(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Prisiones de Europa: primera obra de esta clase en España, la más completa ..."

This is a digital copy of a book that was preserved for generations on library shelves before it was carefully scanned by Google as part of a project 
to make the world's books discoverable online. 

It has survived long enough for the copyright to expire and the book to enter the public domain. A public domain book is one that was never subject 
to copyright or whose legal copyright term has expired. Whether a book is in the public domain may vary country to country. Public domain books 
are our gateways to the past, representing a wealth of history, culture and knowledge that's often difficult to discover. 

Marks, notations and other marginalia present in the original volume will appear in this file - a reminder of this book's long journey from the 
publisher to a library and finally to you. 

Usage guidelines 

Google is proud to partner with libraries to digitize public domain materials and make them widely accessible. Public domain books belong to the 
public and we are merely their custodians. Nevertheless, this work is expensive, so in order to keep providing this resource, we have taken steps to 
prevent abuse by commercial parties, including placing technical restrictions on automated querying. 

We also ask that you: 

+ Make non-commercial use of the files We designed Google Book Search for use by individuáis, and we request that you use these files for 
personal, non-commercial purposes. 

+ Refrainfrom automated querying Do not send automated queries of any sort to Google's system: If you are conducting research on machine 
translation, optical character recognition or other áreas where access to a large amount of text is helpful, please contact us. We encourage the 
use of public domain materials for these purposes and may be able to help. 

+ Maintain attribution The Google "watermark" you see on each file is essential for informing people about this project and helping them find 
additional materials through Google Book Search. Please do not remo ve it. 

+ Keep it legal Whatever your use, remember that you are responsible for ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just 
because we believe a book is in the public domain for users in the United States, that the work is also in the public domain for users in other 
countries. Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we can't offer guidance on whether any specific use of 
any specific book is allowed. Please do not assume that a book's appearance in Google Book Search means it can be used in any manner 
any where in the world. Copyright infringement liability can be quite severe. 

About Google Book Search 

Google's mission is to organize the world's information and to make it universally accessible and useful. Google Book Search helps readers 
discover the world's books while helping authors and publishers reach new audiences. You can search through the full text of this book on the web 

at http : //books . google . com/| 




Una infamia de Capelal 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 






* /^ 














x 



A 



ll-l\ • 



••**? 



C^ZA 



Cr 



&> 



(^ 



c 



^to 



* 




Digitized by 



Google 



PRISIONES DE EUROPA. 



.* TOMO SEGUNDO. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Googfe 



t- 



,H 



W, 



JD 




PRISIONES 7 

DE EUROPA, ? **f 



PRIMERA OBRA DE ESTA CLASE EN ESPAÑA, 



Lk MAS COMPLETA DE LAS PUBLICADAS EN EUROPA. 




— La Ciudadela de Barcelona. — La Abadía. — Las cárceles de Corte y 
VC* de Madrid. — Loa plomos de Venecia. — La Conserjería. — Cárcel na- 
cional da Barcelona. — Los castillos de lf y de Ham. — Spielberg. — El fuer- 
sa del Obispo. — La torre de Londres. — Antiguas cárceles de Barcelona. — 
Mina* de Silesia. — Santa Pelagia. — Calabozos en Ñapóles y Milán. — £1 
Caauilejo. — Las siete torres. — La Inquisición de Sevilla.— La Aljafería de 
Xaragoaa. etc., etc.. etc. 

SU ORIGEN, 

rV—ijii oéttres pe han ¡palie en ellis— Traíicienes.— Costumbres. 
fanus notables fie ha tenue ligar en sn recinto. 
fm oí «lias se han f orificio.— Criaeaes qie en si interior se ha conetüe. 
Tor—tei pe se hii aflisaio. — Vesanias para fie ha senüo. 
4o fririowif celebras. — fiduas Jel íuitiíae politice y religioso, etc. 



IX f IST1 H tllAS, MCOIDTM T UTOB NMLKHOS, 

POR 



UNA SOCIEDAD LITERARIA. 



TOMO SEGUNDO. 



' oa o 



r 
l 

I 



BARCELONA: 

V LOPBZ BERNAGOS1, ANCHA. 86 y RAMBLA DEL CENTRO, «0. 

MADRID: HABANA: 

UlREttA ESTAÑÓLA j LIBRERÍA LA ENCICLOPEDIA. 

Mrtore*. 10 I O-leHIy. número 90 

1803. 



Digitized by 



Google 



V '*: 



fie propiedad del Editor. 



- * 

' 4 



•aroetona: fmt> de Lois Tasso, calle del Arco de) Teatro 
oallejoo entre los mira 11 y 15.— 1 8*3. 



Digitized by 



Google 



ft 



■:«f 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



PRISIONES 

DE EUROPA. 



LAS 

MINAS DE SIBERIA. 



m * ■ * j |j g*f »r^ T*fc ■ 



La tosjsrisickm 4*1 Norte.— La Slberta,}uatiQca1a por los rusos.— Misterios de la políüea 
rvsa.— La* stfnas.— CotoolaacioB de la Siberla.— NlkJla Demidoff.— Producto de lee mi» 
■as del Oural. -Población de las minas- Mentscbikoff.-Su buena estrella, su destier- 
ro y « muerte.— B i ron y Munich ae suceden en la prisión que hizo construir el segun- 
de pera el primero.— Historia de Lestocq.— Conspiración en favor de Isabel, bija de Pe* 
ero el Graede— Sublevación de loa regimientos.— Isabel proclamada emperatriz.- Su- 
ptfcto ée la princesa Lapookln.— Deatierro de Lestocq — Su miseria en Siberla.- Su per- 
dón.— lecege sus despojos, que se hallaban distribuidos, del poder de susenemigos.- El 
pnaooero y el cadáver. -Gregoi lo Or lo f.— Catalina déspota y liberol— Impostura de 
Pofaiscberr— Cn rasgo del emperador Nicolás.— Nlexncewiez.— Radlscheff.— Advenl- 
> deificólas al irono.- Sublevación de los regimientos.— Tenacidad del Czar.— 
i del principe Froobeultri.— Kotiebue.— Prascovle.— Loupoutoff y la novela de 
iCoula— Detalles topográficos de la Siberla.— Vida de los desterrados y mine- 
ros,— €oe*Jderacion*s generales 

Después de la Inquisición religiosa, rica de aquellos horrorosos su- 
plidos con que se envanecían los tiempos bárbaros, estamos seguros 
qte se leerá con interés la Inquisición ejercida en nombre de una per- 
son amas exigente aun que el mismo Dios; pues esa persona, ese hom- 
bre es el dnefio absoluto y no puede disponer de sns esclavos sino 
durante un espacio de tiempo muy limitado. 

Dios, ese Dios cuyo poder llega hasta los inquisidores, tiene para 
vengarse de ellos la eternidad, después de las penas temporales; pe- 
ro d gran inquisidor que puebla las minas de Stberia, conoce los 

TOBOI1. 1 



Digitized by 



Google 



t PRISIONES 

limites de"8a condición humana, y si mata, es después de haber ago- 
tado en sus TÍclimas, casi por completo, todos los sufrimientos posi- 
bles de la vida, mirados bajo el punto de vista físico y moral. 

¡Al solo nombre de la Siberia, tiemblan sesenta millones de vasa- 
llos rusos 1 

Este nombre, repetido por los lúgubres ecos infundiendo terror, 
nos parece odioso á nosotros mismos ; á nosotros, que vivimos lejos 
del cielo, de las costumbres y del yugo de la Rusia. 

Como en otro tiempo temblaba Europa entera al oir la palabra Bas- 
tilla, lo mismo suspira hoy, al solo recuerdo de ese clima terrible 
quo ha devorado á tantos millones de inocentes victimas. 

¡Triste recuerdo I... 

Si los muros de la gran Ciudadela francesa han absorvidoun sin 
número de ignoradas penas, ¿quién se atreverá, quién podrá contar 
las desdichas y miserias sepultadas en las minas desde hace solamen- 
te veinte y cinco afios? 

En nuestros dias, cuando escribimos estas lineas, cuando el ocio 
transita por los paseos sonriéndose y analizando la política de un pe- 
riódico, protestando con mas ó menos dureza contra la marcha del 
gobierno; hoy, volvemos á repetirlo, en el siglo de las luces, existe 
aun en Europa una Bastilla; una cosa cien veces peor que la Bastilla, 
en un pueblo que se le llama: Francés del Norte. 

¡Es un hechol 

Los rusos tienen las minas de Siberia abierlas para cualquiera que 
se atreva & decir que el emperador no es infalible, como lo es el mis- 
mo Dios. 

¿Cuáles son los dictámenes, las leyes, los aranceles, en fin, de pe- 
nalidad que conducen al hombre de la libertad al destierro, del des- 
tierro á la muerte, en ese pais maldito por el cielo ? 

(Juez, legislador, soberano pontífice... héaqui lo que es el empe- 
rador!... (¡No le falta mas que ser verdugo, y aun asi ciertos empe- 
radores no han querido pasar por menos! I 

Pedro el Grande decapitó por su propia mano á los Strelitz (1) 
que se habían sublevado ; y Ali-Pacha, el feroz destructor de los 

(I) Antiguo cuerpo de Infantería moscovita. 



Digitized by 



Google 



DB EUROPA. 8 

mamelucos (1), se divertía en hacerlos fusilar, presenciando su eje- 

CKÍOD. 

La Ten taja siempre queda en favor del salvaje del Mediodía, 

Para estudiar, ó comprender este sistema, no solamente de gobier- 
no, sino de paciencia, organizado por los dueños para abusar de él, 
w por los esclavos para soportarlo, es necesario saber que la Rusia, 
mist -nosa hasta en sus padecimientos, lleva el amor propio nacional 
•as ailá de los limiies de la razón. 

Deseosa de parecer feliz al resto de los europeos, satisface admi- 
rablemente de este modo las miras del Autócrata (2), que destruye 
j ax.ía á su placer á esa materia vil, dispuesta siempre á sonreirle, 
au eo el acto mismo de verter copioso llanto. 

Lm Czares (3) han hallado medio de complacer á sus victimas, 
mojándolas á Siberia. 

B cadalso les hace el efecto de un escándalo temible, propio pa- 
ra deshonrar la nación á los ojos de la Europa. 

¡Viva la Siberia!.. . muda guardadora de cadáveres y agonfas. 

Seguramente los rusos miran como un gran favor el destierro á las 
minas de Siberia. 

Trataremos de analizar este favor imperial. 

Co historiador moderno, viajero de talento, coyas memorias dan 
a conocer un gran número de secretos mal aclarados acerca el ca- 
rieffr de los rusos, asegura que en Rusia, todo el mundo, desde el 
emperador basta el último esclavo, se miente á si propio y á los 
demás. 

¡Esto también es cierto!... 

Cortesanos encañando al soberano, pueblo engallando á los corte- 
«asas... ¡He aquí lo que se encuentra en ese país que no será rege- 
nerado, si el gobierno despótico no se hunde bajo las ruinas hacinadas 
per el! 

Cuando Catalina II, á quien Voltaire, sin acordarse acaso de la 
parte que había tenido en el asesinato de su esposo Pedro III, llama* 
te U Semiramis del Norte, hizo aquel famoso viaje á la Crimea y & 

f S 'Ida** de fe «aballo de Egipto 

T Soberaae ebaotaio de Ro»ia 

%. TUalo del aoberaao 6 emperador de la Ruaia . 



Digitized by 



Google 



i PRISIONES 

la Taurida en 1787, en compañía de Potemkin, favorito suyo, y 
que puede compararse coa el viaje de Cleopatra con Antonio; dicen 
que la emperatriz desde la rica galera que la trasportaba por el 
Dniéster, vio por todas parles en su marcha triunfal, las dos orillas 
del rio bordadas de ricas aldeas, de numerosos rebafios y de una 
población mas numerosa aun, que vestida con graciosos ropajes se 
entregaba á la alegría, inspirada por la presencia de su madre y dig- 
na soberana. 

En vista de la prosperidad de sus vasallos, el orgullo de Catalina 
debió triunfar, y apropiarse para sí la gloria de aquel admirable 
cuadro. 

[Toda esta pompa no era mas que una mentira! 

Aquellas elegantes aldeas eran tablas pintadas de prisa hacia 
ocho dias; aquellos ricos rebafios y aquellos aldeanos con vestidos 
nuevos para la ceremonia, ganados de un precio igual que los otros 
á los ojos de sus dueños, habían sido recogidos en las provincias le- 
janas, so pena del knout (1) , para venir á simular la dicha y la 
alegría. 

AI dia siguiente de esta triste manifestación, todos aquellos mise- 
rables tomaban el camino de sus aldeas, para volver á encontrar en 
ellas su acostumbrada miseria, acrecentada aun por tan forzoso viaje. 

Esta farsa inventada por Potemkin para su regia dama, es la es- 
presion exacta del cuidado con que los autores y escritores rusos 
ocultan á los estraojeros, bajo una apariencia brillante y mentirosa, 
el azote y las miserias de su pais. 

En ese vasto reino, cuya estension representa treinta veces la de 
Francia, donde un solo hombre reúne en su poderosa mano el poder 
temporal y espiritual, ese hombre es el que todo lo puede y el due- 
ño absoluto de los demás que nada significan. 

Los castigos y las recompensas proceden de una sola voluntad. 

|De este modo se comprenderá cuantas veces los caprichos y la ar- 
bitrariedad, el favor ó el odio han contribuido al reparto del bien 
y del malí 

De ahí procede, además, para los historiadores, la dificultad de en- 

(1) Latigazos en las espaldas.— Suplicio usado en Rusia. 



Digitized by 



Google 



DB tUüOPi. o 

centrar en los escritores rosos, no decimos la verdad, ni el menor 
indicio en la distribución de las penas y en la aplicación de ellas. 

Dn terror mudo agobia con todo su peso á ese inmenso imperio y 
lo «muiré por completo, sin permitir á la voz humana delinear los 
«cándalos y escesos. 

Ese pueblo, embrutecido por la esclavitud, se parece á los mine- 
ros, que la codicia de sus propietarios ó la denunciado sus ene- 
migo*, han encerrado para siempre en el fondo de esas profundas 
cavernas llamadas minas. 

Esas cavernas son la oscuridad misma, el silencio, la asfixia fi- 
y moral. 

La palabra Rusia nos ha conducido naturalmente hacia la palabra 



Entremos en materia. 

El descubrimiento de la Siberia, ó hablando con mas exactitud, su 
extenuación por los rusos, tuvo lugar á fines del siglo diez y seis, 
bajo el reinado de Juan IV, uno de los tiranos mas feroces que han 
ensangrentado los anales de ese imperio. 

Antes de esta conquista, los rusos so habían establecido en la 
parte de la Siberia que confina con los montes de Ourals. 

Entre ellos se encontraban Santiago y Gregorio Strogonof, cuyo 
padre fué el primero que estableció relaciones de comercio mas allá 
de los montes de Ourals, y se habia enriquecido con el comercio 
de tal en la Vouitchegda. 

ObUvieron de Juan la concesión perpetua de una parte de estas 
vastas comarcas; establecieron colonias y alcanzaron además licencia 
para esplotar, durante un tiempo limitado, las minas de hierro, esta- 
lla, plomo y azufre que descubrieron ellos mismos. 

Loa aventureros de diversas naciones vinieron á acogerse en esta 
comarca casi desconocida y después eslendieron sus conquistas has- 
la los limites del Asia. 

Ea 1585 el Czar Frcdor I publicó un edicto invitando á los maes- 
tros mineros de Italia, para que viniesen á esplotar las minas de 
oro y plata situadas en sus estados. 

Algnos ingleses habían obtenido ya la autorización de fundir mi- 
neral de hierro; volvieron á hacer nuevas tentativas, y solamente en 



Digitized by 



Google 



S PRISIONES 

Este castigo no fué en so principio considerado por esos pue- 
blos bárbaros, sino como una disminución en la pena; y las víctimas 
debian agradecérselo á sn verdugo, á imitación de aquella cortesana 
célebre en el reinado de Juan IV, la cual, mutilada por un capricho de 
este principe al terminarse una orgia, fué toda cubierta de sangre á 
besarle la mano y á darle las gracias por no haberle mandado cortar 
mas que una oreja. 

Uno de los primeros casos de deportación que encontramos en la 
historia, tuvo lugar en el reinado de Boris Godounof. 

A poco de subir al trono en 1598, este principe conmutó todas las 
sentencias de muerte, pronunciadas por los tribunales, en destierro á 
la Siberia. 

Esto, según se ve, era ya un progreso. 

La sublevación de las tropas, tan frecuentes en tiempo de aquellos 
principes bárbaros, era una de las causas principales para que.se po- 
blase la Siberia con sentenciados. 

Después de la ejecución de una parte de los vencidos y cuando el 
verdugo se cansaba de cumplir con su triste misión, se enviaba en 
masa el resto de los condenados á los vastos desiertos. 

A mediados del siglo XVII, se desterró á Siberia y & la parte mas 
inhabitable de ella á un hombre, poco antes muy poderoso en la cor- 
te ; Nicon, que en su desgracia pasaba sus ratos de ocio reuniendo 
las crónicas imperfectas de esos pueblos bárbaros, para componer la 
primera historia verídica de este país. 

Se le volvió á llamar en el reinado siguiente y murió cerca de 
Jaroslaf, antes de ver á su patria/donde le esperaban nuevos ho- 
nores. 

En el reinado de Pedro I la Siberia fué dotada de un gran número 
de habitantes. 

Después de la sublevación de los Strelitz, obligados á rendir la$ 
armas y á demandar. clemencia, Pedro I fué para ellos su juez y 
verdugo al mismo tiempo. 

Rodeado de toda su corte, él mismo echó por tierra (as cabezas de 
sus subditos revolucionados; sus cortesanos le imitaron; y á duras pe- 
nas los estranjeros adictos al Czar, como Lefort y el barón de Blum- 
berg, obtuvieron la gracia de no hacer un triste p*ptl ea esta san- 



Digitized by 



Google 



grienta tragedia; pero entre tito* se dtelingue Ifenüclrikoff por su 
embrea y aelmdad. 

Los culpables de edad mas avanzada fueron enviados á Siberia de*> 
pues de haberles corlado la nariz y las orejas. 

La muerte de su hijo Alejo, á quien él hizo condenar, fué para Pe- 
dro I un nuevo pretesio de ejecuciones y de ameles deportaciones. 

Los mas célebres proscriptos que en tiempo de su poder hablan 
aviado á safe enemigos á las profundas cavernas de la Siberia, no 
lardaron en unirse con ellos. 

El primero fué Menlschikoff, primer ministro bajo el reinado dé Ca- 
talina y regentó del reino á su fallecimiento dorante la menor edad 
de Pedro II. 

Hizo imponer el castigo del knout á sb cufiado y arto continuo le 
envió á Siberia. 

Una intriga palaciega le derribó. 

Primeramente se le despojó de todos sus empleos; no se respetó m 
inmensa fortuna, fruto de sus exigencias ; se le asignó como estancia 
una ciudad del imperio fondada por él ; y partió sofiando con larri- 
Mes venganzas y confiado de volver muy presto. 

k algunas leguas de San Petersburgo, una cuadrilla de gente ar- 
mada le rodeó ; se le comunicó una orden del Czar ; le quitaron sus 
condecoraciones; continuó su viaje; en Jucr recibió nuevas órdenes 
mas rigurosas ano que la primera ; le hicieron bajar de su cocho y 
te ordenaron que entrase en el lugar de su destierro en una misera- 
ble carreta. 

Además de cuanto queda dicho, se le formó un proceso. 

Declarado culpable por cobrar derechos injustos y obrar tiránica* 
mente, se le despojó de todos sus bienes y se le condenó á un destierro 
perpetuo, bajo el dima de Berezof, uno de los mas crueles de la Siberia. 

Su esposa y sus hijos, qué dividieron su suerte con él, aumentaron 
•a suplicio, con la vista de sus padecimientos. 

Su inocente esposa á fuerza de llorar, se quedó ciega y murió po- 
co después. 

Sin duda alguna, Menlschikoff habia merecido este cruel castigo, 
pero el valor que ostentaba en su desgracia le enalteció & los ojos de 
ledo el mondo. 

TOMO II. 1 



Digitized by 



Google 



u nmom 

Sufrió[sin qiejarse y mudó edificar á duras penas, coa las econo- 
mías hechas de la pensión que le babian asignado, una iglesia en la 
cual trabajaba él mismo. 

Murió en su prisión en 1729. 

La familia del favorito que le babia reemplazado cerca de Pedro II, 
sufrió á su vez en el reinado siguiente de Ana I v ano v na las mismas 
desgracias. 

Pertenecía á los Dolgorouki, quienes pagaron cruelmente el abuso 
que babian hecho de su pasagero poder. 

Durante nueve afios permanecieron en la Siberia, sujetos bajo los 
mas duros tratamientos, hasta que llegó un dia en que se les comunicó 
la orden de su perdón. 

Todos abandonaron el país de su destierro, pero fué para espirar 
en los mas horrorosos tormentos. 

En un mismo dia y reunidos también en un mismo cadalso, padre, 
tío, hijo y sobrino fueron enrodados vivos, en presencia los unos de 
los otros. 

Biron, duque de Curlandia, había sido el favorito de Ana. 

Al fallecimiento de esta princesa, que dejaba por heredero de su 
corona á Juan VI, á la sacón casi recien nacido, el orgulloso duque, 
siguiendo el ejemplo de Menlschikoff, llegó á ser regente ; se entregó 
como-él á toda clase de locuras autorizadas con su atrevido poder, y 
rodó por tierra igualmente como él. 

£1 célebre general Munich á quien él habia rehusado dar el Ululo 
de generalísimo de las tropas de mar y tierra, obtuvo la orden de 
prenderle y le envió á Siberia á una prisión edificada espresamenle 
para él, y de la cual quiso hacer el mismo Munich el plano. 

El poder de este último fué muy corlo, y cuando Isabel subió al 
trono, á consecuencia de la conspiración de que vamos á hablar, fué 
condenado con otros personajes importantes á ser enrodado vivo. 

Conducidos al pié del cadalso, estos desgraciados no esperaban 
mas que la muerte, cuando una orden de la Czarina (1) vino á per- 
mutar la pena en un destierro perpetuo en la Siberia. 



(I) Nombre de la esposa del Czar de Moscovia, soberano de la Rusia; ó de la prince- 
sa, que es soberana por sí. 



Digitized by 



Google 



m nmopA. n 

Eb el mismo ilutante, Bifon consigue ser conducido á una forta- 
faa donde su cautiverio debía aer menos riguroso. 

Munich fui quien le reemplazó en la Siberia y en la prisión que el 
odio bacía sa enemigo habia hecho edificar; pero la casualidad quiso, 
según diceo, que en el mismo instante en que uno salia de la prisión 
el otro era conducido á ella. 

Los dos rífales se encontraron fraile k frente en el estrecho cami* 
no que recorrían. 

Había entonces en la corle de Rusia un hombre que, sin ser no- 
ble, había goxado de buena Cuna y reputación en el reinado de Pe- 
*Ȓ. 

ErmLestocq, ó Joan Hermán Estocq. 

Habia nacido en Hanover, descendiente de una familia francesa, y 
se había refugiado en Rusia k causa de un proceso. 

Dolado de un carkler poco constante, y aventurero, habia ido 
á la edad de diez y seis afios k probar fortuna en Rusia. 

Llegó á ser el cirujano de Pedro I; después, por uno de esos cam- 
bios tan repentinos que se veían entre esos dueños y sefores, cayó de 
la gracia del soberano y fué desterrado k Kasan. 

En 1715, Catalina le bbo venir y le colocó al lado de Isabel, hija 
de Pedro I, co clase de cirujano. 

Logró ftcilmente la confian» de una mujer aturdida como ól y 
pedíante en sus caprichos; pero indolente para todo lo que no era 
placer, y de uoas costumbres y una vida licenciosa que estaban lejos 
éaoe poderse tachar. 

Despertando la ambicien de la princesa, la hiao entrar en una cons- 
piración, cuyo fin era colocarla en el trono en el lugar que ocupaba 
teanVl. 

Los numerosos ejemplos en la historia de este país y los triunfos 
obtenidos en veinte conspiraciones semejantes, la animaron á ello; 
pero las medidas estaban tomadas con tan poco ügilo, que todos les 
miembros de la familia imperial sabían la existencia de la trama. 

Isabel habia hecho participes de ella á sus amantes y k sus amigos. 

Acto cooiínuo la emperatriz regente biio llamar á Isabel y la pidió 
«aplicaciones sobre los rumores que circulaban. 

Esta, como verdadera bija de Pedro I, recobró su valor en una sh 



Digitized by 



Google 



« NUNOMES 

tuacioa tan peligrosa» y cuando ia emperatriz acabó de hablar, la 
dijo: 

—Basta, señora ¡Esas son calumnias que ofenden mi fideli- 
dad hacia el emperador!... ¿No basta que mis enemigos. manchen mi 
reputación y me imputen toda clase de desórdenes que pueden des- 
honrar á una mujer?... Sin embargo ved, sqfiora, si no soy yo la 

mas inconsecuente! la mas frivola de todas las mujeres de este reino... 

¿En qué paso mi vida? Amo el lujo, la ostentación, las reuniones 

ruidosas soy rica, no sé ni una palabra de los secretos del esta- 
do.,... y los que me rodean tratan de acomodarse al buen humar de 
que disfruto. 

— Ese cirujano francés,— repuso la emperatriz, —ese Lestocq que 
os sitia con sus consejos ¿no es vuestra instructor y de quien os va- 
léis, por pura necesidad, para aprender el camino que conduce al 
trono? 

— {Infeliz!... ¿Lestocq?... ¡Pobre hombre!... — la dijo Isabel apa* 
reatando sorpresa.— ¡El, que no se ocupa mas que en hacerme traer 

de Francia nuevos aderezos y en arreglar mis viajes y paseos!... 

i ¡Lestocq!!. . Muy bien, señora.... Yed hasta donde llega el rencor 
de mis enemigos... Porque ese fiel servidor me distrae, porque satis- 
face todos mis caprichos, porque le amo, en fin... ¡quieren alejarte de 
mi lado!... Sea... es un sacrificio que me imponen... pues bien, seño- 
ra... se lo haré á V. M. 

Isabel fingió esta declaración con tanto talento y tanta naturalidad, 
apoyó lo que decía con una sonrisa tan seductora, con lágrimas tan 
elocuentes, que la emperatriz se retiró convencida y respondió á sus 
cGftfqjeros: 

—Isabel jamás ha conspirado» no piensa mas que en divertirse... 
En cuanto á Lestocq, es un juguete en manos de su dama. 

Isabel acaso se tranquilizaría al salir airosa de su empresa ; pero 
o» le sucedió lo mismo á Lestocq. 

Semeja o los caracteres son de una vivacidad indecible y tratan de 
someterse por mil medios á un régimen de vida que anticipadameate 
se han trazado. 

—Será muy posible,— decía Lestocq,— que la desconfianza de la 
emperatriz se encuentre adormecida; pero mi prudencia me hace ve- 



Digitized by 



Google 



1* 

Ur üu conspirador sospechoso está descubierto á medias w... y 

pees qae en este momento Dada sospechan de mí, en este mismo ios»* 
tule es cosido conviene trabajar. 

Acto continuo tóela á casa de Isabel, y la encuentra ocupad* en 
las preparativos da una mteta fiesta, completamente satisfecha del 
resaltado de sn entreviste con la emperatrix. 

Al verle, se sonrió y tendiéndaiela mano le dijo: 

— Lestocq, boy be saltado todo cnanto poeeeis; asi* pues, reme 
«Are nosotros la mas completa alegría. 

— Sefora,— la dijo el confidente,— tos no habéis saltada cosa al» 
§am atselutamcate nada... Creéis qiene se traíame» que de perder 
wk (nao y tenéis bastante fileeofia pm resignares á ello; per* mi fr» 
leaofia no llega hasta poder hacer frente á las consecuencias de taee~ 
Isa mdiecrecfcn.., Sí han sospechado de toa, á mi me juigarán; si 
tea babsis sido reprendida, yo aeró condenado; y en fia, si vos 
sais desterrada, yo seré qnemado tito. 

babel trocé a* sonrisa en naa alegre carcajada* 

- A fiiss graeiea,— dijo ella,— «o ha sido nada... y podeam ti* 
tir tranquilos. 

— Oirídsñs om cea*, salera. No selameale habéis hablado, sino 
qae habaia escrito; no solamente hatais sido denunciada, sino que 
seréis cantidad confesa. Vamos, sefiora, ea preciso qie hoy jogue- 
meed todo per el todo. * 

— iQué decís!... ¿Aun no se ha terminado este asunto? 
—Abara empipia ..escuchadme. Os han acusado, y toa, sefiora, 

bonreis; pero yo sé lo qne me aguarda. Por eso quiero que dividáis 
conmigo lo que me depare mi buena ó mi mala estrella... De noso- 
tros des es la tras*, para noaotvos dos serán sus resultados. Ahora, 
aeOora, como tentadero nigromántico os haré w loa destines que * 
m* están reservadas. 
Tomé una pluma y traaé 4 un lado una corona, y en otro «aa 



— Eseoged— la « 

—¿Qné queras derir?— te contestó Isabel, (toa de al.— |Un tro- 
■oy nasupliciel... 
—SI, salera... esta noche, si qnoreie, oaeínaaao tai 



Digitized by 



Google 



14 PMSIOftKS 

bir á ubo... Mañana, sí no queréis seguir mis consejos, subiremos 
los dos al otro. 

Isabel miró fijamente al hombre que se alrevia á hablarla asi. 

—Es irrevocable...— dijo Les loe q. 

Entonces, la joven hija de Pedro el Grande prescindió de su in- 
dolencia y montó á caballo. 

Lestocq habia trazado de antemano el plan completo de la insur- 
rección y trataba de trocar en una hora la suerte del imperio. 

Isabel se dirige acto continuo al cuartel del regimiento de Preo- 
brangenski, defensor de su causa. 

Arenga á los soldados y se dirigen sin titubear ni un solo instante 
hacia el palacio, habitado por el regente, por su esposa y el joven 
emperador. 

Los dos primeros fueron hechos prisioneros; inmediatamente la 
ciudad se rinde; se entrega á discreción, y las principales posiciones 
se ven ocupadas por las tropas. 

En efecto, Isabel es emperatriz; pero no le falta mas que la con- 
sagración hereditaria de esta usurpación que nadie ha tenido tiempo 
de prever. 

Pero para que herede el trono es preciso que el emperador haya 
muerto; y el emperador, de edad de quince meses, duerme tranqui- 
lamente en su cuna de púrpura. 

Isabel penetra en la regia estancia, y descorre las colgaduras de 
la cama. 

Su arrugado entrecejo revela la preocupación de esa feroz ambi- 
ción; fiebre, cuyos accesos ciegan y enloquecen. 

Detrás de La usurpadora se presentan, con -espada desnuda, ó con 
puñal en mano, aquellos fieles caballeros que han derribado el trono 
en el espacio de algunos minutos. 

Gomo Isabel, también los caballeros miran al niño, y le rodean, 
dispuestos ¿ degollarle á la mas mioima señal. 

Isabel, inmóvil ante él, duda; y el regio niño, á quien habían acos- 
tumbrado á hacerse besar la mano, la presenta sonriéndose & su ene- 
miga, quien se encuentra desarmada con semejante manifestación y 
le concede la vida. 

Aunque condenado i un encierro perpetuo, le estaba reservada á 



Digitized by 



Google 



MOMIA. IS 

erta cri a tur a ana maerte, dm horrorosa aun que ia que debió sufrir 
es n bis tierna edad. 

Bb 1141, foé cuando Isabel subió al trono» conquistado por la an- 
dada de Leslocq. 

Dno de sus primeros actos fué declarar que durante su reinado na* 
die aería sentenciado á la pena de muerte; pero la Siberia existía co- 
no siempre, y muy en breve Lestocq debía apercibirse de ello, aun- 
que antea que él, una tentativa de conspiración facilitó á los rusos la 
aoasioa de saber lo que significaban la declaración de Isabel y su 
pretendida clemencia. 

A los conspiradores de dicha trama que fueron descubiertos, se 
las sentenció á recibir el knout, á cortarles la lengua y á ser tras- 
portados ¿ Siberia. 

Entre ellos se encontraba una mujer, célebre por su bollen, cuyo 
titulo y nombre eran la princesa Laponkin. 

Isabel, celosa de la hermosura de esa mujer, la hizo tratar coq 
■«cha mas crueldad que al resto de los conspiradores. 

A esa desgraciada que basta entonces había pasado toda su vida 
m el lajo y la ostentación, y qae solo de esto se ocupaba, la sorpren- 
den ca so palacio, y laxonduceo á la plaza de las ejecuciones. 

Alti, en presencia del inmenso geolio que la rodeaba, la hicieron 
pedazos su vestido; la descubrieron el pecho; uno de los verdugos la 
cogió violentamente por los brazos; se la echó á su espalda; la volvió 
hacia atrás; se inclinó y espuso su pesada y triste carga á los golpes 
de otro verdugo. 

Este se adelanta, armado con un látigo de largas y anchas correas 
de cuero, cuyas eetre*idades babian sido empapadas en leche y vuel- 
tas 4 secar para que fuesen mas cortantes. 

Azota sin piedad, desde el cuello hasta la cintura, el delicado cuer- 
po de la desgraciada que en breve no era otra cosa sino un calado de 
girones ensangrentados. 

Termibada esta fatal ceremonia, se la arrancó la lengua y se la en- 
vióáSibcria. 

Sin «barga, Isabel se había mostrado mu compasiva que sus 
predecesores, porque había suprimido el suplicio de la rueda, el 
da la barra da hierro por loe lujares, el de ser enganchado por 



Digitized by 



Google 



16 IWB10MS 

ladcostittab, y también el de enterrar vivas i I» mujeres bomicF» 
das. 

Lestoeq, per su ligereza en tratar los negocies y por la importancia 
que supo conquistarse, se creó muy en breve peligrosos enemigos en 
la corte. 

El mayor de todos y el mas poderoso fué Besfuchef, primer minis- 
tro, que poseía entonces toda la confianza de la emperatriz. 

Bestacfaef hizo condenar á Lestocq por haber aceptado, con anuen- 
cia de Isabel, ona cantidad de manos de un estranjero muy rico, que 
había ayudado á colocar la corona en la cabeza de la emperatriz. 

Ante bus jueces Lestocq mostró firmeza, ánimo y orgullo. 

Eligiéndole Bestuchef qae apreciase el valor de aquella sama: 

—No lo sé,— le contestó sonriéndose á medias;— io be olvidado, 
pero podéis preguntárselo á la emperatriz. 

Su esposa y él perdieron lodos sos bienes y fueron enviados á Si- 
baria. 

Isabel le libró de la pena del knottt. 

El marido y la esposa fueron encerrados en diferentes sitios, negán- 
doles al mismo tiempo el permiso de podarse escribir mutuamente. 

Se les asignaron doce libras cada dia para su manutención; pero el 
ofioial, encargado de vigilarles, no les entregaba cantidad ninguna, y 
por consiguiente, los dejaba espuestos á ana miseria desastrosa. 

La habitación de Mad. Lestocq consistía en un solo cuarto adorna- 
do con algunas sillas, ana mesa, una estafa y una cama sin cortina- 
jes, compuesta de un jergón y de una manta. 

Las sábanas de su desgraciado lecho no sé mudaron dos veces en 
el espacio de un alio, y estaba vigilada por cuatro soldados que dor- 
mían en su mismo aposento. 

Esta desgraciada, despojada de cuanto poseía, procedente de una 
familia distinguida de Livonfe y antigua dama de honor de la empera- 
triz, se veia obligada á solicitar que los soldados jugasen con ella á los 
naipes, con la sola esperanza de poder ganar algunos sueldos. 

Un dia, á consecuencia de las reconvenciones algo duras quizás 
que dirigió al primer oficial déla guardia, este infame se acercó á 
ella y la escupió en el rostro. 

Entre tanto, Lestocq se paseaba de calaboto en calabozo. 



Digitized by 



Google 



11 
PvtMme, Us éee esposos cemigtieren alar r^^ 



fim estaona especie de fortaleaa, y de ella un peqoeflo jardín y 
uías habitaciones fueron puestas i disposición de aquellos. 
Mad. Leetocq era la qoe Iraia el agua, amasaba el pan, hacia la 
vw y lavaba b rapa. 
El des ti er ro de ambos doré catorce alies. 
Fedvo m, el desgraciado esposo de Catalina II, les hiio vdver á 
m M a nb orgo, é inmediatamente entró Lestooq en posesión de sos 
y de sa palacio; pero sos muebles y sus alhajas hablan sido 
i de sos enemigos, quienes, dividiéndoselos entre sí, hablan ador- 
i ellas sos estancias. 
A «ata época era ya septuagenario, y con el traje de Mougilt (1), 
ea decir, eaMerto oen ana piel de carnero, el infeliz anciano volvió á 
vnr ta ciudad en que había dispuesto de una corona. 

Aagidec* la corle por Pedro III, hablaba libremente de sn desfor- 
ra y de loe malea qie habia sufrido en él. 
Advirtiéronle los amigos so imprudencia y el peligro 4 que estaba 
; pero m hito caso alguno. 

obtenido ya del emperador una pensión de 7000 roblos (I), 
► oí dta, quejándose de haber sido despojado de sus alhajas y 
de sos mo'Mes, y demostrando sumo disgusto al ver á los raptores 
orgollosamenle sos despojos á su vista, le dijo Pedro III 



—Pues bien ee autorizo para llevaros todo lo que reconozcas 

fM pwde haberes pertenecido, en cualquiera parte donde lo encon- 
tréis, aooqoe aea en mi palacio. 

Léele rq tomé per le serie este permiso» y mas de una vez se le 
vié en les palacios de les noMes seQalar como suyos muebles y cua- 
dres, y bacerias llevará socase, á pesar de las reclamaciones de sos 

Balodié logará varios escándelos; pero con ellos Lestocq dlver- 
tiaeq alto grado á so soberano y seSor Pedro III. 
A oe— tenencia del relato de una de estas aventuras, el anciano se 



i Labrador, aldeano, lugareAo, hombre del campo. 

Si ralor de cada rtiWo <* de 18 reates vellón. 



u 



Digitized by 



Google 



ii rwtotm 

aprave<A<Mel bnep bflflwde sp duelo, y recordando ow habilidad 
la costumbre que habia adquirido de hablar de todas las cosas ow 
una libertad que se estragaba en la corte, aüadió con voz conmo- 
vida: 

—Mis enemigas no dejarán de aprovecharse de la mas mínima 
ocasión para enemistarme con V. M. ; pero yo espero que dejareis 
chochear y morir tranquilamente 4 un anciano á quien no le quedan 
ya mas quo algunos dias de vida. 

£n efecto, Leslocq, que há^a lo» últimos, dias de su vida había 
cesado de frecuentar la corle, murió en su lecho en 1767, diciendo: 

— j Morir es muy fácil.. . cuando se ha vivido en Siberia 1 . . . 

Uno de los primeros actos del reinado de Pedro III que sucedió 
en 1761 á su lia Isabel, fué perdonar á los desterrados á Siberia; 
es decir, á los personajes, influyentes por su importancia y naci- 
miento. 

Entre (filos se encontraban Munich y Biron, esos implacables riva- 
les eu quienes ni la edad ni la desgrana habían podido estinguirci 
odio mutuo que se profesaban» 

La primera vez que volvieron á verse después de un largo cauti- 
verio, no fué copo en otro tiempo á las puertas de una prisión, sino 
en medio de la corte, en los salones llenos de cortesanos, y en pre- 
sencia del emperador. 

Este los llamó y quiso que bebiesen juntos. 

Trajeron tres vasos. 

Pedro topó uno; hizo una señal & los dos ancianos para que le 
imitasen, y obedecieron sin hablar, fijos sus ojos en los de su dueño y 
sefior. 

JJu esta instante, m acercó una persona al emperador y te habló al 
oído; Pedro III, distraído por esta interrupción, se dio prisa el apu- 
rar sn vaso y salió precipitadamente para dar una orden. 

Los dos rivales quedaron inmóviles y mudos en presencia el uno 
del) otro ; y por un movimiento espontáneo, dirigieron sn vista hacia 
la puerta por la cual habia desaparecido el emperador. 

algunos instantes después, un mismo pensamiento les convenció de 
que Pedro III los habia echado en olvido; y entonces, dirigiendo su 
vista con fiereza el uno sobre el otro , se cruzaron sus miradas con 



Digitized by_ 



Google 



di mor*. 19 

de odie y de amenaza, dejando los vasos fíenos y vol- 
viéndose las espaldas. 

También había vuelto con elfos la desgraciada princesa Laponkin, 
deopaes de 00 cautiverio de diez y ocho años ; y aunque se conser- 
vaba hermosa, no hizo mas que aparecer en Va corte, porque citando 
qaería tartamudear afanas palabras, recordaba et horrible suplicio 
imp o e rto por Isabel. 

Solo bajo secreto y con macho misterio, estos desgraciados podían 
caabr á aquellos de sos amigos que vívian aun, lo que habían sufri- 
do ca la Siberia. 

Oto de ellos, Golovkin, que habla gozado en el reinado preceden- ¡ 
le de cierto favor instantáneo, había sido trasportado con sa esposa ' 
á la eslremidad asiática del imperio, y encerrados en un calabozo ba- 
jo la vigilancia de na carcelero, que tenia orden de no perderlos de 



B pesar mató á so esposa en sus brazos, y mostrándole el cadá- 
ver al carcelero, este le respondió : ' 
órdenes qoe tengo son de no dejar entrar ni salir nada, ni á ' 



Daraata algunos meses,. el cadáver permaneció con et prisionero r 
ea el ensoto calabozo, hasta que llegó la orden de San Pefersburgo 
para qoe se sacase de allí y se le dieae sepultara. 

, ahora hemos visto que el destierro en Siberia era la cense- 
continua y natural del favor y del crédito. 
■abo aa hombre, para quien ese destierro llegó á ser un maftan- 
fial de fortuna. ' 

K*e hombre era Gregorio Orloff, gefe de esa familia tan célebre 
por aa elevado raogo y por sos crímenes, y nieto de un oscuro sóida* 
áadelosStrelitz. 

Edecán del gran maestre de artillería, Gregorio Orloff había sabi - ' 
do granjearse la voluntad de la princesa Konrakin, dama de aquél. 
Loa amaates fueron engallados alevosamente y Orloff sentenciado 
á ir a Siberia á ret eaionar sobre las consecuencias de su Hielte;* 1 
lo al reíala de esta aventara llegó á oídos de la emperatriz Ca- 
li, quien se creyó vencedera y se vanagloriaba por haberle 
paitado eoe amale i la hermosa Konrakin. 



Digitized by 



Google 



Qrloff tenia cuatro hermanos, y todos cuatro eran aei d ad + e co* 
moól. 

De acuerdo con Catalina, conspiraron contra k vida de Pedro 111, 
y como todo el mundo sabe, Alejo Orloff, uno de los hermanos, y otro 
sugeto llamado Feplof, fueron los que asesinaron al desgraciado prín- 
cipe, seis dias después de haber abdicado. 

Con este famoso crimen, dio principio el reinado de fea inolvidable 
Catalina II. 

Inmediatamente después de subir al trono, anulé el edicto dado por 
Isabel, en que prohibía la aplicación de la pena de muerte. En los 
primeros afies de su reinado tuyo que contener diversas conspira- 
ciones, cuyos principales autores fueron enviados h Siberia; y si- 
guiendo el uso ordinario en esta corte, se afiatjió al número de ellos 
los que habían tenido parte en la elevación de la emperatriz ai trono. 

Después que ella misma habia conquistado el poder por medio de 
una conspiración y de un asesinato, le irritaban en estonio las ma- 
quinaciones trama las contra ella, y puso en juego para ¡«pedirlo 
lqs medios mas odiosos de tiranta. 

En esta misma época, cuando el imperio se encontraba bajo 4} 
terror de espías civiles y militares, cuando el secreto de las cartas era 
violado, cuatdo la correspondencia de las potencias extranjeras no-se 
respetaba; en una palabra, cuando se practicaba todo aquello que la 
desconfianza de una mujer recelosa, oscilada por los numerases fa- 
voritos que se sucedían rápidamente, puede imaginar de deshonroso 
para sus vasallos, Catalina blasonaba en apariencia de los principios 
de libertad y filosofía. 

Pensionó á los sabios y & los escritores; compró la biblioteca de 
Diderot y la hizo venir á su corte; tuvo correspondencia con Voltaire 
y le propuso & Alembert que viniese k continuar en su capital la im- 
presión de la Enciclopedia, paralizada en París por la censura de la 
Sorben*. 

J5n los desiertos de la Siberia y en el interior de sus minas pere- 
cían muchos desgraciados, que no solo ignoraban el crimen que no 
habían cometido, sino también el protesto dado á su destierro; pero 
el nombre de la emperatriz figuraba en primera linea ea las lisias 
de suscríciones abiertas en¿f*vor <d# los Calas y de los Sirven. 



Digitized by 



Google 



9KHMTA. « 

partkariar i Votteire pasa esta frase sentimental, que, 
> ascrili por n mano y dicha por si boca, no era mas que una 
odiosa y repugnante. 

! dar áMpréjmo «a poeo de lo que $e tiene én dema+ 
oim; mmtmi ie temar ftifiíurss, siendo obelado del género fiemume f 
defensor de te taonnrio oprimid*. 

*, algunas too* loo instintos de generosidad abrían 



Di jaren oficial llamado Tschoglokoff, pariente del difunto Ciar, 
hatea intentado asrunaria; oontoa t óos con desterrarte 4 Siberia, y 
m tarde admitió entre ios damas de honor á la hija de aquel ofr> 
mol. 
Mateo asuntas de Poloaia,d<l)tspo de ftacov*^ 

faenm enriados por seis ales 4 Siberia, por haker fal$** 
condmcUÁlo djfmdad de te Csarina. 
peraoe, no habían sido del ansa* parecer respecto 4 la 



b época anterior habían aparecido sucesivamente algunos inlrt- 
gaalea, que dándose el nombre de Demetrias , quisieron baooree *pa- 
sar por arte infortunado príncipe. 
Ana viviendo Catalina, un aimpteoosaeo so biso pasar por ot ées~ 
> Pedro ID, y obtuvo grandes triunfos puesto á la cubeta 4o* 
do Jaik, que se habían subiendo, 
td Jeurika Pugatacheff, qaa así se Domaba, reunió bqo 
• un numeroso ejército, al cual se agregaren también algu- 
nas desgraciadas do las minas, y por momentos taa solo hko ten»* 
btar 4 Catalina en so regio asiento, 
flabia bocho acolar monedas con su busto, donde se Man calas 



Pedro lU, mpmvhr 4$ todos tes Jimias. 

T ea el rofeno esta inacripoteo: 

BedmiomMnUor. 

Desde 1713 basta 1775 représenle si papel con bastante doúto; 
pero vencido en una batalla decisiva, la traición de Iros da sos te* 
átenles lo entregó á la emperatriz 

Fué conducido á Moscón en una jaula de hierro; sentenciado 4 cor. 



Digitized by 



Google 



u nmom 

Finalmente, unta tradtooion de Peffendorf sufrió correcciones y 
supreeionéf, que el atóme Pedro el Grande en otro tiempo encon- 
traba injustas y ridiculas; y el autor de este estúpido rigor era 
la majar que sentaba cono principio de administración esta má- 
xima: 

Vwir, y dejar ucribir. 

Ya hemos citado mas arriba el ejemplo del poeta, castigado por 
augurar demasiado bien de los sentimientos del emperador Nicolás; 
pero ved aquí, sin embargo, un ejemplo mas atroz de despotismo, 
dado por Pablo I, padre de ese mismo Nicolás. 

La elevación de Pablo al trono dio principio con notables mejoras 
y coa sabias y acertadas medidas; aunque á las buenas intenciones 
realizadas ya por el emperador » el agradecimiento público tuvo per 
conveniente añadir otras. 

Se esparció el rumor por la ciudad de que el gobierno pensaba en 
fin en mqjorar la suerte de los aldeanos; pero este proyecto, que se 
habia tratado de realizar en tiempo de Catalina, babia quedado sin 
ejecución, como otros muchos. 

Se deoia tambto que iba á publicarse un ücase (1) , poniendo tér- 
mino al poder ilimitado de los dueños y señores contra los siervos y 
esclavos. 

Un joven oficial, que en su entusiasmo se babia constituido prego- 
nero activo de esta noticia, fué preso de repente. 

Por este hecho fué condenado á muerte por el senado de San Pe- 
tereborgu; y este desgraciado debtó sufrir primero la degradación; 
en seguida el knout; y por áltimo fué sentenciado para toda su vida 
á tas trabajos forzados de las minas, en caso de que sobreviviese al 
suplicio del knout 

-El fallo fué contornado por Pablo I. 

Esta fué la primera sentencia, á la cual se dio la publicidad de 
un Uease,~y les rusos debían darse con ella por advertidos. 

Desde este momento, Pablo I se entregó á toda clase de exagera- 
ciones, hgas de una imaginación capricho» y estrafagante como la 
suya. 

(1) Edicto expedido por etaobéttAo d* Au»¡«. 



Digitized by 



Google 



temo*. u 

teaesotigoe ia^miste* se eecedtaa 4 la» wxmwm* m mu- 
yo; y *i breve do bobo nadie en el imperio qoe se creywe safare 
da su tranquilidad y condición. 

Cm s t ion eo meramente da etiqueta cementada* par días» fueron las 
causas da castigos los «as atracas* 

Doce pdooeses, por haber fallado al respeto y á laf&Udadjwvda 
i 5. ií. moscovita; es decir, por no babor sido pródigas en sas sa- 
ladas, fueron sentenciados ¿ perder la nariz y las orejas y á pasar el 
reste de sos días en lo iolarior de la Siberia. 

Algún tiempo antes, babiase visto á Pablo l reunir oon cierta gr* 
vedad an consejo de caballerizos en las cabaUeriías mismas da su pa- 
lada y hacer qm ellas ufemos sentenciasen* na caballo fcquere- 
ri'aasa eaareaU golpes de oanito, por d crimen de baber tropeada 
can ¿i. 

Bqje d reinado de so sueeaer Alejandro, se hirieron algunas ten- 
lalivts para mejorar lasnerle de los siervos; pero en breve fueron 
afcandMudat, poique las guairas con Napoleón y con la Francia ocu- 
paban la atención dd emperador. 

En esto retando haba algunos destérralos i Siberia; pera no se *ió 
ya, cama en el siglo anterior, ese gran número de personaos impera 
Untes que pasaban iamadjaiamsnte dd rango mas elevado y gotande 
degraa favor en la corte, i las mas miserables condiciones y sujetos 
4 sufrir todos los tormentos dd destierro. 

Sin earimrgo, aon hubo a'gonos, y entre dios une de loa ministros 
deAk)iadr»,qne, sdiendo del gabinete dd emperador, quien le habia 
hablada con singular afabilidad, fué sorprendida por un Feidjoger (1), 
*b*, oía dejarte entrar en sn pelacia, te candujo en detectara á Si- 
beria. 

Edrak» ¡afd¡ase que durunte cate veiimdofMfM aententiedtt 4 
mm destierro, bobo ua gran n Amere de poloneses. 

Le estaba reservado al emperador Nicolás inaugurar su reinado 
om esta dase de ejecuciones, cuyas vfetiau* viven hoy dia eo el in- 
terior da ta Siberia. 

A U muerta dd emperador Alejandro, Nicolás subid al trono, i 



tu 



Digitized by 



Google 



consecuencia de la abdicación hecha por m hermano el gran duque 
Constantino. 

Estalló una violenta revolución. 

También era una especie de motín de cuartel, semejante á los que 
en el siglo precedente se habían visto varías veces coronados del mas 
completo éxito. 
* Eeta vez el resultado fué muy distinto. 

Al recibir la noticia de la revolución, el nuevo emperador y su es- 
posa bajaron á la capilla; y allí, solos y en presencia de Dios, se ju- 
raron el uno al otro morir como soberanos, en caso de no quedar co- 
mo dueOos y señores de la revolución. 

Acto continuo levantóse el emperador; abrazó á su esposa; hizo la 
teflal de la cruz y se presentó en medio de la plaza, frente ¿ frente de 
los regimientos revolucionados. 

A su vista, comenzaron á gritar y entró en las filas el desorden. 

El momento era decisivo. 

Nicolás se dirige sin vacilar á los soldados, intimándoles que vol- 
viesen á sus filas. 

Obedecieron y después, en el instante mismo de pasar revista á los 
regimientos, el príncipe, con ronca voz y centelleantes ojos, les dijo á 
los revolucionados, medio vencidos ya con sus miradas: 

—»f De rodillas! 

Todos doblaron su cerviz y sus rodillas. < 

El motin había terminado. 

Los jefes que se hallaban ocultos no se atrevieron á presentarse y 
los soldados se dejaron diezmar. 

Nicolás volvió al lado de la emperatriz; y á su vista, esta mujer, 
que no esperaba verle mas, le abrazó sin proferir una palabra. 

Entonces, el emperador ¿ su vez se sintió desfallecer; su valor pa- 
recía abandonarle y cayó en brazos de uno de sus servidores, lucién- 
dole: 

—{Qué principio de reinado! 

La emperatriz, á consecuencia de esta terrible escena, adquirió, co*- 
mo recuerdo de ella, un temblor nervioso en la cabeza, el cual le du- 
ró siempre hasta la hora de su muerte. 

La emperatriz Alejandra Foedorowna, esposa de Nicolás y madre 



Digitized by 



Google 



ti 

4H emperador actual de (odas la* Rusia*, fattecid en Ni», ciudad 
marítima del Piamonte, el año de 1860. 

Cátodo Nicolás paso término al molió de qué acabamos de hablar, 
Haróroo los castigos. 

El deslierro de la Stberia se encargó de castigar 4 los soldados, y 
las mas culpables fueron ahorcados iomediatameftte. 

El principe Froubelzkvi, joven aua y ano de los jefes de la trama, 
que, Tiéndela frustrada, babia Tenido á toda prisa al oslado mayor á 
prestar juramento al noevo emperador, se sintió desfallecerán varias 
anéaum; se refugié inmediatamente eo el palacio del ministro d? 
¿a*<ria 9 donde el conde de Nesselrode le bizo reclamar por orden del 
aa^erator; fué condenado á pasar catorce artos en los Irabajos forza- 
das del interior de las minas del Oural, y el resto de su vida en una 
de laa catatas de la Siberia, poblada por malhechores. 

Su esposa, hija de una tamba muy distinguida, consiguió 4 fuera* 
de súplicas ir con el principe 4 las minas de Siberia. 

Por último, los dos esposos se pusieron en camino. 

}SI simple viaje es un suplicio, en el cual sucumbe mas de un 
•enlaciado! 

Las sen torneados, bajo la vigilancia de un Feldjmger, son traspor- 
tados en una Telegn (1). 

Asi, caminando con la rapidez del relámpago sobre rodillos 6 Ira- 
«úsalos de madera, siendo el piso en doode giran dichas travesados 
lúa mieaeos caminos durante una travesía de centenares de leguas, no 
tíaua nadada estraio que mas de una vez se hagan pedaios por los 
Iraqpees que reciben. 

(Juzgúese del estado de los viajeros en ese clima helado y en se- 
mejante travesia! 

Finalmente, llegaron ambos y descendieron 4 su tumba. 

La esposa fué constante hasta el fin en tan sublime sacrificio. 

En San Petersburgo, en su palacio, eo medio de los goces que 
la riqueza, loa dos esposos habían vivido fríamente y sip 



La desgracia ooasigutó reñirlo*. 

4. ühcíh ám mueái carro* dtocutotrUi y »io ameUt». 



Digitized by 



Google 



« tnmmmr 

La princesa pasé sus catorce aftas en las minas em so marida 
riviendo como puede vivir na esclavo. 

El noble sentenciado pasaba el día en cavar la tierra en compa- 
ñía de otros desgraciados, cuya vida, lenguaje y costumbres gro- 
seras, eran para los do* esposos otro nuevo so pitá o. 

En esta tumba, la princesa tu vo cinco hijos, es decir, cinco esclavos, 
porque los infelioes sentenciados de las minas no son otra cosa sino 
unidades reunidas bajo un solo número, pertenecientes al emperador. 

Al cabo de siete afios de semejante existencia, creciendo los hijos 
en presencia de este nuevo castigo, que se acrecentaba cada dia 
mas, la desgraciada madre se atrevió á escribir á una persona de 
su familia que vivia en San Petersborgo, para que implorase la cié* 
mencia del emperador, no para ella, si para sus hijos. 

Pedia que le fuese permitido enviarlos & San Pefcrsburgo, ó & 
cualquiera otra ciudad, con el fin de que fuesen edacados convenien- 
temente. 

El emperador Nicolás respondió: 

— Los forzados de galeras y los hijos de Im forzados 4$ gakrw. . . 
saben siempre lo bastante. 

Siete afios so pasaron de nuevo sin reclamación alguna, y la prin- 
cesa cumplió hasta el fin tan admirable sacriOcio. 

El tiempo de tos trabajos forzados había espirado, y entonces co- 
menzó para esta familia un suplicio peor aun que el de las minas. 

Gomo todos los desterrados que se designan bajo el nombre iróni- 
co de Ubres, el principe, con su esposa y sus hijos, fué enviado á ana 
de las estremidades mas remotas del desierto, skgida apresamen- 
te por el mismo emperador, en un eilie cuyo nombre no existe aun 
en los mapas ó cartas geográficas de la Rusia. 

(Esto es lo <f*e se llama en estilo administrativo establecer una co- 
lonia! 

Allf ,á cien leguasdefoda morada, en medio de íes nieves eternas, de 
inmensos Iwsqoes, de pantanos helados; debían construir OMcabafle, 
y buscarse lo necesario para su subsistencia y la de sis «neo hijos. 

Echaban de menos su cavado agujero en lo hrierior de las minas, 
y la admiración grosera y muda, pero sincera al menos, de los seres 
que les rodeaban. 



Digitized by 



Google 



ádmkh como esclavos y sentenciados, podían «spqrar que los 
raegos de la princesa enternecerían el corazón del ¿nuEr*, como Ha- 
w m Rusia 4 su duefto y señor, 

Shk confesárselo mutuamente, los do» esposo* lo aguardaban ; pero 
arrojados en lo interior de la Siberia, es decir, disfrutando de mejor 
satrfe, al valor les faltó y el juate orgullo de la conciencia se estjn* 
guió por completo. 

¡Los hijos estaban enfermos; no tenían ausilip alguno y era preti* 
•o vivir! 

Ramee aran bastantes para que la madre paviafe por segunda 
ues á su familia una carta dirigida al emperador 

En eata carta pedia la vida de sus hijos, y además le dpmaníjal^ 
é peraiiso para podar vivir cerca de anabólica. 

Laprwiaúdad i una de las ciudades que vqjelan bajo e*e auety 
glacial, era un favor que no podía esperar. 

Su embargo, la desgraciada madre, tomando i Dios por testigo 
de su conduela, y dando i conocer su grandeva de alma, terpinab* 
«a misiva do este modo: 

— |Soy muy desgraciada I... y sin embaiyp, si fuese posible vpk 
verio k em pe mr, lo baria aun 

La carta llqgó por fin á su destino. 

una persona de su familia se atrevió á hacer el sacrificio de pi$- 
Miar la caria al emperador. 

Este la lomó, k leyó y dijo: 

—¡Me estrada que se atrevan & hablarme de una frplia, cuyo je* 
fe ha oeaspirado etnfra mil 

Aqoi«¿ fia este drama. 

La familia del oandmado es poderosa, freeuopla los bailes de la 
certa, y mu 4e nao de los miembros de dicha Camilla se pregunta 



—¿Por fué no vuelva la prineasa ¿ San Pelemburgo, puesto que 
Mía no ha sido ¿entongada? 

El desenlace de este drama está en manos de Dios. 

Estos desgraciados existen boy quizás pero no el emperador. 

Para probar la sangre fría que circulaba por las venas de dicho 
emperador y pa s a. dar «aa mues tra de los buauos senümi^ilos de que 



Digitized by 



Google 



«• HtlSIOttBS 

estaba dolado, diremos que cuando Nicolás hizo so viaje á Inglater- 
ra, algunos poloneses fugitivos, de cuyo número está poblada una 
gran parte de los desiertos de la Siberia, ó espían en lo interior de las 
minas la audacia de haber querido ser libres, le vieron (ransilar por 
las calles do Londres ¡riéndose y en completa tranquilidad! 

Bajo el reinado de Pablo I, Kotzeboe fué enviado k Siberia; y lo 
que la razón, la justicia de su causa y sus reclamaciones no pudieron 
obtener, una mala obra de teatro (i), una simple adulación grosera, 
lo consiguió. 

También tuvo lugar á últimos del reinado de este mismo principe 
un gran acontecimiento que llegó á popularizarse en Francia, por me- 
dio de una novela. 

Mad. Coltin (2) narraba el arrojo y sacrificio de una joven, que se 
atrevió á ir á pié á San Petersburgo, á implorar el perdón de su pa- 
dre desterrado á Siberia, y que por último lo consiguió. 

Después de Mad. Gottio, el conde Janier de Mavitre ha hecho de 
esta aventura un relato mas verdadero y no menos interesante. 

El verdadero nombre de esta heroína era Prascovie Loopouloff, hija 
de una familia noble de Ukraine ; su padre establecido en Rusia, 
había servido con valor y heroísmo bajo las órdenes del emperador. 

Se cree que fué deportado á Siberia, á causa de una insubordina- 
ción. 

Y decimos se cree, porque su proceso, lo mismo que la revisión 
que fué hecha después del arrojo y sacrificio de la hija, estaba secre- 
tamente instruido. 

Vivió en Siberia durante unos quince años, en Jschim, ciudad si* 
tuada en las fronteras del gobierno de Tobolsk, percibiendo para vivir 
con su familia diez (copecks (3) diarios, cantidad asignada á los sen- 
tenciados á quienes no se impone además la pena de trabajes públicor. 

Después de haber alcanzado, si no gracia, al menos justicia para so 
padre, la joven Prascovie, que durante su piadoso viaje había hecho 
voto de consagrarse á Dios si tenia buen éxito su empresa, entró en un 



(1) £1 antiguo cochero de Pedro III. 

ft) En su novela, Ululada Itabd. 

(3) El valor da cada kopec*, es ée d mar a* odisea prúilmatteAie. 



Digitized by 



Google 



convento, donde no lardó en morir, & consecuencia de una tisis can- 
eada por las fatigas que había sufrido en su viaje, 

¡El dia de la libertad de su familia fué también el (lia de una sepa- 
radon eterna! 

Estos detalles eran necesarios, porque modifican algnn tanto el de- 
senlace, macho mas satisfactorio, que Mad. Gollin dio i la novela de 
Isabel. 

Hace algunos afios, el hijo de un maestro de escuela llamado Gui- 

bal, fué sorprendido, preso y conducido á Siberia. ¿Por qué? Lo 

ignoraba y no lo pudo saber nunca. 

Vivía en los alrededores de Ourembourg y quiso la casualidad que 
na canción que había compuesto en su destierro cayese en manos 
de un inspector. 

Este se la llevó al gobernador, quien envió á su edecán para que 
se informase del nombre y de la posición del desterrado. 

Gnibal logró interesar en su suerte al edecán de tal modo , que 
cnaado volvió i ver á su jefe, le habló favorablemente acerca del co- 
plero. 

En b¿ ave fué perdonado, y volvió a su casa sin haber conocido el 
motivo de su arresto. 

Para enumerar aun una pequefia parle de prisiones y destierros del 
mismo género, era necesario consagrar varios volúmenes y llenarlos, 
no de hechos ó de detalles, sino de nombres y de fechas; y aun con 
esto no se sabrían sino los casos mas notables, permitida su publi- 
cidad por los emperadores. 

Toda la Rusia no es otra cosa mas que una vasta prisión, donde» 
privados los hombres de toda espontaneidad, viven y mueren bajo el 
yugo de la obediencia absoluta, sin tener la conciencia de la libertad 
qne les falla, como les acontece k los pájaros colocados bajo la má- 
qnina neumática. 

fin Eosia la policio es moda. 

Las minas, las fortalezas y las prisiooes submarinas de Cronstadt, 
están pobladas desde el reinado de Alejaodro y aoo desde mucho an- 
tes por hombres qua no se conocen; cuya detención no tiene causa co- 
nocida; y que por consiguiente, permanecen allí por no haber razón 
alguna para librarlos; pues como dice un ru*o: 



Digitized by 



Google 



It FHSiOffi* 

-—Si se probase que habían hecho mal en prenderlos, eato consta 
tairia ana cuestión de decencia. 

Después del aspecto de semejante horroroso país, ¿qué podrá decir- 
se de la Siberia, es decir, del lugar donde son arrojados esos hombres 
reputados como indignos de la dicha de vivir en el imperio mfemo? 

Los raros ejemplos de algunas sentencias, cayo misterio ha llegada 
hasta nosplros, son los motivos que existen para que se pueda juzgar 
de la suerle á que est&n sometidas millares de victimas olvidadas, 
que cada dia mueren para ser reemplazadas por otras. 

Los escritores rusos ensalzan la buena suerle de algunos senten- 
ciados que han llegado á conseguir una vida llevadera en el lugar de 
su destierro, á fuerza de industria y perseverancia. 

Algunos han hecho suerte; pero eslos ejemplos no se aplican ni á 
los desgraciados prisioneros de las minas, enterrados vivos en un ter- 
reno glacial; ni á aquellos á quienes se ha condenado á una soledad 
absoluta en loda la ostensión de la palabra, y sin relación con el resto 
del mundo en los sitios mas desiertos de esa tierra, que toda ella no 
es mas que un desierto; ni á aquellos, en fin, sometidos á las mas ri- 
gurosas condiciones de un clima mortífero, escogido espresamente por 
el emperador ó por sus ministros. 

Entre los desterrados repartidos como el ganado en ese árido ter- 
reno, se ven algunos encadenados. 

El abate Chappe refiere en su viaje á Siberia que, queriendo hacer 
cavar la tierra á una profundidad de diez pies para reconocer hasta 
donde estaba helado, no podiendo encontrar trabajadores) pidió al 
gobierno de ToboUk algunos sentenciados. 

Eslos miserables no tenían mas que un sueldo diario para vivir. 

El digno abale aumentó sus salarios; y con este dinero compraron 
aguardiente, embriagaron al guardia y se escaparon. 

El mismo abate Chappe dice en su obra: 

—Algunos dias después, encontró los hierros de sbs cadenas en el 
bosque. 

Y mas adelante añade con (a mayor sencillez: 

—El gobierno, no habiendo juzgado oportuno enviarme nuevos tra- 
bajadores, me vi precisado & abandonar este trabajo. 

Hé aquí lo que pueden despertar en el espíritu de útt lector fmpar- 



Digitized by 



Google 



niel, Jas p al abras dmürto mSihria, sobe» teocintes «ww oimo 
•obre an eje, las almas mas ó meoo» dfeiles desasaba nwUeoas ,de 



¿No teníamos raion para decir al pmaeipio4e asta Miaría qaela 
Shoria haca las raoee da asa iMpisirion infantado par na hodbre 
pvaan hambre? 

Ocapémooos del depile de esta Inquisición, sin Befar mas lejos los 



Lea seatenoiadoe 4 fiibern esüo divididas aatnratasate andes da* 
ser. des tarad o s y tezadas. 

Pera los primeros, ya sean principes, ya sean condenados protegi- 
das, la pena sonaste en ana privación de la patria, gne no es toa 
simple y sencilla privación, como se verá, si el laclar sq tama la me* 
loslie de leer lo qne ramos 4 narrar. . .. 

i del vúge desde la aróeépoli al lagar del deetism, finjo 
> qae mncÉns tocos el sentenciado llega moribundo y upe* 
racalapriaurasemnaadoen llegada, se le designa oafc fcahüaeioB 
a) desterrado; y como Sedas oes bienes han süfrcefiecados^ benefi* 
ció del emperador, no posee absolutamente moa que la pensión paga- 
da por el principa, para atender con ella 4 las primeras necesidades. 

Dooadiaario asta pensiones mosquina, y qe es eiiOeienle nanea, bien 
aea por la codicia do los oficiales encargadas de la oastodia dolos ám 
Serrados, ó por lucaottanasenfermadadeaqninvafiennlaaefo colono. 

La Siberia es na país hámedo y helado i la tas. 

Loa ojos se Ten inradidos de inflamaciones; los miearime se cn+ 
lorpeton y se adqeicren tnmores en loa arlk nlacwn es. 

Cada infierno el frío desoieodo desde Bft basta 40 grados. 

En las estacional menas rigorosas, qoe no nos atrevemos 4 Uamnr 
non los nombras de priarafera 4 de Torano, pues oslo seria manifestar 
ideas demasiado kalagteéas, las mejores coamroas, los inmensos 
pantaass, las inooamonaarables setas, forman «I desterrado na fasta 
espalera, frió é implacable como la smierto misma. 

Batea desterrados, que deben eotaoiaur la Siberia, tachar esotra los 
oaea y el frío, que daban soportar el hambre, ei Tiento del noria; es* 
tas desterrados» reiremos 4 repetir, 4 pesar de todo esto, no son libres* 

Hay un celador que no los pierde do tittat les enlrqga la miserable 

«MIÓ n. 3 



Digitized by 



Google 



«t AHUMO* 

cotila d<*tintóá*>8irf^ 

^riü^radainieces'^etJttqBlloMiadoj» *un ¿unía nJ ,-•[<> m¡ muío* 
Hemos visto prisioneros en Siberia, vigilados como lo poiridineá- 
Ur«pbttiaÉ^oapflkl<d^kiift|iMar !) mm\ nawt ,oíni;in«d«//:; 
' (Baniosirvi^tab^ 

construir prisiones, y para aumentar el tormento de^swtvíntiflnai 
ddstecrhek» yírntedenantoaéiipirtal -i !>b ■jlkhl» .'•>!. -.•"ii.MnmnO 

Los forzados ó mineros agobiados por el palo de los pÉtttyisaja»» 
i08)á<fc3em^6fiarlartíaadésUfibwitíasi8Ífi inteUgtncia ^siiihinmawdad, 
consumen su vida en las tinieblas y en unafatmáfefem bonltolwne»- 

i »íi tía fararfqpeeiaUy «Jue eliemptratfa* >ao ¡es jteédig» *fr>qoBbedtl>, 
e* per mitin que *o Sitien ¿do» santenoiadoeivivcrqs^ ffmáéatétm^ 

Cuando los miserables han Iraiiqvdofcieny^ua^'toieáeÉeataÉ 
spficieoteMMte doblegadas obnilo*plpb&iÉecfeid(Mipot bltotlqdtf, el 
enparaáteiseaUave A tosdcdo sU'olétaienoMt; ■Éowrcsqunbia M ai- 
ner* eaniñ ¿eatetrad* Ub*e,> leeaviaíáioolémiar no rincffide e» 
«tortal patay leipavmíto <v« el Mídela ¿¡tarta;: >. / ;•!>...<•)• -.h i . 
-i jEi Jolde|aSibqrialu¡. i (,:,•;■' ,.". ••-«: . .»» 1 ¡.,k,.- ;.-n i .1» o¡ » 

-Mochos prisioneros foancesies confiscados per J^'"ibop,í después 
ée las batalla» de la campaña de Ij&lftj ó- magaripaJea unailiiasiMes- 
tas retiradas^ toaron enviados kpobtor Jai Sí betial i;¡ «• « >i.í -i-mi <> " 
< .. Bien *e «oooca que » estol es uní medio ide apagar y de *l)eorvbr toa- 
dos los rumores y tod&tlasei déideas, ftf»aiparajeUafri!adebi& «ber 
raeelo alguüo, 4raláádese deihonlbneslaft'eáárgicos^ baltiqiososl 

La Siberia absonreAa sus glaciales fuerais v > Mfétria y/suaftf >dfc 
libertad yf es uoá üeztla'hábUuieiitetoónüiinadh de influencias Agi- 
tas^ destinadas á; hacer ctogenprar U inflaenctaimeratu < i • -¡ i uA 
r Algunas *eoe& habréis leída «n los pertódico^ el relatoicto «áaide 
esas íahalorósvneüaj de la t iberia*. ireaUaaéaa |wr algua artAaéode 
meshrea aaliguos; ejércitos j yadoqueestaa historia* <•* haastdf 
siempre verdadera*, ^algunas, d* eí lasi tíeieü ur> ifbpdo real y .positiva* 
^i Ea ¿feria* ^iostptfisiiieraiie^ 

dala* «sernas de Ja Siberia;. kan vuelto A apahéoer pomoiefepectoofl* 
en medio de sus familias, que ya los;habiaik<olvidadayi despaafc 4e 
haber llorado por ellos largo tiempo, , «.- /» U 



Digitized by 



Google 



DI PJIOPA SS 

La mayor parle de los rasos consideran como ana necesidad esta 
Stberia, que esponemos á la execración del género humano. 

Esto es decir el atraso en que se encuentra respecto á la via de la 
civilización, que comienza en el bruto y termina en Dios, ese pueblo 
dolado de suficientes facultades. 

La distancia que existe entre los rusos y el esclavo, es de dos gra- 
dos de escala geográfica, en favor de este último. 

Un sentenciado minero puede ser castigado de muerte, sin forma* 
cíoq de causa, por cualquier cabo, descontento de su juego de nai- 
pes, ó de la comida del dia anterior. 

¿Hay necesidad de esta barbarie en on país donde la muerte cor- 
la la vida con tal prodigalidad, sin que sea necesaria la cooperación 
de los hombres? 

Si te considera el hilo delicado de que está pendiente el poder de 
los Cares, si se quiere reflexionar que los gobiernos fundados sobre 
la tierra jamás han sido duraderos, se podrá asegurar lo que puede 
prometerse de la Rusia, el imperio del mundo. 

jH reinado de los godos y de los vándalos pasó en buena hora I 



ri!N DB LAS NINAS DB SIBERIA. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 




^ 



Digitized by 



Google 



f 



I 




< 




r 



Digitized by 



Google 



PRISIONES 

DE EUROPA. 



CONSERJERÍA. 



i. 



fmén ét te frase.— Bl juicio de Oíos.— La Begnioa de Hivelle.— Diplomática y pro- 
fetisa.— Crímenes de te Brosse.— Su soplido.— Crimen y castigo del preboste Ca- 
peUl.— Joordan de Y Isle, pariente del papa por las mujeres. 

Lata IX tenia por barbero á un hombre de baja estraccion, llamado 
Pedro de la Brosse, que ejercía además cerca del gran rey las fon- 
dones de cirujano. 

Con poca razón, ó mas bien por defecto de reflexión, se ha repelido 
por todos ios escritores, tque era nn hombre levantado del polvo de 
la tierra» como dice la crónica. Al contrario; Pedro de la Brosse fué 
un superior y cultivado talento, que dirigió con mano atrevida la pe- 
ligrosa política de la época, y el cual, si se hito culpable de los crí- 
menes que se le han imputado, no recibió el condigno castigo sino á 
cansa de esa inferioridad del nacimiento, que bajo el régimen feudal 
hubo siempre de paralizar las voluntades mas enérgicas y los mas 
poderosos genios. Honrado ó no, la Brosse hubiera campeado indu- 
dablemente stn el gran defecto de pertenecer al último de los estados 
sociales. 

El cirujano de San Luis llegó & ser primer ministro, ó mejor cham- 
belán de Felipe ni, hijo y sucesor de su antiguo amo; y reinaba des- 



Digitized by 



Google 



88 PRISIONES 



póiicamente, gracias á su hatolicta} ,en ( Jos negocios, en el espirita 
del joven monarca, cuando perdió este principe á sn esposa Isabel de 
Aragón, de quien en cinco afios de mat rimo nio había tenido cuatro t 

*•• .MQHTJ3" HCl » 

A la edad ae veinte y nueve anos, casíTrelipe en segí 



nup- ^ 

cías con María, hermana de Juan duque de Brabante, el cual fué en 
persona á conducir á París & su hermana la princesa y asistió, en la 
Santa Capilla, á las magníficas ceremonias que para la celebración 
del matrimonio tuvieron lugar .*\ -jl 

La fiesta fué espléndida. Toda la nobleza brabantesa habia queri- 
do servir de escolla } larie^(^ada,7]t^Ja lptpceja acudió á re- 
cibir & su nueva reina. María era hermosa; el rey la amó luego, y 
como estaba dotada de tanto (aleAto x¡ojno belleza, no tardaron en 
apercibirse los cortesanos de la omnipotencia que iba la reina á al- 
canzar. •*- 

Orgullosa María de su juventud, de sus triunfos, de su poder, ni 
siquiera se dignó inquirir si podian tantos destellos haber herido en 
lorió suyo alguna* forradas. Góbétnabdá'^ti esposo y 'iéínaba' ttü 
Francia; tos negocios no le asustaban^ y lo mi^mo conversaba con 
el rey de guerra, que de hacienda y poesía! Felipe III traspasó á la 
r?ina tod^ la confianza que ^tes 3U ^hai^dqn le xpereciQi^ ^ r ¡ 
'.fjas/f en t ty c^rte. fap.£Qca c$^ 

llaman el favorí La Brosse notó que se formaba $yon$ .¿iiyp. fli* 
(fim vacjto; que Jos yaongeros^ambi^b^psus costumbres .^epliaban 
raices, ep las antecámaras de la reina: nj uno splo i^a, yft 4 solicitar 
laprpleccio» fj^l qua ■ pooo ba j>arecia ¿\ asjtro.dft tefioftp y el dis-j 

. ^cofdóse ^ W es jpjtgsp ^ jju$ (Jos^ ff^gt^^i 
so 5¡ d^qastilla,, agel^adp.pl^ip y £f;Astr$poNp t tyafcb^^M 
la ^Ufi^a tei:r jble { que le .pregaba Felj ¡$ , ; i j^iepdo. Iqs pl$H$ de j 
rey de ^rapcia 3idp v entf $0$. ¿}l ca^tejlanp f , ¿pftys ^ r wp^í}9s, u ^ 
lqjos dpÍf»vor dp ^119. 1* Brps^e 4| i gf ru|ato , b^iaB.ínJe^ 

á amenazarle igual peligro al de que entonces solo de milagro sp-h^ 



Digitized by 



Google 



ir el suyo. Lo que se llama ambi^^tffeiWfeíWtf éé'SiieniidéJt 

Ittonpre; : M* l *Mtl^iíti'i¡tM& dfe ttbór ^({{íiftJ ' ° — 
Pire atacar convenientemefal** 'Mádafdfe frrIMirte ctóífaffttííife 
Bnwe, según se dice, de la calumnia. Era joVfal y Urtt tablea -prin- 
wm*vv**A fe» wttes"? pnA#$W\k m p6ÚM. PWnwty azadonado 
qie te hallasen ^4^ ^bfc¿h^fatt| tío dc^^de^dfatacrW^'^tb 
*rü¥> i m* ii %mvoá'& tós'toaa á&kwa, mtó se 
*r fe (¡ue agualda* ptw*déi*it^tlñcm!álh*áá 'ho#fr 
fc que la llama y el calor se hayan completamente evapórete. "Mo^ 
alaria k»u«> «»a rfeiaa-dctóafilfldo'Mgd/a^dfeniksiado 
para sentarse en el trono de San Luis. Su jotaMdad - háoft 
in«fc éntoitafaki t^liaftéUoa^fó^ fc'tan* mgidoa^acer- 

—La rana carece de majestad— dijeron los unos. ■ -°' ' ' ^ 

—Se habla mwho >d*lh ráto^ 

— Bullía w^quérolnrfrá€iÉt^íl*tte fa ftjr sMfttf^fflzb 1 ^ 
r*eliBWipé4rBtterii, patienteite Pedidla BM$&. ' ' v> 

i tan*m*>fattta wédiéiwte Al 'cincuto* dé bótti éh 1 Wü*. 
8*1» la***» tosiigvoré, continuando <án sil adtetoiabrtdá iróiifertí 
ée.TW¿ £frt(tteiltogé<é¡*«i!Ufti irfegrt corte/ sin 1 lioenciti^ con toÜé? 
es preciso hacer esta justicia * una 1 reina ytt'stiflcSenfe&ftútef ju¿Ufi^ 
»<dü Ifagedfafoyiie poema* épico* etf a^honor 

.. .ii ¡ í' •! ii *• 

Nr*«i *ey< i*fo toque sel decto? y lo'sttpoen WflíiAlstá*«6s-que 
tiro U ftrosse buen cuidado de escoger favorables á suspfttyictttt. ] 
• «Vte'lbcÜi eomoiubatBÉoj^ -y franca como iMá lainW^i ¿cuita- 
4* mti*l4«frth»q»e latprüencía de los trwh^<Mi«y 'Hereda- 
ros de la corona le causaba: los (res prometían ya por stf aMvo p^ 
4» y- ii'lméiontaf ailéd, el 'mas 1 medpiittb y «curo pbtteuir' b { los 
J^nrqoe'uqueHa pedrii fcator de^eNpe, de'eneeÉposottta athtóté y 
4Mattad<yj ; '■ .*■'' * ,J ' ■ ■• ■ ■'■ • ''' n1 - , * 

Cierto dia salió la Brosse de la cámara rea!, de lírico ttlatoto, eto 
«cuk)i> que stti» fcttpe de su habitación sittíaíd* enante,' oA la 
tde'laetoferk ■■■ ' " ! i 1 l l1. 



Digitized by 



Google 



40 MISIONE* 

-—¿Qué motiva tenéis para estar boy Un f«rm*o, Pedío?-^ dijo 
el rey,— ¿Está enfalda la reina? 

—¡Oh! nada de esto, k Dio» gracias, querido sefior,~Hrospondió la 
Brosse.— Yo solo soy el que esti enojado. 

—¿Por qué motivo? 

—No me he equivocado, mi querido sefior; quiera Dios quesea 
únicamente yo el triste Pero escuchad, escachad... 

Oyóse en efecto en la galería que separaba ambas torres y que 
caia á la ribera, el llanto de un nifio, á quien talaban varias voces 
de consolar. 

—Es mi hijo mayor, Luis, k lo qae perece— dijo Felipe.— ¿Si se 
habrá herido? 

—No me preguntéis nada, amado sefior,— respondió el chambelán 
—yo no quiero meter cizaña en los asuntos del rey, pero si aire* 
glarlos. 

—Hablad, hablad, amigo nuestro, yo lo quiero. 

—Pues bien, mi querido sefior, la reina ha dado pruebas da sar 
mala madre para con vuestro hijo Luis, Acaba de deeirle que no era 
rey todavía y que debía respetarla; luego le ha cogido bastante bole- 
camente por el brazo y el nifio ha llorado; porque al fin ól es altivo 
y lleva razón, porque ha de ser rey.— «Señora; ha contestado, yo 
debo ser rey, es la ley.»— «La ley es injusta» ha replicado la reina. 

A su vez frunció Felipe el entrecejo. 

—Ya vais, querido sefior ,<— afiedió la Brosse— que he hedió sal 
en hablar.... 

—No; estt bien-f-repuso el rey.~»La reina está pesarosa de no 
tenor hijos.... 

—Aunque los tuviese, sefior, vuestro hijo Luís no deja de ser por 
esto el heredero de la corona y reconocido oopo tal por todas Iob 
buenos franceses. 

El rey suspiré. Amaba mucho & este hijo. Atravesó la galería con 
cierta precipitación y presentóse al jóvea principe, quien A si| vista, 
lloró mucho mas fuerte, como suelen todos los niños, aun los menos 
orgullosos y meaos reyes. 

Felipe tomó de la mano 4 su hijo, sacóle de en medio de un grupo 
de mujeres y se lo llevó á los jardines. Esto filé en palacio un W- 



Digitized by 



Google 



DBS010FA. II 

¿adero acontecimiento. Hablase oído á la Brosse referir ai rey el orí* 
gen de la querella, y la misma larde contaba ya el chambelán en so 
cortejo ana veintena mas de cortesanos; pues Felipe se había paseado 
aquella tarde entre Luis y la firosse. 

Esto finó una nube algo mas opaca esparcida sobre la felicidad de 
la Emilia real. Luego fueron acercándose todas las que tenia la Bros- 
se prudentemente en reserva, como el dios mitológico. Tantas nubes 
reñidas acaban por formar una tempestad. 

Pero la bellota de Marta y el amor del rey triunfaron obstinada* 
aate. Soplando siempre por su lado la Brosse alguna discordia, la 
llegó. Mas seamos primero historiadores; luego tendremos 
do ser comentaristas. Después que hayamos descrito la tor- 
menta inquiriremos su causa. 

Muchos dias después de este paseo, amanece Luis con una violen- 
ta calentura. Llámase á los módicos. La Brosse les ausilia con sus 
cooocimientos. No tarda en retorcerse el nifio presa de espantosas 
convulsiones, y después de una enfermedad asaz corta, pero doloro* 
a, espía. Nadie admite en palacio la muerte como una condición 
de la naturaleza. La Brosse exige que se abra el cadáver. Ábrese con 
>, y se encuentran en la piel y en las entraffas del mismo gran 
de manchas lívidas, de aquellas manchas que imprime ordi- 
■ariamente un veneno devorador ó un virus mórbido, causa eficiente 
de infinidad de enfermedades naturales. 

Vente voces se levantan al instante para declarar que el joven 
principe ha muerto envenenado. Al esparcir en derredor una mira- 
da, no vea los cortesanos otra persona mas interesada en el resultado 
de este crimen que la misma reina cuya antipatía por Luis se habia 
recientemente manifestado. 

— La reina ha envenenado al hijo del rey — dicen los amigos del 

rey y en particular los de la Brosse, aprovechándose de esta ocasión 

perder á su enemiga. Esclarecida algo larde Maria de Brabante 

los efectos de tanta animosidad contra ella levantada, apela al 

de su esposo, quien, en el primer momento de su dolor perma- 

ISrio y desconfiado. Aconsejada luego de sus amigos ó inspirada 

por su odio contra la Brosse, esclama: 

—No soy yo quien ha envenenado á Luis; es el chambelán, 

TOMO II £ 



Digitized by 



Google 



II MffSKMlft 

el cual ha cometido este crimen para hacérmelo atribuir. 

Esta nueva acusación sorprende á Felipe; sorprende al propio la 
Brosse y á sus amigos A falta de pruebas, puesto que si las hubiese 
habido, la reina estaba naturalmente perdida, podía justificarse el 
chambelán tan bien por lo menos como la misma María. Alega pues 
los logares comunes de la presunción. Marta tenia interés en matar 
al príncipe; María quería hacer reinar á sus hijos; Maria quería de- 
sembarazarse de los hijos del rey que algún dia sabia bien que ha- 
bían de tornarse en sus mas crueles enemigos. María, en fin, aun ado- 
rando en Felipe, ¿no podra estar celosa de la difunta Isabel de Ara- 
gón que había tenido la dicha de dar cuatro hijos al rey y despertaba 
ea él á menudo, del fondo de su tumba, melancólicos recuerdos? 

— Si yo hubiese querido matar al príncipe— dijo Maria— me ha- 
bría valido de mis amigos. Pues bien, ninguno de ellos ha asistido á 
Luis en su enfermedad. El chambelán es quien ha elegido y llamado* 
¿ los médicos, quien ha designado á los servidores: él mismo ha in- 
dicado con frecuencia los remedios. ¿ Dubiérame espuesto yo á ven- 
dar mi secreto delante de gentes interesadas en perderme? nada hay 
Blas fácil que descubrir la verdad. Permita el rey que sean puestos 
i cuestión de tormento todos los que se hallaron présenles á la ago- 
nía del príncipe. Una sola confesión basta para dejarme complete- 
mente justificada. 

El medio era violento para ser propuesto por una reina poética, 
por una mujer. Semejante aplicación de muchos hombres recomen- 
dables y sin duda inocentes á la horrorosa tortura de entonces, no 
revelaba ciertamente una enorme sensibilidad. Pero era la costum- 
bre y el derecho de esa época. Muchos sufrimientos plebeyos no eran 
demasiado para salvar una reputación real. 

Sabia muy bien la Brosse que el rey amaba menos á la reina, 
ñas no para sacrificarla á un antiguo servidor. Trabajó también por 
su lado: nadie fué puesto en tormento, y el crimen, ó mejor la acu- 
sación, continuó cerniéndose, ora sobre la una, ora sobre la otra de 
las dos cabezas rivales. 

Qemos dicho que la Brosse era un talento superior. Mas por muy 
hábil que una persona sea pertenece á pesar suyo á su siglo y se 
encuentra embarazada en los mil y un lazos, que el uso, la 



Digitized by 



Google 



M EUROFA. 41 

preocupación y la ignorancia le tienden á. cada pase que intenta dar 
(■era del camino trillado. Vive caáa cual en so época, de la que no 
te iale sino por medio de la muerte. No pudiendo la Brome disponer 
de tires medio* que los acostumbrados, hizo acusar oficialmente á la 
nina por un hombre que le era completamente adicto. 

(Jaa acusación capital era entonces un reto. El acusador se pre- 
sentaba delante de los jueces armado hasta los dientes y ponia su vida 
«o ano de loe plaülos de la balanza. Si el abusado suministraba un 
defensor, tenia lugar el combale. Todos sabemos á que atenernos so- 
te* e*a especio de pruebas á que se daba el nombre de juicio de Dm> 

Avanzó pues el acusador de la reina, sostenido secretamente por 
la ¿araotia de su patrono. Vagamente se adivinaba este formidable 
ayo i o y el temor de una derrota contuvo á lodos los que hubieran 
qnerido defender lo inocencia de María. Después de los tres llama* 
minios, si nadie se había presentado. Mana estaba de hecho conde» 
auLu La Brosse habia calculado que nadie en Francia tomaría par* 
üdo contra él en favor de la brabaaleaa, y en cuanto al resultado de 
ente negocio, le tenia sin cuidado. 

£1 primer llamamiento del campeón acusador no hubo de ser oido. 
£l ¿egundo quedó igualmente sin resultado. Al tercero, del cual todos 
«iperaban el mismo éxito, percibióse un gran ruido en la sala de 
aadiencia solemne y presentáronse muchos caballeros con la visera 
catada. Venia á su cabeza un campeón cubierto de magníficas armas 
y cuyo penacho de colores brabanteses sombreaba la dorada cimera 

Jkm lanzó ua grito de gozo. La Brosse palideció. El caballero 
levantó el guante, descubrió su rostro y dijo: 

— Yo, Juan, duque de Brabante, sostengo que ha mentido el que 
acusa de asesinato á mi hermana María, reina de Francia, y heme 
aquí dispuesto para el corábalo, lieraldo, hablad. 

Acercóse uno de los caballeros; era el heraldo. Leyó la fórmula del 
tletafio Sonó una trompeta. Jamás pesó un silencio mas profundo 
«obre una asamblea Ln diversamente agitada. 

El acusador permane ia como fascinado por la imperiosa mirada 
áok principa su adversario. ¿No era acaso querer ser antes vencido, 
ealrar en liza con semejante campeón? 

Comprendiendo la Brosse toda la desventaja de una posición tan 



Digitized by 



Google 



41 PRISIONES 

comprometida, miró á so caballero para darle el valor de uo conti- 
nente defensivo. Mas el acosador no veía ya cernerse por cima de to- 
do este negocio el poder de la Brosse: su patrono volvía á caer en 
un rango inferior. Pelear con la certeza de ser vencido, era esponer* 
se primero á las heridas, y á una muerte ignominiosa después. He- 
chas por este hombre todas reflexiones durante una segunda procla- 
mación del heraldo, bajó la cabeza y no contestó. 

—Mi amo me salvará— pensó— cuando se trate del castigo im- 
puesto por la ley; pero no me defendería contra la espada del du- 
que Juan: no podría impedirle que arrastrase mi cadáver en torno del 
palenque. 

—¿Respondéis al fin?— gritó el duque con creciente orgullo. 

—Si monsefior el duque está seguro de la inocencia de su señora 
hermana— contestó el acusador, ¿de qué serviría el testimonio de es- 
te pobre y humilde caballero? Tarde ó temprano, el SeOor, cuya jus- 
ticia se invocaría, hablaría para descubrir al culpable. 

— [Ois!— esclamó Juan de Brabante— rehusael combate! La prue- 
ba ha terminado.... La reina de Francia es inocente. ¡Trompetas, 
proclamad el triunfo de la reina mi hermana ! 

Felipe, entonces, cubierto el semblante de febril sonrojo, levantán- 
dose sobre sus flores de lis, dio las gracias al duque Juan, tendió su 
mano á la reina y dirigiéndose luego al vencido campeón: 

— No habiendo perseverado en tu resolución— le dijo— quedas á 
nuestro arbitrio. Duque Juan, yo os lo entrego. 

Volvió á la Brosse sus ojos el acusador ; pero la Brosse permane- 
cía impasible á los pies del rey. 

—¿Qué dice á esto el señor chambelán?— preguntóle el duque 
con irónica sonrisa, cuya terrible intención hubiera penetrado el mas 
torpe. 

—Digo, sefior duque, — replicó la Brosse— que el acusador que de- 
siste de la prueba es un caballero vencido en el combate y se halla 
á merced del vencedor. Acusó antes á la reina y hoy la declara ino- 
cente. Si esta confesión procede de arrepentimiento, monsefior, el du- 
que y la señora reina examinarán la indulgencia que pueda mere- 
cer un culpable arrepentido. Si es el miedo el que ha dictado esta re- 
tractación, el vencedor decidirá del crédito que debe merecer la de* 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 45 

i de un cobarde. Pero, lo repito , el acosador se halla á mer- 
ced de monseñor el duque, según nuestras leyes, y según el derecho 
reconocido por la Iglesia. 
—¿No tenéis mas que decir?— preguntó el rey con interés á la 



Volvió este á animarse, sin que hubiese por esto perdido un solo 
mstaate la serenidad. 

— Estimado señor,— contestó— se había entablado una acúsa- 
me y *o ciertamente por parte mía. La reina me ha hecho acusar 
y ye no me he defendido eligiendo mi campeón, porque he preferido 
ihandonarme á la justicia de Dios. ¿Se ha reconocido la inocencia de 
la reina? yo me congratulo por ello: pero no se ha declarado que yo 
sea ewlpable. T conjoro á monseñor el duque, á la reina mi señora, 
de decirlo en mi presencia: ¿Soy yo culpable de la muerte del prín- 
cipe? ¿el ilustre campeón que acaba de sostener la inocencia de su 
hermana la reina, arrojaría el guante para mantener mi culpabili- 
dad? 

la Brosse, ese hombre de baja estofa ó t levantado del polvo de la 
tierra,» se había mostrado tan grande por esta audaz iniciativa, que 
el valeroeo duque de Brabante llegó á vacilar ante una formal acu- 
sación. 

— No hemos venido aquí— respondió — para acusar, sino para de- 
fender k la reina. Que Dios y el rey hagan lo restante, puesto que 
«rio se trata ya de castigar. 

La suerte del acusador no era dudosa. El duque de Brabante pidió 
que se hiciera justicia con ese desgraciado, el cual sin pruebas con- 
tra la reina y sin otras armas que un mal entepdido celo, había cor- 
rido k la muerte. El vencido, dice Mezeray, fué condenado á la hor- 
ca, y desde entonces hubo de resolverse la Brosse á despachar por 
si propio *n* negocios. 

Si Felipe hubiese sido uno de esos principes ingenuos á quienes 
m hacia creer que nunca yerra la inspiración divina, bastárale la re- 
tractación del acusador para absolver plenamente á la reina. Pero 
justificado la Brosse por esta singular prueba, tan radicalmente como 
María de Brabante, insistió en que, si bien no se habian hallado los 
calpablet, el crimen existia, el asesinato era flagrante, puesto que 



Digitized by 



Google 



46 PRIfWNIS 

constaba la presencia del veneno. No juzgó prudente Felipe abrir de 
nuevo ios procedimientos, pero se dejó convencer por la Brosse y 
volvió á flotar -¡triste condición de los reyes!— entre una sospecha 
contra su esposa y otra contra su amigo. 

María se apercibió bien pronto de la contramina, de la que habló 
al duque de Brabante, el cual, aprovechándose de las ideas supersti- 
ciosas de ese siglo, escribió al rey de Francia: 

—«Hermano mió: lo que la casualidad oculta á veces á determi- 
nados hombres, Dios lo revela á otros. lia y, según dicen, en vues- 
tros estados y en les mios muchas santas personas iluminadas por 
el espíritu divino. Consultadlas sin escándalo Os importa no tanto 
para castigar como para libraros de una dudosa perplejidad. Vues- 
tro corazón sabrá comprenderme. No quiero comunicar este aviso á 
la reina mi hermana: no lo confiéis tampoco al chambelán, vuestro 
fiel servidor; de principe á rey, tratemos en familia de este asunto. » 

Acordóse al momento Felipe que tenia la dicha de vivir en una 
época, en la cual tres profetas se dividían la veneración y la creduli- 
dad de los fieles cristianos. Cierto despreocupado historiador les lla- 
ma seriamente tres falsos profetas. Eran el vidame (1) de Laou, un 
fraile vagabundo, franceses los dos, y una beguina (2) de Nivelle, 
en Brabante. £1 rey no tuvo mas dificultad que la de la elección; pe- 
ro era una dificultad enorme, tan enorme que no se escapó á la Bros- 
se, cuya atención, según se comprenderá, no estaba aletargada. 

— Si el rey no elige — se dijo — 8s menester que elija yo. 

Y se ocupó seriamente en fijar la elección del rey sobre uno de los 
profetas franceses. Mas la fatalidad ó las sabias combinaciones de 
Haría y de su hermano hicieron inclinar á Felipe á favor de la be - 
guiña. Era esta subdita del príncipe brabantes, y por consiguiente 
fácil de ser influida ó inclinada naturalmente á la hermana de ese 
principe, su compatriota. Real era pues la desventaja de la parte ad- 
versa. 

La Brosse se encargó de redactar una pequeña comunicación del 
espíritu divino, para el caso de que Felipe se dirigiese al vidame de 
Laou, ó al fraile francés. Conservaba en Francia bastante poder para 

f \) Título de honor y de dominio feudal, usado solo en Francia. 
I Aaociitoion que 4ló irnicbo que haWar en aquel Uampa. 



Digitized by 



Google 



DI EUROPA 41 

de semejantes profetas una respuesta concluyen le contra sa 

ligo. Pero ¿se podría obligar á la beguina á acosar á la reina? 
¡Jamás! Era esto tan imposible, aun al espíritu divino, que la Brosse 
•e apercibió del peligro y solo se ocupó en evitarlo. Los papeles es- 
tabas invenidos: no se trataba ya de perder á la reina, y si solo de 
m resultar convicto por la revelación de la beguina, de un crimen del 
fie ¿ataba sin duda tan inocente como la misma María. 

En tanto que el duque y su hermana aplaudían interiormente la 
elección de Felipe y del inevitable triunfo de la prueba, hacia nom- 
brar la Brosse comisarios para instruir en este asunto, en Nivel le, fc 
Nsttieo, abad de Vendóme, y á Pedro, obispo de Bageux, ó de 
Bvreux, su hermano. 

Podemos afirmar, sin pecar de temerarios, que nada habia reve- 
lado el cielo 4 la beguina sobre el supuesto asesinato cometido en la 
panosa de Luis de Francia. Todo lo que sabia le habia sido comu- 
lieado por intermediación del dnque Juan. Después de haber reci- 
bido los comisarios su declaración, cada uno en particular, con mil 
precauciones, para que constase semojanle aislamiento, volvieron 
de Felipe, que ya impaciente les esperaba. 

— Y bien,— dijo este al abad de Vendóme— que habia sido el prl- 
> en regresar á la corte ¿qué respuesta me traéis? 

—Ninguna, seflor— respondió el abad— la beguina se ha negado i 
airar ea comunicación conmigo, respecto al asunto que tanto á vues- 
tra tranquilidad interesa. Mas tal vez se haya espontaneado con el 
telar obispo. 

Contrariado el rey, aguardó que el obispo llegase. 

— V< irnos vaestras noticias, mesire Pedro, ¿ha revelado el secreto 
la piadosa beguina? 

—Si, señor. 

—{Ahí ¡por flnl— esclamó Felipe III, cuya satisfacción fué estre- 
gada, Meo que hubiese de temer una certeza funesta á su amor ó tt 
n amistad.— Referidme lo que haya. 

El obispo se inclinó. 

— Impasible, seflor,— dijo, —la religiosa de Nivelleha hablado en 
afecto, pero bajo el secreto de confesión; y vos sabéis, seflor, que la 
10 puede revelara*. 



Digitized by 



Google 



48 FUSIONES 

Ta do fué la contrariedad, sino el furor lo que brilló en el 
triante del rey. 

— ¿Os he encargado por ventora que la confesaseis?— esclamó. 

— Dijisteisme, señor, que la hiciese hablar, y solo ha querido con 
esta Condición. 

Al dia siguiente otros dos comisariospartian, á pesar déla Brosse, 
para Nivelle. 

Eran .un templario y un obispo de Dóle. 

O se esplicó la beguina con menos dificultad, á lo que parece, ó 
los enviados fueron meóos escrupulosos, puesto que trajeron al rey 
la siguiente respuesta: 

María de Brabante es inocente. Los que la acusan son unos calum- 
niadores. 

—¡Loado sea Dios!— dijo el rey;— pero al fin ha habido un cri- 
men. ¿Quién es el criminal? 

Nada añadieron sobre esto el obispo ni el templario. Pero bastaba 
que se hubiese reconocido la inocencia de Maria para que el rey de- 
volviese á su esposa todo el amor de antes. 

La Brosse perdió desde este momento en prestigio todo el que ga- 
naba la reina. 

—Soy hombre al agua á la primera ocasión— se dijo.— Mis servi- 
cios han venido ya á ser inútiles y además cuento con terribles ene- 
migos. 

Esa ocasión la estaba acechando el duque de Brabante. 

Ya llevamos dicho que Alfonso de Castilla había pretendido conocer 
los planes de Felipe por indiscreción de un familiar del rey de Fran- 
cia, y que las sospechas se habían hecho recaer sobre el chambelán 
por los enemigos que, temiendo el poder del valido intentaban derro- 
carle. Incapaz el duque de Brabante de perder á la Brosse por la 
acusación de envenenamiento de que con tanto trabajo habia de sacar 
ilesa á la reina su hermana, recurrió á otros medios. Abramos ahora 
la historia. 

La facción de Castilla habia sublevado la Navarra contra el lugar- 
teniente del rey Eustaquio de Beaumarchais, y ios rebeldes sitiaban 
á este oficial en un cuartel de Pamplona. Tan desagradables noticias 
decidieron á Felipe á entrar en el Bearne. Mas el castellano, con in- 



Digitized by 



Google 



DI1 

tttfe daatraitmerai fraacéfr¿ fin de qne-no entrase; iwttbieü tofi*» 
pala, pidté abocarse cea Haberlo de Artois, en coya* ceafaitfbaias 
Uao perder al de Francia como «coa treinta y cinco precioso* días, 
de aserte qne, fallo de tí veres el ejército, decampó de improviso Fe» 
upe y ra no pensó sino en regresar cnanto antee & la corte. Enterado 
per algu traidor, advirtió desde luego el castellano de lo sucedido 
k Roberto, el coal se manifertó tan sorprendido como indignado, t 
Aqní cemteaza nuestro comentario. 

jinétil traición, la de advertir al castellano de nn sscesb del qae 
iba á ser instruido algunas horas después! Ese traidor no podia pro* 
mefcrse m gran agradecimiento de Alfonso y vendía á sn rey -por 
bien poca cosa. T en cnanto al castellano ¿qué lograba aéririmiub 
de m traición á Roberto? Naturales eran en éste ciertamente la sof* 
presa y b indignación, pero podia basta cierto ponto Iranqoitizarié 
la idea de que el traidor hubiera podido advertir ocho dias antee al 
> é inspirarle el pian de cortar la retirada á los franceses; i 
se hnbíera de este modo pneslo en situado* de escoger entra 
ararir de hambre ó á bienio. 

La invención de semejante ale veda no hace mucho bener á la tac* 
tica del que hubo de llevarla á «abo. Veamos si será tal vea mu pra» 
pin da la imaginación aracanda de los enemigos de tuBrosse. 

B castellano Alfsoso, qne en elprimermomeato babea advertido al 
de Artoés de las re veteamos del traidor, no pudo declararle ronem- 
hre, per ser casa al parecer imposible. Pero na guardó Roberto paral 
d leda sn indignedea y so sorpresa» paeebifn proMo ItejóátaÜsi 
se en Francia que acababa de ser traicionado el rey paran detona* 
etdo. Na hay campo mas vasto para dar curso á las sospechas qttü el 
da lo misterioso. Re inútil decir si se harían sobra esto mucho* y di* 
ferales comentarios. Volvamos á abrir la historia. '.. *. 

Hallándose la corte en Metan, cierto dominico del convento de üin 
repon entregó un pliego al rey» en sus propias mano*, que dijo haber 
recibido de un hombre fallecido la víspera en su convenio. Nadsa 
conecta i era persona, y aun hoy dia se ignoran sa nombre, aaia*a~ 
loa y calidad, fia cnanto al pliego, contenia una carta cernada ion 
d sdlo de Pedro la Brease. Es precien convenir en qee fué singukl! 
Jad la que osmisjp»te asante da suerte qne muriese <o)< 

tobo n. 



Digitized by 



Google 



•a rVIBlOftS* 

©ertookio y Hega$d^imaD08 del rey usa carta que ato* 
átiajtoése. Montan gravemente le compnwetia, que «1 rey palidez 
,ckíy permaneció algunos instantes estupefacto, y >eunló un consejo > 
La misma casualidad había precisamente, en esta época, traído fr 
Matan al dutfue de Brabante, el cual quedé tan sorprendida como él 
rey de las monstruosas cosas qne en esa caria se revelaban. 

Tratábaae de cierto atfiso comunicado por ti gran chambelán al 
rey de Castilla; una nueva traioion de igual Índole que la anterior, 
pop teucfao mas criminal, puesto que se había podido Tender un im- 
portante secreto. 

i ff-Todo está ahora esplicado— dijo entóneos un oficio*) consejero; 
«w*»hé aqtá la prueba, no solo de una, sino de dos. felonías mas; los 
alisos dados al rey Alfonso en Bearne al comenzarse las boitilida* 
dé», pao|Hi del mismo autor, y este es el qqe suscribe la caria que ha 
áode ¿«tragada al rey nuestro señor* 

i. LaBrosse fué inmediatamente arrestado. No podia esperarse otra 
oola. Condújose á Paria, en tanta que la cólera del rey, hábilmente 
avivada por los consejeros y hechuras de la reina, meditaba una ee- 
taftitosa veagaiia. Parece roas que probable que fué en un principio 
ewsrrado en la torre del Loovre y vuelto luego & conducir al casti- 
llo de Jaralto en Beauce, á fií de que no perdiese de vista* el mocar* 
da htu pridoMco durante su permanencia en el campo. 
-. Reunido por fin el tribunal, trasladóse de nuevo k la Brosee al par 
lacio de* Parfe, y quedó eacerrado en la Conserjería, casi coma debia 
Engtwrando en Vinee&nes, bajo los pies del rey, mientras sa 
éste fm los jardines can sus cortesano*. 

!> Bt proceso no podía menos de tener un resultado fatal para él acu» 
sá&K Latpwfetrodones, las acusaciones de toda clase, la terrible pnie* 
ba de la firma, y par cima de todo esto, la pérdida del favor real, 
precintaron el fallo. Defendióse la Brosse como diestro y atrevido 
qfué era. lias ¿dónde encostrar el testimonio de una persona fallecida 
en asé convento de Mirepoix? ¿Qué decir á ese celoso dominico, que 
haUa dado -cumplvmietrto k la última voluntad de un moribundo, He* 
vunde al rey un pliego cuyo contenido ignoraba? Probó denegarla 
Bátase* bu sello; pero era esta una pobre defensa. 

- Jfe jpeM* en invocar las revelaciones de ningún profeta, y aunque 



Digitized by 



Google 



MKBOTA. H 

m edo asistiera, no te habría sida tan crédulo en #u fawof ,&>WQ ,«$ 

i de haberse cftnsudiida par algtm tiempo «a la pqgra.y )mj>j 
prisión del palacio, fué pora y simplemente condenado la : &fóf 
se á la pena de horca— por aar 4a baja estratwn— oof»(fc|ft, #yun 
na la scntoMia* de traición f da joleligeacia coa lot-eafl&MW de la 

Friacia, de rabo* de peculado ea ana-palabra, dé waníe f&<aa* 

cetario para merecer esa pena. Lo que sobremaaera fto* WflrqRto 
es que ni una palabra se dijese labre ri aaoato del vttffl}0< Y— 

D doqoe de Brabante quiso asistir á la ejecución Sacado/, Eadro 
4s la Brom de la coaaergiaria pdr una eeAfafiia de afquergf juna- 
fcrialmeate llevado de los cabezones por el verdugo, Alé optoflfc 4* 
tan horcas patibularias eo preeeacia da an ia»easo geatíq*- ampiado 
aabie y valerosamente. 

Asi terminó esta larga tragedia cnyos actores trataron aUesn^var 
méate de preparar á so favor el desealaae. 

Mejor ejemplo de justicia habia tenido lagar poco antas; El pro- 
baste de Paria, Uaaade Capetal ó Ckapera), íué quien prapfrcionó 
la ocasión. 

flida el principio de líttt bobo de cometerse en la corteada Fran- 
cia ai crimen horrorosa. Con motivo de cierta herencia, una d$ jgf 
plebeyos mas opulentos asesinó á su enemigo. Sorprendido e? fra- 
granté delito, fuá encerrado el crímiaal en la cárcel del Chilate!, y 
estregado & la terrible justicia de aquel tiempo. 

Asustados sa mujer y sus parientes de los espoditos prqwfcres 
drl preboste, se presentaron á este magistrado. Capetal quería bfcfy 
al pueblo» del cual habia salido;- lisonjeábanle las súplicas de jira 
aajer de bella apariencia que prometía quedar reconocida, y le a$r?ft 
daba laobitu hacerse del servicial. 

—Vuestro marido ha sido preso— dijo á la esposa del, rofino-?y 
sa le está juzgando en este instante. Si no sale condenado p^s que á 
prisión, os prometo que le veréis á menudo. 

— ¡Aj! scfior preboste— dijo uno de los parientes del refH-rico 
recaudador que se engordaba esperando la horca— el fallo ba.jjdo 
ya publicado; nuestro pariente está condenado á morir. - t 

—Esto as mas grave de lo que creía— respondió Capetal. -*tyaf)a 



Digitized by 



Google 



¡fe YMSfÜNCB 

fmetftf yo haoer en ello. No ignoráis qae «1 verdugo ge apoderará 
mañana, según costumbre, del condenado, le sacará de la circe!, le 
botiducirá á los mercados y le colgará de la horca. Es preciso resig- 
narse. 

Los parientes se echaron á los pies de Capeta). 
- -*Biea veo— dijo— que es esto una gran desgracia para una per- 
sona rica, y sobretodo para la familia, sobre quien echa ese fallo 
una terrible mancha. 

—Y ¿no queda esperanza alguna? 

-¿-No la sé ver. 

—[Oh! jseBor preboste!— ni la familia» ni la esposa perdonaría* 
sacrificios ni gastos» 

Ocultó el preboste su boca con una de las manos en actitud me~ 
ditabunda; mas fué en realidad para disimular una sonrisa que em 
rife le retozaba. 

— Todavía puede haber un medio. 
' — ¡Alil señor; j hablad 1 ¡hablad! 
" —¿Tiene el condenado buenos amigos.... verdaderos amigos? 

— Muchos, sefior. 

' — ¿T se hallarán prontos á no retroceder ante ningún obstáculo 
para salvar á ese desgraciado?.. . 

—Ciertamente. : 

' —Seria menester que uno de ellos se sacrifícase por él. 

El semblante del interlocutor espresó la admiración mas profunda.. 

—Yo arreglaré las cosas de manera que la ejecución tenga lugar 
muy de mañana ó muy larde, la misma noche... 

—¿Y bien, sefior?— dijo el pariente, no comprendiendo todavía 
una palabra. 

—En este caso, tomandoel verdugo la víctima que se le entregue, 
la ejecutará... y Cristo con todos. 

—Pero. . .—repuso el pariente;— pero, señor, ¿quién ha de consen- 
tir en reemplazar en el patíbulo á un condenado á muerte? 

—Esto os concierne & vosotros— contestó fríamente el preboste. 

—¡Es Imposible!— esclamó desanimado el colector. 

—A falta de amigos, puesto que no los hay tan generosos— prosi- 
guió Capetal— quizá.... si bien se buscase.... se encontraría.... 



Digitized by 



Google 



i 



\^ 



> 



Digitized by 



Google 



/ 



(\ 



Digitized by 



Google 



UC HWOTá. IS 

— ¿Quién, señor? ¿qnétt? * 

— Sis embargo. , . . seria difícil; . . . 
, —Decid, decid. 

■ —Y sobre lodo muy caro.... pues copo ahora mismo decíais, la 
\ es grato y nadie consiente con facilidad en poderla. 
—No bagáis reparo en loe gastos, sefior: todo io pagaremos. 
— E44 bieo, está bien— dijo Gapetal con centelleante mirada.— 
: vuestra promesa para que pueda yo obrar en tonse- 



Traapertado de goio el pariente, hincó el acento en la palabra que 
acababa de dar; pero sin precisar cantidad alguna. 

—Veremos, veremos,— dijo Gapetal conafabilidad -volved luego. 

ladreóle las mano» y el eslreme del vesiido los parientes del reo, 
y safeeron del aposento andando hacia atrás con todas las séllales de 
■a goto y aa reooaooimiento inespücablcs. 

Soto ya Cápela!, pidió su mala y se dirigió al Ghátelet. Encontró 
atti al condenado en «no de esos horrendos calabozos en donde co* 
■ffanbm á formar el suplicio del pactante antes de que llegase el 
verdago, los repule* y los insectos de todas clases que en el fango de 
aqtella asquerosa sentina hormigueaban. 

A semejante maxmorra babia sido trasladado, después del fallo, el 
hawoíái, sin qae se hubiesen curado mas de él los carceleros. La 
«fecocioo estaba Ajada para el dia siguiente. 

Km ka oscuridad donde el miserable se debatía entre espantosos 
grita, apercibió Gapetal desde las primera* gradas de la escalera 
q*o á ese sepulcro conducía, un segundo rostro, débilineule ilumina* 
é» por ti reflejo de la antorcha que sacudía á intervalos el carcelero. 

— |AhJ sefior preboste— gritaba el condenado— (libradme! jsocor- 
raámat H e dmmto de frío y de miedo. 

—Sin embargo, no estáis solo á lo que pareoe— dijo el magistrado. 

—Si, entre asesinos, entre malvados— dijo el criminal— olvidan- 
do por costumbre que él era también un asesino. 

— j Kh! poco á poco— repeso entonces una voz salida como por mi- 
tagre del infecto abismo.— Aquí no bay obro malvado ni asesino que 

*. 

— ¿Quién habla ahí dentro?— preguntó Gapetal, avanzando con 



Digitized by 



Google 



M PHSKMES 

una especie de terror mezclado de curiosMML 
— Dacedme el favor de acercaros, señor,— dijo la y&í— y baced 

i soy on hombre de 
ipetal? 

y sin.demostrar la 
agitado por la mas 

i ese hombre. Re* 

quella persona car- 

— rareceme conoceros —le dijo. 

— Si, para mi desgracia— repuso la voz. — Soy el pobre estudian* 
te que dibujó ciertos malaventurados emblemas en la puerta de vues- 
tra casa y á quun hicisteis prender En vano me ha reclamad* 

á menudo la Universidad, vos habéis sabido ocultar la venganza 

y el culpable ¿Quién puede saber queme hallo gimiendo en 

tan dura prisión? jila) a un poco de piedad, señor! ¿No he sufrido 
ya bastante? ¿No se halla mas que suficientemente espiada una falta 
tan leve? Perdonadme, os suplico; y así como esperando siempre en 
vos, no he pensado jamás en acusaros, os juro por la cruz del Reden- 
tor que como me pongáis en libertad , mis labios no se han de despegar 
para proferir contra vos la menor queja. 

Gapetal acabó de descender los húmedos escalones, y con la luz en 
la mano dirigióse hacia el fangoso ángulo do donde salían tan gene* 
rosas súplicas. 

En aquel funesto rincón, medio sumergido en corrompido baño de 
infecta inmundicia, revolcábase un hombre, joven todavía, un des- 
graciado á quien no habia bastado á quitar la existencia el espaatos* 
suplicio de largos años do cautiverio. 

—Os reconozco— le dijo Gapetal.— Con qué ¿nada habéis dicho 
jamás contra mí? 

—¡Jamás, monseñor! Jamás; os lo juro delante de Dios. 

El infortunado quiso levantar una de sus maní* hacía la bóveda 
del calabozo; mas el peso de las cadenas volvió á derribar al suelo 
aquel desfallecido brazo. 



Digitized by 



Google 



WMMM. h 

— Y habíais de callaros también en adelante, si o* sacase de esto 



— ¡Ah! ¡monsefforNj-esdamó el joven— mi familia me está acaso 
aguantando aun, llorando mi anuencia, puesto qne desaparecí de 
bario eatrafio modo, arrebatado por vuestros arqueros después de un 
motín. Pero yo la diré que para mayor seguridad mia, he viajado; 
tiré que no me habéis cansado mal alguno; que no os conozco.»... T 
adornas os bendeciré 

— Esli bien— dijo Cápela] después de unos instantes de silencio, 
qoe empleó en observar atentamente á su pálido y humillado enemí* 
go.- Italiana saldréis de esta prisión; pero jurad que no trabéis de 
decir nada, sncédaos lo que quiera, sean cuales fueren las formalida- 
des que crea yo conveniente llenar.. 

— lOs lo juro por mi eterna salvación! 

— Adiós pues — dijo Capetal. 

T se alejó del prisionero cuyas bendiciones parecían ofender su 
modestia Luego volviendo hacia él? 

—Voy k hacer trasladar & vuestro compaffero, que ha oido la con- 



— Entonces tai vez nos comprometa— dijo el estudiante. 

— Se baila condenado á muerte y ha de ser ejecutado mafiana. 

— ¡Pobre hombre!— murmuró el estudiante, observando á su vea 
al sentenciado, á quien aquellas terribles palabras acababan de su-* 
mir en un profundo desvanecimiento. 

Acercóse Capetal al rico homicida, le quilo el traje bastante decen- 
te qne vestía, y se lo dio al estudiante. 

Yol viendo & llamar entonces al carcelero, le dró algunas órdenes. 
B carcelero cogió al homicida por las espaldas, y le sacó fuera del 
calabozo, oyéndose luego el ruido de muchos cerrojos. 

—Hasta mafiana— dijo Capetal al estudiante. 

— 4 Oh! ¡gracias! ¡gracias! ¡monsefior!— esclamó una vez mas el 
mócenle. 

Montó de nuevo Capetal en so muía, y restituyóse á su casa. B 
pariente del homicida le estaba ya esperando con impaciencia. 

— r ¿rece que queréis mucho á vuestro deudo— dijole el magistral 
do coa una sonrisa de buen augurio. 



Digitized by 



Google 



«^-¡Obl si, sedar. , < / 

—Pues ya podéis daros la enhorabuena. He hallado al hombre que 
necesitáis: cierto pobre diablo, disgustado de la victo y del régimen de 
una prisión, consiente en morir en lugar del sentenciado; pero quie- 
re que se enriquezca á su familia, y sus pretensiones son exorbi* 
tantos. 

—¿Qué es lo que pide, seOor?— preguntó el pariente enajenado é 
inquieto á un mismo tiempo. 

—Pide treinta mil escudos. Asi es que le he dicho que era im- 
posible que se arreglase el negocio. 

—Es mas de los dos tercios de la fortuna de mi pariente. 

—Esto arruinaría á su viuda— dijo tranquilamente Cape tal. 

— ¿Su viuda, sefior? ¡Ahí 

— Quiero decir, su mujer: como tengo, apegar mió, tan fijo el pen- 
samiento en esa ejecución de mañana, y mafiana la que es hoy m 
mujer será su viuda... 

—Nada, nada, sefior; la vida vale mas que el dinero.. Todo se da* 
rá para la salvación del sentenciado. ¿A dónde es menester llevar 
esa suma? 

—Me bailo sobremanera perplejo— dijo Capeta!:— -porque, una vei 
pronunciado el nombre, mi secreto es el vuestro. Asi pues, una in- 
discreción puede perdernos; á mi por mi escesiva indulgencia; á vos 
porque la justicia volvería á prender á vuestro pariente y os castigar 
ría además. Solo una persona debe saberlo. 
. —Vos, vos, sefior. ¡Obi ¡tenéis mucha rasonl— dijo el crédulo ar- 
rendador. 

—Si queréis* pues, fiares de mi— interrumpió el preboste~--yo,me 
encargo de todo. Mañana, cuando se creerá en París que el cuerpo él 
vuestro pariente va á pender en la horca, otro quidam, vestido con 
su traje y cubierto con su gorro, pasará por la&.manos del verdugo. 
Dé aqui un magnifico resultado ¿no es cierto? 

— ¡Es mucho valor el de ese preso!— observó el arrendador— y 
demuestra querer entrafiabjemente á su familia. 

—Vuestro pariente se alejará de París por algan tiempo; luego, 
si llegaba á morir el verdugo en cualquier sedición, podría atribuír- 
sele este error.... obtenerse un indtydle**.» , , t 



Digitized by 



Google 



ü& umuf i. rj 

—¡Oh! no pensemos en el porvenir. Gracias, sefior Capetal. Por 
■■y empobrecido que quede mi pariente, siempre hallará medio de 
manifestaros su reconocimiento por el servicio que nos prestáis. 

—No hay que hablar de esto. 

—En cnanto á mí, señor, no quedo, á Dios gracias, arruinado— 
dijo el arrendador con una sonrisa llena de promesas. 

—Por favor 

— Ya tendréis ocasión de saber basta que punto estimamos el ina- 
preciable beneficio que nos dispensáis,, librando del cadalso á un in- 
dividuo de nuestra familia. 

T alejóse el arrendador, rebosante el pecho de felicidad. 

Al din siguiente— era en invierno— tuvo lugar poco antes de ama- 
necer una ejecución, á la luz de hachas de viento, en la plata de los 
«creados. Un hombre vestido con un traje de lana bordado, cubierta 
la cabeta con una caperuza aforrada, oculto el rostro por una enor- 
me mordaza, salió del Chátelet tiritando de felicidad al contacto del 
aire puro que no había respirado desde mucho tiempo. El desgracia- 
do debió creer, al verse rodeado de arqueros y conducido hacia la 
picola, que se trataba de algún honroso castigo, de una de esas in- 
significantes formalidades de que le había prevenido la víspera Cá- 
pela!. 

El verdugo le había puesto la mordaza en virtud de espreso man- 
dato, en tanto que algunas horas antes hallaba el homicida abierto 
de par en par la puerta de su calabozo, veía romper sus cadenas y 
se deslizaba en la oscuridad hasta una puerta secreta, en donde le 
estaba esperando su adicto pariente. 

Ahorcóse al estudiante á pesar de sa desesperada resistencia y de 
sai inarticulados gemidos. Durante este tiempo contaba con satisfác- 
ela Capetal los treinta mil escudos en oro que acababan de serle con- 
ducidos en dos muías hasta el patio de su casa. 

El cadáver del estudiante fué llevado á Montfoucon, de donde es- 
peraba hacerle retirar inmediatamente el preboste antes que una mi- 
rada indiscreta pudiera reconocerle y probar que no era el del con- 
denado. Para semejante operación era indispensable la presencia de 
Capetal. Apresuróse, pues, á dirigirse coa dos hombres, al amanecer, 
al lugar del suplicio, para descolgar al cadáver que pensaba sepul~ 
nuQu 8 



Digitized by 



Google 



58 MSIOMB 

tar en un hoyo de cal viva. 

A las ocho y níedia (legaba el preboste al pié de la horca. En vano 
buscó en ella á sa victima. Solo quedaba allí la cuerda reeientomen- 
(e cortada. 

El cadáver babia sido arrebatado. 

Ninguna estrafieza le hubiera este incidente causado, á ser el cuer- 
po que faltaba el del rico villano. Con efecto; frecuentemente acaecía 
entonces que las familias de los supliciados se esponian á todo, para 
dar sepultura k los desgraciados restos de sus parientes. Mas ¿qué 
interés podían tener los del estudiante? Capetal tuvo miedo á pesar 
suyo, y regresó precipitadamente á París. 
v No había para menos. 

Un estudiante, á quien satisfizo poco el espectáculo de la ahorca- 
dura, et cuanto le fué imposible admirar el rostro del paciente, 
siguió al cadáver basta Montfaucon, esperó que el verdugo se vol- 
viera, y encendiendo entonces unas pajuelas, reconoció, no al villano 
homicida, sino á uno de sus queridos camaradas cuya estrada de- 
saparición lloraba largo tiempo hacia. 

¡Ua estudiante! (qué inesperado suceso para la Universidad el de 
semejante violación de todos los derechos! No hay que decir si hu- 
bo alboroto. Capetal fué sitiado en su casa y preso por una muche- 
dumbre furiosa. Las puertas de la Conserjería se abrieron para guar- 
dar al preboste hasla que hubiera dado esplkacion de su conducta. 

SI criminal evadido se ocultaba. Capetal se prometía arreglarlo 
todo, revelando al secreto de su refugio, que le era conocido. Mas el 
agradecido pariente contó á los jueces cuanto sabia sobre la integri- 
dad y oficiosa cortesanía del preboste, y en medio de los estrepito- 
sos aplausos de toda la población, justamente indignada por una de 
laa mas horribles iniquidades que hayan jamás aterrorizado á la hu- 
manidad, fué estraido Capetal de la Conserjería del palacio, condu- 
cido á su vez á tos mercados de París, y por sentencia del parlamen- 
to Ahorcado alio y corto, sin que nadie se presentase á sustituirte en 
tan triste ceremonia. 

Felipe V mandó entregar á la familia del infeliz estudiante toda la 
fortuna del preboste, que se había enriquecido impunemente con in- 
finidad de crímenes del mismo género. 



Digitized by 



Google 



N BUBOFA. Si 

En cuanto al rico, á quien salvó so dinero de (a muerte, nada mas 
■as refiere la historia. 

Algunos escritores hacen pasar también en la Conserjería el de- 
senlace de una tragi- comedia que ocupó al pueblo y al parlamento 4 
mediados del afio 1323. 

Cierto señor gascón, llamado Jourdain de I 4 Me, que, según el uso 
áei tiempo, ejercía en sus dominios el derecho de alia y baja justida, 
parece que no se contentaba con asolar jurídicamente su territorio, 
sino que, poco amigo de ir á guerrear con'ra los infieles y teniéndole 
m nidada los ingleses, era por si solo el mas feroz enemigo (je sus 
▼asaltos. 

Armado de pies á cabeza, seguido de todos los ladrónos y vaga- 
bundos del paisa quienes habia regimentarlo, hacia escorsiones en 
sis tierras y en las de sus vecinos mas débiles, poniendo á escote 4 
los viandantes, saqueando los conventos y arruinando 4 los merca- 
deres ambulantes. 

Por lo que toca á las mujeres del pais, no se hallaban con mas se- 
guridad en su patria que si se hubiesen idoá morar entre sarracenos. 

Siempre que se hacia alguna observación á semejante salteador: 

— ¡Baí -respondía— ¿qué queréis que me suceda? No me falta 
hierro ni soldados para rechazar toda clase de sorpresas ó violencias* 
— Respecto al rey, no puede menos de dejarme quieto en mis domi- 
nios, puesto que soy señor en mi casa y buen caballero. Y si se mex- 
da conmigo la religión, ya sabéis que soy pariente por mi mujer de 
nuestro santo padre el papa Juan XXII. 

Después se echaba 4 reír, mandaba nuevos pillajes, cometía nue- 
vos homicidios y se restituía 4 su castillo, fuerte comonnbuUre en el 
«pació. 

Grande era el número de los incendios y asesinatos que habia co- 
aelido, cuándo hubieron de acordarse sus vasallos de que, pagando 
4 su primer sefior, el rey de Francia, muchos y muy crecidos ip- 
fmmías de todas clases, bien merecían que este les protegiese, ppes 
de lo contrario, dia vendría en que robado por Jourdain lo poco que le* 
quedaba, se habían de ver en el caso de no poder pagar pecho alr 
gano. 

El bandido estaba muy distante de hacerse semejantes refleaipaes. 



Digitized by 



Google 



«O FBISlOffES 

Pero los habitantes de su malhadado dominio, no pudiendo ó no que- 
riendo satisfacer á los colectores de los pechos, elevaron sos quejas 
al rey y al parlamento, quienes tomaron cartas en el asunto. 

El parlamento ó consejo del rey Garlos el Hermoso suplicó á este 
principe que enviase un ugier al bandido para obligarle á comparecer 
á la corte del parlamento. ¡Triste comisión para el pobre mensajero! 

Recibióle Jourdain con las mayores distinciones luego que supo 
que el rey le enviaba; y preguntándole por el objeto que le traia, de- 
sarrolló el ugier su pergamino. 

—(Obi ¡oh! — esclamó Jourdain— ¿qué es esto? ¿el parlamento? 

—El consejo del rey, señor. 

—Perfectamente. Pero ¿ignora el rey que soy señor en mi casa? 
¿Por ventura he atentado contra una sola de sus prerogativas? 

— Es cosa esta que no me concierne, caballero. Os he comunicado 
las órdenes del rey y quedáis emplazado. 

—(Ir á París! (yo! ¡cuando nada me obliga á ello! 

—Seria desobedecer, caballero, si no fueseis. 

—¿Pues no me amenaza este bergante? repuso encolerizado el de 
l'Isle. 

T arrojando la máscara afable que tanto trabajo le babia costado 
tomar, llamó á sus criados. 

— ¡Hola!— les gritó -azotadme bien á este picaro que acaba de 
insultarme. 

—¡Temed al rey! ¡temed á mi amo!— esclamó el desventurado 
ugier. 

— | A mi es á quien has de temer!— dijole riendo Jourdain.— Soy 
yo tu verdadero dueño en este instante. 

En vano invocó el enviado el nombre del rey, en vano amenazó 
y protestó, nada pudo librarle de ser cruelmente maltratado. Muchos 
historiadores añaden que perdió la vida á manos de las gentes de 
aquel feroz tirano de Gascuña. 

Furioso el rey al saberlo, y escitado por el parlamento, escribió á 
Jourdain de l'Isle para prometerle tan terribles represalias que el 
pais había de conservar de ellas eterna memoria. 

—Corriente— dijo Jourdain á sus deudos y amigos— por cima del 
rey está el papa, y mi mujer es su prima: con que, soy primo del papa. 



Digitized by 



Google 



DE BUpFá. «1 

— Si— le objetó un prudente consejero— pero el rey de Francia 
tiene una nube de arqueros que no son subditos del papa y que Ten- 
drán i echar abajo vuestro castillejo, dentro del cual corréis peligro 
de perecer achicharrado. Haced lo que el rey os manda: id á París, 
y presentaos ante ese famoso parlamento. 

— Eso es: [que me arroje yo mismo á la boca del lobo! 

—No se os dice que cometáis la locura de presentaros solo. Haceos 
seguir de todos vuestros amigos que constituyen la grandeza de la 
provincia: con tan respetable acompañamiento lograreis que os res- 
pelea el parlamento y aun el rey. 

—¡Vive Dios, que tenéis razón! Lo pensaré. 

A puro pensarlo, llegó Joordain á levantar un pequeño ejército 
de hidalguillos y parientes, al frente del cual se presentó en París, 
cufiando que sucedería con él lo de Roberto de Arlois, á quien tan 
ftcttmente había el rey perdonado. 

Presentóse primero al rey, quien le volvió las espaldas, le hizo 
pmder en el mismo palacio y sepultarle en sus calabozos. 

Hé aquí por que nos ocupamos en este lugar de su historia. 

Joordain debutó en un calabozo de la Coosergeria. Llevado ante el 
parlamento, quedó sentado en el registro del Cbátelet. 

No se cansó de repetir que siendo villanos sus vasallos, no siguí - 
nada: que le pertenecían como cosa propia, y que matarlos 
usar de lo que era suyo; y robarles, recobrar su propiedad: mas 
d parlamento, que no admitía semejante derecho, le condenó como 
al último villano, 4 la pena de maerte. 

— ¡Soy hidalgo!— esclamó Jourdain.— ¡Soy primo del papa! 

— No nos importa— contestóle el rey. 

—Pero la religión 

—La religión dice: «No matarás.» Y vos habéis faltado con fre- 
cuencia i este mandamiento. 

—Solo se condena 4 muerte á los traidores, y yo no he cometido 
traición ninguna. 

— Vuestros vasallos son subditos mios. Abusando de vnestro de- 
recho, habéis hecho maldecir mi cetro que os lo confiere. 

Joordain esperaba mucho de sus parientes; los cuales quisieron en 
electo abogar mucho mas en favor de los principios que de la perso- 



Digitized by 



Google 



*• PRISKMfES 

na del acusado. Garlos el Hermoso, que se hallaba entonces en sus 
buenos instantes de justiciero, permaneció inflexible. 

— jVaya! ¡morir por tan poca cosa!— repetía Jourdain. 

— jY morir ahorcado! — mormuraba el populacho, escesivamente 
halagado con la humillación del sefior gascón, y reempnjándose en el 
pretorio. 

Es verdad que el parlamento habia condenado 4 Jourdain á la hor- 
ca, ni mas ni menos que si se tratara del mas humilde patán. 

No dejó de ser conducido Jourdain al patíbulo el dia al efecto 
señalado y precipitado en el espacio, en medio de los aplausos del 
público que afluyó aquel dia á París para presenciar la buena justi- 
cia del digno rey muy honrado y bueno para el pobre pueblo. 

Durante el reinado de Luis XI llenáronse á menudo los calabozos 
de la Consergeria; pero las justicias de este monarca eran tan estre- 
pitosas para los grandes como oscuras é ignoradas para los pequeños. 
Luis XI contemporizaba con el pueblo. Este principe tuvo que hacer 
frecuente U60 de las prisiones perpetuas, adyacentes á la Consergeria, 
y que venían á terminar en las rejas sobre el rio. Mas de una vez en 
el decurso de la presente historia tendremos que ocuparnos de tales 
prisiones. 

Bajo el reinado de Garlos VIII— dice Feltbien — metióse en la Con- 
sergeria en primero de diciembre de 1496 á Claudio Chanvreux, con- 
sejero clérigo del parlamento, coo motivo de un falso poder en virtud 
del <5ual el obispo de Xaintes habia sido resignado en la corle de Ro- 
ma en provecho de Pedro de Rochechonart. 

El 23 del propio mes se reunieron las cámaras, á consecuencia de 
la reclamación que, como clérigo que era, hacia del preso el obispo de 
París, siendo despojado Chanvreux por sentencia solemne del indica- 
do carácter. 

La ceremonia tuvo lugar la víspera de Navidad en el estrado del 
tribunal á donde se trasladó al acusado para oir la sentencia, vestido 
de un traje de grana y una caperuza aforrada. Púsose allí de rodillas, 
descubierta la cabeza, y en presencia de todas las cámaras reunidas, 
el primer presidente Juan de la Yacqueria pronunció el fallo, en 
virtud del cual, atendidas las muchas falsificaciones por aquél come- 
tidas, y el soborno de que se hallaba convicto, con el notario y tes- 



Digitized by 



Google 



dk «mor a. es 

i el asunto del obispo de Xaintes, fué privado de su oficio 
de consejero, y de todo otro judicial. 

Después de esto, trasladáronle cuatro ugieres sobre la mesa de mar- 

sol en donde se le quitó la ropa de grana, asi como su caperuia y ce- 

r. Pósesele otro traje con el que fué vuelto á conducir al estrado, 

pies y cabeza y sosteniendo en una mano una hacha de 

catiro libras. Colocado allí de rodillas, esclamó: 

—Doy gracias á Dios, al rey, á la justicia y á las partes intere- 



Fueron rasgados en seguida los falsos procedimientos y conducido 
al patio del palacio, donde se apoderó de él el verdugo, quien, hacién- 
dole subir á una carreta, le llevó al Chátelet, en cuyo punto se pre- 
gwó k sentencia, continuando hacia el patíbulo en torno del cual se 
le obligó i dar tres vueltas, se le marcó en la frente una flor de lis, 
con in troquel de encendido hierro, y se le puso después por dos agie- 
res en U puerta de Saint- Martin, para que marchase desterrado del 



Carlos VIII inauguró su reinado con un estrepitoso acto de justicia, 
verdadero progreso sobre esas pretendidas satisfacciones que los an- 
tiguos reyes concedían al pueblo á su festivo advenimiento, como lo 
preeban tantas ejecuciones de dilapidadores. 

El rey sucesor de Luis U era tan joven que se confió la regencia 4 
su hermana Ana de Beaojeau, cuya princesa trató desde luego de 
iimpa triar con el pueblo por medio de alguna acción ruidosa. 

