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Full text of "Pot Pourri: Colección de artículos literarios y humorísticos; Morales ..."

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LIBRARY 

OF 

THE UNIVERSITY OF TEXAS 

THE GENAEO GARCÍA 
COLLECTION 



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i. 



Ciltccife di artfMlos litmriM j bNoristicos; Monto, FWetóficM, Críticos, Biográfl- 

eos, Discirsos,Pororacioios, Viajes, CostMbros, Revistas, 

Rmlis, Ornas, Coaodias, SofHoqito intrates 



POB 



QUERUBÍN. 

(¿wros r. s«o?aas.) 
Al BELLO 8SZ0 DS A0ÜA3CÁUSXTES SN TSSTIlCOinD DE SftAÜTE 



TOMO PRIMO. 




AGUASCALIENTES. 



IMPREMÍ DE EL AGUIÜ.-PRUIERA DEL OBKABOft NUMERO 20. 

1897. 



J970U8 






»*2 • * 



JUP/HETl] 



Estas cartas, que no se han publicado, las recogerá la historia como un 
justificante que enaltece la piedad del bello sexo de Aguascalientes, y la í 
de la Sra. Josefa Peña de Éazaine. 

Exma. Sra. D °? Josefa Peña de Bazaine. 

León de los Aldamas, Abril 28 de 1866. 
Señora. 

£1 día 10 de Febrero del año presente fuimos condenados, por una Cor. 
te Marcial francesa en Aguascalientes, á sufrir la pena del último suplicio 
los tres primeros signatarios, y á cadena perpetua los dos últimos. 

La sociedad de aquella Capital especialmente, y con una solicitud gran- 
de el bello sexo, se empeñaron en impetrar para nosotros el indulto; hubo 
el acierto de escogeros como medianera, interponiéndose á vuestro lado en- 
tre las victimas y un patíbulo que levantaba, más que el rigor del Código 
militar -francés, la ceguedad y la desconfianza injustificables. 

Vos, señora, alcanzasteis nuestro perdón. A impulsos de un corazón 
sensible habéis mostrado, una vez más, que la compasión hacia el que su- 
fre es la parte angélica de vuestro sexo. '- 

Considerad, señora, cu al será nuestra gratitud si al acariciar á nuestros 
hijos recordamos que todo os lo debemos: desde el fondo de nuestro cala- 
bozo no cesamos de bendecir vuestro nombre, y de rogar al Ser Supremo 
derrame sobre vofe inacabables dichas. 

Todos los sentenciados, ya sea para implorar clemencia ó para reclamar 
justicia, hablan de su inocencia con encarecimiento: nosotros no queremos 
seguir ese sendero al dirijiros nuestro voto de gracias. Cuando calme la 
tempestad de las pasiones; cuando el tiempo y la abnegación hagan olvi- 
dar los agravios de la guerra civil, entonces sabréis, señora, si vuestros 
protejidos de hoy han sido culpables, ó si víctimas nada más de la calum- 
nia. En uno ó en otro caso resplandecerá como el sol vuestra acción ge- 
nerosa, propia únicamente, digna sólo, del corazón de una mexicana. 

Tened la bondad, señora, de admitir estas líneas como el testimonio de 
nuestra gratitud, y de transmitirla también al Exmo. Sr. Mariscal Bazaine. 
Señora. 

Jesús F López. — Diego Pérez Qrtigoza* — Jesús Iíernández* — Valen- 
te Arteaga.— Félix Garoéa. 



Al Sr. Teniente Coronel Brmcourt. 



Señor CoroneL 



Cuautitlán, Mayo 12 de 1866. 



Al llegar á nuebtro destino, y al separarnos de tos, acaso para siempre, 
es nuestro deber daros las gracias por el buen trato que de tos hemos 
recibido. 

Hay un título, señor, que enaltece al hombre más que el de valiente; ese 
título es el de humano; tos señor, habéis sabido admirkio dignamente. ' 
¿Que hubiera sido de nosotros si no hubiéramos sido a nnestro destino y 
á vuestras órdenes conducidos? Los nombres de Baithesse y de Brincourt 
nos serán siempre queridos, como lo serán también de nuestros hijos. 
Llevad, señor, en esta carta la expresión sincera de nuestra gratitud, y 
las últimas frases de despedida de los prisioneros de Aguascalientes. 

Jesús F. López. — Diego Pérez Ortlgoza. — Jesús Hernández. — Valen 
te Arteaga* — Éclix García* 




III. 



JL 2a®§ 



Al salir á luz por primera vez una obra literaria, es de mo 
da que le preceda un juicio crítico formado por persona acre 
ditaaa en las letras: en él se hacen resaltar las bellezas que 
contiene la obra; se analizan los pensamientos; se ponen en 
relieve las imágenes, como previniendo al lector que no debe 
juzgar desfavorablemente de lo que en el libro lea, si no quie- 
re caer en la nota de temerario: ¿Quién se atrevería entonces 
á gesticular una mueca mostrando desagrado? ¿quién será tan 
audaz que no secunde el parecer del panegirista? 

Siempre he creído que tales prefacios no forman iglesia; que 
se consideran en general como la campanilla de los apuros que 
se repica, para que un acomedido sirva al autor de lazarillo y 
lo guié en la ruta de la publicidad. ¡Dichoso el novel escritor 
que cuenta con un amigo sincero y un protector decidido que 
le haga la olla gorda b que le diga la verdadl Si con frecuen- 
cia un título ingenioso salva una obra de un fracaso ¿qué será 
si antes de salir el santo á la procesión ya se le/ hace percibir 
el sagrado olor del incensario? ¿No obstante, ¡cuántos autores 
han existido á quienes acólitos inexpertos pegan en la cara 
con éll 

El autor de este libro no ha repicado la campanilla de los 
apuros, ni ha suplicado á sus amigos que le ayuden á bogar 
contra las olas; sale azumbar como los tábanos, y á volar 
libremente por esos mundos; ojalá y pudiera siquiera imitar 
al cocuyo ó á la luciérnaga á quienes se les admira porque se 
anuncian con una luz fosfórica demasiado simpática. 
* Para imprimir esta colección no se ha consultado k nadie 



IV. 

ni se ha sujetado h, ceasura; temió el autor que le sucediera 
hoy lo que le aconteció en otro tiempo con sus primeros es- 
critos; era joven y le desvelaba el anhelo de adquirir renom- 
bre, — "¿No seré yo— -decía-el embrión de un La Rosa, de un 
Payno, de un Zarco? 

Se atrevió k escribir; más aún; se atrevió á mostrar el pri- 
mer pujo de su cacumen á un notable escritor para que se 
dignara leer y echar un remiendo á "un pequeño mamarra- 
cho; ii así llamaba humildemente á los regüeldos de una musa 
retozona. A los ocho días recibió la corrección del buen lite- 
rato: puso con toda calma y severidad una regla dé esquina h. 
esquina del papal escrito, y tiró con garbo y desenvoltura lí- 
neas de tinta en forma de equis. El censor había leído los pri- 
meros renglones, y encontrándolos malos, corrigió el resto de 
una sola plumada y de una manera radical. Fué severo, y di- 
visando las columnas de Hércules, escribió allí aquellas pala- 
bras aterradoras Non plus ultra: yo encontré también reali- 
zada la fábula que revela la existencia de las vacas de Gedeón 
que se. alimentaban con carne humana. 

Este desengaño no fué suficiente á matar en el autor la co- 
mezón de adquirir gloria. Habla heredado de su padre la afi- 
ción á la literatura, pero nó su buen gusto; se deleitaba en 
leer los entremeses de D. Ramón de la Cruz, y á su padre 
sólo le gustaba la tragedia griega. Todos, todos contrariaban 
su vocación; ¿podría sobrevenirle mayor desgracia? 

Su abuelo, que le tenía un amor entrañable, se recomenda- 
ba entre otras grandes virtudes, por su sensatez; el autor ima- 
ginó que estarla satisfecha y haciendo pavos reales por tener 
un vastago, un pimpollo con retoños literarios; pero languide- 
ció su ilusión al oirle referir al Cura de su pueblo cosas estu- 
pendas, que lo dejaron boquiabierto hasta el sofoco: le decía 
con fervor y con acentá dolorido; 

-^ Señor Cura; roguó á Dios con encarecimiento que no me 
diera un hijo ladrón, y me lo concedió: le rogué que no me 
diera un hijo borracho, y me lo concedió: le roguó que no me 
diera uño pendenciero, me lo concedió: le roguó que nó me 
diera una descendencia poseída de vicios pecaminosos, y tam- 
bién hasta ahora me lo ha concedido, porque Dios Nuestro 
Señor fué muy complaciente conmigo. ¡Cómo se me olvidó 
suplicarle que no me diera uj hijo literato! y por castigo de 



í 



mis negros pecados; me lo ha dado; sí señor, me lo ha dado. 
Huyendo del perejil. . — Y se golpeaba la frente. 

¿A quién podría el que esto escribe volver sus tiernos ojos 
que alentara su esperanza? Jamás esperó ser un genio en la li- 
teratura ó en el periodismo, y no aspiró á merecer alguno de 
esos lauros que no marchita el odio ni la envidia: sólo aspira- 
ba á ser un gacetillero de trqs al cuarto, que es el último de 
los escalones de la carreja periodística; tai era su deseo, asi 
como existe, en los que siguen la carrera monástica, una voca- 
ción de lego; sólo deseaba separarse del vulgo para escupir en 
rueda con la flor de la alta categoría. Su error fué creer que 
era mAs expedito para conquistar medios de bienestar el sen- 
dero de la literatura que el del trabajo corporal. 

Nadie está contento en el estado en que Dios lo coloca: a- 
prendió bien en su juventud, á la perfección, y era lo suficien- 
te para vivir con holgura, solo dos cosas; á curtir pieles y 
á sembrar trigo. ¡Cómo Dios permitió desviar sus pasos pa- 
ra invadir la órbita en que giran esos astros de la literatura! 
Profesión nula en nuestro país, que no dá qué comer, ingrata 
y sin títulos, cuyas glorias dependen más bien de los 'alzones 
de cola que otros colegas dan si pertenecen á la sociedad de 
elogios mutuos, que de los propios merecimientos. Un dis- 
curso parlamentario en que se grita y en que se manotea, como 
en los sermones de predicadores presuntuosos; un articulo 
incendiario en que se ponga al Gobierno como chupa de dó- 
mine; un epigrama incisivo contra un Ministro, forman el 
pedestal de una reputación apolítica. No es difícil llegar 
á la cúspide del templo; pero sí lo es sostenerse en ella a- 
puntalado sólo por el crédito adquirido. El único bien po- 
sitivo que se adquiere en cultivar la literatura, es el de 
dragonear como tribuno en el parlamentarismo, ó el de ilus- 
trar las cuestiones políticas como periodista. El renombre 
literario, la fama de poeta, son un sambenito que se lleva col- 
gado; unos versos perversos . ponen de manifiesto la pobreza 
del ingenio. Ver nuestro nombre impreso en letras gordas, 
era lo que el autor deseaba para satisfacer la pueril vanidad, 
cuando sólo tenía veinte años. 

Fué comisionado alguua vez por un club patriótico para ser 
el loco-móvil de unas elecciones, y dio principio á sus traba- 
jos con la publicación de un periódico independiente y liberal, 
los carteles, con letras gordas, anunciarían la aparición de 



VI = 

»»Za Balanza de Astrea.w El titulo fué meditado y discutido; 
era grato, insinuante^ de elevados atributos; era un magnífi- 
co programa, cuyas tendencias civilizadoras podrían adivinar- 
se. Jama» la justicia tuvo adalides más hidalgos. Se iba á 
desplegar el velo que cubría el porvenir y á ponerse el talen- 
to de los redactores en tela de juicio; la redacción se encerra- 
ba en uno sólo, sí; uno era el jefe de ella; es decir, el jefe de 
sí mismo; el subscrito, el Cesar: Jefe sin soldados; Prior sin 
frailes; Señor sin moros. ¡Qué gloria es despacharse con cu- 
charón! El nombre de) autor se exhibirla con letras grandes; 
en su vida las había visto más gordas. 

Dichoso el que piensa, el que discurre, el que escribe: más 
dichoso el que sabe leer. Millares de ojos se fijarán en el 
cartel y sabrán que tiene que salir á luz, haciendo ruido, la 
balanza que Astrea tiene para pesar la justicia. La primera 
visita fué á la imprenta y allí palpó el autor que tiraban, es 
decir, que imprimían, grandes cartelones; allí estaba gravado 
en letras negras y visibles el nombre de Querubín y el del 
General H. que era el gran Pelasgodel Partido liberal, y que 
por sus honrosos servicios era el gran Candidato. 

Contenía y disimulaba las emociones. El cartelonero in- 
formó que no respondía si el viento ó los muchachos arranca- 
ban los cartelones, porque el Administrador de la imprenta 
había introducido economías mal entendidas; ya no pagaba el 
alquiler de una escalera, y había retirado los veinticinco cen- 
tavos que se destinaban á comprar harina para el engrudo, 
substituyendo el gasto con un centavo para atole acedo. 

Lamentando esas economías, el Jefe de redacción se lanzó 
á la calle á esperar el momento supremo. Al fin en la esqui- 
na se fijó el primer anuncio y le raspaba distinguir su nombre 
embadurnado con atole, crema muy ligera que se hace con 
horchata de maíz bien recocida: esperó, dando la espalda al a- 
viao, á que el papel estuviera bien restirado y adherido á la 
pared. Un granuja fué el primero que fijó sus ojos en aque- 
llas letras, y leyó silabeando el simpático título. nLa. .la. . 
Bal-naza. . . .la Balnaza de Austria. n 

Amostazado por tan singular lectura preguntó al chuchu- 
meco dónde lo enseñaron á leer. 

-^En la escuela de Cristo— contestó muy orgulloso. 

— Pues ve á decir á Cristo que te vuelva tu dinero, porque 
no sabes leer. Dice: u La Balanza de Astrea. u 



i 



VIL 

Rectificando el chico la lectura, lanzó al viento un silbido, 
y exclamó: 

/— Usted es el que no sabe leer; que Cristo le devuelva su 
dinero. 

. Y emprendió la fuga temiendo que yo le suministrara un 
bastonazo. Yo leí deletreando, y persuadido de que el gra- 
nuja tenia razón emprendí mi marcha para la imprenta, furio- 
so, como agua para chocolate, y me encaro con el Director, 
llevándolo ante los cárteles. 

— ¿Cómo dice ahí? /—le pregunté con imperio, con los pelos 
parados como puerco-espin, lanzando una jaculatoria de e- 
sas que no se rezan en el rosario. - 

/—La Balanza de Astrea — me contestó algo mohino. 

— Lea usted bien. 

— La Balanza de Astrea, volvió k decir; yo se bien lo que 
me digo. 

También él participaba de la alucinación que producía una 
lectura en que no se fija bien el sentido de la vista. 

Mi altercado llamó á todos los cajistas y movilizadores de 
la imprenta, y exclamaron á una voz. 

— Se equivocó la colocación de las versales: se ha errado el 
tiro. 

r— Pues que disparen dos, como decía Fígaro. 

Yo le dije convertido en basilisco. 

—n Fuera de aquí, mamelucos; son ustedes impresores y no 
saben Ifeer en letras de molde. 

— > Perdimos el tiempo y el trabajo. 

• ->Y yo mis siete pesos cuatro reales que importó el pa- 
pel, y mi honra y mi crédito que no tiene precio. 

No era esta la única equivocación; en el original se decía 
que el General fulano, por su honrosa condueta, era, del 
partido liberal, el gran Candidato. El cajista había escrito: 
"por su horrorosa conducta es el gran candidito. 

Poco faltó para que allí me pegara un tabardillo. Una 
persona caritativa me ministró agua de azúcar para contener 
un derrame de bilis. 

Haciendo nueva impresión, y doble gasto, quedó enmenda- 
do tal despropósito. Cobró experiencia, y adquirí la certidum- 
bre de que en San lunes, á la hora de la cruda, que es la de 
las once, ningún cajista está en su juicio. 



VIIL 

Bien decia Fígaro; "es una gloria ser escritor." 
Bajo malos auspicios inauguraba ini nueva carrera: si yo 
fuera supersticioso habría dado al traste con mi vocación y 
vuelto al ejercicio de industrial; pero no hay mártir sin fe. 
Continué la carrera^en la que rae esperaban tantas amarguras: 
coloqué en los altares de mi patria, como holocausto, prisio- 
nes, garrotizas, pedradas, desmechones, desaños, mojadas, o- 
dios, persecusiones, destierros, hambres, y al fin de todo, la 
enajenación del cariño de mis deudos, de quienes me separa 
el abismo de las ideo,s: desde entonces hasta ahora soy victi- 
ma expiatoria del desdén, y se alejan todos de mí como si pa- 
deciera mal de elefantiasis. 

Mis amigos y correligionarios no me sientan á la mesa del 
festín en un día de gloria, ni me confieren una comisión ho- 
norífica; pero no me olvidan para constituirme en cantor fú- 
nebre de los muertos, como buho que canta en los cemente- 
rios. Ojalá y una empresa de inhumaciones hiciera conmigo 
una iguala; yo serla el cantor sempiterno de todos los difun- 
tos; el muerto tendría al pié su elegía cuyo gasto debería in- 
cluirse en el de la inhumación, con los cargadores, cartas mor- 
tuorias y pisonazos en el cementerio. 

Como periodista constituí y di la respectiva patente de 
santos y excelentes padres de familia y esposos, á multitud de 
muertos. También hice otros milagros de prestidigitaron; 
convertí en bellas y virtuosas á las novias*que llegaban al al- 
tar. Ojalá y el Señor Cura hubiera hecho conmigo otro con- 
trato para improvisar cantos epital&micos á las parejas que 
entran al santo gremio, incluyendo el gasto en las obvenciones 
parroquiales. 

Un día entablé con mi hija el siguiente diálogo. 
— ¿Porqué no recoges tus artículos que andan esparcidos 
en los periódicos, y haces la reimpresión de todos ellos? 

,— Porque no tendrían interés para la posteridad artículos 
fugaces que fueron oportunos eñ su época, ante una sociedad 
conocedora de los hechos y de los hombres que los inspiraron. 
Esos escritos fueron flores de un día, lanzados sin meditación; 
y por eso murieron sin dejar huella de su existencia. 

^—Algunos habrá que despierten la curiosidad en todas ó- 
pocas. 

,— Muy pocos serían los que pudieran tenerla, y aun éstos 



IX. 

se encuentran saturados de cierto tufillo, de algún sabor de 
localidad que sólo encontrarían eco en $stas regiones; son tan 
pocos los que quedarían limpios, separando la basura, que á 
penas llegarían á formar un pequeño volumen. Se perdieron 
] en la revolución mis manuscritos en donde podrían escogerse 
algunos. Si mis escritos, superficiales y humildes, hicieron 
que mi nombre fuera un poco conocido, es mejor dejarlo así 

Í>ara no empañar su pequeño lustre; al reimprimirlos, circu- 
arlos, resuscitarlos, sacarlos á una nueva vida, es poner en e- 
videncia la pobreza de mi ingenio, porque valen bien poco. 
¿No crees que hay famas usurpadas? 

v — Cuando se recomiendan á los hombres por su talento, 
suele salir la duda á nuestro paso; lo primero que ocurre es 
preguntar ¿dónde están sus obras? Si tus escritos tienen al- 
gún sabor de localidad, puedo asegurarte que no serán los ú- 
nicos: ¿qué otra cosa, sino locales, son los artículos de Larra; 
La Junta de Castello Branco., Nadie pase sin hablar al por- 
tero, y aún la polérfiica con D, Pedro Pascual Oliver? 

— Pero en ellos campea el sarcasmo gracioso y contunden- 
te, la finísima ironía, la sátira burlona; aún sus cuentos y a- 
gudezas oportunas revelan al hombre de gran talento. Esos 
artículos, ligeros como son, vivirán siempre cual modelos de 
crítica afiligranada: unas veces son sinapismos que irritan la 
piel, y otras son cáusticos que levantan ámpula. 

Los grandes genios, como los astros, brillan por que tienen 
luz propia; nosotros, pigmeos de la literatura, somos satélites 
de esos astros para reflejar una luz que se nos presta. 

v — No brillarás en el mundo, pero alumbrarás en tu círculo. 
El sol aluijibra el Universo; la lámpara, el hogar: yo quiero 
poseer tus escritos reunidos en un tomo y leerlo en el círculo 
de nuestras amistades; tú morirás, pero ellos sobrevivirán co- 
mo recuerdos de estos días; yo me recrearé leyéndolos. Al- 
l guno habrá de tus compatriotas que los aprecie como yo: al- 
guno habrá en la posteridad que los lea con agrado, ¡Cuán- 
tos hombres se sepultaron en el olvido porque, dominados por 
la desconfianza ó por modestia, abandonaron los frutos de su 
ingenio, como padres desnaturalizados; un padre ama siempre 
á sus hijos aunque se^n feos y deformes! * 

v — ¿Crees que mis escritos puedan darme nombre? 

,— Una hija todo lo espera de la sociedad en que vive. 



X. 

— ¿No experimentarás algo parecido al remordimiento cuan- 
do palpes^que por dar brillo a mi nombre, le quitas el poco 
lustre que haya adquirido? 

— ¿Y de que te serviría una fama ficticia? qué la posteri- 
dad te dé lo que merezcas. Para aplaudir siempre tus dis- 
cursos, tendrás un pequeño auditorio, que es tu hija; para 
leer tus escritos, en los cuales incluyo tus obras teatrales, ten- 
drás á tus amigos. Quien escribe y publica fía el éxito de sus 
producciones á su buena 6 á su mala estrella, como el gladia- 
dor que fia el buen éxito de su empresa al destino y á la fuer- 
za de su brazo. Siempre es necesario arriesgai algo á la for- 
tuna. 

Al día siguiente mandé levantar el primer pliego de esta 
publicación; mi hija querida sólo tuvo el gusto de ver impre- 
sos !os diez primeros y no columbró su deseo de tener empas- 
tado un volumen; la muerte segó aquel arbusto cuando estaba 
todavía lozano y vigoroso. Después todp languideció en tor- 
no mió, por que nada me queda sobre la tierra. Mi hija so- 
lía escribir sus pensamientos, y se recreaba en hacer traduc- 
ciones que alguna vez me dedicó. Sólo por intercalar en mis 
escritos impresos aquellos suspiros de un ángel, y que queden 
adheridos á los mios, como la yedra se enlaza con el árbol, he 
continuado esta publicación. La ternura filial puede ser una 
disculpa á mi atrevimiento: ¿por qué nó habría de serlo la 
paternal solicitud de un ser que morirá en la soledad abando- 
nado de sus parientes y de sus amigos, pronunciando siempre 
con amor el nombre adorado de su María? 
* Esta obra la dedico, como testimonio de mi gratitud, al be- 
llo sexo de Aguascalientes; la dedico á la mujer heroica que 
supo, con la influencia de su virtud y el poderío de sus lágri- 
mas, conmover k los invasores de mi patria y derribar los 
cadalsos. 

Qüekübin. 



IMPRESIONES DE VIAJE. 



Pragment® ^};Éaiá'-.m€morias íntimas. 



México, Octubre 26 de 1862.- — Al fin me encuentro en la corte: ya 
estoy frente á frente con esa sociedad rigorista que todo lo exami- 
na, que todo lo discute, y que no dejará pasar el más leve incidente sin 
formar un comentario. 

Ayer he venido á esta ciudad de un punto muy lejano, de aquellas 
remotas tierras á donde llegan opacos los destellos de la civilización; 
yo, criado al aire libre, aspirando las brisas embalsamadas de los ver- 
des campos; yo, que me asusto de oir el monótono rodar de algún simón; 
que se me erizan los pelos al oir crugir la seda, ó rechinar las botas charo- 
ladas bajo la presión de un pié sin juanetes, me encuentro á cada paso 
delante de un soberbio lando, cuyos briosos caballos anuncian pisarme 
los talones; ¡ayl yo tengo que huir las costillas, temeroso de que un nue- 
vo Longinos ministre al nuevo Jesús una lanzada en el costado. 

¡Qué hermosa es la corte! [cuánto deslumhran las maravillas del lujo 
al que ha vivido tantos años en Belchite, como dicen los cortesanos! 
¡cuánto sorprende el bullicio de la sociedad al que está acostumbrado á 
la monotonía de la vida campestre, ó á las costumbres agrestes é inci- 
viles de URt pueblo rabón! ¡Uáspita! ¡cuánta magnificencia, cuánto es- 
plendor en todo lo que me rodea! Esto es para volver loco á cuarlquie- 
ra; allí el teatro, aquí el paseo, más allá el palacio y los diputado?, acá 
la formidable plaza principal, las cadenas y los títeres; y luego el por- 
tal y las chucherías, y después los cajones y los perfumes: confieso que 
estoy fascinado, fuera de mi. 

Un día me encontraba meditabundo, con la vista fija en un plano de 
México, en éxtasis semejante al que ocupaba á Newton, cuando por ti- 
biar un huevo metió en el agua hirviendo su relox: yo buscaba con a- 
videz la calle del Terror, donde había de hacer una visita; de esta con- 
templación me sacó mi compañero de infancia, el festivo Pancho Rasca- 
rrabia, que hace muchos años abandonó los patrios lares. 

v — Amigo mió! un abrazo, un estrecho abrazo, amable y querido ami- 



go; me acaban de decir que has llegado, y en el acto he venido á 
saludarte. 

Yo estaba eorprendido por una visita tan inesperada, y entre las 
suaves presiones de mi caro amigo, no podía del sofoco articular una 
palabra. 

— Hombre, por las once mil vírgenes, basta de tanta amabilidad, que 
vas á ocasionarme una apostema. 

r— Cuánto has engordado; ¡quién te conoció tan raquítico y endeble, y 
hoy tan lleno de vida y de salud! ¡qué milagros hace la Constitución! 
Pero bien, dime, ¿qué hacen los amigos de las batuecas? ¿qué hace el 
tuerto Blas y el cojo Castañares? ¿qué, dicen la3 muchachas mis paisa- 
nas? ¿ya so usan por allá las crin^l?wí?; !-•• j • ¿ 

— Si me haces tantas pregufatas' á la* Ve*z",* ¿6' podré contestar á ningu- 
na. Extrañas en mí. un cambia twi repentino, y. yo. desconozco en tí a- 
quella mesura, aquel eíxí^íoaieiiti) quq^tíerá^ peculiares en otros días; 
te has vuelto el hombre mas locuaz qué íie conocido. * 

— Ya, ya, ya veras lo que es México; al fin tendrás que amoldarte á 
sus costumbres, y que abandonar también esa educación de provincia 
aquí tan criticada. Voy á darte unos eonsejos, porque al fin yo conoz- 
co ya este teatro. No salgas jamás de tu cuarto sin hacerte la toillette, 
ni te pongas el nudo de la corbata á la negligé\ tal abandono sería un 
crimen de lesa civilización que jamás te lo perdonaría la buena socie- 
dad. Nunca mires á persona alguna con fijeza, porque le infundirás 
desconfianza. 

r— ¿Es un crimen en México ver á las personas? 

— Líbrate de leer los letreros, y do contemplar los carteles de las di- 
versiones públicas. 

/—¿En México no se deben leer los letreros? 

— Cuando pases por la calle de Plateros, no te detengas en los apa- 
radores para ver los perfumes de Montauriol. 
— ^¿Sí? esas cosas no son para vistas. 

— N Sobre todo, guárdate muy bien de pedir mole de huajolofce en una 
fonda francesa, ensalada en el almuerzo y rabanitos con mantequilla á 
la hora de la comida; si tal desacato cometieras, verías reírse en tus 
barbas á los mozos y presentes: esto sería un sambenito que traerías 
colgando por todas partes; y en el teatro, en el portal, en Uta cadenas 
se te señalaría diciendo: uaquel, aquel ha pedido en la comida rabani 
tos con mantequilla.!. 

— Mucho agradezco tus consejos, y cuento con tu protección para 
que me introduzcas en la sociedad. Cuando llegabas, me ocupaba en 
buscar en ese plano la calle del Terror, donde tengo que hacer una vi- 
sita; te suplico me guies á la casa. 

— En el acto^— dijo mi amigo levantándose de su asiento. Nos lan- 
zamos á la calle, y pronto estábamos en la casa que yo buscaba. Mi 
amigo se despidió de mí con un estrecho abrazo. 

Me anunciaron por medio de una campanilla desde el momento en 
que pisé el dintel de la puerta; al fin de la escalera me aguardaba una 



criadita de no malos bigotes, que vestía un trage de indianilla, y traía 
cruzada una pañoleta, cubriéndole pecho, cuello y espalda; sobre esta 
se le miraba una trenza grande y lustrosa como la esperanza de un 
proscrito. Di mi nombre, y fui conducido á la antesala; sin hacerme 
mucho aguardar, se presentó la Srita. Iris, á quién yo tenía de ver, y 
dio principio nuestra conversación, después de mostrarnos recíproca- 
mente los títulos que habían de formar los eslabones de una cadena a- 
mistosa. Pretendí eliminar de mi conversación cierto aire de provin- 
cialismo que me es peculiar; mas temí caer por falta de naturalidad en 
la peor de las nulidades, en la afectación. 

Iris es una señorita de estatura regular, y de movimientos gallardos 
y elegantes; es blanco el color de su tez, castaño el de su pelo, y claro 
el de sus ojos grandes y espresivos; es ovalada su cara, y en su frente 
grande y tersa, brilla un destello de inteligencia; un frenólogo descu- 
briría en ella que la domina una sensibilidad esquisita, no obstante su 
carácter festivo. Vestía un trage negro de seda, que le cubría hasta el 
cuello, no dejando visible más que la parte superior de su alba gar- 
ganta; estaba peinada á la María Estuardo^ y sólo ostentaba como ga- 
la de su tocado, una modesta flor natural, y una castaña en forma de 
mariposa. 

ii. 

Cuan poética es una joven vestida con sencillez, sin mostrar más ri- 
quezas que las joyas de su talento; sin más aliño que los atractivos de 
su hermosura, de su afabilidad y de su educación. Iris es bondadosa, 
afable y espansiva; para todos tiene una sonrisa; para todos tiene abier- 
to su corazón sensible y generoso. Como un medio de amenizar nues- 
tra conversación, le refería algún episodio de la lucha sangrienta por la 
j cual acaba de pasar el país, y noté que sus ojos se humedecían; invo- 
luntariamente había puesto yo la mano en la llaga, y movido los afec- 
i tos más tiernos y delicados en el corazón de aquella criatura. 

— ¿Vd. ha prestado algunos servicios á la revolución? — me preguntó 
con cierto interés. 

— ¡Señorita! ... .no hablemos de eso. 

r- ¿Estubo vd. en la acción de Salamanca? refiérame vd. alguno de 
los incidentes más notables de ese combate; no puede vd. imaginarse 
cuánto cuánto me afecta ese recuerdo. 

Y al pronunciar estas palabras^ se desprendió una lágrima de sus o- 
job que recogió en su pañuelo. 

— Si le es á vd. doloroso ese episodio de la revolución ¿para qué re- 
cordarlo? 

— Siempre es grato oir hablar de las virtudes de los deudos que han 
bajado al sepulcro; del heroismo de los amigos, de las proezas de aque- 
llos objetos que se amaron con ternura: yo tenía un hermano en quien 
estaba concretado todo mi cariño; abrazó la causa constitucional, y ex- 



haló el postrer aliento de la vida en la acción de Salamanca. . . . Ese 
hermano que yo adoraba con afecto tan profundo, ahí está .... 

Volví la vista, y vi el retrato de uno de los defensores más entusias- 
tas de la causa de la libertad; ese retrato era del coronel Calderón. Le 
comtemplé un momento con el respeto que inspira la memoria siem- 
pre cara de un grande hombre; con esa veneración que infunde un sol- 
dado que consagró á su causa hasta el último latido de su corazón, de 
un soldado que jamás manchó los timbres de su carrera una deslealtad, 
ni una acción pusilánime. A su lado estaba también retratado el ge- 
neral Nuñez, otro jefe que sosteniendo hasta el heroísmo su fé repu- 
blicana, murió al pié de las trincheras formidables de la plaza de Gua- 
dalajara.. Dos amigos, dos hermanos qne se abrazaron en el mundo 
para seguir una misma senda, para defender la causa de la humanidad 
á la sombra de una misma bandera, murieron circundados de gloria, u- 
nidospor la cadena de la inmortalidad. Al contemplar aquel retrato; 
al verlos formar un solo grupo como si hubieran tenido el presenti- 
miento de su trágico fin, no pude menos que conmoverme; mas disimulé 
mi emoción por no causarla aun más dolorosa en el alma sensible de la 
impresionable Iris; porque no podrá cicatrizarse jamás una herida que 
la guerra civil abrió en su pecho; yo daría mi vida en cambio de ani- 
mar aquellos retratos; por volver un hermano á Iris; por volver sobre 
todo á mi patria á dos de 6us campeones más esforzados, cuyas poten- 
tes lanzas conquistarían lauros inmarcesibles ante el enemigo estran- 
gero. . . .Algún día nuestra patria levantará un monumento para per- 
petuar la memoria de esos mártires esclarecidos. Eutretanto una cruz 
rústica está clavada á inmediaciones de Salamanca, en el sitio donde 
quedó exánime el cuerpo de la primera víctima de esa revolución de- 
sastrosa, que se inauguró en aquel campo, y terminó en las lomas de 
Calpulalpam. 

Después de permanecer un momento en silencio profundo, lo inte- 
rrumpí diciendo á Iris: 

— ¿Tendrá vd. la bondad de tocar alguna cosa en el piano? 

— Sí, me contestó; soy muy torpe, pero mostraré á vd. mis habili- 
dades. 

Se colocó al piano, y sus dedos reprodujeron una aria de Atila, y la 
cavatina de Hernani \ 

— Es lo mejor que puedo ejecutar, me díjauen tono festivo, recupe- 
rando su buen humor. \^ 

/—Perfectamente, señorita; si Verdi estuviera en\£ste momento aquí, 
quedaría muy complacido de que vd. reprodujera susS^otables produc- 
ciones. \ 

La criada se presentó, y dijo á Iris desde la puerta de lósala: 

— Niña? dizpenziuzté. 

— Acércate; ¿qué se ofrece? 

— Zabuzté lo que ha zuzedido, niña? ¡ay Jezúz! que el zeñ)prit*> no 
quizo tomar el baño ni el chocolate; niña, vayaluzté á reprender, que & 
mí no me haze cazo. 



o. 

— Será preciso imponerle un fuerte castigo; ha estado hoy insufrible, 
desobediente, caprichoso: ha cometido una falta de urbanidad con una 
visita; te mando que lo encierres aunque llore. 

Yo me atreví á implorar clemencia para el niño travieso, y la gracio- 
sa Iris dio orden para que no le permitieran la entrada en la sala mien- 
tras yo estuviera en ella, pues no sería difícil se le antojara hacer una 
descortesía. 

/— Pobrecito! esclamé, volviendo k interceder; sea vd. más clemente! 

— Si no lo conoce vd.; es insufrible. 

— ¡Ay Jeziz! niña; que láztima me dio verlo llorar porquiuzté le zu- 
miniztró un manazo; jregañeluzté nomáz, niña! 

— Sí, dije yo; hágame vd. favor de eharle solo una amable regañadita. 

,— El señor intercede indulto para el reo, y se le otorgará; pero no 
consientas que venga por aquí. 

Yo di á Iris las gracias por su complacencia. 

Al despedirme, notó que el señorito andaba frenético haciendo feste- 
jos k mis pantorrillas, pues se había burlado de las órdenes de Iris; se 
abalanzaba á mí, enseñándome sus filosos, punzantes y diminutos dien- 
tes, y entonces comprendí que el mentado señorito era un faldero con- 
sentido de la casa. Iris estaba disgustada y dispuesta á castigarlo con 
todo rigor, no solo por sus desmanes, sino más que todo, por su ingrati- 
tud, pues había tenido la osadía de enseñar los dientillos á su benefac- 
tor al que lo librara de un tremendo castigo. 

Dejé aquella casa, satisfecho de haber forjado relaciones amistosas 
con tan amable y simpática joven; me propuse cultivarlas, comenzando 
por conquistar el querer de tan adusto señorito. 

III- 

Noviembre 1 f — % La plaza principal presentaba un espectáculo bellí- 
simo; se celebraba en ese día la tiesta de Todos Santos. 

En el zócalo se ha improvisado un salón donde campea el buen gus- 
to; donde se han colocado los adornos de una manera fantástica y ca- 
prichosa; multitud de faroles chinescos lo iluminan, y las macetas os- 
tentan gran variedad de esquisitas flores. Como por encanto nos ve- 
mos trasportados á un jardín en donde se reúnen las bellas hijas de A- 
náhuac para lucir sus atractivos; siempre risueñas, siempre gentiles, y 
como fugaces mariposas, van de un lugar k otro en busca de ilusiones. 

Por todas partes se miran dulcerías, puestos de fruta, y grandes sa- 
lones; allí, en algunos de ellos, se representan en miniatura, y por me- 
dio de autómatas, las partes principales de algunas óperas. Tomé un 
boleto, y me introduje en el salón. 

Momentos después so cantaron una parte de Barbero y el miserere 
del Trovador, cuyas piezas entre sí forman un contraste; la una por su 
música festiva; la otra por su romanticismo. 

Un joven que representaba 22 años de edad vino á colocarse á mi 
lado; nos dirigimos algunas palabras, y más tarde nuestra conversación 



6. 

tenía un aire de confianza, de estrecha familiaridad; esto era un prelu- 
dio de que podría unirnos alguna vez un lazo de simpatía: sus palabras, 
el acento de su voz y aun «us miradas, revelaban desde luego que no 
había doblez en ellas; es demasiado joven, y esto garantiza su since- 
ridad. 

Al despedirse me dijo su nombre, la calle en que vivía, y me ofreció 
su casa, agregando que yo sería bien recibido en ella, aun sin necesidad 
de presentación. Me habló de sus hermanas, las cuales le acompaña- 
ban; volví la vista, y vi á tres señoritas de las cuales dos llevaban go- 
rros elegantemente adornados con listones rojos. 

— Esos listones, dije á mi amigo, ¿tienen alguna significación, ó se 
han colocado allí por casualidad? Ya sabe vd. que en esta época tur- 
bulenta todos toman una parte activa en la política y cada uno se 
propone manifestar con señales ostensibles sus afecciones por algún 
principio. 

—Esos colores simbolizan los afectos del corazón. No olvide vd. que 
tendriamas mucho gusto en recibirle en casa— -yAl decirme esto, estre- 
chó mi mano con tierna cordialidad. 

— Dé vd. á sus graciosas hermanitas, le dije, mis felicitaciones por 
que ostentan con donaire colores emblemáticos. 

Un momento después aquella familia desapareció á mi vista, dejando 
en mi alma una impresión agradable. Por instinto conocía que un 
gran fondo de bondad era su principal virtud: mis ojos la vieron como 
se mira la exhalación que cruza rápida por el cielo, y eso fué suficiente 
para conmoverme; no sentía la emoción fugaz que se esperimenta al 
ver una familia ostentando las maneras decentes que son peculiares só- 
lo k la buena sociedad; no sentía la fascinación que ejercen en nuestros 
sentidos las maravillas del lujo y los atractivos de la belleza. ¿Qué 
clase de sentimiento había en mi alma? ¿Sería un destelló de simpatía 
tal vez recíproca, que hizo brillar ante mí el color de aquellos listones, 
ó el ardiente mirar de algunos ojos? ¿Languidecía mi corazón al esca- 
char los acentos tiernísimos de Trovador! 

Noviembre lO.-^Hoy fui presentado por mi amigo ante su famila, 
que vive en la mediocridad. 

La clase media proporciona en México deleites desconocidos á los ha- 
bitantes de Provincia, porque ignoran ésto9 los usos y costumbres de la 
corte, y no pueden presentar más que su educación más ó menos esme- 
rada, su buena fé y su natural franqueza: en esa clase donde hay in- 
dulgencia y verdaderas virtudes sociales; donde hay instrucción sin pe- 
dantería y talento sin ostentación; donde hay, en fin, amabilidad sin tín- 
jimiento, es donde se aprecia á las personas por sus cualidades y no por 
sus riquezas. 

Aquella familia, que pertenece á esta clase, tiene por jefe á un señor 
de sesenta años; una señora que representa cincuenta es la madre de 
mi amigo. Desde el momento que allí me presenté, vino una señorita 
á hacerme los honores de la casa; su nombre es María: buscaba la opor- 
tunidad de conocerá fondo su corazón, á la vez que ella hacía lo mismo 



7. 

poniendo como un medio su amabilidad; adiviné desde luego que tenía- 
mos los dos idénticos pensamientos y que caminábamos al misflfe fin. 

Todas las mujeres reciben del cielo un don especial para hacerse a- 
mar; hermosura, sensibilidad, talento. . . .hé aquí las dotes que esa cara 
mitad del género humano sabe emplear para ser querida y para tener 
un lugar distinguido en todas partes: y no son estas cualidades única- 
mente; no es la hermosura sólo la que avasalla los corazones, ni la que 
busca en el alma los afeetos sublimes para fijarlos eternamente; no es 
el talento aislado el que tiene ese mágico poderío, ese irresistible mag- 
netismo' que siembra simpatías y hace palpitar el corazón á impulsos 
de un sentimiento muchas veces desconocido; se necesita que esas cua- 
lidades tengan por base la bondad. La amable María tiene un ca- 
rácter bellísimo, y se conoce en él un rasgo de benevolencia, que le ayu- 
da á granjearse un aprecio universal; por eso al escuchar sus palabras, 
como si fueran el espejo de su alma, sentí hacia ella un rasgo de frater- 
nal cariño. 

Las otras dos hermanas llevan por nombre, la una Aurora, la otra 
Angelina. 

Aurora es una joven esbelta; su color es blanco y rosa, semejante al 
de la concha nácar; es su nariz de una regularidad perfecta; sus ojos de 
un café oscuro revelan inteligencia, y antes que su boca ellos espresan 
sus pensamientos; tiene su mirada cierta espresión de benévola langui- 
dez, de orgullo señoril, que la hacen aparecer severa al mismo tiempo 
que amable y magestuosa; cuando rié descubre dos hileras de dientes 
blanquísimos, y dá á su fisonomía un aire de jovialidad que encanta; el 
timbre de su voz es sonoro; su conversación interesante y llena de reti- 
cencias, que la hacen aparecer reservada aun con sus amigos más ínti- 
mos. Por un efecto de distracción permaneció á mi vista un momento 
con el brazo en la mesa, y reclinada la cabeza en su mano; tal vez un 
pensamiento melancólico cruzaba por su mente; me parecía que ahogaba 
un suspiro, que contenía una queja nacida en el alma; ¿acaso será des- 
graciada? Si hubiese tenido el pelo suelto, creería ver en ella la simi- 
litud más perfecta de las vírgenes de Rafael. 

Angelina es una joven alta, graciosa, gentil; su frente es grande y 
recortada por una línea de pelo ligeramente rizado; á sus ojos negros y 
brillantes les adorna una ceja arqueada, perfecta, y las grandes pesta- 
ñas les dan una leve sombra que hace se dilate su pupila; su nariz es 
regular, y los labios frescos y purpurinos como el botón entreabierto de 
una camelia; las megillas suaves y tersas ostentan u'n color rosado, y 
su cuello y brazos imitan en sus contornos á las estatuas voluptuosas 
de Cano va; vista de perfil, cuando lleva la cabeza erguida, cuando la 
vuelve hacia la espalda, es admirable su conjunto, es el tipo de las mu- 
jeres de la antigua grecia. Cuando permanece sentada su vestido cae 
graciosamente sobre la alfombra, y al descuido se le ve la punta de un 
pié pequeño y delicado. 

r~ ¿Cómo se llama el marido de vd., señorita? pregunté á Aurora, bus- 
cando pretexto para entrar en conversación con ella. 






8. 

— ¿Mi marido, señor?. . . .no soy casada, contestó dando á su acento 
un aire de circunspección. 

— ¿Y el de vd.? preguntó á la señorita Angelina. 

^—Mi marido se llama Juan; dijo con indiferencia en tono sarcástoco 
y burlón; al mismo tiempo una ligera sonrisa apareció en sus labios y 
en la de las demás concurrentes. 

— jJuán! repetía en mi imaginación, jJuán! ¡qué nombre tan prosaico! 

Como el corazón de la mujer es caprichoso y busca los contrastes; 
como he conocido bellezas angelicales unidas en amorosísimo consorcio 
á figurines asmodiacos, imaginé el marido de aquella joven, un Juanete 
de pequeña estatura, trigueño, de ojos verdes, voz chillona y gutural, 
que con mano tosca y huesosa, manchados los dedos con tinta de alguna 
oficina, tributaba caricias anti-poéticas á la más linda criatura del u ni 
verso. Como mi imaginación vagaba libremente, pude figuran» ie á un 
Juan de sensible corazón, á un Juan de buen alma, que sentado á sus 
pies con las piernas en ciuz, pulsando una guitarra adornada con flor 
de lienzo, entonaba esta canción: 

Cuando te conocí, dueño adorado, 
Quedó de tí mi corazón prendido, 
De mí quedó tu corazón prendado; 
Mas luego que me hiciste tu marido, 
Me vi por desgracia condenado 
A un eterno, perennal olvido, 
tiA un rincón de la memoria echado,» 
A vivir en los pliegues adherido 

De tu airosa, esponjada crinolina 

¡Apiádate de mí, bella Angelina! 

IV. 

Nuestra plática tenía aún la gravedad y la circunspección del cum- 
plimiento; y mis adorables amigas no dejaban conocer á fondo su ca- 
rácter; eludían ingeniosamente mis preguntas á manera de los tiradores 
de esgrima que nunca presentan á su adversario el corazón; así es que 
no pude conocer qué ciase de impresiones les causaría mi visita, ni a- 
divinaba si esas miradas de inteligencia que se cambiaban entre sí me se 
rían favorables; al disimulo observé que la simpática Angelina contenía 
una amable sonrisa, y en ella tal vez quería decirme, haciendo una gra- 
ciosa muequecita: ntu importuna curiosidad bien merece que te diga u- 
na mentirán 

Consulté el relox, y eran las once de la noche; nuestra despedida fué 
la de estampilla; el cumplimiento acostumbrado de nesta es su casa,» 
fué contestado por mí con aquella jovialidad escolástica que yo había 
aprendido, con aquellas palabras escogidas que emplean los mexicanos 
ilustrados; las mias aunque saturadas de provincialismos eran la expre- 
sión del sentimiento de gratitud que me animaba, y que con bu trato 



y amabilidad me inspirara tan apreciable familia. 

Esas demostraciones de afecto hacia an individuo que se vé por la 
primera vez, solo se encuentran en la clase media. 



Diciembre 23. — Estoy convidado para concurrir k unas posadas; es 
Noche Buena y se celebra el nacimiento de Jesucristo, con todo el júbi- 
lo de que es susceptible un corazón cristiano. La plaza principal y las ca- 
lles todas, llenas están de la multitud entusiasta que al son de la música, 
entona sus báquicas canciones y se entrega á toda dase de desórdenes, 
á la sombra de la tolerancia; la policía en esta noche es ciega y sorda. 

Sirviendo de compañía k mis simpáticas amiguitas, me dirigí á las 
pesadas. Ta estamos en la casa. 

la sala no está adornada para lo que propiamente se llama un baile; 
es solo una tertulia casera, una fiesta profano-religiosa, donde no se os- 
tenta esa lujosa perspectiva, esa molicie aristócrata y banal, que sor- 
prende, admira y extasía. Los sonoros arpegios del clave y de la flauta, 
resonaron en mi oido, á la vez que mi alma esperimentaba sensaciones 
agradables; veía una docena de jóvenes alegres, vestidas con sencillez, 
postrarse humildemente ante una Virgen que cabalgaba en jumento, y 
entonar en su loor himnos y alabanzas; yo permacía estático con vela 
en mano, como tonto en víaguras, pues éranme desconocidas tales cere- 
monias; no osaba hincarme traneroso de hacer rodilleras á mi pantalón; 
y al dirigir mi vista al espejo más cercano, observé que mi fisonomía 
daba señales de quererse conmover k impulsos de un fervor religoso; 
hice un esfuerzo por reírme, pues todos allí estaban alegres; la Virgen 
y el recien nacido, los dueños de la casa, las muchachas y señoras de 
respeto, los músicos y danzantes, los criados y los niños; todos, todos 
mostraban su alegría en noche tan venturosa. Los peregrinos, los re- 
yes magos que se veían en el portal de Belén, las figuras todas que se 
ostentaban en el nacimiento, parecían estar contentas por tan fausto a- 
contecimiento; solo una figura manifestaba pesar. 

Dio principio el rezo, y después de cantar algunas jaculatorias, se 
contestaba en coro: 

¡Oh peregrina agraciada! 
¡Oh bellísima Mana! 
Yo te ofrezco el alma mía 
Para que encuentres posada. 

Una Lola angelical, cuyos ojos podrían guiar á los reyes magos en su 
peregrinación, tuvo la bondad de dirigirme la palabra. 

— N¿Por qué no canta vd. á la Virgen? 

— >¡Ay, señorital porque no sé; pero si vd. quiere enseñarme, tendré 
por maestra á la más interesante de las criaturas. 

— (Cante vd.!— \ volvió á decirme. 

¿Cómo no obedecer & tan dulce mandato? ¡Cantar k la Virgen! ¡pues! 



10. 

precisamente la inclinación que he tenido toda mi vida. ¡Cuántas vír- 
genes no han escuchado mis cantares! Al repetir el coro, hice oir mi 
voz, cuya melodía tiene mucha semejanza con el cií cú de un tecolote: 
observé que el maestro de la flauta volvió á mí su vista sorprendido, y 
ya no pudo continuar tocando. 

Se mandó cerrar la puerta, y la concurrencia quedó dividida entre la 
sala y la recámara; dos ligeros golpes se dieron en la vidriera, y conti- 
nuó el canto religioso: ¡era 1& Virgen que venía á pedir posada! Los 
cohetes hacían por los aires sus estragos, y uno de ellos se introdujo en 
la sala, arrojando chispas entre las devotas, lo que ocasionó grande al- 
garabía: una señora de profundas creencias religiosas, y de una piedad 
sin límites, se santiguó, imaginando que el diablo en figura de busca- 
piés, andaba por ahí, pues el olor á azufre era muy perceptible. Des- 
pués siguió la procesión en el interior de la casa; los chicos iban delan- 
te, luego las niñas y señoras, y a continuación las personas de gravedad: 
dos muchachas, frescas y poéticas como la flor que se abre á los prime- 
ros albores de la mañana, conducían á la Virgen; la estación era larga, 
y había de cantarse toda la letanía; ofrecí reemplazar á una de las se- 
ñoritas, y llevé mis calabazas, pues se me dijo que los hombres no car- 
gaban á la Virgen. Por la primera vez renegué de mi sexo; no valieron 
súplicas, mandatos ni amenazas; las señoras se muestran intransigentes 
cuando defienden sus fueros; desde ese momento me pareció que todos 
los hombres llevamos escrito en la frente un signo de reprobación, un 
anatema terrible y femenil que nos privante solo de cargar jamás á la 
Virgen, pero aun siquiera al burrito. 

Dio fin el acto religioso y principió el profano, las posadas son un 
pretexto para hacer una soirée durante los nueve días que preceden al 
de Navidad. La música preludió una danza cubana, y como movidas 
por un resorte, se pusieron de pié varias parejas. 

Es un cuadro indescriptible el que presenta una sala de baile cuando 
todos se agitan al compás de esa danza; es la esencia de la sensualidad; 
es lo sublime del placer; es, en fin, un destello de la felicidad eterna. 

jAy! quién tuviera la ligereza de Terpsícore para lanzarse al viento 
haciendo piruetas, emprender marchas, dar vueltas y revueltas, y a- 
compañadas de las armonías del bandolón escuchar palabras confusas 
entre las semi-fusas, oir un suspiro sofocado, el latir de un corazón sen- 
sible. . . .¡¡oh!! 

Mi vista contemplaba aquel cuadro con arrobamiento,con ese deleite 
que inspira un espectáculo que se viera por la primera vez; admiraba la 
gentileza de tantas jóvenes que se entregaban al placer sin acordarse 
del pasado; que gozan de las delicias del presente y solo consagraban un 
suspiro al porvenir; á ese porvenir que á su imaginación se presenta 

lleno de ilusiones ¡Cuántas en aquel momento verían radiar sus 

esperanzas, y cuántas también las verían ofuscarse, como se ofuscan las 
estrellas entre nubes y celajes! 

En competencia á tantas jóvenes, y superando á las demás en gra- 
cia y hermosura, aparecían mis amigas y compañeras. Si las vierais 
como elevándose alas regiones de lo ideal parecían seres divinizados por 



11. 

el paganismo; si las vierais apoyarse muellemente en el hombro de su 
compañero y seguir el compás de la música en suavísimo vaivén; si las 
vierais sonreír cuando sus caritas de arcángel tomaban por la agitación 
un tinte de carmín; si las vierais aéreas, fantásticas, alígeras, cuando 
sus pies apenas tocaban el pavimento, cuando su imagen se proyecta- 
ba en los espejos y desaparecía como por encanto; si las vierais 

¡oh! es mejor que no las veáis, si no queréis sentir destrozado el cora- 
zón; huid, huid de ese piélago insondable donde muchas veces zozobra 
la nave de la esperanza, donde el alma se embriaga y enloquece al es- 
cuchar el canto divino de esas sirenas peligrosas 

¡Cuántas impresiones deja en el alma una danza cubana! 

Después que se bailaron distintas piezas, la voz elocuente del basto- 
nero pronunció de una manera perceptible esta palabra: t.¡A cenar!» 

La concurrencia se colocó al rededor de una gran mesa, y con apetito 
bien demostrado, saboreaba la sabrosísima ensalada de noche-buena, los 
pescados de distintas clases y otra multitud de platillos á la francesa no 
faltando el revoltijo. Se hicieron á Baco sus sacrificios en conmemo- 
ración del nacimiento de Cristo, y algunos de los concurrentes pulsa- 
ron su laúd con dulzura y entusiasmo. El vino había producido su e- 
fecto, y yo mo encontraba más animado y jovial que de ordinario. Ca- 
da uno á su vez tomó la palabra, y yo la dirigí á la dueña de la casa, 
que es una señora muy amable y bondadosa, diciendo el siguiente: 

¡Oh Laura! Si no el placer 
En noche de Navidad, 
Me obligaría la amistad 
Por tu salud á beber. 

Quiero, y con solo querer, 
Brindo alegre y oficioso 
Porque en Edén venturoso 
Horas pases placenteras, 
Con tus amigas sinceras, 
Con tus primas y tu esposo. 

/—Muchas gracias, señor; me dijo la simpática Laura:— \por esa fineza 
ofrezco k vd. una copita, que tomará vd. por. . . .¿por quién? por la se- 
ñorita que tuvo la bondad de presentar á vi en esta casa* 

— ^Con gusto la tomaré, pero .... 

— Esa señorita es muy digna de que vd. la obsequie. 

— ¡Oh! tanto, que merece tome yo en su nombre, no una copa, sino 
una botella, un barril, un tonel, un. . . . mas ¡por el Niño-Dios! cuando 
rebosa la medida, soy procaz, atrevido, insufrible, pendenciero 

— ^Primero esta copa de champagne. 

/—¡Dios mío! Señorita, mi cabeza se pierde, mis ojos se han pues- 
to bizcos, mis labios balbucean palabras. ... 

— Lo disimula vd. mucho. 

— Si ya estoy mirando dos Lolas. 



12. 

—Justamente mira vd. las dos Lolas que hay en la mesa; pero si no 
les ha quitado vd. la vista en toda la noche. 

,— ¡Qué indiscreción! T lo dice vd. tan formal, que las señoras 
creerán. . . . 

— >JEsta copa la toma vd. porque las Lolas lo miren* ¿la toma us- 
ted? 

r- Sí, amabilísima Laura; tomo veneno si vd. me lo manda. 

Antes de apechugar aquella copa, dije en tono festivo: 

Si yo de mi humor prescindo, 
Aunque haga una carambola 
Y el diablo meta la cola, 
Bebo, como, canto y brindo 
Por una y por otra Lola 

Las incomparables Lolas me dieron las gracias con una mirada ex- 
presiva. 

— Ahora la copa de cognac. 

— ¿Más todavía? He tomado rhom, cerveza, champagne, Burdeos, 
cognac, marraschino. . . . 

— Un garbanzo más no revienta una olla. ¡Si está vd. tan alegre! 

¿No la toma vd? 

— Sí, tomaré una, diez, mil, las que vd. quiera, pero no soy responsa- 
ble de las consecuencias: — y elevé la copa solicitando la pública aten- 
ción. La concurrencia guardó silencio, y yo dije con palabras entre- 
cortadas: 

Porque mi afecto se afana, 
Porque mi gusto se afína, 
Porque me gusta Angelina 
Hoy brinda mi musa ufana. 

Porque esa bella tirana, 
Me esclaviza de tal modo 
Aun encontrándome beodo, 
Que yo daría sin enojos 
En transacción por sus ojos, 
Mi gloría, mi dicha y. . . .¡todo! 

— iBravo! ¡bravísimo! esclamaron algunos de los presentes, acompa- 
ñando con aplausos sus palabras y cerrándose recíprocamente un ojo. 

La cosa se puso color de hormiga: uño de los concurrentes se acercó 
y me dijo: unos veremos; conmigo ha de hacer vd. la carambola. » Yo 
estaba aturdido con ese tiro á quemaropa, con un jaque tan inesperado, 
y no sabía que contestar: me pareció que aquellas palabras eran el nun- 
cio seguro de mi muerte: ¡un desalió, santo cielo! ¡ay! y mi antagonista 
tenía la espada al cinto y los mostachos más torcidos que la intención 
de los redactores y dibujantes de La Orquesta. . . .Mi tranquilidad se 
alarmó en alto grado. . . . 



I 



13. 

i ■■ ■ i i ■ i i i. * i ■ : 

Puso fin á la tertulia el primer rayo de Febo que penetró al través 
de los vidrios del balcón. En aquella hora se retiraron los concurren- 
tes contentos de solemnizar dignamente, y con todo el fervor de un cris- 
tiano rígido y observante, la venida al mundo del Mesías verdadero. 



VL 

Enero de 1884, 

Quien no haya abandonado á México de orden suprema; quien no 
haya salido poi una garita como el perro que se engulló el jabón; quien 
no haya emprendido el camino á pié, ó en mal rocín, cuando vienen tras 
de sí los aguijones de la policía, no sabe lo que es la flor de la canela, 
Quien vuelva á la capital con la vista fija en una curul, y que mira los 
futuros goces, como figuras caleidoscópicas, ó como visiones de una lin- 
terna mágica, es lo que hay que ver de afortunado y de seductor, reci- 
bir, ¡ay! recibir doscientos cincuenta cada mes, es pasar por los bálagos 
más nefarios de una fortuna suegra; es pasar por las horcas caudinas de 
una deidad tiránica; toser fuerte en los nóteles, disputar el pago de las 
copas y los sandvrichs, y frecuentar las fondas y los restaurante, donde 
se come bien y se paga mejor, es una felicidad que solo para contada, 
más cuando los tesoros de la madre patria son quienes han de pagar el 
pato. ¡Qué mal gusto tiene aquel á quién no le agrada ser diputado ó 
senador! Paga exacta v adelantada para los Benjamín de la adminis- 
tración, y que son los mas: un teatro de extensos horizontes para el que 
tiene musa juguetona y talento despejado, audacia sin límites, é ins- 
trucción aunque sea mediana; ser diputado, es lo que podría decirse en 
Inglaterra, meterse en la cámara de los comunes; ser senador, es intro- 
ducirse en la cámara de los lores. (Cómo me causa envidia una vida 
tan regalona! Perú viene á consolarme la más calva filosofía, y excla- 
mo con todas veras del corazón: — a Al que Dios se la dio, San Pedro se 
la bendiga, ii sin dejar de lanzar al aire un suspiro más hondo que el de 
un novio calabaceado.,~-Pero el que viene á México como si fuera uno 
de aquelJos espíritu-murciélagos que aleteaban ante el cuerpo aletarga- 
do de Macbeth, es á cada paso un mártir del deseo. Pasar delante de 
la Concordia; ¡oh! contemplar el espectáculo más discorde al través de 
los cristales de la Bohemia, como diría Nacho Altamirano, en que un 
pollo á la derniere se engulle á otro pollo condimentado á la Marengo; 
en que alguno trincha unos como corazones, traspasados por una como 
flecha, imagen exacta de las campañas de Cupido; y más allá, los maca- 
rrones á la italiana, formando dulce consorcio con los chorizos de Ex- 
tremadura y las morcillas ala Capoul. ¡Oh espectáculo grandioso pa- 
ra los que no han comidoí— sexclamaríaD. Geofas el gasirótumw sin di- 
nero, preciosa creación de Ventura de la Vjega. 

Escucho el retintín de las copas, el sonoro rechinar de los cubiertos, 
la réplica constante del que está entre corrido y escaso, ó como dicen o- 
tros, entre gallos y media noche ¡Ah caribes! ¡buen provecho! engullan 



Í97C/0S 



14. 

a dos carrillos mis amables y buenos ex -compañeros; coman y beban 
a quellos que tienen qué, los que tienen buen apetito y buena diges- 
tión, que así haré yo cuando las suyas vea: no creáis vosotros que al 
pararme ante esos cristales me ánima la envidia, ni que vengo á Méxi- 
co por hambre, no. . . .de mi casa la traigo 

Oh Dios! ¿por qué la vara mágica de tus liberalidades alcanza á u- 
nos de tus hijos, y á otros solo la pajuela del largo chicote de tu justi- 
cia? ¿por qué has dado á unos barriga para enjaular pavos y perdices, 
sin sufrir una indigestión ni congestión, y á otros les has suprimido el 
abdomen bajo los rigores de una indisposición sempiterna? ¿por qué no 
desvías nuastros pasos como desviastes nuestros pesos, siquiera para no 
rezar á todas horas el padre nuestro, y exclamar fervorosos el uno me 
dejes caerw delante de ese templo culinario, delante de ese Omarini, que es 
el Orobeso de esos druidas; dame tu fortaleza del Getsemaní para resis- 
tir de mis tripas las revueltas intestinas. 

Pero habitar por economía un cuarto- wagón de á cincuenta centavos, 
un chiribitil que usurpa el legendario nombre de cómoda posada, de u- 
na ergástula de claraboya donde no hay espejos ni colgaduras, ni eléc- 
trica campana, ni escupideras, ni sofá, ni mecedoras butacas; sino para 
torturar á un convaleciente existe solo un jergón más delgado que mi 
esperanza, con bastas de pedernal como chimborazos, un catre cojo 
que ostenta con donaire lo figura del Escorial é imprime en mis costi- 
llas la imagen del martirio de San Lorenzo; y á mayor abundamiento 
hay junto á mi cabecera una botella, un vasito en abreviatura, una va- 
sija diminuta que no es para describirse, pero sí para aventarse de solo 
un suspiro. Tras de todo esto, almorzar de á cuatro reales, y fumar los 
cigarros de la nBola sin rival. .. Dios Nuestro Señor me reciba estos sa- 
crificios en expiación de mis negros pecados! • Pero eso sí, ya estoy en 
la corte, ya estamos en Madrid y en nuestro barrio, como diría Bretón. 
Estoy aquí instalado en un ... . ¡qué cuarto, señor, qué cuarto! con más 
propiedad se le debía de llamar un sexto. Más claro le dan á un muer- 
to en el Campo Florido. Pero qué vamos á hacer cuando todo se en- 
carece en México, y cuando mi palo no está para cucharas. 

Después de bañado y hecha la toilette, como hoy ae dice entre la 
gente fina, caprichosa hasta nomás por introducir galicismos innecesa- 
rios, me lanzo á la calle. ¡Qué impresiones me causa México después 
de seis años de ausencia! mis recuerdos se agolpan & la mente, no ya de 
cuando era colegial, sino de otra época no muy distante en que nos he- 
ría un sol de cara. 

Teo á mis ainigos, y trabajo me cuesta reconocerlos, porque graves 
y magestuosos me codean y no nos saludamos. ¡Si será! ¡si no será! ex- 
clamo en mi vacilación, sosteniendo una lucha formidable entre la du- 
da y mis afectos; no pudiendo contener los latidos del corazón y un re- 
gocijo que estalla, me arrojo en los brazos de Pedro Baranda, ó, por ser 
más urbano con quién siempre ha escupido en rueda, del señor general 
D. Pedro Baranda, y exclamo: umi buen Perico, mi predilecto amigo, mi 
estimado compañero,' venga un abrazo, y otro, y otro, aunque lo revien- 
te á vcLu asemejándose esta escena á una de las de ««La Gallina ciega. ■■ 



15. 

^-¿Quién es vd., señor, que tanto amor y confianza me manifiesta? 

— ¿Quién? míreme vd. y reconózcame. 

Pedro Baranda me miraba asustado, y de hito en hito: rugaba el en- 
trecejo, y en su mirar se leía el asombro de que estaba poseído. 

¡Ni por esas! exclamaba más confuso. A pesar de su carácter, de su 
bondad, de su franqueza siempre propensa á la broma, no hallaba quién 
fuera el que asaltaba su regazo; tal vez me tomó por aspirante á un 
empleo, y que impetrar quería su recomendación y su valimiento; tal 
vez creyó que sería uno de tantos que, sabedores de su nueva y eleva- 
da posición en la zona militar de Tabasco ó de Campeche, quería, cuan- 
do menos, ser su ayudante. Para sacarle de dudas, le dije casi al oido 
mi nombre, mi poético nombre de Querubín. 

y— Jesús! exclamó mirándome de perfil, ¿y es vd.? hombre, no lo cre- 
yera, ¿dónde está aquella sobresaliente y colgante barriga á la Ortegat, 
y los pómulos inflados y la obesidad frondosa y fabulosa á la Justo 
Sierra? 

— ¡Ay amigo! exclamé casi contristado ¡se fueron! y yo vuelvo 

á la vida, después de tocar las fronteras de la eternidad. 

No sé qué pasó por mí al estrechar á este buen amigo, compañero de 
mis lucubraciones diplomáticas en el Congreso. Me despedí de él pa- 
ra dar asaltos á otros compañeros. Islas, jBalandrano, Pancho Sosa, a- 
migos y nobles adversarios alguna vez; á Prieto, el poeta más popular; 
á Chucho Fuentes Muñiz, á quien ya es preciso saludar con el sombre- 
ro en la mano, verle con respeto y no con familiar llaneza; k Manuel 
Romero Rubio, que es ya un suegro ilustre. Todos, todos ocurren en 
tropel á mi memoria, aun aquellos quo han bajado al sepulcro; para con 
los muertos he evocado su memoria; con los vivos he tenido una reyer- 
ta muy amistosa; alguno al ver mi entusiasmo, al sentirse sofocado en- 
tre mis brazos, me decía: n¿como le vá á vd. padre?n tomándome por un 

clerizonte siervo de Dios, ó por un fraile exclaustrado: otros fueron 

mis amigos cuando yo era diputado; mas hoy no, porque el sol de la po- 
pularidad está en su Ocaso, y yo, imagen del esqueleto, estoy 3in carnes 
y sin plétora, pero con el humor de siempre y con un amor á mis ami- 
í gos elevado á la quinta potencia. 

Seis años de ausencia; seis años de estar en el potro de los tormentos 
agobiado por el hambre y los deseos; viendo las lonjas suculentas y no 
deberlas comer; ver por última vez las riberas de la existencia, y zozo- 
brar la nave que me conducía á la eternidad para que una oleada cari- 
tativa me arrojara de nuevo á este valle de lágrimas; ¡ah! esto es tener 
de nuevo amor á la vida, cuando la inexorable pelona me hacía sus úl- 
timos gestos; ver á nuestros amigos, con quienes hemos discutido ar- 
duas cuestiones, como tópicos omniscios para curar las llagas de la ma- 
dre patria. Hay algo de religiosa y fraternal solicitud en recordar las 
I ideas, las palabras, las bromas, los sarcasmos de personas queridas, ver- 
tidas en los buenos días de la fortuna, ó en las horas de la adversidad; 
ni los odios de partido, ni los celos literarios, ni traidores halagos del in- 
terés, son capaces de engendrar, en un enfermo que vuelve del otro mun- 
do, el resentimiento ni te memoria de los agravios. 



16. 



VIL 

México se ha regenerado. Por todos rumbos se escucha el rugir de 
la locomotora que lleva la vida y la civilización & regiones distantes: 
cruzan en todas direcciones los wagones y se oye el gemir del cornetín 
que llama á los pasajeros á vaciar su bolsillo en el repleto bolsón de 
la empresa del tranvía, como si fuera ese cornetín el cuerno de caza de 
Rui Gómez que llama al candoroso Hernani. 

¿Qué es ese sol nocturno que nos deslumhra? ¿la luna se ha hecho pe- 
dazos y ha esparcido Dios aquellos fragmentos en las calles de México, 
como esos esferoides que brillan en el espacio? Es la luz eléctrica que 
pregona los adelantos del siglo y la cultura de mi patria. Esos cal- 
vanos, cuyo número recuerda el campo sangriento del Japón, donde 
fueron sacrificados San Felipe de Jesús y sus compañeros son los pos- 
tes y conductores del sonido, que llevan & largas distancias, sobre las alas 
del rayo, el timbrey los acentos del hombre, y que inmortalizan el genio de 
Edisson: es el teléfono que se vé en todas direcciones. 

Es esta una ciudad encantada donde las maravillas de la arquitectu- 
ra forman la estética belleza y anuncian 1& prosperidad más rápida. El zó- 
calo de un monumento que cayó en el olvido, sirve hoy de base á un kiosko 
soberbio: lo rodean los eléctricos faroles, lo iluminan sus mil lámparas; 
esparcidos se ven los bronces y los mármoles entre mágicos jardines; 
más allá la nueva calle que inmortaliza el nombre de Zaragoza, y un 
poco mis lejana la estatua de Colón, de esa víctima de la ingratitud, 
que ostentaba como un trofeo, como un signo de sus recompensas, un 
par de grillos. No al gobierno de México ni á sus habitantes debe el 
ilu3tre genovés la reparación de su memoria; la debe k uno de los po- 
tentados de esta capital que la costeara "La gloria postuma es la me- 
jor," ha dicho un sabio; yo no lo soy, pero creo que más verdadero es 
el apotegma del que decía: "á muertos y á idos, no hay amigos." 

Hay algo de candor en creer que las honras no se deben tributar á 
los vivos y sí á los muertos. Más cuerdo fué el pueblo americano en 
tributar honores á su compatriota Morsa levantándole una estatua que 
él mismo había de descubrir el día de su inauguración. También la filo- 
sofía de la vanidad hace progresos. En cuanto á mí, si yo fuera digno 
de la apoteosis, me halagaría más saber que mi patria me tributaba en 
vida honores, y no imaginar que podría haber un mameluco sarcástico 
que me aplicara aquello de " la cebada al rabo/' 

México tributa un homenaje de admiración al hombre que lo incrus- 
tara en la zona civilizadora, como levantará algún día estatuas á Hum- 
bold y á Cuauhtemotzin. 

Falten ustedes de México por algún tiempo; vuelvan ustedes á él y 
todo lo encuentran cambiado: no con poco criterio dice un adagio: 

Quien de su casa se aleja 
No la halla como la deja. 



17. 

Donde antee había una Iglesia hoy es templo consagrado á alguna 
diosa del paganismo. Un pintar ó un estatuario; una hetárea ó una mo- 
dista; un Praxisteles ó una Frinee. La tolerancia de cultos ha hecho 
del templo cristiano una mezquita y del claustro un gineceo; el velo 
y el sayal son sustituidos hoy con el manto de la cortesana ¿qué extra- 
ño es que el sastre vaforito haya dejado su localidad y hoy sea una dro- 
guería ó una cantina donde se toma un pisco-la vis? ¿qué extraño es que la 
fonda del buen beefsteak se haya llevado sus tradiciones y sus baterías 
hasta el quinto infierno? El hambre no es como el hombre; ella no ad- 
mite esperas, rebajas y descuentos. Pero ahí veo un rótulo que dice: 
11 Fonda Espanola.it — ¡Canario! allá me lanzo, y preparo mis mandíbu- 
las, capaces de morder hasta las botellas, si son de la tierra de Ma- 
ría Zantízima.— ^Penetro á esa estancia con garbo gaditano y pido pron- 
to las tajadas. Suculentas como son esas viandas, engullo uno tras o- 
tro los platillos, y al sentir caer el peso á mi satisfecho estómago recupero 
la calma, la razón, y pido un poco de pulque. 

— \i$o hay! me dice el mozo; porque ha de saber vd. que este esta- 
blecimiento es frecuentado por personas muy decentes. — ¿Quiere vd. 
cerveza? ¿Cariñena? ¿ Rioja? ¿ Priorato? escoja vd.; pida vd., que los 
hay muy buenos y baratos: porque todos somos españoles; no - más 
yo soy indio, pero no salvaje. 

— Bien! muy bien! pero acérqueme Vd. una salsa picante y exitante 
para 6aborear este puchero y estos albondigones. 

-^Nb es bodegón señó; -exclamó el dueño de la fonda;- aquí no se co- 
noce el chile ni el clemole, ni lo peneque. 

¡Oooooht exclamé meneando mi cabeza en ademán de arrepentimien- 
to, por mi indiscreción. Puea bien, muchacho, traeme un plato de fri- 
joles. . 

— ¡Sacrilegio! dijo el dueño de la fonda que servía á sus parroquia- 
nos. Por qué no le das al señó un anteojo de larga vista para que vea 
que aquí todo somo gachupine? aquí no hay f rijole, señó. 

z—Pues mándeme vd. judías ó habichuelas. ¡Qué! ¿no hay polque en 
Andalucía? 

^-No señó. 

¿No hay chile tampoco? 

z— fCá! Si lo hay, é mejor que el de aquí. 

,—7 guindillas, y.... „ 

Mejore que lo de aquí. 

— i guajolotes ........ 

Pavos sí; guajolote no lo sé, pero eté uté seguro que si lo hay, 

son mejore que lo de aquí. 

Yo lancé admirado una jaculatoria de bodegón, y aplaudí. Los es- 
pañoles comensales reian á carcajadas é hicieron retintín con los vasos 
y cubiertos; bajo el mayor entusiasmo exclamé: ¡españoles! ¡nobles ht- 
jos de D. Pelayo y de D. Fabila! que felices sois vosotros, aún los que vi- 
vis en México, con no saborear jamás ni conocer los frijoles ¡qué 

dirían las naciones extranjeras! y luego el chile piquín que si lo comie- 
ran, se en venarían, y después- bailarían el zapateado de Cádiz. 



18. 

Pues bien, le dije al mozo, puesto que esta fonda es muy española, 
traeme un anteojo de larga vista para distinguir la olla podrida y el 
queso picón y. . . . 

La esposa del andaluz era una mejicana patriota y entendida, y al 
oir la reyerta tuvo la amabilidad de ofrecerme el manjar predilecto* 

— nYo soy mejicana; me asocio á sus deseos y lo complazco. 

— ¡Amabilísima paisana! — esclamé rebozando en mí la alegría,- al fin 
encuentro con quien quejarme; ¡auxilio! ¡socorro! 

El andaluz declaró que era una profanación presentar en aquella me- 
sa una vianda tan prosaica; que era un crimen de lesa civilización, y 
lanzó al aire un interjección sevillana; pero su esposa, no obstante su 
humildad angélica, le hizo una muequecilla graciosa y espresiva. 

/—Levantemos nuestra bandera que jamás se humilla, me dijo con 
entusiasmo. 

— N Viva México y los usos nacionales, — esclamé cobrando bríos. 

Los españoles también aplaudieron; el andaluz se declaró vencido an- 
te la mediación de su consorte, y nos convidó á comer al día siguiente 
el platillo nacional, es decir ..pavo en salsa roja... 

— ¡Mole de guajolotel-esclamó la adorable paisana;- tal es su nombre; 
no se lo hemos de cambiar nomás que por extrangerizar el guiso. 

Salí de allí con el estómago muy satisfecho y contento con haber pa 
sado un rato en Vista alegre. Talo saben ustedes, señores; no hay que 
reclamar frijoles en una fonda española, porque los peninsulares ni los 
conocen, mucho menos los residentes en México. ¿Con qué no apechu- 
ga un andaluz? 

m VI1L 

Pasaron los idus de Marzo; nuestro César augusto cayó ante el sena- 
do romano; los que formábamos su círculo tocamos á dispersión al día 
siguiente de nuestro pataleo por no recibir un tiro á quema ropa, para 
sustraernos á los halagos del vencedor. ¿A quiénes corresponden 
los honores de este tiempo? ¿para quienes son los laureles? ¿para el que 
mató la vaca, ó para el que tuvo la pata? 

Marcela, ¿á cual de los tres? 

Pero Marcela al fin y al cabo despreció al hermafrodita D. Agapito 
Cabriola y Biecochea, como si dijéramos al partido conservador-mode- 
rado, que pusilánime llama al toro desde la barrera temiéndole á la 
cornada; al capitán D. Martín Campana y Centella, que á pesar de su 
marcial continente y su Florencio rozagante, le salió el tiro por la culata 
como al partido decembrista: D. Amadeo Tristán del Valle, tuxtepeca- 
no neto, cuyos trabajos salieron como las avellanas viejas, todas rancias. 

nEntre mi oficial y yo 
Hicimos este retablo; 
Si está bueno, lo hice yo, 
Y mi oficial, si está malo. 



19. 

¿Dónde están, pues, mis adversarios? ¿dónde mis amigos y asociados? 
los busco y no los tiento; los llamo y no responden. Muerto está el que 
no resuella. jCuántos cambios en la política! ¡Dios mío! ¡cómo se desva- 
necen los hombres como sombras chinescas! Nadie sabe para quien tra- 
baja. 

¿Conque no fué Franklin el inventor del para-rayos, sino Diwisch? 
¿no Morse el del telégrafo sino Chappe?/ — Después del triunfo se hizo 
una ensalada de Noche buena y ni el demonio que conozca ese carnaval. 
El partido caído metió la hoz en mies agena y jugó con buen resalta- 
do una partida de gana-pierde. Propicia la fortuna no cesaba de prote- 
jerle, y una mano hábil manejaba la ciguiñuela. Oí cantor & un bro- 
mista la siguiente copla: 

Yo cultivaba un moral 

Por interés de las moras; 

Otros comieron las frutas; 

Yo cogí solo las ojas. 

Ya distingo k Joaquín Alcalde, y le abrazo y le saludo como á un an- 
tiguo amigo. Después de alguua© expanciones é interjecciones, me hi- 
zo sentar á su mesa. Su amigo Romero Vargas estaba allí; otro com- 
pañero de catástrofe á quien alcanzó también la rabiada del cetáceo re- 
volucionario, en esa campaña contra los moros africanos, en la que se 
perdió el rey D. Sebastián y no parece hasta hoy: Muerto está el que 
no resuella. 

— r¿Conqne vd.,-dije á Joaquín Alcalde,-dió malas cuentas de su ad- 
ministración? ¿conque vd., que fué la guacamaya del octavo Congreso y 
[ el prestidigitador de los cubiletes, se ha retirado de la política y quedó 
en el olvido? no lo esperaba yo de su actividad y patriotismo.' 

Joaquín inclinó la cabeza como si dirigiera la palabra al pavimento, 
y me decía con orgullo. 

— Nada soy; ni siquiera diputado. 

Y Romero Vargas hacía una cara tal, que podía creerse pasaba por 
su mente este triste pensamiento: nel pago tras el pescuezo,., que es el 
galardón de los revolucionarios de buena fé. 

Yo, deseoso de hacer una zalamería al amigo que me ha dispensado 
su favor y feu confianza, le dije como por broma: 

— ¿Ni una curul para vd., mochiller más belicoso de la gallera de- 
cembrista? ¿para vd., el periquito más hablador del Congreso? ¿para 
vd- que si subía á lo más alto de la moütaña congresil era para fulmi- 
nar á los gochicochino8 terribles amenazas? 

— La revolución triunfó,,— decia Joaquín, — pero no la legalidad. Mi 
puesto en el Congreso habría sido, si me hubieran electo, el' que me 
imponía el deber de amigo de un hombre que navega todavía, y cuya 
nave han desmantelado las circunstancias. Por hoy diré á usted que 
duermo y sueño. 

Relámpago fugaz iluminó mi estancia, como esos bólidos errantes que 
suelen verse en el espacio; fué la robusta voz del patriotismo, que reso 



20. 

nó en el cuerpo legislativo en defensa del periodismo; aun no están 
muertos los demócratas de antaño. El Sr. Romero Vargas pronunció 
un elocuente discurso impugnando el dictamen de esa reforma consti- 
tucional, que sellara los labios del tribuno de oposición y del escrito- 
independiente. 

Alcalde dio lectura a ese discurso, que cautivó mi atención hasta su 
fin. Yo veo el desborde de la prensa, y aun he deseado su represión, 
pero no he querido cortar las alas al pensamiento escrito. 

Romero Vargar me decía con el acento de la convicción más pro- 
funda: 

— Asistimos á las funerales de la libertad de imprenta; pronto no ha- 
brá más que un incensario para la administración actual. Mis adversa- 
rios, Balaudrano y Salas, no contestaron mis razonamientos sino con 
declamaciones vagas; y en cuanto al primero, solo le afectó que lo com- 
parara con César por lo chaparrito. 

r— Balandrano,-contestaba yo,— es escritor, y como tal, no debía de- 
fender el dictamen con la vehemencia de convicción profunda, pues al- 
go ha contribuido con sus escritos k la ilustración de México; más apro- 
pósito hubiera sido haberle aplicado por ese desliz las palabras de Cé- 
sar, que pronunciarían con dolor sus compañeros del periodismo: i»;Y 
tú también, Brntoln 

— Ningunas razones hubieran podido variar su propósito de no modifi- 
car su dictamen, -decía Romero Vargas. — La ley de imprenta sufrirá los 
honores de la guillotina, y sus verdugos serán los mismos escritores. 

Si la ley orgánica queda en pié, solo habrá querido la comisión des- 
truir ese fuero especial de condenar un escrito por un jurado; parece 
que éste es el pensamiento cardinal de la comisión. 

Nuevamente volvimos al tema de nuestra conversación; no era extra- 
ño que me interesara saber algunos pormenores de aquella lucha intes- 
tina que principió en el campo de batalla y continuó en el terreno de 
las ideas y las intrigas palaciegas; que plantaron los amigos del gene- 
ral Díaz con audacia y con valor; regaron con sus deseos los amigos del 
Sr. Iglesias, como Alcalde, Altamirano, Vallaría, Antillón; y que in- 
gertaron también los iscariotes y los héroes de á última hora en un día 
de triunfo. ' 

— ¿Cuántas heridas sacó usted en ese fandango? -preguntó á Alcalde 
en tono de broma,- me parecía ver á usted volver á su hogar con banda 
al cinto y laurel en la cabeza, pero con pierna de palo y un ojo apagado. 

— vNo soy de armas guerreras y destructoras; pero siguiendo las alu- 
siones de vd., que me ha llamado perico y gallo, diré que soy como esas 
aves, de pluma, deffarra y pico. 

— ^Usted me aseguró en tiempo oportuno, que navegaba con viento en 
popa. La nave de las circunstancias políticas sintió inflarse »us velas y 
se lanzó al océano de la revolución. 

— Sí, pero sopló el Norte. 
— Y se desato el vendaval. . 



21. 

/—Y vino la borrasca. 

— N Y zozobró la nave; y usted, como el perico de los marineros según 
el cuento vulgar, se encaramó, buscando salvación, en el palo más alto; 
desde allí decía usted á sus adversarios políticos los lerdistas, como sa- 
tisfecho y triunfante: use.... fregaron} se fregaron» lenguaje no muy 
pulcro, pero adecuado al perico de los marineros. La nave, combatida 
por la tempestad, sé hundía á cada momento, y ai llegar el agua á lo 
más alto del palo, decía usted á sus correligionarios con ferviente de- 
sesperación: unos.... fregamos; nos fregamos. 

Alcalde, desde el principio de la comparación, sintió el arponazo, y 
sólo decía que yo era muy rencoroso al recordar hoy lo que estaba ol- 
vidado. 

/—La revolución es como Saturno; devora á sus propios hijoe^-me 
contestó. 

— Yo creo que hay más analogía en comparar aquel aborto revolu- 
cionario en que vd. tomó parte tan activa, con algunas aves gallináceas 
que devoran el fruto de su propio vientre. 

— Los hombres que formaron el círculo de vd., -me decía,- han tenido 
habilidad para introducirse en la administración, formado alianza con 
unos y nidificado á otros de los que f nerón los validos más estimados. 
Hoy ejercen influencia en los destinos del pais; mañana. . . .será otro 
día. Acaso nuevos hombres gozarán de tal privanza: una elección se 
acerca: cuatro partidos están en asecho. 

Cualquiera diría que este diálogo, que tenía un tono tan íntimo, era 
una discusión filosófica para preparar una situación más favorable á un 
temo de amigos que en otro tiempo fueron antagonistas. Yo, hablando 
en defensa de mis correligionarios, le cité este epígrafe de Solis: 

Tres supe ayer que tenias, 

Y hoy he sabido otro más; 

Niña, á esta cuenta tendrás 

Más longanizas que días. 

Las mañas de treinta tías 

Amor en tu pecho ha puesto; 

Pero ya que estoy dispuesto 

A entrar en tu laberinto, 

Pasaré por ser el quinto 

Por irme acercando al sexto. 
Aquí, señor cajista, me corta vd. esta tela de impresiones para que 
la inserte vd. en La Libertad; pero si aun falta verso y sobra tonada, 
puede vd. completar su número con lo que á continuación se expresa. 

IX. 

El fallecimiento de un amigo querido, me obligó á llevarlo & su úHs- 
tima morada.— La comitiva iría en ios tranvías que conducen al ce- 
menterio de Dolores & los que fueron números, y hoy son como los ce 



22. 

ros, símbolos de la nada. Llevar un difunto no es un acontecimiento 
nuevo ni raro; pero hay que hacerlo con algnna pompa por la vanidad'. 
el carro fúnebre éatá dé luto y adornado con crespones, y hasta los ma- 
chos participan del mudo dolor; un moño negro donde nace la cola pa- 
ra que el difunto lo perciba, es de rigor. El cochero, ¡ah! el cochero ó 
conductor debe vestirse también de luto y con traje honesto y decente, 
como el reglamento del Congreso previene h. los diputados se presen- 
ten á desempeñar sus funciones; guantes negros de sobresalientes y lar- 
gos dedos, sorbete con crespón y levita con mangas también muy lar- 
gas; pantalones remangados, y otros haata la espinilla; trajes que dese- 
chó la clase alta y que hoy sirven paia adecentar á los postillo- 
nes de la muerte. La cabeza es grande; estrecha la entrada del som- 
brero; este baila un rigodón, y el paciente lo sostiene guardando el 
equilibrio. 

Mucho pesar por el difunto han de tener sus condu ctores cuando no 
lo han conocido; y tienen que pasar por el ridículo de ponerse levita y 
corbatín que los pone tiesos por falta de costumbre; declame uno que 
no podía arriar á Bartolo (así se llamaba el macho por lo flojo) ni mani- 
jar el chirrión, porque iba abrochada la chupa y le apretaba los sobacos. 

Después de marchas y contramarchas con el cadáver, y esperas de la 
corrida, nos pusimos en la vía de la tumba, llegando al panteón de Do- 
lores. 

Mientras que ensanchan la sepultura y se le dá más profundidad, re- 
corro aquel sitio adornado de flores y monumentos, donde reposan nues- 
tros amigos. Nombres ignorados por mí, pero cuya piedad filial con- 
sagra una memoria á los restos mortales de un ser querido. Busco con 
avidez entre aquellas tumbas el nombre de alguna persona cuya mano 
estreché algún día. La primera losa me reveló dos nombras que aun 
me es grato pronunciar: Pantaleón Tovar — Regino Tovar. ¡Gran 
Dics! yacen aquí dos amigos, y del segundo no tenía noticia de su de- 
saparición de este valle. ¡Friolera! ya resucitó el muerto: un hijo de 
mi amigo que llevaba el mismo nombre fué la víctimn. 

¡Cuántas tumbas de hombres ilustres que no deben confundirse en 
una sociedad tumultuosa porque brillaba en su frente la inteligencia 
son ignoradas en aquel sitio; las cubre el velo del olvido y el hielo de 
la muerte. 

El espíritu más vigoroso desfallece ante recuerdos tan melan- 
cólicos en el panteón solitario; esparcidas se ven sobre las tum- 
bas las coronas ya marchitas; las flores y los arbustos que embelle- 
cen aquellos terrenos áridos, simbolizan la lucha perenne entre las par- 
cas que todo lo entristecen y los vivos que quieren poetizar hasta la ha- 
bitación de los gusanos. 

Mi vista distingue una loza humilde y en ella grabado este nombre: 
Carmen. ¡Oh! yo la conocí llena de esperanza cuando le sonreía la vi- 
da con todos sus encantos, cuando su existencia se deslizaba tranquila 
como mariposa entre las flores y los perfumes; cuando era feliz con su 
piano y los afectos de sus amigos. Sus gracias, su mirar, sus palabras 
vienen á mi mente; conservo en mi memoria sus expansiones, y por prime- 



23. 

ra vez vengo á su tumba á mandarle mis suspiros y á consagrarle mis 
lágrimas como un tributo de amistad y de reconocimiento. Jamás he 
pisado los lugares que { alguna vez frecuentamos sin que venga á mi pen- 
samiento su nombre y el recuerdo de sus bondades. Descansé en su 
sepulcro; recogí algunas florecillas que han brotado allí, acaso fertiliza- 
das por los despojos de esa amable criatura, de ese ser angélico que en- 
dulzó con sus consuelos algunos de los minutos más amargos de mi vi- 
da. ¡Oh Dios! recíbela en tu seno; haz que mis acentos lleguen á su 
oido para recrearla en el fondo de esa tumba solitaria. 

Abandono el lugar de los sepulcros donde resonará bien pronto el 
canto lúgubre de las aves nocturnas, mientras vuelvo con el corazón 
contristado ante esa bulliciosa sociedad, á escuchar los graciosos acen- 
tos de la Theo. El corazón humano late con las emociones que produ- 
cen los contrastes. 

Vuelvo por Tacubayaá México á una hora en que los- tranvías hacen 
su último vifge. Hago una seña y no se para; asalto y me cuelgo de u- 
na correa, con la punta del pié en los filos de una tabla y el otro al aire 
para conservar el equilibrio; jamás fué, yo lo aseguro, más gallarda la 
actitud de Airee ejerciendo su aire- volante. 

Uno de cachucha se me presentó: 

Llevaba estas iniciales: Jr. C. D. 

Las traduje así: Feo Como Demonio. 

Me tendió la mano sin articular palabra, y creyendo que me saluda-' 
ba, la estreché con dulce amor y amistad: insiste por segunda vez, y yo 
torné á besarle la mano fría y huesosa. 

— VúBoletoÜ exclamó con el acento del león africano. 

-^¡¡Colgado!! le contesté con la respiración sofocada y construyendo 
como él oraciones sin verbo y sin preposición. 

— N ¡jAbajo!l gruñó de nuevo. 

— ¡Adentro! dije tiritando de frió. 

— {Policial dijo con voz estentórea, enseñándome las tijeras. 

— ¡Humanidad! fué mi contestación enseñándole los dientes. Si vd. 

quiere paga por eBte milagro acrobático, recurro á su equidad; y á su 

Hombre, ¿no le han dado á vd. nunca una bofetada? 

— Jamás! ¿muñeco asustadizo? 

— Entremos, pues, en arreglos; soy pobre de solemnidad; vea vd. que 
voy en el aire como alma que se lleva el diablo: daré á vd. cuartilla por 
el pasage. 

— ¡No tengo boletos de á cuartilla! 

— Pues daré á vd. seis centavos. 

— I No tengo boletos de seis centavos! pronto, ó lo echo abajo 

— -Saque vd., pues, un real de mi bolsillo, porque no soy dueño de mis 
movimientos. Cuidado con mi v reloj. 

Después de esto caminen ustedes en tranvía en el postrer viaje. 



24. 



Los avances de la civilización regeneran las costumbres, como las in- 
nnndaciones de los ríos fertilizan los terrenos. El teatro, las fiestas re- 
ligiosas, el trato social, el amor, las ceremonias epitalámicas, todo ba 
sufrido una trasformación radical Nuestras costumbres de boy no se 
parecen á las de antaño. 

Ya no es el teatro un punto de reunión donde se dá cátedra de mo- 
ral con la representación de la vida de Santa Genoveva ó la de San Pas- 
cual Bailón; ya no se representa el Moro de Venecia en que Ottelo se le 
vestía con el uniforme de general del ejército mexicano; ya no se obliga á 
los visitantes véspero-nocturnos á rezar el rosario y la caminata como un 
medio de amenizar la estéril conversación. Todo ha cambiado, y hasta 
la ternura filial se muestra hoy con más vehementes expansiones que 
en otros días. La confesión y comunión no preceden como prólogo del 
holgorio de cumple años; no el papá contrito y rasurado oculta su calva 
venerable bajo el terciopelo y los bordados de un gorro griego con bor- 
la de canelón, ni abriga su abdomen con una bata tolomaica, ni ostenta 
las pantuflas chaquiroleadas; ya no es el papá auien prepara su propia 
fiesta y escoje la cuerda con que ha de ser colgado, ni pone el incensario 
en las manos que le han de mandar el sahumerio de las felicitaciones. 
¡Cuan distinto es hoy el sentimiento filial, como es distinto también el 
[•modo de expresarlo! 

Una familia, con expontaneidad prepara la sorpresa más agradable á 
los que son autores de su existencia; se esfuerza cada hijo en elaborar 
con su propia mano algún objeto útil ó curioso. Los chiquitines ras- 
guean una plana de letra inglesa ó traducen una parte del Telémaco, 
matizan un tapiz, ó estudian y ejecutan con soltura una pieza de músi- 
ca. Después, toda la familia se acerca á una mesa primorosa, cuyos 
atractivos exitan el apetito. ¿Qué felicidad puede ser comparable con 
la que rebosa en una familia en el día solemne de un cumple años? to- 
dos rien sin pensar en mañana, en las arterías del destino. La niña que 
corre tras de la mariposa para cogerla y aprisionarla en un florido ver- 
ge), sonriendo con la inocencia de los ángeles; no se fija en el advenimien- 
to de un día funesto en que desaparecerá esa felicidad, en que se eclip- 
sarán esas ilusiones y languidecerá su corazón. La pérdida del herma- 
no es menos sensible; la de un padre, el tiempo y la naturaleza pueden 
cauterizar las heridas del alma; mas las pérdida de una madre nada en 
el mundo puedo borrarla; á todas horas ocupa nuestra memoria, ya sea 
en medio ae los círculos más animados ó eñ el seno de los placeres más 
agradables. Siempre he leido con admiración este feliz pensamiento, 
deslizado en la mente de un hijo ante el cadáver de una madre. 

i. Puede un amigo leal 
Suplir la falta de un padre; 
Al cariño fraternal 
Suple el lazo convugal .... 
Más nada suple a una madre.» 



J 



25. 



Por esta cansa vemos el ahinco con qne los hijos festejan el grandio- 
so día; también en la familia entra el estímulo, y nadie deja de contri- 
buir á hacer una coquetería afectuosa al ser más caro. En esa fiesta 
de familia que se celebra en el hogar, toman parte los deudos y los a- 
migos; el trato social más civilizador, los destellos del progreso, han he- 
cho partícipes del gran júbilo á una parte de la sociedad. Las Lolas 
las Pepas, las Conchas y Guadalupes, nos hacen salir de quicio y dan 
impulso al comercio, protejen las bellas artes y animan todos las círcu- 
los. Preguntad á los comerciantes y os dirán que en los días de cum- 
pleaños duplican sus ganancias, exhiben los vistosos trajes y los dijes 
más deslumbradores; Tos abarroteros realizan sus esquisitos vinos y pes- 
cados, es decir, sus comestibles y bebestibles (?) Preguntad á los za- 
pateros, á los músicos, á las modistas, y os dirán que en tales días se 
muestran pródigos sus parroquianos en gastar dinero. Las tertulias, 
los días de campo, los expléndidos saraos, muestran todo el lujo que u- 
na sociedad culta ostenta en aplauso de un ser querido. 

Pocas son las naciones en que se celebra el natalicio de algún miem- 
bro de la sociedad, pero en cambio las recíprocas felicitaciones están de- 
signadas para el día de' año nuevo. Unir la cola del que se vá con la 
cabeza del que se viene; estar en la orgía más placentera la última ho- 
ra del año y unirla como con una cadena m&gica á las horas primeras 
del año nuevo; celebrar esa transición de la vida espirante á la vida na- 
ciente, al lado de una familia y algunos amigos predilectos, en distintos 
círculos, y enviarse mutuamente regalos como símbolo de amistad, y 
como expresión de un deseo satisfactorio de próspera felicidad en el 
nuevo año. Tales son las costumbres que sustituyen á las felicitacio- 
nes del natalicio en otros países; por eso vemos agitación febril en este 
día en los círculos extranjeros, y tibieza en los días que conmemoramos. 
La sociedad mexicana no abandona sus tradiciones, y sí adopta 
nuevas costumbres; los numerosos santos del almanaque, aristócratas 
del santoral, presiden espléndidos festejos; desgraciado del que se llame 
,Clepfas ó Macario, porque nadie se acordará de felicitarlo; las posa- 
das, las rifas de compadres, el árbol de Navidad, el año nuevo, forman 
en nuestras costumbres un consorcio singular; nacionales y extranje- 
ros toman parte en esas expansiones, y todos gozan con los destellos de 
una cultura siempre en progreso aun las personas extrañas á un cír- 
culo y á una familia son partícipes del júbilo en un día memorable. 

Con motivo del cumpleaños de un amigo, su familia invitó á una par- 
te considerable de su círculo social á que fuera actor en su placer; 
sus recomendables hijas fueron artistas en esa noche; sus amigas afi- 
naron su voz y templaron sus instrumentos; con cuánto júbilo mani- 
festaron esas bellas, candidas palomas del hogar, siempre felices, el a- 
niversario del autor de sus días; sus amigos contribuyeron gastosos, á- 
vidos de manifestar sus simpatías, á esta fiesta de familia, como una o- 
vasión afectuosa, como una apoteosis de amor y de reconocimiento á 
quien ha sido buen esposo, excelente padre, amigo leal y sincero. 

Nosotros no fuimos actores sino invitados á oir; la familia ha ocu- 
pado siempre un lugar predilecto en nuestra simpatía y en nuestra ad- 



26. 

miración; por eso sentíamos las emociones más agradables á cada nota 
que escuchábamos de la orquesta, y á cada modulación que producía la 
garganta de las simpáticas hermanas. Ese afecto, ese amor filial, es 
la parte angélica del bello sexo; como esas hijas incomparables son to- 
das las mexicanas. 

La concurrencia fué expléndida y numerosa; el precioso salón de la 
sociedad filarmónica francesa estaba completamente lleno; era un jar- 
dín donde se admiraban las matizadas flores de una selecta sociedad; 
botones que pronto se abrirán para embalsamar nuestro ambiente en e- 
sas reuniones encantadoras con que las distintas sociedades, guiadas 
por el amor al arte, nos deleitan y nos seducen. 

Jugaron con fuego los artistas improvisados, y el fuego de su inspi- 
ración cundió como una chispa eléctrica para herir nuestra alma, para 
hacerla conmover en las palabras más elocuentes de la hija que cele- 
braba el aniversario de su padre. 



La encantadora Srita. T cantó con una gracia incomparable la 

preciosa romanza un tiempo fué y los concurrentes, con anima- 
ción y galantería, y más que todo, con justicia, aplaudieron á la simpá- 
tica artista, haciéndola repetir las piezas. También mereció esos ho- 
nores el coro final del segundo acto, pues tal manifestación de gratitud 
fué dirigida á las tres hermanas y á los amigos que tuvieron la com- 
placencia de contribuir á la conmemoración del día. 

No sé qué encanto esparcen esa& fiestas de familia; tienen una fisono- 
mía, un sabor peculiar que nos deleita; ¡qué afectos nos infunde un gru- 
po de amigos al hacer el sacrificio de exhibirse, de estudiar, de gastar 
el tiempo para decirnos con modestia y suplicándonos: ntenga usted la 
bondad de asistir á nuestra fiesta,.! y como un refinamiento de bondad 
muy propio del carácter mexicano, darnos las gracias porque hicimos el 
favor de asistir, y á mayor abundamiento, decirnos que dispensemos 
no haya sido el espectáculo tan expléndido como merece nuestro deli- 
cadísimo gusto. Esto es lo sublime de la bondad, porque también es 
muy sincero. Nosotros, no sólo estamos agradecidos por la invitación, 
sino que nos parece que hemos tomado parte activa en contribuir efi- 
cazmente á celebrar el natalicio de un amigo. 

Dichoso el padre que tiene á su lado esos ángeles divinos y que mues- 
tran su adoración con tales rasgos de filial ternura. 

XI. 

Trascurrieron los días de mortificación en que la rígida cuaresma nos 
puso escuálidos, y la Semana santa contristó nuestro corazón. Volve- 
mos á la sociedad; frecuentamos nuestro círculo; oímos de nuevo el a- 
cento de nuestros amigos, y esto nos encanta como si entráramos de 
nuevo á la vida, ó como si tornáramos á nuestra patria después de un 
largo destierro. 



27. 

Continuamos nuestras tareas, y andamos siempre á casa de impresio- 
nes. Los teatros abren sus puertas y exhiben sus novedades, es de- 
cir, sus notables artistas, para no abdicar los atractivos quo sujetan 
mal de su grado á un público que se acostumbra á la vida de molde, y 
no abandona su costumbre de concurrir al mismo teatro, en su misma 
localidad y recorriendo las mismas calles. Nada diremos de las clases 
de espectáculos que le son agradables, y que hasta cierto punto le preo- 
cupan, creyendo sean los mejores. 

A los afectos á la zarzuela, no les habléis de la ópera seria, ni de la 
compañía de verso, ni de la tragedia italiana; acostumbrado su oido á 
una música cancanera, y su vista á la figura caricata de un personaje 
ridículo, lo selecto, clásico ó sublime les parece indigesto. Tal división ¡ 
la encontramos tan marcada, que en un mismo teatro, y bajo la direc- 
ción de igual empresa, una familia se divide; cada parte se abona á fun- 
ción par ó impar porque han de ser serias ó cómicas segímson de suagrado. 

Si este es el espíritu que domina á nuestro público ¿qué extraño es, 
que á nosotros nos alcance también tal preocupación? Somos monóma- 
nos, y solo asistimos con entusiasmo al teatro donde se representan muy 
al vivo y con sabores de realismo, los acontecimientos de la vida; co- 
mo por campanada de vacante ocurrimos á oir los trinos de una canta- ¡ 
triz de fama siquiera para que no se escapen esas notabilidades sin de- 
jarnos un recuerdo, una grata impresión. No quiere decir esto que sea- 
mos refractarios á la música, sino únicamente entusiastas por otra cla- 
se de espectáculos que nos causan impresiones más gratas. 

Alguna persona, por cierto que es de una instrucción profunda, nos 
decía que él era una de las muy pocas personas cpe había en el mundo 
á quienes no agradaba la música, y esto decía, aun á riesgo de incurrir 
en el anatema de Calvino, fulminado en estas palabras: nel hombre á 
quien no agrade el vino, la música y las mujeres, es un idiota n -^No 
sé hasta qué punto podría usted exagerar tal sentimiento, pero 
sé que aun los irracionales se encantan con las armonías y las melodías 
de algunos instrumentos.-i»No á todos, -me contestaba,- porque he visto 
algunos que al oir la música huyen espantados, ó permanecen indiferentes 
royendo un hueso, u 

No puede delinearse con más donaire la caricatura del mal gusto ó 
la idiotez. 

Nosotros no quisiéramos ni por un momento imaginar que fuéramos 
tan insensibles á la impresión de la cadencia que huyéramos de pro-í! 
pósito de los teatros Nacional, Arbeu ó Principal. Pero hay en núes- f 
tro círculo personas tan amables y tan instruidas, que pasamos á su la- 1 
do las horas de la noche sin sentirlas: para cierta edad y condición, los j 
espectáculos infunden tedio y buscamos un refugio á nuestro espí- 
ritu en el trato íntimo de nuestros viejos amigos, y un solaz en los re- ¡i 
cuerdos de la infancia y de la vida de colegio. Los jóvenes no creen \ 
en los placeres que el hombre maduro y el anciano encuentran en esa ¡ 
vida monótona; día vendrá en que ellos también compongan su pe- ¡ 
luquín, y se quejen de la gota al lado de los compañeros de la infancia; ij 
nos complacemos nosotros recordando nuestras campañas á las órdenes ij 



28. 

del General Filisola ó de Bustamente, suspiramos por los tiempos en 
que regía la sétima base de Tacubaya, más elástica que el cauchout, y 
salimos de quicio recordando las formaciones del 5 ? de caballería, 
llamado los tamarindos, la marcha de la cívica y los ejercicios de los 

polkos, especialmente el batallón de w¡ay mamá!» que nada tenía que 
envidiar á ulos zuavos de Tenoxtitldn.\\ 

Dejemos pues nuestra estancia, y echemos una cana al aire, como di- 

: cen los lagartijos, nueva denominación que no conocíamos; verdearemos 
un momento; echaremos una mirada casi modesta á una señorita de 
poético Sombrero mosquetero ó de prosaica capota-, un feo, cuando me- 
nos, infunde respeto, si no es que provoca hilaridad á un manojo de 
pollas tiernas ó roncas; válese que en este mundo, lo dice un adagio, 
nunca falta una media rota para una pierna podrida: si estamos ya dan- 
do la espalda á las garitas de la vida, tal vez demos frente con algunas 
que se encuentran en el ocaso de su esperanza, y quieran parodiar el 
entusiasta hijo de Jalisco, que tiene por lema, nsi no conquista arreba- 
ta:!! si á nosotros nos faltan simpatías, y con ellas los atractivos, nos sobra 
la experiencia y con ella la gravedad. Consolémonos nosotros mismos, 
á falta de un pincel caritativo que nos pinte el porvenir color de rosa. 
Ya divisamos las puertas del circo Orrin, y estamos adentro. Un 

j murmullo lejano llega á nuestros oidos. ; Jesús! ¿se ha reventado el 
Limbo? cuatrocientas chicas, inquietas y golondrínicas invaden como 
avalancha la gradería del circo; son las educandas del Hospicio y sus 
convidadas; del lado opuesto, y como para conservar el equilibrio, apa- 
rece la gusanera masculina del mismo establecimiento, ávidos de ver 
gratis, merced ó la munificencia y galantería de los hermanos Orrin, un 
espectáculo encantador. El gobernador del Distrito, acaso el Minis- 
nistro, como un nuevo San Vicente de Paul de la niñez, promuven 

Í>ara sus hijos ese rato de solaz. ¡Ay! solo el que fué pobre en su in- 
ancia puede apreciar en todo su valor ese día de felicidad en que se 
pueden ver vivos el elefante, los camellos y las fieras, que un muchacho 
solo conoce dibujados en el silabario. Son tan caros esos espectáculos 
para la juventud naciente, para esa juventud, esperanza de la patria; 

¡dos reales por ver el circo, las fieras y los monos! pero ¿con qué ojos 

divina tuerta? exclamaría más de algún mocoso en nuestros días, como 
exclamaba yo cuando tenía siete años al saber que un elefante iba á tj 
exhibirse por cuanto vos disteis, como claman los billetes al portador ¡j 
que reparten las fábricas de cigaros: yo ofrecí al payaso montarme gra- ,1 
tis en el colmillo del gigante animal si me metía de violin á la di ver- 1 
sión; debido á tal extrategia conocí en mi niñez á esos portentos del A- ¡j 
frica ó del Asia. Comprendemos el alboroto de esa juvenil gusanera; í¡ 
y á nombre de mi patria damos las gracias á los hermanos Orrin; cree- ¡' 
nios que ha sacado ánimas del Purgatorio; que es cuanto hay que ¡¡ 
decir. 

Para los niños pobres, que se educan en las casas de asilo, es un día 
de gloria concurrir á los espectáculos; no olvidarán jaiitás esas impre- 
siones. ¿Por qué en todas partes no se proporciona á los pequeñuelos 
esos estímulos que les prepara el corazón para hacsr el bien? 



29. 

XII. 

Desde Noviembre está dando funciones diariamente esa empresa, y 
en algunos días las hay matutinas, vespertinas y nocturnas. A fuerza 
de presentar novedades artísticas se sostiene el interés constante y ave- 
ces creciente en un público que va en pos cada día de nuevas impresio- 
nes. Allí veréis los ejercicios más sorprendentes, y que cautivan nues- 
tra admiración. A Miss ürmond, graciosa y gallarda; á Mr. Kicardo 
Bell, va dominando á sus magníficos caballo», como no lo haría el mis- 
mo Alejandro, el más diestro ginete de la antigüedad; ya formando las 
posturas más difíciles y galanas al aire, ó apoyándose levemente en un 
corcel que parte con una velocidad vertiginosa. Miguel Ángel y Cano- 
va no soñaron jamás reproducir con su cincel las actitudes de esos gru- 
pos, ni con más encantos que el que la simpática Ormond imprime va- 
riadamente á sus ejercicios ecuestres; contribuye á deleitar nuestra vis- 
ta los graciosos trages y su sonrisa angélica. El público la mira con 
cariño y la aplaude con agrado. No hace muchos días que al empren- 
der un acto ecuestre difícil y peligroso, contuvo el caballo su carrera, á 
consecuencia del imprudente movimiento de un repartidor de anuncios; 
la amazona cayó al suelo, sufriendo una lesión dolorosa, todo el mundo 
se ha interesado por su restablecimiento, y esto muestra marcadamente 
sus simpatías. 

¿Puede llevarse la bella ilusión más allá do los desiertos del Asia, y 
de las regiones glaciales? Sobre una superficie plana, formada de ma- 
dera, vemos deslizarse dos figuras humanas; se acercan á nosotros, y se 
retiran como figuras de una linterna mágica; se mueven en todas direc- 
ciones, y en su marcha mesurada no observamos el balanceo de su ca- 
beza, ni el esfuerzo para mover una pesada mole bajo la presión de sus 
piernas. Lily gentil, como las bailarinas de Canova, nos parece deidad 
del paganismo, ó una de las ninfas de la diosa Eucaris. Al lado de su 
compañero emprende los pasos más peligrosos, y se desliza en febril agi- 
tación al violentísimo compás de una música armoniosa. Bajo la sal- 
vaguardia de las leyes del equilibrio se hacen los cambios más difíciles, 
que sería imposible imitarlos sobre una mullida alfombra, y con un cal- 
zado de alto tacón. Esto se llama el arte de patinar. Nada en nuestra 
f)atria hemos visto más singular: diputados hemos conocido que 3e des- ¡ 
izan tranquilos por el filo de una espada: militares que atravesarían el 
Niágara sobre un cable restirado ó un alambre flojo: periodistas de vis- , 
ta gorda que en el viento harían dos y hasta tres maromas como los 
hermanos Earls; empleaditos que caen parados como los gatos, ó se tre- 
pan con donaire por la percha egipcia de un circo político; munícipes y 
senadores que como el mulo Punch ó el caballito Mosca, obedecen los 
mandatos de un mayoral; todo esto hemos visto en el trascurso de la vi- 
da, pero no habiamos soñado en esos patinadores tan hábiles que sin 
perder el equilibrio hacen tales prodigios. ¡Paso, paso á la perfección 
del arte! admiración para la simpática Lily, y un aplauso para Fletcher 
que nos ha de enseñar sus habilidades, para que nosotros las apliquemos 



30. 

a la política, sobre todo sus difíciles juegos malabares, y su nunca bien 
aplaudida caricatura del ruso aprendiz. 

Viene después Bell, con sus graciosas gesticulaciones, su música del 
flautín, sus caidas estrepitosas y sus indirectas del Padre Cobos, que 
pueden arder en un candil; nuestras amables concurrentes rién con ta- 
les gracejadas, y sienten deslizarse la vida en medio de los placeres más 
agradables. 

Nuevos artistas hemos admirado en estos días; el hombre del fuego, 
hábil prestidigitador, que iniciado en los misterios y adelantos de la 
química, toma en los labios un pedazo de astopa, y arroja chispas como 
la chimenea de una locomotora. La ágil Geraldina y pequeña Jeri que 
á tan gran altura hacen los ejercicios más aterradores. Para no exitar 
nuestros nervios y calmar nuestros temores, se pone una pequeña red 
que evite una desgracia; esto es una ilusión; un desliz, un ligero vértigo 
ocasionará la muerte aunque la víctima caer pudiera entre Jos estam- 
bres de una red: el yokó, mono del Brasil, no hace sus evoluciones con 
l mas gallardía que esas dos artistas sobre el doble trapecio, y su descen- 
| so en el cable con solo una vuelta al derredor de una pantorrilla, y con 
! el cuerpo al aire fuera del centro de gravedad. Ya comenzamos á creer 
i que el género humano desciende del mono, y que Dios quiso darle al 
hombre inteligencia en cambio de suprimirle el rabo. Lamentable cambio! 
! cuánta donosura no daría al hombre y hasta á la muger ese adminí- 
culo tan útil á los animales! Figuraos al hombre haciendo piruetas so- 
bre un ladrillo para saludar con las dos manos, y agitando el sombrero 
con la cola; figuraos á nuestras pollitas encolando el abanico por todos 
lados, y dirigiendo con tino certerísimo los gemelos en el teatro. ¡Cuán- 
tos prodigios no harían los acróbatas y los que no lo son si pudieran dis- 
poner de un rabo tan amaestrado! 

XIII. 

19 de Abril. 

Esta fecha es memorable por ser el día en que vino al mundo Crescen 
ció García, uno de aquellos seres que dejan en su paso un reguero de 
beneficios. Fué el mejor de los hombres; en él se encontraban todas las 
virtudes y la negación absoluta de todos los vicios. Duerme ya en paz 
y yo aún no he visitado su sepulcro, única expresión de agradecimien- 
to y de cariño que me es dable tributarle. Amaba á su madre, á su es- 
posa y á sus hijos; todos los bienes que el cielo le concediera los com- 
partía con estos objetos tan caros á su alma. ¿Qué puede valer mi 
gratitud para un hombre que habita otra mansión? Su esposa y sus 
hijos necesitan en este día el consuelo. Me dirigí á su casa, y al pisar- 
< la, se agruparon á mi mente los recuerdos del pasado. 

Hoy, por primera vez en su aniversario, vengo á contemplar la de- 
solación de una familia cuyo hogar era un Edén, porque lo animaba con 
sus bondades el más leal, el más sincero de los hombres; hoy está triste 
porque pasó por sus umbrales la inexorable, la más funesta de las 
sombras. Me anonadaba la idea de presentarme, porque mi presencia 



31. 

evocaría tristes reminiscencias si mis emociones, mal disimuladas, reve- 
laban la angustia del alma. 

Yo, sensible á los beneficios, herido por sus afectos, he sentido avi- 
varse año por año la herida que dejó en mi alma pérdida tan funesta. 
Benditas sean las lágrimas si ellas brotan como un raudal para caer al 
corazón agobiado por los pesares. ¡Cuan difícil es disimular el dolor y 
engalanarlo con el ropaje de la alegría-, es un agravio, es una traición á 
la gratitud aprisionarlo dentro de los límites de un deber artificioso y 
compasivo, por no lacerar otros corazones que sufren, que están en el 1 
mismo secreto y con idénticas ficciones. 

Esta fiesta solo podría ser imaginariamente conmemorativa para un 
hermano de quien ya no existen sino los despojos de su mortalidad, el 
recuento de sus virtudes y la memoria siempre cara para los que le a- 
mamos. Grande y solemne parece este día y sin embargo, cada fami- 
lia, cada individuo en la sociedad tienen una fecha grata ó fatídica, ya 
sea para simbolizar la felicidad, ó porque representa los rigores de las 
Parcus. 

¡Amistad santa! solo en tus brazos podremos consolarnos de las ase- 
chanzas del destino derramando una lágrima, ó bien al dar expansiones 
á nuestro espíritu en el borde de una copa, ó entre los arpegios de la 
música. Pero en este día, ¿qué inspiraciones pueden brotar á nuestra 
mente, por gratas que sean, que no vayan á posar sobre la losa fría de 
algún 3epulcro? 

Allí, allí están formando un grupo los seres más queridos, los peda- 
zos de mi alma, vestidos con el negro crespón que simbolizan sus pesa- 
res, mustias sus frentes, humedecidos sus párpados. Concha, Lupe, 
Angela, Tomasa, Luisa, Luz, y, descollando también para cubrirlas con 
su sombra veneranda, la madre de mi amigo. ¡Ay! Objetos idolatrados! 
llorad, llorad, pero bendecid á la Providencia: no han concluido aún los 
rigores de su Justicia, como no se ha agotado tampoco el raudal de sus 
beneficios. 

Yo he visto agitarse bajo este recinto personas adorables formando 
los eslabones de una cadena en la gran familia y que también bajaron 
k la tumba; yo á mis solas las recuerdo una á una, y en mi pobre co- 
razón quedaron eternamente grabadas sus bondades. Permitid á un 
viajero, amigos miós, estas tristes memorias, flores marchitas del pasa- 
do, porque él tomó parte en vuestros placeres y viene hoy á tomarla 
también en vuestros dolores, á confundir por primera vez sus lágrimas 
con las vuestras. 

Yo sentía las expansiones más dolorosas: no era este día nuncio de 
fiestas agradables; cada palabra mostraba un secreto pesar. Al lado de 
aquella familia, y atraída por una antigua amistad, había otra que yo 
no conocía, que nunca había visto bajo aquel techo en los días de nues- 
tros festines. Algunas frases humorísticas, como para disimular un 
mudo dolor, nos cambiamos íntimamente; yo comprendí que también el 
deber animaba aquellas personas para mí extaañas, y que iban á endul- 
zar con sus consuelos la amarga copa del aniversario en esta fecha. A- 
caso también aquellas criaturas habrían sufrido ya los dardos de la des 



32. 



gracia, y tendrían que elevar á Dios sus fervientes ruegos desde el lu- 
gar de los sepulcros y exalar un suspiro ante los reatos f idos de un pa- 
dre adorado. 

Durante nuestra conversación, yo quería adivinar por la expresión 
de unas fisonomías simpáticas, ya indiferentes, animadas algunas veces, 
ó veladas por las sombras de los pesares, alguna historia interesante* 

¿Por qué feliz casualidad nos encontrábamos reunidos en este re- 
cinto? 

¿Obedecían como yo, á los impulsos de un mismo mandato? ¿Acaso 
sería este incidente el preludio de otros acontecimientos notables que 
inspiren á mis memorias algún creciente interés? ¿seré yo para lo futu- 
ro quien tenga que narrar en mis privadas impresiones bellos episodios 
epitalámicos, cantos entusiastas en aplauso de acontecimientos grandio- 
sos, ó descriptor, como en esta vez, de escenas luctuosas que vengan á 
enlutar mi pluma? 

En algunos momentos de reflexión, sentía las inspiraciones del bien 
hacia aquellas personas desconocidas que exitaban mi curiosidad. 

Yo he asistido á las fiestas de la patria estrechando la mano de hom- 
bres prominentes que rigen sus destinos. He asistido á sus reuniones 
clásicas donde la elocuencia formó las coronas de tantos héroes y sus 
gloriosas apoteosis. 

He visto cruzar ante mí mujeres hermosas en quienes los diamantes 
y las perlas realzan su angelical belleza, sonriendo con agrado, y desli- 
zándose caprichosamente al compás de una danza. 

Han llegado hasta mi oido las historietas más interesantes que for- 
jara el amor ó desvaneciera el desdén; escuché los suspiros de la juven- 
tud que contempla los dorados horizontes de su porvenir, y la aurora 
de su dicha, entre las copas de la orgía y los encantos del sarao. 

En la sociedad he sido testigo de tantas escenas que sellaron la feli- 
cidad á muchos hombres al lado de mujeres angélicas, llegando al al- 
tar cubiertas con el velo de las vírgenes, ceñidas las frentes por las co- 
ronas de azahar y rosas blancas. 

Jamás he sentido preocupada mi fantasía con ideas más confusas, 
podría decir, más caprichosas, queriendo adivinar en la fisonomía de a- 
quellas criaturas que por primera vez veía, alguna historia interesante. 
La una se llama Estrella del mar; la otra la designaremos con el nom- 
bre de Angélica. 

Estrella, muy joven aún, es un botón que se abre á los primeros al- 
bores de la mañana. Risueña, inteligente, sincera, su existencia se des- 
liza como flor que un manantial lleva entre sus ondas. A sus ojos de 
un color café oscuro, sombrea una negra pestaña, y su sonrisa anima 
su semblante cuando expresa alguna idea humorística. Sus facciones, 
de perfilados contornos asimilan un tipo egregio; su acento, de un timbre 
cadencioso, es la expresión de su alegría característica. No ha sentido 
aún el dardo que hiere el alma y que viene á transformar en sombrío un 
halagüeño porvenir. Feliz será siempre si el destino conserva sus ilu- 



33. 

siones de hoy con el esplendor de una dicha innacabable, y la realiza- 
don de los ensueños de felicidad con que se adormece. Su alegría 
constante, su mirar fijo y benévolo, las frases cariñosas con que reviste 
aún sus más frivolos pensamientos, y que son las inspiraciones de su 
sensibilidad, le concitan la admiración de cuantos disfrutan de su trato. 

Angélica es un tipo diverso. Reflexiva, un tanto cuanto circuns- 
pecta, no aventura una palabra sin meditar su sentido más conciso co- 
mo para expresar con vigor una idea razonada; sensible á las expancio- 
nes de la intimidad, inspira confianza cuando recoge en su oido los cía* 
mores de la desgracia, ó las melodías que salen del alma al gozar en un 
momento de júbilo. Sus respuestas, un poco tardías, traen siempre el 
sello de la reflexión como temerosa de aventurar una sílaba que revele 
sus más recónditos secretos. Su mirar es lánguido y reposa un ins- 
tante sobre algún objeto, adquiriendo un tinte de melancolía. Hay en 
bu mirar ese encanto que atrae, que seduce, qoe avasalla las volunta- 
des, que las sujeta al imperio de sus atracÁros, como si ejerciera con 
solo el magnetismo de sus pupilas el irresistible poderío de la fascina- 
ción. Su semblante parece velado frecuentemente por un velo de tris- 
teza, v solo se ostenta risueño cuando percibo los acentos que murmu- 
ran el placer, la felicidad de los objetos de su cariño, ó cuando quiere 
trasmitir una idea llena de benevolencia. 

Poseída de la más exquisita sensibilidad, le afectan en alto grado la 
simple relación de los sufrimientos, acogiendo bajo su piedad angélica 
toda queja de dolor, todo acontecimiento que va marcado con el sello 
de la desgracia. 

Durante una conversación en que me refería algún incidente desa- 
gradable, daba á sus palabras el énfasis del desprecio ó de la indigna- 
ción como inspirados en la más severa moral; poco más tarde volvía á 
concentrar sus reflexiones en esa languidez que encierra su mirar. En 
ella tan alegre, tan festiva en otro tiempo según su narración, boy ha 
cambiado su carácter, encontrando más goces en el hogar, en los afec- 
tos fraternales, que en los círculos más animados, que en los espectácu- 
los más deslumbrantes. Su juventud se desliza entre las flores y los 
perfumes tal vez sin fijarse en contemplar esos celages encantados que 
muestran el porvenir á una joven llena de vida, de animación. Tales 
son en conjunto las impresiones que me ha causado. Interesándome por 
su dicha, vinieron á mi mente reflexiones de otra especie. ¡Oh! los 
misterios del corazón, los afectos del alma, suelen revelarse en el sem- 
blante con señales indelebles. ¿Será acaso desgraciada? ¿tan joven y 
ya el destino habrá, nublado su existencia, como si fuera un día triste 
y sin sol? Casi conmovida me refirió & grandes rasgos la muerte de su 
padre. He aquí la causa de sus tristezas. 

Otra persona extraña para mí, era una señora, madre de esos dos án- 
geles de qne antes hice mención. La magostad de su porte, sua dulces 
palabras, su interesante conversación, y la severidad que pudo revelar- 
se en alguna fugaz interjección, me hicieron compararla con las tnatro- 



34. 



ñas romanas que concentraban aquellas cívicas y domésticas virtudes 
formando del bogar an santuario, del corazón de sos bijas el pedestal 
de las heroínas, del genio de sos hijos los filósofos y los poetas, los 
tribunos y los guerreros, que enaltecían á la patria. La moral del E- 
vangelio, su piedad religiosa, la dulce y cristiana resignado» en los in- 
fortunios, forman su corona; pero su mundana recompensa será la sa- 
tisfacción de ver k sus vastagos cercanos á concluir una carrera ilustre. 

To consigno en las páginas de mi álbum estas pasajeras impresiones, 
homenaje k los manes de un amigo, como un testimonio de gratitud á 
sus deudos, y como una débil manifestación de simpatía hacia las per- 
sonas que me sedujeron con su finísimo trato. 

Acaso en el trascurso de la vida, continuando de nuevo mi cami- 
no, internándome en el laberinto de una sociedad tumultuosa, vuelva á 
encontrarme con esos seres angelicales como el viajero que, al cruzar 
una pradera, vuelve k encontrar las mariposas vagando entre las flores. 

* XIV. 

Visito k la familia á quién recientemente he conocido; es- su trfcto a- 
mable y sincero. Allí encontré á dos jóvenes que acaso sean dignos de 
figurar en estas impresiones: el uno por sus escentricidades; el otro por 
su intimidad con Estrella. 

Este ultimo se llama Julio, su edad manifiesta veintidós años, y es de 
un continente agradable: su cuerpo es esbelto y bien formado. Posee 
un óvalo contorneado desde el límite de su frente hasta la barba, y los 
pómulos poco perceptibles se desvanecen en una línea curva para con- 
fundirse en las oblicuas de sus mejillas. Sus ojos pequeños de un color 
verde gris brillan dentro de sts órbitas conesos destellos que revela**, una 
clara inteligencia. Poco marcada es la línea que arquean sus cejas, y 
Corte el espacio que separan entre sí sus dos lacrimales: su nariz es re- 
gular, y recta la línea que le da forma, sin el recorte undulóse que da 
expresión marcada k todas las fisonomías. Estuvo con migo poco es- 
pansivo, y á mí no me era pasible iniciarme en su amistad; solo media- 
ron entre nosotros algunas frases de cortesía. Acaso tni semblante, 
marcado á mi pesar coh un aire de adusta severidad, le parecería 
nuncio poco aceptable en sus afectos, con solo üteos instantes que per- 
manecimos bajo un mismo tedio. Si yo fuera su amigo fntimo> forma- 
ríamos ese lazo que con suave atractivo acerca j une los sinceros, ios 
nobles sentimientos; ellos se sobreponen sin trabajo á las desigualdadesde 
la edad, del carácter y de la posición social, cuando pueden ponerse a- 
cordes las simpatías de un interés común ó de un cariño fraternal. 

Yo procuraré con señales bien espresivas y urbanas iniciarme en su 
intimidad; -si no la aceptare, aguardaré á que el tiempo pueda borrarlas 
repulsas y pueda juagar mi carácter sincero y sin doblez. 

Tales son los antecedentes que me hicieron adivinar la recíproca in- 
teligencia de esos áoe jóvenes que parecen nacidos el uno para el otro. 

Estrella ama á cote joven y acaso es su primera impresión. ¡Oréa 



35. 

brillante será la contemplación de su porvenir á esa pareja desde las 
playas encantadas de su tranquila existencia! Esos primeros albores 
de la vida, ese sol que naee cada día tras los horizontes de un mar sere- 
no; ese eielo azul y trasparente, esas estrellas y luceros, como reguero 
de ilusiones que una niña contempla enamorada, febril, al lado del ob- 
jeto de su cariño ¡Pobre Estrella! tan joven, tan sensible, ama con 

el candor de la inocencia, con el fuego del alma. Julio es su Universo; 
Julio es su adoración; por él vive; por él respira; para él son todos los 
latidos de su corazón. Nada serán á su lado los pesares; nada los sin- 
sabores de la vida, porque le ama oon abnegación. ¡Estrella! siento por 
tí el más vivo interés: yo no quemaré incienso en aras de tu amor, pero 
admiraré tus encantos y me recrearé en tu dicha, si me acogieres benig- 
na bajo las alas de tu amistad. ¡Bendiga el Señor tu amor, y con ma- 
no pródiga esparza flores en tu camino! 

¡Qué feliz será el hombre que posea tu corazón! se deleitará en tu mi- 
rar; se extasiará contemplando tu sonrisa. 

Yo le inspiraré confianza; le sentaré á mi lado como lo haría con un 
niño; de la inanera más afectuosa, le hablaré de tí, de tus virtudes, de 
tu profundo amor Yo le diré: h posees el corazón de un ángel, Ju- 
lio; ama á Estrella con la ternura de una alma juvenil; no lastimes su 
corazón; no la hagas derramar una lágrima que entolde el cielo de su 
ventura: ¡pobre niña si llegare & sentir debilitado su afecto! Julio, ama 
á Estrella, adora sus perfecciones con toda la ternura de un amor deli- 
rante; vela por su dicha aun después qu,e la lleves al altar y te unan á 
ella indisolubles lazos: yo amaré á los dos, y lleno de júbilo contempla- 
ré la era divina de tu felicidad. 

No viertas una palabra que lacere su corazón sensible; las lágrimas 
que brotan i los ojos de una tierna nina, queman el alma y esterilizan 
sus nobles sentimientos. Dios bendecirá tu unión; tu vida será una 
tarde apacible y serena, sin nubes y tempestades, u 



Otras dos jóvenes qyp más tarde he conocido, son hermanas de An- 
gélica y Estrella, "una se llama Luz boreal; la otra, Rosa. 

Apareció á mi vista la primera como esas ráfagas de fuego que ilu- 
minan las regiones polares en sus noches eternas. 

Su cuerpo esbelto es de una expedición flexible y graciosa, y arras- 
tra con donosura la falda d$ su largo vestido. El aire de familia, sus 
ojos claros y su pelo de un color que se asemeja al de las espigas del 
trigo, conserva con sus hermanas un perfecto parecido. No hay en su 
fisonomía rasgo alguno que pudiera revelar la severidad, los banales sen- 
timientos, ni la frivolidad de un carácter poco amable Por el contra- 
rio, toda su fisonomía es el espejo de una alma que rebosa la bondad: 
su sonreír jovial y sin artificio mue^ra un corazón de paloma, coloca- 
do bajo el capelo diáfano de la humildad sublime. 

Sus virtudes características subyugan las voluntades; ellas se mues- 
tran por sí solas con candoroso descuido, y con la sonrisa del inocente 
niño. 



8¿ 

-* s -tx ir..;-, -r-'-ri - , „ ■ ■ ■ ¿ ■ - ■ » ■ t ■ ■ - ■ ■ ■"-: . . ... .~SV" 

Sus palabras se escapan de sus labios sin las alteraciones de la voz al 
espresar contraríos afectos, articulándolas con apacible suavidad. Es 
imposible verla y oiría sin sentir hacia ella una admiración profunda. 

Durante nuestra conversación, tímida, como la que es posible tener 
con una persona á quien por primera vez se mira, me habló de su espo- 
so ausente, de sus esperanzas de pronto regreso, CQntando dia por día y 
hora por hora el tiempo en que su esposo estaba ausente. 

La contemplé un momento con éxtasis al ver á su hijito en sus bra- 
zos, ostentando con maternal orgullo al fruto de su amor. 

Allí podría inspirarse Rafael para pintar otro cuadro inmortal. 

Una joven que revela todo lo que necesita de sublime y de divino u- 
na faz angélica; un niño descansando en el regazo, perfecto en sus for- 
mas, bello y simpático en su conjunto, de ojos grandes y azules como el 
éter purísimo del cielo; ocultando sus maneci tas entre las blondas de un 
vestido, vuelta la faz hacia mí con fijo mirar y semblante alegre; su tez 
es suave y finísima, imitando el color sonrosado de la concha Al verme 
tendió los brazos hacia mí, y yo le acaricié con entusiasmo y admiración. 

Nada es comparable al júbilo de una madre que mira tributarle cari- 
cias & su hijo: él es el constante eslabón que une entre sí el alma de sus 
padres: él es un símbolo de alianza y de ternura entre sus deudos; él, en 
fin, quien armoniza todas las simpatías», todas las afinidades entre sus 
padres y una sociedad egoísta; el llanto del niño en el hogar ea el rea- 
lismo y la corona de la felicidad más perfecta; una cuna vacía es la no- 
che tenebrosa en un consorcio, que no se anima y alumbra sino con el 
primer vagido del niño que viene al mundo. 

Propicio el cielo conserve á esta virtuosa joven su inmensa dicha, su 
sin igual ventura» la vida de su hijo, y la tierna solicitud de su esposo. 

En este poético vergel descuella un tierno botón de Rosa que aun no 
sale de su infancia, y qne se adormece con los ensueños de la inocencia. 
Canta como si sus gorgeos fueran los trinos de los pajarillos que anun- 
cian la alborada: ríe como si el timbre de su voz imitara los arpegios 
lejanos de una flauta. 

¡Corre y salta por las praderas, Rosa inocente! siendo el encanto de 
tu madre, de tus hermanos y de tus amigos; go¿fc de tu felicidad bajo 
ese techo mágico en que se meció tu cuna; aprisiona las mariposas; co- 
rona tu frente con las violetas, imágenes de tu vulubiliadad y emble- 
mas de tu candor: día vendrá, en que recuerdes melancólica estos place- 
res de la infancia; en que te conmuevas al cruzar las mariposas; en que 
derrames tus lágrimas en las corolas de las flores; porque tu corazón la- 
tirá movido por otras sensaciones; en el fondo de tu pecho nacerán los 
suspiros, como la fragancia que está depositada en los cálices de esas 
rosas que hoy deshojas con deleite. 

Entre las personas que frecuentan el trato de mis amigas, existe uno 
á quien daremos el poético nombre de Clarín del Bosque. 

Su cuerpo es chiquitín; vivo su genio; el óvalo de su faz es casi cir- 
cular; propenso .constantemente al buen humor, busca la discusión para 
formar la caricatura* de lo que no merece su aprobación; muestra con 
franqueza 3us escentricidades, y tras ellas se percibe un cerebro vacío. 



37. 

Desde luego concentra y busca pretextos para lucir su instrucción esco- 
lástica, y el apego que tiene á loo principios de una religión ultramon- 
tana. 

Amenazado don Clarinete de una debilidad nerviosa que podría de- 
sarrollarse mentalmente con el estudio, abandonó la carrera de las le- 
tras, sofocando sus propensiones al saber; pero busca una salida á las 
exuberancias de sus deseos, ávidos de sensaciones enérgicas. La polí- 
tica, la amistad, la religión, el amor. He aquí lo que forma en su ima- 
ginación un Edén, y que es un raudal inagotable de placientes distrac- 
ciones. En todos estos afectos forma un ideal, y le tributa adoracio- 
nes como si fuera su becerro de oro. 

En polítiea tiene ideas que fraternizan con las de la Iglesia católica 
romana, para patrocinarla y ejercer la exclusión de todo cuite» erróneo. 
No sería extraño que proclamara el advenimiento de otra época lejana 
en que le viéramos á él mismo arrastrar con orgullo y con donaire el 
manto de, los insignes caballeros de la orden de Guadalupe. Su pesa- 
dilla son las teorías soñadoras de los liberales inconsecuentes y perse- 
guidores de la religión. 

