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Full text of "!Que no lo sepa Fernanda! : vodevil, en tres actos"

y ¿ ¿ o 

i Que no lo sepa 
Fernanda! 

VODEVIL, EN TRES ACTOS, DE 

NANCEY Y RIOUX 

ADAPTACIÓN CASTELLANA DE 

ENRIQUE F. GUTIÉRREZ-ROIG y LUIS DE LOS RÍOS 





MADRID 
IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO 

MEND1ZÁBAL, 34 



19 2 



I 



QUE NO LO SEPA FERNANDA! 



Esta obra es propiedad de su autor, 
y nadie" podrá, sin su permiso, reim- 
primirla ni representarla en España ni 
en los países con los cuales se hayan 
celebrado, o se celebren en adelante, 
tratados internacionales de propiedad 
literaria. 

El autor se reserva el., derecho de 
traducción. 

Los comisionados y representantes 
de la Sociedad de Autores Españoles son 
los encargados exclusivamente de con- 
ceder o negar el permiso de represen- 
tación y del cobro de los derechos de 
propiedad. 

Droit de representation, de traduc- 
tion et de reproduction reserves pour 
tous les pays, y compris la Suede, la 
>7orve£:e et la Hollande. 



Queda hecho el depósito que marca 
la ley. 



COPYRIGHT 

E. F. GUTIÉRREZ-ROIG Y LUIS DE LOS RÍOS 

19 2 2 



Este ejemplar, impreso exclusivamente pata el servi- 
cio de los Teatros, se vende al precio 
de TRES pesetas. 



¡Que no lo sepa 
Fernanda! 

VODEVIL, EN TRES ACTOS, DE 

NANCEY Y RIOUX 

ADAPTACIÓN CASTELLANA DE 

ENRIQUE F. GUTIÉRREZ-ROIG y LUIS DE LOS RÍOS 



estrenado con extraordinario éxito en el teatro In- 
fanta Isabel, de Madrid, el día 25 de enero de 1922. 




MADRID 

IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO 

MEND1ZÁBAL, 34 
19 2 2 



PERSONAJES 



Luisa María Luisa Moneró. 

Fernanda Julia Lajos. 

Doña Marta Pilar Pérez. 

Julieta Milagros G. Guijarro. 

Leoní Carmen Blancas. 

Óscar Nicolás Navarro. 

Trambüz Francisco Alarcón. 

Eugenio Antonio Suárez. 

Monturot Pascual Rodrigo. 

Fongrevín Mario Albar. 

Rebullno Antonio del Pino. 

Francisco José M. a Gallardo. 

José César Goya. 



La acción del primero y tercer acto, en París; la del secundo, en Brizón. 
Época actual. Derecha e izquierda, las del ar-.ista. 



ACTO PRIMERO 



Saloncitu elefante de la casa de un hombre soltero Puerta en el foro. 
A la derecha, en primer término, puerta de la alcoba de Osear, y en se- 
gundo término, puerta del cuarto de baño. En la izquierda, otra puerta. 
Un buró con recado de escribir y teléfono. Elegancia y buen gusto en 
los muebles. 



ESCENA PRIMERA 

Francisco y Óscar. 

(Al levantarse el telón, Francisco entra por el foro 
y se dirige a la primera puerta de la derecha, llaman- 
do en ella con los nudillos. Pausa. Como nadie res- 
ponde, vuelve a llamar con más fuerza, y dice:) 

Franc. Señor... (Pausa.) ¡Señor!... (Pausa.) Señor, 
que han dado las tres y media. (Pausa.) ¡Está 
dormido! (Golpea furiosamente la puerta con 
tina silla.) ¡Señor, señor!... 

Óscar. (Dentro.) ¿Pero qué escándalo es ése? ¿Qué 
quieres? 

Franc. Me dijo usted que le llamara a las tres y me- 
dia, y son más de las cuatro. 

Óscar. Bueno, ya voy. (Pausa.) Que ya voy. (Sale 
Osear.) <¡Tú estás seguro de que te orde- 
né eso? 

Franc. Anoche, sí, señor, antes de acostarse. Y aña- 
dió usted: si ves que no me levanto, me echas 
un jarro de agua fría. A tanto no me he atre- 
vido, la verdad. 

Óscar. Y has hecho bien, Francisco, porque desayu- 
narse con agua fría es muy desagradable. 



í'COO/l i 



Franc. 
Óscar. 

Franc. 



Óscar. 

Franc. 
Óscar. 



Franc. 



Óscar. 



Franc. 
Óscar. 
Franc. 
Óscar. 



Franc. 
Óscar. 



Tampoco he querido entrar a despertarle... 
Por si te tiraba algo, comprendido. ¿Estuviste 
en casa de mi procurador? 
Sí, señor. Y me dijo que ya tenía hecha la re- 
clamación al casero acerca de las goteras que 
hay en el cuarto de baño. 
Perfectamente. ¿Has encontrado la carta de 
mi tía? 
No, señor. 

Pues búscala bien y por todas partes, porque 
ayer he recibido una segunda carta suya, 
desde su residencia de Brizón, quejándose 
muy amargamente de que no le haya contes- 
tado a una muy importante que me escribió 
la semana pasada..., y yo no he recibido esa 
carta. 

Me acuerdo perfectamente de haber subido 
una carta de la señora para el señorito, y de 
haberla puesto sobre la bandeja, como de 
costumbre. 

Será como tú dices, pero a mi poder no ha 
llegado... (Sue)ia el timbre dentro. Francis- 
co hace ademán de irse.) Espera. ¿No ha ve- 
nido esta mañana el señor Pistache? 
No, señor. 

¿Ni han traído ningún recado de parte suya? 
Ninguno. 

Está bien... Ve a abrir. (Se levanta. Francisco 
se va.) Ese Pistache es de una pereza mor- 
finesca... ¡Tenerme desde anoche a las diez 
sin noticias! (A Francisco, que está en la 
puerta.) ¿Quién era? 

La señora de Fongrevín, que desea ver al 
señor. 
Que pase. 



— 7 



Óscar. 

Luisa. 
Óscar. 

Franc. 
Óscar. 



Luisa. 

ObCAR. 

Luisa. 



Óscar. 
Luisa. 

Óscar. 
Luisa. 

Óscar. 
Luisa. 

Óscar. 
Luisa. 



Óscar. 



Luisa. 



ESCENA II 
Dichos y Luisa. 

[Viendo entrar a Litisa.) Buenos días, m 
distinguida señora. 

¿Buenos días? Dirá usted buenas tardes. 
Siéntese usted. (A Francisco.) ¿Oué haces 
ahí? 

Espero sus órdenes. 

Pues, lárgate. (Vase ^Francisco.) Luisa, es 
una locura que te presentes aquí, después de 
lo sucedido anoche. 

¡Es que necesito hablarte con toda urgencia! 
Haberme telefoneado. 

No he dejado de hacerlo en toda la mañana. 
Pero tu criado me ha respondido invariable- 
mente: El señor está durmiendo. 
Haberle dicho que eras la señorita Luisa. 
Ya se lo dije, y me preguntó: ¿Cuál de las 
cuatro? 

¡Imbécil!... Voy a explicarte... 
No perdamos el tiempo. ¿Te han traído mi 
bolso? 
¿Qué bolso? 

Mi bolso de mano. Se me perdió ayer en el 
cine. ¿No te lo han traído? 
¿Cómo quieres tú que me lo trajeran? 
¡Estoy que no vivo! Dentro del bolso lleva- 
ba tus cartas, y como están escritas en papel 
con membrete tuyo... 

¡Demonio! Pero, ¿a quién se le ocurre llevar 
encima unas cartas que tanto a ti como a mí 
pueden comprometernos? Otra las hubiera 
guardado en sitio seguro. 
¡Y bien ocultas las tenía! Pero soñé que habían 



Óscar, 
¡.uisa. 

Óscar. 



Luisa. 

Óscar. 

Luisa. 



Óscar. 



Luisa. 



Óscar. 



Luisa. 



Oscak. 



descubierto el escondite y me pareció mejor 
confiárselas a vina amiga, cosa que me dispu- 
se a poner en práctica, pero te encontré, nos 
fuimos a! cine y allí perdí el bolso. 
¡Qué contratiempo! 

¡Terrible! Sobre todo porque no sabemos a 
qué manos habrán ido a parar esas cartas. 
¡Unas cartas tan exquisitas, tan vibrantes, 
donde yo revelaba todo el secreto de mi alma 
delicada y sensual...! 

Tú tienes la culpa de que perdiera el bolso. 
¿Yo...? 

¡Sí, señor... sí.... tú! ¡Si tú no me hubieras sa- 
cado tan bruscamente del cine, atropellando a 
todo el mundo como un loco, no hubiera per- 
dido el bolso! Y aquella precipitada huida, 
porque eso fué, una huida, ¿a qué se debió? 
Porque aun sigo sin explicármelo. 
Ya te lo dije... Tenía que volver a casa, por- 
que me acordé súbitamente de que me había 
dejado abierto los grifos del baño. Vi la casa 
inundada, el piso desplomado, los vecinos en 
peligro, una criada a punto de ahogarse... 
¡No seas folletinesco! Confiesa que huíste ante 
la amenazadora actitud de una señora que 
quería saltar por encima de las butacas para 
romper su paraguas en tu cabeza. 
Estás equivocada. Nada de eso. Lo que le ocu- 
rría a aquella pobre señora es que se había 
puesto nerviosa al ver la terrorífica película de 
La mujer desmartizada y en adobo. 
Ya... Y por eso, ¿verdad?, el hombre que iba 
con ella, mientras inútilmente trataba de suje- 
tarla, a ti te hacía señas para que ganaras a 
escape la puerta. 

¡Luisa, eres fantástica! Yo no conozco a'^esa 
gente. 



— 9 — 



Luisa. 

Óscar. 

Luisa. 

Óscar. 
Luisa. 
Óscar. 



Luisa. 
Óscar. 



Franc. 
Óscar. 
Franc. 

Óscar. 

Ffanc. 

Óscar. 



¡Embustero! 
¡Luisa!... 

En tus carias me has jurado muchas veces 
amor eterno. 

¡Y estoy dispuesto a jurártelo otra vez! 
¡Jurarías en falso! 

¡Ingrata! Yo que para entrar en tu casa he dis- 
currido innumerables pleitos para que tu señor 
esposo, mi procurador, nada sospeche. Yo 
que soy el hombre más tranquilo de la tierra, 
metido en tantos enredos sólo por ti. 
(Con zalamería?) ¿Lo que es eso? 
Tú lo sabes bien... Ahora mismo, para tener 
otro motivo de reclamación contra el casero, 
he inventado unas goteras en el cuarto de 
baño, que yo voy haciendo cada día mayores 
dirigiendo hacia el techo el agua de la ducha. 
¿Esto es amor o hidroterapia? 
(Desde dentro.) ¿Se puede? 
Adelante. 

{Entra. Entregando una tarjeta.) Este caba- 
llero desea hablar con el señor. 
(Leyendo.) «Hilarión Trambúz. Perito instala- 
dor». ¿Qué quiere este hombre? 
Lo ignoro. Le he preguntado lo que deseaba y 
me ha dicho que hablar urgentemente con el 
señor. 

¡Bien! Que pase. (Vase Francisco.) Perdona 
un momento. 



— 10 — 

ESCENA III 
Dichos y Trambúz. 

Tramb. (Por el/oro.) Señora... caballero... 

Óscar. Usted dirá. 

Tramb. ¿La señora y el señor no me recuerdan? 

Óscar. No tengo idea. (Leyendo la tarjeta.) Hila- 
rión Trambúz. 

Tramb. Perito instalador. Especialista en coloca- 
ciones. 

Óscar. Sigo sin recordarle. 

Luisa. Ni yo. 

Tramb. ¿No estuvieron ustedes anoche en el cine Im- 
rial, donde echan «La mano exploradora»? 

Óscar. (En actitud equívoca.) ¿Nosotros? 

Tramb. No se alarmen ustedes, q«e mi visita tiene 
otro objeto y es un objeto de señora. Voilá. 
(Enseñando el bolso y volviéndoselo a guar- 
dar.) 

Luisa. ¡Mi bolso! 

Óscar. ¿Y cómo lo tiene usted en su poder? 

Tramb. Repase la tarjeta y lo comprenderá. 

Óscar. «Perito instalador». Instalador, ¿de qué? 

Tramb. Instalador de todo el mundo. Está bien 
claro. 

Luisa. ¿Y especialista en colocaciones? 

Tramb. Un subtítulo profesional. Yo soy lo que vul- 
garmente se llama un acomodador. 

Óscar. ¡Acabáramos! 

Tramb. Pero como es un poco plebeyo, yo me permi- 
. to esa variante para dignificar el cargo. Cuan- 
do yo tuve la claque de un teatro, me puse en 
las tarjetas: «Jefe de la comisión de aplausos». 
Hay que darle tono a las cosas. 



— II 



Luisa. Bueno; pero, ¿y mi bolso? (Alargando la 
mano para que se lo entregue.) 

Tramb. Un momento. Aunque los señores no hagan 
memoria de raí, yo sí les recuerdo, porque me 
fijé en ustedes al verles salir del cine tan pre- 
cipitadamente, como que yo creí que había 
fuego. En la huida la señora se dejó en la bu- 
taca este bolso, yo lo abrí, perdón si fui indis- 
creto, y hallé dentro unas tarjetas de señora y 
unas cartas cuyo membrete tiene esta direc- 
ción. 

Óscar. (Tosiendo.) ¡Ejém, ejém! 

Tramb. Yo pensé que era más delicado traer el bolsi- 
llo a casa del señor..., y por eso he venido 
aquí. El bolso. (Entregándoselo a Luisa.) 

Luisa. Se lo agradezco mucho. 

Óscar. Amigo mío, es usted un hombre honrado. 
Permítame esta pequeña gratificación. (Sacan- 
do un billete de la cartera y alargándoselo?) 

Tramb. (Rechazándole.) Le doy a usted mil gracias, 
pero no puedo aceptarlo. 

Luisa. ¿Por qué? 

Tramb. Me ofendería. A raí me basta la satisfacción 
del deber cumplido, que es la mejor recom- 
pensa. 

Óscar. {Guardándose el billete.) Es usted un hombre 
delicado, un alma grande, y si alguna vez po- 
demos serle útiles... 

Tramb. Eso ya es otra cosa muy compatible con la 
pureza de mis principios. 

Óscar. Pues, si algo puedo hacer por usted, encan- 
tado... 

Tramb. ¡Caballero, no hay hombre sin hombre! Óiga- 
me: Mi padre era de Burdeos, mi madre de la 
Rioja... 

Óscar. <Y usted...? 

Tramb. Yo soy artrítico. 



12 



Óscar. 
Tramb. 



Óscar. 
Tramb. 



Luisa. 
Óscar. 
Tramb. 
Óscar. 

Tramb. 



Óscar. 



Tramb. 



Óscar. 
Tramb. 
Luisa. 

Óscar. 



No veo la relación entre... 
A eso voy. El aire viciado que se respira en 
los cines dificulta la combustión oxigena, mis 
pulmones no carburan bien. Asimilo dema- 
siado, señor, pero no expelo lo suficiente, se- 
ñora. Yo necesito aire, luz y un poco de dine- 
ro para tonificarme; juna ocupación, en fin, me- 
nos hermética y sedentaria que la que tengo. 
¿Entonces lo que usted desea...? 
Es cambiar de ambiente. Yo que he colocado 
a tanta gente, quiero ahora que me coloquen a 
a mí. El ideal sería una colocación al aire 
libre. 

¿Al aire libre? 

Dediqúese usted a aviador. 
No hay que remontarse tan alto. Aterrice. 
Pues siento no poder ofrecerle colocación al- 
guna. 

Le advierto que poseo diversas aptitudes. He 
sido actor, pirotécnico, corista de ópera y pi- 
loto de natación, vulgo bañero. Además, yo 
sería un excelente y discreto secretario para 
cierta correspondencia peligrosa. (Recalcando 
la frase.) 

(Glacial.) Señor Trambúz, siento mucho no 
poder utilizar sus servicios y no quiero dete- 
nerle ni un minuto más. 

Está bien. En ese caso me veré obligado a di- 
rigirme, aunque me sea violento, al señor Fon- 
grevín, un digno procurador que ya procurará 
utilizar mis competentes servicios. 
[Furioso.) ¡Señor Trambúz...! 
Servidor de ustedes. (Medio mutis.) 
jNo dejes que se vaya...! ¡Nos tiene en su 
poder! 

Espere usted, hombre, no tenga tanta prisa. 
Confieso que su proposición me ha sorpren- 



13 — 



Tramb. 



Óscar. 
Luisa. 

Óscar. 



Luisa. 



Óscar. 
Luisa. 
Óscar. 
Luisa. 

Óscar. 
Luisa. 



Óscar. 
Luisa. 



Óscar. 



dido, pero quizá haya un medio de arreglarlo 
todo. Déme usted tiempo para encontrarle al- 
guna ocupación. 

¡Ahí Muy razonable, caballero. Volveré dentro 
de media hora para saber la contestación. A 
los pies de usted, señora..., caballero... (Medio 
mutis.) ¡Ah! (Volviendo.) Me olvidaba decirle 
que, si pudiera ser, me agradaría una coloca- 
ción con todo comprendido. (¡Usted me com- 
prende?: desayuno, almuerzo, comida, buena 
cama, máximum de sueldo y mínimum de 
trabajo, porque los artríticos somos muy de- 
licados. Todísimo de ustedes. (Mutis.) 
¿Y qué hago yo con este hombre? 
Buscarle un empleo, sea lo que sea. Emplear- 
le, y nada más. 

¿Un empleo?... Ya que nos ha devuelto el bol- 
so y las cartas, en cuanto se presente aquí otra 
vez, lo echo a patadas. 

{Contando las cartas que ha sacado del bol- 
so?) Seis... siete... ocho... nueve... diez... once... 
¡Dios mío! 
¿Falta-alguna? 

¡Peor! Lo que falta es tu retrato. 
¿Llevabas mi retrato también? 
¡Claro..., todo! El retrato con la dedicatoria: 
«Luisa mía, tuyo hasta el cenotaño. Osear.» 
¿Y se ha quedado con el retrato? 
Naturalmente... Ese granuja, para tener siem- 
pre un arma contra nosotros, se ha quedado 
con esa prueba de convicción. Si se le ocurre 
ir a contárselo a Celestino... 
¿Tu esposo? No le oirá. Es sordo. 
¡Pero no es ciego...! ¡Verá el retrato y... no... 
no...! No hay más remedio; para tener conten- 
to a ese hombre hay que buscarle un destino. 
¿Pero cuál? El, ya lo oyes, lo quiere con oxí- 



geno... ¡Pues como no le hagamos pescador de 
cañas...! 

Franc. {Anunciando.) El señor don Eugenio Pis- 
tache. 

Óscar. Di que no estoy. (Entra Eugenio?) 



ESCENA IV 
Dichos y Eugenio. 



Eug. ¿Cómo que no estás? [Miserable! (Viendo a 
Luisa.) ¡Ah! Perdón. 