Luis XI habia perseguido rudamente á los grandes; pero también 
había azuzado con verdadera crueldad sus dogos favoritos contra el 
desvalido pueblo. Las asustados del difunto rey con los seSores Tris- 
la*, le Dain y otros verdugos, no eran mas que sangrientas irrisio- 
nes. En estos desgraciados puso antes que todo sus ojos la regente. 
Cm ellos se ofrecía al público rencor, á un auvernés llamado Juan 
Doyac, elevado i gobernador de Auvernia, con tanto motivo como el 
qte tenia el barbero le Dain para calzarse con el titulo de conde de 



Muerto el rey, comprendieron perfectamente estos personajes que 
om pasados los bienes tiempos de su fortuna. Olivier hizo sus pre- 
parativos pan retirarse á sis posesiones, y Deyac no se olvidé de 



Digitized by 



Google 



«4 PRISIONES 

ponerse á cubierto, según sus posibilidades, mientras pasaba la tem- 
pestad. 

Todo se bailaba ya dispuesto para la retirada del barbero le Dain, 
y calculando estaba un dia con su criado Daniel, elevado á la dignidad 
de intendente, sobre los sucesos que debían volverle á su anterior en- 
cumbramiento, cuando se abrió de improviso la puerta dando paso á 
una persona estrafia en la casa; iba en traje de camino, y en el estre- 
mado desorden de sus vestidos transparentábase la agitación de una 
conciencia por demás perturbada. 

—¡Juan Doyacl— esclamó Oiivier— el gobernador de Auvernia.., 
¡Ah! sed bien venido á París, amigo nuestro. 

— Donde celebro hallaros en estado tan próspero de favor, seffor 
conde de Meulan. 

—Y mas cerca aun de la mayor dicha que haya jamás esperimen- 
tado Estoy de viaje. 

— ¡Gómol ¿vais á dejar la corle? {esto es horrible! Nuestros servi- 
cios son muy mal recompensados. jAy! Los principes son ingratos... 
¡Ola! compadre Daniel. Buenos dias, compadre. 

No era Daniel un criado vulgar. El público le acusaba de haber 
servido á la vez á su amo de espia y de verdugo, cuando no del mas 
rígido de los colectores de impuestos, si era cuestión de algún repar- 
to forzoso. 

Habia demasiada analogía entre un criado de esta clase y un go- 
bernador de Auvernia como Doyac, para que, dejando etiquetas apar- 
te, no se aliasen desde luego. 

— Sí, — dijo Daniel.— Está decidido. Nos retiramos. 

—Viviremos en nuestros dominios— añadió Oiivier— sefior de mu- 
chos lugares y aun de una villa: rico y respetado, por mas que por 
ahisediga 

—Sin duda. Sois temido... Hé aqui el mayor honor que conozco. 

Apercibióse Oiivier que semejante descripción de una inmediata 
felicidad hacia suspirar á Doyac. 

—¿Qué tenéis?— le dijo.— ¿Habéis venido á París á pesar vuestro? 

— Por el contrario. La corte quiere satisfacerme los considerables 

atrasos que estoy acreditando Se trata también de algunos bono* 

res particulares... Pero me pasaré sin ellos; soy modesto... 



Digitized by 



Google 



Dft ITOOPJL 13 

— ¿Os quiere, pues, la regente? 

—Soy un hombre necesario; y luego, ya veis, Olivier, mi posición 
es magnifica: jamás be muerto ni hecho anadie abiertamente traición, 
lie sido diplomático en cuestión de rentas; nadie me atacará. Mis ad- 
ministrados están que truenan contra mi engrandecimiento, porque 
se acuerdan de haberme visto dejar el país vestido haraposamente; 
■us, con lodo, están orgullosos de ser mandados por un compatricio. 
En «na palabra, espero mocho del nuevo reinado. 

—Tanto mejor, setter Doyac, tanto mejor. En cnanto á mi, nada! 
espero. 

— ;Ah! m antiguo amigo; es que vos... Pero (bal olvidemos 

—¿Qué queréis decir, Doyac? He asustáis. ¿Sabéis algo por ven 
ton? 

— ¡Oné diablos! amigo mió, coando se han manejado tantos inte* 
retes, romo decía nuestro buen amo, es imposible no conservar en 
fe pauU de los dedos un poco de tinta 6 de sangre. Decid que no 
es asi... Pero no es enojéis de ese modo.... 

—¡Sangre! ¡sangre! No, amigo, no. El difunto rey sabia que 

—Ved que estáis hablando como un nido. ¿Se inquieta acaso á loaj 
■■artos cuando sobran vivos á quienes atormentar? ¿Crreis que hai 
de ir meatos enemigos á procesar al buen rey que descansa aHá, 
bajo la hoja de plata?... ¿Queréis chancearos? ¡\l contrario, un viv#^ 
bies ¿ordo, un conde de Meluo, un rico caballero! Esto, esto es 
baña ptsa, y vos sabéis cuanto se complace en ello el populacho. 

— Indudablemente, Doyac, vos sabéis algo— dijo Olivier vivamen- 
te agitado.— Vos me contáis ahí cosas del otro mundo que me pare- 
en histerias. 

—Del otro mundo, es verdad; lo confieso.... ¿Qué queréis? si ten* 
g» m tan presente.... 

—¿El qué? ¡Acabad! 

— Oid pues; llego esta maffana á París; me presento en seguida 
á h corte. . . era un deber. .. no veo mas que rostros desconocidos.. . 
Sin embargo, bascando bien ¿á quién diríais que hallé? ¿4 ver si 

rtais? 

— Qué sé yo.... Conocemos á tanta gente 

n. • 



Digitized by 



Google 



«« hustohei 

—Era en las habitaciones de la regento; atended.... en la§ galas 
de audiencia, entre los que aguardaban turno. Adivinad... alguno* .. 
del otro mundo, como ahora poco decíais. 

Palideció estraordinariamenle Olivier, y mirando coa inquietud 
i Daniel: 

—¿Quién le parece que podría ser?— le dijo. 

—Cavilo, señor, cavilo.... 

—¡Oh! ¡cnanto es su número! —esclamó Doyac. Pero buscad me* 
jar.... Vamos á ver sí os ayudo... Una mujer... 

Olivier tembló... Daniel tiritó. 

—Ignoro lo que queréis decir— balbuceó el primero. 

—Yo también— añadió el segundo. 

—Avancemos, pues. Una mujer, joven todavía, hermosa, el rostro 
trabajado por el dolor, una mujer & quien he visto á vuestros pióa 
mochas veces, cuando tenia el inestimable honor de trabajar oon vos 
para hacer feliz á nuestro buen amo. 

— 1 A mis pies! ¡una mujer!— continuó Olivier mas y mas cena* 
temado. 

—¡Qué mala memoria tenéis!— prosiguió Doyac.— ¡Una mujer á 
quien amabais y que se arrastraba & vuestros pies para pediros una 
gracia! 

—¡Obi esclamó Daniel con una espantosa sonrisa.— ¡Tantas son 
las mujeres que nos han pedido gracias! 

— La de que os hablo era la esposa de un pobre hidalgo acusado da 
felonía y etcerrado e» Plessia-les-Jonrs; un bello joven, por cierto. 
Amábanse entraflablemente y acababan de casarse. Todos los días la 
esposa iba á suplicar i maese Olivier, esto es, al seflor conde de 
Meúlan, que implorase del rey la libertad de su marido... Cualquiera 
diría <|ue ie podíais olvidar eato... 

—Ved, caballero, que no hacéis mas que repetir ese absurda 
cuento que han inventado mis enemigos. 

—¡Un cuento! ¡Qhl no es & mi á quien debéis contestar de este 
modo» pues yo recuerdo bieu vuestra conversación con ella el dia en 
que se hablaba de desocupar la prisión embarazada.... Ella pedia 
siempre lo mismo, y viéndola tan bella, le pedisteis & vuestra vez un 
favor... 



Digitized by 



Google 



M EUROPA. $1 

—Os suplico que no os riáis, sefior gobernador de Auvernia; Vues- 
tra risa me cansa un singular efecto. 

—Ya veo que os acordáis de la conclusión.... Veo también que sé 
fe ihmina poco á poco la memoria al bueno de Olivier. Vencido por 
d terror que esparcíais por el castillo, la mujer del prisionero os di* 
jo bu día en la escalera estas palabras, que me parecen resofear te- 
¿avia en mi oído:— ¿Y si os dijese que $í?... 

Otivier sintió espeluznada la cabeza. 

—Contestaré yo también que si, y quedará ttbre~-»respondi8t6ls ae» 
blando las llaves de la prisión, que colgaban del cinto de Dahiet.— 
La noche fué larga, maese Olivier... Tomasteis de la mano á la da- 
si que estaba deshecha en HanW, y la acompasasteis á su poéaáá 
dupws de haber pronunciado dos palabras al oido dé Dato leí. No 
paedo gloriarme de saber qué palabras foeron estas, y éolo sé lo 
que lodo París repetía et dia siguiente:— El prisionero se ha suicida* 
éo en su prisión. 

Esta vez el conde coa sus trémulas ifcanos se cubrió él lívido 



—;Ah!— esclamó Doyac con infernal jonrisa—j Aquel era reabnea* 
te d baea tiempo! ¡Ya se desvaneció todo como un suelo! ¡oh! (her* 
mona horas de poder, deliciosamente transcurridas!... Sin embar- 
go, como ahora mismo os decía, este recuerdo me ha sido á la vtó 
■as grato y mas penoso al ver en la antecámara de la regento á 
■ Goictier, el médico del difunto rey, llamado como yo por la 
,. hablando con ella.... con... 

— ¿Con quién?... ¡Dios mió! 

—Con Blanca de Alemán, la esposa del prisionero que se suicidó... 
la mjer que os dijo *(, y 4 qoien contestasteis: Quedará libre. 

— lOh cielo!— esclamó Olivier, en tanto que Daniel lantaba u 
alarido de terror. —¡Cómo! (vive aun esa mujer! (vive y se encuen* 
Ira aquí otra vez! ¡en la corte! Pero si se dijo que había muerto; 
que había desaparecido! ¿Qué hacia en palacio?. . . ¿la bau hablado?. . . 
¿la habéis hablado vos?... 

— ¡Jesos! ¡cuántas preguntas á un tiempo! ¡diaalrel Parece que 
tais lomando interés en la historia. . . Por quien soy quena la ha dicho 
«ai palabra: la conocía tan poco.... y luego sai relaciones mé pare- 



Digitized by 



Google 



18 PRISIOiíKS 

ciaron poco útiles en aquella ocasión. Hubieran podido perjudicar al 
buen acogimiento que me han hecho muchas personas adictas al se- 
ñor duque de Or leaos y al señor de Beaujen.... Con todo, he nota- 
do que la regente la ha concedido audiencia y ha permanecido coa 
esa dama mucho tiempo, hasta la hora de comer. Ya sabéis que se 
come á las once en casa de la regente. 

Olivier se paseaba visiblemente conmovido por la estancia, lanzan- 
do á intervalos inquietas miradas á Daniel, el cual le contestaba con 
otras de desesperación. 
. —¡Blanca aquí!— murmuraba. 

—¿Por esto os alarmáis?— prosiguió Doyac— ¿Qué teméis que se 
diga de este negocio?... La mujer os agradaba y parece que también 
le gustasteis.... Por lo demás ¿qué tenéis vos que ver con que al ma- 
rido le haya dado la gana de ahorcarse? ¿no es verdad?... ¿Qué di- 
ce á esto Daniel?... ¿No respondéis? ¿me dais la razón? 

—Este hombre se ha propuesto matarme con su lengua— dijo Oli- 
vier— Daniel; amigo mió; nu perdamos momentos: el carricoche es- 
tá aguardándonos ¿no es así? Pues coloca en él los muebles mas pre- 
ciosos.... No olvides los papeles y lacajila negra ¿sabes?— Haz en- 
sillar luego mi caballo; mi caballo... 

Iba & obedecer Daniel cuando el ruido de muchos golpes dados en 
la puerta le hizo retroceder hacia su amo. 

— Maese— dijo— hé aquí algunos caballeros 

—Visitas— interrumpió Doyac— me retiro Tengo cita en pa- 
lacio á la una, y va á dar. Con que, á mas ver, amigos, y buen viaje. 
En cuanto á mí, voy á hablar á la regente sobre mis atrasos en la teso- 
rería, recibo las felicitaciones de sus altezas y me vuelvo a Clermont- 
Ferrant, en donde vivo como un reyezuelo, disputando el paso al se- 
ñor de Bourdob, que me aborrece de muerte. Si vais alguna vez por 
allá, no dejéis de visitarme. Se pasa el tiempo deliciosamente; ni el ruis - 
mo Luis XI; aquí cuelgo á uno, allí robo á otro; en fin, ha#o cuanto 
se me antoja. Adiós; mil felicidades, compadre Olivier; adiós, Daniel. 

Y Doyac regresó á palacio con la tranquilidad de conciencia que 
caracteriza al hombre de bien. 

Los caballeros apostados en la puerta le habian dejado espedí to el 
paso, uno de ellos bajó de á caballo apresuradamente y siguió de le- 



Digitized by 



Google 



M£WH>f4 It 

jos al digno gobernador, quien marchaba sin desconfianza, llevando 
detrás 10 lacayo, piotarrajeado el traje con las armas de aquel pi- 
caro. Lo* demás caballeros entraron en la casa. El que parecía sn 
jefe se aproximó á Olivier: 

— Sefior conde— le dijo— la señora de Beaujen se queja de que 
ni» á partir sin despediros de ella. 

Qtttdó-e Olivier cortado sin saber que contestar. 

— Y vos, digno Daniel— añadió el oficial— ¿no os acordáis ya 
éb mi? 

—¡Oh! ¡tnaese Felipe de Commines!— esclamó el preguntado— 
;Vos aqui! Vedle, maese Olivier, es el mismo seOor de Commines en 
aerpo y alma. 

Algo mas tranquilo Olivier, saludó 4 su noble huésped. 

—¿Sabe, pues, su alteza la regente, mi proyectada escursion á la 
caspifia?— preguntó— dispensadme, caballero, me consideraba en 
desgracia. 

—Ignoro de todo punto si os halláis ó no en desgracia — dijo de 
¡■proviso Felipe de Commines con severo rosiro— lo que bay de 
ciólo es que se os llama á palacio... sus altezas os están aguardando. 

—¡A mí!— balbuceó Olivier. — ¡Tan'o honor!... 

— Sacedme el obsequio de seguirme — dijo Felipe de Commines. 

— En nombre del rey, mi amo, de ese digno principe que ya no 
«rule - esclamó Olivier— y á quien tanta habéis amado, señor de 
Commines, decidme que se quiere de mí. Esplicadme porque vos, 
cava amistad con el duque de Orleans es ya casi un crimen, sois el 
encargado de llamarme de parte de la regente. 

— Voy á responderos con franqueza. No es para acompañaros á 
palacio para lo que be venido, sino para llevaros allá arrestado. La 
sotara d* franjen quería tener la gloria de meter en la cárcel al que 
ha merecido atraerse el odio de todo el pueblo; pero el señor duque 
de Orleans, mi amo, me ha encargado que le procurase á él este ho- 
•or, y le he obedecido. Quiero que quede bien sentado, á los ojos de 
Bis conciudadanos, que si he servido á Luis XI ha sido como hom- 
bre de bien, no como verdugo. ¿Y qué mejor modo de probarlo que el 
de postrar al que toé el principal verdugo de Luis XI? Así pues, Oli- 
vier el diablo, data arrestado. 



Digitized by 



Google 



1# MISIONES 

Olivier creia ser presa de ana horrible pesadilla. Vióá Commines 
quitarle la espada, apoderarse de la cajita que ya tenia Daniel debajo 
del brazo, y ordenar la marcha. Siguió á los guardias maquinal men- 
te; atravesó las calles seguido de una comitiva de cariosos que 
le maldecían, y llegado 4 palacio, fué introducido en la cámara de la 
regente. 

—Aquí leñéis al prisionero— dijo Gommines al duque de Orleans. 

—Perdonad, sefiora,— dijo el principe,— sí anticipándome á vues- 
tras órdenes respecto de este hombre, le he mandado arrestar eu 
vuestro nombre. 

—¿Deque se me acusa?— preguntó le Dain asustado de semejan- 
tes preámbulos. 

—Harto lo sabes tú, desgraciado,— dijo la regente.— uno de tus 
amigos, un malvado como tú, debe haberte hablado de ello ahora po- 
co, el auvernós Doyac, tan gobernador como tú conde, un caballero 
de tu misma estofa Yá propósito ¿qué habéis hecho de él? 

—Queda en la Consergerfa, señora,— dijo el duque de Orleans. 
El picaro reclamaba ciertas sumas. Ya tiene su merecido. La teso- 
rería está tan cerca de la Consergeria, que no es diffcil confundir una 
cosa con otra. 

—¡Doyac preso!— murmuró Olivier.— Pero en fin, ¿qué es loque 
me queréis? ¿qué he hecho yo? 

—¡Toma!— esclamó la regente haciendo sefial á un ugier.— Miraá 
esa puerta, y reconocerás lo que has hecho. 

Gomo fascinado por una terrible aparición, miró Olivier, la boca 
abierta y erizados los cabellos, la pálida y amenazadora figura de 
Blanca de Alemán, en la penumbre del marco que formaba á este 
cuadro la puerta del gabinete de la regente. 

—No hay que dudar si me conoce, sefiora,— murmuró la victima 
—y nadie menos que él ha de protestar de vuestra justicia. 

—¿Qué he hecho? ¿qué he hecho?— gritó todavía Olivier. 

—Voy á decírtelo— continuó la joven viuda, con vibrante y solem- 
ne voz— tú me prometiste la libertad de mi esposo si yo me abando- 
naba á tas infames deseos. Yo tenia entonces alguna belleza: te re- 
chacé con desprecio. Un dia que se habia esparcido la noticiada una 
ejecución general en las prisiones, pude ganar á un carcelero dáu- 



Digitized by 



Google 



laca le Altai. 



Digitized by 



Google 



/ 



gitized by 



Google 



Dfiuion ir 

> poseía. Permitióme hablar con mi esposo, á quien confesé, 
á sos pies, la infamia con que me amenazabas. Era mi 
an hombre de honor, un valeroso guerrero que me amaba con 
idolatría. — Si tú rechazas á ese monstruo— me dijo— me hará meter 
m los calabozos, y poco tendrá que hacer para lograr por la fuerza lo 
de ti. Mas si yo llegase á recobrar la libertad, entonces le 
ea combate singular, con el consentimiento del rey á quien 
probaríamos su infame conducta. Semejantes palabras, proferidas 
por tas leales labios, me decidieron. Fui á tu encuentro y te dije: 
(Salva al fin á mi esposol... Y aquella noche, mientras yo sacrifica» 
ha mi vida.. . mi honor... un hombre entraba en el calabozo da aquel 
t* qaiaD me inmolaba, y con el cinto del prisionero... johl ¡mons- 
truo abominable! estrangulaba al desgraciado indefenso, le enoerra* 
ha ea «a saco de cuero y le arrojaba al rio, temiendo que si hubiese 
mi espose recobrado la libertad; le pidiese el rey cuenta de la oabeta 
que se le sustraía. 

¡Goade deMeulanl el hombre que entró en la prisión era tu cria- 
4» Daniel. 

— Iso ee una fábula que necesita probarse— murmuré le Daia. 

—Aquí está el testimonio escrito por el carcelero, que me instru- 
ye de todo al día siguiente de la muerte del rey.... Ya yo me lo te- 
mía, Olivier, pero ¿qué hacer en tanto que alentaba tu protector? Pe- 
di coasejo á Dios, y Dios dije que me aguardase. Oculté , pues , mi 
doler eaua convento..- Mas hoy esa ti á quien toca palidecer, ro- 
gar y sufrir.... 

Asemejábase Olivier al verdugo de la antigüedad: las vengadoras 
(arias le conturbaban con sos amenazas y sus sangrientos látigos. 
Tifo miedo á imploré gracia.... Volvió luego á insistir en la nega- 
tiva y ofreció probar su inocencia. 

—Hacedlo— le dijo la regente —Compareceréis ante la sala del 
periammila. Entre tanto id á reuniros en la Ceneergeda con el au- 
wnés Do yac. Si el neo es un asesino, el otro es un insigne ladren. 

—¿Y el criado? —preguntó el consejero. 

— Daniel es ladren y asesino á ua mismo tiempo: vaya á ha- 
cer compafiia á su amo. Esos dos hombres deben ser el uno para el 
aire aaa agradable competí** 



Digitized by 



Google 



1t ftWIONBS 

La «ala del parlamento pronunció en efecto so fallo. Olivier leDain 
faó condenado á muerte y su criado bobo de acompañarle en la sen- 
tencia, como le habiaacompafiado en los crímenes, como debia acom- 
pañarle al cadalso. Ambos fueron sacados de la prisión, y después 
de haber pedido perdón de sus delitos, recibieron la muerte en la 
horca común de París. El amo afectó caminar con valor al suplicio; 
el criado lloraba y pedia á la muchedumbre que rogase por él; pero 
el pueblo le contestaba con imprecaciones é injurias. 

La misma tarde de esta ejecución, la desgraciada Blanca dejó la 
corte y desapareció, sin que jamás se supiese cosa alguna de ella. 

Doyac, el audaz ladrón que había oido salir para el suplicio á 
Olivier, su vecino, su amigo, creyóse salvado viendo que no se acor- 
daban de 61, y se regocijó con la esperanza de que la pena á que por 
sus picardías acababa de ser condenado, era solo una plataforma del 
parlamento para intimidarle ó para imponerle 4 lo mas una multa: 
asi es que se consideraba libre de lodo peligro. 

Mas un escribano que penetró en.su calabozo con lúgubre solem- 
nidad, hubo de volverle á mas graves ideas. Leyóle una de las mas 
esternas sentencias, por la cual se te condenaba como embustero, 
falsario, ladnato... 

Temiendo oir Doyac lo restante, se tapó los oidos. 

—¡Soy perdido!— esclamó. —¡Oh I ¡los envidiosos!.., ¡Perderá un 
diplomático como yo! ¡Oh furor de los partidos! 

Los carceleros solo respondieron á tales quejas con carcajadas. 
Sin embargo, un hombre que habia permanecido cerca de él, le ha- 
blaba con mucha mas cortesía. Volvióse & él impaciente Doyac. 

—¿Qué me queréis? ¿quién sois? —le dfjo. 

—Caballero— le dijo — soy el maestro de obras altas de la justicia, 
vulgarmente conocido por el verdugo de París. 

Doyac lanzó un espantoso alarido. 

—Concibo la profonda aversión que os inspiro, caballero, — dijo 
el verdugo; mas al fin, nosotros obedecemos al rey y á la ley.... es 
nuestro deber. 

Y diciendo esto, aplicó á la siendo Doyac un hierro helado. Doyac 
exhaló «tro grito. 

—¿Qué vais á hacer? ¿queréis degollarme? 



i 



Digitized by 



Google 



01 KüfcOPi. \t 

— No, caballero, solo os corto loe cabellos... como está mandado. 

— ¡Cómo! ¡Va á decapitárseme! ¡Esto es inicuo! (Oh humana jos- 

i! Por fin, soy inocente. . . soy caballero, por esto se me decapita. . . 

— Os engalláis; no se os decapita— reposo el verdugo inpacienta* 

> y cortándole de golpe todos los cabellos del lado derecho. Luego 

ió: 

todo, hacadme el obsequio de desnudaros y pasaros este 
taje. 

—¿Qué quiere, pues 9 hacerse conmigo? ¿Se me descuartiza acaso?.. 
\kmul . . . ¡Esto es abominable! 
—Nada de eso, sefior Doyac, sosegaos... asi... paciencia. 
T le ató las manos. 

— ¡ün confesor! -esclamó el paciente.— ¡ün confesor! {Quiero re* 
cota liarme con Dios! 
—No es costumbre en semejantes casos. 

— ¡Se me trata como reo de lesa majestad! ¡Hay mayor injusticia! 
\Gran Dios! ¡decapitado, descuartizado, quemado tal vez... por unos 
peces escudos que puedo haber malbaratado! 

Jamás el temor y la baja conciencia de un alma atormentada ins- 
piró tan elocuentemente ese lenguaje abyecto de los multados que 
desesperan. Doyac fué ante todo conducido á la encrucijada de Bussy, 
na sñ experimentar por ello una viva sorpresa. A1K fué donde supo 
el objeto de la camisa de lana con que le había disfrazado el verdu* 
go, luego que, presentándose un criado del atormentador, se la bajé 
hasta la cintura, y dos fornidos brazos hicieron caer sobre sus espal- 
das una granizada de atoles. Lloraba el paciente, mientras los es* 
portadores reian. 

Voelta á levantar la camisa, condójosele á la encrucijada da 
Saint- Aodré- des -Ares, en donde se repitió la ceremonia. 

La misma multitud se precipitaba para verle pasar, siguiéndola 
da plaza en plaza, hasta la de la Gréve, en donde se hizo alto. 

El cadalso estaba allí. Doyac al verlo fué presa de mortales an- 
gustias. La plebe levantaba en torno espantosa gritería. 

El reo subió, ó mejor, le subieron al fúnebre tablado, y amarróse* 
le á un poste que ea él había, sujeto de cuello y espaldas. 

- ¡Diosmio!— esclamó.— | A vos encomiendo mi alms! 

Tc»Ol». !• 



Digitized by 



Google 



14 PHS10NK 

—Mejor seria— respondióle el verdugo— que me recomendaseis á 
mi vuestra oreja. 

Y aplicándole en las sienes su pesada mano, derribó de un solo 
golpe y con admirable habilidad la oreja derecha al mise- 
rable. 

Al grito de dolor que Doyac exhaló, respondió la plebe con alan* 
dos de placer y con sarcasmos. Puso inmediatamente el verdugo en 
la herida un cierto bálsamo que detuvo casi al momento la hemor- 
ragia, y volvió á cubrir la cabeza del paciente con un capuchón. 

— ¡Ah! | Dios mió! ¡Gracias, señor!— dijo.— No es mas que un de- 
sorejamiento. 

—La olra operación, caballero,— le dijo el verdugo— es un poco 
mas dolorosa, pero nada larga, sobre todo si sabéis tener buena pre- 
sencia de ánimo. 

— ¡Todavía mas sufrimientos!— esclamó Doyac horrorizado. — 
¡Siempre padecer! 

— Alargadme la lengua, si os place. 

— ¡Ay! ¡también la lengua horadada!— murmuró Doyac— En 
verdad que todo esto es peor que la muerte. 

—Calma, calma— repuso el verdugo. 

Y tomando la lengua del reo con unas pincitas de acero que la 
retuvieron fuertemente con sus erizadas puntas, atravesóla por su 
extremidad con un hierro candente que le alargó su criado. Esta vez 
fué tal el dolor, que el paciente hubo de desmayarse. 

Desde este instante nada mas vio ni sintió el desgraciado: el ca- 
dalso, la multitud, el tormento, todo desapareció para él. Al volver 
en si, era ya de noche. El aire fresco y un estrado movimiento lla- 
maron su atención. Hallábase tendido en un carromato, bajo cuya 
vela y como por entre dos cortinas vislumbraba las estrellas en un 
cielo sereno. 

Un doloroso escozor le trajo bien pronto á la memoria los tristes 
sucesos de aquel dia. Sintiendo una sed abrasadora, pidió de beber, 
mas un arquero echado cerca de él sobre la paja, no le hizo caso y 
continuó durmiendo. 

—¡Desterrado!— esclamó— ¡se me expatria del reino! ¡Ay! ¡terri- 
ble desventura! T mi oro con lauta prudencia ocultado por mi.- 



Digitized by 



Google 



M BUMFA. W 

prmí, el hombre precavido.... Si pudiera sobornar á este ar- 
quero.... pero do, no está solo; y luego me sería imposible au* 
dar por mis piernas. Además estoy mutilado; mi aspecto debe ser 
horrible; se me reconocería do quiera; seria arrojado de todas par* 
leí.... Pero mi tesoro... (desgraciado de mil ¡mi tesoro! 

A poro llorar y gesticular logró que se dispertase su guarda. 

—¿Sabes cuál es el punto de mi destierro, caritativo soldado?— 
pregustó al arquero. 

— ¿Vuestrodestierro, decís? yo creo que no vais ahora desterrado. 
tais laego nos dirigimos á Monfcrraad. ¿Lo babiats olvidado? 

-¡Monferrand! (Justo cielo! ¡Oh! (qué felicidad! 

T Doyae empeté una acción gratulatoria que interrumpió el ar- 
pn, estupefacto, didéndole: 
—¿Parece que os hace gracia? Tanto mejor para vos, si sabéis 



Creyó Doyac que aludía el arquero i la vergüenza que debía es- 
con la ignominiosa vuelta k su ciudad natal, de donde 
poco antes tan rico como temido. 

-iatgo mío— le dijo— sé humillarme, porque la mano de Dios 
b pesado sobre mi. 

— T m poco también la mano del maestro verdugo sucesor de Juan 
Cmin -repuso el arquero. 

—Volveré á ver mi tesoro— pensó Doyac— y me lo llevaré bieq 
vjos. 

Algunos dias después, llegó la comitiva á Monferraud. Toda la 
población salió en traje de fiesta para gozarse en el abatimiento áe\ 
mu despreciable tirano que baya pesado jamás sobre una provincia. 
Deyac creyó no (ener ya que sufrir sino esas devoradoras miradas y 
em puntantes insultos, aguzados por un inveterado odio, cuando las' 
piedras y otros vergonzosos proyectiles que entre el lodo se recogían 
«mían á caer sobre él. 

— Hé aquí el fin de mi martirio— se decia. 

No estaba terminado, sin embargo. Levantado aguardábale en el 
ceüro de la plaza principal un cadalso semejante al que con tanto 
terror le babia servido de escenario en París. Basta entonces no so 
arordó el desgraciado de que aun le quedaba una oreja. 



Digitized by 



Google 



Ti MISIONES 

El verdugo de Monfcrrand do estuvo menos feliz que su colega de 
la corte. Después de haber sido el sefior Doyac rudamente azotado, 
con gran placer de sus compatricios, perdió su segunda oreja. En se- 
guida Tué desterrado de la ciudad. Supónese, con todo, que volvió á 
entrar en ella por la noche, logrando estraer buena parte de sos es - 
condidos tesoros. 

Tales fueron, junto con la famosa multa de ciento cincuenta mil 
libras, impuesta como restitución á Jaime Coictier, las espiacionee 
sufridas por los mejores amigos de Luis XI. 

También ocurrió hacia el principio de ese reinado la prisión de Fe- 
lipe de Commines, el cual por haber abrazado con demasiado zelo los 
intaneses del duque de Orleans (Luis XII), fué arrestado con el car- 
denal Jorge de Ambois y otros muchos sefiores descontentos. Ana de 
Beaojen se mostró asaz severa con Felipe de Gommines. Hízole en- 
cerrar en una cárcel de hierro de un paso y medio de larga, que pudo 
ter de cerca el historiador cuando servia á su antiguo amo Luis XI . 

Conmines refiere sus sufrimientos en términos demasiado enérgi- 
cos para que podamos sustituir nuestra prosa ala suya; pero su bis- 
toria es en tal grado difusa, que no nos atrevemos á meter al lector 
en un dédalo de intriguillas de corte. 

Concluyamos sin embargo este punto con una frase tan solo del 
célebre cronista; frase que resume sus penas y caracteriza los acon- 
tecimientos de la prisión en que hubo de sucumbir: 

t Me hice al mar, escribía, y me ha hecho zozobrar la tempestad.» 

Esas cárceles ó jaulas de hierro eran llamadas filete ó fillettes de 
Lms XI; las redes ó las chicas de Luis XI. 

Al prisionero se le suministraban en ellas los alimentos á través 
de los barretes, con una horquilla; y si era hombre de importancia, 
se le sacaba una vez por semana para que se fe desentumeciesen las 
piernas y pudiese hacer una comida regular. 

Commines permaneció ocho meses en una de estas jaulas. 

Como se le quería hacer juzgar por el parlamento, trasládesele de 
Loches á la Conserjería. 

Después de diezjyjocho meses de cautiverio en esta prisión, obtu- 
vo, gracias á las activas diligencias de su esposa, que se llevase el 
proceso al examen de una comisión preparatoria. 



Digitized by 



Google 



M lOEOfi 17 

i Felibtano, & pesarde la satisfactoria justificación que 
> de su actos políticos, fué Commiaes condenado á diez afios de 
descerro y á la confiscación del coarto de sus bienes. 

Poco es lo que bailamos en la histeria de la Conserjería bajo el 
rándode Luis XII, sucesor de Carlos VIH. Aquel príncipe, por quien 
habían sido tantas personas perseguidas, no se dignó ocuparse de 
■in*iu»a de ellas luego que ascendió al trono. Apellídesele Padre del 
pmM *, j ciertamente se cuenta de él algo que atestigua una regia 
Mgoaaiaidad. Pero si el rey de Francia olvidó sos diferencias con 
é daque de Orleans, preciso es confesar también que el duque de 
tatas* no recordó lo bastante al rey de Francia los servicios que 
le habia prestado, 
ya 4 un reinado del cual se han ocupado con minucio- 
pasegiristas y doctores; reinado caballeresco, reinado despó- 
tica, sembrado kasta tal punto de triunfos desastrosos, de ruinosos 
i, de glorías funestas, de corruptores placeres, que si el 
' quiere relatar con franqueza los hechos, puede torilmen- 
te pasar por un desatento comentarista. 

con todo el método que desde un principio seguimos, con 
confianza, en cuanto la historia de una prisión no es jamás 
al lado mas bello de la historia de un reinado. 



II 



ée futiere Saiet-Vallier, Diñe de Poitiers y Fraoeiseo I.— Carlos V pos* en 
libertad á los presos de la Coasergería. 



Babia en Europa en tiempo do Francisco I uno de los mas activos, 
profundos y perseverantes genios que hayan jamás existido: Garlos 
V 9 rival en todo de aquel monarca, acechaba con avidez la ocasión de 
atestarte uno de esos golpes decisivos, de que no vuelven ya á re- 
cobrarse los principes. 

Sirvióle al intento Borbon, irritado por cierto ultraje que acababa 
de inferírsele. Era Borbon un gran general, uno de los príncipes i 



Digitized by 



Google 



78 PMM0KIS 

poderosos de la cristiandad. Bascaba la oportunidad de lomar ana 
venganza segura, y Carlos V se la hizo ofrecer. 

Cierto día, hallándose retirado en Moulins, el condestable reunió 
en consejo secreto á sus Íntimos amigos. Eran dos caballeros de Ñor- 
mandfa llamados D'Argonges y Matignon, y Juan de Poitiers, conde 
de Saint- Vallier, capitán de un centenar de arqueros de la guardia 
del rey. 

—Estoy arruinado — les dijo:— la duquesa de Angulema ha saciado 
conmigo su odio reciente, y Francisco I su antiguo rencor: no meque- 
dan ya bienes ni crédito; solo un titulo estéril es lo que poseo. ¿Creéis 
que puede contentarse con tan poca cosa el primer caballero del mun- 
do cristiano? 

—La justa cólera de vuestra alteza— contestó Matignon — es una 
calamidad para la Francia; pero el rey no podrá menos de compren- 
der que se ha engañado dejándose arrastrar por el resentimiento de 
una mujer. 

—Todavía quiere el rey mas— afiadió el condestable.— Bien pron- 
to veréis amenazada mi libertad. lié aquí pues lo que me sucede. 
Desterrarme de Francia... es querer la guerra, amigos míos, puesto 
que no he de ser un proscrito ordinario. Espulsado de mi país, quiero 
volver á él como vencedor. El ejemplo de Roberto de Artois me rea- 
nima á veces en medio de mis dolores... Ofendido cual yo... y mas 
culpable, ha sabido vengarse y hacer espiar sus lágrimas con ríos de 
sangre. 

—Pero vos no habéis de imitarle, monseñor— dijo Saint- Vallier.— 
Roberto de Arlois fué maldecido por sus conciudadanos. 

-«No es á la Francia á quien quiero atestiguar mi resentimiento, 
sino que deseo herir en su orgullo á la sola persona del rey. Le ar- 
rebataré sus mas hermosas provincias, y cuando habré conquistado 
un infantazgo, le pediré si quiere devolverme mi patrimonio. 

—Contad, monseñor, que no tenéis ni amigos ni apoyo— objetaron 
sus amigos. 

—Mirad— dijo el de Rorbon:— hé aqui la promesa que me hace 
el emperador Garlos V. Me ofrece un asilo en sus estados, sin 
condición ninguna... y si quiero ser su general, den mil escudos de 
renta en tierras, los mejores cargos de su reino y la mano de su her- 



Digitized by 



Google 



OB BOtOf A. II 

mi Lsonor, viuda de Manuel el Grande, rey de Portugal. ¿Qué og 
parees de esta entrada en campaña? 

Las tres caballeros permanecieron silenciosos. Nadie mejor que ellos 
sabia cuan injusta era la persecución de que era objeto el condesta- 
ble; pero ¡animarle á tomar venganza de su rey! ¡aconsejarle á 

hacer amas contra su propio paisl 

—¿Aprobáis mi idea?— les preguntó.— Has yo no deseo únicamen- 
te vuestra aprobación. Pretendo mas; pretendo que nos repartamos 
jmtoé asa fortuna que se me ofrece. Vosotros, tfArgonges y Matig- 
mu, tecdreis la Normandía, después que la haya entregado al rey de 
Inglaterra que entra en la liga. Vos, Saiot-Vallier, seréis mi teniente 
en promesa de un bastón de mariscal para cuando firme el rey la paz. 
Miráronse con espanto mutuamente los caballeros. Si hubiesen 
al condestable, su estupor habría sido de indigna- 



dos bailáis todavía muy encolerizado, monseñor -contestó al fin 
d fe Saint- Vallier— dad tiempo & la reflexión; no queráis manchar la 
gtam fe un nombre que podéis hacer aun mas ilustre. 

-ám duda habláis, monseñor, para ponernos á prueba— añadieron 
bs fes capitanes normandos.— No es así como pensáis. .. (Unos ca- 
WJeros introducirían al enemigo en su patrial penderían sus tierras 
y «honor! 

-Habláis como gente vulgar— replicó el de Borbon— como esos 
qie están siempre contentos y ni tieoen ambición alguna que satis- 
facer, ni agravios que vengar. Vamos, contestadme como hombres 
fe talento, como amigos adictos... 

—Os responderemos como hombres de corazón,— dijo Matignon. 
—Si vuestra alteza persevera en sus proyectos, nosotros le suplica* 
ms que nos haga asesinar ahora mismo. Será lo mejor y lo mas se- 
guro. 

—¡Cómo!...— repuso asombrado el de Borbon— ¿por quét 

—Porque al salir de esta conferencia, vamos á delataros al rey 
Francisco I. 

Q condestable prorumpió en una violenta carcajada. 

— 4 Ohl amigos mios,— les dijo— vuestra amenaza me intimida 
peco. No exagerareis la hidalguía de vuestros sentimientos hasta el 



Digitized by 



Google 



It MUS10RIS 

punto de cometer una villanía con un amigo que de ha fiadode vosotros . 

—Pues bien» monseñor— le dijeron—no respondáis al emperador, 
y permaneced entre los nuestros. 

— El condestable no es un nido— repuso con severidad el de Bor- 
bon.— Cuando quiere, quiere bien; cuando aborrece, hiere con rodé* 
za. Estad conmigo ó contra mí; poco me importa. 

Los dos hidalgos tendieron la mano al de Borbon y suplicáronle que 
renunciase á su intento. 

El condestable permaneció inflexible, y les vio alejarse con cierta 
sombría tristeza. 

--Os conozco— les dijo— y apruebo todo cuanto habéis de hacer. 
Aun cuando me hicierais traición, diré que habéis hecho bien. 

—No dudéis, pues, que haremos cuanto hemos dicho, monseRor. 
Desde aquí regresaremos á Chambord, donde se halla el rey. 

—Podría impedíroslo, pero no temo á nadie, — repuso el condesta- 
ble. Partid; las puertas de mi casa están abiertas. 

Matignon y D'Argonges retrocedieron todavía para volver á in- 
sistir por última vez. 

—Os contaba en el número de mis amigos,— replicó el condesta- 
ble— pero veo que solo lo sois de Francisco; por consiguiente, no 
podéis menos de odiarme. {Marchad! 

Apenas les hubo perdido de vista cuando sintió un profundo do* 
lor. No habia apercibido á Saint- Vallier, de pié en un rincón de la 
estancia y entregado á las mas tristes reflexiones. 

—¿Y tú?— le preguntó— ¿me abandonas también? 

— Podréis dudar, monseñor, de mi fidelidad; mas no quiero qus 
dudéis de mi honor. 

—No hay mas— dijo el de Borbon— ¡moriré solo! 

Y entregándose sin reserva á su desesperación, ocultó él rostro en* 
tre sus manos; y ese hombre de hierro, ese príncipe para quien todos 
sus semejantes eran granos de arena rodando á la ventura ante el 
soplo de su ambición y de su capricho, ese futuro conquistador ya 
dispuesto para las victorias, dejó escapar una lágrima que se deslizó 
entre sus enflaquecidos dedos. 

No pudo Saint- Vallier resistir á la honda espresion de semejante 
infortunio. 



Digitized by 



Google 



M EQAOPi. 81 

— ¡Amigo mió!— esclamó — ¡mi sefior! no os abandonaré. Traidor, 
j* es seguiré en la traición; mas no olvidéis jamás que es á la amis- 
tad á lo que cedo, no á la avaricia. Mandad; yo os obedeceré. 

B de Borbon se arrojó en los brazos de ese fiel amigo, le comunicó 
al instante las cifras secretas de su correspondencia con Garios V, y 
le «üregó sin reserva la clave de sus operaciones. 

—Por vos, monsefior,— le dijo Saint- Vallier— pierdo mi reposo, 
m enrienda, y voy i transmitir á mi hija un nombre deshonrado. 
Tal vez moriré de pesar, si no perezco en el ejercicio de los deberes 
que desde este instante me impongo. Mas juradme, monseñor, no 
abttdonar á mi querida hija. ¡Es tan joven aun mi Dianal ¡Me ama 
taato! ¡Tiene tanto derecho á esperar un bello porvenir! 

— ¡To hija es mi hija! —esclamó el condestable— ¡Será princesa! . . 
Coa corona recompensará la fidelidad de su padre. 

— ¡Ab! no digáis esto, monsefior, no es el oro ni la grandeza, sino 
la tranquilidad y la buena fama, lo que para mi hija deseo. 9 

—Es verdad— replicó lentamente el condestable— ¡una bella re- 
fMtaooa es un precioso tesoro! 

F «aspiró pensando por última vez que era duefio todavía de ese 
moro cuyo valor tanto estimaba. 

El resto del dia se pasó en proyectos que alejaron las ideas si- 
niestras. 

Al dia siguiente el condestable habia tomado su resolución y esta- 
ba dispuesto á contestar al emperador. 

De repente resonó en la casa un estrafio ruido de caballos, armas 
y cajas de guerra. Luego se dejó percibir el grito de: 

— ¡El rey! ¡A las armas! 

Era con efecto Francisco I que venia á visitar al condestable. 
Pálido el rostro, aunque sereno, tendió el monarca la mano al prín- 
cipe ea cuyo descompuesto semblante se transparentaron el temor y 
la vergüenza. 

—Primo— le dijo el rey— he dejado apresuradamente á Ghambord 
porque he sabido que teniais algunas quejas contra mi. No quiero 
que seamos enemigos. Esplicaos, y veré si es posible que nos enten- 
damos al cabo. 

—Sefior— respondió, ya un tanto repuesto el de Borbon de su sor- 
Toaon. 11 



Digitized by 



Google 



tt MüSIOttS 

presa— la desgracia de que me lamento es irreparable y «m crueles 
mis sufrimientos. 

—Hablemos con libertad, primo, y sobre todo con franqueza 

¿Os proponéis dejar el reino? 

-HSeflor... ;, —contestó perplejo el de Borbon. 

—No lo neguéis...;. Un principe de vuestro nombre, de vuestro 
mérito, es el pnnlo de mira de todas las intrigas. Ciertos enemigos 
de la Francia quisieran mas en sn campo á nn Borbon que á treinta 
mil soldados. T con motivo, primo, no piensan mal. Mas estos em- 
baucadores de principes hacen su negocio, se honran con semejantes 
cálculos á que se ha convenido en llamar ciencia política; al paso que 
los que aceptan esos tratos, sé deshonran por el contrario, primo. 

Hé aquí lo que os habréis dicho sin duda ¿no es verdad, condes- 
table? 

—Vuestra bondad, señor, me anima— replicó el de Borbon — y me 
ha# olvidar mis desgracias. 

—¿Creéis, por ejemplo, mi primo, que la alianza de Carlos V vale 
para un francés la amistad de su rey y una fortuna bien adquirida? 

— Sefior— esclamó el de Borbon á quien el recuerdo de las riva- 
lidades de familia arrastró mas lejos de lo que hubiera querido— no 
hay ya para el condestable de Borbon ni tfeai amistad ni opulencia. 
La duquesa de Angulema se ha empeñado en odiarme y me persigue 
en todo cuanto me es caro y en todo cuanto me pertenece. Por haber- 
me dado algunas noticias sobre mi proceso, acaba de ser encerrado 
SemWancay en la Consergeria y se habla deformarle cansa también 
á él No teniendo ya, pues, amigos ni hacienda, cedo á la adver- 
sidad. 

A tan amargas palabras no pudo menos Francisco de permanecer 
algunos instantes reflexivo. 

— Semblancay— dijo al fin,— no ha administrado la hacienda co- 
mo era de desear. El canciller tiene contra él muchos motivos para 
ana acusación capital. 

*-Sin duda, sefior; puesto que me quería- repuso el condestable 
con una siniestra sonrisa. 

—Vamos, primo mió,— interrumpió Francisco— hagamos las pa- 
ces. Casi somos hermanos, Os prometo la libertad de vuestros amigos, 



Digitized by 



Google 



dk groo?*. «a 

k garantía de todos vuestros bienes en el caso de que perdáis vqps* 
tra canse. En cambio, juradme lan solo que no saldréis de Francia; 

qac me daréis tiempo para reconciliaros con mi madre y para 

mejor entendernos, venid conmigo á Lyon, h menos que no os hayáis 
«■prometido ya demasiado con el emperador. 

— Seftor,— dijo el condestable— nada me obliga con Garlos Y, cu- 
jas ofreeimieatos no trato de ocullar á vuestra majestad; pero por 
mas cérea que me haya visto de la desesperación, quiero tomarme 
iMpa para reflexionar. 
—Dejaos de reflexiones, Borbon, y venid conmigo. 
—Ha hallo enfermo, sefior; tantos sinsabores han alterado mi sa- 
lad, agotado mis fuerzas; mas yo iré & reunirme 4 vuestra majestad 
ka tacgo como los médicos me permitan viajar. 

Flor mas dado & los placeres que fuese Francisco I, era con todo 
«dato de su palabra y nunca se había fallado en este punto á si 
wim* el monarca. 
Creyó poder, pues, contar con la promesa del condestable. 
toa crie se arrepintió de su facilidad como todos los hombres de 
orgullo: creyó haber perdido toda dignidad rindiéndose 
i á los ruegos del rey, y volviendo á tomar el papel de 
>, que era propio de su humor atrabiliario, desvióse del cand- 
as real en el momento en que se le estaba aguardando en Lyon, y 
reunió algunos amigos con los cuales fué k encerrarse en una de sus 
pinas faertes. 

Furioso el rey de semejante felonia, envía tropas al asalto de la 
fartaiexa de la cual se escapó Borbon disfrazado de criado, con un 
gentil-hombre llamado Pomperan, que le había dado Saint- Vallier 
nao partidario fiel. 

No tuvo poco gozo la duquesa de Angulema en poder meter mano 
i los amigos que el condestable dejaba. Mas culpable que los otros, 
Saint» Vallier fué el primero de los aprehendidos. 

Dióee tanta mas prisa en este negocio cuanto que el de Borbon 
sre pariente ó aliado de las primeras familias del reino, y que el 
paeblo, con ese esquisito sentido de que ha dado prueba algunas 
veces, adivinaba que el condestable era victima del odio de w* 
Nada tenia que decir el rey & su madre, cuyas acusaciones 



Digitized by 



Google 



84 PBISIONES 

contra el condestable se hallaban justificadas por su traición. 

Saint- Vallier fué llevado á la Gonsergeria y vigilado con estraor- 
dinario rigor. Durante la instrucción de su proceso, ni se le permitió 
siquiera comunicar con su familia, y el aspecto del parlamento debió 
probarle que el rey quería ser vengado. 

Todo el peso de la traición del condestable cayó sobre una sola 
cabeza. Después de haber probado vanamente de defenderse contra 
los cargos, que le confundían menos que la saña de la duquesa de An- 
gulema, Juan de Poiliers, conde de Saint-Vallier, fué condenado ¿ 
muerte. 

Finida la lectura de su sentencia, pidió el desgraciado ver al rey ó 
á su hija. Ninguna contestación recibió. 

Únicamente, como se tenia compasión en la cárcel á un noble, lleno 
de honor, cuyo solo crimen había sido una debilidad para con su 
amigo, concediósele el favor de comunicar con un preso cnyo cala- 
bozo estaba inmediato al suyo, y el cual, como oyese sus gemidos por 
la puerta entreabierta durante la hora de la comida, deseó por su 
parte conversar un rato con el que de aquella suerte se lamentaba 

Abrió el carcelero el postigo de hierro y dejó entrar al desconoci- 
do en la prisión del sentenciado á muerte. 

Saint-Vallier, en su fúnebre preocupación, no recibió á su huésped 
con toda la atención que este tenia derecho á esperar. 

—Miradme bien, conde— díjole el desconocido— y veréis á una 
persona que envidia la posición en que os halláis, un hombre que os 
cree feliz, muy feliz. 

—¿Quién es, pues, el que así se burla del infortunio? — preguntó 
Saint-Vallier, levantando la cabeza.— ¡Señor de Semblancay! ¡sois 
vos! 

Era en efecto el noble anciano. Acercóse á Saint-Vallier, á quien 
tomó con cariño una mano. 

—Os espanta la muerte,— le dijo.— ¡Ay! la muerte va al encuen- 
tro del que la huye y huye del que la llama. 

— ¡Ahí señor— repuso Saint-Vallier— vos no tenéis como yo una 
hija á quien va á dejar vuestro suplicio huérfana á la vez que infa- 
mada. 

—Conde— dijo Semblancay— vos^dejais una hija, que hallará ami- 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. SS 

¿os y protectores entre aquellos por quienes perecéis. La infamia no 
■ancha el nombre del conspirador que muere por su opinión. Yo sí 
fie tito infernado, acosado de robo, y cuando pido jueces, esto es, 
rundo invoco la luz sobre mis acciones, responde á mis quejas mi 
enemigo, haciéndome bajar algunos pies mas abajo de tierra en estos 
calabozos 

— Decid, caballero — respondió Saint- Vallier volviendo siempre al 
racnerdode su hija — ¿habéis oido hablar alguna vez de otro tormento 
mqante al que se me hace padecer? ¿Cuándo se impidió á un reo 
4e suerte abrazar á su hija? 

—Señor conde— dijo el anciano— medís los momentos con dema- 
nda impaciencia. Ved el farol que nos ilumina en esta fúnebre ga- 
lería. Aun no ha dos horas que arde. La noche comienza. Los centi- 
nelas ¿oís?... aun no dan mas que el primer grito de alerta. 

Tenéis tiempo hasta mañana, ó mas todavía quizá, para ver á vues- 
trahija. 

— ;Mi Diana! ¡Están linda!— esclamó aquel padre en su desespera- 
«n.-jQoé habrá sido de ella? Prometedme que cuando salgáis de la 
Gnaergeria velareis sobre ella {y decidle cuanto he sentido por ella 
perderla vidal Pero la puerta se abre; creo que alguien viene... 

—¡Oh! ¡la esperanza!— murmuró Semblan^ay.— Hó aquí este in- 
fcfiz que tiene por enemigos á Luisa de Saboya, á Duprat y ¡aun 



— Efpero en Dios y en mi hija— replicó el sin ventura Saint- Va- 
Bier. 

Se acercó en efecto una ronda que separó á los dos presos. 

Saint- Vallier se encontró otra vez solo en las tinieblas, sumergido 
en esos horrorosos pensamientos que hacen brolar tanto dolor de una 
abna aferrada todavía á la tierra. 

¡Estar solo, de esta suerte! ¡no oir pronunciar una palabra amiga, 
■o sentir el placer de una mirada que se nos dirige en los instantes 
en que hay necesidad de todas las fuerzas para vivir, en que el ser 
m multiplica, por decirlo asi, por aprehensión de la nadal 

Cundo vino el dia á deslizarse por entre los barrotes de la prisión 
del conde, fijando sus azulados reflejos en los muros, no habia aun 
Snt* Vallier cerrado los ojos. 



Digitized by 



Google 



86 PRISIONES 

—¡El dial— esclamó.— ¡Hé aquí el dia cuyo fin no he de ver! 

Al entrar el carcelero en el calabozo, retrocedió horrorizado. 

Durante la noche, los cabellos del conde, rubios la víspera, babian 
encanecido. Era todavía joven y parecía mas cascado que el mismo 
Semblangay. 

—¿Nadie ha venido?— preguntó el conde.— ¿No habéis visto á mi 
hija? 

—Una joven vino ayer— respondió el carcelero— pero se la des- 
pidió. Era en ocasión en que el sefior canciller visitaba el palacio. 

La señorita lloraba y pedia veros; mas la orden era severa Sin 

embargo, por nuestra parte hubiéramos cedido: hasta tal ponto llegó 
á enternecernos. jEs tan bella! 

Saint- Vallier rompió en copioso llanto. 

—¿Y no he de verla ya?— preguntó. 

—El sefior canciller ha visto esa hermosa señorita— prosiguió el 
carcelero. 

— jSeria él! (él! ¡mi enemigo! quien la rechazó. 

—Al contrario, caballero, al verla el sefior canciller tan hermosa, 
miróla de un modo particular, y acercándose á ella: 

—Sois hija del conde de Saint- Vallier— la dijo— ¿y quisierais sal- 
var á vuestro padre? 

—¡Sí! jsíl— replicó la joven. 

—Apelad, pues, al último medio que os queda: id á implorar al 
rey su perdón. To os introduciré. 

Buena idea— añadió filosóficamente el carcelero— porque el rey 
es piadoso para con los bonitos ojos que lloran. 

Saint- Vallier se estremeció La mirada de ese hombre, la pre- 
sencia del canciller en la Gonsergeria, su consejo tan poco en ar- 
monía con su deseo de venganza, todo sumergía al desventurado pa- 
dre en un caos de inquietudes y esperanzas. 

—¡Oh! (Diosmio!— esclamó de repente— eso seria una véngan- 
la peor que un asesinato. 

Luego, pensando en el candor de esa niña educada en el regazo 
de una tierna madre y recordando los ejemplos de honor, tradiciona- 
les en su familia: 

—(Imposible!— se dijo— ni el canciller puede haber concebí" 



Digitized by 



Google 



s 

1 



.a 
J 

i 

5 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



di nntüH. ti 

do la idea de tai infame especulación, ni la aceptada mi hija. 

—¿Qué 60 lo que ha respondido?— preguntó temblando el car- 
celero. 

— flaaoeptado con mil amores el ofrecimiento, y se han ido los dos. 
Ib fiesta* lugar esperaría un buen resultado. 

Ya no se adhería Saint- Vallier con tanto interés á la vida. Antes 
denaba ver á su hija; ahora temblaba de verla aparecer. 

H tiempo transcurrió. Un ruido de tambores resonó lúgubremen- 
te en la bóveda. 

Las puertas del calabozo, abriéndose con siniestro rechinamiento, 
daraipasoá una negra comitiva, imagen anticipada del cadalso, des- 
pies de haber representado la justicia. 

üao de los recien llegados desarrolló un pergamino. 

Saint- Vallier volvió á estremecerse. 

Parecióle al reo que iba á concedérsele el perdón. Nada menos 
qae esto. Era ua segunda lectura de la sentencia, en la que se da- 
ka loa detalles del suplicio. 

Trwquilo sobre este punto Saint- Vaüier, volvió á sentir todas las 
dabdiáadee de la humanidad. ¿Por qué no venia Diana? ¿Por qué si la 
labia rechazado el rey, no obtenía al menos el triste favor de ir á 
despedirse de su padre? 

Saint- Vallier pensó que algún laio la había tendido el canciller, 
alejándola de la presencia del rey, para que nada pudiese librar del 
cadalso la cabeza que pedia Luisa de Saboya. 

Asi transcurrió aquella mafiana. Era á mediados de febrero, y ha- 
cía algunas horas que estaba nevando, apagando en su blanca sá- 
bana todos los rumores. 

B canónigo Jucelin entró en la prisión de Saint- Vallier para «or- 
larle á morir. El reo se dio vergüenza de su pasado temor y se acu- 
só de cobardía, al ver sorprendido al sacerdote al aspecto de tosca* 
bello¿ blancos que atestiguaban una emoción tan violenta. 

—La muerte de los campos de batalla no os ha asustado— dijo el 
canónigo; pero una muerte sin gloría os encuentra débil, j Ayl recor- 
dad al Crucificado, muriendo en un afrentoso suplicio. Su última 
noche le habría unido aun mas con su eterno Padre, á haba* cabido 
mas amar en sus divinas entrañas. Desprendeos cuteramente de toda 



Digitized by 



Google ___ 



88 PRISIONES 

terrena idea, pues ha llegado el instante en que debéis humillaros 
delante del rey y del pueblo. 

—¡Oh! ¡de qué crueldad saben los hombres rodear la muertel — 
esclamó Saint- Vallier á quien acababa de adornar el verdugo con las 
insignias de oficial, después de haberle calzado las espuelas de 
oro. 

Conducido al salón principal del palacio, colócesele sobre la mesa 
de mármol en donde fué degradado de todas sus dignidades por ma- 
no del verdugo, el cual repetia á cada objeto que le arrancaba: 

—¡Juan de Poitiers, traidor á su rey! 

Trasladado luego á la puerta del palacio, halló en ella un caballo 
adornado de una gualdrapa negra, recamada de plata, en el que se 
le hizo montar, descubierta la cabeza, y sin dejarle la brida, que to- 
mó en su mano izquierda el verdugo. 

Espectáculo triste ofrecía en verdad ese hombre aniquilado por la 
vergüenza, el dolor y la inquietud, paseando una mirada velada por 
las lágrimas sobre la inmensa multitud que había acudido para de- 
vorar con los ojos los postreros momentos de su agonia, buscando 
entre todos esos semblantes una sonrisa amiga, una última palabra , 
de consuelo, y sin oir mas que las exhortaciones del sacerdote que 
lentamente á su lado caminaba. 

Bien pronto apercibió el funesto cadalso que en medio de la plaza 
de Greve se habia levantado. 

— Hé aqui, pues, la herencia que dejo á mi hija— murmuró el sen- 
tenciado.— ¡Un apellido sin honra!... ¡Oh! ¡sefior condestable! ¡qué 
deuda vais á contraer para con la hija del malaventurado Saint* 
Vallier!... 

—Caballero— dijo el verdugo— es menester subir. El momento ha 
llegado y debo cumplir mi oficio. Dignaos perdonarme, caballero, 
porque siento en gran manera que se derrame así la sangre... pero 
obedezco al rey. 

— ¡Buenas gentes!— gritó entonces dolorosamente Saint- Vallier— 
rogad á Dios por un gentil-hombre qne va á morir en amarga ago- 
nía, y por un crimen muy leve... Compadeceos de un padre que no 
ha podido abrazar á su hija. 

Arrodillóse después de estas palabras, y el pueblo, movido de com- 



Digitized by 



Google 



recitó «a si mayor parte algunas oraciones acompasándolas 
coa lágrimas. 

Entre tanto arregló el verdugo loa cabelles del conde, y concluido, 
«■pulió la terrible espada. 

De repente un movimiento semejante al de las espigas que el gamo 
hace ondular á sn paso, se observó en la multitud hacia la estrerai- 
h¿ del muelle. Un hombre i caballo agitando cuan alto podía por 
«ama de su cabeza un pergamino, avanzaba rápidamente por el 
«adero que le abrían los espectadores, repitiendo el grito de: 

—¡Perdón! ¡perdón! 

lien pronto millares de voces llevaron estas palabras hasta al mis* 
m cadalso, como un imponente mugido. 

Oyólo el verdugo y contuvo su brazo. 

Sintió Saint- Vallier una impresión de inefable alegría. En pre- 
sencia de un pueblo que aplaudía gritando ¡Natividadl creyó es- 
te hambre esperímentar tangiblemente la protección del mismo 
Vea. Escuchó, sin oiría, la felicitación del canónigo y, como presa 

éi k mayor estupefacción, se dejó volver á conducir á la Con- 
salaria. 

Lsyóaele la orden del rey, en que se le otorgaba el perdón, y ya se 
; á dar las gracias al enviado de su majestad, cuando aper- 
4 Diana, su hija, que bajaba de una litera en la puerta de la 
I, pareciendo como avergonzada de ir á abrazar al padre á quien 
i de librar del suplicio. 

Lm ojos de la joven estaban humedecidos por las lágrimas. Diana 
dsjé precipitadamente á los criados que se agolpaban en torno suyo 
y volvían á correr las cortinas de la litera adornadas cpn las armas 
de Francia. 

Cuando el padre y la hija hubieron cambiado sus primeras espre-» 
hnnnfl, los carceleros pudieron observar en el semblante de su preso, 
en lugar de la tan deseada felicidad que semejante presencia debía 
fcoer resplandecer en su fisonomía, una sombría palidez que mor- 
tabmeote la cubría. 

Entre las cortadas palabras de Saint- Vallier y los gemidos de Diap 
na* aolo pudieron recoger estas frases: 

— ¡Condenarme á vivir después de lo que acabo de saber, esoas- 

tt 



Digitized by 



Google 



!• PRISIONES 

tigarme mas severamente que con la última pena... ¡Adiós, hija 
mial ¡adiós, para siempre! 

Luego se separaron. Diana lloraba. Saint- Vallier volvió á reco- 
brar sus cadenas: habia preferido una perpetua prisión. Dicese que 
Fraaciscp I hubo de concederle este supremo favor para evitar el es- 
tallido de su desesperación. 

Guando volvió á hallarse el conde en presencia de Semblangay: 

— Ya veis— le dijo este anciano— cuanta razón tenia de envidiar 
vuestra suerte... 

—Caballero— replicóle Saint- Vallier— soy yo quien todavía en- 
vidia la vuestra. Muerto ó vivo, vuestro honor quedará ileso, pues- 
to que á vos solo os pertenece y vuestros enemigos no se ensañan 
mas que con vuestra persona. ¡Pero á mi me han arrebatado á la vez 
mi honor y mi hijat 

Tres afios después, mientras que Saint- Vallier lloraba en su en- 
cierro el vergonzoso favor del monarca, sucumbía á su vez Sem- 
blangay bajo el odio iracundo de Luisa de Saboya. 

Convicto de infiel administrador, fué condenado á muerte como 
ladrón el noble anciano, y ahorcado en Montfaucon. 

Su suplicio fué el primero de esos actos de justicia real, de que he- 
mos hablado á propósito de los arrendadores y contratistas del siglo 
decimotercio. 

El superintendente marchó como un mártir á aquella afrentosa 
muerte, cuya infamia volvió á caer por completo sobre sus asesinos. 
La opinión pública no aguardó para pronunciarse ese plazo, bastan- 
te corto á veces, que inaugura la posteridad para las victimas de las 
inicuas venganzas. Hasta los poetas cantaron la valerosa é inmere- 
cida muerte del irreprochable ministro. 

En cuanto al condestable de Borbon, perseguido sin tregua por 
Luisa de Saboya, habia recibido ya la pena de su traición á la Fran- 
cia con las desconfianzas de su nuevo soberano, el emperador, y cfflj 
las enérgicas protestas de los españoles, los cuales se oponían á que 
se aliase Carlos V con el traidor y aun á que le diese la menor aco- 
gida. 

No se ignora que, obligado un grande de España por su monarca 
i prestar su casa al condestable, respondió: 



Digitized by 



Google 



DE Et&OPA. »1 

—Lo haré, sefior, basta que lo mande vuestra majestad; mas ape- 
las haya salido el condestable de mi palacio, mandaré pegar fuego 
al edificio en que habrá respirado el traidor. 

Otra afrenta mas sensible debia recibir aun el de Borbon, por pro» 
ceder del caballero mas leal, del corazón mas francés que haya la- 
tido bajo coraza alguna. Bayardo habia de completar la venganza de 
Lusa de Saboya. 

Era en Romaguano, el dia en que el caballero sin miedo y sin ta- 
cha, herido de un tiro de mosquete que le atravesó los ríñones, se 
fehta hecho arrimar á un árbol por su escudero y su paje, al objeto 
éemóñr de cara al enemigo. El enemigo era el condestable de Bor- 
ta, que se ensangrentaba en la persecución de los franceses fugiti- 
vas, blandiendo contra sus mismos compatricios su deshonrado ace- 
ra. Al pasar en su rápida carrera por delante de Bayardo, recono- 
óeado al herido, fué á demostrarle cuanto le pesaba el verle en tan 
hmm tibie estado. 

—Caballero— le dijo Bayardo desfallecido y conservando todavía 
eaire ns manos la espada— no es á mi á quien habéis de compade- 
cer, puesto que muero como buen francés y como hombre de bien 
qie ha cumplido con su deber... Vos sois quien me inspira ámí com- 
pañón; vos, príncipe de sangre francesa, que contra vuestro honor 
y vuestros juramentos lleváis hoy en las espaldas la librea de Es- 
pala, y en las manos un acero manchado con sangre francesa. 

Exhaló el de Borbon un sordo gemido, bajó la visera de su casco 
para ocultar su rubor, y desapareció llevando en su pecho el dardo 
Mrtal con que Bayardo acababa de herirle. 

Tres afios después, bajo los muros de Roma, caia el condestable de 
la brecha, pereciendo sin honor. Era el aSo 1627: el mismo de la 
suerte de Samblancay. 

Se lee en la historia de Francisco I que, habiendo acogido este 
principe con sin igual magnificencia al emperador Garlos V, á su pa- 
to por los dominios de Francia, fué una de las principales galante- 
rías que quiso hacer el rey al emperador, la libertad dada en nom- 
bre de este último á todos los presos encerrados en la Gonsergeiia. 
Era en 1540. Debe creerse que el conde de Saint- Vallier habia muer- 
to ya eo esta época ó debia haber sido trasladado á otra prisión del rei- 



Digitized by 



Google 



9% PRISIONES 

no, pues no hay noticia alguna de que se hubiese aprovechado de 
aemejanle favor. 



IV, 



El caballero de Roquelaure y el marqués de la Taulade.— Amores de cárcel. — Eva- 
sión de la Consergería. —Baños de sangre.— Damiens.— Su padre, su hermano, su 
hermana, su mujer, su hija y su cufiada en la Consergería.— Horrorosos detalles de 
la ejecución del regicida. 



Un asunto trágico-cómico va á ocuparnos. La prisión tiene á bien 
sonreimos mostrándonos el lado festivo de su historia. Aproveché- 
monos, pues, de semejante venero para referir las aventuras del ca- 
ballero de Roquelaure. 

Era este un caballero de Malta, gran disoluto, gran jugador y el 
mas loco de cuantos calaveras han merecido tal denominación. Des- 
pués de esto, es inútil afiadir si haria muchas conquistas y si le teme- 
rían los hombres, sobre todo los que no se honraban con su par- 
ticular amistad. 

Había en aquella época muchas probabilidades de morir de una 
estocada cuando no se buscaba mas que amorosa correspondencia, 
y era de cumplidos galanes optar por el primero de ambos partidos 
para complacer mejor á sus respectivas damas, las cuales, pasado el 
reinado de Francisco I, no pecaron ya mas de constantes, pero en 
cambio se esmeraron en vestir de loto con la mayor gracia por sus 
difuntos adoradores. 

La muerte de Richelieu acababa de suceder á la de Luis XIII el 
Gasto y el Justo. Ana de Austria continuaba en su astuta política ma- 
zariniana y los golpes de hacha hacían insensible lugar á los golpes 
de estado, el cadalso á la intriga de callejuela. 

Aunque destinado el caballero de Malta á una vida ejemplar, era 
el mas terrible pagano que hubiese militado jamás en el ejército del 
señor conde de Harcourt. Tenia hasta tal punto escandalizados en la 
isla de Malta á hombres y mujeres, que hubo necesidad de bajarle aun 



Digitized by 



Google 



DSEOftOFi. H 

poro ptra obligarle á pensar algo bueno antes de ser enfer- 
mo en aquella sima. Nunca se hubiese acudido k semejante 
! medí*. Comenzó el caballero á echar tales juramentos y blasfemias 
/ por aquella boca, que parecía el pozo un infierno; por lo cual fué 
preciso perdonarle. 

—No le ahogaré en un pozo— dijo el de Harcourt á algunos de sus 
amigos— porque mete demasiada bulla, pero descuidad, que en ser 
^ae doc hagamos á la mar, le cargo con una bala de sesenta libras 
m cada pierna y le envió k denlo cincuenta brazas de fondo. Veré- 
■m e ntonc es si se atreve á gritar; y si no se arrepiente, buen pro- 
fecha le haga. 
Mas *o tratándose el caballero sino con jóvenes, la mayor parte 
como él, se captó en la flola bastantes amigos, para que es- 
luego enterado de las disposiciones del general. Fingió, pues, 
d arrepentido, hasta que hubiese desembarcado, al objeto de evi- 
tar las balas y las piadosas reflexiones á quinientos pies bajo el agua. 
S* mejor amigo era el caballero de la Taulade, tan calavera como 
£, pera menos furioso contra Dios; padre indulgente para con el hijo, 
et raaos, según decía, de las uvas que hacen madurar y de las perdi- 
ces qae alimentan en las llanuras. La Taulade se habia materialmen- 
te comido su patrimonio y empezaba á comerse el de Roquelaure, 
m amigo particular. 

El no era flaco y pendenciero: era Roquelaure. El otro barrigudo 
y cncüiador: era la Taulade. A pesar de semejante desemejanza, vi- 
fian ambos en la mejor armonía, no ri&endo mas allá de dos ó tres 
mes la semana, lo cual tenia edificados á todos sus amigos, quie- 
amdeáan que era preciso conceder á la Taulade un escalente carácter. 
Sucedió que al regreso de la espedicion naval en la que Roquelau- 
re habia corrido peligro de dejar sus huesos en el fondo del mar, fue- 
rea destinados nuestros héroes de guarnición á Tolosa, de cuya ju- 
teatod recibieron muy favorable acogida. 

No (altaba k Roquelaure imaginación; pero agotados en saraos, 
cánidas de caballos, músicas y festines todos sus recursos y su re- 
pertorio de distracciones, llegó al punto de no saber ya que hacer 
divertir á la ciudad de Tolosa. 
Sin embargo, una idea le vino. 



Digitized by 



Google 



94 PRISIONES 

Recurrió á dos hermosos perros que eran la admiración de todo el 
mundo. Hizo correr la voz de que iban á casarse sus protagonistas 
denfro de ocho dias y que el mismo Roquelaure diría á este objeto la 
misa en el lugar destinado para el juego de la pelota, muy en moda 
en aquella época. I o vilo á toda la juventud noble de la ciudad y sus 
contornos, y preparado el lugar del escándalo, sacó sus perros magní- 
ficamente vestidos, dijo la misa y casó á los animales, lo cual era, 
no solo una impiedad horrible, si que también una broma del peor 
gusto. 

No faltaron algunos á quienes ofendió el espectáculo, y acudieron 
á delatarlo á la justicia; pero Roquelaure rompió los vestidos y los 
huesos, á varapalos, al primer consejero que hubo de presentarse. 

—Si quieres que te sea franco— le dijo la Taulade— debo decirte 
que te has escedido y que temo nos suceda alguna desgracia. ¡Qué 
diablo! ¿No hay bástanle con la manera como vivimos? Tienes dinero 
y yo sé gastarlo ¿qué mejor podemos desear? No tentemos al des- 
tino. 

Estaba hablando todavia, cuando se presentó un piquete de arqueros 
que desarmó á Roquelaure y le condujo á la cárcel. En cuanto á la Tau- 
lade, supo hacer tan buen uso de su elocuencia, que le dejaron en 
libertad de volverse para su casa donde se embauló tranquilamente 
la comida, que ya hacia mas de media hora que le estaba aguardando. 

La posición del preso era crítica. Una ciudad de provincia tiene sus 
privilegios y sus susceptibilidades, y generalmente se conservan en 
ella con mayor pureza las costumbres; dedúzcase de ahí si levanta- 
ría ampolla el atentado de Roquelaure. El bribón cosmopolita com- 
prendió desde luego la suerte que podía esperar. Iostruiase el pro- 
ceso, tomándose acta de todo, recibiéndose numerosas declaracio- 
nes, y ya adivinaba nuestro caballero el punto mas propio que ha- 
bía en Tolosa para hacerse con su persona un auto de fé. No olvidó, 
sin embargo, que la Taulade se hallaba gastando su dinero como un 
verdadero gentil-hombre. 

—Amigo mió,— dijo al carcelero— ¿querrás encargarte de una co- 
misión? Se te pagará bien. 

—Sepamos primero la paga;— contestó el carcelero— luego medi- 
réis la comisión. 



Digitized by 



Google 



DE EüiOPA. $5 

—Se trato de que te llegues á casa de mi amigo el señor de la 
Taabde y de pedirle el dinero que üeue mió* 

—¿Y nada mas? 

—Nada mas; solo que junto con el dinero me traerás la llave de 
aria prisión, que está revuelta entre las monedas. 

—¿Lo creéis asi, caballero? La llave de vuestra prisión es muy 
aballada, y sería preciso que hubiese muchas pistolas para ocultarla 
de modo que no baya sido ya hallada.... 

—¿Sabes, guapo, que entre quinientas pistolas, por ejemplo... 
ptoa perderse la llave de una ciudad? 

—La llave de una ciudad — dijo el carcelero cuyos ojos brillaban 
de codicia— es mucho mas pequeña que la de una prisión. 

—Paro no serán necesarias en todo caso mas de seiscientas pisto- 
te— replicó tranquilamente Roquelaure. 

•estregóse el carcelero las manos, y saludando con respeto al ca- 
ballera que estaba tomando un polvo, le dijo: 

—Si hay en efecto seiscientas pistolas, señor mió, no hay duda 
ftt entre ellas debe encontrarse la llave. 

— ftma, pues, este billete; llégale á casa el señor de la Taulade, y 
Irado todo junto. Guardarás el dinero para ti y me entregarás la llave. 

— finteodido, caballero. 

T «4 carcelero se trasladó de un salto á casa la Taulade, el cual es- 
taha enfrascado en un opíparo gaudeamus con muchos otros gentil- 
hambres, al intento, decía, de ganar amigos al pobre Roquelaure, 
■ieitras este, solo en sa encierro, estaba haciendo las siguientes re- 
lenones: 

— Ué aqui un tunante que me hace pagar mi pellejo mas caro de 
lo qie lo estimaba yo mismo Me roba Pero no es esta oca- 
non de regatear... Sin embargo, me reservo cierta cosa como una 
redamación. 

Dio la Taulade, aunque á pesar suyo, el dinero que se le pedia. 
Embóneselo el carcelero, quien, volviendo á su cautivo, le anunció 
qae la misma noche le abriría las puertas. 

— Vos, señor,— le dijo— os dirigiréis hacia el Mediodía y yo em- 
prenderé mi viaje hacia el Norte. Tengo algunos parientes en Lion, 
donde me estableceré de muy buena gana. 



Digitized by 



Google 



96 FUSIONES 

—Eres an necio— replicó Roqaelaure— sin mí serás arrestado in- 
continenü, y yo sin ti me perderé también por ignorar los caminos. 
Sonme, pues, indispensables (u compañía y tus perfectos conocimien- 
tos del terreno de estos alrededores, y á ti no te es menos útil mi pro- 
tección y la de mis amigos. Empieza, pues, por procurarme una bue- 
na espada y dos pistoletes. Una vez prevenidos nuestros amigos, po- 
demos darnos porseguros. 

—Por vida mia, que tenéis razón;— repuso el carcelero— podría 
cogérseme y perdería mi dinero. 

—Me parece— se dijo Roquelaure— que aun cuando no llegues á 
ser ahorcado, te servirá de poco esa suma. 

Ambos partieron no bien hubo cerrado la noche; Roquelaure era li- 
gero, y el amor de la libertad le daba alas. El carcelero era forni- 
do y el temor de la horca doblaba la elasticidad de sus jarretes. 

Luego que se vieron fuera de un espeso bosque que ocultaba la 
población y que podía muy bien encubrir su retirada: 

— Paréceme— dijo Roquelaure— que andas muy pesado. Es que 
tu dinero te embaraza... Dámelo. 

El carcelero contestó sonriendo que, aun cuando llevara además 
otras tantas pistolas, no le había de estorbar lo mas mínimo su peso. 
Con todo, no pudo vencer la complacencia de Roquelaure, el cual te- 
niendo por conveniente poner término á tan generoso debate, apo- 
yó el callón de uno de sus pistoletes en el pecho de su guia, intimán- 
dole que le entregase la bolsa. 

Palideció el carcelero, y viéndose burlado por el bribón, restituyó 
el dinero, profiriendo tardas amenazas. 

—¿Todavía no estás contento de que te esté agradecido todo un 
gentil-hombre?— dijole el caballero.— ¿Prefieres la suma ó prefieres 
pues, que te asesine? decididamente está visto que nos comprende- 
mos, camarada; y si quieres creerme, para evitar cualquiera funesta 
desavenencia que pudiera suscitarse entre dos compañeros de viaje, 
desandarás por tu parte lo andado. . . en una palabra, nos separaremos. 

Comprendió perfectamente el carcelero el sentido de estas pala- 
bras, y mas aun la persistencia del cañón que amenazaba sus sie- 
nes. Echó, pues, á correr hacia la ciudad, desapareciendo bien pron- 
to entre los árboles mas corpulentos del bosque. 



Digitized by 



Google 



DI EUtOtá. 9? 

—¿Quién me ¡«pide á mi ahora— se dijo Roquelaure— comprar un 
caballo y presentarme al mayorazgo de mi familia que está solazan- 
asteen Parirf 

T Adeudo y haciendo, comenzó á llevar adelante su propósito. 

Pero fué el caso que vuelto el carcelero, como estimó volver, á 
Tataa, en donde entró llorando y clamando venganza, puesto que, se* 
gm protestó, había sido sorprendido por el caballero y obligado, pis- 
tola en mano, á abrir las puertas de la prisión, corrió la bola por la 
andad, fué creído, como era natural, y no lardaron en ser despacha- 
te en bnaca del fugitivo muchedumbre de ginetes que, guiados por 
hi indicaciones del compañero de viaje de Roquelaure, dieron lúe- 
§i coa este y le zamparon otra vez en su encierro. 

La* lolosaoos se prometían cuanto antes un nuevo espectáculo en 
é aekkharramiento del impío calavera, que ya no podía hacerse es- 
perar mocho. 

He hnbo de verse poco sorprendido y chasqueado al ser encerrado 
fKd mismo carcelero, al cual, atendida su conducta, se le había 
ransuitdu en su empleo doblando las guardias. 

— /Bola! ¡hola! mi querido sefior y gentil-hombre— le dijo este— 
«te vez si que vais á veros apurado; ya se acabaron las pistolas y los 
i, pero os queda todavía una hermosa pira que se está precisa- 
levantando en esta ocasión en el Capitolio, 
inre le habría apaleado de buena voluntad; pero hubiera es. 
to sido dar muestras de desesperación y el caballero no desesperaba 

—Oye,— le dijo con una imprudencia de que él solo era capaz. — 
£ mi amigo la Taulade te diese el doble y después de haberme abier- 
to la puerta te salvaras tú por otro lado ¿eh? 

—Ignoráis sin duda, caballero, ante todo que vuestro amigo la Tau- 
lade vació sus cofres y sus bolsillos para reunir la suma que vos me 
habéis robado; y después, que ya no está en Tolosael Sr. de la Tau- 
lade. Sus acreedores le han acosado hasta en París mismo, y me- 
diante un avocamiento, han lógralo encerrarle en alguna de las prí- 
stanos de la capital. Esto es cuanto se dice de él: por lo que toca á 
vnestr a persona, soy de parecer que os van á tostar. 

E ncog ió se de espaldas Roquelaure, y respondió: 

is 



Digitized by 



Google 



9t PRISIONES 

—Vive Dios, que lo mismo he de morir yo tostado, que ahogado 
—aludiendo al proyecto de M. de HarcourL 

Y á fé queel picaro tenia razón. Su familia velaba sobre él, y vien- 
do su hermano mayor la inminencia del peligro que al caballero 
amenazaba, obluvo una avocación del parlamento de Paris, esto 
es, un decreto de no ha lugar que salvó al blasfemo, al bribón, se- 
gún se decia entonces. 

Mucho le valió el ser genlil-hombre, pues habia motivo para per- 
der diez existencias que hubiese tenido. 

De las prisiones de Tolosa fué transferido, en apariencia, á las de 
Paris; pero Roquelaure se sacudió el polvo luego que hubo andado 
una veintena de leguas, abrazó á sus hermanos que escollaban el 
carromato en que se le conducía y desembarazado de los arqueros, 
que estaban en inteligencia, recibió trescientas pistolas, un caballo, 
y se largó. 

Nueve dias después, entraba en una de las mejores tabernas de la 
capital, en ocasión que estallaba un motin frondista en el que se di- 
virtió coma un condenado, hiriendo á diestro y siniestro, pues no 
habia aun tenido lugar para decidirse por la Fronda ó por Mazarino. 

Gomo se hallaba sin noticias de la Taulade, procuróse Roquelaure 
nuevas amistades y cometió en poco tiempo tantas impiedades, lige- 
rezas é infracciones de ley contra el duelo, contrajo tantas deudas en 
las tabernas, movió tales escándalos en las iglesias, que los mejores 
frondistas pensaron seriamente en hacerle prender. 

Mas el caballero guardaba para semejante ocasión una determina- 
ción heroica, una parada irresistible: se hizo mazarino, pero de los 
rabiosos; de tal suerte que la fama de su zelo llegó & oidos del mi- 
nistro, el cual sonreía cada vez que en su presencia se pronunciaba 
el nombre de Roquelaure. Hasta se le escapó decir una vez en su 
francés italianizado, que era un lindo mozo el tal Roquelaure, 

Seguro el caballero de semejante protector, no conoció ya freno: 
robó mujeres y allanó moradas en pleno dia, como si Paris fuese 
para él una ciudad conquistada. 

Llegaron quejas á la reina de un escándalo tan deshonroso para 
la regencia y amenázasele con la ira celeste si no reprimía las blasfe- 
mias é impiedades de Roquelaure; así es, que, sin decir palabra aque- 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 99 

H* «tora i sa ministro, mandó llamar al preboste de Hila á quien 
■ando que diese con el bribón en la cárcel. 

Sopólo Roquelaure, y creyendo emanada la orden deMazarino, vol- 
tio casaca, y se hizo frondista. Con todo, asaltóle en su casa el pre- 
boste coo doce arqueros. En vano reunió el gentil-hombre algunos 
de tms amigos, y con ellos y su hermano Birau sostuvo el sitio ma- 
tado anchos arqueros; vencido al fin por el número, dejóse prender 
y te le encerró en la Consergería en tanlo que se instruía la causa. 

Eran de oír entonces las quejas de las buenas fron distas, entre las 
coles se distinguía madama de Longueville. 

—¡Prenderá un tan gallardo mancebo!— decían — y todo ¿porqué? 
¡por «na futesa, una niñería! ¿No se ve aqui un prelesto con el que pre- 
mie disimular Mazarino su venganza contra un antiguo partidario? 
Kaéa de esto hubiera sucedido si Roquelaure hubiese advertido an- 
tes que estaba defendiendo la pasada causa.... ¡Un tan simpático 
tadtftta!... 

Ea ana palabra: el tumulto fué grande; pero Ana de Austria in- 
«ri6,m*lgrado las reclamaciones de Mazarino, cuya conciencia habia 
«do eo este asunto sorprendida. 

Uoa vez en la Consergería, hizo Roquelaure sus reflexiones. Dijo- 
te sa hermano que Mazarino se comprometía á salvarle la vida, pe- 
ro oo i dejarle en libertad, mientras le fuese tan contraria la reina. 
T liego, se le decía, hay esa evasión de Tolosaque agravaba su 
flKrte. 

—Logra tan solo que se me saque de esta incomunicación en 
qae se me tiene— replicó Roquelaure— y sabré darme una vida mas 
soportable mientras tú cuidarás de alcanzarme olra mejor. A propó- 
álo; dame dinero. 

Permitióse á Roquelaure comunicar con algunos presos por deu- 
fas que se hallaban en la Consergería, entre los cuales debutó aquel 
pr invitar, sin conocerles siquiera, á toda la cohorte de deudo- 
mk una espléndida cena. 

El primer abdomen que entró en la sala fué la Tanlade, el cual 
abalando un grito de alegría, precipitóse en los brazos del caballero. 
Taaiade habia eogordado un tanto á causa del disgusto que es per i - 
■cato por la pérdida de su amigo, obiigáudole á lomer mucho para 



Digitized by 



Google 



toe PRISIONES 

distraerse. Hablase anticipado á los demás convidados como atento 
y reconocido gentil-hombre qoe era. 

—Por vida mía— esclamó Roquelaure — puesto que vuelvo á en- 
contrarte, se me han de pasar contigo los dias como en el paraíso. 

— ¡Y á mil Porque debes saber que los alimentos que se dan en 
la Consergería, son abominables. 

—No la I, no tal— replicó Roquelaure— por mi parte no estoy des* 
contento. 

—¡Me maravillas, querido!... lentejas, buey cocido, arenques y 
manzanas; hé ahí la invariable lista. El vino no es de color de vino, 
sino de un azul... En fin, es todo tan insustancial que hay necesidad 
de procurarse muchos suplementos. 

— To soy el que me maravillo ahora, marqués. Hace cuatro dias 
que me hallo aqui y se me ha dado una vez perdices, lenguado, bu- 
ñuelos, becadas... Otra vez me han servido becerra, salmón. .. y lue- 
go buena fruta; pastelería... En cuanto al vino se me da á escoger 
entre el Borgofl a-añejo, el Champagne y el España. 

—¡Me dejas estupefacto!— murmuró la Taulade— aquí hay algún 
genio familiar que vela sobre ti... Tú debes gastar millones... 

— ¡To! ni una pistola... y confieso que me impacienta esto de ve- 
ras. El alcaide ha venido á verme... le he ofrecido mi bolsa, y no 
ha hecho mas que encogerse do espaldas. .. 

— ¡Ah! ¡por vida!— esclamó de improviso la Taulade, parándose 
á medio apurar un vaso de vino moscatel, que estaba saboreando 
echada hacia atrás la cabeza; pues para dar Roquelaure una prueba 
de lo que acababa de decir habia ofrecido una muestra del contenido 
de su bodega. 

—¿Qué es esto? marqués... ¿hay acaso alguna espina de arenque 
en el vino? 

—¡Oh! ¡qué idea! ¡caballero! ¿serias tú?... Pero, diablo; hable- 
mos bajo ¿Serias tú ese preso de quien se nos hablaba ayer, ese 

mortal afortunado, á quien nuestra divina carcelera ha distinguido 
entre tantos adoradores? 

—¿Hay alguna divina carcelera?— preguntó Roquelaure brincan- 
do de suerte que no parecía sino que alguna avispa le hubiese pica- 
do. — ¡Con qué tenemos aqui una mujer! 



Digitized by 



Google 



D£ IQftUfA. 101 

si, querido amigo— la mujer de nuestro carcelero 
«jefe, ¡adorable criatura! ¡tan rubia, tan sonrosada! ¡con unos 
ejes azules tan tiernos!... ¡Ab! aqui doude me ves, tengo el corazón 
fruptado de amor por ella. 

—Mas... pronto, pronto, cuéntame lo que hay. ¿Qué se decía?... 
jf*é decías, ahora poco?... 

— Dudase que la adorable Dumout se ha prendado de cierto pre- 
sa i quien quiere hacer agrable su cautiverio por todos los medios 
i. Hablábase de las suculentas comidas que le envia, de los 
fuegos que hace encender en su prisión, de los libros que 
bramife... de una guitarra... 

Volvióle Roquelaure, completamente aturdido, para echar una 
sisa da al rededor de su aposento, y séllalo con el dedo á la Taalade, 
m decir palabra, un fuego espléndido y chisporroteando en el hogar, 
ftros «partidos sobre la mesa, una guitarra suspendida en lapa- 
red, y el viso de que tenia aun el marqués una botella en la mano. 

— ¡Ah! no hay que dudarlo— murmuró el craso amigo — es á tí á 
fñea prefiere ¡cuerpo He tal) caballero, si nos hallásemos en liber- 
tad, seria cosa de despanzurrarnos. 

—Pero hombre, si yo no la conozco— dijo Boquelaure —ni la he 
riri» una sola vez. 

—¡Hipócrita! No me lo harás creer. ¿Me negarás también acaso 
que has oído las canciones que desde su ventana le dirige? 

— ¡Góool esas bonitas canciones que oigo todas las noches... ¿Es 
dlakafse?... 

—Si, hazle ahora el estrafio.... Pruébame, pues, que no la ves 
slravesar doscientas veces cada dia por el patio situado debajo de tu 
ventana, y que cada vez alza la vista... 

— ¿Cóao sabes tu esto?— dijo Roquelaure corriendo precipitada- 
mala á la ventana... Yo no he mirado una sola vez por aqui... ¿co- 
ma podía pues sospechar?... 

— Ls he sabido porque muchos de mis compafieros lo han visto y 
me lo han dicho... ¡Ahí si yo hubiese sabido que eras tú el afortuna* 
ds preso oculto detrás de estos barrotes... 

—Perdona, marqués, perdona; no es culpa mia si... ¡Pobre mu- 
j«tita! ¿Es bonita, dices, tratable, joven y adorable? 



Digitized by 



Google 



lOt PRISIONES 

— ¡Hum! No te fies mucho de ella; te lo aconsejo— repaso la Tau- 
lade con mohíno rostro... Neseas fatuo. No se inspiran asi tan de 
sopetón esas pasiones. 

—{Hela aquil ¡hela aqui! — esclamó Roquelaure suspendido á los 
hierros de la reja... la veo... ¡oh! ¡hermosa criatura! ¡Cáspila! ¡qué 
bellos ojos! ¡qué hermosura de cabello! ¡qué preciosos dientes! Se 
sonríe... ¡me ha visto!... ¡Buenos dias, señora!... servidor vuestro 
hasta la muerte, señora.. . 

—Cálmate, hombre, cálmate— decía la Taulade tirándole del ju- 
bón — ¡Cuan pronto le abrasas!... 

—¡Se fué! ¡se fué la encantadora visión! ¡Ahí querido, esto es 
hecho; no hay mas, yo muero de amor. 

—¡Bravo! cuando yo decia que eras loco... 

— Tienes razón; estoy loco. ¡Ay! ¡Dios mió, se ha ido!... 

— Ha dicho ¡Dios mió! no hay mas, está loco; ¡es un difunto de 
taberna!... Ha dicho ¡Dios mió!— repetía la Taulade, sallando y brin- 
cando por la estancia hasla hacer retemblar el suelo y rebotar los 
muebles.— ¡No le falta ahora sino creer en los*ángeles! 

—Y ¿cuando esto suceda?— dijo Roquelaure hundiéndose el som- 
brero basta los ojos, y como disponiéndose á sacar la espada. 

—Bien está; hagamos uso de los cuchillos— replicó la Taulade— 
te mudarán de prisión y perderás á la señora de tus pensamientos.. . 
Créeme, pobre caballero, pon mas aceptable rostro, pues ya oigo en 
el corredor los pasos de los huéspedes que nos envía la Dumout. 

Roquelaure corrió á la guitarra, que ocultó entre los colchones 
de la cama, arrojó debajo de ella de un puñetazo los acusadores li- 
bros, y como tratase de hacer lo mismo con la botella, vacióla de 
un tirón la Taulade, y tomando aliento: 

—Ya puedes dejarla— dijo— seguro de que no ha de comprometer- 
te su actual estado. 

—Y sobre todo — repuso Roquelaure— ¡punto en boca! no hay que 
comprometer el secreto de esa digna señora Dumout... (va en ello su 
honor! 

¡Necio!— repuso la Taulade— ¡antes de ocho dias vas á decirlo á 
todo el mundo y á publicarlo á son de trompeta! 

En esto llegaron los convidados, gentil-hombres todos, arruinados 



Digitized by 



Google 



OB EÜ10H. 100 

por tas locuras de la paz ó por las desgracias de la guerra. Ni uno 
solo ótfó de convenir en que no podia hallarse en otra parte tan bue- 
aa sociedad como en la Consergeria. Púsoles insensiblemente la Tan- 
tade en el capitulo de la bella carcelera con lal arte, que por ellos 
pedo saber Roquelaure toda la historia de esta mujer sin que resul- 
tase comprometido en lo mas mínimo su secreto. 

Dtjose que era costumbre en la cárcel dar los recien llegados se- 
nsata á aquella belleza, y que aun estaba por verse que uno solo 
de tas presos hubiese permanecido indiferente á lales encantos. La 
fcma era amable, y sazonaba sus gracias con una coquetería capaz 
ét desesperar al mas frío. 

Otáronse hasta veinte hombres ¿ quienes habia vuelto el juicio; mas 
10 pido citarse uno solo á quien hubiese hecho feliz, y eso que en 
la pristan suele andar bastante suelta la lengua. 

La conversación recavó al fin sobre el misterioso preso que estaba 
«toacei en favor. Unos lo negaron, otros estuvieron por la afirmati- 
va: ninguno adivinó la verdad. 

tatenogado Roquelaure sobre el efecto que habian producido en 
so preso los atractivos de la carcelera, contestó que estando enamo- 
rado de otra dama, no sabia hallar en la Dumout las gracias que to- 
dos estaban acordes en reconocer. Asi es, que á puro insistir en su 
opiatan, logró atraerse mochas querellas cuyos resultados, por 
falla de aceros, fueron aplazados para el dia de la suelta. Unos y 
tiros se separaroo con los bigotes erizados: 

—Vas á indisponerte con todos con tus eternas disputas— dijo la 
Taalade. 

—Crómente es esta mi intención, marqués; no me estorbarían 
poco estos picaros en mis intrigas amorosas. 

— Entonces yo también te he de estorbar — dijo amostazándose el 
uluninoso marqués.— He voy. 

— ;Tn! ¡tú! ¡el mejor de mis amigos! ¡tú, que me la has hecho 
esaocer! ¡Oh! ¡no, por vida mia, no quiero que nos separemos! To- 
aos mis alegrías, todas mis venturas he de compartirlas contigo, 
■arques. 

—En hora buena. Veré de serte útil. ¡Por otra parte, el marido es 
taacetaool... 



Digitized by 



Google 



104 PRISIONES 

—¡Un marido celoso! Si esta Consergería cayo corazón me parecía 
tan negro, es por el contrario un bello paraíso... 

Desde este momento ya no dejó Roquelaure uno solo la enrejada 
ventana. Verdaderamente estaba enamorado. Una mirada de su be- 
lla dama le ponía fuera de si de felicidad, y esas miradas se repetían 
mas de cien veces cada veinte y cuatro horas. 

El caballero escribió mas de mil billetes, compuso sonetos, redon- 
dillas y pareados. La Taulade vaciaba las botellas entre tanto que 
aquél andaba á caza de consonantes. 

Por su parte parecía la Dumout locamente enamorada de ese gen- 
til-hombre tan hermoso, tan atrevido, cuyas hazañas de toda clase 
babian sembrado el terror por espacio de un tties en todas las con- 
versaciones de la ciudad y de la corte. 

Gomo era imposible, & pesar de la libertad de que Roquelaure dis- 
frutaba, que tuviese lugar una entrevista sin permiso del carcelero, 
contentábanse ambos amantes suspirando con los billetes que arro- 
jaba Roquelaure: en cuanto á los de la carcelera eran escasos y ade- 
más insignificantes; ciertamente valían mas sus miradas y sus besos 
lanzados sobre la punta de los dedos. 

—En verdad te digo, querido marqués— repetía Roquelaure— que 
no se ama realmente sino en la cárcel. Aquí se tiene tiempo para ello, 
no hay distracciones... ¡Pardiez! ¡los solitarios deben saber que cosa 
es amart 

—Ya lo creo— respondía la Taulade— también he observado que 
en ninguna parte se come tan bien como en estas soledades. Uno pue- 
de disponer de todo el tiempo necesario y no se ve molestado por im- 
portunas visitas, ni tiene obligación de devolverlas. 

—Permanezcamos siempre en la cárcel— dijo Roquelaure entu- 



— Que me place — añadió la Taulade, poco menos que embriaga- 
do del todo. 

Sin embargo, el proceso del caballero adelantaba á despecho de los 
obstáculos.. . . Roquelaure recibió la visita de su hermano, el cual de- 
jó entrever las escasas esperanzas que tenia. 

—Amigo mió— dijo este al caballero— tienes á Dios por parte 
contraria, y es una carga asaz ruda... Dios te perderá. 



Digitized by 



Google 



Uu aftilm piule ei la Ctnsergeha. 






Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. IOS 

—¡Bahl— replicó Roquelanre— Dios no cuenta tantos amigos como 
yo en el parlamento. Por lo demás ¿de qaé se trata? ¿de mi encar- 
celamiento? ¡Pse! No me va en él tan mal... Que se me deje en la 
drcd... ¿No es verdad, la Taulade? 
—Sí, si; dejemos que hagan lo que quieran. 
No tenia, como se ve, Roquelaure ningún deseo de recobrar su li- 
hrtad y aun reprendía k sus amigos por los pasos que daban k este 
alíelo. Alabóse de semejante abnegaciop en un billete que dirigió i 
la carcelera y al que contestó esta en los siguientes términos: 

—«Caballero: habéis hecho mal, muy mal: un verdadero peligro 
•s imanan. Si vuestras amigos os quieren bien, no impidáis sus 
|i»1mms... La justicia es una mano que sabe retener lo qne coge.» 
Roquelaure respondió con este estribillo: 
€— jAyl (alma mia! 
me es menos cara que el verte, 
la luz del dia. » 
fué cuando se habló seriamente de condenar k muerte 
lo. Instruida de los primeros la carcelera, envió á su 
amáteoste billete: 

t— Caballero: si queréis verme, es preciso vivir, y moriréis sin re- 
medio si no tratáis de salvaros.» 
Tomó en seguida la pluma Roquelaure, y contestó con el siguiente 



« —Lejos de mi el temor, señora mia; 
por su patria y su rey muere el guerrero, 
por su amado tesoro el usurero, 
yo igual gloria ambiciono... etc., ele.» 
Clare; se negaba k defenderse ó k salir de la cárcel» 
Recurrió entonces la Dumout k una estratagema para vencer la obs- 
tinación del caballero y obligarle á salvarse á pesar suyo. 

Cierto día recibió Roquelaure por conducto del ordinario mensa* 

jare» ó sea, tn bramante que sabia y bajaba k le largo del muro, 

11 failleüto cuyo contenido le hizo temblar de felicidad. 

Estaba en aquella ocasión la Taulade demasiado ocupada en des- 

una caroeta «a salmorejo para reparar en la eaockm de su 



tomod. U 



Digitized by 



Google 



10« PRISIONES 

«—Caballero:— decia el billete— puesto que no queréis abando- 
nar vuestro encierro, y que por causa mia os esponeis á morir, se- 
mejante abnegación merece una recompensa. Acaso me exagero yo 
el valor de la que os tengo reservada; pero no conviene estéis en 
vuestro derecho rehusándola. El martes á las siete de la tarde, mien- 
tras se pase la ronda estraordinaria, dejareis á vuestros amigos, si 
los hubiere en vuestra compaflia y dirigios al gabinete que so os ha 
dado por guardaropa y biblioteca, una vez allí, llamad vigorosa- 
mente en el armario. En él habéis de hallar un medio de verme y de 
pasar algunos instantes conmigo.» 

Roquelaure pensó enloquecer. Mas de cien veces fué á visitar aquel 
armario cuyo fondo era de ladrillo, en seguida volvió á su reja para 
enviar á la señora Dumout los mas ardientes besos. 

La Taulade decia que su amigo tomaba el camino que conduce 
mas directamente á la locura furiosa y le aseguraba que no saldría 
de la Gonsergeria sino para entrar en Charenton. 

Llegó al fin el martes sefialado para la cita. La carcelera no ha- 
bía querido anticipar á Roquelaure ninguna esplicacion. A las nueve 
entró en su cuarto la Taulade, según tenia por costumbre. 

—Gomamos ya— le dijo Roquelaure— porque siento un apetito 
de mil diablos. Veamos ¿qué hemos de comer? 

— No es hora todavía— repuso la* Taulade...— Sin embargo, no 
me haré de rogar. Cenaremos á medio dia, y á las cinco tomaremos 
un bocado. 

—Es menester que le achispe— pensó Roquelaure— necesito desem- 
barazarme de él. 

¥ probólo con efecto; mas la costumbre había convertido al mar- 
qués en tan fuerte campeón, que después de las dos comidas, quien 
mas bebido parecía no era seguramente el marqués. Recurrió, pues, 
á otro medio mas eficaz de distracción, y echando mano á los naipes, 
propuso á su amigo jugar una partida á los cientos. De esta suerte 
se aproximó insensiblemente la hora en que debía estarle esperando 
la señora Dumout. 

Las siete dieron en el reloj del palacio. Precisamente en aquellos 
instantes se había suscitado una disputa entre ambos jugadores 
sobre una jugada dudosa. La Taulade alegaba en su favor la espe- 



Digitized by 



Google 



DB EÜBOPA 107 

riada, Roqoelaure quiso atenerse á las reglas, y se levantó para ir 
il lanoso gabinete que le servia de biblioteca en basca de un tra- 
ído de los juegos en general, y del de los cientos en particular. 

\l llegar al armario vio con alegre sorpresa un boquete oblongo 
pnetieado en la espesa pared, en el fondo del cual brillaba, entre 
fas bugias colocadas sobre una mesa, el rostro encantador de la 
«lora Dumout, sentada en una pieza contigua y acechando con in~ 
qvetad la llegada de su amante. 

Boqnelaure no tuvo necesidad de comentarios. Deslizóse en el 
hsquete como una culebra y, ayudándose con pies y manos, fué á caer 
las rodillas de la bella carcelera, ruborizada de placer y de es* 



No son para contados los ansiosos besos de que inundó el caba- 
Bm aquellas hermosas manos que pacientemente hubieron de reci- 
bios. 

—Al fin, es fuerza, caballero, quedéis oídos ala prudencia— dijo 
Vtnattadose la joven esposa.— Veden que sitio os halláis. Este es 
el eaario de los porteros, contiguo á esa espesa pared de la Conser- 
jería qw he hecho horadar por un hombre fiel. Los porteros, ocupa- 
ém ea este instante en la ronda general, han de volver dentro de 
vñte minutos; con que solo os queda el preciso tiempo de besarme 
mi Tfz mas la mano, recoger vuestra capa, esta espada que os he 
peparido 7 huir por la primera calle sin volver la vista atrás. 

—¡Huir! — esclamó Roquelaure.— ¡Todavía insistís en que os deje! 
;« habíais de huir cuando apenas acabamos de reunimos por pri- 
wn vez! 

—Según parece, preferís que nos sorprendan, que me delaten, que 
■e «arierren también -replicó fríamente la Dumoul.— Pues bien, 
•brad como qn ra s, caballero, no os incomodéis por tan poca cosa. 

— ¡Oh! ¡generosa amiga! ¡cuan cruelmente me habéis cngafiail >! 
Corneóte; volveré, yaqaees preciso, á mi encierro, y á pesar vuestro 
o«tÍD8aré viéndoos. 

—¡Estáis en vuestro juicio! ¡El parlamento va á pronunciar svn- 
taáa capital contra vos, y me será imposible salvaros cuantío os 
-olleU eo el calabozo de hs reos da muerte, junto á las prisioues 
p*-pétaa*, á 'retn'.a pié* debajo di.1 Sena!— ¡Verme! ¿cómo me ha- 



Digitized by 



Google 



íes PRISIONES 

beis de ver después de muerto, en tanto que libre... ¿quién os impide 
yenirme á visitar alguna vez?... ¿Para qué otra cosa sirven las capas 
del color de los moros, las señales, los paseos en lagares propios 
paralas citas... 

—¡Ahí— esclamó tristemente Roquelaure — veo que habéis queri- 
do burlaros de mi. ¿Quién sabe si no estáis influida por alguno de 
mis amigos, por mi hermano; en una palabra, quién sabe si fingis- 
teis distinguirme... 

— Decian que erais hombre de talento, caballero; pero harto pro- 
báis que no es asi... Se os creia capaz de saber apreciar una fineza, 
y vos solo habláis de cosas materiales. Pues bien, no, no corréis pe- 
ligro alguno. Va á condenárseos tan solo á prisión perpetua. Yo, yo 
que os amo, ¿lo entendéis? creí que este era el mejor medio para 
continuar viéndonos, para no separarnos jamás... Me sacrifico para 
vuestra dicha; ¡y no sabéis comprenderme! Peor para vos, caballero; 
las mujeres queremos que se nos demuestre cierto agradecimiento... 

Arrojóse Roquelaure á los pies de su amada, diciéndole con tanto 
amor como respeto: 

—Perdonadme; os adivino, os admiro, me prosterno delante de 
vos. Señora, sois un modelo de nobleza y de gracia. Acepto el bien 
que queréis hacerme y el amor que me prometéis... ¿Por dónde debo 
partir? 

Enagenada de gozo la carcelera, abrió sus brazos al joven, dándo- 
le las gracias con tanto trasporte como si hubiese sido ella el preso 
á quien se devolvía la libertad. 

Al propio tiempo dejóse oir una estrepitosa esclamacion qne so- 
bresaltó á ambos amantes, los cuales, volviéndose á la vez, apercibie- 
ron en la abertura de la pared el rubicundo rostro y los asombrados 
ojos del señor de la Taulade. 

—¡Hola! ¡hola!— decia el corpulento marqués— parece que se ce- 
lebran entrevistas por ahi sin avisar á los amigos. ¡Yo que esperaba 
con» toda paciencia!... ¡traidor! Pues nada; asistiré á tu triunfo 
¡malvado!... Ya ves que también he sabido hallar yo el armario. 

—¡Silencio!— murmuró la carcelera— no se trata de entrevistas, 
caballero, sino de una verdadera y bonita evasión. Retiraos no sea 
caso que se nos sorprenda. 



Digitized by 



Google 



DE KülOfA. 1#» 

&!— esclamó la Taulade— jy cuándo se trata defina 
it ¡Pardies! ¡aquí estoy yol espérame, caballero, que partiré* 
■es junto. 

—Está bien, marqués; pero dale prisa..: ¿Queréis permitirlo, 
naidi mía?... ¡Haced venturosos á dos amigos! 

—Coa mil amores— dijo sonriendo la Dumout - pero no podrá lo* 
grado. . Ta tefe; dado que pasen sus espaldas, su vientre no pasará 



En efecto, era n espectáculo carioso ver los esfuerzos que hacia 
el marqués para enhebrar su cuerpo en aquella abertura de piedra 
m qae se había arriesgado. Sus brazos, enteramente sujetos y com- 
\ sos espaldas por las puntiagudas piedras de la pared, co* 
i á dokrle terriblemente, la sangre hinchaba sus sienes y 
copiaio sodor cabria su rostro. 

—¡Caballero! ¡caballero!— clamaba— tírame de la cabeza... 

—¡Hombre! ¿quieres que te la arranque? 

—Empájame, pues, hacia adentro: ensancharé la abertura. 

—El tiempo urge— dijo la carcelera.— Partid, caballero, los por- 
tara pueden volver de un momento á otro, y todo seria perdido. 

— ¡Fot favor!— gritó la Taulade— ¡quitad al menos un ladrillo! 

— ¡Roquelaure, partid por Dios!— volvió á insistir la Dumout— ó 
ambos nos perdemos. Idos vos, yo me encargo de libertar mas ade* 
late á vuestro amigo. 

— ¡Por vida del diablo! ¡yo me ahogo!— abultaba la Taulade.— 
¡Maldito estorbe! (demonio de idea! ¿por qué huir coando me halla- 
ba ya tan bien? 

Mas el caballero á quien empujaba su amada hacia la puerta, se 
despidió del marqués reventando de risa y desapareció bien pronto, 
perseguido hasta la calle por los gritos de la Taulade que gritaba á 
mas y mejor: 

— ¡Un ladrillo al menos! ¡Quitadme un ladrillo! ¡el cuello se me 
hnchal ¡*oy á morir de apoplegia! 

Sm atender á s«s exclamaciones, encerróle la Dumout diciendo á 
través de la puerta. 

—Esperad al menos á que llamegeate, y salvemos las apariencias. 
¡Ta vienen! (gritad ahora! ¡gritad fuerte, sefior marqués! 



Digitized by 



Google 



llt FtCHOm- 

bia el rey á su carroza en el patio del palacio, aceroósete un hombre 
y le punzó el costado con un instrumento que con la mayor eahna 
conservó en la mano, pues no trató de huir. 

Acudióse en el acto á arrestar al asesino, de cuyas manos se ar- 
rancó un cortaplumas. 

Interrogado este hombre, oonfesó llamarse Roberto Francisco Da- 
miens, lacayo de profesión, natural de los alrededores de Arras. 

A los cargos que se le hicieron contestó que no había sido su in- 
tención matar al rey, pues era claro que si hubiese querido matar 
& un hombre, no se habría seguramente valido de la hoja de un cor* 
taplumas ni asestara su golpe en las costilla*. 

— El rey es execrado— dijo— las representaciones del parlamento, 
las quejas del pueblo, no logran hacerle variar de conducta ni cor- 
regir sus escesos. El castigo podía mas ó menos tarde alcanzarle y 
hubiera sin duda sido terrible. Por esto he querido advertir al rey, 
obligarle & reflexionar. Mi cortaplumas es el precursor del pufial... 
la punzada puede evitarle una muerte cruel, y lo que es mas, la in- 
famia. 

Estas palabras, ponunciadas sin énfasis, hubieron de producir 
honda impresión en los servidores de Luis XV, pero habría sido de 
pésimo gusto admitir una advertencia dada en semejante forma. 

Luis XV prefirió representar el papel de asesinado, y declaró que 
después de Damiens, era un chico de escuela Eavaillac. Por cuyo 
motivo, en vez de hacer encerrar al lacayo en Bicetre como á loco, 
procedimiento tan común eu aquella época; en logar de manifestar- 
se agradecido á la divinidad, por haber librado á tan poca costa co- 
mo es un ligero rasgufio, su existencia consagrada al libertinaje, 
mandó por el contrario que fuese Damiens severamente juzgado. 

No son los corazones entregados al vicio, gastados k fuerza de 
placeres, empequefiecidee por las mas bajas pasiones, loe que cobh 
prenden la grandeza en la generosidad, en la clemencia, cualidades 
propias solo de los, pechos esforzados. 

Et pueblo, que meditaba una formal revolución, quedé consternado 
en presencia de semejante acontecimiento. Gomo sucede siempre, 
todos los partidos se echaron en cara mutuamente ese crimen. 

Pe todos modas» es la cierto que aqueUa leve herida fué peí ea ton - 



Digitized by 



Google 



Mí fUMKi. 113 

ees la salvación de la monarquía absoluta; pues la nación entera cu - 
ye instinto ee siempre noble y digno por mas que se diga, rechaió 
sospecha de complicidad en el asesinato y acallar sopo la exas- 
que poco á poco iba levantando contra el trono sus eneres- 
olas. La rebelión retrocedió en presencia del regicidio, y Da* 
■¡eas compareció ante los Assises del parlamento, en medio del si- 
lacio de una paz general. 

Damiens no fué lanzado al crimen por ninguna potencia estranje- 
ra. Era solo uno de tantos entusiastas como llegan á suscitar las épo- 
cas de grandes crisis ó de honda agitación, y á quienes impele á Ye- 
ees la oportunidad á descargar el terrible golpe que la acalorada ima- 
ginación ideó allá en sus estraviados delirios. 

Fíese ó no un loco Damiens, ó el saludable precursor que preten- 
día ser ¿podia suponérsele una verdadera intención de atentar contra 
la vida del monarca? 

JnanChátei, Jacobo Clemente, Ravaillac, no se habían servido 
seguramente de un cortaplumas para llevar á cabo su empresa. 

n fallo del parlamento se resintió del malestar, de la falsa posi- 
eva es que el crimen acababa de colocar al partido del pueblo; su 
severidad fué el último estremo de la exageración, llevada á propó- 
sito á esta punto. 

Has ei el parlamento creyó deber aplicar al culpable el máximum 
4s isa penalidad cuya simple enunciación hace estremecer de hor- 
ror, fié porque esperaba mucho del buen sentido y de la misericor- 
dia de Luis XV. Nuestros lectores van á ver en presencia uno de otro 
el espíritu público y la venganza real. El verdugo va á dánoslo á 



Damiens heredó el calabozo de Ravaillac, esperando heredar tam- 
bién sus tormentos, capitalizados por el miedo y la ferocidad. 

Tenia aquel un padre, una esposa, una hija, un hermano y otros 
(■rientes en Arras. La sentencia del parlamento desterró perpetua- 
mente á los tres primeros y mandó á los otros cambiar de nombre, 
debiendo quedar arrasada hasta los cimientos la casa en donde ha- 
fea nacido el culpable. 

Todos los parientes fueron sitados á prueba de tormento y con- 
ducidas á la Convergería. 

TOMO II 15 



Digitized by 



Google 



114 HdSKHdS 

En cuanto al regicida, como se lewió que quisiese sustraerse por 
medio del suicidio á los refinamientos de barbarie que contra él se 
meditaban, encadénesele en nna estrecha prisión sobre una especie 
de estrado acolchonado, de modo que no pudiese hacer movimiento 
alguno contrario á su seguridad. 

Allí fueron á interrogarle los jueces instructores, ordenando algu- 
na pequeña cuestión para arrancar á Damiens la confesión de nna 
pretendida complicidad, que este persistía en negar. 

Dos meses á poca diferencia duró este suplicio, basta que pronun- 
ció el parlamento la sentencia en la que se trataba de atenaceamien- 
to, descuartizamiento y hoguera. 

Guando Damiens apareció en la place de Gréve, después de pedi- 
do el perdón, echó una tímida mirada sobre la inmensa multitud que 
había acudido á presenciar el espectáculo. 

«Las mujeres, dice un testigo ocular, fueron allí en tropel y no 
volvieron ciertamente de las primeras la vista ante una escena tan 
horrible.» 

Damiens, á quien durante la lectura de la sentencia se desnudó de 
todos los vestidos, examinó tristemente sus desabrigados miembros 
como para consultar consigo mismo si podrían tener bastante vigor 
hasta el fin de aquellos suplicios. Este triste sentimiento fué com- 
prendido por todo el público. 

En seguida se tendió al culpable de boca arriba sobre las tablas 
del cadalso; alósele en la mano derecha el cortaplumas con que ha- 
bía herido á Luis XV, y cuando se le hubo llenado de azufre, se le 
puso fuego en ella para que ardiese lentamente. 

El grito que arrojó Damiens á aquella cruel impresión hizo hor- 
ripilar á la muchedumbre. Callóse luego: la conclusión de este tor- 
mento no le arrancó una queja mas. 

Con todo, el verdugo continuó su obra arrancando con cortadoras 
tenazas, pedazos de carne de los brazos, de los muslos, de las pan- 
torrillas, de los pechos. 

Damiens guardó el mismo silencio. 

El verdugo llenó luego sus abiertas llagas de plomo derretido, 
aceite hirviendo y cera líquida. Tan bárbara operación hubo de ar- 
rancar de aquel pecho destrozado los mas desgarradores gritos. 



Digitized by 



Google 



tiara el regkiéa. (Ctfia fe iu liana le h éf»a.) 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



DE EUftOtA. 115 

En esto acercáronse los cuatros caballos que habían de descuarti- 
arit; eran nuevos y tiraron mal. 

Como una hora duró esta parte del suplicio. Lo miembros no se 
desprendían. 

Dicese que en tales momentos, una dama que contemplaba esta 
horrorosa escena desde uno de los balcones de la plaza de Gréve, 
▼kado el esfuerzo ineficaz de hombres y animales, esclamó: 

—¡Pobres caballos! 

Esta exclamación retrata por si sola aquella época. 

La noche vino. El pueblo podia hastiarse de horrores. ¡Damiens 
tifia aun! 

Los inspectores del suplicio ordenaron 4 ios verdugos que córta- 
la al páctenle los músculos y los nervios de las articulaciones. Los 
verdugos obedecieron. Entonces pudieron los caballos arrancar dos 
pinas y un brazo. 

¡Damiens vivía aun I 

No espiró hasta el desmembramiento del segundo brazo. Sus des- 
pojo* fueron arrojados como lefia á la hoguera que estaba prepara- 
da i la izquierda del cadalso. 

Sin embargo, Luis XV habia curado á los tres días de la herida 
cavada por el cortaplumas de Damiens, y ni la menor palabra de 
cmpaston por el delincuente llegaron sus labiosa pronunciar. Tanta 
carencia de sentimientos no puede hallar escusa en ninguna parte. 
Solo los salvajes descuartizan á sus enemigos; pero tienen una escusa: 
es que se los comen. 



Digitized by 



Google 



116 PRISIONES 



V. 



La reina María Antoniela en la Consergería.— La Consergería en el aflo 93. — El du- 
que de Orleans y la reina.— Atenciones de la gente de la casa para con la presa. 
— Tentativas de evasión. — Kl clavel encarnado del caballero Rougeville. — Ocu- 
paciones de la reina en la cárcel.— El Terror.— Ejecución de la reina — Historia 
del cancionero Ángel Pitou.— Sus desventuras.— Girey Dupré y Venancio, ex-ca- 
pucbino.— La sala de los muertos.— Desprecio del cadalso.— Hebertistas y Dan te- 
nistas.— Camilo Desmoulins.— Robespierre.-- Saint Just.— Couthon. — Simón. — Los 
termidorenses. — Historia de la revolución escrita sobre los registros de I09 presos. — 
Fauquier Tinville.— Romme, Boorbotle, Duroy, Soubrany.Dnquesnoy.— Goujon. 
—El caballero Bastión. — Ceracchi, Arena, Jopineau.— Lebrun.— Gadoudal. — Les- 
urques. 

El 1 .° de agosto de 1793, la Convención, oido el informe de Bavére, 
llenó cumplidamente los deseos espresados á menudo por los Jaco- 
binos. Hé aqui en efecto parle de uno de los decretos mas concisos 
de ese día: 

«Artículo VI: ¿María Antoniela comparecerá ante el tribunal revo- 
lucionario, y para ello trasladada á la Consergería. 

Art. VIII: Isabel Capelo no podrá ser deportada hasta que se 
haya juzgado á María Antonieta. 

Art. IX: Los individuos de la familia Capeto que permanecen 
bajo la espadadela ley, serán deportados después del fallo, si este es 
absolutorio. 

Art. X: Los gastos de los dos hijos de Luis Capeto se reducirán 
á los indispensables de comer y vestir.» 

Y cuenta que en semejante ocasión no era muy segura la exisíen- 
cia de la república. El oeste, el mediodía y el norte ardían en guerra 
civil. Todas las plazas fuertes capitulaban. El mes de julio solo ha- 
bía traído revés sobre revés, desastre sobre desastre. iMercier pedia 
con énfasis á la montaña que se quejaba: 

* — ¿Por ventura vuestros representantes han hecho pacto con la 
victoria? 

—¡Con la muerte lo tenemos hecho!— contestó unánime la atre- 
vida Montaña por conducto de Bazire. 



Digitized by 



Google 



DI BROTA. 1*1 

Marta Aitooiela, pues, acababa de dejar el Temple subiendo á un 
oocfce qae la esperaba en la puerta. Al partir bobo de sentirse cogi- 
da par la falda del vestido; era un perro, compañero de prisión ba- 
da mas de ua afio y qae parecía pedirle permiso para seguirla. 

Los oficiales de la municipalidad alejaron al animal y el carruaje 
partió sia que pudiese saber la presa donde se la conducía. Llegada 
ti patio de palacio, reconoció la reina la Gonsergeria, bajó del coche 
y fué encerrada en virtud de una órdeu del comité de salud pública. 

«La primera entrada está cerrada por dos postigos— dice un pre- 
so de la época que ha visto la Consergeria con la parcialidad que 
inspiran el terror y el cautiverio— Llámase postigo á una puerlecita 
alta de uos t**es pies y medio practicada en una puerta mayor. Guan- 
do se ealra es menester levantar el pié y bajar considerablemente la 
cabexa, de suerte que si uno no se aplasta la nariz con la rodilla, cor- 
re peúgro de romperse el bautismo contra el dintel del postigo, lo 
qae sude suceder mas de una vez. También se da el nombre de pos- 
tigo á la primera pieza que se encuentra en entrando. Los dos posli- 
gas esáa casi á distancia uno de otro de cerca (res pies. Guárdalos 
i cada uno un llavero. No todos los llaveros son admitidos indistin- 
tunena al bonor de abrir y cerrar los mencionados postigos, sino 
qn se escoge para ello á los mas vigorosos y de mas perspicaz mira- 
da. En la primera pieza, llamada postigo, según llevo espresado, y 
al etireme de una gran mesa, se encuentra sentado en un sillón el go- 
bernador de la casa ó su respetable mitad, y á veces el llavero mas 
aaiiguo. 

•Los parieales, amigos ó amigas de los presos, hacendé ordinario 
y muy asiduamente la corle al conserge Richard para hacerse en- 
treabrir in postigo. 

»De su sillón emanan las órdenes concernientes á la policía de la 
cata. Ante él vierten todas las disputas entre los porteros entre si 
y entre los presos, y á él tienen estos que acudir en todas sus que- 
jas, cuando se les dispensa este favor. 

•Por lo demás, la esposa Rictíard tiene su casa dispuesta de una 
■añera admirable: inútilmente se buscará en otra parte mas memo- 
ría, ni mas presencia de espíritu, ni un conocimiento mas exacto de 
los menores detalles. » 



Digitized by 



Google 



118 FUSIONES 

La ciudadana Richard, de quien estaban generalmente satisfechos 
los presos, fué asesinada por un detenido, desesperado porque se le ha- 
bía sentenciado á veinte años de cadena. En ocasión en que esta cari- 
tativa mujer le presentaba una taza de caldo, le hundió un cuchillo en 
el corazón; espiró á los pocos minutos en elmessidor de 1796, año IV. 

a Además del conserge ó su representante hay en el postigo un an- 
tiguo llavero sin puesto fijo. Sin que lo parezca, es este el inspector 
de las personas que entran y salen. Guando hay distracciones se oyen 
salir del sillón estas vigilantes palabras. 

—Alumbrad el miston. — Frase de la germania que tanto vale co- 
mo: Reconoced el rostro de los que entran ó salen. 

»E1 portero las repite á sus camaradas que están de servicio en las 
puertas. Guando entra un nuevo preso se recomienda también el 
mismo cuidado de alumbrar el miston para que se le reconozca bien 
y en ningún caso pueda tomársele por estraüo. 

»A mano izquierda del postigo está la escribanía, cuya pieza di- 
vide por en medio un enrejado. Dna mitad está destinada á los guar- 
das, y en la otra se deposita á los condenados á muerte, algunos de 
los cuales han aguardado allí durante treinta y seis horas la fatal 
llegada del ejecutor de las sentencias, á quien suelen llamar los 
porteros en su germánica gerga el Me. 

»De la escribanía, siguiendo el plan terreno, se entra, por medio 
de grandes puertas, en los calabozos llamados la Ratonera, que mas 
parecen criaderos de ratones. Un ciudadano apellidado Beauregard, 
persona tan honrada como amable, libertada por el tribunal revolu- 
cionario, gracias sean dadas á su venturosa estrella, fué puesto á 
su llegada en este encierro, donde hicieron presa en él los ratones 
destrozándole las bragas sin consideración á su parte posterior — gran 
número de presos vieron las aberturas— teniendo que cubrirse du- 
rante toda la noche el rostro con las manos para salvar al menos la 
nariz y las orejas. 

»La luz del dia penetra apenas en tales calabozos; la paja de que 
solo se compone la cama de los presos se corrompe luego por la falta 
de aire y por el mal olor de toda clase de inmundicia, que llega 
hasta infectar la escribanía cuando se abre alguna de estas puertas. 
Lo mismo sucede con otros calabozos. 



Digitized by 



Google 



5B KIA0F1. llt 

•fterie á la puerta de entrada está el postigo que conduce al pa- 
na de las Mujeres, á la enfermería, y en general á lo que se llama, 
ígMro per que motivo, el lado de los doce. 

»á la derecha, sobre dos ángulos, hay dos ventanas que dan luz 
escasa i otros tantos gabinetes en donde duermen los porteros de 
guardia durante la noche, y en los cuales se deposita á las mujeres con- 
desadas i muerte. Entre ambos ángulos hay un tercero que condu- 
oe al patio, para llegar al cual es menester atravesar cuatro postigos. 
Dejan» á la izquierda la capilla y la sala del consejo, dos piezas 
icialnvHrtf llenas de camas en estos últimos tiempos: la segunda es- 
toco ocmpada por la viuda de Luis XVI. A la derecha, entrando en el 
patio á la estremidad de una especie de galería, hay dos puertas 
jutas, una délas cuales es enteramente de hierro. Estas puertas en- 
cierran el calabozo llamado de la Uña nacional después de las ma- 
tanzas de setiembre de 1792, según el antiguo estilo. Atraviésase 
este calabozo para llegar á las salas de Palacio, á beneficio de una 
escalerilla escusada y cerrada en dos ó tres diferentes puntos. Los 
ptao* permanecen en las pistolas— zmí se llama á los cuartos de 
alquiler— en la paja ó en los calabozos. 

■En cuanto á los cuartos de alquiler ó pistolas, están llenos de tan- 
tas camas como son capaces de contener. Se pagaba antes por una 
cama 21 libras 12 sueldos el primer mes, y los demás 22 libras 10 
saldos cada uno. Una misma cama ha devengado frecuentemente 
en un solo mes muchos alquileres. 

■Durante los últimos tiempos de la urania de Robespierre, cuan- 
ta el tribunal enviaba á carretadas sus victimas al verdugo, cada dia 
•capaban nuevos huéspedes cuarenta ó cincuenta camas, que, pa- 
gándose i 15 libras por una noche, daban al mes un producto de 
18 á ti mil libras en asignados, que equivalían á 5 ó 6 mil libras. 
•Asi pues la Consergeria, si se atiende á estos beneficios, es la po- 
nda mejor provista de París. 

•Estos presos son tratados por diferente régimen. Los calabozos so- 
la se abren para recibir el alimento, paralas visitas ó para la lim- 



ites aposentos donde se duerme sobre paja no difieren de los ca- 
labozo* aiiio en cuanto sus infelices moradores deben salir de ellos 



Digitized by 



Google 



110 PRISIONES 

entre ocho y nueve de la mañana, do pudiendo volver á ellos hasta 
una hora antes de ponerse el sol. Dorante el dia permanecen cerra- 
das las puertas mientras los presos se resfrian en el patio ó se salvan 
de la lluvia en los pórticos que lo circundan, en donde les apesta el 
hedor de la inmundicia. En sus cuadras no esperimentan, con todo, 
menores incomodidades, por la pestilencia en que asimismo se vive en 
ellas, faltas de aire y ofreciendo por cama paja podrida. Encovadas 
allí cincuenta personas en un mismo hueco, de narices sobre la ba- 
sura, comunicanse las enfermedades y la suciedad. Id & visitar los 
calabozos practicados en las gruesas torres que se divisan desde el 
malecón del Reloj, y á que se dan los nombres de el Gran César, Bom- 
bee , Saint- Vicent, Bel- Air, etc., y decid si no es preferible la muer- 
te á semejante permanencia.» 

Las tres eran de la tarde cuando llegó la reina. 

Nada se había dispuesto en la Gonsergería para recibirla, asi es 
que hubo de pasar el resto de la noche en el cuarto del conserge Ri- 
chard, de quien hemos hablado ya á propósito de las matanzas. 

Al dia siguiente se la condujo al aposento que había de ocupar. 
No era en verdad ese calabozo infecto y malsano, escogido de intento 
para aumentar los sufrimientos de la presa; antes por el contrario 
escogió el conserge el aposento mas aceptable que pudo hallar. 

Denominábase la sala del consejo, porque en tiempo de la antigua 
monarquía se reunían anualmente en ella, en determinadas épocas, los 
magistrados de las cortes soberanas para oir las reclamaciones de los 
presos. Un contemporáneo que conocía aquellos lugares por haberlos 
visto y visitado, como reza la fórmula, describió en estos términos 
la sala y su situación. 

« Así como os halláis debajo del primer postigo de la Gonsergeria, 
encontráis á vuestra derecha un segundo postigo, volvéis á la iz- 
quierda después de haberlo pasado, seguís á lo largo de un oscuro 
corredor donde jamás asoma el menor rayo de sol, en cuya izquierda 
vais encontrando varias puertas de calabozos. Llegáis hasta una re- 
ja donde se permite arrimarse á los presos para hablar con las per- 
sonas que les visitan. Luego que hayáis pasado esta reja tendréis á 
vuestra derecha el gran patio de la cárcel cerrado por una reja; á la 
izquierda está la capilla, pero antes de llegar á ella se presenta un 



Digitized by 



Google 



di auaoaa. tu 

i «orado oomo loe demás calabozos por ana puerta fuerte y 
baja, proTi&ta de dos enormes cerrojos.» 

Allí fué depositada la reina en tanto que el tribunal revoluciona- 
ria prenunciaba sa sentencia. £1 aposento estaba dividido en dos 
partas iguales por un tabique de tablas, en medio del cual babia una 
abertura que servia de puerta de comunicación y en la que se puso 
«a mampara. Frente de la puerta habia una ventana enrejada que 
caía sobre el patio de las mujeres. La puerta y la ventana estaban 
comprendidas en la parte izquierda, ocupada constantemente de dia 
y de noche por Francisco Dufresne y Joan Gilbert, gendarmes en- 
cargados de vigilar á María Antonieta, y los cuales descansaban de 
íocbe en orna cama decampafia. 
Ka la parte derecha, especialmente reservada para la presa y en un 
de la misma, se hallaba la cama en frente de una segunda 
enrejada, que caía también sobre el patio de las mujeres. 
Jaaio k eala ventana era donde solía la reina permanecer sentada 
dáñale el dia. El techo estaba formado de ladrillos puestos de can- 
la. üe mareo de madera corría todo el ancho y largo de la pared, y 
da él pendían algunos pedazos de lela de que se había arrancado el 
I donde estaban pintadas flores de lis. 

se ha hablado diversamente sobre la traslación de María An- 
\ á la Coasergeria, citaremos, sin salir garantes de él, un hecho 
al que mochos han querido atribuir la decisión de la Convención. 

Basa pretendido que durante el cautiverio de Luis XVI, el duque 
da Orieans habia penetrado con alguna frecuencia en la torre del 
Temple para ver por sus propíos ojos la desdichada situación de su 
primo y de ai familia. Después de la muerte del rey habia repe- 
lido sus visitas disfrazado con el traje de uno de los criados encár- 
galos de eacendet el fuego; de esta suerte babia podido llegar hasta 
nadaaa* Isabel, á quien vid orando de rodillas. No atreviéndose á 
hablarla, ni sintiéndose con faenas para introducirse hasta cerca de 
la peina, habíase tetirado precipitadamente y, dirigiéndose á un guar- 
dia aackmal <fe servicio, adicto á la causa de las presas, le pidió un 
► da agua, esdamaado faera de si: 
Baa mqjet me ha desarmado. 
El miimn gnaadta nacional por quien supo el heclu* el autor que lo 

ti 



Digitized by 



Google 



tu PRfSIÓNBS 

refiere, añadió después, que debía en efecto tener logar una entre- 
vista entre el duque de Orleans y la reina. 

Semejante circunstancia, llegada á conocimiento de los individuos 
que regían entonces los destinos de la Francia, podia haberles deci- 
dido á apresurar el fallo del proceso de María Antonieta y también el 
del mismo duque, el cual en este intervalo fué enviado á Marsella 
con su joven hijo, pues, como añade el propio autor de esta relación, 
meditaba apoderarse de la reina, de quien hubiera dispuesto según su 
voluntad. 

Compréndese fácilmente que no hayamos aceptado la responsabi- 
lidad de una especie semejante, que ha pasado al estado de verdad 
en el concepto de muchos de los contemporáneos de la reina. 

Según la misma relación de algunos realistas menos obstinados 
que los demás en calumniar á la revolución contra la evidencia de los 
hechos, la reina no tuvo mas que motivo de agradecer al conserge y 
á su mujer las atenciones que les merecía. Sus alimentos eran tan 
escogidos como podia esperarse de la difícil posición en qne la reina 
se hallaba. Richard recorría los mercados, las tiendas y los puntos 
de las fruteras para procurarse lo que mas consideraba seria de gus- 
to de su prisionera. 

Cierto dia, en el puente de San Miguel, pidió á una frutera el me- 
jor de sus melones, cualquiera que fuese su precio. Era á fines de 
agosto. 

—¿Parece pues que se trata Me alguna persona de importancia?— * 
dijo la vendedora, dirigiendo al conserge una mirada asaz desdeñosa 
para no ofender á su pobre individualidad. 

—Ya se ve que sí — contestó este— por lo menos ha sido muy rica, 
si ahora es desgraciada... Es para la reina. 

—(La reinal— esclamó la frutera empujando su montón de melo- 
nes— j la reinal jah! ¡pobre señora! Tomad, tomad, llevadle este, 

y sobre todo no me lo paguéis. 

Uno de los gendarmes de servicio cerca de María Antonieta había 
fumado durante la noche. Al dia siguiente, supo de los propios la- 
bios de la reina, á quien vio pálida y enferma, cuan insoportable le 
habia sido el olor del tabaco. No esperó al otro dia, sino que en aquel 
mismo, sobre la marcha, rompió su pipa esclamando: 



Digitized by 



Google 



M BUUOtá. 1*S 

— Jure oo volver á fumar jamás. 

Ene gendarme era el que encargaba muy especialmente á cuantos 
m acercaban á hablar á la reina: 

—¡Sobre todo no le habléis de sus hijosl 

Según pnede verse en la obra de Uue: Últimos años del reinado 
ér Imís XVI, á pesar de los peligros y el terror, no cesaron jamás los 
realistas de mantener inteligencias con María Antonieia, siguiendo 
ovrespondeocia tirada con la misma, aun en la Convergería. 

Varias fueron las tentativas de evasión que se proyectaron, como 
W declara la duquesa de Angulema en las memorias que se le atri- 

•Perdió una vez mi madre la ocasión de salvarse— dice— porque, 
en vez de hablar á la segunda guardia como se le había recomenda- 
da se dirigió equivocadamente á la primera. 

»En otra ocasión hallábase ya fuera de su aposento y habia pasado 
el corredor» cuando un gendarme se opuso á su partida, aunque ba- 
hía sido comprado, y la obligó á volver á su prisión.» 

Itabo pues varios proyectos de foga, pero ninguno de ellos se llevó 
á na Tentadero principio de ejecución. Debíase, para realizar uno de 
i, comeozar por el asesinato de los dos gendarmes de servicio; 
se previniese á la reina de esta condición, rechazóla con 
Día. 

—Es Un absurda esta proposición , dice un autor realista, que ha- 
ka una verdadera demencia en esperar que prestase asenso una mu- 
jv á ese doble asesinato. 

Con iodo, no siempre usaban los realistas de la misma delicadeza 
rmpeclQ al asesinato, en punto á la salvación y seguridad de las per* 
«na* reales. Cierto conde de Barruel-Beauvert osaba escribir en una 
skra publicada en 1815, que cuando el arresto de la familia real en 
Varanes en junio de 1791, debía haberse levantado la tapa de los 
mos i Drouet, Sauce y Guillermo, poniendo fuego además en Varen-» 
■es per sus cuatro costados, para obligar á los habitantes á ocuparse 
ét sus propios intereses. 

En las Recuerdos de la marquesa de Créquy, se refiere que la mar- 
peta de Janson, debía, mediante un millón de trancos, divisible en- 
tre el oonserge, el diputado Cbabot, Michonis y Jobert, administra- 



Digitized by 



Google 



til FUSIONES 

dores de policía, entrar en la cárcel y quedarse en ella en lugar de 
la reina, á quien se parecía en estremo. Esta misma semejanza, libra- 
ba de toda sospecha á los cómplices, quedando además la marquesa 
en rehenes. 

La reina rehusó también, respondiendo en un papel donde en pica- 
duras de alfiler se leía: 

—«No debo ni quiero aceptar el sacrificio de vuestra vida. ¡Adiós! 
¡Adiós!— M. A.» 