Afectuoso con sus amigos, le parecen pocas y débiles la3 demostra- 
ciones familiares, si no las acompaña de actos más insinuantes, aunque 
sean rechazados por hombres graves; no se contenta con saludar hacien- 
do una cortesía y pronunciando una frase; se abalanza á su amigo con 
ardimiento, y al aire los brazos, como las aspas de un molino de viento, 
conociéndosele ímpetus de imprimir en el caifrillo un ósculo á la fran- 
cesa, y da un sofocón contra su pecho á la inocente víctima. Es dulce, afec- 
tuoso, insinuante, y en materias de cariño, es lo que podríamos llamar 
la pura miel. Sus delirios no soportaron la orfandad, y busca cualquier 
padie adoptivo que le preste su nombre. Cuéntase que al encontrar 
en la calle á su papá postizo, lo asalta, lo constriñe, y lo lleva en sus 
brazos de una acera á otra como si fuera un nene travieso y zalamero; 
se habían trocado los papeles; él era quien llevaba á su papa á regalar- 
le dulces, á comprarle un rorro de pelo rubio y rizado, que cierra los 
ojos al recostarlo, y que si lo oprimen el vientre dice muy claro npapá 
y maman. ¡Qué amor tan entrañable y antojadiso! 

Para padre adoptivo de un monómano, es muy, apr opósito un tonto: 
no fué desacertada la elección. 

En cuanto al sentimiento religioso 'lo tiene tan desarrollado, que per- 
tenece nada menos que á una sociedad de propaganda; es un verdadero 
clarín para tocar llamada á todos los socios al inaugurar fiestas en los 
templos, ó al participar cuales son los altares donde se aplican más su- 
fragios á los ñeles difuntos. Para una sociedad tan laboriosa es un po- 
tosí e*e don Clarín de pico de ora 

Las afecciones morales no siempre están en ebullición, y don Cla- 
rín entonces no se anda por las ramas: levanta á Dios el alma y los o- 
jos al cielo en busca nada menos que de un ángel que se humanice. En 
algunos lúcidos intervalos se distingue jSorsi* bueña elección; no ha co 
gido todavía un tabaco para fumarlo' por la lumbre; admira la belleza 
y adora la virtud; ¿qué más prueba de cordura podría dar el más avisa- I 



38. 

do de todoe los hombres? Alguna vea saea el pié del justo limite, sus- 1 
pira y se enternece; prepara sus baterías parador el asalto aun corazón. 

He oido decir que alguna vez, excitado su sistema nervioso, cayó de 

rodillas ante una niña, en plena concurrencia, solicitando,-^] Santa Te* 

cía nos ampare! — estrechar la blanca mano, que al fin arrebató, y quiso 

j imprimir en ella el signo más humilde que pueden expresar unos labios 

j I rojos. ¡Pues no era nada lo del ojo! Se le podría perdonar el atrevi- 

| miento siquiera por el buen gusto. 

De rodillas don Clarín 
Quizo iniciar un exceso 
Derrepente dando un beso 
En el ala á un serafín. 

Aunque con distinto fin 
Hace en ese acto el papel 
Del atrevido Luzbel, 
Animando aquel retablo; 
t, Siempre ha estado bien e) diablo 
A los pies de San Miguel n 

Crean ustedes que tampoco 
Podrá engendrar mucho daño, 
Ni ser funesto el engaño 
Que en su furor hace un loco. 

Si mis recuerdos provoco; 
Si á mis memorias soy fiel 
Consagraré en un papel 
Lo que á mis pósteros hablo: 
i. A los pies estuvo el diablo 
Del arcángel San Miguel, ti 

Bretón dice con desprecio, 
¿Señor, que no ha de poder 
Ser amable una mujer 
Cuando la persigue un necio? 

Si un homenage es aprecio, 
Y la palma y el lauerel 
Se hermanan con el rabel, 
No me engañará el retablo; 
¿Por qué pone Dios al Diablo 
Bajo los pies de Miguel? 

Hasta m ajo de la cara 
Dienfpor haberle visto 
Semejante al aaii*Gritfr> 
Que mil promesas <ttspa*a> 



39. 

Ruega, embiste, gime, ampara, 
Pero en bu frente un cartel 

Pone el reprobo Luzbel 

¡Huele k aaufre este favonio! 
¿Pues quó, dominará el demonio 
Al arcángel San Miguel? 

Siempre por los pies empiesa 
El cojo que en un desliz 
Tiene la testa infeliz 
Por faltarle la enteresa. 

Coa el cetro un* princesa 
Rompió la corona en él; 
Que un ridiculo papel 
Lo hiciera hasta San. Antonio; 
¡Cuánto más lo haría «n demonio 
Si besara k San Miguel! 

Si en la mano flecha un beso; 
Si estando á los- pies de hinojoB 
Busca encanto en uno* ojos 
Quien tiene el genio travieso, 

Bien merece que un proceso 
Se le forme en el dintel 
Del infierno á todo aquel 
Que sin decir un vocablo, 
Se quiere igualar al diablo 
A los pies de San Miguel. 

Dijo Angélica;— sEse enré 

Con todos sus portoenó. . . . 
Sus peripecias y horró. . , . , 
Darle crédito no pué. . , * . 

Mas si ttóted lo afirma, té. . . v 

Queen un costal todo cá ; 

Y pfe&te que usted lo sá 

¿Quién lo dijo? ¿cómo y cuan ? 

— Yo, que lo estuve miran, . . . 
Potelojodeiallá..... 

— Si él hubiera dado él beso, 

Con itoúftire y riü emboso 
Un manazo muy rasposo 
" Al atréviTO tfti¿Rápeso. 

— jAv, Ang¿ficaf;¡Pu& eso! .... 
Eso el bribón se «propuso, 



40. 

En cambio de tanto abuso; 
Recibir y dar manazo, 
Que por rezo, de un porrazo 
Gura el Cura, y hace el uso. 

Para completar esta familia existen cuatro hyos, á quienes solo he 
saludado y apenas conozco de vista; las labores á que están destinados, 
su carácter circunspecto, y la falta de oportunidad para tratarlos, me 
han obligado á permanecer en su presencia otra esa gravedad que sólo 
destierra un trato frecuente. 

A pesar de mi aislamiento he podido descubrir grandes cualidades 
que forman la dicha de una familia. Siendo muy jóvenes perdieron a 
su padre; esta circunstancia les oscureció el porvenir y no pudieron 
dedicarse á las carreras profesionales. Sin más guía que los consejos 
de una buena madre, tenían k la vista esos dos senderos que á la ju- 
ventud inexperta les brinda la suerte; uno es el de las privaciones de to- 
do género; otro el que muestran los balados de los placeres. Supieron 
escoger el del honor, guiados por sus bellas inclinaciones naturales, y 
alentados por la voz de una madre. Libre» en una sociedad corruptora, 
supieron formarse por sí solos, y escoger el círculo de sus amigos desde 
la infancia, no perder de vista la moralidad cuyos gérmenes había de- 
positado en su alma la más buena, la más piadosa de las madres. 

Asi debe haber sido mi santa madre, cuyas caricias no gocé porque 
pronto descendió al sepulcro. Ambas se hubieran identificado en las 
grandes virtudes, en un carácter dulce y benigno^severas para dirigir 
á sus hijos, formarles el corazón y marcarles el sendero del honor que 
recorren hoy con paso firme; sobre todo para infundirles las creencias 
que se radican en los dogmas cristianos y en la fe más pura. Esa bue- 
na conducta en unos jóvenes, podría estar fundada en el racioci- 
nio, como hija de una convicción profunda ó de una clara inteligencia; 
pero los sentimientos nobles que nacen en el alma, los engendra exclu- 
sivamente la solicitud maternal trasmitidos en ella con las caricias y 
la ternura, con las lágrimas y el sacrificio; porque estos afectos al desa- 
rrollarse en el niño, hermanados con los destellos intelectuales, sólo 
pueden dirigirse por los consejos de una madre, cultivarse por la ener- 

Kde un carácter razonador que se sobrepone sin trabajo á las natura- 
preocupaciones de un corazón materno. Andrómaca no sería 
más á propósito que esta señora para depositar en el alma de sus 
hijos los gérmenes primeros de todas las virtudes; ninguna de las mu- 
jeres ilustres de la antigüedad podrían aventajarle. Amables, respe- 
tuoso», tiernos son esos hijos, no sólo con su madre adorable, sino con 
unas criaturas que por su sexo necesitan de apoyo en el mundo; no sólo 
del cuidado materna), sino de las caricias de sus hermanos y de su som- 
bra benéfica. 

Yo me he conmovido altamente al oontemplar entre ellos una sonri- 
sa tan insinuante como fugaz y espontánea que unos jóvenes dirigen 
constantemente á sus hermanas, cofc esa naturalida4 que revela un rau- 
dal de beneficios y de amor entmfiable. Cada tmo por sí no tiene otro 



41. 

pensamiento que su madre y sus hermanas; y sus aspiraciones no alean* 
zan otro límite ni otra atmosfera, que su hogar, el trabajo y» la abnega- 
ción. 

Uno de estos hermanos que curso las aulas, hizo hasta su término la 
carrera del foro, como por una complacencia hacia los deseos de su fa- 
milia; mas después, cediendo á bus inclinaciones bien manifiestas, em- 
prende el camino que le llama al sacerdocio. Hoy está próximo á lle- 
gar al altar, ungido por el Oleo santo, encontrando un terreno erizado 
de espinas para ejercer las virtudes que aconseja el Evangelio, y para 
propagar esa luz divina y civilizadora del cristianismo, al ejercer su su- 
blime ministerio. Con un carácter afable y modesto, hará la conquista 
de algunos hombres á quienes ha cegado la irrupción de los errores más 
funestos. 

Estudioso y de un claro talento, tal vez está llamado á ocupar los 
puestos prominentes de la Iglesia, á donde solo llegan los hombres de 
saber y de acrisolada virtud. 

XV. 

tiLa Libertad» viene á mi mesa. 

Comienzo por adivinar las palabras; el traducir trae sus inconvenien- 
tes; á las blasfemias que ños hacen decir los cajistas, los tipos empaste- 
lados, la letra ininteligible de los redactores, hay que agregarla malicia 
del lector y sus interpretaciones color de fuego. 

Junius, mi buen amigo, nuestro consocio en el periodismo, ha sido 
conmigo amable, y sólo nos hemos cambiado frases benévolas; igual cosa 
ha sucedido con mis estimables compañeros de redacción, porque los 
chicos de «La Libertad ti todos somos buenas Aojas, como las espadas de 
Toledo. A Jumus siempre lo he visto con predilección, y felicitado 
por sus escritos; le he dicho con juvenil entusiasmo, con tímida espre- 
sión, cuánto estimo sus producciones. Después de estos piropos, es na- 
tural que nos separemos en muy cordial amistad: ¡quién pensara que 
nuestro consorcio había de turbarse por la sombra pasajera de una li- 
gera nube, es decir, por la educación de la mujer! 

Yo conocí una pareja conyugal que fué feliz toda su vida, menos un 
solo día en que el diablo metió la cola; la amartelada esposa tuvo el ca 
pqpho de poner su amor en un faldero, y lo agasajaba más que á su 
marido; le daba las caricias y le obsequiaba con el beef steak que no le 
pertenecía; ¡angelita inocente! sólo se llevó al sepulcro un mordisco y 
dos coscorrones, ministrados por su consorte. 

'Nomás á un dentazo se ha hecho acreedor Junius por las ideas que 
ha vertido en uLa libertad*» del Sábado. — Ha dicho que 

No envidia los lauros de la señora doña Pilar Sinués de Marco ni 
las de ninguna notabilidad literaria siendo femenina, porque cree que 
esa carrera no se instituyó para las mujeres. ¡Caracoles! ¡qué bien se 
conoce que Junius tiene en su casa lo que necesita, y no anda causando 
lástimas en la vecindad! Yo sí ambiciono esos lauros, y más los am- 



42. 

biciono porque los juzgo bien merecidos. A la señora Sinoé» de Mar- 
co le ha costado trabajo el adquirirlos; apenas hay en España, y aun 
en los países en que se habla castellano, una mujer tan popular entre 
las de sn sexo; esa escritora no será la más instruida en las ciencias e 
8acta8;no será en las filosófico-morales, pero siendo enciclopédica su ins- 
trucción ba consagrado sn tiempo en trasmitirla k la mujer, en marcar- 
le el sendero del oién, y más tarde las pequeñas virtudes que son las 
que ennoblecen á la mujer en el Kogar y en la sociedad; las máximas y 
consejos sembrados en sus escritos, llevan en alas de la publicidad, á 
todas partes las nociones del bien, y se aprovechan de ella desde la cla- 
se pobre hasta la clase más encumbrada. Sus escritos todos llevan un 
fin moral, filosófico y social; eleva á las del'sexo débil y las defiende de 
las diatrivas de los escritores burlones, poniendo la instrucción al alcan- 
ce de todas las clases; sus estudios históricos han contribuido k ilustrar 
y á instruir á la mujer española y americana, cundiendo sus doctrinas 
hasta los pueblos incultos. 

La Baronesa de Wilson, dedicada k los estudios de la historia, será 
más profunda; serán leidos con gusto sus escritos por hombres pensa- 
dores y aun por mujeres de elevada gerarquia; pero sus conquistas no 
serán tan numerosas como aquellas que la señora de Marco ha heeho ya. 
Gloriosos son los lauros alcanzados por esa señora; consagra su plu- 
ma á desterrar la ignorancia, á difundir la mfcral entre tantos seres que 
no tienen grandes elementos para instruirse. Preguntadlo k vuestras 
hijas y á vuestra esposa, ¡oh Juniw obcecado! si no las tenéis no po- 
dréis juzgar con imparcialidad, porque los ciegos de nacimiento no pue- 
den deliberar sobre los colores; preguntadlo á las discretas señoritas de 
vuestro círculo, y os darán una respuesta bien convincente; leed el pró- 
logo de la obra de la señora Sinués sobre las mujeres célebres y veréis 
si sus observaciones no son justas, contundentes sus diatrivas. 

Si para educar á la mujer y para mejorar su condición social debie- 
ra enseñársele lo estrictamente necesario, es decir, lo necesario para la 
vida ¿á dónde iríamos á parar? si descartamos lo inútil y lo notoria- 
mente malo, sucedería lo que al glotón que engullía una cantidad gran- 
de de albaricoques; comenzó por tomar los más. grandes y sanos y dio 
fin comiéndoselos todos. 

. Recurramos á un símil. Descartad en la mujer la sabiduría por inú- 
til y perjudicial, porque es seguro que, para la filosofía no ha de ser u- 
na Santa Teresa de Jesús, ni para el Estado una Isabel de Inglaterra, 
ni una Catalina de Rusia. La historia patria, la universal, la geogra- 
fía, las matemáticas, la literatura, son incompatibles con las labores do- 
mésticas; la música, la pintura, el canto, el baile, el dibujo, los idiomas, 
de nada sirven á la joven de la clase media ni á la de la ínfima, y . . . . 
ni aun á la de la alta sociedad; tales estudios son perjudiciales, puesto 
que, tilas hacen charlatanas y pedantes;.! además les roban el tiempo 
que han de emplear en hacer calceta, en remendar unos pantalones y 
en hacer una tortilla de huevos. Brillar en la sociedad por artificio, es 
tributar un homenaje a la afectación; es lucir, eomo la luna, una luz} 
prestada de un astro rutilante; no se le debe alucinar á la sociedad con 



43. 



jj falsos aliños quejrio están en el alma, nifdeslumbrar como las luciérna- 
gas, con una luz ficticia. Algo más positivo necesita un hombre en el 
alma mía de sus ojos. El bordado, las flores artificíales, la floricultura, 
las bellas artes en todos sus atributos, todos aquellos prodigios que en- 
cantan la vista y que podríamos llamar de ornato, distraen á la mujer 
del cuidado de los hijos y de la asistencia del marido ¡Ooooh! 

Todo esto podría decirse del bello sexo, tomando por pretexto á la jó 
ven del pueblo ínfimo; pero no es aplicable á la de la alta clase. 

Seguiremos, sí, seguiremos descartando lo inútil. 

La ropa de lujo que hace interesante á una mujer y realza su belleza 
plástica en el templo, en el teatro, en círculos sociales, no es más que un 
insulto á la indigencia y una carga dispendiosa para el marido. £1 co- 
lorete, los postizos, el bullarengue, los dijes en las orejas, son pernicio- 
sos é incómodos, y las mujeres pueden pasarse sin ellos; son el sím- 
bolo del capricho, de la ligereza y del coquetisino. 

En ella la cocina selecta, es gula. ' 

£1 buen gusto en los trages, soberbia: 

El uso de vistosas telas, vanidad. 

Pero si descendemos hasta los vestidos de humilde percal, podríamos 
calificarlos de superficiales. La historia nos refiere que en la antigüe- 
dad eran muy felices las mujeres con usar sandalias, una túnica ligera 
v el manto; no usaban medias, ni botines de altísimo tacón, ni el sim- 
bólico sígame usted, pollo, ni el tupé, ni los rícitos frontales llamados 
bésame aguí; todo esto, que es inútil en la señora de guante blanco, es 
superfluo en la señora de la clase media, y ridículo en la joven de la ín- 
fima; hasta el polvo dentíf ero y los perfumes higiénicos son onerosos pa- 
ra el cochero y el cargador; con más, que en su rusticidad tienen estra- 
gado el gusto y son incapaces de distinguir la selecta perfumería de e- 
se olor vulgar que produce el ajo y la cebolla, el chinguirito y la isabel 
dormida, el pulque y el tepache. 

Si hemos de ser altamente severos analizando todo lo inútil, supri- 
miremos el rebozo, las enaguas de vuelo de seda ó de castor, los poraba- 
jos, la pomada» la bandolina, y el desemarañador; nuestras inditas no lo 
usan, y json tan poéticas, tan gentiles con su lío al rededor de la cintura 
y su tilma ó gabán, los pies descalzos y la cabeza peinada & la Medusa! 
gana la estética, y ellas pueden hacer brotar la inspiración á todos 
los poetas, puesto que, con sólo verlas en su alucinadora sencillez, ex- 
clamó un alemán: i»me gustan las inditas porque parecen cohetes tro- 
nados, it No cabe duda que la conquista hizo grandes adelantos, y k los 
trescientos años tienen los naturales la sencillez del edenismo y la son- 
risa de los ángeles; son k propósito para seducir al aguador, para condi- 
mentarle los albarjonea / los amarillitos. Eva en el Paraíso, para se- 
ducir á su compañero, que por cierto no fué cargador, no necesitó can- 
tarle el miserere ni la paloma; vestida con hojarasca pudo llenar su co- 
metido al venir al mundo; y los paganos no necesitaron bordados para 
cumplir con los deberes que les imponían tas leyes y la religión. 

Ese lujó superficial, que ostentan las educandas del Hospicio, no $erá U 
desdeñado por tes gentes que habitan las casas de vecindad; enséñese, jj 



44. 

les cuales son las obligaciones de las buenas madres de familia; crae se* 
pan que los principales deberes de una mujer es darle muchos hijos í 
la patria, según la respuesta de Napoleón á Madame Stael! Yo he leí- 
do no sé en qué parte el siguiente axioma. 

Camisa exenta de mangas 
Sin cuello, bata y pechera, 
Sin lo de atrás y las haldas, 
Excluyen la costurera. 

Conocí á un señor D. Deogracias que, entusiasta por los ejercicios e- 
cuestres, adquirió un caballo de la rasa inglesa moderna: jamás procuró 
adquirir yeguas de rasa pura, descendientes de la del Profeta, porque 
son de precio elevado, pero sí las buscaba de gran alzada y de fecundi- 
dad maravillosa; como consecuencia de esto se pretendía que la madre 
criara bien á sus mamíferos. .Parir seguido y dar de mamar con cons- 
tancia, era cuaqto llenaba sus deseos. 

¿Qué otra cosa puede desearse para las educandás ttobres, que nacie- 
ron para esposas de los aguadores y cordeleros, sino las cualidades ye- 
güisticas de D. Deogracias? Mejorar la condición social de la mujer, 
sacarla de su abyección por medio de una educación esmerada» es lan- 
zarla á la vorágine de la prostitución; es condimentar manjares para los 
ricos, y desviarlas de ser esposas de los pobres, ha dicho Plaza en un 
intervalo lúcido, dice mi amigo Junins* 

Según esto, los pobres no merecen tener por esposas á mujeres ins- 
truidas, que sepan cuales son sus deberes como madres; ni deben co- 
nocer los dogmas de su religión, ni los acontecimientos que refiere la 
historia patria, ni los rudimentos de la higiene y de la medicina do- 
méstica, ni que tengan idea de las ciencias que se ligan con el bien- 
estar de la familia, ni de la teoría de los planetas, ni de la causa de los 
terremotos, ni de la geografía, ni de la historia universal; estos conoci- 
mientos enciclopédicos, que son los que forman la felicidad de los pue- 
blos y no el número de sus sabios y de sus genios, se declaran incompati- 
bles, son por demás en las esposas de los pobres. 

Cuando nos hemos propuesto buscar un medio para mejorar la con- 
dición social de la mujer pobre, no hemos encontrado otro que el de la 
educación, y crearle con ella algunas necesidades. 

Es tan poco lo que una mujer pobre necesita para vivir, que en tres 
días haría el curso de las cátedras escolares: ¿qué puede necesitar la es- 
posa del zapatero, cargador y carpintero? ¿Remendar? ¿cocer los gar- 
banzos? ¿asear á los chicos? esto es como el oficio del aguador. No obs- i 
1' tante; la humanidad recibiría un beneficio, según Jwiius y con que se es- 
tablecieran escuelas de maternidad, es decir, supongo yo, escuelas donde 
. las miyeres aprendan, no á ser madres, sino á cumplir con los deberes i 
de tales, cuando lo sean. Yo deduzco de esos consejos que sería muy 
bueno fundar en el Hospicio una cátedra.donde se enseñara con sólidos 
principios el arte de remendar los chochocóles; para servirla me atreve- 
ría & recomendar al maestro Coyote, el de la calle del Empedradillo, 



45. 

que es muy hábil para pespuntar un remiendo con correa y en el tepalcate 
en su esférico adminículo; no vayan ustedes á pensar, muy al contrario 
de Arrangois, no se le escurre ni una gota de agua. 

Como música podría enseñárseles á soplar la gaita gallega ó la chiri- 
mía, y & cantar el Mambrú ó algunas seguidillas como las que compuso 
el maestro Coyote, cuyo preludio es el siguiente: 

La sobrina de don Diego 
es como la hija de Antonio; 
si le hablan de matrimonio 
ella quiere luego-luego. 

La tal sobrina ha de ser como aquella de quien nos habla Queve- 
do, diciendo: 

ítem más, una sobrina, 
doncella. . . .otro item más; 
siendo peor que Barrabás 
á nada bueno se inclina 

Es seguro que si en el Hospicio se les enseña el punto y contra pun- 
to para cantar la Stella Confidente, las educandas ya no aceptarán un 
marido pobre; aspirarán á meterse una sopa muy grande al lado de un 
rico, si tienen anchas tragaderas. Estas suripantas son un prodi- 
gio de ignobles aspiraciones; pero ¿qué vamos á hacer si tal es su incli- 
nación natural? siendo esposas ignorantea-no hay qué hacer juicios teme- 
rariosr-ni pensarían siquiera en un cambio de fortuna pudiendo an- 
dar en picos pardos con los ricos, mucho menos con los pobres; los 
gatuperios es planta que florece sólo donde se escuchan las melodías 
de Shubert. 

Acaso se me diga que no se opone Junius á que se dé educación es 
merada al bello sexo, sino únicamente á que se le enseñe música, idio- 
mas, hacer flores y bordados á las chicas que están destinadas á ser es- 
posas de los pobres artesanos. Pues bien, este argumento es el que ven- 
go combatiendo, porque no hay incompatibilidad entre ser esposa de 
un pobre y laborioso artesano, que más tarde será de mediana fortuna, 
y en que afine su voz, confeccione sus vestidos y los de sus hijos, y hable 
un lenguaje exento de interjecciones semi-salvajes; yo creo que un po- 
bre sin parecer un loco, bien podría aspirar á casarse con una mujer 
que, á las recomendaciones que el le busca, añadiera otras habilidades 
que engendra una buena educación. 

Entre esa multitud de criaturas infelices puede haber algunas que 
descoellen con verdadero genio, y bastaría una solamente, para redimir 
á ese género humano de abyectos seres femeniles que van en pos de u- 
na esperanza Los pimpollos del Hospicio, con precocidad sin ejemplo, 
dan impulso á sus inclinaciones» inmaturas, y quieren ser ya esposas de 
aguadores. ¿Qué les parece á ustedes que hicieron en días pasados? 
armaron una trampa de seducción al anciano bombero, es decir al agua- 



46. 

don habría sido aquel un nuevo campo de Agramante si el nuevo José, 
el émulo del que pudo ser rival de Putifar, no hubiera -dejado allí los 
girones de su capa, y dado pitazo de que las educandas lo galanteaban. 
Esas mocosuelas saben más de lo que les han enseñada ¡Dios salve k 
la República! 

XVI. 

Los acontecimientos de la última semana dignos de narrarse son en 
primer término los enlaces de personas notables que, cada una en su cír- 
culo, llama la atención. Si nosotros hubiéramos de concurrir á todas 
las ceremonias religiosas sería necesario formar una iguala con los cu- 
ras de almas y con los jueces del Estado civil para formar las cróni- 
cas matrimoniales y entonar á cada pareja un canto epitalámico, á ma- 
nera de un Sr. Gayoso que debe tener contratado un cantor fúnebre, un 
poeta elegiaco, un Justo Sierra, en fin, que llore delante de cada difun- 
to, y que haga vibrar su lira con tétricos acentos; mas ya que tenemos 
de escribir algo, nada es más justa que consagrar un plumazo á ese Sa- 
cramento, y á ese contrato que, día con día, se practica en todos los pue- 
blos de la tierra, ya sea según los ritos cristianos, ó de otros distintos 
cultos; ya sea por el camino religioso, por el civil, ó bien por el crimi- 
nal, como decia el otro. 

El matrimonio es un acto de la vida que acaso sólo interesa á los que 
lo contraen, y es de lo que más nos ocupamos los indiferentes; aun los 
que no conocemos á los cónyuges sentimos los retortijones de la curio- 
sidad, y deseamos saber quién es esa novia que, como una nube de pla- 
ta que se mece en el espacio, vemos cruzar para el templo, cubierta 
de crespón y blancas flores: algunas nos parecen hermosas; las más sim- 
páticas; todas graciosas y felices, á lo menos en ese día* Una señorita 
con traje de desposada in fteri, es el foco de todas las miradas, objeto 
de todas las admiraciones, y también el blanco de todas las envidias, 
sí, de las envidias nobles ó innobles; ellas eonvergen en la que lleva al- 
bo traje de moiré, velo de crespón, símbolo de la pureza, y azahares em- 
blemáticos de la inocencia Los jóvenes de ambos sexos envidian esa 
felieidad de dos seres á quienes unen lazos de simpatía, de amor, de la 
pasión frenética, para entrar en ese gran mundo que eeHpsa las ilusio- 
nes de la soltería, para mostrar la realidad del afecto, grande y sublime, 
sin los fantásticos resplandores de un prisma encantado. 

Si las costumbres pudieran regenerarse de tal modo, que no se obser- 
varan en la sociedad ninguno de los actos lujosos y que ostenta la mo- 
licie, sería la ceremonia matrimonial más imponente y magestuosa 
de lo que es ahora, ya sea que se celebre en el templo, bajo las ceremonias 
augustas de la religión, ya bajo ei imperio de las leyes civiles, ó bien de 
los dos modos & la vez; pero sin poner en espectáculo á una inocente 
niña que llega al altar con el candor de la paloma, mientras que una 
multitud curiosa le lanza los arpones de la malevolencia, y la sonrisa 
mal intencionada dei ridicula huí envidias de pretendientes desprecia- 
dos; las anécdota» siempre saroástícas de algunas relaciones que no lie 



47. 

garon á madurar; las pretensas aue vieron burladas sus esperanzas con 
el afortunado galán al conducir a otra novia á los altares, son, con mu- 
cha frecuencia, objeto de conversaciones en tales momentos; se asiste 
mentalmente á las escenas del hogar, aunque la esposa se entregue en 
esos instantes á los placeres del sarao, expresión inocente de su dicha 
realizada en ese día solemne, ¡cómo se interpretan sus sonrisas, sus sus- 
piros, sus lágrimas, sus sensaciones, al sorprender la ternura hacia el es- 
poso cuando rebosa la copa de la más grande felicidad! todas sus ac- 
ciones tienen un tinte de candor, que se expresa con sencillez, con es- 
Sontaneidad en un circuló de amigos que toman parte en el júbilo 
e ese día, y que al siguiente buscarán con mirada indagadora y mali- 
ciosa á esa pareja para felicitarla. La sociedad, que forma esa cadena de 
alianza en un pueblo, debía procurar que los recien casados, después de 
recibir las bendiciones de los ministros de sos cultos, fueran á pasar los 
primeros días á un lugar apartado del bullicio de la sociedad, y después 
penetrar en sus salones cuando se han olvidado aquellas reminiscencias 
que preceden al himeneo, para celebrar en familia, con los amigos ínti- 
mos, la unión que Dios y el legislador legitiman. 

Tres actos tienen lugar cuando la criatura recorre el sendero de la 
vida, y marca su paso sobre la tierra hasta la decrepitud: el bautizo, 
el matrimonio, el requie8-cat\ es decir la aurora de un sol naciente, su 
paso por el cénit, el crepúsculo vespertino al hundirse en su ocaso. La 
generalidad mira con indiferencia ese acto que acristiana, que abre las 

{martas del cielo á quienes vienen; al mundo entre dolores y llanto; pero 
e sigue con interés cuando suena la hora de su emancipación; con dolor 

cuando ha exhalado el último aliento. . . 

Como el egoísmo es un vicio inherente al ser humano creo que todos nos 
debemos pone r tristes si no nos es dado encender esa antorcha que convida 
con sus beneficios & todos los mortales; en cuanto k los hombres que aun 
no la han visto apagarse, sólo se les permite lanzar un suspiro que que- 
da sofocado en los pulmones ó en la región de las queje» inoportunas: 
¡cuántos hay que, á pesar de su indiferentismo por las prácticas católi- 
cas, desearían frecuentar el santo Sacramento del matrimonio! 

Las mujeres recuerdan con entusiasmo el gran día, en que vistieron 
el traje nupcial y llegaron á los altares con fe reverente, porque tuvie- 
ron también esperanza fundada: esto es una verdad, no obstante las o- 
piniones de un escritor, más barloa que filósofo, que sostiene, sólo por 
lanzar un sarcasmo contra el bello sexo, qué nía mitad de las mujeres 
pasan su vida buscando un maridoy y la otra mitad procurando desha- 
cerse de éLu * 

Hoy está probado que salen buenos los matrimonios que se disponen 
como las patatas, es decir, al vapor; ya no se ven parejas que eücaneeie* 
ron en la contemplación del himeneo; que duraron quince años para* re- 
solverse á volver la espalda al Cura que los esperaba con las arras y la 
cadena conyugal; en estos tiempos dfc ferrocamles y de electricidad, el 
matrimonio se inicia, se desarrolla y se efectúa en menos, que canta un 
gallo. 



48. 

,,E1 tiempo es dinero, t, dicen ellos, aplicándose á sí mismos ese adagio 
norte-americano. 1 

i. El tiempo perdido, los santos lo lloran;* dicen ellas, y ¡arriba! como ! 
quien apechuga una purga. 

¿A qué esperar una señorita, cuya vida es fugaz, á que aepele la pava al 
frente de sus balcones? ¿que le siga á todas partes, y que el día menos 
pensado encuentre al pretendiente basta en la sopa? No es cuerdo en- 
tretener dos lustros para que á la mejor de espadas diga una ú otro a- 
quello de 

Te dije que te quería: 
te lo dije así no-más 

Bien hacen las pollas en despachar á los pavi-pollos con su música á 
otra parte, para que no hagan malaobra si hay alguno f ormalito. 

Un novio, si se ausenta ó se ataranta, se encuentra al volver con un 
sustituto, ó como decía Quevedo: 

Os dormisteis, y una Eva 
hallasteis al despertar, 
hoy, si se duerme un marido 
halla á su lado un Adán. 

Réstanos hablar sobre las clases de matrimonio que en México se ce- 
lebran; unos tienen la aprobación de Lucifer, y se forjan pronto, pron- 
tito, con sólo las condiciones de voluntad recíproca, de necesaria conve- 
niencia. Estas parejas son como las aves de paso, como las viajeras go- 
londrinas; vienen con el calor de la Primavera, con las auras veraniegas 
y emigran á los primeros anuncios de un soplo invernal por no arrecir- 
se de trio: otras parejas de nevado temperamento, esperan los graznidos 
de los ánsares y las grullas para enceder la estufa y buscar con artificio 
el abrigo del calor mutuo. Como esos matrimonios están diablificados 
por un espíritu malévolo, bien conocerá todo el mundo que no pueden 
ser ni felices ni duraderos. ¡Dios nuestro Señor libre á nuestros lecto- 
res de la influencia corruptora, de las zalamerías de esas vestales, que 
mantienen como en la antigüedad, el fuego sagrado de sus paganos 
templos! 

Viene después el contrato civil que legitima la ley, que brinda más 
garantías á la desposada, que realiza la elevación de la mujer, y también 
sus derechos antes ilusorios, sus beneficios y los de sus hijos, y que ha- 
ce efectivo el castigo del esposo qnejpicqpardea á excusas ó ala vista de 
su carimna consorte; boy la ley está reformada por una mano poco pre- 
visora en el sermoncito que el juez del Estado civil debía de leer á los 
contrayentes, por ser el estudie de los deberes recíprocos, de sus dere- 
chos prácticos, precisos, inalienables y verdaderos que elevan á la mu- 
jer al rango de compañera del hombre y la saca de la condición de cierva. 

Muchas parejas se unen sin las bendiciones délos ministros en la vía 
religiosa; otros se conforman con dar manazo ante un sacerdote de cual- 



49. 

quier culto; descuidan las prescripciones que garantizan los derechos de í 
los desposados y de su prole, y que sella con la marca de la moral uní- 
versal un vínculo que sólo la muerte puede romper. 

El contrato civil ha venido á ser respetado por todos, más que el ma- 
trimonio religioso: no por otra cosa sino porque la ley considera bigamo 
al que contrae, viviendo su consorte, dos ó más veces enlace con dis- 
tintos seres, según los mandatos legislativos, y castiga con severísimas 
penas al que los infringe. 

¿Y la religión? ¡ahí deja el castigo de los infractores de la unidad sa- 
cramental para después de muertos ¡Corneta! ¡pues ojo les hace 

entonces la tristeza! .... dicen los que no creen ó no temen ni á la jus- 
ticia de Dios ni á las caricias del demonio. A la hora de los gestos se 
acogerán á la elástica Misericordia Divina; pero al cruzar por este mun- 
do darán con morraónica gentileza, sopa y trago, sin que á la justicia 
humana le quite el sueño la audacia descarada, las anchas tragaderas 
de un s¿r bigamo. ' 

¿Qué hace entretanto la sociedad? ¿qué el cura de almas, centinela a- 
vanzado de la moral cristiana? Por esta causa creemos que ninguna 
mujer por su propia conveniencia, debe esquivar el contrato civil, á la 
vez que su unión sea santificada por el ministro de su culto. 




50. 



A VUELA PLUMA. 



Sofocado y sin aliento para poner en acción nuestra pluma, nos deja- 
ron los chupamirtos que libaban la miel de los nectarios de la tesorería 
y de los ricos propietarios. Volvemos á la vida, alegres pero escuálidos 
á narrar á nuestros lectores los acontecimientos que en el día causan 
sensación y en la noche se cubran con un velo misterioso. 

Una sociedad de jóvenes entusiastas por la música, cantó en la Mer- 
ced las siete palabras de Mercadante, y el Stabat Mater, de Rossini; es- 
tos actos religiosos son un estímulo para los. aficionados, en este país- 
donde la música está en un atraso completo; mas unas hermosas seño- 
ritas se prestaron gustosas á contribuir á este concierte religioso, y to- 
dos los concurrentes quedaron complacidos de haber oido, entre las ar- 
monías de Rossini, aquellos dulces trinos que, como una ovación, se ele- 
van á Dios. 

La festiva función de San MSrcos se inaugura en nuestro suelo, esa 
hermosa temporada en que nuestro ameno jardín se reviste con las ga- 
las de la Primavera, y se adorna con los encantos de la belleza femenil. 
¡Cuan hermoso es ese sitio en la estación de las flores! pródiga la Natu- 
raleza derrama allí sus dones, y el arte contribuye á realizar el efecto 
mágico que produce en nuestra fantasía, el conjunto de variadas flores, 
de árboles frondosos y de aves vocingleras. En esos días nuestras ama- 
bles paisanas, volviendo de un letargo que las domina todo el año, salen 
como las mariposas á vagar entre las flores, á ostentar sus graciosos 
trajes, á lucir los atractivos con que las adornó la Naturaleza. Yo he 
recorrido muchas ciudades del suelo mexicano: he admirado el talento 
de las durangueñas, la encantadora voluptuosidad de las hijas de Jalis- 
co, la amabilidad avasalladora de la culta sociedad guanajuatense: 
en los días de las adversidad encontró un techo hospitalario en San Luis 
y en el Saltillo, y quedó fascinado con las gracias de esas mujeres que 
hermanan á la sencillez y franqueza dn las campesinas los atributos de 
la ilustración: he vivido mucho tiempo en esa ciudad hermosa, en 
ese México encantador, donde cada casa es un palacio, cada jardín un 
Edén, cada mujer una hurí; he visto bogar pequeñas embarcaciones con 
ninfas coronadas de rosas, adormecerse con los cantos sensorios de los 
poetas y agitarse en las praderas al compás de una música voluptuosa; 
pero cuando he vuelto al suelo querido de Aguascalientes; cuando he as- 
pirado las brisas de su ameno jardín; cuando he visto á mis adorables 
paisanas cruzar á mi vista, rebosando gracia y magestad, encuentro dé- 



51. 

*^T-~— — »-r-g — ■— ^r- *•' ■ ■ ' ■ - ' ■. ■■ ■ ■■■■■ ■ ■- ■ -■■■ ■ nf. 

biles las gratas impresiones de otras ciudades, porque aquí están mis 
dulces recuerdos. Hijas de Aguascalientes, ¡cuánto os ama mi cora- 
zón! yo recuerdo que vuestra sensibilidad ha derribado los cadalsos y 
roto las cadenas á los prisioneros; á impulsos de un sentimiento genero- 
so habéis probado que la compasión hacia el que sufre, es la parte an- 
gelical dé vuestro sexo. 

Para que el bello panorama que representaba el jardín en esos días 
tuviera su complemento, le daba animación la presencia de varias seño- 
ritas de Lagos que habían venido á disfrutar la bella temporada: gracias, 
talento, amabilidad, han sido las dotes que las recomiendan y que les 
han grangeado una estimación general. 

Escasa en diversiones ha sido nuestra predilecta temporada. No hu- 
bo espectáculos teatrales, ni frenético can-can, ni zarzuela, ni dramas 
patibularios; pero en cambio hubo juegos de azar; roletas, que á título 
de diversiones p&ra el sexo hermoso, dejaban exhaustos los bolsillos; 
partidas, que son un sarcasmo en una sociedad cristiana, puesto que a- 
rrojan mas indios que los qne arrojó del suelo de Valencia el intoleran- 
te Felipe III. 

¡Admírense ustedes! 

{¡Hubo corridas de torosll Los adictos á esta barbarie ¡cuántas mal- 
diciones enviaban al diputado que esto escribe porque, tuvo la osadía 
de proponer al Congreso la abolición de las corridas de toros! 

Siempre que esos espectáculos tienen lugar, se lamentan desgracias 
trascendentales. No hablaremos del sacrificio de seres inofensivos cu- 
ya martirio complace á un auditorio insensible: no describiremos las san- 
grientas escenas que aplaude una clase que se llama civilizada» esto a- 
rrancaría una carcajada al que busca emociones y no las encuentra en 
los actos del heroismo ó en la práctica de las virtudes criatianas. 

Hubo allí una víctima: uno de esos seres desgraciados de quien la so- 
ciedad se mofa y lo aplaude, en cambio de una chuscada, de una anéc- 
dota aguda y muchas veces picaresca: esa víctima fué el polichinela de 
la cuadrilla de toreros. Un descuido hizo que la fiera le diera una he- 
rida mortal, mientras que el público gritaba ó se reía, silbaba y aplau 
día ante el espectáculo de la muerte, de la sangre, de la desolación: ca- 
ballos que caen heridos y que mueren con horribles contorsiones, en 
presencia de niños de una ♦exquisita sensibilidad. Más allá, á la vista 
del público, el arlequín moribundo, el sacerdote que le ministra los au- 
xilios de la religión, y un grupo de curiosos, deseosos de apurar sus e- 
mociones, de contemplar la agonía y las horribles gesticulaciones de la 
muerte. También los hijos de Hipócrates se presentan á ejercer su su- 
blime sacerdocio. Observaban que la víctima aun respiraba, pero más 
se acercaba al sepulcro. Los médicos no permitieron, á pesar de las sú- 
plicas de la esposa aflijida, que una esponja con alcohol limpiara 
la faz enharinada, ni despojar del traje de múltiples colores al mo- 
ribundo payaso: no, la fiebre y la congestión podrían sobrevenir al ins- 
tante, y he aquí por qué aquella cara, semejante á la paleta de un pin- 
tor, se parecía también á la de una lechuza; los doctores se desternilla- 
ban de risa; el Cura se encoje de hombros, vacila y contiene una carcajada 
antes de pronunciar un ego te dbsolvo. La pobre víctima, agobiada por 



52. - 

los dolores, lanza un gemido; ei confesor ora y se rié aconsejando per- 
donar al toro que ocasionó la injuria, y se estremece al ver oculta tras 
la harina y el bermellón una fisonomía dolorida; aquella no es una fiso- 
nomía humana, es una ave nocturna que invoca de Dios la misericordia, 
f del confesor el perdón, de los médicos la ciencia, de los circunstantes u- 
na limosna. 

Al lado de lo sublime siempre está lo grotesco; así, en esa actitud 

de carnaval, en aquella faz, símil perfecto del tecolote, se vio abrirse 

í una boca, aparecer una lengua incolora y llevar al estómago el Símbolo 

¡ de una creencia. ¡Con cuánta razón el Cura tenía, en acto tan solemne, 

i qué contener una carcajada! 

Dos bailes presenciarnos en esos días, coronados con estético ini- 
riage. Las señoritas tuvieron el capricho de adoptar algunos usos de 
la clase ínfima y adornar sus salones de un modo fantástico. ¡Feliz me- 
tamorfosis! la más delicada joven que se tranformó en aldeana, nos obse- 
quiaba con pastelillos ó con agua-nevada. Más allá una linda vivande- 
ra, una florera vivaracha y sensual nos ofrece sus graciosas vendimias 
que formaron sus manos delicadas. Yo admiré tanta amabilidad, tan 
exquisito gusto al formar de lo vulgar mucho de sublime, de agradable, 
de seductor. 

Esas adorables jóvenes, yendo en pos de lo nuevo, de lo maravilloso, 
de lo fantástico, han hecho, imitando las costumbres del vulgo, una a- 
pología del buen gusto; han realizado el antítesis de V. Hugo y de Du- 
mas, ido feo es hermoso..! Cuántos hombres de gusto delicado hubie- 
j ran querido caer prisioneros en brazos de una chiera remonona: cuán- 
tos hubieran apetecido morir crucificados en un calvario alabastrino 
donde se ostentaba una cruz de corales napolitanos ó de cuentas ambari- 
jlnas! Haced jama i cas, lindas señoritas, y trastornareis el cerebro de 
!¡ cuantos jóvenes anhelen someterse al cetro de vuestros encantos. 
Í| El me3 de María es la fiesta que más os llama la atención; os alejáis 
j¡ del sarao y volvéis vuestras miradas al templo: ya no tienen vuestros 
i¡ ojos el brillo del amor profano; ellos se humillan ant« el altar, ante a- 
'[ quella hermosa figura del cristianismo que santificó á la mujer siendo 
i Esposa y Aladre, y rompió las cadenas de la esclavitud social que opri- 
ii mían á vuestro sexo. Volved, volved después al mundo cuando hayáis 
| orado; dejad el traje si lo usáis de ángel celeste, y vestid el de los án- 
jj geles terrenales; dejad la corona de azucenas blanca» que en el templo 
ciñe vuestras sienes, y sustituidlas con las de azahar. Volved á vues- 
tros salones, aunque sea contritas y arrepentidas, á ser su más precioso 
ornato; á nuestros jardines, á competir en belleza con las galas de la 
Primavera. 

También el cristianismo tiene sus gerarqías; también en la Iglesia 
hay su división y sus partidos. La parroquia de la Asunción recibe en 
su recinto á la aristocracia para que presente á María sus adoraciones 
entre el lujo y la molicie, miestras que el templo de San Diego recibe 
bajo sus bóvedas las pobres ovaciones de una biuchedumbre pobre y 
abyecta. 

i. Vayan á la parroquia, -decía el padre Boneta;- vayan con ese Curita 



53. 

. ■■■■■ IWJ ■■■ . i . . . ■■■ -.i.ii ... ., ■ ■''■.- 

de la Asunción las aristócratas de crujiente seda y anchas crinolinas, y 
vengan acá, conmigo, las pobrecitas que ofrecen con sus trabajos á la 
Madre de Dios sus lágrimas y sus flores. . . . n 

Así han quedado divididas las clases: ¡santa y divina religión que o- 
bra tantos prodigios! 

¿Y quién es el padre Boneta? dirán los que no lo conocen. 

Fray Antonio Boneta salió de los claustros de San Francisco de Pue- 
¡ bla para transformarse en clérigo, gracias á las leyes de Reforma que, 
cual las de la Naturaleza, forman de las crisálidas volubles mariposas. 
Prelado del convento de San Diego de esta ciudad, se dio á conocer y 
estimar de nuestra sociedad por su infatigable celo y su amor al culto. 
Industrioso y trabajador, empuña la azada para cultivar la tierra y re- 
garla con el sudor de su rostro, y vuelve después al templo á cumplir con 
los deberes de su ministerio. Su tiempo y su atención los divide entre 
el templo -y la ladrillera; entre el pulpito y los caballos de brío; entre 
las ovejas-borregos y las ovejas-cristianos; no permite que en su Iglesia 
se le pare otro padrito entro7netido, pues él á sí mismo se sobra y se 
basta. Con la celeridad del rayo pasa de la sacristía al altar, de aquí 
al pulpito, del palpito al confesonario, üá lo comunión y empuña la 
alcancí i; reza el rosario y recibe las oblaciones; como un prestidigitador, 
convierte las cuerdas de pita tocadas al Seraneo Padre, en pesos duros 
del águila; ¡Todo para el culto! ¡Cómo quisiéramos verlo de ministro 
de hacienda en estos días de crisis monetaria! Juárez, Juárez, haced 
de un Boneta un ministro de finanzas, y creará al erario un manantial 
inagotable de dinero; él sólo es capaz de callar á la oposición. 

San Antonio ó fray Antonio, como le llama en estilo fraternal del 
claustro el padre Boneta, estuvo de enhorabuena: estrenó hábito nu evo, 
pues el viejo se convirtió en reliquias. Al santo le hería el sol de cara, 
como suele decirse; para el estrenóse le mandó purificar en la Pisci- 
na del agua y del jabón, pues permaneció muchos años, como la Constitu- 
ción, arrinconado, lleno dé telarañas y remiendos. La muchedumbre llora- 
ba enternecida al ver al tan buen mozo santo ya rejuvenecido, y se preci- 
pitaba á darle un ósculo reverente. Ay! era aquello un hormiguero, u- 
na gusanera en que las devotas se lanzaban al santo para ganar las in- 
dulgencias que le han concedido en Roma á nuestro Seráfico Padre Sn. 
Francisco y á los hermanos del cordón. 

i.Besen, besen prontos Fray Antonio, -decía el predicador,- porque ya 
lo voy á vestir de limpio, y entren en recogimiento, que voy á echar la 
petición, it 

Las loterías están de moda en todas partes; ya se anuncia una en no 
sé qué templo, y dirigida por la sociedad religiosa de San Vicente de 
Paul: llevará un nombre de santo; se llamará ¡¡lotería de las vírge- 
nes» y valdrá medio real cada billete; su producto de destinará á 
los pobres; el premio mayor será doscientos cincuenta días de indul- 
gencias. 

¡Hablen ahora los mordaces liberales! 

De moda han estado las destituciones. El secretario de la Jefatura 
política fué destituido del empleo por un abuso que el Sr. Jefe político J 



54. 

calificó de pecado bufando: fué preso y encausado, y al fin quedó en li- 
bertad, pero con una nota que no ha podido lavarla toda la misericor- 
dia del juez de letras. El secretario se preparaba á encender la antor- 
cha de Himeneo, pero el diablo metió la cola y todo lo descompuso: hoy 
recorre las calles mirando al Jefe Político con ojos de desafío, y suspi- 
rando en cada ventana, como diputado que se quedó sin curul en las pa- 
sadas elecciones. 

Un ciudadano descendiente de las casas solariegas de México, fué e- 
ducado en sus primeros años en esta ciudad, k la que profesa una adhe- 
sión sin límites. Moralidad severa, probidad jamás desmentida, anhe- 
lo ferviente por los adelantos de este país, son las dotes privilegiadas 
que pueden hacer un buen gobernante: dotado también de talento é ins- 
trucción, posee un carácter franco y espansivo, reposado y prudente: 
siempre marca sus determinaciones con el sello de la justicia, y no tie- 
nen cabida en su ánimo las pasiones ni el espíritu de bandería. Acos- 
tumbrado á ver en todos un derecho justo para adoptar un principio 
político, tiene por norte la tolerancia. A estas cualidades reúne la cir- 
cunstancia de poseer una inmensa fortuna. Si este Sr. admitiera la 
candidatura que con tanta espontaneidad se le ofrece, obtendría casi u- 
nánimemente los sufragios. 

Los partidos son exigentes, y quieren en sus prohombres más que 
buenas cualidades administrativas, ciega condescendencia á sus preten- 
ciones muchas veces absurdas, y los halagos á las pasiones pequeñas; 
cada ciudadano que deposita en la urna electoral el nombre de su can- 
didato ó suscribe una postulación, si no lo anima un espíritu benéfico al 
país, se cree con un justo derecho á la privanza, y quiere formar de un 
gobernante un gobernado. Quizá este seño^, al obtener el sufragio 
de los pueblos, sabría huir de esos escollos donde se estrellan las buenas 
intenciones, y marcar el período de su administración con actos de la 
más recta justicia; en una palabra, gobernar con todos y para todos. Las 
cualidades de su carácter privado son una garantía de que no tendrán 
lugar en su ánimo los odios de partido ni las adulaciones de los favo- 
ritos. Nuestro tipo ha vivido mucho tiempo entre nosotros, dedi- 
cado á la minería que es su profesión, ó á la agricultura que ha fo- 
mentado últimamente. En la actualidad, es un buen diputado y 
allí, en su más alta escala, lleva la iniciativa. Dotado de un espí- 
ritu de economía que conduce hasta la exageración, profesa la teo- 
ría de los gobiernos baratos: él ha quitado al presupuesto los gastos su- 
perfluo3, reducido el sueldo de los empleados, y arreglado los egres&s á 
los ingresos) en una frase, ha quitado á la propiedad un gran peso, y al 
comercio onerosos gravámenes. En política se ha distinguido por sus 
inclinaciones al partido liberal progresista; joven y educado en las au- 
las civilizadoras de la capital, no tiene ese exagerado celo patrio que de- 
genera en provincialismo, ni las tendencias á la anarquía que son pecu- 
liares á los hombres que sólo han conocido el cielo de su pueblo. 

Ávido de aura popular, halaga los intereses de la sociedad en que vi- 
ve, juega con las pasiones de todos, y sabe enfrenarlas á tiempo para que 
no se desborden: en sus aspiraciones se deja entrever que prefiere más 



55. 

bien que k la gloría de piloto el nombre de grumete; más bien que al 
nombre de cantante el de maestro al cémbalo. Algunas personas lo a- 
cusarán de que es en la Legislatura un diestro titiritero. 

A los expertos marinos ciertas brisas les anuncian recios vendábales, 
precursores de la tormenta. Para no zozobrar conducen á tiempo la 
nave á la ensenada. 

El C. Luis A. Chavez es un comerciante de fortuna que tiene un cír- 
culo en su gremio; sus tendencias son librar al comercio y gravar la 
propiedad. Sobrino del Sr. D. J. M f Cbavez que con su honradez y 
su martirio llenó de gloria al Estado de Aguascalientes, se muestra or- 
gulloso de su nombre y de su fortuna: acepta el cargo de gobernador, y 
se adormece más bien con los honores que dá una elección popular, que 
con los sinsabores de empuñar las riendas del Ejecutivo; pero acepta 
las consecuencias de la elección, porque cree poder desarrollar un pro- 
grama que enaltezca á su país y lo haga prosperar. Como el numen 
que lo inspira, Mercurio, dios del comercio, en vez de obtener un bastón 
con borlas robará á Neptuno su tridente, á Cupido sus flechas, el cinto á 
Venus, el cetro á Jo ve. 

Tema el Sr. Chavez equivocarse en esta época revolucionaria que no 
es la suya, y en vez de tomar el cetro de Jove, arrebate como Mercurio 
el rayo destrucctor Hombre sin vicios y sin virtudes, querrá avasallar 
la administración al limite del escritorio, de la caja y de la partida do- 
ble. El comercio al menudeo y los corredores de número le levantarán 
una estatua, y pregonarán que quiere hacer de Aguascalientes una gran 
plaza comercial, pero que en realidad se le oirá suspirar cada vez que 
salga una conducta, ó le causará el insomnio la idea de que aun existen 
alcabalas. 

Si el pueblo lo favorece con su voto y recibe el gobierno del Estado, 
pronto Ib abrumará su peso, y arrojará el bastón diciendo: nAhí se queda 
eso.n No es lo mismo combatir la vorágine de las pasiones en ¿pocas tur- 
bulentas, ni acallar i los descontentos, ni enfrenar á los anarquistas, ni so- 
meter á los revolucionarios que todo lo desbastan, que proyectar las espe- 
culaciones entregado á una vida muelle y de deleite que ocasiona la alha- 
raca de una prole inquieta y traviesa, los halagos de una consorte vir- 
tuosa y el goce de una buena fortuna adquirida con el trabajo. Lo repe- 
timos, esta no es la época del Sr. D. Luis A. Chavez,pues el horizonte es- 
tá preñado de celajes que tal vez serán formidables tempestades. 

Las elecciones ser&n enteramente libres y sin agitaciones, según lo 
demuestra la actitud de las autoridades. No hay un sólo periódico que 
se esfuerce en dirigir la opinión, ni se oye la voz de los tribunos: en to- 
das las clases se ve cierto malestar, cierto cansancio, que es precursor 
de la indiferencia, y resultado de la poca fe que se tiene en el porvenir. 
¿Quién puede tomar á cuestas un candidato, ni constituirse sacerdote de 
una idea, cuando se perciben de nuevo los relámpagos de una revolu- 
ción inevitable? En vez de un caudillo, todos buscan un tejado donde 
resistir la tormenta. 



56. 



EL CUCHARON. 



Las economías es el vicio culminante de nuestros Legisladores. 

No habrá banquetas cómodas y seguras para el público, ni limpieza 
en la ciudad, ni hospicio para los pobres; pero sí es seguro que se 
han de crear empleos para algún afortunado favorito, y cátedras inúti- 
les sin discípulos que aprendan, y premios rumbosos que se reparten á 
cuatro gatos. Lo que más ha llamado nuestra atención es que sin discutir 
se aprueba la partida de ,800 pesos que un Sr. Gobernador gasta en su 
viaje á México para arreglar. . . .¿qué? las basas de una elección que no 
6on bases, y percibir los vislumbres de una esperanza., — Con tres via- 
jes á la Capital que al año haga un Sr. Gobernador 6e gastarán 2,400 
pesos que podrían servir para aumentar las escuelas. Jtem más, una so- 
brina! Un doble sueldo en un mes para el Gobrnador sustituto que 

mamará dos tetas, pues alguna remuneración se le había de dar por sus 
desvelos y sus fatigas en treinta días y treinta noches de agitaciones y 
de insomnios; y si se ha de agregar á esto el sneldito del Congreso .... 
¡arropen á mi ahijado, que le indigesta el bocado! 

¿Cómo pasar sin discución si es de justicia y conveniencia gastar 
esa suma? ¿qué dice el dictamen? ¿qué opina la comisión? ¡ahí ¿qué ha 
de decir sino es aprobar el gasto que de forzosa necesidad se hizo? ni 
un gesto, ni una guiñada de ojo, sino la misma mano que inicia, acepta 

y suscribe, y un apretón de manos á los compañeros Pero eso no es 

pluma, ilustres padres conscriptos; es un cucharón para hacer rebosar 
el plato. ¡Quién pudiera meter en él una cucharilla y saborear tan su- 
culenta sopa! 

El mismo Gobernador sustituto inicia á la Legislatura, de la cual es 
miembro, el pago de un sobresueldo que él meterá en su bolsillo: mar- 
cha impávido á ocupar su curul, y como ^1 solo es comisión de Hacien- 
da, dictamina que se apruebe la iniciativa del Gobernador; toma pose- 
ción de la Secretaría que también desempeña; arrulla á su Benjamín que 
es su iniciativa y su propio dictamen, lo agracia con su voto y con o 
tros á propósitos, y . . . .-Reprobamos el modo inusitado, el camino es- 
cabroso, la rectilínea, la violenta iniciación. 

La Francia introdujo el gran trinche en la moderna mesa; un fraile 
portugués aplicaba en la misa un memento por el que inventó el col- 
chón: los suecos sostieuen ser ellos los inventores del plato: Arqními- 
dcs se inmortalizó con la palanca y el tornillo: reflejan sobre Guttem- 
berg los resplandores de la imprenta. Nada es más digno de nuestro 
orgullo; nada más acreedor á la gloria monumental que nuestra Hono- 
rable Legislatura, porque ella ha inventado el cucharón. 



I 



sr. 



JAQUE AL REY. 

Sainete-político burlesco. 



PERSONAJES. 

Un Doctor. —Un Abogado.— xUn Candidato. — Un Diputado. 
Un Agente.r-El General Presidente./— Un Director de escena. 
El Maestro al cémbalo. — Un telonero. — Un lucero. 

Las escenas 1 f y 2 f pasan en Aguascalientes, las siguientes en México 

Época actual. 

Escena I. 

Doctor. — (Retorciéndose el bigote y componiéndose los anteojos.) 
¡Canario! no sería yo doctor en medicina, examinado en partos y re- 
cibido en cirujía, y además me quitaría el nombre, si no triunfara en es- 
tas elecciones, parto, enfermedad y convalecencia de un pueblo. 
¿Qué es esto, señor, qué es esto? (dirigiendo la palabra al público.) 
Abandone usted su profesión; sofrene usted sus inclinaciones $e aten- 
der á la humanidad doliente, á, la sociedad que pita, á los hospitales, á 
enfermos foráneos, sólo por degradarse á servir de tópico pesetero; á ir 
con todos sus años á curar las llagas á la patria, para que un quídam 
como Querubín, escritorzuelo de un periódico callejero, le diga á uno 
mil boberas; ¿y en qué circunstancias? cuando teníamos amarrado el al- 
bur para ganarlo. Ahora salimos con que en México no aceptan á nues- 
tro candidato. Este señor Presidente no es hombre de buen gusto. 
Abogado. (Saliendo de los bastidores). — Doctor, buenas noches. 
Doctor.— % Licenciado! venga usted acá, hombre; póngase usted las an- 
tiparras y lea lo que nos dicen de México. ¿De qué le sirve á usted e- 
se talento que Dios le ha dado? Medite usted la respuesta que demos 
á los comitentes cuando nos digan: 



58. 



¿Vino la sota á que fuimos? 
¿O vino el rey del enrodó? 
— Y usted y yo ¿qué decimos? 
Amigos, todos perclimos, 
Si á la puerta viene Horneda 

Abogado./— ¡Ah! sí: tempestad en un vaso de agua; no creo que el í 
Presidente nos deje con las faldas levantadas. 

Doctor. — ¡Pero señor!. .. .mientras discutimos la enfermedad y las 
medicina», al paciente se le cae la campanilla. ¡Corra vd.! 

Abogado. — Voy á México; hablo; hecho el silbato^ y como por tramo- 
ya cambio el escenario. 

Candidato.— (Entra rezando, y sin ser visto.) Glorifica mi alma al f 
Señor, y mi espíritu se llena de gozo al contemplar. . . . 

Doctor.^El gobierno que teníamos asegurado .... 

Abogado. — El Presidente no conoce esta localidad, y quiere insuflar- 
nos al Diputado, solo porque 

Candidato. — (Rezando.) A los pobres los llenó de bienes, y á los ri- 
laos los dejó sin cosa alguna. 

ESCENA IL 

Dichos y el Gobernador, con el periódico Lee Libertad. 

Gobernador.— (Suspirando.) ¡Están cansados de llorar mis ojos! 

Doctor. — ¡Excelencia! 

Abogado. — ¡Mi buen Gobernador! [Haciendo una profunda caravana] 

Gobernador. — Mis predilectos amigos. .. .Vean ustedes esa revista 
que publica este diario: está visto; se nos encarama el Diputado; lo peor 
del cuento es que pinta con colores sombríos nuestra situación, pone á 
descubierto nuestras poridades, y á nuestro candidito. . . . lo sacan al 
balcón 

Doctor. — Y hacen su autopsia; y de tal manera lo ftajelan, que 

Candidato. (Rezando.),— Se le pueden contar todos sus huesos. 

Gobernador. — ¿Pero quién hace caso de un demente y despechado? 

Abogado.— >>Y la prensa de México, que es nuestra aliada, no dice si- 
quiera esta boca es mia, 

Doctor.^-¿Y nuestro Senador? 

Candidato.— yüra pro-nobis^ 

Abogado. — Y nuestros amigos 

Candidato.,— Ora pro nobis. 

Gobernador. — Y Querubín. . r , 

Candidato. — Libéranos Domine, 

Doctor. — El corazón y el pulso, avisan. Un misterioso fluido cósrai- j 
co me reveló- que las frecuentes marchas á la Capital del ya mentado 
Pachito, decían bien claro que tenía gato encerrado. 

Abogado. — No hay qor qué aflojarse ni de qué aflijirse. 

Gobernador.— ^Pues no es nada lo del ojo! 

Doctor.,— jCreiamos en las influencias de vd., oh, Licenciado! 



59. , 

Abogado. — Voy k México; me encaro con Gonzalitos; le hago presen- 
te el disgusto general de este pueblo; toco la puerta á su razón; ustedes 
se muestran inflexibles, lanzan bufidos de pura rabia. 

Doctor.,— Y hará tanto caso el Presidente de nuestro disgusto como 
de los disgastos de Memet Alí. . . .-¡Ooooh! 

| Gobernador.-^Siento que no tengamos ni un periódico que sea nues- 
j tro pañito de lágrimas en la Capital; un periódico que nos levante la co- 
' la, ó que nos cante un de profundis; que nos ayude á bien morir. ¡Oh 
1 si tuviéramos siquiera El Fandango que tanto nos sirvió la vez pasa- 
da! Pero Fray Eobustiano canta en otras vísperas, y convertido en 
Querubín revolotea en otra gloria. 

Doctor.— Consuélese su excelencia. Una criada de cierta Hacienda 
.i conserva ejemplares de ese periódico para confundir á un malvado. Me 
refirieron el siguiente epigrama tomado de un libro: 

n En casa del caporal 
Un periódico que había 
Escondió Leonor un día 
Debajo del delantal. 
Preguntó el caballerango, 
-^¿Qué tienes ahí, Leonor?- 
Ella contestó:— N Señor, 
¿Qué he de tener? El Fandango.* 

Gobernador. — Por lo que respecta á nuestro señor Presidente, es pre- 
ciso enviarle un comisionado. 

Doctor. — Un médico que le cure las cataratas. 
Abogado,,— O un abogado amigo que le lea la Constitución y le mues- 
tre sus responsabilidades. 
Nieto. — (Rezando.) 

Que el gentil conozca á Dios, 
El Presidente sus yerros; 
Los partidarios del otro 
Tengan arrepentimiento. 

Gobernador,— Sobre todo, nombremos un comisionado que no nos 

cueste nada, porque la economía es la madre del bienestar Pero 

no había reparado en que allí esfcá fervoroso nuestro candidato, dándo- 
se golpes de pecho. 

Abogado.-^Estos señores todo lo quieren arreglar con salves y le- 
tanías. 

Gobernador.,— Eh! eh! compañero in fien, no rece usted tantas jacu- 
latorias, que al fin nos ha de llevar el diablo. 

Doctor.-^Lea usted lo que La Libertad dice de todos nosotros. 

Candidato.— (Representando) La leo! 

Gobernador. — Despídase usted del gobierno. 

Candidato. — ¡Me despido! 

Abogado. — Hombre, indígnese usted. 



60 

Candidato.— M*Me indigno! 

Doctor. — Las cosas andan por México muy mal. Toda la prensa es- 
tá por hostilizamos, y por sostener al otro candidato. 

Gobernador. — Los periodistas hablan; nosotros obramos. Para ga- 
nar una elección, se contarán nuestros votos, y nó los artículos de fon- 
do, ni las frases encomiásticas. 

Doctor. — Cada gallo canta en su muladar. 

Abogado. — No meterá el Gobierno general la mano en lasjelecciones. 

Candidato. — Esa mano es una especie de cuchara de viernes que se 
mete en todos los potages. Se marcha usted á México, y le dice al 
Presidente que ahí tiene las cuentas del otro, las cuales publicaremos. 

Doctor. — Bien I 

Gobernador.— ^Perfectamente. 

Abogado.,— Me ponen ustedes entre la espada y la pared. La cara se 
nos caería de vergüenza á ustedes y á mí si Gonzalitos nos dijera éstas 
ó idénticas palabras: »»Si ustedes lo creyeron culpable, ¿por qué no lo 
acusaron? ¿no tenían el palo y el mando? ¿por qué hasta hoy conocen 
sus defectos? Ustedes son sus cómplices; ustedes no siguen al capotillo 
sino al bulto. 

Gobernador. — ¡Cómplices! 

Candidato, — Cómplices cuándo es patente nuestro patriotismo, nues- 
tro desinterés, para confusión de liberales; es bien sabido que todos los 
diputados. 

Gobernador. — Yo renuncié mi sueldo; tú renunciaste tu sueldo; aquel 
renunció su sueldo 

Doctor.— Nosotros renunciamos nuestro sueldo, 

Abogado. — Oh abnegación! oh sublime desinterés. 

Candidato. — ¡Oh maravilla de desprendimiento! 

(Coro de patriotas canta dentro.) 

Taljdesinterés no es raro 
En el hombre de esa grey 
Que es hipócrita y avaro; 
El obrar contra la ley 
Cuesta á la patria muy caro. 

Abogado. — Partiré para mi destino; quizá podré clavar la rueda de 
la fortuna. 

Gobernador. — Con usted van mis esperanzas. 

Candidato. — ¡Oh si pudiéramos plantar una pica en Flandes! Puede 
usted ofrecer mi dimisión, mi renuncia á La candidatura. 

Abogado. — ¿Y á quién le hacemos cargar el muerto? 

Doctor.^-fApartc.) Esta es la oportunidad de hacerme presente. 

Candidato. — Desde luego me ocurre un candidato. Tenemos entre 
nosotros un Coronel que debe serle simpático al Presidente, no puede de- 
cir nó con sus dos letras. Hoy le ofrezco la candidatura á nombre de to- 
dos nosotros; como un medio de halagarle, le ofrezco, además del sueldo, 



61. 

de Gobernador, un par de mil pesos para que compre sus juguetes, que 
saldrá de los bolsillos de nosotros los propietarios, y que tendrá la se- 
gunda mira de tenerlo á nuestras órdenes, pues es bien sabido que al 
que regala la gallina no se lo niega el alón. 

Abogado. — Al pié de la letra expondré á Gonzalitos cuanto ustedes 
me instruyan. 

Doctor. — Oculte usted lo de los dos mil pesos, porque podrá ser con- 
traproducente. Eh, Licenciado, luzca usted, luzca usted en esta vez sus 
habilidades diplomáticas, y desate ese nudo gordiano. 

Abogado.— Dejen ustedes rodar la bola y confien en mi eficacia. 

Gobernador. — levantaremos á usted una estatua. 

Candidato. — Haga usted antes una visita á la Virgen de Guadalupe. 

Doctor.— (Aparte.) ¡Malvados! cuando yo he sido el motor de esa 
revolución. ¡Falsear una situación! ¡Diablo! este caramelo con honores 
j de xMen ?ne sabe,» parece turrón de cuchara, ó chochos de Piñón cu- 
j bierto. 

Gobernador.— Diga usted al señor Presidente qun yo estaré dispues- 
}j to á renunciar el puesto, y que pronto quedaré repuesto con un patrio- 
' ta supuesto. [Ciérranse el ojo el Gobernador y el Licenciado y hacen 
una seña muy significativa hacia el doctor.) 

Candidato. — Al mal paso darle priesa. 

Abogado. — Confien ustedes en Dio», en mi brazo y en mi derecho. 

Doctor./— Todos confiamos, más que en todo, en su brazo derecho. 

Coro de siervos, cantan dentro. 

Dios salve la situación, 
Y nos saque del enredo 
Si llega la pretensión 
Cual Tas palmas á Toledo, 
Después de la bendición. 

Doctor./— Dele usted una billa á Hornedo. 



I 



Mutación. La escena pasará en México, como verá el curioso lector 
Salón particular para recibir á los hombres notables 

ESCENA III. 

El director de escena y algunos mozos de palacio dentro del escena- 
rio y antes de levantar el telón. Escena privada de familia y entre 
bastidores. 

Director. — Arreglen ustedes pronto esos muebles y téngase lista la 
campanilla. Sobre aquella mesa se coloca la Constitución de 1857: so- 
bre esta otra la ley electoral y la colección de las Constituciones de los 



62. 

Estados, especialmente la de Aguascalientes. Hoy se debe presentar; 
una persona que trae una solemne embajada del Gobernador de ese Es-| 
tado, y el Ejecutivo quiere recibirle con estimable agasajo, porque la 
urbanidad nunca está reñida con nadie. No se les antoje á ustedes 
lanzar una carcajada indiscreta ai ver al embajador. Serán admitidas 
á la privada recepción todos los representantes de ese Estado. No se 
olvide de advertir á los importunos lean ese cartel mandado fijar á per- 
petuidad en la puerta de la presidencia y dice muy claro: uHoy no re- 
cibe el señor Presidente; mañana ti.» Avisen k los periodistas que a- 
nuncie esta recepción con letras gordas, lo mismo que al Lucero para 
que atice el alumbrado; al telonero que suba y baje el telón con opor- 
tunidad; sobre todo á Querubín, que tenga lista la orquesta, procurando 
que nadie se me desatine: que suenen bien todos ios instrumentos, es- 
pecialmente el tololoche, pues Qoethe lo tiene dicho: 

Si hace estruendo por los aires 
Es señal que es bueno el bajo. 

Esas nubes que despidan muchas descargas eléctricas al estallar la 
tempestad: no se olvide el rugir de la tormenta y de cuando en cuan- 
do las carcajadas: todo á su debido tiempo. 

Querubín, (con la batuta en la mano.)-^Tocaremos la rumbosa o- 
bortura uTos ojos serán dos flechas, pero no la mamarás,!» que el autor ha 
dedicado á los conservadores de Aguascalientes. 

Lucero./ — Director; hombre, rae causa lástima poner velas nuevas; de- 
jaremos esos thnto8 t que al fin y al cabo no es un gran personaje el de 
la embajada. 

Querubín.— x;A una, señores! 

(Toca la orquesta la obertura.) 

Director.— >>Listo el telón. 

Telonero. — Descenderé con rapidez para levantar el pesado telón: 
miedo le tengo al batacazo si pierdo el equilibrio; puedo estrellarme 
los sesos: si me mato, solo recomiendo a mis amigos al pobre Aguasca- 
lientes, que está en poder de moros y en riesgo de dejar á Dios. ¡Va- 
ya! ni les cuento yo á ustedes. 

Director. —^Tilíu, tilín. Se levanta el telóa 

ESCENA IY. 

El GeneralJPresidente, después el Licenciado de brazo con el Senador 

y el Diputado. 

General. (A un ayudante) — >Si entre los aguardantes se encuen- 
tra trasconejado un Licenciado padre de la patria, puede pasar con los 
agregados á la embajada. n 

Abogado. (Haciendo una caravana Todos se saludan respetuosa- 1 
mente.)/— Beso á usted la mano. (Pone el sombrero bajo el antebrazo; 
el bastón bajo el sobaco, y lee:) » Ciudadano Presidente. Tengo la 
honra de poner en las manos [traga saliva] en vuestra mano una 



63. 

misiva epistolar, quejne acredita, cerca del Ejecutivo, como enviado ex- 
traordinario de mi señor Gobernador de Aguascalientes. El Estado 
que represento desea conservar con vos una cordial amistad y os man- 
da por mi boca respetuosas salutaciones.' 

He dicho, n 

General. — Puede el jefe de la embajada hacer á un lado fórmulas di- 
plomáticas. Ocupen Ustedes un asiento, y vamos al grano. 

Senador. [Aparte al Abogado.) — Por Dios, no vaya vd. á tragar 
camote. Serenidad. 

Abogado.— »Señor presidente. El pueblo de Aguascalientes prepara 
las elecciones locales, y solicita libertad' para elegir al nuevo Gober- 
nador. 

General./— ¿No la tiene? 

Abogado. — Necesita, para recomendar á un candidato, una pequeña 
pieza de artillería, ó como el vulgo las llama, una geringa) necesitamos 
además una ametralladora, sistema Krxip, y las bayonetas federales que 
impongan libre y voluntariamente el libre sufragio. 

General.— Han! Hah! ¿Nada más tiene que pedir? 

Abogado.-^Nada más. (Le codean el Senador y el Diputado, y pela 
¡ tamaños ojos.) Ah! ¡qué desmemoriado soy! Pide también con enca- 
! recimiento no de vd. oidos á unos cuantos tunantes que aspiran sólo á 
i dar mordiscos al erario, y á desprestigiar á nuestro candidato. 

General. — Ooooooh! eso es ya muy grave. Quieren aquellos señores 
ser exclusivamente los que impongan su voluntad á todo el Estado, sin 
dar á sus adversarios ni el derecho de quejarse. 

Abogado— Allá está dirigiendo la nave gubernamental la flor de la 
honradez, la flor de la inteligencia, la flor del desprendimiento 

Senador. — La nata de la sabiduría. 

Abogado.^— La flor déla religión, la flor. . . . 

General. — Pissh....! la flor de la canela de una vez; se que se han 
dedicado á la floricultura; es aquel Estado un ameno jardín que cultivan 
con esmero la flor y nata de los hombres ilustres. 

Abogado. —Como que el Erario de allá está muy pobre; como que no 
hay despilfarro; como que el señor Gobernador en sus gastos se sujeta 
á tota, caballo y as-, como de eso de hacer una elección, pagando viáti- 
cos k los electores .... Pues sí; todos aquellos señores de la administra- 
ción son tan honrados, tan probos, tan temperantes, tan 

General. — Tienen muchos tañes ¡Pero señor! usted, como los mos- 
quito^ hace como que pica, y hace como que se va; bueno sería que hi- 
ciera usted de una vez como que se viene: al grano, al grano. 

Senador.— Necesitamos fondos para la elección; los del Estado están 
muy escasos, mientras que los de aquí 

General,— Ay, ay, ay! \í quién se lo cuenta usted! Donde uno cree 
que hay jamón, ni estacas. 

Senador.-^Y sobre todo, aquellos pueblos quieren, que en materia de 
elecciones locales, no se les aplique la ley del embudo. Nadie piensa 
en elegir al otro candidato. [El diputado hace señal de asentimiento.) 

General. (Respirando fuerte.) — Acabarán ustedes de explicarse. Es 



64^ 

I decir, que Aguascalientes quiere muchas cosas. Sin tantos rocieos, tam- 
bién hubiera yo comprendido que el señor Gobernador y su compañía 
de banderilleros quieren dar sopa y trago. 
Senador. (Conteniendo la risa.) 

Quieren salir del combate 
Coronados de laurel; 
De héroes hacei el papel, 
Y que les den chocolate 
Por la mano de Isabel. 

General.^-Eso de que la fuerza federal ayude al Gobernador á impo- 
ner un candidato, tiene tres bemoles; será lo que tase un sastre. Su 
prohombre no es simpático al pueblo, y por lo mismo no infunde con- 
fianza al Ejecutivo, que debe velar por la paz y las instituciones. Hay 
que obedecer las leyes de Reforma; y si Aguascalientes se empeña en 
elegir al Candidato de usted <pie, según tengo informes, es enemigo de 
todo progreso, haríamos al gato mayordomo del unto. 

Abogado.-— Nuestro Candidato no acepta la candidatura, puesto que 
no es del agrado de usted no es escudo de oro que por sí solo se re- 
comienda para que á todo el mundo agrade. 

General. — Es decir que renuncia á la mano de U belfísima Leonor. 

Abogado. — Hoy nos proponemos elegir gobernador á un señor Coro- 
nel. 

Senador.^- Bien claro es que con tal prohijamiento se manifiesta al 
señor Presidente la sumisión á su voluntad. 

General-^A un señor Coronel 

Abogado.— Al 3eñor Coronel. 

General. — Les ha nacido en el alma, ¡Qué amor tan inmaturo! 

Senador. — Nadie más imparcial y exento de odios. 

General.,— ¿Sííl? No me lo cuente vú - Todos los ciervos huelen de 
muy lejos la pólvora y la bala del cazador. 

Abogado. — Señor Presidente, yo quisiera robustecer (Se perciben 

truenos y relámpagos un poco lejanos.) 

General— Es inútil. Aquí concluye la velada. Diga usted á sus a 
migos que ese señor Coronel, según la Constitución de su Estado, no tie- 
ne ios requisitos que ella sanciona, 

Abogado. — Pondremos sobre la ley un puente colgante; perforare- 
mos la Constitución, y le haremos un túnel, una doble vía. (Resuenan 
dentro algunas carcajadas.) 

General. — Los liberales de Aguascalientes se quejan de que sus ad- 
versarios han hecho tales agujeros á la Constitución que parece harnero. 
Dígales usted que yo no tengo allá mis soldaditos para que ustedes me 
los galanteen: el Coronel tiene otro muñeco que bailar, y no puede con- 
vertirse en títere cuando es más útil para titiritero. Sobre todo, no es 
suple-faltas ni remendón, para ponerlo á las órdenes de esos mamelucos. 

Abogado. — Señor Presidente, adiós! 

General. — Señores y amigos míos, hasta otra vista. 



65. 

(Los tros embajadores hacen ana profunda reverencia basta tocar el 
pavimento oon el sombrera Salen escurridos, con los faldones del frac 
entre las piernas. Dentro se oyen silbidos y carcajadas.) 

ESCENA V. 

El General Presidente. — Después un Agente. 

General v* Es decidido; el Gobierno general es la piedra de sacrificios 
de los partidos. Yo le he de poner el cascabel al gato; yo les he de poner 
la mamadera á todos los aspirantes; yo he de ser la nodriza de tantos y 
He tontos, sentarlos en mi regazo, mimarlos y. . . .para que después la 
oposición me azote y tenga yo que exclamar con la sonrisa en los labios; 
ujay, amor, cómo me has puestoln Toro de plebe serían capaces de vol- 
ver al Presidente los partidos y los partidarios. 

Agente./— Señor General; buenas noches. 

Generala-Mejores las tenga usted, amigo mío. Alguna novedad lo 
trae & usted á tales horas por estos salones. 

Agente. — ¡Qué se ha de hacer! Mis amigos se han alentado á tra- 
bajar en las próximas elecciones. 

General.^-Harán muy bien. 

Agente. — Es que yo soy el candidato. 

General. — Felicito k usted. 

Agente. — Cuento con que una parte de la Legislatura me ayudará 
con su prestigio. 

General-^Oh! eso ya es alga Pero ¿h qué altura se encuentra el 
crédito de usted por las altas y por las bajas regiones populares? 

Agente. — Cuento con la seguridad del triunfo, porque todos mis a- 
migos uniforman los trabajos. 

General,— ¡Hah hahl Muy bien. No olvide usted aquello de la mano 
d taboca. ... 

Agente. — Ya usted vé, señor General, lo que cuesta ser uno candi- 
dato. Cuando á un hombre, cansado de andar en picos pardos, se le 
mete en la mollera ponerse en gracia, y pide la mano de una mujer, to- 
dos los envidiosos, todos los calabaceados, se asocian para desprestigiar 
al pretendiente; por Dios, no dé usted oidos á esos monigotes que quie- 
ren desprestigiarme, envilecerme. 

General. — ¡Y dirán luego que no hay dos cabezas que conciban á un 
tiempo idénticos pensamientos! La misma pretensión han tenido en es- 
te momento sus adversarios; yo no soy ligero para dar crédito á los 
chismes de cocina. 

Agente/— Oon frecuencia nuestros contendientes lanzan k nuestros 
amigos cohetes d la congreve para desunirlos y desorientarlos. Han di- 
cho que enLjecutivo mira mi candidatura con ojos de suegra soflamera, 
y que nunca en sus días consentirán en que el círculo liberal gobierne 
aquellos pueblos, aunque tengan que recurrir á todos los medios de 
falsear la voluntad popular. 

General. — Déjelos usted venir. El Gobierno general no protejerá 



66. 

decididamente á un candidato que carezca de simpatías, pero no tolera- 
rá tampoco ese juego de -cubiletes- que convierte lo negro en blanco. 

Agente. — Nuestros amigos sabrán muy pronto esa resolución de 
usted: y en cuanto al círculo oficial que allá me contraria, á cuya cabe- 
za están los propietarios y la gente de Iglesia, tendrán el disgusto de 
enfadarse. Ya se anuncia que el señor Gobernador abdicará el Poder 
para no verse precisado á sucumbir ante la fuerza de la opinión. i 

General. — Hé aquí una resolución que podría desconcertar las planes ; 
de usted: pero, ¿en qué piensa el señor Gobernador? ¿por qué quiere dar- ! 
nos semejante pesadumbre? Muy sabio fué aquel que dijo: 

nEl mundo comedia es; 

Y los que ciñen laureles 
Hacen primeros papeles, 

Y á veces el entremés. n 

Agente. — Señor General 

General.— Calme usted, pues, á sus partidarios si buscan el triunfo 
de sus ideas y sus aspiraciones dentro déla licitud constitucional; tal 
conducta no puede menos de ser simpática al Ejecutivo de la Unión. 
Adiós, y hasta otra vista. (Vase.) 

Escena VI. 

Agente. (Solo.) — Con viento en popa navega mi bajel: si zozo- 
bran mis deseos, no por eso dejará de lucir en aquel suelo la luz de la 
democracia. Desde noy empuñaremos una nueva bandera, diciendo 
con voz robusta: »»en tres jugadas daremos el jaque mate.n 

(Al público.) 

Con un huracán deshecho 

Y cuando el rayo resuena 
Bogará en la mar, serena 

* La nave del buen derecho: 
Un marino, en caso estrecho, 
Domina las olas altas; 
Mas si tú, pueblo, te exaltas 
Porque dirige un grumete, 
Bien miras que es un saínete: . . . . — N 
Perdona sus muchas faltas. 



67. 



LA TENIA. 



¿Habrá uno solo de nuestros lectoras que pueda dudar de los adelan- 
tos de la medicina y de la cirujía? Los portentos que ella nos muestra 
cada día son otros tantos testimonios de que ya no es una ciencia oseu- 
:¡ ra como lo era en otros tiempos de infeliz recordación; como aquellos en 
í que á los pacientes de el mal de elefantiasis ó el de Sn. Antopio los ais: 
' laban de todo trato para no contagiar á la sociedad. Hoy todos sabe- 
mos que, conservando pura la sangre, ministrándole fierro y desterran^ 
do ciertos alimentos dañosos, puede conservarse el hombre, con, salud 
completa en medio del peligro; sobre todo, desde que se han fundado 
compañías de seguros sobre la vida, los médicos y los boticarios duer- 
men á pierna tendida y abandonan el rebaño á trasquiladores de nue-, 
va creación. , , 

Existía en otro tiempo una lombriz que por su reproducción mortifi- 
cante era el terror de todas las barrigonas y de los que sentían frecuen- 
tes retortijones, como los sienten hoy los antípodas de un candi- 
dato triunfante; era designada con el nombre vulgar de solitaria; raras 
solían ser las personas que las tenían; mas cuando este animalito se po- 
sesionaba de un estómago, solo igualaba el gruñir de tripas al del 
que era víctima de la sesantía diputadil ó al de la desilusión de un 
gobernador no reelecto. El tamaño de la solitaria se medía como ena- 
lambre telegráfico, por centenares de varas. El cuzo de Ábisinia fué 
un remedió que dejó muy atrás á la raíz de granado y á la pepita pa- 
chona de la calabaza; después el elechomacho; y hoy. . . .¡santo cielol el 
Dr. Purgant, en consorcio con un Sr. Iglesias, son los últimos poseedo.- 
res del gran secretó; y los únicos que tienen una segunda vista p$ra pe- 
netrar hasta los antros oscuros de un estómago repletp, y decir cpn .pre- 
cisión matemática; ueste sí; aquel nó; el de más allá, tienen solitaria.» 
Bajo el párpado inferior del ojo izquierdo, aunque el paciente sea tuer- 
to ó vizco, se retrata el solitario animal que tanto horror causa. 

— Venga vd. acá, hombre; su color me indica, su gesto también, y su 
modito de andar, mesurado y corto, que usted tiene solitaria. — dice el 
Doctor. 

— ¡Pero Doctor! jamás he sentido nada alarmante; yo tengo buena 
apetencia 

— iEso, eso! 

—Bebo mejor 

—Pues, allí está el quid. 

^Duermo perfectamente; sólo es interrumpido mi reposo por alguna 
pesadilla, cuando sueño que triunfó la reelección en el Estado, ó quese- 
ra gobernador D. Fulano. 



68. 

— Tontería, amigo mío, tontería; esos son precisamente los síntomas 
más seguros de la tenia: ó tiene vd. la maligna que se llama armada, ó 
tiene vd. de las otras dos clases que sonmenos perversas, peroque siem- 
pre roban al estómago la nutrición del alimento. 

— ¡Pero cómo ha de ser eso Doctorcito! esto es contra lo natural. 

-^ Yo no puedo explicar á vd. las enfermedades con arreglo á la cien- 
cia, porque no me entendería vd.; sólo con una comparación vulgar, in- 
digna de un médico culto, podría esplicarlo k vd. Pero en fin si vd. se 
empeña. . . . 

— Hable vd. Dr., y quíteme nstas palpitaciones de corazón y estas revo- 
luciones intestinales que ya comienzo á sentir por las aprehenciones de 
espíritu. 

— Figúrese vd. que el estómago es una caja de fierro, grande, en don- 
de se encierran ios caudales públicos, que son el alimento que debe re- 
partirse á distintos órganos de nuestro sistema: si un monstruo se chu- 
pa los jugos nutritivos, como cierta persona ¿qué les queda á los otros 
órganos, sino es el alimento impuro que no los beneficia? Si un fun- 
cionario omnipotente es tenia de la Tesorería, él se chupará los cau- 
dales y no dejará sino residuos de alimentos insalubres á los demás pa- ! 
rásitos; la salud decae y la muerte está cercana. En manos de vd. está, 
Sr. D. Fulano, curarse á tiempo de la tenia. . Hay tre* especies de soli- 
taria que en cada Provincia se designan con nombres distintos; aquí se 
llama jaimera\ otra se llama de los mercaderes, y la más insignificante 
es Ja que persigue á los marineros; todos de la familia de los cestoidos. 

— ¡Jesús, Sr. Dr.! pero¿comono habían sabido esto los médicos antiguos? 
ellos sacaban la solitaria á un paciente sentándolo en un sillico, lo ele- 
vahan por escotillón, y como quien estira la punta de un ovillo, la ex- 
traían, estimulándola con el vapor de la leche y la canela. 

— Vea vd., vea vd. Sr. D. Fulano. Ahí tiene vd. á D. Sutano, gordo 
y lleno de salud; pues á este Sr. le ministré un pomo de la medicina 
que aplico, y arrojó la solitaria llamada marinera. La misma opera- 
ción le hicieron al Dr. Gúllíver en México. Al Candidato N le ad- 
ministramos la pócima, y no echó solitaria) pero sí una gusanera furi- 
bunda que yo no sé de donde salió tanta gente para formar el gran ¡ 
gallo la noche de su postulación. A su competidor lo mortificaba otra 
lombriz que no es conocida ni clasificada, pero la arrojó, y ha to- 
mado un preservativo para librarse de las bascas y de la tenia de los 
Mercaderes. 

D. Mengano logró con mil trabajos arrojar la que tanto lo mortifica- 
ba; era marinera f y ha quedado muy débil y con el estómago delicadísimo. 
AD. Silvio Pellico le ha sucedido una cosa sorprendente; arrojó cincuen- 
ta varas de la de mercaderes, pero no sale todavía la cabeza; salió entera 
toda la de los marineros, sin dejar señales de que le quede más que la 
jaimera. 

¡Ay amigo mió! se horripila el cuerpo al considerar que todos, todos 
en estos momentos tienen ese voraz animal cuyos gérmenes están en la 
carne. Desde que yo senté mis reales en esta ciudad no se ven más 
que caras compungidas que ocurren á mí en solicitud de remedio. Los 
médicos del lugarme llaman charlatán y dicen que mi medicina es 



la que cria instantáneamente la tenia, y me envían pacientes que la tu- 
vieron y ya no la tienen, solo por poner á prueba mi humildad, mi mo- 
destia y mi amor á la ciencia. 

Nos consta que la casa del Dr. Purgant está llena á todas horas, para 
consultarle. Ojalá y pudiera decirnos á nosptros, pobres redactores de 
este periodiquín, quiénes tienen gusanos en el vientre; quiénes solitaria 
Jaymera, de Mercaderes ó Marinera, y cuántos pomos se pueden to- 
mar los pacientes para arrojarla dentro de quince días á mas tardar. 



EL LEÓN AGREDIDO. 

(APÓLOGO.) 

¡' Los hombres han convenido en considerar al león como el rey de los 
¡! cuadrúpedos; no sólo porque en la fuerza reside su potencia, ni la ma- 
lí gestad en 3U rugir, sino porque es generoso, valiente, astuto, prudente 
! y en algunos casos ha dado pruebas de talento. El elefante no le ataca, 
j solo se defiende, y con resoplidos cree intimidar al czar de los desiertos 
; africanos. Para los animales feroces tiene el león su potente garra y 
^ la agilidad en sus movimientos; para los inofensivos, la indiferencia; 
' para los audaces y espadachines el desprecio; para los seres débiles, el 
amor, la compasión, y acaso un rasguito de todas las propensiones, si 
está hambriento. 

Se dice que los perros de presa, los galgos de caza, los mastines al- 
borotadores, obligan al león á nulificar su potencia; pero que los falde- 
ros, los famélicos podencos, los perriquines ladradores y ladinos enca- 
rámanlo á un palo temblando cobarderaente.^-No es que les tenga mie- 
do, puesto que, si logra azgarlos con su potente garra, en vez de devo- 
rarlos se sienta sobre elfos pero sin sofocarlos. Es que el ladrar ladino 
del falderito lastima su oído delidado, impuesto á escuchar sólo los ru- 
mores de la soledad y el estruendo de las tempestades. Nada le inti- 
mida; ni el bufar del sanguinario tigre, ni el silbido del boa constritor, 
ni la voz de la Naturaleza, ni el acento del hombre; combate silencioso, 
ruge de furor ai ser herido. 

Así vemos que el león africano es el símbolo del gran partido liberal; 
ve á sus adversarios que aprestan sus armas para una lucha formidable, 
y el león les espera de pié; no atiende á la jauría de canecillos que le a- 
sedian con ladridos agudos y penetrantes; ¡ay! sólo quieren hacerlo des- 
carar y treparse á un palo. Multitud de periodiquitos salen de sus tu- 
saros para ladrar; invocan unos la causa de la religión; otros la bandera 
del cesarismo. — El león bosteza y duerme, fiando en su potencia y en el 
porvenir. 



70. 



Los Avestruces y el Erario. 



Examinemos los pasi-trancos de un Ministro de Fomento, y de uno 
de sus amigos predilectos. 

Un contrato se celebró con una casa especuladora, mediando como 
agente el Sr. Lie. D. Alfonso Lancaster Jones, para introducir al país 
algunos animales útilísimos, unos bípedos asombrosos en pujanza y re- 
sistencia, más que ciertos entes que recorren las calles de México, 
I y son para todo inútiles. Aquellos han de superar en utilidad al 
camello "que atraviesa los arenales de la Arabia, y á los biifalos 
y bisontes en los páramos de América. ¿Saben ustedes cuales son 
¡ esos animales? Son nada menos que los avestruces, originarios del 
África, que han de aclimatarse en Chihuahua. Van á desaparecer los 
desiertos que hoy atraviesan los salvajes. Como parte alícuota del con- 
trato, se introducirán también otras aves muy raras, de canto agrada- 
ble, cuyo nombre no hemos podido averiguar; la noticia ha llegado has- 
ta nosotros de una manera oscura y misteriosa, por la admiración que 
infunde y por las impresiones que deja en el ánimo de todos todo a- 
quello que va marcado con el sello del genio. Esas aves se cree que 
son águilas de dos cabezas; pero nosotros no podemos dejar pasar la 
noticia por nuestras anchas tragaderas. 

La noticia cundió con celeridad á los confines de la República Mexi- 
cana, causando furor, un verdadero y maravilloso escándalo; los poetas 
tiemplan su lira para celebrar el contrato con dulcísimos arpegios. El 
Sr. D. Emeterio Robles Gil, desde Guadalajara, y algún otro poeta in- 
cógnito desde Puebla, han remitido, al Sr. Lancaster Jones magníficas 
poesías, felicitándolo por sus conquistas, y asegurándole que su nom- 
bre pasará á la posteridad, radiante de gloria. Hay mucho de gran- 
dioso, mucho de sublime, que satisfará el amor propio de nuestro buen 
amigo el Sr. Jones, si se constituye en el primer zapador de la civiliza- 
ción que del África tiene que venirnos, al ser introductor $d país del 
i hercúleo avestruz; más todavía, del águila de dos cabezas; de e$e ani- 
I mal que creíamos mitológico, y que simbolizaba el poder y la magnifi- 
cencia de los grandes imperios de la tierra. 

¡ Figúrense nuestros lectores, cuan hermosos van á tornarse esos de- 
siertos de Chihuahua el día en que veamos al avestruz servir de macho de- 
carga ó de carretela, trasportando velozmente las pieles de cíbolo y las cor 
ñamen tas de búfalos y de ciervos que hoy son tan escasos en ambos hemis 
ferio8; figurémonos también, por dar vuelo á nuestra fantasía, ver al 
Gobernador de Chihuahua, montado en un avestruz, con lanza en ris- 
tre, emprendiendo una cruzada contra los salvajes, y que al alarido im- 



7 



^_^ 71. 

ponente y aterrador se contesta con el graznar de esos gigantescos ani- 
males, que tienen pujanza para servir de cabalgad urajque obedientes ala 
voluntad de un guerrero, á la voz de mando de un corifeo de batallas, 
|¡ se lanza, como el clavileño de D. Quijote, á los espacios con segu- 
<¡ ro vuelo, si se le aprieta una clavícula ó clavija, que será la bálbula de 
! seguridad, y que deja escapar el gas que lo infla; cual águila capdal, 
! caerá sobre los impíos salvajes, á la manera que cae el gavilán sobre la 
¡1 tímida pollera; en un santi-amen serán destruidos los aduares de esos 
¡ bárbaros que son tan remisos á la vida civilizada. 
! Suben de punto estas consideraciones al suponer que el jefe de una 
•I espedición barbárica se hará seguir de un par de esos monstruos bíceps, 
! de águilas devoradoras, que exploran el campo para mayor seguridad, 
jl como el cuervo ó la paloma viajera que llevó hasta el Ararat la oliva 
de la paz: Se abisma nuestra imaginación contemplando esoa beu ofi- 
cios para nuestro país, que todos, en conjunto, formarán el zócalo de 
la columna que las generaciones venideras levantarán al Sr. Jones. 

Se dicu tu el publicó que, para servir de fundamento al contrato, se 
alega que el avestruz produce una pluma finísima, c«»mo la que en el 
! comercio se conoce con el nombre de pluma de marabú', con ella se a- 
dornan las caudas regias, y en las artes se emplean con muy buen éxi- 
to para formar los primorosos tocados, adornos de vertidos y sombre- 
ros de las coquetonas de la Alameda, que ellas pagan á subido precio. 
Ocurrimos, pues, por satisfacer nuestras dudas, al circo Orrin, y vimos 
| un animal implume que maldita la gracia que nos hizo, y luego á un 
., Diccionario que nos dio la siguiente definición: nAYESTKUZ. Ave de 
|¡ dos varas de altura que se distingue por tener sólo dos dedos en los 
j] pies, las piernas muy largas, el cuello, la cabeza, el pecho y vientre 
1 1 desnudos enteramente de plumas, y las alas muy cortas ó inútiles para 
volar .^-Struthio camelus.n 

Aquí nuestras ilusiones se ofuscaron; un baño ruso no habría causa 
donos más impresión, y exclamamos: ¿cuáles serán entonces las plumas 
finísimas que arroja el avestruz? ¿cómo emprenden un viaje por los ai- 1 

1 res si tienen alas inútiles para volar? Ahora falta que salga canard lo 
del avestruz, y borrego lo <le la pujanza para transporte; quedarán luci- 
dos los contratistas, y por consiguiente, efímera la gloria del Sr. Jones. 
El Ministro de Fomento, celoso por los adelantos del país, en lo que 
se relaciona con su ramo, pidió sesenta mil pesos para dar el primer lo- 

| te de subvención á las águilas de dos cabezas, que son los contratistas; 

í mas el Sr. Dublán, no obstante su entusiasmo por todo lo que contri- 
buye á fomentar la industria y los adelantos de la agricultura, no ha 
podido ministrar tal cantidad. Atruenan sus oídos los gritos de las 
viudas que se mueren de hambre, otra especie de águilas devoradoras 
que serían capaces de devorar, asfixiar, constreñir al Sr. Jones el día 
que lo vieran, á guisa de indios guajoloteros que conducen á la plaza 
del mercado á los guajolotes, arrear para Chihuahua á los avestruces. 
Los empleados están coa el Jesús en la boca temiendo no les vuelvan á 
dar quincenas por gastar los fondos en introducir esas águilas que, á 



"j 



72. 

■ . . . . ~ ^ .j 

mayor abundamiento, lian do comer doble cantidad de pan, si es cierto j 
que tienen dos cabezas. i| 

Por ahora, el erario se ha salvado de la voracidad de los bárbaros, i 
mediante los avestruces, como en otro tiempo se salvó el Capitolio do¡: 
la irrupción de los vándalos por el aviso de los gansos. 

Dios salve á la República y perdone al Sr. Jones el pecado mortal 
de sus buenas intenciones. 




"La instrucción del Pueblo." 

Cuasi agonizante, exasperada por el asma, asfixiándose por el enfise- 
ma, abandonaba un momento su lecho de muerte para divisar por una 
claraboya de la sacristía los últimos rayos del sol, claro y radiante, cuan- 
do la muerto la sorprendió y quedó inerte al dar una tosidura. 

No sabemos por qué se mandó desbaratar la planta donde se consig- 
naban los últimos cantares. Tocaba el bombo, la gaita gallega y es- 
parcía el agua bendita. Dios la ha recibido ya en su seno, porque la¡ 
inocente no perdió la gracia del bautismo en el poco tiempo que estu- 
vo en este mundo. Fué larva, gusano después, al fin mariposa de nues- 
tros jardines; murió, pero en la Primavera próxima brotarán nuevos gu- 
sanos. ¡Paz á los muertos! 

Tuvo una vida y un fin como Traviata . . . .padeció de tisis y se mu- 
rió cantando. 

njQori gori! hizo ya su defunción 
El gaitero, el gaitero de Gijón.n 




/ 



/ 



73. 



HISTORIA 

DE "EL 8ICLO XIX." 



El Mercurio de Valparaíso lleva en América el báculo de la longe- 
vidad: oimos todavía la tos cascada del matusalénico cofrade, cuyas ca- 
nas nos infunden veneración; su bitba blanca, interés; sus acentos, mo- 
dulados en la experiencia, un respeto profundo. 

Tras ese anciano vemos cruzar al interesante Siglo XIX llevando 
por Lazarillo á D. Ignacio Cumplido. fiCorneta!! pues ese señor, no 
vayan ustedes á pensar, tiene intenciones de peinarle la cabeza al Si* 
glo XX. Él ha visto pasar serení i los años y los Siglos. Narra con 
fresco colorido la prisión del padre Arenas en el cuarto situado junto á 
la escalera principal de Palacio, y asistió á la ejecución en su carácter 
de mocosito prófugo de la escuela; él ha visto la caida estrepitosa, 
el eclips total de muchos hombres-astros y la elevación prodigiosa de 
otros héroes como los generales Diaz y González, pues no lo habría crei 
do aunque se lo juraran los más formales profetas de la antigüedad, 

3ue habían de presidir el más rápido progreso de México. Hoy se que- 
a boqui-abierto ante los caprichos de una fortuna frecuentemente 
veleidosa. 

Fundó el impresor Nacho Cumplido como un preludio, El Cosmopo- 
lita, y después, como editor, El Siglo XIX solo por impulsar su naciente 
establecimiento tipográfico, y, ¡lo que son las leyes del destino! sin pen- 
sarlo, ni saberlo, sin preveerlo ni soñarlo, forjaba él mismo la cuna de 
muchos hombres ilustres. Con paternal cariño ponía la lactante ma- 
madera en la boquita de tantos párvulos que debían con el tiempo tre- 
par al pescuezo de la madre patria por un palo resbaladizo. Cumplido, 
bajo los auspicios de Rodríguez Puebla, tosió gordo, puso las anda- 
deras k D. Mariano Otero y á D. Juan B. Morales; por fortuna no 
dio en la monomanía de escribir per-versos, como nuestro célebre Tan- 
credo; él, que infundía brío á sus redactores en arduas y luminosas 
cuestiones, les mandaba también las auras refrescantes de la populari- 
dad; forjaba, como albañil inteligente, sólidos pedestales y escalas as- 
cendentes para llegar á las altas regiones de la diplomacia y del poder. 
Jamás abandonó á sus catecúmenos, como no abandonó tampoco á los 
cajistas, prensistas y untadores, solo porque podría encaramarse hasta 
los brazos más elevados del árbol de la libertad; comprendió sus deberes 
de editor y se encerró en sus muros con plausible modestia y humildad. 
Es mucho cuento este, señor D. Ignacio, más cumplido que lo que po. 



74. 

dría serlo el cocinero en un hospital de locos: dispone vd. las viandas y 
no las prueba- Usted no ha querido imitar á la hiedra que, adhirién- 
dose á un robusto tronco, se eleva y florece; pero si se asimila usted & 
la planta parásita que chupa los jugos vivificantet de arbustos vigo- 
rosos. 

Cumplido, con sus caracteres y sus prensas, ha tenido una influencia! 
decidida en los destinos de México; su mirada de águila andícola, penetra 
en las oscuras regiones del porvenir, y con mágico cartabón mide la 
talla de sus neófitos educandos; sus augurios son proféticos. R Puebla, 
Otero, la Rosa, Ramírez, Morales, Lafragua, Lacunsa, Zarco, Prieto, 
Payno, Iglesias y otros muchos, dieron sus primeros y vacilantes pasos 
en la calle de los Rebeldes, y se nutrieron con la leche de una nodriza 
robusta y sana; una brisa bonancible hinchó las velas de cumplida na- 
ve, y surcando mares tempestuosos,- arribaron á las playas del poder, 
profundos* escritores, instruidos poetas, elocuentes tribunos, hábiles es- 
tadistas, astutos diplomáticos, discreto» financieros, y pasaron las fronte- 
ras deffl Siglo XIX\ ser redactor de numero, extrechar la mano de Cum- 
plido, es encarrilarse en la vía férrea que lleva sin tropiezo k los encum- 
brados puestos del Estado; asirse de la cola ó frac de ese impresor ac- 
tivo, de ese hombre obeso, de negia» patillas, abultados mofletes, y ca- 
ra f andanguesca, es lo mismo que zambullirse á guisa de pato en el mar 
proceloso de la política, y aparecer después agarrándose las narices, en 
una secretaría de Estado. Fábrica de ministro» fué el pequeño cuarto 
donde se condimentaban artículos de superficie en la calle de los Rebel- 
des. . ¿Quién va arriba, y quién abajo? era el problema que había de 
resolverse. D. Nacho, con un gorro frigio en la cabeza, a guisa de pres- 
tidigitador, y una batuta cual maestro (d-cérniate, decía: uMarche Otero 
al Congreso y con el arpón de la diatriba derribe á. ese omnipotente 
ministro, á ese león de Numea. Suba Ramírez á la tribuna, y arroje las 
flechas de su aljaba para que caiga á mis pies ese gabinete de autóma- 
tas. Ascienda ¿arco á la montaña y lance un reto á esos hombres pro- 
tervos del gabinete que me miran con desdén, como si yo fuera un mu- 
ñeco titeresco, ó un comparsa despreciable de las escenas teatrales. Ca- 
da gallo cante en su muladar, y nadie se me descaree. 

Y los ministros caían: 

Y rugía la tempestad con estruendo formidable: 

Y estallaba el rayo: 

Y aparecía el iris refulgente. 

El nuevo sol alumbraba otra escena y otros hombres. ¿Quién engaña 
á quién? 
, La mesa del festín estaba puesta; se apuraban las copas de la orgía; 

[¡raros contrastee de la suerte! no debía saborear loa pasteles el cocinero 
que los condimentara. Nacho Cumplido, como el director de escena de 
los teatros, oía los aplausos, contemplaba el entusiasmo que inspiraban 
sus tramoyas, y guiñaba él ojo & sus amigos íntimos Su orgullo y su 
aspiración estaban satisfechos; no pedía ni una tajada» pero. .... ¡qué 
pavos reales nos hacía en el despacho de su imprenta! la única recom 
pensa de sus fatigas era engalanar al decano de la prensa con letras 



1 



^ ■ 75. 

¡j nueva, teñirle los blanco? cabellos, rizarle la peluca, asear la dentadu- 
ra, curarle la gota y acicalarlo como á un pollo en una fiesta nacional. 
! ¡Cuántas vicisitudes han combatido la vida del Siglo\ sus adalides, de 
P casco y de coraza, como guerreros de la edad media, han defendido la 
!¡ causa de la civilización. Desde los primeros vagidos de la democracia 
k tiesta el trueno gordo de Tecoac, los que han sido sus redactores vela- 
¡1 ron siempre por el triunfo de toda idea de progreso. Unas veces ara- 
u ñando a El Monitor Republicano, y otras paseándose de bracero con él, 
\ seguían el mismo viento Cardinal en vías distintas, pero paralelas; como 
ú los gacetilleros y los cómicos, siempre peleando, pero siempre juntos. 
iCumplido y Tancredo unidos! ¡Jesús! algún cataclismo quiere trastor- 
nar al mundo: no se disputan ya las impresiones oficiales, ni les trastor- 
nan el cerebro los gorgoritos de una cantatriz, ó la pirueta de una baila- 
rina; el carro republicano se volcó, y es sabido que la adversidad une á 
Jos hombres. Si El Siglo y El Monitor se saludan, es el signo más te- 
guro de que hay comercio de amistad entre uno y otro editor. 

Ahora, en nuestros días, y al terminar el siglo XIX, ¿habrá algunos 
Cumplidos? Sí, los hay que, en Belén, cumplieron su condena; habrá 
muchos imitadores que se desvelan por obtener impresiones del gobier- 
no, pero pocos que den impulso á la idea civilizadora y que protejan al 
escritor novel y de naciente genio. Con oportunidad podríamos decir 
lo que Roberto Esteva, y antes que él algún otro: .tíos dioses se han ido.n 

Continúa El Siglo sus tareas periodísticas, dejando tras de sí un sur- 
co de luz, como dejan las naves en el Océano el fuego SanTelmo. Dis- 
persos hoy los hombres que en otros días sembraron en sus columnas 
la semilla del progreso, buscan en otras regiones, de limitados hQrizon- 
tes, la realización de sus teorías y aún de sus sofismas políticos. Alta- 
mirano, Julio Zarate, Vigil, Agustín R. González, y otros muchos, cu- 
yos nombres no recordamos en estos momentos, callan y esperan; tal 
vez rebulla en el cerebro de alguno la aspiración de servir un Ministe- 
rio, siguiendo la tradición de que antes hemos hecho mérito, y alcanzar 
así los lauros que una fortuna próspera prepara al hombre estudioso y 
de talento; no ha llegado su época todavía, pero ahí está el por- 
venir. Hoy podríamos decir lo que en otro tiempo el editor del Siglo. 

¿Quién vá arriba y quién abajo? 

Entre tanto, Nacho Cumplido lleva en París una vida muelle; co- 
mo los adoradores- del Becerro de oro, espera la venida de un nuevo Me- 
sías. Le. anima la esperanza; los recuerdos vigorizan su fe. En sus 
delirios y espansiones remite á personas que, estando lejanas de él, quie- 
ren conocerlo, su retrato fotográfico de cuando era pollo ronco, y recibe 
en recompensa retratos hechos hace veinte años, opaco el brillo del co- 
lorido, pero la imagen animada por la lozanía de la edad juvenil, donde 
no apunta entre sus cabellos la escarcha del invierno de la vida. 

Para el genio no hay instanteros que marquen en su marcha unifor- 
me la carrera del tiempo, pero en vista de esos retratos diríamos con 
Cumplido. 

¿Quién engaña á quién! 



76. 



HISTORIA 



DE 



"EL MONITOR REPUBLICANO." 



iiEn pocos días he recorrido el cainino que conduce desde la esclavi- 
tud hasta la libertad, m — Así exclama El Monitor recordando las pala- 
bras que en su entusiasmo lanzó, como un saludo al liberto mexicano, 
el General Iturbide Nosotros queremos narrar acontecimien- 
tos contemporáneos que se vienen á nuestra mem oria hoy que estamos 
de gorja, queriendo arrancar á nuestro rabel notas melifluas para daruna 
serenata debajo de unos balcones. Dios Ntro. Sr. nos dé su santa ayuda, 
Job un rasguito de su paciencia, y Plutarco un destello de su robusta ins- 
piración para contar, ya que no para cantar, con imparcial criterio, la | 
historia de los héroes que, por mal de nuestros pecados, se encuentran 
en la oscura cámara de nuestro cerebro. 

Puesto que soltamos ya con donaire y desembarazo nuestros arpe- 
gios, no faltará un curioso que diga tenemos entradas como las de un 
calvo, ó como los pastelillos de los franceses, mucha harina y poco os- 
tión; sino es que La Voz de México, al leer nuestro epígrafe, nuestro 
nombre y nuestros propósitos, y al ver á Tancredo en el bramadero, di- 
ga con desdén: hA tal Aquiles, tal cantor; m pero sus chanzas coludas y j 
maliciosas las contestaremos plagiando un pensamiento de Lope de ; 
Vega: 

No haga La Voz tal carambola, 
Y tape las inmundicias con la cola.* 

El Monitoi* se fundó años muy atrás para competir con la publica- 
cón del Siglo XIX Necesitaba una bandera, y coloco en su 
palo mayor la nacional; necesitaba un emblema, y colocó en ella 
como un escudo el gorro frigio, símbolo de la democracia pura: 
desde sus primeros rugidos el Monitor ha sido el campeón más 
ardiente para defender los principios avanzados de nuestro siglo; jamás 
vaciló en montar sus baterías frente al poder omnipotente de la Iglesia, 
ni dejó de escucharse su voz para proclamar los derechos del pueblo. 
D. Ignacio Ramírez en la tribuna, y »El Monitor Hepublicano,, en la 



77. 

1 » -' . . ■' -J . ■' i ■■- ' - ■ !■'... ,11 t . ... '. t 'L<li. ' .. ' 1. . . ., .. - .'.,,. 

Í>reii8a, fueron los zapadores de la reforma política en México. Con va- 
or civil lanzaron el reto á una sociedad imbuida en las tradiciones ul- 
tramontanas, y serenos resistieron las tempestades y los terremotos, los 
anatemas de la Iglesia y las maldiciones de las beatas. Uno y otro tu- 
vieron el gusto de ver planteadas las instituciones, aunque han presen- 
ciado también los combates de la anarquía, la degeneración de los prin- 
cipios más civilizadores, y el eclipse tal vez del sol de la libertad. 

El Monitor, como los gallos de mejor ley, cuando no encuentran un 
enemigo con quién pelear, ensaya sus espolones y su acerado pico con 
los consocios de su misma gallera, y hasta con los gallo-gallinas de la 
vecindad; no está contento sino encrespando la golilla; la Constitución 
es su alcázar, la libertad su Bosforo, los principios avanzados su harén; 
las leyes de reforma sus odaliscas; celoso como un turco, el Monitor se 
enfurecería ¡ai otro gallo cantara ó si se introdujera en su serrallo que- 
riendo meter su cuchara; de seguro que sería picoteado hasta descarear- 
se. Pero si á este enemigo natural no se lo encuentra al paso, alzará 
camorra donde quiera y con cualquiera. Combatir es su divisa; aunque 
en la polémica sufra un descalabro, se retira con tambor batiente á fe- 
licitarse por su victoria. No hay mártir sin fe. 

En cuanto á la parte material, es ya otra cosa: abarcar todas las im- 
presiones ya sean oficiales ó no; servir al público que mejor paga; es- 
tar en el favor del usupremo tramposo» ó en la oposición si se le repe- 
le; tener sólido el fondo de una caja de fierro, es su deleite; llenarla 
mentalmente por medio de la prestidigitaron á cuyos cubiletes son los 
editoriales y la gacetilla, tal es su afán constante. Habladle de patrio- 
tismo; habladle mal del clero, del dominio del sacerdocio sobre las ma 
sas ignorantes, y el Monitor estará como de pascuas; le veréis pararse 
en la punta de los dedos de los pies para defender ó para impugnar la 
democracia ó el retroceso; discurre con raciocinio, embiste con energía, 
asalta con denuedo á pecho descubierto, á'bayoneta calada al paso de 
calacuerda; siempre sereno y siempre con bríos; pero no mentéis la teso- 
rería porque sufre una enagenación mental. Nuevo Don Quijote de la 
política, como el ingenioso manchego, en todo es sabio y cuerdo, menos 
en lo que atañe á la andante caballería. 

Su ideal son los principios de la democracia francesa; sus prácticos 
pilotos Gómez Farías, Juárez y Ocampo, á quienes ha levantado altares 
como á semi-dioses. Eleva con entusiasmo á los sacerdotes y á las ves- 
tales de su fe política, pero ¡cuántos desengaños no ha tenido en 

este mundo al recoger el musgo santo de la sagrada encina! su casta 
diva se mete entre las nubes, y sus criaturas se ocultan ó se le encaran; 
no hay cabeza que peine que no le salga tinosa, como el dice. 

Para defender las ideas nuevas que irradian en el Universo, era o- 
paca la luz de un faro, y tibios los rayos de un sol de Invierno. Tan- 
credo era más á propósito para organizar una imprenta que para hacer 
la propaganda de las doctrinas novísimas, ó para introducirse en los labe- 
rintos palaciegos. La asociación, ¡ah! la asociación era la locomotora 
más adaptable para llegar oportunamente al valle de las instituciones 
liberales, en un país, sobre todo, donde el fanatismo religioso no ha qu e 



78. 



rido abdicar sus errores. Buscó aliados, buscó socios, se tormo satéli- 
tes, y en una atmósfera de oxígeno má3 puro le seguían sus acólitos. 
¿En dónde encontrar esos propagandistas de fe ardiente, de constante 
anhelo que tuvieran como nábito el trabajo, como vehícul» tu conse- 
cuencias de la discolería, y como recompensa el martirio? ¿d ¡de están 
esos hombres de fe sincera, nutridos en la adversidad,* alent; js por el 
sacrificio; esos héroes, en fin, que para deificarlos el pagan mo sóloj 
necesitaba conocerlos? Armado Tancredo con su perseverancia, en- 
ciende su linterna como Diógenes, abandona su tinaja, y se lanza por 
esos mundos de Dios en busca de un hombre, de un socio á quién atar 
al carro de un destino próspero ó adverso. De ese consorcio resultaría 
la difusión 4e la idea en las masas, la prosperidad de la imprenta; para 
I Tancredo,. .. .el cuerno de la abundancia. Mas para el escritor que 
empleaba su inteligencia y arriesgaba su sociego, ¿qué le quedaba más 
positivo que la gloría efímera de un aplauso? ¡A! si; los silbidos de los 
antagonistas, y las amenazas de ese culebrón, de ese boa constrictor que 
se llama fanatismo. Allá, como en lontananza, en diversos tiempos, 
distingue el Monitor á Florencio María del Castillo, al juriscon- 
sulto D. J. María del Castillo Velazco, Carlos Olaguibel y Arista, 
Vicente Morales, Manuel Caballero, Luis Q. de la Sierra, y sobre todo, 
á Chávarri, conocido generalmente bajo el seudónimo de Ju^enat. Pero... 
¡cal se nos quedaba en el tinbero el nombre del torito más bravo de la 
plaza, del tremendo Pipo, que tantos dolor-detripas ocasionó al inperté- 
rrito Jfomtor. 

Con cada uno, y en su oportunidad, hubo un coloquio amoroso, una 
reyerta, una seducción patética. Se formó la asociación simultánea- 
mente: se forjó la cadena fcraternal.— Pongamos nuestra empresa sobre 
bases sólidas, «decia Tancredo á Florencio;- repartámonos los emolumen- 
tos como buenos heimanos. Tú y yo seremos los monitores y los tor- 
pedos del periodismo; la inmortalidad nos aguarda, y la patria nos co- 
ronará con sus laureles: la prospera fortuna nos espera; si le cerramos 
la puerta, si se marcha desdeñada, jamás volverá: unidos siempre los dos 
navegaremos con viento en popa; tú harás de tu pluma una saeta, y yo 
haré de mi mano una cuchara. Forjemos una compañía, como decía 
Gaspar, para fumar un habano. . . . 

— jCórao! -decía Florencio, -¿fumar los dos un tabaco, señor don Vi- 
cente García, por añadidura, Torres? jQuél ¿yo me apodero de la bo- 
quilla, y á usted le dejo el extremo que arde? ¿á usted qu* le gusta co- 
ger las cosas por donde no queman? ¿la ley del embudo? 

— No, mi querido pesc^dito, nó; yo soy tu amoroso cocodrilo. — es- 
to contestaba Tancredo: — la libertad para el pensamiento: la igual- 
dad para el trabajo: la fraternidad para las recompensas; equitativa es 
mi intención; este el dilema, escoje. O yo chupo y tú escupes, ó tú es- 
cupes y yo chupo. 

V á Florencio María del Castillo, á ese genio modesto, siempre le tocó 
escupir hasta que se hundió en la tumba; parece que de ese lugar se es- 
capa el amigable acento de uno me olvides» que se dirije á Tancredo! 
pero ese diario jamás ha hecho una reminiscencia del ilustrado publi- 
ciata <me extendió el crédito del Momtor. 



79. 

¡j » , r 1- ■ ■ P — ^ 

Acompasado el paso, sereno el semblante, aparece á nuestros ojos el 
Licenciado J. María del Castillo Velasco. Más entusiasta por las glo- 
rias forenses que por las políticas y literarias, ejerce con provecho su 
profesión; sus escritos le granjearon un nombre como estadista, y ^sem 
peñó el Ministerio de Gobernación; el fué el Secretario mas pre * í¿ • >r, de 
más iniciativa y de más inteligencia de uno de los gabinetes aei señor 
Juárez. Tuvo el desacierto de restablecer las extinguidas loterías, y á 
los porfiados billeteros. Dios no le perdonará ese pecado que tantos 
males ocasionó á la humanidad. Cada lotería inventaba un nombre 
pomposo para vender sus billetes; La Predilecta, de Pedro Rincón, se 
hundió en la nada; la de la compañía Lancasteriana se fué á fondo; la 
de En fin, Alfonso Labat, se apoderó de un nombre sagrado, le lla- 
mó de la Purísima, y vivió algún tiempo, pero murió. Otra sociedad 
se acogió á la Providencia, vendió sus billetes y lucró; ésta se desune y 
cfcia socio quería llevarse debajo del brazo, cuando menos, el título de 
la Providencia, como una propiedad para seguir providenciando; ocu- 
rren en su querella á Castillo Velasco, y éste, hábil para encontrar ar- 
dides, le ocurre un medio de conformar k los disidentes, y era que los 
billetes todos llevaran el nombre de la Divina Providencia; pero que 
los de uno fueran verdes, y los de el otro, colorados. He aquí que el 
genio de Castillo Velasco sin incurrir en anatemas por falsear el dog- 
ma,creó dos Providencias, la verde y la colorada: la dividió en lotee 
y rompió esa Unidad santa que forma la creencia de los hombres en 
el Universo. Castillo Velasco, no es ateo pero sí era Ministro; en flus 
creencias religiosas no estaba descarriado, pero sí descarrilado. Cuando 
era redactor del Monitor miraba con singular cariño hacia los altos 

Í aestos, y se deleitaba\ al llegar á la cumbre, veía su escritorio de 
ietran, y se desvanecía] tal vez de aquí nació su creencia, que más tar- 
de se elevó á un axioma: .»No se ve lo mismo de abajo para arriba, 
que de arriba para abajo, n 

Ni el confesor ordinario, ni el arzobispo con todas sus facultades, le 
absolverán jamás ese pecado nefando de restablecer las loterías, ya 
muertas en el suelo mexicano; tal vez sea de los casos muy escasos que 
se reservan al Pontificado; La Voz de México, muy competente en el 
asunto, podría sacarnos de ?a duda, pero creemos que aun en el Vatica- 
no le negarían la absolución, como cuentan las crónicas le sucedió al 
inventor de una gabela onerosa y universal.,*— Díeese que el inventor 
del papel sellado, por esta grave culpa, no encontró misericordia k los 
pies del confesor, y ecurrió á Roma en alas de su desconsuelo; en su 
carácter de penitente arrepentido, hizo comprender al Santo Padre su 
trascendental invento; de un salto se pone de pié el hombre que ata y 
desata asi en la tierra como en el cielo, y azorado pegaba escandalosos 
gritos. Después, por consejos de un cardenal caritativo, el inventor se 
aiTojó al rio, y daba patadas de ahogado, como Tancredo pasado el 
triunfo de Teeo&c; y cuando fu santidad, en medio de su corte 66 pa- 
seaba en el gran puente sobre el Tíber.-'SíAllá se aho^r-i nn infeliz pe- 
cador, le decían: absuélvalo su santidad, y s?íqueJo c!^ ht pirras del 
demonio, m El Padre Santo, haciendo en el aire la señi* : ^ la cruz 



80. 

exclamó: wEgo te afaolvo, no siendo el del papel sellado, porque no al- 
canzará perdón de Dios... 

Ju venal está actualmente en ebullición; ardo su chirumen, y gime el 
pito de su locomotora dominguera, con aplauso nuestro y con agrado 
general; superficial algunas veces, sabe dar á sus escritos un interés ere* 
cíente y de actualidad; ligero en sus asuntos como es necesario lo sean 
esas revistas semanarias que esparcen su aroma en el único día de su 
existencia, sabe amenizarlos con anécdotas oportunas, imágenes vivas, y 
con sarcásticos pensamientos; su prosa métrica y cadenciosa, llena de 
sal ática y un tantocuanto burlona, da á sus artículos fugaces un sa- 
bor agradable, salpicado de savia griega. Muchos de esos artículos reu- 
unidos formarían un precioso bouquet de inestimable precio, pero ojalá 
no nos escribiera sobre modas, porque acostumbrados á leer sus revis- 
tas como si fueran unas melodías de Shubert, interpretadas por la estu- 
diantina española, viene el contraste k desvanecer nuestra ilusión como 
el baño ruso. 

Pipo vaga por la6 calles como los niños del Limbo, sin gloria ni pe- 
na; atormentado solo por los remordimientos, sentó sus reales en la 
gacetilla de La Voz de México; allí hacían un papel importante la Tan- 
gos y el Matasiete, cuya mano estrechaba día con día en las pulquerías 
y en los figones de la media noche, y esa confraternidad no sentaba bien 
á un periódico, coya gravedad canoniguesca es todo decencia y pulcri- 
tud. ¡Qué diría la corte cardenalicia! 

Tancredo sigue recogiendo cuantas noticias le dan para estamparlas 
en su periódico, y poco se cuida de su veracidad. 

—¿Por qué inventa la fantasía de vd. tantas mentiras, Sr. D. Vicente? 

— Ah! sí, yo las invento, pero fíjese vd. en que tienen el mérito de 
que yo qoy el primero que las aá. 

Tan aguda disculpa merece un premio. Tancredo ha sido en el par- 
tido liberal el hombre de fortaleza y de firmes convicciones; en el e- 
clipse de su partido y en las iras de la fortuna, ha sabid* perder, desde 
la guerra de los polkos, en donde recibió un balazo en la cara, hasta 
nuestros días, ha estado en el puesto que le marcan sus convicciones y 
sus deberes. En la decadencia de su edad recordará con orgullo los 
triunfos de la democracia, aun en las regiones de las utopías y en los 
campos de batalla. No le afectan las derrotas, porque cree que ellas 
no 6on duraderas cuando las ilumina un sol Poniente, pero su fe no le 
abandona un instante, ni decae su espíritu por los golpes del destino.- 
Alguna vez nos dijo por alentarnos contra los francesejs: nLos viejos 
gavilanes chillan pero no se arrugan» {So es esto la voz de la fe, de 
la esperanza y de la entereza? 

Herederos de su nombre y de sus gloriosos antecedentes, deja hijos 
que con mejor éxito recojerán los frutos de una semilla que arrojó su pa- 
dre en un campo estéril; pero las lluvias y el trabajo lo fertilizarán al- 
gún día 



81. 



ECONOMÍAS. 



La Legislatura, después de dormir V soñar por algunos meses, va á 
discutir la ley de hacienda, es decir, el presupuesto de egresos y el de 
ingresos. Se proponen nuestros padrastos conscriptos tantas economías, 
tantas, tantas, qy» no sabremos qué hacer con ellas. Es probable que 
ahora se reduzca á dos terceras partes el presupuesto del año anterior. 
Quizá no sucederá lo que al caballo del andaluz, que se murió precisa- 
mente cuando se iba acostumbrando á no comer. La lucha continúa; 
el comercio y los propietarios tienen sus atletas; los propietarios colo- 
can su navaja bien afilada en el espolón de sus mochilleras. Quedan 
para resolver la cuestión un discípulo de Hipócrates, y un farmacéutico, 
á esos faunos gemelos que espolean á la humanidad, el uno con el bistu- 
rí y el otro con la espátula, ¡Dios nos tenga de su mano! 

Aun no podemos decir nada respecto de la iniciativa del Ejecutivo, 
porque no abre sus sensibles ojos á la luz de la publicidad: sólo sabe- 
mos se inicia que los efectos pueden almacenarse en la plaza hasta 
un año, antes de pagar derechos. He aquí una observación, á vuelo de 
pájaro, presedida de un apostrofe. Cuando estalla un pronunciamien- 
to en. algún puerto, ya nadie hace la antigua. pregunta de ¿cuál es el 
plan? ¿peligrarán las instituciones? ¿se derramará mucha sangre¿ ¿es-' 
tara ramificada en toda la República? No señor, ahora tales dudas que 
la experiencia ha puesto en claro, son sustituidas con estas: ¿cuál es la 
casa de comercio que está interesada en ese pronunciamiento? ¿á cuan- 
tos millones ascenderá el contrabando que se quiere introducir? Una 
cosa semejante nos sucede á nosotros y á los habitantes de esta capital, 
en vista de esa iniciativa del Ejecutivo ¿qué casa de comercio muy fa- 
vorecida del poder, exclaman y exclamamos, estará interesada en que 
sus mercancías permanezcan en la plaza sin pagar la alcabala respectiva, 
sino hasta que naya trascurrido un año? La ventaja para el erario no 
la percibimos. 

La teoría de los gobiernos baratos rebulle en el cerebro bien organi- 
zado de nuestros muy amados representantes; reducirán el presupuesto 
á una tercera parte; harán que el sueldo de los funcionarios sea tan re. 



82. 

ducido, que no les alcance para comer sino verdolagas; no habrá una I 
cantidad para mejoras materiales, porque ha de haber muohas eco- 
nomías. 

• ♦ 

Cuando vemos á nuestro Gobernador con aire modesto, más modesto 
que la humilde sensitiva, que se encoje al contacto de una mano cari- 
aosa, asistir á las festividades cívicas con levita cepillada con toci- 
no; con un fieltrecito de toquilla grasosa, camisa sucia y manos de 
guante de pellejo humano, no muy albas, tentados nos hemos visto de 
iecir á la Legislatura: señores ¡por san Gestas! aumentad al Goberna- 
dor cinco pesos para que pueda el angelito presentarse siquiera en 
las festividades cívicas ncon modesto y decente traje. • como manda la 
'ey, y como demanda la civilización y la dignidad del primer magistra- ' 
| do: no por economizar el valor de unos guantes y aparecer eon la hu- 
¡I mildad de un capuchino, se exhiba con desdoro para el Estado. .Cuan- 
tío vemos que el Gobernador recorre las calles á pié, se presenta en el 
¡ paseo con sombrero jarano, va al teatro armado de xin amanza locos ¡ 
en vez de bastón; que al llegar al territorio del Estado un personaje 
digno de atenderse, por sus méritos y por su posición social, tiene que 
tomar para ir á encontrarlo un coche simón, de muías más aburri- 
das que el Ayuntamiento, que no aceleran el paso con los besos ni .con 
l«>s abrazos latigueños de un cochero ó de un Gefc político paciente; que 
el Gobernador anda, á guisa de demandante, pidiendo prestada su des- 
vencijada y terrosa carretela á don i Fulanita si no la tiene ocupada, 
nos hemos visto tentados de decir á nuestros económicos legisladores,] 
.1 legisladores, decretad el gasto para comprar un carruaje al Goberna 
dor, y el gasto de un par de jumentos que lo conduzcan. u Miremos á 
nuestro alrededor señores! ¿hasta D. Canuto Macicez, qpe no es en la 
sociedad más que un átomo, tiene carretela! Dad al Gobernador este 
lustre, que al tin e¿> la primera persona del Estado. 

Cuando vemos que en el Estado no se puede hacer recepción digna á 
un personaje, porque el Palacio de Gobierno solo tiene un salón más 
largo queeldeseo de un indigente; que en vez deservir para audiencias que 
jamás las hay, son para recibir las espeetoraciones de los empleados; bo- 
degas inmundas de la Aduana, y purasoficinas guberniles, hemos intenta- 
do pararnos en las puntas de los dedos de los pies, estirar como el de una 
garza blanca nuestro muy largo pescuezo, y con voz estentórea decir: 
Diputados! diputados! por Dios, por la «Virgen, por la corte celestial; y 
si esto no es suficiente, por Luzbel, por Belial, por Asmodeo, por Belce- 
búi;, por Cupido, por Minerva, por las siete musas, decretad un gasto pa- 
ra formar una vivienda modesta si queréis, sin la muelle ostentación 
de la vanidad, pero cómoda, decente y aseada, que pueda servir para el 
Gobernador y su familia si le place, ó si nó para un huésped ilustre aue 
algún día quiera visitar nuestra capital. No siempre el Gobernador 
jj del Estado ha de ser rico para tener una habitación lujosa; si es pobre 
¡I deslucirá el brillo, no de su persona, sino el del Estado. Legisladores, 
legisladores; no queráis para el Estado tanta economía, pues vosotros 
i mismos, en vuestro humilde mediocridad, buscáis á la vez que vuestra 
! comodidad, aquel brillo, superficial si se quiere, pero que demanda la ci- 



83. 

vilización y la cultura. Si para vosotros mismos no queréis esa indo- ¡, 
lencia, esa negligencia, esa indiferencia y esa tendencia á lo vulgar y á | f 
lo económico, ¿pcfr qué la queréis para la primera cabeza del Establo, ! 
cual es el Ejecutivo? Si conocéis algún ricachón miserable que por c- 
conomía ó por avaricia, no goza de las comodidades do la vida, y se pre- 
senta haciendo alarde de su abandono, ¿por qué lo calificáis de incivil? 

Personas habrá que al leer este artículo, ó al saber que decretáis el í 
gasto que proponemos, esclame casi bufando de cojera, que se quiere i 
detretar contribuciones para darle lujo al Gobernador, no os fijéis en J 
sus declamaciones; tal vez será un egoísta contribuyente que no entien- i 
de de estas casas; qun en vez del brillo del Estalo, solo ve la oscuridad j 
de sus bolsillos: no so las espliqueis, porque no las comprenderá, como i 
un ciego de nacimiento no comprenderá jamás, no podrá tener idea si- j 
quiera, de los colores, aunque le hagáis de ello»' descripciones hasta la ' 
consumación de los siglos. \ 

Haced que lo9 empleados se vistan con un traje decente; que los que 
presiden los espectáculos públicos, se presenten con el traje de su dig- \\ 
nidad y de su autoridad, no con la chaqueta del vulgo, como los hemes i, 
admirado en estos dias, pues no quita lo cortés á lo valiente. Infundid- 
le? si podéis, ¡padres conscriptos! ¡económicos legisladores! un rasgu¡to 
siquiera de vuestra ilustrada educación y do vuestro recto juicio. j 

Mandad vestirá nuestros soldados, á nuestros valientes soldados, con 
el traje propicie fu institución, aunque cueste un poco más; no que- 
remos soldados encolados como un petimetre, sino con un traje que lo 
eleve ante sus propios ojos y ante los de la sociedad; un traje que les 
infunda los atributos del noble orgullo, y ese aire marcial que dá res- 
petabilidad al guerrero. Al paso que la industria adelanta, al paso que 
es más barato el uniforme, nuestros soldados caminan á la peifección 
' de la decencia con la espalda á su destino, como D. Simplicio en su ju- 
; mentó. ¡Recordad, recordad! haced reminiscencias; antes al soldado se 
le vestía de paño, se le ponía el penacho de pelo, se le acicalaba hasta con 
lujo, y se elevaba la milicia con aquellas apariencias dignas de una cul- 
ta sociedad. Poco á poco hemos ido caminando hasta el Edenismo, de 
economía en economía. ¿Paño delpais para el soldado? es mucho lujo; 
vistámoslos de maJion ó de bring que es más barato, aunque el crudo In- 
vierno convierta en filete nevado las carnes crudas de nuestros pobres 
soldados. ¿Bring en el verano? es mucho lujo para un recluta; aun la 
guinea que se emplea para vestir á la tropa es sustituida hoy con 
la ma?ita de á real y claco. 