Óscar. (Empujando a Eugenio hacia la puerta.) 
Vete. Hoy no tengo suelto. (Echándole a em- 
pellones?) 

Luisa. No se vaya usted. (A Osear.) ¿Quieres pre- 
sentarme a este caballero? 

Eug. No hace falta. Me presentaré yo: Eugenio Pis- 
tache, amigo inseparable de Osear. (Se dan 
la mano.) 

Luisa. Este, éste es el que estaba anoche con la se- 
ñora aquélla. 

Óscar. ¡Idiota! (Aparte.) 

Luisa. Hace un momento que estábamos hablando de 
usted. 

Eug. ¿De mí, señora? 

Luisa. (Sin perder de vista a Osear, que trata in- 
útilmente de hacer señas a Eugenio.) Osear 
me hablaba de la gran prueba de amistad que 
le dio usted anoche en el cine Imperial. 

Eug. ¡Ah! ¿Le ha contado a usted Osear...? 

Luisa. ¡Todo! Ya sabe usted que él es muy franco. 
¡Cómo luchó usted con aquella furia de mu- 
jer! Era un energúmeno. 

Eug. No lo sabe usted bien. 



15 



(A Osear.) Estos son los inconvenientes de 
meterse en ciertas aventuras. 
Eso mismo le estoy diciendo yo desde hace 
tres años. 

¿Tres años? (A Osear.) ¿Con que tres años? 
(Dándole un pellizco.) ¡Hipócrita! 
Pero, Eugenio, ¿no tienes que hacer nada por 
ahí? 

No, aquí estoy muy a gusto. 
¡Para cuándo son las apoplejías! (Aparte.) 
Yo soy la que tiene que hacer. Les dejo solos. 
¡Tendrán que decirse tantas cosas! Señor Pis- 
tache, me es usted muy simpático. 
Abrumado por su amabilidad, señora. 
(A Osear.) Me voy a mi casa, y ya me dirás 
cómo has salvado la situación... Adiós, señor 
Pistache, y gracias por haberme revelado la 
verdad de lo ocurrido anoche. [Mutis.) 



ESCENA VI 
Óscar, Eugenio; luego, Francisco. 



Eug. 



Óscar. 

Eug. 

Óscar. 

Eug. 

Óscar. 

Euc. 

Óscar. 



{Asombrado}) ¿Pero cómo? ¿No sabía nada? 

¿Entonces ésta es la señora que estaba contigo 

anoche en el cine? 

¿Hasta ahora no te has dado cuenta? Me has 

hecho un número precioso. 

¿Entonces me he tirado un plancha? 

¡De las conmemorativas! 

Espera, saldré en su busca y la explicaré... 

No, no; déjalo. Desde anoche no aciertas una. 

¿Qué es lo que hice anoche? 

¿Y me lo preguntas? Te encargo que me libres 

de Fernanda y te la llevas precisamente al 

mismo cine donde yo estaba con la otra. 



16 



Eug. ¿Y yo qué sabía? Tú me dijiste que ibas al 
Circo. 

Óscar. Pero como no encontramos localidad... 

Eug. ¡Ah! ¿Y qué culpa tengo yo? Haberla tomado 
el día antes. Además, esto tenía que ocurrir 
un día u otro. Ya te lo advertí hace tiempo, 
cuando te encaprichaste de Fernanda; es decir, 
de esa amazona de circo que se hace llamar 
en los carteles la condesa Piombini. Estas 
mujeres de circo son muy peligrosas. 

Óscar. ¡Pero es tan guapísima! 

Eug. De acuerdo. Pero como ya estás harto de Fer- 
nanda, quieres abandonarla, sin pensar que 
ella está siempre sobre la pista, aquí y en el 
circo. 

Óscar. Pero no en este caso. Porque lo único que me 
preocupa y quiero a todo trance es que no lo 
sepa Fernanda. . 

Eug. ¡Aquí estoy para evitarlo! ¿De cuántos enredos 

no te he salvado? 

Óscar. Eso, sí, y cuenta con mi gratitud más profun- 
da. Dime, (¡y qué pasó anoche después de mar- 
charnos del cine? 

Eug. Un océano de lágrimas, imprecaciones, ata- 

ques de nervios, insultos contra ti, ¿no te chi- 
llaron los oídos?, ¡y amenazas terribles! ¡Tu 
cabeza peligra! 

Óscar. ¿Y tú, qué hiciste? ¿No se te ocurrió contarle 
cualquier historia fantástica para convencerla? 

Eug. ¿Una historia? Toda una enciclopedia de men- 
tiras la conté, pero como si no. Ella no tenía 
mas que una idea fija: ¡la de matarte! 

Óscar. ¡Pistache! 

Eug. Como lo oyes: la de matarte o la de no sepa- 
rarse de ti. 

Óscar. ¿Entonces estamos donde estábamos? 

Eug. Espera. A las siete de la mañana, mientras yo 



- 17 



tomaba un poco de café en una huevera, por- 
que todas las tazas de café las había hecho 
cisco con furia loca, me asaltó una idea ge- 
nial. Le dije a Fernanda: la situación de Os- 
ear es lamentable, no tiene un real y está ago- 
biado de deudas. 
¡Admirable! 

¡Y sobre todo, cierto! Su tía le obliga, conti- 
nué, a cambiar de vida, y si la desobedece, le 
amenaza con no enviarle un céntimo más. La 
hecatombe, como usted ve. 
¿Y la vio? Sigue. 

Y añadí: la señora que ha visto usted acom- 
pañando a Osear en el cine, es su prometida. 
¿Y esa es tu idea genial? Fernanda no te cree- 
ría una palabra. 

Pues te equivocas. A la tempestad sucedió la 
calma, y me dijo entre sollozos: «Lo esperaba, 
lo esperaba!... ¡Ya sé que se casa, ya lo sé!» 
¡Demonio! ¿Y con quién me caso yo? 
No me lo dijo, pero sabe que te casas. Por lo 
visto te ha cogido una carta de tu tía, que es 
la que se lo ha hecho saber todo. 
¡Ahora comprendo! Esa es la carta que no pa- 
recía por parte alguna. 
Según creo te casas con una millonada. 
¿Yo...? ¡Que me registren! 
Fernanda me lo ha dicho, y para que la rup- 
tura sea menos violenta, me he visto obligado 
a prometerle diez mil francos, que se le entre- 
garán hoy o mañana lo más tarde, porque nada 
calma los nervios de las mujeres como esa 
medicina. 

¿Pero diez mil francos ahora? ¡Tú estás loco!... 
¿Dónde encuentro yo ese dinero? 
Puede que tu tía Marta, que es tan rica... 
¿Mi tía? Si mi tía supiese como estoy, era capaz 



de retirarme la pensión que me manda y hasta 

eliminarme del testamento. 
Eug. Entonces busca por otro lado. 
Óscar. Pero, ¿tú crees que se encuentra con tanta fa- 
cilidad ese dinero? (Se sienta ante el buró 

y escribe?) 
Eug. Pues urge que lo , encuentres, porque de lo 

contrario Fernanda nos hace un número de 

gran espectáculo. ¿A quién escribes? 
Óscar. A mi sastre. 
Eug. Sí que es oportuno el momento. Aquí lo que 

hay que tomar son medidas de otra clase. 
Óscar. Pues aunque tú lo creas así, me vas a hacer 

el favor de llevarle esta carta. Ya sabes que 

Rebulino vive aquí cerca. 
Eug. No te privas de nada. Te viste el sastre más 

caro de París. 
Óscar. Cierto; pero como no le pago nunca, para mí 

es el más económico. Anda, llévale esta carta 

y ven en seguida. 
Eug. Hombre, que me conviertas en tu botones... [no 

hay derecho! Para eso está Francisco. Voy a 

llamarle. (Toca el timbre?) Yo tengo un poco 

más categoría. 
Franc. ¿Qué desea el señor? 
Eug. Lleva esta carta al sastre del señorito. 
Franc. ¿Espera contestación? 
Óscar. Entregarla nada más. Y ven pronto. {Mutis 

Francisco?) {Suena el timbre?) 
Eug. ¿Una visita? ¿Será...? 
Óscar. Pues no estoy para nadie. 



19 — 



ESCENA VII 
Dichos y Fernanda. 

{Dentro?) ¿Está el señorito en su cuarto? 
Le avisaré. 

Usted vaya donde le han mandado, que no ne- 
cesito que nadie me 'anuncie. Estoy en mi 
casa. 
¡Ella! 

¡La catástrofe! 

{Entrando, vestida de amazona.) Buenas 
tardes. {Secamente?) Hace falta que sea yo 
la que venga a buscarte. Pistache, bájele un 
poco de agua con azahar a Carolina; la pobre 
ha venido a galope. El portero cuida de ella. 
¿Y por qué no sube esa señora? 
¿Y cómo va a subir? No sabe usted que Caro- 
lina es mi yegua? 

Le echaremos un cubo desde el balcón. 
¡Gracioso! 

¿Cómo estás, Fernandita? 
¡Chist! ¡Quieto! Estoy enterada de todo y ven- 
go a decirte que me voy para emprender un 
largo viaje. 

(Asombrado?) ¿Qué me dices? 
Sí, Osear, tú y yo debemos separarnos defi- 
nitivamente. Y creo que tengo sobrados moti- 
vos para ello. ¡Casarte, casarte tú! 
{Y con quién se casa? 

Con una mujer rica, con la señorita Monturot 
de Clermond Ferrand. Bueno, ¿y qué hace tu 
futuro papá político? 

Comprenderá usted que cada pregunta de és- 
tas es un tormento para Osear, y que usted 
misma... 



2o 



Fern. Al contrario. (Dirigiéndose a él.) Pero para 
qué preguntarte nada si lo sé todo. El señor 
Monturot es un renombrado fabricante de 
mermeladas y mistelas premiado en cuantas 
Exposiciones ha concurrido. 

Eug. Sí, señora, es verdad, ha dado muchas latas a 
todo el mundo. 

Fern. ¿Y tu futura? ¿Cómo se llama? 

Óscar. Se llama... Octavia. 

Fern. ¡Si también lo sé!... Se llama Julieta, ¿para 
qué me lo ocultas? (Tirándole un pellizco?) 
¿Y es a gusto de su madre la boda? 

Óscar. ¡Naturalmente! 

Fern. ¿Ves? Sigues queriendo engañarme. La madre 
de Julieta murió hace muchos años. {Le ame- 
naza con el látigo.) 

Eug. ¿En qué quedamos? 

Oscak. En que murió. Estaba distraído. Pero aunque 
viviera, la suegra, para mí, como si hubiera 
fallecido. 

Fern. ¿Y cuándo te casas? 

Óscar. Aun no hemos fijado la fecha, pero será pron- 
to, muy pronto. 

Fern. Eso no impide que ya te permitan ir solo con 
tu prometida al cine. 

Óscar. ¡Fernanda...! No estábamos solos. Su padre 
estaba en la cabina. Es amigo del operador. 

Fern. Oscarito... {Levantándose amenazadora?) 

Óscar. No, diminutivos no, que me pongo nervioso. 

Fern. Escúchame bien. Yo te quiero; de ello tienes 
pruebas, ¿verdad? Tú sabes que a mí no se me 
puede abandonar impunemente... 

Óscar. Quién piensa en eso, mujer. 

Fern. Por si acaso, te lo advierto. Ahora vas a ca- 
sarte. La carta de tu tía, de la que me apode- 
ré en buena hora, no deja lugar a duda. 

Osc^k. Entonces ya sabes más que yo. A ello me 



21 



obliga mi apurada situación económica, pues 
tú no ignoras que soy el único heredero de 
mi tía y debo complacerla. 
Puesto que hay que obedecer a tu tía, nos sa- 
crificaremos. Yo aceptaré el contrato que me 
ofrecen para América y no volverás a verme... 
Calla... 

Escucha. Tú te casas y yo me sacrifico; pero 
si te has burlado de mí, si la persona que es- 
taba anoche en el cine contigo no es tu pro- 
metida... 

Fernanda, yo te juro... 

{Cada vez más amenazadora) Si me has en- 
gañado, cónstete Oscarito que te disparo a 
boca de jarro los siete tiros de esta browing. 
{Saca la pistola) 
No juegues, Fernanda. 
Retire usted esa postura. 
Ya sabes que. tengo sangre corsa en las venas. 
Si me has engañado, si me has mentido, cuen- 
ta con que te alojaré seis balas en la cabeza. 
¿Y por qué no las siete? 
Es que la última se la dedico a usted. {A Pis- 
tache) 

Gracias; es usted muy amable. Pero, ¿por qué 
se obstina en dudar de ese matrimonio? Hace 
diez minutos que acabo de dejar a su suegro. 
¡Rebomba! Ya lo oyes. 

Por cierto que me ha encargado que no te ol- 
vides de que vendrá esta tarde a las cinco 
para tomar el té con nosotros. 
¿Lo estás oyendo? Van a venir. 
(Y a qué hora ha dicho usted? 
A las cinco. {Haciéndole señas a Eugenio) 
Dentro de media hora. 

¡Ah! Pues tomaremos el té juntos. Quiero ver 
a tu prometida. 



— 22 



Óscar. 

Fern. 

Eüg. 
Óscar. 
Eug. 
Fern. 

Eug. 

Fern. 



Óscar. 

Fern. 

Óscar. 
Fern. 



¿Pero estás loca? 

Tú me presentas como si fuera... la mujer de 
éste, por ejemplo. 
¡Caray, eso...l 
Eso es absurdo. 
Me pone usted en un conflicto. 
Nada, nada. [Resueltamente.) Que tomo el té 
aquí. {Da un golpe en la mesa con el látigo}) 
No la contraríes... Así Fernanda se convence- 
rá de lo infundado de sus sospechas. 
Voy a cambiarme de traje y vuelvo... Oye, 
Osear, respecto a lo que me dijo ayer Pista- 
che... 

¿Qué te dijo? 

Lo del cheque de los diez mil francos, ya sa- 
bes que yo desprecio el dinero. 
Menos mal. {Aparte?) Lo sé. 
Pero como tampoco quiero que digas que soy 
una orgullosa, lo acepto. Hasta las cinco, que 
estaré de vuelta. {Mutis foro?) 



ESCENA VIH 
Óscar, Eugenio; luego, Francisco 



Óscar. ¡Pues sí que se arregla el asunto! 

Eug. ¡No te preocupes! ¿Fernanda quiere ver a tu 
prometida-..? ¡pues la verá! ¡Yo te lo aseguro! 

Óscar. Pero, ¿cómo? 

Eug. Dame la dirección de la señora que estaba 
aquí cuando yo llegué... De la señora del cine. 

Óscar. ¿Qué vas a hacer? 

Eug. ¡Déjame a mí! 

Óscar. ¡Eugenio, te tengo pánico! En fin, apunta las 
señas. Luisa Fongrevín, calle de Roma, cin- 
cuenta y seis. 



23 



Eug. (Apuntándolo) No es muy cerca, pero los 
autos lo acortan todo. Voy en busca de esta 
señora y te la traeré. 

Óscar. ¡No querrá! 

Eug. Eso es cuenta mía. Dentro de unos minutos 
estoy aquí con ella. (Coge el bastón y el som- 
brero) 

Franc. (Entrando) Con permiso. Ese hombre que 
estuvo antes aquí, viene a saber la contesta- 
ción del señor. ¿Qué le digo? 

Óscar. Ya no me acordaba de ese perito instalador. 
(A Francisco) Que espere un momento. 
(Vase el criado.) Eugenio, tú que tienes tan- 
tas relaciones, ¿no podrías colocarme a un po- 
bre hombre por el cual me intereso? 

Eug. ¿Qué edad tiene? 

Óscar. Unos cuarenta y cinco años. 

Eug. ¿Inteligencia? 

Óscar. La suficiente. , 

Eug. ¿Honrado? 

Óscar. ¡Más que eso! Un hombre de confianza. 

Eug. Tengo un empleo que le conviene. Voy a ha- 
blarle ahora mismo. 

Óscar. ¡Eugenio, eres mi hombre! 

Eug. ¡Al fin me haces justicia! (Vase por el foro 
precipitadamente) « 

Franc. (Volviendo.) ¡Ah! Se me olvidaba decirle al 
señor que ahí está el sastre. Me he anticipado 
a decirle (Con una sonrisa) que el señor ha- 
bía salido, pero insiste en verle. 

Óscar. ¡Idiota! ¡Pero si le estoy esperando! Que entre 
en seguida. 

Franc. Como siempre tengo la orden de negarle por 
si viene a cobrar... (Vase) 

Óscar. ¡Estos criados son unos insolentes. 



24 



ESCENA IX 
Óscar y Rebulino 

Óscar. {Viendo entrar a Rebulino?) Pase usted, ami- 
go Rebulino... Siéntese... «¡Qué tal? 

Reb. Siempre a sus órdenes. 

Óscar. Pues sin preámbulos. Necesito diez mil fran- 
cos y un traje de caza. 

Reb. ¡Imposible! No puedo hacerle a usted ni una 

sola prenda mientras no me pague los cin- 
cuenta mil francos que restan de su cuenta. 

Óscar. Sí, es mucho, teniendo presente que no hace 
más que un año que me visto en su casa. 

Reb. Usted sabe muy bien, mi querido don Osear, 

que si la factura es un poco crecida, se debe 
a que yo sé poner delicadamente quince bille- 
tes de mil francos en el forro de un frac, diez 
en el de una levita y otro tanto en los trajes 
de americana que he tenido el honor de en- 
viarle. 

Óscar. Haciéndome firmar letras por más del doble. 

Reb. ¿Tiene usted alguna queja de la ropa? ¿El cor- 

te no es irreprochable y el género no es inglés 
legítimo? 

Óscar. Eso, sí, completamente inglés. Y ahora, óiga- 
me, querido Rebulino. Mi vida va a transfor- 
marse radicalmente. Voy a separarme de una 
amiga. 

Rer. Eso ya me lo dijo usted el mes anterior. 

Óscar. Lo había olvidado. Le advierto que ahora va 
de veras. Se lo garantizo. Vamos, sea usted 
bondadoso. 

Reb. ¡Es inútil! No tengo existencias. 

Óscar. Sea usted razonable. 

Reb. Me debe usted ya mucho dinero. 



25 



No tanto. 

Examine sus cuentas y verá que pasa de cin- 
cuenta mil francos. 