Añádese en la propia obra que Chabot, que habia recibido ya cien 
mil francos, temeroso de comprometerse, denunció á la marquesa de 
Janson como igualmente á Jobert y Michonis. Estos últimos, conti- 
nua atrevidamente el autor de los citados Recuerdos, fueron conde- 
nados á muerte en noviembre de 1793. 

Jobert y Michonis parecieron con efecto en esta época ante el tri- 
bunal revolucionario, pero se les absolvió. 

Enguanto á Chabot, el hecho de los cien mil francos que ocasionó 
su pérdida, ninguna relación tiene con el asunto de la reina: perte- 
nece á una intriga urdida con Fabre de Eglantine y Delaunay d'Au- 
gers á propósito de la supresión de la compañía de las Indias en que 
el ex- capuchino fué cómplice y después denunciador. Los detalles 
pueden encontrarse en el proceso de Dan ton. 

Otro fué el proyecto que tuvo mas probabilidades de buen éxito, 
y es el siguiente: 

El aposento que Richard habia desuñado al principio á la reina, 
se hallaba situado debajo del gran salón de Palacio. Levantando una 
de las baldosas de este salón y ahondando con alguna profundidad, 
podia llegarse hasta donde estaba la reina. El autor de quien toma- 
mos este hecho, oficial municipal que hubo también de comparecer 
ante el tribvnal revolucionario junto con Michonis y Jobert, cita, en 
apoyo de semejante aserción, una memoria dirigida á la Convención 
«por el arquitecto del departamento, Giraud, quejándose de haber sido 
destituido. 

a Yo apelo, se dice en esta memoria, al testimonio de los represen- 
tantes que visitaron conmigo la Consergeria antes de fallarse la cau- 
sa de la viuda Gapeto. Ellos recordarán las felices observaciones que 
hice respecto al cuarto que á esta mujer se destinaba, y de quepre- 



Digitized by 



Google 



DB4JMWI*. 119 

•¿bife \m deuda. Si no se lis Mame atendido, María An- 
ImieU se esoqtoia ¿a noche misma de su trmlacfon.* 

Palta hablar finafaaeate de la tentativa del caballero de RoUgevi- 
Ha, el oanl envió á la reina mi billete cuidadosamente escondido 
ca «a daval eeoaraado. (Jo gendarme se apoderó de la flor y del bi~ 
Hala. Wehanis foó prese; el gradarme fió fetkáiado por flebert. Al 
día sígnala, el adminintrador Fmdure, que ya se había compro- 
metido en el asante de la marquesado Ghary y d'Osselin, pasó á leer 
ea el ooasejo del cabildo municipal on acuerdo sebero parala guarda 
de María Anlonieta. 

Mefaard, sa majar y sa hijo fueron separados de sus empleos y ci- 
tadas ale el tribuaal, por el cual hubo de absolvérseles. 
Piro no teaia la adaúeíslracita muyHtaeaa toano para escoger les 
\ mas patriotas. En el puesto de Richard se<5olocó á Baah, 
la Puena, ¿ cuyamujer veinoedespues distinguirse coaeo 
añade las mas farvmites realistas. 

Bé aquí ahora algunos detalles sobre las ¿capaciones de la reina 
cata cártel: 

Ai la Consergeria acabó de leer la obra de las Revoluciones de I»* 
gtatera que había principiado en el Temple, y empero y concluyó la 
hetera éá Viqe de Amearm; dio algunos puntos de tapicería, y 
trabajó á panto de aguja una liga cea caboa de lana grosera. 
A consecuencia de la ley de sospechosos de 17 de setiembre, hicíó- 
varias prisiones. El tribunal revolucionario fué.acasado de de* 
lento, y á sa presidente Montano se le imputó la falsificación 
á» las maulas de los fallos recaídos en los procesos de Cariota €or- 
day y de loe asesinos de Leonardo Bevrdon, arrestándosete en conse* 
El t8 del propio mes se decretó la ley del máximum, y sub- 
el tribunal reveluoietoatfo en cuatro secciones. 
palabra, había comensado el reinado del terror. 
La Convención, que acababa de procesar de golpe á cuarenta y cin- 
es diputados de la derecha y de arrestar á setenta y tres otros fir- 
mantes de protestas contra los $1 de marzo y í de junio, demostró 
ra t de octubre que no retrocedería ya ante ninguna medida para 
a ss gaiai el triuafó de sus doctrinas. 
Ea esta eesioa pidió Kltadd- Várennos que áe afeudase ¿supamer 



Digitized by 



Google 



m PRISIONES 

al duque de Orleans ante el tribunal revoloctottario. Luego folvien- 
do á tomar la palabra, anadia: 

—Una mujer, vergüenza de su sexo y de la humanidad, la viada 
de Capelo, debe espiar por fin todas sus maldades en el cadalso. Cor- 
re ya válida la voz entre el pueblo deque ha sido trasladada al Tem- 
ple, que ha sido secretamente juzgada y que el tribunal revoluciona- 
rio se ha compadecido de ella, como si una mujer que ha hecho der- 
ramar la sangre de tantos miles franceses pudiese ser absuelta 
por un jurado francés. Pido que el tribunal revolucionario decida 
mañana la suerte que debe aguardarla. 

Aprobóse la proposición, y María Antonieta pareció ante el tribu* 
nal revolucionario el 23 del primer mes del afio II de la república 
—14 de octubre de 1793.— Hermand presidia, Fouquier-Tinville 
ocupaba el puesto del acusador público. Los principales testigos fue- 
ron Lecaintre, de Versalles, diputado en la Convención, que declaró 
sobre la orgia de los guardias de corps, causa primera de las famo- 
sas jornadas de 5 y 6 de octubre de 1787; Bailly, el almirante d'Es- 
taing, Valazé, uno de los girondinos, y Manuel. Hallábanse arresta* 
dos los cuatro últimos y veian anticipadamente señalado el lugar en 
donde debian sustituir á la reina. 

En pos de ellos se presentaron algunas personas desconocidas que 
solóse refirieron á meros dichos, y luego compareció el miserable 
libelista, Tisset, cuya innoble literatura le babia dado una bien triste 
fama. 

Parecieron después muchos oficiales municipales, comprometidos 
por sus relaciones con la familia real en el Temple; y en seguida He- 
berl, conocido por el Padre Duchesne, título de la grosera hoja que 
redactaba, cuya infame acusación arrancó á la acusada una res* 
puesta que se ha hecho célebre. Reprochábale, refiriéndose al testimo- 
nio de su hijo, ese niño á quien el miedo y el cautiverio habían vuel- 
to idiota, el haber corrompido su juventud con prematuros escesos. 

Como nada respondiese la reina á tan monstruoso cargo, hizolo 
observar un jurado al presidente, el cual interpeló á la acusada. 

—Si no he contestado— dijo esta, vivamente conmovida— es por- 
que la naturaleza se resiste á comprender una inculpación semejante* 
Apelo á todas las madres que se haUen presentes. 



Digitized by 



Google 



ni sonora, ífi 

Uf sms ardientes partidarios de la cama del pueblo vituperaron 
i Beben n estúpida acusación. Villate, jurado en el tribunal revo- 
>, refiere que comiendo en casa de Venna el siguiente día 
\ de haber sido juzgada la reina, con Barreré, Robespierre y 
Saat-Just, pidiéronaale algunos detalles sobre los debates tenidos 
a lávala de la cansa de la Austríaca. No olvidó, dice, lo de la na- 
altrajaula y la respuesta dada por la reina. Impresionado 
por las palabras de María Antoniéta como por una des- 
ala eléctrica, rompió el plato y el tenedor, esclamando: 

—{Imbécil Hebertl (No tiene bastante con que sea realmente esa 
m/er uaa Mesalina, que aun quiere hacer de ella una Agripina y le 
4a eeasoo en ras últimos momentos para alcanzar un triunfo de tan 
ato atoré* públicol 
Esta respuesta ha sido desnaturalizada por algunos compiladores 
coa el nombre de historiadores. Según ellos, habría dicho 
«Le he encargado que hiciera de esa mujer una Hesaü- 
la y ha hecho de ella una Agripina. » Si esos historiadores hubiesen 
> el proceso de la reina, sabrían que nada hay en la deposición de 
limitada á los hechos relativos á la prisión del Temple, que 
ataque k las anteriores costumbres de aquella señora. 
■aria Antoniéta demostró, durante el curso de los debates, una en- 
debida mas bien á los sentimientos de cólera y orgullo que la 
i, que á un natural valor, sin que se le ocultase cuanto po- 
da empeorar su causa aquella su desdeñosa continencia. Gomo pí- 
dase al terminarse una de tas sesiones al señor Chauveau, otro de 
susda fc a mo rce, si le hablan parecido bastante dignas sus miradas, 
natuliilu el ahogado: 

—Siempre estaréis bien cuando seáis tos misma. Pero ¿por qué 
«ala pregunta? 

—Es que be oído como decía una mujer del pueblo á su vecina! 
¿Ya qué orgulloso ata? 

Al salir de la audiencia, rendida de cansancio, obligósela á tomar 
el brao de un oficial de gendarmes llamado Debusne. Acababa de ser 
rualiaarii á muerte. Eran las cuatro de la mañana. Restituida k su 
apañes te, se echó vestida en la cama. Un sacerdote llamado Girard, 
evade San Laodry,ea la citó, fué introducido cerca de ella á eso de 



Digitized by 



Google 



i» fusiona 

las seis* Mas díjole la reina que no tenia» necesidad de ausüioe espi- 
rituales, porque ae lee había procurado per otra medio. 

Hay sobre- este per ticulai dos tradiciones relativa* al heohaá que 
hacia la reina alusión. 

Rícese por nna parte que el cura de San Germán, el abatOeMaigwaa, 
había hallado medio de iotroducürse en la Gonsergeria y de dar á la 
presa la absolución y la comunión. Esta especie ha sido desmentida 
per cierto abate Lafont d'Aussonnes el cual publicó folletos sobre fo- 
lletos á este propósito. La moralidad de semejante testimonio queda 
ciertamente asaz comprometida porlacompar$cencia del abaleante el 
tribunal de policía correccional en 1$27 y por laa numerosas alega- 
ciones que atestiguaron la depravación da sus costumbres» 

La otra tradición es la que vamos á tener lugar de involucrar ea 
la narración de los últimos momentos de Otaria Antonieta. 

Las siete serian cuando se presentó en la estancia da la sentencia^ 
da el ejecutor de las justicias, Sansón. 

—Temprano venís, eabaUero-^-le dijo la reina— ¿no hubierais po- 
dida retardar un poco? 

—No, seOora;— respondió el vetniuge— esta es la hora á que se 
me ha mandado venir. 

Lareipa Iteraba, ásatela muerto* de su esposo, un traje de rayas 
negras, que cambió por otro blanco» Se había corlada ella misma la 
cabellara y deseaba ir al suplicio- coa la cabeza descubierta. 

Al aalir <te> laConseflgerfat á las once, apercibió la carreta, y su va* 
lar eslavo próúmo á desmentiros Esperaba que sa le hubiera oea* 
duoido al eadalso<en un coche cerrado, como áLui* XVI. Seta nue- 
va humillación la heria en el alma. Apenas puda percibir en tañía 
multitud de miradas, de ira ó de curiosidad, el único ser que te fué 
adicto; ¿lo diremos? su perro, que la había seguido del Temple * i* 
Convergería, y pasaba los dina y las noches junto k las puerta* de la 
cárcel, de donde solo se separaba para procurarse* aquí y allá algún 
alimento. Algunos meses después de la muerte de la reina, deea- 
pareciów 

María Antonieta emprendió el último viage, atadas las manos á 
la espalda y aniquilada bajo el pesada los leoaordes pasados y déla 
presente realidad, JMaota de la carreta marchaba á eabaik» y oen 



Digitized by 



Google 



Dt KtftOFA. lff 

ei sable desmdo Modelos ayudantes del ejército revolucionario, 
Grammont, antiguo actor de la Comedia Francesa. La reina no pa- 
recía prestar la menor atención á las palabras del sacerdote que la 
aosmpaOaba. Sos parpadee, enrojecidos por las vigilias y las lágri- 
mas, araban vagamente sobre el mar de cabezas que la multitud 
presentaba. Delante del palacio de la Igualdad, iluminóse su mirada 
con el postrer destello. El pueblo eslaba silencioso; solo aqui y allí 
resonaron algunos aplausos, pero no hubo otras manifestaciones. 

Llegada al estremo de la calle Real que confina con la plaxa de la 
■evolución, levantó la reina la cabeza, un febril rubor tino de par- 
para su* mejillas: buscó algo hacia el lado de la casa de Coislin, 
sitaada en el ángulo de la plaza y de la calle; mas volviéndose viva- 
mente, airó hicia el opuesto lado y pareció afectarse mucho. En es- 
la dirección y sobre algunas piedras amontonadas delante del Tras- 
tera, se hallaba de pié un hombre sencillamente vestido, y los ojos, 
remachados, por decirlo asi, en la carreta. Su mirada y la de la rei- 
m se encontraron: separando entonces por un lado su largo redingo- 
te, moetró furtivamente á la reina un objeto que su mano izquierda 
i seguida, y con la mano derecha levantada solemnemente por 
de la multitud, envió á la reina la absolución postrera. 

Bale hombre era el abate Du Pagel, el mismo que, según se dice, 
bhia ido á bendecir en la noche del ti al ít de enero de 1798, en 
d cementerio de la Magdalena, la mezcla de tierra y cal viva que en* 
. el cuerpo de Luis XVI. La reina estaba prevenida de su pre* 
aquel sitio. 

El abale acababa de absolverla m articulo mortU con indulgencia 
pis c a d a sobre la reliquia de la Veracruz. 

Tal es la segunda tradición. . 

Las doce dabau en el reloj de las Tullerfas cuando llegó la comi- 
tiva delante del cadalso. 

Era el mismo reloj que había sonado para la reina en otro tiempo 
tai gratas horas, cuando esta habitaba aquel palacio con su familia 
y tea amigos, tronando en medio de su corte. 

María Antonieta se estremeció al lúgubre tañido que el viento le 
traía y apresuróse á alcanzar la plataforma del cadalso. 

Allí le aguardaba una suprema humillación. 

MI. n 



Digitized by 



Google 



1H FUSIONES 

Despojóla el verdugo del pañuelo de grosera muselina que cu- 
bría su cuello y sus espaldas. 

La víctima pareció querer protestar contra semejante medida, mas 
como en el mismo instante apoyó inadvertidamente su pié en el del 
viejo Sansón: 

—Perdonad, caballero— le dijo— no lo he hecho de propósito. 

A las doce y cuarto rodó su cabeza por las tablas. 

En seguida movióse la multitud en inmenso oleaje, rompió la va- 
lla que oponían los soldados y se precipitó sobre el cadalso para ver 
de mas cerca. 

Sobre el mismo labiado fué sorprendido un joven que tenia en las 
manos un pañuelo teOido en sangre, y á quien se arrestó. 

En su lucha con los gendarmes, su camisa destrozada dejó ver 
algunos signos estrados trazados en su pecho. 

Interrogado por una comisión y acusado de haber querido por fa- 
natismo guardar algún recuerdo de la reina, esclarecióse la verdad. 

El preso se llamaba Pedro Mingaul, mancebo ropavejero y anti- 
guo gendarme. Arrastrado por el gentío basta el cadalso, trataba por 
el contrario, según dijo, de borrar con su pañuelo algunas gotas de 
sangre impura que le habian salpicado. Las sedales de su pecho 
eran figuras trazadas ó pintarrajadas, según costumbre entre solda- 
dos. Probado el hecho púsose en libertad á Mingaut por sentencia 
del consejo del tribunal revolucionario. 

Este insignificante episodio ha dado pié á todas las tradiciones 
realistas que hablan de tanto celoso servidor desafiando los mayores 
peligros para recoger algunas gotas de sangre real. 

Pero celo fué tibio, aquel día por lo menos. Es la historia la que 
habla. 

Los vestidos de la reina fueron enviados á la Salpetriere, hospi- 
cio ó casa de corrección para las mujeres, en virtud de acuerdo del 
comité de salud pública que concedía á los pobres de los hospitales 
y cárceles los despojos de los ejecutados, y fueron, á lo que se dice, 
religiosamente conservados por la persona á quien se hizo el depó- 
sito. 

No vacilamos en creerlo. El hecho es verosímil. Su negativa nos 
sorprendería hasta en el mas ardiente republicano. 



Digitized by 



Google 



Di EUtOtt. Itl 

Ba cnanto á los restos mortales de la reina, fueron, como todos los 
de los supliciados de la plata de la Revolución, conducidos al cemen- 
taría de la Magdalena. 

Era el 104 cadáver que enviaba allí la guillotina desde el 26 de 
agosta de 179*. 

La suerte de la reina causó poca sensación en París. 

María Antonieta Josefa Juana de Lorena, archiduquesa de Austria, 
rana de Francia» contaba treinta y siete años, once meses y cator- 
ce días. 

Yarioe fueron los individuos conducidos á la Consergería por ten- 
tativa de evasión en favor de la reina y condenados y ejecutados en 
Mande 17t4— 17 de nivoso afio II— el mismo dia que Descourneau, 
el preso cancionero, de quien luego nos ocuparemos. 

La palabra canción nos recuerda á uno de los mas particulares y 
desventurados habitantes de la Consergería. 

El 31 da diciembre fué conducido á esta cárcel, procedente de la 
ésl Teatro Francés, antes Maret, en la que habia pasado tres meses, 
m pobre diablo que habia ejercido muchos oficios sin alcanzar por 
eato grandes riquezas: llamábase Luis Ángel Piíou. Destinado al 
oslado eclesiástico, educado por una anciana tía, que habia estado 
mny lejos de haberlo hecho como una madre, lo cual importaba 
fea poco al pobre huérfano, resolvióse este cierta mafiana á dejar 
si pais pera trasladarse á París, la ciudad de los prodigios. 

Teeia dies y ocho años, y ocho luises en el bolsillo. Entró en Pa- 
ria el t* de octubre de 1789, por la barrera de los Campos Elíseos, 
daade el primer prodigio que hirió su vista fué la cabeza del pana- 
dero Francisco, degollado por la plebe furiosa que le acusaba de 



aquí— ae dijo á si propio— una desagradable introducción, 
¿fiar qué no hube de elegir otro dia para ver 4 París, ú olra barre - 
ra para entrar en él? Has no importa. Aunque haya de vez en cuan* 
de en Paría algunos disturbios, no deja por eso de ser la única ciudad 
dande pnede hacer su fortuna un muchacho de talento, y gozar de la 
vida. jQoé diablo! puesto que soy rico, divirtámonos. 

T por cierto que llevaba razón. En París se hace fortuna, se mata 
m él per la «afana sin que deje uno de divertirse por la noche. Pi- 



Digitized by 



Google 



tit husiokbb 

tou comprendía admirablemente la vida de la capital. Apresuróse, 
pues, á comer y luego fué á tomar ana localidad en el despacho del 
Teatro Francés, para aplaudir á Mole y á la señorita Coutat en et 
Glorioso y en el Legado. 

Allí le soplaron algunos rateros, de que no se apercibió, los tres 
luises que le quedaban, con lo cual hubo de pagar su debuto: su 
bolsillo había sido cortado con la mayor sutileza. Pilou comenzó una 
larga serie de tristes reflexiones. 

Algunos dias después su rostro de provincial azorado le atraía 
aun la desgracia, y víctima de una nueva picardía, contemplaba el 
resto de su hacienda reducida á diez y ocho libras, sobre las cuales 
debia treinta y seis al posadero. Este adivinó la verdad en las tris- 
tes miradas de Pitón y quiso ser pagado en el acto. Pito», después 
de haber vendido su equipaje y pagado sus deudas, se encontró po- 
sesor de cuatro francos; pero confiaba en su tía. 

La misma tarde recibió de la misma una maldición en debida for- 
ma. Mas como la susodicha maldición venida por la posta, costaba 
quince sueldos, fué el mas amargo resultado que esperímentó Pitou 
de los furores de la encolerizada seflora. Pilou se acostumbró desde 
entonces á la sobriedad que convierte á ciertos parisienses en verda- 
deros Fabricios. Durante muchos aftas vivió á la manera de loa 
espartanos, comiendo poco y raramente, escribiendo mucho en los 
increíbles diarios de la época, y cuando no había artículos que en- 
dilgar, componía canciones que él mismo iba á cantar en el Puente 
Nuevo, con tan buen éxito que le producían con que renovar el 
calzado, amen de una comida completa en la taberna de la calle 
Delfina. 

Pero es preciso decirlo todo; Pitou se había desilusionado de Pa- 
ria, y había concebido respecto de esta capital ideas análogas á las de 
Boileau Despreaux. Ese sentimiento de mal humor antipatriótico se 
desmentía algunas veces en las palabras de Pitou cuando una bote- 
lla de dorado vino, la alegre risa de los amigos y el dulce calor de 
un I rage menos raido, estilaban su verbosidad de cancionero critico 
y satírico. 

Un dia, pues, habiendo maese Pitou, en medio de una de esas co- 
midas rabelesianas, acompañado de epítetos profano*— -es la es- 



Digitized by 



Google 



de iuim¿< tu 

i— ios nombres de «nuchos- poderoso» corifeo», Cae denuncia- 
do, jato con doe amigos que lo habían apoyado coi su facundia, 
y el 1/ de octubre de 1793, encerrad* coa ellos en la cárcel del 
Teatro Francés, de donde se les trasladó á la Gonsergeriá el 31 de 



b menos— se dijo Pitón— comeré todos los días. Mas no le 
mas desencantos la cárcel. Ya no era aquella la Gonserge- 
riá de que hablaban los buenos parisienses, cárcel de agua de rosa, 
, club, sociedad de aristócratas» de artistas, de hombres de 
i, que miUooaries anacreónticos, fraternizaban en el encierre, 
íes argfaces festine», tan sofladoe de los cancioneros del 
Nuevo. Si se deseaba un coarto separada, era menester pa« 
prie; caía imposible para Pitea. 

Gmdipssle osn sos dos amigos áunaTasla sala en donde esta- 
ban echados de cuatro en cuatro sobre jergones de paja separado* 
por dea tablas, en forma de altados, sobre trescientos preses. 

B 1/ de enero de 1794, haciende na ferie estrenado, se les man- 
dé bajar al patio cimbrado de ana vaUa de hierre, sobre el cual 
eme la ventana del escribano del tribunal, á través de laque se man 
pasar smiatfcas sombras y sanarse algunas mujeres, indicio preonr- 
m de Ins lágrimas. 
D tribunal se acababa de constituir en sesión. 
— flé aqni una perspectiva biea triste—dije Pttou á sis amigos;— 
pssses loque nae se divierte en esta cárosl. 

A esa de las once se rieren pasar dea presos que acababan de 
m esndenados á muerte; un tal Faverolles, ei-noWe, ex-sacerdote, 
m iNenisata de infsnteria, y ayudante de campo de Damoariee, y 
ágata Jolivet, esposa di wciada de Zacarías Barran, querida de 
RavsroUea. 

Este pasó rápidamente la mano ea torno de su cuello, cerrándola 
m seguida de un moda bastante espresivo, añadiendo: 
—No hay mas; se nos despacha para el otro mundo. 
Detrás venía su querida, pálida, desmelenada, la vista huraña, las 
MpUas ascendidas, ardientes, frebriscitada toda ella, y diciendo 
á iss drasás presos: 
— Vsnassámorir Acabalaos de ser condenados... Bsos jueces 



Digitized by 



Google 



III NHSOftfiS 

son unos malvados... Todos Tais á morir como nosotros... La misma 
suerte os aguarda. 

Al ver Pitou desfilar ante sus ojos tan lúgubre fantasmagoría, sin- 
tióse desfallecer. 

— i Ah! (buen Dios!— esclamó - ¡hay cosa mas horrible! ¿Qué? ¡yo 
he de pasar como estos mafiana ó al otro dia, por ese postigo, y los 
demás me verán poner ese semblante!... ¡Oh! ¡no quiero verlo! vol- 
vamos amigos, vohamos, á los pórticos. 

Tan poco tranquilizados como Pitou sus amigos, acompasáronle 
debajo de los arcos que daban vuelta al patio. Reinaba alli una espe- 
cie de consoladora oscuridad.. . Parecia que se estaba menos de ma- 
nifiesto, menos visible que en otra parte. 

Mas de repente estremecióse Pitou; cogió del brazo á uno de sus 
compafieros y con un dedo envarado por el terror, señalando á la pa- 
red, le dijo: 

—Mirad, mirad alli... en aquella pared. 

Era en efecto el menos tranquilizador de todos los espectácu- 
los. Algunos presos desocupados habían pintado alli con ún color 
moreno varias escenas del perpetuo drama que aquel recinto veía 
representar cada dia. Aqui tropezaba un hombre, esteádia los ba- 
zos y derramaba olas de sangre de sus numerosas heridas; era 
Montmorin. Allá una mujer desnuda, acribillada á golpes, mutila- 
da, espiraba con espantosa mirada: era laramiiletera del Palacio Real. 
Debajo de estas pinturas horribles y con un dibujo toscamente verda- 
dero, leyó Pitou, trémulo de pavor, las siguientes palabras escritas 
por una mano ejercitada: 

— t Estas figuras han sido dibujadas con la sangre de las víctimas 
degolladas en este lugar el £ de setiembre.» 

Huia Pitou ante tan formidable revelación, cuando, oyendo unos 
grandes gritos, vio que los daba un preso que, volviendo del interro- 
gatorio, se debatía bajo la vigorosa opresión de otro preso que le re- 
prochaba su conducta y las crueles medidas propuestas por él contra 
los presos políticos. El hombre estrangulado era el famoso Marat- 
Manger, el cual falleció á los pocos dias en la enfermería en un es- 
pantoso acceso de locura furiosa. 

Perdió la cabeza Pitou en medio de esos horrores y cayó enfermo. 



Digitized by 



Google 



oí mor*. i$s 

i la en fe rm erí a entre Ioí calenturientos. A los tres días, 
habían degenerado en leprosos. 
La noticia de la epidemia se propagó, y Fouquier-Tinville ordenó 
^■e se abriese nn hospicio para estos enfermos en los edificios del 
t; pero el mal hacia tantos progresos que, no hallándose tor- 
ios trabajos, envióse á Bicetre á los enfermos el 8 de enero 
4 las siete de la noche. 
Transportáronlos diez y siete Sacres. Pitón formaba parle de los 



cCmndo sobamos al coche— refiere él mismo— nn pueblo ñame- 
' lleoaba el zaguán del Palacio. A pesar del Crio, era tan infecto 
el alar que exhalábamos, qne no podia acercársenos á treinta pasos. 
H artos en marcha, la nieve salpicaba nuestros labios ennegrecidos 
par la enfermedad.» 

No había llegado Pilou al término de sus desgracias. En Bicetre, 
las ladrones en coya compañía, por Calta de lugar, se le encerró, le 
toban* hasta la camisa. 

— «El que me la robó— afiade él mismo— »me aseguró que tenia 
sama necesidad de ella para ir á presidio, á coya pena estaba conde- 
nado per diez afios, y me encargó que no hablase mas del asunto si 
■a quería ser estrangulado dorante la noche. Callé,— continua el 
bsnrado Pitou— pero no pode contener mis lágrimas qoe derramé 
lago con toda libertad » 
Con todo, la administración se encargó de proveerle de otra 
. Ta se conceptuaba venturoso Pitou con tan preciada 

i que miraba y admiraba por todos lados, cuando |oh sor- 

»' ve qae está gastada y agujereada por el lado derecho del es- 




poco esmero es el qoe se tiene en Bicetre— pensó— y los 
pmiionirtai deterioran la ropa blanca de la nación de una manera... 
jQoée* esto?— preguntó al enfermero— ¿Por qué estos agujeros y es- 
tas desgarros? 

— jBahl— respondió el preguntado — todas las camisas déla sema- 
aa son como esta. Pertenecieron á los antiguos presos de Bicetre, ya 
abéis, 4 los que han sido muertos por la justicia del pueblo en se- 
lismfara; y los agujeros que veis han sido hechos por los sables y pi- 



Digitized by 



Google 



II* NttNONCS 

cae... Pero ¿veamos la vuestra?... Mirar*; esto es un hachazo...,, sí; 
ud golpe que debió dar en medio del corazón. . . 

Pitea lanzó ira profundo gemido, se volvió del otro lado de sv ca- 
ma y se echó á llorar de nuevo. 

Hasta el 13 de marzo no se le trasladó á la Consergería para ser 
juzgado á sa vez. Describir sos angustias y sus sufrimientos, sería co- 
sa imposible. En el banco de los acusados volvió á encontrar á sns 
amigos, tan poco tranquilos como él. El asunto adquirió proporciones 
considerables, gigantescas en el informe fiscal. Tratábase nada me- 
nos que de una conspiración subversiva de toda sociedad. 

—¡Estamos perdidos!— pensó Pitou acordándose de Faverolles y 
su querida, cuando atravesando la escribanía gritaban: — | Vamos á 
morir! 

La sentencia fué pronunciada inmediatamente: Pitou oyó que se 
condenaba en ella á muerte á sus amigos; pero cuando llegó su nom- 
bre, yanooia 

—¡Vamos á la muerte! — murmuraba. — Ensayemos & hacerme á 
mi propio la canción funeraria. 

Mas no se sorprendió poco cuando vio cerrarse detrás de él la puerta 
de la cárcel. Sus amigos le tendían los brazos desde la escribanía en 
que habian quedado; mientras él se hallaba en pleno aire, en pleno 
patio, en pleno muelle; mientras él respiraba el aire de la vida, de la 
libertad 

Acababa de ser absuelto. Era la primera dicha que le sobrevenía. 
Por vez primera disponía la casualidad atinadamente las cosas. Pero 
¿se creerá por ventura que quedó corregido Pitou con tan terrible ex- 
periencia? Nada de esto, Pitou, el incorregible por escelencia, se ha* 
bia vuelto, cuando menos, fanático de oposición. 

Después del 9 de termidor, cantó al gobierno y se hizo condenar á 
deportación por sentencia del tribunal criminal del departamento del 
Sena, de 9 de brumario del alto VI: 

«Por haber perorado con tendencia al restablecimiento de la au- 
toridad real.» 

[Oh! ¡republicano Pitou! ¡con que erais tan furibundo orador! 

Enviado de nuevo á Bicetre, embárcesele luego para Cayena en 

nde permaneció tres afios. 



Digitized by 



Google 



trmtotá ni 

primar consol, fitt&tf «o eu láwíédula de 
n 11 defrueWdr^cl afio H— 8 de setiembre de 1803.^ 

Htoa voltio & Fraabia, escribió bajo la restaaracion y oblato utifc 
peAM de eate último gobierno. 

Ha hace mocho tiempo que se le veia aun frecuentemente en la 
btbiieleca red. Acaso vive todavía; pert de seguro que no cons- 
ptaya. 

B 1.* de bnsmario del aSo IV, á las cuatro de la mañana, entraba 
m la Coasergeria una carreta venida al parecer de muy lejos. Un 
tambre, jeteo todavía, descendió de ella, sostenido por el oonductor 
v se introduje en la escribanía, no sin haber echado antes utaa enrío- 
sangrada defrás de sé. ! 

— iQoé desgracia!— eaclamó— que do sea mas claré, para Ver tí 
meaos algo de Piris. 

—¡Bola! ¡eiadadaaoí— dijo el condoctor ^-tá no bás venido aquí 
para ver k Parfs; con que asi, despaetémos; apronto! ' • 

Apresuróse el joven i obedecer, bien qué con no poco pe*áf suyo; 
a lr atea é el primer postigo, como atolondrado, pasó por delante del 
lemftte sHfon del conserge f fué introducido en la escribanía,' situa- 
da i mano derecha del postigo. 

Esta sala «mueblada de algunos bancos; por mitad destinada á 
servir de aalesala i tes reden llegados y de descanso & los qtre iban 
¿ saHr para el patíbulo, condenados por el tribunal revolucionario, 
era naturalmente triste, pero lo parecia aun mas si se traían Í4dí me ¿ 
maria las escenas dé que era dia y noche teatro. > 

Coa electo; aftí era donde los reos de nfoerté aguardaban al ver- 
daga; allí tenia logar la fatal toilette; era la antesala de la muerleá' 
fie se daba el nombfe de sala ufe los muerto*. 

Ea on rinroo eraban tendidos algunos jergones llenos de paja, 
toaba provisional de los vivos. Babia además un armario, que cuan- 
do se abría, mostraba á los desgraciados á quienes arrastraba Una 
femesta curiosidad, los despojos sangrientos de los ejecutados ^1 día: 
anterior, cuyo montón habían de engrosar los suyos del siguiente 
dia. Kn él depositaba también el verdugo, de las mujeres ejecutabas, 
caras reliquias qoe no siempre podían obtener las familias el favof 
de reacatar eon dinero. ' ' l 

TOMO U 1S 



Digitized by 



Google 



IM PUMMtt 

Mas la, rop» <fc loa condenado» & »u«rta iban, pft«*4e)#nps Men- 
tada, 4 |oa hospicios, cuyo? pofyres babiUfltes 1*, «endiflP -eqfMdQrjp 
podían utilizarte. Así fué vendida 1» de DanJpft ydft taflrfli*» <^ya 
enorme corpulencia impedia el fácil empleo* t . •. 

. Merced i 1» ^fcqrjdftd de ta^ lúgflto ^;ffl»PtÍ^mPMU a 
croles eqpiYPfflfiipnes. Un ¿orpb»4P, abweltQ p#r ^itaiü*l, fqó 
echado una vez á la carreta por ios criados del verdugo. En v^po r^ 
clamé, suplicó y gritó. Se había introducido por qurjo^d ei. Ja $pla 
4e los muertos. 

. En eíU fué donde entró ntestro pre&o* 1$q (t^seoso c^ ver á» Sfyfa 
ó Btfjor 4.ichq a ^ ella fué espigado, en ftplo que su cfladaptor* M«ufc*r 
do Bourgeois, daba á los empleados las noticia necearías, p»fa que 
se la continuase en pl registra. "•„.— 

Apenas había entrado en la sala, cuaodo se le pw &!#!# tttyjfc 
*PB epft pwA W M" a reparado el provincial, , .— 

—I Ahí cabaláronle dijo^par^ce que yepisde^ny^on, s<jg^# 
e) pvivp que ci^re vuestra vertido y la, fftpga que T^P^fWWV 110 

., rrrLIego die Qarpasonft, cabUm... íAyí «$W*Mftmtaff^ 
disimo8 deseos de verá París, pero na bp podido : vpí *WKla b£$ty 
^hora-^ Pero, caballero, perdona4,..yo o»conpíep, f , ¿Se«;i$^ aeaso 
pf o^d^dapp (¡ireyrjtypré?... {Vaia á salir (Je I4 cáurcej? s .,\ ., 

—Sí;— r^ícó el joven coa triste MMW—rf¡ l»l^,^^W»?^ I 
¿yos? ¿ro apis el fyprpttnp Veijaijcip, caballero?; , , f 

— E indigno capucbift?, transformado en poeta, ¡gqeqos (lias, 
ca^aUeroi... ^^ro patai* singularwpnte vps44P para ¿a^r de la 

Girey-Dupré traia coj-jado? lo$ cj$$p$, asi coqw el. cwllft .44 W 
traje, y no llevaba porhata, n^i «quiera ouollo dpqnúwu . 

—Sin embargo, he hecho m tocador por mis propias pftQoa, 

Iba á responder el provincial, cuando culparon en Ja saja alguno* 
lumbres á quienes, dirigiéndoap Girpy-Pupíé* 4^9. . ptepentefl* 
ícente: , , , 

—Venís demasiado tarde,., os he abonado voq^o tr*b^p..^ VefJ, 
s¡, est£ á vuestro «nato. , t 

El verdugo, porque era él quien acababa de entrar ¿Oguido 4ft sjy 



Digitized by 



Google 



M5 EUROPA. 1S» 

«rodantes, ge inclinó sin responder; pero uno de sus credos, elegan- 
temeaíe empolvado, sé acercó á TeiiáhcR), y te iljo: 

— T ¿ros, ciudadano? Es menester prepararos igualmente. 

—¡Yo!— esclamó el capucWnó.— ¿Cóiho és eso? 

—Os equivocáis— dijo Girey— el setter* llega ahora de Cafaa&ona. 

- ¿ÍOr qué, pues, se encuentra aqnif 

▼«ando pidió á Girey que le esplicase el significado de tan eslra» 
íi pretensión. 

—Es moy sencillo. El abuelo Sansón trata de cortaros él cabello 
aites de separaros del tronco la cabeza. 

Teoaucio reclamó á tiempo y se salvó por esta vez. 

Pero hobo de dejarse hacer mas adelante el mismo tocador en la 
propia sala de los muertos, en donde se le condujo el 24 de nivoso 
M zño II— 13 dé enero de 1794— dos meses después de la ejecu- 
dea de Girey- Dupré, qne le había predicho este mal resaltado de su 
viaje á París. 

Veaocio solo podo ver de la capital el camino por donde se va des- 
di k Convergería á la plaza de la Revolución. 



Irte loa qne permanecieron largo tiempo en ta Convergería, cítase 
i Daetmrneau de Burdeos, cuya canción compuesta el mismo dia de 
m voerte, fué cantada por los qne le sucedieron en el calabozo y en 
d cadalso. 

Lecosllevi, rico banquero de esa época, qne desconfiaba de su elo- 
oamcU ó de su causa, habrá logrado; según se dice, para burlar al 
tribual revolucionario, obtener á precio de oro que un dependiente 
iá escribano fuese colocando siempre debajo de los otros su proceso. 
tata saociHa operación- era un verdadero sobreseimiento, y este llegó 
á ser ta salvación del procesado, pftes llegado el 9 de termidor, salió 
LBConMeux de ia cárcel. Habiendo parecido bueno el medio, em- 
pteártmto muchos presos, sobre todo algunos actores del Teatro Fran* 
cés 9 qne se salvaron igualmente. 

Rieuffo en su memoria los juegos de los presos en sus 
y la vida interior de esta lúgubre pfisien, en ya moral, si 



Digitized by VjOOQIC 



laespn&sion nos es permitida, se mejoraba todps los dias en presencia^ 
de la muerte. No era ciertamente dirruyéndose de la idea delpelí*, 
gro, olvidándose de la suerte que les aguardaba, sino, por el contra- 
rio, representándosela sin cesar, como habían logrado los presos 
elevar sus almas & la altura de su infortunio. 

Todos los juegos, todas las chanzas, todas las conversaciones se 
referían á la guillotina; á puro reírse de ella se les h&bia hecho tan 
familiar, que no parecía sino que se trataba de la cosa iqas naüu^l 
del mundo. , 

Las mujeres, tan resueltas como los hombres, las doncellas tran- 
quilas y curiosas de detalles, se ejercitaban. en subir graciosamente 
á una mesa que hacia las veces de plataforma del cadalso. Un ós- 
culo se formaba al rededor de las mismas. Un pliegue indiscreto de, 
las sayas, que dejaba entrever el tobillo, un, movimiento de cabera 
demasiado vivo, que descubría el pecho ó las espaldas, dabap lugar 
á críticas y á lecciones sobre las buenas maneras. 

Ocupábanse igualmente del porte que había de tomarse en la car- 
reta, de la posición de la cabeza y, de la espresion.tfe la mirada, que 
no debia ser ni demasiado vaga, para no dar muestra de debilidad, 
ni demasiado enérgica, para no parecer provocativa. 

La señorita de Maupeou, niela del conde de Tresenes, preguntaba 
ásu madre, en la cárcel, cómo liabiade conducirse en el cadaiso 
para sufrir lo menos posible. 

. Un niño de diez y siele años, el joven Maíllo ó Mellet, condenado ¿ 
muerte por haber tirado á la cara de los porteros un arenque podríh 
da que se le servia para comer,— era la época del l^wbrft, y í 08 
presos se quejaban á veces harto amargamente, -ese niño, decimos,, 
preguolaba sobre el cadalso á maese Sansón: . 

— Caballereóme hará eslo mucho daño? 

Pero la ocupación mas común de los presos era la poesía. Lo* 
madrigalitos á lo Doral, las Chartreuses á lo Gresset, los paraeadoi 
y las estancias ¿lo Bernis, inundaban celdas y refectorios. Las dai 
mas se llamaban todas Cloris y Eglaes, siendo bajo éstos nombres 
cantadas por sus compañeros do infortunio en lodos ritmos y< airee.. 
En punto á canciones funerarias habíase generalmente adaptado el 
de: Q*e nemas-je h( fovfgre. -Ojalá fuese yo heledlo. --¿Estaba 



Digitized by 



Google 



tan muy en boga el otro de; ¿($ $of\t touts ees peupUs épqrs?— 
¿Made van epoa pueblos dispersos? 






EsU< 

hCanu 
fedev 
de Club 

bwm qne traían. ^ 

Las cárceles continuaban llenándose; y no eran solo Jas de París 
I» <pe derramaban en la Gonsergería el esceso de su triste pobla- 
sen, tino que eran enviados también á ella los conspiradores de las 
provincias. 

Ocho habitantes de Coulon 

Trgges enviaba sus soapec 
ét Vadier, miembro del comi 
lü rapa y pagaba su tribut 

Ademia de loa nebíes y d< 
tan k* calaboaos de la Con* 



Digitized by 



Google 



itao» dé estofen» partid «fu», e» la Oriental y be tí mo>nifr( 
1éo dftttfbtt ttrariiésv habt**§e €»capi*Qki**u^ 
danos esperimentaron, ya fuese por su influeneftl ó porsun^fahÜ) 
empelaron 2 temblar jtfr sos per**ns y se ctgitam sordoíaito ^ara 
pWfer demoras á la marcha del » nuevo gebtómo,/ el erial' no- /date 
utbrgarie», por ser altea; wüa gracia que babi» retasado «oioedqr i 
^ más ihritte* Jete. ..* i ....»•'« ' 

* El soleime reconocimiento rfel Supremo Hacedor, 'maniftfetaieio» 
Jqiíe qiíeria oponer Bobespiérre anta la fa* de la Europa euro una 
protesta patento contra 4a^ aousáotónes de imfffedádqtie loffeneinfeea 
de la Francia teútrígian, llegó é*er el terreno néirtrat en que w 
reunieron todos esos hombres para álicar á un góbiettno>qtte(, ctfe- 
ttn<to h Virtud 7 amoral i fe érdetí del ^a v p»rtda.haHert¿s ana 
Sttetiata dfoecto* >1 : * í "^.- .■ ' . *-•'! :¿ . Tíb*--u .¡.-v* /wh 

Al dfr siguientes la fiesta íet Set^i^tt< aparató* laufeyíM 
22 de primaveral. Suponía las pocas segurid*dé*'4jtfe fctiWtttn a*n 
en fartor 1 de tes acusados ante ¿í tribunal réveluetártMé ^ daba á 
esle éfti rao poder tma éipafattiba! IMitud t»i*te%pftAMí««i : la peiia 
de muerte. Los dtfftnsofas» ftetfón srfprhnídofl-fertí e¿f4 tM'fcrttode 
q*óé pretendía «ervírse f li*bés(piéfré {>ara anííjéflat* rtpkfatiftfife A tos 
que en láttaávention fuellaban sordamente en «*br de 'toa prtncí-> 
piosde l Bébert,ttaumettey DanWú. ' ! ••- < •] 

' STaHa tóy pastó, no sitíuna vi va ; discusión,! y Abbéspierf*, • herido 
dé este golpe, se retiró del comité dé salud púbHóa, dejando eti°fttt¿> 
nosde sué enemi&os esa arma de qné no tardaron en lineé* ua ¿diftt 
fcHekttouso ftofk odiosa ^sponsabilliárf^arteíáS^n'tnás atfWaUW «* 
bre!ttrtcabfe2áy8*bm l sámeiíioWa. -->>. •* •:• i. ; .-'. 

Entonces comenzaron las ejecuciones en grafBde i ^sbfei ; LiBíGéAáéi^ 
gért* abría dhñiabienw ans plueMas'fclas oaiteBs^fftervettíaníí^Wis- 
caí 1 "basta cuarenta y (res sentenciadas, como' en ÍB^ de 11 ptfftavtetef; 
sesenta y siete como en ttdemessidor; y sesenta cmé etügntaite 
díafd: * ' l " - • • - : *•<'•■'"' ' ♦: - w ' '' " * ,; ' 

Llególe también sfl^eS'fc-B^bébpierr^':' Prdaeblóie 'stti^^tfl*» d** 1 
figurado Les térdiidorienses tfebian 4errflWdo |>er la ttuidatfa * 'ese 
gobierno sostenido pe* la audacia sola/ ' í»!."--íí i «>;.* w .. ., » 



Digitized by 



Google 



D* SMVtk. 145 

pasó también por la calle de San Honorato, por delante de 
i casa, ladel carpintero Daplaix, cnyo primer piso habitaba. 

Coa Robespierre espiraba la revolución de principios. 

Rícese que fué siguiéndole tras la fatal carreta una mujer que no 
«é de zaherirle con sos imprecaciones hasta el lugar del . suplicio. 

Fiero Robespierre nada oia. 

;CM era la imprecación de una mujer para aquél cuya laboriosa 
én había venido á interrumpir una muerte vulgar! 

Robas ptorr e había ocupado, según se dice, en su corta permanencia 
es la Coasergeria el calabozo de donde saliera Danton para el su- 

Ha eatra en el plan de esta obra la relación de todos los detalles t 
ét la terrible política que condujo alternativamente desde la Con- 
al cadalso á opresores y oprimidos. Todos los partidos cam- 
iluchas veces de papel durante ese periodo de grandes y con- 
persecuciones; y ciertamente Robespierre , á cuya muerte 
el paisanaje parisiense, llevóse á la tumba el secreto de un 
que salvaba á la Francia. 
Im fie derribaron á la Montaña ej-an Jos restos corrompidos del 
mas antinacional que hubiese amenazado i la revolución, 
bien, para ganar popularidad, en castigar á todos los vio- 
partidarios de la democracia. 
Cortaron, pues, igualmente buen número de cabezas, siempre en 
uabre de la nación, mas con la diferencia de que los realistas y los 
«trarevolucionarios les tendieron la mano, puesto que ya no se 
balaba de la libertad. 

La sombra de un poder cualquiera, que en el porvenir empezaba á 
tazarte, era vaga todavía, pero á ella se dirigió la ardiente ambl- 
an de esos termidorienses que, consagrados la víspera al patíbulo, 
enspiraroo para levantarse un trono sobre sos cimientos. 

Habíales adivinado Robespierre y apresuraba el castigo que de- 

ka caer sobre ellos á la primera manifestación de las traiciones que 

m la oscuridad meditaban. Pero ganáronle en prontitud. El resultado 

kiha absuelto. Bieieron cesar grandes males; mas inauguraron otros. 

Tal de catre los termidorienses que escarneció la memoria de Ro- 

y la atribuyó ideas de dictador y aun de rey absoluto, de- 

TOMO II 19 



Digitized by 



Google 



146 PRISIONES 

bió temblar después á menudo al reflexionar que < un partido arrui- 
nado, desenmascarado, proscrito, había triunfado en una. hora, no 
solo de un poder enérgico y omnipotente, sino de un principio por 
el cual habían derramado su sangre y sus riquezas aquellos mismos 
franceses que apoyaron la reacción termidoriana. 

La caida de Robespierre, acusado de haber aspirado á la urania, 
fué debida á los mismos á quienes él quería destruir por aspirar á 
esa misma tiranía. Solo que los termidorienses han justificado las 
sospechas de Robespierre, y nadie puede, en conciencia, apoyar la 
acusación de aquellos contra los montañeses. 

Dueños de París, pero hostigados por la infatigable resistencia 
del partido democrático, á que llamaban la cola de Robespierre, 
vieron luego los revolucionarios desmentidas con el hambre las es- 
peranzas que de un gobierno mejor que el precedente habían hecho 
concebir. 

Sintiendo hambre el pueblo, acordóse de que el tirano Robespierre 
no habia permitido que faltase en Francia el pan, y hacia guilloti- 
nar ¿ los monopolistas. 

Los reaccionarios guillotinaron también, pero fué á los hambrien- 
tos que pedían harina. 

Guando Fouquier Tinville, instrumento de todas las ejecuciones 
capitales, fué á poner su cabeza sobre la tabla en donde tantos otros 
habían perecido, merced á sus acusaciones fiscales, gritábale en son 
de mofa la plebe: 

— Ya vas á enmudecer al fin. 

— Y tú á morirte de hambre— replicó Fouquier. 

Muchos y terribles motines, suscitados por los jacobinos, trajeron 
escesos que la Convención no habia visto hasta entonces. 

El diputado Féraud fué asesinado en el corredor del palacio nacio- 
nal, y como el pueblo de los arrabales quiso librar al asesino con- 
ducido al cadalso, la Convención hizo sitiar el arrabal de San Anto- 
nio, por Menon, el cual desarmó á los amotinados y recobró al asesino. 

Desde entonces la Convención, victoriosa, se lanzó sin escrúpulo 
á la contra-revolución. No solo hirió la cola de Robespierre, sino 
que inmoló á los republicanos mas puros, mas inteligentes y mas 
distinguidos. Robert Lindot fué proscrito; seis miembros de la Con- 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



El a limo día de los Girondinos. 



Digitized by 



Google 



DE KUIOPA. 147 

i, Bourbotte, Goujon, Romme, Doroy, Lombrany yDuquesnoy, 
faeron enviados á la Consergería y condenados á muerte. 

Pero había pasado la época de las muertes automáticas. No se 
jaeria morir ya en el cadalso, teñido con la sangre mezclada de los 
patriotas y de los enemigos de la nación. El patíbulo parecía haber 
vaelto á ser vergonzoso después de esta reacción tan insolentemente 
triunfante. 

■omine, Duquesnoy y Goujon se hirieron con malas tijeras y un 
«chillo que llevaban ocultos, al descender la escalera de la Conser- 
gerfa para marchar al suplicio, espirando al momento, murmurando: 

— fVnra la república! 

Palabra profanada por los mismos que menos la comprendían. El 
propio Dan ton había dicho del pueblo: 

—Será bastante necio para gritar ¡viva la república! cuando me 
vea ir á la guillotina. 

Umbrany, Doroy y Bourbotte, se traspasaron igualmente el pecho 
cata puñal; pero como sobreviviesen á sus heridas, fueron arroja- 
te lia carreta para ser decapitados. 

Jfcvbolte debía apurar el cáliz hasta las heces. Guando el verdu- 
gok aló sobre la tabla de báscula que quiso hacer deslizar, la ca- 
tea de Bourbotte fué á chocar contra el cuchillo de la guillotina, 
fM estaba aun levantado. El desgraciado vio de esta suerte prolon- 
fme su agonía, y aprovechándose de este intervalo, arengó al pue- 
hb hasta la caída del machete. 

También envió el Directorio muchos presos á la Consergeria. El 
■m conocido de ellos es el caballero de Bastión, emigrado, uno de 
fas traidores mas peligrosos, pero también mas felices que hayan es- 
opado á las vigilantes represalias de la república. 

El caballero de Bastión fué el primero que salió herido en 1792 
bajo los muros de Thiauville y cogido por los prusianos durante la 
retirada. Hallábase en Holanda cuando hubo de ser vendido y en- 
tregado á la compañía de las Indias. Embarcado para Batavia, gra- 
das á las enfermedades contagiosas que había contraído, se le de- 
sembarcó. 

En 1794, salvó con sus noticias los ejércitos inglés y austríaco, 
próximos á ser envueltos por la unión de los de Pichegru y Jourdan. 



Digitized by 



Google 



148 MISIONES 

Condenado á muerte en Bruselas por una comisión militar presi- 
dida por el general A..., libróse del fusilamiento, permaneció oculto, 
pasó luego á París en messidor del año III, denunciado el 3 de ter- 
midor, como jefe del atropamiento de trescientos jóvenes en la Ope- 
ra, que debian dirigirse á la Convención para asesinar á todos sus 
miembros; conducido á las Cuatro Naciones y enviado luego i la 
Consergeria, á petición de Delaunay d'Angers en 5 ó 6 de termidor, 
para ser llevado ante el tribunal criminal del Sena; revocóse la sen- 
tencia que le condenaba, y fué encerrado como emigrado y agente de 
Coblrgo. 

En efecto, habiasele encontrado un pase firmado por Luis Cobur- 
go, en alemán. Cuatro testigos vinieron de Amiens para probar so 
identidad á consecuencia de la ley de brumario sobre la emigración. 

Los testigos parecieron el 12. de fructidor, una hora antes de ha- 
berse dado la orden para la ejecución. Sus cabellos se hallaban ya 
cortados. Afortunadamente el acusador público Lefort, que se habia 
retirado la víspera al campo, habia aconsejado á su madre y á su es- 
posa que pidiesen una próroga á la Convención. Obtenida esta á las 
cuatro de la mañana, no fué notificada hasta las nueve y media, es- 
to es, una hora y media antes de la ejecución. 

Vuelto á conducir á la cárcel y cenando con sus compañeros, acor- 
dóse del peligro que acababa de correr al pasar la mano por sus ca- 
bellos, que halló cortados, en lugar de la cola. Púsose pálido, tuvo 
calentura, cayó sin conocimiento y fué trasportado á la enfermería de 
la Consergeria. Durante cuatro meses y medio habitó el cuarto de 
María Antonieta. 

Trasladado mas tarde á Plassis, pero luego & la Fuerza, luego á 
Santa Pelagia, fué vuelto después á la Fuerza y condenado á de- 
portación el 18 de fructidor. Dos veces embarcado para Cayena, 
llegó á permanecer una vez seis semanas en la rada de Rochefort. A 
solicitud de su esposa obtuvo permiso para continuar su destierro 
en Constanza, Suiza. Dos aflos después volvía á Francia, y fué 
preso como sacerdote. 

En el Temple habitó los departamentos de Luis XVI. 

Por fin, bajo el consulado, Ceracchi, Arena, Topineau-Lebrun y 
Cadoudal, acusados de conspirar contra la vida de Bonaparte, pasa- 



Digitized by 



Google 



DB IDBOfA 119 

m el fetal postigo de la Convergería para ir á morir en la plaza de 
ttws. 

D infortunado Lesnrques, acosado de asesinato y reconocido ino- 
eafc algunos afios después de su ejecución, habia lambien habitado 
» calaboio de esta cárcel. 

He tetemos necesidad de manifestar nna vez mas cuan difícil es 
ekgk entre tantos millones de nombres. Pero ha pasado ya la época 
m que hemos visto llenarse de inocentes la cárcel. Grandes cami- 
níes Tan á ocupar el puesto que dejaron vado esos hombres emi- 
mtts, á los caales debimos echar nna mirada de recuerdo ó de Iris- 
tsa. Si esperamos los folios de los tribunales prebostales de la ros- 
cón su acompañamiento de lúgubres venganzas, , no po- 
drecer al leclor sino causas criminales mas ó menos dignas 



VI. 



-Ubedoyere.— El mariscal Ney.— El conde de la Valette saltado por sn es- 
ssm ■ loóte!.— Detalles sobre so vida en la Convergería.— Historia de los carbono- 
ri— Loa sargentos de la Rochela.— Plan de rapto.— La ejecución >-Ooorard.— 
B twlcnciado a muerte.— El dia de la ejecución. 

B fin del imperio vio intentar y aun casi llevar á cabo felizmente 
no de h» proyectos mas atrevidos de la imaginación humana. 

Un hombre recluso en una casa de curación, una especie de loco 
en quien nadie pensaba, estuvo á punto de derribar en algunas ho- 
ras el poderoso imperio que diez afios hacia trataban en vano de 
conmover diez reyes coaligados. 

El emperador habia partido para Rusia, cuando salió el general 
Mallet de la casa de curación en que se hallaba, el 23 de octubre de 
1812 á las ocho de la noche, y dirigiéndose á París vestido con el 
aifbrme de oficial general, recorrió varios cuarteles, esparciendo en 
dios la noticia de que Napoleón acababa de morir en una batalla. 

Fácilmente se cree una desgracia cuando se trata de la suerte de 
todo un pais. Aprovechándose Mallet del rumor que ya se habia he- 



Digitized by 



Google 



150 PRISIONES 

cbo común, va á sacar de la Fuerza á los generales Gaidal y Labo- 
rie, quienes, fuese por credulidad ó complicidad, ayudan á esparcir 
la alarma por toda la ciudad. Mallet se encontraba ya á la cabeza de 
algunos destacamentos que debían engrosarse, y el abate Lafont, 
agente secreto del partido realista, habia hecho tomar las armas á 
muchos soldados para sostener la empresa. La prefectura estaba 
tomada y habian sido presos muchos funcionarios públicos. Nadie 
habia hecho resistencia: tan terrible era el estupor. 

Dirígese Mallet al estado mayor para prender al general Hullin, 
que mandaba la plaza. Este paso debia asegurar el éxito de la cons- 
piración. Cuenta Mallet al general la desagradable noticia. Hullin 
le da crédito como todos los demás. Entonces le declara Mallet que 
tiene orden de arrestarle y le pide la espada. Ya va á dejarse pren- 
der el valeroso Hullin sin oponer la menor resistencia, cuando se U 
ocurre de repente pedir que se le muestre la orden. 

No vacila Mallet, y le pega un pistoletazo que hiere en la quijada 
al general. 

Esta violencia fué lo que lo echó todo á perder. 

Acudiendo socorro á Hullin, Mallet fué el arrestado. 

Tiénese tiempo de reflexionar, de concertarse; piénsase por prime- 
ra vez en las autoridades constituidas, y fracasa la conspiración. 

Nadie se habia acordado de que el emperador tenia un hijo, on 
sucesor. 

Esto fué lo que mas le irritó, cuando supo á su vuelta la barra- 
basada que estuvo á punto de volcar su trono. 

Mallet fué encerrado en la Consergeria junto con sus cómplices, 
voluntarios ó no. Lahorie, Guidal y buen número de oficiales fueron 
competidos ante un consejo de guerra, que les condenó á ser fusilados. 

La ejecución tuvo lugar el 29 de octubre siguiente en la llanura 
de Grenelle. 

Desde entonces los calabozos de la Consergeria recibieron algunas 
nobles víctimas. La restauración trajo de nuevo las proscripciones y 
el cadalso político. 

Luis XVIII imaginó llamar al regreso de la isla de Elba un aten- 
tado cometido por Bonaparíe contra la familia real, merced á cuya 
ingeniosa combinación pudo envolver en unas mismas redes á todos 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 151 

demostrado so adhesión al usurpador, regresado en 
ft de mano. 

El geoeral Labedoyere, atraído á París por una infame traición, 
(hé preso en 1815. Era culpable de haber reconocido á su emperador, 
de haber saludado al águila cuyas alas le habían llevado tantas ve- 
ees i la victoria. 

Mochos de sus amigos le habían prevenido de la deslealtad de 
Lais I VIH, de su profundo odio contra los partidarios del imperio, 
y habiasele puesto en guardia contra ese tirano cuyo inestinguible 
tarar debía estar irritado por la vergüenza de un doble destierro. 

Oavrard, el antiguo proveedor del ejército, le aconsejó que partiese 
4 los Estados Unidos, y para decidirle á ir á establecerse allí, le ofre- 
ció mil quinientos liises de oro y una letra de cambio de 50,000 



Pero nada detiene la marcha del destino. Labedoyere debía 



Eaoerrfeele en un pequefio aposento de la Consergeria, amueblado 
áe u catre gris en cuya madera asegura uno de nuestros escritores 
acanalado en esa misma época, haber leído las palabras siguientes, 
«entas con lápiz: M de Labedoyere ha dormido aquí en... 

Labedoyere fué fusilado en Geneble el 4 de agosto de 1815. Su 
■serte pareció un asesinato. Coincidió con las matanzas que ejecu- 
taban en el Mediodía los ardientes realistas. 

Solo hay una diferencia entre ambas épocas: en el 93 los matadores 
eitaban estregados k la anarquía, y en 1815 los alevosos tenían un 
rey- 
Poco después fué sepultado en el mismo calabozo el célebre Hi- 
giel Ney, el valiente entre los valientes, el héroe de Moscovia, de 
qiieo había dicho Napoleón: 

— Cincuenta millones daría para saber que Ney vive aun. 

Ney, par de Francia y mariscal duque, fué condenado por los 
parea ¿ ser arcabuceado. 

Hay quien asegura que algunos guardias de corps y realistas se 
disfrazaron con el uniforme de los veteranos para tener la satisfac- 
ción de matar al glorioso soldado del imperio. Es muy sensible 
qte b historia, esa grande enseñanza de los pueblos y de los reyes, 



Digitized by 



Google 



151 FAISfONES 

no nos haya trasmitido el nombre de algunos de esos infames ase- 
sinos. 

El pueblo no tiene semejantes recursos contra la ignominia... y 
los nobles gentil-hombres á quienes ha perseguido durante la revo- 
lución en represalias de tantas iniquidades sufridas, esas nobles vic- 
timas, decimos, conocen bien el nombre de los asesinos de setiembre. 

Miguel Ney murió sin jactancia, pero también sin temor. Su mira- 
da y su sonrisa deben haber sido un cruel remordimiento para sus 
asesinos. 

Igual suerte estaba reservada á todos los amigos de Napoleón, ó 
á todos aquellos cuya gloría y lealtad ofuscaban la celosa mirada del 
muy amado rey, traductor de Horacio. 

No ignoraba Luis XVIII que en 1814, un mensaje del conde de 
la Valette habia estado á punto de salvar á la Francia de la invasión 
estranjera y conducir vencedor á París á Napoleón. Era después del 
glorioso combate de Arcis-sur-Aube. Las aliados avanzaban hacia la 
capital. Napoleón halló en Doulevant el siguiente aviso del conde, 
director de correos: 

—«No hay que* perder un instante, seflor, venid & salvar á París, 
que podría capitular. » 

Contando Napoleón que los parisienses se defenderían, esperó al- 
gún tiempo. La traición se aprovechó de este retardo y el aviso del 
conde de la Valette fué perdido. Pero de todas maneras era preciso 
vengarse de tan buen francés. 

Luis XVIII hizo acusar al conde de complicidad en el atentado co- 
metido por Bonaparte contra la familia real, y con desprecio de la 
fé jurada, á pesar del beneficio de la Convención de París, cuya ca- 
pitulación concedía amnistía completa, el conde fué preso, como Ney 
y Labedoyere lp habían sido. 

Conociéndose perdido, condenado & la última pena, contestó & las 
lamentaciones de su abogado: 

— ¿Qué queréis, amigo mió? Es una bala de cafion que ha venido 
á herirme en mitad del pecho. 

Como Luis XVIII estaba impaciente, fijóse la ejecución el Jl de 
octubre. 

Solo en su calabozo, el sentenciado, preparábase para ir al suplicio 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 




liad, de La Welle en la Consergcria. 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 158 

•e le dijo que su esposa había solicitado el favor de abra- 
arte por última vez. 

i de la Valette era de la casa de Beauharnais y sobrina de 
Josefina. 

La sangre generosa se inflama siempre en presencia de los gran- 
des peligros. 

Madama de la Valette llegó la mañana del 20 de octubre á la car- 
ctL, neoapafiada de su hija, de doce años de edad, y de nna aya. 
Envuelta la condesa en un ancho y espeso witchoura, ahogada por los 
■ Bon o s m voz, conmovió á los guardianes, quienes la introdujeron 
• donde su esposo se hallaba. Era á eso de las nueve y solo se les 
concedido un cuarto de hora de tiempo. 

estuvieron solos ambos esposos, cuando manda la condesa 
ák aya que se pusiese de vigilancia, y en dos palabras esplica á su 
In atrevida y valerosa resolución que ha tomado. 

el conde en el witchoura, oculta su cabeza bajo la cofia 
f4nrin de su esposa, sale á la hora prescrita cubriéndose el rostro 
canm|*fiuelo y afectando una violenta desesperación, sosteniéndo- 
la «A|a y la aya, igualmente desconsoladas. 
Lm carceleros respetan tanta aflicción y les acompañan con una 
► compasiva. Una silla de posta les aguardaba en el malecón 
Plateros. Suben á ella la hija y la aya en presencia de algu- 
nts enriónos. En cuanto á M. de la Valette, un cabriolé conducido 
par su amigo el coronel Chatenay le habia arrebatado rápidamente 
al volver la primera esquina. 

Entran luego los carceleros en el calabozo, para ver el efecto que 
ka producido en el prisionero esta última visita, y ven á una per- 
sea agazapada en el rincón mas oscuro. 
— ¿Llora? — se dicen.— Pero no.... ¿Se ha desmayado? 
Aeércanse y reconocen á una mujer, cuya tranquilidad en tan te- 
ito acaba de completar el cruel engaño. Dase la voz de 
búscase en todas direcciones... Alcánzase la silla de posta, 
es detenida y registrada; pero el conde no se halla en ella ni se pue- 
den descubrir sus pasos. 

Ro habiendo salido de París, debia mas ó msnos tarde caer en las 
garras de sus enemigos sin el sacrificio de tres ingleses que se ofre- 

Tovnn. *0 



Digitized by 



Google 



151 PRISIONES 

cieron á acompañarle fuera de Francia. MM. Hutehiuson, Bruce y 

Wilson le escoltaron hasta Mons, á donde llegó sano y salvo. 

Madama de la Valetle y su aya fueron procesadas; pero supo aque- 
lla defenderse con nobleza, y se las absolvió. El conserge fué destitui- 
do con buen número de empleados de la Consergeria, á quienes se 
acusó, si no de haberse dejado seducir, por lo menos de falta de vi- 
gilancia. 

Las sucesivas venganzas ejercidas por Luis XVIII, que volvia á 
entrar pacíficamente en sos estados, inspiraron á algunos ideas de 
represalias. La policía vigilaba activamente á los conspiradores, bas- 
tante numerosos, pero sin esperiencia, desbaratando ó evitando unos 
tras otros muchos complots tramados por las sociedades liberales; 
mas no pudo evitar que el heredero del trono fuese herido por un 
aislado puSal que aguzaba en silencio uno de esos hombres resueltos 
como los suelen abortar las grandes agitaciones revolucionarias 6 
las grandes iniquidades. 

El duque de Berry se había hecho odiar del ejército por sus altivas 
maneras, su absoluta ignorancia y la brutalidad de que habia dado 
muchas pruebas para con los oficiales que no le eran simpáticos. 

Estábamos en 1820. Lo que se llamaba entonces ejército era el 
resto de los soldados del imperio. Este resto lo componía un ejército 
formidable, poco manejable para un joven disoluto y sin esperiencia, 
porque aun se acordaba de la mano imperial cuyo solo gesto tenia 
tanto valor como autoridad. 

El duque de Berry parecía propenso á resucitar las fáciles cos- 
tumbres de otro tiempo, tan poco á propósito para los hombres seve- 
ros y laboriosos de la república y del imperio. Así, el odio se diri- 
gía mas particularmente á él que á los demás prinoipes, pues él era 
el heredero de la corona y teníase derecho á esperar del mas joven 
las mayores cosas. 

Hé aquí lo que el alcaide de la Consergeria escribía una noche á 
la luz de una vela que le tenia un gendarme: 

c Ha entrado en la casa. . . 

«Louvel (Pedro Luis) mancebo guarnicionero, de treinta y siete 
afios de edad, natural de Versalles, habitante en la época de su ar- 
resto en esta de París, en las caballerizas del rey, acusado de ha- 



Digitized by 



Google 




Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



DE SUROFV 158 

ber, en 13 de febrero de 18!0 á las once de la noche, herido de una 
pafialada á su alteza real monseñor el duque de Berry, que murió 
de resultas.» 

Débase en la Opera, plaza de Ricbelieu, el Carnaval de Venecia y 
Jar Bodas de Camocho. El duque y la duquesa asistían á la repre- 
sentación. A las once menos dos minutos, salió el principe del co- 
liseo para acompañar á la duquesa hasta su coche, que aguardaba en 
ta calle de Rameau, junto á la de Santa Ana; y en el instante en que 
valvia 4 entrar, cogióle Louvel por mitad del cuerpo, dándole tan vio- 
hato y sibito golpe, que solo creyó haber recibido el duque un pu- 



Despoes de muchos interrogatorios tanto en el mismo teatro como 
ei el ministerio del interior, fué trasladado Louvel á la Gonsergeria 
el 14 ¿ las cinco de la tarde. Habia sido arrestado por un mozo de 
cafe llamado Paulmier y un guardia real de apellido Debierre, que 
retasó aceptar todos los ofrecimientos que se le hicieron hasta el de 
Vi era de honor, y pidió su licencia absoluta. 

Oeko oficiales de paz se relevaban cada tres horas cerca de su per- 
asea, enriando después de cada guardia el jefe del primer despacho 
mn exacta relación de todo lo que habia dicho" y hecho el asesino. 
Di brigadier de gendarmería hacia lo propio en el interior, enviando 
á su superiores otra relación escrita, de suerte que ambos relatos 
ipalsaban uno con otro, al propio tiempo que se vigilaban mu- 



Mil doscientas personas fueron interrogadas sobre este crimen, y 
par temor de que existiese una conspiración cuyo instrumento hu- 
biese sido Louvel. 

Ea medio del diluvio de cumplimientos, pésames y otras muestras 
de adhesión que de todas partes caían, no podia menos de llamar la 
aleación la carta siguiente, dirigida al jefe de la primera división da 
la Prefectura de policia por el llamado Lucet, detenido en el depó- 
sito de la Prefectura, y de la que hizo lectura M. Decazes en la cá- 
mara de los diputados. Déla aqui: 

«Caballero, 

c Acabo de saber con la mayor satisfacción el asesinato del seffor 
de Berry, y he pensado sobre el particular que no vendría mal 



Digitized by 



Google 



156 PRISIONES 

que hubiese el resto de la familia experimentado la misma suerte. 
No sería mas que un justo castigo de los males que han ocasionado 
á la Francia por su obstinación en querer reinar en un pueblo que 
les habia desde mucho tiempo arrojado y olvidado. (Cuánta gloría ha 
adquirido el que ha dado la puñalada, y cuánto envidio su acción! 
¡Ojalá pueda yo un dia tener ocasión da imitar su valor!» 

M. Decaces no leyó mas. 

Hablase olvidado de la siguiente frase: , 

« Debe hacerse una observación no poco feliz, y es que el sefior du- 
que podrá reemplazar al que en semejante dia se enlierra todos los 
años (el buey gordo). 

»Tengo el honor de ofrecerle mis sentimientos de que muchos par- 
ticipan, etc.» 

Recibida esta letra, buscóse una fórmula para castigar á su autor. 
Pero una misiva no constituye ni crimen ni delito sino cuando ha re- 
cibido publicidad por parte del mismo que la escribió. Lucet se ha* 
liaba procesado por vago. El tribunal le condenó á seis meses de 
prisión, debiendo quedar después de cumplido el procesado á dispo- 
sición del gobierno. 

Louvel habia sido soldado. Siguió al.emperador á la isla de Elba 
y trabajó para su guarnés. Tan modesto como desinteresado en su 
adhesión, asistió á la batalla de Waterloo, y no habiendo podido se- 
guir en su nuevo destierro á Napoleón, habia concebido desde en- 
tonces la idea de su crimen y comprado en la Rochela el instrumento 
de que se hubo de valer para consumarlo. 

Era Louvel tan económico que rayaba en avaro. Hallóse en su 
cuarto en dinero la cantidad de 165 francos, ropa blanca y buenos y 
aseados trajes. Sin embargo, no ganaba mas allá de 2 francos 50 
céntimos diarios, y todo lo mas 4 francos. 

Tan rigurosas ó inicuas fueron las prisiones á que se procedió, que 
llegaron á ponerse arrestadas algunas gentes que cantaban en medio 
la calle, y otras porque reían. Un comisario-arrestador estuvo en 
un tris como no perdió su empleo por haber dado un concierto el dia 
14 de febrero. Fórmesele causa y probó plenamente que solo era 
culpable de haber mandado afinar aquel dia el piano de su hija. 

Ya no existe hoy dia el calabozo que ocupó Louvel en la Conser- 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 1*1 

geria: era ui píen embaldosada casi á nivel del plan terreno, ilu- 
por ana ventana qne daba al patio, pero tan elevada que no 
rse á ella el preso, y tan insignificante qne habia necesi- 
dad de conservar día y noche encendido un farol dentro del calabo- 
m. Hallábase además separada esa pieza por otra en la que se halla- 
ba la oficina. Habia centinela en el corredor, centinela en el patio, 
debajo de la ventana y en el interior un oficial de paz y nn brigadier 
de gendarmería. 

Condújoee á Louvel al Louvre para ponerle en presencia del ca- 
dáver. No manifestó el asesino la menor emoción y declaró qne no 
lema cómplices. A su vnelta se ocupó mucho de su redingote verde 
que («piaba y doblaba con esmero. 

Quejábase un dia de frió en la cabeza. Respondióle el gendarme 
qae casado se daban tales golpes era menester llevar siempre en la 
faltriquera el gorro de dormir. Louvel replicó que hubiera debido de 
mucho tiempo desde el dia en que habia resuelto llevar á 
plan. 
, á menudo de Carlota Gorday, diciendo que ella habia 
una heroína en tanto que él se asemejaba á un monstruo, 
y qae Áa embargo ese monstruo y esa heroína habían hecho lo mis- 
mo, matar á un tirano. 

Hacia gran caso de los buenos alimentos, á fin de que no le falla- 
ses las fuerzas en presencia de sus jueces. Gomo quiera que se le 
pramtiese la vida si descubría á sus cómplices, contestó: 

—«Seria esto una cobardía, sien realidad tuviese yo cómplices; 
y sitado yo un cobarde, no hubiera hecho lo que he hecho. » 

Qaejóse igualmente de la camisa de fuerza que se le habia puesto 
para impedir que se matase. 

— € No es esta la muerte que deseo: quiero ser juzgado conestrépito. » 

Cambióse á menudo el régimen de Louvel; y ora se le daba tan 
tolo pan y agua turbia, ora se le servían buenos platos á su elec- 
ción. Por lo demás, el conserge le trataba con particular atención, á 
lo que le eslavo el preso sumamente reconocido. 

Quiso leer, mas como se le enviasen los Sermones de Massillon, 
devolviólos, porque le fastidiaban, según dijo. Además no le inco- 
modaba poco la camisa de fuerza para volver las páginas. 



Digitized by 



Google 



IBS PRISIONES 

Louvel era de alegre carácter; pero se fastidiaba con todo frecuen- 
temente. Tomaba por sus guardas el mayor interés. Su conversación 
con ellos giraba siempre sobre política ó sobre asuntos festivos. Ha- 
blase encariñado de los dos perritos del conserge; les hablaba; ju- 
gueteaba con ellos durante horas enteras y se ocupaba sobre todo de 
su peinado, que quería esmerarse en cuidar para el dia de la eje- 
cución. 

Louvel dejó la Gonsergeria por el Luxemburgo el 5 de junio, vol- 
viendo á ella el 6, para volver á salir el 7 para el cadalso. 

En el tribunal de los Pares pronunció un discurso cuya publica- 
ción en los periódicos prohibió la comisión. 

Divirtióse durante la deliberación de los jueces en remedar la vos 
de estos y de los abogados. Después se le mandó pasar á la escriba- 
nía en donde le fué leída la sentencia, que oyó sin pestañear. Gomo 
se le proponía un sacerdote á quien se negaba á recibir, hizole el 
escribano un sermón muy conmovedor sobre la necesidad de la re- 
ligión en un trance como el suyo. 

—Creo ir al Paraíso— replicó— tanto por lo menos como los que 
han hecho armas contra la Francia y muerto franceses. 

En seguida volvió á continuar su comida, que había interrumpido 
semejante escena, añadiendo: 

— Bien pudieran haber venido antes ó después de mi comida. 

Todavía hubo de sufrir muchos interrogatorios que le fatigaron en 
estremo, y volvió á comer alas dos. Bebió, contra su costumbre, vi- 
no puro, y luego pidió detalles sobre el traje de los condenados á 
muerte. Anunciándosele que le debia ser cortado el cuello de la ca- 
misa; 

— t|Lá8tima!— dijo— tan buena como es todavía!» 

T en seguida mirando su redingote verde: 

—¡Qué desgracia!— añadió— j tener que abandonar esta prenda, 
en el buen estado en que todavía se halla! To la confeccioné, así co- 
mo también mis pantalones, mi chaleco y mis zapatos. 

A las cinco le pareció largo el tiempo. Se había puesto muy páli- 
do. Guando á las seis menos cuarto se le avisó que era preciso par- 
tir, palideció mas aun. 

—Estoy pronto, contestó. 



Digitized by 



Google 



DI EU10WL 151 

Condijooele 4 la tale- escribanía en donde el ejecutor le ató las 
■anos i la espalda y le compuso para el fatal acto. En seguida se 
le hizo subir i la carreta. 

Louvel estaba impasible. 

Llegado al cadalso, contestó al abate Montos, que le decía: 

—Hijo mió; la ocasión es llegada de desarmar al Señor con un 
■a c e ro arrepentimiento. 

—Padre mió, hay ya bastante, y apresurémonos, porque allá ar- 
riba me aguardan. 

Lsuvel subió con paso vacilante las gradas. Los ayudantes del 
verdugo tuvieron que sostenerle; pero mientras le sujetaban en la 
tabla, miró fríamente al rededor de la plaza la enorme abundancia 
de espectadores. 

Si cabexa cayó 4 las seis en punto. 

No quedan de Louvel ni retratos parecidos, ni cartas; pues las 
i que escribió son solo de su polio, pero no de su dictado ó 
i. Eran cartas de despedida que se le habían compuesto 
5, según se dice. 



La Eeetauracion, tan violenta, tan rencorosa, igualaba los eece- 
sss de loa mas fogosos reaccionarios. Organizóse contra ella una vas- 
la asociación, conocida con el nombre de carbonería ó carbonarismo. 

Sesgante secta, émula de la francmasonería, toteaba sus alusio- 
nes y sus símbolos del oficio de los carboneros. Los carbonarios 
sa ocupaban misteriosamente de la regeneración de la Italia opri- 
mida por el Austria; y de Italia habían pasado k Francia sus princi- 
pios en na época de embriaguez gubernamental. 

Los carbonarios de París estaban divididos en pequeñas reunio- 
nes, llamadas círculos ó ventas. Habia ventas particulares, ventas 
cfBJrafef , altas ventas y por fin una venta suprema , núcleo del go- 
bierno destinado k salir de este misterio regenerador. 

Rmptriifr*** por la venta particular, en la cual no se entraba sino 
i propaeata de muchos carbonarios que respondían del neófito. Era 
áe rúbrica que el candidato hiciese profesión de un odio probado con- 
tra al gobierno despótico. Babia algunas sociedades preparatorias á 



Digitized by 



Google 



160 PRISIONES 

cuyo cargo corría la educación política de los candidatos sin espe- 
riencia, y con los cuales no hubiera podido contarse en caso de ne- 
cesidad. 

Cada venta particular se componía de veinte carbonarios que to- 
maban entre ellos el nombre de buenos ó queridos primos. Luego 
que estaba completa una venta, empezaba el escedente & reclutar 
para la formación de otra venta, de suerte que pudiesen ser permi- 
tidas las reuniones y un solo cuerpo se ofreciese á las persecuciones 
de la policía. 

Veinte ventas particulares que nombraban cada una un diputa- 
do, — era por lo general su presidente— formaban una venta central. 
Compréndese el principio de la gerarquia: cada venta central nom- 
braba también un diputado cerca de la alta venta, la cual á su vez 
tenia un diputado correspondiente en la venta suprema. 

La correspondencia estaba, pues, perfectamente arreglada y con to- 
do el secreto apetecible: puesto que esas ventas solo estaban uni- 
das por un lazo casi imperceptible, un solo hombre, fácil de supri- 
mir ó alejar en caso de descubrimiento. De ahi resultaba que cada 
miembro de la asociación no conocía sino á los miembros de su ven- 
ta y cada diputado dos ventas. 

Estatutos rigurosos y sujeción á un juramento terrible, garantiza- 
ban la seguridad de la asociación. Uno de los artículos de tales esta- 
tutos fulminaba pena de muerte contra todo perjuro que hubiese reve- 
lado el secreto de la carbonería. Una simple indiscreción atraía la re- 
pulsa de la alta venta y una reincidencia era castigada con la muerte. 

Algunos signos particulares de reconocimiento facilitaban las re- 
laciones entre unos y otros carbonarios. Tenían sus señas, contra- 
señas y fórmulas sagradas. Saludábanse levantando ó inclinando el 
antebrazo, ó apoyando el codo en la cadera; algunas veces señalaban 
el corazón con el índice, ó se tocaban en la mano formando con el 
pulgar y el índice una G, ó doble N. 

Entre la multitud podían reconocerse pronunciando las palabras 
speranza, á la que respondían los inteligentes con la de féde, es de- 
cir, fé y esperanza; ó bien la palabra carita, caridad, de la que arti- 
culaban los unos la primera sílaba, y los otros respondían con la se- 
gunda y los demás con la tercera. 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 161 

hr la, loe earbooarios debiaa estar provistos cada cual de un f u- 
ri de munición con bayoneta y de veinte y cinco carinchos de cali- 
bre. Estaban obligados á instruirse en el manejo de esta arma y en 
lü ejercicios militares de la infantería. 

Al eotrar en la sociedad deponían cinco francos en la caja gene- 
ral j liego un franco cada mes; cantidades que llegaban á repro- 
faáne inmensamente por la fructificación delegada & los miembros 
ét k venta suprema. 

Ei 1821 , el patriotismo enardecido por la opresión, ofendido por 

k larga presencia de los ejércitos extranjeros en un pueblo acos- 

tabrado á llevar al estertor sus banderas, el bueno y candido pa- 

triotismo, si así podemos llamarle, se contentaba con la diversión 

ét «a asociación semejante y con estas reuniones en donde cada cual 

p*fca dar espansion i sus sentimientos, soñando en alta voz y en 

penda de fieles amigos en la libertad y en la gloria de la Francia. 

Tin numerosos llegaron k ser los carbonarios, que sin esa honradex 

fe qp hemos hablado, sin esa religión de la humanidad, que les 

teca arar como sagrada la vida de sus adversarios mas rencoro- 

«t héieran podido derribar ciertamente á Luis XVUI y comenzar 

■tnera revolución cuyas últimas bases se limitaban para ellos 

í k bella constitución del 91. 

El su derrota, obtenida tan fácilmente por la Restauración, hállase 
huma prueba de esa incertidumbre que constituye la caridad de 
pe hadan profesión. Pero habían de haber reflexionado que en ma- 
tead* conspiración los juegos de niños van & terminar al verdade- 
ra cadalso, y que si ellos se servían de puOales de palo y de armas 
i, sus adversarios combatirían con fusiles bien cargados y un 
bien afilado en los campos de batalla de Grenelle y de la 
Grave. Hé aquí lo que deben tener presente cuantos conspiran fuera 
éá colegio. 
Michos complots, á los cuales se esforzaba en prestar la Restan- 
gigantescas proporciones, acababan de estallar, gracias á al- 
agantes provocadores, así en Belfort como en Marsella y To- 
ba. Aprovechó la ocasión el ministerio para apresurarse á aniquilar 
la carbonería, de la cual poseía desde algún tiempo los registros á 
abierta. 



Digitized by 



Google 



1*t PRISIONES 

Nantes, Saumury el general Berton, son nombres célebres en los 
fastos de la policía de aquella época. Casi no se ocupaba de otra cosa. 

El 18 de abril de 1821, el 45 regimiento de línea pasó de guar- 
nición á París. Era un regimiento completamente realista. Con todo, 
muchos desús sargentos primeros se afiliaron en la secta de las car- 
bonarios. Llamábanse Bories, Pommier, Goubin y Raoulx. Con su 
ejemplo entraron á componer una venta, recibiendo los pulíales da 
rigor, otros sargentos de la misma clase y varios soldados. 

Inocentes puñales, símbolos cuya misma puerilidad debía haber 
probado á los jueces que solo se contentaban los conspiradores con 
sus emblemas y sus misterios. La conspiración peligrosa es la que 
prescinde de semejante fantasmagoría. 

Mas la política restauradora evocó, gracias á esos pulíales, todo 
el boato de misteriosos terrores, para hacer erizar los cabellos á los 
jurados; esos puñales despertaron fantasmas, sombras sangrientas; 
un abogado general, pintoresco hasta el fanatismo, desenvolvió una 
teoría del contacto de semejantes puñales con la mano del conspira- 
dor, y probó que un hombre puede llegar á ser un asesino á la sim- 
ple vista, al mero tacto del puñal. ¡Lo que es el miedol Sin embargo 
¿no era cosa de risa ver ese puñalito en poder de un soldado, arma-* 
do ya de un fusil con bayoneta y de un sable bien afilado? 

Si nos estendemos un tanto sobre el descubrimiento de esos puña- 
les es porque fueron en realidad el mas sólido eje sobre que giraba 
la sangrienta acusación fulminada contra los sargentos de la Rochela. 

Estos cuatro sargentos, hechos carbonarios y armados con tea con- 
sabidos puñales, parten con el regimiento hacia la Rochela. ¿No os 
parece ya que desde que poseen la famosa arma, la Francia está 
perdida? Hacen bien en esconder esos terribles puñales en su jergón 
y en su mochila; no podia menos de embarazarles su peso. 

Rories era un joven exaltado, temible además para el gobierno de 
la Restauración; pero al fin conspiraba como un estudiante de retó- 
rica. Mediante una buena contraseña, un estrepitoso brindis y el 
cambio de un apretón de manos, se daba por satisfecho y hallaba 
los negocios de la carbonería en muy buen estado. 

Una reunión de la venta de Rories había tenido lugar en París, se- 
gún el dicho de un testigo, en la taberna del declarante, el Rey Cío* 



Digitized by 



Google 



DE KUROrá. I€S 

fér f « la montafia de Santa Genoveva. Hubo discurso patriótico, 
oomneinoracion de los grandes hechos revolucionarios y entusiasmo 
sostenido por algunas botellas de Tino, vaciadas en honor de los 
ejércitos franceses. 

La venta de Bories había sido ya designada á la policía, y durante 
el trayecto de Paris á la Rochela, fueron tan perfectamente descubier- 
tos lodos los pasos del joven sargento primero, y tan bien se advir- 
tió al coronel de su regimiento, que al llegar á la Rochela fué envia- 
da Bories k una prisión militar. 

Desde este momento lodo le pareció complot al vigilante de los 
nutro sargentos del 45.* de linea. Sus esfuerzos para ver á Bories 
••ucíaban !a necesidad de comunicar con él, en mayor bien de los 
astutos del complot; su entrevista con un individuo á quien no ha 
podido todavía conocerse, era un consejo celebrado para la ejecución 
de) muño complot; la ilícita salida de Pommier, cierta noche, era 
oaa deserción meditada para trasladar algún parte útil al buen éxito 
éá GMiplot En una palabra, desde aquel instante los cuatro des* 
estaban perdidos á los ojos de la autoridad, sin saber que 
otro peligro que el de una condena por la sala de policia. 

Pero nao de los iniciados, Goupillon, atormentado por los remor- 
iimimtos, va á confesarlo todo al coronel. ¡Todo! jamás seha podido 
desabrir que cosa era ese todo, & menos que haya querido hablarse 
de los estatutos y de los símbolos de la carbonería. 

Goupillon revela un proyecto de arbolar la escarapela tricolor, 
confiesa poseer también un puñal, confiesa haber prestado juramen- 
to de guardar el secreto, y sin embargo lo revela. 

Había mas que suficiente para gentes ya tan bien instruidas. El co- 
I, después del toque de silencio do la noche, manda vestirse yar- 
coo todo sigilo á la primera compartía de granaderos. Procó- 
dese al arresto de los conjurados, húrgase en sus camas y en sus 
aochilas y y das* con los famosos pulíales; huíanse también cartas de 
reconocimiento usadas entre carbonarios, 

Hé aquí descubierto el complot. A propósito de esos puñales va 
aban á invocarse el punzón de Louvel. 

Cada prueba que surge presenta los mismos detalles. Es siempre 
un carbonario á quien se ha recibido en una venta, haciéndosele pros* 



Digitized by 



Google 



161 PRISIONES 

lar juramento sobre un sable ó un pufial. Nadie entre los mas celo- 
sos denunciadores, sabe lo que se trataba de hacer; unos creen que 
servir á la república; otros á Napoleón II; otros no creen nada. 

¡Qué conspiración! Todos repiten se dice, y la acusación queda 
reducida á encontrar un jefe para tales conjurados. 

Este jefe está designado. Es Bories el que ha distribuido los puña- 
les, recibido á los neo filos y dado impulsión á la carbonería militar. 

Para hallar una sombra de verosimilitud, un principio de ejecu- 
ción á este complot, para evitar que se diga que se entrega á un ju- 
rado á algunos hombres acusados de haber cantado canciones patrió- 
ticas, bebido en honor de la libertad, maniobrado unos en frente de 
otros con puñales de comedia, enlázase el asunto de la Rochela con 
la rebelión meditada por Berton en Saumur, y de uno de los dos de- 
litos se forja una arma capaz de hacer caer algunas cabezas en París 
y en Saumur, en Nantes y en Marsella; en fin, por todas partes. 

Matarlo todo, pero reinar; hé aquí el espíritu de la Restauración, 
bien poco diferente por ende de las mas ridiculas teorías revolucio- 
narias. 

El abogado general se atrevió á presentar á Bories como el alma 
de la conspiración, como un hombre nacido para conspirar. ¡Reprochó 
ai acusado el tener una opinión poco firme! 

La ley de los sospechosos, contra la que se ha declamado tanto, no 
decía tan audazmente las cosas. 

Exigióse al jurado la mas desapiadada severidad en un informe 
de á folio en donde se hallan todos los argumentos empleados en 
todos tiempos por el espíritu de partido y de venganza. La rópjica de 
los procesados á semejante requisitoria ofreció á Bories, acusado de 
obrar con exaltación y de jefe del complot, uno de esos movimien- 
tos oratorios que pintan con rasgos de fuego la nobleza del alma y 
el valor de una generosa indignación. 

—Se me quiere presentar como jefe del complot,— esclamó levan- 
tándose — como su instigador, como el mismo complot en carne y 
hueso; ¡pues bien! yo acepto estas acusaciones con toda la responsa- 
bilidad. Si, soy todo cuanto se ha dicho; por consiguiente, pues, mis 
coacusados no son culpables, y el sacrificio de mi vida bastará para 
salvar la suya. 



Digitized by VjOOQÍC 



DE EUROPA. 165 

Este arranque do produjo efecto alguno en unas almas á quienes 
se había hábilmente helado por medio del terror. 

Bories, Pommier, Goubin y Raoulx fueron condenados por el ju- 
rado i la última pena. 

Semejante catástrofe esparció el espanto y el terror en las clases 
de la sociedad á que los reos pertenecían. Las ventas se reunieron. 
Huchas fueron de parecer de que se verificase un le van la miento que, 
organizado con valor, hubiera podido acaso tener buen éxito. Al- 
guno* miembros mejor inspirados se contentaron con trazar el plan 
de un rapto para salvar á los sentenciados. 

Hé aquí el pensamiento de ese plan que nos ha sido comunicado, 
que indirectamente, por uno de los miembros de una venta pa- 
b, y en los propios términos sustanciales con que se nos co- 
mmieó. 

tLoa diputados de muchas ventas debían reunirse en número de 
encanta, hacer llevar aisladamente sus fusiles con bayoneta fuera 
4b Varia, y provistos de cartuchos salir de la ciudad por diferentes 
terreras, para hallarse por la mañana en el camino de Bicetre, pues 
Jos «argentos habian sido trasladados á esta cárcel, de donde debían, 
«fin costumbre, ser trasladados á la Gonsergeria la mañana misma 
de la ejecución. Reunidos los conjurados en un punto determinado 
del camino, y ocultos en las canteras inmediatas, debían hacer fuego 
de improviso contra la escolta. Hábiles tiradores como eran casi to- 
dos, debían herir ó matar fácilmente la mitad de dicha escolta, por 
ns nuMrosa que fuese, que sin duda lo había de ser. En seguida, 
vn combate alarma blanca entre gente tan resuelta contra unos sol- 
dado» sorprendidos y turbados por lo imprevisto del ataque, no po- 
día ofrecer á los primeros desventaja probable. Una vez libertados 
los presos, debían ser conducidos al momento á paraje seguro, y en 
el caso de sufrir una activa persecución, se habría ejecutado el mo- 
vimiento general de los carbonarios parisienses.» 

Acaso los mártires de esta sociedad tenían derecho á esperar una 
tentativa de parte de sus hermanos; pero la venta suprema se negó 
á dar el consentimiento, y el rapto dejó de llevarse á ejecución. 

Otro proyecto subordinado al anterior fracasó también por la ti- 
i 6 circunspección de los jefes supremos de la carbonería. Sin 



Digitized by 



Google 



161 PRISIONES 

embargo, muchos miembros afiliados se dirigieron á las dos de la 
madrugada hacia la plaza de Gréve, para obedecer á la primera se- 
dal. El regimiento que montaba la guardia en torno de la plaza y del 
cadalso, se componía en parte de buenos primos. 

Nada estaba todavía perdido. 

El 20 de setiembre de 1822 salieron los reos de la Consergería á 
las cinco menos cuarto. Iban tranquilos y sonriendo. Su continen- 
te no revelaba orgullo ni petulancia. Su mirada se paseó segura y 
penetrante sobre aquella muchedumbre que se hubiera enardecido 
al primer soplo. Pero el soplo generoso no llegó. 

Llegados los cuatro amigos á los pies del cadalso, abrazáronse con 
conmovedora solemnidad, gritando: 

—¡Viva la libertad! 

Este grito sublime, suspiro el mas glorioso de tío moribundo, no 
halló un solo eco. 

El terror y la vergüenza oprimían todos los corazones. 

Bories fué el último que dobló su cuello bajo la sangrienta cuchi- 
lla, murmurando todavía: 

—¡Viva la libertad!— mirando en el fondo del fatal cesto las ca- 
bezas de sus compañeros de infortunio. 

La multitud se escabulló en medio del mas lúgubre silencio. Co- 
menzaba á cerrar la noche: al mismo tiempo que se iluminaban las 
doradas ventanas del Louvre, y en tanto que las pesadas carretas 
conducían á Glamart los mutilados cadáveres de las víctimas de 
aquella jornada, Luis XVIII se hacia veslir para la fiesta que daba 
en las Tullerias. Esta fiesta fué de una magnificencia escandalosa; 
fué un insulto á las simpatías que los reos habían escitado. 

Unos versos que se han hecho célebres se fijaron, la noche misma, 
en las rejas del Louvre; eran estos: 

Luis, ¡qué hermoso dia 
para tí y tu cohorte! 
mátase en la Gréve, 
danzase en la corte. 

Falta completar la historia de la Consergería en esa época con la 
prisión del proveedor Ouvrard, doblemente célebre por su prodigio- 
sa fortuna y por su cautiverio. Todavía existe en esta cárcel el jar- 



Digitized by 



Google 



BE EUROPA. 117 

día que había alcanzado que se le plantase debajo de sos ventanas y 
fie i sis espensas hacia cultivar por algunos oíros presos. 

Gabriel Juliano Ouvrard, nacido en 1770, cerca de Clisson, en 
Bretafia, había comenzado por unos principios nada prósperos. Pre- 
vieado en 1788 el reinado de la libertad, un afio después de la lo- 
na de la Bastilla, probó que habia acertado. El joven habia compra- 
da eo Poilon y Saintonge, por dos afios, toda la fabricación del pa- 
pal desd&ado á la imprenta. 

Ouvrard habia contado con la libertad de la prensa. 

Coando esta libertad llegó, el especulador pudo realizar la suma 
de trescientas mil libras. Sus asociados habian hecho su fortuna. En- 
Oavrard se hizo banquero y giró por valor de muchos mi- 



— Lo mu difícil de adquirir— decía— es el primer millón; en cuan- 
to á loa demás, basla con saber impedir que no vengan. 

No fué Ouvrard tan feliz en vaticinar la fortuna de Bonaparte, y 
fe rebasó un empréstito de doce millones sobre el consulado. 

De z\á procedieron entre el rey de los negocios y el rey del genio 
varias desavenencias que tuvo que lamentar aquél mas de una vez. 
Csa todo, atravesó con bastante tranquilidad el imperio; pero en- 
cargado bajo la Restauración de las provisiones del ejército espedí - 
¿osario que enviaba Luis XVIII á España, esperimentó en el envió 
retraso* y pérdidas que le indispusieron con el ejército. Se le acusó 
de imfidelidad en el cumplimiento de sus compromisos, y se le pro- 
cesó por el pago de cinco millones. 

Ouvrard se negó á satisfacer esta suma y fué condenado á cinco 
aloe ¿o cárcel. 

Cobo le hiciese entonces el ministro Villele proposiciones para un 
nevo contrato de provisión, haciéndole presente que era vergon- 
para él permanecer solvente y preso, contestóle Ouvrard: 

—Coco millones son los que se me piden y cinco los afios de pri- 
i qie debo sufrir por mi insolvencia; con que es un millón por afio 
lo que me gano aqui dentro. Proporcionadme una especulación que 
me dé un beneficio equivalente á esta suma, y estoy pronto á salir; 
délo contrario, dejadme ganar en paz mis cinco millones. 

Ouvrard lo tenia todo, escepto la libertad. Todavía repite Santa 



Digitized by 



Google 



168 PRISIONES 

Pelagia el eco de sos suntuosas comidas, de sus escandalosas prodi- 
galidades. Recuérdase aun que compró en diez y siete mil francos la 
libertad de un sastre, vecino suyo, cuya celda ambicionaba para es- 
tar mas ancho, y quitarse de encima á un desapiadado músico que 
locaba la flauta y desesperaba á Ouvrard, acostumbrado á mas 
suaves conciertos. 

En la Consergeria rivalizó Ouvrard con el famoso inglés, que gas- 
taba cien mil libras al año dentro de la misma prisión. París se ocu- 
pó mucho de ese preso voluntario, de sus prodigalidades y de sus 
manías. 

Tanto es el poder del dinero, que la terrible disciplina de la an- 
tigua prisión llegó á relajarse en obsequio del que tan espléndido en 
todo se mostraba. Los barrotes de hierro fueron disimulados con flo- 
res y ramaje, y en cuanto á los caprichos, estos iban al prese, no es- 
te á ellos. 

Solo los acreedores hubieron de quedar tan perjudicados como 
antes. 



Gomo esta cárcel no es una casa de corrección, sino de prevención, 
no se obliga á trabajar á los presos, que pasan el tiempo en una len- 
ta y peligrosa ociosidad. 

Espectáculo es á la vez siniestro y repugnante el que ofrece en in- 
vierno el calefactorio. Bajo esa campana de piedra que fué el cala- 
bozo de Ravaillac, se embuten centenares de hombres vestidos andra- 
josamente, que ríen, murmujean y suspiran, como una nidada in- 
mensa de pájaros dañinos, bajo la inspección de un solo gendarme, 
cuya voz es bastante p^ra reprimir todo ruido exagerado, todo de- 
sorden proveniente de las disputas ó de los juegos de semejantes 
huéspedes de pálido aspecto. 

La torre de Bombee ó de Ravaillac sirve de calefactorio á los pre- 
sos varones, y está contigua al mismo malecón. 

Todas las mañanas, después déla distribución del pan, resuena en 
los corredores la lúgubre voz de los carceleros que llaman por su 
nombre á los presos á quienes va á juzgar el tribunal de los Assises. 
Yéseles pasar entonces en silencio detrás del guardián, y atravesar la 
puerta de hierro que comunica con el palacio. 



Digitized by 



Google 



1>E EUfcOPá. 169 

Por la tarde, después de la audiencia, los mismos ecos repiten los 
gr-aidos y las maldiciones de los sentenciados coya infamia ha sido 
acanelada y fijado el castigo. 

Las quejas se pierden y se apagan poco á poco bajo las bóvedas, 
viene la noche á arrojar su negro manto sobre nuevos do- 



Alguna vez es un hombre pálido, vacilante, el que pasa; los guar- 
íate parece que le miran con compasión, sosteniéndole sin atre 
i hablarle. 

¡Qué diferencia entre estos miramientos y la rudeza con que trata- 
ba» por la mafiana al mismo preso! 

B hombre avanza lentamente. Todos los demás compañeros de 
«•cierro arriman ávidamente sus cabezas á los cristales y á las rejas. 
Un espantoso silencio retiene de todos los labios el grito de la curio- 
ádadque está pronto á escaparse... Pero, lo han acertado.... el pri- 
wmto acaba de ser condenado á muerte. 

Neo antes se le había visto hablar, reir todavía. Hablaba de su 
esperanzadamente. Preguntaba si el sol es grato también en 
l bajo la casaca del forzado. Su mas sombrío porvenir era el 
presidio... 

Hele ya eliminado del número de los vivos. El guardián que le 
precede le conduce por diferente camino y le abre la puerta de la pri- 
esa de los condenados á muerte. 

E» esta un calabozo de piedra cuya bóveda es bastante elevada. 
Du boarda ó lumbrera enrejada lo ilumina á la izquierda. Todo el 
apoteolo está acolchado hasta cierta altura. Además vistese al senten- 
ciado con una camisa que sujeta sus miembros impidiéndole el mo- 
verse. Un gendarme y un guardián están allí queno le pierden de vis- 
la. Si el recirso de casación ha sido admitido, es trasladado el reo 
4 Bketre dorante los cuarenta dias de la revisión del proceso. Mas 
■ ae olvida de llenar esta formalidad, no sale del calabozo sino para 
el saplicio. 

Sin embargo, raramente se priva un condenado del beneficio de 
m nuevo plazo. ¡Es tan grata la vida! ¡Son tantas las cosas que 
peden sobrevenir en cuarenta dias! 

Ne hay un solo reo qne haya dejado de soñar en este porvenir de 

YWOU tt 



Digitized by 



Google 



no misiones 

seis semanas que nuevamente se le abre, en alguna revolución, un 
terremoto,[una inundación ó un incendio. 

El hombre no quiere creer jamás que la aniquilación de su ser 
pueda operarse sin un gran trastorno de la naturaleza. 

No obstante, transcurren los dias; el preso los ha confado. Una 
mañana se abre la puerta del calabozo. Un portero seguido del direc- 
tor de la cárcel viene á anunciar al preso que el escribano del tribu- 
nal de los Assjses tiene que hablarle. El reo palidece. Del momento 
que va á seguir, depende su vida. Espía en todos los rostros el me- 
nor síntoma qu« pueda revelarle su suerte; pero los semblantes, 
de todos permanecen impasibles. 

Entra el escribano. Lee una larga fórmula, de la cual una sola 
palabra, envuelta en veinte frases, hiere como un rayo al reo que la 
estaba acechando. El fallo ha sido confirmado. 

Después de esta terrible palabra ya no debería parecer cruel el cu- 
chillo. Has no es ya ocasión de reflexionar, Los guardianes se apode- 
ran del infeliz ajorado, le empujan hacia un carruaje que arranca vo- 
lando h^cia París, y entra en el patio déla Consergería áeso de las 
diez. 

El reo vuelve á su calabozo, cuyas paredes le parecen mas som- 
brías. Cada movimiento apresurado de las personas que se le acer- 
can le resuena en el corazón y en la cabeza. 

—¿Tenéis hambre?— le preguntan. Se le pone la mesa. El reo co- 
me alguna vez. Acuérdase luego de que ha de llegar un sacerdote, 
algunas personas de su familia ó de sus amigos, cuyas manos desea 
estrechar por última vez. 

Cuchichease en torno suyo, y se le mira con atención. El desgra- 
ciado objeto de semejante curiosidad se pasea con sombría viveza. 
Mil cosas son las que tiene que decir. Por un lado es la* religión \\ 
que le solicita; por el otro las últimas esperanzas. El perdón puede 
llegar todavía. Alguna vez ha venido á salvar á los pacientes incli- 
nados ya en el cadalso. 

Con todo, pasan las horas con increíble rapidez. El reloj de Pala- 
cio las va señalando inexorablemente. Algunos crueles indiscretos 
sacan el suyo para cerciorarse. 

El sacerdote cumple con solemne unción sus supremos deberes. 



Digitized by 



Google 



M E1A0FA. 111 

B reo, distraído algunas veces, le escacha sin oírle. Su pensamien- 
to está aun distraído en las cosas terrenas. 

Oye» sí, acercarse unas pisadas que involuntariamente le hacen 
estremecer; pisadas temidas, que conmueven el edificio entero de la 
cárcel.... Es el verdugo, que llega insinuándose con corteses y afec- 
tuosas maneras, seguido de sus acólitos, mas corteses aun, pero cu- 
ín manos trabajan mientras se enternecen sus ojos. (Manos ocupa- 
das « empujar de grado en grado á la víctima, hacia la muerte que 
te aguarda! 
El director de la Consergería y el jefe de los guardianes se acercan. 
—Son las tres— dicen al reo.— «¿Queréis comer? ¿Qué deseáis que 
es sirvan? 

Apeaas acaba el triste de espresar su deseo que ya ha sido cum- 
pMe. {Terrible alusión al valor del tiempo que le queda de vida! 
¡m pMde perderse un momento siquiera! 
El reo tiene sed: bebe para despegar la lengua del seco gaznate. 
i, porque su sed no se estingoe y porque recuerda que ese 
> éeque se satisface puede á veces hacer olvidar. Has olra orn- 
es la que le domina: la embriaguez de la desesperación y 
<H terror. 

Da fugitivo rubor colora sus mejillas; el valor reanima su pecho. 
De repelle suenan en el esterior lúgubres pisadas y la puerta vuelve 
á abrirse. El reo rechaza el vaso en que bebia; deja caer de sus ma- 
nsa la torta que estaba comiendo, los cabellos se le erizan á la vista 
éb eae hombre que entra saludando y con la cabeza descubierta. 
—¡El verdugo! — mormura el sentenciado. 
Nnevo saludo por parle del hombre cortés. 
—Si deseáis llenar algún acto de piedad en la capilla, caballe- 
ra» tendremos el honor de esperaros.— Dice con voz cariñosa ese 



Estas palabras significan: 

—Daos prisa en rezar vuestras últimas oraciones, porque el tiem- 
po apremia. 

—¡Oh! {la religión!.... ¡Una oración, si, una oración todavía! Es 
n plazo aus; un medio cualquiera de esperar.... ¡Desgraciado! Ig- 
que Dios solo puede otorgarle su perdón en el délo. 



Digitized by 



Google 



n« PRISIONES 

Sin embargo, despiértase la desconfianza del reo y prefiere per- 
manecer en el calabozo. 

Apenas se le ha contestado, cuando se le avisa que está aguardán- 
dosele en la escribanía. 

Allí encuentra nuevos semblantes. Gendarmes, funcionarios, pe- 
riodistas, la mayor parte de los empleados de la cárcel. 

Quilasele en seguida la camisa de fuerza que lleva puesta desde 
que se le ha notificado el fallo; luego se le conduce á la escribanía 
pasando por corredores llenos de guardas y porteros; oblígasele á 
sentarse en medio de esta silenciosa hilera, y las tijeras del ejecutor 
le cortan la parte de la camisa que cubre el cuello, y luego después 
los cabellos. 

Quiere el reo hacer un movimiento y se apercibe de que tiene las 
manos atadas á la espalda con una cuerda tan delgada como fuerte, 
que termina sujetándole igualmente los pies, pero no de manera que 
le impida moverlos para andar. 

Todo está ya terminado. La vista estraviada, convulsos los labios, 
recomiéndase el reo á los jefes articulando á la ventura algunas pa- 
labras que no espresan sino el estado delirante del que las pronun- 
cia; palabras que correrán mañana de boca en boca, lanzadas al es- 
pacio por la prensa, repetidas por todos los diarios. 

Un ayudante del ejecutor echa sobre las espaldas del reo la hopa 
de los condenados, cuyas mangas quedan colgantes, y va solamente 
sujeta por el botón superior debajo de la barba del paciente. 

A tan corto momento sucede un silencio general. De improviso es- 
tremece las bóvedas un siniestro ruido. Es la carreta que viene á 
tomar posición en el patio. Las herradas patas de los caballos de la 
gendarmería resuenan mas distintamente sobre el enlosado, y á la 
orden que da el jefe, óyese luego el choque de las aceradas vainas 
de los sables. 

— ¿Tenéis aun necesidad de alguna cosa?— dice al reo el director 
de la cárcel.— ¿Queréis beber? ¿queréis hablar á alguien? 

—¿Deseáis hacer alguna revelación?— dice el escribano ó el comi- 
sario de la ejecución. 

—Pensad en Dios— murmura el sacerdote. 

—Caballero— dice el verdugo— cuando gustéis. . . Ha llegado la hora. 



Digitized by 



Google 



DE KURUPA. llt 

Este es el único acento que el reo percibe distintamente. 

Levántase de so asiento. Un hombre se presenta á cada lado para 
sostenerle. Frecuentemente prefiere apoyarse en el brazo del sacer- 
dote, coya voz le anima. 

La puerta se abre. El aire hiere en el rostro al paciente, el cnal sa- 
be aturdido á la carreta por un estribo que desaparece en seguida. 
La carreta se mueve, brillan los sables de los gendarmes, los caba- 
llos piafan, murmura la muchedumbre como un océano. La Conser- 
jería desaparece á la vista del reo que todavía la mira. Así huye su 
vida. 

Atraviésase el malecón de las Flores, el puente de Nuestra Se- 
fionu Por todas partes la multitud, negra, apiñada, inmóvil, los rú- 
tilos de las tiendas, las muestras, pasan rápidas por junto el senten- 
ciado. 

De repente faltan las casas; un rumor inmenso llena el espacio; 
la carreta oscila y se detiene. 

El reo desciende, y el sacerdote le abraza llorando. Encuéntrase 
al pié de una escalera de madera pintada de encarnado; encima su 
cabeza se levanta sobre algunos caballetes un tablado del mismo co- 
lor que la escalera. MieBtras mira lodo esto, los ayudantes del ver- 
dugo le han subido. Ve entonces dos largas vigas perpendiculares 
m cuyo estremo busca maqninalmente la cuchilla. 

Durante este segundo de tiempo, este siglo, no ha notado una ta- 
bla encarnada y que á la altura de su pecho se levanta. Los ayu- 
dantes del verdugo le alan contra esta tabla por medio de correas 
adheridas á la misma. De repente y por un rápido movimiento de 
báscula, la tabla se inclina y antes que pueda proferir estas palabras: 

—¡Dios mió! (apiadaos de mi alma!— cae sobre su cabeza una 
jtodia luna que se la sujeta, al propio tiempo que obedeciendo el cu- 
chillo al resorte que comprime el ejecutor, deslizase con la rapidez 
del relámpago por entre sus encajes de cobre. 

El desgraciado ha dejado de existir. 

T. por A. Blanci. 



FIN DE LA COKSiaGERÍA. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



2Í 3 



Digitized by VjOOQIC 



PRISIONES 

DE EUROPA. 



« a rtr****»*IA0»ti*m0 k*mm n * 



SALADERO DE MADRID. 



» VU |*fMf« ■« m 



U cárcel del Saladero de Madrid no puede, ni podrá nunca, glo- 
riarse de la celebridad adquirida por las prisiones de Estado. Pocos 
nombra femeeos ilustran sai registros; su historia no está enlazada 
intimamente con la de grandes instilaciones; es posterior á las épo- 
cas de tenebrosos procedimientos y de implas torturas; ni siquiera 
h acompasa el prestigio de una fundación remota. 

Bs cárcel formada de desechos, destinada á presos vulgares; sin 
loa atractivos de lo desconocido, sin el encanto de la tradición. Hom- 
i viven boy que la han visto convertirse en cárcel, y pueden es- 
> can fundamento que la verán caer y convertirse en depósito de 
i, ó en cuartel, ó cosa semejante. 
Para el vulgo, pues, la cárcel del ¿tatabro no ofrece nada notable. 
Su aspecto no es el de una fortaleza, sino el de un edificio urba- 
m muy moderno; á no ser por las ventanas abiertas en la fachada 
al ras del piso de la calle, que se cierran con reja de hierro, enreja- 
do de hierro y postigos de hierro; á no ser por las rejas, de hierro 
también, que cierran las ventanas del piso segundo; el forastero po- 
dría entrar y salir diariamente por la puerta de Santa Bárbara, sin 
' que pasaba por delante de la cárcel. 



Digitized by 



Google 



171 PRISIONES 

Y esto seria tanto mas fácil, cnanto que son muy chatas las ven- 
tanas abiertas al ras de la acera, de suerte que no las ven todos los 
transeúntes; y como el ancho portal está completamente abierto de 
dia, y el balconaje del cuarto principal es propio de casa de grandes 
y no de cárcel; solo un curioso muy observador podrá conocer des- 
de fuera lo que es por dentro el edificio, fijándose en ciertos porme- 
nores, y eso porque la desgracia y los grandes padecimientos pare- 
cen tener habla y manifestarse á despecho de toda clase de falsas 
apariencias. 

Digámoslo de una vez: á la primera ojeada, la cárcel del Saladero 
se parece á muchos edificios públicos de objeto muy diferente del 
suyo y también á muchas casas levantadas en Madrid para comodi- 
dad de sus dueños. 

En vez de enormes sillares, de torreones aspillerados, de fuertes 
almenas, de fosos y murallas, tiene un lienzo de fachada recto, en- 
jabelgado y pintado de arriba abajo, ni mas ni menos que el Colegio 
Politécnico y el Teatro del Príncipe y el Gasino. 

En vez de grandes personajes históricos, muchedumbre oscura á 
quien no habrá que oLvidar, porque de nadie es conocida. 

Pero detrás de aquellas paredes á otras muchas semejantes, den- 
tro de aquel recinto vive un mundo singular. 

Allí todas las pasiones, todos los estravios. 

La ruda energía, los ímpetus no domados, la codicia insaciable que 
ha sido torpe, la imprudente liberalidad, el arrojo que sube hasta 
el crimen y la flaqueza que hasta el crimen desciende: todo lo irre- 
gular existe debajo de aquel techo, que pesa como si fuera de plomo 
y tuvieran que sostenerle continuamente aquellos á quienes cobija. 

¡Niños de tierna edad, niños de ocho años, de limpia mirada, de 
rubio cabello y sedoso, asoman tal vez por una puerta entreabierta! 
¡oh, qué natural, qué bello seria imaginar que á pocos pasos estaba 
su madre celándolos, temerosa de que se lastimaran con sus inocen- 
tes travesuras! 

No. ¡¡Son criminales!! 

Cree uno haberlos visto retratados á los pies de la Concepción de 
Morillo, piensa otro que seria bien hallarlos al pié del altar espar- 
ciendo el suave olor del incienso, cantando al Señor con sus voceci- 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 




Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 1.1 

tu melodía»*... pero ¡ton criminales! No visten el alba nítida, sino 
harapos mugrientos, no rezan, blasfeman; sn idioma es jerga; su 
oficio el ocio; su placer el mal; su esperanza... ¿qué esperan los po- 
brectlos? ¿qué desean? ¿qué piensan? 

Están presos. 

No tienen voluntad ni discernimiento, pero delinquieron, según 
decimos los hombres. 

Criados en la miseria y la ignorancia; solicitados por la ostenta- 
ción y el fausto, que despiertan ambiciones tempranas; sin pan ni 
hneo consejo en el hogar, sin freno ni conciencia, sin miedo; que no 
le tienen los inocentes á peligros de que nada saben, van á parar á 
la cárcel como otros son llevados al médico que sana, á la atmósfera 
qae minea, al sabio profesor que cultiva el entendimiento. 

fian vivido en el abandono ¡mas les hubiera valido quizás no co- 
nocer padre ni madre! 

A lo menos el expósito pasa los primeros afios sometido á un ré- 
(Unen que puede hacerle adquirir hábitos de orden; á lo menos si no 
halla á quien amar, trata con quien le inspira la idea del respeto; á 
lo aesos ai es voluntarioso, se le reprime; si es violento, se le sujeta; 
ú es pereíoso, se le estimula al trabajo. 

fichará de menos el cariño maternal, si; pero los desgraciados que 
tívcd afios de su nifiez en la cárcel ¿qué le deben al amor de la ma- 
dre y al amparo del padre, ni qué porvenir pueden ofrecer á los au- 
tores de su existencia si comienzan consagrándola al oprobio? 

A esos infelices no se les llama nifios. El instinto popular ha ins- 
pirado á los moradores de las cárceles un epíteto tan indigno como 
expresivo, para designar á sus mas tiernos compa fieros. 

Míeosles llaman, sin duda, porque en gestos y ademanes, en modo 
de vivir, en juegos y diversiones imitan lo que ven hacer á los hom- 
bres. Ese prurito que les mueve á fingir batallas, ceremonias solem- 
nes y hechos, cuya magnitud y rumbo convengan al activo movi- 
miento de la sangre y á la sed de lo maravilloso, que son peculiares 
á la primera edad; ese prurito, decimos, se calma también en ellos 
imitando el hurto cauteloso y arriesgado, la valentía y prepotencia 
en la pelea, la largueza en gastar y la sangre fría para perder dinero 
al juego. 



Digitized by 



Google 



171 PRISIONES 

Todos los estravlos se inoculan con admirable facilidad en aque- 
llos desdichados. 

Todos quieren parecer audaces, obcecados, pendencieros como tos 
presos barbados, y es harto frecuente ver á dos presos de diez afios 
denostarse mutuamente ante una niña de su misma edad, como si en 
efecto cupiesen éñ ellos el amor al sexo y la pasión de los celos. 

Ese prurito de imitación se les desarrolla en la cárcel, en la di- 
rección que vamos indicando, hasta un extremo al parecer increíble; 
asi se les ve anticiparse en todos los afectos ciegos: en sus semblan- 
tes antes que el pudor asoman los indicios de la concupiscencia, pín- 
tense los estragos de las bebidas fuertes; y el desenfado de que ha- 
cen gala y la dureza de que blasonan para los trabajos que puedan 
sobrevenirles, forman un conjunto monstruoso, asombran á quien 
los mira y estremecen de escándalo á quien los oye. 

Su aspecto no inspira lástima al común de la gente. 

La cárcel suele prestarles ciertas prendas de abrigo; pero esas 
prendas, blusa ó camisola, camisa ó pantalón, no siempre alcanzan 
para todos y suelen andar medio vestidos, nada aseados, rotos, y lo 
poco que visten, sobre estar mal tratado, no cuadra al talle ni á las 
formas del que lo usa. 

Hubo un tiempo, no remoto, en que esos niños vivían confundidos 
y revueltos con los presos de mayor edad: imagine el lector los hor- 
rores de que serian testigos, victimas y cómplices, pensando en las 
vergonzosas miserias de que son teatro ciertos colegios de enseñanza 
muy vigilados. v 

Personas sensatas, personas de^buen corazón, que de intento ó 
por casualidad visitan á los niños presos, salen de la cárcel mas bien 
poseídos de horror que de lástima hacia ellos, y si se enteran de sus 
fechorías, crece de punto la repugnancia y repulsión que les inspi- 
raron. 

No es estrafio. 

Todos aquellos niños antes de entrar en el Saladero han incurrido 
en ciertas faltas. Háseles reprendido una y otra vez, pero no se les 
ha puesto en el caso de que les fuera imposible la reincidencia. Incí- 
tales la edad; aconséjales dañosamente el mal ejemplo, sóbranles las 
ocasiones , sus padres, siempre menesterosos y cegados por la 



Digitized by 



Google 



DI BUMML 179 

ignorancia, cundo no por el vicio, son impotentes para atajar el 
dallo. 

La impunidad y la ineficacia de los correctivos, los camaradas y 
la natural inclinación, dan sus amargos frutos. 

De suerte que esos niños cuando entran en la cárcel están ya 
acostumbrados k la vida vagabunda, á castigos inoportunos y esté- 
rites, i reincidir impunemente, i oir celebrar con admiración rate- 
rías ingeniosas, robos atrevidos, navajazos de maestro, burlas san- 
grientas, venganzas terribles. 

Ellos son parte obligada del escandaloso cortejo que acampada al 
Campo de Guardias á los reos de muerte; ellos miran con envidia el 
ropaje encarnado de los que tocan la campanilla de la Paz y Caridad; 
entran y salen por la taberna donde se reúnen los malhechores de 
m barrio; ellos saben de memoria los versos mas gráficos de los ro- 
mances de ajusticiado ó de ahorcado, como dicen todavia: al ver su 
vida, al conocer sus propensiones, al examinar su conducta, nos con- 
velemos de que el crimen tiene gran potencia de atracción sobre el 
ocio y la ignorancia. 

¿Y se puede culpar á aquellos niños del ocio y la ignorancia en 
que viven? ¿Se les puede culpar de que en tan tierna edad no se» 
propongan ellos mismos combatir sus malas inclinaciones? ¿Se les 
pnede Culpar de lo que se hayan maleado con los espectáculos que 
con frecuencia ocupan su atención? 

Lo cierto es que el curioso al visitar la cárcel y el departamento de 
los Jóvenes, se encuentra con muchachos desmoralizados, duchos en 
toda suerte de picardías, que se burlan de la palabra justicia y des- 
precian á la sociedad que nada ha hecho por ellos. 

Hacen alarde de truhanerías, prefieren el caló al castellano, aguzan 
el rabo de su cuchara de madera y se hieren con ella manejándola á 
modo de navaja. 

Una ó dos veces á la semana les entretiene un par de horas algún 
individuo de la compafiia de San Vicente de Paul, que gratuitamente 
les espiicacomo Dios es trino y uno y como se pudo verificar la En- 
carnación del Hijo. 

De cuando en cuando las circunstanciaste aquel especial estable- 
amiento consienten que se les dé maestro de primeras letras, y sien- 



Digitized by 



Google 



180 PRISIONES 

do por lo coman corta la estancia de los niños en la cárcel, suelen 
recobrar la libertad cuando saben el silabeo. 

Los que salen por primera vez libres, son reclamo seguro para los 
que todavía no han entrado, á quienes describen el interior de la 
cárcel con su pintoresca imaginación. Ellos cuentan cómo vencieron 
el disgusto de las primeras horas; cómo se procuraron familiarizar 
con las novedades que les rodeaban; quiénes eran sus amigos y sus 
enemigos; qué cara tiene el preso mas notable; qué jugarretas se 
hacen unos á otros, y mil pequeneces que les dan importancia á los 
ojos de los que les rodean. 

¡Cuántos niños de esos se habrían salvado sien el seno mismo del 
hogar no se les hubieran facilitado los medios de pervertirse! 

Es un lugar común de la conversación familiar lo de lamentarse 
de los vanos esfuerzos del hombre honrado, completando esla obser- 
vación con la prosperidad de I os poco escrupulosos.— Los niños' lo 
oyen, no disciernen, pero obran. 

Después que han adquirido malos hábitos y peores inclinaciones, 
son cogidos en una falta grave y los llevan á una cárcel poblada de 
hombres avezados al crimen. 

¿Qué pueden aprender allí? ¿Es corrección, es castigo, es justicia 
colocar á esos niños en una cárcel? Allí tienen de seis á ochocientos 
maestros en todo género de infamias, que conciertan planes, recuerdan 
sucesos, ensalzan rasgos abominables, se ríen del arrepentimiento y 
envanecen con insensatos elogios á aquellos mismos niños que en 
impudencia y temeridad sobrepujan á sus compañeros. 

Así los curiosos visitadores de la cárcel no ven en ellos niños como 
los demás, sino monstruos. 

La independencia y el trato que sostienen redoblan su precocidad; 
el amor propio endurece su obcecación; una de las pocas ideas que 
les avergüenzan es «ser menos que otro.» 

Así, al salir por primera vez de la cárcel, se llenan de vanidad pen- 
sando en el prestigio que van á ejercer sobre sus compañeros de tra- 
vesuras, y estiman como un beneficio de la suerte la experiencia que 
han adquirido y les servirá (apara otra prisión. » 

Un amigo nuestro que defendió á uno do esos delincuentes prisio- 
neros, después que obtuvo su absolución, trató de impresionarle vi- 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 181 

ite haciéndole ver la indignidad y las graves consecuencias del 
crinen. Comenzábale á ponderar la suerte que le cabria si por des- 
gracia llegaba á reincidir, y ©1 niño le interrumpió con viveza di- 
deudo: — Otra vez lo negaré todo. 

Esta es la medida de la eficacia de la cárcel. 

En ese mundo abreviado se encuentran criaturas que ó tienen he- 
cha resolución irrevocable de vivir y morir en el mal, ó persisten en 
él por la fuerza de algo superior á su voluntad y su conciencia. 

No es raro ver entrar en el recibimiento de la cárcel á un mucha- 
cho de diez á doce años; preguntar con desparpajo si su amigo Fula- 
Kto está en encierros, y encargar que de su parte se le entreguen 
viudas, tabaco ó manta para abrigarse, y aun espera que el mozo 
Taya y vuelva para cerciorarse de que se ha cumplido con su encargo 
y saber si algo pide el preso. 

A veces no es un muchacho, es una muchacha quien, desenfadada 
ó llorosa, luchando con un asomo de pudor ó sobreponiéndose á toda 
taqieza femenil, va á enterarse de la suerte del pobre preso y á of re- 
caten miseria. 

Ed Ja cárcel del Saladero, los presos que no pertenecen á los Patios 
tienen casi todo el dia abierta la comunicación con la gente de afuera. 

Lm niños, es decir, los que ocupan el Departamento de los Jóve- 
nes, situado en el piso mas alto, van y vienen por los pasillos del 
piso principal, ya para el trasiego de paja para los petates (que este 
nombre tienen las camas de la cárcel), ya para traer y llevar anea, 
cundo los dedican á componer sillas, ya para ayudar á la limpieza 
é á las faenas de la cocina, cuando no con alguno de sus infinitos 
pretextos; pues son aficionados á tratar con los mayores y servirles, 
sobre todo á los de mas nota, y se deleitan oyendo chascarrillos 
carcelarios ó las circunstancias de algún delito singular ó reciente. 

En este trato adquieren relaciones con gente que puede serles útil 
dentro y fuera de la casa; y en efecto, los hay que se encariñan con 
un hombre y le buscan al recobrar la libertad y le au si lian en sus 
arriesgadas empresas compartiendo la próspera y la adversa fortuna. 

Mientras no valen para cosas mayores, son correos, santeros, es- 
oías, ojeadores, noticieros: es decir, que llevan y traen recados entre 
H gente que concierta golpes de mano; observan á que hora entran 



Digitized by 



Google 



181 PRISIONES 

y salen de su casa las personas contra quienes se trama un delito; se 
enteran de circunstancias que el autor principal no debe examinar 
por si mismo, ya para no despertar sospechas antes, ya para quedes- 
pues el recuerdo de su persona no sirva de indicio; corren con el aviso 
cuando repentinamente hay que cambiar de escondrijo un efecto ro- 
bado; y se les debe esla justicia: suelen guardar fiel y leal meóle las 
prendas de valor que en lances apurados se les confian. 

Apostados en la esquina de una calle donde sus maestros y protec- 
tores acometen una hazaña, no haya temor de que se pierda por su 
falla de advertencia. 

El tierno cómplice de aquella maldad, creería deshonrarse si por 
torpeza suya dejase de ser robada una familia que ni le da pan ni fo- 
menta sus gustos, y que de seguro le miraría con repugnancia, si no 
con desprecio, al encontrarle al paso. 

Bien guardada está la esquina. 

Si aciería á pasar una persona y el centinela no distingue á prime- 
ra vista quien sea, se le acercará á preguntarle la hora, á pedirle li- 
mosna ó bien lumbre para encender una colilla, hasta averiguar si 
es ó no de la casa donde se perpetra el delito. 

Tiene convenidas con los perpetradores las señas con que debe dar- 
les á entender lo que ocurra. 

Para avisar que viene un vecino de la misma casa, pero no del do- 
micilio violado, por ejemplo, debe fingir con grandes voces que lla- 
ma á un compañero; para avisar cosa distinta finge llamar á una mu- 
jer; para indicar otro caso echa una copla, ó media copla, ó grita el 
desdichado a ¡madre, madre!» 

Los hay entre ellos muy sagaces, muy discretos. Criminales ex- 
pertos, al verlos en los pasillos de la cárcel, les saludan como saluda 
el veterano á un compañero de armas bien probado. 

Los dias de comunicación oficial para los Jóvenes son los domin- 
gos. Reciben en su departamento, compuesto de vastas habitaciones, 
en verdad poco habitables. Da frió penetrar en ellas. 

El enladrillado del piso está echado á perder; las paredes sucias, 
llenas de monigotes dibujados (si asi puede decirse), con carbón. La 
mayor parte del año sus jergones son como sus vestidos, y no cab* 
ponderación mayor. 



Digitized by 



Google 



DEIÜROFA. 183 

Acompásales la miseria al entrar, y no les deja, antes se ásmente 
tetro con la de sos compañeros . 

Visitantes á algunos sos madres ó parientas; que casi siempre son 
■ojcres quien mas cariño les muestra; á la generalidad se les ve ha- 
blar con amigos ó novias. 

Hemos creído observar que las visitas oficiosas son de lo que mas 
enoja á los jóvenes presos. Quizás sea porque la estancia en la cár- 
cel crea hábitos y necesidades qae ni son fáciles de esplicar ni de ser 
comprendidas, y la conversación egoisla denn carioso irrite al que 
uta ó supone en él villana indiferencia ó siquiera ofensiva tibieza 
pm el pobre que carece de la preciada libertad. 

On ios cómplices , con los compañeros de aventuras sucede todo 
lo contrario. Un dia de visita es un dia de grata expansión. El ami- 
go le cuenta al preso lo único que le interesa y comparte con él sus 
sensaciones. Le dice cómo queda el barrio; qué piensa de su prisión; 
quién le murmura y quién le defiende; en qué pasan el dia los de su 
caterva; si le han recomendado al escribano; el preso en cambio le 
espiic? cómo declaró, qué le preguntaron, lo que experimentó al ver- 
se encerrado en un calabozo (y si ba llorado se io calla); qué rancho 
le dan; qué costumbres hay en la cárcel, y le entera de cuanto sabe 
con tanta minuciosidad, pero con mas animación que los cicerones al 
referir al viajero las particularidades de un gran edificio público. 

Las muchachas suelen llevar algo que sirva de merienda, y por 
regia general una cajetilla de tabaco picado y un librillo de papel de 
La Pantera. 

unos formando corro disputan sobre quien ha cometido mas ac- 
tos diguos de alabanza; otros escuchan atentamente el reíalo de los 
hechos de uno que se fugó librándose de una larga condena; otro 
grupo solemniza con risotadas una chocarrería feroz, inspirada por la 
hopa; obscenidades y violencias, rasgos de malicia y osadía; propó- 
sitos dj delinquir, manifestaciones de desprecio á las leyes y á la fa- 
milia ¡ninguno de aquellos desdichados tiene mas de diez y sie- 
te afios! 

Tal vez, sentados en un rincón, lejos de la muchedumbre, hablan 
en voz baja uno de los jóvenes y su madre ó su hermana. 
Habla un corazón puro, una voz preñada de lágrimas, un gesto es- 



Digitized by 



Google 



184 PRISIONES 

presivo; hablan unas miradas de entrañable cariño; habla ana vehe- 
mencia loca; prodigando palabras de compasión, consejos nobles, 
consuelos inefables. Evoca el recuerdo degeneraciones honradas; en- 
carece la vergüenza de toda una familia; augura temerosa un por- 
venir de oprobio y se despedaza el corazón al ver su impotencia con- 
tra la mala ventura. 

¿Quién sabe lo que pasa en el alma del que la escucha? 

Si el encanto de la virtud le rodease de dia y de noche; si aquel 
prestigio le dominase continuamente sin consentirle que volviera los 
ojos á otra parte ni resonasen en sus oidos otras voces 

Pero al caer la tarde se despide á las visitas que no volverán has- 
ta pasados ocho días, si pueden; toda la semana la pasará el preso 
con los presos, el delincuente con los delincuentes, podrá ser que el 
bueno resista aun á la acción de aquella atmósfera; pero es induda- 
ble que el pecaminoso se irá pervirtiendo. 

Los dias que no son de visita suelen asomarse los Jóvenes á las 
rejas de su departamento que caen á la ronda. Desde allí, encara- 
mados suelen hablar con sus compañeros que les llaman á voz en gri- 
to para que se asomen, cuando tienen recado ó noticia urgente que 
darles, y aun mas de una vez llama una muchacha á uno de ellos, 
solo para preguntarle cómo está y prometerle volver el domingo pró- 
ximo. 

En Madrid es extraordinario el número de muchachos callejeros 
que dan el contingente al sitio de que tratamos. 

Fuera de los muchísimos que compran y venden objetos que nada 
valen, hay no pocos que ni siquiera tienen el protesto de una indus- 
tria aparente. 

Unos pasan el dia y ia noche pordioseando, comiendo las sobras 
del rancho á la puerta de los cuarteles, merodeando en los mercados 
y plazuelas, abriendo las portezuelas de los carruajes á ja hora de 
salir de los teatros, revolviéndose en todo sitio de gran concurren- 
cia, durmiendo entre montones de ripio, jugueteando á orillas del 
rio y por las afueras de los puentes de Segovia y de Toledo. 

Los banqueros de lotería que se improvisan en la alameda de la 
Virgen del Puerto, los gimnastas que trabajan al aire libre, los ma- 
drugadores que embaucan á los paletos con su habilidad en manejar 



Digitized by 



Google 



DI EUROFA 185 

h baraja; todos los que reúnen á su alrededor á machos cariosos in- 
teresando so atención y su dinero, atraen á gran número de mucha- 
chos, cuya ociosidad, malamente consentida, les lleva paso á paso á 
la cárcel. 

Hemos dicho ya que en el departamento de Jóvenes no hay ningu- 
no que pase de los diez y siete affos. 

En efecto, los presos de mas edad están repartidos entre los de- 
más departamentos. 

La única división algo racional de la cárcel del Saladero consiste 
a la qoe separa á los jóvenes de los hombres. 

Na es perfecta esta división, supuesto que todos están en contacto 
demasiado frecuente, y en todos los departamentos el simple acusado 
vire eo comunidad con el culpable, aunque este haya sufrido una y 
condenas de presidio. 



Los hombres que ocupan la mayor parte del edificio, son aquellos 
iü»s mismos, que crecieron en el abandono y perseveraron en el mal . 

¡Qoé mundo tan eslrafio, tan lleno de maravillas! 

Allí, aunque estraviados y pervertidos, están vivos todos los no- 
bles afectos. 

Ta suponemos que habrá quien nos tache de paradójicos; ya sabe- 
mos también que hoy se espera con impaciencia que un escritor de- 
mócrata asiente la pluma sobre el papel pidiendo justicia para cual- 
quier desgraciado, y en seguida se le acusa de preconizador de infa - 
■lias, de amparador de malvados. 

Nonos importa. 

Hemos dicho que en aquel mundo están vivos todos los nobles sen- 
timientos, porque los hemos visto manifestarse. 

Allí lo que no hay es freno, ni orden , ni continencia. 

El exagerado aprecio de si mismo, la pasión del amor, los celos, 

venganzas de agravios ciertos, ignorancia y miseria todo eso y 

mas puede concurrir á llenar una cárcel mas espaciosa aun que la de 
la corte de España. 

Todas aquellas enfermedades crónicas podían haberse curado átiem- 
po: el paciente nada sabia de su mal; el médico lo veía crecer y apode- 
rarse del individuo, y ¿qué hizo para atajarlo? Ponerle entre leprosos. 

tomo n 14 



Digitized by 



Google 



ÍH PRISIONES 

Así hace el mundo cuando castiga las faltas de los nifios encerrán- 
doles en nna cárcel con criminales endurecidos. 

Al entrar un preso en el Saladero, su pelaje es lo que principal- 
mente decide de su suerte. 

Si no tiene con que pagar tres ó cinco reales diarios por el alqui- 
ler de un cuarto, mezquino para un hombre solo, y donde general- 
mente tienen que vivir dos, baja á los calabozos subterráneos, cuyas 
altas ventanas, son las que, según dijimos al principio, abren en la 
fachada principal, al ras del suelo. 

En esos calabozos hay unas tarimas corridas á lo largo de las pa- 
redes. En ellas coloca cada preso su lio de ropa, si la tiene, y su pe- 
tate, todo lo cual debe colgar por las mañanas, al advertirle la cam- 
pana que es hora propia para que todo preso deje de tener sueño. 

Dentro del calabozo se duerme, se come y se pasa la velada. 

Las horas de esparcimiento se pasan en un palio abierto, que no 
pueden escalar los presos. Aquellas paredes lisas y áridas no tienen 
mas aberturas que las que dan luz á los pasillos del piso principal, 
desde donde se puede acechar todo cuanto hacen los que están en los 
patios. 

En esos palios está la fuente donde se asean y aun se lavan algu- 
gunos la ropa, dando su cuerpo al aire y al sol mientras se está se- 
cando. 

En los patios también juegan á la pelota, á lo? naipes y á las tabas, 
y tratan de sus negocios particulares los que no quieren llamar la 
atención de los compañeros. 

Hay costumbres y particularidades comunes á todas las cárceles, 
por cuyo motivo no seremos muy minuciosos en aquello que, por cu- 
rioso que sea, podría fatigar al lector con su repetición en un libro 
como el presente. 