¿No os parece, legisladores, que aun puede reducirse ese gasto á su [* 
menor espresión? quitadles el pantaloncito y la chaquetita que llevan ( 
nuestros guerreros á raiz del pellejo, si el pellejo puede tener raices; j 
vestidlos de hojas de higuera que es el traje más económico. Aprovechad ¡; 
el siguiente ejemplo.- j 

Un pintor muy pobre, pero muy hábil en el arte de Apeles, ofreció á 
su esposa vestir á su hijo de militar el día de S. Juan, que era el día de 

Jsu santo, en premio de sus adelantos en la escuelaí la víspora del día 
designado, madre é hijo reclaman el cumplimiento de la oferta; la po- 



.84. 

breza extrema tiente aguijones acerados, y obliga al artista á dar tor- 
nillo á su ingenio. 

Repentinamente sale de su meditación; dase una palmada en la fren- 
te y exclama: 

i Bien! el' niño estrenará maltona vestido; mny temprano se le da nn 
baño, y se le corta el pelo. 

Al día siguiente el artista se encierra con su hijo; le despoja de sus 
harapos; toma su paleta y sus pincelesy lo pinta. Qué pantalón encarnado 
con franjas blancas! ¡qué bota federicaí ¡qué piqueta abrochada con bo- 
tón dorado, y con costillar! ¡qué charreteras! ¡qué manoplas! ¡Oooooooh! 

Ahora! ¿que hacemos con el sobrante de los colores? ahü esclama 

tomando el bastón y una cinta que emplea con honores de riendas. . . . 
¡tu caballito! 

Tomó al chico de la mano y llevó á lucir su genio, hijo de la economía. 

Cuando queráis publicar un bando, legisladores, llamad á un pintor 
de brocha gorda, y haced que á los oficiales se les pinte de los colores de 
pájaros vistosos un pantalón y una piqueta: á los soldados es bueno dar- 
un baño de almagre. 

¡A qué grado de adelanto puede conducirnos el deseo vehemente 
d^ hacer economías! Mandad conceder indulgencias á los vestidos vie- 
jos de los soldados, como lo hacían los frailes, y vendedlos á los fanár- 
ticoe para mortajas; es un medio muy ingenioso y económico para re- 
novar constantemente el uniforme de nuestros soldados. * 



v 



85. 



La ciencia aplicada á la administración. 



El hombre, al dedicarse al estudio, al consagrarse á la meditación, al 
destinar una parte del tiempo al trabajo intelectual, busca resultados 
que así mismo le beneficien, y con más frecuencia qug eleven á la hu- 
manidad.— Los resultados felices de muchos inventores ó los de los que 
sorprenden los misterios del mundo desconocido, • pueden aplicarse á la 
administración y ésta vendrá á ser la gran .ciencia de gobernar. 

Farmantier encuentra en la patata una parte altamente alimenticia, y 
salva al indigente de los horrores del hambre. ¿Será posible que nues- 
tros filantrópicos gobernantes quieran y puedan dedicarse á pro- 
teger una industria que alimente á los pobres, mediante un trabajo 
proporcionado á sus facultades? Parmañtier encontró la fécula que 
boy nutre al pueblo indigente de Irlanda y & los desgraciados saboyar- 
dos. Nuestro buen Presidente, aunque no grande todavía, puede hacer 
el paralelo entre la escuela y la patata, y encontrar que la fécula es la 
ínstruccióa Si multiplica los planteles, como si dijéramos, los plantíos, 
cuidando de remover la tierra de las raíces para que los ascárides no 
se alberguen en ella y perforen el fruto; es decir, que directores y pe- 
dagogos sin ciencia, sin empeño y sin instrucción, que son en este caso 
las lombrices, sería la ciencia del sabio francés aplicable á un ramo de 
la administración. En la Nación hay escuelas y colegios mal servi- 
dos, cuya dirección se dá á los favoritas sólo por obsequiarlos con una 
canongía. Quitar lá patata & las lombrices es quitar jas lombrices á la 
patatas, es lo saludable si se quieren levantar buenas cosechas Esto se 
consigue abonando la tierra y diciendo á los preceptores que busquen 
mamá que los envuelva, pues á la madre patria le han dejado agu- 
jerado el manto como un amero, con el que ya no puede abrigarlos. 

Si compárateos la instrucción á un globo aereostá tico, veremos que 
el adelanto consiste en darle dirección. La ciencia moderna realiza ya 
su teoría, y Glay Lusac podría envanecerse si viera que su pensa- 
miento no ha dejado de estudiarse día con día: se infla el globo con hi- 
drógeno ó con humo, á la Mongolffier, que es más ligero que el aire, y 



86. 

no se consigue dominar el elemento, como nunca se ha conseguido en 
el colegio hacer que los discípulos adelanten, porque no hay ni dirección 
ni cátedras, ni libros dfe texto, ni suficientes discípulos; á estos se les 
llena de hid:óge 10 la cabeza; se hacen charlatanes con el humo; se re- 
montan, caminan al acaso contra la esperanza de sus gobiernos, y des- 
cienden cuando se ha escapado el gas. Si se busca un gas más pesado 
que el aire, es decir, un sistema de enseñanza, buenos preceptores y di- 
rectores que no sean recotapensados por trabajos políticos, se logrará 
dar dirección á los globos. 

Si la instrucción es sólida y el deseo de enseñar es empeñoso, llegará 
á dominarse la ignorancia; habrá muchos jóvenes á quienes enseñar y 
no se hará del colegio un baño de deleite para los que hoy reciben pa- 
ga sin trabajo. No hay que fiar en las apariencias, ni en la tirantez có- 
mica de hombres titulados, ni en la fácil locución. de oradores que pre- 
paran sus discursos de un año para otro, diciendo que son improvisados] \ 
ni en los premios de relumbrón que se reparten á los destartalados dis- j 
cípulos, cojidos á lazo como á potros salvajes ó amenazados con las tres 
RRR consabidas. Si todo esto no se enmienda, podríamos augurar j 
que perecen los aereonautas. El siguiente ejemplo podrá ser muy pro- 
vechoso si el buen señor gobernante quiere meditar sobre instrucción. 

Veíamos nosotros, pobres redactores de un humilde periodiquín 
que se repartían cátedras de un colegio entre personas ignorantes; como 
un mal ejemplo es contagioso y no teníamos gran cosa que arriesgar, 
nos descidimos á solicitar la cátedra de idioma japonés, é hicimos genu- 
fiexiones á su Excelencia. — No creia yo — nos Mijo el gobernante. — 
que tan cerca de nosotros estaba quién posee un idioma raro en nues- 
tras regiones. — nExcelencia, nuestra natural modestia. . . . t»A un apre- 
; ton de manos siguió nuestro nombramiento. A nosotros poco nos im- 
, portaba no saber el idioma; lo que nos importaba, y mucho, era que no lo 
supieran aquellos á quienes nosotros teníamos que enseñarlo. Al fin! 
\ del año hicimos unos premios de rechupete que nos puso en la playa 
• como á la espuma el mar; nos felicitaron, sí, nos felicitaron los oyentes 
j y mandaron tocar el Himno Nacional. Los premios se repartieron de 
¡ preferencia entre los muchachos más allegados al gobernante. Un 
chino habló con los rapazuelos y no se entendieron; mis contrarios se 
enfuñinaron; yo les decía para vindicarme: i.Señores, no confundan us- 
tedes, como los enemigos de Caravantes, el chino con el japonés.» Así 
me salvé. 

Las prisiones en el País están desarregladas. No hay presidiario 
que teniendo en casa unos ojitos negros ó una docena de moscas blan- 
cas no se le permita ir á curarse al hospital. No sabemos qué aires nía 
léficos ventean en nuestras cárceles que sólo á los poseedores de recur- 
sos, y no á los pobres de solemnidad, les ataca mal de garganta, reblan- 
decimiento cerebral, ó dolores en la espina, que sanan luego con sólo 
, cambiar de aires. Entre el hospital y la impunidad no hay más^que 
j un tabique movedizo. Legris Douval pasaba días enteros en las prisio- 
ijnes, estudiando el carácter de los presidiarios para atraerlos al sendero 
j de la honradez. Nos ha legado una obra consagrada á mejorar el esta- 



_ 87. 

do de las prisiones. ¿Qué diría del portento de las nuestras? 

Recomendamos su lectura al Presidente futuro. 
• Volta, con dos diversos metales, soldados entre sí f toca con un estre- 
mo las ríñones y con el otro las patas de una rana, haciéndola temblar 
cuando ya no tiene vida. Así pone á sus posteros en la pista de dar 
animación á un muerto. 

Nunca cesaremos de recomendar al nuevo gobernante aplique la pila 
de Volta al movimiento de metales, déla plata y deloro en la Tesore- 
ría; hay renacuajos que tienen dorados los ríñones, plateadas las pier- 
nas y petrificado el corazón; tocadlos y los veréis saltar, animarse, tem- 
blar y mostrarse al fin sumisos y obedientes á la ley; hacen el morteci- 
no, y saben introducir el contrabando aunque un lince fuera el vigía 
que cuida las garitas; aplicad entonces el aparato de Volta, simbolizado 
en la justicia; así salvareis I03 fondos públicos de una usurpación co- 
mercial: con ese aparato podrá reanimarse también el Erario cuando se 
haya convertido en cadáver. 

Si hay desmoralización en los empleados consagrados á administrar 
justicia, hay que purificar el aire de los juzgados, cuidar que no entren i 
en putrefacción los juiciosy los espedientes y hacer que las aguas potables 
salgan puras de los manantiales. 

Bertholet descubrió que el precioso líquido puede conservarse sin 
corrromperse mucho tiempo con poner en él un poco de carbón pulve- ¡ 
rizado. ¿Por qué no se ha de aplicar este específico en la puerta de 
los tribunales para impedir que la corrupción, si llega á invadir la so- 
na de la justicia, no pase los dinteles? 

Ya lo miran nuestros lectores; somos como los médicos, pero como 
los médicos buenos; que señalamos la enfermedad y proponemos el re- 
medio oportuno y eficaz. 

¿A qné seguir refiriendo los nombres do tantos genios que dotaron á 
la humanidad de inmesos beneficios? Ellos reposan en la tumba y las 
generaciones sucesoras les tributan admiración y bendiciones, levantan- 
do monumentos que eternizan su memoria. ^ 

Ojalá que nuestro buen Presidente quiera inmortalizarse aplicando la 
ciencia & la administración; encontrará en ella grandes filones que ex- 
plotar en bien del pueblo que es su amigo, y no trasquilar el vellón á 
las ovejas de quien él es el pastor. 



88. 



La Teoría de Darwin. 



CAPÍTULO I. 

De cómo.un mono feroz es susceptible de domesticarse. 

Sabed ¡oh lectores! que los colegíales bascan distracciones inocentes 
en qae pueden ejercitar la paciencia, cultivar el amor á los semejan- 
tes y aguzar el ingenio. Uno de estos tenia un mono; lo educaron, y 
él compartía con sus bienhechores sus caricias y sil agradecimiento. 
Si pe enfermaba, solícitos corrían á socorrerlo aplicándole las medici- 
nas. Los sinapismos y las purgas, las lavativas y las sangrías, las pil- 
doras y los revulsivos, eran ministrados por manos diestrísimas; los que 
se dedicaban á la medicipa, los que la emprendían para boticarios, en 
sayaban en el gracioso mono los remedios más enérgicos; él era valien- 
te, impetuoso, iracundo, pero fué domesticado por la chusma escolásti- 
ca; se le vestía de frac y de sorbete á la inglesa; de cachucha y casaqín 
á laétaliana; de marinero á la española; y de cuando en cuando, de pa- 
yaso á la francesa. El mono se enfermó; los colegiales ocurrieron á 
curarle, afligidos, lacrimosos. 

Un pueblo puede ser representado por un mono; el hombre en el e- 
denismo no era sino un mico sin rabo; pero la civilización lo regenera 
y lo levanta á otras regiones; así hemos visto al león generoso, al san- 
guinario tigre, á la astuta serpiente, modificar sus voraces instintos 
ante la inteligencia del hombre: ¿qué valen entonces la ira, el galvagis- 
mo del mono, ante un ser racional que doma fieras y subyuga pueblos? 

CAPÍTULO II. 
De cómo los pueblos y los hombres pueden parecerse á los monos. 

En el centro de la República Mexicana existe un gran pueblo, ilus- 
trado, valiente, belicoso; se dice que sus hijos nunca pierden y que | 



89. 



I cuando una adversa fortuna hace que se les ladee la silla, como ellos 
(dicen, se levantan con el santo y la limosna, es decir, arrebatan y se a- 

I garran las ncftices. De esto resulta que nadie quiere jugar con ellos 
ni al pan y queso, temiendo que den al perder al afortunado un ara- 
ñazo. 

Si los vierais joh lector! recorrer los campos á guisa de leñadores, tre- 
par por los árboles de elevadas cimas, hacer los ejercicios gimnásticos 
másdifíciles, mecerse de una rama, atravesar como Leottard el espacio, a- 
sirse con destreza de las ramas de otros árboles, creeríais que ese pue- 
blo es el acróbata más notable del mundo; el trapecio es para él lo que 
sería para la urraca y el gavilán; la fuerza Hercúlea no admite compa- 
ración con su pujanza; camina por el filo de una espada con paso sereno 
sin que se sangren los pies; se viste, de frac y de cachucha; lleva con donai- 
re el traje mosaico y ostenta los relumbrones del soldadico sanjuanero; 
pero oculta cuidadosamente cierto adminículo, cierta prolongación Ion- 
gimétríca de la espina dorsal, que mucha similitud tiene con el rabo. 
Darwin vería confirmada su teoría si examinara á los hijos de ese pue- 
blo cuando recorren los campos en sus ejercicios gimnásticos, en sus 
correrías, como los monos de la Huasteca veracruzana, culumpiándose 
de los palos del telégrafo y atacando al viajero descuidado. 

Es muy fiel el parecido del mono á ese pueblo; está domesticado así 
como lo está el mono; pierde, arrebata y corre; se encarama á un palo, 
chilla y gime,, pero espera beneficios que algunos hombres quieran con- 
cederle, porque él rehusa el conquistarlos. Ese pueblo debe colocar 
en el escudo de sus armas, no al águila que devora un culebrón, sím- 
bolo perfecto del pueblo y su tirano, sino al mono domesticado por los 
colegiales. , 

CAPÍTULO ni. • 
De cómo la teoría de Darwin encuentra prosélites en los Estados. 



El Gobernador de Puebla tiene un látigo y flagela á su rebaño, á u 
na jauría de monos, á pesar dé estar enfermo de la gota, á consecuen- 
cia de esa gota constante que sería capaz de taladrarle el estómago. 

El de Michoacán enseña á su pueblo á culumpiarse en un trapecio, á 
colgarse del rabo y á salvar las distancias. 

Son Luis Potosí ve llena su capital con los habitantes de su Huasteca, 
y los admira cuando usan el sombrero tricornio; obedecen ;ay! al man- 
dato escondiendo el rabo. 

Otros varios Estados hay en que la habilidad de un moderno 
Darwin ha descubierto que el hombre desciende del mono, y vuelve á 
su origen primitivo. 

Sus gobernantes imperan, mandan; el pueblg mono gime, se agacha 
y obedece. 



90. 

CAPÍTULO IV. 

En que se prueba que el estudiante puede dominar al mono. 



El mono aquel de que antes hablamos, languidecía, se extenuaba, 
perdía el sueño; acaso se acordaba de su vida independiente, de sus. go- 
ces en la libertad; hoy mira su abyección, la cadena que le sujeta al fé- 
rreo brazo de su señor y dueño, el látigo que lo flagela, la mano que lo 
humilla, la vo) mitad que lo esclaviza. 

El mono enfermo necesita curaoión. Los estudiantes examinan 
la enfermedad, y resuelven hacerle tragar una dosis de morfina para 
que duerma, darle unas frotaciones desde ,el cráneo hasta la extremi- 
dad de. la cola, y. . . .¡oh humillación de la raza huasteca! minis- 
trarle inyecciones durante varios días. 

. Un D. Diódoro, batalla por adquirir una geringa suave y adecuada, 
y sólo obtiene una de caballo frisón; llama en su auxilio á sus adeptos; 
¡cómo np echar á un pobre mono un clister, si se los ha echado á un 
gobierno potente! Al primer ensayo el mono se irrita y se insurreccio- 
na; araña, grita* muerde, salta y se desmaya; la turba colegialuna lo a- 
ta, lo constriñe, lo sujeta; el instrumento fatal visita las" regiones intes-. 
tíñales, y lleva al abdomen un líquido saludable. 

El mono sigue melancólico; mira con horror la espada de Bernardo 
y la mano monicida de D. Diódoro que lo domina; él se resigna.- En 
un día, en otro y en los que siguen, se repite la visitación, sujetando al 
mono; apenas reparte ya sus mordiscos y esparce sus lamentos; entra 
en calma al adquirir *la persuación de que su resistencia es inútil D. 

Diódoro se presenta con el instrumento fatal, y el mono — ¡jdes- 

graciadoü — se acostumbra al maltrato; al ver á su agresor no gime, no 
muerde, no se queja; sólo levanta el rabo, encarama * el espinazo y se 
voltea. 

«i Ley irresistible de la persuación y de la impotencia! ella amorti- 
gua los bríos, y acaba con el orgullo de los monos. 

CAPÍTULO V. 
De cómo puede aplicarte la teoría darzoinista d los pueblos. 

Hoy, el* pueblo, como el mono, ve venir á su D. Diódoro con su ge- 
ringa de caballo frisón, y resignado empina el rabo. Otros Estados siguen 
su ejemplo; los gobernantes dicen á sus pueblos, enseñando con amor y man 
sedumbre la espada de Bernardo, lo que los legos juaninosá sus enfermos: 

ii Voltéense, hermanos, y recíbanla cuan caliente puedan, que en esto 
consiste la salud. h 

¿No es verdad, lectores, que la teoría de Darwin puede verse realiza- 
da en muchos pueblos? 



91. 



LAS GOLONDRINAS. 



De algunos hombres los¡hechos memorables que la posteridad quie- 
re esculpir á cincel: aquellos tiempos que se fueron; el amor fraternal 
que acrisola la desgracia: el sacrificio que se hace en aras de la patria: 
Jos hombres de la tolla de Morelos y de Bravo, del Lie. Verdad y del 
Corregidor Domínguez; las mujeres como doña Josefa Ortiz y doña 
Leona Vicario, que ornaron la frente de México con una corona de 
laurel .... 

Esos, ya no volverán. 

Los que buscan en el tosoro público la recompensa de raquíticos ser- 
vicios^ los que combaten en todas las filas y se acogen á todas las ban- 
deras; los que hacen de las instituciones una caricatura, y se ponen el 
antifaz en cada Estación para incensar á un ídolo grotezco y deforme, 
pero engalanado con los arreos de la victoria. ... 

Esos ¡ay, sí! esos. ... sí volverán. 

Los que buscaban en los campos de batalla el triunfo de la idea que 
regenera; los que se resolvían á exhalar el último aliento en el patíbu- 
lo abrazados ai pendón constitucional; los que combatían al enemigo ex- 
tranjero hasta quedar sepultados entre escombros; los que destruían sus 
armas, se entregaban prisioneros y surcaban los mares, ostentando ante 
una nación victoriosa las insignias militares, como una protesta solem- 
ne; los que levantaban muy alto el honor de México 

* Esos, no volverán. 

Pero los que huían en los campos de batalla atemorizados al escuchar 
el fragor de los cañones; los que llevaron A los pies del invaror las co- 
ronas de la patria y aplaudían los cantos de los soldados de Napoleón; los 
que ceñían la espada yjostentaban condecoraciones como premio á su 
traición. ..." 

En verdad os digo, que esos volverán. 

Volverán, sí; con descaro inaudito referirán sus derrotas al sentarse 
á la mesa en el festín de la patria. 



92. 

Sus méritos se pondrán en -el platillo de la balanza justiciera para 
disputar un premio á los que con abnegación constante no desmintieron 
su amor á la patria y á las instituciones republicanas. 

Cuando vemos á los mexicanos que empuñaron una bandera para 
combatir á la que siempre fué símbolo de la Libertad y de la Reforma; 
cuando vemos á tantos hombres que entonaban cantos marciales, como 
reto al poder teocrático, acogerse hoy á la sombra de un estandarte qne 
antes derribaron, buscando un abrigo contra las descepciones de sus 
coetáneos y contra la inclemencia de los déspotas, hemos esclamado con 
el autor de las sublimes rimas. . . . nías obscuras golondrinas, esas ya no 
volverán. i» ¡Ah! si; tal vez volverán á dar alimento ásus hijuelos en el 
Verano de nuestro clima, porque hoy se cubren con las nieves polares 
nuestros campos, como los de la Siberia, donde no hay Primavera que 
haga brotar las flores, ni Otoño que sasone las delicadas frutas. 

• ¡Qué! donde soplan los vientos glaciales, ¿podrán anidar las obscura* 
golondrinas? 

Con el alma dolorida, con el corazón comprimido algunas veces, re- 
corremos en una noche silenciosa las calles solitarias de una ciudad pa- 
ra llamar los recuerdos del pasado, de los acontecimientos memorables 
que se fijaron en nuestra fantasía, porque ante ellos se deslizaron nues- 
tros años juveniles, alumbrando nuestro porvenir, entreviendo sucesos 
dignos de eterna remembranza. Tenemos á la vista edificios de apa- 
riencia humilde, en que la mano del tiempo ha carcomido la pintura; don- 
de las vetustas portadas revelan que allí, dentro de aquel edificio, bajo 
los techos destruidos, sirviéndoles de adorno el polvo y 1 xs telarañas, a- 
lumbrado por la luz de una bugía, se concibieron pensamientos, se for- 
maron planes para iniciar la regeneración de nuestra patria, para for- 
mar los cimientos del edificio de la Constitución. El Lie." Verdad, La 

Rosa, Qómez Farías, Bocanegra, Doblado ; de algunos aquí se meció 

su cuna, otros dieron aquí actividad á sus trabajos para difundir entre 
las masas los primeros destellos de libertad y de independencia, de fra- 
ternidad y de democracia; principios que algún día fueron proclamados 
por los caudillos de una revolución social, y secundados por millares de 
seres que desde entonces se elevaron al rango de ciudadanos. 

Mas tarde, otros hombres y otras obras se mostraron á la muchedum- 
bre, levantando unos la bandera del progreso mientras otros encendían 
con su pluma Ja antorcha que babia de alumbrar á los caudillos el firme 
camino de la Constitución y de la Reforma. 

Esos edificios púbiieos, 6 esas casas derruidas, se conservan como se 
conserva una reminiscencia grata; ellos son monumentos santificados 
por la historia y por la tradición. Dentro de pocos años esos modestos 
edificios ya no hablarán á la posteridad porque caerán en el se- 
pulcro los contemporáneos, los testigos, los compañeros de aquellos hom- 
bres de fe y de abnegación que fueron las columnas del templo consa- 
grado á la regeneración de México. 

Esos seres son las obscuras golondrinas de quienes habla Gustavo 
Beker en sus rimas inmortales: Estas no volverán, pero si vendrán sus 



93. 



descendientes a formar algara vía en el tejado y á aletear en laá vidrie- 
ras de nuestra alcoba para inspirarnos cantos entusiastas. 

Nuevas golondrinas empollarán en los nidos que otras formaron; a- 

■ caso sus gorgeos imiten los cantos populares de los hombres libres; aca- 

| so sea obscuro su plumaje. 

Las pardas golondrinas de hoy, los cipscélidos, se preparan á emigrar. 

ij Las obscuras golondrinas de antaño tienen que venir regeneradas en 
el próximo Estío. 

| Preparémonos á recibirlas con entusiasmo. Sus primeros gorgeos 

'I serán el himno con que saludan á Ta Libertad, con ios que llaman á sus 

- hermanos para cubrirlos con sus alas. 



El Talento de los brutos. 

Exhibición de caballos educados por Bartholomew. 

I. • " 

No escribimos este artículo para los sabios; no dirigimos nuestros con- 
ceptos á la inteligencia clarísima de aquellos hombres á quienes la Na- ! 
turaleza dotó de un entendimiento prodigioso, puesto que, sin leer un 
libro adivinan por solo el título su contenido: los sabios jabí los sabios, 
lo que no saben lo adivinan. No irán nuestras reflexiones a ilurtiinar 
la mente de los naturalistas que aprenden en Buffon las propensiones 
de los animales, y que sorprenden los secretos de la Naturaleza por los 
instintos del ser irracional; no lo pretenderemos, dado ya el caso de ser 
conocida la índole de nuestros escritos que se dirigen á llevar un des- 
tello de luz á la mente inculta dealguno de nuestros lectores y á ha- 
cerles fijar su atención en las maravillas de nuestro siglo. Los esfuer- 
zos de la inteligencia humana van siempre en pos de lo sorprendente, de 
aquello que nos revela hasta donde son capaces de extenderse las investi- 
gaciones del hombre, poniendo en práctica su constancia y su paciencia, 
siempre recompensadas por los curiosos y por los inteligentes. 

ii 

¿Podríais creer vosotros, pacientes y muy benévolos lectores; en la 
existencia de los burros sabios? ¿imagináis la posibilidad de que 
un jumento ostente conocimientos en legislación criminal y en el tra- 
tado de engañosas pruebas? ¿creeríais que. se presenta jcon cuello 



[ ' 94. 

largo y almidonado á la inglesa, faldones anchos y cruzados como la 
cola de las golondrinas?-¿que lleve bastón con borlas, orejas ocultas den- 
tro de un 8ombreroalto y el rabo escondido éntrelos cuartos traseros, como 
Promotor fiscal, erguida la testa, perpendicular el cuerpo, é ir así al 
Tribunal para juzgar á un reo con la prosopopeya de un Magistrado? 

Ahí sí;— dirán los lectores: — con frecuencia encontramos burros sa- 
bios mirándose en un u Espejo,» como Narciso en el agua, pregonando 
con rebuznos que son solidarios en la idea de buscar %\j£l bien publico \w 
como los burros de 1$ fábula. Los \jmos entrar y salir de los juzgados 
del crimen, dar con una plumada su jumentil sentencia, y quedarse 
burlados por el superior; vemos á un secretario que se dá, en sus revis- 
tas, el título de abogado sin serlo para que por tal lo tenga la sociedad; 
jueces que podrían ser denunciados como violadores de corresponden- 
cia, y hacer comedia para no ser acusados. 

Pues bien, tpdo esto puede * considerarse como una paradoja Id á 
México; introducios al Teatro Principal; a:li encontrareis un espectácu- 
lo ecuestre, un hato equi-civiiizado que os Horprenderá; no hagáis 
aplicaciones malévolas si encontráis similitud entre un pollino que hace 
las veces de Magistrado, el tieso alcalde de una aldea ó el meticuloso 
Juez de algún pueblo rabón. 

m. 

Ese jumento mira & su víctima en el banco de los acusados; lo olfa- 
tea, lo halaga y le hace tiestas con el rabo, para ministrarle después un 
sendo garrotazo con la vara de su justicia: Esto quiere decir que es a- 
fable y dulce en su trato íntimo, pero que también es severo y recto en 
sus fallos. Ojalá y de los seres irracionales sacaran una lección salu- 
dable nuestros jueces á quienes muchos seducen los cohechos y los so- 
bornos, las poderosas recomendaciones del magnate y las dádivas es- 
plendentes de los litigantes ricos. 

Rodean al reo, que es un mulo humilde y resignado, cuatro policías 
caballunos encargados de su custodia; lo aprisionan con cadenas y lo vi- 
gilan. Forma el defensor su alegato; rinde el Fiscal las pruebas de 
la delincuencia del reo ;el pollino-ma gistrado, examina y falla con impar- 
cialidad y con criterio. Con la magéstad de la justicia, con la in- 
flexibilidad de la ley, levanta el hocico, ostenta el cartel en donde se lee 
esta terrorífica palabra ¡¡MuerteÜ^El reo inclina la cabeza en señal de„ 
resignación. Los policías se convierten en verdugos y conducen al reo, 
cargado de cadenas, al lugar de su destino. 

Lo notable en este caso es que no hay ley fuga para aplicarla al que 
fué presunto delincuente, ni falso proceso, ni comisarios regios que ha- 
gan averiguaciones después que las víctimas están snpultadas. El %u- 
rro sabio, ei jurisconsulto inflexible, para juzgar, no tiene en la mano la 
ley del embudo, ni un gusano que roe la conciencia; no pierde la calma; 
no se extravía su razón ante el remordimiento, ni es conducido al ma- 
nicomio. 



95. 

Lis irracionales, educadas por un pedagogo justo y moralizador, dá Jj 
lecciones y presenta en caricatura ejemplos sorprenden ios de civismo y 
de rectitud. 

Tal es "el espectáculo que di en el Teatro Principal, con sus veinte 
caballos una muía y un jumento, el4niustrioso, el paciente Bartholomew. 

Hemos hecho referencia á un solo rasgo de las rarísimas habilidades 
de un juez en su tribunal, y la fácil comprensión, el diáfano talentazo 
de un jumento. 

IV. 

¡Cómo lo envidiamosparahacerlo Juezdernuchospueblos;ysiesto no le 
place, lo nombraríamos para el siguiente cuatrienio Presidente del Tri- 
bunal de Justicia, evitando así que ese íespetable Cuerpo sea el sí»il 
perfecto de un verdadero corral de arrendamiento donde se reci- 
ben toda clase de animales] lo haríamos diputado k alguna legislatura 
para que impida que los compañeros burrasniles se despachen con cu- 
charón* como decía nEl Fandango,u y hagan desaparecer como presti- 
digitadores electorales las sumas recopiladas en la Tesorería; lo haría- 
ino3 Jefe Político, redactor del uRepublicano,ri del uBién Público,» del 
.íEspejo.ii para que mandara un destello fie su claríísimo talento á los 
semejantes que escriben con ingenio coplas disparatadas, para que res- 
pondiera con su firma y su persona k las consecuencias de un rebuzno e- 
ditorial, y no llamar á sus compañeros para que les sirvan de sirineos 
al cargar con la cruz de las responsabilidades periodísticas. 

¿Creen nuestros lectores que no haría el burro sapientísimo un buen 
Presidente del Ayuntamiento, un justiciero Presidente del Tribunal? — 
El dejaría quo cada munícipe sirviera el ramo que le está encomendado 
con entera independencia y por otro lado con sugeción al reglamento, 
sin ejercer á su sombra la especulación; él, robustecido en su ciencia, y 
teniendo la calma como guía, no habría de pretender que los jueces sus 
compañeros fueran en todos casos de su opinión para fallar, ni impon- 
dría su imperativo mandato á título de ciencia superior ni de práctica 
forense no interrumpida en treinta años de ejercerla; no tendría para 
imponer su dominio una dosis considerable de bilis dispuesta á derra- 
marse á cada paso si había discutimiento con la opinión de los colegas; 
no tendrían los alcaldes y los jueces una gerínga de caballo para los li 
berales y una visitadora suave y delicada para lo* agentes de la Santa 
Madre Iglesia; nó estarían pendientes del sube-i-baja para guardar el e- 
quilibrio, imagen perfecta del balancín de la justicia; la venda cegatoria 
sería en él el emblema por el que «e debe aplicar la razón al que la tenga, 
no emplearla para no ver, y para torcer el sendero que á la rectitud 
conduce. 

' . v- 

Un burro sabio os ana joya en nuestros tiempos y en nuestras regio- 
nes, ¿Cómo no contratar á Mister Bartholomew para que dé lecciones 



96. 

á tantos abogados sin ciencia y sin clientela, y á tantos hombres que 
sientan plaza de diputados y de nmnícipetf, de empleados y basta de go- ; < 
bernadores? ¡I 

La enseñanza objetiva está de mtda; el Profesor Bartholornew tiene ¡, 
habilidad para enseñar á toda clase de animales; ¿cómo no luciría su ha- 
bilidad enseñando á nuestros jueces la linea recta cuando convierten 
la espada de la justicia en tirabuzón? ¿cómo no adquirir nombradla ; 
en enseñar el arte de la guerra á tantos militares que siendo su espa- 
da virgen como la miel de las hormigas, suelen convertirla ensaca- 
corchos? 

A tan hábiles y entendidos caballos no se les manda con el degra- 
dante látigo; obedecen á la voz humana, sin reiterarles el mandato: oir 
y obedecer, esa es su consigna; combatir y no triunfar, ese es su deber; 
morir y no murmurar, tal es su misión; los asaltos los dan ai re- w 
ducto fortificado, nunca á la mesa electoral; son los dragones custodios |l 
del honor patrio, pero jamás los lanceros de la Tesorería. Estos caba- •' 
líos ocurren al reducto al estallar el cañón, y no al pesebre donde se ¡j 
piensa y se dormita. Soldados conocemos que duermen cuando habla 
con su poderosa voz el bronce de las batallas, y que despiertan al re- 
tintín de las copas en el festín de la victoria. ¡Cuan saludable serte [ 
para la Nación si á estos se les educara como á los caballos! ¿No sería 
muy oportuno que se confiara al ilustre profesor la enseñanza de nues- 
tros reclutas? 

VI. 

Ponemos a\ tanto á nuestros lectores de los espectáculos de la Capi- 
tal; no narramos simplemente los hechos sino que deducimos conse- 
cuencias, iniciamos procedimientos, y proponemos mejoras en todo a 
quello que pueden enseñarnos los -ilustrados viajeros. 

Si nuestros Gobiernos, ya el general, ya el ae nuestro Estado, qui- 
sieran confiar al Profesor Bartholornew una pasagera enseñanza para 
los empleados y funcionarios que lo necesiten, daremos un paso gigan- 
tesco en la civilización. Los caballos amaestrados son. una prueba pa- 
tente de lo que es posible hacer con una educación esmerada y oportu- 
na: dan la evidencia del partido que puede sacarse en bien de la huma- 
nidad del talento de los brutos. 



•97. 



LA LINTERNA MÁGICA. 



Los adelantos de la física están alcance de todos; desde Daguerre 
qne hizo del sol un pintor, hasta Edison que hace hablar á los muer- 
tos; desde Sechi que aprisiona la luz hasta Pastear que saca de la rabia 
un antídoto contra la rabia, todos ponen en acción sus facultades para 
sorprender los misterios.de la Naturaleza Otros inventos que se 
relacionan con la física serán más útiles, más trascendentales, pero nin- 
guno tan curioso, tan divertido, que seduzca nuestra vista como 'esas 
linternas que por medio de la luz artificial y con ayuda de un lente, 
reflejan sobre un lienzo blanco, y en formas gigantescas, las diminutas 
figuras pintadas en un vidrio. 

No es esto lo único; nosotros siempre hemos visto que en política se 
agrandan unas figuritas raquíticas, pequeñas, diminutas, que otros ai- 
res y otros climas las regeneran, las engordan y les dan formas corpó- 
reas de grandes dimensiones. 

Con esas linternas.se realiza aquello de m mientras menos bultos, más 
claridad, ti 

Se despeja la atmósfera, y el sol es esplendente, y clara la luz 
de la luna; sin nubes y sin celages podemos ver en los confines del 
Sur celeste alguna estrella que pronto desaparece; ó en otros hori- 
zontes astros simpáticos que brillau si las noches son muy obscuras. 
¿Podrán estas revoluciones diarias relacionarse con algún fenóme- 
no de la física? ¿por qué son simpáticos los astros que aparecen en 
Oriente, y no tanto cuando estoy van á hundirse en su Ocaso? ¿No su- 
cede lo mismo con los hombres astros que aparecen en el firmamento 
de la política? los que vienen mucho tienen qué ofrecer; los que se van 
so llevan las esperanzas: 

Ojalá y hubiera quien quisiera aclarar nuestras dudas. Una lid 
electoral, aunque sea an simulacro de combate, como los ejercicios de 
fuego de los soldados, es una verdadera linterna mágica: estas no sólo l 
reflejan las figuras sino que la ciencia alcanza hasta darles movimiento i 
y animación, haciendo conversiones como la sombra que se aleja, se 1 
disuelve y se trasforma. t 



98. 

¡Maravillas del ingenio, cuánta seduces nuestra imaginación y nos en- 
cantas! 

Allí vemos nn lienzo blanco, y un puntito brillante como estrella de 
sexta magnitud; abrid bien los ojos; no es un sueño, es la realidad; es 
un periódico que se imprime lejos, muy lejos, y viene acercándose á 
nosotros" asegurándonos que se imprime en tal parte, cuando su forma- 
ción est£ mucho más lejos; mirad como crece el núcleo luminoso, y có- 
mo viene bosquejándose una sombra cual feto informe; ¡qué! ¿es un es- 
corpión? ¿qué otra cosa son esos cuernos y esa cola levantada y con lan- 
ceta? Jurad, mirad, ya aclara más; no son cuernos sino orejas; tiene 
cuatro patas y un rabo semi-parado; de sus narices sale un asperjes, 
una ducha, una regadera, y perfuma los aires con un olor á benjuí 
muy pronunciado; nó, no, es una aljaba que contiene flechas y rayos 
contra el Gobierno, y «n su afán de zaherirlo no le concede ni un á- 
tomo de lo que justamente le pertenece; ya aclara la figura porque 
se ha puesto en foco; es un jumento, y en vez de patas ostenta cuatro 
muletillas de palo, una venda y una máscara; desgraciado aquel á quien 
le suministre una coz, porque le hará ver el sol á media noche; no vé 
ni oye porque la venda cubre á la vez los ojos y las orejas; la máscara 
le cubre la parte delantera de la cabeza; ensalsa á sus prohombres 
y lanza un rebuzno. No es anfibio de los que andan, nadan ó navegan 
entre dos aguas; no es un canard que anda, que nada ó oue vuela como 
riLa Hoja suelta;., más claro es su color; mucho más definida es aho- 
ra su figuraos un burro, ó jumento ó asno ó pollino; hace un saludo á 
los espectadores con la cabeza y con el rabo, y lanza otro rebuzno; sal- 
t%.nx> sabemos de donde un muñeco; cámbianse las cabezas; la del bu- 
rro á la de él, y la de éste al pescuezo del pollino; la muchedumbre rié 
y aplaude y no falta quien encuentre al muñeco su parecido con.... solo 

en el cuerpo, pues lo que es la cara ni quien pueda aventurar una 

palabra: ¿para qué es ese misterio si hay libertad de imprenta? los mal- 
hechores son los que asaltan en la encrucijada y con la faz cubierta; lo 
más gracioso es que su contrario también incurre en la falta que le echa 
en cara; es ..La Hoja sueltan que se presenta como adalid, con lanza en 
ristre y la vicera calada ..La cacerola le dice á la olla qué prieta estás vi- 
da mía.. La figura se aleja y se desvanece; ya es una sombra; ya vuel- 
ve; de la barriga de uno y de la cabeza de otro, sale otro embrión; es 
una marmota, un faro; ostenta por un lado un ..Sufragio Libre;. t en el 
otro una espada; en el de más allá un kepí bordado; en el cuarto lado 
un número &: gira la farola un momento sobre su eje, y en esas cuatro 
faces se ostentan un gallo, unas balanzas, un bastón y una perrita pinta 
de negro y blanco. £s un cambio de decoración; esos dignos revelan 
que por arte mágico desaparecen unas figuras y aparecen otras. 

Un viagero al comunicar sus impresiones, seguramente soñaba cuan- 
do dice á sub lectores que echó su ratito de siesta, y fué al jardín donde 
vid desfilar el gallo de los electores; todavía no abandonaba los boste- 
zos ni se limpiaba los ojos de las excrecencias que hace producir el sne. 
ño, cuando vio unos muchachos que seguían á un payaso en el convite de 



99. 

an tomatas (serían acróbatas.) Pues señores; ¡vaya un gallo! y nosotros que 
afirmábamos era un gallo(?) giro, rollizo y valiente,y ahora salimos con 
que se parecía al galío pitagórico cuando salió del infierno, flaco y pe- 
lón, ostentando sólo una pluma en la cola: la música no le gustó al i- 
lustre viajero. Se infiere que el articulista no se ocupó en leer la carta 
que de aquíie remitieron, y se ha lucido. 

Nosotros celebramos que el candidato sea aceptado^ pero hasta hoy 
Inose sienten los trabajos electorales de ese círpuío; muy digno es el 
designado de esos honores, pero hasta ahora se cubre esta candidatura 
con el velo del misterio; sus amigos respondían á nuestras indagacio- 
j nes con un guiño de ojo y con suaves presiones en nuestras débiles ma- 
nos; nosotros estábamos corno tonto en vísperas, esperando su santo ad- 
venimiento; pero el eclipse del derrotado, su abnegación, su heroico 
sacrificio, al desaparecer de la escena, deja paso á lá luz para que en la 
mágica linterna se proyecte en- su lugar una nueva figura; lo hemos di- 
cho; mientras menos bultos más claridad. 

Y nosotros nadando siempre entre dos aguas; entre el agua dulce y 
el agua salada. ¡Qué va á ser de nosotros en* el día del triunfo! nos 
quedaremos como el perro de las dos bodas según dice el vulgo. 

Ya tenemos otra figura en el lienzo blanco; es un Presidente que ca- 
yéndose de risa les juega el dedo en la boca a tantos y á tontos, para 
I soltarlos descolados; ya se aleja la sombra y 6e desvanece. ¡Dios tíos 
tenga de su santa mano! es un huevo el que se percibe, lustroso, diáfa- 
no, de forma gigantesca, como el del Roe de las mil y una noches; lo 
empolla el Ministerio, y se percibe el movimiento de un nuevo ser; son 
dos pollitos que pronto van á piar: ya percibimos sus dos cabezas; tie- 
nen aun cerrados los párpados, pero los dos usan anteojos," tienen bigo- 
| tes encerados; uno representaáun candidato; otro al funcionario salien- 
te: gemelos de un mismo vientre, uno tiene que morir; pero el primero 
que salgn romperá el cascarón. Quizá no vendrá el ángel extermina- 
dor como ave B de rapiña y se arrebate á los dos pollitos, aun cuando se 
guarezcan del peligro bajo las alas de su amorosa madre. Rogad al cié 
lo ¡oh viejecitas santurronas que aun teneisj fe* en que Dios escucha 
vuestras plegarias! rogadle, sí, que vaya arrojando con su Mano' Pode- 
rosa al agua á tantos moros que están enfilados. Quizás se realice aquí 
otra nueva catástrofe como aquella que debe.haber dado su nombre á 
una población ds nuestra patria Matamoros. 

¿Cuando sería esa espantosa mortandad de moros que la historia no 
refiere? Ah! yo creo despejar la incógnita; la catástrofe fué mata-mo- 
ros de azúcar. 

La linterna no se apaga todavía, Dios sólo sabe si de aquí á tres me- 
ses habrá cambios; si se destacarán en el foco de esa linterna mágica o- 
tras figuras nuevas que á todos nos dejen con un palmo de narices. 



100. 



ESCÁNDALO? ¿POR QUÉ? 



Denuncia i.La Instrucción del Pueblo»! un hecho que malísimaraente 
interpreta. Dice así: 

ESCÁNDALO. — El Sr. N. y la Srita. B. se presentaron ante el Juez 
civil (?) para contraer matrimonio: pasaron las formalidades civiles, y sin 
mas ni más el Sr. N. quiso llevarse á su casa á la Srita. B., como si ya 
estuvieran casados; mas la citada Srita. que no estaba por ser su concu- 
bina, se negó á «lio, -exigiendo como debía, la celebración del matrimo- 
nio ante la única autoridad que podía legitimarlo. Mientras aquel Sr. 
tomaba alguna resolución, la Srita. quiso permanecer en la casa cu ral 
de la Asunción. 

¡Bien por Ja Srita. Bln 

¿Tunca hubiér&mos pensado que un periódico de ilustración, y ade- 
míts, religioso desde la coronilla hasta el rabo (pues tienen rabp susa- 
preciaciones) diera el nombre de escándalo á eso de quela Srita. B. qui- 
siera casarse católicamente con el Sr. N., y á que la esposa se haya de- 
positado en . la casa del Sr.'Cura. Esto se infiere de la redacción del 
párrafo, con más que no se presentaron ante el Juez civil sino ante el 
Juez de! Estado Civil, que tiene atribuciones enteramente distintas del 
primero. 

Nosotros creemos que el hecho de depositar h la consorte en la casa 
de una persona respetable y al lado de señoras que son modelo de vir- 
tud y de moralidad, no debe calificarse de escandaloso. Con frecuen- 
cia vemos casos idénticos en los pueblos rabones y no hemos notado 
que la sociedad se escandalice. Los padres de la consorte, si se los con- 
serva el cielo, deben tener, como es justo que tengan, una confianza ili- 
mitada en la casa cural. - El marido, que ya lo era, es el único que de- 
bió resolver el caso, puesto que,cada cual tiene el derecho de disponer 
como quiera de lo que le pertenece. 

Si examinamos detenidamente la conducta de la Srita. B y la del 

Sr. N. . . . las encontraremos dignas de elogio; mientras que nuestro co- 
lega la vitupera como escandalosas. 

Acaso quizo dar el nombre de escándalo á la pretensión del marido 
que era llevarse a la esposa; pero el articulista no supo aplicar la califi- 
ción y escribió otra cosa distinta 

Una vez casadospor locivil¿qué otracosa les restabahacer á losdos.... 
concúbitos, sino retirarse del Juzgado del Estado civil ? ¿hubiera sido cuer- 
do, prudente y moralizador que el esposo dejara á su esposa e$ poder 
de moros? adviértase que un día, una hora, tres minutos, son suficien- 



101 

tes para que las lenguas viperinas dieran una relamida, aun cuando no 
fuera más que por aquello de entre santa y santo, pared de caty canto, 
— Téngase presente que habían de trascurrir algunos días para que se 
celebrara un matrimonio según las prescripciones üel cultof católico. 
;Ay! la malicia humana forja su Gran Galeoto, y hasta nuestro colega 
jí califica de escándate lodo lo acontecido, incluso el acto postrero del cu- 
rita civil en que, poniendo una carita medio-séria, medio-risueña, me- 
dio-picaresca y maliciosa, pronunciaba las palabras sacrosantas de 
l \ ucreced y multiplicaos,» y .aquellas otras que por mandato de la ley 
! deben de decirse k los cónyuges: ocurrid á que os bendigan los minie- 
,; tros de vuestro culto. 

ií Pero en el caso presente, eljcolega que al pueblo instruye, sólo tiene 
'! un aplauso'para la consorte cuando dice con énfasis: n¡Bién por la seño- 
rita B!„ 

;: Aquí hace sus ejeic icios acrobáticos: parece que su nave está anclada 
|¡ entre la vorágine del fanatismo y la mansa corriente de la civilización: 
| ¿no quiere Su Caridad ensayar un paso gimnástico en el camino del 
|¡ progreso? Anímese nuestro colega y le pondremos unas andaderas. 
¡Entre paréntesis; ¿no teme nLa Instrucción que su aliada uLa Linter- 
1 na de Diógenesn le alumbre el camino de la gramática castellana como 
:á nosotros, porque escribe señor «y señorita con S mayúscula?. . . .¡Ah! 
¡no recordábamos que los tiburones no se tiran mordiscos. 
j Ha hecho muy bien la Sríta. B. en solicitar á continuación las bendi- 
ciones del ministro de su culto; pero esta sensatez no es exclusivamen- 
te suya; ¿ningún elogio merece el Sr. N. por 3er consecuente, religioso, 
decente, caballero, buen ciudadano, observante de los preceptos de Dios, 
; respetuoso á los mandatos del César y obediente aun á las. ley es de las 
autoridades gentílicas, como prescribe Jesucristo? 

Pues en este caso ¿por qué se escandaliza el colega instructor del pue- 
blo si aspiran uno y otro consorte á unirse con el lazo eclesiástico, ya 
que el civil está perfectamente anudado de tal modo que nadie podrá j 
desbaratarlo? | 

Si «El Fandangon hubiera escrito ese párrafo, levantaría el coleguita 
tal polvareda contra nosotros que no nos bajaría de impíos, inmorales, he- j 
rejes, calumniadores, maliciosos. . . .¡la mar! Y sólo á nosotros se nos 
obsequia con el dictado <de tontos, con el anatema de impíos, con la no- 
ta de burlones y con el apodo de maliciosos! ¡Cuan cierto es que ni es- 
tán todos los que son, ni son todos los que están, como decía un loco! 

Nuestro ilustrado colega cree con fe reverente y ciega que el lazo 
conyugal, si no es recibido y administrado como Sacramento, no es ma- 
trimonio, ni válido, ni moral, sino solo un concubinato. Dios haga á 
sus redactores unos santos, pero sin obligarlos á pasar antes por el 
Limbo! 

Discurramos; raciocinemos. 

(Podrá ser que los Sres. redactores del ilustrado periódico que al pue- 
blo instruye sepan que en el Universo hay distintas religiones, y de 
consiguiente, hombres que las profesan; sabrá también que en México 
se sancionó la ley sobre tolerancia civil como una exigencia de la civi- 



102. 



Uzación; también suponemos que habrá leído que en tiempos pasados 
loe gentiles y paganos celebraban matrimonios desde la prostitución re- 
ligiosa de éstos, hasta los desposorios de los judíos; desde la ley natu- 
ral hasta la venida del Mesías; que los hubo como contrato después que 
Jesucristo instituyó el Sacramento de] matrimonio. Este doble lazo se 
forjó siempre entre los cristianos, pues entonces no había entre ellos las 
divisiones que hoy existen. £1 soberano facultó" á I03 curas de almas 
para que, al ministrar el matrimonio Sacramental, forjaran ó hicieran 
el matrimonio contrato. De allí viene el nombre de notario ante quién se 
preparan 1^ diligencias matrimoniales eclesiásticas. Después el Soberano 
retiró la facultad de hacer contratos, y ha nombrado sus notarios, en lo 
cual ha obrado en su más perfecto derecho, sin usurpar á nadie sus a- 
tribuciones. 

En los países intolerantes que son católicos podría pasar ese con- 
sorcio de los dos matrimonios; pero en los que sanciona la ley como o- 
bligatoria de tolerar todas las religiones, es una necesidad que el con- 
trato esté enteramente separado de la ingerencia de toda secta religio- 
sa. El error gravísimo del periódico que se propone instruir al pueblo 
consiste en creer, que el matrimonio civil debe tener la fuerza y santi- 
dad de Sacramento, y que el matrimonio religioso debe de tener la 
fuerza y el vigor jurídico y social del contrato. Cada une en su esfera 
tiene su razón de ser si existe el derecho de dirijirse á Dios por los me- 
dios que cada ciudadano elija. 

Si un budista quiere contraer matrimonio con una^udia, ¿ante quién 
se celebra? ¿quién le dá títulos de validez y de legitimidad? ¿quién vi- 
gila que se haga conforme á los ritos de la religión de los contrayentes? 
El Gobierno, qué es el guardián, el vigilante y el responsable de hacer 
observar la moralidad y la moral, no podrá tener tantos ministros co- 
mo religiones existan y puedan fundarse: ¿cómo podría casar á dos sé- 
res de religiones disímiles y que tal vez tienen por, base otra moral que 
no es la moral de Jesucristo? y sin embargo, unos y otros pdeden venir 
á nuestro país y unirse en matrimonio. De aquí nace la necesidad de 
instituir el contrato matrimonial en nuestra patria como lo,lfen institui- 
do los países civilizados que también son cristianos y catóHcos. 

Si el periódico tantas veces citado, que toma sobre sus hombros débi- 
les instruir al pueblo, reflexionara sobre estos punto*, no consideraría 
'escandaloso que dos cónyuges quisieran unirse sacramentalmente cuan- 
do lo han hecho ya coniforme á la ley civil. No nos alegue que el ma- 
trimonio que se celebra sin las prescripciones católicas es irrito por 
que esto se refiere al Sacramento y no al contrato. No comprendemos 
sino de esta manera el que haya rotulado su párrafo con el calificativo 
general de escándalo, abrazando todos los puntos de que trata. 

Nos dice el periódico que Ja Srita. B. dijo á su -.esposo que no quería 
ser su concubina con sólo la sanción de la ley civil. , ¡Pobrecita! ¡cuánto 
la compadecemos, porque no sabe lo que hace ni lo que dice! ¿Qué ha- 
ría esa inocente paloma si su pichen se trasf orinara ahora en gavilán? 

¿Si hoy le dijera éste con la autoridad marital »no quiero casarme 

] ya en otra vía; sigúeme porque eres mi muger legítima?» Entonces ni 



x f 



103. 



las predicaciones del párroco, ni las observaciones periodísticas que tra- 
tan de instruir al pueblo, ni la uncirá religiosa de los predicadores, ni 
los anatemas de la sociedad nutrida con la moral cristiana, tendrían 
fuerza suficiente para sustraerla de las garras del ave de rapiña que es- 
tá protegida por la ley, sin que antes se promueva un juicio de divor- 
; ció y cuyo pedimento fuera randado. 

Si el Sr. N. consiente en casarse según la Iglesia católica, él, más que 
ella, merece el incienso del periódico, porque él rinde homenaje de res- 
petó á sus creencias y á las de su esposa, puesto que á su arbitrio está 
ya, y no al ¿Te ella, fecorrer uüo'sólo 6 los dos caminos Tjufc conducen al 
matrimonio. Hoy ño tef queda más recurso que obedecer á su marido. 

Contra la caliticacióuu^pe hace ..La Instrucción del Pueblon protes- 
tamos á nombre de la rW^ión, 'de la sociedad sensata, cte la ley de tole- 
rancia civil, de la civilización y del buen sentido. Protest-amos contra 
la difamante calificación cañcubinarta que dice ese periódico hace la 
señora B. (y no séflorita^de. la ley que le concede derechos civiles y ga- 
rantías de esposa y- de madre, y á dos hijos de llegar honrosamente su 
nombre y de heredar sus » bienes. 

Nosotros aconsejamos á'Ios cónyuges que, no obstante la indisolubi- 
lidad del matrimonio civil, su validez y la protección que concede á la 
mujer, se casen también conforme á las prescripciones de su culto, sin 
atender á las declamaciones de quien los llama escandaloso*. 

£1 Gobierno del Estado, el Juez del Estado civil, el cura y los casa- 
dos civilmente, deben esta» agradecidos á los ilustrados redactores de 
m La Instrucción del Pueblo., parque los declara correveidile*, y alas 
esposas concubinas. 

¡Hasta dónde pueden liegar los hombre» gor ms letras! 




104. 



"LA VOZ DEL PUEBLO." 



Este periódico hace la postulación que le faltaba de los diputados 
suplentes, y del Tribunal, en uno ele sus números anteriores. Nos ba 
hecho reir la ocurrencia, y más nos ba caido en gracia que el partido 
de las caretas y de las hojas secas llora y lamenta sus negras desdichas. 

El partido contrario no lucha en la elección; sus razones tendrá; pero 
al levantar el vuelo no quiso quedarse con sus gastos hechos; y ya que 
no se sentó á la mesa con sus adeptos, se conforma con mandarles el me- 
nú de su mesa para que sepan que se preparaban magníficos pasteles 
trufados que habían de haber saboreado hasta lamerse los bigotes los 
santos de la devoción. ¡De lo que se les privó á los angelitos! Hoy sólo 
pueden decir los partidarios á sus amigos, con lágrimas en los ojos, que 
eran buenas sus intenciones y magníticos sus deseos. Hubo un tiempo 
en que un señor tenia preparado un discurso encomiastiquísimo para un 
elevado ciudadano de quién se esperaban grandes beneficios, pero que 
por enfermedad ú otros motivo no tuvo lugar en la fiesta; en su afán de 
lucir su chirumen mandó imprimirlo con una carátula que decía: "Dis- 
curso quH debió haber pronunciado su autor en tal fiesta, pero que no se 
lo dijo á su Excelencia por un fuerte catarro que al autor le sobrevino. 

Además, ese partido ha ido á meter su hoz en mies agena, anda bus- 
cando el sesgo á la fortuna en otros establos. ¡Pues no le ocurrió pos 
tular á D. Fulano que es gallo del círculo contrario! razón tienen los 
adversarios en coger del faldón á su magistrado y decir con voz esten- 
tórea: 

— ^Que se lo llevan! ¡auxilio! ¡que lo encajonan! ¡que nos lo arrebatan! 
¡piedad! ¡socorro! 

Y el Sr. magistrado abría los ojos, no alcanzaba resuello y piaba con 
horror al verse entre las garras de semejantes gavilanes; él que es una 
linda paloma. 

Se encomendó á toda la corte celestial y lo soltaron, sí "pero después 
de haber hecho un esfuerzo y soltado una pluma de la cola. 

¡¡Con el susto se conforman!! Ahí está su licenciado y no lo dejen 
desvalagarse del redil, porque si se descuidan puede arrebatarlo una á- 
guila capdal. 



u . 



105. 



TÍTERES. 

Primera función dedicada al respetable público- . 

La escena pasa'en todas partes. 

Representación de varios actos de los funcionarios pútlicos que 
podrán arder en un candil y servir de apuntes 
para la historia contemporánea. 

PRIMERA TANDA. 

Escena I. • . * 

Aparece el padre Campamocha con el bonete calado hasta los ojos; 
trae en la mano un hisopo y canta en tono de vísperas. 

-riQori, Gori! 

Titiritero. — Padrecito ¿qué anda haciendo su parternidad por estos 
sitios? • • 

Padre. — jAy, hijo de mi alm#! voy á echar un responso por un cris- 
tiano que está en agonía. * 

Titiritero. — Déjese usted de responsos y póngase á rezar el rosario. 

Padre. — (Cantando.) Pater noster! 

Titiritero.,— Esplíquese su paternidad ¿quién es ese cristiano que es- 
tá en agonía? 

Padre. — El Gobernador del Estado; todos pronostican ser muerte 
política. 

# Titiritero.- -i Ave María Purísima! ¿pero que le ha sucedido á Su Ex- 
celencia? 

Padre./— Que se le declaró la hidropesía: los médicos lo han desahucia- 
do ya; de esta hecha se marcha á tomar el último té al celeste imperio; 
figúrate, hijo, que ya no tiene pulsos; le palpita muy recio el corazón, y 
después de tanta fatiga no lo deja la tos. ¡ Ay compadre de mi ánima! 



106. 

le digo á usted que los habitantes del Estado están sin consuelo y ya 
no encuentran en donde echar congojas. ¡Gori Geri! 

titiritero. — ¡Con razón! 

Padre.— x¡Pater noster! — Sus amigos y partidarios tío cesan de llorar, 
y están para volverse locos; á los empleados le ha pegado un patatús, 
y algunos hacen penitencia para desgraviar á Dios. Otros, sin- esperan- 
za, e¿tán formando ya la loza funeraria. * 

Titiritero. — Padrecito, ¿no habrá esperanza de vida para el señor Go- 
bernador? 

Padre.— El doctor Guadaña, que no se separa de su cabecera, después 
de examinarle la pupila del ojo izquierdo, dice que sólo las medicinas 
enérgicas podrían salvarlo: ya piensa abandonar el jarabito de goma y 
los sinapismos y quiere recurrir al cauterio, Uno de sus adversarios, 
que funge de farmacéutico, está formando un caustico de seis pliegos 
que le ampollará desde el cerebro hasta más abajo de las pantorrillas: 
otro le ha preparado un brebaje muy amargo que se lo tragará cerran- 
do los ojos y sin tomarle sabor. Otro farmacéutico le preparó dos pil- 
doras de acíbar, perfectamente doradas, que apenas pudieron pasar por 
sus anchas tragaderas. Todo ha sido inútil y si Dios no lo remedia, se 
nos muere al lanzar un estornudo. ¡Gori Gori! 

^-(Suena una campana) tfn! tín! 

Padre./— Agonías! Ya lo miro en mi fantasía abrir la boca, y no es- 
¿x¿r<* á su lado ni uno solo de sus amigas que le diga un ¡Jesús te valga 
-«tín tín Itín ! 

Titiritero. — Padrecito ¡cómo no vaya á sanar el agonizante! mire su 
paternidad que ha hab oo ejemplos. ... 

Padre. — 'No tenga usted cuidado, señor titiritero; más remedio tiene 
un lazarino! 

Titiritero. — Y si cual otro Lázaro resucita al tercero día entre los di- 
funtos? Acuérdese su paternidad de aquel cuentecito. ¿No lo sabe su 
paternidad? pues escuche. 

Un ntarido, que martirizaba muy seguido á su mujer, se enfermó y lo 
ñió un parasismo; la consorte, creyéndqlo muerto, lo mandó al campo- 
santo; pero cuando los cargadores lo llevaban, y al pasar por lo bajo de 
un guayabo, el marido se sentó y con ahinco decía. 

* — Hombres! hombres! nome lleven, que estoy vivo: Los cargadores, 
que oyeron declarar á los médicos que el enfermo estaba muerto, es- 
clamaron. ¡Acuéstese, mameluco! 3ra quiere este saber más que loa 
doctores. Al fin, volvieron con el muerto resucitado á la casa. La es- 
posa miraba al porvenir, obtuvo la convicción de que si aquel árbol tenía 
la virtud de producir guayabas, tenia también la de resucitar muertos; 
se sometió á su destino y tuvo que soportar nuevos maltratos. Como 
el marido no debía ser eterno, murió verdaderamente y al llevarlo á se- 
pultar esclamaba la esposa con decidido empeño -»«por Dios, que no 

lo pasen por el guayabate. »- ¿No cree su reverencia en la resurrección 
de los muertos? 



107. 

Padre. — Chitón (esclamó enfadado'el padre) tres veces he comenzado 
mi responso y otras tantas me lo han interrumpido. 
— Tin^lón-tin-tlén. • 

Padre. — Ay! ay! ay! • 

Titiritero.r-¿Qué tiene su paternidad que dá semejantes gritos? 
Padre.— xQue su Excelencia ha muerto y yo no he resado mi respon- 
so. No me interrumpan, no me interrumpan, no me interrumpan. Go- 
ri, Gori 

El padreCampamocha cayó de rodillas'hasta el suelo: después de ha- 
ber orado un rato, dirigió su vista al cielo y á Dios la siguiente depre- 
cación. 

Dios* compasivo,^ Dios4>ueno, 
Allá te vá un pecador; 
Recíbelo con amor 
Por tu bondad en tu seno. 
Fué gobernante sereno 
T tuvo resolución 
De fusilar á Patrón; 
Puesto que ya se nos fué 
Desde aquí le mandaré 
Mi paternal bendición. 
Gori! Gori! 

ESCENA II. 

La escena pasa en un panteón. * Se miran tumbas esparcidas por to- 

spartes, y esqueletos que bailan al compás de una música fúnebre. 

Titiritero./— Salga su paternidad, que el público está impacien^. 

Padre.*— (Saltando á la escena) ay ay ay ayl 

Titiritero.— sSalude su paternidad á la concurrencia, y platñjueles lo 
que su paternidad sepa de nuevo. 

Padrea—Estoy con el alma traspasada de dolor, la ciudad está de lu 
to. . . .¡qué veoí ¡qué es lo que se presenta ante mis ojos! ;qué sitio es 
este! 

Titiritero.— vEste es el panteón del olvido; aquí se sepultan á los 

hombres publicóse ilustres que han muerto para la política.- Esos 

sepulcros los ha elevado el buen sentido; ese mausoleo que está en pri- 

m«r término es el del general Comonfort, lea su paternidad ese epitafio. 

(El padre lee.) 

Aquí, á un patriota ilustrado 
condujo su mala suerte, 
pues le ocasignó la muerte* 
un resbalón malhadado 
llamado golpe de Estado. 

Titiritero.,— Aquel otro sepulcro es el de D. Manuel Mam de Zama- 
cona; los artesanos de México, como una muestra de agrad imiento, lo 



108. 

^ adornan con frecuencia; su cuerpo no está inerte; algunas veces se 

^ reanima al toque de la vara mágica de D. Manuel Doblado. Ese otro 

i ¿no lo reconoce su paternidad? es el del general Félix Zuloaga^ 
* radre. — ¿Por qué se encuentra floja la loza que cubre su mortalidad? 
Titiritero. -^Porque se reanima ca<ja vez que t>yc sonar el clarín del 
General Miramón. Le parece que ésta es la trompeta de San Geróni- 
mo que toca á juicio, y se desatina por salir del olvido. 

(Una campana toca rogativa; el Padre Campamocha se para en la 
punta de los dedos de los pies para ver que por la calle es conducido un 
féretro al cementerio.) 

Titiritero./— ¿Qué distingue su paternidad? 

Padre. — El cadáver de\ Sr. Gobernador que lo traen al panteón del 
olvido: lo acompañan sus amigos y sus cómplices con semblante triste 
é hinchados de llorar sus ojos. Atrás viene su digno secretario que 
era como quién dice, el macho cerril que el caporal gineteaba, apretán- 
dose de angustia las manos. * 

Titiritero.— -^ Qué mira su paternidad en aquel balcón? 
Padre.— n Ahí están dos víctimas de su Excelencia, contentos como 
unas pascuas, mirando el cortejo y diciendo con alegría 
Aunque la risa nos mate 
suplicaremos los dos, . 
que no lo pasen, por Dios, 
muy cerca del ¿mayábate. 
Titiritero. — Y alláá lo lejos ¿que mira su paternidad? ' 

Padre.— sLos habitantes de dos pueblos vecinos que vienen en tropel 
á mostrar su gratitud al eminente Gobernador, porque en cambio de 
préstamos y contribuciones les mandó beneficios inmensos con sólo ^ 
hecho de decretar que esas poblaciones se elevaran al rango de ciuda™ 
y cambiaran su antiguo nombre por otro más«eufónico. 

Titiritero. — Y ese señor que camina muy espacio ¿lo conoce su pa- 
ternidad? 

Padre. — Es uno de los propietarios heridos por la ley agraria que 
trae la lápida para el sepulcro: ,qué veo! el epitafiio que los ratones pu- 
sieron al gato; dice así: 

¡Oh tú! caminante, advierte, 
y ten por cosa sabida, 
que al que hizo mal en la vida 
no hay quien le llore en la muerte. 
(El maestro de los títeres levantó con garbo su muñeco.) • 

KSCENA III. 

Suena la campanilla y se levanta el Ifelón. 

Titiritero. — Atizador! atizador! alumbre vd. bien el escenario para 
que el público vea con claridad lo que vá á pasar, pues hay cosas gran- 
des y maravillosas. 

Tilín tilín. 



1Q9. 

Señ<ir D. Juan Panadero, caballero gran cruz de la nacional y extin- 
guida órdon de Guadalupe, diopóngase U. á salir a la escena; venga U. 
á dar algunas noticias. 

Panadero — Dios'me libre, Dios me libre. 

Titiritero. — ¡Qué! ¿renuencias^ ¿no vé U. que estamos comprometi- 
dos ante el respetable público? . %> 

Panadero. — Están las cosas muy delicadas; yo he de decir la verdad 
más calva quo la cabeza de San Podro; y por allí está el Juez de letras 
que puede darme un bastonazo. 

Titiritero.— ^Qué pusilánime es U.! Ahí está el Tribunal de Justicia 
y el Congreso para que nos ampare. 

Panadero.— ^ No no no no no no; El Padre Campamocha me aconseja 
la prudencia, pues á nuestro intérprete el Sr. Buscapiés le han dado un 
j&que que ya se muere del sofocón. Bien merecido se lo tiene por an- 
dar revelando las habladurías de su paternidad. 

Titiritero. -^Basta de disputas; .salga U. como se lo mando, si no 

quiere 

Panadero.— Yo no quiero; tú no quieres; aquel no quiere; nosotros no 

querernos; vosotros 

Tifíriiero.^— Pues lo voy á sacar á U. 
PanaderOrf^(Viniendo á la escena.) Ay *ay ay ay. 
Titiritero.— ^Enjugue ü. esas lágrimas y haga vd. al público genu- 
flexiones como las que hacen los Diputados al Sr. Presidente cuando 
van á recibir la consigna. 

Panadero. — ¡Oh público! aunque te enfades 
escucharás necedades; 
« unas dulces cual la miel, 
otras amargas cual hiél, 
porque al fin serán verdades. 

Mas si quiere algún simplón 
castigarme con el agua, 
le aconsejo al muy bribón 
aplique á mi resbalón * 

la ley de Pepe Laf ragua* 

Titiritero.-^Bién, bien; la ley de imprenta del Sr. Lafragua. La po- 
lítica ©cupará nuestra atención: expliqúese vd. con franqueza y satisfa- 
ga nuestra curiosidad. Ud., que es caballero gran cruz, deberá estar 
bien informado de lo que pasa en las altas regiones d *a política. 

Panadero.— N Traigo aquí varios«periódicos: he aquí i»El Constitucio- 
nal rt que es muy previsor y tiene muy cerca las creederas; tiene sus 
pun titas de candoroso. Dice que le dijeron, que el otro dijo, que el 
Sr. Ministro había dicho que el Ejecutivo se oponía á la reunión del 
Congreso, . 

Titiritero. — ;Oh crimen de lesa credulidad! ¡oh fragilidad constitución 
nall y los candidos redactores no dieron un soplamocos al calumniador. 

Tiran la piedín y esconden la mano ¿y qjié deduce el Ministerio de 
esas habladuríasí . ^ 



1U). 

Panadero. — Que los descontentos del Gobierno, para quienes la paz 
es una tortura, quieren complicar la situación. 

Titiritero.^— Pero ú estamos mirando al Diputado Ganzúa. ... es un 
lorito parlamentario que no hay cosa contra el Gobierno en que no me- 
ta su cuchara: pero será mejor que yo me calle. ¿Qué otras noticias 
trae ese periódico? • 

Panadero. — (Leyendo.) ¡Ladrones!,— Esto ha de estar muy bueno 
cualido tiEl Constitucional 11 se ocupa de ellos, (leyendo.) nEsta plaga se 
multiplica por todas partean,— ¡Huuum! eso ya lo sabíamos sin necesi- 
dad de que »E1 Constitucional n lo confírmala: se repite la noticia en 
todos los círculos, y vamos, que no hemos entrado k la Tesorería, (le- 
yendo.) Es preciso que el Gobierno los mande perseguir, aprehender y 
fusilar. 

Titiritero.,— ¿Será posible que ese periódico sea el primero que ñas 
advierta el remedio? El poder del Gobierno no es el poder de Dios. — 
u Hágase la luz y la luz fué hecha.» 

Panadero.— tjHuy! huy! huy! Dios"santo, santo, santo; señor de los 
desamparados; consuelo de los afiijidos; esperanza de los mártires! la 
misma cantinela, (lee) Cerreos D& Batoeégache nos avisan que se extra- 
vió un número de nuestro periódico, y que recibieron los demás con o- 
cho días de atrazo.— Aquí se habla de violación de la correspondencia el 
trueno gordo: ay! que me caigo de rÍ3a. 

Titiritero.^— Atizador, atizador, alumbre U. bien la escena 

Lea U., lea U. y satisfaga la curiosidad del público. 

Panadero.— (Leyendo.) Un joven de buen humor intentó una tra- 
vesura para desviar las pesquizas de la policía; forjó una fábula; escri- 
bió á un su amigo que una persona k quien la policía buscaba estaba 
oculto en tal casa. Puso la carta en el correo y no llega á su destino, 
pero sf la polc ía ocurrió á catear el escondite, n —Concerté U. esas me- 
didas, señor titiritero. 

Titiritero. — Es claro; el amigo dio aviso á la policía: no se infiere que 
haya tal violación. 

Panadero. — Si la carta no la recibió el amigo. 

Titiritero./— Siga vd.- leyendo. 

Panadero.— >Aquí está una admonición contra los redactores de tiLa 
Cotorra, (lee.) 

Cotbrrico, mendorico, 

p, ¿quién te dio tan grande pico? 

mi Señor Jesucristo 

te lo ha dado por lo visto; 

tú que vas, tu que vienes, 

Íj en elogiar te entretienes 
os abusos del poder, 
* que te vayas á esconder 
con la chata narivata 
te manda t.La Serénate" 
tiéndehvel ala también 
* y k todos di nos. . . . ¡amén! 



111- . 

«(Al público.) Perdonad y haced justicia. El redactor dh 1 1 La Coto- 
rra» tíene queelogiar al Padre nuestro que le dá el pan M cada dia, 
para que pueda decir primeramente dánosle hoy y después santificado 
sea tu nombre. 

Titiritera. — ¿Qué es 1q que U. está refunfuñando? ¿no tiene 17. mie- 
do al fiscal de imprenta, ó al rígido bastón gubernil? Vamos, entre U. 
para que siga el cuadro segundo; ¿notobedece U. mis ordenes? 

Panadero.— Yo obedezco; tu obedeces; aquel obedece; nosotros 

Titiritero — Pronto, pronto. 

Panadero. — jAy ay ay ay! 

Cae el telón. Ruidosos aplausos' de unos; silvidos penetrantes de o- 
tros/ Cierra» la escena una estridente carcajada del público ilustrado. 



SEGUNDA FUNCIÓN 

DEDICADA Á LOS FUNCIONARIOS PÚBLICOS. 

AVISO. * 

Publico indulgente y respetable. La función que yá ¿ tener lugar es 
muytinocente, v por lo mismo digna de la inocencia de las personas be- 
neficiadas con la dedicatoria. 

Venid á ver las habladurías de nuestros muñecos; las agudezas 4el 
negrito, las indirectas de Juan Panadero, y las admoniciones morales y 
filosóficas del padre Tequezquite. — Admirareis también la habilidad au- 
tomática del titiritero mayor, que por medio de pitas invisibles dá á 
los autómatas movimientos fáciles, gesticulaciones naturales, y actitu 
des convenientes, como la de los diputados de la Legislatura; oid, sobre 
todo, su chirumen, y su vocalización clara y precisa. Con la ayuda de 
Dios, os presentará la verdad con sus ricos atavíos. Venid, público res- 
petable, y os desternillareis de risa. Pagas, las de costumbre. Asisten- 
cia muy temprano. « 

ISCENA i. 

« 

La orquesta toca la rumbosa sinfonía, titulada: ^Lágrimas del coco- 
drilo» compuesta expresamente para tocarse en esta función por los 
saltimbanquis que prestaron la protesta. 

Tilín, tilín. — Arriba el telón.,— Atice XJ. bien las cazolejas para que 
la escena no esté en tinieblas como el programa y la política del Go< 
bierno. m 

£1 escenario representa el interior de palacio. Registro de vocaliza- 
ción pitética por el titiritero mayor. Allá vá. 

Turrí, turrí, turrititití. 

Titiritero. — Vamos á ver negrito; venga U. a divertir al respetable 
público, y á mostrarle sus habilidades. . . .¿qué no quiere U. salir? está 



. 112. 

U. remiso como el tribunal de Circuito cuando trata de la acusación 
contra sus amigos, ¿ se calla U. y no contesta? ¿duerme U. como el A- 
yuntauíiento nuevo? 

Negrito. — Huy! huy! hoy! j 

Estoy mediu durmidu y no soy sonámbulo; esta gracia la Cieñe solu la 
Legislatuda qui pretende llevar anti el juez de Distritu á los amigus; es- ,j 
tan suñanchí. * 

-*- Venga usted acá, negrito, no sea usted insubordinado; muy posi- 
ble es que yo lo v»ya á sacar del copete; lo va usted á ver. 

— Siñó titiditedu, dejiusté á pobe negó: no viuzté que muy bié pu¿ 
sucede quil cabu de zedenuz li dé urtu baztu-nazir pu jabladod. 

— ¡Saliera usted ahora con eso, negrito de mi alma! ¿qué» nos impor- 
tan el cabo de serenos ni el bastonazo? — Vamos, negrito, venga usted 
acáaaa. — Ay ay ay ay ay. 

-^Salude usted al público; quítese ese sombrero, y no ponga usted e- 
sa cara. {El negrito con el sombrero en la mano hace mil caravanas.) 

-*- Vamos, platique usted que £s lo que ha pasado. 

•^-Istuve in il salun dil gubiernu cuandu va llegandu el jefe políti- 
cu muy asuradu. 

-Míuy azorado? bien, y qué decía? 

-^De%a: zeñod, zeñod, me quieden quitad mi bastun de burlas. 

-^-¿De burlase de borlas? hable usted claro. 

-^vDe booorlas.->^-Luego llegó otro siñor diciendu: umis vacas, mis va- 
cas, mis vacas^ siñod Gubednadod; mi las quieden echad donde nG hay 
alumbradu Yo le digo á uesencia que en mi curral no hay alumbra- 
du; el alumbradu esta por fuera del curral. 

-Miién, dijo el Gobierno; entonces no le alcanza la prohibición á mi 
querido Chelinu. m 

-MJién, muy bien; ¿y después? 

-^El curunel de los suJdaus llegó bufandu y diciendu: <tcon permiso' 
diuzté, yo le metu lispada la metralla-dura.n 

— A la Ametralladora? ¿eh? 

-^Después diciendu: ndéjemiuzté echarle la Bruma al Cascabel y laj 
metralla-dura, que ya está impresa.fi .; 

^-Ah! uLa Bromau uLa Broma>u periodiquito ¿y qué decía su és-lj 
celencia, negrito? i] 

-^-Se ria y se afretaba las majíus; á todus les decía que si Jay-jay jj 
jay . ... que siñú gubednadod tfrn chistosu; yo mi*puse á rir. ! 

-^-¿Conque á todas les decía íjue sü bién,_esa es su costumbre; apre- • 
tarse las manos y decir que si á todo. 

-MSse se dá su moditu y seáca. 

-^ Vamos á ver negrito ; podrá U. cantar unas glosas? ¿está U. de vena? | 

r-Sí señó; k todas hodas estoy listu para hacer versus. 

-^Pues ponga usted el pié para ver si me agrada. 

—¿A lo divinu ó á lu humanu? 

— A lo humano, á lo humano. 

—Pues siñú titiditedu, alia vil una. 



113. 



El negrito tomó una guitarra mas destemplada que la prenda defen- 
sora del Gobierno y cantó. 

Dizque mestába mudiendu 
Dizque delpudífo amod\ 
Dizque tú me ibas quediendu, 
Dizque me hadas unfavod. 

r-Bién, muy bien. Viva el negrito, (gritaban.) 

-.Allá vá lo buenu, Siñó titiditedu.,-(El negrito canta.) 

Dijo Nachu, un dia sentadu, 
Sentada en su tabüdete; 
tiYa me tiene hasta el cupete 
El valedod llaldunadu. . . . u 
, Este contestó enojada. ... 

Enojadu, y siempre riendu 

/— ifSi le place me iré yendu; 
Que me canten un sudadio; 
¡Porque no soy secretadio 
Dizque me estaba mudienduU 

— Bravo, muy bien; exclamaban entusiasmados muchos miembros 
del club de la reforma.— Otro, otra-^Ei negrito sigue cantanda) 
f 

Aunque reniegue el Congresu 
Y truene la oposición, • 

Yo no he de hacer vadiación; 
Será mi gusto y por esu; 

No doy un paso de pesu; 
Dejo á Blas de redactod; 
Al otro le hago favod; 
A todos bienes prolijos, ^ 
, Aunque digan que son hijos 
Dizque ddptidito amod. 

-^Bién, negrito; eso se llama írseles á las barbas á todos. Sigfctw- 
ted; siga usted; ya me figuro que va usted h dormir á la cárcel— ^Si- 
gue cantanda) 

¿Qué importa que al Cascabel 
No le agrade lo que yo hagu 
Y me haga siempre un amagu 
Con su ruido y su oropel? 
¿Quién hace caso á un papel 
| v? Que de todo se está riendu? 
Es necio según comprendu 
Decir en sonde reclamu,^- 
ii Porque te temo y te llamu 
Dizque tú me ibas quediendu.» __ 



114. 
(El negrito sacó una botella, tomó un trago y continuó cantando.) 

Los soldados tus amigus 
•Hacen del valor alarde; 
Que lo ualcenh para mas tarde; 
Para cuando haya enemigus. 

Hoy todos somos testigua 
Que está templado el tambod; 
Diles Nacho, por tu amod, 
n Cese por Dios ese estadu; 
Te lo suplico, Libradu, 
Dizque me hacías un favod.** 

— >Cuando acabó de cantar las glosas el negrito, resonó por el aire un 
aplauso más cerrado que la moyera de nuestros gobernantes. 

-^Bién, negrito; muy bien, dijo el titiritero.— n Ahora despídase usted 
y retírese, porque ya vamos aechar la segunda tanda. — Cómo! no quie- 
re usted retirarse? 

— Si siñó titiditedu; yo si me retido; no soy como muchos empeados 
consedvadodea del gobiedno que no se quieden detidad de sus destinus. 
Adius, adius. 



SEGUNDA TANDA. 

La orquesta toca las variaciones de la uguacamayau que para tocar 
en la Legislatura compuso el maestro Perico. 

Aparece el padre Tequezquite con un periódico en la mano. (Sale 
cantando y después lee.) 

— Yá-p&reció-Ia cabé-za de Judas; ya^pareció-la-cabé-za de Judas. 

/—Tributamos un homenaje de respeto á la convicción y á la buena 
fe. / r-Ese sentimiento profundo eleva al hombre, y simpatiza, con el 
nuestro. — Estos hombres son dignos de desempeñar Jos puestos que de 
ben contiarse á la equidad y á la honradez. — ¡Ojalá y en nuestra mano 
estuviera premiar ese heroísmo, pero no podemos saltar la barrera de 
la ley. 

Algunos conservadores vergonzantes/ como el gato que deja la cola 
de fuera, se han ocultado tras una licencia ó una enfermedad. 

Otros conservadores, con piel de liberales, con más amor á la tesore- 
ría que miedo al infierno, apechugaron con la excomunión. Ta no se 
confunden el hombre de la idea y el hombre del destino. La miseri- 
cordia de Dios es muy grande: pasada la protesta, el agua bendita. 
s« encarga de abrir las puertas del paraíso á los mamíferos. La pro. 
testa tiene su lado malo.,— Castiga al hombre de honra y premia al sal 
timbanqui político. 

r- Titiritero.,— Mejores las tenga Ud. padrecito. 

Padrecito, salude U. á la concurrencia: está U. más distraído que 
el tíPtidre Cóbosu cuando manda al Congreso sus in-directas. 



U5. 

— Ayt amigo titiritero! vengo con un pesar tan grande que ya no me 
cabe en el corazón 

^-¿Por qué es ese pesar, padrtcito? 

Porque á un señor Diputado le persigue no sé qué desgracia; por pri- 
mera vez, no lo quisieron admitir en el Congreso porque le ofuscaba la 
penumbra del imperio; la segunda que fué reelecto, apareció como un co- 
meta que se acerca rápidamente al sol constitucional, pero á buenas ho- 
ras le volteó el rkbo, y se marchó á recorrer su órbita; hizo su revolu- 
ción en seis años como el cometa de Donnatti y volvi<5 á dejarse 
ver ya por tercera vez trasf ormado; en el viaje dejó la cola como los 
Jesuítas; ya no se presentó como un cometa con su larga* cauda; \ 
y su estrella brillante, no señor, ahora lo vimos como fuego fatuo, como 
exhalación que brilló, recorrió del zenit al Ocaso en un segundo, y se 
apegó (cantando) Gori Gori. 

— ¿Pero cómo ha sido eso, padre de mi alma? 

— Ay av ay (llorando;) Pobrecito hospital! ipobrecito hospital! ya no 
hayan qué hacer de congoja los doctórcitos Nacho y Carlos, ¡adiós pro- 
yectos de caridad! pobrecitos enfermos; (cantando en tono de vísperas) 
No comerán carnero, ni vaca asada; comerán garbanzos con verdola- 
gas. — ¡Pobrecitos enfermos 1 ¡retepobrecitos enfermos! 

— ¿Qué tienen que hacer los enfermos con el cometa y con la exhala- 
ción, padrecito santo? 

— Habia ofrecido dar sus dietas para el hospital. El diputudo pre- 
sentó como consulta al 7 o Congreso un proyecto monstruo para adqui- 
rir un préstamo en el extranjero ¡un moco de pavo!. . . .doscientos 

millones para banco, ferro-carriles, &. &. &. 

— ¿Pero* qué es lo que ha sucedido al representante? 

— Le asustáronlas leyes de reforma, y rehusó firmarlas; no quizo pro- 
testar, y se reriró; ahora sale con que pide una licencia sin suélelo, mien- 
tras que pasan los patos. . . .¿Donde están sus amigos que no van á ta- 
parlo con sus mantos para que no le dé un aire colado del bacatazo. 
¿donde están los concurrentes k sus famosos bailes y tertulias? 

— ¡Es lamentable el porrazo! 

—Yo no puedo ni rezar del sofoco: guay, guay. 

Todos sus amigos están así, cpmo medio avergonzados. . . . como 

medio chasqueados, y andan apretándose las manos y diciéndose al 
oido ¿para qué lo elegiríamos? — Rincón, que lo recibió en sus brazos, y 
el semi-diputado Cuevas, le soplan la mollera y le introducen aire en el 
pulmón para ver si lo pueden volver á la vida. . . .¡¡angelito de mi vi- 
da!! ¡Miembros déla sociedad católica!. .. .¡venid! Católicos de todo- 
calibres. . . .llegad! Empleados electores ¡¡de rodillas!! pidámosle á Dios 
nuestro Señor que ese ataque no pase de un desmayo, porque si le re- 
pite la catalépsia, se nos muere, se nos muere, Gori Gori. 

[Don Folias con un cirio Pascual y una camándula en la mano, can- 
ta en tono de vísperas.] 

Bendita sea tu pureza 
* T eternamente lo sea. ... 



116. 

Esta ciudad sé recrea 
Mirando tu gentileza. 
La sabia naturaleza 
No te quizo hacer autor 
De esas leyes, que en rigor 
Son el pacto con Luzbel; 
No las suscribas, Miguel; 
Te lo rogamos, Señor. 

(Tonuí ét cirio D. Ferruco, y otros devotos del santo cantan la *i- 
gtnenie salmodia, acompañado de una gaita. 

¡Oh soberano santuario, 
De las leyes antro eterno! 
Eres boca del infierno; 
De los diablos relicario.— > 
¿tara el liberal nefario 
Serás mansión deliciosa! 
"í para él una fosa? 
jjEsb no!!— Premia su anhelo.. 
if ábrele, Virgen, el cielo 
Obn una muerte dichosa. 

(Él padrecito, sollozando y limpiándose las lágrimas, decía.) 
~Yo le aplico la indulgencia. 
-^¿Qué indulgencia padrecito? 

/— La plenaria que le concedió Antonelli cuando lo £Í$itó,, y cuando 
lo veía de pies á cabeza. 

(El padrecito, de rodillas y con el cirio* capta) 

No me engañaion mis ojos 
Guando en tí los tuve fijos; 
• Del redil de nuestros hijos * 
Eres, y no de los rojos. 
De la Iglesia los despojos 
No autorices en consejos 
Con tus colmillos añejos; 
Dios premiará tus trabajos 
Si te juntas con los grajos 
Y marchas con los cangrejos.. 

ifAy ayay^y ayü 

No había, acabado de rezar sus jaculatorias cuando apareció una sier- 
pe de siete cabezas, muy parecida al Ministro de la Guerra, que inten- 
taba tragarse á los muñecos; pero el Presidente del Congreso le atrave- 
zó en el tragadero un cirio Pascual y todos emprendieron la faga. 



117. 



LA LINTERNA DE DIOCENES. 

AETICTJLO PBIMEPwO. 

Este santo colega nos envía su primer saludo y un asperges con el 
desenfado del cura que lo mandara á sus feligreses. Intenta defender a 
las piadosas almas que infringen las leyes de Reforma, para la. cual em- 
plea como fundamento el poderoso raciocinio de que somos, incorrectos en 
nuestro estilo. Nos dá una saludable lección gramatical sobre bien decir, 
cuando también debía darla á sus correligionarios sobre bien obrar. 
| Nosotros, no obstante nuestra tontera, sutil galantería de nuestro ilus- 
trado cofrade, estamos dispuestos á recibir lecciones de los sabios que 
quieran tomarse el trabajo de enseñarnos lo que ignoramos. 

Frecuentemente debe encontrar nuestro colega en los escritos qu» pu- 
blicamos innumerables incorrecciones por lo que desde ahora le pedimos 
nos otorgue su perdón; no hacen^os alarde de poseer elidioma castellano, 
ni da ser correctos, mucho menos en artículos que se escriben con preci- 
pitación. Mas, de que seamos ignorantes ¿se deduce que deben infrin- 
girse las leyes vigentes? Tal es el yunque sobre el cual debe hacerse 
el martilleo. % 

No es cierto que nosotros veamos con malos ojos que se rinda culto k 
la Virgen, si tales son las creencias piadosas déla sociedad en que vivi- 
mos; pero sí reprobamos que se falte á la ley sólo por tributar homena- 
je á extravagancias beatoníficas: que se manifieste oposición hostil á 
las instituciones de una manera imprudente y banal que puede provocar 
i discordias importunas; que rebose en publicaciones periódicas un a- 
jmor que todo tendrá, menos respetuoso y reverente; un amor almibarado 
y empalagoso como el de D. Albiiw ) el de »iLa Instrucción del Pueblo.» 
que, llama á la Madre de Dios dulce Morenita del Tepeyac^ con el desgai- 
l.re con que se harían piropos á una polla zangandunga únicas á quién 
! sientan perfecta** iente los. diminutivos y calificativos propios de la fami- 
liaridad y de la llaneza. 

Deseamos: que no se ponga en caricatura una religión santa y respe- 
table: que no aparezcan como fanáticos los que so dan barniz de católi- 
cos fervientes; los que son amantes, más que de las ceremoi^as inmutables 
derculto católico, de l$us exterioridades de un culto pagano, porque todo 
¡cuanto es grandioso y solemne el culto en el interior del Templo, es pe- 
queño y supprfluo fuera de él„ aun cuando no sea má3 que por los actos 
irreverentes y desacatos que cometen los sectarios, de otras religiones; en 
una palabra, quq np veamos, donde debíamos encontrar maestros de 
snblime virtud, prodigios de refinada hipocresía. 

Los que se llaman defensores de la religión se abrogan así mismos el 



118. 



derecho de monopolio: ¿Por qu¿ quieren arrebatarnos el que nosotros 8 
tenemos para defender á la Virgen si somos del aprisco? 

A un Licenciado que suele tener arranques muy fervorosos para adorar 
á Dios á su manera, siqniera no le abandona el buen sentido para solemí i • 
zar las glorias de su patria, que otros beatones jamás tuvieron. Que los 
liberales, bajo cuya bandera se agrupan hombres de todas creencias, no 
hagan ostent ación de ideas religiosas en las fiestas cristianas, se ex- 
plica muy bien; puede haber muchos que profesan distintas religiones; 
otros que "profesan la católica que no necesita de exterioridades; pero es 
inconcuso que los creyentes fervorosos que son mexicanos, apostólicos 
intolerantes y romanistas, tienen patria, á la cual olvidan en su gran día. 
Así vemos divorciar deberes gemelos, cuales son los de amar á l)ios y á 
la Patria 

Vemos que nuestro amable Dlógenes se duerme algunas veses en su 
tinaja y no cuida de dejar atizada la linterna Para defender á sus co- 
rreligionarios de los cargos que les hicimos por esos desbocamientos, in- 
tenta darles una nikelada y encubrir sus religiosas imperfecciones con- 
el relumbrón; eljcofrade también se ha desbocado sin cbntener su carre- 
ra hasta encontrar un dique en nuestros arranques gramaticales. Aban- 
dona la vía y sigue por sinuocidades para lanzarnos en el tono gorígori 
de los responsos, y con el hisopo de su razonada crítica, una roseada de 
agua bendita de chuparse el dedo. Bastante gracia nos ha hecho su 
filípica, sus variantes, y la consecuencia recta y precisa de sus argu- 
mentos. Esto nos recuerda un episodio que hemos ieido tal vez en al- 
guna historia. 

Cuéntase que unos frailes derribaron de su convento un árbol que te- 
nía recto el pié y horizontales los brazos, en forma de cruz, del cual 
querian hacer un caballo para ginetearlo en el baño, y ejercitarse en el 
arte de nadar; el prelado se opuso, .pues quería aprovechar el palo para 
hacer un Gestas y formar el santo grupo del Calvario. Los frailes se 
enojaron. Un escultor comenzó la obra, pero al desbastar el palo a- 
pareció una grieta que dejaba dislocado un brazo. £1 prelado vio fa- 
llidas sus esperanzas, y los frailes aplaudieron. 

El escultor quizo modelar un Judas Iscariote, pero un terrible nudo 
apareció en el hombro derecho y cayeron los dos brazos. 

El prelado frunció el entrecejo; los frailes veían que iban realizándo- 
se sus esperanzas, y se burlaban del artífice y del superior. 

El escultor propone formar un cepo donde se pudiera atornillar á 
los burlones. 

Vuelve la madera á presentar un avieso, un corazón dañado; apura el 
artífice su calmen, y su fantasía lo conduce á forjar algún objeto que 
sea útil á la comunidad, y al santo gremio; formó un instrumenta largo, 
hueco, delgado y con espiga en un extremo. 

— ¿Otra trasformación tenemos, señor escultor? mohino preguntó el 
prelado, cuando vio el gran madero convertido en virutas. 

— Señor, no se ha desperdiciado del todo ese palo que Su Reverencia 
destinaba á tan altos fines; ha salido una cosa inesperada, una pieza muy 
útil que un prelado necesita para sí; que puede usar en bien de la comu- 



119. 

nidad, de sus semejantes, de sus amigos y enemigos: ha salido una ge* 
ringa suave, delicada y confortable. 

Los frailes corrieron despavoridos. 

El prelado, que era demasiado agudo seguramente donó esa jeringa 
á los redactores de ».La Linterna de Diógenes-i para que los saque de a- 
puros cuando sea infeliz su causa, débiles sus argumentos, y estéril la 
semilla que quieran sembrar. Es la misma jeringa que hoy intentan a- 
plicar al Congreso y á los periódicos sus antagonistas; pero Diógeues, á 
buena hora, abandona su causa, se introduce en su tinaco, no atiza su 
lámpara, sueña y le pegan pesadillas. Esto nos hace exclamar con el 
fabulista: 

¿De qué sirve tu charla sempiterna 
Si tienes apagada la linterna? 



ARTICULO SEGUNDO. 



Hemos alcanzado una victoria en las escaramuzas á que fuimos pro- 
vocados. El enemigo se bate en retirada. 

Vuelve La Linterna del cínico filósofo de la antigüedad k ocuparse 
de nosotros, pero no contesta nuestros razonamientos, y se empeña en 
salirse de la vía, como caballo que no quiere entrar al corredero. Cree 
no haberse explicado bastante en su primer artículo, y para ocultar su 
flaqueza repite sus ya tronados argumentos; ¿tan estéril es su causa y 
tan pobre su genio que para contestarnos envía pestilentes cohetes á la 
Congrewe que despide su ballesta de cuerda floja, en vez de proyecti- 
les sólidos que bien pudieran arrojarse en el combate intelectual con el 
bronce guerrero? pero esos cohetes no llegan á nuestro campamento, y 
por eso rehusa la polémica sobre si es debido infringir las leyes vigen 
tes. Su Reverencia se desliza como anguila para volver al campaneo 
de la gramática, de los apodos y de las diatrivas personales. Realiza 
en esta ocasión aquel cuentecillo de Fígaro á propósito de la mala pól- 
vora, 

z—Mi General, el tiro no alcanzó al enemigo. 

— ¡Que le disparen dos! 

Su contestación es un torrente de palabras en un desierto de ideas: 
esprimiendo esa gerigonza locuaz y vocinglera; anudando los cabos y 
sargentos do su crítica, y ha6ta los deslices de su charla guacamayesca, 
la encontramos convertida en pastelillo á la francesa, en verdadero vol- 
au-vent que tiene mucha harina y poco hostión. 

Siempre resuella por la herida como dice el vulgo; pero del jugo ex- 
traído resulta esta sola razonada idea, ».¿cuál es el artículo constitucio- 
nal que prohibe adornarlas casas con luces y cortinas?!» — esto dice con 
magisterio guiñando un ojo á los reverendos hermanos del cordón 



120. 

— ¡Ninguna'-contestamos nosotros, confusos, sofocados y pujando 
bajo el peso de la pregunta. Pero venga usted atíá, hombre; no trun- 
que usted nuestros conceptos, ni dé tornillo á las palabras. No repro- 
bamos que se adornen las ventanas y balcones, sino sólo que se pongan j 
aliares 

r-jCómo rae aprieta este zapato, hijo mío! y no me quejo á grito» 
como tú; ;cómo ha de ser creíble que te duele lapiedra\ 

— Madre, no me duele la piedra, sino la pedrada-decían los interlo- 
cutores. 

Ignora nuestro cofrade que las leyes de reforma, elevadas á precep- 
tos constitucionales, no son ya discutibles; advierta que sólo es dable 
obedecerlas: ellas prohiben el culto externo. ¿A qué citarlas si todos las 
conocemos y debemos conocerlas? 

Sepa nuestro colega qus los acróbatas, cuando son torpes, tienen á la 
altura de su mano, para los peligrosos ejercicios, una argolla de donde 
agarrarse y no dar un batacazo si pierden el equilibrio; así el cofrade, 
del tinaco tiene su argolla gramatical para colgarse de ella con la pun- 
ta del rabo á guisa de mono huasteco. Esto nos revela que mejor que 
periodista que diecute, es un pedagogo consumado que enseñará las 
primeras letras, pero que abandona la palmeta para enristrar la péñola. 
{Con qué salero equivoca el camino el angelito! ¡Con qué magostad ha- 
ce pavo* reales delante de los babiecas que admiran su atornasolado 
plumaje! ya nos figuramos verlo cerca de h» nubes convertido en esta- 
tua, dominando, no sólo la plaza dü*Gnadalajara, sino todo el Vaticano! 
¡oh! -suyo es el porvenir; tiempo es ya do que adorne su cabeza con una 
corona de hojas de parra que le sentaría muy bien y que le preparan los 
necios; también los- san turrones le preparan un monumento; los borra- 
chitos tcquileroB le levantarán un molino de viento que tenga en la 
cúspide, á guisa de fanal, una simbólica linterna. 

Perdone nuestro colega si prescindimos un momento de nuestro es* 
tilo elevado y gravedoso para intercalar palabras y hacer comparaciones 
grotescas, pero hetnoe querido por única vez batirlo en su terreno y 
con sus propias armas. 

También desarticula nuestros argumentos ptera disfrazar la idea; esto 
se llama, como dicen las viejas, rezar el Credo desde Poncio Pilatos, 
puesto que 6C traga aquella sutil zalamería, "la dulce Morenitau para 
llamarnos. . . . cou f races muy benévolas ]¡Y Luzbel no arroja su es- 
tridente carcajada!! 

jCofrade muy querido! eso no se llama discutir; la contestación no 
debe ser declamar ni lanzar apodas, sino probar con {razones que esas 
frases son muy dignas de presentarlas á la Virgen como holocausto res- 
petuoso y reverente. — Con semejantes defensores no hay duda que la 
religión se salvaría. 

La Linterna realiza lo que se dice hacía un borracho cuando oyó la 
campana de un reloj que daba las dos. 

^-iQué! ¿dos veces la una? ¡ese reloj está descompuesto! 

También el galicismo ttbanalu de que hemos hecho uso lo tranforma 



121. 

y transforma en venal porque 1« ministra un gran filón para hacer nue- 
vas y donosas lucubraciones lingüísticas, formar fantásticos (tastillos, 
una verdadera é inclinada torre de Pisa, pero que tiene de barro el pié. 
Obra coino los sóida los en los ejercicios de fuego; ellos ponen el blanco, 
y después le disparan tiros muy certeros: obra también como los que 
escriben catecismos; ellos forjan las preguntas para que las respuestas 
] sean precisas y contundentes. 

I Esta disertación es inútil, y no merece siquiera una reminiscencia. 
\ Justicia podría tener si hubiera dicho que no deben emplearse galicis- 
'mosque no están autorizados en la gramática de !a Academia. — Los 
empleamos porque están de moda, y lo que se usa no se escusa; porque 
I nuestros escritos no son académicos discursos, sino ligerísimos artícu- 
: , los escritos á vuela pluma por ser flores de un solo día. 
jj Una crítica literaria de nuestras producciones nos instruye y sabre- 
,| inos aprovecharla; sólo debemos quejarnos de que es inoportuna, por- 
¡¡ que á la cuestión la saca de su centro de gravedad. Ya ve nuestro co- 
■j lega que somos humildes, pero. . . .¿por qué tiene trémula su mano al 
1| grado de no poder dar un solo martillazo en el clavo y sí todos en la 
|¡ herradura? Su fraseología dá ásus escritos un olor marcadísimo de ta- 
iíberna en vez de darlo de sacristía: pretende emplear el gracejo, y no 
j'teniendo el aticismo que el ridículo necesita, degenera en personal; no 
i sigue al capotillo sino al bulto. En una polémica ilustrada, aunque 
|; nos hieran y maten sus proyectiles, resistiríamos de pié, fuera de for- 
¡| tín, y con la faz descubierta, como veteranos aguerridos; pero las ma- 
| terias explosivas de albañal, sí nos harán desviar el paso en un sen- 
¡ dero lleno de tropiezos. # * 

I Cuentan las crónicas que en una guerra que estalló entre chinos y 
¡ franceses, resistían éstos de pié y á pecho descubierto la metralla, las 
í| mortíferas granadas que les dirijían los hijos del celeste imperio; nunca 
creyeron que habría hombres que resistieran sin correr, su graneado fue- 
go; viendo su serenidad, recurrieron á un medio ingenioso para vencerla; 
las bombas eran de barro cocido; tenian un depósito para la pólvora, y 
otro que estaba repleto de aquello cuyo nombre declara sublime Victor 
Hugo, en su gran novela "Los Miserables," palabra pronunciada antes 
'de morir por el último veterano en el desastre de Waterloo. . . . Al osta- 
llar la Tromba emprendían la fuga los franceses, pues querían morir pe- 
ro no ensuciarse. 




122. 



TIROS AL BLANCO. 

L 

Contrariando nuestra voluntad, ha sufrido nuestro periódico una inter- 
mitencia de algunos días; pedimos perdón á nuestros lectores y volve- 
mos al redondel como aquellos gladiadores á quienes se les concedía un 
momento de descansa 

Tenemos una deuda 'pendiente; vamos á satisfacerla, aunque sea de 
una manera tardía. 

Un a preciable colega, no el de la bugía apagada, sino el que ha en- 
cendido su antorcha para instruir al pueblo de esta ciudad, exhala en 
su número 4 un bostezo prolongad o, porque despierta de un sueño de 
penitencia, de ayunos y de flagelaciones á que durante cuarenta días, 
mortales se ha consagrado. Contrito, estenuado y arrepentido de sus 
culpas, sale de los ejercicios cuaresmales que norma un libro edifican- 
te escrito por el padre Martagón. El penitente colega limpia las escre- 
sencias de sus llorosos lacrimales, restrega las mano¿, se persigna al ai- 
re con precipitación, á guisa de cohete corredizo que hiende el espacio, 
y se arrellena en su poltrona; lleva en la frente la marca de un jesús de 
la cartilla que le recuerda que es nada y que en nada se ha deconver- 
tir; por eso se pavonea al escribir con aire grave y fachendoso un artí- 
culo que nos consagm más grande que la cuaresma. 

El colega, tarda pero no olvida; ahora le tenemos más miedo que 
antes, porque viene inspirado por un espíritu selecto, y nos reta á 
singular combate. 

II- 

La lucha so inicia en esta vez bajo muy buenos auspicios, contra »el 
periódico de las fachadas" por la hoja instructiva de los fachendas, y 
terciará probablemente el cofrade de las finchadas frases, de las fachas 
y de las flechas, que sin enviarla, ve la luz en Guadalajara. 

Dios nos coja confesados ahora que nuestros adversarios se presentan 
con adarga y lanza enristrada contra nosotros. A dos «tas no hay to 
ro que envista. 

Se proponen los dos adalides dar muerte á nuestro periódico y por 
esto entre sí se ensayan en la esgrima, por averiguar quien es más po- 
tente al emprender una carrera de obstáculos; ambos se ponen en la pis- 
ta y se paran en el sitio de los arranques terreceros. He ahí á "La lin- 
terna de Diógenes'' con linterna en lugar de lanza, y la "Instrucción 
del Pueblo" con hisopo y con bonete. Sácense genufleccione* con dul- 
císima reciprocidad. Discuten primeramente quié$ fué más afortuna- 
do, si Juan Diego ó María Bernard. — Salen en la controversia» tanta* á 
tantas. 



123. 



I Discaten si en los ejercicios cuaresmales no se quebrantara e! ayuno 
™ con tragar saliva./— Tantas á tantas. 

Más; sobre si Satán es ángel caído ó bajado del cielo.-Tantas á tantas. 

La discución rueda sobre la licuación de la sangre de San Genaro. — 
Tantas á tantas. 

Ninguno es más sabio que lo que es el otro, y en la carrera de obs- 
táculos ninguno ha logrado sobreponerse. No hubo sangre. Corren pa- 
rejas "Linterna é "Instrucción." — Tantas á tantas. 

Eh gramática, sacó las manítas "Diógenes," pero al ñn "Instrucción" 
saco* las orejas en hermenéutica. — Como ésta no se cursa en la9 escue- 
las, no la sabemos; nuestra instrucción es adquirida en los periódicos 
callejeros de las sacristías, de las tabernas, de los caf espantantes, y allí 
no se habla de esa ciencia; sólo se interpreta el modo de aceptar los pa- 
ñuelitos bordados de lasjiijas de confesión; se interprétale! modo de dar 
un asalto al Cura-asado y al catalán. 

IIL 

• 

Si hemos de ser francos diremos; que "La Instrucción" sacó un cuer* 
po de ventaja allá en he7vnenéutica, palabrita que tiene trasnochada par* 
soltárnosla á la mejor oportunidad. Nosotros nos quedamos boquiabier- 
tos con semejante sofocón, pues le pareció mal que su* escritos los inter 
pretáramos pésimamente, y deseara que para ello nos pusiéramos en o 
ración como cuando se lee la Biblia para que nos iluminara el Espí- 
ritu Santo. 

Apesar de ser muy fuerte el colega en eso de interpretar la Biblia y 
los Concilios, el Syllabus y las obras de los Santos Padres, y aun las o 
piniones de los Pontífices, en esta vez no acierta á meter la llave por la 
cerradura; se pavonea satisfecho porque "El Tiempo" y "La Voz de Mé- 
xico" copian su artículo, pero su herméutico candor no le permite cono- 
cer que á esos mismos periódicos lee raspó el titulito de "ESCÁNDALO" 
y lo reemplazaron con el de "Buen rasgo" Esa confesión de parte y e- 
sa sentencia no admiten pruebas ni discusión. Aplícase el cofrade, no 
obstante, el embudo por lo angosto, y coje el fierro ardiendo por donde 
no quema. Muy bien hecho. \\Y nosotros somos los acusados de que co- 
jemos el rábano por las hojas! 1 

En ese largo artículo que "La Instrucción" dedica al "Fandango," a- 

segura que la señorita B., lo mismo que el señor N. son cristianos 

— ¿Cristianos, eh? No cabe duda que lo sean los católicos; pero noso- 
tros creíamos que además de cristianos podrían ser católicos, apostólicos, 
romanos, y que por. eso quería la tortolita ir á formar su nido en la ca- 
sa del Cura de la Asunción. He aquí otro incidente por el cual el cole- 
ga vuelve á tomar el rábano por las hojas, no como lo hizo "La Corres- 
pondencia de México, ii Son boberías del periódico de las fachadas el lla- 
mar la atención del periódico de los fachendas sobre que los contrayen- 
tes son católicos, apostólicos, romanos, cuando los designa con sólo la ca 
Uficación de cristianos a 'secas, porque éstos podrían ser protestantes. 

.El Fandango, apesar de la sapiencia con que le agracia su antagonis- 
ta, no ha incurrido en la barbaridad de decir que el matrimonio civil e^ 



124. 



sacramento entre cristianos; si el periódico que al pueblo instruye lo 
cree así, entonces es más obtusa su inteligencia que la nuestra. ¡Por 
San Jmin Ante portam latinara! no nos calumnie su reverencia. 

IV. 

l! 
I, 

Cita el Syllabus y copia la proposición que dice así: |! 

"Puede haber entre cristianos verdadero matrimonio en virtud.de un : 
contrato meramente civil:" ¡* 

"Yes falso, tanto que el contrato del matrimonio es siempre sacra-/ 
mentó. . . .como que el contrato efc nulo si se esclnye el sacramento." || 

•Cómo empleáramos esa maravillosa máquina intelectual llamada her 
inenéutica que nos facilita "La Instrucción" para interpretar ésta pro- 
posición sin aparecer como temerarios ante nuestro contrincante! He a- 
quí un vastísimo campo para que él y nosotros demos vuelo & la inteli- 
gencia. ¡ 

Suponemos que a La Instrucción" copia fielmente el texto que nos ; : 
presenta del Syllabus; no nos diga después que no se debe interpretar !■ 
entre católicos lo que es de fe, porque contestaremos inculpándolo si j| 
uos llama á un terreno vedado. Nuestra obtusa inteligencia nos hace ¡ 
comprender que:— puede hacerse entre cristianos verdadero matrimo- j 
nio eu virtud de un contrato civiL-Pero ¿será condenada esta parte de '; 
la proposición 73? entonces, condenado está también como consecuen- ¡ 
cia precisa, lo siguiente: "Y que es falso,. . . .(condena la falsedad) tan- ' 
to que el matrimonio es siempre sacramento, como que el contrato es nu- 
lo si se excluye el sacramento (Se condena lo nulo). 

Si ésta proposición está condenada, luego se convierte por las nega- 
ciones en aceptados los conceptos que ella encierra: es decir, en que JÑO . 
es falso que tanto el contrato del matrimonio entre cristianos es siem- I 
¡ pre sacramento, como que NO es falso que el contrato es nulo si se es- 
cluyo el sacramento. i 

¿Cómo se concilia que el contrato es sacramento, según declara el ,! 
punto 2 f , con lo que declara el 3 f diciendo en transposición es válido j¡ 
si se escluye el sacramento? ! 

Estos dos puutos son contradictorios en su sentido natural, ya sea '| 
que con la condenación cambié en afirmativo lo que era negativo, y en jj 
negativo lo que afirmaba. r 

Esta interpretación es auténtica en nuestro idioma, á no ser que el t 
! colega declare por sí que está condenada la proposición no están lolo eu :¡ 
realidad. ¿Será mala la traducción por ío que se convierte en afirmati-» 
va la concordancia de dos negaciones? 

V. 

lío siendo nosotros Concilio no debemos interpretar doctrinalmente 
tales proposiciones; pero concedemos, pues, que está condenado el con- 
trato entre cristianos, más aún, entre católicas. 



125. 

Los Concilios legislan para su grey — y permítasenos la frase si es im" , 
propia— ellos son los únicos autorizados para decir: ''si quieres pertene* f 
cer á esta comunión católica debes creer y obedecer mis prescripciones.'' 
Entonces, entre los cónyuges en que no hay divergencia de cultos ¿cómo 
no se les ha de exigir el unirse según los mandatos de su Iglesia? Cele- 
brar un contrato, no puede ni debe sor válido pai'alos efectos sacramen- 
tales. Habrá católicos inmorales, pues todo cabe en la viña del Señor, 
que pretenden formar un matrimonio mediante contrato temporal; que 
rrán celebrarlo tal vez personas que no pueden ni deben contraerlo por 
impedirlo los vínculos de la sangre, ú otras causas dirimentes. Estos 
contratos son los condenados por los Concilios. 

Él Juez del Estado Civil, y no el juez civil como lo llama el colega, en 
virtud del nombramiento que del Gobierno recibe, se convierte en No- 
tario para sólo los efectos del Estado civil; los contratos que ante él se 
celebran tienen la misma fuerza y validez que los celebrados ante los 
Escribanos públicos, como por acá se les llama; y la Iglesia siempre con- 
sideró indisolubles los contratos que ante estos últimos se celebraron. 
Anteriormente, un anillo, alguna prenda, algún objeto dado y aceptado 
en señal de matrimonio, se consideraba como un vínculo social, sólo 
destructible por la muerte, como verdaderos esponsales; después sola- 
mente se han reconocido como tales, es decir, indisolubles, los vínculos 
que se forjan por los esponsales celebrados mediante escritura pública y 
con las formalidades que requiere un contrato; y basta que. delante del 
párroco y dos testigos, y nó de un sacerdote que no esté por aquel auto- 
rizado, se haga la manifestación de los contrayentes, de unirse en ma- 
trimonio, para qae éstos queden perfectamente casados, según el rito 
católico. No es cierto que para la indisolubilidad tenga que intervenir 
la bendición sacerdotal, ni las demás ceremonias que por costumbre y 
para mayor magnificencia prescribe la Iglesia. 

Justiniano, en su novela del mes de Junio de 511 ordenó que la mu- 
tua voluntad de los cónyuges se manifestara delante de un sacerdote 
cuya presencia daría fuerza al contrato', es decir, con el fin de dar au- 
tenticidad al matrimonio, pero sin añadir ninguna ceremonia religiosa. 
Después en 162 el Papa Sotero fué quieu ordenó se diera la bendición 

VL 

Estas observaciones no nacen de nuestro raciocinio; no son hijas de 
nuestra fantasía, sino de la práctica que frecuentemente vemos observa 
da en la misma Iglesia católica, no obstante esa violenta interpretación 
que dá el Syllabus á los demás Concilios, para aplicarlos al matri- 
monio civil. 

El Gobierno de una Nación es una entidad moral que no tiene reli- 
gión, porque no tiene alma que salvar; á él le es indiferente que una 
congregación establezca ritos para su existencia con tal que ellos estén 
basados en la moral universal; le importa muy poco que establezcan sí- 
nodo» para marcar el buen sendero por donde deben ir los hombres há- 



126. 



cia Dios; esos sínodos son los únicos que deben establecer preceptos pa- 
ra su grey. Pero contrayéndonos á la cuestión que ventilamos, haremos 
nosotros también proposiciones que condenamos á nombre de la razón 
y de la justicia, según la práctica de los católicos romanos. 

VII. 

Si uno ó dos de los cónyuges que formaron contrato matrimonial me- 
diante escritura pública, intentan casarse canónicamente con otras per- 
sonas distintas, ¿les ministra la Iglesia el sacramento?— NO. 

Si dos personas que están casadas ante el Juez del Estado Civil, quie- 
ren casarse canónicamente con otras personas distintas, ¿las casa el 
Cura?— NO. 

Si una persona que no es católica, pero que sí es casada según los ri- 
tos de su religión, quiere contraer otro distinto enlace, según la Iglesia 
católica, aun cuando se bautice, ¿lo autoriza el Cura, sabiendo que se 
formó el anterior y que vive la consorte? — NO. 

Tantas personas que se casaron según su religión y que 6e presentan 
en la buena sociedad, ¿se les debe calificar de concubinarias porque no 
se han casado según las prescripciones de la Iglesia católica? — NO. 

¿Se consideran disolubles los matrimonios mixtos, es decir, aquellos 
en que una católica, ella nada más, se casó según su religión, y el espo- 
so recibió por otro lado las bendiciones de los ministros de su culto? — NO. 

Un matrimonio que no La recibido las bendiciones del ministra cató- 
lico, ni han pasado los contrayentes por las varias ceremonias de la Igle- 
sia, si éstos, siendo católicosromanos, manifiestan su voluntad de casarse 
delante del Cura y de dos testigos ¿es nulo el matrimonio? — NO. 

VIH. 

He aquí que nosotros también condenamos algunas proposiciones á 
nombre del concilio ecuménico de la razón, de la moral y de la socie-. 
dad ilustrada. 

Dos se unieron en matrimonio civilmente; según la tesis antes citada 
por el colega, ese matrimonio es irrito* es decir, nulo y sin fuerza algu- 
na: ¿por qué los ratólicos más observantes procuran hacerlo, ya sea an- 
tes, ya después de hacerlo canónicamente? Alguna fuerza, alguna utili* 
dad, alguna validez debe tener ese contrato cuando se solicita con 
empeño. 

El Gobierno civil no ejerce coacción para obligar á que se efectué, y 
sí deja en libertad absoluta á los subditos para que se casen como les 
parezca. 

¿Por qué el mismo Cura de la Asunción, ilustrado, ageno á las pasio- ¡ 
nes políticas y al espíritu de partido, recomienda á sus feligreses que 
se casen civilmente? ¿por qué ha resuelto no celebrar ningún matrimo- 
nio si antes no está celebrado, ó cuando menos iniciado, ante el Juez de 



127. 

Estado civil? Ignorará las desciciones de los Concilios, y la opinión muy 
ilustrada pero muy personal del Papa Pió IX? 

En verdad que es impotente el gremio que hace de las creencias cató- 
licas un baluarte de partido para nulificar los efectos del matrimonio ci- 
vil, cede ante la necesidad de cortar un mal que perjudica á la discipli- 
na de la Iglesia. Con frecuencia se dan ejemplos de que individuos ca- 
sados contraen matrimonio otra vez según el. rito católico, porque aun 
cuando el delito de lesa religión llegue á descubrirse, no hay castigo en 
esta vida para el delincuente; los tiros de los Curas se embotan en los 
baluartes de la ley civil que no reconoce como contrato lo que en otra 
vía es sacramento. No sucede lo mi*mo con el matrimonio civil. Mu- 
chos casos, innumerables, hemos conocido en que se castigan con seve- 
ridad á los bigamos; por esta causa los ciudadanos, los empleados, los 
militares que recorren el país, se muestran adictos á las prescripciones 
eclesiásticas, repudiando el matrimonio civil y aceptando so Jo el canó- 
nico. Ellos no recibirán muy seguido el sacramento de la penitencia, 
pero es seguro que frecuentarán cuantas veces puedan el del matrimo- 
nio, porque la Iglesia solo tiene castigos para los polígamos en la otra 
vida; ellos dirán con desprecio: "allá me las den todas.»» 

Podríamos nosotros, si quisiéramos descender más al fondo de la cues- 
tión, aducir razones de publicistas que sostienen que el Concilio de 
Trento no fué Ecuménico, porque no asistieron los Obispos cristianos 
cismáticos que tenían derecho de concurrir; que no asistieron algunos 
otíos sacerdotes que fueron llamados, como Calvino y Lutero, porque 
era una artería para que la Inquisición los quemara. 

Podríamos alegar que tampoco el último Concilio fué Ecuménico, 
porque citaron á los protestantes que pertenecen^ la religión cristiana, 
ofreciendo admitirlos en presencia, pero sin voz y sin voto; por cuya 
causa dejaron de concurrir. 

Pero nuestro periódico no tiene el carácter religioso para discutir e- 
sas cuestiones, ni nosotros- somos canonistas. Pero sí aduciremos aque- 
llas palabras de San Gregorio Nacianceno, que no debe ser sospechoso 
para nuestro colega., »»Nunca he visto concilio que haya tenido un buen 
&*? y que no haya aumentado los males en vez de remediarlos. El amor 
de la disputa y de la ambición reinan más allá de lo que se puede decir 
en toda asamblea de obispos.»» 

Basta á nuestro propósito lo escrito para sostener, que el contrato ci- 
vil no es ni ha sido jamás concubinato. 



128. 




LA PEREGRINACIÓN. 



Pedro . el Ermitaño inició k conquista de Tierra santa, y el mundo 
cristiano creyó tenía el deber de enristrar una lanza, cubrir su pecho 
con cruz colorada y lanzarse al combate para morir defendiendo la cau- 
sa de la civilización que inauguró el Mártir del Calvario. La idea del 
martirio era en aquel tiempo lo que alumbraba el áspero sendero que 
conduce á la inmortalidad. Millares de soldados invadieron la Palesti- 
na, mientras que los ancianos, las mujeres y los niños rogaban á t)ios 
por ellos, esperaban su vuelta ó recibían la noticia de su muerte. Tan- 
tos dolores estaban compensados sólo con saber que los guerreros toca- 
ron con sus armas los muros del templo arruinado de Salomón, ó que 
recibieron abluciones en el Jordán. 

Hoy las peregrinaciones, pacíficas han sustituido á las guerreras del 
tiempo de las cruzadas; llegar á la gran Basílica es tanto como postrar- 
se en el templo del Santo Sepulcro; recibir la bendición papal en el Va- 
ticano equivale á estar en el huerto de Getsemaní, pues el Papa es O- 
bispo de Jerusalem: nada es comparable al placer de empuñar el báculo 
de peregrino, cruzar los mares- ttóip^atttosos, recorrer los senderos es- 
carpados, y llegar á los pies del Pontífice para besar la sandalia y reci- 
bir su bendición que sólo borra los pecados veniales. Este beneficia 
puede alcanzarlo cualquier pagano sin salir de su hogar si se dá un gol- „ 
pe de pecho, ó con hacer un propósito de enmienda; en verdad que es li- J 
gera aquella recompensa para tan pesado sacrificio; pero ese fervoroso | 



l! 



129 

d«*seo está apuntalado con otra retribución más mundana cual es la d L '¡ 
gozar y admirar escenas imponentes y conmovedoras, recibir impresio- 
nes novísimas en un mundo desconocido, admirar las maravillas del ar 
te, de otra civilización, aún de otra naturaleza, podíamos decir. 

II 

Conocer á Lew* XIII no podría despertar en nosotros otro sentimien- 
to que el de satisfacer la curiosidad, como si se tratara del Czar d$ Ru- 
sia ó el Gran Turco. Ver al Padre de los fieles circundado de cardenales 
nos causaría la misma impresión que contemplar al primero en el trineo 
seguido de sus' cosacos, como al segundo en las riberas del Bosforo, rodea- 
do de sus odaliscas: pero aquel espectáculo, aquella divina gracia, es ex- 
celsa para el creyente que subordina los goces de ésta y la otra vida á 
los mandatos de sus pastores; todo lo sacrifica, aun la hospitalidad, la 
paz de su patria y de la agena, por tener el gusto de entonar un vítor, 
un grito sedicioso, imprudente y trascendental. Un sacerdote católico 
es un vasallo pontificio, un esclavo romano, que propende á uncir al 
yugo papal á cuantos ciudadanos pueda azgar. 

Un mexicano diría con propiedad, cou justicia y con entusiasmo; 
"Contemplar el Valle de México desde la cumbre de Chapultepec, escu- 
char una música de bandolón y dormirse luego." — Un viajero: 

"Ver la bahía de Ñapóles y. . . .después morir."/— Un católico ferviente: 
''Recibir la bendición de su Santidad y después. . . .la gloria eterna." 

III 

Los musulmanes tienen como un deber sagrado atravesar el gran de- 
sierto á pie ó sobre el conspicuo lomo de algún camello, llegar murien- 
do de sed á la Meca, penetrar descalzos á la gran Mezquita de la ciudad 
dé Medina, adorar un san-carrón y conocer las potrancas descendientes 
de la yegua del Profeta. Esto tiene mucho de irrisorio y de estrava- 
gante para aquellos á quienes no les permite su fe rendir homenajes á 
los preceptos del Corán; pero como sobre gustos nada hay escrito, tam- 
bién los católicos emprenden romerías, no en cumplimiento de un deber 
sagrado, sino por satisfacer un deseo que tiene más de caprichoso que 
de divino. Nada trastorna el cerebro tomo obedecer á los impulsos de 
una pasión frenética. Los comuneros de París, las petroleras que ren- 
dían culto á la deidad pagana de sus feroces instintos, poseídas de un 
vértigo, contemplaban con satisfacción la sangre que se derramaba y 
los efectos destructores del incendio. 

la pasión religiosa, llevada hasta el delirio, obliga alas beatíficas mu- 
jeres, á lo6 siervos de Dios, á encerrarse y llorar, á extenuarse y mace- 
rar su cuerpo para salir purificados de los ejercicios cuaresmales; de 
esa colmena donde se forma el panal dulcísimo que los zánganos han 
de saborear. ¡Hasta dónde puede conducirnos la pasión religiosa! 

Los bonzos ó los santones que dirijen toda peregrinación en los paí- 



130 

ses gentílicos, también explotan á los fanáticos de allá. A pesar del res- 
peto qne tenemos á todas las creencias y á todas las preocupaciones, 
lamentamos en nuestro interior la ceguedad de tantos creyentes, que 
son cuerdos y sensatos en todo, menos en dirijirse á la divinidad, por 
medio de actos exteriores de ostentación, y á los hombres mediante el 
envilecimiento que los degrada; forman una masa heterogénea de lo su- 
blime y de lo ridículo. 

A J. J. Rousseau todo le pasmaba; á Voltaire todo le causaba risa; 
y cuando éste* leía las disertaciones del primero sobre la degradación 
humana, ganas le daban, decía,- de ponerse en cuatro pies y lanzar al ai- 
re nn prolongado rebuzno. Así nosotros; cuando leemos las edificantes 
relaciones de los imp?esionables peregrino» que lloran delante del Santo 
Padre; que le extraen el birrete sin su anuencia, para obtener una prenda, 
una reliquia, una santa memoria de la cabeza más prominente de la ge- 
rarquía católica, hemos sentido dedeos, no do rebuznar, sino de meter- 
nos á rateros en la Capilla Sixtína para robar un girón del papal manteo. 
A tal punto es contagioso ese entusiasmo que aduna la gratitud con la 
fe ciega del católico. 



IV. 

Los peregrinos de Boma turieron el contratiempo en ls navegación de 
que fué desalojado de la cabecera de la mesa su limo. Señor Obispo á 
quien no le corespondía; después lo fué de otro lugar y más tarde de o- 
tro, por colocar en esos asientos á unas señoras americanas. Los pere- 
grinos se disgustaron por el mal trato que daban á so ilustrísimo presi- 
den te.-^Fu era de México, un Obispo, por respetable que sea para su 
grey, no es más que un hombre respetable como los demás; y añadamos 
que no es la cabecera de una mesa, en la civilización moderna, el puesto 
de honor; en todas partes, por educación, por galantería, 6c cede el mejor 
puesto á la mujer, y el Sr. Obispo es bien educado. 

Se refiere en Morelia un rasgo del inolvidable Sr. Portugal, O- 
bispo de aquella Diócesis. Se encontró en la calle con un grupo de se- 
ñoras; ellas cedieron la banqueta; el Sr. Portugal rehusa este honor; en 
medio de ella se entabló una luchare recíprocas consideraciones; las 
señoras alegaban el carácter elevado ele un Obispo; mas el Sr. Portugal 
decía con demasiado noble orgullo y sensatez estas palabras: m Antes 
que Obispo quizo Dios que yo fuera caballero, u 

Mucho nos complace saber que el Sr. Presidente cedió.el puesto sin re- 
clamar consideraciones, hijas de la soberbia y contrarias á la humildad 
j! que debe tener un ministro de Jesucristo; pero los peregrinos tuvieron 
•] la peregrina idea de reclamar para su presidente, no el puesto de honor, 
sino el lugar del Anfitrión, que es el que corresponde de derecho al capi 
tan; este quiso cederlo y fué nna complacencia á Un peregrina incivil! 
dad. 

Donde manda capitán, no gobierna marinero. 



131 



V. 



A imitación de esas peregrinaciones de los mahometanos se regulari- 
zaron las de los católicos; á imitación de la de los católicos se ensayan, 
se forman otras en estos días, en cada ciudad, por la hermandad deno- 
minada Hijas de María. Tal vez se crea que atraviesan el Océano, 
que van a Roma, que besan la sandalia, que se roban el birrete. Nada 
j de eso: emprenden el camino á pie, vela en mano, corazóu contrito, or- 
gullo satisfecho, y van de un templo áotro. Es pasmosa, es edificante esa 
procesión de vírgenes necias que ostentan cintas color de cielo y meda- 
jllás al pecho á guisa de condecoraciones científicas; las guía un minis- 
tro graciento y remendado hacia distintos templos, convertidos de 
pronto en ,,Roma chiquita n para recibir las bendiciones de otro pa- 
dre y dar á besar la punta del pié enslpapa diminuto. 

Tal mogigauga tiene privilegio de invención en México, por un ser 
á quien agradan los sainetee y que convierte en suripantas k las vir- 
tuosas hijas de María. 

Instaladas en A l templo apaga cada cual la bujía, le deja allí como 
una ovaciÓD, suelta el óbolo que es lo principal en las peregrinaciones 
, y se preparan á escuchar un eermón á la Fray Gerundio de Campasas. 
¡ No queren os penetrar con nuestro escalpelo al interior del templo, 
! sitio que está vedado explorar á los periodistas que, cual nosotros, son 
! verídicos, celosos y bien intencionados; que hablamos en nombre de la ley; 
; de esa ley que se infringe con descaro: porque la infracción se hace á 
1 la luz del día, en la calle que es nuestra zona y está bajo nuestro domi- 
nio. 

VI 

Al examinar el aprisco; al ver pasar las ovejitas trasquiladas ante las 
' claraboyas de nuestra casa, arreadas por un pastor de guirindola; ¡cómo 
hemos recordado á un personaje, á un mito que todos conocimos en 
: nuestra infancia! un símil grotesco que forma la caricatura de pastores 
: poco evangélicos, entusiastas, pero tontitos. Ese tipo es el Padre Te- 
I quesqnite que los titiriteros caracterizan perfectamente en las escenas 
teatrales que nos divirtieron en la niñez. Bajo las apariencias de un 
I juguete automático; con el prisma de la inocencia, se forman Jas sátiras 
, punzantes y se esparcen losjlardos del ridículo. 
'i .1 Quien lava la cabeza á un burro prieto, 

Además del jabón, perderá el tiempo. »• 
i 

¡ ¡Oh, sí tuviéramos en nuestro suelo un Fray Gerundio, un Tirabe- 
jque, que dieran capilladas, no recurriríamos á la linterna mágica de un 
titiritero para pedirle prestada* sus fantásticas figuras y fotografiarlas 
en la cámara oscura de nuestra redacción; pero a la cabeza de la colum- 
na de peregrinas le vimos marchar, entonando un guirigay y sahirien- 
do á la pesadilla liberal, conel mismo desgaire que el Padre Tequesqui . 



132 

!¡ e entona con voz de pito, en tono de vísperas, y parándose en la punta 
j! (1p los dedos de los pies, graves jaculatorias 

¡I Sólo en la cabeza de Judas puede caber el formar eía? ridiculas pa- 
¡j rodias de peregrinación, que ponen en relieve la nula sensatez de algu- 
n nos católicos y la blanda condescendencia de las hijitas de María, puesto 
que se prestan á per el ludibrio de un desertor del^manicomio. 



CARNAVAL. 

'l 

¡; Ninguna Constitución del mundo otorga á los subditos mayor núme- 
ro de franquicias que la mexicana de 1857; ninguna nación goza de más 
¡i libertad para mostrar el pensamiento que nuestra amplísima ley de im- 
I pronta; aun la Bélgica, cuyas instituciones son liberales, la tiene res- 
: tringida; las naciones más cultas apenas permiten que se escape por es- 
! trechas claraboyas la luz del sol de la idea para alumbrar al Universo: 
! desde que México es libre absolutamente para dar publicidad al pensa- 
j! miento, cesó la prensa clandestina de hacer sus monstruosos abortos; 
fué más prudente y morigerada la cspansióu del escritor vehemente; ce- 
nsáronlas frecuentes revoluciones á mano armada, y las instituciones 
¡echan raíces cada día más profundas y vigorosas. Esa ley dijo: nHa- 
¡j blad cuanto queráis y como queráis; respetad la moral como una'exi- 
,gencia de la civilización, y la vida privada, por un respeto á la sociedad; 
1 al orden público, como un homenaje á las instituciones, como vehículo 
que conduce á la paz y al sosiego; dad á vuestro pensamiento la forma 
: ' que os acomode; vestios de arlequín si así os place para manejar el ar- 
¡i pon de la crítica y la diatriba; cubrios con el man to del filósofo y enal- 
'[ teced vuestra causa con las galas del raciocinio; formad mediante el in- 
,, genio el retrato ó la caricatura; sed reposado ó vehemente, burlón ó sar- 
jj cástico, profundo ó superficial, grave o festivo, aíegre ó taciturno; que 
vuestro escalpelo penetre hasta la médula del pobre ciudadano; censu- 
rad los actos del encumbrado funcionario; sólo una restricción pongo 
como una garantía, y es qx\ejir?neis vuestros escritos. .. Jamás ley algu- 
na fué más amplia en ningún pueblo de la tierra; de ella se abusa algu- 
nas veces, es verdad, pero ¿de qué no puede abusarse en este mundo 
! cuando ciega la pasión y se busca el triunfo de un interés noble ó bas- 
tardo? buena, muy buena es esa libertad que la ley concede para dar 
¡ vuelo gigantesco á las producciones del genio, tan extensa como el es- 
¡ pació, tan luminosa como el sol; prohibir el antifaz con que cobardes 
i escritores pueden herir á mansalva al ciudadano ó á la autoridad, cual 
¡ bandolero en la encrucijada, es obligar al escritor á que sea leal, franco 
y justo en sus apreciaciones; si es un enemigo, si es un aliado, que lo 
sea á cara descubierta, pues no sería vergonzosa su conducta sino ras- 
trera; si es adversario ó de oposición, la guerra debe hacerse noble y sin 
embozo, frente á frente y cara á cara, como el hidalgo cuyas armas y 
armadura es del minino temple que la de su contrario; si el escritor a- 



133 

busa del don excelso de su inteligencia, sus conciudadanos, el Universo 
entero, sabrá mostrarle su reprobación, estigmatizar su conducta, y po- 
ner coto á sus desmanee, porque el escritor tiene el deber de respetarse 
á sí mismo, respetando á la sociedad en que vive; y esta previsión de la 
ley es fructuosa, es abundante en buenos resultados; mientras que el 
anónimo es una arma inicua y artera, propia del bajo talento y de la 
audaz canalla; donde quiera que una firma auténtica llena un escrito» se 
vé resplandecer la justicia, ó si es errónea se trasparenta la buena fe y 
se percibe el fondo de la profunda convicción, a no ser que el vértigo 
de la ceguedad ofusque el raciocinio. 

Si la ley es justa y benigna, reposada y filosófica, hónrenla los hom- 
bres como una preciosa adquisición; cuídenla las autoridades como una 
alhaja de un valor inapreciable, como el remedio más eficaz para curar 
los males del espíritu. Desgraciadamente se vá debilitando cada día la 
costumbre de firmar las producciones, y se pone un nombre supuesto ó j 
se busca como responsable un quídam degradado ó imbécil: la autoridad, 
que es el guardián de la ley, si se disimula, constituyese en cómplice de 
¡ cobardes infractores: si es buena la institución* si es benigna la ley, 
muéstrese rígida é inexorable la autoridad no permitiendo ni autor res- 
ponsable, ni nombres supuestos; tampoco al anónimo ni al engaño, siem- 
pre rastreros, siempre pusilánimes; nada es más inicuo que herir en la 
oscuridad; nada más innoble que la asechanza, el misterio y las tinie- 
blas para lanzar las, flechas de la censura; la verdad se hace lugar en 
todas partes; ella resplandece por sí sola; el escritor noble, aunque sea 
vehemente y apasionado, no debe avergonzarse de sus escritos; posee 
como un escudo la ley; ecmo armas, su valor civil; puede decir entonces 
como los gladiadores de la Edad media: nMe asisten por defender mi 
causa, Dios, mi brazo y mi derecho. ■• Que la autoridad se encierre en 
un capelo diáfano, del más puro cristal; sus actos sean vistos sin equi- 
vocación, juzgados sin prevenciones y con imparcialidad; entonces, y 
sólo entonces veremos más decencia y caballerosidad en el periodismo; 
los escritos de letrina son indignos de la sociedad civilizada; el go- 
bierno no debe ser tolerante ni ser cómplice de los escritores de'alba- 
ñal que niegan sus hijos por deformes y monstruosos, como avergonza- 
dos de su debilidad. Obligúese al escritor a respetar la ley, y de con- 
siguiente á que sea buen ciudadano; que respete á la sociedad y que sea 
caballero. 

Después de la jácara en un baile de máscaras, pasados los momentos 
del delirio, se pone á descubierto el hombre; derríbase el altar que se ha 
elevado á la hipocresía Abajo, pues, las caretas; pasó ya el carnaval. 



