la electricidad; un niño puede 
tocar el botón i echarla andar. Por eso corresponde a 
los hombres juiciosos de los dos paises, precaverse con- 
tra los imprudentes que pudieran ponerse a tocar cam- 
panillas sin calcular el daño que harían. 

<: Pero una posibilidad no es siquiera una probabilidad. 

< Se habla de antagonismos i odiosidades entre los 
dos pueblos. 

< Usted lo está viendo. Como lo tratamos a usted, 
así tratamos a todos sus compatriotas. Hablamos el 
mismo idioma que ustedes, tenemos el mismo orijen, la 
misma sangre, los mismos gustos, hábitos é intereses 
políticos, i por fin profesamos la misma relijion. La 
gran masa de nuestra población solo se propone en el 
dia, trabajar. Encerrados como estamos entre dos 
cordilleras, necesitamos duplicar nuestras fuerzas para 
sacar de la parte cultivable de nuestro territorio, el con- 
veniente producto i nos faltan brazos para nuestras 
cosechas i nuestras labranzas. De esto nos preocupamos 
i no de sacar a nuestros labradores de sus faenas para 
formar ejércitos i lanzarlos en busca de aventuras. 

« Pensando está usted sin duda, en que no se armoniza 
con sentimientos tan pacíficos, la guerra con el Perú ! 
Nosotros, créalo, no nos acusamos de haberla buscado, 
tenemos la prueba, lo sabe todo el mundo i a ciencia 
cierta, muchos de los diplomáticos aquí residentes, como 
lo supo a su tiempo, el Dr. Uriburu, su actual presi- 
dente. 

« ¿ I cree usted que nos ha convenido la guerra i la 
victoria ? Ojalá semejante calamidad nunca hubiera ocu- 



— 92 — 

rrido i quiera Dios que las riquezas transitorias que nos 
da el salitre no nos traigan males sin cuento. 

€ Amamos nuestra patria, nadie lo duda; defendere- 
mos hasta el último estremo nuestros derechos sin que 
ningún sacrificio nos asuste, cuando creamos que se 
trata de nuestro honor o de la integridad nacional ; pero 
de esto a buscar querellas por un patriotismo capri- 
choso, antojadizo o artificial, hai mucha distancia. 

« Hablase con exeso de la cuestión de límites, pero 
usted observará que los verdaderamente competentes 
se quedan callados. 

« I quiénes son los competentes, me dirá usted ; los que 
han estudiado el asunto a derechas, sobre el terreno, 
con datos jeográficos a la mano, sin pasión i con sereno 
juicio. 

< Vea usted doctor ; esta cuestión ha comenzado a 
tratarse diplomáticamente sin tener los elementos nece- 
sarios para llevarla a buen término. 

€ No quiero herir la susceptibilidad de nadie, pero 
leyendo algunos documentos oficiales, se nota cierta 
inseguridad en las ideas i confusión en los términos; 
como cuando se hace una cosa puramente teórica. 

< Las frases, las estipulaciones están en apariencia 
raui correctas i mui meditadas, pero el terreno i la jeo- 
graíía no se han acomodado a esa corrección. 

€ No negará usted que las comisiones técnicas encar- 
gadas de fijar los límites, están haciendo verdaderos 
descubrimientos sobre el terreno i viendo lo que no se 
puede ver sino de cerca i con los instrumentos en la 
mano. 

« { Puede acaso ponerse en duda que si esos estudios 
hubieran sido hechos antes, se habría evitado vacilacio- 
nes i procedido con conocimientos mas positivos ? 

« Hablar de límites en nombre del patriotismo es mui 
digno, mui fácil i a veces mui brillante, pero casar los 
cerros como las flores de un papel pintado, con las esti- 
pulaciones de los tratados, sin que salga mal tratada la 
topografía, es harina de otro costal. 

€ Crea señor doctor, después que las comisiones con- 
cluyan su demarcación, hemos de ver cosas que ni aun 



— 93 — 



se ha sospechado i mientras no concluyan, corremos 
riesgo de fastidiarnos recíprocamente si hablamos dema- 
siado, anticipando soluciones que solamente la ciencia 
puede dar >. 



Hasta aquí mi interlocutor. Ahora añado yo de mi 
cosecha que en dos meses de residencia en Chile, con- 
versando con todo lo que hace i decide la opinión, via- 
jando del sud al norte i del este al oeste; visitando 
fundos, iglesias i colejios e investigándolo todo cuida- 
dosamente, no he visto preocupación de guerra sino de 
paz, aun cuando creo a este pueblo prevenido i prepa- 
rado a todo evento. Los hombres de gobierno hablan 
de administración i obras públicas i los particulares, en 
los trenes, en las calles i en las plazas, conversan sobre 
ganado, riego, apertura de acequias i cuando mas, sobre 
la leí de conversión o la futura presidencia, para la cual 
hai ocho candidatos, equivalente a no haber ninguno. 

Esta es la verdad o yo soi un candido, un visionario, 
un inocente optimista. 

Santiago j Mareo 23. — No le puedo perdonar a la 
Divina Providencia sus equivocaciones en el mar; ¿qué 
le costaba haberlo hecho sin olas o a lo menos haber 
evitado a los navegantes de circunstancias la desgracia 
de marearse ? 

Nuestro viaje de Valparaíso a Lota fué atroz. Algunos 
caballeros de seriedad característica se marearon jurídi- 
camente, con la solemnidad i mesura de altos majistra- 
dos; yo de un modo turbulento i protestante; las 
señoras A. B. C. i G. O. W. así llamadas, según reza la 
marca de sus pañuelos, lo hicieron a su gusto, cada 
una de acuerdo con su carácter. 

I todo a pesar de habernos embarcado en un tras- 
atlántico, el « Potosí » de . . . ? toneladas, capitán . . . ? 
como se dice en lenguaje marítimo ! 



— 94 — 

En la abierta bahía de Lota nos esperaba el señor 
Mathews (D. Enrique), intendente de los establecimien- 
tos. Desembarcamos i por. un camino en pendiente, bajo 
la sombra de los árboles, fuimos a instalarnos en la con- 
fortable casa preparada. 

Como habrás notado, todos estos detalles son de la 
mas alta importancia para la literatura i la política i 
están sobradamente esplicados por el hecho universal 
en todo viaje : el viajero ha de hablar a cada rato de sí 
mismo i no puede ser de otro modo, pues él es el que 
viaja i no el lector. 



El parque de Lota es un paraíso; allí debe haber 
nacido nuestra madre Eva! Yo iba ya a ponerme a bus- 
car a nuestros abuelos cuando vi la fundición de metales 
en la \ecindad, los piques de las usinas de carbón i una 
fábrica de botellas, todas cosas que acusan un modernis- 
mo incompatible con los datos bíblicos. Si allí estuvo el 
árbol del bien i del mal, a la fecha está ya convertido en 
carbón i tal vez el carbón quemado en la fundición o en 
algún buque a vapor de la Pacific Steamer Navigation 
Company ! 

Te declaro que no he visto en mi vida un parque mas 
lindo que el de Lota. La disposición del terreno, la distri- 
bución de las aguas, la forma en que han sido colocados 
los árboles, los paisajes que respectivamente se ofrecen a 
la vista; las fuentes, las grutas, las construcciones adap- 
tables al sitio, las estatuas que se presentan inopinada- 
mente, escondidas éntrelas plantas, o coronando algún 
montículo, como la estatua de Caupolican, debida a un 
escultor chileno ; el soberbio palacio ya casi concluido, 
i el mar a la izquierda, a la derecha, en frente, en todas 
partes, apareciendo i desapareciendo a cada paso, por 
los claros de los árboles o las depresiones del terreno ; 
las subidas i bajadas en las sendas, con luz, con sombra, 
con sol; i luego otra vez el mar, el mar siempre, tran- 
quilo o ajitado, limpio o brumoso. A lo lejos el humo de 
las chimeneas, los grupos de casas del pueblito, la igle- 
sia, los grandes almacenes de las fábricas, i por fin el 



— 95 — 

ruido de la locomotora arrastrando vagones sobre el 
muelle para embarcar precipitadamente el carbón, i los 
ecos de los golpes, producto de la faena diaria, que 
llegan a los oídos mientras uno recorre soñando las 
sendas floridas o se sienta en un banco junto a la cas- 
cada musical que mezcla sus voces uniformes a los rui- 
dos lejanos. 

Pero lo mas digno de mención para mí en este parque, 
mas aun que su indiscutible belleza, es la admirable pre- 
visión que parece haber predominado en la mente de 
los que idearon el plano i marcaron el sitio de cada una 
de las partes i su adorno : uno puede caminar un dia 
por sus innumerables sendas i avenidas, sin cansarse ni 
aburrirse, gracias a la disposición de cada paraje. 

Cuando uno está para fatigarse subiendo una pen- 
diente, se presenta un plano; cuando el plano comienza 
a ser monótono, hai ya una bajada; cuando en una ave- 
nida ancha principia a ser incómodo el sol, derepente 
se cubre la via i uno se encuentra bajo la sombra de los 
árboles; si allí hace frió, no bien uno se apercibe del 
cambio, ya tiene a la vista un claro en pleno dia; i cuando 
le parece haber caminado ya bastante, un paso mas lo 
conduce a un banco, donde puede reposar a su agrado. 
A mas, en todas partes hai galerías sinuosas, ascenden- 
tes, descendentes o niveladas, con escalones o sin ellos ; 
formadas por troncos de árboles en forma de bóveda, 
cubiertas de hojas verdes i tachonadas de copihues, unas 
flores cónicas de un rojo insolente, que obliga a mirar- 
las; en el curso de las galenas, de trecho en trecho, 
recintos mas amplios como glorietas, con bancos rús- 
ticos i después otras galerías i una salida a un balcón de 
verdura, sobre el mar o a un jardin no visto antes, o 
a la ruta ya conocida, o a una esplanada, a un prado, 
o a una gruta, donde uno se pregunta cómo ha ido. 

Mas allá el cercado de las llamas, gacelas i guanacos, 
o un lago con cisnes, o la cascada con su arrollo bulli- 
cioso ; la casa del guarda-bosque, bonita, pintoresca; i 
nuevas glorietas, invernáculos, fuentes i almacigos de 
flores ; bosques de heléchos entre piedras aglomeradas 
con arte o bordeando los caminos ; i estatuas escapadas 



— 96 — 

a una inspección anterior : el hombre sacándose la espi- 
na, de Herculano, la Ondina, un viejo barbudo que será 
Neptuno o Moisés, las Gracias, o una mujer desnuda» de 
hierro fundido, que se prepara a precipitarse en el tor- 
rente corrida por las miradas indiscretas. Luego el Labe- 
rinto que hace recordar a Corfú i caer en cuenta de que 
la punta de Lota se parece a esa isla famosa, labe- 
rinto de cipreces bajos, con su pabellón en frente rodea- 
do de estatuas femeninas que miran con ternura, a pesar 
de sus pupilas oxidadas. I por fin, la espléndida morada, 
el Castillo hecho a todo costo i en el cual se encuentraa 
reunidas todas las conquistas del arte moderno aferentes 
a la comodidad unida al lujo, sin olvidar lo mui sustan- 
cial de la cocina que allí presenta, para no dar sino un 
detalle, un departamento esclusivo de hornos en cuyos 
antros de hierro se puede asar al mismo tiempo dos 
elefantes i cincuenta mil becacinas. 

4> * 

Esta es la parte poética ; ahora viene la parte indus- 
trial, causante de tales maravillas : las minas de carbón 
con su maquinaria, sus vías férreas, sus locomotoras i 
vagones, su gran muelle al cual atracan los buques de 
alto bordo ; las maestranzas, carpintería, herrería, fun- 
dición de piezas i taller para compostura de máquinas; 
las inmensas bodegas de útiles i enseres, la fábrica de 
baldosas, ladrillos i caños de barro cocido de que hace 
gran consumo Chile para el riego i los desagües ; la alfa- 
rería ; la manufactura de frascos i botellas donde uno vé 
la arena convertida en líquido transparente dentro los 
hornos i cien diablos con fígura humana sopado sus tu- 
bos en la ardiente masa i soplando después con las 
mejillas hinchadas como Eolo, para entregar enseguida 
el producto de su estraña maniobra a una lejion de mu- 
chachos que acomoda i desacomoda con un ruido infer- 
nal, los variados objetos, yendo i viniendo delante de las 
bocas infernales. 



— 97 - 

En otra ubicación a distancia conveniente, los hornos 
de fundición de cobre ocupan centenares de obreros ; las 
chimeneas trepadas en las coHnas próximas, tiran con 
tal furia que llevarían un hombre a pararlo en las nubes. 
Vimos varias sangrías, es decir aperturas de hornos, 
para sacar i vaciar en moldes el metal fundido que corre 
por las relieras como las aguas de un rio de fuego. Alh 
están las oficinas de ensayo, los almacenes i cuanto con- 
cierne al complemento de las operaciones metalürjicas i 
al despacho de los productos para el estranjero. 



Pero lo que mas viva i mas nueva sensación nos pro- 
dujo, fué nuestro descenso a una mina i la visita a sus 
compartimentos. Figúrate un pozo de 4 a 5 metros de 
diámetro i de doscientos ochenta de profundidad, a cuyo 
fondo lo bajan a uno en una especie de jaula de hierro, 
por medio de cables de alambre. La sensación cuando el 
descenso es rápido, no es agradable ; a uno le parece 
que se le sube el estómago i mil inquietudes le asaltan 
al verse suspendido en el vacio, en las tinieblas, oyendo 
el ruido de gotas que caen i ecos cortados que vienen de 
las entrañas de la tierra. 

Mas apenas se llega al término, una escena fantástica 
se presenta: hai un ruido infernal de cadenas, de tablas, 
de planchas de hierro ; gritos apurando caballos, silbi- 
dos, órdenes, voces de alarma, resoplidos, trotes, fragor 
de cosas arrastradas sobre rieles, todo esto viniendo de 
un fondo negro, agujereado a veces por luces pequeñas 
amarillas que corren, se mueven, se ladean, se bajan, se 
sumerjen i reaparecen, luces de cuyos caprichos no se dá 
uno cuenta hasta que sorprende el cuerpo del delito a 
mano : un muchacho, un hombre o un caballo con un 
candelero en la cabeza llevando una mecha encendida. 

Nos sentamos en un vagón i recorrimos un túnel hori- 
zontal de varios cientos de metros, encontrando a cada 
paso otros vagones cargados de carbón i cientos de 
caballos arrastrando su carga, habituados a la vida sub- 
terránea, gordos, contentos al parecer. Llegamos a una 

Por mares i por tierras 6 



— 98 — 

especie de celda practicada en la roca a un lado de la 
via ; era la administración interna de la mina. Descansa- 
mos un momento i seg^uimos hasta las profundidades; ya 
estábamos debajo del mar, porque las vetas de carbón 
toman hacia él ; visitamos varios socavones, en alg^unos 
de los cuales tuvimos que andar encorvados, i fuimos por 
fin a ver la estraccion en su fuente misma. Llegados al 
sitio, nos sentamos en una pendiente a contemplar el 
rudo trabajo. Un mozo con una fuerza atlética atacaba 
la veta ; dio cien golpes de pico sin descansar, los conté» 
socavando una mole, i luego que hubo practicado una 
hendidura en la base, con dos o tres golpes, hizo vacilar 
primero, caer después un enorme trozo, con un ruido 
terrible de ánfora rota, un trozo prismático de facetas 
frescas, que a la luz de los mecheros brillaba como un 
azabache colosal. 

Emprendimos nuestro regreso i ya mas habituado a 
la semi oscuridad, pude observar los detalles : Íbamos en 
un vagón empujado por hombres i nos precedian otros 
con linternas o mecheros en la cabeza; de tiempo en 
tiempo encontrábamos una puerta provista de una gruesa 
cortina que alzada, dejaba pasar un chiflón de viento 
( esta disposición es necesaria para distribuir las corrien- 
tes de ventilación en las diversas ramas de la red de 
socavones a la cual penetra el aire por absorción, pues 
en ellas las máquinas hacen un vacío cuya atmósfera se 
llena por la boca de la mina o sea el pique). En algunas 
partes habia mucha agua en el piso ; la bóveda en ciertos 
sitios era libre i habia sido practicada en pleno carbón; 
en otras estaba sostenida por tablas de pino o calzadas 
de piedra. Me llamó mucho la atención la cantidad de ma- 
dera empleada allí; el gasto que ocasiona esa necesi- 
dad indirecta debe ser mui grande i así se esplica la exis- 
tencia de una carpintena esclusivamente al servicio de 
las minas. 

La existencia en los túneles durante las horas de tra- 
bajo, es mas bien entretenida ; cada obrero está urjido 
por su tarea i no puede distraerse ; hai ruido i movimien- 
to, casi alegría diré, en medio de la confusión de vehícu- 
los, peones, caballos, luces, gritos i voces que resuenan» 



— 99 — 

trasmitiendo órdenes para detener o avanzar algún con- 
voi i evitar colisiones. 

La hospitalidad que se acuerda en Lota a los hués- 
pedes admitidos, no tiene límites ; la gran fortuna i la 
proverbial jenerosidad de la señora de Cousiño i de sus 
hijos, lo esplica todo ; uno se encuentra allí mejor que en 
su casa. 

Alguno de los dueños que llega a su propiedad por 
accidente, se borra a tal punto de la escena, que cuando 
asoma parece un estraño, un intruso, ante los huéspedes 
instalados. 

Estando allí nosotros, llegó el joven Carlos Cousiño, 
que tú conoces ; ¿ crees que le hicimos caso ? — lo senta- 
mos en un estremo de la mesa a la hora del almuerzo i 
al otro dia, cuando se fué, despidiéndose con mil escusas 
de habernos molestado, por un esceso de deferencia lo 
acompañamos al muelle, diciéndole : que vuelva usted 
pronto, la casa está a su disposición. 



Las diversiones no faltaron en Lota, inventadas i capi- 
taneadas por el escelente administrador don Enrique 
Mathiews; habia entretenimientos para todos los gustos; 
paseos, escursiones al pueblito, o los pueblitos, mejor 
dicho, pues la señora de Cousiño es dueña de todas las 
casas i del terreno habitado por cuatro mil familias en 
aquellas vecindades. No faltó tampoco la ocasión de cum- 
plir con los deberes relijiosos, oyendo misa en una igle- 
sia a elección, porque hai dos, la de Lota Alta i la de 
Lota Baja. Por añadidura yo tuve el gusto de visitar un 
hospital, bastante bien tenido i de tomar pulsos, de lo cual 
ya tenia un poco de nostalgia ! 

Para que nada faltara, una noche tuvimos teatro fami- 
liar. Los altos empleados de las diversas ramas de esa 
complicada administración, ingleses en su mayor parte^ 
se disfrazaron de negros, minstrels^ como los norte-ame- 



— 100 — 

ricanos, i nos dieron una función digna del mas alegre de 
los teatros; variada, curiosa, orijínal i ejecutada en todas 
sus partes con esquisita gracia. Cada uno de los míns- 
trels tocaba algún instrumento o cantaba i bailaba, todo 
en la debida oportunidad, intercalando a veces los ejecu- 
tantes, diálogos inopinados, chispeantes de espíritu, joco- 
sos i llenos de humour. 

La fiesta concluyó con una zamacueca bailada por el 
director de la fábrica de vidrio i el jefe del embarque de 
carbón ( un caballero mui serio ordinariamente ) vestido 
de mujer. Era de perecer de risa viendo el aplomo de la 
donosa negra improvisada, imitando a una mujer del 
pueblo que baila como quien desempeña una alta misión. 



No economizaron nada en fin para agradarnos en Lota, 
a donde fuimos por tres dias i nos quedamos doce. 

La víspera de nuestra partida llegó el presidente don 
Jorje Montt, con tres de sus ministros, tres contralmiran- 
tes i varios otros caballeros militares i civiles. 

Las señoras de nuestra banda adornaron la casa con 
flores, dejándola toda entera como una glorieta, en obse- 
quio al ilustre huésped, que pasó allí un dia con nosotros, 
en ameno, franco i cordial trato, siendo como es el presi- 
dente de Chile, un caballero que une en su carácter la 
sencillez a la bondad i a la cultura. Nos invitó a venir 
con él en su propio tren hasta Concepción, galantería 
que aceptamos con placer, como- se supone; allí toma- 
ron él i sus exelentes compañeros, el camino de Tal- 
cahuano para embarcarse en ese puerto, continuando 
nosotros al dia siguiente al Norte, por el ferro- carril cen- 
tral o sea por el espinazo férreo de Chile. 

Concluiré esta carta, con los datos que a continuación 
se espresa ( lenguaje de rematador). La ciudad de Con- 
cepción es mui bonita, nueva, recien hecha; está situada 
a orillas del Bio-Bio, un rio desgreñado i dilapidador de 
sus aguas, por lo cual ha merecido un puente de mil i 
tantos metros. 



— lOI — 

He conocido Talcahuano a donde fui a ver el dique 
para los buques de guerra; lo vi, es magnífico, ha cos- 
tado mas de quinientas mil libras esterlinas ; ha sido 
construido con gran dificultad por medio de esos apara- 
tos de aire conaprimido que permiten trabajar debajo del 
agua. £1 constructor, un injeniero francés, Mr. Dussand, 
nos esplicó todos los detalles i no contento de esto, nos 
obsequió con un almuerzo. 

En la bahia de Talcahuano estaban en ese momento 
dos buques de la escuadra, el « Blanco Encalada » i 
el « Prat>. Me invitan a verlos (soi hombre de suer- 
te en algunas cosas); me traslado a bordo primero del 
«Prat» i después del « Blanco Encalada >, siendo reci- 
bido con esquisita atención por los respectivos coman- 
dantes don Vicente Marino Jarpa i don Joaquin Muñoz 
Hurtado. 

Cada uno de estos caballeros, en el buque de su man- 
do, me mostró los diversos compartimentos esplicándome 
con toda paciencia mil detalles. 

Bajo su competente comando i teniendo la flota chilena 
una exelente oficialidad i no menos buena tripulación, 
los buques mencionados me parecieron un modelo de 
orden, aseo i cuidado. Son dos formidables máquinas de 
guerra, como todos saben, construidas de acuerdo con 
los adelantos modernos. 

Ojalá se envejezcan sin hacer una sola vez fuego sobre 
nadie, con sus terribles cañones, para la gloria de Chile i 
la paz de Sud- América. 



4> 



Santiago, Marso 23 . —T>oxí2í Emilia Herrera de Toro 
tan conocida i querida por los arjentinos i no menos por 
los chilenos, sienta sus reales, como sabes, durante el 
verano, en Águila, su precioso fundo a hora i cuarto no- 
minal por tren, de Santiago. 

Si yo hubiera de hacer una calificación de las personas 
importantes de Chile, colocaría a la señora Emilia Herre- 
ra entre los hombres de Estado. 



— 102 — 

Sus tendencias políticas se desarrollaron desde mui 
temprano. Ella misma me ha contado los oríjenes, con ese 
modo entre burlón i bondadoso que tiene para espre- 
sarse. 

Recuerda haber oido hablar mucho sobre política, en 
su infancia, en el círculo de su familia, sin entender, natu- 
ralmente una palabra. 

No habia cumplido quince años cuando se casó ( debió 
ser mui donosa ) i su marido también metido en política, 
pertenecía a un partido contrario al preferido instintiva- 
mente por la joven recien casada. Ella no contrarió 
jamás abiertamente a su esposo, pero con aquella mali- 
cia i habilidad que tienen todas las mujeres para domi- 
nar a sus maridos e inducirlos en los caminos que a ellas 
se les antoja, le impedia cumplir con los deberes de ar- 
diente prosélito. «Tenian sus reuniones a las ocho de la 
noche, dice doña Emilia, en una casa vecina ; yo nunca 
le pedia que no fuera, pero con mil arterías, hacia impo- 
sible su asistencia ; demoraba la hora de comer, invitaba 
algún amigo entretenido o le anunciaba una visita inte- 
resante i con estos u otros artificios, conseguía retenerlo 
hasta la hora en que sus partidarios se retiraban del 
comité, cansados de esperarlo. > 

— Y por qué tenia usted un partido contrario al de su 
marido ? le pregunté. 

— No sé, pues, yo no entendia entonces nada de polí- 
tica. 

— Lo mismo les sucede ahora a muchos grandes esta- 
distas indíjenas i criollos, le contesté. 

Doña Emilia conoce a los hombres mas conspicuos de 
la América latina, que han estado en Santiago i aun a los 
que no han venido jamás a Chile. Ha tenido a muchos 
arjentinos en su casa: Sarmiento le ha dejado una infini- 
dad de retratos tomados en Águila, donde ha pasado 
largas temporadas. Mitre, López, Irigoyen, Saenz Peña i 
muchos otros personajes arjentinos, han mantenido o 
mantienen correspondencia con ella. 

« Mi método para escribir lo que pienso, dice la seño- 
ra, es representarme a la persona a quien escribo, en 
frente, i creer que estoi hablando con ella ; entonces digo 



— 103 — 

lo que se me ocurre sin correcciones ni rectificaciones i 
con la espontaneidad del que habla. > v 

La señora Emilia tiene un poco de vanidad de estos 
hechos; los refiere con gusto i los hace amables a su inter- 
locutor^ presentándolos con toda naturalidad. 

Conocidas son las relaciones de esta señora con los 
hombres públicos de su país. Los presidentes, ministros, 
diputados, senadores i funcionarios en jeneral, eran sus 
amigos desde lejanos tiempos i muchos de ellos miraban 
su casa como propia. Allí por consiguiente, se mantenía 
vivo el fuego sagrado de la propaganda de actualidad i 
se preparaba virtualmente la materia prima de futuros 
debates. 

Sus amigos gozaron siempre de influencia en la admi- 
nistración i cuento entre ellos a sus propios hijos, que a 
su tiempo ocuparon i ahora ocupan posiciones distingui- 
das. Domingo Toro, el mayor, es consejero de estado i 
director de la Casa de Acuñación de Moneda ; otro de 
ellps, Santiago, puede dividir en lejiones sus amigos i 
convertir la casa dé la digna matrona en un club, donde 
se reúnan por centenares los afiliados. 

Como elementos personales para irradiar sus propósi- 
tos, tiene la señora Emilia, su jenerosidad, su bondad i su 
hospitalidad. A su casa van los huéspedes por bandadas, 
sin aviso previo i todo arjentino que llega al país, come- 
tería una falta si no fuera a pasar por lo menos una 
semana al fundo de Águila, durante el verano, o no se 
constituyera en visita diaria en la ciudad, durante el in- 
vierno. 

Como elementos intrínsecos mencionaré su círculo de 
asiduos comensales, sobre los que, por los mas complica- 
dos i diversos motivos, ella ejerce una lejítima influencia. 

Alguien estrañará esta singular situación de una dama, 
pero toda estrañeza desaparece cuando se tiene en 
cuenta que el tiempo ha consagrado estas peculiaridades, 
aceptadas ya como una situación tradicional i crónica 
por los habituados a pensar en armonía con la antigua 
e intelijente amiga. 

La organización de la vida de D& Emilia, su casa, sus 
hábitos, su círculo, sus hijos, sus nueras, sus relaciones i 



— 104 — 

su conocimiento de las cosas i de los hombres, contribu- 
yen a darle la posición característica que mantiene en 
esta sociedad, posición producida por un conjunto estra- 
ño de hechos i de circunstancias de antiguo oríjen o de 
moderna data. 

Yo no conozco otra Emilia Herrera en parte alguna. 

Sus hijos, educados en el estranjero, son cultos, de un 
comercio facilísimo, amables, altruistas, serviciales, caba- 
lleros en toda la estension de la palabra. Adoran i obe- 
decen a su mamá sin observación ni sacrificio : es el 
dominio consentido, aceptado, sancionado por el tiempo, 
natural ya i por lo tanto, imperceptible. 

La señora Emilia con todo, es un poco autoritaria. Yo 
no he podido descubrir sin embargo el resorte por el cual 
esa tendencia se hace esterior: no la he visto mandar, 
pero la he visto ser obedecida. 

Iba yo a caer a pesar de mi absoluta falta de venera- 
ción por la autoridad, en la atmósfera en cuyo circuito el 
poder de atracción de la señora Emilia ejerce su impe- 
rio, cuando me vine de Águila, donde he pasado cinco 
dias deliciosos. 

Merced a ese esfuerzo de emancipación, puedo ahora 
escribir estas pajinas con toda independencia i con toda 
sinceridad. 

Lo único que ha sembrado imborrablemente en mí, la 
señora doña Emilia Herrera de Toro, es un gran afecto 
para ella i para su familia. 

* * 

Santiago, Marzo 26, — Tú conoces Santiago i has po- 
dido apreciar el carácter jeneroso i hospitalario de su 
población. A nosotros nos han tratado con una defe- 
rencia i un cariño que nunca olvidaremos i lo mismo 
han hecho con todos los arjentinos que han venido, por 
poco que estos hayan estado en condiciones de tiempo i 
de lugar para tratar la sociedad chilena, abierta quizá 
con demasiada facilidad, para todos los estranjeros, sin 
averiguar ni oríjenes ni antecedentes i por pura jenero- 
sidad i confianza. 



— 105 — 

En cuanto al Santiago material, nada puedo decir que 
tome de nuevo a mis lectores. Es una ciudad mui estensa, 
con casas mui grandes, jeneralmente de un piso, calles 
coloniales, no mui mal pavimentadas, con muchísimos 
trenvias i un estraordinario movimiento en el centro, que 
contrasta con la soledad de cualquier sitio a dos cuadras 
de la Plaza de Armas en todas direcciones. 

Su organización urbana deja mucho que desear. Sus 
oficinas, reparticiones e instituciones públicas son nume- 
rosas i tienden a aumentarse i a ser mejor atendidas. 

Santiago progresa visiblemente. Las casas antiguas 
son reemplazadas por otras mas modernas i mejor edi- 
ficadas. Así, los techos de teja que tanto afean, están con- 
denados a desaparecer. Se construye en la actualidad 
un manicomio i un hospital de mujeres, según los mas 
aceptados adelantos. Se ha rectificado las márjenes del 
río Mapocho i se ha echado sobre él nuevos puentes. 

Me ha parecido conveniente conocer en todos sus deta- 
lles esta ciudad i he empleado un mes en hacerlo. 

Pongo en seguida una nómina de todo lo que he visto, 
con un lijero comentario, para partir la diferencia entre 
una descripción i la necesidad de dar a los lectores arjen- 
tinos que no viajan, una idea de lo que es la capital chi- 
lena, interesante sin duda para nosotros. 



Biblioteca pública, — Rica sobre todo en libros sud- 
americanos ; tiene una repartición encargada de la circu- 
lación de volúmenes en los domicilios. 



Casa del Congreso, — Bastante buena, actualmente en 
reforma; posee una biblioteca exelente i que crece anual- 
mente, completando sus secciones con libros selectos. 



Iglesias. — La Recoleta Dominica hace recordara San 
Pablo de Roma, por su estilo ( salvo las diferencias natu- 
rales, por cierto ). La catedral está desmantelada por 



— 106 — 

dentro i por fuera, los cambios de temperatura han hecho 
desmoronar muchas piedras. El Salvador, en construc- 
ción es un precioso pequeño templo; una vez concluido 
será el mas atractivo, el mejor decorado i el mas hermo- 
so, con relación a los actuales ; es de estilo gótico. 



Manicomio. — Está instalado en un edificio viejo e im- 
propio ( ya he dicho que se construye otro mui bueno ); 
el actual aloja novecientos i tantos locos ; recorriendo el 
libro de entradas he encontrado que la embriaguez es la 
causa casi esclusiva de la locura. Advertiré que los efec- 
tos del alcoholismo son aquí mas desastrosos que en 
otras partes, porque no hai inspección de las bebidas; 
cualquier alcohol, aun el que contiene productos estra- 
ños tóxicos, encuentra fácil salida, sin intervención de 
ninguna autoridad ni examen de oficina química. ( Esto 
me han dicho ; no sé si es verdad ). 



Cementerio. — He visto uno, el principal, serio, triste, 
bien arreglado ; no parece como otros, una colec- 
ción de monumentos, ni una esposicion de obras de 
arte; este aflije i enluta el alma. En sus confínes, a 
través de los sauces llorones, de los ciprés i de las 
tumbas, se vé los cerros a lo lejos, plomizos, grises, 
agudos, áridos, solos, como nuevas tumbas de jigan- 
te, como las pirámides de Ejipto, sepulcros de reyes 
i emperadores. Las nubes flotantes van huyendo detrás 
de ellos hacia el infinito como las almas de los mortales ; 
unas, blancas i puras como almas de vírjenes, otras, 
oscuras i tenebrosas como las de personajes políticos o 
mandatarios o diplomáticos. Paseando melancólicamente 
i meditando sobre el problema insondable de la muerte, 
llegué a una especie de plantío de cruces, un almacigo 
como el de un jardín en formación, que abarcaba un gran 
espacio; todas las tumbas i todas las cruces son iguales, 
pequeñas, microscópicas i en número alarmante. Me 
acerco i leo en un rótulo semejante a mil otros, un nom- 



— 107 — 

bre i enseguida una edad: tres meses, doce dias, un año, 
once meses i así por todas partes. Estaba en el enterra- 
torio de criaturas pobres. Jamás he sentido una opre- 
sion mayor en el corazón ! Empiezo mis preguntas a las 
personas que me acompañaban i sus respuestas me en- 
tristecen mas. <En Santiago, me dicen, de cien recien 
nacidos mueren setenta al año >. Espantoso dato esta- 
dístico que acusa un grave defecto en la alimentación, en 
la hijiene jeneral i en el cuidado particular. Felizmente 
los hombres dirijentes comienzan a preocuparse del 
asunto i a buscar el medio de evitar tan formidable mor- 
talidad. 



Parques, — El de la ciudad, llamado jeneralmente' el 
Parque i por algunos el de Cousiño, por haber regalado 
esta familia una gran área para formarlo, es el paseo de 
carruaje consagrado por la moda; es bonito i estenso. 
Otros parques particulares he visitado también, invitado 
galantemente por sus dueños, como el de Macoul, en el 
fundo de este nombre, perteneciente a la familia Con- 
signo ; en él don Carlos, uno de los jóvenes mas cultos 
de esta ciudad, educado en Europa i que ha viajado mu- 
cho, nos dio un almuerzo, nos mostró las inmensas 
bodegas i los animales finos importados o nacidos en sus 
dominios; fuimos desde Santiago en un mail-coach, 
tirado por cuatro caballos i en gran equipaje, metiendo 
un ruido infernal por esas calles de Dios. 

El de Soubercaseaux en las afueras de esta ciudad, 
uno de los mejor cuidados, con muchos árboles de mé- 
rito, flores, lagos i vistas preciosas. El de la señora 
Emiliana Soubercaseaux de Concha, en Pisque, a seis 
leguas de Santiago, con una casa espléndida, cultivos de 
forraje, crianza de animales i una gran bodega. El viaje 
es de lo mas pintoresco; al nuestro no le faltó ni el 
atractivo de un accidente ; los briosos caballos de nuestro 
Four in hand casi nos precipitaron por una barranca 
al rio. Si tal hubiera sucedido, las cultas i distinguidas 
sociedades de Chile i de la Arjentina, habrian esperi- 
mentado la dotorosa pérdida de don Pedro Mont i se- 



— 108 — 

ñora, del señor ministro plenipotenciario doctor Norberto 
Quirno Costa, su exelente esposa, sus preciosas hijitas 
i el interesante joven Manuel ; el señor Rafael Vergara i 
Montt, nuestro amabilísimo i obsequioso amigo i por ñn la 
señora G. O. de W, el doctor Wilde, el cochero i además 
-cuatro caballos de mérito. 



El Cerro de Santa Lucia que solamente los estran- 
jeros visitan a pesar de su orijinalidad i su belleza. 



Casas palacios. — La de Cousiño con sus grandes i 
lujosos salones, sus objetos de arte, sus cortinas i mue- 
bles, lo mas lujoso en Sud América, dicen, su réjia esca- 
lera interna i sus caballerizas montadas a la europea i 
con un lujo estraordinario. La de don Ramón Cruz : pre- 
ciosa i comodísima, con grandes jardines i una entrada de 
parque que le da un bellísimo aspecto. 



Quinta NortnaL — Conocida en toda América ; lo que 
mas me gusta de ella es su plantel de árboles viejos, las 
encinas colosales i otras plantas de igual mérito. 

Allí están instalados: El Museo Nacional bastante 
bueno, dados los tiempos que corren : contiene secciones 
de zoología, botánica i mineralogía i algo de etnología. 
El Instituto Agrícola, donde se dá una enseñanza com- 
pleta de las materias propias de la institución, en buenas 
aulas i con útiles perfeccionados para la práctica ; como 
complemento tiene la Escuela práctica de agricultura 
en la que estudian i viven gratuitamente, bien vestidos i 
bien alimentados, cien alumnos ; su situación en verdad 
es envidiable; los hacen felices para instruirlos, ellos 
aprenden divertiéndose. Hai en esta repartición seccio- 
nes de lechería, quesería, bodega, arboricultura, flori- 
cultura, colmenas i varios cultivos. Juzgo que esta es- 
cuela está destinada a producir grandes beneficios a 
Chile, directos, formando agricultores i peones instruidos; 



— 109 - 

indirectos separando a muchos de las profesiones pará- 
sitas. Hablando con el señor presidente le hice grandes 
elojios de estos establecimientos con toda conciencia, 
pues su dirección a cargo del señor Rene F. Le Feuvre, 
del señor Julio Resnard director de la parte zootécnica i 
de otros profesores mui competentes, nada deja que 
desear ni en lo teórico ni en lo práctico. El acuario 
bien construido pero poco poblado ; no se ha podido 
aclimatar en él á pesar de varias tentativas, el salmón. 
El instituto de vacuna animalj que provee del precioso 
virus a todo Chile, está mui bien tenido; nunca falta 
vacuna i la que hai es exelente, obtenida con escrupu- 
losos cuidados. Se cultiva también el virus contra el 
carbunclo que da notables resultados, i ahora tratan 
de hallar el remedio contra los tubérculos en los ani- 
males i el virus para destruir las ratas, produciendo 
en ellas enfermedades mortales que por contajio las 
esterminen. Todo esto es digno del mayor encomio. 
El Museo de pintura i escultura, mui pobre ; hai entre 
otras obras un grupo representando el descendimien- 
to, premiado en París ; su autor es el señor Virjinio 
Arias, chileno. Yo encuentro en los detalles anatómicos 
varios defectos; señalaré uno solo: el Cristo a cjuien se 
ha clavado las manos con clavos gruesos, no presenta 
una herida, sino una simple entalladura, no hai ni la hin- 
chazón ni las desgarraduras consiguientes; al ver esas 
manos uno piensa que Jesucristo acaba de sacarse los 
guantes. Otro tanto puede decirse de los pies; verdad es 
que debe haber licencias esculturales como hai licencias 
poéticas ! En un taller de escultura, en una ciudad que no 
quiero nombrar, vi una dolorosa cuyo corazón tenia el 
ventrículo izquierdo a la derecha ; item mas, el mencio- 
nado corazón no tenia aurículas. I aquí concluyo con la 
Quinta normal i su contenido. 



La Universidad j el Instituto Nacional i su Biblioteca 
son establecimientos que se corresponden i completan. 
En la Universidad se enseña leyes, matemáticas i huma- 



— no — 

nidades. Las aulas, los gabinetes i laboratorios respon- 
den a sus fines, aun cuando las colecciones de aparatos 
e instrumentos no son completas. El Instituto es un cole- 
jio nacional en grande escala, concurrido por mil dos- 
cientos alumnos, de los cuales algunos son internos. Sus 
programas son estensos i su gabinete de física bastante 
completo. La biblioteca del instituto podría desempeñar 
sin dificultad el papel de biblioteca pública, por la va- 
riedad i número de sus obras. 



El instituto pedagójico, instalado en un edificio espe- 
cial, prepara profesores para liceos, es decir, bachilleres 
en ciencias i artes. Entre sus alumnos figuran mujeres 
que reciben la misma instrucción que los varones. Tiene 
anexa una escuela de aplicación para la práctica. 



El conservatorio de música ocupa una gran casa 
donde están las aulas. Hai también en ella un pequeño 
teatro mui bonito, casi lujoso. En el Conservatorio estu- 
dian cuatrocientas niñas i trescientos varones. 



La Sociedad de Fomento Fabril i el Instituto de mi- 
neralogídj merecen mención especial, i como su nombre 
lo indica tienen grandes atinjencias con las diversas 
industrias del país. Cada una de estas reparticiones posee 
un mostruario de productos. 



La Escuela de Medicina, con casa propia, ofrece 
grandes comodidades para la enseñanza. Está dotada 
convenientemente de museos i laboratorios para todas 
las clases ; tiene varias salas de disección ; sus aulas son 
grandes, ventiladas i con buena luz. El programa de los 
estudios i el cuerpo de profesores, responden a las exi- 



— III — 

jencias de la sociedad para con los médicos en los 
modernos tiempos. Posee un completísimo museo de 
reptiles. 



Hospitales. — Vecino a la escuela de medicina está el 
hospital de San Vicente de Paul, es uno de los mas 
grandes i bien tenidos que yo he visto ; su sistema es 
de pabellones ; cada sala está aislada entre dos patios, 
tiene una salita anexa para desahogo i que sirve de co- 
medor a los enfermos en convalecencia. Entre la sala 
i su accesorio circula un pequeño ferrocarril para el 
reparto de la comida, medicamentos i útiles de curación 
i limpieza. La botica es como la mejor de las públicas; 
ocupa ella sola una casa entera; posee una droguería i 
un laboratorio. El hospital es servido por veintiséis 
o veintiocho médicos i otros tantos practicantes. Se 
asiste en él como ochocientos enfermos. Para los fines de 
la clínica, se construye al lado un hospital de mujeres, 
con todos los adelantos del día, aun cuando hai otro 
no inferior al que acabo de bosquejar, mui bien aten- 
dido. El departamento para el lavado de ropas en este, 
es mas completo que el actual del de San Vicente, 
donde recien se está instalando las nuevas máquinas i 
calderas. 



El Seminario, — Educa trescientos alumnos en un 
estenso, hijiénicos i bien tenido local. Algunos de los 
estudiantes son becados por el mismo Seminario. La 
instrucción es teolójica i de ciencias naturales. Los ga- 
binetes son pobres ; en cambio, la biblioteca es un modelo 
en su jénero. Los alumnos tienen a su disposición par- 
ques, jardines, jimnasios i un gran estanque para natación. 



Casa de huérfanos. — Es una comarca entera, no sé 

cuantos patios, corredores, salones i dormitorios tiene. 

Ella es al mismo tiempo una escuela de artes i oficios. 



— 112 - 

Allí se recibe al recien nacido que fué depositado en su 
puerta, i se le cria i educa hasta una edad en que pueda 
ganarse la vida. A pesar de la índole del establecimiento, 
reina en él la paz i la alegría. Lo habitan como 700 
huérfanos entre hombres i mujeres; los varoncitos de 
cierta edad pasan a una escuela de artes contigua, rejtda 
por clérigos, en la cual aprenden el oficio de zapatero, 
sastre o carpintero; las mujercitas aprenden labores, se 
emplean en la cocina o en el lavado de ropas; esta sección, 
la del lavado, es curiosa; en ella he visto por primera 
vez una esprimidora de ropa fundada en la fuerza cen- 
trífuga, mui útil en toda gran casa. 

Observaciones particulares, — En Santiago las mujeres 
son mayorales en los tramways; estos se llaman carritos 
i es propio de aquéllas estar de mal humor. El correo 
está mui bien atendido. Hai un número de diarios sufi- 
ciente para hacer la felicidad pública. No llueve sino en 
invierno. Todo hombre medianamente significativo se 
ocupa de política. Los diputados i senadores no tienen 
sueldo. En el Congreso figuran oradores de nota. La 
jente es en jeneral mui relijiosa ; en las iglesias se ve casi 
tantos hombres como mujeres. Las mujeres se ponen un 
manto negro para ir a misa i para salir por la mañana ; 
con el dicho manto las bonitas parecen mas lindas i las 
feas horribles. Hai muchos incendios. Los chilenos son 
mui obsequiosos i hospitalarios, i escesivamente patrio- 
tas. Ni con las mayores atenuaciones he podido yo inter- 
calar una sola broma contra las ideas de patriotismo, 
que, como tu sabes son ideas copiadas de los gatos mui 
imperfectamente ; — el verdadero patriota solo se en- 
cuentra en la raza felina domesticada i la prueba es de 
que ningún hombre metido en una bolsa con la cabeza 
tapada i transportado a otra patria se volveria a la suya 
sin conocer las calles. 



4> 't' 



- 113 — 

Costa del Pacífico-Perú 
Lima 

{Dialogo manteniíio en la capital arj entina el 10 de mayo de 189 S^ dia 
del regreso a ella de uno de los interlocutoreSf quien relata algu- 
nas observaciones de su viaje hasta Litna^ i lo que en dicha ciudad 
hizo o vio hacer.) 

Núm. I — Ave María purísima. 
- Núm. 2 — Sin pecado concebida. 

I — I Qué relijioso has vuelto ! 

2- ¿Y tú? 

I — Yo siempre lo he sido. 

2 — Salvo error u omisión. 

I — También usas términos de factura. 

2 — De todo debe haber en la viña del Señor. 

I — Amen. 

2— Dios te haga un santo. 

I —No le costana gran trabajo, ya tengo mucho ade- 
lantado. 

2 — Entonces vas a ser el primer santo periodista. 

I — No ; ya hai cuatro en el cielo. 

2 — Mostrad cómo. 

I— San Lúeas, San Marcos, San Mateo i San Juan, 
evanjelistas. 

2— Esos fueron biógrafos, no periodistas. 

I — Lo mismo da ; escribieron para el público. 

2 — Cuidado con la verdad histórica ; yo no me atreve- 
ría a sostener que escribieron. 

I — Y no los has visto pintados con una pluma de ave i 
un libro ? 

2 — Tienes razón ; además, la mejor prueba de que 
fueron periodistas, es que se contradicen. 

I — Vade retro ; los evanjelistas no se contradicen ; di- 
fieren en detalles. 

2 — Por ejemplo ? 

I — Pero hombre, yo no he venido a discutir los evan- 
jelios. { Te has divertido en tu viaje ? { Traes algo que 
contar ? 

Por tnares i por tierras 8 



— 114 -^ 

2— Me ha ¡do perfectamente bien i contaré lo que se te 
antoje. 

I — A ver algo del Perú, de Lima, o del trayecto, si 
vale la pena. 

2— No sé si valdrá, pero para mí todo ha tenido algún 
interés ; basta que una cosa sea diferente para ser, en 
cierto modo, interesante ; variar es vivir ! 

I — Según i conforme; morirse es variar i morirse no 
es vivir! 

2— Quién sabe ! 

I — Te felicito ; ya vas creyendo en la inmortalidad del 
alma. Decididamente te han cambiado. 

2 — No señor, siempre he tenido vocación por el sacer- 
docio i habría sido con gusto obispo, confesor i mártir. 

I— Dejemos aparte lo último. 

2— Pero en verdad, qué chasco seria si hubiera otra 
vida. 

I — Por qué? 

2 — Dos vidas es mucho. 

I —Lo que abunda no daña. 

2 — Veo que están de moda los refranes. 

I — En política a lo menos: c Si vis pacem para be- 
llum » es el aforismo de actualidad. 

2 — La ruina en latin ; así les va en Europa con el c vis 
pacem para bellum». 

I — Con tanta digresión no llegamos a tu cuento. 

2 — No sé por donde principiar. 

I — Por el principio. 

2 — Imajínate una docena de puertos entre Valparaíso- 
i Callao a cuyos habitantes hai que llevarles todo : la. 
carne, la verdura i hasta el agua en ciertas ocasiones ! 
Uno de mis mayores padecimientos en la navegacio» 
larga i aburrida, era ver embarcar i desembarcar ganada 
vacuno ; toros, novillos, bueyes, i vacas. ¡ Pobres anima- 
les ! Se les coloca una cuerda en la base de las astas I 
por medio de una cabria a vapor, se los iza a bordo. No 
puedo describirte la cara de asombro que pone un buey 
cuando se ve suspendido entre el cielo i el mar ; la figura 
grotesca, ridicula i desesperante que ofrece con sus patas- 
pendientes, sus manos en semiflexion i sus ojos convul- 



— 115 -^ 

sos i revueltos como si buscara con ellos en algún rincón 
del mundo, un protector de los animales, un Albarracin 
(de renombre local) cualquiera por amor de Dios. Cuando 
la suspensión dura mucho tiempo, uno espera poc mo- 
mentos que el animal perezca o entre en el periodo de 
agonía. Después lo descargan con torpeza en un piso 
resbaloso donde la pobre bestia aturdida cae i se levanta 
repetidas veces antes de tomar su acomodo. I todas estas 
escenas angustiosas i crueles se desarrollan en medio de 
gritos i burlas sangrientas de los cargadores. A veces 
algún toro mal avisado, se suelta del bozal i hace un 
desparramo a bordo, de lo cual yo me alegro mucho. 

Añade a esto el embarque i desembarque diario de 
gallinas, pollos, gallos, chanchos, corderos, cabras, ca- 
ballos, muías, burros, patos, gansos, loros, coles, zapa- 
llos, cebollas, melones, ají, papas, repollos, zanahorias, 
camotes, nabos i cuanta verdura conoces, sin contar la 
fruta de todas clases. 

Así la estadía en cada puerto, en vez de ser un des- 
canso, es un tormento. 

I — Por fin rompes tu optimismo ; a juzgar por tus 
cartas todo era bello, bueno i verdadero. 

2 — Me haces acordar de Balmes, manual de filosofía; 
todo cuanto he escrito ha sido sincero, positivo i verí- 
dico. 

I — Te haré acordar de quien quieras, pero tíis pane- 
jíricos de ultra cordillera, estaban en contradicción con tu 
carácter. 

2 — Con el que me atribuyen ; yo soi un descreído inte- 
lectual i un iluso sentimental, un escéptico por educación 
i un injénuo en materias de sentimiento ; mi intelijencía es 
incrédula, pero mi sensibilidad es enteramente candida; 
yo, como todos, soi dos individuos ; uno cuando piensa i 
otro cuando siente. Soi capaz de dar una lección pro- 
bando que la confianza es un absurdo i al salir de clase 
cualquiera me engaña. 

I — De modo que te han engañado en Chile. 

2 — Nadie me ha engañado ; han sido conmigo sinceros 
i cariñosos hasta el estremo. 

I — Al menos tú eres un escéptico intermitente. 



— 116 — 

2 — Hablabas de optimismo ¡cómo hablarías sí hubieras 
estado en Tocopilla ! 

I — Qué es eso ? 

2— Una ciudad con cuatro casas i bastante salitre, 
cuyos detalles conocerás por la sig^uiente conversa- 
ción : 

Sube una señora (mayor) a bordo en aquel puerto 
con su marido ; era una inglesa, rica ; hacia poco que 
habia estado en Londres, donde pasó una larga tempo- 
rada. El capitán me la presenta. 

— Mrs. H. 

— I am very happy etc . . . 

— € ¿Cómo encuentra Vd. a Tocopilla? 

~ —No he bajado a tierra, pero si he de juzgar por la 
muestra de sus habitantes . . . 

— Ah ! es deliciosa la vida aquí ! 
— Muchas diversiones ? 

— No, ninguna. 

— I Teatro, conciertos. . . la sociedad ? ^ 
— No hai teatro ni conciertos. 

— I Son mui relijiosos en Tocopilla ? 

— No mucho ; no hai iglesia, pero el servicio divino se 
hace en una casa particular algunas veces. 

— ¿Se tratan ustedes con algunas familias del país ? 

— No nos tratamos con nadie; aquí no hai familias, ni 
indíjenas ni estranjeras. 

— Pasará usted las noches a lo menos, entreteliida. 

— Sí, mucho. Después de comer cerramos la puerta i 
leemos un rato antes de acostarnos. 

^( Será usted amiga délas flores ; tiene jardín su casa? 
— En Tocopilla no hai ni puede haber flores. 
— { Por qué ? 

— Porque no hai agua, pues ; usted lo sabe. 
— 1 1 qué beben entonces los habitantes ? 

— Los estranjeros agua mineral que viene de Europa, 
i los pobres, agua condensada ; tenemos dos máquinas 
para destilar el agua del mar. 

— De modo que en Tocopilla no hai teatro, no hai so- 
ciedad, no hai jente, no hai flores, no hai legumbres, no 
hai agua, i sin embargo, la vida es deliciosa? 



— 117 — 

— Para mí, así es ; en Londres soñaba todas las no- 
ches con Tocopilla. > 

Testual. 

La señora H. tenia, en efecto, las apariencias de ser 
completamente feliz. 

i La conformidad humana no tiene límites ! 



Pero he saltado por encima de Coquimbo i de La Se- 
rena, que son el reverso de Tocopilla en cuanto a jentes 
i a flores. 

En Coquimbo nos fué a buscar a bordo el intendente 
D. Carlos Zañartü acompañado del capitán del puerto 
señor Sánchez. Tú conoces a Zañartd ; ha estado en 
Buenos Aires, donde tuvo varias novias ; era i es todavia 
un joven mui buen mozo, pero ( lo notifico a sus ex-no- 
vias) ya no es soltero ; se ha casado con una preciosa 
niña. 

Coquimbo fué visitado debidamente i en seguida to- 
mamos el tren para La Serena, una villa mui agradable, 
con dos iglesias, seminario, escuela de minería, varios 
buenos edificios i jardines bien cuidados. La particulari- 
dad de La Serena consiste en sus claveles; sin exajerar 
puedo decirte que cada uno equivale a treinta de los 
nuestros juntos ; son colosales i mui olorosos. El señor 
Zañartú nos dio un banquete en la Intendencia, donde nos 
presentó a su mamá i su hermanita, que hacian los hono- 
res : al señor Ossa, con quien discutí sobre ferro-carriles, 
i a la señora de este caballero, una de las mujeres mas 
bellas de la buena raza chilena, el orgullo de La Serena, 
según es pública voz i fama. Si viniera a Buenos Aires i 
pasara por la calle Florida, iria dejando admiradores 
estáticos, plantados como postes de telégrafo, a lo largo 
de las veredas ... 

— I Cómo habrán quedado algunos chilenos en San- 
tiago cuando se te ocurría pasear con tu señora ? 

— No hagamos crónica impertinente, continuo : 

Para volver a Coquimbo no habia ya tren ; tomamos 
un coche i por la orilla del mar, atropellando las olas 



— 118 — 

atrevidas en algunos sitios, hicimos nuestro camino, com- 
pletando el agradable dia con este paseo nocturno deli- 
cioso. 



I Tú conociste a Robinet en Santiago ? 

Si yo fuera rey de alguna parte, no dejaría de nom- 
brar a Carlos Robinet introductor de embajadores ; ha 
nacido para eso. 

Carlos Robinet, diputado, actualmente, es un joven que 
goza de una gran popularidad en Chile ; todos lo quieren 
por atento, servicial i bondadoso. Es el prototipo del 
altruista; madruga para servir a sus semejantes, aun 
cuando no los conozca. No hai un viajero de cierta dis- 
tinción que no deba a Robinet algún servicio o deferen- 
cia espontánea i desinteresada, con la particularidad de 
que su afán de ser útil no deja de procurarle incomodi- 
dades i gastos, sin obtener muchas veces, ni el agradeci- 
miento de los estranjeros a quienes colma de obse- 
quios. 

Robinet habia telegrafiado a Zañartú que íbamos, sin 
que nosotros supiéramos, i no contento con esto, hizo 
telegramas a todos sus amigos de los puertos que de- 
bíamos tocar, para asegurarnos una buena recepción. 
Gracias a sus cuidados i a los de otros amigos, (sospecho 
que Zañartú fué del número) en Iquique el intendente 
señor Ruperto Alvarez i el señor Pellati, nos buscaron 
a bordo i nos invitaron a bajar para obsequiarnos en la 
forma mas agradable, dadas las circunstancias, lleván- 
donos a almorzar en tierra firme a la orilla del mar, en 
Cavancha, un paraje encantador de baños, en un res- 
taurant cuyo comedor de verano es una glorieta inmensa 
cubierta de hojas i flores i construida sobre pilotes cla- 
vados en los límites de la alta i baja marea. £1 almuerzo 
se compuso de mariscos frescos i otros manjares esquisi- 
tos. La señora del intendente presidía la itiesa, donde 
lució él sus dotes de conversador ameno a par de nuestro 
anfitrión el señor Mac-Iver, diputado i periodista. 

Después la concurrencia se dividió en dos grupos ; las 
señoras se fueron a descansar tranquilamente a casa del 



— 119 — 

intendente i los hombres (los caballeros, quiero decir) 
nos fuimos a visitar los establecimientos públicos. 

I>a Aduana, inmensa i rebalsando de mercaderías que 
no contentas con llenar los almacenes, ocupan la calle i 
los sitios adyacentes. 

El Liceo de varones con doscientos alumnos ; la Escue- 
la Superior con doscientos cincuenta ; la de mujeres con 
trescientas niñas i local adecuado ; el Hospital con dos- 
cientas camas, el Establecimiento de amalgamación, de 
Santa Rosa, donde se estrae la plata de los metales ; la 
Fábrica de hielo, las iglesias, las plazas i paseos. . . en 
fin el señor Alvarez no me perdonó un solo detalle de su 
pueblo, llevándome a todas partes, con la crueldad de un 
propietario que muestra sus ñncas, i yo le perdono su 
ferocidad porque, gracias a ella, conocí bien a Iquique 
i porque premió mis sacrificios, con una buena comida en 
su casa, donde conocimos a una hermosa peruana, la 
señora de Pellatti. 

— Pero hombre, tú no has hecho mas que comer i 
almorzar durante tu viaje. 

— ¡ Qué quieres ! así se vive en Chile ; es imposible 
resistir a la obsequiosidad de esos caballeros. Chile es 
un inmenso restaurant servido gratis i con buena volun- 
tad i donde se agradece al cliente viajero, el placer de 
haberlo mantenido. 



— Supongo que ahora llegarás a Lima. 

— Ya llegamos. El Callao es la antesala de Lima, i 
aunque merece una larga visita, nadie se detiene a hacér- 
sela, urjido por el deseo de entrar a la ciudad de los 
reyes, cuanto antes. 

Hai dos Limas, la que uno lleva en la cabeza i la que 
se encuentra a orillas del Rimac. Sucede con Lima lo que 
con Jerusalem, la leyenda sustituye a la realidad i no 
puede uno librarse de su primera fascinación aun en pre- 
sencia de los hechos que la invalidan. La fama altera el 
juicio. 

Además, cada ciudad tiene su momento i la idea cor- 
respondiente a ella en una época es totalmente diferente 



— 120 — 

de la lejendaria, de la referente a un período de apojeo o 
a una situación característica. 

La Lima de ahora no es la de los virreyes, sin haber 
cambiado de tipo ni de forma, pero continua siendo la 
patría de la Perichola. 

Faltan los rejidores i los magnates i por lo tanto ya 
no hai Lima política, relijiosa, conventual, mística, enamo- 
rada, romántica, seductora, caballeresca, fanática, peca- 
dora, apasionada, inquisitorial, rica i henchida de aventu- 
ras en que figuren como antes, grandes ojos negros» 
encierros en monasterios, caballeros galantes arriesga- 
dos i padres crueles. 

Actualmente Lima es como cualquier capital de oríjen 
colonial, despoetizada por el comercio i la industria. 

I Comprendes tü la Lima antigua de los sueños juveni- 
les, con fábricas de cerveza i galletítas norte-americanas, 
con ferro -carriles i teléfonos, ajencias i compañías de 
seguros ? 

Quedan las casas con su forma antigua, los balcones 
cerrados, los grandes patios, las ventanas con rejas, las 
iglesias, las oficinas publicas, la universidad, la goberna- 
ción i la plaza de toros, los conventos i monasterios, 
todo con su aire vetusto, secular i tradicional ; pero en 
la casa solariega falta el padre autoritario, fanático i 
bruto; tras de las rejas, la doncella hermosa apasionada, 
en penitencia por orden del confesor ; rondando la man- 
zana, el galán infortunado; en las iglesias, el jentío inmen- 
so ; en las plazas, los autos de fé i en la casa de gobierno, 
el majistrado enjuto, con las cejas pobladas, calzón corto, 
medias hasta la rodilla i hebillas en los zapatos, parecido 
a esos retratos que uno encuentra en las sacristías, con 
una leyenda de muchos renglones al pié destinada a per- 
petrar la memoria de un señor con varios nombres, funda- 
dor de alguna capellanía. Lo único que subsiste de la Lima 
de los virreyes es la mujer, adaptada a la música moderna. 

Las tapadas que no mostraban sino un ojo, han des- 
aparecido para siempre. Ahora se encuentra destapa- 
das con dos ojos, negros i grandes, boca encantadora i 
labios rosados, donde cabrian millones de besos de quien 
los merezca. 



— 121 ->- 

Sin embargo, la limeña mas linda que yo he conocido 
allí, no encuadra en los caracteres jenerales de la belleza 
peruana ; es una vírjen rubia, inocente i afectuosa ; sus 
ojos grandes i azules, miran con una limpieza celestial i 
en el profundo mar de sus pupilas, navegan aun dormi- 
das, ternuras infinitas, castas i suaves ; las líneas de sus 
formas son puras como las de un relieve griego i los perfi- 
les de su rostro, un sueño de dibujo ideal i estra-mundano. 

—Mi doctor, tanto entusiasmo es un anacronismo en 
su cerebro ! 

— Confieso que hai un poco de cariño en el retrato, 
pero todo queda esplicado con decirte que me refiero a la 
hija de un amigo, nacida en tierra estraña, de un pariente 
querido ; Barton, mi jeneroso protector en los tiempos 
duros i difíciles, cuando yo estudiaba medicina en el hos- 
pital, muñéndome de frió i sin libros, reducido a copiar 
mis lecciones de los testos ajenos i a dibujar huesos ama- 
rillos con tinta desteñida. 

— Eso es pura poesía sentimental; entonces eras un 
modelo de felicidad irresponsable. 

— Pero no la sentía, por atender a las necesidades de 
cada hora. 

Al entrar a Lima se me representó Sevilla mas grande, 
con calles mas anchas i mas rectas, recorridas por mucha 
jente. Una Sevilla mas alegre, mas animada, mas bulli- 
ciosa i sobre todo criolla, en la mejor acepción del voca- 
blo. 

Las limeñas, un encanto ; morenas de cutis limpio, de 
pequeña estatura en jeneral, con pies diminutos, manos 
microscópicas i ojos colosales, negros, ambiciosos, domi- 
nantes i tiernos ; mui graciosas, espirituales i conversa- 
doras ; dotadas de una coquetería natural de esquisito 
gusto ; francas, imperiosas i resueltas, con grandes se- 
ducciones en sus actitudes i movimientos, confiadas en su 
hermosura i atractivos, seguras de su imperio, soberanas 
absolutas de los hombres ; indolentes, relijiosas i apasio- 
nadas, políticas violentas e intransijentes ; temibles en la 
mas lata acepción de la palabra. 

Los hombres (hablo de los de la alta clase solamente) 
bien constituidos, sencillos i altaneros a la vez; se adivina 



— 122 — 

en su presencia el oríjen español de elevada estirpe; uno 
piensa en caballeros antiguos i estraña verlos vestidos a 
la moderna ; el aplomo es su divisa : son obsequiosos i 
afables, pero sus deferencias parecen concesiones dis- 
pensadas con cierto aire de protección, propia de jente 
bien nacida que no olvida los fueros, de su casta. 

Con todo este bagaje no hai sin embargo un solo noble 
limeño que se permita hacer o pensar sino lo que quiere 
su mujer, si la tiene, o una mujer de su relación, si es sol- 
tero. En esto los peruanos se parecen a todos los hom- 
bres repartidos en la superficie del globo. 

Todo está allí bajo el absolutismo femenino como en 
todas partes; por eso el mundo anda tan mal. Las muje- 
res hacen la lluvia i el buen tiempo, destilando en la oreja 
marital, gota a gota, en las horas fisiolójicas, sus gustos i 
sus deseos, sus proyectos o sus ambiciones . . . Bandidas, 
yo las detesto I 

— No tanto, mi doctor, no se calumnie. 

— Nosotros somos unos santos, no lo dudes; tenemos 
que trabajar para ellas, vivir para ellas, acomodarnos a 
todos sus caprichos i mortificarnos hasta por las desco- 
nocidas ! 

— No blasfemes. 

— Imajinate lo que me hace una de ellas a bordo del 
€ Cachapoal >. Estaba yo tranquilamente mareado en mi 
camarote, tramitando las delicias de un balanceo de 
veinte grados, cuando vino el capitán a decirme que una 
joven de tercera se hallaba en el último trance. — Que se 
la lleve el diablo, contesté, yo no tengo la culpa ¡ quien 
la mete a embarcarse en semejante estado ! — Y sin to- 
mar pasaje condicional para el niño, añadió económica- 
mente el capitán. 

— I Ha visto usted cosa igual ? repliqué. . . i con mar 
gruesa todavía. En esto asomó a la puerta un pasajero 
con ojos de marido, inequívocos. Me dio lástima ; me 
levanté, hice transportar a la primeriza a un camarote 
desocupado i veinte minutos mas tarde, gritaba en mis 
manos como un condenado, un muchacho robusto a 
quien tuve que lavar, vestir i acomodar con todos los 
cuidados de una nodriza patentada. — Dios se lo pague 



— 123 — 

doctor, dijo la madre. — Sí, está mui bien, Dios me lo 
pague, con semejante noche. { Quiere usted también que 
lo bautice ? — ¿ Corre peligro ? contestó—; Cómo no mu- 
jer ! le dije; i tomando el niño en brazos, con el tono mas 
sacerdotal que pude, pronuncié estas palabras : « Eduar- 
dito Cachapoal, yo te bautizo en el nombre del padr^ 
del hijo i del espíritu santo ; > le hice una cruz con el 
pulgar sobre la frente i le derramé en la cabeza un sifón 
entero de limonada gaseosa, única agua bautismal que 
encontré a mano. Yo no sé si la Iglesia permite bautizar 
con limonada, pero en el mar supongo que las cosas no 
deben pasar como en tierra. 

I — La intención vale en casos apurados. 

2 — Es verdad, señor teólogo. Al otro dia se desembar- 
có la mujer como si tal cosa ! 



Volvamos a Lima. Dios, que no me ha pagado todavía 
mi asistencia a bordo, verdad es que no le he pasado la 
cuenta, hizo a Lima de un modo i Ricardo Palma la ha 
hecho de otro. Es una lástima que estos dos autores no se 
hayan puesto de acuerdo sobre un punto tan importante. 

Ricardo Palma con sus tradiciones hizo de ella un 
Paraiso i Dios con su misericordia infinita la convirtió 
en un infierno, dotándola de políticos, i dispensándole 
los beneficios de la guerra i de una sarta de revolu- 
ciones. 

Con todos los elementos para ser felices, los perua- 
nos son en la actualidad, mui desgraciados, i la bella, la 
mentada capital de su nación, con un clima benigno, con 
una naturaleza envidiable, con riquezas sin cuento, es no 
obstante, una ciudad en decadencia. 

El viajero que hoi la visita se sorprende al ver los 
destrozos causados por la lucha civil. 

Los muros de todas las casas están acribillados de 
balazos; los vidrios de los balcones rotos, las aristas de 
las torres, destruidas, las molduras de las fachadas, caldas 
i hasta las campanas de algunas iglesias, partidas o 
rajadas. 



— 124 — 

Después de la batalla horrenda, cuyo campo fué la 
ciudad misma, dos mil- cadáveres contados uno por uno, 
quedaron en las calles, como testigos mudos de la 
heroica ferocidad de los combatientes, siendo el número 
de heridos alarmante, aunque exiguo, con relación al de 
los muertos ; tan espantosa fué la matanza ! 

Yo he visto a los sobrevivientes en los hospitales dis- 
minuyendo diariamente, a pesar de los cuidados científicos 
i de la asistencia caritativa. 

Las heridas causadas por las armas modernas esca- 
pan a toda descripción por su estrago incalculable i la 
terrible variedad de sus formas; un pobre muchacho 
tenia siete balazos en el cuerpo i aun vivia ; otro yacía 
con la cara hecha pedazos en su lecho de agonía; mu- 
chos presentaban fracturas conminutas i algunos los 
huesos perforados como si se les hubiera aplicado un 
taladro. 

Durante la pelea nadie podia transitar por las calles ; 
la provisión de alimentos era imposible; hubo familias 
que no comieron nada en tres dias i personas que pasa- 
ron muchas horas debajo de sus camas porque las balas 
atravesaban las paredes o entraban por las ventanas. 
Los espejos i cuadros de varias casas, conservan los 
estigmas de aquellos dias de conflicto. 

En la semana posterior al último combate, la pobla- 
ción estaba aterrorizada por el temor de otra desgracia: 
de una mortífera epidemia, que parecia inminente a 
causa de los cadáveres de hombres i los cuerpos de 
caballos muertos que en completa descomposición, per- 
manecian en las calles. 

Felizmente la peste no se produjo, pero la ciudad 
estaba, dicen, inhabitable por su mala atmósfera. 



Hemos conocido los alrededores de Lima: Chorrillos, 
Miraflores i Barrancas, pueblitos preciosos de baños, 
que han sufrido mucho durante la guerra con Chile i 
que ahora renacen a pesar de las contiendas civiles. 

Según mi costumbre, he visitado los hospitales de 



— 125 — 

ambos sexos, la biblioteca, la universidad i todas sus 
facultades, el instituto bactereolójico en formación, las 
iglesias, los mercados, la Alameda de los Descalzos, el 
precioso cementerio i los baños de Piedra Lisa que son 
un encanto; i he conocido una parte de la selecta socie- 
dad limeña, en casa de nuestro ministro el señor Arroyo 
a quien debo una profunda gratitud, no sólo por sus 
delicados obsequios, sino por haberme proporcionado la 
ocasión de verlo todo, poniéndome en contacto con los 
directores de las diversas ramas de la administración, 
con los miembros de gobierno i con los caballeros mas 
distinguidos de la culta aristocracia limeña. El dia antes 
de nuestra partida nos invitó a su mesa i allí tuve la 
satisfacción de observar la estimación de que goza, por 
la calidad de las personas que frecuentan su casa. La 
señora de Arroyo, chilena de oríjen, es mui querida en 
Lima i merece la simpatía que inspira por su bondad, 
su trato esquisito i la refinada cultura de su intelijencia. 
Es un modelo de mujer para un diplomático. 



Por fin, satisfechos de nuestra jira i atraídos por el 
imán de esta gran metrópoU que lo tira a uno hacia su 
seno con mas fuerza cuanto mas se aleja, nos embarca- 
mos de vuelta para Valparaíso, donde el señor Pinto, el 
intendente, no contento con sus amabilidades anteriores, 
nos arrebató de a bordo i nos alojó en su casa, en la 
que pasamos días deliciosos en amena charla con el 
inagotable Cornelio Saavedra, el ático señor Santa 
Cruz, ex-ministro en Alemania, Pedro Montt i su señora 
que fueron de Santiago a despedirnos, Francisco Valdez 
i otros exelentes comensales. Pinto i su encantadora 
esposa deben venir pronto a Buenos Aires, de paso para 
Europa, i nuestra sociedad tendrá ocasión de conocer a 
la simpática pareja. 

Una palabra mas. En la biblioteca de Lima a cargo 
de Ricardo Palma, el escritor tal vez mas conocido de 
Sud-Améfica, tuve el gusto de ver mui bien cuidadas 



— 126 — 

algunas de mis obras. . . . La vanidad literaria es la 
mayor de las debilidades humanas ! Punto. 

I — Has concluido? 

2 -Sí. 

I — Pues puedes vanagloriarte de haberme aburrido 
soberanamente. 

2. — Gracias ; eres mui amable ! 



De Mar del Plata 

(República AryentinaJ 

Enero 22 de 1896. 

Señor director : 

Ya sabe usted que yo, si bien corresponsal de su diario, 
soi un sirviente, aunque no del público para estraviarlo, 
como ustedes los diaristas; — yo no estravío a mi patrón 
— no me conviene — (de paso le recomiendo esta regla 
de moral que es mui noble: hacer lo que a uno le con- 
venga aunque lluevan picas). 

No puedo confeccionarle a usted un panejírico del Mar 
del Plata ; no soi hipócrita, pero sí puedo decirle que la 
vida aquí sigue su trotecito liviano i mui agradable. 
La instalación i la manutención de la jente de alto tono 
no es mui cara ; no es tampoco tirada a la calle ; es lo 
que aquí debe ser, normal ; porque al fin i al cabo a uno 
le dan todo lo que necesita, bueno, o poco menos i la 
comodidad, la facilidad de proporcionarse lo necesario i 
aun lo superfluo, ma Dame, debe tener su compensación 
en alguna forma. El Hotel Bristol, por ejemplo, no es 
de lo mejor que hai en el mundo, pero es tan bueno 
como uno puede exijirlo, dado el caso. 

Está rejido por Mr. Kern, un escelente caballero 
(juega mui bien al ajedrez) i su señora, una parisiense 
espiritual, naturalmente, joven, mui agradable i bonita 
(lo diré tomándome esa libertad que se toman a veces 
los sirvientes imitando a sus patrones ). Espiritual, lo 
pruebo. — El otro dia mi patrón pidió un baño; el mozo 
que le servía preparó un rejimiento de tohallas, sába- 



— 127 — 

ñas i otros adminículos, anunciando a su debido tiempo 
que el baño estaba pronto. Yo no sé lo que sucedió, 
pero le copio el diálogo que oí entre la señora del je- 
rente i mi patrón, para mostrarle con un hecho la ver- 
dad de mi juicio. 

Mi patrón. — Madame. 

Madame. — Monsieur ? 

Mi patrón, — Mst^á me permitirá hacerla apolojía de 
su hotel ? 

Madame. — Tres bien Mr., si vous voulez. 

Mi patrón. — Solamente tengo que cambiarle el 
nombre. 

Madame. — Ah ! 

Mi patrón. — En vez de « El Bristol > le llamaré 
L' Hotel á surprise. 

Madame. — Et pourquoi 9a, s'il vous plait ? 

Mi patrón.— Voxi^^ he pedido un baño ! . . . . 

Madame.— ^^^ bien ? 

Mi patrón. — Me lo prepararon. 

Madame. — C'est juste. 

Mi patrón. — Fui, me desnudé. . . . 

Madame. — Ah ! Mr. . . . 

Mi patrón. — Perdón^ madame, pero yo no podia ba- 
ñarme sin desnudarme ! 

Madame. — Continuez Mr. s'il vous plait. 

Mi patrón. — Entro en la tina, abro la llave.... no 
habia agua ! 

Madame. — Probablement le grand robinet de service 
general était fermé. 

M/¿7/r¿?«. — Probablemente la gran llave de servicio 
jeneral estaba cerrada ! 

Madame.— ^t vous a vez sonné le gar9on ? 

Mi patrón. — ^o, madame. 

Madame. — ^l pourquoi Mr. ? 

Mi patrón.— Povc[UG no encontré el botón de la cam- 
panilla. 

Madame. — Probablement il n'y en a pas dans la 
chambre ! 

Mi patrón. — Seguramente no habia. 

Madame. — Et qu'est-ce que vous avez fait ? 



— 128 — 

Mi patrón, — Me^ volví a vestir tranquilamente. 

Madame,—^\í bien ^de quoi vousplaig^nez vous ? Vous 
avez pris un bain d'air, fort agréable ! 

Mi patrón, — Merci, madame ! 

Digo, i no es verdad que cualquier otra directora de 
hotel menos amable, tomando el acontecimiento de otro 
modo, habría dejado a su cliente contrariado i ella misma 
se habría fastidiado? Al otro dia todas las llaves de 
agua del < Hotel á surprise » andaban corrientes i el 
accidente quedaba sin importancia. 



En el comedor a cargo de Mr. George Mercer, las 
cosas se acomodan de modo que los concurrentes, si no 
son mui exijentes, no deben tener motivos de queja. Los 
mozos son atentos i cultos i el servicio se hace con toda 
regularidad, evitando las quejas aun de aquellos pasaje- 
ros que no toman en cuenta las dificultades de un esta- 
blecimiento de este jénero. 

Mr. Mercer, por ejemplo, recibe un telegrama anun- 
ciándole una invasión de comensales ; se prepara para 
recibirlos ; no vienen. Mr. Mercer pierde el valor de 
sus preparativos. 

I a propósito de esto, aquí va otra nota espiritual fran- 
cesa. 

Un caballero conversa con Mr. Mercer. 

— Bien, Mr. Mercer, cómo vá hoi. 

— Mal; debian venir tres familias i no vienen hasta 
pasado mañana; pura pérdida ! 

~ ¿Por qué ? 

— A menos que haga lo que en el teatro i marque a 
esas familias en su cuenta « Pas venues, cent francs >. 



Playa por la mañana con sus incidentes; playa a la 
tarde, idem, idem ; escursiones, concierto a la noche ; 
tal es el programa diario. 



— 129 — 

Los sirvientes i las mucamas son las entidades que en 
Mar del Plata deciden las cuestiones de la moda en el 
vestido. 

—¿Por qué así? 

—Porque en todo tiempo nuestros enemigos nos 
combaten i persiguen, como dice el catecismo. 

Nuestros enemigos aquí son el viento, el calor, el frío, 
i la tierra, elementos variables i antojadizos. 

Así, las damas i señoritas del alto tono, antes de le- 
vantarse i apenas abren los ojos, mandan en comisión a 
sus asistentes para que averigüen como está el dia. Estos 
salen, toman lenguas i trasmiten las noticias según sus 
impresiones i su sexo. 



—Hace calor, señora, dice una mucama. 

— Muí bien, prepárame el vestido crema i el sombrero 
con plumas de gallo de la India i melones de Curru- 
malan. 

—Pero señora, hace mucho viento; las plumas se van 
a volar. 

— Entonces dame el sombrero con alas de cuervo 
aplicadas a la copa. 

— Es mui feo, señora; las de Malavia, las de Sobre- 
monte i las de Atrapa Rancho van a ponerse canoHers 
de ala corta, con hojas de col plegadas a fuego i cosidas 
a la paja; se lo he oido a don Dieguito Pisaflores. 

— Entonces saca el sombrero con cintas de las que 
me tiraron en el corso de las flores; esas aunque se 
vuelen no importa. 

— Es que le falta el elástico. 

—Verdad, se me rompió en la playa ; ponle uno 
nuevo. 

— No hai ; solo que le ponga una de las ligas del 
señor ! 

—Y qué! el señor usa ligas ? desde cuándo ? 

—Desde el otro dia que tuvieron una discusión con el 
señor Pisaflores. 

— Qué dijo el señor Pisaflores ? 

Por mar§s i por tierras 9 



— 130 -> 

— Dijo que en Mar del Plata no se podía andar con las 
medias arrugadas. 

— I quién le vá a ver las medias al señor ? 

— Dijo don Pisaflores, que las niñas se fijaban mucho 
en eso .... i también tuvieron otras discusiones. 

— Sobre qué ? 

— Sobre las corbatas. El patrón iba a salir con una 
corbata negra i don Pisaflores le dijo que no era propio 
de playa de baños i mucho menos por la mañana. 

— I el señor qué dijo ? 

— Se enojó i le contestó que él también tenia corbatas 
de tonto, como todos, i sacó una de madapolán con 
loros pintados que al señor Pisaflores le pareció mui 
bien, i después que se fué don Dieguito, el patrón me 
mandó pedirle al doctor de al lado unas vendas si tenia, 
para usarlas como corbatas. 

— Qué barbaridad ! 

— No señora, van a quedar mui bien i van a entrar 
en moda. 

— ¿Qué sombrilla me has puesto ? 

— La verde. 

— La verde ? ¿ No sabes que hoi es jueves? 

— I qué tiene eso ? 

— Sombrilla verde en jueves ! ni loca que estuviera ; 
ponme la otra de cabo de carei. 

— Esa que parece desteñida? 

Desteñida? es la última, moda; se llama fraise 
ecrasée. 

— Pintonees la fricasé la pongo, con el crema i . . . . 

— I la jaquette; ¿le has pegado los botones a la 
jaquette ? 

— Sí, le saqué los viejos i le puse los de ojo de gato ; 
así parece otra. 

— Está bien ¡ la cosa es que parezca otra ! 

— I le puse también en el cuello como blonda el encaje 
de la sombrilla negra ; nadie la conoce ahora ! 

(. . . Silencio. . . después de un rato, la mucama, que 
es tan informada como cualquiera señora, continua) : 

— Sabe que la mucama de las niñas de Garrapata 
come tres veces ? 



— 131 — 

— Cómo es eso ? 

—Sí; se hace servir aquí temprano, diciendo que no 
puede ir al comedor; después vá, come i dice que la 
comida está mala i pide un fiambre en su cuarto. 

— Estará mui gorda. 

— Qué! flaca como un hilo; no sé que hace con lo 
que come. 

— Han salido ya las de Garrapata ? 

— No señora, les están planchando las blusas ; ya sabe 
usted que no tienen sino dos mudas. 

— Yo no sé tal cosa ! 

— Pues todos lo saben ! 



En la playa la concurrencia es numerosa i animada; 
se ve señoras gordas i flacas, frescas o maduras i niñas 
elegantes airosas^ bien vestidas; jeneralmente bonitas i 
mas atractivas aun cuando dejan su traje de playa i 
toman el de baño, ^on el cual muestran esa agradable 
desproporción de las mujeres entre el grueso de la cin- 
tura i los demás diámetros. 

Si yo en vez de ser un humilde sirviente, fuera una ola 
o una sección de la playa donde se baña ese enjambre 
de bellezas, podría dar detalles mas minuciosos i tal vez 
mas interesantes. Desgraciadamente no soi ni ola ni 
playa. 

Variados grupos de mozos, de señores respetables i 
de niños, se forman sobre la rambla o en la arena a la 
orilla del mar, donde las familias antes del baño, se reúnen 
en círculo a mirar las olas crespas, quebradas, espumo- 
sas, que embisten inútilmente el límite puesto por la 
naturaleza para enfrenarlas. 

Los jóvenes elegantes, vestidos de blanco, con som- 
brero blanco, saco blanco, pantalones blancos, zapatos 
blancos, algunos hasta cerebro en blanco, no se arries- 
gan en avances peligrosos; cuidan sus zapatos como si 
no fueran hechos para andar con ellos en la arena, some- 
tiéndose a la lei de su destino, la misma de los guantes de 
gamuza, cuya íntima naturaleza consiste en estar sucios. 

* 



— 132 — 

Faltan muchas cosas a la playa de Mar del Plata para 
parecerse a las de Europa: un poco menos de rijidez en 
las costumbres, un poco menos de miedo de hacer lo que 
es natural, sencillo i propio del sitio i del objeto de la 
estadia, menos aislamiento, menos separación entre los 
sexos, menos temor de tratarse i de conversar. En 
Europa un joven acompaña a una niña lejos o afuera en 
el mar, nadando, sin que nadie lo note i después del 
baño, hombres i mujeres, con su túnica blanca, se sientan 
en la arena a secarse al sol, comiendo ostras o tomando 
refrescos. Aquí no hai ostras, ni refrescos, ni reuniones 
en traje de salida. Verdad es que la playa no se presta 
para las escursiones a nado mar afuera i que el tenwr 
de la crítica paraliza toda tentativa de franca fami- 
liaridad. 

A pesar de eso esta playa es mui agradable i los baños 
son deliciosos. 

Dentro de algunos años, cuando haya botes salva- 
vidas i la bahía esté cerrada al sud por un rompe olas, la 
naturaleza, con las facilidades que brinde sin peligro 
para los bañistas, cambiará las costumbres i Mar del 
Plata será el grande atractivo del verano para toda la 
República. 



Como todos los concurrentes están desocupados, 
cualquiera cosa les llama la atención; una ola grande, 
una tonina que asome su cuerpo negro, rollizo i repug- 
nante, una ballenera de pescador, son incidentes que 
reclaman serios i grandes comentarios. 

El otro dia Pedro Pardo, ese- mozo que parece la 
fuerza misma, tuvo un síncope después del baño; gran 
alarma, gran reunión ; cada uno proponia un remedio ; 
hubo juntas de calafates i diagnósticos marítimos como 
si se tratara de un buque ; por fin a un orijinal se le 
ocurrió buscar un médico; el doctor Wilde andaba por 
ahí vestido de druida; lo llamaron, se acercó, reconoció 
al enfermo que estaba como un cadáver, i dijo con la 
calma que todos le conocen: No-se-ha-de-mo-rir, Par- 



— 133 — 

dito. — Por qué, preguntaron varios — Porque eso estaría 
contra el refrán. 

— Yo no estoi contra ningún refrán! contestó Pardo 
abriendo los ojos; i se acabó el síncope, con gran con- 
tento de los amigos que lo rodeaban. 

Como en toda reunión de ociosos, en Mar del Plata 
unos se divierten con los otros, prodigándose recípro- 
camente burlas amistosas. 

José Luro, a pesar de su aire adusto, es preferido para 
ese juego por su carácter bondadoso i por ser consi- 
derado como la encarnación de Mar del Plata. Es el 
pacha de estas comarcas i no ocurre accidente alguno 
que no suscite en los bañistas por asociación de ideas, 
el nombre de Luro. 

Llueve, Luro tiene la culpa; hace buen tiempo, Luro 
se ha conducido bien ; hai tierra, ¿i qué hace Luro? se 
preguntan todos ; la sopa está fría, es necesario quejarse 
a Luro ; i Luro no pudiendo resistir a la corriente, ha 
consentido ya tácitamente en ser responsable de todo i 
toma como caso personal, cualquiera alteración de la 
atmósfera, que él trata de cohonestar o mitigar, anun- 
ciando que al día siguiente el tiempo tal vez sea mejor. 



Aquí pasan ahora la temporada muchos abogados, 
médicos, diputados, jueces, rentistas i comerciantes, con 
sus familias. Todos parece, han convenido en ser corrien- 
tes i estar de buen humor, cambiándose las burlas mas 
picantes. El otro dia se bañaba el doctor Saavedra, 
miembro distinguido de nuestra majistratura ; un abo- 
gado amigo se le acerca i le dice: Un juez que nada, es 
el mejor nadador. Ya entiendo, replica éste, porque lleva 
su conciencia. 

En esto una ola los echó a la playa. 

Naturalmente, Luro fué el responsable del suceso. 

A un joven médico que sale a cazar, le dice Cullen, 
por rivalidad: ¿no tiene usted bastante con sus clientes 
de la ciudad ? (Estos clericales son muí atrevidos). 

Daireaux se acerca a Seeber i le dice : seguramente 



— 134 — 

usted escribirá una memoria retrospectiva de Mar del 
Plata ? Seeber no se enoja i se prepara a escribir la 
memoria. 

En estas conversaciones u otras análogas se pasa el 
tiempo, cuando no en escursiones a la gruta descubierta 
por Egaña, el compadre de Avellaneda, o al faro que 
está admirablemente bien tenido (no parece cosa nues- 
tra) o al campo simplemente, a respirar aire puro, 
fresco i perfumado. 



En el comedor del Bristol, a la hora del almuerzo, 
después del baño o a la noche, antes del concierto, el 
espectáculo es magnífico : el salón tiene a simple vista 
como 180 J metros cuadrados i está cubierto de mesas 
casi totalmente ocupadas por una sociedad distinguida i 
elegante, en la cual naturalmente, el gran atractivo es la 
belleza de las mujeres (como yo soi sirviente no hago 
distinción entre señoras, señoritas i chiquilinas). 

Después de la comida i del café tomado en la galería, 
sintiendo la brisa del mar i oyendo el rumor de las olas 
incansables, la concurrencia femenina acude al salón de 
conciertos, tan vasto como el comedor, i la masculina, al 
Casino, a jugar. 

Este arreglo es un verdadero contrasentido ; asi toda 
sociedad queda destruida. • 

Las señoras i las niñas se aburren en el salón i los 
hombres se arruinan o se ponen tontos en las mesas de 
juego. 

Hace poco le oia criticar esto a un señor que hablaba 
con mi patrón. « No es que falten atractivos en el salón, 
decia, para todos estos jóvenes i aun para los hombres 
de edad que andan huyendo de él. He conversado con 
la señorita de Paz hace poco, i me he quedado maravi- 
llado de su injenio, de su talento i de su instrucción, 
aparte de su belleza que anadia un nuevo encanto a sus 
palabras. He hablado con la señora de Oyuela i no he 
estr añado ni el naipe ni la ruleta mientras la oia dis- 
currir ; he tratado a la señora de Pardo cuya suavidad i 



— 135 ^- 

sencillez nie han cautivado, i hablando con la niña de 
Aguirre, sin tocar tópicos banales, como usted com- 
prende, he pasado una hora entretenido i lamentando que 
a nuestros jóvenes no los atraiga el simple placer de la 
conversación. Lo mismo puedo decir de las señoras de 
Chas, de Arias, de Escalante, de la señora de Saavedra 
i de su preciosa cuñadita, i de tantas otras niñas que se 
encuentran aquí, sin contar entre las ventajas la de que 
la conversación de una niña inocente, sencilla i linda, 
es mas agradable que la de un académico, pues mientras 
ella habla, usted la mira i sus sentimientos estéticos, si 
los tiene, quedan halagados». 

¡ Cuándo habrá sociedad en nuestro mundo elevado, 
siquiera en las playas de baños, de las cuales debía des- 
terrarse la tirantez inútil i la etiqueta tan fuera de opor- 
tunidad i de sitio ! 



Nota — Señor director : Sí esta correspondencia le 
parece larga, córtela; si le parece tonta, no la publique; 
pero si la publica hágame el favor de correjir las frases 
en francés, de cuya ortografía no respondo. 



IV 
ALREDEDOR DEL MUNDO 

Itinerario de viaje desde Buenos Aires : Inglaterra^ Alema- 
nia, Francia, Italia, Canal de Sues^ Mar Rojo, Ceylan, 
China, Japón, Honolulú, Norte América^ Lisboa i Rio de 
Janeiro, 

Londres, Julio de 1896. 

Todo está calculado en Inglaterra, en Londres princi- 
palmente, para exaltar el sentimiento de patriotismo, mas 
bien el orgullo nacional, por el inmenso poder de la Gran 
Bretaña que se estiende mas cada dia, sin oposición i sin 
obstáculo, como crecen los árboles en virtud de las leyes 
naturales ! 

No hai espectáculo que no concluya con God save the 
Queen i toda vez que el asunto se preste siquiera sea de 
lejos, se mostrará o tratará de mostrar que la Ingla- 
terra triunfa siempre, que ella lo hace todo bien, que 
lleva i difunde la civilización, procurando la felicidad del 
conquistado i del conquistador. Como es necesario encar- 
nar en alguien o en algo toda pasión, sentimiento o ideal 
humano, el inglés encarna su orgullo británico en la 
reina, a la cual parece adorar, sin que haya en realidad 
semejante hecho, pues la aparente veneración, sumisión o 
lo que se quiera, tiene mas bien los caracteres de un 
culto relijioso. La reina es una efijie; lo mismo seria que 
fuera de mármol : es una insignia como la bandera ! 



Londres puede encontrar similares de todos los deta- 
lles de la vida de la jente que lo habita, como del carác- 
ter de sus edificios, disposición de sus calles, índole de 



— 138 — 

sus instituciones i demás enumerandos, que cualquiera 
comprenderá ; pero en lo que Londres se diferencia de 
todas las capitales del mundo i en lo que es superior a 
todas ellas es en sus admirables parques, principalmente 
en esa maravilla sin ejemplo llamada Hyde Park. He 
visitado todas las capitales de la Europa, las mas gran- 
des de Norte i Sud-América, varias de Asia i África ; pues 
bien, no he visto en ninguna de ellas nada parecido a 
Hyde Park. ¡ Lo que éste representa en lujo, en costo, 
en valor, en sensaciones, en previsión urbana, en salud, 
en grandeza, en sorpresa, en economia de vidas, en 
exibicion, en deleite, en comodidad , en satisfacción 
moral i reposo físico, en halagos de toda especie, es 
inapreciable. Sale uno de Picadilli donde la confusión 
humana lo aturde, da un solo paso i está en el campo, 
enteramente en el campo, sin ver una sola casa, está en 
Hyde Park, con cien mil compañeros de paseo, debajo de 
árboles espesos, limpios, frescos sin saberse siquiera 
que ahí a la puerta está el colosal enjambre de palacios, 
de hombres, de vehículos i de miserias. 



La facilidad de pasar de lo microscópico a lo jigan- 
tesco en ninguna parte se encuentra como en Londres. 
Un individuo que sabe silbar bien hace una fortuna, i si 
se llega a saber que en una fonda miserable hai un coci- 
nero especialista en la confección de sopa de tortuga, la 
fonda i el fondero llegan en una semana al apojeo de la 
fama. 

Los tránsitos son violentos para ciertas cosas : de 
nada a todo ! Hablan mucho de la miseria en Londres; 
será tan grande i tan desesperante como se quiera, pero 
mas grande i mas aflijente para quien medita, es el lujo. 
No hai idea de los límites que alcanza en este emporio 
del mundo ni se puede concebir a donde irá a parar. Lo 
que cuesta a algunos de sus habitantes una hora de 
tiempo pasada, dándose lo que llaman un poco de con- 
fort en la alta vida, basta en algunos casos para mante- 
ner un mes en otras ciudades a una familia. La despro- 
porción asusta. 



— I3V — 

Todas las fastuosidades de la historia son miserias 
ante esto. 

Corren rios de oro en algunas clases sociales i en de- 
terminados gremios , sin que ninguna exajeracion les 
alarme. Los mercaderes de las calles centrales tienen un 
aplomo que solo iguala a su descaro para pedir precios 
salvajes por cualquier objeto; pero los ingleses están 
habituados a esas diferencias i crueldades iinancieras. 

Yo atribuyo el prurito de elevar las cifras a la unidad 
de moneda. Es sabido hasta por los que nada saben, 
como algunos altos funcionarios de nuestra tierrp, que 
existe en todas las naciones, mas bien dicho, en todos los 
hombres, la tendencia a calcular con relación a la unidad 
habitual. Así, en jeneral, lo que vale en Francia un franco, 
vale en Italia una lira, en Alemania un marco, en Ingla- 
terra un chelín, en España una peseta. Pero desgracia- 
damente en Inglaterra no se toma como unidad el chelin 
sino la libra i lo mas curioso aun, ni siquiera la libra 
sino la guinea, una moneda que existe solo para los 
fines de aumentar un chelin mas a los veinte de la libra, 
probablemente para no desairar a esa unidad secundaria 
llamada chelin i hacerla entrar en la unidad imajinaria 
compuesta de una libra mas un chelin. 

{ Usted cree que hemos concluido ? no señor : todavia 
falta prestar el debido acatamiento al penique i hacerlo 
tntrar en el precio de las cosas. Un objeto vale siempre 
tanto i seis peniques, nunca chelines o libras o guineas 
solas. Cualquier ingles o habitante de Londres que vende 
algo, se cree deshonrado si no añade al precio los lejen- 
darios seis peniques, los cuales hacen a veces un triste 
papel al lado de sumas cuantiosas, mil libras, o mas bien 
mil guineas and six pence, por ejemplo. Nadie se puede 
jactar jamás de haber recibido una cuenta de su sastre, 
de su zapatero, o de su cualquier cosa espresando una 
suma redonda. 

A tal punto llega la rutina i la obsesión que esta cos- 
tumbre ridicula produce en los estranjeros, que uno está 
tentado de añadir six pence a todas sus frases i decir, 
como solia hacerlo yo con ingleses amigos de confianza, 
cuya susceptibilidad no se picaba por tan lijeras críticas: 



— 140 — 

Buen día and six pence i tomará usted café, and síx 
pence ? recibí su tarjeta and six pence ; haw are you my 
dear friend and six pence ! 

En Buenos Aires cuando destruyeron el antiguo i 
comodísimo peso papel, ya pudo calcularse lo que iba a 
suceder i ha sucedido ; la vida se iba a encarecer en la 
proporción de la diferencia en el valor de la moneda. 
Verdad es que hai escepciones a la regla. 

Así, por ejemplo, en el Brasil que cuentan los caballos 
por patas i tienen por unidad el reis, la pequenez de la 
unidad no implica baratura, porque un cigarro, suponga- 
mos, vale doscientos millones de reis, es decir, un peso 
and six pence. 

Hai un verdadero furor en Inglaterra por las carreras 
i cada hipódromo tiene sus peculiaridades: el Derby, la 
gran masa de pueblo; Ascot, el nivel elevado de la con- 
currencia; Sandown, su clientela especial de jente que vá 
en carruaje desde Londres. 

Las carreras en Ascot son una exibicion de lujo, de 
belleza i de aristocracia. Hai tres sitios principales para 
la concurrencia. El Royal Enclosure, para los privilejia- 
dos i los estranjeros distinguidos; el Grand Stand, para 
el común de los mortales de alta estatura social, i otro, 
no sé cómo se llama, para la jente menor o con poca 
plata. 

Estos recintos son lo que nosotros llamamos palcos 
o tribunas, pero mejor dispuestos : la parte en escalones, 
por ejemplo, es la menos socorrida; del pié de los últi- 
mos asientos nace una planicie pendiente con verde 
césped por alfombra, en la cual las ladies, como dice 
Plaza, ponen sus sillas i hacen grupos con sus amigas, 
conservando la libertad de pararse, caminar o sentarse. 
En nuestros hipódromos no hai como hacer semejante 
cosa ; no tenemos sino estos dos estremos : o tierra abajo 
o tablas arriba ; pero en cambio tenemos tirantez en 
todas partes. Tras de estos recintos hai jardines, par- 
ques, mas bien dicho, con árboles grandes o pequeños, 



— 141 - 

con flores, con fuentes, con luz i con sombra, donde la 
inmensa concurrencia acude en los intermedios a tomar 
refrescos o a comer, si se le antoja. Con motivo de esta 
observación oí el siguiente diálogo : 

— Supongo que los hipódromos en la Arjentina son 
como este, dice un inglés. 

— No, contesta un arjentino, son mucho mejores. 

— Ah! 

— Sí, mucho mejores, no tienen adelante esa desagra- 
dable pendiente verde que puede hacer daño con su 
humedad, ni árboles que quiten la vista. 

— ^^Pero aquí los árboles están atrás i no impiden ver 
las carreras. 

— Atrás o adelante poco importa, no tenemos árboles! 

— I dónde van los concurrentes en los intervalos ? 

— Abajo, al sol, o a la tierra, o se quedan en su 
asiento, principalmente las señoras i niñas, porque allá 
es muí mal visto que una niña se mueva. 

— I no van en coches, no hacen pic-nics, lunchs. . .? 

— Antes iban : ahora hemos abolido esa costumbre 
por ser poco seria i no avenirse con nuestro alto carác- 
ter nacional ! 

— i Son ustedes admirables ! dijo el inglés cerrando la 
conversación ! 

He mencionado los coches ; hai que citarlos entre los 
recintos o sitios desde los cuales los concurrentes ven 
las carreras i contarlos con mención honrosa. Describiré 
no mas que el mailcoach de nuestro reciente huésped 
señor Drucker. 



Llegó ájil como una golondrina i después de desen- 
ganchados los caballos, cuatro mozos de librea lo pusie- 
ron en la fila de los otros cien coches del Club ( para 
todo hai club en Londres) en el sitio llamado Coaching 
Club Enclosure, en frente de los palcos ; ájil venia, i sin 
embargo, cuatro doncellas preciosas, dos señoras buenas 
mozas i distinguidas i seis sujetos mas o menos titulados 
del sexo desagradable, coronaban su cumbre ; mas abajo 



— 142 - 

iban lacayos i sirvientes, i en sus entrañas moraban, 
como se vio después, salmones, conservas, pollos i pavos 
asados, espárragos, verdes alberjas, perdices encantado- 
ras en escabeche, helados, frutas i vinos de varias clases, 
haciéndose notar el solícito champagne ; todo ello acom- 
pañado de fuentes, platos i cajas de plata, cubiertos i 
vasos apropiados, blancas servilletas i finos manteles 
destinados a estenderse en una mesa que no sé de donde 
salió i debajo de una tienda de campaña que vino al sitio 
como llovida. 

Todos estos preparativos abajo eran para los caba- 
lleros ; a las damas se les servia arriba, en tablas afortu- 
nadas que ellas colocaban sobre sus faldas, i eran un 
primor ver, protejidos por quitasoles, pues daba el caso 
de haber sol en la circunstancia, rostros divinos de mu- 
jeres encantadoras, comiendo con unas bocas deliciosas, 
sobre nubes de encajes i bebiendo a su gusto en copas 
de plata menos blanca que el cutis de sus frentes ( no 
hablo de las mejillas porque estaban tantalizantemente 
rosadas). Mientras tanto en la tienda Mr. Drucker pare- 
cia un repartidor de felicidades, i llamo tales a las pechu- 
gas de pavo, a las rebanadas de jamón i a las lenguas 
inocentes de animales muertos en gracia de Dios por no 
haber hablado nunca mal de sus semejantes ; todo ello 
bautizado con sendos tragos de espumosos vinos ó res- 
petables añejos. 

Sospecho que eso de las carreras es una invención; 
no he visto a nadie preocuparse de los caballos ni de 
cosa alguna hípica. 

Antes del lunch, la concurrencia se entretenia en pa- 
sear i en admirarse recíproca i reflexiblemente ; durante 
el lunch, lo dicho basta, i después, vuelta a la inspección 
de aquellas plantas accidentales, nacidas en la pradera i 
ostentando un lujo de colores, una feria de trajes, un 
sueño de tules i unos atrevimientos británicos dé belleza 
incomparable, quizá aumentados por los efectos de un 
buen almuerzo, cosa que, como se sabe, es un consuelo 
en la vida i un elemento favorecedor de las sensaciones 
optimistas. 

Verdad es también que la familia real hace una terrible 



— 143 — 

competencia a los caballos i a todo espectáculo ; donde 
está la familia aunque solo sea representada por el prín- 
cipe de Gales, el hombre mas simpático de Inglaterra, 
o un alemán adquirido por parentesco político, ya el 
público no ve nada. Pero -esto se esplica, sobre todo 
cuando está la duquesa de York, que es mui bonita. 

La mortalidad en Londres era en el mes pasado de 18 
por mil, mienti'as que en otra-s ciudades con la mitad, 
cuarta parte o menos de la población, pasaba de 40 por 
mil. Así el área que ocupa esta inmensa ciudad, es el 
pedazo de tierra mas sano que hai en el mundo. Atri- 
buyo este hecho admirable a dos causas ; el sistema de 
desagüe i la falta de acción directa de los rayos solares. 

La luz en Londres está, diré, tamizada, es casi siempre 
difusa, lo que basta para su acción química sobre los 
organismos animales i para la fijación del carbón en los 
vejetales. El sistema de desagüe, uno de los mejores que 
se conoce, mui inferior sin embargo al de Buenos Aires 
qur. es el mas perfecto hasta hoi en ciudad alguna, ha 
hecho desaparecer, como allí, de los barrios bien servi- 
dos, la fiebre tifoidea, la difteria i otras enfermedades 
infecciosas ; la tisis ha disminuido. En París donde toda- 
via siguen en varias partes con el antiguo sistema, pues 
ahora mismo vacian los depósitos por el procedimiento 
neumático, la fiebre tifoidea jermina sin interrupción. 

Algunos incidentes de la lucha por la vida en Europa 
me han hecho recordar dos episodios de mis viajes ante- 
riores. 

Tomábamos café en una misma mesa un caballero i yo, 
en un pueblo de baños en Italia, donde estaba en uso el 
principio de < cada uno para sí ». Cuando concluimos yo 
pagué las dos tazas ; — < Oh, por qué hace usted esto ! » 
esclamó mi compañero en tono de agradecimiento pa- 
tético. 



— 144 — 

Mas tarde en Rusia presenté una carta de recomenda- 
ción a un cónsul de no sé dónde ; el cónsul se hizo man- 
tener literalmente por mí durante cinco dias, so pretesto 
de indicarme donde se comia mejor ; al ñn por un resto 
de equidad que jerminaba sin duda en su alma^ al despe- 
dirnos me dijo: — «¿Qué puedo hacer yo ahora por usted 
en cambio de tanta amabilidad ? Tomaremos una taza de 
café ¿quiere ? Yo la pago. . . ! ». 

Las dos formas de espresion de un mismo sentimiento, 
mas bien, las dos manifestaciones de egoismo, impuesto 
por la penuria de la vida,, se daban la mano a través del 
continente, de Pegli a San Petersburgo. 

Esta mañana me puse a recorrer el mundo, es decir, 
a leer el Times. Los diarios de Londres no tienen pareja; 
cualquiera otro a su lado parece una crónica local, salvo 
los telegramas. El Times i sus colegas de igual formato, 
suministran lectura para una semana ; nadie lee por lo 
tanto cada dia sino la parte que le interesa i siempre la 
encuentra, pues allí se trata de todo, se discute todo i se 
comenta la vida universal de pueblos e individuos.. En 
una palabra, son una fuente inagotable de información. 
Leia como digo el Times, i con suma emoción, las últi- 
mas noticias de la catástrofe del « Castle of Drumon >. 

Cuando lleguen estos párrafos a su destino, ya el 
asunto será viejo, pero ¡ cuántas cosas viejas hai que 
todavía están de moda ! la muerte por ejemplo i el Padre 
Nuestro que todos rezamos con una devoción trasmitida 
por herencia o atavismo ; yo a lo menos lo rezo con gran 
fervor, a pesar de sus faltas de lójica i de sus irreveren- 
cias : Padre nuestro que estás en los cielos (no es exacto. 
Dios está en todas partes, no solo en los cielos) santifi- 
cado sea el tu nombre (ya lo es, positivamente, i no en 
subjuntivo, como lo ponemos en la oración) hágase tu 
voluntad así en la tierra como en el cielo (se ha de hacer 
aunque no queramos, i no solo en el cielo i en la tierra, 
sino en todo el universo) el pan nuestro de cada dia, 
dánosle hoi (si fuera nuestro no necesitaríamos pedirlo i 



— 145 — 

Dios faltaría a la equidad si no nos lo diera) i perdóna- 
nos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a 
nuestros deudores ( « Vea usted estos petulantes, dirá 
Dios al oir esta frase, dándome lecciones de conducta, 
poniéndose de ejemplo para que yo los imite i mintiendo 
además a voi en cuello. Si ellos perdonaran sus deudas 
no me habría visto obligado a crearles tribunales en lo 
civil !>) i no nos dejes caer en la tentación mas líbranos 
de todo mal (bastaba pedirle que nos libre de todo mal 
en lo cual va incluido el no dejarnos caer en tentación ). 
Este lijero comentario muestra que yo venero mas al 
Ser Supremo que cualquier devoto. 



Sin duda la catástrofe del < Castle of Drumon » no 
será tan recordada como la muerte, ni tan repetida como 
el Padre nuestro, pero nadie podrá leer sus detalles sin 
conservarlos en la memoria por largo tiempo, con dolo- 
rosa emoción ! 

El buque seguía su rumbo con su marcha normal 
durante la noche ; los pasajeros en su mayor parte se 
habían retirado a sus camarotes, muchos estarían ya 
durmiendo, los niños sobre todo ( habia niños a bordo i 
familias numerosas que volvían anhelantes a su tierra, 
después de una larga ausencia). Tres o cuatro personas 
solo quedaban sobre cubierta a parte de los empleados 
de a bordp ; otros pocos concluían sus partidas de aje- 
drez, naipe o dominó en el salón de fumar. . . 

De repente el buque choca contra una roca . . . co- 
mienza a hundirse i se hunde en segundos, sin dar 
tiempo a nada. Imajínarse las escenas de horror dentro 
de los camarotes, eriza el cuerpo ; el agua ha debido 
entrar en torrentes para llenar los vacíos ; los que dor- 
mían habrán pasado del sueño a la muerte, no sin tener 
un momento de percepción del horrible sacrificio. Veo 
los niños incorporarse en su lecho, medio dormidos, con 
los ojos grandes, abiertos, espantados, como sonámbu- 
los i ajitar los brazos en defensa contra el turbión sin 
nombre que los envuelve ; oigo los gritos desesperados 

Por mares i por tierras 10 



— 146 — 

de las madres i un minuto después, nada, silencio, salvo 
uno que otro estallido i el gorgoteo del aire desalojado 
por las olas de las cavidades ; los estremecimientos sin 
eco de las máquinas en la agonía de sus últimos impul- 
sos . . . luego por fin, el mar haciendo embudo en el sitio 
del hundimiento ; los bultos livianos de la carga flotando 
en los compartimentos i los cuerpos humanos pegados 
al techo de los camarotes i de los salones por la presión 
del agua. 

I en medio de tan salvaje desastre, el valor heroico e 
inútil del maquinista que baja a apagar los fuegos i abrir 
las válvulas cuando ya no habia tiempo sino para morir 
ahogado i quemado, junto con los foguistas sus compa- 
ñeros de servicio. 

* 

Las recepciones oficiales en Londres tienen el mismo 
carácter colosal de las demás cosas. Asistimos a la del 
ministerio de Relaciones Esteriores, donde recibia la 
marquesa de Salisbury, pues por una ficción mui en boga 
ahora en todas partes, las señoras son las dueñas de casa 
i las que invitan a sus reuniones. 

Se habrán fijado ustedes en que las señoras, no sé si 
por dudar ellas mismas de la lejitimidad de su posesión 
sobre los objetos, o por otro motivo, se apresuran a con- 
firmarla con signos visibles ; así se observa que de un 
tiempo a esta parte, los maridos no tienen ni una toballa, 
ni un mantel, ni una sábana, funda, plato, taza o cuchara 
que les pertenezca ; todas estas piezas llevan las iniciales 
de la señora i por lo tanto son de ella, aun cuando las 
haya comprado el marido. 