Sabemos, por ejemplo, que en la cárcel del Saladero no transcurre 
un mes sin que circule muy acreditada la noticia de que en breve se 
va á dar un indulto que comprenda á gran parte de los presos. 

El deseo y la necesidad hallan al hombre siempre crédulo para lo 
que le conviene; por eso no debe maravillarse nadie de que mil veces 
se desmienta la noticia y otras mil veces sea acogida como indudable. 

Esta es una de las particularidades que suponemos comunes á to- 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA 187 

dos loe asilos de presos, porque en todos hay hombres ganosos de li- 
bertad y corazones abiertos á la esperanza de alcanzarla pronto. 

Oirá noticia á que aplicamos el mismo criterio es la de una pronta 
reforma del Código penal. 

No hay preso que no se crea castigado con rigor escesivo; ¡no hay 
«no que no sienta amargamente el tiempo que transcurre mientras 
él se halla entre rejas, y los affos que le pasan como si él los viviera! 

¿Cómo pues no han de imaginar que se les rebajarán las penas y 
se abreviará el tiempo de sus padecimientos? 

Algunos, de puro arrebatados, sabiendo que han cometido el de- 
filo, se creen de buena fe inocentes. 

Esos son los que obraron á impulsos de la violencia de la sangre; 
cegáronse, y cometieron un delito tan absurdo y tan poco conducente 
al logro de sus fines, que se arrepienten cordialmente de haberlo 
cometido y se declaran incapaces de volverlo á cometer. T tan grande 
es la eficacia de la conciencia, que aun para ellos mismos su sincero 
arrepentimiento es como una absolución y se consideran harto casti- 
gados con la indignidad en que incurrieron. 

Sin embargo, esos hombres reinciden y vuelven á la cárcel; y 
caaado después de muchos af os, calmada ya la violencia de las pa- 
sosos, son capaces de dominar sus primeros movimientos, ya se han 
acostumbrado al ocio y á la cárcel; ya no tienen lazos que les unan á 
la sociedad, y hacen pficio del crimen. 

Muchos, al llegar á ese periodo, entristecen solo con mirarlos. 

Nótase en ellos un decaimiento, una fe tan profunda en la esterili- 
dad de la vida que les queda, una persuasión de que solo podrían an- 
helar imposibles si algo anhelasen fuera del delito; un cansancio de 
■o haber hecho bien; que sería mas criminal que ellos el hombre que 
■o se apiadase de tanta desventura. 

Aquel es un mundo maravilloso, hemos dicho, y aun podemos 
aftadir que no se puede juzgar de lo que en su esfera se verifica, sin 
grave temor de equivocarse y de poner tacha en algo muy respetable, 
por odioso que sea el delito. 

Dentro de la sociedad pasan por absolutos muchos principios que, 
no se ponen á prueba, no nos dan á conocer su última conse- 
ña: asi no llegamos nunca á conocer que son falsos. 



Digitized by 



Google 



188 PR1S10MS 

Algunas personas tienen conocimiento de ana historia Sen- 
tiría que el lector lo llevase á mal, pero yo he de referirla, porque 
hace á mi propósito mejor que un tomo entero de reflexiones. 

Es reciente. 

Vivía no ha mucho en una aldea de Castilla, ó de Aragón, que la 
provincia no importa al hecho, vivía, decimos, un hombre ya entrado 
en años, casado en segundas nupcias con una mujer, mas joven que 
él, á quien quería con extremo. 

De su primer matrimonio tenia un hijo á él muy parecido en aire 
y semblante, pero no en estatura y robustez, supuesto que el padre 
era alto y forzudo, y el hijo pequeño, enclenque y desmirriado. 

No aseguramos que este se llamase José, pero así lo nombrare- 
mos en este relato, toda vez que un nombra hemos de darle. 

Criábase, pues, José afectuoso para con su padre y dócil á su ma- 
drastra. 

Esta le trataba con cierta indiferencia semejante al cariño, mas 
aun eso solo fué en los primeros años de su matrimonio, es decir, 
mientras abrigó la esperanza de tener hijos. 

La esperanza se fué desvaneciendo, el genio de la madrastra se 
fué agriando, y José, que tenia pocos años, comenzó á padecer. 

El padre, para no aumentar la pena de su esposa, escaseaba á Pe* 
pe sus caricias; el niño bien pronto las echó de menos; pero no se 
quejó, aunque le llegaba al alma tan injusto desvio. 

Asi transcurrió algún tiempo. 

Pepe no había imaginado nunca que pudiese padecer en la casa 
de su padre. Llegó el caso de que se pasara un dia entero sin que es- 
te le mirase ni le devolviese los buenos dias y las buenas noches, y 
el pobre huérfano se escondía para desahogar el pecho del pesar que 
le agobiaba. 

Ibansele las horas gimiendo y llorando donde nadie le veía; sin 
encontrar en el llanto mas que un consuelo momentáneo, y lo mismo 
era volver á entrar en casa de su padre, que aquejarle otra vez la 
gana de llorar, como si le rebosaran las lágrimas. 

Una noche, de vuelta al hogar, sentado silencioso junto á la lum- 
bre y contemplando á su padre, que parecía cuidadoso por la salud 
de la madrastra, se le vino su madre á la memoria y rompió de pron- 



Digitized by 



Google 



Dfc KUROPA. 18» 

te m tan hondos sollozos y tan copiosas lágrimas, que la madrastra 
fttTió la cabeza á mirarle sobresaltada y el padre fué á abrazarle y 
le preguntó muy alarmado qué le pasaba. 

Jasé no podía dominar sn agitación; corrían las lágrimas hilo á 
kilo par sos mejillas, y entre sus frecuentes suspiros no podía hablar 
palabra 

Al fin, á fuerza de caricias y consuelos, el padre pudo calmarle, 
y como no dejaba de preguntarle por qué lloraba, respondió Pepe: 

— Porque me acuerdo de mi madre. 

SI pobre viejo, en medio de la sorpresa que le causó tan inespera- 
b respuesta, agradeció en el corazón un recuerdo tan propio de un 
imm hijo, y dióle un sabroso beso que mitigó con su virtud la pesa- 
dumbre del niffo. 

A todo esto había prestado atención la madrastra. 

B padre volvió hacia ella la vista después de abrazar á Pepe, y 
«lia hizo un repugnante gesto de desden que lastimó á su marido. 

Ea seguida se salió al umbral de la puerta, miró al cielo y se pu- 

» i cuitar entre dientes. 

Pepe no reparó en esto: su padre sí, y bajó la cabeza y se puso 
peuatñro y mohíno. 

Pepe oe volvió á sentar sintiendo grande alivio, abierto el corazón 
á b esperanza, como si acabase de recibir de su padre la primera 



¡Ay! era la última. 

Taño volvió á oír de sus labios una palabra afectuosa, ya no vol- 
vió A recibir de sus ojos una mirada benévola. 

Aquel hombre era débil. 

Amaba á su hijo; pero estaba completamente dominado por su mu- 
jer y era incapaz de cosa que la desagradara. 

Aquella familia era pobre. Desear que Pepe no permaneciese en 
la holganza, no era un desvario; hacerle coadyuvar en lo que pudie- 
se al alivio de su padre y al suyo propio, no debia achacarse á in- 
tención dañada. 

Un dif insinuó la madrastra que en mejorando el tiempo saldría 
Pepe todas las mañanas al monle por un haz de lefia. 

B padre ae calló. 



Digitized by 



Google 



190 PRISIONES 

La madrastra tuvo paciencia y, poniendo freno á sus deseos, dejó 
que se templase el rigor de la estación. 

Pepe, atónito de ver tan apartado de él á su padre, cuando tan 
carifioso creía que iba á mostrársele, sintióse mas apenado que 
nunca. 

Volvió á caer en tristeza, y ya no solo lloró por él; lloró también 
por su madre, á cuyo recuerdo habia debido tantas recónditas alegrías. 

Mandósele un día que fuera por lefia; echáronle unas cuerdas al 
hombro y obedeció. 

En medio de la soledad del monte, se creyó por primera vez mas 
acompañado que al lado do su padre. 

La tranquilidad del sitio, la grandeza de cuanto le rodeaba influ- 
yeron en su ánimo, embargándole los sentidos. 

Jamás se tuvo por tan bien hallado como aquel dia. 

Ya iba á caer la tarde cuando volvió á su casa; algunos vecinos le 
dirigieron por el camino la palabra y no supo contestarles. 

Al ver desde lejos la puerta por donde tenia que entrar, se le opri- 
mió de nuevo el corazón. 

Su padre, que estaba sentado al umbral, se entró al verle detener- 
se; su madrastra le vio también y se quedó donde estaba, fingiendo 
que no le habia visto. 

Pepe siguió su camino, llegó, dejó su haz donde le mandaron, y el 
pobre niño ni siquiera se acordó de comer. 

Sus salidas diarias al monte duraron mucho tiempo. 

El, sin que nadie le dijera una palabra, procuraba llevar á su casa 
todo el peso de lefia que podian soportar sus fuerzas, aunque tuvie- 
ra que pararse á la mitad del camino para tomar algún descanso. 

Un dia iba á salir á su expedición y le dijo su padre: 

— José, te llevarás la borrica. 

—Bien, padre; contestó él sin atreverse á mirarle. 

El viejo prosiguió: 

—Cargarás la borrica á la vuelta. 

— Está bien, padre. 

— Déjala pacer y arriéndala á un tronco, $i necesario fuere. ¿Estás? 

—Sí, la arrendaré. 

— No huelgues con la confianza de llegar pronto á casa montado 



Digitized by 



Google 



M IÜ10FA. 111 

U borrica. Mientras pace el animal, recoges 7 atas los haces. Des- 
se los cargas bien acondicionados. 

—Así lo haré, padre. 

— Ea pues, arrea y anda con Dios. 

—Buenos días, padre. 

Asi diciendo, levantó Pepe los ojos entre confiado y medroso. 

El Tiejo no le miraba. 

Otra Tez, desde la noche del abrazo, sintió movérsele el corazón 
el aféelo de la paternidad, y se qnedó perplejo, sin atreverse á 
aada, y dejó salir á José con grave sentimiento. 

Pepe echó por so camioo acostumbrado. 

Cuando iba á entrarse por ana revuelta de la senda, el padre dio 
na mirada al rededor y, seguro de que nadie le veia, clavó en el mu- 
chacho los ojos y le fué siguiendo, mientras pudo, con la vista. 

Pasaban dias y días sin que Pepe oyese hablar ni hablase en su 



Cuado su madrastra le dirigió la palabra, fué para decirle que 
m «J méate había lefia mejor que la que él llevaba ¿ su casa. 

Fado ser muy inocente aquella observación; mas á Pepe le amar- 
fé como si hubiese bebido hiél. 

Aquella observación penetró en su oido con tono helado y seco, con 
un aoeoto sin vibración, sordo como el ruido de una losa que choca 
con otra: quizás aquella ocasión fué la primera en que Pepe distin- 
guió entre la voz de su madre y la de su madrastra. 

En el caló carcelario se llama madrastra á la prisión y también á la 
cadena. ¡Cuántas veces pensando José en el origen de sus desdichas 
y en el rérmino á que se veia llegado, bajaba la cabeza y cerraba los 
ojos creyendo que los sucesos de su vida habían sido guiados por la 
mano de la fatalidad inexorable! 

Volviendo al dia en que su madrastra le advirtió que no miraba 
bien por su casa, Pepe se alejó con la borrica á paso mas vivo que 
•olía, pero sin mostrar enojo ni dar una mala respuesta. 

Llegó á lo mas hondo de la senda; alli de nadie podía ser visto; mi- 
ra para su casa preñado de odio el corazón, y con un suspiro ronco 
qie parecía una amenaza y meneando la cabeza, dio á sus ocultas pe- 
tas el Énko desahogo que darles podía. 



Digitized by 



Google 



tu FUSIONES 

Iban á saltar ligrimas de sus ojos; pero los comprimió cerrándo- 
los inertemente y aplicándoles los pnfios. 

El cuadrúpedo, acostumbrado á sus diarias escursiones, había ido 
siguiendo el conocido camino. 

Pepe volvió en si; recogió del suelo el sarmiento con que solia agui- 
jar y llegó al monte abrumado con grave pesadumbre. 

En la vida de los desdichados hay acontecimientos muy grandes, 
que suelen llamarse puerilidades. 

Vamos á introducir aquí un suceso que no consta en el proceso de 
Pepe; mas estuvo presente siempre en su memoria; movió su volun- 
tad; obró en su entendimiento; modificó, en una palabra, su modo 
de ser y fué parte en sus amarguras y crímenes. 

Es una puerilidad también en el caló que usa la sociedad cuando 
le importa no ser entendida de la conciencia humana. 

En cierta ocasión despertó á Pepe un lúgubre tafiir de campanas. 

Era todavía de madrugada. 

Pepe se habia acostado rendido de cansancio; mas aquellos tristes 
sonidos no le dejaron dormir mas. 

Salió y vio gente del pueblo que levantaba unos sencillos altares de 
trecho en trecho desde una casa próxima á la suya hasta el cemen- 
terio. En cada altarcito ponían una imagen entre ramas de ciprés. 

A la hora todo el pueblo era altares; las casas habían quedado so- 
las y todo el mundo se habia reunido en la de un vecino, cuyo hijo 
habia muerto la noche antes. 

Guando la gente se trasladó de la casa mortuoria á la iglesia, pa- 
seando antes en procesión por todo el pueblo su cuerpo muerto en un 
ataúd descubierto, iban delante el párroco y su vicario, con dos mo- 
naguillos; detrás de estos y al rededor del ataúd, llevado en andas por 
cuatro ancianos, iban todos los muchachos del lugar, ataviados como 
!>ara una fiesta por sus madres, y cerraban la procesión los mayores. 

Pepe se unió al cortejo. 

Primero se colocó al lado délos sacerdotes; después quiso verá los 
que llevaban las andas; pero en seguida se avergonzó con las mira- 
das que le dirigían sus compañeros, que lodos formaban parte de la 
comitiva y fué á confundirse entre los últimos, á cuyo alrededor da- 
ba vueltas como un perro. 



Digitized by 



Google 



DE EURO?*. 113 

Pepe fué también al monte aquel dia, y en el monte todo era acor- 
de! cuidado con que todas las familias menos la suya babian 
Iterado i los muchachos al acto solemne del entierro. 

Quería comparar su mala suerte con la de otro desdichado y no 
hallaba con quien compararse. 

Coando volvió al pueblo con la carga de lefia aun andaban jugan- 
do, con muestras de los adornos y prendas de gala que por la mafia- 
aa habían usado los niños de su aldea. 

H era allí el único menospreciado, el que no tenia amparo ni 
carillo. 

Pepe era demasiado bueno ^para dejar de querer á su padre, por 
mas que le atribuyese algo de culpa en sus desgracias; y por el res- 
pelo que á su padre profesaba, cuando sentía germinar en el corazón 
el adió 4 su madrastra, hacia el pobrecito grandes esfuerzos para 
caotoaerse, para olvidar; porque no se atrevía ni aun á aborrecer lo 
qae su padre estimaba. 

Vía, por el contrarío, era cada dia mas exigente, mas dura, y lie- 
gé katU la crueldad con su hijastro. 

Escatimábale el alimento y la miserable paja del lecho. Traíale 
■al vestido y la echaba de económica para disimular su impiedad. 

Aquella mujer sin duda habría sido una estélente madre ; quere- 
mos imaginarlo asi, ya que es siempre consolador atribuir á desvíos 
de instintos nobles los delitos de los humanos. 

Pero madre ya no podía serlo, y el ver para siempre imposible la 
realización de aquella esperanza que largo tiempo había alimentado, 
le bada desahogar su ciego despecho en una tierna criatura, bien 
iaoceote. 

También Pepe era afectuoso y pagaba con usura á los que bien le 
querían; también él tenia que renunciar para siempre al cariño ma- 
teraal; y sin embargo no por eso habia dado jamás indicio alguno de 
tibieza 4 la que tan mala voluntad le tenia, hasta que ella misma 
mostró bien á las claras que, no solo las caricias, sino hasta la pro- 
seada de Pepe la enojaba. 

Poco á poco fué llegando á grave extremo el odio de aquella mu- 
jer al hijo de su marido, odio en que, digámoslo de paso, iba inclu- 
yfetdo 4 todas sus vecioae que llegaban á tener hijos> 

TOMO u 25 



Digitized by 



Google 



194 PRISIONES 

En cierta ocasión, habiendo exasperado á su marido contra Pope 
con muchos protestos frivolos que con maflosa insistencia acumulaba, 
puso á este en trance muy amargo. 

Levantóle el padre la mano; inólinó Pepe la cabeza, dispuesto á re- 
cibir sumiso el golpe, y acertó á ver á su madrastra que, con rápido 
gesto, incitaba á su padre á que le castigase. 

En aquel gesto creyó Pepe descubrir el origen de sus padecimien- 
tos y el anuncio de toda una vida de desgracias. 

El corazón le decía que aquella mujer le habia robado para siem- 
pre el cariño de su padre para dejarle perpetuamente sumido en kt 
amargura. 

La aldea donde reposaban los huesos de la que dio el ser; los cam- 
pos testigos de sus primeros juegos; el hogar donde su cuna se habia 
mecido; todo lo que es atractivo para los corazones tierno!, le ha- 
blaba en sus soledades aconsejándole que no se alejase del lado de su 
padre; mas al propio tiempo, la indiferencia con que este le trataba 
cuando no le daba muestras de rigor escesivo, la dureza de su ma- 
drastra, que cada dia era mas cruda, le estimulaban á buscar en otra 
parte la tranquilidad del ánimo y la buena correspondencia á sus 
afectos. 

Pepe no conocía mas que algunos pueblos de los alrededores; el 
mundo no se estendía para él mas allá de los limites que sus vista al- 
canzaba. 

Titubeando entre huir de la casa paterna y esperar resignado un 
cambio de suerte, iba todos los dias al monte y volvía tan perplejo 
como habia ido. 

En la aldea se habia hecho público el desden de su padre y el en- 
cono de su madrastra; de ambos murmuraban los vecinos; mas era 
tal la desdichado Pepe que, aun con mirarle todo el mundo como ob- 
jeto de malos tratamientos, nadie hacia cosa alguna por aliviar sus 
males, ni de nadie recibía una palabra de consuelo. 

Su aspecto no era grato á primera vista. Una fisonomía ordinaria, 
una estatura muy baja, un cuerpo pesado, sin asomo de gracia: tal 
era Pepe. Cierto que sus ojos azules enviaban miradas llenas de sua- 
vidad y de ternura; cierto que sus labios gruesos y de correcto dibu- 
jo proclamaban lo sano y lo leal de su carácter; pero los mozos del 



Digitized by 



Google 



DE EUftOF* 195 

tt¿ar no «tendía* sino de llamar hocico á su boca y de ridiculizar- 
le por enaao y mal formado. 

Cuando ya á los secreios pesares que le abrumaban vino áafiadir- 
•e el público escarnio de los estrafios, aquel desdichado tomó una re- 
sstaciof}. Era mozo, era fuerte, podia ganar el pan trabajosamen- 
te como todos los demás hombres, y una mañana salió de su casa 
para no volver á pisar aquella tierra, tan dura para él y tan ingrata. 

Había llamado en vano al corazón de su padre, único ser en la 
tierra con quien le unia la naturaleza; habia esperado en vano de los 4 
demás hombres siquiera el respeto debido á la desgracia. El se ha- 
bría dejado matar por su padre y este le mataba á pesares; él habría 
arriesgado la vida por un amigo, y solo hallaba á su alrededor gente 
ñ «•(rafias. 

Ta nada tenia que esperar de aquella aldea, y determinó ir ¿f otra' 
\ vivía un antiguo amigo de su madre. 

Distaba esa aldea dos leguas de la suya, y Pepe emprendió el ca- 
ta* como si fuera á otro hemisferio. 
Atamsó un arroyo que limitaba el término de aquel pueblo que le 
visto nacer, como atravesaban el Océano los primeros nave- 
que hacían rumbo á América. Una pequeña colina ocultó á 
m ojos el campanario que habia solemnizado el dia de su naci- 
y el de la muerte de su madre, y aquella pequefia colina que 
\ veces él habia traspuesto, le pareció una montada formidable, 
de acceso imposible, que por toda una eternidad habia de pesar sobre 
la tierra querida de su nifiez. 

Oprimídsele el corazón y se quedó largo rato inmóvil y en triste 
riendo. Dos veces hizo ademan de volverse atrás, casi decidido á 
volver á la casa de su padre y esperar allí que los golpes de la adver- 
sidad acabasen con él. Pero acaso pensó que el suplicio que en casa 
de n padre habría de padecer seria harto prolijo para quien nada ha- 
bía hecho por merecerlo; acaso pudo mas en él la esperanza de hallar 
amparo en el amigo á quien se dirigía. 

Volvió á mirar adelante y prosiguió lentamente su camino. 

A pecas diligencias encontró ai hombre que buscaba, y refirióle, 
mas era estrenuos de dolor que con palabras, lo que habia padecido 
T W que á so presencia le traía. 



Digitized by 



Google 



196 PRISIONES 

Aquel hombre rudo, pero bondadoso y conocedor del carácter del 
padre y del de la madrastra, recibió á Pepe en su casa para que se 
ocupase en faenas de una hacienda que en el pueblo tenia. 

Mucho tardó el mancebo en acostumbrarse á ver sin estrañeza 
aquellas paredes, que no eran las que al despertar habia visto toda 
su vida; los instrumentos de labranza, la cuchilla de partir el pan, 
todo al principio le arrancaba suspiros. 

Poco á poco el buen trato, el tiempo y la costumbre hicieron su 
oficio, y comenzó para José el único breve periodo de calma feliz que 
gozó en este mundo. 

A todo esto iba siendo mozo; su natural era, como hemos dicho, 
muy tierno, y en los bailes domingueros comenzaban á ocurrirsele 
ideas peregrinas sobre las gracias de las aldeanas que tomaban parte 
en las danzas. 

Su talle y su garbo no eran para enamorar, harto lo conocía él; 
pero su corazón era capaz de comprender y estimar las virtudes; sa- 
bia respetar la delicadeza de la mujer, y cuando apuraba esta mate- 
ria no tenia reparo en considerarse tan digno de ser amado como pu- 
diese serlo el mas rico y el mejor mozo en diez leguas á la redonda. 

Allá á sus solas, en el recogimiento de la noche, Pepe se abando- 
naba á la quimera de encontrar recompensa á sus padecimientos en 
el amor de una tierna esposa y en los goces de la familia. 

Imaginábase una aldeana joven, sencilla, de recto juicio, y decia 
para sí: «esa seria mi esposa. Yo seria para su amor el amante; pa- 
ra su debilidad el fuerte; yo seria su amparo, yo ganaría el pan de 
su sustento y el de nuestros hijos; yo la acompañaría en su soledad; 
velaría su sueOo » 

Asi pensaba en la oscuridad y el recogimiento de la noche; pero la 
luz del dia disipaba tan gratas quimeras. Veíase pobre, contrahecho, 
inferior á lodos los mozos del pueblo, y era hasta cobarde ¡él que por 
el amor habría llegado hasta el heroísmo! 

Ya se habían ido amortiguando los dolorosos recuerdos de los su- 
cesos que le obligaran á salir de la casa paterna; ya las ansias de 
amores agitándole el corazón daban reposo á su memoria, cuando 
una noche quiso su mala fortuna que el patrón, creyéndole dormido, 
hablase de él con un amigo y pariente que en la misma casa se hos- 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 197 

podaba. T no solo le refirió lo que José le había contado para jus ti fi- 
ar su resolución, cuando fué á pedirle qne le admitiera á su servi- 
cio, sino sucesos que el pobre huérfano ignoraba y hubiera deseado 
siempre. 

Mas como la mala suerte no se cansaba en su daño, hubo de oir co- 
que le martirizaron en lo mas vivo. 

Supo que ya en vida de su madre y antes de que él viniera al mun- 
do, Ja que entonces era su madrastra habia introducido la discordia 
m su familia; que su madre al darle á luz habia estado á punto de 
perder la vida con los disgustos que experimentara durante su emba- 
razo, y qie todo el tiempo que sobrevivió al parto anduvo triste y en- 
fermiza. 

Nunca habia sentido José la plenitud del odio como en aquellos mo- 
mentos. Con toda la potencia de su juventud, con todo el brío que po- 
día comunicarle el apasionado carillo que á su madre profesaba, se 
mcorporó en el miserable lecho, y viendo en su imaginación la casa 
habia nacido, como si estuviera en ella, y representándose á su 
alli en su presencia, le arrojó una maldición acérrima y ca- 
fé m fuerzas para ahogar un suspiro semejante al rugir de la fiera. 

Aquel relato hecho con la confianza de la amistad por un hombre 
redo que no sabia que Pepe le estaba oyendo, causó en el corazón de 
éste una herida que no llegó nunca á cicatrizarse. 

Tornó á sus melancolías, y se habría creído incapaz de todo alivio 
si un suceso inesperado no hubiera vuelto á despertar sus esperanzas. 

Habíale llamado muy particularmente la atención una moza de la 
aldea, de rostro agraciado y trato apacible. 

Potare era la moza; mas su gentileza y su bello carácter eran bas- 
tantes á atraerla los mas bizarros galanes; Pepe lo sabia, lo veía y se 
alegraba de verla obsequiada como si fuera hermano suyo. 

Clara, que asi la llamaremos, no era insensible á los halagos de sus 
rondadores; y como no la movía la codicia ni otro afecto bajo, acep- 
tó los juramentos del que supo ganar su corazón, desentendiéndose 
■obfeauate de los que la aconsejaban que prefiriese á otros mejor aco- 



dara creía además que su elegido era tan honrado como ella po- 
eta desear: en esto se engañaba la pobre. 



Digitized by 



Google 



198 PRISIONES 

Aquel hombre ruin no sapo apreciar el bien que el amor le depa- 
raba. Malicioso, sagaz, hizo por ajustarse á las inclinaciones, á lodos 
los inocentes caprichos de Clara; de suerte que cada dia estaba ella 
mas contenta con su suerte, y cuando pensaba haber asegurado su 
imperio en el corazón de aquel rústico taimado, era precisamente 
cuando mas rendida se hallaba á su voluntad. 

¿Y qué mucho que una doncella tierna y sencilla cayese en tal en- 
gafio, si en su perdición se ocupaba un burlador esperimentado, que 
sin vergüenza de sí propio, mentia y perjuraba? 

Cautiva quedó Clara de sus embustes y bajezas, que ella tomaba 
por verdades ciertas, y quizás ella de propio movimiento hizo la mi- 
tad del camino hacia el precipicio de su honor. 

De sermones y consejos y de honesta repugnancia venció la caute- 
la del galán, y Clara perdió la estimación de las gentes y la paz del 
espíritu. Esto bastaba para que fuese para siempre desgraciada; pe- 
ro su desgracia fué mayor todavía, porque no pudo dejar de querer 
al causante de sus males. 

Largo tiempo lloró por el cúmulo de infortunios que sobre ella ha- 
bían caído de improviso; mas vino un dia que dejó de llorar por su 
deshonra y se le caían las lágrimas hiloá hilo al pensar en que no 
era amada del hombre á quien amaba. 

Los mozos á quienes habia desdeñado se gozaron en su infortunio, 
sus compañeras se alegraron también, acordándose del tiempo en 
que ella era objeto de predilección y ellas se veían desairadas y no 
tenían mas galanes que los que Clara iba despidiendo ó causando con 
su indiferencia; su burlador Antunez salió del pueblo y ella no vol- 
vió á presentarse en baile de plaza ni romería. 

A la iglesia iba con el alba y se encerraba en su casa con el amar- 
go pesar de su abandono y el sabroso recuerdo de sus dichas. 

Pepe fué testigo de crueles alegrías délas mozas y de indignos 
sarcasmos de los mozos. 

Clara, que antes le era simpática, llegó á serle querida desde que 
la vio tan desdichada. 

Estaba hecho á no ver mas que seres dichosos, y si bien no le 
consolaba de sus males el dolor ageno, á lo menos le demostraban 
que no era él solo objeto de las iras del cielo. 



Digitized by 



Google 



DE EBROfA. 19H 

Saludaba á la infeliz siempre qae pasaba por debajo de sus venta - 
y dtóen pasar muchas veces sin necesidad alguna. 

Satisfacíale la complacencia qae mostraba Clara al ver que & lo 
una persona del pueblo no se desdeñaba de darle los buenos 
y decía para sí: ahora goza quizás ella lo mucho que gozaría yo 
ai tuviera quien no me menospreciara. 

Acostumbróse fácilmente 4 visitar, aunque de paso, á la triste al* 
deaaa: del simple saludo pasó á las conversaciones, y un dia que no 
la rió & la reja, entró en su casa á preguntar si estaba enferma. 

Enferma estaba en efecto. Enferma de ausencia, de desamor, de 
abandono y de desprecio, y José se sentó á su cabecera. 

Alli le dijo aquel ser raquítico y estraflo palabras tan dulces, fra- 
ses tan ricas de sentimiento y de discreción jamás de ella conocida, 
que la pobre muchacha lloró y le bendijo en silencio por el bien que 
la hacia. 

Era al caer la larde. El cuarto estaba casi & oscuras. El afectuoso 
acento de José vibraba de emoción; todo cuanto salía de sus labios 
eatabt impregnado de suavidad y consuelo. 

Nunca se había hallado en circunstancia tan propicia para dar 
na muestra del fecundo manantial de cariño que en su pecho se es- 
condía, y en aquella tarde vertió á raudales el sentimiento, trastornó 
la imaginación de la enferma con el sublime prestigio de la esperan* 
xa y salió de alli con la promesa de volver al siguiente dia, dejan - 
déla á ella maravillada de sus eficaces palabras y maravillado él 
mismo del cambio que en su espiritu había producido el inesperado 
desahogo de su corazón. 

Las uoras se le hacían afios mientras no llegaba la de ver á la pa- 
eteate, y no faltó á su palabra La buena acogida que en la casa se le 
hizo acabó de determinar la inclinación que se insinuaba en su áni- 
mo y en breve tiempo pasó de la piedad al amor mas acendrado. 

Ni ulara le hablaba del hombre que era origen de su desgracia, 
ai él pronunciaba en presencia de ella su nombre; que hasta este 
extremo llegaba la delicadeza del inculto huérfano. 

Establecióse entre ambos la confianza; Pepe tuvo que compartir 
con Clora el peso del menosprecio que sobre ella hacia pesar el 
poeblo. 



Digitized by 



Google 



tH HtISIOlQB 

Ella le hizo un día una indirecta observación sobre este particular, 
y él, como si estuviera esperando que asi sucediera, se apresuró á 
responder, resuelto á llevar la conversación hasta sus últimos tér- 
minos: 

—Ya sé, dijo, lo que de mi hablan y aun lo que de mi piensan; 
pero nó me importa. 

A estas palabras dichas en tono grave y sentido, no supo Clara que 
añadir, y José, que deseaba oiría y esplicarse, añadió: 

— Pesaríame si tú no fueras quien eres; pero ni tienes la culpa de 
tu desgracia 

— ¡Ay, no! interrumpió Clara. 

—Ni lo que yo pierdo con las criticas del pueblo, affadió Pepe, 
vale lo que gano con saber que me estimas. 

— José, dijo entonces ella con los ojos preñados de lágrimas: tú 
eres mas honrado que esos insolentes que me desprecian, suponiendo 
que es mi deshonra lo que les inspira repugnancia, después que to- 
dos ellos han codiciado el infame lauro de ponerme en el estado en 
que me veo. Dios te pague el bien que me haces, José. 

— ¿Yo? esclamó él, lleno de grata zozobra. 

—Si, dijo Clara, tú, José; tú, que hablas y no humillas; tú, que 
consuelas y no avergüenzas. Si supieras.... Tú no sabes aun lo que 
yo he padecido y padezco. 

Clara bajó la voz. 

—Mira, dijo con espansion fraternal; mi madre me ha hecho derra- 
mar lágrimas muy amargas ¡yo se lo perdono! pero ha querido mos- 
trarme que me quería y lo ha hecho de un modo cruel ¡oh cruel! 
Todo lo que pudo decirme antes de mi desgracia me lo ha dicho aho- 
ra que no tiene remedio, y nada ha respetado en mi, y con la mejor 
intención me ha hablado palabras... ¡como si yo fuera una mujer 
perdida! lie ido al confesor buscando consuelo ó siquiera esperanza 
de alivio y ¡ay! volvi con el alma quebrantada, mas llena de ver- 
güenza y de desesperación que nunca. Allí, de rodillas, llorando, 
José, llorando á mares, clamando lástima, abierto el corazón como 
si Dios hubiera de leer en él... ¡Oh, lo que oi! ¡lo que pasé... Dios 
mió! Vamos, no quiero recordarlo, porque me volvería á dar ganas 
de morir. Imagínalo tú, si puedes, que yo no sabría decirlo. Mira, 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. *0í 

vtifi i ni casa, no sé cómo ni por dónde y ¿lo creerás? al verme 
tela, te me Égaró que de cuantos me rodeaban el menos malo era 
Aatanez. Ahora considera cual yo estaría. 

AI oir por primera vez el nombre de Antunez en boca de Ciará/ 
estremecióse Pepe en lo profundo de sus entrañas. Ella no lo vio 
porque estaba llorando á lágrima viva y no hacia mas que llevar una 
j ttra Tez el pafiuelo á los ojos. 

— ¿Te acuerdas aun de Antunez? 

— Me he acordado. 

— ¿Le amarías quizás ? 

— jYo! esclamó Clara con sorpresa. Aquel acento nada afirmaba, 
íada negaba. Si Pepe hubiera sabido traducirlo... no habría muerto 
ahorcado. Otro mas experimentado habría comprendido que Clara in* 
vahratariamente contestaba que aun vivia en su pecho el amor de Antu- 
nez; pero aquel mancebo, tan i n es per (o como enamorado, no entendió' 
a» que había hecho mal en dirigir una pregunta intempestiva, casi 
mensata, á Clara, y se prometió ser mas prudente en lo sucesivo. 

¡8a prudencia consistió en abandonarse por completo á la esperanza 
de ha/lar la felicidad haciendo feliz á una desgraciada! 

Todo el esmero que pone el hombre en librarse de un gran peligro, 
lo pavo José en procurarse el dallo por elcamino toas breve. 

Ota tarde que, silencioso y medio cerrados los ojos, escuchaba, 
digámoslo asi, sus propios pensamientos, le sacó Clara de aquel es- 
tafo pregnntándole: 

— ¿En qué piensas, José? 

— En ti, contestó él resueltamente y cotí mal reprimido anhelo. 

Clara reveló con una mirada la estrañeza que le había causado la 
respuesta de Pepe, y antes de que abriese los labios para replicar, 
aSadttél: 

— Té ao eres feliz; ¿crees que podrás serlo algún día? 

Si Pepe hubiera tenido paciencia para esperar contestación y po- 
tería bien en claro, quizás se babria librado de las desgracias que 
después le sobrevinieron; pero no pudo contenerse; el corazón quería 
ottrseto del pecho; temblaban sus labios como si en ellos palpitaran 
palabra* llenas de vida, y viendo fijas en su semblante las miradas 
de dará, afiadió: 



Digitized by 



Google 



m PRISIONES 

—¿Qnieres casarte conmigp? : i ;., 

Con ímpetu comenzó la pregunta y i* terminó $00 «aa qspeoie fa? 
sollozo, con una vibración que fué prolongándose largo rato para,sijsA 
propios oídos con una intensidad tal copio si hubiera de resonar por 
todo el universo. . - 

.Ella quedó, suspensa, atóaitg, mirándole de hita en hito» , - 

José prorumpió en una candorosa é incoherente declaración < de / 
sus afectos, que hizo volver en sí á Clara para que mas y mas ^ ma- 
ravillase. 

—¡Si yo pudiera decir cómo te amo! esc lamo; si tú pudiera^ sa- 
ber.,, ¡cómo lo haría yo para espresarte las cosas según las siento! 
Rudo soy desde que nací; todo me lo ha escatimado ia mala ventura... 
Óyeme, empero. Ya seque no soy galán como merecen- tis graoiap 
y tus pocos afios; mi pobreza la conoces también; pero loquees 
amarle, Clara... jea, seria locura que yo tratase de ponderarlo! Pasa 
que veas: desde que te conocí se me antojó que yo era algo tuyo.. Des-, 
pues que te hube tratado algún tiempo, llegué á imaginar que me te* 
nías enamorado, y por entonces pensaba que ya no era posible amarte 
mas que yo. Pero me engañaba- ¡Oh, cómo me engañaba! , 

Mira, añadió inclinándose hacia ella y en voz muy baja; ¿sabes 
desde cuándo te amo? Desde que no te quieren los demás j Desde 
que yo bien puedo decírtelo, que no te ofendo con el pensamien- 
to; te amo desde tR desgracia. ¿Qué sé yo? Te vi tan triste, tan sola,, 
tan menospreciada, que amarte á ti era como amarme á mi mismo, ; 

Pepe dijo estas palabras estrechando contra su corazón la mapo.de 
Clara. 

Ella cabizbaja, inmóvil, dejaba correr hilo á hilo lágrimas de doto 
y de ternura. 

Levantó la cabeza cuando cesó de hablar Pepe y quiso responder;» 
pero ahogaron su voz los sollozos, y con la tristeza pintada en e) sem- 
blante meneó á uno y otro lado la cabeza. 

Pepe se levantó, estendió la mano apoyándola suavemente en el , 
hombro de Clara, y dijo: 

—Me voy; quiero dejarte sola. Casarme contigo, ir á otro pue-^ 
blo, amarte mucho... eso puedo hacer. Piénsalo... descansa... Adiós* • 

Como quedaría Clara, no hay para qué decirlo. Pepe, satisfecho de 



Digitized by 



Google 



s» «ftieno y agitado por el temor de que fuese inútil, do tuvo so- 
siego harta que volvió á verla. 

Pasáronlos primeros momentos perplejos y turbados; él se sentó 
doade soKa, y al cabo de an largo silencio/ no pudo contener cierto 
feovimieato de impaciencia. 

— ¡José! dijo etla, creyéndole enojado. 

— ¥© ya sé que tengo mal aspecto y palabra ruda. Me han hecho 
hnrafio y torpe mis desdichas. No he tenido trato con las gentes. Soy 
tal que no sabes qué decirme; pero baz un esfuerzo, y por mucho que 
me pese, como tú me digas que no vuelva á hablarte, ni á mirarle, 
yo te prometo.. ... 

Ciara no le dejó concluir. Atajóle la palabra con una mirada llena 
de compasión, y le dijo: 

— Pepe, yo he amado á un hombre, y tú sabes cuánto. Te he oido 
ayer, sobre todo, y me has hecho pensar en lo que no había pensado 
anca. Qaiero ser leal contigo: te quiero como si fueras mi hermano; 
■eró tu nwjer si quieres. No sé lo que pasa por mi; he dejado da 
pmm m mis cuitas por acordarme solo de las tuyas. Porque Dios 
ka dwpiesk) que seas desgraciado en la tierra, has venido á amaré 
qnen menos te merece. Creo en tu cariño; dices que nos iremos á 
vivir á otra parte; si no estás arrepentido, aqui me tienes resuelta, 
na como ti dispongas» 

José escachó estremecido de zoiobra aquellas palabras. 

Clara las habia dicho como si un espíritu ageno á ella las pronun* 
dase per sos labios: como si una voluntad superior se las dictara. 

iQuien sabe si se iba arrepin tiendo á medida que las pronunciaba 
y si, íalia de voluntad y de norte para »üb acciones, consintió después 
m camplir sa promesa! 

José, ebria de gozo, saboreando un placer jamás conocido y solo 
coom> esperanza loca imaginado, se dqó caer aquella noche en su mal 
riiflado lecho, incapaz de resistir con firmeza el oleaje de la codi- 
ciada dicha entre cuyos vaivenes se agitaba su alma 

La felicidad de José era completa. 

Tenia en Clara ana esposa agradecida, una amiga simpática, una 
léóol. 



Digitized by 



Google 



MI PRISIONES 

Habian pasado & vivir entre gente que, tratándoles con indita**- 
cia, no les obligaba á sufrir lo que habían padecido en el puebk), 
testigo de la desgracia de Clara. 

No se hablaban nunca acerca de lo pasado; ya que no fuese posible 
borrarlo ni olvidarlo, fueron ambos discretos y compensaban con el 
silencio lo que no podían menos de pagar á la memoria. 

Pepe era tan feliz que, aun creyendo gozar de una suerte superior á 
sus merecimientos, gozabaademás de la esperanza de verla aumentada* 

Su ambición mayor, su mayor anhelo no eran bienes de fortuna»' 
ni otros medios semejantes: Pepe soñaba en la paternidad. 

No se lograban sus deseos; pero acostumbrado & la resignación y 
alentado por la confianza en su buena estrella desde que Clara le die- 
ra la mano de esposa, fiaba al tiempo la realización de s^eaper 
ranzas. 
. Clara no era feliz. 

Uabia sometido su voluntad & las exigencias del mundo; había 
procurado ahogar va su corazón ciertos afectos y arraigar en él otros; 
no quería que palpitase por el amor á Antunez, y sí por el agradeci- 
miento á Pepe; mas la flaca mujer no había de conseguir lo que en 
rano se propondría el varón fuerte. 

No así domina el querer los movimientos del ánimo. 

Aquella joven de corazón tierno, cuya memoria se hallaba mny 
bien con el pasto de los recuerdos de. Antunez, padecía en ciertas 
ocasione^ martirios inesplicables. 

Pepe no llegó á sospecharlo nunca, lo cual muestra el cuidado que 
ella puso en no menoscabar, ni alterar en lo mas mínimo la tranqui- 
lidad del hombre a quien debía nombre y amparo. 

Mas si Pepe había nacido para la desdicha ¿qué importaban los 
esfuerzos de Clara, ni qué podían significar aquellos r¿ pidos mámen- 
los de felicidad? , 

Clara, según hemos indicado, pagaba como podía, con la mayor 
lealtad que caber pueda en la gratitud, el cariño de Pepe, y fldea*ia 
hizo esfuerzos verdaderamente enérgicos para croar en su corazón el 
amor de que le consideraba digno. 

Mas sus fuerzas se. agolaron inútilmente en tan penoso ejercicio; y 
aunque á veces se forjaba la ilusión de haber alcanzado si impo^Ue, 



Digitized by 



Google 



peo» Untaba en coaooer el engaño y eu confesarse á si «usiba que 
■• nmaba 4 José como había amado á Antunez. 

Abandonábase entonces al pesar; caía en el desaliento y era míaen 
va ludibrio de las veleidades de su femenil imaginación. 

Eo tal estado la sorprendieron loa primeros días de ana apacible 
primar era, que la recordó la época de su desgracia; pero se la ret 
cardé da suerte que las ligrimas do asomaros á sos ojos, como si en 
vw de amonas de dolor le trajera aquella «ilación memorias de 
alegrías para siempre perdidas. 

Ardía en su corazón la llama del amor vivificada, y cemumiase en 
kanda inquietud y agitábase entre angustias crueles. 

De ornado en cuando reunía todas sos fuerzas pato* ntraren de* 
aesperada lucha con su propio ser; formaba con toda resolución el 
proposite de castigar en ellamisiba ia insubordinación de los afée- 
los; llamaba al pudor, al agradecimiento para que combatiesen á su 
prometiéndose un triunfo decisivo tras el «fue debia 
larga serie de días tranquilos, dichosos y él rescate de su 
i debilidad; mas, eatenuadade fatiga, «ababa por rendirse- 
t de pelear contra el viento, y cuando exánime en su Jeeho de- 
la muerte como único término á sus males, la imagen de An« 
i arrepentida, enamorado, dispuesto á derramar sobre *us« heri- 
daa al bálsamo del amor purificado por la virtud y la desgracia, la 
trastornaba da suerte qae temía perder el juicio. 
Para cokao de mala. ventara apareció un dia Aftlunezen el pueblo. 
Divísele á lo.lqps Clara, que se habia asomado á la ventana al, 
des va necer s e lae «embrea de una noche pasada en el insomnio, y. aq 
imaginación se lo representaba, ya como una ilusión del deseo, ya: 
osas* ua fratesas* de la conciencia. 
Medrosa y confusa, acongojada y anhelante, siguió coa la vista lf* 
que pasó á corla distancia de la casa, seurisado graciosa- 



Fase sin volver tos ojos á la veotaaa; (aquella sonrisa no era paira 
la majará quien tantos recuerdos dolorosos debía! 

Asi pensó ella también, al conocer que era en efecto Antunei y no 
aa aér qnmériao el que había fisto; y afiadió hablando tonsigo mis*, 
ma: ¿se acordará de mi? 



Digitized by 



Google 



ata PtisiWBs 

«prierw/ yaique DL»do» tmxsto, na quieitas «fueesa gimvé pesadum- 
bre acabe conmigo. Yo no puedo remediar el daflo que te kiee; mas 
tú puedas mangar el mal que padezco. Mírame a! rostro, y setena, 
tranquila, de todo corazón, de suerte que no me quede la menor dn* 
da, dime, Clara, di que me perdonas, que no me aborreces. 

Miróle elfo, coitavo un monéate su agitada respiración y, domi- 
naodo cnanto púdola palabra, repitió: 

—Estás perdonado. 

-HjQuóhermosaestásI esclamó en vos baja y apasionada Antuoei, 
intentando otra vez acercársele. 

Clara le detuvo estendiendo la mano, y apartando de él la mirada, 
dijo: >, ; 

—Ahora vete. 

—¿Ahora? Déjame siquiera mostrarle que no hablaá con un in- 
grato, qi con un perverso, cono quisas bayas creído. 

*-Si eres agradecido, dijo Clara interrumpiéndole, déjame; sé 
agotan mis fuerzas, me «lento desfallecer. 

En efecto, Clara había ido palideciendo, y tuvo que dejarse caer 
evtfpowj 

—¿Qué puedo hacer yo por tff^Qflé puedo Hacer ^b para tranqftri* 
Hafcrte? ¡oh, k>< que me peta de verte asi por mi causal 

Clamen vea ¡de eontertarte, alarga el brazo indibándole con su 
dirección los arbustos por donde había asomado. 

-^|Me despides como á un hombre odioso, como si riie guardaras 
rencor, y sin embargo^., yo deseaba creer que no es cierto; qué n« 
solóme perdonas, sino que me compadeces! • -' ■ ' 

—Yo, dijo Clara recobrándose, no le abefretco, ni te he engata- 
do. Sita- anuientes del dafióque me hiciste, no me causes otro 
mayor. 
-■ ¿-¿Puedes imaginario? Escáchame.... 

—Me espera mi marido, dijo Clara con resolución, poniéndose ofirft 
vez en pié. 

— ¡Tu marido! 

i An tunen otav&en Clacr una «irada que» penetré en la pobre joven 
hasta el corazón. - ' 

•— jTu máridd re|pittó: « ' : ; ■<.. . « . : • ' 



Digitized by 



Google 



DB EOUOPA. «Oi 

— Te conoce, afiadió ella; me quiere demasiado para que do faera 
para él una gran desgracia el Terne contigo. 

— Te quiere mucho... murmuró Antunez con envidia. 

Ciara dijo que sí con un movimiento de cabeza, y cogió la vasija 
para volver á su casa. 

—No me niegues á lo menos el agua de que bebes, ni la vasija de 
tu ajuar, que ya sabes que eso es gran desprecio en nuestro pueblo. 

Dejóle hacer ella mientras Antunez bebia sin dejar de mirarla. 

—Gracias por todo, Clara; ahora, sabe que ya no temo tu odio, 
porque creo en tu perdón; mas temo otra cosa peor, que es mi amor 
y tu indiferencia. 

— Déjame ir. 

— Escúchame. 

—Na puedo. 

—Voy á decirte solamente que volveré á verte... 

— iNncal 

—Si, pues no me escuchas ahora. 

— jSite he perdonado! jai te he oidol ¿qué mas tienes que decirme? 

—Que le amo. 

—¡Dios miel esclamó Clara levantando los ojos con la misma fé 
qae ti es efecto viese al Criador en lo alto; {Dios mió! ¿merezco yo 
ser tratada asi? Ta es, Antunez, mi desdicha mayor de lo que pensé 
has i a ahora. ¡ Ah, bien temia yo que no habían de tener fin mis malesl 
Parte, parte satisfecho. Basta eso te perdono también. ¿Quieres mas? 

— Quiero que me entiendas, Clara, respondió Antunez con insís- 
taocia; quiero que no te des por ofendida... 

—Déjame, pues, que harto te he escuchado. 

¡Mi casa! mi marido... ¡y yo aquí! 

Asió la vasija con ademan resuelto y Antunez se apartó á un lado 
para que pasara. 

—Ahora mas que nunca necesito desengafiarte, le dijo él entre tan» 
te. Alga dia volveremos á vernos. . . 

—Prométeme que no lo intentarás. 

—No puedo prometerlo. 

—¿Quieres perderme para siempre? 

—¿Perderte quien daria por ti la vida? 

Trmo a ti 



Digitized by 



Google 



ti* nasionii 

— iTú! 

— Si te amo, Clara, si ves que te amo... 

Miróle ella con semblante donde vacilaban en revelarse por com- 
pleto el desden y el enojo, y comenzando á andar sin separar de él la 
vista, dijole nn adiós frío y breve. 

Antunez la vio dar la vuelta á la senda abierta desde el camino á 
lgt fuente, y volvió á meterse entre los arbustos. 

Clara siguió su camino pensativa, aun no bien vuelta del asom- 
bro que aquella escena le había causado. 

Poco trecho le faltaba para llegar á su casa, y vio á su marido 
que la esperaba á la puerta con semblante risueño. 

Levantó ella la vasija para darle á entender de dónde venia, y 
reflexionando que ibaá brindar á José con ella después de haber be- 
bido Antunez, la dejó caer al suelo, donde se quebró entre dos enor- 
mes piedras. 

José celebró el caso con una carcajada juzgándolo inadvertencia! 
y lo sazonó con frases de amistosa burla* 

—Es lo mejor que has hecfio hoy, le dijo al pisar ella el umbral. 

—¿Por qué? 

—Porque asi me das un* respuesta para cuando cometa yo una 
torpeza y tú me la eches en cara. Hasla ahora he tenido que callar 
á tus reprensiones; en adelante cada vez que me riñas, saldré recor- 
dándote la vasija. 

La inocencia con que José hacia aquella amenaza sobre un asan- 
te en que tan gravemente había obrado Clara, fué para ésta objeto 
casi de tristeza. 

Estuvo á punto de descubrir á su marido lo que le acababa de su- 
ceder, á fin de que no incurriese en la indiscreción de volver á re- 
novar U memoria de aquella tarde, mas afortunadamente supo com- 
prender que mejor era que lo ignorase, y guardó silencio y no dejó 
traslucir cosa alguna. 

Acaso se nos tache de difusos en lo que hasta ahora llevamos refe- 
rido de esta historia; mas cumplía á nuestro propósito señalar dete- 
nidamente ciertas particularidades que sirven de antecedentes indis- 
pensables para formar juicio de hechos y personas, y sin las cuales 
es imposible determinar, por ejemplo, la culpabilidad de un hombre, 



Digitized by 



Google 



DB EUROPA. 211 

nos sucedía en el caso presente, habiéndonos propuesto que el 
lector que se interesase por José, pndiese tener ca9i completa segu- 
ridad de no equivocarse al condenarle 6 absolverle en su conciencia. 

Si la violencia que hemos tenido que hacernos para apuntar hasta 
pormenores que podrán llamarse nimiedades, si esa violencia, decí- 
aos, ha sido molesta para el lector que busca solo ameno entreteni- 
miento, sepa á lo menos, que no ha dejado tampoco de serlo en par- 
le para nosotros, y tal vez le hallaremos dispuesto á la indulgencia 
con alta declaración y con la promesa de no abusar asi de su pacien- 
cia en lo sucesivo. 

Anduvo desde entonces Clara pensativa, y aprovechando las largas 
horas que permanecía sola en casa, mientras José estaba entregado 
i las gratas faenas que le proporcionaban la paz del espíritu, la sub- 
sistencia propia y la de su mujer á quien amaba mas cada dia. 

Pensaba ella entre tanto si serian ciertos el arrepentimiento y el 
de Antunez. En su arrepentimiento había creído al oírle; porp 

i, tierna de corazón y no extinguido su carifio, deseaba creer tyue 
i, ya que no la amase Unto como ella á él, fuese á 1* metaos) 
m hombre digno. Además, ninguna mujer «n el mundo fes ináitei 
rento k la duda de que el padre de sus hijos sea ó no ün j mal ral a^ 
A esta consideración debemos afiadir to que ya otras veéee hamos] 
dicho: Clara no olvidaba y quizás no quería olvidar á AnfapM lte*l 
liada y sensible, con una inteligencia capa» de desairo! viatieato y? 
presintiendo vagamente algo de las esferas sociales superiores» i ühu 
saya, necesitaba, siquiera fuese en sttefos r haUarua8érsitapáücfr,dei 
apaesto continente, de voz sonora, de palabra menos ruda quto'láítife 
los campesinos. * p »» • >l 

Antmez era lo que mas se asemejaba al ideal de Clara; fcorqueíteio 
nia 60 si acento vibraciones, eiéngicas á vetes cotoo sí faeta vellorí 
dei universo, y k vece* melaotóHcas? tiérüa$PComo!sií*er¿ «ipopí 
apasionado. < - J ! *» ; !• ^ ¡' *i' .-t •<■ :,( ' ,,f -¡! "''i' t>l '"^ ,! vi suri 

El espirita d*C1aito<toriafco m ratauto esmalto* WinaHdbwébeli*; 

de corazón; k ella no se le ocultaba, y mil teees'sfe hüAtá wmra&ói 

k ú táimk porqti*'*<y dabk i'la toelleta sup¿riór/sdWe tMa^^ide- 

k»M,*l pteeiol quedaba á otra» cualidades ;d* uutfar vaftait , > <\> >m\ 

»*wb a*^ei*aria pob^eiswfhalfhadal cauífK), jqw** & babia' 



Digitized by 



Google 



«1* PKisioras 

educado en ¡re teólogos y moralistas; ni había recibido otra crianza 
que el efecto de los objetos esteriores en su corazón y en su entendi- 
miento. 

Gran muestra de debilidad es la de entregarse á las quimeras que 
la hacían ludibrio de sus fantásticas impresiones; mas también seria 
gran dureza condenar á Clara por haber sido débil y no haber teni- 
do la buena suerte de hallar amparo ni escudo que la defendiese. 

Ello es que Clara no había pensado en faltar á su juramento; pero 
pensaba siempre en Antunez y es mas, le amaba; sí, le amaba sin 
duda, porque siempre que se demostraba á si misma que él esta- 
ba verdaderamente arrepentido, sentía en su corazón un grato con- 
suelo; y cuando se demostraba también que aquel « yo te amo» dicho 
en la fuente, podía ser laespresion de un cariño tan profundo que ni 
el tiempo, ni la ausencia ni el ser ella agena, habían podido vencerle, 
entonces ¡oh! entonces se sonreía como un niño á quien le prometen 
que volverá á ver & su madre en el cielo. 

¡Eatraño caso! Clara en la fuente se había llenado de pavor al oir 
ciertas frases de Antunez y después, allá en la soledad de su casa, 
procuraba recordarlas con toda exactitud y se las repelia renovando 
en su memoria el tono con que él las había pronunciado. Clara se 
persuadió de que su amor á Antunez era un afecto enteramente dis- 
tinto del que debía á su marido, y por mas que al principio tuvo que 
vencer algunos escrúpulos, al fin supo vencerlos. ¿No tenemos todos 
una teoría completa para justificar nuestras debilidades? Si: en esta, 
materia no hay sabios ni ignorantes, tan hábil es el labrador como 
el filósofo. 

José hubo de notar un dia que Clara padecía frecuentes distrac- 
ciones, y el pobre huérfano se equivocó como todos los desgraciados. 
Era su sueño dorado la idea de la paternidad, y conmovido por la es* 
peranza de una nueva que le habría enloquecido de gozo, hizo á Clara 
una pregunta que la ruborizó. El, viendo desvanecida su ilusión, la 
aconsejó afectuosamente que mirase por su salud, y no volvió á ha- 
blar una palabra del asunto. 

* Llegó entre tanto cierta ocasión en que José y otros muchos veci- 
nos despueblo tuvieron que ir á trabajar á distanda de mas de tres 
leguas, de manera que muchos de ellos trasladaron parte de su 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA til 

ajuar al sitio donde se hacían los trabajos» para ahorro de tiempo y 
fatiga, y otros, como José, salían de su casa muy de madrugada y 
no volvían hasta la noche. 

A los dos dias de suceder asi las cosas, hallábase Clara en lo mas 
retirado de la casa. Hacia un sol abrasador, nadie transitaba por el 
pueblo, y todas las puertas y ventanas estaban entornadas, medio po- 
co eficaz, pero el único de que se podía echar mano para no perecer 
á los rayos del sol canicular. 

Todo era calma y silencio en la vastísima y árida llanura que no 
abarcaba la vista. 

De pronto llamaron á la puerta, que cedió, y oyó Clara decir al 
mtsmo tiempo, t Ave María Purísima.» 

Sin tiempo para levantarse ni responder una sola palabra, se pre- 
sentó i son atónitas miradas su inolvidable Antunez. 

— ¡Tú aquí! esclamó en el colmo del asombro. 

— Yo soy, replicó él volviendo á entornar cuidadosamente la puerta. 

—¡Antunez, por amor de Dios... I 

—Radie me conoce en el pueblo. 

— jialunezl 

—Nadie me ha visto. 

— ¡Sefior! jSefiorl... ¡tú aquil ¿es para perderme? ¿es para vol- 
verme loca? 

— Por Jesucristo, Clara, que te tranquilices. 

— Es imposible. Sal, Antunez, sal de esla casa, que es de mi mari- 
do To no tengo nada que oír, nada que saber; ¡déjame si no quieres 
verme mas que nunca desgraciada! 

— Te juro, Clara, que por mi no volverás á serlo, dijo con acento 
de veracidad Antunez; te juro que cuando me recuerdas tu desgra- 
cia cuya causa fui, eres conmigo harto injusta y me castigas con una 
dureza que no merezco y deque hoy dia no fuera yo capaz para con 
•adié. 

—Pues bien, déjame, repuso Clara, bajando también la voz; dé- 
jase; no sé lo que me digo; no sé lo que me pasa, Antunez; no soy 
doefia do mi misma. To te lo suplico, sal de aqui... no importa que 
te vean ; con tal que salgas pronto; que recobre yo el juicio que 
pierdo. 



Digitized by 



Google 



til PRISIONES 

—¿De verme á mí, Clara? 

—De miedo, de zozobra... ¿que sé yo? No ves que soy una pobre 
mujer que debo mirar por mf, por mi marido...? ¿No comprendes to- 
do lo que te diría, si no estuviese tan turbada? Pero, ¡Dios mió! ¿me 
quieres ver morir aquí? 

—Serénate Clara, y concédeme un momento. No me achaques in- 
tenciones de loco... 

—Si, si, ya lo sé) dijo Clara procurando en vano serenarse; pe- 
ro ¿qué quieres? ¿qué he de decir yo sino desaciertos mientras no te 
vayas? 

—Es decir, esclamó Antunez en son de queja, que mi presencia es 
para ti un tormento; que tu razón se trastorna solo al verme; mal 
has hecho, si tanto me aborreces, en no habérmelo dicho clara - 
mente. 

— Si no es verdad, Antunez, ¡si no te aborrezco, no! Yo no sé que 
temor me asalta; pero, aunque no es por odio, créeme, no debes es - 
lar aqui. Ya me hablaste, ya te escuché, ya todo ha concluido entre 
los dos. 

—¡Todo! Para ti, si, bien lo veo. Para mi... no. No quiero obrar 
en (u daño, di me de una vez que me aborreces por mi villana con- 
ducta, y me verás salir, y ni tú ni nadie me verá volver. ¿Qué le 
importará á la gente que Antunez se arroje de un tajo? 

—Mira, Antunez, dijo con alguna entereza Clara; dos veces me 
has sorprendido presentándote de improviso á mi vista; me has di- 
cho cuanto tenias que decirme y yo á ti también. ¡Me dijiste que me 
amabas... Dios te lo pague; de corazón se lo pido! ¿Puedes esperar 
mas de mi? 

-Sí. 

—¡Cómo! 

—Que no solo no me aborrezcas, sino que me ames. 

—¿Estará loco? dijo Clara estremeciéndose. 

— Tal vez. Es locura ofrecerte toda mi vida, todo mi amor, el fru- 
to de mi trabajo, mis pensamientos... 

—No prosigas, Antunez, ni te ofenda lo que voy á decir, ya que 
á ello me obligas. Sola, triste, abandonada y hecha escarnio de la 
gente, cubierta de luto y de vergüenza, acepté de un hombre bueno, 



Digitized by 



Google 



II KJftOFA. 115 

■ay buena, lo que hoy Tienes ¿ ofrecerme. Tú lo sabes; ¿á qué vie- 
pues, á brindarme con lo que no puedo aceptar? 
— Yo sé que si me amaras, no te acordarías de lo pasado, ó podría 
en ti el cariño que las demás consideraciones. ¿No las atropellas- 
le cuando me querías de veras? 
—¿Y has pensado que ahora, como estoy, podía quererte? 
—Mas difícil me pareció en algún tiempo que llegases á olvidarte 
de mi y casarte con otro. Y al fin lo hiciste. 

—¡Ahí qué mal haces Antunez en pensar así! Querrías que arros- 
trase eternamente los desprecios délas que habían tenido mejor suer- 
te qie yo; querrías que hubiese olvidado, no solo la necesidad que 
tenia de amparo, sino tu conducta conmigo, tu burla, tu desprecio, 
tu desamor. .. tu desamor que me devoraba de pena, dijo Clara cu- 
el rostro con un pañuelo; cuando creía que tu acción era 
locura, sobre lodo en tu dafio, porque, Antunez, telo digo como 
• se lo dijera á Dios: en vez de maldecirte ó de despreciarte siempre, 
te toaia lástima cuando pensaba que ninguna mujer te había de amar 
> cmo yo, que, á pesar de todo, no te había de olvidar mientras 



—¡Bien se ha visto! 

—¡Y no lo cree! esclamó Clara con sentido acento. 

Antones quiso leer la verdad en su semblante y lo vio surcado por 
el Vasto* Iba á hablar, mas ella se apresuró á decirle: 

— Harto imprudente he sido, Antunez, harto te he dicho, harto 
kaa «atado aquí. Solo por tí he podido olvidar mis deberes hasta el 
fwte de poner á riesgo la tranquilidad de mi marido. Vete ya, pues 
■•da tienes que decirme. 

—Clara, replicó él, si la pasión no me ha quitado el sentido, creo 
qae todavía puedo ser dichoso en la tierra. Hago todo lo que me man- 
des si me respondes lealmente á una pregunta. Te estoy mirando á 
la cara para que no se me escape un átomo de verdad. Voy á salir 
de la casa: respóndeme antes: ¿me amas todavía? 

— fro! esclamó Clara turbada. 

—¿Me amas todavía? repitió Antunez con la vista clavada en su 
wMintfi Contéstame y me verás salir inmediatamente. 

—¡Antunez, antunez! dijo ella con voz entrecortada, vete por Dios, 



Digitized by 



Google 



sil rusroNes 

rete.... seguro de que siempre te he amada. No vuelvas á verme, 
no vuelvas á hablarme nanea. Soy muy desgraciada [mucho! No soy 
ingrata con José; bien lo sabe Dios, que sabe también lo que te amo. 
¡Adiós, Antunez, adiós, ten lástima de mi! 

Anlunez había seguido ¡jadeando todos los movimientos de Clara; 
cruzó las manos, señal del vehemente gozo, cuando la oyó decir que 
le habia amado siempre: al terminar ella encomendándose á su pie- 
dad» dio un paso hacia la puerta y con gravedad solemne dijo: 

—Fuera ó no locura el abrigar esperanzas, yo esperaba que no 
me olvidarías. Solo tú lo sabes y mi hermano. Me amas, Clara, pe- 
ro no conoces toda la inmensidad de mi amor, quieres que te tenga 
lástima y no pides en vano. Adiós. Volveré por ti. 

—¿Qué dices Antunez? 

— Que no puedes ser feliz con Pepe, ni él contigo. To labré tu 
desdicha... 

—[Insensato! ¿Quieres labrar ahora la del hombre á quien tanto 
debo? 

— Yo soto pienso en ti. 

— Y yo en ti para que no cometas una villanía. 

—Volveré por tí, Clara. Adiós. 

—Por la Virgen Santísima, Antunez, ceja en tu temeridad. 

«-Si te dejo en esa vida de angustias que estás pasando, quiero que 
Dios me castigue: mira si estaré resuelto á hacer lo que te he dicho. 

— ¡ Ay! no quieras que nos castigue á los dos, que ya lo meréceteos. 

Antunez, Antunez, míralo bien, desventurado. Consolo dar motivo 
á José para que sospeche, para que recele .. ¡Dios mió! me horro* 
rizo de pensarlo ¡qué infamia seria! [yo, sobre todo yo...! 

—Clara... 

—¿No es cierto que tú también piensas asi? 

—Te amo; volveré. Adiós. 

Antunez fué en derechura á la puerta; Clara iba á hablar mas aun, 
pero él la abrió para salir, y antes de desaparecer de su vista, repitió: 

—¡Te amo! 

[Pobre Clara! [Qué confusión la suya! Momentos hubo en que cre- 
yó haber soñado otras veces lo que le estaba aconteciendo. No cabía 
en su mente que aquello fuera un suceso real y verdadero. 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. til 

Temiendo estaba que de un momento á otro Yol viese Antonez y se 
viese envuelta en un conflicto terrible, perdiendo para siempre la es- 
tuación que había logrado inspirar á sa esposo, perdiéndolo todo, 
hasta i Antonez mismo, á quien amaba quizás sobre todas las cosas 
y mas que á sn propia vida. 

Presintiendo que no podría mirar & José cara á cara; que su agita- 
ción mal disimulada la vendería, no se atrevía á decirle lo que le pa- 
saba, y ai mismo tiempo se echaba en cara como un delito su silencio. 

Bien imaginaba lo mucho que iba á padecer al verle entrar con 
apacible sonrisa, cansado de las rudas tareas y del largo camino; 
bieo imaginaba que iba & padecer mucha vergüenza al verle discur- 
rir sereno y alegre sobre los asuntos domésticos; al recibir de él una 
caricia ¡ella! que acababa de cometer tan grave delito confesan- 
do i otro hombre que le amaba Mas ¿qué valían esos recelos, 

qué eran esos temores comparados con los que la habrían asaltado si 
hubiese podido leer en el libro de su destino? 

Uegó José mas tarde que nunca, no risueño y alegre como solía, 
ám descompuesto y cefiudo el rostro, torva la mirada, revelando gran 
desasosiego. 

Sentóse como tenia costumbre frente al sitial de Clara, que, sin ha- 
blar palabra, le contemplaba atónita, y en vano intentó calmar la agi- 
tación de su pecho. 

La pobre y rústica morada de los dos esposos, vulgar y ordinaria 
como todas las del pueblo, estaba en aquella ocasión engrandecida 
por te solemnidad; el silencio mismo tenia algo de grandilocuente y 
la trémula luz de la estancia, cuya débil llama oscilaba á merced del 
aire, alumbraba, ora á José t ora á Clara, dejando i intervalos en com- 
pleta oscuridad parte de la estancia, de tal suerte que aquellos seres 
parecían surgir cada uno á su vez de la nada, como espectros fatí- 
dicos. 

José esperó que rompiese Clara el silencio, mas no pudo contener- 
se, y con voz entrecortada por el sentimiento y la ira prorumpió: 

— Antunez ha estado aquí. 

Clara se sintió penetrada de un frío glacial. 

— |Ha estado aquí! repitió José, y tú no me lo has dicho. 

Gara quiso balbucear una escusa: bien lo dio á entender su ade • 

ion" n. iS 



Digitized by 



Google 



SIS PRISIONES 

man; poro po hizo mas que mover los labios: no pudo articular pala- 
bra alguna. 

Por otra paute, tampoco José habría dejado que hablase^ Advirtió 
el movimiento de su mujer y siguió: diciendo: 

—Sé io que ibas á decirme. Querías buscar un rodeo para no sor- 
prenderme desagradablemente; para evitar que mi pripaer molimien- 
to fuese de ira ¿no es verdad? 

Clara mirándole en los ojos como idiola, hizo un movimiento mar 
quinal de afirmación. 

Sonó, en medio del profundo silencio un rechinamiento de dientes; 
José se había levantado de un salto llevando la diestra á un hacha 
que al entrar arrimara á la pared, y agarrándose fuertemente del ca<r 
bello coi* la otra mano, esclamó ood voz gutural apena* perceptible: 

— (Gomo mientes, infame, cómo mientes! 

Clara, al sobresalto de ver la actitud de su marido, levantó de 
pronto las débiles manos en alto y qujso dar un paso atrás; Saqueá- 
ronle los pies y volvió á caer en su asiento. 

José soltó el bacha, aplicó al hombro de Clara su nervuda mano y 
sacudiéndole el cuerpo inerte, con los labios pegados á su oido dijo: 

— No se ta logrará la infamia que habéis concertado muy despacio, 
porque antes morirás á mis manos. Antes que hoy, hace ya días, le 
viste, le hablaste, nada me dijiste ¡y él ha vuelto! 

¡Aquí! afiadió soltando á Clara y recorriendo la habitación de una 
mirada; ¡aquí estuvo hoy Aptunez porque tú has querido; ha veni- 
dla verte, como, la otra vez, cuando yo estaba ausente; porque él es 
tan ruin y tan bajo como tú! Ahora te callas y á él le dirías que le 
amabas; que eras muy desgraciada conmigo ¿no es verdad? que tú 
has nacido para él ¿no es verdad? que yo no era digno de tu cariño 
¿no.es verdad, serpiente venenosa ? ¡Oh mujer malvada! ¡Oh per- 
versa! ¡Yo creía haberte honrado casándome contigo, y no puede 
ser; la honra no se te pega! 

La risa del sarcasmo entreabrió los secos pálidos labios de José, 
que ijadeando, casi convulso, contempló entre tanto de soslayo y con 
siniestra mirada á Clara. De pronto bajó la cabeza, y sosteniéndola 
con ambas manos, prosiguió como si hablara para si: 

— Y yo entre tanto, ¡necio! yo pensando en ella {solo en 



Digitized by 



Google 



DE KUKOPA SI 9 

día, coso todes los dias! Y* queriéndola como á mi propia vida 

¡mas qae á mi vida! Yo, ciego, empefiado eo creer que su corazón 
era hermoso oomo su fementido semblante; repitiéndome qae era nn 

Ángel ¿Qué hacia yo que no fuese para ella? Yo había llegado á 

vencer la verdad por ella. La memoria me traia al pensamiento so 
primera juventud, sus brutales amores con Antunez, y yo siempre 

había dicho: ella no tuvo culpe; pecó por ignorancia ¿qué sé yo? 

cómo la amaba tanto Si me hubieran preguntado si creia á mi 

madre capaz de haber cometido una falta semejante, yo habría dicho 
que sí. ¡Hasta esa locura me'habria llevado mi ceguedad! Y ella 

Volviese á mirar á Clara y prosiguió: 

— Y tú ¿qué pensabas? ¡infamias! Mira: el pordiosero agrade- 
ce in harapo y tú no agradeces la honra que quise darte para cubrir 
tes liviandades; ¡mira tú lo que vales! Si fueras capaz de sentimien- 
to* tmeao*, ya te habrías muerlo ó no habrías hecho lo que has 

hecho conmigo Yo te amaba, yo te compadecía; yo le quería con de- 
tirio no me avergüenzo <te lo que voy á decirte, no; la vergflen- 

a m para ti: yo te contemplaba dormida y pensaba: ¡si mi madre 
viviera y estuviese i tu lado.... I ¿lo oyes? mas bien por tí que por mi 

se acordaba de aquella santa mujer. ¡Por ti ! pero ¿sabes quién 

ene tú? ¿Qué eres tú al fin y al cabo? una mujer perdida, perdida, 
tánica mujer perdida que había en un pueblo; una mujer que des- 
honró i ni familia; que no podía salir de su casa, porque nadie la 
qveria k m lado, y la señalaban con el dedo á los forasteros, qne la 
miraban desvergonzadamente y la escarnecían ¡yo lo he visto! eso 
eras tú. Eres hipócrita; fingías gran pesar de verte despreciada: 
¡mentira! á ti ¿qué te importaba que te despreciaran ó no? Yo... ¡yo 
narf pora desdichas! Te hablé como amigo, te hablé como hermano, 
qmise casarme contigo Guando pienso en la mafia con que quisis- 
te apa Mular que procurabas disuadirme de mi empello Al fin lie- 

goé á ser tu marido, le saqué del pueblo y vivi para ti sola. ¿Ves tú 
si eres iníame? pues yo decía tu nombre y el corazón se me llenaba 
dedohbra; yo quería trabajar porque mi trabajo era tu descanso; yo 
deseaba tener salnd para que no carecieses de nada; yo estaba lo- 
co, porque te comparaba con las mujeres mas honradas y buenas y 
decía: Mas vale mi Clara. Yo estaba loco sin duda; porque me 



Digitized by 



Google 



MO PRISIONES 

enorgullecía tu fingida bondad y hoy mismo ¿Por qué he sabido 

yo hoy lu traición? Porque he hablado de ti delante de un hombre que 
te conoce; porque Diego Antunez sabe todo lo que hace su hermano; 
él me lo ocultaba; pero es murmurador y beodo y ha oido alabanzas 
tuyas en mi necia 1 boca, y el vino le ba hecho hablar. ¡Y por ti he 
abofeteado la cara de un hombre!..... Por esa mujer, prosiguió vol- 
viendo la espalda á Clara y levantando los ojos al cielo, ¡insensato! 
¡Y yo querja lener hijos de ella! Y si ella me hubiese dicho: vivamos 
como hermanos, yo habría sido tan sandio que me habría dejado ven- 
cer con lo mucho que la amaba. Por este esceso de amor puedes cal- 
cular cual será ahora mi odio y mi desprecio. No imagines que voy 
á hablar en son de queja mujeril; que soy muy hombre para todo; 

mas te he decir, para que lo sepas, el daño que has hecho Pero 

¿quién seria capaz de saberlo decir ni á que cuento? Me has hecho 
odiar las horas que en ti he pensado; me has hecho odiar la existen- 
cia; he vuelto á odiar mas que nunca á todos los que me han hecho 
padecer en este mundo, cuando ya no me acordaba de ellos; cuando 
por ti los había perdonado; me has hecho avergonzar de mi torpeza en 
quererte y en haberte tenido en mi casa ¡yo que no tenia nada por 
que avergonzarme Todo este daño ya está hecho y aun has he- 
cho otros ... porque ¿tú crees que vamos á vivir? ¿Tú crees que has 
de salir cautelosamente de casa y huir con Antunez, según el concier- 
to que tenéis hecho? No. No, prosiguió con amarga sonrisa y con- 
templando el hacha que estaba á sus pies: esto acabará. . . como yo sé. 

Levantóse con un hondo gemido el pecho de José que se sentó en 
su sitial, y apoyando el codo en la mesa y la mejilla en la mano, se 
puso á mirar á Clara de una manera singular. 

Al pronunciar las últimas palabras indudablemente pensaba en la 
muerte de ambos que su imaginación rodeó de circunstancias horri- 
bles. Intimamente enlazado á esta idea, se levantaron en su memoria 
los recuerdos de su amorosa vida con Clara, de su plácida existencia, 
blandamente mecida por la confianza, acompañada de gratas espe- 
ranzas, no interrumpida hasta entonces por sinsabor alguno. Por muy 
penetrado que estuviese de la infidelidad de Clara, el pensar en per- 
derla y en que habia de acabar á sus manos, sumergió su corazón en 
desconsuelo. Acaso en aquel instan'e mismo una voz secreta le repro- 



Digitized by 



Google 



DE EüfiOPA 121 

la crueldad con que se había cebado en una débil mujer, por- 
que José, además de so natura! dulzura, respiraba, como ya hemos 
dicho, nobles sentimientos. 

Clara había pasado por todas las amarguras imaginables durante 
la esplosion de ira de su marido. Mas de una vez la habían abando- 
nado las fuerzas, y desfallecida en su asiento, solo sentía que le zum- 
baban los oídos y que lodo daba vueltas al rededor suyo. Recobrába- 
se an poco, y las palabras de José levantaban en su corazón un tu- 
■ulto de afectos; lágrimas de vergüenza, amarga hiél, brotaba de sus 
atraías sin que hallasen el camino de los ojos; quiso interrumpirle 
j bo pudo; quiso arrojarse á sus pies, y no tuvo aliento para mover- 
se; quiso morir y en vez de extinguir su vida, los esfuerzos de la vo- 
luntad solo conseguían avivar momentáneamente sus sentidos para 
q*e oyese los insultos de José y viese su rostro airado contra ella. 
Exánime al fin, se resignó ásu horrible castigo, y quedó inmóvil has- 
ta nacho después que José hubo dejado de hablar. Poco á poco, cual 
á dispertara de una angustiosa pesadilla, fué volviendo en si. Dirigió 
m primera mirada á su esposo, y en aquel momento no se acordó pa- 
ra aada de las amenazas ni de los improperios que este le había di- 
rigido: se acordó solo de que era en efecto muy desdichado y tuvo 
Ultima de él. Como si hubiera muerto y desde otra región puramen- 
te espiritual viese las cosas de la tierra, irradió su semblante embe- 
llecido por una extraordinaria sensación; púsose en pié con un gra- 
eaoeo y suave movimiento, y ligera, aunque pausada, anduvo la mitad 
de la distancia que de su marido la separaba. Algún prestigia había 
ea ella, cuando José se sintió dispuesto á escucharla, sobrecogido de 
admiración, de pasmo ó de una curiosidad insensata, que él nunca 
se sapo explicar lo que era. 

Dejó Clara caer los brazos sin que se separasen las manos ci: \ te- 
nia cruzadas, y mirándole á él con piadosos ojos, meneó repelidas 
veces la cabeza, que tenia inclinada á un lado. 

José se sintió inferior á quella serenidad, á aquella compasión, 
% al abandono de la mujer que sin miedo se ponía al alcance de su 



— Joaé, comenzó á decir Clara, y comenzaron á corrértelas iágri- 
por el rostro. José, repitió, me has llamado infame, hipócrita... 



Digitized by 



Google 



22* PRISIONES 

desagradecida; me has dicho que yo había sido la única que en mi 
pueblo hizo avergonzar á su familia... Podías matarme, José; pero 
¡hablarme asi...! Al fin lú solo tienes derecho á decirme la verdad 
por amarga que sea; pero yo no soy la que has dicho; yo no le he 
mentido; si creyeras algún resto de virtud en mi, te juraría por la 
madre de Dios que no te engaño. 

José amaba todavía; aquellas palabras consoladoras, aquel acento 
amado no podían serle indiferentes, aun cuando no hubiese vibrado 
en ellos el encanto de la sinceridad. No se habia apaciguado e) ren- 
cor de su pecho; pero tampoco habia acabado para siempre en él la 
amorosa pasión en que por tanto tiempo cifrara todos sus goces, y 
entre la lucha de los opuestos afectos siguió átenlo, ávido, prestando 
oído á Clara. ¡Si ella hubiera sabido desvanecer la borrasca que cor- 
ría el atribulado espíritu de José! 

Por desgracia, cuando él se hallaba en aquel estado de zozobra, 
Clara prosiguió diciendo: 

—Aquí ha estado Antunez. 

José hizo un movimiento de cabeza como si preguntase á alguien 
si debía tomar por una provocación aquellas palabras, al propio 
tiempo que sentía en su interior como si cayesen estrepitosamente las 
esperanzas que se habían levantado en su ánimo al ver la actitud y 
las lágrimas de Clara. 

—Si, prosiguió ella, en eso no ha mentido su hermano. Otra vez 
le vi, también es cierto, uo en tu casa, sino en la fuente una tarde 
que le vi aparecer de improviso. Dijoine que estaba arrepentido del 
mal que me habia causado; pidióme que le perdonase, y le perdoné. 

Aquí Clara cuya respiración se hacia difícil, tuvo que hacer una 
breve pausa. Recobró el aliento y prosiguió: 

—Nada tengo con él concertado; mintió su hermano, sin duda 
porque no era dueño de su palabra; José, no fies mas en el dicho de 
un beodo que en el juramento de lu mujer. ¿Puedo esperarlo así? 

José no respondió. 

— Yo soy una muger, siempre débil, José, que, culpable ó no, te 
ha merecido mucho cariño: ¿crees que puedo proponerme hacerte caer 
en engaño? 

José no interrumpió su silencio. 



Digitized by 



Google 



DE EUROtA. 2f* 

que tuviste lástima de mi desdicha; es verdad que 
echaste sobre (i el grave peso de cubrir con tu nombre una falta que 
yo había cornudo por esceso de confianza; pero el hermano de Antu- 
nex «n doda te ha dicho que yo era una mujer perdida y tú me lo 
has repetido. ¿Era yo una mujer perdida en mi pueblo y después has 
deseado tú que esa mujer fuera madre de lus hijos? Ya sé yo que no 
soy tu juez; pero si hubieses abrigado tan bajo deseo, deberías ser in- 
dulgente conmigo, que, aun siendo cierta la falsedad del concierto 
que me atribuye el hermano de Antunez,. seria menos culpable 
que tú. 

No, no es verdad que tú me hayas tenido en tan mal concepto 
hasta que tu desdicha te ha obligado á dar crédito á un htmbre 
bebido. 

Tú sabes que amé á Antunez, sabias que no le aborrecía; la des- 
gracia te ha hecho desconfiado, y hoy has creído que bastaba ser 
ei tu dalo, para que hasta yo misma te ayudase á perjudicarte. 

To creí que si algún dia llegabas á saber que habia visto á Antu- 
De* v 10 le habia hablado de él, me lo agradecerías. ¿Para qué te lo 
había <* decir? ¿Con qué objeto? ¿Iba á ganar algo con ello la tran- 
jrtidad de tu espíritu, la seguridad de tu honra? ¿Debía ser yo la 
qto te reeordase su nombre? ¿Sentaba bien ese nombre en los labios 
de tu mujer? ó ¿crees acaso que ahora mismo no me cuesta nada pro- 
sudar J¡ 

José continuaba atento, pero inmóvil y silencioso. 

Clara le dio tiempo para que pudiese responder, y viendo que no 
abría loa labios, prosiguió diciendo: 

— Anones no me ha hablado una palabra de amor. 

Grande, inmenso fué el esfuerzo que hizo Clara para mentir en 
ocasión tan solemne; pero comprendió que no debía levantar entre su 
ttarido y su amante un odio que evidentemente habría clamado por 
la sangre de uno de los dos* 

— Diga lo que quiera su hermano, Antunez vino á confesarme sus 
remordimientos y á pedirme perdón. Todebia oírle: en vez de echar- 
le de mi lado con recriminaciones, le escuché y le dije que se fuera 
perdonado. ¿Qué mas podia hacer? 

—Nada, respondió José, rompiendo al fin su silencio, y no pu- 



Digitized by 



Google 



111 PRISIONES 

diendo tú hacer mas ¿á qué ha venido hoy?afiadió con mal encubier- 
ta malicia. 

—Ha Tenido, respondió Clara sin turbarse, & despedirse de mi. 

— No era indispensable su venida. 

—Es cierto; pero ha venido. Dijome que iba á partir mañana pa- 
ra muy lejos... 

—¡Falsedad! To sé por su hermano que tienen tarea para quince 
dias. 

—Su hermano habló hoy estando beoda. 

— No lo estaba cuando me habló de eso. 

—Enhorabuena. 

—Tan enhorabuena es que te molestas en vano. 

—¿Por qué no me crees? 

— Porque no te creo; que no es su hermano solo quien le ha oido 
hablar de ti. 

—¿Y no puedo ser yo la engañada? ¿Tengo yo la culpa de que no 
me haya dicho lo que puede haber dicho á otro? 

—Imposible. \ 

—Tú no das crédito á mis palabras; pero comprendo que la pasión 
te aconseja. José, tú que has alabado mi discreción muchas veces sin 
que yo lo mereciese, dime ahora: si Antunez me hubiese requerido 
de amores, ¿habría hecho yo bien en decírtelo? 

—Si, respondió José con la ferocidad del tigre que huele presa. 

Clara, que no esperaba respuesta tan fuera de lugar, quedó descon- 
certada. 

—También & mi me parece imposible tal locura. (Qué eso digas, 
José, y no reflexiones que solo el trastorno en que te hallas puede 
inspirar esa respuesta! En fin, yo no tengo para que ocultarte nada 
de lo que pasa por mi. No lo digo para echártelo en cara, pero hoy 
me has muerto José. La mujer que te está hablando no es la que era 
antes de oírte; deja que desahogue mi pecho, y todo en el. mundo me 
será indiferente, lodo, José, repilió con lloroso acento, hasta tu amor 

que á veces he considerado como el bien supremo de la tierra y 

al llegar aquí su voz tomó un acento lúgubre y pareció que resona- 
ba en profundas cavidades subterráneas y dijo: hasta el amor de An- 
tunez que en un momento de locura me pareció un bien del cielo. 



Digitized by VjOOQIC 



IB EOaOti. US 

La transición que hemos indicado y el tono de veracidad de aque- 
lla audaz declaración de Clara llenaron de asombro á José, y su co- 
ra*» se estremeció y se le erizó el cabello. Sall&bansele de las ór- 
bitas los ojos y secósele la garganta y faltóle aire que respirar. 

Clara por sn parte, al cerrar los labios quedó tan abatida como si 
con aquellas palabras hubiese echado la sangre de sus tenas. 

—Mira, dijo con desfallecido acento, lo que esperaré de la vida 
cuando asi te hablo. To no sé porque sin desearlo he pecado, pero si 
creo que lodo pecado lleva consigo el castigo. No he sido contigo in- 
grata, José, ni se me ha ocultado lo mucho que me amabas, no. He 
deMado en lo mas hondo de mi corazón amarte siempre, no amar á 
aadie mas que 4 ti. Puedo jurarlo delante de Dios sin temor á sus 
iras, y (álteme su gloría si no he puesto cuanto ha estado en mi para 
arraigar y acrecentar en mi corazón el amor que te tenia. Hoy puedo 
decírtelo sin rubor: en ciertas ocasiones en que te be vislo lleno de 
juta confianza en mi y avivando tu ingenio para complacerme, me 
he creído la muger menos digna de tu cariño y tú el hombre mas no- 
ble, mas hermoso del universo. Yo no sé lo que ha podido en mi el 
agradecimiento que me niegas; hubiera querido ser rica como las 
procesas y hermosa como las mas hermosas damas y amarle como 
■» se ha amado en el mundo, para hacer descender sobre ti cuanta 
felicidad pudiera resistir un hombre. Si no me crees ahora, pronto me 
creerás, José, si oyes lo que voy á decirte, pues hoy sería mentirte no 
decirte toda la verdad. 

Ni tá ni yo sabemos cómo están hechos ni cómo se templan los 
i, ni siquiera sabemos cómo se llaman esos impulsos que 
de un objeto á otro los afectos. 

Te he dicho como te amaba y lo has oido como quien no lo entien- 
de; pero lo que yo no sabia es cómo he amado 4 Antunez. Asi como 
uta persona se duerme y es cual si estuviera ausente del mundo, y 
luego despierta y vuelve i ser como si tal ausencia no hubiera hecho, 
asi ae me antoja que el amor de Antunez se había dormido en mi pe- 
cho y volvió 4 despertar. Mas tengo que decirte, José, y es que no 
por eso dejaba de quererte & ti, ni sentia menguar mi carifio, como si 
no de loe dos fuese mi hermano ó mi padre. To no hice nada para 
que asi sucediera: antes, por el contrarío, ya te be dicho que mi de- 
rovo n is 



Digitized by VjOOQIC 



tté PRISIONES 

geo habia sido que lodo cuanto habióse de amar yo eü el mundo fue- 
ras tú. 

En fin, que amé á Antunez he dicho, y le he amado hasta que tus 
sangrientas iras, hasta que tu sañudo encono se han cebado en mí, 
dejándome del modo que me ves, sin amor y sia odio, sin estimación 
de mi misma ni de nadie. Tu aprecio me habría alentado; para no 
dejar de merecerlo habría encontrado yo fuerzas cada dia mayores 
en mi misma; el amor de Antunez habría podido ser mi martirio, pe- 
ro no mi deshonra..'.. . Ahora, será de mi lo que Dios quiera; levan- 
ta el hacha que tienes al lado y no daré un paso atrás. 

La última parte del razonamiento de Clara produjo, como hemos di- 
cho, grande efecto en el ánimo de su marido; sin duda porque no solo 
era lo mas inesperado y dificil de es pl i car que oyera en su vida, sino 
también porque Clara lo dijo todo con acento de profunda verdad y 
cual si en efecto tuviera mas bien la obligación, la necesidad, que el 
derecho de hablar cosas tan singulares. 

¡Que el amor de Antunez se habia vuelto á despertar en su pecho! 
¡que á pesar de eso no habia menguado el amor á su marido! 

La confusión de todas las ideas, el trastorno del entendimiento eran 
para José aquellas revelaciones. 

Al principio se habia ido ablandando su corazón á medida que iba 
oyendo á Clara; mas entonces se exasperó y sintió una amargura ma- 
yor todavia que al oir del hermano de Antunez lo que tan airado le 
llevara á su casa. 

Hasta la resignación deClara, después de la confesión de sus amo- 
res» le irritó mas que pudiera hacerlo su cólera y su resistencia. 

Quedóse como si tratase de desembrollar las estrafias ideas que le 
habia inspirado el estrado razonamiento, y como si hablase maqui- 
nalmente, dijo: 

— jNo temes la muerte! 

—No, respondió Clara con voz débil, pero segura. 

— i Y amas á Antunez! 

Clara á su vez guardó silencio. 

.—¡Y me aborreces & mi! 

—No. 

—(Vive el cielo, exclamó José exaltándose, que te has propuesto 



Digitized by 



Google 



IK HJÍO*A. ni 

conmigo obra de brujería, pero ¡vive el cielo! también que ha 
de ser en balde. Cuento de gente mala, patrañas de mujerzuelas 
para embobar á sandios, son tus palabras. En mi vida he oido sino que 
la mujer honrada ama nada mas que á su marido. En esa malaria he 
viste ya lo que hay que ver en el mundo. 

En suma, tú has visto repetidas veces al hombre que no debías ver 
y me lo has ocultado, ahora confiesas que le amas; lo demáa me lo 
ha dicho su hermano. Esto es claro porque es verdad, y no es menes- 
ter ser sabio para entenderlo. Morirás... ¡y será poco! 

No sé porque al entrar en casa, en vez de hablarte y oirte, no he 
acabado contigo. Quizás habría sido mejor. No sé quien me ha de- 
tenido. ... acaso haya sido el cielo que, para darme colmada la copa 
de mis desdichas, no ha querido que terminasen hoy. Tú vives toda- 
vía y ye todavía padezco; pero ello ha de tener un término antes de 
mucho. 

Clara permanecía insensible: ciertamente no le habría importado 
morir en aquel instante. 

Aquella noche fué de prolijas angustias para entrambos. En Clara 
•e operó una reacción espantosa: en el sopremo esfuerzo que había 
hecho para manifestar á José el estado de su ánimo, había gastado 
gran parle de su vitalidad y al llegar al punto en que el organismo bus- 
có de nuevo la armonía, no pudo resistir y cayó desfallecida al suelo. 

Joeé, con la cabeza caída entre las manos, dejó pasar horas y ho- 
ras sentado junto á un arcon en que apoyaba los codos. 

L% luz del sol y el movimiento matinal del pueblo los sacó de aque- 
lla situación. 

Mientras estuvieron solos José no había pensado en la vergüenza 
que tendría que pasar ante sus conocidos; pero en cuanto se empeza- 
ron á oír las voces de la vecindad, que sonaban en su estancia como 
si partieran de su casa misma, sintió rubor y pensó en sos relacio- 
nes con los hombres. 

Estufo vacilando entre marcharse inmediatamente á sus ordina- 
rias tareas, pero no tuvo ánimo para tanto, y cedió al abatimiento que 
le indinaba á no salir de su casa. 

Además de esto, no debemos pasarlo en silencio; José no habría 
pedido pasar el dia lejos de Clara. Aun cuando estuviese resuelto á 



Digitized by 



Google 



m musioubs 

malaria, aun creyéndole infiel y falaz, la amaba el desdichado como 
se ama á una mujer cuando el vicio de amarla se ha arraigado en el 
corazón. 

Clara volvió en si tiritando de frío; se incorporó apretando los bra- 
zos al cuerpo y sumiendo la cabeza entre los hombros, y después de 
permanecer mucho tiempo trémula y cabizbaja, se levantó y, apoyán- 
dose en la pared, llegó al pié de la cama donde se dejó caer. Dio en 
el momento un gran suspiro y cayó en estupor profundo. 

José descorrió el cerrojo y abrió las dos hojas de la puerta; colocó 
detrás de una de ellas una silla baja y se sentó, ocultándose á la cu- 
riosidad de los transeúntes. 

Allí se sumergió en mil diversos pensamientos á cual mas tristes y 
desconsolado] es acerca del pronto y miserable fin de su amor, que pa- 
ra él era la única dicha del mundo. 

Pensando en lo que probablemente habia de hacer Antunéz, cal- 
culó que el hermano repararía en su ausencia y no dejaría de adver- 
tirle para que se apercibiese á eslar sobre aviso. Asimismo calculó 
que sabiendo Antunez que él dejaba de ir á trabajar al campo, no se 
arriesgaría á entrar en su casa y esperaría una ocasión en que se ha- 
llase fuera del pueblo. Esa ocasión resolvió José proporcionársela. 

Hacia propósito de precipitar los acontecimientos; de preparar él 
mismo uno de aquellos lances en que no hay mas medio que matar ó 
morir; deseaba con ansia que ya hubiese llegado el punto de acabar 
con todo; pero José babia sido siempre irresoluto, débil, criado en el 
miedo, y con el temor de disgustar á los que le rodeaban, pudo mas 
su naturaleza que la fuerza de las demás circunstancias: se atrevió á 
imaginarlo todo, hasta las cosas mas abominables, y no tuvo resolu- 
ción para emprender cosa alguna. 

A mayor abundamiento, el amor de José, tan cruelmente contra- 
riado, no perdía un ápice en intensidad. ¡Cuántas veces deseó aquel 
mismo dia que fuera sueño lo que le pasaba y despertase viendo á 
su lado á Clara, bondadosa y apacible como siemprel ¡Cuántas veces 
se preguntó á si mismo si habría un medio para que, después de lo 
sucedido, pudiese volver á decir sin rubor á Clara que la amaba y pa- 
ra que ella lo oyese sin despreciarle! 

Asi pasó el dia y la ncebe ensimismado, sin moverse de su asien- 



Digitized by 



Google 



ük nmopi. ttt 

lo, y i la siguiente mafana se levantó y salió para el campo medio lo- 
co, dejándose llevar de su debilidad y no atreviéndose ya á hacer co- 
sa i qie no le provocase un nuevo acontecimiento. 

Contestó con medias palabras á los compañeros que babian esta- 
fado no verle el dia anterior, y se lavo por bien hallado fuera de su 
casa, hasta que llegó junto á él el hermano de Antunez. 

A si vista le dio el corazón un vuelco y suspendió sujtarea porque 
la cabeza se le iba. 

Nadie, ni el mismo Antunez, notaron nada. 

Al volver en si José, sintió su corazón preñado de odio hacia aquel 
hombre y se le acibaraba mas y mas el pecho al pensar que si recor- 
daba la conversación que habían tenido, seria para él objeto de ludi- 
brio. Mas podía en él ese temor que no el de que Antunez le pidiese 
satisfacción de la bofetada. 

Este, empero, nada dijo, ni paréelo recordar lo sucedido, de suerte 
que poco á poco se fué tranquilizando José respecto á aquel punto. 

Llegó la hora de regresar á su casa, y habría preferido entonces 
vene obligado i emprender un viaje interminable donde pereciese 
de cansancio y de hambre y sed. 

■egresó, pies, con paso tardo y entró ensimismado en el silencio- 
so hogar. 

dará no estaba en la primera estancia, con lo cual se sintió ali- 
viado de un gran peso. 

Así pasaron mucho tiempo, sin verse apenas los dos esposos, sin 
hablarse nunca. 

A veces despertaba José sobresaltado por un impulso de vehemen- 
tes celos; incorporábase echando mano á una navaja, y en medio de 
la mas negra oscuridad creia ver un bulto que se movia y en medio 
del silencio imaginaba ruidos desusados á aquellas horas. 

Asi le sorprendía el primer albor de la mafiana y divisaba el pá- 
lido rostro de Clara que, devorada por el insomnio, yacia inerte, can- 
sada de luchar con su pena 



Desgraciadamente Clara era jóveo; pudo embotarse su sensibi- 
lidad por mas ó menos tiempo; mas era natural, era indispensable 



Digitized by 



Google 



1M MISIONES 

que su sangre y su imaginación volvieran i recobrar los bríos, y que 
su corazón tomase parte en su propia existencia. 

El primer periodo lo pasó Clara anonadada, mas la monotonía del 
desprecio, siempre mudo, siempre igual, no pudo matarla y si deses- 
perarla. 

Clara arrostró largo tiempo todas las penalidades de sn estado, sin 
proferir una queja, sin pensar en la venganza; supersticiosa como to- 
das las personas ignorantes, atribuyó á castigo de Dios la cosa mas 
opuesta que se puede suponer á los designios providenciales. 

Pero su debilidad física y su discreción tuvieron término. Joven 
aun, buena en el fonda de su corazón y capaz de amar todavía ¿co- 
mo no había de recobrar la naturaleza su imperio sobre ella? ¿cómo 
se habían de contradecir las leyes del mundo moral en obsequio de 
José? 

Clara, que había llegado á amar á su marido de la suerte que he- 
mos procurado dar á entender; Clara, que en su última entrevista 
con Antunez habia descubierto además de cuanto afecto era capaz, 
no pedia vivir sin un objeto á quien dedicar su cariño: este era un 
imposible que habría sido locura exigirla. La Simple voluntad de una 
campesina no alcanza á tanto. ¿Quién podría vivir con los ojos eter- 
namente cerrados? ¿quién puede hacerse insensible al calor y al frío? 
No menos locura habría sido exigir de Clara que no sintiese, que no 
amase. 

A José mismo habría vuelto á querer si por algún estrado medio 
hubiese podido borrar de su memoria las ofensas que le habia diri- 
gido, ó le hubiese dado de ellas una satisfacción; si con algún rasgo 
espontáneo hubiese mostrado que la creía digna todavía de aprecio 
ó siquiera de lástima; pero José permaneció siempre mudo y seve- 
ro con ella: su semblante le estaba recordando á todas horas la no- 
che mas dolorosa de su vida. 

Clara no pudo acostumbrarse al desprecio en aquel hogar donde 
babia sido señora y donde tantas protestas de cariño oyera de su ena- 
morado esposo. 

Cada vez que recordaba una de las espresiones de amor que an- 
tes solia dirigirle José, el sediento corazón se le estremecía y llena- 
ba de tristeza. 



Digitized by 



Google 



m mota, isi 

Eatonoss te acordaba de Antones, de su arrepentimiento; creía oir 
m voi apasionada y suplicante, y la esperanza criminal se le apare* 
cía rodeada de tan gratos atractivos, envuelta éntrelas nubes de de* 
•ees tan fagos é inocentes, que sonreía dichosa y llegaba á olvidar 
la realidad existente. 

Al refleoüooar que era esposa de un hombre á quien debía el no- 
ble propósito de restaurar su buena fiama, mas de una vez se volvió 
centra si misma reprendiéndose sus amantes desvarios; pero esos 
desvarios no a cababan nunca, y poco á poco fué siendo mas compiar 
oieftle consigo, basta que aprendió á justificarse por completo á sus 
propios ojos y á buscar momentos de ocio para entregarse con mas 
frecuencia i sis seductoras ilusiones. 

Ellas eran el descanse de su espirita; el mundo donde la compren- 
dían, la disculpaban y la amaban. 

Al fin vino un dia en que ya no la.saUsfacieroo sus quimeras; ya 
10 le bastó la imagen de Antones: deseó verle. 

Per entonces ocurrió una circunstancia funesta para ella. 

tensando solo en sus desdichas, ao se había acordado del mundo; 
de las personas agenas á su suerte, que nada tenían de común con 



Ta hemos dicho que habla sufrido con resigiacion el desprecio de 
si marido por espacio de mucho tiempo; el desprecio de los demás 
la mdignó, la irritó en sumo grado. 

Aquella gente ¿quien nada debía, á quien ningún daño había 
causado ¿por qué hacia alude de menospreciarla? ¿por qué se go- 
zaba en su humillaron? 

No lo comprendía Clara, y aun su instinto, recto en este punto, le 
decía que la conducta de sus vecinos no podía ser inspirada pomo- 
bies sentimientos. 

Ella tenia la ventaja de no haber humillado jamás á nadie y de 
haber socorrido decorosamente á los que la miraban mal. 

Bota injusticia la irritó tanto mas cuanto á José no se le ocultaba 
y 10 había mostrado el menor disgusto por ello, y también porque 
ella ao ae creía culpable. 

Mientras ao recibió agravios se echó en cara la adúltera ternura 
de si oarara para con Antunez, pero á medida que se fué viendo 



Digitized by 



Google 



«i FIISÍOHES 

contrariada, insultada, abandonada, trató de inquirir si gn pecado 
merecía en efecto pena tan grave. 

Velase sola contra todo el mundo, y apeló á (odas sus fuerzas exa- 
gerando los argumentos en su pro, hasta el estremo de tenerse por 
mejor que todos los que la ofendian. 

Si José la habia tomado por esposa ¿no habia procurado ella di- 
suadirle de semejante propósito? Si al fin habia aceptado la mano de 
aquél ¿no sabia ella que su firme resolución era serle fiel eternamen- 
te y para ello no creía tener la seguridad de que no habría fuerza 
en el mundo que pudiera torcer sus intentos? Si al fin habia confesa- 
do á Antunez su cariño ¿no fué después de vencerse á sí misma dos y 
tres veces? ¿no cayó en ese funesto error, engaOada por un noble sen- 
timiento, enternecida de verle pedir perdón, sometida al encanto 
que consigo llevan los recuerdos del primer amor, ganada por las 
honestas promesas de respeto con que aquel comenzara? No llevó su 
delicadeza hasta ocultar á su marido la entrevista de la fuente y 
quebrar la jarra donde Anlunez habia bebido? ¿T por ventura no ha- 
bia jurado en lo mas intimo de su alma precaverse contra las ase- 
chanzas de Anlunez, aun amándole, devorar á solas sus amarguras y 
rodear de cuidados á su marido, consagrándole toda su gratitud, to- 
da su estimación y todo el fraternal amor de su pecho? 

Asi reflexionaba Clara, y acabó por sacar en consecuencia que era 
victima de injustos odios; que ella se habia perdido por compasiva, 
y que el negarle á su vez la compasión era abominable. 

Cuando se afirmó en estas ideas su mirada fué cobrando altivez, 
alzó la fren te provocativa, y una linea característica quedó para siem- 
pre trazada junto á su labio superior, revelando el desprecio que los 
juicios del mundo la inspiraban. 

Un ser habia en el mundo que, en vez de ofenderla, le brindaba 
con su amor: era Antunez y á él se volvió su corazón atribulado y á él 
consagró todos sus buenos pensamientos. 

Antunez era gallardo y fuerte; Antunez era capaz de remordimien- 
tos; Anlunez, después de afios de ausencia, habia vuelto á ella mas 
tierno y enamorado que cuando su juventud y su doncellez la agra- 
ciaban á los ojos de todos; Antunez le habia brindado con amor y 
paz, y esto la enorgulleció de modo, que en cierta ocasión no pudo 



Digitized by 



Google 



D£ EUBOtá. SIS 

mms de mirar á so marido y reírse de él con una crueldad que 
Jote no merecía y de que ella jamás babia sido culpable. 

José dormía profundamente, porque después de la noche fatal 
dormía la mayor parte del tiempo que le dejaban libre sus queha- 
ceres. 

En tal disposición de ánimo se hallaba Clara, cuando comenzó á 
dejar el lecho muy temprano para dar largos paseos por un terrero 
desde donde se descubría hasta muy lejos el camino del pueblo. Lo 
mismo solía hacer muchas tardes, desviándose siempre de los ve- 
linos qfte hallaba al paso. 

Estaba siempre inquieta, padecií fiebre, su exaltación era cada 
▼ex mayor; soñaba en Antunez. y salía con la esperanza de verle si- 
quiera á lo lejos. 

La gente del pueblo no se engañó acerca de su propósito, y sus in- 
discretas murmuraciones llegaron á oídos de Antunez. En el juego 
de pelota y en la tienda de vinos se lanzaron en su presencia chocar- 
reas indirectas sobre su buena estrella y la desgracia de José. 

Clara do interrumpía sus paseos solitarios. 

Alarmóse José y salió á acecharla y volvieron á recrudecerse sus 
«ios y si ira. 

Una mañana, era casi de madrugada todavía, Clara, que había 
salido como de costumbre, se detuvo á escuchar atentamente porque 
creyó que oía silbar una canción á que era Antunez muy aficionado. 

Persuadióse de la verdad y palpitóle con violencia el corazón; pe- 
ro de repente, como si temiera que aquel sonido la fascinara, echó á 
correr desatentada hacia su casa. 

/osé la había seguido de cerca y no pudo evitar su encuentro. 

Halláronse los dos esposos uno al lado de otro. 

Gara al verle dominó sos sentidos, y acortando el paso y con ai- 
re indiferente, siguió su camino. 

José la vio dirigirse á su casa y, espiando los movimientos de 
Antunez, le vio mirar en todas direcciones, trepar á un árbol por 
aitre cuyas ramas podía ver creyendo no ser visto y fijar la vista 
ai las ventanas* de su casa. 

No se salió de su escondrijo hasta que Antunez hubo desaparecido 
por donde viniera, y echó por el mismo camino que su mujer, pisan - 

TOHO II 10 



Digitized by 



Google 



134 FUSIONES 

do en sus huellas y coa la mano asida del arma que en la faja lle- 
vaba, 

Clara á medida que se iba aproximando á su casa, sentía no ha- 
ber esperado hasta saber si era Antunez ó no quien había estreme* 
cido su corazón, y se avergonzó de la turbación que la había sobreco- 
gido; y al pensar que de ser Autunez el viandante se habría privado 
de una dicha tan anhelada, acertó á entrar José con semblante tal, 
que ella, echándole una mirada rápida como el relámpago, dijo para 
sus adentros: él era. 

También José al entrar la miró al rostro, y como si fuera el eco . 
del corazón de Clara, dijo de modi que ella pudo oirlo: 

— El era. 

Clara, en vez de acobardarse, sintió que su corazón se dilataba cual 
si quisiera saborear holgadamente la buena suerte de haber estado 
tan cerca de su amado. 

Su fisonomía tomó una espresion tan plácida que exasperó á Jo- 
sé, quien añadió en el mismo tono: 

—¡No habrá remedio! 

Clara se encogió maquinalmente de hombros. 

Todo le era indiferente menos Antunez ; no teniendo certeza de 
ser suya, poco le importaba lo demás. 

—¡Qaiere morir! añadió José entre dientes después de una pausa. 

Clara creía á su marido capaz de matarla; pero como todos los que 
se pierden por amar imposibles, creia también que un imposible ha- 
bia de salvarla. 

Aquella misma tarde volvió Clara al terrero, determinada á espe- 
rar á Antunez y á no huir de él, y cuando le vio venir desde muy le- 
jos, en vez de huir se sentó en una enorme peña caída al pié de un 
árbol y en la que quedaba sitio bastante para otra persona. 

Antunez trabajaba en las mismas tierras que José y habían po- 
dido llegar al pueblo á un tiempo; mas el amante dejó con un pretex- 
to el trabajo antes de la hora fijada para los jornaleros, y en alas de 
su amoroso deseo recorrió en breve tiempo la distancia que le sepa- 
raba del pueblo. 

Mirando iba delante de él por la ostensión de los campos con vi- 
sible curiosidad, cuando á su lado mismo vio á Clara sentada. 



Digitized by 



Google 



DE EfltOfá. U5 

—¡Coa que eres tú! eeclamó al yerta. 

—Veo y siéntate, contestó Clara con dulce y lánguido acento. 

Sentóse Antunez; Clara le cogió amistosamente ana mano y es- 
tuvo contemplándole largo tiempo. 

— ¡daral dijo admirado Antones. 

—Signe, replicó ella, ya te escacho, y con la cabeza inclinada á 
un lado y mirando de soslayo á Antunez, concentró su atención en 
lo que esta iba á decirte. 

Sorprendióle á este do ver resistencia en ella, encontrarla es- 
perándole y ni sopo como esputárselo, ni porqoe en so voz y en 
•as miradas resaltaba mas que nunca la dulzura y la manso- 



—He sabido lo mocho que fias padecido desde que no nos hemos 
fisto; mi hermano me hizo temer qoe habría cometido ana indis* 
crerion tata); he temido mocho por to reposo... 

Clara al oir estas últimas palabras meneó repetidas veces la ca- 
ben, como si Ankmes con sos palabras confirmase el satisfactorio 
concepto qoe de él tenia formado. 

—Prosigue, prosigue, dijo al ver qoo Antones se interrumpía 
sorprendido por aquel movimiento. 

—Al contrario: tú eres la qoe debe hablar. Refiéreme lo sucedi- 
do: dime si son ciertas las habladurías qoe á mis oidos llegan de 
v« en ciando; qué te pasa con to marido, qué has observado en la 
gente del pueblo.... 

—¿Eso quieres saber? preguntó Clara entre admirada y quejosa; 
¿qué bm «porta á mi de mi casa y del pueblo? 

—¿Supo tu marido que yo había estado á verte? 

—Si. 

—¿Qué le dijiste, cómo disculpaste...? 

— No me acuerdo... no sé... le dije la verdad... casi toda la ver- 
dnd; pero no me hables ahora de esas cosas. 

— ¡Cómo! interrumpió Antunez ¿no quieres qoe me interese por un 
suceso que podía serle funesto por culpa mia? Harto temo que tu em- 
pefio en ocultármelo provenga de que ha sido tan grave el caso como 
yo sospecho. Cuéntamelo todo» Clara, nada me ocultes; yo he de sa- 
berlo. ¿Es verdad que aquí no te quieren? 



Digitized by 



Google 



IU PftlSIOKKS 

—¿Me quieres lú, Antunez? preguntó ella contemplándole embele- 
sada. 

—¿Y me lo preguntas, Clara? ¿Si te amo yo? Pues ¿por qué ha sido 
mi largo apartamiento sino por evitar que el ser visto cerca de ti pu- 
diera redundar en daño tuyo? ¿por qué he venido hoy 

— T ayer viniste por mi también ¿no es verdad? 

—¿Lo sabias? 

—Te oi; oí silbar tu canción favorita.. . y eché á correr. 

—Huías de mi. 

— Huia sin saber de qué. De ti... no lo creo. He venido (antas ve- 
ees it ver si te divisaba á lo lejos... con tan vivas ansias, que tu som- 
bra me habría sido de gran consuelo. Ayer me acometió un estreme- 
cimiento, un miedo. .. si de repente no me hubiese encontrado con Jo- 
sé, me habría caído sin fuerzas. 

— ¡Tu marido te seguía los pasos...! 

— Sí, y me dijo: él era. 

-—Sin duda me habría visto acercarme al pueblo. Con que vives 
espiada, aborrecida tal vez. * 

—¡Oh! ya no me importa. Todo el pueblo junto no puede aborre - 
cerme tanto como yo le desprecio. Aquí todo es canalla, Antunez. 
Cuando empecé á conocer quien era esa gente, lloraba yo como si 
hubiese perdido algo con perder su amistad; pero en seguida com- 
prendí cuan grande era mi engaño... Ninguna de esas mujeres seria 
capaz de decir la verdad á su marido, y yo sí ; ninguno de esos hom- 
bres se arrepiente del daño que ha hecho, y tú si. Yo no sé qué que- 
rían: ¿habia yo de pedirles perdón ó de humillarme en su presencia? 
Mucho me hicieron padecer; pero ahora ya no; ni aun me acuerdo de 
que existan, y si les hallo al paso les miro de alio á bajo, como han 
hecho antes conmigo; y desde que soy altiva con ellos, bajan los ojos 
en mi presencia. 

-r¡Con que era cierto lo que yo oia! ¡Ni siquiera te ocultan sus 
sentimientos! 

—Pero ¡Dios mió! ¿qué quieres que hagan? Yo no tengo voluntad 
ni tiempo para ocuparme de ellos: yo pienso siempre en ti ¡siempre! 
Yo me pregunto qué harás, qué pensarás, si te veré... 

—¡Tú, pobre Clara! 



Digitized by 



Google 



DE £UROFá. MI 

—fío; todavía puedo ser muy dichosa. Dime que me quieres, An- 
lanez... Es lo único que quiero saber de esle mundo. 

Había tanto abandono en estas palabras de Clara, que su amante 
la airó con grande atención, maravillado del cambio que en ella ob- 
servaba. 

Clara siguió diciendo: 

— Si tú no me amaras, Antunez, me moriría, ó me volvería loca. 
¡Oh, sil Yo he oído hablar de mujeres que se han vuelto locas de 
amor, y es imposible que amasen mas que yo. Entonces todo me se- 
ria indiferente, los locos dicen que nada sienten. Y si no, me mo- 
riría, estoy cierta: me moriría. Pero si tú me amaras, no tanto como 
yo; no le pido tanto al cielo.. . con tal que no amaras anadie mas que á 
mí. .. Ya ves; yo no tuve miedo ala muerte porque pensaba en que 
ti no me habías de olvidar. El decía: ¡morirás! y si.yo hubiese esta- 
do cierta de tu amor, le habría dicho: hiere, y no habría pasado lar- 
gas horas de amargura; noches eternas sin cerrar los ojos; sobresaltos 
y congojas por no saber de ti, & quien él había amenazado de muerte. 

—¿Por. mi, esto mas? 

—No por tí, por mi; porque yo no hallaba paz ni descanso, y me- 
aos desde que volví en mi acuerdo y caí en que había pasado largo 
tiempo olvidada de todo, como muerta. 

Pero desde que pensé que acaso podrías amarme, recobré el en« 
taodimienlo y volvi á ser como los vivos. 

Ya ves: todo el mundo me ha abandonado; estoy siempre sola, con 
el temor de pasar asi mis días «nía tierra... ya he llorado cuanto tenia 

qne llorar; ya he pasado por los insultos y. por el menosprecio 

pero ¡ai tú me amaras...! 

—¡Sí, te amo, Clara, le amo I 

— |Oh (repítelo Antunezl 

— |Te amo I 

—¡Por piedad, por piedad 1; si supieras lo que en este momento 
goza mi corazón... ¿Ves? es imposible que tu amor sea como el mió; 
porque... harto se conoce en cosas que no sé yo esplicar. 

— Te quiero, por todo el tiempo que anduve descarriado. Clara; 
mi primer amor ha renacido tan poderoso y mas leal que antes de 
labrar ti desgracia; en amor se ha convertido mi remordimiento; en 



Digitized by 



Google 



tIS PRISIÓN» 

amor la lástima que después me inspiraste; en amor la gratitud que 
sentí al recibir tu perdón de mi culpa imperdonable. 

—¿No me engañas, Antunez? preguntó Clara con un candor que 
llegaba al corazón. 

—El cielo me confunda si no digo verdad, amada mia. 

—Pues bien, sí, lo creo: no me engañas: tu maldad seria horrible. 
Antunez, soy dichosa como nadie puede serlo en el mundo. ¿Conci- 
bes mi dicha? verte, hablarte. . . . 

—¿Dejarías por mi tu casa, Clara? 

—Mi casa es la tuya; tu hermano será mi hermano. 

—Pues, aunque no tan pronto como anhela mi impaciencia, Ma- 
drid envolverá en su confusión nuestra dicha, viviremos en un paraí- 
so de delicias, sin que nadie sepa de donde hemos venido. 

—¿Será verdad, llegará á realizarse ese sueño? 

—Si, Clara; tú que has esperado la muerte sin desesperación, es - 
pera la felicidad que yo te ofrezco y prométeme que no te irritará su 
tardanza. 

—¡Oh! yo te lo prometo. Tú no sabes el consuelo que encontraré 
yo en esperar después de haberte oído. (Qué diferencia entre vivir 
sola y olvidada, y vivir con la certidumbre en mi corazón I Las aves 
del cielo han sido hasta ahora mis compañeras y desde hoy lo será 
tu recuerdo y la esperanza de nuestra próxima ventura. 

Las sombras se iban estendiendo por el llano. 

Clara no sabia si era de dia ó de noche. 

Estaba loca. 

Apagábanse los rumores de la tarde y en medio del silencio se dis- 
tinguía claramente el gárrulo canto de las ranas y á lo lejos el ladri - 
do de los perros vigilantes de los caseríos de los alrededores. 

—Vamos á separarnos, dijo Antunez. Ten confianza en mi; sufre 
un poco mas, que muy poco será, y saldremos juntos de esta tierra, 
que no volveremos á ver. 

—¿Te separas ya de mi, Antunez? 

—Es forzoso. 

—¡Cuál voy á quedar en tu ausencial 

— No voy lejos y te llevaré en mi pensamiento, Clara. 

—I Mis horas van á ser otra vez eternas! Yo crei que tus palabras 



Digitized by 



Google 



MHJ10H. MI 

me darían n filar extraordinario, y tono ya en el momento de se- 
pararnos. 

—Animo, Clin, y si me quiera como dices, no me hagas temer 
por ti. 

— Yo me venceré, replicó ella con entereza al oír esta recomenda- 
ción; pero dime antes que no sueño, que puedo creer en la ventura 
que me prometes. 

— Créelo, Clara, por lo que mas ames. 

—Por tí. 

—Pues bien, créelo por mi, y esperarás tranquila. 

— ¿Y no nos separaremos ya nunca? 

— iNuncal 

— Ho sé porque creyendo en tu palabra, me parece sin embargo 
imposible que nos estén reservadas horas serenas. ¿Quesera el mun- 
do cuando yo pueda llamarme feliz? ¿Volveré á ocuparme de los que 
no sean tú? ¿Me será mas grata la luz del sol? Oh; no me riñas por- 
fíe me detengo á tu lado, dijo Clara bajando la voz y apoyándose 
en el hombro de Antunez; quisiera yo decirte cosas que te detuvie- 
ran aquí toda la noche como con un sortilegio. 

(Clara estaba loca! 

—¿No piensas que has de volverá tu casa? le hizo obser- 
varé!. 

—Si, respondió Clara bajando de pronto la cabeza. ¡Mi casal ¡Sin 
til el fastidio... un rostro severo, huraño... unas miradas que es- 
cudriñan el corazón... las memorias que pesan y hacen doblegar la 
cabeza... ¿Y mañana? dijo, cambiando de tono. 

—Mañana, si estuviese ya asegurado nuestro porvenir, seria el 
primer dia de nuestra ventura. Ea, amada mia, no me hagas mas 
penosa nuestra separación de hoy con tu resistencia, dame una 
muestra de docilidad y séante mas llevaderos tus pesares con la 
persuasión de que tanto como á ti me afligen. 

— El ya estará de vuelta, dijo Clara con la cabeza caida sobre el 
pecho; ¡otro dia masl Si fuera el último... 

— Adiós, Clara, dijo Antunez con el imperio del cariño; no quie- 
ras que me vaya con zozobra por tu Urdan» en volver á tu casa. 

—Adiós, contestó ella en la misma actitud. 



Digitized by 



Google 



¿i# rusroMEs 

—Alienta, y mira que para dejarte necesito yo también ir conven- 
cido de que te dejo tranquila. 

—Pues bien, tranquila estoy. Vete Antunez, que yo veré desde aquí 
como te alejas. 

Cogióle Antunez las manos que le besó clavando en ella los ojos, 
y estrechándoselas y llevándoselas al corazón, se despidió diciendo: 

—I Adiós, adiós, adiós! 

—Adiós, adiós, repetía Clara que se quedó largo rato como si aun 
le tuviera á su lado. 

Incorporóse después y se colocó en sitio donde pudiera verle; pero 
ya la oscuridad era mucha y bien pronto desapareció de su vista. 
Solo de cuando en cuando al atravesar por alguna de las muchas 
lomas del camino le veia destacarse un momento en el horizonte y 
'ocultarse en seguida en la hondonada. 

Suspensa estaba y absorta repitiendo: a ¡Otro dia mas! si fuera el 
último...» cuando á muy corta distancia, y por el mismo sendero 
por donde Antunez habia ido á buscar el camino, llegó á*toda prisa 
José. 

Caminaba ligero y en linea recta á donde estaba Clara. En dos sal- 
tos que dio al verla se puso á su lado, la asió fuertemente de la ma- 
no, y la llevó al pié del peñasco en que habían estado sentados los 
dos amantes. 

—¡Qué mal aventurados sois! dijo sin soltarla y con voz ahogada. 

— [Qué hablas! esclamó Clara á su vez, adivinando que los dos se 
habían encontrado en el camino, y temiendo que José no hubiese apro- 
vechado la ocasión de vengarse. 

—Si, replicó él, limpiándose el sudor que con abundancia caía de 
su rostro, bien hice en echar hacia este lado en vez de dirijirme á ca- 
sa. (Me lo daba el corazón! Si al verle llego yo á presumir que tú es* 
tabas aquí... lo dejo seco. 

— (Ahí hizo Clara dando un largo suspiro al saber que su aman- 
te iba sano y salvo. 

José entendió aquella esclamacion en otro sentido y añadió: No 
debe sorprenderte lo que te digo: ya lo sabias. He sido un necio, 
pues debia haber adivinado que cuando él andaba por estos andur- 
riales, no debias tú estar lejos. jY no le he muerto! 



Digitized by 



Google 



DE CÜROtA. Ül 

— ¡Monstruo! dijo Clara como hablando consigo mismo. 

— ¡Di ahora que no estáis de concierto! 

—No quiero mentir. 

—¡Di que no tramáis nadal 

-No lo diré. 

—¡¡Di que no eres una mojer infame!! 

José con la exaltación de la ira magullaba el brazo de Clara. 

— Me estás destrozando las carnes, dijo ella llorando la otra ma- 
no al sitio donde sentía el dolor. 

José la soltó diciendo: 

— ¿Qué vafe el dafio qne te he hecho, si hoy mismo, aquí mismo, 
voy á quitarte la vida? 

— ¡ Ah! prorumpió Clara ¡morir! ¡morir lejos de él! morir 'ahora... 
¡Dios mió! 

—«¡Lejos de él!» repitió José, herido vivamente en su amor pro- 
pio; • ¡lejos de él!» has dicho; volvió á decir ahogado por la sangre, 
saltándole los ojos y empuñando con Ímpetu feroz su enorme nava- 
ja ¡asi le amas! 

—¡Mas que á mi vida! dijo Clara con íntimo reconcentrado acento. 

—¡Oh! muere, piuere... ¡muere á mis manos! esclamó él con voz 
¿«toral que parecía mas bien rugido. 

Dos anchas heridas abrió en el cuerpo de Clara, la primera; fué 
Mortal; habia partido el corazón. 

Cayó ella; chocó su cabeza contra el duro pefiasco, y él se arrodi- 
llé á su lado con el afán de ver manar la sangre á chorros. Aquel 
horrible espectáculo fué para él tan atractivo, que ya el tronco esta- 
ba completamente exangüe, y él seguía aun de rodillas esperando 
q*e volviese á manar el licor para renovar su goce. 

Aplicóle la mano á la* sienes, acercó su oido al corazón, levan- 
tóle en alto un brazo y lo dejó caer, y cuando se persuadió de que en 
efecto Clara ya no existía, hizo on gesto de disgusto como si le pa- * 
rocíese demasiado breve el placer de la venganza comparad con el 
padecimiento que la habia provocado. 

Echó una mirada á su alrededor; nadie le habia visto; tenia tiem- 
po para ir á su casa r cambiar de ve<rtído, llevarse lo mas necesario 
y huir á la ventara á e*con lerse en un bizque; p*ro después de 

T^1»a l! II 



Digitized by 



Google 



*I2 PRISIONES ' 

examinar con ojos y oidos el teatro de su tragedia, se sentó ti la- 
do del cuerpo de Clara, recostándose en el tronco del árbol y cruzan- 
do los brazos sobre el pecho. 

Su ropa y sus manos estaban ensangrentadas, y ni siquiera reparó 
en ello. 

Durante la noche un carretero hubo de pasar por aquel sitio, y en 
medio de la oscuridad creyó descubrir un hombre sentado. Dióte las 
buenas noches, y como el chirriar de las ruedas y los cascabeles del 
ganado le habían sacado de su absorción, devolvió las buenas noches 
al carretero. 

Asi pasó hasta la mañana siguiente. A su lado, al alcance de su 
mano, estaba la navaja llena desangre. 

A las primeras horas del dia, dos vecinos suyos que desde una 
colina le vieron sentado é inmóvil, se le aproximaron por curiosidad 
y retrocedieron llenos de horror al ver que no estaba solo. 

Estendióse la voz por todo ei pueblo en un momento, cercaron aquel 
paraje acto continuo por si el criminal intentaba escaparse, y por lo- 
dos lados le fueron estrechando. El tribunal que, constituido en 
regla, se le acercaba por delante, le dio la voz de alto. José levantó 
los ojos y no se movió del sitio. El alguacil del juzgado le asió de 
un hombro para sujetarlo, pero él obedeció á la primera intimación 
deque se levantase. Con asombro de todos contestó breve y esplíci- 
ta mente á las primeras preguntas que le fueron dirigidas, sin mirar 
nunca á nadie mas que al que le hablaba, y renunciando desde lue- 
go á toda esperanza de salvación. Dejóse maniatar y conducir de 
un punto áolro, porque lo trasladaron varias veces de prisión por 
no haberla á propósito en el pueblo, y al ñn vino á parar á la cárcel 
del Saladero de Madrid. 

Apenas se supo el molivo de su prisión, esciló la curiosidad ge- 
neral, pues su corla estatura y la dulce espresion de su fisonomía no 
se avenían bien con lo que se figuraba en su imaginación el que es- 
pera ver*l autor de un brutal asesinato cometido á sangre fría en 
una mujer. Lo eslrafalario de su porte y su figúrale valieron inme- 
diatamente el apodo con que en las cárceles se califica á todos los 
notables, y José fué conocido por Pepe Raquitis. 

Elpobre pasó plaza de hombre terrible al principio de su estancia; 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Oh RUROPA t4S 

porque h ignorancia universal es:á empatiada en que iodos los hom- 
bre que comeíen crímenes son monstruos que desde que nacieron 
no n-Mis.iron mas que en U ma'anzn de sus seroejan'es. 

H'ibia.lle al vul.n le ui hombre quo haya vivitlo cuarenta años 
en !a honrad z y la pobreza» p «ro que un diacogió á un enemigo su- 
yo y ¡) cosió á puñaladas, y c! vuLco no o<; preguntará porqué, sino 
qae enlamará: ¡qué móns'ruo! 

Y aquí al decir vulgo no queremos decir solo la gente que carece 
de instrucción, <ino además las tres cuarlas partes de los que son 
considerados como personas decen'es. 

Al cabo de algún lierapo Pepe Raquitis perdió su ropu'acion de 
ferocidad, desmentida diariamente por su indo'e, y como en sus ac- 
to* no se sospechaba jamás nada de hipocresía, se convirtió para la 
muchedumbre en nn enigma indescifrable. Todo el mundo se mara- 
rilla de saler qne un hombre de honrados antecedentes y de apaci- 
ble carácter haya *ido capaz en su vida de un rasgo enérgico y aun 
sangriento, y sin embargo, hace lo monos seis mil años que todo el 
mondo está viendo repetirse el mismo hecho. 

Pepe Raquitis se hizo mas taciturno y mas hipocondriaco que 
nunca. Jamás lomaba parte en las chanzas de sus compañeros, si 
bien tampoco mostró oposición á ellas, ni menos disgusto ni envi- 
dia por los placeres ágenos. 

No parecía sino que su vida hubiese estado en el corazón de Cla- 
ra y que se la habia quitado al quitársela á ella. 

Manifestaba muy poco interés por las cosas del mundo; no le alar- 
maba ningún anuncio de próximo indulto, cosa á que pocos presos 
resis'en, y si algún dia espresó alguna vivacidad, fué tratándose de 
la lentitud con que proceden los tribunales. Ya por entonces la jus- 
ticia humana habia pulido que Joié pagase su crimen con la vida, 
y él lo sabia. 

Merced i e.*a lentitud de los tribunales y quizás al ingenio de su 
mal aconsejado defensor, José pasó dos años en la cárcel, habiendo 
•ido prego ai lado del cadáver d? ?u víctima, con el arma de su uso 
y pertenencia ensangrentada, convicto y confeso desde los primeros 
procedimientos y sin pretesto ninguno para qu<» inmediatamente no 
•* le aplicase la pena merecida: la p»*na de muerto. Precisamente 



Digitized by 



Google 



144 PKISlOWtS 

porque oo es pena la anhelaba José: su pena era la vida; so pena 
era el mundo que había sido para con él bárbaro, cruel, impío has- 
la el último estremo. , 

Pepe Raquitis no llegó á acostumbrarse á la cárcel; antes al con- 
trario: cada dia le repugnaba mas el trato forzoso, inevitable con tan- 
ta gente de carácter diferente del suyo. Hasta en eso fué desgracia* 
do. Si á lo menos la cárcel fuese verdaderamente vivir apartado 
del trato de los hombres, José no habría padecido tanto. Mas la 
cárcel es otra cosa: es vivir forzosamente obligado al trato de los 
hombres mas groseros, menos educados y racionales. 

Cuando ya se sintió saciado de hiél, pidió un dia que se le per- 
mitiese vivir en un calabozo. Es decir, que el aposento de incomu- 
nicación donde se encierra al acusado cuando se cree que á la jus- 
ticia conviene que no pueda confabularse con nadie ni borrar las 
huellas que haya dejado el crimen que se persigue; el calabozo 
oscuro donde por castigo se encierra á otros, era vivienda envidia- 
ble para Pepe Raquitis. 

Gomo tenia dadas hartas pruebas de mansedumbre y dejaba cono- 
cer que sus sentimientos eran buenos por demás y que no era incli- 
nado al mal, se le concedió lo que pedia; lanío mas cuanto que so- 
lia ganar una miserable cantidad hiiaudo, y solo en aquel sitio es- 
taba el cáñamo completamente seguro de raterías. 

Desde que el alcaide de la cárcel le concedió el singular favor do 
habitar aquel cuarto oscuro, poco ventilado, pestilente y lleno de di- 
bujos y escritos que recuerdan penalidades de otros, Pepe apenas se 
dejaba ver de los demás presos. 

Hallábase allí mejor que en ninguna otra parte, sobre todo porque 
podía entregarse con toda libertad á sus pensamientos. 

En el silencio de la noche, que tan temprano empieza en los cala- 
bozos, repasaba Pepe en su memoria los años de su nifiez, los albo- 
res de su juventud, parábase á considerar que había tenido por in- 
terminable la dicha que gozó al decirle Clara que estaba dispuesta 
á aceptar su mano, y paso á paso iba siguiendo lodos los lances de 
su vida, ó mejor dichonas sensaciones de su corazón. 

Las primeras escenas del hogar paterno, las mas remotas en el or- 
den del tiempo, se reproducían tan vivamente en su imaginación co- 



Digitized by 



Google 



DI EtilOtA. $45 

m si qo bebieren pasado afios Iras ellas, ni otros acontecimientos 
■as importantes no le hubieran ocurrido. 

Aon en el fondo del corazón lamentaba la debilidad de su padre, 
qoe había sido cansa del abandono de so niñez y qne también en so 
concepto le había perjudicado á él mismo en su carácter, cuya es- 
tremada blandura era de aquel heredada. 

¡Qué no meditaría á sus solas aquel hombre, joven todavía, des- 
graciado y sensible, en aquel aposento, cuyas paredes muestran lo 
■locho que allí se escita la reflexión aun en las mentes menos activasl 
¡Qué de encontrados aféelos 1 jquó de opuestas ideas le hicieron ju- 
guete de su imperfecto carácter aumentando un martirio, que solo de* 
bia coocluir con su existencia! 

Mil veces deseó que un poder sobrenatural llevase allí al fondo 
del calabozo á Clara para mil veces hundir en su corazón el san- 
griento puñal vengador de su honra y de su afecto. 

T mil veces llegó también á arrepentirse de aquel momento de 
ferocidad en que se engañara con aquella á quien tanto había amado, 
afeándose como inhumana su fiereza. 

¿Quién sabe, decía para si, quién sabe si el perdón mío la habría 
tor:alecii\o contra los embates de su pasión funesta? ¡Quizás al ver- 
se sobrepujar los rasgos ordinarios de nobleza y de piedad, habría 
venido á arrojarse á mis pies, libre ya de toda repugnancia hacia mi 
y de toda inclinación hacia... el otro! 

En estos y semejantes pensamientos se le pasaban largos días é in- 
terminables noches. 

La amargura iba empapando su corazón. 

El dia que nosotros le vimos, estaba echado en el umbral del cor- 
redor que conduce á los encierros. 

Babia determinado dar una vuelia por los departamentos de pre- 
ferencia, y después de obtener permiso para ello, no quiso moverse 
ni posar adelante del sitio mencionado, contentándose con ver en- 
trar y salir gente por la puerta que tenia delante. 

Ya vivia allí en so calabozo casi olvidado; recibía el rancho dia- 
rio sin decir palabra, sin pedir nada, sin fumar, costumbre que ha- 
bia adquirido en la cárcel, creyendo que para él seria una distrac- 
ción como para otros mochos. 



Digitized by 



Google 



U$ PRISIONES 

Una mañana muy temprano comenzaron á discurrir azorados los 
dependientes del Saladero. Los que presenciamos su ir y venir y su 
alurdimiento creímos que quizás se habría fugado algún preso, mas 
no era a*i. El mozo que repartía los panes acababa de hallar á José 
ahorcado de la reja de su calabozo. 

Como José no estaba incomunicado de oficio, el carcelero había 
descorrido el cerrojo de su puerta, como otras veces, por si se le an- 
tojaba dar ud paseo por el corredor. En aquel momento eslaba levan- 
tándose José, y le dio los buenos dias. 

Volvió el mozo de servicio á la sala, digámoslo asi, de recibimiento, 
donde estaban los serones del pan, y anudado por otro los fueron lle- 
vando á rastras de puerta en puerta y dando á cada preso su ración.' 

En esta tarea se entretuvieron lo bastante para que al ir á José, 
que estaba solo en un corredor, este hubiese tenido tiempo para 
amarrar una soga de los hierros y hacerle un lazo corredizo, que se 
echó al cuello. Para llevar acabo su idea, se subió sobre el único 
utensilio que para necesidades inevitables es permitido en los cala- 
bozos además del cacharro del agua, y lo echó á rodar de un punta- 
pié dejándose caer con todo su peso. 

Así terminó sus dias un hombre bueno, sensible, afectuoso, de 
cuyo delito le absolverá todo el que tenga en el corazón humanos 
sentimientos, y cuya prudencia, amor filial y afectuosa Índole serian 
umversalmente ensalzados si fueran conocidos. 

Perdone el lector á quien le haya parecido difusa y poco intere- 
sante nuestra historia; bien sabemos que para satisfacer á los aficio- 
nados á la lecíura dramática, debíamos haber aglomerado sucesos 
imprevistos y escenas animadas; mas esta fría narración á cuyos in- 
cidentes nimios hemos dedicado algunas páginas, cuadra al propó- 
sito nuestro de presentar un carácter bueno y poner ante los ojos del 
hombre el camino por donde llegó al asesinato y al suicidio. 

Ese camino de amargura lo han recorrido como José muchos hom- 
bres débiles y no depravados. Por este camino pasaron y pasan gran 
número de individuos que amanecen 4 la vida sonriendo, Heno el 
corazón de buenos sentimientos y de nobles esperanzas; pero que de 
una en otra contrariedad, después de mucho amar, de mucho sufrir, 
de mucho perdonar, caen en flaqueza y caen sobre una victima que 



Digitized by 



Google 




Bji catástrofe el el Saladero, 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



DE EURO*¿. SAI 

se ha cmp >3ado ea morir bajo el peso del bueno para que el bueno 
perezca abominado, 

Personas que vieron á José en la cárcel, al saber que habia dado 
muerte á su esposa, solían esclamar ¡qué monstruo! ¡tiene semblante 
de hombre perverso! ¡mira de soslayo! ¡qué repugnante catadura! 
¡ Ah! para obten t la compasión agena no le bastaban á José los crue- 
les pecares de lóela su vida, las ajusticias que desde el hogar pater- 
no habia soportado sin pensar en vengarse, el abandono de su pa - 
dre, el odio de su madrastra, la infidelidad de una mujer adorada y 
honrada por él, !a mofa de los unos á sus desdichas, la indiferencia 
(H muodo entero á sus virtudes... ¡do le bastaba! habría sido me- 
nester que tras ose cúmulo de infortunios hubieran conservado sus 
ojos el brillo de la primera edad y su tez la ternura de la adolescencia 
y que su cuerpo fuera hermoso y arrogante! 