¡Qué locura! Nada de eso. Voy a enseñarle a 
usted los justificantes, y vaya extendiendo la 
letra, que traerá usted a prevención, segura- 
mente. Voy a por la cuenta y... sea usted 
amable. (Vase por la primera derecha?) 
Pero... ¡si es imposible! Veamos (Saca un 
libro de notas?) Cincuenta mil cuati ocientos 
que debe, y diez que pide, con el interés com- 
puesto, ¡qué barbaridad! Serían ochenta mil 
francos. (Suena el teiéfotio. Rebulino sigue 
haciendo cuentas. Vuelve a sonar el teléfono.) 
¿Dónde estarán los criados? Voy a ver. (En el 
teléfono.) ¿Con quién hablo?... Sí, señor, esta 
es la casa de don Osear Rolan... ¿Del periódico 
Fémina? Que le digan a qué hora puede venir 
el fotógrafo para la información de su boda 
con la señorita Monturot de Clermond-Fe- 
rrand... (Aparte.) ¡Se casa! Ahora comprendo 
por qué me dijo que iba a separarse de su 
amiga. (En el teléfono.) Bien, pueden venir 
cuando quieran. El tendrá mucho gusto. (Deja 
el teléfono?) Hay avisos providenciales. (Ex- 
tendiendo una letra, que saca del bolsillo?) 
¡Buen negocio se me escapabal Porque la hija 
del famoso Monturot es un excelente partido. 
Su padre tiene una fortuna colosal. 
(Saliendo con unos papeles?) Sí, tenía usted 
razón, pero usted habrá reflexionado ya... 
Hace usted de mí lo que quiere. Tome usted la 
letra. (Dándosela y firmando Osear?) Dentro 
de unos -minutos le mandaré a usted una 
magnífica americana de caza y... (Con inten- 
ción?) registre usted bien los bolsillos. Es us- 
ted el hombre de la suerte. 



— 26 



Óscar. 

Reb. 

Óscar. 

Reb. 

Óscar. 

Reb. 

Óscar. 
Reb. 



Óscar. 



¿Suerte por tomar dinero al sesenta por ciento? 
Mi enhorabuena por esa boda. 
¿Qué boda? 

La de usted con la señorita de Monturot. 
(Sorprendido) Pero, ¿usted lo sabe? 
No sabía nada, pero me he enterado por te- 
léfono. 

¡Dios mío! ¡Ya se sabe hasta en teléfonos! 
Mañana vendrá un repórter fotógrafo para dis- 
pararle a usted unas cuantas instantáneas. Y 
ya sabe usted que puede encargarse toda la 
ropa que necesite. [Mutis.) 
Esto del teléfono debe de ser cosa de Eugenio, 
porque sino, no me lo explico, o quizá de la 
misma Fernanda, para saber si es verdad... 



ESCENA X 
Óscar, Francisco, Luisa y Eugenio. 



Óscar. Francisco... 

Franc. {Entrando) Señor... 

Óscar. Espero unas visitas esta tarde. Dispon el té 
para cinco personas, y emparedados para diez, 
porque ya sabes que el señorito Eugenio se 
los traga lo mismo que obleas. 

Franc. ¿Algo más? 

Óscar. Nada más. ¡Ah, sí! Cuando traigan de casa 
del sastre una prenda, avísame en seguida. 
{Mutis Francisco) 

Eug. {Entrando con Luisa.) Escuche usted a Os- 
ear, y perdóneme. 

Óscar. {Saliendo a su encuentro) Gracias, Luisa, 
por haber venido. 

Luisa. ¿Pero no estabas muñéndote? ¿Y esa conges- 
tión? 



27 



Óscar. 
Luisa. 
Óscar. 
Fug. 

Óscar. 
Eug. 



Luisa. 
Óscar. 



Luisa. 
Óscar. 

Luisa. 
Óscar. 



Luisa. 
Óscar. 

Eug. 



Óscar. 



Luisa. 
Óscar. 



Necesito absolutamente de ti. 
¿Qué quieres? ¿De qué se trata? {Alarmada.) 
¿Pero no se lo has dicho tú por el camino. 
Yo por el camino le he venido contando chas- 
carrillos para consolarla. 
¿Para consolarla? ¿De qué? 
Toma, porque para decidirla a venir te he te- 
nido que meter en la cama con cuarenta gra- 
dos de fiebre y diez sinapismos. 
¿Y por qué me ha engañado usted? [Ofendida.) 
Porque si tú no me ayudas, lo que te ha dicho 
éste va a ser cierto, pero con el recargo consi- 
guiente. 

¿Qué significa esta burla? 
No es una broma. Se trata de una cosa muy 
seria. 

Habla. Di lo que sea. 

Pues, bien, es preciso, es indispensable que 
durante diez minutos pases por mi prometida. 
Esto no te compromete en nada. Si no accedes 
a lo que te pido nos amenaza un peligro serio. 
¿Qué peligro? 
La fiera de anoche... 

{Interrumpiendo.) La que le quiso calentar a 
éste en el cine... {Haciéndole señas de pe- 
garle.) 

Ha jurado matarnos como no sea cierto lo que 
Eugenio le dijo de que tú y yo estábamos 
para casarnos. 

¡Ah, bandido!... ¿Y tú mismo te atreves...? 
No razonemos Luisa. Piensa sólo que es una 
rival y que es una mujer capaz de todo. ¿Qué 
quieres, ha ganado mi voluntad y la tengo pá- 
nico! Tanto a ti, como a mí, nos importa mu- 
cho que lo ocurrido no lo sepa Fernanda. Hay 
que salvar las apariencias y evitar una catás- 
trofe. 



28 



Luisa. 
Eug. 

Óscar. 
Eug. 



Óscar. 
Luisa. 



Eug. 

Óscar. 

Luisa. 

Franc. 

Luisa. 

Óscar. 

Luisa. 



¿Pero si esa mujer no sabe quién soy yo? 
¡Lo sabrá! Fernanda es una perra policía y 
tiene una ferocidad rifeña. 
¡Inaudita! 

Acuérdate de aquella noche en el circo, cuan- 
do Fernanda, creyendo que éste miraba a 
una señora, se apeó. del caballo y cogiéndole 
por las solapas le montó sobre el animal, ha- 
ciéndole dar cuatro vueltas al ruedo. 
Ocho días de cama me costó el numerito. 
A pesar de lo que me dices, no me convences, 
y me marcho a mi casa. Tú, sálvate como 
puedas. [Suena el timbre?) 
¿Han llamado? 

¿Será ella? Luisa, ¡por Dios...! [Suplicante?) 
Que me voy, te digo. 
{Anunciando?) El señor Fongrevín. 
¡Mi esposo! 

[A Francisco?) Gaznápiro. ¿Y lo dejas entrar? 
[A Luisa?) No temas. Pasa a esta habitación. 
[Entrando lateral izquierda?) En tu discre- 
ción confío. 



ESCENA XI 
Dichos y Fongrevín; luego, Fernanda. 



Eug. 

FONG. 

Óscar. 



Eug. 



Fong. 



[Saliendo a su encuentre '.)Por aquí, pase usted. 
Buenas tardes, señores. 

[Hablándole a gritos?) Cómo estamos, querido 
procurador. [Fongrevín hace un gesto ambi- 
guo con la mano?) No oye. ¿Y a qué debemos 
el honor de esta visita? 

A tener el gusto de fastidiarnos, ¿verdad? Qué 
gusto da el poder decir las cosas a la gente en 
su misma cara. 
Al grano. Vengo para darle a usted cuenta [A 



29 



Osear) del informe que ha hecho el perito fon- 
tanero acerca de la humedad que se nota en 
el cuarto de baño. (Se sienta y abre la carpe- 
ta. Sacando de ella un montón de papeles)) 
Este es. 

Mejor será dejarlo para otro día. Como tiene 
usted prisa y eso parece largo... 
Sí, señor..., claro..., la humedad es muy mala 
para los reumáticos. 

¡Como una tapia! Hay que hablarle a tiros. 
(Gritando.) Decía yo... 

Espere... No grite. Aquí traigo mi audífono. 
Saca de la carpeta el aparato, compuesto de 
un tubo muy largo con una trompetilla, y se 
lo adapta a la oreja por medio de la goma, 
destinada a este uso. Es más cómico salir 
con el audífono puesto, sujeto el pico que va 
al oído con la corbata, y una cinta al cuello 
y la bocinita en el bolsillo del chaleco)) Si 
quiere decirme algo, comuníquemelo por la 
trompetilla. Voy a leer el informe. 
(En la trompetilla)) ¿Quiere usted que deje- 
mos la lectura para otro día? 
No, señor; es preciso -entregarlo hoy sin falta. 
¡Paciencia! Este tío nos va a dar el té. 
(Leyendo)) El firmante, perito fontanero..., et- 
cétera. Voy a saltarme las fórmulas. 
Sí, salte usted todo lo que pueda. 
(Lee mientras los otros hablan entre ellos.) 
«Habiendo comprobado que la valva que ob- 
tura el tubo de desagüe en el sitio de su 
unión con la tubería incurvada del sifón... 
<¡Y como echamos de aquí a este hombre? 
¡Ni con sifón! Nos puede. 
»Ejerce una presión continua fobre la viga de 
sostén... (A Osear.) ¿Oye usted con atención? 
Me tiene usted pendiente de esa viga. 



3o — 



Fong. »La cual soporta el tubo de escape que, vi- 
niendo del piso superior... 

Eug. Lo superior sería que ahora viniese la otra. 

Fong. »Es claro que la introducción de las burbujas 
de aire en las válvulas de doble chapa forma 
un tapón... 

Óscar. Van a dar las cinco... ¡Piensa algo para echar 
a este hombre! 

Eug. ¿Para este tapón?... ¡Un cañonazo! 

Franc. {Anunciando) La señorita Fernanda acaba 
de llegar. ( Vase.) 

Óscar. ¡Lo que temíamos!... Sal y entretenía. 

Eug. jVaya!... ¿quieres algo para la casa de so- 

corro? {Se va por el foro) 

Fong. >Y por eso se produce una filtración intermi- 
tente, origen de la humedad que se advierte. 

Óscar. {Se levanta súbitamente y va a la segunda 
derecha) Exacto, exacto, {y o hiendo junto a 
Fongrevín.) Es preciso que usted mismo 
compruebe todo eso. {Le levanta de la silla) 

Fong. Ya lo veremos más despacio. 

Óscar. {Empujándole) ¡No, no, de ninguna manera! 
Ahora mismo. Pase usted. {Lo mete a empe- 
llones en el cuarto de baño, con protestas de 
Fongrevín. Osear cierra la puerta con llave, 
la cual quita y se guarda en el bolsillo) No 
hay otro remedio, (forrea la izquierda y lla- 
ma) ¡Luisa! {Sale Luisa) Por amor de Dios, 
sálvame de este conflicto. 

Luisa. ¿Y Fongrevín? 

Óscar. Encerrado en el cuarto de baño. 

Luisa. Pues entonces me voy. 

Óscar. ¡Ahora es imposible! Fernanda acaba de lle- 
gar, y sólo convenciéndose de que eres mi 
prometida nos dejará en paz. ¡Sálvame, y te 
deberé la existencia! ¡Va en ello la tranquili- 
lidad de los dos! 



3i 



ESCENA XII 
Fernanda, Luisa, Óscar y Eugenio. 



Pasa, encanto mío, pasa delante. 
Muchas gracias, amigo Osear, por haber teni- 
do la atención de invitarnos a tomar el té con 
ustedes. 

Muy honrados con su presencia. 
¿Esta señorita es su prometida? Preséntame 
Eugenio. 

{Presentando.) Mi esposa. 
La señorita de Monturot, mi prometida. 
Señorita, la felicito a usted de todo corazón. 
Son ustedes muy amables. 
(A Fernanda.) ¿Es o no la señorita que vi- 
mos en el cine? 

(A Eugenio.) ¡Sí, sí lo es! ¡No cabe dudal ¿Y 
su papá? 

Fué a casa de su banquero. 
Sí, pero vendrá en seguida. 
¿Y la ha dejado venir a usted sola? 
He venido con la señora de compañía. 
Que ha ido a echar una carta a la estación 
para que no pierda correo y salga hoy mismo, 
por eso no está aquí. 

Señorita, estos son los momentos más felices 
de su vida. Antes del matrimonio todo se ve 
de color de rosa. Los hombres... {Sonriendo, 
a Pistache.) Tienen tal arte para engañar- 
nos... 

Fernanda... 

{Ingenua) ¿Qué me dice usted? ¡Osear es muy 
bueno! {A Óscar) ¿Verdad? {Se oyen golpes 
en la puerta del cuarto de baño.) 
¡Adiós! Fongrevín se impacienta. 



— 32 — 



Ferna. 
Óscar. 

Ferna. 
Óscar. 



Óscar. 

EUGEN. 



Luisa. 
Tramb. 



EUGEN. 

Tramb. 



Ferna. 

Luisa. 

Tramb. 

Eugen. 

Ferna. 
Tramb, 



¿Llaman en esa puerta? 

Es el fontanero, que está arreglando la tubería 

del cuarto de baño. 

(Anunciando?) El señor Monturot. 

¿En? (Entra Trambúz.) 



ESCENA XIII 
Dichos y Trambúz. 



(A Eugenio?) ¿Qué veo? ¿Trambúz, mi suegro? 
¿Eh? {Guiñándole un ojo.) ¿No le buscabas 
una colocación? Ya la tiene... y está bien alec- 
cionado. 

¡Mi padre! ¿El acomodador del cine mi 
padre? 

¡Mi querido yerno! {Estrecha la mano de Os- 
ear. A Eugenio en voz baja?) ¿Cuál de las dos 
es mi hija? 

(Señalando a Luisa?) La morena. 
{Tocando la barba a Luisa?) Pero qué, ¿no 
me das un abrazo? Yo con esto no pierdo 
nada. (Se abrazan.) 

Señorita, ¿quiere usted presentarme a su 
papá? 

Con mucho gusto. Papá, la señora de Pis- 
tache. 

Muy Pistache mía, digo, muy señora mía. (A 
Pistache?) Caballero... por más que nosotros 
nos hemos saludado ya hace un rato. 
Fernanda, ahora ya estarás convencida. Tan- 
tos deseos como tenías de conocer al hombre 
mermelada. 

Sí que los tenía. (Mira a Trambúz fija- 
mente?) 
O^carito, mañana se lee la primera amonesta- 



33 — 



ción, y, dentro de tres semanas, la colocación 
de la primera piedra matrimonial. 
¡Qué de prisa! 

Yo todo lo hago así. Soy un hombre muy ex- 
peditivo. 

¿Y seguirán ustedes viviendo en su pueblo? 
No hay otro remedio; así lo exigen las nece- 
sidades del negocio. Estos pueden hacer lo que 
gusten. 

Sí, ya veremos. 

Sin embargo, me agradaría que vivieran con- 
migo, porque como tengo una gran fortuna allí 
no nos falta nada. Frecuentamos la alta socie- 
dad, tenemos una casa magnífica con calefac- 
ción central, gas en todos los pisos, tres gara- 
ges, un parque donde corremos jabalíes, y 
ahora estoy construyendo un aeródromo para 
los amigos que vayan a visitarnos en aero- 
plano. 

Papá, te olvidas de que tenemos que marchar- 
nos a la estación. {Levantándose?) 
¿Para ir adonde? 
A... {Mirando a Osear?) 
¡Qué mala memoria tiene usted! Para ir a ver 
a mi tía Marta que nos espera en su castillo de 
Brizón. 

Es verdad, ya no me acordaba. 
Si no vamos, se incomodará mucho. 
Ustedes perdonen, pero el tren no espera. 
¿Es indispensable que vayamos hoy mismo? 
No hay más remedio. Mi tía ya me ha escrito 
dos cartas diciéndome que, en cuanto llegaran 
ustedes, fuésemos a verla para tener el gusto 
de conocerles. {Suena el timbre?) 
¡Qué lástima que no haya podido venir ella! 
Está muy achacosa la pobre para ponerse en 
camino, y aunque está cerca... 



— 34 — 

Óscar. Ahora lleva en cama diez días con un fuerte 

ataque de gota. 
Ferna. ¡Pobre señora! 

Franc. {Anunciando.) Doña Marta de Brizón. 
Óscar. ¡Cielos!... ¡Mi tía! 



ESCENA XIV 
Dichos y Doña Marta. 



Marta. 
Óscar. 



Marta. 



Óscar. 

Todos. 
Óscar. 
Ferna. 
Marta. 



Óscar. 

Eug. 

Óscar. 

Marta. 

Tramb. 
Marta. 



¿Dónde está ese picaro de sobrino? 
[Abrazándose a ella para que no vea a 
nadie) ¡Tía de mi alma! ¡Qué sorpresa! ¡Venga 
usted al gabinete! (La lleva hacia el fondo 
pretendiendo que no vea a los que están en 
el salón) 

¿Cómo quieres que dejemos solos a estos seño- 
res? {Volviéndose) ¡Pero si está aquí Eugeniol 
¿Qué tal? ¡Preséntame a tus amigos! 
Puesto que no hay otro remedio... Señores, mi 
tía Marta de Brizón. 
{Inclinándose) Señora- 
Fernanda, la señora de Eugenio Pistache. 
Servidora de usted. 

Muy señora mía. (A Osear) ¿No me habías 
dicho nunca que Eugenio se hubiera casado 
y con una mujer tan encantadora, además. 
No tuve tiempo. Se casó hace unos días. 
¡Estamos en plena luna de miel! 
El señor y la señorita Monturót de Clermont- 
Ferrand, de quienes usted tiene noticias. 
¡Y muy halagüeñas! Caballero, ¿conque usted 
es Monturót? 

Que besa a usted ambos píes. 
Y yo que pensaba visitarles a ustedes en el 
hotel Majestic, donde se hospedan, para pre- 



35 



sentarles a mi sobrino? Este era el objeto de 
mi viaje. 

Pues ya estamos más que presentados. {Todos 
se sientan?) 

Entonces, usted ignora el próximo matrimonio 
de nuestro amigo Osear con la señorita Mon- 
turót. 

¿Tan pronto? 

Sí, tía. Quería darle a usted esta sorpresa. 
¡Ninguna otra más grata!... ¡Hijos míos, qué 
feliz me hacéis! (A Luisa.) Tesoro mío, me 
permites que te dé un beso? (Se abrazan.) Te 
habrá dado muchos para mí mi prima Cle- 
mentina. 

Muchos. (Se besan.) 

Señor Monturót estoy satisfechísima por esta 
alianza de nuestras dos familias. 
Todo el honor es para mí. 
(Entrando?) ¿Sirvo el té? 
Eso no se pregunta, se sirve y nada más. 
( Vase Francisco?) 

(A Eugenio?) ¡A mí me va a dar una conges- 
tión! 

¡Serenidad, un poco de serenidad y todo está 
salvadol (Entra Francisco con el té. Todos 
se colocan a su gusto y Fernanda sirve?) 
Yo les serviré... ¿Una tacita, señora? 
No, muchas gracias. 

Es verdad, me olvidaba de que estará usted a 
régimen. 
¿A régimen, yo? 
Por la gota. 
¿Qué gota? 

(A Fernanda?) ¡Chist! Ella no lo sabe, y el 
médico tiene prohibido que se le hable de 
ello. 
¿Y usted, señor Monturót? 



- 36 



Tramb. 

Fern. 

Tramb. 

Marta. 

Tramb. 

Marta. 



Tramb. 
Franc. 



Óscar. 

Marta. 
Óscar. 

Mart/ . 

Luisa. 

Marta. 

Óscar. 

Luisa. 

Eug. 

Tramb. 

Marta. 

Tramb. 
Óscar. 
Luisa. 
Marta. 



El agua caliente es perjudicial para la voz. 
¿Entonces un dedo de Oporto? 
Bien, pero ponga usted un dedo gordo. 
¿Por qué se cuida la voz? ¿es que también 
canta usted, señor Monturót? 
Alguna que otra vez, señora, muy de tarde en 
tarde. 

