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Full text of "Recuerdos del pasado (1814-1860)"

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University of Toronto 



http://www.archive.org/details/recuerdosdelpasaOOpere 



Recuerdo. — 1 



RECUERDOS DEL PASADO 



AUTORES CHILENOS 



EMPRESA EDITORA ZIG-ZAG. — SANTIAGO. 






VICENTE PÉREZ ROSALES 



RECUERDOS 
DEL PASADO 



(1814-1800) 




Z I G - Z A G 



VICENTE PÉREZ ROSALES 

Como el inmortal autor de la historia del hidalgo de la 
Mancha firmaba la dedicatoria de la postrera de sus novelas 
puesto j'a el pie en el estribo, el autor de Recuerdos del Pa- 
sado, que en aventuras raras y singulares no cedió la palma 
a aquel maravilloso historiador ni a su asendereado hidalgo; 
puesto taonbién el pie en el estribo firmó el prólogo de esta 
tercera y aumentada edición de sus Recuerdos, y como lega- 
do de confianza y de amistad, a que añadió un centenar de 
cartas y el manuscrito del Diccionario del Entrometido, púso- 
las bajo nuestro cuidado para la corrección de pruebas y con- 
siguiente presentación al público. 

No vamos, sin embargo, a escribir estas lineas para reco- 
mendar una obra de todos conocida por dos ediciones suce- 
sivas; y aunque tal hubiera sido el deseo de su autor, que en 
su modestia no le daba mayor importancia, más que a tribu- 
tarle elogios que ella no necesita, preferimos contraernos a 
completarla en parte, apuntando algunas fechas omitidas. 

Don Vicente Pérez Rosales nació en Santiago el 5 de abril 
d€ 1807. Salido de una familia opulenta, en una ciudad cu- 
yos tranquilos moradores no emigraban sino en los veranos 
a las chacras vecinas, que no recibía extranjeros y donde no 
había imprenta, si un astrólogo hubiera predicho su sino, se 
habría oído en medio del asombro general que aquel niño es- 
taba destinado a sufrir grandes contrastes de fortuna, des- 
de deportado por incorregible hasta agente oficial en Euro- 
pa, desde contrabandista hasta senador, que traería a los he- 
rejes de Alemania para establecerlos en Chile como en su 
propia tierra, y, por fin, que escribiría para la prensa. Un 
día que esto le decíamos, nos respondió: "Quien sabe si eso 
que se llama la suerte no es el desarrollo necesario de ciertos 
antecedentes que a veces no conocemos o no sabemos esti- 
mar en lo que valen; mi padre, que se llamaba don José Joa- 
quín Pérez, .murió muy joven y de tisis, según me han dicho, 
pero yo he heredado el vigor corporal de mi madre y de mis 
dos abuelos, que llegaron a mucha edad; mi abuelo paterno, 
don José Pérez García, era de España y ha dejado manuscri- 
ta una voluminosa historia de Chile; mi abuelo Rosales, que 



8 VICENTE PÉREZ ROSALES 

tampoco era chileno, leía mucho, y mi madre me enseñó a 
leer y las primeras nociones de inglés". Así el nieto criollo 
de dos peninsulares trataba de explicarnos, por una especie 
de teoría de Ja selección, las aventuras de su vida. 

La explicación, sin embargo, nos parece muy alta. Los 
accidentes del desarrollo de la vida, es decir, el contraste en- 
tre los hechos y el ideal a que se querría someterlos, lo ex- 
perimentan todos, unos midiendo el mundo a trancos, otros 
sin salir de su ciudad y sin apariencias de lucha; pero en el 
fondo de la vida de cada hombre el combate es el mismo, y 
má-s nos conmueven los sufrimientos de Rousseau en sus úl- 
timos años en que su negra melancolía le pintaba enemigos y 
complots en todas partes, que las aventuras a lo Gil Blas d© 
su juventud destituida y vagabunda. 

Don Juan Enrique Rosales había sido miembro de la jun- 
ta gubernativa instalada con leal intención por el vecinda- 
rio de Santiago el 18 de septiembre de 1810. Era un anciano 
respetable e inofensivo, pero la junta inició la revolución, y 
los españoles confinaron a todos sus miembros al presidio de 
la isla de Juan Fernández en pena de su patrio tism.o . 

La piedad filial de doña Rosario Rosales, que acompañó 
a su padre al presidio para prodigarle sus cuidados, ha for- 
mado uno de los episodios más patéticos de nuestra historia. 

El recuerdo de esos sufrimientos obligó a la familia Ro- 
sales a emigrar a Mendoza después del desastre de Cancha 
Rayada. Principia entonces para don Vicente Pérez, a los 
once años, esa odisea que no había de concluir sino en su 
edad madura. En Mendoza asiste como alumno armado del 
único colegio que había en la ciudad, a formar escolta para 
la inmolación de los dos hermanos Carrera, cobardemente 
sacrificados en los días de incertidumbre que transcurrieron 
entre aquel desastre y la siguiente victoria de Maipo. 

Compréndese que los niños que crecían en medio de tras- 
tornos que conmovían profundamente las familias y la so- 
ciedad, se entregaran a juegos varoniles en consonancia con 
la fisonomía revuelta de esos tiempos . De regreso a Chile don 
Vicente, un día que un almirante inglés, de visita en la casa, 
lo oyó llamar incorregible por su madre, dando a esta pala- 
bra el alcance que tiene en el diccionario, tan diverso del 
usual y corriente con que entre nosotros se aplica a los ni- 
ños, ofreció a la señora embarcarlo en su buque. Algún tiem- 
po después supo la pobre madre que el hombre a quien había 
confiado su hijo para formarlo para la carrera del mar, con- 
siderándole un deportado, lo había arrojado en playa lejana 
e insalubre; pero que, acogido generosamente por dos paisa- 
nos, esperaba recursos para la vuelta. 

Restituido a su hogar, emprende nuevo viaje a Europa 



RECUERDOS DEL PASADO 9 

en compañía de un grupo de jóvenes de las primeras familias 
de Santiago que, aceptando los ofrecimientos de un capitán 
de buque francés, partieron en 1825 para ir a educarse en 
París. 

Mientras la América y la España se hacían cruda gue- 
rra para romper las cadenas que las ataban, los hombres ilus- 
trados de España y de América fraternizaban en las nuevas 
ideas en que ambos continentes buscaban su regeneración. 
Don Manuel Silvela, español de ios que se llamaron afrance- 
sados, acogido a los dominios del Borbón de Francia, huyen- 
do del despotismo del Borbón de la Península, había abierto 
un colegio a cuyas aulas fueron a incorporarse el joven Pé- 
rez Rosales y sus compañeros. Silvela había esparcido profu- 
samente por todos los países de habla española el prospecto 
de su establecimiento, y a él acudieron a formar como una 
colonia estudiantil en el centro de la Europa, jóvenes penin- 
sulares, chilenos, argentinos, peruanos, colombianos, etc. A 
los ramos y al sistema de enseñanza, todo bien diverso por 
cierto de lo que acá se usaba, uníase la calidad personal de 
cada uno de los profesores que hacían de aquel centro, más 
que un aula, una academia; daban ahí sus lecciones Maury, 
poeta tan elegante en español como en francés, a cuya len- 
gua tradujo muchos poetas castellanos; Pinheiro Ferreira, 
tratadista de derecho internacional; Valle jo, cuyos textos de 
matemáticas han pasado por magistrales; Moratín, de quien 
puede decirse que fué el último clásico de España; y el mis- 
mo Silvela, jurisconsulto y literato de gusto, a quien se debe 
una antología de Jiteratura española, en su tiempo muy leí- 
da. Para completar la educación que de tales maestros se re- 
cibía, estaba el gran teatro de Francia, París, el centro de 
la Europa, que luego con una violenta sacudida iba a dar en 
tierra con la reacción absolutista, un momento triunfante, 
para restaurar en su curso las ideas nuevas. 

Conoció entonces don Vicente Pérez, tratándolos de cer- 
ca, entre otros americanos distinguidos que se hallaban en 
Europa en comisiones de sus gobiernos o náufragos ya de 
la primera etapa de la revolución, a San Martín, a Egaña, a 
Irisarri, a García del Río, a Santander, a Olmedo, a Bello, a 
Sarratea. Sobre el primero de ellos, sobre San Martín, ha^y 
una página en estos Recuerdos que nos permite ver expansi- 
vo por un momento al vencedor de Maipo. Ai leerla la pri- 
mera vez, nos preguntamos involuntariamente: ¿será ver- 
dad? Histórica es ya la reserva que usó San Martín mientras 
tuvo mando, y la parsimonia con que después hablaba de los 
sucesos en que había intervenido. La entera franqueza de su 
joven interlocutor debió sorprenderle y agradarle; y luego 
debe pensarse que los políticos reservados lo son cuando es- 



10 VICENTE PEI^EZ ROSALES 

tan en escena, con sus iguales que pueden sondearlos, no con 
los jóvenes que se les acercan a tributarles respeto, y éste era 
el caso úe Pérez Rosales con San Martin. 

Es lástima que el escritor que hubiera podido referir 
otras anécdotas como aquélla, que narra con tanta gracia y 
abandono sus recuerdos de la niñez, sus primeras impresio- 
nes de adolescente, a medida que avanza en su relato se sien- 
ta como arrastrado a compendiar, y con falsas apariencias 
de franqueza nos distraiga precisamente de los puntos adon- 
de hubiéramos querido ser llevados. 

A este período de su primera residencia en Europa, en 
que la persona del viajero se oculta, pintando con rasgos ge- 
nerales la vida pari-siense, corresponde una aventura román- 
tica con la divina cantatriz Malibrán, entonces en todo el 
esplendor de sus primeros triunfos, aventura de la que ape- 
nas si ha dejado indicios refiriendo una anécdota que él su- 
po años más tarde por el banquero Heine. 

Después de la revolución de Julio, el viajero volvió a Chi- 
le. Joven, bien parecido, con situación social, con educación 
europea, o más propiamente parisiense, ¡cuántos no hubie- 
i'an querido su situación! Todo ello, sin embargo, no iba a 
a ser sino incentivo en que se cebaría la mala suelte . El país 
acababa de salir de la guerra civil, y bajo el poder de una re- 
acción vigorosa, pero cuyos buenos frutos sólo más tarde se- 
ría posible recoger, se entregaba al descanso de la política y 
a los afanes de la industria. La política nada ofrecía, y el 
petime'tre se convirtió en campesino. También la situación 
en que encontró a su familia le impuso el trabajo como im- 
prescindible deber. Su padre político don Felipe S. del So- 
lar, acaudalado comerciante, cuyo giro se había extendido 
desde Lima a Río de Janeiro, encontrábase desterrado y con 
su fortuna perdida. Hízose, pues, hacendado, y no obteniendo 
resultados, comerciante, y después contrabandista por la cor- 
dillera, y después minero, y después empresario de teatros. 
Recorrió el norte y el sur de Chile; las pampas argentinas, 
desde las punas de Jujuy hasta las inmediaciones del Estre- 
'Cho; atravesó el Pacífico y cruzó en seguida los campos au- 
ríferos de California y del Oregón, desde la Nevada hasta 
Monterrey, y en todas partes la adversa suerte o le esquivaba 
el cuerpo o él se empeñaba en encontrarla donde no había 
de estar; porque es casi siempre la suerte una divinidad que 
nosotros fabricamos con nuestros propios errores para des- 
pués prosternarnos ante ella. Mas, si don Vicente Pérez se 
fabricó el ídolo, tuvo el mérito de no adorarle; verdad es tam- 
bién que, aleccionado con su misma vida aventurera, lo que 
a nosotros hubiera quebrado, a él apenas lo doblaba, permi- 



RECUERDOS DEL PASADO 11 



tiéndele la rara ductilidad que al fin adquirió su carácter en 
los contrastes: erguirse a cada golpe con mé^ brío. 

Los descubrimientos auríferos de California, abriendo un 
mercado que antes no existia, fueron un golpe de varilla má- 
gica para nuestra agricultura y escaso comercio; mas los 
emigrados chilenos que aportaron allá en busca del codicia- 
do vellocino, personalmente sólo recogieron desengaños y des- 
dichas. Don Vicente Pérez, d&spués de perder sus últimos re- 
cursos en un incendio de San Francisco, se apresuró a vol- 
ver a Chile. 

La suerte, que tantas veces lo había desairado, parecía 
llamarle en ésta, pues llegaba a tiempo para dar a la expe- 
riencia recogida en sus peregrinaciones de veinte años, ex- 
periencia, que de otro modo se hubiera perdido estérilmente, 
un empleo útil que redundara en provecho de su patria. 

Buscando en él la tranquilidad de e.spíritu del hombre que 
vuelve del extranjero extraño a las pasiones del momento, el 
Ministro del Interior, don Antonio Varas, le ofreció li in- 
tendencia de Aconcagua, provincia que se encontraba agita- 
da por movimientos sediciosos en qu-e se había llegado hasta 
dar de cuchilladas al Intendente, vecino pacífico de la misma 
Iccai'idad. Don Vicente Pérez tenía aversión a la política, ma- 
yor aun a la politiquería lugareña, que no otra cosa eran los 
movimientos igualitarios de San Felipe, y prefirió sobre esta 
intendencia, el empleo con título más modesto, de Agente de 
la Colonización del sur, para el cual fué nombrado el 11 de 
octubre de 1850. 

Requeríase para plantear la colonización que iba a em- 
prenderse un hombre de mundo, de carácter flexible y d3 
miras levantadas, que pudiera extender la vista sobre el estre- 
cho horizonte en que las preocupaciones nacionales y religio- 
sas requerían ahogar esa obra patriótica, concitándole todo 
género de tropiezos y dificultades. El Agente venció, con su 
constancia, todas las resistencias que se presentaron; allá, 
entre los antiguos vecinos de aquellos lugares, que se llama- 
ban despojados de tierras que nunca habían ocupado; en el 
centro de la República, entre los propietarios que temían un 
alza de salarios; en el Consejo de la Universidad, entre los 
sabios, que temblaban porque el país iba a ser escandalizado 
con la introducción de disidentes. El Gobierno mismo llegó a 
temer que el sitio elegido para plantear la nueva población 
no fuese favorable a su futuro desarrollo, pues un viajero tan 
autorizado como Pitz-Roy, había calificado el lugar de Meli- 
pulli eomo una playa atroz, donde escasam.ente hallaría el 
hombre civilizado donde asentar su planta. 

No se pueden leer con indiferencia las páginas de este li- 
bro, en que su autor nos refiere las exploraciones que hizo 



12 VICENTE PÉREZ ROSALES 

en busca de campos donde instalar a los extranjeros a quie- 
nes se habla ofrocido una patria y se condenaba a ii'la a con- 
quistar en los bosques impenetrables. Cuando, desde las en- 
cumbradas faldas del volcán Osorno, descubrió la extensa la- 
guna de Llanquihue. reflejando en sus tranquilas aguas las ci- 
mas nevadas de la cordillera, y más al sur y sólo separado por 
una angosta faja de tierra cubierta de vegetación, el seno 
del Reloncavi, surcado por una que otra piragua, debió sen- 
tir las puras emociones de Balboa. Los griegos habrían hecho 
de aquellos tres colonos que. al ocuparse la boscosa playa don- 
de hoy se levanta Puerto Mcntt, desaparecieron en la espe- 
sura, y cuyos restos fueron encontrados años más tarde, tres 
victimas inmoladas al dios de esas selvas seculares. 

La colonización era profundamente antipática ai país, 
pues chocaba con todas sus tradiciones españolas y católicas; 
para ilustrarle, el Agente de Coionización publicó una memo- 
ria en que discutió los puntos principales de la critica; pero 
la opinión pública suele ser sorda como el que no quiere oir, 
y la opinión siguió durante mucho tiempo todavía mirando 
con desconfianza la instalación de extranjeros y de disiden- 
tes en el extremo sur de la República. Fué preciso que trans- 
currieran treinta años, y que los frutos recogidos de aquel 
primer ensayo de inmigración hubieran excedido a las espe- 
ranzas concebidas por sus iniciadores, para que una nueva 
administración reanudara el hilo roto de la inmigración ex- 
tranjera, como medio de entregar al dominio de la industria 
los territorios desiertos del sur. 

Al cabo de seis años de incesantes fatigas y cuando el te- 
rritorio de colonización había adquirido ya la importancia de 
una provincia de la República, y su capital era, por su cultu- 
ra y comercio, más importante que muchas de las antiguas 
ciudades de Chile, don Vicente Pérez partió para Europa con 
los títulos de Agente de Coionización y Cónsul de Chile en 
Hamburgo (28 y 29 de marzo de 1855) . 

En Alemania publicó un excelente libro descriptivo, el 
Ensayo sobre Chile, para dar a conocer a este país a los in- 
migrantes. La tarea de popularizar a Chile en un mundo don- 
de apenas su nombre era conocido,. y de hacerlo aceptable al 
proletario dispuesto a emigrar, era mayor de lo que a prime- 
ra vista puede uno imaginarse. Fuéle necesario responder por 
la prensa a frecuentes polémicas, suscitadas, o por otros agen- 
tes de colonización, o por algunos de los pocos alemanes que 
habían vuelto desencantados de no haber encontrado en los 
bosques del sur sino tierras que sólo rendían sus dones a los 
que los alcanzaban con su trabajo, y que querían en su des- 
pecho desacreditar a Chile y al agente ante sus paisanos. A 
un alemán que dijo que no se podía vivir en Valdivia porque 



RECUERDOS DEL PASADO 13 



llovía mucho y la gente se ahogaba en ios pantanos de los 
caminos, le contestó: "ha hecho usted bien en volverse, pues 
allá no necesitamos hombres que se pegan en el barro". Su 
propaganda nos granjeó colonos, y en la alta sociedad, ami- 
gos y simpatías. Conversando con el barón de Humboldt, a 
quien ningún viajero podía dispensarse de visitar en su re- 
sidencia de Potsdam, el eminente sabio le manifestó que co- 
nocía la obra de Gay publicada a expensas del gobierno chi- 
leno; "pero lo que da la mejor idea de ese país, añadió, es la 
fundación de un observatorio astronómico para estudiar el 
•cielo aun no explorado del hemisferio sur; la astronomía no 
es una ciencia popular, y cuando un gobierno sufraga los gran- 
des costos que un observatorio demanda es porque compren- 
de lo que se debe a las ciencias". 

Hecho ya el primer ensayo sobre colonización y mientras 
el tiempo permitía recoger sus frutos, el Agente en Alemania 
fué llamado a desempeñar la intendencia de Concepción, pa- 
ra la cual se le nombró en 11 de diciembre de 1859. Poco des- 
pués de concluir la administración Montt, don Vicente Pérez 
volvió a la vida privada. En esta ciudad conoció a una dis- 
tinguida señora viuda y rica, que le dio su mano y su fortu- 
na y en cuya compañía pasó sus últimos años. Fué senador 
por Llanquihue en el período de 1876 a 1881, y desde su fun- 
dación, miembro de la Sociedad de Fomento Fabril, que lo 
hizo su presidente. A los principios de la administración 
Santa María publicó en El Heraldo de Santiago una serie de 
artículos, que merecen ser coleccionados, planteando de nue- 
vo la olvidada cuestión de colonizar el sur, y en gran parte a 
esa iniciativa se debe que este gobierno haya dotado al país 
de las colonias de vascos y de suizos que hoy ocupan el terri- 
torio que hasta ayer poseyeron los araucanos. 

Don Vicente Pérez murió en Santiago, el 6 de septiembre 
de 1886, a los 79 años. 5 meses y un día de edad. Postrado su 
eueroo por una parálisis, fueron necesarios largos días de 
dolor y agonía para que su espíritu le abandonara. 

Tal ha sido su vida: llena en su primera mitad de inci- 
dentes, ora terribles, ora cómicos; útil después, consagrada a 
una obra que lo coloca entre los hombres benéficos que ha te- 
nido este país; y tranquila, holgada, rodeada de respetos al 
último, como en indemnización de aquellas peripecias y en 
premio de estos servicios. 

La historia de esa vida en sus accidentes principales es 
el argumento de estos Recuerdos. 

Conocimos a don Vicente Pérez en sus últimos años, en 
esa edad- en que los recuerdos son la mitad de la vida, y oyén- 
dole con agrado sus reminiscencias, pues era conversador 



14 VICENTE PÉREZ ROSALES 

amenisimo, y tocándole nosotros siempre punto para que vol- 
viese a ellas, no fuimos poca parte para que al fin &s resol- 
viese a compaginar los recuerdos de su infancia con sus apun- 
tes de cartera de años posteriores, y nos diese este libro. 

Hay en este libro un vacío sobre e>l cual le llamamos la 
atención, pero que él no se atrevió a llenar, vacio que sus mis- 
mas aventuras explican de sobra. 

¿Por qué éJ, que cuenta tantas anécdotas y pinta tantas 
situaciones, no ha retratado a algunos de los hombres nota- 
bles que conoció en su larga vida? Er guijarro que el torrente 
arrastra de la montaña, abrupto y anguloso, rodando y ro- 
dando, llega por fin a depositarse en el lecho del río, con las 
faces pulidas, variada su forma antigua, pero adaptado para 
seguir adelante si la corriente lo arrastra de nuevo. Don Vi- 
cente Pérez había rodado muchas tierras, había conocido mu- 
chos hombres, y de sus largas peregrinaciones y trato de las 
gentes aprendió a ser con todos benévolo y equitativo, y con 
esa prudencia, casi diríamos cobardía, que se llega a adqui- 
rir en el comercio del mundo, temió emitir juicios que, pu- 
diendo ser contestables, lo pusieran a él también bajo el aná- 
lisis de la crítica. 

El retrato del huaso Rodríguez, capitán del fuerte de San 
Rafael; los bosquejos del terrible San Bruno, del matemático 
Valle jo, y algunos otros, manifiestan cuánto hubiera ganado 
este libro con una galería más numerosa. ¡Cuántos perso- 
najes de América y Europa no habríamos visto desfilar ani- 
m.ados ante nosotros por su pluma colorista! 

Para reparar en parte este que consideramos un defecto 
que le ha quitado valor al libro, vamos a insertar dos cartas, 
que casi son dos retratos, copiadas del legajo ds su corres- 
pondencia. 

Sea la primera una del celebrado argentino don Domin- 
go de Oro, especie de judío errante arrojado desde temprano 
a la emigración por las revoluciones de su patria, y natura- 
leza ricamente dotada que malgastó ochenta años encantan- 
do con su charla por dondequiera que pasaba, sin lograr ja- 
más llegar a nada. 

"Buenos Aires, 11 de agosto de 1879. 

"Señor don Vicente Pérez Rosales. 

"Mi querido amigo: Espero que no ha de extrañar esta 
familiaridad de lenguaje, por muchos que sean los años 
transcurridos desde que no nos vemos, ni siquiera sabemos 
uno de otro. Los hombres de corazón suelen ser m^alos cal- 
culadores, y cuando se trata de sentimiento lo primero que 
olvidan es los ?,ños. Hablo a usted, pues, poniendo a un lado 



RECUERDOS DEL PASADO 15 

unos cuarenta años que me estorban. Estamos en 1835 sin 
anacronism.o. 

"En los periódicos he visto que usted asistió a una fun- 
ción pública, y apenas he llegado aquí, le escribo para dar 
expansión a ia satisfacción que me causa saber que existe, 
porque desconfiaba de ello. Le doy mil abrazos del fondo del 
alma. 

"Ahora le pido que me dé noticias tan minuciosas como 
le sea posible, de su pasado y su presente, así como de las; 
personas que le tocan de cerca, y. . . le iba a agregar otra pe- 
tición, pero se da haré más abajo. 

"Como su curiosidad se ha de excitar algo a mi respec- 
to, le diré que dentro de 50 días tendré 79 años cumplidos; 
que estoy inválido y camino con dos bastones trabajosamen- 
te; que mi físico se está deshaciendo; la memoria (no la del 
■corazón), la vLsta y el oído mal; el ánimo entero, y ni mi 
buen humor he perdido. Mal de fortuna, como siempre; pero 
no en miseria, porque mi hijo, aunque pobre también, cuen- 
ta con que hemos cambiado de papeles. Porque yo no me 
doy por muerto, y en prueba de ello pronto me arrastraré al 
Chaco, que empieza a poblarse, y donde, probablemente, aca- 
baré mis días. Estoy satisfecho de mi hijo Antonio y de su 
familia, de todos mis deudos y de mis antiguos amigos, que 
me son consecuentes. 

"Mi habitación es una especie de barbería por los cuadros 
y cuadritos que la llenan . La sola diferencia que hay es que 
todos los cuadros son retratos de vivos y muertos. Entre ios 
últimos están Juan Espinosa, Rafael Valdés, Juan Gcdoy, 
Emigdio Salvigni, general Las Keras. Para darle lugar entre 
los primeros, quisiera el de usted. ¿No me mandará usted 
una tarjeta? Su carta podría venir aquí dirigida al doctor don 
Tomás Sarmiento, a don Demingo id., al general Mitre, que 
cualquiera de ellos me la encaminará. Y por Mendoza, po- 
dría mandarse a don Tomás García. 

"Me aseguran que vive don Manuel Portales. Es otra de 
las personas de ese país a quien tengo gratitud y amistad, 
porque me honró con la suya. Si usted lo trata, déle un abra- 
zo cordial a mi nombre, añadiéndole cuantas expresiones 
afectuosas sugiere el corazón en tales casos. También quisie- 
ra su retrato, y si fuera posible, el del histórico don Diego. 

"Aquí concluyo, mi amigo. Le repito que me dé la satis- 
facción de creer que para mis sentimientos de amistad a us- 
ted no han transcurrido los años que hace que los sucesos nos 
obligaron a perdernos de vista. 

"Siempre suyo. 

7 Domingo de Oro." 



16 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Es la segunda de estas cartas, que copiamos de su origi- 
nal sin traducirla, un billetito que lleva la firma de un ban- 
quero israelita de Hamburgo, primo hermano del gran poeta 
Enrique Heine: en una sola frase deja sospechar que la alta 
originalidad oue en éste admiramos, no es tal vez sino la 
quinta esencia en él concentrada de las cualidades críticas 
de su familia y de su raza. 

"Mon cher Monsieur, 

"J'ai déjá vu votre livre au club (el Ensayo sobre Chile), 
et je Tai parcouru; mes remerciments sinceres de votre bon 
souvenir. 

"Je vous ai cru mauvais su jet et pas gran écrivain; on se 
trompe bien dans ce monde. Votre livre est tres intéressant, 
et je ne doute pas d'y trouver des passages amusantes. 

•'Mme. Heine et mol se plaignent beaucoup de ne pa5 
vous voir. 

"Votre dévoué. 

"C. Heine. 
"Monsieur Pérez Rosales." 



Deja don Vicente Pérez, además de e¿tos Recuerdos y de 
varios escritos sobre inmigración y sobre agricultura, de los 
cuales en otra parte daremos noticia, una obra m^iscelánica ti- 
tulada el Diccionario del Entrometido, del qu-e sólo publicó 
fragmentos y que nos proponemos en estos dias entregar por 
entero a la luz pública. 

Recuerdos del Pasado, escrito así como lo ha sido, al 
correr de la pluma y sin pretensión literaria alguna, es 
tal vez el libro más original que hasta hoy ha producido la 
(prsnsa chilena, y ,por sí solo haría vivir el nombre de su 
autor, si no tuviese titules mejores al recuerdo de los chile- 
nos. En homenaje a sus trabajos de colonizador, una de las 
nuevas poblaciones del sur debería llevar el nombre de Pé- 
rez Rosales.- 

LUIS MONTT. 



PROLOGO DE LA TERCERA EDICIÓN 



Esta tercera edición de los Recuerdos del Pasado no debe 
su existencia a la voluntad expresa de su autor, sino al oficio- 
so y muy eficaz empeño de un generoso amigo para quien no 
hay cuesta arriba cuando se trata de hacer bien a sus seme- 
jantes. 

Conociendo el señor don Nathaniel Miers-Cox el triste es- 
tado de angustiosa vida a que la pobreza tenía reducida a la 
santa sección de caridad que tanto enalteció con su abnega- 
ción y sus luces la digna Madre Eulalia, cuya reciente muerte 
así lloran los amantes de las virtuosas prácticas como los des- 
validos que reportan de ellos inmediatos frutos, no ha cesa- 
do un solo instante de arbitrar medios, más o menos ingenio- 
sos, para acudir en ayuda de los humanos propósitos de tan 
digna corporación, como se deduce del generoso paso que mo- 
tiva la presente publicación. 

Oyó decir el señor Miers-Cox que mi opúsculo Recuerdos 
del Pasado, corregido y aumentado, iba a pasar por orden 
mía, así como mis demás manuscritos, a aumentar el núm.e- 
ro de aquellos que yacen olvidados en los estantes de la Bi- 
blioteca Nacional, y esta simple noticia, que, por insignifi- 
cante, ni rastros hubiera dejado en la mente de otro alguno, 
bastó para despertar en la del señor Miers-Cox la idea de 
utilizarla en obsequio de sus protegidas. Propúsose solicitar 
de mí el obsequio del manuscrito, correr con todos los gastos 
y las molestias de su impresión, y entregar la edición a las 
benéficas madres para que la vendiesen, o para que en cam- 
bio de las limxsnas que pidiesen pudiesen dar el modesto tri- 
buto de un ejemplar impreso santificado con el propósito con 
que se daba. 

En verdad que al redactar los desaliñados apuntes que co- 
rren impresos con el nombre de Recuerdos del Pasado, ni por 
acaso atravesó mi mente aquello de que ellos pudiesen ser- 
vir para más calificado objeto que para manifestar, con la 
fuerza del ejemplo, el poder de la perseverancia, cuando lu- 
chando contra los ataques de la aviesa suerte, insiste el hom- 
bre en buscar el humano bienestar sin apartarse de los pre- 
ceptos de la honradez ni desviarse de la senda del trabajo. 



18 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Cuando me hube impuesto del objeto de la visita con que 
me honraba el señor Miers-Cox, no pude menos de expresar 
a este excelente amigo mi repugnancia a acceder a sus be- 
névolos deseos; no porque yo creyese inoportuno su propósi- 
to, sino por la poca importancia del juguete literario que se 
me pedia para alcanzar tan noble fin. Fueron, sin embargo, 
tales las exigencias del generoso solicitante, y tales las razo- 
nes que supo darme aquel recto corazón, siempre dispuesto al 
planteo o al fomento de toda patria institución que, entra- 
ñando el santo principio de la caridad cristiana, tiende a me- 
jorar la condición del menesteroso, que si el señor Miers-Cox 
ha creído que cumplía con su deber exigiendo lo que de mi 
exigía, yo creo haber cumplido con el mío, después de resis- 
tirme, cediendo a sus solícitos deseos. 

Ve, pues, de nuevo, la luz pública esta edición de los Re- 
cuerdos del Pasado, si no muy mejorada por el crecido au- 
mento de su primitivo contenido, por lo menos muy purga- 
da de los empachosos errores que nacen y corren sin freno 
en las boletines de los diarios. 

Publicada la primera edición en las columnas del diario 
La Época de la capital, cuando el autor se encontraba a la 
sazón ausente, fueron tantos los falsos testimonios con que 
la impericia del corrector agravó los que levantaron al ma- 
nuscrito los atropellados cajistas, que bastaría esto solo para 
imponer silencio y taciturnidad al más atrevido escritor, sí 
no ofrecieran socorrerle, como sucede ahora, más atrevidos 
editores. Con todos estos errores apareció la segunda edi- 
ción, que fué tirada por separado sobre aquella composición. 

Cierto es que puede tolerarse que un cajista haga decir 
a un desventurado escritor, blancura por llanura, terneros 
por torreones, tumultos por túmulos, etc., pero en manera al- 
guna que se dejen correr hasta contradicciones, como ser, tí- 
mido por temido, no se podía por podía, desconocidos por co- 
nocidos, desairado por airado, etc., y basta, porque reprodu- 
cir cada uno de estos descuidos, amén de correcciones de pa- 
labras y aun de fechas, sería reproducir la obra entera. 

De desear es, ahora, que el generoso propósito del señor 
don Nathaniel Miers-Cox se cumpla en toda la extensión de 
sus deseos, y creo que se cumplirá, por poco valioso que sea el 
regalo; porque si es cierto lo que sienta el inmortal Cervantes 
en su Quijote: que "no hay libro tan malo que no tenga al- 
guna cosa buena", por malo que sea el de los Recuerdos del 
Pasado, siempre tendrá de bueno el objeto a que le destina el 
generoso desprendimiento del señor Miers-Cox, y el nombre 
de la santa corporación que le sirve de Mecenas. 

20 de agosto de 1886. 



PROLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN 



La palabra que estas líneas encabeza no siempre tiene el 
verdadero significado que se le atribuye, pues que siendo las 
más veces el prólogo obra posterior y no anterior a los escri- 
tos que encamina, más le cuadraría el nombre de postfacio 
que el de prefacio, que es, precisamente, lo que ahora aconte- 
ce respecto a los Recuerdos del Pasado contenidos en la pre- 
sente publicación. 

Gomo mis amigos, al oírme referir algunos rasgos de mi 
andariega y no siempre afortunada vida, me han expresado 
deseos de verlos escritos de mi puño y letra, sin sospechar si- 
quiera que ya lo estuviesen en algunas revistas periódicas, 
bien que bajo el velo de pura invención o de amena literatu- 
ra, he creído complacerles reuniendo en un solo cuerpo las 
pocas memorias que me ha sido dado recoger, asignando a ca- 
da una de ellas su verdadero significado y la colocación cro- 
nológica que en el curso de mi vida le5 corresponde. 

No se crea, sin embargo, que, al aclarar este misterio, en- 
trego impávido a la publicación la vida estéril de un simple 
individuo; porque al escribir las aisladas memorias que ahora 
recopilo, no sólo tuve en mira combatir errores y reírme de 
ridiculeces propias y ajenas, para desterrarlas de mi patria, 
sino también consignar, en calidad de testigo presencial, lo 
que éramos, para mejor valorizar lo que somos, y lo que pu- 
diéramos ser, si hubiéramos sido menos remisos en seguir 
ejemplos dignos de ser imitados. 

Da prueba de estos últimos propósitos lo escrito sobre la 
colonización, y lo ratifica mi viaje a California, que di a luz 
con el solo objeto de exhibir ante los ojos de mis paisanos los 
portentosos progresos materiales e intelectuales que alcanza 
siempre la libre iniciativa individual, cuando al firme propó- 
sito de adquirir aquello que se desea se agrega la convicción 
yanqui: que el verdadero capital en el mundo es la juiciosa 
aplicación o/ bone and muscle. 

Testigo siempre, y muchas veces actor, bosquejo ios he- 
chos que relato ajustándome a la forma y colorido que tenían 
cuando se exhibieron a mi vista; y si ahora, muy a pesar mío, 
y con el solo objeto de dar má^ unidad a este ligero juguete, 



20 VICENTE PÉREZ ROSALES 

¿e me ve emplear con frecuencia el antipático yo individual, 
es porque no pueden escribirse, excluyéndolo, recuerdos pre- 
senciales. 

No encontrarán mis amigos en este opúsculo ni aconte- 
cimientos completos, ni igualdad en el estilo en que se narran, 
porque, en el viaje de la vida, los hechos presenciales sólo pue- 
den tener la ilación de continuidad que la fecha en que ocu- 
rrieron les asigna; ni tampoco puede haber estilo iguad y sos- 
tenido, porque entre lo serio y lo ridiculo, entre el llanto y 
la alegría a que están sometidos los humanos acontecimien- 
tos, no cabe muchas veces transición. 

Santiago, 20 de abril de 1882. 



CAPITULO PRIMERO 

De cómo el Santiago del año de 1814 al del 22 no alcanza a ser 
ni la sombra del Santiago de 1860. 

¿Qué era Santiago en 1814? ¿Qué era entonces esta ciu- 
dad de tan aventajada estatura hoy para su corta edad, y que 
a las pretensiones más o menos fundadas de gran pueblo reú- 
ne aún las pequeneces propias de la aldea? 

Santiago de 1814, para sus felices hijos un encanto, era 
para el recién llegado extranjero, salvo el cielo encantado de 
Chile y el imponente aspecto de los Andes, una apartada y 
triste población, cuyos bajos y mazacotudos edificios, bien 
que alineados sobre rectas calles, carecían hasta de sabor ar- 
quitectónico. Contribuía a disminuir el precio de esta joya 
del titulado Reino de Chile, hasta su inmundo engaste, por- 
que si bien se alzaba sobre la fértil planicie del Mapocho, li- 
mitaba su extensión, al norte el basural del Mapocho; al sur 
el basural de la Cañada; al oriente el basural del recuesto del 
Santa Lucía, y el de San Miguel y San Pablo al occidente. 

Si la orla de Santiago era basura, ¿qué nombre podría 
cuadrar a los campos que arrancaban de ella, vista la índole 
apática y satisfecha de sus ceremoniosos hijos? _^ 

Sólo el valle oriental del pueblo, merced a las aguas del 
Manzanares chileno y a las de los cristalinos arroyos que sur- 
gen de los primeros escalones de los Andes, era un verdadero 
jardín, comparado con los yermos campos que se extendían/ 
al norte, al oriente y al sur de nuestra capital. — ^ 

El llano de Maipo, verdadera hornaza donde el sol esti-1 
val caldeaba sin contrapeso el sediente pedrero, sólo ostenta- 
ba, en vez de árboles, descoloridos romeros, y en vez de pas- 
tos, el fugaz pelo de ratón. Allí, según el poético decir de nuesj 
tros huasos, ni el canto de las diucas se escuchaba. '"^ 

¡Quién al contemplar la satisfecha sorna de nuestro mo- 
do material de hilar la vida, hubiera podido adivinar enton- 
ces, que andando el tiempo, esos inútiles eriazos visitados por 
vez primera el año 20 por el turbio Maipo, época en que este 
río unió parte de su fecundo caudal con las escasas y siem- 
pre disputadas aguas del Mapocho, habían de ser los mismos 



22 VICENTE PÉREZ ROSALES 

por donde ahora brama y corre la locomotora a través de las 
1 frescas arboledas que circundan mil valiosas heredades rústi- 
\ cas, en cada una de las cuales la industria, y el arte y las co- 
' modidades de la vida, parece que hubiesen encontrado su na- 
tural asiento! ¡Quién hubiera imaginado que aquellos inmun- 
dos ranchos que acrecían la ciudad tras el basural de la an- 
tigua Cañada, se habían de convertir en parques, en suntuo- 
sas y regias residencias, y lo que es más, que el mismo basural 
se habia de tomar en Alameda de las Delicias, -oa^eo que. sin 
ruborizarse, puede envidiarnos para sí la más pintada ciudad 
de la culta Eurona! Milas,ros todos, hijos legítimos de nuestro 
inmortal 12 de febrero de 1818, época en la que, rota defini- 
tivamente la valla que se alzaba entre nosotros y el resto del 
mundo civilizado, nos resolvimos a campear por nuestra pro- 
pia y voluntaria cuenta, 

Pei^o no anticipemos. 

Santiago, que veinticuatro años después de la época a que 
me refiero sólo contaba con 46,000 habitantes, visto desde la 
altura del Santa Lucía, parecía, por sus muchos arbolados, 
una aldea compuesta de ca^sas-quintas alineadas a uno y otro 
lado de calles cuyas estrechas veredas invadían con frecuen- 
cia, ya estribos salientes de templos y de conventos, ya pilas- 
trones d-e casas más o m.enos pretenciosas de vecinos acauda- 
lados: cosa que no debe causar maravilla, porque la Iglesia y 
la Riqueza nunca olvidan sus tendencias invasoras. 

Nuestra capital sólo contaba con una recova y con una 
sola plaza mayor, en la cual se encontraban, junto con las me- 
jores tiendas de comercio, la Catedral', un convento de mon- 
jas, la residencia de las autoridades, el cabildo, y la inexo- 
rable cárcel pública, que. a usanza de todos los pueblos de ori- 
gen español, ostentaba su adusta reja de fierro y las puercas 
manos de los reos que. asidos a ella, daban audiencia a sus 
cotidianos visitantes. Era cosa común ver todas la-s mañanas 
tendidos, al lado de afuera de la arquería de este triste edifi- 
cio, uno o dos cadáveres ensangrentados, allí expuestos por 
la policía para que fuesen reconocidos por sus respectivos 
deudos. 

Desde la puerta de la cárcel, y formando calle con la que 
ahora llamamos del Estado, se veía alineada una fila de bur- 
dos casuchos de madera y de descuidados toldos, aue, con el 
nombre de baratillos, hacían entonces las veces de las gra- 
ciosas y limpias tiendecillas que adornan ahora las bases de 
las columnas del nortal Fernández Concha. Tras aquellos 
repugnantes tendejones se ostentaba un mundo de canastos 
llgnos de muy poco fragantes zapatos ababuchados. que es- 
peraban allí la venida de los sábados para proveer de calza- 
do a los hijos de las primeras familias de la metrópoli, por- 



RECUERDOS DEL PASADO 23 



que parecía de ordenanza que a esos jovencitos sólo debía du- 
rar una semana un par de zapatos de a cuatro reales el par. 

En vez del actual portal Fernández Concha existía una 
baja y obscura arquería, donde estaban colocadas las tiendas 
de más lujo, verdaderos depósitos de abasto, en los cuales 
encontraba él comprador, colocados en la forma más demo- 
crática, ricos géneros de la China, brocados, lamas de oro, 
gafetas, zarazas, lozas y cristales, cuentas para rosarios, cha- 
quiras, juguetes para niños, cuadros de santos, cohetecitos de 
la China, azúcar, chocolate, yerba, quincalla, y cuanto Dios 
crió, alumbrado de noche con velones de puro sebo colocados 
en candeleros de no menos puro cobre, con su obligado sé- 
quito de platillos, de despabiladeras y de chorreras de sebo. 

En medio de aquella plaza, que así servía para las proce- 
siones y para las corridas de toros como para el lucimiento de 
las milicias, se veía un enorme pilón de bronce rodeado siem- 
pre de aguadores, que después de llenar con mates (caZaüa- 
zos) los barriles de sus cabalgaduras, proveían de agua pota- 
ble a la población; y a uno y a otro lado, con frecuencia una 
o dos horcas para los ajusticiados, sin que su tétrica presen- 
cia desterrase ni por un instante de aquella aristocrática pla- 
za la fatídica y permanente estaca que llamaban rollo. 

Valdivia ni soñó siquiera con la probable altura que, con 
el tiempo, debían alcanzar las casas de la capital cuando su 
recto trazado ejecutaba, puesto que sus calles de regular an- 
chura para casas de un solo piso, ya son angostas para casas 
de dos, y bastaría un piso más para que quedasen condenadas 
a perpetua sombra. 

Gozaban las casas de patios, de corrales y de jardines; to- 
das ostentaban, por entrada, enormes portones, en cuyas ro- 
bustas manos lucían filas de abultados pernos de cobre pa- 
ra aumentar su solidez; y a ninguna de aquellas que perte- 
necían a magnates hacía falta, a guisa de adorno coronan- 
do el portón, un empingorotado mojinete triangular, en cu- 
yo centro se veían esculpidas las armas que acreditaban la 
nobleza de sus respectivos dueños. 

Todavía el lujo extranjero ni pensaba invadirnos; así es 
que los salones de nuestros ricos-homes sólo ostentaban lujo 
chileno; en vez de empapelado, blanqueo; en vez de alfom- 
bra de tripe cortado, estera de la India o alfombra hechiza 
que ocupaba sólo el cenCro del salón y dejaba francos los la- 
dos de la pared para los asientos, cuya colocación concorda- 1 
ba con las rígidas apariencias morales propias de aquel en- 
tonces; porque los destinados a las señoras se colocaban siem- 
pre en el costado opuesto a aquel donde sólo debía sentar&e el 
sexo masculino. Dedúcese de esta poco estratégica colocación 
para las amorosas batallas, la mutua angustia de los enamo- 



24 VICENTE PÉREZ ROSALES 

rados, aunque es fama que ellos se desquitaban después, ya 
por entre las rejas de las ventanas que daban a la <;alle, ya 
por sobre las bardas de las paredes de los corrales. Por lo de- 
más, mesas de maderas con embutidos de lo mismo, junto 
con sus blandones de maciza plata, ostentaban imágenes re- 
ligiosas, pastillas adornadas del Perú, pavos de filigrana de 
plata, y mates, manserinas, sahumadores y pebeteros del 
mismo metal. El adorno de das paredes se reduela a uno o 
dos espejos con marcos de recortes de espejitos artísticamen- 
te acomodados, uno que otro cuadro del santo de la devoción 
de la familia, y tal cual espantable retratón de algún titula- 
do antecesor hecho por el estilo del buen Josephus Gil. El 
alumbrado de todo el retablo se hacía con velones de sebo, y 
en los inviernos se templaba el aire del salón con brasas de 
carbón de espino colocadas en un poderoso brasero de pla- 
ta maciza con su guapa tarima en medio del aposento. 

Las familias menas acomodadas ostentaban en sus salas 
de recibo el mismo lujo que las ricas; pero en menor escala, 
porque salvo la presencia del pianoforte, muy escasos enton- 
ces, o la del clave, instrumentos que el pobre suplía con la 
guitarra arrimada a la pared, y la de la alfombra entera, que 
el pobre suplía también con una tira de jergón colocada so- 
bre una tarima bajo la cual se sentía el retozo de algunos 
cuicitos, ver una sala de recibo bastaba para poder dar a las 
demás por vistas. 

No sucedía lo mismo con el lujo exterior, cuyo símbolo 
principal" era la calesa, pues semejante carruaje sólo por no- 
bles era usado. Este espantable vehículo, con ruedas por de- 
trás, con una fila de clavos jemales enhiestos en la tabla que 
les servía de unión, para evitar que los niños de la calle au- ' 
mentasen con su peso el abrumador del armatoste, con sopan- 
das de cuero, con llantas a pedacitos sujetas en las camas 
con monstruosos estoperoles. era para la gente acomodada, 
arca de Noé tirada por una sola muía, sobre la cual, para ma- 
yor abundamiento, se arrellanaba el auriga, zambo gordo, con 
su correspondiente poncho y sombrero guarapón. 

Las calles que atravesaba dando coscorrones este digesti- 
vo vehículo, en vez de convexas, eran cóncavas, y por su 
centro, orillado de pedrones, corrían regueros del Mapocho. 

No carecía de chiste lo que llamaban alumbrado públi- 
co. (Consistía éste en un farol que la policía obligaba a cos- 
tear a cada uno de los vecinos del buen Santiago, para que, 
colgado en el umbral de la puerta de la calle, alumbras?, con ' 
una velita de sebo, algo siquiera de las solitarias calles, en 
las primeras horas de la noche. Mas, como la policía no fija- 
ba ni la clase de farol, ni el tamaño de la vela, faroles de pa- 
pel y agonizantes y corridos cabitos de sebos lanzaban desde 



RECUERDOS DEL PASADO 25 

muchas puertas una mezquina y opaca luz sobre las no muy 
limpias veredas que tenían al frente, y digo no muy limpias, 
porque, si medio siglo después aquellas garitas de aseo que 
bautizó el uusblo con el nombre de chaurrinas no fueron 
aceptadas, dejo al lector deducir lo que sería el tal aseo me- 
dio siglo antes. A^í es que para evitar indecentes encuentros, 
las dam.as que salían a visitar de noche iban siempre precedi- 
das de un sirviente que, armado de un garrote y provisto de 
un farol, se detenía a cada momento, ya para alumbrar el 
pasaje de las acequian que corrían a cara descubierta por el 
medio de las calles derechas, ya para hacer lo mismo en el de 
las subterráneas de las atravesadas, cuyos desbordes, que lla- 
maban tacos, inundaban con asquerosas avenidas trechas ex- 
tensos de la vía pública. 

Pero no se crea que porque hablamos de garrotes y de fa- 
rolitos pretendemos sentar que la capital del Reino de Chile 
carecía entonces de policía nocturna de seguridad: poraue esa 
policía existía y con el curioso nom.bre de Serenía, así como 
sus soldados, con el de serenos; si bien hasta ahora nadie ha 
podido adivinar si este nombre proviene del sereno que cogía 
el guardián en las noches claras, o bien de la serenidad con 
que aguantaba los aguaceros en las noches turbias. El sere- 
no, a su privativa oblieación. reunía la de asustar al diablo y 
la de ser el reloj y el barómetro ambulante del pueblo. Oían- 
se a cada rato, en las silenciosas horas de la noche, los desapa- 
cibles berridos de estos p-uardianes. quienes, tras im destem- 
plado y estrenitoso ¡Ave María Purísima! . gritaban la hora que 
sonaba el histórico reloj del templo de la Compañía, y, en se* 
guida, el estado atmosférico. 

Un día, después de recorrer las casas del barrio, entró en 
la de mis padres, con gran séquito de muchachos y de curio- 
sos, una bandeja que bajo una añascada servilleta ocultaba 
en su centro un misterioso bulto. ¿Qué podría ser aquello? 

¿Por qué se daban tanta prisa en santiguarse las beatas 
al aproximarse a la bandeja? ¡Qué otra* cosa había de ser si- 
no aue allí estaba en el cuerpo y alma el mismísimo zapato del 
diablo, con sus clavos gastados, su talón caído y su azufrado 
aliento! Decía la crónica de entonces, que la noche anterior. 
al atravesar el diablo la plazuela de la Comoañía, caballero 
sobre otro diablo introducido en una yegua, tuvo tal susto al 
oír un inspirado ¡Ave María! que le disparó un sereno al can- 
tar la hora que. sobrecogido, cerdió los estribos, y que al volar 
maldiciendo y dándose, asimismo, calle abajo, se le había caí- 
do anueT zanato. 

Exhibiciones que tan a lo vivo como ésta manifestaban eJ 
estado de inocente credulidad en que nuestro pueblo se en- 
contraba en la época colonial, no eran escasas; pues yo re- 



26 VICENTE PÉREZ ROSALES 

cuerdo haber visto, después de la batalla de Chacabuco, otra 
bandeja igualmente andariega y misteriosa, en la cual, en 
vez de un sucio chancletón, se veía un celemín de colitas de 
marrano, aue nasaban por apéndices traceros cortados por 
nuestros soldados en el fragor de aquella refriega a los sarra- 
cenos, nombre que también se daba entonces a los militares 
peninsulares . 

Pero, si es cierto que Santiago no gozaba de aquellos re- 
galos ni de aquellas comodidades que constituyen lo que los 
ingleses llaman co7ifortable. también lo es que a medida oue 
hemr<; ido entrando en ellas, hemos ido periiendo aquslla 
manifiesta y leal confraternidad, aquella envidiable franaue- 
za que desnlegaban los dueños de casa para con las familias 
amigas o desconocidas que venían de otro barrio a avecindar- 
se en el suyo; núes al recado de felicitación se unía siempre el 
ofrecimiento de la paila y de la jeringa. Esta confraternidad 
su>^ía d^ Dimto nara con los deudos y convidados, sobre todo 
a la hora de comer. La dueña de casa, a ñoco de principiar la 
comida, buscaba solícita en su propio plato o en el de aceitu- 
nas, que nunca hacía falta en la mesa, un apetitoso bocado, 
y. elevándolo con '^n nroDio tenedor, se lo ofrecía con srracioso 
ademán al convidado, auien, haciendo con presteza otro tan- 
to con su tenedor, devolvía a la dama la fineza con un cortés 
saludo. Cuando se servía algún guiso o alguna notable con- 
fección culinaria, al momento el dueño de casa se acordaba 
de aauel de sus amigos o parientes aue más gustaba de este 
bocado. V en el acto, colocado en una fuente con tapa un buen 
trozo del aoptitoso manjar, cubierto todo con una añascada y 
limoia servilleta, caminaba para la casa del favorecido. Pe- 
ro esto nada era en comparación del recado aue acompañaba 
^1 obsequio, recado que era, es, y será mientras vivan hom- 
brps en el mundo, la ouinta esencia de todas las finesas ha- 
bidas y por haber. Decía así: "mando a usted ese bocado. 
voroue me estaba gustando". Ese me estaba gustando, aue 
tamnoco se usa en el día en narte alguna por lo difícil que 
ps al hombre traducir en hechos su significado, se usaba en- 
tonces en Chile: y a fe nue .si el buen Víctor Hua:o le cogiese 
a mano, si nara traducir el sentido de la norquería que diio 
el irritado Cambronne empleó náerinas enteras, para el me 
estaba gustando, escribiría tres tomos. 

El bello sexo santiagueño del año 14 merecía, sin ser tan 
artificioso en su atavío como lo es el del día, el nombre de be- 
llo oiie .siemnr? 1? ha -entaio. 

El adorno de la cabeza se reducía, en vez de sombrero eu- 
roneo al prooio e incomnarable cabello de la mujer chilena, 
a. la airosa mantilla, y a tal cual flor recién cogida del jardín. 
Las niñas lucían simples trenzas y sólo levantaban moño 



RECUERDOS DEL PASADO 27 

cuando se casaban. Lo que es polvo de arroz, velutina, bri- 
llantina y cuantas trampas terminan en ina. no se merecían 
en aquella época; pero a trueque de todos ellas, nunca dejó 
de oírse a todas horas en las calles de Santiago la voz chillo- 
na de una vieja que de puerta en puerta repetía: ¡Oblea! ¡ Pa- 
juela f ! Solivian crudo! Eran: lo orim-ero. unas hostias mal he- 
chas, de las cuales cortaba con tijera, el que escribía, cuadros 
para pegar el cierro de sus cartas; lo segundo, mechas de al- 
godón azufradas que desempeñaban las funciones de los fós- 
foros del día: y lo tercero, el precursor obligado de todos los 
afeites femeninos. 

La palidez y las ojeras sólo indicaban entonces enferme- 
dades, calaveradas o malas noches, y nunca la echaron de ce- 
bo para atraer enamorados, ni de galas de hermosura, como 
sucedió después. Merced a la sencillez y a la lim.pieza del ves- 
tido corto, nunca profanado por la tierra y la^ inmundicias de 
la cai'le, lucía en todas partes la airosa santiagueña imo de 
sus más inocentes y poderosos atractivos, aquel pulido y bien 
calzado píe aue nunca deja de admirar la raza sajona cuando 
visita las regiones meridionales: así es aue ni en la mente más 
extravasante pudo detenerse entonces la estrafalaria idea de 
aue algún día llegase la muier chilena, por esníritu de imita- 
ción, a ocupar su pie bajo los polvorosos pliegues de una as- 
auerosa escoba de barrer calles, que no es otra cosa el traje 
rico y arrastrado aue ahora llevan. Ocurriósele en aquel tiem- 
po a una bisoja, pero elegante y acaudalada moza española, 
encubrir su defectuoso mirar echándose al descuido y con 
cuidado sobre el ojo izauierdo un crespo de sus preciosos ca- 
bellos, y las chilenas encubrieron uno de sus dos luceros, por 
entrar en la moda. QuL^n una bar rigona em barazada dar a sus 
dos contrapuestas promínencíasnina f orma mas" acepta bier y 
se caló el guardaínfáñte7Güe acabcTpoF crinolina, y las donce- 
llas chilenas, sin t-ener infantes que guardar, se plantaron 
también su guardainfante. A otra vieja francesa, por en- 
<;ubrir las arrugas de su frente, se le ocurrió desparramar so- 
bre aquel eriazo un borbollón de crespos postizos, y las chi- 
lenas ocultaron y siguen ocultando su hermosa y tersa frente 
con esos extravagantes apéndices aue sólo pueden caer bien a 
las viejas y a los caballos. Pero consolémonos, núes todas es- 
tas tramnillas no alcanzan sólo a la mujer chilena, porque 
son importadas. 

, Embrionaria por demás* era la educación escolar en aquel 
pasado tiempo; la que se daba a la mujer se reducía a leer, 
a escribir y a rezar; la del hombre que no aspiraba ni a la 
iglesia ni a la toga, a leer con sonsonete, a escribir sin gra- 
mática, y a saber de saltado la tabla de multinlicar, con aque- 
llo de fuera de los nueves. Olvidábaseme de-cir que el alfabe- 



VICENTE PÉREZ ROSALES 



to tenía una letra más de las que ahora tiene, la Cruz de 
Malta, que precedía a la letra A. y que se llamaba Crlstus. 

Nuestras escuelas de hombres, adonde concurríamos niñi- 
tos hasta de 17 años de edad, todos de chaqueta y mal traí- 
dos, no por falta de recursos, sino por sobrado desastrosos, a 
pesar del látigo y del mango del plumero manejado con bas- 
tante destreza por nuestros graves antecesores, se reducían 
a un largo salón partido de por medio por una mesa angosta 
que dividía a los educados en dos bandas, para que pudiesen 
mejor disputarse la palma del saber. Uno de los costados de 
la mesa llevaba el nombre de Roma, el otro el de Cartago; y 
un cuadro simbólico representando la cabeza de un borrico, 
de cuvo hocico colgaban un látigo y una palmeta, era por su 
mudable colocación el castigo del vencido o el premio del ven- 
cedor. 

El profesor o dómine, quien, como todos los de su especie 
entonces, podía llamarse don Tremendo, ocupando en alto una 
de !as cabeceras del salón, ostentaba sobre la mesa que tenía 
por delante, al lado de algunas muestras de escritura y dP: 
tal cual garabateado catón, una morruda palmeta con su co- 
rrespondiente látigo, verdaderos propulsores de la instrucción 
y del saber humanos en una época en oue se encontraba su- 
mo chiste y mucha verdad al dicho brutal: la letra con san- 
gre entra. 

En cuanto a la educación superior, peor es meneallo, por- 
que todo lo aprendíamos en latín, para mayor claridad. Del 
estudio esnecial del idioma español, ¿para aué hablar? ni 
¿quién podía perder tiempo en ponerse a estudiar un idioma 
que todos nacíamos hablando? Como diz que se expresó, por 
mal de sus pecados, el buen don Juan Egaña cuando se le 
consultó si el estudio de la gramática castellana debería o no 
entrar a formar parte de los ramos esoeciales que se ense- 
ñaban en nuestros colegios. Y ya que el acaso me ha hecho 
topar con la gramática de la Academia Española, no está de 
más que sepan nuestras sabios del día que en 1814 ni vis- 
lumbre siquiera existía en Chile de semejante mueble. En las 
conversaciones oue el acaso me proporcionaba tener con el 
distinguido patriota y sabio .iurisconsulto don Gabriel Pal- 
ma sobre la educación que se daba en Chile a la juventud en 
acuella época, me aseguró, y este dato fué ratificado desoués 
por los viejos generales Lastra y Pinto, que en 1815. siendo él 
orofesor de latinidad en el Seminario, enseñaba a hurtadi- 
llas y como por mero adorno suplemental a sus manteistas, 
algunas reglas de hablar y de escribir en castellano, oorque 
nadie se hubiera entonces atrevido a enseñar al público se- 
mejante baeatela. No ha-bía en narte alguna ni gramáticas 
ni diccionarios puramente españoles, porque estas dos basea 



RECUERDOS DEL PASADO 29 



fundamentales de nuestro idioma sólo comenzaron a verse 
entre nosotros, y en muy contado número, a principios del 
ano de 1817. 

Nadie podrá disputar con justicia a Palma la gloria de 
haber sido el primer profesor de gramática castellana en Chi- 
te, ni al general don Francisco Antonio Pinto la de haber he- 
cho terciar, por primera vez, al gobierno patrio en esta me- 
jora de la pública instrucción, al ordenar, cx)mo ministro del 
Interior, el año de 1825, que tuviese el estudio especial de la 
gramática castellana como parte integrante de los del Ins- 
tituto. Pero no quiero anticiparme, para no destruir la ila- 
ción que me imponen las fechas. 

La cimarra, sustantivo chileno derivado del adjetivo ci- 
marrón, fué seguramente inventada para los niños de mi 
tiempo. Concurríamos temprano a las escuelas, y por poco 
que lardase en abrir el profesor, nos llamábamos a huelga, 
y sin más esperar nos marchábamos al rio a provocar a los 
chimberos para decidir quién quedaría dueño aquel día del 
puente de palo. En él y bajo de él, porque el río iba casi siem- 
pre en seco, nos zamarreábamos a punta de pedradas y de 
puñetes hasta la hora de regresar a nuestras casas, lleno el 
cuerpo de moretones y la cabeza de disculpas, para evitar las 
consecuencias del enojo paterno, aunque siempre en vano, 
porque eLpalCL_deLplumejxi nunca^ dejaba de quitarnos de las 
as tillas el_poco^olyo_au.e no^ iiabían^ de j ado en ellas los moji- 
cmiesT — — 

Cuando recuerdo que hombrecitos de 14 a 16 años andá- 
bamos todas las siestas, a hurto de nuestros padres, corrien- 
do por tejados y desvanes pesa en mano, para apoderarnos de 
los volantines ajenos; cuando recuerdo cuánto afán costaba 
a nuestros padres, después de hacernos saludar a la gente, el 
conseguir que permaneciésemos algunos momentos en la sa- 
la de recibo, y veo que los niños del día, no sólo acuden a 
saludar sin ser llamados, sino que ni siquiera nos dejan ha- 
blar por quererse meter a gentes antes de tiempo; cuando re- 
cuerdo que considerábamos perdido el día domingo que no 
había sido empleado en correr a caballo, en enlazar, en bus- 
car camorras, en trepar sobre los árboles, en rompernos la ro- 
pa, en embarrarnos y hasta en extender cuerda de vereda a 
vereda para levantar perros a la pasada; y veo ahora que 
jueves y domingo se inunda de pequeños y satisfechos estu- 
diantes nuestro principal paseo; que cada uno de ellos en los 
días comunes anda mejor traído que lo que andábamos nos- 
otros en los días festivos- que a ninguno le falta bastón en 
vez de llevar pañuelo, pues más necesidad tienen las narices 
de éste, que sus infantiles pies del primero; que en todas 
partes se adelantan a ocupar los sofás de preferencia, sin 



30 VICENTE PÉREZ ROSALES 

cuidarse de cederlos a las señoras; que cuando andan juntos 
no se oye más voz que la de ellos, y cuando solos, parece por 
su afectada gravedad que, puesta la mente en alguna Dulci- 
nea, anduviesen en pos de consonante*s para una endecha 
amorosa; cuando les oigo muy orondos meter su cuchara de 
pan en los puntos más delicados del derecho, en lo más in- 
trincado de las cuestiones religiosas, en la inconstancia de 
las mujeres, y hasta en el hastio que les causan los desenga- 
ños de la vida, de veras que me siento humillado por mi¿ an- 
tecedentes. La altura a que han llegado nuestros niños en 
el día, sólo puede igualarse en tamaño con la hondura del 
abismo en que se criaren los niños de mi tiempo. 

También gozaban de especial sabor las diversiones públi- 
cas de aquel Santiago del recién proscrito faldellín. Las ca- 
rreras de la Pampilla y del Llanito de Portales eran los luga- 
res donde a campo abierto y sin tribuna alguna, nobles y ple- 
beyos acudían encaramados sobre toneladas de pellejos ligua- 
nos a disputar el premio, ya de la velocidad o ya del poderoso 
empuje del pecho de los caballos, diversión que, escimulada 
por la bebida y el canto, solía lucir por obligado postre, amén 
de algunas costaladas, tal cual descomedida puñalada. No 
menos democráticos que las carreras, los burdos asientos del 
reñidero de gallos colocaban hombro con hombro al marqués 
y al pollero, sin que ninguna de estas dos opuestas entidades, 
entusiasmadas por el ruido de las apuestas y el revuelo de 
los gallos, se curase de averiguar la supuesta o la real imp>or- 
tancia de su vecino. Las corridas de toros, las de gallardas 
cañas, se alternaban con las festividades religiosas de dentro 
y de fuera de los templos. Los días de los santos de hombres 
ricos, la escasa música de la guarnición de la plaza recorría 
solícita las calles y tocaba en los patios de las casas de los 
pudientes que enteraban año. El ceremonioso contoneo, la 
bolonilla, el calzón corto y la hebilla de oro, ordinarios acó- 
litos de los besamanos, contrastaban con los repiques de 
campanas y con los voladores y las temidas viejas que atro- 
naban el aire cuando el natalicio del Rey o cuando la entra- 
da de un nuevo Gobernador y Capitán General del Reino de 
Chile. Las visitas a los retablos de los nacimientos y las co- 
misiones, esas batallas aéreas de volantines contra estrellas 
hasta de cien pliegos de papel de magnitud, cuyas caídas y 
enredos de cordeles alborotaban a los dueños de casa, se lle- 
vaban las tejas por delante y ocasionaban en las calles cha- 
ñaduras y muchas veces navajazos y bofetadas; todas estas 
diversiones, inclusa aquella de sacar reos de la cárcel" para 
matar a garrotazos perros en las calles, daban golpe y mate- 
ria de variada conversación en el feliz Santiago. 

Lo que es teatro, poco o nada se estilaba; porque todavía 



RECUERDOS DEL PASADO 31 

los títeres, verdaderos precursores del teatro, cuasi ocupaban 
por entero su lugar, asi es que muy de tarde en tarde hacían 
olvidar los chistes del antiguo Josccito, hoy Don Pascual, al- 
gunos espantables comediones o saínetes que, con el nombre 
de Autos Sacramentales, solían representarse en los conventos. 
Siempre entraban en estas composiciones religiosas, muy 
celebradas entonces, su San Pedro, su San Miguel con aque- 
llo de: 

Yo soy el ángel que vengo 

De la celestial esfera 

Mandado del mismo Dios 

Para hacerte cruda guerra; 

el Rey Moro, el Diablo, el gracioso, la criada respondona, y 
cuantos otros disparates podía personificar el mal gusto. 

Concordaban a lo vizcaíno los trajes con .las personas que 
debían caracterizar, y sólo faltó para su incuestionable per- 
fección, que algún roto saliera haciendo de Julio César con 
botas granaderas y su guapa chapa de pedreñales en la cin- 
tirra. 

Puede calcularse cuan en mantillas estaría el teatro el 
año catorce por lo que era el año veinte, y esto que tenía 
por padre y por sostenedor a un hombre tan activo, tan in- 
teligente y patriota como lo era don Domingo Arteaga, sin 
cuyo celo quién sabe cuánto tiempo más hubiéramos tenido 
que pasar contentándonos con simples teatros como el de la 
chingana de ña Borja. A este activísimo empresario debemos 
la erección del primer teatro chileno, fundado el año 18 en la 
calle de las Ramadas, trasladado el año 19 a la de la Cate- 
dral y colocado de firme el año 20 en la antigua plazuela de 
la Compañía, hoy plaza de O'Higgins. 