134 

Un tiro á quema ropa 



Entre relámpagos y truenos, ocasionando terremotos, alumbrando 
nuestros horizontes las erupciones volcánicas; conmoviendo la Natura- 
raleza, y agazapándose los progresistas, aparece un nuevo nSoldado de. 
la fe,n y nos anuncia, al entonar por primera vez el canto llano de la 
Iglesia, que se ha metamorf oseado; es un joven que militaba en las fi- 
las de los ultra-republicanos, y que hoy abraza el partido del retroceso 
con entusiasmo y con fe muy ardorosa. 

Sea para bien y que Dios lo bendiga en su nuevo estado. 

Nosotros lamentamos tan sensible pérdida porque no encontraremos 
suficientes pañuelos para enjugar nuestras lágrimas y limpiar nuestras 
nartces. Pediremos á Dios un pedazo de resignación para soportar nues- 
tra soledad, y un rasgo de paciencia para sufrir los bochornos por sobje 
los qué nos quiere hacer cruzar el soldado más aguerrido que se ha pa- 
sado á nuestros contrarios. La historia y la tradición nos dice > y no 
hay que olvidarlo en estos tiempos de apostasía, de cisma y "de livian- 
dades, que una urraca, tan sólo una urraca, débil é impotente, pero 
contagiada, fué quien llevó la peste á Italia. 

La filosofía vendrá en nuestro auxilio; ella nos consolará, y suspiran- 
do tual novios calabaceados, curarános las palpitaciones de nuestro co- 
razón y nuestras ansias é insomnios el profundo pensamiento de un gran 
poeta: nqne haya nn cadáver más, ¿qué importa al mundo?n 

¿Con que usted, joven de la V. . . .estuvo mucho tiempo deshonran- 
do á su familia por escupir en rueda con liberales y masones? .1 ¿con 
que usted ha conocido sus errores y vuelve sobre sus pasos? Pues 
señor, lo sentimos en el alma; jama.; dejaremos de llorar esa funestísima 
deserción; ¿cómo no lamentar que un ióven de los talentos de usted, 
nutrido con las doctrinas de los publicistas modernos, y hoy con las 
prescripciones del Syllabus; de usted, que era el faro de nuestra en- 
tusiasta juventud, se nos eclipse, y eso cuando más claridad nos envia- 
ba? 

Hoy se oculta usted á nuestra vista ¡oh brillantísimo planeta! y no- 
sotros míseros satélites, vagaremos en el espacio sin luz ni guía, sin cen- 
tro de atracción, como errantes asteroides, 4 ser absorvidos por cual- 
quier sol. 

Pero lo que más tememos es que se nos flajele sin piedad; que se 
pongan en claro nuestras poridades y se nos levante el faldón de la 
casaca para que la clerecía y las beatas de rosario y cucurucho vean 
nuestros remendados pantalones. 

jCuán cierto es que apagándose el faro toda la vahía se'convierte en 
arrecifes! 

Hay arpa3 que cambian el sonido de sus cuerdas cuando] soplan 
brisas contrarias. 

Créalo usted, joven de la V. . . .su espírutu fué débil como el de un 



135 

convaleciente de tifo. Nosotros sabemos que no se deshonra á una fa- 
milia por tener tales ó cuales ideas políticas, pues al hombre no lo en- 
sucia el polvo sino el fango; lo que nos deshonra y mucho son nuestros 
vicios y la Carencia de virtudes; también las maromas y las contorcio- 
nes de los arlequines torpes y las de los juglares de voluntad flexi- 
ble; pero no se agazape usted, que usted no es nada de esto, sino sólo 
un hombrg inexperto y candido que tragó el anzuelo de las sacristías, 
deseando bienestar, cómo el perro de Rabelais, que buscaba un hueso que 
roer y que tuviera un pedacito de tarne nada más; hoy lo trasportan a 
otro golfo á donde pueda ijsted vadear y servir de pasto á los tiburones. 

Afile usted sus tijeras y las uñas, que nosotros, para librarnos del e- 
fecto de sus proyectiles, haremos de nuestra resignación un baluarte, y 
llorosos y adoloridos para resistir la tormenta que usted quiera sucitar- 
nos buscaremos un paraguas y un rincón. Usted, como Vulcano en los 
infiernos, dará el martillazo; y nosotros, como cíclopes, daremos el grito. 

Al poner usted en movimiento su carro triunfal, oiremos su rechinar \ 
y oirá usted también el nuestro que lo ocasionarán nuestros lamentos. | 

¡Cómo estarán de alegres los Caritas y los acólitos cerrándose recí- ¡ 
procamente un ojo! contendrán la carcajada para no lanzarla en sus bi- 
gotes; ahogarán á usted entre sus brazos y lo llenarán de besos. ;Oh 
santos varonesHmbrid con el bonete y ungid con el aceite de la lámpara 
á vuestro neófito; humildes levitas, siervos de Jehová, hijos d« Israel, re- 
cibid con palmas al que también se perdió entre doctores y ahora lo va- 
mos encontrando en el templo, ¡Oh santa madre Iglesia! acaricia á tu 
Benjamín, que ya no estaréis desolada sin quien escuche vuestros lamen- 
tos; ese joven va á ser vuestro insigne campeón, ese adalid que convierte 
su pluma en banderilla, el cural manteo en capa de torero, y al pueblo 
liberal en toro embolado. 

Ya tiene el clero lo que le hacía falta; un adalid de casco, de coraza 
y tizona más luciente que la de Santa Catarina. 

; Ay joven el más veguero de nuestras vegas! ¿porqué se ha ido usted 
de nuestro círculo cuando cantábamos himnos á la libertad? Ahora só- 
lo escuchamos la voz de usted que nos entona un üfyWé; \ ¿será esto un 
silbato ó será un salmo religioso? 

Al oir su voz que se escapa por la linternilla de upa torre, cesa nues- 
tro canto y nó nos atrevemos á anunciar la alborada, así como el acento 
del buho contiene el canto de los gallos. 

Nos consuela saber que no hay araña que llegue hasta el cielo su- 
biendo por una pared tersa y limpia, y que al analizar el esqueleto de 
un ratón se ha descubierto el galvanismo. 

La Iglesia cuenta entre sus catecúmenos á un bebé locuaz que es un 
portento, una adquisición magnífica para el porvenir. No le desconfi- 
éis, sacerdotes de Roma, que de los arrepentidos se sirve Dios y de los 
transí ugas el diablo. Nosotros, en tono de vísperas, os cantaremos esta 
salmo, sacado de las provervios de un nuevo Salomón: "No compres 
caballo cojo creyendo que sanará; pues si los buenos encojan, de los 
cojos ¿qué será?» 1 



136 



Tipos Sociales. 

LAS NIÑAS ARMENGOL. 



Generalmente sé cree qne la amistad contraída en la infancia es la 
más duradera, porque en el alma deja gratísimos recuerdos. La expe- 
riencia nos revela que esta regla no carece de excepciones. 

Yo he visto con veneración á las contemporánea^ de iuí abuela, á las 
meninas de mi madre, y, con entrañable amor á los condiscípulos, á los \ 
compañeros que se unían á mí en los juegos infantiles. 

Lancé un suspiro al pasar ante una puerta; era la'de la casa en que j 
habitan dos ancianas que son parientas mías; que mecieron mi cuna y ( | 
que batallaron conmigo en la edad dichosa de las travesuras. Doy 
tres golpes á la puerta, se abre y me precipito en el regazo de tan esti- 
mables señoras. 

El ainor, el parentesco, el respeto, los recuerdos de la niñez, se agol 
pan á mi memoria, ante el aspecto venerable de dos seres que me pro- 
digaron sus caricias 

— Querubín, hijo mío — dijo una de mis tías — ¿qué milagro es este? 
han transcurrido muchos años sin que te acuerdes de nosotras. 

Esta señora era doña Catarina Armengol, que rayaba en los sesenta 
inviernos; me estrechaba en sus brazos con amor muy entrañable. 

— ¡Mis buenas tíast ¡innolvidables compañeras de mis antepasados! 

Y las constreñía entre los míos. Impulsado por las efusiones de un 
corazón sensible, correspondí con agradecimiento á doña Cata y a doña 
Agatoncita, á esos dos seres que, unidos entre sí¿ no se separan jamás. 

La señora doña Agatoncita exclamaba con ironía. 

^-Desde que lo vemos, como al cocodril, en el altar de la patria, y es 
su amigo el Gobernador, y se pasea con él de bracelete, y escupe en 
rueda con los supiritantes de la alta categoría, y se sienta en mesa de 
manteles largos, ya no se acuerda de nosotras. 

-^¡Cómo he de olvidarlas! si ustedes son carne de mi carne y hueso 
de mis huesos, las consentidas de mamá. ¡Vaya, si no me acordaré de 
usted, doña Agatoncita de mi alma! era yo muy niño cuando usted me 
vestía de ángel. 



_^ ==a 137 

— Y de rey don Jayme. íl 

— Y de Pedro Armengol nuestro pariente, para que salieras en el 
carro adornado, en las fiestas de Nuestra Señora de la Merced. I 

— Y me daban ustedes una cuartilla para golosinas, y yo llevaba co- j 
mo insignia regia una corona de oropel: y ustedes iban en la procesión ' 
vestidas de padras mercenarias, con hábito blanco, escapulario y escu- , 
dito. 

j — ¡Qué tiempos aquellos! la religión estaba en toda su grandeza-^-de- 

jcía doña Catana exhalando un suspiro. 

í! -^Recuerdo que ustedes me vistieron de frailito azul, como S. Auto- 

; nio de Padua, para que yo les ayudara á pagar una manda. ; 

¡¡ -^Y rezabas la letanía de todos los santos y la novena de la fiesta. 

j¡ /—Recuerdo que al volver de la Iglesia vestido de frailito, los mucha- ¡ 

j chos callejeros soltaron un bellaco borrego topador que arremetió á f ren- 
, tazos contra mi Reverencia. 

i; — Y te obligó á encaramarte en las rejas de una ventana-decía riendo 

j mi interlocutora 

|¡ — Allí largué á la voracidad délos muchachos los dulces, aquellos' 

:! dulces que usted me regaló porque me dejara abrir cerquillo frailuno. 

í, f— Ahora seria bueno abrírselo, Agatoncita; ahora qufe se ha metido 

I *»n barajo con los impíos. 

¡¡ Este era ya un tiro con puntería 

! — ¡Caramboia!-exc!amé yo pegando un salto de mi asiento;-las cos- 

j| tambres han cambiado; yo no admito, ni la sociedad tampoco, esas far- 

j sa3 dignas: de un carnaval, en que lo hacían á uno pasar por el ridículo, 

j vistiéndolo de frailito. 

j| —Ahora te vestiremos de Asmodeo, de Judas Iscariote. | t 

'¡ Ya el enemigo se presenta. ¡ 

¡! — Hijito, * por que has renegado de la leche con que te criaste? 

|| — -Imposible! ¡nunca! jjamás!. . . • — exclamé yo con entusiasmo. ' 

I! — Dice bien el Padre Chupamirto, el que trae escondida la alcancía. ! 
— Y qué dice el Padre que esconde la alcancía y por qué la esconde? 
— nEI que de santo resbala hastatdemonio no para I 

l , Primer tiroteo; ya asoman las avanzadas. j¡ 

/ — Para qué recordar aquellos tiempos que ya no volverán — dije exha- 
l lando un suspira 

i ,— ¿Qué no volverán? que sí volverán, porque no se arranca con faci- 
| lidad á los pueblos su religión y sus costumbres: ¡qué talento tienen los j 
¡i liberales! ni más ni menos como el del que quizo azar la manteca ¿esta- 
! mos?— dijo doña Catana pescando al vuelo la frase. 
i Yo quería desviar la conversación de aquel sendero á donde la lleva- 
! ban mis venerables tías, que era el de la político-manía, por ser preci- 
j sámente un escollo para nuestra intimidad. 

En estos tiempos de revolución reformista hasta las mujeres son di- 1 
plomáticas. Estas santas señoras, conducidas por el torrente desbasta- 
dor de las pasiones políticas, -se adherían á las supersticiones religiosas 
de tal manera que las defienden con calor, con entusiasmo y con fe; á 
veces tocan el frenesí; seiían capaces de sufrir el martirio por hacer 



138 

triunfar una estra vagancia que elevan á dogma, y por esto son intole- 
rantes. { 

¿Quién no conoce en nuestra sociedad algunos tipos estrafalarios y 
supersticiosos, modelos acabados de perfecciones anti-cristianas? ¿quién 
no conoce en esta bendita tierra á las dos niñas Armengol, doncellas 
¡ setentonas, que no han servido ni á Dios ni al diablo, y á quienes la pa- 
; tria no merece un suspiro ni la humanidad un beneficio? Como estas 
i señoritas hay otras muchas que, enfuñada-; en su religión, imbuidas en 
el fanatismo, constituyéndose fundadoras de una teogonia cuasi pagana, 
forman á su modo un dios iracundo y vengativo, en vez de Misericor- 
dioso y Justiciero; le conceden, como representante postizo del verdade- 
ro Dios, atributos mundanales y lo revisten del barro deleznable de la 
humanidad. 

Las innovaciones sublevan los ánimos, hieren el sentimiento religioso 
por corregir los abusos, cuando las ideas del siglo invaden á México; la 
sociedad obcecada se alarma si el reformador combate las preocupacio- 
nes A los sacerdotes y eacerdotizas de un culto que forjara ante sus 
ojos una imaginación caprichosa y calenturienta, íes levantan altares, y 
éstos en cambio atizan el f aego sagrado para alucinar á los nuevos ado- 
radores del becerro de oro. 

Doña Agatoncita, la más locuaz, me salía siempre al encueutro para 
lanzarme una diatriva, un tiro á quemaropa, un sarcasmo contundente, 
que penetraba en mí como harpón ballenesco y lo acompañaba con una 
risita de cancerbero, dejando ver en el antro oscuro de su boca cuatro 
clavijas movientes, y me endilgaba pupilas encoatradas que, una se di- 
rigía al Septentrión y la otra hacía Levante. ¡Ay! con qué amor, con 
qué respeto recibía yo su» consejos; con qué prudencia contestaba sus 
argumentos por no herir en ellas el sentimiento religioso, creyendo que 
su razón daría lugar, no ya á la prudencia, sino á t'>do aquello que se 
presenta al entendimiento más obtuso, esto es, á la tolerancia de todas 
! las opiniones. 

I Aquellas pobres ancianas no tuvieron más instructor que un predica- 
dor á la Campasas, ni más libro que el Lavalle y una colección de es- 
travagantes novenas. 

Para hablar aproveché un momento de silencio a. que daba tregua el 
hidrófqbo entusiasmo de que estaban poseídas mis amables interlocnto- 
; ras; se electrizaban con sus propias palabras; me tenían prendido con 
; las uñas como al ratón el malévolo gato; me asfixiaban con sus caricias 
poco amables, y acompañaban sue palabras co n retórica especial, yo anhe- 
laba un blindaje, una coraza de pnerco-espín, un paraguas que me pusie 
ra á cubierto de su bocal regadera. 

Se anuncia la tempestad, Yo percibí los relámpagos y los truenos 
de una cólera comprimida; aquello era una caldera en ebullición que ca- 
recía de bálbula de seguridad, que hervía, que bufaba, que iba á esta- 
llar s" el vapor buscaba concentración -en atmósfera más elevada. ' 
¡Dios mió! ¿á dónde me conducirán las circunstancias? 
,— Nuestro sol ¿nv-decía d<ñi Agatoncita- pone toda su atención 



139 

— j ' ' « - 

en la política. Está muy engreído con su Presidente de la República; 
pero éste tiene que caer como cayó su Coliflor. • 

— N C*»monfort, señora,,— dije yo algo amostazado —vea usted con res- 
peto á quien ejerció el mando supremo de su patria. ' 

— Sí, lo llamaremos sacarreal raajestá, Alteza serenísima — 3xclamab& 
doña Catana acentuando sus palabras para convertirlas en ironía, en 
flechas envenenadas. 

En vano intentaría yo persuadir á estas señoras, por calmar su. agita- 
ción, de que la reforma en nuestra patria es una exigencia de nuestro 
siglo novador; incrustada en ellas la intolerancia, era inútil la discusión 
que degenera fácilmente en reyerta k que su monomanía me provocaba, 
aun cuando yo intentara ilustrar su entendimiento con un destello de 
luz de e<a misma religión que eilas profesan. 

Adonde yo intentaba llevar la conversación allí encontraba un estor- 
bo y ellas la encaminaban á la política. 

,— Parece que hace frío— N dvje con calma muy estudiada, restregando 
las manos y dando á mis palabras un énfasis peculiar, como si mi sangre 
se congélala. 

,— Nosotras sentimos calor; e3tas cosas nos hacen hervir la sangre; es 
un infierno en el que habitamos. * 

—Así vivimos hace dos años;^ -tornó á decir doña Agatoncita-s© nos 
derrama la bilis, y por eso pedh/ios á Dios resignación y un rasguito de 
su bondad para sufrir con paciencia las flaquezas de estos impíos. 

— >¿Qué noticia rae dan ustedes de Filiberta? mucho tiempo hace que 
no la veo. » 

— Cayendo y levantando»—- N me contestó Catana, colocando un paren- j 
tesis á sus admoniciones.-Uno de sus hijos ha sentado plaza de oficiali- 
to, y anda por esos mundos defendiendo la buena causa. 

-^Anda con los liberales? 

— ¿No te digo que es defensor de la buena causa? 

r- Pues la buena causa es la mía. 

r-Los liberales se roban todo lo bueno-replic<5 doña Catana, querien- 
do encarrilar la conversación en otra vía. 

El fanatismo político, así como el religioso, embotan los nobles senti- 
mientos. Nuestras heroínas hacen de nuestra religión la base del des- 
potismo más atroz. Estas señoritas son las Vestales de un templo que 
erigen en su hogar, y forman una religión especial en que viven y en 
que mueren. Son Pontífices y 6acerdotizas á la vez. Las preocupacio- 
nes, la ceguedad incurable, forman una conciencia artificial que admite 
lo estrafalario, lo maravilloso, para, tributarle un culta* rezan y lloran 
con pasión frenética, k la manera que en las bacanales resuenan constan- 
temente las palabras tabernarias y las* risotadas de la orgía. Acostum- 
bradas á ver en el reformador un tirano, no ven que esos hombres son 
designados por la Providencia para regenerar k la patria con su audacia, 
con pu cultura, y con sus facultades intelectuales; que Dios extiende su 
mano cada vez que una sociedad envejece, y manda para rejuvenecerla 

Iun cataclismo, un sacudimiento formidable que, así como un terremoto 
despierta á los pueblos, los impele hacia el progreso y k una nueva civili- 



. 140 _ 

Ización; que hace, en fin, que el mundo animado siga su marcha por otras 
¡regiones, conquistando nuevos ideales y señalando días de gloria y de 
bienestar á la humanidad. 

i Estas observaciones, dirigidas á inteligencias ebcccadas, serían iniíti- 
; les, lo mismo que tomar por lo serio tales extravagancias en seres que 
son víctimas del delirio: lo razonable es tole/ar sus pueriles devaneos y 
esperar á que el tiempo cure esa enfermedad de su espíritu que las en- 
camina al sacrificio; que caiga por sí 60¡a esa venda fatal que llevan 
ante su vista, como llevan tapa— ojos los caballos de los picadores de to- 
ros que conducen al matadero. 

Doña Catana á cada momento me insinuaba sus palabras con un ti- 
rón de mi chupa, con un repulgo muy zalamero en mi epidermis. 

— Hemos visto caer lo» tronos y los reyes, y no habíamos de ver caer 
al indio de mis pecados. 

— Ustedes se exaltan y yo no quiero contraríalas; las cuestiones de 
política son enojosas, arduas, delicadas: Lasta los hombres más sabios se 
han equivocado alguna vez. 

— nSí, pero les ha costailu el pescuezo. 

— Y los de aquí se siguen equivocando. 

— Y metiéndose en lo que no les importa.-decía doña Catana ponien- 
do las manos engarruñadas delante de mis ojos. 

—^Dígalo sino la tumbada de los conventos. 

— Y la echada de las monjas. 

— Y de los religiosos, que son los dioses de la tierra. 

>r-Y la tolerancia de cultos. 

( — Y el ámaciato civil. 

— Y el Viático que anda sin campanilla. 

Aquí doña Agatoncita sufría un vértigo y su semblante una trans- 
formación: la enagenaba el eco de su propia voz, y sus ojos giraban en 
sus órbitas con extraño movimiento: aquellos no eran ojos sino dardos 
basilísticos; aquellas no eran manos sino tarántulas en pánica tremolina. 

— \Ustede3 no entienden estas cosas; juzgan y fallan sin conocimiento 
de causa. 

— ¿Y la tumbada de los templos, no la conocemos? 

— ¿Y el destierro de los Obispóse 

r- Y la prisión del Padre Laberinto, no la conoemos.? 

— Algo naría por lo que lo metieron á la cárcel; no sería porque esta- 
ba rezando el rosario.-^Exclamé tocando la fibra más delicada, al sentir 
que la sangre se me subía á la eabeza: ;ay! yo también sentía los impul- 
sos de la cólera, y que se apoderaba de mí, poco á poco, la frenético-ma- 
nía, la irresistible tendencia al altercado político. 
— ¿Qué había de hacer el pobrecito Padre? defender a la santa Madre 
Iglesia de los ataques de los impíos. 

— Ola; Ola! 

— >>Y usar sus hábitos en la calle. 

— jPues es nada! un desacato, una infracción de ley. 

— ^Si lo tengo dicho, — decía doña Agatoncita hechando chispas por 
los ojo3-ustedes les quitarán sus hábitos porque tienen el palo y el man- 



141 

do, pero oyen mi boca; que se sepan lo que son las Armengoles. 
— Ya nos conoces; somos muy claridosas. 
—^Ustedes tan religiosas, tan buenas cristianas. 

— La religión no es tapadera; compadrito. 
— La caridad, el amor al prójimo. 

1 — Los liberales no «on prójimos sino herejes, y tu sacas el estandarte 
'; en el clus. 

I ,— No el ven ustedes tanto la voz que puede venir la policía, y 

' — ¡Huy! ¡que nos asusta! 

!j — \caso venga un gendarme y nos haga caminar á todos para la 
-cartulina. 

i | ^— Esos demonios asustan nomás á los bobos. 
¡i — Los correremos con agua bendita. 

J /—¡Por San Juan Anteportam! encuentro á ustedes muy cambiadas 
en sus costumbres ¿qué hicieron ustedes de aquella moderación tan de- 
cantada? 

— Ustedes tienen la culpa; quieren arrancarnos nuestra religión, des- 
catolizar á México-decía doña Catana hechando espumarajos por la boca 
como botella de cerveza que se derrama. 

r- Antes habrá un cataclismo; no quedará piedra en todo este reino. 
— ¿Qué es lo que quiere usted hacer conmigo, doña Catana? lusted me 
ahoga! 

— Quién te manda ser liberal. 

r— I/oña Agatoncita de todos mis afectos, suélteme usted, que para 
deliberar no se necesita esa retórica. 

-^Hoy saco ánima del Purgatorio desmelenando á un liberal. 
— Por Dios! ;Gendanneeee!-dije ysugetando aquellas manos que me! 
señían por el cogote como la tenaza de Y ulcano, mientras que otras ma- 
nos me tenían asegurado por el copete. 

Y las dos furibundas doncellas se habían apoderado de mí, á título 
de sucesoraB de la autoridad materna, con febril entusiasmo. 

— ¡Un agente de policía!- volví á gritar en demanda de auxilio; ccn 
quejas muy lastimeras, esclamé:-¡ay Dios! ¡ay Dios! 

— ¡Ahora sí! ¡recio con él! ¡que ya confiesa que hay Dios. 

— ¡Una bomba! 

— N Que les reviente en sus cluces á los impíos. . . . 

— ¡Un toro puntal! 

— Que los cuerne y los destripe. 
— \jUna serpiente de cascabel! 
—Que los muerda y se les enrosque. ... 
I — Así decíamos cuando la patrulla se llevó al Padre Laberinto. 
/— ¡A dónde he venido á dar! ¡£ la casa de las locas!) 

Y poniendo en juego una fuerza hercúlea, haciendo de tripas corazón 
me desprendí de las dos niñas Amengol, dejando entre sus garras mi 
cuello postizo y mis puños de r celuloide que eran todo el componente de 
mi elegancia. Batí eu el aire el puño de mi bastón como la clava de 
Hércules, y de un brinco me puse en la cuarta grada de la escalera. 

— ^ Alto ahi, ó cometo un viejicidio! en el cuarto grado no hay paren. 



U2 

tesco; no guardaré consideraciones al sexo ni á la edad. # 

Yo salí de allí como rata por tirante, pisando en lanas, exclamando 
con toda la fuerza de mis pulmones: Legisladores! Legisladores vosotros 
castigáis en el escritor hasta la intención de ofender; vosotros dais leyes 
con gambito contra la calumnia y la difamación; vosotros espetáis leyes 
eeverísimas contra el impudor y la sevicia, y no queréis castigar á las 
brujas que nos asfixian, nos asedian, nos trituran, atenidas á la impu- 
nidad, k que dirigieron nuestras primeros pasos en la niñez. No pedi- 
mos á Dios ni á los hombres su justicia; no su espada flamígera al Que- 
rubín que guarda el Paraíso; sino á Job un rasguito de esa paciencia que 
lo saritificó en el estercolero, para cuando las arpías nos cojan con sus 
garras: y si esto no es suficiente, que Dios mande contra ellas un terno 
de gavilanes, un perro de presa, un par de águilas devoradoras, un án- 
gel exterminador que las lance á despoblado. 

Atravesé aquellos callejones como perro en barrio ajeno, tan satisfe- 
cho como escarmentado, sentando el gran principio de que las amista- 
des añejas que se perdieron, mal pueden reanudarse Lo dice el adagio; 
uno es bueno el chocolate recalentado ni la amistad reconciliada. •• 



La visión de Fray Junípero. 



Cuentan las crónicas, no sabemos si la historia ó la tradición, que A- 
lejandro,el grande Alejandro, tenía un perro feroz, tenaz, apegado á su 
amo, pero desobediente á sus mandatos; este lo acompañaba á los com- 
bates y lo defendía de sus enemigos. Creíase que el furibundo animal 
era encartado de pantera — Esto es verosímil cuando sabemos que los 
griegos, romanos y egipcios tenían en sus palacios tigres y leones do- 
mesticados que, atándolos al carro triunfal, ostentaban en los paseos el 
gran poder de la humana inteligencia. Olvidó hecer la seña convenida 
á su íinl aliado; este se avalanzó á un enorme elefante y se le cuelga de 
una oreja. La indignación del Oran Capitán fué extremada porque no 
obedecía su voz, ni dejaba su presa a pesar de los golpes y de los furibun- 
dos desaires. Se le mande cortar una pata, y el furioso animal perma- 
neció asido á la oreja; se le mandó cortar la otra; y el perro % no dio 
señales de dolor, y sufrió el castigo. Se ordenó cortar una mano y des- 
pués la otra. Mi por esas soltó la oreja al elefante. 



143 

í) Se pegaron diez guerreros al rabo para probar si con la fuerza eran 
¡ más eficaces los tironea. La tenacidad del perro de presa no fué sensi- 
Ij ble á la violencia sobrehumana de los hércules. 

1 Alejandro mandó que lo descuartizaran, que le extrajeran las entra- 
i¡ ñas, que le cauterizaran las carnes. El cuadrúpedo sufrió cada una de 
estas torturas sin abandonar un momento su presa. 

Al fin, despedazado su cuerpo y separado en fracciones, sin fuerzas 
vitales, sin la contracción de las fibras nervinas, llegó á creerse que no 
habría medio de que la cabeza sola se obstinara en agarrarse para chu- 
par la sangra del elefante. Todo fué en vano; vino el martirio, llególa 
muerte y la cabeza del perro quedó allí para dar grandes é inefables 
pruebas de pertinacia. 

II. 



Este relato lo había leído Fray Junípero en alguna parte. Ciando 
vino sobre su Reverencia el dulce sueño, no se separaba de la fantasía 
el ferosísimo animal: soñaba con él; se multiplicaban en el cerebro tan 
horrendas figuras; ya no era un elefante; ya no un solo perro; era una 
jauría que atacaba á una matrona respetable, cuya túnica estaba despe- 
dazada, y el mauto hecho girones; el seno lo tenía desnudo, suelta la 
cabellera, los ojos llenos de lágrimas. Es que los pintores así bosquejan 
á la patria, á ese mito sublime á quien todo ser viviente tributa adora- 
ciones. 

Los rabiosos canes estaban colgados de piernas y brazos hasta de su 
héimoso seno: se hacían caer á pedazos las patas, manos, rabos, cuar- 
tos sólo las cabezas estaban pegadas, despedazando las carnes, 

chupando la leche, es decir, la sangre. 

Horrorizado dio un grito Fray Junípero. Invocaba los manes de A- 
lej andró; le suplicaba rendido que matara su jauría para que no lle- 
gara á las orejas del elefante,ó bien sea, á los pechos de la madre pa- 
tria. 

DL 

El sueño siguió engendrando nuevas imágenes. Era un hermoso jar- 
dín donde multitud de flores embalsamaban el ambiente y recreaban la 
vista La sensitiva pudorosa escondía su corola y cerraba sus pétalos 
al sentir el magnetismo de la¿* miradas de los hombres; al recibir el ca- 
lor animal que los curiosos le trasmitían. Allí estaba personificada la 
modestia el pudor, la sensibilidad; en una palabra, las virtudes morales, 
las cualidades físicas, que los hombres deben poseer cuando están en 
sociedad. 

La rosa, el jazmin, el lirio, simbolizan allí, en el mudo lenguaje de las 
flores, que en aquel sitio floricultoriza la hermosura femenil en la sim- 
pática rosa; y la sabiduría masculina y Ja prudencia en el jazmin; el va- 
lor en el lirio solitario. 

El zempoalxóchil ó sea togetee erecta, con su dorado color amarillento 



144 

subido y olor fastidioso, representaba á los parásitos del erario, á los 
que medran con los caudales públicos; símil perfecto de nía prensa en- 
suciada ó insaciada,'* á su lado germina también »el mal de ojow zinnia 
deganB , como si quisiera advertir que una y otra planta son maléficas, 
y que debe huirse de su contacto. 

Del árbol del Pirul (chinns mulle) es tradición vulgar que su sombra 
es mala, y que los gobernantes, ministros, sacerdotes de todos cultos, 
jueces y magistrados, deben de precaverse de descansar en su tronco. 

Más alia s** veían otras hermosas flores llamadas eleotropos cuya natu- 
! raleza es seguir la carrera del astro rey desde que aparece en el Oriente, 
y no abandonarlo sino poco antes de llegar á su ocaso, volviéndole la 
espalda para esperar el nueva sol que debe aparecer. Estas flores obe- 
decen á su instinto pues se aniñan con las auras que las nutre, con el rocío 
que las refresca, y con los rayos del sol que las vivifica. Asi conoce- 
mos algunos políticos, que sin ideas, sin afecciones á una causa, vuelven 
su cara hacia otro astro y se ponvierten en satélites. 

VI. 

Fray Junípero, aunque alertagado por el sueño, pide á Dios que le 
ponga á cubierto de esas plantas maléficas. Su imaginación cambia de 
objetos. El sueño contiuúa brindándole pesadillas. 

Aparece á sns ojos una colmena. ¿Qué pueden hablar á su razón u 
ñas abejas inocentes, laboriosas é inofensivas, que consagradas al tra- 
bajo viven en la soledad, visitan [Jas florestas, y recorriendo el espacio 
no osan tocar la tierra llena de cieno? El soñador dá tornillo á su in- 
teligencia y puede comprender que la colmena forma^mna!; que el pa- 
nal es la pura miel; que la miel la extraen de los nectarios las abejas; 
que las abejas trabajan para que su fruto se lo coman otros. / Oh! Vos 
non vovis. ¿Nó sucede lo mismo con los partidos? unos forman las ins- 
tituciones, y otros saborean 3us frutos. En el mundo esto acontece; u- 
nos son los hombres que siembran la idea, los que combaten por ella, y ¡ 
otros los que se aprovechan. 

uDios premia al bueno, pero el malo 
Le quita el premio, y le pega un palo.n 

Cerca de la colmena está un florido granado; en la cima de éste se vé 
una granada abierta, Imagen perfecta del liberalismo recto y justo, 
que ensancha sus benéficas leyes para no oprimir el grano, es decir, á 
sus compatriotas, á la humanidad que es su hermana, salida del seno de 
la Libertad. 



145. 



Qie el mny Reverendo Padre Fray ftobnstiane debs llagas del Divino 
Redentor, religioso observante, de la sociedad de propaganda denwerátiea, 
predicó ante un eonenrso numeroso, en el Templo del Bnen Sentido. 

Si he hablado neciamente» 
es porque vosotros me habéis 
H obligado. San Pablo. 

¡Hermanos queridísimos! Carísimos oyentes del alma mía. Venid á oír la 
verdad santa; encachad mis palabras y grabadlas eternamente en vues- 
tra memoria: ellas os señalarán los caminos del bien y del mal, á fin de 
qne sigáis el que más agrade & vuestra conciencia. Lejos de- mí está la 
idea de extraviaros, no menos que la de halagar vuestras pasiones; por 
que yo estoy persuadido de que poís muy buenas hojas, como 4fce el 
vulgo; es decir, que sois como las espadas de Toledo, que ni se pandean, 
ni se quiebran jamás. Yo no grabaré en vuestras almas sensibles sig- 
nos que reprueba la moral, ni nociones contrarias á los preceptos que 
Dios sancionara en el Sinaí. Nó, hermanos míos; yo no querría salir de 
aquí como Gobernador que se alza con el santo y la limosna, como el 
perrito que se comió el jamón. Y tú, divinidad augusta que habitas el 
Olimpo, presidiendo desde allí nuestros destinos; sublime RAZÓN, ilu- 
mina nuestros espíritus; dá á mi voz inflexiones Suaves como los cantos 
de la alondra, no «orno el graznido de las aves de rapiña, ó lo que es lo 
mismo, como el rispido acento del administrador de contribuciones que 
hace uso de la facultad económico-coactiva; infunde valor á mis pala- 
bras, y que ellas muevan el corazón de mis oyentes. Henchidos de gozo, 
rebozando alegría, como si ya viéramos á don Pepe sumido en el olvi- 
do; elevando hasta tu trono nuestras alabanzas, como las que mandan 
en coro al Gobernador del Estado los que temen perder sus destinitos; 
nuestros ruegos á tí, RAZÓN querida, llegan como k las nubes los cu- 
chicheos' de las beatas y los- gemidos de la sociedad católica, viendo 
que se le escapa su poder. 

jRAZON sublime! Con la ciega fe del corazón; con el júbilo de los 
sentidos; con las efusiones del alma, los que van á oir, te saludan; los 
que van á decir, te bendicen. — Ave María. 



. 116. 

«■ ■— — ii ii ■ i i ■■ i i n i i * . 1 i — — ^ r _i 

Los atenienses, venerable auditorio, auditorio respetable, elevaron 
un altar al Dios no conocido. San Pablo les decía: <iOs hablo á nom- 
bre de ese Dios que amáis sin conocer, u Así entre nosotros, hermanos 
míos, al levantarse esa pléyade de oradores en cada templo que sin 
conocer la RAZÓN ni el buen sentido, le tributan homenajes; predica- 
dores á la Fray Gerundio de Campazas, que convierten la cátedra e- 
vangélica en instrumento de odios; que llevan allí sus rencores, en vez 
de la verdad santa y la mansedumbre del ciudadano Jesxít* de Naza 
reth; á ellos puedo decir lo que el Apóstol á los Atenienses. . . . nos 
hablo a nombre de esa deidad, de ese Dios que amáis sin conocer.it 
Volved la vista hacia atrás, hermanos míos; fijad la vista en Jesucristo 
y en los doce discípulos que fueron los propagadores de su doctrina. 
¡Oh poder de la impotencial Si Jesucristo en vez de doce pescado- 
res ignorantes y pusilánimes hubiera elegido á doce indios de raza pu- 
ra, morrocotudos y tesoneros como D. Benito Juárez, no lo ha- 
brían trinado los picaros judíos, y todavía les estarían dando guerra; 
ellos llevaron consigo la luz del Evangelio, la paz, la mansedumbre, la re- 
signación, la humildad, la abnegación del sacrificio. Combatían los erro- 
res, pero empleaban la dulzura y la persuasión para atraer al buen ca- 
mino al pueblo idólatra; y aun Jesucristo mismo dirijió á Magdalena 
estas frases que santificaron con el amor y el arrepentimiento una vi- 
da licenciosa: uTe perdono, mujer, porque has amado mucho» (Toses 
y estornudos del auditorio; inuestras de alegría en las mujeres que 
tienen novio). 

Petoibo entre vosotros, hermanos míos, un movimiento simultáneo, 
recíprocas sonrisa?, y que unos á otros os cerráis el ojo; y entre voso- 
tras, palomas sin hiél, cierto cuchicheo zumbón que os asemeja á un 
enjambre de abejas cuando el zángano las alborota. Aplacaos, carísimos 
oyentes, y escuchadme con atención. 

Personas piadosísimas he conocido, de fe ortodoxa, de moral muy 
severa, que hap pretendido enmendar la plana al Divino Maestro; 
adulteran el sagrado texto, diciendo que Jesús le dijo á la hermosa 
mujer del pueblo de -Magdala estas palabras: uTe perdono, mujer, 
porque me has amado mucho, n (.Nueva agitación en el auditorio; 
toses y estornudos, de las palomas sin hiél). íío, hermanos míos; in- 
tercalar ese pronombre personal, es decir una blasfemia, es colgar á 
Jesús un sambenito. — Pero yo me distraigo, señoras; volvamos á nues- 
tro asunto primordial. 

¡Predicadores santos! Amartelados pastores, cuya palabra debe reso- 
nar en este recinto, abrid las obras de Hassillón y de BoBsuet, de La- 
cordaire y Frayssinous, de Fenelón y el Padre Félix: sus dulces pa- 
labras resuenan todavía en el templo de Nuestra Señora de Paris; 
depositaron en una muchedumbre incrédula el germen de la verdad 
sublime; sus razonamientos persuasi vos iluminaron sus espíritus, por 
que hablaban á su inteligencia, porque se deslizaban en su alma, por 
que conmovían un corazón emperdenido por el error ó debilitado con 
la indiferencia* eligiosa. Allí se ve combatir el error, pero con la aus- 



147. 

Btera filosofía de la religión, con los argumentos qne engendra el buen 
\serúido^ con los testimonios irrefragables de la historia y de la tradi- 
ción. La Biblia, ese tesoro inagotable de sucesos, donde se hace el re- 
cuento de todas las miserias, de todos los vicios, de todas las virtudes 
heroicas, se explica, se comenta. Allí no hay argumentos irracionales 
como el que emplean algunos de nuestros predicadores, cual es el de la 
fe dd carbonero^ hijos de un entendimiento pobre y de talentos estéri- 
les; allí no hay fe religiosa de jeringa, ni convicción insuflada uá cha- 
leco t M á neófitos obsecados ó á un auditorio semi-salvaje. Allí no hay 
gritos, n^enfurecimientos oratorios, ni beatas que lloran y fingen des- 
mayarse sólo porque no se enoje el padrecito, y desespere porque no 
conmueve; no, hijos míos muy queridos. Allí no hay comedias ni saine- 
tes espirituales ante la Divinidad, ni caricaturas del cristianismo, ni 
aullidos de mujeres soflameras, más intensos cuanto es más estentórea 
la voz de un orador de anchos pulmones. Los gritos y las regañadas 
groseras no hablan á la razón; las diatribas y los insultos, la admonición 
al borrachito que está delante, las indirectas del Padre Cobos á la pe- 
cadora que busca en el templo consuelos, porque en el mundo se cubrió 
con el maüto de la hetaira; los arpoqazos al liberal nque fue á meterse 
allí para oler y estornudar^ son contrarios á la caridad evangélica; 
son contraproducentes y más eficaces para alejar del recinto sagrado 
al pecador, que para inspirarle el arrepentimiento. 

Tales predicaciones revelan ignorancia, hijos míos, poco conocimien- 
to de los fundamentos de la religión, y un ingenio pobre y mezquino 
digno sólo de mostrarse á un auditorio salvaje, pero no católico. 

[Hermanos míos muy queridos! Vosotros que tenéis la misión de se- 
ñalar á la oveja descarriada el sendero del redil, y á su inteligencia 
obtusa las verdades de una religión santa, y á la inflexibilidad del in 
crédulo la luz meridiana del Evangelio; cuando subáis á la Cátedra del 
Espíritu Santo, armaos de la piedad que animara á Pablo; que vuestras 
palabras llevando el germen de la verdad cristiana, se deslicen suaves 
y serenas como la corriente mansa que lleva entre sus ondas una flor 
delicada. Depositad en el alma del impío, en el corazón del liberal, en 
la conciencia del incrédulo, con amor, con dulzura, con persuación, la 
semilla de una verdad sagrada; depositadla, predicadores, que ella ger- 
minará; ella dará flores; ella producirá frutop cuando llegue el día en 
que el corazón lacerado busque á Dios; cuando la tribulación busque 
las expansiones consoladoras de la amistad y de la fe religiosa; de la 
misma manera que el labrador deposita bajo lft tierra la semilla que 
crecerá con el calor de la Primavera. 

No forméis de la religión una caricatura, hermanos mica muy que- 
ridos; aquellos de vosotros, puramente lárragos, puramente miseritos, 
no profánela ese lugar sagrado donde hoy suben, no el talento y la 
instrucción, sino sólo los ordenados in, sacris; si queréis dirijir vuestros 
consejos á las chivitas descarriadas, no hagáis lo que el mastín que 
asusta con sus ladridos y mordiscos; leed á Masillón; leed á Fenelón; 
impregnaos de sus doctrinas, de sus preceptos, y trasmitidlos á la mu- 



. 148. 

= ==g==g= III. lili ==: 

chedumbre: más vale tomar prestados los vistosos plumajes del pa- 
vo real que mostrar las poridades de un cerebro vacío, descarnado y 
sin plumaje. 

Aprovechad el siguiente ejemplo que cita Fígaro. H 

Un predicador dirijió á su auditorio en tono de interjección estas 

palabras: — nVen acá, hombre lascivo y mujer prostituta ti 

y luego se levantaron un hombre y una mujer, diciendo: nHáganse á 
un lado, señores, que nos llama el padre, m 

Hermanos míos carísimos; la polvareda * que han levantado en la 
República Mexicana las leyes de Reforma elevadas al rungo de precep- 
tos corfbtitucionales, y los anatemas que se han fulminado contra aque- 
llos que ofrezcan obedecerlas y hacerlas cumplir, tóuy especialmente 
por los pastores católicos, rae han obligado, hijos míos muy queridos, á 
dirijiros mis dulcísimas palabras que irán á fortalecer vuestras creen- 
cias, ya políticas, ya religiosas sin que por otra parte puedan sufrir me- 
noscabo los principios progresistas que habéis profesado. £1 que tonga 
oídos que ciga>y el que tenga ojos que rea, para que se persuadan que 
esas tempestades ocasionadas por una pila de Volta, ni afectan el dog- 
ma católico reconocido en el Universo, ni pueden contener la marcha 
segura de la civilización. 

Ved, mis hijos carísimos, como están frente á frente de la Constitu- 
ción y del absolutismo, el Siglo XIX y la Voz de México; el fanatis- 
mo y el progreso, la religión y la libertad. Mirad, propagadores de una 
religión santa, como están dos mochilleres de raza inglesa, D. Pelagio 
y D. Sebastian, gerente el uno de la Iglesia católica, y gallo de estaca 
el otro de la comunióu liberal. Escuchad la voz de los tribunos, y la 
palabra del sacerdocio; recoged unas y otras razones en vuestro espíri- 
tu, prohijaJas con amor, y poniéndolas en la balanza de vuestro ra- 
ciocinio, pueda inclinarse vuestra voluntad hacia quien tenga la jus- 
ticia. 

Nada tiene que ver en este ca6o la cuestión política con la cuestión 
religiosa, si alguno pretende caminar al frente del progreso. México, 
al dar sue leyes, al dar al pueblo instituciones, no debe sancionar co- 
mo benéncad las exigencias de partidarios que son opresores á otros, 
sino conceder iguales garantías. «.No quieras para otro lo que no quie- 
ras para tí,n dice una máxima evangélica; y todos los hombres y todos 
los partidarios debían practicarla como el fundamento de la' moral 
universal Parece, hijos míos muy amados, que los directores de una 
grey católica, olvidan que en los países en que no se profesa su reli- 
gión, se predica constantemente la tolerancia de todas las creencias co- 
mo un medio expeditivo para llegar á la cúspide de la civilización mo- 
derna. En la culta Francia, en medio de un pueblo eminentemente 
cristiano, y á mayor abundamiento, católico, el sabio Fenelón, el vir- 
tuoso Obispo de Cambray, que será considerado más tarde como uno H 
de los Padres de la Iglesia romana, aconsejaba á su príncipe educando I 
estas evangélicas palabras: ^Conceded á todos la tolerancia civü.u ¿Me I 
vais comprendiendo? I 



149. 

Esas leyes de reforma, ¡oh liberales predilectos de mi corazón! ¡oh 
conservadores inocentes 4 quienes idolatra el alma mía! no afectan en 
manera alguna las creencias, pues en ellas no se niegan las tradicio- 
nes que constituyen el dcgma católico; no se dice que el Papa no de- 
be ser el Vicario de la Iglesia; ni que carezca de infalibilidad, ni que 
no debe haber Sacramentos; el legislador no ha querido convertirse en 
deificador de los hombres, ni en perseguidor d* religiones, y los deja 
expeditos para que todos eleven a dogma las verdades ó los errores y 
establezcan como les plazca sus relaciones con la Divinidad. 

Desoid i oh liberales! no escuchéis ¡oh conservadores! las palabras 
insidiosas de aquellos sacerdotes católicos aue convierten el templo en 
baluarte de un partido político de execrable memoria, y las creencias 
religiosas en locomotoras revolucionarias. las leyes de reforma, des- 
tellos divinos del sol de la civilización moderna, contienen el germen 
dn principios saludables, que los católicos oprimidos invocan á todas 
horas. La tolerancia de cultos, es benéfica én nuestro^país porque es- 
tablece, más que la rivalidad, la emulación; más que los odios religio- 
sos, la discusión de donde brotar debe la radiante verdad, la austera 
filosofía, en que -el catolicismo podría salir triunfante. México, esa 
ciudad alegre y religiosa, que ostenta como un testimonio de fanatis- 
mo y de ilustración los mil campanarios de sus templos, dormía tran- 
quila abrigada por su fe, y apenas daba pasos en el camino del pro- 
greso; la tradición cristiana se esparcía en las masas populares como 
la lluvia benéfica que fertiliza los campos vírgenes y sin cultivo, y 
que sólo produce entre espinos y, malezas alguna que otra flor. Mas 
vino la tolerancia, y con ella los asociados de todas las religiones, y 
luego la competencia, y los choques de la discusión que esparcen su laz 
radiante, como sale la chispa al choque del pedernal y del acero; y 
el clero católico entró en actividad, y despertó de su indolencia, y fun- 
dó escuelas y colegios, y multiplicó sus predicaciones, y fundó sus so- 
ciedades de propaganda, y todo en conjunto avivó la fe cristiana casi 
amortiguada. 

La dase indígena, sepultada en la ignorancia, tenía como fe re- 
ligiosa nada más que el nombre de cristiana. Se entregaba por una 
parte, ¿ las prácticas de su antiguo culto idólatra, y por otra al ejer- 
cicio llamado católico por anomalía, que tolera la superstición de los 
indios ignorantes, y esa mezcla del paganismo y del cristianismo. Pero 
vino el temor de que esa mnchedumbre idólatra, que no ama á Dios 
sino por la percepción sentimental de positivos beneficios, fuera á pos- 
trarse á los pies de pastores de la Iglesia anglicana, en todas sus rami- 
ficaciones, y el clero de nuestro país comenzó á infundirle sus creen- 
cias, á hablar á su razón, á hacerle comprender los dogmas; y la clase 
desheredada de los beneficios de la civilización entra en el círculo de. 
los catecúmenos; y recibe en su alma los destellos de la luz evangélica. 
Apenas hay un pueblo donde el clero católico no haya fundado escue- 
las, y en muchos, algunos colegios, sistema de enseñanza que antes no 
se conocía. Estes beneficios ¿«e deben exclusivamente al deseo de pro. ! 
pagar la ilustración? No, se deben á la emulación; al temor de ver que I 



150, 

otras religiones activas y ardientes en su propaganda, desalojaran de 
su influencia á un clero que se envejecía y dormía tranquilo en el go- 
ce de sus antiguos triunfos. 

^ Bendecid, hijos mios muy amados, nuestro gran principio constitu- 
cional que proteje todas las creencias y que ha ocasionado esa regene- 
ración en el pueblo y aun en el sacerdocio romano: bendecidle, herma- 
nos carísimos, porque la instrucción en México se desarrolla en gran- 
de escala; porque la sociedad católica funda escuelas y colegios donde 
los establecen las sectas protestantes; porque la Compañía lancaste- 
riana, el gobierno y el municipio, fundan también esos benéficos plan- 
teles, estimulados todos por el deseo de hacer la propaganda de prin- 
cipios políticos ó religiosos. 

El clero católico, en su avidez por dominar Jas conciencias, arriesga 
el depósito sagrado de su fe por navegar en ese piélago insondable y 
tempestuoso de la política, donde han zozobrado tantas veces los baje- 
les de la Iglesia romana. Allí están Inglaterra, Alemania y la mayor 
parte de los pueblos sajones que trocaron sus creencias por las de los 
reformadores anglicanos. 

Leed, hijos míos, las pastorales de nuestros Obipf os que combaten 
en nuestro país la reforma; mirad la c ntradiccíón más m <n>trnosa en- 
tre los hechos y las teorías, entre el interés y las doctrinas más santas. 
Mirad al ilustre mitrado Sr. Sollano, Obispo de León, que denuncia 
bienes de la Iglesia en México, conforme á la ley de desamortización, 
y que luego las combate como heréticas. Esto prueba que alienta el 
deseo de trastornar un orden político más bien que el de combatir x\n 
error religiosa Rogad á Dios, demócratas y progresistas, y demás 
hermanos del cordón liberal, porque mande su luz y sus miradas hacia 
ese príncipe de la Iglesia, excomulgado por sí mismo, y que ha engu- 
llido sus propias censuras, como aquellas aves gallináceas qu devoran 
el fruto* de su propio vientre. 

Protestad, ¡oh liberales! esas leyes de reforma y obedecedlas; ellas no 
son contrarias á los dogmas y tradiciones del catolicismo, y aun cuan- 
do lo fueran, recordad que Jesucristo y los Apóstoles recomendaban 
obedecer á las autoridades gentílicas. Recordad también que esas leyes 
no son condenadas, sino antes bien, apetecidas, por la Iglesia católica, 
es decir universal, en todos los países intolerantes. 

No cnlpeis de malévola mi intención ni de muy severas mis pala- 
bras; recordad sólo las palabras del Apóstol San Pablo: nSi he habla- 
do neciamente, vosotros me habéis obligado. . 
. (Para mover á sus oyentes Fray Robustiano no echó la bendición; 

Eero á estos les hizo tanta fuerza como el agua ¿ los que oyen 
over y no se mojan). 



151. 



JUEGO DE PRENDAS. 



Aplaudir debemos los adelantos de nuestro siglo, simbolizados en 
los juegos de sociedad. 

Un señor llamado Refugio Soto fué preso y acusado de que sustra- 
jo unas muías pertenecientes al Sr. D, Fulano de Tal. El Supremo Tri- 
bunal de Justicia lo absolvió, por lo que quedó en libertad. Esto se lla- 
ma en el juego de prendas un favor y un disfavor. 

El reo, ya justificado, profirió las siguientes palabras que tal vez 
fueron su sentencia de muerte: ti He sufrido injustamenie una prisión 
de veintidós meses, sólo po* ser muy hombre, pues se me suplicó no 
pusiera en la pista á la justicia para descubrir quienes son los ladro- 
nes, que los cubre la buena fama de hombres honrados; pero iré á Mé- 
xico y diré al dueño cuales son las personas decentes que tiene en su 

Hacienda de que preparan» dirijen y encubren loa robos que 

se le hacen. Estos, poniendo a Fulano una cara compungida, le dirán: 

— tiSi yo fuera papel, ¿qué hiciera vd. con él?» 

Pocos días después fué aprehendido en su casa Refugio Soto, á las 
doce de la noche, y acto continuo lo sacaron de está ciudad para man- 
darlo a Villanueva (¿á vida nueva?) que pertenece ai Estado de Zaca- 
tecas, pues lo pidieron á éstas aquellas autoridades. 

Esto se llama pedir un abrazo rogado. . 

El presunto reo presintió su vida-nueva, su próximo sacrificio, y con 
gritos desaforados pedía auxilio, resistiéndose & salir del cuartel; pero 
la policía le puso un freno sofocante con algunos trapos al conducirlo 
á su destino. Al llegar & la línea divisoria de los Estados lo recibió un 
Sr. N. Mendoza, jefe de acordada, y lo pasó para Vida-nueva antes de 
llegar á Villanueva. * / 

Esta sentencia se llama: » Juan, apague vd. esa vela.» 

Por acá se dijo de mucho secreto que se había hecho un robo de re- 
ses por Juchipila y Villanueva, siendo autor el ¡reo mencionado.-^El 
juego se llama se&reto á voces. 

Un abogado ilustre pidió amparo, pero como el pajaróse le arrebató 
á una hora avanzada de la noche, llevándolo en jaula y por caminos 
extraviados, no hubo amparo, puesto que el Juez de Distrito no es per- 



152. 



diguero para andar olfateando rastros; se quedó el defensor á la luna 
de Valencia, es decir, lo poso el Juez de Distrito á qne adivinara la 
palabra. 

En este mundo hay casos en que la justicia trueca los papeles; se 
defiende á los reos después de sentenciados en todas, todas sus instan- 
cias, y ella se disimula para que sean sacrificadas personas que tal vez 
son inocentes ^—Fíjense nuestros lectores.. 

Esta sentencia consiste en ensartar agnjas teniendo los ojos venda- 
dos, y sentado el paciente sobre una botella. Ea muy divertida, y para 
desternillarse de risa. 

Siga ía anderga. 

Pocas horas después se puso en la cárcel á otro sospechoso llamado 
Ponciano Gutiérrez, á quien se cree cómplice de Refugio Sota Inme- 

I" diatamente se pidió el amparo temiendo á la madrugada que ocasio- 
nar pudiera un estornudo, un tremendo constipado; que trajera la toó 
ferina, y luego bascas. ¡¡Ni por esas!! Se sacó al reo á buena hora f aera 
de la ciudad y se le fusiló también sin forma de proceso, sin atender á 
las quejas y reclamaciones del que pidió ampara En la tardanza es- 
tuvo el peligro. Después de la tragedia tiene que venir el entremés. 

Aquí el Juez de Distrito le dijo al defensor jugando al burro: 
Toma esta canastita 
Llena de pozas 
¡Quién te manda ser burro/ 
¿Por qué no abrasas t 

No sabemos quién ordenó la prisión y marcha del presunto reo, ni 
quien hizo el milagro de que estando bien amarrado, éste había de 
correr para qne llevara su merecida en la carrera, como las liebres 
que cazaban los franceses no queriendo que se les acusara de asesi- 
nos. (Gutiérrez fué fusilado en el arroyo del Venadero: ¡del venadero 
había de ser! 

El jefe derla policía no llegó á saber, ni á sospechar siquiera, que se 
había de matar i un hombre por sus custodios, y salió con su pecho 
sano, pero eso sí, con escolta y parihuela, con la inocencia de S. Juan 
cuando recorría el camino del Gólgota, á indagar lo que por ahí pa- 
sara. 

El cadáver del desgraciado Gutiérrez estuvo tirado en el camino del 
Venadero esperando unos compasivos lobos que por piedad le dieran, 
no sepultura eclesiástica sino lobística, en sus caritativos estómagos; 
pero he aquí que al presentarse la policía se aparece el difunto. Se ha 
cen cruces indagando quien pudo cometer ese desaguisado; pero pre- 
sumen que el muerto fué un reo que sin orden lo fusiló el jefe de la es- 
colta, porque estaba alumbradüa, no el muerto, sino el jefe. A esta 
sentencia se le dá el nombre de manos postizas 

Entonces ya no conoció límite la indignación del jefe de policía, por 

B te sin tapar el ojo al macho violaron las garantías constitucionales, 
e pronto cargó con el muerto para ver & quién se le hacían cargar 



153 

después, avisó á la justicia y comenzó á dar principio el empiezo de las 
primeras averiguaciones. 

Se le dijo á la justicia 

— Como sentida y agraviada ¿qué le mandas al dueño de la prenda 
que va á salir? 

— Que se ponga á mi disposición — Dice la Justicia^levantando las 
balanzas y la espada, pero no la venda de sus ojos. 

Entra el jefe de la escolta. 

t — Aquí mn tienes, bien mío; mándame lo que quisieres. 

— ¿Qui¿n mató al difunto que ustedes conducían preso? 

— Mis soldados, porque se quiso fugar; yo ordené que se le hiciera 
fuego en la carrera. 

— Acusado, los tiros fueron disparados por delante, y no por la es- 
palda, ¿cómo podía correr hacia atr&3? ¿era cangrejo? A otro can con 
ese hueso. 

— Se nos quiso echar encima. 

¡Oh portento! Se dice que todo podrá hacerse con las bayonetas, me- 
nos echarse sobre ellas; el reo ha demostrado que eso es mentira, y 
que corriendo para atrás no se pued« uno arrojar al co6tal de las ales- 
nas. 

— ¡Bien! usted ha cumplido con su deber. Que se presenten los sol- 
dados, los guardianes de la ley. 

Los soldado-verdugos declaran que rio es cierto que quería fugarse 
el reo, sino que el jefe lo mandó fusilar por ordenes de arriba. 

La sentencia consiste en que los soldados cuelguen un pito al jefe, 
que es el dueño de la prenda, para que todos le silben por su torpeza; 
pero el juez de la averiguación ya le dará un escapulario para que 
nadie le exija más tarde la responsabilidad por haber hecho un difun- 
to- ¿Qué delito es ese? Que haya un cadáver más, ¿qué importa al 
mundo? 

Esta sentencia se denomina: escpj,ina de provincia, porque todo bo- 
rracho puede hacer en ella lo que se le antoje, desde pegar pasquines 
hasta convertirla en mingitorio. 

El jefe de la escolta debía estar preso, porque no llevando orden 
fusiló al reo. . . .Pero. . . .¡Ayúdenme ustedes á sentir. . . .! estaba tan 
trompeto el angelito, que no supo lo que hizo. £/entro de ocho días 
estará su inocencia más depurada que la gota de rocío que cae sobre 
la rosa de castilla en rama. Con su escapulario ya quedará en liber- 
tad. 

Esperen nuestros lectores nuevos escándalos. 

"El Fandangon y »»La Instrucción del Pueblo» se reunirán para ha- 
cer oír "el dulce lamentar de dos pastores;» así como las viudas que se 
reúnen para acordarse de sus difnntos, gimiendo y libando; una, por- 
que los fusilaron sin confesión; la otra, porque lo despacharon sin 
confesión con cargos, sin penitencia ó absolución, es decir, sin formar 
un proceso; una pone sus gritos de piedad en el cielo; otra, sus clamo- 
res de desesperación en los infiernos. 



154 

Después hemos de jugar al pan y queso, y más tarde á la gallina 
ciega. 

Hemos llegado ya al más alto grado de cultura á que es posible as- 
pirar; al caso solemnísimo en que la Justicia y la sociedad tienen qué 
honrar at verdugo: este no es ya un ser degradado; sino ejecutor 
¡ inviolable de la ley-fuga, de la célebre ley del embudo. 



CASA DE ORATES. 

TRAei-COfflEDIA.MIMO-DRAMATICO-SEMTIMESTAl. 



PERSONAJES.— E( Marqués de Caravaca — Líe. D Pepe Rehilete ,— D. Perico coto- 

rrll .— D. Uusdeo.Hton$ieir 6aIlois — ES Uc. D. Juan de ia Vidriera*— El .Dcotcr He- 

rioo.-EI Jefe Político- — B Jefe de la Policía— Un Guarda. 



Acto feaieo. 

PASA LA ESCENA EN 1888. 



La escena representa el cuarto de un Hotel convertid*"» en templo de 
Bacq, y adornado de coronas con hojas de parra; sobre la mesa habrá 
botellas vacías, copas quebradas y sombreros apachurrados, todo en 
desorden. Por el cuarto se miran esparcidas sillas desvencijadas: como 
olvidada en un rincón habrá una palmeta para enseñar la ciencia á los 
¡ colegiales; una mordaza y demás geroglíficos, atributos de la justa- 
i cia, como son una geringa de caballo, una espada hecha tirabuzón» una 
venda deshilacliada y unas balanzas desniveladas. 

ESCENA I. 

D. Perico.— N Alabao sea Dio, señore; Uegamo á puerto de salvación 
depué de haber sufrió la borrajea má epantosa que se regijtra en la 
historia de lo .borracho ma célebre. Paisano, hombre; despierteuté y 
deje de dormir la mona, que vamo á ve si tomamo otra copa pa re- 
fejcá el galillo. 



155 

El Marqués de Caravaca. — Todos están templados como las guita- 
rras subidas al tono de orquesta; si los estoy mirando como un puñado 
de muñecos, canario!! 

D. Lausdeo.r-üsted nos reunió en este cuarto para celebrar una 
fiesta y beber el Cariñena y el vino de la ítioja en cantidad exorbi- 
tante; de manera que se nos han puesto los ojos muy torcidos. 

Licenciado Rehiletes-Don Perico se puso tan alumbrado, que hizo se 
le desbocaran los caballos de la carretela. 

D. Perico.— -xQuite ute' allá, hombre; si no me ha vistusté bien pei- 
nao; soy hombre comunicativo y de chispa, locuá y divertío como un 
andalú que apechuga un par de caña. 

Todos. — ¡Viva Don Perico!— s Viva! 

Rehilete. — Y todos nosotros que también tenemos chispa, pondre- 
mos á sus plantas nuestras capas y nuestros sombreros para que sirvan 
de tapete al i/>ás simpático de los pericos. 

(Todos ponen sus sombreros en el suelo; palmotean en agitado 
compás, y Don ^Perico, puertas' las manos en la cintura, pasa sobre los 
sombreros bsilando un paso de punta y talón. Sale D. Perico, y vuel- 
ve después.) v 

ESCENA II. 

El Marqués. — ¿Saben ustedes lo que yo estoy pensando? que todos 
ustedes son unos hótentotes, unos mamelucos; que 3on licenciados sólo 
por un descuido de la Providencia, fulleros, picapleitos y sanguijuelas 
del erario? 

Rehilete.— >[Blandiendo ei flexible bastón.] Esas palabras piden san- 



gre 



caballero. 



El Marqués. — La sacaré de usted; y si alguno de la rueda se pica, 
que grite y que blasfeme, que aquí estoy yo para aplacarle el resuello. 

Don Lausdeo. — iSílencio! ¡orden! ¡moderación! 

Don Perico, (Entrando precipitado) En ejia casa nadie me levanta el 
chullo. 

El Marqués (con belicosa ironía) ¡Si yo vine aquí para que un pica- 
pleitos me zurrara la pavana! ¡si yo vine aqu¿ para que me pusieran 
una al barda! ¡si yo vine aquí para que me pusfenan una grupera! Si 
s< ré yo un machitq sofrenado al que s'e perspga en un bramadero! 
Entre tanto, le remito á usted ese bofetón y vuelva usted por otro. 

(El Licenciado Rehilete recibe un par de sonoras cachetadas, de 
chuparse el dedo y hacer un gesto.) 

Rhilete.r-\lrsL del cielo! (remangando encoraginado las mangas de 
su levita) Otras cachetadas ^e las irá usted á obsequiar á su mamá. 

(Vienen a las manos el Marqués y Licenciado. Intercede D. Laus- 
deo. El Marque cae de espaldas en posición inconveniente, dejando 
escapar un pujido* el Licenciado monta sobre éste con el desparpajo 
de un maestro de equitación, lo espolea y lo estrangula.) 



156 

■-■■«'■■■■ ■ ■ ■ "" ' ■ ■ i i ■ ■ ■■ |_ — ~Mg=*=±¡ 

El Marqués (al caer) ¡Jesús me valga! (con voz sofocada) Auxi- 
lioooo! 

Don Perico.r-\PoT la Virgen de Covadonga! ¡El Marqués ya saca 
tanta lengua. . . .! 

(Don Lausdeo coge al Licenciado por la piocha, Don Perico del fal- 
dón y Monsieur Gallois bajo del sobaco, haciendo esfuerzos por sepa- 
rarlos.) 

Gallois, (con acento francés muy pronunciado) 
"Ni quito ni pongo rey, 
Sólo sirvo á mi señor. .. 

(El Licenciado, echado chispas de aguardiente, recoje algunos pelos 
que quedaron enredados en las uñas de Don Lausdeo. El Marque's se 
levanta, abotona su chaleco y su corbata, procurando que funcione su 
estropeada laringe con tragar saliva.) 

El Marqués. — ¡Aunque uno no tuviera alma en el cuerpo! (ap.) 
¡zambomba! si no me lo han quitado me estrangula. 

Licenciado. — ¿Ha quedado usted satisfecho? si no lo está usted le 
haré otro cariñito. 

El Marqués. — Agradezca usted á su fortuna que me encontré mal 
parado, y por esa causa me flaquearon las piernas, y caí; sin esta cir- 
cunstancia esta es la hora que yo estoy en su abdomen bailando un ri- 
godón. * 

Don Perico. — (Al Licenciado) Apliqúese uté un fomento en ese 
cardenal que tiene en la mejilla y en ese chichón que en la frente le 
ha salió. (Al Marqués) ¿Paisano: cómo no se volviusté perro y le dio 
á este condecao un mordisco en la narí k usanza de lo de Cotija, hom- 
bre? ¿Qué provecho ha eacaousté de lo bueno ejemplo hombre de Dio? 

Gallois.— C£ o proponer un brindis pur la Frans, pur dar morte 
croel á totos los ingles. 

Vidriara. — No los mataiá usted, porque me ligan con ellos víncu- 
los de afinidad. Yo soy inglés por mis cuatro lados. 

(Un gallo canta entre bastidores) Qui-qui-riquí. 

(Una voz dentro) ¡Ahora Ponciano! 

Vidriera. — Delante de mí no pasan abrochados ¿está usted? 

El Marqués. — ¿Con que este pollo canta en otro muladar? A San 
Pedro le cantó el gallu porque negó á su Maestro. 

Don Lausdeo.— \Lb, cosa toma un color de aurora. 

Gallois. r~ i Pur cuak? aíinitá y templanza. ... la mem shos. A usté á 
su parreritel y los ingles me los meter en el sobac, y ¡viv la Frans! 

Don Lausdeo. — ¡Aprieta, rigor tirano! (Monsieur Gallois pega una, 
villa en el sombrero del Sr. de la Vidrieía, sumiéndolo hasta los hom- 
bros.) 

Vidriera. — ¡A mí tal insulto! ¿Y es usted el villano que degrada á 
un jurisconsulto de mi gerarquía? No será excusa que estemos entre 
corridos y escasos. 

Galloü.^-\En guardia! 
Vidriera.r-iA las armas! 



_,_ 157 

Lausdeo. — ¡Dios nos asista! 

Don Perico.r-\Vn juicio de Dio! 

Marqués. — Llamaré á la policía [Aparte y vásej 

Gallois. — Iremos á la caréela. 

Frárímz.-^Empuñando el bastón) Quítese usted esta que le va en 
[dirección de la cabeza. 

Gallois ¡La tet! ¡la tet! Yo no recibir cachetatas en la figiur. 

Vidriera. — ¡Toma zopenco! (Le administra un palo!) 

Gallois. — (Al caer al suelo) ¡Caporal! 

(El Sr. de la Vidriera dispara tal garrotazo a Monsieur Gallois que 
le escurrió el gallo, y cae al suelo. El homicida señalando k su vícti- 
ma con el dedo, lanza una estridente carcajada) 

Vidriera.-^Jo, ja ja ja 

Don Perico. — En su seno recíbalo el demonio. 

Don Zautfúfea—^Santiguáüdose) En que pararán estas misas. (Váse) 

[Se nota agitación en la calle; los serenos echan el pito; los niños 
lloran; las señoras se desmayan; los ciegos corren ¿ando gritos; los 
perros dejan de roer el hueso; las campanas tocan á rebato. La natura - 
leza se conmueve, y el rayo, con fragorosa estruende, hiende el espacio: 
al fin llega la policía, como las palmas á Toledo, después de la bendi- 
ción. 

ESCENA III. 

El Jefe de la policía, preparando las pistolas seguido de otros muchos. 

Jefe.—^ En nombre de la ley, dense todos por presos. ¿Quién es el 
homicida? 

Vidiiera.r— ¿Buscan ustedes al culpable?— % Yo soy. 

Un policía. — Pue3 usted va á la cárcel. 

Vidrie? a — Les ha de sudar el copete para llevarme. (Obsequia al 
policía con un bofetón). 

Jefe. — Los muertos, al hospital; los culpables á donde están los otros. 

(El Sr. de la Vidriera prepara una segunda batalla, mediante una 
segunda botella, que agita en el viento como si fuera la clava de Hér- 
cules. Los policías lo sujetan como á un energúmeno, y á remolque lo 
conducen á la cárcel; llevan al alumbradito para mayor satisfacción, 
con el sorbete á media cabeza). 

El Jeje Político sale al encuentro/ y dirije al público el siguiente: 

Se alborotaron los locos 

Y hubo palos y deslices, 

Y sangre de las narices, 

Y unos cuantos soplamocos. 

Estos nenes, aurfque pocos, 
Dos mil escándalos dan; 



158 

Hoy la multa pagarán 
En cambio del entremés. 

El Jefe de policía. 

¡Justicia por Doña Inés! 
Doctor Merino (corriendo.) 

¡Pero no contra Don Juan! 
(El Doctor Merino lle^a y se postra en ademán suplicante á los pies 
del Jefe Político). 

Caorá el telón.— nEI público silba á los actores que se desternilla de 
risa. 



• 



APR9P0SIT0DEHAEJECDCI0H. 



Algunos anos hacía que en Aguascalientes las ejecuciones de justi- 
cia no. tenían lugar, por interpretaciones forzadas qne un Juez de Dis- 
trito dio á un v artículo constitucional; los delitos atroces y los crímenes 
proditorios quedaban impunes. 

Uno de nuestros legisladores quiso hacernos marchar al frente de la 
civilización aboliendo la pena de muerte, y nos sumergió en el caos; no 
precisamente por abolir la pena de muerte, sino porque los criminales, 
a la 6ombra de ese árbol bendito de nuestras instituciones, encontraban 
la impunidad. 

¿Quién podría ganar una partida de ese juego de treinta y una al que 
para ajustaría tuviera á su disposición diez cartas acomodaticias? Nadie 
ciertamente. 

Pues una cosa semejante sucedió en nuestro suelo para los delin- 
cuentes; tenían su manjar para ajustaría cuenta y á cada paso nos mos- 
traban su jueguito perfectamente ajustado./— Veintiséis y el cinco 

á la mano; veinticuatro y la malilla al canto; veintiuno y el 

r^y que asoma ¡ni el demonio que les pueda ganar! La sociedad no 
podría jugar una sola partida sin perderla. Primeramente tunía el cri- 
minal la fuga, el escondite, la protección desde el primer ministril de 
las bajas regiones del poder, la de sus deudos y amigos, y hasta de la 
mamá que lo parió; después, la coartada de los asesinos de oficio que 
la preparaban con habilidad. Si faltaban estos dos recursos, que siem- 



159 



pre tenían k la mano, les quedaba el cohecho en las puertas de los juz- 
gados, en los fomiadores de causas crimínales, en las frases de doble 
sentido, las palabras equívocas, el cambio de una letra en el nombre y 
apellido, eran otros muchos resortes. Entre Teodoro y Doroteo; entre 
Morón y Moran; entre estoque y estaca; el conocido m ¡qué me mata don 
Antonio!» susceptible de cambiar la esencia del crimen con una sola 
letra, se confunde con el que me matan, don Antonio. Después venían 
con oportunidad á perjurarse los testigos falsos, preparados y dirijidos 
adhoc por cínicos tinterillos: y si pasaban los delincuentes estas barre- 
ras, les bastaba una recomendación, un regalito, una convivialidad al 
juez ó á la mujer del juez; unos ojitos negros y pizpiretas, un palmito 
de chuparse el dedo, tentador y elocuente, más incisivos que las filípi- 
cas de Cicerón contra Cata. . . .contra Catilina. Si el criminal tenía la 
desgracia ó la torpeza de pasar mal por esas horcas caudinas de la baja 
justicia, tenía otra atmósfera,, las altas regiones, donde podia en- 
sayar su inventiva juguetona para reclamar justicia ó pedir clemencia 
en lo que siempre encontraba un corazón sensible y unos ojos dis 
puestos á dejar escapar las lágrimas del cocodrilo. Si los Magistrados 
eran invulnerables á las seducciones 6 sobornos, y hería con uno de ios 
dos filos de la espada de la ley, el delincuente pasaba á otro mar me- 
nos proceloso, al Congreso, que iluminaba como un fanal civilizador 
las playas del crimen. Supongamos que allí se embotaban las flechas 
de un condenado á muerte y se negaba el indulto; entonces se veía ve- 
nir al Juez de Distrito á amparar al ¿reo convicto, que a manera del 
perro del herrero, a los martillazos duerme y á las tarascadas des- 
pierta, pues es su deber interponerse con energía entre las víctimas y 
los verdugos, porque la ley suprema del Estado prohibe, como un des- 
tello de la civilización del siglo, ejecutar la pena de mnerte. Esta es 
otra región polar donde, si no hay sol, sí hay auroras boreales que to- 
do lo iluminan, y la Suprema Corte de Justicia ampara y defiende, 
porque también allá hay corazones sensibles y ojos dispuestos á verter 
lágrimas en ese gólgota del crimen, y quien limpie el rostro de los 
ajusticiados cual nuevas Verónicas. 

Los criminales habían divisado el puerto, y el defensor gritaba 

"{tierra!» ... . .La vindicta pública se había salvado; la civilización pe- 
netraba con sus destellos en las masmorras, y el reo salía de ellas co- 
mo los gusanos que abandonan el capullo, convertidos en vistosas ma- 
riposas. ¿Qué les quedaba qué hacer al defensor, tinterillos, agentes y 
demás gen¿e de pluma aguileña sino hacer cuchara la mano? Pero ha- 
bía aún que recorrer otro sendero menos escarpado; se había ascendido 
á la cúspide de la gran montaña; había que descender para llegar á la 
falda, donde están las campiñas de la libertad é impúnidos rever 
ber#s. 

El reo estaba sentenciado á veinticinco años de prisión; la vida de 
un hombre. ¡Una eternidad. . . .! ¡Adiós esperanzas de bienestar! ¡adiós 
hermosas campiñas donde soplan las brisas del libre albedrío. . . . ! ya 
veremos mas tarde al criminal, escuálido, atormentado por los recuerdos 



ssMs== 160 

y por el gusano roedor de la conciencia qne le causa remordimientos; 
ya está contrito y arrepentido; es un ciudadano qne sale de la cárcel 
regenerado, como los judíos que entrando á la Piscina salían purifica- 
dos. ' 

Una estridente carcajada del defersor avisa que. . . .entre la mano 
y la boca se cae la sopa; que ese cielo azul que allí se mira, ni es cielo 
ni es azul, sino mentira. 

Aun quedan otros naipes para ajustar la treinta-y-una. 

Comienzan las saliditas al golpe, a la alcaidía, al cuarto de los leo- 
nes, a las ventanas callejeras; el reo saldrá á la calle poco á poco, como 
los convalecientes de pulmonía; paulatinamente saldrá, como paulati- 
namente se metió al cielo Pedro de Urdimalas, según la leyenda; pri- 
mero un dedo, después la mano, luego el brazo; al fin todo el cuerpo.... 
Válese que allí están los hospitales, que son los polqpsde D. Miguel de 
Sandoval que curan los catarros más constipados. Allí están tres lindos 
jardines, hermosas fuentes, preciosas alamedas, donde ir á cumplir en 
25 años una condena, Contamos conque hay Jrfes Políticos sensi- 
bles y misericordiosos; jueces y magistrados que hacen con el reo liberto 

lo que con su contrario el mentado cucho Valentín. no ma% lo mira 

y se agaclta. . . . una sociedad que suspira al compás de su viola, y can- 
ta la tonaditade ;ah! ¡qué tiempos, Señor Don Simón! 

En resumen; nuestra Constitución ha prohibido lapena de muerte en 
el Estado sólo porque se vea que los liberales somos progresistas é ilus- 
trados hasta la pared de enfrente; pero con tales restricciones que no 
hay caso á qué aplicarla: es como el premio gordo al que logre dar á 
los globos perfecta dirección; nadie lo ha merecido hasta hoy; como el 
queso que hay en el cielo para premiar k la pareja matrimonial que 
del matrimonio no se haya arrepentido, él está intacto todavía. 
Dice así el artículo constitucinal. 

i.Art. 14. Queda abolida en el Estado la pena de muerte, excepto en 
aquellos casos eu que lo dispongan las leyes generales. Para que quede 
abolida absolutamente, el gobierDO y el congreso establecerán á la ma- 
yor posible brevedad una penitenciaría en el Estado. m 

¡Pues! búsqiienle ustedes aplicación posible y veremos si la pueden 
hallar. Esto nos recuerda un versito que aprendimos en la niñez, en- 
señado por nuestra nodriza. 

En la aldea de no sé donde 
Adoran no sé que santo; 
Y rezando no sé qué 
Se gana no sé que tanto. 

Quedará abolida la pena de muerte el día en que tengamos una pe- 
nitenciaría; pero cerno ahora no la tenemos hemos de seguir miran- 
do víctimas en los patíbulos. 

Apropósito, es de oportunidad este otro versito de un poetastro ram- 
plón, pero mal intencionado. 

Si tuviéramos manteca, 
Queso, miel, vinagre y sal, 



_ Jjn __ 

Formaríamos unas migas, 
Pero no tenemos pan. 

Estos beneficios los alcanzaremos algún día, no muy lejano. Bueno 
será encomendar esta mejora al nuevo Ayuntamiento, pues las banque 
tas, empedrados y limpia de la ciudad están en apogea Vendiólos ea 
rretoncs en qne se traía piedra, y ahora no encontramos como remendar ¡ 
las calles» ¡: 

El único medio qne creemos oportuno para no dejamos ganar por 
los criminales, en el juego de treinta y una, es la pena deinueate, apli- ¡ 
cada por los tribunales competentes. |¡ 

Cesarán así las aplicaciones de la ley fuga, y las asechanzas del án- i 
gel exterminrdfrr. j; 

De hoy en delante no habrá impunidad para los criminales. A la ;¡ 
buena será como juegen su treinta y una. i 



LAS VELAS Y EL MUNICIPIO. 



¡A cuántas cosas pueden aplicarse las vela*! \ 

Desde que las usaban las pequeñas embarcaciones de guerra que ¡ 
| fueron k inflamarse en el seno del Océano cuando A rqui mides las vol- i 
cara con su palanca poderosa, hasta las de las naves que formaron la 
invencible armada, orgullo de Felipe II; desde las bujías que ardieron 
en la cena de Bal tazar hasta las simbólicas con que la Iglesia manifi- 
esta que fueron durmiéndose los apóstoles; desde las que se colocaban 
en las procesiones de Corpus en la católica España hasta la que se es- 
j 1 trena ra para ponerse á cubierto de los rayos del sol en la ultima fuit- 
| ción de S. Marcos. . . . todas tienen una historia; todas han pasado por 

! las manos de nfl uberosísimos artífices, pero 

La palabrita se presta muy bien para lo sublime y para lo grotesco; 
. con ella se alumbra á los héroes en el gran día de sus victorias y sirven 
¡ para entonar un kirie ante un ataúd. Vda se llama la de un navio; 
! vela se nombra á la que tiene pábilo y tenemos delante para escribir 
i este artículo; y en algunos pueblos es sinónimo de regañada, por lo <^ue, 

! como un provincialismo, solemos decir ná fulano le echaron una 

' vda de padre y señor mio.n Esto sí no lo hemos podido entender; si 
; nuestros lectores lo comprenden nos harían un gran servicio ilustrán- 
donos. Los milicos tíetien sn lenguaje; los boticarios y los escolares 
tienen el suyo; el wilgo todo lo traduce y lo interpreta, ¡y vayan usté- 
des k dar al Manco con su malicia! Echar una vda puede esplicarseen 
el lenguaje de las beatas lo mismo que echar nn taco % un trepe, nna./Vj- 



—--=.„ ^- _ 162 

!j lada; en el de los médicos y boticarios, uu clister; en el de loe colegia- 
t | les, una ayuda; pero en el del vulgo se designa todo esto con otra* fra- 
i ees intraducibies; es que ese vulgo no es académico, ni correcto en su 
.1 lenguaje ni pulcro en sus palabras; lo intimo que los escritores clásicos, 
inveiita frases, conjuga verbos, aplica interjecciones con lo que espresa 
I; sus afectos y a veces forma la caricatura. 

¡i Los que Juicen fver&i de veto, emplean la vela por la fuerza ¡ iremos á 
:j preguntarles qué es eso? ¿nos lo querrán explicar? Nosotros cólo mi-;: 
i| hemos que entre los traviesos colegiales se perdió sin saber cómo ni ¡ 
ji cuando, una pequeña vela, y todos- se miraban queriendo adivinar 
¡. quien era el poseedor de ella. Uuo que había despertado, •rumíelo to 
I (los ellos se agitnban, decía cuando fué impuesto délas reclamado^ 

nes ¡Qué cosa es la aprehención! -Pues no } arece sino que yo soy ¡ 

quien tengo la vela! 

Una cosa semejante sucede con una vela que el magnánimo* -Ayun- 
tamiento mandó construir para colocarla en la calle que conduce al 
Jardín de San Marcos; se hacen cruces los municipes ¡cómo pudo ha- 
ber contado 800 pesos una vela de esa manta de la marca X, angosta 
V rala, y, como los maestros de escuela, que por lo flojos están tiesos í 
y encolados! j 

Aquí, por economía, hacen cargar el muerto á los constructores ¡ 
para que lo amortajen,; ellos, á su vez, h.icen cargar el difunto á lo») 
delegados municipales para que lo entierren; éstos se aprietan las ma- 
nos, y le avientan el cadáver al tesorero para que le encienda y le 
despabile la vela; y éste, por otra parte, hacheado la vela al Ayunta- 
miento. Pero como el Ayuntamiento no se compone de Lerdos, gui- 
ñan el ojo recíprocamente y le avientan el muerto al # dormido pueblo. 
Se oyen los clamores y no sabemos quien es el que se queja, el que 
tiene la vda. Por eso el pueblo esclama bostezando. ... 

t — ¡Qué cosa es la preocupación! ¿Pues me parece que yo soy quien 
tengo la vela! 

¡Y así es la verdad! 

No los constructores qne recortaron el primer pábilo; no los comi- 
sionistas que encendieron la primera vela; no el tesorero qne la colo- 
có en el candelero; no los mnnícipes que no quieren encender su lin- 
terna, y que no aciertan á meter Ja llave por la cerradura; sino el 
puebla, el público, la sociedad son quienes sufren el engaño, !a ayuda, el 
clister, la velft, y quien verdaderamente va cargando el muerto á la 
sepultura. 

Un cálculo matemático nos desmostrará la verdad y aclarará para- 
das; 200 varas de largo que habrá de la esquina de »E1 Canastillo» 
hasta la barda del jardín, multiplicadas por ocho lienzos, suman 1,600 
qne son 50 piezas, á 28 reales; 175 pesos; más 2S pebos por hilo y cos- 
tura; y adviértase que echamos de copas y á ojo de buen cubero. 

Un munícipe dice que solo costó 200 pesos: ¿y el resto? como el 



==_ L 6 ?_ 

I éter se volatilizó', ¡si se habrá destinado el resto de la vela á for- 

¡ mar pabellón á su Magestad e¡ rey de bastos! 

! ¿A quién le habrá tocado el premio gordo de esta lotería? 

I De todas maneras el público tiene la cara compungida; él es el que 
.«sufre las consecuencias, de la vela; por ahora es \m& ayuda. Esperemos, 
sí, esperemos; quizá denunciando los abusos que los especuladores co- 
meten á la sombróle una vela, á la luz de otra, quiera el Muy Ilustre 
Ayuntamiento no seguir siendo, no la vela, sino el velo que cubre las 
maldades de los bribones, y la a.idacia de los que especulan con los 
fondos públicos. 

Hoy bi nos explicamos por qué hay empleados que se adhieren al 
destino como los becerros á la ubre de la madre vaca; y que para ma- 
yor descaro, para mayor ignominia, hablan mal del Gobierno sin aca- 
bar jamis; con el fin de que el símil con el becerro sea más perfecto, 
diremos que á un tiempo están llorando y mamando 



Justicia Seca y Reseca. 

Un individuo se acerca á la casa del Jefe Político de un pueblo. 

Tan tan (á coscorrones toca la puerta.) \ 

— ¿Quién esf (-graciosa pregunta!) 

— ;Yo! (¡consecuente respuesta!) 

La puerta se abre. 

f — Güenos días dé Dios nsté; ¿ta güeña? 

— Güenos días, responde una trigueñita de ojos de azabache, pei- 
! nada á la Merluza. 

— vDígame dnñita. ¿aquí vive el jefe? 

— (Rascando la pared can la una y muy tímidamente.) Pos. . . . 
pos. . . . pos aquí; ¡pos donde! 

— Que modito dicramo§ pa blale. 

^-Pos. . . .pos. . . .baldándole ¡pos cómo! 

— vQuestaciendo? 

— Pos, pos regañando, ;pos qué! 

El Jefe Político, aparece abrochándose el último botón. 
j — ¿Qué se le ofrecía? 

I — Servir á mi amo, siñor. Por aquí venía con su mercé á traiíe una 
I queja. 
! — ^Quejas? saliera usté con una batea de babas ¡carouezo! 

— «víla de saber su mercé que tengo un mancebillo 

— ¡Ah! 



sn=ssss ^ 164 _ 

— Hijo de familia todavía, pue» nació en las cobechas. . . . 

— lín las cosecha» del año de !a necesidá, amo. 

—¿Y....? 

— Se lo llevaron D. Pedro y D. Jesús y con un» barajita lo pela- 
laron y le ganaron hastel el caballo. 

— Ooooooool ¿con que jugó? 

— *Si siñor amo, y vengo a querellar con su mercápa ver si me lo 
vuelven. 

/-— Hummmm! ¡¡qué esperanza tan verde!! 

— *Y pa que los castigue su mercé. 

¡•Bien!! (dando un bastonazo en el suelo) el muchneho porque jugó 
me dá cinco pesos de inulta: U. por purito llamón b»e dá otros chico 
pesos; suma ¡diez pesos!! y qn«i le sume la cuenta Birján. 

— Siñor amo ¿cómo es eso? y el cabal lq? f los ¿rapos del mancebo? 

—¿Quién le ha diheo al muy barbaján que yo soy juez de caballos, ni 
j remendón de ningún mameluco? 

¡ — ^iñor ¿y á los que le ganaron qué se les hace? pordios. . . . 
j /—Silencio!! ¿se me hace qu«< lo zambuto en la corcel? el uno es di- 
\putado, y mis tragaderas se resisten á proceder contra una inviolabili- 
dad; en cuanto al otro, estoy seguro que no juega nunca; cuando más, 
¡ lo hace devoras; ¿no lo he de conocer yo si es mi hermano? como que 
¡cuando era niño yo mismo le componía las barajiras de judía y contra, 
| para ganar visto, y le arreglaba las de la pega. ¡Ay! (suspirando) to- 
„ da vía se conserva en casa como un recuerdo de nuestra infancia la 
mesa coja y la silla desvencijada, donde niños aun, recibíamos los dos 
muchachos lecciones de amarrar un caballo á la puerta (le la casa que 
nos daba el tuerto José' Maria y el cojo Sininainas. ... ¿Ya usté ve como 
hay pruebas para confundir á usté?/ — ¡Duran! 

/--Señor. . . . 

— Usté que es el palito de mi jeringa, llévesemsté al señor á la cár- 
cel hasta que le entregue á usté diez pesos, por purito llamón- 

No cabe duda; es más fácil sacar á un judío de la inquisición, que á 
un preso sin que suelte la mosca blanca. 

¡El ciudadano está en la cárcel! 

¡Oh pueblo! ¡oh pueblo! -paciencia! recordad aquel ejemplo de Peri- 
quillo cuando estuvo en el hospital; recordad los palabras del lego Jua- 
nino, quien con una jeringa en la mano .decía, poco más ó menos: 
•«Voltéese, hermano, y recíbala cnan caliente pueda, que en esto con- 
siste su salud. tt 

— nEn el nombre del Padre!. . . . 

— !Ay, ay, ay ¡me sofoco; 

— v»En el nombre del Hijo!. . . . 

¡Ay, ay, ay, ay, ay, ay! Por el amor de Dios! no llame su reverencia 
al Espíritu Santo, porque grito, me sofoco y estornudo. . . . 

Nuestro pueblo tose, se sofoca y estornuda cou la jeringa de cabadlo 
frisón que tienen las autoridades. 



165 



I. 

CREPÚSCULO BOREAL. 



NUESTROS PROPÓSITOS. 



|[ Nada nuevo es en nuestra patria la aparición de un periódico. 
!¡ Al acercarse una crisis circulan impresos callejeros de todas dimen- 
I dones, más ó menos interesantes para la sociedad, en que las partidos 
1| le todos matices, y hasta las facciones tienen órganos y organillos que 
¡I publican sus idea* y muestran sus tendencias. ¿Cómo podrínmos noso- 
jltros permanecer indiferentes á ese cerWmen de la inteligencia, cuando 
¡hemos sentido los aguijones de la idea, los ímpetns de la polémica y 
los regüeldos del tiempo en la lucha de los comicios, ¿si percibimos 
| la aurora de una era novísima? 

¡ ( Primero habrían de predicarse sermones sin citar á los Santos Pa- 
dres, que una administración dejara de sufrir los halagos de nuestro 
afecto y la jubonadui A de nuesíra esponja. A imitación nuestra, otros 
ingenios preparan sus plumas, aguzan las saetas de su aljaba y resti- 
;i ran el nervio de su arco. Ya veremos cruzar ante nuestros ojos, como 
¡en procesión, á los santos y viejos apoli liados j le todos los círculos, ves- 
tidos de día festivo, tiezos y encolados como dandys, que dirijen sus 
¡lasos á un besamanos; figuras animadas por la luz de una linterna má- 
ijgica; todos llevan su felicitación como una ofrenda al nuevo ídolo, pre- 
' gonando sus virtudes. Estos son los gallos que cantan Ja alborada, las 
li variaciones del tiempo y el cambio de Estación. Por eso vemos sin 
i inmutarnos el fermento de las pasiones y la demencia de los partidos 
'j al ver los inciertos resplandores de un sol que se ocultó, y la luz crí- 
¡' pusculai de un sol naciente. Sancho Panza lo decía con acertadísima 

; experiencia "Los días se siguen y no se parecen. •■ 

¿Cómo pensar así cuando vemos periódico-satélites de un ministro 
que mamaron á su sabor y que se zabullen para aparecer después con 
otra mascara; y aun otros que vuelven la espalda k su planeta porque 
llegó á su ocaso? 



166 



II. 



CANDIDATOS Y CAND1DITOS. 



NO ES TODO COLOS DE ROSA. 



•Qué lecciones nos d*1a experiencia! Muchos llegaron como apósto- 
les á la hora ile \mje/ui y se retiraron á la hora de\ prendimiento. Cada 
periódico tiene por- valuarte la Constitución; como visual, el encara- 
miento de un hombre cuya sombra buscan; como vehículo la publicidad; 
como fin, hacer la propaganda de sus* teorías, de sus nociones y hasta 
de s\is sofismas políticos. A nombre de la patria, invocando los prin- 
cipios más severos de la austera iriufal, halaban las buenas y las malas 
pasiones: aliú.i escritor se viste con el ropaje del arlequín; oculta la 
cara con antifaz carnavalesco; ostenta las insignias sacerdotales de un 
culto idólatra; se asemeja por ejemplo á Ion adoradores del fuego en el 
Indostán, óá los israelitas ante el becerro dt? oro, para esclamar contra 

él altar que un nuevo Jeroboan había levantado n Constitución, 

C mstituciói, esto dice el SEÑOR: he aquí que nacerá un hijo de la 
casa de Oaxáca.que se llamará Josías, y hará degollar sobre tí á los 
sacerdotes de los altos lugares, que ahora queman incienzos sobre tí." 
Estos gastan su parque en escaramuzas y se lanzan al oeeáno de la po- 
lítica en un débil esquife. Desde luego ostentan lauros de un triunfo 
en combates ficticios, come» el ingenioso manchego; otros llegan escon- 
diendo el fabo según decía Lope de Vega en la gatomaquia: 

•• por hacer la carambola 

Tapan las inmundicias con la cola.n 

Al entregarnos* á las labores periodísticas, procuraremos limpiar 
nuestras gafas sólo por ver claro y no dar un traspié; somos miopts, y 
i manera de los ciegos conducidos, tendremos por lazarillos á la públi- 
ca opinión. '*• 

Dirigid, lectores, la vista á los horizontes de nuestra patria donde 
alumbran como faros mil periódico*, nuncios de la prosperidad de Mé- 
xico; ved la penumbra que oculta los destellos de antorchas que se 
•*pag?*n; desgraciado el hombre que fué deslumhrado por aquellas lu- 
ces; desgraciado del que fu»* candhlnto si no tiene un periódico .]ue le . 
entone la elegía de los muertos, una hoja suelta .que le sirva de paré- 
vhvU-vti su descenso: caerá como aeréolito, cual exhalación que brilla 
que ^e apaga y que le saludan las silvas. . . . — ;qué decimos! — los sil- 
bidos de los antagonistas, y los de una estudiantina precoz. Ha pasa- 



167 ^^«^^ a 

do A ser axioma un modismo indígena, "no es lo mismo virey que te 
vas, que virey que te vienes.,, 

Para el que saborea los postres del festín en una victoria electo* 
ral. .. .-hossana;! millares ne incensarios; para el que desciende a la 
tumba del olvido. ... un postillón de la muerte que conduzca eu ataúd 
en carro fúnebre. Aquí es oportuno citar un arpegio del cantor del 
'desastre de Ronces val les. ... "/Cuántos son?., .uno, diez, mil, un 
, millón, millones de millones. ^~ Y ahora, cuando el ángel enlutado de la 
! ! derrota va á contarlos. . . ciento, diez, uno, ninguno. h 
1 Desde el periódico ultramontano que suefia con las ideas del retro- 
ceso, hasta el que se pasea en las regiones imaginarias del ultra-demó- 
I data y seudo-liberal; desde el libelo de oposición sistemática, hasta el 
cantor melifluo de las proezas de un ministro, todos se inspiran en la 
¡conveniencia, en la privanza «le un valido. Nosotros sólo aspiramos á 
í ser, ni tan amigos de un hombre que le entonemos con voz úe falsete 
j una laudatoria, ni ofrecerle el sahumerio de tal modo que pudiéramos 

herirle la cara con el incensario, como decía Fígaro. 
i Algo nos han de servir las lerdones morales y filosóficas que recibi- 
bimos en el teatro; por esta raeón, cuando leemos un periódico que con- 
\ vierte con juegos de prestidigitado!! en virtudes, los que la sociedad 
i condena como vicios en un funcionario, y se le tributan con salterio de 
I* oro entusiastas salutaciones, viene á nuestra memoria la figura gtotesca 
j de aquél personaje, Hércules 2 ^ el célebre, y que al percibir el olor del 
incensario y los más fervientes halagos á la vanidad y á las pasiones, 
; exclamaba complacido: ««Me agrada este hombre porque no es adulador.n 
j 1 Surgirán multitud de cuestiones que hieren los intereses de Ifc socie- 
dad; en vez de buscar en el terreno eriazo una solución conveniente, 
| llevaremos nuestras quejas al oído de quien pueda remediarlas. Si el 
i encargado del Poder Ejecutivo comete errores, creemos procurará re- 
I* mediarlos al conocerlos, porque no ps en ningún caso enemigo de sus 
¡gobernados. La restringida libertad de escribir que sancionan las lo- 
j'yes en la actualidad, es suficiente A nuestros propósitos. — Queremos 
| ser justos y deberemos ser imparciales. 



\ ni. 

FANDANOO Y 8BHKNATA. 

I 

Falta en nuestra sociedad un periódico que sin tocar los extremos, 
1 caiga á plomo, obediente á las leyes de 1» gravitación; un folleto new- 
(Itoniano, cuerdo y prudente, que al atacar, no conspire; que si defiende. 
I no adule. No perderemos de vista este apotegma para inculcarlo en 
la mente de nuestros gobernantes, tan sabio como las máximas de Ma- 
nú. " De tu amigo la censura', de tu enemigo, el consejo. 
I' 



168 ^^^ 

Todavía se encuentra caliente, acaso palpitante, un hombre que 
muere políticamente; un hombre cuyo» desaciertos en el poder son pa- 
tentes; si acaso sufriere nuestra censura, será tocado como por inciden- 
cia; nunca le arrojaremos el arpón de nuestras quejas cuando descienda 
á la cripta del olvido. Hay algo de cobardía en herir ñor la espalda á 
quien no puede defenderse; jamás realizaremos este sareástico pensa- 
miento: n A moro muerto, gran lanzada.i. 

Al compás de nuestra ciola\ armonizando las melodías de nuestra 
bandurria, podríamos decir también, de nue-stra murga y invitamos al 
zapateo á nuestros amigos de antaño, á nuestros colaboradores, solida* 
rios en la vida progresista. Veremos si su paso y contra paso, si el 
balanceo, si el repicar de sus tacones en eXjwabó nacional es tan gra- 
cioso como en otro tiempo fué, ó si han sufrido, como la crisálida, una 
metamorfosis; si formaron del palom o popular una* boleras manchegas. 

¿A dónde dirigiremos nuestros tristes ojos en busca de uui cabeza 
que «i intentamos rizarla ñola encontremos calva y tinosa? ¿cabeza 
que no oculte sus protuberancias libérale* un pelucón formado con pe- 
los del difunto retroceso? ¡Ay! ¡cómo suspiramos por los tiempos de 
Don Benito! por aquella época en que cada mochuelo estaba en su ovillo* 
•Pero hoy ! 

Los que esperen encontrar en nuestros escritos la acritud apasionada, 
se engañan demasiado; cuando más, unas gotas amargas para dar sabor 
al brebaje; una poca de goma arábiga con almíbar; una dosis de sal á- 
tica, y algo de pimienta y clavo para saturar los manjares alindo 
provocar el apetito. Apenas nos acordaremos del pasado. Todo puede 
hacerse con las bayonetas, menos echarse 6obre ellas; hay hechos con- 
sumados semejantes á las llagas denominadas noli ?ne tdngere, que si 
se descudan, se agravan; que si se les cura, matan. 

Recibid nuestros párrafos con beneplácito ¡oh lectores, llevaremos á 
vuestros bogare* las noticias de los acontecimientos nacionales con los 
dulces tonos del clarinete, ó con los argentinos del bandolón. Xo seré- . 
mos un so/; no seremos una estrella;no tendrán nuestros escritos la bri- 
llantes de esa constelación que dirige al práctico piloto; pero, ¿será muy 
exagerada nuestra aspiración si sólo queremos esparcir la fosfórica lux 
de una luciérnaga? Somos huinildes;ya lo ven nuestros lectores; poco es [ 
lo que deseamos; su atención y su benevolencia; una sonrisa de quien nos 
1<íh y nó un gesto de desaprobación; pedimos lo que los enamorados 
platonianos á su caro tormento; una mirada benévola, y una amable 
sonrisa, término medio entre el amor y el desdén. 



169 

vt. 

BELIQUIAS CONSTITUCIONALES. 

• — *¿¿*, . 

PARÁBOLA, 



Mandaremos embaldozar con asfalto el pavimento de nuestra redac- 
ción, para que §ea más sonoro y acompasado nuestro zapateo. Una es- 
trofa y un estribillo; acaso las seguidillas de un poeta burlón, y las 
boleras bailadas con el desgaire de una manóla; á todas horas se oirá la 
\justicia cantada en tono festivo, para que nuestros lectores nos man- 
den sus plácemes con estas ó idénticas palabras: uSalud y pesetas, y 
fuerza en las castañetas. •» 

Advertimos con tiempo y Con modestia, que somos, profanos en la 
música; que desconocemos el bunto y contrapunto; somos líricos nada 
más; si nos desafinarnos, no faltará quien nos haga entrar en tono; si 
nos descarrilamos, el temor de un vuelco nos hará entiar á la vía. 

Aquellos que tengan un remedió eficaz para curar las llagas á la 
patria, que lo muestre! luego; nosotros seremos los s tópicos oficiosos; no 
pretendan que se les adivine el pensamiento. Seríp calificado de in- 
sensato el médico que al desaprobar el* régimen curativo de otro, no 
mostrara q[ue el suyo es más encaz. 

¿Faltarán en México hombres de buen intención que quierap ¡sacar- 
nos un día del atolladero en míe pudiéramos caer y mostrarnos: el va- 
do practicable en el río proceloso de í% situación actual? 

Cuéntase que un viandante ^conducía un ¿um§9tq cargado, coa mer- 
cancías que eran su único, pMrimompjatráveaabaun^gfatt río, turbio y 
cenagoso; el animal sé hunde en el atolladero, y el agua le liega basta 
el éógote; el viandante se afije, llora j desespera; ¡en su desconsuelo 
invoca el auxilio Divinó. 

,— "¡Dios mío, sácame este burro! ¡Virgen Santí^ma, sácame eate ani- 
mal! ¡San Pelado! ¡San Benito! San Sebastián;, . .,. »» El animal y las 
mercancías cedieron 4. la impetuosidad <Je la corriente, y rodaron al a- 
biamo. « f 

Algunos días después llega un andajáz porfiada y testarudo que 
había pasado sus días en caminos tortuoso», y estaba acostumbrado á 
dominar las ondas: quiere posar el rio <*m su polliop cargado qon las 
reliquias de familia» pero como el de stj. antecesor,* se hunde; el anda- 
luz lanza sonoras interjecciones y jaculatorias,tabernarias; llama en su 
auxilio á las furias inijeraales; blasfema y; swtjjaistra.al animal garrota- 



170 

zos de ciego con su palo bla?icOj aquí le ayuda á levantarse; allá le es- 
tira las Orejas y solivia la carga; grita y se enfurece, pero le ayuda; no 
escasea sus llamamientos á Lucifer, í Éelial«á Belzebut, á esa cohorte 
de reprobos celestes que todos maldicen con poco criterio, pero que 
también son buenos amigos, y á veces buenos aliados para sacar de a- 
H puros: multiplica sus esfuerzos, y ayudado de la corriente llega á la o- 
1 rilla; salva al pollino y á las reliquias que heredara de sus antepasa- 
dos. 



v. 

DISCOLERlA CELESTE. 



xomui 



Dios, allá en el cielo, rodeado de su augusto poderío, ve abismada á 
la cohorte celestial; los querubines, tristes y mustios, no revolotean al 
rededor de su trono; desconsoladas están las gerarquías; sorprendidos - 
los ángeles y arcángeles; gimiendo las vírgenes y la» potestades. Algáu 
santo muy justo, pero que tuvo la cobardía de negar tres veces á su Ma- 
estro, y que hoy desconfiaría también si otro gallo le cantara, exclamó; 
— ¡Asustado basta no más estoy con lo que de ver acabo! ¿Ha bui- 
do la justicia de esta Mansión dichosa? ¿Al Dios Omnipotente le plu- 
go cambiar ya los atributos de su Esencia? A un infeliz viandante que 
invocó el Nombre de Dios, dé la Virgen y de los santos a quienes hos- 
tilizó, se le deja perecer; y á un andaluz deáalmao, porfiao como nin- 
jiguno, que llamó en su auxilio á los demonios; oue ni una sola vez se 
¡i acordó de nosotros, permitisteis. ... ¡oh Dios justiciero y tres vece» 
¡santo! que se salvara. . .\ ¡Ooooooo! Hágase, Señor, tu voluntad. 

Dios, haciendo á un lado la Magestad Soberana, y acariciando la 
calva del que fué la primera piedra de su Iglesia, le contestó: 

r— Ven acá, Perico 

En verdad te dijo, ¡oh justo! *¡oh ^tuto apóstol y precavido discípu- 
lo muy amado! que así es de justicia. El andaluz del palo blanco ne- 
ría y blasfemaba, pero no desesperó jamás de Itf salvación; él ayudó y 
alentaba á su jumento; le ministraba palos y. combatía á lasólas; he 
¡i querido salvarle porque lo merecía su esfuerzo; he querido librarle. . . -. 
porque me dio mi Omnipotente gana! No así al perezoso que anticipó 
su paso por el río; ¿qué era lo que pretendía el. . . . inocente? ¡friolera! 
nada menos que descendiéramos al fango, y le sacáramos al burro. . . . 
¡YO y mi Madre! 

Nosotros admiramos esta parábola, y aprovechamos su oportuna 



171 

moraleja. Os invitamos joh lectores! á que ji~*té vuestros esfuerzos á 
los nuestros para cruzar la peligrosa si*-** 51011 de nunstra patria, se- 
mejante á un río turbulento y cenado. Tened fe en el porvenir; no 
desesperéis de la salvación 4+ *» Kepública, como no desconfió el an- 
daluz del palo blanco; «yudad á loe trabajos de la regeneración. No 
pretendáis que un sólo hombre y su querida madre salve de un nau- 
fragio al pollino que carga las reliquias de la Libertad, de la Consti- 
tución y de 1» Reforma. 




Desde el día en que uno de los diputados al Congreso general levan- 
tó su voz pidiéndole la prohibición de las corridas de toros en toda la 
República, fué derribada la plaza en la capital, y extinguidas en 
muchos Estados. < La luz de la civilización penetró en la mente de 
muchos de los gobernantes, y fué acojida la idea con verdadero en- 
tusiasmo. 

ii £1 Impartía!, H periódico de España, tributó un elogio al autor de 
la inicitiva, dando lugar eu sus columnas al discurso con el que fué a- 
poyada la proposición. Mas hay que tener en cuenta que los pueblos 
van siempre en pos de la novedad; qne $on veleidosos los hombres que 
rigen k las sociedades, y que por esta causa se convirtió tanto entusias- 
mo en fanatismo furioso por restaurar esa bárbara diversión. Nada 
hay más vigoroso que la acción de las reacciones. 

La rasa de Ateneo está de pósame, y ve de nuevo los chuzos, las sae- 
tillas, capas y espadas como el signo de muerte. Por una plaza que se 
i derribó en la capital, ge 1 en vantarorí cuatro en su derredor para prpcla- 
; mar la cultura de México. El Huizachal, Texcoco, Tlalnepantla, Cuau- 
¡ titlán, Toluca, llevan en alas del vapor á la muchedumbre ávida de 
j sangré y de cuernos; el mugir del toro que presiente su martirio for- 
: ma un dúo con el gemir de la locomotora. Gaviño muere en las asta- 
| aceradas de un cornúpeto, y so diseca la cabeza del toro para osten- 
tarla como nn trofeo; otros varios toreros son muertos á heridos, y na- 
da habla á la razón de los pueblos; ya no son suficientes Ponciano y el 
Mestizo, y- -viene Machio, Cuquito, y otros muchos españolee á buscar 
pan y toros, para traer á México la teoría de Jovellanos; á uno de es- 
tos le oímos decir que los toros no saben dar más que dinero y coma- 
das; así contemplaba la horrible herida que lo llevó al sepulcro. 

Como si no fueran más que suficientes los instintos salvajes de núes- 



li 



- f 



_____ 172 

tros compatriotas, yv^tóreros que por toda» partease cruzaban en 
busca de cornadas y dinero, w>ta del suelo benigno á las corridas tau- 
rinas una pléyade de artistas aie<rÍ6Ímos . Mazantini levanta la ban- 
dera, ostenta las insignias, de gefe do cuadrilla, y se exhibe bajo pre- 
cios fabulosos en la culta capital para mostrar sus habilidades. El fu- 
ror de verle y admirarle raya en delirio; lo más sekcto de la sociedad 
está allí; el ore y la belleza se dan cita para cubrir con cm velo el pa- 
gado, deprimir los nobles sentimientos de la mujer, y rendir homena- 
jes al arte. 

1 La plaza es suficiente para contener en sus límites á la ilustrada 
concurrencia; se apodera de todos un vértigo; suena el clarín; los ros- 
! tros están lívidos; sale la fiera pequeña, y la grande lanza un grito de 
¡ admiración y de espanto. El toro sale y embiste débilmente á picado- 
| res y caperos; recibe varas, le ponen banderillas, y al fin, después de 
| muchas estocadas, el toro es degollado por la mano de Mazantini, como 
las víctimas de Herqdes por Iqs verdugos. 

El resto de la corrida salió mala; se le excita, como al Ministerio la 
oposición ; y ya no embiste. Para que no haya pleito basta que uno de 
los dos combatientes nq quiera pelear. 



Las Recuas de Antaño. 



¡Cómo han cambiado los tiempos! Los que peinamos pelucón ó rete- 
ñidas canas; los que no nos hablandamos con dos hervores; los que lle- 
vamos á cuestas poco más de medio centenar de calendarios, hacemos 
comparaciones, recapacitamos y se nos escapa un suspiro más hondo 
que los que exhala un patriota bocabajo. ... 

Aquello sí que era tina maravilla; ;qué triquitraque de los ferioca- 
rriles, ni qué ojo de hacha, donde se oían los relinchos y el piafar de* 
las muías! ¡cuándo fueron más sonoros e<os himnos de la civilización, 
es decir, esos clamores del vapor, que las canturrias picarescas del 
arriero; ni el chirrido dtelas chimeneas, como era poético el gemido de 
las muías al llegar a}- paraje hospitalario. 

Jamás ftié tan sabríwso el chamuscado "biftec» bajo los 1 árboles del 
Tíboli'60tóo lo era la piaHajaiá, la borona de n>aíz picado, que hacía el 
atajado^ con sus" manos dé anó¿he y las habichuelas en sancocho que se 
deborabaa con hambre 1 canina á la luz de las estrellas, é con un frío 
que congelaba la sangre. Entonces ijo había zarzuela, ni óperas bufas, 
ni acróbatas, ni prestidigitadores, que cambian el escenario, que po- 



173 

dí&n hacer subir y bajar gobernadores por trantoya. Es verdad que 
había saltimbanquis, payasos y maromeros diestrísimos que parecía se 
resbalaban de la cnerda, pero que jamás daban un batacazo. 

Hoy existen maromeros que hacen piruetas en la cuerda floja, y 
caen; Gobernadores qne se aflojan y se aflijen; empleados y funciona- 
rios que al caer, buscan lo blando para colocar su cabeza y no desnu- 
carse. ¿Lo de hoy se parece á lo de antaño? No cambiaríamos nues- 
tros pasado3 goces por las distracciones de estos tiempos. 

Una recua se componía del apostolado de muías que guiaba una. pa- 
cífica caponera: cada bestia tenía su nombre y su sobre-nombre, y es- 
taba encargada de cumplir su misión sublime^ Una llevaba las jerin- 
gas con distinto palo consignadas á los médicos y boticarios; ahora les 
vienen directamente á los administradores y visitadores del timbre; 
otra conducía el ruibarbo, la purga y el vomitivo de Le Roy, para cu- 
rar jaquecas á las novias desdeñadas; y hoy la locomotora, por la vía 
ancha, conduce el «Vwofoniio y la cocaína, que no» arranca la bolsa y 
la razón, para la Pattf, la Bernard y Mazaantini, sin que nos duela el 
tremendo golpe. 

Alguaa de esas ínulas era la del jota (hato) .que conducíala pitan- 
za; esta podría compararse k la tesorería porque confortaba á ios 
arrieros á la hora señalada, coma la tesorería alimenta á los parásitos. 

Otra bestia era una yegua flaca, roñosa algunas veces, y que se le 
escogía para el oficio de caponera, porque no había concebido potrillo 
ni qxuletO) simbolizábala castidad obligada, la templanza sin aliciente, 
la abstinencia sin tentaciones, como ciertas bellezas sin atractivo. Así 
son ni m«s ni menos. los corifeps de los círculos políticos; son los ver- 
daderos caponeros, porque van i la cabeza del rebaño^ y llaman con 
destemplada campanilla para sentarse á su tiempo á la meta, en un día 
de triunfo. La caponera sonaba el cencerro, y las mujas contestaban 
con un rebuzno, cpn?ty Ministro cuando se le llama á cuentas; las muías 
costesfcajx al cencerreo con gemidos lastimeros, con un constante menear 
de cola. Así también hav personas que hacen fiestas con el ¿abo si se 
les llama con sus cascabeles el mandarín. 

Las muías estaban lustrosas, rechonchas sus carnea, revelando por 
su piel tersa y pelechada el brillo de la grasa. jAy! Cómo nos compla- 
cíamos en contemplar las muías bien cuidadas, y sus ricos atavíos! 
¡Cómo admirábamos la fuerza, revelada en pugktos, cuando llevaban 
sobre lqs Ufados las. galegas repletas de djn,pro! juilas .hubierais 
visto, apuestas con 3113 pausaíW movimientos! Causaban envidia con 
solo verlas^ .porque era^n, felices,, y se mostraban satisfechas. . .„¡Es tan 
8abro$Q 4 fruto del, c^rcfido i qüetiol ¡es tap nutritivo un buen, pesebre! 

Ah SH Rerp nunca, jntcnteiá, si deseáis conservar las ilusiones, qui- 
tarles la earga-, despojarlas del aparejo, arrancarles Ja salea q^,<?ubre 
las poridades de, su lomo, porque entonces. , ,os causará náuceap. Imá- 
genes fieles, de comerciantes quebrados; de aquellos otros que no pagan 
sus libranzas, pero qu,e llevan acuestas el fardo de sus mercancías con 
e) aparejo fascinador d,e $u crédito; no les quitéis, por Dios, 1 la salea, 



174 

porque se descubrirán, como en las muías, sus llagas 3 r su pudredumbre. 

El día que la recua se quedaba en la orfandad, mostraba su sentí 
miento con interminable lloriqueo: van y vierten, se niegan á comer y 
se retira de la pesebrera; ya no está en comunidad, ni le une el lazo 
fraternal; muerta ó ausente la yegua predilecta se dispersadlas muías se 
juntan formando grupos distintos, hasta encontrar otra que las cubra 
con su manto. \ 

Así sucede con los círculos políticos cuando les falta el candidato; se 
dispersan sus miembros, y no se juntan sino es cuando encuentran 
la horma de su zapato. 



CONTESTACIÓN 

A UNA CARTA DE UN BAUTISTA QUE NO ES SAN JUAN. 



II 



Con el donaire que envidiara una manóla; con el desenfao de too un 
raonito republicano que viene de la Habana; y con aire de triufo como 
si hubiera sacado un judío de la inquisición, publica un colera la car- 
ta que nn Sr. Bautista dirige con temple amistoso á un Sr. D. Sebas- 
tian. Esa misiva confidencial nó ha quedado sin contestación, y no- 
sotros que tenemos galgos de un olfato más sutil que el olfato del po- 
denco de Ahucatlán, hemos logrado atrapar una copia de esa contes- 
tación, y tenemos el propósito de publicarla, aun con el temor de pa 
recer indiscretos. Natural es nuestra disculpa; los perioditas vivimos 
de las indiscreciones de los que no lo son. Hela aquí: 

Al Sr. D. J. María Bautista. 

Tu casa, etc. 

Pepe querídote. , 

Celebrando como debo celebrar tus laudables deseos de mexicano, 
veo en tu carta vaciados tus nobles sentimientos de amigo y de patrio- 
ta, y se transparenta el júbilo que lias tenido al dirigirme tus consejos, 
•oh Pepe! Tú, á lo menos, no haces lo que otros de mis compatriotas, 
que me muerden á 6olas, me despedazan sin compasión, y no son para 
alumbrarme con su linterna el tortuoso fcaniino de mi administración en 
estas noches obscuras; tú no eres uri sol, Pepe; no eres siquiera una 
estrella; pero sí te veo relucir de tiempo en tiempo como una luciér- 
naga. ¡Considera cuánto no te he de estar agradecido! " 

Dices que hay una guerra desastrosa; qne los Estados han perdido 



175 

su soberanía; que desaparecen 1a* garantías; que la opininión pública I 
rae es contraria.. Ayl cuántas y cuántas cosas, querido Pepe! ¿Qué 
podré contestarte sin herir tu suceptibilidad? Tu no eres tonto; no e- 
res lerdo siquiera, y bien debes conocer que todos los gobiernos del 
mundo tienen sus descontentos como tu; sus aspirantes como tú; sus 
patriotas esclarecidos y dementes como tu, y como tú, sus constantes 
declamadores; la cuestión política no está bien definida por ti, ni bien 
analizada; ésta puede concretarse en este pensamiento: 

La cuestión es saber, sin gran trabajo 
Quién ha de estar arriba y quién abajo. 

Hay una guerra desastrosa que inician los defensores de la Consti- 
tución en contra de la Constitución. ¡Has visto, Pepe, cosa más rara! 
todavía no concluye mi período, y ya se pronuncian contra el presden- 
te de la República, contra los poderes todos, contra la Constitución 
raitn&a. ¿Crees tú que sea esto cnerdo en patriotas tan esclarecidos 
y conatitucionalistas? ganas me dan de reír y de guiñarte el ojo como 
diciéndote; los que aman la Constitución se pronuncian contra ella; 
conducta que tú y yo debemos calificar de inconsecuente, a no ser que 
tú dijeras como un poeta: 

Único dar que me degrada, 
Es el dar en no dar nada. 

lioe Estados, dices, han perdido su soberanía... ¡la han perdido, 
desgraciados! ¿dónde podran encontrarla? Espera, hijo mío, espera; no 
te mate la impaciencia: esos Estados de Jalisco, de Nuevo León, de 
Veracruz, de Tabasco, declarados en estado de sitio, no han perdido 
su autonomía, sino es en cuanto ésta se liga con la revolución y se 
convierte al Estado en conspirador contra el gobierno constitucional. 
No te rías con este símil, porque es oportuno; la naeion es una laguna-, 
los Estados patos que graznan, se zabullen, nadan y vuelan; las facul- 
tades extraordinarias son como una especie de jicaras que vagan libre- 
mente para amanzar á los ánades;* nadan á volapié Cevallos, Fuero, 
Carrillo, Baranda, Othon Pérez y otros personaje*. Él Siglo, la Voz, 
y el Pájaro son tiburones y lobos marinos: la Revista, el Federalista, 
el Eco y el Correo, son los bajetes de agua dulce, y los dos Justos Sie- 
rra y Mendoza, Negrete y Mateos, Agustín E. y el impávido Hila- 
rión, son las sirenas peligrosas de ese lago encantado. * 

Se dice que los indios para cazar patos, nadan á volapié llevando 
una jicara en la cabeza; se acercan cuidadosamente; cogen con pitas á 
los patos de las patas como si fueran ensartas, y sin ruido desaparecen 
de la superficie; hacen su revolución debajo del agua pero á nadie in- 
quietan; pues esto ni más ni menos les sucederá á los Estado» revolu- 
cionarios; ya vendrá día en que se levante el estado de guerra y en* 
tren al ejercicio de su existencia constitucional. A los Estados ingra- 



176 ^___ 

tos que conspiran en misterio, los cogerá el ministerio cual Jos indios 
á los patos. 

Tu crees que yo soy impopular en 1& nación y queme falta la fuerza 
moral de los gobiernos. Asi lo he creído algunas veces, cuando oigo 
la zalagarda que forma la oposición: j más de una vez me tentó el 
diablo para retirarme de un puesto que me hostiga; pero viene la revo- 
lución....¿es cuerdo separarme porque así w$ lo piden los descontentos? 
¿Debo abandonar el puesto cobardemente? ¿Que dirán entonces de tu 
discípulo, ..de sudignidad y sttdeq©ro?n ¿No es verdad. qufe sentirías esa 
mortificación tan parecida á 1* .vergueaba?.. No;hs0a» mucho aprecio 
k la opinión pública; ella es una especie de coqueta veleidosa que en- 
gaña eou s$ falso artificio; ^xínsidera que éaia es un sor abstracto cuya 
existepcia y homogeneidades muy difícil d9 conocerse; un círculo ha- 
blarA de mí en térmicos n>vy desfavorables; otros «eran menos severos 
y ¿tgunoa ofcr*a notoriamente adictos. 

Unos me dicen. ♦ . »isí! otros me gritan. . . «}no¡«r.EaoR son unos dís- 
colos, envidiosos y malévolos, exclaman lo* priaaeroa— kEsos aon unos 
serviles, ministeriales y sanguijuelas, contestan loe segundos. .•- Yo 
miro azorada para todas partea, y no bailo á quién atender. Gompa* 
déceme, mi buen Pepe; me voy á volver loco. . . Quiera Dios no se rea- 
lice este augurio de mi locuaz corta-pelos ..estos señores, los ministe- 
riales y los de oposición, capaces son de convertir al Presidente de la 
República, y k la mamá que los parió, en toro embolado. .. Ja ves, Pe- 
pe, que la comparación' es grosera, pero es verdadera en el fondo. 

Cada uno cuenta de la feria según cómo en ella le vá; es .preciso que 
los vocingleros no sorprendan tu candor, especialmente aquellos que 
..esperaban de mí grandes cqsas,n de los que creían que la patria era 
un eterno festín, y ellos debían ser los gastrónomos convidados. Esto 
me recuerda, á dos famélicos que se veían con frecuencia, y el uno le 
decía al otro: 

Eres glotón, Amadeo, 
Siempre en la$ bodas te veo: 

En esas acusaciones hay una que me ha temido en vigilia algunas 
noches, . . . ¡que no soy liberal! ¿y tú has podido oírlo sin dar á esos 
ingratos ^p soplamocos? ¿y tú cantas en coro ese estribillo, mi buen 
condiscípulo? — ,»¡Y tú tAmbi4nB^Mtol.«-~Algo,hancalntódo mis afeccio- 
nes de espíritu algunas personas muy liberales que han vigorizado mi 
fé debilitada», personas hay a quienes manifesté, mis dudas de si. yo se- 
ría ó no coz^ervador, y me contestaron con aqpsl punteo* to vulgar 
que nos cpnteb^el rector. . . . „Tú te Humarás Pédrp,p?ro loa andados 
los tiene» de Jufm»", — Vd. será conservador, me, dijeron. con cierta son- 
ga, pero sus pasos son de liberal^ Ya verás* pi quejado Pepe, cué^I se- 
rí* mi desunión cuando yo he procurado. no perteoer á ningún parti- 
do mientras, sea presidente de la República. Y lo peor es que los con- 

* ■ » -■ ■ — ' ' ' ~~ n — — ■ = 



. í7r 

servidores se Alejan de mí como si' friera un desertor dé San Lázaro. 
•Diceü que me ha nulrfteado la presidencia! ¡á quién se lo cuenta vd. 
dueño adorado! jPues á quién no nulifica ese puesto? sería preciso 
multiplicar los peeesf y los panes para contentar uá esos miserables que 
apenas tienen sentido común n Ser' querido, éería raro, si nada tengo 
que dar; ¿Presidente y popular? ¡cuesta á la patria muy caro! Dices 
que los amigos que me rodean no me quieren y me preéipltan. . . .¡I- 
nocente de tí, Pepe! ¿de qué te sirve ese talento que l)ios Nuestro Se- 
ñor te ha dado? Precisamente mis amigos los enojados, a fuer de par- 
tidarios, querían constituirme en esclavo y en ün títere, y yo no me 
dejé. ¡Con qué suavidad te me vas descolgando, queridóte! así, así, te- 
miendo ofender mi delicadeza, se te deslizan esas palabras, y yo tengo 
que quedarme con la pildora en el cuerpo, sólo porque ertes mí compa- 
ñero de colegio, y porque mis adversarios tienen placer de hablar por 
boca de ganzo. 
Mucho teme qué el tiro se té salga por la culata.* * 
Ves que unos y otros de los contendientes Invocan la Constitución 
de 57, y deduces que la guerra es por una persona. 

/ — Yo * mi Vez deduzco que estando de mi parte la legalidad, y sien- 
do la revolución por persona, ésta no tietoe fafcóñ de ser. ¿Has olvidado 
la lógica que juntos estudiamos? Me hablas de la situación de Puebla 

¿Sí? ay, ay, ay, ay, ay ya pareció aquello ¡Tú resuellas por la 

herida, Pepe del alma! 

Al subir al poder di un manifiesto, y en él un programa; \j lo he 
cumplido¡ ¿Qué ne respeta «l $b«e e&fnqgkr? ¿fué* apta prostituida esa 
institución de la demacrada? '¡Pasteada hMtfrftfr más estoy con esa 
nueva 1 . ... 

Todo* los dervotádes en ks eíeatióhete xtiéeh jes mismo en to4as par- 
tes del mundo. No hay libertad del pensamiento, esclamas con tal 
magisterio, que los que te oyen dirán que es cierto. Aquí se escribe 
hasta lo que no se debía escribir; se lanzan proclamas, artículos incen- 
diarios, se denosta al Presidente, i lo» Magistrado^ á Sanadores y á Di- 
putados; sólo santos no nos dicen, temiendo acaso que hagamos un mi- 
lagro: ¡y no hay libertad de imprenta! ¡y na ik h*y r querido Pe]ié!-aahh! 
Me valiera más el decir jesto: 
• Ay amor, cotila ate has puesto? 

Velazco r del Palacio y Ja venal, hablan hasta por loé codo»; y pava 
castigo de apa mas negros pecados, basta Ttteeredo fDiotí mío! hasta 
Tanrredo mete ra cuchara ¡Qué bien decía J>*Paaoraciat ¡Ornado 
uooesiád* desgracia*, 94 .A ■ • , 

La libertad de imprenta no éa uqa cota» <fe mayta pora qw se 
emboten en ella la» flechas del poder por ot^as dctóto* 

Caá*to cacabeas tu amor hacia mi* <pferito Baufewt*; me quieres no- 
mo á un hermano, dices. ¿Creea que un aaopr tan almibarado y tá» WÉ-» 
bido d* ptínto, puede convertirse en carato elofc Yo digo pava mí!.- . . . 
¡Zorre de todo» loe diablos!. . . . 



178 

Mucho te sorprendía que en el Congreso se oyera esta voz- n Lerdo 
nóii-Néeiede mí que ereía que los diputados j>odrían decir nóf Hasta 
dónde pueden llegar los hombres por sus letras. Como diputado, bien 
podría decir un nó más redondo que un plato, ya se tratara de las 
leyes de roforma ó de otras; como Presidente de la República tengo 
que cumplir con las leyes y con la Constitución, y no he dado ana 
pifia hasta hoy. 

Concluyo esta carta dándote las gracias por los consejos de la tuya. 

No me dejes de la mano, querido Pepe: tú será» el eco misterioso 
donde resuenan las quejas patrióticas de los descontentos; tó serás «m 
oráculo, mi Pitonisa; tú seras mi lazarillo. No me retardes tus saluda- 
bles consejos. 

Tu amigo y condiscípulo. — Sebastián* 

He aquí una prueba latente de que el Sr. Lerdo na deja raí contes- 
tación las cartas que se le dirigen, El señor Bautista estará mas con- 
testo que un fraileen una proseción. He lanzado un cohete á la Con 
gréve, dirá; mi condiscípulo estará para perder el juicio; los lectores de 
mí carta se desternillaran de risa. 

Después de lo que antecede, vuelvan vdes*á escribir otra carta, que 
no irán á Ros» por la respuesta 



CONTESTACIÓN 

A OTILA CEimK CARTA MI MIS» SElOR IAITÍSTA. 



México, 1 <? de JuKo de 1876; 

Mi antiguo camarada. A 

¿Cómo ea»que de tantos años de silencio vueívo á tener noticias de 
mi querido cadete en democracia» de mi incomparable y tierno» recluta 
en ideas iliberales? Al recibir la estimable carta de vA di orden al ca- 
bo Tragábalas, portero del Ministerio de la Guerra, para que yendo al 
cuartel más inmediato, mandara tocar diana» en conmemoración de 
semejante hallazgo. Eso de tener e» mi» filas u» mosarrete que dra- 
gonea de erudito, y que escupe por el colmillo en rueda de sargentos, 
es a» acontecimiento plausible; eso de ver que un querida mocoso de 
antaño se me encarama á las barbas pidiéndome explic ac ione s sobre 
derecho administrativo, es para que un general como yo se vaelva ba- 
las sin saber qué contestar. Me pone vd, en tal aprieto», mi buen ami- 
go, cuando» quiere vi que yo conteste tantas y tan peliagudas pregan- 



179 

tas, que desconfío de poderlas satisfacer; pero así son los discípulos a- 
provechados; á fuerza de estudio, aventajan en saber al mismo maes- 
tro; y el día en que más descuidados estamos, sorprende aquel nues- 
tras avanzadas, mete una columna cerrada de argumentos, asalta núes 
tra rasón en sus últimas trincheras y concluye por desalojar nuestra 
convicción de su fortificado recinto. 

¿Ccn que vd. se ha metido á cartujo, eh? ¿Con que ese zaragate de 
Romero Vargas le amenazó con ponerle chaca si no pagaba vd. lo que 
debía ó k) que no debía? pues hombre, Romero Vargas no debe tener 
mal ojo cuando descubría en vd. aire marcial y espíritu guerrero; no 
biás eso le faltaba á vd. para ceñirse la corona del martirio en esa ben- 
dita tierra de los reprimidos. 

Consuele vd., mi bueno, mi sufridísimo Sr. D. José María; vd. fia te- 
nido en vida su purgatorio, como la han tenido otros muchos poblanos, 
porque esto les evitará acercarse á las llamas del infierna ¡Bien aven- 
turados los que han hambre y sed de justicia, porque ellos serán har- 
tos, hartísimos, tanto que no han de caber en ese Limbo tan decanta- 
do y que se destina á los patriotas regenerativos. 

Bien puede vd. creerme; no me afligen tanto nuestras derrotas' como 
esa serie no interrumpida de victorias que obtienen los insurrectos, y 
que nos hacen domir al aire libre tomo las liebres y con los ojos abier- 
tos, en espera de nuestros triunfantes adversarios. Figúrese vd. que ya 
hemos hecho testamento, porque nos estamos ahorcando con un ca 
bello; porque nos da el agua al cogote, y porque ya pasó el enemigo el 
Rubicón y está á las puertas de México. 

Infiero, mi estimable Sr. D. Chepito, que vd. quiere lucir su erudi- 
ción y darme un gomitorio, como dice Tragábalas, como quien intenta 
sacar municiones con sacatrapos; pues no me sorprenderá vd., porque 
tengo para contestar bien, y para aconsejar mejor, un espíritu selecto; 
nada menos que el capitán Matamoros que es el encargado de resolver 
cuestiones de tono y lomo. Yo, lo que soy yo, poco aprecio hago de cues- 
tiones filosófico-constitucionales, pues sólo sé ochar machetazos, y o- 
bligifr á todo hijo de su mamá á caminar recto á paso regnlar y á no 
cambiar de rumbo; los soldados no tenemos más código que la obedien- 
cia, ni más fin que morir al pié del cañón. Esto explicará á vd. porqué 
he mandado que las músicas toquen aires marciales, canten los soldados 
el Himno nacional, y que se destierre de los cuarteles »la mamá Car- 
]ota,n canto bélico que al entusiasta Licenciado Riva Palacio le inspi- 
ró su esforzado patriotismo, ni más ni menos que otro predestinado 
D' Lisie, autor de la Marsellesa. 

He oído decir desde niño, que gobernar democráticamente, es go- 
bernar con un congreso electo popularmente, que dá leyes, y con otros 
dos poderes Ejecutivo y Judicial, que las obedece y ejecuta, cuyo orí- 
gen sea también del pueblo. Es así que con esos poderes populares se 
gobierna México, luego es demócrata el gobierno actual Todos hemos 
protestado guardar y hacer guardar la Constitución, y aunque á vd. 
le sea difícil pasar esta verdad por sus anchas tragaderas, tendrá vd. 



180 

por biep ó por fuerza que apechugarla; dirá vd. que la tragará como 
quien comulga cpn ruedas de molino, pero nada importa; mucho será 
que logre yo, iluminado por un espíritu instructor, el capitán consabi- 
do, hacer penetraran rayo de luz en e$e umbrío entendimiento. Yo sé 
que entre las cosas más difíciles de este mundo, una de ellas es con- 
vencer á un obstinado. 

Ustedes los regeneradores, y los'renegados, á fuerza de estudiar los 
textos legislativos y constitucionales, han dado en interpretarlos y en 
cambiar su sentido, ya sea suprimiendo palabras, sustituyendo letras, 
ó variando hasta la puntuación para darles un sentido acomodaticio; 
esto me recuerda que allá en aquellos tiempos, cuando vd. ni pensaba 
dejar la cabra que le servía de nodriza, cayó baja el dominio de mi 
instrucción militar un pobre recluta, indígena rebelde á la civilización 
y aun al idioma castellano; no fué posible hacerle comprender los 
Mandamientos de la ley de Dios, porque cambiando una letra decía 
todo lo contrario: El quinto no matarás^ le decía yo; el quinto lo ma- 
tarás, repetía él con aire marcial. El sexto no. le aconsejaba yo san- 
tiguándome. El sexto lo — .se empeñaba en repetir, como di estuviera 
en campaña; y de esta demanda no fué posihle hacerlo desistir. Apli- 
que vd. el cuentecito y vea si en esta parte están satisfechas sus du- 
das. * 

Cree-vd., mi alucinado discípulo, que hay una inconsecuencia en el 
Sr. Lerdo aceptando la reelección, qaando la nación esté en contra dé 
ella. Yo acepto la teoría dé vd. y á las pruebas me remito; si el Sr. D. 
Sebastián, mi grande y mi buen amigo, no es aceptable por la nación, 
ella le negará su voto; válese que en nuestro sistema democrático todo 
funcionario es electo por la mayoría del pueblo mexicano* si este }e 
njtíga su confianza y la deposita en otro, yo diré, yo confesaré, yo pre- 
dicaré, en todas partes que mi discípulo Chepe Bautista tiene narices 
de alcuza y un olfato delicado para oler la pública . opinión; máxime 
una vista de lince para ver los acontecimientos futuros. Quizá no 
venga diciendo vd. el estribillo de siempre "¡qué escándalo! se falsea 
la opinión del verdadero pueblon joiga! — ¿y los que protejen la *eelec- 
ei&k eeoa no son pueblo, ni tienen derecho á elegir? Ya vd. ve Sr. D. 
Jos¿ María Bautista, que yo, inspirado por el capitán Matamoros, tam- 
bién tenga tais ribetes de profeta, pero no de profeta del pasadtf conjo 
vd. y que es cosa fácil de serio, si no del porvenir, sí, del porvenir, en 
cuyos secretos sclo Dios y el diablo. 