Al mismo marido no le ponen rótulo probablemente 
por descuido o por considerar suficiente prueba sus tar- 
jetas en las que se lee < Señora de Fulano, » es decir, 
propietaria de ese infeliz. 

Por tanto, la marquesa de Salisbury, dueña de todas 
las cosas de Salisbury i del mismo notable hombre de 
Estado en persona, recibe en el ministerio con muchk 
distinción, cortesía i amabilidad a mas de dos mil qui- 



— 147 — 

nientas personas cada vez. Todo está lleno: galerías, 
escaleras i salones ; cada uno anda por su cuenta des- 
pués de la introducción ; nadie da el brazo a nadie ; todos 
están parados o caminando ; seria una locura pensar en 
sentarse. La concurrencia es lo mas heterojénea posible; 
al lado del ministro de Haití, negro, se ve un príncipe 
sajón, lácteo i con bigotes blancos de puro rubios, i junto 
a una inglesita linda i delicada como una orquídea, se 
destaca la figura jigantesca, del secretario de la legación 
china, con trenza i vestido de mujer; mas allá el ministro 
japonés, chino, amarillo i con los ojos oblicuos, habla 
a martillazos estridentes con una duquesa enorme que 
parece un ídolo antiguo. 

Varias particularidades ofrecen estas ñestas a la obser- 
vación del viajero : la cultura de los concurrentes, mui 
difícil de mantener en reuniones tan numerosas; el esqui- 
sito servicio de la repostería tan esmerado i correcto, 
aun tratándose de atender a dos mil personas; fínal- 
mente la ostentación de la fortuna por medio de las joyas 
con que se adornan las señoras. 



El número i el valor de las alhajas son puntos dignos 
de admiración. Si tratara de asignarles una medida, no 
se me ocurriría ni contarlas ni aquilatarlas ; mas propio 
me pareceria justipreciarlas por toneladas. Jamás he visto 
mayor cantidad ni piezas de mayor mérito. Hacia yo mis 
comentarios hablando con una joven norte-americana i 
ella me contestó: — «No crea usted, muchas de ellas son 
joyas de fami]ia antiquísimas, trasmitidas por herencia». — 
< Peor que peor, repliqué, si son antiguas i heredadas, 
calculando el interés por siglos de un capital muerto, 
probablemente no despreciable en su orijen ». La joven 
abrió tamaños ojos i no pudo contestar ese argumento 
que en cualquier parte me habría hecho pasar por minis- 
tro de hacienda o por pulpero. 



— 148 — 

No dejaré sin embargo de hacer una crítica a la reu- 
nión : no sé de dónde sacó la marquesa de Salisbury tan 
formidable i variada colección de viejas feas. 

Los collares envueltos en cuellos tendinosos, los hilos 
de perlas caidos sobre clavículas salientes i fornidas; las 
diademas trepadas en cabezas estrafalarias i los anillos 
acumulados en falanjes nudosas, no servian de adorno sino 
de aviso para hacer resaltar la perturbadora falta de 
hermosura de las duquesas, condesas, marquesas i damas 
de honor que servian de escaparate a tan valiosa joyería. 
Nada hai completo en este picaro mundo ; los títulos i la 
fortuna parecían en aquel baile, patrimonio de la fealdad 
i la vejez. No obstante, de un espectáculo como este, las 
jóvenes sacan un provecho : el de librarse de toda ambi- 
ción respecto a joyas. \ A qué tenerla de lo inalcanzable 
ahora, para la inmensa mayoría ! — < De no poseer eso 
o algo semejante, decia una señora, mas vale no poseer 
nada. > ~ « Sea usted vieja, fea i duquesa i tendrá diade- 
mas, coronas, brazaletes, anillos, collares i un sarcófago 
a poca distancia, le contesté ; todo se compensa ! » 

Naturalmente en esos bailes no se baila, se pasea, se 
conversa, se ve a la aristocracia formando muchedumbre 
i se tiene el honor de asistir a una recepción en que hace 
acto de presencia una parte de la familia real. En esta el 
honor fué acordado por la duquesa de York i su marido; 
mui agradable, casi bonita, la duquesa, por una escepcion 
de la lei de compensaciones. 



* * 



Karlsbad, Julio de 1896. 

Es necesario ser tonto para venirse a Karlsbad sin 
necesidad o por simple curiosidad profesional, cuando 
uno puede ver en los libros cómo es el sitio, cómo son sus 
aguas i demás por ende. Pero no me pesa haber venido. 
Comenzaré por decir que a no ser por los hoteles, Karls- 
bad sería delicioso. Está situado a orillas de un rio tor- 
tuoso que corre entre montañas cubiertas de árboles 
metódicos i bohémicos; la temperatura es agradable i de 



— 149 — 

memoria de hombre, como reza el librito que se reparte 
a los viajeros por resolución municipal, no ha prendido 
epidemia alguna, ni han entrado el cólera ni la fiebre 
amarilla, ni la viruela, ni la difteria, ni el sistema de go- 
bierno republicano federal; i es lástima, porque ano ser 
así, tal vez estarian sentados a la diestra de Dios Padre, 
todos los hoteleros que infestan el país, o a lo menos 
muchos de ellos, comenzando por los señores Pupp, 
padre, hijo i secretario, i concluyendo por el señor 
Kokke i su estimable i corpulenta señora. 



Una de las particularidades de Karlsbad es la siguien- 
te : no hai casas de familia i por lo tanto no hai familias: 
hai solamente lo que llaman villas i hoteles, nada mas. 
En las villas pertenecientes a particulares, los habitan- 
tes: padre, madre, hijos i sirvientes, forman solo un rudi- 
mento de familia, que admite huéspedes a los cuales 
alquila piezas por semana. P3n la casa no se cocina ; los 
dueños i los huéspedes comen en los hoteles, en los jar- 
dines, en los parques o en el mercado. 

En todas partes hai mesas. No es raro oir diálogos 
como este en los domicilios privados : 

El hijo.— Papá, { dónde vas a comer hoi ? 

El padre. — Yo voi a comer con tu madre en lo de 
Klingelfussklasenbeckreigíf ; ¿ i tú ? 

El hijo. — Yo comeré con Hermengaudia i con Funff en 
el Reigstaggthoff, donde la comida es mas barata, porque 
no dan sino lo que está ya un poco pasado. 

La madre. — Pero harán mal de comer eso ! 

El tio. — Qon tomar un vaso de Sprudel ! 

Debo advertir que la elección de sitio para comer, no 
tiene la menor significación. Todos los hoteleros se en- 
tienden, todos tienen la misma lista impresa del mismo 
modo, en el mismo formato i por la misma imprenta; 
la única diferencia es el nombre del Envenenador. Así, á 
pesar de ser Karlsbad una ciudad compuesta esclusiva- 
mente de hoteles i casas amuebladas, la cuestión de 
comer es una grave cuestión i para los estranjeros, un 
verdadero padecimiento ; la carne en jeneral está en pie- 



— 150 — 

na descomposición o escurrida; los huevos, salvo exep- 
ciones, son viejos i mal conservados (es sumamente peli- 
groso tomarlos), el pescado, blando, pasado, a veces 
venenoso. 

Advierto que yo no escribo sino la verdad. 

Por poco que uno se descuide le hacen comer sustan- 
cias alteradas. En un restaurant elegante, el mozo trae 
.unas sardinas hermosísimas, bien hinchadas ; se le recla- 
ma ; él va i vuelve con esta noticia : — «El cocinero dice 
que están buenas i que además nadie come sardinas 
durante la cura.Hf — « Dígale al cocinero que se vaya al 
diablo, replico ; si no se toma sardinas durante la cura, 
I cómo figuran en la lista ? I por fin, i quién le ha dicho al 
cocinero que yo he venido a la cura i no a comer sardi- 
nas austríacas ? » Los mercantes en comestibles de los 
hoteles aquí (i en jeneral en todo el mundo civilizado) no 
tienen conciencia ; la han mandado a lavar i todavía no 
la ha devuelto la lavandera ! 



La humanidad debe a Karlsbad no solo el beneficio de 
sus aguas, sino también la creación de un nuevo proto- 
tipo : el fondero ensimismado, arrogante, lleno de una 
suficiencia cómica, risible, insospechada, oculta para él 
mismo, petulante, soberana, que seria chocante si no 
fuera ridicula i no ofreciera un nuevo tema de estudio 
como producto de un singular conjunto de circunstancias! 
Qué conciencia tan absoluta tienen estos señores taber- 
neros de su valer, de su inmensa superioridad sobre el 
resto de los mortales ! 

Es curiosa la consideración que se guardan entre ellos 
i el desprecio injénuo con que tratan a los viajeros, asig- 
nándoles cuando mas, el papel de cosas, cambiables, aco- 
modables i transportables. 

Para el jerente del hotel Pupp, por ejemplo, el mundo 
jira alrededor de la casa Pupp, que en realidad es un 
inmenso i lujoso palacio. Allí su Majestad recibe a los 
huéspedes con una sonrisa llena de tolerancia, de lástima, 
de piedad, de conmiseración i les habla con misericor- 
diosa i benigna protección. No lo hace por maldad, ni por 



— 151 — 

despotismo ni hostilidad, sino por la c :-cc es r^A nicco* 
movible de la alta categoría de Pup p, c~n rrl^c: >n al 
resto de los mortales , i eso, no tam::- >;:? en se .-al. iad de 
Pupp, sujeto, persona, sino de Pi^pj-. di-rñ? «-c hotrl en 
Karlsbad. 

Para él Dios tiene una fonda en el cirl:^ a !a c-á¡ d^be 
su omnipotencia, el Papa es el jerectc drl X'ancano i e¡ 
presidente de los Estados L'nidos un scm^lUr de la ^an 
nación. 



Un viajero en Karlsbad abandona por fuerza su perso- 
nalidad; desde lueg^o paga un impuesto por !a música aun 
cuando sea sordo i por la cura aun cuando no tome agua 
ni se bañe, sin estar en su mano convencer a nadie de 
ser refractario a los acordes i no necesitar ia cura, pues 
hasta los sirvientes se permiten, como se ha v:sto, opinar 
acerca de la incompatibilidad de tal o cual p!ato con el 
réjimen impuesto ; i como esto no basta, por la tuerza de 
las cosas, el pobre pasajero se convierte en un objeto 
con el cual los fonderos según su conveniencia, juegan al 
volante, enviándoselo recíprocamente, con el portero 
respectivo i adjuntando los informes, que mejor respon- 
den a la esplotacion uniforme, concertada, pactada de 
antemano entre ellos. 

i Ah ! que hermoso seria este valle si a Dios se le ocu- 
rriera suprimir los hoteles mediante una pequeña erupción 
volcánica ! 

Allá en los viejos tiempos, crió Dios el mundo (no cabe 
en esto la menor duda) i puso en el sitio que ocupa 
ahora Karlsbad, formaciones graníticas, asfálticas i otras, 
según las épocas jeolójícas i su buen o mal humor. Aun 
cuando el lugar era solitario i no había ante quien os- 
tentar espectáculos maravillosos, se divirtió también 
haciendo juegos pirotécnicos, erupciones volcánicas, 
reventazones en la piedra viva con espulsiones de fuego 
i barro fundido, proyecciones de agua hirviendo i 



— 152 — 

otra porción de novedades que nadie vio. Resultado de 
todo esto es la formación actual de lá comarca, la crea- 
ción de montañas i colinas, la de valles i cuencas, ríos i 
vertientes, i lo demás que se presenta ahora como tes- 
tigo de lo ocurrido por aquellos entonces. 

Dicen los jeólogos i las guias de los hoteles, que las 
capas de granito se alzaron formando promontorios, se 
rajaron en varias partes, dieron salida a diversos mate- 
riales internos i cuando las furias amainaron, el basalto 
fundido i la tierra greda llenaron algunas grietas dejando 
otras abiertas por donde las aguas minerales calientes 
viniendo de no sé donde, se precipitaran al esterior i 
continúan precipitándose cargadas de sales solubles i 
saturadas de ácido carbónico. 



La teoría del fuego central en el globo terrestre, ad- 
mitida sin vacilación hasta hace poco, en virtud del 
hecho esperimental de que el calor en los pozos aumenta 
de un modo proporcional con la profundidad i da, para 
cierta hondura según el cálculo, una temperatura a la 
cual ningún material conocido puede dejar de entrar en 
fusión, ha recibido un golpe serio con esta sola obser- 
vación : a una hondura de seis i media millas, como la 
que se ha encontrado entre las islas Bermudes i el Banco 
de Terranova, i con mas razón, a una de ocho i cuarta 
millas, casi tres leguas, como la que marcan los sondajes 
a una distancia media entre las islas de Tristan de 
Acuña i la Boca del Río de la Plata, debia encontrarse 
si no el fuego central, una elevadísima temperatura por 
lo menos ; sin embargo, nada de esto sucede i la teoria 
queda mal parada, por el hecho mismo de haber sido 
posibles los sondajes. 

Pero no hai humo sin fuego, i yo no sé como se espli- 
caria la existencia de los volcanes i de las aguas terma- 
les sin admitir la de focos internos i materiales en 
ignición a mayor o menor distancia del suelo. 

Entre tanto, no teniendo yo la obligación de espli- 
carlo todo, me limito a confirmar los hechos, i estos 



- 153 — 

muestran que el agua de las fuentes de Karlsbad viene 
de lo hondo, ha encontrado temperaturas relativamente 
altaSf ha pasado por sitios donde hai sales solubles i 
gran cantidad de ácido carbónico libre o combinado, 
ha disuelto las sales, se ha saturado de ácido carbónico, 
i arrastrando el exeso, si lo hai como parece, sale por 
las aberturas violentamente. 

Hai una fuente sobre todo, que puede servir como 
tipo de estudio: el Sprudel, una maravilla natural pei- 
nada ahora por el arte. En efecto, se ha construido una 
inmensa galeria para ella» dejándola en uno de sus estre- 
mos arreglada de un modo adecuado para que el agua 
suba en su proyección a la mayor altura i caiga en una 
taza colosal en cuyo centro está el tubo conductor. 

El espectador al contemplarla no entiende lo que 
tiene delante, a menos de saberlo de antemano. Vé salir 
el agua i el vapor como del pico irrigador de una bomba, 
pero en erupciones intermitentes de líquidos i gases ; vé 
llenarse de humo la atmósfera i flotar nubes blancas que 
luego se disipan; oye el ruido de esplosiones repetidas 
con mayor ó menor regularidad, isócronas con las pul- 
saciones de ese tan estraño mecanismo. 



Esplicacion probable del fenómeno. Casi toda la ciu- 
dad Karlsbad está situada sobre una bóveda de granito, 
que es el techo de espacios vacios mas o menos gran- 
des, especie de cuevas i conductos que los accidentes 
jeolójicos formaron. Esta bóveda está sostenida por 
columnas, tabiques, pilares i aun gruesas moles de gra- 
nito, entre cuyos huecos circula el agua que surje por 
las aberturas. El agua circulante, recuérdese, tiene una 
alta temperatura; se halla saturada de ácido carbó- 
nico i mantiene en disolución varias sales ; algunas de 
estas se precipitan por enfriamiento i forman depósitos 
en la vecindad de las aberturas, es decir, donde cambia 
la temperatura del líquido. Tienen ademas la facultad de 
petrificar los objetos. Diré de paso, que tanto los sedi- 
mentos o materiales depositados como las petrificacio- 



— 154 — 

nes, dan oríjen a un vasto comercio de piedras talladas, 
producto de la industria local tan conocida. Como con- 
secuencia de los depósitos mencionados, algunos canalCvS 
o pasajes se obstruyen o disminuyen de calibre i enton- 
ces, por la tensión de las aguas gaseosas, se producen 
esplosiones parciales, rompiéndose la cascara de gra- 
nito i dando lugar a la salida violenta del líquido con 
sus gases i vapores i con los fragmentos sólidos que 
arrastran. Algunas de estas esplosiones han causado 
grave daño i los anales de Karlsbad marcan la fecha de 
las mas memorables i no menos destructoras que los 
terremotos. Nuevas grietas se abrian por consiguiente, 
algunas fuentes se desmoronaban, otras dejaban de fun- 
cionar i los vecinos cuando el caso lo permitia, reme- 
diaban los desastres tapando las aberturas con bolsas de 
arena, piedras, maderas i otros materiales, para enca- 
minar las aguas a sus habituales salidas. Ahora hai, me 
dicen, válvulas de escape i galenas adecuadas para evi- 
tar en lo posible las esplosiones. 



Pero volvamos al primer tópico, para cuya intelijencia 
he creido necesario entrar en digresiones. En la fuente 
llamada el Sprudel cuyo seno comunica con las otras 
fuentes, los depósitos o los cataclismos anteriores, o las 
dos causas juntas, han dejado una concavidad inmedia- 
tamente debajo del conducto de salida; esta cavidad 
nunca se llena porque el ácido carbónico, menos pesado 
que el agua pero mas que el aire, se acumula entre la 
bóveda i la superficie líquida; mas como instantánea- 
mente nuevas cantidades de agua gaseosa van llegando, 
la presión del gas libre i del vapor actúa sobre la masa 
i no pudiéndola hacerla retrogradar, la obliga a salir 
junto con los gases i vapores por la abertura superior. 
Ahora bien, apenas hecha la espulsion, la presión dismi- 
nuye para aumentar inmediatamente; al aumento sucede 
una nueva espulsion i así continúa repitiéndose el cu- 
rioso fenómeno, i se repetirá mientras subsista la cavi- 
dad con su bóveda resistente i su pequeña abertura. 



— 155 — 

Tengo el placer de anunciar a mis lectores» que en las 
g^uias i libros referentes a este punto, no he encontrado 
sino someras indicaciones, en las cuales se enunciaba 
apenas la esplicacion del hecho i que si yo la doi en 
estenso, no reclamo por ello su gratitud, bastándome la 
satisfacción de salvar sus dudas, sobre un problema que 
tanto afectaba su bien estar i la tranquilidad de su con- 
ciencia. 

Se me ha ocurrido esta reflexión al recordar la cara 
de sorpresa i curiosidad investigadora de algunos bebe- 
dores de agua, que parados enfrente del Sprudel, se 
olvidaban de llevar el vaso a la boca mientras bregaba 
su cerebro por darse cuenta de tan insólita maravilla. 



En la galeria del Sprudel una banda de música toca 
cuanto se le ocurre, casi a la madrugada, i millares de 
gentes cosmopolitas en estado patolójico, circulan copa 
en mano, presentando el espectáculo mas grotesco, di- 
vertido i estravagante. 

Unos quieren recojer el agua del pelotón de gotas que 
cae, otros la toman de la fuente ; unos la beben a sorbos, 
como si se quemaran los labios, otros la dejan enfriar i 
repiten la dosis i todos, cuando termina la hora señalada 
por la costumbre, se retiran arrogantes con la conciencia 
del deber cumplido i la vestimenta mas estraña que pu- 
diera encontrarse en un guarda ropa de teatro. 

Pero dejando aparte las observaciones humorísticas a 
que da lugar este agrupamiento curioso de Karlsbad, 
quiero apuntar otras de verdadera trascendencia. No 
sabemos a lo lejos cuánto importa para la salud i la vida 
una residencia, aun corta, en este delicioso paraje i el 
uso de sus aguas maravillosas, ya célebres desde hace 
siglos. Los mismos datos científicos que yo habia reco- 
jido antes de venir, eran incompletos i oscuros. En jene- 
ral encuentro deficientes las descripciones de los parajes 
salubres, interesantes para los enfermos, a lo menos por 
lo que hace a la claridad. Yo trato siempre de que las 
mias no tengan entre otros ese defecto. y 



— 156 — 

Las aguas de Karlsbad son termales, pero su tempe- 
ratura no es igual en todas las fuentes; varia entre 33o 
i 72° centígrados prescindiendo de las fracciones. La mas 
alta corresponde al Sprudel, la mas baja al Russische 
Krone. Son salinas i están saturadas de ácido carbónico. 
Las sales que contienen, a mas del ácido carbónico libre, 
son carbonatos de hierro, manganeso, magnesio, calcio, 
estroncio, litina i sodio; sulfatos de potasio i sodio; clo- 
ruros, fluoruros i boratos de sodio; fosfato de cal i por 
fin otros metales i metaloides en combinación, algunos 
de ellos en infíma cantidad. La sal predominante es el 
sulfato de sodio (23 a 25 gramos por 10,000 de agua). 

El agua de todas las fuentes tiene sólo pequeñas dife- 
rencias en su composición, i sale en forma de chorro 
por cañerías apropiadas, derramándose en piletas sub- 
yacentes donde la toma el público gratuitamente. En 
cada fuente hai dos o mas muchachas ocupadas en llenar 
los vasos. En el circuito de las vertientes se han cons- 
truido edificios preciosos para facilitar el ejercicio o el 
reposo a los que tomen el agua. 

Mencionaré sólo las fuentes llamadas Sprudel, Mark 
Brunnen, Shloss Brunnen, Muhl Brunnen, Neu Brunnen, 
Theresien Brunnen, Elisabeth Quelle, Felsen Quelle i 
Kaiser Brunnen, cuyas aguas fueron analizadas por 
Ludwig en 1879. 

Los edificios en que se hallan algunas fuentes, llama- 
dos columnatas, son en jeneral grandiosas construciones 
dispuestas para responder a todas las exijencias de los 
enfermos, cualquiera que sea el estado de la atmósfera. 

La cura se hace en dos o tres semanas, tomando 
diversas dosis de agua por dia; rara vez mas de seis 
copas i bañándose si el médico lo ordena. Durante la 
cura se disminuye la cantidad de alimentos i bebidas sin 
llegar a la dieta. La moda ha influido en los detalles de 
la medicación ; unas veces esta se ha limitado a la injes- 
tion del agua en cantidades i horas variables ; otras al 
uso de los baños fríos, calientes, templados, estable- 
ciéndose por fin un racional empleo de los dos sistemas, 
conjuntamente, cuando los médicos lo prescriben. Entra 
asi mismo en algunas curas el uso de baños de un barro 



— 157 — 

especial que contiene hierro. Mi opinión mas segura res- 
pecto a la eficacia de los baños en barro ferrujinoso es 
que debe ser mui grande, cuando los cerdos (chanchos 
en Sud América) es decir, los primeros habitantes de 
nuestro globo que los usaron, los verdaderos introduc- 
tores de este sistema terapéutico, gozan en jeneral de 
exelente salud. 

* 

El agua de Karlsbad cura todas las enfermedades 
curables que dependen de ingurjitaciones, conjestiones 
o estagnaciones removióles j las que en muchos casos 
provienen de falta de enerjía en la circulación intersticial. 

Segim rezan los manuales, se recomienda el uso de las 
aguas de Karlsbad en las siguientes enfermedades : 

< Del estómago : catarro crónico, cardialjia (calambre 
del estómago), úlcera del estómago, dispepsia, dilatación 
estomacal. 

« Z)el bazo: hiperhemia crónica, tumores consecutivos, 
después de fiebres intermitentes que se observa en países 
tropicales i húmedos. Los médicos húngaros i holandeses 
establecidos en las Indias, donde la fiebre intermitente 
i la malaria son tan jenerales, mandan sus enfermos con 
prefererencia a Karlsbad. 

« Del hígado : hiperhemia, dejeneracion grasosa del 
hígado, formas de fácil curación de ictericia, hipertrofia 
del hígado, dejeneracion amiloidea en su principio, litia- 
sis. ( No existe ninguna obra sobre enfermedades del 
hígado, donde no se hable con elojio de Karlsbad. Véase 
los trabajos de Frerichs, Oppolzer, Bamberger, Duchek, 
Fiedler, Strümpell). 

« Enfermedades del intestino : catarro crónico, diarrea 
crónica, constipación persistente, úlcera del duodeno, 
hemorroides ( Schoenlein, Carus, Oppolzer, Lebert, Wal- 
ter, Dietel, Jaksch, Zizurin). 

« Enfermedades de los ríñones i órganos urinarios: 
catarro crónico, arenillas en la orina, litiasis, piedras en 
la vejiga; antiguamente se mandaba a Karlsbad los en- 
fermos operados de piedra. 

« Enfermedades de la próstata: hiperhemia crónica, 



— 158 — 

producida por estasis venoso de los órganos de la pelvis, 
hipertrofia de la próstata. 

« Enfermedades de la tnatris: catarro crónico, hiper- 
trofia. 

« Gota, obesidad^ plétora abdominal, diabetes sacarina. 
Los médicos de Karlsbad asisten a un gran número de 
diabéticos; sus observaciones i trabajos son conocidos 
i sus obras en este ramo mui apreciadas. 

« Además todas las enfermedades debidas a una estan- 
cación de la sangre dentro de los órganos pélvicos 
(exepto la debida a neoplasmas, alteración del sistema 
vascular, etc.), son eficazmente combatidas por las aguas 
termales de Karlsbad. 

La cantidad de agua para beber varia de 2 a 6 vasos, 
raras veces más, algunas veces menos, según la enferme- 
dad. Al agua mineral se puede añadir sal del Sprudel, 
leche o suero, que se podrá comprar cerca de las fuentes. 

« La cura de baños se hace en los diferentes estable- 
cimientos ( Sprudelhaus, Curhaus, Netibad ), instalados 
con gran comodidad i puestos bajo la vijilancia de la 
ciudad-^ en estos se toma baños de agua mineral, duchas 
calientes o frias, baños de cieno ( procedente de cieno 
ferrujinoso que pertenece á la ciudad de Francensbad ), 
baños de vapor i duchas de agua dulce. 

Ahora hai un nuevo establecimiento de baños vecino al 
Hotel Pupp, pero del otro lado del rio; Kaiserbad, creo 
que se llama. Es un espléndido i lujoso palacio en el cual 
las ciencias médicas i matemáticas se hallan representa- 
das en forma de hijiene i arquitectura. Se administra en 
él toda clase de baños, usando los aparatos más perfectos, 
manejados por sirvientes diestros, intelijentes. e instruidos. 
La casa, además, puede considerarse como un club de alto 
tono ; tiene salones de lectura, salas de concierto, de con- 
versación i de baile. El departamento de jimnasia mecá- 
nica con su insuperable dotación de aparatos de ortopedia 
o simple ejercicio, llama justamente la atención. Como 
casa de baños, es la primera de las que yo he visto, i en 
verdad no he dejado por ver una sola de las notables en 
América i Europa. 



— 159 — 

Cuando concluye el reparto de agua a los enfermos 
en las fuentes^ comienzan, bajo la vijilancia de la autori- 
dad sanitaria, a llenar los millones de botellas que se 
despacha a todo el mundo civilizado, los empleados espe- 
ciales de una empresa que ha contratado con el g'obierno 
la esplotacion de las fuentes. Así el agua de Karlsbad, 
puede ser utilizada hasta en los mas remotos países con 
buen resultado, pues según los químicos, su composición 
es invariable. 

Pero no solo se esporta el agua, sino también las sales 
que ella tiene, estrayéndolas por medio de la evaporación, 
comercio que deja al país i a los empresarios grandes 
granan cias. 

La operación se hace en fábricas adecuadas. Yo he 
visitado una, la mas importante, i me he dado cuenta de 
todos los detalles de la preparación. Los aparatos de 
calefacción, de evaporación i cristalización, así como los 
diversos departamentos para la confección de pastillas i 
jabones i los accesorios para la espedicion, nada dejaban 
que desear. La calefacción se hace económicamente apro- 
vechando el agua del Sprudel, cuya alta temperatura he 
indicado. 

Las aguas madres resultantes de la operación, son 
empleadas para baños o lociones, i también para hacer 
el jabón. 

Dos clases de sales se obtiene en las fábricas ; la cris- 
talizada i la sal en polvo. 

La primera no tiene todos los elementos eficaces del 
agua termal i se usa principalmente como purgante. 

La sal mas aproximada en su composición al agua del 
Sprudel se prepara por evaporación, i cuando está toda- 
vía húmeda, es transportada de las fábricas al estableci- 
miento del Sprudel^ donde se la somete a la saturación 
por el ácido carbónico. Esta operación se hace para con- 
vertir en bicarbonatos los carbonatos de la sal, resultan- 
tes de la concentración de las aguas del Sprudel. Prepa- 
rada así la sal pulverulenta es soluble en su totalidad i 
cinco gramos de ella representan poco mas o menos, un 
litro del agua mineral. 

La dosis de cinco gramos disuelta en una cantidad pro- 



— 160 — 

porcional de agua caliente, estimula el estómago, activa 
su acción mecánica i neutraliza por un tiempo el jugo 
gástrico. A mayores dosis la acción se manifiesta no solo 
en el estómago, sino en los intestinos i el hígado, que 
segrega mas francamente la bilis. Como la sal es alcalina, 
produce su efecto natural en los riñones, dando por re- 
sultado un aumento en la orina. 
Esto es todo o casi todo. 



Ahora bien, al éxito a veces sorprendente de la medi- 
cación, contribuye poderosamente el cambio de método 
de vida, el réjimen, el ejercicio a veces inmoderado de 
los asistidos. 

I advierto que ese ejercicio es impuesto por contajio ; 
el mas perezoso de Karlsbad, anda, se mueve porque 
vé andar i moverse a todo el mundo ; las calles están 
llenas de jente, los jardines i los parques, i hai muchos, 
no dan abasto ; las montañas vecinas parecen hormi- 
gueros; no se vé sino subir i bajar hombres, mujeres i 
niños ; he visto algunas señoras de ciento i tantos kilo- 
gramos en Stefaniewarten, una altura a la cual se llega 
caminando tres horas, sin esplicarme cómo subieron allí 
con semejante mole. Stefaniewarten, lo diré de paso, es 
un paraje situado en la cima de una montaña cubierta de 
pinos desde su base hasta su cúspide; de arriba se vé 
Karlsbad como un caserío de muñecas i los hombres 
como son, mui pequeños. 

Además del réjimen material, debemos tomar en 
cuenta el reposo moral. Los que llevan una vida ocu- 
pada, sedentaria, de escritorio, de negocios, de preocu- 
paciones políticas, esa vida de suplicio que se lleva 
ahora por fuerza en las grandes ciudades, vienen aquí, 
no hacen nada sino pasear, caminar, oir misa i dormir 
temprano i bien. No discuten, (a menos de traer a su 
mujer consigo, lo cual es siempre un error) i por lo 
tanto las funciones físicas, fisiolójicas i síquicas se verifi- 
can con suma normalidad. 



— 161 — 

Cada vez que oigo hablar alemán o tropiezo con una 
piedra, me acuerdo de Seeber, un amigo mío de oríjen 
tudesco, cuyo patriotismo le hace hablar dulce el abstruso 
idioma jerraano, cuando es de publica notoriedad que dos 
personas de diverso sexo, diciéndose ternezas en esa 
lengua, parecen a juzgar por los sonidos estridentes, 
estarse llenando de injurias, de improperios i denuestos; 
el coloquio semeja una furibunda camorra. 

Juzgúese lo que será un diálogo por lo que es un 
solo nombre : K. K, Besirkshauptmannschaft, ni mas ni 
menos, copiado testualmente de un reglamento munici- 
pal, uno de cuyos artículos dice : < Las diferencias entre 
inquilinos i propietarios o fondistas, están bajo la juris- 
dicción de la K. K. BezirkshauptmannschafL 

\ Es un horror ! ; al lado de esa palabra son tolera- 
bles i livianas las atroces silabas de los nombres de ver- 
tientes, fuentes, surtidores de agua i casas de baños, 
tales como Kaiserbad in Karlsbad; Sprudel, Obere Zap- 
tenlock, Schlossbrun, Muhlbram Colonnade, Curhaus, 
Kaiserbrunnen, Parkstadt i otros análogos. 



Pero no sólo hai en Karlsbad aguas minerales, fuentes, 
baños, fábricas de sales i columnatas; hai también igle- 
sias, teatros, casinos, salones de lectura i de baile, gran- 
des hoteles, institutos diversos, jimnásios, escuelas i 
sobre todo montañas i bosques, constituyendo paseos 
deliciosos ; un rio, el Tepl, que corre en el fondo del 
valle sobre la bóveda de granito i deja pasar por debajo 
las galerías de las aguas minerales i otro, el Eger, que 
parece no querer meterse en nada de cuanto atañe a la 
ciudad i se escapa de ella después de recibir las aguas 
del primero. 



Queda, sin embargo, como lo mas característico de 
Karlsbad, su estraña población flotante, tras de la cual 
desaparece la estable ; la población que forma un rio de 

Por mares i por turras II 



— 162 — 

jente en las calles, en los puentes, en los caminos sinuo- 
sos de las montañas, en las sendas, en los jardines i en 
todas partes donde cabe un cuerpo. No sé si el espec- 
táculo es agradable o desagradable; en cualquier caso 
es curioso, semigrotesco, semi-triste, semi-ridículo, pero 
atractivo como novedad de perspectivas abigarradas. 

Todas las clases de caras, todas las estaturas, todas 
las complexiones, todas las elegancias i las deformi- 
dades ; todos los colores de cutis i de cabello, todas 
las formas de barbas i de bigotes, todas las vesti- 
mentas, batas, batones, levitas, gabanes, sacos, hábitos, 
libreas, sotanas, levitones, chaquetas, capas, fraques sin 
mangas, túnicas, camisas, corpinos, rebozos, mantillas, 
corbatas, pantalones anchos, angostos, largos, cortos ; 
todos los modelos de botines, botas, alpargatas, sanda- 
lias, zuecos, zapatos, escarpines, zapatillas i polainas ; 
todas las clases de sombreros, gorros, turbantes, cofias, 
tricornios, boinas i casquetes ; todos los jéneros de 
bastones, paraguas, báculos, muletas i baritas; todos 
los colores i todos los dibujos, a cuadros, a rayas, a 
florones, i todo eso paseado, exibido, ambulante o 
quieto un momento i presentado por personajes obesos, 
flacos, chicos, grandes, medianos, de cualquier edad, bien 
conformados o contrahechos, cojos, mancos, tuertos, 
ladeados, semi-paralíticos, hinchados, mutilados ; i en el 
número, mujeres hermosísimas, sanas, blancas, jóvenes, 
alegres, coquetas o viejas, estéricas, flotantes, coloradas 
i con bigote ; pues Karlsbad en la estación de la cura es 
el lugar de cita de treinta mil enfermos i sanos de las 
innumerables naciones de la tierra, que vienen a curar- 
se, a pasear, a divertirse o a invertir tiempo solamente, 
arrastrados por la necesidad o por la moda. 



* 
* ♦ 



Dresde, Julio de 1896. 

Dresde es una ciudad mui bonita, tanto en su parte 
nueva como en la vieja. El rio Elbe, navegable por 
pequeñas embarcaciones, la divide. Varios puentes ponen 



— 163 — 

en comunicación las dos partes ; uno de estos, el mas 
notable, fué hecho con el dinero producido por la dis- 
pensa para comer huevos i tomar leche en épocas dadas. 

La vista desde los puentes en las noches de luna, sobre 
el rio i la población, es preciosa, i ellos mismos, basta 
mui tarde, ofrecen un espectáculo animado con el va 
i ven de transeúntes, de carruajes i vehículos de toda 
especie. 

Esta ciudad tiene nombre de artista desde hace sigilos, 
principalmente por sus pinturas i sus notabilísimas piezas 
de porcelana hechas en fábricas rivales de las mejores 
del mundo, en las cuales trabajan operarios cuya habilidad 
no ha sido sobrepasada sino exepcionalmente. Muchas 
de las obras maestras de cerámica que figuran en los 
castillos del rei de Baviera, célebre por su afición al arte, 
fueron ejecutadas en los talleres de Meissen, que )o he 
visitado. 

Su lindo i amplio Parque enclavado en la ciudad, hace 
recordar al Hay de de Londres; no es sin duda tan gran- 
dioso, ni tan concurrido, pero llena su objeto admirable- 
mente. Allí se derrama casi toda la población los dias 
de fíesta i aun durante la semana; no hai hora hábil en 
que no se vea numerosos paseante^ cruzándolas preciosas 
avenidas i grupos de niños jugando en los descampados. 

Los árboles, grandes i bien cuidados, llevan en su 
tronco un letrero que dice su nombre i su familia. La 
única contrariedad para quien pasea bajo su sombra, es 
la indecisión para elejir el sitio en que se ha de quedar 
más tiempo; todos son deliciosos. Un buen jardín zooló- 
gico ocupa varias hectáreas del Parque i sirve de estudio 
i de diversión al pueblo. 



Una de las colecciones mas curiosas i ricas en Dresde 
es la de joyas, ornamentos, armas i objetos de oro, plata 
i marfil esculpidos. Ocupa este valioso museo varias 
piezas de un antiguo palacio i llaman principalmente la 
atención en ellas, las joyas de la corona, \(9s grandes i 



— 164 — 

numerosos brillantes, los rubíes, las perlas colosales (hai 
una como un huevo de gallina chico, que ha servido para 
hacerle el cuerpo a un hombrecito de metal) las esme- 
raldas, los záfiros i el pedazo de ónix mas grande que se 
conoce i cuyo valor se calcula en ciento cincuenta mil 
francos ; las armas de puño cincelado i cuajado de piedras 
preciosas i finalmente, un palacio en miniatura represen- 
tando en plata, oro, esmaltes i piedras riquísimas, la corte 
del Rei Mogol i al mismo Rei, recibiendo presentes en su 
trono. Hai como trescientas figuras en este juguete, 
cuya confección requirió el trabajo durante ocho años, 
de muchos artistas. 

Las colecciones de mineralojia, zoolojia i botánica, de 
armas antiguas, de grabados, de cuños, de monedas, mi- 
niaturas, de objetos de etnolojia en fin, i de historia 
natural, bien pueden riv^alizar con las mas nombradas de 
otras ciudades. 



Su museo de escultura es mediocre, sin dejar por eso 
de ser interesante ; pero su galería de pinturas tiene 
pocas parecidas en el mundo. Allí se encuentra cuadros 
orijinales de los mejores pintores : la Santa Cecilia de 
Dolci, la Santa familia de Correggio, la Noche del mis- 
mo, Abraham e Isaac de del Sarto, la Venus dormida de 
Sassoferrato, muchos cuadros del Tiziano, entre ellos 
Cupido coronando a Venus, el Artista i su mujer de 
Rembrandt, obras de Caravaggio, de Veronese, de Van 
Dyk, de Rubens, de Ribera, de Van der Worff (notabilí- 
simas, como su Magdalena, su Juicio de París i su Espul- 
sion de Hogar ) i de cien otros antiguos i modernos, 
figurando en lugar distinguido la Madona de Holbein, 
famosa en el museo, tanto como la Madona Sistina, según 
los críticos i entendidos, con cuyo parecer no estoi 
conforme por todo lo siguiente : el cuadro copia la 
escena en que un Burgoma^tre muí vulgar presenta su 
familia, poco interesante, a una divina Madona bastante 
fea; las figuras no se destacan del plano; la mujer del 
Burgomaestre, supongo tal a la figura de la derecha, 



— 165 — 

representa una beata tonta, compunjida i antipática; el 
niño desnudo salva un tanto a la familia; el conjunto es 
en verdad armonioso, pero como el cuadro está com- 
puesto con personajes poco atractivos, no le falta mucho 
para ser desagradable. 

Admiran en esta obra el colorido persistente a pesar 
de los años ; yo también lo admiro, pero esto no me basta 
para forjarme un placer, cuando naturalmente la vista 
del objeto no me lo suscita, aún predispuesto por la 
fama a dejarme impresionar. 

Debe sin duda considerarse la época, la calidad del 
maestro, su mérito en romper con las tradiciones artís- 
ticas de su circuito, pasándose un tanto al estilo de los 
pintores italianos, i las demás recomendaciones que las 
crónicas apuntan*, pero toda belleza que necesita esplica- 
ciones i considerandos, ya no es bella. La sensación de 
gusto artístico no debe fabricarse con noticias biográficas; 
debe saltar, brotar en el organismo con la simple pre- 
sencia del objeto estético. 



La Madona Sistina es otra cosa ; no necesita biogra- 
fías ni considerandos. Se puede hacer un viaje largo por 
solo verla. Rafael no pudo calcular al pintarla, cuánto 
dinero obligaría a gastar a las futuras i curiosas jenera- 
ciones, sin contar los caudales empleados por los pro- 
pietarios sucesivos en adquirir la imájen. ¡ Quién sabe si 
con el andar del tiempo no va a parar á Bahía Blanca, 
cuando esa aldea sea la mas grande ciudad del mundo i 
de Dresde no quede ya sino el recuerdo, perpetuado por 
una noticia en letra gótica de un idioma muerto. 

Pero hoi por hoi, los dresdenenses no se desprenden 
de su joya. Es necesario ver la admiración que por ella 
tienen. Cada habitante podrá prescindir de su jamón con 
pan i cerveza a la tarde, antes que de su Madona Sixtina. 
En todas las casas se la considera como parte de la fami- 
lia i' los niños en la mesa apartan de su plato, asado i 
compota para su virjencita. Ninguna vidriera deja de 



— 166 — 

exibirla ; figura en los almacenes de comestibles, en las 
zapaterías i hasta en las fábricas de cerveza, con Sisto el 
Papa o sin él, con Santa Bárbara o sin ella, con ánjeles 
gordos o sin ellos, pero siempre con el niño. 

Se sabe el culto que los alemanes tributan a su rei 
difunto. El retrato de Guillermo es una institución en 
Alemania, no es un objeto. En nuestro hotel, magnífico, 
nuevo i bien decorado, elEuropáischerHof, ocupa una de 
las cabeceras del comedor, un colosal cuadro al óleo re- 
presentando al rei Guillermo de gran uniforme; alrededor 
del cuadro los globos de luz eléctrica de diversos colo- 
res i las hojas de laurel, forman una guarda ; abajo hai 
macetas con plantas i flores ; todos los dias a la hora de 
almorzar i de comer, las mil bombitas de luz eléctrica 
lo iluminan i Guillermo el memorable, como imájen de 
altar, preside una de las mas altas i dignas funciones de 
la raza humana : la comida. 

Pues bien ; a pesar de este culto, ha ocurrido caso de 
encontrarse un alemán de Dresde sin el retrato del rei, 
pero jamás sin una madona Sistina, pintada, grabada, 
fotografiada, dibujada, bordada o estampada en madera, 
papel, cobre, zinc, piedra, latón, cuero, lienzo o porce- 
lana ! 

Para la Bolsa, el precio corriente de una madona en 
Guillermos, es de cincuenta por ciento ; es decir dos Gui- 
llermos por una Sistina. Bien entendido, siendo los dos 
retratos del mismo mérito relativo. 

Ya, ni la consideran estranjera ; en su fuero interno 
creen que habla en alemán, que mira en alemán i que el 
pedazo de tierra visible entre Sixto i Bárbara es Dresde. 
En cuanto a los ánjeles de abajo no hai la menor duda; 
son alemanes, i a juzgar por el buen estado de sus carnes, 
no se privan de un buen jarro de cerveza de tiempo en 
tiempo. 



Pero hasta ahora nada hemos dicho del cuadro en sí, 
de sus antecedentes, de su valor artístico, de la impre- 
sión que causa i del modo cómo puede ser considerado. 



— 167 — 

Varios de estos tópicos han sido dilucidados en mu- 
chos libros i alg^unos, hasta en las gruías de viajeros. Los 
antecedentes sirven para medir el alto concepto en que 
siempre se le ha tenido, pero como la sensación no se 
trasmite con la noticia, yo, dejando a un lado noticias 
i comentarios, historias i leyendas, roe limitaré a des- 
cribirlo como mis ojos lo han enviado a mi cerebro i a 
juzg^arlo con la suma independencia de que me ha dotado 
nuestro Padre Eterno, puniendo a lado de la impresión, 
el razonamiento, pues no siempre las dos cosas andan 
desunidas. 

Mas eso requiere mayor estudio, meditación, consulta 
de apuntes, renovación de sensaciones, ya sea mirando 
detalles, ya evocando la imájen i estampándola en el 
inñnito al cerrar los ojos i remover las células cere- 
brales para obligarlas a reproducir las formas i los 
valores. 

Será esto objeto de mis prósimos párrafos, los que 
naturalmente me atraerán la enemistad de todos cuántos 
no opinen como j'o, quienes considerándose tutores de los 
objetos de arte, se juzgan en el caso de ponerlos a salvo 
de toda irreverencia, aun cuando se trate de una apre- 
ciación de alto i ancho verificable, demostrada, indiscu- 
tible i matemática. 



He vuelto a ver en la Galeria de pintura el cuadro de 
la Madona Sistina, he leido varias críticas de él i he 
meditado sobre mis impresiones. Me encuentro ya con- 
forme conmigo mismo i ya puedo emitir mi juicio sin 
reticencias. 

Defectos de composición ; convencionalismo exajeracfo. 

El cuadro es de grandes dimensiones i representa a la 
Vírjen con el niño Jesús en los brazos, parada sobre las 
nubes; a los lados abajo figuran el Papa San Sisto i 
Santa Bárbara, arrodillados adorándola i en el límite 
inferior, dos ángeles. 

La escena pasa en la tierra i aparece entre dos corti- 
nas verdes, recojidas hacia arriba a los lados, que el autor 



_ 168 — 

ha pintado allí sin recordar que jamas planeta alguno ha 
tenido dos cortinas delante. 

Una sección de la tierra está representada i su curva 
limitando el horizonte se desarrolla entre el manto del 
Papa y la rodilla derecha de Santa Bárbara. Esta curva 
queda detras de los pies de la Madona i es como la sesta 
parte de la circunferencia completa del globo. Por tanto> 
a calcular sobre esta base i siendo conocidas las dimen- 
siones de la tierra, la distancia que media entre la cabeza 
de San Sisto i la de Santa Bárbara, es de mas de doce 
mil kilómetros, i el diámetro del cuerpo de la Vírjen a 
la altura de los hombros, mide próximamente la mitad o 
sea seis mil i tantos kilómetros, grueso un tanto exajerado 
para el cuerpo de una joven. 

Como no hai perspectiva ni relieve, condiciones de 
que Rafael prescinde con harta frecuencia, todas las figu- 
ras i líneas del cuadro están, para el espectador, en el 
plano de la tela i como ademas se las vé con igual 
claridad i precisión, los cálculos de las dimensiones rela- 
tivas son lejítimos. Así, la curva visible de la Tierra, da 
para esta un volumen inferior al del cuerpo de cual- 
quiera de los personajes mayores de edad que figuran 
en el cuadro i por ende San Sisto i Santa Bárbara arro- 
dillados en ella tienen los pies en el vacio. 

Detras de Santa Bárbara se vé la parte superior de 
un edificio, cuya base de sustentación nadie adivina ; el 
total será probablemente un aereolito. 

Si la intención de Rafael fué representar a Ik Vírjen 
subiendo al cielo, levantada por las nubes, no debió pin- 
tarla parada en un pié sobre la tierra dura, sino parcial 
i blandamente en^^uelta en ellas. Las nubes en el cuadro 
están abajo i apenas si tocan los pies de la Madona i las 
piernas i rodillas de Santa Bárbara i San Sisto. 

Para mí Rafael no tuvo la idea de pintar a la Vírjen 
subiendo al cielo, no sólo por la razón ya espresada, 
sino porque habria reñido con la historia, la cual nos 
cuenta que jamás subió Maria con su hijo en los brazos 
a la gloria. El niño i la madre subieron separadamente 
i cada cual por su cuenta. 

Jesús no verificó tal ascensión en su tierna edad, sino 



— 169 — . 

cuando tenia 33 años cumplidos, i María Santísima sola- 
mente a los 72 i pico^ como es público i notorío. 



Ha¡ dos ánjeles en el límite inferior del cuadro, como 
el lector lo recuerda. Las nubes, el globo terrestre i los 
personajes mayores están detras. El ánjel de la izquierda 
apoya los brazos en una baranda, (no sé de donde sale 
ahí la tal baranda) i la mandíbula inferior en ellos, 
cómodamente. El otro ánjel apoya el brazo derecho i el 
codo del izquierdo en la misma baranda i el mentón en 
la mano izquierda, con cuyos dedos se toca los labios. 
Yo confieso que jamás he visto niño alguno en semejante 
posición, propia sólo de personas adultas, en via de 
meditación. 

Los dos presentan la cara al espectador; por consi- 
guiente, ninguno de ellos tiene la mas remota posibilidad 
de mirar a la Madona, aun cuando uno, el de la izquierda 
se haya puesto bizco por conciliar las intenciones del 
autor. 



La espresion de las figuras da tema a variadas obser- 
vaciones. La fisonomía de los ánjeles denota (jue la 
escena no les causa la menor novedad, lo cual no es 
raro, pues no pueden verla con la nuca ; su seño revela 
una reflexión madura, una seriedad formal, sin embargo, 
pero sobre todo suma indiferencia. A no ser por las 
alas rojas en uno, verdes i rojas en otro, no sé porqué, 
un espectador desprevenido tomaría a estos ánjeles por 
dos tiernos municipales aburridos. 

La cara del Papa es la de un viejo idiota, limosnero i 
llorón. Las manos, sin duda mui bien hechas i una en 
ademan contrito, son también aunque limpias, manos de 
mendigo flaco, fanático i aflijido. Querría saber, sin em- 
bargo, que significan los dos dedos apartados de la 
mano derecha del Santo ; sino está jugando a la morra, 
juego italiano antiguo, está por lo menos indicándole a 



— 170 — 

la Vírjen el tamaño de algo. Pero las dos cosas son 
impropias i rechazo ambas suposiciones, encargándole 
al lector que averigüe el significado de tal actitud dijital 
i me lo comunique en la primera oportunidad. Su mitra 
o bonete puesto a un lado, ha venido a ser ridículo por 
los progresos del arte de la guerra, pues representa una 
bala cónica de canon rayado de grueso calibre. 

Santa Bárbara es una linda joven parecida a Cleo- 
patra, a estar a los retratos de esta amable reina, 
suponiéndolos exactos. Mira hacía abajo, en dirección 
tanjente a su hombro izquierdo. Debe hallarse incómoda 
con sus ropas demasiado amplias que exajeran el volumen 
de su cuerpo principalmente a la altura de las caderas, 
aun cuando quizá a esto último contribuya la posición 
del muslo derecho semi-levantado, pues la Santa hincada, 
sólo insiste sobre su rodilla izquierda. 

Esta esquisita muchacha pasaria aun por distinguida, 
si su traje no representara un arco iris. En efecto, lleva 
una pollera color plomo, mangas i hombreras de oro 
rojo, con una banda azul sobre el codo, dos cintas gris 
perla con tonos celestes en la cabeza i una especie de 
chai medio blanco de fleco rojo- 
Tal mezcla de matices seria de moda en tiempo de 
Rafael, me lo supongo, pues la Vírjen también ostenta 
una profusión de colores alarmante ; básteme recordar 
su velo i su pañuelo del cuello, de color diverso, pero 
los dos tirando a uno indefinido entre azul claro i ceniza, 
su corpino rojo guinda con mangas moradas arriba en 
los antebrazos i plomo abajo, su capa azul i su pollera 
rojo granate. 

Sisto II por su parte no ha dejado un solo reflejo de 
luz sobre la tierra del cual no ofrezca una muestra en 
su rico manto i sus otros atavios. 

Antes de poner Rafael sus personajes en el cuadro, 
debe haberlos mandado a una tintorería, se me ocurre. 



Yo sé bien la regla : « ninguna obra de arte debe ser 
criticada por sus defectos » pero aun cuando podría 



— 171 — 

objetar que según ese principio todas las obras de artesón 
perfectas, no quiero hacer uso de mi derecho lójico, i ad- 
mitiendo que muchas de las faltas indicadas en mi crítica 
anterior, no existen, dada la convención en materia de 
arte, digo por lo menos que la convención tiene sus límites 
i que en virtud de ella no le es permitido a ningún pintor 
ponerle a una vírjen la oreja mas grande que la frente, 
hacerle un cuerpo a un hombre mas grande que la tierra 
donde ha nacido o pintar ánjeles mirando con la nuca. 



Pero algo debe tener este cuadro de la Madona Sis- 
tina cuando es quizá el mas célebre del mundo. 

I tiene : 

La frente de la Madona es un poco ancha, sus ojos 
están mas separados que lo natural ; el párpado supe- 
rior tiene una lijera hinchazón hacia el estremo esterno; 
la mirada se dirije hondamente a lo lejos i hacia abajo 
al fondo del infinito insondable. La oreja es chica i bien 
modelada, la nariz correcta, fina, de ventanas tónicas 
pero suavemente abiertas; la boca pequeña con su dejo 
triste i resignado i su estigma de atractivo humano, a 
pesar de su jesto divino i de su signo de conformidad 
otra vez humana, en el lijero levantamiento del labio 
superior hacia un estremo. El óvalo de la cara es corto 
i gracioso ; el cabello mui abundante, es rubio con ten- 
dencia a castaño, el cuello delicado deja ver una curva 
de convexidad esterna en el lado izquierdo, tal vez por 
la posición de la cabeza con relación al hombro. Un 
pañuelo cubre el límite superior del pecho i oculta los 
detalles, pero no felizmente el seno joven, lleno, chico, 
blandamente normal, seno recien hecho por la función 
materna en la mujer casi adolescente. 

Las líneas jenerales adivinadas al través de las ropas, 
revelan un cuerpo entre andaluz i griego, blando, sin 
fuerzas aparentes i con todas las bellezas de las formas 
femeninas en su naciente desarrollo. Los pies no corres- 
ponden al esquisito primor de la figura. 



- 172 — 

Ninguna madona ha sido mas elojiada por los críticos. 
Uno de ellos dice que la cabeza de la Vírjen es casi la 
perfección de la belleza femenina ; otros ven en ella el 
ideal del conjunto entre la naturaleza humana i divina. 

Cada uno ve con sus ojos i las opiniones en materia de 
arte, no son sino la traducción de los sentimientos que 
las obras inspiran. 

El retrato de la mujer mas hermosa i mas amada, no 
causaria una emoción tan intensa como la que se siente 
al contemplar el cuadro de la madona. 

Olvidando el análisis que enfria i desilusiona, el espec- 
tador en frente de esta joya artística, se halla poseído de 
un sentimiento de admiración respetuosa, dejándose pene- 
trar por los encantos de esta encarnación etérea tan 
estraña a la materia i conservando no obstante algo de 
lo que la hace accesible a los sentidos. 

Los ojos exajeradamente separados para dar a la fiso- 
nomia, según el artificio griego, la divina serenidad, 
mirando al infinito sin foco preciso ; la espresion de cada 
facción i de su conjunto ; el sello estampado en el rostro, 
de conformidad, de asombro tranquilo, de conciencia 
limpia i de sometimiento sin rebeliones a los altos desti- 
nos desconocidos, pero entrevistos ; el jesto de resigna- 
ción modelado en los labios, ofrenda de la humildad ante 
un don inmerecido ; la inocente ternura de madre hecha 
por la fuerza celeste sin antecedentes ni estremecimien- 
tos de amor sexual, revelado en el cariño con que lleva 
al niño en sus brazos ; todo en fin, cuanto quien la mira 
percibe en la famosa tela, es solo propio para inspirar 
ideas elevadas, nobles, de un mundo nuevo, sin pecados 
i sin pasiones ; sentimientos castos sin reminiscencias 
esperimentales, concepciones de estética pura, absoluta, 
i emociones por fin de oríjen divino, en cuanto se com- 
prende o se cree comprender de la esencia abstracta. 

Pero como el ser pensante no puede prescindir de su 
ingrediente material, en presencia de la belleza inalcanza- 
ble, de la virtud inaccesible, de la forma ideal que se 
escapa a la posesión, del bien prohibido, de lo imposible 
en una palabra, la pasión inconfesable se levanta i mues- 
tra en una gloria de sensualismo, a la inmaculada imájen 



— 173 — 

convertida en mujer amada i siguiendo los fatales pro- 
cesos de la vida. 

I en la nueva encarnación de la fantasia, esos sus 
ojos de mirada vagabunda, ya no irian con su luz al 
infinito i en estasis de amor terrestre, prometerían tesoros 
de ternura ; sus labios darian besos de inefable deleite, 
marcados con el sello de la transgresión i del pecado ; 
su seno brindaría el soñado reposo a la cabeza enlo- 
quecida del amante i su cuerpo vaporoso, dócil a la 
presión, lleno de voluptuosidades dormidas, pronto a 
recibir el abrazo viril 



El niño tiene todas las gracias infantiles de espresion i 
de actitud ; la escena de que es inocente testigo, solicita 
su atención, pero no lo inquieta ; parece tener una idea 
vaga de su alta misión ; sin embargo, no las tiene todas 
consigo en aquel viaje inopinado por los aires, a pesar del 
sólido i amoroso apoyo que encuentra en los brazos de su 
confiada i divina madre. La mueca deliciosa de sus labios 
tan propia de su edad, tiene algo de esa contracción 
inevitable de oríjen cerebral que denota una sensación 
de estrañeza ; el niño parece estarse diciendo a sí mismo: 
«esto cuando menos, es inopinado; ¡ quién sabe adonde 
vamos a parar ! » No obstante, la espresion casi acen- 
tuada de su tierna fisonomía, espresa cierta posesión de 
sí mismo. «: Al fin i al cabo yo soi un hombre chico, pero 
hombre » piensa sin duda este muchacho cuya acción 
poderosa ha transformado el mundo. 



Hai entre la Madona i Santa Bárbara un completo 
contraste. Todo cuanto la Madona tiene de divino, la 
esquisita Bárbara tiene de humano. La Madona es madre, 
Bárbara representa una joven sin novio ; tal vez por 
esto, al verla, nadie piensa en el cielo, en la virtud ni 
en la castidad. Lo único que se le ocurre a cualquier 
hombre en buenas condiciones, es invitarla a dar un 



— 174 — 

pequeño paseo por Italia, dejando a la Madona i a San 
Sisto en Dresde; llevarla a Capri, a Sorrento, Amalfí, 
hacerla beber buen vino de Chianti, comer arroz con 
trufas blancas i pasar en su compañía una famosa tem- 
porada. Después volverla a su cuadro del museo si no 
prefiere detenerse unos cuantos meses en París, donde 
su belleza picante seria mui celebrada. 



* * 



Leipzig, Agosto 1896. 

Sumario:— Costumbres de ios estudiantes.— La fiesta del Pájaro. — El 
baile siguiente. - Los bailes en jeneral. — Caota por pieza. — 
Manifestaciones de amor al prójimo. — Honradez proporcional 
del bello sexo danzante. — Seudónimo de taberna. — El Local. 
— Cofradías concurrentes.— Privilejios i exenciones. - Los due- 
los i sus marcas. — Ventajas de las cicatrices.— Passler espe- 
cialista. — Romberg e Hiss impresentables. — Glorías de Hans 
Paabst., simple estudiante. — Serios motivos de sus diez i siete 
duelos. — El neumogástrico acusado i defendido. — No hai 
ofensas —Todo es ofensa.- Donde se inicia, tramita i consuma 
un duelo i como se hace éste. — Locales habilitados. — Las 
espadas. — Precauciones i disciplina. — Relativa falta de vicios 
en los estudiantes.— Amar por reglamento.— Parques, paseos, 
canales i monumentos en Leipzig. — Necesidad de un parque 
central en Buenos Aires. — Aquí no hai mendigos. — Coches 
fúnebres oríjinales. — Oficinas ambulantes. 



LA FIESTA DEL PAJARO 

A la conclusión de un semestre i antes de comenzar 
las vacaciones, los estudiantes por suscricion en dinero i 
dádivas de objetos, forman una colección de premios 
para distribuirlos entre los merecedores en la debida 
oportunidad. 

Con estos premios consistentes en instrumentos i li- 
bros jeneralmente, se adorna una armazón de madera en 
forma de pájaro, (mui difícil de reconocer, sea dicho de 
paso); cuando el objeto no puede ser colocado, una 
cifra puesta en la varilla correspondiente del aparato 
lo representa. 

Entre los premios figura uno mas valioso para el 
rei de la fiesta que es siempre un profesor. El pájaro i 



— 175 — 

sus premios en dia dado se colocan en un lugar elejido 
de antemano, un jardín publico u otro sitio a propó- 
sito. Los profesores i estudiantes se reúnen allí. Por 
turno, según lo establece el reglamento, cada uno tira 
un flechazo al pájaro, i si acierta a tocarlo en algún 
punto, una pluma figurada, digamos, gana el premio res- 
pectivo. 

Cuando todos han tirado con mayor o menor suerte, 
le toca al profesor Rei, arrojar su flecha. El pájaro cae 
herida en la cabeza (haya sido o no certero el tiro ; la 
convención no permite dudarlo) i el profesor gana su 
premio. 

A este juego sigue un banquete en el cual se celebra 
la habilidad de los tiradores; hai discursos alusivos al 
caso, controversias i muchísima cerveza. Los mas jui- 
ciosos se retiran del lugar de la fiesta terminado el ban- 
quete, i los menos, que son los mas, se quedan para el 
baile, un baile preparado en el mismo establecimiento 
en un salón adecuado, con tablado para la orquesta, 
gran espacio central i mesas al rededor del recinto 
pero separadas de él por una baranda. 



LOS BAILES POR CUOTAS 

El baile posterior a la fiesta del pájaro no es solo 
para los estudiantes ; cualquiera puede asistir a él, pues 
aun cuando en esa noche tiene su especialidad, es en el 
hecho, uno de tantos que se da en ese u otros estableci- 
mientos, el domingo de cada semana, un dia de fiesta o 
cuando se le antoja al empresario. 

No se exije vestido de etiqueta para estas reuniones ; 
cada uno va como quiere, lo mismo los caballeros que 
las niñas. Yo asistí a una de ellas, no de las niñas, como 
médico, sino de las reuniones, como curioso, i me di- 
vertí mucho observando las costumbres orijinales del 
conjunto. 

Para entrar al establecimiento se toma un boleto i se 
adquiere el derecho de asistir como espectador al baile 
i como parte activa al jardin, que es un inmenso restan- 



— 176 — 

rant donde se sirve pan duro, jamón, queso, mostaza, 
manteca, arenques i cerveza de la mejor calidad. 

Los bailarines están sometidos a reglas especiales. 
Cuando la orquesta comienza sus acordes, dos o mas 
caballeros se presentan en el salón ; son los bastoneros. 
Las parejas entran al recinto i se colocan en fila ; entóh- 
ces cada bastonero toma una sección i cobra a los caba- 
lleros de las parejas una pequeña cuota. Igual ceremonia 
i cobro se requiere para cada pieza. 

Pagada la cuota las parejas pueden bailar. La música 
comienza i dura a lo mas diez minutos, durante los cuales 
el salón presenta el aspecto de un remolino. La anima- 
ción es inmensa ; las niñas i los caballeros bailan furio- 
samente, sin hablarse; muchas veces ni se conocen; se 
han unido soIq para saltar i dar vuelta, i saltan i dan 
vuelta como unos desaforados ; algunos bailan mui bien. 

Cuando menos lo esperan i en lo mejor de la danza, 
los bastoneros dan tres o cuatro palmadas ; la música 
continúa aun, en honor a los entusiastas, pero las pare- 
jas están obligadas a detenerse, i si no lo hacen el bas- 
tonero las detiene. Entonces todos salen del recinto ; las 
parejas se deshacen o el caballero lleva a su dama a una 
mesa a tomar algo, continuando con ella en la próxima 
pieza o no, según el caso. 

Hai indudablemente parejas que no se deshacen en 
toda la noche, i niñas que acompañan a sus caballeros 
hasta su casa, pero eso no es tan frecuente como pare- 
ciera; muchas de ellas son niñas decentes, honradas, que 
trabajan durante la semana i solo tienen un dia de hol- 
gura, el domingo i una diversión, el baile. 

Uno ve sin duda actos incompatibles con la moral en 
acción : besos fugaces, no bien disimulados, abrazos i 
otros signos cristianos de amor al prójimo, pero en rea- 
lidad destituidos de todo carácter escandaloso. Los 
amables danzantes ejecutan con tal seriedad estas irre- 
verencias que el espectador tiende a mirarlas como 
actos concomitantes con la ceremonia. 



— 177 — 



EL LOCAL 



Cada g^rupo de estudiantes tiene su taberna preferida, 
donde los miembros de la cofradía pasan la noche con- 
versando, disputando i naturalmente, tomando cerveza. 
A esta su taberna le llaman «El Local > i es el Club, la 
residencia nocturna dé la asociación. Naturalmente, rara 
es la noche que se concluye sin alguna gresca magna. 
En el € Local » toman orijen los duelos que constituyttn 
actos habituales de la vida. 

Las grescas intramuros se hallan amparadas por la 
costumbre contra la policía i aun en la calle, los estu- 
diantes gozan de ciertos privilejios. Así, por ejemplo, no 
pueden ser arrestados sino en casos de suma gravedad ; 
las contravenciones menores solo dan derecho a los 
ajentes del orden público cuando de estudiantes se trata, 
a exijirles la presentación de su papeleta o matrícula ; el 
ájente toma el número i el estudiante queda libre; su 
falta será juzgada al dia siguiente, dando participación 
en el juicio a las autoridades universitarias. 

Jeneralmente las reuniones en el € Local:» son com- 
puestas de varones; la presencia de mujeres es acciden- 
tal i sin consecuencias; los estudiantes hacen poco caso 
de ellas, mostrando así su incipiente sabiduría. 

LOS DUELOS 

Es mui mal mirado no tenerlos; la brutal costumbre 
afecta singularmente el amor propio de los estudiantes 
i contrasta con el carácter individual de los jóvenes ale- 
manes, tan dulce i tan bondadoso. No se puede andar 
aquí en la calle sin encontrar tres o cuatro individuos 
con tajos recientes en la cara i mil otros con cicatrices. 
Lo mismo sucede en Heidelberg, Munich, Berlin i cual- 
quier otra ciudad alemana, donde exista Universidad. 

El espectáculo es inevitable porque los heridos tienen 
gusto en mostrarse. Un individuo sin tajo es un ser casi 
despreciable; los estudiantes estiman i consideran mu- 
cho al compañero que mas cicatrices ostenta i hasta las 

Por fuares i Por tierras 12 



— 178 - 

mujeres, tan sensibles como son a los atractivos de la 
belleza, prescindiendo de sus tendencias naturales, tienen 
verdadera predilección por los jóvenes cuya cara pre- 
senta muchos remiendos. El mas estropeado es para 
ellas el mas valiente. 

Mi sabio amigo el Dr. Passler tiene catorce heridas 
entre las de la cara i la cabeza. El Dr. Hiss, eminente en 
diagnósticos, no tiene ninguna i padece mucho por esta 
causa. Yo le pregunté como era eso, i mui compunjido 
me contestó: « para cicatrices diríjase a mi colega 
Passler:^. Romberg el fisiólogo sufre del mismo mal; no 
ha sido tajeado a pesar de sus duelos. En cambio, 
Paabst, Hans Paabst, un simple estudiante de quinto año» 
ha tenido diez i siete duelos i lleva las marcas ; es impo- 
sible descubrirle un sitio en la cara o en el cuero cabe- 
lludo sin líneas cicatriciales o puntos de sutura. 

— « Usted debe haber tenido una costurera por mes >» 
le dije yo — « Nó ! me contestó con toda sencillez, siempre 
me han cosido mis companeros >. 

Cualquiera creerá que Paabst es un matamoros ; nada 
de eso ; es el joven mas dulce, mas jovial, mas sumiso i 
mas bondadoso del mundo. 

— Por qué se ha batido tantas veces Paabst, le pre- 
gunté un dia. 

— « Así 2>, me contestó recordándome a una italianita 
que no tenia otra respuesta para todas las situaciones 
de su vida. 

— Pero por qué? — diga: insistí; por nada no se bate 
uno. 

— Bueno dijo, por gusto, si usted quiere. 

— ¿ Sin motivo ? 

— Es decir, sin motivo no; tenia gana. 

— Pero usted provocaba o lo provocaban. 

— Unas veces yo; otras, los otros. 
— I usted les tenia odio a esos otros ? 

— Oh, no! son mis amigos, pero de otra sociedad. 
— Algún motivo se necesita, sin embargo. 

(Se calla un momento, como reflexionando: en se- 
guida dice ) : 

— Una vez me batí por el nervio neumogástrico ! 



— 179 — 

— Cómo, por el nervio neumogástrico ! 

— Sí, una disputa ! 

— Con insultos, sin duda. 

— No, insultos no, pero querían echarle una culpa al 
neumogástrico i yo le defendí. 

Testual, no invento una palabra. Eso de echarle las 
culpas al i\eumogástrico me hizo suma gracia. 

Cuando pasan muchos dias sin duelos, sienten los es- 
tudiantes una verdadera nostaljia i conciertan varios 
para desquitarse, inventando motivos. 



Nunca hai duelos entre los miembros de una cofradía ; 
tampoco hai ofensas, no puede haber ; las palabras mas 
duras de uno a otro no lastiman ni tienen consecuencia. 
Los reglamentos equiparan el insulto de uno a otro 
miembro, como dirijido a sí mismo i por lo tanto nadie 
se bate, pues nadie puede batirse consigo mismo. 

Al lado de esta tolerancia orijinal se levanta una suscep- 
tibilidad absoluta respecto a los actos o palabras de los 
miembros de otra sociedad. La simple falta de confor- 
midad de opinión sobre los hechos m.as triviales basta 
para producir duelos, sin que intervenga la pasión ni el 
encono. Las sociedades son constitucionalmente antagó- 
nicas i todos sus miembros forman cuerpo para sostener 
a uno de ellos, tenga o no razón. 



Se prepara un duelo con una frialdad reglamentaria 
mui parecida a la mayor crueldad. Lo particular es la 
mezcla de precauciones para evitar peligros con la ate- 
rradora facilidad de buscarlos, como se verá en los 
detalles. 

Producido un hecho que da lugar a duelo, dos comisio- 
nes son nombradas, una por cada bando. Estas con los 
candidatos, médicos i asistentes se dirijen al sitio donde 
ha de tenerl ugar el duelo. ( Hai institutos destinados al 



— 180 - 

objeto, permanentemente habilitados). Una vez allí, la 
comisión A por ejemplo, ocupa sus bancos i pide cer- 
veza. Los miembros de la comisión B como si fueran 
invitados se acercan amigablemente a los primeros, disi- 
mulando su propósito ante los mozos de la casa, por 
cierto instruidos ya del asunto que todos aparentan 
ignorar. Al rededor de las mesas se concierta los de- 
talles del duelo i en el momento oportuno pasan todos al 
local preparado, una sala de armas provista de todo lo 
necesario para el duelo i las curaciones. 

Casi esclusivamente se usa la espada, una espada 
especial, sin punta i cortante solo en una sección inter- 
media a cierta distancia del estremo i de la empuñadura. 
Solo son permitidos los golpes cortantes ; jamás se em- 
plea la espada como florete i no se busca herir sino la 
cara o la cabeza. 

Para prevenir las heridas por error o antireglamenta- 
rias, los combatientes son sometidos a un vendaje espe- 
cial. Las articulaciones de la muñeca, del codo i del 
hombro quedan protejidas con un aparato colchado, 
otro análogo se coloca en el cuello para salvar las 
carótidas. 

Así vestidos los duelistas reciben las armas que han 
sido previamente esterilizadas i la lucha comienza i con- 
cluye con sujeción absoluta a las reglas i con obediencia 
ciega a la voz de los padrinos. Cuando estos estiman 
conveniente suspenden o dan por terminado el duelo, 
hasta la próxima sesión. Se lava i cura las heridas según 
las reglas del arte, i si el tiempo i circunstancias lo 
permiten, se vuelve a tomar cerveza. 

Ni uno, ni dos, ni veinte mil duelos concluyen con los 
antagonismos de las cofradías; cada, una continúa en 
sus trece. Cuánto esfuerzo se ha hecho para cortar tan 
mal encontrada costumbre ha sido inútil. La tolerancia 
por fin se ha establecido i nadie hace ya gran caso de 
los incidentes. muchas veces lamentables i cuyas conse- 
cuencias afectan toda la vida. 



— 181 — 

Fuera de los abusos de cerveza i de los duelos, no 
puedo señalar vicios de gremio de los estudiantes de 
esta Universidad. Esas vinculaciones con mujeres, tan 
comunes en otras partes i que tanto pesan en la existen- 
cia muchas veces, concluyendo algunas en trajedia, son 
aquí exepcionales, casi desconocidas. Estos jóvenes 
son ajenos a las pasiones violentas; hai en todos sus 
procederes cierta lentitud que parece tener sus raices 
en una frialdad de temperamento elemental. I hasta los 
mismos actos cuyas esterioridades comportan cierto 
grado de enerjia apasionada entre nosotros, se hallan 
revestidos, cuando de alemanes se trata, de una pasividad 
estraordinaria que les da el aire de procesos mecánicos. 

A pesar de la poesía alemana, de la música i de la 
literatura etérea que tan esquisitas muestras de senti- 
mentalismo delicado han dado al mundo, no me estraña- 
ria que un buen dia las universidades, por un estatuto 
razonado, mandaran a los estudiantes enamorarse per- 
didamente de sus conocidas i ver a estos afanados en 
cumplir asidua i metódicamente lo prescripto. dando a 
sus declaraciones amorosas un aire de factura o propo- 
sición dogmática llena de severidad i de entusiasmo 
reglamentario. 



Leipzig es triste durante la semana, mui animada los 
domingos i dias de fiesta. Los trenvias eléctricos ponen 
el centro en comunicación con los alrededores i la po- 
blación se derrama en los parques, jardines i bosques 
próximos. Tiene un gran parque central, llamado la' 
Promenade, que comienza en la plaza principal; otro a 
poca distancia, inmenso, con árboles seculares altísimos, 
prados, canales, lagos i un laberinto de avenidas llenas 
siempre de jente: de niños, de mujeres que llevan allí 
sus labores i pasan todo el dia. Se llama la Vallée des 
roses. Además hai un canal que corre por entre un 
bosque i conduce a parajes deliciosos: las márjenes del 
canal presentan de trecho en trecho desembarcaderos 



- 182 — 

en cuyas vecindades hai jardines^ canchas de bolos, res- 
taurants i cervecerías. 

El preferido de estos locales para las escursiones de 
los domingos, es un punto llamado Canewiets; café- 
concierto, jardin i restaurant. Por una pequeña suma 
se alquila en cualquier estación del canal, un bote i re- 
mando una media hora entre los árboles, con el espec- 
táculo animado de las márjenes siempre concurridas i de 
las embarcaciones que van i vienen, repletas de pasean- 
tes, se llega a Canewiets. De allí se puede volver por 
agua o trenvia eléctrico. 



Considerado como adorno hijiénico no hai, para una 
ciudad, belleza comparable a la que le dan los parques 
centrales, o no lejanos al menos. 

Cuando recuerdo que Buenos Aires en un cuajo de 
casas amontonadas en mas de una legua cuadrada, no 
tiene un solo parque, pienso que dentro de un siglo los 
habitantes de la ciudad nos llamaran estúpidos por no 
haber formado uno central de cien manzanas, apro- 
vechando para espropiarlas, el bajo precio relativo de los 
terrenos i de los edificios ahora. 

No es lo mismo tener un parque en las orillas de un 
municipio pues las orillas, siendo casi el campo, no lo 
necesitan i los centros teniéndolo lejos, no lo aprovechan. 
Lo útil, lo sano, lo bello, lo impagable es tener parques 
a la puerta de las casas centrales. 



Leipzig tiene muchos edificios notables i bellos monu- 
mentos. Citaré solo : — La hermosa biblioteca con su 
salón de lectura circular i sus estantes bajos i cómodos. 
(No sé por qué causa no pude conseguir en ella ningún 
libro en ingles, francés, italiano ni español). — La Suprema 
Corte, grandioso e inmenso palacio. — La magnífica sala 
de conciertos, digno templo del arte. — El monumento 



— 183 — 

consagrado a la Confederación jermánica : La Jermánia 
ocupa la parte prominente ; abajo figura el viejo empera- 
dor Guillermo sentado en su trono con su cetro i su 
corona ; en los ángulos a caballo el rei de Sajonia, Gui- 
llermo III, Bismarck i Moltke; en los costados guardias 
luciendo banderas i estandartes. Los caballos son bien 
hechos pero chicos; están parados, en actitud reposada 
i no abalanzándose como en la mayor parte de las esta- 
tuas ecuestres. El grupo dedicado a Mendelsohn, si- 
tuado delante del salón de conciertos ; sentimental i 
precioso, ideado con verdadero talento. La efijie del 
celebre músico lo representa armado con la batuta, apo- 
yando el brazo derecho en un atril i teniendo con la mano 
izquierda un rollo de música. Abajo en las gradas del 
pedestal está sentada una mujer en estasis, coronada de 
laurel ; apoya el brazo derecho en una lira i con la mano 
correspondiente se toca el cabello a la altura del cuello; 
en la izquierda, cuyo brazo cruza por delante de las 
piernas, tiene un ramo de rosas con el que casi toca la 
lira; el pie derecho está encojido, el izquierdo estirado 
hacia abajo ; la posición jeneral resulta mui airosa. A la 
derecha hai dos ánjeles ; el uno sentado en un manto 
tiene su papel de música en las manos i canta mirando a 
lo alto; el otro parado detras del primero, marca con el 
índice de la mano derecha, el compás de la música i 
apoya la izquierda en un libro colocado contra el pe- 
destal, con la palabra < Oratorien > como carátula. A la 
izquierda hai otros dos ánjeles ; uno de ellos de pie sobre 
un papel de música i mirando sus notas, toca el violin; el 
otro ánjel, sentado sobre un libro, toca la flauta mirando 
al papel mencionado que se desarrolla cayendo sobre una 
grada inferior. 



Para concluir con mis notas añadiré: I» que aquí no 
hai mendigos; 2° que he visto un coche fúnebre rarísimo ; 
es un coupé en su parte posterior i un carro para muer- 
tos en la anterior, en vez del asiento del cochero. Así en 
el mismo vehículo va el cadáver i los acompañantes (eco- 



— 184 — 

nómico i sencillo); 3o que los injenieros usan en sus tra- 
bajos de las calles, oficinas ambulantes: unos carruajes 
con escritorio, estantes, cajones de planos e instrumen- 
tos, en los cuales el inspector recorre el circuito de su 
incumbencia, instalándolos donde le parece mas conve- 
niente. 

Todo aquí es práctico i en cuanto cabe, económico. 



* 



Bayreuth, Wagnrr ft C.o 

Agosto de 1896. 

Sumario: — Preliminares de ensayo para entrar en liza. — Enunciados 
íisiolójicos de acústica estética. — Comunidad de las sensacio- 
nes en los centros nerviosos. — Bases inusitadas de criterio. — 
El Anillo del Nibelungo. 

Estoi en un cuarto alemán antiguo ; siento la lluvia, 
antigua también; hace veinte mil anos que cae lo mismo, 
triste solemne, sobre todo cuando se la oye lejos de la 
propia tierra (patria) estilo antiguo, por la cual se con- 
serva un cariño irracional e indisculpable. 

Hai en la pieza una chimenea monumental, el retrato 
de un caballero antepasado, un sofá arcaico, mesas, sillas 
i puertas antidiluvianas. El olor del ambiente es viejísimo 
i lo mas cercano al momento presente entre las fantasías 
sobre el pasado, es el tiempo en que Fausto andaba por 
este mundo persiguiendo Margaritas i abusando de ellas 
como un indio. 

En vano trotarán por las calles caballos vivos, arras- 
trando coches modernos i pasearán francesas importadas, 
con mangas i sombreros colosales, antes de ir al teatro 
a oir la música del porvenir, inventada recientemente por 
el radical Wagner; todo ello no destruirá la sensación 
de vetustez que se ampara del estranjero al instalarse en 
Bayreuth. Los caballos parecen fósiles, los coches babi- 
lónicos i las mujeres pompeyanas emigradas antes de la 
era cristiana. 



— 185 — 

Yo no sostengo que esta impresión responda a la rea- 
lidad de las cosas, pero algo hai sin duda en los zaguanes 
largos de las casas, en el aspecto de algunas fachadas, en 
el laberinto de las calles i en la falta de aplomo de ciertos 
muros, que trae a la mente la idea de tiempos remotos. 

Hasta un pollo con arroz que comí en el Hotel Sonne, 
por lo duro i otros accidentes, me pareció un gallo pro- 
vecto, contemporáneo del que cantó tres veces cuando el 
tímido San Pedro negó a su divino maestro. ¿Que me 
importa a mi todo esto? preguntará algún mal avisado 
lector. ¡Vaya! Si nadie leyera sino lo que le importa, no 
habria novelas, ni periódicos, ni literatura, ni poesía ! 

Además el lector curioso puede venir a Bayreuth i no 
le CvStará de mas traer un anticipo de impresiones, por 
via de estímulo, para exumar recuerdos, enfilar fantasías 
i evocar la Edad media, al ver las piedras envejecidas, los 
escudos de armas tallados en ellas mostrando dragones 
alados i negros vestiglos, las* entradas estrechas prepa- 
radas para la defensa, las ventanas diminutas, las casas 
con ojos en los techos agudos, las viviendas sombrías i los 
retratos de los burgomaestres seculares, dignos i gordos 
majistrados cuyas almas, si mal no calculo, hállanse ya, 
por toda una eternidad, sentadas a la diestra de Dios 
padre, muí divertidas, después de haber hecho un tiempo 
razonable de purgatorio, como lo manda nuestra Santa 
Madre Iglesia. 



¡ Como duran las cosas en Bayreuth i en otras partes ! 

Las jeneraciones pasan, las piedras quedan; no por 
siempre sin embargo; ahí están las pirámides de Ejipto 
perdiendo sus aristas i derramándose en canto rodado ; 
la esfinje ya no tiene narices i los templos hundidos en 
la arena, solo muestran un resto de sus cimientos. No 
obstante, por una contradicción de la naturaleza, siempre 
ilójica, algo menos tanjible parece destinado a vivir eter- 
namente, a lo menos mientras haya tierra: la lluvia bené- 
fica, esa que canta ahora mismo en la calle sus elejias 
goteando sus notas diamantinas en mi ventana, i los libros 



— 186 — 

selectos que el criterio consagra, que el sentimiento ad- 
mira, que los siglos respetan i el tiempo reproduce; siem- 
pre recientes, siempre nuevos, para refrescar la mente a 
par de la lluvia que riega i fertiliza la tierra! 

Vivirá Homero mientras haya cerebros i lenguaje 
humanos ; vivirán Virjilio, el Dante, Goete, Dickens i 
Lord Byron; vivirá Don Quijote con su fecunda ironía, 
su sarcasmo alegre i juguetón i su sabrosa parodia del 
valor heroico, vivirá para encanto de los hombres i es- 
trañeza tenaz de las mujeres a quienes jamás gustó ni 
gustará. ¿ Por qué Cervantes nq escribiria para ellas ? 



Ellas la senda de ásperos abrojos, de la vida, matizan 
i coloran; según dijo Espronceda. 

Se olvidó añadir que algunas ponen con sus propias 
roanos los ásperos abrojos i no coloran ni matizan nada. 
Hablo de las mujeres grandes; las chicas por lo contrario 
son sencillamente esquisitas, sobre todo cuando son 
graciosas, como la « Esmalte » o como la hija del boti- 
cario en cuya casa vivo ; una criatura adorable con la 
cabeza llena de rulos rubios i de ideas filosóficas, alema- 
nas i trascendentales. Esta mañana misma en dos mo- 
mentos distintos he podido admirar su lójicai su cabellera, 
presenciando primero un diálogo sobre historia natural 
entre ella i su papá, en el cual obtuvo la final ventaja con 
solo preguntarle « por qué no hablan los perros > i 
asistiendo mas tarde a su peinado i a una controversia 
teolójica que concluyó con la majistral cuestión en la 
sencilla forma que trascribo. 

¡ Mamá ¿ Quien lo hizo a Dios ? . . . . 

La mamá levantó el peine a manera de índice i después 
de un momento acentuado de silencio dio esta exelentc 
respuesta : « Niña, no preguntes necedades. > 



-^ 187 — 

Hablábamos de la duración de las cosas en Bayreuth. 
La música de Wagner durará también porque es el len- 
guaje de los lenguajes. 

Cuando- podamos sistematizar las marcas de los sonidos 
en el fonógrafo, la escritura i la taquigrafía dejaran de 
copiar silabas i palabras ; escribiremos con signos hoi no 
conocidos. Mas tarde, cuando ya eso sea habitual i anti- 
guo, la música hará respecto al lenguaje lo que el fonó- 
grafo respecto a la escritura. Entonces no hablaremos ya, 
fonaremoSj es decir cantaremos dentro de los límites de 
pocas notas; la fonación será el lenguaje único, el idioma 
de todas las naciones. 

Ya veo sonreirse a los incrédulos, sin pensar que ahora 
mismo usan entonaciones de significación universal i sin 
tomar en cuenta que cuando hablan, cantan, aun prescin- 
diendo de todo acento local. 

¿ Qué le falta a la música para ser lenguaje usual e inte- 
lijible? Solamente espresar nociones concretas. 

En esto su deficiencia es igual a la de las interjecciones 
i los gritos de dolor, de colera, de alegria o de sorpresa. 

«¡Ay! ¡Ah! ¡Oh!» espresan sufrimiento, admiración, 
alarma, pero cuando oimos decir « ¡Ay! > no sabemos si 
ai que se queja le duele el pecho, la cabeza o la apófisis 
espinosa de la quinta vértebra dorsal. « ¡ Ay ! » solo 
denuncia un jenero, una clase, una familia de sensaciones, 
sufrimiento, en una palabra. 

Un si bemol en tono menor siempre suscitará senti- 
mientos delicados, tiernos, suaves, por si solo, por sus 
calidades acústicas eximias para despertar en las células 
cerebrales, esa clase de fruiciones, una vez trasmitidas sus 
vibraciones por los nervios; lo que no obsta para que un 
si bemol, combinado, mezclado o complicado en un con- 
flicto de notas, timbres i tonos tome un sentido distinto 
de sus funciones propias, lo mismo que una interjección 
del lenguaje hablado. 

Por esto los sonidos musicales tristes se amoldan a 
todos los jéneros de tristeza; son una fórmula, una jene- 
ralidad en la cual caben todas las particularidades de la 
familia. 

El espectador a quien una desgracia apesadumbra, al 



— 188 — 

oir cantar o tocar un lamento, hallará que el tenor, la 
soprano, el violin o la flauta están hablando de su caso, 
ya provenga su tristeza de haber sido engañado por su 
amada o de habérsele muerto un caballo. 

Pero lo singular es que la música suena acorde con los 
sentimientos aun cuando no corresponda a su jénero; así 
no es raro ver llorar a los melancólicos oyendo alegres 
sonatas. La necesidad del acorde predomina. 

He ahí porque la música en su propia exelencia i en la 
estension infinita de sus espresiones, contiene la razón de 
su defecto como traductor de nociones concretas. 

Los señores músicos toman siempre la delantera 
adoptando el papel de examinadores. ¿ Tendrían ellos 
reparo si nosotros, los legos, intentáramos a nuestra 
vez, como los solicitors en los tribunales ingleses, una 
crossiiig examination i les preguntáramos, ya que ellos 
sostienen la inviolabilidad de las leyes musicales « cómo 
es, por ejemplo, que dos eximios artistas, en el piano, 
violin, arpa o flauta, tocan la misma pieza, según está 
escrita i lo hacen sin embargo de la manera mas distinta, 
causando las mas variadas sensaciones ». Si la música 
es matemática como arte i obedece a leyes invariables 
{ por que los organitos de cilindro no son lo mas conmo- 
vedores instrumentos, cuando sus notas tienen una preci- 
sión admirable, permanente, estereotipada? ¿Por qué, 
i esto es aun menos esplicable, el modo del organista se 
trasmite a su música i la sonata sale distinta según la 
mano que da vuelta al manubrio, aun cuando todas las 
manos lo hagan en los mismos tiempos ? 

{ Tendrá la música una alma inmortal, a lo menos en 
el mismo grado que la del hombre ? ¿ Será esta alma 
el ritmo, el timbre o cierto fluido especial trasmisible del 
sistema nervioso animal a la fibra constitucional de los 
elementos materiales del instrumento ? 

Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán 
responder ! 



— 189 — 

Yo no sé de la música sino la física i la fisiolojia, lo que 
equivale a no saber de poesía sino el número de letras 
de un renglón i el de renglones de un poema. Pero la 
naturaleza me ha dotado, i se lo agradezco mucho, de dos 
aptitudes: una visual que no hace al caso i otra acústica 
pertinente; percibo en la estension aproximada de un 
metro, a simple vista, la diferencia de medio milimetro i 
aprecio la pausa o precipitación de un sonido sin error 
de un centisegundo, teniendo análoga aptitud de oido 
para las variaciones de timbre. 

Por consiguiente, en materia de distancias i de sonidos 
tengo una seguridad absoluta para la medición i c<imputo 
de mis impresiones. 

Esta seguridad me sirve para gozar o no gozar de una 
melodía, de un acorde o de una armonia, sin que me sea 
posible admitir otro jue^ en arte musical, que mis propios 
sentidos. La orden de gozar cuando no gozo, me parece 
absurda i la costumbre de admirar por reglas, mas ab- 
surda si cabe. 

Tales razones i otras de igual índole que podia aducir, 
.casi nunca invocadas por los maestros, cuando de con- 
troversias artísticas se trata, esplican las diferencias de 
criterio, la diversidad de apreciaciones i hasta las luchas 
acerbas ocasionadas por las convicciones profundas i 
contrarias cuyo orijen está en la tendencia a no mirar 
sino el propio camino, desdeñando los motivos ajenos, 
muchas veces no espresados, pues con frecuencia, un 
crítico, sabe que dice verdad, pero no atina cqn las razo- 
nes científicas de su obstinación. 

Por lo tanto los que hablan de entender la música dicen 
con el mayor aplomo, un disparate; tanto valdría hablar 
de entender un color o hacer el cómputo decimal de un 
deleite. 

Nadie entiende el ruido del viento, el incendio fugaz de 
un relámpago en los ojos o la sensación atrofiante del 
frío ; todo ello se percibe i se siente, no se entiende. 

— I Por qué hai entonces música fácil i música difícil? — 
Dios nos ampare ! Por que todo en la naturaleza tiene 
sus simples i sus compuestos; porque hai nociones radi- 
cales primitivas i emociones complejas. 



~ 190 — 

Tomemos por ejemplo el ruido aislado de los árboles 
en una noche tempestuosa; la percepción da una sensa- 
ción sencilla. Añádase la lluvia; el sonido se complica. 
Prodúzcase el trueno, el relámpago, la oscuridad inme- 
diata, los choques del torrente en las rocas i júntese a ello 
la tormenta interna del espectador ; la estampa cerebral 
del primer sonido se confunde, se absorbe i la percepción 
tínica i sencilla se hace imposible. 



Sucede con los sonidos musicales lo que con las letras. 
Un niño oye i dice con facilidad Ba, be, bi, bo, bu; no oye 
ni dice con tanta facilidad Bla, ble, bli, blo, blu; i menos 
Tlante, tlintre, trointle, tlutri7itla. De ahi a una palabra 
alemana de cincuenta letras ! ¡ Calcúlese la com- 
plicación ! 

Fijémosnos ahora en que el sonido de las letras i de 
las sílabas es una convención; sin embargo la palabra i 
el lenguaje son posibles puesto que hablamos. Pero las 
notas musicales i los ruidos no son una convención; están 
en la naturaleza. Por lo tanto mas natural es cantar que 
hablar i mas fácil. Así, todos los animales, incluso el 
hombre, producen sonidos mas o menos musicales antes 
que letras; el llanto de un niño no es un abecedario; es 
una tonacion musical, desagradable, pero tan musical, 
como el canto de un gallo, el trino de un pájaro o el 
lastimoso ahullido de un perro en el silencio de la noche. 

Wagner hace cantar a un Dragón en Siegfried, con 
una voz abominable (yo no lo invento) i nadie dirá que 
Wagner no entendia de música. 

Siendo pues la música natural i primitiva i prestándose 
sus notas a millones i millones de combinaciones, mas 
que las letras i las sílabas, ya parecerá menos absurda a 
quien reflexione la esperanza de que alguna vez la música 
se sustituya al lenguaje articulado. 

Añádase a esto que el actual lenguaje, aun el mas rico 
de las razas civilizadas, es de una pobreza miserable para 
espresar los sonidos i por lo tanto las ideas; basta fijarse 



— 191 — 

en que ningún ruido puede espresarse con palabras, 
comenzando por el ruido de la respiración, primitivo 
i natural, i concluyendo por las divinas sonoridades de 
una orquesta. 



Los músicos quieren hacer de su arte una relijion cuyos 
misterios no se dejan penetrar sino por los iniciados, como 
si ellos solos tuvieran orejas i como si no hubiera músicos 
sordos i compositores de óperas afónicos, incapaces de 
dar una nota ! 

i Tanto valdría acordar a los cocineros el privilejio de 
sentir ellos solos el sabor de sus platos ! 

Tampoco reparan en que los animales gozan i sufren 
con la música. Todos los dias oimos los fúnebres lamentos 
de los perros urbanos al rededor de un organista senti- 
mental cuando toca en la calle el Miserere del Trovador, 
Las notas de una flauta hacen bailar a las serpientes i una 
campanilla puesta en el cuello de un buei viejo, mantiene 
en grupo al ganado. Finalmente todos los cocheros saben 
que si le ponen cascabeles a un caballo recalcitrante, trota 
gallardamente, lleno de orgullo artístico. 

Así pues si los animales no son compositores, son por 
lo menos diletantisf ¿Por qué entonces hacer de la música 
un privilejio ? 

Sin ser pintor se puede entender de cuadros i sin ser 
literato, criticar, apreciar i comprender la mejor literatura, 
como la cocinera de Moliere. 

Las artes todas están en la naturaleza si bien el estudio 
las metodiza i las refina. 



Otros puntos curiosos pueden ir saliendo si se manipula 
livianamente un poco de ciencia, sin faltarle á los respetos 
qué ella merece. 

Los hombres mas sabios de la tierra, sin esceptuar los 
periodistas, sacerdotes dotados de la omniciencia (i quien 



- 192 — 

lo dude sierá inmediatamente demolido), hombres exep- 
cionales i sapientísimos que lo mismo hablan de astro- 
nomía que de numismática, de relijion que de buenas 
maneras i de todo ello, no por haberlo aprendido, sino 
porque la naturaleza los ha provisto de una intuición 
innata, de facultades mentales ilimitadas i a veces de un 
ejemplar de la Enciclopedia Británica o del Diccionario 
de Larousse con suplementos ; aun esos fecundos mortales, 
me arriesgo a decirlo, han caido en la inconsistente per- 
suasión de que el hombre vé con los ojos i oye con los 
oidos ! 

i Doi al lector un tiempo razonable para asombrarse i 
en seguida me complazco en solicitar su asentimiento para 
mis aparentes avances, en virtud de las siguientes pre- 
guntas i respuestas ! 

Pregunta. — { Qué es ver ? 

Respuesta, — Percibir la luz i mas positivamente, el 
color i la forma. 

Pregunta. — Donde, cómo i con qué se percibe la luz, 
el color i la forma ? 

Respuesta. — En el centro visual después de una larga 
tramitación. 

Pregunta. — Tramitación larga, dice? 

Respuesta. — Como usted lo oye. El ojo quieto, no vé 
distintamente sino la luz i el color de un punto. Una vez 
la luz en la retina, la escitacion sigue, a lo menos, dos 
caminos ; por el uno va al centro visual llevando sola- 
mente la impresión de la luz i del color, es decir, parte 
de los elementos de la visión; por el otro haciendo una 
porción de paradas i vueltas, lleva la imájen, la forma, las 
lineas de los contornos i superficie del objeto visible. 
Sigámosla en su itinerario: de la retina va al núcleo sen- 
sitivo vulvar del ojo; de este, al núcleo motor vulvar; de 
ahí a los músculos de acomodación; de ellos al centro del 
sentido muscular del ojo; de este al centro visual (punto 
de reunión de los dos caminos). Del centro visual, la 
imájen va al centro del sentido muscular de la cabeza, al 
del tronco i miembros, al motor del ojo, al motor de la 
cabeza, al motor del tronco i miembros i en fin, a los 



— 193 - 

centros motores^ i sensitivos del oido. Todas estas tras- 
misiones son instantáneas i conjuntas. 

La imájen (noción de forma, color i cantidad de luz) 
requiere por lo tanto para constituirse, los elementos que 
llevan al centro visual los centros del sentido muscular, 
pues toda imájen tiene forma i la impresión de forma 
depende del paseo que los músculos de acomodación i 
otros han hecho dar, por los contornos i por la superficie 
del cuerpo visible, a los elementos de visión de la retina 
i del poder de los centros del sentido muscular para con- 
servar las distancias i proporciones en el cerebro, en 
calidad de recuerdos o imájenes de reminiscencia. 

Luego si la visión completa no es debida a los mús- 
culos, lo útil de ella lo es — ¿ qué haríamos con ver luz 
sin ver formas ? 

Por un procedimiento análogo se demuestra que la 
audición de los sonidos, los tonos i la palabra articulada, 
depende forzosamente del sentido muscular adscripto a 
las funciones del oido. 



Aquí cabe por via de complemento, rememorar algunas 
particularidades de acústica i fisiolojia útiles para la apre- 
ciación de ciertas modificacionesquesenota en la audición 
de una pieza musical según el recinto donde se ejecuta. 

El oido percibe sonidos cuando le llega un número de 
vibraciones variable entre 8 dobles i 24000. Abajo de la 
primera cifra i arriba de la segunda solo oye ruidos. 
Estos cómputos pueden cambiar con los progresos de la 
ciencia i con las mutaciones del oido a través de las 
jeneraciones. Percibe el eco cuando oye un sonido i su 
repercusión. Con un reflector a menos de 17 m» se oye 
solo resonancias; con uno a los 17 se oye el eco de los 
sonidos breves, porque una sensación sonora persiste en 
el oido ^/iQ, un décimo, de segundo i admitiendo una velo- 
cidad máxima de 340 metros para la marcha de los sonidos, 
éstos harán 34 m^ es decir dos veces 17, ida i vuelta, en 
^/iQ de segundo. El eco de los sonidos articulados se oye 
con un reflector a 34 metros, pues emplean ¿, un quinto 
de segundo en recorrer 68 metros (dos veces 17, quinta 

Por mares i por tierras 13 



— 194 — 

parte de 340). Por tanto la sensación del sonido reflejo 
no se superpondrá a la del inicial. 

La velocidad varia con el medio ambiente, pero no con 
la altura del sonido. En los sonidos musicales el cid o 
distingue: la altura, dependiente del número de vibra- 
ciones; la intensidad, de la amplitud de estas; el timbre, 
de la materia del instrumento, a causa de las vibraciones 
inducidas, armónicas, en música; el intervalo, o sea el 
cociente de la división de un número de vibraciones por 
otro menor; el acorde, simultaneidad de dos o mas soni- 
dos separados por intervalos musicales; la armonia, re- 
lación de vibraciones en la proporción de I a 2 a 3 a 4 .. . 
i sus derivados ; la gama, serie de sonidos separados por 
intervalos musicales, tomada arbitrariamente entre la 
infinita variedad, por cuanto la gama no reposa sobre 
leyes naturales invariables (Van Helmholzt) sino conven- 
ciones estéticas, como lo prueba la historia de la música. 



En cuanto a nombres antes en todas partes i hasta ahora 
en algunas, las notas musicales eran designadas por letras 
i aun lo son. Un fraile, Gui dWrezzo, cambió el nombre 
a seis de ellas, dando a cada una la primer sílaba de algu- 
nas palabras importantes del himno que se cantaba en su 
convento en honor de San Juan. Estas silabas eran ut, re, 
mi, /a, sol, la. Después ut se cambió en do, mas sonoro. 
El nombre de la nota si fué añadido solo en 1784, hace 
poco mas de un siglo, por Lamaistre músico francés, como 
lo saben todos los versados en estas materias. 



Pero lo mas interesante en el juego de las sensaciones 
para mi objeto, es la conexión de las imájenes visuales 
con las auditivas. 

Ustedes saben que los sordo-mudos de nacimiento 
aprenden a pronunciar palabras, a hablar digamos, i que 
los ciegos también de nacimiento i aun los sordo-mu- 
dos-ciegos, aprenden a leer i a escribir ! 



- 195 — 

Estos fenómenos admirables son posibles únicamente 
por obra i gracia del sentido muscular. 

También saben, lo supongo, (siempre el lector sabe 
todo) que existe un fenómeno llamado audición coloreadaj 
en virtud del cual los ruidos, los tonos, las letras, las 
sílabas i las palabras, hacen ver colores distintos, según 
los individuos afectados de ^sX.2i perspicacia auditiva, físio- 
lójica o patolójica. 

I digo así porque el hecho se observa en los cerebros 
mas sanos. 

Las letras a, e, i, o, u, por ejemplo, suscitan la visión 
de los colores verde, azul, celeste, amarillo u otros. 

Para algunos sujetos los nombres de las localidades, 
las divisiones del tiempo, las distancias, los dias de la 
semana i hasta las entidades abstractas como virtud, 
sufrimiento, esperanza, tienen color. I lo tienen por 
cuanto las espresiones verbales respectivas lo evocan. 

A su vez los tiempos, los espacios, los nombres i los 
sentimientos, están de tal manera ligados con las melodías 
o los motivos musicales, que estos o aquellas los repre- 
sentan i sustituyen. 

Uno puede decir: cada época tiene su música especial, 
su tema. La tristeza, el placer, la imájen de una persona, 
el paisaje, la situación de ánimo, añrman su recuerdo 
cuando se acompañan de una sensación acústica i el aire 
popular o el trozo de ópera que se oyó en el momento 
en que aquellas impresiones se hicieran presentes en el 
alma, las encarna i las reemplaza asumiendo su entidad 
sicolójtca. 

Para mi cada uno de los años de la época de mis estu- 
dios tiene su sonata, la popular contemporánea. 

I para los jóvenes que se conocieron en un baile i cam- 
biaron en él sus primeras protestas de cariño, las piezas 
ejecutadas por la orquesta son i serán en adelante, la efije 
de su compromiso, el símbolo de su amor i su destino. 

Asi, todas las trasmisiones de los sentidos se dan la 
mano en el alma, se buscan, se completan, se superponen, 
se identtñcan i ya no parece tan estraño oir con los ojos, 
ver con los oídos i sentir el perfume con las manos (me- 
táfora). 



— 196 — 

Por lo demás, el mismo lenguaje consagra la mezcla 
de las sensaciones ; se dice de una nota musical : es ájil, 
liviana, dura, pesada, suave (calidades táctiles); cristalina, 
oscura (propiedades ópticas); dulce, agria (sensaciones 
del gusto); fría, caliente (variedades térmicas). 

Por último las sensaciones pueden subsistir, aun después 
de abolida la aptitud orgánica de los sentidos correspon- 
dientes. Bethowen, sordo, oía su música celestial mirando 
los signos en la pauta de sus manuscritos i cualquier 
sujeto con un poco de imajinacion, puede reproducir las 
escenas de sus tribulaciones en la vida con solo cerrar 
los ojos i tal vez hallándose en el teatro, adivinar a la 
vista de los paisajes figurados, la índole de las futuras 
sinfonias, presentir las situaciones dramáticas, ver los 
personajes i evocar las imájenes pasadas al escuchar los 
motivos fundamentales de la ópera. 



Desde un mes antes de llegar a Bayreuth, el que ha 
comprado un billete para oir las óperas de Wagner, ya 
siente los preludios de un placer prometido. En el ca- 
mino, la predisposición inicial aumenta i apenas llega i 
ocupa su alojamiento, ya esperimenta los síntomas ine- 
quívocos del contajio i la fuerte presión wagneriana 
del ambiente. El tiempo se mete en música, podría de- 
cirse, como cuando anuncia lluvia. 

Bayreuth duerme todo el año en la secular tristeza de 
su inacción; solo despierta cuando llega la estación de 
Wagner; sus calles se animan, sus hoteles se llenan, las 
casas de sus habitantes se convierten en alojamientos 
para estranjeros, las tiendas, mercerías, librerías, foto- 
grafías i hasta ferreterías rebosan de retratos de Seigf- 
mond, Siegfried, Wotan i Brunnhilde; los cocheros 
aumentan sus tarifas, los caballos no comen por amor 
al arte i su flacura toma proporciones metafísicas. Ño 
se habla, en fin, ni se sueña, ni se piensa sino cosas rela- 
cionadas con el Anillo del Nibelungo. 

Imposible abstraerse, separarse, aislarse en otro cir- 
cuito ; tanto valdría tener calor en crudo invierno sin 
estar enfermo. 



— 197 — 

I tal presión, que no censuro, como cualquiera podría 
inducirlo de los párrafos anteriores, hace el papel de un 
aperitivo, es benéfica, prepara el ánimo para gozar de 
un espectáculo nuevo si hai algo nuevo en el mundo. 

I-,a princesa de Gales ha dejado su brumoso Londres ; 
los nobles, los aristócratas, los políticos, los potentados 
de la tierra por su nombre, su influencia o su fortuna, 
han salido de sus patrios lares para alojarse en Bay- 
reuth, como simples mortales, en cuartos menos poé- 
ticos que el mió, i todos, sin hacerse esperar, estarán 
atentos al primer anuncio, amontonados en el pórtico 
del teatro. 



Hacia en 1896, veinte años que no se representaba 
en Bayreuth ni en parte alguna, la serie completa de 
óperas que componen la llamada tetralojia del Anillo del 
Nibelungo. 

En los años anteriores se habia dado una o dos partes 
i alguna otra ópera del divino maestro. En Viena, en 
París, en Londres i otras grandes ciudades habiase sola- 
mente representado fragmentos o cuando mas partes 
mutiladas de la obra. La impresión por lo tanto, fué 
colosal cuando este año se anunció la serie completa i 
una representación modelo en su jénero, con la mejor i 
mas sabia orquesta del mundo. Los maestros, los aficio- 
nados, los críticos i los enloquecidos de todas partes, se 
prepararon, muchos hicieron sacrificios para obtener 
billetes a precios salvajes, i los grandes diarios designa- 
ron sus corresponsales para enviarlos en tiempo opor- 
tuno a la privilejiada, pequeña i soñolienta ciudad de 
Bayreuth. 

Yo fui uno de tantos atraidos por el anuncio, i debo 
a esta curiosidad, de mi espíritu, haber presenciado un 
espectáculo que no olvidaré jamás. 

No me acuerdo de haber dormido con sueño normal 
en Bayreuth, de haber tomado alimentos con sabor deter- 
minado, de haber pensado cosas racionales, ni haber es- 
tado un solo momento en mi ser natural. Todo tenia para 



— 198 — 

mí acordes, melodías, notas, fusas, semifusas, tonos ma- 
yores i menores, claves i sinfonías. Vivía en plena mito- 
lojía alemana, i los bemoles se mezclaban hasta con las 
cuentas del hotel que contenían notas colosales. 



El teatro, hecho espresamente para las óperas de 
Wagner, por el reí mas loco i de mejor gusto que han 
visto los pueblos, se levanta en una colina fuera de la 
ciudad. Conduce a él una ancha avenida cuyas veredas 
flanqueadas por árboles elevados, ofrecen un cómodo i 
agradable camino. 

A la hora conveniente la calle central se llena de 
carruajes ocupados por lujosas damas i caballeros i 
corre en las márjenes un rio de jente a pié, venida de los 
cuatro puntos cardinales, ostentando los trajes i aspec- 
tos mas variados. 

Los habitantes de la ciudad, que ya han oido las ópe- 
ras o que tienen otros intereses en vista, concurren 
solamente al desfile pero contribuyen a dar al paraje 
una animación estraordinaria. 

Esa masa inmensa de jente se agrupa por último en la 
esplanada delante del teatro o se disemina en grupos en 
los jardines que lo rodean i no son los menores atractivos de 
la escena el bullicio de los comentadores, los encuentros 
inesperados i los contactos recientes de los eterojéneos 
concurrentes, entre los cuales un príncipe i una modista 
se codean, o conversa un noble infinitamente pobre con 
un banquero vulgar inmensamente rico, o con una actriz 
en vacaciones, recordando las horas sazonadas de otra 
época. 

En esto se presentan en el atrio cinco o seis músicos 
armados de instrumentos de cobre i tocan a los cuatro 
vientos, el motivo del próximo acto : unas cuantas notas 
sencillas pero admirablemente combinadas que se insta- 
lan i radican en el alma por toda la vida i repetidas mas 
tarde en mil situaciones, infiltran un deleite infinito. 



— 199 — 

I aquí se inicia el trabajo complicado del cerebro. Las 
impresiones van a crecer en intensidad por la prepara- 
ción orgánica i por la complicidad de sensaciones aferen- 
tes conexas o reflejas que determinan escitaciones de un 
carácter emocional superior al de las auditivas aisladas. 

Cada concurrente se halla ya templado en un tono de 
hiperestesia cerebral que le permitirá rejistrar detalles 
musicales ínfimos, aumentar sus efectos i a favor de ellos, 
llevar su propio sistema nervioso a un grado de tensión 
semi-morboso. 