Como la moralidad de las representaciones teatrales era 
cuestionada por los rancios partidarios del Rey, los patriotas, 
convirtiendo el teatro en arma de combate, después de escri- 
bir con gordas letras en el telón de boca estos dos versos de 
don Bernardo de Vera: 

He aquí el espejo de virtud y vicio, 
Miraos en él y pronunciad el juicio, 

establecieron como regla fija que el teatro se abriera siem- 
pre con la Canción Nacional, versos del mismo Vera y músi- 
ca del violinista don Manuel Robles, y que sólo se represen- 
taran en él, con preferencia a otros dramas, aquellos que, 
como Roma libre, tuvieran más rela.^ión con la situacián po- 
lítica en que el país se encontraba. 

Como quiera que fuese, en el teatro, ni actores ni especta- 
Hccuerdo. — 2 



32 VICENTE PÉREZ ROSALES 

dores se daban cuenta del papel que a cada uno correspon- 
día. En el simulacro de las batallas, los de afuera animaban 
a los del proscenio; en el baile, los de afuera tamboreaban el 
compás, y si alguno hacía de escondido y otro parecía que le 
buscaba inútilmente, nunca faltaba quien le ayudase desde 
la plantea diciendo: ¡Bajo la mesa está! Recuerdo dos hechos 
característicos. Fué una vez pifiada aquella afamada cómi- 
ca Lucía, que era la mejor que teníamos, y ella, en cambio, y 
con la mayor desenvoltura, increpó al público, lanzándole con 
desdeñoso ademán la palabra más puerca que puede salir de 
la boca de una irritada verdulera. Fué llevada a la cárcel, es 
cierto; pero también lo es que al siguiente domingo, median- 
te un cogollo o pecavi que ella confabuló para el público, éste 
la comenzó a aplaudir de nuevo. En la platea figuraban siem- 
pre en calidad de policía tres soldados armados de fusil y 
bayoneta: uno a la izquierda, otro a la derecha de la orquesta 
y el tercero en la entrada principal. Principiaba entonces el 
uso de no fumar en el teatro; pero un gringo que no entendía 
de prohibiciones, sobre todo en América, sin recordar que 
tenía el soldado a su lado, y sobre su cabeza el palco del Di- 
rector Supremo, don Bernardo O'Higgins, sacó un puro y muy 
tranquilo se lo puso a fumar. El soldado lo reconvino, el grin- 
go no hizo caso; pero apenas volvió el soldado a reconvenir- 
lo con ademán amenazador, cuando saltando el gringo como 
un gato rabioso, empuña el fusil del soldado para quitárselo, 
y se arma entre ambos tan brava pelotera de cimbrones y de 
barquinazos, que Ótelo y Loredano desde el proscenio y los 
espectadores desde afuera, se olvidaron de la enamorada 
Edelmíra para sólo contraerse al nuevo lance. O'Higgins, que 
no quiso ser menos que todos los demás, sacando el cuerpo 
fuera del pailco, con voz sonora gritó al soldado: ¡cuidado, mu- 
chacho, como te quiten el fusil! Envalentonado entonces el 
soldado, desprendió el fusil de la garra británica, y de un es- 
forzado culatazo tendió al gringo de espalda en el suelo. ¿Y 
qué sucedió después? Nada. Se dio por terminado el inciden- 
te y Edelmíra volvió a recobrar sus fueros. 
j~ Pero no todo era solaz y recreo en el Santiago de la Patria 
Vieja y de San Bruno, porque la seguridad individual que ss 
gozaba en él casi no merecía semejante nombre. A cada ra- 
to corría de boca en boca, a falta de diarios noticiosos, que 
algún salteo o algún asesinato se había perpetrado en alguno 
de los conocidos centros del crimen, como ser Pasos de Hue- 
■churaba, San Ignacio, Portezuelo de Colina, La Dormida, Cues- 
tas de Lo Prado y de Zapata, Llanos de Peñuelas y otros lu- 
gares cuyos nombres omito, porque no estaban, como lo esta- 
ban éstos, en tan frecuentado contacto con la capital. 

Los viajes se hacían a caballo; mas ninguno viajaba sin 



RECUERDOS DEL PASADO 33 

SU chapa de pistolas, su machete y muchas veces sin su na- 
ranjero, antigua ametralladora en cuya boca, que parecía 
trompa, se echaba, para cargarle, un puñado de balas. 

Allá por los fines de cada septiembre, época de los rodeos, 
se notaba gran movimiento de carretas, de muías y de huasos 
a caballo en las puertas y en los patios de las casas áe los 
hacendados que se disponían a marchar con sus familias ha- 
cia sus propiedades rurales. Las carretas, único vehículo que 
en los viajes usaban las señoras, los niños y las criadas, eran 
unos pesadísimos y antediluvianos armatostes, cuyas toscas 
ruedas llevaban por llantas burdos trozos de algarrobo sujetos 
con estacas de lo mismo, y por ejes, gruesos garrotes de ma- 
dera, hechos, como vulgarmente se dice, a punta de hacha, 
que no dejaban de chirriar desdé el momento de ponerse en 
marcha hasta el de llegar a su destino. Sól9-2€^-años-iiespués, 
esto es, el año 1830 ,_s£LÍrLtrp_duio_ por primera vez en Chile el 
Üso]5ell0íaiia^de_fierro_j3aj:a jT^^ esta importante Arca 
de_Noé. En ella, junto con los colchones que cubrían el cen- 
tro para mitigar la fuerza de los golpes que le hacían dar las 
desigualdades del piso de los caminos, y la cortina de seda 
que adornaba su entrada, se veía siempre figurar en el más 
amigable y franco consorcio, señoras, criadas, niños, canastos 
con naranjas, canastos con huevos duros y con fiambres, ca- 
tnastitos de dulces de las recogidas, el tiesto íntimo de plata 
maciza, la harina tostada, el charqui para valdiviano, el te- 
rrífico instrumento del bitoque y la siempre consoladora gui- 
tarra. Con este ajuar, y al lento paso de pesados bueyes, se 
llegaba al cabo del día, después de sufrir un sol abrasador, a 
unos simulacros de posadas o de ventas donde todo faltaba 
menos la incomodidad. En cuatro días se llegaba a Valparaí- 
so, y en más o menos tiempo a las haciendas adonde se diri- 
gían las caravanas primaverales. 

Los com.erciantes de Santiago ocurrían con frecuenciaTn 
para el abasto de mercaderías a Buenos Aires, desde cuya pía- ' 
za, a lomo de muía y a través de las peligrosas laderas de los . 
Andes, internaban en Chile los efectos que no les era dadoJ 
encontrar en la aldea de Valparaíso. 

¡Cuánto tiempo no se perdía entonces, cuánta vida no se 
malgastaba en puros viajes! 

No sólo, pues, debe buscarse la causa del atraso en que 
yacen algunas naciones en las instituciones políticas que las 
rigen. El forzoso aislamiento en que se encuentran en sus 
respectivas residencias los hijos del mismo país, la falta de 
continuo y fácil contacto entre unos y otros, concurren a una, 
con las malas instituciones, al lamentable atraso del comer- 
cio, de la industria y al de la misma civilización. Los caminos 
y la supresión de las distancias hacen al hombre más social, 



34 VICENTE PÉREZ ROSALES 

prolongar su vida iilil, y con la experiencia que ésUi da, me- 
jora en todos sentidos su condición. 

Quien vio a Santiago el año 1814 y lo tornó a ver el de 
1825, pudo decir con fundamento: O los grandes aconteci- 
mientos políticos y sociales recién desarrollados en este pue- 
blo no le han dado siquiera tiempo para vestir un traje me- 
nos raído, o Santiago ha nacido para eternizarse como se 
está.^ 

lEl Santiago material del año catorce, salvo escasísimos re- 
toques, era el mismísimo del año veinticincó7>Sólo porque no 
se me enfaden los santiagueños nacidos el afib 1830 no quiero 
traer, con detalles, a la memoria los sustos que pasábamos en 
la feliz Cañada cuando escapaba alguna vaca del inmundo 
matadero de San Miguel, perseguida con temerosa algazara 
por perros y por huasos de a caballo, y atravesaba furiosa 
aquel paseo, llevándose por delante cuanto encontraba. Cier- 
to es que el año de 1830 ya no tenía que andar forzosamente 
el Presidente con banda lacre y rapacejos de oro, como lo es 
también que ya ese año comenzó la derrota de las pesadí- 
simas calesas, la feliz aunque lenta introducción de birlo- 
chos y de coches, aunque para ser justos es fuerza no olvidar 
que los tales carruajes se lavaban en plena calle a fuerza 
de abluciones de agua de la acequia lanzadas sobre el vehícu- 
lo a punta de mate o de cascaras de sandías. 

Pero no nos burlemos de modestas cunas; las andrajosas 
aldeas de Santiago y Concepción fueron las de nuestros pa- 
dres, y de entre aquellos andrajos se alzaron los gigantes a 
quienes debemos patria y libertad. 

Descrito sobre corriendo el primer teatro de mis pasados 
tiempos, voy a seguir consignando, según el orden numérico 
de los años transcurridos, lo poco que la edad no ha podido 
aún borrar de mi memoria. 



• CAPITULO II 

Valparaíso. — Primera lección, de Derecho Internacional Po- 
sitivo. — Lastra. — Carrera. — Derrota de Rancagua. — 
Osorio. — Juan Fernández. — Juan Enrique Rosales. — Su 
hija Rosario. — Prisión de mi madre. — Felipe Santiago 
del Solar. 

Entonces como ahora, en los veranos, muchas famüias de 
Santiago, por buscar expansión y mejor aire, trocaban las co- 
modidades del aristocrático hogar, ya por las rústicas e incó- 
modas ratoneras de sus casas de campo, ya por los no menos 
incómodos alojamientos que se procuraban en lo.i puertos ma- 
rítimos, adonde acudían a bañarse, a torear la ola, a ver bar- 
cos y a recoger caracolitos para regalar a las amigas a su 
vuelta a Santiago. 

Y tenia razón de huir de tan poco higiénica población las 
gentes en los veranos. 

En pos de respirar más puros aires, encontrábase entonces 
mi familia respirando el que en aquella época corría en el 
desgreñado Valparaíso: ambiente que si entonces era hedion- 
do, merece por lo menos el premio de la perseverancia, pues 
ha sabido conservar, si no aumentar, sus quilates hasta la 
époc^ presente. 

jNuestro Valparaíso comenzaba apenas en el año de 1814 
a acrandonar la cascara que encubría su casi embrionaria exis- 
tencia. La aristocracia, ei comercio y las bodegas se daban la 
m^ano para no alejarse de la iglesia Matriz; y el gobernador vi- 
vía encaramado en el castillo más inmediato, que era uno de 
los tres que defendían el puerto contra las correrías de los 
piratas. Lo que es ahora suntuoso Almendral, era a modo de 
una calle larga formada de ranchitos y de tal cual casucho de 
teja, arrabal por donde pasaban, para llegar al puerto, las 
chillonas carretas y las pocas recuas de muías que conducían 
frutos del país para embarcar y para el escaso consumo de 
aquella aldea. Toda la playa, desde ese extremo al otro de 
la bahía, era un desierto que sólo visitaban las mareas, y en 
el cual, en medio del sargazo y junto a algunas estacas don- 
de los pescadores colgaban sus redes para orearlas, se veían 



36 VICENTE PÉREZ ROSALES 



varados algunos de los informes troncos de árboles ahuecados 
que llevan aún el nombre de canoas. 

La comunicación del puerto con el Almendral no era tam- 
poco expedita, puesto qu.e el mar, azotando en las altas ma- 
reas con violencia las rocas de la caverna llamada Cueva del 
Chivato, cortaba en dos partes la desierta playa. Recuerdo 
que la policía, para evitar los robos que solían hacerse de 
noche en aquel estrecho paso, colocaba en él, suspendido de 
una estaca, un farolito de papel con su guapa vela de sebo 
de las de a cinco al real. Con decir que los zapatos se man- 
daban hacer a Santiago, basta para dejar sentado que, des- 
pués de San Francisco de California, con iguales recursos, 
ningún pueblo de los conocidos ha aventajado a Valparaíso, 
ni en la rapidez de su crecimiento ni en su importancia rela- 
tiva, sobre las aguas de los mares occidentales. 

Entre los contados cascarones que mecían las aguas de 
aquella desierta bahía, sobresalía imponente, al mando del 
bizarro comodoro David Porter, la hermosa Essex, fragata 
norteamericana de cuarenta cañones, cuya alegre marine- 
ría en los cerros, y su no menos festiva oficialidad en los 
planes, daban a la dormida aldea un aspecto dominguero, lo 
cual, por lo mismo que era bueno, no pudo ser de larga du- 
ración. 

Habían ocurrido de nuevo al desastroso recurso de las ar- 
mas la antigua madre Inglaterra y su altiva y recién eman- 
cipada hija Norteamérica. Buscábanse sus respectivas naves 
en todos los mares para despedazarse, cuando en medio del 
contento que esparcía en Valparaíso la estadía de la Essex, 
se vio con espanto en la boca del puerto aparecer en demanda 
de ella a la Phoebe y a la Cherub, dos poderosos buques de 
guerra británicos que, a todo trapo, tiraban a acortar las dis- 
tancias para cañonearla. 

Hízose fuego desde tierra para indicar a los agresores, con 
los penachos de agua que levantaban las balas de nuestros 
castillos, hasta dónde alcanzaba nuestra jurisdicción maríti- 
ma y el propósito de sostener nuestra neutralidad en ella, lo 
que parecieron comprender los ingleses, pues ese día y el si- 
guiente limitaron su acción a simples voltejeos fuera de tiro 
de cañón. 

Recuerdo que en la tarde del día 28 de marzo, cuando es- 
taban en lo mejor vaciando algunas botellas en casa de las 
Rosales algunas de los oficiales de la Essex que habían bajado 
en busca de provisiones frescas, el repentino estruendo de un 
cañonazo de ésta les hizo a todos lanzarse a sus gorras, y sin 
más despedida que el fantástico adiós para siempre del ale- 
gre y confiado calavera, saltar echando burras en su bote. 



RECUERDOS DEL PASADO 37 

Muchas familias acudieron a los cerros para mejor pre- 
senciar lo que calculaban que iba a pasar, y vimos que la 
Ejsex, aprovechando de un viento fresco y confiada en su 
superior andar, se disponía a forzar el bloqueo, ya que no le 
era posible admitir el desigual combate que se le ofrecía, 
cuando las naves inglesas, temerosas de que se les escapase la 
codiciada presa, la atacaron en el mismo puerto. Faltóle el 
viento a la Essex en su segunda bordada, quedando en tan 
indefensa posición que llegamos a creerla encallada, y allí, a 
pesar de los disparos de nuestras fortalezas para que los in- 
gleses no siguieran su obra de agreáión dentro de nuestras 
mismas aguas, fué la Essex despedazada y rendida. 

Tal fué la primera lección de Derecho Público positiva y 
práctica que me hizo apuntar en la cartera de mis recuerdos 
la culta Inglaterra, pues ni siquiera dio después al amigo, cu- 
ya casa había atropellado, la más leve satisfacción. 

Vueltos a Santiago, no tardamos en convencernos de que 
el año de 1814, año de disturbios y de desaciertos, de glorias 
y de desastres, no debía de terminar antes de grabar con su 
propia mano, en la sangrienta lápida destinada a cubrir los 
gloriosos restos de la Patria Vieja, su mortuorio epitafio. 
Mas, no siendo mi propósito entrar en el dominio de la his- 
toria al sacar del olvido estos recuerdos, no debe extrañarse 
que, dejando esa tarea a más calificadas plumas, concrete 
estos apuntes y señalar los hechos íntimos que yo mismo he 
presenciado, y a dibujarlos tales como se me presentaron, 
desnudos de comentarios y de antojadizas apreciaciones. 

Gobernaba entonces en Santiago, con el título de Di- 
rector SupreniD del Estado, el cumplido y recto caballero co- 
ronel don Francisco de la Lastra, patriota sin miedo y sin 
tacha, quien, después de haber servido en la real armada es- 
pañola, había entrado, sin titubear, en el torbellino revolu- 
cionario en obsequio de la libertad de su patria. Desgracia- 
damente la honradez del caballero y el puro y desinteresado 
patriotismo no eran entonces prendas capaces por sí solas 
de sostener a nadie en lo alto del poder. 

Para conseguir ese propósito era necesario que a tan 
apreciables dotes se uniesen el arrojo y la suspicacia que 
acom.pañan siempre a la ambición, y Lastra era tan poco 
ambicioso cuanto confiado en demasía. 

Entre des bandos políticos que se disputaban porfiados el 
manejo de las riendas del Estado, descollaba el carrerino, 
en el cual figuraban en primer término, al lado de muy dis- 
tinguidos hom.bres de letras y de valía, el brillante don José 
Migijel, el adainutlo don Lui.s y el juyán de la familia, don 
Juan José Carrera. Militares los tres hermanos e igualmen- 



38 VICENTE PÉREZ ROSALES 

te exaltados patriotas, don Luis y don Juan José reconocían 
a don José Miguel como jefe de la familia y del partido, tan- 
to por su talento y sus conocimientos militares, cuanto por las 
consideraciones de general aprecio que supo granjearse des- 
d: io=; primeros dias de su llegada de España al seno de su . 
patna. 

Este joven, que tan brillantes cuanto dolorosas páginas 
ocupa con su vida en la historia de los primeros tiempos de 
nuestra emancipación política, había llegado a Chile poco 
después de la instalación de nuestro primer ensayo de Con- 
greso, precedido del honroso antecedente de haber abando- 
nado en España el seguro y, para su edad, brillante puesto 
de teniente coronel de Húsares de los reales ejércitos, por co- 
rrer los azares y peligros de una revolución de dudoso éxito, 
pero que podía, tal vez, dar por resultado la emancipación de 
su patria del dominio español. 

Acompañaban a su feliz estrella, para hacerle desear en 
los estrados, su figura bien proporcionada, su más bien alta 
que mediana estatura, su carácter festivo y travieso, su do- 
nairosa conversación sazonada de pullas gaditanas que ace- 
raba su natural talento, la soltura y desembarazo del solda- 
do caballero, el fantástico y siempre elegante modo de ves- 
tirse, y su exquisita galantería para con las damas; para 
captarle el aprecio de los hombres pensadores sus ideas re- 
publicanas, su desembarazado arrojo para emitirlas, sus co- 
nocimientos militares y el ningún empacho que tenía para 
sacar impávido la cara en los peligros que podían surgir de 
su franca energía; y para hacerle ídolo del soldado y del ba- 
jo pueblo, su llaneza, su afectado desprecio a las clases pri- 
vilegiadas y su generosidad, que rayaba en derroche. 

Con semejantes prendas, fácil hubiera sido deducir has- 
ta dónde hubiera podido alcanzar este Alcibíades chileno a 
quien tan poco le costaba ser docto entre los doctos, Love- 
lace entre las mujeres, grosero y travieso en los arrabales, y 
soldado en los cuarteles, si la ambición de ser entre todos el 
primero, le hubiera permitido esperar los acontecimientos 
que junto con otros preparaba, en vez de precipitarlos. 

Fueron los tres hermanos Carrera, y muy especialmente 
don José Miguel, íntimos amigos de la familia de los Rosa- 
les. Asi es que no nos causó extrañeza. cuando volvimos de 
Valparaíso, encontrar ocultos y asilados en nuestra casa al 
loco de José Miguel, como lo apellidaba por cariño mi abue- 
lo don Juan Enrique Rosales, y a su hermano Luis, recién 
escapado de la cárcel de Chillan, a donde el torbellino polí- 
tico lo habíQ arrojado. 

Es mucho más difícil y au.n peligroso de lo que parece, 



RECUERDOS DEL PASADO 39 

estarse en los términos medios en politica. No tenia mi fami- 
lia motivo alguno para ser enemiga de Lastra, tenía motivos 
para estimar a Carrera y a O'Higgins, bizarro rival de éste, 
y todos dispensaban a mis padres cariños y respetos debida- 
mente correspondidos. 

La presencia de los Carrera en casa, el desenfado y aun 
la imprudencia con que don José Miguel salia y entraba de 
noche en ella, recibía visitas de encapados y despachaba 
emisarios, tenían alarmada a la familia, que tem.ía por ins- 
tantes verse arrastrada por corrientes de las circunstancias 
a hacerse reo de actos que no aceptaba, pero que la amistad 
la obligaba a tolerar. Esta situación no estaba ni podía estar 
destinada a ser de larga duración. 

La noche que precedió a la violenta deposición del Direc- 
tor Supremo don Francisco de la Lastra tuvo don José Mi- 
guel en la antesala de casa una acalorada, bien que amiga- 
ble discusión con mi madre doña Mercedes Rosales. Procu- 
raba él tranquilizarla, desvirtuando con alegres chistes las 
serias reflexiones que la señora le dirigía; tanto que llegó el 
momento en cue ella, amenazándolo con el abanico, le dijo 
estas palabras, cuyo significado vine a comprender después: 
"¡Hasta cuándo eres loco, José Miguel! Mira que al cabo te 
ha de suceder alguna desgracia; espera siquiera que llegue 
mi padre!" Don José Miguel, que parecía en ese instante 
más preocupado de lo que pensaba que de lo que oia, sol- 
tando una sonora carcajada, después de haber mirado su 
reloj, cogió precipitado el sombrero, y con un expresivo "no 
tenga usted cuidado, misiá Merceditas; haga usted de cuen- 
ta que ya el pájaro está en la jaula y, por si acaso, asegure 
bien la puerta"'. En seguida dirigióse hacia la de la cochera, 
por donde solía manejarse, y desapareció. 

Al día siguiente fué Lastra arrojado del poder. 
En la fresca mañana del día 1." de octubre de 1814 el 
amodorrado Santiago de 1809, lanzado un año después en el 
torbellino revolucionario que inició la era de la emancipación 
política del conocido, aunque no sé por qué llamado Reino 
de Chile, presentaba el aspecto de un pueblo desasosegado en 
cuyo ánimo alternaban, con febril afán, la alegría y el te- 
mor, la esperanza y el desconsuelo; y no sin causa, pues echá- 
base en aquellos momentos a la dudosa suerte de las armas, 
en la heroica aldea de Rancagua, el porvenir del país como 
nación independiente. 

Mal cimentado aún el gobierno patrio por haber sido pre- 
sa hasta entonces de las naturales convulsiones que siem- 
pre agitan a jos pueblos en la época de su regeneración po- 
litica, y sorprendido en medio de una revolución fratricida 



40 VICENTE PÉREZ ROSALES 

por la¿i fuerzas españolas que venían a la reconquista al man- 
do de don Mariano Osorio, marchando sobre la capital, no 
había quedado a los jefes patriotas tardíamente arrepenti- 
dos de su locura otro arbitrio que el de abrigarse en la inde- 
fensa Rancagua, donde hacían a la sazón los más desespera- 
dos esfuerzos para defenderse. 

A los sostenedores de nuestra emancipación política, a 
los que apenas comenzaban a gozar de sus envidiables fru- 
tos, no les era posible resignarse a perder de un solo golpe 
lo que con tantos sacrificios habían adquirido. 

Santiago, agitado en el día, no durmió en la noche; carre- 
ras de caballos por las calles, gritos sediciosos, vivas y mueras 
a la Patria, rumores y noticias confidenciales, pero siem- 
pre aterradoras y siempre embusteras, fomentaban la más 
cruel ansiedad en el ánimo de los comprometidos, al propio 
tiempo que despertaban frenética alegría en el de los adictos 
a la corona. 

Llegó, ignorándose aún lo que pasaba, la primera luz del 
día 2, tan funesta cuanto gloriosa para nuestras melladas 
armas. Expresos matando caballos llegaron del lugar de la 
catástrofe gritando que todo se había perdido; y como to- 
dos recordaban aquella altanera intimación de Osorio diri- 
gida A los que mandan en Chile: "que si no se rendían a las 
tropas reales, hr-ría la guerra a sangre y fuego sin dejar pie- 
dra sobre piedra", puede deducirse que esperaban que suce- 
diese en Santiago, en caso de resistir, lo que ya daban por 
hecho que había sucedido en Rancagua. Antes de entrarse el 
sol y en el resto de la triste noche de aquel aciago día, 
fracciones destrozadas de nuestro ejército, hombres y muje- 
res a pie llevando a cuestas partes de su ajuar y a sus pe- 
queños hijos de la mano, pintado el terror en sus semblan- 
tes, invadieron los barrios del. sur, sin que se oyese por todas 
partes otra exclamación que la terrorífica "¡ya nos alcanza el 
enemigo!" Pero lo que acabó de sembrar el terror en el an- 
gustiado Santiago fué menos la confirmación de la derrota 
que la seguridad de la inmediata y precipitada partida de 
nuestros dispersos destacamentos hacia la cordillera de los 
Andes. Templos, oficinas fiscales, depósitos de guerra, todo 
se puso a contribución por los fugitivos jefes del destrozado 
bando patrio, con el propósito de privar de recursos a los 
vencedores. Así fué que lo que no pudo llevarse, se entregó 
al saqueo. 

De paso para Aconcagua, don José Miguel Carrera tuvo 
una conferencia en casa de mis padres con mi abuelo Rosa- 
les para tranquilizarlo, asegurájidole que la desgracia de Ran- 
cagua no era definitiva, puesto que en pocos días más, re- 



RECUERDOS DEL PASADO 41 

hecho en Aconcagua, volvería a arrojar a los españoles de 
Santiago. O'Hlggins. intimo amigo también de mi familia, 
no parecía abrigar las mismas esperanzas, puesto que al des- 
pedirse precipitadamente de ella, a consecuencia del aviso 
de que las fuerzas de Elorreaga seguían a marchas forza- 
das a los dispersos, dijo a mi padre con enfurecido semblan- 
te: "¡Carrera no más tiene la culpa de cuanto pasa!" 

Huía el soldado; ¡cómo no había de huir el simple par- 
ticular comprometido! Las gentes de escasa fortuna, al ver 
que el rico huía, poseídas del mayor terror, huyeron tam- 
bién; y asi es que por muchos días consecutivos después del 
de la catástrofe de Rancagua se vieron pobladas las peli- 
grosas laderas de los Andes con soldados desmoralizados, con 
mujeres, con niños y con ancianos, que sólo veían su salva- 
ción tras las nevadas crestas de aquella sierra. Las so- 
litarias casas ae las incultas haciendas de aquel entonces 
sirvieron de asilo a los patriotas que por su edad o por sus 
achaques no pudieron seguir a los demás para Mendoza; y 
mi debilitado abuelo con sus hijos y sus nietos, sirviéndole 
de cariñoso báculo su tierna hija Rosario Rosales, se ocultó 
en los ranchos de Tunquen de las Tablas, cerca de Valparaíso. 

Tras la huida de los comprometidos, tras el completo 
abandono de sus casas, provistas entonces de todo, era na- 
tural que el robo, el saqueo y muchas veces la muerte im- 
perasen en la desgraciada Santiago, desórdenes y escándalos 
que sólo terminaron con la llegada de los primeros destaca- 
mentos de los vencedores, y sobre todo, con la fastuosa y 
triunfal entrada de Osorio, verificada el día 9. 

La población no sólo se componía de partidarios de la 
independencia; habitaban también en Santiago muchísimas 
familias adictas al régimen colonial, y io probó el grande en- 
tusiasm.o con que el pueblo, vestido de gala, solemnizó en la 
entrada del vencedor el fausto acontecimiento de la vuelta 
de Chile, hijo pródigo entonces, al seno de la Real Corona 
de Castilla. Arcos triunfales, banderas y cortinas de seda en 
los balcones, repiques de campanas pregonaban el general 
contento, y flores desparramadas con profusión señalaban 
sobre el pavimento de las calles ^1 faustoso rastro que iba 
dejando en ellas la satisfecha comitiva de aquel afortunado 
redentor que tantas lágrimas había de hacer verter después 
a muchos de Ioí- mismcs que con tanto alborozo le recibían. 
Rancagua fué, pues, el sepulcro de aquella "Patria Vieja 
tan mentada, que desde su primera infancia supo en su mis- 
ma cuna ostentar, como Alcides. el poder de su voluntad y 
de su fuerza. Nacida el 18 de septiembre de 1810 para lan- 
zarse, sin más brújula que el patriotismo, al través de las 



42 VICENTE PÉREZ ROSALES 

borrascas que levanta siempre el huracán dé las emancipa- 
ciones políticas, sólo después de haberla arrastrado durante 
cuatro años consecutivos, luciendo siempre en ellas, bien que 
con algunos naturales desaciertos, cuantas virtudes cívicas, 
cuanto heroísmo y cuanta patriótica poesía puede engala- 
nar el corazón humano, murió como el fénix, legando a Chile 
aquellas gloriosas cenizas que debían renacer inmortales en 
Chacabuco con el nom.bre de Patria Nueva. 

Bajado el telón que separa el primero del segundo acto 
del sangriento drama de nuestra emancipación, Osorio y des- 
pués de él Marcó, guiados por la mano de una política mal 
entendida, arbitraria- y cruel, parece que sólo se ocuparon 
en no errar desaciertos para provocar la reacción. 

Puede ser que Osorio, al llegar a Santiago, abrigase, como 
lo aseguran algunos escritores peninsulares, el pensamien- 
to de seguir una política de conciliación tal, que captándose 
las voluntados de los adustos republicanos que acababa de 
vencer, adquirirse al mism.o tiempo, a fuerza de dulzura y 
de actos de equidad, lo que no era dado exigir del mal en- 
tendido rigor; pero desgraciadamente, presupuesto semejan- 
te pensamiento, no pasó esto de ser un ligerísimo destello 
de cordura. El corazón de ese hombre no era bueno, y si 
lo fué. será forzoso convenir en que las sugestiones del mie- 
do y la de los malos consejos pueden provocar actos de fie- 
ra en las almas m.ás bien puestas. 

Comenzó este terrible jefe desde el mismo día en que co- 
locó su sala de despacho en la casa del Conde de la Conquis- 
ta, lugar de su primer alojamiento,* por desmentir con tan- 
to disimulo cuantos dichos de rigor se le habían atribuido, 
y por aparentar tanta mansedumbre y natural dulzura para 
con los vencidos, que éstos llegaron hasta creerle sincero; y 
aun recuerdo haber visto a hombres muy respetables alzar, 
en casa de mis padres, las manos al cielo en actitud de darle 
gracias por tan inesperado beneficio. 

Bien poco duró, sin embargo, el motivo de esta efusión 
de reconocimiento, puesto que aun no se había secado la 
tinta con que se firm_aban las promesas, cuando viendo el con- 
fiado redil al alcance d^ su garra, ese lobo, que en vano ha 
querido justificar la historia, se lanzó sobre él. 

El recuerdo de la brutal e inútil tiranía que desplegó Oso- 
rio a los doce días de su entrada en Santiago sobre cuantos 
padres de familia y cuantos hombres de su posición po- 
dían honrar a su país con sus talentos y con sus virtudes, vi- 
virá en la memoria de los chilenos tanto tiempo cuanto fue- 
re el de la duración de nuestra historia. 

El aspecto que presentaba la plaza de Santiago la tarde 



RECUERDOS DEL PASADO 43 

del día 2 de noviembre de 1814. invadida por una multitud 
de gentes cuyos semblantes traslucían ya la simple curiosi- 
dad, ya el dolor, o ya el gesto de la venganza satisfecha, era 
lógica consecuencia del atentado perpetrado por Osorio en 
las altas horas de la noche precedente sobre muchos de los 
principales y descuidados vecinos de la reivindicada capi- 
tal. En el espacio que un cordón de soldados conteniendo 
la gente agrupada dejaba franco en frente de la portada 
de la cárcel, se veían, sin que muchos atinasen el porqué, 
como cincuenta ruines cabalgaduras, ensilladas unas, otras 
con simples pellejos de ovejas por monturas, y la mayor par- 
te con bozales de cáñamo o de cuero en vez de frenos. ¡Quién, 
sin saberlo de antem.ano, hubiera podido imaginarse que aque- 
lla recua de animales, maltratados y provistos de tan mí- 
seros arneses, era el único medio de transporte que una in- 
útil crueldad proporcionaba -a ilustres expatriados para lle- 
gar a Valparaíso, primer descanso de la escala del marti- 
rio que conducía al presidio de la lejana isla de Juan Fer- 
nández! 

Era, sin embargo, la verdad. Antes de cerrar el día y en 
medio del silencio doloroso de los espectadores, silencio que 
sólo interrumpía de cuando en cuando alguna brutal impre- 
cación de un sargento de Talaveras, se vio salir con tardo y 
enfermizo paso del portal de la cárcel, un grupo de más de 
cuarenta respetables patriotas, los cuales, a pesar de su me- 
recimiento, del respeto que inspiran las canas, y de los mi- 
ramientos que dispensan siempre los corazones bien pues- 
tos a la desgracia, fueron obligados, poco menos que a empe- 
llones, a cabalgar, y sirviendo su dolorosa y ridicula apostu- 
ra de tema para brutales risas, a marchar bajo una fuerte 
custodia para el vecino puerto. 

Asi caminaron para .su destino, sin más ajuar que la ropa 
que llevaban puesta ni más alivio en tan penoso viaje que 
el que podían adquirir de sus guardas, con el poco oro que 
el acaso les permitió llevar consigo cuando fueron prendidos, 
Rojas, Cienfuegos, Egaña, Eyzaguirre, Solar y tantos otros 
distinguidos patriotas que por muy conocidos no menciono; 
pues será sobrado decir que no quedó nombre considerado 
que no figurase en la lista de los proscritos, ni* casa respetable 
de Santiago que no vistiese luto por la suerte que a sus deu- 
dos o amigos esperaba. 

La próvida naturaleza, que ha derramado siempre sobre 
la mujer chilena, junto con los encantos de la hermosura, 
les atractivos de la virtud, parece que se hubiese complaci- 
do en aquel entonces en concentrar en Rosario Rosales ni- 
ñez, hermosura y un inagotable tesoro de amor filial. 



44 VICENTE PÉREZ ROSALES 



Sorprendida aquella tierna niña con los alaridos de la fa- 
milia de su anciano padre, don Juan Enrique Rosales, al ver 
que una tropa de soldados, atropellándolo todo, le arranca- 
ron del lecho para arrojarlo, enfermo como estaba, a una 
cárcel en la tenebrosa noche en que se dio aquel odioso gol- 
pe de autoridad: envuelta con precipitación en su mantilla, 
sin consultar a nadie, ni darse cuenta de lo que hacía, siguió 
desatentada a los raptores del único bien que po.seyó en el 
mundo; mas. al llegar a la cárcel, al oír el ruido de la reja 
que se cerraba tras él. la naturaleza, recobrando sus fue- 
ros, la derribó desmayada sobre las frías baldosas de la en- 
trada de aquel temido lugar. Recogida por los hermanos que 
siguieron tras aquella desgraciada personificación del amor 
filial, apenas volvió en sí, cuando perseguida por la idea 
de que iban a matar a su padre, corrió despavorida a golpear 
en todas las casas donde el instmto le decía que podía encon- 
trar a auien. apiadado de su situación, intercediese por la 
conservación de vida tan preciosa; mas, como en todas par- 
tes sólo encontrase, bien que con buena voluntad, la indeci- 
sión del desconsuelo, venciendo todas las dificultades que el 
adusto Osorio oponía a cuantos intentaron hablar con él en 
los momentos supremos de la deportación, el ángel del amor 
filial bañó en vano con suplicantes lágrimas las inmundas 
botas de aquel sátrapa. Don Juan Enrique Rosales había sido 
m.iembro de la primera Junta Patriota erigida para baldón 
de España el 18 de septiembre de 1812; era preciso, pues, que 
él. así como sus compañeros Marín, Encalada y Mackenna, 
pagasen tan atroz atentado contra la Corona de Castilla. 

Rosario, acompañada de 'su hermano Joaquín, siguió la 
escolta de su cautivo padre, quien, junto con sus demás com- 
pañeros de desgracia, llegó a la aldea de Valparaíso a los tres 
días de un penoso viaje. 

En ese villorrio, que por la emoción que causan en mi 
viejo corazón los tristes recuerdos de aquella época, no des- 
cribo ahora, existía entonces, por fortuna para los recién lle- 
gados, el caritativo y bondadoso español don Pablo Casa- 
nova, quien de limosna, porque ésta es la palabra aue tra- 
duce sus actos, m.antuvo a los prisioneros los tres días que 
permanecieron«en tierra, mientras se alistaba la barca Sebas- 
tiana, que debía transportarlos a Juan Fernández. 

La hija del anciano Rosales, entretanto, para conseguir 
siquiera que se la permitiese compartir con el autor de sus 
días el destierro, repitió en Valparaíso en casa del jefe de la 
plaza la misma escena que le había valido en Santiago la 
cruel repulsa del mandatario O.sorio. Fue, pues, al segundo 
día de su llegado, a depositar sus lágrimas y sus ruegos a 



RECUERDOS DEL PASADO 45 

los pies del gobernador del puerto, que lo era entonces el co- 
mandante de fragata de la Real Armada, Ballesteros. 

Voy a consignar las palabras con las que. en tiempos más 
serenos, me refería mi tia este lance de su azarosa vida: 
"Después de una hora de angustiosa espera, se dignó darme 
audiencia Ballesteros, quien, sentado en su escritorio, pare- 
cía conferenciar con algunos oficiales del ejército. Aquel frío 
¿qué se le ofrecía? que me dirigió el gobernador con terca 
seriedad, sin siquiera dignarse ofrecerme un asiento, me quitó 
desde luego la poca esperanza que abrigué hasta que estuve 
en su presencia Me oyó impasible tartamudear mi súplica, 
y al ver que en los momentos de silencio en que me ahoga- 
ba el llanto, en vez de contestarme parecía entretenerse en 
trazar distraído, sobre una hoja de papel, algunos garabatos 
que después borraba, sin saber por qué, ya parecía inútil mi 
íi:sistencia, cuando el gobernador, encarándome con dureza 
estas palabras: ¡Basta de lágrimas, señora, lo que no se puede 
no se puede!... ¡no sé cómo no me caí muerta! No pude 
retirarme. La imagen de mi padre enfermo, muriéndose en 
el desamparo del destierro, sin tener a su lado ni siquiera 
una mano amiga que le cerraje los ojos, me había dejado 
como petrificada, lo cual, visto por el gobernador, al pare- 
cer im.paciente por mi tardanza en despejar la sala, me asió 
entre brutal y comedido y me condujo a la puerta del des- 
pacho, donde arrojando un papel al lado de afuera, me vol- 
vió con desenfado la espalda. Dios me inspiró que levantara 
del suelo aquel papel, que leído momentos después, contenía 
estas palabras que sólo el gobernador y yo podíamos inter- 
pretar: Embarcarse, como para viajar . . . Supe después, con- 
tinuaba mi tía, por el contador de la Sebastiana, que entre 
otras cosas que el gobernador había hablado con el capitán 
de esa nave, le había dicho: "en caso que la chica de esa 
buena pieza de Rosales deseare acompañar a su padre, dé- 
jela usted que le acompañe, que no por ser ^ mujer, deja de 
ser insurgente". 

Esta tira salvadora de papel, conservada como reliquia 
por mi tia hasta sus últimos momentos, obra en mi poder, y 
la conservo com.o un fehaciente testimonio que caracteriza 
el espíritu que dominaba en aquella época, en la cual, hasta 
para hacer mercedes tenían los dependientes de Osorio que 
parecer brutales. 

La vida del anciano patriota don Juan Enrique Rosales, 
la de su hija Rosario, la de cada una de las victimas que 
compartieron por igual delito las angustias y privaciones del 
destierro a Juan Fernández desde el día de su cautiverio 
hasta el 25 de marzo de 1817, época de su repatriación por 



46 VICENTE PÉREZ ROSALES 

O'Higgins, es un draiiia que no entra en mi propósito na- 
rrar. 

Contábase entre los vecinos de Santiago que no siguie- 
ron el camino de Mendoza, ni tampoco el de Juan Fernández 
o el de las casas-matas de los castillos del Callao, mi padras- 
tro doctor don Felipe Santiago del Solar, a quien daba yo 
y doy todavía el nombre de padre. Era este uno de los acau- 
dalados y tenaces patriotas a quienes la política de Osorio 
convenia atraer o arruinar. No habiendo podido conseguir 
el logro de la primera parte de esta terrible disyuntiva, 
entró Osorio de lleno en la segunda, imponiendo a Solar tal 
copia de contribuciones, de préstamos y donativos forzosos, 
que, a no haber sido por las relaciones mercantiles que con- 
servaba aquella poderosa casa en Buenos Aires, le hubiera 
arruinado por completo. Parecióle esto, sin embargo, poco 
al desapiadado mandatario; quiso tocar cuerda más sensible 
para reducir al incorregible insurgente, y su exquisita cruel- 
dad le sugirió la idea de herir al rebelde en el corazón, en- 
carcelando a mi madre! 

Al ver la tenacidad con que Osorio procuraba la ruina de 
los intereses de Solar, no parece sino que este suspicaz man- 
datario sospechaba en el papel que debían desempeñar en la 
obra de la emancipación americana el ardiente patriotismo 
y las riquezas ae su perseguido; pues, apenas entró el año de 
1820, cuando aquella sospecha se tornó en presagio, como 
consta del documento histórico que a continuación copio, por 
no ser de todos conocido: 

Lima, octubre 4 de 1833. 

Reconócese por el Estado a favor de áon Felipe Santiago del 
Solar 60.000 pesos en parte de la cantidad que le declaró el Con- 
gr€.«o en 3 de diciembre de 1832, por resto del .saldo de las cuentas 
respectivas a la habilitación del Ejército Libertador que vino al 
Perú en 1820, al mando del general San Martin, cuya cantidad 
será satisfecha en el modo y en las oportunidades que lo permitan 
las actuales exigencias del erario. — Tómese razón de la Contaduría 
Ganeral de Valores y Tesorería GeneY3.].—Gamarra. 

Tómese razón en la Contadu- Tómese razón en la Tesore- 
ría General de Valores. — Lima, ría General de] Estado. — Li- 
octubre 8 de 183'3. —Arri~.. ma, octubre 8 de 1833.— Burgos. 

No habían transcurrido tres semanas después de la sali- 
da de la Sebastiana cuando recibió ese nuevo golpe mi fami- 



RECUERDOS DEL PASADO 47 

lia. Corría la tarde del 17 de noviembre, y al abrigo del co- 
rredor que daba al jardín procuraba en vano mi padre calmar 
el llanto que arrancaba a su esposa el doloroso recuerdo del 
destierro de su anciano padre, cuando fué interrumpido por 
el extraño aviso de que un carruaje custodiado por soldados 
se acababa de detener en la puerta de calle. 

Corrimos mi hermano Carlos y yo a averiguar lo que 
aquello significaba, y no tardamos en ver salir del carruaje a 
un militar rechoncho, bajo de cuerpo, ancho de espaldas, 
pescuezo corto, cara expresiva y anchos bigotes castaños. Iba 
vestido con afectación, y en su alto morrión, que no decía con 
su estatura, llevaba esculpidos en latón amarillo, junto con 
la corona, los leones heráldicos de España. Este personaje, 
que nos llenó de miedo, después de atravesar con desemba- 
razo y seguido de dos soldados el primer patio: ¡Ah, de casa!, 
gritó en la antesala, y mi padre, que le salió al encuentro, sa-, 
ludándole con el nombre de señor don Vicente San Bruno, 
le preguntó la causa que le proporcionaba la ocasión de verle. 
San Bruno contestó: "Yo no le busco a usted. Todo por su 
orden, pero no tenga usted cuidado por eso, que no ha de 
tardar mucho en que nos veamos más de cerca las caras. 
Busco a doña Mercedes Rosales, y es lástima que sea tan gua- 
pa moza esa insurgente... ¡Vamos, no perdamos tiempo!" 
Intimada la orden de prisión a la madre querida, junto con 
€l ademán de asirla de un brazo, Carlos y yo, dando alaridos, 
nos lanzamos sobre San Bruno, quien de un solo revés al 
proseguir su marcha, tendió a los dos pobres niños sobre las 
piedras del patio. 



~ I' CAPITULO III 

Conflictos de Man '.ó. — Chacabuco. — Gran sarao dado al ejér- 
cito vencedor.- —Armas ^heráldicas de Chile. — Derrota de 
C ancha- Rayaa'n,.— Segunda emigración a Mendoza. — 
Muerte de los dos hermanos Carrera, Luis y Juan José. 

i 
Ya no era den. Mariano Osorio quien gobernaba entonces. 
Habiale suced ido en el mando otro procónsul llamado Ca- 
simiro Marcó del Ptnit, menos capaz que el anterior, aunque 
no menos cruel, ''lias confinados en Juan Fernández, de quie- 
nes muy de tard p íeii tarde se recibían noticias, seguian sin 
esperanza sufriei laa© los caprichos de los carceleros de aque- 
lla Ceuta americ a na, al paso que sus deudos y los demás pa- 
triotas del titul; into Reino de Chile, impotentes para defen- 
derse contra les ipurfxuntarios atropellos del poder que los abru- 
maba, atesoraba <m. en sus corazones un caudal de agravios, 
cuyo estallido, r ;ii'dndo sucediese, no podía menos de extirpar 
para siempre ei (dominio español de nuestro suelo. 

En efecto, bsibíase iniciado el año de 1817. con pronósti- 
cos de invasió^ a patriótica, una expedición alistada del otro 
lado de los Ar jíites por el incansable celo del bizarro coronel 
de granaderos s caballo don José de San Martin, gobernador 
entonces de í fendoza, y reforzada por los heroicos fugitivos 
de Rancagua, oiyo ardiente valor y patriotismo clamaba por 
un sangriento . desquite. No es, pues, de extrañar que el ánimo 
de Marcó, pe rturbado con las amenazantes noticias de estos 
aprestos béli' '^os, le indujese a exclamar en uno de sus malos 
momentos " ¡qv:e ni lágrimas que llorar habia de dejar a los 
chilenos enf mvios de su rey!" Pero la suerte lo habia dis- 
puesto de o :ro modo, y estaba escrito en el libro del destino 
que las ago Cadí is lágrimas de las víctimas chilenas las habia 
de volver é) ¿ mi smo con las propias suyas en un destierro. 

En un' j^ de los largos y calurosos días del mes de enero de 
aquel año se p: aseaba inquieto en el espacioso y obscuro salón 
de una c onüci( la y antigua casa de Santiago, llamada de los 
Carrera, un aj: uesto caballero corno de treinta y cinco años, 
alto, oj' js azuii3s, nariz prominente y cabello negro. Su aire 
preocui >^do, sii continuo mirar por la entornada ventana ha- 



30 VICENTE PÉREZ ROSALES 



cia la calle, junte con sus convulsos movimientos de impacien- 
cia, denotaban que esperaba por instantes la noticia de algún 
serio acontecimiento. Como a eso de las tres de la tarde, 
hora de la siesta y de general silencio en aquella estación, 
se vio. gallinas al hombro, atravesar el patio de la casa a 
uno de esos andrajosos vendedores de aves que llegaban de 
los campos con tanta frecuencia a la caiDital a expender su 
modesta mercancía, el cual, deteniéndose a la puerta de la 
antesala, dio el grito de ordenanza: ¡Llevo gallinas gordas, 
casero! . . . Solar, que no era otro el silencioso e inquieto per- 
sonaje que traigo de nuevo a la .escena, estremeciéndose co- 
mo herido por una chispa eléctrica al oíir esa voz que pare- 
cía serle conocida, hizo a mi madre señas para que me en- 
tretuviese, y saliendo precipitado de la sala, ordenó que un 
sirviente cargase con las aves, y en cuanto se consideró so- 
lo, tomó del brazo al vendedor y desapareció con él en su 
inmediato escritorio. 

¿Quién podría ser este haragán? ¿Quó significaba aquel 
misterioso encierro con mi padre a solas? Cuestiones fueron 
éstas a las que mi madre, más preocupada de velar sobre la 
conservación del aislamiento de la vecindad del escritorio 
que de satisfacer mi infantil curiosidad, se limitó a contestar 
imponiéndome silencio. 

Un momento después el vendedor de aves, con aire de 
triste pordiosero, salió a la calle y, tendiendo la mano a cuan- 
tos encontraba, en busca de merced, desapareció por la calle 
de los Huérfanos abajo. 

Sólo cuatro años después de lo ocurrido pude recoger, de 
boca de mi madre, la solución del enigma del pollero. Con- 
servaba la señora en su libro de autógrafos un pequeño cua- 
drito de papel que, arrollado, podía desempeñar la aparien- 
cia de tabaco dentro de la hoja de un cigarro. En este papel 
se podían leer con facilidad estas palabras: "15 de enero: 
hermano S.. . Remito por los Patos 4.000 pesos fuertes. Den- 
tro de un mes estará con ustedes el hermano José". — El su- 
puesto vendedor de aves era uno de los muchos espías y emi- 
sarios de quiene5: se valía el gobernador de Mendoza, ya para 
sostener el ánim.o de los patriotas que gemían de este lado 
de los Andes, ya para avivar las indecisiones de Marcó; la fe- 
cha indicaba el día de la salida del ejército, los pesos fuertes 
el número de soldados, y el hermano José el nombre del 
ilustre soldado libertador, don José de San Martín. 

Nunca vi más radiante de contento la fisonomía de mi 
padre que cuando despidió al supuesto mendigo. Hubo en las 
primeras horns de la noche numerosas visitas, todos habla- 
ban a media voz, todos accionaban con más o menos vehe- 



RECUERDOS DEL PASADO 51 

mencia, y en todos dominaba la alegría que trae consigo al- 
gún feliz y cercano acontecimiento. 

Desde ese día para adelante no dejé de notar en las ca- 
lles de Santiago el más inusitado movimiento. Partes preci- 
pitados que volaban reventando cinchas, salían a cada ins- 
tante de palacio, ya para el norte, ya para el sur del Reino. 
Se llamaban tropas del sur, se las detenía en su marcha, y se 
las fraccionabu para sembrarlas por destacamentos en todos 
los pasos de la cordillera; porque fueron tantas las trazas y los 
ardides de que se valió San Martín para ocultar el rumbo de 
sus tropas, que hubo momentos en que los realistas llegaron 
a ver en todos y en cada uno de los boquetes andinos aso- 
mar al mismo tiempo el amenazador fantasma del ejército 
libertador. 

Llegó el lía 11 de febrero, y con él tanto toque de cajas y 
de cornetas, tantas carreras de caballos por la ciudad, al pro- 
pio tiempo que se veían salir apresuradas por la Cañadilla, 
las pocas tropas que aun quedaban en Santiago, que este pue- 
blo parecía campamento que, sorprendido, levantaba asiento 
a toque de rebato. 

No había un solo semblante en el cual no se encontrase 
trazada con enteros rasgos la ansiedad. El temor y la espe- 
ranza luchaban en todos los corazones; decían unos que ya 
San Martín, al mando de más de diez mil hombres, habla pa- 
sado la cordillera, y que lanzaba sobre el desgraciado Reino 
de Chile una Inundación de excomulgados insurgentes que 
todo lo venían arrasando; otros, que San Martín solo capita- 
neaba a cuatvD gatos cansados con el viaje y tan mal arma- 
dos, que al menor asomo de las tropas reales, ni rastro queda- 
ría de ellos. Llegó después la noche que tan vivos recuerdos 
ha dejado en mi alm.a. Tedas las puertas de calle que no es- 
taban herméticamente cerradas después de las oraciones, es- 
taban entornadas y vigiladas para evitar los desbordes de las 
turbas inconscientes, para las cuales no podía haber desen- 
lace sin saqueo. Alternábase el silencio con el ruido. Momen- 
tos hubo en que pudo sentirse el vuelo de una mosca, y mo- 
mentos en que todo lo atronaban las imprecaciones de las 
patrullas a caballo, lanzadas a escape tras aquellos impa- 
cientes insurgentes que, por desahogo, gritaban antes de tiem- 
po "¡Viva la Patria!" 

Uno de estos imprudentes atravesó como un celaje el pa- 
sadizo de nuestra casa al mismo tiempo que seis soldados a 
caballo, lanzándose en el patio, entraron con gran ruido de 
sables y herraduras hasta la mitad de la antesala, donde se 
encontraba reunida la familia. A la orden altanera del que 
comandaba el piquete, de entregar en el acto al insurgente 



52 VICENTE PÉREZ ROSALES 



que acababa de aislarse en casa, Solar, sin turbarse, echó 
mano a un candelabro, y convidando a los soldados a seguir- 
le, hizo una correría por la casa, como si no pensase en otra 
cosa que en la entrega del fugitivo, cuya entrada protestaba 
ignorar; y supo hacer su papel tan a lo vivo, que después de 
remover hasta los colchones de los «catres, donde él sabía que 
nada habían de encontrar, no se detuvo hasta dar con ellos en 
una azotea interior que comunicaba con el tejado. Viéronse, 
pue«. obligados a dar por terminada su persecutora e inútil 
tarea, volvieron a la sala prorrumpiendo en reniegos, cobra- 
ron en ella sus cabalgaduras, y lanzando a todos miradas de 
despecho, salieron a la calle dejando el salón pasado a sudor 
y a estiércol de caballo. 

Pero ya estaban sonando para el poder peninsular los úl- 
timos tañidos de la campana de una agonía que, principiando 
el 12 de febrero de 1817 sobre los gloriosos recuestos de Cha- 
cabuco. debía terminar en la para siempre memorable jor- 
nada de Maipú. 

El espantado Marcó recibió en la tarde de ese día la vaga 
noticia de la derrota de las fuerzas reales confiadas a Maroto 
en Chacabuco. y sin esperar la confirmación de ella, huyó 
despavorido, junto con algunos subalternos, hacia la costa de 
San Antonio, esperanzado de encontrar en ella alguna nave 
española donde poder asilarse. Pero tras Marcó había sa- 
lido matando caballos, un expreso para imponer de lo que pa- 
saba a don Francisco Ramírez, dueño de aquella hacienda de 
las Tablas que sirvió de escondite a mi familia recién entró 
Osario a la rendida Santiago; y Marcó cayó en manos de mi 
irritado tío, quien le condujo con sus huasos a Santiago y lo 
entregó a los vencedores, custodiados por Aldao, capitán de 
granaderos del ejército de los Andes, el día 24. 

No debe causar extrañeza verme pasar tan de corrido so- 
bre los acontecimientos políticos que han ido ocurriendo a mi 
vista durante el curso de mi vida, por no ser historia políti- 
ca la que escribo. Y si de vez en cuando se me ve desviar de mi 
propósito, es ya por consignar hechos poco conocidos, o ya 
por dar unidad a mi narración, aduciendo aquellos que han 
motivado estos recuerdos. 

La casa de don Juan Enrique Rosales, quien aun gemía 
en el destierro de Juan Fernández sin más consuelo ni más 
ángel tutelar üue su abnegada hija Rosario, había cambiado, 
junto con la entrada de San Martín a Santiago, su crespón 
de luto por el vestido de baile, y el tétrico silencio que la 
violenta separación del amo l-e legara, por el más bullicioso y 
alegre afán de engalanarlo todo. 

Las hijas y ios yernos de Rosales quisieron dar a los ven- 



RECUERDOS DEL PASADO 53 

cedores en Chacabuco una leve prueba de su reconocimiento; 
y persuadiéndose de que el desterrado padre, lejos de consi- 
derar su casa profanada por la alegría mientras él gemía en 
el destierro, bendeciría el obsequio que sus hijos hacían a 
tantos héroes a quienes comenzábamos a deber patria y li- 
bertad, se esmeraron en preparar para ello el más suntuoso 
sarao que en aquel entonces permitían las circunstancias. 
Acabábase de proclamar a O'Higgins Supremo Director 
del Estado, el memorable día 16 de febrero, y parecía tanto 
más justificada la alegría de los deudos de Rosales, cuanto 
que ya se sabía que el más apremiante afán de este bizarro 
jefe era el de repatriar a los proceres chilenos confinados en 
Juan Fernández. 

Para que se vea cuan sencillas eran las costumbres de 
aquel entonces, voy a referir muy a la ligera lo que fué aquel 
mentado baile, que si hoy viéramos su imagen y semejanza, 
hasta lo calificaríamos de ridículo, sí no se opusiera a ello el 
sagrado propósito a que debió su origen. 

Ocupaba la casa de mi abuelo el mismo sitio que ocupa 
ahora el palacio del héroe de Yungay, y contaba, como todos 
los buenos edificios de Santiago, con sus dos patios que da- 
ban luz por ambos lados al cañón principal. 

Ambos patios se reunieron a los edificios por medio de 
toldos de campaña hechos con velas de embarcaciones que 
para esto solo trajeron de Valparaíso. Velas de buques tam- 
bién hicieron las veces de alfombras sobre el áspero empe- 
drado de aquellos improvisados salones. Colgáronse muchas 
militares arañas para el alumbrado, hechas con círculos con- 
céntricos de bayonetas puntas abajo, en cuyos cubos se co- 
locaron velones de sebo con moños de papel en la base para 
evitar chorreras. Arcos de arrayanes, espejos de todas for- 
mas y dimensiones, adornaron con profusión las paredes, y 
en los huecos de algunas puertas y ventanas se dispusieron 
alusivos transparentes debidos a la brocha-pincel del maes- 
tro Dueñas, profesor de Mena, quien, siendo el más aprove- 
chado de sus discípulos, para pintar un árbol comenzaba por 
trazar en el lienzo, con una regla, una recta perpendicular, 
color de barro, cogía después una brocha bien empapada en 
pintura verde, embarraba con ella sobre el extremo de la rec- 
ta, que él llamaba tronco, un trecho como del tamaño de una 
sandia, y si al palo aquel con cachiporra verde no le ponía 
al pie "este es un árbol", era porque el maestro no sabía es- 
cribir. Tras de dos grandes biombos, pintados también, se 
colocaron músicas-en uno y otro patio, y se reservó una banda 
volante para que acudiese, como cuerpo de reserva, a los pun- 
tos donde más se necesitase. Pero lo que más llamó la aten- 



54 VICENTE PÉREZ ROSALES 



cióii de ly capiUil, fué la cstiepiloísa idea de colocar en la 
calle, junto a la pxierta principal de la entrada al sarao una 
batería de pir-zat de montaña, que contestando a los brindis y 
a las alocuciones patrióticas del interior, no debía dejar vi- 
drio parado en todas las ventanas de aquel barrio. Los salo- 
nes interiores vestían el lujo de aquel tiempo, y profusión de 
enlazadas banderas daban al conjunto el armonioso aspecto 
que tan singular ornamentación requería. 

Ocupaba el cañón principal de aquel vasto y antiguo edi- 
ficio una improvisada y larguísima mesa sobre cuyos mante- 
les, de orillas añascadas, lucía su valor, junto con platos y 
fuentes de plata maciza o.ue para esto sólo se desenterraron, 
la antigua y preciada loza de la China. Ninguno de los más 
selectos manjares de aquel tiempo dejó de tener sl} represen- 
tante sobre aquel opíparo retablo, al cual servían de acompa- 
ñamiento y de adorno, pavos con cabezas doradas y banderas 
en los picos; cochinitos rellenos con sus guapas naranjas en 
el hocico y su colita coquetonamente ensortijada, jamones de 
Chiloé, almendrados de las monjas, coronillas, manjar blan- 
co, huevos chimbos y mil otras golosinas, amén de muchas 
cuñitas de queso de Chanco, aceitunas sajadas con ají, ca- 
bezas de cebolla en escabeche, y otros combustibles cuyo in- 
cendio debería apagarse a fuerza de chacolí de Santiago, de 
asoleado de Concepción y de no pocos vinos peninsulares. 

Fué convenido que las señoras concurriesen coronadas de 
flores, y que ningún convidado dejase de llevar puesto un 
gorro frigio lacre con franjas de cinta bicolores, azul y blanco. 

Excusado me parece decir cuál fué el estruendo que pro- 
dujo en Santiago este alegre y para entonces suntuosísimo 
sarao. Dio principio con la canción nacional argentina ento- 
nada por todos los concurrentes a un mismo tiempo, y seguida 
después con una salva de veintiún cañonazos, que no dejó 
casa sin estremerse en todo el barrio. Siguieron el rninué, la 
contradanza, el rin o rin, bailes favoritos entonces, y' en ellos 
hicían su juventud y gallardía el patrio belio sexo y aquella 
falange chileno-argentina de brillantes oficiales, quienes su- 
pieron conseguir, con sus heroicos hechos, el título para siem- 
pre honroso de Padres de la Patria. 

Jóvenes entonces y trocado el adusto ceño del guerrero 
por la amable sonrisa de la galantería, circulaban alegres por 
los salones aquellos héroes que supo improvisar el patrio- 
tismo, y que ei) ese momento no reconocían más jerarquías 
que las del verdadero mérito, ni más patria que el suelo ame- 
ricano. Allí el glorioso hijo de Yapeyú estrechaba con la mis- 
ma efusión de fraternal contento la adamada mano del es- 
forzado teniente Lavalle, como la encallecida del temerario 



RECUERDOS DEL PASADO 55 

O'Higgins, y nadie averiguaba a qué nación pertenecían los 
orientales Martínez y Arellano, los argentinos Soler, Quinta- 
na, Berutí. Plaza, Frutos, Alvarado, Conde, Necochea, Zapiola, 
Melián, los chilenos Zenteno, Calderón, Freiré; los europeos 
Paroisin, Arcos y Cramer, y tantos otros cuya nacionalidad 
se escapa a mis recuerdos, como Correa, Nozar, Molina, Gue- 
rrero, Medina, Soria, Pacheco y todos aquellos a quienes los 
asuntos del servicio permitieron adornar con su presencia la 
festiva reunión en que se encontraban. Concurrieron tam- 
bién a ella lo r/iás lucido de la juventud patriótica de Santia- 
go, los contados viejos que la crueldad de Marcó dejó sin des- 
terrar, el alegre y decidor Vera, y aquel célebre pirotécnico de 
la guerra, el padre Beltrán, que, encargado de colocar alas 
en los cañones para transponer los Andes, no debía tardar 
en asumir el carácter de Vulcano, forjando en la maestranza 
rayos para el Júpiter de nuestra independencia. 

La mesa vino en seguida a dar la última mano al conten- 
to general. La confianza, hija primogénita del vino, hizo más 
expansivos a los convidados, y los recuerdos de las peripecias 
de la reciente batalla de Chacabuco contados copa en mano 
por la misma heroica juventud que acaba de figurar en ella, 
unidos al estrépito de las salvas de artillería, produjeron en 
todo aquel recinto y en sus contornos el más alegre estruen- 
do que al compás del cañón, de las músicas y de los ¡hurras! 
había oído Santiago desde su nacimiento hasta ese día. 

Todos brindaban; cada brindis descollaba por su en^r- 
P'lco laconismo y por las pocas pero muy decidoras palabra' 
de que constaba. ¡Cuan frías no parecían en el día, que acos- 
tumbramos medir la bondad de los brindis por el tiempo que 
tardamos en expresarlos, aquellas lacónicas pero enérgicas 
expansiones de almas electrizadas por el patriotismo! Antes 
se brindaba con el corazón, ahora brindamos con la cabeza. 

San Martín, después de un lacónico pero enérgico y pa- 
triótico brindis, puesto en pie, rodeado de su estado mayor y 
en actitud de arrojar contra el suelo la copa en que acababa 
de beber, dirigiéndose al dueño de casa, dijo: "Solar, ¿es 
permitido?", y habiendo éste contestado que esa copa y cuanto 
había en la mesa estaba allí puesto para romperse, ya no se 
propuso un solo brindis sin que dejase de arrojarse al suelo 
la copa para que nadie pudiese profanarla después con otro 
que expresase contrario pensamiento. El suelo, pues, quedó 
como un campo de batalla lleno de despedazadas copas, vasos 
y botellas-. 

Dos veces se cantó la canción nacional argentina y la 
última vez lo hizo el mismo San Martín. Todos se pusieron de 
pie, hízose introducir en el comedor dos negros con sus trom- 



56 VICENTE PÉREZ ROSALES 

pas, y al son viril y majestuoso de estos instrumentos, hizose 
oír electrizando a todos la voz de bajo, áspera, pero afinada 
y entera, del héroe que desde el paso de los Andes no había 
dejado de ser un solo instante objeto de general veneración. 
No pudo entonces la canción chilena terciar en el sarao con 
sus eléctricos sonidos, porque aun no había nacido este sím- 
bolo de unión y de gloria, que sclo fué adoptado por el Se- 
nado el 20 de septiembre de 1819 y cantado por primera vez 
con música chilena, ocho días después. 

Otro tanto ocurrió con las armas heráldicas de Chile, que 
muy en embriór- figuraron al lado de las argentinas en los 
biombos y lienzos que adornaban los patios, pues sólo tres 
días después de adoptarse por el Senado la canción nacional, 
vino el mismo cuerpo a fijar la forma que en los primeros 
itiempos tuvieron. Reducíase ésta a un óvalo en cuyo centro 
de azul obscuro resaltaba una columna dórida Ülanca con su 
letrero Libertad, encima. Sobre éste veíase una estrella de 
cinco puntas que representaba a Santiago, y dos más a uno y 
otro lado para representar a Coquimbo y Concepción, nom- 
bres que tenían las tres grandes secciones políticas en que 
entonces se dividía el país. Servía de orla a estas insignias 
ramas de laureles atadas con cintas tricolores, y a todo el es- 
cudo, completos trofeos de armas, de banderas y de cadenas 
rotas. 

No carece de interés el consignar aquí lo que fueron nues- 
tras insignias patrias en sus primeros nasos. Chile, desle r>us 
primeras camorras políticas del año 10 hasta la feliz inter- 
vención de don José Miguel Carrera, en nu^estra revolución, 
no tuvo ni más bandera aue la española, ni otro escudo h?- 
ráldico que el de los reyes de Castilla, lo que hace sospechar 6 
que no pasaba por la mente de nuestros pairas la idea de una 
separación absciluta de la madre patria, o que si pasaba, se 
temía darlo a entender. 

Débese a este intrépido patriota el oportuno y arrojado 
término de la,':, indecisiones, y ya en 1812, sancionado el año 
siguiente por el Senado, hacia lucir ante los atónitos ojos de 
los chilenos aquella primitiva enseña tricolor, azul, blanca y 
amarilla, que tantas glorias y tantas desgracias supo enérgi- 
ca presenciar. Aturdida, pero no muerta en la funesta catás- 
trofe de Rancagua, pudo volver el año de 1817 a su gloriosa 
vida, ya no luciendo el color amarillo que antes ostentaba, 
sino el rojo en que éste se había convertido, según la poética 
expresión de Vera, por' la sangre de sus propios defensores. 

Arrojada para siempre del suelo chileno la legendaria en- 
.soña (ie los leone.s, .so alzó brili;mte sobro ol azul do nuestro 
Ifbre cielo aquella hermosa y solitaria estrella que siempre ha 



RECUERDOS DEL PASADO 57 

sido, es y será la precursora de los más arrojados triunfos 
militares. 