Tiene usted entonces todas las habilidades, 
porque, según dice mi prima, que es la que ha 
concertado esta boda, toca usted admirable- 
mente la flauta. 

¿Quién yo? No haga usted caso. 
{Entrando?) El sastre acaba de traer una ame- 
ricana para el señor. En el gabinete la he 
dejado. 

Está bien. (Se oyen fuertes golpes en la puerta 
del cuarto de baño. El criado se va.) 
¿Qué golpes son esos? 

Es el fontanero que está arreglando la tubería 
del cuarto de baño. 

Pues dile que se calle que está molestán- 
donos. 

Bueno, papá, ya es hora de que nos vaya- 
mos. Son las cinco y media. 
Sí, vamonos. {Todos se ponen de pie.) 
jGracias a Dios! 
¡Al fin! 

¡Hasta este momento no he respirado a gusto! 
¿Tan pronto? ¿Qué prisa tiene, doña Marta? 
Señores, es que les invito a cenar a todos us- 
tedes en mi castillo de Brizón. 
Muy bien pensado. 
¿Qué dice usted, tía? 
No, no podemos aceptar... 
¿Cómo que no? En mi sobrino mando yo y... 
en mi futura sobrina creo que también, con 
permiso de su papá. 



37 — 



Concedido. 
Es imposible. 
¡Julieta...! 

Señorita, ¿va usted a negar a su tía la primera 
cosa que le pide? 

Es que sería un abuso por nuestra parte. 
¿Un abuso? Vienes a tu casa. Estamos en fa- 
milia. 

Hay que aceptar, Luisa. 
¡Tú has perdido la cabeza! ¡Yo no puedo cenar 
fuera de mi casa! 

Ya encontraremos el medio de regresar antes 
de las nueve de la noche. 
(A Eugenio.) Querido señor, yo no puedo ir 
a cenar a casa de la tía con este uniforme. 
{Desabrochándose el gabán y enseñando los 
botones plateados de la cazadora}) 
Cene usted sin quitarse el gabán. 
¡Hombre! Sería una falta de educación. 
Venga usted conmigo. Precisamente le acaban 
de traer a Osear una americana, ¡y la va usted 
a estrenar! (Se van los dos por la izquierda?) 
Vamos, Osear, date prisa. 
Dos segundos, tía. Voy a coger un gabán. 
( Vase por la primera derecha?) 
(A Luisa?) Señorita, espero que mañana ten- 
dremos el gusto de volvernos a ver. 
¿Cómo mañana? ¡Usted es de los nuestros, no 
faltaba más! La esposa del amigo más íntimo 
de mi sobrino. (Sale Eugenio.) Ustedes vie- 
nen también; no admito disculpas, ¿verdad, 
Eugenio? 
¿De qué se trata? 

La tía de Osear que quiere llevarnos con 
ella. 

jMe ofenderían ustedes no aceptando! No sé si 
podremos ir todos en mi auto, pero, en último 



38 



caso, se alquila un taxi. Somos... {Contando?) 
Julieta, uno... {Siguen hablando?) 

Óscar. {Sale con Francisco y le dice, dándole tina 
llave.) ¿Has comprendido bien? Hasta las nue- 
ve no abras la puerta del cuarto de baño, ni 
un minuto antes. 

Franc. Comprendido, señorito. {Mutis.) 

Tramb. {Entrando con la americana, de «sport», de 
Osear puesta.) Esta cazadora me está que ni 
pintada. Soy un figurín. 

Marta. ¿Estás ya, Osear? Vamonos, hijos. Tú, delante, 
Julieta. Señor Monturót, déme usted el brazo. 
{Se le da.) 

Luisa. jOscar! 

Tramb. Vamos, hija. {Marta la coge del brazo y se 
van los tres por el foro?) 

Eug. {A Osear?) ¿Has visto a nuestro hombre con 
tu americana nueva? 

Óscar. ¿Que lleva mi americana?... ¡Corre y no le dejes 
que se meta la mano en los bolsillos! 

Eug. ¿Pero a ti que te importa eso? 

Óscar. {Furioso.) ¡Haz lo que te digo! 

Eug. ¡Tú no estás bien de la cabeza! {Vase co- 
rriendo.) 

Óscar. Fernanda, ya ves que vamos a casa de mi tía. 
Supongo que estarás perfectamente convenci- 
da de que no te engañaba. 

Fern. Ya te lo diré cuando lleguemos a Brizón. 

Óscar. ¿Pero tú también vienes? 

Fern. Invitada por tu tía. 

Óscar. ¡Ay mi tía! {Haciendo mutis con Fernanda.) 
¡Yo acabo en una casa de locos! 

Fong. {Golpeando furiosamente la puerta del cuarto 
de baño.) ¡Abrid o hecho la puerta abajo! ¡Esto 
es un secuestro! ¡¡Bandidos!! ¡¡¡Miserables!!! 



TELÓN 



ACTO SEGUNDO 



El hall del castillo de Brizan. Al foro, gran puerta, que da sobre una te- 
rraza con balaustrada de piedra; al fondo, paisaje. En el primer término 
de la izquierda, puerta del cuarto de Luisa, y, en segundo término, en 
ochava, la puerta del vestíbulo. En el primer término de la derecha, puer- 
ta del cuarto de Trambáz. Muebles elegantes. Junto a una mesa, con re- 
cado de escribir, un sillón con el respaldo muy alto, vuelto hacia el públi- 
co, y, en un ángulo de la mesa, un soporte de níquel sosteniendo la bocina 
de un tubo acústico, que desciende hacia el suelo, al cual atraviesa. 



ESCENA PRIMERA 
Óscar, José y Pistache. 

(Al levantarse el telón, Eugenio Pistache duerme en el 
sillón, invisible al público?) 



Óscar. {Por la segunda izquierda?) José... José... 
{Sale José por la segunda izquierda?) 

José. ¿Ha descansado bien el señorito? 

Óscar. Sí... ¿lias visto a don Eugenio? 

José. No, señor... ¿El señorito quiere el desayuno? 

Óscar. Sí..., sírvemelo aquí. {Vase José por segunda 
izquierda?) ¡Esto es inaudito! Dónde se habrá 
metido ese demonio de Eugenio {Quita el 
cojín de una silla y lo tira violentamente 
contra el sillón?) ... que no he podido echarle 
la vista encima. 

Eug. {Que ha recibido el cojín en la cabeza, da un 
salto?) ¿Qué es esto?... ¡Ah! Eres tú. 

Óscar. ¿Te levantas ahora? ¿Has dormido aquí? 

Eug. ¡Cá, hombre! He pasado la noche en la sala de 

billar. 



— 4 o — 



Óscar. ¿Tan aficionado eres? 

Eug. Nada de eso, hombre. Es que he tenido que 
dormir en la mesa de billar. ¿No ves que tu tía 
había dispuesto una sola cama para Fernanda 
y para mí? 

Óscar. [Riendo) Claro, como cree que sois marido y 
mujer... 

Eug. Aunque así fuera. ¡Lo elegante es dormir cada 

uno por su cuenta! ¡Vaya una nochecita! Ten- 
go la cabeza llena de carambolas. 

Óscar. Eugenio, yo no tengo la culpa del accidente 
ocurrido al automóvil. Bien sabes que no ve- 
níamos mas que a cenar. Lo sucedido se debe 
a la fatalidad. 

Eug. {Sacando del bolsillo unos agujones.) Que 
tiene nombre de mujer y se llama Fernanda. 

Óscar. ¿Qué estás diciendo? 

Eug. Sí, Osear, sí; ha sido Fernanda la que ha 

hecho la gracia de pinchar los neumáticos 
con las agujas de su sombrero... Míralas, están 
rotas. 

Óscar. ¿Tú crees? 

Eug. ¡Toma! Como que las he recogido yo de debajo 

de las ruedas. 

Óscar. Sí, no cabe duda, son las que yo le regalé. 
(Enlra José con una bandeja surtida.) 

José. El desayuno, señorito. (Lo pone sobre la 
■mesa) 

Eug. ', José, tráigame también el mío. 

José. Ya hace rato que lo llevé a la alcoba de los 
señores. 

Eug. ¡A mi alcoba! ¡Pifia! Pues me quedo en ayunas. 

Óscar. (A José) ¿Se ha levantado el señor Mon- 
turot? 

José. Ya lo creo, y se ha desayunado ya dos veces. 
Da gusto verle cómo come. 

Eug. Es que el campo abre el apetito de un modo 



— 41 — 



Óscar. 



Eug. 



formidable. Yo mismo me desayunaría otra 
vez. Va usted a verlo. (Se sienta al lado de 
Osear y come con él.) Ya le llamaremos para 
que se lleve esto. (Vasé José.) Vaya un des- 
ayuno abundante: café, leche, emparedados, 
dulces, vinos... 

Oye, supongo que no habrás perdido de vista 
los diez mil francos que lleva ese hombre en 
mi americana. 

Hasta la hora de dormir le tuve siempre las 
manos ocupadas. 



ESCENA II 
Dichos y Luisa. 



Luisa. 



Eug. 
Luisa. 

Eug. 

Luisa. 

Óscar. 

Eug. 

Óscar. 

Eug. 

Óscar. 



Eug. 



(Por primera izquierda.) Me gusta. Los 
dos almorzando con tanta tranquilidad. |Qué 
hombres! 
¿Usted quiere? 

Lo que quiero es irme cuanto antes. ¿Está ya 
arreglado el auto? 
No lo sé. 

¿Pero en qué están ustedes pensando? 
Eso digo yo. ¿En qué estás pensando, Eugenio? 
Voy a ver. (Se levanta.) 
No hace falta que bajes. Habla por el tubo. 
¿Qué tubo? 

Ese. (Señalando el que está sobre la mesa?) 
Es un tubo acústico que comunica con el 
garaje. 

¡Ah! (Va al tubo?) Es comodísimo. (Sopla en 
el tubo?) Oiga... Nadie responde. (Vuelve a so- 
plar.) ¡Uf! Cómo huele esto a gasolina... 
(Tapa y luego se oye el silbato?) ¿Está el chó- 



42 — 



Óscar. 
Eug. 



Luisa. 

Óscar. 

Luisa. 

Óscar. 

Eug. 

Luisa. 

Óscar. 

Eug. 



fer? (Se pone el tubo en la oreja?) ¿Qué, no 
está? ¡Oye, que no está! 
¿Adonde ha ido? 

(En el tubo?) Que adonde ha ido... (Pausa.) 
Dice su mujer que arreglado el auto, ha salido 
hace tres horas para hacer un encargo de tu 
tía. {Deja el tubo sobre la mesa.) 
Pues yo no puedo estar aquí ni un minu- 
to más. 

¿Y qué hacemos? 
Irnos a pie hasta la estación. 
¡Hay cuarenta kilómetrosl 
¡Y un sol que tabardillea! 
¡Qué desesperación! 

Hay que esperar que vuelva el auto. Llama al 
garage y di que avisen en cuanto llegue. 
¿Por el tubo? ¿Con esa peste? Prefiero ir yo, y 
así no se les olvidará. (Vas e por el foro.) 



ESCENA III 
Óscar y Luisa; después, Fernanda. 



Óscar. ¡Luisa, un poco más de paciencia! 

Luisa. ¿Tú crees que puedo oírte con calma? ¡Ya no 
puedo más! Estoy harta de representar esta 
comedia de colegiala inocente, y de tantos 
abrazos y besuqueos de tu tia y de tu supues- 
to padre político, que se aprovecha que es un 
gusto. 

Óscar. Reconozco que Trambúz abusa. 

Luisa. ¿Y mi marido? ¿Qué será de él? Tú le dejas- 
te encerrado en el cuarto de baño, sin preocu- 
parte de lo que pudiera ocurrirle. ¿No has pen- 
sado en eso? 



43 



Sí. Tranquilízate. Di orden a Francisco de que 
le abriera. 

¿Qué has hecho? ¡Habrá vuelto a casa y habrá 
visto que he faltado de ella esta noche! 
Inventa un pretexto. Una repentina gravedad 
de tu cuñado..., ponle a la muerte. Di que le 
han visto cinco médicos. 
Ese recurso está muy desacreditado. Lo pri- 
mero es salir de aquí, 
¿Y qué vas a hacer? 

Contárselo todo a tu tía. La verdad es el me- 
jor camino. 

¡Pero tú no te atreverás a esol 
¿Que no? ¡Ahora verás! (Va hacia el foro)) 
(Deteniéndola)) Luisa, ¿ves el río que pasa al 
pie de esta terraza?... ¡pues si descubres este 
enredo, te juro que me arrojo a él! 
¡Arrójate! 

¡Luisa, vas a comprometerme! Vas a... (Le 
coge las manos.) 
¡Suéltame o grito...! Doña Marta... 
(Viendo venir a Fernanda)) ¡Disimula, por 
Dios! ¡Que viene el cocol ¡Que no se entere 
Fernanda! 

(Por la segunda izquierda.) Así me gusta, 
arrullándose como dos tórtolos. 
(Vergonzosa.) Que dirá usted... 
No tiene nada de particular. Es tan lógico 
que, entre novios, se tortolee de ese modo. 
Ustedes dispensarán que vaya un momento a 
mi cuarto. 

Vaya, vaya usted. ¡Qué aire tan candoroso 
tiene la pobrecilla! (Vase Luisa primera iz- 
quierda)) 

¡Comprendo que todo esto es un suplicio para 
ti! Que debes sufrir horriblemente... que... 
(Transición)) ¿Por qué no te vas, Fernanda? 



— 44 — 

Fern. Me iré cuando esté segura de que no te bur- 
las de mí. 

Óscar. ¿Necesitas más pruebas después, de todo lo que 
has visto? 

Fern. Tengo que verte al pie del altar, y hasta ese 
momento seguiré tirando al blanco para afir- 
mar la puntería, porque, si me engañas, cuen- 
ta con los seis tiros. 

Óscar. Los tiros de tus ojos son los que han ido 
siempre derechos a mi corazón. 



ESCENA V 
Dichos, Marta, y luego, Luisa. 

Marta. {Por la segunda izquierda^ ¿Qué hacéis? 

Óscar. Contemplar el paisaje. 

Marta. ¿Ha descansado usted bien, señora? 

Fern. Perfectamente. 

Marta. ¿Y tú? 

Óscar. Como un cachorro. 

Marta. Ahora vas a pasar a mi lado quince días de- 
liciosos. 

Óscar. ¿Quince días dice usted? ¡Tía, eso es impo- 
sible! 

Marta. ¿Por qué no? Tu entrañable amigo Eugenio 
ha aceptado gustosísimo la invitación. ¿No es 
verdad? (A Fernanda, que asiente?) 

Óscar. Y un mes pueden estarse aquí, si quieren; 
pero yo no debo separarme de mi novia. 

Marta. ¿Quién habla de separaros? Julieta se quedará 
contigo. 

Óscar. *No puede ser! Mi suegro tiene urgentísimas 
ocupaciones; ha de atender sus múltiples ne- 
gocios... 



45 



¿Monturot? No te preocupes. Él mismo acaba 
de decirme que por su parte no hay inconve- 
niente. 

Ya lo oye usted. 

¡Animal! [Aparte.) Lo siento, lo siento, pero 
no puede ser, querida tía. Hoy mismo tengo 
que ir a París para consultar con mi procura- 
dor un asunto inaplazable. 
Si no se trata mas que de una consulta, hoy, 
precisamente, vendrá Duval, mi procurador, a 
quien tú conoces. Habla con él y te ahorras e¡ 
viaje. 

Tiene razón su tía. 

¿Pero y Julieta? ¿Ha preguntado usted a Ju- 
lieta? 

Ella hará lo que diga su padre y lo que quie- 
ras tú. 

Sin duda. Voy a llamarla. [Llamando en su 
puerta?) ¡Julieta! ¡Julieta! ¿Quiere usted venir 
un momento? [Sale.) 
Ven aquí, encanto mío. 
Buenos días, tiíta. [Mirando can rabia a 
Osear) 

Julieta..., mi tía se empeña en que nos quede- 
mos aquí un día más. 

¿Cómo? [Indignada; después, cariñosa.) 
¿Cómo? Pero eso no puede ser. 
(A su tía.) ¿Ve usted? Si es imposible. 
Hemos venido sin equipaje, sin más que lo 
puesto. Por otra parte, sería un abuso... 
Lo del equipaje no es inconveniente. Ya he 
ordenado al chófer, esta mañana, que fuera 
al hotel Majestic, donde se hospedan ustedes, 
y traiga en el auto el equipaje. Su papá no ha 
tenido inconveniente en ello. 
¡Pero...! 
¡Majestático! ¿Al hotel Majestic? 



- 46 - 

Marta. ¿No están ustedes en ese hotel? Pues se trae el 
equipaje y en paz. 

Luisa. Bien. Pero estamos seguros de que nuestro 
equipaje ha llegado. Hay que ver cómo están 
esos ferrocarriles..., esos transportes... Todo el 
mundo se queja. 

Óscar. ¡Y con razón! 

Fern. Su mismo papá ha dicho que seguramente ha 
llegado. 

LursA. (A Osear.) ¡Hay que matar a Trambúz! 

Marta. El auto no tardará en estar de vuelta, y antes 
de que venga quiero tenerlo todo preparado 
para la ceremonia de costumbre. 

Óscar. ¿Qué ceremonia? 

Marta. Hijo mío, ya sabes cómo sé guardar yo la tra- 
dición de nuestra casa. He rogado al señor 
cura que venga a comer con nosotros, y des- 
pués de celebrar la misa 'acordaremos la fe- 
cha de los esponsales. ¡Qué feliz vais a hacer- 
me! Y ahora dejemos solos a los enamorados, 
¡que tendrán tantas cosas ¡que decirse! ¿Me 
acompaña usted, Fernanda? 

Fern. Con mucho gusto. (Se van las dos por la se- 
gunda izquierda, después de dirigirles Fer- 
nanda una mirada recelosa) 



ESCENA VI 
Óscar, Luisa; luego, Eugenio, y después, Trambúz. 



Óscar. 
Luisa. 



Óscar. 



Ya lo ves, no podemos salir de aquí. 

Eso, tú; lo que es yo, en cuanto llegue el auto, 

me subo en él y me voy. Luego, arréglatelas 

como puedas con tu amazona, que la tengo 

montada en las narices. 

¡Y yo! 



47 — 



¡En qué mala hora fui ayer a tu casa! Y todo 
por ese granuja de Pistache. 
{Entrando por el foro.) Todo marcha a las 
mil maravillas. ¿Estaréis satisfechos de mi in- 
tervención en vuestros asuntos? 

Los dos. Encantados... 

Eug. Acabo de dar orden de que me avisen en 
cuanto llegue el auto. 

Óscar. Es inútil. Tenemos que estarnos aquí quince 
días. 

¡Hombre, no me parece mal! 
¿Habrá un hombre más sorbete que usted? 

Y mi tía ha enviado a buscar al Majestic él 
equipaje de Monturot. 

Como usted ve, no ocurre nada de particular. 
¿Ha mandado al hotel por el equipaje de Mon- 
turot? 