Las puertas del teatro se abren i dejan penetrar la 
turba frenética. El espectador desde su asiento, estiende 
la vista sobre un mar de cabezas escalonadas en el anfi- 
teatro semi-oscuro, limitado a los lados por pilares que 
dejan huecos vacíos, como depósitos de aire ; atrás por 
palcos i adelante por el escenario; ochenta i cuatro bom- 
bas deslustradas de luz en lo alto de los pilares i veinte 
mas abajo, constituyen todo el alumbrado antes de levan- 
tarse el telón. Las luces de arriba se apagan de golpe ; 
es el anuncio preparatorio . . . Una conmoción inevita- 
ble recórrelos cuerpos; se oye el ruido causado por el 
roce de las ropas, obedeciendo al estremecimiento ner- 
vioso de los músculos que se acomodan. Un segundo 
después las lámparas restantes se estinguen i la sala se 
sumerje en las tinieblas. La vista queda momentánea- 
mente sin ocupación. . . el oido se aguza. Se oye los 
primeros acordes de la orquesta que llegan al cerebro 
sobre exitado, como una primicia del placer, como una 
promesa de mayor deleite, trayendo los preludios ine- 
fables de un amor que nace. 

Todas las funciones de relación en los espectadores 
parecen suspendidas; nadie respira, nadie vé, nadie se 
mueve. Hasta los actos involuntarios habituales en cual- 
quier momento como un golpe de tos o una respiración 
forzada, obedecen de repente la consigna. En dos mil 
personas han quedado abolidas al mismo tiempo todas 
las necesidades perceptibles de la vida; i este fenómeno 



— 200 - 

inconcebible dura hora i media, dos horas^ sin revela- 
ciones esternas de cansancio. Ni un desmayo, ni un 
síncope, ningún accidente, en fin, viene a perturbar la 
exelsa gloria de sonidos en que se acumulan, deslien, 
esparcen i vuelven a juntar los tonos, los acordes, las 
aparentes disonancias, en formidables turbiones que 
producen el singular efecto de parecer variados cuando 
se quiere fijar su monotonía i monótonos cuando se in- 
tenta percibir su variedad. 



Pero como la vida vejetativa tiene sus derechos, el 
estado semi-cataléptico producido por la audición, si 
bien aplaca temporalmente las exijencias del bienestar 
corporal i hasta las borra por momentos, no alcanza sin 
embargo a suprimirlas; i aquí viene para mí el único 
reproche formal tal vez que yo haya oido formular con- 
tra Wagner. 

El oido puede permanecer en estado de gozo durante 
un tiempo dado. Si la audición atenta traspasa el límite, 
variable para cada sujeto, se entra ya en la zona del 
sufrimiento por serias causas, entre otras, por el aumento 
de temperatura en la sangre que suele producir estados 
febriles i los produce ciertamente incómodos. Se puede 
admitir como regla, no fija, que a las dos horas de audi- 
ción atenta, muchas veces antes i con mayor razón des- 
pués, la temperatura sube de un grado o mas. Pero 
hagamos caso omiso del oido i supongámoslo en estado 
de goce continuo ; no por eso el resto del animal dueño 
de tan feliz aparato, los músculos, por ejemplo, de las 
piernas, de los muslos, del tronco, de los brazos, del 
cuello, por no citar todos los componentes del sujeto, 
obligados a mantenerlo en equilibrio sin variación efi- 
ciente de postura, i no teniendo particulares motivos 
para participar del deleite artístico, mandan mensaje 
tras mensaje al cerebro avisando que ya no pueden mas. 

Tal situación, como se concibe, es incompatible con 
cualquier clase de fruición estética. 



— 201 — 

El mismo Wagner no gozaría en el cielo oyendo can- 
tar a anjélicas jerarquías, si un arcánjel lo estuviera 
moliendo a palos. 

La crítica respecto a este punto es incontestable i en 
vano se tratará de mitigarla con esplicaciones plausibles. 
Algunos músicos, entre ellos uno célebre francés, afir- 
nian que a Wagner le ha faltado el sentido de las pro- 
porciones indispensables en el teatro, i sus admiradores 
mas entusiastas confiesan que a veces la audición es 
laboriosa. 

Los mismos actores en las tablas, a pesar del fuerte 
estímulo i del amor propio que los tonifica, sufren la 
presión del tiempo. El Hércules Farnesio representando 
a Siegfried quedaría agotado antes de concluirse la 
ópera. 

Dicho esto con científica imparcialidad, no hablaré 
mas del defecto cuya consecuencia puede ser lastimosa ; 
( la mutilación de las óperas para hacerlas viables en la 
jeneralidad de los casos); sino para formular mi opinión 
sobre su causa i pasar adelante. 

Wagner al no tomar en cuenta la resistencia de su 
auditorio, cuando compuso su Tetralojia, procedió como 
la Naturaleza : con inocente crueldad. 

No tuvo en vista dimensiones j ni para llenarlas, ni 
para privarse de exederlas ! 

Como todo autor sujetivo hizo su espectador de sí 
mismo i cuando midió las proporciones de su obra, solo 
buscó satisfacer su plan de sensaciones, creando un 
organismo, un sistema. Sus modelos estaban en el mundo 
físico ; sentido, entendido ; en la Naturaleza j i la natu- 
raleza no es objetiva : c'est la son moindre defaut. 

Cuando llueve durante un día entero, la lluvia no ave- 
rigua si uno necesita salir i si tiene o no paraguas. 

Cuando sopla un viento constante haciendo arpas 
cólicas con las enredaderas en los árboles o silbando 
por las rendijas en las casas, las ráfagas no saben que 
un enamorado pasea por los bosques ni que el infeliz 
habitante de un cuarto con puertas mal ajustadas, se 
desvela con el ruido sin diapasón i sin ritmo. 

Ni el día ni la noche se acortan, ni la tempestad se 



— 202 — 

mitiga por consideración a las jentes; ni el mar en bor- 
rasca se aplaca para aliviar las angustias de los nave- 
gantes ! 

Véase ahora las diversas escenas en la Tetralojia: 
amanece, anochece; las olas cantan en voz baja, el hura- 
can sacude las ramas en la selva, el cielo se nubla, se 
oscurece, el bosque manda sus ruidos misteriosos, las 
aves cantan i mientras las maravillas de la ópera delei- 
tan el alma, los pobres artistas están clavados en el sitio 
asignado por la crueldad del compositor, oyendo monó- 
logos eternos. 

En las óperas de otra índole, la prima dona, el barí- 
tono (que es siempre un marido) el tenor i el bajo han 
sido tomados en cuenta. Se ha hecho una aria para que 
luzca la prima dona, un dúo para el tenor, un solo para 
el primer violin i así por el estilo. 

Wagner no tiene esas complacencias: si el drama 
exije que la soprano se quede tierra adentro, no aso- 
mará ni la punta de la nariz hacia la orquesta i el tenor, 
su asiduo acompañante, se estará quieto i callado media 
hora si el libreto le impone escuchar el relato de las 
aventuras de sus abuelos. 

Precisamente esta rejimentacion constituye una forma 
nueva con relación a la concepción anterior del drama 
músico. 



Recuérdese: En las primeras óperas el cantante lo 
hacia todo ; la orquesta era un accesorio ; unos cuantos 
instrumentos bastaban para el caso. Después la orquesta 
fué ganando terreno i la cofradía cantante disminu- 
yendo su acción i su importancia. Así, la evolución que 
con Wagner ha llegado a una de sus mas altas plani- 
cies, hace de los cantantes simples instrumentos, sin que 
la prima dona tenga mayores derechos que la flauta, 
ni el tenor que un corneta-pistón. ¡El bajo es un figle 
ambulante i nada mas! 

Compuesta de este modo una orquesta con arpas, so- 
pranos, flautas, contraltos, violines, meso sopranos, cor- 



— 203 — 

netas, tenores, clarinetes, barítonos, oboes, bajos, violon- 
celos, tiples i pífanos . . . el maestro Wagner ha conseguido 
arrancar a la acústica las mas bellas armonías musí- 
cales, las combinaciones de timbres i hasta de resonan- 
cias, que hacen de su obra llena de sorpresas encanta- 
doras, un sublime deleite cuyos efectos despiertan la 
intuición de un estremecimiento sensual sin historia en 
los centros nerviosos sensitivos i sin antecedentes rejis- 
trados en la mente. 



Wagner ha compuesto su Anillo de los Nibelungos 
como habria hecho su libro predilecto un autor literario ; 
con amor, con estilo, con un organismo i un sistema. Si 
el sentido de las proporciones ha sido débil a veces, 
¡ cuanta delicia en la repetición de lo bello ! 

Ha dividido su obra en cuatro síntesis, encadenadas, 
ligadas, correspondientes, para formar un cuerpo homo- 
jéneo, indisoluble. El Prólogo o primer acto contiene 
en música, en estética i en concepto, el substractum de 
todo el acontecimiento universal i eterno, pues tal es la 
obra de Wagner; i en cada uno de los actos siguientes 
las repeticiones intencionales aprisionan al espectador i 
lo sujetan a las continjencias de la trajedia. 

En el segundo acto de la Walkiria, Wotan refiere a 
Brunnhilde episodios que ponen en autos de los sucesos 
al que no ha oido el Oro del Rin; en el primer acto 
de Siegfried el mismo Wotan en su diálogo con Mime, 
da noticias eficientes sobre el Oro del Rin i la Walkiria 
i por fin en el Crepúsculo de los Dioses las tres partes 
anteriores se resumen por la escena de las Nornas i mas 
claramente por la completa narración de Siegfried. 

Pero así como en cada página de un escritor se co- 
noce el estilo i en cada ser viviente, la raza o la especie 
vejetal a que pertenece, por cada síntesis de la Tetralo- 
jia, aun separada de sus hermanas, se comprende el 
poema estético en sus figuras mentales i musicales, se 
asiste a la aparición de sus elementos primitivos i se 
sigue el destino final de sus encarnaciones dramáticas. 



- 204 — 

La unidad es la leí de la acción: .unidad de conceptos, 
unidad de sonidos i unidad concomitante de juego 
escénico. 

Las pasiones humanas, ya sea en el alma de los dioses, 
de los jigantes o de los seres malditos, emprenden su 
carrera en los albores de la acción mitolójica i la siguen 
fatalmente hasta la total destrucción de cuanto ha nacido 
de la transgresión i la violencia. 

La ambición, la cólera, la venganza, el crimen, la 
preocupación, las reglas admitidas, el odio, la sed de 
poder i de riquezas, el amor, el heroismo, la joie devivre 
como dicen los franceses en esa su frase de sabor tan 
especial, hablan con voz propia i asumen su papel en la 
trajedia. 

Cada concepto tiene su motivo, cada substractum su 
tema, cada pasión su figura simbólica en la frase musi-. 
cal adherida a su esencia. 

Por esto el espectador, aun ignorando el poema i sus 
imájenes características, tiene la aptitud de entender en 
el drama, en el canto, en la orquesta, algo que traducido 
en sensaciones, representa el contorno estético de la idea 
fundamental aun cuando no la forma de un pensamiento 
concreto. 

Wagner ha recojido sus motivos en los accidentes 
físicos de la tierra ; el golpe del martillo sobre el yunque, 
el choque del agua contra las rocas, el palmoteo de las 
olas, los murmullos de la selva, las estridencias de la 
cólera i las modulaciones de la ternura en la vozhumana, 
han enviado las notas a su pauta. Pero el espectador ha 
oido también esos rumores i lamentos en situaciones 
sensibles de su vida i al oírlos de nuevo en la ópera, los 
encuentra perfectos como símbolos sintéticos. 

Yo no oiré nunca un sonido igual a cualquier nota de 
las del tema de la Fragua en Siegfried, sin reconstruir a 
su amparo en mi memoria todas las delicias de Bayreuth. 

Esta calidad de los motivos de pegarse para siempre,^ 
por toda la vida, al oido que los percibió una vez, prueba 
su orijen, su cuna limpia, pura, clara; esos tonos de 
esencia admirable en su sencillez inocente, han brotado 
en la tierra como las flores, como el agua en las rocas, 



— 205 — 

por eso se incrustan en las almas de todos los hombres 
rústicos o educados- 

Cierto es que un hecho natural no tiene por espresion 
única i jenuina una combinación arbitraria de sonidos, 
pero la adoptada por Wagner para cada persona, situa- 
ción o paisaje de su poema, se armoniza de tal manera 
con las representaciones acarreadas por los otros senti- 
dos, aparte del oido, al cerebro, que éste hace de cada 
reunión de notas en motivo, la encarnación del héroe, 
del paisaje o del momento trájico. 

Por todo ello exaltamos a Wagner i además porque 

Cuando leyendo una pajina o escuchando una 

sinfonía, encontramos imájenes amigas de nuestras emo- 
ciones, el placer que suscita esa armonía se convierte 
en aprobación instintiva, en admiración a veces i en 
formas inconcientes, amamos al autor que nos traduce, 
llamándole filósofo i artista. 

¡ El altruismo en su esencia es amor propio ! 



La adaptación de las figuras auditivas a los elementos 
trájicos, ha permitido a Wagner clasificar sus aj entes i 
dar una personalidad música a los sujetos, verbos i 
atributos, a las entidades vivientes de su frase. 

En tal concepto la Tetralojia nos presenta estas deno- 
minaciones, ya para siempre inherentes a su tecnicismo : 
Motivo de la amenaza ; Tema de servidumbre ; Motivo de 
Brunnhilde, del Elemento orijinal, del Pacto, de la Fragua, 
de los Jigantes, del Casco májico, de la Reflexión, del 
Arco-iris, deWalhall, del Crepúsculo délos Dioses; tema 
de la Fuga, de Walsung agotado, de Siegmund, del Amor 
heroico, del Sueño, del Juramento de las Walkirias, del 
Pacto de venganza, del Derecho a la espiacion de Sieg- 
fried, de la Persecución, del Amor por la Redención. 

I ya tenemos en estos temas i motivos, no solo sujetos 
acústicos sino amigos, guias, consejeros ; apenas asomen 
los saludaremos como conocidos antiguos con afecto i con 
gusto; ya los entendemos, ya sabemos su oríjen i sus fines. 
Su sola aparición nos traerá un mundo de recuerdos. 



— 206 — 

No encontraremos el motivo de Walhallsin pensar en las 
tribulaciones de Wotan i por encadenamiento, en el terror 
de Freia, en los Jigantes, en las Hijas del Rin; i no 
oiremos el tema de Siegmund, de las Waikirias, de Sieg- 
fried, de la Fragua sin ver a la desgraciada Sieglinde, a 
la tierna Brunnhilde o recordar «la canción de la pri- 
mavera >, los divinos «rumores de la selva >, al pobre 
Mime que al ñn no era tan malo, i al Dragón, otro infe- 
liz cuya culpa como la de cualquier avaro, consistia en 
guardar su dinero sin prestarlo siquiera a interés, como lo 
baria un banquero. 

I todo ello nos hará ver al mismo tiempo el cielo, el 
mar, montañas, rios, selvas profundas, tempestades, pai- 
sajes admirables, la aurora, el sol, el dia que declina i la 
serena majestad de la noche que arroja sus tinieblas 
sobre el mundo. 

Porque esas cuantas notas de los motivos, tan senci- 
llas i tan naturales, son intensamente subjetivas i con- 
ceptuosas; porque forman centro, foco núcleo de donde 
emerjen i a donde converjen maravillas musicales, melo- 
días, acordes, armonías celestiales creadoras a su vez de 
otras imájenes i fantasmas que vagan, flotan, se contraen, 
huyen i vuelven como las olas del mar. 

Poder traducir así la naturaleza esterior en su figura- 
ción cerebral, equivale a tener en la mano una potencia 
creadora para llegar con ella a lo supremo del arte. 

Allí ha ido Wagner alterando las leyes aparentes, 
innovando los fundamentos consagrados, rebelándose 
contra la tradición, la rutina i las costumbres, imponién- 
dose por fin en nombre de la ciencia i de la estética, 
hasta el punto de prod^icir en su auditorio, aun ocasio- 
nal i adventicio, un sentimiento de dolor por la renuncia 
a sus antiguas aficiones, de remordimiento por el aban- 
dono de lo que amó sin escrúpulo, sin comparación i 
sin sospecha, de angustia por la abjuración de antiguas 
idolatrías tal vez hondamente arraigadas en el alma, en 
presencia de lo insuperable. 



— 207 — 

No caeré yo en el error de llamar oscuro al tema inte- 
lectual como otros lo han hecho ; para mí es sencillo i 
ha sido espuesto con frescura, sin faltarle los golpes de 
escena que caracterizan el talento dramático del maestro. 

Para aquellos de mis lectores que no conozcan o no 
recuerden el mito del Nibelungo, haré un lijero bos- 
quejo. 



La Tetralojia o sea el < Anillo del Nibelungo > com- 
prende: el Oro del Rin, como prólogo, la Walki- 
ria, Siegfried i el Crepúsculo de los Dioses. Figuran en 
la serie, los Enanos que habitan las entrañas de la 
tierra, como si dijéramos el Infierno; los Jigantes, los 
héroes, las Ondinas, las guerreras i los Dioses, con 
sus mujeres, que habitan el cielo o Walhall. £1 destino 
rije la vida de todos estos personajes provistos de 
pasiones humanas en grado heroico. El Oro es el arbi- 
tro del Poder, pero no lo da sino a quien renuncia 
al Amor. Las mujeres, accesorios indispensables, repre- 
sentan la Estética i la Ternura. Las Ondinas o Hijas 
del Rin están a su cuidado. Un nibelungo, de la raza 
de los Enanos, Alberich, renunciando al amor, se apo- 
dera del oro i con un poco de este metal, se hace un anillo 
omnipotente, símbolo del Poder en adelante; ademas su 
hermano forja un yelmo cuya virtud consiste en tras- 
formar al que se lo ponga, según su gusto. Por com- 
binaciones del drama el nibelungo pierde su anillo: 
pero al perderlo le comunica por medio de una mal- 
dición, la influencia fatal de hacer desgraciado a quien 
lo posea. Wotan el Dios, ha hecho construir un palacio 
en el Walhall por los jigantes, prometiendo entregar- 
les en pago a Freia, la Diosa del Amor i de la Juven- 
tud ; los jigantes reclaman su salario pero el sacrificio 
es grande i además Freia se opone de un modo lasti- 
moso. El Dios entonces por un artificio, se hace dueño 
del oro, del anillo i del casco, de la suma del poder 
digamos, i entrega todo ello a los jigantes en reem- 
plazo de Freia. Fafner i Fasolt, los jigantes, se pelean 



— 208 — 

al repartirse el precio del rescate; Fafner mata a Pa- 
solt, i dueño ya del tesoro, toma la forma de un 
dragón para guardarlo. Wotan, aventurero como todos 
los dioses, seduce una terrestre llamada Erda, quien le 
da muchas hijas : las Walkirias, guerreras cuya misión 
es la de recojer en los campos de batalla Jos héroes 
muertos i llevarlos al Walhall. La Walkiria protagfo- 
nista es Brunnhilde, tierna i bella muchacha, mestiza 
de Dios i mortal. 

Pero ni los héroes domésticos ni las Walkirias pueden 
rescatar honorablemente para Wotan, los tesoros i talis- 
manes perdidos con el oro sustraido a las Hijas del Rin, 
bienes cuya devolución solamente puede salvar a los Dio- 
ses i redimir al mundo. Para la reconquista sin mancha se 
necesita una entidad independiente. Wotan que no obstan- 
te ser un dios casado, siempre andaba buscando pretestos 
para meterse con las mujeres de la tierra, resolvió crear 
el héroe requerido i elijió para el caso una mortal fe- 
cunda, quien se pasó de raya dando a luz dos mellizos, 
varón i mujer, Siegmund i Sieglinda. Un tal Hunding se 
apodera de Sieglinda a su tiempo i hace de ella su es- 
posa. El estúpido Wotan ha clavado una espada sagrada 
en un árbol de la casa de Hunding, de donde Siegmund 
la toma para defender su raza i con el mismo fin se 
escapa con su hermana la señora de Hunding, con la cual 
tiene relaciones algo mas que fraternales. Siegfried na- 
cerá de esta alianza en oportunidad. Freika, mujer de 
Wotan, encuentra lo que pasa inmoral i el Dios sacrifica 
a su propio hijo, porque según se ve, los dioses mito- 
lójicos hacen siempre lo contrario de lo que se propo- 
nen, como el nuestro, quien al decir de las jentes, hizo 
al hombre a su imájen i semejanza i ya ven ustedes cómo 
hemos salido! 

Lo mismo hace con su nieto Siegfried, como se verá. 
Este forja una espada con los pedazos de la de su padre, 
rota por su abuelo ; acomete las mas grandes empresas, 
mata al Dragón, conquista sus tesoros, los desdeña con- 
servando solo el anillo i el casco ; se hace amar de 
Brunnhilde, a quien Wotan el tonto hizo dormir en una 
montaña, en castigo de haber intentado salvar a Sieg- 



— 209 — 

mund, i rodea su tumba de cintas de fuego solo accesi- 
bles para un héroe sin temor i libre como Siegfried. 
Pero como el nieto se parece un poco al abuelo en lo 
simple, abandona a la tierna Brunnhtlde dejándole el 
anillo maldito, se lanza en pos de nuevas aventuras, i da 
por ñn con la hermosa Gutrune, la cual enamorada de él 
le hace beber un filtro que borra los recuerdos. Siegfríed 
comete sin saberlo la infamia de engañar a Brunnhilde, 
quitarle el anillo, entregarla en brazos de Gunter, her- 
mano de Gutrune en cambio de esta; para ello ha toma- 
do la forma de Gunter gracias al yelmo. Pero Brunnhilde 
descubre la traición i revela sus amores con Siegfried ; 
Gunter se cree engañado i se hace un pacto de venganza 
con ayuda de Hagen hijo de Alberich. Siegfried en una 
cacería libre ya de los efectos del filtro, cuenta sus aven- 
turas sinceramente; Hagen lo mata a traición; Brunnhilde 
conoce por las Hijas delRin, la causa de su engaño, 
toma de la mano yerta del héroe el anillo fatal, i cuando 
ya el cuerpo de su amante ha sido puesto en la hoguera 
preparada, monta en su caballo de batalla i se lanza al 
fuego. Las hijas del Rin recobran su oro en su símbolo, 
el anillo, pero Walhall se derrumba i con él los dioses 
i los héroes. 



Agosto 14, Nuremberg. 

Tenia gran deseo de conocer Nuremberg i heme aquí. 
Estoi en el Wurtemberg-hof, concurridísimo hotel, con 
trescientos asientos en su mesa redonda. La ciudad con- 
serva como se sabe sus murallas, sus torres, sus fosos, 
sus castillos i demás reliquias de la Edad Media. Lo eter- 
•^namente viejo vive aquí en santa paz i armonía con lo 
reciente i mas nuevo ; un trenvia eléctrico al lado de 
un muro de ochocientos años ; un aparato telefónico en 
un castillo secular i decrépito, i cosas por el estilo. Las 
novedades mas bulliciosas se instalan sin el menor aspa- 
viento en las mas viejas armazones. El contraste es pal- 

Por fHorés i por tierras 14 



— 210 — 

pitante, pero no choca. Visitamos una Esposicion insta- 
lada en un inmenso jardin; su importancia principal 
reside en las máquinas, locomotoras sobre todo ; lo 
demás mui bueno también, pero parecido a los artefactos 
i productos que se muestra en las ferias industriales. 

Los puentes sobre el rio o mas bien arroyo Pegnitz 
ofrecen un agradable punto de reunión durante la noche ; 
la vista de las aguas, negras en parte, con puntos brillan- 
tes, reflejo de los picos de gas o focos eléctricos, entre- 
tiene i convida a la meditación. 



Naturalmente dimos nuestro paseo por las iglesias de 
estilo gótico ; en una de ellas vimos la tumba de Teo- 
baldo con sus mil estatuitas i bajo relieves ; las estatuitas 
son de personajes a veces estrafalarios, i muchos an- 
jelitos afectan posiciones graciosas i ridiculas jugando 
con mil objetos. A primera vista, tales adornos me pa- 
recieron impropios en un sarcófago, pero después, re- 
flexionando, juzgué que no iban tan mal allí si el artista 
habia considerado la muerte como una felicidad i una 
gracia divina. ¡ Vaya una gracia ! 



Ningún viajero deja de ver el castillo viejo en Nu- 
remberg. Los patios, corredores i habitaciones de su 
recinto no ofrecen nada de particular con relación a los 
de la misma época i del mismo país. El gusto alemán 
de los remotos tiempos tiene allí sus símbolos: grandes 
chimeneas forradas de azulejos, muebles antiguos, feos i 
pesados, espejos hechos de dos o mas piezas, salas 
chicas o estensas, pasadizos i antros incongruentes, 
pisos de diverso nivel, puertas i ventanas de todos los 
tamaños . . . pero tal vez se ha vivido allí confortable- 
mente, a pesar de hallarse las cocinas en otro barrio 
respecto al comedor i no percibirse el menor síntoma de 



- 211 — 

la existencia de otras oñcinas indispensables. Como 
singularidad sin embargo, el castillo ofrece su depar- 
tamento de tortura i su pozo. Horroriza ver los aparatos 
con que se destrozaba el cuerpo de los acusados. No 
mencionaré sino uno de ellos, la virjen hueca revestida 
en su interior de largos i macizos clavos cuyas puntas 
se tocan; la estatua es de hierro i se abre como un 
armario, los condenados eran colocados adentro i atra- 
vesados por cien punzones al cerrarse el aparato; los 
clavos entraban al mismo tiempo en el pecho, el vientre, 
en la frente, en los ojos . . . ¡ que bárbaros ! 

Vecino al departamento de la tortura, hai un cuarto 
donde está el pozo del cual todos hablan; yo no puedo 
decir de él sino que es mui hondo, pero la leyenda dice 
otras cosas; para unos el pozo servia de sepulcro a los 
muertos en la tortura, para otros era una via de comu- 
nicación entre el Castillo situado en la montana i la 
ciudad que se estiende en el valle. A pesar de estos 
interesantes atributos, tal vez el pozo no servia sino para 
proveer de agua i yo tengo para mí que era esa su única 
e inocente función. 



Fuera del Castillo son dignas de nota las fuentes, las 
puertas i las murallas con sus profundos fosos llenos de 
agua o vacios, según los casos. 

Nuremberg es además célebre por sus fábricas de ju- 
guetes i su gran manufactura de lápices de la marca 
Faber tan conocida en todo el mundo. 

Pero aquí debo señalar una terrible desilusión res- 
pecto a los juguetes. Quise ver una fábrica de muñecas, 
pregunté en una tienda donde se las hacia; la contesta- 
ción fué : 

— Aquí en Nuremberg no hai fábricas de muñecas ni 
de juguetes. 

— I entonces ¿de donde salen las pacotillas con que 
ustedes inundan el mundo ? repliqué. 

— Entienda usted, señor ; de Nuremberg salen, pero 
nadie hace aquí una muñeca ni un juguete completo ; cada 



— 212 — 

casa de artesano es una fábrica i cada mujer, niño u 
hombre, es un fabricante de algo. Unos hacen piernas, 
otros cabezas, otros pelucas, brazos, ropa, cuerpos; así, 
cada uno va poniendo su confección sobre la de su an- 
tecedente. 

— cNo entiendo», volví a replicar; pero mi interlocutor 
no me dio mas esplicaciones ; para un alemán no enten- 
der una cosa no significa nada; lo mismo ha de suce- 
der todo, entiéndalo uno o no lo entienda. Sin embargo, 
sostengo que ese modo de fabricar muñecas, es absurdo 
i que las hechas así no pueden tener el menor aire de 
familia sino en las cabezas o en las piernas separada- 
mente, pues solo sus piernas o sus cabezas son hijas del 
mismo padre. 



Aun cuando el nombre <Faber» significa en todo el 
mundo fabricación de lápices, yo solo tengo noticia de 
la existencia de dos fábricas pertenecientes a miembros 
de la familia Faber, siendo una de ellas la de esta ciu- 
dad. El Faber de Nuremberg tuvo la complacencia de 
mostrarnos su Establecimiento i esplicarnos, con la obra 
a la vista, los detalles de la fabricación. Por suerte, a 
mas de hablar francés este amabilísimo i distinguido ca- 
ballero, uno de sus empleados hablaba español i los dos, 
rivalizando en cortesias i colmándonos de obsequios, 
convirtieron nuestra inspección en una visita de placer. 

No sé si a todos les sucede lo mismo; yo esperimento 
un verdadero contento cuando veo cómo se hace un ins- 
trumento u objeto familiar de uso diario; un lápiz por 
ejemplo. Me era mui conocido el nombre de Faber i 
tenia gratitud a los que lo llevaban por haber puesto al 
servicio de la humanidad i al mió propio, sus exclentes 
lápices, famosos en todo el mundo ; por esto, con sumo 
interés i verdadero entusiasmo, con cariño mas bien, me 
acerqué al señor Faber, autor, padre, productor de los 
abnegados utensilios que con el sacrificio de su vida, 
dejándose cortar los flancos i afilar las puntas hasta 
consumir su cuerpo entero, me han ayudado en mis tra- 



- 213 — 

bajos de redacción. Gracias a ellos puedo escribir acos- 
tado, de pié) camioando i de cualquier manera; borrar, 
correjir, reponer, alterar las palabras sobre el mismo 
papel, sin echar borrones ni ensusíarme los dedos con 
tinta, ni necesitar papel secante, ni pluma, sin suspender 
la tarea para soparlo, sin tener que mojarlo siquiera 
para marcar las letras. 

Alguien dudará ahora de la inmensa ternura con que 
fui a visitar la cuna de mis lápices, a sorprenderlos en 
jermen, luego en embrión; a contemplar su desarrollo 
observando los mecanismos que los enjendran i les dan 
forma, a ver los recien nacidos, por fin, antes de su pri- 
mer salida en falanje por docenas. 

Veo primero en un patio una montaña de madera 
olorosa, escojida, en gruesos tirantes; en otra parte ya 
está en listones, luego en varillas mas finas, después en 
otras aun mas delgadas i con una canaleta. Entré en 
se^ida a un salón donde todo es negro ; allí se cocina 
el grafito ; primero está amontonado como carbón, mas 
tarde es polvo i tras de eso una masa caliente ; la masa 
se vuelve hilos gruesos, blandos, enroscados unos sobre 
otros; mas allá, en una mesa, se los ve estirados en 
lineas rectas paralelas; así entran a los hornos; cuando 
salen están duros i se meten como en un sarcófago en 
las canaletas de las varillas de madera. A la sazón vie- 
nen unos listones finos untados con cola i cubren las ca- 
naletas encerrando el grafito. £1 lápiz ya está hecho; 
pero no educado; falta pulirlo, vestirlo, acomodarlo. 
Una máquina toma los listones rellenos i solo los suelta 
cuando están transformados en cilindros o en tallos de 
sección exagonal. Unos van á los talleres de pintura i de 
barniz, otros se quedan con el propio color de su ma- 
dera, pero bien pulidos. La oficina de espedicion los re- 
coje, los cuenta, los clasifica, los agrupa, los empaque- 
ta, los pone en cajas i los deja listos para emprender el 
viaje al rededor del mundo, con su precio marcado, por 
todo pasaporte. 

Pero lo dicho no es sino un estracto sumario de las 
mil operaciones necesarias para convertir un árbol i un 



— 214 — 

trozo de carbón en este universal i útilísimo instrumento, 
indispensable ahora en la vida del hombre civilizado. 

La fábrica hace toda clase de lápices, naturales i me- 
cánicos, baratos i de lujo ; manufactura también otros 
objetos de escritorio en armonía con su industria prin- 
cipal. 

Una buena colección de diversos ejemplares de sus 
productos fué el regalo de despedida con que nos obse- 
quió el señor Faber. 



Como última nota de esta estraña ciudad apuntaré 
los mercados efímeros, llamándoles así por su corta du- 
ración. En sitios determinados, calles anchas por ejem- 
plo o plazoletas, se improvisa de repente un emjambre 
de instalaciones donde se vende legumbres, flores, carne, 
fruta, ollas, vasos, sartenes, arroz, verduras, huevos i 
cuanto Dios crió, pero principalmente alimentos, artículos 
de consumo diario i objetos afines con los ramos de 
cocina i despensa. Una o dos horas dura la feria, ani- 
mada i bulliciosa i en un momento dado, cuánto en 
ella habia desaparece, no dejando en el sitio ni rastro de 
su existencia. La calle o plazoleta queda limpia, pero el 
barrio ha hecho su trabajo, su provisión del dia, en el 
mercado relámpago. 



* 
* * 



París, Setiembre 2 de 1896, — Dejamos Nuremberg 
el 15 del mes próximo pasado i llegamos a esta ciudad 
el 16 del mismo, alojándonos en el Langham ; de allí, 
cansados un tanto de la vida de hotel, para probar cómo 
era la de la de casa particular, nos trasladamos a un pe- 
queño pero cómodo departamento, donde comienzo de 
nuevo mis apuntes mas o menos diarios. Si una vez ter- 
minados decido darlos a luz, solo será con el propósito 
de mostrar cómo un médico insignificante, sin ocupación 



- 215 — 

obligatoria, puede emplear su tiempo en París con al- 
guna ventaja, dado el caso de realizar yo mis propósitos 
de estudiar sin atarearme ni abandonar por completo 
la vida social. 



Setiembre ó, — Llevando nuestra curiosidad tradicio- 
nal e histórica, fuimos hoí a Fontainebleau ; en mi memo- 
ría flotaban las novelas de Dumas padre i hacian rena- 
cer en mi corazón las emociones de la infancia. Debo 
confesar que mi optimismo se debilitó un tanto en 
presencia de la cuenta del hotel donde almorzamos, 
antes de visitar el castillo; no obstante, lo encontré be- 
llísimo, mejor que muchos de su jénero. Paseando por 
sus galerías i sus salones, sus corredores, patios i ave- 
nidas, veia en mi mente escenas i personajes de la histo- 
ria de Francia, desde Enrique IV el rei simpático, hasta 
Carnot el Presidente honesto, pasando por los Luises i 
Napoleón. El Palacio es un museo histórico i de los que 
menos ha sufrido, creo, durante los espantosos trastornos 
del pueblo francés. 

— Y la selva? — Allí vive con sus árboles indiferentes 
ante la caida de la monarquía, la erupción de la comuna i 
el ensayo de la república actual que no alcanza a recon- 
quistar para la gloriosa nación, el esplendor de otros 
tiempos, manteniéndola en una vida de tramitación i de 
pasaje ; la selva con sus árboles inmóviles desde hace 
siglos, sin modas, sin cambios de costumbres, sin visitas, 
sin compromisos i sin mas espectáculos que los de las 
constelaciones del cielo cuyo pasaje por el meridiano 
miran desde sus altas i serenas copas. Si yo deseara 
ser algo, no desearía por cierto ser Presidente de repú- 
blica sud americana, cuando hasta analfabetos lo han 
sido, desearía ser encina de Fontainebleau con 550 años 
en mi tronco, con mis hojas verdes renovadas i sin 
cambiar de sitio ni de posición social. 

* * 



— 216 — 

Setiim^e 8, — Vecino a Notre Dame de París está el 
hospital llamado Hotel Dieu, que la mitad a lo menos del 
París de Notre Dame conoce directa o indirectamente. 
Este hospital, viejo como el mundo, ha sido refaccionado, 
i por un efecto mui común, las refacciones han hecho 
mas notable su vejez. Yo ya lo conocia, pero hallándo- 
me hoi en Notre Dame a donde fui a renovar mis senti- 
mientos de amistad por Cuasimodo, quise verlo otra vez 
i averiguar algo de su vida actual. Mis investigaciones 
no me habilitan sino para comunicar a mi& lectores que 
la casa, siempre mui concurrida, no recibe sino heridos o 
enfermos, con esclusion de los niños, los crónicos, los 
locos i los afectados de mal venéreo. 

Setiembre 9, — Toda situación tiende a continuarse. 
Habiendo visto ayer el Hotel Dieu, en virtud del aforis- 
mo anterior, he ido hoi a visitar otro hospital, <:La Pitié> 
rué Lacepéde, semejante en sus funciones al Hotel Dieu 
pues tampoco recibe niños, locos, crónicos, ni venéreos. 
Mui viejo, mui feo ; mas que hospital se me representó 
una barraca descuidada. La sala de operaciones no 
responde a su objeto ; de dos piezas inadecuadas se ha 
hecho una dividida por gruesas columnas que son un 
estorbo ; no hai surtidores de ag^a sobre la mesa central 
ni el acomodo requerido ahora en la práctica quirúrjica. 
Decrépitos i estrechos corredores han sido habilitados 
de camas i hacen el papel de salas de partos. La Pitié 
como hospital es digno de la Edad Media. 

Para consolarme de mi decepción me fui, lápiz en mano, 
al Beaujon i me encontré con otro viejo remodernado ; 
pero en fín en este según rezan mis apuntes tomados en 
el sitio, hai una buena maternidad con ezelentes incuba- 
doras i una cocina de primer orden. Algo hube de criti- 
car i ello fué el hecho de que una joven asistente, sin la 
presencia de ningún médico ni practicante, estuviera dando 
cloroformo a una mujer próxima a salir de cuidado. 



— 217 — 

Setiembre 20. — Varias pajinas de mi cartera dan 
cuenta de mis escursiones i observaciones desde mi 
ultima anotación hasta la fecha i dicen : 

La Santa Capilla es preciosa i recuerda en algo a 
Notre Dame; está sobre una cripta de bóveda, especie 
de sala de estilo bizantino mui linda, dorada i con vidrios 
decolores; la capilla propiamente dicha es una simple 
galería de cristales sobre un cerco de muros, pero be- 
llísima. 

La Morgue, lugar de esposicion de cadáveres descono- 
cidos, es oscura i desaseada, impropia de París. 

En muchas partes de Europa los establecimientos 
análogos son mas adecuados i mejor tenidos. 

El Museo Dupuitren es una colección de horrores i 
monstruosidades que abatirían el ánimo del espectador 
mas vanidoso, si pensara que pertenece á una raza sujeta 
a tan abominables accidentes. AHÍ entre los ejemplares 
mas curiosos de la patolojia i las desviaciones de la re- 
gla normal de los organismos he visto el modelo del mas 
perfecto hermafrodita. Para mí, según mis estudios, ja- 
más se habia encontrado reunidos en un mismo sujeto, los 
órganos fundamentales de la jeneracion, i este ejemplar 
los tiene; a lo menos así parece a la vista i así lo 
deja comprender la leyenda puesta sobre la pieza, pues 
como si únicamente se notara una sola deñciencia en 
el hermafrodismo dice: cel canal diferente sustituye al 
ligamento ancho >. Esto, mui claro para los médicos, 
tal vez no lo es tanto para la jeneralidad de mis lee* 
tores. 

El Museo Orfíla, contiene preparaciones de anatomía 
humana i comparada ; esta última colección es incompleta. 
Mucho llaman mi atención los trabajos sobre vasos linfáti- 
cos. La serie de globos oculares me hace pensar en que 
he cometido un error al repetir en alguno de mis escritos, 
una afirmación leida no sé donde, según la cual el globo 
del ojo es igual en todas las edades; aquí hai ojos de 
todos tamaños. Yo estoi seguro de no haber inventado 
semejante opinión, pero tampoco puedo dudar de su fal- 
sedad en vista de esta colección a menos de creer que 
algunos de los ojos disecados se han achicado. 



— 218 — 

El conocimiento de las riquezas científicas acumuladas 
en los museos Orfila i Dupuitren requeriría muchos años 
de estudio. 

Setiembre 27, — Desde el 20 basta la fecha he consa- 
grado mi tiempo á inspecciones profesionales, examen 
de libros nuevos i lo demás que el lector verá. He re- 
visado en las librerías del barrio latino varios tratados 
de diagnóstico; declaro con sentimiento haber encon- 
trado en todos notables deficiencias. 

Entro a la casa de Vasseur, rué de TEcole de Medici- 
ne, a cargo hoi de Mr. Tramond, especial en preparacio- 
nes anatómicas de cera i proveedora de varios institutos 
i gabinetes estranjeros. Pregunto si no hai en algún mu- 
seo de París una colección completa de preparaciones 
de anatomía normal, como las de Berlín, Munich, Leipzig i 
otras ciudades; el mismo señor Tramond me afirma 
que no hai ninguna tal como yo la deseo^ pero sí muchas 
parciales diseminadas según las diferentes especialida- 
des, con la particularidad de que las colecciones alema- 
nas contienen piezas numerosas preparadas en París, en 
la propia casa de Tramond. El profesor Hiss a quien co- 
nocí en Leipzig, le había comprado varías, i yo vi en los 
museos de esa ciudad algunas de ellas. 

Me muestra en seguida piezas realmente admirables; 
corazones, oídos, cerebros i otras copias que forman 
una dotación tan grande como la de cualquier museo. 
Tenia en ese momento seis cuerpos de mujeres muertas 
durante el embarazo, en conjelacion, para copiar, pre- 
vios los cortes necesarios, cuando los tejidos estuvieren 
bastante duros, la disposición de los órganos maternos i 
de los fetos. Me promete llamarme cuando sea oportuno 
para presenciar la operación. 

Hemos hablado de las ventajas de estas preparaciones 
i de la mayor o menor exactitud de ellas con relación a 
los cuerpos vivos. «No sirven, me dice, para estudiar 
anatomía, sino para recordarla una vez sabida; a veces 
son peores i a veces mejores que las naturales. Son exac- 



— 219 — 

tas cuando representan partes duras bien colocadas i que 
no alteran sus intrínsecas relacioneSf pues entonces se 
puede copiar bien; por ejemplo, huesos, arterias g^rue- 
sas inyectadas, nervios, músculos. Son inexactas cuando 
esas condiciones no se verifican : así en jeneral, las co- 
pias de preparaciones de esplanolojia son falsas, como 
se comprende, pues, para hacer un orijinal bueno en el 
cuerpo humano, se requiere encontrar resistencia al ha- 
cer los cortes, i para crear esta resistencia se necesita 
hacer inyecciones, las que destruyen las relaciones nor- 
males de las partes i dan volúmenes inexactos, no pu- 
diendo uno reglar la cantidad de inyección para todo el 
trayecto de conductos tortuosos elásticos. De modo que 
las preparaciones de esplanolojia son en parte figuradas^ 
poco mas o menos >. 

Setiembre 2S, — Ayer devolví a un amigo mió, un libro 
que me habia prestado : Des varietés cliniques de la 
Folie en France et en Allemagne, par J. Roubinovich. 
Nada enseña esta obra como nosografía; reprocha a 
los alemanes el uso de las divisiones en cerebros válidos 
i no válidos i compara esta clasificación con la francesa 
de cerebros dejenerados i no dejenerados, igualmente 
antojadiza. Figuran en el testo varios nombres téc- 
nicos en alemán, algunos sin la traducción correspon- 
diente : Wahnsinn, Blódsinn verruckteith, paranoia i 
otros. Un defecto de la ciencia es la proliferación de 
términos nuevos o exóticos, hijos sin duda de la petulan- 
cia de escuela (Wahnsinn quiere decir locura ; blódsinn, 
imbecilidad; verruckteith, demencia i también locura en 
jeneral. No hallo en mis diccionarios la palabra /¿jr^j- 
noia; Robinovitch la traduce por locura sistemada i esta 
es la única de las voces exóticas usadas en su libro, de 
la cual da una idea. En resumen, todas las clasifica- 
ciones de las enfermedades mentales son incompletas, 
confusas i antojadizas, inclusive la mia espuesta en mi 
cátedra de medicina legal, hace años. La medicina men- 
tal en suma, está aun en la infancia. 



— 220 — 

He devuelto también otros dos libros ya leidos i 
estractados: Spillman, diagnóstico médico i Blocqet 
OnanoíF, semeiolojia i diagnóstico de las enfermedades 
mentales, hallándolas deficientes, como de pacotilla i para 
el consumo diario. Ninguno de los dos, por ejemplo, 
menciona el sitio de la médula adjudicado a los reflejos 
diversos de los pies, de los tendones rotulianos, etcétera. 
£1 de diagnóstico no tiene la menor alusión, cuando tra- 
ta de los medios de esploracion de la vejiga, al endosco- 
pio ; se dirá que eso es de cirujía, pero el trocar lo es 
también como lo son las jeringas de absorción. Cuando 
habla de los medios de esploracion de un órgano, un 
libro de diagnóstico, no puede olvidarse de mencionar 
los mas importantes. 



* 



Setiembre 29, — Me dirijo al Jardin de Plantas en busca 
de sus museos. Después de mucho andar i preguntar, 
doi con un preparador quien me recomienda al Dr. Ger- 
bais, en mi propia tarjeta (la con títulos). Mr. Gerbais es 
un distinguido caballero i un sabio, sencillo en su trato 
por lo tanto ; es el director de la Galería de Anatomía 
comparada, de paleontolojía i antropolojía, instalada en 
un edificio nuevo, cuyo frontispicio ostenta las fechas 
de 1826 i 1893. 

Con la mayor deferencia me muestra todas las repar- 
ticiones del Establecimiento cuyas colecciones una vez 
arregladas, serán admirables, pues poseen ejemplares 
únicos en el mundo. Los diversos grupos de iftónstruos, 
clasificados según las formas de inclusión de uno en 
otro individuo o de partes de uno en partes de otro u 
otros, son verdaderamente insuperables en el momento 
actual, a mi modo de ver. 

Hai entre sus grandes cuadrúpedos el esqueleto de 
un caballo fósil, completo, reconocible entre otros carac- 
teres, por su uña adicional. A propósito de las serpien- 
tes, Mr. Gerbais, me dijo: «todas son casadas, no 
tenemos una sola jeune-fille». ¡Oh tremendo filósofo! 



— 221 - 

Este i otros Museos que existen en el Jardín de Plan- 
tas forman un conjunto conocido con el nombre de 
c Museo de historia natural >, colección de ejemplares 
de los tres reinos, tal vez la mas completa del mundo. 

* * 

Setiembre 30, — El Dr. Pinero (médico argentino) viene 
a buscarme i los dos vamos en visita de estudio, al Ma- 
nicomio de Santa Ana, grande hospital sin mas particu- 
laridad que su tamaño, su buena cocina i sus exelen- 
tes células i departamentos con patio particular. Vimos 
varias idiotas afectadas de mixoedema, niñas"* por la es- 
tatura, viejas por la cara; i hablando de una cosa i 
otra, llegamos a discutir con el practicante interno, so- 
bre el valor clínico de la ilusión i de la alucinación, cu- 
yas diferencias intrínsecas no eran para todos igualmente 
claras. Dispenso a mis lectores de la molestia de infor- 
marse a cerca de los resultados de la discusión. 

La Salpetriére, a donde nos dirijimos en seguida, era 
para nosotros un antiguo conocido, en cuyas colosales 
reparticiones se alojan locos, idiotas i enfermos de afec- 
ciones nerviosas. Recorrimos las viejas i las nuevas ins- 
talaciones en aquella metrópoli dándonos cuenta de su 
enorme importancia cientifíca i humanitaria. Entre los 
nuevos institutos me llamó mucho la atención el de apli- 
caciones de electricidad i en este, los aparatos de alta 
frecuencia i soplo eléctrico. No nos creimos autorizados 
para examinar determinados pacientes en las enferme- 
rías i yo me vi obligado a postergar la satisfacción de 
mi curiosidad de ver los efectos de ciertas enfermeda- 
des nerviosas en la piel, material abundantísimo en este 
hospicio. 

Octubre 12, — París ha estado desde hace mas de un 
mes preocupado del Emperador de Rusia, que llegó con 
su mujer el 6 del presente. Fué recibido de una manera 
memorable; creo que jamás en la tierra se ha hecho 



~ 222 — 

una mejor acojida a nadie; lujosa en estremo, cariñosa 
en alto ^rado, entusiasta, respetuosa, sincera, aunque un 
poco interesada (hai casos en que el interés es lejítimo, 
casi noble). La ciudad de Paris ha gastado en sus feste- 
jos de dos dias muchos millones, pero los habitantes han 
ganado ; el dinero no ha salido del municipio ; los hués- 
pedes estranjeros i franceses han invertido aquí enormes 
sumas; el emperador de Rusia solamente ha dejado mas 
de millón i medio de francos. Vimos su entrada de la casa 
de Dominguez, secretario de la Legación Argentina en 
la Avenida du Bois; mas tarde recorrimos los bou- 
levards iluminados profusamente i estuvimos en la Plaza 
de la Co»cordia que ardia toda entera, convertida en un 
inmenso fanal. 

Al dia siguiente hubo fuegos artificiales en la torre 
Eiífel (una maravilla). 

Como estuvimos entre la muchedumbre, al retirarnos 
con ella, tuvimos ocasión de saber por esperiencia lo 
que es una apretura en un tumulto i comprender cómo ' 
en él queriendo todos salvarse, todos concurren a ma- 
tarse ; al regresar del sitio de los fuegos por la avenida 
que bordea el Sena, los doscientos mil espectadores en- 
contraron la via ocupada por carruajes que no podian 
ni avanzar ni dar vuelta; como nadie sabia esto la jente 
se fué aglomerando i hubo una larga media hora en 
que nadie se movió ni podía moverse, aumentando a 
cada minuto la presión; ya estaba cada uno a punto de 
no poder respirar ni hacer el menor movimiento, cuando 
se abrió paso la masa de adelante i pudimos librarnos 
del espantoso conflicto. 

El 8 partieron el Czar i su comitiva. Desde la Emba- 
jada rusa hasta Versailles a lo largo del camino por los 
dos lados había un cordón de jente mas o menos grueso 
i en Versailles como medio millón de personas. Los 
diarios han dado tantos detalles que toda descripción 
aquí seria inútil, pues en cualquier tiempo pueden ser 
consultados si eso llegara a ofrecer interés. 






— 223 ~- 

Octubre 12, — Después de los libros a que ya me he 
referido, he leido los tres volúmenes de la última edi- 
ción de Dieulafoi, patología interna; además, detenida 
i minuciosamente un tratado mui bueno de diagnóstico 
médico de Spehl, en el que he aprendido mucho, recti- 
ficado algo i comprobado bastantes puntos. La intelijen- 
cia de sus diversas partes me ha obligado a consultar 
repetidas veces mi libro de anatomía, mi pequeño Bayle, 
tan bien concebido que ha viajado conmigo por todas 
partes i que conservo desde hace mas de treinta años; 
exelente manual a pesar de sus deficiencias, pues el po- 
bre carece de los datos recojidos en los últimos estudios 
i hasta de las palabras técnicas de nueva data, princi- 
palmente en la anatomía del cerebro, pero útilísimo 
todavía para refrescar la memoria en esta parte de la 
ciencia cuyos detalles olvida el médico tan fácilmente 
aun cuando haya ganado premios como disector, siendo 
estudiante. 

♦ 

Octubre 13. — Visito las librerías del barrio latino ; 
compro un tratado de diagnóstico quirúrjico de Plicque 
i un pequeño manual de anatomía de Ford que con- 
tiene lo mas nuevo, no es pesado i reemplaza con algu- 
na ventaja á mi Bayle siendo tan portátil como él. Hago 
otra inspección en el taller de preparaciones en cera 
del Dr. Tramond, Chevalier de la L. H. &a, preparador 
i proveedor de las Facultades ; veo una espléndida i 
reciente preparación del Páncreas i varios cortes 'del 
cerebro, entre los que hallo uno que muestra la disposi- 
ción de los cuerpos estriados, tálamos ópticos i cápsulas 
interna i esterna, órganos que desempeñan un papel tan 
importante en las funciones cerebrales. El señor Tramond, 
según se sabe, hace sus piezas copiándolas del natural 
para lo que somete a los cadáveres o trozos de ellos a 
la acción del hielo por varios dias. 

Atravieso la calle i entro en la fábrica de instrumentos i 
aparatos para cirujía i medicina de Collin, antes Charrier, 
que está en frente. Hallo una admirable instalación. En 



— 224 — 

solo la exibicioiif esplicaciones requeridas por los clien- 
tes i venta de instrumentos, hai ocupados como diez 
dependientes, todos instruidos en el ramo i aptos para 
enseñar el uso de cada pieza científicamente i describir 
las mejoras i perfeccionamientos introducidos en la fa- 
bricación por consejo de médicos o inspiración de los 
propietarios i artesanos. La casa puede hacer i hace con 
la mayor perfección, cuánto se le pide en lo concerniente 
a su industria. Paso en ella un par de horas viendo ins- 
trumentos. 

Octubre 14. — Llueve a cántaros i no salg^o, me paso 
estudiando todo el dia en mis dos libros recien traidos i 
consultando otros, ¿para qué me tomaré tanto trabajo? 






Octubre IS. — Voi a recorrer librerías; nada en- 
cuentro que me interese, a lo menos tanto como para 
decidirme a cargar con mas volúmenes en viaje. Vuelvo 
a la biblioteca nacional i la hallo esta vez mas mal que 
antes; descuidada en cuanto a la limpieza, incómoda 
mal distribuida ; ¡ lástima grande, siendo como es una de 
las mas ricas del mundo ! 

Leo en un diccionario el capítulo sobre las madonas ; 
compruebo que Rafael hizo muchas antes de la Sistina, 
su mejor obra según dicen. 

De mi lectura ha quedado en mi memoria el siguiente 
sedimento que pongo entre comillas : 

< Las madonas son mujeres ; unas tnadres, simple- 
mente; i otras madres mundanas, humanas, quiere signi- 
ficar el párrafo. La madona Sistina, es, en la opinión de 
los mejores críticos, la mujer i madre divina; representa 
la inocencia i la nobleza, la altivez injénua i la modestia 
(la humanidad celestial como madre, diria yo). Una mu- 
chacha que no ha conocido las ñestas del mundo. La 
vírjen de la silla es una madre de la segunda categoría 



— 225 — 

humana ; la Sistina también es madre, pero el oríjen de 
su hijo no está ligado con sensaciones carnales, como 
parecen estar los hijos de las otras >. 

Volviendo á las bibliotecas diré como he dicho res- 
pecto á los museos alguna vez; la mayor parte, el 90 
por ciento de lo que contienen es inútil. En la de Paris 
hai obras, legajos i manuscritos que nadie ha pedido ni 
removido desde hace siglos (nota de un curioso consul- 
tador de estadísticas). 



Octubre 19, — Vemos en la Comedia < L'ami des fem- 
mes > de Dumas; ¡ admirable ! cada renglón es un rasgo 
de talento i filosofía positiva; lo que mas me admira es 
la gran facilidad que tienen los actores franceses para 
concentrar la vida en sus dramas: diez años reducidos 
a dos horas, por ejemplo, un capítulo a una frase ; i la de 
pintar de cerca teniendo la visión de lejos, de tal manera 
que no haya un momento vago en la escena- ¿ Cómo ha- 
cen para duplicarse en autor de cerca i espectador de 
lejos, adaptando su visión inmediata a la percepción le- 
jana de modo que así como en la pintura escenográfica 
un rasgo enmarañado parece un edificio aquí una nota- 
ción casi telegráfica, representa un resumen razonado ; 
en una palabra, cómo hacen para que nada falte ni sobre 
en la pieza? Mantener la propia acción entre el trabajo 
subjetivo del autor i la percepción objetiva del especta- 
dor a diversa distancia es para mi una prueba de acti- 
vidad i desdoblamiento cerebral, actuando al mismo 
tiempo, sumamente difícil. También hemos visto en «Fo- 
lies dramatiques> algo menos que mediocre (me admira 
como los concurrentes se divierten con cualquier cosa 
i festejan verdaderas necedades i cosas anacrónicas con 
el gusto civilizado intelijente i culto) pero se trataba del 
estreno de la hija de la propietaria de nuestro depar- 
tamento i ng quisimos dejar de ir a aplaudirla. El teatro 
está mui lejos i el cochero, con aquella buena fé que 
-caracteriza a los cocheros de Paris, quienes por el he- 

Por tnares i por tierras 15 



— 226 — 

cho de no poseer una sola calidad, forman exepcion en 
la raza humana, nos dejó en otro teatro, más cerca 
naturalmente. Es imposible defenderse de la desvergüen- 
za para robar, estafar i engañar de los industriales su- 
balternos de esta gran ciudad. Hai que verificar todo i a 
cada minuto i eso no puede hacer el estranjero porque le 
da vergüenza. 

Octubre 20. — He visto tres hospitales en una misma 
calle: el Neckerj'Ruñ Sevresnúm. 251 (Dr. Guyon, enfer- 
medades vias urinarias). Mui lindo, grande, aereado, pe- 
queña cocina. Estuve hablando con cíl cocinero sobre 
medicina e hijiene; se quejó de falta de espacio i me mostró 
donde se podia hacer la nueva cocina, dando la actual á la 
administración, por estar muy central i ser eso casi impro- 
pio, ¡tenia razón! Encuentro una niña de II á 12 años mui 
bonita i sobre todo muy amable i simpática ; le pregunto 
si quiere acompañarme a ver el hospital, pues tenia el 
aire de ser de la casa ; me dice que sí, pero necesita pedir 
permiso a su mamá que es enfermera; le pide; se lo 
acuerda i vamos por todas partes ; ella se queda espe- 
rándome a la puerta de cada enfermería, del anfiteatro, 
de la sala de operaciones i demás por ende. Se llama 
Usson; es una joyita, no tiene sino dos muñecas dice, 
yo le daria veinte si tuviera la seguridad de volver a 
verla. En el hospital conté 17 salas, una por una; las 
reparticiones de jinecolojía i operaciones, son de lo me- 
jor que hai ; mucha luz, aire i toda clase de comodidades. 
Los patios son enormes, hai tres salas para enfermos de 
vias urinarias i cinco para cirujía. Hai también departamen- 
tos para mujeres donde pueden tener sus hijos consigo. 

El hospital des Enfants malades, 249 rué Sevres, es 
magnífico, grandísimo, bien repartido, está al lado del 
Necker; cientos de niños vestidos de uniforme i con cas- 
quetes- blancos juegan en los patios i jardines; hai por 
término medio de 600 a 800; una parte del hospital está 
dividida en pabellones de los que cada uno lleva el nom- 
bre del fundador; está bien atendido i los médicos asis- 



— 227 — 

tentes tienen cuánto necesitan no solo en instalaciones 
sino en instrumentos, aparatos, remedios, alimentos i 
medios de hijiene. Hai departamentos para aislar los en- 
fermos de difteria, escarlatina, viruela, en fin, los conta- 
jiosos. Las inyecciones de suero antidiftérico están en 
boga, así como la intubación en vez de la traqueotomía,. 
en casos de crup. 

Hospital Laenec, 42 rué de Sevres; mui grande i mui 
bien mantenido pero viejo, no ha sido hecha la casa para 
hospital, fué un cuartel ; hai sin embargo, una parte 
nueva donde están instalados los baños, el departamento 
dejinecolojía, etc. El depósito de cadáveres se llama «El 
reposo > cada banco está rodeado de cortinas blancas; 
al lado se encuentra la sala de autopsias, un poco triste, 
con aire de zótano. Creo que este conjunto se llama el 
pabellón Recamier. El hospital tiene varios cuerpos. Uno 
de ellos de tres pisos, para mujeres ; las salas de este 
forman en cruz; en los pisos superiores hai enfermas 
crónicas; llamo piso también a la bohardilla donde es- 
tán las viejas dejadas de la mano de Dios; las mujeres 
pueden tener i cuidar sus hijitos en el hospital. El de 
hombres tiene la misma distribución i hai otro por fín 
especial para cirujía. 



Octubre 22, — He estado en lo de Auzout, el conocido 
preparador de cuerpos elásticos. La casa lleva el nom- 
bre de Auzout, pero él ya no existe ; era un hombre 
notable i a quien la ciencia debe bastante. Hizo prepa- 
raciones adivinando muchas veces, como algunas del 
cerebro que la anatomía ha confirmado después. El 
director, mui simpático i mui ilustrado, me mostró sus 
novedades i sobre algunas piezas del sistema nervioso 
conversamos un poco. Yo necesitaba un cerebro que 
contuviera ciertos planos mui útiles en el estudio clínico. 
Prometí llevarle en una segunda visita un libro de diag- 
nóstico para que viera un corte especial, que ninguno 
de sus cerebros tenia exactamente. Hablamos de em- 



— 228 — 

briolojía a propósito de haber él aseverado que todos 
los cerebros eran ¡guales anatómicamente i que por lo 
tanto, copiado uno quedaban copiados todos. Yo negué 
el hecho con la pedantería que me es característica i le 
mostré mi erudición aprendida en Joulin i no olvidada 
todavia. Me pareció sorprendido de mi audacia i de la 
exactitud de mis detalles anatómicos» siendo yo sud-ame- 
ricano, es decir, salvaje, en la opinión de muchos europeos. 
Yo no me dejé arredrar por la sospecha de su estrañeza 
i continué diciendo que aun cuando por el momento 
en apariencia las formas internas e internas de los cere- 
bros fueran iguales, todos los dias se hacia nuevos 
descubrimientos con disecciones mas delicadas. Como 
prueba, añadí, ahí tiene usted diez ó doce libros de ana- 
tomía antiguos i modernos, i ninguno de ellos, si esclui- 
mos los que podemos llamar novísimos, habla de un 
órgano que es ahora la llave de la patolojía, de la clíni- 
nica i de la físiolojía cerebral ; la cápsula interna que 
usted tiene en sus preparaciones nuevas i que probable- 
mente no está en las antiguas. 

Mi argumento era concluyente i yo, animado por su 
aquiescencia presenté otra prueba. « No son iguales 
en su estructura íntima a lo menos, de la cual depende 
a mi juicio su peculiaridad jeneradora, dije, porque si 
lo fueran, las físonomias, los tamaños, las facciones, 
los huesos, los dedos i las orejas de todos los animales 
de la misma raza serian a lo menos parecidos, pues la 
embriolojía nos enseña que todos los órganos se desa- 
rrollan bajo la presidencia del sistema nervioso.» Mi 
honorable contrincante no solo aceptó mis referencias 
sino que las completó mostrándome el último tomo recien 
publicado de la anatomía de « Le Testu » en donde se 
asigna al estómago en el hombre vivo una posición en- 
teramente distinta de la antigua, enseñada y conocida 
jeneralmente. 

La crítica de Moliere con el tiempo no ha de servir 
para ridiculizar a los médicos sino al mismo Moliere. 
« Antes teníamos el corazón a la izquierda, dice El mé- 
dico a palos, pero nosotros ahora hemos arreglado eso 
de otro modo». Pues bien, antes, al decir de los médicos 



— 229 - 

i de sus libros, teníamos el estómago atravesado en la 
parte superior del vientre, pero ahora hemos arreglado 
eso de otro modo ; el eje mayor del estómago es casi ver- 
tical según demostraciones concluyentes hechas en cuer- 
pos helados, en los cuales las posiciones respectivas en 
las entrañas están en lo posible, garantidas contra los 
cambios que la muerte opera. El hecho no es entera- 
mente nuevo ; ya habia sido entrevisto i señalado por 
varios anatómicos desde el tiempo de Cuvier. 



Estuvimos en la Comedia con Drucker i señora, donde 
dieron <Monjoy> un drama tonto, improbable i largo ; 
felizmente le cortaron el 5«> acto, cuyo tema habria hecho 
furor en una aldea hace setenta años. 

Octubre 23. — Comimos en lo de Soubercasseaux; la 
casa mui lujosa, la señora amable ; él, con esa educación 
de sociedad de alto tono ; la comida corta, bien prepa- 
rada. Haré una crítica ; la señora obsequiante apenas 
probó uno que otro plato, lo que no era animador de 
parte de una dueña de casa para un huésped de buen 
apetito como yo. Vamos en seguida a la Opera invitados 
por ellos i a su palco ; allí encontramos un príncipe ruso 
i gordo con mucho sueño. Dan Valkirias con varias 
supresiones ; el príncipe se queja de lo largo de las 
escenas ; nosotros no, por haber ya aceptado en Beyr- 
euth las razones i compensaciones de esa lonjitud. En un 
entreacto, el joven hijo mayor de los Soubercasseaux, me 
cuenta su desgraciado compromiso con la señorita chi- 
lena de la familia Concha, que murió, estando él, su novio, 
en Europa. Era preciosa, i su muerte fué mui lejítimamente 
sentida por todo el mundo social de Chile ; el joven no se 
consuela aun. La señora nos trajo en su coche a nuestro 
hotel; este pequeño servicio es uno de los más agrada- 
bles para un invitado que no tiene coche. 



— 230 — 

Octubre 23, — Vamos a un concierto de Lamou- 
reux ! Desde que soi Wagneriano, he quedado sin defensa 
contra los conciertos, porque Guillermina, como una 
Valkiria furibunda, me pregunta con aire de encono, 
apenas hago la menor resistencia ; i i qué ? no te gusta la 
música? La verdad es que los conciertos de Lamoureux 
son merecidamente célebres; treinta violoncelos, cin- 
cuenta violines, tres arpas, n flautas, instrumentos de 
cobre, oboes, clarinetes, tambores, bombos i zamponas. 



* 1^ 



Octubre 29, — Desde la última anotación, he vuelto al 
barrio latino a lo de Auzout, a las librerías, a las fábri- 
cas de instrumentos. He dado al director de la casa 
Auzout un modelo para que me haga un cerebro elás- 
tico con los cortes indicados. Esperara, me dice, el tomo 
de anatomía cerebral de Le Testu, antes de preparar 
nuevos facsímiles, i no podrá darme el que le encargo 
hasta dentro de un año. 

Saliendo de allí, voi a las librerías i a las fábricas i 
compro varios libros e instrumentos; entro luego en lo de 
Mr. Tramond, quien me ofrece mostrarme como procede 
con los cuerpos helados, para copiar los órganos inter- 
nos en cera: las seis mujeres que están conjelándose, no 
se han solidificado completamente aun; me avisará a 
tiempo. 



Octubre SO. — Invitamos a la Opera a los Drucker i 
llevamos a la hijita de Magdalena Ramos ; tenemos el 
palco No 12, uno de los mejores en venta, por lo tanto, 
horriblemente incómodo (el teatro de la Opera ha sido 
hecho para que no vean ni oigan nada las ^¡^ partes de 
la concurrencia). 



— 231 — 

Octubre 31. — Visito el hospital Bichat, que está en el 
demonio, junto a las fortificaciones; (grandes operaciones, 
baños para la parroquia); lo encuentro bien distribuido 
i bien provisto ; los techos de las salas forman ángulos 
esféricos (disposición hijiénica). Hai dos departamentos 
para operaciones ; el de hombres i el de mujeres ; mui 
buenos, con luz, aires i bastante dotación de instru- 
mentos. Existen tres cuerpos : para mujeres, para hom- 
bres i para pensionistas, dividido este en cuartos de dos 
camas. Tiene además local aparte para operados. Está 
situado en el Boulevard Ney; el médico principal es el 
doctor Terrier, que practica grandes operaciones, con 
lo que ha dado fama a su hospital. Me traslado luego al 
Lariboissiére; me llama la atención por su aspecto mo- 
numental, su gran patio central con la estatua de la 
pobreza (creo) sus dos alas de edificio i la otra que 
cierra el rectángulo destinado a baños de hombres i 
mujeres. Mui bien tenido, las salas son limpias, grandes, 
hijiénicas, lo mismo que todas sus reparticiones; allí se 
han aclimatado las enfermedades de la larinje i su tra- 
tamiento médico i quirúrjico. 

Noviembre 2. — Asistimos con los Drucker al Vaude- 
ville, donde dan una pieza nueva, «Le Partage» inmoral, 
como las mas, donde figura una mujer perdida con todas 
las apariencias de la ternura, una madre exajeradamente 
enamorada de su hijo, un marido jeneroso hasta la imbe- 
cilidad e imbécil hasta lo increible, un joven amante sen- 
sual i desvergonzado; lo único puro es una niña, la hija 
del imbécil i de la perdida ; esta criatura representada 
por una niña como de 10 a 12 años, es la única de quien 
no hace caso el público, tan corrompido como los prota- 
gfOnistas del drama; la niña que sale a las tablas será 
una gran artista ; hizo su papel admirablemente. Vamos 
en seguida a cenar a lo de Paillard, en frente ; está de 
moda, i va mucha jente distinguida. . . por algo. 

♦ 

4> >|i 



— 232 — 

Noviembre J. — Hemos conocido dos antigüedades de 
diverso jénero: \^ L,sl señora Trelat, una viejita deli- 
ciosa, viuda de un médico, profesora de canto, reputada 
por su gusto esquisito para enseñar i que aun cuando 
no trabaja por necesidad, sino por amor ai arte, hace 
pagar sus lecciones, pues de otro modo, toda la guardia 
nacional iría a tomarlas. 2» El hospital de la Charité, 
rué Saint Jacob, 47, inmenso i viejo convento, grandioso 
casi, con sus patios solemnes i sus claustros, donde uno 
cree ver a los frailes de hace dos siglos, paseándose por 
los corredores, leyendo la vida de los santos en libros 
con tapas de pergamino. Como hospital, es mui bueno a 
pesar de sus años; claro es que muchas de sus partes 
han sido reformadas. Las salas tienen mui buen aspecto ; 
las paredes i los techos están con barniz i se puede por 
lo tanto, lavar el interior completo de cada enfermería ; 
hai departamento de hombres, de mujeres, de materni- 
dad de niños recien nacidos en la misma ; hai incuba- 
doras i limpieza en todo. La sección para la cirujía 
mui bien atendida; las salas de operaciones, sin ser nota- 
bles, son eficientes. Todo el hospital estaba calentado i 
en las antesalas, bastante grandes, alrededor de la estensa 
mesa central se hallaban sentados algunos convalecientes 
o enfermos, junto con los asistentes i guardas, en agrada- 
ble charla o jugando a las damas ; la escena tenía un 
aire familiar característico i se comprendía que al lado 
del pesar por la desgracia, habia nacido el consuelo del 
amparo real, positivo, eficaz ; los grupos parecían com- 
puestos de jente feliz ; al verlos le pregunté a mi acom- 
pañante si no habia muchos enfermos que se negaban a 
salir del hospital. — Sí, algunos, me contestó. El aspecto 
de hogar era tanto mas perceptible en aquellas salas abri- 
gadas, cuanto que afuera hacia frío. La cocina aseada, 
grande i bien provista, lanzaba perfumes agradables ; yo 
casi me tenté a tomar uno de los mil pescados fritos que 
habia en un montón. 






— 233 — 

Noviembre 4. — Sin presentación ni recomendación de 
persona alguna, según mi costumbre, me dirijo a la rué 
Dutot, donde está el Instituto Pasteur, i una vez al habla 
con el portero le pregunto si puedo visitar el estableci- 
miento — «Es mui tarde, me contesta ; esos señores se 
han puesto ya al trabajo > .... yo pongo cara de aflijido ; 
el portero lo nota i añade «pero Vd. puede probar. . . 
la tercera puerta a la izquierda. . . pregunte por monsieur 
Roux > — Mercimsieu. Pasada la tercera puerta encuentro 
un empleado, un chico — « ¿Usted busca a Mr. Roux? > 
me interpela. — Tú lo dijiste, contesto con la Biblia i la 
ópera de los « Hugonotes. » Se me introduce a un labo- 
ratorio donde habia varios individuos, trabajando unos, 
discutiendo animadamente otros — «¿Mr. Roux?> digo — 
« Soi yo,» me contesta aproximándose un caballero 
joven todavía, delgado, pálido, mui simpático, de fisono- 
mía insinuante — « Señor, me tomo la libertad de pedirle 
permiso para visitar su instituto ; yo soi médico i quer- 
ría. . . € Cómo no, señor, » me contesta, i dirijiéndose a 
uno de los presentes le dice : — « Tenga la bondad de 
acompañar al Dr. . . i me mira como preguntándome mi 
nombre ; yo le doi mi tarjeta, una llena de títulos que 
tengo para las aduanas. £1 Dr. Roux casi no la miró, 
pero tal vez por no ponerse a leerla, para darle mi nom- 
bre a mi futuro acompañante, estendiéndome la mano, me 
dijo: — «Yo mismo voi a servirle de guia. > Jamás ama- 
bilidad de hombre me sonó mejor. Me deshago en cumpli- 
mientos i emprendimos la inspección. 

El edificio tiene tres pisos, jardines, patios, huerta para 
el cuidado de animales ; en el piso inferior se prepara 
los materiales para el trabajo de vivisección y esperien- 
cias diversas, ahí está la pequeña fábrica de cristales 
donde se confecciona las retortas, tubos, ampollas i 
aparatos que el instituto requiere, según modelos que 
suministran los laboratorios. Cada pieza tiene sus útiles i 
accesorios. 

La capilla o cripta que guardará los restos de Pas- 
teur, ahora en Notre Dame, ha sido construida en este 
piso; está ya para terminarse; es bellísima, grande, bien 
ideada, de estilo bizantino; la tumba ocupará el centro 



— 234 — 

i se bajará a ella por una ancha escalinata; tal disposi- 
ción aumenta la belleza del recinto i su melancólica apa- 
riencia. 

En el segundo piso, aquí le llaman primero, están los 
laboratorios para el trabajo jeneral de estudiantes, pro- 
fesores i sabios de todas partes del mundo. 

El doctor Roux me mostró los gabinetes de un japo- 
nés i de un ruso, profesores, i me presentó un señor de 
cierta edad, lindo hombre, desgreñado i con la ropa 
puesta de cualquier modo, sabio, por consiguiente, quien 
estaba a la sazón ocupado con unos ratoncitos blancos, 
a los que habia comunicado el tétano ¡ pobres animali- 
tos ! ; las convulsiones de su cuerpo i las contracciones de 
sus patitas eran mui fuertes i causaban aflicción. ¡ Solo 
el amor a la ciencia i la buena intención pueden dar a 
un esperimentador el coraje de atormentar animales 
inocentes, bonitos muchas veces i simpáticos como los 
perros chicos, los conejos i los ratoncitos blancos ! 

En el piso superior están las piezas de trabajo desti- 
nadas a las altas esperiencias ; allí solo suben los mui 
competentes, los descubridores, los maestros i de allí 
baja la ciencia humana i humanitaria convertida en fór- 
mulas utilizables i prácticas, para el alivio de las socieda- 
des en toda la tierra. 

Mi conversación con el Dr. Roux fué muy provechosa 
para mí ; daré un resumen de lo hablado, en forma de 
diálogo, estractando del orijinal lo pertinente (el lector 
adivinará las supresiones i contracciones impuestas por 
la necesidad de hacer breve el relato). 

— ¿Tiene el Instituto alguna subvención del gobierno? 

— No, señor, no tenemos, ni queremos, ni admitimos 
subvenciones. El Instituto es independiente; ha sido 
creado por suscripciones, vive de sus recursos propios, 
entre los que figura por pequeña parte la compensación 
de los estudiantes i profesores por el uso de laborato- 
rios, ingredientes i por el valor de los animales inutili- 
zados en los esperimentos. 

— Admirable ! contesto : la subvención oficial es un 
virus para institutos como éste i aun para empresas de 
otro jénero cuyas fuerzas no pueden desarrollarse bajo 



— 235 — 

la presión de reglas invariables. Los gobiernos en todas 
partes, lejos de ser maestros son pupilos, i solo hacen 
algo bueno, cuando lo aprenden o copian de la industria 
privada. Las administraciones oficiales, comenzando por 
el almirantazgo inglés que toma lecciones de la marina 
mercante, i concluyendo en los ramos de valor ínfimo, 
no dan pruebas sino de atraso, despilfarro, incompeten- 
cia i rutina. (I no dije, sino pensé: en^ el Instituto de 
Enseñanza creado en Buenos Aires en oposición a los 
colegios nacionales, convertido ahora en uno de ellos i 
muerta su acción independiente por la subveticion ; en el 
gobierno argentino que todo lo hace por abdicación del 
pueblo, desde las elecciones hasta la distribución del 
agua cuyo monopolio tiene, incluyendo el manejo de 
ferrocarriles que no sabe manejar i la construcción de 
edificios sin ser arquitecto; sustituyéndose en todo i por 
todo a la iniciativa privada, de una manera ruinosa 
siempre i tardía. No estrañaría nada en ese sentido: un 
dia el gobierno nacional monopolizará el pan i convir- 
tiéndose en amasador patentado, será el único, el mejor 
panadero ; el precio del pan subirá hasta las nubes, pero 
eso será por las exijencias del erario, como sucede ahora 
con el agua, cuyo impuesto es cuatro o seis veces mayor 
que antes, a petición del pueblo soberano! Yo soi 
consecuente con mis teorías en el gobierno i fuera de él. 

— Este es un instituto de trabajo, continuó Mr. Roux 
i sigue su tradición sin cambiar el programa de su 
creador. 

— Tiene actualmente en estudio algún punto tan im- 
portante como la rabia o la difteria? 

— Sí, se trabaja en todo ; en lo ya descubierto para 
confirmarlo i en lo desconocido, para tratar de descu- 
brirlo. 

— Me parecería mui conveniente que el instituto hiciera 
un libro, un manual, con el sello de su autoridad, en 
donde se espusiera el resultado de sus investigaciones i 
sus definitivas conquistas, añadiendo definiciones i dando 
al todo una forma didáctica. 

— Tenemos nuestros anales donde todo se consigna ; 
de ellos se puede sacar lo que usted dice; no veo la ne- 



— 236 — 

cesidad de una nueva compilación. Además, existen va- 
rios libros técnicos de otra procedencia i tan útiles como 
seria el nuestro. 

— Si no es imprudente mi pregunta, ¿qué piensa usted 
de los estudios sobre la tuberculosis ? 

— ¡ Oh ! para mí no hai la menor duda respecto al 
porvenir ; todo se encontrará con el tiempo ! . 

— El que haga con la tuberculosis lo que usted ha 
hecho con la difteria, llegará al pináculo de la gloria i 
será el mas grande benefactor de la humanidad .... 
¿I el cáncer ? 

— Se le estudia asiduamente, todavía nada hai resuelto 
de una manera clara i de efectos favorables ; las sospe- 
chas, sin embargo, son inminentes! 

— ¿De qué oríjen seria el microbio del cáncer? 

— Probablemente de orijen animal como el de las 
fiebres palúdicas. 

— ¿ Está completamente demostrado que los microbios 
de todas las demás enfermedades infecciosas, fiebre ti- 
foidea, tisis, tétanos i otras, son vejetales ? 

— Así lo creo firmemente; nadie lo pone en duda i por 
tales se les tiene hasta hoi. 



(La conversación continúa sobre temas de biolojía. Al 
despedirme: — «Señor Roux, no puedo espresarle mi gra- 
titud por su deferencia sino diciéndole que su amabilidad 
solo iguala á su talento. » El Dr. Roux se hizo el des- 
entendido; nos dimos un cordial apretón de manos i salí 
encantado de mi visita). 



El instituto no solo estudia lo referente a medicina, 
sino todo cuanto en su ramo afecta a la agricultura i a 
la industria; puede decirse que su acción se aplica al 
mejoramiento hijiénico de la sociedad en todas las mani- 
festaciones de su vida, ya en detalle, ya en grandes con- 
juntos, jestionando la inocuidad de ciertas industrias no- 



— 237 — 

civas i la salubridad de las ciudades. Así mirado, es mas 
bien que un observatorio de ciencia, una institución de 
caridad universal ! 

Nometnbre 6. — Notas alegres. Me cuentan estas tres 
anécdotas: I*» Un orijinal se viste por orden alfabético ; 
mientras solo se trata de la camisa, chaleco, corbata, 
levita, saco o frac, calzoncillo i pantalón, todo va bien ; 
cuando se llega a la camiseta, a las medias i a los botines 
o botas, que por su letra inicial deben ocupar determina- 
dos sitios en el orden adoptado, se tropieza con las difi- 
cultades prácticas, pues nadie se pone los botines antes 
que las medias. Respecto a la camiseta el conflicto se 
salvó llamándole almilla i el de las medias con relación a 
los botines, resolviéndose el caballero metódico a no 
usar botines ni botas sino zapatos que comienzan con la 
última letra i dejan mui atrás a la ¿: de calcetines i a la »í 
de medias. — 2» Un poeta tonto hizo unos versos desti- 
nados a suavizar los enojos de su dama; pero la tal dama 
no habia soñado en enojarse ; el poeta desconcertado le 
dio entonces un gran disgusto para no dejar sus versos 
sin efecto. — 3» Un niño de cinco años gordito i de buen 
diente, comia una tostada de pan con manteca i azúcar 
en polvo; alguien se pone a contar en su presencia una 
historia sencilla pero mui interesante ; el niño se absorbe 
en el relato sin dejar de comer su tostada ; concluida la 
historia i la tostada, suelta el mas amargo i ruidoso de 
los llantos — ¿qué tienes hijito? le pregunta la madre 
aflijida — ah! ah! aaah, sigue él llorando, aaah, he co- 
mido mi tostada sin apercibirme. — (Así gastan muchos 
los mejores años de su vida). 

Noviembre 8. — He leido en una publicación de Buenos 
Aires: Un estudio sobre Sarmiento, de M. García Mérou 
bastante vigoroso : Un artículo de Pellegrini con parra- 



— 238 — 

ios literarios mui sentidos; es una novedad. Otro de 
Seeber pidiendo la supresión de las Aduanas ; se^n el 
autor debemos a los gT^iegos este presente griego ; yo 
no lo sabia. LJn trabajo del Dr. Terry sobre Tratados en 
que demuestra hasta donde es posible que la cláusula 
«como la nación mas favorecida» es antigua, rutinaria i 
perniciosa o de imposible aplicación. Un buen trozo de 
Williams sobre Estética musical i conciertos sinfónicos, 
sosteniendo lo que nadie niega, creo; que los conciertos 
sinfónicos abren mayor campo a los goces del oido que 
las óperas del teatro, a causa de las perturbaciones pro- 
ducidas por el juego escénico sujetivas i objetivas. 






Noviembre 10, — Hoi dejamos nuestro alojamiento ; 
todo cambio trae tristeza ; no hemos estado en él ni mui 
bien ni mui mal ; lo hemos ocupado tres meses. Yo me 
acordaré con placer de la pobre casita donde he pasado 
horas mui quietas i hasta suaves. La esperiencia, sin 
embargo sobre la vida de apartamento como dicen aquí, 
no nos revela una clara ventaja sobre la vida de hotel, 
bajo el punto de vista económico. Mme. Chesnaux, nues- 
tra patrona i sus hijas han sido buenas i amables con 
nosotros. 

* 



Noviembre 17. — Estamos en el hotel de France et 
Choiseul desde el 10, tan cómodos i tan a nuestro gusto 
que no quisiera irme aun cuando ya casi nada tengo que 
hacer en París. Es muy central ( St. Honore 239 ) mui 
abrigado, mui limpio i mui bien tenido. ( Veremos si con- 
servo esta opinión hasta mi salida, en lo fundamental). 



— 239 — 

Hoi he visto tres hospitales mas : eJ Trousseau, rué 
Charenton 89, para niños de 2 a 15 años; me pareció 
mui bueno sin tener nada de inesperado ; pertenece a un 
tipo común i ya mil veces descrito. Para poder represen- 
tármelo tal como lo he visto, apuntaré un detalle : al salir 
yo salia también una mujer de buena estirpe, mui linda, 
aunque no joven, delgada, pálida, triste; parecia inquieta; 
ya me hice yo un romance en la cabeza. Caia una lluvia 
lina, hacia frió i la atmósfera no tenia mucha luz. £1 
patio donde la encontré, rodeado de altas salas sombrías, 
inmenso i triste él mismo, hacia un marco tan adecuado a 
la bella dama que seguro estoi, por el solo recuerdo de 
la visión, recordaré los detalles de mi visita, evocando 
hasta el color del aire i la quietud de los cadáveres infan- 
tiles que tanta pena me han dado en el depósito. I, nada; 
ni sé quién es, ni la he visto sino veinte segundos, pero le 
doi las gracias; muchas personas le hacen a uno un servi- 
cio sin saberlo; el de dejarse ver por ejemplo, cuando son 
mujeres lindas i melancólicas; (deben ser melancólicas 
para d^ márjen a la formación e invención de romances 
imajinarios). El Saint Antoine, 184 rué du Faub. St. Ant. 
Inmenso, enorme ; tiene 900 camas ; sus patios son plazas ; 
viejo, feo en su mayoi* parte ; el anfiteatro i depósitos 
de cadáveres horrible, como cualquiera de esos antros 
de Jafa o Jerusalem en que vive la jente pobre ; el nuestro 
del antiguo hospital de hombres era una joya al lado de 
éste. ¡ Ah ! ¡ esa sala de autopsias ! No sé cómo, los 
cadáveres que allí están no huyen de tan inmundo i 
decrépito agujero ! Para mas el Encargado se hacia 
peinar i poner pomadas olorosas cuando yo entré ( los 
tarros eran colocados en los huecos de las paredes 
donde faltaban pedazos de ladrillo ) la puerta del cuarto 
del presumido cuidador al de las autopsias no tenia sino 
una alcayata (décimo sesto siglo). Felizmente ya van a 
voltearlo todo. Las salas no están mal, son como las 
generales ; los consultorios i gabinetes de operaciones 
regulares, lo mismo que la Créche, o sea la Cuna^ 
donde están las mujeres que han tenido sus hijos en el 
hospital. La parte realmente buena completa, espléndida, 
es la nueva maternidad ; todo es amplio, sólido, sano, 



— 240 — 

limpio, comenzando por el sistema de camas i concluyendo 
con los lavatorios i los w. c. en los cuales la puerta al 
abrirse o cerrarse derrama agua en las cubetas. Esta 
repartición representa un gran cuadrado cuyo centro es 
un jardín grande i cu\'as márjenes ocupan las salas, piezas 
i oficinas ; en frente de ciertas líneas de habitaciones 
o enfermerías hai un corredor techado i cerrado por 
una vidriera continua, destinado al paseo délos enfermos 
en dias de lluvia o de mucho frió. 

Para ir al Hospital Tenon (4 rué de Chine, Menilmon- 
tant) del Safi Antonio pasé por el cementerio del Padre 
Lachaisse (no quedaba mal entre dos hospitales) saludé 
a los ilustres muertos allí depositados i continué mi viaje 
hacia los confínes del mundo, ubicación del Tenon, Pero 
valia la pena de hacer el largo viaje; es el hospital grande 
i mas nuevo de París; tiene sitio para 1300 enfermos; está 
dividido en patios i pabellones con dos o tres pisos; ocupa 
con todas sus dependencias una estension, calculada a la 
vista, como de seis hectáreas, encerradas por muros en 
tres de sus costados i parte del frente. Recibe enfermos 
como el Hotel Dieu; es decir, todos exepto locos, vené- 
reos, niños i crónicos. La comodidad que presta para 
sus servicios es completa. Inútil es decir que todo está a 
la moderna i responde a la hijiene i comprensión de los 
tratamientos actuales. 



I basta me parece de hospitales i casas de asistencia ; 
solo para memoria añadiré que antes de irme a Alemania 
en Julio de este año, he estado varias veces a ver una en- 
ferma de fiebre tifoidea en una Casa de »S¿z/«í/(Faub. Saint 
Denis 200, creo); la encontré mui bien ( á la casa, no a la 
enferma que se murió; era una sirviente de la señora de 
Ocampo), grande, la casa no la sirviente, limpia i apta 
para prestar la misma asistencia que cualquier hospital 
renombrado. I también para agotar el tema diré que haí 
en París a mas de los hospitales descritos, otros impor- 
tantes como el Broussais 96 rué Didot, jeneral, el Cochin, 
también jeneral, 47 rué Faub. St. Jacques i el Heroid 



— 241 — 

Place Danube, para recibir lo que rebalsa de los otros 
hospitales. Como especiales los siguientes son muy 
buenos, algunos renombrados : Saint Louis 42 rué 
Bichat (piel, cirujía ) Ricord III Bd. Port Royal ( para 
hombres; enfermedades venéreas ) recibe pensionistas. 
Broceo III rué Brocea ( para mujeres ; enfermedades 
venéreas, medicina cirujía ) Maternité 125 Bd. Port 
Royal ( su nombre indica sus funciones ). La Clinique 
89 rué Assas ( partos, enfermedades de interés parti- 
cular). Para ver los hospitales se necesita pedir permiso 
al Director de la Asistencia Pública, 3 avenue Victoria, 
pero yo no lo hice ; en todos encontré el paso franco. 



4t 4i 



Noviembre 18. — Druker nos invita a comer con un 
ruso en Cubat ; espléndida comida ; Cubat mismo la 
hizo ; el ruso señor Wladmirow N. ( se pronuncia Blad- 
miroff ) dice que Cubat es el primer cocinero del mundo. 
A la verdad i a lo menos todo estaba presentado en una 
forma nueva: ostras a la milanesa calientes, en su propia 
concha, por ejemplo: cailles en un sarcófago de pastele- 
ría ( yo di esta clasificación diciendo a Mr. Drucker 
« I will eat them in their coffin and the coffin too »). Todo 
era ruso. 

* 



Me he defendido heroicamente de una esposicion de 
crisantemas, alegando para no ir que es lo mismo ver 
ramos de hilachas chascosas de diferentes colores. La 
mania de las crisantemas es una de tantas locuras de la 
moda, menos perniciosa sin embargo que la tan socorrida 
de hacer pareja con cualquier mujer libre, moda que hizo 
decir a un amigo mió esta frase bíblica : es incalculable 
el número de veces que algunos hombres enviudan en 
París. 



Pormares i por tierras 16 



• — 242 — 

Veo por tos diarios la inefable monotonía de la vida 
en Buenos Aires ; solo uno que otro funeral corta de 
tiempo en tiempo la uniformidad cotidiana i mantiene la 
corriente de pensiones con que el Cong^reso premia en 
las familias el heroismo de morirse en que incurre algún 
pariente ; porque en realidad si se pregunta qué han 
hecho ciertos causantes de pensión, solo podrá respon- 
derse : « ; se han muerto !» Tal vez sin embargo el Con- 
greso no sea criticable por la dádiva i verifique un acto 
de economía al señalar esas remuneraciones entusiastas, 
pensando en los sueldos que habrían ganado los difuntos 
si hubieran continuado viviendo. ¿ No seria mejOr acor- 
dar una pensión jeneral a todas las tumbas del cenien- 
terio ? 

Noviembre 19. — Al Gymnas con los Drucker ; tomo 
un palco de seis asientos creyéndolo grande ; apenas 
está bien en el U7ia persona si se decide a no oir ni ver 
nada ; oscuro, estrecho, infecto. Los habitantes de 
París se contentan con cualquier cosa ; no he visto jente 
mas sumisa ; un lacayo los manda en los sitios públicos, 
con o sin derecho, los insulta i los veja impunemente. Se 
me objetará con la furiosa revolución francesa i con la 
comuna; precisamente los desenfrenos son las convul- 
siones de todo organismo mal reglado, atónico, no las 
firmezas de la libertad. El palco sin embargo que era 
uno de los mejores, estaba en frente del escenario i era 
mui accesible para los mendigos fastidiosos i arrogantes 
llamados cuidadores. Las piezas, «El premio de la virtud» 
i « La villa Gabbi o Gaby » por casualidad no eran in- 
morales i fueron bien representadas. 






Noviembre 20. — Invito a almorzar en mi hotel a va- 
rios de mis amigos ingleses i americanos ; muy bueno 
salió el almuerzo. Después vamos con Drucker a ver a 



— 243 — 

los Edwards que salen para Chile. Agustín Edwards, un 
joven de 18 anos, ha escrito un libro sobre España; mui 
bueno, dada la edad del autor, bien inspirado i liviano; 
yo le habia enviado una carta para felicitarlo i quise re- 
petir mi elojio al despedirme de él i de su familia. 






Noviembre 2S. — Hace un dia crudo; he salido de mi 
cuarto abrigado a gozar del placer de sentir frió, ves- 
tido lijeramente, dando envidia a los transeúntes con la 
ostentación de mi salud agresiva, desgraciadamente pa- 
sajera. He visto en una vidriera una muñeca en su cuna, 
con colgaduras incombustibles ; la llama de una lampa- 
rita prende fuego a la tela pero éste no toma vuelo, se 
estingue al momento sin quemar sino la parte que la 
llama toca. Si el pobre «Palaa Agaga>, pelar duraznos, 
(un niño divino que usaba ese lenguaje) hubiera teni- 
do en su camita cortinas de esa tela, no habria muerto 
quemado por su mamá, cuando ésta intentó matar un 
mosquito para preservar a su hijo de las picaduras. 
¡No todo sucede a tfempo en este mundo ! 






Noviembre 21 . — Nos invita Drucker a comer en Cubat 
para presentarnos al señor Jarislowsky i señora, jente 
de alto mundo ; ella, bastante buena moza, es mui agra- 
dable; él un perfecto caballero; nos ofrece su casa i 
cartas para sus corresponsales de China i Japón. 






Noviembre 28. — Con Escalier i Basterrica, dos médicos 
amigos mios, comemos en La Cour d'argent, restaurant 
del barrio latino. El dueño es un convencido de su arte 
i lo cree el eje del mundo. Cuando ve comer mal una 



— 244 — 

cosa preparada por él, se acerca a la mesa del delin- 
cuente i le enseña el propio modo de comerla. El pre- 
para a la vista de sus clientes ciertos platos; el pato 
asado por ejemplo, delicioso. Método: se asa un pato 
tierno i gordo en la cocina; se lo trae al comedor i 
se lo muestra a los invitados; en seguida se lo corta ar- 
tísticamente i parte de las tajadas desaparecen; el resto 
se sirve en rebanadas junto con una salsa hecha a la 
vista, poniendo en prensa de estraer jugo, los huesos i 
demás restos del ave. La comida fué mui buena. En 
seguida fuimos al Chat noir, o sea salón de conferencias 
de literatos pobres i por lo tanto maldicientes. Allí se 
declama, se lee piezas orijinales, viajes ilustrados con lin- 
terna májica, versos i sobre todo, se habla mal del go- 
bierno. Me pareció tonta é infantil la mayor parte de lo 
que vi. 

* 

Roma, Diciembre 1¿. — Para evitar un mal juicio de 
mis lectores, les comunico que devolví en París las aten- 
ciones de mis amigos : así, Basterrica, Escalier, Pinero i 
señora fueron debidamente obsequiados en nuestro hotel 
con un almuerzo en el cual reinó cordial buen humor; i 
Drucker i señora con una comida en lo de Joseph, res- 
taurador cuyo nombre solo, hace temblar .... pero el 
famoso industrial procede como corresponde, pues el 
obsequio verdadero al dar una comida en París, Lon- 
dres o en cualquier gran capital, no está en su exelencia 
sino en la vanidad estúpida del obsequiante para dejarse 
robar i en su galantería para felicitar al fondero por su 
bella acción! 



Salimos el 2 de París, el 3 llegamos a Turin i el 4 a 
Roma a las doce de la noche o sea a las 24, según el ho- 
rario vijente en los ferrocarriles de Italia. 

Nuestra vida en Roma ha sido un tanto ajitada con 
visitas, comidas, recibos i escursiones diversas. Hemos 



- 245 — 

encontrado aquí a Pinto i señora, ministro de Chile; a 
Moreno i Calvo, ministros en Italia y Alemania; el último 
en misión especial ante el Papa; al marqués Medid, 
a E. Auzon de Buenos Aires i etcétera. Todos nos 
han colmado de agasajos. Moreno nos ha presentado a 
todos los ministros diplomáticos, secretarios i mujeres de 
la cofradía, en casa del ministro del Brasil señor Oliveira 
Regis, quien nos invitó á una de sus recepciones. He co- 
nocido a Gubernatis, que acaba de llegar de Sud Amé- 
rica, donde ha dado conferencias; es un sujeto interesante. 
Calvo me ha ofrecido sus obras i me ha tratado con 
mucho cariño. Hemos ido con Pinto a visitar la tumba 
de Pió nono, en San Lorenzo, fuera de muros. El santo 
Padre habia mandado en su testamento que el costo de 
su tumba no exediera de 400 escudos; le han hecho una 
que cuesta algunos millones; los muros de la capilla en 
que se halla están cubiertos con los escudos de los obis- 
pados de casi todo el orbe; esos escudos son de mosaico 
finísimo i cuesta cada uno alrededor de 2500 francos ; 
calcúlese el valor de los mil i tantos ya colocados (el lego 
guia, no sabia cuántos eran). Tras de la sencillez del tes- 
tamento de Pío nono s,e ve el orgullo papal, tradicional 
en los santos padres, pues no hai uno solo de ellos que 
no le haya puesto su nombre a la construcción mas in- 
significante de su reinado. 



El Cristo de Guido Reni (en la Iglesia de San Loren- 
zo en Lucina) es un jimnasta ; está parado sobre el clavo 
de sus pies como sobre un pedestal i los músculos que 
debian estar estirados, están en contracción ; pero pres- 
cindiendo de estas anormalidades convencionales, lo en- 
cuentro bellísimo. 



Monteverde el célebre escultor, nos muestra en su taller 
sus obras maestras, inclusive la estatua y grupo que hace 
en este momento para la duquesa de Caliera; en él, arriba 



— 246 ~ 

está la efijie de la duquesa, abajó, una mujer enferma, 
moribunda, estenuada, con un niño que no encuentra 
leche en el pecho exausto de su madre ; la cara de ésta 
es sublime; un ánjel (el jénio de la caridad) junto al gru- 
po, lo muestra a la estatua; hai además un anciano 
enfermo apoyado contra el pedestal en el otro lado. Fi- 
gura en el taller el modelo del Cristo que Álvear hizo 
ejecutar i que está en la Recoleta de Buenos Aires; es 
el único Cristo en posición adecuada que yo he visto, ?s 
decir con actitud natural, dado el caso. 



Otros talleres de escultura i pintura hemos visitado sin 
encontrar nada notable. Las estatuas de mujeres desnu- 
das no tienen sexo, es decir, sus apariencias esternas. La 
convención artística en esta materia es una hipocresía. 



Con Pinto i un joven, Luis Santos Rodriguez, hijo 
del Cónsul chileno, hemos dado un paseo por el Foro 
Romano i el Palacio de los Césares en el Palatino; en 
este algo nuevo se ha descubierto pero poco, desde mi 
primera visita en 1890. Rodriguez es un verdadero eru- 
dito en antigüedades romanas i cualquier aficionado en- 
vidiaría la conversación que con él he tenido: me ha 
hecho la historia familiar de todos los Césares, ligada 
con la descripción de los parajes que teníamos a la 
vista ; me ha mostrado donde mataron a Calígula, 
donde se escondió Claudio i donde estaban los conjura- 
rados contra éste. A Nerón no lo juzga tan mal. Cómodo 
es para él un brutal, odioso, sanguinario, el más detesta- 
ble de los emperadores; como era un hércules, dice, un 
dia mató cien leones en el circo por sus propias manos, 
i le gustaba ahogar hombres, hacerlos perecer apre- 
tándoles el pescuezo. 






— 247 — 

Diciembre 16, — Añádase a las mencionadas inspec- 
ciones algunas visitas á las iglesias i paseos por el 
Pincio i Villa Pamphili Doria i habremos concluido con 
Roma. No obstante, ayer hemos hecho una jira por la Villa 
Borghese, i por el palacio Rospigliosi en cuya galeria 
vimos uno pocos cuadros, malos casi todos, salvo la Au- 
rora de G. Reni pintada en el cielo-raso, mui linda, pero 
que no merece la admiración consagrada ; los que la ven 
quedan indiferentes i solo sacan el placer de decirse <l la 
hemos visto nosotros también. > La de Guercino del pa- 
lacio Ludovisi no se muestra ya al público ; pasa por ser 
lo mejor que se ha pintado en el mundo. Nos despedimos 
de Pinto, Moreno i Muñoz i mañana saldremos para Ña- 
póles, si Dios quiere (antiguo estilo). 



El Gran Hotel donde estamos, es uno de los mejores, 
mas lujosos i cómodos del mundo i es además mui bien 
tenido. 






Diciembre 2t,— Ñapóles, — Llegamos a esta ciudad 
«I 17 ; nada ha ocurrido de nuevo hasta hoi. El señor Tell 
Meuricoffre, banquero corresponsal del L. & R. P. B. sin 
conocerme, al saber mi nombre me ha hecho muchas aten- 
ciones, se ha informado de los vapores que viajan a la 
China, me ha dado recomendaciones para los ajentes i 
ha venido a visitarnos. 



n- * 



Diciembre ^<?. — Escursion a Bahia pasando por el túnel 
i gruta de Pozzuoli, boca del asensor para ir a Posilipo, 
M. nuovo, lago Lucrino i otras yerbas. A la vuelta 
visitamos la solfatara de Pozzuoli, sitio antiguo de 



'— 248 - 

algún volcan i actualmente en comunicación con un foco 
de calor i depósito de azufre; probablemente el mismo 
Vesuvio. Toda la tierra en la solfatara es fofa i llena de 
poros i conductos por los que se escapan gases sulfuro- 
sos i otros. Esto a fuerza de ser curioso i visto, ya es 
banal. En Babia vimos templos en ruinas, muros, restos 
de los pilares del puente que según el guia intentó hacer 
Calígula sobre una lengua de mar. Muchas de estas anti- 
güedades romanas no tienen el menor mérito; ¿qué 
gracia se hace i qué dificultad se vence cuando se sos- 
tiene una bóveda mas ó menos grande, sobre muros de 
dos, tres ó mas metros de grueso? Vimos bailar la ta- 
rantela en el templo de Mercurio, creo, a unas mujeres 
feas i sucias ; almorzamos en un hotel cuyo dueño era un 
bufón atrevido i ... lo mas interesante de todo fué la con- 
versación del cochero, un filósofo profundo i un político 
que daria doble a sencillo a todos los nuestros. Sus teo- 
rías sobre el matrimonio son las siguientes: «Como insti- 
tución es una barbaridad contra natura; el cariño por la 
mujer no dura nunca mas de dos años, tras de los cuales 
todo marido tiene gana de echar a su mujer lejítima i 
tomar otra. Los matrimonios debian ser temporales; 
entre otras ventajas se contaría, si solo duraran un año, 
con la de no cargarse de familia ; en ese tiempo no nace- 
ría sino un hijo, a menos que a la estúpida de la mujer 
se le ocurriera concebir jemelos; el hijo, naturalmente, iría 
con la madre. Arreglado esto, el marido tomaría otra 
mujer, por otro año, tendría otro hijo i éste, también iría 
cotí la madre; el marido, tomaría .... en fin así en ade- 
lante.» Pero eso es mui cómodo para el hombre le dije, 

en tanto que para la mujer «¡Eh! me contestó i 

para qué hacemos entonces nosotros las leyes?; si las 
dejaran hacer a las mujeres ya vería Vuestra Exelencia 
cómo nos hacían cargar con todos los hijos. Yo, añadió, 
ya la he echado a mi mujer muchas veces, pero no .quiere 
irse aunque no me puede ver ni pintado.» 

Pasábamos delante de varias casas en cuyas puertas 
habia enjambres de criaturas. ¡Son fecundas en Ñápeles, 
observé. «¡Eh! si.... la suciedad; dijo, « Tamore non 
é pulito.» (La misma espresion oí hace añosa uno de núes- 



— 249 — 

tros grandes hombres públicos; la grandeza es relativa) 
además el alimento, macarrones i pescado fa bambini.* 
El disertante entró en esto en tales consideraciones so- 
ciolójicas que me dejaron asombrado. Siento sin embargo 
que sus términos algo avanzados, no. me permitan escri- 
birlas. Mi cochero en el fondo era un fílósofo, un pen- 
sador, un sociolojista, un hijienista i un reformador cuyas 
ideas, semejantes a las de los autores mas celebrados, 
no se diferenciaban de ellas sino en la forma de su espre- 
sion verbal. Como prueba de su habilidad política puedo 
presentar el hecho de que no me dejó hablar con ninguno 
de los guias i vendedores que encontramos, sin que esto 
le impidiera recomendarme mas tarde a los mismos repu- 
diados, previa conferencia con ellos, supongo, o señas 
convenidas. Una de las recomendaciones sobre la cual 
mas insistia era la de decir no a todo, añadiendo como 
razón, que él debia incitarme aparentemente a aceptar 
toda oferta, pues de otro modo se esponia a recibir una 
bastonada. ¡Admirable! pensé, así hacen todos nuestros 
mas eminentes ciudadanos; tiran la piedra i esconden la 
mano; favorecen a la vez, a dos o mas antagonistas, 
intrigan por turno a cada uno de ellos i después, no han 
sabido nada de nada i solo están prontos para recibir 
los beneficios. No le faltaba nada a mi cochero para ser 
una completa personalidad; hasta cómico i enamorado 
era; hasta orador i dramático. Me acuerdo que al narrar 
con sumo entusiasmo i lenguaje colorido, la escena entre 
los leones i San Jenaro en el circo cuyas ruinas nos 
mostraba, casi dio un beso a una niña que iba a su lado 
para pintar mejor las caricias que los leones hicieron al 
santo, lamiéndole las manos en vez de destrozarlo i co- 
mérselo crudo. 



Diciembre 2S. — Paseo a Posilipo, monte del cual se 
ve Ñapóles i sus alrededores, escursion obligada para 
todo estranjero. Se sube en carruaje, en trenvia o en 
el asensor que va desde el túnel de Pozzuoli. Todo el 



— 250 — 

camino es delicioso no solo por los panoramas que 
ofrece sino por las casas, villas, pabellones, quintas, jar- 
dines i palacetes que lo flanquean. Entre la variedad de 
espectáculos se ofrece también el de una aldea chica, 
sucia, desagradable i de calles estrechas ; como compen- 
sación, a la bajada se puede ver el Voméro o sea una 
reunión de residencias de verano, nuevas, lindas, gracio- 
sas i limpias. 



Diciembre 26, — Me embarco en un vapor de 3000 to- 
neladas para Palermo, solo, por dos razones, porque 
dejo a Guillermina en Ñapóles con su dama de compañía 
Victorina Vives, hermana de Olimpia, una joven que traji- 
mos de Buenos Aires i se quedó en Paris; i porque soi el 
único pasajero a bordo. Paso una noche toledana; no 
andaba el vapor sino 10 millas por hora i se movia dema- 
siado ; yo parecía una alma en pena recorriendo los diez 
i ocho camarotes vacios para elejir el menos movedizo. 
Llego a Palermo a la I ¿ p. m.; me alojo en el hotel de 
las Palmas, un buen albergue lleno de comodidades 
aunque sin luz eléctrica; tiene huerta, jardines, invernácu- 
los, pabellones aislados para enamorados, grandes salo- 
nes, billares, vestíbulos i comedores numerosos, un tanto 
inútiles ; salas de fumar, de lectura i de aburrimiento. 
Doi un paseo por la ciudad ; veo la calle principal, 
Macqueda, llena de mercerías i tiendas, i su continua- 
ción, la calle Libertad o sea Paseo de los ingleses, sitio 
de reunión en invierno de la jente elegante. Me recuerda 
esta a una de Bu da Pest i en efecto se parece por su 
anchura i por el aspecto de las casas aisladas i rodeadas 
de jardines. Ahí está la plaza Garibaldi con la estatua 
ecuestre de este caudillo; el teatro Politeama i muchos 
buenos edificios. Voi a la Plaza i Paseo de la Marina, 
sobre la orilla del mar ; es el paseo de verano de la aris- 
tocracia i del pueblo ; veo la puerta Felice, límite por el 
lado del mar de la linda calle Víctor Emanuel ; sigo por 
ésta hacia la montaña; entro de paso en la Catedral, 



- 251 — 

gran iglesia -con tína esplanada delante, encerrada en un 
pretil donde figura una buena colección de estatuas de 
obispos ; salgo de la Catedral que encontré vulgar i sigo 
la calle hasta la Puerta nueva, principio de una avenida 
infinita que conduce al pié de la montaña i a Monreal ; no 
se ve en esta Avenida sino casas de obreros i jente 
pobre, a lo menos yo no he visto mas. 



41 * 



Diciembre 28. — Entro al teatro Massímo, en construc- 
.cion aun i de conformidad con los mejores modelos salvo 
la exepcion que marcaré después. Puede contener de 
2500 a 3000 espectadores ; tiene dos entradas para 
carruaje a los lados i en cada una un círculo para 
facilitar el movimiento de los vehículos; un corredor 
ancho une estos dos recintos. El grandioso escenario 
permitirá representar todas las (Speras conocidas hasta 
hoi, con las más completas decoraciones, pues hasta se 
ha reservado un cómodo acceso para caballos i carrua- 
jes a la escena. En materia de salones, vestíbulos, cafees, 
confiterías, comodidad para el espendio de billetes, alo- 
jamiento temporal de los artistas i todo cuanto requiere 
un establecimiento de esta especie, nada le falta. El 
atrio es inmenso. Además el edificio está situado en 
una plaza i da libre i fácil acceso a la concurrencia por 
tres de sus frentes. Su gran defecto está en los palcos ; 
son cerrados como nichos i su balaustrada o baranda es 
unida, lo que les da un aspecto pesado i hace parecer a 
los espectadores, vistos de abajo o a nivel, como si es- 
tuvieran en una banadera de medio cuerpo. Las señoras 
podian ir sin polleras i los hombres sin pantalones i 
parecer vestidos correctamente. Semejante arreglo es 
un error i la disposición, además, contraproducente. 
Cuando uno va al teatro o a un sitio público, no es 
para esconderse, para no ver nada i para que nadie lo 
vea. Los dos muros o tabiques de cada palco lo inutilizan 
casi por completo; solamente los espectadores de prime- 



~ 252 — 

ra fíla ven algo, los demás nada, ni el escenario ni la 
concurrencia. Tal forma de construcción quita parte de 
su belleza a una sala de tiestas^ cuyo mérito principal 
debe consistir en la fácil exibicion de los concurrentes, 
de los vestidos i de las joyas. Cuando los palcos son 
abiertos, i ninguna idea racional i sostenible se opone a 
ello, los ocupantes de las filas posteriores pueden ver 
casi tanto como los de las primeras. 

El palco real tiene su escalera independiente i entrada 
aparte. 