Terminado el sarao y vuelto cada cual a la tarea de con- 
solidar la obra con tanta dicha iniciada en Chacabuco, lo 
primero en que se pensó fué en repatriar cuanto antes a los 
patriotas que la crueldad española tenía confinados en Juan 
Fernández. Temíase con razón que en cuanto llegase noticia 
a Abascal, virrey entonces del Perú, de lo que en Chile ocu- 
rría, no tardarían aquellos infelices patriotas y troncos de 
las primeras familias de este país, en ser trasladados a las 
casamatas de los castillos del Callao, y así hubiera oucsdi- 
do si el engañado bergantín español Águila no hubiese caído 
en manos de los patriotas al entrar en Valparaíso, creyendo 
aún aquel puerto en poder de los españoles. 

Salió este bergantín sin tardanza para la isla, y no ha- 
biendo encontrado en don José Piquero, gobernador de aquel 
presidio, resistencia alguna para entregar los prisioneros, tu- 
vieron éstos la dicha de embarcarse libres para tornar al 
¿seno de sus desconsoladas familias el 25 de marzo, mes y 
medio después de la mem.orable jornada de Chacabuco. 

Estos paréntesis de dicha entre las tormentas del pasado 
y las borrascas que nos preparaba el porvenir antes de termi- 
nar la epopeya de nuestra emancipación política, no fueron 
de larga duración. La vida de entonces era una vida de con- 
trastes; pasábase en ella casi sin transición de la risa al llan- 
to, y del llanto a la risa. ¡Cuándo hubiera podido imaginarse 
Marcó que sus mismos edictos de expoliación y de tortura que 
un día antes no más llenaban de vengativo alboroto a los 
realistas, habían de servir un día después al despojo y al tor- 
mento de esos mismos realistas, sobre quienes caía inexo- 
rable la pena del tallón! ¡Ni cómo los que se entregaban a los 
delirios de alegres festejos en medio de la confianza que ins- 
piraba un porvenir al parecer seguro, podrían imaginarse la 
hondura del abismo que la incierta suerte de la guerra les te- 
nía preparado en Cancha Rayada! 

Principiaba apenas a correr el siempre conmemorable año 
de 1818, año de lágrimas y de glorias y piedra angular que sir- 
ve de base a nuestra autonomía política, cuando el placer y 
la esperanza de ir afianzando cada día más nuestra libertad, 
se tornó en la derrota de Cancha Rayada en la más cruel de 
todas las decepciones. El efecto que la noticia de esta catás- 
trofe, ocurrida el 19 de marzo, produjo en la capital, tanto 
más sorprendida cuanto menos preparada para recibirla, no 
es para descrito. Cuando la derrota de Rancagua, el año 14, 
no todos los santiagueños adictos a la causa de la emanci- 
pación creyeron necesario trasponer los Andes para salvarse 



58 VICENTE PÉREZ ROSALES 

del reiicur realiíjla, porque si bien es cierto que eran patrio- 
tas de corazón, sus hechos no los calificaban aún de incorre- 
gibles insurgentes; al paso que a may pocos santiagueños en 
el año 18 les cogió Cancha Rayada con la careta que antedi 
los encubría pov haberla arrojado con sumo desembarazo des- 
pjcs de la gloriosa jornada de Chacabuco. Enseñoreóse, pues, 
del infeliz Santiago el pánico más desatinado, y aguijoneado 
por instantes el instinto de salvación por las atropelladas 
noticias que traían los prófugos del campo de batalla, sólo 
pensó en buscar refugio del otro lado de los Andes. 

El cómo moverse un pueblo entero desprevenido y apu- 
rado, a nadie preocupó como imposible. El ¡sálvese quien pue- 
da! todo lo allana, por lo que empequeñece el temor los más 
insuperables obstáculos que se oponen a la huida. 

Espantaba ver el gentío de a pie y de a caballo que seguía, 
llevándoselo todo por delante, el conocido camino de la cues- 
ta de Chacabuco en demanda del de los Andes; y en el co- 
razón de la sierra, aquí y allí sembrados, no se veía otra cosa 
que grupos de hombres y de mujeres a pie, llevando unos a 
sus hijos por la mano, otros sentados para cobrar aliento, y 
los más solicitando de la gente que huía, alimentos con que 
sustentarse para seguir huyendo. 

Para que se deduzca cuánto debieron sufrir las familias 
menos acomodadas que la mía en la emigración, básteme re- 
ferir que por sólo nueve muías de silla que nos franqueó por 
especial favor el conocido Loyola, empresario de carretas en 
el camino de Valparaíso, pagó mi padre catorce mil pesos. 
Nada, pues, pudimos llevar, todo quedó en la casa a cargo 
de un antiguo y buen sirviente, como si debiéramos volver a 
ella el mismo día. Recuerdo que mientras ensillaban las ca- 
balgaduras y se echaban colchones hasta sobre los caballos 
regalones de Solar, el resto de la familia se ocupaba en en- 
terrar, bajo los ladrillos de las piezas interiores, las alhajas 
y la plata labrada que aun nos quedaba y que muchos tale- 
gos de a mil pesos cada uno, se arrojaron, a hurto de los 
sirvientes, en el pozo del último patio. Hecho esto y con poco 
más que lo encapillado, emprendimos la huida para Mendo- 
za a las 3 de la tarde del día 23. 

Todavía no habíamos, pues, acabado de celebrar la vuel- 
ta de Juan Fernández del anciano abuelo Rosales y la de su 
inseparable hija Rosario, cuando ya nos vimos precisados a 
proveer de nuevo y de un modo más eficaz a la salvación de 
aquel venerado tronco de nuestra familia; pero todos los pa- 
decimientos del viaje hubiesen sido llevaderos, si una nueva 
e imprevista desgracia no hubiera venido a sorprendernos en 
la áspera ladera de Las Vacas. La muía en que montaba mi 



RECUERDOS DEL PASADO 59 

madre dio un triispié, que arrojando a la señora de la silla, la 
hubiese hecho pedazos centra una roca si mi tía Rosario, esa 
víctima de amor a la familia, no se hubiera arrojado de su 
cabalgadura para interponerse entre la roca y el cuerpo de su 
hermana, a quien salvó la vida a expensas de quebrarse ella 
el hueso del muslo con el choque. 

Una incómoda angarilla hasta llegar al pueblo de Men- 
doza, fué el único vehículo que, huyendo, pudimos proporcio- 
nar a esa joven excepcional, para quien parecía deber inelu- 
dible sacrificar su existencia por todos y por cada uno de los 
miembros de su familia. 

Así llegados a la pobre aldea de Mendoza, buscamos, co- 
mo los demás, en ella, cuarteles de invierno, y como en aquel 
pueblo hubiese un escolón que, por ser único, tenía sus som- 
bras y sus dejos de colegio, a él fuimos a parar todos los hijos 
varones de los fugitivos chilenos. 

Entretanto la llegada de éstos a Mendoza llenó a ese 
pueblo del más acerbo espanto. 

Aquella sección política del antiguo Virreinato de la Pla- 
ta, sin tropas ni recursos para crearlas, no sólo estaba ex- 
puesta a una invasión reivindicadora de parte del victorioso 
ejército español, sino también a los trastornos que hacía ger- 
minar en toáas partes la agraviada ambición de los herma- 
nos Carrera, enemigos jurados de O'Higgins desde antes de la 
funesta jornada de Rancagua. Los héroes de la Patria Vieja, 
a quienes tanto debía la causa de la independencia, parecía 
que no podían obrar de acuerdo con los héroes de ía Patria 
Nueva. Alzábase entre las patrióticas almas de aquellos pa- 
dres de nuestra libertad el fantasma de la rivalidad; y ese 
principio, tan noble siempre que obra en el sentido del mejo- 
ramiento de las obras humanas, extraviado entonces, sólo 
propendía al exterminio del uno o del otro partido. Cupo a 
los Carrera la triste suerte de sucumbir en esta fratricida lu- 
cha, y al que estas líneas escribe, el dolor de haber presencia- 
do el desenlace de ese sangriento drama. 

Gobernaba entonces en Mendoza don Toribio Luzuriaga, 
quien, para aliviar el servicio de la escasa guarnición de la 
plaza, había dado orden de armar y de dar instrucción mili- 
tar para el servicio ordinario de ella a todo colegial que pa- 
sase de 10 años de edad. 

Al cargar por primera vez, lleno de altivo gozo, la terce- 
rola que se puso en mis manos; al seguir con mis demás com- 
pañeros el cadencioso paso del toque de marcha; al obedecer 
con rapidez y marcial continente las voces de mando del ca- 
pitán del ejército que nos servía de instructor, ¡cuándo pude 
imaginar que poco tiempo después, con la misma arma, al 



GO VICENTE PÉREZ ROSALES 



mismo paso, y obedeciendo a las mismas órdenes, habia yo de 
servir de valla al tétrico recinto que ocupaban los bancos 
donde debían ser fusilados los íntimos amigos de mi fami- 
lia, don Luis y don Juan José Carrera! 

Los dos íiermanos habían caído en manos de sus enemi- 
gos, el primero bajo el nombre de Leandro Barra, el segundo 
bajo el nombre de Narciso Méndez, y ambos, encadenados, ya- 
cían incomunicados en la cárcel de Mendoza. 

El 4 de abril, víspera de la acción de Maipú, supimos con 
espanto que 3l fiscal Corbalán había pedido se aplicase a los 
reos la pena ordinaria de muerte; mas, este dictamen con- 
movió tan profundamente el ánimo de la población, que los 
mismos que parecían más interesados en ejecutarlo se vie- 
ron precisados a dar al juicio la solemnidad de someterlo al 
nuevo acuerdo de los letrados Galigníana, Cruz Vargas y 
Monteagudo. 

Nunca se vio caminar un asunto tan serio con más atro- 
pellada rapidez. Y fué la causa de ella el temor de que es- 
tando en vísperas de estrellarse el roto ejército de San Mar- 
tín con el vencedor en Quecherehuas, la menor noticia de un 
nuevo descalabro podría lanzar a Mendoza en un movimien- 
to revolucionario del cual no tardarían en ser caudillos los 
Carrera. 

Monteagudo y Cruz Vargas opinaron que, por duro que 
pareciese, debía consumarse el sacrificio. 

El día 8 de abril, a las 3 de la tarde, se notificó a los des- 
graciados presos que a las 5 de ese mismo día debían morir. 

A la misma hora de la notificación se tocó a tropa a la 
guarnición de estudiantes, y a las cuatro en punto se encon- 
traba ésta formada en la plaza cerca de una pared baja, que 
contigua a la cárcel, servia de respaldo a dos rústicos bancos 
destinados a .ser el último asiento de dos victimas de la bru- 
talidad humana. 

Reclamaron nuestros padres, creyendo que se nos iba a 
obligar a hacer fuego sobre las víctimas; pero habiendo con- 
testado el gobernador que para eso no faltaban veteranos, si- 
guió adelante la mortal tarea. 

Crecía por momentos la concurrencia, y tanto, que ape- 
nas podíamos impedir que no se rompiese la linea que ser- 
via de valla para dejar expedita la acción de los verdugos. 

A las cinco y tres cuartos el gran movimiento que nota- 
mos en la guardia de la cárcel nos dio a entender que el atroz 
desenlace del drama iba a principiar; y no nos equivocába- 
mos, pues el antiguo toque de agonía en la iglesia vecina co- 
menzó con lúgubres tañidos a anunciar al pueblo que orase 
por el alma de los ajusticiados. 



RECUERDOS DEL PASADO 61 

Un instante después y en medio del más sepulcral silen- 
cio, asidos de las manos, aparecieron bajo el portal de la 
cárcel, rodeados de bayonetas, las dos ilustres víctimas, Luis 
y Juan José Carrera, a los cuales, en más felices años, debí 
tantos cariños cuando, unidos a José Miguel, confiaban amis- 
tosos a mi madre, ya sus temores, ya sus esperanzas sobre la 
futura suerte Oe la patria, o ya sus frecuentes y locas trave- 
suras. 

Precedidos por cuatro soldados y seguidos por un piquete 
de fusileros, grillos en los pies, cabeza desnuda y un sacerdote 
a cada lado, atravesaron con dificultoso paso el corto tre- 
cho que mediata entre la cárcel y los banquillos. El sem- 
blante de los tíos hermanos estaba pálido; el ademán del ada- 
mado Luis, tranquilo; el de Juan José, convulso; y parecía 
que aquellos desgraciados tenían mucho que confiarse antes 
de morir, pues no cesaron un solo instante de hablarse a 
media voz, hasta que, llegados al término de aquella fatal 
jornada, fué preciso que los sacerdotes les dijesen algo que 
no oí, para que después de un estremecimiento involuntario, 
se volviesen a ellos, les diesen las gracias, y estrechasen con 
efusión contra el corazón un crucifijo que besaron en segui- 
da respetuosos. 

Sentáronse resignados y como agobiados por el cansancio, 
y suplicando al que hacía de verdugo que no les vendase los 
ojos, Luis se echó a la cara su pañuelo y exclamó: ¡Esto será 
bastante! Mas no les fué concedida esta última merced. Ven- 
dada, pues, la vista, lista y en acecho la mira de los fusiles 
ya comenzaban a desviarse los sacerdotes esforzando la voz 
del último consuelo, cuando de repente y como movidos por 
un solo resorte, en medio del espanto de un público sobreco- 
gido, se levantaron los dos hermanos, arrojaron la venda y 
lanzándose el uno en los brazos del otro, mudos y convulsos, 
permanecieron así medio minuto. ¡Era el último adiós que 
daban juntos &1 hermano, a la vida y a la patria! 

¡Nunca he podido borrar de mi memoria la terrible im- 
presión que dejo en mi alma esa solemne, muda e inesperada 
protesta contra las atrocidades, hasta ahora interminables, 
del titulado 'jer más perfecto de la creación del hombre! 

Vueltos po^: mano del verdugo a su funesto asiento, entre 
el humo de una sola descarga, volaron las almas de aquellos 
desdichados hacia el cielo.. . 

Luis cayó sin movimiento hacia adelante; Juan José bam- 
boleó un instante sobre el banquillo, y, articulando algunas 
palabras que la emoción no me permitió oír, se despJoiDló 
de.spué.s. 



CAPITULO IV 

De cómo pagó los servicios que se le \fiicieron en Chile Lord 
Spencer. — El Brasil. — El primer vapor que llegó a Rio 
de Janeiro. — Idea que se tenia de los vapores en aquel 
tiempo. — Esclavatura. — Emancipación politica del Bra- 
sil. — La célebre escritora María Graham. — Temblor del 
año 1S22. — O'Higgins. — Días patrios. — Chile en el año 
1824. — Notable proclama del general Luis de Mauri. — 
Ideas de Camilo Henriquez sobre emigración. 

Chile, que aun más que el nombre de Reino que llevaba 
el año de 1810, merecía el de hacienda mal arrendada, en la 
cual el arrendatario se cuidaba menos del porvenir del fundo 
que de su propio lucro, sólo desde el día en que volvió a ma- 
nos de su legitimo dueño pudo comenzar a lucir los benéficos 
efectos que siempre produce el contacto inmediato con las na- 
ciones cultas después de un mal entendido aislamiento. Abier- 
tas de par en par sus puertas al comercio, acudió de todas 
partes a sus libres playas el elemento extranjero y nuestros 
puertos dejaron de ser el exclusivo asilo de las naves caste- 
llanas. 

Entre aquellas de guerra extranjeras que lucian el año 
de 1821 sus respectivos pabellones en la no ha mucho de- 
sierta rada de Valparaíso, descollaba la hermosa fragata bri- 
tánica Owen-Glendower. cuyo comandante. Lord Spencer, más 
noble por su ?,pellido que por el acto que voy a referir, visi- 
taba entonces, como tantos otros extranjeros, la opulenta 
casa de Solar, en Santiago. 

Sentado este buen lord al lado de mi madre en un sofá 
que miraba al jardín de la casa, un día, de cuya fecha no 
quiero acordarme, parecía absorto y entretenido siguiendo 
con la vista ci destrozo que hacía en las botellas llenas de 
rapé (que mi buen abuelo don Juan Enrique Rosales, a fal- 
ta de mejor sorbetorio, preparaba y exponía a la acción del 
sol suspendidas en la pared del jardín) un muchacho alto, 
flaco y de aspecto enfermizo, pero que no por esto dejaba 
de aprovechar la impunidad que la visita etiquetera del es- 
tirado gringo le proporcionaba, para dar vuelo a su espíritu 

Recuerdo. — 3 



64 VICENTE PÉREZ ROSALES 

destructor. Cada media botella que una acertada pedrada 
traía al suelo, dejando el resto suspendido del gollete, parecía 
ser tan aplaudido por Spencer, con el mudo visto bueno qu2 
los yanquis dispensan al Wellshot. como reprobado por la 
señora, que a falta de medios más activos de represión, des- 
pués de algunas señales telegráficas de desaprobación, no 
pudiendo tolerar por más tiempo lo que presenciaba, alcanzó, 
por mal de mis pecados, a exclamar: "¡Mira, Vicente, que ya 
me tienes cansada!" 

Este dicho, tan sin alcance y tan frecuente en boca de 
las madres chilenas, fué para el no6le inglés la puerta que el 
acaso le abrió para corresponder los miramientos que debía 
a mi familia librándola, para lo sucesivo, de la mancha que 
podía echar schre el apellido Rosales la futura conducta del 
hijo que tan t*^m.prano había llegado a agotar el sufrimiento 
de su misma madre. Electrizado con tan feliz idea propuso a 
la señora llevar al enfermizo muchacho a Valparaíso y hos- 
pedarlo en la fragata, donde encontraría guardiamarinas 
de su edad para divertirse, ejercitarse y aun hasta para apren- 
der algo inglés. Mi madre dijo no, mi padre dijo sí. Cuatro 
días después iba yo en marcha para Valparaíso; el quinto 
dormí a bordo, y el sexto recordé mareado en alta mar, con 
rumbo al Cabo de Hornos. 

La visita de Spencer había sido visita de despedida, y só- 
lo la ocurrencia de retornar a mí familia de tan raro modo 
sus servicios hjzo al lord ocultar el objeto de ella. Arrojóse- 
me por orden suya a vivir entre los marineros de proa; dióse 
orden a la oficialidad para excusar todo trato con el pobre 
prisionero; arrojóse en la bodega mí baulito con ropa, y con 
lo encapillado, sin más cama que una ham.aca de marine- 
ro ni más alimento que los burdos que distribuían a la tripu- 
lación, enfermo, sucio y alquitranado hasta el cabello, sufrió 
el desvalido muchacho, sin poderse dar cuenta de lo que con 
él se hacía, un mes y veinte días que duró la navegación de 
la Owen-Glendower hasta llegar a la altura de Río de Ja- 
neiro.» 

Anclada la fragata en aquel hermoso puerto, después de 
dar y recibir los saludos militares, se hizo embarcar en el 
chinchorro de los marineros al mustio expatriado, y sin que 
nadie le tendier.e una mano amiga, le llevó el bote a la con- 
tracosta llamada Playa Grande, donde con la mayor crueldad 
fué abandonado. 

Solo, sin gLía, sin recursos y expuesto a perecer de ham- 
bre y de mi.se :-ia. a dos mil leguas de su patria, en un lugar 
diinde ni .siquiera se luibhibn el idioma de sus pudri-s, aquella 
victima de un loco descorazonado no estuviera ahora, ago- 



RECUERDOS DEL PASADO 65 

biado por la edad, evocando recuerdos que aun le hacen es- 
tremecer, si Dios, para no desesperar de la humanidad, no 
hubiese hecho venir a socorrerle al señor Macdonald, primer 
teniente de la fragata, quien, movido a compasión, salió tras 
del chinchorro, constituido en ángel tutelar para salvarlo. 

Preguntóme si había traido cartas de recomendación . . . 
Espantado entonces aquel viejo marino de lo que ocurría, sin 
atreverse a más por no disgustar a Spencer, puso en mis ma- 
nos dos monedas de oro, y encargándome que no me separa- 
se de una enramada que hacía las veces de dormitorio para 
negros esclavos, a cuyo mayoral me dejó recomendado, se se- 
paró de mí. 

¡Lo que son los muchachos! Harto de plátanos, de guaya- 
bas y de caña dulce que una negra vieja me enseñó a mascar, 
dormí aquella noche en el suelo y entre mis nuevos compa- 
ñeros como hubiera podido dormir en la más mullida cama. 

A eso de las doce del día siguiente, saltaron de un bote 
con dirección a la enramada tres caballeros que venían a 
buscarme: un cónsul inglés, el español don Juan Santiago 
Barros y don José Ignacio Izquierdo, natural de Chile. La 
impresión que debió causarles mi puerca y alquitranada ca- 
tadura no debió per cierto ser muy favorable, por el modo 
como se acercaron a mí. Ellos buscaban a un hijo de una 
de las primeras familias de Santiago, como se lo había ase- 
gurado el buejí Macdonald, y lo que tenían a la vista más pa- 
recía un galopín de cocina, con todo su puerco ajuar, que 
otra cosa. Mas, todo cambió cuando les hube dicho el nom- 
bre de mis padres. El señor Izquierdo, lleno de sorpresa y de 
entusiasmo, exclamó: "¿Hijo de Mercedes? Caballeros, el ni- 
ño no sale de mi poder, soy íntimo amigo de su familia". Don 
Juan Santiago Barros dijo: "yo me lo llevo, soy apoderado 
de Solar"; mas el cónsul, interponiéndose, dijo a su vez: "na- 
die tiene mejores títulos que yo, porque a mí y no a uste- 
des se dirigió primero el señor Macdonald para que repatria- 
se a este caballerito." 

¡Cuántas veces no sucede algo parecido en el trascurso 
de la vida! De la dicha a la desgracia y de ésta a la dicha no 
hay casi siempre más que un solo paso. Tuvieron que tran- 
sar mis protectores providenciales. Fué convenido que alo- 
jaría en casa de Barros, y que comería alternativamente con 
cada uno de mis caritativos pretendientes. 

Cosa de dos años permanecí en Río de Janeiro, capital 
del Brasil, anteí- que se proporcionase oportuna ocasión de 
volver al hogar paterno. Poco o nada diré por no repetir, sin 
provecho práctico, lo que tantos escritores han dicho sobre la 
bahía y sobre la capital de este x^oloso territorial de la Amé- 



66 VICENTE PÉREZ ROSALES 

rica del Sur. Bcsta para mi propósito indicar que la bahía, 
segura como pocas en el mundo, con una entrada que ape- 
nas mide dos kilómetros de anchura, tiene treinta de N. a S , 
y veint^Lséis de ancho; que la ciudad, sin s-er más regular, 
contaba en 1321 con todos los establecimientos civiles, mili- 
tares y religiosos, y con cuantas comodidades podían hacer 
grata la existencia del hombre en ella en aquel tiempo; y 
que el todo ofrecía entonces, como ofrece ahora, el paisaje 
más imponente y pintoresco. 

Don Jorge IV de Inglaterra acababa de obsequiar al Re- 
gente don Pedro del Brasil, como muestra de los adelantos y 
progresos de la fuerza motriz del vapor, un vaporcito con má- 
quina de alta presión, para paseos dentro de la bahía. Un 
fenómeno de esta naturaleza, que sin auxilio del remo ni del 
viento podía n^iverse y surcar las aguas como lo hacían las 
demás embarcaciones, era natural que produjese la más vi- 
va admiración; así fué el día que asistimos al primer ensayo, 
las campanas se echaron a vuelo, los buques surtos en la 
bahía empavesaron, y el Santa Cruz y el Cobras atronaron 
la atmósfera con sus reales salvas. ¡Pero cuánta decepción 
para tanta bulla! 

Puesto en movimiento aquel pesadísimo armatoste, los 
mil botes y chalupas que por acompañarle poblaban el mar, 
tuvieron, ¿quién lo creyera ahora?, que moderar su andar 
para no dejar atrás al Perico ligero del Regente; lo cual visto 
por don Santiago Barros, que en una de las embarcaciones 
formaba conmigo parte de la comitiva, lleno de despecho me 
dio esta lección de buen gobierno republicano: "¿Ves, hijo, 
lo que tanta algazara levanta?..., pues sábete, y no lo olvi- 
des, que todos estos embelecos, inútiles recreos de los reyes, 
se los hacen co&tear al pueblo con su sudor y su trabajo. Es- 
to no sirve ni servirá jamás para maldita de Dios la cosa!" 
¿Y qué mucho es que asi se expresase aquel honrado godo, 
cuando las doctrinas inquisitoriales de entonces declaraban 
pecado el uso del steam hoat, como ramo de nigromancia, o 
como máquinas que no podían ponerse en actividad sino con 
ayuda del Demonio o con pacto expreso con aquel Invisible 
artífice? ¡Qué no diría ahora aquel rancio español si aún 
viviese! 

No se crea, sin embargo, que sólo el año de 1821 llegaron 
por primera vez a la América latina naves movidas por va- 
por; porque ya a fines de 1818, y bajo el solo nombre de steam 
boat, navegaba con éxito en la isla de la Trinidad y en sus 
contornos un vaporcito que, según el Correo del Orinoco de 
aquella época, o aba gusto verle navegar contra la corriente. 
¡Si aquel buen español viviera ahora, qué me diría! 



RECUERDOS DEL PASADO 67 

En el día, en vista de los milagros del vapor, de la foto- 
grafía y de la electricidad, cuando más es permitido suspen- 
der el juicio sobre el alcance del poder del hombre; pero ne- 
garlo, ¡nunca! 

Lo que más me llamó la atención en Río de Janeiro, a 
pesar de mi corta edad, fué la esclavatura. Parece propio de 
las regiones intertropicales la falta de fuerza muscular y la 
abundancia de laxitud y de modorra en la raza blanca; como 
parece cierto también que el hombre de las regiones frías y 
templadas está expuesto, en las cálidas, a enfermedades que 
esterilizan tarde o temprano su natural vigor. Estas conside- 
raciones son, a mi juicio, las que explican la necesidad del 
negro para el fomento de la industria en los dominios inme- 
diatos al sol. 

En 1821 no se prohibía, como ahora, el comercio de es- 
clavos. Embarcaciones que provenían de las costas africanas 
llegaban con frecuencia al puerto cargadas de infelices boza- 
les comprados por aguardiente, o arrebatados por engaño 
de su inculta patria, para ser vendidos, como bestias de la- 
bor y de carga, en las lonjas de los pueblos civilizados. Ate- 
rrador era el número de víctirhas que el comercio siempre des- 
corazonado, acarreaba cada año de las costas africanas a las 
brasileras. Según datos oficiales, en las 52 naves que arriba- 
ron al solo puerto de Río de Janeiro cargadas con esa atroz 
mercadería en el año de 1823, salieron de África 20.610 bo- 
zales, y sólo llegaron 19.173, después de haber sido arrojados 
por la borda 1.437 cadáveres. Muchas veces concurrí a pre- 
senciar tan inhumano cuanto vergonzoso tráfico. 

Después de evacuados los trámites aduaneros, entraba 
aquella triste mercancía a un corralón rodeado de corredo- 
res, donde, distribuida en ellos por cuenta del consignatario, 
y bajo la férula de robustos mayorales armados de reben- 
ques, cuyo chasquido se oía con frecuencia, esperaban silen- 
ciosos al comprador. 

El negro, antes de entrar al corral iba ya bien lavado, 
operación previa que se hacía lanzándosele al mar a fuerza 
de latigazos. Poníaseles después un taparrabo, y hombres, 
mujeres y niños ocupaban en seguida el puesto que se les 
asignaba en tan repugnante mercado. Los compradores pro- 
cedían luego al minucioso examen de cada una de las cuali- 
dades personales del pobre negro que deseaban comprar. Se 
le plantaba como una estatua, se le examinaba de pies a ca- 
beza; se le hacía encorvar, levantar recios pesos del suelo, o 
sostenerlos con los brazos extendidos, para calcular su fuer- 
za muscular; se le apretaba el pecho y la cintura para ver 
si sufría algún dolor; se le hacía después abrir la boca para 



68 VICENTE PÉREZ ROSALES 



examinar el estado de la dentadura; se les sometía, en fin, 
al examen a que se somete en Chile a los caballos antes de 
ajustar su precio. Comprado el animal, se le entregaba des- 
pués a los corredores de educación, robustos y crueles mula- 
tos, los cuales después de enseñar a los negros algo de por- 
tugués, y sobre todo, a obedecer, los devolvían a sus dueños 
'para que siguiesen bajo su yugo, hasta la muerte, la espan- 
tosa carrera del esclavo. He visto rollos públicos donde cas- 
tigaban con azotes sin cuento delitos domésticos; y he visto 
también espaldas laceradas y llenas de costras, sufrir de 
nuevo atroces vapuleos, sin que los viandantes por las calles 
se impresionasen más por esto que lo que se impresiona la 
generalidad de nuestro pueblo cuando se encuentra con un 
brutal carretonero castigando por venganza a su debilitada 
cabalgadura. 

Antes de doblar la hoja sobre este particular, no puedo, 
aunque lo deseo, dejar de referir un hecho que presencié es- 
tando almorzando un día en casa de don Juan Santiago Ba- 
rros. Tratábase de un regalo que este señor quería hacer a 
un amigo suyo a quien le había oído decir que necesitaba 
una negrita para su señora. Había ya comprado una recién 
desembarcada y que tendría como dieciséis años de edad. Pa- 
ra estar más seguro de que el regalo era digno de la persona 
a quien se destinaba, hizo ir al comedor, desnuda, aunque 
envuelta en una sábana, a la negrita, muy jabonada y muy 
peinada; y cuando estuvo en presencia de todos, la hizo qui- 
tar el lienzo que la cubría, ¡sin siquiera acordarse de que un 
hijo de él y yo estábamos presentes! La infeliz criatura, que 
más parecía una estatua automática de ébano que un ser ani- 
mado, después de merecer la aprobación de los concurren- 
tes, fué vestida y remitida a su destino. 

Ya a mediados de junio de 1821, circulaban por la ciudad 
rumores alarmantes sobre el mal estado de las relaciones 
amistosas que reinaban entre el Brasil y el Portugal, su ma- 
dre patria; tanto que pocos días después, reparando que es- 
tos rumores iban cobrando por momentos la actitud de las 
más violentas recriminaciones, llegué a temer presenciar en 
Río de Janeiro las mismas luctuosas escenas que había pre- 
senciado en Chile en los años 14 y 18, pues también trataba 
el Brasil de entrar en el goce de la vida independiente. 

Estaba equivocado; la independencia brasilera ni costó 
lágrimas ni sangre; porque no fué más que la consecuencia 
lógica y tranquila de los antecedentes que la motivaron. 

Las exigencias de Napoleón I, empeñado en llevar a cabo 
su idea favorita del bloqueo continental contra Inglaterra, 
obligaron a la casa de Braganza, que reinaba entonces en 



RECUERDOS DEL PASADO 69 

Portugal, a aislarse en sus Estados Americanos. El Portugal, 
como la España, observaba hasta entonces en sus colonias el 
torpe régimen restrictivo que provocó la emancipación de la 
América Española; y como junto con entrar la familia real 
en el Brasil comenzó esta hermosa región del mundo a gozar 
de todas aquellas franquicias y privilegios de que antes sólo 
gozaba Portugal a expensas de ella, no era posible que se re- 
signase a tornar al estado de colonia, después de la vuelta 
de don Juan VI, su legítimo soberano, a sus Estados europeos. 
En aquel entonces los privilegios y las regalías no eran patri- 
monio de los pueblos, sino de las casas coronadas que los 
gobernaban. Con el rey entraba el privilegio en todas partes, 
y con el rey salía; asi fué que apenas salió para Lisboa don 
Juan VI dejando en marzo de 1821, en calidad de Regente del 
Brasil, a su hijo don Pedro, cuando comenzaron a sentirse los 
aflictivos efectos de su ausencia. El Brasil tornó a ser colo- 
nia; y Portugal, de casi colonia, por ausencia de su rey, tornó 
de nuevo a la despótica categoría de metrópoli. 

Mal aconsejadas las cortes portuguesas, y sin siquiera 
traer a la memoria las causas de la reciente emancipación de 
la América Española, ni mucho menos al natural disgusto con 
que debía el Brasil, por solo la ausencia del rey, tornar de 
amo a criado, se propusieron, impolíticas, borrar hasta el re- 
cuerdo de su mom.entánea dicha. Para no dejar rastros de 
paridad entre la categoría de los dos Estados, decretaron vol- 
viese el príncipe al lado de su padre, enviando al mismo tiem- 
po para su custodia una poderosa escuadra a las aguas de 
Río de Janeiro. 

Alarmados los brasileros con lo que ocurría, y resueltos a 
apelar a las armas en caso necesario, tuvieron el feliz pen- 
samiento de ocurrir primero al príncipe, ofreciéndole, por 
medio de sus cabildos, la gloria de tornar en imperio sobera- 
no el muy rico y extenso Estado que gobernaba, del cual pon- 
drían en su mano el envidiable cetro, si no los abandonaba. 
Aceptó don Pedro tan insigne honor, y las poderosas fortale- 
zas de la plaza, junto con la noticia de tan fausto aconteci- 
miento para el Brasil, recibieron orden de imponer a la es- 
cuadra portuguesa, cuando llegase, la obligación de anclar 
fuera del alcance de sus baterías. Las tropas peninsulares que 
había dejado don Juan VI en el Brasil para que sirviesen a 
su hijo de custodia, fueron las únicas que pretendieron opo- 
nerse a este nuevo orden de cosas, tratando de fortalecerse en 
sus cuarteles; pero pronto tuvieron que ceder, asediadas por 
todas partes por el pueblo que. reunido en masa en el vasto 
campo de Santa Ana y ayudado por tropas nacionales, las 



70 VICENTE PÉREZ ROSALES 

obligó a entregarse sin más condición que la de ser repa- 
triadas. 

Había^eme proporcionado, en esos azarosos días, propicia 
ocasión de volver a mi lejana patria a bordo de la fragata de 
guerra Doris, de la marina inglesa, y al atravesar en ella por 
entre la escuadra portuguesa, lista para zarpar, llevando a 
Portugal la infausta noticia de la emancipación brasilera, 
tuve ocasión de ver que se embarcaba en ella el resto de las 
tropas reales que habían capitulado y que dejaban esas lu- 
gares para no volver a poner más los pies en ellos. 

Este grande acontecimiento, que por la tranquilidad y la 
cordura que le dieron el ser, es uno de los más pacíficos que 
registran los anales de la historia de las emancipaciones de 
los pueblos, iniciado en los primeros meses del año 1822, reci- 
bió la sanción de los felices hijos del Brasil el 7 de septiem- 
bre del mismo año con la exaltación al trono del naciente 
imperio brasilero del príncipe don Pedro I, Emperador y De- 
fensor Perpetuo del Brasil. 

Ingrato por demás sería si no consagrase a la memoria 
de la sabia escritora María Graham, viuda del malogrado ca- 
pitán de la Doris, muerto por un fatal accidente en los ma- 
res del Cabo, el recuerdo del sincero agradecimiento que la 
debo. Ella compensó en la Doris, con usura, a fuerza de ma- 
ternales cariños, el brutal e inmotivado trato que me había 
dado en la Owen Glendower Spencer, cuando me robó del 
lado de mis padres. 

Vuelto a mi Chile, aunque era yo entonces demasiado 
niño para darme cabal cuenta de los adelantos de mi país, 
porque entonces éramos niños hasta la edad de 17 años y 
muchachos más allá de la de los 20, ya comenzaba mi mente 
a gozar de bastante independencia para permitirme motejar 
preocupaciones o reírme de ellas. 

La historia de los terremotos que agregó el año 22 una 
página más a los desastres que conmemora, me proporcionó 
ocasión de hacer a un tiempo uno y otro; pues el tal terre- 
moto, que no fué por cierto uno de los mayores que han es 
tremecldo nuestro suelo, vino a aumentar las pruebas, ya por 
de«sgracia sobradas, de que las preocupaciones no pierden 
ni perderán jamás su imperio sobre el corazón del hombre 
poco instruido, mientras exista la humanidad sobre el mun- 
do sublunar. El terror fué justo; la turbación, necesaria. Cu- 
briéronse las veredas de las calles y los contornos de los pa- 
tios con altos de tejas despedazadas. En medio del espanto 
general, de las carreras y de los encontrones que se daba el 
pueblo consternado por evitar el peligro, alzando ni rielo el 



RECUERDOS DEL PASADO 71 

conocido grito de ¡Misericordia!, tuve ocasión de ver deba- 
tirse en el frente de la puerta de mi casa a un asustado sa- 
cerdote que pugnaba por desprenderse de una mujer que asi- 
da de su sotana se arrastraba de rodillas implorando a gri- 
tos la absolución de los pecados que en alta voz le confesa- 
ba. Ocurriósele a una santa monja decir, a eso de las diez y 
media de aquella temerosa noche, que sabía por revelación 
que el temblor era precursor del fin del mundo, y que la ho- 
ra del juicio final debía sonar a las once de la próxima ma- 
ñana. A tan aterradora noticia, que se esparció por Santiago 
con rapidez eléctrica, contestó el pueblo saliendo de estam- 
pido hacia las plazas, plazuelas y paseos públicos, y sin dar- 
se razón de lo que hacía, el hombre ilustrado como el que 
no lo era, la señora y la simple fregona, todos, grandes y chi- 
cos, hicieron llevar atropellados a esos lugares de asilo, tal 
acopio de cam.as y colchones, que en un momento parte del 
tajamar, las plazas públicas y la reciente alameda, se. cubrie- 
ron con ellos. 

¿Qué hubiera dicho de nosotros un hombre de ilustrado 
juicio traído por encanto a Santiago en esos momentos, al 
ver por entre los colchones relumbrar los carbones encendi- 
dos de muchos braseros provistos de tachos y teteras para el 
vicio del mate, y al notar el tembloroso ademán con que chu- 
paban ios fieles la bombilla, al mismo tiempo que imploraban 
el perdón de sus pecados? 

Terminó el fin del angustiado plazo, y cuando huyendo 
de terror, unos cerraban los ojos y otros se desmayaban, un 
repique general de campanas vino a anunciar al feliz San- 
tiago que el Dios de las bondades, merced a los ruegos de las 
monjas, había perdonado al género humano otorgándole más 
años de vida. 

Pero estas nuevas pasajeras que de vez en cuando suelen 
caracterizar, con un solo hecho, el estado de progreso inte- 
lectual de algunos pueblos de la tierra, no puede proyectar 
más que sobre una pequeña parte de nuestra civilización una 
luz desconsoladora, cuando no ridicula. Todo progresaba en- 
tonces en Chile, y progresaba con harta más rapidez que 
aquella que podía esperarse, ya de sus coloniales anteceden- 
tes, ya de la semipropia existencia de que gozaba desde el 
año 1810. 

Corría el año de 1824. El Director Supremo, don Bernar- 
do O'Higgirus, había abdicado el mando, o más bien dicho, 
se había visto obligado a reconocer que no podía permane- 
cer por más tiempo al frente de los negocios públicos sin 
lanzar a su país en el abismo de los horrores de una lucha 
fratricida. 

El 23 de enero de 1823 este héroe chileno completó la nó- 



72 VICENTE PÉREZ ROSALES 

mina de sus esclarecidos servicios con estas sentidas pala- 
bras: "Creyendo que en las circunstancias actuales puede 
contribuir a que la patria adquiera su tranquilidad el que yo 
deje el mando supremo del Estado, he venido en abdicar la 
Dirección Suprema y consignar su ejercicio provisorio en una 
junta gubernativa, compuesta de los ciudadanos don Agustín 
Eyzaguirre, don José Migu-el Infante y don Fernando Errá- 
zuriz". « 

Pudo haber agregado lo que cuatro meses antes había 
dicho, ai separarse del Perú, el héroe americano San Mar- 
tín: "En cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas di- 
vidirán sus opiniones; pero los hijos de éstos darán el ver- 
dadero fallo". 

El fin que tuvo la vida pública de O'Higgins, de ese gran 
servidor de la patria, cuyas virtudes son harto más patentes 
que sus defectos, agregó nueva prueba al filósofo axioma que 
del Capitolio a la roca Tarpeya no hay más que un paso. 
Todavía no se había esparcido la noticia de su renuncia cuan- 
do, hecho prisionero por Ramón Freiré en Valparaíso, en el 
momento de quererse expatriar para siempre de ese Chiie en 
cuyo obsequio había expuesto tantas veces su vida, quiso so- 
metérsele a un juicio de residencia. 

Circunstancias que otros han referido y que no entra 
en el propósito de estas memorias reproducir, condujeron en 
seguida a ese orgullo cívico y militar de Chile a las lejanas 
playas del Perú, de donde sólo pudieron venir sus restos mor- 
tales al seno de la patria agradecida, cerca de medio siglo 
después . 

Cada vez que celebramos en Chile los días patrios de sep- 
tiembre, acuden sin esfuerzo a mi memoria las solemnidades 
con que celebraban los patriotas del año de 1824 el ya casi 
olvidado 12 de febrero, día que, cual ningún otro, ostenta tí- 
tulos que le hacen merecedor al más justo y cumplido acata- 
miento del hombre ciiileno. El 12 de febrero de 1541 fundó 
Pedro de Valdivia nuestro orgulloso Santiago; el 12 de fe- 
brero del año 1817 eí ejército libertador, después de haber re- 
suelto con pericial arrojo el problema del paso de los Andes 
a la vista del enemigo, nos dio en Chacabuco la libertad que 
el 12 de febrero del siguiente año sancionó el país con la so- 
lemne Jura de nuestra Independencia. 

Celebrábase entonces ese gran día y no el 18 de septiem- 
bre; y sólo el que asistió a esas festividades, en las que; se 
ostentaba en medio del más loco contento la expresión del 
más puro agradecimiento, glorificando a los padres de la patria, 
puede valorizar los efectos que produce la sorda lima del tiem- 



RECUERDOS DEL PASADO 73 

po hasta sobre los recuerdos de las costumbres más dignas de 
inmortalidad. 

En ese día, la bandera a cuya sombra se había jurado la 
independencia, llevada con gran pompa por el Director Su- 
premo, era colocada sobre un trono levantado en el Cabildo, 
y de allí acompañada de todas las autoridades civiles, mili- 
tares y religiosas, a la catedral, donde, después del evangelio, 
en vez de nuestro acostumbrado sermón, se leía al pueblo, en 
alta e inteligible voz, el acta original de nuestra independen- 
cia, llevada hasta el templo por el mismo Jefe del Estado con 
este objeto. 

De estas festividades expresivas y conmemoradoras sólo 
conservamos el cañoneo de Hidalgo, las luminarias y los ador- 
nos de las calles, que hoy, con más o menos ostentación, se 
han trasladado a la Alameda; porque hasta eí posterior pa- 
seo a la alegre Pampilla, hoy Parque Ck)usiño, totalmente des- 
pojada de su primitivo carácter democrático, sólo se desti- 
na ahora a la nobleza encarrozada, dejando puerta afuera a 
la humilde y nacional carreta. 

¿Cuántos de los que concurren a lucir sus carruajes y sus 
caballos en los paseos públicos; cuántos de los que van al tea- 
tro, donde aun se entona la Canción Nacional, más por lucir 
la voz de ios cantores que por el significado de sus estrofas, 
significado que hasta llegó a alterarse después sólo por ceder 
a tontas insinuaciones que pidieron la profanación de ese 
monumento histórico; cuántos, digo, tienen presente, en los 
regocijos de estos días, a aquellos a quienes deben patria y 
libertad y el saber y la holganza de que ahora disfrutan? 

Las voces Patria y Chile no fueron voces sinónimas en los 
primeros tiempos de nuestra vida republicana. Patria no sig- 
nificaba al pie de la letra lo que ahora significa Chile, sino 
el conjunto de principios democráticos que luchaban a cuer- 
po partido contra los absolutistas de la monarquía española, 
y, además, hasta las mismas personas que capitaneaban las 
banderas independientes, y esto explica por qué tuvimos en- 
tonces Patria Vieja y Patria Nueva. 

Sólo en 1824 vino a darse por decreto supremo a la voz 
Patria su legitimo significado: se mandó que en adelante se 
dijese ¡viva Chile! en vez de ¡viva la Patria! en los grandes 
días en que debían celebrarse, ya las glorias de reciente fe- 
cha, ya aquellas que conmemoraban las que nos dieron li- 
bertad . 

Dlcese con bastante razón, pero no con toda ella, que 
los viejos sólo viven de recuerdos y que adolecen de la manía 
de encontrar malo todo aquello que no se asemeja a lo que 
ocurrió o se hacía en sus verdes años. A mí no me tocan las 
generales de esta ley, porque para mí lo bueno no envejece, 



74 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ni dejo ahora de acatar lo nuevo siendo bueno, con todo el 
ardor de mis primeros años. Mas, como esta no es condición 
exclusivamente mía, ni es tampoco posible que muchos pue- 
dan traer sin trabajo a la memoria lo bueno antiguo, creo 
que no mirarán de reojo los que estos renglones leyeren, si 
les dejo, antes de pasar al año de 1825, un pálido bosquejo 
de lo que era Chile en el año de 1824, para que deduzcan de él 
lo que fué el año de 1810, y sepamos dar al César lo que al 
César pertenece. 

I Dividíase el territorio republicano, que sólo alcanzaba en 
aquel entonces desde Atacama al canal de Chacao, en tres 
grandes departamentos llamados Coquimbo, Santiago y Con- 
cepción, y en los gobiernos de Valdivia, Talcahuano y Val- 
paraíso . 

El departamento de Coquimbo confinaba al norte con la 
provincia de Atacama del Alto Perú en el río Sala Agua Bue- 
na y médano de Atacama, y al sur con el departamento de 
Santiago, en la quebrada del Negro y portezuelo de Tilama. 
El departamento de Santiago tenía por límites al sur el río 
de Maule, que le separaba del de Concepción, y éste termi- 
naba por la parte del sur con el río Vergara, cerro de Santa 
Juana y Rumen. 

La jurisdicción de los titulados gobiernos de Talcahua- 
no y de Valparaíso no pasaba del recinto de cada una de esas 
plazas; pero no así la del de Valdivia, que alcanzaba hasta 
|_el, canal de Chacao, punto donde se detenía la bandera patria. 

Esta patria, pobre y apartado rincón del Continente 

Americano, sólo conocida por la sangre y los caudales que 

j costó a la España su estéril conquista, contaba en 1824, según 

I cálculos cuya exactitud no me ha sido posible averiguar, con 

1.300,000 habitantes entre ambas razas, la indígena y la eu- 

j ropea, más o menos puras o mezcladas. 

Dedúcese fácilmente lo que debieron ser en 1810 la ilus- 
tración, las tendencias y las aspiraciones de esta pequeña y 
aislada sección del género humano, donde predominaba en 
la nobleza, casi siempre comprada, el Plata te dé Dios, hijo, 
que el saber poco te vale; en las aulas, el antiguo ergoteo; en 
el comercio, los privilegios peninsulares; en el suelo a medio 
elaborar, sobrados productos alimenticios; en el pueblo, aque- 
llo de Después de Dios el Rey y después del Rey el amo; en 
el indígena, la lanza y el saqueo; y en muy contadas perso- 
nas, el deseo de instruirse, devorando, a hurto, los pocos li- 
bros científicos, políticos o industriales que el contrabando o 
el acaso, siempre peligroso, ponía en sus manos. 

¡Cómo es posible creer que con tan exiguos elementos pu- 
diera Chile en sólo trece años de existencia propia, trece años 
de febril y borrascosa vida, en la que simultáneamente se al- 



RECUERDOS DEL PASADO 75 

temaban los triunfos y los desastres, las esperanzas y la.s de- 
cepciones, sin dejar un solo instante de peligrar la libertad, 
las haberes y la vida de los protagonistas del sangriento dra- 
ma de nuestra independencia, llegar como llegó al año 1824! 

En la historia de los primeros tiempos de nuestra vida 
republicana hay un hecho digno de fijar la atención del fi- 
lósofo y del estadista, y es que esos héroes improvisados a 
quienes tanto debemos, al mismo tiempo que defendían a es- 
tocadas su propia vida, no dejaron de sembrar, para nosotros, 
instituciones de progreso, ni en los momentos mismos en que 
la patria, desangrada y sin recursos, parecía hundirse con ellos 
en el cielo de la recolonización (1) . 

Entre nuestras actuales instituciones hay, en efecto, muy 
pocas que no deriven su existencia de otras iguales o análo- 
gas dictadas por aquellos gigantes de abnegación y de patrio- 
tismo en medio de los horrores y de las angustias de la gue- 
rra. En el año 1824 ya existían en Chile, si no como institu- 
ciones perfectas y en pleno auge, al menos como ideas que 
debían desarrollarse a su tiempo, m_ultitud de acuerdos más 
o menas elaborados y puestos en planta para elevar a la Re- 
pública al rango de nación civilizada. 

En esos trece años se dictaron variar Constituciones, y 
la dei año de 1823 ha mant-enido sus prescripciones en la 
parte judicial hasta estos últimos años, 1874. 

La división territorial de las secciones gubernativas del 
día tiene mucho de lo que eran en aquel entonces. Llamában- 
se delegaciones lo que ahora llamamos intendencias; y dis- 
tritos, muchos de los que ahora llevan el nombre de departa- 
mentos. Dividíase entonces el país en tres g'randes secciones, 
es cierto; pero, ¿quién puede asegurar que esa división, mejor 
estudiada, no pudiera aprovechar, reviviendo, a la fiscaliza- 
ción má^ inmediata de los actos de los funcionarios públicos 
y a la descentralización para dar más vida y animación a la 
iniciativa de los gobernados? 

La Sociedad de Amigos de Chile, decretada el 5 de agos- 
to de 1818 para promover los adelantos del país en los ramos 
de agricultura, comercio, minería, artes y oficios, es la base 
del Ministerio de Fomento que aun no vemos establecido en 
Chile. 

Sintiendo la imperiosa necesidad de conocer con la posi- 
ble perfección el país que organizaba, decretaron el 26 de ju- 
nio del año 1823 la creación de una comisión de estadística 



(1) Era tal la escasez .de recursos del Gobierno y con ella tan 
exiguo su crédito, que en octubre de 1818 llegó a paralizarse la 
fábrica de cartuchcs en la maestranza per no existir en arcas 
fiscales con qué comprar papel. 



76 VICENTE PÉREZ ROSALES 

encargada do un viaje científico por el territx)rio del Estado 
con el objeto de examinar la geología del país, sus plantas, 
sus minerales, y suministrar todos los datos que pudieran 
contribuir a formar una completa estadística; y seis meses 
después, el 20 de diciembre, se organizó la comisión corográ- 
fica para levantar el mapa de Chile, promover la industria, 
y proveer a la defensa de la patria. 

Dictóse el 21 de mayo de 1823 un notable reglamento de 
policía y de costumbres, en el cual, salvo algunos artículos, 
hijos legítimos de aquella época, pudieran mucho aprender 
nuestros intendentes y gobernadores. 

uTa policía rural, de la que sólo ahora se ha venido a ha- 
cer seria mención entre nosotros, fué decretada el 26 de ma- 
yo del mismo año, y colocada a cargo de jueces que a las fun- 
ciones de las juntas actuales de caminos unían las obliga- 
ciones que imponen la salubridad de los campos, de los hom- 
bres y de los ganados, la conservación de los bosques y la 
multiplicación de los plantíosj 

Creóse una comisión de beneficencia encargada de la 
protección y fomento de todos los establecimientos de cari- 
dad. Se restableció el hospicio para extirpar la mendicidad, 
acogiendo en él a todos los miserables de uno y otro sexo pa- 
ra darles ocupación según sus aptitudes y para socorrerles en 
todas sus necesidades. 

No descuidaron las exigencias de la sanidad, y la junta 
decretada con este nombre y la prohibición de enterrar en 
adelante cadáveres en las iglesias, dan de ello la más patente 
prueba. 

Creóse en 1820 el hospital militar, al que se le condecoró 
con el nombre de Hospital del Estado. 

Los indígenas, llamados hermanos desde 1811', mc^recie- 
ron entonces reglamentos que promovían y aceleraban su ci- 
vilización. 

La justicia y la instrucción pública deben a nuestros pa- 
dres de la patria la creación de la Corte Suprema, la Academia 
Chilena creada por decreto de 10 ds diciembre de 1823. con sus 
tres secciones: ciencias morales y políticas, ciencias físicas 
y matemáticas, literatura y artes: la Academia de Leyes y 
Práctica Forense: el Instituto Nacional en la capital y en los 
departamentos, establecimiento instalado en 1813, restableci- 
do en 1819 y reorganizado en 1823: las escuelas conventuales 
para hombres: las de los monasterios para las mujeres; es- 
cuelas lancasterianas. el Museo, la Biblioteca Nacional y la 
libertad de imprenta. 

Colocaron la dignidad del hombre en su verdadero tro- 
no con la abolición de la esclavatura, la de los azotes, la de 



RECUERDOS DEL PASADO 77 

los palos en el ejército, los títulos de nobleza heredada o 
comprada, y cuanto tiende a degradar al hombre o a hacerle 
más ridiculo de lo que es. 

Al mismo ti-empo que se abolían los efectos de la cruel- 
dad y del necio orgullo, nada se omitía para enaltecer el es- 
píritu ni para formar hom.bres capaces de ostentar con jus- 
to orgullo el titulo de ciudadanos de una república ilustra- 
da. Decretóse con este objeto el año 1817 la creación de la 
Legión de Mérito, para premiar las virtudes y los talentos 
en todas las carreras, premios que llevaban el calificativo de 
"la más honrosa y la más estimable distinción nacional". 

Decretáronse, asimismo, premios al preceptorado y pre- 
mios a los alumnos que aventajasen en estudio y saber a los 
demás. Lo que no hemos hecho hasta ahora, ni creo por des- 
gracia que lo hagamos tan luego, ya lo tenían hecho los pa- 
dres de la patria el año d^ 1820. Entonces seis años de servi- 
cios en las clases superiores era mérito suficiente para obte- 
ner prebendas en las catedrales, y esos mismos seis años en 
los legos le daba opción a los destinos análogos de su carre- 
ra. Siguiendo el mismo propósito, acordóse el título de be- 
nemérito de la juventud al alumno que más sobresaliese, ya 
en la probidad de sus costumbres y ejercicios de las virtudes 
cívicas y morales, ya en el aprovechamiento científico o in- 
dustrial; y a más de las preeminencias del lugar que se le ha- 
cía ocupar en todas partes y de las consideraciones con que 
se le trataba, se le concedía el derecho de continuar gratui- 
tamente sus estudios. 

Los empleados públicos no trabajaban sin esperanza de 
premio, como casi siempre acontece ahora: el decreto de 3 de 
junio de 1820, al exigir que al principio de cada año el jefe 
de las oficinas de hacienda pasase al ministerio de este nom- 
bre la foja de servicios de cada empleado para la provisión 
de los empleos de los que hubiesen servido en un destino in- 
ferior, lo está probando. 

Mandáronse someter todos los gastos del Estado a rigu- 
rosos presupuestos, y rastros se encuentran en aquella época, 
hasta la consolidación de nuestra deuda interior. 

El arte de la guerra, esa necesidad imperiosa de la raza 
humana, debe a los hom.bres de aquella tumultuosa y angus- 
tiada era, la Academia Militar, la Escuela de Pilotos, la co- 
misión encargada de formar un código militar, y la Maes- 
tranza de armas y de instrumentos bélicos. 

No andaban entonces nuestros inválidos sueltos y men- 
digando como ahora, porque el año 23 ya contaba el valor 
desgraciado con un asilo protector a cargo y bajo la inme- 
diata vigilancia del comandante general de armas, para que 
nada faltase a aquellos infelices. 



78 VICENTE PÉREZ ROSALES 

El decreto cic 10 de dieienibre de 1822 echó por primera 
vez €n Santiago los verdaderos cimientos de la guardia na- 
cional . 

Para no parecer por demás prolijo, enumerando, aunque 
sea tan a la ligera, cuanto a nuestros padres debemos, ter- 
minaré esta reseña sentando que hasta de aumentar los días 
útiles de trabajo que tenia el año chileno se ocuparon; pues, 
perseguida la holganza y el ocio hasta en sus más sagrados 
retretes, lograron que las fiestas de riguroso precepto, que al- 
canzaban entonces a cuarenta, quedaran reducidas a sólo do- 
'ce, y abolidas completamente las muchas de medio precepto 
que casi siempre y sobre todo en los pueblos, se volvían de 
precepto entero. 

Todo lo preveían solícitos. La América española no era 
para nuestros padr-es un conjunto de distintas naciones; era 
sólo un único estado por emancipar, y la emancipación no la 
consideraban completa mientras imperase en alguna de sus 
secciones el dominio español. La historia contemporánea ar- 
gentino-chilena llevaba ya consignados en sus preciosas pá- 
ginas muchos de los hechos que acreditan esta verdad cuan- 
do se trató de emancipar al Perú; mas como no he visto con- 
memorar aquellos cuyo alcance llegaba hasta los más remo- 
tos términos del dominio español en la América, debe permi- 
tirse a mi patrio orgullo el que consigne aquí, aunque sean 
las primeras palabras de la notable proclama que don Luis 
Mauri, general en jefe de las fuerzas destinadas a obrar con- 
tra Nueva Granada, dirigió a sus compatriotas el 10 de julio 
de 1818, después de haber tomado posesión de las islas de 
Santa Catalina, Providencia la Vieja y San Andrés, depen- 
dientes de aquel virreinato. Dice así: 

"¡Compatriotas! Los poderosos Estados Unidos de Buenos 
Aires y Chile, deseando cooperar en cuanto les sea posible a 
la emancipación de sus oprimidos hermanos, me han comisio- 
nado para cumplir esta noble empresa en la Nueva Grana- 
da. Gracias al cielo que les ha inspirado tan magnánimos 
sentimientos. Sea su unión y su sabia conducta nuestra guía 
en nuestras futuras operaciones" (1) . 

¿Y qué decir ahora de las ideas que entonces se tenían so- 
bre la importancia de la inmigración de extranjeros, como 
complemento de la grande obra con tantos sacrificios ini- 
ciada? En la Camila, que el célebre patriota Camilo Henrí- 
quez escribió para nuestro teatro, con el objeto de sembrar 
en la mente de los concurrentes semillas de legítimo progre- 
so, dice uno de los interlocutores: "Si la América no olvida 
las preocupaciones españolas y no adopta más liberales prin- 



(1) Correo del Orinoco, núm. 17, año de 1819, Angostura. 



RECUERDOS DEL PASADO 79 

cipioa, jamás «aldrá de la esfera de una España ultramarina, 
miserable y obscura como la España europea. Para remediar 
la lastimosa despoblación de la América y su atraso en las ar- 
t€s y en la agricultura, es necesario llamar extranjeros con el 
atractivo de unas leyes imparciales, tolerantes y paternales." 

Nada se escapó, pues, a las miradas de esos lionibres ex- 
traordinarios que asi pasaban la espada del guerrero a la 
mano izquierda para dejar libre la derecha a la pluma orga- 
nizadora, como el acero al poderoso puño para de tender jun- 
to con los fueros de la patria la propia vida. 

Teníamos; en las naciones extranjeras cuatro misiones di- 
plomáticas en €l año 24. Eran ministros plenipotenciarios de 
Ohile, en Buenos Aires, don Joaquín Campino; en Europa, don 
José Antonio Irizarri; en el Perú, don Miguel Zañartu, y en 
Roma don Ignacio Cienfuegos. 

Para Chile sólo eran extranjeros los enemigos de su li- 
bertad, y la idoneidad el candidato jurado para los más de- 
licados puestos públicos. A Dauxion Lavaysse se confió la di- 
rección de la comisión de estadística; a Alberto d'Albe y Car- 
los Lozier la de la corografía; Zegers, o Zeggers como se es- 
cribía entonces, era oficial presidente del despacho de rela- 
ciones exteriores; Bayarna era director de la Academia Mi- 
litar; Ocampo, consultor de lo que entonces llamaban Cá- 
mara Nacional. En resolución, Chile de entonces supo na- 
cionalizar los ilustres nombres de San Martín, de Cochrane y 
de Blanco, y los retoños de aquellos denodados oficiales de 
mar y tierra que nos trajeron generosos el precioso contigen- 
te de su sangre y de sus luces de que tanto necesitábamos, nos 
siguen dando días de gloria como si sus padres no hubiesen 
tenido más patria que la propia nuestra. 



CAPITULO V 

El barón de Mackau y el corsario Quintanüla. — Viaje a Fran- 
cia. — Rio de Janeiro. — Havre de Grao2. — Patís de 
aquel entonces. — María Malibrán Garda. — Un hijito de 
Fernando VIL — La duquesa de Berri. — Colegio de Sil- 
vela. — El matemático Vallejo. — Don Andrés A. de Gor- 
lyea. — Don Leandro Fernández de Moratin. — Don Silves- 
tre Pinheiro Ferreira, profesor de Derecho Publico. — El 
romanticismo. — Alejandro Dumas. — El general San Mar- 
tin en Francia. — El general Murillo. 

Entre las naciones europeas que comenzaron a frecuen- 
tar con sus naves nuestras costas, así que la guerra de la in- 
dependencia se lo permitió, la Inglaterra y la Francia fue- 
ron las más solícitas a captarse las simpatías del Nuevo Es- 
tado que abría a los frutos de la industria extranjera sus co- 
diciados puertos. 

Fué éste uno de los motivos que impulsaron al Ministro 
de Marina francés a autorizar a los jefes de su escuadra del 
Pacifico para que concediesen pases libres, en sus gabarras 
o transportes, a los hijos de las familias influyentes de San- 
tiago que solicitasen ir a continuar en Francia sus estudios. 

Cupo al almirante Mackau, que alcanzó después a ser Mi- 
nistro de Estado en tiempo de Luis Felipe de Orlsans, ser in- 
térprete de estas buenas disposiciones para con Chile, y aun 
el gusto de exagerarlas, como aparece del hecho que voy a 
referir y que, por haber pasado muy de puertas adentro, mu- 
chos^ ignoran. 

¿Aun no existían en Chile en 1823 casas extranjeras de 
comercio, y los franceses habían elegido la muy opulenta de 
don Felipe Santiago del Solar para la consignación de sus 
naves y la de los cargamentos de mercaderías que comenza- 
ban a enviar de su país a nuestra recién naciente República^ 

El barón de Mackau, comandante de la fragata de guerTa 
francesa Clorinda, que se gallardeaba a la sazón en medio de 
los buques ingleses y norteamericanos surtos en la bahía de 
Valparaíso, trasladado a Santiago con algunos de sus oficia- 
les, se hospedaba entonces en casa de mi padre, donde, para 



82 VICENTE PÉREZ ROSALES 



hacerle más grata su permanencia, se le trataba a cuerpo de 

rey. 

Todo el territorio chileno no se encontraba aún libre de 
las autoridades españolas, pues en el vasto asiento de las Is- 
las, con Chiloé por cabecera, imperaba todavía el terrible cau- 
dillo Quintanilla-, aunque no era esto parte a impedir que 
nuestros corsarios asolasen el comercio español desde las 
aguas de Valdivia hasta las de Guayaquil; pues nuestros fa- 
luchos, que no eran entonces otras nuestras naves, desvalija- 
ban que era un contento a cuantos buques españoles de co- 
mercio se les venian a las manos. La sola casa de Solar con- 
taba con cuatro corsarios, cuya capitana. El Chileno, había 
hecho tanto daño a Quintanilla, capturando cuantos buques 
con recursos le enviaban del Perú, que, exasperado, aiTnó la 
célebre nave La Quintanilla, que. al mando de un tal Martelí, 
nc tardó en dar al traste con toda la división Solar, obhgando 
a El Chileno, único cachucho que escapó do sus garras, a asi- 
larse bajo los fuegos de las baterías de Valparaíso. Supo el 
buen barón de Mackau por boca de Solar lo que pasaba; ig- 
noro lo que entre los dos hablaron; pero no ignoro lo que ocu- 
rrió después; pues es lo cierto que, a poco de andar, ya la terri- 
ble La Quintanilla era declarada Duena presa de la fragata 
Clorinda, y que el no menos terrible Martelí se encontraba en- 
cerrado en la cahdad de preso a bordo de la gabarra francesa 
Mosselle. 

Estas felices travesuras y otras a ésta^ parecidas, que no 
hay para qué relatar; el con ta eco cada día más frecuente que 
la actividad comercial nos proporcionaba con el extranjero; 
la sucesiva llegada a nuestras poco frecuentadas playas de 
capacidades como la de Lozier, y la de muchas otras, que. sin 
ser reales de a ocho en sus respectivos países, venían a serlo 
sin esfuerzo en nuestra patria; la preferente acogida que dis- 
pensaba. Dor las anteriores razones, a todo lo de fuera, la in- 
consulta hospitalidad de nuestros estrados, aunque los tales 
de fuera no fuesen otra cosa que meros mercachifles engala- 
nados con la natural desenvoltura del commis voyageur. con 
al arte de anudarse la corbata y con el no menos atractivo de 
saber bailar y enseñar las recién llegadas cuadrillas, hicieron 
creer a muchos padres de fam.ilia que la instrucción, para ser 
buena, sólo podía adquirirse en la culta Europa; y a muchas 
madres y hasta entonces encogidas hijas en el campo de los 
devaneos sociales, que fuera de Francia o de Inglaterra, no 
podía encontrarse ni la fuente del galano decir ni el verda- 
dero comme il faut, padre del encanto de los salones. 

Antes, pues, que se notificase a los chilenos la benévola 
disposición del Gobierno francés para con los jóvenes ameri- 
canos, ya habían salido Carlos Pérez Rosales y Juan Enrique 



RECUERDOS DEL PASADO 83 

Ramírez, el primero para Inglaterra y para Escocia el segun- 
do, y el 16 de enero de 1825 se daba a la vela del puerto de 
Valparaíso para la Francia, y cargado de jóvenes chilenos, el 
transporte Mosselle, de la marina de guerra francesa. 

¿Adonde iban esos jóvenes, orgullo y esperanza de sus pa- 
dres, llenando de envidia a los que por falta de recursos que- 
daban reducidos a las escuelas patrias? ¡Iban a Francia en 
busca de un fácil saber, sin sospechar ni por un instante que 
allí les esperaba la sabiduría, como esperó a muchos, veinti- 
cuatro años después, el oro que a paladas pensaron recoger 
en California! 

Fueron los alegres pasajeros de la Mosselle: Santiago Ro- 
sales, Manuel Solar, los cuatro hermanos Jara-Quemada, Lo- 
renzo, Ramón, Manuel y Miguel; los hermanos Antonio y Jo- 
sé de la Lastra. José Manuel Ramírez, mi hermano Ruperto 
Solar y yo. 

Tras esta primera expedición, pero ya no en buques 
de la armada francesa, salieron otros con el mismo destino, 
conduciendo a los hermanos Guerrero, Calixto, Lorenzo y Víc- 
tor; a los hermanos Larraín Moxó, Rafael, Santiago y José 
María; a los hermanos Toro, Bernardo, Domingo, Alonso y 
Nicasio; a José Manuel Izquierdo, a Manuel Talavera, José 
Luis Borgoño, Ramón Undurraga y Miguel Ramírez. Todos 
estos jóvenes, unidos a los del primer viaje, a excepción de 
Manuel Talavera, Calixto Guerrero, Bernardo Toro, Miguel y 
José Manuel Ramírez, ocuparon un asiento en el mentado co- 
legio de Silvela, único en su época, así por el nombre y la ca- 
pacidad intelectual de sus notabilísimos preceptores, como 
por el gran número y la juiciosa distribución de los distintos 
ramos del saber humano que allí se cursaban. 