[Inhumanos! nos llama vd., aeñor Bautista, porque hacemos la gue- 
rra; ¡inhumanos nosotros porque sostenemos ha ley y contrariamos y 
batimos á nuestros adversarios! Los insurrectos no tiran con mortí- 
fera metralla, sino que nos envían un aguacero de besos y abrazos, y 
manojos de flores, y bombas de perfumes; este si es un modo de discu- 
rrir muy ingenioso, muy supicaz, señor D. Pepe; esa profunda convic- 
ción deben haberla insuflado á v d. coa jeringa nada menos que Jos pro- 
nunciados: ellos ponen el espantajo y luego s# asustan con éL 

No puedo yq eomprende,r qué clape de %lucinamiento es en el que 



'181 

vd. ha caído cuando alegara q\*e el Presidente ha faltado á sa progra- 
ma, y no se le debe respetar por esta {Siempre la muletilla de cos- 
tumbre! Yo sostendría que al primer Magistrado de le debe respeto, 
porque así se enalteee la nación que representa. ¿Podría vd. creer que 
los que servimos Á la nación, incluso el Sr. Lerdo, no tenemos respon- 
sabilidad? nosotros creemos tenerla ante Dios, ante la patria y ante 
nuestros conciudadanos. 

No por eso sea vd. cruel con nosotros el día que» triunfante la revo- 
lución, mande toóaf la trompeta del juicio final el Sr. Gerónimo Riva 
Palacio y nos haga comparecer k jucio ante la magostad de un caudi- 
llo afortunado. . . .«¡Ay de roaotros escribas y fariseos!,, dirán ustedes 
desde ahora por tentar nuestras flaquezas; -.ay de vosotros loe que co- 
locáis un mosquete y os engullís un cabello. Generales republicanos 
que ordenáis combates, qnef hervís al tirano. . . . itIOhl eae tiro sin pun- 
tería viese rectamente á mí como una bala perdida. . ♦ «pero yo les he 
dieho ¿ mis amigos y «1 mistae- Lerdo» nea eso una provocación; es lo 
que los jugadores de malilla liaman arrastré falso, para descubrir el 
juego de los contrario*. . . . (Si, ya voy, que me están peinando*— Esas 
bombas lograrán - reventar sin abrir brecha: á mí me viene esa flecha, 
glorioso don Sebastian, 

Usted bien sabe, Sr. D. José María, que a las revoluciones todas les dan 
principio los ladrones; las desarrollan los hombres de la idea, las sos- 
tienen los mártires en la fé, y las concluyen los guerreros afortunados; 
¿qué entraño es que en las filas de los insurrectos se encuentren cri- 
minales del orden común, extraídos de las cárceles, y dignos del patí- 
bulo? A estos, que tienen un campo bastísimo para que su traviesa 
inclinación pueda echar un retozo con agravio de la moral, se les debe 
aplicar, no sólo la ley de plagiarios; no sólo la ley del embudo, sino to- 
das estas juntas: eche vd. una mirada á ese ejército que todo lo rege- 
nera, y se quedará patitiezo de ver muchas caras patibularias que han 
cometido loa «mayores trúaaenea¡ y no veaga vd. presentando excepcio- 
nes honrosísimas por muchas que estas puedan ser; pues si hubiera un 
plagiario nada más, nada tná* que uno, tolerado á sabiendas por uno 
ó más caudillos de segunda talla, ésta persona autoriza para que unos 
y otros lo llevaran al patíbulo, antes que nominarlo redentor de un 
pueblo oprimido, defensor de una causa santa. 

Bien sabe vd. . . .¡cometa! que la patria no es tinaja de Guadal&jara 
que tiene sus tapaderas. Donde haya de esta clase de malvados, allí 
debe caer la espada de todos. Sí vd. cree #ra apasionarse que al lado 
de guerreros esforzados han existido y existen esas panteras, aconsé- 
jeles que hag*a su separo como el cosechero que aparta el trigo de la 
avena. ¡Con qué empeño se propone, vd. hablarme dalos tiranos! Pa- 
ra los revoltosos, todos los gobiernos son tiránicos; y también se inco- 
modan porque se les castiga; *quí viene como dé molde un pensamien- 
to de un poeta favorito 4pl capitán Matamoros 



182 

»«Si pongo una joroba en un retrato 
Y lo mira quien tenga una joroba, 
Dirá que he cometido un desacato.» 

¿Qué estraño es que hasta el gobierno más demagogo se le apliquen 
los epítetos más denigrantes, y al Presidente más justificado se le com 
pare con aquel Felipe II? La historia nos revela que á un rey le lla- 
maban sus vasallos, unos, Don Pedro el cruel; y otros, Don Pedro el 
justiciero. La posteridad ha hecho justicia. 

¡Cuántas lisonjas Sr. D. José María Bautista! ¡Cuántas genuflexio- 
nes en un ladrillo para que yo le conteste y lo convenza de que está 
vd. en error! hijo mío, sería predicar en desierto; vd. tiene inter<% en 
el triunfo de la revolución, y seria perder el tiempo en usar razona- 
mientos contra intereses; yo apreciaría tenerlo á vd. á mi lado; hacer- 
me la ilusión de que es todavía un chiquillo, sentarlo en mis rodillas, 
limpiarle las naricitas y decirle en tono muy paternal y zalamero es- 
tas palabras: Pepito, eres incapaz por tu inexperiencia de comprender 
toda la elocuencia de mis palabras, pero fíjalas en tu memoria, y re- 
cuérdalas en el porvepir; no te convencerás de tus errores, mientras 
tengas esperanzas del triunfo de la revolución; vacilarás en tus creen- 
cias cada vez que llegue á tu oido una derrrota de los insurrectos; te 
darás golpes de pecho y cantarás la palinodia cuando veas que éstos 
ceden ante el peso de la opinión que los abruma: arrepiéntete pecador 
obstinado; vuelve al redil, oveja descarriada; modera tu furor, prédica- 
sempiterno, y en todos tiempos tendrás abiertos los brazos de tu D. 
Nacha 



Ya pareció lo perdido. 



Alegres como unas pascuas están las personas que son afectas á las 
fiestas religiosas y ahorcándose con un cabello, porque una imagen es- 
cultural del Salvador se había perdido al remitirla de Querétaro á esta 
ciudad; las noticias eran que desde el 31 d^ Diciembre fué colocada en 
el Ferrocarril -Central, y el santo no llegaba á su destino. Temían los 
siervos de Dios, que viéndolos con desdén, hubiera ido aparecerse a 
otra parte. 

Se pusieron en agitación, y una lluvia de telegramas cayó á un tiem- 
po sobre el escultor y los remitentes, y se trataba de nombrar una co- 
misión olfateadora que siguiendo la pista al santo lo hiciera volver á 
este suelo bendito donde ya se le tiene preparada una fiesta. ¡Buen 



183 

chasco nos hubiera pegado su ¿«anudad, cuando todo está preparado pa- 
ra la bendición y para tributarle culto! Dejarnos con nuestros gastos 
hechos habría sido una descortesía. Al fin pareció lo perdido ¿Qtrién 
les parece á nuestros lectores que íué el dichoso Juan Diego que lo 
encontró? un Licenciado, á quien no le llegaba la camisa al cuerpo te- 
miendo el extravio del santo que representa su santo nombre, ¿Albri- 
cias! ya lo encontró trasconejado, sí, en un furgón de aquellos que sir- 
ven para conducir toros de lidia á la capital, y que volvieron vacíos á 
su destina Como el material rodante escasea, aprovecharon una jau- 
la para remitir el cajón, cuyo contenido se ignoraba. . . , 

Espléndida será la función de la bendición, del bautizo del Salvador, 
bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús* el San Juan Bautis- 
ta será representado por el sacristán de la Asunción: el Jordán será 
esa misma Iglesia parroquial* Un apostolado completo de fervientes 
siervos son padrinos; no sabemos si resultará algún Judas; todos son 
acomodados y creyentes; una docena de madrinas fueron convidadas; 
sólo tinp dijo nonty, y eso no porque . no le agrade repicar y andar «n 
la procesión, sino porque* al esposo no le gustan fiestas, ni bolos, ni 
arranques, ni desbocamientos. 

En cuatro buenas cualidades se han fijado para eseojer en nuestra 
sociedad el circulo matrinalT aunque no siempre pueden estar todas es- 
tas cualidades reunidas; que cada una tenga esposo co di placiente, celo 
religioso, recursos abundantes para contribuir i los gastos del festín, 
y que se llamen Pepitas, de ese nombre tal vez no se pueda ajustar el 
femenil apostolado, pero la comisión olfateadora las busca con un ci- 
rio pascual y una linterna sorda La Imagen está de enhorabuena; 
además del ferviente culto, los cilios y los bolos, que han de ser forzo- 
samente de á onza de oro, se le obsequiará con una pepitoria. 

Dichosos los bienaventurados, porque de ellob es, el reino dejos 
cielos. 



%MXMXa$spwuL* 



Hay épocas en la vida del hombre en que el sueño embarga sus sen- 
tidos, y en que al despertar puja, bosteza, y contrae los miembros co- 
mo si quisiera alejar una afección nerviosa que le embarga la yoz 9 el 
oído, la sensibilidad y aun los esfuerzos de la voluntad que lo induce 
á entrar en una vida activa. 

Nosotros despertamos de ese sueño. Hemos soñado agradablemente 



184 

contemplando los triunfos de 1* democracia y los de 1a justicia ciega y 
recta. 

Nuestra existencia se desligaba entre ápres, tnúsicas y perfumea 
Hemos tenido también sueños pavorosos en que han actuado tormen- 
tos inquisitoriales, la aplicación de ta ley fuga, y hasta la condenación 
de noestra pobrecita alma al ser arrojada á ios antros platónicos donde 
no se mira á Dios. 

iOh desesperación! Llamamos entonces en nuestra angustia al cielo 
con todas sus jerarquías, y nadie nos prodigó una palabra de consuelo: 
entonces formamos pacto con el diablo A fin de que nos mandara su 
lucífera gracia; hasta entonces creímos én su existencia. 

Alguna vez, variando el panorama de nuestro sueño, nos reíamos en 
la mansión de la bienandanca transformados en querubines, revolando 
cerca del trono de Dios, y dando alguna vea ataos á 1* ealva de S. 
Pedro. 

Otras veces, durmiendo bajo la desgraciada impresión de nuestros 
dolores, nos vimos arrebatados por lar potente garra de Satanás para se- 
guirle á sw imperio, á ese Seno misterioso y aterrador en donde, segtjm 
los católicos más creyentes, deben habitar fó6 grandes guerreros, los 
profundos filósofos y los mspfrado* poetas que han admirado al mundo. 

Al sacudirse ese sueño que aletargó nuestros sentidos, hemos llorado 
algunas ocaciones afectados pot* el pesar y otras por la alegría 

(Qué hermosa es H eternidad soñada! ¡cuánta magnificencia se os- 
tenta en aquella gloria donde nadie rie, ni se qutja, ni Hora! allí no se 
sulfura el ánimo al contemplar injusticias porque no las hay, no se ba- 
ten palmas para tributar aplausos, porque nadie los necesita. Cada 
cual se abisma en sí mismo y se> sumerge en un Océano de hit:, de har- 
monía, de perfumes, de bienandanza. 

^Qu¿hermosa es (a eternidad contemplada baj* et prisma de somno- 
lencia! ¡qué grandiosa es hasta en ese imperio en que Luzbella 1 ^ es 
el supremo imperante! allí no hay diablas tentadoras que seducen con 
su mirar ni encantan con su sonrisa; ni mosca blanca que crea las oca- 
tdones de ejercer el soborno; (ya maliciarán ustedes entre quienes) ni 
estafermos que van á medias en los emolumentos con el que los nom- 
bra: ni virtudes austeras que hacen del hp.nor upa deidad profana, inú- 
til y veleidosa. 

Pero despertwa*e*y volv em os á nno s tm n ■oaisda ¿ > ^»gio seres deste- 
rrados, para presenciar tantas miserias y tantas abominaciones, 
tantas llagas incurables de la p a tri a , y cánceres estomacales que nos 
mortifican y no no3 matan. 

¿Es realmente aquí el suelo de nuestros antepasados» en dónde se 
deslazó nuestra infancia donde brillaron nueptc** glorias» jen el que 
estrechamos las manos de gobernantes íat8gfpe*de magistrados rectos, 
y de jueces que adoraban á la incomparable Aserta* ¿de funcionarios 
idóneos que tributan homenaje al renombr? de inmaculada 

¿Porqué la bruma, más inténsanos oculta boy el templo de- & gloria, 
el de la justicia, el de la razón? 



185 

• Ah! ya no existe el papel sellado de santa, de gratísima recordación. 

Se fueron á fondo aquellos administradores que recibían amables y 

entregaban complacientes; que cambiaban los pliegos que tildaba el e- 

I rror por otros blancos y relucientes; había empleados de la renta que 

no tenían visitadores ni visitadoras. 

Pero hoy se han inventado estampillas perforadas y con pegoste de 
clara de huevo y goma para adherirlas con babas á los alegatos que 
tienen que elevarse á respetables jueces y magistrados ¡qué suciedad! 
¡qué falta de cultura! estampillas que multiplican el valor con el color 
hasta la sexta potencia, para llenar toneles de las Danaidaa Se ha 
creado también la importante plaza de maestro al cémballo que toca 
alegres sinfonías en un timbre que resuena con vibración argentina, ó 
aurífera: se le conceden facultades de mayoral para guiar á 1 os guajo- 
lotes con un látigo que alcanza hatta la pared de enfrente, y se 1$ po- 
ne en la mano los símbolos de su misión, es decir, una variada colección 
de jeringas de distintos calibres, según sean aquellos á quienes deben 
aplicarse; para los ricos de encumbrada grandeza, las anchas y nike- 
ladas; para los pobres de humilde solemnidad y anchas tragaderas, las 
gruesas y confortables. 

Existe una ley de Hacienda, escrita con tintura de cantáridas, que 
aplicada en la ánfula que levanta la ley del timbre, ampolla y caute- 
riza la carne viva. ¡Ay! es un remedio muy saludable. 

Existe un club de papaoatas, al que se emplea eoa modo y con pro- 
mesas ilneprias, en sacar un carro del atolladero; pero ae le despide á 
!a hora de las tajadas, cuando el redentor va á llegar con gloria y ala- 
gestad, el mesías prometido, á repartir con asta franca las liberalidades 
qoe contienen los cuernos de su abundancia 

Per» {qué «lase de sueño era el nuestro? nosotros no respirábamos, 
pero oíamos; carecíamos de sensibilidad, pero mirábamos; no ejercitá- 
bamos nuestros movi men tos, pero sí comprendíamos; no estaba en ac- 
ción nuestro exquisito paladar, pero sí olfateábamos, como zahoris, los 
acontecimientos; no era pues, un sueño-, era la catalepéia. 

Hoy están en pleno juicio nuestras facultades y nuestros sentidos, y 
olfateamos como sabuezos «osas maravillosas y las predecimos como las 
Sibilas de las Galias. 

¿Qué consuelo nos dan nuestros lectores? 

¿Nos quedaremos esperando esa era feliz? Ya percibíamos sus auras 
precursoras, saturadas por la nicotina; las Pitonizas de la regeneración 
olían & morfina y á tabaco en rama, y hoy nos muestran en lontananza 
el continente de nuestra dicha, pero. .... .no muere todavía el Moisés 

que las conduce á la tierra de promisión: darán la vuelta huyendo de 
eka Babilonia que se líama Villa «le la Encarnación, y al pasa^r el mar 
rojo, se ahogarán sus perseguidores. 

Y correrá el tiempo; y volarán los siglos para que sean cumplidas 
las prcfesías de la prensa de oposición. 



186 

Ambara nuestro redentor en su jumento y será recibido con palmas 
y con entusiastas aclamaciones. 

¡Bendito sea el que viene enviado por el señor para aliviar nuestros 
dolores y para curar nuestra lepra! 

¡Bendito sea el que viene á remendar las sacas y las talegas del e- 
rario de nuestro Estado, 

¡Abajo los despilfarres! ¡abajo la privanza de los hijos del cura! 

Saldrán á latigazos del templo los mercaderes que lo han profanado; 
se equilibrará el sensible fiel de las balanzas con que Astrea reparte 
equitativamente sus dones. T si esto no sucede ¿nó nos creeremos 
chasqueados y esperando á otro mesías verdadero? 

Fueron muchos los llamados al festín por los corifeos de la oposi- 
ción, pero ¡ay! fueron pocos los escogidos para sentarlos á la mesa: 
que se contenten con percibir el olor de las viandas y escuchar las 
dentelladas y picotazos de esas águilas devorado; as. 

Ellos llegan como apóstoles de una nueva fe, inspirados por la lon- 
ganimidad, á pulsar el salterio de oro, y á cantar como almas gloriosas 
el Hosanna y el Te Deum* Llegan más purificados por el olvido que 
lo que lo fueron los judíos en la Piscina de Siloé: no debemos temer 
que nos traigan la epidemia, como la corneja que la llevó á Italia, 
porque ya pasaron por las horcas caudinas del carbón pulverizado que 
mata la corrupción; del filtro que extrae las impurezas, y de la espuma- 
dera, que. . . .así pasa el almíbar diáfano que dá sabor y belle2a al 
bienmesabe y á la conserva. 

Por qué, por qué el redentor no quizo aceptar á los inmaculados pa- 
triotas que la ley de Hacienda convirtió en tópicos para curar los de 
saciertos de la administración? ¿por qué no lian de ser dignas de la re- 
miniscencia pública las instancias, lias súplicas y las lágrimas de un 
Doctorcito que impetraba gracia y justicia en favor de los desespera- 
dos en la contienda, para que se les hiciera siquiera un cariño tribuna- 
licio a los jurisconsultos del club? 

Y se quedaron los anfitriones con sus gastos hechos. 

Y se quedaron los inocentes legos juaninos (como los ángeles que 
salían en las proseciones, con las alas levantadas) con la geriga en la 
njano- 

Y se quedaron todos con la esperanza fallida como los judíos que. 
anhelando su santo advenimiento, les salió el tiro por la culata. 

Debemos cortar ya la tela da nuestras digresiones para evitar el 
cansancio con el relato. Tal vez en lo futuro cambiaremos nuestro es- 
tilo serio y gravedoso por otro más festivo y ameno, al entonar nues- 
tras lamentaciones. Ojalá y tuviéramos al frente un antagonista con 
quien disentir, un cirujano que ministre los primeros auxilios de la 
ciencia al gladiador que quede vencido en la arena periodística, y un 
padre Camilo que ayude á bien morir á la victima cuando demos el 
tijeretazo maestro en la chapa del alma. 



187 



Lo que va de ayer a boy. 

ENTREMÉS. 

to (acuciará Wk— Don DeogmÍMliídigíol,— Pnj lobuiíuo. 



ESCENA PRIMEKA. 



Deogracias. — Las doce: Aun no viene su paternidad k formar la 
tertulia de costumbre. 

Circuncisión.^— (Entrando con un periódico en la mano.) Dios mío! 
Dios mío! ¿y ha de apurarse nuestra paciencia? Virgen de los desam- 
parados! demen agua, demec agua 

Deo*— (sobresaltado) D * Circuncisión! ¿por qué pega vd. semejan- 
tes gritos? se ban pronunciado en la ciudadela? hay alguñ cataclismo? 

<7¿r.— N Vea usted, vea usted, don .Deogracias; ya saiió el Cascabel 
metiendo ruido, y poniéndonos como trapo nuevo, 

Deo.— *-Cóm*>! ¿comienzan ya los periódiquitos, y la mordacidad, y 
las herejías? [de rodillas] Dios Santo, Santo, Santo! Santísima Trinidad; 
Angeles y tquernbines de la corte celestial! 

C&r.— Ka, ya verán ustedes lo que le sucede á ese picaro redactor 
luego que,£oncluya su periodo y con él la inmunidad. Le hemos re- 
cetado nosotras las de la # conferencia unas inyecciones con agua bendi- 
ta para qqe se le salgan los diablos, y la sociedad católica una paliza 
con el hizopo ó con los ciriales. 

Deo.r— Corneta! 

Cir. — Como que tiene la desvergüenza de juntar á Lutero y al 6eñor 
Torquem8da. 



Í88 

Deo. — Cuánta herejía alcanzamos en nuestros tiempos, señora D * 
Gircuncisión; y luego que ya nadie teme & lab censuras de la Iglesia 
ni á Ihs excomuniones. Figúrese usted que los impíos dicen que hacen 
tanto caso de las excomuniones como de los enojos de Memet-Alí. 

Cir. — ¡¡No me lo cuente vú!! eso dicen ahora, pero ya lo verán con 
el diablo á la hora de los gestos. 

Deo.-^Si festos libef-ates nó cfeeü eti el diablo, D ^ Circuncisión; 
dicen que el diablo salió borregd. 
CVr.— Impíos, incrédulos! 

Deo,— *Yi ustfed ve «orno han desterrado á los jesuítas; y ao ha sido 
otro mas qtje el Presidente, que al fin salió liberal; lo inferno, lo mismo 
¡ que el Indio de tflis pecados. 

j Cir*. — Qué chaüco nos hemos llevado, don Deogracias: ¡quién lo cre- 
] yera! se lo dije á tal padre confeso?, que al fin el candidato nos había 
w de salir calabaza. 

Deo.r- ¡Qué bien nod deeía el Padre Chicoteo! yo le veo como á un 
Profeta. 
Cir.,— Cómo! 

Deo.r- Dijo en la sociedad <*at<ilíca que ño nos Creyéramos ele él; que 
i si lo elegían Presidente era para que el día menos pensado no nos enea- 
1 jara aquí á los enemigos. 

Cir. — Figúrese usted que las pobrécitas tnonjas están con el Jesús 
en la boca, ¡Qué han de hacer! ya dan sys saliditas á la calle para 
! que las consideren exíilausfcradft§. 

| Deo.-~ Con justicia, D * Circuncisión, con justicia; ¡cuánta calami- 
' dad se nos espera* volveremos ¿los tiempos de la herejía. Ta el Pa- 
j dre Chupamirto nos dijo qUe había masones en esta ciudad; 

Cír.-^sSilencio! pueden oirfto». 

j Deo.— >No hace muchos días se les sorprendió tmtt beñá thasdnica á 

| loe liberales: ya sabemos cual es; cuando usted vea, D^ Circuncisión, 

que un liberal extiende su braao izquierJo hacia adelante, lo dobla por 

j la ¿andadera, colocando el puño frente del ojo izquierdo, y con el bra- 

I 20 derecho hace tm ademán como de qtiieh toda violiíi, mu^^e&pecial- 

mente cuando miran á un miembro de la sociedad católica, esté usted 

segurísima que él es Un masón* También suelen cerrarse unos á <Jtros 

el ojo cuando ven pasar á un gobiernista, 

Oir.-~-Y qué me dice usted del matrimonio civil? Coh qu¿ fervor 
religioso, conque unción, con qué elocuencia digna de un Bosuet y de 
un Frayssinous predicó un padrito santo un sermóh contra el matri- 
monio civil Gritaba y se enfurecí»; y á nosotras que ni nuestro mal 
JK)s daba. Habernos muchísimas quo nos hemos qnedudo á la luna de 
Valencia en eso del matrimonio* y cifrábamos nuestras esperanzas en 
encontrar marido aunque sea civil* y vamos saliendo con que es írrito 
ese matrimonio. 

Deo. — ¿Qué me cuenta TI, t) ^ Circuncisión? •' ' ' ' ~ 

C4>.— LVá diCJench) ttibj v corajtídt1 efctaK palabras del Espíritu Santo 1 



,_ . 18.9 

••malditos, malditos sean los que se casan cirilmente.ir ¡ Ay don Deogra- 
cias! se ñas encrisparon los cabellos de puro terror; ya no* parecía flue 
una legión de diablos venía por los elemento? y nos llevaba á todas y 
sólo se escapaba él orador. Aquello era un campo de Agramante. li- 
bas lloraban, otras se retorcían, otras se desmayaban. ¿Adiós esperan- 
zas de matrimonio! ;adios aura civil! [Muchísimas gracias Santa Rita 
de. Casia por tus favores! lias hecho un pan como unas hostias. 

Dúq.^Sc. han quedado laa solteronas diciendo ¡miren qué caso! 

Cir.^Y el patlrito se apeó del pulpito deiándonos en un mar de lá- 
grimas, y lo que ea peor, súmulas, en el interno. Segfín el orador se 
nos convertirían loe aretes en víboras, los urigttme u$ted y pollón eu cu- 
lebrones; las castañar de risos, en serpientes de cascabel y hasta esos 
ricitoa muy monos que las ninas, llevan en la frente, y que Uaman 
ubícame aquíu eran escorpiones y cocodrilos. 

Deo.— r ,Mcduzas de nuestros días! ♦ * . (santiguándose) . 

CVr. — Nos habríamos quedado en el infierno si ptro padrito miseri- 
cordioso no nos hubiera sacado de la mano á todas las lloronas» 

Deo.f— Que vengan ahora los liberales a contradecir la voz del Espí- 
ritu Santo; vea usted lo que dice un periódico liberal: m El matrimonio 
civiles un contrato que siempre se ha celebrado á nombre del Go- 
bierno; antes lo autorizaba la Iglesia, y hoy se le retira esa facultad; la 
ley no prohibe que. los ^ónyuges reciban las bendiciones de los minis- 
tros de sus cultos; al Gobierno poco le importa que todo mundo se case 
como se le Antoje, con tal que ese contrato se celebre. Establecida la 
tolerancia de cultos es natural suponer que una pareja, de creencias 
disímiles quiera casarse, y entonces solo la ley puede autorizar esa 
unión como legítima. Cásense en buena hora los católicos como quie- 
ran, pero respeten la ley.n 

Cir.— Basta don Deogra^i^s* no siga usted leyendo esas herejías; 
quieren esos liberales saber más que Jos teólogos. No faltaba más. si- 
no quo el manto de la religión había de servir de tapadera. (Doña Cir- 
cuncisión se pereigua para alejar un mal pensamiento; don Deogra- 
cias bosteaa santiguándose y hace una reverencia á la Virgen de los 
Desamparados á quien arde una lamparita. 

ESCENA SEGUNDA. 

Entra Fray Robustiano con Un royo de papeles. 

t)ios jnande crecido bfcn 
Y una fortuna no escasa 
A esta dichosa casa* 
Que yo bendigo también» 

2W.-—>;tteVerendo padred ¡revereadísimo. padre!,— (Besando la mano 
y el escapulario.) í 



190" 

Cir.Señorj venga usted en nuestro auxilio que antes de comer ya 
tofftamo.3 el café que nos ha ministrado el Cascabel, . 

Fray Rob. — Si al Sr. Gobernador le ha parecido mal ó bien el ga- 
llito de la otra noche, yo no lo sé; pero es natural suponer que no re- 
provaba los gritos sediciosos puesto que no castiga á sus autores, y se 
contenta con mandar negar los hechos. ¿Con que no regenteaba el 
ordenado gallo de botellólógos é hijos de la noche el Sr. Jefe Político? 
¿conque nó? ¿y si nosotros lo probamos?-^Candoroso é inocente redac- 
tor de la voluntad gubernaica, venga usted acá, hombre; no será la* 
única pifia que usted dé si insiste en seguir ese camino de negaciones; 
diga usted que es cierto andaba la autoridad política en el gallo pero 
guardando d orden; diga usted que los borrachitos gritan lo que se 
les antoja, y que de esto no puede ser responsable el Gobernador. Es- 
to sí puede ser una disculpa muy natural. 

Deo. — No me toque usted á mi redactor, reverendo padre; vea us- 
ted que se ha refugiado en la política y pone á, nuestra disposición su 
claro talento y su pluma dn avestruz. Como que daba sus plumadas 
en aquel animalito zumbón llamado "Don Jicote.n 

Oir. — No es cierto; en ese papelucho sólo escribían mexicanos, y él 
es español; en su calidad de extranjero nada tiene que ver con nuestras 
cuestiones. 

Deo. — El talento es un don que Dios concede á todos los hombres, 
y este tiene de brillar en todas partes ¿Acaso la ley Je prohibe á un 
extranjero escribir sus ideas? No señor, la ley es benigna con el genio. 

Fray Rob. — Ven ustedes lo que decía en el número 8 del "Jicote» 
á propósito de un paisano, y con un anagrama de su nombre, 

"Hay aquí en Aguascal ¡entes un español que porque tiene sus ribe- 
tes de poeta se ha declarado sabio, y como tal, enemigo acérrimo de 
la oposición. Este señor español charla mucho en contra de los jicote- 
ros, y les adula un poco á los gobiernistas; tóete ruido cada vez que el 
"Jicoten sale á luz; calienta á los fríos para que se den trompadas con' 
cualquier oposicionista; y toma parte en cuestiones políticas, que nada 
le importan, y sobre todo, si cuando tomara parte fuera en defensa 
del pueblo y para procurar su felicidad, no haría mal. Pero, por el con- 
trario, siempre esta deseando el exterminio, la guerra, la división en- 
tre los mexicanos, etc. etc., cosas todas de que debe huir un extranjero, n 

(Fray Robuetiano se queda estupefacto. A don Deogracjas se le 
cae la baba.^— Doña Circuncisión incJina la cabeza, y los dos caen de 
rodillas ante la imagen de la Virgen, exclamando á dúo:) 

¡Sol de los Desamparados! 
Te recomiendo á "Don Blas" 
Si le sacan sus pecados, 
Pues no es de los descarriados, — 
Descarrilado nomás. 

Tiempla su lira sonora 
T su bélico rabel 



191 

Que tanto a Nacho enamora; 
Si lo encandilas, Señora, 
Le cuelgan el cascabel. 

Fray JRob. — (Con aire de triunfo, pero poniendo los ojos rizcdl co- 
mo de quien perdona y no perdona, dice con énfasis peculiar del 
claustro este ascético soneto que se atribuye á Santa Teresa. 

No me mueve, "D. Blas' 1 para prenderte. 
El mirar que al Gobierno- has defendido} 
Ni me mueve tu ingenio tan temido 
Para dejar por eso de morderte. 
Muéveme^ sí, nemas, muéveme verte, 
Por chismes de cotona enardecido; 
Conmuéveme saber lo que has mentido 
Por librar al Gobierno de la muerte. 

Conmuéveme tu afán de tal manera, 
Que por gallo de estaca te tomara 
Si mandarte nriB flechas no temiera; 
Un borrico será quien te creyera, 
X si el viento que Bopla no soplara, 
Lo que á Bey le dijiste, te dijera- 



192 



11 TI MlHUTlHi 

. I 

Zúñela en varios actos por d posta Corastm; wm id Xatsito encarrillo, 
escoiosr in&x£ff&st¿u 



El teatro representa el salón del Congreso. TTna mesa presidencial. 
Varios cuadros que representan los siguientes atributos de la legisla- 
ción: una jeringa, símbolo de las contribuciones y otros beneficios; una 
mordaza, emblema de la libertad de la prensa; un embudo, insignia de 
la ley. Un Crucifijo en la mesa colocado en u tendió de dos ladrones, 
como el erario nacional 

Los diputados prestan la protesta teniendo solo una rodilla en tierra; 
la mano izquierda sobre una Constitución, con más agujeros que un ar- 
nero, y la derecha en el estómago. 

Un miembro de la sociedad católica, que acaba de llegar de Portu- 
gal, es el maestro al cémbalo teniendo un hisopo con honores de batu- 
ta.,— Oído señores; ¡á una! Y nadie se me mueve. 

Cor o de diputados. — (£1 eco repite las últimas silabas.) 

Juramos á la nación 
Que habréis de ser nuestra norma — orma; 
¡§acrae leyes de reforma!— -forma 
Sublime Constitución! — on etc. 
¡Oh pueblo! tu insspiración 
Aliente á los tres poderes; 
Si fallan nuestros deberes, 
Dad con nosotros ejemplo; 
Arrójanos de este templo 
Cual Cristo á los mercaderes. — eres 

presidente. Coloquemos nuestras posaderas en la curul. (Repica 
una campanilla.) Abrase la sesión: Voy á echar la proclama de cos- 
tumbre. 



193 

C. Gobernador: El pueblo queda muy satisfecho cuando el Otoño 
se anuncia con la vuelta de las golondrinas; nosotros le anunciamos la 
estación de la prosperidad; nosotros, ángeles de redención: nosotros, 
pichones lesgislativos, que anidamos aquí para empollar tantos huevos, 
para hacer tontos beneficios que no han de caber por esa puerta, sabe 
el pueblo que lo amamos mucho, mucho. . . .hasta la pared de enfrente! 
He dicho; Puede hablar ejecutivamente el Ejecutivo. 

ejecutivo. Señores diputados. Por la misericordia de Dios, vais 
á recorrer, en muy pocos días, el espacio inmensurable que hay entre 
la vida y la muerte, entre la cuna y el sepulcro. Ved cómo se han con- 
vertido mis cabellos en algodón; ellos se erizan cuando considero que 
pisamos sobre un volcán, que estamos al borde 'de un abismo Señorea 
diputados, concededme una licencia; os devuelvo hecho tirabuzón el 
bastón de mi autoridad. He dicho. 

(Aria de tenor cantada en si muy sostenido) 

Ta me llega el gobierno hasta el cogote; 
La ruda oposición hasta el copete: 
No quiero que me llamen hotentote; 

Como dice Sustaita,. . . .búa folote, 

Si me truena la cámara ó el cohete. 

diputado 1 °> Tiene, como si fuera León, su cuarto de hora de ca~ 
lentura:dirije la mirada á una inmensa barra ó Barren que allí se en- 
cuentra. Aria de barítono. 

• 

Héroe quisiste ser de una jornada 
Por llegar á ese punto con decoro; 
Llegaste, te dormiste, ¿qué hiciste? nada 
¡Valeroso campeón! ¿llamaste al toro! 
Pues sufre resignado su cornada. 

dip. 2 -° r-{Mostrando una alma más grande que una Vega.{Jie- 

citando.) ' 

Delante de mi no pasan abrochados. No hay por qué aflojarse, 
ni por qué afligirse. 

{Aria de tenor de gracia) 

No temo la oposición 
Guando no tiene razón; 
Nunca frunzo el entrecejo; 
Yo salvo la situación 
Jalando todos parejo: 

DIP. 3 .° —s(Queriend& enristrar la lanza pepa embestir á sus compa- 
ñeros^ como Santiago d los moros.) 

Ya percibo nubarrones rojos, — ya me ciegan tal vez tantos reflejos- 
de un astro que se eleva allá á lo lejos; (Coro de escribientes) ¿Lerdo 
nos pondrá verdes los ojos? 



194 __ 

Dip. 3 °. — La capacha nos vio como cartujos. 

Saquemos la navaja como majos, 
Paremos sus mandobles y sus tajo* 

(Coro de escribientes) 
Y que nos salve Dios si nos dan pujos 

dip. 2 P — (Recitando en tono de padagogo) Compañero»; no nos ha- 
gamos ilusione*; esos trabajos, yo los veo; tú Jos ves; aquel los ve; no- 
sotros los vemos 

dip. 4 <3-*-( En cnyas venas corre sangre helvética.) 

La administración se desquicia si no damos un cambio de frente. 
Para dar on jaque al rey, como si dijéramos, al Ejecutivo, matemos á 
su reina, que es el secretario; conminemos un caballo que es el jefe po* 
Utico, y desalojemos al altil, que es el redactor del periódico oficial. 

dip, 5 P — [Cuyo símbolo e¡6 una Águila con una r en lo que sej)"- 
dría llamar la garra-pata, 

Propongo también un sofocón al tesorero municipal y al juez del re- 
gistro civih 

dip. 6 ° (Se encuentra en un Rincón como sirviendo de Rodrigón á 
un arbusto pequeño; lee la preciosa novela «■ Otros hombres y otras g- 
bras..f 

ARÍi DE BARiraO. 

Dipgenes me preste su linterna un rato* 
Mercurio su tridente para un retof 
Yo los saco triufantes del aprieto, 
Si ustedes quieren consumar un trata 
Traigo en el bolsillo un candidutoj 
De la cara, j<im<í* ha sido priato f 
t>e la alma Uhevt&d* Jamás fué feto, 
A la patria, íawkfí lia sido ingrato. 

El gobierno se encuentra cuam roto? 
Su rostro nos enseña cuasi enjuto: 
Y espera satisfecho vuestro voto; 
Más que resignado, esta contrito 

Cascabel, (gritando en la galería) 
Y quéí ¿no habrá en el Congreso*un bruto? 
apuntador, (sacando U cabeza por la concha) 
¡¡Silencio, CASCABEL, porque ^echpel pito!! 
ejecutivo. — Van ustedes éeonckiÍF€on mia créaturas más predilectas; 
yo no he de tener valor para encachar su llaftto$ llamen ustedes á Rangel 
para qne haga innovaciones; él trae en la ratono un amanza- locos muy 
capaz de aplacar á ustedes, señorea diputados, 

i>ip. 6 ° — Mientras discutimos si son galgos ó podencos, la enferme 
dad toma cxeces.-Señorea, por las once mil doncella^, *e nos encarama 
Portugal. 



195 

dip. 1 P — Apesar de que Lerdo nos asegura que debemos estar se- 
guros de nuestra seguridad, creo que nos pone la ceniza en la frente: 
Si no fuera esto ¿porqué tanto empeño en mandar á Portugal con una 
comisión innecesaria? Señores diputados! no sean ustedes candorosos.... 
Yo me marcho á buscar un cocinero para recibir, á Rocha! ¡ 

dip. 3 ° /—Si yo soy candoroso y tú eres candoroso, aquel también !' 
es candoroso; en consecuencia todos somos candorosos. — A este recinto 
ya no se le debe llamar templo de las leyes, sino limbo que alberga á I 
tantos inocentes. : 

ARIA COREADA. 

Ejejecuttvo. — Quién tuviera las alas de paloma; 

De un reptil la ponzoña y la lanceta! 

¡Quién tuviera narices de profeta 
Y olfatear si Lerdo nos embroma! 
Si ordena mañana la mudanza, 
¡Ya no hay esperanza} 
En profundo olvido 
Nos habrá sumido: 
Coro de escribientes. 

Por culpa del zorro. 
Del audaz cotorro; 
No quisimos nombrarlo diputado, 

Y ahora que ha podido se ha vengado. 
(Tango final por toda la compañía.) 

Jamás nos torture tanta pena. .. . 
Cubos de noria suele ser fortuna; 
Hoy es opaca para nos la luna, 

Mañana volverá su cara llena. 
¡Esperanza más inmensa que ese cáelo, 
Tú eres el consuelo 
De esta gran reunión! 
Si la transición 
Desafina el canto 
¿Qué hacer entre tanto? 
Buscar protectores á nuestro arte 

Y marchar con la música a otra parte. 



196 



Los partidos personales. 



Aparecen los hombres de la regeneración con el propósito de libertar 
á nuestra patria. Han sido designados por Dios para levantar al pue- 
blo de su postración, y para dar muerte al tirano. Tienen de matar 
al Goliat de una sola pedrada, como lo hizo David según las tradicio- 
nes bíblicas. 

Necesitaban colaboradores é hicieron sonar un tambor convocando 
caballeros en plaza para el torneo; tocaron la trompeta; tremolaron la 
oriflama; bajaron los puentes levadizos y al punto se vieron rodeados 
de gentes de todas clases; botellólogos, tahúres, haraganes; hasta lactici 
nios, esos seres que no son carne ni pescado; pocos hombres sin tacha 
ocurrieron al llamamiento; todos armados de casco y de coraza. No 
faltaron en esatf agrupaciones sacerdotes de Cibeles, ni la sacerdotizas 
que atizan la lámpara en los altares de otros dioses. 

El pueblo gemía y no encontraba suficientes pañuelos para enjugar 
sus lágrimas; era posible morir de atrofia, de ictericia y de sofocacio- 
nes; podría también atrapar una de esas tisis que cabalgan y que galo- 
pan hasta exhalar el postrer aliento. 

Se dice que María Antonieta encaneció en una sola noche: el pueblo 
en cuatro años había recorrido un gran periodo de su vida, desde la 
edad nubil hasta la senectud; así como el adolescente á quien consume 
una enfermedad diatésica, podría morir á pausas; ¡ay sí! podría extin- 
guirse el pueblo como so han extinguido los clubs; y el club se acaba 
como el burlóte del andaluz; no se murió de repente pero se fué secan- 
do, secando. 

Colocados en el redondel los caballeros, buscaron ni corifeo, al gran 
piloto; no encontraron más que seres impotentes sin aura popular, sin 
prestigio para levantar una Handera, sin luz propia para lanzarla como 
un sol; sin luz prestada para prestarla como la luna. Los caballeros 
estaban como los parásitos, sin raice.-, y sin ruinare. ¿Oóinft no encon- 
trar un hombre de, fe sinei.ra, de patriotismo <p;e, f.i ainado por los 
esplendores del poder, consintiera en lanzarse al « spae.ocomo í»eréonaU- 
ta' AÜí estaban todos prua favorecerle en .>»u ascención» para formarle la 



197 

canastilla, aun para construir un para-caidas con sus brazos en el re- 
moto accidente de un batacazo. 

No encontraron á ese hombre. 
> Como un torrente de luz que se precipita por'una claraboya; como 
fantasma patriarcal que iüvocan los aflgidos, aparece un hombre vene- 
rable, vestido de blanca túnica como los sacerdotes druidas; hacía 
ostentación de una barba más larga que las angustias del municipio, y 
dijo con voz de profeta: 

Hermanos míos y cofrades de este santo gremio; en vano buscamos 
al hombreóle hemos necesitado, y siniestros augurio» tenemos de que 
uo lo hemos de encoutrar. S*» apagó .por sí solo el cabo de la vela que 
encendimos á santa Rita de Cacia; rebuznaron nuestros borricos; cesó 
el canto del gallo á la madrugada, y estuvo entonando toda la noche 
el buho su acento de terror; por todas estas cansas reunidas, la gente 
tle honra y virtudes reelevantesrse esconde ó se agazapa; todos huyen 
de nosotros como si nosotros fuéramos los postillones del cólera ó los 
nuncios de la viruela negra, 

Yo traigo un precioso talismán que dono á este santo gremio; es la 
histórica linterna de Diógenes; á él le servía para buscar a un hombre; 
á nosotros noa servirá para encontrarle. 

Encendióse la linterna y su luz lanzó el primer relámpago y el pri- 
men trueno gordo; el rayo aterrador grabó en la pared, en caracteres 
caldeos, estas iniciales: D. C. M. L. 

Quedaron aterrorizados aquellos adalides que profanaban el augus- 
to santuario de la libre deliberación; aquellos sacrilegos, cuyos labios 
impuros habían libado el teqnila rojefio en los brazos sacrosantos de 
la libertad y del pppular sufragi^ 

Así sucedió en aquel tiempo cuando Baltazar, en el apogeo de su 
gloria y ae su grandeza, rodeado de incasí ;is mujeres," apuró el vino de la 
orgía en los vasos sagrados; allí se ofendía k Jehová haciendo sacrifi 
cios sacrilegos, á los dioses tutelares de los impúdicos placeres; y el 
Dios no conocido, pero sí revelado, ordenó al rayo que extendiera sus 
alas centellantes y dejara grabadas con caracteres de fuego aquellas 
aterradoras palabras. 

KáNETEACELFAWS. 

Pasados aquellos instantes de terror, se designó á uno < lo l*»s caba- 
lleros letrados, cnj T a carrera lo ponía en el caso de entender ¡npi«d ge- 
roglífico, y lo interpretó así: El espíritu de Diógenes .proteja nuestra 
asociación y por medio de su linterna nos dice que nuestro hombre, 
nuestrcwjandidato será el Sr. Dr 

Un frenético aplauso resonó por todas partes. 

La Providencia se vale de mil medios para revelar sus designios. 
Volta descubrió el galvanismo tocando con dos nietuU * distintos, sol- 
dados entre sí, las piernas de una rana. Newton, descubrió las leyes 



_____ 198 , 

de la gravitación al ver caer una manzana. Guttemberg concibe su 
grande invención porque ve en la areua las huellas que daja un mulo 
con herraduras. Dri p4jaro anuncia á Colón la tierra tan esperada, — ( 
Los descubrimientos salen al frente para decir á los hombres: »»estú 
pidos; henos aquún Hoy, hermanos míos del santo cordón^un destello 
de luz nos ha indicado al hombre que necesitamos; estaba muy cerca 
de nosotros y no lo percibíamos; muchas veces nos ha tomado el pulso 
y examinado el tomate del ojo bajo nuestros párpados, y no lo cono- 
ciamos; le hemos sacado la lengua y nadie se ha fijado en que es un 
candidato y es el que nos conviene; el candidato que aceptamos; el 
candidato que sostendremos; nosotros, como si fuéramos esclavos, ó 
muías, ó bueyes, tiraremos de 6u carro triunfal; lo rodearemos con 
nuestro prestigio, lo aturdiremos con nnestros gritos, y lo sofocare- 
mos con nuestros besos y abrazos. 

Y sin proferir una sola frase todos doblaron la rodilla, pusieron el 
morrión sobre el pavimento, y levantando la mano derecha juraron 
verter su sangre, gastar su dinero, emplear su tiempo haciendo la pro- 
paganda, y declarar ante la faz del mundo: que el Dr. era su germa- 
no candidato. 

Y la procesión se puso en marcha, adelantando un edecán que anuu-í 
ciara á toque de trompeta que iba á llegar la legión sagrada. 

/—Sean bien venidos mis amigos, dijo el candidato haciendo la se- 
ñal de la Cruz. Salió á recibirlos ejecutando un padedd como si bai- 
lara cuadrillas tagarotas. 

Aquella casa, santuario de la caridad y de las virtudes teológicas, 
cuyos rincones han recibido las bendiciones episcopales y el santoleum 
de los pobres enfermos, fué á ser impregnada por el olor de los clubs; 
por el aura anti-perfúmica de la política: era muy perceptible, aun 
para el olfato más rehacio, un olor á purito azufre. 

Ocuparon todos los asientos, y el^eorrifeo de las batallas tragó sa- 
liva, y exclamó con acento prof ético: »«¡Oh nuestro buen amigo, nues-j 
tro buen compatriota, nuestro excelente hermano: glotiay bendición! 

•«La divina alianza pone á los pies del candidato el libre sufragio; 
de los hombres, el corazón de los pueblos, y, lo que es más, las ben- 
diciones de todos los que sienten los latidos de un corazón patriota. 

»*Os traemos la paz, como la paloma que se desprendió de la Arcar 
santa para volver con una rama de olivo en el pico ^á anunciar á la; 
familia escogida por Dios que de ella era el mundo: os ofrecemos es- 
tos brazos (y todos extendieron los brazos) os ofrecemos adhesión [y 
todos cruzaron los brazos solare el pecho é inclinaron la cabeza,] os 
ofrecemos el voto de los pueblos para empuñar las riendas del Go- 
bierno dol Estado. 

El candidato dio un salto, y del sofoco se desmayó. Todos ocurrie- 
ron á soplarle la mollera f k hacerlo respirar algunas sales. Luego 
contestó con voz apagada y haciendo una seña de inteligencia hacia la 



\ 



199 

pieza inmediata, como indicando que había gato encerrado, algún in- 
discreto que podría revelar lo que allí se dijera* 

-^Señores; yo be servido á la humanidad y he servido á la patria; 
mis amigos recibieron mil pruebas de mi cariño; si yo no he merecido 
un aplauso, tampoco he merecido uti castigo ¿por que* vosotros que- 
réis colocar sobre mis sienes una corona de espinas, un cetro de bur- 
las, una cruz de sacrificios, y queréis, por último, hacerme correr descal- 
zo por ese camino de guijarros hacia un nuevo Calvario? ¿Yo Gober- 
nador del Estado?. . . .¿Yo??¿— El candidato tosió, estornudó y se en- 
jugó una lágrima. 

— No, todavía no — exclamó haciendo pucheros un edecán, acaricián- 
dose la calva — >Xo es usted un funcionario todavía; no; es usted sólo 
un candidato. 

— Señores, yo no quiero ser ua candidito. .. .quieío. decir, candi- 
dato 

Y la discusión continuó tan eri secreto y á señas que sólo pedieron 
comprenderla los sordos, acostumbrados á leer en el movimiento de 
la boca y en la expresión de la mímica. 

¡Qué tempestad, cielo santo! era un aguacero de súplicas; un cha- 
parrón de lágrimas; un chubasco de lamentaciones 

Todos seretiraron cabisbajos, cariacoatecidos, como el perro que se 
comió el jamón. 

El Doctor cayó desfallecido sobre su butaca y exclamó: 

— ¡Pobre humanidad/ ¡í/esgraclado Estado! ¡infeliz club que parece 
L atacado de elefanteásis; y lo peor es que está comprometido ante la 
opinión pública para endilgar sus pases por otro sendero que na sean 
los vericuetos que recorre la adimniatradión actual^ qué dirán los co- 
rifeos cuando el pueblo . Les pregunte jOain! ¡Caín! ¿qué- has hecho de 
tu hermano? 

Recuperando su buen humor se puso a tararear su canción favorita, 
como el Duque cantaba sü donna inmóville* 

"Yo uta wrá tea uttó 
Por dormir' en buena cama, 
V ahora saümos con qué 
$1 eolchóm np tiene lana. 

Habían sido atacados loe reductos, todos los bastiones doncU podría 
hacerce una obstinada resistencia. El Cura sitió al papá para conven- 
cerlo de que su hijo debía dejarse echar* la primera silla, pero sin gru- 
pera; la silla en que debía giiietear el club y hacer todos sus ejercicio* 
ecuestres. 

Lo puso en jaque sin convencerlo. 

A la inquieta pobre $e le regalaron juguetes, y hasta á Ludovico sé 
le ofreció vestirlo de San Antonio de Padua, porque influyeran todos, 
y lloriquearan si el candidato ofrecía á los postulantes, en vez de ja- 
lea de punta de caramelo, sólo la calabaza en tacha. 



PERSONAS QUE DICEN. 



D. Sebastiin, — Lafngwu — Nacho Hejía — D, Blas— Pepe Bu CobarreUu. — Pancho 

i — 8qdh y Peni 



200 

El ataque fué simultaneo y estuvo á punto de caer la plaza en poder 
de los sitiadores. 

Pero el "Fandango» dejó oir su zapateo, y dijo al candidato en tono 
de sermón, pero confidencial. — ¿Qué seguridad tenéis ¡oh postulando, 
del alma mía! de que ese grupo no se os ponga en contra más tarde? 
El erario esta en bancarrota, y donde no hay harina todo es mohína: 
desconfiad ¡oh neófito! de los ofrecimientos de los aspirantes á quienes 
alienta el espíritu de bandería: el hombre de valer no acepta pos- 
tulaciones de club que huele á tufo aguardentoso, porque ellos 
quieren tener un esclavo en vez de un gobernante; todasjas promesas, 
aunque sean sinceras, las engendra una esperanza; os pintarán el 
porvenir color de rosa para obligaros á aceptar, y cuando este¡3 en 
el puesto difícil y peligroso, os abandonarán diciéndote: agarraos has- 
ta con los dientes, porque si caéis de seguro que os romperéis la nuca. 
Habéis sido campesino ¡oh postulado 1 permitid que recurra a un símil 
vulgar pero exacto; sabéis que para obligar á un caudillo á ginetear ¡ 
un torete, se le asegura que es manso, dócil, de sobrepago, y que no 
sabe reparar; más cuando el candidato está sobre los lomos, le dicen: 
"no te aflijas ni te aflojes, porque si te caes te matas. n 

Tales son los partidos personales. Después diremos si la linterna si- ¡ 
gue designando nuevos candidatos. 



m$ m#.m vmwmte 



Violín concertista, Darío Balandrano. — Director de escena, Ramón 
%. Guzmán.,— Primer bailarín, Juan José Baz. 

Mri! muú! muuu! 

Tiemple U. bien ese tololoche, señor Bablot; haber el tono Dice 

Balandrano con aire de prefe^or experimentado. — Llame U. sn-sol. . 
mol ¡está muy bajo: ¡llámeme $u-fa. . . ¡canario! más alto, más altol..! 

llame su mi. . . .llame sudó Bien, bien, nmy bien. Arriba, 

á una. . . .zas! 



201 



La Orquesta toca la hermosa obertura ., Tus ojos serán dos flechas»... 
por ei maestro Vicente Kiva Palacio, y un obligado k trompeta que 
toca Joaquín Alcalde. 

ESCENA PRIMERA. 

La escena pasa en un Palacio. -^Pancho Novoá, haciendo mil carava- 
nas i los que esperan audiencia, dice; 

Señoritas y señores; el Sr. Presidente me manda anunciar á Udes. que 
anoche no recibió porque se fué al Tívoli, que hoy no recibe porque se 
vm al Tívoli, y que mañana no recibirá porque se irá al Tívoli. Bue- 
nas noches, y despejen ustedes pronto porque se apagarán las luces 
Puf! puf! puf 

La escena se obscurece. Echa el pito el segundo apunte, Pedro Lan- 
dázuri, y se levanta el telón del fondo. 

ESCENA SEGUNDA. 

Lafragua. (cantando) Tú de mis lágrimas 

Nacho Mejía. (cantando)— Mambrá se fué á la guerra mire U. 

mire U. qué tontera. 

Pepe Cobarrubias. (leyendo) —Ni las flores aroma, ni melodía los 
pájaros, ni las mujeres virtud, ni los juaristas huérfanos esperanza. . . 

¡Uoooooooooooh! r 

Lafragua. / -Compafieros y amigos; «n estos momentos está confec- 
cionándose el pastel: lo siento en el alma! hay cierto presentimiento 
que me abruma y que me dice que no iré ni á Madrid ni á Berlín, ni 
a rana ni k Londres. ¡Oh! 

«nSroTS-T^ 68 ^" dÍ8 Í molado y yo me quedaré sin 

X u Ml ?. 18t f 10 : y ? 1D *> p diputado, y sin mi cátedra. ,Oh! 
«J?Jm ? 6Jia < sa j lendo de 8U «neditaekJnV-Un momento nomás, mis 
Erial ep6BÍ C ° n resolucion > y- P 6600 al »g«a, dejamos los Mi- 

íf 8 do ! á «na voz. -^Dejamos los Ministerios? 
««ü. N8 « ho -— Cuento con el ejército ;no hay un Genereal que no sea mi 
compadrito de pila, ni Coronel que no sea mi pariente, ni uno solo de 
esos ejercitantes á quienes yo no haya firmado su despacho. 

repe Cobarrubias.— Pero qué ¿no tiene U. miedo á la oposición que 
esta con tan largas uñas? 

Lafragua.-,Y esos Porfiristas? y más allá los Lerdistas? y luego los 

de los arbolitos, y después el clero ? 

i~,V C fl°'-~? La °P°, sicíon « c™ 110 las pulgas; pica sólo en lo blandito; 
nisfí"? fcas 1 conlazur I» que les di en Tampico y en la Ciudadela, 

ifnLT leVanta ;, E ° CUant ° al clero Ya > 7*» J* veremos 

lo que hacemos con él 

(Don Nacho abrocha con mucho cuidado un indiscreto botón do la 



502 . 

camisa por donde se ve un rosario de Jerusalém, un aynué Dei, y unos 
escapularios.) 

D. Pancho Mejía.,— (Con su memoria del año económico, y un aran- 
cel debajo del brazo.) Mucho le escuece á, Chucho Castañeda mi aran- 
cel, mi obra maestra n¡;Quesito frezco!!n Vean ustedes que nimiedad! 
I ¡cómo ai se tratara de un discurso académico en que debe lucirse el ta 
' lento del academista; del hablista y del purista! A Chucho Castañeda 
I le va a salir el sol por Antequera. 

Él señor Lerdo, (entrando)— ^Mis queridas señores; mis predilectos 
Ministros; tomen ustedes asiento: voo que no ha llegado el obsecuente j 
Gómez Pérez, ni el carnívoro D. Blas. 
I Laf ragua. — He dejado á JD. Blas en el comedor tomando la sexta 

copa, y la tercer tajada de rosbeef. D. Blas siempre el mismo. 

jLerdo. — ¿Tiene Ü. algo qué comunicar, Sr. Ministro de Guerra, a- 
deraás, Marina? 

D. Nacho.yr-Pss! Los periódicos, que ya sabeU. qtie no los leo 

ni les hago caso Siempre con el cuento de las pasturas y los asesi- 

Wiatos 

Lerdo./— Pss! Deje U. que los periodistas se entretengan en su» cues- 
tiones, y vamos nosotros al grano. 

Pérez Gómez, —(entrando) Sociedad de elogios mutuos, como la so- 
ciedad de la bohemia. 

Lafragua. — Dice XJ. bien, de la bohemia, donde no se admite á na- 
die, si no «s <juo diga, que confiese y que sostenga que D. Fulano es el 
padre de la literatura tnexicana. Estos bohemios no han visto jamás 
mi Estatuto ni mis dos leyes Lafraguas sobre imprenta y aquel dístico." 

Al llegar al poder feliz y ancioso, 
Lerdo allí me atrapó. Quedé en reposo. 

D. Nacho. — Cojo la palalira. (Todos hacen señal de asentimiento.) 

Señor Presidente,^ Hechas están las elecciones; pronto se reunirá la 
Cámara ¿No es verdad D, Pepito Lafragua? (estrechándole la dies- 
tra con ambas manos en actitud d* amasar un bollo) 

Lafragua. — Perfectamente? Sr. D. Nacho. 

D. Nacho.— Traigo ea lá boisa mi renuncia. 

Todos.— >,Tr*emoa en la bolsa ntiestra renuncia. (D. Sebastián mira 
azorado para todas partes. En el fondo se destaca la figura del ma- 
quinista D. Ramón Guzmán en espera de que Pedro Landázuri eche el 
pito para cambiar la decoración.) 

D. Nacho./— Traigo en la mano la cosa, y me honro en exhibir á 
Udes. esa cosa. — He aquí mi renuncia, y el plumero de general. 

Todos. — He aquí nuestras renuncias, y las carteras. 

Lerda — Pero señores, ¿esto ce un complot? ¿es una puñalada de pi- 
caro? 

Pancho Mejía. — Hasta después, señor Presidente. 

Pérez Gómez. — (Enjugando una lágrima.) Quédese U. con Dios. 



^203 _^ 

D. Nacho.— Firmes! media vuelta á la derecha, en retirada, mar- 
chen! (al llegar á la puerta) Ah! se me olvidaba» únicamente reco- 
miendo á U. h mis amigos los de Yucatán, de Jalisco, de Aguascaliea- 
tes y de Zacatecas. 

Lerdo. — Ni detengo at que se va, ni corro al que se queda. 

D. Nacho. —Firmes! rompan filas, y marchemos con la música á otra 
parte! (Marchando hasta la puerta y retrocediendo luego.) Ah! mis di- 
putados están con el Jesús en la boca; perqué los amigos de U-, Sr.D. 
Sebastián, afirman que no serán admitidos, por una friolera* porque. 

traen credenciales puerlas ¡el comal le dice á la olía! I 

de frente marchen! 

Lerdo. — ¡Eso será lo que tase un sastre! Hoy mismo mando u»a 
orden á la comisión de po- teres, y todo quedará arreglado. 

D. Nacho. -^(Retrocediendo desde la puerta.) ¿Qué aos cuenta us- 
ted, mi dueño? Tomen ustedes asiento, y no nos violentemos, porque I 
nadie nos corre. (Ramoncito Guzmán, colgado de una bambalina se 
estira los cabellos. Pedro Landázuri se sonríe, y restrega una contra i 
otra las palmas de las manos.) 

Lerdo.r-Seüor Don Ignacio hablemos con claridad. Usted juega 
con una barajita puerca. 

D. Nacho./— Cómo! como! esplíquese usted. 

Lerdo.— N Usted quiere ganar albur, tecolote y todos menos. 

D, Nacho.— vSi ÍT. los juega, es claro^ que también usted quiere ga- 
nar loa 

Lerdo, — En fin, de un martillazo nos arreglamos.— ^sted está com- 
prometido con el arzobispo para defender su causa 

D. Nacho. — (Levantándose*.) — [aparte.] Este hombre tiene narices 
de adivino. — Yo, Señor Presidente, soy como los líquidos, me voy á 
donde menos se nos oprima. Tengo á mi disposición veinte mil hom- 
bres, cuatro Estados firmes, muy firmes como las quijadas de arriba, 
y un número considerable de diputados. 

Laf ragua. — lia cosa se pone color de hormiga. 

Pancho Mejía. — ¡Qué lenguaje tan enérgico! 

D. Nacho.— N Me marcho del Ministerk>; no soy responsable de lo que 
venga. El arzobispo me mandó un S. Pelagio mártir de las catacum- 
bas, y una indulgencia plenaria para la hora de la muerte. Señor don 
Sebastián, se queda usted con Dios y en brazos de sus amigos. He a- 
quí la cartera y el plumero de general. 

Laf ragua. — Me ocurre un medio para salir de las dificultades, señor 
Presidente. 
— Lerdo. — Diga U. y examinemos, analicemos. 

,-D. Nacho.— Hable U. 

— Lafragua. -U. no se retira del Ministerio; yo no me retiro del Mi 
nisterio; ninguno de nosotros nos retiramos del Ministerio. — U., señor 
Presidente, dice terminantemente á sus amigos, enójese qnien se eno- 
jare, uno cambio de ministerio n^-U. señor Don Ignacio, le hace al Ar- 



204 

zobispo una mamola, le dice con ese tono bausán y de papanatas que 
ueted sabe fingir en situaciones criticas, njqué miedo le tengo yo al 
Congreso! "me decido por los liberales n y lo despachamos á buscar ma- 
dre que lo envuelva. 

D. Nacho. — Y le devuelvo sus escapularios, y sus reliquias, y. . . . 

Lerdo. — No me parece muy disparatado el pensamiento. 

D. Nacho. — Y le devuelvo su S. Pelagio. 

Todos.^— Perfectamente. 

D. Nacho.— \¿ Y si los periódicos lerdistas siguen moviendo lo de las 
pasturas?. 

Pancho Mejía. — Orejas de mercader. 

Lerdo. — El clero, los Porfiristas y Riva Palacio despechados prepa- 
ran la revolución; muchos de nuestros amigos se convertirán en des- 
contentos. 

D. Nacho — Se quedarán con sus gasto* hechos. — Garrotazo de ciego 
con el que se subleve; tunl tun! con el que lleguemos á coger con las 
armas en la mano. 

D. Nacho.^—Y a todos les damos esperanzas, porque al fin y al cabo.... 

Lafragua. — ¿Y qué hacemos con el clero que ya tenía preparadas 
coronas de rosas blancas para ornar nuestras frentes el día de nuestra 
primera comunión? 

Lerdo. — Mantenerlos siempre en espectativa con una esperanza, á 
la vez que con una amenaza. 

Lafragua. — Y vendrá aobre nosotros una censura de la Iglesia, y u- 
na tremenda excomunión. ¡Cielo santo! 

Lerdo. — Ay ay ay ay ay ay. ¿Conque tiene CJ. miedo á las exco- 
muniones? ¡Vaya! lo creia á ü. curado de espanto. Pues amigo D. Pe- 
pito, no podemos á un tiempo estar afuera y adentro de la Iglesia. 
Sacuda U. ese temor que tiene U. al diablo, y abrace U. de buena fe 
la causa de la libertad. 

Covarrubias. — Abandonemos el celibato, y en un día me caso yo, se 
casa U., D. Pepe, se casa D. Blas; se ca3a U., D. Sebastián, para inau- 
gurar esta nueva alianza ofensiva y defensiva. Ninguna comedia pue- 
de concluir sin una boda. 

Pedro Landázuri y Ramoncito Gnzmán bajan por escotillón. — D. 
Blas llega á la discución con tal oportunidad como las palmas á Toledo. 
— Adelántase hacia el público, y le dirije las siguientes: 

D. Blas. — ¿Y qué no habrá, sexo hermoso, 
Un juvenil corazón 
Que quiera por compasión, 
Elegirme por esposo? 

Ministro soy tan dichoso 
Como no ha sido Mejía 
Con toda su artillería; 
Caminaremos de acuerdo 
Cuatro célibes con Lerdo; — 
¡¡Colamos capellanía!! 



205 

Poco después D. Juan José Baz, haciendo una cabriola y echando 
una mirada de amor entrañable al gobierno del Distrito, en trage na- 
cional, bailará con mncho donaire un jarabe tapatio, que le tocará en 
su número 4 La Situación. 



f *rtai*$ teilt&& 



Aquel que en su vida no ha sido calabaceado no sabe á lo que sabe 
la flor de la canela. 

Lo primero que el calabaceado pierde es el apetito, después el sueño, 
luego la razón. £1 decaimiento del espíritu se anuncia por medio de sus- 
piros muy prolongado* y á veces por lágrimas; pero lo que más morti- 
fica es el tipleen, los geniales arrebatos y aquel mirar oblicuo que mira 
y que no mira; sobre todo, se aumenta por un amargo de boca cuando 
a bilis se derrama. 

Cantan los pajaritos y se les manda cubrir la jaula; una persistente 
mosca posa en la cara, y el paciente se dispara un bofetón 

Ninguna lectura le agrada; ni siquiera el festivo Fandango; ningu- 
na palabra le consuela. {Pobres enamorados! ¡pobres aspirantes! 

Si estos ejemplos de la vida real se aplican á la política, *e experi- 
mentan idénticos sinsabores. 

El hombre, en el eclipse de eu buena fortuna, es presa de una alu- 
cinación; necesita oro, honores, bienestar, y va a buscar esto en las al- 
forjas de la patria, muy especialmente los quebraditos eu el comercio: 
se pone bajo la egida de un círculo, bajo la bandera de un General a- 
creditado; si hay combate sirve de carne de cañón ó de parapeto; firma 
los libelos, sufre las furias de los antagonistas, las prisiones, las ga- 
rrotizas; es la esealera de mano que le sirve para elevarse á un candi- 
dato: pero, ¡desgraciado! cuando él menos se lo esperaba ¡zas! pegaron 
una patada á la escalera para no bajar. ¡Consejos de Machiavelo 1 

¿Qué hace el que así se mira postergado? prorrumpir en quejas sin 

un consuelo: esperar ¡ay! esperar. ... la paciencia no cura las 

llagas interiores ni calma las aspiraciones de una alma llena de ambi- 
ción: lanzar improperios es denunciar uno mismo su derrota; alejarse 
del círculo de obreros es abdicar sus derechos; volver á la obscuridad, á 
la nada, ¡ay! es cortar las alas á eu deseo. 

¡Oh patriotismo, patriotismo! ¿dónde %»stás y para qué sirves sino es 
para sacar de aprietos 6 un apurado? conviértete en campanilla del 



20« 

hemb— ■oasaema— — — ^— — «asa, ■ , ■ ' - ■ ,. na-gaffisgaaga 

diablo y repica con empeño cada vez que la necesidad lo requiera. ¿En 
qué parte no se puede cultivar la hermosa planta que produce esa lin- 
da flor que se Uania uno me olvides» para colocarla en las macetas de 
una Tesorería. 

Es un candor creer en la abnegación y en el desinterés, y sin em- 
bargo, todos alardeamos dé poseer esas virtudes, especialmente cuan- 
do se hace política, y cuando debe ligarse entre sí el esfuerzo uná- 
nime. 

Un hombre es impotente para remover un monolito que se atra- 
viesa en el única camino transitable. Que les hombres se unan y el 
bloque se removerá, esto es, si todos jalan parejo, como decía el in- 
mortal Guerrero, y como nosotros lo pregonamos también como un 
axioma. 

Las Pirámides, el Laberinto, el templo de Diana en Efeso puede 
haberse concebido cada plan por un sólo hombre, delinearlo una ma- 
no, darle armonía una cabeza; pero la construcción es obra de distin- 
tas generaciones. 

Los hombres de la idea inician los trastornos revolucionarios y los 
impulsan los hombres de acción; unos sacrifican su bienestar, su ha- 
cienda y su sangre en los cambates por enaltecer y sacar triunfante un 
principio; otros recojen los emolumentos en un día de gloria. 

Los principios, sí, los principios . . . .algunas veces se les convierte 
en sopas porque los hombres los desvirtúan. 

Hay árboles tardíos que los planta el hombre pero que no alcanza 
la vida para saborear sus frutos; así como hay viandas bien condi- 
mentadas que no las prueba el cocinero que las hace. 

Hay agrupaciones que ni con linterna encuentran un hombre; pero 
tienden sus redes en un río, pescan renacuajos y tortugas y no cojen 
un sólo besugo: lanzan el anzuelo, y ningún pescado quiere tragarlo: 
pero meten al acaso en el río la espada desnuda, corno el campesino 
aquel que, desesperado decía, ¡tal vez pase alguno y se ensarte! 

Todo esto quiere decir que las personas honorables, no se nivelan 
con los aspira ntes del vulgo, porque comprenden cuál es su misión al 
regir los destinos de un pueblo; que rehusan los honores no acepta- 
dos por un corazón recto ni por un espíritu elevado; que no se filian 
bajo una banderola desgarrada por la vehemuncia de los partidos, de 
esos partidos sin fe y sin conciencia á quienes agita el deseo de me- 
drar á la sombra del poder. — Que se agachen aquellos á quienes pue- 
da herir la bomba. 

El hombre probo y recto, cualesquiera que sean sus ideas, desde 
las ultramontanas que se pierden en los anales del absolutismo hasta 
las del alucinador progreso, analiza la parte filosófica de las teorías 
más realizables; en una palabra, buscará la verdad hasta en las no- 
ciones más triviales; es inconcuso que la verdad no rehuye ante los 
ojos del que la busca con los ardientes deseos de la sinceridad» 

¿Entiendes, Fábio^ lo que voy diciendo? 



207 

Mal precedente sienta un corifeo, tribuno ó agrupación política si 
al acercarse nna crisis olectoral busca un hombre, como antes había 
buscado á otro, en la obscuridad de la vida privada; le puso en la bo- 
ca la mamadera, le fajó las andaderas, dirijió sus pasos, lo ilustró con 
sus doctrinas, lo cubrió de prestigio, lo elevó, en fin, al solio del po- 
der y después lo abandonó porque su pelo fué rebelde al cepillo de la 
adulación; porque fué tímido, recto ó escrupuloso, proclamó su inde- 
pendencia, y concedió sólo lo jnsto para evitar que le exigieran lo in- 
justo. 

¡Qué tiro sin puntería 86 nos ha escapado, cielo santo! 

Mal precedente, decíamos, puede áejar un hombre ó un círculo pa- 
ra que los candidatos del porvenir puedan en ¿1 comáarse. 

Ahora si podremos pegar en el blanco con nuestro proyectil. 

Si un hombre á quien se eleva al poder no corresponde á las espe- 
ranzas, justo y racional es alejarse de él, guardar en secreto los agra- 
vios y resentimientos y aguardar el advenimiento del día eü que triun- 
fo la razón y el libre eximen; pero no se le combate con encarniza- 
miento para uo incurrir en la más monstruosa inconsecuencia. 

Los pueblos forman este muy lógico silogismo. 

No es bueno el funcionario y tú lo postulaste: 

No es buetio el gobernante y tu nos acoasejaste lo eHjiéram<JS. 

Vean ustedes; esta si ee una indirecta del »• Padre Cobos,» de chu- 
parse el dedo* 

El que al cielo escape, sufra con ellt> el castigo de fcn falta; y es 
cuerdo adivinar, presumir y desconfiar que se puede muy bien reco- 
rrer todavía un sendero toreido que conduce a la realidad: porque 
esos son los hombres; porque así obran los partidos personales; cam- 
bian de rombo, como los coheteé sin varejón, cuando falsea el cimien- 
to de sus aspiraciones que es el interés. 

Se nos dirá que para mayor claridad debemos aplicar tan bellas teo- 
rías á caeos prácticos; eso no lo haremos; que cada lector 6eftale cotí el 
dedo á los autores de esaft inconsecuencias si cree que las hay. 

Diremos como Newton á sus discípulos, »No revelaré la fórmula 
de esta gran verdad matemática; ella existe; buscadla, que al hacer las 
indagaciones para despejar la incógnita, saldrán á fecibiro& otras ver- 
dades ignoradas. 

Buscando la piedra filosofal se han encontrado muchas verdades 
ocultas. 



208 



QU QUI Rl QUIi 



Se anució que un gallo de muchas libras, con gran cresta colorada y 
córneos espolones haría oír su canto la noche del Domingo 4 de Agosto. 

Era el día designado por la ley para depositar en la urna electoral 
los nombres de aquellos ciudadanos de los cuales, uno de ellos, regirá 
los destinos de nuestro Estado. 

No-kubo combate; una sola persona reúne la mayoría de los sufragios; 
ella arr astra con su prestigio esa voluutad que no es falsa porque es 
expontánea; en él renacen todas las esperanzas aunque recorra un ca- 
mino sembrado de. malezas, porque todos tienen fe en que sabrá cru 
zarlo sin volcar -el carro de la administración. Sea para bien y que le 
acompañen hasta el fin de la jornada la confianza y la adhesión del 
pueblo que lo elije. 

El buen sentido de los habitantes de esta capital se revela por el re- 
gocijo de las almas en el fuero interno de las conciencias; huyen de la 
crápula libidinosa empleada por aquellos qjie creen no sea gratísimo 
su holocausto si no emplean el bombo y el estallido, el relumbrón del 
oropel y el estruendo del combate; así reciben la adoración algunos 
santos de los cuales se cree no han de entender si no se les habla en la- 
tín y á toda orquesta. 

Preparada la ovación se repartieron las antorchas de viento, se es- 
parcieron pregoneros por todas partes anunciando que habría una con- 
moción. 

Es altamente satisfactorio saludar esa mañana en qué naciera un ni- 
ño engendrado y concebido hoy; el niño que, transformado en hombre, 
saldrá más tarde de su capullo» según los augurios de los profetas del 
club. 

¡Hosanna; La urna está preñada, ó como se dice entre la gente fina, 
en estado interesante. Se rehuye el nuevo sor con las agitaciones de 
la vida; antes de nacer llora como San Juan, y como San Juan, ha si- 
do santificado en el vientre de su madre. 

Nosotras, que fuimos invitados á tomar parte en la ovación, imagi- 
namos que el gallo sería viejo, implume, tísico y descolado: nos enga- 



209 









fiamos; tenia una cola más larga que la.de un cometa Muchas to- 
deras se velan, antorchas que no apaga el vendaval, gritónos, gre- 
mios, estandartes, escolares y mocosos callejeras que hacen ruido cpmo 
nueces y abultanfcomo los almiares de cebada. 

En no apostolado de vehículos paseaban los altos dignatarios del 
club; desde el Dean y Maestrescuela hasta el Cancelario y el Bedel: dep- 
de el Maestro de Capilla hasta.el mafcstrito que hace mugir el tololoche; 
llevan el inmenso el sacristán y los coloraditos; á dos idiotas se les 
puso sorberte, y éste se les hundía hasta los hombros; debían en la no- 
che y e» la carretela asomar sólo la c&beza. 

(Cuánto lujo para la manifestación de un amor tan entrañable! es 
que renace la confianza; es que se anuncia espléndido el porvenir: ve- 
mos brillar entre celages la estretta.de los buenos. 

La gente honorable y de calzas verdes no era actriz en $s*s manifes- 
taciones; así la gente afiligranada no toma parte allá en la gran capi- 
tal, en las tiestas que los indios hacen á la Virgen de Guadalupe, 
en su día solemne. 

■^Dojemoe-dicen-one esta pobre gente abyecta y desheredada tri- 
bute euUo 4 nuestra líadne, puesto que debe cobijarlos con su manto; 
cuando esté limpio el templo, libre y desinfectado, mostraremos nues- 
tro amor muy reverente. 

No sabemos cual sea la causa, pero sí notamos que los amigos más 
leales del gran candidato, que es el santo de la fiesta capitular, no 
quieren mezclar su beneplácito al de los caballerea templario* de lo» 
clubs: estos hicieron la invitación para que cada eas$ fuera iluminada 
como demostración de grande regocijo, y esto "bastó pára'que se despre- 
ciara 4a iniciativa: sólo cuatro casas ostentaban las candelas luminosas, 
inclusa la sinagoga de la Lonja* Hay qué advertir que, antes de las 
demostraciones de un culto pagano, hacia el hombre de las altas afec- 
ciona, existe qna adhesión sincera hacía él mismo que ni la altera el 
e^tasiasiiw, ni la debilita el otesdát; uaa fe y eonianza ciegas que raya 
££ ecjmiraftó^ enastante; estos perfumes del ¡alma no necesitan exhi- 
birse por aeftales exteriores ni con cohetea si con matracas. Se le ama 
00? fe y *e le Agwarda nn ¿sperm/sa: en esa corona brillan diamantes de 
gran valía, y quiera* qae ea ella se tacrosten perlas falsas por ma« 
w>¿ espúreas q*fce preparan lo» hosobres de la víspera; aquellos hombres 
qjtf pptó<$*4 suespfiwa» pril&ógelA chasca verdad de Perogrullea 
„Si quieres que las mujeres te sigan, vete delante de ellas... 

Los caballeros * templarios al saber <jue ujj hombre de honra era 
candidato aceptado, lo adoptaron también con*o hijo y de su propia 
estirpe; no quisieron quedarse en Las riberas de jese mar muerto de sus 
aspiraciones, ni consintieron en <jue nad¿Q les tomara la delantera en 
esto de tributar incienso al héroe jesiclarecidQ dei último combate. 

¡Es tan sabroso el fruto del cercado ageno! 

¡Los seres estériles aman con entrañable amor a los tiernos retoños 
de un matrimonio felizl 1 



210 



Conocimos una mona de la rasa de los cercopitecos á quien la Na- 
turaleza le negó las delicias de la maternidad, cuando rebosaba en ella 
la medida de tan celestial afecto. 

En vano esperó la llegada de su deseado amor y en concecuencia 
también el fruto monicida de sa vieqtre; pero se puso a su alcace una 
sata que abandonando el teatro de un feliz alumbramiento en que dio I 
s luz un hermoso gatuelillo; la mona percibe los maullidos del recien ! 
nacido, qorre en su busca, lo encuentra, lo besa, lo núina, lo abraza y 
lo roba ál ser gatuno que le costó el trabajo de darle vida* Desde ese ! 
momento creció tanto el amor que por nada lo soltaba; ella ¡ipfelizl no 
tenía leche con qué alimentario. . . .Un amor profundo pero insensato 
le dio la muerte. y 

Moraleja. Es peligroso amamantar á los hijos ajenos cuando las 
mamas están secas. 

Feliz el hombre a quien rodea el aura de todas las simpatías, y á 
quién forma el pedestal, más que los clamores de los facciosos belige- 
rantes, la recta conciencia de sus propios actos, y la influencia benéfica 
de aquellos hombres en quienes radica el nervio de la popularidad. 

Si esto no fuera una verdad, de seguro que otro gallo no* cantara. 



Bufando y hechando chispas como tina locomotora, aparece La 
Correa del Cetro contra El Fandango, y al darle su roseada se retira, 
como aquellos insectos que zumban, clavan el aguijón y vuelan; hace 
el propósito de no volverse á ocupar de nosotros; se oculta en su huro- 
nera, abre el paraguas, escoge su rincón, cierra los ojos y resiste el a- 
guacero. ¿Por qué tanto desdén querido y amartelado colegftita? ¡Ahí 
[qué desgracia! no acepta nuestros aplausos, ni nuestras^criticas le im 
presionou: ¿puede haber mayor desgracia en toda la redondez de nues- 
tra tierra? Allá vá un conseja 

Si actuares en el miriacki 
Y alguno te zapatea, 
No le aflojes el huizache; 
tAhora lo veras, correa, 
• Ya pareció tu guarache! 

No contestaremos con dicterios, ni con calumnias. TXd. dice lo que 
[ no hace, es decir, pedir treinta {vesos por no sacar h luz su Corre». Por 



211 

sentado dejamos que ésta es una de las cosas jue no hace. Vamos, co- 
lega muy q.uerido, ahora díganos Ud. lo que si hace; mas como ha he- 
cho Ud. j ropósito de no hablar con nosotros, lo vemos ya como pintan 
al ángel o i silencio,' con un dedo que sella sus labios en ademán me- 
ditabundo, ó como decía el sacristán en el verap que puso al Señor de 
la Humildad. 

Pues qué ¿no te contristura # 

De este señob la postura, 
m Con la mano en la quijada m 

Como quién no dice nadat 

No nos desvela su silencio, porque Ud. hablará hasta por los codos 
dice un adagio; chorrera saca rundido; asomará Ud. la cabeza, lanzará 
Ud. algunos desahogos, y volverá Ud. á sumirse haciendo nuevas pro- 
testas. 

Había en España un famoso predicador que se le tenía por ele- 
cuente ' . 

Pero colega ¡cómo huele Ud. á pato! no se vaya Ud. á apropiar nues- 
jtro'cuenteitito. . . . 

El predicador, hacía lo que El Correo cuando se veía en apuros, su- 
mirse; se llamaba el Padre Vieira; y en lo más interesante del sermón 
decía, agarrándose las narices.-nYo, para no ver cosas, aquí me stimon 
Y se agazapaba dentro del pulpito, provocando la riza de los oyentes. 

Así Ud. ;oh cofrade! lanzará regüeldos jaguardentosos; hará otro pro- 
pósito firme diciendo: yo, para no ver cosas, aquí me sumo. 

Conocimos á una viejn verdulera que. . . .f\>r Dios, cofrade, ¡cómo 
huele Ud. á pato!. . . .no vaya Ud. á cogerse nuestro cuentecito, como 
se cogió sin ruborizarse el del burro prieto, porque lo declaramos pla- 

S'ario. 
ecíamos que conocimos una vieja, muy afecta á lanzar injurias con- 
tra todo vicho viviente, porque siendo muy soez, no podía contenerse; 
pero su confesor le aconsejaba que al asaltarle esos accesos de buscar 
cmnorra, (camorrear (Jifia Ud. en su afán de inventar verbos) tomara 
Hgua en la boca, y así pe abstendría de hablar y de ofender al prójimo. 
Puso en práctica el consejo, y después de lanzar denuestos, se acordaba 

del confesor, y contrita exclamaba. . "¡cállate bocaln y sorbía una 

dosis de líquido que le inflaba las mejillas; seguía entonces modu- 
lando una jerga ininteligible, acompañada de gestos y amenazas; f no 
pudiendo contenerse, arrojaba el agua, vomitaba injurias, y decía. . . „ 
"¡cállate bocalit .... sorbía el líquido para arrojarlo después y blasfemar. 
Esto le ha sucedido á El Correo dd Centro; tomará su bocanada de 
líquido, y al verse aguijoneado por El Fandango quebrantará sú pro- 
pósito. 

Dice Ud. que desvirtuamos sus pensamientos para ejercer con Ud. 
la crítica más amarga; trae Ud. para su defensa la denuncia de que 
varios poetas notables han usado frases que no son castizas, y han ex 
presado pensamientos falsos. 



212 

|Oh poeta! no diga Ud. esas blasfemias ni calumnie a Sierra, Urbino, 
Dufoo, M. 0. y Nájera, Este ha dicho en el prólogo de Veleidosa. . . . 
«todo san lineas, esfumado, incoloro,» pero no dijo que se esfuma la 
estrella cocho Ud. lo ha dicho. Si son amigos de Ud. ó acaso sus ad* 
miradores, pues el atrevimiento también causa admiración, al leer esas 
producciones en que Ud. dice nidat» cosasn por decir cosas que se fue-, 
ron; nía gloria, esa eterna perseguida» por decir que eternamente se 
hal^erseguido á la gloria, lanzarán en sus bigotes la carcajada; y si 
saben que Ud. para su defensa personal, asegura que ellos dijeron tales 
despropósitos, tentados* se verán de disparar á Ud. un soplamocos,^} 
demandar á Ud. por injurias. 

A los oídos de Ud. no llegan fas censuras de sus escritos, ni las bur- 
las que esparcen las virgencitas de nuestra sociedad cuando su galante 
pluma las obsequia con aquellas lindezas poéticas que salen de su a- 
martelado cacumen, como son la3 macarrónica^ comparaciones en que 
Ud. dice que su¿ ojos son gotitas de amor y su sonrisa nido de encantos: 
después, retirándoles Ud. sus favores, las desfavorece Ud. con lanzar- 
les censuras que huelen á almizcle en su discurso de repartición de 
premios. 

Hombre, no sea Ud. candido; tenga Ud. presente aquella máxima de 
Maná: i.no hieras á una mujer ni con una florn pero Ud., con sus flo- 
res y sus arponazos, las pone como chupa de dómine. 

Ud. critica á otros escritores tan noveles como Üd. J se convierte 
Ud. en Balbuena sin tener las dotes que esa misión pequiere; que Ud. 

Í otros jóvenes que á Ud. siguen, cultiven la literatura, es muy laúda- 
le; sus producciones serán defectuosas, y deben creerse afortunados 
si encuentran una persona que analice sus versos y les diga franca- 
mente sus defectos; deben considerarse muy felices con que sus prime- 
ros ensayos merezcan los honores de Ja crítica; porque no hay tampo- 
co quien quiera decir la verdad al poeta que da sus primeros pasos en 
él sendero de la gloria; k todos los ciega el amor propio y desean in- 
cienso, aplausos, admiración. 

..P*ígaro, que según el sentir de Ud., seria el payaso de aquellas socie- 
dades, decía ápropósitq de critica literaria* ..dichoso el hombrea quien 
una inujer le dice nó, perqué á lo menos le dice la verdad, n 

Nosotros no somos literatos ni queremos sentar plaza de críticos: si 
hná agrupación de hombres de talento nos tributara la honra de anali- 
zar nuestros escritos, lo agradeceríamos y aprovecharíamos las leccio- 
Íés: hó nos sulfuraríamos como Ud., ni perderíamos los estribos como 
Fd.'si se nos atra vezara en nuestro camino, mirándonos con desdén, é 
interrumpiendo nuestra marcha sin razón y sin objeto; romperíamos 
Éus filas y seguiríamos adelante. Otras ocasiones tos necios se nos atra- 
vesarían; los dejaríamos pasar, rindiéndoles acatamiento, porque es un 
{privilegio de estos vípedos infundir respeto. 
. Podemos citar ún caso práctico. 
Caminaba á una función solemne nuestro Gobernador con acompa- 




ii t 

■ i i if i - tu -*■-■' ■ " 'T i r 

fiamiento de amigos, de empleados, de un Ayuntamiento conducido 
bajo las respetables masas * 

reto. . j Jesüs colega, cómo huele Üd. á pato! 0e nuevo le recomen- 
damos no se apropie nuestro cuentecito. Caminaba, decíamos, el Go- 
bernador al fin de la comitiva, y teniendo qué pasar por el Curato, 
obstruía el paso «mltitud de gente sentada en la banqueta; eran novios, 
padrinos, suegros y parientes que venían á presentación matrimonial, 
y algunos pobres que recibían limosna; los maceros abrieron brecha 
con alguna dificultad, ya feíiplfcando, ya lanzando interjecciones no 
muy amables: se cedió el paso á la inagestad de la autoridad: la vani- 
dad y el orgullo cedieron tu tesjpeto guberüil y á los representantes del 
pueblo. 

Más adelante se presentó otro obstáculo; ocupaban la banqueta los 
burros de un carbonero, lañando ein miramiento rebuznos (usted les 
llamaría rebuznados por lucir palabritas nuevas) y algunos sacudían el 
rabo como Ud. menea la cabeza cuando se ve en apuros; era natural 
suponer que no harían versos, ni crearían verbos; como jumentos que 
eran, no habrían leído el código de urbanidad, ni serían abogados, ni 
escritores etc. porque en tal caso, siendo lo más ilustrado de su especie, 
cederían el paso á la respetable Corporación. Los maceros cedieron la 
banqueta á los borricos, desviaron el sendero, y siguieron el camino. 
Tal es el respeto que han infundido siempre esos animales. 

Por no interrumpir nuestro relato no publicamos al fin una fábula 
de García Goyena que cae muy bien por #u oportunidad, y para qué 
no se nos tenga por batos al acusarnos de plagiarios. 

Ko dudamos que los jóvenes redactores del Correo del Centro acojan 
con benevolencia todo lo que hemos escrito en su aplauso y como con- 
testación á nno de sus artículos ya publicados: sentimos que al citar 
algunas de nuestras producciones no las hayan analizado, estudiado á 
fondo, para que nos hicieran conocer siquiera los más culminantes de- 
fectos, y poder aprovechar su censura; no sabemos por qué ha disgus- 
tado & nuestro cofrade el plan de cada obra; no su estructura, el órd*n 
con que se han llevado las escenas, el fin moral y filosófico que á Ca- 
da uno los ha dirigido, el carácter de los personajes, ni siquiera el len- 
guaje; en una palabra, todos aquellos adminículos que engargolados 
entre sí forman el todo de una obra dramática; si las reglas, si los pre- 
ceptos de la escuela á qne ellas pertenecen no están observados fiel- 
menta, será un grave defecto, pero nosotros no lo hemos conocido; un 
favor muy grande nos harían nuestros amables contrincantes con ana* 
lizar nuestras concepciones, y siendo fundadas, daremos las gracias y 
aprovecharemos sus lecciones, pues somos desconfiado** dé nuestras 
propias fuerzas, y á la vez somos sumisos y humildes ante quien nos 
honra con sus consejos. De lo que ha escrito El Correo dd Centro 
inferimos que no le han agradado los títulos de nuestras obras. 

Suplicarnos á nuestro colega muy querido no nos guarde reneor poí 
que hemos ido á su llamamiento y sufrimoi toa oaltt& y con humil* 



214 



la9 flagelaciones que nos ha propalado. No buscamos la polémica: 
á ella fuimos provocados; pero desgraciadamente olvidamos que en li- 
teratura somos unos pigmeos y que también tenemos de vidrio nues- 
tro tejado. I 



HISTORIA NATURAL 



AJÁMALES HOFEHSIVOS. 



I 



¿Quién no ha oido decir, ha leído ó ha presenciado que el castor fa- 
brica sus habitaciones con tal cimetríay solidez como no podría hacer- 
lo ningún arquitecto? ¿quién no ha admirado el orden, la regularidad 
en que viven las hormigas que jamás riñen entre sí? Las abejas obser- 
van un régimen republicano perfecto, y dan lecciones de esa democra- 
cia falansteríaca que no f u^soñada por Fourrier. Los tejones hacen de 
sus uñas unos garfios tremebundos, como los fallidos en las oficinas de 
Hacienda! no hay pica que pueda darles alcunce cuando se proponen 
huir y escaparse perforando la tierra; parecen colectores de contribu- 
ciones; [no más los uñazos se oyen! 

La inteligencia del elefante; el instinto del mono, la mansedumbre 
del asno, la gratitud del perro, nadie los ha puesto en duda, y nos 
quedamos boquiabiertos cuando somos chasqueados por la zorra que 
hace de su astucia una defensa. J 

Tentados nos hemos visto de sostener que los animales tienen talen- 
to, y así nos lo ha dicho Esopo, Iriarte, Lafontaine y otros. El instin- 
to no podría concebir planes ingeniosos, premeditados, en que campea 
la reflexión, la previsión y el libre examen; hay algo de misterioso, 
mucho de investigable en el orangután y en el perico que imitan los 
movimientos y la voz del hombre y en el olfato y en la previsión del 
mastín que husmea á larga distancia la venida del lobo carnicero, y 
aun podríamos decir, que huele la venida del visitador del timbre, y 
da la voz de alarma; anuya cuando está cercana la muerte de su señor; 
muchos han descubierto crímenes y á criminales. 

En Inglaterra se ha elevado un monumento & un perro que con 
harta paciencia y suspicacia investigó, descubrió é hizo que aprehen- 
dieran al asesino de su amo, y no quedó satisfecho hasta que vio ahor- 
car y sepultar al criminal. El obelisco ostenta el retrato en bronce de 



'" 215 

' ! 1 

ese perro; no cabe duda, en ese animal encarnó el espíritu de un hora- " 
t>re quo tenia un talentazo desmedido, de un jurisperrito tal vez que 
era ducho en el tratado de las pruebas y que había leído á Eduardo 
Bonnier. 

Se ha visto que á varios animales les ha faltado muy poco para i- 
gualarse á los jueces, puesto que han descubierto los crímenes prodito- 
rios; y hay Jueces y Magistrados que poco les faltó para igualarse á los 
animales, porque no han descubierto á los ladrones que les arrojaron 
el tufo de sus fechorías en sus bigotes, y sin embargo, se pusiere* al 
alcance de sus garras* Es que dicen las malas lenguas, y la nuestra 
que es buena, que tenían cataratas, se habían cortado las uñas y rezado 
el ••pan nuestro» para no caer en tentación. 

El hábito, la gratitud, el sentimiento de lo justo, acaso también la 
necesidad, forman la naturaleza de ciertos animales. Un macho, que 
pasó toda su vida trotando al rededor de una noria, caminaba cien 
varas en línea recta y se cansaba; su resuello era un resoplido cual si 
se estuviera ahorcando, como el de los derrotados en las elecciones que 
se quedaron sin magistratura; las pesuftas del lado izquierdo estaban 
gastadas, y los músculos del derecho se habían desarrollado monstruo- 
samente; se le ponía un tapaojos, y sin que nedie lo condujera, daba 
vueltas todo el día en la circunferencia de un punto. 

Otrod animales son útiles porque exterminan á los dañinos. El hom 
bre los persigue sin más razón que la de aue son feos; sí, porque son 
muy feos, como el sapo que se come á las hormigas que dañan las ce- 
menteras, y á las babosas que se avecindan en los hospitales. 

Al murciélago que chupa la sangre á esos escarabajos que no salen 
de las oficinas públicas, y á las mariposas bibliógrafas nocturnas que 
roen los papeles en los Juzgados y aun se engullen fojas enteras de los 
expedientes* 

El hombre mira con horror á ciertas culebras inofensivas; su fuerza 

Ísu defensa está en el látigo que azota, pero sólo al que las pisa ó las 
iere; estas se comen á los escorpiones y otras sabandijas, así como los 
tinterillos y leguleyos se chupan á los jueces, ó como una Corte Su- 
prema que azota á los bribones. 

Da muerte el hombre al cárabo coleóptero, conocido con el nombre 
de grillo del hogar, porque anda á saltos, siendo así que destruye á 
las oruga* y se las come. 

Las avispas, insecto volátil, cuya picadura es mortal, y las asquero- 
sas cucarachas que se abrigan en los templos, muy especialmente en 
los confesonarios, son extirpadas por la alondra; la escopeta la persi- 
gue con tenacidad. 

Las musarañas á nadie ofenden y viven de las lombrices que perfo- 
ran las patatas; se les aniquila con el pié siu caridad ni compasión. 
R El tordo, que ameniza con sus cantos nuestros jardines, se alimenta 
| de larvas, y con frecuencia espulga nuestros caballos, librándolos de 
I ciertos parásitos que se alimentan con su sangre. No debíamos hacer- 

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216 

les ana guerra encarniza, sino aclimatarlos en Jas tesorerías y en las 
oficinas del Timbra 

hes Jephuzas po se corneja Á loa pollos y no hfty cansador que no di- 
rija. contra ellas sus certeros tiros: sabed que se comen al día quince 
rotores y sin ellas aumentarían en el campo estos roedores * ¿al grado 
que no se escaparía á su voracidad el géWp humano. Una lechuaa 
en el campo hace mas beneficio que diez gatos fin una casa 

IiQA cuervos, por algunos granos que consumen, se les persigue de 
muerte; estos animales extirpan 4 los ortópteros {w\go-ehapiUiru¿) que 
destruyen las «ementaras; son enemigos irreconciliables de la langosta. 

Ya que nos temos propuesto escribir un artículo sobre zoología, a- 
consejamos no perseguir á los* animales inofensivos que son útiles; he- 
mos adornado nuestro relato con ejemplos verídicos de las cualidades 
que poseen algunos seres vivientes; réstanos aólo referir, á grandes ras- 
gos» 1*3 dr^es inapreciables del caballo en qae descuella «1 amor, la a- 
misfad, la gratitud, que le es ingente hada el ser que lo favorece; es 
a^nigo en la* adversidad; es salvador en los peligros; as agradecido en 
todos tiempos, y reciba sumiso la educación . qwe su señor guiare 
darle; parece qn* tiene la conciencia del cumplimiento del deber sin re- 
compensa; tiene, ea fin, todas las virtudes de los hombrea ain tener 
ninguno de sus vicios; salva, á su amo haciendo el sacrificio de su vida 
por amor y por gratitud, mientras que el hombro vende á un lechero 
m caballo cuando éste ya no pueda trabajar en la vejeg, ó Jo dentina 
p&rft victima en las. lides de toros. 

En aquellos tiempos en que estaban en evolución las diligencíete, 
eonio vehículos para transeúntes, existía en ufea posta un caballo que 
envejeció en el servieio, recorriendo diariamente, durapte veinticinco 
añas, una llanura de seis leguas, sin faltar un sólo día; su recompensa 
fué solamente una poca de pastura. Nosotros inmortalizaremos su glo- 
rioso nombre, si; se llamaba don Nacha ^-No hay que tomar esto como 
guasa. 

El cadáver del organista de S. Pablo en Londres, fué sepultado en 
Wetemister, al lado de los reyes, por sólo el hecho de haber tocado el 
órgano cuarenta años, sin faltar un sólo día: ni las calenturas ni los ca- 
tarros lo inhibieron del cumplimiento de eus deberes. 

1E1 caballo de quien venimos habiendo tan interesante apología, fijó 
atacado de conjuntivitis, y después, de'cataratas: un par de nubes cu- 
brieron las niñas de aquéllos ojos y fueron infructuosas las rogativas 
del mayoral y los postillones, acompañadas del clamoreo de las cam- 
panas: mientras se le mandaba á la plaza &) toros, que es en nuestro país 
el S. Bernardino de los caballo* viejos; se le tenía en el pesebre por un 
rasgo de compasión. 

Cada vez que- el héroe caballuno percibía el ruido que á su arribo 
hacía el vehículo, como esos ciegos <Jue recorren sin lazarillo y sin 
extraviarse en las calles de una gran ciudad, llegaba con inciertos 
pasos hasta el carruaje y se colocaba en el tronco. Los sirvientes lo 






217 .. .-,.. 

retiraban de allí á chicotazos y con improperios: estaba acostumbrado, 
y el amor al pesebre lo guiaba al cumplimiento del deber. 

Disculpamos á ciertos Magistrados y Diputados á quienes por inú- 
tiles se les ha relegado al olvido, que no abandonan sus querencias 
cuando ya no tienen misión alguna en los santuarios de la Justicia y 
de las leyes. 

Cuenta la historia que muerto Alejandro, su caballo relinchaba cada 
vez que veía el retrato del gran guerrero. ¡Cuántos hombres piafan 
en la casa gubernil de nuestro Estado en un lance igual al del caballo! 

Ese rasgo honra más al pintor que hiz*el retrato que al caballo 
agradecido. 

Ojalá y nosotros, fieles pintores de la verdad, pudéiramos alcanzar 
tan alto honor. 



El Cerro de las Fortunas. 

-) 



Todos los que vienen a este mundo les acompaña un sino de buena 
dicha ó de desgracia inaudita. 

Para dar á nuestro relato el aspecto de un cnentecito moral, delei- 
taremos á nuestros lectores con la siguiente anécdota que, en el caso 
presente, viene a hacer un apólogo; no carece de filosofía, puesto que 
es una verdad; de gracejo^ p*r verse en acción todos los días; de mo- j 
ral, por las lecciones que nos enseña. 

Había no sé en qué población del Universo, dos compadres de los B 
cuales uno era rico, bien afortunado y tacaño; el otro era pobre, com- 
batido constantemente por la desgracia, cargado de familia y de más 
resignación que el grande hebreo que gemía en nn estercolero. 

—Compadre — Dijo el segundo al primero— ¿Por qué Dios ha que- 
rido ser tan severo conmigo y tan pródigo en abundantes dádivas con 
Ud., cuando los dos somos sus hijos y herederos de su gloria? Yo me 
afano trabajando en el día y en la noche, en ejercicios lícitos y no al- 
canzo el pan necesario para nutrir á mis- hijos; siempre es mi hogar el 
teatro de las enfermedades, el depósito de todas las quejas, el alber- 
gue de todas las necesidades; con frecuencia pasan los días sin que el 
más ordinario alimento lo llevemos á la boca. Si yo soy un criminal, 
desobediente á loa mandatos de la Providencia, bien merezco ese casti- 



218 

go; pero no es así, compadre de mi vida; y empajado por la desespe- 
ración aenso de injusto á Dios, como un contraste digno de ser estu- 
diado por lo* filósofos y los moralistas, por los políticos y por los hom- 
bres de ciencia; se ve que Ud. fleta en la abundancia, en la buena sa- 
lud, en la suprema felicidad; que le reboza la medida, que lo mima, 
que le satén al encuentro para regar de flores su camino, para perfu- 
mar hasta el aire que Ud respira. ¿Por qué para UcL hay tanta bie- 
nandanza? 

—Compadre, w> debemos acusar loa altos designios de Dios ¿con qué 
derecho le podremos echar en can sus contrarios procedimientos* a- 
caso Ui. que sufre en esta vida tantos dolores y tantas penalidades, le 
está; reservado en la otra ser agradado con una alta gerarquía muy 
cerca del trono del Eterno. Usted tiene en este mundo su purgatorio, 
y cuando Dios Nuestro Señor se acuerde de nosotros, Ud. irá a revolo- 
tear como querubín en aquella gloria que' fin no ha de tener, mientras 
que ye tal vez por mis crímenes y mis malas acciones me estén reser- 
vados glandes castigos. No desespere Ud. r compadre; Ud. conquista 
con su resignación y padecimientos la gloria eterna. 

r- ¡Qué moral cata Ud. f compadrito, y qué bien se conoce que tiene 
Ud. la barriga bien repleta, expansivo el ¿énio y fecundo el chirumen, 
para aconsejar la paciencia; pero yo no puedo conformarme cuando 
mis tripa.* gruñen por la necesidad del alimento; y mis hijos escuálidos 
j desnudos, lloran por felta de pan. No cabe duda; si se han de hu- 
manizar las víctimas de la desgracia, puedo decir con voz enérgica y 

esforzada. . . .yo soy el hambre á quien un estofado quiero decir, 

un hombre á quien han estafado- todos los bienes que el cielo ha de- 
bido concederle. ¿Para cuándo son, DkH mío, los rayos de tu indig- 
nación? 

El compadre rico, compungido, no acertaba k dar un consuelo, ya que 
no una caridad, á aquél su pariente que tocaba ya a la desesperación. 

— >Se dice que a diez leguas de aquí se encuentra un cerro solitario 
y misterioso o^ue se llama el cerro de lasjfortunas, y que el que lo re- 
corre con fe ciega y pertinaz constancia, llamando á gritos á su for- 
tuna, ésta brota del seno de la tierra y sale á su encuentro; con ama- 
ble jovialidad le tributa consuelos y le obsequia con. sus dádivas. Mu- 
chos allí han sido socorridos; mañana antes de que aparezca la aurora 
emprendemos el viaje Ud. y yo en mi desvencijada carretela, 

— ^No me es posible aceptar, compadre, porque durante mi ausencia 
mi familia no comería. 

->]Ba, ba, ba! AHÍ tiene Ud. u? peso y vaya 4 alistarse par* el viaje. 

El compadre pobre habría tamaño* ojos pues hacía, mucho tiempe 
que no veía en sus manos una'moneda de ese valor. 

Al día siguiente caminaban los dos compadres hacia el censo da las 
fortunas. Estando en él se ocultó el compadre pobre miettbne qm el 
rico gritaba con voz estentórea estas palabras: 

»i Fortuna, fortuna de fulano de tal, veo en mi aqxilia*» 



219 

Estas palabras las repitió recorriendo algunas horas al rededor del 
misterio cerro; ya cansado é impaciente se preparaba á desertar cuando 
vio brotar en la superficie de la tierra una Hgerilla nube de humo que 
aumentaba, que crecía, á la vez que por los aires se otan trinos de 
jilgueros, de cenzontles y de otras aves canoras; y atjuel humo venía 
perfumado con los olores *del incienso; se levanta una piedra, aparece 
una gruta y de allí sale una joven rnbia, esbelta, encantadora, osten- 
tando las maravillas de las riquezas esparcidas en su túnica, y en su 
vistoso y purpurino manto; su cabeza, que poseía una rizada cabellera, 
la cubría también un casco de oro guarnecido de diamantes. 

¿Qué quieres? acércate-te dijo- yo soy tu fortuna, hombre ingrato; 
yo te he llenado de bienes y de felicidad, y tú nunca te acordabas de 
mí; pero tu visita inesperada calma mis enojos. Ven, hijo mío muy 
querido; dime qué quieres, qué anhelara, pues estoy dispuesta i prodi- 
garte cou mano franca todos mis favores. 

Aquella Hada que presidía los destinos de tan afortunado mortal, 
estrechaba entre sus brazos á su protegido predilecto, cubría de besos 
su calva venerable y perfumaba aquella cabellera á quien la nieve ha- 
bía prestado su color. 

—Vengo á dar las gracias por tantos favores y á decirte ¡oh Señora 
de mi veneración y de mis respetos! que estoy muy rico; que soy muy 
feliz y que llevo una existencia llena de satisfacciones y de deleites; 
que ya no me des más; pero en ' cambio prodiga tus beneficios á un 
compadre mío que está pobre y en la roavor desgracia; él se llama Cla- 
ro Aflgido. 

La liada de la gruta le dijo: 

-—Nada tengo yo qué hacer con ese ser desgraciado; él tiene su for- 
tunaf que la Hamo y que le pida mercedes* En cuanto á tí no quiero 
ni debo acceder á tus súplicas, y seguiré prodigándote mis favores, 
pues nunca es maléfico el bien que abunda; cuando llegues á tu casa 
encontrarás tu caja repleta de monedas de oro y seguiré velando por 
tu destino próspero, ;Adioe! 

Uo relámpago deshmibró á nuestro héroe £ no pudo percibir por 
donde desapareció aquella encantadora criatura. Inmediatamente co 
rric al lado de su compadre, le impuso de todo lo que le había pasado, 
y lo mdtfjo á que saliera k recorrer el ¿erro llamando á su fortuna. 

Largas horas se oyeron los gritos vehementes del compadre pebre 
que llamaba ásu fortuna; el sol declinaba rápidamente hacia su Ocaso; 
repentinamente percibió un ruido desagradable como el silbido de las 
!. serpuiente3, el canto de los renacuajos, y el chirrido de los grillos. Un 
trueno y un relámpago que dejaron sordo y ciego al compadre, pudo 
percibirse, y apareció un ser que carecía fantasma; era una vieja an- 
drajosa, flaca y pellejuda, sucia y legañosa, cuyos cabellos se erizaban 
en su cabeza, como dice la fábula adornaban la de Meduza. 

—¡Imbécil! ¿que quieres? ¿por qué turbas mi reposo? yo soy tu for- 
tuna. 

r~ Señora- dijo el compadro cayendo á sus pies- vengo á pedir ele- 



220 

mencia; á suplicar que nc sea yo tratado con tal rigor; no quiero pros* 

{>eriJades, ni quiero superfluas riquezas, sino un rasguito de benevo- 
encia que me haga vivir en humilde mediocridad, pero exento de 
miseria y de enfermedades. Piedad para tu pobre protegido 

— No, jamás: estás condenado á arrastrar una existencia miserable; 
si anoche pudo tu compadre obsequiarte con-un peso, fué porque yo 
estaba dormida y no pude impedir el beneficio. No m* ablandaré ja- 
más y tú arrastrarás el destino como te plazca; cuidado con andarme 
maldiciendo porque duplicaré mis castigos y seré más severa. Már- 
chate de mi presencia, y abur. 

Despidiendo llamas y apestando i azufre desapareció aquel fantasma 
que en vez; de una Hada parecía una furia inferual. 

Todos los hombres tienen pu fortuna. Muchos de nuestros lectores, 
que son felices, tendrán corno fortuna á una joven encantadora, mien- 
tras que á otros regirá sus destinos una vieja asquerosa y miserable. 

Los que 6ienten un soplo de buena fortuna viven dichosos; otros 
gimen en las cárceles y son condenados á cubrir las bajas del ejército. 
Un nuevo sistema se ha inaugurado; ya no es la leva aterradora; ya 
no la consignación arbitraria al cupo; ya no es la sentencia de la auto- 
ridad que condena al delincuente á derramar su sangre en el fragor 
del combate. Hoy la suerte decide, en lotería permanente, del destino 
de los hombres. 

Si los amparos por las garantías individuales ponen al hombre á 
cubierto de las asechanzas de una autoridad arbitraria, hoy el sorteo 
es la pesadilla de los inocentes, de los rateros conocidos y del criminal 
obcecado. 

Como en la Lotería Nacional, obtendrá cada uno su recompensa. Es- 
tos desgraciados no obtendrán ,el premio gordo de los cincuenta mil 
pesos, pero sí es seguro que alcanzarán en el globo giratorio de "su 
mala suerte, la bola negra que los condena al servicio del ejercito. 

Estos desgraciados tendrán por fortuna una vieja greñuda como la* 
del compadre pobre, á no ser que encuentren en su camino un Juez de 
Distrito que los redima, interponiéndose entre la arbitrariedad y el 
buen derecho. 

' Ocurrid ¡oh victimas! al cerro de las fortunas; no todos han de tener 
una furia infernal que presida sus destinos; pero si lo fuere, no olvi- 
déis que el Juez de Distrito puede remediar vuestra desgracia. 



221 



Los CiMIis it IM 

CABALLOS DE LOS LECHEROS. 



Nos habíamos propuesto analizar el dictamen de la Sección instruc- 
tora del Gran Jurado en el proceso contra unos Magistrados que se a- 
cusaron, con el fin de uniformar la opinión en el terreno de la más es- 
tricta justicia, más lo que hemos dicho en nuestro número anterior ha 
sido suficiente para que todos los que se han interesado en este asunto 
de acusación hayan quedado altamente satisfechos de que la absolución 
ha sido anticonstitucional y al mismo tiempo dictada por el espíritu 
de partido más incensato. Los acusadores alcanzando un triunfo en el 
terreno de lí razón y de la justicia, del. dereq^o y de la jurisprudencia 
penal, pues no pertenecen al bando del retroceso en donde se pos- 
ponen á los principios más estrictos de la equidad, la obligación de sal- 
var á un delincuente por sólo el hecho de ser hermano de cordón* de 
esa masonería que se liga con prácticas absurdas de una iglesia mili- 
tante. 

Siempre hemos tenido por norte, cuando nos llama el patriotismo, 
que para regir los destinos de un pueblo, bajo la egida d^ la moralidad, 
de la equidad y de la justicia, no son á propósito los gobernantes que 
engendran los partidos políticos porque ellos se nutren, como e! feto en 
el vientre de una madre, en las exageraciones y exigencias apasionadas 
de un partido político que radica odios, injustificables venganzas, re- 
sentimientos implacables, hacia personas de un bando antagonista; por 
esta misma causa hemos aconsejado, ya en nuestros escritos, ya en las 
discusiones amistosas, que se elija para Gobernador á un hombre sin 
pasiones, probo y que no sea político ni aspirante; y si alguna vez he- 
mos tenido la fortuna de asentar en nuestros escritos un gran axioma, 
fué cuando dijimos en uno de los números muy attazadoa de nuestra 
publicación que, sólo aspiraban á ser Gobernadores de los Estados 



222 

los tontos y los picaros, concepto que nos valió mil felicitaciones, un 
premio de oro y otro de plata de personas verdaderamente honradas y 
patriotas. Si la popularidad de un Gobernante ha sido elevada á 
tan alto grado como en la actualidad no creemos que haya sido 
únicamente porque es un hombre honrado y destituido de las pasio- 
nes pequeñas que se posesionan de todos los hombres, pues han regi- 
do los destinos de nuestro Estado hombres tan rectos, inmaculados 
y justos como el actual; nosotros creemos que, las dotes adminis- 
trativas de este señor, se lian engendrado en el seno del hogar donde 
no han penetrado ni las pasioncillas de los político* ni les malos ins- 
tintos de un aspirante vulgar. En esto hacemos consistir nosotros la 
buena administración de nuestro actual gobernante, y hoy, más que 
nunca, respira en una atmósfera pura, porque no le ligan compromisos 
con esos círculos políticos que badean en ríos de aguas pestíferas y 
nauseabundas y que tienen qué ensuciarse en el fango de la adulación 
y de las exigencias de partido; su elección ha podido formarse en una 
atmósfera más pura sin que tenga que cumplir compromisos hacia 
los corifeos de un partido. Podrá el Gobernador tener colaboradores 
que secunden sus miras patrióticas, porque muchas ocasiones los go- 
bernantes se ven precisados á no tener, entre estos, hombres de hríos, 
de libre examen y de tendencias independientes, porque estos se cons- 
tituyen en dominadores; nuda más natural que el nuevo redentor es- 
coja sus apóstoles entre ignorantes pescadores y no entre los magna- 
tes ó tiburones de la alta política. Permitan nuestros lectores recurra-' 
mos a un símil para poder esclarecer más nuestra idea. 

Es bien sabido que un mayoral jamás escoje caballa de enteresa, 
de gran resuello y bríos extremados para uncirlos en su vehículo, por 
que estos c«m las riendas, las guarniciones y las gruperas se sienten 
agobiados, emprenden carreras vertiginosas y no obedecen al freno ni 
á los gritos ni al garrote, puesto que acostumbrados á la independen- 
cia y á la libertad de sus acciones, emprenden una marcha entre esco- 
llos y vericuetos concluyendo por volcar el carruaje ¿Qué ha enseña- 
do la experiencia para evitar estos accidentes? que son malos los ca- * 
ballos de brío, gordos y potentes, y que los más apropósito son los 
entecos, anquipollos, huesosos y sumisos. ¡Ah! quién había de creer 
qne las yeguas flacas y con diarrea del inmortal Velázqnez tendrían 
que ser en nuestra patria un símil perfecto de los colaboradores dé 
un buen gobernante para que al estirar su carro triunfal no lo volca- 
ran en los arroyos y sinuosidades de un terreno llano! 

¡Cuántas dificultades no crearían á un Gobernador de cualquier 
Estado nn Congreso compuesto de hombres de brío é independientes! 
á cada paso se establecerían conflictos /entre los poderes; pues si bien 
íes cierto que de los tres que forman' un Gboierno cada uno es inde- 
pendiente y debe obrar con libertad en la órbita de sus atribuciones, 
también lo ea que, el Poder Legislativo es superior á los otros dos, y 
siempre haría valer nna cámara apasionada, esa superioridad hacia la 
persona que ejerciera el Poder Ejecutivo. De aquí resulta que la ac- 



223 

— — — fea i i n i iw , i i, ¿m i ifnr' f n i i 

don administrativa tiene que partir del centro á la circunferencia en 
el terreno practico de loe hechos y no de la circunferencia al centro, 
como sucede en las agrupaciones políticas, qne llevan como Diógenes, 
una linterna para buscar nu hombre, prestigiarlo y llevarlo á la cris- 
pido del poder. En nuestro pao, en la atmósfera da la política, nunca 
están organizados los partidos*^ nunca se inspiran en los elevados 
sentimientos, si no en la conveniencia personal. 

Unos son los hombres de la idea y otros los hombres del empleo, 
aunque al tomar sus nombres respectivos invoquen una causa santa. 

Unos son loe hombres del progreso y otros son lo» del pasado; unos 
los de la libertad y de la democracia, que tienen por bandera la civi- 
lización^ otros los de las ideas ortodoxas del" ertatu quo qrte enarbo- 
lan el gallardete de antaño, batido por las brisas del obscurantismo. 

Liberales y conservadores* hombres del porvenir y del pasado, £e 
disputaron siempre la dirección de los negocios públicos de nuestra 
patria. Educados los liberales en la escuela de la adversidad, siempre 
combatiendo por la nueva idea, regaron con su sangre los campos de 
batalla, sfcuipre triunfante su bandera, en último análisis hasta llegar 
á la cumbre del poder; estos héroes, que jamás olvidaron lo» princi- 
pios de la democracia pura, se desvanecieron en las altas regiones. 
Cuan cierto es que no se mira lo mismo de abajo para arriba que de 
arriba hada abajo. Los demócratas, cuando pierden de vista 1* Estre- 
lla Polar de la democracia, se avienen perfectamente i la dictadura y 
i' veces basta el despotismo: 

Y ¿qué diremos del partido conservador ¿ quien no queremos ni po- 
demos negar que tenga amor & la patria? que tambiéu se ofusca con el 
esplendor del poder, y también se convierte en tirano, Este partido 
lo forman los ricos, cuya savia es el dinero; loa católicos, hombres de 
fe, pero que bajo la cúpula de »n templo engañan & los tontos, y espe- 
culan con las creencias; á esto se agregan porción de sores que se lla- 
man de la clase decente, y estos son los que sirven de monaguillos para 
empuñar el palio, y para arrastar el carro de un candidato triunfante 
en un día de gloria; son, en fin, los escuálidos caballos; enclenques y 
dearre&ticos que sirven en una administración, ^ 

Esto sucede en este Estado, y el Sr. Arellano ha hecho bien en es- 
coger á hombres que no tienen por norte la idea sino sólo la obedien- 
cia; no la filantropía, sino solo la consigna: nó la elocuencia del parla- 
mentarismo, sino el voto ciego é inconsciente de una moral nebulosa 
poco satisfactoria. Esto lo decimos por lo que pasó en el veredicto 
del Gran Jurado que juzgó á los acusados tribunalicios, y es lo pri- 
mero que 3e ha visto aun en los cabildos de guajol^tts. 

Ni una sola voz se levantó para defender el dictamen combatido; ni 
siquiera la comisión arrulló entre 6us brazos al hijo de sus entrañas 
recien nacido, y lo abandonó k los picotazos de los gavilanes; sabía 
que; aun cuando la diatriba, la filosofía y el buen derecho, lo desear- 

I Darán, había siete votos, sólidos como un hueso que lo resucitaran, que 
. 



224 ■ 

le dieran nueva vida y cubrieran con sus alas de querubín aquella 
criatura á quien se le podían contar todos sus huesos; eran aquellos 
otros tantos fcdete sabios de la Grecia, que curarían las llagas cancero- 
sas de un feto corrompido. 

¡Oh Espírutu Santo, que iluminaste desde los Apóstoles hasta el 
más adocenado de los Pontífices! ¿por- qué no mandaste un destello de 
tu sabiduría que iluminara aquel septimino do Diputados? por oué, en 
raudo vuelo, no descendiste para dar un alazo á la Comisión y al Oran 
Jurado? 

¡I/on Simplicio, Don Simplicio! profeta eximio de aquellos tiempos; 
& los cincuenta años de haberlas eserito, caen candentes, luminosas 
como un reguero de luz; aquellas tus palabras: 

Espíritu de Dios, baja ligero. . . . 

Y dijo el Santo Espíritu nNo quiero; 

Sobre esos animales, yo no bajo.n 

Conque Sr. Lie informante y colegas de la Comisión, ¿el Có- 
digo mercantil puede ser reformado y adicionado y no obligatorio en 
los Estados á quien plazca no sujetar á él los procedimientos de un 
juicio de ese orden? Una ley federal es obligatoria su observancia por 
los ciudadanos, por los Tribunales, porque el art 3 °. de los transitorios 
del Código Mercantil, textualmente dice: 

itLos recursos que estén ya legal mente interpuestos, serán admitidos 
aunque no deban serlo conforme á este Código; pero se sustanciarán 
sujetándose á las reglas que él establece para los de su clase, ó en su 
defecto á las establecidas en el Código de Comercio de Abril 1894. u 

¿Con que Sr. informante é ilustrados colegas, dan Uds. por hecho que 
el acusador no quiso ministrar estampillas, cuando ninguna prueba han 
aducido á los acusados que justifique se excepción? ¿Conque no son 
responsables los Ministros acusados por no haber dado su sentencia, 
en un año y un mes, después de haberse citado para ella? y, ¿¿ donde 
va el art 1328 que el mismo ordenamiento prescribe: «No podrán, ba- 
jo ningún pretexto, los Jueces ni los Tribunales, aplazar, dilatar ni 
negar la resolución de las cuestiones que hayan sido discutidas en el 
pleito. — ¿Entre qué gente estamos? 



225 






No el parto de loa montes que dieran á luz nn ridículo ratón no* 
servirá para contestar á El Católico, cuando nos liiere en su último 
rebuzno; nosotros, buscando 1h fíbula, le diríamos. . . ."Elabló el bue\- 
y dijo: ¡mú!" — Defiende al Gran Jurado por su veredicto famoso, y 
canta en tono de seguidillas la inocencia del tomo de acusados: no 
más faltaba h, los cariacontecidos, que El Católico los ensalsara. A 
tal Aquiles tal cantor. Ya entonan su cant» de victoria y todavía la 
cuestión apenas va comenzando. No, no se soplarán la breva verdiosa 
y escurriendo leche. 

Daremos sólo ligerísimos apuntes, pero los snficientes para qne, no 
El Católico, sino los hombres de más ilustre ralea sopan que estamos 
en la pista ¿Con que el clero no tomó cartas en lo de la absolución de 
los acusados? pues entonces ¿qué misión llevó á nombre del Cura y 
ante el Gobernador un clerizonte grasicnto y pescuezón? nada menos 
que la chochez de una orden suplicatoria que es agena á su minis- 
terio. Pero ¿cuales son esos liberales que tienen de oír las reco- 
mendaciones clericales? ¿.el Gran Jurado? ¿el Mordisco? ¡Jesús Cató 
lico! no vaya usted á perder la semilla de semejantes liberales, porque 
son verdaderamente de una raza robes-perruna. 

Ignoramos si el clwo, y especialmente el de esta ciudad, ha pedido 
g)acia para algunos sentenciados á tnuerte: sabemos que un buen sa- 
cerdote, el Sr. Cura D. Justo Ramírez, aconsejó á las señoras pidieran 
esa gracia y tal vez las condujo ante quien podía concederla; pero fué 
un clérigo solo y no el clero; los agraciados están agradecidos, y á usan- 
za de los picaros é ingratos liberales, tributan un culto á la cara me- 
moria del Sr. Ramírez. 

No desconocemos los servicios, aun el heroísmo, de algunos insignes 
varones, honra de su ckse. El fraile Belaunzarán, oponiéndose al 
degüello ordenado por Calleja en Guanajuato; L;u> Casas, protegiendo 
á los indios contra la inclemencia de los conquistadores; el Arzobispo 
de París, muriendo en las barricadas por cumplir con su miuisterio; 
la Hermana de la Caridad Montalemberg amputada de ambos brazos 



226 

I por curar á los heridos en el campo de batalla; estos y otros muchos, I 
son ejemplos preclaros de algunos héroes del catolicismo, coyas glorias 
reflejan para alumbrar á una clase; pero estos héroes no sou el clero, 
y si otros clérigos llevan una vida muelle y regalona, no la cambian 
por los riesgos del heroísmo* No debemos olvidar que ei heroico, el 
patriota clero, aceptó raer las venerables cabezas de Hidalgo y de 
Morelos, y no sabemos se pusiera entre las víctimas y los verdugos, co- 
mo dice el periódico de la sacristía, qne tal es su misión. 

No se cubren la cara de vergüenza los defendidos cuando se les re- 
cuerda que el acusador hizo alución á un Sr. Magistrado á quien un 
par de palancas lo lanzó del templo de la justicia para que pudieran 
mamar sentados otros buitres carniceros. 

¡Ah! y cree el papelucho que esto se llama cantarla palinodia. 

¿Cuál será la edad en que se deben contar los cuentos chuscos? ¿qué 
Código la designa? Bocaccio, Quevedo y Voltaire eran viejos y los 
contaron. ¿Cuáles soti esos cuentos, ofensivos sólo á cuatro diputados 
y no á los restantes? ¿en qué columna de nuestro anterior periódico 
los hemos puesto? el rabo cerdoso de la defensa de El Católico sólo 
espanta las moscas á tres Diputados y se olvidó de los otros cuatro. 

Colega, ¿estaba Ud. en sus cabales cuando escribió su párrafo? ¿no 
se bebió Ud. el vino sobrante de las vinajeras? 

Llamad al terreno de la caballerosidad á los Jurados, y os dirán n— 
nánimes: «Tenemos la convicción de que la justicia está de parte del 

acusador, pero. pero... .u- Aquí entran los suspiros, los pucheros, los 

apretones de manos, y exclaman* 

nFuerza del consonante, á lo que obligas, 
A decir que ¿on blancas tres hormigas.» 

Ahí donde ustedes ven, están arrepentidos desde el Cura hasta lo6 
Jurados de haber encargado su defensa al articulista, porque ha mos- 
trado su gran talento en el tino para tratar esta cuestión: dii-en unáni- 
memente: ifNo tiene este la culpa, sino nosotros que pusimos nuestra 
defensa en manos de un inocente.!.- Ahora si va ur cuentecito cbnsco, 
á pesar de nuestros ochenta calendarios; pero aprovechad su xuoral, 
articulista católico. 

Un campesino tenía una gran labor, pero la atravesaba de medio 
á medio un camino nacional; mandó cercar sns dos mitades dejaudo 
encañonado entre muros de piedra la perniciosa vía; pero ¿cómo en- 
trar á cultivar la labor sin- abrir unos portillos? Se abrió el uno frente 
al otro, pero no se les pusieron trancas. Un domingo en que todos losB 
vecinos abandonaron el cortijo para ir á misa, se quedó sólo para cni-B 
dar las eementeras el dueño de ellas. Cómo por mal de sus pecados 
se introdujeron a la labor «uatro toros más bravos que los redactores de 
JEl Católico, y á gritos, rechiflas y pedradas, logró endilgarlos al portillo 
y echarlos fuera; pero ¡oh desgracia! en vez de tomar el camino, los 
animalitos se metieron á la o¿ra cementera. cuyo porjbillo es^aha^ también 



. 227 

r ' ' iii . ■. n w 

abíferto. Allí fueron las apuraciones del pobre campesino, porque no 
había una alma en la comarca que le ayudara^ y los toros engullían 
maíz muy á su sabor. Otra vez los gritos» los juramentos, los silbidos 
j las pedradas, volvieron á ponerse en juego; como los amparos contra 
os acusados, que salen de una para meterse en otra; logró el campesino 
endilgarlos al portillo; pero no tomaron el camino, sino que se introdu- 
jeron en la otra labor. 

— -Esto es el cuento de nunca acabar! ¡Si yo tuviera un ayudante! 
jAh¡ ¡nos hemos salvado! , 

Recordó que en la capilla había la escultura vieja de un San Anto- 
nio desnarigado, cojo y calvo, como el articulista: corrió, lo trajo 
á cuestas» y lo paró en el portillo para que con sus respetos y su 
presencia se asustaran los cornú petos, y tomaran el camino, que era 
lo que el campesino deseabí Vuelve la fatiga de loe gritos y las pe- 
dradas; logra el actor lanzar de allí aquellos animales que se acorda- 
ron eran toros, y dan sobre el san Antonio que inferimos no había de 
ser muy buen torero, y lo derribaron, pasando, s^bre su reverencia 

Furioso y echando chispas el campesino, como el Cura y los Dipu- 
tados, decía estirándose los pelos: »No tiene este la culpa, sino quien 
pone á ¡nocentes en el portillo.» 

Nosotros no creemos en la infabiüdad de nadie, ni siquiera en la de 
Jos Magistrados de la S. Corte; pero sí creemos en que sus resolucio- 
nes son la última palabra que todos debemos acatar. El Católico a 
hombre de los acusados, dice estas palabras que textualmente copia- 
mos. . • . nEn la infabiüdad de la Suprema Corte de Justicia y en una 
resoluciún tonta, ínuy tonta como no la habría dado el inolvidable al- 
calde de Lagos. . . . »■ 

¡Cuánto les escuece á los Magistrados y Diputados la sentencia d« 
ia Suprema Corte 1 Y el Gran Jurado ¿por qué no mandó incluir en 
el acta de la sesión respectiva los graves insultos que el pobrecito a- 
cusado, bufando y echando espunía por la boca, propaló contra tan 
respetables Magistrados? Pasó la Secretaria sobre las disculpas tomo 
pasan los gatos sobre las llamas, y el Sr. Presidente no llamó al orden 
al blasfemo y sí al acusador, porque lan2Ó al preopinante un arponazo. 

¿Con que el Nazareno fué' mordido por un perro? ¡pobrecito! noso- 
tros lo ignorábamos; ni la Magdalena, ni los apóstoles que no lo aban- 
donaron hasta la resurrección, revelan ese aconfecitniento á la poste- 
ridad; poro El OjUóIíco lo aflrina, y* hay que creerlo bajo su res- 
jponsabihdad: 

Las anécdotas y citas históricas con que los escritores adornan sus 
relatos, cafo colega, producen sü efecto cuando se relieren completos, 
es decir, hasta el chusco desenlaca Nosotros sabíamos ya el cuente- 
cito del perro desmolado, y tendremos que completarlo para aplicar su 
moraleja El Católico lo sabe y no lo dice; lo sabe y no lo qui°re decir. 

Sabed ¡oh lectores del Católico y del Ecmdangol que á ese mastín 
desenfado df> qnn habla eso. papelucho le pr¿¿ó la rrMi. y los maldi- 



228 ' 

táentes muchachos lo temían k\m en la certidumbre de que no era fte- 
ligroso por carecer de incisivos, pero llamaba en su auxilio á los perri- 
quinea lenguaricos y roftozos, alharaquientos y tnordedoves de la co- 
marca; hacían el mismo papel que los tinterillos de los Juzgados; ladrar 
y morder. 

Había por ahí un vejancón alto y enclenqne, medio doblado por la es- 
pina dorsal, que imitaba en sus actitudes la figura que toman los perros 
callejeros en situaciones asquerosas, era peli-cano; sus mejillas se cu- 
bilan con un cutis verdi-prieto; se entregaba á la mística y se santi- 
guaba con frecuencia cada vez qué oía sonar la campana del templo, 
dando el rodillazo al suelo: con qué fervor besaba la mano á los padres 
del Señor del Encino; pe ro era más observante en las vigilias vedadas; 
nó comía carne por no comer itcarne de cadáver,«i es decir, de animal 
a quien se hubiese dado muerto.. ¡Es claro! En los ejercicios cu a íes- 
males edificaba por la unción religiosa, por las gesticulaciones y los 
g >Ipes de pecho; aprovecha media hora cada día en dar rienda suelta 
a la murmuración y en espolear al prójimo en los ijares de su honra. 
Este murciélago,* asaltado por el mastín rabioso, se asustó; fué tal el 
pánico, que desde ese momento ya ne tuvo vida sino era con el fin de 
prepaiarse para la muerte: le preocupaba entregar el alma á Satanás 
entre contracciones nerviosas, retortijones intestinaleF, mordiscos más 
incisiví a que los del platicaderito de un humilde siervo de Dios y 
bendij > á sus hijas, abrazó á su espora, y litando decir esas misas de 
San Gregorio que conducen á las almas al cielo, aunque tengan qué 
sacarlas del infierno: llamó eon urgencia aun conf^or para que enca- 
minar.* su alm* en el ferrocarril de la penitencia, arrepentido de sus 
crímenes tribu nal icios. Vino también el notario- . . .\*y qué notario! 
es un escriba coli-abierto y desvencijado, como pintan á Montalvo, 
chispo, cojo y calvo. La c«sa del occiso era un campo de ternura y 
de desolación: allí, la esposa llora y moquea: ullrf, se veía abandonado 
por los suelos la espada de Bem rdo con distinto palo; y el perro con 
el rabo entre las piernas, como los tres acusados, infundiendo terror y 

leseonfianza: la casa estaba en sile¡ici«»; las puertas y venfcan&s entre- 
cerradas; pero aparece el escriba que, como médico, había de consolar 
al moribundo haciéndole testar; ¡cómo no había de hacer esto con un 
semi-difunto cando ciertos escribas hacían testar á los muertos! 

— tjDónde, dónde está mi compañero' pero ¿qi.é desgracia le acon- 
teció que á todos nos tiene sumidos en el desconsuelo? dijo el escriba 
tomando en sus m^nos el protocolo: llevaba la pluma en la oreja y el 
tintero en el bolsillo; se dirigió hacia la puerta < ntrecerrada que le 
>eñalaron. Con el cuerpo fuera y la cabeza erguida, pero cubierta con 
sombrerito de Panamá, !a intio lujo [ or í qaella alertura que apenas 

d 'jaba paso al aire y á la luz. Yió en el fondo una figura arrodillada y 
en cruz ante un niño santo da At« chu: t* i íx adorm.da la cabeza con 
una corora de espinas, y se ministraba de cuando en cuando muy fuer- 
t • 'rolp. s de pecho. 



229 



— ¡Qué hay! ¡cóuao vamos! ¿qué dioen esos males? ¿estamos ya en 
la crisis del furor? 

— N Pase usted compañero y amigo; no tenga cuidado; todavía no 
tango los accesos de la rabia, ¡Cuántas desgracias nos han sobrevenido 
en estos cuatro meses, compañero! ^ 

— Muchas, muchas, muchas; admírese Ud. c 

—Me admiro: pero aflíjsae usted. 

— ¿Qué? ¡me aflojo! 

No, todavía no, que aun no llega el furor, Comienzo á tener horror 
al agua. 

— ¡Jesíis mil veces! si nos dará tiempo el mal de hacer testamento. 

— ¡Cuánto contratiempo! y esa maldita Fíüda que á los tres nos 
persigue como burro manadero! 

— ¿A quién se lo cuenta Ud.? á mí, á quien la maldita burra, cuando 
no me pudo tumbar me aventó, y no puedo abandonar la muleta en 
esta ocasión. 

— Peroexplíqueme usted ¿cómo estuvo esa desgracia de la mordida 
del perro rabioso? 

— ¡Ay, compañero, si no me quisiera acordar! No me mordió el pe- 
rro porque no tenia dientes; pero me asustó, me avergoneé y nalgas y 
pantorrillas me baboceó. 

Asi sucedió á los acusados; no los mordió el acusador, pero los llenó 
de baba sacándolos al balcón 



EL CULTO A SATANÁS. 



Sentimos hormigueo en el cuerpo y se nos erizan los pelos como á 
los gatos. 

Se apodera de nosotros un estremecimiento nervioso que ñas quita 
el apetito y nos produce el insomnio. 
¡Hasta qué punto pueden llegar la ceguedad del hombre y el extravío 
de su razón. 

¡Levantar altares al demonio! ¡qué honor! Muy alarmados andan por 
esos mundos los católicos fervientes; se ha hecho un -gran descubrimiento 

Los masones tributan culto á esa divinidad caída que se llama 
Lucifer. 

Sabed ¡oh lectores! que en el palacio Burghese esos van piros han ele* 
vado un altar, y en él han colocado nada menos que la cabeza cornuda 
de ese monstruo; ¡qué rostro tan venerable! 



2S0 

Tal ea son laa. noticias qtte kan recibido los periódicos clericales, coñfi 
f las que están alarmados, cariacontecidos y en vísperas de perder el: 
juicio: jamás «o vio irn atentada Bemejante én cabildo de guajolotes, ni 
cuando se alzaban altares & Priapo ni á Venus af rodicia. 

La alanza entre masones y las testas infernales es peor que la di- 
namita; es^nás poderosa que las naciones coaligadas para atacar á Se- 
bastopol; más que el ejército prepotente de Jerjes. 
* Es una tromba, un ciclón, un cataclismo. ¡Dios nuestro Señor nos 
coja confesiidcst 

Recuperemos la calma y la sangre fría. Hagamos razonamientos 
que curen las palpitaciones de nuestro corazón, ó que nos muevan al 
arrepentimiento. 

¿Quién es el diablo y dónde se le encuentra? jqué figura tiene? ¿quiéu 
ha tenido valor de verlo cara á cara sin caei desmayado á sus pies? 

Nadie dice que se haya aparecido 4 él personalmente, pero alguno 
sabe que se le apareció a D. Fulano; voy con él y me lo niega, pero me 
despacha con Sutano; éste lo niega, pero asegura que se le apareció k 
un cierto Sr. Lie. pues quería llevárselo cuando era juez; este nos man- 
da con el Tribunal; el Tribunal con el Juez de Distrito, este Sr. con la 
Suprema Corte; la Corte nos manda á todas al diablo, es decir, á quien 
venimos buscando. 