José cometió el segundo delito quizás por superstición. 

A poco de entrar en la cárcel supo que en el lenguaje de sus ha- 
bí tuaies moradores se llamaba la madrastra, y se le oyó decir: «por 
madra tra empezaron mis males y por madrastra acabarán.» Esta 
ts^resion corrió de boca en boca, porque cuando entra per las puer- 
ta* «le k cárcel un hombre acubado de un delito grave, sobre todo si 
es de sangr % produce efecto en la muchedumbre con los gestos y pa- 
labras mas insignificantes. 

Entre las personas menos educadas, aun no habiendo estado pre- 
sas, es común el hablar de la horca y del garrote, de manera que las 
ideas representadas por esas palabras pierden su virjud terrorífica y 
en la exaltación de sus pasiones los menos moralizados suelen conside- 
rar como una gran suerte el escapar del verdugo ó del presidio á que 
leaen estar por la fatalidad consagrados. 

Hay familias numerosas, emparentadas con otras muchas y que 
casi todas ellas tienen ó han tenido alguno de su seno en presidio. 
Este fuómeno es tan constante como el de las enfermedades físicas 
que se determinan también en familias dadas. 

Acaso José se crevó destinado á la horca, y para secundar lo que 
en su concepto debía ser ley inquebrantable, tomó la desesperada re- 
solocka que puso término á su existencia. 

No faltará quien nos censure y afirme que no todos los criminales 



Digitized by 



Google 



tiS » PRISIONES 

son como José y diga que hemos exagerado ei tipo á fin de despertar 
en pro de los delincuentes la compasión de que solo son dignos los 
hombres de bien desgraciados. 

Aceptamos ese cargo vulgar que mas de una vez se nos ha dirigi- 
do á propósito de otros escritos; pero insistimos en que la mayor 
desgracia del mundo es no poseer en dosis suficiente las cualidades 
que constituyen la honradez. Decimos mas: si José no se hubiese 
visto contrariado en sus buenas inclinaciones; si nadie hubiese lle- 
vado la exasperación á su ánimo, él se habría distinguido* entre los 
hombres de bien. Ninguno de los que injustamente le burlaron, le 
despreciaron y le abandonaron, ninguno fué perseguido por la justi- 
cia humana. 

Su padre, en vez de avergonzarse y arrepentirse del abandono en 
que le habia tenido, se avergonzó de su hijo, en cuya desgracia le 
cabia gran parte, y halló quien le consolara. 

Su madrastra con cierta satisfacción infernal, en vez de acusarse 
de haber agriado desde la infancia el carácter de José, vio llegado el 
momento de justificar su malevolencia y dijo: «no en vano me ins- 
piraba á mi repugnancia aquel chico: el corazón me decia que habia 
de acabar mal. » Antunez mismo quiso dar color de filantropía á sus 
adúlteros propósitos y decia: «nunca mereció aquel monstruo la mu- 
jer que fué su victima; si yo hubiera sabido » 

¡El crimen impune, el crimen triunfante habló por cien bocas! 

José... José era un suicida, y á los suicidas no se les concede tier- 
ra sagrada. 



Dentro del recinto de la cárcel, entre aquellas paredes casi siem- 
pre mugrientas, allí alteró los ánimos la triste suerte de nuestro pro- 
tagonista. 

Muchos de los hombres allí encerrados viven en un apartamiento 
tan radical de la sociedad, que son insensibles álos acontecimientos 
estertores, y sin embargo dan grave importancia á las vicisitudes de 
los que con ellos comparten la falta de libertad y el odio y el des- 
precio del mundo. 

Nosotros heme* visto á un hombre de corazón endurecido llorar á 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. U1 

lágrima viva el dia en que la vindicta pública (que asi se llama) so 
dio por satisfecha con la muerte de otro hombre oscuro, un naranjero 
llamado Boendia, que en Incba con un guardia cívico y por defender 
4 un hermano sayo, tuvo la desgracia de asestarle un disparo de 
fasil. — T (cuántos malvados se arrepintieron de haber hecho burla 
átPepe Raquitis al tener noticia de su muerte 1 Precisamente los mas 
capaces de sentimientos varoniles dejaron desde aquel dia de lla- 
marle Raquitis, y como homenaje de piedad á la desgracia, le volvie- 
ran á llamar por su nombre; en lo cual dieron á conocer que todavía 
gaardabao algo honrado en sus corazones. 

Hemos insinuado que las solemnidades de la cárcel interesan vi- 
vameale á los presos, y en efecto, son estraordinarias las sensaciones 
qae allí producen los acontecimientos. 

Los días que preceden á una ejecución capital, y sobre todo la vís- 
pera y el dia mismo de la ejecución, son dignos del estudio del fisió- 
logo grave, del legislador y del filósofo. 

Las buenas facultades de los presos se escitan en términos tales, 
qae algunos parecen haber variado completamente de carácter. Nun- 
ca mas dispuestos al bien que en aquellos momentos. Y aquí debe- 
mos observar que aquellos mismos hombres, puestos en la calle y 
dedicados á sus criminales ejercicios, reciben en semejantes casos 
testaciones muy diferentes: todos van á presenciar las ejecuciones 
de muerte, gritan y alborotan por la carrera y no tienen reparo en 
cometer delitos, si la ocasión se les presenta. 

La comunidad de hogar, de vida, de relaciones, de hábitos y de 
alimentos y de calificación por parte del mundo, influye muy mucho 
ee esas diferencias: se interesan en la cárcel, no por el hombre, sino 
por el preso. 

La noche que precede á una ejecución la pasan en vela muchos, 
qae ni conocen ni han visto nunca á la victima. En el fondo de los 
¿amando* calabozos se acogen con avidez las noticias relativas al fa- 
tídico protagonista del drama que se prepara; la escitacion de los 
ánimos se comunica por un misterio semejante al de la electricidad y 
se comentan los actos del reo con el lucido instinto y la pobreza inte- 
lectual, propios de aquella clase de gente, pero con la inclinación mas 
decidida á justificar honrosamente la piedad que el caso les inspira. 
Toaou 3i 



Digitized by 



Google 



llt PRISIONES 

Aquellas rudas naturalezas acogen con admiración y aplauso cual- 
quiera rasgo de grandeza que se atribuya al condenado á muerte; 
si les cuentan que en una ocasión pegó fuego á un cortijo después de 
robarlo, sacrificando inhumanamente á sus moradores, pero que át 
propio tiempo salvó de las llamas á un tierno niflo ó á un anciano, 6 
que mandó decir misas por sus Victimas con el oro qué les habia ro- 
bado; celebran la ternura de sus sentimientos y sü piedad cristiana, y 
se lo toman muy en cuesta. T asi los actos de temerario arrojo como 
los de la mayor debilidad, si la creen motivada por sentimientos hd* 
manitarios, les enardecen en su favor ó les mueven k la compasión 
mas noble y tierna. 

Los calabozos de encierro contienen revelaciones dignas de ser es- 
tudiadas por el que quiera conocer los efectos de la incomunicación 
carcelaria. 

Contratiempos ocasionados por la política, Sucesos de que no de- 
bemos avergonzarnos, nos han llevado mas de una vez h pasar éHá 
y noches en aquellos encierros. 

No hay uno cuyas paredes no estén llenas de rotólos hechos eort 
carbón, grabados con una astilla ó con una punta de tenedor, y hasta 
con las uñas. 

Relaciones enteras de una causa criminal pacienzudamente escri- 
tas en uño ó dos meses de encierro, interjecciones enérgicas, btasfe» 
mias horribles, sarcasmos, epigramas, juramentos de perseverar en 
el crimen, sátiras contraía ley y sus agentes; espresiones de do- 
lor y de venganza... todo esto allí confundido, sobrepuesto, retüelte; 
los renglones de un texto se mezclan con los de otro anterior; las 
abreviaturas por falta de espacio son á veces tan violentas qfue pare* 
cen indicar la convicción del preso sobre la imposibilidad de que na<- 
die pudiera equivocarse al leer una cosa que él sabia perfectamente. 

Alguno* se satisfacen con poner su nombre y apellido y la fecha 
de su entrada en el encierro; ninguno la de su salida; otros, y estos 
son muchos, señalan con una raya en la pared los diasf que pasan 
privados del trato de los hombres. 

Eri el techo de uno de esos calabozos hemos leido una inscripción 
que decía: 



Digitized by 



Google 



« Jfa piden garrote en primera instancia... » 

k continuación una fecha que no supimos leer. 
En el (estero del mismo calabozo se leia lo siguiente: 

« Me coge el indulto de octubre y me c en el juez.» 

Por lo que hemos podido observar en esos encierros, creemos que 
sería inhumana la prisión celular en un pais como el nuestro, donde 
la imaginación es Un viva y activa, y aun opinamos que en los lar- 
goe períodos de encierro, no hay preso alguno que no experimente 
perturbación en sus facultades. 

Desde algunos calabozos se oyen los gritos y las voces de los pa- 
tio* y de otros departamentos; de manera que, aunque el preso per- 
manezca 4 oscuras noche y día, pueda calcular perfectamente las ho- 
ras y presumir con acierto cuando ocurre algo estraordinario en la 
ctrcel. 

A ona hora dada se oye la campana que manda levantar de la ca- 
Mt i los que ocupan departamentos genérale»; el reparto del pan 
y de los dos ranchos que se verifican á horas fijas sirven también de 
retó; las campanadas de silencio que *e dan al oscurecer para que se 
retiren á sus cuadras los que han salido, á los patios y la requisa ó 
recuento diario d" todos los presos, sirven lambido para dicho objeto. 

La impresión que en aquellos solitarios encierros produce la no- 
ticia de que hay un reo encapilla, imagine el lector cual será en el 
ánimo de aquellos que se creen en peligro de igual suerte. 
. ¡Qué de arrepentimientos sinceros! ¡qué de generosos movimientos 
que, bien aprovechados, devolverían á la sociedad y á la familia 
ciudadanos para siempre incorruptibles y verdaderos sacerdotes del 
hogar doméstico! ¡Qué de lágrimas y de remordimientos arrancados, 
no siempre por el miedo á la muerte, no; sino también por la repug- 
nancia al mal que en las supremas circunstancias rebosa del corazón 
butano! 

¡Y en verdad que no son para menos los terroríficos preparativos 
de una sentencia de muerte! 

Pero la sociedad es cruel consigo misma desperdiciando ese ele- 
mento provechoso. 



Digitized by 



Google 



151 MISIONES 

En vez de apoderarse del culpable mientras el suceso tiene escita- 
da so moralidad, le deja que se acostumbre estérilmente á aquellas 
sensaciones hasta que sus sentidos y su conciencia se embolan, y 
después que ha empedernido su corazón por este medio, le dirige 
cargos tremendos si le halla insensible á escenas menos conmove- 
doras. 

I El mundo quiere que los pobres al nacer ya se traigan consigo 
el desenvolvimiento moral é intelectual que los demás adquieren por 
medio del ejemplo práctico y de la educación y de la atmósfera que 
respiran! 

En un dia señalado, un dia verdaderamente solemne, se manifestó 
con caracteres especiales el efecto que producen en la cárcel las eje- 
cuciones de pena capital. 

Diez años se han cumplido. 

Era en 1852. 

En el mas apartado encierro estaba esperando su última hora un 
clérigo, de nombre Martin Merino. 

Aquel encierro se llama el Arqueten, y lleva este nombre porque 
cae delante del arca del agua, y en momoria de otro de análogas 
condiciones que hubo en la Cárcel de Corte, cuya tecnología clásica 
ha heredado el Saladero. 

La singularidad del criminal conato de Merino, el estado á que 
pertenecía, el carácter de conspirador temible que por entonces se 
le atribuía dentro y fuera de la cárcel, y las imponentes ceremonias 
de degradación que respecto á él se preparaban, tenían á todos los 
presos bajo el influjo de lo maravilloso. 

Si la ejecución de un reo vulgar obra, digámoslo asi, prodigios en 
aquel recinto ¿qué no habia de suceder tratándose de Martin Merino? 

Day que tener en cuenta además que las imaginaciones estaban 
ya trabajadas de antemano. Las circunstancias qu3 habían acompa- 
ñado el crimen, la alarma que habia derramado por la península; la 
fría serenidad de que Merino habia hecho alarde, las numerosas vi- 
sitas que de autoridades y sacerdotes recibiera, su reputación de 
hombre dado á los esludios y á la política, sus antecedentes de ex- 
guerrillero, cien y cien causas que no acabaríamos de enumerar, 
contribuían al estado de escitacion de los ánimos. 



Digitized by 



Google 



DB KUROPA. til 

U imaginación meridional habia exagerado aun las cualidades y 
circunstancias del hombre y del suceso, de suerte que el asombro y la 
admiracioo reinaban en aquella esfera. 

El pueblo habia acudido en inmensa muchedumbre ante los bal- 
cones de la cárcel; el del ceníro estuvo abierto durante la ceremonia 
de la degradación, y los rumores de la calle que llegaban hasta los 
presos producían sacudimientos en la maga de hombres agrupados 
oerca de la primera verja, desde donde nada podian ver y quedaba á 
su onravillosidad campo ¡ofioito para loda clase de suposiciones. 

Aquel dia, como todos los tristes días de ejecución, se espían todos 
loe pormenores y se comunican rápidamente de preso en preso. 

—Ya llegó el confesor. 

— Se resiste á sus consejos. 

— Ha prometido reconciliarse. 

—Le flaquea el ánimo. 

— Boy está mas sereno que ayer. 

— El médico ha dicho que no tiene el pulso alterado. 

—No tiene apetito. 

— Quiere despedirse de fulano 

Si el reo s* acuerda de su madre, siempre se dicen los presos con 
verdadera piedad: 

— |Da dicho que pedia perdón á su madre! 

De Merino $*, repetían los dichos agudas coa que en mas de una 
ocasión reveló la frialdad de su alma; se hizo mención del diálogo 
que enlre el y el sacerdote Puig y Estovo hubo sobre ciertos pasa- 
jes de la Biblia; se calculaba lo que estaría haciendo durante el tiem- 
po que generalmen^ se suele emplear en el tocador del reo, y al sonar 
del dt^.emplado alambor la suspensión de los ánimos fué grande. 
Reinó el mas profundo silencio en los pasillos, y nunca habia sido 
tan solemne el canto de la Salve de los presos, canto sencillo y la- 
mentoso, que desde que comienza hasta que termina, en cada una de 
sos frases parece ser el último acento con que pide perdón al cielo 
tn moribundo. 

Merino, como todos los que salen de la cárcel para el suplicio, se 
detuvo ante la imágeh de la Virgen que se coloca al lado de la puer- 



Digitized by 



Google 



tii tMwmv 

ta del piso principal, es decir, precisamente en el limite qu& m le es 
licito atravesar al preso. 

Eo aquel sitio se detuvo también él y rezó en latín ana Salpe. 

El rumor de los pasos, de pronto interrumpido, indicó á los presos 
conocedores de esas prácticas lo que estaba sucediendo, y en voz ba- 
ja, para no turbar la solemnidad del acto, se lo participaron á le» 
que mostraban estrafieza. 

Por fin la comitiva se volvió á poner en movimiento, y á medida 
que se iba percibiendo menos su ruido, iba también desvaneciéndose 
el profundo silencio en lo interior de la cárcel. Desde aquel mo- 
mento la agitación, el vocerío y el tumulto fueron aumentando por 
la carrera desde la puerta misma de la cárcel hasta el anchuroso 
campo de Guardias, que jamás se vio tan concurrido de hombres y 
mujeres de todas clases. 

Los caleseros que se lucran de esa clase de espectáculo ¿uelen 
ofrecer al público la comodidad del trasporte, gritando: 

— ¡A dos reales, á dos reales al patíbulo! 

Martin Merino es el reo mas notable que ha pasado por las puer- 
tas del Saladero, y no podemos dejar de decir algo acerca de m per- 
sona. 

Según todos los datos conocidos, era aquel hombre de grande 
amor propio y poco sesudo, y aun cuando los médicos, que dieron 
razón de su estado mental, declararon con verdad que observaban 
coherencia y enlace en todos sus discursos é ideas; sin embargo de 
que no creemos tampoco que padeciese locura, dio muestras eviden- 
tes de flaco entendimiento, de ligereza de carácter, de estimar en 
mucho nimiedades despreciables y de gran confusión en las ideas. 
En punto á religión él mismo no supo lo que era: en nuestro concepto 
participaba de la duda por la índole de su inteligencia incapaz de 
formar juicio cabal, y se inclinaba á creer, quizás por la larga cos- 
tumbre de vivir en la iglesia, pues recibió muerte á los 62 afios, y 
desde la primera juventud había entrado en el claustro vistiendo el 
hábito de Franciscano. 

Siendo dado al estudio y poseyendo el carácter que s* le ha que- 
rido atribuir, se había distinguido en la Iglesia, en su orden» ó en 
las armas que empufió en 1808; pero Martin Merino no corrwpon* 



Digitized by 



Google 



h morí. hi 

éé éa ttMgtfto dé sus aefts al concepto tulgá*. Lo único que se 
caeftla da él es que en rieíla ocasión arrojó on paliado de paja den- 
tro <M carnaje en qae iba Fernando VII; que tuto mas de asa pen- 
dencia con personas que no le reintegraban de los préstamos usu- 
ntrtasá qué se dedicaba; que había pronunciado desde 1820 á 1823 
discursos en público, sin dejar recuerdo alguno de su elocuencia, y 
que en 1821, bailando al paso k dicho rey Fernando Vil, le había pre- 
seriad* el libro de la Constitución, y señalándoselo con una pistola 
fwoon la diestra empaliaba, le habia gritado: «tragarla ó morir.» 

Este incidente nos mueve á creer que el propósito ó mas bien la 
propensión á dar muerte á algún alto personaje, era lo únicoque coi 
verdadera eficacia labró en la imaginación desconcertada de aquel 
hombre, deseoso k lo último de singularizarse extraordinariamente. 

Martin Merino , que se habia dedicado á prestar dinero & interés, 
con tanto ahina) que tuvo, como hemos dicho, mas de un disgusto 
por aquel motivo, deja de ser prestamista precisamente en los últimos 
afios de la vida, cuando con mas vehemencia se manifiesta la oodí» 
cti ea el hombre, y en época en que el interés del dinero iba siendo 
mayor cada dia. ¿No hay en este. hecho una contradicción de las le- 
yes de la naturaleza? ¿No es necesario que el individuo safra ver- 
dadora perturbación para proceder asi? 

Ese hombre confesó que, si bien habia leído mucho, también lo 
ara qoe habfa digerido mal la lectura; y en efecto, su libro, ó mejor 
dicho folleto, titulado La Conciencia, es la prueba mas evidente da 
la eenfasien é inseguridad de sus ideas. 

En un mismo dia le vemos mostrarse profundamente arrepentido 
da s* crinan, refugiarse con toda solemnidad en el seno de una re- 
Mgiea que habia servido largos afios, dudando de si era ó no otra 
mitología; y euando ha pedido perdón y ha rezado solemnemente y 
la creemos entregado por completo á profundas meditaciones, oimoé 
hablar H amor propio por su beca, emitiendo su opinión sobra la 
túnica y el birrete, pidiendo en vano (y sabiendo que era en vano) 
que et patíbulo estuviese muy alto k fio de que le viera todo el mun- 
do, y anunciando que iban k ver morir k un hombre con mucho valor. 

Si descaes de movimientos y actos tan graves, solo hallamos en 
aaa hombre muestras da ligeresa da carácter ¿cómo tobemos de juigaff 



Digitized by 



Google 



U* PRISIONES 

Si aquel corazón hubiera sido capaz de grandeza equivalente á la 
magnitud de su atentado ¿por venlura Martin Merino babria dirigido 
bromas al ayudaníe del verdugo, ni habría hecho gala de buen gi- 
nete, ni habria pensado en si los trigos estaban ó no crecidos? 

No: Martin Merino no era un hombre político, ni mucho menos 
un hombre grave. 

£1 mismo, aquel mismo hombre que había amenazado de muerle 
á Fernando Vil, declaró que habia pensado matar al general Narvaez, 
¿María Cristina ó á Isabel II y (obsérvese la sustancia del escrú- 
pulo! que á esta no quería matarla «por no $er mayor de edad, 
aun cuando estaba reconocida por tal.» 

¿Cabe en discurso sano tan estravagante desconcierto? 

Martin Merino, no solo no creia, sino que no amaba. No se le cono* 
ce afecto alguno determinado. Yivia como los que no aman nada en 
el mundo; en una casa oscura y hedionda desde el primer peldafio 
de la escalera hasta el último rincón de su morada. La calle del 
Triunfo se habia llamado antes callejón del Infierno, y quizás ese 
recuerdo y lo lóbrego de la casa determinaron su elección al alqui- 
larla. 

Cuando iba para el patíbulo amenazó al criado del verdugo porque 
«no sabia guiar la cabalgadura» y como le reprendiesen por la as- 
pereza de sus palabras en momentos en que mas debía ejercitar las 
virtudes cristianas, replicó: «¡Si ha sido burlal (Vaya, que aquí todo 
se toma por lo serio! » 

¿Son menester mas pruebas para dejar mostrado que allí no habia 
seso, y si un desordenado afán de hombre vano, frío y perturbado? 

Ni cuando se cometió el crimen, ni al leer al poco tiempo su inin- 
teligible folleto sobre La Conciencia, ni al repasar después una y 
muchas veces cuanto de ese hombre hemos sabido, nunca hemos 
formado de él otro juicio que el que ahora indicamos. 

Lo único que creemos descubrir claramente en él es un femenil, 
inmoderado deseo de hacerse notable por un acto cualquiera, y la 
idea de matar á un personaje no repugnante á su frío corazón y 
acariciada por su amor propio. 

Exhausto de afectos, mezquino de entendimiento, ni emprende en 
su vida nada glorioso, á pesar de su movilidad y de su afán por dis- 



Digitized by 



Google 



W BttOPá. 25*7 

tiagu irse, ni se une á nadie por los lazos del carifio, ni la religión le 
dice nada. 

Martin Merino no tenia, pues, nada que le uniera al cielo ni á la 
tierra: quizás si hubiera tenido á su lado hermanos ó madre 9 quizás 
si su posición le hubiera permitido sentir los afectos de la paterni- 
dad, se habría modificado su carácter para bien suyo y ageno. 

El vulgo, sin embargo, y sobre todo el vulgo carcelario, no se re- 
signó á ver tan pequeño á Martin Merino y le ha querido considerar 
como afiliado á una sociedad tremebunda y hombre de importancia 
suprema. Al ver que moria sin delatar á ningún cómplice, supuso la 
gente que por fuerza los había de tener, ya fuera entre los jesuítas, 
ya entre los republicanos, y admiró á Merino porque se callaba y no 
comprometía á nadie. 

El gobierno mandó por medida de injustificable precaución que el 
cadáver de Martin Merino fuese entregado á las llamas aquel mismo 
dia. T al comunicar esta orden al gobernador de Madrid, decía el 
ministro Sr. González Romero que se le quemara, entre otros moti- 
vos, tpara que no fuese sustraído el cuerpo ó en todo ó en parte so 
protesto de estudiar su disposición orgánica, de lo cual no podía 
resultar beneficio alguno á la humanidad. » 

No queremos hacer comentarios sobre la inusitada orden del go- 
bierno, ni tampoco sobre el pretesto con que se trató de justificarla; 
bástenos aqui consignar los hechos y recordar que, con aquella dispo- 
sición, que se llevó á debido efecto, se dio á Merino una importancia 
que jamás había alcanzado. 

En cuanto á si había ó no de ser inútil para la ciencia el examen de 
la disposición orgánica de Merino, por decoro de la ciencia debemos 
oponemos lisa y llanamente á la afirmación del estraviado ministro. 

El arzobispo de Toledo, después de la reconciliación de Merino, 
alzó su trémula voz, escitando la cristiana piedad de todos en favor 
de aquel desgraciado, dijo, que por su parte había hecho cuanto se 
le podía exigir. 

Nos complacemos en reconocer los nobles sentimientos del ancia- 
no arzobispo: mas la historia nos dice que sus palabras de compa- 
sión no hallaron eco donde debían hallarlo, y quien mejor debia cor- 
responder á ellas fué uno de los que mas pronto las olvidaron. Poco 
► u. ss 



Digitized by 



Google 



*5S nUSIOMES 

después de la sentida exhortación del arzobispo, dirigida á los cir- 
cunstantes con lágrimas en los ojos, Martin Merino pagó en el ca- 
dalso el precio que la sociedad le impuso por su atentado. 

Caliente todavía su cadáver, el teniente de Santa Cruz, que habia 
estado con él en buenas relaciones y que, en concepto de obra reli- 
giosa, le habia acompañado hasta el tablado mismo, levantó la voz 
dirigiéndose al público y señalando el cuerpo inerte exclamaba: 
« ¡miradle, qué horror! todos hemos pedido que la cuchilla de la ley 
cayera sobre la cabeza del regicida...!! ¡Vivan todos los españoles! 
Perdonemos al criminal y recemos un Padre nuestro por el descanso 
de su alma.» 

¿Se puede dar cosa mas contradictoria en un sacerdote que haber 
pedido la muerte de un semejante suyo, y, después de alcanzada, pre- 
sentarle como objeto de horror y victorear á todos los españoles? 
¿Puede darse mayor incoherencia? 

Aquel sacerdote murió al poco tiempo. Su muerte acabó de fijar el 
sello de lo estraordinario y de lo fabuloso á la figura de Merino. Es 
de saber que el pueblo no comprendió por que so habia quemado el 
cadáver. No comprendiéndolo, no quiso creerlo; que así procede 
siempre el pueblo en las cosas humanas, y no creyéndolo, ideó que 
Merino no habia muerto; que vivia aun; que domiciliado en el es- 
tranjero, habia hecho y estaba haciendo viajes á España, por cuenta 
de una sociedad tenebrosa y tras tomadora, y como su instinto le lle- 
vó á enlazar este suceso con el fallecimiento del teniente de cura de 
Santa Cruz, supuso á este victima del ajusticiado. 

Por muy inverosímil que sea esa fábula popular, nosotros la he- 
mos oido referir muy de buena fé á mas de cuatro personas. 

El último momento de aquel drama terrible fué señalado por un 
prolongado murmullo que, produciéndose unánime en la inmensa 
multitud de los espectadores, se fué estendiendo por la Tilla y propa- 
gándose y repitiéndose de boca en boca como de eco en eco, serpen- 
teando por todas las esferas sociales. 

—Ya ha muerto; ya ha muerto; ha muerto... muerto... muer- 
to... 

No se oia otra cosa por todo Madrid. 

Todo el mundo llevaba al regicida en su imaginación. Todo el 



Digitized by 



Google 



0ft flftOft. «I 

se representaba de continuo el semblante, nada simpático, de 
aqnel hombre. 

Tenia los ojos vivos, la frente deprimida; la nariz formaba nn ho- 
yo en su arranque, era corta y levantada; la boca sumida, la barba 
saliente y angulosa. 

En la cárcel la sensación fué, como bemos dicho, muy honda y 
diradera; que, si bien sus moradores no habían tenido con el ajus- 
ticiado las relaciones con que otros granjean allí camaradas y sim«- 
patías, lo extraordinario de su causa y sus circunstancias personales 
esplican bastante el efecto que había producido. 

En semejantes ocasiones, á todos los visitadores de la triste man- 
sión se les pregunta ante todo: 

— ¿Fué sereno? 

—¿Desmayó? 

—¿Qué dijo? 

—¿Miraba?— ¿Saludaba?— ¿Pidió algo por el camino? 

Y como Merino fué & morir con la ligereza y la distracción que to- 
do el mundo sabe; como parece que quiso hacer alarde de su frial- 
dad de ánimo; los presos, interpretando á su modo y con bien poco 
acierto aquellas demostraciones, hallaron en ellas abundante mate- 
ria á su admiración, que es e! sentimiento que mas desean que les 
inspiren los que mueren en el patíbulo. 

Al saber que habia replicado á la mujer que en alta voz hiciera la 
observación de que su túnica tenia manchas amarillas; al saber que 
habia echado de ver la sequía de los campos y el desnivel de la igle- 
sia de Chamberí, pasmábanse los desgraciados, creyendo que aquella 
pequenez y debilidad mental eran grandeza de espiritu. 

Ese favorable concepto, que Merino no merecía, tuvo su compen- 
sación en los artículos que al dia siguiente publicaron los periódicos. 
Parecía que deseaban sobrepujarse unos á otros en safia contra el 
que ya no era criminal; de quien ya ni cenizas quedaban, y apura- 
ron en él los dicterios como si aquellas espresiones de odio, lanzadas 
contra la nada, hubieran de ser la medida del civismo ó de la pro- 
bidad de quien las proferia. 

Nosotros, que mas de una vez hemos sido motejados de impios 
pÉMieamente, dábamos á luz por entonces El Diario Madrileño y 



Digitized by 



Google 



260 PRf&ÓftfiS * 

• 

recordamos, ya que no con orgullo, coa satisfacción á lo menos, que 
fuimos los únicos en respetar los verdaderos sentimientos cristianos, 
hablando solo de perdón y lástima para el que habia dado su vida 
al verdugo y su cuerpo á las llamas 

Varias indicaciones hemos hecho sobre el efecto que en las cárce- 
les producen los crímenes y los caracteres extraordinarios, y nuestro 
modo de ver y de pensar está confirmado, ó mucho nos engallamos, 
con lo que pasó recientemente en una doble ejecución cuya memoria 
durará mucho. 

\ El Carbonerin y Martineja, que estos eran los apodos de los dos 
reos de muerte, habian asesinado bárbaramente á un hombre. 

Vamos á dar al público algunos interesantes pormenores del suce- 
so, advirtiendo que nos consta su exactitud, y no tememos que la 
verdad salga adulterada de nuestra pluma. 



Era el martes de Carnaval y todo Madrid asistía al tan célebre co- 
mo falso entierro de la sardina (1). 

Entre la muchedumbre iban un mozo de 28 años (el Carbonerin), 
y otros dos, de 31 á 32 afios, que eran sus compañeros, Martineja y 
Medina. 

El Prado de Madrid en Carnaval, y sobre todo el dia del entierro de 
la sardina, es una extravagante y bulliciosa confusión de clases, de 
trajes, de voces: es todo Madrid agitándose y revolviéndose en un 
punto dado: es iodos los habitantes de una gran capital, empujándo- 
se, rechazándose, chillando, atropellando, acometiéndose, huyendo 
el cuerpo; lodo gritos, todo vaivenes, todo abigarramiento y locura. 

Los hombres que sienten en su ser algo femenil completan aquel 
dia sus goces vistiéndose de mujeres; la gente de instiptos groseros se 
viste de harapos repugnantes; los jóvenes, ministros de la moda, se 
disfrazan con un traje que haya sido de rigurosa moda en otra época, 
y entre todos abundan los ricos vestidos, los carruajes lujosos, los 
adornos raros y de gran precio. 

(4) Dicen los eruditos que se llamó entierro de la cerdiua por celebrarse en primer 
dia de Cuaresma, dando á entender que se dejuba de comer carne, en particular la 
de cerdo (eerdinaj de que se bacía gran consumo en Carnaval. 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA 16 í 

Los tres hombres que hemos mencionado particularmente, fijaron 
fn atención en ana serie de carretelas ocupadas por mujeres atavia- 
das con deslumbrantes galas. 

Los coches y las joyas de las damas llamaron la atención de Medi- 
na y le inspiraron unas frases breves y comunes, de donde tomó ori- 
gen el crimen que mas adelante corló la vida á sus dos compañeros. 

— ¡Qué tengan unos lanío y otros tan poco! exclamó aquél; mira 
tú, comparados esos ricachos con nosotros... ílay señor de esos que, 
sin saber leer ni escribir, como <juien dice, nos cubre de oro á los 
tres con lo que tiene en su casa, y le sobra otro tanto. 

--Uno conozco yo, dijo el Carbonerin, que... ya, ya. Mas oro 
tiene que pe>a. Como que mi hermano carbonea en su dehesa de 
Bio-frio y bueno.; pesos le suelta de cuando en cuando. 

—¿Con qué tan rico es? preguntó Medina. 

—Tanto, que repartido entre nosotros so caudal, no sabríamos que 
hacer con él. 

—¿Y tú le conoces? 

—Como que voy muchas veces á so casa, y me paso allí ratos con 
el criado, charlando y echando un pitillo y, en fin, esas cosas 

— Chico... ¡pues cómo yo pudiera meterle mano...! 

— ¿Serías tú hombre para ello...? 

—Toma, toma, yo.. .. 

Entre tanto seguían pasando trenes elegantes ante su vista y brio- 
sos caballos y damas de aristocrática belleza y todas las tentaciones 
del fausto y todos los incentivos de la codicia. 

Olvidados completamente del entierro de la sardina y entregados 
con todos sus sentidos á la peligrosa conversación, seguian caminan- 
do hacia el Canal, insinuando ora el uno, ora el otro, las probabilida- 
des que tres hombres bien avenidos tienen para robar un caudal mal 
guardado, hasta llegar á aquel punto crítico en que, sin haber con- 
certado nada esplicitamente, cada uno se convenció de que sus dos 
compafieros pensaban lo mismo que él. 

Llegados al Canal en esta disposición de ánimo, bebieron lo razo- 
nable para honrar la fiesta y, escitados por la bebida, acabaron de re- 
solverse, se hablaron con claridad y convinieron los tres en dar el 
golpe unidos. 



Digitized by 



Google 



*St PRISIONES 

Desde aquel panto, el robo de la casa del sefior Blazquez Prieto 
fué so idea constante. 

Gomo el Carbonerin solia visitarla con alguna frecuencia con mo- 
tivo de llevar y traer recados de su hermano, se valió del protesto de 
este para menudear algo mas de lo necesario sos visitas en compañía 
de sos cómplices, á fin de que conociesen lo interior de la casa y tu- 
viesen el terreno preparado. 

Medina les dijo al poco tiempo qne él renunciaba á su propósito y 
que si se comprometió en dafles palabra en el Canal, fué porque estaba 
bebido. Mas no solo continuó yendo en su compañía sabiendo la reso- 
lución que los otros dos habían tomado, sino que se hacia el encon- 
tradizo con ellos y se enteraba de cuanto iban tratando en su proyecto. 

Un dia, á cosa de las siete de la mafiana, entro e ] Carbonerin en 
cierta taberna de la Corredera Baja, donde solia reunirse con Marti- 
neja; tomó una copa de aguardiente, dejó pagada otra, obsequio con 
queá menudo se correspondían Martineja y él, y se fué hacia la Pla- 
za Mayor, que era otro de sus puntos de reunión. El que primero 
llegaba esperaba al otro paseando por debajo de los relojes. Compa- 
reció en efecto Martineja, y fuese casualidad, fuese caso pensado, allí 
fué á parar también Medina. 

Declaráronle que aquel mismo dia pensaban poner por obra su 
arriesgado intento, y le preguntaron si resueltamente estaba decidido 
á no tomar parte en el negocio; confirmóse Medina en la negativa, 
mas de una en otra explicación les fué acompasando por la calle de 
Atocha hastaUa-Plazuela de Antón Martin. Almorzaron allí escabeche 
y bebieron vino, fija la mente de los dos arrestados en el golpe que 
iban á dar, y tal era la fuerza de su determinación, que á las once 
del dia se levantó de la mesa el Carbonerin, pagó todo el gasto y 
echaron los treshácia la casa consabida. 

A la esquina de la calle del Júcar se quedó parado Medina, y sus 
compañeros fueron directamente hacia la casa del sefior Blazquez 
Prieto. Cerca estaba el infernal atractivo, desde allí mismo veian la 
puerta. Llegaron en efecto á la entrada de la calle de la Esperancilla, 
y, sin reparar en lo temprano que era, circunstancia que hacia mayo- 
res los riesgos, llamaron bravamente y salió á abrirles el criado José 
Menendez, mozo é in esperto. 



Digitized by 



Google 



01 EUftOtl. US 

. Entráronse con el achaque de averiguar si habían visto por allá al 
hermano del Carbonerin, qae por honrosos negocios de so industria 
entraba y salia siempre con decoro en aquella casa, y habiéndoles 
parecido oir voces en las habitaciones interiores, preguntaron al cria* 
do Menendez con la confianza nacida del continuo trato, quién estaba 
allí. Respondióles este que un hermano suyo; y coligiendo ellos que 
la persona con quien aquel hablaba debía de ser el administrador del 
señor Blazquez Prieto, hubieron de poner freno á su impaciencia; y 
se fueron, despidiéndoles amigablemente el criado. 

A la esquina de la calle del Júcar dieron otra vez con Medina, que 
como personaje fantástico andaba siempre en torno suyo, recordán- 
doles con su sola presencia el empeño en que estaban puestos. 

Medina había escitado en ellos los culpables deseos; sin exponerse 
i riesgo, i lo menos en su concepto, era dueño del secreto y podía 
beneficiarlo á su tiempo, caso de no salir castigada la temeraria ob- 
cecación de aquellos hombres, cegados por la codicia. 

Preguntóles qué habían hecho, y caminando hacia la estación del 
ferro-carril, le dijeron el inconveniente que les había hecho contener 
sus ín petas. 

El ansia del Carbonerin y de Martineja crecía por momentos. En- 
tarado aquél de ciertas costumbres de la casa del señor Blazquez 
Prieto y sabedor de que este señor acababa de recibir de su hermano 
na bu3na cantidad de dinero, calculaba que en la casa debia haber 
considerables existencias en metálico, y asi crecía de punto su fatiga, 
temeroso de lener que aplazar el golpe para ocasión menos propicia 
y acato remota. 

Así contrariados en sus planes, anduvieron mohínos y taciturnos; 
empezaba á llover cuando habían ido mas allá de la antigua Puerta de 
Atocha, y se volvieron atrás para tener facilidad de ponerse á cubierto 
si arreciaba la lluvia. 

Andaban á la ventura, luchando entre la esperanza y el desaliento. 

La costumbre de menudear las copas y el tener secas las fauces con 
la zozobra y la febril impaciencia, conspiraron de consuno y deter- 
minaron quizás la perpetración del crimen. Durante su largo paseo 
bebieron en varias tabernas. Su descanso consistía en echar una ton- 
4a de pié en cada tienda de vinos, ó poco menos. Así lo hicieron en 



Digitized by 



Google 



**4 PRISIONES 

la calle de Atocha, en la de Preciados, en la Plazuela de Santo Do- 
mingo y en otros sitios. 

Se habían alargado hasta la plazuela de Oriente, y desde allí, como 
rechazados por una fuerza superior hacia su funesto destino, enca- 
mináronse otra vez á la calle de Atocha. 

Eran las cnatro do la tarde, y podia quedar sola la casa, porque 
el administrador comia fuera. 

Entraron en la taberna que da esquina á la mencionada calle del 
Júcar, sentáronse el Carbonerin y Martineja á una mesa, pidieron 
baraja y vino, y Medina, colocado junto á ios cristales de la puerta, 
atisbaba la de la casa del señor Blazquez Prieto. 

Jugando á los naipes y bebiendo estaban como gente estrafia á la 
inminente perpetración de un crimen, y entre baza y baza se comuni- 
caban por lo bajo lo que se les iba ocurriendo sobre lo que cada uno 
debería hacer en los momentos supremos de su peligroso empeOo. 

A cosa de las cinco se les acercó Medina como si le moviera á cu- 
riosidad el juego, y colocado entre los dos, dijo quedito: 

—Acaba de salir á la calle el administrador. 

Miróles á entrambos á la cara, miráronse también uno á otro los 
dos comensales, volvieron á su juego y volvió Medina á ponerse en 
acecho. 

Eran las seis de la tarde y Medina se acercó otra vez á la mesa, y 
dijo en voz muy baja: 

— Blazquez Prieto ha salido ahora. Con que no sé.... 

Levantáronse los jugadores y tomaron hacia la calle de la Espe- 
rancilla. 

Caminaban pausadamente, y como si una voz interior les hubiera 
hablado á entrambos unas mismas palabras, pasaron de largo y lle- 
garon hasta la fuente de la calle de Santa Isabel. 

El demonio iba pisando en sus huellas: Medina se presentó á su 
vista... 

¿Quién sabe si habrían renunciado al crimen á no ser por el funesto 
provocador de sus malos pensamientos? ¿Quién sabe si, rendido su es- 
píritu por los largos combates de aquel dia, habrían aplazado el logro 
de su idea, y entre tanto lajeflexion, la casualidad, un obstáculo in- 
superable les habría impedido consumar el horroroso atentado? 



Digitized by 



Google 



55 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



atiuaori «*v 

Poro (Medina estaba allil 

Miróles detenidamente yaéuno, ya áetro, sonrió ora aire de des* 
precio, y dij* 

— ¡ Jiun! Tenéis miedo. ¿Y para eso ha sido tanto hablar? ¡Cobar- 
des! Na haciéndolo ahora, digo que no soi* hombres para hacerlo 



t No sois hombree» dijo, y el Carbonería y Marthuja volvieron la 
cara hacia la casa! arrebujáronse en sus capas y sin titubear llama* 
milt puerta. 

Abrióles José Meneados, y entraron como buscando deseando y on 
rato de conversación. 

Sentáronse en el despacho según costumbre, y Iteraban ya abier- 
tas y escondidas sendas y descomunales navajas. 

Marimeja debia sacar el patínelo, ¿coya señal él y si eompaflero, 
lanzándose sobre el joven criado, le habían de privar de voz y movi* 
mteoío. 

Mmrtmeja confesó haberle dada de poflaladas; pero también alrmó 
na y otra vez que él no había convenido en derramar sangre sino 
ai caso de extrema neeesidad y cuando no bastasen las violada* 
qie hemos dicho. 

¿Vacilaba ain Martintjato el momeólo crítico? ¿Revelarla tartfa- 
ckm que en concepto de su compafiero pudiese comprometeré! golpe 
y les hiciese sospechosos para siempre? ó ¿creerte este fue peligra-' 
bao mas y mas con dejar correr el tiempo? 

Como quiera que fuere, sin haber hecho Martineja sefial alftM, 
levantóse el Carbonerin, «oaroóse al diado asmo para ver la hera y 
prefinió en efecto: 

— ¿Qué hora será? 

Dijo, y asió súbito del pelo al mancebo y can grai brío le tiré u 
navajazo al cuello. 

¡Brotó la sangre! 

— ¡Hermano... hermanol gritaba la victima, que na matan... 
Ihiyel 

A este tiempo Martineja, que no lograba taparle la boca, le hw- 
06 la navaja en el coalado. 

Oyóte abrir «halcón; la víctima panscia úmtár laénvíe ?m*< 

14 



Digitized by 



Google 



*0* HUSIOfttf 

bió otro navajazo de JUartineja, que cun la oirá maaodaba en el hom- 
bro á su compañero para que se fijase en el raido qae se acababa de 
oir en el cuarto principal. Él compañero se cebaba con loca crueldad 
en, el criado, aeerrfadok el cuello coa la navaja, según esprosion de 
Martmja* Agarróle esté de la mu naca para que cesara en acuella 
horrible carnicería y atendiera al riesgo comuu, y tales esfuerzos tuw 
qae hacer para conseguirlo, que se corló el Índice oon la misma na- 
vya. 

El cuerpo iuerte cayó, produciendo un ruido pavoroso el choque de: 
laiPabeza coa la tarima del despacho y salpicando de sangre inocente 
á los asesinos. 

patentado* corrieron estos al cuarto principal, dt jando Martineja 
tras sí el rastro de su propia sangre, que contra él había de clamar, 
y.BiaraiJido entrambos á, tientas las ensangrentadas manos en las 
pfrcde&i .. 

El balcón estaba abierto; el hermano de la víctima no estaba allí; se 
b^ft arrqjido á la calle y pedia auxilio llorando y á grandes veces. 
, Los dos cómplices sintieron lo inminente de su riesgo, acudieron 
i wpuj&r hacia fuera la puerta de entrada á fin de que no se la 
abrieran de golpe y quedasen cercados. 
.. Ua /soldado de Barbastro cayo soeorro imploró el hermano del muer- 
to y otros dos por entrambos requeridos* se dirigieron 4 la casa y en* 
tetaron 4e paso aun guardia urbano que precisamente iba á decir 
al seOor Bazquez Prieto que su amo le esperaba para comer en su 
<**p*fiía, 

Lea i Ir** soldadas echaron mano á las bayonetas; el guardia urba- 
no, separándose de su novia, con quien habia llegada hasta aquel 
sitio, tiró del machete. 

mDióel primero un violento empujón á la puerta, que cedió un po- 
co, mas apenas entreabierta, se volvió á cerrar con violencia. 

—¡Hay gente denlro! gritaron; ¡ahí están los asesinos! (llamar 
fueraa acmadal ,|dar aviso al comisario] ¡á. la. guardia! 

Ya se habia formado un grupo de curiosos; ya se confundían las 
voces... .. 

Ábrese la puerta de improviso; lánzase 4 la calle el Cartonería 
navaja en o*», ddiearg* un tronando golpe al guardia y, partién- 



Digitized by 



Google 



DB RUKOPA 1«7 

Me el sombrero, h Iriere profundamente en la cabeza, lo derriba sto 
sentido, y corre á todo correr. 

Todo esto foé obra de dh momento. 

Persiguióle ««o de lo* soldados dando voces; el Carbonerin le tiró 
la navaja, sin darle; le tiré la capa sin hacerle caer. Dabia echado pdf 
la calle deSan Ildefonso y, alarmados los gastadores que daban guar- 
dia ¿ su jefe en el cuartel de Sania Isabel, lo cogieron á la carrera.' 
Estaba ensangreotado, como lo estaban también socapa y sn" na- 
vaja. 

Al tiempo de salir de improviso el Carbonería, habíase (amado éf 
la calle en dirección opuesta su cómplice Martineja. Uno de los sol- 
dados, amagado de cerca por el arma fatal, dio un salto hacia atrás;* 
el otro, acometido á su vez con la velocidad del pensamiento, abrió 
paso y huyenád Martineja como su compañero, atravesó la calle de 
Santa Isabel, echó por la del Salitre, perdiósele de vista y llegó salvo 
á la del Agnila. 

Allí vivia sn pobre madre, á quien encontró casualmente en la es-' 
calera. La anciana era lavandera; venia del río donde había pasado 
el dia dedicada i sn penoso trabajo. 

—¡Madre, déme nna camisa limpia! dijo Martineja al verla. 

—Sobe conmigo, hijo mió, y te la daré en seguida, que limpita la 
traigo. 

—Ahora ha de ser y aquí mismo. 

La viejedla, acostumbrada quizás á los caprichos de su hijo, sacó' 
del talego una camisa. Quitóse Al entre tanto la que. llevaba puesta, 
endosó la limpiay v sin hacer advertencia alguna á su madre, se dirigió 
i la taberna deja Corredera Baja donde él y el Carbonerin hablan 
comenzado aquel horrible dia. 

Presumió que si este habia logrado escapar allí le encontraría, 
preguntó por él y dijéronle que no le habían vuelto á ver. 

Alli estaba, empero, una vecina de aquel barrio; vivia en la trave- 
sía de la Ballesta, y su casa era refugio de tas mas desdichadas mu- 
jeres Era ella amiga intima dé Martineja y sentía por él gran pre- 
dilección, según de público se decía ya entonces. Brindóte primero 
con una copa de vino, que él bebió, y dióle además una pésela para 
que á su salud la gastase. Martkeja aceptó, y probablemente rio se- 



Digitized by 



Google 



rja la primera taz que recibía de ella fiabas semqjaatet. La Tecina 
se despidió á poco rato. 

¡Estraña y poderosa atracción! 

Loácriqúoalefcse encuentran síq buscarse. Aquella mujer foé pre- 
sa á los pocos días y reprendida al entrar en la cárcel por un sa- 
cerdote que le afeaba sus desórdenes y su trato con la gente mal 
perdida, rompió á llorar esclamando: 

— ¡Es mi sino! ¡es desgracia que me persigue! Yo no teugo la cul- 
pa.,, ¡ay I ¡no he puesto los ojos en hombre que no haya muerto ase- 
sinado, ó en presidio, ó en garrote) 

JEn casa de esa mujer habia sido preso Marrón, cómplice del Cabe» 
Mudo y la Bernaola, que habían asesinado recientemente á un pres- 
tamista. 

Y en casa de esa mujer prendieron á Martwfjv. El entró estando 
ausente ella; de suerte que cuando á las doce de la misma noche ae 
presentaron los agentes de justicia preguntando quien habia en la 
casa, el ama contestó que solo sus huéspedas; y una de ellas que le 
habia abierto, sin sospechar que entregaba un hombre al verdugo, re- 
plicó: 

—No; que estando tú fuera, vino Martineja y se ha acostado. 

Penetraron los agentes en la habitación donde estaba Martineja so- 
lo, acostado y durmiendo á pierna suelta. 

Asi le sorprendieron y llevaron k la corcel, donde negó aquella 
noche, pero nada mas que aquella noche. Al dia siguiente confesó. 

Habíanle buscado primero en su casa, y su pobre madre, que de 
nada estaba advertida, dijo: 

-~AquÍ4&luvo; pidióme una camisa para mudarse y volvióse. 

—Veamos la camisa que ha dejado. 

La desdichada madre ni siquiera la habia mirado. ¡Llena estaba 
de manchas de sangre reciente] 

.Adivinólo todo como por un relámpago de inteligencia... Adivine 
quien pieda su amargo quebranto. 

Dirigiéronse ^cto oooünno los aúpales 4 la taberna de la Correde- 
ra fltf*> supieron *llí que Jtiabia hablado con su amiga, y MartHUf* 
fué descubierto. 

El Ca*f>onw¿U*rlmjs y Medina volvieron & reunirse bajo el te- 



Digitized by 



Google 



de morí |0t 

di* común de la oáeoel; este fué condenado i presidio: no§ ocupa- 
mos solo da aquellos. 

So entrada en el Saladero fué un acontecimiento. Se contaban con 
impaciencia las horas, esperando que se les pusiera ea comunicación. 

Todo aquel mondo deseaba conocerles. 

Su proceso fué breve; mas dio tiempo para que se determinasen 
los cespecÜYos caracteres de aquellos dos hombres que habían com- 
partido un empefio lan bárbaro y horriblemente consumado. 

Era el Carbonaria hombre, como dice el pueblo, de mucho sentí* 
do; mas propenso á obras que á palabras; en todo grave y compues- 
to, y bien dio á conocer la sobriedad do su lengua y el poder ce* 
que sabia dominarse durante su permanencia en el Saladero. 

Martincja era vivaracho, moreno, decidor, no falto de gracia y se» 
brado de malicia, cínico sobre lodo encarecimiento y no por alarde, 
tino de corazón. Aquel joven no habia hecho e*taacias en la cárcel; 
había recibido un solo castigo por abandono de la guardia de la Cár- 
cel de mujeres, toando sargento en el ejército. 

Pero Martinrja, aunque habia vivido ageno al crimen, no mostró 
repugnancia al lenguaje, á los pormenores ni á lo nas torpe y bar- 
taro del delito: sentíase criminal, como Napoleón I se sentía sobe- 
rano. 

A primera vista parecía que á él y no á su compafiei* debia atri- 
buirte la iniciativa del cruel asesinato; mas en una controversia que 
hubo eatre los des, acabó el Carbonerin por confesar que él habia 
herido «1 primero sin esperar la sefta convenida, y que Martineja no 
m proponía matar sino caso de sor necesario para salvarse. 

— Di la verdad como fué, esclamaba Martineja: yo hice tanto co- 
me ti; fui hombre para ello y me toca la misma culpa; mas veamos 
¿qotÓQ 4ió primero? Tú fuiste. 

Martmej^uo quería que allí se creyere que por flojo habia sido 
in fe rior á su compañero; eso repugnaba i su vanidad; mas tampoco 
qperia dejar en duda que su propósito no habia sido asesinar sin 
peligro de su propia vida. 

Esto féé el hombre objeto de admiración en la cárcel, y su memo- 
ria será funesto estimulo para muchos. 

Mientras las personas honradas se horrorizaban solo al represen- 



Digitized by 



Google 



no PRISIONES 

tarse en la imaginación lo que debía haber ocurrido entre los doi 
asesinos y la víctima, él triunfaba del horror y del miedo; y quizás 
una voz' secreta le halagaba diciéndole que, para no quedar vencido 
en el trance supremo, su naturaleza tenia altos privilegios. 

Rodeábanle admiradores, antiguos amigos... 

Entre varios de estos encontró allí á un hombre acusado de ha- 
ber dado muerte poco antes á una sefiora en la calle de la Justa. 
Este hombre gozaba y goza aun hoy (1), pues aun no se ha visto su 
causa en última instancia, fama de callado, de discreto y de tener 
espaldas para muchas penas. Sabemos de él que, no teniendo mas 
que una camisa, ha ido sin ella por la cárcel, reservándola para el 
caso en que tuviese que ir al cadalso, pues quería presentarse asea- 
do ante la numerosa muchedumbre que asiste á semejantes espectá- 
culos. 

De este hombre y de su antigua amistad hizo grande aprecio Mar* 
tineja, y estando en capilla, quiso celebrar con él la última cena, 
después de haberle obsequiado varias veces con algunos de sus man- 
jares y con cigarros, recibiendo con placer lo que el otro cortesmen - 
U le enviaba de cuando en cuando para corresponderle. 

Afortunadamente no llegó á ser un hecho el proyecto de aquella 
horrible Pascua. Se hizo presente al reo que no le era licito cenaren 
compaflia de aquel amigo, y tuvo que contentarse con enviarle tres 
platos de su mesa para memoria suya. 

Quiso también obsequiar á otro individuo, acusado de haber dado 
muerte á un sereno, y á su mismo compañero el Carbonerin, que, 
meditabundo y callado, atento siempre el oído á los sacerdotes, se 
diferenció de él muy notablemente. 

Mar tineja gozaba con tener relaciones entre los hombres que creía 
á su altura en cuantp á temple de alma y á fortaleza para soportar 
grandes penalidades. „ 

Su espirita no decayó un solo momento. Hablaba con animación y 
naturalidad, se mostró propenso al gracejo como siempre; comia con 
apetito; se acostó media. hora antes de salir al fatal viaje; durmió 
tranquilo sin que se le hubiese alterado el pulso, según afirmé el 

1) 9 setiembre d« 186J 



Digitized by 



Google 



OEJtüIOfi «11 

sádico y ¡misterios de la naturaleza! ¿quién sabe si taro sue&os gra- 
to.,.? 

Quejóse mas de una vez de que, siendo él cristiano «desde la púa* 
la de los cabellos hasta las ufias de los pies,» no se apartasen de 
sa lado los sacerdotes, sabiendo que le irritaban en vez de consolar- 
le. Mucha paciencia hubieron menester estos para conllevar su hu- 
mor. £1 que mas simpatías le mereció fué el señor Lavilla, capellán 
del Saladero, acaso por estar este mas acostumbrado que los otros & 
hacer nao de toda la longanimidad que requiere la feligresía carce- 
laria. 

Martimeja, á pesar de su carácter y de su audacia ante la muerte, 
lloró. 

¡Arcano recóndito, bello reflejo de los puros afectos del alma! 
Acordóse de los últimos momentos de su padre, y lloró. 

Acordóse de su anciana madre y... lloró. 

Rezó arrodillado cuantas oraciones le indicaron, y cuando ya los 
etrcunslantes se iban 4 levantar, dijo él á su vez: 

— ¡ \hora, señores, un Padre nuestro por los valientes que murie- 
ras en la guerra de Africal 

T retó claro y distintameole el Padre nuestro, llamando la aten- 
ción por la eficacia que al parecer trataba de comunicar á su rezo. 

La vípera de su muerte pidió permiso para despedirse de él UQ 
hermano que tenia preso en la misma cárcel. 

Por lo que contrasta con la conversación que tuvieron los dos her- 
manos, el empefto de la solicitud, ramos á transcribirla integra y 



Dice asi: 

«Sor Alcayde l. 9 de esta cárcel» * 
»Mny Sor mió y de toda mi mayor consideración; 
•Mucho siento tener que molestar á V. pero me es indispensable 
•toerío que hacer y es que me conceda la gracia de dejarme ablar 
smm amano José Martines que se halla en encierros á fin de poder* 
«le dar el último á Dios por si es su desgracia concluir con su bida 
■ó do (Hiedo bolberlo aber. Sor, os suplico encarecidamente por lo 
•que uañ en estima tenga no me niegue esta gracia pues no tema ni 
sigue nada malo tendré balar y resistiré el dolor de ana desgracia. 



Digitized by 



Google 



irt MISIONES 

»Sor, os suplico rendidamente no me neguéis este mi afán os tendré 
»en el frente de mi memoria eternamente no me de V. desconsuelo 
Crepito conceda esta gracia y mande á este sü subordinado 

«Ramón Martínez. 

«Cárcel de Villa patio grande 11 de Abril de 1862.» 

En efecto, se concedió á Ramón lo que solicitaba y, al verse juntos 
le abrazaron los dos hermanos; mas no se vislumbró afecto en sus 
palabras y quizás, por lo que respecto al vivo, pasaríamos en silen- 
cio este incidente, si de él no se hubieran ocupado los periódicos de 
la corle. 

Echáronse en cara uno á otro sus malas costumbres; quiso Marti- 
neja encargar á Ramón que dejase de frecuentar tabernas y sitios de 
perdición, y este le replicó: 

—Si tú hubieras hecho lo que me aconsejas, no te verías ahora 
como te ves. 

Martineja, que no le habia mostrado mucho cariño, tampoco le 
mostró enojo por ese íargo que solo podia dirigírselo un hombre in-> 
capaz de comprender lo que es tener horas contadas de vida y un 
verdugo esperando la última para marcarla. 

El mismo Ramoneantes de despedirse de su hermano, le dijo: 

—Bien podrás darme los cigarros que tengas. A ti ya no te van & 
Servir.... 

Véase en estas palabras un acto de bárbara crueldad cometido con* 
tra tin hermano, acto abominable, que ningún tribunal castigará y 
que es obra de Ja ignorancia y de la rudeza de los afectos. 

¡T sin embargo, por otras fallas cometidas, también sin voluntad, 
pero menos graves que esta, castigan severamente las leyes al indi- 
viduo! 

No sabemos que Martineja volviese á hablar de su hermano desde 
aquel momento. 

■ No era desafeólo á la familia, pues hemos visto que le conmovió 
la memoria de sus padres. Sabemos también que trató de reconocer 
á no hijo habido con una joven á quien quería y ofreció á esta su ma- 
no; mas no vio satisfechos sus deseos. Personas agenas á cierto* la* 
m, y de bastante autoridad sobre la madre, le aconsejaron que, para 
evitar mumurtcioiss 4*1 mundo, dejase al niño sin ^adra eonodia 



Digitized by 



Google 



DE ECROPA. «II 

y oo buscase para él ni para ella un apellido que iba á cubrirse pa- 
ra siempre de infamia. 

Después üd periódico hizo presente que debía averiguarse qué dis- 
tribución se baria de los fondos que se hubiesen recogido en nom- 
bre de dicho reo, para que no se abusara de ellos con perjuicio de 
tercero, y suponemos que aludiría al huérfano. 

No sabemos si se evitó ese perjuicio merced & la publicidad que 
se dio al avfeo. 

La hora fatal se acercaba y no por eso decaía el ánimo de Martine* 
ja f ni salía de su silencio y su profunda atención el Carbonerm. 

Notificáronles la triste sentencia; preguntó este al capellán si era 
posible apelar, y respondiéndole que no, puso al pié del documento su 
firma, con "seguro pulso. 

Inmediatamente fué corriendo la notificación de mano en mano; to- 
do el mundo quería conjeturar algo sobre el Carbonería por el carác- 
ter de su letra y la mayor ó menor perfección de su forma. 

MartínejafadL por chasquear á los curiosos, cosa muy propia de 
su genio, ya por otra cualquiera causa, se negó afirmar. Preguntá- 
ronle por qué, y dijo con indolencia: 

—¿Qué se yo?... Pero ya que nada puedo en el mundo, á lo me- 
aos no se diga que he firmado mi propia muerte. 

Manifestó deseos de salir de la cárcel afeitado y, como era natural, 
no se le pudieron satisfacer. 

Tratóse de la confesión y dijo: 

—Encargo á Vds. que llamen á un sacerdote prudente y que no 
sedé voces. 

4 

Como en la cárcel no hay mas que una capilla y los reos eran 
dos, se habilitó como capilla para $1 Carbonería el cuarto del llave- 
ro, que á la noche siguiente acaso, rendido de cansancio, quedó dor- 
mido al echarse en la cama donde aquel buscó en vano el descanso 
por última vez. 

¿Pero qué mucho? Ta hemos dicho que Martineja mismo habia 
dormido, media hora antes de salir para el cadalso. 

Hubo que gritar para despertarle, y no quería ponerse en pié, ni 
abrir los.ojos. 

El Sr. cura Lavilla llamó al escribano de la causa D. Cándido 

tMtt u. S5 



Digitized by 



Google 



til PRISIONES 

Capilla y le rogó que le ayudase, uniéndose los dos para rogarle 
que se pusiera en pié y se acordara de su alma. 

Híseio así en efecto, y protestando repetidas Teces de ser cristiano, 
pidtó que oo le enojasen iantos á la vez, pues le producían dolor de 
eabeza, en vez de hacerle pensareo la religión. 

Durante los últimos preparativos, díjole una persona que estaba 
alli de oficio: 

— Ea, ánimo y confia en Dios. 

Y él llevándose la mano al corazón, replicó: 

— Lo que es este no Me ba de faltar. 

Antes de salir do la capilla hizo llamar al juez de su causa seffor 
Prída y *l escribano señor Capilla, y lea suplicó que le perdonasen, 
con toda la cortesía de que era capaz, súplica que también les hizo el 
Carbonerin. 

Al abogado D. Garlos Maesa Sanguiuetti, defensor de Medina, le 
dijo Martineja: 

—Le agradezco á Vd. todo lo que ha hecho por el pobre Medina. 
Ta sé que se ha portado V. muy bien. 

Al llegar al al tari to de la puerta le hicieron rezar una Salve. 

El trascordado comenzó diciendo: 

—«Dios te salve, Maria,[llena eres de gracia...» 

—No es asi, le interrumpieron, sino: «Dios te salve, rema y ma- 
dre de misericordias....» 

— Y ¿qué mas da? replicó él con su desenfado de siempre, y ter- 
minó la oración que comenzara. 

El momento habia llegado. Desde hora muy temprana se había 
trasladado medio Madrid al trecho que media entre la puerta de 
Santa Bárbara y la pradera de Guardias. 

Vendedores ambulantes, artesanos, ociosos, mujeres de todas las 
clases sociales y en gran número, no temieron confundirse entre aque- 
llas oleadas que levantaba la curiosidad mas torpe, el atractivo mas 
inhumano. A cada momento se repelían los ayes arrancados por una 
contusión, los gritos de gente que, empujada en dos opuestos sentidos, 
se estrujaban unos á otros; que al aproximárseles coches y caba- 
llos preferían estrechar las filas á perder una pulgada de terreno. 
Salían de los grupos niños llorando, mujeres oon el velo hecho gi- 



Digitized by 



Google 



MI KIMOPA. Í7S 

me», viejos, sacudidos de la miai coman por violentas oteadas. 

¿Haría falla en aquel cuadro el grito tradicional de 

—¿A dos reales al patíbulo? 

De todas partes llegaban á la carrera millares de curiosos á pié y 
á caballo. 

¡Los reos eran dos! 

La sociedad brindaba & la sociedad con un doble espectáculo de 
muerte. Lúculo comía en casa de Lúcolo. 

Al Uegar el último curto de hora, m estemüé un rumor particu- 
lar desde la cabeza de aquella enorme masa de carne tamaña, si** 
teda frente i la pierta de la cárcel, hasta sos estremidade* que 
llegaban como á, enroscarse en el cadalso. 

Mmrtineja babia sido dócil y nada pesado en el tocador. £1 mismo 
ayudó i que le virtieran la túnica y de un manotón característica 
inclinó el birrete & la oreja. 

El rumor de la gente aglomerada era incesante, crecía y tomaba» 
caerpo ¿ cada momento. Todos daban codazos al que tenían delante 
y se ponían de puntillas para que no se les escapase un incidente, 
on ademan, un gesto. Los presos, encaramados unos sobre otros, es- 
taban asidos fuertemente de los hierros de las rejas. 

Al asomar los reos por la puerta, la inmensa multitud experimentó 
inertes vaivenes al tiempo de producir el murmullo con que siem- 
pre acoge al desdichado héioe de tragedias semejantes. > 

Los que no les veian querían aprovechar el momento y hacían es- 
fnenos para colocarse entre los de las primeras filas; los ginetes, co- 
locados allí para tener la gente á raya, pasaban por la primera ila 
casi rasando con aquella quebradiza muralla el enorme ouerpo 
de su cabalgadura. 

Mortmeja atrajo toda la atención. 

Se presentó despejado, mirando á un lado y á otro; sentóse & ca- 
balgar con desembarazo; quería aguijar á la bestia; su espresion na- 
tural era la sonrisa. 

Ta ana vei montado y al emprender la marcha, por encima del 
monótono, solemne y acompasado canto de la Sabe, sobresalió una 
voz destemplada diciendo: 

—¡Adiós, Martinejal 



Digitized by 



Google 



171 MUSIOfCES 

— i Adiós t chico! contestó esto volviendo el rostro hacía las rejas. 

No era sn hermano el que le daba la última despedida: era sin 
duda un admirador entusiasta de aquel hombre que, lleno de juven- 
tud, no despojado de cierta gracia que recordaba los tiempos de la 
manolería y con un porvenir como el que entre los suyos le pro- 
metían sus prendas de valiente y rumboso; dejaba el mundo sin pe- 
na y como cosa de poco valer, y se encaminaba sonriendo hacia una 
muerte inmediata, infalible y afrentosa. 

Hubo desalmado que le brindó con una bota de vino, y Martmqa 
habría bebido de ella si se lo hubieran consentido. 

Martineja fué hasta el postrer momento escándalo de la humani- 
dad y sarcasmo horrible de la pena capital. El espectáculo de su ca- 
mino al cadalso fué mas desmoralizador que la impunidad de cien 
delincuentes. 

La sociedad oficial quedó completamente defraudada por el crimen. 
La justicia quería mostrar la altivez humillada; y la patentizó triun- 
fante; quería que aquel hombre la ayudara á probar su tesis de que 
el crimen lleta consigo siempre la vergüenza y el remordimiento, 
y el reo le negó su auxilio y se presentó desvergonzado y con el 
pulso tan seguro como el qué va á dormir satisfecho de sus buenas 
obras. 

El Carbonmn iba sereno, pero violento; bebió agua varias veces 
por el camino. 

El otro iba provocador, sin tener un momento la vista fija en un 
punto, volviendo la cabeza en todas direcciones. 

Un espectador le llamó por su apodo en la carrera: 

— Adiós, le dijo, {soy tu amigo como siempre! 

—Adiós, contestó él mirándole, como si no recordase quien era; 
y afiadió, de modo que fué oido de cerca: «¡Valiente amigo serás 
cuando vas á verme en el palo I» 

Ni aun sentado en el banquillo dejó de ser Martineja tal cual ha- 
bía sido hasta entonces. 

El ejecutor de Albacete, llamado á desempeñar su oficio en Ma- 
drid, ajustó mallos terribles aparatos, de suerte que no producían 
perfectamente su efecto. 

El reo, en vez de enojarse, lo tomó á burla y llegó á cansar al eje - 



Digitized by 



Google 



ot rara**. ni 

calor imposibilitándote de cumplir sus deberes, hasta que sujetándo- 
le la cabeza los ayudantes, le impidieron todo movimiento. 

El carioso pueblo madrileño imaginaba que allí, en lo alto del ta- 
blado, se hacia padecer inhumanamenle>á un hombre, y como la eje- 
cución terminó, quedando machos en tan grave error, se les desper- 
té algo el sentimiento de la humanidad y no hallaban palabras bas- 
tante doras para calificar la ligereza con que se consentía ó daba 
margen á que tales cosas sucediesen. 

Cuando se averiguó la verdad del caso, la sorpresa fué tan gran- 
de como había sido el enojo, y en todas partes se habló de aquel 
hombre come de un ser extraordinario, horrible, pero incompren- 
sible. 

El Carbonería se extinguió del mismo modo con que había em- 
pezado á agotarse. Su energía toda la comunicó al brazo, cuando ciego 
y obcecado se ensangrentaba en el pobre Menendez; después su vi- 
da se fué apagando como un sonido que se aleja. 

Mmrtmeja, no hay que dudarlo: es hoy el bello ideal en las re* 
gistes patibularias. La gente de su estofa espera que haya una 
ejecución para comparar al nuevo reo con el que le ha precedido. 

El día que llegue ese lamentable caso, el nombre de Martmeja 
correrá de boca en boca por la cárcel y se evocará su historia y se- 
rán particularizados sus recuerdos y se formará un torro de oyentes 
muy sensibles en torno del que mas sabrosamente sepa narrar los 
iltimos pormenores de su vida, que es muy fácil sea alguno de los 
que presenciaron de cerca su muerte, después de haber corrido mu- 
cho para verle dos ó tres veces por la carrera. 

Loque nos atrevemos á asegurar es que muchos criminales, te- 
merosos de ser condenados á la última pena, se habrán acordado de 
él diciendo: 

— (Solo quisiera que Dios me diese igual valor en aquel trance! 

Concíbese y esplícase fácilm ote este deseo... difícil de realizar. 

A los que van á morir en el cadalso no se les presenta medio de 
ejercitar la voluntad, ni compensación de todo lo que pierden, sino 
muriendo con valor. Ta han sido ingratos, ofensores, avergonzados, 
despreciados, sentenciados... á lo menos evilemosquesediga: «y al 
In murió como un cobarde» Asi raciocinan. 



Digitized by 



Google 



m PüSioras 

Sobre toda parólos caracteres vanidosos, imp et— s os y dominado- 
res es gran tormente la idea de que aquellos á quienes han arrolla* 
do puedan hacerles burla, viéndoles temblar ante el suplicio. 
< Y sin embargo, así acaban los mas fuertes. 

Líbrenos Dios de que se repitiera dos veces seguidas el espectá- 
culo de la audacia de Martineja; el instinto de imitación es muy po- 
deroso en 1*8 clases menos cultas; todos los ejemplos de actos varo- 
niles estimulan extraordinariamente su amor propio, que tienen muy 
desarrollado, y nadie sabe los enormes esfuerzos de que serian a - 
paces muchos criminales para eclipsar á los que les hubiese» pre- 
cedido, escitando la pública admiración con su entereza ó su cinismo. 

No es muy de temer, empero, que llegue tan desgraciado caso. 



Generalmente hablando, los que van á morir en holocausto k la 
vindicta pública, salen de la capilla sin fuerzas ni conocimiento; áge- 
nos al mando y á si mismos. Si á la mitad del camino del cadalso 
se les devolviera la vida y la libertad, pocos serian loe que recobra- 
sen el aso de sus facultades. 

La ley condena á un vivo; el verdugo solo magulla á mi muerto. 

Hemos hablado' del Naranjero, que pagó con la vida el arrebato á 
que le llevara la defensa de su propio hermano. 

Ocho ó diez dias antes de su ejecución estaba ya tan abatido, que 
parecía presentir su próxima y desgraciada suerte. 

Sentado estaba cierta mañana en un banco de la Portería. Un bar 
tallón salia por la puerta de Santa Bárbara, y al sonar la música aso- 
máronse al balcón principal de la cárcel varios presos y dependientes. 

Contemplando estábamos á aquel desgraciado cuando se le acercó 
el alcaide diciendo: 

— ¿Qué haces ahí, solo? Anda, asomada y te distraerás. 

— ¡Ay, D. Miguel, replicó $1 Naranjero, no sé porque se me figu- 
ra que ya no volveré áoir música! 

T en efecto, notificado muy en breve, se le llevó á encierros, y pue- 
de decirse qae dejó de existir. 

Vimosle atravesar desde la capilla al al tari to que se coloca junto 
á la puerta, y no era sombra de sí mismo. 



Digitized by 



Google 



m nunou. *n 
Pesábanle les párpados carnosos, cotí si taeraa de hierre; so 
semblante se había aballado extraordinariamente, sobresaliéndole los 
labias, y el cuello ae podía sostener la cabeza. La mirada sin brillo, 
los brazos caídos, derribados los hombros, el caerpo vacilante; im- 
pasible al vocerío de los curiosos y & las exhortaciones, dejóse meter 
eutoe las muios, inútilmente atadas, la estampa de on sallo y, soste- 
nido por un lado y otro, hizo su camino 

Otros pedeoea antes de morir tormentos peores. 

Apodérase de ellos la fiebre; avívenseles ciertas facultades; sien- 
ten y perciben con mas delicadeza que nunca; no hallan reposo; se 
agitan en continua fatiga y el sueño huye de sos ojos. 

b tal estado se poso desde que entró en capilla cierto cochero 
que, por la pesien de los celos, dio muerte & un titulo de Castilla, i 



Su inquietad no empeló & calmarse hasta después de mucho tiem- 
po en que un sacerdote de abundaste palabra, geni o vehemente y lar- 
ga práctica, le estuvo ponderando la excelencia y la inevitable ne- 
cesidad de la resignación, la incfcMe virtud del arrepentimiento que 
recibía inmediatamente en el cielo una recompensa dulcísima y eter- 
na, y la inlalibilidad del cumplimiento de esta promeeahecha en nom- 
bre Dios. 

II encordóle eché & un lado toda idea terrorífica; habló al reo con 
la Manduru persuasiva q»e comprendió había de ser eficaz en aque- 
lla ocasión, y variando detone al momento en que su sagacidad le 
indicaba que era menester producir nuevas emocione*, tranquilizó 
peco á pono el espíritu del desgraciado. 

fin esto torea agotó el sacerdote su ingenio y sus fuerzas» de suer- 
te que cuando aquél le prometió no pensar ya en otra cosa que en la 
infinita bondad de Dios, que le perdonaba para siempre, tuve que 
acostarse porque su salud se había quebrantado. 

Mas de una hora permaneció el Cochero qnieto y meditabundo; 
pero la soledad, el aspecto de la capilla, aquella lúgubre tristeza 
que por todas partes le rodeaba, comenzaron á insinuar el terror en 
sn ¿aúan; le atraían al dominio de las ideas mundanas y, azorado y 
lleno de angustia, pidió que sin demora volviese el sacerdote. Con* 



Digitized by 



Google 



tSO PRISIONES 

testáronle que había ido á descansar; que su salud no era muy bue- 
na, y replicó que se lo pidieran por Dios. 

Volvió en efecto el confesor á su lado, y apenas oyó el preso el 
cariñoso celo con que llamándole hermano suyo le reprendía por su 
debilidad, prorumpióeu llanto, espresando asi el consuelo que sentia. 

Desde aquel instante no cesó de hablar el sacerdote con tal encan- 
to para el reo, que se le adhería cuanto le era posible, y de cuando 
en cuando le miraba maravillado con una espresion de gozo en el 
semblante, como si en efecto estuviera viendo la augusta majestad 
del cielo solemnizando su arrepentimiento con prodigios nunca ima- 



I Dichoso él como pocos! 

Penetróse su alma de eternidad y de esperanzas inmensas, y du- 
rante los lúgubres preparativos, estuvo siempre atento á la voz del 
sacerdote. Tampoco se distrajo un momento durante la carrera; des- 
de la puerta de la cárcel abarcó con una mirada de cristiana con- 
miseración á la muchedumbre, y sin temor ni sobresalto se encaminó 
á la breve muerte. 

Al pié del cadalso, se deslizó en muestras de vivo reconocimiento 
á aquél á quien debia la bienaventuranza, y le rogó que le permitió* 
ra besarle en el rostro. 

El sacerdote puso ante sus ojos un crucifijo, diciendo: 

—¿A miserable criatura incierta de su salvación, estimas tanto? 
Olvídame en presencia del Salvador del mundo; que si por él no fuera, 
pereciéramos tú y yo de muerte eterna. 

Besó con efusión el Crucifijo y aplicólo á los labios del reo, que no 
se saciaba de hacer otro tanto prodigándole los mas afectuosos dic- 
tados, y cuando le avisaron que debia subir la escalera del cadalso, 
dirigió una riente mirada al sacerdote como si quisiera decir: 

—¿Tan pronto voy al cielo? 

Ese hombre que santamente murió después de haber llorado con 
honda amargura su estravio; ese hombre que con ayes de vivísimo 
dolor pidió perdón al mundo y mil y mil veces se arrepintió del mas 
leve pensamiento con que hubiese podido ofender á sos semejantes, 
habia sido calificado pocos días antes de ingrato, hasta la perversión, 
de malvado, de monstruo de crueldad 



Digitized by 



Google 



DE fttJftOPA tSI 

fií ana éltnas horas reconoció y proclamó la saciedad sus cristia- 
nas virtudes y sos bellos sentimientos, y cuando estuvo bien penetra* 
da de qne era bueno... le mató 

El recuerdo del Cochero no es de los que adquieren carácter de 
permanencia en la cárcel. 

Para loa presos no era un oo barde, supuesto que habían presea- 
ciada actos que mostraban lodo la contrarío; pero como al mismo 
tiempo le rieron humilde, resignado, y mas que resignado contento, 
ao sabían como juzgarle . 

En vano lo habrían intentado; no estaba á su alcance el fenómeno 
que en el espirita del rao se verificó en la capilla. 

Por otra parle oomo no se sentían capaces de llegar al estado de 
aquel hombre, estado que no era de los que llaman la atención en el 
teatro del mundo, no le envidiaban gran josa, y hoy no se le cita pa- 
ra nada en aquellas conversaciones de calabozo, donde se hace exi- 
men de las prendas que poseyeron los ajusticiados. 

Iba bien recuerdas la serenidad ioesplioable de un soldado que 
•a hace muchas aflos fné á la muerte por haber dado de puñalada* á 
h ama en la calle del Barquillo, una noche que la acompañaba á 



Este mal aconsejada mozo hito el triste viaje con serenidad, sin 
altivez y sin miedo, á lo menos, sin ese miedo que, en trasluciéndose, 
desprestigia al que lo experimenta á los ojos de los criminales. 

La dJJtma noche le visitaron algunos oficiales de su cuerpo; dije- 
reate que era cristiano, y que por lo tanto debia conformarse con su 
anorte y poner ka esperanza en Dios; pero que no olvidase que había 
sido soldado español y se mostrase digno de ello, muriendo con va- 
lor y ageno á toda flaqueza. 

Ofreció hacerlo asi el desgraciado y ¿quién sabe? acaso el recuerdo 
de sa bandera le prestó fuerzas para cumplir su promesa. 

Dorante la cena hizo una observación que, si mucho nos parásemos 
en ella, acabaría por distraernos de nuestro propósito. 

Aquel hombre, sabedor de que ibaá morir á las pocas horas, noté 
en alta voz «que en toda tu vida había tenido una cena tan escótente. » 

Bata observación seria de poca importancia en uno de esos erimi- 
Tonon ti 



Digitized by 



Google 



tS£ PRISIONES 

nales que hacen alardes de sentimientos groseros; ó en un hombre 
cuyos grandes proyectos y sucesos hubieran sido tales, que acostum- 
brado á ver la muerte de cerca, no solo no la temiera, sino que la 
tuviera en poco, embargada su activa imaginación en pensamientos 
gigantescos. 

Pero en aquel infeliz, que no se hallaba en caso semejante; en 
aquel hombre, que no tenia mas que la vida; que no enunció jamás 
una idea propia, no comprendemos ese refinamiento de paladar 7 
esa buena disposición de estómago, sino atribuyéndola al trastorno 
completo de ciertas facultades. 

Muy diferentemente acabó sus dias el cabo Collado. 

Reciente está su proceso y lo deben recordar muchos lectores. 

Reprendido por su teniente por una falta de policía en que al pare- 
cer incurriera ya otras veces, y abofeteado por este, según se dijo, 
hubo de concebir el proyecto de vengarse. Aquella misma tárete fué 
á ver á su novia y volvió al cuartel aun mas alentado que nunca al 
cumplimiento de su venganza. Después de la lista, al atravesar 
ton la compañía un pasillo oscuro, se acercó al teniente y le dio un 
navajazo en el corazón. Prorumpió la victima en una interjección 
terrible y tiró de la espada al mismo tiempo, mas no acabó de de- 
senvainarla: cayó exánime. 

Diéronse voces: Collado huia, pero fué alcanzado en breve. 

Hemos tenido en la mano el arma asesina, cuyo chirrido al abrirse 
parece un quejido humano; cuya hoja puntiaguda y estrecha se va 
ensanchando hasta llegar á parecer cuchilla. Estaba llena de sangre 
hasta la mitad del mango. Armas semejantes no pueden fabricarse ni 
comprarse sino con el objeto de derramar sangre humana. 

En muy breve tiempo fué condenado aquel hombre á la pena de 
muerte. 

Reconoció la justicia de la sentencia, y como casi todos los crimi- 
nales, decía que estaba muy bien hecho que el que mate muera. 

Parecería natural que los hombres que se sienten capaces de qui- 
tar á otro la vida, se rebelasen por previsión y egoísmo contra la 
pena de muerte, y sin embargo no es asi. 

Acaso por saber ó sentir que cuellos no es gran violencia el matar, 
consideren que la justicia no se ha de hacer ninguna para lo mismo. 



Digitized by 



Google 



ÜS BUMft*. ÍM 

El desgraciado de quien hablábamos experimentó gran decaimiento 
al acercarse al término de so carrera. 

listando en la capilla convidó á cenar á dos compañeros de ignal 
graduación que él, mas en aquellos momentos todavía estaba soste- 
nido por la oscitación de sn espirito y mostraba mas serenidad qne 
sus compañeros, los cuales le dijeron que el verle en tan amargo tran- 
ce les causaba honda pena y les quitaba todo apetito. Despidiéronse, 
pues, en extremo conmovidos, y él cenó bien y tomó café. Dictó con 
serenidad su testamento, dejó dinero para misas por su alma y la de 
su victima, y durmió. Al dia siguiente hiio muchas exclamaciones 
echándose en cara su bárbara venganza, pidió á voces perdón á su 
victima cuya vida habia segado en flor; oyó misa y tomé chocolate. 
A las once almorzó y tomó café. Salió de la cárcel contrito y recon- 
ciliado; presentóse con apariencias de serenidad, y oyó las grandes 
voces de perdón que partían de todos lados. 

También aquel dia y en aquel momento hubo violentos remolinos 
en la muchedumbre, alaridos y desmayos. 

Al salir por la Puerta de Sania Bárbara bebió agua el reo y lloró. 
A muy corto trecho hubo que confortarle y se le subió á un carruaje 
porque desmayaba. 

Mientras la multitud procuraba averiguar ó adivinar su estado, 
otra escena inesperada y extraordinaria se producía entre los mismos 
espectadores, llenando de dolor, de asombro y de piedad á muchos. 

La novia de Collado, aquella infeliz á quien el rumor público atri- 
buía influencia en la venganza tomada por él, estaba allí, atraída 
por un inconcebible prestigio, por una de esas fuerzas desconocidas, 
Asestas, pero siempre poderosas en las naturalezas incultas. 

Formóse un ancho circulo al rededor de aquella desgraciada que 
gritos y se revolvía en convulsiones como una loca furiosa, y 
i que dos guardias civiles la llevaban á viva fuerza de aquel 
sitio, su desventurado amante se iba aproximando entre desmayos 
al berrendo catafalco. 

Volvió á brotar el llanto de sus ojos, y al fin, haciendo un esfuerzo 
supremo, pareció que habia recobrado el aliento. 

De pié sobre el tablado, quiso dirigir la voz al público, y en efecto 
comenzó recomendando á todos sus oyentes el cumplimiento de sus 



Digitized by 



Google 



tU MUS1QRS 

habitado, y según costumbre, lo debieron de llevar á la cárcel para el 
cumplimiento de ciertas formalidades que han ido cayendo en desaso. 

A su tiempo nos ocuparemos de otras particularidades de estos 
libros, es decir, de todos los que existen reunidos en el Archivo de la 
Cárcel del Saladero, y tendremos ocasión de tratar, ó apuntar, cuan- 
do otra cosa no nos sea posible, curiosos datos y observaciones. 

Para soportar el horror que inspiran delitos y acontecimientos co- 
mo los que nos han dado materia para las últimas páginas que aca- 
bamos de escribir, es preciso volver los ojos atrás y contemplar y com- 
parar con lo que hoy sucede lo que anteriormente sucedía. 

No debemos renegar de nuestro siglo, ni del periodo que alcanza- 
mos porque no sea perfecto: vale mas que los que le precedieron, y 
necesariamente debe valer mas, porque atesora mayor caudal de ex- 
periencia, mayor suavidad de costumbres, lucha con menos incon- 
venientes materiales y sus aspiraciones son mas levantadas. 

El verdugo y el cadalso fueron un tiempo sacerdote y altar de sa- 
crificios; boy hasta sus nombras repugnan; no está lejos el dia en que 
solamente sean un recuerdo enojoso 

En Madrid ha habido Inquisición, Quemadero; catafalco, horca, 

penca, potro, linternas ó jaulas para miembros humanos queda 

aun el catafalco, arrojado cada dia de un punto á otro. Antes se os- 
tentaba en lugar poblado: en la Plaza Mayor; en la gran Plaza Ma- 
yor nada menos, donde se celebraban las magnificas fiestas reales; 
en sitio rodeado de numerosos balcones, ventanas y tablados. 

Allí se observaba cierto ceremonial minucioso del que solo citare- 
mos la particularidad siguiente: cuando el verdugo era llamado para 
ahorcar ó degollar, colocaba su inhumano aparato hacia la parte de 
las Carnicerías; cuando tenia que desempeñar su cargo dando gar- 
rote, la situaba frente á la Gasa Panadería, delante del Portal de 
Pafios 

En 1790, arrojado lejos de aquel paraje, que era tránsito continuo 
de personas cultas, fué á parar á la Plazuela de la Cebada, centro 
de vendedores, vecindad de baja estofa y sin duda considerada capaz 
de sentir menos repugnancia¿que la de la corte á los espectáculos y 
recuerdos de sangre. 



Digitized by 



Google 



DI WSMÚfk. Ul 

AJIi te refugió hasta el alio de 1834 en que el entonces corregidor 
de Madrid, marqués rindo de Pontejos, lo lanzó de la capital, rele- 
gándolo i las afueras de la Puerta de Toledo. Tampoco estuvo mu- 
cho tiempo en tranquila posesión de aquel sitio; hoy dia, á conse- 
cuencia de haber desaparecido la Cárcel de Corte, y siendo custodia- 
dos los delincuentes en la del Saladero, el ministro de la muerte y 
su aparatos van á la Pradera de Guardias, fuera del portillo (me- 
jor que Puerta) de Santa Bárbara, y salen de Madrid él y el senten- 
ciado y su comitiva, evitando el pasar por delante de morada alguna, 
asi como en otro tiempo iban paseando plazas y calles, sembrando el 
mas pavoroso horror en los corazones y haciendo ostentación de bár- 
baros emblemas. 

Las solemnidades de la pena de muerte son también cada día me- 
nos frecueotes: todo nos mueve á confiar en que asistiremos á su 
abolición. 

De dalos oficiales resulta con respecto de la audiencia de Madrid, 
que ha condenado á muerte en 1837 á 103 individuos; 

en 1839 á 101 

en 1840 á 47 

en 1841a 13 

en 1841 i 10 

•n 1843 a ti 

en 1845 á 15 

No se uallan dalos relativos á los aflos de 1838, 1844 y posterio- 
res á 1845; pero tenemos la seguridad de que no serian desconsola- 
dores comparándolos con los de afios remotos. Aun hay que advertir 
que de las 15 sentencias de muerte pronunciadas en el afio 1845, 9 
recayere u en personas contumaces, de manera que no llegarían á 
cumplimiento, en su mayor parte á lo menos. 

Hoy, que se previene mas que se castiga; boy, que se da publici- 
dad á los hechos, escandalizan algunos fanáticos con una supuesta 
retajado de costumbres y ponderan la excelencia de los tiempos pa- 
sados, de aquellos tiempos en que nadie sabia lo que pasaba á tres 
leguas de su casa. Hoy en cambio tiene España para cada delito cin- 
cuesta periódicos diarios que á una vez lo publican, lo comentan, lo 
discateo y hacen lo posible para evitar que se repita. 



Digitized by 



Google 



*** rtttiomts 

Precisamente nos hemos detenido al hablar de algunos crimínales 
últimamente ajusticiados, porque mientras estuvieron sueediéndose 
en el cadalso se notó cierta predisposición al delito que contrasta con 
oirás épocas mas tranquilas, que por fortuna ó por ley de naturaleza 
son las mas duraderas y ordinarias. 

Durante aquel periodo, parecía que el crimen estaba en la atmós- 
fera. No se hablaba, no se leía, no se trataba mas que de actos orí* 
minales. 

Madrid estaba ya consternado cuando tuvu noticia de un asesinato 
acompafiado de robo é incendio, en una pacifica morada de la calle 
de ta Paz. La victima principal fué una jóvon, apenas adulta; hicié» 
ronse con aquel motivo numerosas prisiones, y sin embargo nada pu* 
do averiguarse. Los autores de aquellos esoesos llevaron á tan alio 
grado ta barbarie como la cautela. Al propio tiempo un consejo de 
guerra condenaba á pena capital á un soldado de caballería de No- 
mancia; otro condenaba á igual pena ¿ un paisano que en lucha oon 
un Guardia Urbano le cortó un dedo; de cuyo caso provino la propo* 
sicion presentada al Congreso de los Diputados por la minoría pro- 
gresista, á fin de que fuese reformado el reglamento de aquel cuer- 
po. Una mañana, como si tantos horrores ciertos no bastaran, corrió 
con mucho crédito la nueva de que se había asesinado ¿ cuatro per- 
sonas en una casa de la calle de la Ballesta, y tan acostumbrada es- 
taba la población á los casos sangrientos, que, siendo falsa á todas 
luces la noticia, costó gran trabajo persuadir de su falsedad al vulgo. 

Por desgracia era cierto en cambio el suicidio de un joven en el 
Buen Retiro, y aunque fracasaba en igual propósito una joven, hija de 
un militar, corrió grave riesgo, pues se atravesó la barba de un bala» 
20; la criada de un tendero disparaba un pistoletazo á su amo; otro 
consejo de guerra se reunia para juzgar á un corneta acusado de de- 
lito capital; acudía el público á la vista de una causa formada con- 
tra cuatro hombres y una mujer, cómplices en el asesinato del espo- 
so de esta, cometido dos aflos antes en tierra de Avila; un soldado ma- 
llorquín se suicidaba en las Vistillas y todo esto ocurría en Madrid 
en pocos dias; no había barrio libre de aquel sangriento contagio. 

Pero no solo en Madrid, en toda España se cometieron crímenes ai 
mismo tiempo. 



Digitized by 



Google 



DBRÜMM. •** 

En un campo de trigo de Castellón hallaran los guardias dviles mía 
niña de cuatro afiosmarihnnda, desnuda, quebrantada*., victima del 
mas brutal atentado; en Alicante caía un infeliz, asesinado por cuatro 
hombres que acababan de cenar con él; á entro leguas de Sevilla un 
Tentero asesinaba entre unos árboles á untnclaao que venia de ven- 
der ganado de cerda: la esposa del ventero era sabedora y cómplice 
del delito; moría asesinado el cora de Valdepeñas; en Cádiz quedaba 
muerto un ladrón y herido otro, sorprendidos en el acto de cometer 
un robo; un'capitan del ejército se suicidaba en Valladblid donde es- 
taba preso; en Granada era pasado por la* armas un reo de homici- 
dio; «o Reas una operaría joven al entrar en la fábrica donde traba* 
jaba, retibia de improviso tres puñaladas; ea Murcia pereda un hom« 
bre y quedaban heridos otros dos por ana reyerta de muy leve fun- 
damento y no qaeremos rebuscar mas sucesos análogos acaeci- 
das ea España ea aquel breve espacio de tiempo; que hartos tenemos 
qae narrar aun reduciéndonos á la cárcel del Saladero. Sea concia- 
•m de las Agresiones nuestras el recuerdo de J. H... (a) Misa, que 
habiendo dado muerte á su mujer años antes, se presentó por enton- 
ces espontáneamente á los tribunales, para que lo jozgaien. 

Pero si las épocas que ponderan los partidarios de lo antiguo 
b n h io een sabido y podido averiguar como la nuestra lo que en su se- 
na acontece, ¿no hallaríamos en ellas con muchísima mas frecuencia 
largos periodos peores mil veces que el qae acabamos de citar? ¿Qu6 
escusa plausible tendrían los hombres de aquellas sociedades si, sien* 
do mas pacíficos, mas religiosos, mas humanos que nosotros, hubie- 
sen intentado las duras penas, los horrorosos martirios que inventa^ 
ron y que ooa tanta dureta aplicaron? 

Valemos mas y aspiramos á ser mejores: no hay datos oficiales de. 
donde tomar nota de las sentencias de muerte pronunciada* ea toda 
Bspafa durante to que va de siglo; mas aun creemos que la aetaal 
legislación es menos suave de lo que requieren nuestras costumbres. 
Consta que en el año de 1843 las sentencias de muerte pronunciadas 
en España faeron 111, y nos horroriza esta cifra que dos siglos atrte 
habría sido considerada con razón, oomo muy exigua. 

Sipnesto que tenemos los datos á la vista, vamos á ponerlos en 
estraete á la consideración del lector. 

si 



Digitized by 



Google 



tlO MtfSIONBS 

Ed el año mencionado pronunció: 

La audiencia de Granada 46 sentencias de muerte; 
la de Madrid 24; 
la de Albacete 15; 
la de Burgos 10; 
la de Barcelona 10; 
la de Gáceres 4; 
la de la Corn fia 3; 
" Total llí 

Hubo en toda España 24,179 acusados y fueron penados 10,444; 
y correspondieron á la audiencia de Madrid 2,464 causas y 4,689 
acusados. A la misma audiencia correspondieron en 1845 por delitos 
perpetrados en dicho afio 2986 causas y 5257 acusados. 

De los acusados por causas sustanciadas en el territorio de la au- 
diencia de Madrid, habia 599 ¡que no llegaban á SO aOost ¿Es posi- 
ble la perversidad en edad tan temprana? El resultado de los pocos, 
poquísimos ensayos prácticos que se han hecho, muestran queno. ¿Ha- 
bia labrado la educación cual seria de desear en aquellos jóvenes? 

De los 5141 acusados que á la audiencia de Madrid correspondie- 
ron por toda clase de delitos, los 2957 no sabían leer ni escribir. 

Tratando de esta provincia el tomo X del Diccionario Geográfico' 
Estadístico- Histórico del Sr. Madoz, dice en su página 522, colum- 
na segunda, lo que vamos á copiar, que espresa perfectamente nues- 
tras ideas. 

«La educación, primera fuente de moralidad, se halla, desgracia- 
cdamente, hablando en genera), descuidada, como sucede en las res* 
«tan tes provincias de la monarquía. Apenas salen los nidos de la 
«edad infantil, sin haber recibido quilas la menor instrucción, cuan- 
«do sé ven dedicados á las faenas del campo ó al oficio que sus pa- 
«dres ejercen; surge de aquí, como es natura), aquella libertad en el 
«trato con los mayores, la familiaridad con los padres que rompe el 
«saludable freno de la obediencia; la prematura costumbre de pala- 
«bras mal sonantes, de licores espirituosos, del juego y las otras pa- 

«siones que preparan un porvenir desgraciado.* «Hay otra 

«clase cuyos jóvenes menoscaban en mayor grado los principios de 
«moralidad; hay otra que produce mas fatales consecuencias y es la 



Digitized by 



Google 



MUQMH. ftll 

«que trae sa erigen de familias proletarias que nada debieron á sus 
«padres sino la existeneia, quienes se oreen exentos de atender á la 
«educación de sos hijos y aun tienen por un mal que frecuenten las 
«escuelas. Bwmtmese la historia de esos seres mas infortunados que 
•criminales á los ojos de Dios, que terminan en tos patíbulos y en los 
•presidios la earrera de sus atentados contra la vida y la propiedad 
•de sus conciudadanos y y se verá que corresponden casi todos ellos á 

mía apresada clase » 

«Son muchos los pueMos que carecen de escuelas; no pocos los que 
tías tienen solo temporales y grande el número de las que se hallan 
«dirigidas por maestros sio litólo, faltos de instrucción y, lo que es 
«mas deplorable, poco aptos para inspirar buenas ideas á sus disd- 
«palos.» 

«Bl pueblo que tiene un buen cura párroco posee un tesoro inapre- 
« dable, y sus habitantes, con su conducta ejemplar, justifican la po* 
«derosa influencia de aquél en la educación. Compárese el número de 
«delitos perpetrados en dos pueblos, iguales en las demás circuns- 
tancias, mas regido el uno por un cura párroco celoso del cumplí- 
«aieoto de su ministerio, y el otro que tenga un pastor descuidado 
«é ignorante, y se juzgará de la virtud de nuestras reflexiones. Des* 
«granadamente el número de los buenos curas párrocos en el punto 
«4 que nos referimos no es el que de desear seria; porque las guer- 
«ras internacionales y civiles han conducido al desempeño de aquel 
«difícil cargo, aun bien á pesar de los mismos diocesanos, que de- 
« ploran este mal, á muchos sacerdotes á quienes les falta, por lo 
«meóos, la instrucción necesaria».... «Preciso es confesar que el es*. 
«tado moral de la nación espafiola seria mucho menos malo de lo 
«que actualmente aparece, si la dirección espiritual de todos los pue- 
«bios estuviera encomendada á sacerdotes instruidos.» 

Ninguna reflexión tenemos que aOadir á las anteriores. Está evi- 
deoiemente demostrado que no la perversidad de sentimientos del 
individuo, sino su falta de educación, el haberla recibido mala y 
otras causas que arrancan de la raiz de la sociedad, llevan á muchos 
hombres al delito, dejando á nn lado las circunstancias de clima, re- 
laciones de familia, afectos contrariados y otras no menos poderosas. 



Digitized by 



Google 



«tt JNWOflBi 

Antes de dirigir nuestra mira á otro panto y, ya que de educación 
hablamos, no estará de mas advertir que la mayor parte de \m de* 
uncientes de quienes se dice que saben leer y escribir, lo hacen con 
deplorable imperfección. La solicitud al Alcaide del Saladero, es- 
crita por un hermano de Martineja (que hemos copiado) puede ser- 
yir de tipo para medir el grado de mejoramiento que de lo aprendi- 
do en las letras puramente elementales pueden prometerse aquellos 
infelices. 

El principal aousado en el proceso relativo al crimen de la calle 
de la Justa escribió de su puño y letra un documento curioso que 
corrobora nuestro* asertos. Por su testo se verá cuan cierto es lo que 
acabamos de decir, y al mismo tiempo se sabrá que Montero, cual- 
quiera que haya sido su conduela, abriga sentimientos de padre, y 
aun en su triste estado piensa en afianzar mas y mas los lazos que 
le unen á la sociedad, lazos formados por la naturaleza y que vivi- 
rán la vida del hombre sobre la tierra. 

Hé aqui la carta á que nos referimos: 

ttUustrísima San ti da. Señor Vicario Castrense de Madrid. 

«Eugenio López Montero, Sotero de edad de cuarenta y dos años, 
«natural de Armería, Parriquia de San Sebastian, de oficio sirviente 
«/procesado en esta cárcel de Villa de Madrid, ante su Uustrísima 
a espone. 

«Que teniendo dos hijos de menor edad, reconocidos, con Ramona 
«Rjiiz García, Solera, natural de Reyres, Probincia de Armería, de 
«edad de treinta y seis años. Desea contraer matrimonio con dicha Sb- 
«Sora, por ser este un acto «de su obligación, y umanidad, y descar- 
ago de su conciencia, y descanso de su alma, pues asi nos lo manda 
«la sagrada escritura, y nuestra santa madre Iglesia. » y lo que todo 
«cristiano está obligado á hacer, y como tal me concreto, quiero 
«cumplir con mi dever: 

«Gracia, etc.» 

Montero contrajo, en efecto, matrimonio con la madre de sus hijos 
y no es el único que condenado á la última pena ha procedido asi. 



Digitized by 



Google 



MMttft. tM 

kéeaáé de lo» dias dos»ooocioo, hay otras ocasiones, o* tan tris- 
las y sotanas, ei que la oárcel es teatro de escenas muy coupove* 
doras. 

Daa ?et per semana suele recibir aquella alcaidía una neta en que 
el Gobierno Civil espresa los nombres de los presos que, condenados 
su última instancia, deben salir al siguiente dia á cumplir sos con- 
denas, eo los presidios y reclusiones que seles designan. 

Los oficios se reciben generalmente por la tarde; se toma nota de 
los nombre* y apellidos para comunicar la triste nueva A los intere- 
sados, y esia epemeion se practica al anochecer, de suerte que los 
que confian en el indulto ó siquiera en los buenos oficios de un pro- 
tector para que les alcance la gracia de prolongar su estancia en la 
cárcel, ae bailan encímente sorprendida!, sin haber hecho prepa- 
rativos, mu recursos les mas, sin tiempo para avisar á su familia y 
deapedine de ella. 

Aquella noche lo es de afanes y congojas para ellos y sos eamarar» 
das y íes indudable que la vanidad halla atractivos hasta en el cri- 
men! hemos visto á un moio de veintidós afios callarse en semejante 
ocasión las alpargatas que tenia dispuestas para el camino, como 
pudiera un romano vestirse la toga viril. Qeeria ser lumbre; y en 
determinadas esferas sociales solo puede el ambicioso distinguirse 
siendo andas, pendenciero y dominante, y el haber estado en presi- 
día en la primera juventud da derecho á ser respetado 

Prosigamos nuestro relato. 

Al otro dia al amanecer, acuden amigos y parientes de los rema- 
lodos dotante de la oárcel. 

Es un cuadro desconsolador, sobre todo para el que vive ageno 4 
preocupaciones y persuadido de lo que podrían dar de si las buenas 
cualidades que entre sus defectos poseen aquellos infelices. 

A pesar de fríos y de tormentas, Ja viejecita, acabada por la edad» 
la potaren y las desgradas, ta A abrazar al hijo de sus eatrafias pen- 
sando que ya no le volverá A ver. 

Allí de lágrimas y alaridos, allí de exclamaciones al cielo que mas 
de una ves responda con el horrísono estampido del trueno ó mués* 
tn inalterable la alegre luz de una aurara serena. 



Digitized by 



Google 



»*4 pftumnis 

Ellos creen todos que aquel es el momento en que deben hacer 
prueba de temple de alma, y procura contener las lágrimas y men- 
tir entereza el que mas conmovido se halla. 

Saben que los guardias civiles los están contemplando y no quie- 
ren parecer débiles en su presencia. 

El último momento de la despedida va acompañado de las voces 
que les dan los presos asomados á ciertas rejas; que no á todas es 
licito asomarse. 

Madres y hermanas hay que no se resuelven á separarse del que 
va á pasar trabajos y y corren cuanto alcanzan sus fuerzas siguiendo 
desde cierta distancia el paso militar que lleva la cuerda, despidién- 
dose y volviendo á despedirse á cada momento, conjurando al pena- 
do á que se encomiende á Dios y sea buen cristiano, basta que, ren- 
didas de fatiga, prorumpen en amarguísimo llanto viendo que ya no 
pueden mas y que la cuerda se aleja... se aleja, ¡llevándose al esposo, 
al hermano ó al hijo! 

Los que quedan en la cárcel y están ya rematado*, piensan tris- 
temente en la escena que acaban de presenciar, temerosos de que on 
breve tengan que ser ellos r los que partan, y muchos permanecen 
largo rato ensimismados, asidos délas rejas desde donde vieron \ ar- 
tir á sus compañeros. 

Los parientes y amigos que han acompañado á aquellos, vuelven 
tristes y silenciosos, y al pasar por delante de la cárcel dirigen las 
miradas mas compasivas á los presos, y nunca dejan de esclamar: 
(desgraciados! ¡pobrecitos! 

Sin embargo, si á las^pocas horas se presenta en un patio el car- 
tero y lee el sobre de una carta destinada á alguno de los que aca- 
ban de salir para presidio, nunca falta un zumbón que le contesta 
á gritos: « ¡Ha ido al colegio. » 

Para avisar á los rematados que se dispongan á salir á la mafia- 
na siguiente (como es ya anochecido y los presos de departamento 
general están encerrados ep sus cuadras) salen de la alcaidía un de- 
pendiente que lleva un farol y otro que lleva la lista. 

Acércanse á la puerta de un calabozo y dan en ella un fuerte gol- 
pe con el manojo de las llaves, y acto continuo se oye dentro al vo- 
ceador que con una cantilena peculiar y tradicional en la cárcel gri- 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 




Digitized by 



Google 



oí mora, tn 

ta: jsilenciol Este grito se prolonga dt manera que al terminar ya 
no chiste ningún preso. Levanta el moio el farol para que el otro 
pueda lev cómodamente, y en efecto, el de la lista va diciendo uno 
por uno les nombres. 

Si el preso nombrado se encuentra en aqnella cuadra, el calabo- 
cero ó 61 mismo contestan: «Aquí está» y el leyente séllala una croa 
con lápiz al lado de sn nombre. Después que ha Jeido toda la lista» 
dice levantando la voz: « todos esto*, preparados para mafiana.» Le- 
vántase rumor; fórmanse corrillos; deplórase la prontitud en haber 
enviado la lisia, se mandan recados á las familias y á los amigos 
mas Íntimos de dentro y fuera de la cárcel. 

Baylos, empero, ó amigos de echar bravatas ó verdaderamente 
cansados de prisión, que prefieren salir de allí, pisar la calle, respi- 
rar aire libre, aunque para ello tengan que arrostrar la vergüenza da 
llevar colgando la cadena de hierro. 

Oíros juran vengarse del juez ó de la torpeza de su consorte, ó del 
delator ó del escribano, «aunque sepan (esta es su fórmula) que han 
i* r al palo.* 

Y ganos presos de departamento general, que tenían su estancia 
en el Solón, calabozo preferido y á donde suelen ser destinados los 
de trato mas decente ó recomendados, que no pueden pagar alquiler 
de cuarto, han pasado la noche que precedió á su salida para presidio, 
bebiendo vino alegremente ó con objeto de disipar su melancolía, 
ayudados por los presos de su mas estrecha confianza que les alen- 
taban á sobrellevar con buen ánimo los reveses que la suerte pudiera 
tenerles reservados. 

En 1888 una mujer que tenia cuatro ó cinco parientes presidiarios 
y un hijo en vísperas de vestir el traje que les distingue, acudió el 
domingo antes de la salida de este con una cesta repleta de suculen- 
tos manjares y un enorme pellejo de vino, á la cárcel del Saladero. Ob- 
tuvo permiso para que su hijo saliese por toda la tarde fuera del «Sa- 
fen y pudiese recorrer los departamentos y pasillos del cuarto prin- 
cipal, sin llegar empero á la verja de hierro que cierra la portería ó 
recibimiento, y en el primer cuarto del departamento de presos po- 
líticos, ocupado por los dos celadores de limpieza, celebraron una 
fiesta incalificable. 



Digitized by 



Google 



Había en aquella mujer la costumbre de la cárcel, de su lengoa- 
je; parecía criada aquella eu atmósfera; leerán familiares los di*» 
chos y hechos de mil delincuentes. En este concepto era la vieja mas 
repugnante que hasta entonces habíamos visto. Por otra parle, mí-» 
maba tanto á su hijo, habia en sus palabras, en su acento, en sus 
miradas (tanto carillo! Le llenaba el vaso á cada momento; le pre- 
guntaba á cada paso si quería pan; si le gustaba la comida; le espli- 

caba porque no habia podido poner el guisado bien en su punto 

«Esta carne, le decía, hay que cocerla á fuego lente, añadiéndole 
«agua de cuando en cuando á medida que la va chupando (no creas 
«que no sé cómo se guisa); y cuando ya está de suerte que no absor- 
«ve mas caldo, se aparta de la lumbre, se deja que pase el hervor y 
«queda que sabe á gloria. Pero, hijo, yo estaba sola, tuve que ha- 
•cerlo todo por mi mano, estuve atendiendo á tres hornillas á un tiem- 
«po (uf qué inflernol y no lo he podido hace mejor. Por ti lo siento.» 
Levantóse aquella mujer veinte veces durante la comida con la agili- 
dad de una moza de quince años; á cada servicio se bajaba al suelo, 
revolvía la cesta, ponía los platos; tiraba á un rincón del pasillo los 
huesos; iba por agua, y no paraban un momento su imaginación, su 
lengua ni sus piernas. Después de comer hizo locuras, verdaderas lo* 
curas con su hijo. Le hizo tocar la guitarra, le hizo cantar y bailar 
con ella; le quiso hacer dormir sobre sus rodillas y le besaba y le 
abrazaba como si tuviera cuatro afios. Hombres avezados á la cárcel 
que conocían á ella y á su familia, dijeron que desde la mas tierna in- 
fancia habia querido á su hijo sobre todo encarecimiento y que su 
mimo y su culpable complacencia le habían perdido á él, mas que su 
inclinacáonalmal. 

Aquella mujer pertenecía al número de los que oreen destinados 
á ios suyos á los presidios, y aceptaba aquella fatalidad como los de- 
votos dicen al esperimentar otra desgracia cualquiera: «cúmplase la 
voluntad del Sefior. » Siempre fué de genio muy vivo y alegre, y care- 
ció de reflexión para todo. 



Los presos se entretienen en industrias de mucha paeiencia. La- 
bran corcho, hacen cestitas de papel rizado de' varíes coleros, y de 
cascara de huevo; á lo mejor sale uno del calabozo con permiso para 



Digitized by 



Google 



DE IU!H*»A t»1 

rifcr un barco en que ha estado trabajando seis meses y mas, ó una 
tiatorna mágica, hecha de retazos de países de abanico, 7 de objetos 
despreciables ciidadosamente restaurados. 

Muchos se entretienen en labrar una naranja en cuya cascara hacen 
mil géneros de labores y casi siempre hay uno que tiene la mania de 
do m es ti car un ratón que suele Iterar guardado entre la camisa y las 



Mas no todos pasan el tiempo en tan honestas diversiones. Algunos 
se dedican á la fabricación de delitos con mayor ahinco que antes de 
estar presos. De uno sabemos que entró en la cárcel acusado de una 
estafa, y mientras se le formaba el proceso y se fallaba en él, se le for- 
maron nueras causas, hasta trece, todas por delitos de igual Índole. 

Laicas de ingenio amafian muchos presos que, si no tuvieran su 
objeto inmoral, serian justamente celebrados. 

Algunos se ponen en oonnivencia con gente de afuera y sacan buen 
partido de sus estaba; «Aros obran por si solos y parece imposible 
que obtengan tan fecundos resultados de sua criminales y artificio- 
sas estratagemas. 

Todos ellos suelen habitar departamentos generales y benefician con 
sagacidad las frecuentes entradas y salidas de presos. 

Cono el primer dia se paga el piso y se bebe, se procura granjear 
amistadas ó cuando menos no escitar antipatías, el novato escompla* 
cicuta, satisface & cuanto le preguntan, habla de sa familia, de su 
pnebio y de sus relaciones. 

Apareóte un dia en el patio grande un joven Ingarefio, torpe y 
gigantesco, receloso de malos tratos y no desprovisto de dinero. 

Convidé á la primera indicación que se le hizo, brindáronle con su 
amistad dos ó tres de los hombres mas curtidos en las malas arles, y 
esa su discreción y su buena mafia se enteraron de pormenores tan 
preciosos para sus fines, que resolvieron convertirlos en sustancia 
apenas se presentase coyuntura para ello. 

El presa salió á los pocos dias por tránsitos de justicia á respon- 
der anle la audiencia de Granada á ciertos cargos que se le dirigían 
por hurto de ovejas, y los diestros en urdir tretas comenzaron á tra- 
bajar en su oficio. 

fintra ias inocentes esplicaciones que acerca de sus negocios y f*> 

as 



Digitized by 



Google 



SIS PU0IOHS 

mil ¡a había dado á los presos, dijo que tenia padre y dos hermanos y 
que en un pueblo no distante de Madrid vivía un lio materno suyo 
que desempeñaba un curato, estaba bien acomodado y siempre le ha- 
bía profesado cariño de tal suerte que hasta la edad de nueve aSos 
habia vivido en su compañía y solo habia consentido en separarse del 
sobrinilo, aunque con grave sentimiento, por exigirlo asi su padre, 
que no quiso que aprendiera latín, y si que se dedicase á las faenas 
del campo. Añadió otros pormenores referentes á ia época en que vi- 
vió con dicho cura, entre oirás cosas, que todas las noches rezaban 
juntos por el alma de su hermana (madre del narrador) muerta al 
darle á él la vida y á quien el cura no nombraba nunca sin decir la 
Bubita. 

Un cura bien acomodado, con cariño á un sobrino á quien no ha 
visto en veinte años, supuesto que el preso dijo haber cumplido vein- 
te y ocho, el pueblo de su residencia, su nombre y apellido y 
las demás particularidades que los presos sabían, todo eso fué para 
ellos la armazón de roa-máquina de embustes y estafas. 

Cierto individuo de aquella terna, que se habia distinguido mas 
de una vez por su travesura en lances de aquel género, escribió al 
sacerdote una carta en que fingía ser su propio sobrino; le recordaba 
sus primeros años, el amor que á él y á su madre la Bubita habia 
profesado, le pedia consejos para disipar su tribulación, pues era nue- 
vo en cosas de cárcel y de justicia, y muy maliciosamente dejaba in- 
terpretar que tenia reparo en hablar de su delito y que no carecía de 
lo preciso para subsistir. Este era el cebo para el caso en que el cura 
resultase ser interesado. 

El buen cura contestó á vuelta de correo, y aunque la caria lleva- 
ba en el sobre el nombre de un individuo que ya no se hallaba en el 
Saladero, no estrafie el lector que llegase á manos del falso sobri- 
no. Esta es una de las suertes mas comunes y menos fáciles de evi- 
tar, según están las cárceles en España. 

Contestó el cura en una carta larga y amorosa con mil expresiones 
de vivo afecto y tierna compasión, y entre párrafo y párrafo su deda- 
dila de Job y de Kempis en latín, que eran verdaderos latines para 
expreso. Ofrecióse á servirle en cuanto pudiese, pidióle contestación 
pronta, preguntóle por el resto de su familia (que vivía en Audujar) 



Digitized by 



Google 



DI ItJROFl 119 

y la cacito áqie le pidiese sin reparo cnanto pudiera hacerle falta, y 
sobre todo ¿que le decíanse porque se hallaba preso entre gente cri- 
minal él que tan bueno era. Exhortábale á la resignación y & la con- 
fianza en el Todopoderoso, y despedíase dos ó tres Teces al final, de 
manera qne no dejaba dada alguna acerca de la facilidad (natural 
ciertamente) con que se había dejado prender en las redes de aquel 
revolvedor de negocios, que se comió las manos tras la correspon- 
dencia. 

El giro que fué tomando esta hizo que el cura llegase á creer que 
su sobrino era poseedor de grandes cantidades, que un enemigo sayo 
le acosaba de haberlas adquirido por malos medios; pero que como 
él las tenia puestas á buen recaudo y nadie podía demostrarle que las 
había adquirido mal, ni siquiera que en su poder las tuviese, el tér- 
mino de sus desgracias habia de ser pronto y feliz, y entonces (decía) 
hablaremos con detenimiento en mi casa, para lo cual habré menes- 
ter de sus luces, probidad y experiencia. 

El cura se interesó de todo corazón por el sobrino, y ya no solo el 
afecto que le tenia, sino la oscuridad misma de la adquisición del 
eandal y los rodeos con que el sobrino se espresaba al tocar en sus 
cartas aqnel punto, movieron su ánimo tan por estremo que menu- 
deaba como bendiciones las epístolas. 

—El timo y dijo el preso, está bien dado: vamos ahora á que $ude el 
cara. 

A este objeto ideó insinuarle que era llegado el momento de pedir- 
le algo mas que consejos, como era suplicarte que, haciendo un es- 
fuerzo se viniera á Madrid; porque su causa presentaba buen aspee* 
to, y puesto ya el negocio en el punto mas delicado, no tenia á nadie 
de quien valerse y una mala voluntad ó falla de discernimiento po- 
día frustrar sus esperanzas. 

Contestó el engallado cura anunciando su próximo viaje, y recibió 
instrucciones sobre la hora en que debía ir á verle y sobre el modo 
de hablarse por la raja de comunicación, haciéndole presente que no 
debía preguntar por el, sino por el nombre que el mismo sobrino le 
enviaba escrito al pié de la carta, único modo de que no se pusiera 
en riesgo el logro de sus deseos. 

Llegó el tio desalado á la cárcel á la hora fijada, dirigióse al locu- 



Digitized by 



Google 



toe miaroms 

torio soto entendido, pregaató por el nombre qae en la carta le habían 
puesto y vio 4 un mozo qoe en tono dramálico y levantando los bra- 
zos en alio gritaba: 

—¡Tio Nicanor! jTio Nicanor! 

El pobre hombre, aturdido por aquella confusión de voces que to- 
das á una vez y descompasadamente se levantan preguntando y res* 
pendiendo, molestado además por los manotones de los que á su lado 
estaban, y conmovido de verseen aquel sitio y de tener ante su vista 
al que creia ser su sobrino» acabó por soltar el llanto, á lo que cor- 
respondió el preso llevándose un pafiuelo á los ojos y tendiéndole la 
mano por entre los barrotes de las dos empalizadas que separan al 
preso de los visitantes, enlre las que pasea el calabocero ó celador en* 
cargado de que por allí no se introduzcan mas objetos que tos permi- 
tidos por el reglamento. 

Diéronse un fuerte apretón, que fué cordial por parte del cura, y el 
preso con gran dificultad y con muestras de profunda pena le hizo en- 
tender que era imposible ponerse de acuerdo en aquel sitio. Pidióle 
las sefias de su posada y dijole que le escribiría y además le enviaría 
á un escribano muy suyo, á fin de que concertasen el modo como él 
saliera pronto y el cura volviera á su pacifica y tranquila mo- 
rada. 

Al dia siguiente, en efecto, recibió el cura en su posada la carta 
del sobrino y la visita del escribano. 

Este era un bribón, cómplice del estafador y de otros varios. 

El sobrino decia en la carta á su tio que se le presentaría el es- 
cribano, hombre que le habia servido y en quien tenia confianza, pero 
encargaba al tio que, á pesar de todo, se fuera á la mano con él, por- 
que, según estaba oyendo todos los dias, laclase á que pertenecía 
aquel sugelo no gozaba de muy buena reputación, á lómenos entre 
sus compañeros de desgracia. 

En suma, el escribano, que no era lerdo, satisfizo al cura diciendo 
que el mozo tenia fondos, aunque nadie sabia donde; que dentro de 
pocos dias se habia de mandar auto poniéndole en libertad, y que si 
su acusador no ponía pies en polvorosa, muy en breve se habia de 
ver á la sombra. 

—¿Y no se le podría poner en libertad en seguida? preguntó el 



Digitized by 



Google 



w itftoruk 101 

AqlnHa casa es horrible. (Qoé hombres! ¡qué mujeres! jqeé 
gritería! ¡mi pobre sobrino entre aquella gentozal 

—¡Qué quiere Vd. 1 replicó el escribano, y gracias que él está bien; 
digo... comparado con otros. Sobre todo está tranquilo... 

—¿Tranquilo allí? No es posible. 

— Quiero decir... en cuanto á la conciencia. Comprendo et ansia 
de Vd. por verle faena de aquel sitio; pero su sobrino de Vd. que, 
para no inspirar sospechas de que tiene dinero no ha querido ocu- 
par habitación de pago, tampoco quiere hacer ciertos gastillos... ¿me 
cutiendo Vd.? En cosas de curia, amigo mío, ya se sabe; el que M 
suelta la mostt... Ya ve Vd.; á mi no me está bien insistir mucho 
porque, aunque á Dios gracias, tengo la reputación bien sentada, 
podría figoraree.... ¿qoé sé yo? Y, ya digo, no quiero hablarle mas 
del unto; que si no fuera por eso... jbah! ¡bah! ¡bah! ya lo habría 
puesto yo en la calle á primeros de mes. 

—¿De veras? 

— Como Vd. lo oye; mas... póngase Vd. en mi lugar. Si por ser- 
virle á él me espongo á que vaya á figurarse que trato de lucrarme. . . 

— jAh! pero... setter mió. Vd. no tiene que entenderse con él para 
nada. Yo comprendo esa delicadeza que le honra á Vd. sobremanera; 
mas póngase Vd. en mi lugar. ¿Podemos dejarle entre aquellos de- 
iQué caras! ¡qué voces! (repetía el cura recordando su 
i visita á la comunicación). Vamos á ver: sin que él sepa nada; 
eesa nuestra: ¿qué bay qué hacer para sacarle de alli? 

-Eso... 

—Hable Vd. sin reparo: es mi sobrino predilecto. Al fin y al ca- 
bo ya estoy en Madrid, no quiero haber venido en balde. ¡Pobrecito! 
■o Me ha pedido nada, nada, nada. Con que... hable Vd., hable Vd.; 
•e lo ruego por N. S. Jesucristo. 

—{Caramba! También tiene Vd. un modo de pedir las cosas.... 
Al ia hará Vd. de mi lo que se le antoje, y eso que yo siempre he 
procurado evitar ciertos compromisos... Mas tratándose de personas 
oomo Vd. y su sobrino... vacilo, (laqueo... sucumbo: no puedo mas. 
OigaVd. 

El aupuerio escribano acercó su sillón al del cura, miró curiosa* 
á una y otra puerta do la posada, se inclinó hacia su inlerio- 



Digitized by 



Google 



SO* FUSIONES 

calor, y poniéndole en la rodilla el índice de la mano derecha, le dijo 
en voz baja: 

--Oiga Vd. lo que hay. La administración de justicia en España 
está... como todas las cosas. 

(Y guilló el ojo). 

To puedo hablar, recomendar el negocio... hacer la apología de su 
sobrino de Vd. y obtener su pronta libertad. PERO.... ahí está el 
quid: ¿de qué sirven mis buenos oficios si no van acompañados de 
una cigarrera de plata, ó digamos, de una escopeta, ó de una ben- 
gala etc., etc., etc.? ¿Me ha entendido Vd.? 

—Sí. ¿Hay que... dar? 

— jAjal eso es. Su sobrino de Vd. no suelta un ochavo. ¿Lo he 
de poner yo de mi bolsillo? 

—No seria justo, ni yo lo había de consentir. Vamos á cuentas, 
porque... no puede Vd. imaginar cuanto deseo verme libre de esos 
enredos. ¿Vd. cree que dando esa cigarrera ó esa escopeta...? 

—Se hace camino: no lo dude Vd., se hace camino. 

—Pues vamos á mandarla fabricar. 

— Las venden hechas. 

— Vamos, pues, á comprarla. 

En resolución, el cura y el escribano fueron á comprar una peta- 
ca de plata dorada á la calle de la Montera. El lugareño se escanda- 
lizó de los precios á que se vendían en Madrid los objetos de lujo: en 
ello veia la gran prueba de la inmoralidad de la corte; y el escriba- 
no, que era socarrón como él, solo le decía: 

— ¡Ah, eso está muy corrompido, muy corrompido]! No lo sabe 
Vd. bien. Verdad es que... ¿Ve Vd.? Ahora mismo acaba Vd. de gas- 
tar un dineral en una petaca, y cualquiera de esos moralistas super- 
ficiales, que tanto abundan, podría creer que había Vd. malgastado 
su dinero en una fruslería; sin embargo, Vd. lo ha empleado con ob- 
jeto de realizar una obra misericordiosa, como es procurar la liber- 
tad de un encarcelado. Otros compran objetos semejantes para mos- 
trar agradecimiento á un bienhechor, el cual les llamaría ingratos y 
miserables si no le obsequiasen con un objeto caro por ferias, ó el dia 
de su santo. Y créame Vd.; las personas que por su posición gastan 
dinero en las joyerías, son las mismas que hacen celebrar suntuosos 



Digitized by 



Google 



M KUIOPA. 8*3 

Amérales y sostienen debidamente el decoro del culto. El pobre que 
tolo tiene lo preciso para comer ¿qué diantres ha de dar? 

Asi discurriendo acabó de persuadir al cura de su ingenio y dis- 
creción el escribano, y al separarse quedaron en verse al dia siguien- 
te para entretener siquiera el rato hablando del asunto que á entram- 
bos los (raía ocupados. 

Y por cierto que el escribano no se hizo esperar. Dióle cuenta al 
sacerdote del resultado de su comisión, y dijo para mejor contestarle: 

— Por cierto que se me ha ocurrido una cosa y me dejó llevar de 
la corazonada. Vd. dirá si he hecho mal. 

Yo recibí esta mañana un cajón de ricos tabacos imperiales, y di- 
je para mi: voy á llenar de ellos la petaca; mas como no cogían por 
ser muy largos, los envolví muy bonitamente en un papel charola- 
do, átelos con una cintila, y con esos pertrechos me fui al jpzgado. 
Admírese Vd. Lo primero que me dijeron al entrar fué que el asunto 
de mi recomendado iba á las mil maravillas y tocaba á su término. 
To me fingí muy enterado, y dirigiéndome á una persona muy . im- 
portante... á la que allí mangonea; ¿está Vd.? le contesté que me 
conslab* su buen celo y actividad y que le estaba muy agradecido. 
Hkcie cuatro cumplidos, repetlle que en él confiaba, y me fui sin dar- 
le nada; pero voló á su casa, y con una targeta mia, dejóá su criado 
la petaca y los tabacos. ¿Qué le parece á Vd.? 

— D^o, respondió el cura, que me parece discretamente pensado 
y hecho y ¡ojalá que la cosa resulte como deseamos todos! Yo no soy 
ingrato; créalo Vd., yo no soy ingrato, comprendo lo que Vd. se mo- 
lesta y... no digo mas. 

— ¡D Nicanor! esclamé el escribam> torciendo la cabeza y cruzan- 
do los brazos, ¡D. Nicanor! ¿quiere Vd. callar? ¿quiere Vd. que ri- 
femos? 

Dos días después se volvió á presentar en casa del cura el taima- 
do agente, limpiándose el sudor (era en invierno) fingiendo gran 
cansancio, y se dejó caer en un sillón apenas hubo entrado en el cuar- 
to de la victima. 

Mirábale el cura con ansiedad y rompió él á hablar diciendo: 

— Vamos ¿no me da Vd. la enhorabuena? No dice nada esa cara 
traigo? 



Digitized by 



Google 



SOI mSIONBS 

— ¡Cómol ¿hay por fin tramas nuevas? 

—Pero ¡qué buenas! 

—De Yaras está en líber... 

— PsiL... casi. So sobrino de Vd. está á dos dedos, á dos dedi- 
tos de la calle. Y pierdo mi escribanía y el nombre que tengo si no 
lo tiene Vd. aquí mismo, en este cuarto; alegre como unas pascuas, 
libre como el aire y rico... como un milord... el jueves. 

— ¿El jueves? Iones, martes, miércoles, jueves... decia el cura 
contando con los dedos; ¿con qué el jueves? 

—Y no digo el miércoles.... por no aventurar nada. Amigo mió, 
afladió el escribano levantándose y poniéndole la mano en el hom- 
bro; aqui hay que hacer una muy gorda. Ya lo tengo ideado: el mar- 
tos son los dias del hijo segundo del juez que ha de fallar en la cau- 
sa: j mucho ojo! ¡Qué ma! le vendría, supongamos, recibir un rega- 
lito de coraza, unos porta-pliegues y sable, ó bien un teatro de cartón 
con sus decoraciones y sus monitos, todo muy cuco y moy... si, se- 
ñor; ¿eh? 

— ¿Vd. cree...? 

— (Galle Vd. por Dios! dijo. Me presento yo con los trebejos á pri- 
mera hora, dejo mi tárjela además, y me largo. El va á almorzar á 
las doce menos cuarto; le enseñan todas aquellas monerías; vuelvo 
yo poco después; le cojo recien enternecido; le presento los autos; y 
le digo de cierto modo: «no vengo á hablar al respetable amigo, sino 
al juez recto, amparo4el bueno: aqui solo falla la firma de Vd. para 
devolver la paz del espirito, la buena fama y la libertad á su padre 
de... no, á un hijo de familia; á la rectitud de Vd. apelo; ¿tendré que 
volverme sin esa firma que ha de atraer las bendiciones de Dios y de 
los hombres sobre esa frente venerable..?» Aqui agito los papeles, se 
los pongo sobre el pupitre, le présenlo mi caja de rapé, le alargo una 
pluma... ¿y Vd. cree que me resiste? (Quiá! hace allí el garrapato de 
cajón, voy al escribano, pone su a ante mí,» vamos á la cárcel y no- 
tifica, sale pitado el chico... y á vivir. Al escribano de la causa se le 
dará una propineja... ¿qué quiere Vd.? ¡no hay otro medio! 

— Amigo mió, esdamó e) cura mareado; á la voluntad de Dios y 
al ingenio de Vd. lo abandono todo. Estoy en un mundo desconocido 
para mi, como Vd. puede comprender. Quiero que se lleve Vd. el 



Digitized by 



Google 



H «MI* SOS 

dinero qae pueda costar ese regaKte; Vd. decidirá en que ha dé coa* 
sistir; á mi no me importa gastar todo cuanto tenga* con tal de ver 
fibra á mi sobrinow 

—Iremos juntos á hacer la compra. ¿Vamos i casa de Sehropp? 

—Vaya Vd. donde gasto. 

—No; loe dos juntos. 

—Yo no; dispénseme Vd. Las agías de Madrid, ese roído de co* 
etes, ia mochedombre de las calles; aqttella gente de la cárcel y el 
ver llorar á mi sobrino metido entre criminales, me trastornaron eb 
términos que no soy hombre para nada. Háganos Vd. el favor por 
¿sóplelo y corra Vd. con todo. No repare Vd. en el gasto. Asi como 
asi, lo que yo tengo es todo para mi sobrino. ¡Pobrecita Bubiél quién 
le babia de decir 

Por fin, el escribano dijo que primero se informaría dei importe de 
les jogueles y después vería al cura y hablarían sobre el particular, 

En efecto» al siguiente día fué á ver á la victima» le dijo que había 
retidlo comprar para el hijo del juez un cosmorama, que era la úl- 
tima novedad recibida en Madrid, y el buen cura le dio para ello mil 
reales, que, como es de suponer, se partieron entre el fingido sobrino 
y so agento, lo mismo que el valor do la petaca, revendida á poce de 
comprada. 

Utg4 el martes y al caer la tarde se presenté otra vez el eicriba- 
no, dio ao fuerte apre'on de mano al cura, y mirándole con aire da 
gravedad y satisfacción, le dijo: 

— Mafiana somos tres á almorzar. 

— ¡CémelAlfin .. conque.,. |Aa* alabado sea Dio* I Couquemaflana. 

Todo está hecho. Serénese Vd. jquó dianlre! ¡ensanche Vd. ese pe* 
cbol Ello tenia que ser, y ha sido, á pesar de Satanás. Válganos lo que 
be peleado para comprometer al escribano de la causa. Al fin y al ca* 
bo al bribón se acordó de ciertos favores que uno ba podido hacerle, 

alia en otros tiempos y es cosa corriente. Ahora acuérdese Vd. de 

qae m setter sobrino, con mas dinero que Júcar, está hecho un Adán: 
No tiene mas que un mal chaquetón, un chaleco de campo y anda á 

la chichi ala cabeza. Hay que vestirle. 

— Bieu... *¡í... 

— En la calle Mayor ó en Santo Tomás, es decir frei.leá Santo To- 
tumo u 39 



Digitized by 



Google 



•oí PMsioms 

más, lo vistea de pies á cabeza por una friolera. Le- mandaremos su 
tevitilla ó mejor su gabán dé abrigo, ana capita torera (que á él le 
gasta lo majo); su pantalón justo de peslaña y uü chaleco decente. 
Ah: un par de camisolines de la calle del Carmen, y, [andando! Eso 
será mañana por la mañana. ¿Quiere Vd. que vayamos ahora mismo? 
Ande Vd. ¿qué ej eso de estar encerrado en casa sin distraerse ni 
hacer ejercicio? (Vaya vaya! [Ea, animarse! 

—Si fuere para verle á é\ iria por mi pié» á pesar de qoe sigo to- 
davía algo delicado; mas para esas compras, sea Vd. bueno hasta el 
fin, que pronto terminarán, á Dios gracias, esas molestias; yo no en- 
tiendo de compras, ni de trajes. Nada, nada; Vd ha hecho lo mas, 
haga Vd lo menos y... Dios se lo pagará. Tome Vd. dinero, y, [osa* 
Sana! mañana empezaré mi alivio. 

—¡Canastos, canastas! con ese buen señor que se acoquina y no 
quiere dar un paso fuera de este cuchitril. .. Pero déjelo Vd.; que si 
hasta ahora ha hecho lo que bien le ha parecido, desde mañana sere- 
mos dos contra Vd. y, por vida de sanes, que ba de cambiar de cei^ 
duela. 

Llevóse el dinero; dejó al cura encantado de su complacencia y sus 
trazas de hombre listo y bonachón, h feo le la higa desde la escalera al 
despedirse y no volvió á parecer. 

Al dia siguiente se cortó el pelo, afeitóse todo menos una tirita de 
patilla, y anduvo por Madrid con chaquetón, faja y polainas de cue- 
ro, como un lugareño recien llegado. 

En vano le esperó el cura, que tenia dispuesto un almuerzo extraor- 
dinario para celebrar la libertad desu sobrino. Pasó el dia enlre la es- 
peranza y la zozobra, y ya á última hora de la noche se arrojó en la 
cama lleno de inquietad y de temores sobre la suerte del hijo de la Ru- 
bia. No pudo cerrarlos ojos ni hallar descanso; resignóse á esperar, 
mas, agotada su paciencia y no queriendo que le sorprendiese la noche 
en tan grande agitación, resolvió ir á la cárcel. 

Dirigióse con gran repugnancia á 1a empalizada por donde habia te- 
nido la entrevista con su sobrino y no vio mas que una gran puerta 
cerrada. Una mujer que en medio de la oscuridad estaba arreglando 
una cesta llena de cacharros le gritó: 

—La escalera esfá á la derecha, sefior cura. 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA SOI 

— Pues y ¿el... locutorio? 

— Está cerrado; no se abw mas que dos horas al dia. 

Subió el cara por donde le habían indicado, diciendo entre sí: 

— Pero, Señor; en momeólos tan críticos y ni el escribano ni el so- 
brino ponerme ana mala carta... ¿Qué será, Dios mió, qué será? 

Asi pensando y viéndose en aquella lóbrega escalera, se le repre- 
sentaron en la imaginación los que por ella habrían bajado para ir 
al suplicio, y comenzó un rozo. Trémulo de pies y de lengua, llegó á 
la última meseta; tentó la par d; dio con la puerta, y viendo que no 
daba con el llamador (porque no le hay), £olp?óla con la mano. 

Preguntóle al portero de golpe donde estaba el jefe de la casa, é in- 
troducido en la alcaidía, donde le hicieron sentar, manifestó, turbado 
aon, qu* deseaba saber si habia salido en libertad aquel dia un joven 
que se llamaba Fulano. Supo con dolor que no, y con muestras de 
títo interés insinuó sus deseos de verle. 

So carácter sacerdotal y la visible agitación de su espirita intere- 
saron al alcaide, quien mandó registrar el libro de asientos. El encar- 
gado halló en efecto el nombre del preso, pero ese preso habia salido 
para Granada por tránsitos de justicia. Entonces el alcaide preguntó 
al sacerdote si sabia el departamento en quo á su entender debía ha- 
llarse el individuo de quien se trataba, y el cura le respondió qne en 
d Patio grande, por cuya reja le habia hablado una vez y de donde 
estaban fechadas las cartas que de él habia recibido. Examinaron la 
lisia de presos del Patio grande y no constaba allí el nombre; hizose lo 
mismo con la de los que estaban en et patio chico, y tampoco estaba 
entre ellos; hizose lo mismo con l^s d* Corrección y los de cuarteli- 
llos, con los del patio df transeúntes, con los de ambas a'caidfas y 
los de encierros, y no se halló dato alguno. 

El a'cakle, barruntando que el cura pndia ser victima de un enga- 
to, le preguntó que de dónde era su sobrino; contestó el lio, y exa- 
minado otra vez el libro de regislro, resultó que ciertamente un joven 
de la edad, nombre y patria quo el cura decía, cuyos sobrenombres 
y apellidos paterno y materno coi-firmaban la identidad de la persona 
del sobrino, habia estado pn so; mas ya habia salido de Madrid el dia 
en que el ru^a decia haberle hablado á la hora de comunicación, y tam- 
poco podía ser el que posteriormente le hal;ia*esn ito desde la cárcel. 