De toda aquella dorada juventud chilena que en pos de 
la instrucción cruzó los mares hasta llegar a la envidiada Eu- 
ropa, ¿qué nos queda? Sólo recuerdos de infructuosos afanes 
y tres testigos presenciales del general malogro: don Rafael 
Larraín Moxó, don Domingo José de Toro y la mano debili- 
tada que estos renglones traza. 

Mal camino seguirán siempre los padres de familia quéX 
sin dar prim.ero a sus hijos la instrucción elemental, les se- 
paran de su lado y de su patria para que vayan a estudiar en 
Europa, en perverso francés o mal inglés, aquello que pueden 
aprender en Chile en correcto castellano. Sólo debe pasar a 
Europa el joven ya formado que, habiendo adquirido en las 
aulas patrias cuanto en ellas puede aprenderse, deseare per- 
feccionar sus conocimientos profesionales, o aquellos otros 
que caracterizan al hombre de mundo y que sólo pueden ad- 
quirirse en el roce ordinario que motivan los viajes entre to- 
do linaje de gentes, en el prolijo estudio de las costumbres y 



84 VICENTE PÉREZ ROSALES 

en el inmediato contacto con los hijos de las naciones más 
cultas del Viejo Mundo. 

Volvimos, pues, los que allá fuimos con poco más del 
triste alfabeto por aprendizaje, sin siquiera poder decir cuan 
do llegamos, que sabíamos tanto cuanto encontramos que sa- 
bían, sin salir de Chile, aquellos mismos que suspiraron por 
no podernos seguir. Pero, para ser justos, es preciso confesar 
que aquello de superfluidades, de gahachismos y de meter en 
todo ex cathedra la mano, nadie hasta ahora nos ha podido 
aventajar. ' 

Pero veo que me he apartado de mi viaje a bordo de aque- 
lla mentada Mosselle que tanto nos hizo padecer. Seguimos, 
pues, en eila acompañados del prisionero Martelí, y al cabo 
de treinta y seis días de navegación, después de doblar de 
nuevo el Cabo de Hornos, pude contemplar por segunda vez 
ese Río de Janeiro y esa terrible Playa Grande donde cuatro 
años antes había sido arrojado, sin amparo, por la exquisita 
crueldad de Lord Spencer. 

El Río de Janeiro del año 25 era el mismo poblachón del 
año 21, con sólo cuatro años más de edad. Este pueblo negre- 
ro, de irregular trazado, de perversa policía de cuseo y de nin- 
guna sanidad desde medianoche para adelante, pues, a falta 
de depósitos salubres y fijos de aquel residuo cuyo nombro 
ponderó tanto Víctor Hugo en boca del irritado Cambronne 
barriles sin má5 tapa que la atmósfera corrían de todaa par- 
tes a inficionar las playas de la^ tranquilas aguas de la bahía. 
Salvo algunas excepciones, mientras más lucía sus galas la 
naturaleza en aquel lugar, más lucía la incuria y el desgreño 
de sus sudorientos habitantes. 

Entonces, como en los años 30. 45, 60. épocas en que tuve 
ocasión de visitar de nuevo esa capital de imperio, no encon- 
tré en ella un solo edificio, incluso el palacio imperial, que 
pudiera equipararse con ninguno de los edificios públicos o 
privados de nuestro actual Santiago. 

Llamóme entonces la atención ei templo que, comuni- 
cado con el palacio, servia de capilla u oratorio a sus majes- 
tades, no tanto por su construcción arquitectónica cuanto 
por la naturaleza de los cantores de su poderoso coro. ¡Quién 
lo creyera! Victimas de aquella inmoral mutilación que acre- 
dita para guardián de serrallo en la polígama Turquía, eran 
los cantores que acompañaban con infantiles y plateadas vo- 
ces el santo sacrificio de la misa, y todos eran hijos de la en- 
tonces desmembrada Italia! 

El mismo efecto que produce sobre el ternero este acto 
que autoriza la voracidad humana, se produce también sobre 
el hombre. Tenían aquellos infelices coristas voces de mujer, 



RECUERDOS DEL PASADO 85 



cara de niño y cuerpo y abdomen elefantado. ¿Eran más fe- 
lices que los demás hombres? . . . ¿Quién pudiera decirlo? 

En esa época, el afortunado Brasil, sin haber tenido que 
pasar por ninguna de las tormentas que casi desmantelados 
arrastramos en la lucha contra los mandarines de Castilla, 
había ya tranquilo promulgado, el 25 de marzo, la Constitu- 
ción política del imperio, calificada, no sé por qué, por los hi- 
jos del país, como la tercera en antigüedad de cuantas se co- 
nocen en el mundo. 

Los favores que se dispensan tan a vuelo de pájaro co- 
mo el que a nosotros nos dispensó el Gobierno francés, sue- 
len pagarse caros. En Rio de Janeiro tuvimos que abandonar 
la Mosselle, a causa del adusto y casi brutal trato que nos ha- 
bía dado, en el viaje desde Valparaíso, su buen capitán, y 
prosiguiendo nuestro viaje a bordo de una barca francesa 
mandada por el capitán Blatin, llegamos a los ciento dos días 
de nuestra salida de Chile a la desembocadura del canal de 
la Mancha, desde donde a poco andar nos encontramos en el 
curiosísimo puerto francés llamado Havre de Grace. 

El canal de la Mancha, el golfo de Vizcaya y el mar de las 
Antillas, parece que se disputasen entre ellos el dominio de 
las tempestades en la época de los equinoccios. En esos bo- 
rrascosos mares no se cuentan los naufragios anuales por de- 
cenas sino por centenares. El Havre de Grace, cuyo nombre 
está diciendo lo que era antes que el saber y el brazo del hom- 
bre le convirtieran en lo que ahora es; el puerto de Cher- 
burgo y muchos otros, son pruebas palmarias de que no hay 
mala rada ni simple apariencia de rada que no pueda con- 
vertirse en excelente puerto. Por esta razón, cuando descui- 
damos los caminos que conducen a los peligrosos puertos que 
median entre Valparaíso, mal puerto también, y la bahía de 
Concepción, obramos con poca previsión. Si los franceses hu- 
biesen encontrado donde ahora se alza el poderoso puerto de 
Cherburgo, los recursos naturales que ofrecen el puerto de 
Topocalma, los bajos y las lagunas de Vichuquén y Boyeru- 
ca; y si los franceses, para hacer navegable el Sena desde 
el mismo mar donde desemboca, hubiesen contado como nos- 
otros contamos en Talcahuano, con un bajo que llenan las 
aguas del Bio-Bío en sus creces y que, pasando al costado 
mismo de Concepción, desemboca junto al puerto, ¡cuánto 
menos no le hubiera costado el puerto de Cherburgo, y cuán- 
tos años no contaría ya la fácil navegación fluvial y maríti- 
ma del Bío-Bío, dejando a un lado su peligrosa barra! 

¿Cuántos afanes no costó la construcción del Havre? 
Apenas comenzaban a elevarse los tajamares que debían po- 
ner al futuro puerto a cubierto de las invasiones de las ma- 
rean zizigiales, a las que daba el viento el carácter de un mar 



86 VICENTE PÉREZ ROSALES 

embravecido, cuando en la noche del 15 de enero de 1525, p«s 
reció ahogada la tercera parte de la población a impulsos de 
una repentina crece que alcanzó a precipitar dentro de los 
íosos del castillo Gravelle hasta 28 embarcaciones. Análogos 
accidentes ocurrieron en el mismo puerto en los años 1718 y 
1765, y fué tal el empuje del viento en el primero, que aún en 
el dia se recuerda con espanto que un cañón de a 36 con su 
cureña fué arrojado de su asiento. Pues bien, ese mismo lu- 
gar, merced al trabajo del hombre, ostenta en el día el se- 
guro y muy mercantil puerto artificial donde acabábamos de 
desembarcar. 

Nadie pensó, para comunicar el Sena con el mar, en com- 
batir la barra y los bancos que sus tumultuosas aguas forma- 
ban en su desembocadura, como nosotros hemos pensado va- 
rias veces hacerlo en nuestro Maule, creyendo que el aumen- 
te artificial de sus aguas pudiera arrojar la barra mar aden- 
tro: notable absurdo que combate el resultado del estudio de 
la desembocadura del caudaloso Marañón, cuyas violentas 
aguas, sin dejar de formar barra, penetran cuarenta leguas 
mar adentro sin mezclarse con las del océano. Utilízase sólo 
la desembocadura del Sena para aprovechar los bajos que el 
retiro periódico de las mareas dejaban en su margen orien- 
tal. Esos bajos, circundados de murallones y ahondados a 
fuerza de draga y de barreta hasta el nivel de las más bajas 
mareas, convertidos en espaciosas y tranquilas plazas públi- 
cas de agua, son el ancladero, sin necesidad de ancla donde 
■con orden simétrico y costado a costado se colocan, como en 
una taza de leche, centenares de embarcaciones que año por 
año llegan a aquel puerto, cuya entrada, protegida por quie- 
braolas, les franquea el más fácil acceso. 

Contaba el Havre en 1825 con tres plazas de agua comu- 
nicadas por canales, y las tres podían contener con desahogo 
hasta 200 embarcaciones de alto calado. Como pueblo para 
vivir en él, nada tenía de notable; por el contrario, plaza 
fuerte, aunque de tercer orden, sus fosos, arsenales y astille- 
ros, sus inexorables e incómodas cuatro únicas puertas, su 
corta población, que alcanzaba a sólo 22,000 almas de resi- 
dentes y a cuatro de transeúntes, y su carácter puramente 
militar y mercantil, sólo dejaron en mi ánimo el recuerdo de 
cuánto pueden la industria y el trabajo cuando luchan per- 
severantes cuerpo a cuerpo contra las dificultades materia- 
les que puede oponer al logro de su propósito la simple na- 
turaleza. 

Dejé el Havre como dejan las aves pasajeras los puntos 
que recorren; y al quinto día de mi llegada a la envidiada 
Europa, después de una pesada trasnochada en los violentos 
carromatos de la compañía Lafitte y Caillard, me encontré 



RECUERDOS DEL PASADO 87 

en el mentado París, centro de lo bueno y de lo malo, de lo 
alegre y de lo triste, patria de buen gusto y de ridiculas ex- 
travagancias, y emporio favorito del devaneo y de las disipa- 
ciones, calificado por el buen Víctor Hugo con el pomiposo 
nombre de "cerebro de la humanidad". 

Las ciudades aventajan a los hombres en la facultad de 
rejuvenecer. Pocas hay que cuenten en el mundo más abri- 
les que la antigua Lutecia, pueblo que llegó a llamar Oppi-] 
dum el mismo Julio César, como testimonio de que en aquel 
entonces gozaba ya de los humos de capital. París del año de 
1825, cuando me encontré por primera vez en él, era respecto 
al París que visité por tercera vez el año de 1859, lo que es la 
figura de un hombre contrahecho, garabateado con tiza y 
carbón sobre una pared, comparada con una pintura hija del 
arte expuesta en un museo. No quiere decir esto que sus pa- 
lacios, sus templos, sus academias y sus museos, que tantas 
riquezas atesoran, no existiesen entonces, porque la mayor 
parte de esos pasmos del genio humano ya existían; pero tan 
diseminados y perdidos en un inmenso poblachón que sin 
obedecer a ningún regular trazado había ido creciendo a fuer- 
za de inconsultos agregados, poblachón con calles en general 
tortuosas y sin salidas, anchas unas, estrechísimas otra-s, y 
las más sombrías, húmedas y hediondas, con descuidado pavi- 
mento y perverso alumbrado de aceite de ballena, cuya escasa 
luz solían corregir tiestos de barro con sebo y sus mechas ar- 
diendo que la policía solía colocar sobre los tropiezos acciden- 
tales para precaver el vuelco de los carruajes, que no se com- 
prende, en verdad, cómo podían lucir tan ricas joyas sobre 
tan burdo engaste. 

Aquel París del año 25 no existía ya en el de 59 , Luis Fe- 
lipe de Orleáns había ya comenzado a transformarle ensan- 
chando su recinto, rodeándole de poderosos y artillados ba- 
luartes y trazando entre éste y aquél hermosas calles, cuan- 
do el tercer Napoleón, su inesperado sucesor, con el triple pro- 
pósito de quitar a los revolucionarios parisienses su natural 
guarida, de dar ocupación a ociosos brazos, siempre dispues- 
tos a reforzar tumultos, y de hermosear la ciudad a fuerza de 
costosas demoliciones que nada respetaban, echó a través de 
aquel intrincado y vetusto laberinto, las muy anchas y sun- 
tuosas calles que llevan en el día el pomposo nombre de ave- 
nidas . 

Las Campos Elíseos no tenían de Elíseos más que el aire 
más puro que en ellos se respiraba saliendo del centro de la 
población. El bosque de Boulogne era una pequeña selva des- 
tinada a las cacerías reales, y el lugar jurado, que, por su 
apartamiento, servía para el desquite sangriento de las ofen- 
sas individuales. El bosque de Vincennes, situado en el lado 



88 VICENTE PÉREZ ROSALES 

opuesto, servia también para lo mismo, sin más diferencia 
que exhibir a la entrada los torreones ennegrecidos de la for- 
taleza de Vincennes. que hacia entonces las veces de Basti- 
lla, y en cuyos fosos se veía señalado con un triste monu- 
mento mortuorio el i'ugar donde había sido asesinado, por 
orden de Napoleón I, el duque de Enghien. Por lo demás, el 
bullicio, el movimiento, los flaneurs o aplanadores de calles, 
la alegría, el tormento, las modas, los devaneos de las coque- 
tas, las disipaciones, los bailes aristocráticos, y aquellos don- 
de luce el cancán, las caricaturas, los retruécanos, los desa- 
fios, la riqueza y la miseria, viven y reinan ahora en la gran 
ciudad ni más ni menos como vivían o reinaban en aquel en- 
tonces . 

En París se puede vivir con dos reales o con dos millo- 
nes, y estar siempre tanto el poseedor de los dos reales, cuan- 
to el de los dos millones, pobres y entrampados hasta los ojos. 
Razón tienen los viajeros cuando encarecen la perfección de 
las representaciones líricas y dramáticas, que son el encan- 
to del abultado París. En general, se cree que sin el vistc\ 
bue?io parisiense no puede ser moneda corriente actor alguno. 
Contaba el París de mis primeros tiempos con nueve tea- 
tros de alguna consideración para su época, amén de otros 
muchos de menor y aun de minimísima cuantía. Quien quería 
saciarse de clasicismo y de oír hablar con académica perfec- 
ción el idioma francés, ocurría hasta el año de 1827 al teatro 
francés, donde todavía representaba la célebre Mars. Quien 
quería hartarse de chistes, de pullas y retruécanos, tenía a la 
mano a la Gaité; para los horrores parecidos a los del terri- 
ble Trienta años o la vida de un jugador, alJí estaban la Puer- 
ta de San Martín, el Ambigú y otros; para la música ligera y 
alegre, la Opera Cómica; para la seria y alegre, aunque de 
otra escuela, tenían el Teatro Italiano, donde resonaban los 
fáciles gorjeos de la friona Santag. que parecía tener en la 
garganta un nido de ruiseñores, y la poderosa, sensible y mo- 
dulante voz de la incomparable María Malibrán García, orgu- 
llo de España, encanto de la Francia, de la Bélgica y de la 
Inglaterra, donde alternativamente representaba, y artista 
que, según los diarios de la época, merecía ser servida y adu- 
lada por Talía y Melpómene al mismo tiempo; y para lo que 
es la música majestuosa, tenían la Grande Opera, afamada 
entonces por el riquísimo aparato de sus suntuosas decora- 
ciones y por la voz del único tenor que recuerdan con orgullo 
los franceses, de aquel Nourrit que se suicidó cuando supo que 
otro hombre cantaba tan bien como él. 

Para lo que es la gaya producción de eróticos devaneos, 
n(} lüiy tíTreno mi'us feraz (jiie la.s tabla.s do un prosceniü; y 
no porque en ellas encuentre el aficionado mejores y más 



RECUERDOS DEL PASADO 89 



baratos encantos que los que pudiera encontrar por fuera, si- 
no Dor el prurito que tiene cada hijo de vecino de hacerse 
dueño de todo aquello que los demás admiran. En el teatro, 
corral como en ei teatro mundo, parece que fuera esto una 
regla general, a pesar de que todos saben que donde se pro- 
fesa el fingimiento, no puede haber nada que no lo sea. 

Sin embargo, en el gremio ambulante de los que ganan su 
vida remendando vicios o virtudes ajenos, ocultando bajo fin- 
gidas carcajadas verdaderas lágrimas, o dando ardientes y ca- 
riñosos besos a los que quisieran ver fritos, suele de vez en 
cuando encontrarse la sinceridad, obligada por la necesidad 
al fingimiento. Tal es lo que acontecía con la artista que aca- 
bo de mencionar, con la justamente celebrada Maria Mali- 
brán García, hija del ponderado tenor Garcia y hermana de 
aquella mentada Viardot, que encantaba con su voz a los ru- 
sos en el Teatro Imperial de San Petersburgo. La Malibrán 
sólo fué cómica en las tablas. Recuerdo un hecho cuya ver- 
dad me consta, y cuyos pormenores publicó bien que con pru- 
dente cautela, el "Constitucional" del año de 1828. 

Uno de aquellos, no sé si felices o desgraciados ociosos, 
cuya riqueza supera a veces las exigencias de la disipación, 
tuvo una mañana la ocurrencia de dirigir a la Malibrán, ba- 
jo el cierro de una sahumada esquela, una cédula de cien mil 
francos acompañada con estos cortos renglones: "Señorita: 
un solo momento de entrevista privada, con la designación 
del dia y de la hora, solicita de Ud. este humilde servidor. 
Heine", y la esquela y su contenido le fueron devueltos con 
esta lacónica contestación: "Yo no me vendo; y si la desgra- 
cia me obligara a faltar a mi deber, no seria Ud. el elegido. — 
M. M. G." 

Heine tuvo el generoso capricho de entregar a la re- 
dacción del Constitucional ambas comunicaciones con encar- 
go, debidamente remunerado, de hacer sobre ellas filosóficas 
observaciones. La redacción se contentó con la publicación 
de ambas cartas, conservando en ellas las iniciales de los que 
la autorizaban, y con acompañarlas con esta sola reflexión: 
"¡Digan ahora que quien plata tiene todo lo puede!" 

Y ya que sin saber por qué entró mi pluma en la región 
del galanteo, aprovecharé la tinta que aun le queda en re- 
ferir un rasgo de galantería española que alcanzó a ocupar 
hasta por dos días, y esto es un mundo, la atención de la no- 
vedosa capital de Francia. 

Encontrábase a la sazón, año de 1828, en el colegio, co- 
locado por el embajador de España, un sim.pático jovencito, 
cuyo rostro reflejaba, como pudiera hacerlo un buen espejo, 
las facciones que cuando niño debió tener el mismísimo Fer- 
nando VII. Ignoro, como es natural, cuál de estos dos moti- 



90 VICENTE PÉREZ ROSALES 

VOS, O si ambos junios, granjeaban a esU- joven el rcsp;:to 
con que se le trataba; lo único que recuerdo es que éramos 
aparceros, que se llamaba Fernando Solís y que daba al em- 
bajador el título de padre. Fernandito fué quien me puso al 
corriente de la insulsa historieta que voy a contar, por ha- 
berla presenciado él en casa de su titulado padre. 

Propúsose la embajada de España obsequiar con un sun- 
tuoso sarao a la rumbosa duquesa de Berri, que era entonces 
la persona menos mal querida de cuantas componían la corte 
del viejo y devoto cazador Carlos X de Francia, y esto bas- 
tó, como siempre acontece, para excitar el entusiasmo coreo- 
gráfico de los hijos mimados de la fortuna, para hacer tras- 
nochar sastres, modistas y peluqueros, y hasta para cortar 
por medio los nudos gordianos de las bolsas que no podían 
desatarse de otro modo. Ya yo había visto bastante de cerca 
a la obsequiada en el teatro Gimnasio, nombre que, a instan- 
cias de ella, por tenerla por protectora de las artes, había 
cambiado el buen Carlos X por el de teatro de Madame; y en 
verdad que no había encontrado en su lujosa personita ni la 
hermosura ni la admirable gallardía que el cortesano adulón 
la prestaba. 

María Carolina de Borbón, viuda del asesinado duque de 
Berri. n o ten dría a la sazón menos de J9 añosuiero-esta ^dad, 
que^^ar^Ta^^m^jeEiEIÍeñ^^MIíO^ÉJ^^ ser, no 

hábía~aún menoscabado en la duquesa sus verdaderos atrac- 
tivos, pues todavía podía lucir con justo orgullo incompara- 
ble tez, rubios y sedosos cabellos, brazos hechos a torno y dos 
menudos pies que, a pesar de algo inclinados hacia adentro, 
eran el encanto de los aficionados, circunstancia que ella no 
ignoraba. Esta alegre y voluntariosa napolitana era, además, 
madre del entonces duque de Burdeos, heredero presuntivo de 
la corona de Francia, conde de Chambord después, y hoy as- 
pirante al regio nombre de Enrique V, circunstancias todas 
que aumentaban el caudal de su propio valer. 

Estilábase entonces en los bailes de corte, tender alfom- 
bras hasta sobre la vereda de la calle que daba a la puerta 
del palacio, bajo cuyo dintel se encontraban apuestos jóvenes 
para recibir y conducir a las convidadas a medida que iban 
llegando. Acababa uno de los repentinos chubascos que sue- 
len descolgarse con frecuencia en París, no sólo de empapar 
la alfombra colocada sobre la vereda de la casa de la emba- 
jada, sino también de llenar de agua los hundimientos del 
perverso adoquinado de la calle, cuando llegó el coche de la 
duquesa con gran ruido de caballos y de engalonados lacayos. 
Calzaba la esplendorosa convidada, aquella noche, un par de 
medias cuyo valor hacía subir la fama a la fabulosa suma de 
cinco mil francos. ¿Cómo exponer a aquel primor de arte y 



RECUERDOS DEL PASADO 91 



el lujosísimo zapato a la proiaiíación de un pringue ele mal 
barro? Aquí de los apuros de los receptores; sólo había un 
tranco que dar para entrar en sagrado, pero ese tranco no era 
para mujer, ¿qué hacer entonces? Colocar una tabla era ri- 
dículo; ocurrir por otra alfombra, moroso, y suspender en 
brazos a la dama, como se le ocurrió a un galán francés, un 
desacato; todo era atropellada confusión, cuando un gallar- 
do joven español de los allegados a la embajada, colocando 
con desembarazo en el barro, su lujoso tricornio y tendiendo 
la mano a la recién llegada le dijo: --soberana señora, aquí se 
pisa". Causó este rasgo de desenvuelta y culta galantería, ad- 
miración y aplauso, y el atento sacrificio aceptado sin titu- 
bear por la duquesa, no sólo valió al feliz godo la honra de ser 
nombrado caballero suyo durante toda aquella noche, sino 
también los elogios de los entrometidos reporters de la pren- 
sa. Nada más dice la historia auténtica de lo que sucedió 
después; la desautorizada... Pronto veremos a esta dulce ni- 
ña de 39 años reaparecer en mis pocos murmuradores relatos, 
y se verá entonces lo que va de lo vivo a lo pintado. 

Pero no usurpemos a plumas más francas y galanas el 
derecho de pintar o describir a París, verdadero pueblo Dul- 
cinea que tiene la virtud de convertir en amorosos Quijotes a 
cuantos la visitan. 

La vuelta de Fernando VII al trono de las Españas ha- 
bía poblado la Francia de sabios españoles a quienes sus ideas 
liberales obligaron a buscar asilo del otro lado de los Pirineos. 
Entre estos eminentes escritores cúpome la suerte de tratar 
muy de cerca al eminente matemático Valle jo y a los distin- 
guidos literatos y jurisconsultos Moratín, Sil vela Ferrer, Sal- 
va Saavedra, Mendivil y Mauri. 

Acababa de establecerse en la calle de la Mi-Chaudiere, 
número 9, un colegio para españoles a cargo del presbítero 
Prado y del profesor Vallejo, a quien debo, junto con mi afi- 
ción a las ciencias exactas, las pocas nociones que tengo de 
elfas . 

Era Vallejo un hombre alto, barrigón, de ojos pequeños y 
capotudos, pero inteligentes, de levantada frente y de muy 
abultada nariz. Su andar, cuando iba solo, era pausado y casi 
siempre interrumpido como por puntos suspensivos. 

Fanático por la ciencia que ha inmortalizado su nombre, 
trabajaba noches enteras tan absorto en sus cálculos, que 
muchas veces, cuando la cam.pana del colegio tocaba a ma- 
drugar, él creía que era el toque de recogerse, y no era poca 
su sorpresa cuando al salir de su estudio se encontraba con 
ia luz del sol. Esas veladas y el continuo meditar fueron po- 
co a poco debilitando tanto su cabeza, que al último dio en la 
manía de creer que había encontrado un modo infalible de 



92 VICENTE PÉREZ ROSALES 

libertar a la humanidad de los desastrosos efectos de los te- 
rremotos . 

Habiame cobrado singular cariño; y como en las horas 
de recreo, y aun en las excursiones que hacíamos juntos por 
los contornos de París con el objeto de adiestrarme en el le- 
vantamiento de planos, no me hablase de otra cosa que de su 
paratemblor, no tardé en persuadirme de que el sabio profe- 
sor acabaría por perder el juicio; y así fué. por desgracia, la 
verdad, pues tuve el dolor de verle llevar al hospital de Lyon, 
afamado entonces para la curación de la miis triste de las 
humanas enfermedades: ¡la locura! 

Los emigrantes a quienes políticos descomedimientos obli- 
gan a expatriarse, forman siempre en aquellos lugares donde 
se asilan sociedades de lamentos o de reniegos que alimenta 
la común desgracia. Entre muchos españoles que purgaban 
en aquel entonces en Francia el pecado del sensato patriotis- 
mo, sobresalía por sus frecuentes visitas al establecimiento 
de la calle de la Mi-Chaudiere, el distinguido profesor de ma- 
temáticas don Andrés Antonio de Gorbea, y en verdad que 
al tratar a ese eminente educacionista nunca se me ocurrió 
que trataba con el futuro chileno cuyas luces y especiales co- 
nocimientos en las ciencias exactas debían ser un justo títu- 
lo de orgullo para sus discípulos en Chile. 

El mísero estado de los recursos pecuniarios de Gorbea 
en Francia puede deducirse del placer con que aceptó en 1825 
el mezquino sueldo de 500 pesos que le ofreció don Mariano 
Egaña, a la sazón ministro plenipotenciario de Chile, para 
que se trasladase a la República en calidad de profesor de 
matemáticas. 

A fines de ese mismo año se presentó el pobre expatria- 
do a nuestro colegio llevando de la mano a su hijito Luis de 
Gorbea Baltar para confiarlo al paternal cuidado de Vallejo 
que, en tiempos más felices, había sido su maestro de mate- 
máticas. Fué Luis de Gorbea Baltar condiscípulo mío en el 
colegio Prado y Vallejo todo el tiempo que permanecí en ése 
establecimiento de educación, hasta que me trasladé al del 
eminente jurisconsulto don Manuel Silvela. Luis salió, pues, 
a educarse fuera de su patria, y merced a los sacrificios de 
su solícito padre, obtuvo colocación en París en el acredita- 
do colegio que regentaba Prado. 

Me he detenido en este insignificante suceso por devolver 
al señor Gorbea su título de padre celoso por la educación 
de su hijo, título que parece que éste quisiera disputarle al 
escribir al señor don Salustio Fernández, biógrafo de Gor- 
bea, que él nunca había salido a educarse fuera de su patria. 

En un pobre desván de la casa número 117, calle de Or- 
Icáns, de la ciudad de Burdeos, se encontraba aislada en el 



RECUERDOS DEL PASADO 93 

año de 1822 otra víctima de la proscripción española. A juz 
gar por el amueblado de aquel mezquino retrete, podía dedu- 
cirse que la pobreza del huésped alcanzaba los términos de 
la ponderación, si bien es cierto que parecía contrastar con 
ella una copia como de trescientos libros que, a falta de es- 
tantes, se encontraban cuidadosamente alineados en el des- 
nudo entablado del aposento. Leíase sobre la pasta de estos 
libros los nombres de Lope, Solís. Moreto, Calderón, Cervan- 
tes, Rioja, Argensola y otros de los más sobresalientes inge- 
nios del parnaso español. 

El señor de aquel poco envidiable rincón, que era de me- 
diana estatura, más grueso que delgado, cabezón, de abulta- 
da nariz en su remate, de ojos pequeños y vivos, de labios 
gruesos y de tez blanca, aunque arrugada y marchita, conta- 
ría entonces con más de sesenta años de edad y su ocupa- 
ción favorita parecía no ser otra que la de hojear mamotre- 
tos, sacar apuntes de ellos, hacer anotaciones y compaginar 
manuscritos . 

En la tarde del día l.o de noviembre del año a que me re- 
fiero, el singular solitario acababa de escribir con letra menu- 
da, pero clara, bajo el título de una de las comedias de Lope, 
estas palabras: "Apariciones, belleza y disparates sin fin", 
cuando sintió que golpeaban la puerta de su desván. 

La poesía y la necesidad han sido y lo serán siempre, bien 
que con raras excepciones, inseparables compañeras; así fué 
que al oír el llamado, no quedando al desgraciado anciano ya 
prenda alguna que empeñar para cubrir el gasto de la posada 
cuyo forzoso pago a ese día correspondía, afligido con el cru- 
do pensamiento de tener que sacrificar a la necesidad sus li- 
bros, únicos y constantes compañeros que engalanaban su 
existencia en el destierro, se le escapó la pluma de la mano, 
alzóse con trabajo y lleno de angustia acudió a la puerta. 

El hombre que golpeaba era un personaje alto, flaco, de 
color cetrino y deslumhrado, de nariz aguileña y prominente, 
bisojo además, y tan erguido que no parecía sino que fuese el 
mismo don Quijote que en cuerpo y alma venía a amparar 
a las afligidas doncellas del Parnaso. Abrir la puerta, oírse 
un grito común de alegría y de sorpresa, lanzarse en los bra- 
zos uno de otro, decir éste i Manuel ¡ y aquél ¡Leandro!, fué 
todo uno. 

Era don Manuel Sílvela, el sabio jurisconsulto condeco- 
rado entre las Arcades de Roma con el nombre de Logisto Ca- 
rio, que venía a favorecer al primer poeta dramático de la 
Escuela clásica del siglo XIX, a su amigo don Leandro Fer- 
nández de Moratín, al afamado Inarco Celenio de la misma 
sabia corijoraciún romana. 

Cinco años después figuraba con pompa en la calle de 



94 VICENTE PÉREZ ROSALES 



MoJitreuil, arrabal de San Antonio de ParLs, aquel importante 
liceo hispanoamericano, conocido hasta el año 32 con el nom- 
bre del sabio fundador Silvela. Aunque no indicaba la traza 
de este notable ingenio el talento que cobijaba, bastaba oír 
hablar una sola vez a Silvela para que su fácil y cadenciosa 
locución, sus oportunas y siempre atinadas respuestas, sus 
claras y' eruditas explicaciones, llenas de sentencias y de pre- 
ceptos que fluían sin esfuerzo de sus elocuentes labios, le con- 
cilia<sen el cariño y el respeto a que le hacían merecedor tan 
envidiables dotes. 

Aquel vasto e importante establecimiento de educación, 
constituido desde el día de su fundación en asilo de cuantas 
inteligencias peninsulares mendigaban en Europa el amargo 
pan del expatriado, contaba a don Leandro Fernández de Mo- 
ratín como profesor de amena literatura, a Silvela. a Ferrer 
y Mendivil como humanista, a don Silvestre Pinheiro Ferrei- 
ra, ex ministro de Portugal, como profesor de derecho públi- 
co' y al matemático Planche, como sucesor del escritor Va- 
llejo. que acababa de perder el juicio. A excepción de Plan- 
che, que era francés, todos los demás que dejo nombrados y 
muchos otros que prestaban a la educación que se daba en 
aquel establecimiento modelo, eí concurso de sus luces, de- 
bían su forzosa permanencia en Francia a la restauración de 
los Borbones en España. 

Sin embargo, según tuve ocasión de averiguarlo después, 
es inexacto lo que sientan algunos biógrafos franceses al ha- 
blar de Moratín. Este escritor no salió de España perseguido 
por edictos reales, sino por exceso de timidez. Creyó que se 
le perseguiría como a los demás, y éste, y no otro, fué el mo- 
tivo que le expuso a morir de hambre fuera de su patria. 

La modestia y la timidez fueron siempre para este pro- 
fundo y chistosísimo escritor, dogales que no sólo le hacían 
enmudecer, sino hasta pasar por tonto ante el primer desco- 
nocido suyo que entrase de repente a terciar en las reunio- 
nes de amigos a quienes Moratín embelesaba con su amena y 
siempre instructiva conversación. 

No he conocido literato más apegado a la pureza del idio- 
ma, ni más est^cto observador de las leyes de la escuela clá- 
sica. Con nadie transigía en estos dos punt;OS capitales, y al 
último, ni con él mismo, pues, degenerando esto ya en manía, 
dio en la de corregir y borronear cuanto había escrito hastia 
aquella época; y hubiera continuado si Silvela, una mañana, 
fastidiado con lo que él llamaba profanación, no le hubiera 
sustraído sus impresos y sus manuscritos. Dio Moratín, sin 
embargo, en el colegio la última mano a su trabajo sobre el 
orio:en del teatro español, y yo. a fuerza de cogerle en contra- 
dicciones, debí al cariño que me tenía, hacerle confesar que 



RECUERDOS DEL PASADO 95 

él era el autor de aquel chistosisimo folleto titulado "La de- 
rrota de los pedantes", obra que si en España hubiese llevado 
su nombre, hubiera podido causar su ruina, porque las ofen- 
sas literarias, cuando hieren el amor propio, asumen siempre 
el carácter de imperdonables. 

Moratín tenia que hacer con mi modo americano de pro- 
nunciar; dejábame en lo mejor lelo, con alguna inspirada 
sonrisa y con este inexorable estribillo: "estudia chico, estu- 
dia, que no siempre el olor a pina de tus palabras hace pasar 
disparates". Tres ocasiones le llevé mis primeros ensayos li- 
terarias para que me diese su parecer sobre ellos, y otras tan- 
tas, después de habérmelos hecho leer, colocó silencioso el es- 
crito dentro de un sobre, le lacró y escribió sobre él estas pa- 
labras: "Te prohibo que corrijas el borrador de este escrito. 
Dentro de seis meses volverás a leerle y tu mismo parecer en- 
tonces será lo que es ahora el mío". 

Si los noveles y añejos escritores hicieran otro tanto, 
} cuántos disparates dejarían de ver la luz pública! Ellos mis- 
mos se maravillarían de lo que, seis meses antes, llegaron a 
considerar como obra maestra. 

Era extraordinaria la facilidad con que versificaba, y a 
no haber sido tan esclavo de lo perfecto, es indudable que hu- 
biese podido decir, como Lope de Vega, al hablar de sus co- 
medias : 

Y más de ciento en horas veinticuatro, 
pasaron de mis manos al teatro. 

Recuerdo que un mes antes de morir, departiendo con- 
migo sobre una zambra que unos malditos gat-os habían ar- 
mado la noche anterior en el desván, sazonó la conversación, 
a pesar de sus dolencias, con tan oportunas y chistosas ocu- 
rrencias, que yo, por no dejar de salir con algún disparate, 
le dije: "¿por qué no hace, señor, un poema épico tal, que 
dé al traste con todos esos bribones?" "Hombre, hombre, re- 
puso él, conque un poema épico, ¿eh? ¡Vaya una ocurrencia! 
Pues, escribe chico, escribe, que chismes no faltan para ello 
stobre esa mesa". Obedecí ^1 instante, y nunca hubiera podi- 
do persuadirme, si no lo hubiera visto, que aquel anciano, lle- 
no de dolores y con el estómago perdido, pudiese conservar en 
su cabeza privilegiada, junto con el manantial inagotable de 
epigramas filosóficos, que sólo fluye de la edad y de la ex- 
periencia, la fresca y traviesa imaginación de un niño. En 
brevísimo tiempo, y con muy contadas pausas, me dio en 
canto y medio de octavas reales, la primera parte de la más 
original y chistosa gatomaquia. Dictaba Moratín junto a una 
estufa; y al parecer fatigado, me pidió el manuscrito para 

Recuerdo. — 4 



96 VICENTE PÉREZ ROSALES 

i 
corregirle. En mala hora se me ocurrió obedecer, pues al sa- 
lir éste de mis manos, pasó de las suyas a las llamas, con este 
solo réquiem, que me desesperó: ¡"basta de disparates"! 

Moratín no fué casado ni quiso serio; temia a las muje- 
res, pero nunca las trató con la crueldad de Quevedo. 

Un mes después de la ocurrencia de los gatos, las Musas, 
vestidas de luto, asistían al entierro del hasta entonces pri- 
mer poeta dramático del siglo XIX. Moratin murió en mis 
brazos el 21 de junio del año 1828, y aún en 1853 se veía en el 
cementerio Pére-Lachaise un modesto túmulo alzado a ex- 
pensas de sus discípulos, entre el sepulcro de Moliere y el de 
Lafontaine. 

Nadie se había acordado del eminente vate, cuando vivo. 
Sin Silvela hubiera muerto de hambre; mas, después de muer- 
to, no hubo diario europeo que no lamentase la pérdida que 
hacían en él las letras españoras y la escuela clásica en el 
mundo. El mismo rey de España, don Fernando VII, que no 
siempre fué malo, cuando se dejó llevar de sus propias ins- 
piraciones, escribió a Silvela de su puño y letra, pidiéndole 
las obras impresas y los manuscritos de Moratín para hacer- 
los publicar bajo su real patrocinio, y asig-nando ai que fuese 
-SU heredero una renta vitalicia de cuatro mil reales, paga- 
dos con su propio peculio. 

No fué sólo la España la nación que entonces expatrió a 
sus hijos; hízolo también el Portugal. El ex ministro de don 
Juan VI, ei gran maestre de la orden de Cristo y sabio es- 
critor de Derecho Público don Silvestre Pinheiro Ferreha, 
arrojado de Portugal, vino al colegio de Silvela, refugio de 
varios proscriptos, a aumentar con su presencia su número, 
y con sus conocimientos, el caudal de luces que aquel privi- 
legiado establecimiento de educación esparcía por todas 
partes . 

Tendría entonces nuestro profesor de Derecho Público 
unos 62 años. Era su cuerpo pequeño pero proporcionado, es- 
paciosísim.a su hermosa frente, vivos e inteligentes sus pe- 
queños ojos, abultada su aguileña nariz, y su boca semejante 
a la que dan las estatuas al autor del Espíritu de las Costum- 
bres. 

Verdadero poligloto, Pinheiro *ha dejado varias obras es- 
•ci'itas en distintos idiomas, y en el tiempo que permaneció 
en el colegio desempeñando el modesto, pero honroso papel 
de simple profesor de Derecho Internacional, ni una sola vez 
se le oyó recordar el alto puesto que en su patria había ocu- 
pado, ni tampoco dejó de aprovechar un solo instante sus 
momentos de solaz en terminar las obras que debían fran- 
quear a su nombre el camino de la inmortalidad. 

Hasta el año 1826 las enemigas escuelas literarias, clá- 



RECUERDOS DEL PASADO 97 

sica y romántica, se hacían en Francia una guerra, aunque 
solapada, sumamente tenaz. La escuela clásica reinaba des- 
pótica en las aulas públicas, disponía de todos los elementos 
que le había legado la docta antigüedad y de la fuerza vital 
que daba a su restrictiva pauta el inexorable plus ultra de io 
que entonces se llamaba buen gusto, apoyado en las obras 
maestras de aquella falange de sabios ingenios que produjo 
en Francia el siglo de Luis XIV. 

Incarpaz hasta entonces el romanticismo, que clamaba 
por emanciparse, de derribar un árbol con tan poderosas raí- 
ces sustentado, hubiera continuado sometido al yugo de las 
reglas recopiladas por Boileau en su Arte Poética, quién sabs 
por cuánto tiempo más, si el notable ingenio de Víctor Kugo. 
joven entonces, no hubiese tomado a su cargo, impávido y 
resuelto, la tarea de redimir cautives del clasicismo, lanzan- 
do al teatro su célebre Hernani, que, comiO un huracán, se 
llevó por delante cuantas reglas ci'ásicas le salieron al en- 
cuentro en su camino. 

Asistí a la primera representación de ese drama, que con 
suma dificultad admitió el Teatro Francés, trono hasta ese 
día de absoluto clasicismo. La im.presión que produjo el en- 
tonces descarado desacato que entrañaba esta obra, no fué 
;an borrascosa como yo me lo esperaba el primer día: pero de 
él en adelante fué tal el alboroto que produjeron dentro y 
fuera del teatro sus repetidas representaciones entre los mo- 
dernos y los añejos literatos que las presenciaban, que las re- 
presentaciones del Hernani ya no fueron representaciones, si- 
no retretas de cajas y de pitos disonantes. Organizaron los 
clásicos compañías de pitos reprobadores; los románticos, 
compañías de puños y de voces de aprobación. Los gritos sl- 
m.ultáneos con que al compá,s de agudísimos silbidos se de- 
cía: ¡ahajo la pieza! ¡fuera el mal gusto! eran contestados 
con redobles de patadas en el suelo y atronadores ¡dejen re- 
presentar! ¡travo Víctor Hugo! ¡abajo los retrógrados! A los 
gritos contradictores seguían los codazos, a éstos, los mojico- 
nes, y a la voz ¡a la porte!, tan común y temida en los teatros 
franceses, se veían salir por las puertas mancornados y dan- 
do ai demonio (y arrastrando en su descompuesta marcha a 
los mismos malparados agentes de policía que intentaban se- 
pararlos) , nudos ciegos de literatos dispuestos a derramar 
hasta la últimia gota de su tinta en obsequio del' partido que 
sustentaban . 

Vióse en efecto aparecer pocos díais después, en los de- 
más teatros, dramas, comedias y saínetes de raro mérito, en 
que amibos partidos se ridiculizaban sin piedad. 

Al espantable sainetón. en el que los clásicos, para más 
afear el sistema romántico hacían nacer a un niño en el pri- 



98 VICENTE PÉREZ ROSALES 

mer acto con acompañamiento de uno o de dos muertas, para 
que e¿:e niño, en el tercero muriese cargado de vejez y rodea- 
do de tantos muertos que hasta el mismo apuntador, sacando 
la cabeza de la concha, se suicidaba con la despabiladera, 
cor. testaron los románticos con su Avant, Pendant et. A ores— 
antes de la revolución, en la revolución y después de la re- 
volución — , obra notabilisima. hablando de la cual me dijo 
el exaltado clásico Silvela: "Y lo peor de todo, hijo, es que\ 
ese drama interesa, atrae y enseña"; y Moratín, menos tran- 
sigente que Silvela, alcanzó a decirme, como hablando para 
£i: 'iQ.ue lástima de ingenio tan mal empleado!" 

Desde entonces igualaron sus fuerzas, en Francia, las dos 
eicuel?.s que hasta ahora se disputaban la banda presidencial 
en ia República de las letras. 

Empero, semejante igualdad no podia ser de larga dura- 
ción, porque desligada la mente de los nuevos ingenios de los 
adustos preceptos del clasicismo, la nueva escuela se llenó 
de adeptos. Así es que apenas se acabó de estrenar Hugo 
cuando se vio im.pávido entrar en la palestra de las innovacio- 
nes al célebre Alejandro Davy Dumas, pobre y desvalido mu- 
chacho que entraba en los veintiséis años de edad. 

Hijo del estudio y de sus propias obras, este notabilísima 
ingenio que habla principiado su angustiosa carrera literaria 
con algunas .novelas y proyectos de comedias que nada le pro- 
dujeron, imbuidos en los preceptos de las escuelas inglesa y 
la alemana y entusiasmado por el éxito que acababa de al- 
canzar Hugo, consiguió por influjo del duque de Orleáns, en 
cuya oficina trabajaba como oficial de pluma, que el severo 
teatro francés, trono del clasicismo, le permitiera represen- 
tar en él el drama Enrique III que acababa de escribir. Estre- 
pitoso por demás fué, en 1829, el estreno de este drama: y si 
en el de Hernani los gritos de los innovadores se limitaron a 
pifiar los preceptos del clasicismo, en el Enrique III se oye- 
ron hasta ¡mueras! contra el pobre Racine y contra el terri- 
ble Boiieau, para quien, fuera de las reglas de su arte poéti- 
ca, no podía encontrar salvación el literato. 

Estaba ya escrito que el romanticismo, con su licenciosa 
pero atractiva libertad, debía triunfar en toda la línea. Para 
el reinado de los preceptos de Aristóteles, de Horacio y de 
Boiieau, decálogos del buen gusto, según el decir de los seve- 
ros clásicos, sonaba ya su última hora; y no era para menas, 
pues acometían a un tiempo a les tercos preceptos de una 
escuela envejecida que sólo defendían la tradición y tal cual 
notable ingenio. Goethe en Alemania, Byron en Inglaterra, 
Hugo en Francia, Manzzoni en Italia y Espronceda en Espa- 
ña, donde tan poco costaba evocar los recuerdos de Calderón. 
de Lope, de Tirso y de Alarcón, reforzados todos por un en- 



RECUERDOS DEL PASADO 99 



Jambre de recientes novadores como Dumas, Rivas, Tapia, Gil 
y otros muchos que parecian brotar por todas partes. 

Conoci de vista a Dumas el año de 1829, cuando el estre- 
no de su Enrique III, y de trato veintisiete años después. En 
el primer entonces, según él mismo me dijo riéndose, sólo con- 
taba con veinte pesos mensuales para vivir en París; en el 
segundo ya había derrochado caudales y gozaba de una ren- 
ta de ocho mil, todo debido a su sola pluma. Tal es el poder 
de las letras en esa, para muchos, frivola Francia y que sabe, 
sin embargo, albergar en palacios al mérito y reservar la mí- 
sera guardilla, ordinario refugio de nuestros vates, al ocio y 
a la ineptitud. 

¿Por qué no había de pintar yo también, aunque fuera 
valiéndome d€ la brocha con que el maestro Mena pintaba 
árboles en los bastidores de nuestro antiguo teatro, a este no- 
tabilísimo escritor que tan boyante estuvo en el mundo lite- 
rario? Era Dumas de regular altura y de cuerpo más grueso 
que d-elgado; su tez era mulata, vivísimos y traviesos sus ne- 
gros ojos, llevaba en la boca una batería de envidiables dien- 
tes, cuya blancura lucía con frecuentes y francas carcajadas, 
y sobre la cabeza un vellón entero de ensortijada lana. Con 
más talento que sólida Instrucción, fué el rey de los folleti- 
nistas de su tiempo; supo con sus escritos encantar a sus lec- 
tores, trampear a los diaristas y mentir con elegante aplomo. 
Escribió en su vida dictando más de lo que puede escribirse 
copiando, y dio un solemne bofetón al pecado del plagio, de- 
clarando buena presa toda idea que se encontrase perdida 
por esos libros de Dios; tuvo, en fin, por Dulcinea a la Poesía, 
eme formó parte de su propia existencia, hasta por entre las 
cacerolas de la cocina, donde con frecuencia el padre de los 
Mosqueteros supo ostentar talentos culinarios. 

Las personas a quienes el ocio haya permitido tender la 
vista sobre estos renglones, habrán notado que todos mis pro- 
fesores fueron narigudos, y como se sabe que todos ellos fue- 
ron verdaderos sabios, fluye naturalmente de aquí esta pre- 
gunta: ¿Habrá alguna relación más o menos directa entre 
e^e apéndice de la cara que llamamos nariz y el talento del 
que le lleva? Vulgarmente hablando, tener largas narices 
equivale a tener aguda previsión. Quevedo era narigudo; na- 
rigudo era Cervantes, y estoy seguro de que a Moreto y a 
Solís, a Lope y a Calderón, si no mienten sus retratos, no les 
faltaban narices. A Ovidio no por ñato le llamaron Nasón, y 
lo que le faltaba de nariz al buen Cicerón lo completaba el 
serio garbanzo que cabalgaba sobre ella. Cierto es que Sócra- 
tes era ñato, pero esto mismo tiende a probar las preeminen- 
cias de la abultada nariz, porque no hay regla que no tenga 
¿u excepción. Entrego, pues, este problema a los fisonomistas 



100 VICENTE PÉREZ ROSALES 

para seguir hilvanando mis recuerdos de aquellos tiempos, po: 
mi mal, pasados. 

Habia ya entrado el año de 1829 sin que hasta entoncas 
nada hubiese perturbado la tranquila marcha que llevaba el 
colegio Silvela, cuando un acontecimiento inesperado vino a 
sembrar en aquel templo de instrucción la discordia de un 
verdadero campo de Agramante. 

El general San Martin, el héroe de los Andes en 1817, el 
soldado que desechó en Chile una presidencia y en el Perú 
una corona, aquel abnegado patriota que, según emponzoña- 
das lenguas, había acumulado en el Banco de InglateiTa cau- 
dales debido a su puesto y a sus no muy honrados manejos 
durante la brillante epopeya de nuestra independencia, pro- 
longaba aún en Europa, solo, -ignorado y pobre, el voluntario 
destierro que con tanta fuerza de voluntad se había impues- 
to, cuando ya no tuvo en América enemigos que vencer. 

San Martín acababa de volver de un colegio de Brusela.- 
donde había conseguido una beca de gracia para su única c 
interesante hija Mercedes, que llevó consigo cuando salió de 
Buenos Aires para Europa; y en cuanto supo que existía ^n 
París un colegio español-americano en el cual se educabai. 
muchos argentinos, chilenos y peruanos, se dirigió presuroso 
a visitar en él a los hijos de sus antiguos compañeros de glo- 
rias y de trabajos. 

. La presencia de San Martín en el colegio causó a los chi- 
lenos y a los argentinos la más viva alegría, a los peruana?, 
taciturnidad, y a los españoles, descontento. El General lle- 
gó a pie al colegio, a pesar de la distancia que le separaba de 
su miodesta habitación; vestía levitón gris rigurosamente abo- 
tonado, llevaba guantes de ante del mismo color, y se apoya- 
ba sobre un grueso bastón. Al principio no me conoció; mas 
como viese que yo me lanzaba a abrazarle, llamándole con 
gritos de contento: "¡Mi general!" después de abrazarme con 
efusión, de separarme un poco, de mirarme con atención y 
de preguntarme de dónde era y a qué familia pertenecía, con 
mi contestación me pareció ver brillar en aquellos ojos, tan 
serenos y altaneros, con que tantas veces supo despreciar a 
la muerte en los campos de batalla, una lágrima de ternura 
Fué aquella escena de demostraciones de cariño, en la cuai 
uno a uno iba estrechando en sus brazos a los colegiales que 
acudieron a saludarle, la más perfecta imagen de lo que acon- 
tece en una familia cuando inesperadamente vuelve a la ca- 
sa un padre querido. Maravilloso era el alcance de la me 
moría de este hombre singular; pues casi no quedó miembr-; 
de nuestras familias por el cual no preguntase con solícito 
interés . 

Habiendo dejado de ser estos Recuerdos del Pasado obrs. 



RECUERDOS DEL PASADO 101 

postuma, como yo me lo tenía presupuesto, fuerza ha sido 
reparar de ellos muchas fojas que, por relacionadas con la 
nistoria, son todavía de inoportuna publicación. 

Sin embargo, restituyo ahora las siguientes a su primiti- 
vo lugar, porque, bien pensado, ni ellas se apartan de mi char- 
la Intima, ni tampoco invaden los dominios de la adusta Clío. 

Nunca dejé de acompañar hasta su alojamiento al Gene- 
ral querido, siempre que iba a visitamos: y un día tuvimos, 
entre otras, la siguiente conversación, pasando el sol a la 
vsombra de los hermosos árboles de las' Tullerías. El General, 
oue parecía complacerse en hacerme saltar la taravilla, me 
dijo: "Conque también tocó al colegial echar armas al hom- 
bro en Mendoza, ¿eh? Vaya, mucho que me alegro de tener a 
rni lado después de tanto tiempo, a tan amable colega". "Ge- 
neral, repuse, me parece que el colega que acaba usted de 
descubrir no es de aquellos que más honor pueden hacer al 
arte de matar a compás y a son de música; porque, si en ca- 
lidad de simple recluta suplementario y de virgen espada, en- 
tré o me entraron al servicio, en la misma calidad lo terminé; 
así es que ni siquiera se me ha ocurrido hacer lo que tantos 
otros militares de mi calaña, esto es, ocultar esa virginidad 
y darme aires de mujer corrida, para mejor optar a premios". 
Soltó, al oír esto, el viejo veterano, una estrepitosa carcajada, 
■ sin dejarme proseguir me dijo: "¿Qué se decía en Chile de 
los argentinos, cuando usted salió para acá? ¿Se acordaban 
del ejército de los Andes?" "Señor, le contesté: acontecimien- 
tos hay que no pueden ser olvidados, y el paso de los Andes 
es uno de ellos". "Bien está, repuso; pero eso no era preci- 
.>am.ente lo que quería averiguar. ¿Me quedan aún en Chile 
os pocos amigos sinceros que dejé al salir? Porque amigos 
de nombre, amiguito, prosiguió, poniéndome con cariño la 
mano en el hombro, rodean con tanta abundancia al que dis- 
:'X)ne de empleos que poder repartir, cuanta es la escasez de 
los sinceros". "Con la entrada de Freiré al poder, contesté, 
conmovido por el aspecto que asumió el semblante del Ge- 
neral al terminar su frase, muchos de los amigos íntimos de 
usted, por serlo también de O'Higgins, han enmudecido, y 
otros, como Solar, cuya casa frecuentaba usted tanto, han si- 
do arrancados entre gallos y medianoche del seno de sus 
familias, para hacerles pagar en el destierro el crimen de la 
amistad que profesaban al héroe de Rancagua". "¿De mane- 
ra, repuso San Martín con viveza, que mi pobre reputación, 
]X)r igual motivo, no andará de lo mejor parada por allá?" 
•Así es la verdad, contesté, porque. . . no me atrevo. . ." "Atré- 
vase, usted, querido, dijo entonces animándome, haga usted 
cuenta que está hablando con un condiscípulo suyo. ¿Por 
':ué... decía usted?" "Porque así como O'Higgins, proseguí 



102 VICENTE PÉREZ ROSALES 



diciendo con timidez, tiene sos enemigos por allá, a usted 
tampoco le faltan, pues son contados los hijos de la Patria 
Vieja que no atribuyan a usted y a don Bernardo la desastro- 
sa muerte de los Carrera, cuya ejecución califican de inútil 
y de atroz asesinato; ni faltan tampoco malas lenguas que 
atribuyan a usted poca pureza en la administración de ios 
dineros que Chile ponia en sus manos para que atendiese con 
ellos a la libertad del Perú". 

Echó San Martín, al oír esto, su rostro con violencia en- 
tre ambas manos, y tanto rato permaneció en esta nerviosa 
situación, que así podía significar evocación de dolorosos re- 
cuerdos, como el disgusto amargo que siempre causa en cora- 
zones bien puestos la humana ingratitud; y ya comenzaba yo 
a arrepentirme de haber sido tan sobradamente franco al 
contestarle, cuando enderezándose y aspirando el aire con 
viciencia, y fija la vista, como distraído, e^i las copas de los 
árboles, exclamó, a media voz, y como hablando para sí: 
"¡Gringo badulaque, Almirantito, que cuanto no podía em- 
bolsicar lo consideraba robo!... Dispénseme usted, querido 
colegial, continuó, no sé dónde se me había ido la cabeza . 
¿Conque todo eso dicen por allá? ¡Eh! razones tendrán pa- 
ra ello, y ahora dígame usted: ¿qué hubieran hecho ustedes 
en Chile con tres argentinos, que por haber sido, con razón 
y sin ella, no sólo mal recibidos, sino hasta perseguidos por eí 
Gobierno chileno, se hubiesen metido, aunque llenos de la¿ 
más patrióticas intenciones, dos de ellos a revolucionarios 3' 
el tercero a sangriento montonero? ¿Qué hubieran hecho us- 
tedes ante el peligro de la pública tranquilidad y ante el as- 
pecto de la sangre chilena derramada por las armas de éste 
hasta en las puertas del mismo Santiago, si esos tres argenti- 
nos hubiesen caído en sus manos? ¿Hubieran necesitado us- 
tedes de los consejos de un O'Higgins o de un pobre San Mar- 
tín para hacerlos fusilar?... En cuanto a lo de la poca pu- 
reza, prosiguió con triste sonrisa, después de echar una sar- 
cástica mirada sobre su ropa y de contemplar, dándolos vuel- 
ta sus gruesos guantes de gamuza, ya lustro.sos por el uso, ¡a 
la vista está!" 

¡Pobre amigo! Pésame aún haber pulsado en aquella 
conversación tan repugn?inte cuerda; pues de todo podría la 
Ciaiedicencia acusar a San Martín menos de peculado. Yo 
conocía la pureza de San Martin en el manejo de los dineros 
que corrían por su mano; pero ignoraba muchos de sus ras- 
gos de generoso desprendimiento en obsequio del mismo paí.> 
por cuya libertad lidiaba. Ignoraba que los diez mil pesos, su- 
ma enorme entonces, obsequiados al héroe por el cabildo de 
Santiago para costear su viaje a Buenos Aires, después de la 



RECUERDOS DEL PASADO 103 

batalla de Chacabuco, los había éste cedido para que, con 
ellos, se echasen los primeros cimientos de nuestra actual Bi- 
iblioteca Nacional, y entre otras generosidades de aquella 
hermosa alma, ignoraba también que hasta el fomento de la 
vacuna costaba a San Martin la tercera parte de los produc- 
tos de un fundo rústico que poseía en Santiago, ¡y San Mar- 
tín era pobre! 

Con mi vuelta a Chile a fines del año 30, terminaron 
mis relaciones íntimas con este viejo y respetado amigo, cuya 
conversación me instruía y agradaba al mismo tiem.po. Perdíle 
desde entonces de vista, para tener veintinueve años después 
el sentimiento de encontrar tan sólo patentes y dolorosos ras- 
tros suyos en casa de su yerno Barcárcel, situada a algunos 
kilómetros de París, sobre el margen del turbio Marne. En 
ella y a cargo de las preciosas nietas de aquel procer de nues- 
tra independencia, no sólo se conservaba con religioso cuida- 
do el orden de colocación que había dado a sus modestos mue- 
bles en el pequeño cuarto que ocupaba, sino que hasta se 
veía, sobre el velador que acompañaba su lecho de campaña, 
un braserillo para fumar, en cuya fría ceniza se ostentaba 
clavado el resto de un último cigarro. Lucíanse en las pare- 
des de aquel aposento, que toda la familia apellidaba el cuarto 
de Padre, algunas armas y entre ellas aquel sombrero de hule 
y aquella corva espada con cadenilla en vez de guarda-puño, 
que sirvieron de enseña de gloria a los patriotas de Chaca- 
buco y de Maipú, y que reproduce con rara perfección la es- 
tatua ecuestre que engalana la entrada de nuestra ancha y 
conocida calle del Dieciocho. 

Triste es, sin duda, la suerte de los grandes servidores de 
.a humanidad, cuando la relación histórica de sus laudables 
hechos corre a cargo de miopes plumias que, a semejanza de 
las pedantes críticas literarias, se atreven, muy orondas, a 
juzgar lo que ni son capaces de idear ni mucho menos de es- 
cribir. 

Poco tienen que agradecer los heroicos hechos de San 
Martín a sus intrusos comentadores, y para colmo de nece- 
dades veo que en el día cunde el maniático empeño de jun- 
tar a Bolívar con San Martín, no para erigir altares a esos 
venerados padres de la patria americana, sino para sentar- 
los en el banco de los acusados, para parangonarlos, para de- 
ducir del parangón conclusiones sacrilegas, y para estable- 
cer entre ellos hasta comparaciones lugareñas, como si la 
patria de Bolívar fuese otra que la patria de San Martín. 

San Martín y Bolívar no son más que las dos sublimes 
mitades de aguel sagrado todo único e indivisible que la mano 
del siglo diecinueve formó para la redención americana. Coló- 



104 VICENTE PÉREZ ROSALES 

cadas cada una de estas dos mitades en opuestos hemisférica, 
cada una de por sí desempeñó con decisión y gloria en el cam- 
po que le cupo en suerte, la tarea que la abnegación y el pa- 
triotismo les impusiera. Bolívar no habría hecho más en el sur 
del Ck)ntinente que lo que el hijo de Yapeyú hubiera podido 
hacer en el norte. ¿Qué hubiera sido el uno sin el otro? Esas 
dos sublimes mitades, pues, nacieron para completarse y nun- 
ca para ser con justicia parangonadas. 

Pero veo que mis recuerdos me apartan de la ilación qu€ 
me imponen las fechas; vuelvo, pues, a las consecuencias de 
la visita de San Martín al colegio de Silvela. 

Los peruanos y los españoles, de cuya alianza contra los 
chilenos y los argentinos no he podido darme hasta ahora 
razón, comenzaron a separarnos y aun a hostilizarnos a hur- 
tadillas; pero el mal no hubiera pasado de allí sí otro inci- 
dente, tan casual como el de la presencia de San Martín en el 
colegio, no hubiese, pocos días después, venido a agravar la 
situación, aumentando los combustibles, cuya explosión de- 
bía hacer cerrar para siempre las puertas de tan notable es- 
tablecimiento. 

El general Morillo, aquel valiente y feroz militar que lu- 
chó contra Bolívar en Colombia, héroe para los españoles, 
monstruo de crueldad y de ignominia para los americanos, 
vino también a visitar nuestro colegio. 

Este sargento, de recia constitución y de desembarazado 
mirar, en quien las palas de general no alcanzaban a encu- 
brir la burda cascara de sus feroces instintos, tenía el cuerpo 
lleno de cicatrices. Mi condiscípulo Torres, colocado por él 
en el colegio, me decía que era imposible conciliar el sueño 
durmiendo cerca de él, en los cambios atmosféricos, pues más 
que simples quejidos, eran bramidos los que, durmiendo, le 
arrancaba el dolor de sus antiguas heridas. La presencia de 
este militar en el colegio causó tanto contento a ios españo- 
ies, y sin saber por qué a los ¡peruanos — que sin salirle a re- 
cibir, se regocijaban con ella — , cuanto disgusto a los i:hilenos. 
argentinos y colombianos, entre los cuales hubo uno a quien 
fué preciso contenerle para que no fuese a insultar a Morillo 
en la misma sala de recibo. 

El resultado de estas dos visitas no podía ser dudoso, y si 
la revolución de julio de 1830 no hubiese venido a dar a los 
encontrados ánimos de los ciento ochenta alumnos del cole- 
gio otro giro, sin duda alguna ese año hubiera terminado 
con escándalo sus no ha mucho ordenadas, pacíficas e ins- 
tructivas tareas, un establecimiento cuya importancia aún 
conmemoran cuantos le conocieron. 



CAPITULO VI 

Síntomas de la revolución de julio de 1830. — Expedición y 
toma de Argel. — Revolución de julio. — Otra vez la Du- 
quesa de Berri. — Ridículo desenlace que tuvo la venida 
del Dey de Argel a París. 

Carlos X de Francia, rey esencialmente cazador, muy da- 
do a las prácticas religiosas y extremosamente apegado a los 
fueros y privilegios de que habían gozado sus antecesores an- 
tes que ia demagogia y espíritu religioso hubiesen venido a 
estremecer, como él decía, el tranquilo y legitimo asiento de 
sus padres, no podía conformarse con la obligación temporal 
de sustraer a los placeres de la caza y a los de oír su misa 
como la oyen los reyes acanonigados, el tiempo precioso que 
le quitaban los quehaceres del reino, ni mucho menos con la 
de sufrir los efectos de la irreverente tutela que a causa de 
una exótica institución política llameada Constitución, le im- 
ponía la Representación Nacional. Viejo, de cortos alcances, 
y más bien bonachón que mal intencionado, su terquedad pa- 
ra plegarse a las luminosas exigencias políticas de su siglo 
sólo provenía de querer defender a todo trance cuanto con- 
sideraba legítimamente suyo, la herencia de sus padres; y 
como la cuantía de esa herencia había ya sido designada por 
sus antecesores con la expresiva frase: La France c'est moü' 
no fué de extrañar que a poco de ser azuzado por sus corrom- 
pidos cortesanos, entrase de lleno en la peligrosísima vía de 
las restauraciones, nombrando, para llevarlas a cabo, primer 
ministro al odiado y enérgico príncipe de Polignac, el 8 de 
agosto de 1829. 

Alarmada la representación nacional, que acababa de 
arrojar de su asiento al ministro Villele, por sus tendencias 
restauradoras, pero en manera alguna intimidada con la ame- 
xiazadora presencia del nuevo ministerio, junto con recoger el 
guante que se le arrojaba, reprobó con entero desenfado la 
desacertada y peligrosa política del soberano que tales me- 
didas adoptaba. 

A tan inesperado desacato contestó un regio decreto de 
disolución. 



106 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Apelóse entonces, como se dice en estos casos, al íallo 
de la nación, y los partidos se lanzaron frenéticos en la lu- 
cha electoral. Militaba por un lado la santa causa de los sa- 
nos principios; por el otro, la de los añejos reales privilegios 
apoyada sobre la inconsciente fuerza de las bayonetas, y co- 
mo ninguno de los dos contendientes quisiese sesgar, siendo 
principio inconcuso que en las batallas poliiicas los jefes son. 
los que primero mueren, era evidente que uno de los que co- 
rrían la plenitud de este peligro, en caso de desgracia, era 
Carlos X y no sus ministros, como la simpleza de su corto in- 
genio se lo había dado a entender. 

Sordo el incauto soberano a todo linaje de consejos, y 
metido en su Versailles, donde sólo ocupaban su imaginación 
las cacerías y corridas de ciervos en los bosques reales, ni vio 
lo que pasaba fuera de ellos, ni el sonido de las trompetas 
cazadoras le permitió oír el estruendo de la borrasca polí- 
tica que promovían, imprudentes, sus ministros al jugar en 
una sola partida y al más peligroso juego de azar su propia 
corona. 