—Señor, dispense Ud. . . .¿vive aquí un diablo que se llama «el ve- 
cino de enfrente? 

/—No señor, ahí. en la casa de enfrente. 

— ¡Pues si de allí me mandan para acá! 

Nosotros, en nuestra juventud, cuando la desgracia nos abatía, he 
mos llamado al diablo con veras de nuestro corazón, con fe, con ardi- 
miento; lo invocamos en.la,£oladad, en los círculo* más animados, allí, 
donde se triunfaba culto á Baoo, á Venus y á Terpsicore, en los bailes 
de candil, cuando medio al un ib réditos bailábamos la sibarítica polka 
en 6u paso húngaro de punto y talón. Nunca pudimos ver del diablo ni 
un sólo cuerno;, la empresa era temeraria; pero sin riesgos ¿para qué 
sirve el valor? 

El primero que pintó al demonio fué el Dante puesto que, asoman 
dase ¿la orilla de un gran ripeo* contempló ei infierno: creación de 
su fantasía fué un diablo de forma rarísima; de formidable nariz, en- 
corvada como el pico de una ave de rapiña, bisojo, cabeza adornada 
can un par de córneos adminicules, dientes grandes y colmillos salien- 
tes,, cuerpo de fauno y oola lar^a y sin cerdas? además, alas de mur- 
ciélago. A falta de otro modelo así lo reprodujeron los pintores. 

Después, Mil ton, en su poema se vio precisado á imaginarlo nn po- 
co raás simpático, pues siendo un ángel hermoso no había de sufrir tal 
| metamorfosis sólo porque 86 le destinó para 4 fundador de un nuevo 
imperio. Dios no e6 burlón ni caprichoso como los poetas. Lucifer fué 
pintado con formas humanas, coronado de laureles. 

Goethe lo pinta vestido color de escarlata, y del mismo color es la 
tez de su cara y manos; su nariz es prolongada y curva, casi se junta 



m 

con la barba; le llamó Uefistófelas; fué el perseguidor de Margarita y 
protector do Fausto. 

Estas bou las creaciones que conocemos de los grandes poetas; los 
pintoras no se ban atrevido á dibujarlo sino de alguno de estos tres 
modos. 

Nosotros lo hemos soñado en figura de arcángel, con alas de cisne 
y blanca vestidura, resplandeciente de belleza como él ora antes de 
descender á los infiernos; traía un plectro y oí gratas melodías salidas 
de una lira de oro que pulsaba; ostentó en el cinto un lucero á manera 
de broche. Al planeta Venn© se le llama Lucifer. 

¿Quién, pues, lo ha visto que jueda corroborar ó desmentir esta* 
fantásticas figuras? 

Ya sabéis, lectores, que al diablo se le ahuyenta de mil maneras; la 
más fácil es el agua bendita; pero ¿k los inasonef9 ¿cómo desbaratar 
esa dualidad de potencias que pwede ser muy funesta? Lo* masones 
son unos gandules, de obtuso entendimiento, obcecados y audaces: to- 
do estará dicho con esto; están dejados de la mano de Dios, anatema- 
tizados por la Iglesia y repudiados por el santo gremio: son mas te 
f rrihlos todavía que las furias infernales. 

Van ya calmándose nuestros temores, y ya no nos palpita tan recio 
el corazón. 

Alguna vea hubo una reyerta, acafora'da entre un espiritista (otra 
clase de pojaros que bien cantan) y un- masón; el primero era desea 
rado, jactancioso incorregible, indiferente en religión; tenía vicios, y 
los ostentaba con torpísimo» trofeos adquiridos en las campañas de 
Venus, de Priapo, de Bhcow Ante él era D, Juan Tenorio un tipo de 
eastidad, Gestas un sacerdote, D. Cesar de B«zñn un corderito. 

Sua extravíos lo? fundaba en las consejas qu** recibía de algún es- 
píritu burlón que 3e interponía en mis fervientes evocaciones. Era, en 
tía, la personalidad del cinismo más refinado. 

El masón no Je iba en zaga para emprender grandes maldades, pero 
las cubría con an velo de rewrvw y de santidad. Jamás poniann prác- 
tica sus vicios sin santiguarse, invocar el nombre de un santo, rogar 
á Dios le ayudara en aos fechorías morrocotudas, y que después le 
diera la gloria efcerrtA: edificaba en el templo eon unción ardiente siem- 
pre que alguien prebendaba sus actos de humillación y de respeto á 
los santos y á las jerarquías; fingía creer y tener devoción especial á la 
Virgen de los aflgidos 4 quien encendía una lámparita. Su conducta 
era mala pero no escandalosa, y en esto consistía su habilidad y su 
talento; el vehículo que. facilitaba los medios era la santurronería, por- 
que fingía creer en el diablo. Eran un par de cocodrilos que bien me- 
recían los arponazos. 

Un día se pusieron en claro sus asechanzas y sus crímenes. 
De uno no se escandalizó la sociedad porque lo conocía. 
De otro dudó porque creyente y religioso ante la sociedad, era inca- 
paz de cometer un pecado venial. 



I E] 



232 



El uno era cínico, pero no de la secta Antístenes, sino impudente, 
1 desvergonzado. 

£1 otro era hipócrita. 

Tenían ya los anatema* d* la sociedad, y la justicia iba á descargar 
su espada flamígera sobre los dos. 

Era preciso graduar la pena; á uno se le castigaría con la degrada- 
ción de los azotes y de la picota; al otro con una pena menor. 

Aquí fueron los apuros de los jueces; pero ocurrieron al juicio de la 
opinión para que esta dictara bu fallo. 

¿Cómo resolver el problema? 

Un filósofo se presenta: vé L analiza, compone y descompone los ar- 
gumentos, los colora en la balanza. 

La hipocresía -^dice— > es un vicio ruin y miserable que engaña, 
delinque y da mal ejemplo. 

El cinismo es vicio grande también; que escandaliza, y es la nega- 
ción de todo lo bueno, lo magnánimo, lo santo; no cree en Dios ni en 
el diablo; no en la virtud, en el honor ni en el patriotismo. . Es refrac- 
tario en el amor; Ja esposa es para él una maquina; los hijos frutos de 
maldición. Es un excéptico. No hay mártir sin fe; no hay fe sin es- 
peranza; no hay esperanza sin creencias. Dios podía tocar su corazón, 
pero no lo tocaba. 

La hipocresía es un 7Ício excecrando ^ue Dios anatematiaz con santa 
indignación. »Ay de vosotros, escribas y fariseos, que coláis el mos- 
quito y os engullís el camello.it 

El cínico en nada cree porque es maleado. 

El hipócrita es malvado también, pero en algo cree, puestp que apa- 
renta ser virtuoso. 

Conclusión : es méoos malo el hipócrita. 

Esperanza debemos tener de la conversión algún día de los masones, 
pues si levantan altares al demonio es porque en él creen. Quien cree 
en el diablo y lo hace amigo es porque le teme. 

Buen principio es para 6U regeneración que los masones, por te- 
mor rindan culto á Lucifer, pero lo dudamos. 

Regocijaos, ¡oh católicos! temer y esperar es creer. ¿Pero estáis vo- 
sotros seguroj de que los masones esperan y creen en el diablo? 



233. 



TIPOS SOCIALES. 

Doña María de la Salutación Zamarripa. 



No Á las al evadas cumbres del Himalaya, ni al país inculto de las 
Bayaderas; no á las regiones salvajes del Indostán» ni a las ardientes 
playas del África, iremos á buscar alguno de esoe tipos estrafalarios 
qne, á fuer de ser muy comunes, fus encontramos eu todas partes, aua 
en las cultas sociedades del mundo civilizado; tal es la donadla vieja. 

La mujer soltera no cumple con el divino mandato de carecer y mul- 
tiplicarse; es una planta parásita sin aroma, 6Ín Acres y sin frutos 

Por más que admiremos, en algunas señoritas viejas la virtud, lem e- 
levador sentimientos, el bellísimo carácter, un trato amable y hechice- 
ro, todas esas cualidades que tanto las enaltecen, no distinguimos, ni 
con el auxilio del telescopio, al lado de ellas la penumbra tutelar del 
ángel custodie, de ese no sé quién que las proteje. 

Un compañero es el complemento de la felicidad, la perfección del 
estado, el ser único que ayuda á la mujer á cumplir su misión sublime 
sobre la tierra. 

¿Por qué no se casan todas las mujeres? Esta es una duda que & ca- 
da instante nos asalta, y á guisa de Padres Ripaldas, solos nos pregun- 
tamos y nos respondemos. Por amor y abnegación á la familia muchas 
sacrifican su porvenir: porque tras uña verdad evidente tal vez existe 
otra verdad secreta: porque 'la Naturaleza á machas ha negado la be- 
lleza plástica: porque no les ha concedido ese don de la hermosura que 
admira, el encanto qne atrae, ese conjunto' sednetor, compuesto mii- 
chas veces de disímiles pequeñas in perfecciones, pero que infunde fas- 
cinación á la mirada, voluptuosidad al busto, encanto á la sonrisa y 
donaire á los movimientos. Estas hechos, verídicos á toda luz, vienen 
á fundar un axioma: el sentimiento de lo bello es un imán; la repulsa 
de lo feo es un tormento: Cuando se conoce á Dios no se adoran los 
ídolos. Cuan diverso de lo que es hoy sería el mundo, según imagina- 
mos, si encendieran las teaá del himeneo solamente las bonitas: conde- 
nadas al olvido las feas, serían como aquellas mujeres que, mustias y 
avergonzadas, visitaban frecuentemente el tetnplo de Tais buscando un 
ciclope, un sátiro, un verdugo que les hiciera pasar por los horcas can- 
dínas del matrimonio. Las hermosas llevarían como ahorael cetro del 



234. 

cho d< 

La experiencia nos enseña que del consorcio de dos feos salieron hi- 



Iamor, y monopolizarían ni derecho de atizar el fuego sagrado, como 
las sacerdotizas de Irminsul. 



1'as bellísimas, simpáticas y graciosas; la experiencia nos demuestra que 
as mujeres feas son íae que infunden pasiones más vehementes, y Jan 
que sujetan bajo el cetro de su amor aun á los hombres mas graves: 
tal es la energía de su imperio y de su seducción. ' Algunos magnates, 
hércules en la ciencia, faisanes elevados á las regiones del poder, per* 
dieron el equilibrio, dieron la campanada, y se vieron cautivos m las 
telarañas de una arpia, cuya fealdad no pondrían en duda ni los mio- 
pes ni loe présbites. Ese amor sin recuerdos, sin esperanza, no es cons- 
tante y duradero Pero muchas mujeres están á la luna de Valencia; 
se han quedado esperando, como los judíos, el advenimiento de un Me- 
sías que no llega, porque al festín del matrimonio son muchas las lla- 
madas y pocas las escogidas. 

En esa dualidad de sexos, le ha tocado al hermoso representar siem- 
pre el mayor número de los nones, no sólo porque al mundo abordan 
mayor suma de hembras que de machos, sino porque las guerras, los 
duelos, los cataclismos, cincuentean al sexo feo. 

Es bien sabido que al otro mundo van más pollo3 que pollos; en con- 1 
secuencia disminuya el matrimonio, y es patente cuando aumenta la 
inmoralidad. Las feas sin gracia y sin fortuna tieneu que pelar la pava 
y llegar por vericuetos y sendas extraviadas al templo augusto del a- 
mor. ¡Ay, desgraciada la que nace fea! 

. Cuando una niña entra en la pubertad; cuando el desarrollo físico se 
aduna al de la inteligencia y al de los nobles sentimientos, be mira ro. 
deada de mozalvetes; presiente un porvenir expléndido puesto que á 
sus pies están multitud, de adoradores á quienes mira con indiferencia: 
es que el rapaz vendado no ha herido su alma: La niña escudada por 
el candor, vaga en las regiones de la poesí% entra en la órbita en que 
á las jóvenes les es dable despreciar á todos; blinda el corazón con una 
coraza de acero impenetrable; 6u bello ideal es la música, las flores, los 
perfumes; pero días vienen que no son los de la inocencia y en los que 
lo» perfumes ocasionan violentas palpitaciones, las florestas arrancan 
lágrimas y suspiros, y el sarao hace languidecer el alma á impulsos de 
un sentimiento para ella desconocido. Pasó la época de despreciar, se- 
gún el vulgar aforismo, y entra en la órbita en que su estrella le per- 
mite escoger en la pléyade de sus adoradores que disputan obtener la 
[>referencia; la sensatez, el gusto ó su capricho ¿á dónde conducirán á 
a adolescente que se inflama ya con un fuego sagrado, y que recibe 
con beneplácito la flecha inexorable que hiere su alma? 

Si del matrimonio se hace una cuestión de atri&r ferviente y apasio- 
nado, sin la intervención del raciocinio, pronto la venda de Cupido ve- 
lará la razón y tal vez el escrutinio no sea muy acertado aunque se es- 
toja entre lo bueno lo mejor para satisfacer el deseo más grato de la 
mujer, como es el de amar y ser amada. En cuanto á la felicidad futu- 
ra el cielo la niega ó la concede. 



235. ' 

8i la mujer es demasiado altiva para seguir despreciando en esa ter- 
cera época de su vida, porque en alas de su deseo va en pos de una for- 
tuna bonancible, debe perder toda esperanza, porque ha sonado ya la 
hora de entrar en la órbita cotórril, en cuyas regiones el amor es una 
sombra engañosa: su juventud languidece y se marchita; las lineas es- 
culturales de las mejillas y los pómulos pierden- sus graciosos contor- 
nos; se forman en las sienes lae aterradoras quebraduras del pié de ga- 
llo; y lo que fué sonrisa angélica, agradada por los nidos del amor, por 
labios sensuales y blanca dentadura, se convierte en risa inerte, sin 
animación, sin atractivo; se oye la voz áspera y gutural de la jamona, 
en cuya garganta resonó el timbre cadencioso del acento juvenil; el co- 
lor de sus mejillas se convierte en verdi-prieto; los hombreMEio la si- 
guen, no la buscan, no la admiran; se codean cuando pasa ante su vis- 
ta, y no falta quién, cerrando el ojo al compañero, diga con sarcasmo: 
fiesta es la misma: iqué pronto pasó sobre día la edad de las ilu- 
siones!» 

Lo mujer ha recorrido en una órbita espiral los signos del amor, co- 
mo el sofr corre por los signos del zodiaco? pudo despreciar, pudo es 
ooger, ahora entra en la constelación -del arrebata Muerta su espe- 
ranza despide el grito altisonante de tila mano ola vida,» asechará como 
el bandolero en la encrucijada al joven imberbe o al viejo achacoso; na- 
da importa que sea un bandido de la Calabria, un centauro, un corsa- 
rio, un pirata. 

No se diga más tarde que se descuida la ley de Moisés 4 los ísrraeli- 
tasc ti La donceMa ha gritado y no la han oida « 

No tratamos de troquelar en este tipo á las doncellas viejas que me- 
recen por sus virtudes la veneración y el respeto de la sociedad; ellas 
representan en la vida real la idea sublime del sacrificio y la abnega- 
ción hacia la familia: ha extendido sobre ellas sus benéficas alas el más 
paro de los amores, el amor al nific y al anciano. El sacrificio es la poe- 
sía coronada por la caridad, así como el egoísmo es el lauro victorioso 
de las almas pequeñas. Si tuviéramos que juzgar á estas mujeres por 
sus virtudes, seria preciso dívinalizarks, como en tiempos del paganis- 
mo; no las debemos tampoco juzgar por los vicios de ¡¡algunas que son 
la excepción, porque las profanaríamos. Algún filósofo compara con E- 
loisa á Santa Teresa, mirando al cielo. Pase, pues, nuestro tipo como 
una broma fugitiva de nuestra musa juguetona. No negamos que algu- 
nos perfiles de aquellas y los de nuestra heroína tengan, similitud; pero 
dofta Salutación Zamarripa es un carácter cuigeneris, y único el colorí* 
de de su retrato; es excéntrico, es poco común en la sociedad; pero si se 
hace un estudio en algunos círculos de la clase media, si se analizan las 
facultades y tendencias de algunas vetustas doncellonas ¡cuánta analo- 
gía puede encontrarse con la doña -Salutación ficticia de quién forma- 
mos una silueta! Ella vio correr sus cuarenta primaveras, y con ellas se 
fueron los homenages de sus contemporáneos. 

A ningún ser viviente hoy daría manazo, según ella dice, sin que ca- 
yera como de plomo aquella mano larga» cual ramal de disciplina, yer. 



236. 

ta par la escarcha de la edad, sin los efluvios vigorosos de unos años 
primaverales. . . . 

Sobre gustos nada hay escrito, y no faltarán viejarrones asmáticos y 
gotosos que quieran tibiarse en aquella forja femenil pronta á extinguirse. 
Montalvo casó en Segovia 
Siendo tuerto, cojo y calvo; 
. í* engañaron & Montalvo, 
Kjué tal estaría la novia! 

Doña Salutación ha reformado sus devociones; ya no lo es del Señor 
déla Esperanza, porque todo su amor hoy lo* tiene concentrado en el 
gato, que es la última erótica ilusión de la mujc^r; no abandona la at- 
mósfera del platonismo; no será sacerdotisa del culto de Venus Urania 
pero sí será sibila que interprete el oráculo de sus amigas, y se consti- 
tuirá en agorera del porvenir: sentará plaza de confidente ó de secreta - 
rianmi versal de las novias noveles, y escribirá sus cartas en papel -cu- 
yo símbolo sean- dos palomas unidas por el pico: en una palabra, forma* 
rá niatrimoniosá hu arbitrio. - - 

Aunque no le conste personalmente que se han efectuado foilagros, 
sabe que S. Antonio es intermediario eficaz para proporcionar á sus d«* 
vota» un buen marido, y hace la propaganda de Jo6 atributo* de aquel 
para enaltecer su culto; ante su vista ella se considera redentora cu- 
rando las llagas al leproso. - 

Ningún matrimonio por hacer, en el eual no ha intervenido, es bue- 
no ante sus ojos, y procurará que el demonio meta la cola en aquellos 
en que ella no la ha metido todavía. Sabe bien que til celo es un cohete 
á la Congréve para desunir dos almas, y lo ertciende, lo arroja y espera 
satisfecha el trueno gordo: si se entibia el amor en alguna pareja, hace 
porque se convierta en odio implacable, y redacta un uUimatum&\ no- 
vio, calabaceándolo; el infeliz novio, como el lego de la fábula» vé la 
luz, la luz y no sabe quién lleva la linternazos doña Salutación que 
maneja pfimorosapiente el tinglado. 

Para intrigas cortesanas serfe una alhaja de inestimable precio, por 
que husmea los acontecimientos, romo el sabueso olfatea la presa; eon 
hábil prestidígitación maneja los cubiletee; ni Meternich ni Bismark, 
amagaría!* pasteles mas suculentos en diplomacia como nuestra heroina 
loa eóndiAerita para forjar y deeforjar sólidas relaciones. Los alam- 
bres que ella mueve están tendidos de fc» estancia á la Iglesia y á to- 
das ^aquellas «casas donde Cupido envía sus saetas. . Miradla: sale del 
templo^ viene de', visitar altares, y cón-él rosario tremado en los dedos 
se hace lugar en todas partes; caerán en stis redes desde la niña gazmo- 
ña haáta la santurrona: desde la cotorrita znngandnnga hasta la beata 
casqtrtvatm. En cada* puerta forma un corriüb, ett cada reja un cuchi- 
cheo, y deja en todas partee el virus de la difamación saturado con el 
agnu* DeitiÁ htóopoj- 

^-Buenas tardes, Juanita. 

— N Dioa : la guarde, doña Salutación. 
. ^— No le pregunto por eú esposo porque anoche lo vi en el teatro; fie» 



237. 

ii . . ===== ■ =' 

chando con los gemelos á las coristas. Estaba sólito en su butaca que 
parece que ni es casado: para él son los placeres, los amigos que lo per- 
vierten, los chichisveos con las operistas; y la esposa sambutida en su 
rincón, aburrida hasta nomás. Mi vida los hombres quieren mujercitas 
como vd, que lleven J$ cr^z apuestas, ^in, Cirineo ¿i$e e^lico? Bien di- 
ce Concha, hay htfmbjrés SWÜQa por£us£)as fflú¡e&k $°U faenas. 

Doña Salutación se despide y continúa su camino, dejando la si- 
miente del disgusto en la conciencia de una esposa. 

—Adiós, doña Salutación. 

— Píichita de mí vida, ¿Cómo esta? ]Cómo ha de e&tar! Ya la estoy 
viendo, flaca y descolorida, apasionada" de ese tuno, que ni sabe el ta- 
soro que tiene con ese corazorieito. 

r— Üd. siempre de broma,- exclama la niña que ya la venir con su ba- 
ten l íi soltar una descarga, 

— .Calle, calle Pachita; si ni le cuento yo á Ud. Si nó sabré del pié 
que cojea el angelito; le anda buscando tres pies al gato; no sé que al- 
bor* ^o trae con la viuda del 23. — ;Cnándo cambiaba yo a una mucha- 
cha tan linda como es Ud. por una momia viviente como es ella! 

Y la Pachita siente el hárponazo de los celoe y se queda trinando co- 
mo los canarios. 

Esta ¡señora, diestra eri desatar nudos gordianos, hábil para forjar en- 
laces, no pudo -conquistar paru sí un quebradero de cabeza; y al recor- 
dar su pasado, al ver á sus amigas de su infancia entregadas á las dé- 
licias de la maternidad, coge á los hijos ágenos para suspirar y acari- 
ciarlos: en el estertor de su desgracia, en la decadencia de la edad, sien- 
te algo en el alma parecido aí remordimiento que le escuece, que la ato- 
siga, que le causa pesadillas en vano intenta lanerías de su memoria. 
Con uñ trabajo personal, asiduo y laborioso, cubre sus necesidades, á- 
yudándose con Jos presentes de sus amigos, como una oficnda á su me- 
diación y á sus servicios. En sus buenos tiempos pulsaba un poco de 
guitarra, mandando al viento su voz y esparele-nio gorgoritos, Hoy ba 
impuesto silencio á su garganta; bu Instrumento polvoroso y destem- 
plado, yace en un rincón de su alcoba porque la guadatía de la muerte 
rompió las cuerdas» un simbólico crespón cubre su vihuela y si canta, 
sé asemeja su acento k un maullido, ó a un clamor funerario. 

No es extraño que algunas doncellas viejas sufran metamorfosis; en 
el ocaso de su vida son insectos sin vértebras que se transforman en 
mariposas. 

Estériles para el amor, buscan entretenimientos cultivando la santu- 
rronería en loa templos que visitan á todas horas;adÓptan el oficio de 
niñeras cómo una. afición á los placeres maternales; no abandonan sus 
propensiones & forjar matrimonios, y recorren este camino con la fer- 
\ iente adhesión que se tiene al profesorado. 

¿Quién no conoce por esos mundos de Dios algunos tipos que encar- 
nan en el de doña María de la Salutación Zamárripaf Si la sociedad, los 
conoce, no pronunciará sus nombres, pero las señalará con el dedo. % 



238. 



Doña Estela Matutina. 



• ¿Qui¿n de mía lectores no ha tfdo hablar de ana dofia Estela Mata- 
tina, matrona de esclarecida estirpe, y que en materia de años ha logra- 
do tocar los 77 inviernos, 6 como ella dice, ha llegado a las alcayatas? 
¿La conocéis lectores? ¿la habéis Visto andar con paso lento, inclinándo- 
se á ano y 4 otro costado como fragata que combaten las olas irritadas 
del mar? Examinad su fisonomía; ved sus ojos pequeños y hundidos, 
centellar debajo de anos párpados convexos, y separados uno de otro, 

Cr un pequeño espacio o istmo qué se interpone entre sus dos lacrima- 
j. Admirad su porruda nariz de figura de pico de pato, donde cabal- 
gan un par de anteojos, y que la pinzan como si fuera la tenaza de Yul- 
cano: oid su vos semejante al graznar de una cuerva; vedla vestida de 
negro, ostentando del lado del corazón una primorosa granadita de me- 
tftl, insignia sagrada que la acredita como 1* hermana terrible de la ma- 
sonería de S. Juan Nepomuceno 6 de S. Vicente de Paul. Si tuvierais 
curiosidad de conocerla, no la busquéis en la socieJad ni en los paseos; 
do en las casas de los pobres ni en los círculos concurridos por los pro-, 
fanos. Buscadla en los templos, al despuntar el alba, oyendo cuantas 
misas puede; visitando después los siete altares, y rezando el Via-cru- 
CÍ8. Comulga y se confiesa el día 4 de cada mes en honor de la Virgen 
del Refugio; el día 7 á S. Cayetano padre de la Divina Providencia (?), 
el día 8 a la Purísima, el día 12 á la aparecida en el Tepeyac, el 19 al 
Patriarca, el 24 al Niño Dio?, etc., etc. 

No visita el hospital porque tiene miedo al contagio; no á los presos 
porque le infunde horror el crimen y ninguna compasión el delincuen- 
te; pero sí visita á su confesor de día y de noche; sabe cual es el padre 
3ue está de semana, y á quienes le tocan las confesiones de fuera; avisa 
e casa en casa cuando es día de ayuno, si es vigilia vedada y á qué ho- 
ra se pueden comer lacticinios. Buscadla en la reja de las monjas, y 
en todas aquellas partes en que pueda dar vuelo i bu genio retozón y 
entusiasta por lo que huele a Iglesia. 

Alguna vez tuve oportunidad de encontrarme con ella, y un amigo 
dijo á mi oído, con cierto estupor, estas palabras: njDfos nos asista! hoy 
nos sale todo al revés, y quién sabe si nos sobrevenga alguna calami- 
dad; nos hemos encontrado con doña Estela Matutina, y esta señora es 
ave de mal agüero. Así fué: veinte pordioseros nos pidieron limosna; 
cuatro borrachos nos detuvieron para pedirnos la lumbre, un faldero 
hizo festejos á nuestras pantorrillas; un colector de contribuciones puso 
en nuestras manos una cita, nos pidió explicaciones un sordo y después, 



238. 



| después. . . .¿oh vergüenza, oh desgracia! un mastín levantó su gallarda 
pata muy cerca de nosotros. 

Hay genios maléficos que presiden nuestras desgracias, como hay 
deidade* que protejen nuestros placeres; jamás esperemos algo bueno 
cuando esa santa matrona se atraviesa en nuestro camino. Al vernos 
ella oculta su fqz entre su oscuro y tupido abrigo, y contendrá su re- 
suello para no aspirar el aire que respiramos, y se santiguará para ale- 
jar de su contacto al mismísimo Lucifer. 

Pues bien, lectores, doña Estela Matutina se ha presentado hace po- 
cos días en casa, siempre con aquel aire santurrón que no abandona un 
momento, siempre con aquellos pasos cortos, lijerisimos algunas vece?; 
otras con los graves de magostad destronada, y sarandeándose á uno 
y otro lado. Al verla di un paso hacia atrás, y tal fué el terror que me 
causó, que para no caer tuve que apoyarme en el dintel de una puerta. 

— nAvo Mará Purísima! exclamó al entrar y me tendió una mano. . . . 
¡ay! una mano que mas bien parecía un racimo de dátiles. 

;— Señora, exclamé yo petrificado; tenga Ud. la bondad de pasar. E- 
11a ocupó un asiento, y permanecimos bastante rato mirándonos de hito 
en hita Mi sorpresa cada momento era mayor, pues no comprendía 
qué objeto podría conducir á nuestra heroína á trabarcon versación con 
un excomulgada Al fin rompió el silencio y me dijo: 

-¿-Conozco á Ud. muy bien; llevo relaciones con toda su familia, á 
quién quiero mucho. ¿Cómo no la había de querer si todos son tan bue- 
nos, tan religiosos. 

— Por Dios, Señora. • • . . . 

f—Tan virtuosos, tan caritativos. . . . 

-^Señora doña Estela. . . . 

-^Tan decentes, tan amables. ... 

•—Usted me favorece» usted me. . • . 

r-Tan amantes del culto, tan respetuosos con el sacerdocio, tan de 
buegas costumbres, tan. . . • 

— Virgen de los afligidos! 

— ¡No, no, no, no, nol Ud. es la excepción de la familia Por fuerza 
había de haber un judas en ese apostelada 

— vPero señora Matutina 

—¿Quién de nosotras las hermanas perpetuas de la vela no conoce á 
Ud.? Ud. se llama Buscapiés, Cascabel, Querubín, Fray Robustiano 
quién sabe cuantos nombres de toditos los demonios qae Ud. adopta 
para zaherir al prójimo en sus periodiquitos. 

Yo conocí que tenía que habérmela con una señora de tono y lomo 
y mq decidí al sacrificio buscando el medio de salvarme. ¡Santos del 
cielo, que chubasco! 

—No me agradezca Ud. la visita, Nosotras las que profesamos con 
mucha firmeza los principios católicos, hacemos también la propaganda 
y nos constituimos en conquistadoras de corazones empedernidos; qui- 
siéramos desbarrar las horribles manchas que ustedes han hechado á la 
religión. 

—Señora, Ud. comprende bien los deberes dé un buen cristiano. 



2Í0. 



— ¿Cristianol^-me contestó;-algo más; Üd. no debe confundir en una I 
sola frase el catolicismo con esas mil sectas del*rÍ8tianísmo,con las pro- H 
testantes, los anabaptistas, evangelistas; metodistas etc., etc.- 

-\¿ Hay alguna diferencia? 

^~¡Oh Sr. Querubín! ¿cómo no h&^e haberla' Ese es precisamente 
el grave mal que nos amenaza; los protestantes reparten sus Biblias 
plagadas de principios falsos, que van metiéndose en el corazón de la 
juventud y les pervierten el alma. Piearos protestantes! colgados los 
vea yo patas arriba. Y ese maldito gobierno que los tolera y los con- 
siente; y luego ese bellaco de Lerdo qne lo creíamos de nuestro parti- 
do, y que estuvo habiéndose gata mansa para que lo eligiéramos, y. cuan- 
do áe vio encaramado y firme nos dio la patada á los católicos. 

-^¡Oh Señora Doña Estela! conque ustedes las gentes de Iglesia lo 
eligieron? 

— Sí señor; ¿quién no se había de engañar cuando los liberale3 lo 
pintaban con bonete y corf sotana, y lo llamaban el Jesuíta? 
¡Qué quiere -Ud! los partidos no perdonan medio para desconcep- 
tuar á un candidato antagonista. 

—Hoy es nuestro .mayor enemigo. Echó fuera á las monjas; deste- 
rró á los pobres Jesuítas, proteje los cultos abominables, y le hadado 
el último porrazo á la religión con las leyes de Reforma! 

— Son las exigencias de loa partidos; son las exigencias de la civili- 
zación. *•:- ;j. \ - 

— N Y Ud. deberá ser protestante, perseguidor del catolicismo. 

— >>Yo, Señora Doña Estela, no soy perseguidor de ningún culto, sino 
al contrario, tolerante con todos. - . - • 

— Tolerante con todos, gran D\osl No Señor, no debe haber toleran- 
cia de cultos. • 

— N Bién; si no hay tolerancia; si nosotros los liberales somos como U. 
cree, enemigos del- catolicismo, Ud. podrá considerar cuan perniciosa 
sería la intolerancia que Ud. desea; á nombre de sus principios de Ud. 
poniéndolos en práctica, comenzaríamos por derribar los templos cató- 
licos; perseguiríamos á su sacerdocio; ahorcaríamos á todos los que die- 
ran muestras de profesar el culto. 

— ¿Eso más? {Impíos, inalvadosJ la religión no se perderá; ella será 
perseguida, pero ño veneida. 

— Yá Ud. ve, Señora Dona Estela, que hay necesidad dé poner como 
base la tolerancia ptfra que apoyada en ella subsista el culto á que Ud. 
rinde adoraciones. 

— ¿ Y cómo habiamoB de tolerar religiones falsas? ¿por que el Gobier- 
no las consiente? 

— El Gobierno no tiene alma que salvar; él tolera todas las religio- 
nes* sin meterse en calificar cuáles son las buenas ó las malas. Lo más 
que ustedes pueden exigir es que se les dé el amparo que se les debe 
dar> sin preferencias, sin odios, sin protección parcial y sin persecu- 
ciones. Oonsecuencia¿ señora, consecuencia con los ; principios liberales 
es lo que Ud. debe exigir; respeto á.lá Constitución y á lqts leyes, y es 
to es más 'de lo que Ud. y loa católicos necesitan.' : ' .— A 



241. 

— xüichosoá los pueblos que sé han levantado contra, loe protestante» 
y los han arrancado la lengua; ellos defienden su Religión de los ata* 
qtiexde los impíos. 

—¿Así comprende TJd. la moral católica, alegrándose con el incendio, 
la muerte y el martirio? 

— N Sí, de esa manera la comprando; arrasar á nuestros enemigos, per* 
seguirlos, exterminarlos, para que nuestra sagrada religión quede pu* 
rificada. . Ud. señor Querubín, es tino de los que han de ser sacíifii?ados 
si Ud. no se arrepiente, si no confiesa sus errores y hace pública peni* 
tencld. Pronto, muy pronto estallará lai ira de Dfos, y yo vengo á ek- 
hórtar á Ud. á que vuelva sobre sus pasos: á que no proteste Ud. las 
leyes de Reforma, y á que no haga Ud. caer sebre su familia' una man- 
cha indeleble. ' i 

■—¿Cree Ud!, señora, que el fanatismo llegue á invadir nuestros te- 
rrenos, y que inicie escenas sangrientas cotno las que han teñido lugar 
en otros pueblos? 

,-*Las habrá, si, las habrá, yo 1<> aseguro, yo ló deseo; y están toma- 
das todas las providencias. Ño quedará piedra sobre piedla como en 
Jerusalén. No está lejos el día de la justicia divina. ¡ Ay de vosotros, 
escribas y fariseos que colocáis el mosquito y os atarragáis una viga! 
Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que se salve 
un liberal. 

,—¿Un camello ó un cabello? Es preciso hacer esta aclaración. 

Mi paciencia había llegado á tu colmo; aquella beata frenética tenía 
cerrada su razón* y no era posible hacer penetrar un destello de luz al 
fondo de sus preocupaciones. A nopibre de la religión santa pide la 
sangre; á nombre de la caridad desea el exterminio; invocando la paz 
inicia la guerra. 

— Una palabra noraás, señora, le dije aprovechando el momento en 
que desocupaba su nariz de excrecencias provocadas por las lágrimas. 
¿No vé Ud., señora, que muchos católicos que para Ud. no pueden ser 
sospechosos de impiedad han protestado guardar las leyes de Reform a? 
¿Por qué, pi}é% los anatemas sólo son para los liberales? ¿por qué, eh 
igualdad de circunstancias, los odios que infunde la protesta han de ser 
para los liberales y no para loe conservadores que están en los puestos? 

—Por una razón; porque éstos han Solicitado permiso de protestar, y 
se los ha Concedido el Sr. Obispo; si ellos no son enemigos de la reli- 
gión ¿cómo han de serlo de los empleos? Además, tenemos un gober- 
nador tolerante, qmy tolerante, que permite que cada, uno proteste 6 
no proteste! que tolera las monjitas en sus eon ventos y á los sacerdotes 
con sus hábitos. ¡Ay Sr. Querubín! si no fuera ésto, ya estarían los 

{^observadores fuera de, los empleo* A mi me ha suplicado mi padre 
£onfe§or ?( el paíáre Chupamirto, que lo exhorte á Ud. á que se arrepien- 
ta, y, á que deje Etd. de escribir herejías en su Cascabel; á que deje Ud. 
en pa# i nuestro pueblo, sin estar sacando al balcóaá bus autoridades. 
Se cumplido ¿soa mi misión y me retiro. 

/—Me pemitír^ V&jim^ ^nwh^ipúbUcwilm ideas muy- san- 
tas y muy católicas, que Ud, me ha manifestado en esta veg? 



242. 

Olí i ■ i ■ ■ ni ii i ■ n i W i ■■ ■ i ■ ■ ■ « ili 

r- Si, -me dijo,- con tal que Ud. guarde el secreto. No será ésta mi 
última visita; jo y toda la sociedad católica, nos proponemos conquistar 
un liberal para ganar el cielo. A mí igfán Dios! a mí» indigna pecada 
i?, me ha tocado en sperte catequizar á Vd., Sr. Querubín; *-K<W pfe- 
cadcrazo' obcecado; á ÍTd.. cuja conciencia ha encallecido en la impie- 
dad; á Ud^i* fin, que tiene colmillos más grandes que los de un jaba- 
lí y espoloqes más largos que los de un gallo ronca 

r— {% Üd. piensa recoger algún (Jía el frnto? 

— Sí, con la ayuda de vios. El que no siembra, no cosecha; quién 
porfía, mata venado, y el que persevera, alcanza; una gota constante, 
agujera nna roca; y sobre todo, el hombre pone y Dios dispone, y no se 
mueve la hoja (¡leí árbol s^n la^voluntad de Dio*. . 

Estupefacto me quedé con el sermoncito. Aprovechaos de él, lecto- 
res; epandp y^ís cerca de vosotros & Doña Estela Matutina, 6 á otra 
de sus íieijm^nas, armaos de paciencia, porque 98 asediará, hablará á 
vuestro corazón con las amenazas queriendo imbuiros las ideas más ab- 
surdas. JF^lices vosotros ;oh liberales! si su visita no os atrae las maldi- 
ciones del Qielo y los odios de una sociedad fanática é intolerante- 



EL TAHÚR. 



Su carrejaran tos naipes, , l 

. . ¡Bu biblioteca, -baraja)», 

Su» oátedrfcs lo» garitos» 

í «na bancos de cambio eran ba'JbtoauB. 

Fra* G*RUNMO, 

M jugadora 1 * Ha aquí un típo social qué ubutífla en todo d ttiutrdo 
y que se le' encontrará á todas Was y eü «matesquiera circunstancia* 
de la vida.- ' 

•I . Jpltatafr ^profesión es tm hombre; ifie ¿bocece *l¡k tadusttri^. tíiéhe 

eversión al trabajo, y sería incapaz de vivir si VftJtlWi éu elemento 

. >qtoeíaon fep nadp^s. Acostumbrado k vivirá la ttáácHtóJ' pasa 'sus d&a 

. ida toa bufaros, «alus casas dé jnegó tñfá ^^úM^^Í fen tóúeftfté Ú¿¿ 

tes donde puede ejercer con buéñ éxítd sto WW^iVÁ' ¿Wíé¿i6& í '!'" '* J ¡ 



=f¿mc*MM*ft*ttt 



■ 



243. 

nombre de Sociedad aguardando qm? aparezca {ji^ ( inQfíetit,e pichón a 
quien desplumar; y si cae en sus manos un inéxppto, todoá $e agitan 
de placer, echan el vao ásu víctima, como el boa copgtríobor; se mues- 
tran oon él afables, desinteresados, y lo invitan i3 a S a * a )fyu : es sólo por 
pasatiempo. Todos le ofrecen dinero para comprometerlp, á cuyo fin 
no omiten bálagos á su vanidad. 

r- Br. magistrado, Sr, general, Sr. Doctor, ¿gusta. ^d, de divertirse? t 
aquí tiene Ud, asiento y fondos,— ^le dice alguno de I09 ¿siston,tes á ios 
garitos, sin perdonarle una sola letra de su dic^do. 

— Doy a Ud, laa gracias, amigo mío. ... 

Él tahúr que se oye llamar amigo por un pesonage, será $ú, panegi- 
rista wÁá ardiente; todos rodean á la víctima dirigiéndole invitaciones. 

— ¿Juega UdL trecillo? ¿muí illa? ¿conquián? ¿pecado? 

r ^ ¿Juega VA. tu Le? ¿reotoy? ¿mus? ¿malilla abarrotada? 

r— Señorea, nada juego; estoy indispuesto: padezco de jaqueca, cólico, 
dolor de muelas, dolores reumáticos, * 

. — ^Ya! ¡cómo en nlgu hemos d* pasar el tiempol 

¡Mil ^ i faltaran distracciones, nos morin'nmQS de laastíp. 

Cíida uno tiene su juego favorito, y en lo general ninguno ignoran, 
mucho menos la? trampas ingenios n a t|ue les ha enseñado U experiencia. 

Graciosas son las discusiones del jugador sobre el hopór y la buena 
fé; todos aborrecen el robo, y se morirían de hambre antes que tomar lo 
ageno contra la voluntad de .su dueño; pero dan un conejo^ (1) y no re- 
prueban esta manera de robar que está autorizada por sus preceptos. 

El jugador, según la moral que practica, es hombre de bien porque 
no roba a mano armada, aunque en cambio sea ebrio consuetudinario; 
entonces será hombre de bien borrachito; e& i(¡LÓneó t porque paga con 
puntualidad las deudas que contrajo en el jiiego, aunque sea omiso en 
pagar las contraídas en'otra sociedad. 

En su sentir, no hay hombres más útiles que los que se consagran á la 
ciencia de Birján. 2n el .garito se practica la verdadera caridad con los 
hermanos del cordón, pues no hay madre corto uup baraja. El mejor 
sistema de gobierno es el que tolera el juego, según sus máximas; el 
más tiránico el que lo persigue. Una' banca es el refrigerio del pobre, 
porque socorre sus necesidades; el pasatiempo del rico, porque esparce 
sus riquezas; la sal /a guardia de los gobiernos, porgue distrae á los re- 
volucionarios; la ilusión dorarla de los codiciosos, porque pueden enri- 
quecerse con un golpe de fortuna bonancible. Y yo, sin aspirar al tí- 
tulo de moralista, creo que el juego es nocivo sea eual fuere el lado por 
donde se le examine; es halagadora su provocación, y á todos nos sedu- 
ce, á todos nos agrada, cuando la fortuna nos manda sus favores; de- 
ploramos sus malas consecuencias ciando una judia nos ha vaciado el 
bolsillo, y ésto aun cuando ños pónganlos hájo el patrocinio de una Cruz, 
santiguándonos al comenzar tan buena obra. Un observador, un filó- 
sofo, acaso una víctima, ha escrito una obra profunda, eon el título de 

(1) Dar un conejo llaman al acto eje ver la carta que esta en la puerta 
de la baraja después de alzada, jmra verla con disimulo. j 



244. 

^Reflexiones para. después de haber perdido.» El título está fuera de 
quicio, porque las observaciones más filosóficas no reparan las pérdidas; 
pero el autor conociendo el corazón humano, la obcecación del jugador 
que sueña en la ganancia, esparce sus observaciones, las muestra el ra- 
ciocinio, cuando el hombre puede acoger con calma y con buen criterio 
verdades tan claras como la luz meridiana. 

La avidez del banquero, con la fuerza física de sus ventajas, con la 
fuerza moral que le dan su posición y capital, atrae como con un pode- 
roso imán la pequeñas fortunas, y más tarde las grandes. Si el rico se 
presenta en una casa do juego, alucinado con que podrá hacer una fácil 
ganancia por el equilibrio que establecen dos fortunas rivales, con apa- 
rente igualdad en los medios de defensa, posible es que pierda, si la 
brisa desf aborable lo combate de Heno; pero nunca sera dudoso su des- 
falco si á los rigores de una mala estrellase unen las mil ventajas que 
le lleva su adversario, siendo el dueño de la baoca. Lo más racional, lo 
n\jtó filosófico es considerar que un hado imparcial, ni benévolo ni ad- 
verso, preside sus destinos durante cuatro horas de jugar la suerte» ha- 
brá perdido tantos lances cuantos ha ganado, con iguales apuestas, y 
debería estar su fondo á la misma altura; pero no es así porque en cua 
tro ó cinco puertas, la banca absorbe el capital ¿qué será si un soplo de 
mala fortuna lo combate? Es un axioma de todos sabido, que nde E- 
nero á Enero el dinero es del montero. u Estas observaciones no son 
muy débiles junto á las que enseña cada día la experiencia al que ejer- 
ce su propensión á los juegos de azar. Noá proponemos sólo formar la 
silueta de uno de nuestros tipo3 sociales, especialmente de aquellos que 
siendo conocidos, es fácil de hacer bocetos. 

El jugador sabe qué pareja vive bien ó mal en su estado; sabe si D. 
Agapito es hombre (jne cumpla con sus deberes; si su consorte le da mo- 
tivos de disgusto; si ella le tiene prohibido jugar, y si llevará á mal 
que se le invite á capotear un torito. ¿Se ha descompuesto un matri- 
monio^ Pues el tahúr es el primero qué lo sabe, el que dará razón de 
lo acontecido aun en sus pequeños detalles; aventurará su opinión para 
el porvenir, porque tiene sus puntitas de profeta. 

[Cuantas escenas sangrientas! ¡cuántas honras sacrificarlas en la car- 
peta verde! Horabrei invulnerables á los embates de las grandes y de 
las pequeña* pasiones, cayeron humillados a los pies de una fortuna 
veleidosa para que les marcara la frente con el sello de la infamia y de 
la desnaturalización. Los juegos de azar han sido la provocación á os- 
curos y grandes crímenes, y los eficaces agitadores de aquellas pasiones 
que combaten al corazón humano. 

D. Cleofas Buenretiro, alias el aparecido, pues todos 6on conocidos 
con algún apodo, es hombre que ha hecho fortuna en la carrera birjá- 
nica á costa de otros que fueron sacrificados; viste con elegancia, y tie- 
ne sus amarres y sus influencias con encumbrados personagos; habla de 
tu a los que revolotean en las altas regiones del poder; conversa con 
los diploniátícos y condimenta pasteles para iniciar revoluciones. La 
fortuna en los naipes eleva el mercurio de su termómetro en la influeji- 
cia y es un augurio en el éxito de una revolución. 



245. 



Ahí está una mena rodeada de hombres qae fijan con avidez la vista 
en algún objeto; guardan silencio interrumpido sólo por el roce dé las 
cartas de una baraja; todos están pendientes del movimiento del gurru- 
pié; repentinamente se agitan, se oye un murmullo entre ellos seme- 
jante al que ocasiona un enjambre alborotado; unos rostros manifiestan 
alegría; otros desagrado ó desesperación; hiere el oído el retintín del di- 
nero, la voz da un regicida que mata al rey> ó la riña Con el que ha le- 
vantado un muerto. 

¡Dios los tenga de nu mano! De esa acalorada discusión resultará un 
duelo. Tal vez Buen retiro, mediando entre los contrincantes, los llama 
al órdeu y sentencia en favor de uno, sea cual fuere el grado de justicia 
que el otro tenga: desgraciado del que no se someta á su dictamen! que- 
dará con la nota de tramposo é insubordinado. Si el descontento es 
quisquilloso, arma una de Dios es Cristo; grita, blasfema, arroja el di- 
nero sobre la mesa aparentando desprendimiento, y prorumpe en dicte- 
rios contra "1 injusto juez é intrusos testigos; entonces todos lo calman 
infundiéndolo rebi¿uación: fundados son los temores de que la confla- 
gración sea general, y la fiesta concluya como l elrosario de la aurora, á 
gritos y farolazos. 

Supongamos que nuestro héroe aprendiera en su juventud un oficio 
ó profesión con lo que ganará una vida pacífica y honrada; pero probó 
las dulzuras de la olgazanería, disfrutó el deleite de la baraja, y des- 
pués de hacer sus estudios en la banca, practicado en los encierritos y 
demás fiestas birjánicas, fué recibido en- la facultad fulleresca por sus 
dignos maestros. 

Para adquirir el título de tahúr de profesión, es necesario: 

Saber amarrar un albur; la habilidad consiste en echarlos viejos y d 
la puerta. 

Hacer volar una carta de la puerta i la azotea* ó que baje con tra- 
moya sin que lo sienta la tierra. 

Pasar la carta con el auxilio de doña Cera-fina. 

Conocer por el marco el manjar y la carta. 

Tener buena vista para observar el pequeño punto negro con que á 
propósito se señala la carta por el reverso, ó para atiabar el barajo. 

Ítem más: una multitud de circunstancias, como son las de dobletear 
unapiea, pagar con puntualidad las cajas á canta gallo, y ser francos 
en la prosperidad para con los coetáneos en la adversidad, porque nhoy 
por tí y mañana por mí. r? 

Estos son tipos vulgares. Hay en la clase escogí da"otros que son lo 
afiligranado del arte, lo selecto de la sociedad fina que ejercen Rus fa- 
cultades en el misterio, en unas regiones decentes y aristocráticas. Es- 
tos no descienden á la cloaca del vicio, á los garitos ratoneros de juga- 
dores poco dinerosos: la gente decente es decente hasta bn sus livian- 
dades y sus fullerías son también decentes; por éso la hermosura ejer- 
ce gran fascinación para atraer al garito y al garlito aristocráticos af 
hombre acaudalado. 

i Cuánto poder han tenido siempre unos ojos negros! 



S46, 

Hemos descrito al tahúr en general; veamos ahora algunos ratgos 
do bu vida íntima 

D. Roque Precursor, alias el adivine, es un hombre de treinta y cin- 
co á cuarenta año? de edad; es casado y tiepQ cinco hijos» sin contar 
con algunos sobrinos; no se le conocen bienes, pero sostiene á su fami- 
lia con lvtjo y comodidad: su industria es la baraja. Eú preciso decir 
que all^ en otro, tiempo, sus padres se empegaron en que el muchacho 
había de aprender un oficio ó una profesión para adquirir honradamen- 
te la subsistenda, y determinaron ponerlo de apreddia en la áastrería 
del maestro mas afamado y rígido de la ciudad; < éste se comprometió á 
dirigir la educación de Boque hasta dejarlo perfeccionado en «1 arte y 
capaz de ser* útil á la sociedad; pero nuestro héroe, cansado de estar, 
hecho tres dobleces todo el día, hilvanando pantalones ó calentando 
pl&rtchaa, cobrando cuenta» envejecidas, y paseando muchachos* defcer* 
minó emprender otro arte de mas batios horizontes, y se hizo aprendiz 
de.sacriatin. Allí le esperaban nuevos trabajos; atizar la lámpara, ves- 
tir santos, encender. velas) esos sí eran ejereáck* duros en que lloran los 
bombree, y. se resolvió pon una carrera enJa qud sin afanes adquiriera 
un modo honesto de vivir. £1 continuo trato con los tahúres, la holga- 
zanería que le brindaba con sus halagos, violentaron su fieciáión y entró 
llepo de esperanza en la cofradía de Binan; hizo á yn lado las objetos 
de sacristía, como había abandonado la herramienta sastreril, y los re- 
emplazó con una baraja compuesta á^ judia y contra; se puso bajo los 
auspicios de un hábil jugador, quién le enseñó los principales lances de 
ataque y defensa, y eñ poco tiempo f uá-IX üoque Precursor un tahúr, 
terror de los inexpertos, capaz de rivalizar con los cósicos del arte. 
No tiene otra ocupación que jugar á todas horas; por la mañana deja la 
cama temprano, marcha álos centros de juego para ehar unas manilas 
de pecado ó de pókar, ésto es, eu «aso de que no se forme una. jugada; 
que si se inauornra a horas extraordinarias, él será el gurrv/pié^ de lo 
contrario celebra cada tahúr alianza oou sus valedores para auxiliarse 
mutuamente en raso de que hagan el papel de brujan; siJlegan A ganar, 
remiten la ganancia, previa una recompensa con el iná$. perdido, á la 
familia para cubrir bis necesidades del día. 

A la hora en que á £>. Roque se lepara el águila, que acierta cinco al- 
bures contrajudios, que paga sus deudas atrasadas, marcha luego á en- 
tregar á la consorte e} fruto de la ganancia: ésta hace sus abonos ep la. 
tienda inmediata, paga al aguador y cocinera, da alguna/* monedas á 
los chique los para golosinas.. se desempeñan las alhajas, y se celebra la 
ganancia con un baile. Fácil es coioc^r el día en que á un tahúr le ha. 
soplado el vienta de una buena fortuna* pues las niños satisfacen los 
apetitos atrasados; llaman al vendimiero y le compran toda la vendi- 
mia, igual co*a pasacon el nevero, la lechera y toda clase de voceadores. 
Transcurre el tiempo; si á 1). Roque no le ha tocado la suerte de ha- 
oer una ganancia, sigue el mismo método de vida descrito; procura sa- 
car del juego lo estrictamente necesario, y le es indiferente la educa- 
ción de sus hijos:, ellos siguen la misma carrera de su padre. 

Aunque hay ^ran variedad de tahúres, todos son de la misma espe- 



247, 

cié; la variedad consiste en que uno» van al garito sin blanca; otros son 
proyectistas que destinan un capital á luerar diariamente una entidad 
con que subvenir & sus necesidades, otros son banquero» que jMegaft 
con las ventajas de la banca y serán dueños de la* fortunas d» ¿H que 
por ser puntos se apuntan. ? • VT 

No sera, fácil bacer una descripción tan general que. en un solo cua* 
dro se presentaran bocetos d? |ps distintos pe^sojtyj^s qu$ vuelan al re* 
dedor de una fortuna siempre engañosa; sus veleidades los.oscufnbran 
á veqes hasta la abundancia* u. despieodeij & la, abyección de la indi* 
gencia. Hemos conoció nachos bapqu^ros.qije en poco tirapo se siir 
riquecipron, que trasmiten o sus descendientes! las riquesae adquiridas 
en los días de una próspera fortuna; maj» ao henaos conocido, tfn solo 
punto que.se salve dipl. pauíjragitf sft 1*^ bp^ascas d* 1* vida.. 

El talyur muere díyifydq i ¡sqs hijos, un iioipbre o#wo> y pQ* heren- 
cia su profesión perniciosa; su, memoria fs exceqrada por las familia? 
; cuyo patrimonio s&ijrjfipHroi* ¿us ávidos dedeos á au Ambición desme- 
dida. . -. , ■:!« '' 



Carta 6 "El Federalista.^ 



Br. D. Alfredo Babldt 
Muy estimado amigo: 



Méjico, AtyH 30 do 18,73. 



Considero xx>mo un comedimiento, <me ag^d¡e?co la carta quahfcitet- 
nido XJá, á bien dirtórme, solicitando perm^sqp^ publjpar Pfú bio- 
grafía, pues siendo Ud. escritor y yo tombr^R^bíjí^^st^jW- »)SP 
derecho para ocuparse de nri, aipi sin mi vblqjfi^^^ * t)(J s . 

Voy, pues, á dar á U(j. ¿Jgpoóp detalle* biográficos, porque infiero 
que será caricata la ménóim$d# biqgnfcfíar : 

Nací en C^villo,.qnéÍ E^clp {le Aguascaliwtop, *l 2J 4e En«ro de 
1839. '' Puede Üd. ponerme Repasa a#<» $p SfM* W l * W. toe . que re- 
presente). /'^ . • . , , ti ,. (¡íli , .. 

No secólo mi venerado ^adre júfo jnpaginár&p qwy*> tendría va- 
lor y aire maréial, y me m^(J4>l C¿J^9 J^ijÁtftr p^ftwidK^dqui- 
riera la ciencia de la guerra. ¡Dios'lo tenga én su santa gloria! ¡cuán- 
to se engañó el angelito! Japiás pude pasar de recluta. 

Fui artesatafó. * 

Fui industrial. , % 

Soy agricultor. 

Soy diputado. 

{Cuántos cambios de la inconstante fortuna! Unas veces, habitando 
en las cabanas de los pastores, comí la borona del destierro, y otras n*e 
he colocado en los palacios de los magnates. 

Admírese Ud! 

Me eligieron diputado al 3 ° y al 4 ° Congreso; después al 5 ° y al 



6 P Sv Dios y Calvillo no ío remedian, voy á dejar muy atrás á D. Benito. 

No tengo vicios. 

No tengo virtudes. 
; j No ten go ttden to. 

No tongo din to. 

La involución de Reforma me infundió ímpetus guerreros, y me lan- 
cé éelhi con bnen éxito. Asistí á varios combates y ñunGa supe lo qíle 
fué perder, pues parece que los escogía. El genio de la victoria diri- 
gía siempre mis pa*os; sólo me' tocó entar en las acciones que ganaba- 
mos los liberales, y nó en la* que perdíanlos. Salo me hace suponer que 
mi padre no tenía tan mal ojo. 

Fuf Sentenciado á muerte por una Corte marcial francesa, y grupos 
distintos de íuis buenos amigos me hicieron tres ataúdes; pero me en- 
comendé á las ortce mil vírgenes, á quienes tengo particular predilec- 
ción, y por ruegos de mis adorables paisanas pude salvarme. 

Sentí los primeros pujos de escritor, bomo dice Fígaro, y me arrojé 
al periodismo; me ocasionó muchos sinsabores mi nueva vocación. Fui 
víctima de la ley Otero y de la ley "Lafragua, en cuyas telarañas se a- 
prisionan los mosquitos pero no los moscardones. Visité con frecuen- 
cia la cárcel, y la prisión solitaria fa^^A lugar de mis meditaciones y 
de mis remordimientos. Nadie siente los horrores de la tiranía sino 
cuando ésta nos hiere de cerca; por eso .inicié en el Congreso se decla- 
rara orgánica para la prensa la ley de Zarco que actualmente rige. 

En busca de gloriosos lauros ensayé Ja, literatura dramática; escribí 
varias piezas teatrales, y al ponerse en escena una de ellas en esta Ca- 
pital me dieron una silva... ¡qué digo! ¿una silva? me pegaron una silba- 
da que todavía no vuelvo en mí del sofoco. No tuve ni el recurso de 
«charle la culpa & los cóinicos, porque es camino trillado. Mis amigos, 
capitaneados por Joaquín Aléatele, me aplaudieron! y acabaron por ¡co- 
ronar la obra, pues olvidaron aquello de 

Alabanza no merecida 
Sólo es sátira escondida. 

Sepa TJd., Sr. Bablot, que soy miembro del Liceo Hidalgo, y estoy 
postulado para serlo de la Sociedad de Geogafía y Estadística. Si la 
fortuna no sigue esquiva, como hasta aquí, no sé á dopde podré ir á dar. 

> Donde quiera que me enctientrp, yo saludaré á Ud., Sr. Bablot, con 
la estimación qué siempre le ha profesado su amigo y servidor 



Jjsús F. Lópxzt 




i 



ÍNDICE DEL TOMO I. 



advertencia....... 

Í\los lectores; 
^presiones de viaje. Fragmento de mp meiriorifs 
Desahogos humorísticos. A vuela pluaia. T 

El Cucharón ,..,.,.......; 

J^que al rey. Saínete "pdKtiéb-bttrlésbó; 

I# Tenia... 

ÍJJ León agredido. ( Apólpgo) 

Los avesiínicéáy ei erario: . . 

uLa Instrucción del Pueblo .■ . 

Historia del ..Siglo XIX... 

Historia de ., El Monitor Republicano... 

Economías 

La ciencia aplicada á la administración. 
La Teoría de Darwin. 

Las Golondrinas 

El Talento de los brutos. 
La Linterna mágica. 
¿Escándalo? ¿Por qué?. 
..La Voz del Pueblo» . 
Títeres. Primera tanda. 
Títeres. Segunda función. 
t.La Linterna deDiógenes... 

Tiros al blanco 

La Peregrinación 

Carnaval 

Un tiro á q nema rop a. 




i -4 é . • ¿ 4 #* • ■ 



Tipos sociales. Las niñas Armengol 

•La Visión do Fray Junípero 

• Sermón predicado por el Reverendo Padre Fray Robustiano 
de las llagas del Divino Redentor 

Juego de Prendas 

Gasa de Orates, tragi-comedia- mimo-dramático-sentimental. 

Juego de treinta y una 

Las yolas y el Municipio . . . . , 

Justicia seca y reseca 

Crepúsculo boreaL Nuestros propósitos 

Pan y Toros . . 

Las recuas de Antaño *. , 

Contestación á una carta de un señor Bautista 

Contestación á otra célebre carta del mismo señor Bautista.. . 

Ya pareció lo pendido. . .-» --^ . . ,-.-*-. * • 

Catalepsia. ».. .v. *••:;•* .4 . t , .•-/. - • J 

Lo que va de ayer á hoy. Entremés. 

La vida parlamentaria. Zarzuela 

Los partidos personales , 

Las altas regiones. Saínete 

? Verdades ocultas 

Qui qüíri qúí.'.V. ...... V. ..... . .« .' 

Propósito firme..,. .'...".'.'.'...*.,.-.".". . . -. !.'.'. '. . "., 

Historia natural Animales inofensivos 

El cerró dé las fórturiaaj. • 

Los caballos de* brío y los caballos dé los lecheros 

Garrotazo de ciégó v 

El cuitó á Satanás.*... .... .7. . . . . ..' 

Tipos socíaléá " üoña María de la Salutación Zamarripa. , . 

í)oñá Estela Matutina.'.'.'. 

El Tahúr: .i:;::..:..:.:.::::::.: ........ fi ... 

Carta á „E1 Fódóralístáii. . . . J . . ...;... ., 



■ Y* * ' 



136- 
142- 

145. 
151. 
154. 
158. 
161. 
163. 
165. 
171í 
172. 
174. 
178. 
182. 
183. 
187. 
192. 
196. 
200. 
205. 
208. 
210. 
214. 
217 
221. 
225. 



232. 
238. 
Ó42. 
247. 





a 



Colección de artículos literarios y humorísticos; Morales, Filosóficos. Críticos, Biográfi- 
cos, Discursos, Peroraciones, Viajes, Costumbres, Revistas, 
Novelas, Dramas, Comedias, Soliloquios teatrales 

POE 

QUERUBÍN. 



SESO SE AGUACHENTES EN TESTIMONIO SE GRATITUD, 
TOMO SEGUNDO. 




AGÜASCALIENTES. 
IMPRENTA DE EL ÁGUILA.— PRIMERA DEL OBRADOR NUMERO 20. 

1897. 



süiYAS fisoraoAs. 



LA SOLEDAD. 



Por estos verdes campos, trepando, riscos escarpados, vagan, siervos 
.que buscan el frutó del itumzajii)lo¿ la* hojas del alholva y la sombra 
dé'lps madroños, cuyo' foll^ge f se pierde entre las nubes. Las madre- 
selvas t^jeti redes vistosísimas, y los arroyos murmuran con suave en- 
tonación. ., ; * 

,Bajo esas impresione^ melancólicas entregaré á las auras las quejas 
dé pu alma pesarosa; mezclaré los lamentos que arranca el dolor con 
los suspiros de la .brisa y con los arrullos de la tórtola • 

Los objetos que me rodean disponen el plma á la meditación; el pen- 
samiento recorre por los días que ya pasaron. Bello es escuchar el gor- 
geó de las aves cuando hacen oscilar las rawias sobre las cuales repo- 
san cuando el corazón no sintió los dardos del infortunio, sorprender 
á los pájaros que anidan entre zarzas, escuchar los trinos del zenzoníle 
que interpretan nuestros afectos; ¡cuín impórtente es escuchar el susu- 
rro de la Naturaleza, el mugir del toro que husmead viento, de las .fie- 
ras el rugido que se trasforma en melodía y que reproduce en sonidos 
cadenciosos el eco de las montañas! Esos días cruzaron como meteo- 
ros, dejando en mí gratísimas impresiones: así la Primavera,, al despo- 
jarse de sus galas, deja huellas de su paso, simbolizadas en las flores 
marchitas y en las hojas secas. , 

Un hado fatal me arrojó á este sitio para contemplar un cielo jai», 
azul, y en el que las ondulaciones de los montes repiten mis cantares» 
Al caer la tarde yo descanso sobre el musgo; el relente, precursor de l& 
noche, refresca mis sienes como humedece los cálices de las, florep; m£t 
adormece el zumbar de ios insectos vespertinos, el chirrido de la ciga- 
rra, : y. el canto crepuscular de algunas aves. Con los últimos destellos 
deí.sol^que se oculta, viene a la fantasía la imagen de un ser querido; 
su sonara es \m amparo, mi única compañía, el sólo pensamiento que 
me recrea, en la soledad. 

Brilló mi dicha y despareció, como el relámpago que brilla en el O- 
riente j $e oculta en el Ocaso; desde entonces recorro estas comarcas j 
cual yjagero perdido en el desierto; es mi vida una noche lóbrega y e- 

1 terna, en que no se percibp el fulgor de algún lucero. Felices los hom- 
ares son si reciben los consuelos de la amistadeuando Imbitan estos pá- 
ramos tan llenos de misterios. Las viageras golondrinas anidan en las 
molduras que conservan el techo de las cabanas arruinadas, como si e 






lias también anhelaran el silencio de la soledad para recordar los paí- 
ses lejanos en que lian revolado; ellas animan con sn algarabía aque- 
llas praderas llevando el sustento á sus polluelos; recorren las selvas 
como flechas y se mecen sobre los abismos; el rocío humedece sft plu- 
inage como humedece las jerpas de la vid silvestre. 

Aquí soñaba un Edén; aquí me seducía la esperanza, único halago 
que no tiene fin, y con el que nos brinda un destino acerbo. Hubo un 
tiempo en que la voz de ese ser querido llegaba á mí, abriéndome los 
horizontes de una felicidad inefable; por altiraa vez le vieron mis ojos 
en una tarde apacible á la que siguió la nocturna umbría. La tempes- 
tad «nvolvía á la tierra entre su manto; era imponente su rugir y lívi- 
do su destello; allí escuchaba la voz de Dios y veía su mirada exten- 
derse hasta la aurora si el estruendo pavoroso del rayo resonaba en la 
comarca. Yo la percibí á la luz de los reláímpagas, aérea, pura, snMi-. 
me, cual las nubes que se levantan de los mares; su acento ya no reso- 
nó en mis oídos argentino como otras veces; desde ese instante inclina 
mi frente al peso del dolor, y recorro estos campos á manera del sier- 
vo que herido por una flecha recorre los sitio» solitarios. 

Ven, pues, á mis labios, nombre armónico y divino; el recuento de 
tus bondades me inspirará pensamientos melancólicos. Oh! si las ilu- 
siones que cruzaban por mi mente hoy las hiciera brillar un destello de 
aquellos ojos! si llegara de nuevo á mi oído aquel acento, suave como 
las notas del zampona pastoril [cuántos encantos esparcirían en su de- 
rredor estas colina», silenciosas! Entre las quiebras de las montañas, 
en el seno de esté bosque, me entregaré á mi dolor y nadie será testigo 
de mis lágrimas. 

Cuando el canto de las aves venga á sacarme de raí letargo, estará fi- 
ja en mi fantasía, como aquellos pensamientos que se mecen en las on~ 
das de una aliña melancólica; si es feliz me enternecerá su dicha; la ir- 
dea de su bienestar tornará en agradables aún los páramos agrestes; 
mentalmente asistiré á las escenas que forje en su deliciosa estancia: 
¡qué poético será ese silencio solo interrumpido por las cascada»! ¡qué 
armoniosos los sonidos de la Naturaleza! ¡qué misterioso el soplo del 
huracán cuando agita las florestas! Las aves prorrumpen sus dulces 
himnos si mis labios articulan su nombre; cuanto me rodea tfae k mi i 
memoria aquellos días en que juntos recorrimos estos ribazos, anima- 
dos por i>n afecto inextinguible. 

Nombre adorado, pensamiento inseparable de mí memoria, no me a- 
bandones; mi boca te pronuncia cuando contemplo del torrente las on- 
das espumosas; cuando la noche recoge los rumores de la selva; cuando 
la aurora inspira á las aves sus amorosos salmos. A los arpegios de los 
cantores alados de esto» desiertos, irán mezcladas para tí mis salutacio- ; 
nes; sí llegan con beneplácito k tu oido, volverá la paz al corazón y la 
serenidad al alma mía; hoy responde solo k mis quejas el estruendo de 
las cascadas, el gemir de lo» zefiros al cruzar por el follage de los ár- 
boles. 

Venid, pues, dulces recuerdos de perdidas esperanzas, brotad en mi 



3. 

memoria á la sombra de estos madroños y derramad en mi espirita la 
agradable melanoololía. 

¡Dios mioi que no se extingan en mí estas gratas reminiscencias; que 
no olvide aquellos días en que juntos visitamos estos vergeles. 

Si los recuerdos son el perfume de las almas, permite que la mía 
bendiga su nombre cada vez que la soledad me extasié con su silencio y 
el bosque con sus plácidos' rumores. 

Octubre 7 de 1862. 



UNA CONFIDENCIA 

Para el Álbum de una Señorita. 



i. 

Quiero escribir en tu álbum un recuerdo; quiero dedicarte una bibra- 
ción pasajera de mi lira, un pensamiento que simbolice mi amistad: es- 
tas líneas serán únicamente la espresión sincera de mi afecto. 

Cuan grato es encontrar en el sendero de ia vida un corazón don- 
de resuene el eco de nuestros lamentos, una voz que mitigue nues- 
tros pesares, que derramo en nuestra alma, herida por el infortu- 
nio, nn bálsamo consolador; el pecho, inflamado por uu sentimiento ine- 
fable, desea depositar en el seno de la cordial amistad sus tribulaciones. 

Cuando te conocí por la vez primera; cuando el destello de tus ojos 
fué á herir los mios, pude ver en tu semblante un no sé qué, signo de 
bondad que me acercaba á tí; yo descubrí en él un sentimiento de ter- 
nura; el destino me privó en muchos días el verte, y aquel fugaz pen- 
samiento quedó adormecido en el fondo de mi pecho, hasta el instante 
en que el fuego de tu bondad lo reanimara: yo estuve á tu lado, y des- 
de luego sentí el deseo de confiarte mis secretos, esos secretos íntimos 
que solo se depositan en el seno de la verdadera amistad. 

¿Qué misterioso sentimiento me acercaba á tí? Cuando te presenta- 
bas á mi vÍ6ta, mi alma se complacía; mi corazón latió con violencia, y 
un júbilo secreto me animaba; el signo de la indeferencia aparecía en 
tu frente, y á pesar de esa repulsa jamás te vi sin conmoverme. Qué, 
¿esa languidez de tus miradas y el seductor conjunto de tus facciones 
ese encanto de la juventud habría avasallado mi afecto y sometidolo á 
su mágico, irresistible poderío? ¿Te amaba acaso con la esperanza de 
conquistar tu amor y ofrecerte el mío como una respetuosa ovasión, 
como una ofrenda? No, mi amor no puede pertenecer lícitamente á o- 
tra mugcr; ¿qué misterioso sentimiento me acercaba á tí? ¿Esa aureola 
de simpatía que te rodea, humilló á tus pies mis afecciones, obligáudo- 



■ . ^^ r~— - 



;Ks el amor ó la aniis- 



mo á depositaren tí mis 6entiin ; ^ntos íntimos' 
tad quién me impele hacia tí, p¿ua, n.o u* • .; * 
consuelo? 

Créelo, niña, es la amistad sincera; loe desgraciados sufren sin que 
nadie compadezca su desventura, y esta suele ser objeto de desdén para 
ij 106 indiferentes ó los dichosos; para todos los 'que, rebosando la felici- 
dad, gozan de las delicias del presente: mas otro corazón herido por el 
infortunio los comprenderá, latirán igualmente, obedeciendo á un se- 
creto imperioso mandato; yo he creído descubrir en tu semblante un 
tinte de melancolía; ¿eres acaso desgraciada? ¿Es solo una ficción el 
júbilo que manifiestas en el sarao? Cuando tu voz reproduce/ las su- 
blimes concepciones de Vei % di ó de Bellini, esparciendo en tu derredor 
un encanto indefinible; cuando esos acentos van á perderse en el espa- 
cio como los dulces sonidos de un salterio, ¿tu alma los envía á un lu- 
gar lejano, ó quieres que al repetirlos el eco resuenen en él fondo de li- 
na tumba? ¡Ahí esto será siempre un misterio * para lo£ que te tribu- 
tan adoraciones. ¿Eres acaso desgraciada? Ven, pues, á mi lado; nos 
consogremos mutuamente: escuclui uu rasgo de mi triste historia. 

íi. 

Niño aún perdí á mi madre; mis labios apenas balbucían su nombre, 
(mando se hundió para siempre en el sepulcro; no disfruté jamás sus 
dulces caricias;- soló por instinto adoro su memoria. » 

Nina, tú que eres feliz teniendo una iriadre, explícame lo que es ese 
sublime afecto; dime si el corazón algunavez, amortiguado por las pa- 
siones y los desengaños, sería susceptible 1 de olvidarle como sucede coii 
otro cualquier mundano amor; ditné si ese afecto se alberga para siem- 
pre en nuestro pecho, ó si es cual are pasajera que descansa sobré una 
roca, levanta su vuelo silenciosa, sin dejar memoria de su existencia; 
dime si el alma, al perderle, languidece para siempre; si el pensamien- 
to, ligero cual négi¡a mariposa, vaga errante por todas partes en busca 
de ua bien perdido, y si va á reposar al fin sobre la loza fría de algún 
sepulcro; dímelo, pues; yo ño sé lo que son esas delicias; un vacío horri- 
ble* ocupó tai' corazón hasta el momento en que el áftgel de los amores 
pulsó junto á mí su lira cadenciosa. .:...«» 

ni. 

Mi corazón sintióla necesidad, de amar; mi afecto, puro como los sen- 
timientos de un niño, se fijó en una muger hermosa que ha Ueftado 
constantemente mi memoria: desde el día en que resonó en mi oído sú 
voz, dulce como las vibraciones que produce el arpa de los poetad; 
desde el instante en que mis. ojos fueron á, revelarle el fuego sacro qne 
había en mi alma, solo viví para tributarle un culto; á todas partes la 
siguió mi pensamiento, ya se deslizase fantástica y ligera como una ma 



_5. _ 

ga al compás de una música sonora, ó ya se ocultara á mi vi.sba, rápida 
como exhalación que cruza por el firmamento Allá en ese México en- 
cantador, se encontraba Celia radiante de hermosura; allí fue donde la 
conocí, y donde los dulces arpegios de su clave exaltaban mi fantasía. 
¡Cuántas veces en el silencio de la noche, y al resplandor de la luna, 
fueron á disipar mi tristeza los acentos de una música lejana! Sus ar- 
monías resonaban en mi corazón, porque Celia las producía, porque pa- 
ra tributarme un recuerdo tocaba con entusiasmo la aria hermosa "Cas- 
ta-d¡va.. . .fi 

Un día fué preciso alejarme de su lado, abandonar aquel sitio donde 
se quedaba mi dulce bien. Después de doce años de ausencia, aun es- 
taba fija en mi memoria; mis labios pronunciaban su nombre con vehe- 
mencia, pues vivía sólo para adorarla Yo vagaba en la soledad ator- 
mentado de mis recuerdos; su voz la oía en el arrullo melancólico de la 
tórtola, ó en los sonidos misteriosos de una naturaleza salvaje. Una 
tarde, después que el sol había desaparecido en el Ocaso, cuando se a- 
golp&ban á. mi mente los recuerdos de otros días, llegó á mi oído un 
dulce trino. ¿Era su argentina voz que venía á consolarme en mi sole- 
dad! ¡Bella ilusión! Un zenzontle morador de aquellas florestas, y que 
abandonó su Jaula, cantaba en dulce melodía algunas notas de nCas- 
ta-diva ...... n 

¿Melifluo cantor de las colinas! Tú ser&s mi compañero en la soledad, 
y el confidenterde mis amores; sigue entonando esas notas melancólicas 
que tienen para mí tantos recuerído» 



IV. 

Allí esta México con sus torres magestuosas, sus magníficos palacios, 
sus hijas llenas de encanto y de voluptuosidad: allí está la joya del 
Nuevo Muiído, donde el viajer*. se detiene para admirar las maravillas 
del arte y de la Naturaleza; alL está como la reina del Adriático, asen- 
tada sobre un lago de plata, adormecida por los cantos sibaritas de los 
bardt>s. Mi corazón se conmueve al contemplarla y le saluda con efu- 
sión, con el júbilo del desterrado que vuelve á pisar el sucio de, su pa? 
tria Aquel es Chapultepec; aquel su bosque pintoresco, y su poético 
castillo, que se proyecta en el azul purísimo del cielo; ahí están sus jar- 
dines y sus albercas, donde yo pasé algunos días de mi juventud, entre- 
gado al estudio, y recreando mi imaginación con gloriosas esperanzas: 
allí está el florido valle de México, el cerro de.Tepellac y las monta* 
ña* de nieve eterna; todo, todo me recuerda la edad dichosa de mi ado- 
lescencia, cuando contemplaba mi porvenir como un. panorama.dejicio- 
so, y mí alma sonreía deslumbrada por un destello de amor* ¡Celia! jCe- 
lia! tú me hiciste percibir en los días flo^idos^de mi juventud los prime- 
ros ftilgóres de mi felicidad, y hoy causas mis , primeras impresiones 
cuando^ distingo, lejana todavía, esa ciudad herniosa, A* .cada, instante 
que corre,, á cada paso que doy,' me parece que ese lugar donde habitan 
se aleja de int como si rehusara recibirme en su recinto. ¿Será esto un 



augurio fatal ? ¿Habrás olvidado mi amor? ¿Conservarás al menos un 
recuerdo de quién te amó con delirio, de quién tiene tu imagen en su 
pecho, cual lucero que centellea en el fondo de una fuente? Y o he pa- 
sado las horas tediosas de la noche pensando solo en tí; he sacrificado 
mi sociego por conser/ar tü memoria á través de tantos años: desde que 
me separé de tu lado, el mundo se trasformó á mis ojos en un horroro- 
so páramo; y si alguna vez fui al templo á buscar los consuelos de la re- 
ligión, solo era para pedirá Dios derramara sobre tí inacabables dichas. 
Hasta hoy ha embellecido mis días una esperanza: ¿se disipará mañana? 
¿Será mi existencia en lo venidero lo que hasta aquí, la prolongación 
continua de una noche nebulosa y triste? A trueque de perder cuanto 
me sea grato en el mundo, no querría ver realizado este presentimiento. 



En el teatro vi á'una muger en cuyo semblante se retrataba la tris 
teza, y cuya rápida emoción disimuló; un hombre oue estaba a su lado 
llenaba, al parecer, las atenciones de un esposo. Nuestras miradas se 
encontraban alguna vez, é iban á fijarse en un objeto indiferente. La 
orquesta con sus mil notas hizo resonar por los aires sus armonías á la 
voz que una criatura angelical, un ruiseñat* irlandés, transformada en 
Profetiza de Irminsul, entonaba esas divinas notas de Bdlini que infun- 
den á nuestro corazón tiernas emociones; era Inés Nattali que avasa- 
llaba ante sus pies á su auditorio, al Universo. todo, cuando escuchaba, 
ledo de admiración, sus métricos cantares. Un coro de sacerdotizas, o- 
bediente á sus mandatos, se postraba al rededor de la roca druídica, y 
Norma, la sibila de las Galias, la que en otro tiempo dominó bajo el ce- 
tro de su amor á un altivo guerrero, dirigió á la luna un himno de ado- 
ración. 

La nota primera de aquel canto sagrado fué á traspasar, cual una fle- 
cha, dos corazones: una muger inclinó su frente al peso de los recuer- 
dos, y dejó correr por sus mejillas una lágrima que fué á perderse entre 
las albas blondas de su vestido; esa muger era Celia; era un ángel conmo- 
vido por el lenguaje apasionado de la música .... íiernísima muger! 
¿ Alguna de esas lágrimas sería consagrada á mí? Por la primera vez du- 
dé: ¡cuántos martirios sufrí esa terrible noche! 

VI. 

Al día siguiente me dijo un amigo que Celia hacía tres años se ,ha- 
¡ bía casado. 

r- ¿Es feliz? le pregunté sintiendo el alma desgarrada, y después de 
1 un momento de silencio. 

Aquella persona comprendió mi dolor, adivinó mi secreto, y por eso 
tal vez esquivó darme una contestación. 

Desde ese instante México me pareció sombrío, puév se habían desva 
necido de un golpe las ilusiones mas brillantes que ocuparon desde ni- 
ño mi fantasía. No quise permanecer más tiempo en aquella ciudad, 



r. 

temiendo un encuentro casual é inesperado con la tnuger á quién to^to 
amé, que amo todavía; sí, ella vivirá en mi memoria hasta el último día 
de mi existencia; el recuerdo de mi primer, de mi desgraciado amor, ira. 
á consolarme en mis horas de tristeza; su nombre, su adorado nombre, 
lo repetiré siempre con ternura, y sera la palabra última que el soplo 
de la muerte hiele entre mis labios. . * «¡Celia, Celial ¡-Dios mande so- 
bre tí sus bendiciones!! 

¿Quién olvidará jamás á Ja muger que infundió en el alma tm pri- 
mer afecto? 

VIL 

Tal es la historia de mi amor, ¡oh niña! Conserva pues, en las pagi- 
nas de tu álbum estas tiernas memorias, llores marchitas de mi espe- 
ranza; y si alguna vez éstas líneas llegaren á manos de esa muger para 
qií tan adorada; si movida de un sentimiento de piedad te preguntare 
| por mí, dile que, surcando los tempestuosos mares, atravesando las mon- 
tañas más escarpadas, voy en pos de la gloria, cuya magnificencia algún 
día restaurará á mi corazón su felicidad perdida* 

Setiembre de 1871. 



EN ELTIVOLI. 



¿Cuan tiernos son los sentimientos que conmueven mi alma! cuan gra- 
tos serán también los recuerdos que lleve para el porvenir en este día, 
aniversario de mi natalicio! Donde quiera que me arroje la variable 
fortuna, ya sea á los suntuosos palacios donde moran los magnates ó á 
las chozas miserables donde habitan los pastores, la memoria de una fa- 
milia adorable irá afijarse para siempre en mi corazón agradecido. 
¿Qué me importan los honores y las riquezas, los halagos de la gloria y 
las seducciones de la inmortalidad, cuando disfruto en el seno deinis a- 
migoa momentos tan deliciosos que arroban mi alma, exaltan mi fanta- 
sía y vienen á inspirarme solemnes pensamientos? amistad! sublime a- 
mistadt sentimiento divino que espiritualiza nuestra existencia y la a- 
semeja á la inefable dicha; sentimiento mágico que borra el tódio de la 
vida y á nuestra alma la circunda de bienandanza; amistad! sublime a- 
mistad! con todo el entusiasmo que inspirarme puede tu adorado nom- 
bre, yo te bendigo 

Yo te bendigo como el único consuelo en mi infortunio; porque el 
viagero errante que en su peregrinación encuentra un techo donde hos- 
pedarse, jiña fuente donde apagar su sed y una mano que estreche la 
suya con efusión, bendecirá su destino, latirá su corazón al venir á su 
memoria ese recuerdo, y asomará á sus ojos una lágrima de gratitud 



8. __ 

que lenta rociará por sus mcgillas. A¿í yo, amigos carísimos, al reco- 
rrer cansado de tedio y de fastidio el sendero de la vida, encontré en él 
seno de esta familia, consuelo, favores, felicidad: yo conservaré su re- 
cuerdo en mi corazón hasta el último día de mi existencia; y si atrave- 
sando las montanas y los espumosos mares, el destino me arroja á re- 
motas tierras, lejos de mis deudos, de mis compatriotas y mis amigos, 
exhalare un suspiro para mi patria, siempre le acom ñafiará otro que 
consagraré con toda la efusión de un coraqpn agradecido, á lds objetos 
que en este día tantas pruebas me han dado de su ternura. 

Estos, son, amigos míos, los afectos que habéis inspirado á mi alma; 
.¿podré lisongearme de ocupar un lugar en vuestro corazón? me halaga- 
rá la idea de que me consagrareis un recuerdo cuando me encutre dis- 
tante de este sitio. 

Acaw no esta lejos el día de mi partida; yo volveré á rtií'pátriá de 
donde me he separado temporalmente; iré á aquellas soledades dónfle 
pasé mi infancia; allí, donde me extasiaba contemplando el pasado Re- 
vocando las impresiones que México me causó en otros días tan felices 
como estos; allí donde el arrullo gemebundo de la tórtola y los trinos 
cadenciosos del gilguero contribuyen á languidecer mi fantasía; allí, en 
el seno de aquellos desiertos donde se escucha formidable di mugir del to- 
ro salvage y el áspero chirrido de la cigarra; allí, donde el ruido de la 
cascada y el dulce suspiro del aura van á inspirarme pensamiento» 
melancólicos, allá irá á consolarme en mi soledad el recuerdo de vues- 
tras bondades, y esos recuerdos serán un bálsamo para el corazón que se 
encuentra lacerado. lOuán glande séríá mi placer* si en aquellas horas 
llenas de fastidio que pesarán sóbtelnf como las amargas de la existen- 
cia, van vuestros recuerdos á cambiar mi situación, á tornarme en agra- 
dable aquellos áridos lugares donde yo he pasado los años tediosos de 
mi juventud. Yo entre tanto, rogaré al Señor, que derrame* sobre esta " 
! familia inacabables dichas, le rogaré ferviente que jamás una lágrima 
' de pesar 'turbe su paz y su ventura. 

Acordaos dé mí; porque as amo con ternura; porque si el corazón hu- 
mano ha podido amar con sinceridad, en mí representará perennemen- 
te sus afectos. 

Amigos caros, objetos queridísimos que habéis inspirado á mi albia al 
mas acendrado cariño, acordaos de mí 

Enero 21 de 1863. 



-*ws~ 



9. 



APÓLOGO. 

(IMITACIÓN) 

Para, el álbum dfi ww* Señorita- 



Las gracias abandonaron el Olimpo, y descendieron á la tierra. 

Hay un suelo privilegiado, dijeron, donde una Primavera sin fin os- 
tenta sus galas, y donde se admiran constantemente las escenas magní- 
ficas de la Naturaleza: ese suelo es el de América. 

Descendamos a él, 

Busquemos entre las hijas de Anáhuac las más dignas de nuestra es- 
timación para derramar sobre ellas nuestras liberalidades. 

—Las mexicanas, dijo una de las gracias, disfrutan mucho tiempo 
ha de mi protección; les he dado airosos y gallardos movimientos para 
que eií la danza igualen á las francesas. 

— Yo, dijo otra, he adornado su alma con el pudor para que superen 
á las hijas de la nebulosa Albión. 

-^Yo, dyo la tercera de las gracias, he dado á su voz el encanto de 
la melodía para que nada tengan que envidiar á las hijas de la florida 
Italia. 

La» tres gracias descendieron al suelo de Aguascalientes. 

Este es el Paraíso, dijeron; en este suelo hay mugeres tan hermosas 
como las ninfas que rodean á la diosa Euoaria 

Ese hermoso valle que se extiende £ nuestra vista, r$gac)o por fuen- 
tes y cuacadas, habitado por aves de vistosísimos plupages, es la ha- 
cienda de loa Cuartas. 

Descendamos a ese jardín donde- llora Ka prodigado sus atractivos. 

■'.: .■.■'■'. '. :: : ' /.■;. «.■.'.■'■.■..'.■■' ■''■.' .. . 



' Ja hacienda de tos Cuartos está situada al pté'de una colina, y & la i 
manden de un caudaloso río: 

Mil árboles gigantescos, de cumbres esmaltada*, crecen en tina isleta. 
y tejiendo *us famas entre sí, fonHaü el techo de un *alóh llamado de 
las ^conJidenda$*n ' ' : ' - " ' 

El raido mooéloao de la^ «aseada; el graznar de Jan aves acuáticas; el 
suáurro del viento entre los árboles, cuyos follages se mueven snave- 



J--&,, 



10. 

mente al soplo del aura vespertina, se confunden alguna vez con los ar- 
pegios del arpa de los pastores. 

A la última hora de la tarde, cuando el sol tiñe de gualda nubes 
y celages que vagan inciertas en el espacio, se miran en las riberas y 
< ¿n las lagunas garzas color .de,xosajr blancas, i 

Otras aves de prismáU¿a¿ 4¿fónk^s\ jrü^jri&en parvadas, y descien- 
den rápidas al agua, formando en su derredor un círculo de plateras ! 
olas; como satisfechas de su feKpiiJs^ graznan y se zabullen, aparecen 
después en la .superficie, juguetean v se alborozan. * 

Se percibe utytttro^kyiffy tfeeTJroqTrc é w tob raiiés*-1iiia voz resuena 
en la colina, dulce como los tonos aflautados del órgano: tierno como el 
arrullo de la tórtola; cadencioso como los trinos del ruiseñor. Esos a- i 
centos los reproduce el eco, y van á perderse en los confines de las mon- ! 
tañas. j 

¡Sirena encantadora! ¡mujer ó ángel! ¡quién quiera que séais! sigue, ; 
entonando en la soledad esas catickíítes <Jue nos conmueven; porque hay i 
en tu vo* algo- de divino y melancólico que enternece nuestro corazón, ¡ 
q»$ baoebirotar lágrimas á nuestros «¡jos. * <+u : i 

III. > ' " i 

• < - . ■ : ,. i.. , ... : .. - <■ v • j 

Aparece, flotando en las aguas del canal una ¿áratela que se dirige k ! 
la isla; uu grupo' de señoritas, rién y cantan, y como 'si* fueran las hijas 
de la poética Venecia surcan ías ondas en su fr&gU navecilla* Una voz 
reproduce las notas apacibles de Sonámbula, y las aves enmudecen como ¡ 
admiradas de escuchar tal melodía; porque aquélla voz.es semejan t^ al l 
himno de un arcángel que al pompas dé su lira dirige a Dios sijs ala- 

tónz ^-:J J-" .'\ .. , ;■ ".'V, . . Ja'...- .-..-., : ; ■, 

, v.: . ,. ..'■ IV. ..."/. - ■ --,- • ■ '.í' 

Una familia ha dejado hi barV|\aÍHa; penetra etr ' el salón* de he* ¿tftift- 
denotas, y descansa llena ét júbilo stobre el césped. ***''-*> ■ ' ^ 

La festiva la modeste, la átforaWe Diana, tdméí fas $$é$ más gala- 
nas para ornai sus sienes, y recorre las praderas éfí btecá "dé ilusionen 
como nlaHposafuga^r que va elá por todas partes. ,f l '-' ' *' 1 ' 

¡Corre por los floridos campos, niñp gentil! anímalos con tu presencia 
y entona tus alegres cantinelas; ttv áerás la Flora de estos jardines, la 
filomena de estos bosques; recuerda el tiempo de tu infancia, cuando 
lkna.de felicidad descansabas en el .regazo raatei-ngj^U^ra, st llom y 
que tus lágrimas, como si fueran el rocío que ftflpftWff m , jrorqra, frfrjjffi 
yei^les, vayan k caer goto á gqtp» scibre loa cálice^, j^g fol flores: úig ge 

yx\ suspiro ift pasado jr una J ? 0D P^ a * .P9 rven ¥>í P^SW/W ^W ?* t* Wf 
razón un recuerdo, también existe en tu alma una esj^ranqa. 
í^^iiiév Jigras y /qi^ t esjt(ig Ufeotoe «eaallo* analta*' de ;ta ftííci- 



11. 



Las gracia* se presentaron ew aquel sitio» T '■'■■ i» ' : 
r~ Hijas mías, dijeron á la» señoritas íque descansaban sobre fclflori- 
; tío suelo; bajamos del Olimpo para repartir nuestros dones entre las 
mejicanas mas queridas. 

— A tí, adorable Oelia, dijo una de las gracias, te regalo este bouqriet 
llamado de las virtudes: le componen las flores na* apreciada»; ^siai se 
•llaman de bondad; las otras, perfumadas por Minerva, se conocen' con 
el nombre de flores de la sabiduría; estos botones simbolizan el feiien 
sentido: Consérvalas en el foftdo de tu pecho, y empléalas en hacer 
bfén* por ¿odas parte& - - í ' 

— A tí, oh Filis queridísima, está destinado este camstftto: contiene 
en abundancia flores y -frutas esqtaisitas. * Unas representan la araAbi- 
lí-lad;fotr» los sentimientos nobles y generosos; estas Irutás^sob los a- 
tributos mas perfectos de tía caridad y estas camelias significan la' sim- 
patía. Tales dones teeoneítaráfe un afecto universal; no habrá una so- 
la persona que al verte no te ame sinceramente. 

— Hija mía, dijeron las graciaé* iai dirigirse á Esperanza; esta flor se 
llama de los recuerdos; se encuentra mustia, pálida, y como si fuera víc- 
tima del destino, apenas se percibe sn fregancia; coUciaJa en- tu. corazón, 
y derrama en sus pétalos el llanto. En las: horas mas tediosas <k Ja no- 
che, cuando a tu memoria venga u& rewerdo, llévala á* tu^ labios y haz- 
la confidente de tus pesares. . ,.,• * -. 

— >Mira la corona que te dedicamos; está formada de flores tan raras 
que pocas veces han podido reunirse en uu solo punto. 

Las blancas, se llaman amor filial; las color de ópalo, sensibilidad es- 

ixjuisita; las violetas representan la humildad y la modestia: ios botones 

: son de la flor que lleva fltrjkuf M? f^VMfiMjt *4|ieremos coronar tu 

frente; queremos que ésaí flote!, r^rcáeril¿ftt6S'ae"as virtudes mas se- 

¡ lectas, te hagan la más amable, la más interesante de las mujeres. 

— ¿Cuál es tu nombre hija mía? dijeron las gradas, k una señorita 
de cuerpo esbelto, pelo rubio y ojos opresivos. 

\ ( , ^-Gr^cia; contestó dañólo i^uyoz un aceito sonorcvy á #u fisonomía 
** una espr^siópi fie anuble joy.i*üp!ad, - , ; ; • m :',•'-' :t 
^ -^fjf^pia}. j Este no.es>ty puesto; dejarías .frabií»*? cf>n np$ofcrai*.pn el 
¿li^jól ¿° 8 fl^ír ?%<NMÍ<WÍ , i crey^fon &U3 f f4guj?& y;ep,pp ocjipíwpía el 
¡pívWV est^o,vio%Btó «jfy ñ^i^rairop^^^ 
el vuelo, mientras estés^^^erxa^^e^j^qrjQqn J^sgwu^if^cpi^ que 

Foi^mof^^ fr^te;^ t 4i^iWf lftp\^VA^^H!W^J ( W^ ^2?» 
sií^pr^. ergmda^CiQmQ.la írqip^^ejq. bftr«>QW»?y^^ IBftrfWf^ tjpqun 
\ql v4rtud d$ d*r, á \^ fU,oj¿o^Í£ r i^n aire de b^jn^l^^s^fS^^fiíWí^: 
avasaljar todos Jos .coraeppitg, ^ a l*y W>? uo J&ii£bi# cádsn$p^,pfu;a ,Ke-' 
chizar k cuantos lleguen á e3QuchwV ^EsW.^r^SrWr.Jl^aSrdjí Ja/z- 
miitqd, de. Ja Jritícr tiidad, fe \k ge7i& % (Wui<}' % yQXi ,$Uqs .^nsegpirás.que 
tus amigos te quieran como á taeímem*; que tup' hermanos te tributen 



r 



12. 

el mas ascendrado carillo, y que el desgraciado, al recibir tu* beneficias, 
te bendiga á cada instante 

¿Estáis satisfechas, amigas queridísimas? Se han acabado ya nues- 
tros dones: los hemos repartido <mtre vosotras; así es que solo queremos 
en cambio una sonrisa para volver k nuestra morada. 

VL 



En aquel momento apareció la interesante Diana cantando la roman- 
za del ruiseñor. 

Habéis venido tarde, niña querida, dijeron las gracias; nada tenemos 
que darte, porque hemos repartido ya los adornos de nuestras canasti- 
llas; mas ya que el destino quiso que fueras la última, nosotras te ha* 
remoa la primera. 

Las gracias tomaion una flor de cada una de los hotoquet que habían 
regalado á las demás señoritas, tejieron una corona, y la pusieron- en la 
frente de la simpática Diana, diciendo estas palabras: 

mS¿ desde hoy \hpnz y la ventura de esta familia. m 

VIL 

Las gracia* volvieron al Olimpo. 

Aquella familia tomó de nuevo su barquilla en los momentos en que 
la luna, apareciendo en el Oriente, alumbraba con sus destellos el poé» í 
tico canal de los Cuartos. 

Enero 1 P de 1868. 



MEMORIAS. 



Amira rae recibió amable f complaciente; mi mano estrechó lá suya 
con efusión porque irradiaba en. sus ojos un destello de bondad. 

Adivinó mis pensamientos; pudo comprender que hay en mi corazón 
un fondo grande de ternura que supo inspirar en qna'ópooa lejana, y 
me llamó su amigo; por eso escucha mis palabras, dá espanslón á mi* 
pensamientos y paga mi afecto con una sonrisa. 

Yo creí encontrar, Amira cierta similitud entre tos desgracias y las 
mías; eres tierna, sincera y tal vez desgraciada; es grande tu alma co- 
mo lo es la pasión que encendiste en mi pecho, te ame, y solo me has o 
frecido amistad; yo lá aceptó, pues, como nuncio de la felicidad supre- 
ma, como preludio dé la Conquista de tú afecto; ¿me engañaré, mi dul- 
ce árnica? serán un sueho noifeas mis esperanzas? 

Algún día creerás que hace mucho tiempo mi imaginación sé ha fija* 
do en tí; algún día comprenderás que ni el tiempo, ni la ausencia, ni la 



13. 



esperanza remotísima de volverte á ver, j-uJienm entibiar mi corazón, 
i.) horrar en él tu imagen adorada: ese día yo reclamaré de tu mano u- 
Ka caricia, una sonrisa de tus labios; sí, yo pediré tu favor como un 
galardón de mi ternura. 

Me dijiste que eras desgraciada: ¡oh! (cuánto daría por no haber escu- 
chado de tus labios esa palabra desconsoladora! [Tú desgraciada! ¿tú, 
la más Adorable de las mujeres; has sido víctima de la desgracia? ¿los 
t desengaños han hecho languidecer tu corazón? han adormecido tus sen- 
r timientos é infundídote pensamientos melancolices? Si al recordar lo 
¡ pasado y a) fijar la memoria en tus sueños infantiles, exhalas un suspi- 
j¡ro ¿irá á perderse en loa confines del espacie, ó á resonar en el 
i, fondo de una tumba? Si hay en tu pecho algún secreto pesar que no 
1 lo ha disipado el tiempo, que no lo borrarán tampoco los placeres; si á 
i todas partes te sigue una memoria grata, ya estés en la soledad ó en 
í medio de loé círculos más animados; si el recuerdo de un bien perdido 
j te hace exhalar una queja que se pierde entre los sonidos de tu clave 
> ó hace verter una ligrima á tus ojos» llora, si, llora; dá espansión á tu 
dolor; ma¿ recuerda que si perdiste á un objeto caro, aun te queda un 
amigo sobre la tierran^e ewyjft»á4» Danto, .que iiá á consolarte en las 
horas amargas de tristes*. j!Xé desoiwciadal tú, que has brillado en la 
¡ sociedad como una estrella, como un conjunto de gracia y de hermodu- 
{ ra; tú que tienes para todos una sonrisa; que buscas al desgraciado pa- 
I ra consololarle y al huérfano para socorrerle; tú, cuyo magnánimo cora- 
zón ha latido á impulsos de un amor delirante, ó ante los atractivos de 
la sublime caridad! ¡tú desgraciada! tú, que puedes con una palabra ha- 
| cer la dicha de quién anhela poseer tu corazón, y conquistar un afecto 
tan vehemente y apasionado como el que se extinguió al borde de un 

í sepulcro! 

Ah! cuántos corazones han perdido su felicidad por amar el imposi- 
1 ble* porque vieron caer su radiantes ilusiones una á una, como han cai- 
| do las hojas de los árboles que estaban lósanos y vigorosos; y no obs- 
[ feante* el porvenir les ofrece nuevas ilusiones, tan gratas, tan halague- 
i ñas como las que se ofuscaron en otros días; y alguno de esos corazones 
. üefrapiiman porque una sonrisa adorable calma su languidez, porque u- 

1 na vos amiga les dice aun hay felicidad para tí sobre 

,1a tierra* • . *■« 

Pero si todo es un sueño como has dicho: si esa esperanza ha de ofus- 
¡ earse como el fulgor de una estrella que se oculta entre celages argen- 
tado^; si ese porvenir tan brillante ha de convertirse en un dí& triste y 
i sin sol ¿qué otra cosa sebtira ese corazón sino 16 que siente el tuyo? 

2 ¿quién enjugará las lágrimas que ruedan por sus mejillas en las horas 
silenciosas de la noche, cuando el pensamiento; Concentrado en un' sólo 
objeto, busca en vano su felicidad perdida? ¿qué palabras irán á cotiso- 

ilaneen su tristeza y soledad? Recordará aquella noche eñ que una 
mujer se presentó á su vista, radiante como un arcángel, con el donaire 
y el encanto de la juventud; con sus miradas que fascinaban; recordará 
las armonías que salieron de su piano la vez primera que la vio, y las 
que conmovieron su alma para fijar eternamente su memoria; recordara 



( ; 



1 4. 

esa noche cotno la feliz en que naciera su esperanza; y aquella angeli- 
cal criatura, que bacía brotar de sus dedos torrentes de armonía; aque- 
lla mujer que sonrió satisfecha de sus conquistas, ignoraba que un des- 
graciado la contemplaba con arrobamiento, é invocaba para su dicha el 
cielo; ¡ahí él hubiera dodu la mitad de su existencia, no ya para una ( 
mirada benévola, no ya por una sonrisa complaciente, sino por tocar al 
«peños con sus labios el orle de su vestida Y esa faiuger partió al día 
siguiente dejando lacerado su coraaón! 

AminJ yo he pasado muchas hatean de mi rida pt&agmcia&do tu nom- 
bre como el único consuelo en mi infortunio; tasaros la ultima ilusión 
que brille en mi existencia; ya que átabos eof asoné* son? desgraciados, 
te llamaré mi amiga; y si alguna r&z aparece en tú» «ojos ana lágrima, 
permite que vayan á recogerla solícitos' mis ( labio» 

lítfviewbre 22-de 1862. 



EN LA CELEBRACIÓN 



¥>él 



EESTABLECIMIENTOíDE UJfA IIA^RE* 



Amigas mías: - - ■ i . .*. ,<. ■* -¡i.., 

Reid, bebed, cantad. 

Entregaos á- la alegría en estos momentos en que el corazón, rebosan- 
do felicidad, busca escansiones grata», expresa afectos sinceros y recoje 
también como un eco las' quejas del desgraciado. >< 

Reíd, rcid,amigasnqiieridísimás; porgue celebramos #11 este día el* res- 
tablecimiento de unaj»adre,qu& os ama con .ternura; porque un lazo a- 
feotuoso viehe'á unir nuestros corazoneay á haoerkis pafyttar bsjjo una 
misma impresión; porgue nuestras almas, embriagadas de pkcet\ sien- 
ten deslizar las tranquilas horas como flores que un río. arrastra -en su 
corriente.,, ... ., -■-,...„■,. , ......... <r. ^ /. . . 

u R^d.heM.mpíac}.:, , ... .... „ it . .. %v ¡t/; . ', , , 

Dad «tei^a sfi^ltaa ; yu^tro jubilo, f jjorqj,ip lT avn pódw : estrechar en- 
tre los brazas á la.pia^e ad^^W qw ^e^J^ ;iiüa^ v o^^o<ligó ^ cari- 
qi^íosh^du^asdes^.terpj^.^,, M , jri . t ri ¿ , iUur ^\ ,.",_ 

B^idftcid « ai cielp porque se apís/jó fc V(^i^jxy«jpQ pó wú*fr que 
vuestra ahoa. laMguideciera para .siempre ajpe^aj^UQS al obje^xiás 
caro para vuestros corazones. . . * » • ,, * 

jUua ma^re! ¡dichoso nquel que conoció á 1* que ie diera c) sérKjdi- 
j^ehosos quienes pueden gpzar de s^s caricia», ^¿br.azar su cabera, besar su 
¿repte, y decir ,coa s^mproso, entusiasmo t,¿madre mía!u dichosos quienes 
qn recompensa de su filial cariqo reciben una mirada maternal. 



15. 



Reid, bebed, cantad; y que jamás el infortunio turbe la paz que en' 
estos momentos todos disfrutamos; entregaos á un júbilo sin límites, 
queridas amiguitas, porque en la tierra no hay felicidad como tener u- 
na madre y un amigo. 

Yo disfruto también de em ptaatt*; Aqu^ypodrá ser mas grato á mi co- 
razón que contemplar vm ala áfcyríi? no que vi rodar por vuestras 
mejillas lagrimas ardientes cuando vuestra adorada madre tendida en 
el lecho del dolor os dirigía su&~6Itkuas palabras; yo que presenciaba 
vuestra angustia y que veía vuestros rostros cubiertos con un velo de 
tristeza, sentía todo el peso de esa desgracia, y dirigía á Dios mis ora 
ciones. ' 

Señor! Sefípr! le decía; no permitas qxte ésta familia quedé én la or- 
fandad; ¿qué será de esas niñas abandonadas en el mundo, sin quien 
guié sus pasos con aman fe solicitud? • i 

Y Días escuche mis oraciones; y se apiadó de nuestro llanto; y nos 
mandó i todos Wcohktiélo.*. 

¡Bendita seᣠla Providencia! - • ' ' * 

Cantad! bebed! réid! 1 

Y que estos afectos sean los únicos de una felicidad grande y sin K- ¡ 
mites. Yo contemplaré Vuestra felicidad con arrobamiento, porqtié el 
desgraciado que ha sido víctihia del destino, envidioso déla diriha, tam- 
bién rié cuandd Ib* ¿t^etos íjué aína ábn felices. ¡Oh! cuanto daría por 
borrar dé mi cdráfcón las huellas del jasado, y porqué 1 irradiará en tiii 
porvenir tina esperanza/ hoy, á donde quiera que encamino iriis pasos, 
ya me encuentre en lú soledad d»en friedio <íe los 1 festines más anima- 
dos, oigo una voz que me repite á cada instante ^nto hay felícMad para 
tí sobre la tierra. V< EUte-' anatema toe seguirá por todas partos; f cuan- 
do creoéiíttvgarme^al^placér; cuándo én el serio dé mis áririgós bWb e- 
saár emtfciónek qnfc efisipáto rtii tristeza, una idea Mgubre viene é mi tifíen- 
te, y ofuscan mis expléndidas ilusiones esfc&S palabra?. V. :>»ho hay feli- 
cidad pa>*a tí sobre lá tierra,.. 

Hte qaericfc toacéritie isilperioriAt infortunio; río porcoñrbatírel pesar; 
bebo por disipar la tristeza; canto por dar una espansión al : corazón a- j 
mortiguado* «v si Ifc'vofe de la amistad hace llegar á mi oído^üha pala- ¡ 
bra de consuelo, ser* hn' momento felfcr, si veis qriélki cabeza sé inclina I 
ante un pensamiento melancólico; y qtié la música, tos festine» y lete sa- 
raos no tienen atractivo para mt siM fínicamente la vofc de la amistad, 
no me- prtrototete cuál es la cansa de mi tristeza; leed en mí frente él 
anatema, y r aéordaos de mis patarras eri éste día. 

Bebamos yéaKterútte. ^ »* f - '"• -' • - 

Qttfef se-fite eternamente eri TíWé^tra tnéinom ti rWátertfo dé esté día 
en que celebramos el restablecimiento dé Una tetarte, y de-unas hijas la 
esperanxa baV lisonjera. ' " * 

Bendecid al cielo, amigas mías, y que jamas la mano del infortunio 
venga á turbar vuestra dicha excelsa. 

Reid, cantad, bebed. 

Enero 7 de 186». 



16. 



ALÓLA. 



¡ Cuando te conocí, niña adorable; cuando tus miradas angelicales con* 
1 movieron mi alma, mi voluntad se rindió al poder de tus encantos. 

Yo, viagero que busco en el mundo la dicha que perdí, que vago á 
merced de mi destino sin encontrar término á mi desventura, te vi, te 
admiró y guardo tu memoria en mi memoria. 

Cuando ha resonado en mi oído el timbre de tu voz, y la» palabras 
articuladas por tus labios me mostraron tus tiernos sentimientos, se en- 
contraron tus miradas con las mías y he llegado á tus pies para tribu- 
tarte un culto. 

Yo continuaré mi camino recordando tus frases y tu acento, tu 
imagen y los destellos de tus ojos: al encontrarme lejos de tí vendrán á 
mi mente la reminiscencia de estos diasque disiparon mi tristeza, y 
pronunciaré tu nombre como la expresión m£s vehemente dq mi afecto. 
Y tu ¡oh Lola! redeadá del placer en esa atmósfera de encanto indefini- 
ble que atrae los homenajes de tus. amigos ¿recordarás estos instantes 
que juntos hemos pasado? 

¡Quién pudiera contener el curso de las horas que acercan el momen- 
to de mi partida para verte todavía! Tú, entregada á las dulzuras del 
sueño, apenas percibirás que se deslizan presurosos esos terribles mo- 
mentos precursores de mi despedida. 

Cuando esté lejos de tí, no faltarás un instante de mi mente; tu 
nombre será mi consuelo en las tediosas horas de la vida, y lo será tam- 
bién el recuento de tus bondades. 

Mañana, cuando , <?l sol tina de gualda el horizonte, te habré dado el 
último adiós; él se hundirá en el ocaso; se mecerá mil veces sobre el ze- 
nit sin que te hayas separado de mi fantasía. 

¡Oh nina! si mis palabras han sido gratas á tu oído; si ese lenguaje 
tierno y expreniyo que me , initfó en. tju amistad te ha revelado mía a- 
fecciones íntimas, consagrara? un pensamiento cuando la brisa cruze 
por tus rosales y vaya a refrescar tu frente: aspirar uq debe á más 
(quién tiene en aíta estima tus angélicas perfecciones; quién es dichoso 
si le consagras la gracia de tu afecto, - ; ■ 

León, Septiembre de ljB63. % 



17 



A MARÍA DE LA LUZ. 



CAUTO SFITALAtttCO- 



¡Arboles querido*! ¡intérpretes dn todos los sentimientos! así como 
las notas suavísima^ que arranca la brisa al herir las cuerdas del arpa 
pastoril, gime tu follaje mecido por el aire: bajo tu sombra se canta 
ó se llora, si esa melodía toca las fibras del corazón. 

¡Arboles frondosos, testigos de nuestras impresiones! vosotros* tra- 
ducís al lenguaje de los poetas nuestro entusiasmo ó nuestros pesares, 
infundiéndonos solemnes pensamientos; ese murmurio, armonizado 
por los trinos de las canoras aves, nos adormece en plácido sosiego. 

Bajo estas sombras han resonado, á la vez que los acentos de la lira 
consagrados a la amistad, les cantos de victoria que entonan los gue- 
rreros. 

Yo he visto mecerse en danza voluptuosa, protegidas por la umbría, 
á la* hijas de los hombres, y deleitarse en sueños de amor, así como 
las abejas se empalagan en los nectarios. 

He visto humedecer con lágrimas las corolas de esas flores que 
la aurora matiza con su arrebol. 

He contemplado su frente coronada de azahar, símbolo de la ino- 
cencia, y se ha conmovido mi alma al admirarlas como la más perfecta 
maravilla de la Crearon. 

Yo también estreché entre mis brazos al amigo y al hermano de 
quien me separaron contiendas fratricidas. 

¿Qué encanto tienen estas flores si al olvidar las penas y los agra- 
vios, se convierten en placeres, á impulsos de un elevSdo pensamiento? 

Venid á mi lado,*amigos míos; vuestra voz unid á mis palabras; li- 
bad el néctar que da creces á nuestras alegrías; haced rebozar la copa 
que las despierta, porque dos seres, en celestial consorcio, presentan á 
Dios la ofrenda de sus corazones, acrisolados en la fe y entre los per- 
fumes del inciensa 

Viene á mi memoria el nombre de personas qu* doblegaron sus 
frentes ante el himeneo, y que en este día hacen recuerdos de sus di- 
chas que se fueron. ¡Seres que idolatra el alma miat llorad vuestro 

SEYU 



18 



infortunio; ofreced á Dios el holocausto de vuestras lágrimas. 

¡María gentil! tu dicha arranca a mi rabel tristes acentos, porque 
quedara un vacío desde hoy en aquel feliz hogar qne recogió tu pri- 
mer vagido, donde recibiste un ósculo tiernísimo en el maternal regazo. 

¡Cándida paloma del Anáhuac! hoy levantas tu vuelo para llevar tus 
arrullos á otras regiones, y hacer oír tus cantos en otros jardines. En 
el fondo de mi albergue yo Jos escucharé con arrobamiento; yo te 
mandaré mis salutaciones al verte feliz al lado de tu esposo, *jue 
desde hoy no tendrá más firmamento que tus ojos, ni más alma que 
tus deseos: oculto en los pliegues de tu ternura, ella será la única lám- 
para que ilumine su divina estancia. 

¡Angelical MariaJ si al ver realizadas tus ilusiones escuchas un piano 
que esparce sus sentidas notas; si percibes los cantares de algún via- 
jero ó los arpegios lejanos de una flautas si sintieres latir el corazón 
bajo la reminiscencia de días que ya pasaron, acuérdate de mí. 

La alborada de una felicidad excelsa aparece en el horizonte de tu 
porvenir é hizo fulgurar tu esperanza como un premio á tu heroica 
virtud* Así Dios recuerda su promesa cuando hace* brillar ante nues- 
tros ojos el meteoro de prismáticos colores, su signo de paz y alianza 
para con los hombres. 

Cuando el ángel del bien pulse junto á tí su arpa candenciosa, no 
olvides que yo fui testigo y percibí sus primeras modulaciones; que 
desde entonces envío al Supremo Ser mis votos porque esparza en tu 
camino los nardos y las violetas. Ninguna súplca fué más fervorosa; 
ningún acento se elevó con más fervor que la plegaria mía porque 
aleje siempre de tus labios la copa del sufrimiento. 

Hoy veo tu porvenir* sembrado de luceros; él sera para los dos con- 
sortes un firmamento jamás empañado por los celajes; siento en mis 
sienes las auras que también agitan tus cabellos; veo tus miradas que 
al fundirse en las de tu esposo contemplan un Edén. 

Tus deudos y tus amigos, en la embriaguez de su beneplácito, en 
los transportes de su entusiasmo, sólo tienen un pensamiento; la feli- 
cidad de dos esposas; sólo bal buten esta? palabras; dichas sin cuento; 
sólo expresan un deseo; las btnignas prodigalidades del cielo; á todos 

I agita este pensamiento: »que se deslice tn existencia, plácida y se- 
rena, como las flores que la lluvia, al convertirse en torrentes, coudce 
en sus rizadas olas.n 

Esos céfiros, con dulce murmurio, al agitar las hojas de los árboles, 
preludian cantos «epi talármeos que llaman á tu lado todos los dones de 
la eternal ventura, 

¡Haría! ¡estrella reluciente de nuestros celestes lares! esas lágrimas 
que hoy brotan q nuestros ojos; esas palabras que balbuten nuestros 
labios; esos suspiros que al nacer mueren en nuestro pecho, no las o- 
casiona la pérdida que nufre tu antiguo hogar, no tti ausencia de nues- 
tro círculo, ni la admiración de tus amigos, incubada bajo las alas de 
I tus adorables perfecciones; son la expresión de nuestros votos al invo 
car á tu favor al cielo. Vé nuestros ojos anublados; escucha nuestros 



19 

acento» mal comprimidos; mira nuestro júbilo; percibe nuestras afec- 
ciones; todos ruegan á Dios disipe de tu albergué las sombras del dolor. 
- Allá te acompañarán, de tus hermanos y de tus deudos los signo! 
de su profundo amor; de tu madre las santas bendiciones: dé aquellos 
de tu* amigos que, lejos de ti, admirad tus virtudes, los augurios de 
tu felicidad, el idilio rnasr sincero de su constante afecto. 



U IMBUÍ IUHIIL 



golpe 



Cuando te conocí por la ves primera; cuando tus miradas se encon- 
traron con las mías, sentí latir mi corazón y quedé sometido al poder 
de tus atractivos; desde ese instante mis ojos te siguieron á todas partes, 
y mi pensamiento se fijó en tí, como se fija en la estrella polar la vista 
del marinero. 

(Cuántas veces, al ver brillar en tu frente la eiftelsa inteligencia; al 
ver retratada en tu faz angélica las señales de una sensibilidad esqui- 
sitaj al sentir de tu mirada ese magnetismo que domina las volunta- 
des, ahogué* en mi pecho un suspiro que te enviaba el alma rrtfa con u 
todas las efusiones de su ternura; allí quedó adormecida mi espranza 
hasta el momento en que un destello de tu bondad lo reanimara. To- 
qué tu mano, oí tu voz, percibí tu sonrisa, y millares de luceros bri- 
llaron en la noche de mi desgracia; fijabas tu mirar en mí, y cada de% 
tello, de tos ojos me hacía sentir sensaciones que me ponían bajo el 
imperio de tus encantos. ¿Era el amor ó la amistad quien despertaba 
en mnalma esas emociones al sentir el contacto de tus vestidos, el 

»e eléctrico de tus ojos? 

o he visto pasar ante mí, sin impresionarme, mujeres mil, eon 
todos los atractivos de sü juventud y de su belleza; las he visto des- 
lizarse suavemente al compás de una música armoniosa, y dominar 
bajo el cetro de su amor á los altivos guerreros; las he visto postrarse 
ante el trono del Señor, como ángeles que le mandan sus cánticos y 
alabanzas; he oído su voz, dulce como los tonos de la colina, suave co- 
mo los arpegios lejanos de una flauta; he recogido sus acentos, melan- 
cólicos como las imágenes de un himno fúnebre, tiernos y dolorosos 
como los gemidos de la orfandad; enjugué sus lágrimas y recogí sus 
suspiros; presencié su júbilo y escuché sus plegarias; pasaron ante mi 



20 

vista, radiantes como la luz boreal que iluminara el espacio, cual la 
esperanza que brota en la mente del desgraciadlo; pasaron sin conmo- 
verme, sin herir mi corazón; pero cuando te vi, mujer angélica, atónita 
te siguió mi vista y extasiad* te contempló mi alma; desde entonces 
tu imagen se proyecta en mi fantasía; te miro cuando el sol dora con 
su luz los horizontes, cuando el ángel de la noche desciende á la tierra 
para cubrirla con sus alas: ¿qué encanto te dio el Señor para avasallar 
los corazones y hacerlos latir \ la primera impresión de tu mirada? 
Donde está tu presencia, donde resuena tu voz, todo se armoniza y 
embellece como el sitio en que la mano del Criador formara i la com- 
pañera del hombre. % 

Recorre placentera el camino de tu existencia, ¡mujer adorable* 
donde posas tu pié, donde exhalas tn aliento, brotan flores y se perfu- 
man las brisas; ameniza los prados, embellece los bosques, anima los 
desiertos, ejerce por todas partes el irresistible poder de tus encantos: 
donde quiera que guies tus pasos, allá te seguirán los homenajes de 
mi admiración y de mi afecto. 

Has visto brillar en mi frente la alegría, ha* escuchado los transpor- 
tes de mi alma en los días de júbilo; has presenciado mis expansiones 
en medio de la orgía; sólo he buscado un lenitivo á mis dolores. 
Cuando he estado en tu presencia melancólico, en aquellos momentos 
en que la alegría se retrataba en todos los semblantes, yo recorría en 
mi mente los acontecimientos de mi vida que causaron mis desventu- 
ras; ellas marchitaron mi juventud y me hicieron víctima del in- 
fortunio. 

¡Cuan desgraciado he sidol En vano busqué un corazón que me 
comprendiera; los encantos del amor, los consuelos de la amistad, los 
atractivos de la gloría, no han podido borrar de mi alma las huellas 
de un jasado triste y amargo. Sólo encontré hombres egoístas y mu- 
jeres sin simpatía que verían indiferentes mis desgracias; los gemidos 
del que padece sólo encuentran eco en las almas sensibles, en los co- 
razones infortunados. 

Yo no olvidaré jamás el momento en que apareciste á mi vista por 
la primera vez; las frases que modularon tus labios, agitaron mi alma 
con ese misterioso delirio que nos hace percibir los fulgores de una 
felicidad inesperada: desde ese instante pensé hacerte la revelación de 
mis desventuras, llevar á tu oído mis quejas, y recoger de tu alma una 
palabra de consuelo; tu dulce ternura, tu angélica bondad, me lleva- 
ron á tu lado para adorar tu sensibilidad y admirar tus perfecciones: 
en aquellos momentos plácidos en que el júbilo nos circundaba, te o- 
frecí mi copa, y livaste su néctar ¿lo recuerdas? ¿porqué no fueron 
eternos esos momentos? yo adivinaba mi dicha en tus palabras; soñaba 
un bienestar indefinido cuando me encontraba junto á tí. Las impre- 
siones fie esc día quedarán grabadas eternamente en mi alma; cuales- 
quiera que sean lo* azares que el destino me depare, ya se indine mi 
frente al p*s^ d»l dolor; ya rebose mralma en el seno de la dicha, ja- 



21 

más olvidaré tus dulces palabras. Tú no sabes cnún gratas son para 
an corazón lacerado los consuelos que la amistad nos brinda en ins- 
tantes supremos; tu nombre, tu celestial acento, serán un bálsamo 
para mí en las altas horas de la noche, en esas horas misteriosas en 
que, concentrado el espíritu, recorro uno á uno los trágicos aconteci- 
mientos de mi vida azarosa y desgraciada. Para perpetuar en mi 
mente esos felices instantes, únicos en el transcurso de mi vida que 
me conmovieran hondamente, te pedí una flor, un recuerdo que sim- 
bolizara aqnellas horas de inefable placer, aquella angelical ternura 
con que me dirigías tu voz y tu sonrisa, ¡me ofreciste una fior! yo 
aspiraría su fragancia, la llevada á mis labios, la humedecería con lá- 
grimas en mi tristeza y soledad. ¡Oh! ¡si pudiera pintar lo que sentí 
filando accediste á mi súplica! ¡si pudieras percibir mi felicidad en 
esos instantes! yo daría lo mis grato de mi existencia porque no se 
desvaneciera esa ilusión queritia. Veía ostentarse en tu tocado una 
flor; veía tu agitación y tus vacilauiones; trémulo me acerqué á tí, 
cuando tas labios pronunciaron estas palabras: vNo cumplo mijpromesa 

parque no tengo unafioru Desapareciste á*mi vista, y no te he 

vuelto á ver. 

Algún día tal vez te encuentre en el camino de mi vida: acaso sea 
en esos sitios pintorescos donde las flores ostentan sus aromas y sus. 
delicados matices; si ves que mi frente se inclina por un secreto pesar, 
no me preguntéis la causa de mi dolor; dirige la vista á los vergeles 
lleva tu memoria á lo pasado, y encontrarás el símbolo de mis espe- 
ranzas y la esplicación de mis afecciones melancólicas; allí verás si- 
frarse el porvenir de un desgraciado que sería felz si lograra tocar 
con sus labios el orle de tu vestido. 



1 LA suri. 

A LA 

SRTTA. POMPOS A MTOQUIA. 



¡Montaña encantadora! ¡con qué arrobamiento te contemplo! mi 
alma se adormece cuando te miro allá en la profundidad del azul 
firmamento. 

He visto montañas magestuosas elevar hacia el cielo sus rocas es- 
carpadas; he contemplado cotí éxtasis sublime la triste soledad que 
les rodta; he aspirado la fragancia de las flotes que brotan sus poé- 



22 

ticas colinas, he oído resonar en sus cavernas el mugir .del toro sal- 
vaje, el canto melodioso del zenzontle, y de la tórtola el arrollo me- 
lancólico; nada me ha parecido tan ideal como los riscos que coronan 
tn fronte seductora, eomo la» floreoillas que nacen en tu falda ca- 
prichosas. 

He visto & tu falda el aurífero horizonte como un lago de fuego, 
7 aparecer después, y alzarse sobre tu cabeza al rey majestuoso de 
los astros: he trepado tus prominencias escarpadas cuando el sol re- 
ververaba y he apagado mi sed en tus linfas cristalinas; he visto lucir 
sobre tu frente el faro de la noche; he distinguido entre tus rocas, 
que se retrataba en el éter purísimo del cielo, el incierto fulgor de al- 
guna estrella, como el diamante que centellea en la frente de la bel- 
dad* Entonces se ha conmovido mi alma; para siempre se han fijadQ 
en mi mente gratas ilusiones. 

Te he visto cubierta de niebla matinal, como visión fantástica, 
como la virgen que se oculta tras una gasa transparente; se ha evapo- 
rado á los primeros rayos del sol, ornando así tu cima un penacho 
más blanco que el armiño. He visto rugir .sobre tu cabeza la sublime 
tempestad, iluminarte su lívido destello, y rodearte después, cual una 
aurerola, el iris refulgente. He visto en tus colinas la nieve blanca 
brillar como un prisma, cuando la hieren los últimos rayos del sol, 
y rodar á tus pies en figuras copríchosas; al contemplar tales bellezas 
me has inspirado {oh Bufa! pensamientos de amor y de ternura. 

Tú has visto pagar lentos y silenciosos los años y. los siglos; sepul- 
tarse en el olvido á cien generaciones; eclipsarse y radiar de nuevo 
el astro de la gloria; has visto arrojar de tu cima á los déspotas que 
osaban cautivarte, y ondear en olla la bandera de los libres; escu- 
chaste los cantos marciales del soldado, el fragor de los combates y 
el himno de victoria qne á tus pies entonan los guerreros. 

¡Quién pudiera verte á todas horas, montaña celestial! descansar 
en tu falda, y arrullarse con los pensamientos de gloria que inspira 
tu pasado: {quién pudiera verte al exhalar el postrer aliento y pro- 
nunciar tu grato nombre! 

{Deidad zacatecana, que presides los destinos de un pueblo! á donde 
quiera que me arroje la veleidosa fortuna me acompañará tu imagen 
adorada. Cuando los valientes hijos de este suelo ocurran á tí para 
que los proteja tu mágica sombra maternal, preséntales los sinceros 
homenajes de mi admiración y de mi afecto; entre tanto, recibe mi 
despedida; el tierno adiós que te dirijo anublados mis ojos por el 
llanto. 



23 



A MI AMIGO 

EL GENERAL 

VICENTE RIVA PALACIO. 

[d & iim p u anuí sn ami 



Con el corazón agitado por el entusiasmo; con el alma contristada 
por el dolor, te mando mi despedida. 

La locomotora que hoy alegra nuestros campos, pronto anunciará 
melancólica tu marcha hícia lejanos países, JSl vapor que hiende las 
ondas, llevará al escritor que nárrala historia, y al través de los siglos, 
las hazañas de nuestros héroes; con lucirá al cantor de las glorias de 
mi patria; al guarrero esforzado que conquistara lauros para sus sienes; 
nos queda el recuerdo de sus proezas y las páginas queridas que di- 
funden la idea trascendental. 

Se ausenta el amigo, mas quedan con nosotros sus pensamientos. 

Nosotros leeremos tus silvas poéticas con arrobamiento, y te en- 
viaremos nuestras salutaciones aun interpuesto el Océano con su se- 
rena calma ó con sus imponentes tempestades. 

General, adiós. 

Hoy te envían tus admiradores su despedida; contigo irán, como tu 
sombra, sus esperanzas. 

Pronto arribarán á las playas españolas; recuerda allá las glorías 
del Anáhuac; fíjate en su porvenir y en el adiós de tus amigos. 

Presenta á España, como homenaje fraternal, nuestras simpatías. 

Di á Castelar que aquí le esperan los brazos de los mexicanos; nue- 
ve paillones de voces para saludar al gran republicano; para admirar 
al genio que con el cetro de su elocuencia rige los destinos del de- 
mócrata Universo. 

Di al noble pueblo español que en México reflejan su» glorias y sus 
tradiciones; que el destino quizo hacer gemelas £ dos estrellas, la d$i 
dos y la del cinco de Mayo; que el explendor de esas dos fechas irra- 
diará siempre en la historia de 1$ madre generosa y de la hija eman- 
cipada para dar brillo al nombre de Zaragoza» que es el orgullo de 
ambos pueblos. 






24 

Ese grupo que hoy estrecha tu mano con efusión, espera ansioso tu 
retorno; su mayor dicha será percibir el bajel que restituya á mi patria 
áunodesqs ilustres guerreros; ai foro almas Yecto desús magis- 
trados; á las letras al más inspirado de sus bardos. 



Epitalamio . 



Si pudiera inscribir un nombre en las páginas del libro de mi vida 
con la ternura de una alfha que se inspira en el afecto paternal, yo 
inscribiría el tuyo, hija mía, y lo grabaría en este momento en que 
percibes los primeros albores ae tu dicha. 

Si yo escuchara en mi estancia el trinar de los zenzontles en las 
altas horas de la noche para revelarme sus ensueños, esos delirios que 
encienden su inspiración y hace brotar de su garganta un torrente de 
melodía; si llegara hasta mí el mugir magestuoso de las ondas que se 
forman en el seno de las tempestades, ó el himno de la brisa que prime 
en las florestas, yo anhelaría que esos gorgeos, esos rumores, esos 
dulces murmurios llegaran á tí. 

Si yo tuviera un nombre ilustre circundado de luz y una corona 
que simbolizara la gloria del poeta ó del guerrero, yo engalanaría el 
tuyo, ceñiría tus sienes en este gran día en que Dios premia y bendice 
la inocencia; en esta fecha enquevogando por los mares de la vida, llegas 
al puerto de una felicidad inefable; en que unida en santo lazo con tu 
esposo, y ante la luz de las antorchas, llegas al altar risueña, feliz, 
entre nardos y entre azahares. 

El torbellino del amor arrebató dos corazones para impelerlos hacia 
un mismo destino; los llevó al altar para que el fuego del amor los 
fundiera en uno solo. Yo animado por ese fuego iré á confundir mis 
lágrimas con las de tu madre; es que no queremos que te arrebaten de 
nuestro lado; mas si mi mano esparce flores en tu camino, las regaré 
con llanto; si mi voz se eleva al cielo, pidiendo para los dos esposos 
dichas inacabables, también contemplaré la tristeza de nuestro hogar, 
anublado el so!, velado el firmamento. Tú percibes ya la aurora de tu 
dicha sin nubes y sin celajes; nosotros veremos un día triste y sin luz. 



25 

Se oirán en mi derredor voces conf neas, suspiros sofocados, que sólo 
amortiguará el silencio de la noche; allí caerá el último minuto de un 
día que muere siendo precursor de una felicidad grande, para renacer 
luego anunciando una felicidad suprema, y encadenar dos épocas ven- 
turosas. 

La languidez de mi solodad, el 6ueño que aletarga los sentidos, ce- 
rrarán mis ojos, pero continuaré mirando en mi fantasía la mística 
ceremonia, en tu frente la corona de azahar, el velo de las vírgenes 
pendiente de tu tocado: dirigiré á Dios mis plegarias; modularé cantos 
en tn aplauso, pero esas not&s resonarán sin eco ni melodía al herir las 
cuerdas de mi laúd; no podrá animarlas tu acento angélico que toca 
las fibras de mi alma; no podrá tornarlas en cadenciosas la ternura de 
una madre; de una madre que da sus frutos tal vez amargos sólo para 
los que sienten perderte, dulces y aromáticos para qnien te transporta 
á otros jardines. 

Hermana mía, no te aflijan mis pesares; si hoy haces el sacrificio de 
uno de los seres que amas, como ofrenda que se hace á Dios, alguna 
vez obtendrás del cielo Ja recompensa: no está lejano el día en que te 
muestres orgullosa ante el mundo por colocar tu amor y la felicidad 
de tus hijas en las sacrosantas aras: velad aún por esos objetos tan 
queridos para nosotros: ellas tiene un porvenir seguro y expléndido, 
Á paz en el hogar y el cielo por recompensa. 

¡Cuan tiernos y encontrados son estos afectos! es el combate terrible 
en que lidia la piedad sublime del raciocinio con el egoismo salvaje del 
corazón. 

Dios concede á todos dones y consuelos: á unos da una compañera á 
quien amar, á otros una fantasía en que se imprimen temporalmente 
las borrascas de la vida; á aquellos los gratos atributos de la caridad, 
el amor de los hijos, los elevados sentimientos de la amistad; á mí, ár- 
bol encorbado bajo el peso del infortunio, sólo me ha confiado el aro- 
ma del incienzo para esparcirlo en mi derredor en esta fiesta de fami- 
lia, cuando el sacerdote bendice la fusión de dos almas, cuando los 
miembros de nuestro círculo modulan alegres himnos. Yo sólo puedo 
trocar en doloridas emociones los suspiros de dos seres que une el des- 
tino, que los une también el beneplácito de sus amigos. 

¡Oh Dios! Haced que no reboce en amargura el instante terrible de 
nuestra separación! que se sobreponga á nuestra angustia la idea con- 
soladora de que á los desposados les reserva el cielo en su hogar un 
Edén con sus mágicos crepúsculos y sus tardes apacibles; manantiales 
inagotables de amor donde encontrarán perfumes, flores y canoras a- 
ves; una aurora, en fin, constante y perennal que no oscurecen los nu- 
barrones de la desgracia. 



26 




Siempre tus recuerdos, tu imagen gravada en mí fantasía; fijas es- 
tán allí tas gracias infantiles, tu amor, tus caricias. No ha pasado Un 
solo día sin que riegue tu memoria con mi llanto. 

¿Cuál es tu mansión? ¿á cual de ceas mil estrellas que giran á la vio- 
la de Dios ha ido á brillar tu angélica presencia? 

Te preocupaban lo9 misterios de la eternidad porque creías; no te 
aterrorizaba la muerte porque esperabas; ¿podrías ahora revelarme qué 
es lo qne hay más allá de ese firmamento? 

Tranquila fué tu muerte; á tu lado brillaba la fe; no temías el qM* 
tigo eterno porque habías puesto la esperanza en Dicm; creías en una 
recompensa pues practicabas la caridad. 

Curtbas las dolencias del que gemía en mi lecho- de espinas, como 
Borenice, conducida por la voluntad de Dios, cuja mano cura y nun- 
ca mata. 

Dichoso- el que cree, el qne espera, el que confía; pero hay seres á 
quienes no circunda la aureola de trae virtudes ni los atiesta el ardor 
inextinguible de tu llama; cúbrense sus ojos con esa venda que forman 
las tempestades del alma; pero ésta, como la onda, va ciega i donde u- 
na fuerza superior la impele, á donde su destino la envía. 

Bendka la Providencia que inflama la tuya en los dogmas pnrísimos 
del cristianismo, porque ellos, uue fueron tu guía en la aurora de la 
vid*, aeran hoy tu faro en la noche de la eternidad. El Espíritu divi- 
na gHÍa á los mortales á la bienandanza. 

Te humilló la pobreza, te escarneció la desgracia, y bendecías á Dios 
con la resignación del mártir. 

Alma creyente ¿cuál es hoy tu recompensa? criatura formada de ba- 
rro deleznable ¿cuál es tu destino? Si te es dado revelármelo, ven á 
deoirme:— Es cierto que tras esas esferas luminosas se premian las vir 
tudes. — 

Mis lágrimas, debilidades de un corazón enfermo; mi tristeza, atri- 
buto de una terrorífica soledad, no las verás, no; no veras que mis ro- j 
dillas tocan tu sepulcro, como mirabas arrodillarnos los dos ante un» 
cripta cubriéndola eon flores; no presenciarás que me alejo conmovido 



27 

de tu lecho mortuorio para llorar mis desgracias en aquellos lugares 
que frecuentábamos unidos ppr un mismo destino. Ay! ja no verás 
aquellos verjeles en los cuales zumbaban los insectos, gemía la brisa y 
• rebolaban las mariposa©. 