Digitized by 



Google 



Pregante el alcaide si aquel preso había, pedido y obtenida dinero 
en concepto de anticipo ó cosa semejante; resistióse el cura pop deli- 
cadeza á declarar la verdad; mas oyendo que en caso de haberle fiado 
algo era víctima de una estafa, replicó que si babia dado dinero, pe- 
ro graciosamente, y porque el preso era su sobrino mas querido. 

Ei alcaide, conocedor de las mañas carcelarias, suplicó al cura que 
le enseBasa siquiera e) sobre de las carias que el sobrino lo bab& es- 
crito, y apenas vid la letra dijo: 

— Ha sido Vd. estafado: ya sé por quien voy k ver si me equivoco. 

Dos presos se hall ban muy cerca del sitio donde pasaba esta es-, 
cena, y upo de ellos, cómplice, conocedor ó adivinador de la traiga, 
al oirías últimas palabras del alcaide echó á correr hacia el Palio 
grande á enturar al fingido sobrino de lo que ocurría. 

Es de advertir que casi siempre muchos empleos de lo interior do 
la casa estuvieron confiados á presos que gozaban de corlas fr»n* 
quieias, entre otras las de no ser encerrados á loque de campusa, 
poder ir y venir por todos los departamento* etc. (4). 

— A ver: ¡Uno! gritó el alcaide. 

«Uno» quiere decir que se presente el empleado que primero oigs 
el llamamiento. 

Presentóse en efecto un demandadero y el akaide le dijo: 

—Baja al Patio grande; llama á U... (2) y que suba contigo. 

A poco volvió á subir el demandado™ solo. 

— U..., dijo, está enfermo y no puede subir. 

— Pues ahora digo, replicó el alcaide, que no solo es él quien se 
ba fingido sobrino de Vd., sino que ya le han dado el soplo de la 
conversación que hemos tenido. ¡Oh! no sabe Vd. loquees la cárcel. 
¡V ver! afiadió hablando con el demandadero; «visa al portero que 
baje contigo: si U... no está enfermo, que suba p?r su pié; si lo es- 
tá, súbanle entre cuatro y sea trasladado al hospital. 



\i) Desde tace muy poco tiempo los demandadoras «e dentro y fuera, los escribien- 
tes de la alcaldía y demás empinados no sou presos». Los demamladeros lleva/» hoy 
uniforme. Gabán ceniciento con listas oscuras y vivos encamados y hongo negro con 
chapa de metal. 

'X S'¿£un nuestro* informes, el autor do psIa farsa vuelve ó bailarse preso actual 
tualmente y en otro de sus varios encarcelamientos hizo pedazos muchas hojas de un 
libro de registro, donde constaban sus antecedentes. 



Digitized by 



Google 



da maja*, ioi 

E4«ar*«a y miraba lleno «te aaombro. Hablóle el atoantes tér- 
micos generales de los ardides de que se valen mueboa presos par» 
sostener sus victo y satisfacer m propensiop al fraude, y ontre tapio 
soateaido por caakro robustos motos, se dejó llevar á la oficina el que 
había despertado las sospechas del alcaide. Dejaba caer la cabeaa, 
ota o si no pudiere eon si* peso, y arrojaba de cuando en cuaqdo 
preterios suspiras. 

-~Vta Vd, si es ese, aefier eora, dye el alcaide. Traadle ac¿, 
acercaos. 

Miróla el o«ra, y (enliadole la frente esclamó: 

—¡Sobrino mió!... ¡él esl ¿Qué tienes? ¿qué te ba dado? 

E' preso ao contestaba. Mandó el alcaide que lo seo (aran en qna 
silla y le dijo muy seria urente: 

— U... ¿«mocea 4 eale caballero? ¡Vivo! ó te haré yo recobrar 
los sentidas muy pronto. 

El preso vio qoo era peligroso prolongar su eafermedad, y abrien- 
do los ojos, los fijó en el cura. 

—¡Dijo mol eselamó este acercándotela* 

— ¿Qué respondes? presunto el alcaide. 

-r¿Yo? replicé el preso con voz dolíanle, en mi vida le he vfeto. 

Díjolt ooa na aplomo que al sacerdote se le quedó helada la san- 
gre eo lasvetai. 

—Ya lo oye Vd., dijo el alcaide. ¿Me be eQaifootdft? 

—Pero, ¡Dios mió! per* sobrino, ¿sahw I* qué dices? ¿<l$í reqie- 
gas de la lio que te ha favorecida? 

— ¡Valiente lio estará Vd.; mas na pa,ra mil dijo con desparpajo el 
presa. Ni yo le coooico ¿ Vd* ai ese es el camino. ¿C^&oto va que 
dice que le debo dinero? 

—r¡Bahrí pillastre! decia par? si el alcaide convencido de qva no 
ara otro al inventor del engallo. 

—Paro ¿no me citaste? ¿no he veoHo yo? ¿no he Iralado con el 
ercribano amigo? ¿no me has eteríto cien veces? ¿no debías salir ayer 
en libertad? ¡Jesús, Jasas, Jesusl ¡eslo es para volverse loco] 

*-Paes á mi tome vuelve Vd. ¡Uabrá lunol Ni yo langa (ios cu- 
ras, ai amigos escribanos, ni escribo carias á nadie. Con que no fas* 
Miar á los pobres. Si Vd ba perdido aUo, báaquelo #n otra pjtri». 



Digitized by 



Google 



810 PRISIONES 

Ea, y deje Vd. ya que me vuelva 4 acostar, sefior alcaide, que se 
me abre la cabeza. 

El cara estaba lao sorprendido como escandalizado. 

— I Jesús, Jesús, Jesusl esclamaba cruzándolas manos y apretán- 
dolas contra el labio inferior. 

Por último, diese orden de volver el preso á la cuadra, y el cu* 
ra refirió C por B cuanto le habían urdido entre aquél y el supuesto 
escribano. Para completar sus conocimientos le refirió el alcaide 
otros sucesos no menos ingeniosos ni de mejor intención, ocurridos 
con otros encarcelados y las dificultades que se oponían á la refor- 
ma de los hábitos y usos carcelarios. 

El cura se retiró verdaderamente afectado, perdida la grata ilu- 
sión de haber hecho bien á su sobrino, la esperanza de verle pronto 
libre y Ja de recobrar su dinero, y desde la cárcel á su casa anduvo 
admirando mas y mas cada uno de ios pormenores del engafio y es- 
clamando á cada recuerdo: 

— ¡Jesús, Jesús, Jesús! 

El lance fué celebrado en la cárcel, como uno de los mas felices. . 

No es este género de estafas el mas común, sino el que se llama de 
los entierros, cuya invención, aunque de fecha muy remota, produce 
todavía buenos resultados á los que á él se dedican, los cuales tienen 
nombre de enterradores. 

Hace algún tiempo que no oímos hacer mención de ningún entier- 
ro; mas en esto sucede lo que con los crímenes sangriento?, que sue- 
len repetirse en nn breve período, y calma después casi por completo 
el furor homicida. En cuanto á los entierros, como produjeron es- 
cándalo y se enteró ya gran parte del público de que eran una estra- 
tagema culpable para estafar dinero, podría ser que se hubiesen lo- 
mado algunas medidas para ponerles coto ó que sus autores creye- 
sen que convenía dejar correr tiempo y no renovarlos hasta que se 
hubiera desvanecido el recuerdo de esta clase de engaños. 

Vamos á esplicar brevemente en qué consisten. 

El enterrador tiene averiguado ó procura averiguar que en tal ó 
cual pueblo vive una persona que posee algunos bienes de fortuna, 
y, según el concepto que de su juicio y esperiencia poete formar, le 



Digitized by 



Google 



DIIOIOPA su 

escribe unacarla qme, despojada de ambajes, viene á decir: «en el tér- 
mino da esa poblacioo hay uo tesoro enterrado hace algún tiempo. Yo 
sé dónde; no he podido recogerlo porque (ave que emigrar de Espafia, 
y ahora á mi regreso me hao encarcelado por una calumnia. Si Vd. 
me anxilia con fondos para lograr mi libertad, yo le daré á Vd. parle 
del tesoro.» 

Casi siempre se supone que el dinero enterrado era de la caja de 
na partida carlista que, obligada á desbandarse, quiso salvar el me- 
tálico, y que de las dos ó tres personas que lo escondieion, únicamen- 
te sobrevive ana: el autor de la carta. 

Encargan el mayor sigilo al individuo á quien se dirigen y suelen 
preguntarle, como cosa que tienen grande interés en averiguar, pero 
al mismo tiempo fingiendo que tratan de disimular ese interés mismo, 
•i está en pié todavía una encina que á la entrada del pueblo, á ma- 
lo izquierda y á 44 pasos (por ejmplo) del portazgo existia en el 
alio 18, ó si se ba levantado algún nuevo edificio en el terreno que- 
brado que habia entre la heredad de Fulano y la de Mengano. 

Con estas y otras preguntas análogas dan 4 entender que por aque- 
llos alrededores debe hallarse el tesoro enterrado y mueve á codicia 
al incauto. 

Si este solo muestra tibia incredulidad ó falta de confianza en las 
garantas que pueda ofrecerle el preso, le piden por favor que, ya 
qae no quiera entrar en el negocio, se sirva hacer una pequefia ex- 
cavaciao al pié de la peSa que está en tal sitio y remitirles una lla- 
ve y nn*¿ planos que se hallarán metidos dentro de un puchero ó de 
n botf de hoja de lata á media vara del suelo, y en ese caso es in- 
dudable qae an individuo, puesto en connivencia con el preso, ha ido 
poco antes á enterrar llave, puch ro y planos, cuyos planoi consisten 
en un dibojo que représenla la entrada del pueblo, la situación de la 
iglesia, la de otro paulo notable como la fuente, la casa consistorial ó 
el fuerte, y muchas lineas, números y letras, que significan indica- 
dones lomadas para dar infaliblemente con el tesoro. 

Mochos han caído en el lazo, muchísimo?; y después de anticipar 
cantidades para que el preso pudiera salir en libertad, viendo que el 
negocio no llegaba á realizarse, ban mostrado enojo y han cerrado la 
hulea; pera apanalados per su cómplice de que, si no les ayudaba 



Digitized by 



Google 



Bit tttfeioftg 

baste verse libre, hartan pública so coudiwta y rebelarían so «erres- 
pondeocia donde coiwtaba que habían intentado apoderarse de un di* 
nert) qoe «o les pertenecía; hato apurado todos mis rtcursos. A noee- 
ihi vista ba estado una persona rlea, de un pueblo arcano á Madrid, 
persona que ocupaba entonces una posición muy visible, y vino re- 
suelta á entregar á un preso nada menos que ocho mil reates, Como 
primer anticipo, llevada de la codicia de lucrarse de cierto enti&ro. 
Afortunadamente hubo de enterarse de so propósito Cierto amigo que 
era sabedor de aquella clase de amaffos y pude disuadirle de su in- 
tento, aunque no sin grandes dificultades: de tai manera habría pin- 
tado las cosas el enterrador en *u correspondería» 

Hay también en la cárcel quien se dedica á enterarse de los esta- 
blecimientos que fuera de Madrid se anuncian pnr primera v*« al pá~ 
blfco. Estríbenle* haciendo pedidos y encargando q*e ae les ponga 
£1 genero barato en atención á sfer principiantes, y ofróctnles en 
cambio á bajo precio otros objeto* que dicto ser de los qie se fetbri- 
can en su casa. 

Varios son los establecimientos qtke han contestado inmediatamente, 
enviando el género pedido. El estafador tos manda recoger por un 
cómplice que paga los portes y realiza en seguida al precio que pue- 
de. Manías de Falencia, papel de imprimir, fósforos, armas de fue- 
go y oíros tai I artículos han sido estafados por este medio, y aun ea 
cierta ocasión realizó en preso cuarenta mil reate*, producto de la 
venta de cierta remesa de bacalao adqairidaea un negocie señera*-» 
te, lo cual averiguado el mismo dia, fué causa de que se practicara 
trt minucioso registro en su habitación, que llegó basta descoserle 
tos colchones de la cama y revolverle toda la lana; mas no se eneon* 
Trócosa alguna. 

Esta clase de estafa* no se hacen en la cárcel con precauciones y 
sigilo; sino de manera que muchos presos se enteran sin querer de 
las ocupaciones de su vecino. Sin reparo ninguno se anda allí pro* 
guntando quién tiene una cédula de vecindad, y sin ocultarse de 
nadie borran con el ügba regia las señas que contiene, y escriben en 
ella las de la persona que se ha de presentar & re<*ger el género es- 
taftdo. 

Eétf y recoger del ttrrtrt carta* cottenfcnd* tetras, libramieaíe* 



Digitized by 



Google 



n mot*. si* 

W Gira Mutuo y sellos de franqueo ha sido muy común y ha debi- 
do aer muy productivo, según parece por los muchos que se han de- 
dicado á hacerlo. 



. Hemos hablado de derlas ocasiones en que es digno de observa- 
ción el espectáculo de los presos. Mas nada hemos dicho de uno de 
los mas frecuentes que no deja de ser curioso por ser ordinario. 

Loe domingos hay numerosas visitas en los departamentos de pago, 
y algunos de los visitantes se presentan con vino y postres 6 con co <• 
mida para tres ó cuatro personas, y comen con el amigo preso. 

En la alcaidía alta, que ocupa el piso segundo y solo tiene diez y 
ocho habitaciones, no es tan animada la escena, como en el principal, 
compuesto de Corrección chica, (convertida hoy en salas de despa- 
cho), Corrección grande, Cuartelillos, Cuarto de oficios, Salón y Al- 
cmüUa política. 

Loa presos de todos estos deparlamentos circulan por el cuarto 
principal, escoplo los del Salón y Cuarto de oficios que están encer- 
rados en sus respectivas cuadras, si bien los domingos alcanzan algu- 
nos permiso para comer y pasar la tarde fuera de su departamento, 
y además suben á esparcirse también uno que otro de los que es- 
tán en los patios y varios de sus calaboceros y ayudantes. 

Fórmanse corros en los pasillos donde comen sentados en el suelo. 
Alli acuden novias, queridas, padres, hermanos y amigos. Toda 
la tarde se pasa comiendo, bebiendo, conversando y cantando á gran- 
des voces. Al caer el sol se disuelven los grupos y se comienza á pa- 
sear; muchos discurren en voz baja sobre el estado de su causa y 
otros se acurrucan en los rincones mas oscuros, y en aquella atmós- 
fera hedionda, entre los vapores del vino, las canciones libres y los 
dichos en caló de la gente alegre, hablan de amor, de esperanzas, de 
porvenir risuefio. 

En cierto sitio donde comienza la oscuridad muy temprano, no ce- 
sa la entrada y salida de amorosas parejas, que escondiéndose á to - 
das las miradas, aprovechan breves momeólos para decirse lo que 
han estado pensando por espacio de ocho días. 

Bi medio del bullicio nunca falla alli quien vierte lágrimas. Siem- 
touo ii 40 



Digitized by 



Google 



114 PRISIONES 

pre hay la familia que por primera vez visila al hijo preso 6 la que 
envidia á otra que goza la dicha de verle y no lo llora en presidio, 
expuesto á mil peligros, y con el temor de no volverle á ver. 

Al fin suena la hora de silencio, despfdense los visitantes, retirase 
cada preso á su departamento, corren con agrio chirriar 1 los cerra- 
jos, y el silencio, la soledad, el aturdimiento -pesan sobre el pobre 
encarcelado, que, si no está hecho aun á aquellos contrastes, ima- 
gina si habrá sido pura quimera lo que ha visto aquella tarde. 

Ese tránsito del gran tumulto al profundo reposo produce sensa- 
ciones que no se olvidan, como no se olvida el momento de recibir 
la primera visita después de la incomunicación. 



Tiene la cárcel su vida propia y especial y no podía carecer de su 
colección de cantares. Así como hay objetos que por la paciencia que 
su elaboración requiere suelen llamarse «trabajos de preso:» así co- 
mo hay modos de hacer las cosas que pertenecen sola y esclusiva- 
mente á la cárcel, asi también los cantares, que revelan siempre ideas 
y estados de ánimo y sentimientos y llevan consigo lo que en su for- 
ma esterior ha labrado la vida carcelaria. 
El cantar mas conocido en este género dice: 
«A la reja de la cárcel 
no me vengas á llorar; 
ya que penas no me quitas, 
no me las vengas á dar. » 
¿No es cierto que en estos versos parece adivinarse el enojo de un 
preso de carácter desabrido, brusco, y de fisonomía dura, así como 
la figura déla mujer amante que espresa con prolijo llanto, y solo 
con llanto, el pesar de su corazón? 

Otro cantar parece esclamacion del que por primera vez reflexio- 
na en la dureza de la cárcel: 

«¿De qué le sirve al cautivo 
tener los grillos de plata, 
la cadena de oro y perlas... 
si la libertad le falta?» 
La libertad ha inspirado lambien ese quejido arrancado del alma: 



Digitized by 



Google 



DBKUftOPA. m SU 

«Salí al patio de la cárcel; 
miré al cielo y di un suspiro: 
¿dónde está mi libertad, 
dónde está que la he perdido?» 
En efecto, no todo el mundo tiene conciencia de los sucesos que 
acompasan á la pérdida de la libertad, y los cuatro versos anteriores 
representan perfectamente al que, turbado y enflaquecido el entendi- 
miento, despierta en la cárcel donde permanece largo tiempo absorto 
hasta que recobra los sentidos, y al verse encerrado esclama: jdótítie 
etlá mi libertad! 

t Veinticinco calabozos 
tiene la cárcel real; 
veinticuatro tengo andados. . . . 
¡uno me falta que andar ! » 
¡Cuánto de sombrío y pavoroso se encierra en este último verso! 

«I Un o me falta que andar! » 
|Es la antesala del patíbulo; es la capilla! 
El lector apreciará lo sentido de los demás cantares que reprodu- 
cimos á continuación como muestra, advírtiendo nosotros que los he- 
mos elegido entre muchos, toda Tez que los limites del presente Ira- 
bajo no consienten amplitud en esta materia. 
a Estas rejas son de hierro 
y estas paredes de piedra; 
mis amigos son de vidrio: 
por no quebrarse, no llegan. » 

«Preso en la cárcel estoy, 
amarrado con cordeles, 
¡y no me Tienen á ver 
lassefiorilas mujeres!» 
¿No parece esta voz la del Hijo Pródigo, joven aun y, mas que 
criminal, inesperto y confiado? 

«A las doce de la noche 
me cogieron prisionero, 
y para mayor dolor, 
ime ataron con tu pañuelo!» 
¿Se quiere uu ra?go de socarronería, que indudablemente deba 



Digitized by 



Google 



«i « . fRte!0HE5 

pertenecer al preso mas villano y curtido en cárceles? Paes dice un 
cantor: 

«¿En qué casa me han metido 

que no veo mas que llaves, 

mas que puertas y cerrojos, 

demandaderos y alcaides?» 
¿Se quiere la revelación de aquellas ideas que súbitamente asal- 
tan al que, después de un largo cautiverio, recapacita en el estraño 
modo de existir del preso? Pues manifiesta se halla en el sencillo cantar: 

«Cuando estaba yo en prisiones, 

jen lo qué ule entretenía! 

en contar los eslabones 

que mi cadena tenia. » 
Citaremos para concluir un bellísimo arranque, no sujeto á metro, 
pero que aplicado á esa música caprichosa, tan propia de nuestras pro- 
vincias del Mediodía, enternece en boca délas buenas cantadoras. Pa- 
rece que habla una viejécita con voz entrecortada y lastimosa, y dice: - 

«Sefior oficial de guardia, 

pida usted, por Dios, 

¡ayl ique saquen á los pob recites presos 

un ratito al solí» 



Volvamos á ocupamos dé sucesos. 

uno de carácter especial, poco frecuente, ocurrió en la cárcel del &i- 
ladero en 1854. Con esta ocasión nos permitiremos asentar, aunque 
someramente, las circunstancias do doj procesos en que figuraron al- 
gunos amigos nuestros, que llamaban y aun hoy llaman con justa cau- 
sa la atención pública. 

El primero de estos procesos se formó en enero de 4852. uno de 
los acusados fué preso al parecer á instigación de un visionario que 
imaginaba bailarse en peligro por causa de aquél. Registrado el preso, 
se le encontró una correspondencia que trataba de asuntos políticos y 
citaba los nombres de personas conocidas por sus ideas democráticas. 
La ocasión debió de parecer escelenle para prestar un servicio, y en 



Digitized by 



Google 



Ilfi BlfcÚPX. 817 

efecto, se dieron órdenes de prisión contra todos los que en aquellas 
cartas eran mencionados. 

Asi, aquella misma noche, á launa, fueron presos en Madrid D. Ni- 
colás María Rivero, D. Francisco González Hernández, que habitaba en 
su compañía, y al dia siguiente, D. Andrés Goiamet. At propio tiem- 
po se mandaba prender á D. Julián Pellón y á D. Joan Antonio Fé de 
Sevilla, á D. Romualdo Martínez en Bujalames, á D. Francisco Valero 
en Villarobledo, á D. N. Merla en Falcet, á D. Florentino García en 
Gerona y á D. José María Orense, marqués de Albáida y D. Pedro 
Romero Pérez; todos los coales, á escepcion de los dos últimos, fueron 
á parar ala cárcel de Madrid, con grave y universal escándalo, pues, 
en efecto, era de suponer que su prisión indicaba proyectos ó intentos, 
si ya no conatos ó comienzos de algún enorme delito político. 

Formóse la causa por conspiración á la rebelión, y aun, si no estat- 
uios equivocados, se habilitó y creó entonce' en el Saladero el depar- 
tamento de presos políticos, antes no conocido, declarándose libres de 
pago ras habitaciones. 

La causa siguió sin tropiezo aparente el curso ordinario, hasta qoe 
d juez á quien estaba encomendada, señor Sola, salió de Madrid, en- 
cargándose de ella el Sr. Aorioles. No quiso este recibir de los acu- 
sados las confesiones con cargos, y se esperó á que regresara el Sr. So- 
la, y hallándose este de vuelta, coando se creia que las iba á recibir, 
manda prender al escribano, que era U. Amonio Moreillo y á su ma- 
yor, y vuelve á poner incomunicados á D. Nicolás Rivero y D. Fran- 
cisco Díaz Quintero. ¿Por que? 

Decía el juez que de aquel proceso se babian sustraído documentos 
importantes, y que la sustracción se habla hecho en beneficio de Rive- 
ro, si bien este alegó fundadamente después, que caso de haberse ve- 
rificado tal sustracción, habría redundado en beneficio de todos sus 
consortes y no de él solo. 

Entre tanto volvió al calabozo de incomunicación, donde habia pa- 
sado ya 89dias. Harto hemos dicho de aquellos encierros para que* 
insistamos ahora en ponderar las amarguras, el trastorno que produce 
una estancia tan prolongada en un oscuro seno. 

En este estado la causa, ocurrió un incidente singular, y bien pode- 
decir nunca visto. 



Digitized by 



Google 



818 MISIONES 

Recusó Rivero al jaez, acusándole dei delito mismo que á él le atri- 
buía, y se fundaba principalmente, para acusarle, en que los documen- 
tos habían permanecido siempre bajo llave en poder del juez. 

Couviene advertir, de paso ya, que interesa mucho para el juicio 
del lector, que del contenido do los documentos que el juez decía echar 
de menos, no se había hablado una sola palabra á los presos, y no 
porque se hubiesen abreviado las declaraciones, pues solo las de D. Ni- 
colás Rivero ocupaban 49 pliegos. 

El juez se negó á la recusación y se dio un acompañado; apeló el 
recusante y, después de un largo debate, se dio el rarísimo caso de 
proveer la sala 2/ que se entregase el espediente á las partes para 
instrucción (siendo asi que la causa se hallaba en sumario) y se per- 
mitía á Rivero hacer su defensa como letrado, aun estando preso, pre- 
via la seguridad de su persona, confiada al alcaide del Saladero. 

El gobierno previo entonces el escándalo que iba á resultar de una 
defensa, en causa política, hecha por Rivero, que, además de hallarse 
preso, circunstancia jamás conocida en semejantes casos, tenia una 
gran significación en el partido mas joven, mas entusiasta y mas avan- 
zado. Tampoco dejaba de hacerle mella el saber que á D. Francisco 
Diaz Quintero y á D. Francisco González Hernández iban á defender 
los jurisconsultos y oradores, tan famosos y simpáticos como D. Joa- 
quín María López y D. Juan Bautista Alonso. Era de temer que, reu- 
nidos lodos estos elementos en un proceso político, llegasen las cosas á 
un extremo gravemente perjudicial para aquella situación ya inse- 
gura. 

Lo mas cuerdo era evitar que las cosas dieran un solo paso mas 
por aquella malhadada senda, -y el gobierno tuvo la cordura que el co- 
nocimiento de su situación le inspiraba, «resolviendo, á instancia del 
«Tribunal Supremo, en uso dejas facultades que le concedía el Re- 
«glamento provisional, y atento á que los procesados vivían en distin- 
«tos barrios, que el Sr. juez Sota y su promotor cesasen en el cono- 
acimiento de la causa y de ella se encargasen el Sr. Montemayor y 
«el promotor de su juzgado.» 

A esta resolución siguieron inmediatamente las confesiones con car- 
gos, y entregó á poco la causa el Sr. promotor, opinando que «reco- 
« nocida por el gobierno la legalidad del partido democrático y de su 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 3'* 

t pública organización, y siendo legal la correspondencia sorprendida, 
«debía sobreseerse en el proceso. » 

No opinó asi el juzgado; mas á medida qne se iban haciendo las 
defensas, salían en libertad los acusados. La vista de la causa fué no* 
labilísima; duró Ires dias y siempre con gran concurrencia, como era 
de suponer, conocido el fundamento de ella, sus singulares incidentes 
y las circunstancias de los coacusados. Por el interés y la agitación 
que la vista produjo, pudo calcularse con acierto loque habría suce- 
dido á no tomar el gobierno la resolución de que hemos hecho mérito 
en el párrafo antepenúltimo. 

Era el 20 de enero de 1853, cuando, elevada la causa á la superio- 
ridad, empezaron á salir ¿ la calle los procesados; á mediados de 
aquel año, se hallaba en 2. a instancia, siguiendo trabajosamente sus 
trámites como no podía meóos de suceder en un espediente que com- 
prendía por lo menos 3000 folios. 

Llegó noviembre de 4854; mandóse sobreseer en todas las causas 
políticas, y D. Nicolás María Rivero protestó pidiendo que la suya si- 
guiese todos sos trámites hasta declararse la inocencia de los proce- 
sados; mas la Sala no accedida su petición, y se cumplió la orden del 
gobierno. * 

Sin embargo, la causa formada aparte, por sustracción de docu- 
mentos, no era política y seguía su curso, y en el año antedicho se de- 
claróla inocencia délos acusados, con todos los pronunciamientos favo- 
rables; subió á la Sala, y nuestros amigos, porque no se llegase á pro- 
testar que intentaban sacar partido de sus buenas relaciones con la 
nueva situación, abandonaron por completo su suerte á la acción de 
los Irib iales f basta que por fin, en 1857, apurados lodos los trámi- 
tes, se confirmó el fallo del inferior. 

La otra causa política también de que hemos dicho que nos ocupa- 
ríamos, interesa también á amigos nuestros, que por tan desagrada- 
ble motivo asistieron á la terrible escena de la cárcel en 1S5Í, que nos 
proponemos narrar para terminación de este punto. 

El 5 de febrero de 1854 se hallaban en una casa de la calle de Jar- 
dines, á cosa de las tres de la tarde, varias personas conocidas por sus 
opiniones políticas. Eran estas el duefio de la casa D. Manuel Becerra, 
D. Nicolás María Rivero, D. José Ordax Avecilla, D. Francisco Sal- 



Digitized by 



Google 



aao PRISIONES 

meroo y Alonso, D. José ViHasante, D. Ezequiel del Campo, D. Pe- 
dro Oller y Cánovas, D. Fernando Erausqui, D. Manuel Casado To- 
llo, D. N. Hoyuelos, D. Antonio del Riego, D. Santiago Avifio y 
D. Florencio García (el consorte de Rivero en la causa anterior), que 
entonces se le declaraba muy agradecido y le llamaba en todas parles 
su Providencia, no sin motivo. 

El inspector de policía Sr. Cruz mandó abrir, les preguntó qué ha* 
cian, y contestándole que amistosamente trataban de asuntos de mine- 
ría, les mandó darse presos. Trasládeseles al Saladero, se les puso en 
calabozos de incomunicación, y al salir de ella supieron que se les ha- 
bía delatado como conspiradores. 

En aquella época todo el mundo conspiraba: era cuando el general 
O'Donnell allegaba amigos con promesas de libertad; era cuando casi 
de público se citaba á muchos personajes de la actual situación como 
resueltos á verificar un cambio de dinastía que debia ir unido á la 
unión Ibérica bajo el cetro de un Braganza, y aun se ha dicho que de 
esos personajes se remitió á Palacio por conduelo elevado y fidedigno 
una lisia acompasada de datos muy curiosos. Ello es que la conspira, 
cion era cosa muy verosímil. 

Al salir de sus encierros los acosados vieron que no estaba en la 
cárcel el Florentino García; preguntaron por él y se les dijo que, al 
ser conducido desde la calle de Jardines al Saladero, se había escapa- 
do. Alegráronse de saberlo algunos que no desconfiaban de aquel 
hombre que, además de lo que debia á Rivero, babia sido favorecido 
en su adversa suerte por otros de sus compañeros de cárcel; mas no 
faltó* quien concibiera sospechas que después se confirmaron, pues se 
obró con tal imprudencia, que mientras los tribunales estaban persi- 
guiéndole en rebeldía, el gobierno le empleaba en un fielato de Bar- 
celona. Este empleo no podía ser mas que el premio de su delación. 
ISo queremos volver á ocuparnos de ese hombre, que harto caro debe 
de haber pagado su feo delito. Al cabo de muy poco tiempo fué decla- 
rado cesante y volvió á encontrarse sin medros de subsistencia y per- 
dida la única prenda que podía haberle hecho recomendable para sus 
amigos. Durante el bienio, personas que ocupaban altas posiciones 
preguntaron á Rivero si quería que se procediese contra su delator; 
mas ni aquel ni los demás demócratas que habían seguido su suerte 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 321 

quistaron líber nada de Garda. Últimamente inquirimos lo que de éi 
había sido y, según nuestros informes, boy dia se baila en Ceuta. Las- 
timoso término de un hombre que tantos estímulos había hallado en 
so camino para obrar bien. 

Ocho días duró la incomunicación de los presos, escepto la del se- 
flor Rivero, que duró treinta y siete, ¿por qué? Vamos á decirlo. De 
un hombre preso en Reos por delitos comunes se recibió una carta 
dirigida á Rivero. Apoderóse de ella el juzgado, y viendo que encer- 
raba a'gunas lineas escritas en cifra, la tuvo por feliz hallazgo y útil 
comprobante de los cargos. Pero la carta no podía estar mas torpe- 
mente ideada. Contenía, como hemos dicho, párrafos en cifra, que 
Tersaban sobre asuntos de escaso interés, y al propio tiempo llevaba 
escritas en letra común, sin ningún género de recato, otras espe- 
cies, que á ser ciertas, ellas y no lo cifrado habian sido comprome- 
tedoras por extremo. 

El sefior Rivero adivinó (al saber que el autor de la carta era un 
preso) que lo que este se proponía era ser trasladado á Madrid con 
pretexto de hacer revelaciones y buscar durante el tránsito la ocasión 
. de burlar á sus guardas y escaparse. Dízolo asi presente al juez se- 
fior Valero y Soto, mas este envió sus órdenes para que el preso fue- 
se interrogado y él que otra cosa no esperaba, dijo que en verdad él 
era autor de la carta sorprendida, que conspiraba de acuerdo con 
Rivero, dijo que tenían depósitos de armas y todo lo bastante para que 
lo condujeran ¿ la corte por tránsitos de justicia. Una vez aqui, hizo 
oso grande ahinco empeños para ver y hablar á Rivero, mas este 
naca quiso recibirle. 

Llamado á declarar el nuevo encausado, no supo inventar nada y, 
sin ulterior efecto para la averiguación del delito que se perseguía, 
fué remitido otra vez á la cárcel de Reus; mas ya que á la venida no 
se le había presentado ocasión de escaparse, se le presentó á la vuel- 
ta y no dejó de aprovecharla. ¿Abusaría este hombre de su buena 
suerte ó la tendría en adelante tan escasa como antes? No lo sabemos. 
Sabemos si que algún tiempo después murió fusilado en Melilla, y en 
su confesión declaró que la caria escrita á Rivero desde Reus, fin- 
giéadose cómplice de este en una conspiración, babia sido ardid todo 
sayo para escaparse, contando ya eon que probablemente habia de ser 

>u 41 



Digitized by 



Google 



nt nusrom 

interceptada su correspondencia y llamado él á Madrid para declarar, 
como efectivamente había sucedido. 

Seguía la cansa su curso ordinario, y i poco fueron puestos en li- 
bertad como enfermos los señores Salmerón y Alonso y Arillo; des- 
pués salió también á la calle por ignal concepto el sefior del Campo; 
solicitólo mas adelante el sefior Rivera, y ¿ pesar de que el dictamen 
de los facultativos era favorable á sn petición, no faé atendido. 

Bi promotor fiscal acusaba de conspiradores á los acusados y pe- 
dia sobreseimiento en la causa para Campo y Vülasanle y cuatro 
años de presidio para todos los demás, escepto Rivero que, considerado 
jefe de la conspiración, merecía ocho altos* 

No hay exigencia igaal á la de los fiscales en ciertos periodos de 
agitación política* Al autor cte estas lineas, habiéndosele procesado i 
protesto de que tenia en su poder ciertos impresos subversivos, im- 
presos que un periódico reaccionario, habia dicho que también tos le* 
*ia en su poder, sin qae & ningún tribeña! se te hubiera ocurrido 
procesarle. Después de esta singularidad ocurrió que se lo impaste* 
ron siete afioe de presidio, no por la posesión de dichos documentos, 
sino por pertenecer á una sociedad secreta, acerca de la cual, darán- . 
te el largo curso de la causa, soto le habían dirigido dos sencillas pi** 
guatas, á saber: si la oanecia y si pertenecía & ella. Afof taradamente 
de aquellos siete afios de presidio fué muníficamente indultado sia so- 
licitarlo. Para ilustración da las personas que no conoetn lo qoe 
son procesos, haremos constar que en este nuestro se incluyó ni nú- 
mero de un periódico americano, periódico que habíamos reoibMo 
por conducto del gobierno mismo, y no á hurtadillas ni bajo Carpeta, 
sino envuelto en una estrecha faja fue dejaba leer gran parte de la 
primera plana y lodo el titulo; asi toé qoe cuando tolmos pregunta- 
dos por sü procedencia hubimos de contestar, que si allí habia dela- 
to, lo habíamos cometido á medias con el gobierno de S. M. 

Perdónesenos esta digresión que nos parece del lodo agena al 
asunto en que nos acopamos, y continuemos con la cansa de 1854, 

Habían salido en libertad todos Iob acusados» menos don Nicolás 
Rivéro. Ito mes llevaba de soledad, cuando tuto una peligrosa calda, 
que le cansó la fractura del pié izquierdo* Con tan poderoso metivo 
y con et de hallarse muy quebrantada su salud, volvió A pedir la es* 



Digitized by 



Google 



oí anuo**, iti 

y... hé aqui otro do los caracteres do las causas políticas. 
Loa facultativos apoyaron tambiee la solicitud do Rivero; convino con 
otta el fisoal; mas el jaez prognato: «¿Morirá mañana el preso si no 
se le escarcela hoy?» T al responderle que no,* replicó que siguiese 
en la cárcel el procesado. A oíros muchos presos, á algunos consortes 
de Uvero mismo, con meóos motivo y sin mas que la sencilla afirma- 
dea del facultativo, se les había escarcelado. 

Entra tanto iban ingresando en el Saladero otros presos políticos. 

El malogrado Cerrera, Escosura(D. Narciso), Madoz(D. Fer- 
neade), D. Agustín Algarra, D. Jaime Vicente, D. Tomás Nuffez 
Amor, D. Manuel Mas Asensio y otros estaban fugitivos, persegui- 
das i sublevados; ardiaa los ánimos en toda la península, y en la no- 
che del 14 de julio, á poco de estallar la revolución, una muchedum- 
bre numerosa, mal armada, pero resuelta, se dirigió al portillo de 
Saula Bárbara, pidiendo á voces la encarcelación de les presos po- 
líticos. 

Ta antes de que el tumulto llegara al pié de la cárcel, se habían 
tsauds ea su interior las precauciones indicadas para casos de peli- 
gre. Cerráronse patíos, puertas y rejas, separóse cuidadosamente á 
las presas de modo que cada cual estuviese en su propio departa- 
meato, sin mas comunicación entre ellos que la inevitable, redoblóse 
la vigilancia y buscóse, por si acaso la habia, una autoridad que pro- 
tegiese el ediicio. 

Entretanto se iba acercando la muchedumbre y cuitados los que 
ea aquaUaa momentoe recobraban la grala esperanza de obtener la 
libertad, confabulábanse, discurrían medios de romper las robustas 
puertas, convertían en armas y ea instrumentos toda dase de obje- 
tas, hasta que estallaren sus pasiones estremeciendo con espantosos 
rugidos aquellos espaciosos ámbitos. 

Desde las rejas que al nivel de la acera caen al paseo de Santa 
Bárbara, pedían oir algo de lo que pasaba en la calle los presos de 
dertos calabozos. 

De cuando en cuando, pues, quedaban todos en silencio y aplica- 
ban atentamente el oido; mas aquel fatigoso estado de ansiedad no 
era soportable por mucho tiempo, y volvían á prorumpir ferozmente 
ea horribles gritas, imprecaciones y blasfemias; revolvíanse unos can 



Digitized by 



Google . 



324 PBISIONES 

otros dando vueltas al rededor del calabozo como ñeras bravas en- 
jauladas, golpeaban impotentes y frenéticos las recias paredes, y po- 
nían Trio miedo en el corazón mas animoso solamente con lo que 
desde afuera se oia. 

Figúrese el lector una cuadra oscura ocupada por sesenta ú ochen* 
la hombres, endurecidos en el trabajo y robustos, agitados de conti- 
nuo por pasiones vehementes, amagados los mas de grandes casti- 
gos, y entreviendo la esperanzado recobrar la libertad si entre todos 
hacen un esfuerzo gigantesco. Entregados por completo á tan poderoso 
atractivo, sintiéndose capaces en aquella suprema ocasión de luchar 
con un número diez veces mayor y faltos enteramente de medios si- 
quiera para intentar lo mas leve ¡cómo no habían de mostrarse todos 
en el colmo de la desesperación, cómo no habian de maldecirse y 
morderse los puños de iral 

En uno de aquellos calabozos, llegaron á introducir un fuerte bar- 
rote entre un breve resquicio que quedaba entre el suelo y la ferrada 
puerta. Acudieron los mas á apalancado y . á una voz le levantaban 
para conmover los goznes, y entre tanto los que no podían ayudarles 
por no hallar sitio donde poner las manos, los estimulaban con voz y 
movimiento. La puerta permanecía inmóvil y su irritación tocaba ya 
en la locura. ¡Qué mucho! {Se trataba de la libertad, que es el ma- 
yor bien de la tierral 

¿Quién sabe de qué dependió que todos aquellos hombres, que se- 
rian seiscientos á lo menos, no saliesen libres y triunfantes? Temible 
era que si, por un azar cualquiera, llegaban á salir de un departamento 
una docena de presos arriscados, soltasen á todos los demás, saciando 
en el acto sus pasiones en quien primero se les pusiera por delante. 
Temible era también el mismo conflicto, si el pueblo se impacientaba 
y rompiendo y alropellando por todo, invadía la cárcel. La revolu- 
ción se habia estendido por Madrid y el tiempo apremiaba. Resolvióse 
en consecuencia abrir las puertas á los presos políticos, haciéndoles 
prometer que nada intentarían para dar libertad á los demás, y to- 
mando precauciones para impedirlo, caso que lo intentaran. 

El pueblo los recibió ala puerta con verdadero jubila y con gritos de 
entusiasmo, sin pararse en la circunstancia de que salian dos presos 
que ellos no habian reclamado. Uno de ellos era el célebre don Enri- 



Digitized by 



Google 



DB EUROPA Sil 

qae Tettex Lacea, boy secretario del ex-infcnte D. Juan, que volvió 
& ser preso mayen breve y en breve también puesto otra vez en li- 
bertad, y el otro D. N. Cantero, que mas adelante se sinceró del de- 
lito de que se ie babia acosado. 

La cansa de los conspiradores pasó á la superioridad en 1856 des- 
pués de absoeltos todos los procesados, y en 1857 opinó el señor 
Cáceres, fiscal de la audiencia de Madrid, que nodebia llevarse ade- 
lante, sino que, atento á su especialidad, á los hechos ocurridos y & 
las resoluciones del gobierno, debía darse por terminada. Su opinión, 
espero, no prevaleció; y le fué devuelta la causa mandándole que 
acusase en debida forma. Hizolo asi proponiendo la confirmación del 
tilo del inferior, con todos los pronunciamientos favorables, y la 
sala lo confirmó. 

Además de la notable particularidad que acabamos de citar, hubo 
olra en esta causa y fué la siguiente: que D. Nicolás Rivero, uno de 
los procesados, estando pendiente de fallo, desempeñó el cargo de go- 
bernador deVailadolid y el de diputado á cortes en las Constitu- 
yentes. 



Hemos dicho que trataríamos algo de los libros que se bailan hoy 
archivados en la cárcel de Villa. Comienzan estos en 1761, y en el 
de 4859, en que se ordenó el archivo, ascendían á 265 tomos de 
partidas, cuyo to'al de páginas era 72,604. 

Imagine el lector ¡cuan las fechas tristes, cuántos nombres de lú- 
gubre recuerdo estarán sefialados en semejante biblioteca! 

Hay además 14 tomos de Índices de presos, que forman 5024 pá- 
ginas infolio, y otros 15 tomos de detenidos con 5460 páginas mas. 

En los libros de partidas está averiguado que fallan 1171 páginas: 
tal ba sido el descuido con que en cierto tiempo se miraron aquellos 
documentos, tan útiles para la estadística como para la buena admi- 
nistración de justicia. El mismo descuido revela un tomo de Índices 
que se ba tenido que formar de hojas sueltas, por no saber á que li- 
bros pertenecen 



Digitized by 



Google 



816 PRISIONES 

Huta el aflo 4836, no aoompafia copia de los autos 4 las partidas 
respectivas; después de algunos afios, vuelve á echarse de menos 
dicha copia. Ahora, desde el arreglo del archivo, se inserta siempre 
donde corresponde. 

De estos libros se ha formado un carioso estricto estadístico que 
empieza desde el afio 1800 y comprende hasta el de 1859. 

Este trabajo fué encomendado al Sr. D. Salvador Andreu Dam- 
pierre, y bajo su dirección lo desempeñó muy brillantemente, por cier- 
to el entonces único oficial de la secretarla de la Junta de Cárceles, 
D. Miguel Clavero y Gomei, en cinco grandes estados, qqe no se han 
dado á luz. Tres afios empleó este laborioso joven en el desempeño 
de su tarea, dedicando áelia muchas horas diarias y teniendo qie 
valerse del auxilio de presos poco aptos, circunstancia que le hace 
doblemente recomendable. 

De estos libros (que no comprenden mas que lo relativo á las cár- 
celes de Corte y de Villa) resulta que en el espacio de las dos épo- 
cas citadas entraron en ambos establecimientos 125,647 presos y 
136,629 detenidos. 

Como los datos estadísticos son poco conocidos y menos los que 
se refieren á los establecimientos penales y de seguridad, vamos á 
continuar aqui algunos que creemos interesantes y que tienen la ven- 
taja de ser completamente exactos é inéditos, debiendo entenderse 
que todos ellos se refieren solo h las dos cárceles de Corte y de Villa 
y á los afios 1800 hasta 1859, ambos inclusive. 

De aquellas tristes moradas han salido para la horca 188 individuos; 

para el garrote 207 » 
para ser fusilados SO » 
y para sufrir un 

género de muerte qie no está espresado 86 * 

Total. . rUí 

Hay un resumen comparativo entre los que han sido presos y ajus- 
ticiados durante los 27 afios de régimen absoluto y el número de 
aquellos que corresponden al gobierno conáitaeional, cnyo resultado 
es como sigue: 



Digitizedby G00gle 



m mor*. tai 

lamí de ajusticiados donóte el régimen abnloto. . . 181 
ídem donóte el régimen constitucional.. 439 



Diferencia de mas eo tiempo del absoioltaoo 182 



Total de presos dorante el régimen absoluto 50487 

Ídem dorante el régimen coosiilocioBaL . . 751 C0 



Diferencia de mas en tiempo constitucional 24673 

De modo que si por desgracia han sido mas las prisiones verifica- 
das bajo el imperio de los principios liberales, por fortuna .fueron 
menea lea Secaciones. 

Otra cariosa noticia detallada se encuentra en los estados á que 
ana referimos, y es el número ds presos que 4 cada arte corresponde. 
1800- 735 1820— 468 1840—1880 
1801—1002 1821-1066 1841—1842 
1802-1184 1822-1601 1842-2155 
1803-1505 1823-1214 1843-2500 
1804—1021 1824-2046 1844-3048 
1805-1124 1825-3151 1845—2720 
1800— 878 1826-2131 1846—2623 
1807— 717 1827-2423 1847-3338 
1808-1139 1828-3009 1848-3165 
180O-2806 1829-2404 1849—3760 
1810—2397 1830—2745 1850—2961 
1811—2089 1831—2843 1851-2780 
1812—2330 1832—2717 1852-2689 
1818—1848 1833—2979 1853-2417 
1814—1199 1834—3321 1854—2028 
1815—2581 1835—2350 1855-2252 
1818—1330 1836—2208 1856-2034 
1811—1078 1837—2660 1857-1943 
1818—1273 . 1838-2767 1858—1834 
1818—1190 1839—2064 1859—1793 
Uno de los ntédos comprende el pormenor del número de Índices, 
«tea que cade uno abran y partidas de que constan, detallado por 
libras y fechas, y también el número de folios de cada ano. 

El 1. • se refiere 4 los libros de la cárcel de Corte, á lea del Sdu- 
Are, cartel de dafenidos» vagos y junan» y pñsieoeB del gobierno 



Digitized by 



Google 



3tt misiones 

civil, que estuvieron eo el antiguo convento de San fifartin y fueron 
seguramente lo peor que podía imaginarse, según tuvimos la desgra- 
cia de experimentar prácticamente en tres meses que permanecimos 
encerrados en aquel sitio inmundo. 

Respecto á otras particularidades que no constituyen el fondo de 
eslos libros, tendremos ocasión de citarlas al tratar de la Cárcel de 
Corte. 

Recientemente se ha mejorado indudablemente el ramo de cárceles, 
y aunque sus condiciones y orden interior dejan todavía muchísimo 
que desear, ni puede lograrse mocho mientras no haya siquiera edi- 
ficios á propósito, ni puede tampoco negarse que estamos ya muy 
distantes de la barbarie que aun á principios del siglo subsistía. 

Desde el 20 de agosto del presente afio se ha hecho un arreglo por 
el cual se ha ascendido á oficial \ • de la Junta de cárceles al que lo 
era único, D. Migoel Clavero, y se ha aumentado con una nueva pla- 
za aquella oficina, que hasta ahora estaba servida solo por dos em- 
pleados. 

De esle arreglo ha resultado el siguiente estado de empleados y 
sueldos en la cárcel pública: 



Un alcaide. . . 


. con . . , 


16000 


Un capellán. . . 


» 


6000 


Un oficia! de libros.. 


» . 


6500 


Un ausiliar. . . . 


» .. • 


5400 


Un escribiente 1 .° 


» 


¿300 


Otro2A . . . 


A . . . 


1000 


Un portero 4\ . 


» 


5000 


Tres idem segundos 


. á . . 


4500 


Un llavero 1/ . . 


con . . 


4000 


Dos idem segundos 


. á . . 


3500 


Diez celadores. . 


. á . .. 


3000 


Dos mandaderos. . 


á . . 


. 3000 


Una mandadera. . 


con . . . 


2190 



Un cocinero que no consta en el presupuesto por consideraciones 
qne no nos parecen muy atendibles y recibe el sueldo en concepto de 
gratificación. 

Además del presupuesto municipal, cuenta la Junta de Cárceles coa 



Digitized by 



Google 



dc gimo** u» 

dos fundaciones piadosas, pero segaramcnle las dos no darán mas de 
unos 7000 re. al afo. 

La organización definitiva de la Junta, tal como hoy se halla cons- 
tituida, data de 1856. So cargo es puramente honorífico. 

El rancho que hoy se da á los presos es también mocho mejor que 
en otro tiempo, y en épocas no muy remotas hallaríamos con frecuen- 
cia el caso de segarse aquellos desgraciados á admitir la comida que 
ae les daba; ¡tan repugnante debia ser! 

Hoy, según consta del último suministro, se compone del pormenor 
que & continuación copiamos: 

DOMINGOS. 

Por la nudUma. Por la tarde. 

Tres onzas de judias. Onza y media de garbanaos. 

Cuatro id. de patatas. ídem id. de judias. 

Seis adarmes de tocino. Dos id. de arroz. 

Seis adarmes de tocino. 

Para cada 50 plazas. 

Cinco cuarterones de sal. 
Media libra de pimentón. 
Cuatro cabezas de ajos. 
Dos cebollas. 

LUNES, MIÉRCOLES T VIERNES. 

Pmr la mafiam. Por la larde. 

Tres onzas de judias. Tres onzas de garbanzos. 

Cuatro id. de patatas. Dos id. de arroz. 

Seis adarmes de tocino. Seis adarmes de tocino. 

Para cada 50 picoas. 

Cinco cuarterones de sal. 
Media libra de pimentón. 
Cuatro cabezas de ajos. 
Dos cebollas. 

TOBO O. 41 



Digitized by 



Google 



m mnom 

MARTES, JUEVES Y SÁBADOS. 

Por la mañana. Por la tarde. 

Ocho onzas de patatas. Tres onzas dejadlas. 
Onza y media de arroz. Seis id. de patatas. 
Seis adarmes de tocino. Seis adarmes de tocino. 

Para cada HO plazas. 

Cinco cuarterones de sal. 
Media libra de pimentón. 
Cuatro cabezas de ajos. 
Dos cebollas. 

Cada preso recibe además diariamente libra y media de pan, mo- 
reno, pero sano y de seguro mejor que el que se da á la tropa. 

Este articulo en'parlicular había llegado á ser objeto de inmoral es- 
peculación en la cárcel. 

Al hacerse cargo de su alcaidía el Sr. Orozco, que la desempefió 
muy breve tiempo, recibió por la mañana un gran serón lleno de pan 
escelente, tal como no lo habian comido ni lo comen aun los honrados 
artesanos que ganau un escaso jornal con grandes fatigas. 

Preguntó el nuevo alcaide qué significaba aquello, y con una ino- 
cencia singular le fué respondido que era pan sobrante de los presos 
que no lomaban el rancho de la casa y que la costumbre era que 
aquel sobrante se repartiese entre el alcaide y otro empleado. Si el 
Sr. Orozco hubiese mostrado alguna curiosidad, inmediatamente le 
habrían instruido acerca del modo mas eficaz para realizar en nume- 
rario y sin quebranto aquel articulo. Pero no quiso enterarse de esa 
operación mercantil y lo que hizo fué disponer las cosas de manera 
que en lo sucesivo fuese imposible que resultasen sobrantes á repar- 
tir entre los empleados de la cárcel. También desde entonces, y fué 
resolución acertada, se rebajó la calidad del pan, de manera que sin 
dejar de ser sano, no fuese mejor el del criminal gravoso que el del 
ciudadano útil y probo. 

Pedir; por ejemplo, que en esta cárcel, ó en la que se dice Ya ale- 



Digitized by 



Google 



01 BUtOPA. 881 

vaatarse, se ensayasen las mejora^ propuestas por los filántropos y 
teóricos mas adelantados, sería perder miserablemente el tiempo. Los 
hombres de ciencia y de corazón recomiendan prácticas may sanas, 
mny humanitarias; mas todos ellos al referirse á los presos, parlen del 
supuesto de que antes el Estado haya atendido al hombre probo; de 
qoe el ciudadano sea Ubre, de que la igualdad sea el fundamento so- 
cial y político del pais. Partiendo de este punto, consideran que la » 
cárcel no debe ser lugar de venganza sino de seguridad y óorreccion, 
y suponen, por último, un código sin penas infamantes y un interés 
mny grande en las leyes y en los tribunales con respecto & la desgra- 
cia de loa presos. 

La realidad está muy lejos de esos supuestos. 

En Madrid las cárceles han sido objeto de muchas y muy variadas 
disposiciones; mas (con vergüenza lo escribimos): hasta el afio 1848 
no tuvieron un Reglamento fijo para su gobierno interior. 

De los graves males producidos por tan reprensible incuria nos ocu- 
paremos al tratar de la Cárcel de Corte. Cúmplenos ahora decir algo 
tabre el R eg l am e nt o de que bemos hecho mérito, que no podía menos 
de ser defectuoso, tanto por ser el primero, como por tener que ajus- 
tarse 4 las condiciones de nuestras carche*. 

Recoaooemos con satisfacción lo que ha mejorado el régimen de la 
cárcel del Saladero eo los últimos veinte afios; pero, doloroso es con- 
fesarlo, no ha llegado ni con mucho & lo que podría ser, aun dentro 
de sas pésimas condiciones. 

El JU§lammto 9 que debería facilitarse á todos los presos, recomen- 
dándoles su lectora, & fin de evilar que incurriesen en graves faltas, 
es u misterio, es un secreto; la mayor parte de los desgraciados que 
alii se albergan no saben una palabra de su contenido y hasta ignoran 
que exista. 

Nada mas natural que el deseo de asomarse por curiosidad á una 
reja ó salir ¿ un pasillo cuya puerta no esté cerrada. Pues bien; esa 
inocente curiosidad puede costar la vida á un hombre, porque los cen- 
tinelas interiores tienen orden de disparar en casos semejantes, y sin 
embargo, ¿ loa presos no se les advierte de oficio tan grave riesgo. 
En 4854 se hallaba preso por causas políticas un joven periodista, 
D. Gaspar Nuüez de Arce; se asomó á una ventana, habiendo ya os- 



Digitized by 



Google 



331 PftISIOlffES 

carecido, y, antes que el aviso, oyó el disparo de un fósil. La bala 
dio en la pared á dos dedos de so cabeza. 

Esto hecho por si solo, ya que no la razeo natural, debería haber 
bastado para mandar á los alcaides bajo su mas esbrecha reponsabili- 
dad, que diesen lectura del Reglamento á cuantos hombres tuviesen á 
su cargo; mas las cosas han seguido en el mismo abandono y ¡qué 
mucho si alcaides ha habido que con dificultad habrían alcanzado á 
comprender lo que dicen aquellas sencillas páginas! [qué mucho, si 
ha habido muchos do ellos procesados á pesar de la impunidad con 
que su cargo les ampara 1 

Qué tal seria su conducta, lo deja entender, además de otros docu- 
mentos, el Capitulo II, que encarga á los alcaides la vigilancia para 
que «no te maltrate á los presos ni hagan exacciones indebidas.* 

El mismo capitulo les faculta para suspender á los dependientes qué 
desmerezcan su confianza y no obstante, posteriormente á esta dispo- 
sición, han sido dependientes interiores de la cárcel hombres reinci- 
dentes en delitos feos, sin ningún género de educación, respeto ni te- 
mor; los cuales han impuesto su voluntad á simples acusados, inocen- 
tes cuyo decoro ha padecido mucho con recibir (amafio castigo antesde 
que se ! esjuzgara; porque castigo es, y muy duro, obligará persona» 
de estimación, no yaá la obediencia, sino al inevitable trato de la ca- 
nalla que ha privado ea las cárceles hasta hace muy poco tiempo. 

El mismo capitulo manda que en cada departamento se fije en una 
tablilla «el régimen interior establecido para el gobierno de las cár- 
celes;» pero ¿saben nnestros lectores qué es lo que suple á esta dispo- 
sición? El precio de los alquileres y el aviso de que deben pagarse 
por quincenas adelantadas, sin mas plazo que el de í i horas. Esta es 
h única noticia que se ha creído interesante para dar muestra del sen* 
timiento que los presos inspiran. 

Prohibido está que se introduzcan navajas ni otra clase de armas ó 
herramientas; pero no hay cárcel donde carezca de navaja el que la 
quiera, y en todas se hace alarde público de su posesión. 

En ciertas ocasiones criticas se ha registrado á los presos después de 
una riña sangrienta y no se ha hallado ni uñ alfiler. En otras ocasio- 
nes, sin duda por convenir á particulares intereses, se han hallado na- 
vajas á docenas. 



Digitized by 



Google 



Dt rotor a sis 

¿Ka posible evitar que los presos reciban armas ofensivas? No, co- 
bo no se hiciera un escrupuloso registro diario y ¿quién sabe? quizás 
tampoco asi se conseguiría mientras subsistiesen las malas condiciones 
de las cárceles actuales. Lo mismo decimos de los vinos y licores cuya 
introducción eslá absoluta y tiránicamente prohibida en los departa* 
meólos de presos pobres; pero merced á la connivencia, al soborno ó 
ai ingenio, en dichos departamentos hemos visto introducir siempre 
los objetos prohibidos. 

El Reglamento fija en ocho maravedises el pago de cada recado que 
los presos encarguen á los mandaderos, prohibiéndoles exigir mas. 

¡Pero si el preso se queja mil y mil veces en vano; si está cometi- 
do i la dura ley de la necesidad! jSi ha habido mandaderos cuyo úni- 
co oficio conocido era el robot ¿De qué babia de servir sino de escar- 
nio para el mandadero la candorosa prohibición del Reglamento! No 
echo maravedises, sino ocho reales y mas ban podido hacerse pagar 
muchos dependientes por un recado. El Reglamento pide imposibles. 
En la desobediencia que encuentra lleva el castigo de los absurdos 
que contiene y de sos graves defectos. 

Las habitaciones de pago, dado que sean bastante capaces para al- 
bergar á un hombre solo, no lo son para dos personas de decoro; y 
sin embargo, ciando un simple acosado que paga cinco reales diarios 
se ve obligado á sufrir en su cuarto la wmpafia d<* uno 6 dos delin- 
cuentes desconocidos, no por eso goza de rebaja ninguna en el precio 
del inquilinato, sino que sigue pagando cinco reales, como si no fuera 
bastante desdicha la de las malas compañías á que de orden superior 
le someten. 

Be enero de 1855 hubo hasta cioco individuos en un solo cuarto. 

Una disposición no hemos podido esplicaruos jamás y es la que á los 
que ocupan departamento de segunda clase les concede una hora me- 
nos de comunicación que á los de 1/ Durante nues!ra larga permanen- 
cia en el Saladero nos propusimos en vano averiguar el porquéde esa 
distiocion y no la hallamos jusüflrada. No quisimos preguntárselo á 
quien debía saberlo, temerosos de que nos respondiese: «los de 1.* 
clase pagan mas dinero. » 

Escasado nos parece advertir que el Reglamento proscribe los jue- 
gos da arar; Un escusado tal vez como dar la noticia de que desde las 



Digitized by 



Google 



SS4 FRISiONBS 

primeras horas de la mañana no hemos oido por ios patios sino voces 
de ¡Al queso, al queso! Esta frase sirve de reclamo á los jugadores 
que entretienen sus ocios sentados alrededor de ana manta, sóbrela 
cual el prestigiador de oficio conmueve á los circunstantes con las ma- 
ravillosas vicisitudes del albur y el gallo. 

¿Deseará saber algún curioso si el juego es ocasión de riñas yodios 
y venganzas? La historia de todas las cárceles le satisfará respecto al 
asunto. 

En el Reglamento trasciende algo del espirita de nuestra ley electo- 
ral. Que así como para elegir diputados se declara que la mejor ga- 
rantía de acierto es el dinero, así también el Reglamento supone que 
la mayor parte de los presos que pagan dinero, son personas de buena 
educación. Sin duda también por igual concepto manda á los preses 
pobres que oigan misa en las fiestas de precepto, y guarda silencio con 
respecto á los que pagan. 

El artículo 124 prohibe que los presos pobres cambien entre si su 
ración Tampoco podemos darnos cuenta del objeto que se propo- 
ne tan raro mandamiento. 

Pero, á propósito de ración, debemos hacer notar que en la cárcel 
misma, hasta en el sobrio raochodel preso, halló materia para fundar 
categorías aristocráticas el egoísmo apoyado en la fuerza. 

De 40 á 11 por la mañana y de 4 á 6 por la tarde está mandado 
distribuir los ranchos. 

Hay en cada calabozo dos hombres capaces de imponer á los demás, 
los cuales se llaman calaboceros. A su fuerza física unen la fuerza mo- 
ral que les comunica el ser nombrados por el jefe de la casa. Estos 
hombres señalan á cada preso el sitio que debe ocuparen su deparla- 
mento; perciben las primicias de lo que el novato paga á su entrada, 
dirimen contiendas del único modo que les enseñaron á hacerlo en sus 
escuelas; y si hay barato que cobrar, no se desdeñan de desempeñar 
este cargo, y si un preso les opone resistencia, la vencen por el mis- 
mo método con que dirimen las contiendas. 

En la cárcel no se dice bastón, palo ni tranca; se dice el código. 
» Estos, pues, calaboceros son los primeros que se presentan á reci- 
bir el rancho; sus amigos íntimos, sus auxiliares en los casos belico- 
sos ó en las empresas de su industria, se presentan después; inmedia- 



Digitized by 



Google 



DI 1ÜI0P4. SSft 

lamento les sigue el pariente, e! marido de la amiga, el acreedor, el 
respetado por valeroso que ha sabido conquistar posición, el que 
aquella semana tiene que percibir dinero de un entierro, el vocea- 
dor, etc., etc., etc., de suerte que cuando ya el caldero no contiene nn 
ápice de la grasa que al principio sobrenadaba, matizando de azafrán 
y pimentón la superficie, entonces reciben su ración los pobres de es- 
pirito y de materia, los que coando juegan pierden, los que ni por 
oficio, por deudo, ni simpatía tienen lazo alguno con los fuertes. Ofén- 
danse algunos de verse en tan Ínfima degradación, y procuran trabar 
amistad y tener mano con el calabocero ó hacer gracia al valiente ó 
regalar on juego de naipes al que soele distinguirse por el dicho de: 
«yo con la baraja en la mano á ningún hombre le temo.» Por estos y 
semejantes medios salen de su miserable estado algunos infelices, y al 
cabo de cierto tiempo llegan á comer on rancho, cuyo caldo mani- 
fiesta al ojo perspicaz ciertos caracteres que revelan la presencia de 
la grasa, como diría el químico. Para comprender lo que en materia 
de valimiento y ascensos sucede en los calabozos, no es menester ha- 
berse bailado preso: todo el que viva en una sociedad donde imperen la 
fiera y el oro, puede hacer una composición de lugar y formarse idea 
de aquellas regiones. 

Los presos pobres tienen que cuidar de la policía interior de sus 
respectivos departamentos; de cuyo servicio les exime el Reglamento 
si abonan por una sola vez cuatro reales; pero (qué de abusos hemos 
visto cometer en eslo, lo mismo que al variar un preso de departa* 
mentó, en cuyo caso está prohibido que los celadores exijan cantidad 
alguna bajo ningún pretexto! 

(Ahí es que al preso que no saciaba la rapacidad de aquellos 
móostruos, se le recomendaba al celador ó al calabocero de su nuevo 
departamento; y el calabocero le colocaba en el sitio mas pestilente y 
le dirigía insultos y denuestos, y áello le ayudaban sus mas leales ca- 
marade. T si el preso decía: eme quejaré á los sefiores jueces el dia 
de la visita de cárceles, » se le amenazaba con venganzas crueles, po- 
sibles, muy fáciles; y el alcaide le mandaba llamar para decirle que 
traía sublevado el deparlamento y que no insultase á sus dependientes, 
ai tokiera á alíerar el orden, ó lo pasaría mal. 

Todo eslo y algo mas lleva consigo una cárcel hecha para se- 



Digitized by 



Google 



m rasión» 

guridad de los presos y unas reglas para amparo de sin personas. 

Verdad es qoe está prohibido maltratar de obra ni palabra á los 
presos; pero ¡á cuántos infelices ha costado cara la confianza en esa 
ilusoria protección! 

Nosotros les hemos visto caer rendidos, ensangrentados, exánimes 
á puros golpes, y sns bárbaros martirizadores hacían alarde de tan 
impía conduela. Hubo muchos testigos presenciales del caso, que Ito- 
góá hacerse público, y nadie les llamó, ni autoridad alguna puso em- 
peño en averiguar la verdad. £1 desgraciado fué conducido al hospi- 
tal á las tres de la madrugada. 

Personas muy conocidas y nmy respetadas por su talento y cono- 
oimientos han «ido atropelladas con el mayor desenfreno y arbitrarie- 
dad en nuestros dias, y como sobre los dependientes de la cárcel pesa 
una responsabilidad enorme, que naturalmente debe autorizarles y en 
efecto les autoriza para ciertas medidas de necesaria precaución y de 
vigor, y como los jefes del establecimiento pueden colocar á los pre- 
sas donde les parezca que los tienen mas seguros, y como el preso 
que se queja hoy sabe que queda á merced del mismo que le ha 
agraviado... 

Para que no se crea que exageramos, comprobaremos con un hecho 
nuestras observaciones. 

Hallándonos presos no hace muchos afios, resolvimos con otros 
compañeros de desgracia quejarnos á la visita de cárceles de la desa- 
tención y la injusticia con que se procedía respecto á nosotros. 

Asi en efecto lo hicimos, y enterada la visita, viendo cuan justa era 
nuestra demanda, ordenó inmediatamente que fuésemos atendidos. T 
como desgraciadamente ya tentamos entonces alguna experiencia de 
las cotas de cárcel, suplicamos á los jueces que hicieran responsables 
á todos los empleados de cualquier atropello que con nosotros se co- 
metiera en venganza de la queja que hablamos dado. Llamóse en 
efecto á todos ellos, y el presidente de la visita nos dejó perfectamente 
satisfechos. Gracias sin duda á esta precaución, no fuimos molestar 
dos; mas la arbitrariedad se llevó al punto de no cumplir la orden del 
juez hasta la víspera de la siguiente visita. 

Del conjunto de estos pormenores podrá sacar el discreto una noti- 
cia casi cabal de la verdadera situación de las cárceles á pesar del 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 331 

Me§lamento y de los innegables progresos realizados por la Sociedad 
creada pora la mejora del sistema penitenciario (de que nos ocupa- 
remos á so tiempo), por algunos alcaides que, no acostumbrados á tanta 
inmoralidad y aboso, acometieron la noble y difícil tarea de ponerles 
coto, y por la Junta de Cárceles. 

Hoy á lo menos los dependientes son todos libres, y si bien los calar 
boteros y sus ayudantes siguen siendo presos, y si bien la fuerza bruta 
sigue imperando é imperará siempre en las grandes cuadras, lo cierto 
as que no se cometen ciertos abusos horribles ni dejan los alcaides de 
participar mas ó menos de la suavidad introducida en las costumbres. 

Importa, empero, que las mejoras lleguen en breve á mas alto punto; 
que dejen de existir los calobozos subterráneos y las grandes cuadras, 
y la confusión de acusados penados y reincidentes, y la de los que 
kan cometido leves fallas con los grandes criminales; importa mucho 
que el preso en lugar de pervertirse inevitablemente, como sucede hoy, 
se mejore en lo posible. 

La mayor parle de las reincidencias son debidas á nuestras pésimas 
costumbres en materia de cárceles: la sociedad es quien abre el cami- 
no del crimen á muchos desgraciados que no habrían sabido llegar á 
él si en la cárcel no lo hubieran aprendido. 

Es sobre todo encarecimiento abominable lo que pasa con los po- 
bres jóvenes. No nos cansaremos de hablar de un punto que tanto in- 
teresa á lo presente y al porvenir de la patria y la familia. 

Consiéntanos el lector que volvamos la vista á la inesperiencia des- 
valida, al hijo del pobre, infamado, desmoralizado, pervertido en nom- 
bre de la virtud invocada. 

En 1855 y 1856 tuvimos hartas ocasiones de reflexionar sobre la 
triste soerle de los niños presos, y de formar nuestro juicio respecto 
al calamitoso sistema que con ellos se observa. 

En 1858, encarcelados otra vez, volvimos nuestra consideración á 
se departamento, deteniéndonos algo mas en sus pormenores. 

Entonces, aunque encarcelados, dedicábamos algunas horas diarias 
á nuestras constantes tareas periodísticas, y dimos á luz en La Dis* 
cmsion las siguientes lineas: 

«Hay aula cárcel de Villa (Saladero] un departamento ocupado 
«por presos nifios y adolescentes. 

ííL 43 



Digitized by 



Google 



M8 PRISIONES 

« Esle depai lamento contiene boy día (1) 48 acosados, cuyas eda~ 
«des variao entre los 10 y los SO afios inclusiva, 

«De estos 48 acusados los 28 tienen padre y madre; loa 7, solo 
«madre, loa 11, solo padre, y loa 7 restantes se dicen huertanos. 

«Los que saben leer y escribir son 18; entre oslas los hay muy 
«aprovechados. La mayor parle han aprendido dentro del estabtaei- 
« miento, 

«La gran mayoría do las acusaciones que pesan sobre estos desgra- 
«ciados son por hurto y robo; las demás cansas puede decirse que son 
«escepcioqes. 

«Sus delitos cometidos sn las márgenes del Manzanares, en el Has- 
« tro, en las plazuelas, tienen por objeto prendas de mny pono valor, 
«generalmente hablando. Por ejemplo, entre los que hoy citamos se 
«encuentran cuatro jóvenes de 13 ál7 afios, consortes en el harto de 
«una funda de almohada, y & que lo son en el de un portamonedas 
«conteniendo 16 reales. La causa de robo mas considerable es por la 
«cantidad de 8,000 reales.— Los densas están acusados de robos y 
«hurtos tales como una silla vieja, un par de botas, do lio de ropa, 
«un pafiueto de algodón, unas camisas usadas, 8 ra., una arroba da 
«carbón, hierro viejo, unos pantalones, 6lo¿, etc. 

«Dos jóvenes de 14 afios de edad, asturianos, están acusados de 
«estupro. 

«Entre los acusados de robo hay • reincidentes. Uno de ellos, de 
«14 afios, cuenta con la actual 8 prisiones; otro de la misma edad, 
«6; otro de 18 afios, 5; y los restantes i y 3. 

«Entre los de hurto, son 8 los reincidentes; 3 por tercera vez; t 
«por segunda, y 3 por primera. 

«Naturales de la provincia de Madrid hay 23; de I a de Oviedo, 8; de 
«la de Logo, 3; los demás son de Murcia, Toledo* Guadalajara, San 
«Sebsstiaa, Cuenca, Ciudad-Real j Valencia y Valladolid; «*q eses- 
« tranjero, natural de Praga. 

«La mayor parte demuestran á primera vista viveza ó ingenio; son 
«apasionados; se ve en algunos una precocidad estraordinaria. Pocos 
«son los de Índole mala; pero hay entre todos tres ó cuatro que pue~ 

I (1) 16 de lelleabre de 18BS. 



Digitized by 



Google 



WEIUIOFA 889 

den considerase ya divorciados de la sociedad para siempre. Con 
impttot que so razón do uasta á contener; entregados á una vida 
qu* estimóla sos sentidos; desprestigiada 4 sos ojos toda idea de 
moralidad; atraídos por la influencia de las escenas y los caracteres 
que están al alcance de su inteligencia y en armonía con sos mcli- 
naciones, se pervertirá en ellos el órgano de la imitación, siendo su 
gala el delito, s* porvenir la infamia. El número de reincidencias 
ée q*e hemos hecho mérito, nos induce & creer que no solo ame- 
naza tan triste suerte á los que ya nacieron con funestas disposicio- 
nes, tino á ios que, destinados al bien, viven en el abandono y se 
entregan á la fuerza de la necesidad y del mal ejemplo que los ha- 
cm esclavos del crimen. 

«En la cárcel, aun cuando hoy dia se les enseña á leer y escribir y 
la doctrina del P. Ripalda, no pvede formarse su difícil educación, 
que debería ser objeto del asiduo cuidado de los gobernantes. Des- 
pués que los jóvenes que hoy dia se encuentran presos recobren la 
libertad, volverán á donde sus instintos, relaciones y costumbres los 
han llevado hasta hoy, y olvidarán bien pronto lo que se haya po- 
dido ensenarles en la cárcel. ¿De qué servirá repetirles la lección 
cuando una reincidencia los devuelva á lan triste albergue? 
«No queremos llevar adelante nuestras consideraciones, que son 
para mas despacio si han de producir algon saludable efecto; pero no 
terminaremos sin manifestar que, visto el abandono en que vive el 
hijo del pobre, y la desenvoltura con que se permite obrar al mal 
inclinado, nos parece moy lejos de lo justo exigirle mafiana la res - 

«poosabílidad del dafio que haya podido hacer á sus semejantes. » 
Nos lamentábamos entonces del funesto encarcelamiento de los ni- 

flos en ta prisión pública y mostrábamos temor por el mal ejemplo... 

¡y aun no lo sabíamos todo! 
No sabíamos, como sabemos hoy, qoe se había llegado á lo nefan - 

do con ellos; no sabíamos qoe, bajo el preieslo de la religión y sus 

misterios, habiao padecido insultos en su honestidad, ¡única virtud 

que acaso conservaban integra (1 )) 

J) Aludimos* ud becbo ocurrido á principios de 1855, que do se hito público por 
eoosideranoo al esledo «oclal del culpable, »\ bien tuvo conocimiento del atontado h 
autoridad civil y lo oomumcd á la del fuero compélanle. 



Digitized by 



Google 



OÍO PRISIONES 

Se ba intentado algo en favor de los nidos presos, y cúmplenos re- 
cordar para deseogafio de los que todo lo esperan del Estado, que los 
primeros esfuerzos hechos con tan laudable objeto partieron de la 
iniciativa privada. 

Datan de aquella época memorable en que se crearon las escuelas 
municipales gratuitas; de aquel breve periodo en que el partido pro- 
gresista, dueño del poder, de la fuerza y del público entusiasmo, pudo 
atreverse á todo y do supo ó no quiso, y murió de miedo á so único 
remedio, que era la revolución. 

Sin olvidar los errores de aquel periodo, agradezcámosle, empero, 
la fundación de dichas escuelas y otros benéficos propósitos, como fué 
la creación de un establecimiento especial páralos niños y adolescentes 
presos. 

Al tratar de la Cárcel de Corte haremos á los autores de este pen- 
samiento la justicia que por otros conceptos merecen; ahora nos refe- 
riremos únicamente al punto que nos ocupa. 

El dia 2 de enero de 4810 se inauguró solemnemente en Madrid una 
Sociedad para la mejora del sistema carcelario. Su junta directiva, 
nombrada por aclamación, se compuso de los señores: Presidente, 
Marqués de Pontejas; Yice-presidentes, D. Salusliano Olózaga y ge- 
neral Manso; Vocales, Sres. Taran con, Puche y Bautista, Drument, 
Egafia, Aribau, Cobo de la Torre, La Sagra y Asnero; Secretarios, se- 
ñores Pastor y Madoz (D. P.); Vice-secrelarios, Sres. Beltran de Lis y 
Moreno; Tesorero, Sr. Acebal y Arralia; Secretario de Estadística, 
Sr. Arias; y Arquitecto, Sr. Alvarez. 

Vastas y laudables eran las miras de la Sociedad; grande apoyo 
merecía haber hartado; mas vióse casi del todo abandonada á los re- 
cursos de sus individuos, y malogróse lastimosamente la semilla de 
sus nobles propósitos. 

Concibió la idea de apartar á los jóvenes presos del trato de los cri- 
minales ya experimentados; y el municipio secundó el pensamiento, 
habilitando para el objeto la casa números 7 y 9 del Paseo de Santa 
Bárbara. El mismo ayuntamiento costeó las obras indispensables para 
la posible conveniencia del local, y muy en breve, el 16 de febrero, se 
abrió la nueva cárcel, cargando el gobierno con el leve gasto de un 
director, un celador y dos dependientes. Púsose escuela, organizaron- 



Digitized by 



Google 



01 EUROPA. 841 

te talleres de zapatería y otros oficios, hiciéroose dormitorios separa- 
dos, y dióse cómodo y aseado uniforme á los 46 jóvenes, que faeron 
los primeros habitadores de la nueva cárcel. 

Asistieron á la inauguración las autoridades, un ilustrisimo prela- 
do, que pronunció un discurso, y varios personajes notables. La Real 
orden que se leyó autorizando el aclo ofrecía á la noble empresa la 
p.oteccion de la reina y sus auxilios positivos en cuanto lo consintie- 
sen los recursos del Tesoro; los P.P. Escolapios prometieron enviar 
diariamente á noo de sus hermanos á regentar la escuela y los días 
festivos á decir misa y dar educación moral y religiosa á los jóvenes. 

Desde luego condenamos por absurdo el sistema de ensefiar seis 
días seguidos á un preso el oficio de zapatero, y un solo dia la mora- 
lidad. 

Aquellos jóvenes, ¿acaso estaban presos por haber hecho malos za- 
patos? No, sino por actos inmorales; ¿no era, pues, mas lógico e aso- 
larles mas moralidad y menos obra prima? 

No queremos amenguar en lo mas mínimo la gratitud que á la So- 
ciedad es debida y que siempre le hemos tributado; mas duélenos vi- 
vamente que no se separase á tiempo de la antigua y estéril rutina ," y 
en vez de poner tanto ahinco en sacar buenos zapateros (lo cual nada 
tíeoe que ver con la conciencia), no lo pusiera en sacar hombres hon- 
rados. Su fin debia ser la corrección de las malas inclinaciones; lo de* 
más era accidental. 

Dentro de la familia se concibe que el padre pobre se desviva para 
dar oficio al hijo, porque ya se presupone que antes comenzó la tarea 
de moralizarle; pero en la cárcel precisamente se presupone todo lo 
contrario. 

Lastima profundamente ver el tiempo que se desperdicia por la ilu- 
sión de que lecciones de moralidad recibidas de seis en seis dias por 
nifios maleados, puedan servir de algo. Esa enseñanza intermitente es 
lo mas insípido, lo mas estéril que pueda imaginarse: menos malo se- 
ria hacer zapatos todos los dias sin distraerse en moralidades domin- 
gueras, pues á lo menos así no se interrumpiría nunca la práctica y 
se tendría la seguridad de adelantar en el oficio. 

Los cuidados de la Sociedad no faltaron á los jóvenes; pero todo el 
aparato oficial de la inauguración quedó convertido en muy poca co- 



Digitized by 



Google 



m pusionss 

8a. Sin dada los apuros del Erario debieron ser muy graves, pues la 
protección ofrecida en la real, orden do llegó á tener realidad. La So- 
ciedad, para arbitrar recursos, hizo sacrificios pecuniarios y dedicó á 
los niños á empajar sillas, á fin de que con el fruto de su trabajo ma- 
terial contribuyesen con algo á so sustento, y asi las cosas, fué disuel- 
ta la Sociedad en 4843. 

Prescindiendo de otras consideraciones, quizás agenas del presente 
trabajo, y que nos obligarían áser muy prolijos, es seguro que en va- 
no se fatigan los filántropos en moralizar á los jóvenes, mientras es- 
tos entren y salgan de la cárcel con la frecuencia que hoy; porque en 
un momento pierden todo un afio de sermones. 

Para esos jóvenes no hay mas remedio que la constante tutela del 
Estado, hasta que, capaces de responsabilidad, adoctrinados y educa- 
dos, salgan, no de una cárcel donde por fuerza han de perder decoro 
y horror al crimen, sino de una casa de enseñanza donde haya com- 
pasión á su desgracia y respeto á su ser de hombres; donde nadie se 
atreva á menospreciarles, bajo las penas mas severas, porque su 
suerte es digna del mas alto respeto. 

¿Qué estimación ha de cobrar el que desde los primeros altos oye 
que en todas partes le motejan con escarnio de inclusero, de hospicia- 
no ó de mico? ¿Por qué se le ha de avezar á tareas bajas y repugnan- 
tes antes de merecerlo? ¿Asi se elevará la mente? ¿Asi cobrará bríos 
el corazón? ¡Levantemos el espíritu de la nifiez desvalida, si queremos 
tener una juventud que nos valga á lodos; estimulemos sus aspiracio- 
nes á lo bello y á lo noble si queremos que se esfuerce por salir de la 
miseria; pero abatirla, menospreciarla; obligarla á elegir oficia sin li- 
bertad de elección entre objetos que no conoce; sin poseer los cono- 
cimientos mas elementales....! 

La Sociedad á que nos referimos no era gobierno: harto hizo, y lo 
hizo en gran parte con fondos de sus individuos; no podía mas ni es- 
taba en su mano acabar con las prácticas rutinarias con que se con- 
dena á los infelices acogidos ó sometidos al bárbaro régimen de los 
establecimientos llamados piadosos. 

La Sociedad fué disuelta en 1843, y á su disolución no fué ageno el 
espíritu de partido. 

Pasaron los jóvenes á ocupar las habitaciones altas ó, mejor dicho, 



Digitized by 



Google 



oí Etmon. tis 

desvanes del Saladero, donde habían estado las mujeres presas y han 
pasado macho tiempo sin maestro de primeras letras y dedicados á 
empajar sillas y otras veces á doblar sobres de cartas. Hoy día 
tienen escuela fija en so deparlamento. 

Antes de entrar en pormenores acerca del estado en que hoy se ha- 
llan los demás departamentos, vamos á reunir los datos estadísticos 
qie nos parecen mas dignos de fijar la aleuden pública, con respec- 
to ala Cárcel del Saladero. 

Cuando existían al par las cárceles de Corte y de Villa, y parti- 
cularmente poco antes de refundirse en una sola, aquella dejaba esce- 
so de productos, mas esta los aprovechaba para cubrir su déficit cons- 
tante, ocasionado por el mayor número de presos y aun de presos 
pobres que contenia , por cuyo motivo también tenían que apli- 
carse al propio objeto los fondos de la Penitenciaria llamada Mo- 
delo. 

Tenia la Cárcel de Villa los empleados siguientes: 



Un alcaide. . 
Un capellán. . 
Tres porteros. 
Cinco demandaderes 
Dos demandadme» 
Un llavero. . 
Un escribiente. 
Dn enfermero. 
Da cocinero. . 
Dn mayordomo 
Un médico. . 
Dn cirujano. . 



con 
» 

con 7 
con 3 
con i 



con 



con 

» 



10 rs. diari 
* 

21 
15 

8 

5 

5 

S 

6 

8000 rs. al 
3300 
S300 



ios. 



año. 



Cuyo? tres últimos empleados desempeflaban también sus respec- 
tivos cargos en la Cárcel de Corte, sin mas sueldo que el menciona* 
do. Los productos de las habitaciones de pago se calculaban en 10,000 
reales al afio, y procedían de los departamentos de Corrección, Cuar- 
tel* y cuartelillos. 

Los precios del alquilar diario eran: 



Digitized by 



Google 



941 PRISIONES 

Corrección 4 rs. 

Cuarteles 2 

(1) Cuartelillos 1 

Hoy dia cuestan 

Alcaidía alta 5 rs. 

Corrección 8 

(2) Alcaidía política 3 

Coarto de oficios. ... 4 

Volvamos á los últimos tiempos en que subsistieron las dos cár- 
celes. Desde 1 843 á 1847, cuyos gastos y productos pueden verse en 
las cifras siguientes: 



AÑ08. 


PRODUCTOS. 


GASTOS. 


1843 
1844 
4845 
4840 
4847 

TOTALES. 


42,494 rs. 
8,553 » 
47,400 » 
46.898 » 
19,858 » 


26.689 rs. 
29,228 » 
28,764 » 
31,098 » 
32,017 » 


75,769 


147,77»- 



Como en los Estados que antes reprodujimos del Archivo carcela- 
rio, están comprendidos indistintamente los presos de ambas cárce- 
les, vamos á presentar, á falta de otros datos relativos esclusivamen- 

(4) ün año después, en 1848, se publicó el primer reglamento fijo para el gobierno 
interior de las Cárceles de Madrid, que en su artículo 94, tratando de los departamen- 
tos dice; «En los del .• clase, establecidos únicamente en la (cércel)de Corle, se abona- 
ban por estancia 5 rs.; en los de 2. a , 3 rs. en la de Corte y 4 en la de Villa; en los 
«de 3. a , 1 >/i. *n el pspresad > cuarto de oficios, 1 rs.» 

El mismo reglamento señalaba al Alcaide 30 ra. diarlos, á los porteros /, ¿ los llaveros 
y encargados de libros, 6; é lo mandaderos y mandaderas 4 */t 

En lo» datos relativos a 4847 no vemos citado el cuarto de oficios, si bien es sabido 
que existía. 

(5) Este deparlamento fué destinado 6 presos políticos durante el ministerio San Lula 
y sus habitaciones se daban gralis. 

En 1855 hicieron los presos políticos (que se hallaban confundidos con toda suerte de 
delincuentes) vivas reclamaciones para que de nuevo se rehabilitase conforme estaba 
peros! bien te les concedió el departamento, fué pagando 8 rs. diarios, y asi continua boy. 



Digitized by 



Google 



DE EUftOPÁ. 345 

te ¿ la cárcel de Villa (en tiempo en que existía la de Corté), el por- 
menor de 1847. 

Existencia en l. 9 de enero en la Cár- 
cel de Villa 454 presos de ambos sexos. 

Entraron dorante el afio 3608 » 

Salieron en libertad 1925 » 

Por tránsitos & sos pueblos. ... 917 » 

Al hospital, donde fallecieron. ... 21 » 

Murieron en la cárcel. 2 » 

Salieron á presidio 198 » 

á la Galera 46 » 

trasladados á la de Corte. . 576 » 

Total de entrados y salidos. . . . 3685 » 

Existencia en l. 9 de enero de 1848. .377 » 

Otra noticia curiosa debemo^ reproducir, aunque solo en resumen, 
losándola, como oirás varias, del escelente articulo Madrid del Dic- 
cionario de D. Pascual Madoz. 

Refiérese al quinquenio de 1841 á 1845, y comprende el suminis- 
tra de raciones para una y otra cárcel. 

Resulla de los datos cuyo pormenor tenemos á la vista, que en di- 
cho quinquenio se consumieron 1 .088,258 raciones de pan, correspon- 
diendo al afio ordinario 217,651 raciones, y 18,137 al mes ordinario. 
El importe de dicho articulo, mas el de garbanzos, judias, lentejas, fi- 
deos, arroz, patatas, carnero, tocino, lefia y carbón, que componían el 
suministro, ascendió durante el quinquenio á i 276,917 r>. 32 ms. 
correspondiendo al afio ordinario. . . . 255,383 » 20 » 
y al mes ordinario 21,281 » 33 » 

Del afio 1847 esclusivaiüente podemos dar otros pormenores. 

El gasto de la Cárcel de Villa importó por manutención de presos 
pobres la cantidad de 375,363 rs. 33 tus. 

El gasto de la de Corte, por igual concepto. 105,574 » 21 » 

Total. . . U0,93S » 20 » 



En dicho alio se recaudaron 

TUMO 



14 



Digitized by 



Google 



34C PRISIONES 

DeJosjoz^os, por cárcel segura. . . . 209^8. 

Por alquileres de local en ambas cárceles. . 2,18(0 * 

Por censos, mandas y otras 1,322 » 

Reintegro de raciones del presidio modeló: . 6,56& » 20 f ms* 

Librado de las arcas diunicipales. . . . 462,000» 

Total (1) 472,186 » 20 ms. 

Decimos pues al total de ingresos . . . 472,187 rs. té ms. 
Saldo que resalló en fin dé 1¿46. . . . 790' » 2 » 

Id. á favor que pasó á la cuenta de 1848. . 7,861' » 2 » 

Total igual. . . 480,938 » 20 » 

Cubríanse estos gastos, lo mismo que hoy, con el próÜucto de los 
alquileres de Alcaidía, Corrección y Citárteles, denominaciones que 
sin gran fundamento tomó la Cárcel de Villa dé la de Corte. 

Hoy día existen en la Cárcel del Saladero 658 presos (2).. 
La Alcaidía alta, que se compone de 18 habitaciones contiene 24 presos. 
La Corrección grande tiene habitaciones y .- . . . . 3f » 

El coarto de oficios 14 » 

La Alcaidía política está felizmente desocupada. ...» » 

El Salón continua. » »' 

Los calabozos que abren al Patio grande » » 

Lo que dan ál Patio chico » » 

Los del patio de detenidos » » 

El departamento de jóvenes » . » 

. - Total. . . . 70 » 



(1) Por algún* fácil omisión en el total del Diccionario hallamos la cantidad del mo- 
do siguiente; 471,187 rs. 16 ms.; es decir con 16 ms. mas, errata de poca monta, pero 
que nos cenviene apuntar ya que tenemos que admitirla para el balance que sigue en 
el texto., 

9) En estedia (5 de octubre 1861) el número de mujeres presas es 4 58. Ocupan al 
edificio que fué de Misiones de San Vicente de Paul, y en nuestros días también presi- 
dio modelo, situado en la calle del Barquillo, con vuelta a la del Almirante, donde tie- 
ne también la secretaria la Junta de Cárceles. 

Tres departamentos generales tiene la prisión: dos para presas y uno para detenidas. 
Los departamentos de distinción son des, capaces para seis individuos cada uno. En 
lugar de:ios camastros del Saladero, tienen las presas camas de hierro. En 1817, ocupa- 
ban todavía las habitaciones altas de esta cafeol, y merced 6 la Sociedad para la mejora 



dby VJ ( 



ob nmofá. 141 

Los «oradores habituales de la ca$a tienen, como es notorio,. ona 
esfera propia y casi esciosiya, coando se hálito en libertad. Hay ca- 
sas púdicas, ceñiros de concurrencia y gran tránsito, y aun distri- 
tos donde es seguro bailarlos siempre. 

Desde fecha muy remota ha sido señalado el Rastro de Madrid co- 
mo centro de contratación de ladrones, no solo por venderse y com- 
prarse allí objetos robados, sino por verificarse en so recinto la dis- 
tribución de puestos que á cada cuadrilla de tomadores corresponde, 
según lo combinan los jefes y maestros. «Especie de Corte de, los 
milagros» llama al Rastro el Señor Mesonero Romanos. 

T asi como de la Plaza de Armas de Palacio salen distribuidas las 
guardias para todos los puntos de Madrid, asi salen del Rastro cua- 
drillas para la estación del ferro-carril del Mediterráneo, para la igle- 
sia donde se celebra una función solemne, para la Puerta del Sol, 
para las ferias en su época, para los puntos mas convenientes en dias 
de gran gala ó de t regocijos públicos, páralos teatros, sin olvidar 
los sábados el santuario de Atocha, ni los domingos la Casa de fieras, 
«líos estos, si no de cosecha rica, á lo menos de cosecha segura. Mien- 
tras estuvo en pié la iglesia del Buen Suceso, hubo una numerosa 
ctadrilla dedicada á los devotos de las últimas misas; ahora menu- 
dean mas los hurtos en la iglesia de San Luis los dias de fiesta, y en 
todas durante los jueves y viernes santos. 

del sistema carcelario, fueron colocadas en departamentos distintos, aunque en al 
salamo plao, las pendientes de causa y laa penadas. 

En 1852 pasaron de la Cáretl d% Villa al edificio que boy ocupan, y á ocupar au' local 
eeiraroo los presos jótt¡\«$. 

Hasta el ano IWO solo se sabe que laa recluaas vivían en loa calabosoa de lo que 
entonces era cárcel pública. Entonce* ae mandó nacer una habitación para ellas en la 
de Corle con el fondo de las multas. En 1638 fueron trasladadas a otro sitio, del cual no 
hallamos iodlclo. Bn 1614 volvieron á la Cárcel de Corle, de la que fuerou separadas 
otra ves enlotS. En 4714 ae resolvió trasladarlas al Hospicio (donde vivían confundi- 
das con los pobres acogidos; mas se fugaron en gran número, saltando tapias y des- 
colgándose por las ventanas. Al ano siguiente, so ordenó el planteamiento de una Ca- 
sa-Salera Inmediata á dicho Hospicio, y allí permanecieron las reclusas basta 1750. De 
allí pasaron á un edificio que se habilitó en la calle da Atocha, pero con tanto aban- 
dono que no babia fondos destinados a la manutención do las desgraciadas y solo con- 
taban con la caridad pública. En 1818 se laa llevó a la casa que habla sido Inclusa, en 
la calle del Soldado, que aun hoy es conocida por la Oalerm Vitja. Entonces se arbitró 
levantar 8 maravedises por cada entrada que se espendia en los dos teatros de Madrid, 
con lo cual ae atendía á los gastos de las 40 ó 50 presas y al pago de los empleados de 
Ja casa, y aun pasaron de allí al convento de Monserrat, icalle/de Atocha. 



Digitized by 



Google 



818 MUSIORES 

Eo el Rastro es donde se averigua quien fué el tomador de, un ob- 
jeto ó de la pieza, como dicen los doctos. 

Durante algún tiempo la Plaza Mayor ba sido también sitio pre- 
dilecto para sus pláticas y conciertos, si bien en este último punto 
acudían principalmente los capataces para tratar, no miserables hur- 
tos, sino atrevidos golpes de mano. 

Además de estos sitios al aire libre, hay y ha habido siempre otros 
que han merecido la particular afición de los malhechores. 

x\ntes de la última transformación de la Puerta del Sol existia en 
la esquina de la calle de la Montera, á la derecha, una taberna de 
entrada muy angosta y de aspecto ciertamente indigno del punto 
mas céntrico y concurrido^de la corle de España. El piso de la ta- 
berna era mas bajo que el nivel de la calle; su atmósfera estaba siem- 
pre cargada con el humo del tabaco y el de la carne que se asaba 
en un gran fogón colocado junto al umbral. Durante el invierno asen- 
taba su tenderete una castañera á la puerta misma de la casa. 

Esta pues fué señalada por la voz pública como una de las mas 
frecuentadas por la gente de mal vivir y etapa indispensable para 
todo oficial de justicia que iba en perseguimiento de acusados. 

Otra guarida mil veces huroneada con igual motivo fué un café 
que esle año mismo ha desaparecido de la calle de Santo Tomás, 
cuya proximidad á la Cárcel de Corte nos hace presumir que ya de- 
bía haber alcanzado fama antes de que los presos todos fuesen des- 
tinados al Saladero. 

Cerca del mismo sitio hubo también una taberna que perteneció á 
una mandadera de la Cárcel de Corte, mujer que alcanzó celebridad 
por su gracia y su donaire. Su doble carácter de mandadera y ta- 
bernera y su atractivo personal y la circunstancia de tener el esta- 
blecimiento á muy corta distancia de la cárcel, eran motivos mas que 
suficientes para que los visitadoras de los presos y aun estos at salir 
en libertad, echasen al pié de su mostrador la ronda acostumbrada. 
Los que han estado presos cobran agradecimiento al sitio que es tes- 
tigo de sus primeras expansiones al recobrar la libertad, y solo por 
esle concepto es indudable que el café y la taberna mencionados, re- 
cibirían frecuentes visitas de numerosos malhechores, siendo como 
eran, numerosos los que entraban y salían de la cárcel. También los 



Digitized by 



Google 



DI BU10P4 3 IB 

que salen para pruebas ó para la vista de so cansa, aprovechan la 
ocasión de lomar una copa de vino en la taberna de sns contertulios, 
aunque les haya de traer á la memoria los tristes recuerdos de su 
libertad perdida, aunque quizás les acusen sus paredes de que allí 
tramaron el delito que los ha deshonrado y perdido para siempre. 

Aun no hace diez afios que un café, muy céntrico y concurrido de 
dia por personas decentes, llegó á ser á las altas horas de la noche 
famoso punto de reunión de gente perdida. En aquella época la calle 
del Clavel y sus alrededores se convertían desde media noche en los 
sitios mas peligrosos de Madrid y, con la costumbre de apagar los fa- 
roles á las dos, tenían los ladrones seguridad de sorprender y ro- 
bar al incauto transeúnte. Cien veces entraron en el café los ladro- 
nes después de haber cometido un robo á cuatro pasos de la puerta, 
y con el reciente fruto de su delito se entregaron á todo género *de 
escesos en compafiia de sus camaradas y de las muchas mujeres per- 
didas que solían pasar la noche entera con ellos. 

El escándalo con que se robaba por aquellas cal'es solo puede com- 
pararse con lo que de tiempo muy antiguo se refiere d« Puerta Cer- 
raja, y de tiempo mas próximo se sabe acerca de la Red de San Luis, 
siendo mercado. 

A tal punto llegarían las cosas que la autoridad mandó cerraf el 
caté y, en efecto, sus puertas no volvieron á abrirse en un largo pe- 
riodo. 

El mismo carácter tuvo una taberna muy conocida que se cerró el 
afio pasado en la calle de las Urosas y se atribuye hoy dia á otra de 
la calle de Hortaleza; y en varias buñolerías, no muy apartadas de la 
Puerta del Sol, es seguro siempre que el malhechor bulle un amigo. 

En su tiempo gozó la calle de San Antón del triste privilegio de 
albergar á mucha gente non sancta; pero se nos figura que al tomar 
el nombre de Pelayo que hoy lleva y habiendo mejorado mucho con las 
casas nuevamente edificadas, ha variado la especie de sus moradores. 

Hace también pocos afios que la calle de Jardines y algunas otras 
fueron públicamente denunciadas á la autoridad como albergues de 
malhechores, y aun tenemos entendido que no foé vano el aviso y se 
libró al vecindario honrado de las malas compañías, con averiguar el 
modo ó el pretesto de vivir de mucha gente del barrio. 



Digitized by 



Google 



sso phiuoto 

H^y (Va el carioso historiador de HJbdrid cita en el mpmo con- 
cepto el distrito comprendido entre las. Vistillas y la calle de Toledo, 
mencionando expresamente las de San Isidro, San Ventora, las 
Aguas, Oriente, Luciente, la Paloma y Mediodía, donde viven ade- 
más millares de honrados artesanos, corredores y chalanes. En la 
misma categoría se hallan las calles del Rosario y algunas otras. 

Tales son los punios de partida, de tránsito y de atractivo para los 
moradores del Saladero, y no hablamos de los que fuera de puertas 
son también campo de sus tramas y fechorías, porque seria prolija 
cuanto ociosa tarea enumerar los merenderos, posadas y demás al- 
bergues de la gente á que nos referimos. 

Su modo dé vivir en la cárcel hemos procurado darlo á conocer en 
lo que nos ha parecido mas digno de la atención del leyente. 

Mas aun podemos afiadir el recuerdo de un suceso que no debe 
ser olvidado. 

En 1855 se celebró en toda España el aniversario del pronuncia- 
miento del año anterior, pero se celebró de una maneja singular en 
. la, Cárcel del Saladero, donde á grandes voces resonaban de rejas 
adentro los vivas á la libertad. 

El departamento llamado Salón, que no es de pago, si bien suele 
albergar á presos pobres dignos de alguna deferencia, se convirtió 
en .el mas estrado cuadro que pueda imaginarse. Levantóse á la mi- 
tad de su largo un arco trasparente, de varios colores, iluminado con 
gran número de \asos y globos de papel; colgáronse del .techo varias 
arañas, también de papel, ingeniosamente labradas por los presos mis- 
mos; cubrióse todo de entusiastas leyendas y figuras alegóricas, des- 
collando sobre todo el retrato de Espartero, rodeado de verde rama- 
je, y celebróse con baile, música y cantares la patriótica fiesta. Los 
presos todos solicitaron ser admitidos siquiera á ver el espectáculo 
de tanto júbilo, y durante la noche todo fué ir y venir por aquellos 
pasillos, y ponderar los adornos, las luces y la gala del Salón, cuya 
puerta estuvo abierta, mas no mal guardada, por lo que pudiera 
ocurrir. , 

Diez y nueve años tenia el mozo que entonces tenia á raya á la 
muchedumbre encerrada en aquella estancia: con lo cual decimos lo 
bastante para que se juzgue de sus varoniles cualidades. 



Digitized by 



Google 



Df EUROPA. 351 

Entregáronse los presos a! placer aquella noche; sucediéronse en 
competencia los cantadores y bailadores mas afamados, no se dio pon- 
to de reposo & las guitarras y circuló por aquellos ámbitos bastante 
cantidad dé vino y aguardiente para que, sin trastornar los sentidos, 
comunicara la oscitación necesaria ala general alegría. 

De cuando en cnando en medio del bullicio alzaba un preso la voz, 
y acompañándose con la 5 guitarra y secundado por otros tocadores, 
cantaba una estrofa alusiva á la gloria dé la patria, yel grito general 
que se levantaba de ¡viva Espada! era tan sincett 1 y ardiente que 
obligaba á meditar sobre lo complexo y contradictorio del desenvol- 
vimiento en las facultades humanas. 

ReuniÜbs entre recias paredes, ferradas puertas y triples inque- 
brantables rejas, victoreaban aquellos hombre* á la libertad, como si 
de ella 1 recibieran el aliento, como si no se hallasen condenados á vi- 
vir en un calabozo. 

Estamos seguros de qée muchos de ellos al preguntarnos después 
sí creíamos que, atento á aquella celebración, seles indultaría, obra* 
bao con la mas candorosa buena fé. 

Sin duda con aquellos actos habiaft cumplido en *u corioépío un 
gra* dfeber social; habían rendido homenaje de todo corazón á lo 
mas bello y grande: á la patria, á la libertad, á la feKcidad de lo* 
espadóles todos. Habían hecho un acto de contrición á su manera, y 
si en medio de su entusiasmo se les hubiese presentado el ser de pres- 
tigio, él duque de la Victoria y en nombre de Espada les hubiera 
eligido eft mayor sacrificio, lo habrían hecho gozosos, hasta el de la 
vida, para mostrar con noWe orgullo que sus buenas cualidades su- 
peraban á sus defectos. 

Va* fay! el júbilo fttiga y cuando viene á contrastar con la vida 
ordinaria de! preso, que desea aprovechar los fugaces momentos con- 
sentidos al desahogo de su corazón, la fatiga rinde al mas fuerte!. 

La uoche pasó; verdes hojas y tiernas ramas estaban mustias y aja- 
das; solo ardia sin alumbrar una que otra luz vacilante; el buen or- 
den exigía que otra tez girase sobre sus recios goznes la ferrada 
puerta, y d cerrojo coto su áspero rumor recordase al preso la vani- 
dad de sus breves alegrías. 

Descolgóse el impasible retrato; derribóse & toda prif» el arce de 



Digitized by 



Google 



33* M0SION1S 

gloría; despojóse de emblemas y galas la morada del dolor, y volvie- 
ron á aparecer los negros camastros; los miseros petates, el número 
de cada preso y el carcelero que, coa la lista y el manojo de llaves, 
iba á convencerse de la presencia real y positiva de los presos que 
habian dado vivas á la libertad agena. 

¡Doloroso contrastel 

Algunos de los que aquella noche se entregaron á las gratas espe- 
ranzas y á los sanios propósitos, permanecían aun en la cárcel el dia 
5 de mayo de 4 856, y vieron atónitos y medrosos salir por aquellas 
puertas al naranjero Buendia, que había sido su leal amigo, su va- 
leroso compañero de armas. £1 que entre ellos temiese que la seve- 
ridad de la ley pudiera condenarle á igual pena, sin tener en cuen- 
ta sus arrebatos de bondad y sus esfuerzos para triunfar del vicio, 
¿qué pensaría al recordar los sentimientos que había esperimentado 
su corazón la noche del 16 de julio anterior? 

A uno de aquellos hombres afectuosos y arrebatados, todo cora- 
zón é instinto, que por celos había dado muerte á un cufiado suyo, 
le hemos sorprendido mil veces á la madrugada, desvelado, solo, . 
sombrío, recostado entre los huecos de las ventanas de corrección 
chica (1), fijos los ojos en la reja de la capilla que daba al estremo 
del pasillo de aquel departamento. 

Pensaba en la muerte. Por fortuna ó por desgracia escapó á esa 
llamada última pena, gracias á la mediación de una caritativa seño- 
ra, ¿uyas virtudes han ilustrado una merced de marquesado que 
heredó de su familia. El preso á quien aludimos vio á sus auxiliares 
(sus propios hermanos) condenados á cadena perpetua, y cuando su- 
po que se resignaban á tan horrible pena sin apelar de ella, presin- 
tió que su sentencia seria de muerte y, como atraído por el destino, 
se encontraba delante de la capilla todos los días, absorto, ensimis- 
mado, pensando quizás horas y días enteros en el momento terrible, 
en el último momento de la vida. 

Su valedora, que le había conocido niño y le quería entrañable- 
mente, alcanzó para él el indulto, y fué llevado á Melilla. 

(1) Corrección chica se llamaba el primer departamento abierto en el cuarto principal, 
cuyas ventanas daban al Palio grande. Recientemente ha desaparecido para dar espa- 
cio a salas de reunión, Indispensables en la cárcel, por cuyo motivo se ha trasladado 
de sitio también la capilla. 



Digitized by 



Google 



DI EtftOPA. 353 

El reo partió triste y desconsolado, modo y abatido. 

Le habíamos oido decir que si hubiera muerto so esposa, á quien 
adoraba, le seria indiferente la vida y son moriría tranquilo y contento. 

Dijese también que babia sollado la espresion de que si él supiese 
que ella se babia de volver á casar después de su muerte, la asesina- 
ría para que no perteneciese á otro. Sin dada por este motivo se tomó 
m la cárcel la acertada resolución de prohibir á los que ocupábamos 
departamento de pago, qne ni un momento le dejáramos en nuestras 
respectivas habitaciones á solas con su esposa. 

El, sin embargo, fué condenado á vivir cargado de hierro y ausente 
del bien que mas quería (qué vida para aquel joven enamorado y 
celoso! 

Llevaba, es verdad, consigo la esperanza de que á fuerza de afios, 
de moralidad y de servicios se le hiciese gracia y recobrara la liber- 
tad. iTrisle porvenir! ¡So juventud, la edad viril consumidas en un 
presidio, contaminado, depravados quizás corazón é inteligencia, ago- 
tadas las fuerzas, infamada la memoria, volver al mundo para buscar 
á ana mujer cuando ya el amor ha moerio; para buscar una familia 
qie alio tras afio ha ido entregando sois miembros á la sepultura; para 
hallar solo una sociedad recelosa del presidario á quien desprecia co- 
mo si hubiese pasado su vida abusando del poder, del prestigio, de la 
¡aleligeocia, como si con largos afios de pesares no hubiese pagado 
harto caro un momento de arrebato ó tal vez las colpas del abandono 
paternal! 

Y es lo cierto qne muchísimos presos, si no se esplican claramente 
las iajttsticias sociales, sienten perfectamente lo que esas injusticias 
llevan consigo. 

Desgraciadamente esos hombres no sienten asi las cosas sino en los 
solemnes momentos de meditación, cuando se encuentran al borde del 
abismo, eotre una vida pn- fiada de recuerdos, de cuya esperiencia no 
percibí* ron nunca la eficacia, y el sacerdote que espera, el verdugo 
que les pide prdon y U Paz y Caridad que les ofrece sepultura. La 
Paz y Caridad asiste á los reos de muerte desde que entran eu capi- 
lla. le< acompafia ai sup icio y cuida de sus enterramientos. Antes se 
verificaban estos en la parroquia de Santa Cruz, el de los degollados, en 
Sao Miguel el de los agarrotados, y en San Ginés el de los ahorcados. 

• U 15 



Digitized by 



Google 



m FUSiWKS 

' Guando se exponía! inhumana y asquerosamente al público en las 
jaulas ó linternas los miembros de los ajusticiados, los recogía la Pax 
y Caridad el sábado de Ramos de cada año, y antes de sepultarlos, los 
colocaba en el altar que levantaba en la plazuela de Santa Cruz. 

Esta cristiana asociación, protesta viva contra la barbarie de la 
Edad media, se instituyó en 1411 en la iglesia de la Concepción del 
Campo del Rey. Tuvo también asiento en el Hospital de Antón Mar- 
tin, y por último compró terrena en Santa Cruz el aüo de 1590. Su 
primer propósito fué desempefiar con tos ajusticiados la buena obra 
de dar sepultura á los muertos; mas en 1 500 se estendió á mas por 
haberse unido con otra cofradía establecida por la célebre Latina 
(maestra de Isabel la Católica) cuyo cargo era asistir á los ajusticia- 
dos, desde el momento de entrar en capilla basta el patíbulo. lan 
pertenecido y pertenecen & esta sociedad' personas distinguida* por 
su posición, saber y virtudes. En setiembre del presente afio ba di- 
rigido un llamamiento á todos los eclesiástico* de Madrid que desee* 
inscribirse como hermanos espirituales deísta familia, para auxiliar 
ú los reos de muerte. 

Mas entre los cuidados de tan cristiana asociación y las oroeiOM* 
del sacerdote se interpone el ejecutor de justicias. 

Personaje sombrío, que parece mas bien evocación de antiguas 
leyendas que persona real y ser palpable después de 48 siglos y me- 
dio de cristianismo. 

El ejecutor de sentencias de Madrid lleva consigo la heredada 
mancilla, como otros graban sobre el portal de sus casas un glorioso 
timbre de sus antepasados, sin haber hecho nada por merecerlo. 

Dentro del arte rutinario y esclavo de las preocupaciones tradi- 
cionales, no se concibe un ejecutor de justicias sino fornido, nervu- 
do, de encrespado cabello y faz odiesa. 

La verdad, empero, es superior á todo, y el ejecutor de Madrid no 
sirve pora corroborar las ficciones de aquella* tiempos en que la pe- 
na de muerte era considerada como un remedio. 

La nueva sociedad cristiana no supo romper con la fatalidad del 
paganismo: asi condenaba al noble á trasmitir sus bien ganados Ma- 
sones al hijo indigno y cobarde; como condenaba al hombre delicado 
y cristiano á heredar de su padre el horrible oficio de matar á sus 



Digitized by 



Google 



155 

henéanos; y al ofeadide que quería perdonar al asesino, le conde- 
naba al impotente dolor de no verle vivir en el arrepentimiento: con- 
toábale k saber que la ley le había dado muerte; condenábale k 
aceptar cerne satisfacción el mayor daño que la ley podía cansarle. 

No es de estrañac que nobles y plebeyos buscasen un refugio con- 
tra loe vicios de la organización social en los conventos, en las co- 
fradías, donde quiera que, sin esponerse k graves perjuicios, pudie- 
sen protestar en nombre de Dios contra los actos de la justicia ofi- 
cial, con actos de piedad, abnegación y buenas obraa. 

El ejecutor de Madrid heredó también de su padre el cargo qne 
koy desempeña por mandato de la justicia; que todavía retoñan ba- 
jo nuestros pies las raices de las poderosas instituciones sembradas 
de rautas épocas. 

Antonio Pérez Sastre es personaje que debe tener un lugar al fi- 
nal de nuestra penosa reseña. 

Fué carpintero en su primera mocedad y su afición mas decidida 
era la guitarra, instrumento que no le ha sido ingrato y ha hecho de- 
sear su presencia en las reuniones por él frecuentadas, cuando el her- 
mr de la sangre le hacia olvidar ó no le dejaba pensar en su futura 



En 4851 cayó enfermo su padre José Pérez Sastre (que había he- 
redado también el duro oficio) y se le autorizó á él para que cum- 
pliese la ejecución de la última pena en un desgraciado que la pade- 
ció en el pueblo de Brihoega y se llamaba Hilario Sánchez. 

En <8 de enero del siguiente año 1853 falleció el José Pérez Sas- 
tre, de una caries, siendo todavía joven, pues no contaba mas de 15 
ajk*. Eslaba casado en terceras nupcias, y de los cinco hijos que de- 
jó, el mayor pasó k ocupar su puesto y abandonó del todo la carpin- 
tería. 

El hombre de quien hablamos parece haber heredado con el oficio 
las dolencias de sus antecesores. 

Parece como que ha salido de una generación fatigada de muer- 
tas. En 1824 su abuelo, qne también se llamaba Antonio, solicitó 
del Ayuntamiento (que entonces proveía las plazas de ejecutor) que 
en atención k sus dolencias habilitase k su hijo para sustituirle, con 
opción k la vacante. Asi le fué concedido, y en 8 de febrero del si- 



Digitized by 



Google 



35Ó PRISIONES 

guíenle afio 1825, falleció aquél, siendo declarado so hijo propietario 
del cargo á los nueve dias. 

Ya hemos dicho que este había solicitado lo miemo y por igual 
motivo que su padre, y que falleció también á principios del afio si- 
guiente y á los dos meses de presentar su solicitud. 

Los propietarios de este cargo vivieron hasta enero de 1851 en 
un local de la cárcel de Corle y dieron sh nombre al callejón que cae 
á la izquierda de dicho edificio. Enajenada la antigua carcelería, 
que compró D. Francisco Fernandez de Casariego, pasó el ejecutor 
á la calle del Rosario, número 19, entresuelo de la izquierda. 

En 1853 vivia en la calle de San Cayetano, numero 6, cuarto í .% 
y su descendiente actual vive en la calle del Mesón de Paredes, nú- 
mero 60, cuarto 2.*. Su sueldo es de 30 rs. diarios ó sea 10,950 ra. 
al afio. 

En mas de una ocasión se ha temido que no pudiese desempeñar 
convenientemente su cargo por el mal estado de su salud» y ya cuan- 
do el último suceso de los que hacen indispensable su oficio, hubo 
que llamar ai que lo ejerce en Alicante. 

La presencia del ejecutor de justicias esparce en derredor soyo al- 
go de fatídico, de horrible, ya no tiene para el vulgo ni para el ar- 
tista nada de aquel horror santo ó bello que pudieron afectar su ima- 
ginación y paralizar ó desviar so juicio acerca de aquel personaje. 

El barrió y la casa donde reside producen hoy una repugnancia 
inevitable, pero repugnancia toda prosaica y material, que se espli- 
ca y se justifica. Pesa su vida en la memoria de los que fueron sus 
compañeros de escuela; el que se asoma á la ventana en una be- 
lla mañana de primavera, diviga "desde lejos la del hombre de justi- 
cias. 

Llegará dia en que se extinga su raza; en que no se encuentre 
hombre que concierte el precio de la muerte dada á mansalva y á 
sangre fría; mas ¿cuándo...? 

Antes la sociedad, que es quien propone el contrato, debe renun- 
ciar á tan horrible negocio. ¡Millones de hombres que tienen de su 
parte la fuerza, quieren hoy dar ejemplo de moralidad asesinando 
á un indefenso, maniatado, aherrojado, encerrado en un calabozo... 
¡ah, no es asi como se acabará con las solicitudes de ciudadanos es- 



Digitized by 



Google 



di morí. ni 

pilóles que profesan la religión de Cristo y el dogma católico, y se 
ofrecen á matar todo el año por un joroal miserable! 

¡Y donde quiera que rigen costumbres semejantes, se admiran y 
horrorizao los hombres de orden de que, en un momento de revolu- 
ción, la muchedumbre criada* entre semejan es espectáculos, haga 
lo que ha visto hacer y copie la justicia que ha visto aplicar! . . 

Demos manifestado en el curso de nuestro relato que la cárcel de 1 
Saladero, si bien no era ya comparable con la tenebrosa cárcel de 
Corle, dejaba mu:ho que desear, sobre todo y ante todo por el edifi- 
cio, dentro del cual es imposible aplicar las mejoras reconocidas y 
sancionadas por la experiencia en materia de cárceles. 

L¿ actual Junta de este ramo elevó en 18C0 una exposición al go- 
bierne, en que razonadamente encarecía la necesidad de una nueva 
cárcel pública. 

La sol.citud, apoyada desde largo tiempo en la prensa y en la opi- 
lion pública, fué atendida y hace ya algún tiempo que se compró 
terreno bastante para el objeto. Después lo hemos visto labrar en 
vez de nivelarlo para echar los cimientos del nuevo edificio, que de- 
be levantarse frente al Hospital de la Princesa, hacia San Beroardino, 
y donde ojalá no penetrase nunca el terrible ejecutor de sentencias. 

Damos por terminada nuestra tarea con respecto á la Cárcel del 
Saladero; otro escritor mas curioso y de mejor criterio que el nues- 
tro habría quizás intentado abarcar la historia de la Cárcel de Villa 
desde tiempos mas remotos y escudn fiado mejor los sucesos y por- 
menores notables que en su recinto hayan ocurrido. Dudamos, empe- 
ro, que enriqueciera su narración con datos pertenecientes á épocas 
lejanas, por varias razones. 

Ni se encuentran en las oficinas y archivos oficiales empezados & 
ordenar de muy poco tiempo acá, y sumidos hasta ahora en olvido 
y confusión increíbles, ni aun las noticias recogidas y ordenadas se 
comunican sin repugnancia por las dependencias á que pertenecen. 
Se suele echar en cara á los españoles el meoosprecio con que miran 
los objetos de mas interés; y es lo cierto qne el que trata de enco- 
mendar á la memoria pública los hechos registrados en las oficinas 
del Estado, tropieza á cada paso con grandes obstáculos. 



Digitized by 



Google 



tit nusjomi 

Volvieodo á U cárcel que fué de Vilk> hoy por hoy repetimos que 
poco podría averiguar la ñas celosa diligencia. 

El infatigable y erudito historiador de Madrid, D. Ramón de Me- 
sonero Romanos, conjetura que en el siglo XVI debió de estar la Cár- 
cel de Villa en la manzana de casas, número 172, que desde la Pla- 
zuela de San Miguel «daba frente á las Platerías y formaba los dos 
«callejones laterales de la Chamberga y de San Miguel* y cita al 
maestro Doyos(que lo fué de Cervantes), quien, narrante el recibi- 
miento hecho el 86 de noviembre de 1569 á la reina Ana, dice que 
al llegar á dicho sitio y antes de las Platerías y áe la PUxtela del 
Salvador, «se oyeron los lamentos de los presos,» que pedían grama 
á los reyes. 

{Rara coincidencia, si aquel fué realmente, como parece, el lugar 
que ocupé la cárcel de Villa, que, al cabo de largo tiempo, tuviese la 
de Corte al lado una calle, llamada también del Salvador! 

¡Cuántas veces habrá sido este nombre consoladora esperanza del 
que entraba inocente á padecer en prisiones, cuántas seria impío 
saroaamo del que inocente iba á morir e* el patíbulo! 

Roberto Robert. 



riN DEL SALADERO DE MAD11D. 



Digitized by 



Google 




El wplirw ei secreto. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



PRISIONES 

DE EUROPA. 

LA 

TORRE DE LONDRES. 



'»# « » 



L 

Si eriges. -So descripción. — Coodestable de la Torre.— Historia de la Torre dorante 
la revuelta de loa comuneros capitaneados por Wat-Tyler.— Ef pueblo toma la Tor- 
ito ia wraa del obispo de Cantocbery.— La eaoar» de la ariocesa de Gaita- eotrew 
gasa al pilláis.— tes eijos da Bdoardo en la Torre. 

SI erigen de la fundación da es la Torre esttaua sujeto i discusión. 

No falta quien, apoyado en documentos, atribuye á las róñanosla 
ottatrocten da ib editcio situado sobre el larrea* ejae ocupa el que 
bey eaiste. Bu 1777 se encontraron en su suelo algunos sellos da 
oro; uno de Honorio, emperador, y otro de Arcadio, objetos que dejan 
sjatrowir la existencia del edificio anterior; pero la opinión mas acre- 
ditada es: que deseando asegurarse el rey Guillermo I de la obedien- 
cia de aas nuevas subditos, levantó la Torre en el principio de si 
reinado, puso una respetable guarnición de normandos, y se estable* 
cié en ella con la mayor seguridad posible, según la costumbre de 
loa conquistadores y los reyes, de guardarse de sos subditos vigi- 
lindolos. 

Sala Torre es un compuesto de torres y de edificios de una estén- 
sion considerable. El espacio comprendida entre los fosos es da tres 



Digitized by 



Google 



••• KISIOHBS 

millas ciento cincuenta y seis pies ingleses. La Torre está separada 
del Támesis por ana plataforma á cuyas extremidades eslán los ca- 
minos para ir al castillo principal. Las avenidas están fortificadas 
con gran cuidado. Los fosos han debido contener mucha agua otras 
veces; mas hoy soto tienen una pequeña cantidad, y están llenos de 
establecimientos útiles. 

Dentro de la Torre hay almacenes de armas y municiones, de los 
que nos ocuparemos en detail cuando hablemos de la Torre moderna. 

Del lado del Támesis hay una entrada bajo un arco, que se llama 
la Puerta del Traidor (Traitor's Gate). Por allf, de noche, y condu- 
cidos por agua, eran llevados á la Torre los prisioneros de Estado, á 
fin de eviur toda publicidad. La torre mas cercana á esta puerta se 
llama la Torre de sangre. Este nombre le fué dado bajo el reinado de 
Isabel, mas no se sabe con qué objeto ó por qué causa. 

Los aposentos reales están situados en el ángulo sudeste, y sonde 
un estilo digno de atención por su sencillez. 

La Torre Blanca (White Tower) es un edificio de tres pisos, con 
azoteas cuyas vistas son inmensas. Esta torre fué levantada en 1070 
por Gandolphe, obispo de Rochester. En el primer piso hay dos vas- 
tas galerías que encierran, hoy, el museo de marina y armas para 
equipar treinta mil hombres. Se cita como una curiosidad. 

La capilla, que se llama de San Pedro, encierra (os cuerpos de las 
ilustres victimas condenadas á muerte, y ejecutadas en la Torre ó 
sobre las esplanadas vecinas. 

La Torre de Wakefield tomó su nombre de la batalla de Wakefield, 
después de la cual fueron encerrados en ella los prisioneros. En esta 
torre fué asesinado Enrique VI. 

El salón de las joyas es una estancia sombría de piedra, en la que 
están depositadas las joyas, ó la imitación de las joyas de la corona 
de Inglaterra. Volveremos á ocuparnos de esta galería al hablar de 
la historia moderna de la Torre. 

En la Torre de Campo- bello fueron encerradas las dos reinas Ana 
Bolena y Juana Grey. En ella se ve la sala de ceremonia (mess- 
house), ocupada por la primera. 

Eduardo IV levantó una torre que se llamé desde luego el Bou- 
levard, y á la cual mas tarde, dedicada á usos domésticos, se la dio el 



Digitized by 



Google 



Dft E0MPM. JW* 

ée: forre áe he Leones, Está sitoada cerca de lá entrada 
principal de la Torre. 

Esta entrada está al oeste, y la forman dos puertas que dad al to± 
»,yiD piante de piedra, por el que puede pasar na earrnejé* que 
conduce á ellas. Estas pierias sen abiertas y cerradas oén cierta ce- 
momia. Uguai4a de las llares esláconftada imparten 
y á mi sargento y seis hombres, durante el dia; mas por la noche 
aon estregadas al gobernador. 

Esta gobernador, llamada condestable de la Torre, es el oficial que 
ea los días de coronación ó en las grandes ceremonias, es autorizado 
para la ¿tarda de las insignias reales. Es m destile miy honroso. 

El lector se contentará, por ahora, ooa esta árida nomenclatura. 
Mas adelante, y en ocasión aportan, tendrá los detaUes necesarios 
sóbrala Tmrre de Landres. 

Durarte la menor edad de Ricardo, el parlamente había decretado 
una capitación extraordinaria de trote groáis, poco mas de dos rea- 
les, exigiWe á toda individua de mas de quince afios de edad. La 
cobran» del impuesto fié confiada á recaudadores insolentes, que 
hicieron el impuesto mas odioso aun de lo quera por si mttmo. 

Existía paréate tiempo no predicador llamado Joan Ball. qie se 
bm célebre por sos predicaciones religioso»poli tico-sociales. Sos teo- 
ría* eran contra la o^aoiiack>D de la propiedad de aquellas dias, y 
en í^for de los pobres. Las circunstancias no podían ser asas á pro- 
pósito para la predicación de Juan Ball. 

Jamás gobierno alguno, por feroz qie haya sido, k* dejado de rfer 
aobrepajado por sis agentes. El perro del pastor qw muerde loa car* 
ñeros es la imagen maa bella de su ejecuciones. 

Los recaudadores interpretaron, como se comprende bien, la ley y y 
jugar» arbitrariamente la edad de loa contribuyentes. 

Los colectores llegaron en la Tilla de Essex, á la casa de un herrero 
llamado Wat- Tyler, que trabajaba en aquellos momentos en sn her- 
rería, manejando con nervudo braxo los pesados martillos sobre la 
Tigornia. 

—¿Qué, quién? les dijo; ¿es qae.no he pagado ya mi capitación? 

—Tú has pagado, le dijo uno de ellos; mas tu hija no, y sin em- 
bargo ella es inglesa como tú inglés, ¿suponga yo? 

tono a. -41 



Digitized by 



Google 



—Sí, dflo el herrero, ella es inglesa y baena inglesa; mas como 
no tiene quince afios, y no se paga sino'á esta edad, vosotros tendréis 
por justo que ella guarde su dinero. £1 afio que viene allá veremos. 

— ¡Cómo! tu hija no tiene quince afios, ¿una t chica tan linda? es 
increíble, y tan increíble que yo no lo creo. 

—Vayan á ver, contestó riendo el herrero: ella debe estar inscrip- 
ta en la parroquia. 

Los recaudadores cambiaron una mirada entreellos, y, fijando sus 
ardientes ojos en la joven, que estaba trabajando al lado de la fra- 
gua 

—Nosotros vamos á probarte, dijo el jefe, que tu hija tiene quince 
afios, y para esto no iremos á la parroquia. 

Y diciendo estas palabras, que acompañó con indecentes rodeos, 
cogió á la joven, y, riendo y amenazando 4 la vez, sus miserables 
acompasantes se prepararon á ayudarle en su infame violencia. 

Wat-Tyler comprendió el odioso pensamiento de aquellos bandi- 
dos, y vio á su hija luchando en medio de ellos: el furor le llevó 4 
su encuentro, y su martillo silbó en el aire y cayó sobre el cráneo del 
mas audaz de los esbirros. 

Inundados de sangre,, y á favor de la multitud que acudía á los 
gritos de la joven, los agentes de la iniquidad pudieron escapar; mas 
ya no eran temibles. El gentío incitó al ofendido padre, convertido 
en héroe, para qup le diese la libertad como había salvado el honor 
de su hija. 

Wat-Tyler llamó á las armas á todos aquellos que aprobasen su 
acción, y quince días después el herrero se encontró jefe de cien mil 
hombres; pero no estando este pueblo en sazón para comprender la 
libertad, solo conquistó la licencia. 

Caminando hacia Blackheath los sublevados encontraron á la prin- 
cesa de Gales, madre del rey, que volvia de una peregrinación á 
Gantorbery, atacaron su comitiva, y algunos de entre ellos, dice un 
historiador (1), deseando poner todos los rangos al mismo nivel, obli- 
garon á la princesa á qne les abrazase. 

Habiéndose encerrado el rey en la Torre, Wat-Tyler y Juan Bal!, 

(1) Hume, Historia di íngtúkrra. 



Digitized by 



Google 



MNtOtá. III 

jefes de las revolucionarios, le pidieron una entrevista. Consintió el 
rey, é iba ya 4 atravesar el río en ana barca para ir 4 ellos; cuando, 
cediendo 4 los consejos de sus cortesanos, 4 quienes horrorizaban las 
demostraciones populares, ♦volvió 4 la Torre sin haber terminado la 
conferencia. La desesperación y el furor se apoderaron del pueblo, 
que entró en Londres, quemó el palacio dé Saboya, y dio muerte 4 un 
gran número de gentiles-hombres, queriendo, por fuerza, atraer al 
rey 4 tratar las condiciones de libertad, objeto del levantamiento. 

Froissart cuenta que Wat-Tyler hizo matar en este dia un caba- 
Ikro llamado Ricardo Lyon, del cual había sido criado en las guerras 
de Francia, quien le habia pegado una vez y al que había prometi- 
do vengarse; mas Froissart ha escrito con una parcialidad marcada 
en favor de la aristocracia inglesa, y este hecho puede no ser de una 
exacta verdad, tanto mas cnanto que muchos historiadores ingleses 
no hacen de él referencia. 

En vista de tales excesos cedió el rey y prestóse 4 la entrevista 
qie le habían pedido. 

SI conde de Sallabery aconsejó al rey este partido, diciéndole: 

— Sefior, vos podéis apaciguarles con buenas palabras: sin esto, 
acabar4n con todos nosotros. 

B rey hizo saber que los que deseasen verle y hablarle debían sa* 
Kr de Londres y dirigirse 4 Miles'End. La noticia de esta resolución 
se esteadió por la ciudad, y una gran parte de los sublevados se alejó 
de la plaza de Santa Catalina donde habían acampado para tener la 
Torre ea jaque, y te fué al lugar de la cita, donde compareció el rey 
delaate de su pueblo para saber lo que este deseaba. 

— La amnistía general, respondieron los oradores de aquellas tur- 
bas, la abolición de la servidumbre, la libertad de comercio en las 
ciudades mercantiles, sin derecho ni impuesto, y una renta' sobre las 
tierras de los vasallos en lugar de los servicios y correas debidos por 
vasal laje. 

Esto era bien poco, sin duda, según el derecho humano, pero do 
dejaba de ser bastante para aquellos tiempos de embrutecimiento y 
esclavitud. ' 

El rey accedió 4 todo, 4 condición de que los peticionarios se re- 
tirasen 4 sus ciudades y villas, dejando tres hombres por cada una 



Qigitized by 



Google 



Mi % MUMQWI 

de ellas, 4 toa que seria entregada l» carta sellada con sillo real Mr 
teniendo los privilegio* acordados ea este día. 

Eslas palabras apaciguaron al pueblo, y machos de 16* insurgen? 
fes hioieroD sus preparativos de marcha; mas esto no estaba ea el in- 
terés dp algunos» y no pocos quedaron ocultos como en toda revela-* 
cíoq, para aprovecharse de la revuelta y recoger los beneficios Hó 
aquí lo que ocurrió en la Torre de Londres después de La partida del 
rey papa MUesXnd. 

Wat-Tyler, Juan Ba)l, Jacabo Strav y mas da cuatrocientos ham- 
bre? forzaron las puertas de la fortaleza, penetraron ea varios depar- 
Úntenlos, y epcoptrando & Simón Sudbury, arzobispo de Canterbery, 
primado y canciller del reino, le cortaron la caleta: hicieron otro 
tanto coa Roberto Hall, tesorero de Inglaterra, así como aun médico 
del duque de Laacestre, y 4 Legg, uno délos mas odiosos percepto- 
res del impuesto extraordinario. 

Elias cqalro cabezas., después da haber sido llevadas en triunfo 
por Londres, fueron colocadas sobre el puente, ea el sitio donde eraa 
colocadas las de los condenados por. alta traición. 

No conleatos aun los«suhlevados, entraron en los aposentos de la 
princesa de Gales, hicieron pedazos su leobo, y la causaran tal espan- 
to que perdió el sentido, que no recobíó sino cerca del rey su hi- 
jo, cuando este volvió de la conferencia de Miles'End. Los criados y 
doncellas de la princesa la habían salvado del furor de los subleva-, 
dos haciéndola salir por una poterna. 

$i Wat-Tyler y sus compañeros hubiesen conocido el veladero ob- 
jeto de los reformadores, es decir, la mejora de suerte de los pueblos, 
ladicha de la Inglaterra hubiera quedado aseguraba bajo un rey joven 
y susceptible de recibir impresiones favorables á las necesidades de 
sus subditos; mas como estos hicieron degenerar la cuestión ea una 
cuestión de pillaje y de venganzas particulares, como ellos subleva- 
ron contra sí el buen sentido de los mas moderados de su mismo par» 
tido, los comuneros perdieron completamente su causa y dieron ra- 
zón & la nobleza y al partido real, qoe tanprontameatehabian hecho 
capitular. Esta es la historia de todas las conmociones populare*, que 
lafta^tfwfo da nnjjefe», pc4erjwioa daJas «asa* j* ha, ¿tarad* i 



Digitized by VjOOQIC 



«mor*. MI 

— N#4# fceuys hecho, «jo Wat-Tyler i «na hombres, que creían 
haber ganado mucho. Las franquicias que el rey dos ha acordado, 
son bien pequefia cosa: coreamos á Londres antes que nuestros amigos 
los condes no lleguen, y saqueemos la ciudad ios primeros, si quere- 
mos "tener alguna cosa, pues si aguardamos & que los otros entren, 
ellos lo lomarán todo y no nos dejatán nada (1). 

En la plaza de Sqüthfield fueron pronunciadas estas palabras por 
Wat-Tyler á la cabeza de pas 4o taime y cinco mil hombres, y en 
los momentos en qqe el rey Ricardo acertó á pasar por ella. 

El jóveí) principe queria, se cree, dejar & Londres y marchar á 
Wiftdsor acompaMo de unos seseota caballos. Este es el relato del 
solo historiador que da algunos detalles sobre este punto. 

Cuando hubo llegado delante de la Abadía de San Bartolomé, vien? 
do todo este pueblo reunido y tumultuoso, (fijo: 

-robora bien: no partiré sin preguntar aulea á esas gentes qué 
QUiereí) (fe mi; porque ya he accedido á sus fíeseos, y e& preciso que 
esto termine de una manera ó de otra. 

Asi diciendo, paró su cahallu. Su escolta le imitó. 

Wat-Tyler, recaaocieado 4I rey y apercibiéndose de este moti- 
taiento, dijo i los suyos: 

— Hé aqui el rey. Aguardadme: yo quiero hablarle. No os motáis 
hasta que yo os llame; mas si me teis levantar la mano por encima 
de la cabeza, acudid y dad muerte á lodos, escoplo al rey: el rey es 
jóteo, le lletaremos por toda Inglaterra» y donde él esté, nosotros 
seremos tan reyes como él. 

Y asi diciendo picó espuelas y fué á pararse tan cerca del prin- 
cipe que la cabeza de su caballa tocaba con la del de Ricardo. 

—Bey, le dijo: ¿tes todos esos bratos que están allá? 

-t-Sí; contestó el rey; ¿mas por qué me haces esa pregunta? 

—Lo digo porque todos me obedecen y me han jurado obediencia, 

—Sea en buen hora, contestó el joven principe: yo no digo que no. 

—Ahora bien, prosiguió Wat-Tyler, ¿crees tú que tanta gente 
rauúUaqní para obtener las cartas de Ubertamiento, se tol verán 
sia Uewarla*? No: lw Hewewoa ora no*Mro*. 



Digitized by 



Google 



tu MiMorai 

—Hagamos como está dicho, respondió Ricardo. To he prometido 
esas cartas, y cada pueblo tendrá la saya; mas, enjre tanto, retiraos 
buenamente de Londres. Estamos convenidos. 

Wat-Tyler parecía bascar querella, y no quedó contento con las 
tranquilas palabras del joven rey. 

Detrás del rey estaba un escudero, que le llevaba la espada. 

—Dame tu daga, dijo Wat-Tyler al escudero. 

El rey ordenó á este que diese la daga al herrero. 

No contento aun Wat-Tyler continuó en su empeño. 

—Ahora, dijo, dame esa espada que tienes en las manos. 

— Es la espada del rey, contestó el escudero, y no te la daré: tú no 
eres digno de llevarla. Tú no eres mas que un hombre como yo, y 
si estuviésemos solos en la plaza, tú no hubieras dicho lo que aca- 
bas de decir. 

—{Ira de Dios! que no vuelva á entrar pan en mi boca si no te 
corto la cabeza, gritó Wat-Tyler, y al mismo tiempo se lanzó contra 
el escudero. 

El alcalde de Londres llegó en estos momentos delante del rey, y 
enterado de la cuestión, indignado, dijo á Wat-Tyler: 

—Mozo: ¿cómo tienes la osadía de pronunciar tales palabras delan- 
te de tu rey? eso es demasiado. 

Irritado Ricardo y viéndose sostenido por este refuerzo, por pe- 
queOo que fuese, y juzgando que habia llegado el momento de morir 
. gloriosamente ó de reconquistar todo lo que habia perdido en autori- 
dad, dijo: 

— Alcalde: poned la mano sobre ese hombre. 

—¡Hola! dijo Wat-Tyler al magistrado, ¿qué te importa á ti que 
yo haga ó diga tal ó tal cosa? Sigue tu camino. * 

—¡Miserable! esclamó el alcalde, vas á pagarme todas esas inju- 
rias. 

Y al mismo tiempo le asestó un tan rudo golpe de maza en la ca- 
beza, que el herrero cayó sin sentido á los pies de los caballos. 

Los hombres de la escolta del rey rodearon en seguida el cuerpo 

de Wat-Tyler para ocultarlo al genlio reunido en la Plaza, y el escu- 

. dero, nombrado Juan Standwich ó Growdich, acabó de darle muerte. 