¿Quién ignora a cuánto no se prestan las mejores leyes 
cuando hay intereses y sobre todo posibilidad de falsear el 
resultado de acaloradas elecciones? ¿Quién ignora, también, 
el caudal de nervioso rencor que atesora en su corazón el que- 
resulta vencido por la injusticia, y con cuánto entusiasmo no 
aprovecha la ocasión del desquite? 

Dedúzcase, pues, de lo que entre nosotros frecuentemen- 
te pasa, lo que debió pasar allá en aquel tiempo; porque los 
hombres en igualdad de circunstancias, iguales en ideas, lo 
son también en sus actos. 

Diéronse los diarios del Gobierno a propagar las más ex- 
travagantes doctrinas. Para ellos no sólo era ilegal sino tam- 
<bién atentatoria la reelecciqn de diputados que hubiesen 
formado parte de la disuelta cámara; y el órgano inmediato 
de Polignac, la Bandera Blanca, llevó su impavidez hasta el 
arrojo de gritar: ¡¡¡basta de presupuestos; basta de conce- 
siones; basta de Constitución; pues sobra para entrar a dís- 
colos en vereda, el simple esfuerzo de las bayonetas!!! Para 
aumentar más el desaliento de los constitucionales, se hizo 
susurrar por todas partes que serían vanos y aun peligrosos 
sus esfuerzos, porque el Gobierno, en caso que el fallo de las 
urnas le fuese adverso, estaba resuelto a apelar a un golpe de 
Estado tal, que barriendo con todas las concesiones que la be- 
nignidad del soberano habia hecho al pais, debía dejar a los 
atrevidos innovadores, tal vez en peor estado que aquel en 
que se encontraban antes de que las constituciones y las nove- 



RECUERDOS DEL PASADO 107 

dades de los demagogos principiasen a alzar su cabeza irre- 
verente. 

¿Podráse creer que hasta incendios se promovieron en 
muchisimas circunscripciones del reino para tener ocasión de 
acriminarse mutuamente y de conmover las masas? Contes- 
tando los diarios reales los cargos de los constitucionales, res- 
pondían que todos estos males se debían a la Comisión Revo- 
lucionaria Directiva, que ella era la que designaba las víc- 
timas, la que escogía los verdugos y la que los gratificaba con 
munificencia. 

En medio de estos desórdenes y de estas amenazas prepa- 
ratorias, era natural que todos fijasen la vista en el ejérci- 
to; y como la tropa podía ser contaminada, un agravio in- 
ternacional inferido a la Francia tres años antes por la Re- 
gencia de Argel proporcionó a Polignac ocasión de sustraer 
a la acción del partido constitucional un respetable cuerpo de 
ejército, que al mismo tiempo que debía servirle para dar es- 
plendor por sus hechos al Gobierno, podía ser utilizado como 
realista puro para defenderlo contra sus enemigos. 

Promover una expedición ultramarina parecía el com- 
plem.ento de tan feliz propósito, y ésta no tardó en llevarse 
a cabo. 

La antigua Mauritania y la Numidia, madrigueras de ter- 
cos e incorregibles piratas, cuyas depredaciones habían sido 
sucesiva e inútilmente castigadas por todas y por cada una 
de las potencias marítimas de la cristiandad, se sostendría 
tal vez aún, para vergüenza de las naciones civilizadas, mu- 
chos años más si una injusticia de parte de la Francia, y el 
acto desdoroso con que ella fué contestada por el soberano 
de la Regencia de Argel, no hubiesen tocado el año de 1830 
la última hora que quedaba de vida independíente a ese 
estado africano. 

La Francia, desde la época de la República, debía al co- 
mercio de Argel fuertes sumas por valor de trigos que éste 
le había anticipado, y, según parece, el deudor no se empe- 
ñaba mucho en saldar su crédito. Mas, como las cobranzas me- 
nudeaban sus activas exigencias, más bien para librarse de 
ellas que para satisfacerlas, se había confiado el arreglo del 
asunto al cónsul francés en Argel, señor Deval, en el año de 
1827. Según me lo refirió años después el mismo Abd-el-Kader, 
fué tanto lo que fastidió el cónsul con sus subterfugios al 
Dey, que, irritado éste, profiriendo denuestos contra la Fran- 
cia, estrelló su abanico de plumas en la cara del buen Deval. 
Como era natural que sucediese, este acto poco templado de 
Houssein Pacha no sólo canceló de golpe la deuda francesa, 
sino que hizo quedar debiendo al mismo cobrador. Pronto 



108 VICENTE PÉREZ ROSALES 



una escuadra francesa bloqueó los puertos argelinos, y sólo 
tres años después de estar bloqueados, la necesidad politica de 
sustraer tropas a la acción demagógica para utilizarlas des- 
pués, convirtió el bloqueo en invasión. 

El 16 de mayo de 1830 zarpó de Tolón para las costas 
africanas la poderosa escuadra del almirante Duperré, custo- 
diando transportes que conduelan 36.000 hombres de desem- 
barco, a cargo del antiguo y conocido mariscal Bourmont. 

Llegó la expedición el 13 de junio a su destino; el 14 des- 
embarcó en la caleta Sidi-Ferruch, inmediata a Argel; el 19 
ganó la memorable batalla de Staoueli, derrotando a 40,000 be- 
duinos; y el 4 de julio, Hcussein Pacha, acometido con vi- 
gor por los franceses, después de haber visto volar su propia 
residencia, antiguo castillo de Carlos V, erigido en la capi- 
tal de la Regencia por este poderoso soberano, capituló, que- 
dando libre para embarcar en la flota inglesa, que estaba 
allí en observación junto con su persona, sus tesoros y sus 
más favoritas odaliscas. 

Anuncióse con estudiada pompa la toma de Argel en me- 
dio de una representación lírica en la Gran Opera, el día 
5 a las once de la noche. El célebre y aplaudido tenor Nourrit, 
interrumpido el canto, se lanzó al proscenio, y alzando con 
orgullo la bandera de los lirios, anunció en alta voz a los es- 
pectadores la noticia de aquel fausto acontecimiento. Todos 
salimos del teatro, nacionales y extranjeros, sin esperar la 
conclusión de la ópera, y los cafés y las calles del novedoso 
París no tardaron en llenarse de la más alegre gente. Pero el 
entusiasmo que produjo en todos la victoria no tardó en des- 
vanecerse ante el influjo de la poderosa preocupación polí- 
tica que trababa ei ánimo de la mayoría de los hijos de ese 
gran pueblo. Para ella, todo lo que no fuera triunfo de ideas, 
era entonces una verdadera fruslería; y tenía razón, porque, 
amenazada su libertad, los trabajos preparatorios electorales, 
en los cuales liabían terciado con descaro la intriga, la pro- 
mesa, la amenaza y el fanatismo político, no daban lugar a 
otra cosa. 

Nadie quería admitir conciliaciones; ninguno, términos 
medios: o todo o nada. 

Por haber querido dar consejos conciliatorios, fueron des- 
pojados de la confianza ministerial el duque de Doudeauvl- 
lle, el conde de la Ferronnays, el muy realista Martignac, el 
conde de Chabrol, y muchos otros sectarios del absolutismo. 

Pronósticos, después, casi seguros de un resultado anti- 
ministeríal en las elecciones, exasperaron tanto los ánimos 
de los realistas, que hasta llegaron a tener la imprudencia 
de dar por sentado que el Gobierno tenía ya dispuesto un gol- 



RECUERDOS DEL PASADO 109* 

pe de Estado tal, que debía dar al través, para siempre, con 
los perturbadores de lo que ellos llamaban pública y feliz 
tranquilidad. 

La Inglaterra, que miraba atenta aunque al parecer im- 
pasible, los acontecimientas que se desarrollaban del otro 
lado de la Mancha, siempre pensadora, dedujo de este posi- 
ble atentado un inevitable trastorno político. Por esto el 
Times del 5 de julio se preguntaba qué debería hacer la In- 
glaterra en caso de que la Francia tornare a la vida revolucio- 
naria, y cuidaba de contestarse para preparar los ánimos, que 
la Inglaterra, cualquiera que fuese la naturaleza de los cam- 
bios interiores que produjese una revolución en Francia, no 
debería intervenir en nada, salvo el caso de que la Francia 
intentase pasar la frontera con ánimo de perturbar la paz en 
Europa. 

El temido golpe de Estado se dio el 25 de julio, sin que- 
rer esperar el 3 de agosto, época destinada para la apertura 
de las Cámaras; y el día 26 aparecieron en las columnas del 
Moniteur aquellas ordenanzas que, atropeliando la charte, 
los juramentos y las instituciones, anulaban la representa- 
ción nacional, amordazaban la libre emisión del pensamien- 
to, y restablecían en pleno poder el imperio de los antiguos 
privilegios. 

El primer acto de la ofendida Francia fué el estupor; 
pero no el estupor que proviene del espanto, sino aquella pa- 
ralización instantánea en la que el hombre parece recogerse 
para lanzarse frenético en seguida sobre su ofensor. Volvía 
yo ese día a las tres de la tarde de la escuela de natación, e 
instruido de antemano de cuánto pasaba, no me causó, como 
a otros, admiración saber que los guardias de los puestos se 
habían duplicado; ver aquí y allí patrullas de soldados reco- 
rriendo con tardo paso las plazas y los paseos públicos; ob- 
servar a medio París en la calle que. ya fonnando grupos ta- 
citurnos y amenazadores, ya bullicioso y altanero, arranca- 
ban de las paredes los om.inosos cartelones que contenían los 
inmortales decretos que tan caros debía pagar Carlos X. 

La Corte se trasladó a Saint Cloud, dejando el mando del 
desgraciado pueblo en manos de aquel mariscal Marmont, 
duque de Ragusa, de quien tantas infidencias se refieren. 
Destruida la guardia nacional por el ministro Villele, sólo 
quedaban en París algunos cuerpos de linea y la gendarme- 
ría, que juntos formaban un todo de quince mil hombres, con 
los cuales se creyó que bastaría para imponer silencio y ha- 
cer entrar en vereda a los más tercos revolucionarios. 

El día 27 por la mañana, la policía destinada a recoger la 
edición de todos los diarios disidentes antes que se repartie- 



lio VICENTE PÉREZ ROSALES 

sen. practicó visitas domiciliarias en las imprentas, inutili- 
zó sus principales piezas, e impuso multas y castigos a sus 
directores por la menor publicación que se hiciese sin previo 
permiso de la autoridad. 

El activo e imprudente Mangin, prefecto de policía, hizo 
en seguida cerrar los cafés y los clubes de lectura; y sin 
embargo, llovían por las calles hojas sueltas de imprentas 
invisibles, y esas hojas se leían con desenfado en presencia 
misma de las bayonetas de las muchas patrullas que cruza- 
ban en todo sentido la ciudad. 

Al aspecto amenazador de las turbas azuzadas por los 
alumnos de la escuela politécnica y los de la de medicina y 
de derecho, se cerraron las fábricas y los talleres, las opu- 
lentas tiendas de las calles RicheUeu, Saint-Denis y Saint- 
Honoré. las rejas del palacio de las Tullerías y las del Real de 
los Orleáns; y se ocuparon militarmente as plazas, los paseos 
públicos y cuantos lugares urbanos podían prestarse a agru- 
pamientos. 

Mas todo fué en vano; sangre debía principiar a co- 
rrer y corrió en efecto, no pudiendo contener el soldado, de 
otro modo, al pueblo irritado, que, aunque desarmado, pre- 
tendió arrancar de manos de los gendarmes los prisioneros 
que cautivaban para conservar el orden. Esa primera sangre 
fué la mecha encendida que produjo aquella inmensa explo- 
sión popular, que para espanto de la humanidad y escarmien- 
to de los tiranos, anegó en sangre durante tres días conse- 
ciitivos, la más simpática de tedas las capitales de la culta 
Europa. En la noche de uquel día, y en los dos subsiguientes, 
el pueblo enfurecido echó abajo las puertas de las armerías, 
construyó barricada.^, volcando carruajes en las calles y lle- 
nándolos de baldosas; transformó líis casas en fortalezas, 
en campos de batalla cada plaza y cada encrucijada, donde 
el valor, el arrojo y la temeridad parecían quererse disputar 
la palma del exterminio. 

Banderas negras alzadas en muchos edificios; el toque 
de las campanas a rebato; el estruendo del cañón de las tro- 
pas reales, el de los fusiles; la grita y el tumulto de los com- 
batientes; los charcos de sangre, que convertían en resba- 
ladizas las baldosas de las veredas; los espantosos rimeros 
de cadáveres que circundaban los cuerpos de guardia, re- 
cién incendiados o ardiendo todavía; las cruces plantadas so- 
bre fosas a medio cavar en la mentada plaza de las columnas 
del palacio de las Tullerías, ostentando inscripciones aterrado- 
ras contra la tiranía; las balsas atestadas de cuerpos hu- 
manos, lanzadas una en pos de otra en las aguas del Sena 
con dirección a Saint Cloud, llevando en alto inscripciones 



RECUERDOS DEL PASADO 111 

que decían: ¡Dejad pasar la justicia del pueblo!; todo anun- 
ciaba la inevitable y fúnebre caída de la primogénita rama 
de la raza borbónica en Francia. 

¿Y Carlos X qué hacía entonces, mientras que por orden 
suya degollaban a su buen pueblo de París? Es fama que oía 
misa cuando le llegó la noticia de que el pueblo vencedor, 
apoderándose de cuantos carruajes pudo reunir en las afue- 
ras de París, se dirigía a perseguirlo y a rendir el destaca- 
mento de guardias que le servía de custodia. 

En tanto la duquesa de Berri, aquel ser sensible y deli- 
cado que hemos visto en el baile de la embajada de España 
disputar a las de su sexo el arte de agradar, más despierta 
que el gazmoño Carlos, ceñía, vestida de amazona, a su fle- 
xible cintura, una chapa de pistolas, y se disponía a pre- 
sentarse ante los irritados parisienses para reanimar en ellos 
los sentimientos de lealtad que las torpezas del soberano les 
habían hecho perder. Atónito Carlos X al presenciar la re- 
suelta apostura de la duquesa e instruido del temerario pro- 
pósito que perseguía: — "¿Qué pensáis hacer?", le gritó, sa- 
llándole al encuentro. — "¡Defender el patrimonio de mi hi- 
jo, contestó airada, ya que vos no podéis o no lo queréis ha- 
cer!" — Hubo entonces escandaloso alboroto en el palacio. 
Detenida la duquesa por orden del rey cuando ella, despecha- 
da, descendía la escalera para salir al patio del alcázar, lle- 
gada al colmo su desesperación, exclamó: "¡Dios mío, ahora 
es cuando conozco la desgracia de haber nacido mujer!" Es- 
tas palabras como aquellas que la pulcra historia atribuye al 
general Cambronne en la batalla de Waterloo, nada tienen de 
verdaderas. No hubo boca que no repitiese entonces en todo 
París, cuánto aquella mimada y fina duquesita, transformada- 
en furia, dejó escapar por la suya para afear la impotencia y 
el afeminamiento de toda la real familia, que haciéndose mil 
cruces la rodeaba; porque sólo entre verduleras podría oírse 
tan desenvuelto lenguaje. ¡Pobre duquesa! La historia de su 
vida para adelante fué una odisea novelesca en la cual lo te- 
rrible y lo ridiculo se disputaron el primer papel hasta el 
día de su muerte. 

El astuto Luis Felií>e de Orleáns, en tanto, si aparentar 
tomar parte en el tremiendo trastorno que presenciaba, con- 
tinuaba, sin embargo, siendo su más poderoso atizador y el 
disimulado caudillo de los hombres pensadores, para quie- 
nes sólo un gobierno monárquico constitucional pedía con- 
venir a los franceses. 

¡Qué pueblo tan digno de ser admirado es el francés, y 
con cuánta facilidad no pasa, como lo dice un canto favorito 
popular, del amor al combate, de lo serio a lo chistoso, del 



112 VICENTE PÉREZ ROSALES 

enardecimiento a la calma! Peleó tres días con un furor que 
parecía incontenible, y esos tres días abundaron en rasgos 
de la más hidalga generosidad. Penetró por la fuerza y atre- 
pellándolo todo en el palacio de sus reyes; descamisados se 
repantigaron en el sillón del trono, ¡y ni un solo robo, ni 
una sola obra de arte mutilada, salvo los bustos de Carlos X. 
indicaron el paso de los rústicos republicanos al través de 
los regios salones del ya destronado monarca! 

El día 30, terminado por completo el estruendo aterrador 
de la pelea, humeando aún los escombros de los edificios que 
fueron residencia arzobispal, cuarteles y cuerpos de guardia?; 
fresca aún la sangre que empapaba las baldosas de las calles 
y los adoquines de la¿ barricadas, salí del barrio de San An- 
tonio, ansioso de saber qué suerte habían . corrido los chile- 
nos que se encontraban en París. 

Con no poco trabajo, pues a cada rato tenía que trepar 
barricadas, y lleno de aquel espanto que más bien se com- 
prende que se describe, después de hora y media de marcha 
llegué a la rué d'Artoi, donde residían don Javier Rosales y 
otros de mis paisanos. Llevaba el pecho cubierto de escara- 
pelas tricolores, distinción que multitud de mujeres vistosa- 
mente engalanadas repartían con gracia a los viandantes, 
colocándolas ellas mismas con galano ademán y patrióticas 
palabras en la vuelta del cuello del paleto de cuantos en- 
contraban por la calle. 

Don José Joaquín Pérez, secretario entonces de la lega- 
ción chilena en Francia, excitado por lo que me oía contar 
que había visto en el inmenso campo de batalla que acababa 
de atravesar, salió conmigo a averiguar el significado de un 
tumulto que se hallaba en aquel momento en la calle Lafitte. 
Llegamos a una barricada que casi cerraba por completo la 
puerta de la casa del viejo Lafayette, quien, obligado por los 
gritos del pueblo a presentarse para ser llevado a casa, del 
duque de Orleáns. pugnaba por desasirse de los que que- 
rían llevarlo en silla de manos. Nos acercamos y apenas aca- 
bábamos de oír a aquel respetable hijo de las revoluciones: 
"¡Dejadme; iré a pie amigos míos!" Je sui jeune aujourd'hui. 
cuando una avenida de pueblo por un extremo de la calle y 
otra de inesperados soldados de línea por el extremo opues- 
to, nos dejaron encerrados en la más expuesta y temerosa 
ratonera, y aunque la fortuna quiso que los opuestos ban- 
dos, en vez de destrozarse, fraternizaran, el susto que nos 
llevamos entonces no ha tenido hasta ahora otro que pueda 
igualarle. 

El día 31 fué en París el de las entusiastas manifesta- 
ciones. Ese día Luis Felipe, desembozado ya, se trasladó a 



RECUERDOS DEL PASADO 113 



caballo al Hotel de Ville, donde le esperaba Lafayette. Asi- 
dos ambos de la mano, salieron al balcón que da a la plaza, 
y en él en medio del más estruendoso entusiasmo de miles 
de espectadores, vi echarse al uno en los brazos del otro. Luis 
Felipe, capitán general del reino desde ese momento, fué 
ocho días después proclamado rey de los franceses. 

Carlos X y su hijo habían ya abdicado y elegido las cos- 
tas de Escocia para su futura residencia. Allí fueron ambos 
recibidos con el mismo indiferente silencio que les sirvió de 
despedida al abandonar las playas francesas. 

El Fígaro, pequeño pero chistosísimo diario francés de 
aquella época, encargado de hacer la necrología del ex rey 
de Francia, sólo dijo estas palabras: "La revolución de julio 
ha sido funesta para los conejos de la Escocia". 

Pero todo no ha de ser referir desgracias ni trastornos 
políticos. 

Sigamos, pues, por un momento, al buen Houssein Pacha, 
a quien después de la pérdida de sus estados africanos, deja- 
mos asilado con sus riquezas y con sus odaliscas a bordo de 
la capitana de la escuadra inglesa, de observación en la rada 
de Argel. ¿Cuál cree el lector que fué el primer pensamien- 
to del desposeído soberano al instalarse en su nuevo domici- 
lio? ¿Dirigirse acaso a la Sublime Puerta?. ..¿Implorar de 
Inglaterra su valiosa intervención para que le fuesen de- 
vueltos sus estados? ¿Ofrecer indemnizaciones a la Francia? 
¡Qué pasos en este sentido, ni qué berenjenas! Lo primero 
que se le ocurrió para olvidar el percance que en mala hora 
le atrajo la soltura de su mano para aplicar abanicazos en 
el rostro de un cónsul trapalón, fué el ir a echar un verde al 
mismo París. 

Hízolo así, y la nunca desmentida galantería francesa, 
no contenta con hospedarle en el palacio de las Tullerías, se 
propuso deslumhrar al derrotado huésped con ia suntuosa 
representación del Mahomet en el real teatro de la Grande 
Opera. 

Acudieron a este teatro tantísimos novedosos la noche 
ce la fiesta, que apenas pudimos encontrar asiento en la pla- 
tea por el precio de veinticinco francos cada uno. Los dos 
palcos fronterizos al proscenio, unidos entre sí y adornados 
con pompa oriental, llamaban la atención de los concurren- 
tes, por haber sido destinados a las visitas africanas. Ape- 
nas llegó la hora de dar principio a la función cuando un 
movimiento general, acompañado de activísimo cuchucheo, 
vino a anunciar la entrada de la esperada comitiva, cuyos 
miembros, con ademán pausado y grave, fueron ocupando 
ios sitiales que para ellos se tenían preparados. El Pacha, 



114 VICENTE PÉREZ ROSALES 



que rellenaba el sillón con su pesada humanidad, y que podría 
contar con unos sesenta inviernos, aunque no los represen- 
taba, era un hombre más bien alto que bajo, de rostro encen- 
dido, complexión sanguínea y perfil griego; tenía además los 
ojos vivos, pobladas las ceja^, y barba cuidadosamente ex- 
tendida sobre el pecho. Vestía un traje talar de riquísima 
cachemira; llevaba en la cabeza una especie de coraza alta y 
reluciente, con profusión de piedras preciosas, y en la cin- 
tura lucia el puño de oro con brillantes de un puñal damas- 
quino. Tras este exótico personaje, que hacía recordar la fi- 
gura del Gran Lama, se colocaron, como dos estatuas de éba- 
no, dos poderosos negros guardianes del harén, con sus bo- 
netes suavos, sus chalecos bordados, sus anchos mamelucos y 
sus inexorables puñales de guarnición dorada. A uno y otro 
lado de este mudo frontispicio, porque la tal trinidad todo lo 
miraba y de nada se dolía, se extendían como alas nueve 
preciosas damas orientales, en cuya fisonomía parece que 
la naturaleza se hubiese complacido en acumular lanza-fue- 
gos para hacer estallar la^ bombas de los corazones france- 
ses. Vestían como los colegiales, trajes uniformes y muy se- 
mejantes en el corte a los que estilan las acaudaladas hijas 
de la Grecia, pero con tal copia de perlas y de joyas, que po- 
día decirse que cada una de ellas llevaba a cuestas un teso- 
ro. A pesar del rico trasparente velo con chispas de plata 
que al descuido y con cuidado caía sobre el rostro de aque- 
llos angelitos de andas, podía conocerse que ocho eran tri- 
gueñas de ojos negros y rasgados, una rubia de ojos azules, 
y que la que más edad podría tener, no pasaría de veintidós 
primaveras. 

Comenzó la representación con la pompa de costumbre 
mas la concurrencia, en vez de mirar al proscenio, sólo diri- 
gió la puntería de sus anteojos al palco encantado donde, a 
cada momento, la ardiente imaginación francesa creía ver 
a lo vivo los cuentos fantásticos de las Mil y una Noches. 

En vano procuraron atraer, como siempre, la atención del 
público, la voz argentina de Nourrit, la incomparable de la 
Damoreau Cinti, las cabriolas de Paul, las encantadoras gra 
cías de la Taglioni y las maravillosas y turbulentas pierneci- 
Uas de la menuda Montecu; todo parecía paja picada al lado 
del palco oriental. 

Era regular que otro tanto sucediese a las esposas del 
Dey, respecto a los jóvenes que las miraban; máxime enton- 
ces que tenían tan a la mano la posibilidad de comparar la 
indifente y taimada cachaza del adusto barbón con las co- 
medidas y corteses miradas de tantos apuestos y galantes 



RECUERDOS DEL PASADO 115 

mancebos, que parecían no aspirar a otra cosa que a pare- 
cerles bien. 

Entre las maravillas del telégrafo Eléctrico y las mara- 
villas del telégrafo Mirada, estoy por las de éste. El primera 
habla sólo el idioma del país en que funciona; el segundo ha- 
bla todos los idiomas conocidos y por conocer. Para ponerse 
al corriente de la clave del primero se necesita estudio y 
contracción; para manejar el segundo con primor, sólo se re- 
quiere la edad de la pubertad. Hago estas reflexiones por 
atestiguar lo mucho que debieron de haber hablado aquella 
noche los franceses en árabe y las beduinas en francés; pues- 
to que dos días después de la función teatral, volaron, sin 
saber cómo, del lado del confiado Pacha todas sus tímidas 
esposas, del propio modo que vuela y se dispersa una banda- 
da de cautivas tortolitas cuando el guardián descuida la 
puerta de la jaula. 

Irritado Houssein por semejante rapto, que no pudo lla- 
marse de otro modo, embistió con el eunuco de turno, y sin 
más esperar ordenó al otro que le cortase la cabeza y la ex- 
pusiese en el balcón para escarmiento de los malos funcio- 
narios... A los gritos del agredido negro, que formaban coro 
con los reniegos árabes del Dey, acudieron los sirvientes y 
guardias de palacio; arrancaron de las manos que lo rete- 
nían al pobre prisionero, y notificaron al amo el peligro a 
que se exponía en Francia si cometía el menor asesinato . . . 
¡Tableau! Amurrado entonces el desvalido soberano, mandó 
en silencio que le preparasen sus maletas de viaje, se metió 
con su único sirviente y las pocas riquezas que le quedaron en 
un coche de posta, y dando al diablo contra el país de bru- 
tos donde el propietario no podía hacer cera y pabilo de lo 
que era suyo, lo perdí de vista en el camino que conduce a 
la frontera de la Confederación Germánica. 

Quince días después tuve ocasión de volver a ver a las 
mentadas odaliscas, sin joyas ya, pero vestidas a la france- 
sa, pasearse con nuevos amos o en busca de otros, porque los 
primeros, contentos con las plumas que les habían quitado, 
ya no las acompañaban. 



CAPITULO VII 

De lo mucho que nos equivocamos cuando creemos que todo' 
el mundo nos conoce. — Primeros pasos de los caminos 
de fierro en Europa. — Burdeos. — Los vinos y sus tram- 
pas. — Modo de sacar partido de los arenales. — Escapada 
providencial. — Tenerife. — Mares tropicales. — Región de 
los pamperos. — De lo que puede en una navegación la 
falta de agua potable. — Pasada y repasada del Cabo de 
Hornos. — Islas Malvinas. 

Toda nación, por insignificante que sea, padece de la in- 
nata debilidad de creer que todas las demás la tienen muy 
presente, o por lo menos, que se ocupan con frecuencia de 
ella; por esta razón, persuadir a sus nacionales de lo contra- 
rio es exponerse, o a quedar por embustero, o a cargar con 
el descontento de todos ellos. 

Chile era tan poco conocido en Europa en 1830, como lo 
es para los chilenos en el día la geografía de los comparti- 
mientos lunares. 

En esto no hay ni cabe exageración. 

Para la abrumadora mayoría del hombre europeo, sólo 
hay en la América española dos naciones: Perú y México; y 
Perú y México en el diccionario de esos sabios son sinónimos 
de oro y de revoluciones; aunque sea muy cierto que en las 
cancillerías de los grandes estados marítimos, se hace al 
Perú, a México y a los otros rincones o pueblos satélites de 
esos astros, el honor de considerarlos aptos para pagar inde- 
bidas indemnizaciones. 

En Chile todos nos conocemos, en el mundo bien poco se 
conocen unas a otras las naciones que viven y reinan sobre 
su superficie. Sería, pues, tan ridículo que los chinos se rie- 
ran de nuestra ignorancia, porque muy pocos sabemos que 
Nankin no es trapo, sino ciudad, cuanto que nosotros nos 
enfadáramos porque en la China ni siquiera se sospecha que 
existimos por acá. 

He hecho esta digresión para poder disculpar más a mis 
anchas al oficinista parisiense que debió extender mi pasa- 
porte para Chile, y que no lo hizo porque no quise sentar ba- 



118 VICENTE PÉREZ ROSALES 

jo mi firma que Chile y México eran una misma y sola cosa. 

— ¿De qué país es usted, caballero? — me preguntó el 
oficinista. 

— De la República Chilena. 

— ¿Cómo dice usted? 

— De Chile, señor. 

— ¿Qué está usted diciendo?... Chile, ¡vaya un nombre! 

— Sí, señor — repuse asareado — ; de Chile, república ame- 
Ticana; ¿qué tiene de extraño este nombre? 

— ¡Ah, ah!, ¿de l'Amerique, eh?... Chili... Chile, aguar- 
de usted. . . Chile. Dígame usted más bien, caballero, ¿de qué 
pueblo es usted?, porque del tal Chili no hago memoria. 

— De la ciudad de Santiago, señor. 

— ¡x\nda diablo! — exclamó entonces el sabio oficinista — 
¡acabará usted de explicarse!, y volviéndose a su escribiente 
le dictó estas palabras; 

V. Pérez Rosales, natural de Santiago de México. 

Al oír semejante atrocidad, ¡de Chile que no de México!, 
exclamé echando un voto. 

— Pues, mándese mudar de aquí — dijo entonces alzán- 
dose de su asiento el geógrafo francés, y no me vuelva a en- 
trar en mi oficina antes de averiguar mejor cuál es su pa- 
tria. 

Mes y medio después volví a la misma oficina, de cuya 
jefatura había arrojado la reciente revolución de julio al 
sabio profesor de geografía para quien, diciendo América es- 
pañola, debía decirse forzosamente México; y no con tanta 
dificultad, pero siempre con alguna, salí del paso. 

No era poca tarea viajar por Europa en 1830; todo se ha- 
cía en carruajes parecidos a los que corría el empresario 
Carpentier por los caminos del sur en nuestro Chile, antes 
que los caminos de fierro viniesen a librar de semejantes po- 
tros a los viandantes. 

La vía férrea apenas principiaba entonces a dar señales 
de vida en la industriosa Europa, y puede decirse que más 
bien a la necesidad de abaratar el transporte de los productos 
de las minas de carbón, que a otra cosa, debe su existencia 
esta palanca propulsora de la riqueza y de la industria hu- 
mana. 

Los primitivos rieles no fueron más que un suelo endu- 
recido y nivelado; siguieron a éstos vigas de maderas labra- 
das, sobre las cuales corrían sin tropiezo las ruedas de los 
carros. A esta invención que sorprendió por sus felices re- 
sultados, se agregó después la mejora de la superposición 
de un angosto entablillado de hierro, para evitar el desgaste 
de la madera, y, por último, ya se hicieron caminos de pu- 



RECUERDOS DEL PASADO 119 

n> fierro, cuyos rieles, de a metro de largo cada uno, apoya- 
ban sus extremos sobre pedrones que, embutidos en el suelo. 
desempeñaban el papel de los actuales durmientes de ma- 
dera. Estos caminos, muy usados en las minas de carbón pa- 
ra multiplicar las fuerzas del caballo que tiraba de los ca- 
rros, no tardaron en salir de los establecimientos carbone- 
ros para ponerse al servicio del comercio en general, y en 
1829 tuve ocasión de viajar entre Portsmouth y Londres, al 
través del condado Surrey, en un camino de fierro de esta 
especie, en el cual un solo caballo arrastraba a trote largo 
tres carros con más de doscientos quintales de carga. 

La tracción por vapor comenzaba también entonces a 
ensayarse, y merced a la invención del célebre Oliverio Evans 
una maquinita de fuerza de tres caballos que vi funcionar 
en Newcastle, comenzó a asombrar con sus movimientos au- 
tomáticos y con su sorprendente fuerza a cuantos seguían 
con la vista a ese prodigio de la física y de la mecánica, que 
colocado entre veinte carros, a diez empujaba, al mismo 
tiempo que arrastraba a otros diez, como pudiera hacerlo un 
poderoso caballo con el más insignificante peso. 

Pero esto no pasaba de ensayo ni podía aplicarse aún en 
grande escala, no sólo por los defectos de la máquina, sino- 
también porque no se había probado aún que el roce sobre 
los rieles, ayudado por el peso de la locomotora, basta como 
punto de resistencia para arrastrar los carros de todo un 
tren. 

Así es que las ruedas de la locomotora eran endentadas. 
y endentados también los rieles que las sustentaban. ¡Quién 
al ver estos modestos principios, hubiera podido descubrir en 
ellos los resultados que ahora palpamos! 

Molido y trasnochado en los pesados carromatos de la 
poderosa empresa de coches Lafitte y Caillard, llegué a Bur- 
deos en los últimos meses de 1830, en busca de embarcación 
para volver a Chile. 

La ciudad de Burdeos, situada en la margen septentrio- 
nal del tranquilo y profundo Garona, río de origen españoL 
que después de un curso navegable de más de cien leguas en- 
tra al golfo de Vizcaya con el nombre de Gironda, dista vein- 
ticinco leguas de la desembocadura de esta preciosa vía flu- 
vial. 

Esta ciudad, cuya población en la época a que me refie- 
ro alcanzaba a cien mil almas, era entonces tenida por una 
de las más ricas, importantes y mercantiles de Francia. En 
el irregular trazado de su planta no escaseaban hermosas 
plazas, espaciosas calles, jardines y paseos públicos, entre los. 



120 VICENTE PÉREZ ROSALES 

cuales lucían sus históricos restos un anfiteatro romano y 
los escombros del palacio de Galiano. 

Poseía además, el mejor y más hermoso teatro de Fran- 
cia y aquel mentado puente con sus diecisiete ojos y sus trea 
cuadras chilenas de largo, construido sobre las aguas nave- 
gables del Garona. Por lo demás, este puerto, que podía abri- 
gar más de mil naves, y que estaba dotado de muelles, de 
vastos almacenes de depósito, de astilleros de construcción 
y de cuantos recursos reclaman la navegación y el comer- 
cio, contaba también, para hacer su residencia más grata, 
con un hermoso cielo y con cuantos establecimientos recla- 
man la beneficencia, el culto, las ciencias y las artes en todo 
centro civilizado. 

Siendo el vino una de las principales riquezas del Me- 
diodía de la Francia, y Burdeos su factoría central, lo pri- 
mero que se le ocurre al viajero es visitar los viñedos, los 
principales centros de elaboración y, sobre todo, las bodegas 
de depósitos y de manipuleos especiales, que siempre se ocul- 
tan a los ojos indiscretos del curioso. Después de visitar con 
suma detención durante un mes entero los distritos viñeros, 
cuyos licores se exportan por Burdeos, y de enterarme de 
cuantos datos estadísticos me cayeron a la mano, confieso 
que no pude ciarme cuenta de cómo una producción tan bien 
contada que, aunque grande, no era posible que alcanzase a 
satisfacer las necesidades del consumo puramente francés, 
podía desparramarse inagotable por cajones, por barriles y 
por cargamentos enteros, hasta en los más recónditos rin- 
cones de la tierra. 

¿Quién, sino un iniciado en los misterios de aquel con- 
ditura vinorum de los antiguos romanos, podría dar solución 
al problema de sacar en limpio el cómo, siendo tan contadas 
las buenas marcas de vinos de Medoc, no hay rincón de la 
tierra, por obscuro y desconocido que sea, donde no figuren 
muy orondas, sobre la mesa del rico que tiene relaciones con 
Europa, botellas de Lafitte, de Margaux o de Latour; siendo 
así que esos m.entados licores por su escasa cuantía, ni si- 
quiera humedecen los labios de infinitos bebedores europeos 
que quieren y pueden comprarlos por caros que ellos sean? 

Chateau Lafitte ni siquiera propiedad francesa alcanza 
a ser, pues pertenece a Mr. Samuel Scott, que conduce a In- 
glaterra cuantos toneles de vino producen las setenta y cua- 
tro hectáreas de viña que tiene esa propiedad. Chateau Mar- 
gaux es propiedad del rico banquero Aguado, a quien enamo- 
ran los europeos para que no los deje sin parte del vino que 
oroducen sus ochenta hectáreas de viña aún no acabadas 



RECUERDOS DEL PASADO 121 

de plantar; y Chateau Latour sólo produce en años abundan- 
tes, cosa de ciento diez toneles de \áno. 

Quiso la fortuna que topase en Burdeos con un discípu- 
lo de colegio, dependiente a la sazón de una poderosa casa 
exportadora de vinos, la cual, como todas las de su especie, 
blasonaba de ser la única que lo exportaba legítimo. "Ten 
presente, me decía mi ingenuo condiscípulo, que en Burdeos 
no hay ni puede haber legítimos vinos sobrantes para expor- 
tar, sino el muy malo, producido por malísima calidad de co- 
sechas, o el falsificado, que tiene tanto de hijo de uva coma 
yo de caballo frisón. Para las tragaderas de los potentados 
de Francia y de Inglaterra no basta todo el vino bueno que 
9e cosecha en el Mediodía de la Francia; pero no tengas cui- 
dado por esto, que para ese déficit y proveer al extranjero,. 
aquí estamos nosotros. No hay cosa, agregaba, que tenga ju- 
go más o menos azucarado, que no sirva para hacer vino, y 
así como los ingleses tienen en sus lecherías la bomba del 
pozo que llaman ixtca negra, cuya agua les sirve para aumen- 
tar la leche que envían al mercado, nosotros tenemos aquí la 
azúcar, la mJel, la pera, la manzana, la raíz azucarada, y de 
tarde en tarde, admírate, hasta racimos de uvas, para hacer 
y aumentar nuestros vinos. Olor, sabor, colorido, todos son ob- 
jetos secundarios, habiendo esencia de moscatel, flores de 
saúco y de parra, frambuesas, cam^peche, tornasol, laca car- 
minada, y otras zarandajas por este estilo". 

No se crea por esto que el vino artificial siempre sea más 
nocivo que el vino natural. El vino artificial es menos noci- 
vo, con mucho, que el vino natural, cuando éste, por su ma- 
la calidad, requiere condimentos minerales para enmascarar 
su acidez. Por estas y otras razones se comprende el ix>rqué 
de las ingeniosas tretas del caballero de Jacourt y el de las 
no menos admirables, aunque antiguas, del célebre Baccius 
en su Naturi vinorum historia, publicada en Roma por los 
años 1596. 

Pero a mi no me maravillan las falsificaciones; porque 
tanto en física cuanto en moral, lo malo que no parece bue- 
no no se vende; lo que me maravilla, lo que me saca de jui- 
cio es observar el aire doctorai y satisfecho, la gravedad sin 
par con la que muchos de los más supuestos preciados cono- 
cedores de licores, sorben y saborean tragos de vino artifi- 
cial, ponderándole ante sus convidados como grave pur sang 
y exhibiendo además, para mayor abundamiento, la marca, 
el sello de la botella, y hasta la carta-guía de la acreditada 
casa que remitió el licor. 

El vino falsificado, o más bien dicho, el arte de falsifi- 
carle, nació el mism.o día en que nació la parra. Los grie- 



122 VICENTE PÉREZ ROSALES 

gos saturaban con agua del mar su mentado vino de Chios. 
tan apreciado por los romanos; y hasta el buen Catón, según 
Plinio, llegó a falsificar vino con tanta perfección, que se la 
pegaba a los mejores mojones de su época; ¡y esto que se lla- 
maba Catón! ¡Calcule ahora el prudente lector, cuanto más 
no hubiera hecho si se hubiese llamado Lafitte, Margaux, 
etc.! 

En mis correrías por los distritos viñeros tuve ocasión de 
atravesar con frecuencia parte de los grandes arenales que 
por allá llaman laudes, y que tienen alguna semejanza con 
los que se forman en Chile en las inmediaciones del desagüe 
de los ríos en el mar. como en Talcahuano, en Boyeruca y en 
algunos trechos que forman parte de las riberas del Bío-Bio. 
Esta ciase de arenales, cuyas arenas movedizas no sólo no 
se prestan al cultivo, sino que, impulsadas por el viento, in- 
vaden e inutilizan cuantos terrenos cultivables están en sus 
inmediaciones, y que se consideraban no hacía muchos años 
en Francia como enteramente inútiles, son en el día, allá, una 
verdadera fuente de riquezas. La industria agrícola ha lo- 
grado vencer la instabilidad de las arenas; y ha encontrado, 
además, árboles útiles que se placen en ellas. 

No dudo que lo que se hace en Francia, en las laudes. 
pudiéramos hacerlo nosotros con igual provecho en nuestros 
arenales. 

Sencillísimos son los procedimientos para fijar y utilizar 
las arenas movedizas. Comienza el landés por establecer un 
cierro que impida todo tránsito por sobre el arenal que quie- 
re utilizar; nivela después a la ligera, por medio del rastri- 
llo, las desigualdades del arenal, y en la época oportuna des- 
parrama sobre ese suelo y tapa con rastrillo de dientes cortos, 
el residuo de la limpia de los trigos, mezclados con gramas 
de poco precio, a razón de ocho hectolitros por hectárea. Es- 
tas semillas, que no tardan en nacer y en adquirir muy re- 
gular desarrollo, puesto que la grama siempre lo adquiere, 
aunque sea sobre una mota de algodón humedecida, forman 
con sus raíces entrelazadas una verdadera alfombra, cuya 
trama, si no la rompe el pie del animal, impide por comple- 
to la instabilidad de las arenas, mientras cobra vida el árbol 
que se planta en ellas. Los landeses, quienes para no ente- 
rrarse en aquellos inmensos arenales andan sobre enormísi- 
mos zancos, plantan en seguida sobre el sembrado aquella 
clase de pino marítimo que se llama pequeño y que se distin- 
gue por sus hojas unidas, largas y tenues. 

La plantación del pino se hace en cuanto terminan las 
operaciones de las siembras; y el arbolito, como de un metro 
de altura, nacido y cuidado anticipadamente en almácigas. 



RECUERDOS DEL PASADO 123 

se desarrolla admirablemente en el arenal. Con estas plan- 
taciones logra el landés el triplicado beneficio de dar consis- 
xencia y feracidad a unos arenales que por muchísimos años 
fueron considerados como inútiles; de proporcionarse abun- 
dancia de combustible y de maderas de que antes carecía; 
y por últiíjio, de echar al comercio los grandes acopios de re- 
ciñas que producen los pinos con sólo arrancar a su tronco 
tiras de cortezas en el sentido de su largo, y colocar al pie 
de ellas tiestos para recibir la savia resinosa que fluye de 
■estas heridas. 

Aunque varias veces he vislumbrado la protectora acción 
■del ángel tutelar que parece velar sobre la conservación de 
mis días, nunca he visto más patente la mano de la Provi- 
dencia que cuando emprendí mi viaje de vuelta hacia mi pa- 
tria en los últimos meses del año 1830. 

Tres buques se encontraban en Burdeos enterando su 
■carga para salir para Chile: la Petite Louise, el Newcastle y 
•el Carlos Adolfo. El capitán del primero, sin la menor atendi- 
ble razón, me negó, con la más terca obstinación, el dere- 
cho de ocupar un buen camarote a bordo de su buque, y fue- 
ron tales sus groseras maneras de comportarse conmigo 
cuando fui a examinar las comodidades de la barca, que muy 
a pesar mío me vi en la precisión de trasladarme al Newcas- 
tle. El capitán de esta otra embarcación, que paremia va- 
ciado en el mismo molde que dio forma humana a su desco- 
nocido colega de la Petite Louise, me salió con un despanzu- 
rro tan idéntico para negarme un camarote que, sin ser el 
mejor de todos los del buque, pretendía yo ocupar, que puede 
decirse me despidió de a bordo. Amostazado con estajs injus- 
tas exclusiones, puesto que nunca traté del tanto más, cuánto 
del valor del pasaje, me dirigí al Carlos Adolfo, cuyo capitán 
Ticaut, tipo de la más cumplida educación, no sólo me cedió 
•el camarote que yo escogí, sino que alcanzó a ofrecerme el 
suyo propio, si en el curso de la navegación llegaba yo a en- 
íermar. 

Salieron los tres buques a un tiempo de Burdeos y casi al 
mismo tiempo llegaron a las Canarias; y desde entonces has- 
ta ahora no se ha vuelto a saber más de aquellas dos embar- 
caciones, ni de sus inhospitalarios capitanes. 

Zarpamos de Burdeos en los primeros días de septiem- 
bre, y después de navegar por las tranquilas y profundas 
aguas de la Gironda, cuyas márgenes, ya cultivadas, ya cu- 
biertas de espesísimos bosques de pinos y alcornoques o ya 
de áridos y de movedizos arenales, formian un variado pa- 
norama, no tardamos en perder de vista la imponente torre 
ó faro de Cordovan, que ilumina la entrada de aquella po- 



124 VICENTE PÉREZ ROSALES 

derosa vía fluvial, y poco después nos encontramos surcando 
el conmemorado cuanto temido por sus borrascas, golfo de 
Vizcaya. Parece que los tres buques que dejo nombrados per- 
seguían el mismo propósito de completar su carga fuera de 
Francia, puesto que navegando como en convoy con sólo doA 
días de diferencia, soltaron sus anclas en Santa Cr^iz de Te- 
nerife, que es una de las más notables islas del conocido gru- 
po de las Canarias en las aguas europeas del Atlántico. 

Estas islas, que en los antiguos y fabulosos tiempos die- 
ron tanto sobre que divagar a Platón con sus famosas Atlán- 
tides, que sólo comenzaron a ser conocidas desde que al mem- 
brudo Hércules se le ocurrió, a fuerza de empellones, abrir 
paso al mar Mediterráneo al través del estrecho Gaditano, 
fueron bautizadas después con el nombre de Espérides, y en 
seguida y por mucho tiempo con el de Afortunadas, pueden 
considerarse, tanto por su benigno cielo cuanto por sus ri- 
quísimas producciones agrícolas, como una de las muchas 
joyas que adornan la corona de Castilla. 

Consta el grupo volcánico de las Canarias de muchas i.s- 
litas. Una de ellas ostenta el afamado pico de Tenerife, te- 
nido hasta el año 1765 por la montaña más elevada del mun- 
do, y por causa única de aquel terrible terremoto que, estre- 
meciendo las islas circunvecinas, duró desde el 24 de diciem- 
bre de 1704 hasta el 5 de enero del año subsiguiente: y otra 
que, llamada isla del Fierro, ha gozado, y sigue gozando aún 
para muchos geógrafos, del privilegio de ser considerada in- 
dispensable como punto de partida para un meridiano uni- 
versal. No hay fruto tropical que no se encuentre en ellas, y 
quien quiera saborear el malvasía, haría mal en comprarlo 
en otra parte. 

Seis días después de abandonar las islas Afortunadas y 
de dar el último adiós a la Petite Louise y al Neiüscastle, que 
me habían negado en Burdeos hospitalario pasaje, nos en- 
contramos luchando contra la forzada inmovilidad que la cal- 
ma de la zona tórrida impone a los buques de vela. 

Fritos con el calor de los rayos solares, estuvimos largo,? 
días sin esperanza de la más leve brisa para salir cuanto an- 
tes de unas aguas que por su quietud, por la multitud de 
plantas marítimas que las cubren y hasta por sus visos acei- 
tosos y metálicos, más parecen charcos detenidos que ver- 
daderos mares. 

Sin embargo, para el viajero que no considera el viaje co- 
mo parte perdida de su vida, y que por lo mismo no quiere 
que se sustraigan esos días de los que tiene que vivir, lo- 
mares intertropicales, a pesar de sus molestas calmas, tienrr. 
también sus gratos atractivos. 



RECUERDOS DEL PASADO 125 

Nada más grandioso ni más imponente que el aspecto del 
cielo después de puesto el sol en aquellos abrasados horizon- 
tes. El crepúsculo vespertino, que no dura menos de media 
hora cada tarde, es una inmensa y fantástica cortina de vi- 
vísimos colores, que alzándose lentamente sobre la ilumina- 
da base del océano, exhibe a los ojos atónitos del observador 
tan caprichosas formas, tantos matices de suave y atrevido 
colorido, y tantas orlas de púrpura y de oro que nacen, se ex- 
tienden, se recogen y vuelven a aparecer cuando menos se 
lo espera, que sólo la imaginación, mas nunca la paleta del 
más afamado pintor podría reproducir. 

El mar, aunque dormido y cubierto de sargazo, no care- 
ce tampoco de atractivos. Cardúm.enes de doradas iluminan 
con frecuencia los costados de las embarcaciones con los re- 
flejos del sol sobre sus doradas escamas. El precioso pez co- 
nocido con el nombre de bonito, persiguiendo con la rapidez 
•de un rayo a los pececillos voladores, puebla el aire de ban- 
dadas de estos pobres fugitivos, que caen desatinados y dan- 
do saltos sobre la cubierta de los buques, donde encuentran 
en medio de la algazara de las tripulaciones, la misma muer- 
te que pretenden evitar, ya huyendo de la voracidad del pez 
que los persigue, ya del pico de las aves marinas que los ca- 
zan al vuelo. De vez en cuando aparece por la popa del bu- 
que algún espantable tiburón, que, siguiendo sus aguas, a unos 
horroriza y a otros entretiene, y que casi siempre concluye 
su visita atravesado con un harpón sobre la cubierta de la 
nave. 

El sargazo mismo que se extrae del mar y se arroja sobre 
la cubierta para observarlo mejor, es un tesoro para el na- 
turalista por la multitud de curiosísimos pececillos, j albitas 
y moluscos que viven en él; y como todo es aquilatado en las 
regiones tropicales, donde hasta las moscas suelen ser vene- 
nosas, las raíces que a manera de hebras de seda rosada pen- 
den de las babosas llamadas galeras, queman el cutis con tal 
intensidad, que muchas veces los curiosos que manosean el 
sargazo salen dando gritos o echando votos, por habérseles 
enredado en los dedos esos hilos endiablados. 

Poco a poco y a fuerza de paciencia y de no malograr la 
menor brisa, salimos de nuestro atolladero y entramos en 
una región más frecuentada por los vientos, hasta llegar a la 
altura de Montevideo, desde donde aumenta un tanto su in- 
tensidad, que puede decirse que del extremo de la quietud y 
del calor saltamos a velas llenas al extremo del movimiento 
del frío desapacible. 

No sólo de los terrenos bajos de la desierta Libia arran- 
can furiosos huracanes; de las dilatadas planicies de las pam- 



126 VICENTE PÉREZ ROSALES 

pas patagónicas por una análoga consecuencia física, se lan- 
zan también con frecuencia tan terribles vientos sobre los 
mares que bañan sus costas orientales, que el solo nombre 
de pampero hace estremecer a los marinos. Sorprendidos por 
uno de esos molestísimos ventarrones, corrimos a palo seco 
un deshecho temporal durante nueve días consecutivos, y 
cuando estábamos en lo mejor, para colmo de angustias, nos 
anunció el capitán que estando nuestra provisión de agua 
muy menoscabada, era preciso que nos sometiésemos a la 
más estricta ración. Autorizónos a consumir el vino que qui- 
siésemos, con tal que no tocásemos el agua; y esto, que al 
principio causó más bien regocijo que tristeza, no tardó en 
aumentar la desesperación que causa la sed, porque es me- 
nester tenerla que sufrir sin apagarla para darse cuenta del 
sacrificio que esa calamidad impone. En los cortos momen- 
tos que el crujir del buque y sus balances nos dejaban dor- 
mir, soñábamos con ríos y con lagos de agua dulce, del propio 
modo que cuando se sufren los efectos de la pobreza, se sue- 
ña con rimeros de oro. Para aumento de nuestra desespe- 
ración, veíamos el horizonte cubierto de chubascos, cuando 
ni una sola gota de agua caía sobre nuestra cubierta. Al sép- 
timo día de martirio, la suerte, apiadada de nosotros, des- 
cargó sobre el Carlos Adolfo y sus sedientos pasajeros el más 
bienvenido y copioso de todos los diluvios. Pronto se tendie- 
ron las toldetas, se echaron balas de cañón en varias partes 
para formar embudos en ellos, se acomodaron mangas en los 
enormes chorros que despedían; y nosotros todos, de capitán 
a paje, enteramente desnudos, porque necesitábamos beber 
agua hasta por los poros del cuerpo, en menos de tres hora¿ 
llenamos sesenta barricas de ese jugo de la vida, nunca con 
tanto entusiasmo festejado. De veras que causaba risa ver- 
nos llenar de agua para guardar hasta las vasijas confiden- 
ciales de nuestros camarotes, por temor de encontramos er 
otra sequedad. 

Se observa en las aguas del mar, por embravecidas que se 
encuentren, un fenómeno singular cuando cae sobre ellas al- 
gún fuerte chaparrón; la cortina de agua que se forma en la 
atmósfera al llover, contiene el viento, la ola deja de rom- 
perse con sus estrellones, y el mar queda sin espumas aunque 
levantando y bajando siempre sus imponentes colinas de 
agua. 

Como el agua que bebimos fué tanta, y tanta la carga- 
zón de alquitrán que ella tenía, porque tras de recorrer la 
jarcia había pasado por velas alquitranadas, resultó que aún 
no habían recobrado los Adanes sus vestidos, cuando al gene- 
ral contento sucedió la escena del más ridículo desconsuelo 



RECUERDOS DEL PASADO 127 

Deplorables fueron, sin duda, los efectos de tal agua alqui- 
tranada, pero muy provechosa para la salud de los compun- 
gidos navegantes. 

Prosiguiendo con tiempo menos borrascoso en demanda 
de los mares del Cabo, tuvimos la desgracia de encontrar- 
nos en la boca meridional del estrecho de Lemaire con el más 
violento y contrario noroeste. Contrariados también alli por 
una tenaz llovizna y por una espesísima neblina, sufrimos 
largas horas el temido embate de aquellas montañas de agua 
en vez de olas, que siempre ostentan los mares australes, 
cuando los agita un viento huracanado. Sin embargo, a los 
cuatro dias de una lucha tenaz, doblamos el Cabo, pero como 
estaba escrito que aun no habíamos de descansar, íbamos 
ya perdiendo de vista al oriente la isla de Diego Ramírez, 
últimos restos de las despedazadas cordilleras de los Andes 
en aquellos tormentosos lugares, cuando un esfuerzo repen- 
tino del viento tronchó la verga de nuestro palo mayor y la 
arrojó con tanta violencia sobre la cubierta del buque, que 
turbado el timonel, casi nos pierde para siempre. Con su 
turbación embarcamos por la proa una ola que pasando co- 
mo un torrente por sobre la cubierta, arrastró junto con dos 
infelices marineros, la lancha del centro y la cocina, causán- 
donos además tantos destrozos que, junto con perder la es- 
peranza que poco antes teníamos de llegar a nuestro destino, 
llegamos a perderla de salvar la vida. 

Sin embargo, como el hombre en estos lances de su mis- 
ma flaqueza saca fuerzas, a pesar de la entrada de la noche 
que vino a aumentar el horror de nuestra situación, se tra- 
bajó con tanto tesón, cuidando sólo de sostener a flote la 
barca, que al día siguiente, empujada por el viento y las co- 
rrientes del Pacífico, se encontró de nuevo tan al oriente del 
cabo de Hornos, que no nos fué posible pensar en otra cosa 
que en buscar una caleta hospitalaria donde poder reparar 
nuestras averías. 

Dos días después de tan angustiosa situación, la firme 
aunque desmantelada Carlos Adolfo soltó el ancla en el abri- 
gado puerto Egmont de las desiertas islas Malvinas. 

¡Cuánto nos costaban en aquel tiempo los viajes a Euro- 
pa, que son en el día simples paseos de recreo! 

Nos aislamos, pues, en uno de los más espaciosos y có- 
modos puertos del mundo, y en él, gracias a la estabilidad de 
sus tranquilas aguas, y libres del zangoloteo, pudimos des- 
cansar, dormir con sosiego y reparar nuestras averías. 

Las islas Malvinas, conocidas en el día con el nombre de 
Falkland, no son tres ni cuatro inútiles islotes buenos sólo 
para ser ocupados como punto estratégico en la boca de un 

Recuerdo. — 5 



128 VICENTE PÉREZ ROSALES 



estrecho tan importante como lo es el de Magallanes; las 
islas de Falkland son un verdadero archipiélago, que cuenta 
por lo menos doscientas islas agrupadas en dos secciones 
conocidas con los nombres de grupo Oriental y de grupo Oc- 
cidental. Las costas de las islas del primero ¿on generalmente 
bajas, al paso que las del segundo están llenas de alturas y 
de poderosísimas rocas y ribazos que alcanzan una elevación 
de más de cien metros. No se encuentran en el archipiélago 
ni rastros de alta vegetación; pero, en cambio, sus ricos y 
abundantes pastos naturales se prestan, bajo un clima rela- 
tivamente benigno, a la crianza de ganaderías, como lo ma- 
nifestaban, cuando nuestra recalada, las muchas vacas y ca- 
ballos silvestres que persiguieron a balazos los pasajeros del 
hacía pocos días atribulado Carlos Adolfo. 

La existencia de animales domésticos en islas tan poco 
frecuentadas proviene de las muchas intentonas hechas por 
algunas naciones para adueñarse de ellas, alegando dere- 
chos que ninguna parece tener perfectos y claros. 

Creen algunos que fueron descubiertas por Vespucio. 
Davis las alcanzó a divisar en 1592. Hawkins recorrió sus de- 
siertas costas en 1594. Strong'hizo algo más, pues ancló en 
el estrecho que separa las dos islas mayores del archipiéla- 
go en el año 1600. 

La manía que tenían los navegantes del siglo de Cook, de 
dar nombres nuevos a cuantas islas encontraban en sus aven- 
turados viajes, sin quererse acordar si esas regiones tenían 
o no ya nombres conocidos, es el motivo por que pocas islas 
llevan más apellidos que éstas. El viajero Cov^ley las llamó 
Pepys; Ricardo Hawkins, Virginia, para conmemorar la vir- 
ginidad de la reina Isabel de Inglaterra; los marinos fran- 
ceses de Saint-Malo, Maluinas; y otros las llamaron Falk- 
land. Comoquiera que fuese, Bougainville fué el primer ma- 
rino que tomó de ellas posesión a nombre de Francia, y el 
primero también que procuró establecer colonias en aque- 
llos desiertos y fríos parajes, fundando en 1763 la de San 
Luis. 

La Inglaterra, que con razón o sin ella, consideraba suyas 
aquellas islas, al ver semejante detentación, tomó, sin más 
esperar, posesión de ellas, se estableció en puerto Egmont y 
exigió que los franceses entregasen el dominio disputado al 
capitán Mackride, lo cual visto por España, que ya miraba 
de reojo que cada cual quisiese apoderarse de lo que legíti- 
mamente le pertenecía, por formar aquellas islas parte inte- 
grante de sus posesiones americanas, asumió tan amenaza- 
dora actitud que no sólo los ingleses se hicieron a un lado, 
sino que los mismos franceses, contentándose con la devo- 



RECUERDOS DEL PASADO 129 

lución de los gastos hechos en San Luis, dieron orden al mis- 
mo Bougainville para que al mando de la fragata Boudeuse 
pasase a entregar aquellas Islas, con las ceremonias y caño- 
neo de costumbre, al comandante don Felipe Ruiz de la 
Puente, que al mando de las fragatas Esmeralda y Liebre, se 
entregó de ellas a nombre de la España el día 1.- de abril 
de 1767. 

Mas, como los españoles tuviesen en América tanto y tan 
bueno que aprovechar, para cometer la simpleza de malba- 
ratar brazos y riquezas por sólo el gusto de conservar lo que 
en aquel entonces nada valía, no tardaron en abandonar la 
colonia, cuyos restos notamos en nuestras correrías por las 
isla-s. Ya sabemos cuáles fueron las pretensiones argentinas 
al dominio de las Malvinas después de la lucha de la Inde- 
pendencia, como sabemos también el caso que hicieron de ella 
los ingleses, quienes, a pesar de las protestas de la Repú- 
blica, tomaron posesión definitiva de las islas cuestionadas, 
en 1833. 

A los nueve días de holgada y alegre residencia en 
Egmont, con viento fresco y cielo despejado emprendimos de 
nuevo la suspendida tarea de doblar, como dicen, el Cabo, 
la que verificamos con tanta dicha, que catorce días después 
soltábamos ancla en Valparaíso, a los ciento siete de nuestra 
salida de Burdeos. 



CAPITULO VIII 

Llegada a Chile. — El recién llegado. — El novel hombre de 
campo. — El fabricante de aguardiente. — El porqué del 
fracaso de nuestras fábricas. — El tendero. — El médi- 
co.— Primer ensayo de escritor público. — Consecuencias 
de llegar a ser rico de repente. — Contrabando ds taba- 
cos y de ganados por la vía andina. — A generoso, gene- 
roso y medio. 

Si para el recién llegado de Europa, en el día, es tan tris- 
te y aun repelente nuestro actual orgulloso Valparaíso, antes 
de haberlo tratado con alguna intimidad, ¡qué no sería el 
año de 1830, con sus andrajosas quebradas, sus casuchos to- 
reando la ola, en el reducido plan de tierra firme que media- 
ba entre el mar y los cerros, los solitarios buques que se ba- 
lanceaban en la bahía, y aquella interminable calle o vía ca- 
rretera, verdadera villa del Covin, que con sus desiguales 
ranchos y casuchas conducía desde el lugar que llamaban el 
puerto al pie de la antigua y conocida cuesta de Polanco! 

El extranjero, para quien América significaba selvas se- 
culares, bosques de palmeras, algazara de cacatúas y oro a 
mano, después de traslomar cuestas y más cuestan, encajo- 
nado, sin ver nada de todo eso, en aquellos vehículos diges- 
tivos de Loyola, que por lo saltones merecieron el nombre 
de cabras, llena de chichones la cabeza y los pulmones de 
polvo, entraba a Santiago por la interminable, sucia y des- 
greñada calle de San Pablo, que principiando por ranchos, 
chicherías y canchas de bolas, terminaba casi en la plaza 
principal de la ahora, a nuestro parecer, opulentísima eapita,! 
de Chile. 

Hay. sin embargo, un fenómeno que notar en el cambio, 
siempre seguro, de adverso en favorable, que sufren las pri- 
meras impresiones del recién llegado a poco de permanecer 
algún tiempo en nuestro Santiago. Las casas parece que cre- 
cieran en altura, y .su.«í tejados, que al principio hasta se cree 
que urneuH/.Mii l(>t; .sonibreru.i pui' lo vecünoá ai pitVinieiiLo 
de las veredas, se elevan, sin saber por qué, a la más pro- 
porcionada altura, 



132 VICENTE PÉREZ ROSALES 

El Santiago de entonces, como el de ahora, asustaba al 
principio para agradar después a todo viajero que, cerrando 
los ojos al salir de Europa, sólo los viene a abrir cuando lle- 
ga a Chile. 

Vuelto, pues, a la deseada patria, y henchido de aquella 
injustificable suficiencia que ostentamos siempre los recién 
llegados de por allá, metiendo en todo ex cathedra la mano, 
comencé por mirar de alto a bajo a los modestos y estudio- 
sos jóvenes chilenos que, a fuerza de trabaje, estudio y con- 
tracción, trataban de compensar la falta que a los ojos vul- 
gares les hacia un baño europeo. Y no sin causa, porque en- 
tonces todo recién llegado del mágico Paris, a más del necio 
orgullo que ostentan los que ahora llegan, contábamos con 
los atractivos que da la moda al corte de un vestido, con la 
grata sorpresa de aquel que oye hablar en francés a un pe- 
huenche y con un caudal de portentosas descripciones, de 
chistosos galicismos, de muy variados y siempre elegantes 
nudos de corbatas y de no pocos nuevos pasos que agregar 
al baile de las cuadrillas. Teníamos, en fin, para muchas ma- 
mas y para no pocos bobos, todos los encantos de los trajes 
de moda recién desencajonados. 

Mas, como la moda cambia siempre, por muoha bulla que 
ella haya metido al principio, sucedió que. pasado de moda 
el petimetre, con la contestación a la terrible pregunta, 
"¿cuánto tiene?", nadie volvió a acordarse más de él. 

Vióse, pues, precisado el desvalido dandy, a los dos años 
del más deleitoso far Jiiente, a buscar medios más sólidos de 
enterar la vida. 

Esta resolución, para todos acto meritorio, no mereció la 
aprobación de la suerte, pocas veces Mecenas de los buenos 
propósitos, pues desde aquí comienza aquel rosario de con- 
tratiempos y de crueles tropezones, cuyas cuentas, no de oro, 
sino de burdo palo, sólo tocaré con las puntas de los de- 
dos, por no ser mi propósito escribir la vida insulsa de un 
simple majadero, sino aquello que, relacionándose con ella, 
puede ofrecer algún resultado atendible y práctico. 

Tan amigo de la vida independiente cuanto enemigo de 
todo lo que fuese someterme al obediente yugo de los desti- 
nos públicos, creí, como creen en el día muchos jóvenes po- 
bres, pero enamorados, que con sólo tomar un fundo rústico 
en arriendo, sin más recursos que dineros prestados a corto 
plazo, con tal que abundase el deseo de trabajar, bastaba 
pa'-a meter en casa, juntamente con la esposa, la dicha y la 
riqueza. 

Comencé por pagar a la huasería el forzoso tributo que 
siempre paga el novel campesino que endosa poncho por la 



RECUERDOS DEL PASADO 133 



vez primera. Buenos caballos, estrafalariavs monturas, crue- 
les rodajones, riíacliete, lazo, pehual, maneas, cojjas de ale- 
gría y guampar. con ribete de plata en las alforjas; olvidé el 
idioma de Cervantes por la jerga provincialesca; rivalicé 
con los más poderosos jinetes en el manejo del caballo y el 
lazo; madrugué antes que el lucero, trabajé como trabajan 
los machos de carga; me lloví; me asoleé; dormí en el suelo; 
y al cabo de dos años, por fruto de tanto afán, salió el afran- 
cesado dándose a santo, con sólo lo encapillado y con dos 
años más de edad a cuestas. 

Maltrecho, pero no desanimado, solicitó entonces de la 
perfección de una industria embrionaria en Chile, el des- 
agravio de su agrícola malandanza, y planteó una fábrica de 
aguardiente a la europea, en el departamento de San Fer- 
nando. Mas, el resultado final de esta nueva empresa, si no 
fué idéntico, fué muy parecido al de la anterior; porque a 
fuer de chileno píír sang, tuvo que pagar nuestra común ma- 
nía de no comenzar a hacer las cosas por el principio, sino 
por donde éstas deberían terminar. El progreso y la perfec- 
ción no sólo no dan saltos, sino que presuponen la existen- 
cia de primeros pasos. El niño gatea antes de correr; el bo- 
tín de charol, como lo he repetido mil veces, supone cur- 
tiembres y zapaterías, y éstas, fábricas de hormas, de esta- 
quillas, y además, de manos, que comenzaron por hacer ba- 
buchas, siguieron por zapatos y concluyeron por botines. En 
mí fábrica de aguardiente tuve que ser fumista, alambi- 
quero, broncero y tonelero juntamente. Una llave de pulgada 
y media de diámetro era un tesoro entonces, y por lo mismo, 
cuando se descomponía, ni por un tesoro se encontraba a 
tiempo otra que comprar, 
f"^ Fracasó la industria alfarera en Chile, porque se nos ocu- 
rrió comenzar por lozas finas, cuando aun no habíamos sa- 
lido del cántaro y del plato de Talagante. 