Tus manos no acariciarán mi cabeza como en aquellos días en que 
vislumbrabas la felicidad ó cuando el infortunio humedecía tus ojos: 
ya no serán tu consuelo mis palabras ni tu delicia mis halagos; hoy sp- s 
lo puede ser grato á un corazón creyente que se hundió en el uo ser, 
la oración, el sufragio, el sacrificio que se hace á Lioa en sus altares. 
•Oh, si pudiera llegar hasta tí el eco de mis plegarias, y resinar en tu 
sepulcro como resuena en la soledad y bajo las ramas del sicómoro el 
canto del ave crepuscular! ¿Qué plegaria sería más ardiente que la 
raía para que el cielo te reciba en la paz del Señor? 

Me quedé solo y se enturviaron los manantiales de mi ternura; no 
queda sobre ta tierra ningún ser de los que rae amaron que cierre mis 
ojos ante la sombra de la muerte; no habrá para mí un relámpago de 
luz que alumbre la conjunción de la vida con la eternidad: ¿vendrá tu 
espíritu á recojer el mío en mi postrer instante, cuando la voz de la 
campana disipe su fúnebre sonido, cuando el alma adormecida flote en 
el infinito? 

¿Por qué, por qué Dios no te conservó á mi lado haata que mi eter- 
na noche brotara de mi último crepúsculo? me habrías alentado con tu 
amor y vigorizado mi espíritu con el ejemplo de tu* virtudes. 

Los acentos de la música que nos extasiaban, hoy, $1 escucharlos, 
laceran mi alma, exacerban mi dolor, y me inclinan á dudar de la jus- 
ticia de una Providencia que tú adorabas ciega y reverente; es que yo 
uo tengo tu heroica resignación ni esa alma elevada por la fe que sólo 
poseen los seres predestinados; pero sí presiento, sí bendigo, la volun» 
. tad de un Dios que castiga y que consuela; que lanza la tempestad y 
(que desplega también el iris de bu clemencia. 

Se santifica al mártir que, como tu, se inmola en los combatas de la 
fe ó de sus atributos en las aras santas. Yo $ólo he ofrecido al cielo 
el holocausto de mi desgarrador sacrificio y he apurado el calis de a- 
margura; si esto no es sincero, que Dios me abrume con sus rayo» des* 
de el Sinaí de su justicia. 

pHya querida! t mi María! yo me retiro A los sitios solitarios para 
concentrar en tí mis pensamientos durante esas noches serenas que 
me hablan de recuerdos, de paz, de amor; es el incienso que el alma 
lacerada quema en los altares del sacrificio y que consagra a loa seres 
aderados; anhelo la melancolía de la soledad para recrearme en tu me- 
moria y encuentro el hastío del aislamiento; busco el reposo en pl W- 
yo de esa luna que centellea entre el ramaie de los plateados olmos y 
allí distingo tu imagen que se mece entre rosales; busco el consuelo de 
la amistad y só'o veo la indiferencia de los hombres; ¡ay! de mi cpra 
zón nadie puede comprender los dolores sino otro corazón herido: los 
lazos amistosos, los vínculos de la sangre, los dolores de la humanidad, 



28 

no'tienen encanto para mí, ni me infunden compasión, cuando te he 
perdido; porque tu eras el eslabón que me unía á la familia y á la so- 
ciedad; mis emociones, atrofiando mis sentidos, ahogadas en las angus- 
tias del dolor, do exhalan ya una queja; me es grato pronunciar tus fra- 
ses cariñosas esculpidas en mi oído y que resuenan sin cesar como las 
vibraciones de un fonógrafo. Mis lágrimas brotan a raudales cuando 
veo perdida mi esperanza en el silencio de esa tumba que se abre na- 
da más para franquear el paso hacia la eternidad. 

| Alma mía! corza gentil que yo amaba con paternal solicitud! reci- 
be mis ovaciones y los recuerdos de tus deudos y de tus amigos. En 
vano te busco en ese firmamento que se extiende á mi vista como un 
magnífico sudario; lanzo tu nombre hacia los confines del vacío£sólo 
responde la soledad y la tenue escintilación de los luceros. 

Cuando me encuentro frente á frente con mi desgraca, anhelo exha- 
lar mi último aliento sobre esa loza que de mí te separa; que se extin- 
gan sobre tus cenizas las últimas notas de mi arpa; que mis pasos pue- 
dan llegar hasta tn túmulo para cantar con acento funerario el ultimo 
salmo de mis placeres y hacerte la última revelación de mis dolores; 
allí arrancaré á mi alma sus armonías, las postreras fraces del senti- 
miento al extinguirse para siempre. 

Ven, hija mía; qnlaza tu mano con mis manos. Cando te evoco en 
mi desgracia, en el silencio de la noche, creo sentir tu contacto; oigo 
palpitar tu corazón y percibo tu aliento eu mis mejilla*; creo en mi de- 
lirio que tu frente se acerca á mí; siento en mis sienes el roce de tus 
cabellos y escucho aquellas palabras con que buscabas gratos transpor- 
tes en mi afecto y el consuelo en tus desgracias. 

¿Por qué no son eternos los éxtasis en que mi alma te invoca, te pal- 
pa? Mi vista te sigue cuando creo mirar tu imagen que hiende el es- 
Í>acio cual bólido que brilla y que se apaga: vislumbro en mi mente un 
antasma adorado que se levanta de tu sepulcro; mi voz te llama y só- 
lo responde el eco de mi acento; te miro en las tinieblas, aérea, vapo- 
rosa, cubierta con blanca veste, como las hadas fantástico-noctnrnas 
que inspiraban á Becthoven sus notas inmortales. Veo en el éter un 
rastro luminoso que deja tu carrera; te llamo y no respondes; te sigue 
mi vista y desapareces; ¿por qué huj*es de mí? ¿no oyes mis palabras? 
¿no son mis lágrimas las que enjugabas con tus cabellos? ¿por qué bri- 
llas en mi fantasía cuando cierro los ojos? ¿por qué desapareces guan- 
do vibra mi voz? ¿será la imagen de algún otro espíritu querido que a- 
cude á mitigar mis pesares y á llorar conmigo mis desventuras? 

María, mi María, fijo está en mí tn delirio, tus últimas palabras; no 
me atormenta el recordarlas porque las vertías cuando te animaba un 
divino soplo.. 

Pensando en tí, me entrego al sueño confiando en que esas emocio- 
nes te dibujen en mi pensamiento, poique quiero verte, gozar un mo- 
mento en la ilusión de que vires á mi Jado; quiero sentir el placer de 
soñarte aunque me agobie después la certidumbre de que duermes pa- 



29 

ra no despertar jamás; quiero enardecer mi fantasía con el recuerdo de 
tus afectos para que jamás la mano del olvidó te arranque de mi me- 
moria. ' 
£1 dolor conserva tu imagen en mi fantasía, como la flor uonserva 1 
su perfume, la aurora su luz, la lámpara su llama; allí permanecerá pa- 
ra recrearme en el culto que mi alma te consagra. Hoy erólo existe 
entre los dos el firmamento, el dogma consolador de una esperanza, y, 
para protejerte, la Sombra excelsa de Dios que llena la inmensidad. 



DOS ÁNGELES SOBRE LA TUBA. 



(EPISODIO DE LA QUERRÁ CIVIL) 



X &&S BEBMJvETAS PACHECO. 



i. 



La aurora del 10 de Agosto de 1860 fué saludada con el estruendo 
de las armas. £1 clarín guerrero convocaba á la matanza; los caballos 
relinchaban impacientes; brillaban los fusiles y las picas, y gruesas nu- 
bes de humo se levantaban de la tierra. 

Dos ejércitos combatían. Sus caudillos habían escrito en sus ban- 
deras las palabras más sonoras, aquellas mágicas palabras que al pro- 
nunciarlas laten entusiastas todo*» los corazones — "¡libertad! ¡religión!" 

£1 choque será formidable; millares de víctimas quedarán exánimes 
en el campo de batalla; la sangre vertida á torrentes fertilizará la tie- 
rra, y el sacrificio de tantos mártires, ofrecido á la patria en holocaus- 
to, será tal vez estéril. * 

Cualquiera que sea el héroe de este día; cualqiera que ciña su fren- 
te con los laureles de la victoria, verá amargados sus festines por los 
¡ayes! del moribundo, por las maldiciones de les huérfanos. 

¡Días de luto seguirán á este de guerra y de exterminio! 

•Dios de I03 ejércitos! con una mirada puedes destruir millares de 
mundos y formarlos de nuevo á tu voluntad; infunde, Señor, en el al- 
ma de los combatientes aquel sentimiento de unión y de patriotismo 
que animara & nuestros padres en otros días. Aplaca la inclemencia 
del vencedor para que la desgracia del vencido no se acreciente con el 
peso de las cadenas! 



a 30 ' . 

- II. 

Momentos después uno de los ejércitos había sucumbido; las músicas 
marciales llenaban el espacio con suaves melodías, anunciando la 
victoria. Yo recorría aquel campo que estaba cubierto de cadáveres 
y de hombres horriblemente mutilados. Aquel espectáculo me horro- 
rizó: amigos, compatriotas, hermanos míos, habían sucumbido ante el 
fragor de la artillería; uno de ellos, compañero de la infancia/me reco- 
noció; me incliné hacia él para recoger sus últimas palabras; espiró en 
mis braaos después de consagrar á su patria y al objeto de su amor su 
postrer aliento. 

Es imposible dejar de conmoverse profundamente al contemplar el 
campo de la guerra en los momentos de la victoria; los lamentos de los 
heridos se confunden con los gritos feroces de hombres inhumanos, se- 
dientos de sangre y de venganza, í la vez que el sacerdote católico, 
despreciando los riesgos, cumpliendo con las funciones augustas de su 
ministerio* lleva palabras de consuelo y de paz, entre el estruendo de 
la guerra, al que eleva su pensamiento á Dios. 

Veense también á las hijas de San Vicente de Paul con admirable 
negación, con dulce fraternidad, con indecible ternura, restañar la san- 
gre á los heridos. 

{Mujeres adorables! ¡continuad vuestra obra de caridad! esos hombres, 
curadas sus heridas por vuestras manos, vendrán á vuestros pies para 
bendeciros. 

ni. 



En una de las calles de Silao, en el pórtico de una casa, se aglome- 
raba la muchedumbre; yo, movido por un espíritu de curiosidad, pude 
penetrar hasta el sitio donde se encontraba herido, tendido en su lecho, 
uno de los gefes principales del ejército vencido; me pareció ver brillar 
en sus ojos un destello de vida: una persona que no se había separado 
de su lado desde antes del combate, y que a la vez era mi amigo, me 
dijo con el acento del más profundo sentimiento, estas palabras que se 

han fijado para siempre en mi memoria: «Acaba de espirar , Deja 

dos ángeles sobre la tierra.it 

Me sentí conmovido, y abandoné el asilo del dolor y de la muerte 
donde no se puede estar sin que los ojos se humedezcan por el llanto. 

¡Ah! maldita, maldita sea la guerra civil que sumerge á tantas fami- 
lias en la desolación! ¡Cojamos flores y deshojémoslas en la tumba de 
lob mártires sin nombre, porque la guerra civil privó á Ja patria de sus 
hijos valerosos, cuyas armas se hubieran cubierto de laureles inmarce- 
sibles ante el enemigo extranjero! 

Mi boca pronunciaba á cada paso estas desgarradoras palabras. 

••¡Deja dos ángeles sobre la tierraín 



3t 



1 



jOh Dios! Tú cnjro aliento l*a díó animación en esta vida, caída de 
su inocencia, proteje su orfandad, dirige sus vacilantes pasos, y no per- 
mita», Señor, que &% Deparen jamas del camino del honor y de ka virtud. 



UIKJl tiatEUMU. 

DOÑA CASTA SQTOES SE RECIO. 



Hay que cargar en este mundo con la maldición del cielo; padecer y 
sufrir, mientras que, perfeccionando la materia de que somos forma- 
dos, nos acercamos a la Dívinidad.y vamos á habitar otic hemisferio 
dichoso ¡Oh! si en este mundo todo fuera vida y dulzura, yo no querría 
salir de él, y con todas veras de mí corazón le pediría á Dios que me 
diera por mansión este mtmdo en toda una eternidad Yo he pasado 
ratos de solaz, pero ¡qué diminutos son cuando los comparo con los 
días de fastidio que tanto me han agobiado! Cuando más contento es- 
toy hall venido como un contraste los sufrimientos. El colector de 
contribuciones: el cobrador de la renta de la casa; el floretista que no 
teniendo destino ve perecer á su familia de hambre y quiere que yo 
¡sea su salvador; el importuno cajista de la imprenta, á quien ahoga el 
tiempo en que el periódico tiene que salir forzosamente; la criada que 
viene á reclamarme A complemento del puchero, y todo esto en mo- 
mentos en que mi bolsa está exhausta 

¡Dios mío! ¡cuánta calamidad! Pero falta lo mejor del cuento: como 
llovida de la atmósfera se ha presentado ante mi uno de esos seres que 
vienen al mundo como una plaga, y á quienes el cielo les ba negado 
una misión^nblime. Tal es mi vecina D ^ Casta Sinoes de Recio. 

Muger de anas sesenta primaveras, fué esposa de un militar anti- 
guo que sirvió en el ejército trigarante; no tuvo hijos, y su corazón es- 
tuvo privado de esos dulces afectos que forman los tesoros del alma y 
endulzan las costumbres. D ^ Casta, semejante á la higuera que el 
Salvador maldijo por estéril, arrastra en este mundo una existencia 
penosa; sin familia, sin hogar, sin patrimonio, vive de la caridad pú- 
blica, y se abre brecha en la sociedad por medio de un carácter 



32 

chismoso y enredador; siempre atisbando las conversaciones de todos 
para deducir consecuencias, no dejará pasar ninguna circunstancia que 
pueda interpretar de un modo siniestro. 

Yo fui un día víctima de sus asechanzas. — Se presentó en mi casa de 
rota batida Señor Querubín, me dijo, echándose en mis brazos; desde 
que Dios Nuestro Señor llamó á su sonó á su mentido padre, ¡cuantas 
penalidades he sufrido! fué pa*a mí un protector, una Providencia, un 
ángel del bien que el cielo se llevó, porque esos seres perfectos no de- 
ben habitar en este mundo. 

— Ud. en su tiempo debe haber «ido una mujer de grande atractivo; 
esos ojos decidores; ese palmito, ese garbo andaluz, esa sonrisa coque- 
tona. .... 

— ¿De qué me sirve lo pasado, si hoy ya no lo tengo? ahora, ahora 
seria bueno esa irresistible seducción; ahora que hay tantos coroneles 
y generales, y tantos f orrages y plazas supuestas, y buscas pecuniarias, 
y tanta impunidad, y. . .jAy Sr. Querubín! 

— >Pero señora, le dye, usted parece que ha gozado de una dicha 
completa en este mundo. ¿No es usted feliz? 

— ¡Ay! señor Querubín, sólo yo sé ló que sufre una pobre mujer 
vieja y abandonada, á quien ese picaro gobierno no le paga su monte- 



pío 

—Sí? 

— Y á quien mira con desdén esa injusta sociedad. 
^ /— ¡Cómo! mi señora D ^ Casta! 

— Ayer me desayuné á las doce, porque mi vecino*-!). Cleofas Cara- 
col se le antojó tener á buena hora una reyerta con su esposadla tuer- 
ta de D ^ Tecla, y no fué posible poner paz en el matrimonio en to- 
do el día 

z—Es posible? 

r- Figúrese usted que D. Cleofas Caracol es un empleado del Go- 
bierno qne sirve un miserable destino; no es partidario de un candidato 
gubemil que no le es simpático al club oficial y esto lo ^iiene metido 
en cintura; no le pagan su sueldo, y D *. Tecla pasa la pena negra, y 
sus escaeeses á mí también alcanzan; dice el refrán que donde no hay 
harina todo es mohina; sin desayuno y sin puchero el estómago está 
en rebeldía y la bilis se derrama. 

— >Decía usted que D. Cleofas no es afecto á la candidatura oficial, 
pero esto no es razón para 

— Lo llamo' el Gobernador y clarito le cantó la cartilla* la Nación 
le paga á usted porque le sirva con lealtad, y yo sé que es usted asis- 
tente á cierto club que nos es hostil; ó abjura usted sus simpatías por 
ese ciudadano, trabajando por la candidatura de Fuianito, ó se queda 
sin destino como se quedó sin la primer camisa que usted se puso. 

— v¡Cóino así, Sra. D 3 Casta! pero si esto es una injusticia; y la li- 
lj bertad de pensar. ... 
¡i — Y el libre albedrío, y la libertad de conciencia, y el pensar in- 



__ 33 

dependiente que es la más preciosa garantía de nuestras instituciones, 
doña Casta, pelándmne unos ojos donde se retrataba la cólera más con- 
centrada, decía; ¿podrán ganar estos señores las elecciones, ejerciendo 
presión, forzando á todos á trabajar por un candidato que no nos gusta? 

/—¿No le aforad* á usted para gobernador el Sr. Fulano? pues vea 
usted que es un buen chico. 

— -nNo lo niego, no le quito la honra, y lo dejo en su buena opinión y 
fama; pero á mi no me agrada, porque qn día en que fui á hacerle una 
consulta sobre este vientre malhadado que tanto me gruñe, me regañó, 
me trató con aspereza, como si una fuera á que le digan sandeces, y no 
á que le ministren un remedio 

— Con que la recibió á usted mal, eh? pues lo extraño, en verdad. 

-^Se mostró enojado porque te dije que había tenido una indiges- 
tión. —Se atracaría de frijoles, me dijo, porque eso es el alimento que á 
ustedes perjudica. h— vPero Sr. Doctor, ¿qué han de comer los pobres? 
¿de dónde cogen trufas, hostiones y salmón en mañoneza? y entonces 
me hizo sacar la lengua media vara, me oprimió el pulso como con 
una tenaza, me contrajo el párpado de mis ojos, y sólo me dijo que no 
volviera á comer cosas indigestas, dio la vuelta y yo me quedé lo mis- 
mo oue antes; con tal proceder puede usted inferir si yo seré de su de- 
voción. 

—Pero señora Doña Casta, esa no es razón; tal vez un rato dé mal 
humor. ... 

— Los médicos no deben tener mal humor. . . . 

— ¿&i? No son hombres que están sujetos á las liviandades de los de- 
más hombres? ¿son ángeles? 

— y3on ciudadanos, que deben ser afables con los pobres enfermos; 
pues no faltaba más sino que una va con todos sus años á hacer una 
consulta, y después que la tienen en la puerta del zaguán tres horas le 

salen con que no la medicinan porque una es pobre y porque comió . 

no se que; con astas cosas ¿puede una ser partidaria de un hombre que 
tan mal se ha portado conmigo? 

— Usted exagera, señora Doña Casta; que sea de mal genio alguna 
vez, cediendo á un momento de fastidio, no quiere decir que sea un mal 
gobernante. 

¿Y qué me dice usted del Señor Jefe político que á chaleco quiere 
que lo elijan? ¿son justas esas amenazas á D. Cleofas, de privarle de 
su destino porque es concurrente al club de la calle de,. . . . y porque es 
subscriptor á su "Fandango?» Yo vengo a quejarme con usted» para 
que le ponga una peluca á esos señoritos y al Jefe político, porque no 
es justo nada de lo que hacen. 

^—Hablaremos, hablaremos más tarde, y usted me ministrará nuevos 
dados. 

Doña Casta se obligó k traer algunas noticias. Salió tarareando el 
conocido aire nacional. 

Al pié de un verde huizache 
Donde mi amor se recrea. ... 



========== 34 ============ 

Parece que el demonio prepara los acontecimientos. Cuando mas 
necesito de los auxilios de mi heroína; cuando el cajista de la imprenta 
me hace sus visitas mas continuadas, en demanda de material para el 
periódico, y más estéril está el ehirúmen, y escasas las noticias de sen- 
sació»? aparece como visión fantástica la señora de Recio, siem- 
pre risueña, siempre ostentando la única clavija que le ha quedado en 
esa cueva obscura, en ese antro misterioso á quien por sarcasmo se le 
da el nombre de boca; sus ojos verdes y opacos me buscan con avidez 
para comunicarme algún acontecimiento; ella todo lo sabe; es una colec- 
ción de fresca* noticia», ciertas ó fabulosas, exactas ó exajeradas, pero 
que al fin causan interés por su novedad. 

— Venga vd. acá, mi señora doña Casta, mi salvadora, mi ángel tute- 
lan vd. es quien está encargada de dar á mis lectores las noticias que 
g los seducen y entretienen. 

Í , — Señor Querubín, pasan cosas grandes y maravillosas por esos mun- 
dos de Dios. Nuestra predilecta, nuestra muy amable comadrita la 
Sra doña Bárbara, hace á vd. sus cumplidos; fué denunciada por un 
Sr. pero en esta vez ha salido el tiro por la culata: figúrese vd. que 
cbando mfe seguro se crefa el triunfo, porque calificaban de furibunda 
la calumnia, fué absuelto el periodista, y el acusador, con ese veredicto, 
ha quedado con las faldas levantadas, pues todo el mundo comprende 
que si ha habido absolución es porque el suelto era fundado, ih> por las 
anomalías del sistema que reúne solidariamente los pareceres y las con- 
ciencias de los jurados: Más valía no meneallo como decía D. Quijote. 

— vNueva tormenta se prepara para el día en que se ha de elegir 
Congreso ¿sabe vd. algo-, doña Casto? 

r -; Ay ay ay ! pues si están muchos de los nuestros con el pié tan al- 
to; hasta las nulidades más impotentes quieren curul; son bastantes loa 
aspirantes, y así tendrá el pueblo paño donde cortar y círculo donde 
escojer; una es la novia, y uno el elejido; los demás se quedarán á la 
luna de Valencia, suspirando delgadita 

— ¿Y qué dice el círculo de oposición? ¿cuáles son sus trabajos en las 
nuevas elecciones? ¿triunfa ó no triunfa? ¿la opinión le ayuda ó le con- 
traría? hable vd. doña Casia, por las once mil doncellas, hable vcL, que 
hay que comunicar algo á mis leetores. 

— >*Por México está en estos momentos el chubasco — Manolito Cár- 
ctoscx, ó como lo llaman vdes., eí maestro de ceremonias, discoléa en- a- 
quel teatro, y hace esfuerzos por enderezar entuertos y sanar á los 
quebraditos que resultaron en la última elección. Después dé la deiro- 
ta, el pobre de Manolito se quedó triste y desconsolado diciendo ¿pero 
en que ha consistido esto? no creen en su decadencia^ sofocado del ba- 
tacazo se quedó admirado del prodigio, en actitud humillante; yo le a- 
plico el versito que el sacristán de Sacapo puso y compuso al Señor de 
la Humildad, imagen que se veneraba en ese pueblo: 



35 



=**=»» 



->Veo que usted tiene á la mano siempre una flecha para disparar- 
la á buen tiempo. 

— Como iba diciendo, por México está la tempestad; ya aclarare- 
mos paradas— ¿Y no le parece á usted muy raro que á D. Fulano lo de- 
jen de Jefe político ¡caramba ccn el hombre tan equilibrista! mira ve- 
nir la tempestad, y le hace frente; busca el camino qme le conviene 
para caer narado, pues el chiste está en. saber colocarse; cae la lluvia, 
amenazan los rayos y las centellas, y que tiene como artillero buena 
puntería, escoge su paraguas y su rincón, diciendo: 

El animal á mi ver 
Más bellaco y más ingrato, 
Es aquel que imita al gato; 
Araña y gruñe al morder, 
Pero parado á de "Ker" 
Si le brinca al garabato. 

Tiene ,<fu para-caídas; ve que una administración bambolea y se 

derrumba, siente el temblor, pues no es lerdo; ya tiene en el bolsillo 
¡ una recomendación de un magnatepara qué él cuele capellanía. . . . 
; ¡caramba con el hombrecito tan buen equilibrista! el sí que está libre 

de incendios; parece que se quedará vivo hasta el día del juicio ¿iiial; 

ha de enterrar -a los muertos y dar fe de las heridas. — Vea usted Sr. 

Querubín, vea usted los Vercitos que le han dedicada 



Hábil es como la ardilla; 
Juega muy bien carambola; 
Cartea muy bien la malilla; 
Nadie le pisa la cola 
Ni le mete zancadilla. 



Él imita á la gamuza 
Cuando se vé atirantado; 
Se viste de piel-de tusa; 
Si el billarista hace chuza 
El queda siempre parado. 



Para vivir, el primero; 
Para ginetear, no hay otro; 

E9 tahúr, tecolotero 

¡No pernearán otro potro 
Más ladino y tesonero! 



Nadie le dobla la basa 
Si barc0a en sus terrenos; 
Lo echa pelón; y sin tasa 



36 

Llama luego el todos menos .... 
— Al buen día, meterlo en casa. 

Todos lo tendrían por lego 
Cuando exclama "no me arrugo? 
<r Viene el tres" y estira luego; 

¡Bien haya quien no es tarugo! 

Pues que lo toree Juan Diego. 

Como dice el tuerto Parres, 
''Cuídate de los esbirres 
Si con la judía nos barres; 
La carta es de los Aguirres, 
Y esta otra de los agarres" 

Ya lo sabéis lectores; la Sra. Doña Casta es colaboradora muy ar- 
diente; la armaremos con el rayo para lanzarlo á donde 6ea preciso, y 
pediremos al relámpo un destello de su luz para iluminar nuestros a 
suntos y nuestras conversaciones. Una colaboradora tan ardiente; u- 
na noticiera tan anhelante por instruir á sus lectores de cuanto hay de 
noble en la ciudad, en el Estado, en la Nación y en todo el Universo, 
es un tesoro; es una preciosa adquisición para un periódico que busca 
la claridad en la verdad y be afana por transmitir las noticias sensa- 
cionales. 



EL JURADO Y EL ADULTERIO. 

I. 

La institución del jurado para calificar los delitos, es moderna; po- 
cos años hace que se ha implantado en nuestra patria La venalidad 
de los jueces, las argucias de los jurisconsultos, el ingenio de los es- 
cribanos y leguleyos, impulsaron al legislador á poner la justicia en 
otro carril para que llegara á un fin con seguridad, para castigar inexho- 
rable a los delincuentes. Ante los jueces se necesitaban pruebas, ale- 
gatos fundados, leyes claras y precisas, saber pedir justicia y que 

la quieran dar. Como una aberración tremenda veíamos que se le 
daba al que no la tenía, y esto era visto tan á las claras, que se creyó 
más conveniente, en vez de ahorcar jueces y escribanos, variar la ins- 
titución. Parodiando un principio de caridad, como una limosna de 
nuevo género, se veía dar justicia a! que la pedía por no tenerla, como 



37 

■ ■ ' - ■■ ===a 

lo demostraban varios hechos escandalosas que aun hoy no se han ol- 
vidado: en cuanto á la parto contraria, podría decir lo que los campe- 
sinos en sus cantares; j>edmn justicia y les tocaban valona. 

La contradicción de las leyes, el tratado de las pruebas, era para el 
abogado entendido un arma de dos filos que esgrimía á su sabor; un 
juego de cubilntes; una prestidigitación temible que lo ponía en el ca- 
so de ganar un rumboso pleito, ó librar del castigo á un delincuente. 

Los ejemplos benéficos del jurado los teníamos prácticamente en 
Inglaterra; cada hombre se revestía con las insignias del jure, hacía 
abstración de su deleznable humanidad, se remontaba á regiones an- 
gélicas para no pertenecer á e6te mundo, y sin más guía que su con- 
ciencia absuelve ó condena; forma su resolución sólo con el ilustrado 
criterio y con su buen juicio; sin atender á lasjpruebas ni escuchar ra- 
zonamientos; sin verse fascinado con la elocuencia jurídica, debe califi- 
car si hay delito ó inocencia en los presuntos culpables. Ante las pre- 
guntas que el juez formula, hay que decir simplemente si; ?ió; si este 
quiere salvar al reo ó condenarlo, bastará, que á la pregunta se le dé 
una forma conveniente para recibir una calificación benigna ó adversa; 
después queda la interpretación de un monosílabo; esta es más elásti- 
ca si las preguntas son confusas ó contrarias, pues resultará lo que 
suele llamarse, ley del embudo 

Cuéntase que en un hospital se arrimaba á las cabecera de cada en- 
fermo un trasto nada diáfano destinado á recibir el atole, y éste lo 
tomaba por su mano cuando tenía necesidad de él; los enfermeros poco 
cuidaban del alimento, y por apatía ó malevolencia, pero con ánimo 
deliberado de no atenderlos ni llenarles el trasto, dirigían al pasar fren- 
te á un enfermo esta célebre pregunta: 

—\¿ Quieres, ó tienes atole f 

r- Sí, contestaba el interrogado, con la ilusión de alimentarse. 

— Que si tiene, contestaba el enfermo; y pasaba adelante. Después 
preguntaba al de mas allá: 

— ¿ Tienes ó quieres atole f 

— Nó, contestaba el otro al ver su trasto vacío. 

— Qtce no quiere, decía a su vez el enfermo, haciendo acomodaticia 
á su deseo la respuesta. Siempre tenía á su alcance una interpreta- 
ción para no dar alimento al necesitado. 

Esto mismo sucede con los iurados, cuando ellos dicen si 6 nó, como 
Cristo Nuestro Señor nos enseña. ¡Y luego se dirá que no hay justi- 
cia en este mundo! 

En todas partes se cometen errores y abusos; algunas veces para tor- 
cer la vara de la jueticia, y negarla al que la merece; otras para dejar 
impunes los delitos. Pero refiiriéndonos á caeos muy conocidos, ¡cuán- 
tas, cuántas absoluciones de los jurados hemos presenciado! Crímenes 
probados quedaron sin castigo porque aquellos no han tenido la con- 
ciencia de la criminalidad, ó porque no han querido apechugar con un 
voto que afectaba su delicado y sensible distema nervioso. Bien sabi- 
do es que ninguno tiene responsabilidad, y si la tuviera, jamás se le le 



38 

exigiría, puesto que no hay ejemplos de haber acusado y castigado á 
un juez qu« faJtara á sus deberes. Parece que se ha tenido empeño 
en desprestigiar una institución noble y benéfica, sólo por volver al sis- 
tema de fallar conforme á lo alegado y probada 

Si en los delitos del orden común, y aun en los oficiales se absuelve, 
desde el que delinque abusando de la libertad de imprenta hasta el fun- 
cionario que vende su conciencia; desde el que perpetra asesinatos pro- 
ditorios hasta el que comete hurtos rateros ¿cómo no esperar un vere- 
dicto absolutorio para la esposa inñel que, sobre tener Inienos bigotes, 
infunde lástima condenarla? ¿dónde está el areópago poco galante que 
dijera "esa mujer á la horca"? Ni en la antigüedad fué condenada la 
hetárea que infringiera las leyes griegas, porque deslumhraban sus o- 
jos de lucero y encantaba su belleza plástica. Frinée fué absuelta, y 
todo el mundo sabe cómo Hiperides la defendía 

Parece que hay poca previsión eu el esposo ultrajado si recurre á los 
tribunales en solicitud de reparación; á la sociedad por vindicaciones; 
á la religión por remedio; á la familia por consuelos. 

Ningún delito ha sido más estudiado por sabios, legisladores, crimi- 
nalistas, poetas y filósofos, y sin embargo, ninguna ley ha sido suficien- 
temente justa y enérgica para castigar el adulterio. Desde las leyes 
de Manú basta las que se han expedido en nuestros días, los delitos de 
adulterio han quedado impunes en general: desde los castigos más crue- 
les hasta aquellos en que la lenidad con el delincuente ha sido un pre- 
mio, no han hecho otra cosa que poner de manifiesto el cinismo y re- 
velar al mundo las liviandades de una esposa que flaquea. Dido, He- 
lena, Fedra, y la mayor parte de las reina/* de la tierra, infamaron el 
lecho nupcial, quedaron impunes, y pocas como Fedra lloraron sus ex- 
travíos y ocultaron su vergüenza. 

¿De qué manera castigan la ley, la familia, la sociedad y la religión, 
el crimen trascedentalmente funesto del adulterio? 

* ii. 

Cuando una mujer delinque y difama, adulterando la familia, im- 
prime en la frente de su esposo un sello de vergüenza y de baldón. 
Hay mucho de injusticia en eso de execrar á un ser que en el engaño 
no puede ser culpable; pero tal es la resolución de la sociedad. Exa- 
minemos, pues, cuáles son los castigos que puede recibirla mujer adúl- 
tera. 

La ley acepta una acusación únicamente de la parte interesada y o- 
fendida, es decir, del esposo; el vilipendio, como el pecado de Ádan, se 
trasmite á sus parientes, pero á estos no les es permitido tomar la ini- 
ciativa sin incurrir en la nota de intrusos, como dicen que sucedía al 
cura de Jalatlaco á quien mataban cuidados ágenos. La ley tiene qué 
castigar á dos tóm plises precisamente con unos cuantos días de prisión 
mientras dura el proceso, ¿y después? después viene el divorcio, el 



39 

fraccionamiento de la familia, la obligación de dar alimento y buen tra- 
to á la esposa infiel; si no es que, al advenimiento del nuevo ser, se des- 
piertan dudas y desconfianzas; se intenta despejar la incógnita sobre 
el tema de ¿si será? ¿sí no será? 

El jurado está tranquilo; el juez se lava las maños} allá se las aven- 
gan los actores del drama al representar el saínete final, pues hay que 
divertir al público hasta que se desternille de risa. 

La prole no toma parte en las cuestiones de los desavenidos consor- 
tes, y son las víctimas inocentes de las consecuencias; no disfrutan de 
la paz del hogar ni experimentan las tiernas Caricias maternales: no 
maldecirán siquiera su destine, porque esa maldición, como de recha- 
zo, recaerá sobre los autores de sus días; la desnaturalización es el vi* 
ció único que reconocer pudiera la culpabilidad de una madre ¿Cual 
puede ser el castigo que impongan los hijos que recibieron, al exhalar 
el primer vagido, las caricias maternales, si fco son las bendiciones y 
las disculpas de sus desvíos? 

Al saber la desunión de un consorcio, ya sea por la transparencia de 
los cristales del hogar, ó porque la bocma de los tribunales la prego- 
nan, la sociedad bosqueja una sonrisa, cuelga al marido un sambenito^ 
y arroja á su faz la estridente carcajada; una interjección de lástima 
hacia ella; á él una frase que le escarnece; sclo habrá un aplauso para 
el Tirabeque afortunado. Despaés viene el olvido de la falta, la res- 
tauración de la3 consideraciones sociales; la caridad cristiana hace lo 
demás; sobre todo, ¿quién será la impecable que ¿vrroje la primera pie- 
dra? El escándalo es una campana que toca á rebato; no moraliza á la 
esposa, sólo le advierte que debe ser cauta y previsora. 

¿Habrá muchas esposas que condenen á una adúltera, y aplaudan 
la vocinglera algarabía del ofendido que clama por el castigo? posible 
es que haya algunas, pero no estarán en mayoría. Se dice que una sá- 
tira contra los blancos sólo pueden aplaudirla los negros; los habitan- 
tes de la Nubía no creen que puede haber en el mondo color blanco 
si no es artificial, y cuando cae un hombre rubio en sus manos, le ras- 
pan la epidermis pretendiendo encontrar el color obscuro. Las adúl- 
teras no creen que haya esposas fieles; esta es la causa porque son in- 
dulgentes para con su mismo sexo. 

La religión es más compasiva en este mundo con la mujer que 
delinque: sus castigos son para despué3 de muerta; las consortes de 
conciencia elástica, á quien no preocupa u» temor de Dios ni del dia- 
blo, podrán exclamar ante el Ministro de su culto: ¡para allá me las den 
toda*! la Misericordia Divina no tiene límites; Dios hará uso en mi 
favor de uno de sus más grandes atributos, diciéndome como á Mag- 
dalena: "te perdono, mujer, porque has amado mucho. 

La ley y ía sociedad, la familia y la religión, son impotentes para 
castigar el adulterio; sólo queda el hacerlo almarido pundonorosa. El 
castigo de la falta depende del carácter del individuo; no en vano se 
dice que los agravios al honor deben ser bien callados 6 bien vendados. 
Dumas.(hijo) en su terrorífico drama "La mujer de Claudio? resuel- 



40 

ve el problema con estas palabras "mdtat/>;fnidtala; mátalos" Girar* 
din, en "El Suplicio de una Mujer" aconseja el perdón, condenando 
ú los delincuentes d ser ingratos,. Agustín F. Cuenca en "La Cadena 
de Sierro" propone el lanzamiento del hogar k la esposa infiel* En 
resumen, no pueden darse reglas fijas é invariables para todos los ca- 
sos; pero si creemos que ese problema sólo puede resolverlo el intere- 
sado sin la intervención jurídica, recorriendo como en una escala as- 
cendente todos los castigos imaginables, desde el duelo á muerte que 
lo toleran las leyes y aprueba fi sociedad, hasta el perdón de las inju- 
rias que aconseja la moral cristiana. 

Muchos ejemplos podrían citarse que resolvieran distintos casos; es- 
posos hay que, como último tributo nácia la que fué -su esposa, paga- 
ron el importe de su ataúd, la misa de requiescat y los derechos an- 
ticipados de la inhumación; existen también otros que, como ua Ma- 
nolito Gasqucz ó un tío Canillitas, esclaman: 

Si soy ...» engañado, que yo no lo sepa. Si lo sé, que no me lo di- 
gan. Si me lo dicen, que no lo vea. i si lo veo. . . .¡que se haga la 
voluntad de Dios! 

Podrá inferirse que los jurados, al ver á una adúltera sensual, ele- 
vando el alma á Dios digan santiguándose "No nos dejes caer en ten- 
tación" mientras que un marido esclama con los brazos cruzados, 

"Hágase, Señor, tu voluntad." 

¿Para cuando es entonces el suicidio, santo ciclo? 



41 



EL FANATISMO POLÍTICO. 



Desde los más remotos tiempos se estableció la lucha entre la reli- 
gión y la libertad. Hiparco recibe la muerte en las tiestas de las Pa- 
nateneas, y la tiranía es derribada de su trono. Sócrates, el genio dé 
la verdad , derriba con su palabra los altares de la idolatría pagana, 
inicia una nueva era, y muere envnenado por el fanatismo religioso. 
El cristianismo se extiende por el Orbe entero; la luz del Evangelio 
ilunina todos los espíritus y conmueve todos los corazones, teniendo 
ror baso una doctrina llena de amor y caridad; destruyendo la escla- 
vitud, erige altares á la libertad; con aquellas dulces palabras, "amaos 
los unos á los otros" pone las bases de fraternidad cuyos lazos unen 
á los hombres entre sí con un amor recíproco. El Hombre de la idea 
y de la reforma escoge eYitre la clase abyecta los propagadores de su 
doctrina, los estre«ha en su seno, los sienta á su mesa y con ellos com- 
parte su alimento, estableciendo iguales derechos; no los abandona ja- 
más, y después de su sacrificio, vigoriza su fé sobre las aguas del lago 
Tiberiade. La Cruz, signo de degradación y de ignominia en otro 
tiempo, fué santificada por la sangre del Mártir y convertida en sím- 
bolo de felicidad. Donde se encuentre ese signo allí resplandecerán 
como estrellas estas mágicas palabras, libertad^ igualdad, fraternidad. 
Jesucristo, frente á frente del paganismo y de la tiranía, fué el funda- 
dor de la democracia. Por eso los liberales, desarrollando el pensa- 
miento que contienen esas palabras, han formado de ellas un dog- 
ma que tiende á buscar el bienestar de los pueblos. Donde la Cruz 
se ostenta, ya sea en el templo ó en el desierto, en la cabana del pas- 
tor ó en el alcázar del potentado, allí se simboliza el credo de los libe- 
rales; donde se predica el Evangelio, se predica la democracia. «»Sed 
buenos cristianos y seréis muy buenos demócratas» decía Pío VII que 
coronó á Napoleón cuando era obispo de Imola. Los sacerdotes de 
todas las sectas cristianas llevan en su palabra, en sus tradiciones, 
en sus consejos, el germen de un sistema que practicado con eficacia, 



42 

forma la moral de los pueblos, radica su bienestar, y dá próspero 
desarrollo al amor de Dios, de la patria y de la familia. 

Dios y la patria; la religión y la política; el amor á los pueblos y la 
adhesión á la familia; be aquí los únicos pensamientos que preocupan 
á todos los hombres, y á cuyo fin consagran sn existencia. ¿Jorqué, 
pues, lo que debía estar perfectamente unido, siguiendo un mismo sen- 
dero, es lo más divergente y recorre opuestos caminos? Desde que 
los apóstoles de la fal&a libertad y los sacerdote» del cristianismo rela- 
jaron los precepto» divinos para oprimir á sus adversarios, se excluye- 
ron unos á otros y se declararon en un antagonismo extremo. Las ca- 
tacumbas encierran loe despojos de los mártires como el emblema de 
la tiranía de sus perseguidores.— Las acciones de Tiberio y de Nerón 
se conservan indelebles en la historia para que resplandezca el sacrifi- 
cio de los héroes del cristianismo. Las masmorras de la Inquisición 
conservan las manchas de sangre que esparcían unos verdugos fanáti- 
cos, y la historia conserva, para dar relieve á la resignación de los sa- 
crificados, los nombres de Arbués, de Torquemaday del fundador del 
Escorial, 

Sócrates combatió el fanatismo de los que deificaban los vicios y de- 
rribó sus altares, y para término de su vida regeneradora apuró la ci- i 
cuta, Voltaire denuncia loe abusos de los que desprestigiaban á Cris- 
to; forma la caricatura de los que deificaban los crímenes,- é inició una 
gran reforma sociaL Bus restos no han sido respetados por sus ene 
migo8 y fueron profanados por una mano sacrilega é impía, ya que no 
ha sido posible ni destruir sus doctrinas ni exceerar su memoria. 

£1 fanatismo religioso, el fanatismo* polrtiea, nada perdonan en su 
vehemencia. Encarcela á Galileo que les muestra sos errores, y con- 
dena al ilustre canónigo Copémico que adivinó un sistema planetario. 
Quema i Juan Huss; y excomulga a Lutero que demandan la simonía 
de las bulas de composición destinadas á concluir la gran Basílica; de- 
capita á Carlota», ahorca á Riego, quema í la doncella de Orleans; sa- 
crifica á los sargentos de la Rochela, persigue a Garibaldi, fucila al 
duque de Engiene en el silencio de la noche y á Darboy; Iriere á Si- 
bour en el templo, y sofoca la voz de Sfcroassmayer en el Concilio. 

Esos crímenes, perpetrados por la vehemencia de los partidos, no 
han quitado sw influjo á la religón ni su inocencia á la libertad; y sin 
embargo, esa lucha signep la religión y la libertad se hostilizan. 

En nuestra patria y en nuestros días, el sacerdocio católico inicia iv 
na guerra, sangrienta,, llama mía dominación extranjera, esparce su& a~ 
gentes, j eo» pretexto de conservar el depósito sagrado de la fé y ha- 
cer la propaganda* de sue creencias, funda asociaciones religiosa» con 
fines políticos, para arrebotar á los liberales la dirección de los nego- 
cios públicos. La caridad es convertida ea locomotora política; San Vi- 
cente en instrumento de odios y de venganzas, y la sociedad católica 
en agente electoral. He aquí las tendencias de nuestros adversarios 
en nuestro suelo. 



43 

No se crea por esto que no queremos opositores, ni esforzados cam- 
peones que nos combatan, ni antagonistas que nos disputen la direc- 
ción del gobierno; nosotros concedemos á nuestros enemigos los mis- 
mos derechos que nosotros tenemos, y si hemos de decir verdad, de- 
seamos su antagonismo para que nuest.ro triunfo sea más expléndido. 
Únicamente lamentamos que á la sombra de la idea religiosa se siem- 
bre la idea política, porque puede iniciarse una lucha cruenta; porque 
nuestros tiros, dirigidos al baluarte de nuestros adversarios políticos, 
pueden desviarse y herir el altar; porque nuestras palabras, encamina- 
das á destruir los errores de nuestros antípodas políticos, irán recta- 
mente también al sacerdocio. 

Que el clero católico; que los sacerdotes de todos los cultos, se en- 
cierren en el círculo de la fé religiosa, para no exponer el depósito de 
las creencias al embate de las pasiones políticas, ni á los halagos ó des- 
denes de una fortuna veleidosa. 



EL SENTIMIENTO PATRIÓTICO. 



El Sentimiento Religioso. 



Hay en el corazón del hombre un sentimiento grande que lo hace 
amar los objetos que le rodean, que forman su dicha, que ponen su 
alma en relación con la Divinidad; ese sentimiento es el amor k Dios, 
el amor á la patria. 

Nadie puede vivir sin fijar su pensamiento en esos objetos que lo 
seducen, que lo dominan, y que á todas horas ocupan su imaginación. 
El culto que se tributa al Ser Supremo, cualquiera que sea la nomina- 
ción con que se conozca, ya sea Cristiano ó Budista; ya sean adoradores 
de Mahoma ó del becerro de oro; yá se celebre ese culto en la Iglesia, en 
la Mezquita ó en la Sinagoga, el hombre eleva su pensamiento hasta el 
solio del que formó el mundo, la luz y las estrellas, y se humilla y le 
tributa adoraciones. En los tiempos de barbarie la Naturaleza se con- 
sideraba como Dios, y la religión eran los placeres, porque su percep- 
ción estaba en los sentidos. Se fundó el culto de Isis y de Astarté pa- 
ra santificar el amor; el de Baco para tributar culto al placer de la 
enagenación mental; el de Minerva para elevar á dogma la sabiduría. 
Desde los tiempos más remotos, el hombre adivinó que había un Ser 



44 

superior á todo lo que su vista alcanzaba y á quien debía tributar res- 
peto y adoración. 4 

El lugar donde se meció la cuna, y donde los ojos percibieron los 
primeros destellos de luz; los sitios donde pasó la infancia, y donde se 
labra el sustento; la fosa en que descansan los restos mortales de seres 
queridos, y que guardará los propios y los de los descendientes, tiene 
para el hombre grande predilección; ese afecto no está* sujeto á las 
veleidades del corazón, ni á las bastardas pasiones que agitan el alma, 
Amamos á la patria coando exhalamos nuestro primer vagido, cuando 
reposamos á la sombra de una encina, cuando el dolor nos postra en 
un lecho de espinas, cuando nos alejamos de su suelo, cuando estamos 
distante de ella; á cada instante le consagramos un pensamiento. Por 
esto el amor á la patria es una religión. 

Cuando percibimos los últimos destellos del sol en el quince de Sep- 
tiembre y en la aurora del nuevo día, late nuestro corazón de entusias 
mo, sentimos dulces expansiones en el alma, que van creciendo á pro- 
porción que se acerca la hora solemne; el reloj marca las once de la 
noche; las campanas, resonando á vuelo, hienden los aires; las músicas 
entonan aires patrióticos, el bronce guerrero lanza su fragoroso ^es- 
truendo y la bandera tricolor se levanta magestuosa para recordar que 
es el gran día de la patria, el día de su nacimiento en Dolores, el 
día que celebrará nuestra última generación, como si observara el 
mandato de Faraón á los israelitas: "Este día será un monumento para 
vosotros, y lo celebrareis ante Dios solemnemente de generación en 
generación con un cuite perpetuo.» ¿Habrá quien no- ame este día? 
¿Habrá una alma indiferente ante los recuerdos que él simboliza? ¿Ha- 
brá un mexicano que abra sus labios para maldecir el grito que . Hi- 
dalgo entonara lleno de fe para iniciar la emancipación de nuestro sue- 
lo? Patria! patria! si alguno de tus hijos fuere indiferente á tus glo- 
rias, y no se conmoviere con tus dolores, tiéndele con amor tus brazos, 
y no lo maldigas, que algún día vendrá hacia tí para abrazar tus rodi- 
llas inundados sus ojos en lágrimas de arrepentimiento. 

{Bendito, benito sea este hermoso día! ;no lo verán más grande las 
generaciones que han de sucedemos! Oh! mientras esa bandera pue- 
da ondear en los aires, no es lícito agitar nuestros odios ni lanzar una 
palabra ofensiva á nuestros hermanos. Sentémonos todos á la mesa 
del festín, unidos con los lazos de la familia, porque es el día de la re- 
conciliación, el día de la madre patria. 

¿Este sentimiento patriótico es general? los mexicanos todos lo cele- 
bran con ardiente entusiasmo? Tended la vista por las calles todas de la 
ciudad. En los edificios públicos se ostenta el pabellón de Iguala, y 
muchas casas están iluminadas. ¿Por qué se observan casas sombrías 
que parecen estar deshabitadas? Sus moradores no se agitan ante el 
recuerdo de este día, ni dan la más leve muestra de regocijo. ¿Quié- 
nes son? qué pretenden? cuáles son sus tendencias? cuál es el sentí 
miento que? domina sus espíritus? Cmín amargo es para nosotros ver- 
nos en la obligación de decirlo en este día, de lanzar una queja contra 



45 

nuestros hermanos indiferentes. Esas familias son las de los conser- 
vadores; anhelan un cambio de instituciones políticas y sociales; los a- 
nima únicamente el sentimiento religioso. 

Para celebrar el gran día de la patria no hay una sola señal de re- 
gocijo; para celebrar la fiesta de la Virgen de la Merced hay entusias 
mo, hay espontaneidad, hay hasta prodigalidad. El sacrificio de Hi- 
dalgo y de Morelos puede pasar desapercibido; los hechos de Armen- 
gol y del rey D. Jayrne están marcados con el 6ello de la magnanimi- 
dad. Redimir á la patria de la esclavitud es un hecho insignificante; 
redimir á los cautivos cristianos del poder de los moros es grandioso 
sobre toda excelsitnd. 

¿Por qué existe esa indiferencia para con la patria? por qué la reli- 
gión ha de observar cualquier otro sentimiento igualmente noble y 
grandioso? ¿Por qué el deber de tributar cnlto á Dios ha de debilitar 
el deber de tributar homenajes á la patria? qué! ¿el sentimiento pa- 
triótico excluye el sentimiento religioso, ó viceversa? El amor á la pa- 
tria también es una religión, hemos asentado; también ese culto tiene 
sus misterios, sus exageraciones, su fanatismo, su sacerdocio, 6us sacri- 
ficios. También la bandera y el himno Nacionales simbolizan recuer- 
dos históricos, como la cruz y el Te Deum simboliza la redención y la 
gratitud. 

Que no todos los liberales se entreguen á ciertas prácticas del cato- 
licismo, se comprende muy bien; muchos serán iconoclastas; no todos 
profesarán una misma religión; si son ateístas, indiferentes ó ningunis- 
ta\ será un mal de que sólo ellos sufrirán las consecuencias; pero no 
podra decirse lo mismo de los conservadores; ellos nacieron eu nuestro 
suelo; ellos tienen una patria que es la nuestra y á quien aman como 
uosotros la amamos. 

Si no admiramos los hechos grandiosos de nuestros héroes en el gran 
dia de la patria, con espontaneidad, con el entusiasmo de que es dig- 
no, caeremos en la indiferencia; y la indiferencia patriótica ó religiosa 
es un vicio que gasta los sentimientos más elevados del alma, y nos i- 
guala con los seres irracionales. 

Un escritor célebre nos trasmite este axioma: 

"Desgraciado el pueblo que no celebra las acciones de sus grandes 
hombres, porque donde no tiene altares el heroísmo, tampoco impera 
la virtud." 



46 



us :ocmiE mcts 



RELIGIOSAS. 



Sabido es que en todo el país se ha establecido una asosiación que 
lleva el nombre de católica, cuya misión es mantener en agitación el 
espíritu religioso, vigorizar la fe, ejercer el dominio en las conciencias, 
y buscar en la política y en la administración pública la solución de 
varios problemas que se ligan con el bienestar de los pueblos; ¡santa y 
divina misión! no tendríamos palabras con qué elogiar esa conducta si 
se tratara sólo de plantear una idea religiosa, pero no es así; no se pro- 
paga esta idea sin ir acompañada de la idea política. 

El ciudadano tiene su misión sobre la tierra; el sacerdocio la tiene 
también; no queremos que nadie abjure sus derechos, no pretendemos 
que el ciudadano y el sacerdote abandonen sus deberes en sociedad: as- 
piramos únicamente á que cada une gire en la órbita de sus atribucio- 
nes. 

La política pasa frecuentemente por peripecias violentas que dejan 
en el ánimo de sus actores odios profundos. 

La religón es la relación que existe entre el hombre y Dios; es un 
sentimiento que posee todos los atributos del bien, y se encamina ha- 
cia la felicidad eterna, teniendo por base el amor á los semejantes. 

Podríamos decir que la política y la religión se excluyen. Haced 
partícipe al sentimiento religioso de la idea política y resultará una 
monstruosidad. Aplicad las virtudes cristianas al régimen administra- 
tivo y á las lucubraciones de la diplomacia, y resultará una zalagarda 
incomprensible. 

Jesucristo y Machiavelo jamás podrían entenderse: sus preceptos y 
sus doctrinas tienden á distinto fin. 

Cuando un gobierno se declara protector de una religión, se consti- 
tuye en perseguidor de todas las demás. Cuando una asociación reli- 
giosa crea y sostiene un gobierno, establece el antagonismo aun entre 



47 

bus propios correligionarios, e inicia el espíritu de secta; de aquí ha re- 
sultado que un culto sufre los rudos embates de una oposición muchas 
veces apasionada, y debilita los fundamentos de una creencia; £e aquí 
resulta también que los gobiernos vienen k ingerirse en los asuntos del 
culto, y aun pretenden reformar los dogmas. 

Enrique VIII, protector del catolicismo, quiso hacer de la religión 
el templo de sü lubricidad, y del jefe de la Iglesia el aliado de sus pa- 
siones sanguinarias. Se fundó la iglesia anglicana, como una rama del 
cristianismo, que germina, que se trasplanta á países remotos y á dis- 
tintos climas, sin que deje un momento de hostilizar al papado. Tole- 
ra todas las creencias por absurdas é inmorales que sean, desde los 
sectarios de Mahoma, hasta los hijos de Israel; desde los mormones 
hasta los adoradores de Brahama; pero en medio deesa civilización 
que difunde, sólo excluye al catolicismo y se declara su tirano y su 
perseguidor. 

O* Connell bace resonar su elocuente voz en el parlamento inglés so- 
licitando derechos para un pueblo oprimiJo, y no consigue más que 
sublevar los ánimos, jr desarrollar los proyectos de destruir el senti- 
miento religioso en la herdíca Irlandas O' Connel), padre de este pue- 
blo, con una sola mirada lo reúne a su alrededor; respira con su alien- 
to, habla con su voz, le infunde vigor, anima su fe; jamás hombre al- 
guno ha ejercido más ascendiente en el ánimo de un pueblo entero; 
no es la amenaza, no es el temor, no el interés de la recompensa 
quien le lleva a su pies, es la adhesión sincera, es el amor entrañable, 
es la Abnegación fundida en una sola alma, en un mismo espíritu. A 
una señal de su mano, el pueblo Irlandés se arma y corre al sacrificio; 
á una palabra de su boca lo* corazones se inflaman con el fuego de 
una pasión religiosa; á una mirada que lanzan sus ojos, todos los espí- 
ritus se calman, y aquellas lavas, aquellos volcanes en efervescencia, 
aquel mar agitado recobran su sociego como si la voz de un Dios dije- 
ra al Océano borrascoso: "sosegaos; de aquí no pasarás. » Pues bien, ese 
poder, ese esfuerzo, esa elocuencia no ha conseguido hasta hoy arran- 
car franquicias y derecho» civiles á un gobierno que se introduce en la 
conciencia, que trata de imponer un culto. La verde l£rim sufre todo 
el peso de una tiranía civil y religiosa, mientras que el gobierno de la 
soberbia Albión lleva su civilización á la India, y muestra al Orbe en- 
tero los beneficios de sus instituciones libres* Es el protector de todos 
los cultos en todos los pueblos de la tierra, y el opresor del catolicis- 
mo en Irlanda^ 

La revolución francesa de 93 rompe el cetro de la tiranía con el yn- 

?;o de la tiranía, inunda de sangre inocente la plaza de Greve; en su 
uror destructífero, en su espíritu novador, dirije sus miradas al sa- 
Srarío de )a conciencia, y sus tiros al altan Robespierre es guillotina- 
o casi moribundo, y Mantt exhala su aliento envenenado ante la no- 
ble actitud de una mujer heroica, ante la presencia del "ángel del ase- 
sinatorr como Lamartine llama á Carlota. 

Los jesuítas y los inquisidores se hostilizan entre sí con encarniza- 



48 

miento, disputándose el dominio y la dirección de los negocios públi* 
eos en España; y esa lucha no termina sino con una revolución san- 
grienta, con el sacrificio estúpido de ochocientos frailes en una sola 
noche. 

En todos los pueblo? donde el sacerdocio ha tomado parte en la po- 
lítica y que el gobierno se ha ingerido en la Iglesia, han tenido lugar 
dramas sangrientos, horribles hecatombes que debilitaron el sentimien- 
to religioso, ó que derribaron el pedestal de los gobiernos. La ciudad 
eterna, que durante tantos siglos fué el albergue del pontificado, es 
la capital de la Italia libre, y esta presenciando la ruptura de la triple 
corona de los papas» 

La historia nos revela en todas sus páginas que el consorcio del go- 
bierno y de la religión es nociva á todos los pueblos, porque si se ha- 
ce solidaria de su causa, esté sujeta también á sus convulsiones. 

Que los gobiernos no se ingieran en las creencias de los pueblos ni 
en la práctica de los cultos; que no se declaren protectores de una re- 
ligión, porque esa protección suscita el celo y engendra la persecución 
de las aemáe. Que cada religión haga la propaganda de sus doctrinas 
en la prensa y la tribuna, en «1 templo ó en el hogar, pero no en el san- 
tuario de las leyes ni en el recinto de la justicia, para que su marcha 
sea segura; para que sea fructuosa, para que sea uniforme. Los cambios 
periódicos del personal de las autoridades que son inherentes á las ins- 
tituciones, hará que se efectúen volubles cambios también en lasare- 
vanzae y en l$w protecciones que el gobierno ejerza hacia determinado 
culto. 

Esa asociación católica que tiene por objeto alimentar la fe y radi- 
car sus doctrinas, tendrá aceptación entre los pueblos cuando se vea 
que sus pasos se dirigen hacia un fin laudable, ó cuando se persuada 
de que el principio religioso no le sirve de vehículo para buscar el triun- 
fo también de un principio polílico. 

Los que forman esas asociaciones religiosas también son ciudadanos, 
y también tienen el derecho y aun el deber de tomar parte en los ne- 
gocios públicos que afectan al gobierno de los pueblos, pero entonces 
es distinta su institución y distintos los medios que deben emplearse; 
nc será entonces el sacerdocio quien busque el antagonismo, sino los 
agitadores populares en los comicios; en el seno de la asociación pura- 
mente religiosa no pueden caber sino personas de una creencia homo- 
génea, animadas de un mismo espíritu; en el club político pueden caber 
ciudadanos de distintas religiones, pero que estén ligados por un mis- 
mo principio, cual es el de llevar triunfante al cuerpo legislativo una 
idea nueva, cuya práctica sea un beneficio para los pueblos. — Los 
hombres de la idea- política no deben ser los hombres! de la idea reli- 
giosa. — Unos y otros deben recorrer distintos senderos. 



4d 



YLA 



La revolación de Reforma dejó entre nosotros odios profundos, di 
visiones espantosas en la sociedad y aun en las familias.— ¡Canario! 
nosotros vimos los campos cubiertos de cadáveres; todavía se nos espe- 
luzna el cuerpo al recordar la tatema de los muertos, como chivos en 
barbacoa. — Muertos hacinados, desnudos, cubiertos de sangre, rodeadob 
á una hoguera.— ^Humanidad! ¡humanidad! ¿no eres un sarcasmo? In- 
quisición! la civilización había borrado hasta tu nombre ¿por qué apa- 
reces en los campos de batalla en los tiempos moderaos?,*- Ah! para e- 
vitar a los pueblos la epidemia.. 

Mirad; aquel es uh coronel; su cuerpo está cubierto de heridas; cua- 
tro balazos recibió en la guerra extrangera, y pudo salvarse; hoy la 
guerra civil lo ha hecho su víctima; no fué, no es mártir de la indepen- 
dencia, pero sí es mártir de la reform&->Aquel otro es un soldado ra- 
so; muere sin dejar un renombre, un caudal, un. . . .{qué decimos! no 
deja siquiera á su familia la triste nueva de su muerte.— >j£n vano un 
deudo ó un amigo recorrerá mañana estos campos escarbando la tie- 
rra para conocer unos despojos; las leyes exigente de la guerra, de la 
higiene y la salubridad, pondrán una flama á-e*a pira; algunas tonela- 
das de carne humana se reducirán á un montón de cenizas, ¡qué confu- 
sión el día del juicio finaU tocata S. Gerónimo la corneta y esas cenizas 
permanecerán inertes; tocará diana, calacuerda ó generala, y ni per 
esas se reanimarán los que no han de ser calaveras. 

La pira arde con muy poco combustible; los huesos son un pábilo 
excelente; la carne y grasa es alimentación esquisita^— » Mirad, mirad; 
allí se encuentra un hombre; se- retuerce por sus dolores, grita, se sien- 
ta, ¿está vivo? nó, es la contracción de los nervios afectados por el fue- 
go; allá otro se vuelve para uno y otro lado como si hiciera de áu cuer- 
el suculento rossbeef de los ingleses; se estremece, se encoge; el 



50 

más allá se ríe, me llama, y todos se quejan y gritan y se estreme- 
cen Oran Dios! apartemos la vista de este sitio. Los horroresde 

la guerra infunden pavor á mi alma. ¿Estas victimas se han sacrifica* \y 
do ante un enemigo extranjero? Nó, son victimas de la regeneración 
del país, de un combate fratricida; defendían la constitución, defen- 
dían la reforma. Manes ilustres, ¡reanimaos! ¡la obra está terminada! 

La Constitución es la obra de la meditación y del estudio que sancio- 1 
nara el sabio con sus teorías y con su experiencia; es el escudo contra la 
tiranía. .......... . 

La refirma es el grito del* pueblo, la necesíflad derla sociedad; es el 
pasado riüebdo con el porvenir; es el fanatismo de nuestros antepasa- 
dos resistiendo los destellos novadores de un progreso siempre crecien- 
te; esa reforma esta sancionada cota faue^feros sufrimientos; lleva el se- 
llo del genio y del martirio de Ocampo, de la sangre de Degollado, de 
Alatri&te, de Rangel, de Cruz Aedo; se ha úaecido en los campos de ba- 
talla, con los cánt)£o%, tnajyúales del guerrero; sé ha nutrido con la me- 
tralla; se ha vigorizado con el canto de victoria, ¡Gloría á Dios en las 
alturas, y paz á los hombres! 

Silao y Calpulalpam son sus columnas. El fanatismo dejó entre sus 
cimientos &\i piel de víbora y quedó adormecido basta que Forey le in- 
fundió movimiento coa una pila de Volta. Volvió á adormecerse en 
el cerro de las Campanas, y parecía no dar señales de vida. 

Hoy se m^eve^ se levanta, recobra bríos; es el último estremecimien- 
to de- la agonía; en el Invierno los reptiles suelen removerse, porque só- 
lo están aletargado*, 

La nueva protesta de. cumplir las leyes de Reforma, renueva los 
antiguos resentimientos y los escrúpulos de 1857. 

Los liberales están en su puesto; levantan m*y alto su frente y su 
estandarte; sus antagonistas muestran todavía repugnancia al aceptar 
hechos consumados; á nuestra bandera oponen la tiara que se entiérra 
en el Quirinal; á nuestros /vivas/ á la libertad nos oponen las excomu- 
niones y las eextsuras; al ver nuestra condición de libres, nos eqpeñán I 
satisfechos sus cadenas de siervos de Roma. * 

Salpd, hombrea- da la regeneración y del progreso; de vosotros es él 
porvenir. .... ^ 

Salud, hombres de la preocupación religiosa; de vosotros es el pasa- 
do. Bienave»tufíMJQS lo» pobres de espíritu, porque de ellos es el reino 
de los cielos. 

Coa cuanta solemnidad fué posible, -fueron sancionadas las leyes de 
Refon^a». 4 tevftd*» *1 rango de preceptos constitucionales; algunos de 
ellos tienen el tinte sombrío del contraprincipio liberal; lo combatamos 
como diputado* y como escritores, cuando pudimos hacerlo en el terre- 
no de la licitud . constitucional; hoy r elevado á ley ése principio sancio- 
nado por una mayoría, aun citando sea una inconsecuencia, nuestro de- 
ber es acatarlo y cumplirlo. 
La protesta* ha sido aoleosne. 
lío quisieron jtf^etarla los vasalto* - 



ir 



51 



Tributamos un homenaje de respeto 4 la convieeióñ j i )a buena fe, 
. — Ese sentimiento profundo eleva al hombre, y simpatiza con el nues- 
tra— >Estos hombrea son dignos de desempeñar loa puestos que deben 
confiarse á la equidad y ala honradtz^Ojalá y en nuestra matao estu- 
viera premiar ese heroísmo, pero no podemos saltar la barrera dé ía ley '. 

Algunos conservadores vergonaantea, como el gato que deja la cola 
de fuera», ae han ocultado tras ana licencia ó «na enfermedad. 

Otros conservadores con piel de< Kbdralee, coa más 'amor á la tesoro* 
ría que miedo al infierno, apachugaron ía excomunión. Ya no se 
confunden el hombre de la idea y el hombre del destino. La miseri- 
cordia de Dios es muy grande; pasada la protesta, el pan y el agua 
bendita se encargan de abrir las pwrtaa del paraíso & loa t?*Mra(/tfro& 
La pjro^eqtyfc tiene *u l^do mala — Castiga al hombre de honra y premia 
al saltimbanqui político, — Los libérale* estuvieron en su puesto? ewn 
plieron con su deber, y. merecen por sólo eato nuestro elogia 

La bandera nació pal ondea en los. airee anunciando una vea más el 
triunfo de la democracia* regocijémonos» loa que de alguna maneta ha- 
yamos contribuido á ello» 



BANDERAS Y BANDERÍAS. 

(JIEGO DE PUESTIDIOITACIOAV) 



futrábamos cp la juventud, en la edad enqae <etA entoldado él por- 
venir para los hombres, pero que los jóvenes* llenos de vida¿ creen en 
él, y en realizar las ilusiones de loe sueños do ora Entonce* acriba á 
nuestro suelo un hombre que tonta la. facultad de» hace* milagros; ta 
muchedumbre lo seguía; la «sociedad lo adjpird yí la levantaba altare* 
como i un sem¿-d*o$ no faltó q*ie» le creyera al anti^Oiatcvy aun 
quien le condenara opmQ á un eafriñta: maléfico, nuncio de Satanás, 
que venia ¿ tentarnos para cond^cimoadJ^pt»^ á los ántrúa infernales. 

Tal fué uu hábil prest^igitado* ou^ al contacto des» vara prodigio* 
sa, sería capaz de convertir en hombres 4 las piedras cow> Deuoalion; 
él resuscitaha & I05 muertos como Jes^jr sijapefcdí* u% el «¿re, contra \m 
leyes de la física, ¿ una rolliza, .mujar después de adormecerla ¿on la 
fas<?inación do. uns, mirada fija- y catalítica, ¿orno la de Satán. 

Los prodigios del magnetismo revelado» por Mesmec eran descono- 
cido* fin i^eefUr^a Jftrápneft $1 primero, qu^ loe dW 4 conocer fué el d- 
l^^re prestid jjflfadoi; del «uguto, q* iuoivi<íaMft AlaMuder, 



52 

Cayeron por tierra las suertes de baraja con que loa ciegos nos di- 
vertían, y 3e condenaron al olvido las cajas de doble fondo que hacían 
desaparecer los objetos; imágenes perfectas délos juegos de cubiletea 
de D. Lúeas Alemán, de Tomel y de I^cuiiza; Ante los prodigios de 
Ale^ander se excluían los escamoteos; mas no pudiéndose explicar las 
desconocidas maravillas de la física moderna, se recurría á los cuentos 
de badas, de los encantamientos llamados á realizarse en el Siglo XIX; 
los más preocupados, creyéndo*en los pactos con el demonio, se santi- 

Iguahaa cada vez que la voz pública pregonaba la realidad de tales por- 
tentos. ' 
La bolsa prodigiosa de donde salían millares de huevos, se realizó 
en la ley del timbre en nuestros días, de donde salen pesos á millares: 
es que en aquella bolsa se «nido la sempiterna galKna r qtie pone los 
huevos de oro, como se anidan en la administración del Timbre las ga- 
llináceas figuras de D. Emiliano Busto y del siempre célebre Lope-Lara. 
Nada cautivó tanto nuestra admiración como la suerte de las ban- 
deras; se parodiaban los milagros de la multiplicación de los panes y 
de los peces y el convertir el agua en vino; aquello sí nos dejó estu- 
pefactos v boquiabiertos de puro aterrorizados. Veíamos en manos del 
¡prestidigitador una banderita de ambigú nocturno que, al agitarla, se 
multiplicaba hasta el infinito; mas para halagar el sentimiento nacio- 
nal de los espectadores, la banderita ostentaba los tres colores simbóli- 
cos de la de Iguala. 

Nuestra imaginación nos hacía ver en el, mágico prodigioso la simi- 
litud perfecta del libertador Iturbíde, tremolando su gloriosa qnseña. 
Las banderas nacionales de todos los pueblos tienen el atributo de 
conmover los corazones y de inflamarlos con el santo amor de la pa- 
tria. En manos <te aquel hombre era un símbolo sagrado que venerá- 
bamos oon fervoroso respeta \ Ay! [Entonces no veíamos ondear la ban- 
dera tricolor en las pulquerías, en las cantinas, ni en el serviguillo de 
un toro de lidia. 

A cada movimiento de su mano se multiplicaban las banderas, y con 
profusión se repartían hasta agotarse; quedaba una sola, y al agitarla 
de nuevo, de nuevo se reproducían, variadas en sus formas, distintas 
, en sus matices. Tricolor fué la simiente, la que simbolizaba la nacio- 
nalidad meneaba: de sus pliegues salieron la bandera roja, emblema 
de la revolución francesa, cotí su sistema de terror, sus avances civili- 
zadores, y su tiranía injustificable: la bandera negra, que llevaba como 
un signo la calavera, geroglífieo aterrador de >>Zos húzares de la muer- 
te:» la listada de blanco y rq¡o¡ qué iedría dé ser en algún día nuestra 
I dominadora, y en otros días la protectora de la cansa de ñuesfra ín 
dependencia contra el imperio y la tiranía de los franceses. 
Aquellas banderas diseminadas entre la multitud, fueron la Semilla 
" de otras nuevas, k cuya sombra se acogían los hombres de tú idea para 
buscar un triunfo k sus Sofismas políticos. 

Vine la federación; después el centralismd^íaáb tarde la revolución 
de Ayuda, la' Constitución de 1857, lá Reforma;, el Imperio, la RepúJ 

i I 



53 

blica, 7 al fin de todos estos sistemas, un orden de cosas tal que, más 
que un sistema político y administrativo, es un conjunto de todos los 
anteriores, una especie de ensalada de Noche Buena. 

Flota en los edificios públicos ol pendón de Iguala como un signo de 
respeto que el pueblo mexicano le tributa; pero los ciudadanos, for- 
mando distintas asociaciones, enarbolan la bandera de Iturbide subs- 
tituyendo el verde matiz con el negro, color que la transforma en ban- 
dera prusiana. No estrañemos ver á los que la enarbolan apoyarse en 
el cañón rayado, calarse el casco á la Bismark, y «alzar la bota f Fede- 
rica. 

En otras asociaciones se levanta la bandera Manca que simboliza la 
religión; tiene como escudo una tiara y una Cruz; está dispuesta á dar 
protección á los hombres de ideas ultramontanas* No es este el emble- 
ma que Hidalgo levantó hace setenta y siete años en Dolores, y que 
recogió del Santuario porque tenia como escudo k Ja Viígen de Guada- 
lupe, nó; la bandera blanca que de nuevo se enarbola por el po- 
der teocrático está manchada con Ja sangre de Hidalgo y de Morelos, 
de Guerrero y de Ocampo. Es el blanco girón del pabellón de Iguala 
que representa las antiguas tradiciones, y que resisten los adelantos 
del progreso. 

81 un nuevo Alexander tremola la bandera de las tres garantías, pa- 
ra agitar la guerra civil, como una profanación sacrilega, se desgarra- 
rían de nuevo sus simbólicos colores. 

Iturbide fué el único que la tremoló excenta de toda mancha san- 
grienta, 

Santa Anna y Bustainante arrebataron uno de sus girones panuniciar 
la rebelión constante. 

Miramón y Zuloaga enarbolaron otro color para hacer de él el em- 
blema de la tiranía. Juárez y Lerdo hicieron de la fracción roja «1 
oriflama de su causa; ella representaba en todas partes la justicia y la 
libertad, los adelantos del siglo y la oposición al retroceso. 

Desde entonces la bandera de Iguala permanece hecha girones en 
manos de los corifeos de los distintos partidor que dividen á la socie- 
dad mexicana. Difícilmente volveremos á contemplar bus tres colores 
unidos para conducir á nuestra patria por el camino del progreso» 

Dícese que otros caudillos levantaran nuevos pendones, los que han 
caracterizado siempre en México á los tres partidos que lo agitan. Si 
esto es así, nosotros buscaremos el color rojo de nuestra antigua ban- 
dera, sin preocuparnos quienes son los corifeos de nuestra causa; ella 
ha sido siempre nuestra enseña; á su sombra ocurriremos llevando 00- 
mo contingente nuestros patrióticos antecedentes, nuestra sangre co- 
mo demócratas, nuestra pobre inteligencia, vigorizada por la fe, como 
apóstoles de la idea r . 

Los estandartes que con distintas denominaciones y bolóres se levan- 
ten, no serán las: banderas del patriotismo; sólo serán de los ilusos y 
de los anarquista» las despresti gi a da* bandería*. 



54 



CWtMTRMC. 



Alguna vez llega para los hombres el dia.de la justicia; alguna oca- 
sión 1$ posteridad cincela bronces, conmemorando las hazañas de los 
grande héroes, ó derrumba monumentos que la vanidad y la lisonja 
levantaron al ídolo mexicano que no. pudo obtener los honores de la 
* apoteosis. 

Las edades contemporáneas de los grandes hombres no son impar- 
cíales para juzgarlos, y del héroe, de quien se excluyan las humanas 
flaquezas, suelen hacer un mito. Otros hombres, animados por odio 
injustificable,'* muchas veces hereditario, son perseguidos por la execra- 
ción á través dé los siglos. • ] 

Por otra parte, las figuras históricas no deben, observarse con el 
crista! que forma un prisma, ni con et instrumento que reproduce las 
acciones, el cual forma en nuestra razón un verdadero kalcidosoopio. 
Los méritos de Álzate y de Clavijero no deben pesarse en el mismo 
fiel que los de Hidalgo y Juárez, que los de Cortee y de Iturbide. To- 
dos han recorrido el tortuoso camino que conduce á la gloría; pero to- 
dos han llevado distinto sendero; la posteridad es la ¿nica que designa 
si los genios llegaron hasta el templo inmortal. 

Loe contemporáneos son parciales y de consiguiente injustos al pro- 
fligar eu admiración ¡Cuántas veces las nuevas generaciones, ciegas en- 
tre el relato tradicional, juzgan á los nombres del paaado porque sólo 
escucharon las littlces notas del salterio de la lisonja! ¡Cuántas también 
'oyen la trompeta que pregona sus virtudes, quedando perdidas como 
ün sonido vago y sin eco las quejas de los que fueron sus víctimas. 

Para admirar á Cutahtemoc no escachemos los cantos dfe sus par- 
eiatee, sino loe relatos, destittiid'oÉí de pasWn de Sti£ énénugos^ hay una 
histeria que revela- bus hazaña» al narrar las dé nuestro» dominadores; 
ella nos refiere <ft*b paad por todas lab» prueban S que es posible conde- 
nar á uu ser dotado de humana fortaleza; los historiadores de la con-* 
quista de México* escriben oon -palabras eneoraiápticaí elaambré de 
Quaflfrtomocí El tefttro, la novela, 1* tribuna, ia trompa épica, ta lira 
sentimental, la poesía patriótica, key prociaowa - £ este b^nw* como el 



primero que ha producido el suelo americano. La Conquista de México 
es una epopeya superior en hechos grandiosos al sitio de Troya; sólo 
falta un poeta homérico que la cante con sublime inspiración* un pin- 
tor que dé á sus figuras el color que sólo le es dable esparcir al verda* 
dero genio. 

Justo es que nuestra patria, pródiga en admirar á eue grandes hijos, 
hoy levante un nuevo monumento digno de la gloria al ultimo Empe- 
rador de México. 

Registremos la historia, desde los tiempos en que la tradición pudo, 
transmitir los hechos, hasta la época presente; recorramos las de las na- 
cionalidades que esparcidas se encuentran desde el trecho de Berhing, 
hasta el cabo de Hornos* Ni en las tribus nómades del Norte que su- 
cumbieron á las descargas mortíferas de los expatriados puritana sos* 
ten del cervecero-rey, ni en las regiones que habitaban los Incas ague- 
rridos; ni en el suelo que rebaban con su sangre los araucanos} ni los 
salvajes que habitaban los desiertos que fertilizan los magestuosos 
Plata y Amazonas, al defender sus aduares del furor de los conquista- 
dores, ó de la influencie de la civilización moderna; ni en las guerras 
que sostuvieron los pueblos para proclamar su independencia, han 
producido héroes de la taifa de Cnauhtemoc, 

Grandes fueron Washington y Bolívar; insignes guerreros Sucre, 
San Martín y Jakson; esforzados, Hidalgo, Guerrero, Iturbide; impere- 
cedera la gloria de' Juárez; cruento el sacrificio de Maximiliano y de 
Liucon* . . .Ante la luz de la razón, de la severa filosofía de la historia, 
aun viendo compensados'sus esfuerzos Con las coronas de un éxito fe- 
liz, ningunas ciñen las frentes con más esplendor que la radiante au- 
reola del último Emperador de México: Ella simboliza el valor indó- 
mito, la juventud astuta é impetuosa, la constancia inquebrantable, la 
fe" cietfa, la resignación heroica; como premio de estas cívicas virtudes 
no le ha faltado la palma que dona el martirio de fuego, y la muerte 
en el cadalso. ¿Qué faltó para que el sacrificio del joven Emperador 
de México fuera glorioso como el martirio de los héroes del cristianis- 
mo? ¿Quién pudo aventajarle en el amor á su patria, en la fe en el 
combate, en la vehemencia y en el fervor por encarecer á sus guerre- 
ros el deber de morir por la 'patria, como lo hizo el prisionero de Cor- 
tés? 

Al quedar prisionero aquel joven de veintidós años, indómito como 
un león de Numéa, altivo como el gladiador romano, generoso como 
un hidalgo de Castilla, sin miedo y sin tacha, como el cabaUeío feayar- 
do, demanda la muerte antes que pasar por la humillación del cauti- 
verio y por la ignominia de la esclavitud. 

Sucumbe el pueblo azteca, dominador algófi día, y vertCédbir tam- 
bién, de tantos reinos; se somete á su fatal destino para caer de nuevo 
en la barbarie; le falta el alma que dá vida, el córiíéó dé áus batallas; 
el queje anima Con la taz tnagnétfca de str inirada, para inflamar sus 
corazones con el santo amor de la patria. E& pueblo, Valiente, cttal 
ninguna otra raza* de hornees en el mundo saívájé ó el civilizado,' dot- 



56 . 

miré el sueño efe la esclavitud hasta que su rafca regenerada pro* 
clame su libertad y le ayude á destruir sus cadenas. 

£1 Emperador prisionero dirye desde Tlaltelolco á sU patria y 4 su 
familia el último adiós como pocos años antes Boabdil dirijia su des- 
pedida 4 Granada desde la montaña que siempre va á ocultarla ante 
sus ojoa.— Pero Boabdil parte á lamentar sus desgracias en el seno de 
sus hermanos, y á morir como guerrero en las playas de África) tre- 
molando las enseñas mahometanas, esperando siempre la restauración 
de su trono pe aquellos combatientes que más tarde sucumbieron en 
Lepanto. 

Cuauhtemoc tenía la fe de reposar de sus fatigas "en un lecho de 
flores;» por esperanza, el fuego que todo lo purifica; por caridad, el 
cristiano martirio, lento y constante. Como término de sus afrentas 
veía el cordel para que Jo estrangularan sus vencedores en uua ceiba 
de Tabasco. 

Washington y Bolívar, Sucre y San Martin, Cortés y Pizarro, se 
hicieron grandes, no sólo por sus mérito* personales, sino porque la 
victoria coronó sus esfuerzos, ayudados de otros hombres; para comba* 
tir tuvieron elementos; para triunfar les prodigó todos sus dones la 
próspera fortuna; para hacerse inmortales la trompeta de la fama que 
repercute los himnos que la admiración pública entona al vencedor en 
un día de gloria. Es una ley inmutable en el Universo, aplaudir al 
que levanta su espada flamígera en el combate y victoriosa después, y 
no al que le circundan las sombras de la muerte en el día de la derro- 
ta, ¡Cuántas estatuas deben levantarse al dios Éxito f 

Otros héroes, que la historia como tales reconoce murieron en su pa- 
tíbulo, sacrificados en aras de la patria y en la guerra civil; á éstas víc- 
timas, si biene el fallo de la posteridad les es propicio, no los cubre 
con todos sus resplandores el astro que es propicio á los grandes héroes. 

La victoria alcanzada por los aztecas en la noche triste hizo de Cui- 
tlabuac un gran capitán* 

£1 sitio de México hizo de *u defensor un héroe desgraciado. 

El fuego y la horca hicieron de Cuauhtemoc, además, un mártir es- 
clarecido. 

Rifiere la historia universal un rasgo ingenioso de uno de dos gue- 
rreros de la antigüedad. 

— ¿Quién es el primer guerrero del mundo?— preguntó Scipión al a- 
fricano á Anniral su gran rival . 

—Pirro, contestó Annival, y yo el segundo. 

— %¿Te crees el segundo, y tienes la conciencia de serlo cuando yo te 
vencí? 

— Si hubiera sido tu vencedor, yo seria el primero. 

Moctezuma fué sin duda en su tiempo el primer guerrero de Amé- 
rica; pero si Cuauhtemoc hubiera vencido á Cortés, el cefüria^a coro- 
na del más elevado heroísmo. 



57 

La estatua que se levanta en ol Paseo Nuevo, y cuya figura pregona 
la gloria de Cuauhtemoc, es un hoinenage de admiración que un pue- 
blo republicano levanta al último monarca azteca. Eterna será tam- 
bién la gratitud hacia el que concibió y llevó á término feliz alzar 
este monumento, al General Vicente Riva Palacio; hacia los artiíi 
aes que lo dibujaron, que lo fundieron y que lo esculpieron á cin- 
cel. Sabemos que están depositados interiormente, en el zócalo 
del monumento, los nombres de ios arquitectos, Guerra y Fran- 
cisco Jiménez, del e^atuario Sr. Miguel Noreña, y del joven fundidor 
Jesús Fructuoso Contreras, hijo de Águascalieates. 

Nos es grato referir aquí, por vía de anécdota, ya que de Cuanhte- 
moc se trata, un incidente de oportuuidad. 

Sabido es que al vaciar en el molde al rielante metal para forjar la 
efigie del héroe de Anáhuac, &e desfondó el crisol, abrasando los pies 
del fundidor Contreras. Sus padres le alentaban con palabras afec- 
tuosas á no desesperar de su restablecimiento, en los momentos en que 
más le agoviaba el dolor, ocasionado por las quemaduras. "No estoy 
en un lecho de flores," contestaba resignado, cuando veía cerca de sí á 
la muerte. 




De todos los periódicos que se publican en esta República, descue- 
lla en primer término por su utilidad el que lleva el mencionado títu- 
lo, y aun podríamos asegurar que muy pocos en el continente pueden 
igualarle. Las materias de que trata son muy á propósito para ins- 
truir á las masas con una instrucción superficial, es verdad, pero la ne- 
cesaria á desterrar la ignorancia de la clase abyecta de nuestra socie- 
dad; esa instrucción es la que desarrolla conocimientos científicos entre 
la clase trabajadora de la ciudad populosa, de lá de los pueblos peque- 
ños y la de las aldeas. Téngase presente que las naciones no son feli- 
ces por él número relativamente reducido de 6us hombres científicos, 
de sus grandes sabios, sino por el número crecido de sus ciudadanos, 
que adquieren y pueden trasmitir á otros una instrucción enciclopédi- 
ca: por esta razón llamamos superficial á su enseñanza. 

Al paso que anhelarnos la difución de este periódico en todas las cla- 
ses, vemos con sentimiento que muy pocas son las personas que en es- 
te Estado lo leen; que la tirada, bien corta por cierto, se reparte en 



ft_ 



5á 



i 



su mayoría fuera de la República. Nunca sentiremos que ese perió- 
dico, absorviendo la luz radiante de una civilización europea la devuel- 
va después en otro hemisferio, como el reverbero de un gran fanal. 
No dejaremos de inculpar a 6Us redactores # que sus tareas científicas, 
sus estudios sobre asuntos verdaderamente útiles se fJjatn en adquirir 
renombre más allá de las fronteras de nuestra patria, y no en difun- 
dir hi instrucción en nuestro pueblo. Acaso nos digan bus redactores 
qtre el periódico se expende en varias partes donde pueden adquirirlo 
dssrie el primer magnate hasta el último proletaria en miestro Estado, 
y que sí no se lee e» porque á nuestro pueblo no le agrada la lectura 
de cosas serias y útiles. Esta sería tara verdad, pera á este punto es 
á donde intentamos llevar nuestro raciocinio. Deseamos que esi.e pe- 
riódico se reparta gratis ó con sólo la retribución del papel entre los 
ciudadanos que saben leer. 

¡Cuántos periódicos subvencionan Tos Gobiernos que na tienen más 
objeto que encomiar sus procedimientos, tener siempre en aceióu los 
pebeteros que arrojan el perfume de los elogios, que no logran sean a- 
ceptados, aun siqweva lerdoe f por una mayoría de los habitantes de li- 
na capital ó de irca proviúcia. Asf se gasta anualmente mucho dine- 
ro en sostener numerosas redacciones, editar distintos conceptos, ra- 
ciocinios y defensas que quedan sepultadas en el recinto de una redac 
ción, pero que trasmitidos á los Ayuntamientos de todos los puéffios 
llevarían la luz y la instrucción á los lugares más obscuros de nuestra 
extensa República, 

Fijémonos en todo» los periódicos que viven del jugo del Erario fe- 
deral y de los fondos público» de los Estados; periódicos que sólo se 
leen en un círculo reducido de personas, y de algunos que sólo se re- 
pulgan en las redacciones. Si (fe cada uno de estos periódicos se man- 
dara tirar un número suficiente . para remitir dos ó tres ejemplares á 
todos los Ayuntamientos, el costo sería corta y la ewtkíad grande, 
puesto que la principal, que es el costo de formar la planta de cada 
número, está ya hecho. Además, esos periódicos minL-teriales difun- 
dirían basta en las remotos pueble» aquellas ideas que el Gobierno in- 
tentara hacer conocer del uno al otro confín de la Nación. 

Si los escritos didácticosr de *E1 Instructor" fueran conocidos en la 
aldea más insignificante, no mediante «n sólo ejemplar que iría á en- 
riquecer íos archivos municipales de cada pueblo, sino ocho ó diez e- 
jemplares que eada Municipio lograra hacer leer por hombres capaces 
de aprovechar su lectura, sería el vehículo más eücá& p»ra que, cuan- 
do menos, de cuarenta lectores, uno sólo se instruyera. Los- redacto- 
res, por sí solos no pcdrían conseguir que los Ayuntamientos tomaran 
esas subscripciones, pero la influencia del Gobernador con los demás 
Gobernadores haría que se cooperara para la difunción de ese periódi- 
co. Cobrando sólo el valor del papel y los gastos de un tiro extraor- 
dinaria, es cierto que no habría lucro para los editores y para los re- 
dactores, pero las compensaciones vendrían con la gloria del renombre 



59 

y la satisfacción de llevar á una inteligencia ruda un destello de ilus- 
tración. 

Nosotros vemos que el Gobierno del Estado hace la mayor parte del 
gasto, y aunque algunos malévolos ven en esa producción algo de fa- 
vor á un pariente, nosotros aplaudiremos siempre el que se gasten ios 
fondos en una publicación que honra á nuestro Estado. Ademas, no 
es sólo el fondo público quien sufraga el gasto, sino también el Muni- 
cipio, de sus fondos de arbitrios; muy justo sería repartir varios núme- 
ros en las Demarcaciones. Algnna vez se ha querido sostener que ca- 
da munícipe daba la subvención para "El Instructor," pero «sto siem- 
pre se creyó era un paliativo para desviar la sensura de los necios que 
creen que no debe el Ayuntamiento gastar sus fondos en agasajar pe- 
riodistas; ¡cómo si el Municipio no tuviera la obligación de promover 
la instrucción! ¡cómo si un periódico no pudiera ser sembrador que 
siembra la semilla y que cultiva la planta, para que otros saboreen el 
fruto! La- verdad es que cada consejal tiene la conciencia de que obra 
mal en otorgar una pequeña subvención, se avergüenza del hecho que 
cree malo, y entonces quiere hacer creer que son tan desinteresados, 
tan filántropos, tan campechano*, como dicen algunos, para soltar un 

Seso cuando su patriotismo no los deja llegar al cartabón de la muni- 
cenciat 

No seremos nosotros los que senstiremos a los Srés. Redactores de 
"El Instructor" porque pidan en su penúltimo número protección para 
su interesante publicación; porque si parientes son el Gobernador sa- 
liente y el Presidente del Municipio v no lo es el entrante, ni el Cuerpo 
á quien el Presidente está subordinada 

Aconsejamos al Sr. Gobernador recabe de los Gobernadoras de otros 
Estados un rasgo de protección para la publicación científica que lleva 
por título "El Instructor" á ikf de que se reparta en todos los Munici- 
pios. 

Triste es que este periódico sea más conocido y alabado en el extran- 
jero que en nuestra misma patria, y. que pueda morir por falta de sá 
via que lo alimente. 



60 




í mWKUL 



LOS COIQCOS SE LA LEGUA. 



El teatro es la escuela de las costumbres, ha dicho alguno; él nos en- 
seña cómo se ama la virtud y por qué debe aborrecerse el vicíp; l^s ca- 
racteres de la obra que se representa son la copia de personajes de la 
vida real; los actores comunican al auditorio lecciones más ó menos mo- 
rales, con las que señalan el camino del bien. Un tirano concita nues- 
tro odio: un valido perverso nos infunde desconfianza; una joven enga- 
ñada por la habilidad malévola de un seductor, marca las arterías del 
hombre licencioso, para que la niña inexperta se precaba de los lazos 
que se tienden á su virtud. Pocos hombres hay que si se dedican á la 
carrera del teatro, comprendan su misión, que es la de instruir divir- 
tiendo; y sí muchos que por no dedicarse á un trabajo corporal asaltan* 
ese templo de la instrucción. 

¿Veremos mañana venir comiquillos de esos que se llaman de la le- 
gua, y que hoy llamaríamos de la vía angosta, ofreciéndonos espectácu- 
los teatrales, alucinándonos con que han trabajado en los mejores tea- 
tros? ¿les veremos en la escena caracterizando á un rey virtooso, y al 
día siguiente al ex-monarca envuelto en traj^ descuidado, y prostitui- 
do en el vicio? Si su institución debe ser la de moralizar ¿lo consegui- 
rán auxiliados por el ejemplo? 

Hombres que carecéis de talento y Je moral para ser un actor ilus- 
trado, dejad ese camino; abandonad esc puesto; abandonad esa vía que 
profanáis y buscad gloria en otras regiones, porque la escena está lle- 
na de espinas y malezas para vosotros. 

Eh! no sé hasta donde iría con mis admoniciones k los que deshon- 
ran la carrera del teatro si no tuviera presente que los sermoncitos no 
son del gustó de los lectores, predicados en un desierto y por un profa- 
no. En vía de pasatiempo referiré á mis lectores una aventura no muy re- 



' 61 

cíente y que tiene relación con gente de teatro bastante incivil. Mi ami- 
go Juan Kábago me invitó á presenciar los primeros ensayos de un dra- 
ma de Calderón, poruña compañía de pobres artistas: ésta se había alo- 
jado en un mesón; llegamos á él cuando iban á dar principio al ensaye. 
Oigamos al apuntador (leyendo). 

•'Salón regio en el palacio de u 

— i Jesús! que húmedo está este'cuarto, sin aire y sin luz, llena de a- 
bujeros la paré. 

(Lee) »«Dos mesas redondas; un gran candil de cristal y velas de es- 
perma ., 

— Tengan cuidado que la vela de sebo no chorrié la mesa porque hu- 
mea, y el güéspere se enoja: que ae le pidan candeleros." 

Pasaremos esta escena — decía el apuntador — porque la rompen los 
cortesanos, y éstos se fueron á pegar los cartelones. El rey entrando. 

— "Cromwell, ¿no has visto á Juana ?»» 

— N E) rey, el rey, ¿donde está el rey? 

— Fué á comprar lo necesario para la cena. 

— Pues entonces el ministro: ¿Donde esta el ministro? 

— En la cartulina, por los porrazos que minütró á la reina. 

— Bien: que venga la reina. ¿Dónde, dónde está la reina? 

— No puede venir, porque está pegando un remiendo á los pantalo- 
nes del rey. 

— j Voto á, un demonio! — Exclamó enfadado el apuntador — ¿quiénes 
ensayan esta noche? nadie sabe su papel, y se tiene que poner mañana 
en escena la comedia. 

— Hay que contar con la indulgencia del público. 

— Pues que venga Juana Seymur, la doncella de la reina; ¿donde 
está la doncella? 

— Ocupada en dar de mamar á sus gemelos. 

¿Y los nobles pares que han de sentenciar á la reina? 

— NÜurmiendo la mona. Tal fué la borrasca que se pusieron. 

— ¡Perfectamente! ¿y el defensor de la reina, el gran conde de Nort- 
humberland, en dónde se halla? 

— ^Aplicándose fomentos en un chichón que se hizo en la frente; tal 
fué la caída que llevó al volver de la taberna. 

Después de presenciar estas escenas, nos retiramos; di las gracias á 
mi amigo por haberme. proporcionado pasar un rato. muy divertido, y 
le ofrecí asistir a la representación. 

La obra teatral se puso en escena al día siguiente: la reina se pre- 
sentó con túnico blanco de esta época. La madre de la grande Isabel 
parecía galopina vestida de día festivo y no soberana de Inglaterra. 

El rey, el ministro, el conde, los pares y toda la nobleza, incluso el 
trovador, habían hecho en aquel día sus sacrificios á Baco, y poco fal- 
tó para que pasaran á los de la diosa de Guido: el teatro estaba hecho 
campo de Agramante. 

Los que tengan vocación para el teatro y amor al arte, procuren el 



62 



adelanto para llegar a la perfección; la juventud necesita principios, 
y noyiegari á tener renombre si no es con la edad y dedicación cons- 
tante; nadie se crea un grande actor, si el público imparcial é inteli- 
gente no le recibe en su estimación con espontaneidad. £1 artista que 
se dá a sí mismo el título de primer actor, y que se prodiga elogios, 
aunque sean merecidos, no tocará jamás las gradas de la escala que 
conduce á la gloria artística; la modestia natural es inseparable del 
verdadero menta x 

La estética para el teatro es indispensable; un físico deforme ó poco 
simpático, las malas maneras, y un lenguaje descuidado y no castizo 
son obstáculos insuperables para causar ilusión y mover los afectos del 
alma, especialmente en la tragedia y eu el drama, aunque el actor ten- 
ga dotes para interpretar con ingenio á un personaje ideal 6 histórico. 
Cierto es que en la vida real no todos los enamorados han de tener 
presencia arrogante y buenas maneras, pero al trasmitir sus hechos á 
otras generaciones, deben embellecerse los personajes para hacérseles 
simpáticos; por eso se ve que sus recitaciones se hacen en verso, y ellos 
no hablaron así en la vida. Acaso para la comedia de costumbres no se 
necesita una gran presencia, puesto que en ella debe predominar el 
carácter, daguerreotipar á la sociedad y formar caricaturas; entonces, 
una figura deforme en el actor, le hará no sólo interpretar, sino crear 
con los colores y pinceles del poeta, tipos admirables, que otros acto- 
res no puedan bordar con su talento y artificio. 

Para los habitantes del campo, que no tienen el refinamiento del 
buen gusto artístico, ni educado su oído pava la declamación por me- 
dio de un lenguaje pulcro, es incomprensible el espectáculo teatral; só- 
lo despertaría el interés y se moverían sus afectos escribiendo dramas, 
tragedias y comedias en su dialecto, copiando sus costumbres, dibu- 
jando el carácter y los trajes, y describiendo las imponentes escenas 
de la Naturaleza que conocen los campesinos; para esto es indispen- 
sable la formación de actores ad hoc, y de poetas estudiosos que pin- 
ten sus trágicas escenas y hagan hablar á sus personajes ese impuro 
castellano que aquellos hablan, tan lleno de modismos y de frases pro- 
vinciales. Para estos actores y autores se necesitaría un genio especial, 
tan grande come el de Esquilo ó el deShaskspeare en las pasiones ó es- 
tudios psicológicos, ó el de Plauto ó Terencio para los tipos de esa clase 
desheredada de los goces que proporciona la civilización en todos sus 
atributos. 

Actores sin estudio no serían á propósito para deleitar,, instruir y 
conmover ni aun a\ los habitantes del campo. 



63 



UNA CORRÍA DE TOBOS. 



No tinta sino ponzoña; no pluma airo una lanceta, un colmillo de 
víbora cascabelada, quisiera para escriro este artículo y descargar mi 
furia periodística contra esa diversión cotno muchos la llaman; contra 
ese pasa- tiempo, como lo califican aquellos que con más entusiasmo lo 
encabecen. 

Una tarde me encontraba triste, como Secretario de Estado á quien 
obKgan á dejar la cartera, cuando está encaramado al tejado de 1» par 
tría; jo exhalaba suspiros más hondos que los de novio calabaceado, 
que loe de padre' conscripto sin reelección; cuando llegó á mi casa Pe- 
pe Chirinola, el genio mas bullicioso de todos mis amigos, y se preci 
pitó en mis brazos. Su visita tenia por objeto llevarme a los toros, 
pues se esperaba una espléndida corrida como iamás & había visto. 
La concurrencia debería ser selecta, ¡o granado de nuestra culta socie- 
dad; sólo haría falta nuestra presencia £fin la cual no serviría la fiesta 
destinada á formar época en los anales de la tauromanía. 

Oon tales epéransas emprendimos el Viaje. Además de esto no nos 
dispensaría de asistir un grupo de amigos muy queridos. 

¡No sé que atractivo podrán tener para el hombre civilizado eqos es- 
pectáculos que pregonan la barbarie; esa lucha cotí animales feroces, 
para ostentar valor y agilidad; ese combate de la inteligencia, del ser 
racional contra el instinto sanguinario del toro salvaje. 

£1 aspecto de la sangre derramada, debilita el sentimiento, empe- 
queñece el alma, amortigua los afectos nobles del oorazóq, cuando se 
tiene por guia los resplandores del cristianismo y la luz evangélica. 

España nos legó, como un contraste de su civilización, esos espectá- 
culos que, así como á las nuestras, degradan sus costumbres. Sus le- 
gisladores ? sus poetas, sus filósofos y sus novadores, no intentan desa- 
rraigar ese vicio que heredaron de sus atendientes; por el contrario 
cada día más se le enaltece, se levanta at rango de ciencia con princi- 
pios fijos. * 

Fernando VII fundó en Sevilla escuelas para el toreo; (I) hoy 'se 

(I). El primer nuestro de esa escuda fué Pedro Romero, oon «neldo ¿e 12,000 reales. 
Aun ezíate un dieetook» llaaade liafiísel Domlftgtiea. * ' *' 

uáuporÉa hijo, y too—fag en el trono. 



64 

inaugura la apoteosis para sus héroes, para sus maestros y sus márti- 
res; la historia inmortaliza nombres y acciones, y torea la nobleza mas 
encumbrada. 

Carlos V celebró el natalicio de su hijc Felipe II con una gran co- 
rrida en que aquel dio muerte á un toro con una soberbia lanzada. 
Los Concilios autorizan, en vez de anatematizar, las corridas, 
Gregorio XIII en su Constitución de 25 de Agosto del57§ Jas re- 

coriUUnUcXi el JOo Mf^M^kM ife HlKMn á 
c un Te Deu?n ó á un auto de fe; el primero arrojaba á la plaza la llave 
del toril*al comenzar la lidia, como un signo del patronato que se ejer- 
cía con tan amena diversión- ., : 
* Al canonizar i san Luis Gü#zaga 7 hicieron una gran fiesta, de. ¿oros 
ft¿ ^íiYliantw* dé Salamanca. ¡* .-• 

Pam otie al lado de lo ncrmoap no falte lo grotesco^ refiere tajubién 
1K historia í]úé en Córdova, el luto ¿3 á de' Mayo 1665, se levan¿# un 
cadalso en la plaza de toras, para nn au^o de fe* , Tf »...'! 

AI llegar al trono un uqorarca se festejaba su, ele vacian co$ feoftio- 
cfionés (Je toros; y se hacían tamben,, como señal de, regocija enlji&fttt- 
aas estrepitosas de los hombres de elevada aWnlia. El I adr£ JÑltitar 
descendió de su priyaDza^ y *u (jarda s*í celebró con una f(raa;^Qrrid^. 

El triunfo contra Almagro en 153$, eu el, P*>r¿ fué celebrado . $oa 
una fiesta taurina, . . . .,,, 

Hoy se alarma la orgullos» notleza española cuando hay Ufr&cogid{i 
tremsnda; Hueven tarjetas ¿í Cnebare¿* atrapa un cojr»stipado¿ ai Fras- 
cuelo á Lagartijo tienen él tn£s leve contara tiempo. No se ^ributyjxin 
en vida taletf jnir¿mneutos á los príncipes ¿leí arte pictórico nial-sutor 
del Quijote- 

Se conservan en tm museos las asta» cM valiente tpTQijue matójmu- 
clw^éabállos y algunos li^nibree en una »oja tarde, .y no la lanza dvl 
JÉnipeeinado. fíí pÜetiid espectador de Ia< lidia, indulta de lu^ipa^erto^ 
uo nMé vkha, y 'rio pide th su oportunidad la vida de va¿i$«tes gua- 
rreros sa$rijf<:aiffo por celos militares, ».•>/ ¡ í 
^Nosotros no podemos atribuii esa degradación de lo* seatípaien^s 
en xm pueblo noble y Valiente, fiinp al aspecto de la sangre JÍejfi;aEua4a 
en Tas plaza* de torosí . . \I 

Llegamos a la ^laza^océpamoa riue^ífo^ asientos al lado de.aJgunpe 
{óvtnes que pefleiieeéfi" a'íarhílias distinguidas, y queme ^arturjJífua 
con gritos é impertinente cocorismo. Mi corazón latía, me preocupaba 
con algún ¿rendimiento funesto; es que iba á presenciar un ; con>bate 
terntíiertnilnfSt , esplétidfn l o& l lo» de la barbarie con lo» de la c^vilíza^ 
ción, en ,pleno fijólo diez y nueve; iba a escuchar loa apjaupoq de, Jiña 
mu¿b1?du1¿>b% T 3fegía y frenética, los rugidos de la otra graiuJiera» de 

HB ?Bo#ty A^Pí?!!^.» JP^W'W^ lkgMe.^4d^pero que allí ve 
sereno asesinar Ü un noble aniuw¿nque' sost lab*»4l Cartéate." •••■•••' 
^Ulw*^i**^ mí- 



, - - , . li - .- ■ - - - 

ran d&&$oi , 'ttii' pavtf^ijue impasibles' contemplan eí W$W?!fft Ani- 
males benéficos al hombre. Ajlí ;se Veían ^^o^, inoc^qt&s ¿WptPKl en " 
una* atmósfera vicíoáS, las brláas <^rropibirfa£ p^r loe, vaporea <f4 lalsan- 
gre, <5tiañdo ! se quier^sénibfoi* en sü'alma ^o$le¿/g^^p^g ^pimien- 
tos; ellos rieh ante él'es / ptíétácii 1 ÍO , det' terror/ y se complacen con ¿Ago- 
níaj concia mue^ í de anímales gpe, ^n^ue pftS4? n ?^ ( W £**»- 

ii i) H"ty :i ' ji -'- f i'/* 'jí' n ir j . .'*• >t^ vi«.><uoíí l;> •;»• 
^: AW. tajjWBf^jr ¿ iVWipuJm iw^W>»es 
H ^ 'iTi.fi* h<í :>o j ;^.r ht ** n *n.iO; .olriÍMy. » . 
r JNo sé ba^4op4fi f ppdwn *tf^dfí^^ 
«scu^iadq laa^er^^^ »W^ pw^ ;^u*> to«a*a-.«l Hiwpfo ¡Nacional 
anunciando la presencia de un comisario del MíüriciíptevqfoHeámpre- 

cío, lo sabjime ykQ%fí|i£^!^, ( ta tejB^qfe^tet^í^^ 1 



files al 'dolor. 





mucb^frQS >e ^ 



pías mcar^^^ qu^íftergn .muy jj 9 l ^^aíq^^^c^, ^^aaiiío..^ #i- 

••■> -• . • ' »A *>' 'QaM'ttírtf^^ ..jAaro.it. 

• , '* *-^n 'n^^áéS^^^a^fctr^'^ ,; ' u Hl * njl ' l1,íí .< > l-* ,l * f '* , 
los cuernos en la cabeza. .¿m>y* r: tnn aiuf «.; 

i JL&rmiJtótud retain* ^áU^nm imAtido» Aaewifcftlaaiqífe 'kig^fcéh^l 
antreeej?: ¿jókf la» efeñoras- cónswrrabail rároH«ajtee<$Mfl 4tttátt& r Íoft ^tWea 
sííi; put*toria de ^ivAfkqaíw:»' •:• »»mj n'¡ >?Mm íuwtíII t»;. ( ¡> ,¿¿ill¡ioi iu -í 
Mis vecinos, que se habían provisto de una cerbatana yid6^ v d¿r^efog , 
. ttepapelioompüks de etafoitite^ara; aiiedter^á* tofo,* '• sefoe&J»|bíífl en 
.iterícon'feqioqoe^dd papeimificfaadaíáoioe : dfelM»<ctós.*'EWik¥40ií> feétftfc*-* 
drtks deaoriioe /por dKgarthqaá je»i»gídn>p«a teWr«« dé ^ r HalttÉaá i i , #fía 

í *^a^(>&Tto%e í <li^ ^ 

—Perfecta escultura de Carfi&VáL { í,! " "t '^a* 01 " n,J: ' J ftí n ^ •' ,<wt ' rttí fi 
v^,*^7iD.xGa««iid^ ^orfa^d^t¿aeia<^>^. f vj donde* cjdieYeii qntdri^itfrl mi 
jpr0yíJcttW 1 hc^iíyíéanbal¿"í : T' nr íi^f/jonu!*; <o!f-af.« oh w^'^-V^'j v. v 
. ,. -^•EaJaltwtr¿é4€alra'. fjAhwoJja^cwftl'Jnjat iti • ; ♦ l tii*rn-b »>'/iíi!'irq 

El bodoqttte^fetia^irfo^r ^ftittí^Wfe^ fai-, 

íigaoíinciioíxiííí. £&>H0»dí(b oubabft oo»>atttiiaientt> jiarn toda*op4rtes, 
l¡ ^^N4rfta'ir^ert;^?h^«lflKdal" p »- * i,í 1 iííj ' h * • ir/ ' ,ÍI ,«^«.11. -i c-tÍv 



66 

i i 

El Sr. D. Lucas, al sentirse herido, dirigía miradas indagadoras ha* 
cia aquel ^tupo. - { 

El clarín dio la señal dé atención, y la cuadrilla se presentó con do- 
naire v arrogancia ¿ principiar la lid; cad$ uno de los toreros mostra- 
ba entérese, desprecio al riesgo de perder la vida, y confianza en su¡ 
agilidad. i 

En él toril aparecen grandes letreros que trasmiten ¿ la concurren- 
cia el nombre década una de aquellas fieras que mugían emparedadas 
en el coto. Judas, Lucifer, la Sierpe, Asmodeo, el Éluracan, la Pantera, 
el Cocodrilo. ¡Dios nos tenga de su mano! Se ha reventado el negro 
avismó; las fuñan infernales, los reptiles, los elementos, eran simboli- 
zados en el palenque, y se desataban para esparcir su* beneficios en 
aquella deliciosa tarde. 

Sé latiza el primer toro al redondel, y «1 hábil picador lo espera lan- 
za eh ristre; su pujanza es poderosa para poder resistir la primera em- 
bestida. Este acto fué del agrado de la concurrencia que prorrumpió 
en entusiastas bravos y en sonoros aplausos. 

Toca el turno i otro picador; el toro esquiva dar un segundo golpe, 
sensible al agudo dolo> que le ocasionó la primera vara; se le provoca 
con insistencia, y obediente ál instinto de su ferocidad só arroja con 
denuedo; cfáballo y ¿inete fcon levantados á gfonde altura, y el toro 
deposita sus aceradas armas en las entrañas del caballo, después de 
romper las arterias del encuentro; el ginete cae debajo del cuadrúpe- 
do que montaba sin poderse desprender para escapar al furor de su 
encornado enemigo; la victima de Ja insensibilidad de los hombres fué 
el caballo, muerto allí mientras que la cuadrilla libertaba al picador 
de una muerte segura. 

El segundo acto fué poner banderillas, vistosos recortes dé oropel 
V P*pel de Vibrios colores; la suerte principal consista en llaniar al toro, 
Mfor ¿,$u encuentro, desviar el cuerpo al ser embestido y poner las 
banderillas, que llevan saetas en uno de los extremos, en el cerviguillo 
4»(l#;tiet*. » 

£>£4pues de varias escenas de esta naturaleza, se dio; muerte al toro 
por el director de la cuadrilla, con un pronto mete y taca; él animal 
b*mWtevhwe de su adversario busca el cuerpo dé su victima y do- 
bla ante ella las manos para morir, como si obedeciere á los mandatos 
de una reciprocidad justa. Según la fraseología del arte de la lidia, el 
toro Jué muerto de uua sola estocada ppr habérsela dado en ei mollar, 
es decir, en la carne magra y sin huego» 

Im calma se restableció eil los .espectadores ha¿ta que se extrajeron 
los cadáveres de aquellos animales martirizados para divertir á un 
público demente; entre tanto se preparaban y repetían nuevas escenas, 
el apasp luáa-tefjroiíficas que la que acabuba de. tener lugar. 

Acusadlos desbarbaros * km qfve * asistan al sacrificio de víctimas en 
circo romano, llevadas allí por sus crímenes 6t*\wt sus creencia» religio- ( 
<ws, y no á unos espectadores que profe&n ¡as doctrinas del Mártir de 



67 



la Cruz en plena tas del siglo XIX La* señoritas estaban lívidas, des- 1 
viando sus ojos de aquellas escenas;, su presencia en la extensa plaza 
era un sarcasmo cooira su sensibilidad y su decoro. 

¡Angeles divinos! Álejao* de esos espectáculos que hieren vuestro 
corazón; así daréis principio á regenerar nuestras, enshiñbres y desper- 
tareis los nobles sentimientos, hoy aletargados, en el aicna de los mexi- 
canos. No desespereia de ver algún día derribar esos edificios que se 
llaman plazas de toros, y que son un anacronismo eif e) suelo dónde- se 
escucha el mugir de los toro» que pregonan la obscuridad de ot»os 
tiempos, y no el de la locomotora que saluda á la civilización. 

Es muy frecuente entre los afectos á lea toros, escuchar estas pre- 
guntas y respuestas. 

->¿Cómo estuvo la corrida esta tarde? 

— Malísima; solo cuatro toreros fueron maltratados, y dos caballos 
muertos. 

— La siguiente será hiena si se degqg|t9a ; en.la $o*a algunas libras 
de carne huflflana (1$. . * * í n Ti 

¡Prodigio admirable; de I4 iliu|aciMI'|^ fÜdes fcfeirtya8 se heredan 
de los morcas ¿¿os <p¿ti4r** li«r uM* fo iF Oi f ii f* ca irafaresca del circo 
romano, puesto que ellas ya tenían lugar en España *»n 1101; ellas 
traen los recuerdos de torneos en la edad media. ¿Por qué hoy existen 
esas diversiones sólo eti los países en donde se habla el español y sus, 
dialectos, y no en aljrún otro de los , asistióos ó qf ricanos? 

"Deben conservarse y prétejeTse las lides dé toros,— dicen los apolo 
gistas de ellas — partí acostumbrar á los hombres k presenciar actos de 



(1) Dice un periódico de Barcelona: 

"Huracán era un magnifico bruto» castalio* áldhiégro, bien atinado y de 
reposado y altivo continente; *atib del chiquero calentó paso? el t&tu^ 
erguido, la mirada fiera y con la actitud que dan la seguridad, de la fuerza 
v del Yaior. y la oonfciuta absoluta en la -victoria, siete, veces acometió con 
ímpetu irresistible, y con la fuerza de un verdadero huracán; y dejó siete 
caballos muerto* y destrozados, «rrqjfm^ 4 los jinetes como si fueran 
muñecos de cartón, Con su poderoso teztuz alzaba al caballo y al caballe- 
ro, y dos ó tres veces quedó duendo 4$t J^dpndel, en medio de la estrepi- 
tosa gritería de los espectadores, que, a mijlarefj!, agitando gorras y pa- 
ñuelos pedían caballos y se dfrijfóa ál Porfíente 'impulpft^oq por, elafán 
de ver aglomerados más cadáveres tóh en' tOrtió del poderoso y terrible 
vicho. Era un espectáculo diñeü idé describir. JU emoción ¿el. público 
era febril, era casi un delina Once pica* tomó Huracán, mató nueve ca- 
badlos, j máa hubiera matado «i los clarines no nutrieran puesto término 
á aquella carnicería. >í '•• . ,: ! 

¡Qué lástíxnal el público quería! tnls cadáveres dé cáteBos y el Sr. Pre- 
sidente no ooirtmtió ni tmo más 4e mtitfei ;Bra^cairi l*n tfélirií, dice 1 el bió- 
grafo de Huracán. ¡Ya lo creo! iquisé noae^tfetÉfcriifcnia vftftftfefihi aglo- 
meración de cadáveres de nobles, útiles é inofensivos animales!" - - 

(Ilustración Española y íjíd erica —1«8*— lomo 2$"pág: 18&) > ■ ¡ 






valor, de fuerza y de- agilidad*. para': W»™*rrar-p*r<i la raza • *igotosa 
ae. ton» españoles, única eniql rtulrí*. Por < Aquella cjíwííí la cuha Iri- 
glaterra tolera el pngilaée, diajrklla eí dfcéló'j tiréíéje « los ácrdbaeas... 
*j*a no e* «a*. explicación • satisfactoria:' México <febe : ¡tiritar á los 
S? e ?fK-r*^ , ^ ntodeW ^ Ui ^ ito J t! ^^'la f relajación de 

SUS hábltOÍSOOiaieb «•■ .- ir^i.-.lair. . ; -soM-- rr, ; . ■ ,. : J -, ; . 

^n eep^ñc^ gra» htnribreH^riErta^ff, de^í* q«é par* el ! bienestar y 
ia «uWura.de! pAblo.iberowur.e^es&rfo^tt y torú^J^^orte ame- 
rMano^.jíuiereo par &hcmwM#(Mi»\*tiypan:k:<r»iey»inb: NmiMMh. 
descendip»rt«8<lé: < tes.grande ! i í w««: fanfetcefr-y la 'esptóola,'. 
lamo»para el pueblo- mexieahojw*ijl'miw^ 



•.ui'ii 



Nosotras, 
'adío átihe- 



'•_ ¡•Iflí J:.t" * BÍ.'ÍTi' i r 



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tí:» 







cA7(l) mig08 '"k^ á ,a 8alud de Pepe a P echu «° *** ^asou-W-iíafon- 
esposa* / ; ; í. íüff.t »iií>Li fi^/ aii *»*) fKii^nl /da-»'» v r ¿c'r iri .•» r- ^ lMÍ 



— jArrreee! cho, cho, animal. . ./.hs!>íix t üD ¿¡üsi/pa * 

i'l^lj^M^^W /4-ik¥»»^ ooHdnq lo fauuW.I :,;ip¡ 



«a 



, — JBfombres! h(^tibreei»Oilwi,y q«e «ttUr.á h*. señaran eo las burras* 

t r-*JreraQ8 x*M d¿*e*ti<i*u, ; jí r • í ^t - m .'..■.•.-.. - . r? 

. .— :¡Quél ¿las t*irrafs?¿iue les soba mi abuela* - ,-,.,. , :r f 

— jCho! cho^Niap^ )t a^uia di# el baatWnto ó el meetrade larpa» 
poi:queas niedío r^Aojfeaaftljafldantá' -,-•.- •■•.♦.»-. 

. Tal es La algarab¿&,de j&iltiUid: fie jóven^e de loa. ¿pe» sexo* que *p 
preparaban a pa^ii&'Eüctos bo«aritoiMstfe placeres q#* propotápttft d 
cfunpp, y. que ta^^-^eseaíi Jos qHq fc^bitan las ciudades poftolosoai , 
, ¿Qijó^tractivo^^tfgd^^aftr .tyúA'pH&o* W burro que tanto albo- 
rotan a lp^ ]ÓY<¡ffl%jffltyén&tol J?ara «1 ;boa»bre grave pasó la edad 
de las ilusiones, ^ m^ <m>i> dead^n, todos aquellos acto» pueriles que 
no t <f4íw,$n féJací^ow9U-injter¿s, Jos ~a s itadore*r lov qie inventan 
fuegos y bramas, sonjo^ quftdtepigrtw reeüerdosrjuvenilea k Um via r 
jos acpmjpafiauteSí j^njo^ promotores de la tiesta. . 

'*X& caravana» se : p^8f} *ntnar^ia,ba«iflr.el panto designados los músi- 
cos ae facían loa t^|s^a para que le&,$liera¿ W primer toqxU de dionea 
y alentar su espírityf^n^ por Pepe. IWda*liLks 

loalla^ap fbl prden con fenfflffify* . ./ %«< »: • ■ .» I .u« v ú: •• 

— Maestrito. cuélguese el arpa del pescuezo, y ponga las patito* en 
ej £el burjqpaxa que n^.^h*tffla.*?5*ter í *,. , . i -. . i 
Al fin, W ií^^cw, ptreiAidiarou au^í^^Wweptofly y emeorOf 90 dmtí> 

. D r f íetvrína / Pan<fO¿a¿ hq$&fé ^ria pcmjtfrtujrataa, echó una oanaOl 
aire Ti y tomó parjfo.en<pl yo^rpop^rj^Jíi era* ; lfc peana»* mas grave 
de l'js^rcunstfo^.j q^jen,o^Jb^^iiftrJaive4¡^rderi: á pesiar de^vtea- 
r^ctex,<;ircun4pectq, ^ajg¿b*r.en b^o^jff^htfs&^l cotbft/tpw / alea- 
tars^cor^^ muchadt^sq* pantalones: estrechos yooa trabillas do- 
n^cfaban los eqjutcft$ : d4fWW&4^^^ de a«aif»eH>«A qye 

tnapteja^, Vi^za.s cpnro.jpifwcha^, xv£gQnpetfQ&& del ginet* deli cWi- 
}ejío;rvestÍa mi tefitfozfm} VMíüf* píé^íJl^gabaf^Joa UjoDe^jthuna 
camisa mgs. blqnqa queTa r Je^,£Ofl<auftlU d^qn^inal y parado, cuyio« 
bi;r^es tocaban las qrejf^f ,jwi. contar* jn¿8 ¿ieso^ue alcjfaUftiBveto, lo 
contenía c^wo si ^.JH¡5toejp trag^^piasaoW*;! L¡a fwnte eoto<en?W^ 
desde la mitad de.U ^^e^j.las aya^^ga^iieza* >y ¿anos**, latina- 
ban, d^arqoecplimpa^^ aya, hundidos y /peque- 
ños ojos, de Üd color verde mar. La Naturaleza f»é pródiga eA dotarle 
de un palmo de naric^cpya.p^n^e^a^^ye^inaide JULde eu;barl5a 7 4)or 
]& carencia ^olu¿f ¿.junel^B y.^wtesi^jE^.bufl^ Bea«r iu¿ ejpfcar 
gadp de nacer el p^l de.pojjcí% j.de^u^pd^ eiiardeffke/^ecial^aea- 
*t¿ c<)n cuatro mc^adftaa ttavie^jiiy <díé imik bjuufrpr, capac^í de sa^arJ^e 
qaqas v^rans-,^..^.^ *_;,.,... .,.,■ ■ ,- ,,.> k - „[,.., f ; >, v t »i .j - f Kíir 
Doña Puj^ü^Wfflij j^bj^ela reppc^b^ *ftfP¿.3B i*jar,eíi»4a bwwl <ep- 
mi ti va; sus cincuenta y cinco Inviernos dejaban emblanquecida su ca- 
beza, pero el hielo no había penetrado al alma; conservaba el vigor de 
los quince Abriles, la alegría inagotable que inspiran los bailes^ pa- 
seos. . . V 



70 

—Las numeres tenemos don épocas para gozar del mundo; cuando 
somas muchachas, por nosotras mismas; y cuando viejas, por interés de 
nuestras hijas,— decía la señora doña María de la Purificación— Baila- 
ba boleras con palillos, y cantaba la Oolasa y la wandunga con aire de 
una manóla; cuando se le pedia con instancia, no se hacia del rogar. 
Sus amigos la distinguían en su estimación por su carácter expansivo, 
que de ¿da se escandalizaba: padecía con frecuencia cólicos biliosos, 
y traía pendiente de un un cordón la ampolleta de su mediana, que 
era una ánfora rellena de tequila (1) y estaba prevenida para curar un 
deétnayo; como era afecta á las libaciones, apechugaba de cuando en 
cuando un pisco-lévis. Su cuerpo era senseño y diminuto, y tenía «¿a- 
co* (donaire) para bailar un sólo en las cuadrillas, ó el paéo húngaro 
de punta y talón. Su pelo entre canoso y negro, formaba un nudo ó 
molote mi la parte alta y trasera de su cabeza; los hombros, pecho y 
espalda se cubrían con un abrigo de seda, y lo ostentaba con orgullo 
porque era "una mascada de pescuezo que le dio sn padre espiritual:» 
Confesión de parte. . . .—Y luego se nos repetirá la inscripción de la I 
orden de la Jarretiera.— "¡Maldito sea quien piense mal!» que traduci- 
do al español dice: "\in pañuelo de teda para el cuello que le regaló su 
confesor^ 

Él sol nos hería con sus primeros rayos; cerca estaba ya el término 
final de nuestro destino; tomaba creces nuestra alegría; y las señoritas, 
montadas con gentileza, emprendían ejercicios byrrrestes por lucir sus 
facultades equuibrfetieas; llaman en su auxilio á su rfastidiou para no 
caer si el asno trotaba ó variaba de sendero. Para que no faltara en 
esta fiesta el saínete, tropezó un jumento y dio en tierra la amazona 
más varonil; la ropa, esponjada por el guarda-infante, mostró dos per- 
niles aforrados con medias escocesas blanquísimas que contorneaban 
un par de pantorrillas, envidiadas por la más perfecta bailarina La fe- 
menil «comitiva se asusta y escandaliza, cierta los ojos, lanzando la te- 
rrorífica exclamación de {Jesús;! la indiscreta crinolina hizo de las su- 
yas, pero el mal lo reparan todas las Señoritas ocurriendo en su auxi- 
lio; la miman, la consuelan, mostrando pesadumbre; pero conteniendo 
una malévola carcajada: doña Purificación le ofrecía un trago. 

Faltaban brazos; sobraban piernas, como decía Bretón. 

^-No se le vio más que una pantorrilla, dijo doña Purificación, sin 
que nadie se lo preguntara. 

—Nada más,/— dijeron todos con maliciosa sonrisa. 

La paciente, informada por sus amigas, se cubría la cabeza; las se- 
ñoras se hacían señas de inteligencia que ninguno de nosotros com- 
prendía. El maesto de la flauta no tocaba, porque del susto le asaltó 
una risa nerviosa que le impedía encontrar la embocadura. A pesar de 
ser tuerto, era el qué ifcás había visto de cerca la fatal desgracia. 



(1). licor de Setenta grados para embriagarse. 

B«WP»assB«BBn«»Bii«»HBsaawDBBB=Bsna 



71. 



I 
Desde -ese momento cambió la escena; doña Purificación Mancilla 

nos invitó á rezar la Magníficat^ oración la más adecuada á- las cir- 
cunstancias, para dar gracias á . quien corresponda por el beneficio tan 
grande de que no fué de graves trascendencias la caída. Sólo don Ze- 
ferino estaba sereno y santiguándose. 

Distinguimos unos árboles frondosos, y los pejrros vinieron á hacer- 
nos fiestas. 

— - Chól chó! Niños apiense sus mercedes, que esté* la calle del Ojo 
caliente de la Cantera.— nLo que en castellano se traduce así: estamos 
ya en la calle que conduce á la fuente termal de la hacienda de la 
Cantera. * 

Las señoras inventaban distintos medios para distraerse, y á este 
fin imponían sus caprichos con seductor imperio. Una interesante Ma- 
nuela que animaba la reunión; una zalamera Chole que venda todas 
las dificultades, combinaron los modos más ingeniosos de formar co- 
luinpiosy tirar al blaneo con la pistola; el miedo ¿ las detonaciones 
había desaparecido y animaba a todas un espíritu varonil Don Zefe- 
riño era el ajonjolí de todos los platillos, y quien satisfacía los antojos: 
las niñas habían poetizado su prosaico nombre; le llamaban don Zénro, 
porque la pronunciación era más sonora y más fácil á la vez. 

Don Zeferino daba tirantez á los cordeles de los columpios preca- 
biendo una desgracia, prestaba su sombrero para que sirviera de punto 
objetivo á los proyectiles de las pistolas. Don Zéfiro preparaba el 
bañe, y ofrecía cigarrillos monísimos á las señoras para ahuyentar con 
el humo á los volátiles y dañinos insectos: todo esto sin abandonar su 
gravedad y su parsimonia. 

Se improvisó un salón de baile á la sombra de los árboles: la músi- 
ca atraía á los curiosos de aquellas comarcas para tomar parte en nues- 
tro júbilo. En ios interregnos del baile se tocaban aires del país tan 
alegres, tan expresivos, que ellos imprimían á la fiesta un sello cam- 
pestre bien merecidos lo mismo que á las 'distintas escenas que brota- 
ban de la situación, Sus cantos rarísimos, canti-declamados con voz de 
catase y.pocoafiuaraiettto, algunas veces eran descriptivos de aquellos lu- 
gares, y otras producían quejas amorosas, prvocaban rivalidades, ó 
eran la expresión del amor patrio, refiriendo, las hazañas de los gue 
rreros; éstos canto^recitacionei, expresados en un lenguaje agreste, 
son comprensibles por todos, pues no carecen, en medio de su frivoli- 
dad, de ingenio, de verdad histórica y de exactitud en la tradición. Lm 
glosas de amor y contra él, aunque expresados en provincialismos, se 
impregnaban de sal ática, de sarcasmos contundentes, de ideas que a 
rrojan el ridículo. Hay endechas que pueden servir de modelo al lan- 
zar un epigrama, cortas, graciosas, incisivas, como esto, dirigido á una 
zagala que se vestía de color verde: 



J 



72 

En una jatanáa incurro 
y hasfcel enero se me arruga, 

vida mía; 
pensar que siendo 70 burro 
y siendo usté una lechuga, 

me la comía. 

Al frente de nuestro campamento, bjijo la protección de otros árbo- 
les, formábanse grupos que zapateaban e\ jarabe nacional, pespuntea- 
do por la alegre y popular jaranita, especie de bandurria de cinco 
cuerdas metálicas, que suena agradable al aire libre y bajo la in- 
fluencia reproductora del eco de aquellas montañas; sus cuerdas pro- 
ducen notas que son ingratas á un oído acostumbrado á los melódicos 
instrumentos-de salón; los de la jarana se perdían en los confines de 
aquellos montes. 

Cerca de mí estaba un grupo de zagalejas que formaban algarabía 
sosteniendo diálogos interesantes, con la fraseología, con el dialecto 
peculiar á los campesinos, formando modismos graciosísimos. 

— ¿De <5nde saldría semejante currería? 

-^Allí anda una retechulísima como un lucero. 

— Puede quenun descuido yaiga matrimoniado, porque trai chorros 
en la cabeza. 

— ^No vido? aquel curro mizo señas ¡miren que fachoso! 

— Yb, caiste en la cuenta que te tiende la ala, ¿eeh? túeres media 
chiflada. 

— NjEgo sí que no! se me está poniendo que hablan de mí.. 

— Si te dijíera unporai te pudras ti vas á poner creidísima. 

— ¡Pa qué quiero eso! ¡si es una enfelecidá de chaparríto; tamañito 
ancinal 

,— Las curras andarán que se las pelan por posiarse el baño, y nos 
dejan la luna en prendas. 

m. 

Alguno de aquellos campesinos traía consigo una caña colocada 
una cuerda en los dos extremos; con el pulgar de la mano derecha la 
hería, y puesta en la boca la hacía vibrar, produciendo sonidos caden- 
ciosos que modulaba con el aliento, aspirado algunas veces; otras dila- 
tando ó contrayendo los labios; los dedos de la mano izquierda tocaban 
la cuerda .para amortiguar ó producir distintas notas. 

Varios aires conocidos preludiaba aquel instrumento, y se mezcla- 
tym con melodías para improvisar algunas variaciones. Ese instru- 
mento, fácil para construirlo, limitado en sus notas, sin más variedad 
de tonos que la que podía imprimirle con los labios, no produjo ar- 
monía, pero combinaba dulces sones, agradables al oído; ellos los ins- 
piraba la soledad con la sencillez del hombre que la habita. En un 



. 73 ___ 

Balón, donde el piano reproduce las concepciones de Bellini ó las melo- 
días de Schubert, poca sonoridad produciría el instrumento de una 
sola cuerda; pero en el campo, en el fondo de las cañadas, en la3 arru- 
gas de las montañas, se transforman en melódicos sus acentos; como 
los tonos de la Naturaleza, el zumbar de los insectos, y el relincho 
del corcel montarás; es seductora, es- melancólica aquella suavísima 
vibración, porque reproduce en imitativos arpegios los acentos del do- 
lor y los himnos pastoriles. Las almas sensibles á lo bello, á lo ideal, 
& lo que lleva la marca excelsa de lo grandioso y magnánimo, .se po- 
nen acordes entre sí cuando son sus intérpretes las escenas imponen- 
tes de la Naturaleza, los murmurios de la fuente ó los trinos de los 
pájaros canoros: la soledad tiene su voz sonora, cautos argentinos^ ru- 
mores misteriosos, que hieren las fibras del sentimiento^ produciendo 
la inspiración. 

En Ja morada del hombre social resuenan las notas del violfn 6 de 
la flauta en variadas combinaciones; mas eñ los desiertos tienen en- 
canto indefinible las not^s que esparce la zampona ó el arpa pastoril, 
afinados sólo para oirse en los campos, lejos del bullicio de las socie- 
dades. 

La poesía campestre, su música especial, sus comparaciones, pensa- 
mientos é imágenes^ tocan las fibras del corazón, porque pintan, así 
como las del hombre más ilustrado, sus íntimos afectos» 

Su música se inspira én el canto de las aves, en los rumores de la 
selva, en el rugir de las fieras; las glosa* de los campesinos, sus boleras 
ajusticias se cantan en notas melancólicas, que semejan el ahullar de la 
zorra y del lobo; al piafar del caballo salvaje y participa aun del 
berrido de las* ovejas* Así el zenzontle, convierte sus armonías imi- 
tando con dulces trinos, el imponente tugir de las fieras, la algarabía 
de las golondrinas y los arrullos de la tórtola» 

IV. 

Había enmudecido nuestra música por no perder una nota de aque 
Ha t&n sentimental que reproducía distintos ecos al pié de las »coli- 
nas. 

Cuando he regresado á mi hogar; cuando lie oído la voz admirable 
de los artistas, y se han fijado en mis tímpanos, como en un fonógrar 
f o, los trinos angélicos de la Peralta, vienen también á mi memoria los 
del arpa de una cuerda. El hombre civilizado, así como el salvaje, a- 
rranca sonidos á su voz, á su rudo instrumento, para expresar sus 
sensaciones ante las bóvedas del templo ó ante las llanuras y los ri 
bazos; en todas partes encontrará intérpretes fieles del sentimiento, 
que es la verdadera poesía del corazón. 

Nuestra música tocabtt por intervalos al agitarse la danza; volvía á 
dejarse oír la jaranita con tal dulzura que creíamos sería un hábil pro- 
fesor quien arrancaba esas notas sentimentales. Después supimos que 



,_ 74 

aquel músico se dirigía sólo por el oído, pues era ciego. Escuchamos 
sus acentos con veneración y con respeto. Afinó su instrumento; dio 
á su vos una triste entonación, y lo escuchamos con relígipso silencio. 
Cantaba sus desgracias, la negación de la luz, los asares de su vid» 
y su cristiana resignación. 

Yo transcribí sus quejas una á una para traducirlas a un lenguaje 
menos incorrecto, ó insertarlas en estas fugitivas páginas. Los poetas 
alemanes en sus lamentaciones no son tan tiernos como los cantos del 
hombre en su desgracia eterna* 

v. 

"Niño atín perdí A mis padres; me dejaron un nombre sin mancilla; 
eran pobres, y no tenían en donde reclinar su cabeza; heredé su fe, 
su amor á mis semejantes, la resignación en las vicisitudes; por eso 
sin quejarme, sin gemir/las ofrezco á Dios en sus altares. " 

"Recorro lo* páramos y los pueblos, sin guía y sin liíz: llamo á las 
puertas implorando la caridad cristiana; me reciben con amor, porque 
el Señor puso en el alma de sus criaturas las virtudes que encarecen 
sus preceptos; donde quiera que se oyen los acentos de mi vihuela, 
llueven sobre mí los consuelos y la celeste caridad. ' Yo mando á Dios 
mis bendiciones como una ofrenda que coloco en sus altares." 

"Visité á Jalisco; crucé sus barrancas cubiertas de platanares y ta- 
marindos, de aromáticos chirimoyos y de naranjas color de oro. Gua- 
dalajara me recibió en su seno; canté la hermosura de sus hijas, las 
hazañas de sus héroes, \a gloria de sus poetas. . . . ¡ay! ¡es tan consola- 
dor admirar á Dios al pié de sus altares. . . . !" 

«• Llegué á Zacatecas la de las piedras argentíferas; fraternicé con 
los hombres que habitan los antros obscuros de sus montañas; me ca- 
lentaron los rayos de su ardiente sol cuando la nieve congelaba mi 
sangre; tomé á raudales el vino generoso que producen sus vides y 
liban sus hijos; me arrodillé en sus templos, elevé mi oración a Dios 
en sus altares, ii 

» Aguascalientss fué mi ilusión de niño; oí hablar de sus bellezas, de 
sus*aguas benignas, de sus- frondosos huertos, de sus hijas llenas de 
encanto y de voluptuosidad; pisé las anchas calles de su capital sim- 
pática; recorrí sus jardines, visité las tumbas de sus mártires; oí el ta- 
ijir de sus campanas; descansé al pié de sus soberbios edificios y de 
aquellos árboles que brindan frutos delicados; oí el rumor de sus fuen- 
tes, toqué los rosales que despiden miel y aromas; trató á sus hijas, 
cuyo acento es melodía» su mirar de fuego, su corazón de oro, sus pa- 
labras de arcángel n 

••He admirado este Edén en que Dios depositó stís galas, donde está 
su trono, donde se quema incienso á toda hora en sus altares- 

"Hoy, le envío con las notas de este instrumento mi bendidión y 



75 

ini despedida; emprendo de nuevo mi camino, sin luz ni guía; donde 
quiera que me arroje el destino recordaré los beneficios que recibí de 
su suelo hospitalario; recordaré las lágrimas de sus vírgenes, conmo- 
vidas con mis cantares, y las oraciones de los niños cuando me con- 
ducían de la mano al templo santo para bendecir á Dios al pié de sus 
altares* 

vi. 