Voi a Monreal con un joven abogado húngaro, Don 
Emil Rabo Edler von Vágvecse, que no habla ningún 
idioma decente ; sin embargo, nos entendemos en un 
inglés de su invención. La avenida infínita antes mencio- 
nada, conduce a la colina o montaña donde están la Cate- 
dral i el Claustro que forma el orgullo de los habitantes 
de Palermo. Antes de llegar a estos monumentos ya 
está uno pagado de la incomodidad del viaje, si la hubo, 
pues apenas se comienza la ascensión ya se goza de 
panoramas admirables ; se ve el mar, la ciudad, los bu- 
ques del puerto, la campaña, los jardines, las arboledas, 
bosques, arroyos, valles, colinas, aldeas, nubes a veces 
abajo, plantaciones de naranjos i limoneros cargados de 
frutos i por fin el rio de vehículos i jente de a pié que 
llena el tortuoso sendero. En Monreal hai una villa poco 
interesante. La Catedral es conocida por su riqueza en 
mosaicos; toda ella está cubierta como la cúpula de 
San Pedro en Roma; el cuidador no se olvida jamás de 
decir la superficie en metros cuadrados que mide el es- 
quisito trabajo, ni deja de mostrar unas dos puertas de 
nogal en las que se desarrolla toda la pasión de Cristo 
tallada en alto relieve. El patio del monasterio contiguo, 
única parte interesante ahora del edificio, es de estilo 
árabe, con lo cual va dicho que tiene una fuente i muchas 
columnitas flacas, haciendo cerco al espacio cuadrado, 
antiguo jardín o huerta de los frailes. Las columnas que 
forman los cuatro frentes del corredor o claustro, han 



— 253 — 

estado incrustadas de mosaicos riquísimos formando va- 
riados dibujos; cada una de ellas es una obra de arte i 
de paciencia ; donde no hubo mosaico babia cinceladuras, 
primorosas algunas. Los chapiteles muestras también 
altos i bajos relieves con motivos relijiosos. En mui po- 
cas de las doscientas i tantas columnas se conserva el 
mosaico primitivo ; en una o dos se ha imitado su forma, 
color i dibujo, para dar una idea del antiguo esplendor 
de esas obras bonitas pero inútiles. Los pasajes de la 
vida i pasión de Jesucristo i otros asuntos piadosos, es- 
culpidos en los chapiteles, son, según dicen, admirables 
trabajos ; yo los encuentro ridículos i grotescos i a 
llamarles por su propio nombre, les llamada adefesios, 
i eso para no chocar con la opinión de la mayoría, de un 
modo violento. Bajando de Monreal atravesamos en la 
llanura un bosque de naranjos, antesala del jardin de 
la Cava, mui celebrado e igual a cinco mil jardines 
de cinco mil partes. Después fuimos a la Cuba: una 
burla de los habitantes de Palermo a los viajeros; 
la Cuba es ahora un cuartel; no sé lo que fué antes, pero 
lo único que le muestran a uno como curiosidad, es una 
pared vieja, diciéndole: esta es una pared i es vieja. 
I No se van al Diablo! En seguida, arrastrado por la 
rutina voi a las Catacumbas de los Capuchinos, donde 
veo un cuadro repugnante; un depósito de momias acos- 
tadas, colgadas, sentadas; cadáveres secos, horribles, 
asquerosos; en fin, un cementerio subterráneo, moral i 
físicamente anti hijiénico i solo digno de la contempla- 
ción de algún estúpido ! 



Palermo es una ciudad limpia, no totalmente bien pa- 
vimentada ; nueva en gran parte. Tiene un museo donde 
figuran muchos objetos interesantes hallados en Siracusa 
i otras localidades de la Sicilia; una biblioteca i... 
nada mas! 



4< 



— 254 — 

Diciembre 29. — Tomo el tren para Siracusa i sigo en 
él por la orilla del mar, primero, viendo su eterna inmen- 
sidad i la costa poblada de casas i chozas, con su aspec- 
to huraño i desolado, su aire de transitorias i con su 
colección de barcas de pescadores i sus jentes ocupadas 
en activa labor ; entro después en el almacigo de mon- 
tañas, cruzando túneles, puentes, valles, cimas i colinas ; 
corro a la margen de los torrentes algunas veces, los 
dejo hacer eses, los salto, me paso de una orilla a otra, 
los sigo o les huyo; llego a las estaciones, veo depósitos 
i carros cargados con panes de azufre; encuentro bue- 
yes desgraciados en su matrimonio, a juzgar por sus 
colosales cuernos de reputación universal ; me paro un 
momento en Augusta ; veo las salinas, cuadros de da- 
mero, donde el agua del mar depositada en delgada 
capa, se evapora dejando como sedimento la sal que 
robó a la tierra; echo una mirada al castillo de Augusta 
situado en medio del agua i entro triunfante por fin, en 
Siracusa a las 4 ^2 P- ™m después de haber percibido a 
lo lejos durante un buen trecho del camino, el Etna con 
su sombrero de nieve i su penacho de humo i las aldeas 
i habitaciones humanas imprudentemente ubicadas en 
sus faldas. 

Un guia entrometido, charlatán i pegajoso, me echó 
a perder todas las impresiones del momento; tuve que 
amenazarlo con mi lápiz de recetar para verme Hbre de 
él; no obstante siguió conmigo aunque callado; subió al 
ómnibus del hotel Victoria, por tolerancia inesplicable 
del conductor i llegamos juntos, yo con una cara hostil 
i él, con la desesperación en el alma; pero apenas vi al 
dueño del albergue, mi humor cambió; era un caballero 
llamado Luigi Musumeci, idéntico a José Pietranera 
(amigo mió) con fisonomía alegre i buena educación; 
instruido, como supe después, matemático i erudito en 
la historia de Sicilia. Inmediatamente nos comenzamos 
a tratar con franqueza. 

— «No permita, le dije, que se me acerque ningún guia 
porque soi capaz de matarlo, (al guia); el anexo a su 
ómnibus me ha echado a perder (guastato) mi entrada. » 
— «Oh, me dijo, no tome las cosas así! tenga paciencia! 



— 255 - 

(Ya me daba consejos, imitando mi confíanza). — «Nece- 
sito comer algo, añadí ; no he almorzado, ni hai donde 
almorzar en el camino. » —«: Súbito, repuso, haremos pre- 
parar una minestra. » — «Un minestrón, señor, un gran 
minestrón. » — « Va bene: un minestrón i un pollo.» — 
« Dos pollos, huevos, macarrones, tallarines, rabióles i 
un plato del país ^. — «Eso es mucho, replicó, pero esté 
contento ; cenará bien. Ahora si quiere, puede ver algo 
en la ciudad i mañana veremos lo de fuera. » 



Me hace traer un coche, subo i emprendo mi jira si- 
guiendo por la calle ancha recien construida, a la orilla 
del mar, en el sitio donde estaban las fortalezas, ahora 
inútiles. En su prolongación se ha formado el Paseo de 
la Marina, donde se reúne la población por las tardes a 
gozar de la brisa del mar i del panorama, rico en colo- 
res i accidentes que la vista descubre, teniendo bu- 
ques pegados a los muros de piedra, las montañas a lo 
lejos i la llanura en el fondo del puerto grande, sem- 
brada de papirus. La avenida conduce a la Fuente de 
Aretusa, encerrada en un recinto circular plantado tam- 
bién de papirus, cuyo borde superior a varios metros de 
altura, . está al nivel de otra calle de la ciudad, desdp la 
cual se ve la rotunda como una enorme cápsula. Toda- 
vía hacen papel de papirus en Siracusa, aunque ahora 
solo como curiosidad; cortan el tronco a lo largo de la 
fibra, en láminas delgadas, las colocan tocándose por 
los bordes, les pasan el cilindro i el papel queda hecho. 
Tomo unas hojas de este papel para escribirle al Sr. X, 
eterno joven de Buenos Aires, con el objeto de recor- 
darle el tiempo de su niñez, cuando iba a la escuela i 
escribia sus planas, haciéndolas correjir por algún con- 
discípulo contemporáneo de Dionisio (de Siracusa). Sigo 
por las calles i llego a la catedral, hecha sobre los res- 
tos, del templo de Minerva; todavía se ve de él tres 
columnas esteriores. Después veo un palacio de estilo 
español antigu^ i los restos del templo de Diana, que 



— 256 — 

algunos llaman San Pablo; columnas j pilares en trozos, 
un arco menos antiguo al parecer, a pesar de ser horri- 
blemente viejo i feo i nada mas, como recuerdo de la 
pobre Diana. 

* * 



Diciembre SO. — ha, ciudad de Siracusa en el tiempo 
de su apojeo, se componía de cinco partes: I» La lengua 
de tierra llamada Ortijia, (que entra en el mar, dejando 
a sus dos lados puertos cómodos, uno grande i otro 
chico, sitio de la actual ciudad ) separada del resto del 
territorio, por un brazo de mar o canal sobre el cual 
hai ahora un puente ancho i sólido. 2* Mapolí. 3» Tica. 
4» Terracote. 5» Acradinia. Estas cuatro últimas debie- 
ron ser mas bien barrios de una misma ciudad: no las 
divide el mar ni se ve otros canales que los construidos 
durante la dominación española, vecinos al canal que 
aisla a Ortijia i hechos, parece mas bien, para comodi- 
dad de la circulación fluvial. En la actualidad, estas par- 
tes constituyen los suburbios de la ciudad propiamente 
dicha i comienzan a poblarse rápidamente, habiendo 
desaparecido el obstáculo de las murallas. 



Las verdaderas curiosidades de Siracusa están a corta 
distancia de Ortijia i tocándose con lo que he llamado su- 
burbios; son : El Teatro griego. — La Necrópolis. — La 
Latomia del Paraiso. — La Oreja de Dionisio. — La La- 
tomia de los cordeleros. — La Gruta, supuesta tumba 
de Arquímedes. - El Anfiteatro romano. — El Ara. — 
La Piscina i Las Catacumbas de San Juan. 

El teatro da una idea clarísima de las costumbres grie- 
gas en lo relativo a diversiones pübllicas. Mui semejante 
a los de Atenas, me ha parecido sin embargo, mas inte- 
lijible. Situado en la pendiente de una colina que mira al 
mar, a la llanura i a las montañas retiradas, ofrece con el 
espectáculo delicioso visible, una de las mas vivas satis- 



— 257 — 

facciones. ¡Cómo cuidaban sus gustos los griegos! Ha 
sido casi totalmente tallado en la roca ; en ella se ha la- 
brado los escalones o asientos del anfiteatro semicircular, 
las galerías i corredores de acceso i salida para la con- 
currencia, el escenario i las dos tribunas para los músicos, 
situadas a uno i otro lado de éste. No calculo la suma 
en miles de espectadores que admitida cómodamente, 
pudiendü cada uno de ellos ser visto, oir i ver todo ; 
pero sí me doi cuenta de las delicias que gozaban con 
un conjunto de impresiones tan vivas, en medio de una 
naturaleza privilejiada, con cierta libertad de costumbres, 
en una sociedad relativamente culta i con el encanto de 
la belleza humana representada por hechiceras mujeres, 
rivales de la luz de los cielos, las esmeraldas de los ma- 
res i la frescura de las flores. IVas del teatro está el 
Ninfeo, especie de Templo al cual acudian los especta- 
dores, después de la fiesta a dar gracias a los dioses, 
bajo los auspicios de las ninfas a quienes supongo vír- 
jenes i hermosas. El ninfeo está representado ahora por 
unas cuantas grutas en frente del teatro ; la central tiene 
una pequeña cascada de agua clara i todas muestran sus 
muros o límites de roca, tapizados por una planta verde 
i fina llamada cabello de Venus, de olor suave i agrada- 
bilísimo. El mismo adorno natural tienen algunas tumbas 
vecinas i son éstas las únicas perfumadas de que yo 
haya tenido noticia. 

Casi contigua al teatro se abre en la roca viva una 
ancha zanja o calle; en sus costados, a uno i otro lado, a 
modo de aposentos, nichos o cuevas, existen escavaciones 
mas o menos grandes; el sitio ha sido la necrópolis de 
la jente rica; las cuevas eran las tumbas de las familias. 
Siguiendo la via se llega a una alta planicie donde se 
encuentra hoyos practicados en la roca; la planicie era 
la necrópolis común i los hoyos los sepulcros. Como 
se ve, hasta los pobres tenían tumbas de granito labra- 
das a cincel i martillo. 

Del Ninfeo se va al sitio del palacio de Dionisio, donde 
se penetra o baja mas bien a la parte superior de una 
escavacion inmensa llamada la « Oreja de Dionisio, » por- 
que según la leyenda, por ahí oía el tirano cuanta pala- 

Por mares i por tierras 17 



— 258 — 

bra se pronunciaba en la parte inferior, convertida en 
prisión. En efecto, se oye el ruido del menor roce : el de 
un papel al romperse, el frote de una mano con otra i 
todo esto, a pesar de la gran distancia entre el plano de 
la gruta i el conducto superior. Pero debo decir con 
verdad, algunos ruidos llegan sumamente desfigurados, 
entre otros los sonidos articulados, razón por la cual la 
oreja de Dionisio le debió servir de poca ayuda para 
descubrir los secretos de sus prisioneros. Vista la aber- 
tura superior vamos a la inferior : a ella se penetra ba- 
jando a un sitio llamado el Paraiso, jardin i huerto for- 
mado a manera de invernáculo en una inmensa depresión 
de la roca que, en cierta porción, la correspondiente a 
dos lados contiguos del Paraiso, se halla ahora cortada 
a pique i presenta varias cuevas, una de las cuales cor- 
responde a la Oreja. Dice la leyenda que parte del 
jardin estaba cubierto por una lámina de la misma roca» 
siendo por lo tanto un colosal conservatorio de plantas.; 
i realmente, en lo alto se ve una proyección como si 
fuera el resto de la grandiosa bóveda, destruida por 
algún terremoto i por el tiempo. El Paraiso debió me- 
recer su nombre ; plantas raras, flores esquisitas, claras 
corrientes de agua i la luz viva del sol o mitigada en la 
sombra de las grutas frescas, han debido crear una es- 
cena encantadora (salvo la prisión, si el tirano tuvo la. 
mala idea de hacerla contemporánea del Paraiso). La 
cueva de la Oreja estaba llena de agua; no pude entrar» 
pero sí verla; tiene una forma conoidea irregular i su 
plano inferior representa una S ; su configuración verti- 
cal es la de un cartucho invertido con prominencias có- 
nicas lonjitudinales internas; hacia el vértice se abre una 
ventana cuyo borde superior presenta un apéndice en 
forma de crisol, adherido hacia arriba por su base ; este 
apéndice es, según dice el cuidador, el tímpano de la 
oreja. Dejo al sabio lector resolver estos tres puntos: 
lo Si el conjunto reseñado representa una oreja. 2° Si 
en caso afirmativo, la oreja es de hombre o de mujer. 
3o Si en caso negativo de la segunda proposición, la 
oreja es de asno, de caballo o de otro animal. 

Yo sostengo como verdad, sin embargo, que la cueva 



— 259 — 

con sus reparticiones, es la oreja de Dionisio, porque así 
se llama, como Dios es Dios i cada uno, por la misma 
razón, el sujeto que su nombre indica. A un lado de la 
caverna se ve otra, la llamada de los Cordeleros, porque 
allí unos industriales hacian cables i cuerdas, no sé 
cuando ; es también mui grande ; los restos de su bóveda 
están sostenidos por pilares tallados en la roca ; esta 
caverna ha sido hecha, dicen, sacando piedra para edifi- 
car i cortando en la masa unida, paralelepípedos para 
columnas, obeliscos i otros adminículos. En realidad to- 
das estas maravillas no son sino viejas canteras. La pre- 
sunta tumba de 'Arquímedes es otra cueva como hai 
muchas. 



De las Latomias fui al Anfiteatro romano, cuya parti- 
cularidad consiste en la relativa integridad de sus partes 
fundamentales. En efecto, conserva la arena o plaza de 
los gladiadores, su forma elíptica bien delineada, sin por- 
tillos ni brechas, con su pileta o escavacion rectangular 
en el centro i pedestal o islote en el medio, i con sus 
canales de provisión de agua i desagüe; los asientos en 
escalones con sus pasadizos están casi intactos i debajo 
de ellos, alrededor del circo, la galería destinada a las 
fieras, perfectamente practicable, parece recien desocu- 
pada. La roca presenta a lo largo de la galería, ojales 
en algunos ángulos, como argollas para atar cuerdas. 

El Ara o altar, se levantaba a poca distancia del 
Circo, colosal, según se infiere al ver el espacio que ocu- 
paba. Solo existen en el terreno algunas piedras i cha- 
piteles de columnas. Por fin, siguiendo el eje mayor de 
la elipse del Anfiteatro romano, a cierta distancia de uno 
de sus estremos, se encuentra, en un nivel superior, la 
Piscina o depósito de agua, estanque construido en la 
roca, dividido en varios compartimentos por columnas i 
arcos arriba que sostienen la cubierta. 

Mi escursion concluyó con una visita a las Catacumbas 
de San Juan; una verdadera ciudad subterránea formada 
por escavaciones en planos superpuestos (hai tres i 



— 260 — 

quien sabe si mas) con calles, plazoletas, iglesias, capi- 
llas, viviendas i tumbas. La tradición dice, que allí se re- 
fujiaban los cristianos huyendo de las persecuciones i 
vivían escondidos. Semejante suposición, la de que vi- 
vian escondidos, es simplemente absurda: no se cons- 
truye una ciudad taladrando la roca debajo de la super- 
ficie i estrayendo millones de metros cúbicos de piedra, a 
escondidas, en un paraje habitado ; aun suponiendo la 
posibilidad de semejante construcción en tales condicio- 
nes, no se vive sin agua, sin luz i sin aire i por último, 
aun cuando la jente no comiera, no bebiera, ni respirara, 
encerrada, sepultada, junto con los cuerpos de los muer- 
tos i con los miasmas de la respiración i las deyecciones 
de los vivos, sucumbiría en un dia, en horas, envenenada 
por la atmósfera. 

Lo probable es que las tales Catacumbas solo hayan 
sido simples cementerios subterráneos a los cuales con- 
currían los sectarios en determinadas ocasiones, ya para 
celebrar ciertas ceremonias, ya para refujiarse por breve 
tiempo. Atendiendo a su sexo no debe creérsele a la 
Historia sino la cuarta parte de lo que cuenta i aun eso 
es mucho ! 



Vuelto a la ciudad i después de un reposo conveniente, 
voi al Museo. Entre sus curiosidades solo se han im- 
puesto a mi recuerdo una estatua i un sarcófago de 
mármol, dicho de Adelfia. Adornan al sarcófago altos 
relieves representando personajes alegóricos; el trabajo 
es de mérito relativo; hasta los mínimos detalles están 
bien conservados, pero los personajes son hidrocéfalos 
y enanos. La estatua por el contrario es la de una mujer 
acéfala. Por el hecho de faltarle la cabeza no representa 
como podría creerse, la personificación en su solo cuerpo, 
de todos los ejemplares de su sexo en el jénero humano; 
es solamente ahora el cuerpo de la mitolójíca divinidad 
del amor. Le llaman la Venus landolina por el sitio 
donde fué hallada. Su cuerpo mutilado es sin embargo 
perfecto; sus formas son las de una mujer que ha llegado 



— 261 — 

a su completo desarrollo i arrojan al sentido viril de! 
espectador, todas las sensualidades apetecibles en la 
hembra humana, sin oscurecer la pureza de las líneas, 
ni la virtud estética de los accidentes que inspiran sen- 
timientos delicados de amor etéreo, paralelos efluvios 
del instinto voluptuoso. La Venus landolina no figura 
entre las clásicas por cuanto yo conozco, pero es una 
de las mas bellas estatuas que yo haya visto. 






Diciembre 31. — Tomo el tren para Mesina; vuelvo a 
ver las salinas, la ciudad de Augusta, su castillo i el 
Etna, con su gorro de algodón encasquetado a los 3200 
metros de altura. Paso por la bellísima i temeraria ciu- 
dad de Catánia, atropello con mi vagón los montes de 
lava arrojados por el volcan a distancias fantásticas \ 
llego á Mesina, me guardo bien de conocer tan intere- 
sante ciudad, corro á embarcarme, me embarco i al otro 
dia, ello (le Enero de 1897, me hallo en Ñapóles, con- 
tento de mi escursion. 






1897 Enero 2. — Para no perder la costumbre visito 
el Hospital de incurables i apunto en mi cartera ; « edifi- 
cio regular, enfermerías amplias y bastante bien cuida- 
das; no hai sala común de operaciones; el anfiteatro, 
pasable; dependencias de la administración, buenas; po- 
blación, numerosa. > 



* 
* * 



Enero 4, — Vuelvo a Pompeya; vamos con Pinto i su 
señora, ya conocidos de mis lectores; veo los nuevos 
descubrimientos, entre ellos la casa mui linda i mui com- 



- 262 — 

pleta; de una familia rica, se supone; en uno de los pila- 
res del pórtico hai un fresco representando a un joven, 
novio creo, en el acto de pesar en una balanza sus órga- 
nos genitales, con el fin de mostrar, se infiere, a los pa- 
dres de su pretendida, sus méritos para aspirar a ser 
marido. Indudablemente las nociones actuales sobre el 
pudor no eran las mismas en los tiempos de Pompeya. 
Habia niñas en la ciudad e hijas de familia en las ca- 
sas; ellas veian sin duda esas pinturas i ¿no tendrian 
semejantes espectáculos ningún valor o eran valores en- 
tendidos? Lo mejor de Pompeya está en el Museo de 
Ñapóles; lo mejor de lo actualmente conocido, se en- 
tiende, pues falta desenterrar la mitad de la ciudad, tal 
vez los barrios mas aristocráticos. 






Enero 5. — Voi al Museo de nuevo i salgo de mi vi- 
sita con estas solas impresiones duraderas: la del cua- 
dro de la Magdalena de Guercino de la Venus Calipigea 
i de la Venus de Capua. Lo demás va sobre entendido. 






Efiero 8. — La plaza de San Carlos i su iglesia ro- 
tunda de San Francisco de Paula, son mui lindas. Este 
dia tiene el mérito del laconismo. 



9|t f 



Rriero 20. — De Port Said a Ismaelia por el Canal 
de Suez. Salimos de Ñapóles para el Japón, el 16, em- 
barcándonos con una lluvia torrencial, en el vapor ale- 
mán 4'Preussen» (se pronuncia «Proisen> porque sí) de 
5300 toneladas. Este vapor es uno de los mejores en que 
yo haya viajado, inclusive el «Teutonio de doble tone- 



— 263 - 

laje. Las ventajas del Preussen están en el conjunto i en 
los detalles como resulta de la siguiente enumeración de 
sus calidades. 

lo No cabecea ni se balancea mucho aun con mal 
tiempo. 2o No tiene olor a buque. 3o Las camas son 
grandes, cómodas, perfectamente limpias. 4** No hai mal 
olor de ninguna especie en los camarotes. 5o Para co- 
mer i almorzar no llaman con campana, esa campana de 
a bordo tan conocida i cuyo sonido recuerda i produce 
el mareo, sino con una corneta que imita los motivos de 
las óperas de Wagner. 6o Al sesto día del viaje, hoi para 
mí no solo no está uno cansado de la comida sino que 
espera con ansia la hora de sentarse a la mesa. 1^ El 
servicio es de primer orden, los platos son vanados, los 
alimentos frescos i bien aderezados. Ayer por ejemplo 
la comida fué tan esquisita que los pasajeros podían sin 
exajeración creerse invitados a un banquete en un pala- 
cio. Al concluir se apagó la luz de repente; todos se 
alarmaron, pero luego se vio que era un artificio para 
que causaran efecto los diez panales de hielo ilumina- 
dos en los que venia la fruta helada. 8o Se come algo 
cada tres horas : de las siete a las nueve de la mañana 
hai café, té i chocolate á discresion, con bizcochos, tosta- 
das i dulces; a las nueve, almuerzo compuesto de platos 
calientes hechos en el momento a elección del pasajero, 
fiambres, conservas i dulces (este almuerzo es como el 
mejor que pudiera obtenerse en tierra); a las once se 
sirve en cubierta caldo de pollo i sandwiches de lengua, 
jamón, pastel de hígado, carne i queso; a la una viene 
el llamado lunch, verdadera comida, con tres platos ca- 
lientes fijos i numerosos frios; a las cuatro se da té i 
café con bizcochos i dulces; a las siete tiene lugar la co- 
mida, verdadero banquete diario con ocho o diez platos, 
postres, helados i fruta i por fin a las diez de la noche, 
se sirve el té. Esta alimentación continua no impide que 
a cualquiera hora el pasajero pueda pedir cualquier 
otra cosa, sin pagar nada estraordinario, exepto vinos, 
licores i cerveza, únicos artículos no gratuitos a bordo. 
9o Los sirvientes lo persiguen a uno preguntándole qué 
quiere, en vez de ser uno (juien ande buscándolos i ro- 



— 264 - 

gándoles como en otros buques para que lo sirvan. IQo 
La ropa de los pasajeros se lava como en tierra. II» Hai 
una peluquería donde se hace todo lo del oficio, inclu- 
sive lavar la cabeza a las señoras i caballeros. 12° El 
buque tiene seis salas de baño. I3o Una orquesta mui 
buena compuesta de diez ejecutantes, toca durante la 
comida i al medio dia sobre cubierta, trozos selectos de 
los mejores compositores i también piezas populares i 
de zarzuela; la música de Wagner i la Verbena de la 
Paloma o la Gran Via, forman un divertido contraste. 
14° Cuando el tiempo lo permite se baila hasta las once 
o doce de la noche. 15° El golpe de la máquina apenas 
se siente i los guinches cargan i descargan, bajan i le- 
vantan las anclas, sin ese ruido infernal de cadenas de 
otros buques; nadie sabe a bordo cuando funcionan 
estos aparatos. ló» Toda cuánta comodidad puede pro- 
porcionar la electricidad se tiene en este buque; hasta 
para encender los cigarros se usa un aparato eléctrico; 
un termo cauterio. I7o El Capitán, Paul Wettin, es un 
joven buen mozo, alegre espiritual i culto ; siempre está 
de buen humor, calidad inapreciable; los oficiales si- 
guen su ejemplo. 18» Por último el Comisario juega mui 
bien al ajedrez i el Dr. Ossenkoff, médico de a bordo, 
es socialmente insuperable. 



* * 



Enero 21. - Una buena parte de los pasajeros ha des- 
embarcado en Port Said, otra en Ismaelia; hemos que- 
dado a bordo por esta causa, mas en familia. 

Estamos en el Mar Rojo, donde según todos los viaje- 
ros i cronistas, reina una gran calma i hace un calor 
insoportable. Aquí nos esperaba una sorpresa. Si hai 
algo de azul en la tierra es el azul del agua en el Mar 
Rojo ; hace un frió de Cristo i el fuerte viento levanta 
un oleaje estupendo. Así pues, el Mar Rojo no es rojo, 
no hai tal calor ni tal calma. Ni los mares se escapan de 
la calumnia ! Para que todo sea contradictorio, a pesar 



— 265 — 

de las olas, el buque marcha como en un lago sereno ; 
la prueba es que yo escribo esto en mi camarote, cuando 
al menor barquinazo ya estoi mareado. 



Anoche en Suez hemos recibido periódicos con telé- 
gramas frescos ; según ellos la peste arrecia en la India, 
principalmente en Bombay ; la peste maldita que a sus 
horrores añade la contrariedad para mí de obligarme a 
pasar de largo por mar hasta Ceylan, en vez de cruzar 
por tierra de Bombay a Calcuta, viendo a lo menos las 
ciudades: Delhi, Agrá, Lucknow i Benares! 



* * 



Enero 23. — Llegamos a Aden. Lo único digno de 
verse aquí según dicen es el depósito de agua, las cis- 
ternas. Yo no bajo, no estoi para incomodarme por ver 
otro depósito de agua a mas de los ya vistos, probable- 
mente miserable en comparación de los nuestros i segu- 
ramente inferior a otros orientales de análoga catadura, 
como los pozos de Salomón i la gran cisterna de Cons- 
tantinopla (creo) o los magníficos depósitos de Cartago. 
Salimos para Ceylan con un buen mar i sin calor. 



4( « 



Febrero 18. — El I o nos hallamos en Ceylou, como le 
llaman los ingleses, i desembarcamos en su capital, Co- 
lombo, sitio del Paraiso terrenal o a lo menos mui pro- 
bablemente, paraje en el cual la leyenda lo ubica. No 
recuerdo sin embargo que en la biblia se hable de mar a 
propósito de la primer morada de nuestra madre Eva i 
su interesante marido ; quienes si resucitaran i vieran su 
antiguo domicilio, no lo conocerian. Faltan o escasean 
los tigres, los leones, las hienas i otros animales domés- 
ticos, en aquel tiempo, pero sobran los buques a vapor, 
los grandes veleros, el ferro-carril, el magnífico puerto, 



— 266 - 

ya pequeño, los velocípedos i los carros de mano i los 
djinrikischa ( hombre-carro ) ; pequeño tilburí de dos 
ruedas con capota, llamado por abreviación ricksha, A 
mas creo que se arrepentirian de su pasado, no tanto por 
haber dado oríjen a la raza humana en jeneral, sino por 
hallar su descendencia representada por los nativos del 
Ceylan, negros, feos, descuidados i estrafalarios. Lo 
único que tal vez no encontrarían cambiado es el bos- 
que, la selva, las plantas, las flores ; no darían sin duda 
con el árbol del bien i del mal, que yo busqué en vano; 
pero en cambio sentirían la fragancia de las hojas de 
canela en los plantíos del lujoso arbusto i Eva podría 
adornar su abundante cabello con heléchos menudos, 
con orquídeas i con flores del aire, de esquisito perfume. 

La ciudad animada, bulliciosa, les produciría algún atur- 
dimiento, así como los gritos i los trotes de su fecunda 
prole, pero mirarían con entusiasmo o con intensa curio- 
sidad a lo menos, el lago magnífico lleno de barcas 
afíladas, donde reman desesperados unos animales blan- 
cos i rojos terminados en una especie de hongo enorme 
de corcho, forrado en tela blanca por fuera i verde por 
dentro, alias sombrero de zona tórrida ; el campo de 
cricket o del lawn-tennis, donde los mismos seres pecu- 
liares, con los mismos sombreros o sin ellos, juegan 
como chiquillos ; el activo comercio; las casas de nego- 
cio donde se vende desde arados hasta encajes, como en 
los países coloniales i lejanos ; el embarcadero con sus 
mil lanchas, i por fin, las graneles avenidas plantadas de 
palmas i limitadas a los lados por casas de campo, villas 
i glorietas. 

Mi mamá Eva i mi papá Adán se pararían sin duda en 
una vidriera de tienda a contemplar los atavíos de la 
moderna humanidad; mi padre ambicionaria una cor- 
bata azul por todo adorno i mi madre un mantón de 
manila punzó; pero los dos, estoi seguro, dadas sus afi- 
ciones tan conocidas, seguirían por esa calle larga a la 
sombra de las palmeras, desde el puerto hasta el Monte 
Lavinia, elijiendo i probando en cada puesto las frutas 
mas olorosas, raras i pulposas, algunas repugnantes de 
puro esquísítas. 



— 267 — 

Colombo es un jardín; las casas aparecen como glo- 
rietas entre las palmeras i otros árboles. El paseo favo- 
rito de los pasajeros es un hotel situado en una colina a 
la orilla del mar a pocos kilómetros del puerto, i al 
cual se va por un camino encantador, ílaqueado de villas 
o chozas i dejando ver entre los árboles de tiempo en 
tiempo, el mar a dos pasos, constituyendo el fondo de 
las coloniales residencias. Los indíjenas andan medio o 
totalmente desnudos, chicos i grandes ; estos últimos sin 
embargo tienen un adorno infalible, una peineta en forma 
de arco que les abarca la cabeza, retirando el pelo de la 
frente, cuando el poseedor de la peineta lo- tiene, pues 
debo advertir que la usan hasta los calvos i la calvicie 
es aquí mui jeneral entre estos indios, con lo cual se des- 
miente la creencia común acerca de la influencia de tener 
la cabeza al aire libre para conservar el pelo. 

Las mujeres son mui feas ; las bonitas i jóvenes no 
salen, dicen los nativos ; pretestos, pienso yo ; son feas, 
salgan o no salgan ; algunas chiquillas sin embargo, 
hacen exepcion a la regla i son a más mui zalameras ; 
llaman a todos los hombres /¿z/¿z i a todas las mujeres 
mamá ; a mí me salió una hijita, que no repudiaría ni aun 
fuera de Colombo» ájil, viva i delicada como una liebre. 
Los trajes de las jentes del pueblo son, en su mayoría, 
caprichosos, i cada uno hace las mezclas a su modo ; 
por ejemplo: sombrero alto i camisón ; corbata de seda 
i camisa sin ruello ; paleto de paño oscuro i medias de 
algodón blancas ; gorros de toda clase i blusas i sacos 
i nada í pantalones, o una tela envuelta i ajustada en la 
cintura, que cae hasta los pies. La población es mui hete- 
rojénea. Hai templos budistas, católicos, taoístas, indios 
i protestantes. Las escuelas están al aire libre ; un techo 
de paja sobre pilotes o columnas, forma un pabellón 
donde se juntan cientos de chicos bajo la dirección 
de un maestro de escuela primitivo. Muchos nativos 
hablan inglés, pronunciándolo a su modo ; con el tiempo 
harán un idioma nuevo. Las villas o casas particulares 
son preciosas; todas tienen su jardin i su bosque de 
palmeras, que han crecido a su antojo verticales u obli- 
cuas. Los carros i carruajes van tirados por caballos o 



— 268 — 

bisontes en jeneral. La población inglesa goza, a su 
modo ; ha instalado sus costumbres ; tiene regatas, car- 
reras, juegos de bochas i todo jénero de sport. Uno 
ve en Colombo trotar el progreso i adivina que cada 
dia algo se mejora. Salimos mui satisfechos de nues- 
tras escursiones, para Singapore, a donde llegamos el 
6 de febrero quedándonos allí hasta el 7. La entrada al 
puerto i el puerto mismo son de una belleza incompara- 
ble ; montañas cubiertas de verdura, de arbustos i de 
árboles entre cuyo follaje se descubre casas de campo 
graciosas, forman las márjenes del canal o brazo de mar 
tranquilo que conduce al puerto. La ciudad es mui bu- 
Iliciosa i poblada; los chinos constituyen casi la totalidad 
de los habitantes. Predomina en los edificios el gusto 
europeo, pero los chinos con sus infinitos i menudos 
negocios dan a la parte baja de cada casa un aspecto 
especial. Las calles están cuajadas de jentes i son cons- 
tantemente recorridas por vehículos tirados por caballos 
o por bisontes u hombres. Son conocidos los carritos de 
mano que en cada localidad tienen un nombre diferente 
por eso prefiero darles el descritivo ; los coolis o peones 
que los arrastran son de una gran fuerza i ajilidad i los 
tales carritos ofrecen para el transporte de personas i 
objetos pequeños, una gran comodidad. La joya de Sin- 
gapore es su jardin botánico en el cual la naturaleza i el 
arte han hecho maravillas combinando los accidentes, 
las sombras, la frescura, el agua y las flores ; los con- 
servatorios ó invernáculos de este jardin ofrecen una 
variedad infinita de plantas raras; jamás he visto mayor 
cantidad de orquídeas i flores del aire diferentes. En la 
ciudad, a la orilla del mar hai un paseo para la jente de 
alto tono, donde ella luce sus caballos, sus carruajes i 
sus damas; allí, a la hora de regla todo tiene un aspecto 
distinguido. En Singapore donde quiera que haya un 
prado, un árbol o un almacigo, se ve brillar, como picos, 
de gas o lámparas eléctricas, la luz de las luciérmagas 
de tamaño colosal; quien no conoce la causa toma las 
luces como fuegos fatuos. 

4> ^^ 



— 269 — 

El 13 desembarcamos en Hong-Kong; solo hemos 
tenido en el trayecto dos dias de mar desagradable a 
causa del Monson que soplaba del noroeste, a veces 
con suma violencia. Entramos a la bahia a la una de 
la mañana i la cubierta del buque se vio singularmente 
concurrida por los pasajeros que no quisieron perder 
el sublime espectáculo ya anunciado para esa hora. La 
bahia i puerto de Hong-Kong tienen pocos rivales 
en el mundo i ninguno de ellos sale victorioso de la com- 
paración. Desde que se descubre el faro ya se co- 
mienza a ver las luces diseminadas, rojas, blancas o 
amarillas i de repente, al dar vuelta un pequeño cabo, 
se descubre o mas bien se adivina de noche la ciudad 
trepándose á las montañas de la isla, en medio de cien 
enjambres de estrellas brillantes como si el cielo hubiera 
derramado a las orillas del mar, sobre sus aguas i en las 
faldas de la colina, una pañuelada de sus constelaciones. 
El alumbrado profuso de la ciudad i los focos eléctri- 
cos de los vapores del puerto son los factores de tan 
hermoso efecto. 

Tras de un buen sueño, el único tranquilo después de 
dos dias, desembarcamos e hicimos nuestra entrada en 
esta ciudad, original i linda, edificada al estilo europeo en 
su mayor parte i un tanto incómoda por la diferencia de 
nivel de sus calles i la aglomeración de chinos en ellas, 
pues los dominadores, los ingleses, apenas se hacen 
presentes por raros ejemplares, si bien su mano se siente 
en todas partes. 

Al ver estas muchedumbres que parecen brotar de la 
tierra, uno se pregunta como la población china no hace 
de las suyas, no se levanta i espulsa a los intrusos, dado 
su odio a los estranjeros, i solo se responde invocando 
la superioridad de la raza. Los chinos andan como hor- 
migas, en la parte baja i en cada puerta, en cada cuarto, 
en cada zaguán hai todavia una reserva para llenar con 
su conjunto otro espacio igupl al ocupado por los tran- 
seúntes. La parte de la montaña es mas tranquila i rela- 
tivamente está vacia. Allí habitan las familias de los es- 
tranjeros o de los chinos pudientes i las moradas de 
todos estos privilejiados son encantadoras por su como- 



— 270 — 

didad, por su lujo i su buen gusto. Abajo la jente se atre- 
pella ; no se ve sino palanquines i chinos, carros de 
mano i chinos, cargas colgadas a los estreñios de un 
palo i chinos o un chino en el medio que da al aparato 
el aspecto de una balanza. 

En las casas hai un negocio a cada tres metros con 
sus muestras de faroles pintados balanceándose sobre 
las veredas, sus letreros inintelijibles i sus grupos de 
chinos; pues en cada tienda para vender un objeto, una 
cinta, un abanico, un cigarro, se necesita veinte chinos. 
En el mercado naturalmente es mayor la aglomeración, 
sobre todo a la hora de la llegada i venta del pescado, i 
es curioso como lo conservan vivo en grandes cubas lle- 
nas de agua cuya frescura i aereacion mantienen por 
medio de molinetes movidos con los pies. De las 4 a las 
5 de la tarde hai en él 1800 compradores, mas o menos 
(yo conté un dia cuatro filas i calculé el resto) hombres, 
mujeres, niñas i muchachos, todos regateando, corriendo, 
gritando, i los pescados vivos saltando en las canastas o 
en los platillos de las romanas i balanzas rústicas. ¡El 
todo . . . .'inolvidable ! 

Para no repetirme después, dejo mis observaciones 
sobre la población china de Hong-Kong. A su tiempo 
hablaré de los usos y costumbres de este mundo estraño 
i entonces contaré cuanto haya visto o haya llegado a 
mis noticias. 

Naturalmente ya los ingleses tienen aquí sus clubs, sus 
juegos i sus diversiones, siendo las carreras una de las 
principales i un atractivo de primera clase para todos los 
aficionados de Shanghai, Cantón i Macao. 

El 17, 18 i 19 de este mes, han sido destinados a las 
carreras de ponéis. Ayer 17 hemos estado en la primera 
en el Grand Stand, al principio, por invitación de compa- 
ñeros de viaje, el señor Francis i su señora, i después en 
el palco del señor Gray a quien vinimos recomenda- 
dos por un amigo de Drucker, el señor Jarislowsky. 

Si Dios fuera un sportman en debida forma i se hubiera 
propuesto elejir el mas bello de los parajes para instalar 
un circo de carreras, no habria encontrado otro mejor 
que el destinado a ese objeto por los ingleses de Hong- 



— 271 — 

Kong^. A corta distancia del centro de los negocios, en 
medio de filas de montañas verdes, en una gran planicie 
de una escotadura sin salida aparente, ahí está la pista. 
Palcos, tribunas, oficinas, establos, todo es bueno i ha 
sido bien montado. 

Los accesos son fáciles i el camino, en los dias elejidos, 
se convierte en una feria ; a partir de donde comienzan a 
ralear las casas, los chinos establecen sus tiendas de 
campaña para la venta de mil objetos, sus cocinas al aire 
i sus juegos en mesas invisibles para el observador, tal 
es la cantidad de aficionados que las rodea; los subditos 
del Hijo del Cielo son mui jugadores; juegan á todos los 
juegos conocidos i a otros que inventan ad-hoc según el 
caso. La vía está literalmente llena de hombres, mujeres, 
niños, palanquines i carritos ; estos últimos conducidos a 
toda velocidad por los coolies, donde se les permite cir- 
cular; i toda la confusa masa se mueve en diversas direc- 
ciones sin tino en apariencia, pero sin chocarse ni estor- 
barse. 

Las carreras fueron como todas, aburridas; lo entre- 
tenido i lujoso fué el almuerzo, lunch o tiffin, como aquí 
dicen, ofrecido por la comisión a la sociedad distinguida. 
A la mesa concurrieron como trescientas personas, entre 
damas i caballeros. El gobernador de la isla presidia el 
acto ; el tiffin, mui bien servido, era selecto i abundante, 
sin escluir el champagne de primera calidad. En el palco 
del señor Gray, grande como un salón i privado como 
los otros, habia también exelentes provisiones i vinos 
delicados. 



La montaña en cuya falda se ubica la ciudad de Hong- 
Kong tiene una cima como cualquiera lo puede suponer: 
esa cima se llama el pico i este pico siendo bastante 
elevado domina las casas, el puerto, la bahia, una parte 
del mar i grandes estensiones de tierra en la isla i fuera 
de ella. 

De allí se descubre en fin un panorama como hai sin 
duda algunos en nuestro planeta, pero no por eso menos 



— 272 — 

sorprendente. No lo describo de lástima por mis lecto- 
res, pero les aconsejo cerrar los ojos i ver en su imaji- 
nacion el mejor paisaje con que hayan soñado ; , . . . mui 
bien, eso es ! El camino que condupe al pico es ancho, 
firme, unido i limpio. 

En Hong-Kong se puede vivir sin estrañar nada de las 
ciudades civilizadas en lo relativo a comodidades i go- 
zando de un buen clima. Nieva, es cierto en invierno i 
hace mucho calor en verano, pero nieva poco i con su- 
birse a la montaña se evita el calor. 

Los ingleses se apoderan en todas partes de lo mejor; 
son mui tontos ! 

Se puede dar la vuelta completa de la isla i acon- 
sejo a quien tenga tiempo la escursion ; yo no he 
recorrido sino la mitad de la distancia encontrando para- 
jes deliciosos i mirando a lo lejos paisajes ideales en cuyo 
fondo i detalles el mar, la montaña, las nubes y los árbo- 
les tomaban parte. Dos gargantas entre rocas en di- 
verso nivel han sido aprovechadas para formar los re- 
servónos o tanques colectores de las aguas de lluvia i de 
deshielo para proveer la ciudad. Estas obras son de 
indudable mérito pero su capacidad es deficiente. 



Aquí hai una buena sociedad estranjera compuesta de 
comerciantes, empleados, cónsules i militares ; los chi- 
nos se dan poco a la sociedad, a no ser entre ellos. 
Hai una buena i fuerte guarnición i siempre en el puerto 
numerosos buques de guerra. Hong-Kong, es el tercer 
puerto del mundo. 






Febrero 28. Ho7ig- Kong. — El 19 salimos para Can- 
tón embarcándonos en compañía de tres compatriotas: 
Juan Storni, Torcuato Trueco i Leandro Mataldi que iban 
a comprar mercaderías i objetos de arte oriental, como 
lo han hecho en Hong-Kong i en el Japón, elijiendo, 



— 273 — 

según lo verán en Buenos Aires, las colecciones de 
mejor gusto, de mérito intrínseco i de belleza no conven- 
cional i procediendo a veces no como comerciantes sino 
como artistas. 

El viaje, fué corto, duró cinco horas i el mar i el rio 
estuvieron tranquilos. 

El Chu-Kiang, rio de Cantón o Pearl River, Rio de 
Perlas, como le llaman los ingleses, debe su ultimo nom- 
bre al color de sus aguas; es un rio soberano con 
mareas i todos los derechos de un mar dulce ; ancho, 
formidable, que corre entre praderas i montañas, con- 
fundiendo sus ondas en los límites de su embocadura, 
con las del mar, en medias tintas i a los lados, con las 
líneas verdes de sus costas, donde la vista del viajero se 
encanta mirando las sementeras, los jardines, las aldeas 
i las pagodas de nueve pisos con sus techos livianos de 
curvas graciosas, cuyos estremos se levantan hacia el 
cielo, semejando cada pirámide un faro caprichoso en el 
desierto florido o un obelisco tallado en el tronco de 
algún árbol colosal. 

Mas adentro, ya al llegar a Cantón, las costas des- 
aparecen i en su lugar se ve masas de botes como con- 
g^lomerados, de casas con sus covachas de varillas i 
enjambres de buques con sus velas de paja, su popa 
cuadrada i su enorme rueda posterior movida por un 
aparato de pedales, por el cual los chinos tripulantes 
trepan sin subir, pues cada peldaño se baja a cada paso 
con el peso del cuerpo. 

Los botes llamados sampanes, los lanchones de rue- 
das i los buques, algunos con cañones del tiempo de las 
dinastías estinguidas, para la defensa contra los piratas 
que abundan i no pierden ocasiones, abren calle para 
dar paso a los vapores, i estos deben entrar tomando 
mil precauciones para no echar a pique las casas de 
familia flotantes, los sampanes i lanchas de alquiler que 
en número incalculable, se entrecruzan en las aguas. 

Quien no haya estado en Cantón no comprenderá la 
bulliciosa i alarmante escena, no creerá cuanto se le diga 
i ni aun creyéndolo, no se dará cuenta de los hechos, 
pues ninguna pluma es capaz de describirlos, ni hay 

Por mares i por tierras 18 



— 274 — 

pincel capaz de pintarlos. Al llegar ya a los muelles i en 
los canales que salen del rio, el agua no se ve, i sí solo 
una masa ondulante como una formidable manta hecha 
con grandes i pequeñas piezas de madera articuladas. 

Cómo pasan, cómo se mueven las embarcaciones sin 
chocarse ni destrozarse en semejante aglutinación, es un 
fenómeno sorprendente; el viajero queda suspenso ante 
él i un tanto alarmado en presencia de la confusión, de 
los gritos en un idioma raro, los silbidos, los movimien- 
tos de remos, de ruedas, de botadores, de velas, de redes, 
de madera animada i de jente; mujeres, niños, hombres, 
hormigueando dentro de los sampanes, sin defensa apa- 
rente contra una temperatura glacial o tórrida, según la 
época. I a lo lejos por fin, pegados a las costas los botes 
de flores, con sus decoraciones brillantes i de colores 
vivos que aguardan sus visitantes de la próxima noche, 
para ofrecerles en banquetes inacabables i maravillosos 
de puros estraños, las delicias chinas de un reposo arti- 
ficial por el opio, el vino, los manjares i las caricias de 
mujeres jóvenes, banquetes cuyos detalles daré en tiempo 
oportuno. 

Nos recibe el señor Hans Schubart, apoderado i je- 
rente de la casa Carlowitz i C», i nos acompaña a nuestro 
hotel, a donde llegamos en palanquines cargados por 
tres coolies (peones). No bien instalados comenzamos 
nuestras escursiones en palanquín siempre, formando 
una larga caravana por las calles de la City de Cantón, 
deteniéndonos en las sederías, en las fábricas de mue- 
bles, en los talleres de marfil, de maderas talladas, de 
papel pintado i de joyas; en los negocios de porcelana, 
de biombos, de bronces, de ropa i de calzado. 

A la noche asistimos a una comida que los empleados 
de la casa alemana mencionada, señores Hans Schubert, 
Robert Lenzeman, Gustavo Hopeler, Wilhelm Pope i 
Johann Wacker, ofrecieron a sus recomendados Mattal- 
di i Ca. Hubo música, canto, un poco de baile i mucha 
alegría, pues los jóv^enes espatriados parecieron tomar 
con ansia la ocasión de divertirse en compañía de jente 
nueva, venida de los rumbos donde tienen su patria, su 
casa i sus afectos. A los dos dias, el jerente de una casa 



— 275 — 

inglesa, señor Frederick Salinguer, a quien fui recomen- 
dado por Mr. Gray de Hong-Kong, no queriendo ser 
menos, invitó a toda la compañía viajera, haciendo los 
honores de la mesa él i su segundo señor Emilhuo ; i por 
ñn un chino de distinción, en las condiciones usuales, 
satisfizo nuestra curiosidad presidiendo un banquete en 
un boie de flores, en honor nuestro i cuyos pormenores 
irán a su tiempo. 



Cantón, — Se puede considerar a esta ciudad, la mas 
importante i característica de la China, dividida en cuatro 
partes: la europea llamada Shameen de la palabra 
¿i-rean ; la ciudad nueva o Cantón estramuros; la vieja 
o intramuros i la flotante cuyos habitantes tienen por 
casa construcciones sobre pilotes en el rio o botes 
mas o menos grandes. Las tres últimas divisiones ofre- 
cen interés al estranjero por sus orijinalidades i dife- 
rencias con el resto del mundo no chino. 

La ciudad europea, mui pequeña, está edificada en 
una isla de 2850 metros de largo por 980 de ancho, 
isla en parte artificial, formada entre el Rio de Cantón 
Chu-Kiang i un brazo o canal que corre a lo largo de 
la ciudad esterna ; dos puentes echados sobre este canal 
ponen en comunicación Shameen con Cantón; cada uno 
íle estos puentes tiene su puerta que se cierra de noche i 
abre al amanecer. 



Población de Cantón, — Esclusivamente china, calcu- 
lada en L600,000 habitantes, (los nativos dicen 2.000,000) 
pero seguramente es mayor que la de Pekin, a la cual 
se asigna L200,000 habitantes i no puede tener mas 
por su estension limitada al espacio incluido en las mu- 
rallas. Si hubiera una estadística de la mortalidad, seria 
fácil calcular el número de habitantes, pero no la hai de 



— 276 — 

nada; los chinos son ajenos a todos los elementos de 
civilización en el manejo de sus ciudades. Yo calculé a 
primera vista la población de los botes en 400»000 almas; 
después he visto en un libro que me habia quedado corto 
por mas de 90,000; una prudente cifra será pues la de 
500,000 i se comprende difícilmente cómo semejante 
cantidad de seres humanos, vive en condiciones tan 
anormales. Los botes, habitaciones jenerales o sea los 
sampanes, son especies de góndolas que están, ya sea 
ancladas cerca de las costas, ya en movimiento o sim- 
plemente atadas en series, unas con otras a cierta distan- 
cia de tierra ; allí nacen, viven i mueren cientos de miles 
de familias, sin mas casa que la cobacha ni mas espacio 
que la proa i la popa diminutas; el bote es su hogar, 
su patria i su iglesia donde los dioses familiares tienen su 
altar i son adorados ; así cuando una familia conduce su 
sampan a cualquier parte, lleva en él todo cuanto afecta 
sus sentimientos i responde a sus necesidades. 



Estado civil de las personas. — Nacimientos. — Un 
niño que nace en China, es chino, pero ninguna constan- 
cia legal establece que el Celeste Imperio cuenta con un 
ciudadano mas. El chinito es recibido por una partera> 
pues el oficio aquí es tan conocido i tan antiguo como 
en el resto del mundo (la primer partera vivió en 
Colombo, sitio del Paraíso terrenal; fué nuestra' madre 
Eva quién comenzó por asistirse a sí misma) pero nadie 
lo bautiza ni lo inscribe. El niño se cria a la moda china^ 
acepta los usos i costumbres de sus padres i sigue su 
relijion sin dar a este último punto mucha importancia 
según parece, a juzgar por el abandono de los templos 
i la familiaridad con que los chinos entran en ellos. 



Matrimonios. — El casamiento entre los chinos tienen 
algunas formas que recuerdan la captura de los prime- 
ros tiempos i hasta el peinado de las mujeres casadas^ 



— 277 — 

io trae a la imajinacion por la forma de manija del 
rodete o nudo que hacen con el pelo torcido i engo- 
mado i se acomodan en la nuca, manija por la cual se 
supone fueron tomadas. No me ha sido dado presenciar 
ningún matrimonio chino, ni aquí ni en Hong-Kong; pero 
puedo consignar sus fórmulas i ceremonias, copiando 
mis notas i traducciones, hechas a bordo, estractando 
lo sustancial del libro de Robert K. Dooglas, titulado 
Society in China, edición de 1894, libro notable a mi 
entender. 

La antigüedad i santidad del matrimonio en China son 
dos ideas consagradas ; aquí como en todo pueblo se lo 
mira como la base de la familia i los ritos i ceremonias 
con que se verifica muestran la trascendencia que se le 
adjudica en la vida. Los padres arreglan el asunto sin 
la menor intervención de los futuros esposos i comprén- 
dese, a veces para hacer su desgracia, como en el caso 
referido por el autor, de una madre moribunda que de- 
seando dejar a su hijo establecido, lo casó con una 
leprosa a quien no habia visto jamás el joven (felizmente 
la lepra es motivo de nulidad del vínculo). Un ájente 
especial interviene en los matrimonios : se llama el 
«Match maker», «el que hace yuntas, > o «el mejor 
hombre»; le llamaremos nosotros «corredor de matri- 
monios». Las ceremonias preparatorias pueden resumirse 
en las siguientes : I* Los padres del joven mandan al 
corredor a averiguar el nombre i edad de la niña; el ho- 
róscopo de los novios es consultado. 2» Si todo sale 
bien, los padres del joven encargan hacer su formal pro- 
posición. 3a Si el padre de la niña acepta, debe mani- 
festarlo por escrito. 4» Entonces los padres del novio 
envían sus presentes a los padres de la novia. 5* El 
corredor pide la designación del dia para ratificar el 
compromiso; el dia debe ser afortunado, de buen augu- 
rio. 6» El novio va con un número de amigos a traer a 
su novia, o los comisiona sin ir él ; la comitiva lleva una 
banda de música. Aceptados estos preliminares, queda 
en realidad formalizado un contrato indisoluble, aun 
cuando se trate de niños, escepto, en este caso, si uno 
de los novios padece de lepra. 



— 278 — 

Entre jóvenes el contrato puede romperse si dentro de 
los tres días, por casualidad se quiebra una taza de loza 
china (supongo que no será una taza común) o se pierde un 
objeto de valor, por considerarse esos sucesos como de 
mal augurio ; si a ellos se añade algún informe posterior 
desagradable, las partes contratantes aprovechan la oca- 
sión para anular su compromiso. Las cartas cambiadas 
para tratar del enlace son mui curiosas ; el proponente 
en su oferta se insulta a sí mismo i pone por los suelos a 
su hijo i familia i por los cuernos de la luna al padre de 
la niña, a su casa i a la niña misma; él se caliñca de 
estúpido i atrevido ; su casa es un rancho miserable i 
su hijo un imbécil; en tanto él padre de la novia vive en 
un palacio como se lo merece i su hija es una estrella. 

Las proposiciones deben ser mandadas en dia afortu- 
nado reconocido por los astrólogos; con muchas cere- 
monias se las entrega al Corredor o mejor hombre de- 
lante del altar de la familia ; toda casa respetable tiene 
uno como se verá a su tiempo. Al entregarla el padre 
hace el kot'ow, venia, inclinación, humillación, en honor 
de sus antecesores. Al recibir la carta el padre de la 
novia llena análogas fórmulas en el salón de los antece- 
sores, en presencia del maestro de Ceremonias a cuya 
palabra u orden todos se postran ante las planchas o 
placas con inscripciones de los antepasados, colocadas 
en el altar ; pero antes de recibirla el padre de la novia 
i el comisionado del novio se sitúan, el uno al este i el 
otro al oeste del salón ; el groom'sman padrino, presenta 
entonces su carta i los regalos: un chanchito vivo o dos 
gansos ; la carta se coloca en el altar. El padrino in- 
continenti es invitado a tomar té; luego se le da 
la contestación con los mismos requisitos i los regalos 
de retorno, invitándolo para una fiesta ; éste rehusa dos 
veces i acepta la tercera; tal es la regla. Una comida 
llamada el napí o la presentación de las sedas, pone 
término a la ceremonia. Cuando se manda los presen- 
tes se prepara dos tarjetas con emblemas alusivos; una 
de ellas se envia i en esa se ata unas cintas como símbolo 
de unión preparada en el cielo, pues para los chinos es 
una verdad inconcusa nuestro refrán: casamiento i mor- 



— 279 — 

taja del cielo baja. Después se transporta a la casa del no- 
vio el ajuar de su prometida en baúles cerrados, pero las 
mujeres, hermanas, parientes o amigas del novio, dice 
Dooglas, infaliblemente abren los baúles, de puro curio- 
sas, sin permiso de la dueña. Para señalar el dia propicio, 
conocido de antemano, se cambia cumplimientos recípro- 
cos; ninguno de los padres quiere ser quien lo señale por 
deferencia a su consuegro. Ya todo arreglado, el novio 
o un amigo va a la casa de la novia en procesión, con 
música, donde es recibido en el salón del altar; allí se 
bebe un poco de vino en honor de los gansos, símbolo su- 
pongo de los novios, no por ser gansos, sino por ha- 
berse bebido en honor de ellos. Entra la novia, o mas 
bien es traida, cubierta completamente; se le indica 
donde se halla el novio i ella se inclina en esa dirección 
en señal de obediencia. Dos mujeres de bu^a fortuna, 
es decir, con marido e Jiijos vivos, toman entonces a la 
novia i la conducen a su silla o litera cerrada para lle- 
varla a la casa del novio, en procesión ; una vez en la 
puerta, el padrino llama' golpeando la caja de la litera o 
silla con su abanico; la novia sale i es conducida sin 
tocar tierra, cargada, al salón del altar en cuyo centro 
arde una hoguera o hai sqIo carbones encendidos en un 
brasero; alzándola sobre el fuego, la esponen un mo- 
mento a sus llamas, para purificarla, dicen algunos, pero 
en realidad no se asigna a esa operación un significado 
seguro; es tradicional i nada mas. 

En seguida una sirviente le trae arroz i ciruelas; la 
novia prueba el manjar i después se arrodilla delante del 
novio el cual le alza el velo i la ve por primera vez ; la 
etiqueta le prohibe romper el silencio. Los novios se 
sientan en un diván i si uno resulta teniendo debajo al- 
guna parte del vestido del otro, la superstición quiere 
que ese mande en el matrimonio. Solo falta ya para la 
conclusión de tan complicado ritual, la consagración del 
enlace. El salón se llena de jente, parientes e invita- 
dos ; el novio anuncia que obedeciendo los deseos de 
sus antecesores ha tomado mujer, ante cuyo anuncio 
todos se prosternan. Los novios se retiran. En la casa 
hai una gran fiesta, comida, música i alegría; el novio 



— 280 — 

sufele concurrir a ella i sufre las bromas picantes de sus 
amigos. 

Como se vé i ya lo he insinuado, parte de estas cere- 
monias recuerdan las capturas en las sociedades pri- 
mitivas. El símbolo de tomar, representa una oreja; 
un esclavo se escribe con el signo de una tnujer i una 
mano combinado. La adición del signo de una m^ujer al 
de tomar, dá por resultado el símbolo de matrimonio. 
Las procesiones son también sujestivas. En algunos dis- 
tritos subsisten todavia los simulacros de la captura vio- 
lenta ; la novia se sube a un árbol, se parapeta i sus ami- 
gos la defienden contra los ataques de los amigos del 
novio encargados de tomarla i llevarla, lo que siempre 
consiguen. Otras veces, en medio de una fiesta prepara- 
da para el caso una banda de mozos se lanza sobre los 
concurrentes i ataca a las mujeres, entre las cuales se 
halla la futura esposa; los hombres presentes tratan de 
defenderlas o mas bien simulan hacerlo, pero ellas toman 
el asunto a lo serio i se defienden en realidad con palos, 
uñas i puños i en no pocas ocasiones los partidarios del 
novio salen molidos aun cuando siempre llevan su presa 
rendida voluntariamente o sometida. 

El divorcio por mutuo consentimiento no es raro en 
China. Cuando la mujer se escapa del hogar si el marido 
no quiere tolerarlo, la recobra por violencia, armando i 
capitaneando a sus amigos ; en estos casos la autoridad 
suele intervenir en nombre de la lei ; pero en jeneral ni 
se necesita recurrir a la violencia ni a la lei; basta la 
opinión pública con su fuerza moral para obligar a la 
mujer a volver al hogar a veces abandonado, con sobrada 
razón. Los parientes arreglan estos asuntos por lo 
común, no solo en su calidad de tales, sino porque en 
China los vecinos i los estraños se meten en todo i de 
no hacerlo se creerian cómplices de las querellas do- 
mésticas, mirando los asuntos ajenos como propios i 
tal intromisión no sorprende a nadie, como se verá mas 
claramente después. 

La poligamia no es un hecho claro aquí ; . a lo menos 
la especie no tiene los caracteres jenuinos de la ver- 
dadera que en realidad no existe con formas le- 



— 281 — 

gales. Un solo matrimonio tiene lugar con todos los 
requisitos i es el único lejítimo ; las demás vinculaciones 
se íbrraan en virtud de la costumbre i de la tolerancia a 
favor de un pretesto más o menos razonable. Una se- 
gunda mujer figura en el hogar, cuando "la primera no 
tiene hijos, principalmente ; suele ser elejida entre las es- 
clavas del marido o bien es traida de fuera; esta segunda 
mujer sirve a la otra, a la lejítima i esta compensada así, 
suele mirar como un honor que le asignen una coopar- 
tícipe en el amor, si bien no en los derechos. Una tercera 
i una cuarta mujer no sorprenderia a nadie en un hogar 
chino. El amor propio de las mujeres no se ha desper- 
tado o es mui obtuso; no perciben la degradación de su 
suerte i la ignorancia i la costumbre les impiden ver el 
horror de su situación ; pero allá en el fondo de su alma, 
estoi seguro, alguna vislumbre aparece como una idea 
confusa de esa depresión tan manifiesta para nosotros, 
patente hasta en el lenguaje familiar chino i en la caligrafía ; 
el símbolo de una mujer'x de un pecho significa una esposa ; 
astucia i disimulo significan armas de la mujer; obrar 
con arieriaj se representa por el signo acio i el signo 
mujer. Un marido hablando de su mujer cuando llega a 
nombrarla, dice <My dull Horn» mi triste espi?ia o algo 
peor (Dooglas). Puede venderla i la vende para reme- 
diar sus necesidades individuales; puede maltratarla i la 
maltrata con la tolerancia i hasta el aplauso de la socie- 
dad. Se dio el caso de un marido mui enamorado de su 
mujer i bien correspondido ; nunca le habia pegado i 
por esto se creia en ridículo ante sus amigos i la socie- 
dad ; esta preocupación labró su espíritu hasta que un 
dia sin el menor motivo la castigó tan bárbaramente que 
la dejó por muerta, el chino estúpido, mostrando así que 
él también era un buen marido. Añade el mismo Dooglas 
que las señoras chinas suelen decir a las estranjeras 
«¿les pegan a ustedes sus maridos?» i manifiestan duda 
i sorpresa ante la respuesta negativa i airada de las inter- 
peladas. 

Lo dicho es la regla, pero muchas mujeres chinas 
proceden con sus maridos como europeas o americanas, 
los engañan, los ridiculizan, los estropean, los obligan a 



— 282 — 

trabajar toda su vida, exijen todo de ellos i les pagan 
sus sacrífícios con ingratitud, deslealtad i desconsidera- 
ción. 

Sin embargo, la mujer en cualquier situación en China 
se halla indefensa i en casa de sus padres está lo mismo 
o peor que en la de su marido ; es una carga de la cual 
tratan de librarse casándola. 

Las jóvenes chinas lo saben i como casándose no me- 
joran, muchas se suicidan por no casarse o contraen 
algún voto relijioso. Una vez aquí en Cantón, ocho niñas 
se echaron al rio en una noche i se ahogaron. Los 
padres habian concertado la boda de estas infelices; 
ellas a la hora designada se vistieron de gala, se es- 
caparon de su casa i cosiendo los vestidos unos con 
otros para no separarse ni evitar por accidente la 
muerte, así unidas se arrojaron al agua. Como todo en el 
Celeste imperio es raro, contradictorio, e ilójico, a mi 
ver, algunas novias se pasan al otro estremo i se dejan 
morir de hambre o se suicidan en otra forma cuando 
muere su prometido, sin conocerlo ni de vista i sin 
amarlo, infiero. Las viudas ofrecen mas ejemplos de esta 
especie ; en ciertos distritos se suicidan en público con el 
jeneral aplauso i sin que la autoridad se entrometa en el 
asunto. 

* * 

Marzo S, Hong-Kong. — Hemos sido invitados i asis- 
tido a un tif/in en casa del señor Gray, en la montaña ; el 
camino estaba delicioso i el almuerzo fué mui agradable; 
una criatura, mas bien una muñeca, María, la hijita de 
Mme. i Mr. Gray, preciosa como la mayor parte de las 
inglesitas a esa edad, hizo el encanto de la visita ! 



Hecha esta digresión de viajero, continuo con mis 
notas de Cantón completándolas con los recuerdos de 
mis lecturas i añadiendo observaciones de mi propia 
cosecha. 



— 283 — 

Se habrá notado por lo anterior la falta del elemento 
sentimental en las relaciones chinas. La mujer por su 
posición i por la estrechez del molde en que se desarro- 
lla, no puede tener sentimientos tiernos, ni para sus pa- 
dres, ni para sus hermanos, ni para los hombres a quie- 
nes no conoce ; un hijo no puede tenerlos para con sus 
padres por cuanto la obligación prima i el deber es tan 
estricto i tan pesado que no deja lugar al sentimiento ; 
la sumisión reglada, tradicional, infalible mata el amor 
filial. La esposa i el esposo no pueden amarse porque 
ella se siente esclava i él, amo, patrón, dueño; én seme- 
jantes condiciones solo por accidente pueden nacer 
afecciones sinceras no heridas de muerte en la cuna. Es 
claro, en China como en cualquier parte las tendencias 
naturales se burlan a veces de las reglas, ritos, costum- 
bres i tradiciones, pero t^es hechos son considerados 
como no existentes. 



Deberes de los hijos. — Posición de la mujer en jeneral* 
— Esclavos domésticos. — Las doctrinas de Confucio san- 
cionaron el sacrificio del hijo en servicio del padre. Al 
romper el alba, los hijos varones i mujeres, deben levan- 
tarse i saludar a sus padres, averiguar cómo han pasado 
la noche i ponerse a su servicio con amor i devoción. Si 
se suscita una cuestión en el resto del dia, rara avis, i 
los padres están en error, los hijos pueden observárselo 
humildemente, i si su actitud no es acatada, deben some- 
terse ; si los padres se irritan i llegan a castigar a los 
hijos aun hasta sacarles sangre, los castigados deben 
redoblar sus manifestaciones de amor i suavidad (exac- 
tamente como proceden los hijos en Buenos Aires). Bajo 
la influencia de tales doctrinas, la locura, la exajeracion 
mas estravagante no deja de producirse en algunos. Las 
anécdotas ejemplares se repiten i comentan i hasta de 
las Provincias, las autoridades presentan peticiones al 
Emperador para beatificar a los hijos abnegados. Cuenta 
la leyenda que un hombre casado no pudiendo mantener 
a sus padres i a su familia, propone a su mujer matar 



- 284 — 

a su hijo único, enterrarlo vivo, nada menos, en virtud 
de este perentorio argumento : el hijo puede ser reem- 
plazado, pero el padre no ; la mujer acepta ¡ mui propio 
de sus sentimientos maternales! ; comienza a cavar la 
fosa para enterrar al inocente niño i a poco se encuen- 
tra una vasija llena de oro, premio puesto ahí por la divi- 
na providencia china como muestra de su aceptación del 
heroismo de los dos esposos. Esta leyenda trae a la me- 
moria el sacrificio de Abraham. 

Se cuenta de una joven que cortaba pedazos de carne 
de su cuerpo para preparar caldo i darlo como remedio 
a sus padres debilitados. Otra hace mil locuras ; rehusa 
casarse por no dejar a sus padres, i esto repetidas veces, 
las últimas, siendo ya un tanto madura ; cuando su padre 
muere, ella barniza el cajón fúnebre con su propia san- 
gre i sigue alimentando a su madre con la carne que 
saca a pedazos de sus muslos ; por fin, a la muerte de 
ésta le consagra un monumento. La joven es recomen- 
dada a la memoria pública por sus actos de abnegación. 
La sumisión i complacencia de los hijos llega a tal punto, 
que hombres ya viejos se disfrazan vistiéndose como las 
criaturas i jugando como niños, delante de sus padres, 
tratan de hacerles olvidar su edad i sus achaques. Otros 
para librarlos de las picaduras de los mosquitos, duermen 
desnudos a su lado. Verdaderos o no estos relatos, con- 
tribuyen a mantener i fomentar la doctrina del sacrificio, 
cuyas exajeraciones conducen a la locura i al absurdo. 



Las mujeres ocupan una posición inferior desde criatu- 
ras ; los varoncitos tienen juguetes, ellas no ; estos comen 
i se visten mejor i en casos iguales, son castigados con 
menos dureza. Ellas son despreciadas de hecho i de pala- 
bra, suponiéndoles todos los defectos i todos los vicios. 
A los hechos que he relatado al hablar de la ceremonia 
matrimonial, debe añadirse estas curiosidades comple- 
mentarias: el jeroglífico que representa a las mujeres vSig- 
nifica al mismo tiempo corrupción ; para escribir dos 
mujeres, se escribe riña, pelea, pendencia; la palabra 



- 285 - 

intriga j escrita, significa »í«/i?r también ; mujeres juntas 
se pone dibujando una figura cuyo sentido es sospechar, 
aversión, fastidio (Dooglas). Ellas no deben salir; si lo 
hacen ha de ser ocultas a las miradas, en sillas cubiertas; 
así se visitan las amigas, a menos de ser vecinas. El 
hombre, marido o dueño de casa no se muestra jamas con 
ellas ni en la puerta de calle; el esposo, ya lo he dicho, 
nunca habla de su mujer i si alguna vez se ve obligado a 
nombrarla, lo hace denigrándola. La sociedad manifiesta 
solo se hace entre hombres. Un hombre para dar algo a 
una mujer o recibirlo de ella, no la toca; tocar una mujer 
aun para salvarla de la muerte, es por lo menos impro- 
pio. Una vez le preguntaron a Mencius «si se podia sacar 
con las manos a una cuñada que se estuviera ahogando. > 
Mencius contestó : < It is wolfish not to draw out a drow- 
ning sister in law » en chino, cuya traducción dejo bajo 
la responsabilidad del autor : « es un proceder de lobo 
no sacar a una cuñada que se está ahogando». La sepa- 
ración de los sexos comienza en la mas tierna infancia, 
pero esto va modificándose. Aquí en Hong-Kong i en 
Cantón, he visto varoncitos i mujercitas, jugando juntos 
en la calle. 



El orijen de la esclavitud, está como se sabe, en la 
captura violenta ; en China se representa la palabra es- 
clavo por una mano i una m.ujer ; seguramente las 
primeras i más numerosas capturas fueron de mujeres. 
Ahora la captura ha sido sustituida por la compra ; una 
joven o niña de diez a doce años, vale de 30 a 40 taels, o 
sea de 246 a 330 francos. La causa de la venta es la po- 
breza, la miseria ; algunos maridos, como ya lo he dicho, 
venden por necesidad sus mujeres como esclavas ; otros 
las juegan i las entregan si las pierden. Los comprado- 
res exijen pruebas de la bondad de la mercancía ; un 
ensayo de algunos días sobre todo, para reconocer si la 
mujer está espuesta a enfermarse de la lepra. El modo 
de hacer este reconocimiento es mui curioso i la prueba, 
absurda, como se comprenderá: se encierra al paciente 



— 286 - 

o presunto predispuesto en un cuarto oscuro, se enciende 
luego dentro objetos que den una luz azul ; si la cara del 
encerrado se pone verdosa, el sujeto no corre peligro de 
enfermarse; si se pone rojiza, está contaminado. 

Entre amigos se considera un buen regalo el de una 
muchacha joven i bonita. Las esclavas pueden llegar como 
se sabe, a ser esposas secundarias, con lo cual no avan- 
zan gran cosa. El delito de robar una muchacha i venderla 
como esclava, es castigado por el pueblo directamente 
o por su representante, la autoridad ; las penas son azotes, 
palos, tortura o muerte, según la gravedad del caso. 

Cuando una esclava huye de casa de su amo, éste, si 
la toma, puede marcarla para evitar la repetición del 
acto i recobrarla con facilidad si se escapa de nuevo. En 
jeneral los esclavos son bien tratados i tienen familiari- 
dad con sus amos ; las mujeres sobre todo, por los ser- 
vicios que prestan a sus señoras mutiladas, incapaces de 
dar un paso con sus pies deshechos i de bastarse a sí 
mismas. Pero no son raros los casos de castigos crueles : 
hace poco en Cantón, los tripulantes de un buque salvan 
a un pobre muchacho a quien su amo, por una leve falta, 
había echado al rio atado de pies i manos para ahogarlo; 
se pone el hecho en conocimiento de la autoridad local, 
que no encuentra en el suceso nada estraordinario, pero 
los representantes extranjeros obligan al mandarin ma- 
landrín a encarcelar i castigar al criminal. 



Defuncio7ies, ritos funerarios i cementerios. — IVa- 
tando del estado civil de las personas, la lójica me obliga 
a hablar ahora de la triste materia señalada en el título 
de este párrafo. En uno de mis paseos en Cantón, por 
las troneras de la grande e inútil muralla que encierra la 
ciudad vieja, vi los diversos cementerios de la populosa 
capital, situados en las pendientes próximas, según el uso 
chino, i presentando sus infinitos nichos como bocas 
tapadas de cuevas o de minas. El espectáculo es agra- 
dable i aflijente a la vez ; la naturaleza risueña, viva, 
encanta con sus paisajes, pero las colinas con sus incon- 



— 287 — 

tables sepulcros» todos visibles i cuyo conjunto simula 
una colmena, provoca reflexiones naturalmente dolo- 
rosas. Diré de paso que en China la ubicación de los 
cementerios, su forma i orientación, como las de los 
sepulcros, no son cosas arbitrarias ; tienen sus reglas 
basadas, ¿ quién lo creyera? a veces en la hijiene, otras, 
las más, en la superstición i aun las razones hijiénicas, 
para imponerse, han necesitado disfrazarse de creencias 
en seres o actos sobrenaturales. Los muertos aquí como 
en todo el mundo civilizado o primitivo, son objeto de un 
culto; este en China es tanto más estraño, cuanto que 
corre paralelo a un desprecio inaudito de la vida propia i 
ajena : el suicidio i el infanticidio son actos comunes. 
Cuando un enfermo está por morir en una casa acomo- 
dada, los parientes lo llevan al salón del altar i lo ponen 
con los pies hacia la puerta, colocando a su lado sus 
mejores ropas, su gorro i sus insignias. Apenas muere, 
un sacerdote llamado ad koc, distribuye los espíritus del 
difunto, pues todo chino tiene tres almas, que se separan 
, después de su muerte. La distribución se hace por medio 
de encantamientos ; una de las almas queda en la tumba 
con el -cuerpo ; otra se une a la lápida ( tableta), con la 
cual es colocada entre las de los antecesores en el altar, 
i la tercera va al cielo o al infierno, mandada por el 
sacerdote. 

El miembro mas dolorido de la familia, dolorido a 
punto de no poder caminar (siempre debe ser así) pro- 
visto de un bastón i apoyándose en los brazos de otra 
persona, se dirije al rio más cercano 2i comprar 2l^w2í\ 
para esto echa a la corriente una moneda de cobre i un 
pescado chico, el cual debe anunciar al Dios del Rio la 
triste nueva; saca una taza de agua, la lleva penosamente 
a la casa mortuoria i con ella lava la cara del cadáver i 
lo hace colocar en el cajón; este es de madera dura, se 
cierra herméticamente con cimento i contiene carbón, cal 
i otros desinfectantes, no en su calidad de tales sino en 
la de consumidores del cuerpo. El asunto de la provisión 
de cajones es serio; muchos chinos se los mandan pre- 
parar en vida, en previsión de los descuidos de sus pa- 
rientes. En cierta ocasión un hijo calavera vendió el 



— 288 — 

cajón de su padre vivo i se trató nada menos que de 
aplicar la pena de muerte al irreverente por su falta 
(no se dice si el padre recuperó su cajón). 

Colocado el difunto en su sarcófago queda en depósito 
sin término fijo. 

El entierro debe tener lugar en un dia propicio de- 
signado por los astrólogos; jeneralmente la inhumación 
se hace siete veces siete dias después de la muerte i aun 
mas tarde cuando se equivocan los adivinos. Antes de 
cerrar el cajón se coloca en él varios objetos, los de 
predilección del muerto; pipas, libros, utensilios i a él 
le introducen en la boca cinco cosas preciosas (será 
para que haga negocio en la otra vida o pague su pa- 
saje) i el dia señalado para el entierro, le acercan ali- 
mentos cocinados. Al levantar el cajón para sacarlo, 
todos los presentes invitados i parientes huyen del salón, 
porque si ocurre un accidente el espíritu del muerto 
según la superstición, persigue a todos i a cada uno. La 
procesión se forma; un individuo lleva el soul cloth, 
paño de duelo (covertor) bandera de alma, un papel en 
forma de vestido con letreros, i va adelante seguido de 
otro con una bandera llena de inscripciones alusivas a 
esperanzas, votos, espresiones de confianza; i otros i 
otros mas por orden según su rango; las mujeres van 
atrás, separadas de la comitiva por una cuerda blanca. 
Uno de los acompañantes lleva un gallo para que orde- 
ne al alma no separarse del cuerpo; las tabletas o 
lápidas van en sillas o palanquines conducidas con gran 
reverencia. El simulacro del dolor mas grande llega a 
su colmo, los parientes van cayéndose, bamboleando de 
pesadumbre, aun cuando estén mui contentos, los here- 
deros sobre todo. La comitiva arroja papel moneda 
de pequeño valor para los duendes vagabundos i po- 
bres que pueden andar por ahí; llegada al enterratorio, 
junto con el cajón se baja a la tumba una olla con 
arroz i se echa un puñado de te; al arrojar la primer 
palada de tierra el sacerdote toma el gallo i lo hace 
inclinarse tres veces al borde de la tumba, ya se sabe 
el objeto de esta operación; el principal dolorido se 



— 289 — 

indina también tres veces i para terminar se quema el 
paño mortuorio, flámula (soul cloth streamer). 

La ceremonia en el cementerio ha concluido; todos 
se retiran. Los doloridos al pisar el umbral de su casa 
se purifican los pies caminando sobre paja encendida : 
llevan la tableta o lápida del muerto al cuarto principal 
donde queda cien días; celebran su fiesta i todo termina. 
Durante treinta días no se afeitan la cabeza (barba no 
tienen) ni se mudan ropa!. . . .los deudos cercanos; por 
21 meses los hijos afectan el dolor mas intenso: esto 
no oblig^a a las hijas casadas quienes no deben llevar 
dolores al hogar de sus maridos ! 

Las costumbres varian según la categoría de las fa- 
milias i otras circunstancias. Rn algunas ocasiones el 
luto no comienza sino tres días después de la muerte 
de un deudo, en previsión de que solo sea aparente. Los 
maridos se abstienen de tocar a sus mujeres por un 
tiempo ; el Emperador no puede hacer vida matrimo- 
nial durante 21 días. Uno faltó á la regla en un duelo, 
el hecho se probó por el nacimiento de un chico á des- 
tiempo; pero como al Emperador no se le podia aplicar 
la pena corporal, se salvó la dificultad desterrando su 
retrato. Los dolientes no asisten a fiestas; las viudas 
duermen en el suelo i no en su cama. Los funciona- 
rios públicos abandonan sus puestos por imposición de 
la lei, cuando muere algún pariente, durante tres años; 
en consideración a la importancia de las funciones pú- 
blicas sin embargo se hace a veces una reducción en el 
tiempo. Se comprende cuánto semejante hipócrita i estú- 
pida manifestación de duelo perjudica a la administración. 
Si un individuo muere fuera de su residencia, su cadáver 
es traído a ella y enterrado, exepto cuando la residen- 
cia es una ciudad encerrada por murallas. La incinera- 
ción es rara menos para los sacerdotes budistas i para 
otra clase déjente cuando la familia no puede costear el 
transporte- del cadáver. El entierro de los Emperadores, 
en lo esencial se hace de acuerdo con los mismos ritos, 
pero como las exijencias del gobierno son ineludibles, 
el tiempo de luto y de abstenciones estatuidas se dismi- 
nuye. El cuerpo del Emperador muerto se deposita en 

Por tnarés i por tierras 19 



— 290 — 

el recinto del palacio; el heredero se aloja cerca i se 
entrega al dolor i al llanto, bebe en honor del fallecido 
i le ofrece comidas i licores. Cuando se lleva el cuerpo a 
su última morada, o sea al cementerio o panteón de los 
Emperadores, situado como a 80 kilómetros de Pekin, 
el Hijo del Cielo nuevo, no sigue constantemente con 
la procestón de nobles, dignatarios i deudos que con- 
duce el féretro penosamente, aun cuando los caminos 
han sido compuestos i los sitios de estación prepara- 
dos; solo hace acto de presencia en parajes determina- 
dos i aparece en el panteón cuando llega el acompaña- 
miento. El entierro se verifica con análogas ceremonias 
a las ya descritas, colocando también en la tumba vian- 
das, ropas armas i objetos queridos del muerto. La 
inmolación de las viudas de los Emperadores, ha ce- 
sado por disposición de uno de ellos. Los restos de 
las emperatrices son sepultados con las mismas fórmulas. 
Al Emperador fallecido se le da nuevos nombres i títu- 
los buscando con su significado perpetuar alguna virtud, 
hecho notable o peculiaridad característica del muerto ; 
se proclama estos nuevos títulos a todos los vientos 
i bajo tales advocaciones en adelante será adorado por 
la presente i las futuras jeneraciones. 



Calles i casas de Cantón: construcción de edificios en 
China, — Las ciudades chinas son un laberinto de calles 
tortuosas, sucias y estrechas; las habitaciones que dan 
á las calles son, en Cantón a lo menos, casi todas tiendas, 
pulperías, almacenes, puestos de frutas i otros alimentos, 
oficinas, talleres, locales de negocios en fin, donde los 
dueños y empleados trabajan a la vista de los transeún- 
tes. Están materialmente rellenos de jente. Las calles 
mui angostas lo parecen mas por la cantidad de obje- 
tos depositados en las puertas, por la inmensa concu- 
rrencia, por los palanquines que apenas caben i por las 
bandas de telas pintadas, letreros colgantes, grandes 
faroles, muestras y avisos de toda especie. Las casas 
de negocio parecen tener solo tres paredes ; todo su 



— 291 — 

frente es la puerta, cuyos materiales de clausura son 
insospechables durante el dia; esta disposición es nece- 
saria para aprovechar cuanto rayo de luz se pesca en 
tales estrechuras. Para mayor conflicto las vias públicas 
están cubiertas arriba por enrejados de madera i toldos 
de paja o de tela, como si no bastara con los colgajos, 
i si las casas no fueran de un piso o bajas por lo común, 
no habría ni luz ni el aire que hai ahora en cantidad 
limitada. Las plazas son casi totalmente desconocidas, 
aun cuando se encuentra algunos sitios abiertos delante 
de los templos i de ciertos edificios o en el interior de las 
manzanas o grupos de casas limitadas por calles. 

En Pekin es cierto, hai calles anchas i plazas ; yo 
necesitaría verlas para juzgar su valor hijiénico, pero 
el viaje es ahora difícil ; el rio desde Tintzin hasta 
cerca de la capital, el Pei-ho, que lleva a Tong-tein, 
a 20 kilómetros de Pekin, está helado; para ir ne- 
cesitaría hacerlo en carro, por pésimos caminos, sin hote- 
les, ni fondas, ni posadas en el trayecto, i aun en la buena 
estación, a fines de abril i en mayo, para llegar a esa 
ciudad se requiere navegar tres dias por rio en un bote 
movido por remos o botadores, alquilar el bote, contra- 
tar su tripulación, llevar provisiones i cocinero ; aun así 
no se termina el viaje, pues del estremo del rio navega- 
ble, todavía queda el largo trecho ya indicado, que el 
viajero debe hacer en carro de dos ruedas por pésimas 
vias. Francamente el sacrificio valdría la pena si en 
Pekin uno encontrarara algo de mui característico, pero 
lo especialísimo i digno de verse, el palacio del empera- 
dor, es impenetrable para todo el mundo, exepto para los 
dignatarios, los nobles i los miembros de la corte ; i lo 
penetrable, lo accesible, es igual o inferior en su jénero 
a cuánto se vé en Cantón. Concluido mi paréntesis, con- 
tinúo. Aquí no hai coches, ni caballos, ni siquiera esos 
rodados de mano tan cómodos que pululan en Colombo, 
Singapore i Hong-Kong; solo hai palanquines i aun 
estos en número escaso. Las casas de negocio se cierran 
al anochecer i en cada una de ellas a un lado de la puerta, 
en una especie de nicho a nivel del umbral, como en los 
huecos reservados por nosotros para el contador del 



— 292 — 

gas, pero en la parte esterior, se enciende unas varillas 
hechas con aserrín de sándalo o velas pequeñas o candi- 
lejas delante de las inscripciones, o imájenes o reliquias, 
que adornan el interior del nicho ; esta ofrenda es para 
honrar los dioses i ahuyentar los espíritus enemigos de 
la casa. Algunas familias no se contentan con esto i 
mandan a un sirviente, jeneralmente una mujer vieja i 
fea, capaz de ahuyentarlos con su sola presencia, a es- 
pantarlos, con imprecaciones, gritos i golpes, colocán- 
dolos virtualmente se entiende, a veces dentro de una 
bolsa o envolviéndolos en una tela i dándolos contra el 
suelo, como para matarlos. Cada casa i cada bote tiene 
su dios o sus dioses a quienes se rinde culto, alumbrando 
su imájen comunmente. Pero no a todos los dioses fami- 
liares les va bien, pues si las desgracias se suceden con 
persistencia en una familia, ella toma medidas contra uno 
o mas de ellos desterrando, quemando, o echando al 
al agua su imájen, degradándola o deponiendo al dios 
acusado, de su oficio o sustituyéndolo con otro, como 
hacen algunos católicos con los santos. En las casas de 
negocio mas serias, he visto pequeños altares ilumi- 
nados con la imájen de los ídolos protectores del hogar 
de la clase de comercio, o del taller. Los dioses aumen- 
tan en número según las necesidades i hai uno para cada 
pasión, sentimiento o conveniencia, como entre nosotros; 
Santa Bárbara es la abogada de las tempestades i libra 
del rayo, San Antonio es responsable de los objetos 
perdidos i San Roque evita las pestes i proteje los pe- 
rros, San Ramón es el mejor partero, i así por el estilo, 
El interior de las casas no ofrece comodidades, pero 
responde a las necesidades desús moradores poco exijen- 
tes. Por cierto, las instalaciones hijiénicas son descono- 
cidas. Aquí, en Cantón, en la City, no viven las familias 
sino por exepcion, viven fuera. Las mujeres de cierta 
categoría no se muestran i cuando salen, lo hacen en 
palanquines cerrados. En cambio, los sampanes están 
ocupados por mas mujeres que hombres i estas trabajan, 
cosen, cocinan, reman, transportan sus casas flotantes, 
dan vuelta a los torniquetes sin fin de las dragas embrio- 
narias, i todo hacen llevando a sus criaturas, si las 



— 293 — 

tienen, colgadas a la espalda, como las indias de Bolivia. 
La guagua según se dice en Chile, el hijo de pechos o el 
hermanito, ocupa una especie de bolsa colgante en la 
espalda de la madre, hermana o cuidadora, mientras esta 
trabaja. 

En Cantón, al oscurecer se oye en las vecindades de 
los puentes una música estraña, discordante, aflijente, 
seguida de un cañonazo; es la señal para suspender la 
comunicación entre la City i el Shameen cerrando los 
puentes i también para aislar en el interior de la ciudad, 
unos barrios de otros, por medio de trancas o barreras. 
Es peligroso dicen, para los estranjeros quedarse dentro 
de Cantón durante la noche. Los ajentes de la Policía 
china, después de oscurecer, cada cierto tiempo tocan, a 
lo menos a orillas del Canal, cuatro campanadas segui- 
das de tres golpes de tambor ; los dos sonidos son fúne- 
bres. Al romper el dia, se oye otra música como la de 
la víspera, i la comunicación queda restablecida, comen- 
zando el hormigueo de jente en cuánto sitio se puede 
asentar el pié. 

En China no se tiene conocimientos científicos i artís- 
ticos de arquitectura; ella bajo tales conceptos, no existe; 
todas las casas intrínsecamente son iguales; los cons- 
tructores solo se cuidan de los techos para darles formas- 
livianas, encorvando hacia arriba los ángulos. En jeneral 
los edificios son bajos i de un piso ; construidos sobre pilo- 
tes, i estos por aberración, no van clavados sino puestos 
sobre pilares bajos de ladrillo o piedra; tales pilares a su 
vez no tienen cimientos, están sobre la superficie del suelo. 
Sin embargo, yo he visto en Cantón edificios en construc- 
ción, de acuerdo con reglas racionales, con cimientos 
i paredes de ladrillo. El techo con su peso debe sostener 
los pilares que provisoriamente se liga con cuerdas o- 
listones de madera; para dar peso a los techos conser- 
vándoles sus apariencias de liviandad, hacen dos, uno 
invisible i otro aparente. La forma de las casas recuerda 
las tiendas de campaña de los tártaros i parece tener ese 
orijen. No hai en China templos monumentales ni anti- 
guos ; nada es antiguo sino la rutina,, dice Dooglas, coa 
razón. La nobleza es transitoria i no hace cosas dura- 



— 294 — 

bles; además, a nadie se le ocurre innovar i por lo 
tanto en arte i en sentimientos la ímajinacion está muer- 
ta; el pueblo es susceptible de adquirir, adoptar modos 
nuevos, pero no va mas allá, acepta pero no estiende i 
cuando acepta no es voluntariamente sino por fuerza, 
siéndole mas fácil aceptar lo absurdo como lo de ra- 
parse la cabeza o deformar los pies, aun cuando esto 
creo es de invención propia; pero en fin se trasmite i 
continúa. Por sí mismos los chinos no imitan ; ejemplo, 
en arquitectura: tienen a la vista los palacios, los ban- 
cos, los edificios adaptados a su fin, cómodos i sólidos, 
i ellos continúan con sus casuchas de visera alzada. 
Kublai-Khan conquistó el Mogol, construyó una ciudad 
célebre cerca de Pekin, con palacios i monumentos; no 
queda de ella nada; el espíritu nómade dominante lo 
deja destruir todo, i esta tendencia se esplica aun, de- 
biendo considerarla jemela de la rutina. Se me dirá que 
la gran muralla i las pagodas son monumentos de arqui- 
tectura; la gran muralla es una estupidez como defensa 
i una prueba de inocencia i de baratura de trabajo como 
concepción i ejecución; las pagodas son unos galpones 
o torreones con formas elegantes, vistas de lejos; su 
disposición interna es de lo mas sencillo i primitivo, la 
ciencia nada tiene que ver con ellas i el arte mui poco 
i solo en lo decorativo i no en su esencia, en su funda- 
mento. Así en las casas, por ejemplo, los pilares insegu- 
ros, bailando bajo su techo i sobre su base, están eso sí 
decorados, pintados, tallados, i las cornisas llenas de 
arabescos i colores. El interior de las piezas es mal sano, 
el piso húmedo ; para evitar su influencia, idea mui 
china, en vez de poner algún tablado dejando abajo 
hueco, se hacen i usan zapatos de suela mui gruesa, 
ponen cojines en el suelo i se sientan i duermen en diva- 
nes. Una buena casa de las jenerales, consta de un 
patio rodeado de cuartos, de una sala en el fondo, tras 
de ella otro patio i otros cuartos, de un tercer patio tras 
de otra sala a veces i de un jardín por fin; los chinos 
son mui aficionados a las flores, aun artificiales. Una 
muralla con las puertas puramente indispensables, rodea 
el edificio, dándole el aspecto de vacio i falto de vida, 



— 295 — 

no obstante haber mucha i bulliciosa adentro, sobre 
todo en el departamento de los varones. El primer 
patio es accesible para todo el mundo menos para los 
estranjeros, i este i los demás se hallan adornados con 
arbustos i plantas en macetas. 



El mueblaje o mobiliario no es cómodo pero es bonito; 
los pisos son de ladrillo i no tienen alfombra sino cerca 
de los divanes; estos sirven para sentarse i acostarse a 
dormir; la cama es muí sencilla, un diván, una manta i 
un cilindro o trozo de madera dura por almohada, ahí 
está todo; la almohada es adorable i muestra la perfec- 
ción i dureza de las cabezas chinas i la resistencia de sus 
orejas. Dan respecto a las almohadas una esplicacion 
semi racional: la necesidad de las mujeres de conservar 
su peinado, pues peinarse todos los dias seria obra de 
romanos. Completan el juego de muebles, sillas, tabure- 
tes, almohadones, estantes con dijes de porcelana, lám- 
paras, faroles, biombos, espejos, mesitas bajas i mil 
objetos de fantasia tallados e incrustados. La vajilla se 
compone de platitos, tacitas, vasijas, frascos de porce- 
lana, ánforas, teteras i receptáculos para vino o licores, 
de formas vanadas, cucharas de porcelana, cuchillos i los 
tradicionales palitos. Ademas hai braseros, sahumado- 
res, candeleros i cuanto necesita una familia. Los servi- 
cios hijiénicos, abominables; renuncio describirlos. No 
siendo cómodas las sillas es mui chino sentarse en 
cojines o en el suelo con las piernas dobladas al modo 
oriental, costumbre a la cual, según Dooglas, hace alu- 
sión la palabra festín banquete que signifíca tam- 
bién estera, recordando el uso de esparcir alimentos en 
el suelo sobre un chuse, alfombra o tela cualquiera. Las 
leyes suntuarias establecen que las casas miren al sud, 
no por razones de orientación, de luz o de sol, sino por 
temor al Feug-Shui viento i agua dirijentes de todo, con 
existencia real i entidad propia. Es una fuerza oculta 
constituida por dos corrientes que se cruzan en la su- 
perficie de la tierra: el Dragón azul i el Tigre blanco. 



— 296 — 

representantes de los dos principios, macho i hembra de 
la naturaleza. Los conocedores del Feug-Shui pueden 
aprovechar las ondulaciones de la tierra para evitar las 
malas influencias i hasta convertir estas- en favorables, 
haciendo que el Dragón azul i el Tigre blanco se junten 
en ángulo dejando entre sus brazos o ramas un espacio 
propicio, afortunado, en el cual se edifica viviendas o se 
instala cementerios con suerte. En nombre de este mito 
temible los chinos se oponen a los ferrocarriles, a los 
telégrafos i a todo progreso con pretestos tan fútiles 
como este: los hilos del telégrafo harán sombra. Un 
plantío de árboles en línea curva en el fondo de una 
casa, un parapeto de tierra de la misma forma muí usado 
en las sepulturas para bien de los muertos, o dos leones 
puestos en la puerta, son talismanes, como los ángulos, 
contra el Feug-Shui. Las demostraciones casuales de 
las leyes hijiénicas favorecen la perpetuidad de estas 
supersticiones. En un cuartel estranjero habia gran 
mortalidad ; se hace un plantio de bambúes i ella se con- 
tiene — ¿no ven ustedes? dicen los chinos; si se ve, no 
la influencia del ángulo sino la de una valla contra 
vientos nocivos con efluvios pantanosos i miasmáticos. 
Negar la existencia de la arquitectura en China como 
arte sujeto a reglas no es negar la de ciertas obras no- 
tables, como puentes de piedra monumentales, adorna- 
dos con laboriosas e innumerables esculturas i algunos 
templos i viviendas de particulares o mandatarios. La 
edificación de los templos se debe jeneralmente a la 
munificencia del Emperador i de los ricos ; no obs- 
tante hai también suscripciones populares levantadas 
por los sacerdotes ; estos se ponen en penitencia pú- 
blica hasta obtener las sumas necesarias; uno de ellos 
hace poco se mete en un estrecho cajón arpado de cla- 
vos con la punta hacia el interior i se instala en una calle 
de Pekin declarando que no saldrá de su jaula mientras 
quede un clavo en su puesto i que no sacará ningún 
clavo sino mediante la suma de tanto por cabeza. El sa- 
cerdote vivió en el cajón dos años al fin de los cuales 
salió con el último clavo. ¡Parece leyenda! 



— 297 - 

Si las obras de ínjeniería se cuentan entre las arqui- 
tectónicas, se puede decir lo mismo de ellas: no hai 
caminos, los puentes son insuficientes o detestables, 
existen pocos canales i algunos notables de antigua 
data están obstruidos en parte u obstruyéndose. La na- 
ción no tiene puertos, ni diques, no puede poseer gran- 
des buques i está indefensa como lo ha probado, por 
incuria. Ahora, sin embargo, parece que el gobierno de 
su Majestad el Hijo del Cielo quiere hacer algo a ejem- 
plo de los japoneses. 



Alimentos, debidas, provisión de agua i otros servi- 
cios. — En Cantón i en las demás ciudades chinas supon- 
go, pues Cantón es la mayor, la mas célebre i el modelo 
de las otras en lo relativo a la materia que trato, las 
cosas pasan de este modo, comenzando por el agua. 
No hai aquí un sistema jeneral de provisión; en algunas 
casas la toman de un pozo, pero el gran proveedor de 
agua es el rio de donde la sacan i llevan a domicilio en 
vasijas diversas. El agua de los pozos debe ser mala i 
si a esta población no se la han llevado ya al otro mundo 
las epidemias, es porque los habitantes no beben sino 
agua hervida, o mas bien 'dicho infusiones calientes de 
té u otras yerbas. En las casas cuidadas el té se prepara 
de tal manera que nunca la infusión tiene tanino; en cada 
taza se pone un poco de té, se echa agua muí caliente 
i se la cubre con un pequeño plato ; de tiempo en tiempo 
se revuelve las hojas i cuando se siente su aroma se 
bebe la infusión, amarga, sin azúcar. Así a lo menos nos 
lo han dado en las casas de algunos chinos de categoría, 
comerciantes ricos que se dan buena vida. 

Un precepto relijioso prohibe comer la carne de cier- 
tos animales, los mas caros en verdad; el alto valor es la 
razón, el pretesto, la metempsícosis; pero un chino cre- 
yente solo por un milagro de Buda dejaría de comerse 
en forma de guiso o asado, a un amigo suyo ya difunto o 
a uno de sus antepasados si comiera carne de cordero, 
vaca o ternero. No obstante, que un chino agarre a tiro 



— 298 — 

un par de costillas o un plato de cabeza de vaca en salsa 
picante i ya se verá a donde van a parar los escrúpulos 
relijiosos. Los chinos pobres comen cuanto ha vivido, 
vive i vivirá: carne, pescados crudos i aun vivos i semi- 
llas o granos. No son manjares favoritos sin duda la 
carne de perro, de gato, de ratón, de caballo o de 
cuervo, animales muertos por cualquier causa, sin es- 
cluir las enfermedades contajiosas, lo que sería asunto 
serio para nosotros, pero son alimentos usuales en las 
últimas clases sociales. 

En los puestos de venta de comestibles en Cantón, se 
ve ratones, gatos i perros pelados, cucarachas, escaraba- 
jos i otras sabandijas, pájaros secos, lombrices de tierra 
i mil horrores. Cuando hai comen también langostas; 
echadas vivas en un sartén i fritas, son un regalo. La 
carne de puerco es mui apreciada i de uso jeneral; esto 
pase. Las cucarachas deben ser mui estimadas, porque en 
los platos donde las ponen para la venta, he visto a las 
grandes con una banderita clavada en el lomo, señalando 
el precio, no sé si de la cucaracha o del plato o de la 
docena. Las fondas o casas de comida en su mostruario o 
vidriera, tienen esqueletos de perro o de gato como en- 
seña i ratones colgados; algunos fonderos anuncian con 
orgullo platos con carne de perro o de gato negro guisada, 
siendo esa clase mui buscada. Hasta los médicos con- 
tribuyen en este caso a mantener la preferencia basada 
en una superstición, ordenando a sus enfermos carne de 
gato o perro negro como mui eficaces contra la debili- 
dad. A los calvos se les recomienda el uso de ratones 
como alimento. La preparación de las comidas es mui 
complicada; desde luego no les ponen sal i sí, una canti- 
dad variadísima de condimentos estraños; después, nada 
es confeccionado ni cocinado racionalmente, dado nues- 
tro gusto ; frien i guisan frutas, por ejemplo i presentan 
trozos de carne de pescado crudo. Los utensilios para 
comer siguen la misma lei de contradicciones, las taci- 
tas para beber vino o aguardiente de arroz son peque- 
ñísimas i deben ser llenadas después de cada trago, i 
para que la comida sea posible, con dos palitos maneja- 
dos a modo de pluma de escribir, reducen lo que no es 



— 299 — 

grano a diminutos pedazos i los granos van a la boca 
empujados por los palitos, gracias a que el continente, 
taza o plato, se pone a medio centímetro de los labios. 
El uso del cuchillo no está del todo escluido. Como 
muestra de los platos de una comida suntuosa daré la 
de los que le ofrecieron a un lord inglés en Hong-Kong, 
creo : — Sopa de nidos de pájaro — Pescado en concha 
guisado — Casia i hongos — Cangrejo i aletas (promoción) 
— Codornices hervidas — Delicadeces marinas fritas (me- 
nudencias) — Agallas de pescado — Rebanadas de cer- 
ceta, zarcela, abutarda — Hongos de Pekin — Tajadas 
de pichón — Beches de mar - Macarroni. ¡El lord se quedó 
con hambre! Los chinos son frugales, sobrios, viven con 
nada, i grandes aficionados a los véjetales i a los gra- 
nos, por hábito i necesidad ; « arroz i véjetales > signi- 
fica « alimento » ; un chino yendo a comer a casa de 
un amigo, le dice : vengo a comer arroz ; el sirviente 
anuncia : los véjetales están servidos. Comen también 
mucho pescado; en las barcas i en el mercado lo man- 
tienen vivo en agua salada, constantemente removida, 
para aerearla. 



Siguiendo la materia de los alimentos me parece 
oportuno describir un Banquete en uno de los Barcos o 
botes de flores, como complemento de informéis. En 
Cantón debíamos devolver las atenciones recibidas i 
deseábamos conocer también por esperiencia los Flowr 
Boats i sus curiosas comidas. Estas dos razones, nos 
hicieron buscar el medio de obsequiar con una cena en 
uno de ellos a nuestros nuevos amigos. Un chino de dis- 
tinción es nuestro supuesto invitante; los estranjeros no 
pueden por sí solos proporcionarse estas fiestas i, aun- 
que ellos paguen los gastos, como en nuestro caso, por 
una ficción aceptada, el chino elejido recibe en su casa, 
el bote, i hace los honores de ella presidiendo la mesa. 
La noche de nuestro banquete era fría i oscura, brumo- 
sa, pero el rio con las luces de sus mil embarcaciones i 
los faroles de sus Barcos de flores, presentaba un aspecto 



— 300 — 

fantástico, novedoso, casi alegre, inolvidable. La navega- 
ción hasta el lugar del banquete fué corta i entretenida, 
por la novedad del espectáculo. Eramos diez los de la 
comitiva i once con el anfitrión. El barco estaba de gala, 
sus faroles con luz, sus ventanas de vidrios de colores 
semejando un incendio i no habia sitio adecuado del cual 
no colgara una tira de papel con doradas i pintadas ins- 
cripciones. Nuestro chino vestido con sus mejores sedas 
nos recibió a bordo i nos presentó a las Flores, once 
chinitas, una para él i diez para nosotros ; él era un 
hombre culto, corredor en sedas, hablaba inglés, buen 
mozo i joven i mui amable i simpático; las once Flores 
eran jovencitas, algunas casi criaturas, mas o menos 
graciosas, chicas, de limpia tez, pelo negro abundante, 
cejas filiformes hechas a navaja, lindos ojos brillantes, 
oblicuos, admirables dientes, boca grande, con labios 
pintados en el centro como de un pincelazo, manos pe- 
queñísimas, bien cuidadas, pies diminutos calzados de oro 
i seda; su vestido era lujoso, de colores vivos combina- 
dos ; el peinado según la condición o el papel de cada 
una. Todas parecían de buen carácter i estaban mui ale- 
gres; se reian de todo cuando hablaban i cuando oían 
sin entender nada ni ser entendidas; sus modales eran 
delicados. Permitían algunas lijeras libertades o se las 
tomaban, tales como recibir o dar un abrazo culto, o 
un beso inocente en la cabeza, en la frente, la mejilla i 
por descuido en la boca, frecuentemente en la mano; 
todo ello como simple muestra de amabilidad o gaje de 
amistad i sin ulterioridades, pues de ahí no se pasaba ni 
podia pasarse. Estas jóvenes son honradas, hablo de las 
Palores, salvo exepciones, concurren a fiestas de hom- 
bres para buscar marido i suelen alcanzar el puesto de 
segundas mujeres. Nuestras Flores preparaban las pipas 
de opio, ensayándolas con su boca fresca ; una quiso 
enseñarme a fumar, yo no pude aprender, porque pre- 
feria mirarla en su empeño afanoso i contemplar su 
gracia china i su belleza, picante por lo estraña. Daban 
i recibían flores i en la mesa cada una atendía o simulaba 
atender a su elejido, colocándose tras de su silla. Acep- 
taban tomar un poco de licor o de vino en tacitas como 



— 301 — 

dedales, limpiándoles el borde i derramando unas gotas 
del líquido antes de probarlo, aun cuando nadie hubiera 
bebido en la tacita. 

He aquí los nombres de los señores que se sentaron a 
la mesa i los de las niñas Flores que respectivamente 
los cuidaban : 

Mr. Cheon Zung, atendido por Dulce Cantora. — Doctor 
Wilde, por Bella complexión. — Mr. Yau Sun, por Fun 
Kin ; sin traducción. — Mr. Happiller, por Ah Cheong, 
sin traducción. — Mr. Waker, por Ah Jack, sin traduc- 
ción. — Mr. Kat Cheong, por redonda i pulida como 
las perlas i las esmeraldas. — Mr. Shubert, por Pre- 
ciosa vírjen (cumplía 14 años la noche del banquete). 
Mr. Leuzman por Tierna de corazón. 

Además, estaban sin caballero adscrito, las Flores lla- 
madas Reposada i agradable. Graciosa i amable i Ángulo 
lindo de ojos. 

También figuraba en la mesa la señora Guillermina, a 
quien no pudiendo colocar entre los caballeros por razo- 
nes obvias, ni entre las flores por modestia, colocaré sim- 
plemente entre las personas asistentes. 

La comida fué de lo mas orijinal que yo haya visto en 
mi vida. En apariencia no había en el Bote ni cocina, ni 
despensa, ni bodega, pero los manjares empezaron a 
brotar apenas nos sentamos a la mesa como por encanto ; 
por de pronto la adornaban veintidós platitos ( los conté ) 
como para servicio de muñecas, colmados con veintidós 
sustancias diferentes : dulces, caldos, mezclas amargas, 
frutas, semillas, almendras, encurtidos, filamentos raros, 
raspaduras de cuerpos estraños, aceitunas encorvadas, 
granos verdes, rojos, negros i amarillos, vainas de ají, 
hojas, polvos, pastillas, granulos, jaleas, trozos de coco, 
rebanadas de pescado crudo, carne picada, hongos i no 
sé que mas. El aguardiente de arroz no estaba en bote- 
llas, sino en una especie de vinajeras o teteras rectan- 
gulares. La comida era compuesta de platos completa- 
mente desconocidos, para nosotros, o de mezclas inusita- 
das. Hubo como ocho sopas diseminadas a lo largo de la 
cena, en las cuales se adivinaba de vez en cuando la pre- 



— 302 — 

sencia de sustancias tratables : arroz, alberjas, pastas, 
carne picada i huevo. Entre sopa i sopa nos dieron, a 
estar a las apariencias de los manjares, jaleas, cartílagos 
de pescado fritos, guiso de tiburón, ostras fritas con 
harina a la milanesa, crestas de gallo, menudos de peces, 
piel de cabezas i cuellos de aves en salsa, tortuga her- 
vida i salsa ; dedos de patas de aves chicas con sus 
huesos ; orejas i lengua de lechon con dulce, algas ma- 
rinas, pulpas, engrudos diversos, guindas con mostaza, 
tallarines con alcaparras, almendras i maní en almíbar, un 
mundo de incongruencias, en fin, que la imajinacion mas 
fértil de un europeo no podría inventar, todas servidas en 
platitos como la mano . . . me olvidaba de otros manjares: 
coles del tamaño de las nueces, rellenas; estofado de faisán, 
con dulce de algo horrible i salsa de alquitrán, supongo, 
por el gusto i el olor. Uno se cree satisfecho sin haber 
comido nada, o come de todo sin darse por satisfecho, 
esperando la aparición de algún compuesto conocido, 
entre jentes, con el nombre de alimento. 