Fracasó la fábrica de vibrios, porque en vez de comenzar 
por hacer botellas de vidrio común, se ha tenido la imperti- 
nencia de comenzar por vasijas finas y por vidrios planos. 

Fracasó la de azúcar de betarraga, porque el fabricante 
tuvo que ser agricultor, y el producto, por ser chileno, refi- 
nado. 

Lleva lánguida existencia la fábrica de paños, porque en 
vez de comenzar por ponchos, frazadas y jergones, nos dio 
el diablo por comenzar por casimires; y fracasó mi fábrica 
de aguardientes, porque en vez de contentarme con mejorar 
algo el cañón condensador, me metí a rasca; porque en vez 
d€ usar pailones hechizos, me lancé al delgadísimo alambi- 



134 VICENTE PÉREZ ROSALES 



ü 



que francés, y porque en vez de hacer mejor chivato, me en- 
golfé en el coñac, en el anisete, en el perfecto amor. 

De aquí se desprende este verdadero y triste axioma: 
toda industria perfeccionada que se introduce en un pais 
que carece de industrias rudimentales, lleva en si misma el 
presagio de la ruina del empresario. 

Por más que dijeren que el hábito no hace al monje, el 
resultado de mi fábrica está allí para probar lo contrario. 
Habia hecho venir de Europa para el adorno ae las botellas 
una guapa colección de vistosas estampillas, cuyos dorados 
arabescos guarnecían estas palabras: Oíd Champagne Cog- 
nac, y para que la ilusión fuese más completa, habia hecho 
escribir sobre la portada de mi despacho, con gordas letras: 
Importación directa. Deseo, entre paréntesis, que no se me 
alboroten por esto, algunos de los muchos importadores di- 
rectos del día creyéndose aludidos porque sólo en mi tiempo 
se pasaba gato por liebre, y en el día todo es puro París, o 
cuando no Burdeos. 

A la sombra de esta túnica encantada caminó también 
la venta en los primeros meses, que llegado a insurreccio- 
narse mi orgullo patrio, al ver que yo mismo estaba dando 
al extranjero una fama que sólo a Chile correspondía, eché 
al fuego las estampillas europeas, puse en la portada del al- 
macén Fábrica Nacional, y en el rótulo de las botellas Coñac. 

Cunaco y el diablo cargaron con cuanto habia. Arrojado 
e1 hábito, arrojé sin saberlo la bondad de lo que v-endía; pues 
tornado de bueno en malo, nadie se volvió a acordar ni del 
licor, ni del restaurador del patrio crédito industrial. 

Fui tendero después, y no dejé parroquiana a la cual, za- 
lamero, sagaz y mentiroso, no tratase de endosar los huesos 
de la tienda persuadiéndola de que perdía plata en la venta 
y que sólo lo hacia por ser la favorecida quien era, con tal 
que no divulgase el secreto de una baratura tan ruinosa 
cuanto excepcional; mas cuando llegaba el caso de vender 
por mayor, entonces sólo recohralJki. la virtud de sus fueros. La 
verdadera factura iba a la caja; la que me sirvió para la 
Aduana, por ser ésta su único destino, había caminado ya 
para otra parte, y sólo aquella de abultados precios se mas- 
traba a los ojos del comprador, a quien se le vendía por es- 
pecial favor, perdiendo plata, al precio de factura. 

Aunque de tendero a médico va trecho, mi afición a las 
ciencias naturales estrechó tanto la distancia que mediaba 
entre estas dos facultades, que asi vendía zalamero y oficio- 
so mis huesüj tenderiles, como vendía grave y satisfecho de 
mi saber mis doctísimas recetas; cuidándome poco, como lo 
hacen muchos, de averiguar si ellas podrían o no tornarse en 



RECUERDOS DEL PASADO 135 

verdaderos pasaportes para la otra vida. Si el enfermo se iba, 
los dolientes y el médico exclamaban: "los días son contados, 
¡quién se opone a la voluntad de Dios!" Mas, si el enfermo, 
a fuerza de luchar contra los aliados médico y boticario, lle- 
gaba a sanar, como también sucede en los lugares donde hay 
médicos y protomédicos, nadie se acordaba de la voluntad de 
Dios, sino de la sabiduría del experto esculapio en cuyas ma- 
nos se había puesto el venturoso enfermo. 

A nadie cobré visitas, porque no tenia a mi disposición 
un protomedicato que apoyase mis arbitrarios precios; pero 
en cambio cobré ingratos, cosa que a los médicos recibidos 
no acontece, por la sencilla razón de que el vendedor de una 
especie sólo puede hacerse de enemigos, porque vende gato 
por liebre, pero nunca de ingratos. La ingratitud, como bien 
a las claras lo dice la palabra, sólo nace de servicios gratui- 
tos, ¿y cuántos son ios servicios gratuitos que en general 
dispensan a la doliente humanidad la mayoría de los escu- 
lapios, para que pomposos asuman como lo hacen muchas 
veces, el título de humanos por excelencia? 

Pero no se me alboroten por lo que dejo expuesto los legí- 
timos hijos de Hipócrates, porque la ciencia siempre ha ocu- 
pado para mi un lugar sagrado; y sólo aludo a los que, em- 
bozándose en ella, dicen que venden virtud, cuando sólo ven- 
den interesados servicios. 

El médico en general, si busca nombradla, es más por el 
provecho pecuniario que de ella saca, que por simple gloria 
vana y sin substancia; y si con frecuencia se embosca tras de 
lo que llamamos humanidad caritativa, es menos por hacer 
obras gratuitas de misericordia, que por acertar el tiro de 
llenar los deberes que le impone el precepto: la piedad bien 
entendida comienza siempre por casa. Yo no los critico por 
lo que hacen — en su derecho están — , sino por el mérito mo- 
ral que ellos atribuyen a sus actos y por lo que dejan de ha- 
cer para merecerlo. ¿Puede vivir el médico donde no haya 
enfermedades? ¿No son las enfermedades que afligen a la hu- 
manidad, el tesoro, la mina, el coche, el pan y la educación 
de los hijos del profesor? ¿Cómo es posible entonces que ha- 
ya crédulos que se imaginen que el médico, que es hombre 
como todos los demás, trate de destruir o de disminuir do- 
lencias, que son el tesoro, la mina, el coche, el pan y la edu- 
cación de sus hijos? 

Pero ya para digresiones basta y sobra con lo dicho. 

El ocio del mostrador me hizo hojear libros; los libros 
medio renovaron en mi alma mi antiguo amor a las letras; 
y como no cabe enamorado de las letras sin garabatos, ni 
hay garabatos de esta calaña que no vayan al fin y al cabo 



136 VICENTE PÉREZ ROSALES 

a rematar a la imprenta para pasar de allí a servir de en- 
voltorio de drogas en las boticas, sucedió que, atribuyendo 
mis malas andanzas a lo errado de mi vocación, me sugirió 
el mal genio que me perseguía, la tonta idea ae emprender 
la regeneración de mi escuálido bolsillo por el florido ca- 
mino de las letras, y sin más esperar me metí a escritor pú- 
blico. 

Para dar a mis primeros ensayos crédito y nombradla, 
quise echarla, como lo hacen los médicos, de hombre más 
ocupado del bien ajeno que del propio suyo, y remití a un 
diario santiagueño, de alguna fama entonces, un tremendo 
articulo, en el que se probaba hasta la evidencia que un cura 
campesino, de cuyo nombre no quiero acordarme, en vez de 
dar ejemplo a su grey de pureza y de honradez, estaba falsi- 
ficando la firma del prelado para los efectos de cobrar ma- 
yores derechos que aquellos que designaba la tarifa pa- 
rroquial . 

Esperaba yo contento, tras mi molestoso mostrador, el 
título de repórter, o por lo menos, aplausos que me lo hicie- 
sen merecer, cuando me llegó la noticia de que mi articulo 
había sido acusado, y pocos días después la de mi condena en 
primer grado, la cual me imponía una multa superior a mis 
escasas fuerzas. En vano me trasladé a Santiago, llevando 
por tardía justificación de cuanto había escrito contra el cu- 
ra, un cascarón de la pared de la iglesia del curato en el cual 
estaba pegada la malhadada tarifa falsificada. El modesto 
y pundonoroso prelado, mi buen tío don Manuel Vicuña, cu- 
ya memoria venero a pesar de esto, oída mi doliente exposi- 
ción, se contentó con apartar de su vista, con horror, el raro 
documento qus yo le presentaba, y con despedirme, dicién- 
dome: 

— ¡Hijo mío, no me pesan a mí tanto mis pecados, cuan- 
to me pesa el que te hayan enviado a educar a Francia! 

No hubo más que replicar; pagué, callé y me fui can la 
música a otra parte. 

¿Qué me quedaba que hacer? Pasado el primer aturdi- 
miento, mi contrariada pero nunca vencida imaginativa no 
tardó en indicarme el camino de las minas. Me hice, pues, 
minero. Hice pedidos de vetas levantándome el falso testi- 
monio de ser minero de profesión, como lo hacen tantos que 
no* han visto minas en su vida, y echándome por esos cerros 
de Dios en busca de lo que no había perdido, ya me cansaba, 
armado de bonete y de culero, de tratar de resolver entre pi- 
ques y frontones, adivinanzas a obscuras, cuando mi aviesa 
suerte, que no se cansaba de halagarme para volverme en lo 
mejor la espalda, me hizo encontrar en el obscuro fondo de 
un viejo laboreo de la mina del Sauce, en los cerros costinos 



RECUERDOS DEL PASADO 137 



de la vieja. Colchagua, esto que llaman los mineros colados 
un ¡asiento de candelero! Aquí de mi alegría, aquí del justo 
presumir del contratiempo que con mi inesperada fortuna 
iban a experimentar cuantos, por pobre, me habían despre- 
ciado. El oro en todas partes es juventud, es talento, es her- 
mosura; tenía yo, pues, motivos para congratularme. 

En el fondo de la obscura y húmeda labor, en la cual se 
acababa de dar el último brocazo que me hacía poseedor de 
aquel tesoro sólo porque lo hice despejar, pasé y volví a pa- 
sar conmovido el humeante candil del minero por el frente 
de la roca cuarzosa cubierta de clavos y de venas de oro que 
parecían asegurar mi fortuna. Fué aquel un momento encan- 
tador, un sueño, pero no pasó de sueño. La riqueza no fué 
más que lo que estaba a la vista y apenas dio para los gastos. 

En los primeros momentos del engañoso hallazgo, el ba- 
rretero había contado a los apires de cómo el patrón se en- 
contraba en un pozo de oro a mano; los apires le contaron a 
los peones, éstos a los pasajeros, los pasajeros llevaron abul- 
tadísima la noticia a Curicó, y ésta de un salto, con formas 
colosales, se trasladó a Santiago. Pronto comenzaron los re- 
galos de los indiferentes, y las cartas hasta de mis más de- 
cididos despreciadores a ejercer su adulador oficio; puesto 
que, encontrándome sentado en la boca de la mina, triste y 
convulso por mi nuevo chasco, tuve el gusto de abrir algunas 
en cuyo final se leían estas textuales palabras: 

"Espero que el exceso de su merecida fortuna no le hará 
olvidar a sus muchos y buenos amigos, entre los cuales ha 
debido usted contar en primera línea a este su afectísimo y 
seguro servidor". 

He conservado las cartas en un libro de tapas negras con 
el título de "Desengaños". 

En cuanto a los regalos de bizcochuelos y de pavos me- 
chados mandados por personas que ni siquiera me ofrecían 
antes un cortés asiento, a medida que llegaban, los manda- 
ba arrojar a la mina, diciendo al conductor por única res- 
puesta: Que la mina daba las gracias al desinteresado re- 
mitente. 

Terminada mi rápida fortuna como los cartuchos de los 
linajes de Cervantes, anchos arriba y en aguda punta aba- 
jo, bajé de las regiones del talento al antiguo reinado de des- 
preciable tonto. Pobre además para poder emprender nego- 
cios compatibles con la independencia de acción que siempre 
he tratado de conservar, y sin más recursos que los que mi 
salud y mi notable actitud para sufrir fatigas corporales me 
proporcionaban, de acuerdo con algunos engorderos me lan- 
cé a las provincias argentinas, y en ellas, ya buscando gana- 
dos, ya sirviendo de intermediario entre los negociantes de 



138 VICENTE PÉREZ ROSALES 

una y otra banda, vagué once años consecutivos sin más des- 
cansos que los que me proporcionaron un improvisado viaje a 
Francia y tal cual visita a mi olvidado Santiago. 

Veintitrés pasos conozco en las cordilleras de los Andes; 
y por los más frecuentados por mí, donde puede decirse que 
vivía ios veranos, no recuerdo las veces que he pasado. Fue- 
ron éstos, para mis asuntos de Salta, Catamarca, La Rioja y 
San Juan, los pasos de Antofagasta, San Guillermo, Doña 
Ana, No te duermas y Agua Negra; y para los de San Luis, 
Mendoza, San Carlos, San Rafael y los malales del Payen, en 
los desiertos patagónicos, los pasos del Portillo, Leñas Ama- 
rillas, Planchón, Maule, Longaví, Canteras y Chillan. 

La práctica experiencia que mis correrías por los Andes 
me ha dejado, me induce a repetir hasta el cansancio cuan 
inútiles o por lo menos cuan inoficiosos son, para precaver el 
contrabando, los dichosos resguardos que los gerentes de la 
hacienda pública sostienen en los pasos o boquetes andinos, 
pues no hay uno solo cuya vigilancia no pueda ser fácilmente 
eludida. Cuando no puede evitarse el contrabando en pode- 
rosa escala, como sucede en Chile con el del tabaco, la razón 
económica sólo prescribe dos medios de precaver su inmora- 
lidad: o rebajar los derechos hasta hacer más perjudicial que 
provechoso el contrabando, o suprimirlos por completo. Con 
el primer recurso se evita un gravamen sin compensación al 
comerciante honrado y se niega un premio dispensado, sin 
quererlo, al que no lo es. Con el segundo se protege una in- 
dustria que ha muchos años debiera ser poderosa fuente de 
riqueza para Chile. 

Antes de pasar adelante, quiero dejar aquí consignado 
un hecho presencial que ya puede, sin inconveniente, referir- 
se, hecho que enaltece el corazón de uno de los más acauda- 
lados, benéficos e industriosos hijos de Chile, y que agroga 
nueva prueba al axioma de la inconstancia de la fortuna,, pa- 
ra autorizarme a repetir al desgraciado: ¡no desmayes! 

Allá en tiempo de entonces y cuando el insigne minero 
don Zacarías Nikson trabajaba en Colchagua las minas de 
oro del mentado Millahue, alojaba no muy distante de los 
trapiches del opulento "gringo", en una modesta heredad, un 
honrado y silencioso caballero, blanco como yo, de los bruta- 
les tiros de la adversa suerte. Perseguido por sus acreedores 
de Santiago y obligado a malbaratar lo poco que le quedaba 
para honrar su firma, golpeó en vano este infeliz caballero 
las puertas de los Argomedo. Calvo y Rencoret, verdaderos 
Rothschild que monopolizaban las compras de ganados de la 
industriosa aldea de Nancagua, a fin de conseguir por los que 
arreaban un precio equitativo; porque -entonces, en toda 
compraventa, el derecho de imponer condiciones sólo corres- 



RECUERDOS DEL PASADO 139 

pondia al vendedor bu.scado y janiá^j al vendedor que bu.sca- 
ba, costumbre que, según entiendo, vive y reina aún en los 
retoños, como vivía y reinaba allá en los troncos. Nuestro 
apurado vendedor, colocado entre el salteo y la cárcel por 
deudas, no sabía ya dónde dar con la cabeza, cuando el aca- 
so, padre de inesperadas soluciones, vino a abrirle, ya que no 
una puerta, siquiera una ventana por donde poder escapar. 

Florecía entonces en Nancagua aquella simpática, cono- 
cida e industriosa señora doña Carmen Gálvez, cuyos incom- 
parables alfajores paladeaban con encanto los provinciales 
de los conventos y acaudalados hijos de la culta Santiago. 
Esta señora, que por ser pobre era caritativa, dolida de las 
cuitas del atribulado vendedor de animales, le encaminó con 
una fina carta de recomendación al vecino fundo de Boldo- 
mávida, donde, según ella, residía un joven que, aunque afran- 
cesado, tenía más corazón que cabeza. 

Una mañana, después de darle vuelta al campo, porque 
no hay campos más dados vueltas que los chilenos, encontrá- 
bame pasando el sol en el corredor de las casas de Boldomá- 
vida, fundo que corría entonces a cargo mío, cuando acerté 
a ver que por la puerta del patio entraba, sobre miseras ca- 
balgaduras, un huaso acaballerado seguido de un muchachi- 
to que parecía servirle de asistente. El que hacía de amo 
era un mozo más que sobresaliente, de mediana estatura, de 
pelo negro, de pálido semblante y al parecer de robusta cons- 
titución. Su vestido, bien que aliñado, no encubría la po- 
breza que en alto pregonaban el rocinante, los pellones de 
la montura y la ausencia de aquellas mentadas copas de ale- 
gría que, a la par con los enormes rodajones de las espuelas 
de plata, constituían entonces los arreos del huaso acau- 
dalado. Fué el saludo del recién llegado más bien tímido que 
desembarazado; pero como entre el recomendado de la Gálvez y 
yo no cabía etiqueta, no tardamos, sentados en el mismo ban- 
co, en comenzar a departir como podían hacerlo antiguos 
conocidos. Contóme lo que le pasaba, dijome, además, que 
viéndoles algunos precisado a vender, aprovechando la oca- 
sión se le ofrecían seis pesos por la vaca seca, siete por la 
parida, y por el buey nueve; que él no venia a pedirme más 
por su ganado, pues sólo deseaba, ya que era preciso sacrifi- 
car, que el sacrificio redundase más bien en favor de un mo- 
desto trabajador que en el de ricos descorazonados. Halagado 
cuanto conmovido, después de una corta pausa, le dije: ¿le 
parecerían a usted mal siete, ocho y medio y doce pesos? Se- 
ñor, me contestó, eso es hasta más de lo que puedo desear. 
Pues, entonces, le dije, el ganado es mío; y como él se dispu- 
siese a marchar por él, le supliqué que honrase mi al<muerzo 



140 VICENTE PÉREZ ROSALES 

con SU presencia antes de lodo. Hizosc asi, y como yo repa- 
rase que al acompañarme al comedor, vuelta la cara con ca- 
riño hacia su ayudante, le dijese: póngase por alli a la som- 
brita no más. que luego nos iremos; di orden ai mayordomo 
de patio para cuidar de los caballos y para conducir al iiiño 
a almorzar a la cocina. 

Quiero ser breve; entregado del ganado al día siguiente, 
tuve el gusto de regalar a mi extraño vendedor de animales 
un par de pantalones de ante, que aunque usados, podían pa- 
sar por decentes al lado de los de raido casimir que él traía 
puestos. Recibió mi amable huésped ese misero regalo, con 
la demostración del más puro agradecimiento, y al darme el 
abrazo de su despedida, me pareció sentir sobre mi pecho los 
latidos de un corazón conmovido. Desde ese día le perdí de 
vista. Pasaron años y más añoj, y ya mi memoria no conser- 
vaba del tal vendedor de ganados ni el más mínimo rastro, 
cuando corriendo el año 1860 y estando yo firmando el des- 
pacho ordinario de la Intendencia de Concepción, llamóme 
repentinamente la atención tal ruido de asientos aportados 
y de corteses arrastraduras de pies que hacían los empleados 
subalternos en la vecina sala, que al preguntar incómodo lo 
que aquel movimiento significaba, vi a mi secretario que, sa- 
ludando con respeto, introducía en la sala del despacho al 
opulento señor don Matías Cousiño. Yo que desde mucho 
tiempo antes de mi salida de Europa conocía de fama la im- 
portancia del papel que el señor don Matías representaba en 
Chile, me alzaba de mi bustaca para recibirle conforme a sus 
merecimientos, cuando él, con el más cariñoso: "permítame, 
señor don Vicente, que le abrace", me echó los brazos con efu- 
sión al cuello. Confieso que tan inesperada manifestación me 
dejó suspenso. ¿Cuándo he tratado yo a este amable caballe- 
ro, para que asi se manifieste conmigo? ¿Qué he hecho yo por 
él, dónde, cómo? ¿No habrá en todo esto alguna lamentable 
equivocación? 

La misma incertidumbre refrescó mis recuerdos. Aquel 
emocionado abrazo cuya causa no atinaba a descubrir, no era 
el primero que, con calidad de idéntico, tenía recibido en el 
curso de mi vida; otro igual me había sido dado años antes 
por un pobre huaso a quien había yo regalado un par de pan- 
talones usados de ante, en época para él angustiosa. 

— Vengo quejoso contra usted, fueron las primeras pala- 
bras que me dirigió aquel Creso chileno, por sus riquezas y 
muy superior al romano por sus virtudes. Al natural, ¿por qué?, 
de mi solícita respuesta, me contestó con cariñosa seriedad: 
porque ya van para cuatro meses que usted volvió a Chile, y 
por no querer cobrarme lo que le debo, sigue usted, a pesar 
suyo, esclavo de los destinos públicos. — Válgame Dios, se- 



RECUERDOS DEL PASADO 141 

ñor don Matías, repuse, ¿deberme usted algo a mi? — Y qué 
trascordado está usted, contestó; voy a ver si puedo refrescar 
su memoria; y cogiéndome amistosamente la mano, se ex- 
presó de tal modo, que me hizo reconocer, aunque con ver- 
güenza mia, que yo fui aquel de la dádiva de los calzones de 
ante y él el que los había recibido. 

Excuso referir cuánto hizo, desipués de esta entrevista, 
aquel noble y agradecido corazón en obsequio del antiguo re- 
partidor de ropa usada, para limitarme a decir que he consi- 
derado ineludible conmemorar este corto episodio de mi vida, 
para que pueda completarme con él el cuadro de las relevan- 
tes prendas que adornaron al incansable servidor de la indus- 
tria y del comercio patrios, a don Matías Cousiño, para quien 
la presencia del que le conoció pobre, muy lejos de afrentosa, 
era un elogio, lo que nunca acontece entre vulgares corazones. 



CAPITULO IX 

Revoluciones. — Guerra de Santa Cruz. — Fusilamiento en Cu- 
rico. — Lo que cuesta viajar sin pasaporte. — A lo que ex- 
pone una mentira aunque sea a tiempo. — Lance a San 
Carlos y mi juga para La Rioja. — Riquezas naturales que 
se encuentran entre San Carlos y Famatina. — Momias. — 
Petrificaciones. — Chilecito de Famatina. — Comercio en 
Chile. — Precios de los ganados. — Tabaco y su contraban- 
do. — Falsa designación de un solo tronco a las cordille- 
ras. — Errores del geógrafo Napp sobre la elevación y ba- 
se de los Andes. — Lo que vale pintar santos. — Desastro- 
so regreso a Chile. 

Mal hubieran cumplido los pueblos americanos con la 
mente que les impulsó a correr los azares de la sangrienta lu- 
cha que dio por resultado su «mancipación política, si des- 
pués de despedazar el yugo de Castilla hubiesen permaneci- 
do estacionarios. 

Aquel grande acto aconsejado por la razón, por la justi- 
cia y por los más sanos principios de la ley natural, tenía dos 
forzosas fases: el triunfo en la lucha y la organización en la 
independencia; entidades ambas que debían completarse en- 
tre sí y formar juntas un todo indivisible. 

Ya las repúblicas hermanas habían entrado de lleno en 
la segunda fase, aunque por una desgracia de sencilla expli- 
cación, ostentaban todavía el espectáculo conmovedor de 
desastrosas guerras intestinas, en las cuales luchaba cuerpo 
a cuerpo el patriotismo organizador más o menos exagerado 
contra las exigencias avasalladoras del patriotismo del solda- 
do. Y no podía ser de otro modo, atendido el carácter y las 
tendencias generales del corazón humano. 

Muy recién entradas en la carrera de naciones indepen- 
dientes, y sin más antecedentes preparatorios para ocupar con 
debida dignidad tan alto puesto, que aquellos que les dio el 
triunfo obtenido contra las tropas peninsulares, era natural 
que los victoriosos guerreros proclamados Padres de la Pa- 
tria pretendiesen los honores de organizadores y aun de je- 
íes supremos de Jos Estados que debían a sus esfuerzos su 



144 VICENTE PÉREZ ROSALES 



temprana existencia . Mas, como los calificados militares eran 
tantos, y no fuese posible crear un Estado aparte para cada 
uno de ellos, ni mucho menos tardar niíis tiempo que el co- 
rrido entrar en pleno goce de las imprescindibles garantías 
soaiales que aseguran al individuo, junto con la vida, la li- 
bertad y la hacienda, los pueblos, sin desconocer los méri- 
tos de .su.s guerreros, solicitaron de la toga y de la pluma lo 
que no les era dado conseguir de la rústica espada del .solda- 
do, por templada y gloriosa que ella fuese. De aquí la lucha 
fratricida que hasta ahora se perpetúa en algunos Estados 
republicanos, y de aquí los trastornos que todavían hacen 
■creer a muchos ilusos europeos, que la voz República sea el 
genuino y único sinónimo de la voz Revolución. 

El motín militar del Callao encabezado por Salaverry el 
año de 1835 contra el presidente Orbegoso, había atraído al 
año siguiente sobre el Perú la sangrienta intervención del 
Pi-esídente de Bolivia, don Andrés Santa Cruz. Tiempo ha- 
cía que este jefe ambicioso y sagaz maduraba la idea de do- 
tar al país mediterráneo que gobernaba, con una salida ma- 
rítima que, poniéndole en contacto más directo con el mundo 
mercantil, facilitase el expendio de los ricos y variados pro- 
ductos de su precioso suelo. 

Habíasele, pues, presentado propicia ocasión para el lo- 
gro de sus deseos; pero, mal aconsejado por la ambición, tuvo 
el desacierto de elegir entre los muchos arbitrios de que siem- 
pre dispone un vencedor, el único que podía alarmar al veci- 
no Chile, al ver que se alzaba de repente en su propia fronte- 
ra el poderosísimo Estado que, con el nombre de Confedera- 
ción Perú-Boliviana, resucitaba al antiguo Perú con todo el 
poderío que a su extensión y a sus riquezas les correspondía 
sobre los demás Estados del Pacífico. 

Este motivo y otros, que por muy narrados por competen- 
tes plumas excuso repetir, ocasionaron la declaración de gue- 
rra hecha a Santa Cruz por el Gobierno ciiileno el 26 de di- 
ciembre de 1836, declaración a la cual el orgulloso boliviano 
contestó un mes después con la pública y solemne erección 
del nuevo Estado, cuya existencia rechazaba la política chi- 
lena. 

Para consolidarle, conjurando al mismo tiempo la tor- 
menta que le amenazaba desde el sur, contaba el astuto San- 
ta Cruz con sus antiguas relaciones en Chile, con el descon- 
tento de los vencidos restos del partido pipiólo, y, sobre todo, 
con el indignado militarismo, al que el genio organizador del 
insigne hombre de Estado don Diego Portales había asesta- 
do, no hacía mucho tiempo, un golpe mortal. Con semejan- 
tes elementos de trastornos políticos en su propio seno, obli- 
gado Chile a recorrer en el extranjero los azares de una gue- 



RECUERDOS DEL PASADO 145 



rra inesperada, para asegurar su amenazado porvenir, y a 
sostener a todo trance la paz en el hogar, nada tiene de ex- 
traño que el año de 1837 principiase su curso con los tristes 
atavíos de guerra en el extranjero, de estados de sitio y de 
consejos de guerra permanentes en el interior. 

A Mortales, a ese padre de la moderna patria, que por mal 
comprendido era entonces tan detestado cuanto venerada fué 
su memoria después hasta por sus más encarnizados enemi- 
gos, se debieron esas medidas de insólito rigor y de firmeza 
que aplastaron la hidra revolucionaria en cuantas partes se 
atrevió a alzar su antipatriótica cabeza. 

Ese genio que pagó con sus riquezas y con su propia vida 
la merecida fama de que hoy goza, había exclamado en un 
momento de abnegada exaltación: — Si mi padre se metiese 
a revolucionario, a mi mismo padre haría fusilar. Portales 
nunca prometió hacer lo que no tenía ánimo de cumplir. 

Estábamos, pues, en plena época de terror, cuando, dejan- 
do a mis sirvientes el cuidado de hacer repechar cordillera 
adentro los ganados que conducía a Chile desde San Luis, me 
adelanté para llegar a Curicó, capital de la antigua provin- 
cia de Colchagua, que gobernaba entonces en calidad de in- 
tendente, el conocido y eminente escritor americano don An- 
tonio José de Irisarri. 

Al entrar en la plaza principal de este pueblo, plaza que 
más parecía potrero que otra cosa por su desgreño, en la cual, 
como en todas las demás aldeas rurales de Chile, sólo se veía 
una pobre iglesia parroquial, una sucia cárcel, tal cual edifi- 
cio de mezquino aspecto, y por todo adorno de su empastado 
piso, una angosta vereda de menudas piedras, que, formando 
crucero, así servía para evitar el fango del invierno como el 
polvo del verano, encontré tanta gente reunida, que, excitada 
mi curiosidad, no pude menos de detenerme a averiguar el 
motivo de tan inusitada concurrencia. Más me hubiera va- 
lido pasar de largo, pues nunca me imaginé que a mi llega- 
da a Chile, lo primero que había de llamar mi atención fue- 
se ¡un patíbulo! Observé con horror que la gente se agrupa- 
ba, mustia y silenciosa, al frente de tres banquillos que, cus- 
todiados por algunos granaderos, iban a servir en aquel ins- 
tante de funesto y último asiento en la vida a otros tantos 
distinguidos caballeros que un implacable y brutal consejo de 
guerra había condenado el día anterior a ser pasados por las 
armas. 

Conatos revolucionarios, que tal vez hubiera podido ani- 
quilar la reclusión o el destierro, iban a llevar al patíbulo im- 
pulsados por la mano de hierro de esto que llamamos justicia 
humana, a los conocidos vecinos don Manuel Barros, don 
Faustino Valenzuela y don Manuel José Arriagada. 



14G VICENTE PÉREZ ROSALES 

Al toque de las diez, la corneta di^l destacamento de gra- 
naderos, guardia privada del jefe de la provincia, anunció 
con su habitual y destemplado acento la llegada del momen- 
to supremo, y un instante después, cargados de grillos y ro- 
deados con el aterrador aparato de costumbre, aparecieron en 
la portada de la cárcel las victimas cuya muerte iba a anegar 
en llanto y cubrir con la negra túnica del luto a tantas ino- 
centes familias. 

Lleno de espanto y el corazón henchido de tristeza, pi- 
qué convulso los ijares de mi caballo, volvi las riendas y me 
lancé al galope hacia la casa de Labarca; mas, aún no había 
llegado a ella cuando un estruendo de fusilería anunció al 
pueblo consternado el sangriento desenlace de este funesto 
drama. - *l 

Variados e incoherentes son los lances del tragicómico 
drama de la vida humana que con tanto afán representamos. 
Marchaba lleno de alegría a terminar un simple negocio mer- 
cantil, y tuve que atravesar, para llegar a mi destino, por en- 
tre el horror que infunde y las lágrimas que arranca el fúne- 
bre aparato de un cadalso político. Cinco días después, sobre 
aquella espantable decoración y sus tétricos atributos, habla 
ya caído otro telón que representaba la más imponente y vir- 
gen naturaleza. La inmensa meseta de los Andes, aquella 
blanca sábana de heladas alturas que se extiende dilatada y 
resplandeciente en la región del norte del elevado pico del 
Planchón, reemplazaba la estrecha y mustia plaza del ate- 
morizado Curicó. La marcha acompasada del adusto solda- 
do verdugo había cedido su lugar a las desordenadas carre- 
ras y encontrones de jinetes ocupados en apartar ganado, y 
el lastimero acento del sacerdote que exhorta a bien morir, 
a la grita' atronadora y la algazara del diestro huaso, cruzan- 
do en su corcel como un celaje tras el ganado bravio, las li- 
bres planicies de la sierra. ¡Así va el mundo! Los lances su- 
ceden a los lances, y tras éstos llegan otros nuevos, hasta que 
carga al fin con el cómico y con el espectador, quien carga 
siempre con todo lo creado. 

En la época a que me refiero, aún no se habían habili- 
tado los boquetes cordilleranos del sur para la libre interna- 
ción de ganados argentinos. Aquellos que se importaban, que 
eran, sin embargo, muchos, porque son siempre inútiles las 
prohibiciones que pueden eludirse sin peligro, se traían a 
hurto de la autoridad local. Al vendedor, que nada tenía que 
hacer en Chile, incumbía poner las reses en cargadero, y al 
comprador residente, el correr con lo demás. 

Terminadas el 20 de abril mis operaciones de vender ga- 
nados en los corralones que forman las antiguas lavas del Pe- 
teroa, dejé mi gente a los compradores para que les ayudasen, 



RECUERDOS DEL PASADO 147 

y acompañado de un solo sirviente, emprendí apresurado via- 
je hacia el boquete de las Yaretas, para que la primera ne- 
vazón tempranera que, cerrada y obscura, se extendía ame- 
nazadora sobre aquellas áridas alturas no me cerrase el paso; 
y ya pisaba contento las primeras aparragadas verduras, que 
como manchas se encuentran aquí y allí diseminadas en las 
faldas orientales de la cordillera, cuando vino a turbar y a 
cortar el hile de mis alegres ilusiones mercantiles el aspecto 
de cinco sabanillas lacres, guardias volantes de los volantes 
resguardos de ultra cordillera. Eran en general los tales sa- 
banillas lacres, llamados así por usar vestuario de bayetilla 
de color simbólico de sangre, los soldados federales de San 
Juan y de Mendoza, tunantes de tomo y lomo, cuya arbitra- 
ria jurisdicción en aquella época los hacía tanto más temi- 
bles cuanto más distantes se encontraban de los centros de 
población. 

Acercáronse a mí armados de lanza, y cuando les dije, 
que iba a Chile, me pidieron el pasaporte. Desgraciadamente, 
la impresión que me habían dejado en -el alma los recientes 
fusilamientos en Curicó, los cortos instantes que estuve en 
Chile, y, sobre todo, la urgencia de despachar mis ganados 
antes que me sorprendiesen las nieves, ni siquiera me habían 
dado lugar para pensar en solicitar de las autoridades chile- 
nas tan estúpido papelucho: y esta omisión de trámite, no só- 
lo vino a concluir con todas mis ilusiones, sino que llegó a es- 
tar a punto de hacerme perder la misma vida. 

No sólo en Chile reinaba la época del terror por causas 
políticas. La desconfianza y el asesinato, la inseguridad y 
el patíbulo, eran en las provincias argentinas la peste asola- 
dora que, alimentada por el fogoso espíritu de los dos opues- 
tos partidos, Unitaric y Federal, todo lo avasallaba; y si en 
Chile revestían los patíbulos togas legales, raras veces se dis- 
pensaba en la otra banda a la brutal cuchilla del verdugo ese 
triste disfraz. 

Los horrores de aquella guerra fratricida habían obliga- 
do a buscar asilo fuera del país a multitud de calificados ar- 
gentinos, los cuales, pugnando, como era natural, por volver a 
su patria, no perdonaban ocasión de hostilizar a sus perse- 
guidores políticos, ya con sus escritos, ya con sus intrigas, o 
ya con cuantos medios les permitía echar mano la impoten- 
cia a que estaban reducidos. 

Era, pues, preciso pisar muy precavido en aquellos terre- 
nos, porque de la sospecha a un mal juicio, y de éste al pa- 
tíbulo o a la completa confiscación de bienes, no había más 
que un solo paso. 

Rosas, cuyo poder había quedado sin contrapeso con la 
violenta muerte de aquel Quiroga que por sus atrocidades me- 



148 VICENTE PÉREZ ROSALES 



recio el nombre ele Tigre de las Pampas, sólo había conserva- 
do al frente de cada una de las provincias o Estados sobre los 
cuales ejercía .su diclatürial poder, a los más ciegos y feroces 
instrumentes de su absoluta voluntad, y en Mendoza, bien 
que con el especioso título de general de la frontera del Sur 
en San Carlos, gobernaba Aldao. 

Era éste aquel terrible y obeso fraiión franciscano cuyo 
sanguinario arrojo había a todos espantado cuando, en ca- 
lidad de segundo capellán del ejército de los Andes, al man- 
do del general San Martín, se presentó al coronel Las Heras, 
bañado en sangre vertida por su propia mano en el encuen- 
tro de la Guardia Vieja, camino de Uspallata. 

Sátiro arrojado y brutal en sus primeros años, granadero 
feroz y sanguinario después, un verdadero amor, ¡quién lo 
creyera!, había dominado a aquella fiera, y tranquilo, aunque 
mal casado, hubiera permanecido en Chile sí, según lo he oído 
de su propia boca, la curia eclesiástica no le hubiese lanzado 
de nuevo en aquel mar de aventuras, en el que había consu- 
mido ya los dos primeros tercios de su borrascosa vida. 

La vejez, cuando ocupó el mando de la frontera del Sur, 
había ya gastado su energía, y trocado en el año de 1837 aquel 
valor de probado granadero, que a todos espantaba en sus 
primeros tiempos, en la timidez de la más injustificable co- 
bardía. Temía que le asesinasen; de todos a un tiempo des- 
confiaba, y era contado el desconocido en quien no creyese 
divisar un unitario. 

Puede deducirse el mar de apuros en que la falta de pa- 
saporte me lanzaba, por el conocimiento que tenia del terre- 
no en que pisaba; mas de éste, como de tantos otros peligros 
que he corrido en el curso de mi vida, debían salviirme la se- 
renidad y el conocimiento del corazón humano, que Iba ha- 
ciéndoseme ya familiar. 

Dije a mis colorados que era chileno, negociante, que mi 
pasaporte venía sobre la ropa del baúl en la carga que dejaba 
atrás, por creer que sólo lo necesitaría en San Carlos, donde 
pensaba alojarme; que si dudaban de mi verdad, porque vi 
que efectivamente algo sospechaban de ello, allí les entrega- 
ba mis llaves para que en cuanto llegase mi carga se persua- 
diesen de que no tenía por qué engañarlos; que yo entre tan- 
to proseguiría a San Carlos, con tal que ellos me hiciesen el 
favor de no demorarme el macho. 

La ocasión de hacerse de algo de lo ajeno contra la vo- 
luntad o el conocimiento de su dueño, no era para desperdi- 
ciar; a lo menos así lo alcancé a traslucir por ciertas guiña- 
das de inteligencia que se hicieron entre ellos aquellos honra- 
dos militares. Mas no son tan sencillos los cuyanos como sue- 
le parecer. Impusiéronme, pues, arresto, bajo la custodia de 



RECUERDOS DEL PASADO 149 

dos de ellos hasta la llegada de la carga, y los tres restantes, 
áin acordarse de devolverme mis llaves, prosiguieron por la 
senda que acababa de dejar, a seguir cortando, según ellos 
dijeron, nuevos rastros. 

Confieso que en el primer momento me creí perdido. Yo 
no andaba con carga ni con cosa que se le pareciese. En mi 
montura llevaba mi cama, y en las alforjas y maletas ligeras, 
llevábamos, mi sirviente y yo, el resto del equipaje. ¡Adonde 
podía, pues, conducirme mi imprudencia! ¡Adonde mi impro- 
visada mentira! Era evidente que a poco andar habían de vol- 
ver despechados aquellos fariseos y también que mi asunto ya 
no tenia compostura . En este aprieto y apurando el tiempo, 
no me quedó más recurso que buscar en ios ojos de mi fiel 
Manuel un amparo que ni por asomos vislumbraba en mi tur- 
bación. Manuel me comprendió; y una botella de excelente 
anisado que sacó de las alforjas para matar mejor el tiempo, 
no tardó en hacer expansiva y cordial la conversación entre 
los cuatro interlocutores, que un mal acaso tenía reunidos en 
aquel desierto. 

Manuel Campos, abnegado sirviente mío. no era hombre 
vulgar. Hijo de los minerales de Apaita y antiguo salteador 
en los cerrillos de Teño, fué Campos aquel atroz bandido que 
dio tanto en que entender a Urriola, Intendente de Colcha- 
gua, para librar a su provincia de semejante bárbaro; era 
además sagaz contrabandista, y el más diestro baquiano de 
cuantos florecían entonces entre el mentado Chilecito de 
La Rioja y los malales de San Rafael, en las pampas patagó- 
nicas. Habíale yo salvado la vida, sin conocer quien fuese, 
en un angustioso trance, y este servicio que hasta las fieras 
agradecen, había obrado tal transformación en las tenden- 
cias de su extraviado corazón, que. sin dejar de ser feroz y 
atrevido para con todos los demás hombres, era suave, cari- 
ñoso y hasta cobarde para conmigo. 

Llegados los alegres bebedores al término de echar bra- 
vatas y de contar proezas, una expresiva mirada de Manuel 
me hizo echar mano a la pistola del bolsillo que siempre me 
acompañaba, y mientras él, lanzado como un rayo sobre su 
inmediato y desprevenido interlocutor, le oprimía derribado 
contra el suelo y le arrancaba el puñal, yo con ademán re- 
suelto ofrecí a su sorprendido compañero una onza de oro 
o una bala por sus dos caballos ensillados. Excuso referir el 
espanto que se apoderó de estos dos infelices agentes del po- 
der con un acto de agresión tan violento cuanto inesperado. 
Cerróse el trato por la onza de oro, y un momento después, 
porque no había un solo instante que perder, acollarados mis 
dos caballos de tiro y los dos ensillados que nos habían con- 
ducido hasta aquella ratonera, cabalgando sobre los pilones 



150 VICENTE PÉREZ ROSALES 

que acabábamos de comprar, emprendimos la más violenta 
fuga que la necesidad de conservar los animales de remoni 
que llevábamos nos permitió adoptar (1) . 

Patentizóse de nuevo aqui adonde puede conducir un ac 
to de la más insignificante impremeditación en ciertas cir 
cunstancias de la vida. La simple omisión del trámite del pa 
saporte me obligó a mentir, la mentira produjo mi arresto, el \ 
arresto casi me condujo al crimen, y el acto que dio margen ! 
a mi fuga, pudo haberme llevado hasta el patíbulo. 

Puesta mi suerte en manos del sagaz Manuel, me limité 
a seguir sus indicaciones, que. por lo pronto, no fueron otras 
que las de no perdonar la espuela y el rebenque para alejar- 
nos de aquel lugar, donde quedaron renegando ios vendedo- 
res de caballos. Nos constaba que habíamos de ser activa- 
mente perseguidos por el rastro que dejaban las pisadas de 
nuestros caballos, y sabíamos también que estábamos en un 
país donde el arte del rastrero, sólo comparable con el ins- 
tinto del perro perdiguero, había llegado a los términos de lo 
sublime; pues es fama, aunque parezca ridículo contarlo, que 
hasta si es viejo o mozo el perseguido, descubre por el ras- 
tro un buen rastrero. Mas, como contra esos siete vicios, co- 
mo suele decirse, hay siete virtudes, mi buen Manuel, que no 
era en esta la primera vez que había sido perseguido, em- 
pleaba las que él conocía en cuantas partes encontraba oca- 
sión propicia para hacerlo. 

Cansados las pilones en que cabalgábamos con un furio- 
so galope de cuatro hora^ por las perversas sendas y altiba- 
jos que median entre el pueblo o fuerte de San Carlas y los 
segundos escalones de la sierra, caminamos al tranco un cuar- 
to de hora, hasta que dimos con el principal arroyo que se 
desprende de la cordillera para engrosar con sus aguas las del 
Tunuyán. Dentro del agua cabalgaduras y jinetes, sin salir 
de ella, saltamos a nuestras primitivas monturas, y ocultan- 
do el freno que tascaban cansadas las de los soldados, hici- 
mos andar a éstas aguas abajo cosa de tres cuadras, hasta 
llegar a unas vegas, donde las abandonamos a su destino. De 
allí volvimos por el mism.o camino y proseguimos aguas arri- 
ba, sin desviarnos del centro del estero, hasta que llegados a 
un seco pedrero que ningún rastro podía conservar, echamos 
por él y proseguimos siempre recelosos, pero con menos pre- 
cipitación, nuestra marcha. 

Sin más compañía que la del antiguo demonio, constitul- 



(1) Llaman en las provincias argentinas, pilonar, cortar una 
oreja; y en Mendoza ?? pilonaban lo.s mejores caballos del Ejérci- 
to, como medio más eficaz de evitar, con la fealdad que produce 
la mutilación, el robo tan frecuente de caballos en aquella época. 



RECUERDOS DEL PASADO 151 

do €11 aquel trance en mi ángel tutelar, ni más caballos de re- 
monta que los dos que había traído de Chile, caminamos to- 
do aquel día y parte de la noche, y sólo nos detuvimos a dar 
resuello a nuestros caballos cuando creímos muy dudoso que 
se nos alcanzase. 

Sólo el tercer día de marcha se prendió fuego en nuestro 
alojamiento; al cuarto entramos en la provincia de San Juan, 
alojamos el quinto en Calingasta, aldea indígena de aquellos 
pobres andurriales, y aunque estábamos persuadidos de que 
Benavides, gobernador entonces de San Juan, era harto me- 
nos desconfiado y cruel que fray Aldao, no consideramos ter- 
minado nuestro aventurero viaje hasta no considerarnos en 
la casa del chileno Díaz, honrado minero de menor cuantía 
del pueblo Chilecito de La Rioja. 

Nuestros alimentos hasta entonces, salvo la absoluta ca- 
rencia de pan o de algo que se le pareciese, pues ya había- 
mos dado cuenta de la poca harina tostada que nos quedaba, 
no habían sido por fortuna escasos; sobre todo, desde que pu- 
dimos prender lumbre, porque no conozco país alguno que 
ofrezca con más espontaneidad que éste a la mano del via- 
jero más medios de satisfacer el hambre. A esta feliz circuns- 
tancia, sin embargo, deben los hijos de aquellos casi desiertos 
territorios su desapego a ios trabajos agrícolas, el desgreño 
de sus moradas y el carácter independiente propio del caza- 
dor, para quien es calzado un simple forro de piel de potro, 
el suelo cama y el chiripá cobija. 

El huanaco se entrega a fuerza de ser novedoso; la viz- 
cacha y la perdiz se cogen a palos; el mataco y el sabroso pe- 
ludo, indefensos tatús que pueblan aquellos campos, no impo- 
nen al viajero más trabajo para ser cogidos que el alzarlos del 
suelo, ni necesitan, para ser cocinados, de más cazuela que 
las que forman las pequeñas escamas que los cubren. No hay 
morada, por pobre que ella parezca, donde no se encuentren 
con frecuencia, suspendidos al lado de su entrada, gordos 
cuartos de vaca o de huanaco que están a disposición del ve- 
cino o del viajero. Es tenido por chileno o por hombre mal 
criado aquel que procura remunerar con dinero la carne que 
generosamente se le ofrece. 

Llegados, pues, a Chilecito, y colocados al abrigo de pai- 
sanos, que si son egoístas en su propio país, hacen siempre vi- 
da común en el ajeno, no me quedó por de pronto más que- 
hacer que descansar de las fatigas de mi viaje y esperar la 
contestación a las cartas que escribí a Mendoza, para hacer- 
me de los recursos que allí tenía. Mas, estaba visto que todo 
había de salirme mal en aquel año, porque ni cartas ni re- 
cursos me llegaron. Los deudores cancelan sus cuentas con 



152 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ios miiertoi» cuando no dejan documentos, y con los vivos 
cuando é.slas son perseguidos. 

Obligado entonces a variar el pian de mis negocios, re- 
solví volver a Chile tan pronto como me lo permitiesen las 
nieves de la próxima cordillera; mas como no era posible que 
este viaje se perdiese del todo, mientras se abrian los pasos 
me contraje, ya a estudios y exploraciones que me pusiesen 
al cabo del partido que podia sacar un chileno activo nego- 
ciando con Catamarca y con La Ricja. ya coordinando los 
apuntes y ios recuerdos del viaje que a vuelo de pájaro acaba- 
ba de hacer desde la frontera de San Carlos hasta La Rioja. 

Pocos territorios conozco que sean más interesantes y que 
estén menos explorados que éstos, que un ingrato acaso me 
hizo recorrer desde el grado 20 hasta el 24 de latitud austral. 
Las riquezas minerales que entre estas dos latitudes encierra 
la larga zona del recuesto oriental de los Andes, desde la linea 
inferior de las nieves eternas hasta la base sobre que se alzan 
las segundas alturas de esta tierra son tales, que bastarían 
ellas solas, al abrigo de la paz, para asombrar al mundo mi- 
nero con los tesoros que la pródiga naturaleza ha acumulado 
en ella. Posteriores correrlas más al norte del grado 24, me 
han dado después a conocer que esas riquezas, lejos de termi- 
nar en él. parece que fueran en aumento, extendiéndose sin 
término por el territorio de Bolivia adentro 

La carencia absoluta de aquella vegetación que consti- 
tuye el adorno y la riqueza del recuesto occidental de los An- 
des, el aspecto metalizado de los cerros vestidos de los más 
variados y muchas veces resaltantes colores, entre los cuales 
predominan ei rojo, el pardo, el negruzco, el azul, el rosado y 
el cenizo; la formación geológica patentizada con poderosísi- 
mos derrumbes y con los hondos cauces que abren los torren- 
tes en los pequeños planes que le sirven de base; la vista de 
venas metálicas cuyos rodados cubren los caminos como si lo 
hicieran a propósito para mejor manifestarse; todo da allí a 
entender que, andando el tiempo, el virgen suelo de esas re- 
giones para los trabajos agrícolas no será ia única fuente de 
sus inagotables riquezas. 

Sin, embargo, sobre esta muda pero rica naturaleza, si- 
gue pasando hasta ahora como un celaje en pos del avestruz 
o del huanaco, el caballo del diestro cazador de las montañas, 
sin que sospeche siquiera, el que lo guía, los tesoros que pisa 
y deja atrás. 

Sobre el recuesto andino que mira a Mendoza y a San 
Juan tuve ocasión de atravesar en mi fuga por sobre vetas, 
vetarrones y rodados, que, examinados sin angustia en mis 
viajes posteriores, resultaron ser unos de purísima galena, 
otros de galena argentífera, de plata arsenical con chispas de 



RECUERDOS DEL PASADO 153 

rosicler y filamentx)s de plata nativa, de cloruros como en la 
tierra de la Huerta, y otros de cobre de subida ley, cuyos de- 
rrumbes tiñen de azul y verde los costados de los cerros de 
donde se desprenden. 

En Gualilán se encuentra el oro en gangas calizas. Déja- 
se ver en varias partes el níquel, y -en muchas otras el sulfa- 
to de alúmina, y recuerdo que al ensillar mi caballo una ma- 
ñana, vine a conocer, por la resistencia que opuso el freno al 
separarse del suelo, que el piso negro y liso donde habíamos 
alojado no era otra cosa que una enorme masa de fierro 
magnético. 

Pasada la provincia de San Juan, les metales de La Río- 
ja asumen en general el carácter de nativos, lo que hace que 
el afamado distrito de Famatina sea tenido por uno de los 
más ricos del mundo. En él el oro se encuentra en criaderos 
de toxtura pizarrosa, o libre en las arenas de los ríos. En el 
Cerro Negro, a inmediaciones de Chilecito, se encuentran las ' 
más ricas minas de cloruros, de sulfatos de plata y de rosi- 
cler; y en Tagué, cobre nativo, piritas de cobre y níquel roji- 
zo. De carbón mineral sólo encontré rastros al atravesar la 
mayor quebrada que estría la sierra de Pie de Palo en la pro- 
vincia de San Juan. En Huaco, de la misma provincia, exis- 
ten aguas termales llamadas Hediondez y vertientes de agua 
salada. 

Pero si las minas metálicas abundan en esos lugares inex- 
plorados, no sucede lo mismo con aquella mina más perma- 
nente, que siempre anuncia la presencia de los bosques. Ar- 
boles no se encuentran ni en las altas ni en las bajas mese- 
tas del recuesto oriental de los Andes, situado al norte de 
Mendoza . 

En ellos, y no en grupos apiñados sino muy dispersos, só- 
lo se ven el algarrobillo, el chañar espinudo, la farilla y la 
retama, arbustos cuyas maderas no se prestan al uso de las 
construcciones. Abundan en las faldas tendidas las gramas 
que aquí llamamos cepilla y coironcillo, excelentes forrajes 
para toda clase de ganados; y en las vegas y márgenes de los 
ríos, la totora, la cortadera y la chuca. Pero así como esca- 
sean los vegetales para el uso del simple industrial, no sucede 
lo mismo para el botánico, a cuyos ojos hasta el musgo tiene 
sus atractivos. Tan sólo con las cácteas podría formarse una 
envidiable colección. He visto monstruosos y aparragados al 
lado de colosales columnarios, cuyos vastagos armados de ace^ 
radas giiiscas, no tenían menos "de pie y m^dio de diámetro. 
Pin cuén Ira liso también varias especies de nopales, bien que 
de menores paletas que I0.3 nuestros, y que ya la industria co- 
mienza a utilizar, criando en ellos la cochinilla que se ex- 
pende con el nombre de grana. Hay cácteas que por su peque- 



154 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ñez pudiéramos llamar microscópicas, y abundan otras que 
parecen, por lo débiles y delgadas, cordeles articulados. 

Ya he indicado cuánto abundan los animales de cacería, 
y ojalá no sucediese otro tanto con las víboras ponzoñosas, 
que son el terror de los noveles viajeros en sus forzosos aloja- 
mientos a cielo raso, y con los molestísimos enjambres de vin- 
chucas, que. cuando hartas de sangre, más parecen guindas 
que vinchucas. 

Entre la volatería llaman mucho la atención, la muy pe- 
queña y donosa tortolita otrabandeña, que frecuenta hasta 
los patios de las habitaciones de los pueblos, y las pequeñas 
y verdes nubecitas de catas, que a veces forman en medio 
de los terrenos más áridos vivos prados de verduras, y otras 
hacen creer que los árboles, despojados de todas sus hojas 
en medio del invierno, están, por la lozana verdura que ac- 
cidentalmente les cubre, en plena primavera. 

En una de mis correrías alojé frente al cerro del Azufre 
dentro de una curiosa gruta que, cubierta de vistosas crista- 
lizaciones y estalactitas, servía de rústica catacumba a cinco 
momias de indios que yacían, al parecer de tiempo muy atrás, 
colocadas allí por la mano de algún piadoso deudo. Estos es- 
queletos, perfectamente conservados y que descansaban, pues- 
tos en cuclillas, sobre un tejido de esparto casi deshecho por 
la acción del tiempo, parece que debiesen su conservación, co- 
mo lo confirma la presencia de los muchos caballos secos que 
los viajeros, por entretención, dejan parados para que parez- 
can vivos en las cordilleras, a algún fluido que existe en la 
atmósfera y el cual paraliza la fermentación pútrida, pues no 
puede atribuirse sólo a la temperatura, que es ardiente mu- 
chas veces en la misma sierra, semejante fenómeno. 

Otro fenómeno llamó también mi atención, y es la pre- 
sencia de petrificaciones, que, por lo circunscrito del lugar 
donde se encontraban y lo delicado de los objetos petrifica- 
dos, da a entender que la petrificación ha sido instantánea. 
He recogido muestras curiosísimas de ganchos de algarrobo 
petrificados hasta sus más menudos extremos, algunas cuca- 
rachas en actitud de marchar, y una gruesa oruga roedora, 
en la oquedad de un palo igualmente convertido en sílex. 

Chilecito de Famatina, centro de mis continuas correrías 
y hospitalario villorrio de La Rioja, no debe sólo su existencia 
al riquísimo distrito minero donde tiene su asiento, sino tam- 
bién a ios esfuerzos siempre activos del andariego e industrio- 
so chileno, que nunca considera a qué país se dirige, con tal 
que en él encuentro utilidad: ni hay rincón territorial donde 
viva con olin.s chiirno.s qiio no ))autice con el nombre de Chi- 
lecito. 

Aunque la alta planicie donde se encuentra colocado este 



RECUERDOS DEL PASADO 155 



pueblo minero agricultor no baje de 3,000 metros sobre el ni- 
vel del mar, su clima es grato y sano. El mineral de Famatina 
está situado en la gran sierra del mismo nombre, ia cual es 
uno de los poderosos cordones que ensanchan y hacen perder 
su aparente unidad a la cadena del sistema andino en aque- 
llas latitudes. Sobre la aproximada mitad de este cordón se 
alza el imponente nevado de Famatina, cuyas faldas orien- 
tales ostentan sobre prodigiosas alturas sus afamadas minas; 
pero no hay una sola de éstas que tenga trabajos formales, ni 
deja rastro de que los haya tenido que los que dejó aquella 
gran compañía minera nacional y extranjera fundada en 1824 
a costa de tantos caudales y de sacrificios y que cupo al feroz 
Quiroga la fea nombradla de destruir con el asesinato del 
profesor Von der Hoelten, que regentaba los trabajos. ¡Cuán- 
ta riqueza abandonada en ese solo cerro cuyos ríos se consi- 
deran Pactólos, y cuyo cuerpo desde las boca-minas de San- 
to Tomáis del Espino, que yacen al nivel de las nieves perpe- 
tuas, hasta su base, está lleno de los más ricos minerales de 
oro, de plata y de cobre! Pero para qué maravillarse del aban- 
dono o de la incuria en que yacía entonces la industria mi- 
nera, cuando la agrícola se reducía a arañar el suelo con ras- 
trones de algarroba o con arados antediluvianos, a segar las 
mieses con cuchillos y a llevar las gavillas sobre rastras de 
cuero al lugar destinado para trillarlas, como lo hacíamos 
nosotros, a fuerza de pie de yegua! La industria de las provin- 
cias andinas puede decirse que en general se concretaba en 
1837 a la sola recolección de productos naturales y a su in- 
mediata venta, y nada más. La abundancia.de los medios de 
satisfacer las primeras necesidades de la vida en pueblos rus- ; 
ticos y hasta entonces sin notables aspiraciones, las muy pas- j 
tosas y extensas llanuras y la benignidad del clima para la 
natural propagación de los ganados, daban a esos pueblos el i 
carácter de pastores, y lo eran en efecto. Los Estados medí- ] 
terráneos, Mendoza, San Luis, San Juan, La Rioja y Cata- : 
marca, no tenían por entonces más puertos para el expendio ; 
y salida de sus frutos que Valparaíso, Coquimbo y Copiapó, 
por lo dispendioso del viaje carretero hasta Buenos Aires; así / 
es que no es de maravillarse que se limitase a colectar produc- ' 
tos pastoriles, ya por ser éstos también los únicos que más 
provecho les dejaba en sus cambios con la Repúbhca chilena, 
ya porque el jabón de Mendoza, los cordobanes de San Luis y 
las frutas secas de San Juan no figuraban en el comercio sino 
en mínima escala. No sucedía lo mismo con el tabaco llama- 
do por uno.s corrontino y por otro.s riojano, aunque no .se cul- 
tivaba en grande escala en c.sta úllinuí pruvinciu. De San 
Juan y de La Rioja, verdaderas bodegas o puertos de tránsi- 
to de este artículo, partían todos los años para pasar por so- 



156 VICENTE PÉREZ ROSALES 



bre los inútiles guardas de los puertos secos, o más bien hú- 
medos de nuestras cordilleras, cargamentos de tabaco que no 
han cesado desde tiempo atrás, así como lo han hecho las 
siembras de este vegetal en Chile, de gritar a los gobiernos 
patrios: ¿hasta cuándo se conserva el estanco, esa fea man- 
cha de nuestro sistema de rentas e incalificable azote de una 
industria agrícola y fabril que acepta nuestro suelo, y que a 
despecho de los torpes y tímidos ministros ha de ser »con el 
tiempo una de nuestras principales fuentes de riqueza? 

El precio que tenian entonces los ganados argentinos va- 
riaban según el lugar donde se compraban. En los mátales 
contiguos a las pampas, al sur de San Rafael, la vaca se pa- 
gaba a tres pesos, el buey a cinco, y el caballo a uno y medio. 
En Mendoza, y sobre todo en San Luis, la vaca con cria o sin 
€lla, a cuatro pesos, el buey a siete, el caballo a veinte rea- 
les, y la muía escogida de carga o de silla, a cinco pesos. 

No por estar entretenido en mis viajes y en mis cálculos 
para mis futuros negocios, mejoraba por esto mi condición 
pecuniaria. Ck)ntaba ya tres mortales meses de estación en 
aquellos destierros, en los cuales, para ayuda de costas, tuve 
que poner a contribución mis escasos conocimientos genera- 
les en agricultura, en minería y. sobre todo, en medicina; 
mas, como perdiese del todo la esperanza de que algo me vi- 
niese de Mendoza por conducto del honrado corresponsal que 
tenía en aquella plaza, antes de quedar en paz y sin recursos, 
a pesar de la oposición y de las reflexiones de mi buen Cam- 
pos, me resolví a hacer la hombrada de intentar el paso de 
los Andes por Pulido, boquete donde las nieves perpetuas se 
estacionan a más de mil metros de altura sobre la línea de 
las permanentes del Planchón. 

Agotados en los preparativos los recursos que me queda- 
ban, y sin seguir más con.sejos que los que me daba la presun- 
ción o la confianza que en mis fuerzas tenía, emprendí el pa- 
so de la sierra de Famatina, el cual, a pesar de las nieves, lo- 
gré vencer. Al trasponer aquellas heladas y blancas rambres 
que con mi ningún conocimiento de las cordilleras en esa la- 
titud, creía que fuesen la línea divisorici que nos separa de 
las provincias argentinas, no pude menos de echar mirada 
como de vencedor sobre mi silencioso sirviente, quien se con- 
tentó con decirme con tristeza: "Bueno pues, patrón, usted 
sabrá lo que hace, que en cuanto a mí, ya sabe que muero 
donde usted muera, porque todavía estamos principiando el 
viaje". 

En efecto, franqueada la elevada altiplanicie que se en- 
cuentra al poniente de la sierra de Famatina. la sucesión más 
o menos ordenada de los erguidos picazos que se notan en 
ella me dio a entender que era otro cordón que guardaba cier- 



RECUERDOS DEL PASADO 157 



to paralelismo con el anterior; y prosiguiendo mi marcha, no 
tardó en desarrollarse a mi espantada vista otra imponente 
y prolongada sierra que, con el' nombre de Guandacol, corre 
paralela con la que acabábamos de dejar al poniente, for- 
mando con ella caja al profundo valle por donde corren las 
aguas del Bermejo. 

Después de cinco días de tenaz porfía en mi angustioso 
viaje, detenido por las nieves, empujado por los vientos hu- 
racanados que, alzando penachos de nieve sobre aquellas des- 
lumbradoras alturas, muchas veces arrojan al jinete y el ca- 
ballo en hondos precipicios; sin víveres para esperar mucho 
tiempo allí, ni caballo que pudiese soportar nuevos repechos, 
tuve, mal de mi grado, que volver atrás, y siguiendo, hasta 
salir del cajón, el curso del Bermejo, buscar asilo en el pue- 
blecito de indios de Calingasta, donde terminó mi mal an- 
dante retirada. 

Muy equivocados están ios escritores que tratan de la geo- 
grafía de América cuando, guiados por el trazado más o me- 
nos antojadizo de los mapas generales, dan por sentado que 
la gran cordillera de los Andes es desde su entrada a Chile un 
cordón continuo hasta las aguas del estrecho magallánico. Ni 
hay tal cordón, ni tal continuidad, sino en la medianía, y és- 
ta no alcanza a abarcar la cuarta parte de la extensión que 
se da al todo de la sierra chilena. 

Desde San Juan, por el norte, ya se nota la anchura gra- 
dual de la base oriental de los i^ndes en esas latitudes, y tam- 
bién la aparición de extremos de cordones, que, sin dejar de 
ser contrafuertes de un tronco principal, parece que siguieran 
un runibo paralelo a él. Estos extremos, convertidos después 
en cordones parciales con nevados picazos, dejan tales y tan 
elevadas planicies entre unos y otros, que al llegar a las lati- 
tudes de Atacama y de Antofagasta no atina el viajero que 
se encuentra en ellas, a asegurar que está en la sierra o los 
planes, a pesar de encontrarse sobre alturas superiores a las 
que ostentan muchos de los nevados del sur de Chile sobre el 
nivel del mar. 

A la simple vista del hombre medianamente acostumbra- 
do a fijar posiciones geográficas en sus viajes, las cordilleras 
riojanas exhiben tres cordones principales dotados de pode- 
rosos nevados y separados entre sí por altísimos valles, el cor- 
dón de la sierra de Famatina, sobre el cual se alza el impo- 
nente gigante del mismo nombre, con una altura, según el 
malogrado Von der Hoelten, de más de 6,000 metros sobre el 
nivel del mar; el de Guandacol, y el que indica el divorcio de 
las aguas entre las dos repúblicas; mas, no se crea que la an- 
cha ba¿e oriental de la cordillera termina al fin de los recues- 



158 VICENTE PÉREZ ROSALES 

tas del Famatina, porque miis al' oriente aún he tenido oca- 
sión de pasar la sierra de Velazco, que corre casi paralela a 
la anterior, con una altura media como de 2,000 metros. 

En mi viaje tuve ocasión de notar el singular fenómeno 
de que los recuestos de todos estos cordones laterales son más 
escarpados al poniente que al oriente. 