Mas el pueblo se habia apercibido ya de este golpe de mano y gri- 



Digitized by 



Google 



di mor*. ni 

toba:— ¡Nuestro capitán ha sido asesinado! j Vamos! {vamos! y cada 
uno preparó su arco y sus flechas. 

El momento era critico: un minuto mas y todos los partidarios del 
rey serian muertos, con su jefe, sobre el cadáver de Wat-Tyler. 

Ricardo, que no tenia mas que diez y seis afios, se condujo como 
un hombre de genio: hizo retroceder á los suyos y avanzó solo y con 
la mano abierta hacia los rebeldes, dispuestos 4 tirarle. 

—Buenas gentes, dijo, ¿qué os hace falta? ¿un capitán? ¿mas no 
soy yo vuestro jefe? ¿Encontraras uno mejor que yo? Teneos en paz. 

El furor de los insurgentes bajó la cabeza delante de este valor y 
esta calma que presentó á los ojos de la multitud la majestad real. 
Ricardo se hizo seguir de estos veinte y cinco mil hombres y les con- 
dujo al campo, á fin de dejar fe Londres libre lo mas pronto posible. 

Habiaalli un número considerable de tropas aguerridas, y los se- 
ñores de la corte aconsejaron al principe lanzarlas contra esos des- 
graciados paisanos, á fin de exterminarlos todos. 

Se ve que la revancha pudo ser ampliamente tomada, y esta idea 
justifica en alguna manera los excesos de Wat- T y ler, que tuvo que 
obrar contra enemigos tales; mas el rey, joven y generoso, dej<ür li- 
bres á los paisanos; pero suprimió ó hizo suprimir por medio del par- 
lamento, todos los favores acordados á los municipios durante la in- 
surrección: las cartas de manumisión fueron revocadas, y el pueblo 
cayó en un» esclavitud mas dura que aquella de que habia intentado 
libertarse. 

Este mismo.dia, se hizo un pregón en Londres y publicó un ban- 
do» diciendo: que todo estranjeroque fuese encontrado en Londres al 
levantarse el sol del dia siguiente, y no pudiese justificar un afio de 
permanencia en esta ciudad, sería juzgado como traidor y condenado 
¿muerte. 

Estos desdichados comenzaron, no á retirarse, sino 4 huir; pues no 
se fiaban de la palabra real, y en verdad no sin razón, pues, lejos de 
salvarse, Juan Ball y Jacobo Straw fueron cogidos en unas ruinas 
donde se ocultaron. Eran necesarias al rey y ¿ los nobles ingleses 
cabezas para reemplazar sobre el puente de Londres las que Wat- 
Tyler habia hecho poner. Juan Ball y Straw fueron decapitados, asi 
como el cadáver de Wat Tyler; y sus cábeos reemplazaron las del 



Digitized by 



Google 



at rtft£tft)f<W 

arzobispo y de les otras víctimas del encono popula. Asi aóábó la re- 
vuelta de los comuneros, que sepultó la Inglaterra en la esclavitud y 
la barbarie, en lugar de darla libertad é ilustrarla. Así to pervierten 
todo con sus pasiones egoístas, los hombres que no tienen masque una 
aspiración instintiva hacia el derecho, y no principios fijos, ni cari- 
dad, ni religión. 

Eduardo IV el usurpador morid en 1482, & la edad del cuarenta y 
titt afios> habiendo reinado veinte y tres, y dejando cinco hijas y dos 
hijos, Eduardo, príncipe de Gales, dé trece aficto de edad, y Ricardo, 
duque de York, de siete años. 

Muerto el rey, cada uno se volvió hacia el nuevo sol de la corte: 
era este el duque de Glocester. El rey era anft demasiado joven par* 
esperar sus favores. 

Eduardo residía entonces etí Ludlow, en los confines del principa- 
do de Gales, y el conde de Rivers, su tio, personaje completo bajo to- 
dos punios de vista, guardaba este precioso depósito con todo el éui* 
dado que la nación debia esperar de un hombre de corazón y talento. 

Una facción había levantado la cabeza después de la muerte del 
rey: lord Haslings era el jefe. Era este ef eftemigo de la reiúat y de su 
familia, que había acaparado, sin pudor, (oda la autoridad, todo ef 
dinero y todo el favor bajo el reinado de Eduardo IV. 

El pueblo simpatizaba con esta facción, protectora de sus dere- 
chos, y el duque de Glocester no se había ocupado, durante quince 
afios, sino en Mantenerse en el favor del rey y en las simpatías de 
éste partido; mas, una vez libre del temor del rey, abandona el par- v 
(ido de la reina y se alió estrechamente con Hastings y los suyos, tú 
para sostener la cansa popular, sino para abrirse un camino mas cor- 
to para subir al trono. 

Era preciso, sin embargo, no despertarlas sospechas de la reina f 
apoderarse diestramente de los príncipes, sus competidores. Isabel, 
madre del joven rey, quería que este hiciese su entrada en Londres 
en compañía de un poderoso ejército, & fin de alejar todo intento en 
la facción Haslings, y destruirla, caso de necesidad, si levantaba la 
cabera. Hastings declaró que si se desplegaba un fal lujo de fuerza, 
lo cual era poner en duda su fidelidad, se retiraría á su gofcierno dé 
Calais con todos tos de s'n partido: esto era la ¿tierra civil. Gfocester 



Digitized by 



Google 



di rm<m- mí 

ajKPb¿ J* e*«ttpn)oa4e ftatiqgs,, y poca ájaco hpo *er A ,1a reina 
qoe teles medidas eran ofensivas é inútiles. Isabel, confiando 0M» 
amistad de sn cufiado, cedió é hito decir á lord Rivers que searo- 
tenUse con traer #1 joven rey coniuna.escolto oonventoutoi to ma- 
jestad del soberano. 

Gloceeter .reunió nn acompañamiento iinpqnepte 7 salió de ,York 
para conducir, dijo él, el rey á Londres; mas lord Rivera, temiendo 
que tonto «efior y .gente de armas no fuesen nn obstáculo, hizo, lomar 
la delantera ,al rey y le envió por otro camino á Stony*Straflbrd, y él 
mismo *e presentó en Nort-hampton, .donde .estaban Qlqceeter y el 
dnqne de Budkingham prontos á reunirse con el cortejo xeal. 

pensóse lord Jtivecs con el dnqne acerca de sn determinación,, y 
«legó algunas rabones, que fueron bien acogidas ppr Gloceater,, 
quien ,pasó una grap.pai^e de la noche con Riñere y Buckingham. 

Altdia siguiente por la mafiaua, entrando con estos principes en 
Stony-Strafibrd,donde fueron á reunirse con el re,y, Rivers fné arres- 
tadp por orden de.Glocester. Arrestóse también a Ricardo Gray, «no 
de los hijos que tenia la reina de su primer matrimonio con lord 
Gay, aei «pmp.a «ir Thomfw Vangham, uno dolos Primeros oficiales 
déla /paae.del rey. 

Am«olP Polaco mé hábil: esos hombres habían sido señalados 
al encono del pueblo por el partido Baalings, y su ruina cansó una 
verdadera alegría en Londres, donde Gloeester fué recibido cqn uni- 
Tjvsales aclamaciones. 

Isabel, desengañada por la conducta de sn pérfido cufiado, com- 
pendió de una vez todas aus esperanzas, y segura de que aquél no 
ae coAleataria con lo hecho, huyó con sus hijas y el joven duque de 
I«rt, áU abadía de Westminster. 

Ceta residencia M¡a «>do eiempre nn asilo sagrado; mas Glocee- 
ter pretendió que la retirada de la reina era una ofensa hecha al go- 
bkcnp, y que el.duqne de York debia ser dado á la pación,, como su 
hermano, en vetde^sUr en tos manos de un.partido anii-nacional; 
g lfegp.haato decir que si Jsabel no entregaba de bnen grado al joven 
jK<nc¡ne,,el rgobierno lo lomarte por fuerza. ,Sin embargo, Glocester 
no empleo ninguno de estos medios extremos, y, poniendo enjuego 
su «alucia, fura persuadir i cada uno deja pureza de sus intencio- 



" 



Digitized by 



Google 



MO PRISIONES 

nes, comprometió á los dos arzobispos de Londres y de York para 
obtener de la reina que diese su hijo. 

Dejáronse engañar esos dos prelados, y decidieron á la reina, des- 
pués de muchas instancias. Isabel no cedió sino al temor de ver á 
Glocester emplear la violencia; y cual si presintiese el porvenir, no se 
separó del joven duque de York sino después de haberle cubierto 
varias veces de besos y lágrimas. 

Glocester tenia, pues, en su poder á los dos hijos de Eduardo, que 
eran un obstáculo á sus designios; mas de este primer paso hasta la 
realización de lo que se proponía el sanguinario protector, ¡qué dis- 
tancia, si un crimen no la hacia desaparecer! 

El protector habló con Buckingham del porvenir, mostróle la ne- 
nesidad de satisfacer el encono del pueblo contra el partido de la rei- 
na, y el asesinato de Rivers, de Ricardo Gray y de Vangham fué acor- 
dado, teniendo lugar en el castillo de Pomfret, donde habían sido lle- 
vados después de su arresto. 

Buckingham habia consentido en esta ejecución; mas él no era el 
solo personaje importante del partido: el acuerdo de lord Hastings 
era también necesario á los deseos del protector; mas Hastins no tra- 
bajaba contra la reina con el objeto de servir un interés personal, y 
protestó que nada le baria faltar á la fidelidad debida á los hijos del 
soberano, que habia sido su amigo. 

Glocester midió de una sola mirada los resultados de esta repulsa, 
y se decidió prontamente á perder á lord Hastings, antes que viniese 
á ser, para él, un poderoso obstáculo. 

Se acababa de asesinar en Pomfret á los tres señores amigos de la 
reina. El consejo se citó por disposición de Hastings en la Torre de 
Londres, y los consejeros fueron llegando uno después de otro, sin 
que se pudiese sospechar la mas leve sombra de resentimiento en el 
corazón de Glocester. El protector estuvo alegre y cariñoso con to- 
dos, y cumplimentó á Morlón, obispo de Elly, sobre la calidad de las 
fresas tempranas que cultivaba en su jardín de Holborn. 

— Milord, están á vuestra disposición, dijo el obispo, y yo quiero 
que antes de una hora pueda vuestra gracia comer las mejores y mas 
hermosas. 

—Con mucho gusto, dijo Glocester con espansion. Mas, escusad* 



Digitized by 



Google 



ni rotor*. m 

me, milores: un correo me aguarda en mi despacho: vuelvo dentro 
de algunos minuto. 

T asi diciendo salió de la estancia. 

Los consejeros hicieron tiempo ocupándose de sns negocios ó de 
sos placeres. 

Lord Hastings fué el último que llegó al consejo, é invitó á varios 
de los asistentes, amigos suyos, á una partida de caza que habia 
proyectado en su casa de campo, con su querida Juana Shore. Esta 
dama, que habia estado en relaciones íntimas con el rey difunto, se 
habia dado después á lord Hastings, y, aunque rival de Isabel, era 
no obstante del partido real, con las modificaciones de opinión que 
lord Hastings habia introducido en este bando. 

Aguardábase, pues, en la sala del consejo la vuelta de Giocester, 
cundo se presentó de repente, con la frente sombría y los ojos infla- 
mados. Cambio tan brusco no era mas que la máscara que aquel si- 
niestro actor acababa de hacer adoptar á su semblante para represen- 
tar el papel que se habia propuesto. 

—¿Qué castigo, esclamó, merecen aquellos que han concertado 
darme muerte, á mi, jefe del Estado y lio del rey de Inglaterra? Hé 
aqii la cuestión que yo vengo á someter al consejo: bien merece que 
nos ocopemos de ella sin pérdida de tiempo. 

Hastings fué cogido en el lazo: se figuró que el duque acababa de 
saber alguna conspiración tramada contra su persona. 

—Esos criminales, dijo, merecen el castigo que se impone á los 
traidores: deben ser castigados con la muerte. ¿Quiénes son, milord? 

—Esos traidores, respondió Giocester, con un furor cada vez mas 
creciente, son la hechicera Isabel, esposa de mi hermano, y otra he- 
chicera, Juana Shore, querida de mi hermano. Sos encantamientos y 

sortilegios han producido el miserable estado en que me veis 

¡Mirad! 

T el pérfido, abriendo ona de las mangas de su jubón, mostró des- 
nudo uno de sus brazos, seco, disecado como el brazo de un esquele- 
to. Esta era una de las deformidades de ese monstruo, deformidad de 
nacimiento y de la cual, en (acorte, lodos tenían conocimiento. 

Cuando le oyeron hablar asi, los miembros del consejo le creyeron 
loco ó en estado de embriaguez. En Hastings, el nombre de so qne- 



Digitized by 



Google 



3 i * PuffiluRlv 

rl*fl, mwbiadb etf twfrsibg*ai< aMiriltf; fcáttfe despertad* *nfhtffcDtW 
mas dolorosos. 

—¿Llamáis vos á eso ana resfrtWetttf eadamótf plWOMW. ¿Creéis 
qrtíe me satfefflré' con» vtíOWfa* patabraar EsUtó beetiícaraa tSmm cóm- 
plices, de los cuales vos sois el principal. El primer traidor sofe< vos, 
y, por satí Pablo, que tío me salaré á> cflttfer si'a&tos m» me* traen 
vuestra cabe»*. 

Baritittg^ do to«s»o tiempo para responder. Bl protector, gotyyBÓ'fae*" 
tementfc'la mfesa del' consejo, y á esta* sefiat e) saftm toé invadid* por 
gente de arma». Lord' Stanley, que hifcé>dn movimiento, riecibtf utf 
hachare étt la cabeza y hubiera sido' muerte di no» se hnbiefce* oculta^ 
do debajo de la mesa. Efcstítigs; preso por tos» soldados, faé arrtfetra^ 
cToha^á él palto dtflaTonre', 4onde sobre uoirotrt»i de árbol; queha- 
btof alH por casualidad» le toó cortada la cabeza 1 . Dos horas* <te*pM> 
se pttMteó eflíLóndrafc' ana alocución^ esteno y en w entilo eéoogiito, 
etí la cual, todos tos- crímenes* de lor* Hasiiofcs, contados enfátioamen- 
te, justificaron una ejecución que* no debió 1 agraria* at púbiieo; mw 
nadie 4 se J dejó 1 engallar poret protector, y un comerciante dtf ía Citó 
pronunció esitf frase, que hiao fortuna ed Lóodireái 

* El 1 autor de esta mamfeslaoiofl es un¿ profeta, porque- tai debido 
empezar ayer la relación del asesinato que do ha tenido togar haMif 
bOy.* 

Lord Stanley, el arzobispo dé Yorfe, y Morton, obispo de Bely, et 
misfiío cuyas 1 fresas habla elogiado tanto el protector, fawon paestos 
en prisión en diverso* departamentos de la Torre. 

luana Shore, llevada delante del consejo para responder do los he- 
chos de sortilegio que se la imputaban, respondió fácil y victoriosa- 
mente, aun en esar época de groseras supersticiones, á la ridicula acu-' 
sacien del protector. Cambió entonces éste de pifen; y reprocbéndola 
sus adulterios y sus excesos, la llevó delante del tribunal eclesiástico, 
el cual la condenó á hacer penitencia, en camisa», en la iglesia de San 
Pablo, y 4 la confiscación de todos sus bienes, Juana Shore, reducida 
al oprobio y á la mayor miseria, murió sola y siA socorros, en la ciu- 
dad donde tantos amigos la habían adulado en el tiempo de su brillan- 
te fortuna. 

La conduela del protector no era tan obscura que do déjase etf- 



Digitized by 



Google 



aie 

o^sl*Masr*H*riag»yaa<^bbanfclo*h^ 
do mas qae enemigos implacables y sin generosidad, ó deCenmos* tí- 
midos y débiles; perol» mspHhdr ranl lea sostsaia; aan* ysn madre 
vtbfae*po* ellos. 

Sloéeeter alaeó>eates do» puntos de un solo golpe, comprando ha 
ooofeeieneade no pretal*, Sliliingten, obispo de Balb, el. cual declaró 
qao antes* decaeame kabeb Gray, enamorado Eduardo IV de Eleonora 
Talbot, de la qae no pndo vencer la resistencia,, se había, casado, 
elaadoaliaameele esa eUay dataste de él. Isabel Gaay no era, pees, 
la mojar legítima, sida ti oeneabma de Edgardo: losdb» principe* 
osea bastarte* 

Ea eie<ri»& los> hipa del daqaed* Ciareocey osadeBadb i macule 
por so hermano, á loaoaale* wlwa la eonoite, coa eaoloaien de<sos 
parientes, GHoeastet b» establecer qae ei bíU de proscripción lanudo 
osota* Clttenc* heci* á los bijos d» esto inhibiles* para reinar en In- 
gtatecr». No* quedaba ya,.paeev ccmpalider iGlocester.élera ánioo 
y Ibgilima heredero de la oas* de York. 

Sin embargo, haciese precie* pitaba* ptenesnent* esto matrimonio 
ctodcsiiae de Eduardo IV ooa BleoDora Talbot, y también* ola» naeor* 
sano consagrar la exhereriecien deles hijos te Clárente, y lodo esto 
era- largo y dificü, por lo oaal Glooeater recurrid á otro expediente. 
Hmo córner la ?oa de qae si madre, ladaqaest do York, madre tan* 
bisa ddldtfaota rey y de Cíatenos babia tenido anuales, y qne 
Bdnardo IV y Clarence habían nacido de estas, relaeionet adúlteras; 
pao qpe é! y Gloeeeler, Ank» trotar de la legita* anión* era sealmea- 
ledaqae de York. Este insolenta* y asíjaeroea. mentira, con la coalel 
infamo dwhonraba i sa madre, mojar de ana virtad intachable» faé 
proclamada e» ptaaa> cátedra por un predicador ai servicio do Glece* 
ter, preparando, para dar resaltado 4 este sacrilegio* ana tersa* <pe 
ai ana Meo siqaier*el valor dsl afeólo escénico» 

H predicador dato* contar ai peabio lodo le qae aoabamoa*de de* 
cir, y ca el mamante qae preñándose el nombre de Gloosstér,. qae se 
Mamab* Bicaiffc, esto debfe cabmr en la iglesia, oaaao por carnalidad, 
ain de qae el aaditorio, biea preparado, grítase: ¡Yira aaeairo rey 
Ucardoi 

Héaqai como flsé la escena. 



Digitized by 



Google 



114 P1M0HRS 

El doctor Shaw, el predicador comprado, había tomado por texto 
este pasaje: 

« Los ingertos bastardos no serán de provecho. » 

Después que hubo trabajado en pomposos términos la memoria de 
Eduardo IV y de su hermano, y el honor de la duquesa de York, que 
Tivia aun, pasó al panegírico de Glocester, y juzgando que ya era la 
hora de preparar el terreno al protector para que entrase en escena , 
comenzó á esclamar: 

— ¡Ved ese hombre de genio, ese principe ilustre, la vita imagen 
del valiente Ricardo, su padre, que fué vuestro héroe, vuestro ¡dolo!.. . 
¿No reconocéis al padre en el alma y en la figura del hijo?... Hé aqui 
aquél que debéis amar y respetar: á él es k quien es preciso obedecer, 
y no & todos esos bastardos, á todos esos intrusos. 

Sbaw no cesaba de mirar á la puerta de la iglesia: el protector no 
aparecía. Habia faltado á su entrada: el efecto estaba perdido , El pre- 
dicador comenzó de nuevo su prosopopeya. El principe entró esta vez; 
mas nadie dio el grito que se aguardaba, y fué preciso que los cría- 
dos de Buckingham y de Glocester excitasen el celo de algunos hom- 
bres del pueblo bajo , para que prorumpiesen en una aclamación 
helada y mezquina de: ¡Viva el rey Ricardo! 

Esto pareció suficiente á Glocester: aceptó loque el voto nacional le 
daba, y desde este momento, se abrogó el titulo y la autoridad de rey. 

Después de esta elección, Glocester, ó mas bien Ricardo III, no te- 
nia que temer sino la ofensiva del partido real, mas era hombre 
prudente y digno principe, y amaba mucho la tranquilidad. ¿Cómo 
vivir y reinar peniblemente, con la perspectiva de una guerra civil qae 
tarde ó temprano encenderían las pretensiones del joven Eduardo y 
de su hermano? Ricardo III siguió la impulsión de su política y de 
especial humanidad. 

Los dos nifios, arrancados á su madre, aguardaban, confinados en 
la Torre, el fin de todas estas traiciones, el uno para ser vuelto á su 
madre, el otro para subir al trono de su padre. Ricardo mandó á 
Sir Robert Brakenbury, gobernador de la Torre, dar muerte á los dos 
principes que tenia bajo su guarda; mas Brakenbury , hombre de ho- 
nor, se negó á manchar sus manos con sangre inocente. Ricardo III 
salvó bien pronto el obstáculo. 



Digitized by 



Google 



MIOMtt. m 

Tenialieardo «roa de ti 4 un hidalga arruinado, llamado Juan 
Tyrrel, dispuesto á lodo por rehacer su fortuna. Llamóle Ricardo y 
prometióle oro y honores si se encargaba del asunto. Tyrrel se negó 
al pronto: después escuchó las proposiciones. 

—Has, señor, dijo, la Torre está bien guardada, y si Brakenbury 
se desvia de vuestra majestad, no dejará que nadie se aproxime á los 
principes. 

— Yo te daré una orden para Brakenbury. ¿Cuánto tiempo necesi- 
tas para la operación? 

—Eso depende, seüor Mas es necesario estar en completa li- 
bertad, y... 

Tyrrel temía que Ricardo, después del asesinato, se deshiciese de 
su cómplice. 

—¿Supongo que irás solo? dijo Ricardo. 

—Eso depende, sefior... 

—¿De los niños? 

—¡Oh! sefior, pueden gritar 

— Prakenbory te dará esta noche las llaves de la Torre: entra á la 
hora que quieras. 

—¡Hoy bien! ¿y seré duefio absoluto durante el tiempo necesario 
para el cumplimiento de vuestro proyecto? 

— «. 

Tyrrel, tomadas estas precauciones, escogió tres hombres en los 
eualespodia contar. Estos fueron: Slater, Dighton y Forrest. No les 
ocultó ni el nombre de las victimas ni el del asesino supremo, y les 
hiio ver la importancia de asegurarse la retirada después de la ejecu- 
ción, ¿sos dignos asociados pusieron sus condiciones y se prepararon. 

Cuando llegó la noche, Tyrrel fué á casa de Brakenbury con la or- 
den convenida. Es costumbre que las llaves de la Torre sean remitidas 
por la noche al gobernador, quien las guarda hasta el dia siguiente. 

Tyrrel, introducido en casa del gobernador, le encerró en sus apar* 
lamentos, se apoderó de las llaves, y dio entrada ásus cómplices. Los 
dos infartes dormían profundamente, y los asesinos pudieron oír, de- 
trás de la puerta del dormitorio de estos, su respiración acompasada 
y tranquila. 
Tyrrel, asaque retrocediese delante de tan horrible ejecución, sea 



Digitized by 



Google 



que no quhfeae contar ágatie el cuidado dem propia jegorilad, 
sea que ¡juzgase masdeshonroso^l^to material «que laidwecdioode 
<la empresa, es el hecho que ¡introdujo á'Jos tres>as6Sin<K!en>lacáma«a 
de los infantes, y que él qnerióiueraihaoieade centinela fin ^evitar 
'teda eorpnesa. 

Los 4*eaoes*e arrojaron eebre los Jechos, y abogaren 'bájelas al- 
mohadas á sus víctimas, porque tuvieron miedo de verter la sangre 
-nal, ú vas bien de despertar con los fritos ios «eos de la Torre. 

Consumado el asesinato, los asesinos llamaron A Tyrrel y tamoatoa- 
ron lostoadáveres. Examinóles ¿este, »y seguro de que su mandato ba- 
bia sido ejecutado, conduciendo á sus cómplices al pié de.la escalera 
-y mostrándoles -unos escombres y piedme amontonadas, que hábia 
alli, les dijo: 
—Apartad esas piedras y 'tarad «debajo unaibea. 
Obedecieron estos, y los dos cadáveres fueron arrojad** en Ja -fosa 
y cubiertos á la ligera. 

Tyrrel salió de la Torre con sua hombres, *in hftber etda mqpiela- 
4o un sotoiustante. 

Las particularidades de este crimen fueron conocidas ep el remado 
«¡guíente por las. declaraciones áe losflrimos «sesiopa. 

Enrique VI, sucesor de dtieardo <III, nocastigdá fyml niáeus 
cómplices, seguramente, dice un historiador, porque ese príncipe, 
«uyas márimas <de gobierno tendían «1 dqspotiamo, quiso .establecer 
fonprindpio: que tes órdenes. del soberano reinante justifican á los 
quclas lejaoitan, sea «1 que faore ao resoltado. 

Se deoia también que Ricardo III, no contento de: una sepulUwa 
tan poco conveniente para sua sobrinos, los biso desenterrar ipor su 
capellán <y deporitar en tierra sagrada; mas que habiendo muerto 
este oapellan, poco tiempo después, el lugar de Ja «epultora «quedó 
desconocido, á pesar délas pesquisas que el rey Enrique VII mand0 
bailar sobre osle punto; mas. estas creencias han perdido <su fundamen- 
to después «del minado def Cavíos II, emeleual solevantaron ilpman 
piedras de la * escalena yeeoecavéipor^l jilioen que los dos prin- 
cipes habían aidoionterrados'por Tyroel, dondetfueron encontradas te 
osamentas de dos cuerpos cuyas proporciones correspondía* parfeo- 
éamettte &ia edad «de Eduardo y de su bemano. Cartea II oaoó en 



Digitized by 



Google 



Lm hijti it Ediardt. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



01 NOfif*. II? 

i qoe loe «lámelas encontradoa orí» de tal de* jóvenes 
príncipes, y q«e #1 capellán de Ricardo 111 murió, aio duda, antea da 
hacer la eihomactoo que ae le habla encomendado. 

Se esplica la inulilidad de las pesquisad hechas per Enrique VII por 
la razón de que, creyeodo eo la traslación de loa cuerpos, eale rey lea 
Uso buscar por todas partea escoplo eo el sitio donde Tyrre) los habia 
depositado. Una toad» de mármol fué levantada por Garlos II & loa 
hgos de Eduardo, donde reposan aun loa restos de estos malogrado* 
príncipes. 

Pero lo qoe no se podía creer, lo qae sobrepuja, pqede ser, la foro* 
calad de Ricardo, ea la cobardía y la bajeia de Isabel, cuyo hermano 
é hijos habia asesinado aquel monstruo. 

Viendo Ricardo III á sos paludarios sable? adoa contra él, i causa 
de sos crímenes, y pesarosos de haberle dado asistencia, loa que 
uniéndose á la reina viada, podían producir conflictos; trató do hacer 
toa reconciliación con Isabel; y la biso tantas protestas de amulad, 
4 maa bien ella fué tan olvidadiza y cobarde, qae consintió en presen- 
tarse een sos hijaa en la corte del tirano. Has esto no era anas qoe ba* 
jen, y la estaba reservado cubrirse de infamia. 

So hija prúoogénito era solicitada por el conde do Riokmond, jefe 
del partido sublevado contra el sanguinario Ricardo. Esta alienta dft» 
bia asegurar el triunfo de la causa que dorante tanto tiempo y too le* 
gitimaoMote había sostenido Isabel. Ricardo proyectó quílar al copde 
Richmood ese elemento de victoria y casarse él mismo con la joven 
babel, legitimo heredera de la corona de Inglaterra, 

Maa para llegar & esto eran preciso dos cotas: el eonsentiipieBfc) de 
la reina, cuyos hijos habían sido asesinados, y la ruptura de un ma« 
Irimeoio que Ricardo habia contraído con Ana de Warwick, v inda del 
principe de Gales, su víctima. Ricardo no se sintió esta vez mas osero» 
palooe qoe anteriormente: hizo envenenar 4 *u wijer y rompió asi 
al malrüoooio. 

En cuanto al consentimiento de Isabel.... 41 lo obtuvo. 

fisto princesa, cansada de vivirán el airamiento, deseaba entrar el 
los privilegios de reina viuda. Esta mUerable ambicien la hizo olvidar 
laa ñus sanias leyes da lo humanidad, y promolié 4 Ricardo la mano 
do ooo princesa 4 lo cual él habia asesinado tres hermanos y un lio. 
isusu IS 



Digitized by 



Google 



3*71 ntisroms 

Una tez aliada esta princesa con Ricardo, escribió á ras partida- 
rios para que abandonasen al conde Richmond, y se asociasen coa el 
usurpador. Mas Dios faó justo, y Ricardo III, habiendo sido obligado 
á levantar un ejército para rechazar al de Richmond, fué á encontrarse 
con su enemigo en Bosworth, cerca de Leicesler. 

Lord Stanley, que después del golpe de hacha recibido en la Torre 
el dia del asesinato de Hastings, terminada su prisión en la fortaleza, 
había vuelto á la gracia de Ricardo, disimulando hábilmente su de- 
seo de venganza, en la batalla de Bosworth mandaba, por Ricardo, un 
cuerpo de siete mil hombres. 

Es verdad que Ricardo, al dar el mando á Stanley, habia guardado 
el hijo primogénito de este en prueba de su fé, y Stanley, contenido 
por este freno, tenia que obrar con una circunspección fácil de com- 
prender. 

Colócese Stanley, con sus siete mil hombres en una situación á pro- 
pósito para poder pasar á su gusto del uno al otro campo. 

Ricardo adivinó su plan, y, ciego de cólera, hubiera hecho matar 
sobre el campo al hijo de Stanley, si no hubiese temido dará este se* 
flor razón bastante á hacerle traición caso qne no estuviese decidido 
ann, asi como descorazonar á sus tropas haciéndoles entrever que po- 
dían perder la batalla. 

El combate se empelló bien pronto. 

Ricardo mandaba el centro de su ejército, y Richmond el centro del 
suyo. 

Tan luego como Stanley vio á su hijo libre, por el movimiento de 
los cuerpos del ejército real, se puso en marcha y pasó al campo de 
Richmond. 

Esta maniobra hizo dar gritos de alegría á los soldados del conde, 
y sembró la consternación en las tropas de Ricardo. 

Este, juzgando que era preciso decidir la partida por un golpe de au- 
dacia , se lanzó en la pelea para encontrar al conde de Richmond y ma- 
tarle ó hacerse matar. Hizo caer en tierra al porta-estandarte del con- 
de, desmontó á otro caballero, y habia desafiado á Richmond á un com- 
bate singular, cuando Stanley llegó con sus tropas y circundó á Ricar- 
do. El usurpador, ahogado bajo el número, encontró la muerte del sol- 
dado, en lugar del cadalso que ie aguardaba después de su derrota. 



Digitized by 



Google 



MIOROTá Si* 

9u CMrpo, cubierto de sangre y casi destrozado, feo arrastrado por el 
campo de batalla por eolre los cadáveres de los enemigos á quien él 
había dado muerte. Después se le atravesó sobre no caballo y fué con- 
ducido al convento de los Hermanos de Leicester, donde fné enterra- 
do en medio de las maldiciones déla multitud. 



U. 



Aenoioe de Ana de Boleo* y ruina del cardenal Wolsey.— Jacobo Beiobao en la 
Torre.— fcisher, obispo de Rocbester y Tomás Moro encerrados eo la Torre y eje- 
colados. — Diforcio de Boriqae VIII y Catalina de Aragón.— Ana de Bolena silbe 
al trono. — Boriqoe VIÜ enamorado de Joana Seymoor. — Rompe su matrimooio con 
Aoa de Boleos y la hace poner presa en la Torre.— Ana de Bolena es condenada 
t ■ n c rte y decapitada. 



* Las crueldades de Enrique VII, verdaderas necesidades políticas, 
habían servido para mantener á este principe sobre el trono, desde el 
caal babia reioado largo tiempo tranquilamente, á pesar de la sórdida 
avaricia que le había hecho odioso á su pueblo. 

Tuvo este rey por sucesor á su hijo Enrique, cuya legitimidad como 
monarca no foé contradicha. 

Enrique VIII fué, como Francisco I su rival, nno de los hombres 
de Europa. 

Casado a la edad de doce afios con la viuda de su hermano Arturo, 
Gataliaa de Aragón, había murmurado contra esa alianza que le en* 
cadenaba con una princesa de seis afios mas de edad que él. 

Enrique VII, su padre, que habia hecho este matrimonio atendien- 
do» conveniencias políticas, le había recomendado romperle, tan pron- 
to como le fuese posible, siu perjudicar los intereses de su corona. 

Enrique VIII vivió veinte afios siendo esposo de Catalina, de la qne 
tuvo varios hijos, y foé al cabo de veinte afios cuando se apercibió de 
que la alianza de un cufiado con su colada tenia ciertos caracteres de 
ilegitimidad, buenos de examinar por una conciencia escrupulosa. 

Esta idea le vino una larde que eo el jardín del palacio de York, 
«matado par el cardenal Wolsey, su fovorilo, vio las bellas jóvenes 



Digitized by 



Google 



0«* PtMIOfBS 

quetrnátan ti corté. Wdeey, «1 ^n<*rdenal,b<»ltte elevada, por 
lu genis de ia nada «1 favor de Enrique VIII, es decir al mas alto 
poder, do descuídate el procurar á su señor edos espectáculos, ¿ los 
que era muy aficionado. 

—Dé aquí rostros encantadores, candeaal, dijo Enrique VIH, y 
que, si los veis con frecuencia, deben distraeros de la política. Mis 
negocios sufrirán, Wolsey, si todas estas jóvenes pasan muchas horas 
aqui. 

— Señor, dijo el cardenal, ellas son aquí como esas flores que se 
abren cuando aparece el sol: vuestra majestad las atrae y hace exhalar 
perfume; mas una vez ausente el rey, este palacio volverá á estar ett 
calma, desierto: la política reinará sola. 

—¡Qué aturdida es esta juventud!... dijo Enrique pensativo. 

—Es que desea que se fije la atención en el ruido que haoe, sefior; 
mas este ruido os fatiga ya... ¿Quiere vuestra Majestad que pasee- 
mos en otro jardin? 

—No... Ab, ellas cantan... en finalices, 

— EHas cantan y ellas ríen... son locas en verdad. 

—Una voz, dijo el rey, domina todas las otras, se me figura. 

— Si, sefior, vuestra majestad no se engaña: es la franoesa que 
OMta* es ella la que siembra la alegría donde quiera que está: es pre- 
ciso que se mueva ó que se ría. 

—¿La francesa, decís? dijo el rey con una ligera etoaocion, que no 
escapó á la mirada de Wolsey. ¿Cuál es? 

—Es Ana de Bolena, señor, á quien llaman así áoausa de la larga 
permanencia qie hice en Francia cuando sirvió á Claudia, esposa de 
Francisco I. 

—¡Ahí jes verdad... Tía llaman la francesa... ¿y es muy risueña? 

El rey no quitó los ojos del grupo de las jóvenes, y Ana, sobre to- 
do, fué el constante objeto de sus miradas. 

Wolsey no se apercibió á tiempo para dejar de decir: 

— ¡Cabexa local corazón ligero... verdaderamente francés, señor. 

El rey sintió colorear sus mejillas. 

—No la conozco, dijo: mostradme esa alborotadora criatura. 

—Ved, sefior: esa linda* esa encantadora cabeza rabia, de ojos azu- 
les, de labios rojos y dientes finés y blancos... Ved como mira y ria» 



Digitized by 



Google 



rus aunar* t*i 

la aria twieÉo TmWre la cabe».. . ¡Qué admirable cuello de náoar! 

— Es agradable, dijo gravemente el rey,, cayos ojo* «s totea Uenoe 
de melancólica simpatía. 

Algaaes segundos después Enrique VIH salió del j ardió. 

Cuando montó á caballo para volver al palacio, en la fila de corte» 
sanos qoe le saludaban á su paso, vio los mismos ojos azules, los mis- 
mos dientes blancos, en que se había fijado, puestos en juego por el % 
entusiasma, gritar mas alio que todos los otros: 

— (Dios sal ve ai rey! 

Enrique VU1 volvió la cabeza de otro lado; usas no se sintió enro~ 
jeoer esta vea, sino que palideció como el bueno de Enrique IV cuan- 
do vio á la de Montmorency repetir ese baile en que lanzaba con tan- 
ta gracia una azagaya de madera dorada. 

Algunos días después de esta escena, la melancolía del rey era 
mayar, y Wolsey, & quien un gesto, una mirada de su sefior intere- 
saba mas que todos ios secretos del mundo, aun no había podido dar 
coa la causa. 

fiáoste estado, un dia la dijo el rey de improvise: 

—Cardenal, soy bien desgraciado. 

Esta declaración era estrafia y sin venir k propósito; mas para 
Wolsay fué la espiosíea de una tempestad qoe ya había adivinado. 

— ¡Vos, mi rey, desdichado! ¡el principe mas poderoso del man- 
do! esclamó con una desesperación admirablemente representada. 

—Soy desdichado, repitió Enrique... Tranquilizaos, cardenal: no 
es culpa vuestra. 

—Man, sefior, confiad i vuestra humilde sábdíto... 

—Es un negocio de conciencia.. . 

— Yo soy de la iglesia, sefior, y versado en asas materias: baMad, 
pues, sefior. 

El rey lanzó un gran suspiro, y apoyó sa frente sobre las manos. 

—Es un gran peso la corona, ¿no es verdad, sefior? 

— No le fatigues, Wolsey, mi buen servidor, en descubrir mi se- 
cméo. Tú morirías, yo lo sé, por salvarme do la aflicción. 

—¡Oh, sefior, mil veces, si fuese preciso! 

—Mi conciencia es mi verdugo, cardenal; yo soy criminal por vi- 
vir con la mujer de mi hermano. 



Digitized by 



Google 



SSf FUSIONES 

La caída dé un rayo do hubiera sorprendido mas en tal monéate 
al cardenal que esta declaración hecha después de veinte años. 

— ¿Qué dices? ¿No tengo razón, teológicamente? 

Wolsey reflexionó al instante que si el rey tenia conciencia, esta 
no debía hablar sino á otra buena conciencia. 

—Yo no oso deciros mi manera de pensar, señor, contestó. 

—Hablad siempre, cardenal. 

—Es verdad, señor, el caso es grave. Mas, se asegura, que el 
principe Arturo vuestro hermano, de quien es viuda la reina, no ha- 
bía consumado su matrimonio, y esto es público, ó al menos... 

El rey levantó tan vivamente la cabeza, que el cardenal compren- 
dió su imprudencia. Luego dijo: Evidentemente, Enrique, hay que 
estar equivocado. 

— Yo digo que esto es público, es decir: que el público lo cree, 
continuó Wolsey; mas, en fin, señor, vuestra conciencia ha podido 
vivir tranquila duranto largo tiempo; Dios ha parecido bendecir esta 
unión por las dichas que os ha acordado 

— iDichasi esclamó Enrique VIII, ¿y sois vos, cardenal, quien ha- 
bla asi? Mirad mi vida íntima: ¿dónde encontráis vos en mi casa las 
dichas de Dios? En cuanto á mí, yo no veo mas que su cólera. Todos 

mis hijos muertos sucesivamente, ¡mi hijo sobre todo! Una sola 

hija me resta como por mostrarme que Dios me niega un heredero 
varón... Es la maldición, cardenal, es la mano de Dios, es, en fin, la 
realidad de este versículo de la Escritura: « ¡Maldito sea aquel que 
se casa con la mujer de su hermano. Que viva mal con ella, que no 
tenga jamás hijos varones, y que si los tiene por casualidad, mueran!» 

Enrique VIH pronunció estas palabras con tal vehemencia, que el fa- 
vorito comprendió cuan difícil era la discusión sobre este punto. Se* 
guramente Enrique había tomado ya su resolución. 

Wolsey se poso á reflexionar y, dando á su inteligente semblante la 
espresion mas sombría, dijo: 

—En efecto, señor, me amedrentáis. 

Y en su interior se preguntaba con que objeto y después de tanto 
tiempo el rey era tan escrupuloso de conciencia. 

— ¡Yo consultaré á los doctores, al Papa! esclamó Enrique; porque, 
en fin, yo no quiero vivir en pecado mortal. 



Digitized by 



Google 



M RÜIOFA. SSt 

* — |Ok cielo! ¡será esto posible! dijo Wolsey. Se&or, yo voy i bus- 
car lo mas pronto posible Yo enviaré hoy mismo á Roma 

— Muy bien esto no impide que se reúnan los doctores. 

—Se les reuoirá. Oiremos la opinión del famoso Tomás Moro, la 
de TUher, el obispo de Rochester 

To conozco un hábil teólogo: es el decano de los jesuítas de Cam- 
bridge, un hombre muy sabio 

—Que se llama 

— Cranmer. 

—Nosotros le consultaremos... Enviad de todas maneras A Roma.. . 

Wolsey se alejó repitiéndose que el rey tenia ciertamente alguna 
cosa. Esta cosa era aun un secreto que Wolsey debia descubrir mas 
tarde, pagando bien caro su descubrimiento. 

Siguiendo alternativamente el hilo de las ideas del rey, el cardenal 
se convenció de que Enrique deseaba romper su matrimonio. La im* 
paciencia con la cual aguardaba los correos de Roma, y la frialdad 
mas que cruel que guardaba con Catalina de Aragón, eran indicios 
suficientes. Ha» su inquietud y el particular cuidado que se tomaba 
en su compostura, dejaban entrever otra cosa: el rey estaba, puede 
ser, enamorado. 

Esto dejó de ser bien pronto un misterio. Enrique VIH dijo una no- 
che i Wolsey: 

—Cardenal, he pensado en el gran inconveniente que se levantará 
si los doctores me aconsejan el divorcio. 

—¿Cuál, sefior? 

—Hay una bula decretal del Papa aprobando mi matrimonio.. ... 
está, pues, consagrado por la curia romana... es, pues, irremisible. 
—No tanto, majestad. Roma no hace jamás nada que no pueda 
deshacer. Un Papa os ha casado... un Papa os separará de la reina. 
Para anular una bula, es suficiente que se pruebe que ha sido arran- 
cada ú obtenida con capción. Es suficiente que se pruebe error en el 
Pontífice que la ha firmado. 

—Vos sabéis esto mejor que yo, Wolsey, puesto que sois car- 
denal... Mas decidme: ¿sabéis qoe esa joven francesa, de la cual me 
hablasteis el otro dia, es una excelente inglesa? 
—¿Qué francesa, sefior? dijo Wolsey con curiosidad. 



Digitized by 



Google 



SSI NtUKHIKS 

—Y de troa de las mejores familias de Inglaterra. Su padre es pa- 
riente de les Hastings, y su madre es Norfolk. 

—Mas, ¿quién? pregante impaciente Wolsey. 

—Ana de Bolena. 

El cardenal se guardó bien de mostrar la menor sorpresa: acaba- 
ba de descubrir el secreto. 

—¡Qué encantadora mujer! 

—Sí, j verdaderamente encantadora! Mas... ¿ligera, loca, habéis 
dicho? 

—¿Te lo be dicho? preguntó el cardenal con inquietud; pues me 
he equivocado, sin duda. ¿Se puede juzgar de una mujer con solo 
verla? 

Wolsey se prometió vigilar esta pasión naciente, y no dejarse 
reemplazar en el corazón del dueño; mas las coqueterías de la joven 
y su deslumbrante belleza habian hecho ya una impresión profunda 
sobre Enrique VIII. 

Después de haber admirado tanta belleza, el rey la deseó, y el car- 
denal supo bien pronlo que Enrique VIII habla encontrado medio de 
visitar á Ana de Bolena. 

—Capricho, pensó Wolsey, que se acabará con la satisfacción. El 
rey es inflamable, y ella orgullosa: querrá bacer en la corte de En- 
rique VIII el papel que ella ha virio jugar en Francia á las queridas 
de Francisco I; pero encontrará un cardenal mas celoso que Duprat, 
y mejor informado de lo que se trama en las alcobas reales. 

Enrique VIH no pensaba mas que en dos cosas: Roma y Ana. Su 
pasión se traducía en miradas y en consideraciones extraordinarias. 
La verdadera corte estaba en casa de Ana de Bolena: la verdadera 
reina era esta joven, que mas risuefia, mas loca que nunca, ofrecía 
á loe cortesanos un enigma indescifrable. 

Wolsey se convenció bien pronto, sin ningún género de duda, de 
que la joven francesa, aunque ligera en apariencia, resistía al rey 
con una tenacidad desconocida en la corte; de que esta resistencia 
inflamaba mas y mas á Enrique, y de que el rey no aguardaba con 
tanta impaciencia sino el fallo de Roma por reemplazar á Catalina de 
Aragón con Ana de Bolena. 

Bien pronto llegó á Londres el parecer de la Santa Sede. Ciernen- 



Digitized by 



Google 



DEBUBOftL S85 

te YH, contento de disgustar á Carlos V, su enemigo, quitando la co- 
rona de Inglaterra á Catalina su tía, permitía al rey contraer un ma- 
trimonio provisorio, y anunciaba el envió de dos legados, para tra- 
tar en presencia de la reina y del rey las cuestiones del divorcio (1). 

En cuanto á Catalina, babia recurrido, viéndose amenazada, & 
su poderoso pariente Carlos V, y este principe, celoso de la alianza 
de la Francia y la Inglaterra, amenazó á Enrique VIH con la guerra, 
4 menos que este no rompiese sus tratados con Francisco I. Median- 
te esta concesión, el emperador debia dejar llevarse á cabo el divor- 
cio; y su tía, de la que él habia tomado tan calurosamente la defen-r 
•a, debia quedar sacrificada en el acuerdo de los dos soberanos. 

Wolsey odiaba mortalmeote á Carlos V, porque este principe, por 
atraerse el apoyo del ministro, le habia ofrecido varias veces la tia- 
ra, y no habia sostenido sus promesas. Carlos temia al enemistad de 
Wolsey, mas no quería sobre el trono de San Pedro un hombre de su 
temple. La guerra era inevitable. 

Una escena de las mas chocantes ocurrió en Londres. Los dos le- 
gados, nombrados para entablar las conferencias, citaron delante de 
su tribunal al ivy y la reina, quienes se presentaron en persona. 

El rey respondió á su nombre cuando fué llamado; mas la reina, 
kjos de imitarle, se levantó de su silla y fué á arrojarse k los pies 
del rey, vertiendo un torreóle de lágrimas. 

— Sefior, dijo, yo no conozco otra autoridad que la vuestra, 
porque yo soy vuestra esposa legitima, iy mis hijos no tienen otro 
protector que vuestra majestad! Durante veinte afios he llevado el ti- 
tulo dulce y glorioso de esposa vuestra, y yo no lo repudiaría aun 
cuando hubiese sido para mi la causa de grandes desdichas. Doy vos 
me dejais... ¿Qué he hecho yo? Se me reprocha mi primer matrimo- 
nio con vuestro hermano; mas vos lo sabéis, sefior; cuando vos fuis- 
teis mi esposo ninguo otro que vos habia tenido el derecho de tomar 
osle nombre: ese matrimonio político no fué cumplido mas que por 
nuestras firmas colocadas sobre el pergamino. Nuestros padres fueron 
prudentes cuando ordenaron nuestra alianza; ¿por qué hacer 4 su 
memoria esta afrenta, que traerá consigo grandes males? Sefior, yo 



(I) 1*16 4*1 (MUi nonio provisorio no* parece puré invención 

TOHOB. ** 



Digitized by 



Google 



S9* PRISIONES 

me dirija k m rey, á «i «poso, y no á etros.. . Se me kabla de nú 
tribunal reunido: yo do le reconozco*.. Yo veo delante de mi enemi- 
gos que quieren perderme, y no jueces. No, la bija del rey da Espa- 
8á, inocente y revestida de una doble majestad real, no admitirá la 
suerte de una decisión que puede estar dictada por la parcialidad. 

Después de haber pronunciado estas palabras, que produjeron una 
viva impresión, la reina saludó al rey, y saltó del salón, & p&ar de 
las insfancias que le hicieron para que permaneciese.* 

Esta conducta hizo mas difícil la posición del rey. 
. Enrique V1U tuvo que convenir en que la reina no le habia dado 
un motivo de queja, confesar que la reina ofrecía la reunión, casi 
perfecta» de las mas preciosas calidades, y que ninguno, aun el mas 
escrupuloso, podría encontrar «na tacha en su vida de angelical pía* 
rezaw Pero la principal causa del divorcio estaba en el corazón del 
rey; un metimiento hablaba en él y era preciso escucharle. ¿La con- 
ciencia de un principe no es el mas segure de los oráculos? 

Enrique VIH, después de hecha esta confesión, hito, con la suti- 
leza de un teólogo* la enumeración de los casos de conciencia que 
presentaba su matrimonio con Catalina de Aragón. 

Era importante que la palabra enemigos, pronunciada tan hábil- 
mente por la reina, recibiese algunas espiraciones^ y el monarca 
orador se encargó de este cuidado. Disculpó i Weleey de tener lame»- 
tor parle en sus resoluciones respecto al divorcio, dijo que el cardenal 
no sabia nada de su voluntad en este asunto, y pidió el arbitraje de 
los legados, según la severidad de su conciencia. 

Wolsey comprendió que era preciso ebtener á todo precio una sen- 
tencia conforme á los deseos del rey. Sabia bien lo que valen las 
lágrimas de una mujer, los sufrimientos de una familia; pero sabía 
también lo que pueden las solicitaciones de una querida, y se encen- 
traba cogido entre la cólera de la reina si se (N-onunciaba el divorcio, 
y la venganza de Añade Boleta si no se pronunciaba. Wolsey trabajó 
con vigor sobre sus amigos de Roma; pero Garlos V trabajó con mm 
actividad aun, y Roma declaró, por la voz del Pontífice, que el matri- 
monio de Enrique VIH con Catalina de Aragón era bueno y válido. 

Lo que Wolsey habia previsto, se realizó. Catalina, furiosa contra 
él por el celo que habia desplegado para obtener el divorcio, estimuló 



Digitized by 



Google 



DB IULQH $87 

contra el favorito & todos los amigos que la quedaban; y Ana de Bole- 
ta, descontenta del resultado de sus agentes, acusaba á estos por su 
falta de celo. Wolsey qaedó mal en este asunto con la reina, con la 
querida del rey y con el mismo Enrique VIH, que, teniendo entera 
confianza en la habilidad del ministro, viéndole engañado, no le miró 
ya mas que como á un hombre ordinario 

Enrique encontró mas talento en Granmer, decano de los jesuítas, 
el cual le dio un medio de pasarse sin el Papa. También encontró que 
Tomás Moro era un hombre superior á Wolsey, y esto, porque en 
vea de adular al rey en el negocio del divorcio, se habia puesto en 
trente, y picado asi su curiosidad. Este es, muchas veces, un medio 
mucho mas seguro que la adulación, para medrar cerca de los princi- 
pes* Tomás Moro no puede ser sospechoso de haber tenido e§te cál- 
enlo, mas esta fué la causa de su rápida elevación. 

Wolsey presintió su desgracia, y fué en busca de Ana de Bolena 
para justificarse delante de ella; mas la favorita no tuvo piedad del 
favorito, le recibió fríamente y concluso por amenazarle. 

— Sefiora, dijo el cardenal que habia agotado todos los recursos 
de su talento para atraer á su partido á4a folora reina de Inglaterra, 
al cielo os inspira mal al tratarme tan duramente. Yo he servido 
vuestra causa con un celo que no podréis menos de reconocerme al- 
gnu día. Aquel que no perdona una desgracia, se pone en el caso de 
no ser perdonado á su vez S guid, sefiora, seguid el camino a¿cen- 
deaie de vuestra fortuna: algún dia pensareis en el cardenal Wolsey. 

Ana de Bolena le volvió la espalda. 

En el mismo dia de esta escena, Wolsey recibió la visita de los du- 
ques de Norfolk y Soffolk, que le pidieron los sellos, de parle del rey. 

El cardenal rebasó entregar los sellos sin recibir algunas letras 
de mano del rey, y este le escribió al momento. Wolsey hizo la en- 
trega. Los sellos fueron dados á Tomás Moro. 

Hay aun otra razón mas poderosa de este capricho de Enrique VUI 
por Tomás Moro: el monarca se ocupaba con ardor en los estudios 
teológicos: Moro habia contribuido por sus negociaciones á la paz de 
Cambray, y profesaba contra los heresiarcas tanta animosidad cerno 
el mismo rey, lo cual probó en 1534 cuando persiguió á los refor- 
mistas üe Inglaterra/ 



Digitized by 



Google 



388 PRISIONES 

Tomás Moro trizo arrestar aun caballero del Temple, llamado Jaco- 
bo Beinham, acusado de favorecer las opiniones de la reforma, y 
quiso interrogarle él mismo. 

Este caballero no había cometido otro crimen que poner en duda 
la eficacia de algunas prácticas de la religión romana. 

Moro le mandó que nombrara sus cómplices, á lo que él replicó que 
no los tenia, ó mas bien, que eran demasiados para poderlos nombrar. 

Tomás Moro mandó entonces que le azotaran en su presencia y 
que después fuese conducido á la Torre. Guando lo tuvo en este ba- 
luarte de piedra, el canciller pudo ejercer á su gusto el rigor. Bein- 
ham fué puesto en el tormento y torturado cruelmente, basta que, 
vencido por el dolor, abjuró lo que el canciller llamaba sus errores 
criminales. 

Tomás Moro reunía, dice un historiador, á un talento luminoso 
un gran conocimiento de los antiguos. El estudio babia engrandecido 
la esfera de su inteligencia, y él mismo, en su juventud, habia sos- 
tenido opiniones atrevidas; mas el demonio del fanatismo sopló sobre 
este espíritu, emponzoñó su corazón, y todos los furores, todas las lo* 
curas invadieron el uno y ehotro. De todas las enfermedades mora- 
les que eslá sujeto á sufrir el hombre civilizado, la fiebre religiosa 
es la mas terrible. Nunca el amor propio toma mayor fuerza y des- 
plega mas energía que en las cuestiones en que el hombre se imagina 
que debe vengar á Dios. 

El desgraciado Beinham, destrozado por la tortura que Tomás Mo- 
ro le habia hecho sufrir en la Torre, tan pronto como se vio fuera 
del tormento, horrorizado de su verdugo y dé si mismo, hizo llamar al 
canciller, quien se le presentó orgulloso de la aposlasia arrancada 
por tan bárbaro medio. 

— Milord, le dijo el torturado, aun no habéis acabado vuestro ofi- 
cio: es al verdugo á quien yo he respondido. Sus hierros encendidos, 
sus tenazas desgarradoras, me bao hecho hablar un lenguaje desco- 
nocido para mi. Ya he despertado, milord, y, gracias á Dios, vedme 
otra vez en razón: recibid, pues, la declaración de un hombre en sa- 
no juicio, como habéis recibido la de un desgraciado, ciego por la 
locura del dolor. Yo persisto en mis opiniones y apelo de vuestras 
crueles persecuciones ante el tribunal de Dios,* y os pido me enviéis 



Digitized by 



Google 



DE SUBOFA. 9*9 

aate el primero, á fin de decirle todo el horror que siento por los hom- 
bres que cometen tantas atrocidades en su nombre. 

Tomás Moro, este sabio, amamantado en Séneca y Patón, este 
filósofo de dulce sonrisa, que admiraba á Sócrates, se llenó de 
furor viendo la legítima rebelión de Beinham, y respondióle como 
los prefectos romanos respondían á los mártires del cristianismo. El 
desgraciado preso fué entregado á un tribunal, como herético obsti- 
nado, relapso, y quemado en Smith Field. Este acto fué el preludio 
de infinitas persecuciones, de las cuales el canciller fué el mas enér- 
gico instrumento. 

Mas vol Tamos á Wolsey. 

Ana de Bolena se inquietó poco de las predicciones del destronado 
favorito. 

Una vez Wolsey en desgracia, fué bien pronto puesto ante el poder 
judicial, y condenado en la cámara Estrellada, por abusos de poder. 

Como Enrique VIH no se podía decidir á borrar completamente de 
su corazón al hombre que durante tanto tiempo le había cautivado 
por su acierto, Wolsey pudo esperar que el rey le volviese su amis- 
tad; pero no fué asi. Ana de Bolena se babia aliado con los enemi- 
gos del cardenal, y en cambio del apoyo de este, ellos le habían pro- 
metido el suyo contra Wolsey. Érale preciso sucumbir. El rey le des- 
terró de¿de luego á Uampton Court, después á Gawood, en Yorkshire; 
pero como esto no satisfacía aun los violentos enconos, Ana obtuvo que 
Wolsey fuese» arrestado como culpable de alia traición, y juzgado en 
Londres, sin miramiento á su carácter sacerdotal. 

El cardenal sucumbió ante este último golpe. 

Cuando se presentó ante él el mensajero enviado para arrestarle, 
Wolsey le contempló largo tiempo como queriendo leer en sus ojos 
hasta que puolo se babia convertido el rey en su enemigo. 

—Caballero, le dijo tímidamente, yo no os conozco ¿cómo os 

llamáis? 

—Mi lord, replicó el enviado, yo soy Williams Kingston, goberna- 
dor de la Torre, y la persona de vuestra Eminencia me está confiada. 

— (Gobernador de la Torre] esclamó Wolsey. ¡Yo prisionero! 

¡Yo i la Torre como un criminal! ¡Obi No... ¡Dios no lo querrá 

qué digo, murmuró con lúgubre acento, ¡Dios! ¡no he pensado en él 



Digitized by 



Google 



M PIIÓONCS 

sino en la desgracia! (Este poder supremo que yo invoco, lo he nega- 
do ó desdeñado desde que me acerqué á los poderosos de la tierral... 
¡A la Torre! ¡Y no moriré antes de entrar en tal prisión! 

—No temáis nada, milord, dijo Kingston: el rey, que hace arres** 
tar á vuestra excelencia, no impide se tengan los miramientos... 

—¡Oh! gracias, señor Kingston, no tengo necesidad de nada sobre 
la tierra, sea que me aguarde el cadalso, sea que 

—Tened valor... ¿Un alma como la vuestra se deja abatir basta 
ese punto? 

-—Cuanto mas alto subió el hombre, mas dura es la caida, respon? 
dio Wolsey. Mas... yo he olvidado que en otro tiempo, cuando yo 

daba órdenes, quería que fuesen prontamente ejecutadas Estoy 

pronto, señor Kingston... ¿Dónde me conducís? 

— A Londres. 

Wolsey se puso en camino con sus guardias. 

£1 cardenal estaba enfermo, y la enfermedad agravada con la pe- 
na, tomó un carácter tan serio, que Wolsey tuvo que pedir dete- 
nerse. Entonces se le condujo á la abadia de Leicester, donde el ca- 
bildo salió á recibirle con el ceremonial de costumbre para las vía- 
las de los cardenales. 

—¡Qué de honores, dijo Wolsey con triste sonrisa, para un hom- 
bre que viene á morir en medio de vosoirosl 

En efecto, una vez en el lecho, la enfermedad se hizo mortal. En 
su última hora, este hombre ilustre, que había llenado la Europa con 
su nombre y su poder, pensó aun una vez en el principe por ouyo 
capricho moría. 

— €i yo hubiese servido á Dios con tanto celo como he servido al 
rey, dijo, no seria en este momento tan desgraciado ni estaría tan 
próximo á mi fin. Decid al rey, milord Kingston, que se acuerde de 
su antiguo amigo, y que se pregunte que crimen he cometido. Vos 
viviréis, milord, y veréis si he sido fiel y si he dado buenos consejos. 

Wolsey murió aborrecido del pueblo, abandonado del rey, como 
los favoritos que no han tenido otro móvil de conducta que el egoís- 
mo. 

No han fallado panegiristas á Wolsey, y varios historiadores mi- 
nan su administración como una de las mas gloriosas de Inglaterra. 



Digitized by 



Google 



US BOROfA. tt 1 

Miarte Wolsey, Enrique VIII acordó otro lavar & Ana de Bolean: 
ae casó con ella. Esto era el precio que Ana habia puesto 4 su 
amor. 

Enrique VIII no quiso aguardar á que las indecisiones de Rouaa 
hubiesen cesada ai 4 que la enfermedad que consumía 4 Catalina 
de Aragón la hubiere hecho su victima y vuelto de e6ta masera la 
libertad 4 su verdugo: la pasión «andaba y él obedecía. Ana de Bo- 
leen, creada marquesa de Pembroke, recibió la fé del rey en presen- 
cia del duque de Norfolk» tio de la desposada, de su padre/ de sn 
Madre, de m hermano y del doctor Cranmer, teólogo que habia 
dado tan bien consejo al rey. Rooland Lee, nombrado obispo en 
«¡mí tiempo, celebró secretamente este matrimonia, qae hizo 4 Ana 
de Botena reina de Inglaterra. 

Enrique VIH se ocupó en ?egiida, con mas arder qte nunca, en 
romper su matrimonio con Catalina de Aragón; pero Rama ae oponía 
tentaléale y el em¡>erador sostenía 4 Roma. 

Eorique confió la prosecución de este negocio 4 Cranmer, que 
por mediación de Ana de Bolena habia ascendido 4 arzobispo de 
Caatorbery, y> fecundo en expedientes, ae constituyó juez del matri- 
amia de Catalina y le declaró nato. 

En seguida el rey envió 4 decir 4 la ex-reina qae deWa contentar- 
te coa el titule y rango de princesa viada de Galea; pero Catalina 
persistió valerosamente en decir: que los hombres no podían desha* 
eer lo qae Dios habia hecho, queeila era y continuaría siendo reina de 
Inglaterra* y qiiao qae ai servicio continua» con al mismo eeremo* 
nial que en la casa real. 

Ana Je Boto* tuvo ana hija 4 la q» pusieron per nombre Isabel. 
Brtaíoé nombrada princesa de Galea, y sa nacimiento excluyó del 
trono 4 Haría, hija del rey y de Catalina. Este golpe fué tan aerisible 
4 la reina, que removió cielo y tierra para obtener venganza. Roma 
la eecvndó, declarando nulo el segundo matrimonio de Enrique, y 
amenazando excomulgar 4 Cranmer y aan al miamo rey, ai persistía 
m desconocer los derechos de Catalina. 

Batanees fué cuando el monarca, viendo la tempestad, respondió 4 
loa ataques da Rama oan una declaración del parlamento en favor 
del segundo matrimonio, en la que quedó t e s tad o, qae loa hijee 



Digitized by 



Google 



39» PRISIONES 

de este matrimonio y en su defecto los herederos del rey, serían los 
herederos de la corona, hasta la última generación. 

Y se mandó, bajo pena de prisión, cuyo límite fijaría el rey, y de 
confiscación de bienes, prestar juramento sobre la observancia de es- 
ta ley de sucesión. La pena establecida contra los criminales de trai- 
ción y de lesa majestad debia ser aplicada á cualquiera que pronun- 
ciase discursos injuriosos al rey, á la reina ó á sus hijos. 

Este acto del parlamento dio principio en Inglaterra á una escisión 
manifiesta entre tas diversas clases del estado. £1 pueblo lomó parti- 
do por el rey contra el Papa; los graBdes se unieron con ciertas res- 
tricciones; mas los hombres inteligentes, comprendiendo el detesta- 
ble ejemplo que dariaesta licencia del rey, se afiliaron valerosamente 
contra el reglamento de sucesión. A la cabeza de estos figuraban To- 
más Moro y Kischer, obispo de Rochesler. 

Estos dos nombres hicieron reflexionar á Enrique VIII. 

Kischer había brillado por sus talentos en la cuestión de contro- 
versia religiosa; Tomás Moro era querido del rey por su pasión con- 
tra los heréticos, y era además de un gran talento, un hombre res- 
petado por la integridad de sus costumbres y su rectitud. 

Tomás Moro había dimitido su cargo de canciller desde qoe su 
oposición á las ideas de Enrique había debido manifestarse, y, te- 
miendo su influencia, le fueron hechas proposiciones conciliadoras 
de parle del rey. 

—Con mucho gusto, contestó Tomás Moro, prestaré juramento de 
fidelidad á los herederos del rey, á los mismos que él designe; mas 
como apoya la trasmisión de esta herencia sobre la nulidad de so 
matrimonio con Catalina, es decir, sobre una injusticia y un absur- 
do, ye no puedo jurar una cosa injusta y absurda. Que el rey se ca- 
se con quien quiera, mas que no baga pesar sus amores sobre su 
pueblo. 

Cranmer fué el enviado de Enrique en este mensaje. Adulacio- 
nes, ruegos, promesas, amenazas: todo fué inútil. 

— Ved, milord, dijo el arzobispo de Cantorbery; el rey os envía 
un secretario de estado y un primado, es decir: dos embajadores, 
como á una testa coronada. Esto es para mostraros el aprecio que 
hace de vuestra opinión. 



Digitized by 



Google 



DI IIJ10P*. m 

—Si él hace caso, que la siga, respondió Moro. 

—Tenéis enemigos, milord; y se aprovecharán de la ocasión para 
hacer ver al rey que os rebeláis con ira él, para decirle que vuestro 
castigo satisfará á muchos, como expiación de vuestras severidades 
con ciertos culpables. 

— ¡Oh! ¿Quién os ha dicho, mi querido Cranmer, que Tomás Mo- 
ro no está contento de expiar?... Vuestras palabras son una amena- 
xa, ¿no es eso? yo la acepto... 

—No puedo oíros hablar asi, milord, sin recordaros el edicto del 
parlamento. Es una ley, caro sefior: vos debéis obediencia á esta ley, 
sino... 

Tomás Moro miró al arxobispo con tranquila sonrisa. 

—¡apostamos, querido Cranmer, que vos no osáis acabar la frase, 
y que yo la adivino! 

—Hablad, milord. 

—Vos queréis decir que hay abajo un condestable de la Torre, y 
una escolta para conducirme á prisión. 

Cranmer bajó la cabexa.* 

—Estoy pronto, esclamó Tomás Moro. ¿Y Kisher, qué ha hecho? 

—Kisher ha sido obstinado también; mas nos ha dado esperan- 
xa de curación: él hará lo que vos hagáis. 

— Entonces, ¿yo hago arrestar también á Kisher? 

—Si, milord. 

—¡Sea! El digno obispo de Roohester me servirá de compafiero en 
la Torre... y en otra parte, si es necesario. Este será el castigo de 
todas sus pequefiuelas intrigas. 

Tomás Moro y Kisher fueran, en efecto, oonducidos á la Torre en 
Tirtud del estatuto del parlamento. 

Transportémonos á esta prisión, que va á ser el teatro de los dra- 
nas sucesivos que vamos á exponer. 

En un aposento bajo, húmedo, y cuya enrejada ventana deja ape- 
nas esteoder la mirada basta el muro esterior, dos hombres se mira- 
bu con sombría curiosidad. 

El ano era calvo, pálido, y tenia barba blanca; estaba cubierto de 
un sayo que dejaba casi al descubierto sus estenuados miembros; y ti- 
ritaba en un rincón de la prisión, con la mirada tija eo su interlocutor. 

TOBO II. 50 



Digitized by 



Google 



301 fWHoms 

Este estaba vestido de una loga de terciopelo negro ornada de pie- 
les: un grneso diamante brillaba en su mano. Sentado sobre ana de 
las miserables sillas de la estancia, interrogaba, y escribía las res- 
puestas por so propia mano. 

El primero era Kisher, obispo de Rochester: el otro era el so- 
licitador general Rich, encargado de instruir el proceso de esta 
causa. 

— Ya os he manifestado, dijo Kisher, que no responderé á nada 
sin que Tomás Moro no esté presente. 

—¿Para qué puede serviros Tomás Moro, milord? 

—Para oirme. 

—Vuestro negocio no tiene nada que ver con ese preso. Vos estáis 
acusado de relaciones con impostores, con sacrilegos. 

— Hé ahi porque yo quiero ser oido de Tomás Moro, milord. Es 
preciso que haya alguno que ría para consolarme de todo lo que vos 
me diréis. 

El solicitador se mordió los labios. 

— Milord, dijo este, lo que me pedís es imposible. 

— Bueno: arreglaos como os agrade; mas yo no os responderé. Ta 
os veo pensar en alguna buena tortura; mas verdaderamente esto 
sería inútil: para un anciano, para un sacerdote acostumbrado á una 
decente y dulce vida, ya estoy bien torturado después de estar un 
afio aquí sin fuego, sin vestido, apenas con pan. Estad persuadido 
de . que si yo hubiese de ceder, lo haría desde ahora, á fin de 
acabar. 

—Milord, esto no depende mas que de vos. 

— Hacedme ver á Tomás Moro. 

— ¿Y responderéis? 

— Responderé. 

El solicitador reflexionó durante algunos minutos. 

—Veréis á Tomás Moro, le dijo al fin. 

En efecto, una hora después, fué abierta la puerta de la prisión y 
Tomás Moro, conducido por dos soldados, entró, radiante la mirada, 
como si se tratase de hacer en su residencia una visita de placer al 
obispo. 

Al fin les dejaron solos. 



Digitized by 



Google 



m nmopA. m 

—Bien pobre estáis, dijo Moro. ¿Estáis enfermo? 

—Padezco mucho, y se me acaba el valor; mas he querido Teros, 
amigo mió, para recobrarlo un poco. ¿Tenéis algunas noticias? 

—Si: sé que se quiere formaros un proceso, como á mi, locante á 
nuestra resistencia respecto al reglamento de sucesión. 

—¡Oh! ¡si no fuera mas que eso! dijo Kisher. 

—¿Qué hay, pues? 

—Hay que él Papa, sabiendo mi prisión, se ha apresurado á dar- 
me una muestra de estima: me ha nombrado cardenal. Mi confesor 
me lo ha dicho. 

—¿El Papa quiere, pues, haceros matar? esclamó Tomás Moro. 
Ellos se hacen la guerra sobre vuestra desgraciada persona, queri- 
do amigo. ¡Cómo! ¿el uno se venga del otro honrándoos, y no ve 
que el otro se vengará de vuestros honores con una condena? 

— ¿Creéis que me condenarán? 

— Sabedlo todo. Si vos estáis instruido en las cosas religiosas, yo 
lo estoy en los negocios poli lieos. Me han hecho dar una memoria 
sobre todo lo que ha pasado y está pasando después de un afio. El 
parlamento; por libertar á Enrique VIII de toda obediencia respecto 
al Papa, le ha declarado jefe supremo de la iglesia anglicana, y con* 
fiádole la persecución de toda herejía, ofensa, abuso, profanación y 
crimen. Será considerado como traidor cualquiera que maquine, píen- 

se ó hable contra el rey, la reina y los herederos. Piense ¿Qué 

decís? ¡Oh libertad de conciencia! 

—¿Entonces vos estáis perdido también? porque ese bilí del parla- 
mento parece estar hecho teniéndoos presente. 

—Yo lo creo también, dijo riendo Tomás Moro. 

— ¿Vos resistiréis? 

— Seguramente. ¿Y vos? 

— Yá tengo bastante para perderme con mi resistencia pasada. 

—¿Qué quiere decir eso? preguntó Moro con sorpresa. 

—¿Habéis oido hablar de Isabel Bar ton, la santa joven de Kent? 

—Si, ¿esa pretendida profetiza? 

— Una mujer que ha tenido visiones. 

—¿Una mujer histérica y nerviosa ec quien vos tenéis confianza? 
¡Pobre Kisher! 



Digitized by 



Google 



996 NU9KMES 

— ¡Oh! Si: ella entra en éitosis: el pueblo I* cree. Ella habla de 
revelaciones que la hacen la Vlrgett y el Espirita Santo, y como es- 
tas son en favor de Catalina de Aragón, yo creo. 

—¿A fin de que los otros crean también? 

—Puede ser; mas no hay un crimen tan pequeño como la credu- 
lidad. 

—Nada de eso, mi querido hermano en teología, nada de eso. 
Creer es nn crimen, toda ves que el rey no quiere qtfe se crea, mas 
esa joven es una loca. 

—Se la juzga... y ella se apoya en mi protección. El solicitador 
general dice que no ha obtenido crédito sino por mi causa; y quie- 
re que yo descubra sus intrigas, sus deslices; porque esta Isabel, 
mirada como una santa, no tiene éxtasis sino en los accesos de la en* 
fermedad, ni mas relaciones místicas que citas con sus amantes y 
cómplices. 

—(Innoble y triste negocio! dijo Tomás Moro moviendo la cabe- 
za. ¡Hé ahi lo que es el fanatismo, milordl 

—Si, respondió Kisher mirando lijamente á Moro, el fanatismo 
trae la desgracia tarde ó temprano. 

— Lo sé, milord, y no he pronunciado esta frase sin intención; 
porque yo habito en este momento un calabozo en cuyos muros está 
escrito: Jacobo Beinham, mártir, asesinado por Tomás Moro, can- 
ciller de Satán. Ved que yo no puedo hacerme ilusión, milord, y 
que tengo el derecho de deciros: el fanatismo pierde á los hombres: 
es la espada de fuego. .. el que se sirve de ella se quema. Mas vol- 
vamos á vos, querido señor. ¿Qué pensáis hacer? 



— ¿Reconoceréis la supremacía de Enrique como jefe de la Iglesia? 

—Rehusar es morir. 

—Es morir Escuchadme, milord: sois anciano y habéis sido 

probado con sufrimientos crueles: no deshonréis vuestro carácter de 

sacerdote y de filósofo por un ridiculo terror ¿Es vivir habitar en 

esta prisión? Pasad de este miserable estado á la vida inmortal. 

— Milord, yo no tengo vuestro valor: soy un hombre debilitado. 
Prefiero morir poco á poco en un oscuro rincón... el rey no me lo 
negará. 



Digitized by 



Google 



!)K BOIOPA $rt 

— Acordarle «hora lo qué os pide: Mgad «o un dia todo lo que 
habéis hecho y dicho dorante diez afios. 

~-¿Q«é haréis vos, mi lord? 

—Mostraré al rey que yo sirvo á Dios antes qne á los demás. Tan 
ardientemente le he servido, qne he cometido crímenes: eipiaré es- 
tos crímenes con el castigo que tenga á bien enviarme. 

Kisher conocía la firmeza de Tomás Moro, y no dudó un instante 
de que seria coofirmada con el hecho. El obispo de Rochester, im* 
pulsado por tan digno ejemplo, tomó su resolución, y, delante del 
tribunal encargado de juzgarle, se mantuvo firme. 

No sacriQcar á Catalina de Aragón, negar la supremacía del 
rey como jefe de la iglesia, era mas de lo necesario para granjearse 
la muerte. Kisher fué agobiado aun con el proceso de la santa joven 
de Kenl. Se probó, en plena audiencia, que esta pretendida santa era 
una mujer pervertida, cuyos accesos de inspiración eran dirigidos 
por tres ó cuatro miserables amantes suyos. 

Kisher cayó en la imputación de una complicidad secreta, y que- 
riendo Enrique VIII que su victima fuese deshonrada antes de subir 
al cadalso, se condenó á este anciano al suplicio de los traidores y 
de los sacrilegos. 

Kisher salió de la Torre despuee de haberse despedido de Tomás 
Moro, el cual, abrazándole, le dijo á media voz: 

—Pues que somos filósofos, amigo, nos es grato pensar que nos 
encontraremos después de la muerte, lo cual será bien pronto, por- 
que el hacha que os va á dar el golpe, amenaza ya mi cabeza. Morid 
con valor, querido sefior, á fin de que el pueblo comprenda bien que 
la nobleza no está hoy del lado de los reyes, y que el jefe supremo 
de la iglesia no es el amo de hombres como nosotros. 

Kisher murió sin fanfarronería, sin mostrar debilidad, como con- 
venía á un anciano; y la simpatía de los espectadores le siguió 
durante toda la duración del suplicio. 

Tomás Moro no se habia equivocado. Enrique VIII, que decia 
amarle por los servicios que de él babia recibido, por su carácter y 
por sus talentos, envió de nuevo al filósofo á Cromwell, Cranmer y á 
otros personajes influyentes. 

Moro continuó inflexible. 



Digitized by 



Google 



ate raisiofiis 

—Decid al menos vuestra opinión, le dijeren. 

— ¿Para qué? dijo el prisionero... Vosotros me preguntáis si el rey 
es Dios... y me hacéis observar que el parlamento ha decretado la pe- 
na de muerte contra el que no deiflqne al rey. Por otro lado, Dios es 
celoso de sus derechos, y no se conforma conque los trasporten al rey 
de Inglaterra. Resulta, pues, que vosotros me presentáis una espada 
de dos filos: del uno yo mato mi cuerpo, del otro yo doy muerte á 
mi alma. 

Llevaron esta respuesta al rey, quien, indignado, furioso, es- 
clamó: 

— ¡El niega, pues, la supremacía, puesto que él duda y pretende 
poder dudar! ¡Su conciencia le dice, pues, que yo no soy el jefe su- 
premo de la iglesia, yo á quien el parlamento ha investido del dere- 
cho de condenar á muerte á cualquiera que no admítaosla supre- 
macía! 

Con esta sutileza en la que un rey menos teólogo y sanguinario no 
hubiera sodado, Tomás Moro, que no había hablado bastante para 
ser acusado de negar, fué llevado delante de sus jueces. Guardó 
el mas completo silencio sobre esla cuestión, y se dejó condenar co- 
mo si hubiese sido culpable; porque, dice el historiador Hume, los 
juicios, en este reinado, no eran mas que pura forma. 

Habia obtenido Tomás Moro el permiso de recibir en la Torre las 
visitas de su familia. Después de dada su dimisión de canciller, ha- 
bia vivido como un simple ciudadano, frecuentando su casa y ocu- 
pándose de la educación de su hija Margarita, y tranquilizando con- 
tinuamente á su mujer, que preveía la desgracia y oscilaba á su 
esposo para que la previniese con un poco de sumisión. Mientras que 
pensaron contar con él para hacer ceder á Kisher, se le trató huma- 
namente; mas después de la muerte de este último, le hicieron sen- 
tir los rigores del rey. Se le quitaron sus libros, y se le prohibió la 
visita de su mujer y de sus hijos. 

—Esta separación de mi corazón y de mi cuerpo, dijo Tomás Mo- 
ro, me acostumbrará poco á poco á la separación de mi cuerpo y de 
mi cabeza. 

Guando estuvo condenado, se hizo aun una tentativa sobre él. Se 
le dijo que un arrepentimiento tardío vale mas que una persistencia 



Digitized by 



Google 



di mera, m 

eterna; y ge le quiso hacer ver cuanto era su orgullo al inscribirse 
«rio contra la opinión del gran consejo de Inglaterra. 

—Si yo estuviese solo contra el parlamento de Inglaterra, dijo él, 
desconfiaría de mi mismo, y puede ser que cambiase de opinión; 
mas yo tengo conmigo toda la iglesia, que es el gran consejo de los 
cristianos. A un obispo de vuestro partido yo puedo oponer ciento que 
gozan de la gloria celestial. El número de mártires y confesores, de 
coya opinión soy, Tale mas que el de la nobleza de hoy; y el poder 
de lodos los concilios generales equivale sin duda al del parlamento. 
Ved como tengo razón en ser obstinado en mi modo de pensar. 

Entonces, para doblegar este espirito indomable, se dirigieron al 
corazón. Se hizo entrar en la prisión del ei-canciller á su mujer y á 
su hija, y la primera, desolada y llorosa, se precipité á sus plantas, 
suplicándole no la abandonase y dejase huérfanos á sus hijos. 

Moro, conmovido, tuvo que llamar en su apoyo toda la fuerza de 
su alma. 

Al fin, levantando á su desgraciada mujer y abrazándola con ter- 
nura, la dijo: 

—Veamos: ¿cuánto tiempo pensáis que yo viviría aun cerca de 
vosotros, en la dicha que tenemos? Tengo cincuenta y cuatro aft s, 
el trabajo me ha fatigado mucho, tengo penas calculad. 

—¡Oh, milordl, ¡qué estrafia pregunta!... replicó la desventurada 
esposa. 

—Responded. 

—Puesto que me forzáis, calculad vos mismo. ¿No creéis que nos 
quedan aun veinte afios, á lo menos? 

—Ahora bien, respondió Moro sonriendo, decid si vos, que me 
amáis, me haríais sacrificar á una dicha de veinte afios la eternidad 
dichosa que me aguarda, puesto que moriré por mi religión y mi 
conciencia. No lloréis más: dad gracias á Dios por el favor que me 
hace. V¿d f mi hija Margarita üo Hora, y con todo me ama también. 

Ella sabe bien que de una vida miserable y agitada pasamos á un 
mundo lleno de una dicha inalterable. Veamos, Margarita, hablad: 
¿qué haréis vos por mi? 

—Padre mió, yo os sostendré basta el cadalso, si me lo permiten, 
y rendiré los Altamos honores á vuestros restos mortales. 



Digitized by 



Google 



m pttwoHw 

— Bi«s r dijo Moro: he sembrado en un buen terrón© mi filosofo y 
mis consejos. Es una gran dicha saber, al morir, que do se deja des- 
pués de si la desesperación ciega y el dolor sin consolación. 

En fin, Tomás Moro fué sacado de la Torre en un dia magnifico, 
el 6 de julio de 1535, y en medie dé un concurso inmenso de espec- 
tadores. Guando llegó al pié del cadalso, saludó á los asistentes con 
ana sonrisa llena de nobleza y serenidad. 

—La escalera es mala, dijo él, y mis piernas se han debilitado en 
la prisión; ¿no me ayudará nadie á subir? 

Uno de los asistentes le dio el brazo, y Moro subió tranquilamente 
al cadalso. 

— «Es preciso arrodillarse, ¿no es eso? dijo al verdugo. Está bien, 
amigo mió. Dejadme á mi mismo acomodarme, y no me toquefe, si* 
no para cortarme la cabeza. 

— -¡Ahí Mí lord, dijo el verdugo, no me miréis con cólera, y per- 
donadme... Es un triste deber el mío, y lo cumplo con gran dolor. 

—Pobre hombre, dijo Moro, ¿por qué no te he de querer yo? Tú 
no eres culpable, y yo no tengo contra ti ninguna cólera; pero yo 
quisiera que adquirieses mas gloria al dar tu golpe de hacha. 

—¿Por qué, milord? 

—Porque no te puedes equivocar dando el golpe: mi cuello es tan 
corto que no puedes dar sino en buen lugar. 

Entonces puso la cabeza sobre el madero. 

—¿Está bien? dijo. 

—Sí, milord; ¿mas es preciso dar el golpe?... Aguardo vuestras 
órdenes. 

-*Un momento, un momento; no quiero que decapites también mi 
barba: ella no ba cometido traición, como dicen que yo he cometido. 
Dame tijeras para que yo la corte. 

En efecto, se corto la barba, la envolvió en un pedazo de tela, y 
encargó que fuese enviada á sus hijos* 

Después recitó una oración é hizo un signo al verdugo, que corló 
la cabeza. 

Bien poco después murió Catalina de Aragón, que no había queri* 
de jamás renunciar al titulo de reina, y que desde el fondo de su re- 
tiro habia tenido alguna influencia sobre los mas poderosos amigos 



Digitized by 



Google 



1* IBMiM. 101 

de Ana de Bolea*. Era que respetaban en Catalina la desgracia y la 
virtud; era que se sabia que esta princesa había sido sacrificada á 
un nuevo amor, y que los caprichos de los reyes, si encuentran adu- 
ladores, constituyen justicia de sos mismos abusos por abusos mas 
irritantes aun. Ana de fioleoa debía pagar un tributo á eela verdad 
cruel: debía verificar la profecía de Wolsey, este favorito que babit 
reconocido tan tarde la instabilidad de las afecciones mates, 

Catalina se había retirado i Kinabolton, eo el condado de Huq~ 
tingdon. 

Viéndose cercana á la muerte, escribió á Enrique VIII una de las 
cartas mas conmovedoras y mas cristianas que han sido jamás dicta* 
das por el umor de perder la vida y la esperanza de uua vida mejor. 

«Mi querido señor, mi rey, mi esposo querido, decia; se aproxüpa 
la hora en que la que ha sido vuestra amiga y vuestra esposa, va & 
entrar en (a eterna mansión. Viéndome tan cerca de Dios, os pido 
qie penséis lambían en que la vida es corta, en que la gloria huma- 
na es bien poco, en que los placeres del mundo sonxlespreciable co- 
sa. Pensad, si, rey mió, vos á quien el amor á los placeres ha arras- 
trado imprudentemente á turbaciones indignas de la esencia del al- 
ma; vos, que habéis sido la causa de tantas desgracias, que yo os 
perdono con la esperanza de veros perdonado también por Dios. 

«Nada tengo que demandaros, Enrique, yo qne tanto he sufrido: 

nada es ya para mi. Un solo ser... un solo nombre os recuerdo 

mi luja, María, la bija de nuestro amor: no la olvidéis. 

«No sufráis que mis servidores, abandonados después de mi muer- 
te, recuerden amargamente la desgracia de su duefia. 

«Enrique: delante de ese Dios que me oye y que va á recibirme, 
ye os protesto que en el momento en que mis ojos van á cerrarse 
para siempre, mi solo deseo seria dirigirlos sobre vos. » 

Esta carta llegó á WhiteUall al mismo tiempo que la noticia de 
la muerte de Catalina. 

En el momento de recibir la nueva, se entregó Ana á los transpor- 
tes de una alegría indigna de (oda alma honrada, y fué basta la cá- 
mara del rey^ara hacerle participe de esta dicha; pero encontró á 
Enriqíe can la frente apoyada sobre la mano derecha, el billete de 
Catalina en la mano izquierda, y vertiendo lágrimas, lágrimas que le 

TUMO II Bl 



Digitized by 



Google 



m pusiom» 

había arrancado el adiós de Catalina, tan tierno y doloroso. 

Ni el destierro de esta desdichada rival; ni su deplorable fin, ni e 1 
sentimiento, tan natural en los nobles corazones, de una piedad com- 
prada con la desdicha, detuvo á la joven reina en medio de su inde- 
coroso triunfo. Implacable con esta enemiga como lo había sido con 
Wolsey, dio nuevas armas á sos propios contrarios. 

Enrique VIII era uno de esos hombres en quienes una vez satisfe- 
cha la pasión, se cambia en saciedad. Babia encontrado al rededor 
' de Ana de Bolena obstáculos de lodo género: desigualdad de condi- 
ción, intrigas de la corte, matrimonio anterior, rayos romanos, opi- 
nión pública, y todo lo había derribado con su voluntad poderosa; 
mas después que habia hecho pronunciar el divorcio por los parla- 
mentos, después que hubo abatido á Roma, destruido los disidentes y 
sentado orgu liosamente sobre el trono, en calidad de esposa legitima, 
á la que amaba como querida, Ana de Bolena vino á ser para él una 
mujer vulgar. Una vez desvanecido el prestigio, se puede juzgar de 
los grados dfe enfriamiento de Enrique por su esposa, como se podría 
apreciar el enfriamiento progresivo de la lava que ha salido canden- 
te del cráter. 

Ana de Bolena habia tenido á Isabel, y el nacimiento de esta hija 
habia colmado de gozo el corazón del rey. En 1536 Ana tuvo un hijo, 
muerto; y Enrique imputó esta desgracia á la madre, y la hizo sen- 
tir vivamente su despecho por esta mala ventura. 

Todo cuanto fué dicha y admiración para él , en el carácter 
de Ana; su vivacidad, su gracia petulante, que él adoró; su charla 
seductora y caustica, calidades que habia encontrado preciosas, vi- 
nieron á serle insoportables, miradas como defectos. Gustaba mucho 
Enrique de llamarla la risueña francesa y concluyó por reprocharla 
el carácter francés, y fruncir el entrecejo á cada una de sus bromas. 
Esta ligereza desconocida en la corte de Inglaterra, y este desprecio 
de la pesada etiqueta británica, no habian sido mas que un contras- 
te agradable al rey; mas bien pronto criticó esta ligereza, y acriminó 
la familiaridad que llevaba á su esposa á tratar como iguales á los 
que habian venido á ser sus inferiores después de su matrimonio. 

En el número de los enemigos peligrosos de la reina habia una 
mujer, lady Bochefort, su cufiada, una de las personas sobre las coa- 



Digitized by 



Google 



m mota. 4M 

les «lia había aglomerado mas favores, y que se había casado con 
el vizconde de Rochefort, hermano de Ana de Bolena. Esta mujer no 
había perdonado jamás ¿ la reina su elevación, la cual había, puede 
ser, ambicionado. El amor del rey por Ana era su tormento, y no 
había aceptado la mano del vizconde de Rochefort sino para estar mas 
al corriente de los secretos de la casa real, en la cqal esperaba sem- 
brar el desorden y el dolor. 

La vizcondesa veía con frecuencia al rey, y le hablaba con liber- 
tad. Un día empecé por felicitarle de sus dichosas cualidades, que, se-! 
pa ella, eran la paciencia y la caridad. 

— ¿Por qué? dijo el rey. 

—Porque el rey, dijo ella, que es el jefe de todos los hombres, 
debe ser también el amo de su casa. 

— Y bien: ¿no soy yo el amo? dijo Enrique. 

—Para serlo, señor, es preciso saber todo lo que pasa en vuestra 
casa; mas yo sé bien que vuestra majestad no lo sabe. 

—Decidme, pues, respondió el rey con inquietud. 

— Yo soy desgraciada, sefior, y no lo sabéis. 

—¿Cómo, señora? 

—Desgraciada en mi matrimonio... El vizconde de Rochefort me 
hace cruel una existencia que \o quiero consagrar á su dicha. 

— Es un crimen, dijo el rey, y es preciso que os quejéis á la rei- 
na: ella hablará á su hermano de manera que él no os dará mas 
motivo de queja. 

—{Oh! tyo me guardaré bien, sefior! 

—Habláis por enigmas. To no comprendo porque no queréis... 

—Porque, sefior, quejándome á la reina, la haría regocijarse, y 
soy demasiado altanera. .. 

—Esto es menos comprensible aun, señora, dijo el rey, picado de 
estas confianzas á medias. 

— Señor, la reina ama demasiado á su hermano para no alegrarse 
de mi desgracia para con él; y.. . yo no puedo explicarme mas clara- 
mente sin hacer sufrir á mi corazón tormentos superiores á mis fuer- 
zas. Hay una persona á quien vuestra majestad puede consultar so- 
bre este punto, una persona de gran mérito, de un talento superior, 
y á quien vuestra majestad ha hecho varias veces el honor de sus 



Digitized by 



Google 



40i misma 
consulta*: consultad á iady Juana Seymour, y estonces 

— ¿Lady Juana Seytnour? dijo el rey, sonrojándote* 

Juana Seymour era dama de honor de Ana de Bolena, como esta 
lo había sido de Catalina de Aragón. 

—Está bien, dijo el rey; nosotros sabremos eso. 

Enrique consultó en efecto k Juana Seymour, joven de una gran 
belleza, de un talento que él encontró superior, como le habia dicho 
la astuta vizcondesa. Juana Seymour, de quien lady Rochefort se ha- 
bía hecho amiga ¿ fin de inculcarle sus ideas respecto á Ana de Bo- 
lena, respondió al rey mejor que lo hubiera podido hacer la misna 
vizcondesa en su propio interés. 

Híiole saber al rey que en el palacio se ocupaban con frecuen- 
cia de la viva amistad de Ana por su hermano, y de la negligencia 
que tenia este por honrar como debia á su mujer, £sta amistad era 
tal, que, según Juana Seymour, las personas mas estrañas á todo 
sentimiento de envidia, se habían apartado, y murmuraban de un 
favor que el rey, á saberlo, no podría menos de condenar. 

El rey tuvo gran placer al ver herir á su esposa por la joven que 
le habia enviado lady Rochefort. Juana era tan bella, tan casta, tan 
adorable con su frescor virginal, que pareció á Enrique el colmo de 
la perfección en comparación de las vivacidades temerarias de Ana de 
Bolena. Y con todo habia, otras veces, llamado á estas vivacidades el 
colmo de la perfección, cuando las habia comparado con la frialdad 
majestuosa de Catalina de Aragón. 

Parecióle dulce al rey hacerse compadecer por esta joven de su 
desgracia matrimonial, y, reiterando sus conversaciones, bajo pretes- 
to de enterarse bien, vino á quedar enamorado de Juana, con esa ar- 
diente pasión que tenia en lodos sus caprichos, y que hacia de ellos 
otras tantas locuras, muchas veces sangrientas. 

En este asunto encontróse muy ayudado de lady Rochefort, la cual 
le representaba á Ana enamorada de su hermano, y forzada, por te- 
ner confidentes, á tolerar los amores de varios de sus gentiles- hom- 
bres. 

Ante estas narraciones, Enrique VIII sentía hervir su sangre, y pe- 
dia pruebas; no por retardar el instante de la convicción, sioo por 
llegar á un rompimiento espantoso. 



Digitized by 



Google 



DE K0BOPA étl 

—Observad, sefior, le dijo un dia ladf Bochefort, el celo de ras 
servidores y sos miradas ardientes para con su señora. A la menor 
palabra vuelan por obedecer: no es una, sino diez pasiones las que 
corren á sa alrededor. Ved, Norria, vuestro primer gen til- hombre; 
¿pierde nunca la ocasión de encontrarse con ella? Ved Weslon y Bre- 
reton, como se precipitan cuando ella ha dado una orden, como ha- 
rían de galgos celosos de dejarse alcanzar los unos por los otros. Exa- 
minad si Marck Smeaton, su caballero de cuarto, llena cerca de ella 
las funciones de un servidor: admirad su brillante toilette, ese lujo 
que desplega, esos presentes que él osa hacerla y que ella le vuelve 
oon usura: ¿estáis vos servido así, vos que sois el señor? 

—Está bien, dijo el rey con sombrío acento; yo sorprenderé toa- 
das las miradas, yo haré vigilar sus pasos: ni una palabra, ni 
bd gesto se les escaparé sin dejarme un indicio de su pensamiento* 
Ayudadme, vizcondesa: yo os volveré el corazón de vuestro espo- 
so..... 

—Jamás, señor, dijo ella con fingido dolor: mi esposo no tiene ya 
corazón que darme. 

Enrique representaba esta comedia como hombre que está seguro 
de ser aplaudido por sus cortesanos. No amaba ya á Ana y si á 
Juana Seymour, es decir: deseaba á la una y huía de la otra; y co- 
mo este principe tenia por excentricidad la manía del matrimonio, que- 
rer á Juana era querer hacerla su esposa, esto es: el divorcio ó la 
muerle de Ana de Bolena. Esta enormidad pareció muy natural «I 
vetdogo de Catalina de Aragón. 

—Yo te ayudaré, p< nsé lady Bochefort, y antes que tú crees. 

Ana de Bolena vivía tranquila en el seno de esta nube que enne- 
grecía eo torno de ella y que amenazaba aplastarla. Nunca habia 
sospechado que el amor del rey por ella pudiese extinguirse ó debi- 
litarse: tenia tanto orgullo como insensibilidad. Jamás esos siniestros 
precursores de las grandes catástrofes, que se llaman presentimien- 
tos, se habian hecho sentir en ella para revelarle algo de su horroro- 
so destino. 

Habia torneo y espléndida fiesta en Greenwich. 

La rema estaba colocada sobre el trono, debajo del cual, en una 
tribuna, sus servidoras principales y sus oficiales miraban la liza, y 



Digitized by 



Google 



ÍH PRMiOHIS 

aplaudían cuando las bellas manos de sn soberana habían dado la 
sefial. 

En frente, en una tribuna paralela á la de la reina, Enrique VIH, 
rodeado de las mas bellas damas de la corte y de lo mas selecto de 
la nobleza, miraba, no el torneo, mas si á su mujer. 

— Sefior, le había dicho lady Rochefort: hoy mismo vuestra ma- 
jestad tendrá á que atenerse sobre la conducta de la reina: desde hoy 
no creeréis ya en que ella os ama, á vos solo, y que os respeta sobre 
todo. 

Ana, risueña y bella, se entregaba sin reserva á su carácter exal- 
tado. Reina por el rango, por la belleza, se embriagaba ella misma de 
lá embriaguez que hacia nacer. 

Yiósela mirar algunas veces á la tribuna que estaba debajo de la 
suya, y aun responder, por un signo de cabeza, á las miradas de los 
servidores que estaban en aquella. 

—Ved á Norris, dijo lady Rochefort al rey: no le perdáis de vista, 
sefior. Ved como la demanda una dulce mirada: él tendrá mil... Es 
verdad que esas mil miradas será preciso dividirlas con mi digno 
esposo, su vecino y su rival; y con S mea ton, que está cubierto de pe- 
drería; y con Brereton y Weslon, que parecen dos gallos dispuestos 
á despedazarse si el uno es mas favorecido que el otro. 
* Estas palabras caian en el oido del reycomo los venenos de la ca- 
lumnia que Shakspeare hace destilar de la boca de Tago sobre el co- 
razón del Moro de Venecia. 

—Son dichosos, en efecto, dijo Enrique con rabia mal comprimida. 

— Son dichosos públicamente, añadió lady Rochefort, y la 

dicha es doble por la audacia misma del hecho: la una desafia á su 
esposo y sefior, el otro desafia á su esposa, mal protegida por la pre- 
sencia y la vecindad de vuestra majestad. 

— ¡Hé aquí las señas, dijo Enrique, reparando que la reina habia 
llevado el pañuelo á los labios! ¿Se ha visto jamás olvido tan inde- 
cente de la dignidad? 

T diciendo estas palabras, el monarca miraba las rosadas mejillas 
y los modestos ojos de Juana Seymour. 

Lady Rochefort lanzó de improviso una esclam ación, 

—¿Qué hay? dijo el rey. 



Digitized by 



Google 



011010*1. 4*7 

— ¡Oh! Bato pasa ya de toda creencia, y realmente el rey debe cui- 
dar de su propia majestad. . . Ved, sefior, lo que hace el conde de Ro* 
chefort en este momento. 

—(Dios me asista! murmuró el rey, ¡tiene el pañuelo de la rei- 
nal... 

—Que su majestad ha dejado caer de sus propias manos, y que 
Norria, Smeaton y los otros devoran con sus muradas. 

— Lo besa con respeto... con embriaguez... 

Enrique, devorado por las furias, se levantó en el instante, y sin 
•otra formalidad que una terrible mirada dirigida sobre la reina, sa- 
lió de la tribuna, dejando interrumpido el espectáculo y & la multi- 
tud palpipanle de inquietud 7 sorpresa. 

Norris, su primer gentil-hombre, acudió en el instante y le pidió 
órdenes. 

—Id á llamar, dijo Enrique, mordiéndose los labios hasta hacerse 
sangre, á Smeaton, Brereton y al hermano de la reina. 

Los tres llegaron al instante. 

—Norris, Rochefort, Smeaton y Brereton, idos inmediatamente á 
la Torre, sin justificación, les dijo el rey. 

Los cuatro infortunados se miraron sin comprender nada, y salie- 
ron, en medio de guardias, precisamente en el mismo instante en 
que la reina, inquieta de la desaparición del rey, venia á saber la 



—Vos, seBora, la gritó Enrique desde lejos, id á vuestros aposen- 
tos y no salgáis de elios sin orden mia. 

Ana pareció no haber entendido estas palabras: tal fueron su es- 
tupor y su inmovilidad. Fué preciso que la repitiesen la frase de En- 
rique. Entonces volvió atrás, pensativa, y sin comprender qué mo- 
tivo podía haberle eoagenado asi el corazón de su marido. 

¿Quién la hubiera advertido? A la primera palabra de su desgra- 
cia, s*atió que las picaduras de sus enemigos habían sido heridas 
pretendas. Sola, amenazada, no tenia otro recorso que la bondad de 
Enrique... la bondad de este hombre que babia dejado morir de pe- 
na á Catalina de Aragón. 

El ilia corrió para Ana en una horrible perplejidad. Súbito, una 
idea consoladora vino á su mente: Enrique era desoonflado, fcntás- 



Digitized by 



Google 



M PRISIONES 

tico, y quería, sin duda, someterla á ana prueba. La apariencia de 
una desgracia la imputaría lal vez á revelar un carácter altanero, la 
conduciría á algún esceso. Lo que le ocurría era una prueba: no po- 
día ser otra cosa. Ana recobró so serenidad, prometiéndose no dar 
ocasión á que se formase de ella un juicio inconveniente. El dia si» 
goiente esperó la reina el fin de la comedia, y, en efecto, llegó el 
desenlace. Un condestable del palacio vino á buscarla en medio de 
sus damas. 

Ana se había vestido, esperando una visita del rey, ó un mandato 
para ir á su presencia. 
—¿A dónde me lleváis? dijo, esperando oir: ante el rey. 
—A la Torre, seffora, respondió el condestable. 
— jA la Torre!... ¡yoá la Torrel.... ¡Qué be hecho yol 
— Señora , puedo decíroslo , respondió el magistrado : habéis 
ofendido al rey, vuestro esposo y vuestro señor, en su doble cualidad 
de sefior y esposo. Primero, diciendo á varias personas que vog no 
habéis amado jamás al rey, lo cual es atentatorio á la majestad real, 
crimen previsto por el estatuto del parlamento, que declara criminal 
de estado á todo el que hable en contra del rey, la reina ó su poste- 
ridad; después, violando la fé jurada, guardando en el fondo de vues- 
tro corazón otros amores, y alimentando el pensamiento de incesto y 
de adulterio. 

—[De incesto! ¡De adulterio! esclamó la infortunada en el colmo 
del estupor... ¡Cómo! ¿nadie se subleva conmigo contra estas infa- 
mias? ¿nadie grita conmigo: venganza contra los calumniadores? 

Un profundo silencio acogié estas palabras, hijas de la desespera- 
don de la reina. 

—¡Juana! ¡Juana! dijo ella, tú me conoces; responde: ¿me crees 
tú incestuosa, adúltera? ¿Dónde estás, Juana? 

— Lady Juana Seymour está con su majestad, respondió el condes- 
table. 

Ana dejó caer sus manos inertes, y, sin exhalar una queja mas, 
marchó á la Torre, en medio de los oficiales y condestables que for- 
maban su cortejo. 

Una vez en la Torne, encerráronla en la sala de ceremonias, her- 
mosa estancia, mas triste por los recuerdos que traía á la memoria: 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. a$ 

m ella había Ricardo III, duque de Glocetter, hecho asesinar á Has- 
UngsyáSlanley. 

La luz del sol en l raba en esta estancia, sombría y descompuesta, al 
través de los peque&os vidrios guaroecidos de plomo y empatiados 
del polvo. 

—¡Yo, adúltera!... ¡Yo incestuosa!... esclamó Ana de Bolena 
cuando el horror de aquellas palabras hubo llegado hasta el fondo de 
su corazón. 

Y la desgraciada, después de algunos accesos de violentas convul- 
siones, cayó fria é inanimada sobre el pavimento. 

Volviéronla bien pronto á la vida; mas delirante, casi loca. 

'¡Se mata aquí, se mata! esclamaba; ¡y yo no quiero mo- 
rir!... Yo no soy culpable: ¡nada tengo que echarme en cara! 

—No alcanzareis el perdón del rey, la dijo uno de los tenientes de 
la Torre, si persistís en negar de esa manera. 

—Tenéis razón, sefior: un alma como la mía puede presentarse 
desnuda delante de sus jueces... ¿Quién no ha cometido faltas? Yo 
he cometido muchas. . interrogedme: yo responderé. 

— Se trata del amor criminal que tenéis por vuestro hermano. 
¿Tenéis ó no este amor? 

—¡Oh! esclamó con horror; amo á Rocheforl, mas como una her- 
mana. 

— ¿Y á Norria, primer gentil-hombre del rey? 

—Seré franca... He gastado familiaridades con él. Un dia le dije, 
riendo, que había adivinado el porque no se casaba.— ¿Porqué, seño- 
ra? dijo él. —Es, le dije yo, porque vos pensáis casaros conmigo, cuan- 
do yo sea viuda. 

Esta confesión , escrita con avidez , pareció horrible k aque- 
llos que no buscaban mas que un protesto para deshonrar k la 
reina. 

—¿Y Weston? la dijeron. 

—He andado ligera con él. Lo encontraba constantemente cerca de 
na de mis parientas y frío con su esposa, y se lo bice observar re- 
prendiéndole dulcemente.— tSefiora, me dijo él, vuestra majestad es- 
tá equivocada: no es esa la mujer que yo amo .. es... vuestra ma- 
jestad. » Mas ye le respondí tas duramente, que el pobre hubiera que- 

Tb«0 II 51 



Digitized by 



Google 



410 PRISIONES 

rido de buena gana retirar las palabras que había dicho por pura 
galantería. 

Esta referencia sable? ó también la indignación. 

— ¿Y Smealon? la preguntaron. Vos le ¿abéis recibido en vuestros 
aposentos, le habéis tolerado sus asiduidades... 

— Smeaton ba sido mi caballero de cuarto; mas á pesar de esto, 
no ha entrado jamás en mis aposentos. No, me equivoco: ha esta- 
do dos veces. Esto fué para tocar en el clavicordio algunos aires que 
habian traido de Italia y que yo no podia comprender bien. 

—Buscad bien en vuestra memoria: Smeaton ha sido mas dichoso. 

—Ahora me recordáis una frase de este gentil-hombre. Un dia le 
pregunté porque me servia (an fielmente:— «Es porque soy bien pa- 
gado.» Admíreme de esta respuesta, porque Smeaton no ha tenido 
mas que muy poca parte en mis liberalidades. 

«No me pagáis en dinero, dijo, y una sola de vuestras miradas 
me hace mas rico que los reyes de la tierra.» 

Tal fué la candida confesión de Ana de Bolena; en ella no había, 
verdadera ó falsa, una tacha que arrojar sobre su conciencia, que 
muchos no osan interrogar abiertamente; mas sus ligerezas parecieron 
suficientes al rey, que no pedia mas que un protesto, y lejos de ad- 
mirar la buena fé de su mujer, tomó acta de estas declaraciones 
como testimonios suficientes contra ella. 

Todo el mundo abandonó á la reina desde que entró en la Torre: 
su desesperación fué tal que no puede describirse. Sus mismos pa- 
rientes rehusaron Verla, y su tio, el duque de Norfolk, que la debia 
su elevación, fué el primero en fomentar contra ella el encono y el 
furor del rey. 

Un solo hombre tuvo piedad de ella en estos momentos: Cran- 
mer, ese teólogo que, merced á su apoyo, había subido hasta 
las primeras dignidades eclesiásticas. Granmer era un hombre de na- 
turaleza bondadosa. Babia sentido la suerte de Tomás Moro y no 
gustaba de ver abatidas en torno suyo todas las hechuras levantadas 
por el capricho del rey, pensando sin duda que le estaba reservada 
la misma suerte. 

Granmer fué una tarde á la Torre, para ver á Ana de Bolena. 

Su dignidad le hizo posible la entrada. 



Digitized by 



Google 



M EUBOFA ill 

Ana había visto tanta traición, después de su caida, que pudo creer 
eo una nueva traición de parte del prelado. 

—¿Vos también, Granmer? le dijo. 

— Yo rengo á consolaros, señora, contestó, y no á aumentar vues- 
tra desesperación. Vuestra causa es perdida, sin que vos tengáis nada 
que reprocharos. Mi visita tiene por objeto daros la tranquilidad, 
quitándoos toda esperanza. 

—¿Qué decís, Cranmer? ¿Cómo conciliar ese contraste? 

— Fácilmente. ¿Sabéis bien, sefiora, por qué eslais en la Torre? 

—Porque alguno de mis epemigos ha persuadido al rey de que yo 
soy culpable de adulterio y de incesto; porque Norris, Rochefoi t, Bre- 
reton y Smeaton pasan por haber sido favorecidos con mi amor. 

— Es eso lodo lo que vos sabéis, ¿no es eso? 

— Absolutamente todo... ¿No es bastante aun? 

— Si no fuese mas que eso, sefiora, habría alguna esperanza; pero 
vos seréis condenada, aun probando que estáis inocente. 

— ¿Qué decís? 

— Recordad, sefiora... Mas ante todo juradme por Dios que no re- 
velareis jamás una palabra de la conversación que vamos á tener. 

—Lo juro, amigo mío; ¡mas decid pronto, por piedad! 

—¿Cómo ha procedido el rey cuando quiso catarse con vos, estan- 
do casado con Catalina de Aragón? 

—Vos lo sabéis como yo. Me amaba, y me pidió que le corres- 
pondiese. To le respondí que si él estuviese libre, no seria la ambi- 
ción la que me hiciese desear el trono. El se empeñó en romper ¿a 
matrimonio con Catalina, sobre un protesto cuya frivolidad mi«ma 
probaba toda la violencia de su amor, y un sacerdote nos unió, á pe- 
sar de toda la oposición de la reina. 

— Deteneos aqui, señora... A pesar de existir vos, y de toda oposi- 
ción por vue¡<tra parte, sobre un pretexto coya frivolidad misma prue- 
ba la violencia de su pasión, el rey quiere romper su matrimonio con 
Ana de Boleoa, porque ha dicho á otra mujer: yo os amo, y osla le 
ha respondido bajando los ojos: si estuvieseis libre, spfior, no seria la 
ambición lo que me baria desear el trono. 

Ana de Boleoa cogió la mano á Cranmer. Una idea brilló en sus 
ojos: un grito se escapó de sus labios. 



Digitized by 



Google 



41* MtWOKES 

-r-r¡Qu¿ torpe t*e estado, dijo, en no haber visto eso que acá- 
bais de decirme! El ama... ¡Oh! Race tiempo que esta herida está 
abierta en mi corazón y do la be sentido. Es Juana Seymour la que 
él am?, ¿no e* eso? esclamó de repente. 

—Sí, seflóra. 

Ana ocultó su rostro en sus manos, y la palidez de la muerte se 
estendió sobre su frente y sobre su bellísimo cuello. 

Poco después, sin embargo, se levantó tranquila y sonriendo. 

—El golpe h$t &ido rudo, dijo; mas, en fin, ya se acabó. Gracias, 
mi bueno y digno amigo. Ta no sufriré mas: ya sé porque seré con- 
denada, y que ruegos, lágrimas, nada apartará de mi este cáliz. ¡Oh! 
¡Qué desgraciada soy! ¡la desdicha que causé recae sobre mi cabeza! 

—No os acuséis, señora. To os he advertido como amigo fiel. 
Mostrad á vuestros enemigos que sois un alma escogida: sed mas 
grande que vuestro infortunio. 

— Granmer, yo sé bien ya lo que mo está reservado. . . El rey no es 
un hombre como olro cualquiera, es un teólogo, un escrupuloso; él 
no quiere tener queridas, esto seria incurrir en la condenación; le son 
precisos amores legítimos. Me dará muerte por legitimar á Juana 
Seymour. Queme mate; pero que sepa al menos que no soy engasa- 
da por su grosera astucia, y si él me ha dado la corona por uq ca- 
pricho, no reconozco que á su capricho tenga el derecho de hacerla 
pasar sobre otra cabeza. 

—¿Qué haréis, señora? 

—Escribiré al rey... ¡Oh! Catalina le escribió también antes de 
morir... ¡Miserable! ¡qué miserable he sido! 

—Señora, acordaos de vuestro juramento: nada debéis revelar de 
nuestra conversación. No perdáis á vuestros amigos. 

—Nada temáis, amigo mió: yo hablaré tan dignamente, que los 
que me han sido fieles so alegrarán de haberme amado. Idos: os doy 
gracias, por segunda vez. Nos volveremos á ver, ¿no es eso? 

—Señora... 

— Será preciso. . . Yos sabéis bien que el rey no puede levantar el 
trono de su esposa futura sino es sobre un cadalso. 

—¡Oh! ¡Qué ideal... No lo creáis: el divorcio será suficiente, se- 
ñora. Yo lo creo asi en mi alma y conciencia. 



Digitized by 



$Ie . 



DHUMt*» 418 

—Vos me bebéis fortalecido eeatra todo, Granmer, y la muerte 
me será mas dulce que el divorcio: venga, pues, la muerte* 

Craamer salió de la prisión de la reina. 

Alguaos momento* después entró en ella un enviado del rey, el 
amigo mas querido de lady Rochefort y de Juana Seymow. 

Esb* personaje iba encargado de ofrecer gracia á la reina, en 
cambio de oaa confesión detallada y que estableciese su culpabilidad, 
como adúltera, con los coacusados. 

Ana sonrió con desden, despidió á aquel hombre, y haciéndose 
llevar lo oecesario, escribió una caria para Enrique VUI, notable 
por su sencillez y nobleza. 

En las pocas lineas de esta carta está encerrado todo el dolar del co* 
razón, lleno de amargura de la infeliz reina, sacrificada ¿t una rival. 

ttSeñor. son tales y me causan tal estrañeza la cólera de vuestra 
majestad y mi prisión, que no sé como escribiros ni de qué justifi- 
carme. 

«Mi dificultad es lauto mayor cuanto que vos me pedis declarar la 
verdad, para obtener gracia, y el mensajero que me enviáis es, voa 
lo sabéis, mi cru<l, mi antiguo enemigo. £1 envía de este mewajero 
es suficiente para hacerme comprender vuestras disposiciones re*pec« 
toa mi. 

«Sin embargo, puesto que sinceras manifestaciones pueden salvar- 
me, voy á obedecer vuestras órdenes con alegría y sumisión; mas 
no creáis, señor, que vuestra desdichada esposa puede ser compla- 
ciente hasta confesar una falta de la que no ha tenido jamás ni el pen- 
samiento. Esta es la verdad. Jamás piincipe alguno ha tenido una 
mujer mas apegada á sus deberes, ni mas tierna, que lo ha sido para 
vos Ana de Bolena. 

« To me hubiera contentado con este nombre y hubiera continuado 
oscura en mi puesto, si Dios y vuestra majestad no hubiesen decidi- 
do otra cosa; mas yo no me he olvidado sobre el trono, k donde vos 
me habéis hecho subir, tanto de lo pasado, que no baya previsto la 
desgracia que me cerca. Me be hecho la bástanle justicia para decir- 
me, que no t slando fondada mi elevación mas que sobre un capricho 
del amor, piro amor podía á su turno seducir vuestra imaginación 
y quitarme vuestro corazón. 



Digitized by 



Google 



ii4 raisioms 

«Vos me habéis sacado de un estado oscuro para decorarme con el 
titolo de reina y del mas precioso aun de vuestra compañera; el uno 
y el oiro están sin duda por encima de mis deseos y de mi mérito; 
mas, pues me habéis encontrado digna de este honor, haced que 
una ligereza ó el capricho de mis enemigos do me priven de vuestras 
bondades, que la mancha, la odiosa mancha de ser considerada como 
sospechosa de haber hecho traición á vuestra majestad, no enlode el 
nombre de vuestra fiel esposa y de la princesa, vueslra hija. Haced- 
me juzgar, señor, yo lo consiento; mas por un tribunal legitimo, por 
jaeces, no por enemigos; y entonces se verá palpable mi inocencia, 
vuestra inquietud y conciencia satisfechas, y la calumnia forzada al 
silencio; ó mi crimen será probado. 

«De esta manera, sea cual fuere mi suene, vuestra majestad no 
quedará expuesto á ningún reproche, y cuando mi falta eslé jurídica- 
mente probada, seréis libre, no solamente de castigar á una mujer 
perjura, sino de seguir vuestra nueva afección; pues que vuestra ma- 
jestad está ya resuelto á reemplazar mi persona por el amor de aque- 
lla que me ha reducido ai estado en que me veo. 

a Si habéis tomado ya vuestra resolución respecto á mi, si es pre- 
ciso, no solamente que yo muera, sino que una infame calumnia os 
asegure la posesión del objeto al cual miráis unida vuestra dicha, yo 
deseo que Dios os perdone un crimen tal, asi como á mis enemigos, 
instrumentos de tan gran delito. 

«¿Podrá Dios dejar de pediros cuenta de vuestras crueldades para 
conmigo? 

«¿Me será dado sufrir sola los golpes de vuestra cólera?... Dad 
libertad á mis servidores, que se me ha dicho están presos como 
•cómplices mi os: son inocentes. Esto es el único y último ruego que 
oso dirigiros. Si alguna vez he tenido valia delante de vos, si alguna 
vez el nombre de Ana de Bolena ha sido agradable á vuestros oídos, 
acordadme ole favor que os pido, y no os impoi tunaré mascón que- 
jas y con haceros saber los ruegos que elevo al cielo para que os lo- 
me bajo su guarda. 

« Desde mi triste prisión, en la Torre, hoy 6 de mayo. 

«Vuestra leal y siempre fiel esposa, 

Ana de Bolena.» 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 415 

La naturaleza de Enrique era tan feroz en el deseo como en el has- 
lío. Ana do era ya amada, y debia ceder la plaza á Juana Seymour. 
Poco importaba que fuese ó no culpable, toda vez que fuese condena- 
da. El proceso se instruia velozmente. 

Se llegó hasta ir en busca de confidencias de una mujer muerta 
hacia ya afios. Algunos testigos habían oído algo, y otros habían 
oído decir que habían oído. 

El rey tenia, pues, necesidad de algún testimonio mas sólido. De 
ingrato y de feroz, llegó á ser bajo é innoble: hizo ofrecer la vida á 
Smeaton, á condición de que declarase su crimen y el de la reina. 

Smeaton, de espíritu débil y vanidoso de su belleza, creyó en las 
promesas reales, y, por escapar á la muerte, aceptó el vergonzoso 
oficio de calumniador; y declaró: que la reina le había concedido sus 
favores, y que sus relaciones amorosas para con ella se remontaban 
á algunos años, y que habían continuado sin interrupción. Mas claro, 
declaró cuanto quisieron que declarase. 

Supo Ana de Bolena esta nueva infamia, y pidió ser puesta frente 
k frente del miserable: estaba bien segura de confundirle y de 
probar su cobardía. Los enemigos de la reina no consintieron esta 
confrontación. 

Smeaton descubrió bien pronto el lazo en que le habían cogido: 
fué sacado de la Torre con Weston \ Brereton, y entregados á los 
verdugos. Conducidos al suplicio, los tres fueron colgados. 

Norria era un caballero de la mas alta nobleza y había gozado 
gran favor con el rey. Su testimonio pareció á este de tal importan- 
cia que resolvió comprarlo á cualquier precio, y le hizo también ofre- 
cer la vida si quería declarar la culpabilidad de la reina; mas Norris, 
que era el que acaso amaba mas noblemente á Ana, no quiso com- 
prar su vida con una infamia. 

—¿Qué me pedís? dijo: esplicaos. 

— Ljl voz pública os acusa de relaciones criminales con Ana de Bo- 
lena. 

— (Las pruebas! 

—El testimonio de la misma reina... que ha declarado que vos la 
amaif , que tos aguardáis la muerte del rey para casaros con ella. 

— ¡Eso es biso! La reina ha dicho esas palabras bromeando, y 



gitized by 



Google 



116 PRISIONES 

aun cuando las hubiese dicho con formalidad ¿cual es la ley, cual es el 
capricho de tirano que impide á un hombre el amar á una mujer, y 
encerrar su pensamiento en su corazón, y aguardar, sin decirla nada, 
el momento en que esta mujer sea libre? Mas yo os lo digo, nada de 
eso está en el corazón de la reina ni en el mió. 

—En fin, estáis acusado y os aguarda una condena, pues el honor 
del rey no puede sufrir la mas ligera sombra. Sois joven, rico, y vues- 
tra familia quedará desesperada con vuestra muerte: libertad vuestra 
vida con la franqueza: confesad vuestro crimen y viviréis. 

Norris miró desdeñosamente al consejero encargado de negociar 
este asante. 

— En verdad, dijo, bé aqui una lógica incomprensible ó una infa- 
me perversidad... Que me declare culpable y seré libre, que me de- 
clare inocente y seré decapitado... que yo mienta diciéndome culpa- 
ble, es decir, que cometa un crimen, y el rey me mirará favorable- 
mente. El rey quiere echar su crimen sobre la conciencia de otro. .. 
mas está no será la mia. Rehuso: la reina es inocente y yo tan ino- 
cente como ella. Llamad á los verdugos. 

Era preciso ahogar las enérgicas protestas de Norris, y fué deca- 
pitado. 

Hé aquí los cómplices ejecutados, pensaron los enemigos de la 
reina, mas es poco aun: no basta con que el rey haya recobrado su 
libertad por la muerte de Ana de Bolena, es necesario romper este 
matrimonio tan penosamente llevado á cabo, á pesar de Roma y del 
imperio, y para no rodear el trono de pretendientes, es preciso decla- 
rar ilegitimo el hijo de la última reina, de la misma manera que se 
hicieron declarar bastardos los hijos de Catalina de Aragón. 

Esto parecía dificil después de todos los trabajos que el rey se ha- 
bía tomado por legitimar á Isabel, hija de Ana de Bolena. Sin em- 
bargo, el rey, como hábil en estos asuntos, salió del paso con una 
sutileza. 

—Es imposible, se decía, qne una mujer tan corrompida y tan 
perversa, no haya dado algunos signos de su inmoralidad antes de 
casarse. 

Entonces fué cuando Cranmer volvió á la Torre á ver á la reina, 
la cual, cada dia mas desgraciada, sentia acercarse' el fatal término. 



Digitized by 



Google 



OB EUR0F4. 417 

Esto visita foé para ella como una dicha inesperada. 

El primado, despees de alejar todo testigo, se aproximó á la rei- 
na, y la dijo: 

— Ya veis como os be servido, y cuanto me he espuesto por ha- 
ceros un bnen servicio. Heme aqui otra vez porque un nuevo pe- 
ligro amenaza, no vuestra cabeza, sino vuestro honor. To no puedo 
olvidar que vos me habéis hecho lo que soy, grande, rico y podero- 
so: el honor de mi protectora ha venido á ser mi honor. 

—Ya no me habláis de mi vida dijo Ana con una dolorosa 

sonrisa. 

— Mas larde, señora, respondió Granmer con algún embarazo. 
Mas, ahora, se trata de vuestra dignidad. El rey quiere anular 
vaestro matrimonio, y hacer ilegitimo el nacimiento de la princesa 
de Gales, vuestra hija. 

Ana levantó las manos al cielo. 

— {Deshonrar á su propia hija! ¿Esa hija que tanto ha deseado, que 
ha amado con locura? íes imposible! 

— Es lan posible, sefiora, que será, si vuestra majestad lo deja 
hacer, y si un hombre, en cuyas manos etík vuestro honor en este 
momento, es un cobarde como Smeaton. 

—¿De quién me habláis? no os comprendo. Yo tenia servidores y 
les han dado muerte; tengo una hija y la ban manchado. ¿A quién 
pueden dirigirse? no me quedan mas que enemigos. 

—En vuestro pasado, seflora, se puede encontrar el pretesto que 
vuestros enemigos buscan para perderos. ¿Conocéis al conde de 
Northumberland? 

— Milord Pierey, el amigo de. mi juventud, mi compañero cuando 
vivíamos dichosos en Francia. 

Y la desdichada sintió inundarse de lágrimas sus ojos al recuerdo 
de un pasado tan dulce. 

—¿Vos le conocéis? 

— Generoso, bueno, leal... 

—¿Habéis tenido amistad con él? 

—Sincera, á toda prueba. 

—¿Y él por vos? 

—El me ha querido siempre, como un hermano. 

TOSO 11. ss 



Digitized by 



Google 



118 HtlSIONRS 

— Ahora bien, señora: el conde de Northumberland está en este 
momento con el rey, que le pide cuentas de esta amistad de la in- 
fancia, que le llama á declarar si en algún tiempo ha existido entre 
él y vos algún compromiso mas serio; si, en una palabra, el conde 
ha pensado alguna vez en ser vuestro esposo. 

—¡Ojalá yo no me hubiese casado! Mas, amigo mío, ¡ese tirano 
está loco! ¿cree, pues, que mi vida ha debido comenzar el dia que le 
he conocido? ¿Cómo no tolera que mi corazón haya amado el cielo 
y que mis ojos se hayan fijado sobre criaturas vivientes? ¿No hay, 
pues, otro ser que él en la creación? 

—Es rey, señora, y quiere tener razón en todos sus caprichos. 

—Pero no deja de ser una locura interrogar los 'sentimientos de 
un hombre que me es completamente extraño después de mi matri- 
monio. Eso es demostrar claramente que, no encontrando liada en mi 
vida de esposa, se busca algo en mis pasatiempos jíveniles. ¿Por 
qué no indagan mis sueños? 

—Si el conde de Northumberland ha obtenido de ves una promesa de 
matrimonio, vos no habríais tenido el derecho de casaros con el rey; 
y, por tanto, vuestro matrimonio será Bulo, y bastardo vuestro hijo. 

—Responda Northumberland lo que quiera, dijo la reina; veré* 
mos como el tribunal acogerá la razón que yo le daré. 

«-Vos no tenéis en este negocio mas juez que yo: á mi será lleva- 
da la causa. Sostened que ningún compromiso ha mediado entre el 
conde y vos, que libremente os habéis enlazado con el rey; y la co- 
rona no caerá de vuestra cabeza. 

—Sino cuando la cabeza caiga, dijo Ana con un* amarga sonrisa. 

—Vais demasiado lejos, señora.. Ya os he advertido; adiós. Pre- 
paraos á defenderos sobre este punto. 

En efecto, por esta anulación de matrimonio fué por donde quiso 
empezar Enrique VIH; mas Northumberland, como hombre de co- 
razón, declaró que no habia mediado jamás compromiso algono en- 
tre él y Añade Bolena, y sus relaciones deínfanefano habían dado 
otro resultado que una amistad, cada vez mas respetuosa, á medida 
que la joven habia ascendido en años y dignidad. 

—Entonces, dijo el primado, es preciso confirmar d matrimonio, 
puesto que esta declaración parece franca y leal. 



Digitized-by 



Google 



DK BÜHOPA 41 1 

— Es preciso que el conde preste juramento entre las manos de 
dos arzobispos, dijo el rey, de que jamás contrato, promesa, ú otra 
clase de compromiso le ha ligado con Ana de Bolena. 

— Estoy pronto ajorar, dijo el conde. 

— ¿Y comulgareis después de baber hecho este juramento? 

— Comulgaré, repitiendo cuanto acabo de decir. 

Fué preciso sobreseer sobre este punto. 

El rey quiso también que la acusada compareciese con su herma- 
no delante de una asamblea de Pares del reino. 

El' vizconde de Rocheforl, inmolado al encono de su esposa, tuvo 
que responder á la acusación de incesto entablada contra él y su 
hermana. 

La asamblea estaba presidida por un tio de los acusados, el duque 
da Norfolk. Estas venganzas judiciales de que usa la hipocresía de 
ciertos tiranos ofrecen siempre ejemplos de increíbles* absurdos. 

Toda la acusación basaba sobre este cargo: se habia visto un dia 
al vizconde de Rochefort sentado cerca del lecho de la reina, ha- 
blando con ella, que tenia el codo apoyado sobro él. ¡Horrible fami- 
liaridad! También se apresuraron ¿ comprar algunos testigos, me- 
diante amenazas ó dinero, y de esta manera quedó establecida la 
culpabilidad. 

Enrique VIH no se preocupó por estos manejos; con poco tenia 
bastante: la negación misma lo hubiera sido suficiente. 

El rey se contentó, pues, con lo hecho, el Iribuoal pareció quedar 
convencido, y declaró á Rochefort y á Ana de Bolena culpables de 
adulterio y de incesto. La sentencia de esta decía: que la culpable 
seria decapitada ó quemada viva, según la voluntad del rey. 

A estas palabras, pronunciadas por el duque de Norfolk, Ana se 
levantó. Durante el curso del debate se habia defendido con un ta- 
lento y un vigor tal, que varias veces habia hecho palidecer 4 sus 
acusadores; mas viéndose condenada, esclamó: 

— Hilores: ¿sabéis lo que habéis hecho? condenáis á una ipujer 
inocente. Buscad la verdad de ese crimen que me conduce & la muer* 
te, y no encontrareis en él lo bastante para que ocupe formalmente 

k uo juez ¡Morir por haber sido una mujer poco cuidadosa de 

las cuestiones de etiqueta! .. ¡Ob Creador mió! ¡Oh padre mió! vos, 



Digitized by 



Google 



410 PRISIONES 

que sois la justicia, la verdad, la vida, dejad á estos hombres aho- 
garse en la ignorancia y en la sangre! Yos sabéis, mi Dios, que soy 
inocente... ¡que no he merecido esa muerte! Milores, pensadlo bien: 
¡la posteridad va á conservar vuestros nombres en la memoria, y os 
deshonráis matando una mujer á pesar de la voz de vuestra con- 
ciencia! 

T fatigada por tan terribles emociones, cayó sobre su asiento. 

Los miembros del tribunal se alejaron: habian cumplido su mi- 
sión, y el rey debia estar satisfecho. 

Hecho esto, di ose prisa Enrique á dar fin á la anulación de su 
matrimonio, é hizo comparecer á Ana y á Northumberland delante 
de Cranmer. 

Sabia éste harto bien la influencia que sus consejos tenían sobre la 
reina, y contaba con la firmeza de esta para persistir en la declara* 
cion de la validez del matrimonio. 

Desde que Cranmer oyó á Northumberland afirmar bajo juramen- 
to, que ningún compromiso le había ligado con Ana de Bolena, di- 
rigióse á esta, y la dijo: 

—Señora : acabáis de oir la declaración del conde de Northum- 
berland. ¿Nada os ha ligado con él, nada os ha impedido contraer, 
legal mente matrimonio con el rey de Inglaterra? ¿Estáis de acuerdo 
con esta declaración? 

Ana, en vez de levantar altivamente la cabeza, como lo habia he- 
cho en el otro tribunal, ocultó, avergonzada, el rostro entre sus 
manos. 

—Estabais libre, ¿no es eso? dijo Cranmer. 

—No, replicó ella, mas tan en voz baja, que apenas se la en- 
tendió. 

Granmer hizo un movimiento de sorpresa: el conde, fijando sobre 
la reina una mirada terrible, aguardó á que esta se esplicase mas 
claramente. 

—¿Cómo? dijo el primado, ¿no estabais libre?. .. ¿teníais un com- 
promiso?... 

—Sí. 

—¿Con el conde? El conde habrá mentido al rey: ¿tendrá un cri- 
men sobre sí? 



Digitized by 



Google 



ÜB EUROPA 411 

Esto era advertir & la reina del peligro que so declaración ines- 
perada hacia correr al conde de Northumberland. 

—No, eso no, replicó ella vivamente : el conde no tiene nada qué 
ver en este compromiso de que yo hablo: no es con él con quien yo 
lo había contraído. 

— ¿Entonces, replicó el primado, declaráis por vos misma que 
vuestro matrimonio con el rey debe ser mirado como nulo y anu- 
lado? 

-Sí. 

—¿Que vuestra hija, legitima por este matrimonio, reconocida 
princesa de Gales, y heredera de la corona, puede ser degradada de 
sus dignidades y declarada ilegitima? 

Ana hizo un violento esfuerzo, comprimió la angustia que des- 
garraba so pecho, y quiso responder; mas no pudo. 

El primado repitió la pregunta. 

— SI, murmuró al fin. 

Terminó la sesión. 

Ana acababa de ser arrojada del trono, y su hija deshonrada des* 
de su nacimiento. En un segundo f Ana de Bolena acababa de sacri- 
ficar el solo medio que la quedaba de morir como reina de Inglaterra. 

Cranmer no sabia como explicarse este súbito cambio. Su inquie- 
tud no conoció limites cuando vio á Ana sucumbir al dolor, y tener 
que llevarla desmayada á la Torre. Al instante fué á verla, merced á 
la posibilidad que de hacerlo le daba su cargo. 

— (Cómo! la dijo, ¡vos! ¡una reina! ¡habéis hecho el sacrificio de 
vuestra dignidad y quitado el trono k vuestra hija! 

—Escuchad, milord, replicó la infortunada: vedme aun helada por 
el terror. Yo estaba dispuesta 4 persistir en mi declaración, cuando 
un hombre entró en este aposento y me leyó el proceso -verbal de 
una ejecución en la hoguera, y tuve miedo: este suplicio me ha pa- 
recido superior k mis fuerzas. Milord, yo soy una mujer débil, que 
ae espanta del dolor: he tenido miedo de morir en las llamas. Esle 
hombre, ó mas bien esle demonio, no he visto su rostro, me ha co- 
gido en medio de este terror y me ha prometido que se dulcificaría 
*¡ suplicio, si consentía en declarar que tenia compromisos anterio- 
res & mi matrimonio. En el caso contrario, me aseguró que se pro- 



Digitized by 



Google 



m PRISIONES 

longarian mis sufrimientos, y que los dolores me arrancarían ana 
declaración mas vergonzosa y cobarde. He aceptado, he hablado co- 
mo han querido, y añadió con una especie de alegría que martirizó 
el corazón del primado, moriré de una muerte mas dulce. 

Granmer se levan (ó y se fué, ahogando un suspiro, y repitiéndose 
que era indigno del perdón de Dios el que así torturaba el alma de 
su víctima. 

Enrique sostuvo la promesa hecha á su esposa, y para cumplirla 
hizo llamar al verdugo de Londres, hombre experto y cuya reputa- 
ción estaba bien establecida. 

—Veamos, le dijo, maestro: ¿das el golpe como quieres y donde 
quieres? 

— Algunas veces, señor, contestó el verdugo. 

—¿Cómo, algunas veces? ¿y por qué no siempre? 

— Porque la imaginación entra por mucho en la operación, y mi 
mano está firme ó tiembla, según que mi espíritu desea ó teme el 
golpe que va á lanzar. 

—Para cortar un cuello ilustre, ¿qué dirá tu imaginación? 

— Señor, temblaré... 

—¿Pero darás la muerte? 

—Puede ser que no del primer golpe. 

Enrique frunció el entrecejo. 

— Ese no es mi negocio, dijo: yo quiero que la ejecución se haga 
sin escándalo. 

—Es posible que yo acierte, señor. 

—¿Pero también es posible que equivoques el golpe? 

—Sí, señor. 

— ¿Todos los verdugos son escrupulosos ó inciertos como tú? 

—No, señor: hay hombres mas hábiles los unos que los otros, y 
ciertas manos dan cien golpes de hacha en la misma raya marcada 
en el madero. 

—Señálame una de esas manos. 

—El verdugo de Calais, mi compañero, señor. Tiene el ojo tan se- 
guro, que su cuchillo hiere el objeto fijamente: y tiene el brazo .tan 
fuerte que su hacha se enclaya en el madero de manera que no se 
la puede sacar otra vez. 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. M3 

— Eae es «1 hombre que me bace falla... Que bagan venir al ver- 
dugo de Calais . 

Ana de Bolena supo estas horribles particularidades con osa ale- 
gría que pareció estrada 4 lodos aquellos que la habían visto tem- 
blar delante de Cranmer, por algunos sufrimientos mas, y abdicar 
su dignidad y la de su hija por tener el derecho de elegir suplicio. 

El lugarteniente de la Torre fué á prevenirla que el día de la 
ejecución estaba fijado, que todo estaba pronto, y que no le quedaba 
sino dar sus últimas disposiciones. 

— Helas aqui, dijo alegremente : tengo un mensaje que enviar al 
rey. 

—Apresuraos, señora, si queréis, y elegid vueslro mensajero. 

— Ya está escogido, caballero: el mensajero seréis vos. Id á ver 
al rey, mientras que se terminan los preparativos, y decidle, que le 
estoy reconocida hasta el último punto por todo lo que ha hecho y 
continué haciendo por mi. De simple particular que era, me hi- 
to marquesa de Pembroke; de marquesa me ha hecho reina, y co- 
mo no hay nada por encima de una reina en esle mundo y no ha po- 
dido hacer mas por mi, se ha apresurado A hacerme salir de aqui, 
y me hace santa y mártir, procurándome el cielo, que puede ser me 
hubieran quitado mis faltas, si yo hubiera vivido mas tiempo. 

— Señora, dijo el lugarteniente, esas palabras... 

— Pensáis que yo bromeo, dijo ella. Yo bromeo» puede ser; mas 
¿qeó importa al rey que mi última frase sea una broma? ¿No vale mas 
para él qae yo muera riendo, que verme subir desmelena Ja y lamen- 
tándome, al cadalso que me prepara su bondadosa majestad? Va- 
mos, caballero, tranquilizaos: id á decir al rey lo que os he encar- 
gado de decirle; y si vos no lo osáis, dadme lo que os preciso para 
escribir, y yo le escribiré. 

—Prefiero eso, sefiora, dijo el oficial, que no encontrando opor- 
Uma U broma, temia que el rey no se vengase en el mensajero, no 
pudiendo hacerlo con la autora del measaje. 

Ana escribió á Enrique lo que acabamos de decir, y después se 
desapañó con baen apetito para tener foerxas, dijo, y morir bien. 

Se Rabian hecho grandes preparativos, y el pueblo acudió en 
gran multitud al derredor del cadalso. 



Digitized by 



Google 



4*4 PRISIONES 

Aoa pregante cuanto tiempo podían dorar los preparativos de la 
ejecución, desde el momento en que acabase de subir al cadalso bas- 
ta el momento del golpe fatal. 

—Eso depende lanto del paciente como del ejecutor, sefiora, la 
respondieron. Hay verdugos que, por mal entendida humanidad, col- 
man de miramientos á sus victimas. 