Sin embargo algunos platos me parecieron esquisitos 
aunque inesperados, otros de un gusto estrano pero no 
malo, varios incomibles i todos juntos capaces de satis- 
facer el apetito mas caprichoso. 

Después de veinte o más servicios, se toma un poco 
de dulce nacional, por ejemplo, maní en almíbar, o una 
compota i los concurrentes se levantan para dar lugar a 
la preparación de la segunda mesa, es decir, de otra co- 
mida análoga después de hora i media, siguiendo previo 
un nuevo intervalo, la ultima, menos larga: total tres 
cenas en la misma noche; esa es la regla. En los inter- 
medios las niñas cantan con una voz estrañísima, gritona 
i dolorida, temas monótonos, interminables, al son de 
instrumentos curiosos i bailan también a veces. El au- 
ditorio se sienta al rededor de los músicos; cada invi- 
tado con su chinita al lado o donde ella quiere (i suele 
antojársele sentarse infantilmente en las rodillas de su 
caballero) a tomar café i fumar cigarrillos. 

La flor mía no hizo semejante acción pero en cambio 
se apoderó de mis guantes, metió en ellos sus manos 
microscópicas i a pesar de sobrarle la mitad de cada 



— 303 — 

dedo i otro tanto de la palma, se quedó con ellos acep- 
tándolos como un obsequio de mérito. A otra muy bo- 
nita quise darle una moneda, la moza en cambio acepta 
gustosa un pañuelo de seda rosado que por casualidad 
tenia yo en el bolsillo, como muestra de una sedería. 

Vecino a nuestro bote había otro i mas allá otro i 
otros, todos con su respectiva comparsa de aficionados 
a las cenas, pues los chinos son muy amigos de divertir- 
se i lo hacen en grande, prefiriendo en Cantón las cenas 
en los Botes con accesorios vedados á los estranjeros. 
Los instrumentos de música son dignos de una corta 
noticia. Tres había en nuestro Banquete: el uno era 
compuesto de un plato semi esférico, puesto con su 
convexidad hacia arriba entre tres palos cruzados i de 
un pedazo de madera dura fijado a uno de los palos que 
golpeado daba un sonido metálico. Una niña tocaba 
plato i madera con dos palillos de tambor. El segundo 
instrumento era una guitarra de caja circular muí pe- 
queña i de mango muy largo, con tres cuerdas. El tercero 
un violin mui raro : se componía de una tabla cuadrada 
con una regla plantada verticalmente en el medio ; en la 
tabla a cierta distancia del pié de la regla se atan dos 
cuerdas que van a fijarse arriba en el estremo libre, por 
medio de dos grandes clavijas ; estas sirven para tem- 
plarlas ; una varilla ríjida metida entre las dos cuerdas 
completa el instrumento; es el arco del violin que las 
hace vibrar cuando el ejecutante lo pasa entre ellas. No 
hablaré del servicio de mesa por ser ya de todos cono- 
cido el jénero chino ; el nuestro era liliputiense ; teníamos 
una cuchara de porcelana para todo, ancha i petiza; 
esta hacia exepcion a las miniaturas, con su contenido 
se podia llenar dos platos ; un cuchillo i dos varitas de 
marfil cuyo difícil manejo nos fiíé ya familiar al fin de la 
comida. La lista de manjares que he dado antes como 
servidos en el banquete del Rio de las Perlas, aparte de 
las menudas golosinas puestas en los numerosos pla- 
títos, ha sido un tanto fantástica, lo confieso, con rela- 
ción al hecho real de esa, aun cuando no con relación a 
las costumbres, pues pasaría por moderada y sencilla 
ante cualquier chino tunante. Y sí alguien lo duda, aquí 



— 304 — 



tiene para tranquilidad de su conciencia la lista autén- 
tica de los componentes de nuestra cena, traducida de 
los orijinales chinos que conservo, primero al inglés por 
nuesto anfitrión i luego al castellano por mí: 



Nidos de golondrina a la 

mandarin. 
Aletas de tiburón. 
Pescado fino seco y patos. 
Perca manchada (un pez de 

agua dulce). 
Sopa de setas (hongos). 
Sopa de mollejas de oveja 

Tortuga. 
Pollo con alberjas tiernas. 
Morcilla de camarones con 

carne gorda de cangrejo. 
Pasta de almendra. 
Sopa de fideos. 
Bocadillos ^ harina. 
Masitas esponjadas. 
» en almíbar. 
» solas. 



Pasas de uva americanas. 

Albóndigas de manzana sil- 
vestre. 

Pescado seco. 

Ciruelas secas. 

Castañas de agua del Río 
Zin. 

Toronjas. 

Caña de azúcar. 

Ostras. 

Guiso de pescado. 

Camarones 

Pollitos con hongos. 

Pato i vejetales. 

Pollo i vejetales. 

Huevecillos de pescado. 

Cangrejos secos. 



Servicio de limpieza —Esto es una hipérbole en China. 
Ya hemos visto como la pobreza insinúa i después esta- 
blece una perversión del gusto en materia de alimentos; la 
misma pobreza hace posibles ciertas prácticas rudimenta- 
rias de hijiene, siendo los infinitamente miserables los en- 
cargados de llevarlas a efecto : todos deben trabajar ; he 
visto pocos mendigos en Cantón i aun estos pocos no 
eran incómodos; no hai mas ociosos en China que los 
literatos de quienes hablaré a su tiempo. No existen casi 
en las ciudades arreglos sanitarios ni drenajes, permítase 
el indispensable anglicismo. 

En Cantón y peor será en otra parte, los gabinetes 
indispensables de las casas, constan de un cajón sobre 
un pozo o conteniendo una vasija removible; el cajón 
naturalmente está provisto en su tabla superior de una 



— 305 — 

abertura circular. El contenido de la vasija después de 
uno o mas días de servicio, es trasvasado a otra mayor i 
esta a su vez, a la de los que han de transportarla al 
campó o al rio. Lo mismo se hace con las basuras. Los 
h'quidos impuros, aguas servidas, i otros, son simple- 
mente derramados en la via pública; los propietarios mui 
escrupulosos los echan en los pozos domiciliares. Indu-* 
dablemente hai una providencia aparte para los chinos i 
nadie es capaz de creer hasta qué punto ella los favore- 
ce ! Las epidemias de cólera, de viruela, de peste bubó- 
nica, tifus i otras, entran i salen en las ciudades i aldeas 
mui pobladas i mui sucias, cuando quieren i como quie- 
ren; la autoridad no se entromete en el asunto i el pue- 
blo menos ; ni hacen ni pueden hacer cosa alguna para » 
evitarlas ni para desterrarlas. ¡Espliquen esto los médi- 
cos, pero de buena fé i sin recurrir a bromas ! Una 
epidemia en Cantón según el criterio científico, no debia 
concluir sino con la vida del último de sus moradores i sin 
embargo esta ciudad tiene cerca de 2.000.000 de habi- 
tantes i ha sufrido cien pestes de todas las enfermedades 
infecciosas mas mortíferas. Las fuertes epidemias duran 
un tiempo i un buen dia se van sin darse lugar ni 
para decir adiós. Esplique quien quiera el fenómeno; 
para mí la única esplicacion racional es la siguiente : los 
microbios de la incuria habitual son mas fuertes que los 
de las epidemias i derrotan a sus enemigos al fin en la 
lucha a sangre i fuego. 



Sombreros , vestidos i calzado, — La característica 
del vestido chino es la amplitud ; todo debe ser sueho, 
cómodo ; las piernas deben estar libres, lo mismo que 
los brazos i el cuerpo. Las líneas esculturales griegas 
causan horror a los chinos ; las estatuas son una abomi- 
nación ; un robe de chambre (bata) arrastrando por el 
suelo es el ideal. Comenzaremos por arriba. Como una 
divisa de conquista los manchu obligaron a los chinos 
varones a raparse la mitad frontal de la cabeza i formar 
una trenza con el pelo restante posterior. Los nativos 

Por tnares i por tierras 20 



~ 306 — 

resistieron esta imposición que miraban como una afrenta 
levantándose en armas i haciéndose matar. Ahora se re- 
belarian contra el Emperador i sacrificarian su vida si 
éste quisiera imponerles la obligación de cortarse la 
trenza i dejarse crecer el pelo en toda la cabeza. 

La mayor injuria que se puede hacer a un chino es cor- 
tarle ese apéndice ridículo. Para qué sirve i a qué res- 
ponde la costumbre de raparse media cabeza ? Para 
nada i a nada útil, a no serlo el "dar ocupación a los 
peluqueros. Ninguna esplicacion racional se da del hecho 
i prefiero no repetir las mas acreditadas para no decir 
necedades. Desde el levantamiento de los T'aipMugs, no 
obstante i de otros rebeldes, dejarse crecer el pelo i 
cortarse la trenza son actos mirados entre ellos como 
signos de oposición a la actual dinastia i el que no se 
amolda a la regla corre riesgo de espiar su falta en el 
cadalso. Las mujeres jóvenes llevan por todo adorno en 
la cabeza su pelo peinado i algunas joyas. Las vírjenes 
dividen el cabello por una línea mediana ántero-posterior, 
lo estienden por los lados cubriendo las orejas i llevan 
las dos divisiones hacia la nuca para formar un torsal ; 
éste se desvia a un lado i se acomoda en forma de espiral 
tras de la oreja, atravesado por uno o mas alfileres largos. 
Las casadas hacen lo mismo su peinado hasta la construc- 
ción del cordón posterior ; de ahí parten las diferencias; 
forman con él una ansa, o arco vertical como una manija 
i envuelven en su base el resto del pelo en espiral, sepa- 
rando por un alfiler largo la manija del espiral o inter- 
poniendo una joya de forma adecuada, o su simulacro, 
entre la ansa i el rodete ; todo el aparato se hace direc- 
tamente sobre la nuca. Las vecinas un poco maduras 
casadas o solteras, sobre todo si son algo calvas, i la 
calvicie prematura en las mujeres es mui jeneral aquí, 
usan una vincha escotada en el medio i naturalmente 
mas ancha en los estremos que caen cubriendo las orejas. 
Viejas i jóvenes ( las viejas son mui presumidas aquí .... 
i en todas partes) adornan su peinado con flores natu- 
rales o artificiales i alfileres, prendedores u horquillas, 
joyas a veces de gran valor i significativas ; estas cons- 
tituyen un recurso en situaciones angustiosas, yendo a 



— 307 — 

parar al monte pió, conocido i usado por casi todo el 
mundo aquí, o sirven como gajes de aprecio, de gratitud 
i de amor ; ver desaparecer de la cabeza de una mujer 
un alfiler de mérito, dice Dooglas, induce en sospechas 
semejantes a las de Ótelo por la pérdida del pañuelo 
de Desdémona, aunque no de tan terribles consecuen- 
cias. Matizan algunas jóvenes su peinado con piedras de 
colores vivos, que resaltan en el fondo negro, lustroso 
como ébano bruñido. Para mantener el pelo en posición 
lo engoman formando con él una especie de casco en la 
cabeza, duermen teniendo por almohada un trozo pequeño 
de madera en que apoyan la base posterior del cráneo i 
no tocan su peinado en muchos dias por no ser cómodo 
emprender semejantes construcciones cada veinticuatro 
horas. 

La gran sabiduría de los chinos al conservar estas 
modas para las mujeres se revela en la economía ; una 
señora o niña en Europa o América gasta a lo menos 
quinientos francos en sombreros por año ; en China una 
mujer vive dos años con quinientos francos i si a mano 
viene mantiene a su familia. 

Pasemos a los hombres. El sombrero de los pobres 
es cualquier cosa puesta sobre la cabeza o nada, pero 
mas jeneralmente un cono de gran base i exigua altura, 
hecho de paja, mimbre tejido o entrelazado o de tela 
figurando una campana mui abierta en sus bordes, pin- 
tado o no. El diámetro de estos sombreros en las 
alas es de medio metro a setenta i cinco centímetros 
i cuando uno de ellos se encuentra con un palan- 
quín en las calles de Cantón ni el palanquín ni el 
sombrero pasan si el sombrero no se coloca como un 
escudo sobre el pecho de su dueño. Otro sombrero que 
parece pertenecer a una categoría mas elevada o a em- 
pleados oficiales, tiene la forma de la parte menos gruesa 
de un huevo, resultante de la sección perpendicular a su 
eje mayor cerca del estremo agudo ; puesto en situación 
normal representa una taza dada vuelta. El cubre cabeza 
mas jeneral es el gorro, lo usa toda clase de jente i es 
mas o menos rico, de algodón, seda o terciopelo, según 
los medios i presunción del dueño ; lleva un botón o perí- 



— 308 — 

lia en el centro, hecho por un cordón grueso entrelazado, 
de color rojo. El sombrero de la jente oficial, mandarines, 
dignatarios, oficiales i empleados, tiene dos formas, la del 
semihuevo ya descrita i la de un tronco de cono con la 
base arriba. El botón en los gorros o sombreros rije 
desde la elevación de los Manchues i sirve para distinguir 
las jerarquías ; es de oro en el de los oficiales i ro- 
deado de perlas ; en el de los jenerales, cercado de bri- 
llantes i piedras preciosas. El gorro cambia según la 
estación ; en verano es un cono de paja adornado con 
cintas que irradian desde el vértice o botón ; en invierno 
lo dan vuelta hacia arriba i lo cubren con seda oscura 
o cintas semejantes. La lei señala el dia del cambio i éste 
se hace aun contra la voluntad del termómetro i del 
barómetro. 



El vestido de los trabajadores, con variantes según 
los medios del sujeto o su categoría, se compone de una 
camiseta larga con mangas que caen hasta mas abajo de 
las manos, especie de camisón cuyas faldas se meten en 
unos pantalones incompletos, pues solo por delante 
alcanzan a la cintura donde se sujetan con una cinta o 
cuerda ; de un chaleco mui largo también, sobre la cami- 
seta i de un pantalón atado como calzoncillo en la pierna, 
cerca del pié, o suelto i corto. Hai o no hai medias, 
según los casos i lo mismo ocurre con los zapatos. 
Los chinos solventes, tienen el mismo vestido con 
estas variantes : sobre la camisa interior va una bata 
larga o robe-de-chambre, de mangas desmesuradas i 
sobre esta, un chaleco o mas bien, saco sin mangas, mui 
largo i mas o menos rico. Los elegantes llevan en cali- 
dad de medias unas polainas ajustadas de jénero de seda 
no elástico, cosidas abajo a una babucha de gamuza o 
tela blanca que forma el pié de la media ; también se 
usa medias como las nuestras, de punto, de hilo, lana, 
seda o algodón. Las mujeres usan las polainas descritas, 
con bastante jeneralidad. El vestido de los mandarines se 
ciñe a una ordenanza en sus adornos, conservando las 



— 309 — 

formas jenerales. Como todo en China es al revés, lo 
repetiré cien veces, las mujeres se visten como hombres 
i los hombres como mujeres ; a la vista ellos no ofrecen 
sino un pantalón muí ancho i recto que cae hasta media 
pierna i un saco suelto de mangas anchísimas, que esten- 
dido, representa una T de palo mui grueso ; algunas 
veces las mangas no son rectas, sino en forma de cam- 
pana, i los pantalones cubiertos o reemplazados por una 
enagua de poco vuelo, o mejor dicho, una manta en- 
vuelta desde la cintura hasta los pies. La inmensa mayo- 
ría de las mujeres no lleva sino los pantalones i el saco 
mencionados, que a lo lejos les da el aspecto de mucha- 
chos vestidos con ropa mui ancha. El traje de las muje- 
res ricas no varía sustancialmente en la forma, sino en 
la calidad de las telas ; el de las esposas de los mandari- 
nes, obedece a reglas ineludibles ; conserva el corte jene- 
ral, pero debe ser adornado con bordados i cintas de 
colores ; la túnica que baja hasta la rodilla, lleva botones 
en el cuello i debajo del brazo derecho ; los pantalones 
llegan hasta los tobillos. En los grandes dias se añade 
un saco cuadrado, mas o menos bordado, que cae a 
plomo por delante i por detrás. No he visto ningún chino 
ni china con guantes (eso esplica las mangas escesiva- 
mente largas) ; tampoco he visto en ninguna tienda guan- 
tes en venta ni cosa que los reemplace. Iba yo en mi 
palanquin por una calle de Cantón, i llevaba la mano 
fuera con un guante oscuro ; un chino curioso, no espli- 
cándose sin duda cómo un hombre de cara blanca podia 
tener una mano negra, me la tomó i la revolvió a su gusto; 
no sé qué pensó en seguida. En otra ocasión he referido 
cómo una chinita me despojó de mis guantes ( Banquete 
en un Barco de Flores). 



Pasemos a los pies. Los chinos pobres andan sin zapa- 
tos. Los más socorridos usan un calzado de planta su- 
mamente gruesa, pero de diversa confección. La forma je- 
neral del zapato representa un zueco, de punta mui roma 
i levantada, puesto sobre una planta corta que no llega 



— 310 — 

al cstremo anterior ; esta planta es de cualquier material 
apropiado^ elástico i fuerte al mismo tiempo : suela, cá- 
ñamo, papel preparado ; el borde grueso está o no for- 
rado por una tela barnizada o cuero ; el resto del zapato 
es de tela mas o menos rico, bordado o no, según el lujo 
o el gusto del comprador, i con un cordón que divide la 
punta en dos partes laterales ; la planta no es plana en 
su cara inferior, en los zapatos de mujer, sino convexa, 
como un bote ; algunos zapatos tienen un taco alto cen- 
tral; otros, dos tacos, dejando un espacio entre sí i figu- 
rando el todo un puente sobre dos pilares a imitación de 
los zuecos de madera japoneses que representan neta- 
mente un banco. En los zapatos bordados de las mujeres, 
la planta es de suela o de fieltro i el jénero de la cape- 
llada, lados i talón, de seda o terciopelo. Se hace también 
calzado en forma de bota, añadiendo a los zapatos una 
caña o especie de polaina para abrigar la parte inferior 
de la pierna ; este calzado es de lujo i lo usa la jente de 
alto rango. 



Me parece oportuno ahora hablar de la bárbara i cruel 
manipulación i tortura a que someten los pies de las mu- 
jeres en cierta clase social, desde la infancia hasta el fin 
de la vida. El hecho constituye una aberración completa 
i una ofuscación, no solo de todo sentimiento estético, sino 
también de toda concepción racional, a tal punto que los 
mismos perpetradores de la monstruosidad, ni dan, ni 
intentan, ni pueden dar esplicacion ni disculpa de ella. Yo 
habia leido la descripción de los procedimientos para 
cambiar la forma i el volumen de los pies en China, pero 
no me daba cuenta exacta de los trastornos anatómicos 
consiguientes ; necesitaba ver un pié deformado, des- 
nudo, para formar mi juicio, i con este propósito intenté 
varias veces en Hong-Kong i en Cantón, decidir a diver- 
sas mujeres de pobre apariencia, a mostrarme sus pies, 
ofreciéndoles una remuneración, pero no pude conse- 
guirlo ; la repugnancia a dejarse examinar era mayor 
que el interés. Felizmente, Dios me ha dotado de cierta 
tenacidad útil a veces» i a favor de ella i mediante los 



— 311 — 



buenos oficios del doctor Jordán, he podido satisfacer 
mi deseo i estudiar detenidamente en el Alice Hospital 
de Hong-Kong, los pies de una mujer sometidos a la 
compresión desde hacia quince o veinte años, costán- 
dome no poco trabajo el logro, pues habiendo conve- 
nido con el doctor Jordán, después de varias tentativas 
de mi parte, sin éxito, en ir un dia señalado al hospital, 
donde por influencia de un médico chino, pero educado 
a la europea, se encontraria una dama pobre, de pies 
achicados, fui a la cita i la mujer no estaba; a última hora 
habia rehusado prestarse al examen. Viendo mi contra- 
riedad, el mismo médico salió del hospital i fué a buscar 
otra mujer a quien trajo consigo i esta fué la examinada. 

Copio al márjen el aspecto 
esterior de uno de ellos, tomado 
de los dos lados, siendo el otro 
igual, con el dibujo del botin cor- 
respondiente, i pregunto a cual- 
quier persona por china que sea, 
si encuentra lindo ese pié, si 
cuando mas llega a no encon- 
trarlo monstruoso, repelente. 1 
sin embargo, eso les gusta a los 
chinos ! Verdad es que jamás 
los ven i será eso una espli- 
cacion de semejante gusto ? ; 
pues aun las mujeres casadas, 
no muestran jamás sus pies desnudos a sus maridos i mu- 
cho menos a los estraños ; parece que presintieran el mal 
efecto de la repelente monstruosidad. En la calle se cubren 
los pies con la ropa, i cuando la túnica no alcanza al suelo, 
se agachan para bajarla i ocultarlos. Esta repugnancia a 
mostrarlos se encuentra hasta en las mujeres mas pobres 
i mas dejadas de la mano de Dios, como lo prueban mis 
tribulaciones para conseguir un ejemplar. 

Cuando la deformación no es mui antigua, los dolores 
al caminar o estar de pié, son atroces ; he visto desem- 
barcar a la joven hija de un personaje chino, cargada a 
babucha por una mujer, quien para bajar la escalera, 
dejó a la pobre niña un momento en el descanso ; ésta, 




— 312 — 

no pudiendo tenerse en pié, dio un grito de dolor i por 
ocultar su llanto, cubriéndose la cara de vergüenza, cayó 
sobre los hombros de su aya. Probablemente la tortura 
estaba en su apojeo i seria de la clase mas rebuscada, 
pues hai de diferente grado. A los cinco años se comienza 
el trabajo por la madre o por alguna amiga o sirviente. 
La criatura es colocada en su cama ; la manipulante le 
toma entonces el pié i lo coloca en estension forzada; 
dobla los cuatro dedos hacia la planta, dejando libre el 
mayor i aplica un vendaje en forma de ocho, compren- 
diendo la articulación ; al dedo mayor algunas veces se 
sujeta con una parte de la venda para revertido hacia el 
dorso del pié o simplemente comprimirlo hacía su articu- 
lación última posterior, a fin de evitar el desarrollo. Este 
es el primer grado de la tortura que se mantiene por mas 
o menos tiempo. El segundo grado consiste en la aplica- 
ción de una canaleta de madera al talón, hacia cuyos 
estremos se procura juntar la parte posterior de la pierna 
i la planta del pié forzando la estension del pié ; de ello 
resulta con frecuencia una dislocación violenta de los 
huesos i siempre, al fin del tiempo, una luxación paulatina, 
pero segura. El tercer grado es más espeditivo ; el ver- 
dugo, la madre jeneralmente, toma el pié de la criatura con 
una mano i la piernita con la otra; coloca el talón sobre 
su rodilla i tira hacia atrás con fuerza, como quien trata de 
romper una varilla; de esta violencia resulta una disloca- 
ción de huesos (no siempre la misma) el calcáneo pierde 
su posición horizontal i adquiere una casi vertical; la 
tibia i peroné resbalan hacia adelante sobre el astrágalo 
i forman una prominencia anterior ; el calcáneo natural- 
mente, se safa de su articulación con el cuboides i el as- 
trágalo. Como consecuencia de tan espantoso trastorno, 
los sitios de aplicación de las potencias i resistencias en 
la estación vertical, se han cambiado, i la actitud del 
cuerpo para mantenerse en equilibrio, es enteramente 
anómala. Mas tarde, cuando las luxaciones ya viejas, per- 
miten la marcha i la estación, las compensaciones se han 
establecido i la estación i la marcha dan al cuerpo i a 
sus movimientos una actitud i un sello particular. Como 
la articulación del pié con la pierna queda suprimida, la 



— 313 — 

de la tibia con el fémur es inútil para la marcha, no entra 
en acción en. ella, i como consecuencia, el acto de cami- 
nar se verifica a espensas de la articulación coxo-femo- 
ral i naturalmente, considerándose un tallo ríjido desde 
ella hasta el pié, suprimidas como están la articulación 
de la rodilla i la astragaliana, el fémur, al moverse, jira 
un poco hacia adentro por necesidades mecánicas de 
equilibrio i la marcha resulta ondulante, no solo por esta 
causa, sino por la exigua base dentro de la cual pasea 
el centro de gravedad en el piso. Final estético : las mu- 
jeres de pié deformado, caminan bamboleándose con 
pasos cortos i vacilantes, como si se fueran espinando; 
algo inclinadas, desde la pelvis arriba, hacia adelante i 
estendiendo en la misma dirección los brazos como si 
temieran caerse. Otra consecuencia : como tener el pié 
deformado es signo de aristocracia i favorece singular- 
mente el matrimonio ventajoso, las mujeres que tienen 
pies naturales, imitan el modo de caminar de las de pies 
contrahechos i para facilitar la imitación, usan zapatos 
de base convexa. El bamboleo o la oscilación sui jeneris 
i la actitud del cuerpo femenino en la marcha concluyen, 
en virtud de una asociación de ideas, a veces insanas, 
por parecer agradables, en seguida atractivas i por fin 
encantadoras, cuando en el estremo superior se en- 
cuentra una cara bonita. 

Todavia seria un consuelo que la tortura durara solo 
algunos años ; no es así, dura toda la vida, pues apenas 
se suprime el vendaje, la naturaleza tiende a restablecer 
las formas primeras. Las mujeres pobres que necesitan 
trabajar, las de los botes, por ejemplo, no se deforman los 
pies. La costumbre es enteramente china ; los manchus no 
la tienen. Varias reacciones contra esta barbarie se ha 
iniciado ; los cristianos de Ning, por ejemplo, son reaccio- 
narios, pero son mal mirados por sus compatriotas. Algu- 
nos institutos han intentado la reforma, pero han debido 
retroceder ante esta consideración : suprimir el pié de- 
formado, es suprimir el matrimonio ventajoso, o condenar 
a las jóvenes al celibato en ciertas clases sociales. Por 
último, las costumbres pueden más que las leyes. Como 
compensación a los padecimientos las pobrecitas jóvenes 



— 314 — 

tienen la perspectiva de usar zapatos (aun cuando solo 
sea en la punta del pié monstruoso) mui chicos» de 7 ¿ a 
8 centímetros de largo, mui bordados i mui ricos ( los 
duelos con lujo son menos ) i la ventaja de ser canta- 
dos por los poetas en versos encomiásticos, sino al 
horrible pié, a lo menos al sujestivo bamboleo en la 
marcha, que es su consecuencia. 

Yo comprenderia -una tendencia a atrofiar los pies en 
Inglaterra o Alemania; no así en España i América o el 
Japón ; i no comprendo por tanto la costumbre en China 
donde las mujeres por constitución tienen unos pies chi- 
cos preciosos como sus manos en miniatura, admirables. 



Para concluir con lo relativo a los adornos corpora- 
les, mencionaré el hábito de pintarse en China con blanco 
i rosado la tez ; el de afeitarse una parte del grueso de 
las cejas hasta reducirlas a una línea fina, negra, mas dis- 
tante del ojo, lo que da a este mayor belleza ; el uso de 
estuches de seda terciopelo o gamuza mas ó menos bor- 
dados i decorados, para las orejas ; el de lentes o anteo- 
jos, manejados, los primeros, con estrema coquetería; él 
del paragua o quitasol i por fin el uso inmortal del abani- 
co no solo para echar viento i refrescar la cara sino para 
mandar mensajes, dar contestaciones, hacer promesas, 
señalar entrevistas i resolver otros misterios. El abanico 
a veces sirve de álbum donde se escribe poemas cortos, 
versos, declaraciones amorosas o se dibuja i pinta flo- 
res, retratos, paisajes o escenas alusivas. Las damas 
chinas suelen cambiar sus abanicos como signo de apre- 
cio o amistad e inscribir en el propio, fechas memora- 
bles, confesiones de gratitud por servicios notables o 
apuntes sobre hechos de trascendencia en la vida. El 
abanico en China «sirve también como en Europa i el 
resto del mundo, para disimular sonrisas, cubrir lágrimas 
i ocultar rubores. Los paraguas de las damas notables 
suelen llevar pinturas alegóricas destinadas a mostrar 
los méritos i categoría de su dueña. 



— 315 — 

Hábitos sociales, — A los ya iniciados o bosquejados 
en el curso de este trabajo, debo añadir por ahora, 
ciertos otros característicos, sin renunciar por ello a 
hacer nuevas referencias, cuando la ocasión se presente 
en adelante. 



Visitas, — La cortesía i la adulación de fórmula es de 
regla como la propia denigración ; el visitante manda 
con sus criados una tarjeta concebida en estos términos 
u otros análogos al visitado : « Vuestro estúpido herma- 
no menor, inclina su cabeza para saludaros». En la con- 
versación la casa del visitante en su opinión: es una 
choza inmunda, la del visitado, un palacio; este piensa 
todo lo contrario i se escusa de recibir a tan ilustre per- 
sonaje en tan humilde e indigna habitación. En el diálogo 
las frases de indagación son siempre indirectas ; ejem- 
plo : c está bien el honorable carruaje de usted » quiere 
decir : « está bien el que lo guia, a usted». Si el caso lo 
permite se pregunta la edad del interlocutor para elo- 
jiarlo si esta es avanzada; se hace mención de los padres 
o parientes, nunca de las esposas, a menos de ser para 
llenarlas de injurias. 



Las comidas son infinitas pero en la mesa no se sien- 
tan sino los hombres; las mujeres no comen jamás con 
sus maridos, como se sabe, ni antes que ellos ; en realidad 
no hay contacto social sino entre hombres. Ya he dicho 
que las comidas se dividen en actos ; en los intermedios 
se hace música o se juega, cosa rara, comunmente a la 
murra, juego italiano al cual los chinos son muí aficiona- 
dos ; el que pierde está obligado a beber un vaso de vino 
o licor ; al fin de la mesa los literatos hacen versos i el que 
comete faltas bebe, como los poco afortunados en el 
juego. 



— 316 - 

Jardines, — Es conocida la lujosa flora china i la afi- 
ción de los chinos a las flores; su gusto para cultivarlas 
i distribuir o agrupar los macizos es tradicional i esqui- 
sito ; en el mas reducido espacio de tierra simulan par- 
ques, inventan colinas, preparan sorpresas, colocan 
puentes, construyen laberintos i por medio de una atina- 
da plantación de arbustos i accidentes de terreno crea- 
dos, esconden los límites de su pequeño jardin. Cual- 
quiera de estos deliciosos reductos les ofrece el pretesto 
de comidas i diversiones campestres; allí pasan los dias 
de fiesta i vuelven a su trabajo de tan agradables escur- 
siones, con nuevos brios. Las épocas preferidas son na- 
turalmente las del brote de las flores. 



Diversiones, — Los juegos de los niños son uni- 
versales i no dependen de la nacionalidad. En las 
aldeas i ciudades chinas juegan en las calles los mu- 
chachos, a la rayuela, a los cocos, al barrilete o pan- 
dorga, a las carreras, al salto de unos sobre otros i a 
las escondidas; pero también he observado una rareza 
que marca la predilección por hacer con los pies lo que 
otros niños hacen con las manos; he visto jugar a la 
pelota, a la larga, como se dice entre nosotros, con los 
pies, tan bien como con las manos ; dos muchachos eu- 
ropeos o americanos cuando quieren jugar a los comba- 
tes, emplean sus brazos, su cuerpo i alguna vez su cabe- 
za; los chinos lo primero que hacen en igual caso es 
acostarse uno junto a otro i comenzar la lucha, a patadas 
i golpes de rodilla; el juego termina cuando se levantan. 
Un niño no chino que lleva su carrito lo tira con la 
mano ; un chinito se lo ata naturalmente a un pié. Los 
hombres, los adultos juegan también algunos juegos de 
los niños; son por ejemplo mui aficionados a remontar 
barriletes, pandorgas, i estrellas de papel i lo hacen con 
la mayor seriedad. 



— 317 — 

El teatro chino. — El que he visto en Hong-Kong es 
un gran galpón rectangular; el escenario está en frente 
i ocupa todo el ancho de la pieza; los asientos para el 
público están abajo en la platea o patio, en graderías 
a los costados i al frente i en dos grandes palcos altos 
i bajos que miran al escenario ; tras de los escaños la- 
terales jira un corredor; por el cual se llega al escena- 
rio, que no se diferencia del resto del teatro, sino por 
su nivel superior i cierto arreglo del que hablaré luego. 
Los palcos o divisiones mencionadas están provistas 
de escaños i son destinadas a la mejor concurrencia. 
Me instalo en uno de estos palcos con un amigo ; 
la aristocracia ocupa los escaños ; está representa- 
da en su mayor parte por jóvenes chinas, quienes al 
vernos entrar abandonaron sus asientos i se amontona- 
ron en un rincón: parecían muchachas sueltas, como un 
grupo de amigas. Al rato pierden un poco el miedo, se 
acercan algo, pero no se sientan a nuestro lado ; una me 
presta su anteojo, yo le doi un cigarro ; otra me ofrece 
su pipa; todas fuman. No hai mas que dos arañas en el 
teatro colgadas en el escenario, compuestas de candiles. 
Ya satisfechos de nuestro examen en el palco, bajamos 
a las gradas laterales ; de allí vemos mejor, pero no nos 
contentamos con ello ; tomamos el corredor i seguimos 
hasta el escenario ; subimos a él, lo atravesamos i entra- 
mos tras de bastidores, a vista del público i de los acto- 
res. Todo eso de escenario i entre bastidores , es pura 
metáfora ; el escenario es común para los actores, el 
público, los músicos i los acomodadores ; un escenario 
convencional ; una sección media del tablado lo consti- 
tuye. Supóngase un tabique en el fondo con tres puertas ; 
en frente de la del centro un baldequin a modo de palio 
sostenido por pilares ; ahí está la música, la orquesta 
(platillos, tambores de cuero o de tablillas duras sono- 
ras, pitos, violines de dos cuerdas, guitarraf de tres 
triángulos i una flauta, único instrumento racional ). Las 
dos otras puertas sirven para la salida i entrada de los 
actores i de quien quiere ; a los lados del pabellón de los 
músicos, se amontona los muebles del teatro, que no 



— 318 - 

deben figurar en el acto ; mesas, sillas i carpetas consti- 
tuyen todo el bagaje. 

Tras del biombo está el vestuario ; ropas i dizfraces 
colgados en perchas ; todo parece un montón de hara- 
pos ; los actores se visten i pintan ahí, todos juntos. No 
hai preparación de escena, ni telón, ni figuración de 
nada, i por tanto, no hai ilusión posible. Se conoce que 
se pasa de un acto a otro, porque uno de los músicos 
cambia el cartel de un palo plantado en el medio en la 
primer fila de la orquesta ; los actores se colocan de- 
lante de los músicos. 

Los temas de las piezas son heroicos i lejendarios ; 
figuran en ellas reyes, príncipes, encantadores, májicos i 
enviados del cielo ; las pasiones, las razones, los motivos 
de la trama son sublimes i de naturaleza fuera de lo 
humano. Mejor idea daré, no solo de los temas, sino tam- 
bién del aparato escénico i de lo que es en realidad un 
teatro chino, contando parte del drama que yo vi. La re- 
presentación habia comenzado a las seis de la tarde i debia 
terminar a las doce de la noche; la pieza tenia como 
treinta actos. Yo entré cuando un rei vestido de oro i 
seda hablaba con su mujer, él con gritos huecos estraños, 
ella con una voz chillona de falsete ; ella era un mucha- 
cho vestido de mujer e imitando la voz jeneral de las 
jóvenes aguda i destemplada. El diálogo era infinito; 
los actores se movian inoportunamente i hacían jestos 
desacordes ; el rei cuando hablaba, se paseaba como 
gallo, a largos pasos i ella estaba como un palo ; cuando 
ella hablaba al rei le tocaba estar a su vez como un 
poste. La música entre tanto seguía haciendo de las 
suyas; todo diálogo, monólogo o vacio de escena, es 
acompañado de más o menos ruido en la orquesta; este 
a veces significa algo ; se oye, no diré melodías, eso es 
mucho, compases cristianos, cadencias que se puede 
seguir ; pero en jeneral todo es discorde, rechinante, 
orijinal, estridente ; parece que cada instrumento va por 
su lado í suena cuando quiere, sin regla ni propósito. 
El músico del tambor i platillos se distrae a veces 
mirando algo, o bien seducido por una declamación del 
actor principal, se olvida de su instrumento i deja de 



- 319 — 

estropearlo ; pero de repente se acuerda de su papel i se 
desquita dándoles de palos al tambor i platillos como un 
loco, para recuperar lo perdido, venga o no venga al 
caso. Lo mismo hacen los de la flauta i violines, variando 
el procedimiento ; pero suele suceder que se ponen de 
acuerdo i entonces tocan algo intelijible. La voz de 
los actores queda así a disposición de la orquesta i se 
percibe o no lo que dicen, según el humor de los plati- 
llos i del gong. Salió después un muchacho vestido 
pobremente i resultó ser el hermano de la mujer del rei; 
se hincaron los dos hermanos a los pies del monarca 
i el violin i el gong se convirtieron en furias aturdiendo 
al auditorio. Los hermanos i el rei se van. El músico 
adscripto al palo del cartel se levanta, enciende un ciga- 
rro i cambia el letrero : comienza otro acto. 

Sale una muchacha ( hombre también ) vestida de oro 
i seda blanca, cubierta la cabeza con un gorro esplén- 
dido de papel ; la orquesta toca una barcarola agria, en 
la cual el violin chilla a no aguantarlo. La muchacha 
camina balanceándose i moviendo los brazos ; ¿por qué? 
porque va navegando ; rema. . . se supone que hai un 
rio ; en la orilla un hombre ha colocado una mesa i un 
taburete ; la niña canta, mueve los brazos i se va osci- 
lando por la puerta derecha. El rei aparece por la iz- 
quierda ; hai una verdadera tormenta en la orquesta ; el 
rei sin más ni más, se sube al taburete i luego a la mesa 
( el taburete es la escalera i la mesa un balcón del pala- 
cio); desde allí pregunta durante una hora quién es la 
moza cuyo canto ha oido. Ella viene otra vez con su 
barca ideal ; el rei baja del balcón supuesto i se pone a 
conversar con la joven, quien al parecer, ha cometido un 
crimen, por el hecho de pasearse cantando en aquel sitio. 
( Un chino que fumaba una pipa, vecino a los actores, sin 
dejarla, se aproxima a la mesa, la levanta, es decir le- 
vanta el balcón del palacio del rei i lo coloca en sentido 
inverso, dando un costado al público ; luego toma el 
taburete, la escalera, i la pone en frente de la mesa ; 
este arreglo ha transformado la escena en un tribunal). 

El rei se sienta tras de la mesa i la niña en el tabu- 
rete ; el rei juzga. En el juicio habla de la música e insi- 



— 320 — 

núa algo sobre canto ; la niña se pone a cantar en seco. 
Viendo esto el chino que ya levantó un balcón, toma una 
mesa desvencijada de por ahí no más i la instala delante 
del taburete ; trae una tira de jénero bordada i la tiende 
como servilleta a lo largo de una orilla ( ha hecho un 
piano en un santi amen) ; la niña se pone a tocarlo pa- 
seando sus dedos sobre la banda de jénero i por pri- 
mera vez la orquesta toca algo agradable, destacándose 
un solo de flauta sentimental. 

No habia un asiento vacio en el teatro, i dos mil espec- 
tadores permanecian silenciosos, atentos, absorbidos en 
la contemplación de las bellezas del drama i en los en- 
cantos de la música. Decididamente los chinos tienen la 
cabeza hecha en una horma distinta de la nuestra. No sé 
como termina el drama, pero sé que todo continúa lo 
mismo; diálogos, cantos, soliloquios, sin ningún cambio 
de escenario ni de trajes, ni aumento de personajes. Así 
ha sido, así es i así será el teatro chino por los siglos de 
los siglos amen, con algunos apartes, como lo verá el 
lector. I digo así ha sido, es i será el teatro chino, tal 
como yo lo he visto, porque mi descripción parece 
copiada, no del natural como es, sino de pajinas ya es- 
critas por otros, lo cual prueba mi aserción i porque 
alguna vez deja de ser así, dejará de ser chino. Véase 
en seguida en estracto, lo que dioe Dooglas, idéntico a 
su vez a lo que cuentan o han escrito otros viajeros. 
« Los chinos son laboriosos, por eso les gusta divertirse 
en sus horas de descanso i toman las diversiones como 
un deber; además, hai en China muchos ociosos ; los lite- 
ratos por ejemplo ; matar el tiempo es una institución. 
Una de las diversiones favoritas, es el teatro. Se esta- 
blece un teatro en cualquier parte; jeneralmente en los 
patios o terrenos vacíos contiguos a los templos. Hacer 
i deshacer un teatro, es cuestión de horas ; así resulta él. 
Propiamente hablando, en los teatros no hai escenario ; 
cuelgan cortinas, banderas, cintas i faroles en el fondo 
de una pieza, i ya está hecho ; la música se coloca en el 
presunto escenario tras de los actores, música discorde 
que acompaña todo, haya o no canto ; se exede cuando el 
actor pronuncia una sentencia moral. Los actores entran 



— 321 — 

por dos puertas laterales ; la rpisma escena sirve para 
todas las piezas i actos, pero los actores esplican quie- 
nes son en el drama i lo que piensan hacer, o repiten un 
verso en reemplazo de toda información. Los argumen- 
tos son sencillos i cortados por el mismo molde; a veces 
toman los de la literatura estranjera ( este es uno de los 
apartes ) el Ótelo, por ejemplo, i lo disfiguran ; así, el 
seductor es un eclesiástico ( los autores dramáticos les 
tienen tirria a los eclesiásticos i el público también ) i la 
historia *del pañuelo es verdadera ; la Desdemona china 
tiene un amante, a quien le ha dado el pañuelo en realidad; 
así el desenlace terrible para ella i también para su seduc- 
tor es más justo que el de la obra de Shakespeare. No hai 
mujeres en la escena ; muchachos disfrazados ejecutan el 
papel de éstas. Los actores no son estimados ni caros; 
una compañía de ellos está siempre a mano i apenas se 
junta una pequeña suma por suscricion, ya se arma tea- 
tro con cualquier motivo o pretesto, tal como honrar 
algún Dios, celebrar algún acontecimiento o nada, sino 
gana de divertirse. Los cómicos son mirados como parias 
i vagabundos ; ni ellos ni sus hijos pueden desempeñar 
cargos públicos, ni presentarse a exámenes de competen- 
cia para ingresar a los gremios literarios. El hijo de un 
actor, sin decir su oríjen, se presentó una vez i fué lau- 
reado, pero más tarde, descubierto el fraude, se le casó 
la patente i el pobre fué relegado a su clase. > 



Sin necesidad de teatro, se tiene otras diversiones en 
las calles alrededor de los prestidijitadores, juglares i 
equilibristas ; los acróbatas son mui buenos ; algunos sin 
paralelo en el mundo. Los adivinos suelen acumular pro- 
fesiones i son consultados para encontrar objetos perdi- 
dos i descubrir criminales. 



A justo título pueden figurar entre las diversiones de 
ios adultos las comidas en las fondas o restaurants de 
primera clase, chinos. Veamos uno de estos estableci- 

J*or mares i por tierras 21 



— 322 — 

mientos en Hong-Kong, idéntico a los de su clase en 
Cantón i en toda la China. La casa es de dos pisos, abajo 
representa cualquier almacén de negocio concurrido; 
arriba están los salones, sucios i desabridos, decorados 
con colgajos, inscripciones, faroles, divanes, sillas i me- 
sas grandes, redondas. Hai en el momento varios ban- 
quetes; la sala de uno de ellos dividida por un biombo 
bajo, aloja de un lado los comensales, del otro, los músi- 
cos i titireteros; estos suspenden sus títeres en palos, 
para mostrarlos por sobre el biombo, moviéndolos por 
medio de cuerdas, haciéndoles ejecutar jestos grotescos 
i poniendo en su boca frases i palabras de ocasión ; a 
veces los hacen representar una comedia entera, durante 
la comida. En la mesa tras de cada convidado, hai una 
chinita vestida de gala, haciendo de asistente. Después 
de la cena, los fumadores de opio se acuestan a fumar, 
siempre asistidos por las chinitas que añaden sus ador- 
mecedoras caricias a los efectos del opio i del vino. El 
espectáculo es repugnante para el espectador frió ; algu- 
nos de los concurrentes tienen las ropas desprendidas 
para dar lugar al vientre dilatado i dejan ver sus cuer- 
pos amarillos. Los mas avisados o menos enfermos, se 
van con su chinita a la casa de esta o a la propia, a 
pasar el resto de la noche. Las jóvenes estas son, sino 
bonitas, a lo menos limpias, frescas i de formas corpo- 
rales indudablemente mejores que sus caras. En la calle 
son notables por su lujo i compostura, parecen señori- 
tas, en tanto que las verdaderas, las niñas de la aristo- 
cracia, harían el papel de sirvientes a su lado. 



4( 



A través de Cantón, — Templo de los SOO dioses — 
murallas y cañones — cementerios — pagoda — el reloj mas 
antiguo del mundo — casas de negocio — manufacturas — 
industrias i datos sobre la China, de carácter jeneral, 
aferentes a esos tópicos i sus conexiones, — Entramos 
en la red de callejones de Cantón City, atravesamos 
largas distancias i llegamos, caballeros en nuestros pa- 



— 323 — 

lanquines, al Templo de los 500 dioses, al cual en Cantón 
algunos llaman de los 500 discípulos de Buda, pero aquí 
hai algo de inadecuado o la designación será el resul- 
tado de una de tantas mezclas i confusiones de relijion i 
doctrina que los chinos han hecho, porque Buda cuando 
fué traído a China de la India ya era Dios i no maestro 
con discípulos i antes de ser Dios, si tuvo algunos adep- 
tos a su doctrina, no liguró seguramente en el número 
Marco Polo, ni ellos debieron tener las orejas enormes 
prolongadas hacia abajo, como las tienen los ídolos de 
este templo i como las tenia, según la tradición Laoutzu 
o Laoutzé, la encarnación del Taoismo i no del Budis- 
mo, su creador, casi, de quien sin duda los ídolos las 
heredaron. El Templo tiene un atrio i un patio enfrente; 
a los dos lados de la entrada se ve dos figurones colo- 
sales de madera, pintados i dorados grotescamente, con 
armas, insignias, emblemas i símbolos; son los cuatro 
guardianes del Templo. Adentro se encuentra un gran 
galpón dividido por colummas i pilares con una serie de 
estantes en escalón, como los salones de remate, donde 
se hallan instalados en fila, quinientos muñecos de madera 
dorada, representantes de los discípulos ya indicados ; no 
hai dos iguales ni en actitud ni en fisonomía; los mas 
son horribles i hai muchos monstruosos; todos tienen 
orejas grandes, prolongadas, colgantes, horribles, re- 
pugnantes. En el fondo hai dos altares, uno tras de 
otro, donde están las imájenes de algunos Emperadores 
adorados como Dioses. Ante ellos probamos nuestra 
suerte dejando caer al suelo una horma de zapato par- 
tida; a mi me salió bien la prueba, pero desgraciada- 
mente no creo ni en Emperadores santos ni en Presi- 
dentes justos. A un lado del altar posterior i entre los 
discípulos, está el supuesto busto de Marco Polo, con 
sombrero; él solo tiene fisonomía humana; fué el primer 
europeo que visitó Cantón. 

Saliendo del Templo seguimos por las calles de la 
City hasta las murallas del Cantón viejo; allí dejamos 
los palanquines, por un tiempo i subiendo a pié segui- 
mos a lo largo de los parapetos mirando por las tro- 
neras de los cañones i las aberturas hechas por el 



— 324 — 

tiempo, los riachos, canales i bañados de la campiña; los 
techos de teja de las dos ciudades intra i estra-muros i 
los cementerios en las colinas con su aspecto de colme- 
nas i con sus sepulcros, cuya entrada recuerda las bocas 
minas de los cerros de Perú i Bolivia. La muralla como 
defensa ahora es una ridiculez ; sus cañones, unos cuan- 
tos diseminados sin orden, parecen abandonados en cali- 
dad de hierro viejo; datan de épocas casi pre-históricas 
i ya no tienen ni calibre igual en todo el largo de la luz, 
ni boca, ni oido. Por la muralla vamos a una pagoda de 
cinco pisos. ¡Qué linda de lejos, o descrita o pintada! 
He notado que los retratos i las pinturas son siempre 
mejores que los orijinales; ustedes tendrían en su salón 
el retrato de un mendigo harapiento i no admitirían sin 
repugnancia al mendigo en persona en el portal de su 
casa ; leerían con gusto i tal vez deleite la descripción 
de una travesia por las montañas con nieve i viento, 
pero no gozarían, sin duda, mientras la hicieran. Eso 
sucede con las pagodas. La de los cinco pisos, de lejos 
era preciosa, de cerca un granero vacio con varios 
depósitos, salvo las imájenes de Buda con sus ofrendas 
de naranjas por delante i sus guardianes jigantescos en 
el último piso, i una fonda o tratoria de comida donde 
toman su tiffin los visitantes en presencia de los dioses. 



* 41 



Bajamos al Cantón de intra-muros i atravesando una 
parte de él, llegamos a una casa con aspecto de almacén 
arruinado: es un templo i en él se muestra el reloj mas 
antiguo del mundo. Mataldi lo hace datar del año 1200 
antes de Jesucristo. (Mataldi no es un autor, sino un 
rematador de Buenos Aires, nuestro compañero de viaje, 
quien no sé donde ha recojido ese pedazo de erudición 
solitario ahora entre sus recuerdos históricos de Cantón). 
El reloj se compone de varias cubas colocadas en es- 
cala, a diferente altura i de menor a mayor ; la de abajo 
aloja un flotador con una varilla graduada; el agua pasa 
en pequeñas porciones cayendo de una a otra cuba; lo 



— 325 — 

demás se comprende. El templo o almacén está en alto ; 
en el primer tramo de su escalera de piedra, hai un 
horno donde arden constantemente paquetes de papeles 
escritos con caracteres chinos : es el fuego sagrado del 
templo de arriba i de otro chiquito al lado del horno, 
una especie de pulperia con dioses de papel i altares con 
velitas i varillas de sándalo encendidas. (Se puede tomar 
té en el templo i comer algo). 



De paso diré que los chinos consideran una profana- 
ción dejar tirados los papeles escritos con sus jeroglífi- 
cos; los recojen en las calles i los ponen en unos buzo- 
nes colgados en las esquiníis contra las paredes, de 
donde los saca un encargado especial i los quema. En 
todas las ciudades abundan estos buzones. El Cantón 
viejo es tan sucio como el de estramuros ; sus calle son 
igualmente estrechas pero no hai en ellas tanta jente. 



Los chinos trabajan constantemente, dia i noche; aqui 
no hai domingos ni mas dias de fiesta que los quince o mas 
posteriores al primero del año, fiesta movible que cae en 
Enero o en Febrero, sin coincidir con el nuestro. La jente 
rica suele recrearse una vez por semana, dejando el tra- 
bajo. He visto a los artesanos en su tarea i he sido testigo 
de su paciencia i habilidad. En una casa de joyas he ob- 
servado como dan los colores de esmalta a ciertos dibujos 
en las alhajas de oro : cortan pedacitos microscópicos de 
plumas de colores i con un pequeño buril i un pincelito 
sopado en un líquido adhesivo los aplican en la cavidad 
formada para recibirlos dando al todo el aspecto de un 
finísimo mosaico. Cada oficial trabaja una hora i deja re- 
posar sus ojos otra, porque sino perderia la vista. Hemos 
estado también en los talleres de madera labrada donde 
hacen a par de otros trabajos, esas obras admirables sobre 
láminas de sándalo delgadas como papel, esas incrustacio- 
nes maravillosas de nácar en los muebles i las complica- 



- 326 — 

das labores de los diversos i fantásticos objetos de ma- 
dera para uso i adorno. En una casa de pintura sobre 
seda o papel he visto el procedimiento de sus confeccio- 
nes de figuras en detalle ; un artesano hace las cabezas, 
otro las manos, otro dibuja, otro pinta la ropa i nuevos 
oficiales se encargan de los accesorios: asi ellas van sa- 
liendo en la hoja de mas a mas completas, comenzando 
por aparecer las cabezas sembradas en la pajina, luego 
las manos i asi poco a poco hasta el fin. Todo se hace 
con una limpieza i eitactitud sorprendente; ningún ar- 
tista yerra un rasgo, un perfil, aun cuando por su di- 
mensión sea casi invisible. Los colores son de una nitidez 
escepcional i si bien los cuadros no representan los 
relieves de los objetos, la exactitud i firmeza del dibujo 
bastan para levantar su mérito. La imajinacion del 
que en otro pais mira estas pinturas, le hace suponer 
por su pureza i por su delicada apariencia que el sitio 
de donde salen corresponde a la esquisita manufac- 
tura. . . ¡error fatal! si bien los talleres son limpios, 
su pobreza es franciscana i la entrada tiene a sus 
umbrales, la calle inmunda, sombría, pestilente. ¿ Para 
qué hablar de las fábricas de porcelana i en jeneral la 
cerámica cuya fama data de siglos? basta mencionar este 
ramo para exaltarlo. Lo mismo ocurre con las fundicio- 
nes i trabajos en bronce i otros metales, sin escluir el 
grabado ni la cinceladura. Como muestra de habilidad 
en grandes piezas se ve en Cantón la célebre campana 
colosal, digna rival de la de Moscow; sobre ella pesa 
también una superstición digna de recordarse; hacerla 
sonar trae desgracia a la ciudad, desde la época de una 
gran peste. Para evitar un campanazo, aun casual se le 
sacó el badajo i se retiró toda construcción que permitie- 
ra llegar a ella. Durante una reciente. guerra, sabiendo 
esto un comandante de buque, dirijió una bala a la cam- 
pana, dando en el blanco i rompiéndole un borde; la 
campana sonó estruendosamente, como se comprende ; la 
ciudad se creyó perdida i se rindió. (Dispense el lector 
ese paréntesis). Los talleres de plata i oro trabajada a 
cincel, las figuras, adornos i vacijas de bronce, muestran 
fii no procedimientos adelantados, habilidad i paciencia 



— 327 — 

al servicio de un g^usto original. Los de papeles pintados, 
de muñecas i juguetes dan numerosos productos de 
todos conocidos. Los marfiles tallados que recorren el 
mundo derrotan toda suposición respecto al modo como 
el artista se maneja para produqir cada objeto. Yo no 
intentaré describir los procedimientos de estas diversas 
industrias; ellos son, o bien mui conocidos por cualquier 
lector medianamente informado, o bien secretamente 
guardados i ningún viajero puede revelarlos por cuanto 
no los conoce. Hai una calle en Cantón dedicada al 
comercio de sedería ; otra i otras donde casi todas las 
tiendas son zapaterías, sastrerias, fábricas de gorras, 
carpinterías, mueblerías, broncerías i demás industrias. 
Estas predilecciones se esplican i proporcionan comodi- 
dad al público. Las zapaterías son dignas de especial 
mención por sus exelentes productos ; los zapatitos bor- 
dados para los pequeños pies de las chinas, son precio- 
sos (no hablo de los zapatos para pies deformados, 
esos me parecen horribles ) sino de los hechos para 
pies normales i el pie normal de una china es del tama- 
ño de la cuarta parte del pie de una inglesa distinguida. 



Llaman a ciertos industriales o artesanos de los ya 
nombrados, mecánicos ; los oficiales de los talleres son 
pobres como los mismos talleres; sus instrumentos son 
primitivos i groseros (yo compré un cepillo que parece 
un juguete de criatura; con el hacia el oficial que me lo 
vendió, nada menos que un sarcófago) no se les ocurre 
reformarlos ni adaptar otro; ademas manejan algunos de 
los conocidos tales como la garlopa, cepillo o desbasta- 
dor i las sierras, al revez; las tiran en vez de empujar- 
los ; en cuanto a las sierras apruebo el método, pues con 
él no corren riesgo de doblarse. Los artesanos no in- 
tentan salir de su rutina, entre otras razones por esta : 
«los quG piensan deben gobernar a los que hacen » — 
luego mientras los que piensan no hacen reformas los 
que hacen no piensan en hacerlas. Los obreros para de- 
fenderse de las exacciones de las autoridades i de las pro- 



— 328 — 

bables imposiciones de los consumidores, forman aso- 
ciaciones semejantes a las bolsas de comercio i también 
a las sociedades de recíproca protección, rejidas por re- 
glamentos draconianos como lo muestra, el caso siguien- 
te : Un empresario debiendo concluir en fecha dada la 
decoración de un palacio i faltándole hojas de oro para el 
dorado, pide permiso para emplear oficiales aprendices; 
por este crimen los socios de su cofradia deciden darle 
un castigo ejemplar i lo matan a mordiscones, no pu- 
diendo los oficiales aprendices trabajar sino^de acuerdo 
con ciertas reglas i previos largos años de ejercicio. 



Una profesiones mui socorrida es la de barbero i 
está sujeta a ritos i preocupaciones; por ejemplo no 
lavan la cabeza por ser ese trabajo considerado indigno, 
pero limpian las orejas i las depilan; escépto en cierta 
época del año en que están mui ocupados en rapar 
cabezas; los barberos trabajan en las calles o en sus 
tiendas ; el uso de las máquinas de afeitar i cortar corto 
el cabello les esta prohibido ; los chinos son opuestos a 
toda máquina i rechazan las de peluquería como las de 
agricultura i mecánica; cuando el caso llega hacen fnee- 
Hngs i se levantan en tumulto para destruir las introdu- 
cidas; asi ha sucedido en varios casos i no es estraño; 
en Inglaterra ha ocurrido lo mismo i cada pais tiene en 
su historia algún hecho de lamentable rutina i oposición 
al progreso que lamentar. 



Las casas de comercio principalmente en Hong-Kong, 
Shanghai i Cantón son de grande importancia; sobre 
todo las que negocian en sedas. Es interesante ver una 
de estas tiendas i manufacturas cuyos productos han in- 
vadido el mundo entero; el observador se queda asom- 
brado ante el laborioso i delicado trabajo en el cual 
pacientes operarios emplean su vida entera sin descanso 
para concluir un número limitado de bordados en tela. 



— 329 — 

¿Cuántos oficiales se necesita para abastecer los merca- 
dos de Londres, París, Viena, San Petersburgo i las 
demás capitales de la tierra, cuando cada uno emplea 
seis o mas meses en bordar unos cuantos metros de su- 
perficie? y sin embargo ahi está el hecho palpable, in- 
negable. Si se añade a esto los grandes depósitos de tra- 
bajo ya hecho en cada manufactura i el inmenso surtido 
de sus estantes, el asombro crece. Lo mismo sucede con 
las joyas, con los bronces i marfiles, con los muebles de 
madera i laca, con la porcelana i la infinidad de útiles ; 
bandejas, abanicos, paraguas i dijes de toda especie. El 
comerciante chino es en jeneral un hombre honrado, 
laborioso, serio, atento siempre a su negocio ; un caba- 
llero en la estension de la palabra en sus tratos con el 
comprador; si es banquero, no le cede en habilidad i . 
corrección al mejor de Londres ; i si dueño de monte pío 
o casa de préstamos, oficio siempre odioso en todo el 
mundo, no abusa desmedidamente de la pobreza i mise- 
ria de sus clientes, evitándoles cuando puede, pérdidas 
inconsideradas i heridas al amor propio, como lo prueban 
el número de casas de préstamo siempre concurridas i 
la organización de cada una, en la cual el infeliz necesi- 
tado encuentra cómo esconder sus jestiones a la mirada 
del público i de los otros concurrentes. Análoga honra- 
dez se nota en las casas de cambio de moneda, que 
abundan sobre todo en los puertos de mar. Los almace- 
nes de ropa antigua i moderna, corren pareja con los de 
venta de telas i otras manufacturas ; los precios son a 
veces tan ínfimos que inducen al abuso de pedir aún 
rebajas, sin esplicarse racionalmente semejante baratura, 
creyéndose el comprador todavía engañado. 

* ♦ 

Agricultura, — Los labradores son mui estimados en 
China ; el país les debe todo ; los Emperadores se han 
preocupado siempre de la suerte de estos factores del 
bien público; no obstante, es difícil que un labrador ad- 
quiera una posición holgada a causa de los impuestos. 
Como <• hai un Sol en el cielo i un Emperador en la 



— 330 — 

tierra, > el Emperador dispone de todo, hasta de los 
campos cultivados. Los labradores resisten la creación 
de impuestos o el aumento de los existentes, a veces con 
éxito. Cultivan el arroz empleando naturalmente enormes 
cantidades de agua i con este motivo nacen conflictos 
respecto a la distribución de la disponible, escasa en 
jeneral, entre otras causas, por la dificultad de levantarla, 
pues los aparatos usados para ello son rudimentarios, 
primitivos: un hélice o tornillo de madera movido a 
mano, es el mejor aparato de que por lo común dispone 
un labrador. í^ultivan el opio con g^ran desventaja a 
causa también de los impuestos, si bien pueden eludirlos, 
gracias al pequeño volumen de la valiosa mercancía, 
cuyos panes o discos se suele usar como moneda. 
Cultivan el té i eran antes sus primeros manufactureros, 
pero la India les salió al paso i los superó por la calidad 
i quizá por la cantidad de la apreciada yerba. Los 
chinos habian incurrido en neglijencias i dejaron caer su 
industria; su té era inferior i en parte hecho polvo, 
amasado i dividido en panes o ladrillos salía del país, 
siendo la Rusia el principal consumidor de esta forma. 
Los métodos de cultivo exelentes antes, han vuelto a 
aparecer después de su decadencia, para no ceder el 
puesto a la India. — En la industria de la seda se ocupan 
cientos de miles de individuos, dedicándose al cultivo 
complicado de los gusanos, a la preparación de su pro- 
ducto i cuidado con esmero de la planta necesaria para 
el trabajo de tan inconcientes í estraños productores. 
Estas labores están encomendadas en su casi totalidad 
a las mujeres. — La agricultura, en China, está afectada 
de una grave dolencia: la rutina. El calendario agrícola 
es el mismo desde hace mil años, i a él se someten los 
labradores de la tierra; en estos mil años, las estaciones 
han cambiado con relación a las fechas; el eje de la 
eclíptica ha continuado jirando ; el clima en todas partes 
ha sufrido modificaciones ; la tierra se ha empobrecido 
i las plantas han obedecido a las leyes de la vida i de 
la muerte. Todo ha variado, menos la rutina. 



J 



— 331 — 

Aries i ciencias, — Dado nuestro concepto respecto 
al arte i a la ciencia^ no vacilo en afirmar que tales enti- 
dades no existen en China. Me parece inútil enunciar je- 
neralidades para probar mi tesis, cuando en los informes 
sig^uientes i en la apreciación de los detalles, el lector 
encontrará material para formar su juicio, conforme al 
mió, lo espero. 



Música, — No hai la menor idea de este arte en China; 
al examinar sus instrumentos i oir sus cantos, uno cree- 
ria que el desacorde, los sonidos ásperos, los ruidos des- 
agradables i la falta absoluta de armonía, forma la base 
de la colección de gritos i crujidos que constituyen su 
música. Ni siquiera tienen ( no he oido a lo menos nada 
que me desengañe ) esas melodías monótonas en tonos 
tristes de los indios o salvajes de otras naciones o pue- 
blos, por las cuales se deja sospechar la existencia de un 
jérmen musical en aquellas cabezas no educadas. Aquí 
parece que alteran de intento las voces i martirizan a los 
instrumentos para sacar de ellos rechinamientos estri- 
dentes. No sé si escriben lo que cantan o lo que hacen 
sonar, pero seguramente no lo verifican con el conoci- 
miento de nuestro arte musical. 



Pintura, - Si se llama pintura a la colocación de 
colores en contornos mas o menos bien delineados, el 
arte existe aquí i todo el mundo lo conoce : lo ha visto en 
los biombos i en los abanicos. Los colores son vivos, 
limpios, agradablemente distribuidos i las lineas del di- 
bujo, puras i exactas. La composición de los paisajes 
tiene cierta vida i no es arbitraria ; obedece a esta orde- 
nanza invariable: el autor debe pintar una montaña, una 
casa, un árbol, poner una escena humana, por ejemplo, 
dos personas de edad jugando al ajedrez i añadir una 
mariposa volando i algún otro objeto. Es claro, el pie i la 
cima de la montaña, la casa, el árbol, los viejos i la mari- 



— 332 — 

posüf están m un plano como si fueran sus proyecciones; 
ni se ha intentado siquiera figurar distancias de fondo ni 
relieves. Necesario es recordar que del mismo defecto 
adolece nuestra pintura antigua, pues aun en tiempo de 
Rafaelf se lo notaba i el mismo lo cometió, a tal punto, 
que por pintar una iglesia tras de una vírjen a lo lejos, 
pintó una vírjen con una iglesia en el hombro. Copian 
bien i todo lo que se refiere a líneas i colorido notable, 
no usan el claro oscuro ; sus miniaturas son inimitables ; 
emplean el pincel para hacer retratos microscópicos ; dicen 
que deben esta habilidad a sus ejercicios caligráficos; su 
pintura en porcelana goza de fama universal; en las 
miniaturas, los rasgos mas sutiles, son claros i bien mar- 
cados. El secreto del relieve, como se sabe, está en la 
disposición de la luz; esta debe caer oblicua sobre los 
objetos o venir de atrás. Rembrand ha dado pruebas en 
sus cuadros del poder de este artificio. En China a ningún 
pintor se le ha ocurrido estudiar la materia. Los cuadros 
son por lo tanto de convención ; se supone que los obje- 
tos pintados tienen fondo, que la nariz de una persona, 
por ejemplo, es prominente con relación a sus mejillas. 
Dicen que antiguamente la pintura tuvo su época glo- 
riosa i como prueba presentan el hecho de haber un 
artista ( uno de los mas célebres, Tiao, 240 años antes 
de J. C. ) pintado un biombo, introduciendo entre las 
figuras una mosca ; el Emperador, a quien le era dedi- 
cado, lo halló bellísimo, pero quiso espantar la mosca 
que lo afeaba. Si uno piensa en que cualquier mancha 
irregular negra en un fondo blanco parece una mosca, no 
se inclinará a considerar el hecho narrado como una 
demostración del tema, i aun cuando en realidad el Empe- 
rador hubiera tenido serios motivos para engañarse, no 
bastaría el caso para establecer la exelencia de la pin- 
tura en China en su calidad de arte. Yo por mi parte no 
he visto nadn digno de llamarse un cuadro ; no obstante, 
como hai cosas que yo no he visto, a fuer de autor im- 
parcial, debo confesar que la leyenda, con su fondo infa- 
lible de verdad, revela la existencia de obras de gran 
mérito, lo cual debia hacerme mas reservado en mis jui- 
cios i tal vez me obligue a correjirlos. Se cuenta por 



— 333 — 

ejemplo, que Tcho-so-Yo, artista famoso, pintó cuatro 
dragones para un templo, vivos en apariencia ; solo les 
faltaban los ojos ; el autor se rehusó a pintárselos i 
dejó su obra inconclusa. Uno de sus discípulos quiso 
remediar el defecto, i lo hizo con arte tan soberano, que 
el primer dragón concluido, estendió las alas, alzó el 
vuelo i se se escapó del cuadro. Los tres otros quedaron 
sin pupilas, no osando el artista pintárselas, para no 
ponerlos en el goce completo de la vida i favorecer otra 
escapada. 

Este cuento señala el concepto en que Tcho-so-Yo, su 
discípulo i otros pintores eran tenidos, como creadores 
de un estilo, procedimiento o arte para dar vida a sus 
obras, por la perfección de sus detalles. 



Escultura. — Salvo los tallados en madera que tienen 
algún mérito, i los vasos i adornos en bronce o marfíl, no 
sé a cual otra obra podría llamarse trabajo de escultura 
aquí. También en esta ocasión recurro al concepto nues- 
tro de este arte. He visto vi^sos, floreros, jarrones, obje- 
tos afínes con la escultura ; dragones, imájenes de Dioses, 
guardianes de templos, bustos de Emperadores i Rudas 
de diverso tamaño, i ello todo como el único material 
representante de la escultura china; grotesco, estrafala- 
lario, monstruoso, desagradable en su conjunto i en sus 
detalles. El arte debe causar placeres suscitando la idea 
de la belleza, i nadie sostendrá que un dragón lleno de 
puntas o un Buda aplastado , es una fígura estética. 
Cuando mas en China en esta materia llegan a hacer 
algo bonito, no una obra maestra, ni cosa que se pa- 
rezca, si copian por ejemplo una ave o modelan uno de 
esos pájaros convencionales i elegantes, de largas patas 
i cuello artístico. Pero cuanta diferencia entre toda esta 
factura i los productos de la escultura en Europa. Un 
griego dibujando un rectángulo proporcionado, suscita 
una idea agradable de forma ; una de las columnas del 
Partenon que para el ojo es un simple cilindroide, tiene 
la facultad de clavar al observador junto a su base, en 



— 334 - 

estática admiración^ i una estatua moderna o anticua, la 
copia de una mujer joven desnuda, con la sola proyec- 
ción de sus líneas curvas, despierta i desenvuelve en el 
alma humana, todas las sensaciones i sentimientos que 
solo vibran en presencia de un ideal estético. ^Hai algo 
de esto en China, aun cuando tengan el ideal, la mujer 
para copiarla? 



Literatura. — Debo repetir al lector que he tomado 
del libro de Dooglas citado mas de una vez, muchos 
datos ya consignados i ahora le advierto que para ba- 
sarme en competente autoridad, tomo en estracto del 
mismo una buena parte de lo referente a los literatos, a 
los exámenes de competencia, a la relijion, al gobierno, a 
la moneda i a otros temas de que hablaré a su tiempo. 
Los literatos forman una clase considerada en la nación, 
están encima de los labradores i solo debajo de la corte 
i la nobleza, pueden aspirar a todos los puestos públicos, 
dominan en la sociedad, lo pueden todo i todo lo hacen, 
escepto esto: literatura. No trabajan; el trabajo como 
en Europa en la Edad media, degrada; viven a espensas 
de la nación productora, son parásitos en la jenuina 
acepción de la palabra ; son el terror de los mandari- 
nes no solo por la constante solicitud de empleos, sino 
también porque gozan de ciertos privilejios que los 
ponen fuera del alcance del poder, porque intrigan, 
denuncian i forman pleitosi i rencillas. Son los encarniza- 
dos i mayores enemigos de los estranjeros i tienen todos 
los defectos i vicios que la ociosidad, junto con el amor 
propio i la ambición, enjencfran. En 1894 habia 21,168 
graduados sin empleo i pobres en jeneral. En esta clase 
se recluta como se ha ya sospechado, el cuerpo de funcio- 
narios públicos para los puestos que no requieren con- 
diciones escepcionales de nobleza o herencia. Serian 
útiles para su pais si emplearan su talento oratorio i 
su preparación, en difundir las ideas progresistas, en 
destruir supersticiones i preocupaciones, en aprender i 
enseñar la ciencia; pero solo se ocupan de comentar 



-- 335 - 

libros antiguos i de hacer versos sobre los mismos 
temas, sin renovarlos siquiera ni crear algo orijinal i no 
trillado. 

Los libros estudiados i comentados son nueve : 
lo Conversaciones de Confucio. 2» La gran erudición 
(literatura i ciencia Great learing, aprender, ilustra- 
ción). 3o La doctrina del medio (mean, medio caudal, 
pensar). 4o Mencius. 5o El libro de los Cambios. 6o El 
de las Odas. 7o el de la Historia. 8© Los anales de la 
Primavera i del Otoño. 9o El libro de los ritos. Estos son 
los nueve clásicos, pero ademas los literatos han estu- 
diado la historia de la cfinastia. Los volúmenes de este 
enjambre de cosas inútiles son pequeños, pero los co- 
mentarios de siglos, hechos por cientos de miles de 
letrados, los han engrosado al punto de hacerlos inac- 
cesibles a la lectura del chino mas paciente i deso- 
cupado. 

Veamos ahora como se hace un literato. Apenas un 
muchacho se siente con brios para arremeter á los clá- 
sicos, los acomete i se prepara en ellos estudiando tam- 
bién la manera de hacer versos ; con este bagaje se 
presenta a examen junto con otros cientos de compañe- 
ros, ante el majistrado del distrito, quien, en dia señalado, 
da los temas de los clásicos para ensayos i poemas. 
Hecho el examen, los nombres de los buenos alumnos* 
son inscritos en la puerta del Yammen ; estos son exa- 
minados cinco dias seguidos mas, i una nueva lista de 
los aprobados se publica. El majistrado invita a los de- 
signados en ella a una fíesta; los asistentes a esta dan 
otro examen en la ciudad de la prefectura del Departa- 
mento, ante el Prefecto i el Canciller literario, siempre 
sobre los mismos temas. Los buenos reciben entonces el 
título, un tanto ridículo, de «Escolar elegante» cuyas 
insignias o distintivos son: una bata ó túnica de seda 
azul bordada de negro, ceñida a la cintura con una faja 
adornada con pendientes de plata i un gorro o bonete 
con su botón de plata i recamado con trensilla de hilo 
del mismo metal. Con esta vestimenta los nuevos gra- 
duados van en corporación a presentarse a su último 
juez, delante del cual, a una palabra de orden, hacen el 



— 336 — 

Kot'ow (reverencia) tres veces. Dispensan igual homena- 
je al Prefecto i luego se dispersan volviendo cada uno a 
su casa a recibir las congratulaciones- i. escitar la admi- 
ración de sus amigos. 

Pero esto no es mas que el comienzo de la carrera. 
Cada tres años hai un examen en las capitales de pro- 
vincia, precedido por un comisionado del Emperador, 
cuyo nombramiento es envidiado por todos, pues el 
Comisionado o visitador no solo es alojado i mantenido 
rejiamente en cada distrito, sino que las autoridades le 
regalan gruesas sumas i cada examinado de los acepta- 
dos, 20 taels (como 5 libras esterlinas diremos, pero hai 
varios taels i su precio cambia mucho). Los laureados 
son doscientos o mas; juzgúese el beneficio del exami- 
nador. Durante la noche anterior a la prueba, la cual 
tiene lugar en un edificio dividido convenientemente en 
celdas, o la mañana del dia fijado, los seis u ocho mil 
graduados, entran en el recinto de los exámenes i toman 
posesión de sus celdas, (el recinto de Pekin tiene diez 
mil celdas); cada celda tiene su número; el estudiante 
lleva consigo alimento para dos dias i antes de ser 
encerrado, se lo rejistra para evitar fraudes. Se en- 
cierra a los examinados en las celdas con llave i 
sello i habiendo el Examinador hecho su jenuflexion 
ante los cielos, prometiendo, jurando obrar en justicia, 
sin temor ni favoritismo, la prueba comienza por la en- 
trega a cada estudiante de cuatro testos de los clásicos 
sobre los cuales debe escribir tres ensayos i un poema. 
Dos dias le son acordados, al fin de los cuales se abre 
las puertas i los que han concluido su obra salen, salu- 
dados por tres cañonazos i por redobles de tambor a su 
pasaje; a los remisos se les concede horas adicionales. 
Los afortunados en la prueba reciben el título de Ckugen 
(Hombre promovido) i son invitados por el gobierno a 
una fiesta, en celebración de su triunfo, llamada El bra- 
mido o balido de los siervos, en razón de existir una oda 
con ese título que se canta en la mesa durante la comida. 
En la siguiente primavera todos los candidatos favore- 
cidos por su examen van a Pekin, donde bajo los auspi- 
cios de un Ministro de Estado, un Príncipe imperial i 



— 337 — 

tres otros examinadores, rinden un nuevo examen para 
optar al grado de Escolar avanzado. Los competidores 
son comunmente 6000 i de estos solo un cinco por ciento 
pasa. Un último examen de los selectos tiene lugar en 
presencia del Emperador mismo i en él se hace la sepa- 
ración de cuatro escolares solamente, a los cuales se les 
acuerda el título de Chwang-yüan Pangyen, T'auhwa i 
Ckw'auiu, respectivamente, i a quienes se debe conside- 
rar como ocupantes de las posiciones relativas de Sénior 
Competidor (Com^t,i\óor mayor en edad) i de las tres 
posiciones inmediatas inferiores en orden. 

Exámenes de competencia se llaman los descritos i 
no siempre pasan tan tranquilamente como pudiera su- 
ponerse. Una vez en el examen de palacio, los Escola- 
res elegantes, escalan los muros del recinto i preci- 
pitándose sobre el maestro de ceremonias para quitarle 
unos papeles, le < arañan el dorso de las manos>. Ya 
he dicho sobré qué versan los temas de estos singula- 
res exámenes; debo añadir que los candidatos están 
obligados á tener en cuenta en sus trabajos, nueve pun- 
tos (siempre aparece la cifra nueve), a saber: !« el tema, 
2o el análisis del tema, 3» la amplificación del tema, 4» 
la extensión del tema, S® la post-estensión del tema, 6° 
el argumento, 7» la reasumpcion del tema (reconside- 
ración), 8o el argumento, segunda división, 9® el argu- 
mento, tercera división. ¡Una verdadera teología de re- 
tórica! Los temas siempre retrospectivos, parecen a 
veces adivinanzas. A un escolar se le da en su examen 
como tema algo análogo a esto: «En una guerra hace 
mil años alguien dijo que atacando la caballería en una 
forma se obtendría nueve ventajas, ¿cuáles eran esas 
esas nueve ventajas?» A otro le presentan su cuestión 
en esta forma: «Hace tantos años, (un número estupendo 
de años) un ejército ocupó tres puntos ¿cuáles eran 
esos tres puntos ?» Cualquier respuesta era buena en 
mi opinión. En fin, probando un escolar que sabe hacer 
versos i comentar clásicos, ha probado su aptitud para 
todas las funciones de la vida pública i profesional. Apro- 
vecho la oportunidad para hacer un paréntesis de cir- 
cunstancias: a las mujeres no se les enseña nada, lo 

Por mares i por tierras 22 



— 338 — 

que iguala las esclavas a las señoras en el campo ni- 
velado de la absoluta ignorancia. Vistos el modo de 
hacer literatos i los trabajos de éstos, me parece inútil 
sacar la consecuencia; el lector se habrá dicho ya: 4: En 
China no hay literatura >. En efecto los chinos no han 
escrito ni su historia ; por orden de un Emperador se 
comenzó a escribirla, se llegaba ya a un número fabu- 
loso de volúmenes, una cosa como 72,000 cuando una 
parte de ellos fué destruida por un accidente que no 
recuerdo ; la obra se continúa, en el presupuesto creo, 
i nominalmente, pero no avanza ni se concluirá jamás ¡ 
aun cuando se concluyera ¿habría hombre capaz de 
leerla i seria posible consultarla? Ese número inmenso 
de literatos no ha producido hasta hoi una sola obra de 
aliento, ni aun una cualquiera insigniñcante pero con el 
mérito de ser agradable. Su teatro es entre pueril i gro- 
tesco; las piezas son cuentos de niños presentados a 
hombres, sin gusto, sin novedad, sin atractivo i enorme- 
mente largos. Las mismas obras clásicas ya citadas, no 
merecen el nombre de monumentos literarios; se com- 
ponen de moralejas, anécdotas, principios i doctrinas 
filosóficas sueltas i por escepción, rasgos de poesia con 
algún sabor literario. Ahora, si asimilamos los conoci- 
mientos literarios de los chinos al arte militar, encontrará 
su sitio en este capítulo la noticia relativa a las pruebas 
de competencia a que se somete a los guerreros. Los 
exámenes para éstos son livianos en clásicos i en odas, 
en cambio se les exije serias pruebas de sport (jimnasia, 
esgrima, uso de flechas i ejercicios de fuerza). Deben 
disparar sus dardos a pié i a caballo, combatir en simu- 
lacro con armas pesadas i alzar grandes pesos. 



Injeniería i sus afluefites. — En la parte relativa a 
la construcción de las casas particulares ha podido 
verse ya una muestra de la arquitectura china. En 
Pekín sin duda se encuentra el mayor número i tai- 
vez la mejor clase de construcciones por sus peculiares 
condiciones como capital del Imperio. Pekín es una 



- 339 — 



ciudad mediterránea si bien se halla a pocos kilómetros 
de un rio navegable; su forma representaba un polí- 
gono irregular inscrito en una sección ovoidea, espe- 
cie de elipse, mas ancho en un estremo. El perímetro 
de la figura de formas retangulares inscrito, es una 
muralla de 32 kilómetros, dentro de la cual está la ciu- 
dad ( la muralla de París tiene 36 kilómetros ). La su- 
perficie intramuros es como de 6000 hectáreas, aproxi- 
madamente dos tercios de la de Paris (9450 hectáreas). 

Véase el croquis al már- 

Templo d e la T ierra 

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Templo ' 
Sbl 



Ciudad tártara 



Ciudad 
amarilla 
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Ciudad 

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china 



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Templo del Cielo 



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jen, tomado de un autor 
italiano, así como muchos 
de los siguientes datos 
relativos a población i di- 
mensiones. La capital se 
divide en tres partes per- 
fectamente limitadas : la 
ciudad tártara mui regu- 
lar, la ciudad amarilla o 
residencia imperial, en el 
centro de la tártara, i la 
ciudad china. La I» tiene 
grandes i anchas calles, 
ocho principales, algunas 
de 30 metros de ancho i 
6000 de largo de E a O; 
otras de 20 m. ancho y 
4000 largo de S a N, constituyendo el conjunto un 
tablero de ajedrez i mostrando así que el fundador i 
delineador tuvo su idea i que la ciudad fué construida 
obedeciendo á esa sola idea. En la ciudad china las calles 
son tortuosas i angostas, con escepciones, naturalmente. 
Hai una de E a O de 7500 metros de largo i bastante 
ancha; otra divide en dos secciones la ciudad, partiendo 
de la puerta central. La ciudad tártara tiene: de N a S 
5500 metros, de E a O 6500, de superficie 3375 hectáreas 
i 24 kilómetros de perímetro. La ciudad amarilla tiene 
668 hectáreas. La china de N a S 3650 metros, de E a O 
7500, de superficie 2500 hectáreas i de perímetro 21 
kilómetros. La población total era antes mucho mayor; 



PEKÍN 

La línea de puntos representa 
la muralla. 



— 340 ~ 

ahora se encuentra barrios despoblados, abandonados ; 
en otra época las casas iban hasta la muralla llenando 
completamente el interior del perímetro. La población 
actual es de 800.000 habitantes, aun cuando el anuario 
de Behm no le da sino 500.000. 

He entrado en estos detalles, para hacer resaltar que 
ha habido una idea de injenieria en la formación de 
Pekin, si bien esa idea puede haber pertenecido a las 
rudimentarias en la materia. Un gran puente de muchos 
arcos, 18 creo, lo revela también; es de piedra i tiene 
esculpidas innumerables figuras. Dicen que algunos pa- 
lacios de la ciudad amarilla son característicos i dignos 
de ser vistos; pero con este Pekin sucede una cosa par- 
ticular: lo característico de él no es accesible i lo acce- 
sible no es característico. Si esos palacios o departa- 
mentos tienen el aire de familia de los templos, pagodas, 
casas i demás construcciones chinas que yo he visto, no 
deben valer gran cosa como obras de injenieria i arqui- 
tectura, pues las pagodas, los templos i las casas hechas 
por el modelo de los edificios chinos, no resistirian a la 
crítica de un maestro albañil de Europa, ni aun a la de un 
oficial adocenado. 

No se puede hablar de obras públicas en China, como 
productos de injenieria. Comenzando por la gran mu- 
ralla i concluyendo por los caminos vecinales, todo es 
primitivo i rudimentario ; la gran muralla prueba pacien- 
cia i baratura de brazos al mismo tiempo, i revela una 
inocencia infantil en quien la concibió; los templos en 
jeneral son galpones parecidos a los depósitos de má- 
quinas agrícolas de las ciudades ; los caminos están a 
cargo, no de la injenieria, sino de la naturaleza. Por eso 
los viajes en China son casi imposibles para nosotros, o 
a lo menos estremadamente difíciles e incómodos; no 
hai, hablando propiamente, caminos. Los puentes rústi- 
cos i desvencijados son un peligro ; los vehículos no 
llevan elásticos; las posadas, cuando por casualidad 
tienen la ocurrencia de existir, son inhospitalarias, des- 
aseadas, desprovistas de todo lo mas necesario para 
el bienestar i hasta de alimentos; así los viajeros se 
ven obligados a llevar consigo sus provisiones i según 



- 341 - 

refieren los que se han arriesgado a penetrar en el 
interior del Imperio, A no dormir o a pernoctar mez- 
clados con las bestias, en pesebres abiertos a todos los 
vientos. 

Los chinos no tienen la menor idea de confort i lo 
demuestran en todo. No les importa nada del tiempo i 
no tratan de buscar facilidades para economizarlo. No se 
hable de vías fluviales cuidadas, ni de canales artificiales 
mantenidos en buen o tolerable estado, para dar vida i 
desenvolvimiento a su comercio. Solo cuidan de los ríos 
cuando su desborde amenaza la vida de los habitantes o 
su fortuna ; ya uno de ellos hace poco, saliendo de su 
cauce, invadió una inmensa población, destruyó las casas 
i las sementeras e inundó la comarca. Perecieron qui- 
nientas mil personas i no quedó un solo animal vivo en 
la vasta estension cubierta por las aguas ; el rio habia 
sido sin embargo, encauzado construyéndose reparos 
en ios bordes bajos; pero ¿cómo seria la obra? Algunas 
veces, lo sé mui bien, los mas sólidos trabajos son des- 
truidos por la fuerza del agua, pero dudo mucho de que 
en China la causa de las catástrofes deba atribuirse a 
fuerzas incontrastables, inclinándome a encontrarla en 
la falta de una dirección técnica, eficiente, pues no exis- 
ten elementos de preparación científica, ni hai injenieros 
en el pais. Las pocas vias fluviales existentes están des- 
cuidadas i se deja obstruir los canales; por esto ape- 
nas pueden pasar barcas pequeñas i eso con botador, 
no pudiendo usar remos en algunos parajes, por la 
estrechez del cauce. Cuando el caudal de agua lo per- 
mite, pequeños vapores suelen penetrar en los rios, pero 
no tardan en detenerse por las obstrucciones, cuya remo- 
ción seria fácil al principio i se convierte en difi'cil por 
el abandono. En Cantón, ciudad relativamente vecina a 
las rejiones de donde viene la luz, ya hai sin embargo, 
un simulacro de canalización i unas dragas indíjenas 
injénuas, por no darles otro nombre,. hacen algún tra- 
bajo; las tales dragas son unos sampanes provistos de 
un torniquete en cuyo eje se envuelve una cuerda de un 
balancín oscilante sobre un palo plantado a cierta dis- 
tancia i de un balde atado por su fondo a una cuerda 



— 342 - 

que va al estremo del balancia i por su boca, a la del 
torniquete; este es movido a mano; el balancín tiene 
otra cuerda en el opuesto estremo para tirar de ella i 
convertirlo en un brazo de palanca, i una tercera, conti- 
gua a la primera, con un gancho en su estremo libre 
para arrear el balde; la maniobra no necesita descrip- 
ción visto el aparato. Ahora bien, yo abrigo serias 
dudas a cerca de si estas dragas tienen por objeto dra- 
gar, es decir, mantener los canales con cierta hondura, o 
si solo se proponen sacar el fango, rico en materia 
orgánica, para usarlo como abono. Es posible sin em- 
bargo, que en el propósito haya un poco de lo uno i de 
lo otro. 

* * 

Astronomiaj física, química i ciencias naturales, — En 
Pekín haí un rudimento de observatorio astronómico 
creado por misioneros i conservado a su cargo. Algu- 
nos Emperadores por curiosidad se divirtieron en ave- 
riguar resultados i conocer algo de astronomía, pero 
nada de ello se tradujo en beneficio del pueblo i no sé 
de sus efectos cosa alguna. Mas si bien no hai astróno- 
mos en China, hai astrólogos que predicen los dias 
propicios i nefastos, encuentran la estrella de cada indi- 
viduo i si a mano viene, le comunican su porvenir; en 
justicia debe decirse sin embargo, que estas supersticio- 
nes están mas ligadas con la relíjion que con la ciencia. 

— Los mismos misioneros han creado o intentado crear 
en el país, algo de física, química e historia natural, pero 
sus trabajos no han tenido repercusión. No intento afir- 
mar al decir esto, que ningún chino tenga conocimientos 
científicos ; eso no es verdad. Muchos ciudadanos del 
Celeste Imperio cultivan las ciencias, la física, la química, 
la mineralojia, la botánica i la teolojia privadamente, 
a veces escondiéndose de sus compatriotas, pero sus 
conocimientos no tienen la menor influencia ni sobre 
sus costumbres e ideas jenerales manifiestas, ni sobre 
los destinos de su nación; todo continua quieto i esta- 
cionario. 



- 343 -- 

Sin duda alguna la preparación de colores para la 
pintura i de diversas sustancias de empleo industrial, 
suponen conocimientos de hechos que por su naturaleza 
corresponden a la química, pero decir de sus prepara- 
dores que son químicos, seria tan gratuito como calificar 
de paleontolojista o botánico al que conoce una gallina 
o un árbol cualquiera. La química en China todavía se 
halla al estado de alquimia; aun hoi mismo se trabaja 
por encontrar la piedra filosofal, hacer oro, preparar 
licores para prolongar la vida i restituir la juventud. 

Y con esto concluyen mis informes respecto al estado 
en China de las ciencias esperimentales i naturales. 



* 
* * 



Ciencias morales i jurisprudencia. — Del estado de las 
ciencias morales puede juzgarse por los datos ya referi- 
dos respecto a la literatura i los literatos i de la teogo- 
nia i teolojia chinas se juzgará leyendo el capítulo refe- 
rente a las relijiones, en la continuación de este trabajo. 
De códigos en materia civil, comercial, administrativa i 
de procedimientos, nada puedo decir, porque nada sé, 
a pesar de haber buscado pacientemente informes en los 
libros corrientes mas acreditados de viajeros concien- 
zudos. Solo puedo insinuar un juicio, poco favorable a la 
administración de justicia en el pais, como emanación 
de este hecho: la defensa por procuración, representa- 
ción o comisión no es permitida; no hai por lo tanto ni 
abogados, ni procuradores, ni otros curiales ; esto pare- 
cería un bien pero no lo es porque estos funcionarios, 
indispensables en occidente i útiles cuando son buenos, 
serian, cualesquiera que fueran sus méritos, aquí perse- 
guidos i castigados como promotores de litijios i cómplices 
según las reglas vijentes. Hai sin duda un conjunto de pres- 
cripciones al cual los majistrados deben sujetarse, a lo 
menos nominalmente, conjunto que por asimilación deberá 
llamarse código, aun cuando no formen cuerpo de obra ni 
tengan unidad, pero tal conjunto no está siquiera indicado 
en los libros al alcance de un viajero. Por mis datos e 



— 344 — 

inferencias la defensa es personal i el acusado se escusa 
como puede ante sus jueces. He visto en Cantón la casa 
de los tribunales; es mas o menos apropiada a sus fines. 
Desgraciadamente los jueces no funcionaban cuando yo 
estuve, por hallarse en vacaciones con ocasión de las 
fiestas de año nuevo. Los datos que me suministraron 
respecto a este tribunal confirman lo espuesto ; el acusa- 
do ante él está librado a sus propias fuerzas. No es raro 
ver en las audiencias escenas repelentes, tales como la 
aplicación de azotes con varas de bambú, en presencia 
del público, al acusado recalcitrante o simplemente poco 
dúctil a las exijencias de los jueces, pero la verdadera 
tortura, mui en boga para obtener confesiones o decla- 
raciones verdaderas o falsas, no se aplica en sesión 
pública. En cuanto a procedimientos el lector quedará 
edificado con la lectura del estracto siguiente. 



Código penal i proceder de las autoridades en la apli- 
cación de las leyes, — Las penas que consagra el Código 
son tres: de azotes, de carga de 25 libras, 12 kilos ±, i 
de muerte por la horca o la decapitación. Se redime de 
algunas penas mediante dinero. Los criminales que se 
entregan espontáneamente mejoran su situación. Los 
hijos únicos de padres sin apoyo no pueden ser ajusti- 
ciados; los criminales de una edad mui avanzada tam- 
poco. Los músicos i los astrólogos pueden alegar su 
profesión como causa atenuante. Un atentado contra la 
vida del Emperador seria inaudito i se toma cuanta pre- 
caución es posible para evitarlo: dícese que las ceremo- 
nias de regla en su presencia, tales como arrodillarse i 
juntar las manos en actitud de súplica, no tienen otro 
objeto o lo tienen concomitante con otros de respeto i 
veneración. Pasar la puerta de la ciudad prohibida es un 
crimen i penetrar en los aposentos imperiales, uno tan 
grande que es castigado con la pena de muerte; inten- 
tarlo solo acarrea la misma pena. Los trabajadores o 
artesanos, cuando para hacer una reparación nf cesitan 
entrar a estos locales, se proveen de un permiso en toda 



~ 345 — 

forma. Los crímenes cometidos en las vecindades del 
palacio son mas severamente castigados que los del 
mismo jénero cometidos en otro sitio. Se ve por estas 
anotaciones, como la vida del Emperador es singular- 
mente protejida. Gran respeto por las reglas relativas al 
matrimonio infunde la lei ; el padre dispone de su hijo 
para casarlo aun cuando el hijo tenga otros compromi- 
sos ; el luto suspende los matrimonios ; estos no son 
permitidos entre parientes (mui bien) ni entre personas 
del mismo nombre. Al lado de prescripciones racionales 
salen otras ridiculas; por ejemplo: durante los prime- 
ros tiempos de un luto queda prohibido afeitarse; se cas- 
tiga a los sindicados de practicar la majia, a los autores 
de libros de brujeria para resucitar espíritus malos, a los 
preparadores de drogas i a los {paperman? Volviendo 
al matrimonio : los maridos pueden tener segundas mu- 
jeres, ya se ha visto; las causas de divorcio solo sirven 
al hombre, la mujer no tiene derechos ; estas causas son 
la esterilidad, la lascivia, la falta de respeto a los sue- 
gros, el ser mui parlanchínas o habladoras las esposas, el 
tener tendencia al robo o carácter suspicaz o ser envi- 
diosas o padecer enfermedades inveteradas, la elefan- 
teasis, llamada lepra principalmente. La traición se 
castiga con las mayores penas; se mata al traidor que- 
mándolo a fuego lento o cortándole paulatinamente pe- 
dazos del cuerpo ; cuando ya agoniza se le da el golpe 
de gracia. Respecto a los grandes crímenes el código 
establece la siguiente monstruosidad: los parientes va- 
rones cercanos del delincuente deben sufrir la pena de 
muerte aun cuando vivan lejos del sitio donde tuvo lugar 
el crimen i no sepan nada de él ; la misma pena se 
aplica a los parientes no cercanos del criminal, cuando 
viven en la misma casa que él. Los idiotas no están exen- 
tos de pena. La aplicación de la tortura como medio de 
prueba o castigo, no solo es permitida sino ordenada ; 
con ella hacen declarar al paciente cuánto se les antoja 
a los jueces; el hombre mas inocente torturado se acusa 
de crímenes que no ha cometido; el dolor físico es todo- 
poderoso. Los majistrados saben esto pero no lo tienen 
en cuenta. Todos ios jéneros de tortura son practicados, 



— 346 - 

pero el mas jeneral es el de hacer arrodillar al delincuente 
en un montón de cadenas, subiendo encima de él los 
verdugos para aumentar el peso i el tormento. La pa- 
tria potestad parece no tener límite como lo prueban 
mil casos. Los padres pueden castigar a sus hijos hasta 
matarlos, pueden venderlos i disponer de ellos a su an- 
tojo. Cuando un hijo muere por castigos del padre, a 
este se le debe dar cien palos; es la máxima pena que 
consagra el Código. Casi siempre, sin embargo, el crimen 
queda impune. Citaré dos ejemplos: Una madre, por faltas 
de respeto de su hijo decide hacerlo matar, busca ajentes 
para ello i los encuentra, pero no enteramente a su gus- 
to; ella quiere hacer enterrar vivo a su hijo; los ajentes 
se niegan i solo concienten en llevarlo a sitio determinado 
i matarlo, echándole una pared encima, como lo hacen. 
Conocido el caso la madre no recibe el menor castigo. 
Un hombre mata a su hijo ahogándolo i presenta sus 
escusas por haberlo hecho creyendo que no era de él, 
pues en caso de ser suyo no cabria escusarse. Acusar a 
los padres con razón, es un crimen que se castiga con 
la pena de palos ; si la acusación es injusta se aplica al 
acusador la pena de muerte. También se considera 
crimen la acusación a los abuelos i se aplica las mismas 
penas. La mujer que acusa al marido cae bajo la juris- 
dicción del código penal; lo mismo el esclavo o la mujer 
que ataca a su amo o marido ; este en revancha puede 
matar a su esclavo i atormentar a su mujer. La grada- 
ción de las penas con relación a las ofensas, es de la más 
estravagante orijinalidad. El peculado i el juego, de 
hecho quedan impunes, pero la lei los condena. Los dos 
vicios son tan comunes que del primero no se habla i en 
cuanto al segundo, basta decir que es difícil encontrar un 
chino medianamente desvinculado, comiendo por su 
cuenta en una fonda : o ha perdido o ha ganado su co- 
mida en la puerta. En el primer caso no come, en el 
segundo el otro paga su comida. La corrupción de los 
mandarines es un evanjelio en China, pero tiene sus es- 
plicaciones atenuantes ; estos funcionarios mantienen a 
su costa un numeroso, numerosísimo personal, innecesa- 
rio pero indispensable porque así es i será, i están obli- 



- 347 - 

gados a mantener su rango i dar a su familia el lujo 
consiguiente a su elevada categoría^ obligación indispen- 
sable también para imponer respeto a sus gobernados. 
Como la opinión pública en calidad de fuerza no existe, 
los mandarines proceden a su arbitrio ; hacen en realidad 
lo que quieren. Las acusaciones sin embargo, corftra 
estos majistrados son frecuentes, pero sus faltas quedan 
impunes por la dificultad de las pruebaá, dado el encade- 
namiento de hechos i la comunidad de intereses entre los 
empleados. Hai por lo tanto una tolerancia recíproca 
ya crónica en el país. Esta regla no deja de tener escep- 
ciones, soliéndose encontrar mandarines modelos de 
dignidad, de honradez i de rectitud en el desempeño de 
su difíciles funciones. Los procedimientos con aire de 
judiciales son, por no decir irritantes de injusticia i arbi- 
trariedad, estrafalarios e inadecuados. Los libros clásicos 
que los consagran, datan de dos mil o mas años antes 
de J C sin modificación; los chinos aunque intelijentes i 
aptos para comprender las cosas, no son o no quieren 
ser capaces de estender lo iniciado ; pueden llegar a 
copiar, pero en la copia se quedan, voluntariamente, por 
falta de imajinacion tal vez o por esa su indolencia sui 
generis, compatible con la mayor laboriosidad. 



En jurisprudencia por eso no están mas adelantados 
que en injenieria i otras ciencias. El estado actual de la 
China se asemeja un poco al nuestro en la Edad Media, 
pero entre nosotros el imperio del absurdo, de la inhu- 
manidad diré, fué transitorio, mientras aquí todo parece 
permanente, eterno, sellado para siempre. Su intelijencia, 
aguda i estensa en muchos ramos representa una paradoja 
incomprensible: en efecto, no tiene en ella asidero la 
evidencia; se proclaman invencibles mientras van hu- 
yendo, como en 1860, i su Emperador, espulsado, ven- 
cido, continúa siendo el Hijo del Cielo i el único Empe- 
rador de la tierra. 



- 348 - 

Entre las obras clásicas, resumen y fuente de todas 
las ciencias, figura el «Hsiyuanchu > gran libro, una es- 
pecie de enciclopedia según infiero, pues si ahora la 
vamos á ver dando reglas de procedimientos, después 
la veremos enseñando anatomía, fisiolojía, toxicolojía i 
medicina It-gal, en nombre de su antigüedad (dos mil 
años) i por tanto con su autoridad no desmentida ni 
negada. El « Hsiyuanchu » establece, como regla de 
procedimiento que en caso de entablarse una investiga- 
ción judicial, por heridas supongamos, no debe darse 
conocimiento de ello a los parientes del herido; ra- 
zón : < los parientes desearán la muerte del sujeto i 
harán cuanto puedan porque muera para sacar plata 
del acusado ». He aquí otro principio de jurisprudencia 
corriente en China: «un hombre que intenta salvar a 
otro es responsable de su muerte sino lo salva». Esta 
eminente doctrina como se vé es destinada á estimular 
el noble sacrificio personal a favor de nuestros seme- 
jantes. Como modelo de talento investigador puede ci- 
tarse el siguiente procedimiento de un magistrado que 
se inspiró sin duda en el Hsiyuanchu : se sospecha 
que una herida ha sido hecha con la mano izquierda ; 
el majistrado instructor del proceso, invita a varios su- 
jetos auna fiestas i observa; uno de ellos toma el vaso 
con la mano izquierda, sin mas ni mas el magistrado 
lo manda prender, lo tortura i con este medio infalible, 
inocente o no, lo hace confesarse culpable. Pero para 
tener una idea cabal de usos tan estraordinarios i vio- 
lentos, es mejor leer la relación de algunos casos, tales 
como los muy ilustrativos que paso a referir. Uno de 
ellos dio lugar auna causa célebre: «Se encuentra un 
cadáver con la trensa cortada (grave el detalle) ; el 
agente de la autoridad un tal Hu, empeñado como todos 
los de su clase i en todas partes, en descubrir un cri- 
men y un criminal, o inventarlos si se ofrece, llama 
a un hombre del pueblo, de nombre F'ang i lo induce á 
acusar á tres sujetos como autores del delito, entre 
ellos á un clérigo, dando como pruebas o sospechas 
vehementes un tejido de afirmaciones estrafalarias ina- 
ceptables; pero son aceptadas. Se somete á la tortura 



— 349 — 

a los acusados, uno de ellos confiesa lo que le dic- 
tan i escapa á la pena de muerte perdiendo solamente 
la oreja derecha, los otros dos son ajusticiados (de- 
gollados). Hecha justicia aparece una denuncia sobre 
el mismo asesinato fundado en sucesos reales; los con- 
denados i ejecutados resultan inocentes y se descubre 
a los verdaderos criminales. Con tal motivo Fang con- 
fiesa haber sido forzado por Hu a inventar su dela- 
ción i los inocentes sacrificados, a incriminarse para 
suspender la horrible tortura. El Gobernador de la 
jurisdicción pide entonces permiso al Emperador para 
torturar á Hu, por haber torturado injustamente i obli- 
garlo á confesar su crimen en presencia de las revelacio- 
nes de Fang. No se provee nada respecto al error judicial; 
los muertos, muertos quedan i el de la oreja cortada 
se contenta con una sola. Otro caso: un individuo por 
celos castiga a su mujer cruelmente; después se enferma 
y muere; su familia lo cree envenenado i acusa a la 
esposa. Todo ello se basa en signos antojadizos ; la 
autoridad ordena una investigación de peritos; éstos 
dan su informe (véase el capítulo sobre medicina) pero 
por una omisión del análisis científico, subsisten dudas 
respecto al envenenamiento. Para esclarecerlo aplican 
la tortura á la infeliz esposa; medio infalible, bajo su 
influencia la pobre acusa a su supuesto amante de ha- 
berla inducido al crimen i haberle suministrado el ve- 
neno, el arsénico, en dia i mes designados, tantos de 
noviembre. Los parientes del acusado prueban la fal- 
sedad de -la denuncia haciendo la coartada, según creo 
se dice en términos jurídicos; pero éste amenazado por 
la tortura ratifica la denuncia de la mujer. En esto un 
censor (el cuerpo de censores, instituido por ley es 
terrible en China) acusa a las autoridades del Distrito 
de haber conducido brutalmente la investigación i tor- 
turado inocentes. El Board, Tribunal de Castigos, toma 
cartas en el asunto i ordena la exumación i examen 
del cuerpo del supuesto envenenado. Los peritos dan 
su informe tan científico como mas no puede ser (véase 
el capítulo sobre medicina) cuyas conclusiones contra- 
rias al primer informe, se acepta por estar de acuerdo 



— 350 — 

con el uso canónico í los principios consagrados en 
las obras clásicas. Por fin, rara avis, los majistrados 
que impusieron las torturas injustas son castigados. 



La inseguridad de la conservación de la vida en 
China, por la facilidad y consecuencias de las denuncias i 
calumnias, induce a la crueldad i al menosprecio de la 
propia i de la de los semejantes. Algunos sujetos perver- 
sos se suicidan en la puerta de la casa de sus enemigos, 
por odio, para cargarles el crimen de omicidio; otros, 
para procurar algún dinero a su familia, toman el puesto 
de los criminales, se hacen condenar i se dejan matar en 
el patíbulo. Los tribunales aceptan como pruebas irre- 
cusables las conclusiones de los peritos fundadas en 
trivialidades o pueriles deducciones : la dirección de las 
heridas, la abertura o clausura de los ojos, la disposi- 
ción de los labios, la posición de los cadáveres i otras 
circunstancias interpretadas de una manera salvaje i 
supersticiosa, asumen ante ellos el papel de demostra- 
ciones incontrovertibles. 



Las prisiones son inmundas, pestilentes, húmedas i 
sin luz. Las sabandijas, parásitos, microbios i bichos 
venenosos se instalan en las úlceras producidas por la 
tortura en el cuerpo de los infelices encerrados para 
añadirles tormentos infernales i concluir con su vida. A 
justo título debian llevar las prisiones esta inscripción 
en su frontispicio: «Lasciate ogni speranza o voi che 
éntrate* pues en verdad, los huéspedes de estos En- 
cierros inventados para proveer a la seguridad social, 
pasan en ellos 20 o 30 años, olvidados de los jueces, de 
los parientes i de los amigos, i muchos no abandonan su 
celda sino después de muertos, para ocupar otra mas 
limpia en el Cementerio, habiendo sido encerrados tal 
vez por denuncias falsas o con fútiles pretestos. La Jus- 



- 351 — 

ticia en China es un trasunto de la Inquisición europea 
durante los tiempos sombríos de la Edad Media i sus 
prolongaciones. 

* « 



Medicina i médicos. Hospitales i Asilos de caridad, — 
Quiero visitar en Cantón un hospital jenuinamente chino, 
administrado por chinos ¡ asistido por médicos chinos; 
quiero conocer un doctor de medicina chino i tomar 
alguna idea de su ciencia. Hablo con el guia chino; él 
ha oido alguna vez el sonido de la palabra inglesa «hos- 
pital » pero no atina con la cosa china a la cual puede 
aplicarse semejante nombre. En fin, después de mucho 
bregar me conduce a una casa situada en uno de los 
callejones centrales de la Ciudad. Encuentro un salón 
con gran puerta a la calle, dividido en cuatro partes, 
una frontal, especie de vestíbulo, de todo el ancho de la 
pieza i tres en el fondo, dos laterales con bancos de ma- 
dera, i una central, comunicando con el interior de la 
casa, habitaciones de los médicos i otras dependencias. 
Kn esta parte hai una mesa i dos sillas ; sobre la mesa 
papel con inscripciones jeroglíficas, tinta china i pinceles 
i una pequeña tabla forrada con piel i colchada. Mi guía 
llama al médico ; este sale ; es un hombre mui viejo, de 
facciones finas i fisonomía intelijente. Le comunico que yo 
también soi médico de países lejanos; esto no le importa 
nada, según parece; que estoi enfermo i deseo hacerme 
ver. Se sienta en una de las sillas i me indica la otra; yo 
también me siento; me hace apoyar el brazo derecho en 
la tabla colchada i me toma largo tiempo el pulso, mi- 
rándome fijamente. Otro médico recien llegado me toma 
el pulso en la izquierda. El viejo me pregunta si he 
tenido romadizo ; le digo que sí. El examen ha conclui- 
do ; toma papel i su pincel i escribe siete líneas verti- 
cales de caracteres chinos; me da la hoja escrita i el 
guia me dice que con las sustancias indicadas debo hacer 
una infusión i tomarla. Quiero pagarle su visita; no 
acepta. Doi las gracias i comienzo mis preguntas. 



— 352 — 

— I Hai hospitales para asistencia de los pobres en 
Cantón ? 

El médico no entiende la pregunta. 
— { Dónde se asiste a los pobres ? 
— Aquí. 
— Pero aquí no hai camas ni útiles ! 

— No hai. 

— {Cómo hacen entonces? 

— Los enfermos vienen, se les receta i se van. 

— { I cuando no pueden irse, cuando tienen rota una 
pierna por ejemplo? 

— Se acuestan en uno de esos bancos i se les pone 
el emplasto! 

— { I después? 

— Después se van. 

— Pero no pueden irse, ni tienen quien los lleve! . . . 
— A la hora de cerrar la casa entonces, se los saca i 

se los pone en la calle. 
— { I una vez en la calle? 
— Alguien los recoje i los lleva a su casa. 
— 1 1 si no tienen casa ? 
— El que los recoje los lleva a la suya. 

— I si nadie los recoje ? 

. . .El médico alza los hombros no tiene^mas in- 
formes que suministrar i yo, prudentemente, me doi por 
satisfecho i salgo del Consultorio seguido de un grupo 
de curiosos (la consulta ha sido pública) interesados en 
mi salud. 

Voi ala botica, al lado; presento mi receta; cuatro 
boticarios elijen las sustancias, las pesan en unas roma- 
nas de palitos, sin gran escrúpulo, las envuelven, las 
rotulan en chino i me las dan. Conservo la receta i llevo 
las drogas para examinarlas. Me dicen que son produc- 
tos indíjenas, sin nombre en inglés ni en otro idioma 
europeo. 