Y como no existe tal equipaje... 
Fernanda estará en posesión de la verdad, y 
entonces, ya podéis enviar mi esquela de de- 
función a los amigos. Este es el resultado de 
tus geniales invenciones. 
¡Ah! ¿Pero es que tengo yo la culpa? 
¿Pues quién, sino tú, le ha dicho a Fernanda 
que yo iba a casarme? 

¿Quién ha repartido el papel de padre a Tram- 
búz? 

Permítanme ustedes. Osear me indujo a todo 
eso. 

Yo no te dije mas que vieras el medio de que 
no lo supiera Fernanda, pero tú no has hecho 
mas que desatinos. [Entra Trambúz, con un 
ees tillo lleno de huevos, hortalizas y legum- 
bres.) 

Buenos días, querido yerno. 
Le prohibo a usted terminantemente que me 
llame yerno. 



- 48 - 



Tramb. 

Luisa. 

Tramb. 



Óscar. 
Tramb. 



Óscar. 
Tramb. 

Óscar. 
Tramb. 

Óscar. 
Tramb. 



Luisa. 
Óscar. 

Eug. 

Tramb. 
Eug. 



Niña, un abrazo a papá. {Yendo hacia ella.) 
(Huyendo.) ¡Abrace usted a Mahoma! 
Hijos míos, vengo de la huerta, ¡oh, qué pri- 
mor! Mirad qué tomates. ¡Qué berenjenas! 
(Enseña lo que va diciendo.) ¿Y los pimiert- 
tos? Son una bendición. ¡No hay nada como 
el campo! 
Señor Trambúz. 

¿Y el establo? ¡Qué vacas tan hermosas, qué 
leche tan fresca y tan tibia, ordeñada por es- 
tas mismas manos...! ¿Y las gallinas? ¡Qué 
atentas! Apenas me vieron entrar en el galli- 
nero, comenzaron a cacarear, como diciéndo- 
me: ¡Aquí hay un huevo! ¡Aquí hay un huevo! 
(De mal talante.) Señor Trambúz... 
Perdón... Me llamo Monturot, si alguien le 
oyera... 

¿Y usted piensa pasarse aquí quince días? 
Por mi parte aunque fuera un mes. Aquí hay 
oxígeno, luz, buen vino... 
¡Aquí lo que no hay es vergüenza! Cuando le 
hablaron de ir al hotel Majestic para traer el 
equipaje, ¿por qué aceptó usted? 
Por pura cortesía, como me lo dijo la señora 
de la casa, ¡y yo soy tan galante con las 
damas! 

Pero usted sabía que no hay tales baúles. 
Y ahora todo va a descubrirse por culpa de 
usted. 

¡Sí, señor galantuomo, por culpa de usted 
todo va a descubrirse! 
Lo sentiría, porque aquí se está muy bien. 
Se está muy bien hasta que llegue el auto sin 
el equipaje...; pero en cuanto llegue el auto- 
movilito... (Suena la bocina de un auto. To- 
dos enmudecen de estupor y hay una larga 
pausa?) O sea desde este preciso momento va 



— 49 



a empezar a desarrollarse aquí una película 
de largo metraje. 

De largo metraje y de una emoción que ríanse 
ustedes de los cuatro jinetes del Apocalipsis. 
Pues yo, con tal de verme con un equipaje, y 
gratuito, ya podían echarme encima todos los 
caballos de un regimiento de coraceros. 
{Entrando.) Acaban de traer el equipaje del 
señor Monturot. 
(Asombrados.) ¿Eh? 

Entrarlo aquí. (Entran dos hombres con dos 
baúles.) 

Pero estos baúles... 

Son los que el chófer ha traído del hotel Ma- 
jestic para el señor Monturot. 
¡Esto es milagroso! 

Esperad ahí fuera. (Se van José y los mozos?) 
¡Esto es inconcebible! ¿De quién son estos 
baúles? 

(Tomándolos a peso?) De quien sean contie- 
nen ropa para más de dos meses, por lo que 
pesan. 

Contesta. ¿De quién es esto? 
Pero yo qué sé. 
Aquí hay una inicial... Una M. 
¿Una M.? 

¿Una M...? Monturot. 

Y aquí está la etiqueta de haber sido factura- 
do desde Clermont-Ferrand a París. 
De modo que Monturot... y Clermont-Fe- 
rrand... 

Estos son los baúles de Monturot, no cabe 
duda. 

Del auténtico Monturot, que al llegar a París 
ha ido al hotel Majestic. 
Pues entonces, todo arreglado. 
¿Usted cree? 



— 5o 



Tramb. 

Óscar. 
Tramb. 

Óscar. 

José. 

Óscar. 



José. 

Óscar. 
Luisa. 
Eug. 
Óscar. 



Luisa. 



Eug. 



¡Claro...! Si no había equipaje y le tene- 
mos ya... 

Es que ahora si lo ven estamos peor que antes. 
Nunca está usted contento. Es usted un pesi- 
mista. 

Hay que enviarlos otra vez al hotel... José... 
Señorito... {Entrando?) 

Que vuelvan a cargar en el auto estos baúles 
y que el chófer los lleve en seguida al Ma- 
jestic. 

El auto ha ido a la estación para recoger al 
señor Duval. 
¡Vete! (Vase José) 
¡Y yo sin poder irme! 

¡Debemos hacer que desaparezcan estos baúles! 
Vamos, Trambúz, entre los tres los tiraremos 
al río. {Cogen uno entre los tres con gran es- 
fuerzo?) 

Cuidado... Tu tía viene. {Entran Fernanda 
jy Marta. Osear y Trambúz sueltan brusca- 
mente el baúl, que cae sobre el pie de Eu- 
genio?) 
¡Ay! {Los tres se ponen delante de los baúles?) 



ESCENA VII 
Dichos, Fernanda y Marta 



Marta. Hemos oído la bocina del auto... 

Fern. Y qué, ¿han llegado los equipajes? 

Luisa. Sí, creo que sí. 

Marta. ¿Cómo creo...? ¿No son esos? 

Luisa. ¡Psth! A veces hay tantos baúles iguales... 

Tramb. ¿Y cómo lo sabemos? 

Eug. No se pueden abrir porque el señor Monturot 
no tiene la llave. 



— Si — 



¿Se las ha dejado usted en el hotel? 
No... Me parece que me las he dejado dentro... 
¿Cómo dentro? 

Papá quiere decir dentro de un armario en 
Clermont-Ferrand. (Trambúz se sirve una 
taza de café con lechea 
Pues con forzar las cerraduras... 
Se estropearían, y no habiendo necesidad. 
Lo digo por si quieren ustedes cambiar de 
ropa... 

¿Para qué? Están muy bien así. 
No quieren cambiarse de nada. 
¿Por qué no querrán abrir los baúles? Veamos. 
Señor Monturot... [Acercándose a él, y como 
distraídamente le da un golpe en el brazo, 
haciéndole, verter el contenido de la taza so- 
bre la americana.) 

¡Qué lástima! ¡Me ha manchado usted la ame- 
ricana! 

No ha sido mía la culpa. 
Quítesela pronto para que la limpien. Traiga 
usted... {Quitándosela a la fuerza.) Yo mis- 
ma le quitaré la mancha, y al sol se secará 
en seguida. {Trambúz se ha quedado en 
mangas de camisa.) 

Para qué va usted a molestarse, señora, ya lo 
hará la doncella. (A Eugenio.) Tiene usted 
una mujer que es una pólvora. 
Sí, señora; es una pólvora que nos va a hacer 
saltar a todos. {Fernanda frota la mancha 
con una servilleta empapada en agua de la 
botella que hay en la bandeja. Luego va a 
la balaustrada de la terraza, y, al hacer un 
movimiento para extender la americana, la 
deja caer al río.) 
¡Ay, Dios mío! 
¿Qué sucede? 



52 



Fern. Señor Monturot, que se me ha caído la ame- 
ricana al río. 

Óscar. ¡Que vayan a pescarla corriendo! 

Tramb. Lo siento, porque es un recuerdo de familia. 

Fern. Perdone usted, no sé en qué estaba pensando. 

Óscar. {A Eugenio.) ¡Y los diez mil francos que están 
en el bolsillol ¿Quéesperas para tirarte al agua? 

Eug. ¡Toma! ¡Saber nadar! 

Óscar. ¡Hay que recuperar esa prenda a todo trance! 
¡Corre! {Eugenio se va disparado por el foro) 

Marta. No te apures, al llegar a la presa se detendrá. 
{A Trambúz.) Felizmente tiene usted aquí los 
baúles. Voy a llamar para que los abran. {Se 
dirige al tubo acústico y sopla para llamar; 
contestan con el silbido correspondiente, y 
Marta dice en el tubo) Que suba José con una 
palanqueta. {Deja el tubo sobre la mesa) 

Fern. Ahora sí que no hay más remedio que abrirlos. 

Marta. Ua baúl será de usted y otro de su hija. ¿Cuál 
es el de usted, señor Monturot? 

Tramb. {Sin dudar y señalando al que habrán 
puesto en la izquierda de la escena) Este. No 
es cosa de andar con vacilaciones. 

José. ¿Llamaba la señora? {Entra con palanqueta y 
martillo) 

Marta. El señor ha olvidado las llaves, ¿puede usted 
abrir los baúles con la palanqueta? 

José. Sí, señora; es cuestión de un minuto. {Se pone 
a hacerlo) 

Óscar. Pero si no es preciso. ¿Por qué no puede se- 
guir en mangas de camisa, haciendo calor y 
estando como estamos en familia? 

Tramb. Osear tiene razón. 

Fern. Pero sería una falta de respeto a doña Marta. 
Siento que por una torpeza mía incurramos, 
al abrir el baúl, en las agravantes de premedi- 
tación, alevosía y fractura. 



53 — 



José. Pues ya está abierto. 

Tramb. Con tal de que haya dentro algo que, más o 
menos, me esté bien aproxidamente. [Abrien- 
do el baúl.) ¡Plancha! Un corsé... ropas de se- 
ñora... 

Fern. (Sacando vestidos de mujer.) ¿Son de usted, 
señor Monturot? 

Tramb. (Muy sereno.) ¡No, señora! ¡Yo no soy de este 
mundo! 

Luisa. Papá se ha equivocado; pero como de todas 
maneras había que abrir ambos mundos, no 
le quise decir nada. 

Tramb. Yo soy del otro mundo. 

Marta. José, ábrale usted. (José se dispone a abrirlo.) 

Fern. Julieta, ¡qué vestidos tan elegantes y de tan 
buen gusto! Estoy deseando vérselos puestos. 

Luisa. Si viera usted que de cuantos tengo no me 
gusta mas que este que llevo. Es el que me 
sienta mejor. 

Fern. Es usted muy modesta. 

Luisa. No me gusta presumir. 

José. Ya está abierto. 

Tramb. Aquí veo una americana. No sé si me estará 
bien, porque me la hizo un sastre muy origi- 
nal, que nunca tomaba medidas. Todo lo hacía 
a ojo. (Le entrega a doña Marta un estuche 
que saca del baúl.) 

Fern. ¿Y acertaba? 

Tramb. Ni por casualidad. 

Fern. ¿De qué es este estuche? (Cogiéndolo.) 

Tramb. De una pipa que estoy culotando. 

Marta. (Abriéndolo.) ¿Pero si es una flauta? 

Tramb. ¡Ya lo veo! No doy una. 

Marta. Supongo, señor Monturot, que nos concederá 
el honor de oírle tocar esa famosa canción de 
Mi hombre. 

Tramb. (Poniéndose la americana, que le estará an- 



— 54 



cha y larga?) Sí, sí, con mucho gusto. ¡Ya 
estoy a mis anchas! 

Fern. Y que lo puede usted decir muy alto. {Deja 
el estuche con la flauta sobre la mesa?) 

Marta. José, lleve esos baúles a los cuartos de los se- 
ñores. {José lleva un baúl a cada cuarto.) Le 
está un poco ancha de mangas la cazadora, 
amigo mío. 

Tramb. Señora, eso de tener la manga ancha es una 
cosa que no me ha preocupado nunca. 

Fern. Julieta, ¿quiere usted que le ayude a poner en 
orden sus trajes? 

Luisa. Hay tiempo... ¿Pero si usted quiere...? 

Fern. ¡Estoy rabiando por curiosearlo todo! ¿Nos 
acompaña usted, doña Marta? 

Marta. Antes tengo que dar algunas órdenes a los 
criados. Después vendré a buscarlas para que 
vayamos juntas a ver al señor cura. (Osear 
acompaña a su tía hasta la terraza) 

Fern. Hasta ahora, entonces. (Hacen mutis Luisa y 
Fernanda por la primera izquierda?) 

Tramb, (Sacando un fajo de billetes de Banco del 
bolsillo de su pantalón?) Gracias a que se me 
ocurrió cambiar de bolsillo estos diez mil 
francos, que si no lo hago me luzco. Voy a 
ver si encuentro alguna otra ganga en ese 
baúl llovido del cielo. 

Óscar. Supongo que no tocará usted... 

Tramb. ¿La flauta?... imposible... ni por casualidad. 

Óscar. Que no tocará usted nada de lo que hay den- 
tro de ese baúl. 

Tramb. Sin embargo, debiéramos enterarnos de su 
contenido para saber a quién pertenece. (Mu- 
tis por la derecha?) 



55 



MONT. 

Leoní. 
Mont. 
Leoní. 

Mont. 
Leoní. 



Jul. 



Mont. 



Jul. 



ESCENA VIII 
Monturot, Julieta, José; luego, Leoní. 

{Entrando con Julieta y José por la segun- 
da izquierda?) ¿De modo que estamos en el 
castillo de Brizón, en la residencia de doña 
Marta de Rolland? 

Sí, señor... ¿A quién tengo el honor de anun- 
ciar? 

No es preciso. Nos está esperando la señora. 
En ese caso... tengan la bondad de sentarse. 
(Vase segunda izquierda?) 
Papá, ¿pero tú estás seguro de que nos han in- 
vitado a venir? {Entra Leoní por segunda 
izquierda, con un maletín de mano?) Mi ma- 
letín. 

Vas a verlo. (A Leoní.) Oiga usted, don- 
cella. 

Señor. (Deteniéndose.) 
¿Dónde lleva usted ese maletín? 
Al cuarto de la señorita Julieta. Cuando su- 
bimos los baúles se nos quedó olvidado abajo. 
¿Lo ves?... Vaya, vaya usted. 
Y qué le importará a este señor que lleve el 
maletín donde quiera. (Vase primera iz- 
quierda.) 

Es muy curioso, papá. Nuestra prima Clemen- 
tina, a la que se le ha metido en la cabeza 
que me case con Osear, no nos ha dicho nada 
de venir aquí. 

¿Hay una manera más amable de hacérnoslo 
comprender que enviando a buscar nuestros 
baúles al Majestic? Entre gente bien, esto quie- 
re decir que ya nos esperaban. 
¿De modo que a ti te parece correcto que ven- 



- 56 - 

gamos a la casa del que aspira a ser mi es- 
poso? 

Mont. Claro, hija mía. No olvides que nosotros so- 
mos unos infelices provincianos que ignora- 
mos las costumbres del gran mundo. Cuando 
ellos lo han dispuesto así, es que así debe ser. 

Jul. En todo caso, si eL señor de Rolland no me 

gusta, esto no nos compromete a nada, ¿ver- 
dad, papá? 

Mont. A nada, hija mía. 



Óscar. 



Mont. 

Jul. 

Óscar. 

Mont. 

Óscar. 

Jul. 

Óscar. 

Mont. 

Óscar. 

Mont. 

Óscar. 

Mont. 



Óscar. 



ESCENA IX 
Dichos, Óscar; luego, Fernanda. 

{Por la derecha.) Trambúz está en este mo- 
mento dando vuelta al mundo. Es un fresco. 
{Viendo a Monturot y a Julieta?) Señorita..., 
caballero... ¿Esperan ustedes a alguien? 
Esperamos a doña Marta. 
Ya no debe tardar. 
¿Sabe que están ustedes aquí? 
Nos aguarda. 

Entonces, yo mismo voy a prevenirle su visita. 
¡Qué servicial es este muchacho! 
¿Y a quién tengo el honor de anunciar? 
Al señor Monturot. 
(Asombradísimo.) ¿Eh? 
De Clermont-Ferrand. 

¿Usted es Monturot? ¿El auténtico Monturot? 
¿Pero es que hay otro? ¡No me extrañaría, 
porque en el comercio se cometen tantas fal- 
sificaciones! 

No, no... Yo quería decir que usted es... {Di- 
simulando) ¿el señor Monturot, proveedor 
universal de mermeladas y de mistelas? 



— 57 — 



Mont. Sí, señor. Premiado en cuantas exposiciones 
he concurrido. Y esta señorita es mi hija. 

Óscar. {Sudando tinta?) Señorita... tanto gusto..., los 
Monturot aquí. Estoy encantado de haber sido 
el primero en conocerles. 

Jul. (A su />adre.) Pero qué amable es este caba- 

llero. 

Mont. ¡Mucho! Quiere usted tener la bondad de de- 
cir a la dueña de la casa... 

Óscar. ¿Pero ustedes no la han visto todavía? 

Mont. No, señor. 

Óscar. ¿Ni la conocen? 

Mont. Ni la conocemos. 

Jul. No tenemos ese honor. 

Óscar. Pues entonces es mejor que no la vean us- 
tedes. 

Mont. ¿Por qué? 

Óscar. ¡Porque hoy está preocupadísima! [Anoche le 
mordió un perro y tememos que estuviera ra- 
bioso! ¡Figúrese usted, está que muerde! Va 
mos, quiero decir que no tiene humor para 
nada. 

Mont. ¡Qué contrariedad! Tiene usted razón; no es el 
mejor momento. 

Jul. Y dígame usted, ya que es tan amable, ¿no po- 

dríamos ver a su sobrino Osear?, usted debe 
conocerle. 

Mont. Justo. Que sepa, al menos, que hemos venido. 

Óscar. Vaya si le conozco, señorita. 

Jul. ¿Es usted amigo suyo? 

Óscar. ¡Entrañable! Pero ahora estamos un poco ti- 
rantes. Es una lástima que ese muchacno sea 
tan... tan..., ¿cómo diré yo? 

Mont. ¿Poco juicioso, acaso? 

Óscar. ¡Si fuera eso solamente! 

Mont. Diga, diga usted, me interesa todo lo de ese 
joven. 



- 58 - 



Jul. Sí, sí, nos interesa mucho. 

Óscar. Entonces siento haber aventurado nada que 
pueda comprometerle. 

Mont. Al contrario... Dígame cosas de ese pollo. ¿Es 
mala persona? 

Óscar. Mala persona, precisamente, no; pero... {Indi- 
cando que bebe) 

Mont. ¿Es borracho? 

Óscar. Sí. Bebe para olvidar lo que pierde en el 
juego. 

Jul. ¿También jugador? 

Óscar. Sí, por aquello de que es muy afortunado en 
amores. 

Mont. Julieta, asómate a ver si llueve. {Julieta va a 
la terraza) No está bien que la niña oiga... 

Óscar. ¡Parece tan candorosa! 

Mont. ¿Es mujeriego Osear? 

Óscar. ¡Las faldas son su debilidad! 