Compaginando los apuntes de mis recuerdos y relacio- 
nándolos con mis posteriores viajes, puedo asegurar que es 
enteramente antojadiza la aserción del escritor Napp, en su 
República Argentina, al sentar en la página 67 de esa obra 
que "al sur del grado 32, la meseta andina se estrecha convir- 
tiéndose al fin en cresta que, disminuyendo gradualmente, se 
extiende hasta el extremo meridional del continente". Al sen- 
tar como cierta semejante inexactitud, el buen Napp, o ha 
obedecido al propósito que se perseguía entonces de estrechar 
el territorio chileno en aquellas latitudes, o ha creido oportu- 
no sancionar por escrito, como exacto, los muchos desaciertos 
que luce su mapa de la República Argentina en la designación 
de sus fronteras con la República chilena. La altura no co- 
mienza a disminuir desde el grado 32, como él lo sienta, pues- 
to que el cerro del Juncal, que está casi sobre el grado 24, es 
superior en altura a la que se presupone alcanza el nevado de 
Famatina, y casi enteramente igual a la que se asigna al' Yu- 
yaillaco, situado mucho más al norte, entre los grados 24 y 
25, sin contar con que el gigante del sistema andino, el Acon- 
cagua, se encuentra casi sobre el grado 33. La verdadera dis- 
minución progresiva de la altura general del tronco de la sie- 
rra, comprendida entre los grados 24 y 34, comienza en este 
último, y sigue disminuyendo con notabilísimas desigualdades 
hasta terminar en los mares del Cabo. Pero si es cierto que 
disminuye su altura sobre el nivel del mar, también lo es que 
su anchura, en vez de convertirse en la supuesta cresta, del 
escritor germano-argentino, cobra tal extensión sobre su ba- 
se, que parece muy superior a la del norte, como lo acreditan 
las alturas de los cerros de nuestros archipiélagos, verdaderos 
arranques de la cordillera, y las exploraciones de nuestros ma- 
rinos en los ríos Huemules y Aysen, entre los grados 45 y 46 
de latitud austral. 

Volviendo al hilo de mi interrumpida relación de viaje, 
era entonces Calingasta lo que fué en otro tiempo nuestro 
Santa Cruz, y sus modestos y apacibles habitantes, dueños 
todos de pequeñas heredades rústicas, así trabajaban como 
mineros en las minas de oro del mentado Gualilán, como en 
calidad de agricultores en sus tierras. Calingasta era en mi 
tiempo uno de los lugares obligados para los depósitos de ta- 
bacos que saltaban después, como por encanto, la cordillera 
para llegar a Chile; así era que abiertos los pasos de la sie- 



RECUERDOS DEL PASADO 159 



rra por los meses de octubre, con la llegada de los chilenos al 
lugarcito, se observaba en el mismo movimiento que reina- 
ba en Valparaíso cuando la llegada y la salida de los vapores . 

Solicité y obtuve hospitalidad en casa del sencillo y mo- 
desto Gómez, viejo chileno y antiguo vecino de aquel lugar, 
donde, a más de haberse casado, había adquirido tan a lo 
vivo el" sonsonete del cuyano, que no dejaba palabra del dic- 
cionario a la que no le diese el canto del esdrújulo. 

Tendí mis pellejos bajo la tupida enramada de algarro- 
bos que el hospitalario paisano designó para mi dormitorio; 
y -después de hartarme de hapi frío, especie de jalea de maíz 
a medio majar y muy cocido, que se puso a mi disposición, 
dormí como si descansase en el lecho del príncipe de Astu- 
rias, no embargante el diluvio de tremendas vinchucas con 
que estaba plagado mi nuevo domicilio. 

Cambalaché al día siguiente mis siete estropeados caba- 
llos por dos robustos alazanes y una excelente muía; y para 
alentar la confianza de mi huésped, regalé a su señora una 
cuchara de plata, último resto de la antigua Roma que aún 
me quedaba en la maleta. 

El octavo día de mi fastidiosa residencia en Calingasta. 
pues sólo me ocupaba en averiguar cuándo me permitirían las 
nieves salir de mi destierro, tuvieron el buen Gómez y su ama- 
ble esposa la amabilidad de dejarme de dueño de casa m.i€n- 
tras ellos iban al Albardón. Triste, sentado en un banquillo, 
los pies al sol y la mente en Chile, vagaba mi imaginación por 
todas partes, cuando topó mi vista con una imagen relígio- 
vsa que, grabada sobre una antigua y sucia hoja de papel, se 
encontraba sujeta con una espina de algarrobo en la cabe- 
cera del catre nupcial de la feliz pareja que me hospedaba. 
Por vía de pasatiempo se me ocurrió dar una mano de colo- 
rido a Nuestra Señora del Carmen, que era la imagen que en 
aquel papelucho se representaba; y como nunca ha dejado de 
acompañarme en mis correrías otrabandeñas una cajita de 
odores de agua que me servía para enriquecer mi colección 
de vistas y de curiosidades naturales de difícil conservación, 
ocudí a ella, y un momento después ya estaba terminado mi 
trabajo y vuelta a su primitivo lugar aquella terrible obra de 
arte, que asi pintada y a lo lejos, más parecía un rey de oros 
que otra cosa. 

Encontrábame en mi alojamiento departiendo con mi fiel 
Camoos. cuando a poco de estar en la casa los recién llega- 
dos del Albardón, les vimos salir de estampido puerta afuera, 
gritando el uno: ¡Milagro! y el otro: ¡vengan a ver. . .! A las 
voces salimos también corriendo y como ni yo me acordaba 
de la mano de colorete que había dado a la imagen, ni ellos 

Beouerdo. — 6 



160 VICENTE PÉREZ ROSALES 

sospechaban, por mi facha, que bajo aquella manta se en- 
contraba un buen pintor, no es de maravillar que al principio 
los gritos me asustasen y que después me costase verdadero 
trabajo persuadir a mis huéspedes de que yo era el autor de 
tan inesperada transformación. 

Pronto, con la relación de mis sencillos huéspedes, se lle- 
nó de curiosos la casa, y convertida mi humilde enramada en 
un taller de pintura de estampas y aun de viejísimos cuadros 
al óleo para restaurar. Los grabados que venian en hojas de 
papel arrancadas de misales viejos o de libros devotos, no 
ofreeían al artista dificultad ninguna; mas no asi los cua- 
dros al óleo, para los que nada servían los colores de agua, 
únicos que, aunque pocos, tenía aquél a su disposición. Sin 
embargo, como mi creciente reputación exigiese salir de todo 
paso, aunque fuese ix)r la tangente, el aceite de comer verti- 
do 'abundantemente en el envés de la tela, para remozar e^ 
colorido, y la clara de huevo por ei derecho, para que hiciese 
de barniz, me fueron sacando tan bien de apuros, que a los 
veinte días de embadurnar telas viejas y papeles puercos, me 
sobraron aperos para el viaje, amén de algunos devotos reales 
que cayeron también en mi bolsa para la mayor de espadas. 

Mas tanto bien, por serlo tanto, no podía ser de larga du- 
ración; y la suerte se encargó de probar esta verdad lanzán- 
dome de nuevo, con la más Inesperada ocurrencia, desde mi 
tranquilo y seguro taller, a los afanes y peligros de las nie- 
ves a medio deshacer que me esperaban en los Andes. 

La fama había llamado las miradas de las autoridades 
de aquel lugar sobre el modesto artista que la disfrutaba. Es- 
te no podía ser hombre vulgar, los conocimientos que desple- 
gaba no guardaban concordancia con su modesto traje. ¿Quién 
podría ser este hombre? ¿Sería por acaso algún espía? Tales 
eran las preguntas que se hacían, y al parecer no sin causa, 
porque atravesábamos precisamente entonces la época en que 
no sólo Chile se rompía los cascos contra la Confederación 
Perú-Boliviana, sino también aquella en que el dictador Ro- 
sas había cortado toda clase de relaciones amistosas con este 
último Estado. 

Supe que la noche del décimooctavo día de mi llega- 
da a Calingasta, un cabo de sabanillas coloradas, que eran mi 
eterna pesadilla, había hablado con un vecino, quien, dirigién- 
dose en el acto a mi huésped, le había dicho que no era cier- 
to que yo fuese chileno, sino que era boliviano, y boliviano de 
suposición, enviado por el general Santa Cruz, quién sabe con 
qué propósito, a La Rio ja y a San Juan; terminando aquella 
inventada suposición con encarecer lo mucho que se exjwnía 



RECUERDOS DEL PASADO 161 

si me sorprendían en su casa, donde sabía que me iban a 
aprehender . 

Al instante acudieron a mi' mente el olvido del pasaporte, 
mi detención y mi travesura de San Carlos, mi precipitada 
fuga, y cuantos motivos de justo terror podían perturbar la 
tranquilidad de un extranjero colocado en mi situación en 
aquel lugar tan infeliz entonces; y como ei afán de mi pobre 
huésped por que yo partiese cuanto antes de sli casa me hi- 
ciese comprender que no había un solo instante que desperdi- 
ciar, hechos con la más insólita precipitación los aprestos de 
mi viaje para Chile, horas después de aquel terrible aviso y 
favorecido con las sombras de la noche, mi intrépido Cam- 
pos y yo, con sólo cuatro caballos y una muía cargada, aban- 
donamos la hospitalaria casa del asustado Gómez. Seguimos, 
pues, mal de nuestro grado, el poco práctico sendero que con- 
duce desde Callngasta al conocido boquete de la cordillera de 
Agua Negra. 

Ya los calores de octubre comenzaban a derretir las nie- 
ves que los inviernos acumulan en los encum.brados pasos de 
loss Andes, pasos que en el norte se abren más temprano que 
en el sur, sin dejar por esto de ser peligrosos para el viajero 
que primero se aventura en ellos. 

Las nevazones invernales que ostentan imponentes con 
su blancura nuestras sierras, son ante los ojos del viajero que 
a la distancia las contempla, harto mas poderosas de lo que 
parecen desde lejos. Pocas veces graniza en la sierra y sólo 
dos he visto nevar con viento; y es tal la cantidad de nieve 
que siempre cae en forma de leves pluma-s de aves que se me- 
cen, bajan, suben y remolinean en la tranquila atmósfera, 
que hasta llegan a tapar la vista, pues ni la mano de un brazo 
tendido hacia adelante puede verse. La nieve del invierno 
cordillerano no moja, y el viajero sorprendido por ella puede 
caminar horas enteras si es muy baquiano, porque de lo con- 
trario, muere perdido, llevando intactas en el sombrero, en 
los hombros y en cuantos puntos pueden sujetarse, las leves 
plumas que lo blanquean. 

La nevazón todo lo colma, todo lo empareja; las desigual- 
dades de las altiplanicies se nivelan con ella, y las primeras 
quebradas que arrancan de las alturas se borran en tanto 
grado que, transformado el aspecto gráfico del paisaje, sólo 
un experimentado baquiano, y no siempre, puede designar 
dónde está el suelo firme y dónde la trampa de fofa nieve que 
encubre un abismo aterrador. 

Pasado el invierno, con la alborada de la benigna esta- 
ción nacen para los primeros viajeros nuevos peligros. Con 
el calor del día el agua que se forma sobre la superficie de las 



162 VICENTE PÉREZ ROSALES 

nieves se lanza con estruendo cuesta abajo, formando a tra- 
vés de las rocas y de los precipicios por donde se despeña, pe- 
ligrosísimos torrentes. Con los fríos de la noche cesa la li- 
cuación de la nieve, acuden las heladas, y con ellas, en la s; 
guíente madrugada, encuentra el viajero, en lugar de la fofa 
nieve que pisaba el día anterior, una costra de hielo endure- 
cido que, por lo resbalosa, soporta, sin romperse, el peso del 
caballo, pero o no le permite asegurar la uña, o le derriba al 
suelo; y si por el contrario no le soporta, a cada rato le hunds 
en la nieve hasta los pechos. 

Pero todos estos contratiempos serían tortas y pan pin- 
tado para el viajero, si no tuviese que pasar laderas inclina- 
das con hondos precipicios por remate. Ei nombre solo que 
muchos de estos pasos 'llevan, indica lo que son . Llámanlos 
los huasos ¡Imposibles! Por esto dijo con tanto chiste como 
razón, un ingeniero español, hablando de ellos: "¡Sólo el dia- 
blo habrá podido pasar por aquí siendo joven, porque ahora 
juro que no lo haría!" 

Con todo, a fuerza de constancia y de fatigas, vencimos 
la cumbre, habiendo dejado en la demanda dos de nuestros 
caballos, pero sin que esto nos desanimase, porque no apu- 
rando mucho a los dos que nos quedaban, podíamos con ellos 
alcanzar las primeras habitaciones chilenas que existen en el 
camino cordillerano de Elqui. 

Seguimos, pues, cuesta abajo el rumbo que conduce a la 
Laguna, luchando con las nieves del fondo de una honda que- 
brada, cuyas alturas ostentaban por entre la blanca sábana 
que las cubría las rocas de sus negros crestones, hasta qu/3 
acosados por el frío, el hambre y el cansancio, dimos a inme- 
diaciones de la Laguna con una de las m.uchas cuevas o ca- 
vernas que, exentas de nieves, suele la piadosa naturaleza po- 
ner en los Andes al alcance del viajero.. 

En uno de los rincones de aquel obscuro retrete, cuya en- 
trada defendía de la acción del viento rústica pirca, encon- 
tramos, con la más grata sorpresa, el único tesoro que podía 
entonces salvarnos: un pequeño acopio de guano de caballo, 
precioso e impagable combustible que el viajero andino reco- 
ge siem.pre, y siempre economiza para que pueda servir al que 
le sigue por el mismo camino. Allí tomé lo que llamaba mi 
buen Cam.pos, café, que no es otra cosa que un cacho de agua 
caliente con un puñado de tierra adentro, y que se bebe en 
cuanto ésta se asienta. Esta bebida, que para los de fuera 
puede tener el nombre que quisieren darle, no es para des- 
preciada en las alturas cordilleranas, sobre todo cuando se pa- 
decen afecciones asmáticas. No sé si los pulmones necesitan 
o no respirar un aire menos purificado que aquel que se aspi- 



RECUERDOS DEL PASADO 163 

ra en las supremas alturas, ni si la tierra, trabajada por el 
agua hirviendo, dota al aire que se aspira al beber de aquellos 
ílúidos térreos de que el aire rarificado carece; lo cierto es que 
':vA fatigada respiración volvió a su estado natural, y que me- 
diante semejante café y un pedazo de charqui a medio ca- 
lentar, dormí aquella noche como un lirón. 

Hacía rato, al siguiente día, que la manta del pobre, como 
.lamaba mi sirviente al sol, se encontraba extendida sobre la 
deslumbradora superficie de aquella Siberia donde nos en- 
contrábamos, cuando terminado el último sorbo de mi mati- 
nal cachada de café, nos pusimos en marcha en busca del ca- 
jón del río Turbio, que comienza del otro lado de la Laguna. 
Caminamos un rato con cautela contemplando nuestras des- 
comidas cabalgaduras, entre la recia cordillera de Doña Rosa, 
que dejamos a la espalda, y la escarpada de Doña Ana, que 
parecía cerramos el paso por el lado del norte. Como entre 
estos dos poderosos macizos se encuentra el altísimo depósi- 
to de aguas que sin otro nombre que el de Laguna constituye 
una de las principales fuentes del río de Elqui, fué preciso 
aventurarnos por una de las peligrosas laderas de su escar- 
pada margen para entrar en el hondo cajón que debía con- 
ducirnos a poblado. 

Entre esta laguna congelada, cuyo diámetro no me pare- 
ció medir arriba de un kilómetro en su mayor anchura, y la 
inclinada altura por donde debíamos pasar, existía entonces 
un Imposible que, aunque corto, lo era y en sumo grado. La 
idea de que el menor accidente podía lanzarnos desde aque- 
lla altura al fondo de tan aterrador abismo, me hizo desde 
iuego estremecer. Volver sobre nuestros pasos era imposible; 
proseguir, lo parecía también; mas, como entre la seguridad 
ele perecer de hambre y petrificado por los hielos, o la dudosa 
de perecer despeñado no hubiese que titubear, ¡a la mano de 
Dios!, dijimos, y picamos los caballos. 

Sujeto el resuello, como sucede siempre en estos lances, y 
fija la vista donde ponían los inseguros pasos nuestras cabal- 
gaduras, que a cada momento resbalaban, íbamos ya ven- 
ciendo aquel peligro, cuando la muía de carga, impulsada por 
el vaivén de una violenta caída, sin ser parte a animarla 
nuestros gritos, se fué por el resbaladero cuesta abajo, al mis- 
mo tiempo que, turbado mi caballo por alguna imprudente 
sofrenada, hija de aquella deplorable escena, cayó también 
de costado, y arrojando lejos al jinete, siguió el forzoso rum- 
bo que condujo al precipicio a su desventurada compañera. 
Un instante después dos inolvidables estruendos nos anun- 
ciaron que ya no volveríamos a ver más a aquellos dóciles y 
generosos brutos que hasta entonces nos habían acompaña- 



164 VICENTE PÉREZ ROSALES 

do. Aturdido con el golpe, atravesada el alma y presa de un 
vértigo que no puedo expresar, debí luego a la serenidad de 
Campos mi salvación. Este fiel compañero, corriendo serio 
peligro, porque los malos pasos se andan mucho mejor a ca 
bailo que a pie en las cordilleras, me alzó solícito del suelo, 
me serenó, y un momento después, a fuerza de brazos y cla- 
vando en el resbaladizo suelo nuestros puñales para asirnos 
de ellos, logramos trasponer el imposible. 

Quedábanos, pues, por todo equipaje lo encapillado, el ca- 
ballo y la montura de Campos, y por todo alimento un cuar- 
to de huanaco que yo había cazado dos días antes y que por 
fortuna no había corrido la suerte de los demás. 

Según los cálculos de mi buen compañero, teníamos aún 
que caminar como diez leguas hasta llegar a Tilo, que era la 
pMDsesión habitada más cercana a nosotros, en aquella sierra. 

Pero no quiero cansar ni cansarme yo, refiriendo vulga- 
res padecimientos de viajes. Estoy por el laconismo de la 
Monja Alférez, cuando refirió en cuatro renglones la brava 
historia de su brava vida. Caminé a pie, dormí entre rocas, 
trepé cerros, descendí laderas, sufrí ríos, aguanté el cansan- 
cio, me mantuve tres días con sólo una cachada de sangre ca- 
liente del pobre caballo que nos quedaba, y si no hubiese sido 
por la robustez de Campos, quien me dejó atrás para adelan- 
tarse a buscar socorro, y por el humano proceder del señor 
Sagüez, que acudió a salvarme, es seguro que entre el río 
Turbio, invadeable para un hombre debilitado, y las rocas de 
su margen, al sur del" torrente de los Piuquenes, se hubiese 
encontrado algún .'tiempo después, junto con un esqueleto 
humano, una cartera lacre que aún conservo, y en la cual se 
encuentra escrito con lápiz mi temprano epitafio. 



CAPITULO X 

El huaso Rodríguez, jefe militar de San Rafael. — Las tri^ 
lias. — Desafío de Rodríguez. — Su fuga. — El Planchón. 
— Resguardos en la cordillera. — Chilecitos. — Alda^. — 
Siguen las aventuras de Rodríguez. — Su muerte. — Le- 
guario y archivos de Rodríguez. — Banda oriental de los 
Andes del Sur. — Nota del literato de Loló. 

Encontrábame el día 26 de octubre de 1842 en la pequeña 
pero muy productora heredad de Boldomávida, fundo inme- 
diato al de los Culenes, de la antigua Colchagua, el cual aca- 
baba de arrendar. Reposábame en él, con no poca admira- 
ción propia y ajena, de mis viajes entre Mendoza y Buenos 
Aires; de mis correrías ha-sta Salta; de mis vueltas y revuel- 
tas entre La Rio ja, San Luis, San Juan y Mendoza; y de mis 
activas entradas y salidas a través de los boquetes de los 
Andes, cuyo práctico conocimiento me había granjeado el en- 
vidiable nombre de baquiano. 

¡Cuántos acontecimientos políticos no habían tenido lu- 
gar desde mi correteada de San Carlos hasta ase día en nues- 
tro Chile! 

El inesperado tratado de Paucarpata; 

El nunca debidamente execrado motín de Quillota, que, 
encabezado por Vidaurre, causó la lamentable muerte del in- 
signe Portales; 

La sangrienta batalla del Barón, en las alturas de Val- 
paraíso ; 

El siempre conmemorado triunfo de Yungay, en el cual 
las fuerzas chilenas, al mando del sagaz y valiente general 
Bulnes habían destrozado la amenazadora Confederación Pe- 
rú-Boliviana; 

El pabellón mercante español luciendo tranquilo sus co- 
lores al lado de ios del pabellón chileno; 

. Bulnes ocupando el supremo poder del Estado como me- 
recido premio a sus servicios; 

Y, sobre todo, ¡la ley de amnistía, que devolvía al patrio 
hogar a los desterrados políticos! 

Después de la guerra, el trabajo, me decía yo entonces; y 
tranquilo sobre la futura suerte que el destino deparaba a mi 



166 VICENTE PÉREZ ROSALES 

patria afortunada, tornó mi imaginación con toda fuerza a la. 
idea de nuevas correrías. 

Solo, y tomando un mate cuyano bajo el modesto corre- 
dor de mi casa, sin apartar la vista de las plantaciones, mi 
imaginación vagaba activa, ya por las breñas de la fría cor- 
dillera que tantas veces había frecuentado, ya por aquellas 
dilatadas planicies de las pampas, cuyos misterios aún no co- 
nocía más allá de los primeros confines australes de Mendoza- 
Faltábame, pues, aún emprender mis siempre malas an- 
danzas por aquellos misteriosos lugares patagónicos, donde me 
aseguraban que podría mi actividad obtener brillantes resul- 
tados. Sólo el desencanto que me había producido el de mis 
viajes anteriores fué capaz de sujetarme y aun de obligarm.e, 
por primera vez, a esperar más propicias ocasiones para lan- 
zarme en lo desconocido, porque hasta entonces nunca ha- 
bía dejado de anticiparme a ellas. 

No tardó, sin embargo, en presentarse una, aunque débiL 
que vino a dar de nuevo a través con todos mis propósitos de 
calma . 

Acerté a ver que por el camino de las casas y como con 
dirección a ellas, caminaba una arria de algunos caballos y 
de cuatro bueyes, cuya prodigiosa estatura me llamó la aten- 
ción. Subió de punto mi admiración cuando vi que la arria 
entró en mi patio y que un huaso, vestido a lo cuyano y bien 
montado, echó pie a tierra y me presentó con alegre y respe- 
tuosa cortesía una carta envuelta en un pañuelo. De pronto 
no conocí quién era; mas, al oírme llamar patrón y por mi 
nombre, vi que el desconocido no era otro que mi antiguo y 
fiel Campos, a quien había yo perdido de vista cuatro años 
antes, y el cual, a fuerza de ponderar mis para él inmejorables 
prendas ante los ojos de su. nuevo patrón, venía del fuerte 
transandino de San Rafael, trayendo para mí un regalo de 
parte suya. Firmaba la carta inesperada aquel mentado chi- 
leno don Juan Antonio Rodríguez, hijo de Loló, que fué por 
tantos años el brazo derecho de Aldao y el terror de los uni- 
tarios, y que entonces, jefe o adelantado del fuerte de San 
Rafael, sobre la frontera patagónica de Mendoza, tuvo el raro 
capricho de solicitar mi amistad. 

La parte de la historia del terror que le cabe a la provin- 
cia de Mendoza durante el gobierno del atroz Aldao no pue- 
de escribirse sin hacer muy especial mención de aquel terri- 
ble soldado aventurero a quien los argentinos no dejan aún 
de llamar feroz bandido. 

La llegada de mi buen Campos, los antecedentes que te- 
nía de Aldao, cuya amistad debía captarme, la que me brin- 
daba Rodríguez, la abultada hermosura ponderada por Cam- 



RECUERDOS DEL PASADO 167 

pos de aquellos inexplorados lugares, la abundancia y bara- 
tura de sus inagotables ganados, y, sobre todo, lo posibilidad 
de no poder ser de nuevo correteado como lo fui no hacia 
mucho tiempo en San Carlos, me lanzaron de nuevo en la 
vía de las aventuras de ultra cordillera. 

Pero antes de proseguir, debo la siguiente explicación: 
como algunos de estos y otros viajes míos han visto, bien que 
mutilados, la luz pública, pero siempre a expensas de fojas 
arrancadas de estos apuntes, he creído conveniente, para 
conservar la ilación de los acontecimientos que han pasado 
a mi vista, restituir esas fojas a su lugar. 

Volviendo, pues, a lo que en aquel momento pasaba, he 
aquí, sin quitar ni poner ni un solo punto, el tenor de la car- 
ra que, envuelta en un pañuelo, me acababa de entregar el 
alegre Campos. 

VIVA LA FE DE CRISTO Y LA RAZÓN (1) . 

San Rafael, a 11 días de marzo de 1843. 

A' caballero don V. P. R. 

Muy señor mío y mi dueño: 

La fama de su buen nombre ha llegado hasta aquí, y por 
lo mismo mi escaso valimiento anda con cortedad en procura 
¿e su amistad, que espero no se la mezquinará a quien se la 
pide de veras. 

Ei le mando esos cuatro terneritos para que los tome en 
ccm.paña de sus amigos, y también para lo que es el uso de 
su montura, aunque Ud. los tendrá mejores por Colchagua, 
esos seis potrones mansos que no son al todo despreciables. 

Para qué es hablar de la gran escasez de pólvora fina y 
de trabucos de cintura en que estamos por acá. En fin, se- 
ñor don Vicente, aquí quedamos rogando a Dios que le au- 
mente la salud, y no le dice más este su amigo que servirle 
desea. — J. Antonio Rodríguez. 

Junto con esta carta recibí cuatro hermosos bueyes, que 
han sido los mayores que he visto en mi vida, y tres parejas 
de preciosos caballos. 

¿Quién podría ser este hombre que sin conocerme me ob- 
sequiaba, y que sin pedirme me pedia? 



(1) El lema que se usaba entonces en todas las comunicacio- 
rifs oficiales de la Confederación Argentina: ¡Viva la Confedera- 
íón Argentina; mueran les salvajes unitarios!, nunca lo usó el 
protagonista que motiva la consignación de estos recuerdos. 



168 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Sigamos su rastro por algunos momentos. 

En el año de 1833 ni aun en Europa se sospechaba que 
trilladoras mecánicas habían de venir un día, a fuerza de per- 
feccionadas, a suplir allá el uso del azote, y en Chile, el de las 
yeguas en las cosechas de cereales. Y ya que de máquinas 
hablamos, ocurre preguntar: ¿qué razón tendrá la humanidad 
para erigir estatuas a los seres que se adiestran en hacer y 
en usar máquinas para acortar la vida, y no a aquellos que 
se desvelan en hacerlas para prolongarla? 

A Pitt y a Ramsons no sólo debe la agricultura chilena, 
junto con la celeridad del trabajo, la seguridad de la cose- 
cha, sino también el poder hacer ahora, en uno o dos meses, 
según la magnitud de las sementeras, la recolección que antes 
se hacía en cuatro, y siempre bajo el apremio de las aguas 
tempraneras . 

El que pudo devolvernos para el trabajo activo en la épo- 
ca de las cosechas medio millón de brazos, que sin producir 
consumían, aguardando meses enteros, horqueta en mano, la 
merced del viento para liquidar el trigo, ¿no m^'^recería, me- 
jor que otros muchos, estatuas que le presentasen a la vene- 
ración de la posteridad agradecida? 

Perdóneseme el preámbulo en obsequio de la intención, 
y vamos adelante. 

En la falda septentrional de la cuesta de Quiahue, en los 
confines marítimos de la vieja Colchagua, vegetaba en 1830, 
como tantas otras semillas de pueblos mal plantados, un lu- 
garejo que llevaba el nombre de Loló. La estación del año a 
que se refieren estos recuerdos era la de las trillas, género 
durísimo de trabajo que aquellas buenas gentes soportaban a 
fuerza de alegres intermedios de arpa, de guitarra y de harta 
chicha, para hacer correr el polvo que se les pegaba en el 
gaznate . 

La trilla y ios rodeos en las propiedades rurales eran fes- 
tividades que convidaban sin convite y que daban hospita- 
lario asiento en ellas a cuantos comedidos pudiesen disponer 
de un buen caballo; y como en la extensa y cómoda ramada 
que se colocaba siempre a inmediaciones de la faena para el 
recreo y solaz de los voluntarios, nunca faltaban el trago y 
buen canto, ni ocasiones de lucir el garbo y el caballo, debe 
prudentemente deducirse que no siempre reinaba en aquellos 
espectáculos, en los cuales eran todos actores y espectadores 
a un mismo tiempo, aquella envidiable paz y aquella concor- 
dia que deben reinar entre los príncipes cristianos, m.áxime 
si llegaba a terciar en el corrillo algún lacho guapetón. 

El lacho guapetón, tipo puramente chileno y casi olvida- 
do en el día, era entonces la viva encarnación del caballe- 



RECUERDOS DEL PASADO 169 

ro andante de los siglos medios, con poncho y con botas arrie- / 
ras, tanto por su modo de vivir cuanto por sus gustos y sus/ 
tendencias. Como él, buscaba aventuras; como él, buscaba! 
guapos a quienes vencer, entuertos que enderezar, derechos/ 
que entortar y doncellas a quienes agradar, unas veces con 
comedimientos y otras veces sin ellos, pues los hubo descome-i 
didos y follones además. Así como el caballero andante no per- 
donaba torneo donde pudiese lucir su gallardía y el poder, 
irresistible de su lanza, primero faltaría el sol que faltar el' 
lacho guapetón en las trillas, en los rodees, en las corridas dej 
caballos y en cuantos lugares hubiese muchachas que ena-i 
morar, chicha que beber, tonadas que oír, cogollos que obse-: 
quiar, generosidad y garbo que lucir, y pechadas y mache- 
tazos que dar y recibir, aunque no fuese por otro motivo que 
por haber rehusado beber en el mismo vaso. 

Cuatro días llevaban corridos los trabajos de la trilla de 
Loló sin que nada hubiese turbado hasta entonces ni la mar- 
cha de la labor ni sus alegres intermedios; mas llegó el quin- 
to, y como en él llegase también el fin de fiesta, fué de orde- 
nanza despedir al auditorio con una alegre trasnochada, su- 
pliendo la ausencia del sol a punta de fogata. A poco andar, 
pues, se hizo tan general la alegría en la enramada, que se- 
gún el decir de los entrantes y salientes, ¡estaba aquello que 
se ardía! 

El dueño de casa se había esmerado por despedir regia- 
mente a sus huéspedes; nada faltaba en el sarao: arpa, rabel 
y guitarra, ponche con malicia, vino, arrollado y ternera 
con harto ají. 

Gozando de esta bienaventuranza y reclinado sobre una 
cantora se veía, vaso de ponche en mano, un gallardo huaso 
como de cuarenta años de edad, de tez tostada, músculos for- 
nidos y ademán resuelto. Era éste el mentado haragán Fran- 
cisco Araya, antiguo barretero de Alhué, aquel que puso el se- 
llo a la fama de su valor brutal y sereno sosteniendo, puñal 
en mano, y el pie izquierdo atado al de su contrario, igual- 
mente armado, aquel atroz desafío en el que, sin ultimar a 
su rival, le hizo confesar que era menos hombre que él. En- 
contrándose~~üe~tránsito en Loló, era de presumir que quien 
hacía gala de camorrero no había de hacer falta en la en- 
ramada. 

Al frente de ese tal, pero al lado de afuera, a veces oculto 
por la sombra y otras veces iluminado por la luz de la foga- 
ta, se veía un jinete al parecer entretenido con el espectácu- 
lo de aquella alegre borrachera. Este nuevo personaje, que 
por su traje y apostura parecía pertenecer a la aristocracia 
lololense, y que era alto de cuerpo, bien proporcionado, de 



170 VICENTE PÉREZ ROSALES 

rostro blanco y encendido, de ojos azules, de nariz aguileña, 
de pelo rubio y de colorado bigote, sólo daba indicio de ter- 
ciar en aquella fiesta por tal cual tonadilla que, mirando al 
cielo, entonaba entre dientes a cada baladronada de las mu- 
chas que a cada instante echaba el matón Araya. 

En uno de los intermedios de canto, un roto lololeño. 
cansado de no oír más que la voz de Araya: 

— No hable tanto, patrón — le dijo con acento socarrón — ^ 
que donde hay hombre, hay hombre, y en Quiahue no falta 
quien pueda decir al teniente que miente, porque de donde 
menos se piensa suele encumbrarse una perdiz. 

Araya, al ver la traza del interruptor, soltando una es- 
trepitosa carcajada, exclamó: 

— ¿Una perdiz, y en Loló? Ojalá volasen dos, porque con 
una me quedaría con hambre. Mire, ñor-usté, ¿sabe qué más? 
que todavía no ha nacido si que sea capaz de dar palmada a 
Pancho Araya, y para que conste, para nadie va a haber co- 
gollos esta noche, sino para quien me diere la regalada gana; 
¡y chiste alguno! 

No había terminado el atrevido reto, cuando el descono- 
cido del bigote rojo, saltando del caballo, dio al matón un 
encontrón con el hombro, y sin dejar de mirarle de alto abajo 
de un solo tajo rebanó las cuerdas del arpa con su puñal. 

Este inesperado incidente heló la sangre a los circuns- 
tantes, produciendo en todos un silencio mortal; sólo habla- 
ron las airadas miradas de estos dos singulares antagonistas, 
lanzando rayos que, envolviendo mutuas sentencias de muer- 
te, si hubiesen sido de acero, al encontrarse hubieran pobla- 
do de chispas el espacio. Entre hombres de este temple pocae 
palabras. Los dos se comprendieron, y sin más demorar, ha- 
ciéndose un ademán amenazador, se lanzaron fuera de la en- 
ramada en busca de sus caballos. Cada cual ocurrió por su 
lado a hacer otro tanto, y con un silencio aterrador un mo- 
mento después un círculo de hombres montados cerraba el 
palenque, en cuyo centro, machete en mano, se embestían 
ciegos de cólera estos dos extremados jinetes, choque espan- 
toso que sólo cesó cuando el ronco alarido de la muerte hizo 
rodar un cuerpo herido a los pies del caballo de su vencedor. 
Don Juan Antonio Rodríguez, en leal y caballeresco de- 
safío, acababa de abrir el cráneo de Araya con un poderoso 
machetazo. 

Saliendo del árido territorio que ocupaban los antes men- 
tados Cerrillos de Teño, pasando el río de este nombre y en- 
caminándose al orient-e, siguiendo el cajón de cordilleras que 
le sirve de lecho, se entra en el pintoresco y frecuentado ca- 
mino que conduce al boquete del Planchón. 



RECUERDOS DEL PASADO 171 

Quien sólo haya recorrido nuestras cordilleras desde San- 
tiago a Atacama, no es posible que se forme idea cabal del 
abundante germen de riquezas agrícolas y fabriles que encie- 
rran los misteriosos valles de las del sur. Poseen hermosa y 
siempre verde vegetación, poderosas cascadas que son otras 
tantas económicas fuerzas motrices al lado de las materias 
primeras que las requieren para ser utilizadas, clima más be- 
nigno en muchos de los valles rodeados de nevados cresto- 
nes que aquel de que gozan los moradores del Valle Central, 
pues en él la vid, el naranjo y las flores delicadas, no están 
tan expuestas com.o en éste a destructoras e imprevistas he- 
ladas. Lugares hay donde la humedad natural, sin ser excesi- 
va, excluye la necesidad de los riegos, y en los cuales las al- 
falfas, para su desarrollo y su sostén, sólo requieren ser sem- 
bradas una sola vez. 

El camino de Teño hacia el Planchón, desde que se sale 
de los cerrillos es, en los primeros escalones de la sierra, un 
risueño y prolongado parque dotado con todos los vistosos y 
raros atractivos que sólo la naturaleza sabe crear, y en los 
últimos el conjunto severo e imponente de cuanto puede ne- 
cesitar el sabio para leer en él los misterios del segundo 
tiempo de la form.ación del globo. 

A m.edida que se avanza en el ascenso, la vegetación pa- 
rece resentirse del vacío de la altura, puesto que se la ve dis- 
minuir de lozanía y de tamaño; así es que pasado el res- 
guardo de los Quenes ya comienza el viajero a ver conver- 
tidas en enanas las mismas especies de los corpulentos ár- 
boles que a pocas leguas de distancia asombran con su al- 
tura. Este fenómeno se hace más palpable aún a medida que 
se va llegando a la región de las nieves eternas, pues los ci- 
preses que aún vegetan casi en la misma ceja de los plan- 
chones, sólo alcanzan una altura de tres pulgadas y son j-'a 
iejos. Antes de llegar a tan áridos lugares comienza el via- 
jero el repecho del volcán de Peterca, cuyo morro, con su 
inmenso cráter, comparte las aguas entre Chile y la provin- 
cia de Mendoza. 

En el cráter mismo de este volcán, siem.pre en actividad, 
aunque no con fuerza, se encuentran algunos corralones de 
lava mezclada con hielo empedernido, y aquí y allí tal cual 
grieta por doade algunas fumarolas, desahogándose con bu- 
fidos, llenan el aire de vapores azufrados. Uno de esos corra- 
Jones lleva el nombre de Plaza de Armas, y en él aloja forzo- 
samente el viajero para poder sin peligro, cabalgando en ca- 
ballos descomidos, alcanzar de una jornada al tranco al 
opuesto paso de las Yaretas, que es donde puede considerar- 
se ya libre de las aterradoras nevadas que caen con frecuen- 



n2 VICENTE PÉREZ ROSALES 



cia sobre la blanca planicie de la meseta superior de los An- 
des que media entre la Plaza de Armas y el citado portillo. 

Sobre la escabrosa superficie de este planchón congelado 
se alzan de vez en cuando aquellos fantasmones de puro hielo 
que llaman penitentes, cuya blancura, semejante a la del 
cristal esmerilado, hace resaltar los negros y áridos cresto- 
nes de las rocas acantiladas, que así sirven de bordo al ven- 
tisquero, como también a hondos precipicios que espumosas 
nieves ocultan a la vista del viajero. 

En la fresca mañana del 18 de febrero de 1830, a través 
de la neblina producida por las fumarolas del Peteroa en la 
Plaza de Armas, se veían cuatro hombres y un cabo, que te- 
niendo tanto de soldados cuanto de rústicos patanes, se em- 
peñaban en ensillar a toda prisa sus caballos para prose- 
guir un precipitado viaje hacia el oriente. Eran chilenos, y 
como soldados armados no podían trasponer la frontera; 
parecía deducirse de aquí que en vez de ser viajeros, debían 
andar al alcance de alguno de los muchos criminales que en 
aquel entonces buscaban, como ahora buscan, la impunidad 
de sus maldades en las provincias trasandinas. 

El perseguido, si a alguien perseguían, debió pasar la no- 
che anterior por ei mismo lugar donde ellos se encontraban; 
pero no había dormido allí. Rastros recientes de sangre que 
conservaba el hielo en dirección a las Yaretas, indicaban que 
im solo caballo había pasado por allí, y que éste iba muy can- 
sado y además herido en las manos; era, pues, evidente que, 
apresurando la marcha, podría alcanzársele antes que en- 
trase en sagrado. 

Después de algunas horas de marcha, siguiendo el ras- 
tro por senderos y por pasos desconocidos hasta entonces pa- 
ra el que hacía de jefe del piquete, sin descubrir nada que pu- 
diese alentarle en aquella penosísima tarea, ya comenzaba a 
desmayar, cuando llamó vivamente la atención de un solda- 
do la presencia lejana de un objeto negro que parecía que- 
rerse ocultar tras de un crestón de nieve. Cobrando enton- 
ces nuevos bríos, precipitaron la marcha, nías al llegar al 
helado penitente, no fué poca su sorpresa y su desconsuelo al 
ver tras de él, en vez de la persona que buscaba, a un solo 
caballo muerto y a medio ensillar. 

Al abrigo del témpano, pues, había pasado la noche el 
fugitivo; pero, ¿dónde encontrarle ya? El rastro de sangre 
terminaba allí; el de pie de hombre apenas dejaba señales 
en el hielo. La vergüenza de haber sido burlados en su pro- 
pósito, porque rera efectivo que a alguien perseguían, les im- 
pulsó a seguir acelerados a tomar posesión del único paso que 
entre dos enopmes y negros farellones se divisaba a corta dis- 



RECUERDOS DEL PASADO 173 

tancia; pero llegaron tarde, pues sólo vinieron a cerciorarse 
de que habían alcanzado al fugitivo, por el estruendo que 
hizo al quebrarse un enorme alero de nieve suspendido so- 
bre un abismo, cuyo fondo encubría un grueso lecho de es- 
ponjosa nieve, sobre la cual, de tan tremenda altura, había 
lanzado la desesperación ai misterioso perseguido. 

Atónitos los perseguidores, acompañaron con un grito de 
espanto aquel arranque de desesperado valor, y aún no se ha- 
bían apartado de la orilla del precipicio que burlaba sus es- 
peranzas, cuando alcanzaron a ver debatirse entre el fofo y 
blanco lecho que encubría el fondo del barranco, a un hom- 
bre vivo, que saliendo cubierto de nieve al lado opuesto, sa- 
cudía tranquilo la manta y un cuero que llevaba consigo. ], 

¡Don Juan Antonio Rodríguez se había salvado de la 
persecución que la muerte de Araya le acarreara! 

Don Juan Antonio Rodríguez no salió de su país cual 
suele un malhechor avezado en la carrera del crimen. Salió 
por una de aquellas calamidades que ni la misma prudencia 
puede a veces evitar y que la ley no perdona. 

Nacido en Chile, en los confines marítimos de la antigua 
Colchagua, de una familia honrada y bastante pudiente para 
ser tenida en algo por los hijos de la antigua provincia de San 
Fernando, su educación había sido bastante esmerada para 
la que se daba en Chile en tan apartado lugar en el año de 
1790. Leer mal, escribir peor y apenas contar; esto y las ru- 
tineras máximas de moral que, explicadas por la ignoran- 
cia, más conducen al fanatismo que al sentimiento de una 
verdadera religión, fueron las ocupaciones de sus primeros 
años. Llegado a la edad de pubertad, su constitución de hie- 
rro, su extraordinario arrojo en el manejo del caballo, su 
valor que llegó a hacerse proverbial, su juicio sarcástico a 
la par que festivo, y sus liberalidades sin límites, le gran- 
jearon una reputación provincial que hasta 1850 no desmen- 
tía el recuerdo que aún queda en Quiahue de este tipo del 
lacho guapetón. 

Oculto, pero siempre perseguido por el acecho después 
del lance con Araya, salió disfrazado para el pueblo de Cu- 
ricó, en dónde supo por sus amigos que ciertos celos del juez 
sumariante, y no muy inciertos garrotazos que había reci- 
bido de manos de Rodríguez delante de la querida disputada, 
habían elevado su desgraciado encuentro en la trilla de Loló 
a la categoría del más alevoso y premeditado asesinato. Fué 
preciso, pues, resolverse a abandonar temporalmente su pa- 
tria, y recorrer, en calidad de pobre y desvalido fugitivo, 
aquellas cordilleras y aquellas pampas en las que tantas ve- 



174 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ees había figurado como ladino, acaudalado y prestigioso 
contrabandista. 

Salió, pues, sin más esperar, como dicen los campesinos, 
en lo montado, huyendo de las cárceles y del patíbulo. Supo 
al llegar a la hacienda de la Huerta, que el resguardo estaba 
sobre aviso para aprehenderle. Pero para Rodríguez un re*s- 
guardo fué siempre el menor de los tropiezos, aunque tuviese, 
como tenía con el de entonces, una endiablada cuenta atra- 
sada que cancelar. Sin dar, pues, tregua ni descanso al gene- 
roso bruto que montaba, esa misma noche dejó atrás el res- 
guardo, pasando por donde él sabía que podía pasar sin ser 
sentido. 

No hay dineros peor empleados que aquellos que se gas- 
tan en los mentados resguardos de la cordillera, tanto por 
las facilidades sin cuento que la misma sierra ofrece en to- 
das partes para burlar su vigilancia, cuanto por la misma ti- 
bieza con que los tales guardianes desempeñan sus obliga- 
ciones. Mas, como parece que la actividad desplegada por los 
perseguidores de Rodríguez desmintiese esta verdad, creo del 
caso explicar la causa de tan raro fenómeno. 

Dos años antes de la persecución que dejo narrada, venia 
de la otra banda el chileno Rodríguez, que así le llamaban 
entonces, con un buen cargamento de costales de tabaco. Pa- 
ra librarse de las asechanzas de los resguardos cordilleranos 
no hay mejor arbitrio que el rodear; mas como el rodear, por 
el tiempo que se pierde en ello, perjudica muchas veces al ex- 
pendio, a don Juan Antonio, que sin saber el inglés, sabía que 
el tiempo es plata, se le ocurrió la travesura, como éi crecía, 
de dejar la carga atrás, de adelantar su gente, de hacerla 
alojar en el puesto en calidad de vendedores de ganados, de 
amarrar en la noche a los guardianes, de hacerles traslomar 
la cordillera, y de dejarlos por doce días en depósito en po- 
der de la reducción del cacique pehuenche Faipanque, dueño 
de unos potreros al sur del río Salado. 

El obsequio de un buen caballo, regalado por orden de 
Rodríguez a cada uno de los prisioneros cuando se les puso 
en libertad, no había sido bastante para adormecer el germen 
de ira y de venganza que dejó en el ánimo de los protectores 
de la hacienda pública tan pesada mano, y la vergüenza, 
junto con el deseo de vengarse, hicieron que ni el mismo go- 
bernador de Curicó supiese nada de lo ocurrido. 

La persecución, pues, fué tan activa, que pudo decirse 
que ponían ellos el pie donde acababa de alzar el suyo el fu- 
gitivo. 

Rodríguez no alojó, como se ha visto, en la Piaza de Ar- 
mas del cráter del volcán de Peteroa, y prosiguió sin dar 



RECUERDOS DEL PASADO 175 

resuello a su debilitada cabalgadura por el medio de aquel 
desierto de empedernido hielo, hasta que el generoso ani- 
mal, extenuado por el cansancio y por el hambre, destrozada 
la piel del nacimiento de las uñas por las aristas y los filos del 
hielo cristalizado que rompía, arrollándose junto a un alto 
penitente, abandonó junto con la vida al amo que cargaba. 

Precisado a pasar alli la noche, muerto de frió y sin poder 
hacer fuego, ni aun con la bosta de caballo que llevaba, como 
lo hacen cuantos emprenden la travesía del Planchón, por 
temor de ser descubierto, aquel hombre de fierro esperó el 
alba envuelto en los pellejos de su montura, al reparo del 
vientre, aún tibio, del fiel compañero que le había conducido 
hasta allí, y que aún después de muerto le cedía el último 
calor que le quedaba. 

El primer destello del alba encontró a Rodríguez desvia- 
do del camino público, marchando a pie por uno de los sen- 
deros extraviados y salvadores que él conocía, envuelto el pe- 
cho con el pellón encimero de su montura, sin más provisión 
que el último pedazo de charqui que devoraba, sin más ar- 
mas que aquel machete que ocasionó su desgracia, ni más 
ajuar que su yesquero. Mas, ¿qué podía hacer un hombre a 
pie en aquellas blancas planicies para librarse de la vista de 
los que le perseguían bien montados? Fué, pues, encontra- 
do cuando apenas entraba en el estrecho y peligroso sendero 
que faldea, por el lado del sur, el peinado farellón que, afir- 
mando su planta en un abismo, alimenta con las nieves de 
sus mesetas las primeras vertientes del Salado. 

¡Terrible situación la de aquel desgraciado! Proseguir 
huyendo por aquel sendero, que caminado una hora antes, 
le habría puesto a muchas leguas de sus enemigos,, era por 
€ntonces caer indudablemente en sus manos;" desviarse de 
él, era precipitarse en un abismo cuya hondura no podía 
calcularse por estar encubierta con las nieves de la últim.a 
nevazón. En aquel aciago instante, el aspecto de una muerte 
desastrosa e inevitable se presentó a sus ojos; sólo le queda- 
"bá el arbitrio de elegirla; mas, para las almas de su temple, 
entre morir en el ignominioso patíbulo del criminal o morir 
despedazado, pero libre, no había que titubear. Así es que a 
la primera intimación de sus perseguidores, sólo contestó con 
aquel espantoso salto, que llevándose tras sí los carámba- 
nos de la orilla, fué a rematar al fondo del abismo, donde se 
sepultó en las nieves. Rodríguez acababa con su arrojo sin 
ejemplo de salvar dos veces su existencia: la una por no en- 
contrar la nieve endurecida, la otra porque la situación en 
cue se encontró en el fondo de la quebrada acortaba mu- 



176 VICENTE PÉREZ ROSALES 

chas leguas un camino que le hubiera sido imposible reco- 
rrer, debilitado como estaba, sin perecer helado. 

El rapidísimo descenso de la quebrada, cuyos saltos, siem- 
pre peligrosos, bajó a fuerza de brazos y dando caídas, le con- 
dujo hasta los primeros céspedes amarillentos donde se de- 
tienen las nieves. Alli, extenuado por el cansancio, por el 
hambre y por tan crueles emociones, se asiló en una caverna 
donde el calor del fuego le volvió la vida. En ella, sin más le- 
cho que el suelo rem.ovido con el machete, sin más cobija que 
el pellón que nunca abandonó, y sin mejor almohada que 
su fornido aunque debilitado brazo para defender la cabeza 
de los pedruscos, pasó la noche. 

Colocado después por la fortuna en situación más envi- 
diable, departiendo sobre esto, me decía que en vez de des- 
cansar aquella noche, amaneció más aniquilado que antes, 
pues unas veces soñaba que corría, otras que, alcanzado, le 
sentaban en un banquillo, y otras que se lanzaba en el abis- 
mo. 

Con la vuelta del día, y con la seguridad de hallarse li- 
bre, no tardó este hombre singular en recobrar la totalidad de 
los bríos que las emociones de la noche y la pasada tormen- 
ta le habían quitado, y prosiguiendo el descenso unas veces 
por las orillas del río, y otras traslomando puntillas, tuvo la 
suerte de ser encontrado y protegido por algunos cazadores 
de guanacos que recorrían aquellos contornos, y la de ser lle- 
vado en seguida, hasta dejarle bueno y sano, en Chilecito de 
Mendoza. 

Pero, ¿qué es este Chilecito, se me preguntará, que con 
tanta frecuencia conmemoro? Helo aquí: 

El hombre chileno es, en general, esencialmente anda- 
■ riego; para él distancias no son distancias, siempre que al 
cabo de ellas llegue a divisar o mucho lucro, o mucho que 
admirar. Si no se le ve en todas partes, no es tanto por falta 
'^1 de deseos, cuanto ^or^falta^jie-4=©cursü5_^aijL satis su na- 

tural propensión^ ~" 

Xleñas^stán de chilenos las ardientes y arenosas costas 
\ bolivianas; en el Perú se encuentran por miles; y en uno y 
1 otro Estado nadie disputa al peón chileno la palma de la 
I actividad, del arrojo y del trabajo, al revés de lo que le su- 
I cede en su propio país, donde no teniendo a quién lucir esas 
virtudes, no sólo es desidioso, sino que llega a ser manso y 
sumiso, cuando fuera de él es siempre altanero y orgulloso. 

Chilenos fueron los primeros pobladores que, corriendo 
en pos del vellocino de oro, pisaron las encantadas playas de 
Caiiíornia. Enjellas_ia aiemjna^cimT^^^elocip^^^^ de al-^ 

gunos hy(5s''de]^sVñméras f amííias~ai^antiago^~'séTras-^ 



RECUERDOS DEL PASADO 177 

formaron, bajo el solo influjo de un cielo extranjero, en en- 
vidiables tipos de arrojo y de trabajo. Los he visto con la 
risa en los laloios trocar el roce del guante de suave cabriti- 
lla por el áspero de la barreta del gañán; la camisa de hilo, 
el lucido chaleco y la vistosa levita de fino paño, por una 
simple y burda camisa de áspera lana. Los he visto dormir 
en el suelo sin más abrigo que un sarape, ni más almohada 
que el sombrero, y confiados en sus valimentos personales, 
desafiar impávidos el sol, el agua, el trabajo y el cansancio. 
En California el sentimental y petimetre santiagueño, jun- 
to con el gañán de nuestros campos, fueron alternativamen- 
te amos y sirvientes, codiciados fleteros, incansables carga- 
dores, carpinteros, cortadores de • adobes, lavadores de oro, 
constructores y comerciantes. Los he visto, de ambos exigentes 
y regañones en Chile, tornarse sin esfuerzo en modestos cria- 
dos de un mulato afortunado. 

Chilenos hevisto en los terrales hielos del Báltico, a in- 
mediaciones de' Cronstadt, abandonar serenos, prendidos en 
las nieves, la nave en que servían, seguir a pie sobre el mar 
congelado hasta el continente, y de allí venir de cárcel en 
cárcel, hasta llegar a Hamburgo, desde donde tuve ocasión 
de repatriarles. Los__he^ visto, muy sueltos de cuerpo, echar 
bravatas sobre un muelle de Burdeos donde acababan de 
desembarcar, aunque se encontraban en el más completo 
aislamiento de relaciones, tan serenos y resueltos, como si 
aun estuviesen sobre el de San Carlos de Ancud. He. visto 
chilenos acaud alado s^ malbaratar a manos llenas sus cauda- 
les en todas las capitales de la Europa, sin cuidarse del por- 
venir; chilenos muy pobres, Jbuscandp con confianza y con fe 
en sus propios talentos^ el 43restigio y la honra que dan en 
aquellos centros de civilización el mejoramiento de las cien- 
cias y de las artes; y chilenos, simples marineros y desertores 
además, atravesar contentos la Francia a pie, desde Burdeos 
hasta el Havre, para buscar otro buque donde servir. Chileno 
fué aquel atrevido marino aventurero que siguió a Cochrane 
a la Grecia; chilenos son los infinitos viandantes que, alfor- 
jas al hombro y garrote en mano, se encuentran a cada pa- 
so en los boquetes de los Andes, aprovechando del verano 
para ir a jpie, en busca de una yunta de novillos de amansa, 
o^deun caHálTo para sü'monturaj, y chilenos^ también los po- 
lDladorés~~ae~ cuañtós_T'7i2Tec¿íp5_ sñ__^lzan al pie oriental de 
nuestros Andes, porque donde hay chilenos juntos en el ex- 
tranjero, debe surgir forzosamente un Chilecito. 

Estos^^Wlecitos, que ni siquiera merecen el nom.bre de 
villorrios, por no ser más que una informe aglomeración de 
casuchQS^_dfe_üncas__y de solares colocados sin orden^ ni con- 



178 VICENTE PÉREZ ROSALES 

cierto alguno, son siempre el primer asiento hospitalario que 
se afj^ece a la vista del chileno que atraviesa los Andes. 

Colonias naturales que la necesidad y el acaso han ido 
formando, los Chilecitos de ultracordillera no son otra cosa 
que un compuesto de pobladores chilenos afincados y am- 
bulantes, en el cual alternan casi siempre por iguales partes 
el hombre de bien y el hombre de mal. Y no es de extrañar- 
lo, porque siendo para los chilenos las cordilleras de los Ar- 
des en su costado oriental, o el refugio del malvado, o el asilc- 
y la recompensa del trabajador, así Jjusca ese sagrado el 
criminal, cerno lo busca el que no lo es3 

Chilecito de Mendoza fué, pues, el lugar en donde los com- 
pasivos cazadores de guanacos dejaron al pobre perseguido . 
Una ruin cocina de un tal Cubillos, poco tiempo después sub- 
alterno y amigo de aquel terrible Rodríguez que tanto fatigó 
con sus audaces hechos el clarín de la fama de los guerreros 
de la Pampa, fué el primer peldaño de la escala que elevó al 
poder absoluto al desvalido fugitivo, para quien ese chique- 
ro fué entonces un palacio. 

Pobre y aislado, sin más caudal que sus brazos, sin má>; 
porvenir que la carrera del crimen, que ancha y florida se os- 
tentaba a su vista, en un centro en donde tanto alcanzaba 
el valor personal y el derecho del más fuerte. Rodríguez, que 
no había nacido para criminal, supo dominarse, y resignado 
ofreció sus servicios en calidad de peón gañán a Cubillos, en 
cuya casa pasó los primeros meses de su destierro. 

No tardó Cubillos en saber quién era el robusto y sumiso 
peón que le servía, y, avergonzado, se apresuró a darle un-a 
habilitación para que negociase en expendio de licores. Des- 
de entonces, activando su pequeño negocio, nunca dejó de 
verse al chileno Rodríguez en San Vicente, en San Carlos, en 
Lujan, en Chilecito de Mendoza, y en cuantos puntos pKDdian 
ser propicios a impulsar la venta de la rica vichanga, (1). 
que él sólo sabía aclarar. En estas y otras correrías fué don- 
de peco a poco se dio a conocer y a estimar de todos, y donde 
con esta estimación echó los primeros cimientos del cariño 
y del respeto que nunca dejaron de tenerle aquellas sencillas 
gentes. Rodríguez no sólo era querido como amigo, lo era 
también como juez inexorable e imparcial, pues en varias oca- 
siones ocurrían a él como si fuese juez de derecho, y de su5 
sentencias nunca se apelaba, no faltando casos en los que el 
tal juez derribase a palos a una de las partes, cuando sospe- 
chaba que le faltaba al respeto. 

La fama y nombradía del chileno no tardó en alcanzar- 



(1) Pichanga; nombre que le dan en Mendoza al vino nuevo 



RECUERDOS DEL PASADO 179' 

al palacio de aquel fraile feroz y despiadado, que parece que 
el infierno hubiese vomitado sobre la desgraciada provincia 
de Mendoza. Rodríguez, ya cansado con el oficio de vender 
licores y electrizado con la relación de los brillantes he- 
chor de armas de sus propios amigos en la guerra civil de la 
República, deseó entrar en el ejército, y apenas supo que el 
fraile-general deseaba conocerle, cuando se presentó a él y 
le pidió servicio en calidad de soldado raso. 

El aspecto atlético del recluta, su fisonomía franca y re- 
suelta, asi como su modesta aspiración, bastaron a aquel sa- 
gaz caudillo para conocer, como lo expresó después, que un 
hombre como Rodríguez era lo que hacia tievipo que buscaba.. 
En efecto, habíale bastado un solo rato de conversación con 
Rodríguez para descubrir en él la lealtad del perro, virtud que 
desconocía en el hombre; la fuerza y vigilancia del guerrero 
tan necesaria entonces; y junto con un carácter impetuoso, la 
inocente sencillez del niño. Propúsose desde entonces hacerse 
dueño absoluto de su voluntad, y puede asegurarse que nin- 
guna empresa fué coronada con un éxito más feliz. Rodríguez 
sólo era Rodríguez cuando sus acciones y sus pensamientos 
no tenían relación con las acciones y los pensamientos de su 
protector y padre, com.o él le llamaba; mas cuando sucedía 
lo contrario, aquel huaso generoso y valiente dejaba de ser 
quien era, para transformarse en una fracción física y mo- 
ral de Aldao, colocada a más o menos distancia de su centro. 

Rodríguez, en vez de ser admitido como soldado raso, fué 
desde luego incorporado entre los oficiales de la guardia pri- 
vada del general, y favorecido con demostraciones y preferen- 
cias que llegaron a ofender a sus mismos camaradas. 

Alarmada la oficialidad por el repentino favor del nuevo 
intruso, procuraron hacerle el servicio insoportable; pero Ro- 
dríguez, en un teatro más análogo al suyo, fué tanto lo que 
les dio en que entender, que estuvieron varias veces a punto 
de ensangrentar sus reuniones, y así hubiera sucedido si el 
recuerdo de la catástrofe de Chile no hubiese contenido el 
iracundo brazo de ex vendedor de licores. 

Seguro del cariño de Aldao, a quien llamó desde enton- 
ces su padre, así como aquél lo distinguiera con el nombre de 
hijo, procuraba, con la lealtad del ciego y entusiasta agrade- 
cimiento, una ocasión siquiera de hacerse descuartizar por su 
bienhechor. No se presentó este extremado caso; pero no le 
faltaron medios de servirle exponiéndose, porque quien busca 
los i>eligros los encuentra, y porque tal vez sean ellos una de 
las pocas cosas de que se pueda disfrutar, sin disputa, entre 
los hombres. 

Súpose que varias tribus de nuestros moluches infestaban. 



ISO VICENTE PÉREZ ROSALES 

las pampas yjque, unidos a los batidores del caudillo Baigo- 
rría, estaban devastando la provincia y amagaban a San Car- 
los desde la desierta y peligrosa frontera de San Rafael, que 
confina con la Patagonia. Rodríguez ofreció salirles al en- 
cuentro, poner en pie de defensa la abandonada frontera, y 
aun mantenerse en ella a despecho de todos si fuere preciso. 
Así lo verificó, y esto le valió el titulo de capitán del fuerte 
de San Rafael. 

Desde aquel momento comenzó la vida de nuestro sol- 
dado aventurero a revestirse del carácter público con que se 
le vio tantas veces figurar en los sangrientos encuentros de 
la guerra intestina que, por tantos años, sentó en la Repú- 
blica Argentina sus atroces reales. Pero no siendo mi propó- 
sito seguirle en ella, sino el de referir lisa y llanamente aque- 
llos rasgos sobresalientes de la vida íntima del proscripto hijo 
de Quiahue que más se relacionan con la mía, me bastará 
decir, antes de continuar, que no hubo en aquella guerra mor- 
tal y fratricida hombre que más prodigase su vida en las crue- 
les encuentros donde le llamaba el deber y el amor a su jefe. 
Rodríguez casi no tenía en el cuerpo un solo lugar que no 
mostrase o el rastro de una lanza o el de una bala. 

Pero quien creyere que Rodríguez, en vida del general Al- 
dao, haya hecho algo sin mandato de su jefe, o tenido una 
sola idea que no haya sido sugerida por él, formará del carác- 
ter público de este hombre singular, el juicio más equivocado. 
Rodríguez no ha sido más que lo que es en todo tiempo un 
soldado valiente; su consigna era obedecer, y obedecía sin pre- 
guntar por qué. Si a esto se agrega que Aldao, después de Dios, 
era para él la suprema perfección, y que hasta adivino lle- 
gaba a ser. es evidente que para Rodríguez, Aldao no manda- 
ba ni podía mandar cosa que no fuese justa y necesaria. De 
aquí aquella mezcla de sensibilidad y de inexorable firmeza 
con que ejecutaba hasta los menores deseos de su genio tu- 
telar; de sensibilidad, porque el corazón de Rodríguez nunca 
fué cruel; y de inexorable firmeza, porque tal era el carácter 
que le imponía el deber de obedecer; pero no de aquella in- 
flexibilidad cruel que se goza en el tormento de sus semejan- 
tes, sino de aquella que nace del profundo convencimiento y 
de la conciencia intima de que lo que se hace es necesario 
y justo. 

Encontrándome departiendo con él en su nueva residen- 
cia de San Rafael, me acababa de pasar, con su franqueza de 
soldado, la mitad de una hermosa sandía que él mismo ha- 
bía partido para mi regalo, cuando entraron en el aposen- 
to dos soldados conduciendo maniatado a un prisionero cuyo 
aspecto repugnante me impresionó. Era su estatura mediana 



RECUERDOS DEL PASADO 181 

y contrahecha, pero fornida, cetrino el color de su semblan- 
te, y su mirar traidor; una honda cicatriz, producida al pa- 
recer por un tajo que llevándole parte de la nariz sólo se de- 
tuvo en la quijada, daban al todo de aquel desgraciado un 
aspecto repelente e indescriptible. Rodríguez, quien pareció 
reconocerle, alzándose de su asiento, dijo estas palabras: 

— ¡Oiga! ¿Conque eres tú, Godoicito, no? Ñato bribón, al 
cabo habíais de caer en mis manos! 

Y dirigiéndose en seguida a los soldados, agregó: 

— Llévenlo, pues, por allá lejitos, donde el amigo don Vi- 
cente ni yo oigamos nada, y después al río, que ni cristiano 
es siquiera. 

Aterrado yo con este inesperado lance, no pudiendo ni 
conservar en las manos la sandía, la coloqué con desaliento 
sobre la mesa, lo cual visto por Rodríguez, lanzándose fuera 
de la sala, gritó que trajesen de nuevo al reo a su presencia, 
agregando al volver a mi lado: 

— Don Vicente, usted no sabe lo picaros que son estos de- 
sertores; pero ya que le he oído decir tantas veces a usted 
que es una gran virtud perdonar, ¿por qué no hemos de ser 
virtuosos también por acá? 

Llegado el reo a su presencia: 

— Desaten a ése, dijo; híncate, bellaco, a los pies de este 
caballero; ya estás libre y haz de cuenta que jamás te he visto. 

Mas, si este caudillo, a quien llaman bandido atroz los 
Unitarios, perdonaba con tanta facilidad delitos de muerte 
cuando sólo dependía de su corazón el hacerlo, no era ni con 
mucho lo mismo cuando sucedía lo contrario, porque habiendo 
recibido poco tiempo después orden terminante aunque equi- 
vocada, de hacer matar a uno de sus mejores soldados, lo 
mandó ejecutar llorando, y recogiendo al mismxO tiempo bajo 
su amparo a la viuda e hijos de aquel desgraciado. 

Era, pues, el capitán Rodríguez menos cruel de lo que se 
decía, y por esto se ve que nunca encabezó sus cartas con el 
lema aterrador: ¡Viva la Confederación Argentina; mueran 
los salvajes unitarios!, sino con éste de su indisputable crea- 
ción: ¡Viva la fe de Cristo y la razón! 

El encarnizado antagonismo que reinaba entre los par- 
tidos Unitario y Federal había llegado a tal extremo poco an- 
tes de la muerte de Quiroga, que hasta la salvadora palabra 
cuartel había perdido su significado. Muchos unitarios de 
San Luis y de Mendoza, perseguidos con tenacidad, habían 
buscado asilo en el seno de las indiadas ranquenches que, 
obedeciendo a un tal Baigorría, infestaban con frecuentes ex- 
cursiones, no sólo los contornos de sus guaridas, sino también 



182 VICENTE PÉREZ ROSALES 

los más lejanos lugares, sembrando en todas partes desola- 
ción y espanto. 

Sin embargo, entre tanta atrocidad solia de tarde en 
tarde venir al amparo del crédito de la humanidad tal cual 
rasgo de virtud privada, que hacia reconciliarse con él. 

Al sur de la ciudad de San Luis, con un cuarto de incli- 
nación al oeste, yace la laguna del Bebedero. El territorio 
comprendido entre la laguna y el pueblo, casi desierto enton- 
•ces, exhibía, de cuando en cuando y a grandes distancias, 
tal cual ranchón o enramada hecha con toscas ramadas de 
algarrobos, más bien para indicar que aquellos campos, dedi- 
cados a la crianza de ganados, tenían dueños, que para ser- 
vir de residencia fija a sus respectivos propietarios. 

En una obscura noche del mes de marzo de 1844, a la luz 
de dos hermosas fogatas, una de estas rústicas enramadas 
reflejaba sus contornos en las blancas aguas que terminan 
en la playa septentrional del Bebedero. A la luz de la fogata 
•dei lado izquierdo se veían algunos soldados recién desmon- 
tados, que parecían disponerse a vivaquear en aquel lugar, 
y que, a juzgar por sus trajes y por la naturaleza de sus des- 
iguales armas, más parecían bandidos que soldados. Divisá- 
banse también entre ellos algunos heridos; pero esto no per- 
turbaba ni la alegre charla, ni las risas y maldiciones de los 
demás, mientras lo disponían todo para el descanso. 