Deduzco, por esta mi esperiencia personal i por mis 
investigaciones, conversando con residentes europeos 
de largo tiempo aquí, i por mis lecturas, que en la China 



— 353 — 

no hai médicos; solo existen supersticiosos empíricos, 
mas o menos intelijentes a quienes no se les puede 
llamar ig^norantes, pues en realidad son doctores, doctos 
en las materias de su ciencia, según se halla en los libros 
clásicos de reputación secular : solamente los tales libros 
son un tejido de disparates inauditos, cuya subsistencia 
como doctrina no se comprende en los cerebros de hoi, 
en presencia de las evidencias del saber humano con las 
cuales los chinos están en contacto. Esos libros consa- 
gran, i los doctores chinos tienen como verdades incon- 
cusas, las teorías i absurdos mas singulares de cuyo 
conjunto elijo algo, una mínima parte, para consignarlo 
como muestra, dividiendo los disparates en grupos, no 
por hallarse así en los clásicos, sino por presentarlos 
con cierto método según su sentido. 



Anatomía descriptiva. — Hai para la ciencia médica en 
China 360 huesos en el cuerpo humano, correspondien- 
tes a los 360 dias del año (el esqueleto tiene 208 huesos 
i el año 365 dias, 5 horas, 48' 48'*&). Desde la nuca 
hasta la cima de la cabeza el hombre tiene 8 piezas 
de hueso, escepto el caso de un Ts'ai Chow, que se 
enorgullece por tener 9 (Ts'ai Chow men). 



Anatomía jeneraL — El cuerpo humano se compone 
de 5 elementos, en relación con los 5 planetas, los 5 
gustos, los 5 colores i los 5 metales (La afición a los 
números tan jeneral en todos los pueblos en la infancia 
de las ciencias). 



Fisiolojía. — No conocen la circulación de la sangre, 
ni las leyes hidráulicas de la presión, pues toman el 
pulso en las dos manos, lo que a menos de entorpeci- 
miento en la red de vasos de un miembro, no conduce a 
nada. En el matrimonio que representa el cuerpo huma- 

Por mares i por tierras 23 



— 354 — 

no, el corazón es el marido i los pulmones la mujer o las 
mujeres; de la armonía de esta familia resulta la salud, 
de su discordia la enfermedad. Existen en el cuerpo 32 
puntos vitales, 16 por delante i 16 por detras. (Este dato 
se considera de gran importancia como se verá, para 
averiguar los daños internos.) 



Patolojía jeneral e interna. — Las causas únicas de 
las enfermedades son el calor i el frió. Se conoce cual es 
el órgano enfermo por el pulso; el de la mano izquierda 
indica padecimiento del corazón, el de la derecha de los 
pulmones i del hígado. Si los pulsos no revelan clara- 
mente el mal, se recurre al examen de la lengua i por su 
estado se conoce todo. Las enfermedades no son conta- 
jiosas, solo la lepra lo es a la larga i por contactos inme- 
diatos. No puede apartarse ninguna causa de enferme- 
dad sino por sortilejios encantamientos, brujerías i con- 
juros ; en este caso el sacerdote o nigromántico procede 
i no el médico. Sin embargo, ahora vacunan enseñados 
por los europeos, para preservarse de la viruela, sin 
confesar que faltan a los ritos, forzados por la evidencia 
i la necesidad patente ante el sentido común. 



Patolojía esterna. — Cirujía, — Solo existen algunos 
hechos acerca de estas materias que podrian ser inclui- 
das entre los de pequeña cirujía, i son: la colocación 
de apositos i vendajes, la aplicación de emplastos i la 
novísima práctica de la acupuntura; a esto se reduce 
todo. No hai patolojía esterna, ni cirujía; no puede tam- 
poco haber nada de su resorte. Es prohibido cortar el 
cuerpo humano; hasta los tumores cuyo aspecto a la 
vista reclaman una intervención, son respetados i hai 
algunos que piden, se puede decir, ser abiertos, .ampu- 
tar miembros, separar del cuerpo pedazos de carne, 
toda mutilación, en fin, es un delito; la razón es de lo 
mas curioso, una razón jenuinamente china: no se puede 



- 355 — 

hacer eso porque con ello se inferiría una ofensa a los 
antecesores, autores, fabricantes del enfermo entero i 
por ende, de todos sus pedazos. Aun en casos de necesi- 
tarse la amputación para salvar la vida, la rechazan. Un 
mandarin con una horrible fractura conminuta prefirió 
dejarse morir a ser operado. 

Forma una estraordinaria exepcion entre las prácti- 
cas chinas, todas seculares i tradicionales, casi un delito 
contra los libros clásicos de 4000 años, la introducción 
de la acupuntura en la terapéutica china, i hablo aqui de 
ella por ser un medio quirúrjico. Pero los médicos chinos 
se han ido en su uso a la otra alforja i apenas descubren 
por el pulso la lengua i otros indicios de su particular 
uso, el sitio real o supuesto de la enfermedad, allá va la 
aguja, ya se trate del estómago, del hígado o de una 
articulación ; i ni sé si respetan el corazón. Parece sin 
embargo, que la aguja es simplemente usada por los 
efectos directos de la punción, conro irritante, i no para 
vaciar tumores o colecciones de humor o serosidad, 
como usamos nosotros el trocar. El horror a las muti- 
laciones se muestra aun en las gradas del cadalso ; los 
condenados prefieren ser ahorcados a que se les corte 
la cabeza. 



Diagnóstico de las afecciones de los puntos vitales o 
del daño interno. — Esta materia por su interés especial 
merece un párrafo aparte. El médico para conocer el 
punto vital afectado o el daño interno, debe proveerse 
de cebollas, pimienta roja, sal, ciruelas blancas, ciertos 
granos i vinagre, debiendo emplear cada sustancia en 
su oportunidad a fin de llegar al diagnóstico de esas 
enfermedades latentes. Procedimiento: !« se esparce 
los granos i se vierte un poco de vinagre ; hecho esto, 
2o se toma un paragua cuya tela será enaceitada i se lo 
abre delante del enfermo, protejiendo la parte dañada 
de los rayos del sol. Entonces, si hai herida interna ella 
se muestra al esterior. Si el esperimento falla, con la 
pulpa de las ciruelas, la pimienta, la sal, la cebolla i un 



— 356 — 

poco de granos, se hace una cataplasma i se aplica al 
sitio sospechado, en el cual no tardan en presentarse 
los signos del daño interno. £1 medio es infalible! 



Materia médica i terapéutica, — La farmacopea china 
admite 442 remedios: 314 de oríjen vejetal, 50 de orijen 
mineral i 78 de oríjen animal. Unos cuantos de ellos 
llevan el nombre de tónicos i figuran en el número ar- 
bestes? estalactitas, piel seca de lagartos con manchas 
rojas, carne de perro, estremidades o puntas recientes de 
cuerno de ciervo, concha de tortuga, huesos i dientes de 
dragón, raspaduras de cuerno de rinoceronte i otras 
sustancias mas o menos inofensivas, dañinas o mediana- 
mente útiles. La preparación de los remedios para tomar 
se hace por decocción, infusión o maceracion. También 
se confecciona emplastos. Puede decirse que las infusio- 
nes para beber i los emplastos para ponerse, constitu- 
yen todos los remedios conocidos i empleados. 

Como ejemplo de terapéutica citaré el modo de curar 
la rabia. Se toma la parte interna del guisante negro, 
alias poroto entre nosotros, se la seca, se la pulveriza i 
se la mezcla con aceite de cáñamo, formando con el todo 
un bolo ; se aplica este a la herida i se lo deja un tiempo ; 
después se lo retira i se lo rompe ; se vé si la rotura 
presenta la apariencia de pelo ; si la presenta se vuelve 
a aplicar el bolo roto u otro hasta que el primero pierda 
en la rotura el aspecto indicado o el nuevo no la presen- 
te. El enfermo durante cien dias no debe comer | carne 
de perro! ¡ni carne podrida! ¡ni gusanos de seda! Por 
lo visto estos manjares son de uso diario, cuando los 
prohiben a los enfermos. No debe tampoco tomar vino 
ni oler sustancias fragantes. Cuando el veneno del perro 
ha penetrado en el corazón del mordido i produce sen- 
saciones de angustia i debilidad, el estómago se hincha i 
viene una abundante secreción de saUva. Entonces es 
conveniente probar el efecto del cráneo, dientes i huesos 
de las manos de un tigre adulto, pulverizados i mezcla- 
dos con vino, del cual se propina al enfermo dosis de ^ 



- 357 — 

de onza. Si así no se mejora sobreviene la locura, el pa- 
ciente ladra como perro, los ojos se le ponen blancos i 
relumbrantes i muere. 

Rl ün de la ^erapérifica, pues a ella se reduce la me- 
dicina o arte de curar i por lo tanto, el propósito de los 
médicos en China, es : reforzar la respiración ; echar 
abajo las flemas, igualar el calor en la sangre ; produ- 
cirlo cuando falta ; promover el apetito ; purgar el higa- 
do ; remover las sustancias nocivas i en resumen res- 
tablecer la armonía. La intención es buena como se vé. 

A mas de los tónicos, los reforzadores de la respira- 
ción, los motores para echar abajo las flemas i purgar 
el hígado ; los niveladores del calor i los promotores 
del apetito, la farmacopea china posee yerbas para 
prolongar la vida i vigorizar á los viejos. Los químicos 
no han encontrado todavía el medio de hacer oro, se- 
creto que buscan con empeño desde hace diez mil años; 
en cambio ya si no saben evitar lisa i llanamente la 
muerte, saben retirarla a distancia convenientemente i 
mitigar los efectos desagradables de la vejez. El « Pa- 
nax Ginsing » es una planta eficaz para producir esos 
efectos. La Corea percibía una gran renta por la es- 
plotacion de esta planta cuyo comercio ha sido objeto 
de medidas de Gobierno. Los mejores productos son 
naturalmente destinados a vigorizar a S. M. el Empe- 
rador de la China, cuándo lo ha menester. Las obras 
de mayor crédito hablan con seriedad de estas i otras 
supersticiones. 



Medicina legal i toxico iojía.--Rw estas materias lucen 
con reflejos celestiales los libros clásicos, el Hsiyuanchu 
i los doctores adictos a sus doctrinas. Ninguna relación 
ni esposicion razonada de las reglas consignadas en 
esas obras i puestas en práctica por los peritos dará 
mejor idea sobre ellas al lector, que la copia sencilla de 
algunos informes médico-legales, sin comentarios. 

En el caso ya citado del marido que por celos estro- 
pea a su mujer i muere en seguida con síntomas alar- 
mantes, los peritos informan : « que si el sujeto fué por 



- 358 - 

ajena mano envenenado, no se empleó para ello el 
opio > pues el opio no mata sino cuando el que lo toma 
lo hace con el propósito de suicidarse i no actúa como 
veneno faltando la voluntad del paciente i siendo propi- 
nado por otra persona; a mas de esto la presencia de 
ciertas vejigas li\idas en el cadáver denuncian que el 
veneno a cuyos efectos sucumbió el paciente, fué el arsé- 
nico, lo cual se confirma por el hecho de haberse puesto 
verde una aguja dr plata introducida en el cuerpo exa- 
minado >. Este informe habría sido concluyente i las 
autoridades lo habrían aceptado, a no haber olvidado 
los médicos ''< lavar la aguja de plata antes de introdu- 
cirla, en un cocimiento de gleditschia (no sé lo que es) 
sustancia que, según las autoridades científicas, impide 
toda coloración verde por cualquier droga menos el 
arsénico >. Por tal omisión los jueces ordenan un 
nuevo examen tras de mil peripecias. Los peritos exhu- 
man el cadáver, lo examinan i dicen : < el cráneo no 
presenta esfoliaciones rojizas ; los huesos superiores 
e inferiores de la boca, los dientes, las mandíbulas, los 
huesos de las manos, pies i dedos, las uñas i las articu- 
laciones son de un color blanco amarillento i en todo el 
resto del cuerpo los huesos de todo tamaño, son del 
mismo color ; luego no existen signos de los efectos del 
veneno i en consecuencia el individuo no ha sido enve- 
nenado >. Este informe se halla dé acuerdo con las con- 
clusiones de los cánones científicos. 

He aquí ahora un medio médico -legal infalible para 
averiguar los vínculos entre un muerto i un vivo i entre 
dos personas vivientes. 

Para establecer la paternidad por ejemplo, en caso de 
muerte del presunto padre, se toma un hueso de su 
cadáver, en seguida se corta un pedazo de la piel al 
presunto hijo i se deja gotear de ella un poco de sangre 
sobre el hueso ; si la sangre penetra en el hueso, el 
muerto i el vivo son padre e hijo. Entre vivos el pa- 
rentesco se revela porque la sangre de unos i de otros 
echada en una vacija con agua, se mezcla. Lo mismo 
le sucede á la sangre de un marido con la de su mujer. 



- 359 — 

Hijiene. — La privada es mas perceptible que la pú- 
blica ; el desaseo es jeneral, pero hai muchos chinos, 
principalmente mujeres a quienes se les puede llamar 
personas pulcras. Sin embargo, pueblos que no tienen 
agua en abundancia i desagües apropiados, no pueden 
ser limpios. Como precepto científico corresponde se- 
ñalarse alguna prohibición de alimentos, pero al mismo 
tiempo la observación muestra el poco imperio de tales 
prescripciones: basta recordar lo que se come. Nada 
hacen ni intentan hacer para evitar las epidemias si- 
quiera aleccionados por la esperiencia. He hablado ya 
<ie los Montepios: pues, una especie de Montepio, o un 
departamento de los verdaderos es, en tiempo de epi- 
demia ó en las estaciones siguientes a una peste, el 
oríjen de otra, por la costumbre, económica sin duda 
en los habitantes, de depositar en esos establecimientos, 
de una estación para otra, sus vestidos i sus abrigos 
de piel. 

Para espulsar el cólera solo emplean sortilejios i obje- 
tan cualquier otra medida, sosteniendo con los hechos a 
la vista, que el cólera viene i se va cuando quiere, i así 
es en Cantón, en Pekin i én todas las poblaciones gran- 
des i chicas. La costumbre de no beber agua, sino infu- 
siones aromáticas, acto de alta hijiene que practican sin \ 
saberlo, debe contribuir poderosamente a disminuir las 
enfermedades. La difteria jermina en las ciudades i en la 
campaña, i las epidemias aparecen i cesan en virtud de 
órdenes de la Providencia. I sin embargo, la China tiene 
400 millones de habitantes. { Serán una ilusión las cien- 
cias médicas? 

Las condiciones hijiénicas, públicas i privadas en China, 
son deplorables ; la pobreza, la miseria, la abominable 
clase de alimentos, el desaseo i la humedad a par del 
escesivo trabajo i la falta de abrigo, deberían ser causas 
de una disminución notable anual en la población ; mien- 
tras tanto, la nación solo da pruebas de una fecundidad 
que seria alarmante para el mundo entero, si los chinos 
fueran como los europeos o americanos. 



* 



- 360 - 

Por via de complemento diré algo sobre la posición de 
los médicos en China. Se les acuerda cierta considera- 
ción teórica, nominal, pero la remuneración de sus servi- 
cios no corresponde a ella ; los honorarios son ínfimos, 
si bien presentados con gran ceremonia i envolviendo la 
escasa moneda en papel dorado. Un peso por una visita, 
es un lujo escepcional. Cuando el Emperador, padre del 
actual, se enfermó de viruela, lo asistieron los mejores 
médicos del país, debemos suponerlo, las eminencias 
científicas. En el curso de la enfermedad, el ilustre pa- 
ciente tuvo un dia de alivio ; los médicos fueron poco 
menos que endiosados ; pero al alivio siguió la agrava- 
ción i la muerte ; los médicos fueron degradados, ul- 
trajados ; se les despojó de sus decoraciones i títulos, r 
no sé cómo escaparon a la muerte, mui lójica en la cir- 
cunstancia, en virtud del corriente aforismo de jurispru- 
dencia ya apuntado : el que intenta salvar a un hombre í 
no lo salva, es responsable de su muerte ! . . . pero el 
Emperador no es un hombre. . . (siempre hai una salida 
en China). 

* 

A pesar de su escepcional estática, cuya continuación 
por siglos, parece radicaría mas, este colosal conglo- 
merado, al cual no llamaré nación, por faltarle los carac- 
teres jenuinos de ella, verá en los siglos futuros cosas muí 
nuevas. Ya la masa inerte ha sido entamé, queda seña- 
lada la marca ; la gran muralla tiene su brecha ; los 
ingleses, franceses i alemanes, están en Hong-Kong, Shan- 
gai i Tientsin. Tropas aliadas estranjeras entraron en 
Pekin, i ahora los japoneses han obligado al Hijo del 
Cielo, al único Emperador de la tierra, a firmar la paz en 
condiciones deprimentes. Pero ya los hombres de Estado^ 
i los hai en China, comienzan a preocuparse del porvenir, 
i en ramas particulares de la vida social, aparecen movi- 
mientos que indican una tendencia nueva destinada a 
crecer i cuyo fin será traer a la China al gremio de los 
pueblos civilizados, en virtud de la acción universal de 
las fuerzas sociales. 



— 361 - 

Para no citar sino hechos concernientes a la materia 
de este capítulo, a las ciencias médicas i sus proyeccio- 
nes, mencionaré el hospital chino de Hong-Kong i la pe- 
queña naciente escuela de medicina para alumnos chinos, 
de la cual han salido ya médicos indíjenas, nativos, 
dotados de todos los conocimientos para desempeñar 
honrada i eficazmente su profesión. 

Hablaré primero de la escuela médica. Voi, como dije 
ya en Hong-Kong, al Alice hospital, con el objeto de visi- 
tarlo i de ver un pié deformado de mujer. 

Un establecimiento mas bien pobre, con mobiliario 
poco confortable i escaso número de enfermos, pero con 
buena asistencia, se ofrece a mi inspección. Visito el Dis- 
pensario, a donde concurren los enfermos estemos, i 
nada tengo que objetarle ; amplio, cómodo, con gabine- 
tes para examen i con instrumentos. Todo ello es euro- 
peo i por tanto nada sorprende. Mientras esperaba a la 
mujer del pié torturado, tengo ocasión de ser presen- 
tado al doctor Tompson, Inspector de Hospitales; le 
manifiesto mi deseo de conocer un hospital chino, diri- 
jido por chinos, no habiendo encontrado en Cantón nada 
de su especie. El doctor Tompson me manifiesta estar 
dispuesto a acompañarme a ver uno, pero no inmediata- 
mente, pues va a entrar a clase. — ¿A clase ? pregunto — 
Si, voi a dar mi lectura a mis alumnos. — Tendré gusto 
en asistir a ella, si usted lo permite. — Perfectamente i 
gracias. Esto era inesperado para mí. Entro en una 
pequeña aula dispuesta como cualquiera en Europa i 
escucho al doctor Tompson, que parado tras de su co- 
lumna esplica a catorce alumnos de cabeza rapada, 
larga trenza i túnica azul de uniforme escolar, la acción 
de los anestésicos, con una precisión i un método de 
gran profesor. Habla entre otras cosas de la coca ; los 
alumnos prestan una atención intelijente i toman notas. 
Concluida la lección se me ocurre comunicar a mi sim- 
pático colega, mis conocimientos sobre el precioso veje- 
tai, en mi calidad de indio boliviano i creo que por 
primera vez se tocaron los estremos. China i Tupiza, en 
una aula del otro lado del retazo de mundo en cuyas 
soledades pernocta la inolvidable aldea de mi nacimiento. 



— 362 — 

El doctor Tompson no dejó de poner mis informes en 
conocimiento de sus alumnos, reunidos en la puerta del 
aula en conversación familiar después de la lección, 
exactamente como sucede en Buenos Aires, en París, en 
Leipzig i en todas partes. Me encuentro sin haberlo sos- 
pechado en una Facultad médica, la Facultad de Hong- 
Kong, primer punto de arranque para la transformación 
de la China, creada i mantenida por la ciudad, para 
formar médicos chinos, con conocimientos científicos i 
donde se da todas las enseñanzas necesarias, cuidando 
mucho de la parte práctica; Facultad con bien. provista 
biblioteca, sus preparaciones clásticas i en cera, sus pe- 
queños laboratorios, sus casos clínicos i su anfiteatro. 
Ocho o diez médicos por turno, dan todas las clases i se 
puede juzgar de ellas por los libros que tienen en la 
mano los alumnos : uno es de micrografía, otro de par- 
tos, otros de hijiene, anatomía, nosografía, cirujía, etc. 



¡Gran nación esta inglesa! Dondequiera que va un 
grupo de sus hijos queda de hecho la civilización im- 
plantada, radicada, fecunda, poderosa, trasformadora ! 
Lo que no consiguen la presión, la demostración, la 
razón, consigue la paciente práctica i el ejemplo. Los 
médicos de las infusiones i tópicos empíricos, comien- 
zan a ceder ya su puesto en la sociedad china a sus 
compatriotas los educados a la europea! La humanidad 
deberá esto mas a la Inglaterra! 



Hago mis comentarios oportunos, pondero a la Gran 
Bretaña con cierta erudición (recuerdos de Mackauly i 
de Herbert Spenser) i dejo naturalmente contentos al 
doctor Johnson i al doctor Tompson, sobre todo por el 
fondo sincero de mi retórica. El doctor Tompson i yo 
en palanquin vamos al hospital chino del cual él es el 
inspector, por hallarse la casa en jurisdicción inglesa 



— 363 — 

i no estar los ingleses con gana de tolerar barbaridades 
sino cuando mas, supersticiones inofensivas. 

El hospital chino es en realidad un hospital misto di- 
rijido por chinos i asistido en gran parte por médicos 
chinos de la Escuela clásica (Hsiyuanchu & C».) El 
frente es una inmensa i bella galeria de madera con co- 
lumnas labradas, en las cuales cuelgan bandas de tela o 
madera con inscripciones laudatorias al objeto del edifi- 
cio i sus fundadores. Tras de esta i ocupando también 
todo el frente, hai un salón (salón no es la verdadera tra- 
ducción de Hall i no existe en ningún idioma una palabra 
que reemplace a esta inglesa) un hall, con mesas, diva- 
nes, alfombras, sillas e inscripciones colgantes, mui lujo- 
so. Allí se reúnen los doctores chinos a tratar de los 
casos del hospital. El resto del edificio es apropiado a su 
objeto mas o menos; grandes salas en las cuales los en- 
fermos asistidos al modo chino, están mezclados con los 
adeptos al modo europeo. Hai también salas puramente 
chinas i otras puramente europeas. El médico interno es 
un chino pero educado a la europea; un joven mui dis- 
tinguido, mui erudito i mui práctico; fué él quien me 
mostró el hospital. Una parte del edificio tiene dos pisos 
i se encuentra departamentos a un nivel superior del 
segundo piso porque el Hospital ha sido ubicado en la 
falda de la montaña, lo cual favorece su hijiene si bien 
obsta a la comodidad del servicio. Las camas de los en- 
fermos afiliados al sistema chino, son tarimas cubiertas 
por una estera, sin almohadas (no llamo almohada a un 
cilindro duro de madera, a un catre chico de bambú o a 
un paralelepípedo de estera o tela barnizada con laca 
que los enfermos usan debajo de la cabeza) i con una 
cubierta colchada por todo abrigo, sin contar con las 
ropas o harapos del paciente, de los cuales no se sepa- 
ra en jeneral. Lo mas curioso de las costumbres chinas 
i japonesas para mí, lo inesplicable, es el uso de piezas 
duras como piedras en lugar de almohadas ¡cómo no se 
destruyen las orejas, cómo no se ulceran el cuero cabe- 
lludo i no sufren de exóstosis ! es para toda perso- 
na racional un fenómeno incomprensible. La única me- 
dicación a la cual se sujeta a los enfermos consiste en las 



— 364 - 

infusiones al interior i los emplastos al esterior; con ello 
unos sanan o se alivian i otros se mueren o pasan a 
crónicos. He visto en este hospital tres casos de beri- 
beri con sus signos característicos que por primera vez 
observo : la acción de sacar hacia atrás i levantar 
bruscamente los talones al caminar (marcha de viejo). 
Se presentó también un caso probable de peste bubóni- 
ca; el médico ha mandado examinar al microscopio un 
poco de líquido estraido de una glándula hinchada del 
enfermo, para aclarar el caso. No hai sala de operacio- 
nes ; los enfermos asistidos por el método nuestro son 
operados en sus camas. La botica ocupa la mitad de 
una gran pieza ; la otra mitad es la cocina del hospital. 
Esto se esplica sabiendo que en la botica no se 
hace sino cocimientos, maceraciones, infusiones i em- 
plastos. Las sustancias medicinales están en sus tarros 
i los tarros en sus estantes ; además hai un número 
considerable de vasijas de diferente forma, todas con 
manija, para las infusiones ; morteros, cernidores i 
otros útiles i veinte hornallas en constante función. En la 
parte esterior de la botica figura un cajón largo i an- 
gosto dividido en casillas; cada casilla lleva un número 
i contiene las yerbas, raices o sustancias sacadas de las 
vasijas en que se hizo su infusión; tales residuos deben 
ser examinados por el cuerpo médico diariamente, para 
saber si las bebidas u otras preparaciones han sido bien 
hechas (precaución infantil). En un departamento supe- 
rior, está el depósito de cadáveres, el de cajones o sar- 
cófagos ( cajones largos cilindricos interiormente, en 
forma de bateas de paredes bien gruesas) i un horno 
para quemar el soul cioth, túnica del alma, o sea un 
papel en forma de camisón, o una simple banda con ins- 
cripciones, supuesto sudario del alma, que se quema al 
mandar el cuerpo a su sepulcro o al enterrarlo. 

Hospicios de Caridad i be?ie/icencia. — En Cantón se 
estableció uno para recojer las criaturas abandonadas, 
mujercitas jeneralmente, i evitar el infame comercio de 



— 365 - 

madres desnaturalizadas que vendían sus hijos por mise- 
ria o alegando la imposibilidad de mantenerlos. En otras 
ciudades los hai análogos, pero en todos la mortalidad 
es horrenda; mas del 75 por o/o de los niños recojidos 
muere de inanición. Según los datos de un viajero digno 
de crédito, en el asilo de Cantón habia una sola ama de 
leche para 50 niños, i ella misma apenas tenía comida 
suficiente solo para no morirse de hambre. No hai hos- 
picios para los locos ni para los crónicos. Los enfermos 
de elefanteasis son los únicos favorecidos por una me- 
dida de orden público. La palabra favorecidos es un 
sarcasmo ; los afectados de lepra son confinados en un 
radio marcado, en la provincia de Cantón, vecino a la 
ciudad, i allí viven como pueden, separados del mundo. 
Cuando un viajero, un cazador o alma estraña se aproxi- 
ma al recinto, miles de estos infelices le salen al paso, 
pidiéndole una limosna, casi siempre en actitud agresiva, 
con el fin de despojar al pasante de cuanto lleva, actitud 
que se hace mas alarmante por el aspecto horrible de 
los agresores, convertidos en verdaderos monstruos 
por la enfermedad. 



En Hong-Kong, el médico interno del Hospital Chino 
me llevó a ver el Poleony-kok (Home for destitute girls) 
instituto inglés para jóvenes chinas, de esas a quienes 
sus madres venden o sus familias abandonan por nece- 
sidad. El nombre chino significa « casa para protejer la 
virtud >. Es un buen asilo; recoje a las muchachas 
robadas o desamparadas, las cuida, las educa, enseñán- 
doles algún oficio o preparándolas para el servicio de 
casas honorables. Los dormitorios son grandes, asea- 
dos; las camas tienen un colchón delgado, un cilindro 
o paralelepípedo de los ya descritos por almohada i 
dos o mas cobijas limpias. Los talleres son hijiénicos 
i bien provistos; los alimentos sanos i abundantes. En 
el frente que da a la calle hai una ancha galería para 
comodidad de las asiladas; una reja de madera tupida 
las proteje de las miradas i tentativas galantes de los 



— 366 - 

transeúntes aventureros. Seria de desear que los chi- 
nos inspirándose en este ejemplo, crearan institutos 
análogos. 

* 

Vicios i crímenes. — Ri juego es el vicio nacional; se 
juega a todo ; no bastan la ruleta, los dados, las cartas, la 
morra, las riñas de animales de todo jénero, las apuestas 
sobre cuanto asunto dudoso se presenta, ni el ajedrez; 
si lloverá o no, si saldrá el sol, si crecerá el rio, si bro- 
tará un árbol, son asuntos propios para arriesgar algún 
dinero, una prenda o la comida del dia. Los vendedores 
de comestibles tienen dados para que los consumidores 
ganen o pierdan su alimento. Algunos altos personajes 
en las grandes ciudades son sindicados de mantener 
casas de juego clandestinas en las cuales, mientras en 
una pieza se divierten con juegos tolerados, en otra se 
juega cobre i en la mas escondida, ropa lujosa, plata o 
mujeres: esposas o esclavas. Una partida sobre cual- 
quier cosa, no solo interesa i divierte a los contrincantes, 
sino también a los espectadores, siempre numerosos al 
rededor de la mesa o del terreno de la acción ; i es 
curioso ver la atención i la ansiedad con que estos siguen 
las peripecias del juego, como si en él les fuera la vida 
o la fortuna. 



No sé si llamar vicio o necesidad aquí i en otras 
partes, a la prostitución, aquí sobre todo, mas bien 
tiene el sello de la pobreza, de la necesidad, de la 
costumbre, del abandono i la indolencia, del poco respeto 
diré, por el propio cuerpo, que dé la escitacion i la 
lujuria característica del vicio. No intento insinuar que 
no se llega a todas las depravaciones mas corrientes 
en Europa, pero estos mismos escesos parecen puros 
mecanismos i aunque eficientes para sus fines, se hallan 
destituidos de la sensualidad inherente al comercio 
carnal, cuando merece llevar el nombre de pecado con- 
tra la castidad. Las mujeres son pasivas o de iniciativa 



— 367 — 

apenas perceptible; su pasividad parece venirles del 
hábito de sujeción, del temor, de la herencia en fin, por 
las leyes del atavismo. Ya lo he dicho, la mujer en China 
no tiene ningún derecho, i añado ahora, ni el de sentir 
ostensible los espasmos voluptuosos de la cópula. Las 
casas de prostitución comunes, por lo tanto las jenuina- 
mente chinas, son miserables. Se tendrá una idea de 
ellas imajinándose una escalera angosta a la calle a 
cuyo estremo superior se encuentra una puerta o mas 
bien algunos tableros mal acomodados; tras de ellos 
una gran pieza dividida por tabiques incompletos, biom- 
bos o bastidores de papel. Cada división es un cuarto 
en el cual apenas cabe una cama, pero siempre con 
espacio para un altar mui chico, pues hai también Dioses 
del oficio. 

En un compartimento anterior, antesala o vestíbulo 
de los aposentos, está una mujer, madura, la jerente, 
rodeada de varias chinitas, algunas casi bonitas, feas 
las mas, todas limpias i bien peinadas, alegres, obse- 
quiosas sin malicia .aparente, inocentes de su pecami- 
nosa vida i cuyo ejercicio para ellas solo significa 
amparo, casa ropa i comida. Muchas de estas muchachas 
son traidas del interior o cambiadas entre dos ciudades. 
Hong - Kong i Cantón tienen un intercambio activo. 
Las pobres esclavas víctimas de este comercio, son ini- 
cua e infamemente esplotadas por los dueños de las ca- 
sas públicas : todo cuanto estas jóvenes, criaturas algu- 
nas, reciben de sus visitantes va a parar a manos de la 
jerente i ellas reciben por todo salario, la casa, la co- 
mida i el uso de la ropa mientras viven en el estableci- 
miento, pues ni siquiera su librea les pertenece. Apesar 
de todo, están contentas. La juventud les dura muy 
pocos años aquí a las mujeres i cosa singular, casi sin 
notarse el período de transición, pasan de niñas a vie- 
jas por metamorfosis repentinas, a punto de no cono- 
cerse, tales son las diferencias, que la vieja presente es 
la joven de hace cinco años, por ejemplo. Todas las 
niñas fuman, ninguna bebe. Un estranjero para pecar 
en estas casas necesita no tener vergüenza, no por 
ser despreciables o poco atractivas las mujeres, pues 



— 368 — 

hay entre ellas verdaderas bellezas i aun las feas de 
cara, tienen con raras escepciones ojos lindos, boca 
fresca, dientes preciosos, aliento sano, un cuerpo es- 
tatuario, bien modelado, piel fina i cuidada, suave, sati- 
nada, manos delicadas i pies pequeños de esquisita 
forma. Las dificultades no vienen pues de ese lado 
sino de las condiciones del alojamiento, de uno a otro 
cuarto se oye todo i si se quiere se ve; basta meter 
el dedo en el papel del tabique intermedio o simple- 
mente aplicar el ojo al sitio en que un huésped ante- 
rior metió ya el suyo. 

Otras casas públicas situadas en buenos barrios, tie- 
nen abajo de las habitaciones un despacho de té con su 
indispensable altar, i la escalera de los departamentos 
superiores no da a la calle sino á esta pieza. Las niñas 
de las casas de tolerancia vecinas a las fondas o restau- 
rants chinos, concurren en crecido número a los banque- 
tes para adornar el local, haciendo acto de presencia, 
tras de las sillas de los comensales i sirviéndoles nomi- 
nalmente. Después de la comida l;is que no han con- 
traido compromiso, vuelven a la casa a desempeñar su 
servicio público. 



Los crímenes mas comunes son el robo, el asesinato, 
el rapto de menores i el infanticidio. Nada hai de parti- 
cular respecto a los dos primeros; no así respecto a 
los dos últimos. El robo de criaturas i mujeres jóvenes 
se ejecuta con objeto comercial; el criminal vende el 
niño robado o coloca a la joven inocente en una casa 
de prostitución. La práctica del infanticidio es negada 
empeñosamente por los chinos, no por su no existencia, 
sino por el horror que inspira a los estranjeros. Las 
causas y los pretestos aparecen en gran número estu- 
diando la constitución de la familia i de la sociedad en 
China. El casamiento en temprana edad unido a la fe- 
cundidad de la raza, llena los hogares de nueras, nie- 
tos i biznietos. Algunos p^adres infelices alojan cinco 
jeneraciones en su casa; de uno se dice que tenia nueve 



— 369 - 

i un tercero contaba setecientas bocas en su mesa; f se- 
tecientas personas a quienes debia dar de comer ! Cal- 
cúlese las grescas diarias entre un ejército de nueras, 
yernos, mujeres, hijos i nietos, sin contar con las pri- 
vadas de los sirvientes. El único moderador i por lo 
tanto el factor eficiente de la posibilidad de la vida en 
tales condiciones, es el respeto a los padres i a los ma- 
yores, cuyos derechos, ya lo hemos dicho, no tienen 
límite (los padres pueden, se recordará, vender á sus 
hijos, castigarlos hasta dejarlos muertos i disponer de 
ellos á su antojo sin mas consecuencias que las men- 
cionadas al hablar del código). En las familias las her- 
manas del marido odian i martirizan a sus cuñadas i 
las suegras a las nueras. Una arpia de estas llega hasta 
quemar a una pobre muchacha alojada en su casa i no 
contenta con darle este tormento la mata. Algunas 
mujeres casadas por no sufrir la vida en casa de sus 
suegros se suicidan. Con los varones no se tienen estas 
crueldades, ellos valen algo, pueden cuidar á sus padres 
en la vejez i la impotencia i llegar a su vez a ser antece- 
sores. No así las mujeres de quienes los padres solo se 
libran casándolas; en la casa cuando mas hacen oficio 
de sirvientes. Por esto cuando la pobreza, la dureza de 
corazón alentada por la impunidad o cualquier otra ra- 
zón, obliga a los padres a limitar el aumento de la fa- 
milia, se elije á las criaturas mujercitas recien nacidas o 
en los primeros dias de vida para sacrificarlas. El in- 
fanticidio no obstante es desconocido en algunos distri- 
tos ; en otros en cambio es muy común como lo prueba 
este aviso puesto en el brocal de un pozo : « es prohi- 
bido ahogar niños aquí» el aguíes famoso. Visto el éxito, 
el letrero se repite en otros pozos. 

Se habla en las familias sin escrúpulo del asunto ; 
madres hai que confiesan cuatro o cinco infanticidios de 
sus propios hijos, i provincias donde una cuarta parte de 
los recien nacidos perece así. De tiempo en tiempo apare- 
cen edictos prohibiendo la práctica ; inútiles, ineficaces, 
no habiendo sanción penal i hallándose rotos los víncu- 
los de afecto, amortiguados los sentimientos en los pa- 
dres por su omnipotencia respecto a los hijos, en éstos 

Por mares i por tierras 24 



— 370 — 

por su obligada sumisión, en las esposas por su esclavi- 
tud i en toda la sociedad por su composición i sus fun- 
damentos. Siendo un hijo negociable o simplemente 
ütilf no despierta mas afecto que un mueble ; lo mismo le 
sucede a la esposa, a la hermana menor, a la esclava. 
£1 pretesto o disculpa mas invocada respecto al infanti- 
cidio i venta de niños, es la pobreza ; pero como no 
solo en China existe, no es ella la causa eficiente i princi- 
pal determinante. En los cementerios se encuentra tira- 
dos insepultos, cadáveres de criaturas, i al lado de cada 
uno, ciertos alimentos, una vasija con agua, algún juguete 
o un objeto de predilección del niño cuando vivia ; todo 
ello puesto por la familia, tal vez por la madre del infe- 
liz a quien ella sacrificó, ofrenda colocada sin amor i solo 
en virtud de una superstición, como avío para el viajero 
de futuros mundos, para el espíritu inocente escapado 
hacia lo desconocido. 



41 
* * 



Relijiones. — No se sabe cual es la mas estendida ; 
ninguna tiene formas definidas i no hai en realidad, una 
creencia universal, si se esceptiia la que refleja el culto 
de los muertos. Por los numerosos templos de Buda, el 
budismo pareceria mas favorecido, pero los literatos diri- 
jentes sociales, son Confucionistas, si bien el confucio- 
nismo no es una relijion. El Taoismo no goza de mayo- 
res ventajas ; en realidad, ningún chino es en sus creencias 
esclusivo, i su modo de profesar tiene mas bien las for- 
mas de un acomodo i no de un sentimiento relijioso ; 
cada uno hace una mezcla de relijiones a su modo, i 
trata mas o menos familiar o desdeñosamente a los 
dioses. Toda relijion supone la creencia en varios Dioses, 
con uno supremo o en un solo Dios, i por este lado, el 
budismo adquiere el primer rango en teoría. El Taoismo 
ha dado lugar a las supersticiones mas exajeradas. El 
Confucionismo no toma en cuenta el punto de la existen- 
cia o no existencia de Dios ; ni siquiera se pronuncia 
sobre cuestiones de la otra vida. Una vez interrogado 



— 371 — 

Confucio por un discípulo curioso, contesta : « Cuando 
sabemos tan poco de la vida, ¿cómo sabremos algo de la 
muerte ? » La doctrina de Confucio es la única china abo- 
ríjena ; el taoismo i el budismo, han sido importados. La 
biog^rafía de Confucio es interesante i mui humana. Se 
casó a los 19 años, i su mujer fué una « espina clavada 
en su carne » como muchas mujeres lo son ; el filósofo 
aguantó su carga hasta que tuvo un hijo ; después « gra- 
cias a las leyes complacientes de su país, se vio libre de 
ella. » En seguida anduvo de corte en corte enseñando a 
los reyes: con uno de ellos se disgustó, porque el mo- 
narca en cierta ocasión, aceptó como presente unas 
cuantas muchachas bonitas, cantatrices. Abandonó la 
corte de otro soberano, porque éste prefería la sociedad 
de su mujer a la del maestro (seria recien casado). Con- 
fucio no era ni un pensador ni un creador ; él mismo se 
llamaba « un trasmisor ». Sus doctrinas, cuya práctica es 
imposible, jiran todas sobre tópicos humanos i de este 
mundo. «Haz a otro o no hagas a otro. . .» el precepto 
tan conocido, le es atribuible, no por haberlo inventado 
él, sino porque la primer noticia histórica lo encarna en 
su doctrina, i la primer cita de autor, a sabiendas de 
serlo, se refiere a él. Van en seguida algunos de sus 
principios : « El hombre nace bueno, en la vida se echa 
a perder ; es responsable de sus actos aquí (no habla de 
cielo ni de infierno). Se llega a la perfección cuidán- 
dose en todo, aun en sus actitudes i en su ropa ; mirán- 
dose hasta en el modo de comer, no mintiendo, respetán- 
dose a sí mismo i respetando a los otros. Un rei para 
gobernar bien, debe comenzar por gobernarse ». En 
cuanto a espíritus, su consejo se reduce a « tenerlos lejos, 
a distancia >. Otros filósofos de su tiempo llamados 
taoistas, imbuidos en las ideas místicas del brahamanismo 
indio, predicaban la imposibilidad de estirpar el desorden 
i sujetar la marea del vicio, aconsejando en consecuencia 
retirarse a la vida contemplativa i abandonar el mundo. 
Laotzu'o Laotze, contemporáneo de Confucio i de mayor 
edad, fué la encarnación de estas doctrinas, o quien les 
dio forma clara i tanjible, a lo menos. Su apellido era Li 
i su nombre personal, un apodo : Urh, oreja; llamando- 



— 372 — 

selc así a causa de sus largas orejas, cuya descripción, 
hecho digno de notar, se ajusta exactamente a la de las 
orejas de las tribus no chinas de la frontera oeste del 
Imperio. El apellido Li es también el nombre de una 
tribu arrojada por la conquista al Sud Oeste. Nació el 
año 604 antes de J. C. en la aldea Chügén (benevolen- 
cia oprimida) en la parroquia de Li (crueldad ) en el 
distrito de K'u (amargura) en el Estado de Ts'u (sufri- 
miento). Estos antecedentes, dice mi testo, se adaptan a 
la suerte de un hombre a quien los desórdenes de su 
tiempo separaron de sus amigos i de su empleo (era 
archivero, keeper of records, en la Corte de Chow ). Su 
enseñanza tendia a mostrar las relaciones del universo 
con el Too (camino), i según Laotzu, < el camino i el 
caminante, al mismo tiempo ». Tao era el camino eterno 
por donde iban todos los seres i todas las cosas, pero 
« ningún ser lo hizo, porque él mismo era el ser. Era 
todo i nada, la causa i el efecto. Todas las cosas tenían 
su oríjen en Tao, se conformaban a Tao i al fin volvian 
a Tao. El hombre por naturaleza era bueno (Confucio) 
i al verlo desviado, Laotzu quería volverlo a la época de 
simplicidad en que se ignoraba la ausencia de las viríu- 
des, por faltar el conocimiento de las nociones contra- 
rias, vicios, que hiciera necesario darles nombres para 
designarlas (esto es bellísimo) ; al período tranquilo en 
que la piedad filial, la virtud i la rectitud, eran dotes 
naturales del pueblo. 

Su comparación, su imájen, su ejemplo, su modelo fa- 
vorito era el del agua, que busca su nivel abajo i sin 
embargo lo penetra todo. Practicando la modestia, la 
humildad i la jentíleza, el hombre podía seguir el camino 
que conduce a Tao i protejido por estas virtudes ningún 
mal debia temer; ni necesitaría mas esfuerzo para con- 
servarse puro i sin mancha, que el de los pichones para 
mantener inmaculada la blancura de sus plumas. Tao era 
la «negación de todo esfuerzo; un ser inactivo que nada 
dejaba por hacer, sin hacer o no hecho; no tenia forma i 
era la causa de todas las formas; era (still and void) 
silencioso i vacío i circulaba por todas partes sin cam- 
biar jamás; era el oríjen del cielo i de la tierra i la madre 



— 373 - 

de todas las cosas ». Laotzu detestaba la guerra; acon- 
sejaba devolver el mal por el bien, la injuria por el cari- 
ño i presentar el otro carrillo al ofensor, después de 
recibir un golpe en el opuesto; retirarse ante toda 
forma de violencia. Como Confucio ignoraba la existen- 
cia de un Dios o no hablaba de ella. En resumen, según 
su doctrina <Tao era todo i estaba en todo; un ser 
incondicional como una abstracción demasiado sutil para 
ser designado por palabras; causa de todo lo existente 
(incluyendo a Dios mismo, se supone, en el todo) i cuyo 
nombre, si se pudiera darle alguno, seria el de madre de 
todas las cosas. El no dirije al hombre ni lo detiene, 
pero sabe que los estraviados de su senda tropiezan por 
si mismos con el mal, consecuencia fatal de sus actos >. 

Sus preceptos no eran practicables ni lo serán jamás, 
mucho menos en un pais como el suyo, en constante 
guerra por aquella época. Disgustado de todo Laotzu se 
espatrió i nadie supo mas de él. Se inspiró sin duda en 
doctrinas indias para formular la suya, espuesta en el 
único libro que se le atribuye, el Taotéchiu, donde el 
Tao es el Brahma de los brahminos, con todos sus 
atributos pues «de Brahma también emana todo i a él 
vuelve todo » él es también « la Fuente de donde brota 
el arroyo de la vida, i el Océano en el cual se apresura 
a perderse»; asi el Taoismo en la China es, por su oríjen, 
una importación. 

Apenas desapareció Laotzu sus adeptos comenzaron 
a adulterar su enseñanza. La idea de que la vida i la 
muerte no eran sino faces de la existencia trajo o alentó 
el amor a los goces materiales presentes i la preocupa- 
ción de prolongar la vida. Algunos pretendian haber 
encontrado el secreto de la inmortalidad i Chi Hwangti, 
el constructor de la gran muralla, cayó como otros 
reyes, en la creencia insana i mandó muchas veces es- 
pediciones a las islas orientales en busca de la planta de 
la inmortalidad, oriunda de ellas, según decian. No bas- 
taba esto para la gloria de los nuevos sacerdotes ; era 
necesario remediar la pobreza i para ello se pusieron al 
trabajo en busca de la piedra filosofal (todavia están en 
él). Las supersticiones no mueren nunca; pero ante los 



— 374 — 

desengaños por no poder hacer oro, evitar la nouerte o 
prolongar la vida, la mirada de los nigrománticos se 
dirije a descubrir el secreto de volver el vigor de la ju- 
ventud a la vejez i lo encuentra en una yerba de Corea, 
como sabemos. Adulterada la doctrina de Loatzu, los 
taoistas necesitan adorar objetos visibles i comienzan 
por hacer de él un dios, añadiéndole dos compañeros 
para hacer una trinidad. En seguida buscan un dios su- 
balterno, para cada elemento, para cada necesidad i 
cada pasión i convierten sus templos en verdaderos 
museos de imájenes, como lo son los nuestros de santos, 
vírjenes i crucifijos, intermediarios todos mas o menos 
influyentes en el cielo i abogados en la tierra, unos de 
las pcsteá*, otros de la navegación i así por el estilo. 



La nigromancia se practica en grande para descubrir 
los horóscopos, espulsar al diablo, desterrar una enfer- 
medad a un espíritu vagabundo i los sacerdotes están 
ahí para hacer su oficio, como entre nosotros para decir 
misas propiciatorias, administrar los sacramentos en 
último recurso en las enfermedades i hacer el exorcismo 
para arrojar al diablo del cuerpo de las histéricas i de 
los locos. 



El gremio sacerdotal taoista adquiere influencia en la 
opinión pública a favor de la superstición creciente i 
ahora es presidido por un alto prelado elejido por ins- 
piración divina, entre los miembros de una familia que 
lleva el nombre de Chaw i en la cual reside, se supone, 
el espiritual afflátus. Los sacerdotes viven llenos de 
privilejios, pueden a veces ver al Emperador ; residen en 
monasterios situados en parajes deliciosos; son respeta- 
dos i regalados ; comen i beben a satisfacción i hasta 
tienen para endulzar la vida, según el dicho de los auto- 
res, monasterios vecinos de monjas jóvenes, mujeres de 
diversa posición social refujiadas alli para sustraerse a 
las continjencias de la vida i cuya conducta no es evan- 



~ 375 — 

jélica, a juzgar por los frecuentes escándalos que tras- 
piran al esterior i obligan a la autoridad civil a interve- 
nir. En estos monasterios pueden entrar i profesar las 
hijas de familia sin consentimiento de los padres, tínico 
ejemplo de sustracción a la patria potestad ilimitada ; 
I 2L tanto llega el poder de los sacerdotes ! La desnatura- 
lización del taoismo primitivo es visible, como la del cris- 
tianismo. Los chinos necesitaban entre tanto creer en 
una vida futura bajo la superintendencia de alguna reli- 
jion i ni Confucio, ni Laotzu hablaron de tal asunto. Así 
cuando 219 años antes de J. C. penetraron las primeras 
avanzadas de la fé en Sakyamuni, llegando hasta una 
capital china (Loyung) encontraron cierta predisposi- 
ción en el pueblo para aceptar la nueva fé, si bien los 
confucistas i los taoistas la resisten con éxito persiguien- 
do, encarcelando i espulsando por fin, a sus propagado- 
res. Mas en el año 61 de nuestra era, una nueva tentativa 
es coronada con el mejor éxito a favor de un gobierno 
estable, o gracias a su tolerancia. 



En la India el cisma habia roto la unidad de la Iglesia 
budista. La Escuela de Hinayána i la de Maháyána ha- 
bian dividido en campos opuestos a los fieles creyentes 
de (Baddha) Buda. La Escuela de Hinayána mas in- 
clinada a la moral del ascetiscismo, a la caridad i a la 
renuncia i sacrificio de sí mismo, de acuerdo con la 
prédica del fundador de la fé, se radicó mas especial- 
mente entre los nativos del Sud de la India i de Ceylan. 
La Escuela de Maháyána por otra parte, adicta a un 
sistema filosófico, cuyo fondo está espresado simbólica- 
mente, en un complicado ritual de ceremonias idólatras i 
en estáticas meditaciones, reclutó sus principales soste- 
nedores, entre razas mas enérjicas, las del Norte de la India, 
Nepal i Tibet. I fué esta última forma de fé la aceptada 
en China. Los misioneros hicieron su entrada triunfal 
trayendo en procesión imájenes i libros; i después, aun 
cuando mantuvieron los lincamientos del culto, sancio- 
naron la adoración de los Dioses, Buda el primero. Los 



— 376 — 

sacerdotes de la nueva religión, predicaron la metem- 
sícosis, la necesidad de emanciparse de los propios pen- 
samientos i en lo posible, de sí mismo. Todo decae o 
se transforma. £1 budismo no hace escepción a la regla. 
Los ministros del altar budista también se dieron a la 
májia atribuyéndose el poder de desterrar las pestes, 
impedir la escasez i el hambre i espulsar los malos es- 
píritus, por medio de sortilejios. Así contaminados los 
creyentes actuales, poco respeto tienen por los cinco 
mandamientos de Buda: c no matarás, no robarás, no 
mentirás, no cometerás ninguna falta contra la castidad, 
no beberás licores que te embriaguen >. La creencia en 
la trasmigración está mui radicada; me hace gracia la 
reflexión de Dooglas a este respecto : no comen carne 
dice, de miedo i solo por bondad de Buda, algunos inob- 
servantes han escapado del peligro de devorar algún 
amigo o pariente en el guiso o el pescado. (Pero co- 
men carne i pescado; yo lo he visto). Los templos 
consagrados a Buda son numerosos i en ellos fíguran en 
primera línea, las tres imájenes del ídolo, la del antiguo, 
la del presente i la del porvenir. Atrás de ellas está la 
dagoba (compartimento reservado para guardar obje- 
tos de culto ) urna que contiene una reliquia de Buda, ya 
sea recorte de una uña, una gota de lágrima o un me- 
chón de cabello, i por fín, tras de la dagoba están las 
imájenes de las deidades adscritas a todos los males de 
la carne humana. La devoción es mayor entre las muje- 
res, como en todas partes. En los pedestales de los 
dioses preferidos se vé numerosos ex-votos, ofrendas 
presentadas en prueba de gratitud por algún milagro, 
como entre nosotros : véase los santuarios : el de 
Lourdes, en Francia; el de Lujan, en Buenos Aires; el 
de Nuestra Señora de Monserrat, cérea de Barce- 
lona; el de Notre Dame de la Garde, en Marsella i 
el de cualquier parte en toda la estension de esta 
tierra de estúpidos. A veces en China, cuando los 
dioses se hacen los sordos, o se complacen en man- 
dar pestes, producir la seca o en hacer alguna otra 
diablura, sus devotos los castigan, como nuestros cam- 
pesinos a San Antonio cuando se pierde algo; los 



— 377 — 

degradan i hasta los queman i destierran como sucede 
en Cantón, donde es frecuente ver á un Dios en una 
barca largándose solo, aguas abajo. 



La práctica de la meditación contemplativa ha favo- 
recido la multiplicación de los conventos i monasterios. 
Un monje o una monja respectivamente, presiden estos 
establecimientos i cuida de la disciplina, no siempre 
bien observada, según es pública voz i fama i según 
los autores dramáticos, quienes en sus piezas de teatro, 
dan siempre el papel odioso a un sacerdote de Buda. 
Los monjes provienen de diverso oríjen i entran los no- 
vicios al convento por variadas causas. Unos son mu- 
chachos destinados por sus padres al servicio de Buda; 
otros son malhechores asilados, a salvo allí contra la 
persecución de la sociedad o la justicia; de este material 
se hace los santos i los predicadores de moral. El neó- 
fito al endosar el hábito sacerdotal, ha sacrificado su 
trenza, rapándose la cabeza totalmente, signo de renun- 
cia al mundo. Los monjes se tratan bien i sus deberes 
no son mui pesados. En los monasterios de mujeres 
todo pasa de un modo análogo ; sin embargo estas casas 
son mas desacreditadas que los conventos de varones i 
mas fecundas en impropiedades de todo jénero, si bien 
ofrecen ejemplos exepcionales de fanatismo : devotos 
aplicándose silicios, imponiéndose tremendas peniten- 
cias, como la de condenarse a perpetuo silencio i aislarse 
encerrándose en cuevas para obtener la vida eter^na. 



Hai en China algunos mahometanos i cristianos ; po- 
cos i mui perseguidos. Los fanáticos queman las igle- 
sias, destierran i matan á los fieles i ni siquiera admiten 
hermanas de caridad. A mas de las relijiones oficiales el 
pueblo celebra ceremonias estrañas a ellas, cuya prác- 
tica viene de mui atrás i recuerda el culto primitivo de la 
naturaleza. En el séptimo mes del año tiene lugar la 



— 378 — 

fiesta de la Diosa Estrella^ la diosa de los bordados. En 
ella las jóvenes laboriosas exiben sus obras rog^ando a 
la Estrella que haga bajar sobre su frente un rayo de su 
habilidad, i para mostrarse dignas de sus favores, de 
rodillas i levantando las manos sobre su cabeza, enhe- 
bran agujas al son de la música. Tiene lugar el culto de la 
Luna en el octavo mes. Para celebrarlo se prepara 
unas roasitas llamadas, de la Luna (Moon cakes) i se 
las ofrece en signo de adoración á la diosa durante la 
noche i a la luz de sus rayos. Al Sol también se le da 
su parte de adoración. El budismo concurre a favorecer 
este culto i el dia ocho del cuarto mes, el Santo mismo 
se deja bañar en efijie, para edificación de los fieles que 
dan testimonio de su celo derramando puñados de mone- 
das (cash) sobre su frente de bronce. 



* 41 



El Emperador i la Corte, — La sociedad china se com- 
pone de tres elementos: el Emperador, la Burocracia 
i el Pueblo. El Emperador es adorado como Dios, no 
obstante llevar la vida de un esclavo. Le dan los nom- 
bres mas laudatorios ; le llaman Hijo del Cielo, Supremo 
Regulador, Augusto, Sublime, Regulador Celeste, Hom- 
bre SoHtario, Buda viviente del presente, Señor de los 
Diez mil años. Único adorador del Cielo azul i otros 
calificativos igualmente necios. Le dicen i él cree que 
solamente Dios está encima de él, aun cuando por acto 
de hombre ande a salto de mata, como en 1860 o sus 
ejércitos sean deshechos i sus buques capturados por 
los japoneses. 



Su consagración está sujeta a mil ritos supersticio- 
sos ; ella tiene lugar en el Templo del Cielo, edificio de 
tres planos con 210 pies en su base i 90 arriba i en cuyos 
pisos las lozas o piedras forman nueve círculos concén- 
tricos al rededor de una circular, centro donde el Em- 
perador se arrodilla, mirando al norte i se reconoce 



— 379 — 

inferior al Cielo. En la mañana anterior al solsticio de 
invierno, un carruaje tirado por elefantes, conduce al 
Emperador al recinto místico del Templo de donde, 
después de ofrecer incienso al Shangti (supremo regu- 
lador) sale para ir a la sala del ayuno penitente; allí 
permanece basta las 5 i 45 minutos de la mañana i en- 
tonces, vestido con las ropas e insignias del sacrificio, 
asciende á la segunda terraza dando así la señal para 
prender fuego a la víctima preparada : un novillo de dos 
años sin mancha. Habiendo así el Emperador invocado 
al Supremo Regulador, sube á la última terraza i quema 
incienso ante el Altar sagrado i ante el de sus anteceso- 
res. En seguida, después de haberse arrodillado tres 
veces i postrado (prosternado) nueve, presenta rollos 
de seda, (jade cups) copas de una piedra transparente 
parecida a la esmeralda i otras ofrendas, en humilde sa- 
crificio. Un ministro asistente lee en esta circunstancia, 
una oración acompañando á la lectura la música i la 
danza; i mientras el Emperador permanece arrodillado 
en adoración, oficiantes señalados para el caso, le pre- 
sentan la < carne de la felicidad » i la « copa de la feli- 
cidad ». El se prosterna tres veces ante los sagrados 
emblemas i los recibe con solemne reverencia. (Es cu- 
rioso observar esta marcada semejanza con el culto 
•judio y el cristiano, dice Dooglas, en el ritual chino). Por 
este elevado sacrificio el Emperador asume el oficio de 
Vice-Rej ente del Cielo i de la Tierra, i el de represen- 
tante del hombre en la Trinidad: Cielo, Emperador i 
Tierra. Como poseedor de la Divina autoridad, se co- 
loca por encima de todos los llamados dioses i toma a 
su cargo acordar títulos de honor á las deidades i pro- 
mover su rango en la sagrada jerarquía. No hace mucho 
tiempo, un Lugar -teniente, gobernador de Kiang-su, 
presentó al Trono un memorial pidiendo al Emperador 
que acordara los mas altos honores a la Reina del Cielo, 
el Dios del viento, el Dios del mar i el Dios de la Ciu- 
dad de Shanghai, en consideración de haber esa Diosa i 
esos Dioses, conducido con seguridad el tributo de arroz 
hasta Tientsin i haber favorecido al buque transporte, 
con céfiros jentiles i plácido mar. A esta requisición 



— 380 — 

el Emperador accedió i la Diosa y los Dioses recojieron 
el premio de su benignidad en las patentes espedidas 
para atestiguar su promoción en las Alturas del Olim- 
po. No hacen las sociedades cristianas otra cosa cuando 
piden al Sumo Pontífice la beatificación de hombres o 
mujeres de vida ejemplar, en el sentido relijioso, es 
decir la j)romocion a Santos o la coronación de una 
vírjen de madera, por sus méritos i milagros, como son 
arrodillarse teniendo las piernas de palo, llorar con ojos 
de vidrio, detener una carreta en un pantano (vírjen de 
Lujan) i otros actos útilísimos a la humanidad i estre- 
madamente benéficos. 



El Emperador de la China goza de poder supremo 
exepto en lo relativo a sí mismo: es un esclavo sobe- 
rano. No vive como los demás hombres; su niñez, su 
juventud, su vida entera, se desenvuelve en condiciones 
auormales; pasa sus años encerrado sin ver el mundo 
ni tratar sino un número limitado de jentes que lo adula 
i lo comprime entre aparentes consideraciones i res- 
peto incondicional; así su salud es precaria i en las 
circunstancias exepcionales de su existencia, no deja 
de ser joven cuando ya es decrépito. Dispone de la vida 
i hacienda de sus subditos, crea entre ellos jerarquías, 
hace i deshace nobles i administra el Estado en cuanto 
le dejan ver o le permiten sus empleados i asistentes. La 
ciudad amarilla con sus numerosos palacios, es su pri- 
sión i tiene el aspecto de una colmena llena de palacie- 
gos, histriones, funcionarios, eunucos, dignatarios i mu- 
jeres de las cuales cada una tiene a su servicio cien o 
mas personas, entre eunucos i esclavos. Los nobles 
fabricados por el Emperador viven con lujo de la renta 
pública ; en las provincias son verdaderos parásitos a 
quienes nada les basta. 



— 381 - 

Existen varias clases de nobles; unos lo son por he- 
rencia como los descendientes de Confucio, singular- 
mente privilejiados; otros deben su título á sus altos 
hechos o a la complacencia Imperial; estos figuran en 
la clase de nacionales o imperiales. Los nobles por 
nombramiento i no por herencia, descienden en grado en 
cada jeneracion, pero pueden renovar su patente. Así, 
no hay una nobleza estable capaz de constituir un re- 
sorte intermedio entre el Emperador i el Pueblo. 



Cuando llega para el Hijo del Cielo el momento de 
tomar mujer, la Emperatriz madre o en su defecto los 
funcionarios señalados por las reglas seculares, le eli- 
jen una compañera, con dos o tres mas para sustituirla, 
fuera de las estraordinarias mui numerosas. Los pa- 
dres i parientes de la Emperatriz esposa, gozan de 
grandes ventajas i son imperialmente regalados cuando 
el matrimonio tiene lugar. El Emperador se halla tam- 
bién sujeto a las reglas tiránicas del luto, pero para él 
se hacen mas livianas en atención a sus funciones públi- 
cas. Cuando muere, en el concepto universal i según lo 
establecen los ritos «asciende en un Dragón para ser 
huésped de lo alto» i se le acuerda nuevos nombres i 
títulos, como lo hemos visto, bajo cuyas advocaciones se 
le adora. Por una estraña costumbre el Emperador trata 
con sus ministros los asuntos públicos a la madrugada. 






Gobierno jeneral, — Existen en el Estado tres altas 
Corporaciones i seis divisiones mas o Departamentos a 
cuyo cargo se hallan los asuntos de carácter jeneral: El 
Chuinchichu, o consejo de Estado, el Nuico o gabinete i 
el Cuerpo de Censores. El Consejo de Estado tiene el 
poder de la iniciativa; el Gabinete solo opina sobre lo 
sucedido ; los Censores son a modo de fiscales o jueces 
instructores: acusan a los funcionarios i de su esfera de 



— 382 — 

acción no se sustrae ni el Emperador. Los seis Depar- 
tamentos están a cargo de Comisiones legales, con juris- 
dicción aparte; se los clasifica así: !<> Oficio civil, 2» 
Renta, 3o Ritos, 4o Guerra, 5© Castigos (justicia será), 
6o Obras públicas. Cada una de estas Comisiones pro- 
cede en una forma primitiva i, dicen, con mui pocos 
escrúpulos; sus miembros abandonan el puesto, ya lo 
he dicho, por años a causa de los lutos. Su marcha en 
lo fundamental es no solo deficiente sino hasta criminal 
como lo prueban las frecuentes acusaciones de los Cen- 
sores, pero en cambio llenan las formas i se tienen al 
día en materia de saludos, cortesias, jenuflexiones i pros- 
ternaciones. El Departamento de Guerra, enteramente 
descuidado, ha traído a la China sus desastres. No habia 
marina; ahora creo se ha creado o está por crearse 
un Departamento especial para ella. Las funciones del 
Departamento de Obras públicas son nominales. 

Las Relaciones Esteriores i lo relativo a las Colonias, 
están ya a cargo de una nueva oficina. 

Correos. — No hai Dirección para este ramo ; en China 
no es función pública. El despacho de la corresponden- 
cia se hace por empresas privadas : una pulpería, alma- 
cén, o tienda es en jeneral, la oficina de correos; así, hai 
varias casas postas i sus dueños, estimulados por la 
competencia, prestan un servicio no enteramente detes- 
table ; las cartas llevan su sello. Naturalmente esto no 
reza con los puertos donde existen cónsules encargados 
de recibir i despachar su respectiva correspondencia. 

* 
* * 

Gobierno de las Provincias i de las Comunas. — El 
Imperio se divide en 18 provincias i cada provincia es 
gobernada por un mandarín quien procede como mejor 
lo entiende ; ya he dicho lo bastante en otra ocasión 
sobre este punto. El mandarín paga sus empleados { 



— 383 - 

todos ellos naturalmente dependen de él. La trabazón 
de funcionarios es tal i la correlación de responsabilida- 
des, que aun en caso de acusaciones motivadas, el cas- 
tig^o a los mandarines es aparente ; son simplemente 
removidos i si dejan el gobierno de una provincia van a 
gobernar otra, con su séquito de empleados. 



El oríjen de las Comunas se pierde en la noche de los 
tiempos, como dicen los poetas i los tontos. Un grupo de 
ocho o mas familias constituye una Comuna; los grupos 
agregados unos a otros forman una Asociación las 
Asociaciones reunidas hacen Aldeas, las Aldeas Ciuda- 
des, las Ciudades, Ciudades mayores i estas Distritos, 
En las Comunas gobierna el Tipao, jefe de una de las 
familias i su puesto es hereditario ; a falta de Tipao go- 
biernan los mayores i en realidad siempre la autoridad 
está en manos de los viejos, pues el Tipao se aconseja de 
ellos. El Tipao es responsable de la paz de su Comuna i 
por ende, debe intervenir en las querellas domésticas, 
cuidando de no dejar trascender fuera los asuntos o 
escándalos internos, pues tienen todos los habitantes 
como dogma el dicho de uno de sus filósofos : « una 
Comuna que deja traslucir sus conflictos, anda mal. » Así 
el Tipao i su Consejo arreglan las cuestiones de dinero, 
las de matrimonio i divorcio i hasta las criminales. Estas 
últimas corresponden a los mandarines, pero ellos no se 
cuidan de abandonar la carga i se felicitan mas bien de 
verla sobre las espaldas del Tipao, con tal de no saberse 
el hecho. Si el Tipao i su Consejo no castigan a los cri- 
minales, a petición de parte, reciben ellos mismos el cas- 
tigo correspondiente a los delincuentes. El puesto de 
Tipao o Consejero como se ve, es bueno cuando todo 
anda bien; en caso contrario es bastante comprometido. 



A veces las autoridades de las Comunas hacen de las 
suyas. En los anales de una de ellas se encuentra lo 
siguiente: Un hombre pasando por un sembrado ajeno» 



— 384 — 

arranca unas espigas de grano ; por este hecho el hom- 
bre es condenado a morir quemado i su propia esposa 
es forzada a firmar su consentimiento para la ejecución 
de la sentencia i a encender ella misma la hoguera ; des- 
pués se arrepiente de su infame condescendencia, denun- 
cia los hechos i se forma un proceso cuyo fin no hace al 
caso. Todas estas iniquidades son posibles por el hecho 
de no existir lei escrita i estar librada cada autoridad 
comunal a su criterio o capricho. 






Moneda, — ( Estracto de Dooglas ; a veces copia tes- 
tual ). Las casas de acuñación están diseminadas en el 
Imperio: la falta de caminos trae una gran perturbación 
por la dificultad del transporte i el peso de la moneda. 
Un dollar en ella pesa como 8 libras ( 4 kilos ) dice Doo- 
glas ; tal vez exajera. La unidad monetaria es el Chiéu, i 
la única moneda acuñada ; los ingleses le llaman Cash; 
su valor nominal es el de ^40 ^^ penique; valor variable, 
según el distrito. Hai en jeneral dos clases de cash una 
falsa i otra lejítima ; un chino lleva siempre en sus bolsi- 
llos cuando anda en compras, de las dos clases, pero 
nunca la buena sin mezcla de mala ; en uno lleva la mala 
pura, pues hai artículos negociables por moneda falsa i 
otros solo vendibles por la lejítima. La costumbre de pedir 
precios altos para rebajar, es tan china como europea. 
Añádase a esto la siguiente complicación : cien, reunión 
de cien unidades, no es tal cosa en todas partes ; todo es 
menos cien ; será 70 u 80 por ejemplo. Para disminuir el 
peso de las monedas les hacen un agujero cuadrado en 
el centro i para transportarlas, ensartan series de cientos 
o miles de ellas. La dificultad para el uso de cantidades 
crecidas se ha obviado haciendo panes de plata en masas 
irregulares de mayor o menor peso. En lenguaje común 
el valor de una mercadería se cuenta en taels i un tael 
es una cantidad de plata del peso de una onza o 30 
gramos + o — . Para comodidad hacen masas o piezas de 
plata de peso de tantos o cuantos taels ; estas se llaman 



— 385 — 

zapatos por su forma semejante a esa prenda del ves- 
tido. Para saber el valor de cada sapato, se necesita 
pesarlo. ¿ No es mas cómodo i mas de sentido común 
sellar piezas de plata de un peso i valor dado ? Pero eso 
seria sencillo i racional i a los chinos no les gusta nin- 
guna de las dos cosas. 

En realidad no hai moneda acuñada en China ; el 
mismo chien no merece el nombre de tal por la forma 
grosera de su hechura. Según entiendo no es acuñado 
sino vaciado en moldes, fundiendo el metal ( cast ). El 
gobernador de Cantón tiene una casa de moneda donde 
sella oro, plata i cobre, pero sus monedas solo circulan 
en su distrito. Al Emperador le tocaría hacer una moneda 
racional para todo el país. Al lado de semejante atraso se 
muestran hechos que lo desmienten. Desde siglos atrás los 
Bancos en China daban notas, valores en papel, verdade- 
ros billetes, en las plazas comerciales i durante la dinastía 
mongólica, el gobierno central introdujo la costumbre de 
las notas bancadas imperiales. Ahora es común su uso en 
Pekin i otras plazas, pero la instabilidad del cambio dificulta 
su aceptación en el comercio. Una muestra de billete del 
tiempo de un Emperador que sucedió á la Dinastia Muig 
cuyo reinado duró desde 1368 hasta 1399, se exibe en 
la Libreria del Rei en el Museo británico ; es el ejemplar 
mas antiguo de billete bañcario existente, o a lo menos, 
conocido ; su fecha revela que el uso del papel con valor 
representativo de la moneda en China, data, calculando 
por lo bajo, de trescientos años antes del primer ensayo 
en Europa, hecho por una casa Bancaria de Stokolmo. 
La moneda acuñada en su forma grotesca existió 2000 
años antes de la era cristiana. Una de las formas primi- 
tivas de la moneda china era la de un cuchillo, imitando 
la real arma; se usaba como medio de cambio. El cu- 
chillo tenia un agujero en el mango; con el tiempo la 
hoja fué acortándose hasta desaparecer ; igual suerte le 
tocó al mango hasta no quedar de él sino el estremo 
redondo con el agujero : esta última forma se ha perpe- 
tuado i es la del chien o cash actual. 

Por mares i por tierras 25 



— 38Ó — 

Estrados adicionales, — Las relaciones esteriores del 
gobierno chino se caracterizan por la iniidencia, la mala 
fé i la mentira, bajo la influencia del odio supersticioso i 
la repulsión fanática al estranjero ; pasiones mui acen- 
tuadas en las clases ilustradas. La historia de todas las 
épocas lo demuestra. Bajo la presión de la amenaza i 
del miedo, concede cuanto se le pide, reservándose no 
cumplirlo al menor pretesto o sin él ; sobre todo si se 
les da tiempo ; así lo mejor es poner inmediatamente en 
práctica todo arreglo con él dejándolo sancionado por el 
hecho. Los funcionarios no tienen vergüenza ni respeto 
por su palabra, ni por la dignidad imperial. Contraen un 
compromiso, ostensiblemente, dan las órdenes mas for- 
males para su cumplimiento i en secreto envian otras 
contrarias. Por ejemplo, espiden un pasaporte de seguri- 
dad i por debajo cuerda, mandan asesinar al portador. 

Cuando los ministros estranjeros les echan en cara 
estos actos indignos, o se callan, o maniíiestan no saber 
nada, o echan la culpa al pueblo, al cual no pueden 
sujetar, dicen, o inventan cualquier mentira para termi- 
nar. Si entonces se les muestra el palo, se humillan. 
Entre los ministros estranjeros se ha hecho notable 
Sir Thomas Wade por su noble i enérjica conducta en 
toda ocasión. 



La cuestión de las audiencias del Emperador a los 
diplomáticos, es de las mas singulares. Parece estraña 
la existencia de un debate sobre semejante materia, pero 
las peculiaridades del Imperio chino han traido variadas 
controversias i conflictos con motivo de las exijencias de 
los representantes de soberanías estranjeras. Favoreci- 
dos por la fortuna en medio de tribus inferiores, el 
Emperador, los nobles i el pueblo, han llegado a creer 
en la superioridad de la China, sobre todo lo existente 
en la tierra i la idea sola de que el Emperador reciba o 
trate de igual a igual a un soberano de otra parte, in- 
digna a la corte i al pueblo. 



— 387 - 

En verdad, los mismos representantes de algunos 
países han contribuido a mantener a los chinos en su 
ilusión. 

Los Embajadores de Portug^al i Holanda, que visita- 
ron Pekin en los siglos 17 i 18 se sometieron a la de- 
gradación de aparecer como enviados de tributarios ante 
la Corte del Hijo del Sol, dejándose imponer i verifi- 
cando los actos de sumisión mas vejatorios, tales como 
arrodillarse i tocar nueve veces el suelo con la frente. 

Lord Macartney en 1793 rehusa someterse a la regla 
i sin embargo es recibido por el Emperador K'ienlung, 
en el Palacio a que huyó Hienfeng en 1860. Solo se le 
impuso una antesala de horas i no de una noche entera al 
aire libre como al Embajador holandés. Al presentar su 
credencial en una caja de joyas, el enviado británico 
dobló lijeramente una rodilla; el Emperador recibió la 
caja con sus propias manos i en la comida de gala que 
después tuvo lugar, mostró su deferencia por el ministro 
i su séquito, mandándoles platos i ofreciéndoles perso- 
nalmente copas de vino. Pero este Emperador era un 
hombre intelijente i liberal. En I8I6 su hijo quiso resta- 
blecer el Kot'ow con otro Embajador, i los intermedia- 
rios, no pudiendo conseguir el asentimiento de éste, 
ni la derogación de la resolución imperial, urdieron una 
intriga para obligar al enviado a retirarse sin obtener 
la audiencia ; hicieron que el Emperador le ordenara 
presentarse inmediatamente, a lo que no accedió por 
hallarse cansado, después de un viaje reciente i en la 
imposibilidad de vestir siquiera su uniforme. Si en 1860 
Lord Elgin hubiera hecho venir al Emperador fuütivo 
i le hubiera concedido una audiencia, a él, al Hijo del 
Cielo, ya no tendrian en China tan ridiculas pretensio- 
nes. En 1873 vuelve a tratarse la cuestión de las au- 
diencias i el ceremonial se arregla. Los Embajadores 
no doblarán la rodilla ni harán el kot'ow, pero para 
marcar de algún modo la superioridad del Hijo del 
Sol, él los recibirá no en su palacio sino en un sitio 
destinado a fiestas, donde recibe a sus tributarios. Las 
audiencias tienen lugar al alba ya se sabe. En la del 73 
solo hicieron esperar a los ministros una hora en un local, 



— 388 — 

pasándolos en seguida a otro, donde esperaron sola- 
mente hora i media. El intermediario fué el Ministro del 
Tsungli Yamun, (Relaciones Esteriores supongo), (ya- 
mun oficina, creo). Se arrodillaba para hablar con el 
Emperador i trasmitia sus palabras, dichas en secreto. 
En los decretos del caso se ordenaba a los Embajadores 
presentarse i se decia que habian suplicado ver al Em- 
perador. Pero en el decreto relativo a la audiencia de 
1893 ya no se usó semejante lenguaje concretándose a 
decir «El Emperador recibirá. . . etc. . . a las II i 30 >. 
Otra mejora: ya no es a la madrugada. 

Pero no se concibe la razón de la insistencia de los 
representantes estranjeros para solicitar audiencias. Una 
entrevista con el Soberano puede tener alguna impor- 
tancia i trascendencia en los paises rejidos por reglas 
racionales, pero no en China, donde el Hijo del Sol no 
habla con los Embajadores ni resuelve, ni oye proposi- 
ción alguna. Tampoco se comprende cómo pudieron 
aceptar ser recibidos en un salón de üestas, conociendo 
la intención de vejarlos, i menos aun, el hecho de ser re- 
cibidos en audiencia los Embajadores chinos en Europa 
de acuerdo con los usos diplomáticos, mientras un chino, 
bruto, ignorante i supersticioso, con un poder ficticio, 
desprecia i ultraja a los representantes de paises civili- 
zados. 

Defectos i calidades de los chinos, a mi juicio, — No 
se puede asignar a todos los individuos de una nación, 
un carácter vaciado en molde, aplicable mas bien a una 
raza; sin embargo tomando como valor entendido esta 
advertencia, se observa en cada pais ciertos hechos sa- 
lientes, mas frecuentemente repetidos, como los repre- 
sentantes de una índole, de una tendencia nacional. 

Así, los chinos se muestran reservados, un tanto avie- 
sos, poco altruistas, vanidosos, sin valor físico, tenaces, 
lentos i descuidados en su persona i poseidos, no diré de 
odio por el estranjero, sino de una repulsión natural, 
cuyo oríjen complejo tiene entre sus componentes el 



- 389 — 

temor, un miedo vago, una intuición de peligro, ante 
el cual se ponen en guardia. En cambio, tratados indi- 
vidualmente son caballeros, soberbios por dignidad, 
honorables en sus tratos i jenerosos, cuando sus me- 
dios de fortuna les permiten serlo. No tienen idea de la 
comodidad i parecen destituidos de lójtca en sus cos- 
tumbres i en su conducta; así, al lado de un concepto 
de maravillosa sutileza no es raro encontrar en la ca- 
beza de un chino, una necedad incomprensible; des- 
precian por ejemplo a sus mujeres i las celan; tienen 
orgullo de ser chinos i no poseen la menor noción de 
patriotismo. Un comerciante en sedas con quien hablaba 
en Cantón me dijo: «nosotros no hemos sido vencidos 
por los japoneses; los vencidos han sido los vecinos 
de Shanghai i de Pekin». No se sienten responsables de 
los desastres de la nación, o del Imperio, no obstante 
su adhesión al suelo, a la raza, al nombre. Yo lo confieso, 
no comprendo este desdoblamiento moral i ya en el 
curso de este trabajo he señalado contradicciones sor- 
prendentes. La China ¿es o no es una nación ? No lo sé ; a 
veces presenta las apariencias de tal i a juzgarla por otros 
accidentes, no tiene los caracteres de un organismo au- 
tónomo, correspondiente a nuestras nociones sobre Es- 
tados soberanos. Pueblos ó Naciones. Hai un Imperio i 
un Emperador; una corte, un plantel de oficinistas i un 
gobierno o modus vivendi establecido entre los que 
mandan i los que obedecen. Pero ni Imperio, ni Empe- 
rador, ni Corte, ni Gobierno son los que nosotros en- 
tendemos por tales cosas. El Emperador es un Dios, 
adorado hasta el fanatismo, pero obedecido hasta por 
ahí nomas ; no administra ni gobierna su país i se con- 
tenta creyéndose superior a todo lo creado conescepcion 
del cielo. La Corte es compuesta de Nobles con títulos 
pasajeros; es una corte adventicia e instable i el Go- 
bierno es un laberinto sin regla, freno, resorte, norma 
ni lei. La nación parece un conglomerado en el cual 
las partes están conformes sobre ciertos hechos i des- 
conformes o indiferentes en cuanto al resto. Las últimas 
guerras lo manifiestan de un modo patente; en Can- 
tón no han sentido la herida hecha a Shanghai. Shan- 



— 390 — 

ghaí a su vez no se cuida de lo que pasa en Cantón, el 
interior del Imperio ni piensa siquiera en el litoral i nin- 
gún chino se aflije por las humillantes derrotas del lla- 
mado ejército imperial. 

La China quedaría perfectamente representada por un 
gran elefante sin nervios, al cual se le pudiera cortar una 
oreja, amputar un pie o quemarle la cola sin que sintiera. 
Alguien ha dicho o yo lo he soñado: la China es un bos- 
que, cada núcleo de población un árbol i cada habitante 
una hoja. Pues bien, las hojas no son solidarias de lo 
que ocurre en el bosque i por lo tanto en China habrá 
habitantes, pero no ciudadanos. Solo así se esplica el 
colosal orgullo individual i la falta absoluta, no digo 
de amor propio, de vergüenza nacional. 

Si se me preguntara cual es el rasgo característico 
del chino como individuo, contestaría sin vacilar: la falta 
de afectividad; pero tienen además otro sello mui en 
relieve: la falta de sentido estético. Un chino no se ad- 
hiere a nada, ni a sí mismo; su sensibilidad es obtusa, no 
cuida su persona física ni moral; sufre el frío i el hambre 
sin necesidad, teniendo muchas veces a la mano el medio 
de impedir esos sufrimientos; no tiene afectos de familia o 
los tiene en forma desviada; cuando mas, quiere a sus 
hijos varones, como se quiere a un mueble útil o a una 
propiedad; como lo han querido a él sus padres. A su vez 
él no quiere a sus padres pues su adhesión i su respeto, su 
sacrificio mismo por ellos, no tiene los tintes del afecto, 
sino de la sumisión, el temor, la superstición i la moda, o 
la tradición, que es solo una moda inveterada, antigua. 
Pero donde la falta de este sentido moral se hace mas 
manifiesta es en la relación de los padres, hermanos, 
hombres en fin, con las mujeres enjeneral i con las cria- 
turas del sexo femenino en particular. Dada la confor- 
mación cerebral nuestra, los principales incitantes, los 
despertadores, hasta los creadores del afecto, del cariño, 
del amor, son: la debilidad, la pequenez, la delicadeza, 
la finura, la gracia, la inocencia, la belleza. El ser mas 
universalmente dotado con estas cualidades es una cria- 
tura, una mujercita; por eso el dije apreciado, estimado, 
cuidado, adorado en una familia europea o americana 



— 391 — 

es una niñita. En China semejante precioso animalito no 
inspira mas sentimiento que el deseo de deshacerse de 
él. Ha de haber exepciones infínitas, seguramente, 
pero yo no he visto, ni he leido ninguna manifestación 
de ellas. 



Veamos ahora los sentimientos colectivos antes de 
pasar a otros particulares: 

Patriotismo, ausente. Amor al hogar, al suelo, profun- 
damente modificado por ser un elemento fundamental 
del patriotismo. Relijion, sentida no existe; trasmitida, 
usual, corriente, practicada, sí. El chino tiene miedo a 
sus dioses, a veces consideración i en no pocas ocasiones, 
desprecio. Espera algo de ellos i en el fondo de su pen- 
samiento jermina esta idea: «debe haber cierta reci- 
procidad entre Dios i el hombre; el hombre le pone 
velas o le enciende varillas de sándalo; Dios en cambio 
le debe hacer vender bien su seda, favorecerlo con una 
buena cosecha de arroz, etc., i si no lo hace, las rela- 
ciones quedan frias. A su vez un chino diria «lo mis- 
mo proceden los católicos; cuando se ven atribulados 
o corren algún peligro, ofrecen misas, rosarios, no- 
venas i cirios, en cambio de servicios positivos; las 
promesas no son sino ofertas de valores nominales a 
trueque de servicios i la ofrenda es la proposición de un 
negocio, de una operación de compra-venta, nada mas >. 

Es verdad ; pero yo no hablo ahora de los cristianos 
sino de los chinos. En materia de creencias no se debe 
confundir el sentimiento relijioso con la superstición : el 
sentimiento es un abrigo del alma; la superstición es una 
túnica helada. Ya lo hemos visto ; en China hai tres mo- 
delos de relijiones ; tres modelos digo, i no tres relijiones, 
porque la relijion practicada por cada grupo, si bien 
conserva las muestras de su oríjen, es en realidad, una 
mezcla de ritos, actos, ceremonias i formas compuestas 
con elementos de las tres relijiones i con las invenciones 
caprichosas de circuito, que no pertenecen a ninguna. En 
el fondo el chino, por no saber a qué atenerse en medio 
de la confusión, o por índole, es indiferente en relijion 



— 392 — 

i si practica alguna lo hace por conformarse a los usos, 
como se viste, como se calza i como se afeita la cabeza. 

Si algún dia desaparecieran de la China Buda, los discí- 
pulos de Confucio, Tao i todos los dioses, el último en 
aflijirse sería todo chino. 



La ambición como los otros sentimientos, sufre tam- 
bién los efectos del contragolpe, por pertenecer a una 
familia moral en la que figuran la emulación, la compe- 
tencia, el alto aprecio de sí mismo, la noción de la gloria, 
la aspiración al renombre universal. Aquí no hai sino 
un primero, el Emperador; todos los demás primeros 
son segundos i la aspiración a ser segundo o tercero, 
cuando estos son en realidad esclavos, es i debe ser 
una ambición enferma, contrahecha, no como aquellas 
ambiciones nobles que arrancan de las raices del alma. 
Si hubiera verdadera ambición, emulación y demás sen- 
timientos correspondientes a la misma familia, habría 
ciencia, arte elevado, gloría nacional, patriotismo, una 
poderosa marina, un formidable ejército, ciudades y so- 
ciedades en ñn, con todas las ventajas i comodidades de 
la civilización. 

El mismo interés comercial es quieto en China; algunos 
mercaderes de Cantón parecen reyes. En medio de las ri- 
quezas de sus sedas i de los primores de sus bordados, 
miran con soberana indiferencia, al comprador, a la mer- 
cadería i al precio ofrecido ; el peso de la trenza o el valor 
que le acuerdan, parece mantenerles la frente alta i darles 
esa serenidad tranquila que los hace tan estimables, para 
mí a lo menos. 



Termino la redacción del testo de mis apuntes sobre 
la China reservándome agregar algo si se me ocurre en 
las siguientes pajinas de mi diario que dejo en blanco i 
continúo mi trabajo en mas liviana forma sobre mis suma- 
rios del viaje a Yokohama i permanencia en el Japón. 



- 393 - 

(1897 Julio 16 j Trouville. — Mi previsión al dejar un 
número de pajinas en blanco en mi diario ha resultado 
oportuna pues hallo en la « Revista Británica » en un 
erudito trabajo de Motoyosi Saisu, autor japones, las 
hermosas notas sobre la poesia china que traduzco lite- 
ralmente a continuación). 

< Poesía china» . 

« Después de la India misteriosa i profunda en que la 
mirada se pierde en la noche de los tiempos, toca a la 
China la mas grande antigüedad en literatura. 

«Los libros del budismo encierran bellezas de primer 
orden, pero envueltas en un oscurantismo voluntario que 
no se puede penetrar sino estando completamente iniciado 
en él. Los de Confucio tienen mas claridad i sin embargo 
el pensamiento está de tal manera velado en ellos que 
se requiere un verdadero talento para tomarle sentido. 

« Los grandes poemas chinos que remontan a mas de 
tres mil años se han perdido. 

«El poeta, en esas edades antiguas, era una especie 
de elejido, un favorito de la naturaleza con la cual se en- 
tendia i se entretenia solo, entregando sus obras á las 
arenas de la ribera o grabándolas con su cuchillo en la 
corteza de los árboles. 

« La tradición ha podido conservar solo algunos frag- 
mentos que eran repetidos de boca en boca. Estos pri- 
meros monumentos literarios son de un carácter natu- 
ralmente injenuo i mui primitivo. La poesia está en el 
alma i no siempre se traduce por la forma rimada en la 
que actualmente la vemos. Antes ella no conocía ni rima 
ni reglamento. 

« En China esta medida cadenciosa le vino del hábito 
que se tomó de hacerla acompañar por instrumentos de 
música i este uso quedó de tal manera inveterado 
que los chinos no encuentran bien hecho poema alguno 
si no se puede adaptarlo a un aire cualquiera. Por mas 
esquisita que sea la versificación ellos se ven obligados 
a correjirla hasta ponerla en concordancia con la armo- 
nía que debe servirle de acompañamiento. 



— 394 — 

c La poesía china, como la del Japón se mantiene 
siempre en las altas cimas i no desciende jamás al jé- 
nero lijero. Los mas altos y nobles pensamientos i las 
aspiraciones hacia lo bello, el bien i la verdad la animan. 
Ella se mueve complacida en la naturaleza i se encanta 
en describir las flores para compararlas en seguida á 
las lindas mujeres. Las nubes representan los impedi- 
mentos o los estorbos que empañan la radiación del as- 
tro del dia i también el pensamiento de los malos espí- 
ritus. 

« El poeta se contenta con pasearse a lo largo de los 
arroyos i dejar seguir a sus ideas el hilo de agua. Sube 
a las colinas floridas a cuyos pies se desarrolla el pano- 
rama mas vasto. Se hace en cierto modo el pontífice de 
toda la creación cuyas bellezas i sonrisas espresa. 

<Su bebida i su alimento son de lo mas simple i los 
pájaros que pueblan los matorrales, donde hace sus co- 
midas acompañan con sus gorjeos las poesias que de- 
clama en medio de este concierto. 

<: Cuando sale del amor de la naturaleza para pasar al 
de la mujer de su elección, no se arrodilla ni aun con el 
pensamiento i la adora mas como amo que como ser 
subyugado. 

«Se dice que el filósofo Confucio tenia por principio i 
enseñaba á sus discípulos < levantar sus pensamientos 
con el estudio i el gusto de los antiguos poemas del 
país ». Tomaba pues la poesia como base de la ciencia. 
El mismo se daba a buscar las mas viejas canciones i 
se contraía a adivinar su sentido oculto antes de esta- 
blecer las máximas de su moral i de su filosofia práctica. 
Ademas ¿no ha sido lo mismo en occidente donde Platón, 
Cicerón i otros comenzaron a hablar el lenguaje de la 
poesia antes de dar la enseñanza de su grande i pura 
filosofia? 

^ Las poesias chinas se hallan divididas en tres clases 
o periodos distintivos: La época clásica; la época del 
renacimiento; la época moderna. 

« A la época clásica pertenece el Che-king o libro de 
las odas, una de las cinco obras canónicas. Son los poe- 
mas i los himnos mas antiguos, viejísimas canciones 



- 395 — 

injenuas i casi infantiles de las primeras edades; la llave 
en cierto modo de toda la poesia china. 

«Durante el segundo periodo que hemos indicado 
como la era del renacimiento ^ la poesia china estuvo en 
su apojeo i brilló con todo su esplendor. Esta época 
fué para la China lo que el siglo de Augusto para Roma. 
Entre los nombres mas célebres, los Litai-Pí, Tou-Fou 
i Ham-Yu tuvieron la gloria de fijar definitivamente las 
reglas de la poesia china. Florecieron bajo la dinastia 
de los T'ang, cuyos soberanos estendiendo su poder al 
esterior i haciendo gozar a sus pueblos de los encan- 
tos de la paz, consagraban la propia gloria fomentando 
las artes i las letras. 

« La época moderna abraza un espacio de cerca de 
ocho siglos. Es la lucha de los hombres notables se- 
llada con el verdadero sentido poético contra el mal 
gusto que señala toda decadencia. Todos los esfuerzos 
tienden á combatir la vulgaridad i el chapeado superfi- 
cial que merman las mas bellas obras. La corrección 
de las presentadas a los concursos de los literatos in- 
tenta invadirlo todo ; pero felizmente puntos luminosos 
alumbran todavia este largo periodo i lo salvan de la vana- 
lidad menos aceptable en literatura que en cualquier otro 
arte. La última de las épocas ha sido mas abandonada 
que las precedentes por los aficionados al orientalismo; 
en tanto vemos el libro sagrado de Che-king traducido 
i comentado en diversos idiomas. Es sin embargo ne- 
cesario reconocer que solo por error se ha llevado tan 
lejos el desden de la poesia moderna de la China, poesia 
que por ser poco conocida no hace lucir ninguna de sus 
bellezas. Del mismo modo que en Francia se remite uno 
a los libros clásicos como á la fuente pura donde siempre 
se debe recurrir, sin desdeñar por eso a los autores 
contemporáneos de los cuales se toma quizá mejor las 
finezas de una lengua que se acerca mas a la propia, 
asi, los Yu el Grande, Yaó, Choun i Confucio, quedan 
eternamente como estrella de primera magnitud cuyo 
brillo no impide admirar los otros astros luminosos. 

« Li-Taípi, Tou-Fou i sus satélites menos brillantes, 
forman la escuela de la Edad media que queda como el 



- 396 — 

tipo de la elegancia i de la fineza de estilo. Estos dos 
son para la literatura china lo que Moliere i Comeille 
para las letras francesas. Su mérito no eclipsa sin 
embargo las verdaderas joyas que se encuentran todavia 
en la poesía moderna cuyo principal defecto es el de no 
ser bastante conocida >. 






Abril 4 — Yokohama, — Salimos de Hong-Kong^ en 
el Hohenzollern, Capitán H. B. Blecker, el 10 de marzo, 
con buen tiempo en apariencia, pero apenas dejamos 
la bahía el mar se descompuso i tuvimos un espantoso 
viaje. Juré, durante la travesía, mil veces no embarcar- 
me... pero cuantos juramentos quedan sin cumplirse. 
Un solo episodio me divirtió, haciéndome recordar un 
personaje descrito por Dickens el inmortal, cuya pluma 
no ha dejado un solo tipo humano sin retratarla lo vivo. 

En una de sus novelas, este coloso del pensamiento, 
de la observación i del análisis, presenta una Señora 
cuya característica era la inoportunidad.... Pues; yo 
he conocido en el Hohenzollern el trasunto de esa 
Señora en la persona de un mozo alemán criado en Norte 
América. 

Me ocupaba yo, apenas llegué a bordo, de contar los 
bultos de mi equipaje para ver si faltaba alguno ; en esto 
se acerca el joven i tomándome amistosamente por un 
brazo me dice : — « Aquí tiene usted mi tarjeta ; soy ale- 
mán, pero naturalizado americano del norte, la gran 
nación; vengo en segunda, pero pasaré todo mi tiempo 
en primera > — «Gracias señor, > contesto; « tendré el 



— 397 — 

placer .... pero, permítame un momento .... Uno, dos, 
tres, cua 

— «Querría usted darme la suya ahora mismo ?> — me 
pregunta interrumpiéndome en mi cuenta, — « necesito 
bajar á mi camarote > . . . añade. 

— «Muí bien Señor». Se la doi i se va. 



Al rato 

— «Doctor, doctor», me oigo llamar. (En esto una rá- 
faga de viento me hace volar el sombrero; yo voi a 
correr tras de él para tomarlo cuando el joven apura- 
dísimo se me pone por delante i cerrándome el paso 
con su cigarrera en la mano, continua) — «Doctor usted 
fuma? — ¿quiere usted probar estos cigarros de .. . no 
son mui buenos pero».... (Mi sombrero se fué al 
agua). 

Mas tarde 

Iba yo bajando la escalera que conduce de la cubierta 
a los camarotes, con un anteojo en la mano ; el taco de 
mi botin se engancha en un reborde i yo, para no rodar 
escaleras abajo, suelto el anteojo i me agarro con las 
dos manos de la baranda. . . 

Este es el momento que mi joven conocido elije para 
gritarme — « Doctor, le gustan a usted las flores artifi- 
ciales?». . . 

Aparte de esta orijinalidad de carácter que lo coloca 
en primera línea entre los seres mas inoportunos de la 
creación, el joven es ameno i sabe contar cuentos. 

Me refiere que en una ciudad ha oido con sus pro- 
pios oidos a un consejero municipal, mientras se dis- 
cutía un reglamento para bomberos, proponer este ar- 
tículo : 

— «Cada cuadrilla de distrito deberá hallarse en el 
sitio del siniestro media hora antes de que el incendio 
haya comenzado». 



— 3^^8 



En se-^uida esta otra: El Juez de Paz de una aldea 
en Méjico, a quien le habian regalado un cuadrante so- 
lar para su pueblo, mandó colocarlo en la plaza princi- 
pal, pero bajo techo, para preservarlo del sol i de la 
lluvia. 

Yo en cambio, le referí este hecho : 

El Doctor*** siendo ministro de la república argentina 
en otra sud americana se alojaba en una casa antigua 
solariega de forma conventual, con grandes patios i 
provista de su cuadrante solar en uno de ellos. Una 
noche nuestro ministro, antes de acostarse llama a su 
sirviente i le dice: «mire José, vayase al patio i vea en 
el cuadrante la hora>. — « ¡ Pero señor, de noche no se vé 
nada!^ observa el sirviente . — «Pues lleve usted una 
vela, so animal !> replica el patrón! 



Me propone después 
resolver algunos pro- 
blemas ; acepto i me 
presenta este. 

Un hombre muere 
dejando un terreno de 
la forma tal (la dibu- 
jada al márjen) con la 
orden de repartirlo 
entre sus cuatro hijos, 
dando a cada uno igual 
superficie con igual for- 
ma. La solución está 
marcada con puntos. 

He aquí uno propuesto por mí ; no recuerdo quien me 
lo enseñó. Un árabe muere dejando 17 camellos para 
repartir entre sus tres hijos, dando a uno la mitad, a 
otro la tercera parte i al último la novena. El ejecutor 
testamentario no pudiendo hacer la división estrictamente 
como habia sido mandada sin matar tres camellos, un 
verdadero crimen ; pide a un vecino prestado un came- 
llo i forma con los otros un total de 18. Llama al pri- 
mer heredero i le da 9; los otros dos protestan por 
habérsele dado medio camello mas. « Esperen > dice el 



- 399 - 

repartidor; llama al segundo i le da 6. El tercero pro- 
testa. «Paciencia» añade el albacea; llama al tercero 
i le da 2 camellos ; llama al vecino i le devuelve su 
camello, pues le queda libre un camello después del 
reparto sin haber sacrificado uno solo de los camellos i 
habiendo dado a cada heredero su herencia con creces. — 
Razones de la aparente paradoja: 

la x"'" 8" "I" r~ 16 i8 solamente. 2» El albacea no 
ha cumplido la voluntad del testador. 3» Ha favore- 
cido mas al primer heredero, precisamente al ya me- 

17 

joradq por el padre. 4» Ha dispuesto de jg de camello 
sin autorización del dueño. Pero en apariencia ha hecho 
jenerosa justicia. ¡ Todo se resuelve en apariencias ! Así 
deberá ser ! 



A los cuantos dias de mi llegada escribí á Cañé por 
una fantasía en francés la carta que transcribo de cuyas 
condiciones gramaticales no respondo i cuyo contenido 
puede mirarse como continuación de este diario. 

1897 le 25 mars — Yokoh ama- Japón. 

Mon cher Cañé : 

Oh! quel plaisir de voyager, de vivre un morceau de 
vie en Europe, dans le Far West ou TExtréme-Orient, 
hors de chez soi ! Jamáis je ne me suis senti plus heureux 
qu'aux Antipodes de ma bien-aimée patrie; ou mieux, si 
tu veux: Je ne me suis jamáis senti, loin de ma patrie, 
plus heureux qu'aux Antipodes. Je suis arrivé aprés une 
affreuse traversée, dans laquelle, je me croyais deja mort. 
Je débarque par un jour froid, gelé moi-méme, aprés six 
jours sans sommeil et presque sans nourriture; j'entre a 
rhótel et je trouve du feu au vestibule, desfigures agréa- 
bles et un manager avenant. Je choisis mes chambres, 
je conviens du prix; tout tres bien. Je me repose un peu 



— 400 - 

et je vais déjenner: les beefstake étaient tendres, les 
pommes bien sautées, le beurre frais, les oeufs du jour, le 
vin fran9ais, le café parfumé, le petit verre trop petit. 
Les jours suivants j*observe! Les gar9ons aimables, 
prévenants, sans physionomie (remarque bien cela). Je 
demande une chose, je Tai tout de suite ; je ne de- 
mande rien j'ai aussi tout ce qu'il me faut, par la previ- 
sión d*une discipline accentuée : mon café, mon déjenner, 
mon feu, mon lit délicieusement tiéde duquel j'entends la 
pluie que j'aime tant, quand elle mouille les autres et pas 
moi. Point de lettres avec de mauvaises nouvelles ; des 
journaux peu politiques; une ou deux Revues illustrées, 
avec des gravures attrayantes; pas de visites á rece- 
voir ni á faire ; quelques invitations trés-acceptables ; une 
byciclette si Ton veut, voiture ou jinrikishas a volonté ! 
On est au paradis ! Ni des parents, ni des intimes a Tho- 
rizon ! Quand vous avez besoin d'un ami sincere, dévoué, 
familier, vous le demandez au garlón ; s* il ne peut pas 
vous l'envoyer á Tinstant il a recours au concierge et si 
ce fonctionnaire n'est pas en fonds, lui, a son tour pré- 
sente votre réquisition au gérant qui vous procure a la 
minute un Jírsí das, tout a fait desinteresé, a prix fixe, re- 
lativement réduit,vu son mérite, etréellement bon marché 
en comparaison de vos amis d'enfance et de vos condis- 
ciples, dont vous connaissez les trahisons et les incon- 
séquences. Méme si vous étes gar9on et vous désirez 
avoir une petite amie d'occasion, bien gentille, pas bavar- 
de, une musmée avec un nom de fleur, jeune, jolie, qui 
vous aime pour vous-méme et pas pour votre argent» 
vous Tavez; question de payer un peu plus et c'est tout. 
On est tres bien en voy age, en Europe, dans le Far West 
ou á TExtréme-Orient. Je te remercie beaucoup, des let- 
tres que tu m*as procurées; elles ont été trés-efficaces ; 
on nous traite á corps de roi, et, c'est en action de gráces 
que je t'expédie les paragrafes humoristíques et scepti- 
ques que tu viens de lire. Tache d' étre bien heureux, 
au moins jusqu'á notre retour. — Au docteur Cañé son 
ami E. Wilde. 



— 401 — 

Sin faltar nada en lo esencial al relato de mi viaje ni 
restrinjir observaciones importantes, intento hacer más 
liviano que el de China este mi trabajo, en beneficio mió 
i del lector. 

En Yokohama nos alojamos en el Club-Hotel i encon- 
tramos en su jerente, el Sr. E. J. Sioen, a quien habíamos 
sido recomendados telegráficamente por Storni i sus 
compañeros, un distinguido caballero de alta sociedad. 
Fué a recibirnos a bordo i nos colmó de obsequios. 
Habia sido profesor en San Petersburgo de jóvenes 
de la nobleza i no pudiendo continuar por enfermedad 
en esa su profesión, se vino a Yokohama donde gana 
hoi honradamente su vida en la posición en que lo en- 
contramos. 



La disposición de la ciudad es parecida a la de Hong- 
Kong ; a la orilla del mar hai una planicie donde está 
ubicada la parte comercial de la ciudad ; dos canales la 
penetran i van a dividirla en varias direcciones, facili- 
tando los transportes. Otra parte de la ciudad está en 
la colina o las colinas, llamadas Bluff, habitada por fa- 
milias; estas viven en villas, casas de campo, diremos, 
con arboleda i jardin, en apariencia encantadoras ; falta 
ahora saber si son cómodas por su situación i otros 
detalles. Las calles de Yokohama son en jeneral an- 
chas i limpias; el piso es de macadam, con mucho 
polvo cuando no llueve i mucho barro cuando llueve ; 
se ve en ellas mui pocos coches, numerosas bicicletas e 
incontables jinrikishas o curumas. Las casas japonesas 
son de madera, de dos pisos a lo mas i con techos mui 
gruesos i pesados ; las divisiones internas son hechas 
por tabiques o bastidores corredizos, con papel por 
vidrio, en algunas partes; el piso, cubierto de estera, es 
mui aseado. En jeneral tienen una sola entrada i esta es 
una tienda. 



Por mares i Por tierras 26 



— 402 — 

La jente se \ iste a su modo ; muchos horr.hres lo 
hacen a la europea; otros, los pobres, como pueden; 
llevan una manta, una blusa, un pantalón i cualquier 
sombrero, o ningún sombrero. Los sombreros en forma 
de taza invertida son mui comunes i en cuanto a capas 
las de paja son mui socorridas i pintorescas, no estando 
tejidas como esteras sino a modo de felpudos o pellones, 
dejando suelto uno de los estremos de cada hebra, como 
la de un fleco. 

Los zapatos son unos banquitos de dos pies con un 
ángulo de cuerdas encima cuyo vértice entra en el espa- 
cio formado por el dedo grande del pié i el siguiente ; o 
bien una lámina gruesa de suela o madera o fieltro con 
un tejido finísimo de paja encima, i las cuerdas mencio- 
nadas ; o por fin, el calzado de las jentes de distinción, 
mujeres principalmente, una planta de madera con una 
hendidura en el medio i arriba la forma del estremo de- 
lantero, pero cuadrada, de un zapato nuestro. El vestido 
de las mujeres es tan conocido que no necesito descri- 
birlo ; de este lo mas estraño para mí es el promontorio 
que se colocan en su ancho cinturon, llamado obi, atrás 
á la altura de las vértebras lumbares ; debió ser primiti- 
vamente el simple nudo posterior del cinturon o faja; 
después ha de haber ido creciendo, convirtiéndose en 
adorno por la costumbre de verlo i ahora es un verda- 
dero atado de ropa, una carga cuyo volumen aumentan 
algunas jóvenes elegantes, rellenándolo con jéneros, 
papeles o con paja. 



Las japonesas jóvenes son casi todas bonitas, gracio- 
sas, alegres, afectuosas ; lo mas notable de sus atracti- 
vos físicos es el cuello, en seguida las manos i los pies. 
¡ El cuello ! es una delicia ver sobre un fino tallo de flor 
una cabecita airosa que por el arreglo del pelo repre- 
senta un pensamiento; el peinado japones no se atreve 
a ser netamente chino, pero recuerda el de las chinas. 
Intentaré una somera descripción de su forma, sujeta a 
mil variantes de detalle. Dividen el cabello en cuatro 



— 403 — 

partes por dos líneas que van desde la frente hacia 
atrás i se juntan en la corona o vértice de la cabeza, de- 
jando una sección fronto-centro-parietal i otras dos 
que bajan de la corona hacia las apófisis mastoides, se- 
parando así el resto del pelo en tres secciones, una 
occipital i dos témporo-parietales que se atan atrás i 
revueltas sobre sí mismas en un solo grupo, forman la 
parte mas elevada del peinado con la figura de un 
cilindro curvo solo o dividido en dos partes. La sec- 
ción central delantera, pasa debajo de los laterales, se 
une con la parte posterior o cabello de la nuca, i se aco- 
moda en disposición vertical debajo del gran cilindro, 
por medio de cordones de seda, horquillas i largos 
alfileres, añadiéndose algunas joyas según los gustos i 
los recursos 



El kimono abierto en el 
pecho i caido atrás deja ver 
el cuello estatuario. El kimo- 
no es upa especie de túnica 
hecha de cualquier tela desde 
la mas rica hasta la mas ba> 
rata ; con tres rectángulos 
de jénero se puede hacer un 
kimono; uno grande dobla- 
do, descubierto adelante i 
arriba en los lados, forma 
el cuerpo ; dos pequeños do- 
blados en forma de bolsa, 
cosidos abajo i pegados a las 
aberturas laterales del gran- 
de, forman las mangas. Véase 
al márjen el dibujo que da 
una idea de la sencilla con- 
fección. 



Primera forma de la tela 



m 



Segunda forma 

después de doblada 

1 cocida 



sarn 






— 404 — 

Una de tantas noches voi al Yosivara o Yoshiwara de 
esta ciudad. Yosivara quiere decir plano de las cañas; 
ahora ¡ vaya uno a averiguar porque han dado a ese 
barrio semejante nombre ! probablemente porque en el 
sitio de ubicación del primer Establecimiento de casas cre- 
cian cañas silvestres. Allí están las casas de las cortesa- 
nas con su mostruario semejante a una jaula, donde en 
lugar de pájaros hai mujeres jóvenes, bonitas las mas, 
bien vestidas todas, honestas en apariencia, sonriendo 
amablemente i sin hacer cosa alguna impropia. El barrio 
entero está poblado por jente de vida alegre, tiene una 
lejislacion aparte i es en verdad un circuito de confina- 
ción. Los detalles de lo que pasa en esas casas serán 
dados en el capítulo concerniente a la prostitución en 
este país. 

El 23 de marzo hicimos la indispensable escursion a 
Kamakuna, en tren, por un trayecto lleno de paisajes 
agradables, cuyo principal adorno es un sinnúmero de 
casitas campestres como juguetes. Por primera vez ve- 
mos el espectáculo que ofrece una estación de tren japo- 
nesa donde mil personas calzadas de zuecos caminan, 
trotan i corren, produciendo un ruido estraño com- 
puesto, insoportable para los novicios. 



Nos acompaña en nuestra escursion el comandante 
Armani Luigi, a quien también habíamos sido recomen- 
dados por Storni i compañía. El comandante Armani, 
es un verdadero comandante; manda siempre, manda aun 
mientras ruega i tiene un carácter entero. Ha venido 
al Japón por cuenta de la casa Ansaldo, de Italia, para 
proponer al Mikado construir los buques que necesite. 
Tiene mui buenas relaciones en el gobierno i es mui 
estimado en esta sociedad. 

I a propósito de esto aprovecharé la ocasión para 
presentar al simpático capitán Mili ion, mi reciente i anti- 



— 405 — 

g^uo amigo, distinguido ex-oficial del ejército francés, 
inválido de un brazo por heridas, condecorado i con 
grandes menciones honrosas, que ha venido por cuenta 
de una casa francesa, constructora de cañones, rieles, 
locomotoras i máquinas, a ofrecer sus artefactos a la 
administración de este país. 