Mont. ¡Y querían que mi hija se casara con ese hom- 
bre! Por fortuna, hemos llegado a tiempo. Aho- 
ra querría tener el gusto de saber con quién 
estoy hablando. 

Óscar. Usted desea... 

Mont. No lo extrañe. ¡Es tan raro encontrar por el 
mundo personas de tan recta conciencia! 

Óscar. Gracias, caballero... Pues está usted hablando 
con Eugenio Pistache, su humilde servidor. 

Mont. ¿Eugenio Pistache? Niña, apúntalo para en- 
viarle un cajón de... ¿Qué prefiere usted, mer- 
melada o mistela? Le mandaré uno de cada, 
para que se acuerde usted de mí. Y ahora, 
adiós. ¡Ah, se me olvidaba! ¿No han traído 
aquí mis baúles? 

Óscar. Sí, aquí están; yo me encargo de enviárselos 
a usted. 

Jul. Muy bien, papá; pero tú no te has dado cuen- 

ta de cómo nos vamos a ir ahora. 



59 — 



MONT. 
JüL. 

MONT. 

Óscar. 



Mont. 

Jul. 

Óscar. 



Mont. 
Óscar. 



Fern. 
Óscar. 



¿Qué dices? 

Que el auto del hotel, que nos ha traído, se ha 
vuelto a París. 

jPues éste sí que es un conflicto! 
¡Demonio! No hay que apurarse. Yo buscaré 
un coche para que les lleve a ustedes hasta la 
estación próxima. Mientras, pueden ustedes 
entretenerse visitando el castillo. 
Es usted nuestra providencia. 
¿Y tiene algo que ver este castillo? 
{Mucho! Hay una capilla gótica, una torre del 
Renacimiento, un salón Luis no só cuantos, y 
una cripta grecorromana muy húmeda, pero 
muy histórica, que está bajo el río... 
Me gustaría verlo todo. Así hacemos tiempo. 
Encantado de acompañarles. {Sale Fernanda 
primera izquierda, llevando en la mano el 
traje que llevaba Luisa.) 
¿Dónde vas? 

Estoy enseñando el castillo a estos ingleses, 
amigos de mi tía. Por aquí. (Como un cicero- 
ne.) Sobre esta mesa de pintado pino... (Vanst 
los tres por segunda izquierda^) 



ESCENA X 
Fernanda y Trambúz. 



Fern. [Sigo escamadísima! Por lo pronto, este traje 
desaparece. Quiero convencerme viendo a Ju- 
lieta vestida con uno de los otros. (Tira el ves- 
tido al río.) Aquí viene su padre. Si yo pudie- 
ra hacer hablar a este señor. (Acercándose a 
él.) Veamos. 

Tramb. ¡La de cosas que venían en el mundo! 

Fern. ¿Lo arregló usted ya? 



6o 



Tramb. Sí, señora; ya está todo listo. ¿Quiere usted 
creer que estoy sudando? Pero como no me 
gusta que nadie ande en lo mío... 

Fern. Una copita de vino no viene mal ahora. 
(Se dirige a la mesa donde están las bo- 
tellas^) 

Tramb. ¡Phs! Por no desairar... 

Fern. ¿Oporto o Málaga? ¿Cuál prefiere? 

Tramb. Ponga usted mitad y mitad. Me gusta esa 
alianza hispanolusitana. (Fernanda le pre- 
senta una copa, que Trambúz bebe.) ¡Puach! 
(Escupe lo que ha bebido.) ¿Pero a qué sabe 
esto? 

Fern. ¿No es Oporto? (Mirando la etiqueta de la 
botella.) ¡Pero si es su famosa mistelal 

Tramb. (Sorprendido.) Mi mistela. 

Fern. (Coge la botella.) Véalo. «Mistela Monturot». 
¿No conoce usted su mistela?" 

Tramb. ¡Ya lo creo que la conozco, por eso no la bebo, 
ni olería! Y guárdeme usted el secreto. 

Fern. Pero le produce a usted mucho dinero, ¿cuánto 
al año, aproximadamente? 

Tramb. ¡Oh! Es usted muy curiosa, ¡pero si supiera 
que yo mismo lo ignoro! ¡Palabra de honor! 

Fern. Lo digo porque quizá Osear lleve alguna mira 
interesada en ese matrimonio. 

Tramb. Me reservo mi opinión sobre los hombres. 

Fern. ¿Y si no estuviera su hija verdaderamente ena- 
morada? 

Tramb. También soy reservado de señoras. 

Fern. A este hombre no hay quien le arranque una 
palabra. Señor Monturot. ¡Creo que toca usted 
maravillosamente la flauta! Si usted quisiera 
regalarme el oído... (Le da la flauta.) 

Tramb. Señora, los artistas sin público no somos nada. 
Yo necesito un auditorio numeroso... treinta... 
cuarenta personas, de cuarenta para arriba. 



— 6i 



Fern. 



Esta noche, después de cenar, les tocaré a us- 
tedes lo que quieran. 
Este hombre es de cemento armado. 



ESCENA XI 
Dichos y Marta; luego, Luisa y Leoní. 



Marta. 

Fern. 

Marta. 

Fern. 

Leoní. 

Marta. 
Tramb. 



Marta. 



Tramb. 
Marta. 
Tramb. 



Marta. 

Leoní. 

Tramb. 



{Por la terraza?) ¿Están ustedes ya dispuestos 
para ir a casa del señor cura? 
Yo, sí. 
«¡Y Julieta? 

Debe estar acabándose de vestir. Voy a bus- 
carla. {En la puerta?) ¿Se puede? {Entra?) 
(Por segunda izquierda?) Un telegrama para 
la señora. {Se lo entrega?) 
Con su permiso. 

Está usted en su casa. {Mientras lee Marta 
el telegrama, Trambúz esconde la flauta 
bajo el cojín de la butaca?) Tú ya no me 
pones en más compromisos. 
Es un telegrama de mi procurador, anuncián- 
dome que no puede venir por hallarse enfermo 
y que en su nombre me envía a un compañe- 
ro suyo que se llama... {Leyendo?) Fongrevín. 
{Deja el telegrama sobre la mesa?) 
¿Fongrevín...? ¡Su marido aquí! 
¿Le conoce usted? 

Me suena. Sí, sí, es un procurador. De aquí 
vamos a salir en aeroplano o en camilla, en 
camilla es más seguro. 
Leoní, ve preparando la mesa. 
Bien, señora. {Vase segunda izquierda?) 
Va a ser una comida movidita, para la que no 
sé si habrá vajilla bastante... ¡Poique que se 



- 62 — 



Fern. 



Marta. 
Tramb. 

Luisa. 

Marta. 

Luisa. 

Marta. 

Luisa. 

Fern. 

Marta. 

Fern. 

Marta. 

Fern. 



Marta. 
Fern. 



Tramb. 



hacen juegos malabares con los platos... es 
arqueológico! 

(Sacando casi a la fuerza a Luisa.) Pero si 
está usted encantadora con ese vestido. (Lui- 
sa lleva un vestido elegante, pero muy corto.) 
¿Verdad que está elegantísima? 
Un poco exagerada la moda. 
Es que estos trajes se llevan con polainas en 
nuestro pueblo. 
Sí es un poco corto, ¿verdad? 
Sobre todo para ir a casa del señor cura. 
Pero si es que me he puesto el traje de jugar 
al tennis. 
Ya decía yo. 
¿Y Osear? 

Está enseñando el castillo a unos ingleses. 
¿A unos ingleses? 

Eso me ha dicho él. ¿No le encargó usted esa 
comisión? 

No sé nada. Alguna broma de ese diablo. ¿Va- 
mos, Julieta? 

Ustedes me dispensarán si no les acompaño. 
Necesito hablar un momento con mi esposo, 
que no sé dónde se ha metido. Veré si está 
por abajo. 

Como usted quiera. ¿Vamos, hija? 
( Yendo con Marta y Luisa, y mientras hacen 
mutis?) Recójase bien la falda, no se le vaya 
a llenar de polvo en el camino. (Se van las 
tres por la segunda izquierda.) 
Esta señora tira con bala, pero yo estoy blin- 
dado. (Se sienta, a comer unas galletas}) 



63 



Óscar. 



Tramb. 

Óscar. 
Tramb. 



Óscar. 
Tramb. 

Óscar. 



Tramb. 
Óscar. 



Tramb. 



ESCENA XII 
Trambúz y Óscar. 

(Por la izquierda de la terraza?) ¡Gracias a 
Dios! He metido a Monturot en la cripta y a 
su hija la he encerrado en la torre del home- 
naje. Pero, amigo Trambúz, siempre le sor- 
prendo a usted comiendo. 
Es una previsión; por si no podemos comer 
después. 

¿Es que ocurre algo? 

Todavía, no; pero está al caer. Va a venir 
Fongrevín. Se ha recibido este telegrama. (Se 
lo da) 

(Después de leerlo) ¿Y Luisa? 
Ha ido con su tía de usted a ver al señor 
cura. Acaban de salir. 

No hay tiempo que perder... Avise a Eugenio 
y dígale que espere en el garage y que no se 
mueva de allí hasta que yo le avise. 
Pero, ¿dónde está Eugenio? 
Yo qué sé. Búsquele y que me espere en el 
garage. Yo le llamaré por el tubo. (Haciendo 
mutis precipitadamente por la segunda iz- 
quierda) Sólo nos faltaba Fongrevín. 
(Sigue comiendo) No hay nada que avive el 
apetito como las emociones fuertes. 



Eug. 



ESCENA XIII 
Trambúz, Eugenio y Monturot. 

( Por la derecha de la terraza, sosteniendo a 
Monturot, que está cubierto de polvo) jPor 
finí Haga usted el favor de echar una mano. 



6 4 



MONT. 
EUG. 

MONT. 

Eug. 

MONT. 



EUG. 

Tramb. 



MONT. 

EüG. 

MONT. 

Tramb. 
Mont. 

EüG. 

Mont. 



(A Trambúz.) Porque este hombre se me de- 
rriba. ( Trambúz corre a sujetar a Monturot.) 
¡Caballero, agradecidísimo! La llegada de us- 
ted ha sido providencial. 
Bien puede usted decirlo. Si por casualidad 
no llego a oír sus gritos de socorro, no sale 
usted de la cripta hasta el día de su inhuma- 
ción definitiva. 

No quiero pensarlo, porque se me hiela la 
sangre. [Le sientan) 

¿Pero cómo estaba usted encerrado en ese 
sitio? 

No lo sé. Yo visitaba el castillo acompañado 
de un señor muy amable que se brindó a en- 
señármelo. Apenas habíamos recorrido unos 
metros, al entrar en la cripta se apagó la luz 
que llevábamos, sin duda por la corriente de 
aire, y me encontré en la obscuridad, pasé an- 
gustiosos momentos, busqué a tientas la en- 
trada inútilmente, di voces desesperado sin 
que nadie me respondiera; mi acompañante 
debió huir. Al rato tuvo usted la oportunidad 
de pasar por allí y oirme. jA usted le debo la 
vida! Aún me estremezco de terror. 
Serénese. 

Tranquilícese. Vaya, tome usted una copita 
de esto, que es admirable para levantar las 
fuerzas. [Le sirve una copita) 
Son ustedes muy buenos. (Bebe) 
¿Se encuentra usted mejor? 
Sí. Muchas gracias. ¿Pero ésta es la mistela 
que yo fabrico? 
¿Su mistela? 

Sí, señor. Yo soy fabricante de mermeladas y 
de mistelas, de esta mistela precisamente. 
¿Entonces, usted es...? 
Monturot, para servirles. 



65 



¿Monturot aquí? (Gritando.) ¡Osear... Osear...! 
(Se va corriendo despavorido por la te- 
rraza?) ' 
¿Este es Monturot? Entonces, ¿qué pinto yo 
aquí? Doble derecha. March. (Vase a galope 
por la terraza?) 

¿Qué le ha ocurrido a esta gente? ¿Me habré 
metido en un manicomio? 



ESCENA XIV 
Monturot y Fernanda. 

(Por segunda izquierda?) ¿Dónde estará Osear, 
que no le encuentro por parte alguna? 
Señora, usted dispense que me atreva a diri- 
girle la palabra, pero... 
¿Qué desea usted? 
Saber si es usted de la casa. 
Soy amiga de la dueña. 
Pues entonces le ruego tenga la bondad de de- 
cirle de mi parte que cuando se mandan a 
buscar los baúles de unos amigos y casi futu- 
ros parientes, invitándoles a su casa... 
Siga usted... 

No se les recibe como hemos sido recibidos 
nosotros. Sepa usted que me han encerrado 
en la cripta y que mi hija no sé dónde está. 
¿Qué dice usted? 

Y otra cosa incomprensible. Dos señores que 
estaban aquí hablando amablemente conmigo, 
en cuanto han sabido que yo era fabricante 
de mermeladas y de mistelas han salido de 
estampía. 

(Con ademán terrible y empujándole hacia 
el sillón?) ¿Cómo? ¿Pero usted...? 

5 



66 



Mont. ¿Esta también? {Haciendo señas de que está 
ida.) 

Fern. ¿Yo? {Le da tin empujón fuerte?) 

Mont. {Cayendo sobre la butaca donde Trambúz 
escondió la flauta?) ¿Qué veo...? ¡Mi flauta! 
{La coge.) 

Fern. ¿Esa flauta es suya? 

Mont. No me cabe duda. ¿Entonces, usted se llama? 

Mont. Monturot. 

Fern. ¡Ah, miserables! ¿Usted es Monturot? {Ru- 
giendo.) ¡Qué perfidia! 

Mont. Pero, qué efecto tan raro les produce a esta 
gente que yo me llame Monturot. 

Fern. ¡No me habían engañado mis presentimientos! 
¡Se ha burlado de mí! Por eso la falda era tan 
corta y la americana tan larga! 

Mont. Está de remate. ¡Pobre mujer! 

Fern. Y todo porque ese bandido, para calmar mis 
iras, ha inventado toda esta farsa del matri- 
monio. ¿Lo comprende usted? 

Mont. ¡Sí, señora, lo comprendo todo! ¡Cualquiera le 
lleva la contraria! 

Fern. ¡Ahora nos veremos las carasl ¡Ahí A mí no 
se me burla tan fácilmente. {Le arranca la 
flauta de la mano y golpea con ella sobre la 
mesa y sobre los dedos de Monturot?) ¡Esto 
lo arreglo a tiros! ¡Pim! ¡Pam! 

Mont. ¡Yo me voy! 

Fekn. ¿Irse...? ¡Ca! ¡Lo que hace usted es entrar en 
ese cuarto inmediatamente o le estrangulo! 

Mont. ¡Dios mió, prefiero la cripta! 

Fern. ¡Adentro he dicho! {Empujándole?) Y llévese 
la flauta para entretenerse. {Se la da y le en- 
cierra en el cuarto de Trambúz?) Y ahora me 
voy en busca de Osear. ¡Se acordará de mí! 
(Iracunda, furiosa, indignadísima, se va por 
la terraza?) 



6 7 - 



ESCENA XV 
Fongrevín y José. 

(Por la segunda izquierda con el criado?) 
Anuncie usted a doña Marta de Brizón que 
_ está aquí el señor Fongrevín, que viene en 
nombre de su compañero el señor Duval. 
La señora ha salido, pero no tardará en 
volver. 

Sí, señor, claro, he venido en un taxi desde 
París para llegar antes. 

Pero si la señora mandó su auto a la estación 
para recogerle. {Fongrevín se pone el audí- 
fono.) 

Hable usted con la trompetilla, que soy ligera- 
mente sordo. 

El señor... {Habla en el audífono) tendrá que 
esperar a que vuelva la señora. Ya no debe 
tardar. 

Bueno, esperaré. ¿Puedo mandar un telegrama? 
(Saca un bloc y una estilográfica?) 
Si señor. 

(Sentándose a escribir?) Muchas gracias. Mi 
pobrecita mujer debe estar inquietísima! No he 
podido salir del cuarto de baño hasta las siete 
de la mañana que me abrió el criado de don 
Osear, y a esa hora no me he atrevido a pre- 
sentarme en casa, porque, ¿cómo convencía yo 
a mi mujer de que me había pasado toda la 
noche en casa de un cliente? (Dando a José 
el telegrama?) Que hagan el favor de enviarlo 
enseguida. (Mientras se busca el dinero.) Con 
este telegrama mi pobre Luisa se tranquiliza- 
rá y comprenderá que por requerirlo así [Dan- 
do una moneda a José.) funciones de mi 



— 68 — 

cargo, estoy en este pueblo. Pagúelo y guárde- 
se el resto. 

José. Muchas gracias. 

Fong. ¡Dios mío, que noche...! Estoy fatigadísimo. 
(Sentándose cómodamente^) 

José. {En el audífono^) ¿Quiere algo más el señor? 

Fong. Nada. (Se va José.) Me caigo de sueño, y 
mientras viene doña Marta, voy a dar una ca- 
bezadita. (Se arrellana en la butaca para 
dormitar. La trompetilla le ha quedado pen- 
diente de la oreja y con la bocina sobre la 
mesa.) 



ESCENA XVI 
Fongrjívín, Óscar, Fernanda, Luisa y Marta. 

Fer. Vengan ustedes conmigo. (Como Fongrevín 
está en el sillón del respaldo alto, resulta in- 
visible para los personajes que salen a es- 
cena.) 

Marta. Pero no nos haga usted correr de ese modo. 

Fer. Es que quiero presentarles a un señor que está 

deseando conocerles. 

Luisa. ¿Quién es ese curioso? 

Fer. El señor Monturot, de Clermond-Ferrand. 

Marta. ¿Qué quiere usted decir? 

Fer. Quiero decir, señora, que se han burlado de 

usted, de nosotras, presentándole a un falso 
señor Monturot y a una supuesta prometida 
de su sobrino. 

Marta. ¿Pero es posible tal engaño? 

Fek. Como usted lo oye. Su sobrino de usted es un 

infame. 

Marta. ¡Ay, Dios mío, yo me pongo mala! ¡Un infa- 
me!... ¿Dónde está? ¿Dónde está? (Hace mutis 



69 



por segunda izquierda?) {Suena la bocina de 
un auto) 

{Por la terraza) ¡Al fin está aquí Luisa! 
¡El auto!... ¡HuyamosI 

¡Imposible! ¡El auto fué a la estación en busca 
de Fongrevín! 
¿De mi marido? 

¿Fongrevín es su marido de usted? Pues llega 
en magnífica ocasión. ¡Voy a contárselo todo! 
(Vase disparada por la terraza) 
¡Estoy perdida! 

¡No! Porque está Eugenio en el garage. (Gri- 
tando en el audífono de Fongrevín, que toma 
por el tubo acústico) ¡Eugenio!... ¡Eugenio!... 
Ahí va Fernanda dispuesta a poner en ante- 
cedentes de todo a Fongrevín. ¡Es preciso que 
éste ignore cuanto ocurre entre su mujer y yo! 
{Dando un salto en la butaca) ¡Ah, canalla! 
{Luisa da un grito y se va por la segunda 
izquierda) ¡Fongrevín! ¡¡Y se lo he contado yo 
mismo!! 

(Dándole una bofetada.) ¡Voy a matarle a 
usted! 