— Si eso depende de mi, dijo Ana sonriendo, os pido que creáis 
que no deseo prolongar mi agonía, y que el espectáculo no dura- 
rá largo tiempo. Has... si hablo mucho aqui es para no tener nada 
que decir cuando estaré allá. Si la brevedad depende, como habéis 
dicho, del ejecutor, estoy tranquila, pues que el verdugo ha sido es- 
cogido expresamente para mí. Se dice qué es un hombre de rara ha- 
bilidad, y mi cuello es tan delgado... mirad... que sin esfuerzo lo 
corlará en dejando caer el hacha. 

Guando Ana fué sacada de la Torre y conducida al cadalso, tomó 
un continente grave. Comprendió que una reina, una mujer inocen- 
te, debe morir con nobleza, no solamente por ella misma, sino por el 
triunfo de la mujer y de la majestad real, y se abstuvo de manifes- 
taciones escandalosas, de recriminaciones acerbas, como dé gemidos 
y llantos. 

Su último pensamiento fué para su hija, de la cual la habian se- 
parado. 

Previo que esta hija, reemplazada bien pronto en las afecciones 
del rey por otros hijos nacidos de su nuevo amor, sufriría la pena 
de las resistencias de su madre á la voluntad del rey. Ana de 
Bolena se acordaba de cuanto la obstinación de Catalina de Ara- 
gón en llamarse reina de Inglaterra, después de su divorcio, ha* 
bia perjudicado á los intereses de su hija María, suplantada por 
Isabel. 

— Ya he hecho bastante dafio á mi hija renunciando á su legitimi- 
dad, dijo Ana: no le quitemos, por un vano orgullo, el poco amor 
que queda aun por ella en el corazón de su padre. 

T arrodillada sobre el cadalso, dijo: 

— Declaro que no acuso á nadie de mi muerte: la ley me ha con- 
denado. ¿Es justo? el rey lo sabe. Es un principe clemente: es mi me- 
jor juez. 



Digitized by 



Google 



. Digitized by VjOOQLC 



Digitized by 



Google 



DS 1UR0FA. 4t5 

T dicho esto se entregó al verdugo, el cual, en efecto, separó de 
in solo golpe el cuerpo y la cabeza. 

El cuerpo de Aoa de Bolena fué metido en un ataúd de encina y 
llevado sin ceremonia á la Torre, donde fué enterrada la desdichada 
victima. 

Asi murió Ana de Bolena, castigada cruelmente por haberse enor- 
gullecido en su prosperidad. Murió inocente, pues Enrique, á pesar 
de su furor por acusarla, no pudo encontrar pruebas contra ella. Ade- 
más, el rey la justificó casándose, al dia si guien le de la ejecución, 
con Juana Seymour, á la cual la habia sacrificado. 

El mismo alio 1536, las puertas de la Torre se cerraron detrás de 
Tomás Howard, hermano del duque de Norfolk, acusado de haber 
querido casarse con Margarita Douglas, sobrina del rey. Los dos 
amantes fueron encerrados en esta sombría prisión. Margarita salió 
bien pronto. Mas Howard murió en ella. El carácter de Enrique VIII, 
franco hasta la ferocidad, no permite asignar á esta muerte una 
causa criminal. 

También fué encerrado en la Torre Tomás Cromwell, gran perse- 
guidor de los católicos romanos , y favorito del rey; pero Enri- 
que VIII mataba á sus favoritos como á sus mujeres, cuando se habia 
cansado. Tomás Cromwell, juzgado y condenado, pereció en Tower* 
Bill, sin otro crimen que sus largos servicios y la necesidad que 
sintió el rey de tener un nuevo ministro. 

Este principe, que varios historiadores han mirado como un gran 
político, fué con frecuencia un loco, á quien nuestras leyes condena* 
rían á la reclusión y á la interdicción. Cuando despojó los conventos, 
por hacer la guerra al Papa, dio, una vez, las rentas de uno de esos 
conventos á una mujer, en casa de la cuál habia entrado, durante la 
caza, y que le sirvió un plato de morcilla que encontró muy de su 
gusto. 

Estas eran las liberalidades de Enrique VIH... sus justicias ya las 
visto. 

aaaMAAAAAAAa/w*-— 



II. 



Digitized by 



Google 



m PRISIONES 



111. 



Eurique Vlll se enamora de Catalina Howard.— Se casa con ella.— Se sabe que esta 
princesa deshonra el tálamo real.— Sa proceso. — Es encerrada en la Torre. — So 
ejecución.— Intrigas y muerte de Lady Rocheíort. — Historia de Ana Ascue, teóloga 
disidente.— So martirio.— Prisión de lord Sarrey y de Norfolk, sa padre;- El hijo 
es decapitado. — El padre escapa del cadalso por la muerte de Enrique VIH. -«-Re- 
gencia de Somerset.— Reinado de Eduardo VI. —Lord Seymour envenenado en la 
Torre. — Somerset envenenado y ejecutado.— Juana Gray reina diez días. — Enve- 
nenada con su marido lord Guilfort en la Torre, es decapitada después de él.— 
Reinado de María. — Los leñadores de Smilhfteld. 

Lady Seymour habia muerto. 

Esta fué la mas querida de las infortunadas mujeres que casaron 
con Enrique VIH. 

Enrique se apresuró á casarse con Ana de Gléves; mas como tuvo 
la ocasión de ver á Catalina Howard, sobrina del duque de Norfolk, 
y de enamorarse de ella, se ocupó de divorciarse con Ana de Gléves 
para casarse con su nueva amada. 

Catalina era bella: Ana de Gléves era mas bien fea que soporta* 
ble; mas, fria y paciente como buena alemana que era, no se ofen- 
dió lo mas mínimo por el desprecio qué el rey la hacia. No ignora- 
ba, sin duda, á que atenerse respecto á los medios corrientes de su 
majestad británica, cuando quería desembarazarse de una esposa; 
y la dolorosa muerte de Catalina de Aragón, y la catástrofe de Ana 
de Bolena, compensaron bastante á sus ojos el privilegio de sentarse 
sobre el trono. Desde el momento que vio al duque de Norfolk in- 
trigar por hacer agradable al rey á su sobrina Catalina Howard y 
valerse de su reciente favor para hacer caerá Tomás Cromwell 
(pues fué á Norfolk á quien este favorito debió su ruina), Añade 
Cléves prescindiendo de todo amor propio, aguardó tranquilamente 
que la hiciesen bajar del trono para entrar en una condición modesta. 

Enrique se esperaba algún suceso ruidoso, y había preparado, sin 
duda, su arsenal de combinaciones matrimoniales, y la pobre reina 



Digitized by 



Google 



DiwmorA. m 

se creyó ver encima alguna buena acusación de adulterio ó de he- 
rejía: la Torre de Londres le pareció amenazadora, asi como el cadal* 
so de Tower-Hill. Pero, bien aconsejada, sea por amigo* prudentes, 
sea por el instinto de la conservación, dobló la cabeza y no pro- 
nunció palabra, como hacen los pájaros al oir los rugidos de la tem- 
pestad. 

Enrique VIU, ardiendo en deseos de poseer á Catalina Howard y 
de instalarla sobre el trono de Inglaterra, decidió expulsar á Ana de 
Oévcs. 

Para esta no fué una sorpresa: estaba ya prevenida. 

— Sefiora, le dijo el rey, con un fruncimiento de cejas olímpico en 
un todo: debéis haberos apercibido de que no podemos vivir por mas 
tiempo unidos. 

—¿Habré incurrido yo, sin saberlo, en la desgracia de vuestra 
majestad? le contestó la reina con dulzura. 

— Sefiora... he querido declararos por mí mismo y con franqueza 
mis sentimientos de esposo... Gomo rey, caso de necesidad, usaré 
otro lenguaje. ¿Creéis que una separación amigable no sea el medio 
mas digno? 

—Como mas os agrade, sefior. 

Enrique hizo un movimiento de duda y sorpresa, creyendo haber 
entendido mal. 

—¿Vos consentís? dijo él. 

—Vuestra majestad manda, y yo obedezco. 

—¿Aceptáis, pues, el divorcio, y convenís en que es jos lo? 

— To no me ocupo de eso, dijo la alemana. Si vue¿lra majestad 
lo hace, es que habrá justicia para hacerlo. 

—¡Muy bien I respondió Enrique, mas dichoso que si el cielo se 
hubiese abierto delante de él. 

—Mas yo no desmereceré, ¿no es eso, sefior? nosotros cedemos á 
la razón de Estado... 

—Habéis desmerecido tan poco, sefiora, que del rango de mi es- 
posa, quiero haceros pasar al de hermana mia. Vos seréis mi her- 
mana querida, y nunca mujer alguna gozará, como vos, de mas 
consideración en mi corte. 

—Sefior, tanta bondad... 



Digitized by 



Google 



m musiom» 

—Permitid : esceptuo á la nueva reina y & mi hija Isabel: la una 
reinante, y debiendo reinar la otra, su rango será superior al vues- 
tro, mas vos tendréis el lugar inmediato. 

—Quedaré muy honrada aun, dijo Ana de Clóves. 
— Me colmáis de alegría con esta muestra de talento y de cari- 
dad, señora. Para sostener vuestro rango, quiero asignaros una pen* 
sion anual: tres mil libras, ¿es bastante? 

—Es suficiente, señor. 

—Me falta daros las gracias y dirigiros una súplica. Vuestro her- 
mano, el Elector de Sajonia, podrá no comprender tan bien como no* 
sotros la necesidad que nos conduce al divorcio... los príncipes tie- 
nen con frecuencia un amor propio fuera de lugar; y yo tendré un 
gran disgusto si me veo comprometido á sostener una guerra con el 
que ha sido mi cuñado, que, pues vos seréis mi hermana, será mi 
hermano querido... Yo espero de vuestra bondad 

— Os comprendo, señor, y vais á tener la prueba. 

Ana se sentó delante de una mesa, y escribió al Elector de Sajo- 
nia, su hermano, la siguiente carta: 

«Hermano mió: 

a El rey y yo nos hemos convenido, con sincera amistad, en romper 
los lazos del matrimonio que nos une. Nuestra dicha, nuestra digni- 
dad exigen que el divorcio se haga sin escándalo. 

«En cuanto á mi, se me trata tan bien y me veo tan honrada por 
el rey, que tengo todo en poco con tal de vivir en buena inteligen- 
cia con este generoso y buen principe. Imitadme: yo or lo pido. Mi 
deseo es continuar viviendo en Inglaterra donde se me asegura una 
suerte digna de envidia Sin embargo » 

— Aqui, dijo ella, interrumpo la carta, si vuestra majestad lo jux- 
gaá propósito. 

—¿Qué hay? preguntó Enrique, que acababa de recorrer la arta 
con indecible satisfacción. ¿Qué deseáis? 

—Puede ser, dijo ella, que fuese conveniente que yo hiciera una 
visita á mi hermano; mas, si vos no lo juzgáis á propósito, no la 
haré. 

—Nada de eso, mi querida hermana, nada de eso: yo os autorizo 
á hacer esa visita. 



Digitized by 



Google 



DI UJMNL 4tt 

aiadiré, replicó ella con Impasibilidad, las palabras 
que suspendí basla saber vuestra voluntad: % 

«Sin embargo, tendré el placer de ir & haceros ana risita. Esperad* 
me, os lo ruego, y creedme siempre vuestra apasionada hermana.» 

«Anide Cléves.» 

Partió la carta, y Ana, con una rapidez, que no se hubiera debi- 
do esperar de su apatia, hizo sos preparativos de marcha para ir A 
hacer la visita prometida al Elector, i fin de alejarse de Inglaterra; 
al mismo tiempo, con mensajeros fieles, envió otra caria á su her - 
maoo instruyéndole del peligro en que la pondría la menor sospe- 
cha de desconfianza. 

El Elector respondió, pues, que no juzgaba conveniente esta 
vuelta* Alemania, porque los pueblos podrían creer en nna desgra- 
cia, mientras que no so trataba sino de no cambio de condiciones en 
el tratado. 

Ana de Cléves se retiró A sus tierras, en los alrededores de Lon- 
dres, y vivió pacifica é ignorada, teniendo por lodo séquito algunos 
busos servidores, y por consuelo el ejemplo de las ambiciosas que 
la habían precedido y de las que debían sucedería en el trono. 

Enrique VIII nadaba en la alegría: adoraba & Catalina y sabo- 
reaba su dicha con tantas delicias, que compuso una oración, que 
su capellán recitaba diariamente, & fin de dar gracias á Dios por 
la felicidad conyugal que le había deparado. 

Sin duda parecería extraordinario á los que creemos en la interven- 
ción de la Providencia en las cosas de este mundo, que el rey fuese 
perfectamente dichoso con una mujer, después de haber sacrificado 
varías á sus caprichos. 

Cranmer, el mismo 4 quien hemos visto deplorar tan vivamente la 
mierte de Ana de Botana, su protectora, acechaba la ocasión de pro- 
bar al rey que las apariencias son engafiosas; mas, diestro cortesa* 
ao, hombre de buenas costumbres, quería evitar el ruido, deseando, 
sin embargo, la pena del talion para aquellos que habían perdido k 
Ata de Boleaa. 

Dea lartie, k la hora en que se recitaba por la dicha conyugal del 
rey la oración que él se había lomado el trabajo de componer, u 



Digitized by 



Google 



41* 

hombre que de tiempo atrás estaba al acecho en una callejuela, en 
los alrededores de la píaza de Santa Catalina, cerca de un jardín, se 
escondió en una esquina, para dejar pasar, sin ser visto, á dos per- 
sonas envueltas en sus mantos. 

En su pequeña estatura y en su tímido andar, reconoció & dos 
mujeres. 

Dejólas entrar en el jardín, por la pequeña puerta, y cuando esta 
fué cerrada, esclamó: 

—¡Dios me asista! son ellas, ellas mismas. He reconocido á la mas 
alta: es mujer á quien he visto mas de cien veces. La mas pequeña 
es ese monstruo de mujer que reia lan fuerle el dia que decapitaron 
á Ana de Bolena. ¡Ah serpiente: te tengo por la cabeza! Ta verás si 
la mano de Lascelles es dura y si su talón es fuerte. 

Otros pasos sonaron en la calleja. 

El hombre que acechaba se perdió en la oscuridad. 

Oculto no dejaba de correr riesgo, si hubiera sido visto, porque 
el que avanzaba miraba con atención en torno suyo, y llevaba una 
espada desnuda en la mano. Al fin llegó á la puerta, y volvió á 
mirar aun, hasta que no viendo cosa alguna, tocó la madera de un 
modo particular. La puerta se abrió y el hombre desapareció per la 
abertura. 

—¡Y un hombre] dijo el escondido: ¿mas será este solo? 

Al cabo de diez minutos, que le parecieron un siglo, otros pasos 
resonaron á lo largo del muro. 

Lascelles habia tenido tiempo para buscar un sitio mejor, y lo ha- 
bía encontrado debajo de un largo banco dé piedra, colocado cerca de 
la puerta, en el logar de la sombra; y pudo distinguir aun caballero 
con (raje de oficial, bajo la capa. Dna larga y pesada pistola pendia 
de su brazo y una larga espada batia sobre su muslo, distinguién- 
dose perfectamente en su mano izquierda uno de esos puñales que 
se llamaban de misericordia. 

— Hé aqui el segundo, pensó Lascelles. Entra en la red, buen 
amigo. 

El caballero dio tres golpecitos en la pequeña puerta, que fué 
abierta también para él. Después todo quedó en el mas profundo 
silencio. 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 431 

Entonces Lascelles, siguiendo el muro con gran precaución, ganó 
la boca de la callejuela, atravesó la plaza y filé & San Pablo, donde 
vivía, en nn suntuoso piso, el Primado Cranmer, rico, honrado, po- 
deroso como el rey. 

Lascelles, después de haber mostrado á los oficiales un pase, fir- 
mado por el mismo arzobispo, fué introducido delante de este. 

Cranmer, ya viejo, mas Heno de vigor y de presencia de espirita, 
trabajaba á esla avanzada hora, como un joven auditor que quiere 
llegar á ser ministro. 
— ¿Estas ahí, vagamundo? le dijo el arzobispo. 
—Si, monsefior, héteme aquí, y después de haber hecho buen 
negocio. 
— ¿Qué quiere decir eso? 

— Mi hermana no ha mentido: es, en efecto, cerca de Santa Catalina 
donde nuestras palomas hacen su nido cada noche... cada noche que 
•) milano duerme fuera de la ciudad. 
— ¿Lo has visto tú? 

—He visto dos mujeres, la una alta y vestida de azul, bajo su 
manió negro, y la otra de amarillo, bajo su manto blanco. La prime* 
ra es lady Sochefort, esa enemiga jurada de la pobre reina decapi- 
tada, la otra... 
—¿Y bien! dijo Cranmer... no vaciles. 
— Sea, milord: es la reina en persona. 
—I Desdichado! esclamó Cranmer como si se hubiese sobrecogido 
de terror, ¿osas tú pronunciar ese nombre venerable? 

—Si es venerado, milord, es preciso convenir en que las gentes 
de esta nación son bien estúpidas. 

—¡Cómo! ¿qué dicas? Aun cuando eso sea cierto; aun cuan- 
do la reina y lady Roche fort hayan estado en el sitio que tú dices 
¿qué probaria esto? La reina hace obras de piedad, y su modestia te- 
me siempre... 
—Lascelles se echó á reir. 

—{La modestia! ¡ahí bé aqui una palabra que engalla i mucha 
gente La modestia de lady Boche fort.. 
— Ma3 la de la reina... 
— Yo he visto, sefior, y por tanto puedo hablar. 



Digitized by 



Google 



48* MISIONES 

—¿Sabes que te espones á la horca? Hay un edicto del parlamento 
que manda, bajo pena de muerte, respetar de palabra, de hecho y 
con el peosamieoto á la reina y á sus hijos, si los tiene. Tu brutal 
espansion te perderá. 

— Yo creo al contrario, mi lord, que hay mucho que ganar para 
mi, si arriesgo el escándalo. Su majestad gusta cambiar de mujer; 
y yo voy á darle la ocasión. 

—¿Estás tú seguro?... Piensa en lo que te he dicho: recompensa- 
do de tu celo si es verdad; en la horca, si te has equivocado. 

— Acepto. 

~-Cuando me hablaste de tu designio, no lo he combatido espe- 
rando que la apariencia te hubiese equivocado y que caerías de tu 
error; mas has insistido y te he colocado de centinela: tú aseguras 
un hecho, á lu riesgo y peligro. 

—Un momento, mi lord: el cuello de un pobre diablo como yo es 
siempre poca cosa para un nudo escurridizo, y solo á nada me atare* 
vo. Vos comprendéis que me importa poco, después de todo, el que 
la reina corra una noche como una ñifla enamorada: corre en buen 
hora, y el rey se arregle como pueda. Si, al contrario, yo soy sosleni* 
do, sea en buen hora también; yo iré de levante, codo diera los 
marinos en los puertos. 

—¿Tienes una prueba que dar? 

—¡Ya lo creo! la mejor de todas. * 

—¿Cuál? 

—Yo os procuraré e) placer que he tenido: tos veréis á la reina 
y á su amiga salir de la casa , como yo las he visto entrar. 

— Si es asi, acepto. 

— ¿Y partiréis la responsabilidad? 

—Si tienes razón, si; mas no, si le has equivocado. 

— Entonces, milord, ¡listel una capa sobre vuestras espaldas, apo- 
yaos en mi brazo y partamos. 

— Un momento... no es bastante un testigo... veamos, te lo repi- 
to: ¿estás seguro? Hé aqui ai memento de tu fortuna 6 de tu muerte. 

— Milord, yo estoy seguro de mi; mas si vos aguardáis hasta ma- 
ñana, los pájaros se habrán ido. Pasadas dos horas, yo no respondo 
de nada. 



Digitized by 



Google 



nmori. us 

Leñatee Granmer con mía ligereza que no era de esperar en su 
edad, hiae dar on caballo á Lascelles, montó en w litera y se diri- 
tió al palacio del canciller. Este magistrado sopo por Craamerel ob* 
jeto de la visita, tembló á su torno, y amenazando á Lascelles ai ha- 
bía mentido, se apresuró á seguirle al sitio designado. 

una hora no había transcurrido cuando vieron salir de la casa á 
«na de las dos dama*, acompafiada de un hombre* 

Craaaer recoooeió fácilmente á la reina. 

Poco tiempo después, lady Bochefort salió con el otro caballero y 
tomó el camino de su palacio. 

El primado y el canciller habían reconocido á las dos damas y á 
los dos hombres. Eran estos Derham y Manooc, oficiales los dos de 
la vieja duquesa de Norfolk, tia de Catalina Howard, reina de Ingla- 
terra. 

I Los dos dignatarios puestos en acecho por el triunfante Lasoellés, 
se fueron á la casa del arzobispo, y la noche se pasó en planes impo- 
áUes de realizar, y en quejas sombre su desventurada suerte/ Pura 
hipocresía: el hecho es que los dos deseaban ardientemente volcar él 
crédilo de Norfolk, y que la ocasión era propicia. 

—Es preciso ir en busca del rey, dijo el canciller* 

—Yo no osaré jamás... dijo Granmer, y sin embargo el servicio 
de si majestad. lo exige. Nosotros no podemos permitir la continua- 
ción de este atentado contra la majestad de nuestro señor. 

—Ni ocultar el adulterio flagrante, dijo el canciller. Mas el pri- 
var impulso del rey será terrible, y yo estoy lejos de estar en gracia 
con él como vos. Instruidle: yo os apoyaré. 

— Né, no. Es negocio de estado: habladle vos mismo, dijo Cran~ 
■ar: yo me encierro en mis negocios eclesiásticos. 

—Hay un medio diplomático que lo couciliará todo, dijo elcan- 
oiller,.. la policía.,, a 

—Eso no és conveniente.. . Escuchad: yo me sacrificaré, yo escri- 
biré al rey el relato de esta aventura; esto será casi un anónimo, y 
el rey no le dará la importancia que tendría un paso oficial de cual* 
qniera da nosotros dos. 

—Escribid, poes, milord, dijo el cancilla 1 . 

En afecto, Cranmsr escribió la carta. 

>u *t 



Digitized by 



Google 



134 .PRISIONES 

Enrique acababa de llegar, altare y apasionado, cerca de su queri- 
da esposa, cuando recibió el mensaje de Granmer. Su primer movi- 
miento fué de indignación contra Catalina, el segundo lo fué contra 
Granmer, cuyo estilo y letra reconoció. 

El primado recibió la orden de venir á palacio. 

—Veamos: ¿qué significa esta odiosa calumnia contra la mas para 
de las mujeres? Sois un anciano bien poco caritativo, sefior arzobis- 
po: la tolerancia, primera virtud del sacerdote, no es seguramente 
la vuestra. % 

—Sefior, contestó Granmer, que se aguardaba este recibimiento, 
yo no soy el inventor del relato: he prestado mi pluma á fin de 
que un estrado no fuese sabedor de un secreto de familia. En cuanto 
á ver... vos os convencereis, por vos mismo, si es que deseáis... 

—Si, ciertamente, dijo Enrique. 

—Está bien, sefior, yos veréis... 

—Es un complot contra lady Rochefort. * 

—Tanto mejor para ella, sefior, si de la pesquisa sale resaltada 
su inocencia. 

—Puede no haber crimen: ser un paseo.. . 

—Si vuestra majestad declara que no hay crimen, rompamos la 
acusación. 

—Un momento... me habéis dicho que yo vería... pues bien: yo 
quiero ver. 

El rey dispuso ir á Wentsminster á pasar dos noches. 

Lagcelles se puso en acecho, y pudo mostrar á su rey, á la misma 
hora que la vez anterior, á su virtuosa esposa formando pareja con 
Derham ó Mannoc, oficiales, buenos mozos, de los que lady Roche- 
fort elegía uno para conversar, en tanto que Catalina tomaba 
el otro. 

Enrique no conocía medidas á medias. Al momento hizo arres- 
tar á Mannoc y Derham, los cuales, en presencia de las torturas y de 
la sombría justicia de la Torre, declararon punto por punto la histo- 
ria de los amores secretos de Catalina Howard. 

Los presos fueron tan sinceros, que el esposo descubrió mas secre- 
tos de los que quería saber. Lady Rochefort habia llevado su compla- 
cencia por la reina, hasta tomar por su cuenta y sobre su reputación 



Digitized by 



Google 



DE BimOf A. 435 

otro amante llamado Colepeper, que do era otra cosa que ud ter- 
cer favorito de Catalina. Guando los tres jóvenes venían al palacio ó 
á la casa secreta, Catalina escogía entre sus damas de honor una ó 
dos, fieles, que desagraviaban á los menos favorecidos por la prefe- 
rencia acordada al favorito del dia Estos horrores hicieron erizar los 
cabellos del rey, y derramar lágrimas, según pretende un escritor. 

Catalina fué también conducida á la Torre. 

Lady Rochefort, cobarde como todas las almas verdaderamente 
corrompidas, dio el asqueroso espectáculo de un egoismo que acepta 
toda vergtenza, toda mancha, por conservar la vida. Acusó á tanta 
gente, creyendo salvarse, que su nombre cayó en la execración pú- 
blica, que, antea de su castigo, vengó suficientemente á la desdicha* 
da reina á quien ella habia perdido. 

Enrique tenia dos buenos vengadores de sus querellas domésticas: 
el uno preparaba el trabajo del otro. Eran estos el parlamento y el 
corlador de cabezas. 

Encargó Enrique al parlamento instruir el proceso, y sus magis- 
trados recibieron la declaración de Catalina. Derham, Mannoc y lady 
Rochefort habían dicho tanto, que la reina no (uvo nada que decir. 

El parlamento rogó al rey que no se afligiese ppr un accidente al 
que están sujetos todos los hombres casados; y después, para hacer 
bien la cosa, lanzó un acta de proscripción contra la reina, sus tres 
amantes conocidos, lady Rochefort, la vieja duquesa de Norfolk, el 
üo de Catalina, lord Williams Howard, y, en una palabra, contra to- 
do* aquellos que habían debido conocer los desarreglos de la reina 
antes de su matrimonio y que no los habían revelado... La Torre 
quedó bien pronto llena de desgraciados. 

El absurdo de estas adulaciones no paró aquí. El parlamento deci- 
dió que recaería pena capital contra todos aquellos que, sabiendo 
ó sospechando cualquiera irregularidad en la conducta de la reina, 
•o la revelasen al rey ó al consejo, en el espacio de veinte dias. La 
pena sería la misma si revelasen sos sospechas en público ó entre 
particulares. Además: seria decapitada también toda mujer que, ca- 
sándose con el rey, tenida por casta no siéndolo, no le hubiese pre- 
venido, antes de casarse, de que tenia algo que reprocharse. 

Coando el parlamento hubo terminado sus monstruosas fechorías, 



Digitized by 



Google 



43< PUStOWS 

para satisfacer en algún lanío el resentimiento del engañada marido* 
procedió á decapitaciones de hecho, esperando, entre tanto» las 
que prometían los decretos. Catalina Howard y su cómplice lady Ro- 
chefort, fueron llevadas de la Torre ¿ Tower-IIill, donde el verdugo 
las cortó la cabeza» no sin gran aprobación del pueblo* que detestaba 
á la Rochefort por la parle que hahia tenido en el asesinato jurídica 
de Ana de Bolena. 

Enrique, para consolarse» se ocupó mas que nunca de 1» teología 
activa» y como babia nacido para matar mujeres» se dirigió des- 
de luego á una joven y bella protestante» llamada A«a Ascüe, 
que no admitía la presencia real en la eucaristía» herética creencia, 
que el rey no podia sufrir ni aun en simple teoría. 

Ana Ascfie» amiga de la nueva reina Catalina Parr, viuda de La» 
tímer, gozaba» gracias & su mérito» á su riqueza y & su belleza, de 
gran consideración en la corte. 

En esta época era de moda que cada cual dogmatizase» y ella se*- 
tenia su creencia con franqueza y energía. Irritóse Eerique de esta 
resistencia, y sospechando que su nueva mujer participaba de la he- 
rejía de Ana Ascüe, entendióse con Cranmer y con el canciller 
Wriotheseley, para hacer decapitar & su esposa. 

El canciller era todo un cortesano: se ocupó en seguida de com- 
placer á su señor, y la desgraciada Catalina Parr hubiera sido con- 
ducida á la Torre» sin el talento que tuvo de olvidar todo amor propia 
delante del hacha. Se convirtió al dogma peal, é hizo bien: el 
ejemplo de Ana Ascfie era bastante i convertir á los mas rebeldes. 

Enrique envió á esta jó ven uno de sus mas feraces adeptos» el 
obispa Bonner» para obtener de ella una retractacioo de sus here* 
jías. Cedió Ana» mas con restricciones que sentaba la teóloga Éar- 
mante. Bonner dio cuenta al rey del resultado de su comisión, y este 
envió á la Torre á Ana Ascüe. 

Esta» llena de cólera y desprecio contra un hombre que abüsafc* 
tan cruelmente de su debilidad, le escribió que se complacía e* 
creer todo aquello que Jesucristo habia enseSado á su Iglesia; mas, 
que no queria ir mas allá, por un celo mal entendido. Entonces envió 
el rey su canciller á esta oveja descarriada, y para hacerla entrar en 
razón» la pusieron en tortora. 



Digitized by 



Google 



DEWMftL U1 

Ana Asaüa M atada «otare un caballete, eo* k» brazos separados 
y laa piernas apartada! por resortes que ua molinete hacia mover, y 
que abriendo loa brazos del caballete, dislocaban ka miembros del 
paciente. 

El verdugo aplieó la tortura ordinaria; mas coma la valerosa jó-* 
▼en no habia dicho palabra, ao había comprometido ¿«adíe; Wriot- 
beaely, llevado de au aelo, eoolaató: 

~-No ha sufrido bastante: apretad maa aaa, y ella hablará. 

Estaban allí el teniente de la Torra, el verdugo*, varios aacerda* 
tea y el canciller que era quien presidia. 

El verdugo declaró que le estaba prohibido traspasar el grado de 
separación fijado por el reglamento» 

-So lo r teniente, dijo Wrietheseley, ¿queréis, yo es lo pido, dar 
orna vuelta i la rueda del caballete?... 

— Milord, replicó el teniente, lleno de compasie* en presencia de 
lea sufrimientos saponadas por la jóvon, olvidáis, safior, que yo no 
soy el verdugo, sino el carcelero. 

w~fE*& bien! yo lo barí» pues, per mi mismo eu servicio del rey, 
dije el fcioz magistrado. 

T aproximándose al torniquete , le ¿ió tan rudo oprimiente, 
que las piernas de la victima, separadas mas allá de su medida, 
efujioron centra la madera, y rotos los vasos y dislocados lea hue- 
sos, dejaron escapar la sangre. 

En ten deplorable estado, la desventurada, siempre firme en su fó, 
Ué llevad* á la hoguera, donde espiró. 

El ¿a&a* Wriotheseley habia llevado su cinisaw hasta ofrecerla 
gracia, en el potro mismo, después que rotos aua miembros era ya 
medio cadáver. Ana rehusó valerosamente, y murtá mártir. 

Setos pasatiempo* no ocupabas lauto los ocios del rey que no pu- 
diese pensar un poco en sus favoritos. 

El duque de Norfolk habia caido en desgracia después del des- 
cubrimiento de los crímenes de Catalina Uoward, su sobrina; mas 
laque le perdió mas seguramente fué ia gloria y ei crédito de su hi- 
jo, el joven lord Surrey, célebre, i los veinte afios, per su talento 
poético, su valor, su belleza y su fortuna. 

Tuso la desgracia de hablar ligeramente de la gordura desmesurada 



Digitized by 



Google 



4*8 Misiones 

del rey, y de do quererse casar con la hija de lord Hertford, que En- 
rique le habia destinado por esposa; y el rey dedujo de lodo esto que 
este joven era un conspirador, un rebelde, an hereje; y qne no era 
él solo culpable, pues qne su padre habia dirigido su educación. Los 
dos fueron arrestados y molidos en las prisiones de la Torre. 

Los crímenes de Surrey fueron estos: el parlamento, tribunal ordi- 
nario del rey, le consideró sospechoso de tener espías á su servicio; 
de haber puesto sobre su escudo de armas las armas de Eduardo el 
confesor, por lo que era sospechoso de aspirar á la corona; y por úl- 
timo de haber rehusado la mano de la hija de lord Hertford, por. lo 
cual era sospechoso de haber puesto los ojos en la princesa Haría, 
hija primogénita de Enrique VIII. 

El proceso no duró mucho tiempo. El parlamento declaró á Surrey 
culpable de todos estos crímenes, y, á pesar de su admirable drfensa, 
le condenó al suplicio de los traidores. 

El joven Surrey fué decapitado, por decirlo así, á los ojos de su 
padre, en Tower-Hill. 
• En cuanto á Norfolk era mas criminal aun; era, no sospechoso, 
sino que estaba convencido de haber dicho que el rey no tenia buena 
salud, y que no le quedaba mucho que vivir. ¿No merecía mil su- 
plicios por esta sola maldad? 

Enrique deseó seguramente hacer matar al padre, como habia he- 
cho decapitar al hijo; mas cayó enfermo. Su excesiva grosura habia 
traído consigo grandes desórdenes en la economía de su cuerpo. Sus 
piernas, ulceradas, se abrían: llagas cubrían su espalda y sus brazos. 
JLos médicos veían aproximarse la muerte, mas no osaban hacérselo 
saber, porque varias personas habían sido castigadas como traido- 
res por haber previsto la muerte de este rey tan benigno. 

Uno de ellos se arriesgó al fin. Enrique recibió la fatal nueva con 
bastante tranquilidad; mas no por esto dejó de mandar que no se 
perdiese tiempo para librarle de m gran enemigo Norfolk. 

Este debia ser ejecutado sobre la plataforma de la Torre, en Ja 
mañana del 29 de enero de 1547; de lo cual habia sido prevenido, 
aunque con muchos menos rodeos que el rey; pero un mensajero 
acudió por la noche á despertar al teniente de la Torre, para anun- 
ciarle que el rey habia espirado en les brazos de Cranmer, el solo 



Digitized by 



Google 



DI IU10K. 439 

amigo que do taro tiempo de hacer juigar y decapitar, lo cual do ha* 
biera dejado de hacer si la muerle le hubiera dejado la facultad de 
hacerlo. 

Socedió á Enrique on consejo de regencia, y los consejeros, do 
queriendo inaugurar el ejercicio de so autoridad con una condena- 
ción capital, mejoraron la suerte del duque de Norfolk. 

.Eduardo VI, hijo de Enrique VIH, subió al trono, bajo la regencia 
del conde de Qerlford, que tomó el litólo de duque de Somerset. 

Esta regencia fué borrascosa: Somerset y Seymour, tío del rey, se 
hicieron una guerra que condujo á ambos á dos, el uflo después del 
otro, á la Torre y al cadalso. 

Murió Eduardo VI de diez y seis afios de edad, y los ambiciosos se 
levantaron en presencia de su ataúd y encendieron la guerra civil 
en Inglaterra. 

Dos hijas quedaban de Enrique VIII: María, hija de Catalina de 
Aragón, é Isabel, hija de Ana de Bolena; mas los singulares capri- 
chos de ese monstruo, asesino de sus mujeres, habia hecho ilegitimo 
ai nacimiento de las dos princesas, y el parlamento, tan ciego en su 
baja sumisión, se veia fonado A dejar entronizarse la anarquía 
por no poder declarar legitimo uno solo de los herederos del 
trono. 

El duque de Northumberland , que gobernaba, después de haber 
hecho caer á Somerset, buscaba elevarse sobre las ruinas de este y 
sobre la debilidad de su rey. Se oponía mas que todos los demás 
k las pretensiones de María y de Isabel, queriendo, caso de morir el 
rey, crear un fantasma de soberano, que hizo aparecer y desapare- 
cer A su gusto. Habia persuadido al joven Eduardo de que Maria, la 
protestante, renovaría en Inglaterra, si reinaba, las querellas de re- 
ligión; de que la reina de Escocia estaba excluida por disposiciones 
del rey difunto; y de que Isabel, hija de Ana de Bolena, era bas- 
tarda, y que por consecuencia el v rdadero heredero del trono era 
la marquesa de Dorset, hija primogénita de la reina viuda de Francia 
y del duque de Soflblk. La próxima heredera de esta señora era Jua- 
na Gray, mujer de ciencia y virtud. 

El duque casó A su hijo Goilíord Dudley con Juana Gray. Este ma- 
trimonio taé celebrado en medio de la agonía del rey Eduardo, lo cual 



Digitized by 



Google 



41» PRIttOKES 

indispuso al pueblo oolilra Northumberland, detestado ya por otras 
razones. 

Este hábil político habia ocultado con el mayor esmero las dhpnei<> 
«iones dadas por Eduardo i causa de sus consejos, y aguardaba pa- 
ra hacerlas públicas el que Maria é Isabel estuviesen en su poder. 
- Ta les habia prevenido que el rey estaba enfermo y dichota que sq 
presencia en Londres era indispensable; y ya ellas se dirigían á ésta 
ciudad, cuando el conde de Arundel hito dar un aviso secreto á Ma- 
ría; por lo cual esta princesa se retiró en el instante á Suffoik, decidi- 
da á sostener sus derechos por medio de la guerra. 

Entonces Northumberland se quitó la careta, y, en vei de hacer 
lod preparativos del coronamiento de Maria, como le habla recomen- 
dado esta princesa, marchó con gran séquito á Sion-Hous don* 
de Juana Gray vivia con su marido, sin pensar en la fortuna que lá 
aguardaba. 

De improviso Vio llenarse su casa de noble*, de guardias; flo- 
tar los estandartes, llegar las cabalgadas obsequiosas y en montón; y 
§a oyó saladar con el título de reinar, Northumberland venia á traerle 
nna corona, de la cual su hijo Guilford seria el verdadero poseedor. 

La joven reina* se encontró sorprendida basta el último ponió, y 
asustada de esta ceremonia. Era una bella y espiritual mujer, celebré 
por su nacimiento y sus cualidades, que la hacían «na de las mara- 
villas de Europa. Conocía á fondo el griego y el latín, hablaba varias 
leagvas vivas, y todas sos ocupaciones tenían un objeto noble y útil. 

Guando Northumberland llegó, leia á Platón, sola en so oratorio: 
los demás de so casa habían calido para cazar al vuela. 

La respuesta que dio al ambicioso Northumberland fué; 

—Esta corona no puede perlenecerme, pues q» están delan- 
te de mí, en el camino del trono, Maria é Isabel, hijas legitimas, á 
ptt&r de lo que se ba dicho, del difunto Enrique. 

— •Seiora, replicó Northumberland, levantad vuertro distinguido 
talento á la fritara de la situación. La voi del pueblo inglés y vues- 
tros derechas incontestables, os llaman á gobente* la Inglaterra. 
— Yo no seré una reina amada ni una mujer dichosa, nrtord; rea** 
pondü Juana ,Gray, pues heriré interesas de mocha «ente y tendré 
remordimientos. No me babfeis de esa vida toda ostentación; al 



j 



DE KUBOPA 441 

detesto: be nacido para el estudio, la poesía, la calma y la oscuridad. 
Antes de hacer la dicha de Inglaterra, debo hacer la ventora de 
mi familia; á pesar de esto, preguntad & mi marido, vuestro hijo, si 
consiente en cambiar su dulce medíanla por la posición brillante de 
un usurpador, constantemente combatido. 

—Consiento, señora, dijo Northumberland, en interrogar á lord 
Guilford. lióle aqui que vuelve de la caza, hablad con él sin forzar 
en nada su voluntad, pues ella lo puede todo sobre nosotros, que 
componemos vuestra familia, como ella lo será ma&ana en toda In- 
glaterra, si vos aceptáis la corona que se os ofrece. 

Juana Gray secreia amada de su marido por ella misma. Gnüford, 
en efecto, no podia dejar de querer á aquella mujer prudente, de quien 
los mas grandes reyes de la tierra hubieran deseado el amor; mas el 
esposo, sumiso al padre, y ambicioso también como él, vio de otro 
modo que su esposa la dulce medianía que tanto amaba el poé- 
tico espirito de Juana Gray, é hizo que esta se rindiese á sus razo • 
nes, y sacrificase su tranquilidad al seductor porvenir que la ofre- 
cían. Juana cedió, mas por bondad de alma, que por debilidad de 
carácter, mas por complacer á su marido que por obedecer á una 
convicción. 

Northumberland espió su primer signo de asentimiento para com- 
prometerla solemnemente. Una vez obtenido, la hizo conducir á la 
Torre, acompañada de un cortejo real, sitio donde los reyes de In- 
glaterra lenian costumbre de pasar los primeros días de su adveni - 
miento á la corona. También la hizo tomar el titulo de reina y firmar 
edictos, y la rodeó de uoa corte, esperando ser el verdadero rey. 

Sin embargo María no perdió la esperanza. 

Esta princesa estaba sostenida por la opinión pública, favorable á la 
legitimidad y á la raza de Enrique VIII, mientras que los Dudley 
habían sembrado odios mortales. 

Obedecíase en Lónd.es y en sus alrededores á Juana; |>ero María 
reinaba en Suffolk. 

Levantó un ejército, y Norihumbei lan J levantó también tro- 
pas por Juana Gray; mas bien pronto la defección entró en estas, y 
aun en la misma Torre, donde ella mandaba. Juana Gray, prisio- 
fué entregada á su rival Haría, á quien subditos celosos 

TOMO n. 5C 



Digitized by 



Google 



441 PRISIONES 

habían abierto las puertas de Lóudres, y preparidola un tttrada 
triunfal. 

Juana Gray había reinado diez días. 

Maria quiso mostrarse clemente, para hacer presagiar bien de su 
reinado, y se contentó con hacer condenar á muerte y ejecutar á Nor- 
thumberland y á algunos de sus cómplices. En cuanto á Juana Gray 
y á su marido, que no reunían treinta y cuatro años entre los dos, 
consintió en perdonarles la vida; mas, por precaución, les hizo 
condenar á muerte, á fin de que el crimen no quedara impune, & lo 
menos en la apariencia. 

El reinado de María debía ser uno de los mas odiosos que la Ingla- 
terra tenia aun que soportar. Esta princesa era digna hija de Enri- 
que VIII: tales fueron sos celos aplicados á todo, su sed implacable 
de venganza, su impudor en el crimen de estado. 

A causa de una revuelta que tuvo lugar en la provincia de Kent* 
llegó á serle sospechosa su hermana Isabel, y la hizo poner presa en 
la Torre. Después llegó el turno á Juana Gray, á quien una revuelta 
de lord Suffolk condujo á su ruina. Maria, contenta de tener un pre 
testo para desembarazarse de esa rival, dio orden de continuar has- 
ta su terminación el proceso de Juana Gray y su marido. 

En efecto, había llegado la hora para esta desdichada princesa, de 
apagar el efímero relámpago en que habia brillado. Warming fué 
encargado por María de prepararla á la muerte. 

—No dudaba yo de que esto acabaría así¿ dijo Juana Gray. Desde 
mi infancia he presentido siempre que me estaba reservada una 
muerte violenta: estoy pronta. 

— No creáis, sefiora, la dijo el prelado, que la reina se arriesgue á 
malar vuestra alma dando muerte á vuestro cuerpo. La intención de 
su majestad es que recibáis, durante varios días, las exhortaciones de 
un ministro y de todos ios doctores que deseéis consultar, para llegar 
& una convicción profunda de los dogmas que os importa adoptar pa- 
ra la salud de vuestra alma. 

—Está bien, respondió Juana Gray, yo seré la que, durante el 
término que s», me acuerde, ensayaré de convertir á los doctores, 
los ministros y los teólogos. Pero una cosa, añadió, me llama mas 
la atención que todos los dogmas posibles, y es la suerte de mi man* 



Digitizedby 



Google 



0* fiUAOFá. 443 

da. ¿Condenan también á lord Guilford á sufrir tres diae las discu- 
siones de algún fanático? . . . 

— Sefiora, vuestro esposo está lleno do buena voluntad. 

—¿Pira morir? 

—-Para entrar en noevas ideas. 

—Dejadme hablarle: ¿habita también la Torre? Tanto dá, pues 
sa nos inmola, que se bos inmole jnntos. 

—¿Qué diréis tos á lord Guilford? la preguntó el gobernador de la 
Torre. 

— I/> recomendaré morir en la fé de sns padres, y no cuestionar 
con los teólogos. 

Juana Gray llegó á saber que lord Guilford estaba enfermo á al- 
gunos pasos de ella, y pidió con instancia verle. Temia de la ju- 
ventud de este desgraciado alguna debilidad, alguna cobardía; no 
porque le tuviese por limido, sído porque sabia que estaba dolorosa- 
mente afectado por las desgracias de que era él la causa, él, á quiea 
la ambición había conducido á apoderarse de la corona. Las órdenes 
de María eran precisas: estaba vedado el que se vieran los jóvenes 



Nada es tan interesante como la suerte de estos dos niños, tan be- 
llos, tan nobles, tan preocupados el uno del otro. Guilford lloraba todo 
el dia pensando en las desgracias en que babia precipitado k Juaua; 
esta pedia á cada instante noticias de su esposo, y se informaba del 
estado de sus faenas, queriendo que atravesase con honor ese terri- 
ble momento que, antes de la eternidad cerca de Dios, consagra en 
bien ó en mal el recuerdo del hombre que se va, m la memoria de 
loe que se quedan. 

El gobernador de la Torre, sir Jaan Gage, no había podido asistir 
á este espectáculo cotidiano sin quedar conmovido de sincera pie- 
dad. Conocía bastaata á luana y su intrepidez natural, para estar 
seguro de que no le comprometería si le concedía algún favor, y 
vioo á encontrarla en su aposento, inclinóse delante de ella, y la 
dijo: 

—Me tendría por un hombre sin en I rafias, señora, si os dejase pa- 
lmer por mas tiempo el deseo fue tan ardientemente os agita. Veréis 
4 lard Goilfsrd cuando vos queráis. Me fio a vuestro honor (ura no 



Digitized by 



Google 



414 FlIffiQKES 

perderme; pues si la reina sabe que he desobedecido, mi cabeía 
acompasará la vuestra sobre el cadalso. 

—Contad con mi discreción, esclamó Juana con una alegría que 
no pudo disimular; contad sobre el honor de lord Guilford. Nadie sa- 
brá que los dos cautivos han podido apretarse la mano un segundo, 
gracias á vuestra generosidad. 

— Ahora bien, eefiora: fijar! vos misma el momento de la entrevis- 
ta, y daos prisa. 

—¿Y daos prisa?... repitió /uaná Grayconuna inquietud bien 
perceptible á su pesar. ¿Qué significa?... ¿Es que el plazo acordado 
por la clemente reina de Inglaterra espira ya? Yo no creo... 

—En cuanto á vos, señora, no. 

- ¿En cuanto á mi?... ¿Y en cuanto á lord Guilford? 

El gobernador bajó la cabeza. 

—¿No pereceremos juntos? preguntó Juana con acento del mas 
vivo dolor. 

—No, sefiora. 

— lOhl Si: lo concibo. Tan cobarde como cruel, la reina teme el 
efecto que haría sobre el pueblo el espectáculo de dos niños degolla- 
dos el uno en los brazos del otro, sin que se pueda sacar en claro 
que crimen han cometido. 

—Sefiora... 

— ¿Yquédia?... 

— Hoy mismo. 

Palideció Juana, y llevó sus manos al corazón. 

—¿Está ya preveoido el desdichado? 

— Si, señora: lo sabe todo y se prepara llorando, porque os llama 
creyendo no volver á veros. Su desesperación me ha conmovido en 
estremo. 

—Vamos, dijo Juana con una firmeza de la que nadie la hubiera 
creído capaz, si mi esposo siente la desesperación y acusa la injusticia 
desús verdugos y los mios, él morirá como hombre de valor, sosteni- 
do por la desesperación misma. El alma tiene necesidad de estimulan- 
tes; el dolor que nace de la indignación es un aguijón eficaz; mas el 
que nace de la lernura y del pesar ablanda el corazón. Gracias por 
vuestra geuwosa oferta, gobernador: ya no veré hoy á lord Guilford. 



Digitized by VjOOQIC 



OH fiWO*A. 445 

—Mas-., señora, pensadlo bien: ya no le veréis mas. 

— En esta vida, sí, es posible; mas le veré en la otra. 

— Sefiora, dad este consuelo al desdichado príncipe que tanto 



— Yo debo hacerle ilustre y digno de veneración por sus últimos 
momentos. Escuchadme, señor Juan Gage: puesto que sois tan bueno 
para con nosotros, haced me el favor do procurarme lo necesario para 
escribir. 

— Imposible, imposible, sefiora: no me pidáis eso, pues me reducís 
al pesar de no poderos complacer. 

— Yo tengo mis tablillas: mostrad á lord Guilford lo que voy á es- 
cribir. Esto es permitido. 

—Obedeceré, señora. 

Juana Gray tomé sus tablillas y escribió: 

«Amado esposo mió: mis ojos os verán dos veces aun: hoy, cuando 
paséis para ir á la muerte, levantad los vuestros hacia la ventana 
de la estancia donde estoy encerrada, y recibiréis mi adiós. Veros, 
amado mió, hablaros, es esponernos el uno y el otro á emociones que 
poeden debilitar nuestro corazón, y tenemos necesidad de fuerzas 
para hacer el viaje fatal. Nuestra separación durará menos tiempo 
que la claridad de un relámpago, y nos volveremos á encontrar en 
el lugar donde nada turbará nuestra felicidad. > 

Juan Gage llevé al desgraciado Guilford las tablillas.de Juana 
Gray. Ya era tiempo: los preparativos del suplicio estaban terminados. 

Bien pronto, Gel á su promesa, aproximóse Juana Gray á su ven - 
tana, al sentir el ruido de los guardias que llenaban la galería, y de 
las cadenas del puente. El triste corojo avanzaba, y Guilford, desde 
lejos, miraba á esta ventana doode Juana, vellida de fiesta, sonreía 
á su joven esposo y le tendia los brazos. 

Le hizo un signo con la cabeza y miró al cielo. El miró también 
al cielo, dándola ácuíeuder que había comprendido su caria. 

— Adiós, Dudley, dijo Juana, adiós sobre la tierra: te envió mi úl- 
timo beso. 

Y llevó la mano á sus labios y la estendio en la dirección del jó • 
veo esposo, que, á su vez, hizo la misma acción. 

Después, coaio olla le vk-se próximo á enteroeoerse, le hizo otro 



Digitized by 



Google 



H6 Pft£lOI£S 

signo con el dedo: este signo quería decir lo que dijo mas (arda Gar- 
los I sobre su cadalso: 

— jAcordaos! 

Guilford apoyó la mano sobre el corazón, y se alejó entre los guar- 
dias que sostenían sus vacilantes pasos. 

Juana le siguió con los ojos, inquieta y desolada, y coando las 
puertas de la Torre fueron cerradas, cayó inmóvil y silenciosa so- 
bre una silla, aguardando con febril impaciencia que nuevas noti- 
cias viniesen á dulcificar el horror de su situación. 

Las nuevas llegaron bien pronto. Un ruido sordo resonó sobra el 
enlosado de las galerías de la fortaleza, acudieron algunos soldados, 
y las puertas fueron abiertas y después cerradas de nuevo. 

Juana asomó su rostro á los barrotes de su ventana y vio ni carro 
tirado por dos caballos negros, en que descansaba bajo una cubier- 
ta gris un objeto informe salpicado de grandes manchas de saagre. 

— ¡Señor Gagel esclamó: ¿cómo ha muerto? 

—Gomo hombre de valor, señora, replicó el gobernador, lleno da 
admiración por este heroísmo. Ha muerto como príncipe, como rey 
que cae, no como paciente que sufre su pena. 

—¡Dios sea loado I dijo Juana. Vamos, quiero sostener mi prome- 
sa. Señor Gage, haced esto por mi: que descubran un poco el carro. 

—¡Oh! señora... 

— He prometido á mi esposo verle dos veces antes de morir, y 
no le he visto mas que una. 

O estas palabras fueron pronunciadas en un tono que no admitía 
réplica, ó los guardias fueron impulsados por el sentimiento de curio- 
sidad que lleva al espectador indiferente á medir tas fuerzas del pa- 
ciente por sus dolores. El sanguinolento paño fué levantado, y Juana 
Gray pudo ver, tendido, el cuerpo del joven y desgraciado príncipe. 
El ejecutor le había corlado la cabeza tan hábilmente, y vuéltoia á 
colocar con tan religioso cuidado en el fondo del carro, que, se hu- 
irica creído, salvo la efusión de sangre y la palidez del cadáver, 
que Guilford dormía un sueño ligero. 

—¡AJIos, adiosl murmuró Juana hincándose de rodillas: tú me 
has conducido al martirio, y te perdono: tú me has dado ejemplo de 
valor, y le bendigo. 



Digitized by 



Google 



DE BUIOrV 447 

Bien prwto la llegó su lamo. 

Sopo que la reina, temiendo la conmiseración del pueblo, con- 
movido ya por la ejecución de Guilford, quería que el cadalso fuese 
levaulado en el interior de la Torre, á fin de que hubiese menos es- 
pectadores, es decir, menos compasión al rededor de la victima. Sitt 
embargo, desde su estancia basta el sitio donde se levantaba el ca- 
dalso, la distancia era bastante considerable para que se pudiese 
lamer que ella se fatígate, después de tantas emociones como la ha- 
bían combatido. 

—Mi qierído Gage, dijo al gobernador, vos sabéis que no soy 
urna majer débil, y que sé conducirme como hombre de valor coando 
es preciso. Iré á pié, y valientemente: lo veréis. 

— Sefiora, dijo Gage; no es piedad, ni respeto, ni admiración lo qoe 
vea me inspiráis: es un sentimiento semejante á la adoración. Dios 
me es testigo que sí mi vida fuese bastante á salvaros, la sacrificaría; 
mas esto no serviría de nada. Creed que vnesiro recuerdo me será 
siempre sagrada como el de una santa, y permitidme besar el pié de 
la Calda de vuestro vestido. Si además queréis darme un recuerdo 
que yo pueda adorar como una reliquia, os juro que haré de ella 
el objeto de mi culto en taale que viva. 

— Seior Gage, mi ultime amigo, me habéis devuelto mis ta- 
blillas: yo os las doy, y añadiré algunas lineas que tendrán á vues- 
tro* ejes el precio de ser las últimas trazadas por mi mano. 

T escribió esta frase de Platón: 

t U vida del hombre es el pasar de una sombra.» 
* Y eaie latea de Job haciendo alusión á su joven esposo: 

«Ha pasado la flor: se ha secado oomo la yerba de los cam- 
pos s 

T per éltimo, ea Inglés, estas palabras que reasumían su propio 
destile: 

cMi cuerpo pertenece á la justicia de los hombres; pero mi alma 
ea de Dios. Te espero eu su misericordia. Mi suplicio es á los ojos de 
loa primeros ua castigo suficiente del impulso de orgullo que me 
ha eitraviado: -mi arrepentimiento y mi juventud abogarán por mi 
delante le Dios, asme debute de la posteridad.» 

Devolvió sus tablillas al gobernador, que las besó, llorando, 



Digitized by 



Google 



418 PRISIONES 

y la siguió con mal seguro paso hasta el sitio donde, forrado de ne- 
gro, se levantaba el cadalso. 

Era costambre en Inglaterra que los condenados pronunciasen 
algunas palabras en presencia del pueblo, sea para manifestar su 
dolor, sea para excusar su conduela, y los gobiernos, aun los mas 
despóticos, no rehusaban esta compensación á los desdichados & quie- 
nes se iba á dar muerte. 

Juana Gray, antes de entregarse al verdugo, arengó al pueblo con 
voz firme y modesta. 

— Que nadie se equivoque sobre mi conducta, dijo, y me atribuya 
una ambición que jamás ba estado en mi corazón. Mi crimen no es 
haber aceptado la corona, sino el no haberla rehusado con perseveran- 
cia. Me pareció demasiado pesada, y tenia razón, puesto que me 
lleva la cabeza. Nacida cerca del trono, debía saber el respeto que 
se debe al soberano legítimo; mas tengo un gran fondo de obediencia 
para con mi padre y para con mi familia: me han rogado, y be cedi- 
do. Todos nosotros hemos sufrido la pena. Vosotros sabéis como lord 
Guílford ha pagado su falta: vosotros vais á ver como yo expió la mia. 

Quiero que, viéndome sumisa á mi suerte, la Inglaterra apren- 
da lo que yo misma ignoraba: que la pureza de las intenciones no 
justifica los crímenes de hecho, cuando el bien del estado está inte- 
resado en estos crímenes. 

Nada mas tengo que decir: deseo que mi ejemplo aproveche á 
mi país. 

Después se inclinó graciosamente hacia sus doncellas, y las dijo: 

—Amigas mias: aguardo de vosotras mi último toilette. Vamos: 
servidme mas activamente que en los días de mi esplendor, porque 
estoy mas de prisa que nunca. Se trata de no sufrir mas. 

Una de sus doncellas se desmayó, y fué preciso alejarla de allí. 

— Valor, dijo entonces á las otras: alestiguadme vuestro cariño por 
medio de la prontitud. 

Sus doncellas, inundadas de lágrimas, la desnudaron lo mas mo- 
destamente que les fué posible, en presencia de todos aquellos hom- 
bres que tenían sobre ella fijos los ojos. La aflojaron el cinluron 
y el jubón del vestido, y la quitaron el cuello bordado que llevaba 
sobre él. 



Digitized by 



Google 



DE EUROPA. 449 

Entonces dirigiéndose al verdugo, le dijo: 

—¿Han hecho ellas lo que es preciso? 

—Si, sefiora, con tostó aquél; mas es preciso que yo os vende los 
ojos, porque al resplandor del hacha puede suceder que se haga al- 
gún movimiento con la cabeza, y mi golpe podría ser en vano. 

— Poaedme la venda, dijo Juana á sus doncellas. 

La venda fué atada. 

Entonces la faé preciso despedirse de sus damas, que rompie- 
ron en sollozos, cubrieron de besos sus manos y comenzaron á des- 
mayarse; por lo cual se las llevaron. 

Juana quedó sola con Warning sobre el cadalso. 

—¿SI madero está lejos?... le dijo. ¿No es sobre un madero donde 
se coloca la cabeza? 

—Si, sefiora, murmuró aquél. 

—Ahora bien: como yo no veo, hacedme arrodillar, y colocadme 
Mea en frente... 

La hizo arrodillar teniéndola de la mano , y ella se bajó gradual- 
mente hasta que con la mano izquierda tocó el madero, que estaba 
bien bajo. 

—Helo aquí, dijo ella... adiós... 

T colocó su cuello sobre el pedazo de encina, diciendo: 

—¿Es asi? 

En el momento en que volvia ligeramente la cabeza, como para 
entender mejor la respuesta, el ejecutor la contestó: 

—SI, sefiora: no habléis. 

Y de un golpe de hacha separó la cabeza del tronco. 

Después de Juana Gray, fueron juzgados, condenados y decapita- 
dos en la Torre ó en Tower-Hill, el duque de Suffolk, autor de la re* 
vuelta que costó la vida á ambos esposos: murió acusándose de ha- 
ber causado la muerte de su hija, y su dolor conmovió á los asisten- 
tes. Después lord Tomás Gray pereció en el cadalso, y la Torre se 
llenó de multitud de partidarios de Juana Gray, que María custodió 
en esta fortaleza como un rehallo destinado 4 holocaustos. 

Después de estas prisiones políticas, vinieron las condenaciones 
por cansas de religión. María ganó desde entonces el sobrenombre 
bajo el eáal aa la distingue de las otras reinas de Inglaterra, liaría la 

5*7 



Digitized by 



Google 



ISO PRISIONES 

sangrienta encendió en Smithfield las hogueras, sobre las que es- 
piraron todos los protestantes que negaban la presencia real de Jo- 
sas en la eucaristía. Latimer, Hooper y Ridley, ilustres prelados, 
murieron en el cadalso, después de haber eslado presos en la 
Torre. Los verdugos tuvieron piedad da dos de estos ancianos, y les 
ataron, ya sobre la hoguera, un cinluron de pólvora que hiro explo- 
sión, y mató á Latimer en el mismo instante. 

A Cranraer llegó también su turno. Fué condenado á expiar sobre 
las llamas una herejía, que habia abjurado un momento por temor 
al suplicio. Mas, vergonzoso de su debilidad, y adivinando que sus 
cobardes perseguidores no dejarían de matarle después de su retrac- 
tación, pero que le matarían deshonrado, dio en vez de la retracta- 
ción, una nueva profesión de fé mas clara y extensa qne la primera, 
tal que al salir de la audiencia le condujeron á la muerte. 

Una vez llegado á la hoguera, en medio de los golpes y gritos del 
populacho católico, puso en el fuego la mano con que habia firmado 
la retractación, y comenzó por ella el suplido, repitiendo: Ella ha 
pecado. Después las llamas le consumieron, & escepcion del corazón, 
que quedó, dicen, intacto. 

Anegada en sangre, consumida por enfermedades, devorada por 
los celos, María espiró en fin de una fiebre lenta, después de un rei- 
nado de cinco afios, cuatro meses y once días, que es la vergüenza 
de Inglaterra y de la humanidad. 

Esta reina no tuvo mas que una cualidad, la del tigre, la franque- 
za en el crimen; era esta una virtud de su padre Enrique VIH. 



IV. 



Carlos I.— Los jaeces de Carlos I.— El coronel Blood quiere robar las joyas de la Tor- 
re.— Complot papista.— Russel.—Bl conde de Essex se degüella en la Torre.— 
MoDlmonth.— La Torre de Londres en el siglo XIX y después del incendio. 

Podríamos escribir varios volúmenes sobre la Torre de Londres, y 
puede ser que al lector no le disgustase, porque nada es mas simpático 



Digitized by 



Google 



mi rotor*. 451 

i los talentos elevados como la contemplación de las alternativas de 
la fortuna; pero las grandes catástrofes que tenemos que registrar 
son del dominio vulgar de la historia, y nosotros las mencionaremos 
solamente para ser exactos. 

En 1641, Carlos I, segundo'Stuart, sacrificó á la opinión pública á 
su ministro Strafford, instrumento enérgico de esclavitud contra el 
pueblo ioglés; pero hombre de corazón y de talento, y digno de los 
elogios de la posteridad, si se considera al individuo en si mismo, 
y no con relación á su época y á sus contemporáneos. 

Strafford sufrió un largo cautiverio en la Torre, y su muerte fué 
un golpe de hacha dado á la corona de Carlos I, antes del que le cor* 
tó la cabeza. 

Carlos I mismo, al decir de algunos historiadores, habitó un de- 
partamento de la Torre durante su enjuiciamiento; mas este hecho 
no está bien probado. Es, como se sabe, por una ventana de Wbite- 
hall, á la altura de la cual estaba levantado el cadalso, por donde 
salió, para ir k la muerte, el rey condenado por sus subditos. 

Once altos después, Carlos II, su hijo, restablecido sobre el trono 
por la habilidad é hipocresía del general Monk, hizo buscar á los 
jueces que habían condenado i su padre. Harrinson, Scot, Carew, 
Clément, Jones y Strope, fueron presos, encerrados en la Torre y 
decapitados después de haber sido juzgad 09. Algunos otros lograron 
escaparse y pasaron los mares. 

Berwood, Oket y Cobet, regicidas los tres, habían ganado á Delf, 
en Holanda, y se creían en seguridad. El residente inglés Downing 
pidió su extradición, y los estados acordaron esté favor al rey, mas 
después de haber prevenido á los fugitivos. Esta buena voluntad de 
los estados fué nula, merced á la activa ferocidad de Dowoing; pues 
antes de que los tres hubiesen podido huir, él los hizo meter en una 
fragata, que los condujo á Lóndref , donde fueron ahorcados y des- 
cuartizados, después de haber estado presos en la Torre. 

El mismo alto fué puesto en prisión, en la Torre, y decapitado, el 
consejero Vane, uno de los ardientes perseguidores de Strafford . 

Uno de los acontecimientos mas curiosos concernientes á la Torre 
de Londres, es la tentativa hecha en 1671, por un aventurero llamado 
Blood, para robar, de la misma Torre, las alhajas de la corona. 



Digitized by 



Google 



451 PRISIONES 

Esta» alhajas son de un gran precio , y están perfectamente 
guardada*. 

La dificultad de la empresa no, arredró al ladrón, Recluta algunos 
compañeros decididos, que puso eo los alrededores del edificio, y so* 
lo, entrándose en el guarda-joyas, entabló conversación con; el oficial 
que custodiaba las alhajas. Súbito le echa por tierra, le ata fuerte- 
mente, y Tiendo que gritaba y se resistía, le dio varias pufialada*. 
Cargado de alhajas, estaba ya fuera de la Torre; mas se estendió la 
alarma, y Blood fué cogido con su botín. 

Garlos II, contento de recobrar las joyas y admirado de un golpe 
de mano tan atrevido, hizo gracia á Blood, y le dio una, finca de 500 
libras de renla. Entonces se vio una cosa rara, original: el aaesino 
de los guardias, el ladrón de las alhajas fué recompensado, recibido 
en la corte, y acariciado por el rey: el guardián que había vertido su 
sangre por defender el depósito confiado á su cuidado, fué olvidado, 
dice Hume, y murió antes de haber tocado un dinero de las 200 li- 
bras que le fueron acordadas por el rey, para pagar su fidelidad. 

El 12 de agosto de 1678, un químico llamado Kirby se aproximó 
á Carlos II, que se paseaba por su parque. 

— Sefior, le dijo, tened cuidado, pues seréis herido hoy de un tiro, 
estando en vuestro paseo. 

El rey hizo arrestar á Kirby, que pidió se tomase esta medida 
á fin de dar sus pruebas, y citó á un tal Tito Oates, hombre que es- 
taba sumergido en una gran miseria y que vivía de uw limosna co- 
tidiana que le daba Kirby. Oates reveló una gran conspiración de 
los jesuítas de Inglaterra y de Francia, con objeto de destruir los pro- 
testantes de Inglaterra y asesinar al rey. Nombró á los conjurados, de- 
talló sus planes, y se mostró satisfecho de haber hecho eete servicio 
á hombres de alta posición, quienes jamás hubieran sospechado que 
podían tener necesidad de él. El resultado de esta revelación fué el 
proceso del jesuíta Goleman y de varios de sus cómplices. La Torre 
recibió á los altos conspiradores: el cadalso puso fin á la vida de los 
pequeños. 

El jefe, aparente, de este complot, fué lord Stafford, el cual fqá 
puesto en prisión en la Torre, y comprometido por revelaciones» cu- 
ya verdad no quedó suficientemente establecida. Lord Stafford era 



Digitized by 



Google 



oí raer*. ios 

andato* débil, é incapaz de obrar enérgfeamente; mas, fio embargo, 
fué condenado á muerte y murió con (al dignidad, que conmovió al 
pueblo y le llegó hasta i bendecir, sobre el cadalso, al viejo sefior. 

Hacia frío, dice el historiador Hume, cuando Stafford fué condeci- 
do al suplicio, por lo cual pidió un abrigo, y dijo estas palabras, que 
•Ira victima de nuestras guerras civiles, Bailly, repitió ciento trece 
aAos después: 

— Puede ser que yo tiemble de frío; mas no de temor. 

El verdugo se turbó tanto, que por tres veces levantó el hacha sin 
poder dar el golpe. 

El reinado de Garlos II es una cadena de conspiraciones deshe- 
chas á golpes de hacha. En la historia de este principe se ven los 
parientes, los subditos , los estranjeros, ejercitarse en volcar un go- 
bierno que despreciaban. 

Después de la ridicula conspiración del tonel de harina, y la de los 
jesuítas de Francia, Monmouth, Rye y Russel, son entregados & la 
muerte. Jeffiries dirigíala justicia en Inglaterra: este sangriento nom- 
bre recuerda asesinato y violencia dondequiera que se encuentra. Es- 
sez, cómplice de Rnssel en esta nueva conspiración, cuyo objeto era 
destronar á Carlos U, fué encerrado en la Torre. Sus amigos le babian 
prometido facilitarle la fuga, mas temiendo comprometer k Russel 
con ella, continuó en la prisión, y habiendo pedido á su esposa un 
cortaplumas para limpiarse las ulias y enviádole esta una navaja de 
afeitar, se degolló, el mismo dia de la vista del proceso de Russel, 
encontrándosele muerto en so estancia. 

Brnnet, ano de los amigos de Essez, que refiere asi etfte hecho, 
declara que la muerte del prisionero fué un suicidio y no un ase- 
«Dalo. 

Lo que Essez habia temido de su buida, ocurrió con su muerte. 
Era ua argumento contra Russel, quien fué enviado al cadalso. 

Una de las mas ilustres victimas que devoraron los muros do la 
Torre de Londres, es el duque de Monmouth, hijo natural de Carlos II 
y de Lucia Walters, nacido en Rotterdam, en 1649. 

El duque de Monmouth formó el proyecto de destronar á su her- 
mano Jacobo II, y marchó contra él á la caben de un ejército. Ven- 
cido en la joraada de Bndge*Water, por lord Fcwaham, fué hecho 



Digitized by 



Google 



ftttl FUSIONES 

prisionero, conducido á Londres, y condenado á muerte el 15 de ju- 
lio de 1685. 

Era un príncipe de una figura y de un carácter que merecían mejor 
suerte. 

Cuentan algunos historiadores que, no podiéndose resolver el rey 
Jacobo á hacer morir á su hermano, fué él mismo, acompasado de 
tres hombres, á sacarle de la Torre, cubierto con un capuchón y en 
una carroza. 

Esta visita, si tuvo lugar, fué al dia siguiente de aquél en que so- 
bre la esplanada de la Torre habia sido decapitado un hombre, que e* 
pueblo creyó ser el duque de Monmoulh. Asi lo creen los comentado- 
res del famoso misterio de la máscara de hierro y los novelistas his- 
toriadores. Parece mas verosímil el relato siguiente: 

Después de su derrota, Monmoulh perdió el valor con la libertad. 
Preso ya, escribió á la reina viuda para obtener de ella que le pro- 
porcionase una entrevista con el rey. Fuéle acordada su petición; mas. 
Monmouth no pudo conseguir nada mas del rey, quien, con lágrimas 
en los ojos, le dijo: que se creía obligado á dar este ejemplo. 

En efecto, después de esta conferencia, Monmouth fué conducido á 
la Torre, donde su esposa vino á verle por úlüma vez. Jacobo firmó 
la sentencia de muerte, y al dia siguiente, 18 de junio de 1685, Mon- 
mouth, que habia recobrado toda su firmeza, fué invitado por el te- 
niente de la Torre á subir á una carroza de duelo que le condujo á 
Tower-Hill, donde fué recibido por los jerif. 

Eran de nueve á diez de la mañana. 

El cadalso estaba guarnecido de terciopelo negro y el verdugo ves- 
tido de luto. 

Desde lo alto del cadalso, Monmouth declaró que moría arrepen- 
tido de sus pecados. 

Los obispos y los j-rif le hicieron algunas preguntas, á las cuales 
respondió: 

—Basta: yo no he venido aquí sino para morir: 

Después, volviéndose al verdugo, le dijo: 

— Toma esas seis guineas, y no me hagas sufrir. 

El verdugo turbado, no acierta el gtlpe. Vuelve á darle una y otra 
vez; mas con desgracia: el hierro resbala sobre las espaldas, y Mon- 



Digitized by 



Google 



bpBát de HtuiHlk. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



DB BOIOPA. 4W 

mouth, todo ensangrentado, vuelve la cabeta y mira al ejecutor, co- 
mo para implorarle que termine de ana vez, y aquél horrorizado tira 
el hacha, diciendo: 

—No sé: estoy loco. 

Sin embargo, se le tranquiliza, se le obliga: coge el arma por 
cuarta vez, da dos golpes, y no acaba aun su horrible misión... 
Fué preciso, repugnante detalle, que separase, con su cuchillo, ese 
trozo de carnes palpitantes. 

El mismo historiador osa decir que el verdugo no obró asi por tor- 
peza ó por emoción, sino por órdenes que habia recibido: es una su* 
posición que causa horror. Verdad es que la misma escena habia te- 
nido lugar en el martirio de lord Russel. 

A las nueve de la maOana y delante de quinientos mil especiado - 
.res, todo otro que no hubiese sido Monmouth hubiera sido reconocido 
por el pueblo. Monmouth no fué, pues, el hombre de la máscara de 
hierro. 

Creemos poder cerrar con este nombre ilustre, que recuerda la 
Bastilla de Francia, la lista de las victimas de esta Bastilla de In- 
glaterra. 

Ahora bien: en una noche se ha desmoronado ese gigantesco mon- 
tón de piedras y armas: el incendio ha hecho en pocas horas lo que 
no habían podido hacer diez siglos. 

Esto foé el sábado 80 de octubre de 1841, á las diez de la noche. 

De improviso oyóse este grito: ¡La Torre está ardiendo! Entre las 
numerosas centinelas que vigilaban en diversos lados, ni una se ha- 
bía apercibido aun de las llamas. 

— ¡Ai faegol jal fuego! jen la Torre hay fuego! gritó un centinela 
que estaba en la puerta de la moneda, y al mismo tiempo disparó un 
tiro, para dar la alarma. 

Al llamamiento, los quintos fusileros de la guarnición escocesa to- 
man las armas, se envian partes al duque de Wellington, y á los diez 
cuerpos de guardia de los bomberos. 

Las llamas salían ya de la Torre Redonda, con terrible vio- 
lencia. 

Nueve bombas habia de reserva en la Torre, y los soldados ensa- 
yaron á maniobrar coa ellas ; mas no pudieron encontrar agua sino 



Digitized by 



Google 



m PftlAOÜBS 

para una sola; y esta» de poca filena, no arrojaba el «horro á la al- 
tura de la Torre Redonda. 

Bien pronto llegaron cuatro bombas; mas la puerta del oeste estaba 
barricada, y el oficial que mandaba el puesto, no queriendo romper 
la consigna sin orden espresa, rehusaba la entrada. 

A las once, el viejo monumento feudal, envuelto en llamas, ofrecía 
un horrible espectáculo: la Torre Redonda no existia ya. 

Por un instante se pudo creer que el incendio no kia mas lejos; 
mas arreciando de improviso, se vid que las llamas habían invadido 
la sala de armas. Bien pronto cruje la bóveda, apenas tienen tiempo 
para huir los trabajadores, y la sala entera se convierte en un horno. 
Entonces, torrentes de llamas lo invaden todo y llegan hasta lo alto 
de la Torre del Reloj, inmensa luz ilumina el horizonte, la multitod 
corre, y todo un populacho , cubierto de andrajos, se precipita * 
aullando hacia el monumento inflamado, menos por dar socorro 
que por entregarse al pillaje. Trescientos hombres de policía y cua- 
trocientos soldados tuvieron harto trabajo para contenerle. 

Pero lo mas siniestro en medio de esta horrible confusión, es el 
lúgubre ruido de los gongs indianos, que anunciaba la llegada de 
las grandes bombas flotantes de Sonthwark y de Botherite, por el Tá- 
mesis. Llegadas á su destino fueron desembarcadas cerca déla puerta 
de los Traidores. 

k inedia noche la Torre semejaba el cráter de un volcan en 
erupción. 

La Torre del Reloj se quebranta y derrumba con espantoso ruido. 

Entonces todos los socorros son llevados del lado do Wkite Tower 
y de la iglesia de San Pedro, para preservar á estos edificios de una 
completa destrucción. 

Entre tanto el plomo de los canalones se funde y cae á torrentes, 
.y con frecuencia» cosa horrible y singular, los torbellinos de llantas 
cambiaban de color y se hacían azules, rojos, verdosos, de color vio- 
leta, y ge destacaban claros y fantásticos sobre el fondo de oír cielo 
negro y humoso. Era el depósito de armas que encerraba muni- 
ciones de toda especie, y cuyos diversos metales se fundían y mez- 
clabaa en esta ardiente y colosal fragua, produciendo todas esas va- 
riedades caprichosas y lúgubres. 



Digitized by 



Google 



DE EUtOPA. 451 

Dos mil hombres trabajaban en las bombas, que vomitaron 
contra los encendidos muros verdaderas cataratas, mientras que los 
soldados de artillería, envueltos en mantas mojadas, penetraron va- 
lerosamente en las coevas de la Torre Blanca, para extraer ana gran 
cantidad de barriles de pólvora qne habia en ellas. De momento en 
momento, se esperaba alguna espantable detonación: toda la noche 
se pasó de esta suerte. 

Aquellos que creen en la autenticidad de las joyas de la corona di- 
cen que el guardián de estas tuvo cuidado de trasladarlas & casa del 
gobernador de la Torre, y desde alli á casa de los joyeros Rundel y 
Brídge. La chusma qne aullaba á las puertas de la antigua fortaleza 
no esperaba, entre tanto, mas que una brecha para precipitarse al 
pillaje. 

Los testigos de esta gran catástrofe hablan de ella aun con es- 
panto. La atmósfera rojiza, cabiente; el toque de alarma; el silbar de • 
las bonabas y el mormullo del Támesis mezclado á los gritos de la 
multitud estacionada en las calles vecinas... ¡Oh! (Qué horrible cua- 
dro! ¡qué orquesta tan infernal! Hubo un hecho bien singular y 
bien siniestro. En lo mas fuerte del incendio, un inmenso relámpago 
azulado iluminó el rio, la ciudad, y se pudo ver, durante algunos 
segundos , á este livido y fosfórico resplandor, á los marineros sobre 
los mástiles de los navios, y por todas parte», sobre las azoteas y te- 
jados de las casas, y sobre las torres de las iglesias un gentío inmen- 
so y Heno de temor. 

Después todo volvió á caer en la oscuridad, escepto la Torre Boy- 
wer, que lanzaba aun, de vez en cuando, torbellinos de llamas. 

El viento cambió de nord-este á sur, y se salvó la Torre Blanca, 
que es la mas estimada del pueblo inglés. 

Según toda apariencia, el incendio comenzó en la sala de inspec- 
ción, que ocupaba lodo el largo de la Torre, aunque estaba dividida 
por delgados tabiques. El otro salón estaba á prueba de bomba. En- 
cima estaba situada la célebre sala de la mesa, en la que fué ahoga- 
do el duque de Glarence dentro de un tonel de malvasia. 

De los doscientos mil fusiles depositados en el arsenal, apenas fue- 
ron salvados cuatro mil. Se valúa la pérdida sufrida en este incendio 
en un millón de libras esterlinas, veinte y cinco millones de francos. 

TOHOU. 58 



Digitized by 



Google 



U» jftdagMionei m? nunuciosa^n* hw podidp dflcnfepir ntfa 
d# powAivo sota? la causa da este incendi», y por tynto todo «op cojjr 
jeturas, 

Se (jrafl, geoetaluwüe, que á las cinco d$ la forte, Ql fa««o Wla- 
Ity y* w el interioj de la To&re; was u?t obrara y gty mujer, fue vi- 
vía^ en la veciwlftd^ $fo jparep bAJter vi&to p%sap t 4 las seis de 1» 
noche, por los talleres, que debían estar cerrados, 4 up bojpbrQ con 
una luz eft I» wno, lo cu^l pqede Ij^cer presumí* qu# ¿pte fuese un 
incendiario. A posar do eslo, parece lo mas probado qne esle desas- 
tre e# simplemente el efecip de alguna imprudencia. Sea lo que fue- 
re, la loglaíarf4 no se ba consolado aun de lo que perdió en esta fy-r 
tal ooch? del 30 día octubre de 1841. Los belicosos trofeos que decor 
raban los muros de la Torre de Londres quedaron en ella reducjdop 
iescoptatt*. 

Trtdnoido ñor A. Cubero. 



fifi PE U TORAK DE LÓNDHBff. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



He. Chira. 



Digitized by 



Google 



PR1SI0NB9 

DE EUROPA. 



FOR-L'EVÉQÜE. 



ftision eclesiástica del obispado.— Jaslicia episcopal.— Tratado entre feltye-Angosto 
y él obispo de Parto. —Veinte libras parisienses al otispo, y ctacdtnt* átteMos al 
capitulo.— •Fandack» de Forl/Bréque— Or%eo de este nottbre.^SiliBeieB topo- 
gráfica de est* prisión.— So descripción. —Conflicto* jodieiale*. <>-BI obispado dt 
Parts, erigido en arzobispado.— Reconstrucción de For-L'Evéqoe por el primer ar- 
zobispo de París.— Segando tratado con el rey Lois XIV.— Dacado-Paivia de Saint- 
Cloud.— For-L'Evéque convertido en prisión secular.— Órdenes arbitrarías del rey. 
—Prisiones por deudas.— Alborotadores. — Comediantes. — ÉaximiÜano de Ba viera. 
—Cartucho y sw cómplices. — £? aska de tres abate*. 

Fer-L'Bvéque tiene des épocas diferentes. • 

La primera fué aquella durante la cual la jurisdiciea wlesiástiea 
del obispo de París reioaba cea omnímoda potestad en esta prisión. 
Esla época, es poco conocida, y en la historia casi se halla olvidada. 

En la segunda, los reyes se hicieron ceder este dominio, llenán- 
dola á medida de su capricho. 

Una parle de esta segunda época es muy conocida* y la prisión 
k que nos referimos presentaba en ella un cierto aspecto de alegría, 
pues al nombre de For-L'Evéque se unen los de «mediantes, actri- 
ces célebres, periodistas, regalones cargados de deudas, mosquete- 
ros de todos colores, que se entretenían en apalear k les vigilantes 
de noche, arrancar las muestras de los sitios donde en aquella épt> 
ea las había, y romper los reverberos de las principales caUes de 
París. 



Digitized by 



Google 



160 PRISIONES 

En esta prisión, un 'deudor que entonces era duque reinante, y 
mas tarde fué rey, dio espléndidos festines. En la misma escribió 
Frerón sus mas mordaces sátiras. Lekain declamó, Veslris bailó, 
Clairon amó, y por último, en ella se refugió la poesía del des- 
potismo. 

Procuraremos hacer un reíalo fiel de todos estos hechos, y seria- 
mos por cierto afortunados si nuestra misión se concretase á pintar 
este oculto rincón, dominio de la arbitrariedad, donde el capricho de 
los reyes y de los .grandes solo hacia derramar lágrimas de despe- 
cho. De esta prisión como de las demás, diremos puramente la ver- 
dad, pero esta se halla bien lejos de la única tradición que de For- 
L'Evéque ha quedado. 

En primer lugar, no existe historia alguna particular de esta pri- 
sión. Algunos artículos que ni siquiera llegan á ser noticias formales, 
es la sola cosa que se halla entre las obras escritas en nuestros dias. 

Los autores contemporáneos hablan de ella, como nosotros lo ha- 
cemos de la Gonsergeria, que todo el mundo conoce. Hemos debido 
por lo tanto entregarnos á un trabajo largo y formal para alcanzar 
el resultado que nos proponíamos, y creemos haberlo logrado. 

Los obispos de París y el capitulo metropolitano, ejercían en esta 
villa el derecho de justicia alta y ¿aja sobre las tierras que les per- 
tenecian. 

Esta jurisdicción temporal era muy temida, y empezó á «ser la 
base de la Inquisición. 

En 1161, el obispo Mauricio de Sully, que hizo construir en lí- 
nea paralela á Nuestra Sefiora de París el palacio episcopal, no se 
olvidó de los edificios necesarios á su jurisdicción temporal, de la 
cual se mostraba muy celoso, y que de dia en dia iba adquiriendo 
mas incremento. 

Sobre una doble capilla mandó construir una alta torre para que 
sirviese de campanario. Los pisos abovedados de esta torre sirvie- 
ron de prisiones eclesiásticas, y las cuevas de la iglesia fueron con- 
vertidas en calabozos. Desde aquella época, estendió su jurisdicción 
temporal, y por los recursos que esta iglesia sola poseía alcanzó don- 
de quiso á lodos los parisienses que le plugo castigar con la justicia 
de su tribunal. 



Digitized by 



Google 



DE BUBOPA. MI 

Luis el Joven, que reinaba á la sazón, vio con indiferencia qne la 
jurisdicción del obispo se eslendia al elevar la torre mencionada; pe- 
ro Felipe Augusto, su sucesor, mas celoso que él de la autoridad 
real, comprendió los peligros que tal dominio llevaba consigo, y re- 
solvió poner término á éi. Desde la muerto de Mauricio de Sully, 
se habian sucedido tres obispos; Endco de Sully, Pedro II de Ne- 
mours, y Guillermo II de Seignelay. Los tres, y sobre lodo, el últi- 
mo, habian sostenido los derechos de justicia que: declaraban no es- 
tar escritos en parte alguna, pero que resultaban de la tradición y 
del uso y costumbre jdejiempo inmemorial, procediendo direclamen- 
te de Dios. Felipe-Augusto, que por su parle no reconocía entera- 
mente tal origen, buscaba el medio de disminuir la autoridad del 
prelado haciéndola recaer en pro de la corona. 

La cerca del obispo, además del radio del obispado, se componía 
entonces del antiguo arrabal de San Germán y del cercado de Bru- 
neau, que hoy forman los barrios de San Honorato, San Germán 
L'Auxerois, San Eustaquio, etc., etc. 

La jurisdicción de la Torre del Louvre, que lindaba con las tierras 
del obispo, daba margen cada dia k conflictos de consideración. 

Al principio el rey y el obispo se disputaron la corta de maderas; 
luego las multas y la confiscación de bienes, y por último, la sangre 
y la vida de los hombres. 

Cuando llegaron á este caso, Felipe-Augusto creyó triunfar fácil- 
mente del obispo oponiéndole este principio: Eclesiaabhorret á sam- 
guine (La Iglesia tiene horror al verter sangre). Pero Monsefior de 
Seignelay eludió la cuestión declarando que satisfaría al precepto, 
no mandando que se ejecutase ningún culpable en las tierras epis- 
copales. 

Con efecto: desde aquella época, mandó que se ejecutasen las sen- 
tencias en las afueras de París, sosteniendo que no violaba el princi- 
pio referido, porque no salpicaba cu sangre humana las tierras de la 
iglesia. 

A tal interpretación se siguieron largas contestaciones, hasta 
que por último en 1222 se acordó un tratado entre el rey y el obis- 
po. Dicho acuerdo, inscrito en las cartas -patentes firmadas en Me- 
lón, fué l lamado por ambas partas charta pacis, tratado de par 



Digitized by 



Google 



m raisioittfc 

En este documento se restringía* tos Hmites de las tierras del 
obispo, á cansa del palacio de Louvre y sus dependencias. Se reser- 
vaba al rey el conocimiento de causa en rapios y asesinatos, y se 
dejaban al cuidado especial y justicia del obispo< los hoüickiios y 
demás asuntos criminales ó civiles en el arrabal de San Germán y en 
el cercado Bruneau. 

L*s sentencias de muerte debían ejecutarse «n las afueras de Pa- 
rís, y los castigas corporales que pudiesen ocasionar efusión de san- 
gre, ftítfa dá cultivo del obispo, to cual nos prueba que las inter- 
pretaciones de monseñor de Seigeetay fueron adoptadas. Se formé 
una jurisdicción temporal, compuesta de un preboste especial, y de 
varios oficiales de justiéia; y « para indemnizar al obispo y al capitulo 
metropolitano, decía el tratado, de los demás derechos y pretensio- 
nes, concede el rey al obispo veinte libras parisienses, y al capitulo 
cincuenta sueldos parisienses , que cobrarán cada año sobre el prebos- 
tazgo de Paris.» 

Una vez concluido este tratado, el obispo de Seigneby quiso es- 
tablecer su preboste y oficiales de justicia en medio del cultivo de 
mas consideración, escogiendo para colocarle el sitio que le pareció 
mas conveniente y mas próximo á determinar claramente los limites 
del palacio del Louvre, cuya invasión de dominio le podía haber sido 
muy perjudicial. 

En la fecha referida se pusieron tos cimientos de un palacio, que 
ddMa contener habitaciones para el preboste, sala de justicia, prisio- 
nes y calabozos para los reos, en el espacio que media entre la calle 
de San Germán- L'Auxerois y el muelle de la Miseria, hoy dia mue- 
lle de la Méftisserie. Tal es el origen de Fer-L'Evéque. 

Guillermo de Seignelay murió el 23 de noviembre de 122$, an- 
tes de que For-L'Evéque estuviese enteramente concluido. Bartolo- 
mé 111, que le sucedió, terminó su obra. 

Ahora que conócenos el origen de su fundación, nos resta aclarar 
el de su nombre. For-L'Evéque deriva positivamente deForum lipis 
copi; sitio cercado, ó cultivo del obispo. Además de la opinión de 
gran número de autores, con los cuales nos hallamos perfectamente 
de ácfterdo, añadiremos como prueba de 'ello lo que sigue: Adriano 
de Vftlois es de opinión que se escribía Fow-UEvique, derivado de 



Digitized by 



Google 



Furntm Bpiwpi peco oada legitima esta aflereujn, ni el paprfcho 
de haber establecido el obispo eo sus tierras d en su palacio un 
horno. 

Tampoco hay razón fundada para llamarte Fert-LKvéque, orto? 
grafía que no se ba hallado eu ninguno de los escritos referentes á 
dicha época, y que además oo tenia apariencia ni carácter alguno de 
cindadela, ó íorlaleía. 

« For-L'Evdq^ie, dice Lebeul, no era ni un homo, ni un fuerte, si* 
no u? sitio d&stioado para pleitear.» De las tres opinípne* qw acar 
bamos de formular , adoptamos la primera como la mas pro- 
bable. 

Este palacio fué primeramente construido sobre el terreno que hoy 
ocupa la casa núm. 65 de la calle de San German-l'Auxerois, g»r 
gun queda dicho, esteadiéndose hasta orillas del Sena. Su puerta 
principal daba á la espresada calle, y la descripción que U06 ha de- 
jado Lebeuf es la siguiente: 

«Encima de la puerta principal se veía una escultura de piedra, 
qne representaba á un rey y & un obispo arrodillados, el uno frente 
del otro, delante de un* imagen de Nuestra SeBora, símbolo dpi tra- 
tado concluido entre Felipe- Augusto y el obispo de Parí*. A la dere- 
cha estaban las armas de Francia representadas por numerosas flore* 
de lis, atravesando todo este cuartel un báculo. En el otro extremo, 
también ie relieve, había un juez con toga y capuchón, varios ase- 
sores y un notario vestido en traje eclesiástico. » 

Por esto medio habí» querido eternizar loa obispos el pacto ople- 
brado oon el rey de Francia, á quien trataban de igual á igual. Por 
lo demás, nada se habia olvidado para hacer digna á esta miftsion 
de la jurisdicción cruel que en ella se ejercía. 

Las prisiones eran estrechas y sombrías, y los caUboup w llam%- 
fon ofot<foi, porque de los desgraciados que entraban en ellos, nadie 
ae volvia á acordar. Profundamente abiertos debajo de tierra, se e*- 
ttnüan por todo el edificio, y por su disposición y lobrqgUM podiap 
compararse á los calabobos blancas de Bicélre. 

Aun se ven en el dia algunos restos de los citados calabozos en la 
parte que ocupan las cuevas ó bodegas de la casa número 68 de la 
enUe de San Germán- L'Auíerqis. 



Digitized by 



Google 



464 PUflOMES 

En aquel tiempo existía también una sala del Tormento, artísti- 
camente confeccionada. 

El suplicio del Tormento artísticamente aplicado, rara vez hacia 
correr la sangre, quedando do este modo los obispos en el circulo de 
la estricta observancia de su regla, hasta tocar en el ridiculo. 

De modo, qne todas las Teces que se condenaba á corlar las orejas 
á alguno, castigo que en aquella época estaba muy en boga, era con- 
ducido el paciente á la frota du Trahoir, hoy dia extremidad de la 
calle de San Honorato, y allí se ejecutaba la sentencia, para que la 
sangre que corriese no pudiera caer en las tierras pertenecientes á la 
iglesia. Eo seguida, se encerraba al paciente en alguno de los cala- 
bozos del olvido, donde lentamente espiraba, á menos que el tor- 
mento no hubiese puesto fin á su existencia. ¡Infame hipocresía! como 
si las lágrimas vertidas por tantos y tantos infelices no equivalieran 
á otras tantas golas de sangre, y la cruel y prolongada agonía no 
fuese un suplicio mil veces mas cruel que la misma muerte! 

De todas las victimas oscuras é ignoradas que fueron entregadas 
á la jurisdicción eclesiástica, la mas cruel de todas las justicias, pues 
la inquisición se calcó sobre ella, no nos ha quedado ni un solo nom- 
bre que Merezca citarse. Las sentencias, los procedimientos judicia- 
les de esos tiempos, secretos la mayor parte, han desaparecido en 
tiempo de la revolución, ó foeron destruidos por el furor popular, ó 
por los mismos eclesiásticos, que quemaron los registros haciendo 
desaparecer así aquellas actas acusadoras. 

Los únicos documentos formales que podríamos haber hallado se 
los llevaron las aguas del Sena el dia del saqueo del arzobispado 
en 1881 . y nos creemos muy felices al consignar solamente en este li- 
bro la seguridad de las mencionadas crueldades, sin estar obligados 
á dar sus detalles. 

Sin embargo, á pesar del tratado de 1222, continuaron los con- 
flictos entre la justicia real y la eclesiástica. Y fueron tales, que 
Francisco I formuló una ordenanza real que ponia coto á los abusos 
de la justicia episcopal, sin atreverse sin embargo á publicarla. 

El número de los acuerdos del consejo real y del parlamento rela- 
tivos á este asunto, es incalculable. El rey y el obispo se disputaban 
las victimas; pues, según ya hemos manifestado, además del acto de 



Digitized by 



Google 



Dfi EOtOPA. 465 

autoridad qae ordenaba ud castigo cualquiera, se imponían multad 
y ae confiscaban bienes, y la avaricia, uniéndose á la competencia de 
poder, hizo aumealar las consecuencias de la lucha. Mientras lanío, 
el obispado de París, sufragáneo hasta entonces del arzobispado de 
Sens, fué erigido también en arzobispado el 20 de octubre de 1622 
en favor de Juan Francisco de Gondi, lio del cardenal de Relz. 

£1 nuevo arzobispo, orgulloso con el titulo que se le habia conferi- 
do, solo pensó desde aquel momento en consolidar y aumentar su 
poder temporal, pero el cardenal Richelieu, que imperaba en esta 
época, no solo le contuvo con su mano de hierro en los limites de su 
autoridad, sino que se los circunscribió, hasta el punto de quedar el 
For-L'Evéque por algún tiempo sin presos, procesos ni sentencias. 
Solo á la muerte de este ministro pudo el nuevo arzobispo empezar á 
erguir la cabeza, ayudado de su coadjutor el abate de Gondi. 

Siguiéronse los disturbios de la Fronda, cuya ocasión aprovechó 
el arzobispo para estender su poder temporal, y en tanto que su so- 
brino, envuelto en todas las intrigas de la época, era aprisionado en 
Vincennes, secundado por el capitulo metropolitano; hacia él demoler 
y reconstruir en su mayor parte su For-L'Evéque arreglado al uso 
que habia de hacer de la nueva potestad que esperaba. Semejante re- 
construcción tuvo lugar en 1652. 

Construyéronse las nuevas prisiones en mayor número y mas es- 
trechas y sólidas, respetando las perpetuas, siempre útiles en aque- 
llos tiempos, como también la puerta en donde estaban esculpidos los 
derechos del arzobispado. 

Joan de Gondi murió en 1654, después de haber visto levantarte 
la nueva fábrica que dejó en herencia á su sobrino el cardenal de 
Retz. Sabido es de que manera hizo éste dimisión. Sucedióle en vir- 
tud de la misma Pedro de Marca, antecesor de Hosdouin de Pérefixe 
de Beaumoot, preceptor de Luis XIV, que murió en 1.* de enero de 
1671. Esta vacante sentó en la silla arzobispal de París á Francisco 
de Harlay de Champvallon. 

Mucho tiempo habia que gobernaba por si propio Luis XIV. Mas 
absoluto y mas despótico que otro rey alguno presente ni pasado, no 
podia soportar en medio de su buena ciudad de París una jurisdic- 
ción igual en autoridad á la suya en determinados casos; una prisión 

TOMO ■. 51 



Digitized by 



Google 



4*ft MUSIONtó 

que orgtóloéamfcnte se alzaba rival de la Bastilla y que no llenaba k 
su buen placer. Como era el arzobispo de París su antiguo preceptor, 
110 se atrevió á contrariarle abiertamente, y si solo limitóse á hacerle 
presentir el proyecto que llevaba de acabar con su jurisdicción tem- 
poral. Mostró el arzobispo la mas viva resistencia á las pretensiones 
reales, y Luis XIV esperó su muerte para obrar. Llegada esta ocasión 
suprimió pora y simplemente por un edicto de febrero de 1674 la ju- 
risdicción episcopal que reunió al Cbátelet, apoderándose al mismo 
tiempo del For-L'Evéque y declarándote desde este dia mera por- 
Bton secular. 

Habia tomado el rey esta determinación sin prevenir al arzobispo, 
que era entonces monsefior de Harlay, cuya jurisdicción habia con- 
fundido con otras diez y ocho eclesiásticas, abaciales y señoriales, 
reunidas igualmente al Ghátelet por el mismo real edicto. 

Por mas que quiso dar Luis á semejante acto el carácter de una 
disposición general á fin de evitar toda resistencia, no pudo por esta 
vez realizar su propósito. 

Los sefiores se sometieron sin murmurar, y los sacerdotes y abates 
protestaron amenazando con una formal declaración de guerra si do 
era revocada la medida. 

El arzobispo y particularmente ei cabildo metropolitano, se levan- 
Ürdn con energía y mostraron las esculturas de la puerta del íor- 
L'Evéque, qm no sin motivo habian allí dejado perseverar. 

Luis XIV venció durante su reinado todos cuantos obstáculos se 
opusieron á su buena ó mala voluntad, escepto únicamente los «que le 
itaeron suscitados por los curas y por las majeres. Los primeros lle- 
varon en esa ocasión la ventaja. De tal suerte fué la aclifod que tomó 
el arzobispo, que el Tey se halló en idéntica posición que Felipe Au- 
gusto en ocasión del tratado de 1222. Viese, pues, obligado á comprar 
por medio de concesiones ese girón de poder temporal que arreba- 
taba la arzobispal justicia, esa prisión del Fer-L'Evéque, que le era 
necesaria, puesto que la Bastilla y las demás prisiones de estado ve- 
nían atondo de por dia mas estrechas para contener el gran néoiero 
de prisioneros de que iba atestándolas el gran rey. 

Con todo, esas concesiones no podían reducirse como en 1ÍSÍ á 
veinte Hbras parisienses por afio. 



Digitized by 



Google 



M lUtOTA. 467 

AoctdUtal arzobispo en dqjarae quitar de oca mano lo que por la 
otra se le daba, y por de pronto, ana seganda ordenanza, interpreta- 
tiva de la primera, salió k luz en abril de 1674. 

Por semejante disposición se devolvía el derecho de alta y baja 
josticia en las iglesias, claustros y tribunales de la residencia, al ar- 
zobispo, á la abadía de Sainl-Germain des Prés, áSan Joan de Lelran 
y al gran prior del Temple. 

En seguida, por cláusula particular con el araobispo, que era de lo- 
dos el mas temible, erigió Luis XIV en ducado con titulo de par, pa- 
ra monseñor de Harlay y sus sucesores en la silla arzobispal, el terri- 
torio de Saint Gloud , al cual reunió Maisons, Greteil, Osoir, La Per- 
riere y Armentiéres. «Unida va— dice la ordenanza— á la justicia 
de la temporalidad del arzobispado, de que gozarán monseñor de 
Harlay y sus sucesores en lodos derechos, la justicia y jqrisdiccion 
de par, bajo la inmediata inspección del parlamento, escepto en los 
casos reales. » 

La propia ordenanza estipulaba el sitio del ducado con titulo de par, 
en el arzobispado. 

Este edicto, k que puede darse igualmente el nombre de tratado de 
paz, dejó satisfechas á entrambas partes. El arzobispo vio aumentar- 
se sus dignidades, sus rentas y sus dominios; bien es verdad que 
perdía todo su cultivo en París; pero adquiria el doble en el rastro, y 
el preboste del arzobispado podía sentarse aun en esa forre, debajo 
de la cual continuaban existiendo los profundos calabozos que servían 
dt prisiones eclesiásticas. 

Semejantes mazmorras no llegaron á atestarse hasta el año 1793, 
en ocasión del derribo de la torre. 

Luis XIV aniquilaba en el seno de París una jurisdicción inde- 
pendiente de su autoridad real, somelia la nueva, que concedía fue- 
ra de la capital, á su parlamento y quedaba en posesión del For- 
L'Evéqne. 

De tal suerte se verificó el trueque de un manto de par, por las 
llaves de una prisión. 

El For L'Evéque fué después destinado especialmente á los có- 
micos; y cierto, no es una de las particularidades mas singulares que 
ofrece esta historia la de ser una prisión erigida por los obispos, 



Digitized by 



Google 



m fushhus 

transformada en morada de gente herida entonces con el rayo d? la 
excomunión. 

c?Tales son las diferentes faces que ofrece el primer periodo de la 
historia del For-L'Evéque: vamos á dar algunos detalles sobre el 
segundo. 



H. 



Freroo.— El Alio literario.— la sefioríta Oairoo.— Excomunión de los cómicos. — La 
seflorita Araoax.— Retrato de la sefioríta Oairoo por Freroo.— Bl sitio de CaUtii. 
— Tumulto eo la Comedia Francesa. — Arresto de la sefioríta Cía ¡roo. 

El aflo 1763 terminaba en Francia sin ningún acontecimiento no- 
table en el estudio de la literatura ó del teatro. Ningún libro digno 
de critica, ninguna producción dramática se presentaba. Ypltaire y 
los demás literatos dejaban completamente en paz á Freron. 

El Año literario, periódico que este escribía con tanta gracia como 
mala intención, y que era el único en la época á que nos referimos; 
enemigo de toda doctrina nueva, y también de los que nuevamente 
aparecían en la arena literaria; critico acerbo, y á veces brutal; solo 
opuesto contra todo el mundo y con ánimo fuerte, veia que por mo- 
mentos su periódico iba á palidecer careciendo de lucha é interés, 
pues su gran talento consistía mas en la defensa que en el ataque. 

Guando no podía contestar directamente, hallaba un motivo en la 
cosa mas insignificante. Si un literato decia una sola palabra contra 
él, era ya suficiente causa para dar asunlo á un articulo. Si Vollaire 
se levantaba de la cama una hora mas tarde que de costumbre, ha- 
bía ya motivo para lanzarle una sátira. 

Si la señorita Glairon volvía á encargarse de un papel, aunque le 
hubiese representado cien veces, era suficiente causa para que su 
critica se ensañase contra la grande actriz. 

Todo para él era artículo de utilidad y le servia de preleslo, in- 
dispensable cosa para su naturaleza, esencialmente incisiva, y si 
bien carecía de invención, sobre un grano de arena habría construido 
un mundo de fábulas. 



Digitized by 



Google 



OB tmOtk 419 

So éltima reyerta con la señorita Glairon había concluido brus- 
camente. 

Esta actriz tenia por protector ostensible á un principe ruso ex- 
tremadamente enamorado de ella, y que, según Freron decía, se con- 
tentaba con besarla la mano, y era lo mejor que hacer podía, míen - 
tras el caballero de Valbelle era sn amante secreto. 

Este último habia hecho á Freron nna visita de pura educación, y 
do hallándole en casa, le dejó una targela en la cual puso á continua- 
ción de su nombre: «& ha presentado m casa de Freron para darle 
ymacosa.* 

Freron vio y comprendió el escrito, y por lo tanto desde este dia 
dejó de ocuparse de la vida privada de la actriz, esperando el pri- 
mer papel nuero que representase, para hacer de ella anatomía. 

Ninguna hablilla contra la actriz pululaba por entonces, y la fa- 
talidad hacia que las demás personas tampoco le ofreciesen motivo 
para morder y desahogar su bilis. 

Freron parecía un ser abandonado de todo el mundo, y esto le de- 
sesperaba. Para él podia decirse que comenzaba á apareoer la pos* 
teridad, y la posteridad era el olvido» 

Si hubiesen empleado este medio contra él sus enemigos, induda- 
blemente habría dado el resultado apetecido, y Freron y su Año lite- 
rario habrían sido enterrados vivos. 

Pero el excesivo amor propio de los literatos y comediantes no po- 
día contenerse en los limites de lo conveniente para su interés, y no 
comprendiendo que al responder á los ataques de Freron, daban im~ 
portanciaá su periódico ofreciéndole armas, cayeron en la red. 

Tal es el secreto de la existencia de muchos periódicos, como lo 
fué el de la del Año literario de aquella época. Freron, hombre frío, 
cuya perspicacia veia claramente el porvenir de su hoja, se desespe- 
raba en silencio de la imperturbable calma que reinaba, y que sin 
conocerlo era consecuencia precisa de la ignorancia de sus enemigos, 
de una parte, y efóblo de la casualidad, de la otra. 

El dia en que debía aparecer el número 34 de su pe, i ód ico se 
acercaba, y Freron no tenia ni una sola cuartilla de original que dar 
á la imprenta; y lo que es peor aun, ni asunto qu motivase el mas 
leye suelto. 



Digitized by 



Google 



470 raüiot» 

En van* procuraba atacar con sátiras mordaces i Voltaim, 4 Joan 
J. Rouseau, á Thomas, á los enciclopedistas, á los comediante* ni á 
los autores; cuanto respecto á ellos habla escrito, le parecía pálido y 
sin fuerza ni vigor. Solo producía su pluma lo que había ya dicho 
repetidas veces; y tanto mas temia el repetirse, cuanto mayor era su 
temor de que le aplicasen el dicho del peluquero de VolUire. 

Este periodista, ordinariamente frío é impasible en su* mordaces 
sátiras y en sos ¡ajarías, te encontraba por la vez primera de su vi- 
da en tal estado de «paciencia y despecho, que arrojé kjos de sí la 
pluma. 

Afortunadamente para él llegó en el momento una carta de letra 
desconocida. Se trataba en ella de una familia que bajo la protección 
del ministro, pasaba á Cayena para formar parte en la nueva colo- 
nia, y que durante la larga travesía se vio abandonada por el gobier 
no que faltó á sus promesas dejándola morir de hambre. 

Esta carta le fué dirigida para que se la diese publicidad, y esta- 
ba escrita en el verdadero lenguaje de la desesperación. Freron la 
leyó dos veces, y corrigiendo algunas palabras, la aumentó y comen- 
tó, enviándola después á la imprenta. 

«Esta vez, decía, no se me acusará ni de injusto ni de mordaz; de- 
fiendo á la desgracia, y haciendo una buena obra, completo perfecta- 
mente mi número.» 

Pero la insistencia de Freron en insultar á lodo el muftdo, era me- 
nos peligrosa en esta época que la misión que adoptaba al decir la 
verdad. 

El número 34 del Año literaria pareció, y fué leido con avidez por 
toda otase de personas. Grande y general fué la sorpresa al hallar la 
mencionada carta q«e tanto ruido hacia, y nadie sabia á que acha- 
car la nueva conducta del periodista, que, esla vez al menos, no des- 
garraba y destrozaba desde la primera á la última linea de su pe- 
riódico. 

El Año literario se recibía en la corte : Luía XIV le leyó, y no 
hallando en él cosa notable por lo mordaz, le tiró debajo de la mesa. 

Poco le importaba á este rey por cierto, que sus vasallos muriesen 
de miseria; pero la verdad es que si bien al rey no le hizo efecto el 
número, no sucedió lo mismo en las oficinas del ministerio, donde 



Digitized by 



Google 



DfiMtefe. m 

foé Afttiftciado él periódico al duque de Choiseul. Dicen las Memo- 
rias Secretas, que al oir hablar este ministro del periódico ei cues- 
tión, dijo: 

—¿Y se atreve ese piHastre á InMar de Cayena? 

Queme traigan el numero 84. 

Dorante la cena, el dnque de Choiseul lo leyó atentamente, y se lo 
hizo leer á sus convidados, y al llegar al reíalo de los padectmientoa 
de aquella familia desgraciada, exasperado por la ira, interrumpió 
la lectura diciendo: «Freron dormirá esta noche en For-L'Bvéqm. » 

Al ver el geslo y el aire indignado del ministre, los convidado* se 
esperaban otra sentencia mas dora aun para los verdaderos culpa- 
bles. Pero el duque de Choiseul, uno de los menos males ministros 
de Luis XIV, no podiendo soportar que se pusiesen de manifiesto de 
tal manera las perfidias de sn administración, se contentó con lanzar 
contra Freron el tremendo entredicho. 

Si nn solo momeóte esperimentó el ministro sentimiento alguno 
dorante su cena, solo fué efecto del atrevimiento del periodista 
audaz que se atrevía á divulgar la verdad. 

La miseria y los padecimientos, la familia tan indignamente enga- 
llada, no le hicieron perder, ni siquiera retardar un solo bocado de 
los delicados manjares que en su opípara mesa abundaban* 

las carpetas de tos ministerios estaban Menas de órdenes de en- 
cierro; no se tardó en llenar el nombre y en mandar á un exento de 
poKcfa á casa de Freron. El publicista fué arrestado en el acto. 

Serian las once de la noche cuando se presentó el polizonte en casa 
de Freron; esta noche el escritor había cenado y bebido excesiva- 
mente. 

Largo tiempo hacia que Freron había contraído la costumbre de 
ahogar tn vino Um disgustos, como vulgarmente en aquella época se 
decía, y al parecer, había bebido demasiado. 

Trabajo costó despertarle, y al lograrlo solo balbuceó algunas inin- 
teligibles palabras, rol viendo á caer aplomado sobre su almohada. En 
vano el polizonte le sacudía por el brazo con notable fuerza; el sueño 
de la borrachera era superior á todo, y venció esta vez & la policía. 

Cansado ya de vanes esfuerzos el exento, empetóá gritar, dicien- 
do que la fuerza armada lograría arrancarle de su letargo, y eoodn- 



Digitized by 



Google 



471 PRISIONES 

cirle bien seguro á For-L'Evéque eo cumplimiento de la orden de 
encierro. 

A tan horrible palabra, nueva en un todo para él, Freron se sentó 
sobre su lecho, se restregó los ojos, y sacudiendo, como decirse sue- 
le, las orejas, repitió con voz bien clara: «Una orden de encierro para 
ForL'Eveque...!» Esta palabra había disipado completamente la 
borrachera. 

En seguida pidió se le enseñase la orden del rey, que por gracia 
especial le fué presentada, en la cual leyó la causa que motivaba su 
arresto, también consignada por gracia especial. 

En el primer momento, una sonrisa de satisfacción cruzó por los 
labios del publicista, pues se le ocurrió que «el negocio metería rui- 
do, y no podía menos de hacer que so hablase de él y de su periódico.» 
Pero á este primer rayo de satisfaccioo, sucedió la justa reflexión 
de que hallándose Mr. de Ghoiseul irriiado contra él hasta el puoto de 
mandarle á For-L'Evéque, nada de estraño tendría que mas tarde le 
enviase á la Bastilla. 

A tal idea, el terror se apoderó de su alma y de su corazón, y re- 
cordando los motivos que le habian impulsado á insertar la malha- 
dada carta, esclamó: 
«¡Tratarme de este modo por haber escrito la verdad!— 
—Ved lo que trae el desviarse de su camino, le contestó el polizonte, 
tarde ó temprano, suele acarrear desgracias. 

Conmovido por la contestación, fijó Freron sus ojos en su interlocu- 
tor con aire de marcada sorpresa, que denotaba lo estraño que le pa- 
recía hallar á un hombre de ebíspa bajo el uniforme de un exento de 
policía. 

Obligado por la imperiosa necesidad, se levantó con la mayor su* 
misión, vistiéndose y dejándose conducir áFor l'Evéque, donde, gra- 
cias á una buena cantidad de oro, obtuvo una habitación ó encierro 
bástanle decente. 
Su primer cuidado fué escribir al duque de ghoiseul. 
Su carta, por supuesto, era cáustica y mordaz ; la volvió á leer y 
tuvo por conveniente rasgarla , reflexionando que el primer ministro 
no era ni un Yol taire, ni un autor , ni comediante sometido á su 
férula. 



Digitized by 



Google 



Inmediatamente escribió otra, que si bien era amarga, era á la par 
gamita y digna al propio tiempo. 

También e¿la sofrió igial suerte, acordándose de lo que le dije et 
policía, y que le pareció justísimo en extremo. 

La tercera que escribió era hipócrita y llena de bajeza, según di 
cen las Memorias store tas, y en ella representaba al roimslro «cuas 
ageno estaba de merecer semejante trato de parle de un hombre que 
siempre le habia honrado con su protección.» Esta le pareció conve^ 
niente en todos cooceptos, y adaptada á su situación. Cerrada y se- 
llada, la envió á su degino. 

Sin embargo, para escribirla habia necesitado violentar ¿ su ca- 
rácter y contener la pluma que involuntariamente vettia hiél. 

Quiso por lo mismo vengarse en el momento y tomar la revancha 
sobre todos los que impunemente podia morder , poniendo incesan- 
temente manos á la obra. 

Sin tregua ni descanso, empezó el n 6 mero 35 de su Año literario, 
pasando el resto de la noche en escribir y anotar cuanto podia esoitar 
su rabia y su mordacidad su envidia y sus celos. 

Habia hallado por fin el pretexto qie hartaba parra escitar su bi- 
liosa locuacidad , y las págioa* enteras se iban Henáddo sin que su 
pluma, rápida como el pensamiento, hallase obstáculo alguno. 

Al ver su rostro satisfecho , nadie habría creído que Preven coá- 
feccionase una sátira morda* en la cual vertía tanto venase. So acti- 
tud apacible y tranquila le daba mas bien el aire de un hombre ocu- 
pado en una honrosa disertación. 

Freron era uno de esos hombres, q»e malos en su índole por natura, 
afilan fríamente el pufial con que deben herir á sus enemigos, calculan, 
do los golpes aun en medio de los mas atroces actos de violencia que 
cometen, haciendo á*l rencor y de la calumnia un oficio y mercancía. 

Al siguiente dia le fué permitido ver á cuantas personas se pre- 
sentaron en Por-l'Evéque. Después de su esposa, solo una persona 
solicitó baMarle Freron no tenia amigos. Era el tal, su correo ó cor- 
redor en busca de noticias que pudieran interesarle y con las cuales 
llenaba el periódico. 

Se presentó á su vista alegre y con aire satisfecho. Nunca ha- 
bia logrado recoger tantos datos interesantes. 

>u m 



Digitized by 



Google 



474 PRISIONES 

üLa prisión de Freron era el motivo de todas las conversaciones del 
dia y de todos los comentarios en cuantos círculos había en París. 
Los unos mostraban su alegría, y los otros con aire de mentida com- 
pasión decían, compadeced le. 

Los comediantes sobre todo, eran los que mas gozaban con su ar- 
resto, y la señorita Glairon había propuesto á sus compañeros dar 
en corporación un voto de gracias á Mr. Choiseul , que tan oporlu- 
nameote se había encargado de la común venganza. 

Freron escuchaba todos estos detalles con avidez, y á medida qoe 
su agente daba nombres propios , iba tomando notas y haciendo 
apuntes. 

— ¿Y Voltaire? dijo Freron, ¿nada me decís de él? 

—Le guardaba para los postres,— contestó el agente. — Hé aqui los 
versos que ha remitido á la señorita Glairon , y que esta misma se 
encargó de hacer circular ayer mismo por todo Paris en el momento 
en que se verificaba vuestro arresto. 

Y le entregó la siguiente cuarteta : 

Un dia, lejos de la sacra fuente, 
Una serpiente á Juan Freron mordió; ^ 
Queréis que os diga lo que sucedió; . . . 
Pues se murió al instante la serpiente. 

Una sonrisa amarga apareció en los labios de Freron , pero sin 
manifestar en lo mas mínimo ni indignación ni cólera. 

Tomó este nuevo ataque como consecuencia precisa de su posición 
del momento, ó mas bien como cosa que esperase con impaciencia; y 
en el acto se puso á escribir con la mayor calma un articulo contra 
Voltaire, reservándose el pagar su deuda á la señorita Glairon mas 
tarde, y en momento mas oportuno, á fin de hacerlo con mayor es- 
cándalo. 

Al siguiente dia recibió una larga epístola de Mr. Choiseul en 
contestación á la suya. Esta era por cierto una muestra de la desmo- 
ralización que reinaba en los asuntos en que los ministros se mezcla- 
ban, contrario en un todo á lo que la dignidad y posición de aquel 
personaje se merecía ; no porque el ministro contestase á un prisio- 
nero, sino porque este, dependiente de) primero, adquiría grande im- 
portancia, euando solo la mas leve orden del ministro bastaba para 



Digitized by 



Google 



DE EDIOrA. 415 

scprimir el periódico contra el cual se había adoptado el castigo que 
Freron sufría. 

En la susodicha carta manifestaba Mr. de Ghoiseul & Freron la 
enormidad del crimen que habia cometido denunciando de tal modo 
la negligencia de su gobierno. Creía dudar del motivo que habia pro- 
vocado su determinación , y terminaba prometiendo interceder con 
Mr. de Sartines á fin de que le fuese cometida solo & éi la jurisdic- 
ción en la causa contra Freron, sustanciándola pronta y favorable- 
mente. 

No quedó esta carta sin contestación, y envalentonado por la es- 
pecie de condescendencia que mostraba el ministro, le escribió otra 
carta llena de elogios y de alabanzas, en la que le aseguraba que se 
habia abusado de su confianza, engañándole indignamente. 

«Toda esta correspondencia, dicen las Memorias secretas, es de lo 
mas risible ; y tan ignoble de una parte, como de la otra. » 

En resumen: Freron obtuvo su libertad el 15 de diciembre f al 
quinto dia de su arresto. Su primer cuidado fué hacer una visita á 
MM. de Ghoiseul y de Sartines para darles gracias por haberle con- 
cedido la libertad. 

Ambos magnates le prohibieron volver á ocuparse en su periódico 
de ninguno de los actos del gobierno, bajo pena de prohibirle la pu- 
blicación. Freron lo prometió, conformándose con hacer sufrir el peso 
de su venganza á los autores y comediantes, sus victimas predilectas. 
Renunció también á atacar á los grandes, ni á quejarse de sus injus- 
ticias, cuidado que legó completamente á su bijo. 

Este niño, que aun en los brazos de su madre habia llorado al ver 
á su padre preso en For l'Evéque, no olvidó las lágrimas vertidas; y 
cuando *ü halló en edad de comprender, esta circunstancia se grabó 
de tal modo en su mente, que sin cesar lo aparecía adornada de to- 
dos los abusos del mas odioso despotismo. 

Este fué el germen de su rencor contra los reyes y los grandes de 
latit-rra; y formó el propósito de perseguirlos tan constantemente 
con su venganza, como babia perseguido su padre á los autores y á 
los comediantes. Su nombra llegó á hacerse tan célebre como el de su 
padre; y si el periodista uejó e! suyo escrito con hiél , el conven- 
cional le dejó tbCíiio con san¿ie. 



Digitized by 



Google 



41* fifiMQJIBS 

Por lo deaás, la prohibición hecha 4 Freron de ocuparte de poli- 
lica bajo pena de encierro en Por l'Evéque, se prohibe también á los 
periódicos en nuestros dias bajo pena de maltas pecuniarias de con- 
sideración, y & veces con castigos corporales, no menos daros qae los 
inflingidos á los detenidos en la antigua prisión clerical. 

A juzgar por la disposición de ánimo en que hemos dejado á Fre- 
ron, ya se puede presumir la cruda guerra que debia hacer en lo su- 
cesivo á cuantos, & su modo de entender, le habían dado molivo de 
queja. 

De lodos ellos había hecho cuidadosamente una lista, sin olvidar á 
ninguno, ocupándose un año entero en arreglar con ellos sus cuentas, 
©o quedándole al cabo de este tiempo mas que un solo deudor; el mas 
importante de todos ellos, pues era la señorita Clairoo. 

Esta célebre actriz se hallaba en la época referida en el apogeo de 
su talento y valia, que una irresistible vocación había desarrollado 
por eompleto, unida á un estudio profundo del arte y de la natura- 
leza. 

Hija de una pobre mujer, la señorita Glairon llevaba sin embargo 
un nombre noble é ilustre, pues se llamaba Leyria de Latude; pero á 
pesar de este nombre , se hallaba como otras muchas víctimas de la 
ligereza de los hombres, en el caso de no tener padre conocido, y 
tiendo para su pobre madre una pesa ja carga. Obligada mas tarde á 
separarse de su madre por causa del mal trato que la daba, llegó un 
dia en que fué al teatro, naciendo en ella la afición como por encanto. 

A fuerza de empeños y de constancia, logró por fin debutar en el 
teatro de la com* dia italiana en La Isla de las Esclavos de Marivaux, 
en un papel de graciosa. 

A pesar del triunfo que oblovo, se vio obligada al poco tiempo 4 
separarse de la compañía á causa de las intrigas de bastidores , age* 
ñas á su carácter, y para ella enteramente nuevas. 

Después de esta fecha, se dedicó 4 actuar en los teaíros de pro- 
vincia, recorriendo con notable buen éxito los del Havre, Lille, Gand, 
Dunkerque y Rouen. Durante su permanencia en este último la ocur- 
rió, que habiendo desechado con desprecio las pretensiones de uno de 
sus cantaradas llamado Gaillard de la Bataille, este se vengó publi- 
cando contra ella un libelo titulado: Memorias de la señorita Freti- 



Digitized by 



Google 



OK «MOFA. 411 

Uon f en el oial , en medio de cosas ciertas , pero considerablemente 
envenenadas, de mentiras y de calumnias, se veia pintada la actriz 
de tal modo, que era de todo punto imposible desconocerla* 

El tal libelo obtuvo un éxito escandaloso , y con él el honor de 
verse reproducido en varias ediciones bajo el nombre 6 título de His- 
toria de la señorita Cronail (anagrama de Clairon), llamada Freti- 
Uoo, cuyas impresiones se hicieron en La Uaye. 

De (al modo la ultrajó este libelo , que en medio de sus sueños de 
gloria futura, juró que si su talento la, elevaba k la altura que ambi- 
cionaba, había de rehabilitar k los actores ante la sociedad , recon- 
quistando para ellos el titulo de ciudadanos que habían perdido. 

Al herirla profundamente esta circunstancia, no hizo mas que au- 
mentar su valor y su firme resolución. La señorita Clairon se habia 
ensayado en lodos los géneros del arte dramático , buscando con 
ahinco el que mas la podia convenir. 

Bailaba, cantaba, declamaba en la tragedia, y hacia la comedia. 
Su voz era fuerte, extensa y grave. Esta cualidad la valió una orden 
para poder debutaren la Academia Real de Música, donde creó va- 
ríos papeles con notable éxito. 

En este intervalo siotió renacer su talento, revelándosele secreta- 
mente, y á fuerza de constancia y estudio, obiuvo al cabo do algún 
tiempo otra orden para poder debutar eo La Comedia Francesa. 

Cosaestraña y en extremo ¿[curiosa ; en esía orden se consignaba, 
k pesar de sus protestas y objeciones, que debería suplir á la señorita 
DangevUle en los papeles de graciosa. 

Constante en m propósito, se sometió á todas las condiciones con el 
fin de llegar á lograr su objeto en el Teatro Francés. Por el pronto solo 
alcanzó, como fav(r especial, y casi como cordicion derrisoria, que 
podría en los dias inhábiles de entre semana suplir en alguna que 
otra tragedia. 

No tardó mucho tiempo en llegar á hacer valer esta cláusula por 
primera vez, con notable asombro de sus compañeros, que se creían 
rebajados al teoer que secundar semejante seto de locura. 

La señorita Clairon debutó con el papel de Phédra. é Eo esta obra 
había obtenido *u mas brillante triunfo la señorita DumesniL 

La señorita Clairon la oscureció completamente. Jamás se habían 



Digitized by 



Google 



418 MISIONES 

oído en el Teatro Francés aplausos mas unánimes ni frenéticos. El 
pueblo entusiasmado la acogía á su salida con bravos y gritos de 
verdadero entusiasmo, y las ovaciones de todas las clases en general 
casi tocaban ya en el fanatismo. Cada noche era conducida en triunfo 
á su cuarlo del vestuario, y á la salida, la nobleza á porfía la obse- 
quiaba con inequívocas muestras de aprecio y consideración. La no- 
che de su debut, abrumada bajo el peso de su alegría, perdió el co- 
nocimiento duraule largas horas. 

La grande actriz acababa de aparecer. 

Desde este momento, se vio colocada enlre los primeros artistas de 
la Comedia Francesa, y poco tiempo después, por sus esludios, por su 
tálenlo y por sus brillantes creaciones, llegó á ocupar el primer rango. 

La señorita Clairon era pequeña, pero hermosa y de imponentes 
maneras; majestuosa en su acción, y viva y brillante en su dicción. 

Todo en ella es verdad; hasta el arte, 
decía Dorat de esta célebre actriz en su poema sobre la declamación, 
y generalmente ha quedado reconocida esta verdad, proclamada por 
una autoridad contemporánea. 

La señorita Clairon no se concretaba solamente á verter su in- 
menso talento en la creación de sus papeles, sino que hacia extensi- 
vos sus conocimienlos y constante estudio á procurar la unión y ver- 
dad escénica en la dirección de las obras. Ella fué quien, de acuerdo 
con Lekain, hizo en el teatro la primera reforma de los trajes y de- 
coraciones, que Taima continuó después hasta nuestros días. 

Una vez llegada á la altura de talento y de fortuna que había so- 
fiado, puso todo su conato en realizar el proyecto de que antes nos 
hemos ocupado, y que tan grandes dificultades ofrecía. 

Con extremo cuidado logró reunir en su casa cuanto notable 
había en la corte y en la villa. Los hombres se apresuraban á lle- 
nar sus salones, pero esto no bastaba á la reformadora actriz; quiso 
también que su casa fuese el centro de reunión de las mas nobles se- 
ñoras de la corte. Quiso á todo trance recibirlas, y ser recibida por 
ellas. Costosa larea por cierto, y empeño difícil de lograr. 

Sin embargo, ligada en estrecha amistad con algunas de las prin- 
cipales señoras, y entre ellas, con la señorita de Sevigny, esposa del 
intendente de París, logró eo parle su objeto. Cuantas veces era re- 



Digitized by 



Google 



D8 EUROPA. 479 

cibida en la alta sociedad, veía con asombro que, despees de consi- 
derarla como un objeto carioso, las se&oras se separaban de ella, y 
por fin la dueña de la casa la rogaba recitase algún trozo de trage- 
dia como para pagar la hospitalidad que la babian dado. 

La señorita Clairon, orgollosa en extremo, se negaba, teniendo que 
salir de aquella casa disgustada con la dueña de ana manera barto 
visible. 

Varías veces consultó ¿ su amiga la señorita Arnoux, su compañe- 
ra de la grande ópera, y nada pudo sacar en limpio que la pudiese 
hacer desaparecer la insuperable barrera que la separaba de las de- 
más mujeres, que la suerte ó el nacimiento babian colocado á mayor 
altura. 

Una sola cosa entristecía á la señorita Clairon, y era la conducta 
que observaban generalmente las demás actrices. 

cTemo decía á su amiga, con el tono de dignidad que empleaba aun 
eo las cosas mas intimas, que las mujeres honradas rehusan tratarse 
con nosotras en razón á los desórdenes de que se nos acusa.»— En- 
tendámonos, la contestó la señorita Arnoux,— ¿qué entiendes tú por 
mujeres honradas? 

No es por cierto en la corte de nuestro bien amado Luis XIV don- 
de se deben buscar las mujeres honradas , y esto no es un secreto 
para tí. 

He consta que pública ó secretamente, cada dama de la corte tiene 
uno ó varios amantes; pero como es cosa ya adoptada, de esto no se 
murmura, y eo cambio todo el mundo se ocupa de nuestras peque- 
ñas intrigas. 

Al hablar de nosotras, las cosas se exageran, y la lista de nues- 
tros defectos aparece considerablemente aumentada. ¿Quién forma, 
pues, nuestra reputación?— ¿Conoces á fondo la mia? 

—Si, querida mía, y se asegura que tenéis mil amantes á lo me- 
nos.— 

— No se debe creer mas que la mitad de lo que se dice. — 

— Siempre estáis de buen humor. — 

— Os aseguro que hablo formalmente.— 

— De todos modos, esas señoras puedeo guardarnos rencor por- 
que las robamos el amor de tus maridos.— 



Digitized by 



Google 



480 PRISIONES 

—¡Rencor!... muy al contrario. Deben damos mil gracias. Como 
hay Hios, que son muy divertidos sus dichosos maridos. Si son con 
sus mujeres lo mismo que con nosotras, son por cierto cosa curiosa 
y apreciable.— 

—A propósito, cuando corté mis relaciones con Mr. de Laraguais, 
¿sabéis cuál fué la persona que nos hizo hacer las paces?... Su mu- 
jer. Y si consentí, fué por pura compasión hacia ella, que es una 
excelente mujer. 

Habría tenido que soportar durante (oda su vida el mal humor de 
su marido á consecuencia de nuestra ruptura. Al principio, hasta 
tanto que hubiese adquirido otra querida, le habría tenido todo el 
dia cosido & las faldas, y no hay ser en el mundo mas fastidioso que 
el tal sefior. 

Por esto, cuando Mr. Bertin vino en nombre de la sefiorita de Lara- 
guais á suplicarme que volviese á unirme con su marido, cuando me 
contó detalladamente las molestias que la pobre mujer tendría que so- 
portar, me enternecí á pesar mió... Soy tan tonta, que cualquier eo- 
sa me hace llorar, y por eso me volví á sacrificad noblemeite, vol- 
viendo & relacionarme con Mr. de Laraguais. 

Con tes ojos arrasados en lágrimas, le dije: vuestra forluna es 
tener ana esposa tan linda y tan buena; si no fuese así, no os habría 
vuelto á ver en toda mi vida. 

Pues bien: todas esa* sefioras son lo mismo. Mientras tienen ne- 
cesidad de verse libres, nos hacen el lindo regalo de cedernos sus 
maridos; pero esto no quita que nos abrumen con so desprecio des- 
pués de sacrificarnos por ellos... ¡ingratos! 

¿Qué necesidad tenia yo de ser la victima de Mr. de Laraguais? 

—Por momentos* amiga mía, te he viato razonable en medio de tus 
locuras, la contestó la sefiorita Clairou, pero hoy has estado en en 
todo desacertada. 

Juzgas á esas sefioras con demasiada ligereza, y mas aun cuando 
á esta cuestión va unida la honra de los actores y actrices. 

Entre nosotros hay perdonas de coraron, de honor, de gario y de 
talento. ¿Por qué se han de ver desheredadas de la estimación geáeral 
ó al menos de una parte muy interesante de la sociedad? ¿Por qué, 
cuando Lekain, tú ó yo, salimos & la escena, y durante una hora te- 



Digitized by 



Google 



DE BÜROfA. 4S1 

nemos al público ataorto y pendiente de nuestros labios , y sujeto 4 
los sentimientos que le queremos inspirar, hemos de caer en la es- 
clavitud que pesa sobre nosotros por medio de la opinión pública al 
salir de teatro?... 

¿Porqué, la que sobre la escena pinta con vivos y verdaderos co- 
lares los ma¿ nobles y bellos sentimientos, no debe ser llamada & ejer- 
cerlos ella misma en la sociedad? 

¿Por qué no debe haber entre nosotros buenas madres, esposas fie* 
les, hombres honrados y apreciares ciudadanos?— 

— ¡Sí; yo no me opongo, mí querida Cía i ron! T tal cual tú me ves» 
habría sido una casta esposa. 

Si , amiga mia. Lo conozco; creo que había nacido para hacer 
la felicidad de un solo hombre; pero la suerte me ha destinado á hacer 
la dicha de muchos, bien á pesar mió, pues esto la da á una muchos 
quebraderos de cabeza. 

Arregla las cosas de modo que las que no» reemplacen puedan ca- 
sarse legítimamente, cuidar de sus casas y de sus familias, y te con- 
cedo que babras hecho un gran bien 4 nuestra mal mirada clase; no 
solamente la rehabilitarás á los ojos de la sociedad, sino que á la 
par la evitarás una gran molestia. — 

- Si, esclamó Glairon, como acometida por una idea repentina, y 
tomando la actitud de una meditación profunda.— Si, tienes razón; 
este es el medio. 

Quiero pensar en ello de nuevo, y consultar á Lekain y Brizan!, 
que me comprenden también. Ta sabia que hablando contigo, debia 
aprender algo ouevo. 

—Como hay Dios, afiadió riendo la señorita Amoux, no me creía 
bastante ilustrada para poder enseffarte cosa alguna. 

Después de este coloquio, la sefiorita Glairon mandó á llamar á su 
casa á los amigos Lekain y Bnzard , dándoles parte del pensa- 
miento á que babia dado lugar la contestación de la señorita Ar- 
noux. 

Semejante pensamiento, y las causas que lo habían motivado, in- 
dudablemente eran de ridiculizar en aquella época ; pero aquellos 
artistas comprendían lodo su valor, y se sentían dignos de poder 
mantener en la sociedad un puesto honroso, tanto mas, cuando se 

TOVO II 11 



Digitized by 



Google 



ISt PtKIOfftt 

hallaban dispueMés 4 baeer cua^ier oaerifieioooa tal de conquis- 
tarlo para si y para sos compañeros. 

Tal idea era noble y grande, y sensible os tener que manifestar 
que las personas que debieron secundarla, los escritores, que depen- 
dían directamente del teatro y de los actores , no hiciesen mas que 
ridiculizóla con la sátira y el sarcasmo. 

La señorita Clairon y sus compañeras creyeron con mitcfaa razón 
qufeei mejor medio de rehabilitar á los actores, era el introducirlos 
poco & poco en la sociedad, á fin de fie, recompensad** por una parte 
mm ha nuervas ven tejas de que goaarian, pudiesen por la otra mos- 
trar á esa misma sociedad que no eran «dignos de su interés y de su 
estimado*. 

Las preocupadles desaparecerán tan luego como empezasen á 
verificarse matrimonies con personas de fuera del teatro y de antece- 
dentes limpios de toda mancha. 

La exeomuntén á las gentes de teatro databa desde el tiempo en 
que los papas lalaaaaban por cualquier motivo hasta á los reyes; y 
naturalmente, aunque disminuía cada día la preocupación religiosa, 
existia la moral. 

La conducta de los comediantes, la costumbre de verlos asalaria- 
dos por los nobles casi como bufones, y el capricho del público, que 
solo bailaba en ellos doblez y sumisión, por aquello de ejercer un de- 
recho comprado á la puerta, habían contribuido á establecer esta de- 
cadencia. 

La excomunión, causa de la cual partían todos estos males, ana 
tan grave, cuanto que los curas llevaban entonces los registros dela- 
tado civil, y por consiguiente, rehusaban admitir á loe comediantes 
en el seno de la iglesia, y seto con tas mayores dificultades se 
les concedían los matrimonios legítimos, los entierros y los bau- 
tizos. 

Esta perpetua y encarnizada guerra habia sido causa de los de- 
sórdenes que se achacaban á los últimos; al conducirse bien no ha» 
liaban recompensa en la pública opinión, y la sociedad se empeñaba 
siempre «en desconocer las virtudes de que alguno de eUos estaba 
adornado. 

El conciii&tek> celebrada en casa da la sefiertta Clelnen no hallé 



Digitized by 



Google 



481 

mejor medio para podar lograr su objete, que el de entrar en 1* so- 
ciedad, pasanda antee por la iglesia. 

Una estrada coincidencia venia á ofrecer mayores dificultades , y 
era, que ios adores de la ópera , Mamada como hoy , Acadmia Real 
de múiica , se hallaban excluidas del anatema de excomunión que 
sobre los demás pesaba, porque do eran considerados loa cantantes 
del mismo modo que los cómicos. 

De aqui resultaba que la iglesia exeamaJgaba solo el nombre, y no 
la cosa. 

fit verdadera motivo de esla pobre interpretación era, qoe tanto los 
reyes como los papas, sacaban sos cantores de entre los artistas dala 
ópera, siendo preciso concederles la entrada en* el reino do ka iglesia; 
pera como el nombre de eómice solamente aparecía castigado por las 
¡ras clericales, se resolvió cambiarla, para con ól hacer desaparecer á 
la par la excomunión. 

Resaltó que la igleri a se vio cogida en sos propias redes, y la ee~ 
fiorila Glairon lavo la feliz idea de pedir al rey para el Teatro da la 
Comedia Francesa el ti lulo de Academia Real de declamado*. 

Adoptado este pensamiento, se redactó la solicitud, presentándola 
inmartiilamoite Krizard fué la parsooa encargada de participarlo & 
los éimás compafieros , encargándoles que secundasen la solicitud 
procediendo con decoro y buena conduela. 

Tan luego como circuló en París la noticia de la pretensión de loa 
actores, un grita unánime so tevmntt contra la saforila Clairon, acu- 
sándola da orfallosa é «apódenle, y se elevaron al re