Hacia un lado de la estación de Kamakuna a la iz- 
quierda, a poca distancia, entre el bosque, se encuen- 
tran los templos de Hachiman o sea unos galpones de 
madera en alto mas o menos complicados. A los lados 
de la puerta del santuario, tras de unas rejas de alambre 
se ve la imájen de los guardianes del templo, unas figu- 
ras grotescas, cubiertas de papelitos envueltos i pegados 
a su cuerpo; estos papelitos provienen de los devotos; 
cada uno escribe su pedido o solamente lo pone con el 
pensamiento en una pequeña hoja, que envuelve en se- 
guida, moja con agua i la arroja al guardián para que 
la presente al Dios a quien va dirijida la petición; a 
veces el pedacito de papel mojado se pega en la reja de 
alambre; eso no importa; el guardián lleva el pedido 
como si lo recibiera en propia mano. A mas de esto o 
en vez de ello, para rogar a Dios en el Japón, los de- 
votos se presentan personalmente en la puerta del tem- 
plo, echan su óbolo, una moneda de ínfimo valor i dicen 
su rezo o cuentan su necesidad; si se imajinan que Dios 
está distraído lo llaman con dos palmadas, i en grave 
duda, acuden a un cencerro colocado espresamente para 
este oficio. En el altar no se ve nada sino inscripciones 
tras de un enrejado, pero naturalmente las tabletas esta- 
rán dentro del tabernáculo. Anexo al templo hai un 
museo de armas antiguas, curiosidades relijiosas, imájenes 
de dioses, objetos de uso de hombres célebres i andas 
para pasear a símbolos del culto en las procesiones. 



— 406 — 

Concluida la tarea de ver el museo, saco un papel 
donde los señores Rossi ( Lorenzo i Teresio de Faenza 
Provincia de Ravena, compañeros de \4aje en el Preussen) 
me habian apuntado algunas indicaciones, i leo: cDa 
Hachiman si puo andaré al Kamakuna Hotel, poi al Dai- 
butsu in pochi minuti. Poi si prosegue in riksha ñno al 
villaggio di Katase; si lascia il riksha e si va a piedi a 
Enoshima passando sopra un ponte di legno. Si ritorna a 
Katase ed in riksha si va a la stazione di Fujisava ove si 
prende il treno por Yokohama >. Como era temprano 
en vez de ir al hotel fuimos primero a ver el Gran Buda. 
Atravesamos una preciosa aldea situada a corta distan- 
cia a la derecha de la estación i llegamos al paraje donde 
se levanta la colosal estatua, al pié de una colina, en 
medio de un bosque de camelias altísimas i otros árboles, 
a poco trecho de pequeños valles cultivados que entran 
en la montaña i por cuyo fondo bajan arroyos de agua 
clara. Si el paraje no es digno de un Dios venga el Dios 
verdadero i haga otro. La estatua representa al Buda 
sentado con los pies cruzados ; es en realidad un busto 
de bronce colosal. Por el tamaño i la idea hace recordar 
a la estatua de Baviera en Munich i por accidentes de 
situación i la espresion del rostro, a la Esfinje célebre de 
Ejipto. El autor del Daibutsu ha querido dar sin duda 
a la fisonomía del Dios la misma dulzura, suavidad, sere- 
nidad i esa espresion de conformidad i tristeza de la 
Esfinje de las pirámides. El Buda tiene un botón en la 
frente, signo de la intelijencia; apoya los brazos en los 

muslos ; las manos están juntas 
tocándose los- dos pulgares por 
sus estremos sobre los índices 
i demás dedos doblados, tam- 
bién en contacto, como lo muestra la figura del márjen; 
esto debe tener algún significado cuya averiguación reco- 
miendo al lector. El retrato del Daibutsu está en todas 
partes. El busto es hueco i tiene en su interior dos 
altares, uno de ellos colocado en la cavidad correspon- 
diente a la frente, sobre los ojos. 




- 407 - 

El paraje es encantador con su plantío de bambüs, 
los accidentes ya apuntados i la disposición de la tierra 
en montículos. 



Dejando al Daibutsu entramos en una casita japonesa 
de madera; es un juguete, un dije por su distribución i su 
limpieza. Los bastidores, las persianas, los transparen- 
tes de papel, el piso, el techo, todo es de un trabajo aca- 
bado; todo ajusta, encuadra, corre o se abre a la per- 
fección : muebles, puertas i ventanas. Da lástima pisar la 
finísima estera nueva, brillante de frescura. Añádase a 
esto la alegría de los moradores patente en su risa cons- 
tante. 

* 

De ahí pasamos a ver la Canon, la mujer de Daibutsu 
(no sé como un dios puede tener la imperfección de ser 
casado); para ello atravesamos otra villita o la misma, 
no se bien, pues la limpieza i la animación no son nuevas 
para mis ojos. El templo está en un montículo i en el 
mismo un poco mas abajo hai otro pequeño con su Dai- 
butsu chico, ostentando su nimbo, como nuestras imájenes 
de santos, i sus plantas figuradas de lotus, signo de la 
pureza. El templo es viejo i como muchos, un galpón de 
madera con estantes i altares i los dos guardianes a los 
lados cubiertos con los repugnantes papelitos ; hai mu- 
chas imájenes, bustos de dioses, por doquiera; en el fondo 
aparente, se ve mil inscripciones ; le llamo aparente por 
que es movible i tras de él se levanta la jigantesca esta- 
tua en pié, de la Canon, una mujer como nuestras vírje- 
nes, pero de nueve o diez metros de alto a la vista i de 
madera dorada. En la mano derecha tiene un cetro del 
tamaño de un mástil, en la izquierda un vaso con la flor 
de lotus. No vi la estatua en su totalidad a mi satisfac- 
ción por la oscuridad del recinto, sin mas luz disponible 
que la de dos farolitos con su vela de sebo que un sa- 
cristán sube i baja por medio de cuerdas. Vi solamente 
bien la cara i las ropas ; la cara corresponde a la idea 
de una matrona celestial; es linda a pesar de sus vastas 



— ^08 — 

dimensiones. Aquí también la maríolatría o Xsifeminolairia 
es muí galante i hace mas lindos a los dioses del sexo 
femenino. Afuera del templo hai una gran campana en 
su campanario, no para llamar a orar sino para dar 
la hora a la comarca; no tiene badajo, se la toca gol- 
peándola por fuera con el estremo de un palo colgado 
horizontalmente por medio de dos cuerdas a distanda 
i altura adecuadas, que actúa como un ariete, l'ambien 
hai en este santuario un bosque de camelias i bambúes. 



Vamos a almorzar al Hotel Kamakuna, un buen hote- 
lito japones, donde sirven musmees (niñas) con los pies 
desnudos, limpios, rosados i chicos, calzados con una 
sandalia de fina paja. Después seguimos por la orilla del 
mar i costeando montes bajos, prudentes, no como esos 
que se le echan a uno encima, llegamos a la aldeita lla- 
mada Katase; allí dejamos las rikshas i a pié continuamos 
nuestro camino por un arenal i luego por un puente 
hasta la península o isla, según la marea, de Enoshima, 
donde hai otra aldea mui bulliciosa, animada i comercial, 
principalmente en artículos de cristal o hechos con pro- 
íluctos marinos i piedras susceptibles de admitir un pu- 
lido perfecto. Esta aldea está en perpetua feria i a su 
bullicio se añade el rumor constante de las olas del Pací- 
fico que en este paraje parece tomar entonaciones estra- 
ñas. El paseo preferido en esta isla es a una cueva situada 
f*n el estremo opuesto a la aldea; el camino es mui lindo 
por sus accidentes: subidas, bajadas, escaleras, casas 
(le té, jardines, arboledas, jentes paseando, i en las rocas, 
abajo, ya tocando al mar, por el espectáculo de robus- 
tas japonesitas con las piernas i muslos desnudos hasta 
la ingle, ocupadas en recojer algas i conchas, siempre en 
presencia de infalibles espectadores europeos. 



La cueva de Enoshima es una profunda escavacion con 
varias ramificaciones, hecha por el mar, semejante a las 



- 409 — 

cuevas de Irlanda en las vecindades del Giant\s Cosway ; 
se entra a ella por un puente de madera i una vez dentro 
puede uno entregarse a las delicias de adorar a los dio- 
ses en sus propios altares. Salimos, subimos hasta la 
mitad de la altura, tomamos té en una venta, hablamos en 
japonés (Ohio Ojayo, usted lo pase bien) i vamos a 
la mas próxima estación para volver a Yokohama. 






El 26 de abril visito un taller de bordados: gran 
salón con su estera suave i blanda, sobre ella sentadas 
20 muchachas bordando en largos bastidores propor- 
cionados a la obra; en otra sección 20 mozos haciendo 
lo mismo. No hai una hilacha en el suelo ni una voz vuela 
por el aire. La introductora de los visitantes, provee de 
trabajo al taller i goza naturalmente de las consideracio- 
nes debidas. Por tanto la Directora le trae el té, todos 
los empleados le hacen el Kot'ow tres veces (reveren- 
cias con prosternacion tocando con la frente el suelo). 
La introductora ofrece a su vez el té a los visitantes. 






Marzo 27, — Un amigo me lleva a visitar una familia 
decente japonesa; la calle donde vive es atroz, sucia, 
angosta, llena de charcos de agua infecta i de barro; pero 
vamos en riksha i en llegando debemos sacarnos los 
botines para subir a las habitaciones. Entramos a un 
cuarto bajo esterado, después subimos una pequeña 
escalera i nos encontramos en otro igual en tamaño, pero 
mas cuidado i mejor amueblado ; allí al rededor de una 
caja que contiene un brasero están tres mujeres: una 
señora, una joven i una niña. Hai por todo mobiliario 
unas cómodas, mesitas i estantes ; no se ve sillas ; en el 
suelo en vez de ellas se estienden delgados cojines cua- 
drados como pequeños colchones. Al rededor de la pieza 
en las paredes figuradas, hai paneles movibles, o sea 



-- 410 — 

puertas de armarios que encierran la ropa de cama, 
lavatorios, agua, toballas i otros útiles o bien ventanas 
al esteríor. Tomamos te i dulces, hacemos un regalo a la 
familia i nos retiramos. De vuelta al hotel mi amigo sigue 
reliriénd(»me las costumbres ja|)cncsas : a la noche para 
dormir, me dice, sacan su colchón, su tronco de piramid, 
con una almoadilla en la parte superior i sus ropas de 
cama. La musmé si no está sola, provee de una almohada 
a su hut^sped. Para dormir se desnuda; se quita el kimono 
i la camisa i queda con un delantal; no tiene en jeneral 
mas ropa, pero las túnicas i los delantales suelen multi- 
plicarse. 

Las niñas que se prostituyen en sus casas no creen 
hacer mal; lo hacen con el consentimiento de sus padres, 
casi en su presencia pues las casas de papel no ocultan 
nada a la vista de los indiscretos i mui poco al oido de 
los que no lo son. Son pudorosas en jeneral o a lo menos 
sus actos de impudor no tienen el sello que las haría 
odiosas ante un juicio frió. Son bonitas, Hmpias, mui 
delicadas en todo, en movimientos, en jestos, en miradas, 
en actitudes i toman mil precauciones para no dejar ver 
sus formas i para evitar consecuencias graves. Aun en 
los momentos de mayor pasión cuidan su peinado, su ves- 
tido i su cinturon. Son mui curiosas; todo lo preguntan 
i averiguan. Las familias tienen su sello, su firma de familia 
en un cuño, i marcan con él todos sus objetos o lo hacen 
pintar en ellos: en su vajilla en su ropa en sus muebles. 






Marzo 29, — Paseo por el Bluff; encuentro una asom- 
brosa cantidad de mujeres jóvenes en la calle, muchas 
de ellas casi niñas, con un niño cargado a la espalda i 
todas curiosas ; tropiezo con un gran grupo al rededor 
de los aparatos jimnásticos de un hombre que hace bai- 
lar i ejecutar pruebas a una cuadrilla de ratones, ejer- 
cicios difíciles para ellos, no por lo tocante a eso de andar 
por cuerdas i tirantes, sino por lo relativo a ejecutarlos 
obedeciendo órdenes verbales. 



— 411 — 

Sigo hasta una calle despoblada relativamente i oigo 
una música conocida ; me fijo i la siento salir de una 
casa ; tocan Caballería rusticana en violin, flauta i un 
instrumento de cobre, con toda corrección : « conocen i 
sienten la música » saco en consecuencia. Bajo a la orilla 
del rio i tomo por una calle llena de negocios ; estoi en 
un barrio nuevo donde puedo comprar todo, nativo o 
importado, desde agujas hasta camas. Llama mi atención 
el número de hombres feos i de niñas bonitas ; aquí es 
donde con razón en verdad tiene su aplicación el cali- 
ficativo de bello sexo al femenino. ( Nota ; compuesto 
de solteras, pues las casadas se pintan de negro los 
dientes dando a su boca el aspecto de una caverna in- 
fecta, cediendo, dicen, a una exijenciade los maridos, para 
evitar que sus mujeres gusten a otros ; no lo creo, no 
son tan estúpidos ; es moda de mujeres quienes por su 
amor a la falsificación, son capaces de pintarse cuanto 
les dio la naturaleza). Los niños observo solo llevan 
ahora rapada una coronita como nuestros sacerdotes; 
probablemente por acatar algo emigrado de la costumbre 
china. 

♦ 

Marzo 3L — El Yoshiwara N© 9 famoso, es una gran 
casa de madera; está bien cuidada, bien servida i bien con- 
currida dicen. Su jerente llamada la «Mamá» es amiga de 
los caballeros mas distinguidos de Yokohama i de varios 
personajes del mundo entero. Todos la tratan con consi- 
deración respeto i hasta cariño ; ella es mui seria i mui 
decente (salvo el oficio) pero dando el hecho por estable- 
cido ella i sus pupilas son correctas damas. La casa es 
en realidad un hotel donde el huésped puede comer, dor- 
mir i tener una esposa temporal ; cada cuarto tiene su 
estufa, su lavatorio, campanillas i luz eléctrica ; solamente 
faltan cerraduras en las puertas ; la única cerradura es 
la tradicional e infalible discresion. Los visitantes entran 
a un salón de recibo ; la jerente i su vice vienen a él e in- 
vestigan los deseos del huésped ; si son favorables a los 
intereses de la casa comienza el desfile de todas las jóve- 



— 412 — 

nes no ocu|íadas en el momento ; jeneralmente 50 a 80; 
todas admirable i lujosamente vestidas i peinadas a la 
japonesa ; algunas llevan el pelo suelto para romper la 
monotonía; muchas hablan inglés, son bonitas, graciosas, 
alegres, de porte i modales distinguidos; permiten ciertas 
libertades conservando un pudor no desmentido por acto 
alguno i con todas las apariencias de real. Solamente 
se rebelan contra los atentados a su peinado, siendo para 
todo lo demás complacientes i amables, maquinalmente 
seductoras i mecánicamente eficientes para el placer 
según dicen (advierto formalmente que mi visita fué de 
simple información, i lo digo para evitar críticas inmere- 
cidas). Dos de ellas me gustaron mucho tal vez por pare- 
cerse a dos niñas mui distinguidas de mi pais ; les pedí 
su tarjeta i me la dieron; eran unas pequeñísimas tarjetas 
escritas en inglés i en japones ; una decía : 

Hamawogi I I I 

c. o. Tcmpura , Wakataque J 

NO 9. Nectarine [ ^^ «^''^ '• ^o 9. Nectarine \ 

Yokohama j [ Yokohama j 

i las dos mui bien impresas, eran del tamaño que ocupa 
su copia. 



Abril 1 ^ . — Paseo a la Nursery, un lindísimo jardin 
japones. Nuestros conductores de rikshas se exeden en 
el programa « a la Nursery > les decimos i a la « Nur- 
sery » nos llevan, pero como quien va de Buenos Aires 
a Quilmes pasando por París. Nos hacen recorrer colinas 
i valles encontrando i perdiendo bahias con la vista, 
atravesando poblaciones, sembradíos, arrozales, cabanas 
i montes. El camino se llama el Misisipi así como la gran 
bahia que rodea en cuyas márjenes hai un caserío de 
pescadores. Por fin después de atravesar una aldea lle- 
gamos a la parte del Bluff donde está el jardin. Hai en él 
canchas reservadas para tennis, cricket i foot ball, como 
corresponde al mas refinado english sport; glorietas 



— 413 — 

i árboles de forma artifícíal imitando esferas, semiesferas, 
conos, pirámides i techos, cilindros suspendidos, arcos, 
fachadas de pórticos, cuerpos ovoides, sillas, mesas, 
sofaes; todo, menos vejetales de figura natural; ningún 
árbol crece allí como se le antoja, ni las flores se colo- 
can ni matizan a su gusto. Toda la flora está domesticada 
i educada, desde la mas tierna infancia, por medio de 
cuerdas i podas metódicas. Me hacen acordar a los 
hombres a quienes la moda impone afeitarse o dejarse 
la barba, conservar solo el bigote o rapárselo, cam- 
biando así las caras i sus espresiones. 






Abril 3. — Mr. Sioen me invita a dar una vuelta en su 
carruaje. Vamos por el Bluff, me muestra los grandes 
hospitales : ingles, francés i alemán (el ingles es el mejor) 
luego una población japonesa, ya mencionada en mi 
párrafo sobre el paseo a la Nursery ; después el circo de 
carreras, raro, con diferencias de niveles, situado en la 
cima de una colina, escavado en su centro de tal manera 
que la pista corre como por el borde de un plato. La 
escavacion está sembrada de habas, porotos, lechugas, 
coles i arroz, en cuyo cultivo se aprovecha el agua sin 
salida del embudo. Damos la vuelta por la bahía del 
Misissipi i cabanas de pescadores ; entramos en una casa 
de té atendida por una italiana i volvemos al hotel sin 
novedad. 

♦ * 

Abril 4. — Hago el mismo paseo con Guillermina intro- 
duciendo las siguientes variaciones : pasaje por un túnel ; 
ejercicio a pié en el circo de carreras ; visita a una aldea 
de labradores ; espectáculo de una barca embanderada 
que tratan de botar al agua, concurso ineficaz de mi 
parte con gran aplauso de los pescadores no obstante la 
inmovilidad de la barca ante nuestros esfuerzos ; gritos 



— 414 — 

¡ alegría i\t^ la concurrtrntia en tren de fiesta por la feliz 
construcción del gran bote; asombrosa cantidad de niños 
con la cara sucia i de musmes bonitas con la cara limpia. 






Abril S. — Voi a Tokio a visitar a Mr. Bondi i señora; 
él no estaba ; ella no se levantaba aun de cama; habia 
estado mui enferma i todavía continuaba delicada. A la 
vuelta, Armani, caballero a quien ya el lector conoce, 
para pasar el tiempo, entabla la inevitable conversación 
sobre mujeres i me cuenta las costumbres de las corte- 
sanas en Tokio. Las que no habitan los Yoshiwaras 
dice, se dividen en tres categorías : las Guechas o baila- 
rinas, las Musmees o queridas i las Djonkinas o mujeres 
públicas de rango inferior. Las primeras no se daban 
antes a nadie, las segundas se contratan o venden por 
uno, dos o tres meses i son relativamente fieles durante 
su compromiso, las últimas se prestan a todas las exi- 
jencias i tienen como particularidad la de jugar bailando 
a ciertos juegos de prendas despojándose la que pierde 
cada vez de una pieza de su vestido hasta quedar todas 
en cueros ; a veces varias se complotan para hacer 
desnudar a una sola, comunmente la mas púdica. 






Abril 7, — Emprendemos viaje a Nagoya por tren con 
Mr. Rene Dubuffet, joven francés encargado enYokohama 
de una fuerte casa de París. Storni Trueco i Mataldi nos 
habian proporcionado la ventaja i el placer de conocerle. 
El camino es variado ; tenemos siempre a la vista mon- 
tañas, atravesamos de trecho en trecho anchísimos rios, 
vemos a uno i otro lado de la via arrozales i otras semen- 
teras i las aldeitas se suceden en series con imperceptibles 
interrupciones, adelgazando solo el grueso de sus plan- 



— 415 - 

teles basta dejarlos representados por una casita de dis- 
tancia en distancia, para engrosarlos después con dos, 
con tres, con varias, con muchas casitas juntas hasta que 
otra aldea se presenta. En fin, durante cientos de kiló- 
metros la población no se corta decididamente i el viajero 
piensa fantasías, imajinándose al Japón poblado por una 
sola ciudad caída del cielo en una vacija que se ha roto i 
cuyos pedazos con sus casillas i paisajes se han esparcido 
a lo largo del territorio, deteniéndose apenas en la ori- 
lla del mar. 



En las primeras horas de tren tenemos siempre a la vis- 
ta el famoso Fujiyama, como un cono de mármol blanco; 
ahora está cubierto de nieve casi por completo ; uno de 
sus flancos solamente, cerca de la base se halla libre. La 
semejanza con un pilón de azúcar truncado me hace 
pensar en Tucuman i por curiosidad i desocupación, me 
pongo a calcular cuánto tiempo emplearía aquella pro- 
vincia arjentina para levantar un Fujiyama de azúcar, 
suponiéndole una producción de 10,000 metros cúbicos 
por año. El Fujiyama tiene una altura de 3,630 metros i 
tomándolo tal cual yo lo veo es un cono tan levemente 
truncado que se lo puede tomar como completo. Ademas 
a la vista la inclinación de su apotema es de 45^. Acep- 
tando estos datos, el cálculo es fácil. El radio de la base 
es igual a la altura por ser el ángulo en el pié del eje, de 

r^r^-. t tt 22 X 36302 X 3630 . ^,-^ r.o/'QOQí; 

90^. Luego : V®" = ^T"^ == ^-010.9868285 

es decir 50,109 siglos i 86 años. S. E. u O. 



El ancho de los ríos corresponde á las crecientes re- 
pentinas; la línea de montañas se acerca al camino o se 
retira de él según los caprichos jeolójicos ; los sembra- 
dios ocupan los valles, las faldas i los planos i miles 
de hombres i mujeres trabajan en ellos constantemente; 
los arrozales los preocupan mucho, según se nota i 



— 416 — 

han encontrado ya, dicen, el medio de evitar las fiebres 
en los terrenos destinados al cultivo, consistiendo este 
en separar la planta de la mala yerba antes de la jer- 
minación i del trasplante. 



El Japón a juzgarlo por los paisajes que se ofrecen a 
nuestra vista es la tierra de promisión i la agricultura 
secular, tradicional, lo embellece mas cada dia. 



Llegamos á Nagoya después de doce horas de viaje; 
nos alojamos en un hotel japones hecho con tabiques 
i biombos de madera, persianas, vidrios i papel como 
predecesor de estos. La teoría declara un frió inaguan- 
table i corrientes de aire preñadas de enfermedades en 
estas livianas jaulas, pero la práctica dice lo contrario ; 
los cuartos son cómodos, las camas buenas, la estufa 
tira bien, no hai rendijas i el viajero se encuentra a sus 
anchas, servido por musmes agradables. Las camas a 
la japonesa son invisibles durante el dia, pero no faltan 
en el hotel; yacen en los armarios disimulados en las 
paredes i de noche se las saca fácilmente, pues solo se 
componen, como ya lo he dicho, de un colchón delgado, 
sábanas, una cobija colchada i el pequeño tronco de 
pirámide con su almohadilla para la cabeza, formando 
el todo un reducido volumen. El piso está cubierto de 
estera fina sobre una capa de paja suelta, uniformemente 
esparcida; estera siempre limpia que ningún zapato 
con barro ni sin barro ha pisado jamas. 



Nagoya es una bonita ciudad con calles aseadas; es 
mui animada; casi todas las casas del centro son de 
negocio i se ve con agrado en todas partes la industria 
en acción bajo la mano delicada de los laboriosos ha- 
bitantes. El Donjon es la joya del pueblo. Nó he visto 



— 417 - 

hasta ahora una construcción de madera mas imponente : 
consta de cinco pisos cuyas bases van de mayor á me- 
nor; el tamaño de los pilares está en relación con el 
peso que deben soportar; así, abajo son troncos de 
árboles inmensos en diámetro i altura; algunos tienen 
cerca de un metro de grueso en su base. El palacio está 
completamente vacio ahora i adentro solo es interesante 
ver la distribución de las piezas formando cuadros, los 
pisos, los techos, los tabiques i persianas de madera 
fina, dura, limpia, admirablemente trabajada ; los estan- 
tes altos donde reposan en sus cajas de pino, los dioses 
del castillo i por fin los contrastes de luz i sombra en 
escaleras, pasadizos i salas. Un corredor en cada piso 
da vuelta al rededor de las habitaciones i abre sus ven- 
tanas pesadas i de corredera, a los cuatro frentes. De 
ellas vimos el enorme foso en torno del Donjon, con 
sus muros de piedra en lijera pendiente ; la ciudad es- 
tendida sobre el plano, la campiña, las montañas á lo 
lejos i las plazas, los parques i los grandes espacios re- 
servados para maniobras en la vecindad de los cuarteles 
i donde por suerte en el momento de nuestra visita, un 
destacamento de caballería, hacia ejercicios simulando 
batallas, derrotas i victorias. Se oia también el lejano ca- 
ñoneo, pues no se veía donde la artillería tiraba al blanco 
usando pólvora sin humo ; probablemente tras de un 
bosque impertinente que nos ocultaba el espectáculo. 
Para visitar el castillo hubo dificultades morales i mate- 
riales; las primeras consistieron en los trámites i demo- 
ras para revisar nuestro permiso i proporcionarnos un 
guia; las segundas, en la posición inadecuada que debi- 
mos dar a nuestro cuerpo para pasar dos puertitas, una 
tras de otra, bijas de dos grandes puertas, gruesas, du- 
ras, viejas, mezcla de madera i hierro, quienes llevaban a 
las menores pegadas al ruedo del vestido ; las chiquillas, 
petizas, retaconas i gruesas como su madre, con herrum- 
bre en las alcayatas desde el reinado de Jímum Tenno 
660 años antes de nuestro amado Jesu Cristo, no que- 
rían dejarse abrir i menos pasar por jentes de mediana 
talla, sin la espresa condición de acostarse en su umbral 
inferior i deslizarse con movimientos reptilianos. Así 

Por mares i por tierras 27 



- 418 - 

fué nt^cesario proceder. El guia, después de tanto parla- 
mento resultó un agradable japones mui Heno de corte- 
sías, pero inocentísimo en materias filolójicas ; no ha- 
blaba sino el dulce idioma de las señas i con él nos 
entendimos para tratar todas las cuestiones concretas de) 
caso i muchas abstractas, como son las de belleza i jus- 
ticia, representando las primeras por una poderosa es- 
tension de brazos, abriendo la boca al mismo tiempo, 
i las segundas, por el signo de cortar la cabeza a un 
chino con trenza larga. 

I 

Abril 8, — Salimos para Kioto i llegamos el mismo 
día. El camino continua bellísimo; pasamos rozando el 
fondo de la inmensa bahia de Owari, de estrechísima 
embocadura i amplio estuario ; tocamos los bordes del 
Lago Biwa, tan grande como el de Ginebra, a cíen me- 
tros sobre el nivel del mar i de cien metros también de 
profundidad, aunque no uniforme, con pocas islas en 
sus aguas, lago de forma de guitarra china á cuyo pa- 
recido debe su nombre, creado, hecho, enjendrado por 
un temblor, según la leyenda, el mismo que hizo surjir el 
Fuji-yama, también según la misma leyenda, el año 286 
antes de J. C. 

« * 

Abril 9. — Comenzamos nuestras escursiones por una 
casa de bordados, la mas famosa i cara de la ciudad; las 
dos cosas con razón. Allí vimos maravillas en materia 
de biombos i cuadros. Recordaré toda mi vida, un gato 
de seda, blanco con manchas negras en la cola, fílósofo, 
pulcro i ocioso; el bordado, mostraba todos estos carac- 
teres. La lucha de un perro i un zorro en la cual el úl- 
timo lleva la peor parte pues el perro le tiene nada me- 
nos que el cuello entre sus mandíbulas, pero se ve en los 
ojos de sedas de diferentes colores del zorro, que no lo 



— 419 - 

cree todo perdido i medita alguna diablura. Por fin un 
venado bebiendo agua en un arroyo j el cuadro es triste, 
desolado i sujestivo ; no se cómo han podido pintar eso 
con la aguja en la tela. El pelo de los animales en to- 
dos los cuadros estaba tan perfectamente imitado que 
incitaba a tocarlo. Siento mucho no haber podido com- 
prar estos tres inimitables trabajos: eran mui caros, 
pero para mi consuelo, los conservo con toda claridad 
en mi cerebro i los evoco dándoles forma i colorido 
visibles, cuando ouiero. 

De ahí se nos conduce a una casa de abanicos ; necesi- 
tamos comprar uno bueno de estilo puro japones, para 
hacer un regalo ya anunciado : no hallamos sino mer- 
caderia de pacotilla; nada habia de característico ni 
de fino siquiera. 



A la Esposición en seguida donde en grandes galpo- 
nes i salas se exibe todo el arte i la industria del Japón 
representada en muestras; allí vemos principalmente 
sedas i bordados; obras en laca y marfil, muebles i uten- 
silios, joyas e incrustaciones i una buena colección de 
cuadros, como indicio de un arte que comienza o renace. 



Para continuar en el mismo estudio vamos a una casa 
de objetos artísticos siendo la misma casa uno de ellos. 
A los japoneses les gusta copiar en diminuto; en un 
metro cuadrado hacen un parque, ponen montañas, 
lagos i árboles colosales del tamaño de un dedo; así era 
el patio de la casa de negocio que visitamos; medía a lo 
mas seis metros por costado i contenia un lago, un 
puente, una gruta, dos montañas, un jardin i tres kios- 
kos. Me gustó sobre todo, el camino construido en el 
arenal a orillas del lago; era de grandes piedras irre- 
gulares colocadas sólidamente i entre cuyos intersticios 
corria el agua ; el aspecto rústico de esta disposición 
era la nota saliente. La casa propiamente parecía un gran 



— 420 - 

juguete de madera, lustrosa de puro nueva, Hmpia desde 
la estera hasta el techo, con todas sus aristas sin ningu- 
na falla i conteniendo en sus armarios, vidrieras i estan- 
tes tal cantidad de curiosidades i obras de arte escojidas, 
como no se ve ni en los museos : una colección de obje- 
tos sobre los cuales se podia dar un curso de estética 
para formar el gusto, tibores como pagodas de grandes, 
lacas de alarmante valor, cajas de metal con incrusta* 
ciones, figuras de marñl, copas sinceladas con trabajo 
de años enteros pues cada centímetro cuadrado de mi- 
nucioso dibujo requiere una semana o mas de labor; 
biombos con flores i animales a lo vivo, pintados, bor- 
dados o hechos con metal i nácar, con oro i plata, con 
marfil, esmeraldas i malaquita; en fín, bellezas i riquezas 
que mareaban. 



Los lectores se preguntaran como yo me preguntaba, 
cual es la razón del valor exesivo de las lacas anti- 
guas i aun modernas bien trabajadas. Doi la respuesta: 
las obras por si mismas o por el precio de sus ma- 
teriales, no son la causa del elevado costo; el tiempo 
necesario para concluir la obra es la razón de su valor ; 
entre una i otra capa de barniz dorado, cobrizo, bron- 
ceado, o de otro tinte, debe mediar un semestre ó mas 
tifímpo a veces ; mientras tanto los intereses del capital 
empleado corren i los artistas o se cruzan de brazos o 
se ocupan como Dios les ayuda. 



Para agotar, saciar las exijencias del shoping (andar 
en las tiendas) vamos a ver negocios de sedas i otros i 
llegamos por lin a la casa mas renombrada. Allí nos 
muestran paneles calumniados de antiguos, carpetas bien 
modernas, kimonos de la primera especie, kimonos de 
la segunda i biombos ; nada satisface a la parte feme- 
nina de la caravana, felizmente, i yo, por esta causa i 
por haberse concluido las visitas a las casas temibles 
enemigas natas de- mis bienes, salgo en un estado de 



- 421 — 

buen humor sin ejemplo, con gana de ver Parques, gozar 
de la naturaleza que brinda sus favores sin el precio 
marcado i en consecuencia nos dirijimos a una arboleda 
situada tras del rio que con sus tonos verdes, claros i 
oscuros i sus troncos grises o amarillos, nos llamaba 
cortesmente. 



El templo de Chion-in habia hecho su nido hacia si- 
glos ahí, cerca de la arboleda en una montaña o sus pre- 
liminares. Sabe sin duda el siempre ilustrado lector, que 
Dios, en su divina previsión, asignó a los cerezos del Ja- 
pon la tarea de brotar dos veces por año, siendo una de 
ellas en el mes de abril a menos de contra orden, i los 
cerezos cumplen su obligación llenando sus ramas de 
flores i poblando de colores las avenidas i los bosques 
donde crecen, i crecen en todas partes. 

Desgraciadamente, como Dios no hace nada comple- 
to, las flores de los cerezos aquí no tienen olor ni pre- 
ceden a ningún fruto como si no fueran simples árboles 
mortales. 



Para ir al templo de Chion-in desde donde estábamos, 
se necesita seguir á lo largo de una calle en pendiente, 
bulliciosa i concurrida, en la cual, cruzándose los fuegos, 
un millar de tiendas ofrece sus baratijas, presentando 
ante los portamonedas impasibles, todo el arte infantil 
en porcelana, todos los juguetes de madera posibles i 
los útiles necesarios a la vida diaria de uso o de orna- 
mento, a precios hilarantes ; ocho cacerolas metidas unas 
dentro de las otras por 50 centavos, por ejemplo. Pero 
todo tiene un fin en este mundo, i alli donde sin aviso 
previo comienza la exibicion de baratijas relijiosas, con- 
cluye la de profanas; así, ya cerca del templo, las figu- 
ritas de porcelana son dioses de la relijion budista o de 
la shintoista: amuletos, pequeños sirios, ex-votos i si no 
me equivoco hasta escapularios. Aquí los dioses de 
ambas relijiones viven en santa paz i sus imájenes mez- 



- 422 - 

ciadas en el mismo plato, no disputan ni aun sobre su 
precio, pues se vende á tanto el montón las pilas de 
dioses surtidos. 



Trepando escalas i subiendo cuestas llegamos al pór- 
tico del templo, hecho con árboles de otro planeta ma- 
yor, a juzgar por su tamaño; con un techo pesado de 
ángulos cornamentados, cubriendo dédalos de puntas 
de tirantes, largas y cortas, como dispuestas para jue- 
gos de suerte ; i una puerta espesa alta e inútil pues sin 
pasarla i gracias a una escalera de cien o mas gradas 
toda de piedra, se puede llegar a la plaza en cuyo fondo, 
o medio, como ustedes gusten, se levanta camino del 
cielo, el templo majestuoso, construido sin duda por ji- 
gantes i no por estos japoneses chicos, incapaces de 
acarrear, parar, colocar i ajustar mástiles i tirantes de 
quince metros o mas, con su correspondiente grueso, 
encima de plataformas que contienen ciento cincuenta 
bosques reducidos a tablas i tablones, sin contar el 
techo, vecino del cénit, estendido orgulloso con sus alas 
quilomélricas, como un sombrero de diez picos hecho 
para el Fujiyama. Me dolia ya la nuca de mirar arriba 
cuando un compañero de tareas me leyó en el oido es- 
tas noticias de su libro guia : « Entre sus curiosidades 
figura un paragua célebre según la leyenda por.... 
(paso la leyenda). ... i un corredor cuyo piso golpeado 
con un palo produce notas musicales semejantes al 
canto del ruiseñor. . . . —« Basta >, le dije; yo no admito 
mentiras de ese calibre; los pisos no son pájaros en 
primer lugar, i en segundo, los pájaros no cantan. ¡Es- 
toi cansado de oir calumniar a estos animales ! ¡ ningún 
pájaro ha cantado jamas ni cantará en su vida ; el mas 
filarmónico de los volátiles, llega cuando mucho á silbar ; 
los demás graznan, chillan o cacarean como las gallinas ; 
los Qiismos gallos cuyas estridencias de larinje han 
recibido el nombre de canto en nuestras lenguas, desen- 
tonan de un modo lamentable desde el rayar del alba, 
cuando comienzan sus oberturas con triples griterias de 



- 423 — 

contrapunto. Yo no sé como Wagner no mató á garro- 
tazos a todos los gallos alemanes de Bayreuth para qui- 
tar todo pretesto nacional, a lo menos en aquel san- 
tuario de la música, a la infame impostura del lenguaje 
usual ! 



Hai en el interior del templo un almacigo de dioses, 
todos poderosos i sordos ya a fuerza de oir reclamos de 
jentes ambiciosas, en demanda de salud, de fortuna o de 
correspondencia en amores japoneses. 

Otra escalinata nos conduce a un campanario de ma- 
dera, donde cuelga, al alcance de la mano, la segunda 
campana en magnitud de las existentes en el Japón; un 
ariete se columpia en dos cuerdas hacia un lado i sirve 
de badajo esterno. Debajo de la campana i en el recinto 
del campanario se ha establecido una casa de té donde 
ademas de la aromática infusión, se puede tomar otras 
bebidas i comer variados manjares a los cuales lo sagra- 
do del recinto comunica un sabor relijioso i azucarado. 



* ♦ 



A la noche vamos a un teatro donde se daba una 
función característica. Cada año durante 15 dias en el 
mes de abril, cuando brotan los cerezos, celebran en 
Kioto el acontecimiento con representaciones teatrales 
como reminiscencias peculiares de prácticas relijiosas. 
Una leyenda es el argumento i éste se desarrolla en 
medio de cantos, pantomimas i música de orquesta. 
El teatro es un salón en forma rectangular; frente al 
escenario en alto, hai un solo palco de todo el ancho de 
la sala, provisto de escaños en su parte posterior i de 
mullida alfombra adelante, donde se sientan en el suelo 
las musmes mas distinguidas con sus papas i mamas; 
abajo está la platea o patio, como una gran pileta de 
poco fondo, rodeada en sus bordes anterior i laterales, 
por un camino de regular ancho, por el cual pasan los 
actores i los espectadores. En un nivel superior al de los 



- 424 — 

pasajes i a lo largo de los dos laterales figuran dos es- 
trados, donde toman asiento para la fíesta diez i seis 
muchachas, ocho a la izquierda i ocho a la derecha, ves- 
tidas con todo lujo ; cada una toca un instrumento de los 
que componen la orquesta ; a saber : varillas de madera 
dura, pífanos, triángulos, tambores i guitarras o su re- 
medo. Apenas la música comienza entran por los corre- 
dores de uno i otro lado, treinta i seis beldades jóvenes, 
luciendo en la cabeza adornos emblemáticos brillantes, 
con peinados reglamentarios i vestidos uniformes de 
telas riquísimas, adornados con cintas de vivos colores i 
bordados de oro i plata. Su andar es mesurado i caden- 
cioso, asi como sus movimientos de cuerpo i brazos, 
todo ello de acuerdo con la música. Las ocho de un lado 
van a juntarse frente al escenario con las ocho del otro 
allí se entrecruzan, se saludan, hacen figuras de contra- 
danza en varios cuadros, usando sus abanicos, entrela- 
zando cintas i manejando los pliegues de sus ropas. 
Luego desaparecen ; un telón se levanta i el escenario 
las exibe de nuevo mas adentro continuando su baile ; 
las decoraciones cambian a vista del público según las 
exijencias del argumento ; las bailarinas se dividen en 
grupos, unas bajan al pasaje delantero, otras siguen ha- 
ciendo diversas figuras en la escena i cuadros induda- 
blemente significativos i bellos, aun para quien no los 
entiende. Vuelve a cambiarse el paisaje en el fondo del 
teatro. Unos hombres enlutados, invisibles por conven- 
ción, dirijen las maniobras haciendo desfilar decoracio- 
nes. Llega a su tiempo el cuadro final i el espectador 
maravillado ve un bosque, un prado, un jardín, una se- 
rranía, el mar, arroyos i caídas de agua, bien imitadas 
a pesar de los pobres medios, i puntos luminosos incon- 
tables i sin límite, convírtiendo el paisaje en una visión 
de sueños i perdiéndose a lo lejos como si aun conti- 
nuaran. El panorama desplegado a nuestros ojos era 
precioso i yo no me cansaba de mirarlo. En todo el juego 
escénico el brote de las plantas es el tema, i ramos de 
floridos cerezos caen sobre el procenio formando barre- 
ras, cortinas i cenefas. Cada bailarina concluye su festejo 
llevando como premio un gajo del árbol predilecto, car- 



- 425 - 

gado de flores. La música, la pantomima i el espectáculo 
visible, traían ideas relijiosas i yo me imajinaba ver en 
las figurantes, sacerdotisas del gran templo de la natu- 
raleza dando gracias al cielo por la llegada de la prima- 
vera. 

Adril 10, — «Al Palacio de Gosho i Nijo> grito al 
mozo de mi riksha con voz estentórea, teniendo en la 
mano el permiso de autoridad competente para visitar 
los reales palacios, gracias a la amabilidad de Mr. Ar- 
mand (Ministro de Francia). A poco rato estábamos en 
un precioso parque vecino a las montañas donde se 
hallan el Gosho i el Nijo, i a sus puertas. Presentado mi 
documento, por todo informe un empleado nos muestra 
cortesmente un papel escrito en ingles con lápiz, cuyo 
testo decia mas o menos: durante una semana antes de 
la llegada i una semana después de la partida de S. M. 
el Emperador, no será permitida la visita a estos pala- 
cios por hallarse en preparativos o acomodos. ¡ Una 
contrariedad inesperada i mui desagradable ! Pero todo 
tiene su compensación ! Por ahí cerca asomaban los edi- 
ficios de la Doshiska University, haciéndonos señas con 
su atractivo aspecto, para visitarlos. Una vez llegados 
entro en una oficina a pedir el permiso requerido i me 
encuentro con un profesor de filosofía versado en el 
ingles, quien nos proporciona por guia a uno de los 
estudiantes de la Facultad de teolojía. Con este caballero 
vemos : lo La capilla protestante, sencilla i juiciosa. 
2o La Facultad de ciencias naturales con sus rudimen- 
tos de museos, laboratorios i gabinetes. 3o La Facultad 
de Teolojía, mui atendida; consta de varias salas con 
buena dotación de mapas marcados de colores, seña- 
lando la estension de las relijiones, su punto de oríjen i 
su camino a través de las naciones, i un museo de obje- 
tos conexos con el culto. Vemos con interés el mapa de 
Palestina para la comprensión de la biblia ; el estudiante 
a quien hablé de mi viaje a Jerusalem mui interesado 
rae preguntaba los mas raros detalles inducido por sus 



— 426 - 

afícioncs a nuestra historia relijiosa. Me inclino a obser- 
var (]ue la enseñanza de la teolojía es completa i prefe- 
rida en este instituto, junto con la historia de las relijio- 
nes. 4o El edificio de la biblioteca en cuyos salones 
funcionan las aulas de ciencias sociales, leyes, economía 
política, literatura i filosofía. En la biblioteca solo hai 
libros ingleses i japoneses. Pregunto por Don Quijote i 
me traen el volumen en ingles; pido el Telémaco; tam- 
bién está, pero en ingles. Dentro de medio siglo todo el 
Japón hablará ingles; así la Inglaterra arrebata a las 
demás naciones diarias ventajas, revelando en todo, ese 
poder de estension, de propagación que parece no ya 
solamente un propósito, sino un don natural, un instinto 
de raza. 5° La Escuela de mujeres, en edificio separado, 
en medio de una gran huerta con jardines i arboleda. El 
Director habla ingles i sus pupilas lo estudian. A mas de 
las materias de instrucción jeneral, las jóvenes educan- 
das aprenden aquí labores, música, según las reglas casi 
universales i no música japonesa puramente, cuya gama, 
a estar a los informes de un profesor, no tiene sino 
bemoles; el cultivo de jardines, el modo de dirijir una 
casa; a lavar, a planchar i a cocinar; a jugar también, 
juegos inocentes para entretener a los niños, lo que les 
servirá cuando sean madres, nodrizas o institutrices. La 
Escuela posee una biblioteca de libros en ingles. Las 
pupilas están en cuartos separados según el grado de su 
estudio i viven como pájaros en sus jaulas, pero conten- 
tísimas al estilo japones i riéndose siempre, con esa risa 
pura brillante i sencilla de esta tierra, donde los manan- 
tiales de la alegría parecen inagotables. 6° El Hospital 
i Escuela de enfermeras, institución útilísima que abre 
una carrera nueva a la mujer en bien de la humanidad. 
El Hospital es pequeño i misto en su estilo ; es decir, hai 
camas a la japonesa en el suelo i también como las 
nuestras. La Escuela de enfermeras ha dado ya exelentes 
cuidadoras i es una delicia ver a las pupilas ejecutar su 
trabajo con manos delicadas i risa constante, como sino 
curaran heridas o prepararan vendajes, tareas en mi 
opinión poco adecuadas para incitar a reírse. La ense- 
ñanza en todos los departamentos de esta Universidad 



— 427 - 

se hace en ingles. Los edificios aun que apropiados a 
su objeto son ya pequeños para el número de alumnos 
que en 1893 era de 509 i es ahora mucho mayor. 



En el resto del dia vemos: La Escuela de Bellas 
Artes: regular edificio i vasto terreno ; se enseña dibujo, 
pintura i escultura; el curso dura cinco años. 

La Escuela normal de mujeres, también en terreno 
estenso, con edificio poco adecuado, pero con grandes 
salas limpias i esteradas, claras i aereadas e hijiénicas. 
Hacian los empleados de la casa resistencia para dejar- 
nos entrar o no nos entendian; por esto, mientras 
Mr. Rene Dubuñet, nuestro compañero de viaje, trataba 
de hablar en japones, yo atravesé el grupo de profeso- 
res, discipulas i sirvientes i me puse a visitar la Escuela 
en tanto se dilucidaba en la portería el punto de si yo 
debia entrar o no. Sin duda adentro me tomaron por 
un inspector británico i no me incomodaron ni me pre- 
guntaron cosa alguna, e hicieron bien, pues no enten- 
diendo el japones, si algo me hubieran preguntado no 
les habría contestado nada. Vi las clases concurridas 
por japonesitas mas o menos agradables. Dios se com- 
place a veces en hacer animalitos perfectos casi, desti- 
tuyendo a otros del mayor número de calidades. Entre 
doscientas musmes noté una que era la finura, la gracia, 
la delicadeza, la suavidad i la belleza andando ; todo en 
ella era atractivo ; si se reia la Escuela entera se llena- 
ba de luz alegre; si se sentaba su postura daba el con- 
junto de las formas las líneas mas seductoras; si estendia 
el brazo o inclinaba la cabeza su movimiento saturaba el 
ambiente de sensaciones deliciosas ; sus manos eran una 
perfección i de toda su figura se escapaba un encanto 
indecible. Nacen así ciertas criaturas para hechizar con 
solo dejarse mirar. Yo le puse a esta adorable niña, el 
nombre de Elisa en mi pensamiento, por su parecido con 
la hijita de Juárez del mismo nombre. 

La Escuela normal de varones: otro gran estableci- 
miento compuesto de varios departamentos diseminados 



- 428 — 

en una estensa área. Un profesor nos sirvió de guia, 
mostrándonos las aulas, los dormitorios, los gabinetes, 
el refectorio i demás dependencias; esplicándonos todo 
en correcto ingles. Dan en esta Escuela gran importancia 
a la educación física; asi, los jimnasios i canchas de juego, 
figuran honorablemente en el establecimiento. La ense- 
ñanza está a cargo de 25 profesores para mas de 800. 
alumnos. 

La Third higker School o Third College (no sé la 
razón del calificativo tercero) situado fuera de la ciudad en 
una dilatada planicie al pié de la montaña (Kioto está 
dentro de un círculo de montañas). El Colejio ha tomado 
para sí como 100 mil metros cuadrados (magnitud apa- 
rente). Tiene en el centro un hermoso edificio de dos pisos 
para las clases jenerales; atrás, algo lejos, otro para los 
dormitorios comedor i cocina; a la derecha un pabe- 
llón o departamento aparte para la enseñanza de la quí- 
mica, con gabinetes de instrumentos i un laboratorio 
grande, como para cincuenta estudiantes preparadores, 
i un anfiteatro a la europea para las clases i demostra- 
ciones. A la izquierda está el edificio para la física; 
tiene un gran salón con treinta mesas sobre las que los 
alumnos practican sus esperiencias, un gabinete de ins- 
trumentos i un anfiteatro para las lecciones teóricas i 
prácticas. Ademas hai gabinetes separados para pesar las 
sustancias, para los estudios especiales de la electricidad 
i otros no menos importantes. ¡ Admirable todo ello en 
este fin de mundo! La sala de balanzas es un lujo; todas 
las piezas que figuran en ella han sido construidas aquí, 
sin escluir las de precisión. Tras del gabinete de quí- 
mica se está montando un taller mecánico completo, en 
edificio apropiado. A este Colejio solo pueden ingresar 
los alumnos ya preparados en las escuelas medias. 



Vuelvo al hotel, descanso una hora i me hago llevar 
a la Facultad de medicina i hospital anexo. Era ya 
tarde ; ningún profesor se hallaba allí, nadie hablaba in- 
gles de los asistentes, ni francés, ni italiano, ni español i 



— 429 - 

yo me vi obligado a proceder según mi método : es decir 
a pasar de largo. Así lo hago i por suerte voi derecho a 
dar con la sala de operaciones del Hospital de clínicas 
(el anexo). Por la sala de operaciones de un hospital se 
juzga el todo ; mi juicio fué favorable al que estaba visi- 
tando ; la sala se halla provista de lo indispensable i su 
arreglo i dotación de utensilios revela trabajos concien- 
zudos. Paso al anfiteatro i lo encuentro menos bueno, 
pero no se me escapa esta observación : los japoneses 
muertos son mas feos que los vivos. A propósito, re- 
cuerdo una frase envidiable de la señora de Iñiguez, un 
agregado naval a la Legación de España en el Japón, 
señora buena moza, joven i mui ocurrente ; < los japone- 
ses, dice, son los hombres feos de todas partes >. Nada 
mas exacto; los italianos, los indios, los franceses, los 
españoles, los ejipcios feos, es decir los feos de todas 
las naciones, encuentran sus retratos vivientes en el 
Japón. 

Recorro algunas salas i leo los rótulos de los medica- 
mentos de varios enfermos; a juzgar por esto me en- 
cuentro en un hospital como los nuestros. Paso en se- 
guida al edificio de la Facultad contiguo al Hospital, 
de arquitectura occidental, moderna, pero sin grandes 
comodidades a mi juicio. 

La Escuela i Hospital afectado a la enseñanza que yo 
he llamado anexo o de clínicas, ocupan 6J acres o sea 
26 mil 300 i tantos metros cuadrados. Según informes 
posteriores a mi visita, el número de médicos asistentes, 
profesores al mismo tiempo, es de 28 a 30 ; el término 
medio de los graduados cada año, de 35 a 40. La cifra 
de los enfermos asistidos diariamente varia entre 300 i 
330. Los cursos de medicina duran cuatro años i los 
graduados para entrar en ejercicio necesitan una autori- 
zación oficial del ministro del Interior, creo, (no encuen- 
tro datos recientes sobre esto). La enseñanza compren- 
de todos los ramos del arte de curar. 






— 430 - 

Abril //. — Dedicado a la visita de templos i pagodas. 
Hago gracia de las pagodas i me doi la satisfacción de 
no decir sobre ellas sino esto : son muchas, muí grandes 
i muí lindas; de lejos! Puedo incluir por via de yapa en 
esa somera descripción^ unos cuantos templos de dimen- 
siones variadas, cambiando el sexo de los calificativos, 
pero debo hacer una escepcion con dos de ellos: el 
Kiyumizu-dera i el Higashi Hongwanji, El primero tiene 
una larga leyenda; pueden ustedes verla en las guias. 
(Para todos los templos hai aqui una leyenda como para 
las iglesias católicas, i se les da un orijen milagroso i 
casual ). En un local poco a propósito para ediñcar, aun- 
que en situación admirable, se levanta esta formidable 
catedral de madera. Los desniveles han sido correjidos 
con pilotes cuyo estremo inferior va a plantarse en la 
orilla misma de un torrente. El templo encierra riquezas 
inapreciables en imájenes, ornamentos, lámparas, copas 
de bronce i reliquias. Es uno de los mas antiguos del 
Japón i asusta ver la magnitud de sus proporciones. 
Como dependencias de él hai muchos edificios que con- 
vierten el sitio en una verdadera población de templos, 
capillas, armazones sagradas en fin. A corta distancia, 
en un plano inferior, se ve un surtidor de agua cristalina 
mui fría, que viene de la montaña i se derrama por tres 
caños de bambú sobre piletas de piedra; el recinto de 
la fuente es un templo cuyo altar es la falda en pen- 
diente rápida, cubierta de árboles a no verse la roca. 
El agua cura todos los males i en el escenario de sus 
milagros no hai dos parajes en el mismo nivel, pero de 
todos se ve Kioto abajo con su anillo de montes, partido 
por su rio, salpicado de arboledas i a la puesta del sol, 
flotando sobre tonos cambiantes, una masa de luz azul, 
diáfana, rarísima, probablemente alguna de las mil refrac- 
ciones de los rayos horizontales sobre la niebla. 



El Higashi Hongwanji, es quizá el templo mas bello i 
grandioso del Japón. En dimensiones ninguno le aven- 
taja i menos en magnificencia ( tal vez varié mi juicio 



— 431 — 

viendo los de Niko, pero no lo creo). Es verdaderamente 
admirable; la imajinacion mas fértil no es capaz de re- 
presentarse una construcción de madera tan elegante, 
tan airosa, tan proporcionada, tan lujosa, tan acabada 
hasta en sus minimos detalles. Ninguna descripción puede 
dar una idea de esta colosal maravilla de arquitectura en 
su jénero. Consta de dos cuerpos unidos por un corredor 
o puente cubierto : el principal se llama según entiendo, 
Daishido i el contiguo Amidado ; digo « según entiendo » 
porque es imposible sacar nada claro de la Guia oficial, 
un libro estúpido con relación a su objeto (instruir a los 
estranjeros, supongo) lleno de nombres japoneses efi- 
cientes para el autor i los habitantes de Kioto, pero sin 
sentido para nosotros, pues no sabemos si la palabra 
designa un rio, un templo o un animal como el autor. El 
Daishido está en el centro de una esplanada, mira al Este 
i mide en su frente como 70 metros con un fondo de 
33.60, calculando el pié, medida empleada en los docu- 
mentos a mi alcance aquí, a razón de 0.30 centímetros. 
Doscientas treinta i dos (232) columnas sostienen su 
cubierta i las (tiles) tejas de su techo, son 175,967. La 
madera de las columnas es Keyahij una madera preciosa 
de color amarillo suave, homojénea, dura i sin embargo 
fácil de cortar, tallar i ptilir hasta dejarla como un es- 
pejo. Cualquier barniz la afearia; las columnas hechas 
con ella se asemejan a las de piedra de un solo color; 
el espectador se queda asombrado ante uno de estos 
corpulentos i elegantes cilindros i deleitado como ante 
una columna del Partenon. Entre dos pilares contiguos 
de frente a fondo, se ve una plancha de madera de un 
metro de ancho ; tan unidas están las fibras en ella i tan 
pulida es su cara o superficie superior, que da lástima 
poner el pié encima. El cielo raso es del jénero llamado 
de tres hojas ; tres enrejados o armazones lo componen 
i sus piezas están unidas tan invariablemente, que solo 
por noticias se sabe su complicada estructura de listo- 
nes i cuadros separados. El piso entre las columnas, 
lleva un rico tatami, estera fina, amarilla pálida, sobre 
colchado de paja. Las puertas son también de Keyaki 
con adornos de bronce en las junturas ; su principal be- 



- 432 - 

lleza es su sencillez i su matemático ajuste. £1 friso en los 
altares es formado por diversos paneles tallados i dora- 
dos, representando sus esculturas pájaros i objetos simbó- 
licos. El Amidado tiene de frente 34 metros 10 centíme- 
tros i de fondo como 40 metros. Las columnas maestras 
son 70 i las tejas 108,329. Es en su totalidad, semejante 
al cuerpo mayor pero menos rico i menos artístico en 
mi opinión. Su frontispicio mira a un campanario de 
graciosa estampa, situado en el gran patio o espía- 
nada. Goza entre los devotos de mucho crédito este 
templo i no se ha omitido sacrificio para terminarlo. Las 
mujeres de algunos distritos se cortaron el pelo i lo die- 
ron como tributo para hacer con él cables i cuerdas, lle- 
gándose a trenzar 53 entre unos i otras; con t^n estra- 
ños torsales se ha transportado a Kioto i colocado en 
el templo los maderos pesadísimos que en la construc- 
ción se ha usado. Uno de los cables mayores de cabello 
mide 108 metros de largo i 40 centímetros de circunferen- 
cia ; otro mas corto pero mas grueso tiene 41 mettos 40 
centímetros de lonjitud i 48 centímetros de circunferencia. 
Unos paisanos quisieron mandar un hermosísimo tronco 
de Keyaki, de su distrito por cuenta del vecindario para 
la construcción, pero como los dueños de este bello 
ejemplar lo consideraban sagrado no se decidían a ce- 
derlo; en tal emerjencia un fanático se ahorcó en él qui- 
tándole así su pretendido carácter i habilitando a los 
propietarios para dejarlo cortar i conducirá Kioto; el 
hecho es histórico. El templo contiene riquezas i curiosi- 
dades de mucho mérito en sus diversas reparticiones, 
capillas i altares ; figuran entre ellas los cables de cabe- 
llo mencionados ; a lo menos los mas notables. 



4t 4> 



Abril /^.— Entre las numerosas escursiones interesan- 
tísimas, practicables desde Kioto elejimos la de Nara. Se 
va a Nara en tren por medio de paisajes como en todo el 
Japón. Llegados a nuestro destino seguimos una avenida 
hacia la montaña atravesando una aldea i continuando 



— 433 — 

por una selva viejísima. A poco andar encontramos una 
manada de ciervos sagrados, mui parecidos a los hombres 
por 'estas calidades : son glotones, ociosos, aprovecha - 
dores, interesados i desagradecidos. Aquí concluye la 
semejanza. Se han olvidado de comer pasto i otros veje- 
tales ; solo comen tortas dulces, masitas en forma de 
hostias, recibiéndolas de manos de los visitantes del 
parque. Naturalmente, hai a uno i otro lado de la ave- 
nida, casitas o pabellones donde se vende el mencionado 
alimento i como se comprende los dueños van a medias 
con los ciervos en los beneficios. Estos animales, hablo 
de los ciervos, tienen su vida garantida por las leyes. 
Antes se castigaba con la pena de muerte al que mataba 
uno de los divinos cuadrúpedos ; ahora el castigo no es 
tan rigoroso. Las jentesdel país les llaman «domésticos»; 
solamente lo son hasta cierto punto ; cuando uno ha con- 
cluido de darles de comer i estira la mano para tocarlos, 
el instinto de la fuga, trasmitido por atavismo i mantenido 
a pesar de su vida no doméstica, sino familiar, en sus rela- 
ciones con la humanidad, se despierta en ellos i el animal 
arisco aparece. Seguimos nuestro camino subiendo 
siempre i encontrando otras manadas de ciervos i de 
vendedores de tortas, pero la belleza del paisaje separó 
de ellos nuestra mente para tr.ansportarla a la selva impo- 
nente, secular, formada por árboles asombrosamente 
altos i robustos, plantados en un terreno accidentado. 
X^a avenida se ha hecho tortuosa i llena de cuestas pero 
continua bellísima ; algunos postes de piedra terminados 
arriba por una linterna tallada en el mismo trozo, co- 
mienzan a aparecer ; conforme avanzamos las linternas 
se acercan mas i mas unas a otras i al fin del camino 
forman por su reunión, un verdadero muro de granito a 
uno i otro lado del pasaje ; luego se hacen incontables 
mostrándose en todas partes. Pasamos delante de diver- 
sas capillas, pórticos, pabellones i otros armazones de- 
pendientes del templo i llegamos a él a través de innume- 
rables linternas para ver otras infinitas de bronce, 
principal adorno de aquel santuario, colgadas de cuanto 
-objeto adecuado para colgar algo existia. Luego nos 
^encontramos enfrente a un pabellón, residencia presunta 

Por mares i por tierras 28 



— 434 — 

o real, no se, de los sacerdotes i donde cuatro musmes 
bonitas, sacerdotizas inñero, ejecutaron a petición de 
parte, la danza llamada kagura a razón de Yen 0.3333 por 
cabeza de espectador. Llamarle danza es un poco aven- 
turado; mas bien es una pantomima. Las sacerdotizas 
vestidas con un' largo traje japones, túnica talar roja i un 
manto de otro color a grandes hojas pintadas, la cabeza 
adornada de flores i abanico en mano como se ve en el 
dibujo que allí se vende, uno de cuyos ejemplares conser- 
vo, caminan haciendo movimientos lentos con las manos, 
dándose vuelta, inclinando la cabeza i haciendo tomar 
diferentes actitudes a su flexible cuerpo. Se sientan en el 
suelo, se levantan ; abren i cierran su abanico, poniéndolo 
en posiciones significativas según el pasaje o figura del 
baile ; luego se arrodillan delante de un banco situado 
en el borde de la plataforma i toman de él unas sonajas 
con las cuales hacen análogo juego al de los abanicos ; 
cuando dejan las sonajas, dan algunos pasos mas de 
contradanza, hacen una venia i se retiran. £1 acto dura 
cinco minutos. Dos sacerdotes sentados en el suelo 
tocan, el uno la flauta, el otro el violin i un instrumento 
hecho con varillas de madera de sonido metálico ; una 
vieja los acompaña en su arpa. Esta orquesta regula 
los movimientos i las figuras de la danza. £1 espectáculo 
es agradable i sobre todo raro. Una de las sacerdotizas 
tenia una boquita en forma de estribo tan chica i tan 
bonita como no he visto otra en mi vida. 



De este sitio nos dirij irnos hacia el templo del Daibutsu, 
el Buda mas grande del Japón. En el camino encontramos 
el pesebre del caballo sagrado i la casilla del venado de 
la misma categoría. El caballo es blanco, albino, mui feo 
i mui ocioso; pasa su vida sin moverse, comiendo el 
grano que le dan los visitantes, quienes lo compran al 
cuidador i lo ponen en la patilla de una ventana de donde 
lo toma el caballo sacando la cabeza. El ciervo en su 
establo hace otro tanto. Sin embargo de esta vida de 
sibaritas ninguno de los dos animales se muestra contento 



- 435 — 

ni es feliz; ambos, lo creo» preferirían ser menos sagra- 
dos i correr un poco por esos campos de Dios ¡ tan 
preciosa es la libertad para el hombre ! Levanto los 
ojos i veo a la derecha una colina elevadísima por cuya 
pendiente enteramente desnuda la vista corre hasta el 
cielo ; i qué raro efecto produce ese plano de tierra incli- 
nado sin ningún accidente, sembrado de puntos negros 
que se mueven lentamente, peregrinos que suben paso a 
paso hacia la cumbre. En ella solamente se corta la uni- 
formidad de la línea proyectada en los azules espacios, 
por una figura jeométrica, una armazón de tres palos en 
la forma de pórtico, i pórtico en realidad probablemente 
de algún templo vecino. 



Llegamos al Todaiji, famoso por su oríjen i por su 
historia, según la leyenda i ahora por su imponente Buda. 
Pasado un pórtico grandioso me encuentro en una espla- 
nada o plaza cerrada en su fondo por el templo i en sus 
lados por dos alas de edificio que, converjiendo en líneas 
circulares, van a terminar a sus costados. Esta disposición 
hace recordar la plaza de San Pedro en Roma. En el 
interior del templo figuran tres estatuas de Buda repre- 
sentándolo sentado con las piernas cruzadas, sobre una 
hoja de lotus, reposando ésta a su vez, en un pedestal 
proporcionado al tamaño de la figura i de la hoja. El 
Buda del medio estira una mano como para pedir i man- 
tiene la otra en actitud de significar esta frase : esperen 
ustedes un poco. La estatua es de bronce. Su fabricación 
según lo cuentan está llena de peripecias ; muchos años 
pasaron, se dice, antes de poder fundirla bien. Los bustos 
de los otros dos Budas son de madera dorada. El lector 
se formará una idea de la magnitud del templo i de las 
figuras en él contenidas, por los siguientes datos: la 
altura del Buda mayor es de 16 metros; el tamaño de los 
brazos, cuerpo, piernas i facciones corresponde a esta 
cifra guardando proporción las partes. La circunferencia 
de la hoja de lotus es de 21 metros. Bien ; esta montaña 
de bronce i las dos de madera de los otros Budas, nece- 



— 436 — 

sitaban alojarse en un salón adecuado, para no hacer 
mal pa|)e1. 

Juzgúese ahora por las cifras dadas cómo será el tem- 
plo, la imponente impresión de ese bosque de madera 
muerta, armada en encatrados sin ñn i el grueso i altura 
de ios troncos transformados en columnas pilares i ti- 
rantes. Para complemento, reducidas a metros, consigno 
aquí las dimensiones salvo error u omisión: frente 52^0 
fondo 46^ altura 43 20. Cuatro pilares de la parte pos- 
terior tienen aberturas abajo para dejar pasar por ellas 
a los inocentes. No calculábamos el objeto de estas 
aberturas cuando recien las vimos, pero dos muchachos 
nos dieron la clave metiéndose por una de ellas y atra- 
vesando el pilar. Entonces yo esclamé «¡nihil novum 
sub solem ! > recordando las dos columnas de Jerusalem 
colocadas dejando entre ellas un espacio estrecho para 
el pasaje de los virtuosos, de las vírjenes en particular. 
De todo lo cual resulta que en todas partes se asigna 
a la virtud i a la inocencia proporciones reducidas. 






Abril 13, — Vamos a Kobe, ciudad europea en sus tres 
cuartas partes, célebre entre la jente pecadora por sus 
jonkinas que juegan bailando a quien se desnuda primero. 
Nos recibe el señor Creppi, amigo de Storni, Mataldí, 
Trueco i Dubuffet; nos da un exelente almuerzo i nos lleva, 
primero a un depósito de mercaderías japonesas, un ver- 
dadero museo, i luego, a su casa anidada en la falda de 
una montaña, al borde de un torrente que provee de 
agua al jardín, alimenta un lago i forma después un 
arroyo. La casa es de estilo europeo, llena de comodi- 
dades ; su comedor, una delicia con sus ventanas en tres 
frentes mirando a la montaña siempre verde, a la cas- 
cada o mas bien a uno de los saltos del torrente, al 
jardín i a los invernáculos i por sobre la ciudad, al mar. 






— 437 — 

Abril 14, — Tomamos el tren para Yokohama a las 
7.50 a. m. i llegamos al Club hotel a las 11 p. m., ha- 
biendo hecho un viaje relativamente rápido. ¡Descansa- 
mos hasta el dia 16 a la tarde, dia i hora en que nos 
trasladamos a Tokio. 






Abril 16. — La noche es de luna» la atmósfera está tibia 
i la ciudad iluminada. Tomamos rumbo hacia el centro, 
recorremos calles llenas de jente, de faroles, de lámparas 
de gas i focos eléctricos, flanqueadas de mástiles con 
un enrejado rectangular hacia arriba por cuyas mallas 
pasaix miles de leguas de alambres telegráficos i telefó- 
nicos ; pasamos puentes echados sobre cien canales que 
forman en sus líneas maestras, tres cinturas de mayor a 
menor en torno al palacio, jardines i parques del mi- 
kado i en cuyas aguas tranquilas navegan pequeños bar- 
cos dando golpes de remo, mientras otros mas gran- 
des las cubren de trecho en trecho, con las manchas 
negras de su sombra o reflejan sus velas blancas a la 
luz de la luna; desfilamos por largas avenidas contor- 
neando los nuevos edificios públicos que alargan su 
ancha proyección sobre el suelo; nos hundimos en la 
oscuridad de terrenos vagos, casi solitarios i vemos entre 
los árboles o en planicies vacias, en todas direcciones, 
cerca o lejos, hasta perderse en los confines de la vista, 
las luces de las kurumas como brasas viajeras, revolo- 
teando a modo fuegos fatuos o linternas aladas en danza 
fantástica. 

Así vagamos tres horas deteniéndonos solamente un 
instante frente al club de los estranjeros, donde entra- 
mos a inscribir mi nombre i adquirir el derecho de fre- 
cuentar la hermosa casa i sus distinguidos concurrentes 
durante tres meses. 

Para convencerme de no estar soñando con escenas 
raras, me repito á cada instante : « Estoi en el Japón, en 
Tokio, casi en las antípodas de Buenos aires, i todo 
cuanto veo es real i positivo, propio i jenuino de este 



— 438 — 

delicioso pedazo del globo que tanto deseaba conocer ; 
asisto al acto de la transformación de un pueblo i lleg^o 
en el momento supremo en que dos civilizaciones se 
tocan, para despedirse ; la antigua sumerjiéndose en 
los recuerdos del pasado, abriéndose paso la moderna 
con el asentimiento de los hijos de la tierra quienes, 
si no tuvieran mas virtud que la de adaptarse á cam- 
bios tan radicales, esa sola bastaría para levantarlos 
ante los ojos de la humanidad entera i señalarlos como 
modelos >. 

Mientras la luna hacia rieles en las calles navegables de 
esta singular Venecia i la brisa refrescaba nuestro ros- 
tro; mientras volábamos en nuestras rikshas, llevados 
a largo trote por sus casi enanos conductores, dotados 
no obstante de una fuerza i resistencia sorprendentes, yo 
juntaba en mi mente las visiones actuales con los recuer- 
dos de mi reciente escursion a Nagoya, a Kioto, a Nara, 
a Kobe ; veia el Fujiyama encajando su cima de hielo en 
el Armamento i los montículos del camino, los árboles de 
imponente talla i las matas de té casi rastreras ; los in- 
numerables rios anchos i formidables cuando crecen, i 
los arroyos como hilos de agua; los arbustos que apenas 
se levantan un palmo sobre el suelo i las selvas de 
mástiles vivos, seculares ; las montañas de granito i las 
colinas de tierra amontonada, delesnables, que las llu- 
vias borraran con el tiempo; las leguas de terreno culti- 
vado, los arrozales por fin i las huertas microscópicas; 
las mil aldeas diseminadas a lo largo de cañadas incon- 
tables constituyendo un conjunto de asombrosa magni- 
tud i las casitas pequeñas como habitaciones de muñecas, 
donde viven treinta millones de hombres ; el trabajo sin 
descanso i sin fatiga i la exigua talla de una raza tan 
esforzada, tan enérjica í resistente ; el contraste palpi- 
tante en suma, visible, patente, cuya realidad se impone, 
por fuerza, de todo cuanto existe en el Japón, donde 
hasta las altas i las bajas temperaturas se turnan sin ra- 
zón aparente, donde al viento de la tempestad sigue la 
quietud del aire, sin antecedente y al sol radiante la 
lluvia torrencial, sin motivo. 



— 439 — 

Volvimos al hotel con mil visiones en la mente i yo 
durante el sueño de la noche, continué barajando los con- 
trastes de inacabables procesiones. 



* 



Abril n. — Vamos con el comandante Armani a entregar 
algunas cartas de presentación que me hadado el Ministro 
del Japón en París, M. Soné, por medio de su secretario 
señor Kato i dirijidas: al marques Tokugawa, senador 
vitalicio i vice maestro de ceremonias del palacio impe- 
rial; al marques Sajonji que era ministro R. E. i está 
ahora en Europa; al marques de Hachisuca ministro de 
Instrucción publica i al vizconde Enomoto, uno de los 
mas altos personajes del Japón, ex-ministro aquí, ex-ple- 
nipotenciario en varias cortes europeas i actualmente 
jefe honorario de las escuadras japonesas. 



Encontramos al marques Tokugawa en una de las de- 
pendencias del palacio imperial donde tiene sus oficinas. 
Me recibe con suma cortesia i agasajo ; me ofrece su visita 
i me promete hacerme acompañar durante mi perma- 
nencia en Tokio por uno de sus empleados, quien me 
facilitará los medios de visitar las facultades universita- 
rias i demás institutos de enseñanza, los hospitales, las 
manufacturas, etc., etc. El marques habla mui bien fran- 
cés i sus maneras son de esquisita distinción. 

Sin tiempo para entregar las otras cartas vuelvo al 
Hotel. A la tarde vamos con Guillermina i su dama de 
compañía al parque de Shiba (Shiba koraco yen) al 
bazar de Shiba i al templo o los templos de Shiba, 
tumbas i mausoleos de varios shógoun de la dinastía 
Tokugawa. El parque principia pero no concluye; se 
mezcla con otros parques, se estiende a jardines i a 
plantios de arbustos, trepa en los rebordes de los ca- 
nales i parece continuarse por todos lados. Sus anchos 
caminos bajo el follaje de árboles altísimos i esbeltos. 



— 440 — 

sus prados i sus lagos; las avenidas flanqueadas de lin- 
ternas, los edificios sagrados i los patios solemnes en el 
recinto de los mausoleos; el aire de fiesta perpetua en 
los jardines i calles del paseo; la sucesión de ferias 
i exibiciones populares, las danzas i la música, la con- 
currencia i animación en las casas de te i en las ventas, 
hacen de él un sitio encantador. Los cerezos en flor 
semejan estar cubiertos de nieve rosada. 



£1 bazar es un Bon marché japones, realmente buen 
mercado, compuesto de una serie de corredores en hile- 
ras paralelas, con luz de arriba. Hai allí todo cuantp un 
japones i un europeo pueden necesitar durante su vida, 
a precios realmente ridículos, miserables, vergonzosos 
de puro pequeños. Pregunté si habia globos aereostá- 
ticos i ferro-carriles, para comprar unos cuantos a dos 
centavos la pieza; nadie estranó la pregunta. Por el 
bazar circulaban las japonesitas mas lindas i las mas 
feas también. Yo solo me fijo en las primeras admi- 
rando sobre todo el cuello de una forma sin igual en 
estas mujeres, a tal punto que nadie puede dejar de 
confesarlo. 



Los renombrados templos de Shiba se encuentran 
calle de por medio con el bazar. Atravesamos a verlos 
i nos apercibimos desde luego de su inmejorable ubica- 
ción ; como elejida por sacerdotes ! La sección del par- 
que destinada por Yeyasu, primer shógoun Tokugawa 
fundador del mausoleo de Shiba, para cementerio de sus 
antepasados, contiene las tumbas de varios shógoun. £n 
la vasta área se ve los sepulcros de los 2», 6°, 7o, 9o, 
1 2o, 1 4o shógoun, el del padre del 6o, los monumentos 
de las mujeres de los 2o, 6o, 11© i I3o^ el de la hija del 
II o, i en suma, los pórticos, patios, corredores, templos, 
altares, capillas, monasterios i habitaciones de los sacer- 
dotes junto con cien accesorios. Visitaremos solamente 
en compañía del lector una parte del rejio cementerio 



— 441 — 

para dar una idea, siquiera sea somera, del paraje i de 
sus monumentos, con cuyo ausilio se podrá formar juicio 
acerca de las riquezas artísticas contenidas en el resto 
de la augusta necrópolis. Los pórticos que nos dan 
entrada son de un estilo que recuerda por sus esculturas, 
los trabajos árabes; tras de estos se halla un gran 
patio en cuyo recinto se ve muchas linternas de piedra 
i de bronce. Ya se sabe como son estas linternas, pero 
el escritor tiene siempre miedo de que el lector no se 
las imajine; así, como hemos de encontrarlas con frecuen- 
cia las describiré una vez por todas, tomando el tipo de 
las comunes : Una pirámide o cilindro de piedra o bronce 
de dos metros de alto, mas o menos, con un hueco esca- 
vado en el estremo superior, provisto de hendiduras ver- 
ticales o ventanillas, para dejar salir la luz de la bujia o 
mecha colocada en el centro del hueco, i arriba, una es- 
pecie de capuchón. Tal es una linterna de templo japones. 
Las linternas de bronce son de diversas i variadas formas 
en cada recinto, pero del mismo estilo en lo esencial. 
Numerosas lámparas de bronce sobre sus pedestales 
ñguran en el patio del templo de Shiba que visitamos, 
como en los otros, i en el corredor o galena que hace 
frente al monumento sagrado, hai otras colgadas, de 
riquísimo trabajo. Este corredor o galería ofrece a mas 
como particularidades, su techo dorado i pintado i sus 
ventanas orijinales o paneles tallados en alto relieve i 
taladrados en los intersticios de las flores i demás figu- 
ras de dibujo diferente, representando aves i animales 
fantásticos i mil objetos armónicos, todo ello dorado o 
pintado con vivos colores, fresco, animado, liviano, 
aereado. El interior del templo es de una riqueza escep- 
cional en esculturas, lacas, pinturas i dorados; el cielo 
raso dividido en cuadros o cajones, luce preciosos mo- 
saicos hechos a pincel con recamados de oro ; el piso es 
de laca i está ahora cubierto por un tatami finísimo ( es- 
tera); los muros, el altar, las barandas, presentan las 
mismas admirables esculturas en bronce i en madera; el 
tabernáculo que encierra las tabletas sagradas es de la 
mas costosa laca i ostenta riquísimas pinturas; las 
mesas delanteras también de laca negra i rosa llevan 



— 442 — 

adornos de bronce cincelado i dorado. Vale el templo 
principalmente por sus tallados i decoración de oro i 
colores i se diferencia totalmente de los magnos enca- 
trados de madera que constituyen los templos ya des- 
critos de Kamakuna Kioto i Nara. 






Abril 18. — Tokio, — Al dia siguiente al de mi visita al 
marques Tokugawa se me presenta en mi hotel un ca- 
ballero, el señor Sho Nemoto, i entregándome una carta 
de introducción del marques, me dice que él lo mandaba 
para que me acompañara a donde yo quisiera ir; «.Con- 
migo, añadió, no tendrá usted ninguna dificultad ; estol 
autorizado para entrar en todos los establecimientos 
dependientes del gobierno». 

No sé cómo agradecer deferencia tan inusitada pues 
el señor Nemoto no es un guia cuyos servicios se pueda 
retribuir en proporción de su valor, dadas sus preeminen- 
cias i su posición oficial (es inspector de aduanas, nada 
menos). Conociendo sus calidades i la orijinalidad de su 
carácter le he tomado el afecto que solo se acuerda a un 
antiguo amigo i ahora somos dos hermanos siameses, 
inseparables. 

Cuando lo vi por primera vez creí hallarme en presencia 
de una aparición, tal es su semejanza con el finado doctor 
Benjamin Zorrilla, un distinguido hombre público de mi 
país ; es el doctor Zorrilla en una transfiguración nueva 
del estremo oriente: un poco mas bajo y menos blanco; 
menos antidinámico también porque Zorrilla era la calma 
acostada i Nemoto es el movimiento a perpetuidad. 

En nuestras relaciones desde su principio Nemoto se 
me sobrepone i en adelante me manda a su antojo; yo no 
tengo mas voluntad que la suya siendo su carácter menos 
flexible que el mió. Cuando me dicen en el hotel < ahí 
está el señor Nemoto» yo me pongo a temblar, sabiendo 
que debo salir al escape en paso de escursion. Nemoto 
en japones quiere decir recia rais de árbol ; a mi siem- 
pre me pareció una recta vara de la justicia. 



— 443 — 

La tarea no es entre tanto fácil; Tokio es una ciudad 
inmensa i para ir del centro a un estremo se necesita 
largo tiempo. 

Los japoneses dicen sin embargo que todo está cerca ; 
pero en Tokio cerca quiere decir a 300 kilómetros i 
lejos fuera del pais, en China ó en Sud américa. 



Ayer estuve en la quinta del señor Arrivet, profesor de 
francés en la escuela superior de esta capital, quien, sin 
conocerme i solo por noticias de sus amigos, me invita 
a un almuerzo en su quinta en compañia del doctor K. 
Kabuto, presidente del Tribunal local de Tokio; del señor 
K. Oumé, profesor de derecho en la universidad impe- 
rial i miembro de la comisión revisora de códigos; de un 
joven profesor de francés, señor Tronquoi, de la escuela 
de artillería, mui instruido en ñlolojía. Se habla en la 
mesa sobre artes, ciencias, costumbres i por fin, sobre 
lejislacion, resultando de cuanto se dice, que en el Japón 
la administración de justicia i la organización de los tri- 
bunales están de acuerdo con los usos i costumbres de 
Europa i América, salvo los detalles necesarios para 
adaptar la lei a la índole i condiciones del país. Hai ya 
varios códigos vijentes i otros están en estudio ; entre los 
primeros figuran los de procedimientos, el civil, el penal i 
el de comercio i no sé si el de mineria. Los ajentes judi- 
ciales van como entre nosotros desde los juzgados de 
paz o institución análoga, hasta el mas alto rango, la 
corte suprema. El señor Oumé, me promete acompa- 
ñarme a visitar la universidad i el señor Kobuto me 
mostrará la casa de justicia; yo añadiré a la comitiva 
para ver todo ello, a mi mentor Sho Nemoto, o sea recta 
raíz de árbol. 



Después del almuerzo vamos al jardín botánico, de- 
pendencia de la universidad; lo encuentro precioso i bien 
cuidado, principalmente donde se ha imitado o dejado la 



— 444 — 

naturaleza inculta, aprovechando los accidentes del te- 
rreno. A la salida se despiden los japoneses ofreciéndome 
su visita i Mr. Arrivet i yo seguimos nuestro camino 
hasta dar con la casa de Mr. Rebon, donde tengo el gran 
placer de conocer a M."»« Rebon» una francesita del norte, 
fina i delicada como una orquídea, i aquí en esta mansión 
las orquídeas deben tener, porque aquí se aspira ese 
perfume suave i decente con que impregnan la atmósfera 
las mujeres jóvenes i de buena casta. 

Ella su marido, profesor también como Arrivet, i sus 
dos hijitas, habitan una vivienda japonesa, hecha como un 
objeto de arte, con su jardín en la pendiente de una 
colina i la vista sobre admirables paisajes a todos lados. 



Di vuelta al hotel ya de noche, pues todas estas jentes 
viven a tres mil leguas de cualquier parte racional. 



4> * 



Abril 19. — Armani nos da un almuerzo a la italiana 
esquisito ; nos presenta a un japones joven, casi buen 
mozo de puro millonario, a pesar de su cara esférica i 
sus ojitos reducidos a las ramas de un paréntesis, acos- 
das sobre el lomo : así ^^ ^^. Con él, Armani i su secreta- 
rio, otro japones que habla italiano, nos dirijimos en 
coche al fin del mundo, es decir, al parque de Uyeno (se 
pronuncia Ueno). Es uno de los parajes mas encantado- 
res de Tokio sobre todo entre marzo i abril, cuando 
los cerezos están en flor. 

Por cerca de trescientos años ha sido el centro del 
budismo i el gran sacerdote de sus templos siempre fué 
un hijo del mikado. Uno de sus mas soberbios monumen- 
tos del culto, gloria de la arquitectura de aquellos tiem- 
pos, según dicen, fué destruido en las guerras civiles de 
cuyos horrores quedan aun rastros. Actualmente con- 
tiene como Shiba las tumbas i altares de muchos shó- 
goun Tokugawa. Aqui están: 



— 445 — 

— El magnífico aunque pequeño templo en que se 
adora al gran Yeyasu, fundador de la dinastía Toku- 
gawa, bajo el nombre de Tóshógu. 

— Otro templo compuesto de oratorio, atitccánrara i 
capilla, donde se ve los altares i las tumbas de varios 
shógoun i las urnas que contienen las tabletas de las 
esposas de los 4° 5® 9° 10° I2o i I3o e hijas del 10° i 
I2o. En la tumba del II» cuelga un cerezo llorón en 
memoria de la afición que tenia a las flores ese amable i 
poderoso príncipe, bajo cuyo gobierno alcanzó el Japón 
antiguo, el apojeo de su esplendor. 

— En un tercer templo los altares de otros shógoun, 
del hijo del 10° i de cuatro princesas i algunas tumbas en 
la tierra. 

— Otros templos mas figurando también a par de ellos 
como objetos dignos de mención una de las tres únicas 
colosales linternas de piedra existentes en el Japón, obra 
de un célebre artista i un daibutsu de siete metros i 
medio de alto. 

— El monumento levantado para honrar la memoria 
de los partidarios de la línea Tokugawa, que cayeron 
allí durante la guerra de 1886. 

— El museo de Uyeno, con sus salones llenos de cu- 
riosidades : libros japoneses antiquísimos i europeos 
raros; lacas modernas, telas i bronces; carruajes del 
mikado i palanquines ; pinturas i litografías ; objetos 
arqueolójicos ; reliquias de la relijion cristiana; utensilios 
para el culto de Confucio; imájenes de Buda; ropas de 
cortesanos de viejísimas telas; armas, armaduras, palan- 
quines i biombos; instrumentos de música, máscaras i 
vestidos de teatro; lacas i espadas viejas; papel moneda 
antiguo; una sección de agricultura, historia natural i 
mineralojía ; otras secciones industriales de tejidos, cris- 
tales, lacas, trabajos en madera i paja, porcelanas i mil 
artefactos; un departamento o mas bien un nuevo museo 
de educación para las escuelas i por fin fósiles, modelos 
i colecciones botánicas i zoolójicas. 

— El jardín zoolójico. 

— Por último, como ornamentos accidentales, los tea- 
tros, ventas, fondas, sitios de diversión i de exibiciones 



— 446 — 

para el pueblo insaciable del Japón, entre ellos un pano- 
rama situado en una de las colinas del parque i llamado 
« Gran panorama Tokio-Uyeno » donde los japoneses 
han representado episodios de su guerra con la China; 
el suelo está sembrado de banderas chinas i el aire cua- 
jado de estandartes japoneses ; los chinos que no figuran 
ensartados en bayonetas huyen hacia el horizonte» o se 
dejan matar como corderos . . . l'odos los pueblos son 
iguales. . .ante la vanidad ridicula ! 



Entramos también al bazar de Uyeno, abastecido con 
los productos de toda la industria del pais i ante cuyas 
vidrieras rellenas de sedas i obras de arte, cualquier 
mujer se volveria loca. En seguida nos pusimos a pasear 
por el parque continente de tanta maravilla i en verdad 
bellísimo i digno de su celebridad por sus colinas, sus 
árboles, sus jardines, kioskos i templos i por sus magm'- 
ficas vistas sobre Tokio, sobre el rio i sobre la vasta 
campiña que va a morir a lo lejos al pié de las montañas. 



Trotamos media hora en dirección a una feria, atrave- 
samos el rio Sumidagawa por un hermoso puente de 
hierro llamado el Asumsióajt o bashi (Adz (u) ma = 
este, bashi = puente ; puente del este ) larguísimo pues 
el rio ahí es a la vista, mucho mas ancho que el Támesis 
frente al parlamento. El Sumidagawa es un rio caudaloso, 
de aguas limpias color perla, navegable hasta cierta al- 
tura ( 50 kilómetros de Tokio o mas, dicen) i útilísimo 
para esta ciudad a la cual divide en partes desiguales 
con su línea maestra i suministra canales en diversa 
dirección. Pasado el puente i siempre siguiendo una 
márjen del rio, entramos en una avenida de cerezos en 
flor. Este paraje se llama el Mukojima i es famoso por su 
belleza incomparable ; basta, para tener una idea de ella, 
figurarse una calle de dos o mas kilómetros de largo, 
cubierta por una bóveda de flores que solo de trecho en 



— 447 — 

trecho deja algunos claros para ver el cielo. Hoi es dia 
de feria» una especie de carnaval en celebración del 
brote de los cerezos. La Avenida está llena de paseantes 
i bandas de juglares i comparsas de jentes disfrazadas 
animan la escena con sus movimientos, saltos, juegos, 
jestos i dichos, graciosos a juzgar por su efecto en los 
espectadores japoneses. Llegamos a un parque ingles 
con lagos, arroyos i grupos de árboles. En los islotes i 
márjenes de los riachos se levantan graciosas construc- 
ciones de madera: casas de té, kioskos i salones de baile 
al mismo tiempo. Nos acercamos al pabellón mas con- 
currido donde bailaban a la sazón famosas gueshas 
dentro de un cerco de admiradores. Apenas nos ven, las 
que no figuraban por el momento en la danza, vienen a 
nuestro encuentro i nos invitan a subir al tablado. Para 
eso necesitábamos sacarnos el calzado ; notan nuestra 
vacilación i nos eximen de tal requisito ; pero en esto no 
paran la bondad i amabilidad de estas agradables jóve- 
nes; una vez en el tablado nos traen bancos para sentar- 
nos a nuestra usanza i ellas se acomodan a nuestros pies, 
nos toman las manos con las suyas pequeñísimas, divi- 
nas, blandas, suaves, cuidadas, de forma esquisita, como 
para soñar con ellas ; nos miran con cariño, nos sirven 
dulces, naranjas, licores i cerveza, i una de ellas, tal vez la 
mas bonita, lleva su complacencia hasta bajar su kimono, 
a pedido mió, para mostrarnos su cuello, dejárselo tocar 
sin resistencia, gozando al parecer en presencia de nues- 
tra lejítima admiración ante su insuperable forma estética. 
A riesgo de repetirme, afirmo no haber visto en parte 
alguna nada semejante i si alguien me hubiera dicho, 
antes de venir al Japón, que era posible concentrar tanta 
belleza i tantos atractivos en un cilindro mas o menos 
bien torneado, no es otra cosa un cuello, lo habría 
tenido por loco; aquí, esa sección del cuerpo en las mu- 
jeres jóvenes, sorprende en realidad i fija los ojos del via- 
jero sin permitirle apartarlos, en virtud del poder de ese 
imán insóHdo a cuya influencia ningún ser intelijente se 
sustrae: la belleza ñsica indiscutibles. Verdad es que 
quizá yo no encontraría tales calidades en un cuello sepa- 
rado de su cabeza i pecho correspondientes i ni aun, 



— 448 — 

sin tales mutilaciones, en un hermoso cuello ubicado en 
un cuerpo masculino! El lector deberá perdonarme el 
haberme referido ya i estar dispuesto a referirme aun 
cien veces al cuello de las japonesas. 



Para festejar nuestro advenimiento, la directora de la 
danza, hace bailar a las mas lindas gueshas, entre ellas a 
las dos preciosas jovencitas que teníamos cerca. £1 baile 
es una pantomima ejecutada al son de una música estri- 
dente i sin medida, con adiciones de canto hechas por 
las mismas bailarínas, a veces, por una parte de los con- 
currentes, casi siempre. Cada jesto, cada paso, cada 
movimiento representa una idea i la pantomima toda, 
una leyenda que el canto esplica. Cuando la guesha es 
hábil su baile i sus acciones dejan comprender el sentido 
principal de cada pasaje. Así bailaron nuestras predilec- 
tas i era un encanto ver sus actitudes trájicas, sus des- 
mayos, sus alarmas, sus alegrías, las diversas espresio- 
nes de su rostro i sus ideales manecitas revoloteando al 
estremo de sus delicados i perfectos brazos. Al retirar- 
nos un coro de voces infantiles nos despidió diciendo 
4:please, come again». ¡El ingles en todas partes! 



* * 



Abril 20. — Viene según estaba convenido el doctor 
Benjamín Zorrilla en su transfíguracion japonesa i des- 
pués de muerto. Me lleva á una imprenta ; apenas en- 
tro siento una profunda tristeza mezclada con cierta 
satisfacción ; me acuerdo de mis largos años de ocupa- 
ción en la prensa i de vida entre tipógrafos impresores 
i periodistas. El establecimiento es bastante bueno ; las 
máquinas son antiguas, pero hacen un trabajo eficiente. 
Los tipos, viñetas, útiles, tinta, papel, todo cuanto existe 
en la imprenta ha sido hecho en el Japón. Subo al de- 
partamento de la composición i me encuentro con veinte 
muchachitas trabajando con prontitud i destreza; sigo 
al piso superior i allí hallo solamente varones, niños en 



— 449 — 

su mayor parte; estos distribuyen ó componen cantando; 
el taller parece una colmena pues solo se oye un alto 
murmullo resultante de la mezcla de tantas voces. 
Pregunto — « { No resulta inconveniente la reunión de 
mujercitas con varones ?> — «No, se me contesta, son 
todos mui quietos» (testual). Otra pregunta — «¿Quié- 
nes trabajan mejor, las niñas o los muchachos?» Res- 
puesta — «Las mujeres distribuyen mejor que los varo- 
nes; los varones componen mejor que las mujeres». La 
índole, pienso yo para mis adentros, desde chiquitas ya 
muestran su preferencia por destruir. 



Pasamos en seguida á la casa del congreso, palacio 
estupendo, relativamente; lleno de comodidades, con 
salas para las comisiones i para las audiencias particu- 
lares i de espera para visitantes distinguidos; con cuartos 
de teléfono i telégrafo ; departamentos para los minis- 
tros, comedor inmenso, salones de lectura, bibliotecas, 
gabinete de hierro á prueba de fuego para los papeles 
importantes, i todos los locales accesorios. En el recinto, 
mui bien distribuido, está el palco o trono para el em- 
perador i hai palcos para la diplomacia, para los no- 
bles i los miembros de la familia real, para huéspedes 
notables i para la prensa. El emperador tiene acceso 
por una entrada especial que ocupa el centro entre las 
dos cámaras ; pues cada cámara tiene su palacio propio 
siendo los dos edificios idénticos i contiguos. La casa 
toda del congreso se levanta sobre cuatro hectáreas en 
medio de un parque de diez i seis mas o menos. Todo 
edificio publico de importancia aquí está situado en 
medio de una gran estension de terreno o lo tiene a su 
disposición a un costado del establecimiento. En Buenos 
aires todo está apretado entre las casas de comercio. 
Una sorpresa; los sirvientes de las oficinas públicas 
aquí no admiten propinas! Conservo el plano del con- 
greso ; la simple vista del dibujo da una idea mas 
completa del palacio que cualquier buena descripción. 



Por mares i por tierras 29 



- 450 — 

Tócale su turno al hospital de Caridad que encuentro 
instalado en su parque i en medio de sus jardines, a larg^a 
distancia del centro. Es mui bonito, si un hospital puede 
serlo, i mui aseado; admite hombres i mujeres; las salas 
son grandes aireadas i limpias; la comida que se da a 
los enfermos es mui buena. £1 anñteatro, gabinete de 
operaciones i todas las dependencias del instituto están 
a la altura de cualquier buen hospital de la Europa; su 
dotación de instrumentos es completa i todos han sido 
hechos en el Japón, lo mismo que los aparatos para las 
cámaras oscuras, aplicaciones eléctricas y curaciones 
especiales. Sobre todo esto coloco la institución de las 
enfermeras. Ochenta jóvenes aprenden aquí el oficio i 
las 3'a recibidas, se desempeñan como si fueran médicos. 
He visto a dos de ellas curar una úlcera en la ingle á un 
niño, a la perfección; debiendo ponderarse en la ejecu- 
ción no solo el arte sino la liviandad de esas manos ja- 
ponesas invisibles de puro chicas. Al asistir a sus cura- 
ciones recordaba que jamas he visto a una hermana de 
caridad curar una herida, sino mandarla curar por el 
asistente; curarán o habrán curado, no lo dudo, pero 
yo no las he visto; este es un dato personal indiscuti- 
ble. P2n las clases se muestran mui atentas i hace una 
buena impresión verlas con su gorro blanco siempre 
limpio i su uniforme sencillo. El gorro es una bolsa alta 
de linón almidonado a la cual ellas le dan una forma 
graciosa, después de alojar en el fondo el edificio de su 
peinado. 



Otro largo trote en curuma nos conduce al estanque 
de provisión de agua de la ciudad que nada tiene de no- 
table, i otro mas largo, casi infinito, al hospital de la 
Cruz roja situado en confines de la tierra en un parque 
de 15 hectáreas. Es un magnífico, un grandioso edificio 
realmente. Admite pensionistas que pagan desde tres 
yen hasta cincuenta centavos por dia; tiene ambulancias 
completas. En el vastísimo establecimiento se alojan i 
estudian 180 jóvenes enfermeras, niñas muchas de ellas; 
al verlas se recuerda a las pupilas de los colegios; están 



— 451 — 

alegres como pájaros libres a la madrugada i mui feli- 
ces con su estado. Los mejores médicos del Japón tra- 
bajan en este hospital. Inútil es decir que las exijencias 
de la ciencia moderna están aquí satisfechas. Llama es- 
pecialmente la atención el gabinete de instrumentos i 
aparatos hechos todos en el pais, tan buenos como los 
mejores de Europa. 

Por los alrededores está el hospicio de dementes i 
también una gran escuela de enseñanza superior. 






Para guardar la cronolojía solamente apuntaré una 
visita a un muestrario de productos nacionales en donde 
hai de todo, hasta violines i otra, a una gran casa de 
sedas cuya magnitud e importancia comercial se puede 
calcular por este solo dato : ocupa cien dependientes. La 
variedad de telas, de colores i de valor en las diversas 
mercaderías es abrumadora. Vidrieras que se estienden 
por cientos de metros sirven de escaparate i depósito a 
los preciosos productos. Una mujer con o sin dinero allí 
se enferma por no poder comprarlo todo. 



Cansados de desvanes i rincones como el gato de la 
fábula, con dos trotadores por pieza, nos diríjimos a la 
parte mas alta de la ciudad en las vecindades del palacio 
imperial i siguiendo por la márjen del canal interno, lle- 
gamos al Kudan park. A la entrada se ve el pórtico 
(torie) mui sencillo i mui lindo ; lo forman cuatro más- 
tiles de bronce, dos verticales altísimos i dos horizonta- 
les al estremo, sobresaliendo uno de ellos a los dos lados 
i comprendido el otro entre los pilares ; el todo repre- 
senta esta figura J^. El efecto de los cuatro cilindros, tan 
natural pero tan artísticamente colocados, es imponente 
i agradable. Rebalsa la concurrencia en el parque i como 
dentro de tres o cuatro dias ya no quedará una flor en 
los cerezos, los paseantes han querido, me imajino, des- 



— 452 — 

pedirse de las hojas que ya comienzan a cubrir el suelo 
como una alfombra de nieve rosada. Hai un lago capri- 
choso en este parque con grutas i cascadas en uno de sus 
límites i un puente de seis metros, hecho con una sola 
piedra. La jente se entretiene en dar aUmento a los pes- 
cados rojos del lago i estos ya satisfechos, dejan flotar 
los discos o bollos hvianos amasados espresamente para 
el caso i ofrecidos a vil precio a los visitantes en el lugar 
de su aplicación. En Kudan parque está el museo mili- 
tar, buena colección de armas i armaduras japonesas, 
antiguas i modernas, con mas los cañones i otros trofeos 
de guerra, tomados a los chinos. Manifiesta el pueblo una 
marcada afición a este museo donde a mas de las armas 
i corazas, puede contemplar los retratos de algunos de 
sus héroes i los cuadros de las batallas que proclaman 
las glorias japonesas. Figura también entre los monu- 
mentos del parque uno consagrado a la memoria de los 
soldados muertos en acción de guerra. 

Contiguo se halla un circo para carreras, de forma 
elíptica mui prolongada; a lo largo del eje mayor corren, 
formando calle, dos hileras de linternas de piedra i en el 
centro se levanta la estatua en bronce de Omura, sobre 
su pedestal de granito rodeado de grandes cañones ; 
estatua i cañones son de fundición japonesa, lo mismo 
que los inmensos caños para la provisión de agua i des- 
agües colocados ya o por colocarse. Diré de paso que 
ninguna ciudad en el Japón tiene cañerías para aguas 
servidas ni materiales de cloaca; se usa en jeneral en las 
casas el sistema de letrinas movibles ; así los caños de 
que hablo son para la provisión de agua principalmente i 
para dar curso a la de lluvia i para poner en comuni- 
cación ciertos canales, en segundo término. A la salida 
del circo se ve una pirámide, o mas bien, un paralelepí- 
pedo de granito bastante alto. En la orilla del canal, 
límite de la elevada plataforma del parque, se alza un 
monumento orijinal, un puñal como una torre, elegante, 
esbelto, un verdadero obelisco hermoso i sujestivo. De 
la misma orilla o cresta de la barranca en pendiente vio- 
lenta, revestida de césped, que forma el muro esterno del 
canal, se descubre una gran parte de la inmensa Tokio, 



— 453 — 

escondiéndose entre los árboles floridos ahora i confun- 
diendo sus casas con el verde follaje de los parques nu- 
merosos flotante sobre alfombras de flores que adornan 
jardines sin cuento de esta preciosa metrópoli. Por la 
ancha avenida de suave inclinación, subian al bajar nos- 
otros, como seis mil personas, en procesión no interrum- 
pida, a gozar del aire puro al caer la tarde. Si Tokio 
tuviera un buen pavimento i desagües aun cuando sus 
casas fueran como son, de madera i bajas, con su orijina- 
lidad característica seria tal vez la mas linda ciudad del 
mundo. 



A la ida al Kuden nuestro amable guia nos muestra el 
hospital militar, grandioso i provisto de todo, en medio de 
su gran parque; i a la vuelta la imprenta oficial, la fábrica 
de billetes de banco i casa de moneda en su corres- 
pondiente inmenso parque, con jardines i terrenos dispo- 
nibles De ahí vamos al banco nacional del Japón, monu- 
mental edificio de piedra en medio de una manzana, 
hecho a todo costo i dotado con las ultimas perfecciones 
de arquitectura i adaptación de la moderna cultura. Estoi 
admirado de cuanto veo en Tokio. 

* * 

Abril 21, — Visito al marques de Hachisuca ministro 
de Instrucción pública, caballero distinguidísimo, cuñado 
de Tokugawa; me recibe llana i amablemente; me habla 
en ingles, me regala dos libros sobre educación con su 
dedicatoria en japones i da orden al secretario de pre- 
parar cartas de introducción para los directores de la 
universidad, los colejios i escuelas, así como de buscar i 
mandarme una traducción de la constitución del imperio. 
Me pide al despedirme permiso para hacer una visita a 
mi señora en nuestro hotel. — Acordado. — Mas tarde 
vamos a casa del ministro italiano conde Orfini, invitados 
a una partida de lawn tennis: — todo anda bien. 



— 454 — 

Abril 22, — La educación en el Imperio, — Escuelas, 
colejios, institutos especiales, cuerpos de instrucción, 
universidad, facultades, hospitales de clínicas. 

La cultura intelectual del pueblo japones se halla some- 
tida al ministerio de instrucción pública, directa o indirec- 
tamente ; pero inmediatamente depende de un departa- 
mento de educación compuesto de pocos funcionarios 
( dos concejales solamente, tres secretarios i algunos 
escribientes ). Existen ademas otros intermediarios : para 
la instrucción preparatoria, las comisiones i concejos i 
para la universitaria, sus autoridades constituidas en sala. 
Aparte de esto los institutos especiales tienen sus direc- 
tores técnicos propios i los concejos de educación, inspec- 
tores que recorren todo el pais, promueven adelantos i 
vijílan la conducta de los maestros. ( Nada de esto dice 
don Pedro Loti en sus brillantes calumnias al Japón). 
Está dividido en dos ofícinas, una para las escuelas espe- 
ciales, otra para las escuelas jenerales. La clasificación 
de los Institutos de enseñanza de menor a mayor, es 
como sigue : 

Escuelas elementales, dos jéneros: ordinarias, supe- 
riores o altas. 

Escuelas normales, id id ordinarias, superiores. 

Escuelas medias (o sea liceos o colejios preparato- 
rios) id id ordinarias, superiores. 

Las escuelas normales i medias, ordinarias i superio- 
res, son para hombres i mujeres, separadamente. 

Universidad. — La universidad de Tokio (pues hai 
otras en las provincias así como liceos i escuelas ; lo sabe 
ya el lector) se halla compuesta de una sala (hall) i 
seis colejios o facultades : la sala para lo concerniente 
a investigaciones orijinales; los colejios para la instruc- 
ción teórica i práctica. 

La universidad es dirijida por un concejo universi- 
tario i un presidente asistidos por secretarios i otros 
empleados. 

Son seis los colejios o facultades i llámanse : de juris- 
prudencia, de medicina, de injeniería, de literatura, de 
ciencias i de agricultura. Cada facultad funciona en su 
casa i tiene todas las oficinas gabinetes i laboratorios 



— 455 — 

eficientes i aun sobrados para la enseñanza, inclusive 
talleres en la facultad de injeniería i hospitales para las 
clínicas. Las materias de estudio son : 



En jurisprudencia 

Constitución i leyes públicas 

Código civil 

Código comercial 

Código de procedimiento 
civil 

Código de procedimiento 
criminal i código penal 

Economía política i finanzas 

Estadística 

Política — Historia de la 
política 

Derecho administrativo 

Historia de las instituciones 
legales i lejislacion com- 
parada 

Derecho romano 

Lei inglesa 

Lei fi*ancesa 

Lei alemana 

Jurisprudencia 

En medicina 

Anatomía 

Fisiolojía 

Química médica 

Patolojía jeneral 

Anatomía patolójica 

Farmacolojía 

Medicina 

Ji^ecolojía i obstetricia 

Pediatría 

Cirujia 

Oftalmolojía 



Dermatolojía i sífilis 

Psiquiatría 

Hijiene 

Medicina legal. 

Farmacia 

En injeniería 

Injeniería civil 
Injeniería mecánica 
Arquitectura naval 
Tecnicolojía de las armas 
Injeniería eléctrica 
Arquitectura 
Química aplicada 
Tecnicolojía de los espío - 

sivos 
Minería i metalurjía 
Resistencia de materiales i 

estructuras 
Injeniería en jeneral 

En literatura 

Lengua japonesa 
Literatura e historia del 

Japón 
Lengua china i clásicos de 

la China 
Historia i jeografi'a 
Filosofía e historia de la 

filosofía 
Sicolojía, etica i lójica 
Sociolojía 
Pedagojía 
Estética 



- 456 - 



Filolojía 

Lengua inglesa i su litera- 
tura 

Lengua alemana i su lite- 
ratura 

Lengua francesa i su lite- 
ratura 

En ciencias 

Matemáticas 

Matemáticas aplicadas 

Astronomía 

Física 

Química 

Zoo! ojia 

Botánica 

Teolojía 

Paleontolojía i Mineralojía 

Semeiolojía 

Antropolojía 

En agricultura 

Agricultura en jeneral 

Química jeneral 

Química aplicada a la agri- 
cultura 

Forestry ¿Florestalojía? 

Botánica 

Zoolojía 

Entomolojía i Sericultura 

Horticultura 

Zootecnia 

Jeolojía del suelo 

Física orgánica i Meteoro- 
lojía 

Agricultura administrativa 

Economía política 

Anatomía veterinaria 



Fisiolojía veterinaria 
Medicina veterinaria 
Cirujía veterinaria 

Cada ramo cuenta con 
una, dos o mas cátedras 
según su importancia i su 
estension. 

Hai ademas de los esta- 
blecimientos ya nombra- 
dos, kindergartens, escue- 
las mistas e institutos para 
enseñanzas especiales como 
son : 

— La escuela de sordo- 
mudos , cuyo programa 
transcribo en seguida 
considerándolo ilustra- 
tivo : ( Para los sordo- 
mudos ciegos ) 5 años : 
— Sonidos puros, impu- 
ros, mistos — Nombre de 
objetos — Frases — Sig- 
nificado de palabras — 
Deletreo i pronunciación 
de frases — Aritmética» 
primeras reglas — Músi- 
ca — Acupuntura — Ma- 
saje — ( Para los mudos) 
5 años : — Articulación de 
palabras simples — Fra- 
ses cortas — Sentencias 

— Escritura con sílabas 

— Escritura con carac- 
teres chinos — Cartas 
cortas — Dibujo — es- 
cultura — Carpintería — 
Costura (Esta escuela 
me recuerda su conjé- 



- 457 — 



nere fundada, adoptada 
o fomentada por mí en 
Buenos Aires). 

Los colejios militares 

La academia militar 

El colejio de cadetes 

La escuela militar de Ta- 
yoma 

Los cuerpos de instruc- 
ción. 

El colejio nacional 

La academia naval 



El colejio médico naval 
La escuela naval de «Pay- 
masters » 

La escuela naval de inje- 
. niería 

La escuela náutica 

La escuela de correos i 
telégrafos 

Algunas enseñanzas cuen- 
tan con dos o mas cá- 
tedras 



Los programas en todos los ramos son completos. 
Cada instituto responde a sus ñnes i su conjunto a la mas 
grande cultura intelectual i moral. 

No se enseña relijion en las escuelas — ¿ Qué relijion se 
enseñaria ? — Todas ? — Eso seria asunto de las clases 
de historia. Los japoneses han comprendido que la reli- 
jion de cada uno, la sentida, la que forma el código moral 
interno i se traduce en el culto esterno del individuo i de 
la familia, no es materia de estudio técnico. Se puede 
estudiar jeometría, áljebra, moral, porque solo hai una 
jeometría, una áljebra i una moral, pero no se puede 
enseñar relijion porque cada uno tiene la suya, en la 
forma en la cual cree o entiende los fenómenos del mundo 
ligados con las causas supuestas o verdaderas, únicas o 
múltiples, eficientes o accesorias que obran en el universo. 

Lo que enseñan de relijion es la parte histórica. Ya 
hemos visto en la facultad de teolojía de la universidad 
de Kioto cómo la doctrina cristiana por ejemplo, se estu- 
dia con mapas a la vista i con los objetos del culto que 
su museo teolójico posee. 