Aquella voz se extinguió como se extíngtten en el santnario las vo- 
ces aflautadas del órgano, y la ferviente entonación con que se canta 
un Raimo» Nuestros ojos se habían humedecido con las relaciones del 
que sufre, la viva fe del que espera, la resignación inagotable del que 
cree. 

Doña Purificación, que carecía de una moneda en aquel momento, 
depositó en un platillo sus arracadas de oro; los circunstantes, obran- 
do bajo las mismas impresiones, vaciaron en él su bolsillo para soco- 
rrer al desgraciado que hería nuestra alma con la ternura de sus sil- 
vas poéticas. 

Cuan distantes estábamos de imaginar que en aquella fiesta, prepa- 
rada para reir y gozar, formando la caricatura de todo lo serio, brota- 
rían á raudales, para formar contraste, los acentos de la zampona y de 
la guitarra, los conmovedores arpegios de un laúd. 

Volvimos á nuestros lares lamentando se deslizaran las horas con 
rapidez. Salimos de la ciudad cuando alumbraban nuestro sendero los 
destellos de la aurora, para, dar creces *á nuestro júbilo; volvíamos á 
ella á la última hora de la tarde, cuando la noche nos envolvía entre 
sus sombras, para velar nuestra tristeza con su silencio misterioso. 



WM W HKK 

I. 

Lo que hay que admirar en esta vida es una fiesta caserita de cole- 
giales, durante las vacaciones; esos bailes improvisados hechos á pro- 
rrata de los bolsillos exhaustos de estudiantes pobres; hay que tener en. 
cuenta sus chanzas, sus agudezas sin urbanidad, su buen humor du- 
rante dos meses de holganza, á que dan coloxido la fraternidad, el de- 
seo de apurar toda clase de placeres* mientras comienzan loe diez, me- 
sed de aburrimiento* 



76 

Dorante el período de los estadios, todos quisieran llegar á la edad 
de la libertad y de la emancipación; todos desean eacndir las ligas de 
la obediencia filial, paitando los muros del hogar paterno, para gozar 
sin freno de los deleites de la vida; odia las restricciones; maldice la 
ergástnla que esclaviza; el colegio á quien la sociedad da el nombre 
de templo del saber; anhela cambiar los dones de Apolo y de Minerva 
por las asechanzas del niño ciego y flechero. 

Cuando se llega á la edad provecta y se siente el hastio de los de- 
leites; cuando se ha sido víctima de los engaños y desengaño» del 
mundo y de las arterías de la falsa amistad jcómo suspiramos por la 
época en que fuimos colegiales! Nada es más grato que * encontrar un 
condiscípulo, recordar la vida pasada, las diatribas al rector y cate- 
dráticos, los robos ingeniosos de dulces y cigarros, las deudas que sólo 
puede pagar el colegia), impecunio con chocolates; los epigramas lan- 
zados á la faz de un decurión severo* 

El que no haya concurrido á tin bailecito de Subn Aio en la casa hu- 
milde de un estudiante, no ha gozado de los más grandes placeres con 
que se embriaga la juventud. Allá conduciremos á nuestros lectores, refi- 
riéndoles á grandes rasgos, y pintando con pálidos colores, esas esce- 
nas que agradan por originales, que muestran otra vida y otra socie- 
dad* ignoradas paía el que nó respira en una atmósfera de "familia ín- 
tima. ¡Cómo se esfuerzan los padres y los deudos de un novel estu- 
diante en hacerle agradables' los días presurosos del anual descanso! 
él es la esperanza de la familia; mira la mamá en el chuchumeco el 
germen de un sacerdote; el papá un abogado injieri; la sociedad un 
aprendiz de matasanos, alópata, eso su 

Me encontraba en mi chiribitil en una noche de Octubre* meditan- 
do sobre el medio de mejorar mi condición, cuando invadió mi cuarto 
una nubfe de colegiales, esa juventud alegre que es mi delicia. 

— jCómo te val» — dijo lino por todos; saluda muy cariñoso de tan 
amables visitantes} y se arrojaron sobre mis libros y papeles. 

> — Tií escribes sobre moral; ¿qué conocimiento tienes del corazón 
humano? ¿cuál es tu instrucción? ¿has leído á lo» clásicos latinos? Vea- 
mos tus libros, «Historia de México: Geografía Universal.ii ¡Humm! 
iqué vejestorios! 

— >Debías tener la Jerusalém del taso, obra que inmortalizó al divi- 
no Cainoens. 

*— >0 los Mártires que escribió el chato Briano en el país de los lo- 
bos* 

— Obras ¿tiles como la vida de Plutarco; el Baroncito de Fau- 
blas 

— Prepárate, porque nos acompaña» á Un bailecito de confianza, ó 
como suele decirse, de pan y queso; pero que estará muy divertido. 

— Yo no voy & bdles. 

— Te llevamos por la fuerza. Ya verás qué contentos vamos á estar, 

— No estoy convidado ni prevenido. 






77 

— A eso venimos, á convidarte y á conducirte. 

— ¿A donde he de ir con esta levita que denuncia los rigores de mi 
mala estrella? 

— Nada importa; todos somos de confianza; los concurrentes somos: 
el Suspiro, el Gato, el Toro, la Sierpe los dos Galgos, el Cocodril, la 
Liebre, el Ratón .... 

— ¡Huy huy huy! ur& colección selecta de animales, un museo soo- 
lógico! 

— ^Las señoras son: las hermanas de la Sierpe; las primas del Ratón; 
las tías de los dos Galgos; ya, ya verás; no faltarán algunas muchachas 
de interés, y una eme otra coqueta con quien echar un párrafo. 

— «sAhora que hablamos <¿e coquetas, ¿qué noticias me das de tus her- 
manas? 

— ¡Qué! ¿mis hermanas son coquetas? jira de Dios! 

— ¡Ah, no! (guiñando el ojo.) Precisamente porque no lo son me 
acuerdo de ellas; toda moneda tiene aiíverso y reverso. 

Después de una discusión acalorada, me dispuse á ir al baile en 
compañía de aquellos jóvenes, depositarios «del talento y la instrucción. 

.IL 

* 

Nos internamos á un barrio de la ciudad por callejones poco anda- 
bles, y al fin llegamos á la casa donde estaba preparado el baile. 

En la puerta de la sala se aglomeraba la multitud curiosa, atraída 
por la melodía de los instrumentos, y por las notas poco dulces de un 
corneta-pistón que se oía á dos cuadras de distancia; á remolque me 
condujeron hasta el centro de aquella reunión; allí se veían jpvencitas 
alegres, respetables mamas, y otras señoras á quienes el equívoco de 
una naturaleza caprichosa, si no las hizo bellas, sí les Consiente for- 
men en el círculo llamado sexo hermoso. 

Por parecerme á Sue ó Dumas en mis escritos, procuraré describir 
con fidelidad aquel recibo que se convertía de improviso en templo de 
Terpsícore. Nueve varas de extensión tenía la pequeña sala, focmada 
por blancas paredes que ostentaban la cal en consorcio con el Almagre; 
doce velas en albortantes la iluminaban; cuatro rinconeras servían de 
pedestal á unos muñecos de estuco escribiendo sobre un libro apoyado 
en la pierna cruzada, que eran un primor; cuatro charolas en deterio- 
ro* un reloj de palomita que pregonaba las horas con acompasado cú- 
cí y en armonía con un sonoro timbre. Una Dolorosa bisoja hecha á 
pincel, y la escultura de un San Antonio que había perdido las narices, 
como ciertos calaveras: dos docenas de sillas con asiento de tule, y 
una alfombra que se obtuvo prestada del templo más inmediato. ítem 
más: unas-pantallas dn relucientes espejitos, y dos sofaes en las cabece- 
ras. Todo el moblaje se remontaba á los tiempos prehistóricos! 

La música preludió el popular wals de los Diamantes, al tiempo que 
un personaje, funcionando de director de escena, dio la voz de "arriba 



78 

las pareja9.1t La escolar gusanera metía más ruido que un collar 
con cascabeles. 

ni. 

Varias parejas se paseaban en prudente reposo, mientras otras se 
lanzaban al viento en agitado compás. 

Los curiosos, los que no alcanzaron compañeras, ó les tenían en en- 
tredicho las dimensiones de la sala, se ocupaban en dar mordiscos al 
prójimo, y en poher á discusión los problemas que se relacionaban con 
los presentes. Yo me coloqué en un rincón donde podía oír las conver- 
saciones más íntimas, y una que otra palabra indiscreta que excitaba 
mi curiosidad. 

/—¿Conoces á esta señorita? ¿la del vestido azul? tiene unos ojos».... 

— xYa se ve que los tiene, es la primera vez que la veo. 

— Hermana de mi vecina; la que ocasionó el escándalo de los retra- 
tos entre los dos capitanes. 

/—Es guapa; baila con con gracia; desde mañana le haré el oso. 

— ¡Lo que es el artificio! qué distinto se presenta el conjunto de sus 
gracias sin el auxilio, del colorete: lo cftie es á mí ni tentaciones. 

— ¿Y esta otra? ¡Jesas! quién la había de conocer! la cuaresma la de- 
jó extenuada con sus rigores. 

— El hijo de nuestro tendero; ha despertado mucho en el colegio; ya 
no es el beato hermano de la vela perpetua. 

— Si Cupido entra en campaña le auguro que zozobra su barquilla 
antes de llegar á puerto, ¡y adiós de tonsura! 

— Allá distingo á la más buena de las madres, que es al mismo 
tiempo la m&s egoísta de las suegras. 

— -Es una gallina cuidadosa de que sus pollitas no caigan en *las ga- 
rras de un gavilán. No las pierde de vista. 

— Devora con los ojos á su futuro yerna 

— ¡Oh, suegras! 

— ¡Oh, arpías! 

— x La mía es amabilísima: no me puede ver, estamos pagados. 

Pata que el baile se animara, se hacían y rehacían oblaciones á Ba- 
co. Las rebanadas de pan y queso circulaban con profusión entre es- 
pectadores y bailantes; á cada señora se le enfiló una súplica obstina- 
da. Doña Mamerta condescendió en apurar una sola copita por ver 
claro lo que pasaba con sus ehicas que en verdad estaban tan seducto- 
ras como rosas de Castilla en rama. 

IV. 

Se bailaban con frenesí polkas, danzas, galopas, las monótonas cua- 
drillas, el vertiginoso paso doble, y al fin de la jomada las indispen- 
sables calabazas. Este baile, plagio de aquel k quien se dá en otras 



79 

regiones el nombre de cotillón, es un arrastre falso para reconocer^el 
juego del adversario, y adivinar el efecto de los cohetes á la Congréve, 
que durante el baile se han arrojado: consiste en colocar al lado de 
una señorita á dos pretendientes rivales; ó al ado de un mosalvete á 
dbs jovensitas, para que unos y otras muestren en definitiva su predi- 
lección ó su desdén. Luego vienen los versos expresivos, tiros á que- 
ma ropa, disimuladas declaraciones, remaches en los clavos que han de 
inspirar un canto epitalámico {Cuántos nudos rotos, y cuántos lazos 
nuevamente forjados resultan al bailar las calabaza*! la juventud los 
anhela por despejar una incógnita. 

Faltaba una¡|>áreja; á mis amigos, que no se acordaron de mi en to- 
da la noche, les ocurrió hacerme pasar por las horcas caudinas de ese 
baile que detesto. Me conquistaron compañera, y heme allí formando 
un grupo con esos sacerdotes del placer. Mi consigna fué distraer á 
una mamá celosa mientras el simpático Cocodrilo deslizaba un perfu- 
mado billete en las manos de la hija. [Señor, Señor, recíbeme este sa- 
crificio en expiación! Yo debía ser el punto de mira para la mamá, 
mientras que un mameluco ponía su proyectil en el blanco. ¡Hasta 
donde podemos llegar los hombres por las letras! 

Presentó mi brazo á tan respetable señora, y columpiándose en él 
fuimos á ocupar nuestro puesto. A mi. . . .ni por chanza me ocurrió 
una galantería para dar principio á mi comisión. 

— na estado divertido el bailócito — dije á mi compañera en tono 
festivo, como nn medio de buscar vado practicable en aquel río cauda* 
loso de celos y de desconfianzas. 

— Divertido — me contestó con sequedad. 

— Y ordenado— >volví á decir para poner andamios y forjar un puen- 
te á mi conversación. 

— Ordenado— contestó buscando con la vista k su pollita que ya es- 
taba en chicisveos con su compañero. 

— La música ha tocado piezas modernas, no debemos quejarnos. 

-^Modernas ,— volvió á. decirme con la misma circunspección. 

No había medio de habrir brecha en tan adusta compañera. Las pala- 
bras las extraía con tirabuzón, como quien extrae un cordón del cuerpo. 

— Sé feliz, -me decía uno. 

r -Envidio tu dicha, — decía otro. 

/—Hoy me pega un tabardillo; yo toco el bombo mientras ustedes 
se despachan con la cuchara grande. 

-^Son muy interesantes las hijas de usted,/— volví á decir a mi com- 
pañera con ánimo resuelto de que fuera la última palabra. 

r- Gracias, í>eñor; Vd. las favoreee; tienen la gracia de las niñas á 
los quince años. 

—Parece que á Pepe Rivas Cacho no le es indiferente. . . .no se le 
ha separado en toda la noche á su compañera. ¿Y vd.? ¿en quién ha 

^-Son muchachos,, y gozan de la vida, 
fijado por esta noche sus esperanzas? 

— Soy indiferente; el amor es para mí una planta parásita. 



f 



80 

— >Pronto tendrá *rd. que arrepentirse ¡si no sabré yo del pié que vd. 

cojea! no ío saca á vd de su indiferencia una señorita que se llama 

ge llama, . . .¿cómo se llama, santo cielo? 

r- ¿Virginia tal vez? ¡oh, si yo pudiera conquistar la aprobación de 
su mamá. Veo que se me anticipa el afortunado Cocodrilo. 

— *Qué! si es un pollo insubstancial que acaba de salir del cascarón. 

Las miradas indagadoras de la mamá la seguían en sus movimien- 
tos. 

— Decía vd. . . . . 

— ^Que el nene me fastidia; a todas partes nos sigue; el día menos 
pensado nos lo encontramos en la sopa. % 

v. 

Muy cerca de mí se encontraba el joven Suspiro quien sostenía con 
la interesante Isabel una conversación animadísima. La tema, en to- 
dos los bailes, sobre la cual recae la conversación es el amor; la de la 
pareja inmediata era de tal modo concentrada que se percibían hasta 
los monosílavos. -El Suspiro, en tono sentimental, hacia la rueda á su 
paloma. Ella se divertía con sus jeremiadas, y le hablaba de su pasa- 
do, cuando él sólo quería pensar en un presente indicativo. 

— El ángel de los amores,, — le decía— \pulsó junto á mí su cítara ar- 
moniosa; amé con todo mi ser, con toda mi alma, con todas las efusio- 
nes de un corazón sensible? pero luego el desengaño yína á obscure- 
cer mi porvenir como la tempestad cuando envuelve á la tarde apaci- 
ble en un manto de tinieblas. 

— ¿Fué vd. desgraciado?. . . .¿vd? ¡eh! (¡qué fastidio— El diablo que 
te lo crea,) 

— ,Ah sí; (suspira) amé á una joven; ella se ocupaba más que de mi 
pretensión en las insinuaciones de un Cocodrilo. Mi alma se sumer- 
je en un cceano de tristeza cuando reflexiono sobre tan prosaico a- 
mor; ábrase mi pecho y se encontrará la imagen de v J. ¿oh ingrata! 
como la luna que apareció en el fondo de un borrascoso mar. 

Aquellas confidencias eran los destellos de una cercana tempestad; 
otro interesado también buscaba un lugar en el corazón de la señori- 
ta Virginia,- y suscitaba el celo del que, siendo el primero en tiem- 
po, es el primero en derecho. No sé hasta donde hubiera llegado el 
sentimental pretendiente si no interrumpiera su conversación un co- 
legial afecto k la broma que, de acuerdo con sus amigos, designó al 
joven Suspiro para recibir de una señorita la ovación mis deseada, u- 
na galantería simpática, ó un terrible desdén; es decir, elegirlo para 
compañero, ó darle calabazar, esta broma es algunas veces significati- 
va por la preferencia, 6 picante por la repulsa. La señorita Virginia 
eligió por compañero al joven Suspiro, como un refinamiento de alta 
consideración social; con aplausos celebraron el triunfo del agraciado 
y la derrota de Cocodrilo. „ | 



81 

VI 

Continuó el segundo acto del mencionado baile; faltaba la recitación 
recíproca de versos, de versos de cualquier autor que, dando un toque 
al corazón, revelara sus Íntimos sentimientos. Llegaba su turno á las 
señoritas: era la oportunidad de lucir la memoria; ellos, declamando 
con fuego alguno de los sonoros versos de Zorrilla, como este: 
¿No es verdad, gacela mía 
Que están respirando amor? 
y ellas con ternura: 

yo la imploro 

De tu hidalga compasión; 
O arrácame el corazón, 
O ámame, por que te adoro. 
La precavida señorita, Virginia no quiso aventurar una redondilla, 
ni hacer intérprete de sus afecciones á un versero extraño; se escusó 
diciendo que no conservaba en la memoria ninguna estrofa, pero comi- 
sionó al joven Rivas Gacho para que lo dijera. El comisionado aceptó, 
guiñando el ojo k los concurrentes; estaba herido por los celos, pue& 
habían decidido dar en esta vez su beneficio al que se presentaba co- 
mo competidor. 

El Cocodrilo exclamó con muy clara pronunciación, dirijiéndose a 
su rival, que ya estaba colocado en el sillón, potro de los desdenes. 
Mira de tu cuerpo enjuto 
el descarnado esqueleto; ♦ 

y tu color verdi-priéto 
denunciando el escorbuto 
de un asfixiado completo. 

Si consultas á un espejo 

has de suspirar al verte, 

por que te extenuó la suerte; 

¿de quién podrías ser cortejo 

si no de la misma muerte? 
Ellos rieron y aplaudían, incluso el aludido; las señaras calificaban 
como chanzas d& mala ley sus estupendas bromas, y procuraban que 
el compañero, objeto del epigrama, se vengara en justa reciprocidad. 
Momentos después fué conducido al banquillo de las represalias al au- 
daz cetáceo á. fin de que sufriera también los arponazos de su antago- 
nista. Esta intriga era un juego de damas en que todos reían y admi- 
raban el buen humor de estudiantes que aguzaban el^ingenio para lu- 
cirlo con la oportunidad debida. Todos estaban pendientes del medi- 
tabundo y zaherido colegial; pero llegada su vez, esclamó: 

Cuando una bella sirena 
esparcía su dulce canto, 
un Cocodrilo, entre tanto, 
intentó en la mar serena 
cautivarla con su llanto. 



82 • 

Ella, con dulce bondad, 

Í>ero sin variar de estilo 
o deshanció en realidad; 
y huyó de la falsedad 
del llanto de un Cocodrilo, 

El baile concluyó á las dos de la mañana, para continuar al siguien- 
te día en que be hizo la merienda de tamales y enchiladas bajo las ra- 
mas de los árboles, al aire libre, en las márgenes de un río. 

Tal es el pasatiempo durante sesenta' días de vacaciones; en todas 
partes rebosa el buen humor, el deseo de divertirse. 

VIL 

El estudiante es la alegría personificada; en él encarna la no satis- 
fecha aspiración de ir en pos de lo agradable y de los placeros fuga- 
ces: le es característico un genio violento y atraviliario; le son inhe- 
rentes los arrebatos; por decir una chuscada pone en ridículo á sus 
condiscípulos, y le plantaría una peluca al lucero del alba; pero en cam- 
bio ;qué noble corazón! ¡qué sentimientos tan elevadosl como conserva 
sin extinguirse ni debilitarse el afecto que nace y se desarrolla en el 
colegio, desde la infancia hasta la decrepitud! él comparte su pan y su 
escaso bolsillo con el estudiante pobre que carece de una piedra donde 
reclinar su cabeza, según la expresión de la Biblia, Por otra parte, to- 
dos debernos temer sus chanzas juveniles y sus arranques belicosos; 
pico-pardea en las altas horas dé* la noche, y es audaz en las campa- 
ñas de Cupido, como en las de Marte: difama al Rector; discolea en 
perjuicio de los catedráticos; conspira valerosamente contra el Gobier- 
no; empuña el fusil y muere en las barricadas, sólo por hacer alarde 
de un brío intruso é inoportuno; no teme la justicia; se encara con los 
gendarmes, y confía en esa impunidad que le ofrecen su inexperiencia 
y sus pocos años. 

El estudiante es truhán, calaverón y casquivano; pretende á veces 
parecer en la sociedad cual hombre formal que carece de ese jpié de 
gallo que forma la aglomeración de los inviernos; podría decirse que 
le anima un ardor glacial. Concurre á los paseos y asiste á los bailes 
caseros donde puede deslizar un billete amoroso; aunque esté en la 
desgracia se enamora de todas, hasta "de unas enaguas colgadas en 
tendedero,** como ellos dicen; no le abate el destino porque confía en 
el porvenir; con erudición escolástica se abre paso en los círculos más 
concurridos; los libros de texto que trae constantemente bajo d$l brazo 
le recomiendan en todas partes; su aspiración al saber encubre todas 
las poridades de su camisa y el color de tabaco de su traje * exterior. 
¿A quien no pimpatiza un estudiante, si están simbolizados en él un 
bienestar para su familia y el porvenir de nuestra patria? 



8* 

I 



Costumbres de Antaño. 



LA SIMAÍIA SANTA ElUZAaTECJlS. 

ES 1359, 

Si escribo veras, nadie las entiende; 
Si burlas, me prohiben que las baga; 
Si alabanzas, ninguno me las paga; 
¿Pues qué tengo de hacer si todo ofende? 

Lio. BufcoüiLLOS. 

No hay dada! !o qne hay que ver en Zacatecas es la Semana Santa; 
la serie no interrumpida de procesiones en que campea el fanatismo- 
de nuestros antepasados y la propensión de la clase ínfima á^ia ridicu- 
lez. Es digno de notar el contraste de ese. pueblo que, entusiasta has- 
ta el heroísmo por el progreso, ge .muestra decidido en practicar dichos 
actos que cree w>n consecuentes con el espíritu religioso. ¡Mezcla te- 
rrible de la superstición con el fanatismo, de la religión con el error! 

La algazara de la muchedumbre, y el ruido de loa atambores y chi- 
rimías, lánguido y destemplado como los clamores del despechado cle- 
ro, anuncia una procesión. En olla se ostentan las figuras de ciertos 
Cristos á que por sarcasmo se llaman imágenes del Redentor; allí vemos 
tributar adoraciones á la más tosca figura que representa la Virgen al 
pié de la Cruz.— >¡Qué! ¿Jesús y María no fueron el tipo de la her- 
mosura más perfecta? ¿pues por qué rendir veneración á una Virgen 
que padece extravismo y dolor de muelas, á un Crüto que por bu pos- 
tura forzada y contra lo natural bien pudiera inferirse que es víctima 
del cólico y reumatismo! á esto debe agregarse la vanidad que óptente 
con unas enaguas en lugar de cendal lletas de bordados y galones, y 
con una cabellera rizada y reluciente cual .la del máa rigorista peti- 
metre. . 

Un Cristo sigue al otro en medio de los devotos alumbrantes; á cada 



84 

uno lo guian dos vigorosas doncellas llamadas rezanderas, las cuales, 
vertidas de blanco, coronadas de flores de varios matices, símbolo de 
su estado problemático, caminan á paso lento, llevando en la mano un 
báculo de hojalata: hiere por intervalos nuestros oidos el grito ladino 
de un joven pregonero que anuncia los tres cientos días de indulug&v 
das que gana quien se hincare á rezar un credo delante de aquella san- 
ta imagn y y el de los dulceros y vendedores de cuepones. 

La calle está llena de la curiosa multitud, y en su semblante se ob- 
serva la indiferencia y el sarcasmo; aparecen grupos por todas partes; 
y en los balcones ee dejan ver las hijas de este suelo hermosas y ele- 
gantes. Unos se ocupan de examinar filosóficamente las costumbres de 
la clase ínfima y lamentan tanta estupidez; otros admiran la religiosi- 
dad de nuestro pueblo, y se complacen con esperar el advenimiento de 
nuevos días parecidos á los de antaño. 

Se acerca un grupo de jovencitos calaveras^ oigamos su conversa- 
ción: 

— Dirijan ustedes la vista hacia el balcón de la derecha. 

— ¡Caracoles! Lucianita está hoy más descolorida que militar antes 
de combatir. 

— >Hoy no se ha teñido las canas, ni se ha dado colorete. 

— >Oiga usted, Remolacha: ¿quiere tener mamá? pues ¿cómo se ha 
enamorado usted de esta cotorra? a 

— Ah! sus virtudes 

— Oyó usted, Cascabel? ¡sus virtudes! 

— Pues! ¡sus virtudes! itítendo; intendo; como decía Hemdni. 

— Vista á la izquierda. . . . ¡Abur! 

— vPoncianita ha tenido la idea de vestirse toda de blanco. 

— ¡Qué contraste! cara moren*! vestido blanco. . . .! 

- ; ' i? ••• 

Tras el ultimo Cristo camina un eclesiástico con vela en mano, en- 
tonando en destemplados gritos algunos salmos; la música suele sofo- 
car tal desconcierto. 

La procesión vuelve al templo de donde salió, después de recorrer 
las calles de la ciudad. Cada Cristo há pagado su tributo porque se le 
permita ponerse en evidencia, en pública espectación, y el cura ha 
llenado de pesos, cual buen financiero, sus anchos y profundos bolsillos 

La matraca anuncia al día siguiente que es Jueves Santo, y que to- 
do católico debe meditar en el Sacrificio cruento de la Redención. — 
Es portentoso el movimiento de los habitantes de la ciudad; los sastres 
y las costureras tienen la cara como unas pascuas; las peluquerías han 
sido invadidas cual oficinas de Hacienda en los días de prorrateo, y los 
tenderos, usando del asueto ponen todo su esmero en parecer hermo- 
sos como un Narciso, joviales, cual un funcionario público sin popu- 
laridad; tiesos y remilgados cual un alcalde dé pueblo en día festivo. 

Suele verse uno que otro grupo que recorre las calles rezando las 
estaciones con sonante voz, y exclamando con toda la fuerza de sus 



85 

i =* 

pulmones el "Padre nuestro que estás en los cielos;» las beatas, hacien- 
do alarde de su religiosidad, rezan el santísimo rosario y arrojan mi' 
radas de frailecito calabaceado al hereje que no ha tenido la compla- 
cencia de quitarse el sombrero. 

Oh! ¡el labatoriol el labatorio es la ceremonia de ese día terrible; en 
vano un fraile se empeña en patentizar que la virtud más meritoria es 
la humildad, (virtud que ellos jamás practican) en vano conjura á 
sus oyentes á ^ue se desprendan de las riquezas terrenales, cuando ve- 
mos que sus reverencias defienden las suyas con ahinco y con teme- 
ridad. 

Los monumentos llaman pof la noche la atención; algunos templos 
están iluminados con gusto, y resuena por todas partes los armónicos 
acentos del piano y de la fllauta. Ahí, en un oscuro rincón, y como 
admirado del prodigio, se encuentra encarcelado el Nazareno; en su 
semblante se retrata la resignación, aunque algunas veces parece taci- 
turno y desconsolado cpiaao el cura que lee por primera vez la ley de 
obvenciones parroquiales. 

El lujo es extremado; las señoritas ostentan sus trages más visto- 
sos, y pasan de un templo á otro á elevar á Dios sus oraciones. La 
juventud entusiasta invade lo? templos, ein detenerse en ellos más que 
el tiempo necesario para dirigir sobre la concurrencia una mirada pers- 
picaz é indagadora; ¡feliz aquel que divisa á su cara beldad sumida y 
fervorosa entre una nube de gasa blonda! su vista en ella está pen- 
diente hasta el instante en que tan linda criatura paga con una gra- 
ciosa sonsisa tanta solicitud. 

En algunos templos no hay monumentos; están cerrados, tristes y 
solitarios como doncella que ya pasó su día; la causa es muy fácil de 
averiguar; por que les hicieron el bien las manos vivas de quitarles los 
bienes de manos muertas. 

Al día siguiente, la más notable procesión tiene lugar por la maña- 
na; es la Je Jesús que camina con el madero a cuestas por un sendero 
de flores: ¡oh! con que humildad sufre la befa de los judíos, la indife- 
rencia de los curiosos y el sarcasmo de los incrédulos que aun mirán- 
dolo osan dudar; la indisciplinada tropa pretoriana interrumpe su ca- 
minata para jugar á los dados; emprende marchas y contramarchas al 
paso veloz, y hace ademanes y contorsiones ininteligibles para el cu- 
rioso espectador; al toque de clarín se reúnen ó se dispersan, y for- 
mando grande algaravía, expetan al Señor injurias insolentes. 

Varios sermones análogo» á la situación se dirigen á los católicos 
pecadores quienes los escuchan como el que oye llover y no se moja; 
el fervor del predicante raya en frenesí, y ni por eso mueve las sensi- 
bles lágrimas del auditorio; tose, grita y manotea; la multitud perma- 
nece inerte; cuando menos se espera, y como si el orador fuese adivi- 
no, lamenta conmovido un nuevo porrazo, y. ¡zas! el Señor obe- 
deciendo ese oportuno mandato, dá en tierra con su santísima persona. 
El Siríneo, como tonto en vísperas, aguarda impaciente que algún judio 



J 



88 

caritativo, usando atribuciones que no le competen, enderece com- 
pasivo al desfallecido Jesús Nazareno.,— La procesión concluye, y los 
fariseos sufren una metamorfosis extraordinaria; se encierra cada uno 
en su («Asa, como la crisálida en su capullo, y aparecen después, cual 
mariposas^ vestidos de "éoldados del Santo ÉntieirroP 

Las campanas del reloj, tínicas á quienes no ha tocado el mudo en- 
tredicho, dan las dos de la tarde; las calles están obstruidas por el 
gentío, allí, en un estrado que se improvisó, se encuentran unas seño- 
ritas murmurando con acritud á cuantos pasan, ¿quien dejará de ser 
obsequiado con un ridículo apodo? Más allá se miran venir unos ele- 
gantes ; ¡Dios los tenga de su mano! han conocido el riesgo que 

les amenaza, y con el Jesús en la boca pasan al fin delante de tan rí- 
gido y tremendo tribunal. 

r-Nnestras ninfas preparan sus tijeras» 

—Nadie las mire ni lea salude. 

— Se rien de nosotros con forzado disimulo* 

— Doña Segismunda Jjangorin, á pesar de sus cincuenta primave- 
ras, está peinada á la inocente. 

— ¡Brujas del demonio! ya veo qus contienen una carcajada al. ver 
el sorbete anticuado de Pepe Rigodón. 

— Ya vamos saliendo del mal paso. 

— >¡ZtUi estalló "la tempestad: esas frenéticas risotadas hielan mi 
sangre. 

— Me han cortado el faldón de la levita. 

— Yo protesto retratarla ridiculamente en un periódico, y que sal- 
ga el sol por Antequera. 

Los soldados de la Brigada del Santo Entierro, vestidos de mites de 
comedia» son los nuncios de la más solemne procesión: mameluco blan- 
co, chupín de mahón café con rivetes amarillos, y una rodela de las 
que se usaron en otro tiempo, es el uniforme del ejército Nazarénico. 
Los gastadores con mirar severo, luengas barbas postizas y satisfechos 
de su comisión, caminan gravemente con el chuzo ¿la funeral y al com- 
paz regular de una marcha granadera. 

Los Cristos se han ido en vicio, y salen todavía en esta procesión; 
después sigue el Cuerpo del Señor ¿entro de una urna de cristales; á 
este un grupo de las tres Marías vestidas de luto rigoroso; su sem- 
blante revela la más acerva congoja. La Virgen de la Soledad camina 
después con mucha Untitud, y luego el Centurión en sobeibio rocín, 
con dos jóvenes edecanes á su lado; loe tres usan traje de los guerre- 
ro» de la edad media. 

Allá como veteranos de la Independencia de quien nadie se acuer- 
da, aparece asustado San Juan, diciendo, "¡miren que caso!" á una res- 
petable distancia del resto de sus colegas, y sin más acompañantes 
que algunos cargadores . que siguen las huellas de la "procesión; ésta 
vuelve al mismo templo de donde salió, y concluyen por fin esa 
serie de santos espectáculos que nos han dejado profundos re- 
cuerdos. 



87 



Cornelio Puñteagudo corredor acreditado, recibe para su venta un 
magnífico surtido de alhajas que realizará al mejor postor, á la vista, 
al contado y sin reclamo. La fama de estas mercancías es colosal, y es 
más sonada que narices catarrientas; las vende á plazo. A los miopes 
y á los présbites les conviene su adquisición. Las pollas zangandungas, 
que están sin salida como el Laberinto de Creta, basta «e chuparán el 
dedo. 



AVENTUREROS. {Enamorados.) 

Buscan, corno los poetas, horizontes argentíferos. — ABUNDAN. 
Son remisos al amor de la Mari-quita porque. . . .quita; pero anhelan 

el amor de la Oualu-pita porque pita. Se venden con un tres 

por ciento de descuento sobre el arancel. 

ABANDONADAS:— (Ssxo débil.) Hay en el Mercado un com- 
pleto surtido de ellas; reniegan del matrimonio porque el marido, en 
vez de pagano salió infiel; en vez de obligaciones y deberes creía tener 
sólo derechos: nunca el gusto de ellas fue cumplido; hoy buscan quien 
las comprenda. — Guardan un precio bajo. — ABUNDAN. 



ABURRIDOS. ABOMINADOS. (Esposos.) Este tipo fué muy 
buscado; hoy su precio cae en abatimiento.—^ABUNDAN. 

Muestran regocijo ante los resplandores de un sol naciente, de esa 
ley del divorcio. Aumenta la mercancía, aunque permanece cubierta 
con un velo misterioso. — A la par. 



4CUHADAS.— AULLADAS.— AVERIADAS. 

Son como las chirimoyas, sanas y provocativas por afuera; dañadas y 
con gusanos por adentro. Hay un surtido primorosamente variado y de 
todas nacionalidades.— sABUNDAN. Se dan á prueba como los relojes 
de bolsillo y con descuento considerable. Como los vegtidos de colores 
falsos, tienen una vejez horrible. Engáñese cada interesado por su 
vista. 



88 

ARRANCADOS, (hnpecunios.) Incrustados en el buen tono; mon- 
tan á caballo como un centauro; ágiles para colear; magníficos bande* 
rilleros, y floretistas consumados; caballeros de industria, adoran la 
soltería poique tienen miedo á las astas del toro: — -ABUNDAN. Se 
les mira en los paseos, ó al frente de los balcones, haciendo un oso 
peludo y feo; imitan al colibrí que chupa y vitela. Las pollas huyen 
de ellos espantadas; cacarean las gallinas; pero los admiten las guajolo- 
tes con la condición de reciprocidad. . . ,se venden sin descuento. 



ABRASADOS. Como un Vesubio amoroso que anuncia erupción. 
Es tal su ABUNDANCIA que á cada paso los encontramos. Dan se- 
renatas ante un balcón, y cantan el »»no me olvides^ y el "tú de mis 
lágrimas, . . „n— vSe cambian por ropa vieja* 



BELLACOS, picos de-oro; hombres-bocina para quitar el crédito 
á solteras y casadas. — ABUNDAN. Se exhiben en los paseos y en las 
puertas de los teatros. Como la mercancía es vieja y su desprestigio tal, 
se les busca salida en otros mercados. Se dan á trueque de hilacha para 
alimentar las fábricas de papel. — A precios ínfimos. 



BEATAS. Visitas diarias de los templos; miembros de todas las so- 
ciedades religiosas; sócias de número de la hermandad de ulas once mil 
vírgenes. u— s(Jesús! Jesús!) — ABUNDAN. No se admiten en esta her- 
mandad á las casadas, ni á las que tienen novio- — » ¡Qué fastidio!. . . . 
estas señoritas no saben lo que es la flor de la canela; viven sin pena 
ni gloria, combólos niños que mueren sin bautismo. . .¡Qué fastidio! — 
A precios altísimos. Hay sócias de quienes lo» solteros quisieran ser 
catecúmenos; hasta se chuparían el dedo. 



BIENAVENTURADOS. Es tal su numero que ya no se les admi 
te en comisión por ninguna de estas nueve cosas. ¿No habrá quien a- 
cepte para marido á uno dQ esos tipos? Se recomiendan porque son 
á prop<5sito para cargar la cruz del matrimonio, con aj r uda A de sirineo, 
en este Gólgota de la vida. En la jslaza suelen aceptarse con un valor 
estimativo de conveniencia mutua.r- ABUNDAN. 

Se venden al por mayor, con un cincuenta por ciento de descuento, 
sobre los precios al menudeo* 



89 

BONITAS. Vistas k la luz del artificio, y vestidas con elegancia, 

retocadas por el hábil pintor Don Mano de Gato 

ABUNDAN. ¡Cuidado con las falsificaciones! El consumidor inex- 
perto suele llevar gato por liebre. Se venden al mejor postor; á la 
vista, al contado y sin reclamación. No está limpia la patente. De- 
ben sujetarse á cuarentena para no importar el mal de rabia en la fami- 
lia. 



CABALLEROS En la acepción biás usual déla palabra-, qne 

no transiten en doble vía como los wagones del Distrito. — ESCA- 
SEAN. 

Las pretensas y las esposas que poseen un ejemplar, lo preser- 
van del contagio, y de los microbios de la envidia. Predican constan- 
temente el precepto del Deeálago. . . . uNo codiciar las cosas agenas.u 

Todas se quieren arrebatar el novio. Son solicitados por las jóve- 
nes á quienes agradan los guantes y la casaca. Se pagan con oro, y á 
precios elevadísimos, como las acciones de minas en bonanza 

Conocemos mucho de ésto, sí, conocemos mucho de ésto. 

COQUETAS. Poseen talento, gracia, instrucción, virtud, como 
medios lícitos para agradar en sociedad y llegar a los altares, diáfa- 
nas y puras como el cristal de Bohemia. ESCASEAN en la9 regio- 
nes altas; HAY un variado surtido en las mediocres. Pertenecen.á la 
tribu de lo¿ proteccionistas. Se venden por quilates. 



COQXJETONAS. . .que ejercen el coquetismo y lo convierten en 
anzuelo; doradas por el sistema de Qalvaní; descubren el cobre con un 
toque de ácido muriáticc. — ¡AbUndan-Abundan! Mantienen en el aire 
á más de un adorador, como los hábiles artilleros mantienen en el aire 
siempre un proyectil. Aceptan el matrimonio hasta con las preerip- 
ciones de libre cambio. Tienen poca demanda. A precios ínfimos. 



CALLEJEROS. Hacen la centinela al frente de los balcones: son 
pobres de solemnidad; muy perseguidos por deudas; mártires del des 
den y del amor. Se les espera un fin desgraciado, como á Juana D' 
Are, el de ser tostados por los ingleses. Abundan. No hay esperan- 
za de mejorar de condición. Como las liquidaciones de las clases pa- 
sivas, su precio está por los suelos. 



CONFIADAS. Este efecto no abunda en el mercado; disimulan el 
celo y sus nulidades con prudente raciocinio. Obran como los tirado- 



90 

res de esgrima, jamás presentan el corazón: bogan en el mar de la es- 
peranza con velera nave; no temen á las veleidades del amor, en vista 
de aquel adagio .... "en el juego que hay desquite u No les des- 
lumhran los relámpagos de una posición brillante, ni la penumbra de 
una fortuna adversa: heroínas ante el sacrificio de las privaciones, son 
también impasibles ante los rigores del destino. Abundan. Son esti- 
madas por hombres sensatos. Precios altísimos; se pagan con aumen- 
to de premio, como la moneda de oro; sin escoger. No pueden satis- 
facerse los frecuentes pedidos. 



CEGATOS. Cubiertos con la venda de una pasión frenética; atra- 
vezados por el dardo de Cupido; entran en el último período de la lo- 
cura,, están próximos á ser conducidos al manicomio. Las tandas co- 
lor de fuego exitan su sistema nervioso, y se les conocen ímpetus de 
atentar contra sus preciosos dias, es decir, de nsnicidarse sólos.u Abun- 
dan. Se venden a precios cortos y plazos largos. 



CASQUIVANAS. Temen llegar á los treinta y cinco, y se plantan 
en los treinta, porque es-el tiempo del eclipse total para el matrimo- 
nio; ni quien les diga una terneza. -Para éstas son por demás el colo- 
rete, los pasos cortos y las miradas oblicuas. El amor propio ofusca 
su raciocinio y los destellos del talento. No hay pollos que las sigan; 
están en ALTA por su número, y de BAJA por su dspreciación; no 
las olfatea ningún sabueso; no interesan á ningún viejo; las desdeñan 
hasta los alemanes, que es cuanto hay que decir. 



DECLAMADORES. Es mercancía de poco consumo. Pregonan | 
aversión á la cadena de hierro; aceptan todo contrato con las condi- 
ciones de casa arrendada, es decir, por tiempo determinado. ESCA- 
SEAN. Hay damas que para reprobar ese sistema cantan esta se- 
guidilla: uya voy. . . .sí. {cómo la mona! Las daifas más arrojadas 

lo6 ven con bueno» ojos, aiempre que no se les ponga timbre y se pro- 
mulgue la ley *obre alza de prohibiciones. Cantan con desgaire la 
preciosa barquerola: n¿qué puedes traer que no llevcs?u— ->>No hay de- 
manda. 

— 



DEFORMES. DEJADAS (de la mano de Dios). Esperan el ad- 
venimiento de cualquier pagano; están como agua para chocolate: y 



91 

como los patronee de casa de vecindad, no quieren qne se marche el 
inquilino que bien paga. ESCASAS. En baja constante. No se 
hacen importaciones, ni exportaciones. 



DESALMADOS^-DELIEANTES.— Con esta denominación se co- 
nocen en el comercio muchos adoradores que tienden redes en todos 
los lagos; el tiempo cubrió de nieve su cabeza, pero en el alma se re- 
fugian restos de un color primaveral. Para maridos están que ni 
mandados hacer. Son desdeñados por las niñas, pero son á propósito 
para la sólterana jamoniaca que llega al Ocaso de su esperanza. NO 
FALTA EL SURTIDO. No escasean los pedidos. 



DESENGAÑADAS. DADIBOSAS. DESCARADAS. Corren 
á la par. Revolotean en la atmósfera del amor positivo: fueron lar- 
vas, después gusanos, hoy mariposas que vagan en todos los jardines. 
Sulipantas de nuestra sociedad, alardean de su belleza para causar 
tentaciones al mismo demonio.,— ABUNDAN. 

Estas son unas sirenas peligrosas; que nadie resiste sns coqueteos. 
Usan rizos pegados y repegados en la frente, que quieren decir: ..bé- 
seme usted aquí, pollo. m Las que lograron llegar á puerto, se exhi- 
ben de bracero con su deogr acias. ¡Dios las perdone! No hay pe- 
didos. 



ENCANDILADOS. La electricidad que obra tantos prodigios; el gas, 
que brota del suelo en regueros luminosos; el emporio de luz que ex- 
tiende sus resplandores p<ft todo México, tiene deslumhrados á tantos 
y á tontas que podría asegurarse, sin incurrir en contmprincipios; deja 
á obscuras á pollos, lagartijos, arañas, gallos, gallinas, pavos y á otros 
bípedos. Nuestros tipos pierden la brújula y buscan un Norte como 
los malinos una estrella; se fijan en las jóvenes eclipsadas, Unos y o- 
tras juegan á la gallina ciega' sin mirar pelo ni pareja. Abundan. 

Se lanzan muestras de esta preciosa mercancía sin exajerar su mé- 
rito. Se venden á plazo y á precios convencionales. 

EMPOLLADAS. EMBAUCADAS. ENGARZADAS. Estos tipos son 
del mismo meta), pero vaciados* en distinto molde. 

La qne se hastía con saborear á todas horas un pollo frito. La que 
concede citas á las tantas de la noche, llega á comprender que: 
"Ese cielo azul que tanto admira, 
Ni es cielo ni es azul, sino mentira." 
La que consume su juveíftnd en amores estériles, debe exclamar 
con un D. Simplicio, que cabalgaba en jumento, con la espalda al por- 
venir: 



92 === 

"Mientras más anda mi pollino 
Más se aleja mi destino." 

ABUNDAN. ¿No merecen estas gallinuelas nna recomendación es- 
pecial? ¡Qué surtido, santo cielo! Los que anhelen obtener esta mer- 
cancía pueden despacharse á satisfacción. Las abonan hábiles echa- 
cuervos. ¡Acudid, solterones, acudid! ¡Dios los coja confesados! 



ESCALDADOS. ESCAMADOS. ENGATADOS. El matrimonio visto 
por un perfil, presenta bellezas de primer orden, y encantos inexplica- 
bles; por el otro, amarguras y desengaños: los que apuraron la dulce 
copa del deleite, y después la amarga del fastidio, miran horizontados 
la coyunda: y quisieran apagará sombrerazos la antorcha del himeneo, 
donde quiera que difunda su luz benigna. ¡Desdichados! Cada uno 
cuenta de la feria según le va en ella. Algunos hacen la apología del 
matrimonio con mormónica gentileza, y proclaman las teorías del co- 
mercio libre. Otros engañan con la verdad. Abundan. — para estos 
hombres no hay perdón. 



ELEGANTES. Este efecfcc no es muy buscado por los que aspiran 
d dar manazo como maridos pobres, por no llagar á ser pobres mari 
dos; desean lo que el pueblo mexicano de sus gobernantes un presu- 
puesto barato. 

ABUN DAN Una consorte económica y que no sea sacadora de 

codo con e\ polizón, es joya de gran valía en estos tiempos. La elgan- 
cia es el refinamientq del buen gusto adundflo con el lujo. Tienen po- 
ca salida entre Hs solterones de modesta posición. 



FELICES. ¡Es tan difícil encontrar la felicidad tal cual se desea! 
nadie está conforme en el estado que Dios Nuestro S*ñor lo tiene. No 
obstante, nuestros tipos se resignan y se creen felices, como quien co- 
mulga con ruedas de molino; ya sea como pretendientes ó ya como 
maridos; no disputarán á la fortuna sus favores ó sus desdenes. Poco 
tendrán que lidiar las mujeres que los acepten. Abundan. 



FATUAS. Las niñas satisfechas de sus méritos; las que hacen a- 
larde de ellos si sus virtudes son ficticia, como la modestia falsa, la 
instrucción superficial, se designan con este nombre. Nadie las apete 
ce Abundan. 



- _93 

FRANCOS, FORMALES. Los pretendientes que tienen este color, 
tamaño y condiciones, son muy buscados; por adquirir uno sólo se sal- 
dría de misa cualquiera polla. Desgraciadamente Escasean, y no es 
[>osible satisfacer los pedidos} conservan tiD precio altísimo, cuando son 
egítimos. Los contrahechos son como los relojes imitados de Lozada, 
andan ¡arreglados los primeros meses; después. ... se vuelven muía co- 
mo todos. 



FACHENDOSAS. Las que aparentan ser hacendosas? las que aparen- 
tan una buena posición, y miran Con desprecio á las humildes; que se 
creen degradadas si aceptan á las pobres en su trato, el vulgo las desig- 
na con el dictado de fachosas. Abundan. 



FACETAS. Las que suben el colorido de sus coqueterías, exageran la 
delicadeza de sus maneras, para no escuchar inocentes interjecciones 
de admiración, y aparentan que se lastiman sus castos oidos, así se 
llaman. 

Hay un número considerable de las do» últimas, y de las fatuas unos 
cuantos tipos para muestra, pues han tenido demanda. Suplicamos á la 
inteligencia, como dicen los venduteros examinen áestas jóvenes que son 
apropósito para el hogar de lagartos y lagartijos. Resplandece en to- 
das ellas la perfección del artificio! 



FALACES. Las niñas que miran el matrimonio con un cristal color 
de rosa,,cree que los maridos todos son ángeles. Cuánto se engañan las 
pobrecitas, si el que eligieron salió demonio! Los ángeles no habitan 
este mundo: al palpar la realidad se creen engañadas, y acusan á los 
hombres de falaces. Abundan. 



FAMÉLICOS Para los que no tienen fortuna ni medios de adquirir 
un bienestar, el amor eó una tortura. ¿Pobre y enamorado? Son dos 
enfermedades como la epilepcía y la elef anteásis: estos pacientes de- 
bían vivir en el desierto. No se deben alucinar con las que dicen "con- 
tigo, pan y cebolla? porque después donde no hay harina, todo es 

nioaina. — Hay grande surtido y pstán llenas las bodegas. 



FAROLONES! Como los diamantes falsos tienen buen oriente; res- 
plandecen; tienen resistencia. La ilusión es completa; se pueden enga- 
ñar aun las más entendidas. ¡Cuidado con las apariencias! -A las ni 



===s=tt=a 94 ===== 

ñas inexpertas llenan el ojo, y caen en el anzuelo. — Como las palomi- 
llas en verano. . . . Abundan— Los pedidos se satisfacen en el acto, y 
se llevan á domicilio como las publicaciones españolas. 



FEAS. En estas concentró, la deidad que preside sus destinos, las 
más sólidas virtudes. Como tienen la conciencia de su fealdad, son hu- 
mildes; como son humildes no aspiran á grandezas; no las alucina el 
lujo; no la vanidad ni la satif acción de lo supérfiuo, ni la concurrencia 
á los pueriles espectáculos. Son instruidas sin pedantería; virtosas sfr 
ostentación; sinceras sin ser hipócritas; desean esposo por amar y ser 
amadas: Los fisiólogos notan que es más sano, feliz y tranquilo el ho- 
gar de la esposa fea, que el de la bonita, bella ó hermosa. — 'Abundan. 
Ajjundan. Los hombres que tienen duro el colmillo toman sin escojer, 
con la seguridad de llevar lo selecto, como con los pianos ingleses de 
Herard. 



FKESCONAS. son las que pasan de veinticinco afíoft; pero el cutis se 
les quiebra con el uso del colorete; poí regla general, tienen el pié car- 
noso y blanco, como almendra mondada: llegan al altar hasta los 
treinta y tres, (la eda/1 de Nuestro Señor Jesucristo) como perón vie- 
jo, con tendencias á rugarse, pero son más dulces y aromáticas. Esca- 
sean. 



FÁCILES. No se andan con enraplimientos; miran, juzgan y acep- 
tan: como los toros de Ateneo, se les tiende el capotillo, y se vienen- 
Sus afortunados adoradores pueden decir como el gran conquistador: 
"llegué; vi; vencí" Las recomienda un gran fondo de sensatez para 
no perder el tiempo: lo pronto es lo deceute: un sí muy sostenido, y á 
mamar sentados, como dicen los dueños de barras viudas de las mi- 
nas en bonanza. Escasean. Hay demanda. 



GALANTES. Pasaron los tiempos de hidalguía, de caballeros y 
trovadores; cada hombre era uua adalid, un poeta y un enamorado. 
"Mi corazón y mi dama," era la divisa de unos: f< Dios, mi brazo y mi 
derechc," era la de otros; ¡cuánto han cambiado los tiempos! Don 
Quijote, esa creación del hombre valiente, sensato, hidalgo, justo, ena- 
morado, modelo de lo más noble; y de lo más bueno, aunque fantásti- 
co, debilitó, casi extinguió, con el ridículo, la hidalguía española tan 
decantada. Hoy se substituye la galantería á la franeesa, es decir, con 
halagos de oropel, frases de daublé, tirantez cómica, apariencias enga- 
ñosas. No son así los tipos que tenemos para su venta,, sino modela- 
dos en los dé los tiempos que pasaron; son como El Fandango, ha pura 
miel. Tenemos monopolizado el artículo. Escasean. Si se consumen, 
no volverán á mportarse jamás. ¡Pollas, ustedes saben lo que se ha- 
cen. 



95 



GARBOSAS. GENTILES. GRACIOSAS. Esta mercancía tiene un la- 
gar preferente en nuestros aparadores: no hay que confundirlas con 
las bonitas que son cómo las jicamas, blancas, aguanosas é insípidas; 
nó; estos tipos lucen en la casa por su dejo y manejo; en un salón, por 
sus finas maneras; en el templo, por su unción reverente; en el teatro, 
por su aire señoril; en la calle, por su circunspección y donaire. Cier- 
tos hombres casquivanos dicen que tienen "cuerpo de tentación y cara 
de arrepentimiento,», pero nosotros las recomendamos por aquello de 
••más vale un metro de gracia que cien metros de hermosura. u Tienen 
un palmito que hasta se cae la baba. Cuando recorren las calles, pare- 
cen cometas; resplandecen como un lucero y arrastran una cauda in- 
mensa de admiradores é interesados. Abundan. No hay pedidos. En 
lo general se prefiere á las bonitas que tienen: 

"Caritas de San Antonio, 
Y arranques como demonio." 



GALU-PAVOS. Pollos de largo espolón que se miran y se admiran 
al pasar delante de un espejo, y tienen la vanidad de ser halagados 
por las suegras, son una novedad. Cantan, ronco; graznan, hacen la 
rueda, y son un término medio entre el gallo de calza y el pavo : real. 
Abundan. 

Hay señoritas que tienen estragado el gusto, y anhelan un consorte, 
realización de su bello ideal, y los encuentran fotografiados en los 
galli-pavos medidos en el cartabón de su capricho. Para satisfacerlas 
tenemos un variado surtido. 



GATAS GARBANCERAS. Practican sus fondones en las casas ricas; 
cantan seguidillas; bailan can-can; visten con elegancia dominguera; 
si tienen bueneos bigotes, causan celos á la esposa y son la salvaguar- 
dia de la honra de las niñas; como los ángeles se ocupan en "traer á 
los hombres recados suyos.'' Están destinadas á llenar en la vida una 
misión, misión social, la de abandonar el rebozo, y de cubrirse con el 
manto de las cortesanas. Abundan. Abundan. Esta mercancía se 
vende en cajas cerradas, de cedro, bien barnizadas. Como dicen los 
boletos de los empef-os, "no se responde por averías y roturas." Al que 
el diablo se las dé, que Gestas se las maldiga! 



HUMILDES. Este tipo es solicitado con especialidad por los ex 
tranjeros. Una de las virtude más recomendables en la mexicanas es 
el buen carácter y como consecuencia precisa, la humildad. Nadie ha 
podido explicar por qué, de dos razas altivas, iracundas, indomables, 



• 9* 

cuales son la española y la india, resalté moralmente un tipo angélico, 
lleno de dulzura, de modestia, de humildad. Como un misterio del 
cruzamiento de las razas admiramos á la andaluza, tipo de gracia y de 
hermosura, como procedente de la Valenciana y del moro. 

Nuestra mercancía ABUNDA con estimación, y jamás ha sufrido 
depreciación; se vende por quilates como los brillantes. 



ILUMINADOS. La botellología es «na ciencia que se encuentra 
bajo el dominio de la química. De la unión de dos metales resultó el 
galvanismo f analizando el esqueleto de un ratón. Jesucristo convirtió 
el agua en vino; otros cantineros convierten el vino en agua; nuestros 
tipos, que son buenos químicos, convierten la plata en catalán de 
noventa grados, pues si se arroja una parte al viento, se volatiliza. 
ABUNDAN. 

Es tal el rezago que de estos tenemos que quisiéramos proporcio- 
narles salida con un setenta y cinco por ciento de descuento. ¡Ni por 
esas! Las pollitas no los aceptan temiendo que su hogar se convierta 
en fragua ó en locomotora, con la multiplicación de las chispa* 



INCRÉDULAS. Esta mercancía tiene tendencias 4 la baja; no hay 
pedidos porque se dificulta la conquista de corazones empedernidos 
por la duda. Los chascos son numerosos desde que se estableció el 
matrimonio civil, pues no reconociéndose legal el matrimonio eclesiás- 
tico, no hay penas en esta vida para los devotos que frecuentan este 
santo Sacramento. Nuestro tipo está destinado para vestir ángeles, 
como las vírgenes necias. 



Aquí concluyen por ahora nuestras noticias. Grande será nuestro 
placer cuando sepamos que algún provecho ha sacado la sociedad al 
mostrarle los tipos más prominentes de nuestra época. Aquí paz y 
después gloria, y el que tonga pan que sólito se lo coma. 



97 



• (PAMBOLA.) 

M> &A. SSOViL ROSA ^S»OHSO. 



Te conocí en el rosal, radiando éon los destellos de la juventud, con 
los atractivos de la belleza; Crecías al lado de otras flores, hermosas co- 
mo tú, airosas como tú, y, como tú, exhalando perfumes delicados; 
esas flores abrieron sus senos cuando al herirlas los rayos del sol; 
ostentaban h! rocío aue brillaba con los colores del prisma; allí posa- 
ban las mariposas; allí se escondían entre sus pétalos los insectos; las 
abejas libaban la miel de sus nectarios. Esas flores, mimadas por 
la dicha, sentían deslizarse sü existencia, arrulladas por el gorgeo de 
las aves y por el murmurio de las fuentes. Ah! cuan hermosos apare- 
cían á mi vista los rosales, sombreados por los granados y por los fres- 
nos! Pero tú, rosa querida, no eres todavía una flor; tus petalos no se 
inflaman con los destellos de un sol de Estío; poética y pura, matiza- 
da por el rocicler que simboliza la inocencia, esparcías en derredor de 
los prados ese encanto indescriptible, esa suavidad de los perfumes. 
¡Oh rosa! si de mi corazón, marchito por las brumas invernales, pu- 
diera lanzar un acento tierno; si mi lira, cubierta hoy con un negro 
crespón, virtiera arpegios cadenciosos, á tí los consagraría; á tí, simpá- 
tico pimpollo de estos vergeles; porque es tu mirar el de la paloma; 
son gentiles tus movimientos en el sarao como los de las hijas de los 
hombres; porque tu aliento es la esencia de los rosales que se evapora 
á los primeros albores ó cuando el rayo de la luna hace brillar las gotas 
de rocío. Eres todavía un botón; mañana se abrirá tu cáliz donde 
descansarán las abejas y zumbarán los colibrís; entonces, rosa queri- 
da, nuevas sensaciones agitarán tu alma; y cuando creas que se han 
agotado la miel y la fragancia, tin reguero de seducciones esparci- 
rás en tu circunferencia; serás la reina de las florestas, la deidad en- 
cantadora de estos jardines. 



98 _ 

El sol que te anima se ha ocultado ya; el crepúsculo vespertino ex- 
tiende sobre tí sus alas color de fuego; vendrá Ja noche; ocultará con 
sus sombras tus lágrimas y tus dolores: ama y suspira en la soledad; 
cree y espera en el porvenir, porgue la ausencia de la luz no es eterna; 
si te adormece el susurro misterioso de la noche; si despiertas cuando 
ruge el huracán, ó el rayo te deslumhra con su destello, eleva tu alma 
á Dios con lá fe del que cree y con la resignación del que sufre; espe^ 
ra el advenimiento de un nuevo día, porque se levantará otra vez ese 
sol por quien suspiras. Yo rogaré á Dios, que no marchiten tu belleza 
los rigore* del infortunio; que sueñes en un Edén, arrullada por el canto 
de los pájaro* y por el soplo refrescante de la brisa. 

Botón ó rosa, mujer ó ángel ¡cuánto admiro tu belleza! ¡cuánto ve- 
nero tu virtud! Si el destino te conduce á «otros jardines, habidos mis 
ojos te seguirán para contemplar la aurora de tu dicha. 



A PAZ. 



17o la obligación, no los deberes de la amistad; tampoco el compro- 
miso y la lisonja, inspiran mi pensamiento; sobre estos resortes socia- 
les, íntimos, espontáneos, hay otro móvil; es mi afecto, mi purísimo 
querer, mi voluntad que la simpatía avasalla. 

Tregua al dolor. 

Paso al genio humorístico y A la musa festiva y retosona. 

¿Quién conoce esta voz? ¿para quién son estos acentos? ¿quién acep- 
taría con beneplácito el graznar de un cuerbo cuando se pueden oír 
los cantos cadenciosos de Tos bardos? 

¿Quién escucha con placer el gemido doloroso, adunado k los acor- 
des de la gaita? ¿quién puede alegrarse con el gori-gori del íesponso y 
con el clamor funerario que aterra, cuando forma coro la guasa carna- 
valesca y las carcajadas del festin? 

Yo exclamo con emosión; á tí, oh Paz! á tí mi buena amiga, consa- 
graré en esta vez mis pensamientos. 

¿Quién. puede impedírmelo con buen derecho? 

¿Habrá moros en la costa? 

¿Tendré sobre mí el ojo avisor del centinela? 
Si no teme don Jesús 
Ni á su marrazo ni á su arcabuz 

¿Y & una ametralladora? ¿y á la dinamita? ¿y á las críticas tarásca- 
les? 



99 - 

jHuy, señores! ahí está la beata de mis pecados que tiene para mor- 
dernos colmillos de jabalí, lengua de chicote, anchas tragaderas y ba- 
bas de can rabioso. 

{Dios nos coja confesados! 

Invoquemos en nuestro favor al cielo y añadamos á la letanía esta 
nueva jaculatoria: De las cotorras hijas de María liberanus Dómine. 

¡Oh razl amiga muy querida, cuánto anhelo tener el poder necesario 

Kra llenarte de júbilo, abrir brecha en tus sentimientos, oir de tus lá- 
js tus afecciones: un amigo, en quien se depositan los secretos ínti- 
mos, puede llevar el consuelo de sus palabras á los corazones heridos; 
la música, los festines que forman la dicha de otros seres, la alegría 
que reboza en todas partes, acaso son un dardo para quienes no colum- 
bran la dicha suprema. 

El dedo de Dios señala nuestros destinos: acaso el porvenir que á 
nadie se revela, brinda nuevos placeres á las almas infortunadas, & 
aquellas que apuraron la copa del sufrimiento. La fe del heroísmo 
salva de U desgracia, cuando se cree y se espera. No eres desgraciada 
¡oh Paz! cuando tienes las bendiciones de tus padres, la sombra tutelar 
de tus hermanos y los consuelos sinceros de la amistad. Boguemos al 
cielo que no te niegue esos baneficios. Lo futuro está lleno de misterios; 
dichosa el alma que cree y que espera, pues hay otras almas que per- 
dieron la fe; la sonrisa está en sus labios, el duelo en su corazón; para 
estos s¿res se crió la orgía; reir y llorar con la copa en la mano, tal es 
su destino; respetemos su desgracia. 



INSTITUCIONJEL JURADO. 

Los crímenes horrendos alarman a la sociedad, y de todos los áni- 
mos se apodera un estupor que agosta las aspiraciones al placer y 
produce el insomnio en loa sensibles y virtuosos corazones. Muchas 
veces un delito del orden común se pinta con negrísimos colores; la 
prensa comenta los incidentes, y reviste el hecho con el ropaje del cri- 
men proditorio ó con los adornos de la más inaudita crueldad; más 
tarde, las investigaciones oportunas de la justicia vienen á descubrir ó 
k aclarar circunstancias atenuantes que quitan al crimen lo que le dá 
el aspecto de crueldad, y entonces, la justicia, la voz elecuente de los 
defensores, encuentran en la ley, en las declaraciones, en los hechos 
mismos, algo que favorece á los perpetradores de los delitos, y que de- 
manda, no conmiseración, sino justicia; justicia algunas veces severa 
y pronta, que es más grandiosa cuando el poder jurídico y el legislador 
saben colocar á su lado la prudente clemencia 



• too 

a— a— Bracas i i n ■ i a— M U »■' ■ i i ■ 

Por ser alguna vez difícil la investigación; por ser oscuro el tratado 
de las pruebas; por ser á veces muy hábiles los criminales para sus- 
traerse al poder de la justicia; por ser erróneo el juicio de un juez y 
falible su dictamen; por ser inexhorable la sociedad y menos corrupti- 
ble al orO) un grupo respetable de sus miembros; atraía las miradas la 
conducta de los legisladores, y elevaba á institución, sino infalible, sí 
incorrupta, la conciencia de un grupo de ciudadanos sensatos. Por eso 
se organizó y se instituyó en Inglaterra el jurado. También entonces 
se tuvo en enenta la mala fe de (os tribunales, puesto que también 
absolvía k los delincuentes ó condenaba á los inocentes. Todavía cau- 
sa escándalos en el mundo el proceso Lesstrrqu* cuya inocencia se de- 
mostró y no 9e rehabilita aun por los tribunales su memoria infama- 
da. 

Esa Institución es nueva en nuestro suelo: la prensa la combate pre- 
cisamente por que á su juicio han quedado impunes algunos crimina- 
les cuándo se acababa de probar su delincuencia; de aquí se deduce 
que ella es mala é inapelable para nuestro pueblo. Posible es que al- 
gunos delitos queden sin castigo, como lo es que algunos inocentes su- 
fran una pena infamante; pero al hacer estos cargos al legislador no se 
tienen en cuenta muchos, muchísimos casos en que un veredicto ha 
venido i satisfacer las exigencias de una sociedad alarmada, Un gri 
to de indignación se levanta clamando justicia; nada más natural que 
la ley diga k esa misma sociedad "castígalo/ — Si un grupo de ella tie- 
ne la conciencia de absolverle ¿qué tiene que hacer el legislador ante 
un fallo de la sociedad ofendida? 

Justamente cuando se creyó que la justicia humana, representada 
por el hombre falible ó corruptible por los sobornos, podía torcerse en 
el sendero de la equidad, se instituyó el jurado. Allí no campean las 
pruebas del delito; no la elocuencia de los tribunos y de pensadores 
que convierte lo negro én blanco; no la voz fiscal qu% escudriña los 
hechos y penetra con la lúa de su malicia en la* mazmorras del crimen 
para convertirse en verdadero profeta del pasado y en adivino de los 
hechos que han tenido lugar en el silencio y en la obscuridad de la 
ñocha Él Jurado tiene en sus ojos una venda; cubre su sensibilidad, 
por decirlo anf, con el crespón de su rectitud, y falla según su concien- 
cia, cuya decisión solidariamente condena ó absuelve; él no es juez que 
tiene en sus manos una balanza, un compás, un cartabón, para com- 
partir en cada platillo y dar un fallo inexhorable, segúnlo alegado y 
probado, no: él se cubre con su conciencia y su buen criterio, y pone 
en la urna su bola blanca ó negra Esta es una garantía, lá que más 
se acerca á la perfección; la que más resultados favorables á la justicia 
1 puede dar en un mundo en que errar es atributo del hombre. 
A Muchas veces un juez tiene la conciencia recta, precisa, infalible, de 
| que un sor desgraciado cometió un delito, y sin embargo, le absuelve; 
I le absuelve, porque en el proceso no hay pruebas para condenarle; a- 
| cttso la sociedad tiene esa conciencia misma, y al ver un fallo absolu- 

Ifa—gg»— ^— — — ^— — — — — — ■ *■■ ... i ,m ■ 



1 



101 

torio levanta su voz indignada contra el juez que absuelve, el tribunal 
que confirma y la ley que marca los procedimientos. ¿A quien se debe 
culpar en esos casos? ¿al delincuente que oculta y no confiesa su cri- 
men? ¿al receptador ó cómplice que no atestigua? ¿á la policía que no 
inventa y calumnia, v a la sociedad que exige y no Colabora? 

Imperfecta será hoy, como lo será hasta la consumación de los 
siglos, la institución del jurado, como es ineficaz la ley y la actividad 
de los jueces; pero es fuera de duda que es lo que más se acerca á la 
verdad. En una población de diez mil habitantes, ¿no habrá diez, por 
ignorarte* que sean en la legislación; <jue np tengan una conciencia 
recta?. .' 

Si' ése grupo absuelve k sabiendas del delito al delincuente, ¿i quién 
debe quejarse esa población si no es á un número pequeño de sus ha- 
bitantes que no han querido ministrar justicia? Mas bárbara y menos 
eficaz se ha considerado la ley Linch: será cruel, especialmente al pro- 
ceder contraía vida de un hombre i que sólo Dios tiene derecho, pero 
jamás ha dejado de ser inexhorable para el monstruo de maldad. 

Los reyes absolutos, los que tenían derechos sobre vidas y haciendas 
de sus vasallos, convertían su voluntad w tiránica, y hacían mártires 
aún de los verdugos delincuentes» La posteridad condena con epíte- 
tos infamantes á los monarcas que ejercían justicia ad hoc; pero si al- 
gunos hechos se quedaban sin castigo, ó se sacrificaban por ignorancia 
á muchos inocentes, también la posteridad tiene una palahra de indul- 
gencia, y algunas también de aplauso para aquellos que si erraron co- 
mo hombres, también fueron justos como reyes. D. Pedro, ©1 cruel 
para unos y ¿[justiciero para otros, mereció esos dictados por su seve- 
ridad; pero tras ella está patentizado su justicia* el suplicio del escriba* 
no fullero, ahorcado por dar fe de que era una naranja sólo una mitad 
que notaba sobre el agua de una fuente, es una prueba £1 triste fin del 
Arcediano de San Gil muestran su crueldad, muy propia de aquellos 
tiempos; y respecto de algún otro rey,Bamiro II llamado el monge, cu- 
yo* hechos horrorizan á la bumandiad por la forma del castigo, pero 
que no ptiede decirse que hayan sido aplicados á inocentes. 

Si los jurad os absuelven es preciso reconocer que á su juicio no es- 
tán esclarecidas los hechos; y siguen una máxima justa, auque muy 
antigua, que »máe vale dejar impuno un delito que castigar á un ino- 
cente, fi 

Si la ley de jurados se derogara, veríamos también que se queda- 
ban sin castigo los criminales; entonces volveríamos á clamar por la 
institución peí jurado como se clamaba en otro tiempo contra la leni- 
dad de los jueces. Vanas serán entonces las quejas y las declamacio- 
nes. En el porvenir, lo mismo que en el pasado, no cesarían los cargos á 
la justicia. En otros tiempos y en otros paises se oían también las 
quejas de Feijóo en estas palabras: — "Ojalá nuestros tribunales estu- 
vieran tan ciegos á las recomendaciones como inviolables á los sobor- 
nos. Por esta parte está decaído su crédito en la voz popular." 

Tipos como el alcalde Ronquillo no son de nuestra época. 



102 



Boda y fandango al aire libre. 



¡Cnanto discrepan las costumbres cortesanas de las campesinas! ¡qué 
divergencia en los usos y maneras de esos seres que, como bestias fe- 
roces, habitan las encrucijadas y los páramos! ¡qué diversidad de idio- 
ma; qué modismos y retruécanos en el lenguaje, especie de chapurra- 
do grotesco, mezcla ridicula de la lengua espoñola antigua y la mo- 
derna!— Sus provincialismos muestran muy á las claras el origen pe- 
ninsular, sus progenitores fueron oriundos de Asturias, de las provin- 
cias Vascongadas, de Castilla la vieja, de Navarra y de Valencia. 

Demasiado interés despierta al observar esas pobres criaturas que 
viven sin sociedad, en el aislamiento 'más completo, y entiegadoe á 
una vida semi-salvaje; del estado de su civilización al edenismo no 
hay más que un paso; de sus costumbres sencillas, al candor de los 
tiempos primitivos, hay un sólo punto; del de su civilización actual, 
al en que los dejó la mano férrea del conquistador, no hay más que 
un corto espacio; nada adelanta su industria; nada su religión y su fi- 
losofía; nada en fin el formidable poder de la . idea que germina aun 
en las tribus nómades de la Arabia y del Indostán; todo permanece 
estacionario en esas regiones donde sólo resuena el mugir del toro sal- 
vaje, y el chirrido de la cigarra. Pueblos desgraciados á quienes no 
ilumina el sol de una civilización perfecta, á semejanza de aquellos 
habitantes de la Laponia qué no ven más luz que la de las auroras 
boreales! 

Sensillos y 6Ín aspiraciones de ningún género, esos seres parásitos 
viven sin sentir los goces de la vida, y mueren ignorando las maravi- 
llas y cataclismos de la Naturaleza, los acontecimientos de la historia, 
y los adelantos sorprendentes de la ciencia; no les habléis de aconte- 
cimientos históricos en los confines de la tierra; no les habléis de las 
genuflexiones políticas de las naciones cultas^ porque no lograreis exi- 
tar su curiosidad ni siquiera fijar su atención; desconocen la historia 
patria, y les cuasa fastio su estudio; desconocen 8U6 instituciones, sus 
cambios políticos, y aun los nombres de los ciudadanos encargados de 



========= 103 

regir sus destinos, Las leyes no los hieren ni los benefician, y así bie- 
nen ignorando todo, como aquellas victimas del constipado que 

Ni en la fosa funeral 
Ni en el más fiorido Edén, 
Al que lleva un catarral, 
Ni por sn mal huele bien, 
Ni por su bien huele mal. 

Por uno de esos vaivenes déla fortuna, que unas ve*»es pródiga me 
coloca en los palacios que habitan los magnates, y otras rígido me h- 
rroja veleidosa á las cabanas de los pastoras, rne vi en el caso de pre- 
senciar las escenas campestres más sencillas, pero que por su novedad, 
por su aire original y de raro aspecto excitan nuestro interés; no son 
sus costumbres semejante á las que Calderón y Lope describen en sus 
obras inmortales; no son las del Pastor-fido, habitante de Calabria, 
que entre enramadas, banderas y carrizos, tañendo la bandurria, la 
gaita y el pandero, y en una rarreta con jaeces v enredaderas silves- 
tres, conducen á los desposados ante el Cura del pueblo inmediato para 
recibir una santa bendición, sellada con las palabra también sacramen- 
tales de 

''Creced y multiplicaos." 

Hay ahí el sabor peculiar de esas regiones; el colorido sai gémris 
de í>u* usos y constumbres; su música es poco melodiosa; sus cantares 
y sentencias tienen la filosofía salvaje que despiertan é inspiran sus 
montañas; y el aire de sus habitantes se identifica con las brisas refres- 
cantes de sus regiones. — Juan Climaco Rodarte intenta casar á su hijo 
Cheno con la pispireta y vivaracha Gumesinda, hija del tio Chololo y 
de lai cascarrienta Tula Mondragón. El novio Cheno, mancebo de vein 
te años, se ha enamorado de la doncella Gumesinda, pero fuertemente, 
de la noche á la mañana; anocheció sereno y amaneció con la pesadilla 
del himeneo; haJló en su bolsillo diez pesos, y no sabiendo en qué em- 
plearlos con maj r or utilidad, formó este silogismo.— Compro un huno 
para traer leña; ó me adjudico una consorte; por el día habrá á quien 
cuidar, y por la noche quien me quite el sueño; burro y esposa son de 
mucha utilidad: el uno ayuda á traer leña para vender en la población 
cercana; la mujer ordeña el rebaño chivatil y me ayudará á ganar la 
diaria mecatona; no hay que vacilar; utilidad y recreo, placeres y be- 
neficios, aumento en el caudal y descanso en el trabajo; he aquí lo que 
me produce el santo mártir-demonio; esto es constante; mientras que el 
burro sólo me ayuda á la conducción d.e la carga del mercado, pero no 
curará mis dolencias con cariñosa mano, ni me condimentará una mor- 
cilla que apague el apetito y satisfaga al paladar, no dará creces á mi 
caudal, ni me rodeará de chiquillos que formen mis delicias paternales 
en los días de la siembra y del fastidio; íne decido por una esposa 
en sustitución de un jumento taimado y cachazudo, que al fin deman 
da gastos y cuidados, y nada puede producir por sí sólo; ahí está la be- 



104 

Ha Gumesinda; le he dirigido á señas mis insinuaciones amorosas, y 
las ha recibido con beneplácito; mis manos entrelazadas le han indica 
do que quiero el nudo gordiano que rompe solóla muerte, y me ha con- 
testado con la punta de su trenza con señas afirmativas y aprobatorias; 
;ay Gómez! tú serás mia; yo seré tuyo, losdos nos perteneceremos ya mu 
tuamente; abriremos brecha en el porvenir descubriendo nuevos hori 
zontee en nuestra existencia; con asiduidad y eficacia educaremos 1» 
que el cielo pródigo quiera enviarnos en expiación de nuestros pee; - 
dos. 

Al tio Climaco le puso de mal talante el anuncio de la boda, piie* 
era él quien tenía que soportar los gastos y las molestias que ocasio- 
nan la intr ducción al hogar de un ser extraño, y el cuidado de lo qu» 
Dios manda en abundancia á los pobres; se venderán las vacas, las o 
vejas y la yeg >a flaca, imagen perfecta de las que sirvieron de modeloa 
célebre Velázquez para pintar en sus inmortales cuadros bus escuálida 
y hambrientas yeguas; se agotarán sus recursos, pues hay que ir á ha 
cer la olla gorda la Cura y al Sacristán, y hasta al mismo Obispo, pue: 
de un modo lejano son parientes los dos novios; en último caso, cobra; 
ol venc'ores* s ¡ no lo son por consanguinidad, lo serán por afinidad; — } 
si ni por »\sto> formaremos parentesco espiritual, serán hermanos de leche 
pm sto que la beben de la misma vaca. Tales son los temores de Cli- 
maco al ponerlo en el florido sendero de la gracia de Dios; de esa di 
vina gracia, en qus el diablo suele meter la cola, y desviar á la simpá- 
tica pareja hacia la vía-apia de los infiernos. 

— tJomj adrito, — dice á su vecino el tío Chololo — le noticio que e 
mancebo Cheno quiere matrimoniar con su hija la lambrija Gómez 
con que perdone la cortedá, compa de la alma mía, y. . . .aguan- 
te la parada. 

— Con o ancina compaito del corazón; con razón yo los vi alborota 
dos y en b rrinchinados á los dos, dando rodeos "or los rededores d* 1 
jaca 1 ; y andaban de seguí o esos angelitos marantoñaido que es un pi : - 
mor, ípos vaya! que así fue Ja purita verdá. 

El compadre medio mohíno, por tan rudo modo de pedir una novia 
tomó su violín gatuno y con aire burlón, amenzante y voz chillona, 
cantó en la puerta de su choza unas seguidillas, con el desembarazo de 
un improvisador napolitano. No puedo resistir á escribir esa justicia 
-valona, como su autor la llamó, notable bajo algún aspecto. 

Á la sobrina de Diego 
A casarse la invitaron, 
Y al punto le contestaron, 
Que había de ser luego—luego. 



El tio Chololo f 08Íó, estornudó y preparó el pecho para entonar su can- 
to becerril: así continuó su cantiga sonora; especie de lamentación ó jere- 
miada. 



105 

Sólo siento la probeza 
Por tener lalma en un hilo; 
La Gómez tiene bu estilo 
Y el mocoso su enterésa. 

Si agachan los dos cabeza 
Con mas tezón que el de un ciego, 
Han de buscar el sociego: 
Quedrán casaca demoda; 
Es decir, civil la boda, 
Que así se hace luego-luego. 



En prueba de que te aprecia 
Tu padre, Gómee gentil, 
No te casará el civü, 
Sino el Cura de lileeia. 

Pero si fueres tan necia 
Que despreciares mi ruego 

Y me hicieras un rejuego 

Los cogeré del cogote, 

Y les rajaré un garrote, 
Pero al punto y luego-luego. 



Cargue con loe dos el diablo 
Si me hacen una serrana; 
Si se han de jullir mañana, 
Que hoy descubran su retablo. 

Yo no reculo el vocablo 
Aunque pierda mi sociego; 
Si la Gómez es un fuego, 
No es como la hija de Antonio, 
Que hablando de matrimonio, 
Ella quiere luego -luego. 



Si la cosa al fin se embrolla, 
Verá listé como se aduna 
Pa quel mancebo no haguna 
Del gavilán con la polla. 

Yo les sorrajo la cholla; 
Dispense, compa, el reniego, 
Más tenga pa su talego 
Sin olvidar este rasgo; 
En la honra no hay compadrazgo . , 
Según dicen luego-luego. 



El audaz compadre, amartelado y rígido papá de Gumesinda, dejó 
de cantar sus improvisaciones, aflojó las cuerdas á su violín, io metió 



■ 106 

en una bolsa de gamuza y se despidió ceremonioso y atento, del tío 
Chololo. 

Describiremos la mansión de aquel campesino. Su choza 6 jacal tie- 
ne cuatro varas de largo por tres de ancho; su pavimento es el natural 
fie la tierra; su? paredes son de adobe, sencillas y débiles, y el terrado 
e¿ de paja ó zacate bien tupido para resistir los rigores de la lluvia y 
los ardores del sol; la puerta es de poco más de vara, y unas tablas en- 
lazadas entre sí con correas de ci^ro de cerdo; ella no impide el paso a , 
la luz, á los reptiles, ni á otros animales perjuicio^os y malignos. Hay ¡ 
que penetrar á esa estancia en cuatro piés.^ -Un palo en un rincón ( 
atravesado y pendiente del techo, es el clavijero que guarda una ena- 
gua de indianilla color de ro>a subido, un reí>ozo de hilaza, un pañuelo 
de algodón y frazada ligara; *dli se ve una almohada de indianilla for- 
mada con pedazos de varios colores; petates, pieles de cerdo crudas, y 
algunos platos y tazas burdas le loza hecha en la fábrica más cercana, 
completan tan rustico mueblaje; útiles de labranza, una hac l iapara ha- 
cer leña y un cuchillo de monte. En el altar se venera una d olorosa 
bizca hecha á pincel por un pintor andariego, y como formándole sé- 
quito se ostenta el Santo y Divino Rostro, deforme como máscara car- 
navalesca, y varias estampas de litografía, representando á un Santia- 
go de casco y armadura montado en soberbio corcel, y enristrando la 
lanza contra los moros; la Sombra de Sef.or San Pedro, cuatro vírge- 
nes del Ri.fugio de todos tamaños, de predilecta devoción, el Santo 
Niño de Atocha, y un Crucifijo de bulto acometido de cólico, retortijo- 
nes y reumatismo, según lo indica su postura forzada; los ojos .^alto- 
nes, pues está vivo todavía; pero eso sí; con una lanza lá escurrien- 
do sangre, semejante á la boca de un dragón: el cendal le lhga hasta 
la rodilla, tan prolongado como lo et>tá la enagua de tu,a saboyardaen 
día festivo según las flores que lo adornan: es visiblepor todas partes, 
le adorna una cabellera de enhiesto é hirsuto pelo, como queriéndose 
escapar al cielo. Colgada del techo se ve una inmensa tambora; estos 
son los arreos profesionales del cotnpudre Climaco Rodarte, ó el tío 
Quilimaco como lo llama toda la comarca. 

En esas chozas salvajes no sólo se hospeda la miseria horrible, sino 
el fanatismo más ciego. Esos santos, esas imágenes del Salvador y de 
la Virgen, deformes como son, infunden á los campesinos más respeto 
que Jas copias perfectas de los cuadros de Rafael y de Murillo. 
¡Cuánto calumnian esas pinturas! para venerarlas han de ser milagro- 
sas, y esos milagros consisten en consejas estravagantes, con tal |ue 
sean maravillas; la fe se debilita; la religión se aleja de aquellas co- 
marcas, y sólo se da lugar á la superstición. 

Cuatro días habían transcurido desde la petición matrimonial y ya 
se veían los preparativas de una boda cercana. Le habían tomado el 
dicho; pasó ya su noche triste en eso de examinarla en la doctrina cris- 
tiana, y sufrido y contestado las preguntas indiscretas que á más de 
una novia le han sacado los colores á la cara. Comenzó á rodar y pala- 
bra favorita con que óe indica que inter misarum solemnia se leyeron 



. 107 ■ 

las amonestaciones ópublieatas, con que al pú blosc hace saber que ese 
par de pichones quieren doblegar la cerviz ante la coyunda santa, y 
se convocan denunciantes por si hubieren existido exponsales. 

Llegó el día de la ceremo.ua, y la marcha de la comitiva la prego- 
naba el rebombante sonar de la tambora y los chirridos de los violi- 
nes; novia y madrina en caballos bailadores, abrían la procesión; rebo- 
zo terciado ó fajado al derredor de la cintura; enagua colorada; flores 
naturales en la trenza, y sombrero de enormes faldas; un quitasol ó 
sombrilla de algodón escarlata; el seno casi desnudo se ve refrescado 
por las auvas fragantes de los campos: tras las novias van los novios y 
tras estos los padrinos y los suegros, contentos y jaranos con el tequi- 
la rojeño, circulando un par de botellas que se reponen cada vez que 
se les mira exhausto el fondo. La incesante tambora deja oir su ronca 
voz hasta los confines, reproduciéndola los eco» misteriosos de las mon- 
tañas; ella es el anuncio de la marcha de la comitiva y el agente ¡ 
más eficaz para convidar k tragar á todo vicho viviente; el que tenga 
oido y escuche el acento tamboril, puede tenerse por convidado al bo- 
dorrio y al fandango, sea ó qne no sea pariente de los desposados, 
vecino ó enemigo de ambas parentelas. Nada es comparable al júbilo ¡ 
de ests dos familias, y ese día se suelta al atablo, frase con que se in- 
dica que novios, padrinos, parientes y amigos «le los desposados, pue- 
den impunemente encoparse ó ponerse tuturuscos y es decir, borrachos, 
sin temor de faltar al respeto debido á mayores en edad, saber y go- 
bierno; y se puede lucir la mona con acciones y palabras obcenas; ta- 
les sm, en .resumen, esos sacrificios, alcohólicos á boca de botella. En 
cada rancho, en cada puerta de potrero, ó bajo algún árbol de extensa 
sonora, hace alto la procesión para hacer a Baco sus libaciones, circu- 
ladlo el par de limetas; un grupo de la gente más traviesa mete carre- 
ra hacia adelante, para revolverse en grupo ordenado haciendo enca- 
britarse á los corceles, bailándoles á las novias el mitote- al son de los 
vioines, y recibiéndolos éstas con las limetas repletas, é invitándolos 
á ediar un trago. 

Gerca de cada hacienda ó congregación hay un árbol frondoso que 
se lama el ''árbol de los novios" que todo el mundo mira con re- 
verinte respeto; ese árbol es el de las tradicciones históricas, el Cedro 
del Líbano, el árbol de Garnica de aquel cortijo; aquí descansaron 
nuestros abuelos, dicen, el santo día de sus desposorios; aquí descancé 
yo;j>quí descansarán nuestros nietos en iguales circunstancias; ¡árbol 
divno que encierra tantos recuerdos! bajo tú sombra bienhechora se 
hai derramado tantas lágrimas, y es el nuncio de una felicidad siempre 
íictcia, jamás alcanzada. Allí se remudan los caballos con otros más 
brksos y enjaezados con adornos naturales de ¡os campos; ellos osten- 
tar lazos de maravillas, flores de peña, zóchiles y rosa» de las palmas, 
cenpazúdiiles y mirasoles: allí es la cita de los deudos y amigos, quie- 
ne en señal de aprecio y de contento vienen a topar d los novios; la 
reepción se inaugura con trago general y jura d# confites. Oigamos, 



__ r ^^ 108 

oigamos á un cantor que calándose e] sombrero hasta las orejas, y for- 
mando grupo con los músicos, deja oir su acento para felicitar á la pa- 
reja conyugal. 

Tempranito salió el sol 
Tifiendo con su arrebol 
Lunión feliz y temprana 
De nuestra Gómez lozana. . . . 
Como si trajiera alcohol. 
Yo sí que le tengo afeuto 
A ese tequila rojeño, 

Y lo miro con respeuto; 

Lo empino, y me llega el sueño 
Por el camino más reuto. 

Les cantaré en la ocasión 
De paso mi cantinela, 
De los violines al son; 
* Los traigo en el corazón 
Metido entre tela y tela. 
Echen pa acá la limeta 
Que le quiero dar un beso, 
Pues templado soy travieso; 
Si me pongo la trompeta. ... ' 

Será mi gusto, y por eso. 
No necesito cabresto; 
Pá bailar me sobra gana, 

Y no hago nunquita un gesto; 
Que me toquen la sultana 
Para soltarles el resto. 

Sobre la sierra, ramales de la madre, que divide lo que se lhma 
cañón de Juckipila y el valle de Nochistlán, en el Estado de Zacate- 
cas, se hayan situadas infinidad de chozas y que forman ranche^ar; 
sus habitantes se dedican al cultivo de aquellas tierras y á la crú de 
ganados y caballada. Tales gentes, que por un sarcasmo de la fortu- 
na, pertenecen á la humanidad, se avienen á vivir en el aislamiento, 
lejos de la influencia de un progreso que dulcifica sus costumbres a- 
grestes, y no salen todavía del cuarto grado de la civilización. 

En aquellas barrancas amenas y pintorescas, en que la Naturaleza 
prodiga sus dones, se encuentran las cabanas de esas pobres gertes 
que viven y que mueren sin gozar los encantos que rodean á los pue- 
blos cultos; pero en cambio tienen los que les proporciona una vida 
semi-salvage. Allí se aplica perfectamente, para disculpar sus posas 
aspiraciones á mejorar su condición, bajo los atractivos de un celo 
más benigno, un adagio que dice: "ojos que no ven están sobre un co- 
razón que no siente." 

Allí el tio Climaco tiene su choza, la que abandona una vez al fino 
por la cuaresma, para ir al pueblo inmediato á tributar homenage á 
la Divinidad, único día en que se acuerda que es cristiano y cao 
lico. 



109 , 

Se preparó la recepción de los novios, vistiendo de gala la choza, y 
las palmeras que la rodean; se construyeron barracas ó enramadas 
para que los asistentes saborearan los potaj¿s á cubierto de los rayos 
solares, improvisando mesas cubiertas con hojas Je encina, maravillas, 
zempoales, estrellas de los campos, y otras muchas flores silvestres. 

La comitiva llegó; nonios y padrinos arrojaban sobre los concurren- 
tes puñados de dulces y confites, naranjas y manzanas; se esparcieron 
algunas botellas de aguardiente de Tequila. 

Los actores de esta tiesta habían sacrificado, y Baco les prodigó to 
dos sus auxilios. Pocos permanecían en su juicio, y espoleaban sus 
cabalgaduras porque estaban á media bolina. 

Varios acomedidos ocurrieron k bajar á la novia del caballo, honor 
que varios se disputaban, por que además de ser este acto un título 
honorífico que tiene resonancia en el porvenir, es recompensado por 
el novio con moneda de plata: i^ual ceremonia se observa al descalzar 
al novio de las espuelas, cuya recompensa la di la novia mediante 
un puñado de confites y pastillas. 

Allí ocurren los pretendientes que fueron calabaceado»; allí están 
también Ihs zagalas que se quedaron á la luna de Valencia; a conti- 
nuación los presentes ocupan los asientos de la primera mesa y engu- 
llen á dos carrillos las viandas, que sólo podría digerir el estómago 
de nn gañán; campea en los potajes de un cocinar campestre la pican- 
tísima pimienta conocida con el nombre de chile, y la no menos re- 
nombrada cominos: arroz, gallina azafranada, pollos en pipián, más 
suculentos que los inventados en la victoria de Marengo; el mole de 
guajolote, qne es el platillo nacional y los frijoles refritos: Todos es- 
tos platillos, que tienen su nombre provincial, son conocidos en nues- 
tro país, y figuran en las mesas de las sociedades cultas cuando se 
quiere tributar homenaje á las costumbres mexicanas. 

La música tocaba las piezas más conocidas que habían nacido en 
Guadalajara; esta ciudad es la abastecedora en toda la República de 
la música festiva, de esos aires ligeros que se llaman nacionales. Con- 
cluida la comida, continuaron las libaciones. El sol se había hundido en 
su Ocaso, y las sombras de la noche invadían la estancia de Iqs novios, 
y los contornos de aquella comarca. Se había improvisado nn trono; 
bajo un dosel, y presidiendo aquí Ha escena, se encontraban novia y 
madrina para recibir las admiraciones dé todos los concurrentes. A un 
lado estaban los músicos, y el teatro donde había de tener lugar el 
fandango se encontraba al aire libre, como las representaciones trájicas 
en la antigua Grecia; se alumbraba con hachones, alimentados con ra- 
mas lauríneas y lefios resinozos, que ardían aun combatidos por el ai- 
re. 

Hagamos un suspenso á nuestro relato para echar un cuarto á es- 
padas, en materia de historia. 

En uno de aquellos cortijos se había establecido un campesino lla- 
mado Leocadio González, qne fué víctima de los bandidos; que á las om- 



no 

bra de la guerra de reforma merodeaban por aquellos puntos. Las 
rancherías de encontraban indefensas y se les asechaba constantemen- 
te por los guerrilleros encargados de propagar la insurrección, y con 
ella el desorden, la rapiña, las extorsione*, el caos. ü. Leocadio Gon-j¡ 
zález comprendió que el único remedio que estaba á su alcance paran 
salvar los pocos intereses que le quedaban, y loa de los vecinos traba- 1; 
jadores y pacíficos, era el lanzarse al campo de la guerra, poner una con- j 
tramina á la revolución él y sus dos hijo*; perseguir con tenacidad á ¡ 
los malhechores las garantías constitucionales estaban cubiertas, 
que con un velo por sus defensores y combatidas por sus adversarios, j; 
D. Leocadio González obtuvo del Gobernador de su Estado, el Sr. Ü. !, 
Jesús González, Ortega autorización para levantar una fuerza rural, eo- ¡ 
mandarla como jefe, y quedar autorizado para obrar discresionaimen- ¡ 
te en la persecución del bandalismo. ¡ 

El nuevo comandante era bien conocido, y má-s lo fué cuando dio \\ 
principio al exterminio de l'>s insurrecto* y de la pacificación de aque 
lias regiones. El y sus dos Lijos fueron los corifeos, los fundadores y 
el pié veterano de una guerrilla; eran populares; eran temido?, pero al 
mismo tiempo eran odiados por el bando contrario. El dominio del han 
didaje fué tenaz, fué sangriento y fundado por un hombre ci\yo físico 
no armonizaba con sus resoluciones rectas y severas. Se le acusaba de 
haber llevado á la expiación á hombres inocentes, y cundía el miedo 
hacia el brazo ejecutor radicando un odio implacable. Tal pánico era 
inherente á su conducta enérgica: limpió los caminos y los cartijos de 
gente malébola. Una gota de sangre que se derrama en un patíbulo 
es un estigma perenne contra un verdugo y contra una causa: esos o- 
dios son solidarios en aquellas comarcas, y faltando resolución para 
vengar los agravios, nacían la pusilinimidad, la impotencia, acaso los 
remordimientos; estallaba la indignación en declamaciones impúdi- 
cas é insultantes. No había imprenta, esa bálbula de seguridad que 
impide la explosión de los agravios reprimidos, como libra de explo- 
sión á las calderas de vapor; se había perdido la tradición de la loa in- 
dígena que se transforma en censura oral y en protesta solemne con- 
tra la arvitrariedad y los actos despóticos, y era el órgano para hacer 
prosélitos: quedaba sólo por esgrimir el arma del sarcasmo contun- 
dente, ayudado de la música festiva; quedaba la amarga ironía qué ca- 
lumnia é infama, como un desahogo de la cólera comprimida en un 
lenguaje cáustico, impúdico, sensual y desvergonzado, que hiere conv» 
un dardo y excita la carcajada tnefistofélica como un aplauso: quedaba 
el epigrama, la sátira versificada que en un lenguaje impuro esparcen 
los bardos salvajes; esa literatura de las masas ignorantes carece de la 
dicción depurada, de locución correcta y de la elevación de la i- 
dea: si estas vulgaridades son inadecuadas para mostrarlas á una so- 
ciedad culta, impropias para la reminiscencia histórica, y poco intere- 
santes para figuraren una colección de piezas literarias, no lo son cuando 
se trata de describir las costumbres con sus atributos inciviles; cuando 



111 

se pinta á un personaje histórico, digno de la admiración de las nue- 
vas generaciones. El Coronel Leocadio Gonzáles, como los Coroneles 
Jáuregui y Mejía, muertos en Teocaltiche por los soldados" fran- 
ceses, tienen un derecho á figurar en la Historia de México; el 
{^rimero rompió el sitio, volvió á Nochistlán, y se aprestó á la de- 
ensa en aquellas desgraciadas jornadas: combatiendo se replegó á su 
último baluarte que fué la Iglesia; matando resistió el asalto de los 
invasores; enérgico y valeroso no desmayó cuando vio morir á sus úl- 
timos soldados en las bóbedas del templo. Se batió cuerpo á cuerpo; 
el tercer tiro de su revólver mató á uno de loa franceses de un grupo 
que lo cazaba en su último reducto, que fué el pié del campanario; 
antes que caer prisionero se orilló al abismo, disparó contra sí el tiro 
que quedaba en su arma, y arrojándose después de lo alto de la torre, 
quedó exánime su cuerpo, casi volado, y detenido sólo en una mol- 
dura del arquitrave de la fachada. 

El Coronel Leocadio González era un hombre de cuerpo diminuto; 
jamás usó un lenguaje soez ni palabras tabernarias, usadas en el vivac y 
en los cuarteles; fué amable con sus subalternos, respetuoso y subordi- 
nado con sus más elevados jefes, sereno y prudente en el peligro. 

Nuestros guerrilleros no estaban sujetos á disciplina militar, ni 
vestían uniforme; el distintivo que los acreditaba como belige- 
rantes era una cinta toja que llevaban exteriormeute al rededor de la 
copa del sombrero, ostentando un lema que descifraba con claridad la 
cansa que defendía. El Coronel González, por una excentricidad quo 
es peculiar á muchos hombres de gran valer, le gustaba llevar en 
su sombrero tiras de seda matizadas con los colores de la bandera na- 
cional; sus lemas eran expresivos y ponían en relieve su aspiración y 
sus esfuerzos. "Dios, Libertad, Constitución y Reforma.'' — ujAy del 
que en la lucha fuere vencido! m Su voz era la débil expresión de un 
físico raquítico, endeble, y no daba á su persona la respetabilidad que 
le imprime el hombre de formas atléticas; pero aquel físico encerraba 
una alma de gigante, cuyas hazañas no resplandecían porque las o- 
fuscaba la penumbra de la guerra civil; pero sí las que después tuvie- 
ron lugar ante el ejército invasor. Actuando en otro teatro y en o- 
tras circunstancias, se- elevaría su talla á las dimenciones de la de los 
hombre* que Plutarco encomia. 

Este hombre, este héroe, que obraba á impulsos de un verdadero 
patriotismo, mereció una reminiscencia del General L' Herilier al dar 
parte de los combates y victorias del ejército francés en las jornadas 
deJTeocaltiche y de Nochistlán. 

sentados los honrosos antecedentes de nuestro héroe, aunque muy á 
la ligera, volvamos á nuestro redondel en donde se agitaba con grande 
algaravía la gente que la tambora había invitado para el festín. Entre 
los gritos entusiastas de los beodos se percibían los acentos de los vio- 
lines y la voz gutural de las cantadoras que lanzaba al viento sus 
estrofas; allí se encomiaba la tranquila vida de los recien casados; la 
laboriosidad de la esposa en el nuevo hogar, las delicia de la materni- 



112 

dad; solía mezclarse alguna idea sensual, algo picaresca, alusiva & los 
misterios del matrimonio que arrancaba una sonrisa á los maliciosos* 
y aplausos y vítores á los profanos. La novia, con el candor de la 
la inocencia, ignoraba que en esos momentos se hacía el recuento de 
todas sus acciones en la vida pasada, se le calumniaba, se le cubría 
de infamia por todos aquellos que por ella fueron despreciados; ella 
no era capaz de preever que en tales fiestas, que se instalan á consecuen- 
cia de un enlace matrimonial, provocan discuciones apasionadas en 
^ne se arrastra por los suelos la honra de una pobre niña; pero la civi- 
lización de nuestro siglo viene reformando esas costumbres; inspira la 
idea de que una pareja conyugal, en el momento de recibir las bendi-* 
ciones de los ministros ^e su culto, partan k lugares distantes k pasar 
los primeros albores de sa dicha en lugares extraños, donde los con- 
trayentes no son conocidos, y donde no hay curiosos malévolos que 
asistan mentalmente á las escenas que, la sociedad, la familia y la- re- 
ligión cubren con un velo en una noche de boda. 

La concurrencia de uno y de otro sexo había aumentado prodigio- 
samente, viniendo á la fiesta desde comarcas lejanas; atraían á la 
gente viciosa y pendenciera los placeres del licor y los de la sociabili- 
dad. Para la gente de trueno; para los botellólogos, no hay goce 
completo sino buscan una reyerta en que se hieren y se matan sin 
causa justificada, sino únicamente por sentar plaza de matasietes, y por 
que vuele su fama del uno al otro confín £pero esos valientes de aldea 
enmudecen cuando saben que algún otro baladren puede aplacarles el 
resuello, porque cada gallo canta en su muladar. ¡Qué extraño sería 
que* la prudencia les inspire el silencio, consecuente con aquel pensa 
miento de Lord Byron: 

Ruge el mar cuando batalla; 
£1 hombre en sus furores, calla 

No era un baile; no era aquello una fiesta campestre; era un campo 
de Agramante; Baco y Cupido, Venus y Priapo, recibían adoraciones, 
y Terpsícore avergonzada cubrió su rostro con un velo. Ardiendo esta- 
ba la- antorcha de la orgía, y la crápula* extendió su influencia á todos 
los hombres y á todas las edades. Los valentones de oficio buscaban 
riñas, aconsejados por el licor que excita el sistema nervioso, y de 
cuando en cuando aparecían hombres inquietos que lanzaban mueras 
al Gobierno Constituteional,. vivas á la religión, y deprecaciones insul- 
tantes contra el Coronel Leocadio González. La impopularidad de este 
Jefe se manifestaba sin emboza 

Como salida de la multitud se vio á una vieja que fué á sentarse 
muy cerca de los músicos y de las cantadoras. Se repetían á cada ins- 
tante las piezas que se bailaban y los cantos populares que enaltecen 
ár los héroes de una causa No faltaban algunas canciones que dirijían 
á los santos más venerados en la comarca. 

Un ebrio, inspirado por el Tequila, lanzó un juramento tabernario, 
y pidió á gritos que se cantaran los versos "contra D. Leocadio.» 



113 



1 D. Leocadio sabía que en aquellas festividades se cantaban décimas 
H obscenas é insultantes ¿ su persona, y que no había fandango donde 
H no se hiciera alarde de cantarlas con su fraseología impúdica y de*- 
I envuelta, por cantores ambulantes que recibían una propina de en- 

I cubiertos enemigos, que representaban una causa. El entusiasmo, la 
gritería, la petición tumultuaria, eran una exigencia, y como los can- 
tantes contaban con la impunidad, hicieron preludiar por los instru- 
mentos los conocidos arpegios que, como batidores, anunciaban la ca- 
rrera de baquetas que se iba á dar á la víctima queJo era D. Leoca- 
dio González. 

Las primer&s notas de aquella música fueron saludadas con aplau- 
sos y carcajadas. Nadie se habría atrevido á escuchar aquellas ende- 
chas desvergonzadas en presencia del aludido; pero estando ausente, 
todos aprobaban los arponazos que parecían salir de un al banal. 

Únicamente copiaremos aquí alguna que otra glosa, moderando su 
lenguaje. 

Cuando Locadio se rí, 
Encerrado tiene gato 

Y carne en el garabato, 
Para cenárselo allí. 

No may distante de aquí 
A tres pincho su chabeta 
Por jurtones. No es chifleta; 
Pero en el mundo se miran 
A los patos que le tiran. . . . 
Le tiran a la escopeta. 

Aquí hay hombres que á todaora 
Han de brotarle á cualquiera, 
Cuantimás á esa pantera 
Que suspira, mama y llora. 

¡Ay mamá! que se encocora 
Don Locadio, y se rajara 
Si otro gallo le cantara; 
Hasta los pelos se estira, 

Y parecería mentira 
Que esa araña nos picara! 

¿Que pensaría gorra-gacha. 
Que aquí rifaba su brazo 

Y cortaba su marrazo?— 
(Nomás nos mira y sp agacha.) 

Es su voz cual de muchacha 

2ue á su novio cobra un celo: 
íbrenos Gestas y el cielo 
De un muñeco que se alzara, 

Y ni así mide una vara 
Desde las nalgas al suelo. 



114 

Dice "¿me aguarda tontito?' 

Y le mete el chafalote^ 

Y lo cuelga del cogote 

Al que le levanta el grito. 

Más con el cucho Agapito 
Fué cobarde, fué insensato, 
Por que calmo su arrebato; 
Le dio por mengua un moquete 
Un puntapié en el roquete. • . • 

Y echó la misión del pato. 

Con una tempestad de aplausos, de carcajadas y de gritos, fueron 
saludadas esas endechas que expresaban sarcasmos incisivos, infaman- 
tes: y aquellos palmoteos que el alcohol inspiraba, era la alianza que 
los oyentes formaban con el bate encubierto que forjara tan envene- 
nadas saetas. Esa masa compacta, homogénea, era una sedición á ma- 
no armada: llovían sobre los músicos y los cantantes las dádivas y las 
flores, y nunca fueron tan aplaudidas en Francia las canciones de Be- 
ranger. Cuando la calma se había restablecido, aquella vieja que salió 
de la multitud se levantó, abandonó el paño ó rebozo con que encu- 
bría su cara, y quedó á la vista de todos un busto de hombre con tra- 
je de guerrillero, con listones y las insignias de su grado; era D. Leo- 
cadio González que se había deslizado por entre la multitud, á oír sus 
honras, y á castigar personalmente á los propagandistas infamadores. 

— Bien, muy bien,— dijo aplaudiendo — ¿No me harán favor de echar- 
me otra cantadita? ahora lo verán; yo les curaré la tos. 

Y arremetió contra músicos y cantantes, agrediéndoles con un vare- 
jón de mimbre; el harpa y los violines los arrancó de las manos de los 
músicos, y arremetiendo con ellos los hizo añicos en la cabeza de a- 
quellos artistas; y aun el bombo, que era la alegría personificada y el 
instrumento'más resistente, fué averiado y los parches rotos. La 
muchedumbre quedó sofocada con un lance inesperado; al aludido se 
le reconoció, y .temiendo que no estuviera aislado, sino que entre los 
asistentes se encontraran algunos de sus hijos ó subordinados, empren- 
dieron la fuga á escape, á espetaperros, alentados por el pánico que 
les infundía la presencia de un hombre temido y respetado en aque- 
llos contornos. 

Las tínicas víctimas fueron los músicos que sacaron algunas abolla- 
duras en el testuz, y algunos puntapiés bien acentuados en los costi- 
llares. Se apagaron los hachones; lloraban los muchachos; las mujeres 
huían lanzando gritos, y la luna alumbraba aquel campo que volvió a 
su quietud ordinaria. El novio y el padrino se ocultaron en una ar- 
cina de rastrojo; sólo tio Chololo quedó en su puesto para levantar el 
campo; aquella fiesta, que se inauguró bajo la brisa de la alegría, y 
que era para los consortes la aura de sa. dicha, se convirtió en un 
nuevo rosario de la aurora. 

Felices fueron los moradores de aquellas cabanas que no tuvieron 



115 

más contratiempo que un lance inesperado y no las riñas y los ho- 
micidios que son frecuentes en esas fiestas. 

Desearíamos insertar en estas fugaces impresiones, rasgos biográfi- 
cos, y algunos hechos que aun pueden comprobarse con testigos con- 
temporáneos; fué sincero republicano, firme defensor de la idea de- 
mocrática y reformista, y saerificó su vida ante 4 las balas francesas. 
Dáois y Velarde merecieron en España los honores de la apoteosis, 
y Oaleana en México asombra con sus hazañas á las futuras gene- 
raciones; estos hombres no fueron más grandes que el héroe zacate- 
cano. El historiador inscribirá su nombre con letras de oro, pero 
quedarán en el olvido infinidad de rasgos de audacia y de valor que 
en gran parte contribuyeron al triunfo de un combate; no se refe- 
rirán tampoco algunas anécdotas que contribuir deben á matizar el 
conjunto de acontecimientos que unidos forman una biografía. 



LA CARETA DEL CRMEN.-TO OBRERO. 

MI» H 185». 



El lunes 2 del corriente se puso en escena un drama de nuestro 
compatriota el Sr. D. Estévan Ávila, nominado: »Za Careta del Crí- 
men.n. 

Es un pensamiento filosófico el que se desarrolla en esta composi- 
ción, y se ponen en evidencia varios de esos tipos que hay en la socie- 
dad. — D. Hipólito Ladrón de Guevara es un hombre que se consagra 
entero y verdadero á una vida religiosa, afectando la virtud más rígi- 
da y edificante; habla de los santos con profundísimo respeto; bendice 
fervoroso el nombre de Dios, se santigua compungido al comenzar una 
buena ó mala obra; frecuenta ¡os Sacramentos, y reza devotamente 
novenas á toda la corte celestial. [Quién creerá que en ese barajo hay 
engaño! Ese hombre, á quien la multitud santifica porque diariamente 
comulga, que admira como á un escogido de Dios porque publicamente 
se da golpes de pecho; á quien venera como á un Ángel que descendió 
del cielo quien sabe por donde, porque trae los ojos bajos; ese hombre 
no es más que un tigre con piel de oveja, un diablo que se cubre con 
la máscara de la hipocresía para cometer abusos á la sombra de la re- 
ligión y el fanatismo; él sedujo á una joven en un baile de máscaía; 



116 

él intentó casarse con una niña, existiendo su uaujor propia en otra 
parte; él es, en fin, qviien robó de la "casa de Dios,» es decir, de la 
celda del guardián, un cofre con alhajas pertenecientes á su presunta 
mamá, suegra* 

Doña Modesta Hornero de la Camándula, es otro pájaro que bien 
canta; ella por ir á un mitote espiritual, por servir de madrina á un 
Castísimo Patriarca que s$ va £ bendecir, poj visitar la Iglesia á todas 
horas, y á las monjas en su día de reja> abandona sus ejercicios do- 
mésticos, echa en olvido sus obligaciones wk& f recisas, sin atender i 
que su marido, el bueno <Je D. Cándido, p^trado en el lecho del do- 
lor, aguarda resignado que una maivo extraga y caritativa aplique un 
remedio á sus dolencia* 5 . Su delicia son los frailecitos; habla con ar- 
diente carino de su padre espiritual, y por ganar una indulgencia, es 
capaz de salirse de misa á cometer un sacrilegio; es, en fie, una de esíw 
mujeres á quienes el vulgo da el nombre dé cucarachas de Santuario 
porque en ellos están á todas horas. 

Ah! se me quedaba en el tintero otra de sus gracias: delira por el 
dominio de ios españoles, lamenta furiosa los avances del progreso; 
tiene sus aspiraciones á la nobleza, á las prerogativas v distinciones 
de la gigantesca sociedad, y desprecia con arrogancia á los artesanos 
honrados fiólo porqué son pobres. 

María es una joven juiciosa que ae consagra exclusivamente á los 
ejercicios propios de su «e$p; allá, eon?o que no quiere la cosa, con la 
amabilidad más encantadora, dirije otro tiro sin puntería á las muje- 
res que hablan de política, y que no comprenden las delicadísimas 
cuestiones que agitan k la sociedad. 

D. Cándido, marido de la Sra. QamánJuía, y padre de María, tiene 
como los cilindros, la música por dentro; á pesar de su candidez, suele 
dirigir verdades de á folio, algp picantes, á los malos gobiernos, y á 
todos los funcionarios públicos; declainan con ironía contra la ridicula 
costumbre de despreciar al que no "usa frac, guantes de cabritilla, etc. 
y otras lindezas que solo para vistas, como es-aquella en que su espo- 
sa le da parte qu»a la justicia ba encarcelado á D. Hipólito. 

— ¿Por qué? pregunta admirado. 

— Por que es un grandísimo bribón. 

— Era seguro: jsi rezaba mucho! replica con su estoisismo D. Candi- 
dito. No hay duda; ese candoroso caballero es un sabio endiablado 
cuando arroja á diestra y siniestra indirectas del Padre Cobos. 

Edmundo es un carácter demasiado bueno que sostiene la morali 
dad del drama; en su esfera de humilde artesano, ha conocido por 
instinto que D. Hipólito, es un malvado, y dá al fin con el laberinto 
de sus crímenes; él salva & María de la deshonra, aryanca al delincuen- 
te la careta, y lo presenta al mundo, no como tipo de la virtud más 
perfecta que fingía, si no como el de la hipocresía más inaudita. 

Estos son los personajes que figuran on el drama, que no teniendo 
color determinado, ni observado las reglas y preceptos de alguna es- 



"7 = 

cuela conocida, no es posible aplicar el cartabón; podríamos designarlo 
como perteneciente al sistema que aspira á convertirse en ecléctica es- 
cuela, que algunos ensayan con buen éxito y que sus bellezas, sus gol- 
pes de ingenio, se amoldan á las de las dos escuelas ciánica y románti- 
ca. Entreteuef al auditorio con agrado, es lo que el autor se propuso; 
como no juega una pasión; como la estructura de la otra es sencilla, 
carece de esas escenas arrebatadoras, que electrizan, que conmueven, 
que infunden terror; por 1 eso lo clasificamos en una obi*a que podría- 
mos llamar drama de costumbres; el carácter peculiar, algunas veces ca- 
ricato, de los personajes, y ios situaciones cómicas, nos revelan una ten- 
dencia y un fin filosóficos. Nos parecen exagerados en su coujunto es- 
tos personajes, pues no podríamos encontrar en nuestra sociedad algu- 
nos que se les parezcan. El autor ha creído que prodigando los colores 
de su paleta, resaltarían sus figuras en el cuadro que bosqueja, y les 
da esos pincelazos que ilusionan vistos de lejos y cuando les hiere una 
luz adecuada. Hubiéramos deseado más suavidad en las sombras; me- 
nos obscuridad en el fondo con verosimilitud para no hacer odiosos 
los persofcajles: loe monstruos no son d'fe nuestra épbca y por lo mismo 
los tipos no son reales. El autor ha sacrificado la verdad por hacer fi- 
losófico su pensamiento; forja en su imaginación figuras ficticias, y las 
traslada á su cuadro. No negareis que en nuestra época, en nuestra 
sociedad, tal vez en nuestro círculo, pudiéramos encontrar personas 
que con la careta de la virtud se recomiendan para cometer crímenes, 
pero indudablemente no se parecen ¿ los tipos que se dibujan El 
tartufo de Moliere representaba los vicios de todo un siglo, y así eran 
los personajes reales; para corregirlos no fué preciso exagerarlos. 

Los preceptistas quieren en todo verosimilitud, fidelidad en las 
costumbres, y nunca los vuelos de la fantasía; por eso se exige que los 
escritores de costumbres se ciñan á su época, á su sociedad y aun á su 
círculo; cuando menos, para transmitir á las nuevas generaciones re- 
tratos ó bocetos de personajes contemporáneos. 

Sentimos que la estrechez de las* columnas de este periódico no nos 
permita seguir una á una las hermosas escenas que fueron aplaudidas; 
baste decir que la obra de que hacemos mérito es la mejor de las que 
el Sr. Avila tiene escritas, y que debe representarse con aplauso en 
todos los teatros. , 

El autor no tocó ni por incidencia lia* cuestiones de la 1 política, pues 
comprende que el escritor dramático nodebé fomentar el odio de los 
partidos, sino corregir los vicios y costumbres malas de la sociedad en 
general; no debe conquistar sólo el elogio de sus amigos que muchas 
veces son apasionados, sino el de todos lotr hombres imparciales y de 
buen criterio; nó los aplausos pasajeros- dé un partido, sino el lauro 
glorioso ó intnarcesiWe de la justa y severa» posteridad. 

La pieza titulada "Un Obrero" es una solemne paparrucha sin gra- 
cia y sin, ninguna- situación que nos inspire interés; el hedió parece in- 
verosímil^ aunque todos los solterones desearan una esposa que, como 



118 



la buena de Mariquita, oculte cuidadosamente las picarescas poridades | 
de su consorte; ¡pero nada de eso! las mujeres arman un sanquintin 
cuando llegan á saber que allá, en los extraviados pasos juveniles, el 

diablo metió la cola y —Se cantó el himno nacional por toda 

la compañía, y fué aplaudido con frenesí; en aquellos raptos de entu- 
siasmo se victorió la Libertad, la Constitución y la Democracia. No fal- 
tó uno que otro personaje que se quedara con un palmo do narices 
viendo al pueblo tornar^ parte en una cuestión que le interesa vivamen- 
te. 

La primera representación estuvo buena; en la segunda pareció un 
poco tívio el trabajo de los actores. Para otra vez deseamos á la com- 
pañía un poco más de fuego, aunque nos abrace el calor sofocante de 
la estación. 



¿LAS OlaPíaSAS IIJBJLs UOIíUSo 

DRAMA BEL SEftOR f AITALEOI MI*. 

La Sociedad Zaragoza acordó repetir la función que á beneficio de 
los hospitales de sangre tuvo lugar el 18 del presente: obstáculos insu- 
perables hicieron que la función no estuviera tai como la que se dio 
pocos días antes, pero sí se repitió la zarzuela del maestro mexicano 
Sr. Luna, cuyo título es: La Viesa y el Granadero. 

Nada deberíamos decir de esta pieza, si atendiéramos ¿ que el Sr. 
Luna, guiado únicamente por su buen gusto en el arte de la música, 
presenta su producción como un ensayo, sin pretensiones vanidosas, y 
sólo por contribuir á la variedad y lustre del espectáculo: tal conducta 
nos parece laudable; así es que nada podríamos decir sobre la música 
cuando carecemos de los conocimientos necesarios para juzgarla, pero 
sí lamentamos se haya escogido para una composición nueva y origi- 
nal, el libreto de otra zarzuela cuya parte cómica es ya conocida, y 
que ha sido calificada de trivial, insulsa y de mal gusto. 

£1 rey Federico conoce á la bellísima Berta, y concibe el proyecto 
de casarla con ol cabo Colman; sin consultar la voluntad de ambos, 
y después de cerciorarse que la joven no Babia leer, le paga bien las 
flores que vendía, con la condición de que lleve al Coronel del re- 
gimiento una carta que él mismo escribe y dicta; en ella se le pre- 
viene, con todo el magisterio de que es capaz un rey amante de 
forjar matrimonios ad lioc, haga se unan en amorosísimo consorcio 
la portadora y el estimable Colman; la graciosa jardinera se encuen- 
tra con Susana, murciélago octogenario, y le suplica lleve á su título 
la misiva regia; es de advertir que esta señora no sabía tampoco leer, 



119 

pues si no fuera así, si se le hubiera antojado poner en práctica su fe- 
menil curiosidad, tal vez la acción de la pieza no hubiera pasado ade- 
lante, y se. habría descubierto todo el enredo. El Coronel se impone 
de los caprichos del rey y obediente á su mandato, anuücia á Impor- 
tadora que debe casarse, porque así plugo á la voluntad soberana: 
¡cuánto placer causa á la viuda tan fausta nueva! á ella que camina 
en pos del cuarto consorte; á ella que á los ochenta y seis años de e- 
dad se ha metido bajo del brazo á tres maridos; en medio de su ale- 
gría se acerca á !a puerta del cuartel donde estaba su futuro, y. . . . 
¡oh agudeza! con toda la coquetería de unos quince abriles, con el do- 
naire de una manóla, envía al cabo Colman un beso en la punta de sus 
dedos. La lúbrica y festiva Susana, siente rejuvenecerse, hace á un 
lado todo sentimiento de pudor, acaso porque cree el autor que las 
viejas no deben tenerlo, y se muestra apasionadísima del granadero, 
agradecida del rey, y satisfecha de su destino. Cuando Colman sabe 
que tiene de casarse con Susana, lamenta no tener cargada su arma, y 
se le reconocen ímpetus, mejor que para oponerse á la voluntad del rey, 
para cometer un ancianicidio. Los soldados se burlan de la novia; 
má3 ¿de qué no son capaces de burlarse los granaderos? Por fortuna 
Colman intercede de rodillas la gracia del rey, se descubre el enre- 
do, y se casa con Berta. Tal es el asunto de la zarzuela. 

El amor, dice Voltaire, se ha hecho para la juventud; el amor, 
decimos nosotros, cae pésimamente en quieries están dominados por 
el hielo de la vejez; haciendo aplicación de este principio, creemos 
que nada es más inverosímil, y nada más repugnante que á los o- 
chenta y seis años sea capaz una vieja de enamorarse. El imposi- 
ble que* podamos encontraren la sociedad un tipo semejante, y aun- 
que se considere como un juguete, como un capricho de la imagi- 
nación para excitar la risa, precisamente per su exageración produ- 
ce el efecto contrario; no vemos originalidad ni saboreamos la sal 
ática que se debe emplear para no incurrir en el ridículo y la cho- 
carrería; y por eso no sentimos otra cosa que el desdén; muy difí- 
cil es colocar oportunamente un chiste que nos haga reír; pero na- 
da más fácil que hacer el papel de gracioso sin gracia. La Sra. 
Suarez ha tenido en esta vez la desgracia de salirse de su cuerda 
para representar un carácter que estamos seguros le lia sido antipá- 
tico; no es suficiente empleara su grande capacidad de actriz para 
hacernos agradable á D ^ Susana, y si este carácter es defectuoso 
por culpa del autor, y sirve de disculpa que los actores no pueden 
ni deben corregir estos defectos, ni mucho menos infundir ínteres 
á la pieza que se escribe sin atender á las reglas cardinales del ar- 
te dramático, ¿qué podrá decírsenos de aquel beso que la Sra. Sua- 
rez mandó en alas de su entusiasmo, al inocente granadero? ¿qué 
otra cosa sino las risotadas dei vulgo puede concitarse quien aspira 
á que le festejen la gracia? — Sra. Doña Antonia! 

La función continuó ponie'ndose en escena Zas glorias del dolor» 



r 



120 

El Sr. Tovar, tan afecto á dar á sus producciones títulos extra- 
vagantes, al fin no nos explica porqué ha de ser el sufrimiento la 
gloria , del dolor; esto no lo comprende nuestra inculta inteJigencia, 
como no ha podido comprender que es irónica la vida y que hay su- 
blimidad en la deshonra. £1 autcr escribió una novela titulada "Iro- 
nías de la vida,. i y un drama "Una deshonra sublime.it 

Daremos una idea de algunos de los personajes del drama. 
Gabriel ama á la jdven María y esta no corresponde de luego su 
amor, no obstan tante sus ideas-- liberales y sus ribetes de filósofo y 
moralista. D, Agustín es un pájaro que ama también á María,- y 
es el competidor de Gabriel por interés del dinero; á más de la co- 
dicia tiene otros defectos, es partidario del obscurantismo, es dipu- 
tado, y sobre todo, en política, es intolerante como él sólo: á cada 
paso nos habla de su partido, enaltece su causa, y se queda con un 
palmo de narices, cuando se Le dice en tono hinchado y sentencioso, 
que: 

Por intolerante el mundo, 
Asesinó á Jeucristo. 
Pero mayor es su admiración, al oír este apotegma; 
Bien puede matarse á un hombre, 
Pero jamás una idea- 
No sabemos qué objeto tenga este personaje en el drama, pues 
desaparece desde el segundo acto para no volver jamás, y eso por que 
sorprende á Gabriel á los pies de María, y se persuade de que la joven no 
es rica. Lo consideramos como la q tunta rueda que se pusiera á un 
carro, cofno flor inodora y descolorida que se adhiere á un aromático 
y vistosísimo bouquet; tanta filosofía á nada conduce, puesto que 
no da ningún interés al drama. Los preceptistas más rigurosos del 
arte dramático aconsejan de conformidad, que no se pongan per- 
sonajes innecesarios, sin hacer un papel interesante; consecuen- 
tes con este precepto, creemos que el Sr. Tovar haría muy bien 
en suprimir este indigesto personaje, y las relaciones de actualidad 
que pone en su boca: el escritor no debe buscar aplausos en lo que 
podríamos llamar espíritu de partido, porque ese drama no tiene por 
objeto principal corregir los vicios políticos; cuando no hay unidad 
en el pensamiento, cuando no hay oportunidad en los incidentes, se 
nos figura que eí autor llama con campanilla á sus amigos y parti- 
darios en política para decirles: escuchad y aplaudid. 

D. Yalente es el marido de Sofía; es un maniático que se encuen- 
tra atormentado por los celos; á cada paso viene a la escena^ y »1 
momento de presentarse contiene el paso como si fuera á caer en un 
precipicio; ensimismado lleva la mano á la frente como para atra- 
par un pensamiento, y exclama en tono lastimero: — («¡celos, celos! m — 
nace algunas observaciones sobre esta pasión, sobre la desconfianza 
que le inspira la ternura de Sofía, y se marcha para volver después 
á repetir la misma canción:— ((¡celos, celos!** 



121 

Este personaje no nos parece propiamente caracterizado, pues si él 
mismo no dijera yo estoy celoso, no nabría otro medio de compren- 
derlo; en sus palabras, en sus monólogos, todo es vaga declamación; 
ño se observa en él esa vehemencia que domina á un marido celoso; y 
si el autor ha pirftado esa pasión rxm fidelidad, el actor no supo com- 
prenderla ni expresarla. Le vemos deferente en la puerta de 1* sala 
cuando sorprende á su consorte con .el incauto D. LeoDardo, y aunque 
manifiesta inquietud al preguntar * ¿qné hace ese hombre ahí? queda 
contento y satisfecho coinjue Sofía, recurriendo á la estrategia, le di- 
gk: "viene á pedir la mano de María.» Más tarde vuelve á sorprender 
á su esposa en un coloquio amoroso; mira á D. Leonardo á los pies de 
Sofía rogándole que huyan, y D. Val en te pronuncia algunas palabras 
incoherentes, se queda estático, admirado del prodigio, y aun mira con 
indiferencia que el* seductor se escapa: no puede caberle duda de 
que su mujer le engaña, pues á más de haberlos sorprendido infraganti, 
D. Valente la sorprende dormida, y la sonámbula Sofía todo se lo 
revela en el sueño. 

Si el Sr. Tovar suprimiera este otro personaje, creemos que se iría 
purificando el drama, y la acción siempre iría adelante. 

D. Leonardo es el seductor de la esposa d© D. Val inte; se intro- 
duce en la casa, no sabemos de qué manera; viene al lado de Sofía, 
y le espeta una declaración amorosa; ésta la oyó con digni- 
dad, y elevándose un poco á sus propios ojos, le advierte que es ca- 
sada, que es señora y que desprecia sus insinuaciones; el amante so- 
lícito quiere retirarse, y despechado le dice, que se le dirigen esos 
desderfes porque no pertenece como Sofía á la alta clase: u Todo lo 
iguala el amor,» se apresura á decir Sofía antes que se marche el a- 
mante, y esto impulsada por un rapto de entusiasmo, y por que no 
puede dominar sus afecciones, pues era fingido lo del señorío; esas 
palabras penetran en el destrozado corazón de D. Leonardo como un 
destello de esperanza* como un vislumbre de felicidad, y ya no se 
va, por que quiere entregarse á su delirio; entonces es sorprendido 
por la adorable María, quien todo lo comprende á lar primera mira- 
da, y dirige un amable reproche á la esposa de su padre. 

Observamos que D. Leonardo es un enamorado vulgar, pues ma- 
nifiesta su pasión sólo con palabras frías que, repetidas á cada ins- 
tante, logra sean escuchadas por su amada, á manera de gotas de a- 
fia que a fuerza de caer continuamente sobre una roca, la taladran, 
o hay sensibilidad, no hay expresión, no hay, en fin, ese sentimien- 
to que habla al corazón directamente y no sólo al oído, y póí esto el 
espectador no experimenta sensaciones: ;quién creería que el amor gla- 
cial de D. Leonardo y su forzosa desesperación, le obligarían k atentar 
contra sus preciosos días porque su amada no quiere seguirle! Está 
desesperado; y con ánimo de tomar uAa resolución enérgica, manda, 
insta, ruega, y ni por esas consigue su objeto; se marcha en segui- 
da, y. .'. . . .¡pum! se oye la detonación de una pistola: — ¿qué suoe- 
de? — pregunta alarmado el público, más la interesante María viene 



122 

á la escena, se asoma al balcón, • mira un difunto, y exclama compun- 
gida: se ha suicidado D. Leonardo! Entonces se comprende que aquel 
hombre amaba y sentía, puesto que ha llevado su amor hasta la locu- 
ra. Esta es la paite patética y moral, porque algún castigo había de 
tener quien metió la mano en mies agena , 

No aconsejamos la supresión de este personaje, por que entonces se 
realizaría aquel refrán: 

Una camisa sin mangas, 

Sin cuello ni delantera, 

Que le faltan las espalJas, 

No ha menester lavandera. 

Sofía es una mujer ardiente que se ha enfadado de su marido por 
que no tiene 'sucesión, y le echa la culpa á él; busca otro objeto á 
quien amar, porque^ hay en su pecho un vacío; porque la preocupa 
el deseo de la maternidad; tiene la ligereza de amar á I). Leonardo y la 
debilidad de decírselo, 

El autor ha querido pintar en Sofía la lucha terrible de una pasión 
desesperada con un deber, los afectos frenéticos del corazón en pugna 
con las leyes rígidas de la sociedad; este pensamiento que nos parece de- 
masiado filosófico, y por lo misino digno de explotarse con buen éxito, 
tal como está concebido y desarrollado, imprime en el carácter de So- 
fía cierto rasgo inmoral. 

Una mujer casada no debe hacer consistir la virtud sólo en que 
rehusa huir con su amante, sino en no cometer una falta, en no tener una 
acción contraria al decoro. No debe decir que ama, pues su $eber es 
amar sólo á su marido; mas sí por seguir los impulsos del corazón, de 
la naturaleza y de las pasiones se quiere pintar á una mujer débil; si 
se quiere decir lo que es y no lo que debe ser, puesto que la naturale- 
za tiene leyes que pocas veces han podido contrariarse, entonces bus- 
ques* el heroísmo, más cuando todo el drama es una ficción; ¿qué mu- 
jer será más magnánima ante la sociedad que la que sabe dominar sus 
pasiones, guardarlas en secreto, y que se esfuerza por amortiguarlas? Si 
el Sr. Tovar hubiera esoojido para su heroína un carácter tal como lo 
desciframos, habría tenido una concepción felicísima. Es preciso no 
echar en olvido que el fin del teatro es moralizar, y esto no se con- 
seguirá dando lecciones como la que nos presenta Sofía. Si en el mo- 
mento en que esta mujer mostraba deseos de ser madre, y serlo 4e 
un modo ilícito, hubiéramos podido dirigir nuestra vista á todos los 
palcos donde multitud de jóvenes -pudorosas presenciaban la repre- 
sentación, habríamos sorprendido en ellas un gesto de indignación y 
un tinte de carmín en sus mejillas. A Sofía, que es desgraciada, debió 
el autor hacerla amar de los espectadores, para que sintieran con ella 
el peso del infortunio; más no sucede así, por que Sofía es una mu- 
ier como hay tantas, que llevada de sus pasiones, alguna vez toca 
los límites del cinismo. No puede infundir compasión siquiera quien 
con sus vulgares descarríos ha he hecho su desventura. El corazón 



123 

huinano, por pervertido que esté, cuando ama verdaderamente á nna 
mujer, cuando le simpatiza en alto grado, su primer y natural deseo 
es que sea virtuosa; y si una acción insignificante contradice esta es- 
peranza, desciende la estimación que por ella se concibiera. 

María es de todos los personajes del drama, la que está mejor ca- 
racterizada; virtuosa/, amable, humilde, sensata; hé aquí las cualidades 
que la hacen interesante á nuestros ojos; ella oculta las debilidades de 
Sofía con la esperanza de que vuelva sobre sus pasos, y por no amar- 
gar loa días de su padre; comprende que las bellas cualidades no son 
inherentes al nacimiento ilustre, sino á la buena educación y á los 
sentimieatos que por naturaleza son nobles; por eso cuando se le echa 
en cara que su madre era humilde, hace inclinar la frente de Sofía con 
estas palabras; »»pero valía mucho más que voz.u t 

En resumen, la pieza nos enseña que los conservadores aman por 
interés; que el marido celoso hace bien en desconfiar de la fidelidad de 
su mujer, y que quien tenga el defecto de hablar dormida, descubrirá 
sus deslices; nos enseña también que quien ame á xv?.a. mujer casada y 
ésta no quiera seguirle, debe suicidarse como D.Leonardo; sobre todo, 
quedan entendidos los amantes de que deben ser cautos para no ser 
víctimas á cada paso de las sorpresas. 

El Sr. Tovar habría acertado si en vez de "Zas Glorias del Dolor» 
hubiera nominado su drama: u La gloria de las sorpresas, «t 

Ha ensayado un pensamiento filosófico en lo que se ha querido 
llamar impropiamente escuela realista. El realismo descarnado y no" 
embellecido no lo. acepta para el teatro una sociedad moralizada. 

Al levantarse el telón la concurrencia se puso de pié porque estaba 
al frente el busto dei General Zaragoza; un coro de niñas le circun- 
daba, y con trinos angelicales tributaban alabanzas al vencedor del 
5 de Mayo. 

Se cantó también el himno "La ira popular,» cuya letra y música 
es del Sr. Tovar. En él encontramos esta estrofa: 

Levantad vuestra voz vigorosa . 
Y lanzad un tremendo ¡mal haya! 
A la raza que allá en Tacubaya 
' ' ' A los libres gozó en inmolar. 

La música, si no es un plagio, si es una imitación servil de la Mar- 
sellesa: en esta vez el público fué muy indulgente, pues no lanzó un 
tremendo ¡mal haya! como sucedió la primera vez al oir La ira popular. 

Lá niña Garfias ha sido la predilecta del público, porque admira su 
precoz talento en la música; aunque su dedicación no ha sido el canto, 
se prestó en esta vez á cautar el himno cuya música se había compuesto 
expresamente para esta función. Ojalá y otra vez tengamos el gu3to 
de oír su voz, de admirar su habilidad en pulsar el piano y de aplau- 
dir sus brillantes producciones. Por ahora nos limitamos en dedicarle 
estas líneas como demostración sincera de nuestra simpatía. 



124 



LA TRAGEDIA ITAU ANA. 



XQAH1EI llllE fftlf*! M^FIEIiliM 



Después de haberse ausentado lo ópera bofa, sólo podemos hablar 
de la Compañía trágica que da sus fundónos en el Teatro Principal. 

Bajo muy desconsoladores auspicios arriba á nuestro suelo la Com- 
pañía italiana, que, bajo la dirección de la Sra. Tessero, noá ha ofreci- 
do el obsequio de algunas funciones; hay que luchar con varios ele- 
mentos que pueden ser contrarios a la. empresa; estos son, la época de 
ayunos y disciplina, de abstención y de recogimiento en que de año 
en año* entra una parte considerable de nuestra sociedad; el cansancio 
de espectáculos teatrales en la temporada que ha pasado; l&s distrac- 
ciones de otro género que existen; el idioma en que las representacio- 
nes se hacen, casi desconocido en México; y, más qne todo, la clase de 
obras, ó mas bien dicho, el género en que tienen que trabajar los acto- 
res, sin que les sea posible hacer variados los espectáculos. 

Si tratáramos de e