TELÓN 



ACTO TERCERO 



La misma decoración del primer acto. 



ESCENA PRIMERA 
Óscar y Francisco; luego, Eugenio. 

Franc. (En el teléfono?) Sí, Julia, yo también estoy 
libre. (Entra Osear por el foro, en un estado 
de ánimo lamentable, y escucha sin que le 
vea Francisco?) El señorito no ha vuelto to- 
davía, ni sé cuándo vendrá... Iremos esta no- 
che al teatro. 

Óscar. Francisco... 

Franc. (Aturdido?) Señor... Perdone el señorito si me 
he permitido usar el teléfono para hablar con 
un amigo de la infancia. 

Óscar. Prepárame una taza de manzanilla y no me 
des explicaciones. (Suena el timbre?) 

Franc. Antetodo, felicito al señor por el buen éxito de 
su matrimonio. 

Óscar. Ve a abrir, gaznápiro. 

Franc. Decididamente no le i. a sentado bien el cam- 
po al señorito. (Vase.) 

Óscar. (Mirando el reloj?) ¡Las cuatro y media! Vein- 
ticuatro horas han sido suficientes para tras- 
tornar toda mi vida. Y luego ese Pistache... 

Eug. Aquí estoy. (Por el foro?) 

Óscar. ¿Has pagado el auto? 

Eug. Lo he pagado. Cinco luises. 

Óscar. ¿Cinco luises desde Brizón aquí? 

Eug. Recuerda que antes hizo un viaje desde París 
a Brizón. 

Óscar. ¡Muy bonito! ¡Y encima tener que pagarle el 



7i 



auto a Fongrevín! ¡Hasta dónde nos ha lleva- 
do tu fatal intervención! 

Eug. ¿Insistes en que tengo yo la culpa? 

Óscar. ¿Quieres saber lo que me cuesta esta fracasa- 
da aventura de mi matrimonio? Es un precio- 
so balance: Mi tia me deshereda, Fongrevín 
quiere matarme y Monturot se ha convertido 
en mi sombra. 

Eug. ¡Pobre Osear! Sí, sí, tu situación es terrible; 

pero no tienes en cuenta que aquí estoy yo, 
tu amigo del alma, para solucionarlo todo. 

Óscar. Es verdad, se me olvidaba la mayor catástro- 
fe: que eres tú. 

Eug. Y ahora te diré que, lejos de preocuparte, de- 

berías estar contento por haberte librado de 
Fernanda. 

Óscar. ¿Tú lo crees? 

Eug. Naturalmente. Satisfecha su venganza ya no 
tiene por qué molestarnos. 

Óscar. ¡Si eso fuera verdad! 

Franc. (Anunciando.) La señorita Fernanda. 

Óscar. Conque libres, ¿eh? 

Eug. No te alarmes que aquí estoy yo. 



ESCENA II 
Dichos y Fernanda. 



Fern. Seguramente no me esperaban ustedes. 

Eug. Oye, ¿que no la esperábamos? ¡Si ya la echá- 

bamos de menos! 

Óscar. ¿Pero cómo tienes valor de presentarte aquí? 

Fern. Por lo visto se te ha olvidado lo que te dije 
ayer a las cuatro y cuarto de la tarde. 

Óscar. ¿Qué me dijiste? 

Fern. Que si me engañabas, tú y tu amigóte Eugenio 



— 72 — 



os acordaríais de mí. Y traigo este pequeño 
recordatorio. (Enseñando la pistola.) 

Eug. Con vuestro permiso me voy, tengo que poner 
un telegrama urgente. (Intenta irse.) 

Fern. {Deteniéndole}) Ese telegrama va usted a te- 
ner que dirigírselo a San Pedro, avisándole su 
llegada a la eternidad. Ha llegado el momento 
de cumplir mi promesa. 

Óscar. Bien. Empieza por Eugenio. 

Eug. ¡Caray! Ciertas preferencias me molestan. 

Fern. Pero en el ascensor he recordado que hemos 
sido tan felices con nuestro cariño. 

Euc. ¡Fernanda, eso no debe olvidarse nunca! 

Fern. Y me he dado cuenta de que te quiero to- 
davía. 

Óscar. ¡Fernanda...! 

Eug. Y bien lo merece, porque Osear es un buen 
muchacho. 

Fern. Estoy dispuesta a perdonarte. 

Eug. ¡Sublime! ¡Qué rasgo! 

Óscar. ¡Así te quiero yo, amor mío! Eres una mujer 
admirable. ¿Para qué habíamos de separarnos 
con odio? 

Fern. ¿Separarnos? No, nada de separarnos. 

Óscar. ¿Quién te comprende? 

Euc. ¡Nos está usted haciendo andar de puntillas 

sobre un alambre! 

Fern. Yo me allanaba a no estorbar tu matrimonio 
con la señorita de Monturot, pero como ya no 
te casas, volvemos a ser lo que antes éramos. 

Óscar. Eso de ningún modo. 

Fern. Es inútil que te rebeles, porque ya conoces mi 
carácter, y soy capaz de todo. 

Eug. Lo dice por decir. ¿Este separarse de usted? 
¡Bah! 

Óscar. Nunca tuv« esa intención, bien lo sabes. Mi 
actitud obedece a otros motivos. Conoces mi 



— 73 — 



Fern. 

Eug. 

Fern. 



Eug. 

Fern. 

Eug. 

Óscar. 

Fern. 

Eug. 

Fern. 



Eug. 

Fern. 

Óscar. 

Eug. 

Fern. 

Eug. 

Fern. 

Óscar. 

Eug. 

Óscar. 

Eug. 
Óscar. 



difícil situación económica, agravada por los 
sucesos de ayer, y en estas condiciones, sin el 
auxilio de mi tía, ¿qué puedo ofrecerte? 
He previsto el caso y he pensado en todo. 
¡Qué mujer! ¡Ha pensado en todo! 
Me han ofrecido un contrato espléndido para 
América, lo aceptaré, y mi arte ecuestre nos 
dará para atender a las necesidades de los dos. 
De los tres, querrá usted decir. 
¿También usted? 

Yo no, hablo en nombre del caballo. 
¡De ningún modo, yo no puedo aceptar eso! 
Tú te callas y obedeces. 
Cállate, hombre. 

Es que tú también trabajarás. Mientras yo 
hago en la pista mi número a la alta escuela, 
tú, muy elegante, muy guapo, con tu frac azul 
y tu pantalón galoneado de oro, restallarás la 
fusta para animar el trabajo de mi yegua Ca- 
rolina. 

Pues chico, vas a estar precioso. 
¿Aceptas? 

¡Me propones una cosa absurda! 
Dile que sí a todo. Tiempo hay para lo demás. 
Te doy cinco minutos para pensarlo. 
La contestación será afirmativa. 
Asilo espero. Cinco minutos, ¿eh? (Vase foro.) 
¡Nos hemos lucido! Y tú diciendo que sí a 
todo. 

No había otro remedio para suavizar la si- 
tuación. 

Y a ti hasta te hacía gracia viéndome ya en la 
pista vestido de guacamayo y dando fustazos 
al aire. 

Como que a mí todo lo del circo me divierte 
mucho. 
Pero señor, ¿es que no hay un medio radical, 



— 74 



definitivo, para librarse de una mujer que ya 
nos molesta? 

Eug. ¿Cómo que no? Hay uno. 

Óscar. ¿Cuál? ¡Te tengo pánico! 

Eug. Cásate con ella, y en cuanto sea tu mujer, te 
divorcias, de este modo ya estás libre de Fer- 
nanda para in etermwi. 

Óscar. Ese es un recurso muy peligroso. 

Eug. Pues entonces acepta lo que ella te propone. 

Óscar. Ni en broma. 

Eug. Mira, en esto como en todo, la cuestión es ga- 
nar tiempo; di que sí, y mientras, ya inventa- 
taremos algo. Confía en mi imaginación. 

Óscar. Piensa en todo menos en que yo salga a la 
pista. 

Eug. Por lo pronto hay que evitar su furia, llévala 
la corriente y, luego, ya veremos. 

Fern. (Saliendo?) ¿Te decides? 

Eug. ¿Cómo? Acepta con entusiasmo, a condición 
de que el frac no sea azul. 

Fern. Estaba segura. ¡Qué felices vamos a ser! ¡Ya 
no nos separaremos más! [Siempre juntos! 

Eug. ¡En pleno idilio! ¡Me dais envidia! 

Fern. ¡Ni de día, ni de noche! 

Óscar. ¿Qué? ¡Eso no puede ser? Yo no debo rivir en 
tu casa. 

Fern. ¡ídolo mío! Lo comprendo. ¡Eres muy delica- 
do! Pues bien, yo me instalaré en la tuya. 

Óscar. ¿Aquí? 

Fern. ¡Y en seguidita! Voy a casa a recoger unas 
cuantas cosas, lo preciso, y estoy de vuelta a 
escape. 

Óscar. Pero... 

Fern. ¡Nada, mi decisión es irrevocable! Pistache, 
¿tiene usted la bondad de acompañarme? 

Eug. ¡Cómo no! Encantado, Fernanda. 

Óscar. Pero, mujer, así tan rápidamente... No será 



75 



mejor esperar a mañana, a la semana próxi- 
ma, al mes que viene... 

Fíírn. No, no, ya estoy impaciente por verme a tu 
lado; si no me hubiese separado nunca de ti, 
no habría ocurrido lo que ha ocurrido. Pero 
ya_ no volverá a suceder, te lo aseguro. Vamos, 
Pistache. Hasta ahora, Oscarito... Un beso 
apasionado (Tirándole uno con los dedos.) y 
para siempre. 

Eug. ¡Para siempre! Qué suerte tienes, Osear. (Se 
van los dos por el foro.) 

Óscar. Decididamente, Barba Azul era un hombre de 
buenas costumbres. 



ESCENA III 
Óscar y Francisco 



Óscar. 



Franc. 
Óscar. 
Franc. 
Óscar. 
Franc. 

Óscar. 
Franc. 

Óscar. 



(Al ver a Francisco, que entra por el foro con 

una estatua y se dirige al cuarto de baño?) 

¿Qué llevas ahí? 

Una de las estatuas del recibimiento. 

¿Dónde vas con ella? 

Al cuarto de baño. 

¿Para qué? 

No lo sé. La señorita Fernanda es la que me 

ha dado esa orden. 

¿Pero con qué objeto? 

Para poner en lugar de la estatua la cabeza 

de un caballo que va a traer ahora. 

¡Está loca! Vuelve a poner eso donde estaba. 

(V ase el criado.) Estaría bonito. Hoy es la 

cabeza y mañana sería el caballo entero... y al 

otro... Vaya una vida que me esperaba. Es 

preciso tomar una determinación radical, ¡qué 

digo radical, bolcheviquel 



- 7 6- 



Franc. 
Óscar. 
Franc. 
Óscar. 
Franc. 



Óscar. 



Señor... (Desde la puerta del foro) 

Qué quieres. 

La ex señora de Fongrevín desea ver al señor. 

¿Quién has dicho? 

La ex señora de Fongrevín, me ha encargado 

que recalcara lo de ex señora. ¿Le digo que 

pase? 

Naturalmente. (Vase el criado.) ¿Qué nuevo 

conflicto vendrá a plantearme ahora Luisa? 



ESCENA IV 
Óscar y Luisa 



Óscar. 
Luisa. 

Óscar. 
Luisa. 



Óscar. 
Luisa. 

Óscar. 
Luisa. 



Óscar. 
Luisa. 
Óscar. 
Luisa. 



¿A qué vienes? 

A contarte la escena que he tenido con mi 
marido. 

Puedes ahorrarte esa molestia. 
Pero no debes ignorar las consecuencias que 
ha tenido. No me fué posible convencerle de 
mi forzada intervención en todo cuanto ha pa- 
sado, y sin miramiento alguno me ha cerrado 
la puerta... y aquí me tienes. 
¡Luisa, eso es indigno! 

Esperaba de ti esa noble actitud. Indigno, ya 
lo creo. (Se quita el sombrero) 
¡Ah, si yo hubiera estado presente!... 
Lo sé. Dejándote arrebatar por tus nobles in- 
pulsos, le hubieras provocado a un duelo. 
Comprenderás que después de lo sucedido yo 
no puedo volver a mi casa. Hoy mismo solici- 
taré el divorcio. 
Luisa, reflexiona un momento. 
¡Ha sido nuestra salvación! 
(Asombrado.) ¿Cómo? 
¡Sencillísimo! ¿Tú no pensabas casarte conmi- 



77 



Óscar. 
Luisa. 

Óscar. 

Luisa. 

Óscar. 

Luisa. 



Óscar. 
Luisa. 



Óscar. 
Luisa. 

Óscar. 



go en cuanto me divorciara? ¡Pues ha llegado 
tan feliz momento...! ¿O es que ya no piensas 
lo mismo? 

Sé lo que tengo que hacer. 
Osear, ¡al fin vamos a ser dichosos! Ahora, 
por lo pronto, me vendré a tu casa. 
Mujer, ¿aquí? 

¿Dónde mejor? ¿No soy ya libre de mis actos? 
Sin embargo, sería una imprudencia. Lo con- 
veniente es que te hospedes en un hotel. 
Yo no me marcho de aquí. No me importa 
nada, ni temo a nada. Estoy decidido a no 
moverme de este sitio. 

¡Y la otra que no debe tardar! Te digo que eso 
no es correcto... La gente hablará... 
Bien; pues márchate tú al hotel, duermes allí 
y el día puedes pasarlo conmigo, aquí, en tu 
casa. |Ah! Te conozco, y ahora que eres mío, 
no quiero perderte. No vaya a repetirse la his- 
toria del cine y hagamos otra película como 
aquélla. 
Pero, Luisa... 

|No admito discusiones! [Voy a ver mi nido! 
¡Hasta ahora, Osear mío! \Vase izquierda?) 
¡Mío! ¡Si lo oyera la otra! ¡Se masca la tra- 
gedia! 



ESCENA V 
Óscar, Trambúz y Francisco 



Franc. El señor Trambúz. ( Vase Francisco?) 

Tramb. Mi querido amigo Osear. 

Óscar. Guarde usted las distancias... A nosotros nada 

nos liga ya. 
Tramb. Eso cree usted. Pero en cuanto me escuche 

cambiará de opinión, 



- 78 - 



Óscar. ¿A qué viene usted a mi casa? ¿A devolverme 
los diez mil francos? ¿Dónde los tiene usted? 

Tramb. Calma, amigo Osear. En lugar de malversar- 
los o dilapidarlos en crapulosas y báquicas 
orgías, los he reservado para que emprenda- 
mos juntos lícitas y productivas especulacio- 
nes. 

Óscar. ¿Usted mi socio? 

Tramb. Oiga. Se trata de emitir— un gran negocio — ac- 
ciones para formar la S. A. D. P. C. E. L.T. D. M. 

Óscar. ¿Qué jeroglífico es ése? 

Tramb. Quiere decir sencillamente, sociedad anónima 
de proyecciones cinematográficas en los túne- 
les del Metropolitano. 

Óscar. No estoy para bromas. 

Tramb. ¿Qué? ¿Acaso no marchan bien los asuntos de 
Brizón? Porque yo en cuanto supe que estaba 
allí el auténtico Monturot, salí de estampía y 
he venido andando. ¡Ochenta kilómetros! No 
se puede hacer una carrera en menos tiempo 
y con más aprovechamiento. 

Óscar. Le advierto a usted que Monturot ha jurado 
meter en la cárcel al que ha desvalijado sus 
baúles. 

Tramb. ¡Caray! Eso es grave, y usted es mi cómplice. 
Para que todo no sean contrariedades voy a 
devolverle a usted un retrato que me encontré 
en el bolso con las cartas de esa señora. (Sa- 
cando el retrato y mirándolo.) [Está usted 
donjuanesco! 

Óscar. Bueno, este hombre está siempre a bajo 
cero. 

Franc. El señor Monturot desea saber si el señor 
puede recibirle. 

Óscar. Que pase. 

Tramb. Don Osear, ya comprenderá usted que lo más 
discreto es que me retire, porque si se pone 



— 79 — 

tonto, en casa ajena no me gusta provocar a 
nadie. 

Óscar. Sí. Espere ahí dentro, porque tenemos que 
arreglar lo del dinerito ese. 

Tramb. Le advierto que lo que le propongo es robar 
el dinero. 

Óscar. Ya lo sé. Entre, entre usted ahí. (Señala el 
cuarto de baño.) 

Tramb. ¿Es el comedor? 

Óscar. Es la fresquera. (Entra Trambúz en el cuar- 
to de baño.) 



Mont. 

Óscar. 
Mont. 



Óscar. 
Mont. 



Óscar. 
Mont. 



ESCENA VI 
Óscar y Monturot. 

(Muy digno y sin quitarse el sombrero?) Ca- 
ballero... 
Caballero... 

Dos palabras solamente... Su tía de usted, la 
amabilísima señora que ha tenido la bondad 
de traernos en su auto al hotel Majestic, está 
enterada de la visita que le hago a usted y le 
parece bien. 

Puede usted seguir cubierto, se lo suplico. 
Muchas gracias. Usted, señor mío, nos ha 
puesto en ridículo. Por usted y sólo por culpa 
de usted, mi hija y yo somos a estas horas 
objeto de las burlas de todo el mundo. 
Caballero, yo siento mucho... 
He recibido en el Majestic un montón de car- 
tas, de tarjetas y telegramas de felicitación 
por el futuro enlace de mi hija con usted. Ya 
comprenderá que yo no puedo consentir que 
el buen nombre de mi hija se vea comprome- 
tido, y exijo de usted una reparación. 



— 8o 



Óscar. 
Mont. 



Óscar. 
Mont. 
Óscar. 

Mont. 



Óscar. 
Mont. 



Óscar. 



Estoy a sus órdenes..., pero no se descubra. 
Ya lo hago. Pues bien, ya que está usted tan 
bien dispuesto, es absolutamente indispensa- 
ble que se celebre esa boda. 
Esa proposición me honra mucho. 
Lo creo. 

¿Pero está usted seguro de la conformidad de 
su hija? 

A usted le corresponde convencerla. Lo pri- 
mero que tiene que hacerle comprender es que 
usted no es Eugenio Pistache, como usted 
mismo nos contó humorísticamente esta ma- 
ñana. Esto es todo lo que tenía que prevenir- 
le, caballero. Ahora voy en busca de su tía y 
de mi hija. (Va hacia ¿a puerta.) 
A sus órdenes. 

Y conste que aunque usted llegue a ser mi 
yerno, nunca me descubriré delante de usted. 
(Mutis.) 
Beso a usted la mano. 



ESCENA VII 
Óscar y Luisa. 



Óscar. ¡Todas quieren casarse conmigol Realmente 
esto debiera satisfacerme, pero como no me 
puedo casar con las tres, tendré que dar par- 
ticipaciones. 

Luisa. {Saliendo por la izquierda.) Ya está todo 
arreglado. El papel del comedor es de un gusto 
horrible, hay que cambiarlo. 

Óscar. Escucha, Luisa, he reflexionado y es mejor que 
no te instales aquí hasta que pasen unos 
días. 