Coronan el sistema de la Instrucción pública, por fin, 
una academia compuesta de celebridades, i comisiones 
adventicias para dilucidar cuestiones científicas, hacer 
compilaciones históricas, revisar los códigos i emprender 
trabajos de diverso jénero conexos con su cometido. 






— 458 — 

Abril 23. — La universidad ocupa una verdadera 
comarca de 36 hectáreas de terreno, con lagos, montes, 
valles, parques i praderas. Cada escuela tiene su sección 
de tierra i sus ediñcios propios incluyendo habitaciones 
para profesores i alumnos internos, en algunas; a ciertos 
ramos se ha destinado una casa especial. En lo material 
i por lo referente a su instalación creo que es única en el 
mundo. De las seis facultades ya mencionadas cinco están 
en este recinto; la de agricultura abarca en otra parte una 
inmensa estension, con tierras para cultivo e instalaciones 
adecuadas ala índole de la institución. Los planos corres- 
pondientes figuran entre mis documentos ( cada uno pa- 
rece una carta jeográfica). El ministro habia dado sus 
órdenes para que se me atendiera i mostrara cuanto qui- 
siera ver en los establecimientos. En la universidad me 
recibió una comisión de profesores i fué mi acompañante 
perpetuo el secretario jeneral señor H.Sbimidzu. Comen- 
zamos por la facultad de ingeniería cuyos directores i 
profesores me enseñaron el gabinete de electricidad, la 
sala de las balanzas, infinidad de salones de dibujo divi- 
didos en secciones, de arquitectura, de arte naval, de 
mecánica &; los gabinetes de herramientas japonesas i 
estranjeras, la sección de modelos de máquinas, puentes 
i edificios, la de estatuas célebres cuyas copias se usa en 
la decoración de las construcciones, los modelos de 
buques i los departamentos especiales para el estudio de 
su construcción donde me muestran un polvo para tapar 
los agujeros hechos por las balas en los buques, en virtud 
de su propiedad de hincharse en contacto del agua ; el 
museo de mecánica con su dotación de facsímiles de 
máquinas desde Arquímedes hasta Edison; la sección de 
mineralojía i meteorolojía con sus ejemplares propios i su 
museo especial de trapiches, hornos, bombas i útiles 
para el beneficio de los metales, donde el esqueleto de 
una mina me llamó la atención por su parecido con lo que 
representarían suspendidos en el aire los sistemas ner- 
vioso, arterial i venoso del cuerpo humano ; el cuarto de 
análisis al soplete i el inmenso gabinete para el examen de 
los metales por vía húmeda; el museo de jeolojía ; el 
departamento de química aplicada con su dotación de 



— 459 — 

balanzas hechas en el Japón, en dos salones; los labora- 
torios de aplicación de las ciencias a la industria en telas 
i otros materiales i los modelos de útiles industriales; por 
fin los talleres mecánicos para hierro bronce i madera 
como los de una fábrica de importancia, en los cuales se 
da la instrucción práctica mas completa. 

Seguí mi inspección por la facultad de ciencias mate- 
máticas i físicas. Los gabinetes, laboratorios i museos de 
matemáticas, química, física, jeolojía, botánica i zoolojia 
son completísimos i están esmeradamente cuidados por 
sus preparadores respectivos. Tiene esta facultad su 
casa aparte i cada ramo, sus aulas i dependencias pro- 
pias. 

Recorrí las aulas de la facultad de literatura en los 
dominios de su esclusivo uso i la gran biblioteca de la 
universidad que forma cuerpo separado, tiene disposi- 
ciones adecuadas i está ordenada a la perfección ; no es 
mui rica pero sus estantes contienen libros de gran valor 
i mérito. 

La facultad de derecho, a la par de sus tocayas en 
todas partes, es la mas aristocrática. Como ellas no 
tienen ni necesitan museos ni gabinetes que den aspecto 
de falta de aseo a veces en las piezas, echan lujo en sus 
aulas i mobiliarios. No es el caso de la del Japón por lo 
tocante al lujo de muebles, pero sí por lo referente al 
edilicio. Los papeles de los abogados únicos materiales 
de su trabajo no estorban ni desordenan sino las con- 
ciencias ! 

Una mayor sección se toma en cambio para sí, del ter- 
reno, la facultad de medicina i lo necesita. Comenzaré 
por presentar al lector un campo de tres hectáreas, como 
una mesa de billar para ejercicios atléticos de los estu- 
diantes cuyos juegos preferidos son los clásicos ingleses, 
donde jugaban a la sazón varios alumnos conservando su 
uniforme, incluso el gorro con un cuadrado flotante por 
copa, como he visto no sé donde, en Alemania creo. Hai 
ademas en sitios neutrales, jimnasios i piezas de agua para 
natación en verano i para patinar en invierno. Lo 
llevaré en seguida al hospital de clínicas, grandísimo i 
repleto. Observo las salas de la secretaría i la adminis- 



— 460 — 

tracion a la entrada con sus numerosos jefes i escribien- 
tes ; representa la oficina de un ministerio laborioso. £1 
dispensario está concurridísimo, hai mas de 300 enfermos 
esperando a ios médicos. Entro a la sala de operaciones 
anunciado oportunamente por el secretario i tengo la 
suerte de asistir a una operación que practica el mas hábil 
cirujano de 'l'okio. Se trata de un tumor blanco ; el pro- 
fesor antes de proceder esplica el caso i el método ope- 
ratorio, teniendo al lado del paciente dormido, una pierna 
de esqueleto para hacer notar las diferencias i señalar 
las rejiones por donde andarán el cuchillo i la sierra. 
Asisten a la operación los estudiantes i las japonesitas en- 
fermeras con sus inseparables gorras blancas i su eterna 
sonrisa. La sala de operaciones en forma de anfiteatro 
tiene buena luz i está bien provista de útiles i aparatos. 
El hospital es capaz para 500 enfermos i admite mujeres, 
hombres i niños, en departamentos separados o en sus 
anexos ( el plano que guardo esplica la disposición de 
las diversas partes de los edificios). 

Copian varios estudiantes, en el momento de mi en- 
trada en el departamento de anatomía, dibujos del sistema 
nervioso, hechos con lápiz de color en la pizarra, por el 
profesor; así los alumnos aprenden mas fácilmente la 
topografía de los órganos i se ejercitan en el dibujo, 
tan útil, casi diré indispensable, para quien cultiva las 
ciencias naturales. El profesor demostraba a otro grupo 
de jóvenes, en cerebros endurecidos por alcohol, la 
exactitud de los dibujos i les daba una lección práctica 
de anatomía cerebral. Paso al anfiteatro de disecciones, 
contiguo a un museo de piezas conservadas, donde 
figuran cortes de todo el cuerpo en cadáveres helados. 
Esta parte no me satisfizo tanto; el anfiteatro i el museo 
pueden ser mejores; verdad es que la instalación actual 
es provisoria. 

También cuenta con su casa aparte el departamento de 
medicina legal donde me encuentro con mi colega el 
doctor Kuniyose Katayama, quien me hace pasear sus do- 
minios consistentes en: una huerta, terreno i disposiciones 
adecuadas para tener animales destinados a las esperien- 
cias toxicolójicas, vacunaciones i seroterápia; una aula en 



— 461 — 

anfiteatro cómoda i llena de luz; salas para las clases, 
gabinetes i laboratorios. Así no necesita el profesor del 
ramo recurrir a otras reparticiones para sus estudios i 
esperimentos. Los departamentos de fisiolojía, hijiene, 
patolojía jeneral i anatomía patolójica se hallan igual- 
mente dotados ; no insisto en detalles por evitar repe- 
ticiones. 

El departamento de farmacia merece una mención 
particular, a pesar de alojarse en un edificio provisorio 
e inadecuado; este sin embargo, es grande i cómodo i 
allí funcionan las aulas de una manera satisfactoria. 
Asisten a las aulas de la universidad como dos mil 
estudiantes. En la facultad de medicina hai doscientos 
internos que viven i comen allí, ocupando la parte de 
edificio que les ha sido destinada cerca del hospital. 
Veese ademas en una sección apropiada del t/erreno una 
serie de casas separadas entre sí por algunos metros i 
dando el frente a una avenida interna pero accesible al 
público: son los dispensarios de oftalmolojía, jinecolojía, 
enfermedades de niños i demás especialidades que fun- 
cionan en dias fijos. Los terrenos i los edificios de la 
universidad tienen su provisión de agua propia, indepen- 
diente i su gasómetro, como si fueran una ciudad. Muchos 
jóvenes japoneses estudian en Europa con gran éxito 
los mas. 

Abril 23, — Mi tiempo en estos dias inclusive el actual, 
ha sido ocupado en visitar escuelas i conocer algo mas 
de la ciudad. Cuando fui a la escuela normal de muje- 
res, las niñas estaban en recreo i ofrecian un espec- 
táculo delicioso. Primero veo a las mayores en un jardin 
jugando, corriendo, saltando, gritando, persiguiéndose 
para juntarse ; otras caminan de a pares hablando sijilo- 
samente; se comunican pienso, sus pequeños secretos; 
todas me parecen bonitas aun cuando indudablemente 
algunas no lo son. Hai en el establecimiento mil educan- 
das divididas por edades. Abarca el terreno dé la escuela 
52 hectáreas i el edificio solo, tres. ¡ Hágase cargo el 



— 462 — 

lector de estas dimensiones ! Paso al centro i veo en los 
jardines, patios i jimnasioSf enjambres de chicas con sus 
vestidos de colores vivos, jirando, revoloteando como 
mariposas, como pájaros ; oigo las voces metálicas de 
las mas pequeñas i me deleito mirando el suelo cubierto 
de criaturas como un almacigo de dalias en movimiento, 
por los variados colores de los kimonos i de las cintas. 
Derrepente suena una hora terrible i todos los pájaros 
entran en sus jaulas, en largas filas matizadas, donde 
llaman la atención i alegran el ánimo las caras risueñas 
de los diminutos escolares i los peinados artificiosos de 
las muñequitas japonesas. La escuela admite alumnos 
desde los cuatro hasta los diez i siete años i viven en ella 
150 internas. Me hago conducir a los dormitorios, ver- 
daderos modelos de limpieza i orden, con sus camitas sen- 
cillas en lineas paralelas. Cada pupila tiene su armario 
disimulado en el tabique correspondiente. El refectorio 
es una gran pieza sencillamente amueblada i de un aseo 
esmerado. De ahí vamos a la sala de baile donde por 
el momento ensayan unas cuadrillas, ya las japonesitas 
con cierta desenvoltura europea; creo que en nuestras 
escuelas no hai curso de baile. Asistimos en la sala 
de música a una clase donde se enseña la nuestra harto 
incomprensible para los japoneses si no la aprenden en 
su tierna edad ; era cómico pero mui agradable el solfeo 
de aquellas vocecítas emanadas de tan pequeñas larinjes. 
Muéstrannos después la clase de modas i costura; allí se 
enseña a cortar, armar i coser los vestidos usuales i con- 
cluimos nuestra inspección por un museo de objetos donde 
se hallan a mas, la balanza para pesar diariamente a las 
alumnas i el aparato para medirlas. 



Atravesando solamente una calle nos encontramos con 
la escuela normal de varones, gran edificio de ladrillo 
en parte, no concluido, i con una estensa área disponible 
a mas de sus patios i jimnasios cubiertos. Se educan aquí 
mil o mas jóvenes, entre ellos ciento ochenta internos. 
Hai como cincuenta profesores para todos los ramos. 



— 463 — 

Las aulas i gabinetes están bien provistas. Se presta 
singular atención a los ejercicios militares i jimnásticos, 
ejecutándose todos al aire libre en las grandes esplana- 
das, cuando no llueve. El, /awn tennis, (raqueta larga) 
es obligatorio. El director me regala la colección de 
programas i reglamentos de la casa. 






Al dia siguiente de los paseos anteriores mi infatigable 
amigo Nemoto me lleva a otro coloso de escuela, coloso 
por las dimensiones de su terreno i de sus construcciones 
con relación a su objeto. Es una escuela media. La sala 
de los profesores en el primer piso alto es vasta i sirve 
de escena a un va i ven de individuos que han concluido 
de dar o van a dar sus clases, i de reposo, a los que 
esperan su hora. Entro en tres clases de ingles de dife- 
rente grado i marco una vez mas la preferencia de los 
japoneses por este idioma ; luego presencio retazos de 
lecciones en las aulas de jeometría, de aritmética, de 
áljebra i de botánica ; en esta veo a cada alumno con 
hojas o partes de plantas en la mano i un mapa del Japón 
en el cual señalan la estension en que la planta se pro- 
duce. Asisto también a la salida de las aulas i a los ejer- 
cicios jimnásticos en los patios i en los galpones ade- 
cuados. Hai 17 aulas en esta escuela, concurridas por 
890 alumnos, en la actualidad. En todas las clases han 
sido mui corteses conmigo, interrumpiendo su ocupación 
para saludarme puestos de pié. 



Solo me faltaba ver un ejemplar de casas de educación 
elementales i para completar mis impresiones o estudios 
al p^asar, me dirijo a una escuela primaria mista de 
mujeres i varones chicos, instalada en tres hectáreas de 
terreno, nada menos. Aquí también los alumnos se divi- 



— 464 ~ 

den por edades i cada aula solo tiene asi, una dimensión 
de pupilos. Entro en una clase de lectura i el profesor 
hace leer a la mas pequeña de las niñas, quien comienza 
su tarea con una voz inlinitesimal, pero clara, entrecor- 
tada, por entregas diré, como leen las criaturas ; solo 
distingo la palabra < kimono, kimono> que resalta a cada 
línea, parece ; será algún capítulo sobre vestidos el del 
libro de la muchachita. Luego veo otras aulas i entre 
ellas la de costura i labores que me agradó mucho. £n 
las clases de los mas chicos, kindergartens, niños de tres 
años trabajan en flores o en dibujos ; las mujercitas 
bordan en papeles líneas de paisajes. La directora es una 
deliciosa joven; blanca, linda, pulida, delicada, risueña, 
feliz; sin duda adivina mis sentimientos de admiración 
por ella pues noto que me habla con suma deferencia, 
casi con cariño. En la sala de esgrima, dos pares de com- 
batientes de un metro de alto, cubiertos de petos mano- 
plas i caretas, se dan de palos sin piedad, con espadones 
de madera ; la escena me recuerda mis primeros años de 
colejio en la Concepción del Uruguai. Es sábado, los 
alumnos se retiran i van a saludar al director a cuyo 
lado me paro para presenciar el desfile i aprovechar del 
saludo ; gozar de él, diré, viendo cien cabecitas inclina- 
das al mismo tiempo i doscientas manos diminutas apo- 
yadas en los muslos al hacer la cortesía los alumnos de 
cada aula por turno. Concluye el desfile i viene sola hacia 
mí la directora del kindergarten, radiante de gracia i de 
belleza, trayéndome algunas muestras de trabajos de sus 
pupilos. Le pido que me escriba su nombre i le hago 
decir con Nemoto, en japonés, por no decírselo yo direc- 
tamente en ingles, que la admiro mucho i que me encanto 
respetuosamente mirándola ; se ruboriza como diciendo : 
« lo sé ya desde hace tiempo ». Se sienta a la japonesa i 
en su rodilla escribe su nombre ; me da el papel i leo la 
palabra Malsano, escrita con nuestro alfabeto ; se lo de- 
vuelvo pidiéndole que lo escriba en japones i añada la 
fecha del dia ; así lo hace. He concebido un grande i 
repentino cariño por esta joven ; si me quedara aquí 
haría algo por mejorar su suerte. Solo siento haberme 
despedido de ella sin darle una flor que tenia en el ojal 



-^ 4Ó5 — 

de mi levita; ¡imperdonable olvido! El director me invita 
a tomar té, según es costumbre ; acepto i pasamos un 
rato de amena conversación. 



Al volver a mi hotel, en el camino encontramos un 
jardin cuyo aspecto me atrae ; veo en él preciosos i nota- 
bles ejemplares de árboles enanos ; no se trata de rami- 
tos plantados ¡ arte admirable ! sino de plantas con todos 
los signos de la edad adulta en sus pequeños troncos, i 
con todos los caracteres de los viejos árboles. Algunos 
tienen 25 años, otros 30, otros mas i solo se levantan a 
la altura de dos o tres palmos. Juntos formarian selvas 
seculares como las nuestras para hombres de dos centí- 
metros de estatura. Compro dos de cinco i seis años con 
quince centímetros de alto. 



Voi en la tarde a visitar la casa o palacio de los 
tribunales, QoTíQZQO la de Bruselas tan celebrada; la de 
Tokio nada tiene que envidiarle. Es un tremendo edifi- 
cio, el hall o vestíbulo, salón de entrada o como se le 
llame, es grandioso ; su cubierta, bien decorada, está a 
una gran altura. Funcionan en el palacio los juzgados, 
los tribunales i la suprema corte. Mi amigo el doctor 
Kabuto, presidente del tribunal local como he dicho, me 
recibe en sus oficinas mui amablemente ; por desgracia 
no puede acompañarme pues va a tomar el tren para ir 
al lugar que ocupaba una aldea destruida, totalmente por 
un incendio hace pocos dias, a levantar las informacio- 
nes del caso. Me da un empleado por guia, no conside- 
rando suficiente la erudición de Nemoto i juntos visi- 
tamos las salas de las audiencias, los juzgados i el 
departamento de la corte suprema donde me sorprendo 
al contemplar el local de las reuniones; un verdadero 
templo severo, inmenso, sencillo, augusto como para su 
objeto. Salgo mui bien impresionado de la casa de los 

Por ntarts i por tierras 30 



— 466 — 



tribunales i en llegando a mi hotel me encuentro ya con 
las leyes i decretos referentes a la administración de 
justicia, en volúmenes bien encuadernados. 






Una buena mañana, en la agradable compañia del 
comandante Armani, Nemoto, el señor Benitez uno de 
los secretarios de la legación española i el agregado 
militar de la misma señor Juan Cologan, nos dirijimos al 
distrito de Asakusa ( Asacsa, pues la u es muda, o mas 
bien son mudas para ella las personas que pronuncian la 
palabra). Llegados a su centro admiramos el magnífico 
templo de madera, que como anticipo al espectáculo de 
sus magnas proporciones, ofrece colgados en su peristilo 
cuatro faroles esféricos de dos metros de radio. El templo 
hace juego en belleza i corpulencia con su pórtico sober- 
bio. Cuajado de jente está por el momento i hai gran 
lluvia de monedas en la especie de batea jigantesca cu- 
bierta de barrotes e instalada a perpetuidad para recibir- 
las, delante del altar; se oye el murmullo de los rezos 
dichos en japones por los fieles, con muchas vocales por 
lo tanto, i las frecuentes palmadas de los devotos lla- 
mando a los dioses distraidos, i estos cuentan por miles 
como que el templo se llama < Residencia de las 3333 
divinidades >. 

Dos de ellos sin embargo gozan de todos los sufrajios; 
el dios a quien acuden las mujeres que desean tener 
hijos i el dios que cura el dolor de muelas i en jeneral 
las enfermedades de la dentadura. Los dioses comisiona- 
dos para este servicio están mas que otros, acribillados 
de papelitos ya secos o mojados, i recientes ; de estos últi- 
mos se ve volar en los momentos de oración, enjambres 
que llevando las peticiones de los devotos, van a pegarse 
en los cuerpos de las grotescas estatuas de madera pin 
tada de los guardianes del templo; se asiste de paso al 
desfile de su numerosa clientela. 

A un lado del altar trabajan los adivinos, en número 
de siete, creo; rehuso hacerme decir mi suerte; siempre 



— 467 — 

tengo miedo a las predicciones aun cuando no crea en 
ellas ! Del templo pasamos a un jardin con invernáculos ; 
vemos plantas enanas admirables i árboles hasta las 
nubes a su lado ; encontramos un oso, dos zorros, varios 
cuervos i otras aves i de postre un formidable tigre. A 
la salida del jardin nos acapara un teatro de acróbatas 
cuyo telón da a la calle i se alza de tiempo en tiempo 
permaneciendo levantado un segundo, como para tentar 
a los pasantes ; precisamente coincide el levantamiento 
del telón con el momento en que el jimnasta atraviesa el 
aire volando de un trapecio a otro invisible, o bien eje- 
cuta alguna proeza nunca vista. Ademas, en fílas. delante 
del telón, se colocan los artistas, sin papel por el mo- 
mento en la fundón, vestidos con magnificencia i fan- 
tasía. Los ejercicios fueron como los de todas partes, 
con esta ventaja para el público: la entrada i asiento 
valian dos centavos de yen, es decir cinco céntimos de 
franco ahora. 



En otro teatro vimos la representación de escenas 
náuticas. Tres muchachas entraban al agua en una pi- 
leta, nadaban, cantaban, zabullían i sacaban las monedas 
que los asistentes arrojaban al fondo. 

Siempre está en feria este distrito de Asakusa; sus 
condiciones lo favorecen: tiene jardines espaciosos, pla- 
zas, su templo que es un fuerte atractivo, el gran río 
vecino i una torre elevadísima construida a prueba de 
temblores, desde cuyos últimos pisos se ve todo Tokio i 
sus dilatados alrededores. La concurrencia marea en 
Asakusa i no hai sitio sin su tienda de juguetes, de dulces o 
de frutas, o sin algún aparato para la diversión del pue- 
blo, figurando por mucho las represas o estanques con 
pescados vivos, para entretenimiento de los aficionados 
a la pesca o aprendizaje de los novicios en ese arte. Las 
graciosas musmés con sus kimonos de tintes subidos, 
contribuían al buen éxito de la feria. 



* 

* * 



— 468 — 

Abril 26. — La vida de un estranjero de clase decente 
en Tokio es tan agradable como en cualquiera capital, 
sabiendo él amoldarse á la naturaleza de las cosas, i 
aun mejor, por ciertos lados que no son para escritos. 
Yo no tengo posición oficial ni puedo dispensar favores ; 
no poseo siquiera una fortuna como para que me adu- 
len por ella; no soi ni he sido nada, pues haber sido o 
ser ministro en mi tierra, no equivale, ante las leyes i 
reglas de la popularidad entre los viajeros, a ser o haber 
sido chief steward ^n f\ Bristol hotel en Londres o a 
bordo del vapor «Teutonio de la «White star line»; i 
sin embargo, no hai agasajo que no me piodiguen en 
Tokio y en jeneral en todas partes, fuera de mi pais. 
Ayer 25 nos dio un almuerzo Mr. Armand, ministro de 
Francia i después prolongó el obsequio organizando 
una partida de lawn tennis en su precioso jardin ; hoi 
nos ha dado otro en su legación el ministro italiano 
conde Orfini i el lawn tennis se ha repetido, siendo nos- 
otros, tanto aquí como en la legación francesa, el objeto 
de las atenciones i los agasajos de todos. 

Después hemos ido a ver una casa enteramente ja- 
ponesa, sin mezcla alguna de estilos europeos; la del 
señor Okula, gran negociante a par de doctor i el 
primero tal vez en el alto comercio, mas por su impor- 
tancia que por su riqueza. < Ningún estranjero ha pisado 
los umbrales de esta casa > nos dice Nemoto, < no por 
egoismo de su dueño sino por no ser costumbre en el 
Japón invitar a los estranjeros a las casas de familia >. 

Solo estaba allí la servidumbre, numerosa sin duda; 
la ausencia de los dueños confírmaba la observación 
de Nemoto. — « ¿ Y cómo, le pregunto, nosotros estran- 
jeros, somos admitidos aquí ? > — « Porque ustedes se 
han hecho querer de todo el mundo en Tokio, me 
responde, i ya saben los amigos de Tokugawa cómo 
son ustedes i su afecto por el Japón». Agradecí mucho 
la esplicacion. 

Sobre una colina con vista a un valle está situada la 
casa; mirando al mar i al rio por dos de sus lados i 
por el otro a la estensa i divina Tokio. Todos los niños 
han preguntado alguna vez injenuamente, porqué no ha- 



- 469 — 

cen las ciudades en el campo, sin pensar en que todas 
fueron comenzadas precisamente en el campo, borrán- 
dolo en seguida con el solo hecho de surjir en él. Pues 
bien^ la única ciudad del mundo capaz de satisfacer el 
deseo de los niños, dando realmente la idea, no sé cómo, 
de que está en el campo, es Tokio ! Es campo en todas 
partes i ciudad en cualesquiera; es el sueño infantil de 
la ciudad i del campo en estrecha unión. Pero hai es- 
cuelas, lo que destruye la ilusión, pues en el fondo de la 
ambición de los niños existe, a mas del amor a la libertad 
en la naturaleza vírjen, el anhelo de la supresión del 
maestro i de las aulas ; a lo menos para mi, campo que- 
ria decir todo eso. 

De uno de los balcones veo bosques, selvas, parques, 
rios, áreas despobladas, casas, templos, calles, caminos, 
aldeas, la campaña en ñn, del brazo con la ciudad. 

Hai en el interior de esta morada un lujo estraordinario 
a pesar de la ausencia de muebles; da lástima pisar las 
esteras i tocar los objetos ; los techos son de madera 
labrada, esculpida, pintada o natural; los muros o mas 
bien los tabiques estemos i divisorios llevan incrusta- 
ciones o paneles de laca, de seda i marcos con tallados 
de un arte admirable ; las ventanas i las puertas de ri- 
quísimas tablas, se mueven sobre sus correderas al im- 
pulso de un dedo. Vasos de porcelana, estatuas de 
bronce, braseros con incrustaciones o cincelados, sahu- 
madores i otras lujosas obras de arte, adornan las ha- 
bitaciones i prestan en ellas su servicio aumentando la 
comodidad i mostrando el gusto estético. 

Hai un cuarto consagrado a los dioses con mil ricas 
imájenes en pintura i escultura. Las salitas de recepción 
principalmente, son deliciosas; en una del piso inferior, 
nos sirvieron té a la japonesa, en el suelo, dándonos 
por asiento almohadillas de paja suaves como guantes; 
la sola musmé que nos lo ofrecía era un lujo de estilo 
por su belleza, su gracia, su juventud i su alegría, a mas 
de su rico vestido de espumilla. En otra sala de arriba 
con sillas i mesas, única incongruencia, pero perdonable 
en virtud de haber sido puestas allí solo por hcM-as en ob- 
sequio a los huéspedes i por estar no obstante en armo- 



— 470 — 

nia de colores i finura de maderas con los demás adornos, 
nos sirven frutas dulces i vinos. 

Al salir encontramos en el portal o vestíbulo la servi- 
dumbre reunida ; yo hice mis cuentas ; alb' habia maridos, 
mujeres, niños, mozos solteros i musmés delicadas; sin 
duda estábamos en una gran mansión. Todas las personas 
i personitas nos saludaron alegremente deseándonos 
grata permanencia en el Japón i los niños, a quienes 
dimos algunas monedas, nos hicieron las mas graciosas, 
cómicas i respetuosas reverencias, gritando ; < ¡ saionara, 
saionara > < adiós, adiós ! >. 



Hoi comienza la fiesta de los pescados cuyo significa- 
do esplican unos de un modo i otros de otro ; lo mas 
seguro es pensar que se festeja el beneficio de la natu- 
raleza por la existencia de los productos del mar, ali- 
mento principal del pueblo. De las alturas donde esta- 
mos vemos izados en elevadas perchas con perilla 
dorada en el estremo, pescados de papel grandes i chi- 
cos, en mayor ó menor número, según la cifra de los hijos 
en cada familia ; pues dicen que cada madre o padre debe 
colgar tantos pescados como hijos varones han nacido 
en el año. £1 efecto de tan estraño adorno es curioso; 
mientras unos pescados se inflan por el viento i flotan 
como nadando; otros, abandonados de las brisas, cuel- 
gan como gallardetes a lo largo d^ las perchas, resul- 
tando de las variantes un cambio constante de figuras 
i colores. 






Abril 27. — Recibo la visita del marques de Toku- 
gawa a quien ya conoce el lector. Su conversación es 
amena, interesante, espiritual i humorística; en dos ras- 
gos nos hace el retrato de su amigo Sho Nemoto, pin- 
tando sus rarezas sin piedad en los detalles, pero con 
cariño i blandura para el orijinal a quien estima i quiere 
mucho. Al despedirse nos invita a almorzar en Huyeno 



J 



— 471 — 

Park con otras personas de su categoría, el día que eli- 
jamos, disculpándose de no darnos el almuerzo en su 
casa por tenerla en construcción, por hallarse la familia 
en un alojamiento provisorio i su señora, próxima a tener 
nueva prole. Nos comunica también que ha escrito al 
gobernador de Niko a fin de obtener una orden para el 
presidente de los templos, en favor nuestro, con la 
cual podremos ver en ellos, lo que muí pocos japoneses 
i casi ningún estranjero han visto. 



A la de Tokugawa, sig^e la visita del marques Hachi- 
suka, ministro de instrucción pública. En el hotel no 
saben lo que les pasa; jamas han visto tales persona- 
jes en la casa ! . . . ¡ los mozos i el dueño me habían 
tomado por un pobre diablo, juzgándome por mi traza 
de obrero desocupado ! Hachísuka es muí parecido a 
Plaza hasta en el modo de decir ou, . , well i de acomo- 
darse en la silla. Aunque ocupado i preocupado, se 
muestra siempre amable i cariñoso. Me ofrece mandarme 
a mas de los que me ha dado, varios documentos ya reu- 
nidos por su secretario para mí. 






Abril 28, — Voi con Nemoto a entregar mi carta al 
vizconde Enemoto; este caballero vive en su hermosa 
quinta, muí lejos del centro, pero en el radio de la ciu- 
dad, situada a orillas del río Sumidagawa, mas ancho a 
esa altura i con mas embarcaciones en sus aguas que el 
Támesis frente al parlamento. La casa sencilla i lujosa a 
la vez tiene un precioso jardín, un riacho i un lago. El 
vizconde es uno de los mas altos personajes del impe- 
rio, sencillo en su trato como todos los hombres supe- 
riores; se ha educado en Holanda; habla cinco idiomas; 
ha sido ministro en Rusia durante cinco años i en otros 
países por menos tiempo ; últimamente desempeñaba el 
ministerio de agricultura i comercio del imperio, puesto 



— 472 — 

del cual se ha retirado espontáneamente. Es hombre de 
gran intelijencia i sabiduría, distinguido marino, muí añ- 
cionado a la mecánica i conocedor de esta ciencia. Es 
hábil carpintero, herrero, mecánico i quimico: me mues- 
tra dos elásticos de carruaje hechos por él i una bata 
de canon rayado también obra suya, asi como varías 
medallas i otros trabajos de galvanoplastia cuya ejecución 
denunciaría un artista maestro en el ofício. Es ahora 
vice almirante honorarío de las escuadras. £1 partido 
opuesto al suyo le tiene gran recelo por sus altas 
calidades, pero él conserva a sus émulos a raya con su 
respetable honorabilidad i caliñcados servicios. Algunos 
atribuyen su salida del ministerio a influencias estrañas, 
pero no es sin duda un hombre a quien tales resisten- 
cias pudieran obligar a dejar un puesto. 

Durante los últimos tiempos de la guerra civil prece- 
dente al orden actual, desempeñó un papel importantí- 
simo que hubo de terminar por una tragedia ; estuvo a 
punto de suicidarse junto con sus nobles compañeros de 
armas, cortándose el vientre, al uso japones, cuando 
vencidos en la lucha cayeron prisioneros. Pero el empe- 
rador que podia disponer de la vida de su eminente 
subdito, quiso conservarlo para su patria i con una altura 
ejemplar, lo reintegró en el uso i ejercicio de aquellas 
de sus preminencias compatibles con la nueva situación 
política, entregándole mas tarde una cartera en su 
gobierno. 

Su casa es un museo siendo él muí aficionado a las 
rarezas i antigüedades; tiene entre otros objetos, un 
pedazo de aerolito de hierro i metal blanco caido en 
el Japón. 

Delante de una mesa me muestra un chuse estraño; el 
primero de su clase hecho en el mundo i el primer ejem- 
plar salido de la fábrica; es de pino, tejido con esas 
hebras verdes o filamentos terminales de las ramas, cuyo 
nombre no sé, i que en los pinos representan el papel 
de las hojas en los otros árboles. 

Pasamos a tomar el té en una mesa rodeada de sillas, 
muebles exóticos en la casa, eso se vé, i en seguida re- 
corremos las habitaciones, el dueño i nosotros descalzos. 



— 473 — 

Hallamos en una pieza alta,, servidos en el suelo, dulces, 
frutas i vinos. ¿Será costumbre obsequiar dos veces, 
cada una en pieza separada? me pregunto recordando 
mi visita a la casa japonesa. Asi parece, solo acepto 
un cigarro enorme, envuelto en papel de plata. Fumando, 
hablamos de todo, principalmente de inmigración. El 
vizconde se ocupa en este momento de mandar inmi- 
grantes al Brasil i a Méjico. Yo lo incito a mandarlos 
también a la república arjentina i le ofrezco remitirle 
las leyes i decretos relativas a la inmigración. Sho 
Nemoto mi compañero de andanzas, es su agente, el 
mejor de los ajentes por su actividad i esperiencia adqui- 
rida en sus viajes. 

Al retirarme, el vizconde me acompaña hasta mi rik- 
sha i atando con sus propias manos el chuse de pino, 
traido oportunamente por un criado, me lo presenta 
como un recuerdo. Yo respondiendo a su galantería le 
mandé al dia siguiente para su museo una hoja de papi- 
rus qué tomé en Siracusa. 

Nemoto, casi se cae de espalda ; jamas ha visto hacer 
semejantes agasajos a un estranjero en su tierra. Me 
parece atinado dar ya una idea del carácter i posición 
de mi amigo Nemoto, casi tocayo del vizconde. Física- 
mente ya lo conoce el lector, pero no en todos sus deta- 
lles. En apariencia solo tiene un sombrero i un traje; el 
sombrero ha sido duro en sus oríjenes, ahora es blando ; 
la ropa ha sido negra, ahora es verde amarillosa. 

Nemoto no fuma, no juega, no toma vino, ni niega, ni 
resiste, pero siempre hace su voluntad. No sé si es pobre 
o rico ; parece desdeñar estas dos cosas, la fortuna i la 
miseria. Vive perpetuamente afanado i ni el emperador 
ni dios lo detienen cuando determina irse. Es casado, 
adora a su mujer i mas a su hijito, pero no tiene tiempo 
de hacerle cariños. Entra i sale como un relámpago, 
interrumpe al lucero del alba para hablar él en forma 
telegráfica i seguro de decir la única cosa práctica i útil 
en cada momento. Su característica es tener razón siem- 
pre; es el único hombre infalible que yo conozco. Sus 
condiciones de honorabilidad i su juicio recto han hecho 
tolerables, casi agradables sus orijinalidades siempre 



— 474 — 

sometidas a un propósito positivo. Es la actividad en 
esencia; si usted le dice: espere Nemoto, no solo no 
espera sino que no entiende, no sabe lo que sig^nifíca espe- 
rar. IVata a todo el mundo lo mismo; hace las cortesías 
de regla, es en realidad bien educado, pero derrepente, en 
un salón oficial, donde hai diez personajes, se pone el 
sombrero (su sombrero ex-duro, alto, abollado i verde) 
no por irreverencia sino porque ya ha estado demasiado 
tiempo sin sombrero, l'okugawa i Enemoto lo adoran, 
pero él no les da un minuto para manifestarle su cariño ; 
se va apenas ha evacuado su negocio u oido lo que le 
dicen. Goza de la entera confianza de ambos i actual- 
mente tiene como lo he dicho, a su cargo los detalles de 
un gran negocio sobre inmigración a Méjico i al Brasil 
del vizconde Enemoto. 



Al volver de mi visita al vizconde quiero dejar una 
tarjeta al marques de Tokugawa, en su casa vecina a la 
de Enemoto, sabiendo que no estaba en ella, pues lo 
habíamos encontrado al venir conduciendo un elegante 
faetón en el camino hacia el palacio imperial. 

La morada de este mi amigo es un paraiso : parque, 
bosque, jardines, lagos i arroyos, caballerizas i habitacio- 
nes, todo está arreglado con esquisito gusto. Nos recibe 
el intendente, un viejo respetable i nos muestra la nueva 
casa en construcción, ya casi concluida ; el estilo de ella 
es europeo ; el piso todo es de parquet fíno i los cielos 
rasos de madera japonesa, en forma de cajones, en las 
piezas principales. Responden a las exijencias de una 
vida cómoda i lujosa los vestíbulos, los salones, el come- 
dor, la sala de billar i demás dependencias accesorias. 
Las paredes están tapizadas de seda o papel cartón imi- 
tando cuero estampado, según el destino de cada pieza. 
Hai en el comedor una especie de tribuna de madera 
tallada tras de la cual está una ventanilla dando a un 
corredor corto que termina en la cocina. Noto en la sala 
un detalle no observado por mí en parte alguna : dos 
estufas juntas en un lado, armonizando su tamaño con la 



— 475 — 

altura i dimensiones de la pieza. £1 marques por sus 
gustos su trato i su casa, seria calificado de higk Ufe en 
Inglaterra, l'odos los mármoles empleados en la cons- 
trucción provienen de sus minas del interior. 

£1 marques i su familia habitan provisoriamente uii 
departamento de la antigua casa. La señora es una dama 
distinguida que ha hecho una figura saliente en la alta 
sociedad de París i Roma, donde su marido fué ministro. 
Habla ingles, francés e italiano; es hermana del marques 
Hachisuka. 

Pertenece Tokugawa a la mas alta nobleza del Japón ; 
su familia comienza en lyeyasu perteneciente a la linea 
de shógoun, impropiamente llamados Taikun, jefes mili- 
tares que a la sombra de los emperadores han gober- 
nado el Japón desde el XIII siglo hasta mediados del XIX. 
lyeyasu gobernó de 1542 a I6I6. £lla ha sido antes del 
nuevo réjimen, inmensamente rica, como lo seria ahora 
Tokugawa, el mas caracterizado de sus representantes 
en la época actual, a no haber pasado sus bienes, como 
los de otros nobles, a poder del £stado, cuando quedó 
destruido el feudalismo. 

I aquí debo hacer un merecido elojio a las virtudes de 
la nobleza por su jenerosidad, su desprendimiento, su 
patriotismo, su respeto a las leyes i al mikado, supuesto 
de oríjen divino, calidades puestas en relieve con ocasión 
del despojo de los bienes poseidos durante siglos, en 
favor del Estado. 

Ni una protesta, ni una murmuración se oye en contra 
de esa medida cuyas consecuencias han sido terribles 
para algunos que se han visto obligados a ganarse el 
sustento desempeñando los oficios mas subalternos, sin 
escluir el de sirvientes de sus antiguos vasallos. Toku- 
gawa habla de estos sacrificios con serena complacencia, 
i eso que tiene a la vista el famoso Korako-yen, <jardin 
de las eternas delicias» poseido durante siglos por su 
familia i ahora en manos del fisco; ¡un verdadero pa- 
raiso que comienza en las orillas de l^okio i se estiende 
hacia el campo, abrazando una zona de muchos kilóme- 
tros. £1 marques se ha educado en £uropa i habla fran- 
cés como su propio idioma ; ha sido como creo haber ya 



— 476 — 

dicho, plenipotenciario en Francia c Italia i ahora es 
senador del Imperio i ocupa amas la eminente posición de 
vice-gran maestre de ceremonias del palacio. Tiene una 
intelijencia penetrante i una gran instrucción, añadiendo 
a estas calidades, la de una estremada cultura. En su 
trato con los hombres, es el estadista, el político, el diplo- 
mático espresándose con modestia, pero revelando sus 
dotes; en su conversación con señoras es el hombre de 
sociedad, ameno, incisivo, delicado i de esquisita educa- 
ción, el mundano de los salones selectos de la Europa. 

En su despacho es el funcionario afable, correcto, dedi- 
cado a sus deberes ; en la calle se le ve en su faetón 
manejando un par de briosos caballos con la destreza 
de un elegante de Hyde-park. 

* 
* * 

Abril 30, — Asistimos a las carreras de Yokohama. 
El espectáculo es animadísimo ; ya he descrito el circo 
en mis notas sobre esta capital. Hemos sido invitados 
por el señor Seux a almorzar en la caballeriza del 
señor Cueurs, puesta de gala para el caso ; el almuerzo 
es lujoso i esquisito. Conocemos en el palco del club al 
ministro español, señor L. de la Barrera i a dos jóvenes 
de las legaciones de Holanda i Bélgica; están allí también 
nuestros ya conocidos de la legación francesa ministro 
Armand i familia, el señor vizconde de Dresnay, secreta- 
rio i su hija, el señor Bain i su señora, el ministro de Italia, 
el comandante Armani, el señor Sioen i varias otras 
personas de nuestra relación. Vamos a ver los caballos, 
apostamos, perdemos ; el dia está mui lindo ; estrecho 
relaciones con las niñas de Fallot, hijastras del reverendo 
Arthur Lloyd (Mitamichome no 2 Tokio); una de ellas 
es idéntica a nuestra compatriota Josefina González de 
Sorondo, por lo tanto mui buena i mui agradable. La 
señora del doctor Wildé obtiene un éxito inusitado por 
su don de jentes, su amabilidad para con las señoras 
viejas i feas i su facilidad para hablar con griegos i tro- 
yanos en varias lenguas. 



- 477 — 

Volvemos a Tokio en el último tren con la mayor 
de las Fallot ; la menor, alias Josefina, se quedó en 
Yokohama. ¡ Raras costumbres ! Invitaba a comer en 
las carreras con nosotros a Seux i sus amigos i como 
se hallaban presentes las dos niñas Fallot, las invité 
también, por no dejarlas en blanco, pero sin imajinarme 
que pudieran aceptar. Aceptaron i fueron a la comida; 
eso parece natural i lo será en su educación. Después 
de comer Helena nos pidió que acompañáramos a su 
hermana en el tren hasta Tokio; así lo hicimos con el 
mayor gusto i aquí viene una historia curiosa i risible. 
Al salir del hotel para el tren, un sirviente entrega a la 
niña Fallot, la mayor, varios paquetes ; ella los toma, 
nosotros le ayudamos a ponerlos en el coche. En la 
estación llevamos parte de ellos al vagón ; ella llevó el 
resto. En todo el camino estuvo preocupada de sus 
envoltorios cuidándolos, cambiándolos de sitio cuando 
entraba un pasajero, acomodándolos e involucrándolos. 
Al bajar en Tokio tomó ella la mayor parte de los 
objetos; yo tomé dos solamente, pero ya medio inco- 
modado con la molesta carga le digo «I ¿qué lleva usted 
en tantos paquetes a esta hora ? » — « No sé, me con- 
testa, el mozo me los ha dado i yo los traigo » — « Pero 
¿ no son suyos ? > — « No ; serán supongo de Helena o 
de mamá ; solo este pequeño es mió ». En esto examino 
uno de los lios i encuentro unos botines ; me fijo mas i me 
parece reconocer el tamaño; abro un poco el papel i 
veo ... un par de botines mios ! ... el otro paquete tenia 
un par de botas cortas, mias también. 

Suelto la risa ; la niña me mira entre confusa i asom- 
brada!... Señorita, le digo, yo habia dejado espresa- 
mente estos botines i estas botas en Yokohama i usted 
me lo trae todo a Tokio. . . Lo notable del caso es la 
bondad de la joven para cargarse con una molestia sin 
saber cómo ni por qué, bondad resultante sin duda, de un 
hábito, el de ser mandada i obedecer sin examen ni pro- 
testa ; es huérfana de padre ! 






— 478 — 

Mayo 2. — Un nuevo paseo por Huyeno Parque: deli- 
cioso ! La ciudad sin límites está al pié brotando casitas 
pintorescas entre árboles i flores, con sus canales de 
agua plateada al sol, en forma de anillos, brazaletes i 
vinchas de la preciada capital; i oscilando por todas 
partes en lo alto, como estranas banderas, los pescados 
de la fiesta, mientras los pájaros pequeños i los cuervos 
negros i grandes, vuelan de rama en rama en el poblado 
bosque del parque mismo i las musmés de kimono vis- 
toso, siguen trotando por las avenidas, con el cuerpo 
inclinado i los diminutos pies sobre los altos zuecos en 
seductora i férica procesión. 






Mayo 4, — Otra vez en las carreras de Yokohama, no 
tan animadas ahora; aprovechamos el viaje para hacer 
algunas visitas i entregar cartas como flechas al despe- 
dirnos ( recuerdo de Drioux, manual de historia, batallas 
de los Partos ). 






Mayo S, — Había prometido a las niñas Fallot visitar- 
las en su dia de recibo (miércoles) i cumplo mi promesa. 
Viven en los quintos infiernos ; todo esperaban parece 
menos mi visita : no estaban en su casa. En cambio conocí 
a la madre i conversé con dos clérigos protestantes ; era 
lo mismo i verdad ? 






Mayo ^.—Espléndido almuerzo en Huyeno Parque, en 
sitio elejido, con vista a los mejores paisajes i a la ciudad, 
vecino al rio, al lado de un gran Buda de bronce i cerca 
de la gran campana i de su ariete que da las horas saltando 
como encabritado después de cada golpe atronador. 



— 479 - 

Son los invitantes el vizconde Enemoto i el marques 
Tokugawa ; los obsequiados el doctor Wilde i su señora 
i los invitados el ministro de Italia conde Orfíni, el minis- 
tro de instrucción pública marques Hachisuka, el coman- 
dante Armani, el señor Gaseo, empleado de la legación 
italiana i Nemoto, quien encontró largo el almuerzo i así 
lo declaró a Tokugawa, antes de tomar la sopa. 

Brinda a nuestra salud Tokugawa; brindo yo por 
el emperador, la emperatriz, los grandes hombres del 
imperio, mis amigos presentes i por el Japón mismo 
donde hemos encontrado tan amistosa acojida. Enomoto 
brinda finalmente por el presidente de la república 
arjentina. 

Concluido el almuerzo i mientras tomamos el café, el 
galante vizconde regala dos satzuma a Guillermina, dos 
dijes microscópicos, obras de arte admirables, dos flore- 
ritos pintados por dentro i con esmalte de hierro por 
fuera, i Tokugawa, un cubre-piano bordado de crisante- 
mas, riquísimo. Hacer obsequios después de una invita- 
ción es de uso japones. Me anuncia también la decisión 
de conferirme el diploma de médico, el primero que se 
espedirá en el Japón a un profesor estranjero, tan 
pronto como yo mande la documentación de mi título 
para llenar formas, que sin duda, hará obligatorias el 
futuro decreto reglamentando la espedicion de diplomas 
a facultativos de otro pais i tocándome el honor de haber 
dado motivo i oríjen de esa novedad, pues el caso de 
pensar en conferirlos hasta hoi no se había presentado. 

Al otro día el diario oficial daba cuenta del obsequio 
en términos amables. 



* 



Mayo 7.— Gracias a la amabilidad de Tokugawa, 
hemos podido conocer el parque de Korako-yen i pasar 
en él dos horas de felicidad. Este paraje es inaccesible 
si no se tiene un permiso especial i obtener ese permiso 
es bastante difícil. 

Korako-yen quiere decir «jardín i placer en el futuro>; 



— +8ü ~ 

litiíralmrntr «janiin árl placer futuro > pero en su con- 
cepto hIos/jñcf> aquí : futuro > significa c perpetuo, 
eterno > o algo análogo. 

El par(|ur merece su nombre; ha pertenecido a la 
familia ár Tokugawa i cayó en manos del gobierno en 
\ irtud de la confiscación, cuando fiíé abolido el réjimen 
fí'udal. 

Retiro de las pajinas de este volumen la descripción 
de tan afamado pedazo de tierra, para incluirla en otra 
de mis obras, Prometeo & C^, que saldrá a luz junto 
con la presente; allí podrá verla el lector si Korako-yen 
le inspira algún interés. 



El Intendente nos regala el plano del parque i yo le 
pido el de una de sus casas de madera, con detalles, 
abrigando el propósito de construir una igual en mi 
terreno del Tigre ( provincia de Buenos aires, repú- 
blica argentina, Sud américa). 



De regreso a mi hotel recibo una carta de Tokugawa 
i el cubre-piano riquísimo, de seda bordado, una obra 
maestra en su jénero, ofrecido a Guillermina en nuestro 
almuerzo del parque. Contesto la carta en estos térmi- 
nos c Mr. le Marquis. J'ai re9u votre aimable lettre avec 
le precieux cadeau que vous envoyer a Mme. et qu'elle 
accepte enchantée, non seulement pour la beauté du 
present, sinon, et en premier lieu pour sa valeur comme 
delicat souvenir d' un amí, puisque vous m'autorisez a 
employcr ce mot, que notre bonne fortune nous a fait 
trouver si loin de notre patrie. Croyez Mr. le Marquis 
que nous n' oublierons jamáis ni votre nom ni vos cons- 
tantes bontés et que nous conserverons toujours un 
affectuex sentiment de gratitude pour vous. 

A Mr. le Marquis Tokugawa son ami tres sincere 
E. Wilde - Tokio le 7 mai de 1897 ». 



— 481 — 

Y como para responder al obsequio le mandaré opor- 
tunamente una traducción en francés de las pajinas 
escritas por mi sobre Korako-yen, descripción elojiosa 
i por lo tanto agradable para él de tierras, parajes i 
moradas antes en posesión de su familia. 

* * 

Mayo 8, — Comemos en lo del señor Carcer primer 
secretario de la legación española; están : su señora 
picante brasílerita, el ministro de España, Iñigo i su 
encantadora mujer Teresa María Gorostiza ( Iñigo es 
agregado naval de la legación de España), el señor 
Antonio Benitez segundo secretario i el barón Foy. 
Carcer según me cuenta su señora, ha sido novio de 
Silvia Tarnassi, una preciosa niña de Buenos aires. 
Después de la comida fuimos á lo del ministro Barrera 
a hacer música, Mui agradables son estos españoles; 
estamos como en familia. 






Mayo 9. — Escursion á Niko. Con permisos especiales 
i las recomendaciones de Tokugawa salimos del hotel 
para Niko. El gobernador de la provincia ha dado or- 
den al presidente de los templos i este a los sacerdotes 
máximos para mostrarnos lo que mui pocos han visto, 
es decir todos los tesoros mas cuidados, exepto sin 
embargo el interior de la urna donde yacen los espí- 
ritus, que solo se abre en circunstancias solemnes, ante 
el emperador. 

Naturalmente vamos con Sho Nemoto : él pasará tres 
dias sin ocuparse de sus negocios, sacrificio que le agra- 
decemos infinito, pero descansará moralmente. 

En la estación noto la falta de mis pasaportes ; ( siem- 
pre se me olvida algo de lo mas importante; no sé como 
no me sucedea verdaderos desastres). Felizmente ahí 
está Nemoto ; le doi cuenta del hecho ; me lanza una mi- 

Por marts i Por tierras 31 






* irr. 4»» '* Z'.r i. liim: "mu z'^iciaa le X'í2III^c:I- 



•-« :,-*^..r *. I*-. -í-íc* tf'ii'r^ z^'.r üi- rua. ^íc trae a la 

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% - ■', *-. <-^. --* t-r: .k .t-'T:-»;'5rO''« Í»tí fl»!*! <ÍC 



7 o?r,;tT,^% r-T:*x» a sna castrada, bramos una colma, 
kTíi\'"^hrr.^,^ LD p-j^ute echado sobre el rio de Xiko, 
n'/H ¡/aram'/* ^íti !a opuesta banda para ver el otro puente, 
*:\ f\*: ¿acá, céi^-bre. paralelo al naestro, de graciosa 
forma í ^-l^rj^ante figura í cuyo color, rojo intenso des- 
\}u\'Af>^ color de flor i no de pintura, junto con el brillo 
í|^ %MS A\fr:iz^(\tír2LS de oro, resalta en el fondo verde 
o«icuro df-l bosque plantado en la montaña. Sus pilares i 
atravesaños de piedra forman encratrado, como si fueran 
de madera. Por debajo pasan las aguas del torrente, 
tMjlliríí)sas, espumosas, inútilmente apuradas, pues van 
perH'-guiHas por la gravedad que no se cansa nunca, 
Mobre piedras ovoides, esféricas, conoides, todo menos 
angulares, por haber perdido sus aristas jugando unas 
con r)traH« arreadas por la avenida, en los dias de ere- 
nente. 

No pasan habítualmente por el puente de laca lejen- 
(lArio, HÍno los dioses en espíritu, pero -cuando necesi- 
tariin pasar en forma corporal, como son de palo o de 



— 483 — 

piedra, lo hacen con ayuda de vecino, llevados por los 
devotos, en larga procesión, según es de uso en las 
ceremonias relijiosas, vestidos de mil maneras, condu- 
ciendo andas con imájenes, cargando colecciones de 
objetos alegóricos o de adorno, disfrazados de dragones, 
leones i leopardos ; i los sacerdotes i otros dignatarios, 
a caballo, con arneses de oro i seda, rojos, amarillos i 
plateados. 

Seguimos costeando el torrente por su orilla izquierda 
un trecho, luego nos apartamos para volverlo a encon- 
trar i así vamos por malos caminos mojados, enterrando 
nuestras rikshas una cuarta en el suelo i saliendo solo 
de la huella profunda gracias a la fuerza i resistencia 
admirable de estos hombrecitos de hierro. 

Las peñas derraman en el precipicio por cuyo fondo 
corre el rio, metiendo una espantosa algazara, las aguas 
de sus cumbres en hilos, en sábanas, en tules, en corti- 
nas, en perlas de cristal o simplemente en espuma 
blanca, como si una jigantesca lavandera estuviera la- 
vando su ropa con jabón en lo alto i volcara su batea a 
cada momento. 

No solo eso; la espuma de jabón i las gotas de cris- 
tal ruedan por entre azaleas que dan un color rosado a 
la montaña, i abajo, a través de todas las clases de 
verde imajinables, desde el negro hasta el amarillo o 
azul o no sé qué color^ límite del verde claro. 

Los mismos árboles amenazan desplomarse sometidos 
al vértigo del precipicio i a la influencia eléctrica de la 
corriente de abajo, atronadora i sublime! 

Llegamos a la cascada, una miniatura en compara- 
ción de otras, de la caida del Niágara, por ejemplo, 
pero con todo bella! 

En su esencia, todas las cascadas son iguales ; esta 
sin embargo, tenia algunas particularidades de ocasión 
el dia de nuestro paseo i tiene otras permanentes : una 
de estas ultimas es su casa de té a veinte metros de la 
caida de agua, i su Dios del fuego sin narices. Los 
accesorios eran i fueron una lluvia torrencial i una mus- 
mé que se vistió a nuestra vista i paciencia, con aquella 
falta de pudor casto, característico del Japón. Si alguna 



— 484 — 

vez queda bien aplicado el verbo reflexivo vestirse es en 
este caso ; la joven estaba desnuda antes de ponerse los 
primeros trapitos de su tocado : a esto le llamo yo ves- 
tirse i no al hecho de cambiar de ropa. 

La senda hasta la cascada es mui pendiente i muí 
complicada; hai escalas de piedras, puentes de tablas de 
pino i laderas casi impracticables; pero yo apuré hasta 
las heces aquel cáliz de granito resbaladizo por ser de 
raza anglo-sajona (yo, no el cáliz). ¡ Los demás compa- 
ñeros se quedaron; eran miserables latinos! 

Al pasar por un codo peligroso, una de las lavande- 
ras de arriba me vació su batea en la cabeza ; robustas 
gotas me mojaron los labios i pude comprobar por su 
gusto, que el agua de su oríjen no contenia ni potasa, 
ni sosa, bases habituales del jabón i que su blanca es- 
puma era como el penacho de las odiosas hijas del 
océano pero sin sal, líquido en polvo, lleno de aire : alias 
espuma ! 

Hai una cueva tras de la faja de agua debajo mismo 
del borde por el cual se derrama ; en la cueva está 
un dios de piedra con dos dagas sostenidas por su 
brazo derecho i rodeado de tarjetas; yo también puse 
la mia, en demanda de la protección del ídolo japo- 
nes, concebida así: «Eduardo Wilde i Señora al dios 

Fudo-Yu » o sea, en romance, al dios inmóvil 

¡ Siempre conviene estar en buenos términos con los 
dioses de todas las relijiones por si a uno lo mandan a 
paraíso ajeno! 

<Le llaman ademas el Dios del fuego», me dijo el 
guia. — «{Cómo, Dios del fuego, si está en una cas- 
cada? » le objeto. — «Ah ! me replica: al principio del 
mundo hubo dos elementos en lucha, el agua i el fuego 
i el agua apagó el fuego ». La razón no me pareció 
mui concluyente, pero sí mui parecida a las razones de 
las relijiones mas acreditadas. 

La cascada tiene como quince metros de altura apa- 
rente i en su fondo un mundo de piedras como elefantes 
que se disponen a marcharse aguas abajo, con el menor 
pretesto. El volumen de agua visto de cerca, es decir 
de la cueva a la cual forma una espléndida cortina, 



— 485 — 

ofrece un ancho de dos a tres metros por un grueso 
mucho menor. 

El escenario es por demás fantástico i grandioso i si 
los ojos gozan con la feria de luz i de colores, el oido 
se estremece deliciosamente con el tronar continuo del 
torrente i el fragor del entre-choque de las piedras que 
ruedan en su lecho. 

Volvemos al hotel i ocupamos el entre-acto de las 
escursiones, en comer i en dormir, tareas no menos inte- 
resantes que las de ver cascadas i contemplar paisajes. 






Mayo 10. — Vamos a los templos; prepárese el lector 
pero no se alarme; no intentaré describirlos pues ni 
Dickens ni Tolstoi juntos, empleando las palabras de 
todos los idiomas, conseguirían hacerlo con verdad. 
Desde luego, el número de construcciones con techo 
aparte, alcanza a treinta i tres, en el local de la Santa 
montaña solamente, i cada una necesitada un párrafo, 
a lo menos. Todas las construcciones, son diremos, el 
punto terminal de una gran avenida de diez leguas de 
largo formada por árboles de cuatrocientos i quinientos 
años, lujo sin igual en la tierra, i ocupan una gran área 
en la elevada planicie rodeada de montañas en forma de 
anfiteatro. 



En sitios elejidos de la Sagrada montaña han sido eri- 
jidos los mausoleos de tres de los mas grandes shógoun : 
de Yoritomo el fundador del gobierno militar i feudal, de 
Yeyasu el I» de la familia Tokugawa i de Yemitzu el 3o 
de la misma. Como se sabe los shógoun eran jefes milita- 
res que gobernaban a la sombra del poder (espiritual) 
de los emperadores. Hai en el distrito treinta cascadas a 
lo menos, sin salir de una área de quince millas. El fa- 
moso puente de laca está en el sitio por donde cruzó el 
rio Shado Shouin, un santo con leyenda i fundador de 
templos (véase la historia de estos). Salvando el puente 



— 486 — 

de los simples mortales, tomando a la derecha i si^iendo 
la avenida de criptomerías ( enormes ) se llega a un sen- 
cillo pórtico tras del cual hai una plaza donde ningún 
viajero se detiene, apurado por el guia, so pretesto de 
que eso no vale la pena, aseveración inexacta cuya res- 
ponsabilidad le dejo. 

He estado largo tiempo en el local de los templos; he 
leido varias guias, entre ellas la de Murray tan acredi- 
tada ; tengo a la mano un trabajo muí completo sobre 
Niko i después de un paciente examen de estos docu- 
mentos i consultar mis minuciosos apuntes, concluyo por 
afirmar que una descripción de la montaña sagrada i su 
contenido, con la pretensión de dar una idea clara del 
conjunto i hacérselo ver al lector, es imposible. Ni una 
sola de las obras citadas está escrita con método i clari- 
dad, ni va de lo grande a lo pequeño, de lo jeneral a lo 
particular, como deberia hacerlo, para insinuar siquiera 
una concepción aproximada del cuadro, ni aun a los via- 
jeros que han pasado largas horas en el renombrado 
paraje. Todas contienen una lista de nombres, sin tra- 
ducción los mas, adornados con detalles históricos, noti- 
cias de dimensiones i datos inútiles cuyo resultado es una 
pura confusión. Después de leer la lista queda uno tan a 
ciegas como si nada hubiera leido i con la sensación de 
tener ante los ojos una factura comercial, un conoci- 
miento de mercaderías para el despacho de aduana. En 
la imposibilidad de suministrar datos para producir una 
impresión neta del lejendario sitio, renuncio a pintarlo i 
prevengo al mundo curioso que no sabrá jamas como es 
la Montaña sagrada de Niko si no vieúe a verla. Por 
tanto yo, sin imponerme un estricto método de las ubica- 
ciones, tan inútil para el lector, me concretaré a presen- 
tar en síntesis los informes principales, deteniéndome 
solamente en los puntos no consignados en las guias, 
por haber tenido la suerte de ver lo que no han visto ni 
aun los autores de las memorias mas acreditadas, si he 
de atenerme a los documentos que gozan de mayor fama. 

Se presenta primero a mi memoria el Templo llamado 
Sambuttudo o Samiacudo (cada cual escribe el nombre a 
su modo ), hall salón de los tres Budas o sean el Kwan- 



— 487 — 

non de mil manos, el Kwannon cabeza de caballo i Amida 
Niy orai ; también la estatua en madera de Shado Shouin ; 
una columna en bronce, monumento orijinal terminado 
por tallos i hojas de lotus, con campanilla en los bordes, 
circundado abajo de columnas cortas como para sos- 
tenerla mediante las barras horizontales que las ligan. 
Esta columna lleva las armas de Tokugawa (three asa- 
rum leaves). A la izquierda una pequeña pagoda, can- 
delabros i linternas de bronce Veo que mi relato 

tiende a convertirse en un inventario 

Hago resaltar en seguida como impresión jeneral la 
división en tres patios, cada uno con su escalera, su pór- 
tico, su verja, sus monumentos i sus signos i adornos 
característicos, reservándome hablar de las particulari- 
dades con sobrios pero eficientes detalles, para dar al 
lector el medio de reconocer en el acto, si visita el local 
con estas pajinas en la mano, los monumentos i los obje- 
tos en los parajes donde se hallan. 

Así, en las dependencias del mausoleo de Yeyasu 
(Toshougo o Templo brillante del este) podrá apreciar 
]a impresión del conjunto, los patios en escalón i otros 
detalles ya mencionados en el curso de este relato i a 
mas : — Los cercos de cintura o balaustradas de los re- 
cintos, de laca, de piedra o de madera tallada, con altos 
relieves, perforaciones i pinturas — Las escalinatas i los 
pórticos a la entrada de los patios — Los leones de 
granito en actitud de saltar en uno de ellos (en el lado 
interno del cerco de piedra) — Los guardianes de4os tem- 
plos en sus nichos, estatuas de madera bronce o piedra 
de humana forma o con la figura de estraños animales, 
de leones, convencionales, por ejemplo, que jamas exis- 
tieron — Linternas de hierro o de bronce grandes i chicas 
de oríjen histórico muchas ; con su leyenda varias ( una 
de ellas se transformaba en ser viviente i hacia diabluras 
entre las jentes; por fin un esforzado japones le dio un 
mandoble hiriéndola de muerte, con lo cual concluyó el 
encanto ; la linterna conserva el tajo en la cabeza : supon- 
gámosle una) — Tres edificios en zig-zag, en uno, dos ele- 
fantes obesos con articulaciones al revés — Una pileta mui 
celebrada bajo un dosel sostenido por columnas (losbor- 



— 488 — 

des de la pileta están en un plano perfectamente horizontal; 
el grueso de la capa de agua que se derrama es el mismo 
en todos los puntos ; así la pileta representa un trozo de 
cristal en una pieza ; semejante a esta en los dominios del 
mausoleo de Yemitsu, hai otra pileta igualmente nivelada 
i que hace el mismo efecto) — Cedros viejísimos (cripto- 
merias) diseminados con arte — Una pagoda de cinco pisos 
notable por sus esculturas — El kiosko o torre de la cam- 
pana—Otra para un enorme tambor — La linterna jira- 
toria bajo su pabellón —Los candelabros i campanas re- 
galos de la Holanda a la Corea — Un templo menor pero 
riquísimo en lacas de oro, esculturas perforadas, pinturas i 
dorados — La biblioteca para la conservación de los 
manuscritos sagrados i su estante jiratorio de laca roja i 
bronce — El pórtico blanco celebérrimo llamado Yomei- 
mon?... esquisito por sus esculturas que representan niños 
jugando i animales, leones i tigres; con uno de sus pila- 
res de cuyas fíbras se ha sacado un partido admirable 
para dibujar la piel de un tigre i otro en el cual los mo- 
delos han sido invertidos, puestos cabeza abajo, a pro- 
pósito, para no escitar la envidia de los dioses i traer 
desgracias a la familia Tokugawa como sucederia si el 
pórtico no tuviera esa sola imperfección — Los nichos de 
Ama-imí i Koma-ímí —El templo de las danzas sagradas 
donde una vieja las ejecuta automáticamente apenas cae 
cualquier moneda a su puerta — Otro pequeño templo 
para quemar perfumes — El distintivo de Tokugawa en 
todas partes — El corredor de laca donde figuran armas, 
vestidos, muebles, utensilios, baúles dorados con armadu- 
ras de bronce i varios objetos históricos i ostentándose en 
algunas de las estimadas piezas de nobles antepasados, 
el lema de la familia: «Ten paciencia» — Otro corredor en 
el lado opuesto con aparatos del culto, ornamentos, dis- 
fraces, máscaras humanas i armazones i telas amoldadas 
para representar dragones; campanillas harneses, cin- 
turones, tambores, cigüeñas i candelabros; todo ello para 
las procesiones — El establo del caballo sagrado que 
montan los dioses i que debiendo ser blanco i feo como 
el de Nara, es aquí colorado pequeño i mui bonito ; cui- 
dado por una joven japonesa en iguales condiciones. 



— 489 — 

salvo el color i por los visitantes obsequiosos quienes 
compran el grano a la japonesa i se lo dan al caballo, 
congraciándose a los dioses jinetes — Los monos tallados 
arriba en el frente del establo, tapándose la boca, los 
ojos i los oidos i representando respectivamente la India, 
la China i el Japón, sepa dios el motivo— El gato dormido 
sobre la puerta que da paso al mausoleo de Yeyasu, 
admirable gato, vivo en apariencia, overo i májico 
(gracias a él, según la leyenda, no hai ratones en todo el 
circuito ) Por fin ; el templo sin igual con sus techos 
dorados brillando al sol i a su puerta, los sacerdotes ves- 
tidos de gala esperando nuestra anunciada visita. 



Entramos al primer vestíbulo, de los dos precedentes 
a la misteriosa celda donde moran los espíritus de los 
emperadores convertidos en dioses i se guarda las ta- 
blas de loá antepasados ; salón rectángulo con piso de 
laca cubierto de fina estera, muros decorados con arte 
esquisito, friso negro por contraste i cielo raso dividido 
en cien cajones pintados i dorados, con dibujos i colores 
diferentes. Al fondo está la entrada al segundo vestíbulo 
i en su umbral superior, el espejo circular en el cual se 
miran las conciencias ; a un lado, la salita de descanso de 
los shógoun i al otro la de los emperadores, las dos de- 
coradas con raro arte, recomendándose a la memoria los 
paneles de madera de cuatro metros cuadrados o poco 
menos i de una sola pieza, cubiertos de laca, con pinturas 
i esmaltes de célebres artistas i otros con esculturas en 
madera que se toma a primera vista por cuadros pinta- 
dos en bajo relieve i que, mirados de cerca, muestran mil 
pedazos de diferente color, formando una superficie 
unida como un mosaico de nítida estructura, escepto 
algunas hojas dobladas que sobresalen. Lo cielos rasos 
llevan análogas decoraciones; el de la cámara de Toku- 
gawa, sus armas (crest);el de los emperadores, crisan- 
temas i otras flores. Al ver estos trabajos uno recuerda 
espontáneamente la frase < pintar con el buril >. Levan- 
tando la vista se descubre otras bellezas; frisos trans- 



— 490 — 

párenles debajo de otros planos pintados i bronces cin- 
celados i los tonos mas vivos del verde, del oro i del azul. 
Medí a grandes pasos el segundo vestíbulo i calculé 
una área como de 4 a 5 metros por 10: pues bien, toda 
ella está cubierta por una sola piedra de esas <limensio- 
nes, pulida como la luna de un espejo. Sobre el tabique 
o muro divisorio de la capilla se ve una cortina de bronce 
trabajada como el encaje de Bruselas, en placas encade- 
nadas, adorno enteramente nuevo para mí, pues no lo 
he visto en parte alguna. Hai en este vestíbulo i en 
otros sitios del templo, lacas del espesor de dos i medio 
centímetros, fabricadas en largos años i de valor incal- 
culable. En un escalón de laca negra figuran como ofren- 
das presentadas a la undécima jeneracion de la familia 
l'okügawa: dos cañas de oro simulando el bambú, un 
pino de bronce imitación absoluta del árbol vivo en 
forma i colores i otros objetos de arte. Luego se en- 
cuentra la preciosa puerta del santuario, dividido en 
compartimentos incluidos unos en otros i cuyo centro 
ocupa la urna donde moran los espíritus i se conserva 
las tabletas de los antepasados, como tal vez las imájenes 
de los dioses. Imposible es dar una idea de la riqueza 
i arte que la capilla ostenta. Cada uno de sus corredo- 
res o pasajes al rededor de los compartimentos es una 
maravilla. Todo es allí oro i esmalte i colores vivos, 
antiquísimos, sustraídos a la luz durante siglos. Cada 
superficie del tamaño de una moneda es una joya gra- 
bada, cincelada, colorida. No seria de admirarse la es- 
cultura sola representando á lo vivo flores i animales 
fantásticos o conocidos (aleones, cigüeñas, águilas, dra- 
gones i quimeras ) si no la completara la aplicación ar- 
tística i perdurable de los tintes tomados a las flores, a 
los cielos i a los metales preciosos, con su apariencia 
de lo nuevo, de lo flamante i sus detalles de miniatura 
hecha con la punta de un cabello. Añádase a esto la im- 
presión del contraste en el espectador al ver salir de las 
tinieblas, después de tres siglos de encierro, pájaros 
vivos próximos a volar i flores recien brotadas que 
incitan el olfato. 



— 491 — 

Para tener un punto de comparación a cerca del 
valor artístico i venal de estas riquezas, basta preguntar 
en cualquier casa de negocio de objetos de arte, en To- 
kio, Kioto o el mismo Niko, cuánto vale una pequeña 
caja de laca dorada, no mas grande que la mano de una 
niña japonesa! Vale cien, doscientos, tal vez quinientos 
yen. Calcúlese ahora el valor de la misma obra en 
grandes superficies, agregando pilares de madera natu- 
ral, sin barniz ni pintura, pero esculpidos como filigranas, 
cincelados, burilados, trabajados en 'fin, como no se tra- 
baja ya en el mundo, sin una falla en su finísimo encaje 
de dibujos a pesar de los años i los siglos. Recuerdo 
entre mil objetos, unos aleones agarrados a un reborde 
en actitud de lanzarse sobre quien los mira;, seis retra- 
tos sobre laca, de 200 años, conservados a favor de la 
oscuridad del recinto, con adición de cortinas en apa- 
riencia recien salidos del taller; numerosos adornos de 
bronce ; una custodia, reliquia semejante a la estrella de 
oro depositada de la hostia en las ceremonias del culto 
católico ; una banda de oro, colgada en una varilla, imi- 
tando papel, o tal vez de papel realmente cubierto de 
laca de oro, banda cortada en líneas lonjitudinales, para- 
lelas, alternadas e incompletas, emblema o símbolo de la 
vida humana, común i acreditado como medida de su 
duración, en el Japón (cinta en zig-zag) ; los candados 
enormes i demás herrajes de las cerraduras labradas en 
la forma de joyas i por fin la decoración cuidada, minu- 
ciosa aun en las partes inaccesibles o constantemente 
ocultas como, las superficies invisibles de los muebles u 
objetos de adorno, destinados a presentar un solo frente, 
o los techos, sustraídos a toda inspección. Abrumados 
por la feria de colores, el oro i el esmalte de los medallones 
i el armonioso contraste de cada prominencia i depresión 
en aquella cámara encantada, cuyos esplendores solo 
aparecen en los sueños, cuando comienzan a desfilar las 
luces en el cerebro próximo a perder sus sensaciones. 



Salimos al primer vestíbulo y allí presenciamos las 
ceremonias curiosas del culto actual, mezcla creo de 



— 492 — 

shintoista i budista, por cuanto las relijiones también 
se piden prestadas fórmulas i prácticas que alteran la 
pureza de sus ritos. No puedo precisar ia significación 
de cada acto dándole su debida colocación en la se- 
cuela de ceremonias, ni lo haria aun cuando pudiera, 
por la inutilidad de semejante erudición en estos apuntes, 
pero puedo transplantar como pequeña muestra, una 
corta actuación de la escena a estas pajinas, en obse- 
quio al lector. 

A un lado de la entrada al 2<* vestíbulo hai un gran 
tambor sobre un banco de tijeras; en el medio, un apa- 
rato como para depositar paraguas, con un plumero 
hecho de grandes tiras de papel ; al otro lado, varios 
instrumentos de música: tambores, harpas, violines, flau- 
tas, triángulos i guitarras. Salen los sacerdotes del inte- 
rior, atraviesan el 2^ vestíbulo i se acomodan en el 
primero, en dos filas opuestas, unos en la línea del tam- 
bor, otros tras de los instrumentos de música. Están 
vestidos de toda gala, con trajes angulosos, antiguos 
recamados i bonetes de forma singular. Los fieles se 
colocan en frente del santuario dejando un espacio libre 
a los sacerdotes, l'odos estamos sentados en el suelo i 
un sacerdote se coloca entre nosotros como simple su- 
jeto del pueblo. Otro da las señales de orden, tocando 
varios golpes en el tambor; la música i los rezos co- 
mienzan i duran un tiempo ; algunas oraciones son se- 
micantadas. Un oficiante se levanta, toma el plumero de 
papel i batiéndolo a izquierda i derecha espanta los es- 
píritus ; la misma operación se repite en varias circuns- 
tancias. Los sacerdotes de la I* fila se levantan, pasan al 
2o vestíbulo, abren la puerta del recinto que contiene el 
altar e introducen las ofrendas que los fieles han traído : 
alimentos i frutas principalmente. Todo ello verifican 
con grandes inclinaciones, jenuflexiones i movimientos. 
Luego cierran el recinto i vuelven al primer vestíbulo, 
donde rezan, cantan i tocan la música de nuevo ; el pú- 
blico acompaña los rezos i ciertos cantos. Entre la con- 
currencia llaman la atención 4as criaturas por su gracia, 
su alegre devoción i su compostura. El plumero vuelve 
a funcionar i los fieles se retiran. 



— 493 — 

He ahí cuanto recuerdo de la ceremonia. Una vez 
evacuado el primer vestíbulo quedando solo nosotros, 
trajeron los sacerdotes varias cajas lujosas con tapas de 
vidrio y forradas de seda ; ellas contenian ciertos objetos 
envueltos en franelas i gamuzas; eran espadas^ empuña- 
duras, dagas, sables, bastones, cascos, cinturones, ropas, 
cotas de malla i armaduras históricas, de valor tradi- 
cional, no solo por su riqueza intrínseca en metales i pie- 
dras preciosas i el primoroso trabajo de cincel grabado 
e incrustación, sino por su oríjen, pues pertenecieron 
a los altos personajes a cuya memoria están consa- 
grados los templos y mausoleos. Mostrarnos estas 
reliquias era hacernos un obsequio escepcional; así lo 
comprendimos agradeciéndolo. 

Salimos hacia la tumba de Yeyasu o To-sho-gu, nom- 
bre bajo el cual fué deificado ( los japoneses al morir 
cambian de nombre); atravesamos la puerta del gato 
dormido, subimos una larga, solemne, honda, triste i 
bellísima escalera de piedra en varios tramos, con dos- 
cientos escalones cubiertos de musgo, húmeda bajo la 
sombra de grandes árboles i de cuyos descansos, por 
sobre los muros bajos de los bordes, se veia la nieve a 
lo lejos i al mismo tiempo la selva i las colinas flori- 
das.. . ¡gloriosa elección de sitio para colocar un se- 
pulcro ! Al fin está el pórtico de laca negra i bronce 
dorado ; pasándolo se ve la capilla de bronce con lacas 
negra i roja i atrás de ella, la tumba, en su recinto cer- 
cado de una balaustrada de piedra. La tumba es una 
urna de bronce i oro de forma de una pequeña pagoda ; 
delante de ella, en una especie de banco, figuran : una 
gran cigüeña sosteniendo en su pico una vela, un sahuma- 
dor i un vaso con flores i hojas de lotus; todo ello en 
bronce. Fuera del cerco hai un pequeño árbol plan- 
tado dicen por Grant, (presidente de los E. U.). Dos 
animales convencionales echan agua por la boca. El 
paraje es triste i delicioso hasta por la distinción de sus 
escasos monumentos, pero lo mejor de él es la cinta de 
árboles i el paisaje lejano. 



— 494 — 

Concluido nuestro homenaje a Yeyasu nos diríjimos 
al mausoleo i templo de Jemitsu el Toiyuen, como lo 
escribe Nemoto, o Daiyuin como lo escriben otros, 
consagrado a la 3» jeneracion de los Tokugawa. Distin- 
guimos al paso templos, capillas, kioscos, pabellones, 
dioses con nimbos como nuestros santos, construccio- 
nes en laca i en piedra, linternas, signos del culto en ñn, 
cuyo desfile no se acaba nunca. En los dominios del 
mausoleo volvemos a encontrar los pórticos en número 
de tres, con las grotescas estatuas por dentro i por 
fuera, de dioses i guardianes, el Dios del Trueno entre 
ellos con un bombo a cuestas i el del Viento con una 
bolsa de aire, como la de las cornamusas españolas; 
patios escalonados o plataformas ostentando variados 
objetos; numerosas i artísticas linternas; un arce, espe- 
cie de plátano artificial, hecho de cobre ; un baldequin o 
palio protejiendo una fuente de piedra con sus bordes a 
perfecto nivel; dragones que arrojan agua; columnas 
chinescas con campanillas i por fin los grupos i las filas 
de árboles sombrios, la serie de escalas de piedra, anchí- 
simas, ligando unas con otras las planicies o platafor- 
mas llenas con la variedad de las curiosidades mencio- 
nadas i allí enfrente, arriba, casi invisible, percibiéndose 
apenas, el mausoleo, entre el follaje, al estremo de una 
galería de criptomerias i luego la capilla o templo, es- 
quisito no obstante el renombre del de Yeyasu: sus 

Cuertas son obras primorosas de arte lujoso i sus vestí- 
ulos grande i pequeño, ostentan una profusión de obje- 
tos alegóricos que por sí solos constituyen una riqueza. 
Aquí vuelvo a encontrar los encajes de metal con placas 
de mil dibujos enganchadas en sus mallas i formando 
cortinas i doseles i veo, en cien estantes o mesas de laca, 
o sobre la estera blanca i brillante, flores de metal en 
sus vasos, notablemente un árbol artificial en su maceta 
en medio de una bandeja cuyo fondo de negra i luciente 
laca, engaña tanto con su estremada semejanza, que 
todo el mundo la toma por agua ; a mas mil objetos 
necesarios al culto budista: sahumadores, urnas, incen- 
sarios, linternas, candelabros, estrellas imitando custo- 
dias, copas i vasos de mil formas e instrumentos de 



— 495 — 

música. La puerta del 2© vestíbulo a la sala donde fig-ura 
la urna de los espíritus^ es una joya primorosa; cada 
pequeño tablero de ella lleva sus incrustaciones i sus 
adornos cincelados, de bronce dorado. Esta sala u ora- 
torio tiene diez columnas en los lados i frente del taber- 
náculo, doradas i pintadas con gusto en la elección de 
los tonos, lo mismo que los muros; estos ademas llevan 
esculturas por fuera i por dentro. Tuve el gusto de sen- 
tarme en la silla que ocupaba uno de los shógoun cuando 
asistia al templo ; la encontré cómoda. Pero lo mejor de 
aquel relicario para mí, es la urna de laca dorada de los 
espíritus, por sus admirables bajos relieves ; el tigre del- 
panel izquierdo cuya figura apenas hace prominencia en 
la superficie, impresiona realmente i deja un recuerdo 
imborrable de la actitud de su elástico cuerpo i la 
espresion sujestiva de su rostro. En el medio, debajo de 
un dosel de encaje metálico, sobre una mesa de laca, 
figuran mil objetos, entre ellos cajas conteniendo varillas 
perfumadas para quemar, polvo de incienso (nos dieron 
un poco de cada cosa), libros sagrados i reliquias. A la 
izquierda del tabernáculo se ve una puerta de laca 
blanca de una finura estraordinaria i de un trabajo mara- 
villoso, pues hasta los botones de los pasadores han sido 
cincelados. 

Al dejar el templo donde también nos recibieron los 
sacerdotes vestidos de gala, nos mostraron, sacándolos 
de sus estuches, los rollos de pergamino que contienen 
en caracteres iluminados de inimitable caligrafía, hechos 
a mano, la doctrina de Buda. Las letras son como las 
de los misales ricos de nuestras iglesias. 






Antes de salir de Niko hicimos otro paseo por sus 
alrededores, al otro lado del rio, el cual debía llamarse 
de «piedras corrientes». ¿Qué hacen ahí en el cauce i a 
donde van? Se desgranan, se iquiebran, se reducen, se 
pulen, se vuelven a partir i se convierten por fin en 
arena, yendo a formar el muro que detiene las aguas de 



— 4% — 

los mares en las costas. La dldma avenida» tras de 
lluvias torrenciales, se ha Herado on puente; nosotros 
pasamos por otro improvisado, casi tocando el a^a ; 
subimos al lado opuesto la Calda que encauza el río i 
entramos en una nueva selva. De la montaña bajaban 
ald «ranos cargados con ramas de árboles llenas de flo- 
res, como para pintarlos. Luego nos insinoamos en una 
lengua de tierra i de su alta planicie vimos con una deli- 
cia estraña, a pesar de estar ya cansados de paisajes, la 
luz rara de aquellas comarcas, hecha por los reflejos 
eclécticos de todas las cosas ; el verde con sus infinitos 
tonos i el rosa de las azaleas mitigado o exaltado según 
la distancia; el color de la tierra, del agua i de cielo, dife- 
rente del común i diarío. Yo siento la necesidad de 
empaparme en este fluido de la naturaleza, dejarme pene- 
trar, saturarme de su belleza en la escena misma, hasta 
convertir mis fugaces sensaciones, en marcas indelebles 
de estética crónica, constitucional, antigua, para no olvi- 
darlas jamas. Tengo en frente las montañas vestidas 
como si les hubiera caido una lluvia de bosques i estuvie- 
ran derramando el exesn de sus árboles en el valle, i a 
mis pies, el torrente, a escape sobre su lecho de piedras 
prontas a levantarse i seguirlo metiendo un formidable 
ruido, apenas haya una fuerte lluvia. Entre tanto solo 
se oye la música del río, del viento t aquella resonancia 
interna, sujetiva en apariencia, compuesta por los atómi- 
cos estallidos del juego de la vida, en mil seres invisibles. 
Los pájaros a veces alzan una grítería alegre, inmotivada 
hablando en su idioma, pues los anímales a diferencia de 
los hombres, en todas las comarcas, en ig^ualdad de 
raza, tienen la misma lengua ; los veo volar de rama en 
rama, sin objeto i alejarse algunos pasando sobre los 
techos de los templos i las tejas rojizas de la estación i 
del hotel, en dirección a la selva de la otra banda o al 
límite de los deshielos, dónde nacen los arroyos. . . 
I Nemoto no entiende cómo un hombre práctico puede 
perder su tiempo en contemplar tales bagatelas! 



* 
* * 



— 497- — 

Mayo //.— Volviendo de Niko nos detenemos en un 
punto cuyo nombre no recuerdo, para ver las fábricas de 
papel i de paños. Almorzamos en una chata a la vista del 
público, sobre las tarimas colocadas en el gran corredor 
que sirve de fonda (restaurant). Luego pasamos a ver la 
fábrica de paños i vimos desde la descarga de los bultos 
de lana, hasta las piezas de jénero prontas para la venta, 
a saber: la materia prima lavada, hilada, tejida, teñida i el 
paño, su final transformación, doblado i almacenado. 
Guillermina por no perder el vicio, me hizo comprar una 
manta i consecuentemente regalar la mia a Nemoto, con 
gusto por un lado i con sentimiento por otro, pues la 
dicha manta me habia servido veinte años ( era de rayas 
rojas i negras de un lado, de color uniforme plomo, del 
otro i diferente tejido en las dos caras, hago su retrato 
para no olvidarla). 

La fábrica de papel no ofrece particularidad alguna; 
solo hace ahora papel para diarios pero puede hacer de 
toda clase: fibroso, de seda, de comercio, de cartas. Es 
conocida la gran habilidad de los japoneses para la 
fabricación de este artículo. 



La aldea donde están las fábricas se halla cerca de 
Tokio ; así, en vez de tomar el tren de nuevo, nos fuimos 
en rikshas por entre el bosque, siguiendo un camino 
precioso, lleno de jardines, casas de campo i chaias, 
ventas, fondas o como quiera llamárseles, donde dan de 
comer, sirven té, licores i cerveza esquisita, fabricada en 
el pais, tan buena como la mejor europea i por la cuarta 
parte del precio. Nos tomó una lluvia furiosa en viaje i 
para complemento de impresiones, ella comenzó cuando 
pasábamos en frente a un cementerio vasto i solemne, 
insólitamente triste, por contraste aquí donde todo es 
alegre i por el llanto del cielo gris. Felizmente llegamos 
pronto al parque Uyeno donde esperamos que calmara 
la borrasca. 

* * 
Por mares i por tierras 32 



— 498 — 

Mayo 13, — Asisto con Armani, dos italianos mas i un 
japones a una comida de estilo en una chaia. Tratándose 
de costumbres oríjinales, un estranjero debe hacer por 
conocerlas i conociéndolas el lector no tomará á mal 
que el viajero se las muestre; sirva esta observación de 
disculpa por si encuentra en estas mis notas alguna infor- 
mación escabrosa. 

La chaia presentaba un aspecto mui animado a la hora 
de la cena i eso a pesar de ser la noche de un día 13. En 
casi todos los departamentos había banquete japones 
característico i con tal motivo, gran afluencia de invita- 
dos, de bailarinas i musmés músicas. En el nuestro cada 
caballero era servido por dos preciosas jóvenes; la mesa 
era el suelo, el mantel, un rico tatami, los cubiertos, finos 
i limpios palitos, los vasos, tacitas microscópicas. Los 
platos fueron variados i numerosos. En los intermedios 
se bailó, se cantó i se rió en grande. Al final de la comida 
las musmés jugaron al chiri fuori, juego de prendas en 
el cual la musmé que yerra se despoja de una pieza de 
ropa, continuando así la diversión hasta que todas menos 
una, quedan completamente desnudas, como creo haberlo 
dicho en el curso de mis apuntes. La triunfadora, es 
decir la que conserva sus ropas es aclamada, obsequiada 
i cubierta de flores. Las otras se visten luego i la música 
i la jarana continúan. 

Después poco a poco la concurrencia va disminuyendo 
por la ausencia de las parejas. 

Así sucedió en nuestra cena; únicamente yo i Armani, 
yo por deberes estrictos i él por no dejarme partir solo, 
emprendimos la retirada a nuestras casas. Armani estaba 
algo apesadumbrado ; no sé por qué. 






Mayo 14. — El gran maestre de ceremonias Sanomiya 
i el vice Tokugawa, nos invitan a una representación de 
antigüedades coreográficas i musicales en la escuela 
imperial de música, instituto incluido en la cintura de) 
palacio. La escuela se compone de tres grandes piezas 



— 499 — 

abiertas en su frente, un sitio vacio delante, tras de 
este un gran salón con galerías laterales i en su fondo 
las habitaciones, aulas i dependencias del instituto. Los 
espectadores ocupan las tres primeras piezas i se hallan 
separados del escenario por el espacio vacio. Compo- 
níase el público este dia, de los dos grandes maestres, el 
conde Orfini ministro de Italia, el Director i profesor del 
establecimiento ( un alemán ) otro profesor japones» 
Nemoto, Dubullet i nosotros. Nada mas curioso he visto 
en mi vida. En el fondo del escenario estaban los músicos 
que tocaban en instrumentos raros algo mas raro, no 
desagradable, pero sumamente estraño, tanto que el 
oido acostumbrado a las armonias, melodías, tonos i 
medidas de la música actual, no podia seguir el hilo de 
lo que oia ni adaptarlo a réjimen alguno, ni hacerlo signi- 
ficar o espresar cosa determinada. Habia en medio del 
escenano un tambor sobre su sosten, antiquísimo i de 
gran valor según dijeron. Los que ejecutaban las danzas 
salieron del fondo por los dos lados, vestidos con trajes 
de 400 años atrás, de corte sacerdotal i telas recamadas, 
bordadas, tiesas de puro ricas i llenas de galones ; no 
puedo describirlos por falta de punto de comparación, 
pues los tales trajes no se parecen a nada de lo que se 
usa ahora. Otro tanto digo de los bonetes que comple- 
taban el vestido. 

La danza era una especie de cuadrilla metódica, so- 
lemne, complicada, monótona, interrumpida con numero- 
sas cortesías ; los oficiantes daban largos pasos, se cru- 
zaban^ marchaban en procesión i volvían a separarse 
siguiendo las cadencias si las habia, de la música consa- 
grada desde hace siglos a ese baile estereotipado que 
caracterizaba una tradición nacional. Después de espec- 
táculo tan nuevo de puro viejo i de un cuarto interme- 
dio durante el cual tomamos té, dulces i vino, la orquesta 
moderna, compuesta de profesores educados a la ale- 
mana, tocó varias piezas de Wagner, distinguiéndose los 
japoneses en la ejecución. El director fué muí felicitado. 

Sanbmiya habla muí bien ingles i es muí obsequioso ; 
la reunión no pudo ser mas agradable. 



— 500 — 

La noche de este día se pasó en la Legación de Fran- 
cia. El Ministro Mr. Armand daba un gran baile de dis- 
fraz; todos los residentes estranjeros de cierta distinción 
estaban allí; habia también algunas damas i caballeros 
japoneses, a pesar del luto de la corte. No he visto jamas 
baile mas animado ; los disfraces eran todos caracterís- 
ticos i algunos sumamente artísticos. El cotillón fué diri- 
jido por la hija de Armand con muchísimo tacto. Llama- 
ron la atención los preciosos objetos distribuidos después 
de las figuras. Yo conservo un alfiler de plata i una car- 
tera. Las madres de familia aprovecharon para llevar a 
sus hijos juguetes propios i ajenos, debidos estos últimos 
a la galanteria de los caballeros. Nadie se aburrió i eso 
es mucho decir ; por nuestra parte conocíamos a todas 
las señoras de las legaciones, a los ministros i secreta- 
rios i a casi todos los residentes estranjeros. Después de 
la /arándola, paseo en cadena por toda la casa, de vuelta 
al salón de baile, lo encontramos convertido en comedor; 
al rededor de cada mesa se colocaron los invitados sin 
distinción, buscando las simpatías o relaciones u obede- 
ciendo a las circunstancias Un sol japones inmenso 

entró derrepente por las ventanas, cuando todavia está- 
bamos en la mesa; su aparición fué la señal de la partida; 
pero algunos incansables, respetando poco la fatiga natu- 
ral de los dueños de casa, fueron todavia al jardín a 
pasear unos, a jugar el lawn tennis otros. 

Al volver nosotros a nuestro hotel por las calles infini- 
tas, tuvimos ocasión de ver a la divina Tokio en sus 
horas matinales, radiante de luz i de flores, de aire fresco 
i de perfumes. 

4c * 



Mayo 15, — Comida en casa del encargado de nego- 
cios de Béljica Mr. Cartier; mui buena; sirven todos 
los vinos al mismo tiempo i los platos con una precipi- 
tación poco distinguida; los sirvientes no lo dejan co- 
mer al invitado; apenas levanta este la vista de su plato 
se lo quitan, aun cuando no haya probado las viandas; 



— 501 — 

imposible conversar. La culpa de esta furia no era del 
dueño de casa sino de la moda. Asistieron a la comida : 
una señora i una niña hijas de un profesor de química, 
el barón Foy, joven francés, Mr. May, belga, secretario 
de la legación i el encargado de negocios de Ingla- 
terra. 

* * 



Mayo 16. — Volvemos a Yokohama invitados a comer 
por Seus, Cueurs i Pravieux : mesa lujosa i cqnversa- 
cion animada. Cueurs me da sus trabajos sobre el teatro 
japones, minuciosos i exactos. 



♦ 
* ^ 



Mayo 17. — Ya nos quedamos en Yokohama hasta el 
dia de embarcarnos. Rene Dubuffet nos da la comida de 
despedida en su casa; asisten su socio Lagrange i dos 
de sus amigos; se pasa alegremente la noche i volvemos 
a pié al hotel a donde nos acompañan todos los invita- 
dos i el invitante. 



Mayo 18. — Recibo una carta de W. Kahnweiler, aquel 
joven que conocimos en Túnez i a quien no esperaba 
ver en el Japón i tal vez ni en el mundo, tan enfermo 
estaba cuando nos separamos. Voi a buscarlo en el 
Gran hotel donde se aloja i tengo verdadero placer en 
encontrarlo sano en apariencia o a lo menos con su 
tisis estática. 



El señor Arnold Dumelin, el rei de las sedas como le 
llaman en Yokohama, nos invita á tomar el tifñn, lunch, 
en ingles, las once, en español antiguo. Dumelin es el 
j érente de la gran casa Siber Breunval i Ca., vive con 



— 502 — 

lujo, tiene una hermosa biblioteca cuyos libros nadie 
toca, ni el mismo dueño ya cansado de todo en la vida. 
£1 tifYin es notable; se sientan á la mesa les soyeux 
mas distinguidos de la ciudad i los empleados de la casa. 
Dumelin regala a Guillermina un satzuma precioso, anti- 
quísimo. 



Kahnweiler viene á comer con nosotros i trae de regalo 
i como recuerdo de viaje un riquísimo i viejísimo tapado 
chino de seda roja, bordado primorosamente con hilo 
de oro; lo ha obtenido con gran trabajo en Pekin. 






Mayo 19. — Dumelin viene a buscarnos en su carruaje 
con Dubuffet i un señor Reiffinger, para dar un paseo 
por la bahía del Misissipi; tomamos hacia el mar i nos 
detenemos en una casa habitada solamente en la esta- 
ción de baños ; caminamos por la orilla del mar un rato 
i luego hacemos los debidos honores a los comestibles i 
al vino de Asti que Dumelin i su socio Reiffinger han lle- 
vado en una adorable canasta. 



El marques Tokugawa viene a comer con nosotros al 
Club hotel. Hemos invitado también al ministro francés 
i su señora e hija, al vizconde Enemoto, a Carcer i se- 
ñora, a Iñigo i señora, al señor Bain i su mujer i al señor 
Cartier, unos tras de otros, según recibimos las escusas de 
los que no pueden aceptar por cualquier inconveniente. 
Enemoto se halla enfermo y los demás están comprometi- 
dos para ese día por celebrarse en él no sé que fiesta en 
una legación. En Tokio i Yokohama en la estación que 
precede a la huida de todos al campo i estamos en ella, 
para comer con alguno es necesario comprometerlo con 
una semana de anticipación. Viene pues solamente el 



— 503 — 

.marques, mas yo he pagado mi deuda de gratitud a todos 
por las invitaciones recibidas. 

La comida preparada con especial cuidado por 
Mr. Sioen, ha sido liviana, delicadísima, esquisita; la 
conversación sostenida e interesante. ^ 

Refiero á Tokugawa la leyenda del pilar del pórtico 
blanco de Niko, ya conocida del lector, según la cual los 
dibujos que figuran invertidos están así por voluntad 
espresa del' artista a estar a las guias, pues si no tuviera 
algún defecto la obra causaría envidia a los dioses quie- 
nes se vengarían de la familia Tokugawa por semejante 
irreverencia. Rióse mucho el marques de la leyenda que 
no conocía i a su vez i con motivo de la profusión de 
escudos tallados, pintados i cincelados en los mausoleos 
de su familia, nos refirió el oríjen de sus armas. « Uno 
de mis antepasados, dijo, que andaba en guerras (todos 
mis parientes han sido mui camorreros) recibió en cierta 
ocasión, en un aniversario de algo probablemente, como 
obsequio de parte de sus compañeros de campaña, vian- 
das o frutas, alimentos en fin, puestos sobre tres hojas de 
aoni, arregladas en el fondo del plato en forma de trébol. 
Al dia siguiente hubo una batalla i el obsequiado de la 
víspera la ganó: creyóse entonces que la singular dis- 
posición del plato habia sido un buen augurio, un talis- 
mán i el vencedor adoptó como escudo las hojas de aoni 
acomodadas en la forma en que hicieron el papel de ser- 
villeta. 



Después de la comida i previo el reposo de regla, lo 
acompañé á la estación del ferro-carril; pero no habia 
tren á esa hora para Tokio, sino solo un espreso que 
pasaba sin parar en Yokohama. Este incidente nos dio 
la ocasión de pasear una hora en coche, conversando, ya 
entonces con mas intimidad; me contó el marques cómo 
eran su mujer i sus hijos, cómo habían vivido en Paris; 
la facilidad con que su señora se habia acostumbrado al 
vestido i a los usos europeos i otros mil detalles. Con- 
versamos también de política, de la estadística del Japón, 
de los propósitos de paz i de adelanto de su gobierno, 



— 504 — 

« 

tle los recursos del país i por fin de la posibilidad i 
necesidad de establecer relaciones con la república ar- 
jentina, pudiendo el Japón, a la menor iniciativa mandar 
un ájente. 



Mayo 20, — Tiffin en lo del señor B. Walter, repre- 
sentante de la fuerte casa de comercio Jardín Matheson. 
La señora de Walter recibe mucho, como dicen aquí: 
La mesa está mui concurrida i el tiffin es rejio ; conoce- 
mos en esta casa a varias personas ; entre ellas a una 
señora americana, la mujer de un almirante de Estados 
Unidos, de un gran talento i mucha gracia para narrar 
anécdotas; me cuenta la de un hombre distraído i me 
hace reír a morirme: « El señor Parker dice, era mui 
obsequioso, pero mui distraído, tanto que en una reunión 
en su casa le decía a un amigo suyo — « Venga usted, 
voi a tener el gusto de presentarle a madame .... a 

madame a madame bah ! ¿ cómo diablos se 

llama ? — ¿ Quien ? pregunta el amigo. ... — Mí mujer 
hombre .... madame ! . . . . — Parker. — Eso es ; a ma- 
dame Parker >. Se habia olvidado de su propio nombre. 






Mayo ^/.— Tifiin en lo de Seus. Asisten el periodista 
de Cueurs i el cónsul Belga. Paseo en un faetón muí 
bien puesto, por la bahía del Misissipi, circo i otros para- 
jes. El mismo día comen con nosotros Dubuffet, Lagran- 
ge, socio de este, Kahnweiler i Armani. Yo estoi muí 
cansado i enfermo de influenza én una de sus formas 
raras i mas impertinentes i estr a vagantes, felizmente ya 
conocida por mí. (« Curada con tres dosis de quinina en 
tres días a bordo » nota añadida al copiar mis apuntes 
posteriormente). 



— 505 - 

Mayo 22, — Nos embarcamos en el Coptic ; nos acom- 
pañan i despiden cariñosamente los mas de nuestros 
amigos de Yokohama i Tokio, estranjeros i japoneses i 
dejamos al comenzar la tarde con gran sentimiento, la 
adorable tierra donde hemos pasado dias tan felices. 



Suspendo aquí el diario para completar mis observa- 
ciones sobre el Japón en capítulos de tema jeneral, in- 
dependientes de cronolojias i de fechas. 



Características Japonesas 

(Este título es un plájio; lo tomo de un libro de A. H. 
Smith sobre la China, por parecerme lacónico i com- 
prensivo). 

I — COSTUMBRES. — habitaciones — vida de familia — 

VESTIDOS ALIMENTOS BEBIDAS USO DEL TABACO 

NACIMIENTOS MATRIMONIOS — MUERTES I CEREMONIAS 

FÚNEBRES. 

II — CULTIVOS. 

III — INDUSTRIAS. 

IV — INJENIERÍA I ARQUITECTURA. 

V ARTES. PINTURA ESCULTURA GRABADOS I BORDA- 
DOS MÚSICA LITERATURA I POESÍA EL TEATRO I 

SUS ATINJENCIAS — ARTE COREOGRÁFICO. 

VI — ENTRETENIMIENTOS, FIESTAS i ESPECTÁCULOS. 
VII — RELIJION. 

Vm — RESEÑA SOBRE LAS INSTITUCIONES. 
IX — RELACIONES SEXUALES — PROSTITUCIÓN. 
X — ENTIDAD MORAL DE LOS JAPONESES. 



I — COSTUMBRES 

HABITACIONES 



La casa de un japones muestra el carácter de la Na- 
ción, los hábitos i los gustos de sus habitantes. « Mi 
dueño nada tiene que ocultar >, dice cada casa, o mas 
bien «no quiere ocultar nada». \^?ís paredes son livianas 



- 506 — 

í corredizas; las aberturas están francas; son inútiles las 
cerraduras porque de un buen empujón se echa nbajo la 
puerta i la pared en que se halla; la entrada del aire por 
toda resistencia, encuentra una hoja de papel. Ya he 
descrito en varias ocasiones algunas viviendas japone- 
sas ; mis lectores las conocen i deben recordar su lim- 
pieza, su pe(]ueñez i al mismo tiempo su comodidad efi- 
ciente. No hai en ellas mobiliario propiamente dicho ; el 
suelo cubierto de estera es el gran recurso ; sobre él se 
come i sobre él se duerme sin temor de caerse. Reem- 
plazan a los armarios espacios dejados espresamente 
entre los tabiques; una parte de la seudo-pared corre i 
el armario queda abierto; allí están las almohadas, los 
colchones, las ropas i otros objetos. Las almohadas son 
unos pequeños banquitos con un rollo de crin, lana o paja 
encima; los colchones son dobles mantas rellenadas mas 
o menos gruesas. Las frazadas son sustituidas por una 
bata colchada que se usa en vez de camisón o sobre él ; 
las ropas de cama varían con las personas. 

Como muebles hai en la jeneralidad de las casas, unas 
mesas mui bajas donde se pone el brasero i se sirve el té. 
£1 brasero es un utensilio infalible; uno lo vé en todas 
partes, hasta en las tiendas, sobre las tarimas. A su rede- 
dor se hace la conversación entre los concurrentes que 
por turno o al mismo tiempo se calientan las manos en 
él. Las familias poseedoras de objetos de arte o de valor, 
los guardan en piezas a parte o en los nichos ya men- 
cionados. Figuran en algunas casas entre los utensilios 
de mayor importancia, imájenes de los dioses i bustos o 
estatuas de los antecesores. 

Las cocinas son sencillas i pequeñas ; dos o mas hor- 
nallas i algunas vasijas, sartenes i demás piezas indis- 
pensables, en reducido número, componen la batería. 

La vajilla es otra cosa; son incontables los platitos, 
tacitas, salceras, soperas i teteras que la forman. El te- 
nedor i el cuchillo están reemplazados por dos palitos; 
las viandas van cortadas al comedor. La cuchara es 
inútil i por lo tanto no se la ve figurar en el bagaje ; lo 
es porque las vasijas en que se sirve el caldo u otro 
líquido, son del tamaño de las cucharas i puede uno He- 



- 507 — 

varias a la boca. Hai sin embargo un cucharon o sea 
una taza con mango largo. 

Difícil es encontrar una casa japonesa sin jardín o sin 
plantas en macetas a lo menos ; este pueblo es muí afí- 
cionado a las flores. 



Va dicho que las casas son de madera; su construc- 
ción obedece principalmente a dos influencias : el clima i 
los temblores. No tienen cimientos ; los pilotes maestros 
se asientan en una base de piedra o de mamposteria ; el 
techo, mui pesado, sostiene i equilibra la armazón; así 
las habitaciones son sólidas i elásticas al mismo tiempo, 
como lo muestran los colosales templos de madera pura 
que han resistido siglos a los cambios atmosféricos i a 
los terremotos. Pero desgraciadamente el peligro del 
fuego no está conjurado ; no pasa casi un día sin ser se- 
ñalado en las ciudades por algún incendio; barrios en- 
teros se queman dejando en la calle a sus habitantes i 
causando muchas muertes. Respecto á tales catástrofes 
los japoneses tienen una conformidad increíble, pero no 
dejan de tomar precauciones contra su reproducción. 
En Tokio, por ejemplo, i lo mismo en otras ciudades, 
hai de trecho en trecho, torres de madera que sirven de 
miradores, estando algunas provistas de agua í en las 
esquinas cientos de baldes en pilas para ser usados en 
casos de incendio. Una campana en cada barrio anuncia 
el fuego i señala el sitio atacado por toques convencio- 
nales. 



Las casas en el campo son del mismo estilo que las de 
ciudad, pero menos bien trabajadas i sin decoraciones ; 
no hablo de los ranchos. Los techos son tal vez mas 
gruesos i algunos ofrecen una particularidad curiosa : son 
verdaderos jardines i eso por ministerio de la leí. Existe 
en efecto, un edicto relíjioso del mikado, escrito en len- 
guaje poético nunca visto en documentos oficiales, cuyo 
testo transcribo. «La Diosa del sol, dice el edicto, nos 



- 508 — 

ha dado la tierra para labrarla i sembrarla, a fin de hacer 
brotar las plantas útiles destinadas a nutrir a las mujeres 
que son el adorno del hogar i a los guerreros que se 
baten a nombre del honor; no sembrareis pues sino 
plantas útiles. En cuanto a las lilas que son el emblema 
del lujo de las mujeres, la diosa os prohibe cultivarlas 
sobre el suelo sagrado, pero sembradías en la cima de 
vuestras casas, en un sitio impropio para cualquier otro 
uso ; i en él, así como dan la belleza a los cabellos de las 
mujeres, serán como la cabellera viviente de vuestro 
techo paternos. La alusión final se esplica sabiendo que 
de las lilas se saca, según dicen, ese aceite rosado con 
que las japonesas perfuman su cabello. ¡Mas valiera no 
hacerlo i ponerse las flores en la cabeza ! 

Para construir una habitación se arma el techo en el 
suelo i luego se lo suspende i coloca sobre los pilotes 
maestros de la futura casa, dándoles por base, pedestales 
de piedra o mamposteria de una altura suficiente, como 
para dejar un espacio entre el suelo i el piso de los cuar- 
tos a fin de evitar la humedad de la tierra. Naturalmente, 
este procedimiento se aplica a las casas chicas i comunes, 
no a las lujosas i artísticas. 



LA VIDA DE FAMILIA 



En tales viviendas de carácter provisorio en aparien- 
cia, pero permanente en realidad, se acomodan las fami- 
lias i se desarrollan los negocios. La vida en condiciones 
normales de bienestar, se lleva en esta forma : Los sir- 
vientes de la casa se levantan temprano, abren las puer- 
tas, acomodan las piezas i preparan el desayuno o pri- 
mera comida, consistente en arroz hervido con sal i en 
algunos otros alimentos sencillos i té. Se hace por lo 
jeneral tres comidas: la primera a las ocho de la ma- 
ñana, la segunda a mediodia i la tercera, la mas impor- 
tante, a las siete de la noche. A mas, a las diez de la 
mañana i a las tres de la tarde se toma un bocado, i té 
todo el dia, al menor pretesto. 



— 509 — 

La cuestión del servicio en el Japón no es todavía 
inquietante, pero tiende a serlo con la introducción de las 
costumbres europeas. La mala conducta es rara en los 
sirvientes i una ajencia responde de su buen proceder, 
pero sin eso ellos son trabajadores, honrados, sumisos 
i respetuosos ; su servicio es barato. Las propinas 
eran desconocidas ; ahora comienzan a ser frecuentes 
por la contaminación estranjera. Ellos hacen el mercado 
solos o acompañados por la señora quien no desdeña ocu- 
parse de eso ; la compra del pescado especialmente re- 
quiere atención por verificarse a horas fijas i en barracas 
apropiadas para facilitar las transacciones entre vende- 
dores i millares de marchantes. 

Comunmente los comisionistas o mercaderes ambulan- 
tes, llevan a las casas los artículos necesarios para el 
consumo diario, incluso los jéneros para la confección de 
la ropa que, como se sabe ya, es hecha en la familia, sin 
necesidad de modistas ni fabricantes de gorras. 



La esposa se levanta antes que el marido í se acuesta 
después, a menos de estar enferma; se ocupa de vestir i 
arreglar a los niños para mandarlos a la escuela i en 
peinar a las niñas, si es día de peinado ; este deber es 
recíproco sin embargo i se cumple entre hermanas i 
entre madres e hijas. Media hora a lo menos requiere 
cada cabeza ; pero bien se puede perdonar este gastó de 
tiempo que economiza sesenta francos por mes i por per- 
sona, valor de una gorra o sombrero de mujer, término 
medio, en París ; igual a 7200 millones de francos que si 
la moda existiera gastaría el Japón cada año, en com- 
prarles gorras a los diez millones de sus habitantes, en 
circunstancia de usarlas, calculando una población de 
cuarenta millones. 



Antes la enseñanza escolar se hacia en la casa por la 
madre o los hermanos o hermanas mayores de los niños. 



— 510 — 

Los varones continuaban su vida de pupilos hasta ios 
quince o diez i ocho años, aprendiendo a leer, escribir, 
dibujar, contar ; como adición se les propinaba un poco 
de literatura, poesía, historia tradicional i relij