Luisa. ¿Por qué? 



— 81 



Óscar. 



Luisa. 
Óscar. 



Luisa. 



Fern. 



Luisa. 



Porque tienes razón. Hay que cambiar una 
porción de cosas, empapelar de nuevo para 
que esté todo a tu gusto. 
Lo que quieres es alejarme, ¿verdad? 
¿Yo? ¡Por Dios, Luisa! Qué mal pensadas sois 
las mujeres. Alejarte yo, cuando no quiero que 
te moleste ni el color del papel de las pa- 
redes. (Suena el timbre muy fuerte) ¡Ahí está 
la otra! Dispénsame un minuto. Vuelvo en 
seguida. {Va hacia la izquierda) Tengo que 
dar una orden urgentísima. Yo me escapo por 
la escalera interior y sea lo que Dios quiera. 
(Vase.) 

Pero, oye; escucha. ¡Qué prisa le ha en- 
trado. 

(Dentro.) Ahora vendrá el señorito Eugenio 
con unos paquctitos. 
¿Qué oigo? Si esa es la voz de Feínanda. 



ESCENA VIII 
Fernanda y Luisa; luego, Francisco. 



Fern. (Completamente abrumada bajo el peso y 
volumen de los más heterogéneos objetos, 
sombrereras, libros, una jaula con cana- 
rios, sombrillas , batas y unas tenacillas 
para rizar el pelo) Aquí vengo con lo más 
indispensable. Caramba, ¿la señora procurado- 
ra, aquí? 

Luisa. ¿A qué feliz casualidad se debe el encon- 
trarnos? 

Fern. Nada de casualidad. He venido a traer lo más 
preciso. 

Luisa. ¿Acaso piensa instalarse aquí? 



— 82 — 

Fern. ¡Qué pregunta! No es que lo piense, es que ya 

es un hecho. 
Luisa. ¡Pero usted no debe ignorar que esta es la 

casa de mi prometido! 
Fern. ¿De su prometido? Déjeme que me ría. Estoy 

en el secreto. Aquí no estamos en Brizón. 
Luisa. Al contrario... Allí, que no lo era, pasaba por 

ser la prometida de Osear, y ahora, que no lo 

parezco, es cuando lo soy. 
Fern. Pero, ¿no es usted...? 
Luisa. Desde esta mañana, futura divorciada. 
Fern. ¡Era de esperar! 
Luisa. Al encontrarme sola he venido a pedir consejo 

a mi futuro esposo y me ha dicho: Esta es tu 

casa. 
Fern. Pues yo he venido a ofrecerle una colocación 

magnífica, en América, y mientras disponemos 

el viaje me ha repetido: Estás en tu casa. De 

modo que es para creerlo. 
Luisa. Y yo lo mismo. 
Fern. De donde resulta que el único que no está en 

su casa, es él. 
Luisa. ¡Bien merecido lo tiene...! Porque todo lo que 

ocurre es por su culpa. 
Fern. Naturalmente. Si no hubiera ido al cine exhi- 
biéndose con una señora ligera de cascos... 
Luisa. Permítame usted... 
Fern. Sin ánimo de ofenderla. 
Luisa. Y si él no hubiese tenido cierta aventura con 

una titiritera... 
Fern. Usted perdone... 
Luisa. Esto no la ofende. 

Fern. jY todo porque Osear se cree irresistible! 
Luisa. Por ser elegante. 
Fern. Y ligeramente agraciado. 
Luisa. Y tener los dientes bonitos. 
Fern. Los de delante, que los del fondo no valen nada. 



- 83 - 

Luisa. «jY qué me dice usted del pelo? 

Fern. Que ha perdido aquella ondulación que 
tenía. 

Luisa. ¿Quiere usted que le diga la verdad? 

Fern. Voy a decirla yo primero. 

Luisa. ¡Alto ahí! Aquí no hay primero ni último. 
Aquí sólo se trata de dos mujeres burladas 
por el mismo Don Juan, y llevadas por el ca- 
pricho de un hombre y la obcecación de nos- 
otras mismas a una situación difícil. 

Fern. Conforme. 

Luisa. Nosotras estamos muy bien educadas; yo, por 
lo menos. 

Fern. Puede usted hablar en prural. 

Luisa. Y claro es que no podemos pelearnos como 
dos vulgares verduleras. 

Fern. A mí me es lo mismo. 

Luisa. Pero a mí no, y sólo en último caso recurriré 
a que nos despeinemos mutua y violenta- 
mente. Lo más airoso para las dos es poder 
salvar el ridículo que nos amenaza, si nos 
obstinamos en perseguir su cariño, un cariño 
que ya voló. 

Fern. ¡A mí ya me es tan indiferente...! 

Luisa. Pues, ¿y a mí? Este ejemplo me bastará para 
toda mi vida. Yo le dejo a usted el campo 
libre. Voy a reconciliarme con mi esposo. (Se 
pone el somb?'ero.) 

Fern. Pues yo, sin dar dos bofetadas a Osear, no 
me voy de aquí. 

Luisa. Eso sí que lo veré con gusto. 

Fern. Esto le enseñará a no jugar con dos barajas. 
¡Cómo engaña el amor! 

Luisa. Hasta que llega un momento en que las cosas 
se ven con toda claridad. 

Fern. Por algo pintan al Amor ciego. Cuando el 
Amor principia a ver, comienza a morir. ¿Y 



- 84 - 



dónde está nuestro galán? (Llama en el tim- 
bren) 

Luisa. No lo sé. Apenas llamó usted, se evaporó. 

Fern. Vamos a saberlo. 

Franc. {Entrando?) ¿Llaman las señoras? 

Fern. ¿Dónde está el señorito? 

Franc. El señorito me encargó que le dijera a uste- 
des que se marchaba en el rápido a Londres. 
(Vase.) 

Fern. ¿Que se ha marchado? ¡Ah, canalla! 

Luisa. Hay que guardarse los bofetones en el bolsillo. 

Fern. No, señora; yo me voy a la estación y... 

Luisa. ¿Y se los da usted en el andén? 

Fern. O dentro de un vagón, donde le pesque. Us- 
ted me dispensará, me voy, no quiero perder 
ni un minuto, por si se va el tren. 

Luisa. La acompaño, no quiero perder ese espec- 
táculo. 

Fern. Y que va a ser de primera. 

Luisa. De primera. De sleeping, dirá usted. Vamos. 

Fern. Vamos. 

Luisa. Del brazo, como dos amigas entrañables. ¿Eh? 
(Se cogen del brazo) ¡Y pensar que hace 
unos minutos nos detestábamos! 

Fern. Por culpa de un imbécil! Es usted simpati- 
quísima. 

Luisa. ¡Y usted encantadora. Vamos a ser las mejo- 
res amigcs del mundo... (Se van por et foro, 
diciéndose frases muy cariñosas, que con- 
trastan con el tono airado con que comenzó 
la escena.) {Cuando ya se han ido las muje- 
res, Osear asoma la cabeza con aire tímido, 
y luego sale resueltamente por la izquierda) 



- 85 - 

ESCENA IX 
Osc\r, Trambúz, Francisco; luego, Julieta. 



Óscar. 



Tramb. 



Franc. 

Tramb. 

Jul. 

Tramb. 

Jul. 

Tramb. 

Jul. 

Tramb. 

Jul. 

Tramb. 

Jul. 



¡Adiós! Que os siente bien el paseíto... Y aho- 
ra, a preparar la maleta y a España. {Entra en 
su alcoba, primera derecha?) 
(Saliendo con precaución por la segunda 
derecha. Lleva la cabeza echa un figurín.) 
¡Nadie! Me parece que se ha olvidado de mí 
todo el mundo. Me he lavado, peinado y per- 
fumado, todos los refinamientos, y vamos a 
ver si con esta cabeza tan chic y el olorcito 
que exhalo, no me salen a millares los accio- 
nistas para mi magnífico negocio. (Entra 
Francisco por el foro, seguido de Julieta.) 
Tenga usted la bondad de sentarse, señorita; 
el señorito me dijo que no tardaría en volver. 
(Vase.) 
Señorita... 
Caballero... 

¿Puedo permitirme preguntar a quién está us- 
ted esperando? 

A don Osear de Rolland. Soy la señorita de 
Monturot. 

Tanto gusto. He tenido el honor de ser su 
padre, por una vez. 
¿Cómo? 

Sin que usted tuviera la menor noticia, natu- 
ralmente. 
No le comprendo. 

¡Lo creo! Y sería muy largo de explicar. Por 
ahorar soy el excelentísimo señor Trambúz, 
presidente de la S. A. D. P. C. D. L. T. D. M. 
Eso sí que está claro. No quiero parecer pro- 



86 



vinciana del todo. ¿Usted es amigo del señor 

Rolland? 
Tramb. Le he visto nacer. 
Jul. Y puede que sea usted también amigo de don 

Eugenio Pistache. 
Tramb. Estuve en su bautizo. Es un buen muchacho, 

pero vale poquita cosa. Siempre se crió muy 

enclenquillo. 
Jul. Es muy simpático. 

Tramb. Eso sí... algo había de tener. 
Jul. El fué quien nos recibió esta mañana en Bri- 

zón. ¿Viene con frecuencia a esta casa? 
Tramb. ¿Con frecuencia? Se pasa aquí la vida. 
Jul. Pues me hubiera agradado encontrarle. A mí 

me parece un caballero encantador. 
Tramb. Me choca que no haya venido ya. Ayer se 

pasó aquí toda la tarde con su esposa. 
Jul. ¿Su esposa? Pero, ¿es casado? 

Tramb. Sí, señora, y hasta creo recordar ue estuve en 

su boda. 
Jul. {Afligida?) ¡Eugenio es casado!... ¡Qué las- 

tima! 
Tramb. Decididamente, esta mujer está por Pistache. 

¿Por qué no me caerá a mí una brevita como 

ésta? Señorita, buenas tardes. 
Jul. Adiós caballero. 

Tramb. Si me cayera... (Da un tropezón.) Ojo con 

caerte Trambúz. {Mutis por el foro .) 
Jul. {Muy triste?) ¡De qué me sirve tener una dote 

de diez millones si el hombre que me gusta es 

casado! {Se va hacia el foro?) 



- 8; - 



ESCENA X 
Julieta y Óscar. 

Óscar. (Sale corriendo con una maleta.) Y ahora, al 
tren. [Viendo a Julieta.) ¡Diantre! La señori- 
ta de Monturot. 

Jul. Cuanto me alegro de verle, señor Pistache. 

Óscar. ¿Usted aquí? 

Jul. He venido sin enterar a papá de esta visita. 

Es absolutamente preciso que yo hable con 
Osear. 

Óscar. ¿Tiene usted algo muy serio que decirle? 

Jul. Tan serio, que yo misma estoy asustada de 

este paso. Pero al verle a usted a mi lado me 
siento más... animada, más decidida. 

Óscar. Es curioso. Debo decirle a usted que es muy 
posible que Osear no venga hoy a casa. 

Jul. Me es igual. Ya no tengo necesidad de verle. 

Diré a usted de lo que se trata, y usted, que es 
su amigo más íntimo, se lo comunicará en mi 
nombre. 

Óscar. Palabra por palabra, se lo prometo a usted. 

Jul. Pues, óigame. Es que... por... el... de... yo... 

no... Es que no sé por dónde empezar. 

Óscar. Sin miedo, señorita. 

Jul. ¿Sin miedo? Pues es el caso que me parece 

que papá quiere casarme con Osear. 

Óscar. ¿Y usted? 

Jul. Y yo deseo que tenga usted la bondad de de- 

cir a su amigo que le suplico encarecidamen- 
te renuncie a ese proyecto, que rechace de 
plano la proposición de mi padre. Usted nos 
ha contado de Osear cosas tan... 

Óscar. Quizás haya ido demasiado lejos, señorita, 
exagerado acaso al hablar de Osear. Sí que 



JUL. 

Óscar. 



JüL. 

Óscar. 

Jul. 

Óscar. 

Jul. 

Óscar. 



Jul. 
Óscar. 



Jul. 



es un muchacho ligero de cabeza, como le dije, 
pero ya se ha corregido mucho. 
¿Desde esta mañana? 

Quiero decir que se corregirá, seguramente, si 
encuentra una mujercita que sepa entenderle, 
una mujer llena de ternura y de cariño, una 
mujer como usted, por ejemplo. 
Usted le defiende porque al fin es su amigo, 
pero yo no me casaré nunca con Osear. 
Y él se lamentará siempre de lo que ha per- 
dido. 

¿Cómo, si él no me conoce? 
Quiero decir que yo se lo haré saber y Osear 
comprenderá entonces cómo estuvo en cami- 
no de ser feliz y perdió la ventura que otro 
conseguirá. 

¡Eso, no! ¡Puede usted decir a Osear que no 
me casaré nunca! Después de este desenga- 
ño... Acabaré siendo monja. 
¿Usted monja? ¿A su edad y con esos ojos tan 
bonitos, que resplandecen en esa cara tan ri- 
sueña? No... ¡Eso es una locura! Vamos, díga- 
melo usted todo. Hablemos como si fuéramos 
antiguos amigos... ¿Quiere usted a otro hom- 
bre?... Se trata de un amor no adivinado? {Ju- 
lieta no responde.) ¿No es usted correspondi- 
da? {Julieta hace señas de que no.) ¿El no la 
quiere a usted apasionadamente? {Julieta si- 
gue diciendo no con la cabeza?) ¡Qué imbécil! 
¡Ay, Eugenio! 

{Exaltado.) ¿Quiere usted que yo le diga a 
ese badulaque que está al borde de la felici- 
dad y que debe disponerse a recorrer la di- 
vina senda deshojando con usted las rosas 
del amor? ¿Quiere usted que se lo diga? 
¡Las rosas del amor! ¡Qué lástima! ¡Si es ca- 
sado! 



- 8 9 - 

Óscar. {Glacial.) Perdone, entonces, señorita. Yo no 
podía suponer... ni cómo imaginarme... ¡Un 
hombre casado! (Trambúz, con Eugenio, oye 
estas últimas /ras es desde la puerta del foro.) 



ESCENA FINAL 

Dichos, Trambúz, Eugenio; luego, Monturot 
y Marta. 



Tramb. ¿Qué cuento es ése? Alégrese usted, señorita. 
No está casado, y aquí le traigo yo. 

Eug. (Amabilísimo.) Me dicen que deseaba usted 
verme. 

Jul. ¿Yo? ¿Quién es usted? 

Eug. Eugenio Pistache, soltero, para servirla. 

Óscar. ¡Ah! ¿Por lo visto el hombre casado era yo? 

Jul .{Señalando a Osear.) ¿Entonces, quién es 

este caballero? 

Tramb. Don Osear de Rolland. 

Óscar. Sí, Julieta, yo soy Osear, que será muy di- 
choso si usted le concede el honor de ser su 
esposa. 

Jul. A pesar de tantas cosas malas como usted 

mismo me ha contado de usted, acepto gus- 
tosa. 

Óscar. Se las contó a usted Eugenio Pistache. 

Eug. ¡Ya me ha metido en otro enredo! ¡Pero si yo 
no he hablado nunca con esta señorita! 

Mont. {Entrando con Marta.) Vamos a solucio- 
narlo todo, señora... ¿Tú aquí, Julieta? 

Óscar. Sí, señor... Y acaba de concederme su mano. 

Marta. Y nosotros que veníamos a saber la contesta- 
ción. 

Óscar. Como siempre, el Amor ha caminado delante 
de todos. 



— 90 — 

Marta. El castillo de Brizón será mi regalo de boda. 
Mont. ¡Pero tapiaremos la cripta! 
Tramb. ¿Y yo me quedo sin colocación? 
Óscar. Mi suegro se la dará a usted. 
Tramb. Es que yo necesito aire, luz, oxígeno... 
Mont. ¿Sí? Pues entonces tengo lo que a usted le 

conviene. 
Óscar. Queda usted nombrado guarda de las viñas 

de mi suegro. 
Tramb. ¿Viñas? Aire, luz, oxígeno y... vino? 
Óscar. ¿Qué? ¿No entra usted por uvas? 
Tramb. ¡Pero si es mi ideal! 



TELÓN 



Obras de Enrique F. Guíiérrez-Roig. 

La modelo, diálogo en escenas. 

Géneros del Reino, revista cómica en un acto. 

[Miedo...!, cuadro de costumbres catalanas. 

¡No lo verán tus ojos!, comedia en tres actos. 

La noche del baile, juguete cómico en un acto. 

Arsenio Lupin, comedia en tres actos (3. a edición). 

Nick Cárter, melodrama en seis actos. 

El señor Juez, vodevil en cuatro actos. 

La loca aventura, comedia en tres actos 

(3. a edición). 
Los trovadores, comedia lírica en tres actos. 
La bella Riseta, opereta en tres actos. 
El panal de miel, farsa cómicolírica en dos actos. 
La reconquista, vodevil en tres actos (2. a edición). 
Bridge, comedia en tres actos. 
El Diablo, comedía en tres actos. 
El segundo marido, vodevil en tres actos 

(2. a edición). 
El tiburón, farsa cómica en tres actos. 
El grano de arena, vodevil en tres actos. 
Las superhembras, comedia en tres actos 

(2. a edición). 
¡Tío de mi vida!, juguete cómico en tres actos. 
La melindrosa, saínete lírico en un acto. 
El país azul, fantasía cómica en un acto. 
El amigo de las mujeres, comedia en tres actos. 
Pasa el lobo, drama en tres actos. 
¡Que no lo sepa Fernanda!, vodevil en tres actos. 



La antigua Roma, sonetos (agotada). 
Cascabeles de oro, poesías (agotada). 



Obras de Luis de los Ríos. 



La invencible, pasillo cómicolírico en un acto. 

Un modelo, apropósito en un acto y en verso. 

La sultana de Marruecos, juguete en un acto. 

El espantapájaros, saínete lírico en un acto. 

Con las de Caín, zarzuela cómica en un acto. 

La romería del Halcón, presentimiento cómico- 
lírico en un acto (2. a edición). 

La japonesa, zarzuela cómica en un acto. 

El respetable público, revista en un acto. 

Yo puse una pica en Flandes, caricatura, en un 
acto y tres cuadros, del drama En Flandes se 
ha puesto el Sol (2. a edición). 

Mirando a la Alhambra, cuadro andaluz. 

La noche del baile, juguete cómico en un acto. 

Arsenio Lupin, comedia en tres actos (3. a edición). 

El panal de miel, farsa cómica en dos actos. 

Bridge, comedía en tres actos. 

El Diablo, comedia en tres actos. 

El segundo marido, vodevil en tres actos 
(2. a edición). 

Nancy, opereta en tres actos. 

Las superhembras, comedia en tres actos 
(2. a edición). 

La melindrosa, saínete lírico en un acto. 

El amigo de las mujeres, comedia en tres actos. 

Pasa el lobo, drama en tres actos. 

íQue no lo sepa Fernanda!, vodevil en tres actos. 



El cabo López, aventuras (3. a edición). 
Palotes, artículos y crónicas (agotada). 
La conquista del planeta, novela de viajes (ago- 
tada). 
Amor, celos y vitriolo, novela cómica (agotada).