Dentro de la enramada, a la luz de los fuegos que deja- 
ba pasar la mala cerca de algarrobo que hacía veces de pa- 
red en ella, se divisaba atado de pies y manos y sentado en 
el suelo, a un hombre de estatura aventajada, de rostro blan- 
co y de anchos bigotes rojos, al parecer herido, pues tenía el 
cuello envuelto con un pañuelo ensangrentado, y cerca de 
él a un soldado armado con tercerola y puñal. 

Al amor de la segunda fogata departían solos el jefe de 
la partida y su lugarteniente, y tanto tenía de apuesta y de 
simpática la figura del primero, cuanto de antipática la del 
segundo; pues que, a más de pequeña y contrahecha, llevaba 
en la amarillenta cara el rastro de un antiguo tajo que se 
la hacía aún más repugnante de lo que era en sí. 

— ¿Diste tus órdenes, Godoy?, dijo el primero al segundo. 

— Si, mi teniente; lo que ^s un resuello para los caballos, 
y unas cuatro horas de descanso para la tropa, cosa de que 
el lucero nos encuentre a caballo, y nada más. 

— Qué buen tiro, ¿eh? 

— ¡Vaya, pues! 

— ¿Escaparía alguno? No sea que estos... 

— ¡Vaya! ¡Ya que iban a escapar! En cuanto no más 
voleó usted al chileno de un balazo, los que iban disparando, 



RECUERDOS DEL PASADO 183 

castigando a des verijas, se nos vinieron como perros a bofe 
encima, para llevarse el cuerpo; pero contra lanza y aba- 
nico, no hay tutia; ¡ahí quedaron no más todos! 

— Ahora me alegro que no haya muerto ese chileno intru- 
so; y se acabó el perro bravo del fraile. ¡Qué buen tútano va 
a sorberse Baigorría! ¿Y está bien asegurado? 

— ¡Vaya, pues! Mi teniente lo ató con sus propias manos. 

— No descuidarse; yo voy aunque sea a despuntar un 
sueño. 

— Ya están todos roncando, justo es que descanse usted 
también, mi teniente. 

Un instante después, todo había pasado del movimiento 
a la quietud; las fogatas fueron poco a poco consumiéndose, 
y el silencio que en todas partes reinaba, sólo era interrum- 
pido por el grito de las aves acuáticas de la laguna, por el 
violento resoplido que lanzaban de cuando en cuando los ca- 
ballos atados alrededor del campamento, y por el tardo paso 
del centinela de vista que vigilaba al prisionero. 

Al segundo canto del gallo, la presencia de tres hombres 
armados en la entrada de la enramada dio a entender ai 
desgraciado cautivo que sus momentos eran ya contados; pe- 
ro se equivocaba; era el retén del relevo. Prisioneros como él 
sólo debían morir delante de Baigorría. Para mayor seguri- 
dad, el que hacía de jefe entró en la enramada a registrar en 
persona las ligaduras del encarcelado. El prisionero, sin po- 
derse dar cuenta de lo que iba a ocurrir, sintió con estre- 
mecimiento que le oprimían el hombro con dulzura, que re- 
banaban las cuerdas de cuero que ataban a la espalda sus 
casi adormecidas manos, y que dejaban, sin saber cómo, en 
ellas un puñal. 

Rodríguez, que no era otro el misterioso herido, conmo- 
vido con lo que le acababa de pasar, sin poderse dar cuenta 
de dónde podía venirle tan inesperado auxilio, atrajo bajo el 
poncho sus ligados pies, cortó con convulsa mano las ama- 
rras, y dando tiempo al restablecimiento de la circulación de 
la sangre, lanzarse sobre el descuidado centinela, derribarle 
de un poderoso cachazo en la frente, saltar por sobre él, y 
precipitarse al lago, fué todo uno. A los gritos del derribado 
centinela todos recuerdan y, en confuso tropel, siguiendo al 
cabo Godoy, que intencionalmente los extravía, dando voces 
de persecución, corren precipitados dejando tranquila atrás 
la codiciada presa. Rodríguez, entonces, saliendo apresurado 
del fango donde estaba sumergido, se lanza en pelo sobre el 
mejor caballo de los que allí están atados, atrepella a dos sol- 
(iados que quieren oponerse a su fuga y desaparece como un_ 



184 VICENTE PÉREZ ROSALES 

celaje por entre la obscuridad y la densa niebla que se alza 
de la tibia superficie del lago. 

Dos años después, en mi tercer viaje a San Rafael, Rodrí- 
guez, refiriéndome este suceso, agregaba: ¡El hacer bien nun- 
ca se pierde! 

La bala le había entrado cerca de la garganta, y sin 
saber cómo se había alojado, sin matarle, junto a la nuca. En 
San Rafael ni cosa había que se pareciese a cirujano; asi fué 
que. sin un nuevo arrojo de este hombre singular, difícil hu- 
biera sido me contase este suceso. Aburrido el huaso colcha - 
güino con la fiebre y el dolor que le ocasionaba semejante 
huésped, se dio con el puñal y a tientas, un peligroso tajo, y 
corriendo con fuerza la mano de adelante para atrás, ¡allá va 
esa moledera!, dijo, viendo saltar sobre el pavimento una 
ensangrentada bala de a onza que llevaba aún adherido un 
pedazo de gordura de su robusto cuello. 

La muerte de Aldao, considerada por Rodríguez como la 
mayor calamidad que pudo recaer sobre la provincia de Men- 
doza, cambió enteramente el carácter y las tendencias de 
su protegido. 

San Rafael fué convertido, desde entonces, en centro de 
un nuevo gobierno sometido, sólo en el nombre, a las autori- 
dades de Mendoza. Aumentó sus fuerzas alistando, entre sus 
soldados, cuantos chilenos llegaban al fuerte, bien fuese im- 
pelidos por la pobreza, bien por sus crímenes; se proveyó de 
caballada, de armas y de municiones, y a la sombra de su 
actitud imponente, esperó confiado el porvenir. Los pueblos 
de San Vicente. Lujan, San Carlos y Chilecito, atraídos por 
sus liberalidades, se pusieron tácitamente bajo su inmedia- 
ta protección, y aunque sometidos, en el nombre, a sus auto- 
ridades locales, no reconocieron más jefe ni más autoridad 
que al chileno Rodríguez, padre de todos los cuyanos hon- 
rados. 

Era. en efecto, este soldado aventurero, el supremo tri- 
bunal adonde acudían, en último resultado, los agraviados en 
las sentencias dadas por los juzgados de la provincia. Por 
intrincada que pareciese la cuestión. Rodríguez la resolvía en 
el acto; daba oídos al primer querellante que se le presenta- 
ba, y sobre su sola relación dictaba verbalmente su irrevo- 
cable fallo. Tal era la íntima convicción en que estaba de que 
aquellos ladrones, como él llamaba a los empleados públicos, 
no habían de hacer más que cosas arrevesadas, que con tal 
que la sentencia suya fuese diametralmente opuesta a la que 
habían dado aquéllos, ya la tenía y reputaba por justa y santa. 

Mal cimentadas aún las autoridades de Mendoza para 
arrostrar sin peligro la desobediencia armada del alzado chi- 



RECUERDOS DEL PASADQ 185 

leño, y calculando adonde podría conducirles su conocido 
arrojo, comenzaron, desde entonces, a mirar sigilosas su po- 
der; y lo consiguieron, porque en Rodríguez no se hallaba un 
ápice de cabeza; porque en él todo era corazón. 

Hacía tiempo que yo sospechaba estas maniobras; tiem- 
po hacía también que sin parecer tomar parte activa en 
cuanto veía, procuraba combatir en el ánimo de aquel sol- 
dado la idea de vengar agravios que a puño cerrado creía que 
se hacían a la memoria de Aldao, hasta que al fin me abrió 
entero su corazón. 

Era Rodríguez supersticioso, sin ser fanático; creía, con 
la fe del carretero, en brujos y en apariciones, y aquel cora- 
zón que nunca se inmutó ante las lanzas enemigas, tembla- 
ba como el de un niño ante todo lo que olía a sobrenatural. 

Refirióme que pasando solo una noche por las orillas del 
Diamante, donde había ido a llorar, sin que nadie le viese, la 
muerte de Aldao, su ídolo y su padre, había visto alzarse so- 
bre las tranquilas aguas de aquel río a un fraile vestido con 
hábitos blancos, que le hacía señas para que se acercase a él. 
Yo, señor, me decía conmovido, sentí que me empujaban ha- 
cia aquella aparición, como si ella fuera una lampalagua; pa- 
sé, sin saber cómo, por sobre el cercado de un huerto que está 
a la orilla del agua, acercándome cada vez más a aquel fan- 
tasma que, con los brazos abiertos, señalaba con el derecho 
la pampa oriental y con el izquierdo mis pies; iba a caer al 
rio, cuando sentí que me sujetaban y me arañaban una pier- 
na. ¡No sé cómo no me caí muerto de susto en aquel lugar! . . . 
Cuando volví en mí, ya todo había desaparecido, y me en- 
contré todo clavado en un matorral de rosas, donde había 
caído. . . ¿Qué será esto, señor don Vicente?, usted que es tan 
leído y que ha viajado tanto. ¿No será algún aviso del cielo? 
Porque es menester que sepa que, poco antes de morir, mi pa- 
dre me llamó a su lado, y estrechándome la mano, me dijo: 

— ¡Hijo mío. Si muero, véndelo todo y vete a tu tierra, o 
si no, marcha en el acto con tus soldados y ponte al servicio 
inmediato del Dictador. Si te quedas, desconfía de todos los 
mendocinos: ¡te matarán! .. . 

Proféticas fueron, por dfísgra.cia, para aquel soldado aven- 
turero las últimas palabras ae aquel fraile cruel, pues no tar- 
dó mucho tiempo su funesta realización. 

Rodríguez, al terminar aquel relato, saltó como lanzado 
por un resorte de su asiento, e irguiendo su imponente fren- 
te, dijo con voz entera estas palabras, que me helaron de es- 
panto: — ¡No obedezco, ni quiero obedecer, mientras esté vi- 
vo uno de los detractores de Aldao! Yo les probaré a esos 'oa- 



186 .VICENTE PÉREZ ROSALES 

guales que gobiernan en Mendoza, que así, viejo como está, ] 
Rodríguez puede todavía quebrantarles el lomo. 

El abatimiento que sigue a la exaltación no tardó en apo- 
derarse de ese corazón henchido de agradecimiento, y vol- ■ 
vio a sentarse silencioso, fija la vista, sin pestañear, en el ^ 
horizonte. 

¡Pobre amigo!, ¿trabajaba en ese instante su mente, el , 
convencimiento de su impotencia intelectual para llevar a ca- 
bo sus propósitos? Muerto Aldao, aquella alma inquieta vaga- 
ba incierta de proyecto en proyecto, buscando con ansia al- 
guna amiga inteligencia que, dirigiendo la marcha de sus po- 
derosos medios de acción, los hiciese fructuosos. 

Tomóme en seguida de la mano, y dirigiéndose a núes- ' 
tros caballos ensillados que esperaban afuera, nos entramos ' 
silenciosos en la Pampa. Poco después, se detuvo, y alzando 
el brazo con dirección al sur, me dijo: Patrón, ¿alcanza a ver 
allá abajo el nevado?... Ese es el Gigante. Dé vuelta ahora 
su caballo, y mire usted alrededor suyo, hasta donde le al- 
cance la vista... ¿Vio también a San Rafael?... Míreme" 
ahora las míanos, y en vez de manos, me mostró manoplas... i 
¿Servirá de algo todo esto? . . . Pues bien, todo cuanto ha vis- I 
to es suyo; quédese conmigo, no vuelva a Chile. Confieso que, * 
espantado con tan extremosa demostración de generosidad, • 
cuyo propósito ya no admitía duda para mí, me dejó sin po- \ 
der contestarle de pronto. Rodríguez, entonces, interpretan- : 
do mal mi indecisión, agregó: Sé que todo esto no es gran co- i 
sa para hombres acostumbrados a regalos, como lo es usted; 
pero entiéndame bien, todo esto no es m.ás que un estribo 
que le alcanzo, para que se afirme en él y suba a ocupar el 1 
puesto que ocupaba mi general... El caso no admitía duda; \ 
mas yo lo único que pude comprender fué que, estando ya ¡ 
en posesión de semejante secreto, mi permanencia en aque- i 
líos lugares se había hecho de todo punto insostenible. 

Agotados los medios de persuasión para disuadirle de tan ■ 
descabellado propósito, le hice consentir en la importancia \ 
de un viaje mío a Chile; y con la promesa de no dar paso' 
ninguno antes de mi vuelta, me custodió con cien lanzas has- 
ta el pie de las nieves. Allí le hice presente cuan rodeado es- \ 
taba de traidores y de asechanzas; que no fiase secretos ni 
a su almohada, que continuase obediente como leal militar, 
y, sobre todo, que no diese paso ninguno subversivo, si no me 
encontraba yo a su lado; y héchole prometer todo esto, di,' 
con el desconsuelo del que pierde la esperanza, al pobre ami- 
go, el último abrazo que debía recibir de mí en el mundo. , 
Rayaba ai>enas el año de 1848 cuando llegó a Chile laj 
noticia de un poderoso movimiento militar que. organizado^ 



1 



RECUERDOS DEL PASADO 187 

en San Rafael, amagaba derrocar las autoridades constitui- 
das de l-a provincia de Mendoza, marchando amenazador so- 
bre la capital; y muy pocos días despiiés, el .lele que la 
encabezaba, traicionado y vencido cerca de Lujan, habla si- 
tío alcanzado en su fuga, cerca de las Yaretas, y entregado 
a.i brazo del verdugo. ¡Los cariados huesos de Araya, venga- 
do por la mano del destino, debieron estremecerse en su se- 
pulcro! 

Así murió a los setenta y cuatro años de edad, después 
ce una vida henchida de borrascas, el valiente huaso de Quia- 
hue, la espada mejor templada del despiadado fraile Aldao, 
Rodríguez, cuya m.emoria será siempre grata a los sur-sancar- 
leños de Mendoza, cuyos recuerdos vivirán mientras vivan 
los campos de batalla donde lució su espada el antiguo y 
prestigioso jefe de la frontera patagónica de San Rafael, a 
quien sus enemigos llamaron atroz bandido, y sus amigos, pa- 
dre amoroso de la gente honrada. 

Con la muerte de Rodríguez, en cuya compañía había 
hecíio varias expediciones guerrero-mercantiles hasta más 
allá del río Colorado, que arroja sus aguas en el Atlántico, 
terminó también mi afición al negocio ganadero de las pam- 
peas, que consistía, ya en cautivar ganados alzados que a 
fuerza de gritos y de carreras lográbamos encaminar a lu- 
gares sin salida, ya recobrando por la fuerza, de manos de in- 
dios chilenos, aquellos que conducían robados de la provin- 
cia de Buenos Aires, o ya asaltando los aduares de indígenas 
pamperos que obedecían a Baigorría. 

¡Cuántas riquezas naturales para la industria minera, y 
soDie todo, para la pastoril, no encierra el agreste y poco co- 
nccido territorio formado por el recuesto oriental de los An- 
des, entre el conocido paso del Planchón y el grado 37 de la- 
titud sur, y entre las nieves eternas y el remate de los con- 
trafuertes que, escalonados unos, guardando cierto paralelis- 
mo con las heladas cuchillas de la sierra, y arrancando otros 
formando rectos ángulos con ellas, van disminuyendo de al- 
tura hasta que, transformados en colinas, se pierden en las 
vastísimas planicies de las pampas! 

Conservo de este territorio el mismo leguario original que 
servía a Rodríguez de guía en sus expediciones, y que debo 
a su confiada am.abilidad para conmigo. Este hombre singu- 
lar había cedido, en mi primera visita, su propio dormitorio 
para mi alojamiento. Incomodado yo en las primeras horas 
de la noche por notables irregularidades que me parecía en- 
contrar bajo el colchón, introduje la mano, y al notar que 
provenían de muchos paquetes de papeles, la retiré con es- 
Anto. presumiendo que podían ser ellos documentos de tal 



188 VICENTE PÉREZ ROSALES 

naturaleza, que sólo debían archivarse tan a la mano del guar- 
dador, cuanto lo estaba la amartillada chapa de pistolas que 
éste llevaba siempre en la cintura. 

Departiendo con él al siguiente día sobre los hombros y 
las distancias de algunos lugares que desde nuestro asiento 
se divisaban, entró conmigo a su cuarto, y después de intro- 
ducir la mano entre mi colchón y las tablas de su catre, ex- 
trajo de entre varios legajos que me dijo contenían delicados 
documentos y cartas de Rosas y de Aldao, el leguario a que 
me refiero y que en tan especial archivo conservaba. 

No es ésta ocasión de publicar este importantísimo docu- 
mento, lleno de notas y de correcciones hechas por mano del 
mismo Rodríguez durante todo el tiempo que ejerció su in- 
sólito poder en la fronetra; pero ya que he de decir algo so- 
bre lo propicio de aquellos lugares para el fácil desarrollo de 
la industria pastoril, prefiero que oigan mis lectores, de pro- 
pia boca del literato de Loló, la parte del leguario que escri- 
bió sobre la sección menos rica de todos ellos, que es el curso 
del río Atuel, desde el punto denominado Juntas, hasta su 
nacimiento en las cordilleras que dan a Rancagua. 

Dice al pie de la letra así: 

"De Las Juntas, caminando al noroeste hasta llegar a Bu- 
talo, hay ocho leguas. Campo pastoso, algarrobales, médanos, 
pampas grandes y cerrilladas al poniente. En este punto alo- 
jó el general Aldao. con la división del centro, el año 33, por 
ser campo de muchos recursos y de varias lagunas de agua 
dulce. 

"De aquí al paso de los Púntanos, nominado Puntano 
Milagüe, hay ocho leguas. Campo pastoso con médanos y al- 
garrobales. Contra el albar'dón de un médano había vivien- 
das de los indios Guitrao y del cacique Barbón, que finaren 
todos el año 33, perseguidos por la vanguardia de la división 
del centro. 

"De aquí a Loncoboca, tres leguas. Algarrobales encum- 
brados, chañares, médanos, guaiguerias y muchos pastos en 
las costas del río. 

"De aquí a Chilquita o Bain. dos leguas. Igual cíase de 
campo, con una cañada muy pastosa a la costa de la cordi- 
llera del poniente; multitud de animales alzados bajan al 
agua de la laguna que hay en el centro de una gran trave- 
sía de las inmediaciones. 

"De aquí a Soitué hay tres leguas. Igual clase de campo 
pastoso con grandes pampas al poniente. Caza de chanchos 
jabalíes, mucha hacienda alzada, y sigue la cordillera al po- 
niente. Se pasa el río al naciente por el paso del Loro, por 
no haber camino por la costa del poniente que hemos se- 



RECUERDOS DEL PASADO 189 

guido y que dista seis leguas de Soitué. Hay en el paso un agi- 
gantado algarrobo, campamento antiguo de indios que no 
existen. 

'•De aquí a la pampa de la Víbora (Tilulelfún) hay una 
legua. Esta pampa es de boleadas de avestruces, por ser mu- 
chísimos los que hay; campos pastosos, pozos de rica agua 
donde alojan los indios cuando vienen a invadir a San Ra- 
fael. 

"De aquí a Currulaca, cinco leguas. Lugares pastosos y 
bosques de algarrobos y chañares. Inmensa multitud de aves 
de caza. Campo hermoso para sacar agua en todos los pun- 
tos. Muchos chanchos y jabalíes y hacienda vacuna y cabal- 
gar alzada, que bajan a este punto del río a tomar agua. 

'•De aquí a La Varita, cinco leguas, de igual clase de cam- 
po con fumales. 

'•De La Varita hasta los Marcos hay una travesía de ca- 
torce leguas. En este intermedio entra mucho el río al po- 
niente, lugar de muchos tigres, jabalíes, avestruces y mon- 
tañas de algarrobos y chañares. 

"De aquí a la bajada del Tigre, hay una legua, con ca- 
mino angosto, lagunas, algarrobos y chañares. 

"De aquí al Corral de Vicente, tres leguas de senda es- 
trecha con vueltas. Gran chañar sombradizo, algarrobos tu- 
pidos. 

"De aquí a Yuncalito, dos leguas de pichanal, algarrobal 
y chañar, campo pastoso y ramblones de agua de lluvia. 

"De aquí al Corral de Novillos, cinco leguas. Grandes ba- 
rrancas al lado del río, que forman corrales de encierra; cam- 
po igual al anterior. 

"De aquí al Real del Mundo, cuatro leguas. Campo al- 
falfado a la costa del río, por haber habido alojamiento o vi- 
vienda; y al naciente montuoso. 

"De aquí al Real del Padre, cinco leguas; alfalfales y 
algarrobales. 

"De aquí a Las Juntas, cinco leguas. En medio de Las Jun- 
tas hay un fuerte redondo de altas barrancas con chañares 
ralos para sombrear. Pasa por este fuerte el camino que con- 
duce a San Rafael, y al lado del norte hay una loma grande 
vestida de montes, donde se ocultan los indios espías para 
pillar a los campeadores cristianos." 

No fastidiaré más al lector con la minuciosa copia del le- 
guario que indica el curso del Atuel hasta sus fuentes andi- 
nas, curso que desde el punto de partida llamado Juntas, al- 
canza en sus vueltas y revueltas por entre algunos planes y 
cuesta arriba, 144 leguas según Rodríguez. Básteme decir que 
los pastos y los abrigos .vegetales para los ganados, alcanzan 



190 VICENTE PÉREZ ROSALES 

muy cerca de las cumbres; que en el lugar llamado Boca del 
Río. a 20 leguas del último que señala el leguario, existen 
canteras de preciosos mármoles; que en el Loncoboca, más 
arriba aún. existen excelentes salinas; que a 27 leguas de Lon- 
coboca, en lo que llaman Acequia del Atuel, después de ca- 
minar por piedras y chupa sangre, se llega a unos baños ter- 
males llamados Aguas Calientes, que nacen entre cortadera - 
les donde se encuentran volcanes de agua, en los que al an- 
dar sin apercibirse, se precipita uno como en pozos profundo i, 
que moUes formando bosques, se encuentran en los valles 
pastosos que yacen en el mismo pie del alto Sosneado, y que- 
en el cajón que se desprende de la falda septentrional con 
el de ese cerro, se encuentran las abundantes salinas del ca- 
cique Maturano. 

He señalado prolijo la importancia de la hoya del Atuel 
por ser ella la que se considera menos adecuada a la crianza 
de ganados que los demás campos que siguen para el sur 
hasta el rio Colorado, para que no se admire ni la abundan- 
cia de animales que, gozando de plena libertad, pastan en 
ellos, ni su extraordinario bajo precio. 

La suma abundancia de pastos perennes que existen er. 
los cajones y en las lomas y valles del recuesto oriental c-^^ 
los Andes, y que van en aumento desde la altura geográfi- 
ca de Rancagua hasta la del volcán de Antuco, territorio que 
con frecuencia he recorrido, explica el porqué del conthiui 
enviar de ganados chilenos a esos lugares, a pesar de la abun- 
dancia y riqueza de nuestros pastos y del peligro que van ?. 
correr fuera de nuestro territorio entre los indios. Entre los 
pasos de Leñas Amarillas al norte y el del volcán Antuco a: 
sur. se crian y apacientan, a más de los ganados domésticos 
y alzados propios de aquellos lugares, miles de animales chi- 
lenos que desde Quechereguas para el sur. confían los ha- 
cendados al cuidado de los caciques propietarios de aquellos 
desiertos. 

Así como aumenta la lozanía y el vigor del pasto a me- 
dida que se avanza hacia las regiones del sur. asi también .«e 
nota la gradual variedad, corpulencia y altura de los árbole-s 
que los acompañan, pues no pasando éstos, en el norte, de 
chañares y de algarrobos aparragados y de tal cual arbiis':: 
espinoso, a medida que se acercan al sur, no sólo van adqui- 
riendo altura y robustez, sino que se acompañan con la ve- 
getación chilena de manzanas silvestres, de moUes, roble;", 
guaigones y aun de cipreses, de los cuales vi muchos en ei 
valle de las Lagunas Acollaradas o Epulanquen a inmedia- 
ciones de las fuentes del río Curileufu. 

Parece que la riqueza y abundancia de m.inerales fueri 



RECUERDOS DEL PASADO 191 

peculiar a las regiones inmediatas al Ecuador; pues a medi- 
da que se aleja de ellas el minero, menos ocasiones encuentra 
donde ejercer su industria. 

Salvo la gran veta de plata que se ve y se ha trabajado 
en Uspallata, y cuyos rastros se encuentran de vez en cuan- 
do en las serranías del sur, confinando la extensión de su co- 
rrida, ninguna otra mina de este metal, ni de ero, he en- 
contrado en las regiones que señalo. 

Las de cobre abundan, sobre todo en el valle de los Cie- 
gos, a inmediaciones del Planchón, y en las del rio Tordillo, 
donde he observado vastos derrumbes de metales de subida 
ley que nadie explotaba por las dificultades que ofrece la au- 
sencia o el peligro de los caminos. Abundan grandes depó- 
sitos de puro azufre y de sulfato de alúmina, y llama muy 
especialmente la atención del viajero, en las alturas del ca- 
mino del Planchón a San Rafael, una solitaria e imponente 
laguna de brea que, fluyendo de una grieta volcánica, llena 
el aire de miasmas azufrados. La árida margen de este ne- 
gro y pegajoso depósito de substancias bituminosas contrasta 
con la blancura de cientos de esqueletos de animales que 
atraídos a este lugar, tal vez por la curiosidad, han muerto 
presos de patas en él. 

Minas o depósitos de excelente sal se encuentran a cada 
rato; sobre todo donde cruza el camino denominado Barsas 
de las Barrancas que conducen a Curileufu. 

El comercio que sostienen todos estos lugares con el sur 
de Chile se reduce a arrendamientos de potreros y a inter- 
nar en él, animales, plumas de avestruces, brea para tinajas 
y sal. .^ 

Desde tiempo inmemorial nuestras compras de animales I 
a los indios de ultra Bío-Bio han sido y siguen siendo la prin- 
cipal causa de los robos y diarios ataques a la propiedad ar- 
gentina, verificados por los indígenas de una y otra banda 
de la cordillera. Antes, pues, de dar de mano en esta parte 
a mis recuerdos, y como comprobante de esta verdad, voy a 
copiar al pie de la letra una nota que el buen literato de Lo- 
ló puso en su interesante leguario al hablar en otra del co- 1 
mercio pampero con Chile. Dice la nota así: — ^ 

"Memoria de algunos sucesos y circunstancias que se ha- 
ce necesario tener en vista sobre los terrenos que pertene- 
cen a los indios Ñorquinos, donde ellos, por su ignorancia, de- 
jan pasar a los chilenos. Los lenguaraces Zúñiga y Salvo lo- 
gran a fuerza de amenazas que los Ñorquinos dejen pasar a 
sus espías, para que pasen hasta Banquiimacó a comerciar, 
es decir, a robar y dar malones juntos con los indios del na- 

Re cuerdo. — 7 



192 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ciente. Estos cristianos se entreveran con los indios ladro- 
nes, se visten de chamal y, en pelota, quedan a igual clase 
de ellos; pasan después a juntarse con los baigorrianos, y a 
su vuelta, después de los trabajos que hacen en robar, se des- 
piden, vuelven a su tierra vestidos como antes y entregan el 
robo a Zúñiga o a Salvo, que lo mandan vender." 



CAPITULO XI 

Cerrillos de Teño. — Pena de azotes. — Sociedades de ladro- 
nes. — Tierras auríferas. — La langosta y la Sociedad de 
Agricultura. — El nuevo pintor de decoraciones del teatro 
de Santiago. — Sarmiento, Tejedor y la literatura ar- 
gentina. 

All á en el año 1847 arrendaba yo la hacienda de Coma- 
lie, propiedad de aljüel "distinguido literato y adusto manda- 
tario que, siéndolo de Curicó, donde ella se encontraba ubi- 
cada, solía escribir a su amigo Luis Labarca cuando el pueblo 
tendía a insurrecciones: "Pronto iré a hacer temblar a esos 
zamarros con el ruido de las ruedas de mi birlocho". 

Comalle y los tupidos bosques de Chimbarongo, como 
ahora se dice,"erán entonces la morada y el seguro escondite 
de aquellos afamados ladrones pela-caras que hacían teme- 
rosos, con sus atroces correrías, los mentados Cerrillos de 
Teño; y como habían sido hasta entonces inútiles cuantas 
medidas había adoptado la autoridad para purgar aquellos 
lugares de semejante plaga, solicité y obtuve el cargo de sub- 
delegado de esa temida sección del departamento de Curicó, 
con el solo objeto de manifestar con hechos que el azote no 
siempre merece el vituperio de los filántropos. Fueron los. más 
acaudalados. jDropietarios dej lugar mis a,ctiyo5 inspectores; 
armáron^e_los~lñigQillmóJ,^^^y^ éstos por sus res- 

pectivos patrones, en todas partes se persiguió al bandido, 
y en ninguna se substituyó la relegación al dolor físico. No 
teniendo ya el bribón donde asilarse, ni buen techo ni co- 
mida por castigo en aquellas aulas que llamamos cárceles, 
verdadera escuelas de nefandos crímenes, tuvo forzosamente 
que abandonar el teatro de sus depredaciones y buscar más 
allá de los Andes la impunidad que no encontraba en Chile. 
Poco tiempo después ya podía viajarse por los cerrillos del 
mentado Teño sin llevar el viajero ni un solo cortaplumas en 
el bolsillo. 

Es preciso que nos emancipemos alguna vez del fascina- 
dor iñfriijo de la mal enteníTlihi iHaritiopia. El hombre, en 
cuanto animal, cobija en su corazón el germen de los más 



194 VICENTE PÉREZ ROSALES 

atroces actos; y si es cierto que la educación ahoga, en ge- 
neral, el desarrollo y crecimiento de tan funesta semilla, tam- 
bién lo es que la misma educación muchas veces los perfec- 
ciona. La educación, además, sólo puede surtir morales efec- 
tos sobre el virgen corazón del niño, que no teniendo aún 
nociones fijas ni de virtudes ni de vicios, no tiene tampoco 
por qué deshechar la honrada senda que un buen profesor 
puede indicarle. Pero la educación está muy lejos de obrar 
idénticos efectos sobre el corazón del hombre adulto, cuan- 
do éste ha llegado a familiarizarse con el crimen. La planta 
que al nacer puede arrancarse con sólo el leve esfuerzo de la 
presión de los dedos, cuando llega a su completo desarrollo, 
sólo la excavación o el hacha puede extirparla del suelo don- 
de se la dejó crecer. De aqui el proverbio español, que no 
por ser vulgar deja de ser cierto, que "moro viejo no puede 
ser buen cristiano". 

En el moro viejo es precisamente donde predomina la 
parte animal sobre la intelectual; y a la parte animal sólo 
puede hablársele con el atractivo del pan o con el tem^or del 
dolor físico. ¡Cuántos hombres-fieras no hemos visto cami- 
nar hacia el patíbulo con la más espantable serenidad! 
¡Cuántos no hemos visto salir de la Penitenciaría y de las 
cárceles despidiéndose con cínica sonrisa de sus compañeros, 
con un repugnante ¡Hasta luego! ¿Hay alguno que se dirija 
al rollo del mJsmo modo? Ninguno. El dolor físico hace que 
el tigre admita sin morderla, en su propia boca, la cabeza 
del domador. 

La simple reclusión sólo produce fastidio y no escarmien- 
to €n la mente del endurecido criminal, por no poder en ella 
satisfacer el mar de vicios donde enfangado ha vivido, y es 
seguro que más aprovecharía a la pública seguridad una me- 
dia docena de bien aplicados garrotazos al falseador de cie- 
rros, cada ocasión que se le sorprendiese cometiendo el crimen, 
que un año de reclusión al abrigo de m.ejor techo que el que 
antes de cautivo le cobijaba, y con mejores y gratuitos ali- 
mentos que aquellos que sólo a fuerza de trabajo podía pro- 
porcionarse cuando libre. 

No quiere esto decir que la reclusión del ladrón no sea 
un medio de evitar temporalmente que siga robando como lo 
hacia cuando libre. ¿Pero basta la privación de la libertad? 
¿Devuelve acaso el ladrón al despojado lo que le quitó por 
astucia o por violencia, a menos que la casualidad no ponga 
en manos de la policía el robo? ¿Devuelve el ladrón a la co- 
munidad los gastos que le impone .su temporal reclusión? Si 
al huilón. L'ii vt'z de darle unu Iclpa a liempu y mandarle des- 
pués a rascarse a otra parte, se le encierra, enciérreselc en 



RECUERDOS DEL PASADO 195 

hora buena, pero obligándole a pagar en el encierro con vio- 
lentos y forzados trabajos, ya el sustento que debe a la socie- 
dad, ya el robo que debe al despiojado. 

En los robos y asesinatos de los Cerrillos de Teño ter- 
ciaban también los indios pehuenches, circunstancia de muy 
pocos conocida, y cuya certidumbre tenia yo antes de trans- 
formarme en sátrapa de aquellos lugares. Llegaban todos los 
años aduares de pehuenches al departamento de Curicó, pro- 
vistos de plumas de avestruz y de breas para vender, y nadie 
descubría ocultas en esas mercaderías la garra del ladrón ni 
el puñal del asesino. 

No atinaba a encontrar el modo de librar a mi subde- 
legación de semejante plaga, por lo bien constituidas de las 
partidas de aves de rapiña, que con distintos disfraces lo 
infestaban todo. Tenían esas sociedades sucursales en Con- 
cepción y en Coquimbo. Los animales robados en uno y otro 
de estos dos lugares caminaban para los Cerrillos o para los 
bosques de Chimbarongo. En el punto de reunión se hacia el 
canje, y nuevos arrieros conducían al mercado de Concep- 
ción los animales de Coquimbo, y al mercado de Coquimbo los 
de Concepción. Mas. como no siempre convenía a los intere- 
ses de esas sociedades unidas las traslaciones, se entregaban 
a los pehuenches grandes partidas de caballos chilenos, que , 
gozaban de alto precio en Cuyo, a trueque de animales va- í 
cunes para la siguiente primavera. Los pehuenches pagaban / 
siempre con munificencia esas compras a plazos, a expensas ) 
de los robos que hacían en las haciendas de ultracordillera. | 

Encontrábame de visita en casa del señor don Mateo Mo- 
raga, arrendatario de Teño y uno de mis más activos ins- 
pectores, cuando entrada la noche vino un pehuenche todo 
ensangrentado a avisarme que el jefe de su reducción, Tai- 
pangue, que no era otro, como vine a saberlo a destiempo, 
que un bandido de sangre española que así devsempeñaba el 
papel de capitanejo como el de honrado y sencillo campesi- 
no, vendedor de animalitos para engorda, acababa de matar 
a su hermano, deshaciéndole a pedradas la cabeza. Muy irri- 
tado con este denuncio, a pesar de los esfuerzos que hacía 
Moraga para que le esperase, iba- a montar precipitadamen- 
te a caballo para trasladarme con los huasos que me acom- 
pañaban a la reducción o toldería del tal Taipangue, cuando 
se nos apareció dando gemidos una pehuencha, ensangren- 
tada también, diciendo a voces que no fuesen pocos soldados, 
porque habiendo sabido el cacique que su cuñado había ve- 
nido a denunciarle, había hecho montar su gente y dispués- 
tolü todu paiit repeler la fuerza por la fuer/a. Dióse inmedia- 
tamente aviso a los inspectores don Luis Labarca, dueño de 



196 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Rauco, y don Jorge Smith, yerno de Irisarri, para que se me 
reunieran con su gente, y una hora después, acompañados 
con el médico de Talca, don Pedro MoUer, ya estuvimos en 
la toldería. Aunque pocos, porque aun no se me habían re- 
unido los demás compañeros, crei que esto no pasaría de 
oquí, hasta que las contestaciones altaneras, la vista de un 
cuerpo bañado en sangre y al parecer examine, y el intento 
de arrebatarme por la fuerza a un prisionero, me obligó a 
atacarlo sin consideración ni miramiento alguno. Vertióse 
sangre, es cierto, pero también lo es que quedó ileso el prin- 
cipio de autoridad. 

Si yo me hubiera demorado en agredir, si yo por acatar 
lo que enseñan algunos compasivos criminalistas, que la de- 
fensa sólo debe superar al ataque en lo que fuese estricta- 
mente necesario para inutilizarle; si yo me hubiera puesto 
a medir el largo y la profundidad de las heridas, tal vez no 
estuviera ahora recordando este episodio, que siempre se apa- 
rece a mi memoria cuando veo a un pobre vigilante atacar 
con solo su mala espada a un bandido que lo hiere con pis- 
tola, y que no mata al malhechor porque no se diga que se ha 
excedido en el ataque y se le someta a juicio. 

Comoquiera que fuere, la prisión del herido Taipangue, 
la de algunos de sus principales mocetones, y el temor de que 
las declaraciones de éstos pusiesen en claro Jas maniob.as de 
los demás vendedores de plumas y de breas, hicieron tomar a 
los cerrilleros de chiripá el rumbo de los malales del sur de 
San Rafael en la provincia de Mendoza. 

Los santiagueños, que son siempre los apuntadores y los 
directores de escena en el drama tragicómico de nuestra vi- 
da pública, comenzaban a dormitar, cuando a un francés 
que vivía en el piso bajo de la casa de Solar (hoy Hotel In- 
glés) , pobre de riquezas monetarias, pero riquísimo de arbi- 
trios, 3'a que no disponía de monedas, de pomadas ni de 
afeites para imponer a los maridos contribuciones indirectas, 
se le ocurrió la peregrina idea de explotar al soltero y al ca- 
sado, vendiendo muchas esperanzas de caudales por poquí- 
simo dinero. 

Alojaba yo, cuando iba de la hacienda a Santiago, so- 
bre el aposento de este buen industrial, y observaba que cuan- 
do estaba solo ni siquiera se movía, al paso que cuando es- 
taba acompañado era tal el ruido de choques de baldes y so- 
najera como de molinillos de café que allí ,se hacían, que daba 
ya al demonio con semejante vecindad, cuando vi salir co- 
rriendo al francés, sin sombrero, en mangas de camisa, gri- 
tando como loco por el patio: — ¡Protección! ¡Protección! 
¡Chile es un pozo de oro! ¡Yo sé cómo .cacarlo! 



RECUERDOS DEL PASADO 197 

¡Oro! dijiste. El alboroto se hizo general; detuviéronse 
en la puerta de calle muchos mirones, otros entraron: el 
cuarto del francés se pobló de curiosos. Todos oyeron boquia- 
biertos los gritos de aleluya con los que el sabio químico les 
anunció que en la composición de todos los terrenos de Chile 
entraba, en prodigiosa abundancia, el elemento oro; tanto, 
que hasta en los ladrillos de su propio cuarto le habla en- 
contrado; y todos vieron con sus propios ojos, sobre una 
mesa artísticamente acomodada, alineados, montoncitos de 
distintas tierras, cada uno con una tarjeta que indicaba la 
procedencia de ella, la cantidad de oro que producía por ca- 
jón y los quilates del precioso metal, representados por pelli- 
tas homeopáticas, colocadas al lado de cada montón, en su 
correspondiente frasquito. Veíase también en aquel improvi- 
sado laboratorio una pequeña hornilla, algunos crisoles, fras- 
cos de azogue, algunos ácidos o líquidos misteriosos, y sobre 
una tarima bastante sólida, algo que parecía máquina, cuida- 
dosamente tapada con un tapete. 

El sabio profesor, acosado por las preguntas y cansado 
de hablar, después de regalar dos cartuchitos de tierra y dos 
pellitas que no hacían falta a su colección, a los que le pa- 
recieron más idóneos propagandistas, despidió con súplicas 
exigentes a las visitas, pues tenía algo de importancia vital que 
hacer a esa hora, cerró cuidadosamente su cuarto con can- 
dado de letras, hizo como que encargaba algo en secreto a su 
compañero, que hacía veces de sirviente, y desapareció, de- 
jando por un momento como estatuas a los reverentes cu- 
riosos, que parecían envidiar la "tuerte del futuro dispensa- 
dor de las riquezas. 

Apenas comenzó a circular por Santiago la noticia de es- 
te portentoso descubrimiento, cuando, como siempre suce- 
de tn estos casos, aparecieron supuestos alquimistas que, ex-, 
plotando la sencilla credulidad de grandes y de chicos, con el 
resultado de falsos ensayos que les vendían, dieron más pe- 
so a la verdad del primitivo descubridor. 

Concurrieron a esas oficinas, de descarada ratería, hom- 
bres serios y circunspectos, y a ninguno vi salir de ellas sin 
que dejase de llevar tierra en los bolsillos, contento en el sem- 
blante y un mar de locas esperanzas en la mollera. 

A consecuencia de estos ensayos, cuya riqueza subía o ba- 
jaba el ensayador, según el aspecto más o menos pagano de 
la víctima que le iba a consultar, no quedaron en el país ocres 
ni antiguos relaves que no se denunciaran; mas, como estas 
propiedades nada valían si no se disponía del secreto que les 
daba valor, secreto que sólo podía aprovechar la compañía 



198 VICENTE PÉREZ ROSALES 

que uniese sus caudales a los talentos del inventor, luego se 
pusieron en planta mil arbitrios para sorprenderle. 

Cada íuul se creía en posetiión de algún hilo que conducía 
u este misterio.so ovillo; llovieron por todas partes inven- 
ciones que cuidadosamente se ocultaban a las envidiosas mi- 
radas de los que se velan privados de semejante tesoro. En 
una palabra, llegó a tanto la fiebre de las tierras auríferas, 
que hasta muchos de los que comenzaron por engañar se en- 
gañaron; en tanto grado es cierto lo que dijo el poeta, que la 
sed del oro da siempre al traste con la razón del hombre. 

Pero no sólo se ocupaban los ingenios del siempre nove- 
doso Santiago en buscar soluciones mineralógicas, porque 
junto con la bullanga de las tierras auríferas, llegó tamblin 
la de una inesperada invasión de langostas sobre los campos 
de Maipo a ocupar un lugar preferente en la lista de las cues- 
tiones por ventilar. 

Cúpole entonces a nuestra recién nacida Sociedad de 
Agricultura la mal intencionada ocasión de probar cuánto su- 
pera la buena voluntad a la pericia en los primeros pasos que 
dan las asociaciones patrióticas cuando no las llevan de la 
mano el saber y la experiencia. 

La langosta, que arrasa campiñas enteras en las provin- 
cias argentinas, no emigra de una provincia a otra entre nos- 
otros, ni donde se la encuentra asume el carácter devastador 
que en otras partes. Este voraz insecto, que hasta el nombre 
de plaga ha logrado merecer, vive y reina en algunos seca- 
nos de nuestro Chile, y muy especialmente en los pichin- 
gales situados al oriente de la provincia de Curicó, de donde 
ya comienzan el arado y el riego a hacerle desaparecer sin re- 
torno. 

De vez en cuando se notan sobre algunos puntos de nues- 
tro suelo invasiones de ciertos animales que pasan con la 
misma rapidez que aparecen, sin que nadie hasta ahora haya 
podido explicar est-e fenómeno. Hay años de aves, años de ra- 
tones, años de hormigas, años de palomillas, de pulgas, etc. 

El año de 1855 se vio el Gobierno precisado a decretar 
auxilios para los colonos de Llanquihue, sobre cuyos campos 
se había batido primero una asombrosa cantidad de aves que 
destruyó todos los sembrados, y después, un mundo de rato- 
nes que, brotados como por encanto del territorio meridional 
del pueblo de Osorno, se extendieron como mancha de aceite, 
arrasándolo todo hacia el sur, hasta desaparecer por comple- 
to y sin saber por qué, al llegar a las aguas del seno de Re- 
loncaví; siendo de notar que en esos lugares eran el año an 
terior escasísimas las aves, y que nadie conocía ni siquiera el 
nombre del ratón invasor que vino después. 



RECUERDOS DEL PASADO 199 

Los agricultore.s de Maipo y de Santiago, que, como los d€ 
las otras provincias, poco se fijan en averiguar la causa de 
estos fenómenos sino cuando tienen la calamidad a cuestas, 
y que entonces era, como lo es ahora, costumbre de esperar- 
lo todo del Gobierno, elevaron hacia él sus sentidos clamo- 
res. El Gobierno, que siempre sabe menos que los agricultores 
cuanto a la agricultura atañe, por complacerles consultó a 
la Sociedad de Agricultura, que debía saber más que todos 
juntos sobre las medidas que deberían adoptarse para la ex- 
tirpación de aquella plaga egipcíaca. 

CLa doria corporación, interpelada, pareciéndo)le desdo- 
roso dar a entender que sabía tanto en esto de langostas co- 
mo el Gobierno en aquello de agricultura, acordó, después de 
seria meditación, aconsejar la medida salvadora de apacen- 
tar grandes tropas de pavos sobre los campos infestados, y 
para precaver robos, la creación de una policía guarda-pavos, 
que pusiese a e^tos útiles obreros a cubierto de raptores y de 
pavicidas. 

Este acuerdo, que no sé si llamar plagio o limitación dpi 
remedio portugués contra las pulgas, y los desatinados me- 
dios de tirar a sacar oro de todas partes, que tan alborotados 
traían a todos los caletres, pusieron por segunda vez la pluma 
en mi mano, y a riesgo de que me pasase lo que me pasó la 
vez primera que me metí a escritor, critiqué con las armas 
del ridiculo la manía incurable de creer que el oro iba a 
abaratar a impulso del numen creador de un descarado char- 
latán, y el temor de que se amengüe el talento en el momen- 
to mismo en que más se enaltece, confesando modesto que no 
sabe lo que efectivamente ignora. 

Por fortuna, como en Chile siempre se lee sobre corriendo 
lo que despacio se escribe, nadie me hizo caso, y yo, para 
evitar nuevas tentaciones, torné diligente del buen Santiago 
a mi desierto Teño. 

No tardó en agotar mi turbulenta paciencia la monoto- 
nía de las tareas rurales, y, buque sin timón y escaso lastre, 
arrebatado por el quijotesco viento de las aventuras, se me 
vio salvar de nuevo los Andes, correr a palo seco sucesivas tor- 
mentas, y después de forcejear inútilmente centra mi aviesa 
suerte, recalar con serias averías en la caleta Teatro de la 
Universidad, de la gran bahía de Santiago. 

Aun no había venido a Chile el célebre pintor Giorgi a 
hacernos saber lo que son decoraciones en los teatros. Flore- 
cía entonces en el nuestro, que se llamaba de la Universidad, 
por su colocación, el distinguido artista maestro Mena, pin- 
tor decorista y hombre de los equivalentes, para el cual no 



200 VICENTE PÉREZ ROSALES 

había pintura que careciese de oportunidad, si en su traza- 
do cabía lo que él llamaba una cantería. 

— Maestro, aquí necesitamos un árbol. 

— ¿Árbol?... está bien; pondremos una cantería. 

—Hombre, no se nos venga usted con canterías ahora, 
porque aquí necesitamos de un espejo. 

— ¿Espejo?... Pues, señor, ¿no sería lo mismo una can- 
tería? ¿Qué saben allá abajo de espejos? 

Los árboles sobre el campo blanco de los bastidores, pare- 
cían bonetes verdes de cucurucho, ensartados en un garrote. 
Después de la cantería, era el pino el sácame-con-bíen en las 
selvas teatrales; y en cuanto a los telones de fondo, dejo al 
cuidado del lector el reducir de estos antecedentes su verda- 
dera efigie. 

Emulo de Mena, trabajé entonces para el teatro, con mi 
hermano Ruperto, una decoración completa de jardín, que 
aunque mía, fué la primera que lució en Chile un mediano 
olor a gente. Llenáronme de aplausos, que yo recibí con toda 
la modesta compunción y erizamiento nervioso de pelos que 
envuelve a los noveles autores dramáticos cuando el respe- 
table público aplaude el primero de sus terribles sainetones. 

Encontrábase entonces entre nosotros el notable y muy 
aplaudido pintor francés Monvoisin, que vino a perder en 
Chile, a fuerza de hacer retratos, como Lope de Vega hacía 
sus improvisadas comedias, la celebridad que había adqui- 
rido en Europa. Maestro y amigo, tuvo la bondad de visitar 
mi taller; mas al encontrarse de manos a boca con un árbol 
colosal que acababa de pintar para la Norma, cómo sería su 
follaje, cuando en vez de saludarme, exclamó con horror: 
¡Este no es árbol; esto es una ensalada! 

Tuve pocos días después, ocasión de pintar un mapilla 
geográfico sobre una de las caras de un biombo, y al día si- 
guiente el sabio escritor argentino Tejedor dijo en el edito- 
rial de El Progreso, que eran tan brutos los pintores del tea- 
tro, que en vez de la América del Sur, habían pintado un ja- 
món. 

No me atreví a campear por mi respeto, o más bien dicho, 
por el de mi brocha, por no habérseme olvidado aún la acusa- 
ción de marras; así fué que, prudente y moderado, me hube 
de contentar con borrar el malhadado Sud-América, y colo- 
car en su lugar el retrato del autor de los Estudios Teatrales, 
orlado con una glorieta de Julias ingratas; lo cual, visto por 
Tejedor, que no pudo negar su semejanza con la de un chivo, 
porque allí estaba el público para desmentirlo, selló en sus 



RECUERDOS DEL PASADO 201 

adentros eterna paz conmigo, piie.s no volvió a buscar seme- 
janzas culinarias a los inocentes partos de mi brocha. 

Y ya que Tejedor vino a la mano, ¿por qué no referir lo 
que él tejia, así como el trabajo de otros compañeros, que arre- 
batados por el torbellino revolucionario de ultracordillera, 
fueron en aquel excepcional entonces, arrojados maltrechos 
entre nosotros? 

Constante refugium peccatorum para peruanos y para ar- 
gentinos, Chile ha sido para ambos lo que el tabladillo de sal- 
vamento en las plazas de corridas de toros para el apurado 
toreador, que espada, o garrocha en mano, provoca la ira del 
toro que lo persigue. 

Del número de los correteados que, salvando los Andes, 
daban entre nosotros, puede deducirse, ya la intensidad del 
miedo de que venian repletos, ya la de la persecución al lar- 
garse tras ellos; aunque acontecimientos han venido pro- 
bando después cuánto puede sobre el ánimo del hombre el 
terror pánico, por poco que a éste aguije la intranquilidad 
de la conciencia. El mismo Rosas, departiendo conmigo quince 
años después en Inglaterra, me decía que si aumentaba la 
algazara de la persecución, era más con el propósito de que 
los chilenos conociesen, por experiencia, los quilates de sus 
enemigos, que por el temor que podían inspirarle semejan- 
tes charladores. No quiere decir esto que los inmigrados fue- 
sen todos, ni con mucho, hombres de poco más o menos por 
su talento, sus luces y su sincero patriotismo; porque sería 
sentar una falsedad, así como lo sería sí nos empeñásemos en 
negar que los argentinos en general, no supieran hacerse es- 
timar en el país que los asilaba, porque si bien es cierto que 
algunos entraron en las excepciones de esta verdad, también 
lo es que a cada paso nos encontrábamos con follones y des- 
comedidos además. Los argentinos olvidaron que en la Re- 
pública de las Letras no se admiten las petulancias que suele 
tolerar el común trato; así es que en cuanto no más se les oyó 
decir, porque frecuentaban las imprentas, que la perfección 
del periodismo en Chile sólo a ellos era debida, la compasión 
que muchos inspiraban se tornó en desprecio. 

Los chilenos de entonces no éramos, ni con mucho, lo 
que ahora somos. Antes se hacia mucho y se hablaba poco; 
ahora se hace poco y se habla mucho. En los diarios nunca 
buscaba el escritor chileno lucro ni gloria literaria, sino el 
triunfo de la verdad sobre las preocupaciones coloniales, y el 
de los principios republicanos sobre los caprichosos avances de 
la autoridad. Los padres de la patria sólo se ocupaban en edu- 
car a la juventud que debía sucederles. y ésta, más en ate- 



202 VICENTE PÉREZ ROSALES 

sorar y en. madurar sus conocimientos que en echarlos con 
pedantesco desenfado por la puerta de la prensa a la luz pú- 
blica. Fué este el verdadero motivo por que nuestros principa- 
les diarios se encontraban en poder de los argentinos. El in- 
migrado había solicitado de la prensa el pan del proscrito, y 
la prensa se lo había concedido. 

Aplicando ahora el sistema climatérico de consultar los 
extremos del frío y del calor para deducir de ambos la tempe- 
ratura media de una región, a la averiguación del término 
medio de las facultades científicas y literarias que nos im- 
portó la inmigración argentina, resaltan, desde luego, ante los 
ojos del observador, el ingenio y la chispa de Sarmiento y la 
necia opacidad de Tejedor. Cito a un mismo tiempo estos dos 
personajes, no porque crea que pueden marchar juntas tan 
opuestas inteligencias, sino por el desplante y la desfachata- 
da arrogancia que uno y otro tuvieron para dar a la estampa 
en un español barbarizado cuanto disparate se les venía ai 
pico de la pluma. 

Sarmiento, cuando vino por primera vez a Chile, tenía 
más talento que instrucción, y menos prudencia que talento. 
Su vivísima imaginación, sus arrebatos, sus inconsecuencias, 
su espíritu polemista por excelencia, le hicieron olvidar ya la 
sagaz cortesía que debía a ios adelantos intelectuales del país 
que le asilaba, por diminutos que ellos fuesen, ya los dicta- 
tados de su propia conciencia, pues al mismo tiempo que elo- 
giaba la pureza del lenguaje, la propiedad de los giros y la 
perfección artística del canto elogiado, que arrancó a la culta 
pluma de don Andrés Bello la funesta catástrofe del templo 
de la Compañía, ocurrida el 13 de mayo de 1841, se le vio sa- 
lir en las mismas columnas de El Mercurio, que a la sazón re- 
dactaba, con el audaz despropósito que era desatino estudiar 
la lengua castellana, porque el castellano era un idioma muer- 
to para la civilización, y con otras herejías literarias de este 
jaez, intercaladas con descomedidos insultos a nuestra pobre 
literatura patria. Tratónos de entendimientos bobos, nos di- 
jo que mientras que las musas acariciaban festivas a los Vá- 
rela y Echeverría en Buenos Aires, sólo se ocupaban en ron- 
car a pierna suelta en Chile, y pareciéndole todavía poco es- 
to, hasta de idiotas nos bautizó porque nos ocupábamos más 
de expresar con propiedad nuestras ideas que de aumentar el 
caudal de ellas. 

Todavía existen, para vergüenza nuestra, en los boletines 
de leyes de aquella estrafalaria época literaria, muestras de 
la ortografía Sarmiento; ortografía que nunca hubiera pasa- 
do de la imaginación de los soñadores a la región de los he- 
chos, sin el apoyn Que le dio el Gobierno. Sin embargo, para 



RECUERDOS DEL PASADO 203 

ser justos, fuerza es sentar que en todos los escritos de aquel 
inculto ingenio lucían chispas de la más envidiable y creado- 
ra imaginación, y que su misma reforma ortográfica, sin ser 
idea puramente suya, fué más hija del estudio que de la pe- 
tulante ignorancia. Sarmiento en literatura era más loco que 
pedante. 

De veras que causa pena dejar a un lado al ingenio atre- 
vido y creador del hijo de San Juan, para dar con el extremo 
opuesto del juicio y del saber tan brillantemente representado 
por el buen Tejedor, redactor entonces de El Progreso de San- 
tiago . 

Si Sarmiento en todos sus desvarios literarios lucía siem- 
pre su natural talento, Tejedor en los suyos sólo supo mani- 
festar carencia de juicio y abundante desfachatez para lucir- 
la. Como de todo y sobre todo era preciso escribir para llenar 
las vacías columna.s de El Progreso, dióle el diablo por declarar- 
se censor oficioso de las composiciones teatrales. En todo en- 
contraba pecado, y su malicia le sugirió tal maña para des- 
nudar las frases más inocentes y para presentarlas en cueros 
vivos a los ojos de las madres timoratas, que casi consiguió: 
que volviesen a las tablas los autos sacramentales del feliz 
antaño. Se echó después a poeta, y encomendándose de todo 
corazón a la sin par Julia ingrata, dueña y señora de sus más 
azucarados pensamientos, tiritó en el Cabo de Hornos con la 
fiebre del frío, y para desquitarse y volver ai calor natural, la 
emprendió con la música para aumentar con sus disertaciones 
el caudal de los conocimientos que atesoraban sus Estudios 
Teatrales. Preguntóse en ellos: ¿Qué es la música?, y antes 
que otro le arrebatara la gloria de contestar, contestóse a sí 
mismo: "La música es una cristalización multiforme de las di- 
versas fases tormentosas de la materia, bien sea que se ele- 
ven en los aires, bien que se incrusten en el corazón humano". 

Con la explosión de semejante torpedo, de que supo tan 
bien aprovechar el Mosaico, periódico socarrón y festivo, que 
le salió al encuentro, se encumbró Tejedor, y fué a rematar 
en medio de un coro de pifias y de carcajadas, a Copiapó, don- 
de, ni asiéndose a dos manos de El Copiapino, otro diario que 
redactaba otro argentino, en aquel emporio de platapiña, pu- 
do escudarse contra el airado aguijón del Mosaico, que no cesó 
de perseguirlo hasta que lo vio salir de Chile para nunca más 
pecar. 

No podía darse a esa clase de literatura para su cultivo, 
semilla más impura ni más cargada de atroces galicismos que 
la que nos importó la inmigración argentina; lejos de deber- 
les, pues, el supuesto esplendor que para ellos lució entonces 



204 



VICENTE PÉREZ ROSALES 



la prensa chilena, sólo les debemos el mar de galicismos con 
nue inundaron nuestras modestas pero limpias letras. 

Aun no podemos deshacernos de la orden del día en nues- 
tras Cámaras; del ha merecido bien de la patria; del librar 
batallas; del traer o llevar ataques; del hacerle al enemigo 
muertos, y de otra porción de agudezas por este estilo, con 
que habría para llenar tomos enteros. 



CAPITULO XII 

Vapores de la carrera. — Mayordomos. — Coquimbo. — Huas- 
co. — Copiapó, puerto. — Copiapó, ciudad. — El cateador. — 
El poruñero. — Rio y valle de Copiapó. — Chañarcillo. — 
Juan Godoy. — El cangallero. — Viaje al interior. — Ad- 
mirable distribucfón de aguas. — Chañarcillo. — Bandu-\ 
rrias. — Pajonales. — Ei marido es responsable de los pe- 
cados que comete su mujer. 

Perdida la esperanza de continuar en la aventurera y ce- 
rril carrera de ganadero de la Pampa, desd? ei momento en 
que las tendencias revolucionarias que preocupaban el áni- 
mo de mi amigo Rodríguez me obligaron a separarme del la- 
do de tan terrible jefe, pobre como siempre, para mejor ex- 
cusar tentaciones, halagadoras pero peligrosas, resolví em- 
barcarme e ir a buscar en el lejano Copiapó más propicia suer- 
te que la que hasta entonces me había deparado el sur de la 
República . 

El 28 de agosto del año 1846 me embarqué en el vapor. Pc- 
rú con destino a Copiapó. Mi llegada a aquel lugar debía au- 
mentar, con una pequeña fracción, el número de aquellos se- 
res desgraciados, pero intrépidos, que, aguijoneados por la ne- 
cesidad y la esperanza, aventuran su real y su tiempo en la 
lotería de las minas. 

A la vista todavía de Valparaíso, zozobró una chalupa que 
nos seguía a remo tendido para dar alcance al vapor, y el ca- 
pitán de éste, verdadera máquina, no quiso contener ni por 
un solo instante la que nos ponía en movimiento, para salvar 
a los infelices que se estaban ahogando; probablemente por- 
que en las instrucciones de su derrotero no iba prescrita se- 
mejante maniobra. Canoas pescadoras que la casualidad atrajo 
a aquel lugar, dieron a la máquina de Albión una lección de 
humanidad de fuerza de mil caballos, que estoy seguro no le 
aprovechó . 

Por no seguir mirando aquella cara de gestos, bajé in- 
dignado a la cámara, donde ni tiempo me dieron para formu= 
lar una catilinaria, los entrantes, los salientes, los encontro- 
nes, los gritos de angustias llamando mozos, los atados, los sa- 



206 VICENTE PÉREZ ROSALES 

tcos y los envoltorios que. a una con los pasajeros, remolinea- 
ban alrededor de los camarotes, hasta que las mayordomos, 
velis nolis los embutían en ellos, del mismo modo que en las 
fabrican de conservar sardinas hacen con el pescado antes de 
reducirlo al más inexorable hermetismo. 

El mayordomo de un vapor inglés en nuestras aguas es el 
rey de los tiranos, sus decisiones son inapelables. También 
es de regla que no sepa hablar en español, para dejaros plan- 
tado entre dos fardos con un estúpido no entiende, si solicitáLs 
en seco; pero si solicitáis en mojado, esto es, haciendo relu- 
cir a sus ojos una media onza de oro, el tirano abdicará el ce- 
tro y la corona en vuestro favor, y se tornará en el más ab- 
yecto de los lacayos. 

En e! vapor hay libertad de pensamientos, como lo hay 
de traje, tolerancia absoluta. Fraques de tijeras y talles en el 
cogote, trataban de hombre a hombre a las cinturas en raba- 
dillas y a los faldones monstruos. Sombreros de bacín se mo- 
vían con agradable soltura al lado de los sombreros-bacini- 
cas. Nadie se ocupaba de nadie; cada cual parecía domina- 
do por un solo pensamiento: el negocio. Yo, que no quería 
ser menos que los demás, procurando desechar la triste im- 
presión que ine dejó en el alma el abandonar de nuevo, y quién 
sabe por cuánto tiempo más. la familia que tanto amo y de 
la que tan poco he gozado en el curso de vai aperreada vida, 
me recosté en un sofá donde pronto me distrajo la luz de dos 
hermosos ojos que parecían fijarse con interés en mí. Era la 
mujer del capitán, la cual no sé si a causa de las exóticas fi- 
guras que me rodeaban, o la del natural efecto del mareo que 
ya hacía rápidos progresos en mi bulto, me pareció encanta- 
dora. Absorto y dudoso por algunos instantes, ¡a la mano de 
Dios!, dije, y la disparé dos flechazos que, a no haberse inter- 
puesto una voz descompasada y silbona. diciendo: "Muy bien, 
debo 300 onzas", ¡la m.ato sin remedio! ¡Capitolio!, dije yo, 
incorporándome asustado, y veo que cerca de mí y sin que yo 
me apercibiese de ello, se había dispuesto una mesa de juego 
regentada por don N. . . que jugaba con los demás al pélame 
que te pelo. El personaje de las trescientas menos, de asaz 
villana catadura, salía entonces con aire afectado a tomar el 
que corría sobre cubierta. No tardé yo en seguirlo, aunque con 
otro fin, pues ya iba mareado. 

El que diga que el amor todo lo vence, díte el más desafo- 
rado disparate, y de no, que se enamore a bordo y verá pronto 
• trasbordarse sus pensamientos y sus obras. Fué lo que a mí 
me aconteció; ni mis ojos volvieron a ver ojos, ni mis oídos 
tornaron a oír el sonido musical de las talegas, 
(ly^v. ^El 29 por la mañana recordé en Coquimbo, pviertecillo de 



RECUERDOS DEL PASADO 207 

un aspecto triste y sombrío, aunque la bahía sea una de las 
mejores de Chile; y a pesar de la animación que la llegada del 
vapor causa, no quise desembarcar, temeroso de quedarme 
allí, si al bueno del capitán-máquina se le ocurría zarpar en 
el momento menos pensado, como acontecía en casi todos los 
viaje^. Coquimbo no era todavía lo que Valparaíso el año de 
1822^ 

El 30, a causa de una neblina muy espesa, nos pasamos 
del Huasco y tuvimos que perder como diez horas en volver 
atrás para encontrarlo. Este no es puerto, ni es abra, ni es ca- 
leta, ni es nada. En él se divisan en grupitos sobre unos ce- 
rros bajos y áridos, unas malas casuchas que así hacen las 
veces de bodegas como las de habitaciones .[Pueden caber tres 
poblaciones del puerto Huasco en lo que era el año de 1838 
puerto de San Antonio de las Bodegas^ 

A las siete de la mañana del siguiente día. anclamos en el 
puerto de Copiapó, que es. como puerto, otro que bien baila, 
aunque superior en todo al del Huasco. 

En dos lanchones que están al servicio de la aduana nos 
trasbordamos al muelle, y como dos horas después ya me en- 
contraba en birlocho camino de la capital. El puertecillo se 
encuentra circunscrito por rocas que. por la parte del mar, sir- 
ven de ribete o de franja a los llanos arenosos, mezclados con 
cascajo, sal y laja, que por algunas leguas y siempre a la vista 
del mar, forman el lecho del camino que conduce a la ciudad. 
En aquellos planos salpicados de loma^ bajas, redondas o cha- 
tas, escoriadas y sedientas, en las que reverbera el sol con tan- 
ta fuerza, que es opinión aquí recibida que llega a destemplar 
los instrumentos de acero que se dejan expuestos a sü acción, 
no se encuentra una sola casa, ni una gota de agua, ni un 
solo arbustito. Al cabo de tres horas de marcha por aquel de- 
sierto, se entra al valle del río. 

El río Copiapó no sólo es río, tiene también sus honores 
do ría: porque de vez en cuando mezcla sus aguas con las del 
océano, pero son ellas tan escasas que el cauce, tanto de este 
río como el de los demás del norte, parece que sólo se con- 
servara en calidad de testigo de lo aue antes llovía en aque- 
llas ardientes regiones y nada más. El motivo por qué ahora 
llueve menos que antes nadie ha podido sentarlo con certeza. 
Unos lo atribuyen a la destrucción de los bosques, otros a l'a 
variación del rumbo del eje de la tierra, pues niegan a los bos- 
ques el privilegio de atraer aguas, citando como ejemplos los 
aguaceros torrentosos que bañan las pampas argentinas, don- 
de no se encuentra un solo árbol. No seré yo quien entre por 
ahora a terciar en semejante cuestión. 

La chilca, el péril y alguna que otra mancha de chépica y 



208 VICENTE PÉREZ ROSALES 

esparto, brotan con mucha dificultad por entre aquel terreno 
suelto y cargado de costras salinas que hacían difícil el trán- 
sito de los carruajes y molestísimo el viaje, a causa de la nube 
de polvo fino y ardiente que persigue al carruaje del viajero. 
Por el medio de este valle va el camino que conduce a la ciu- 
dad de Copiapó, a cuyos arrabales llegamos después de ocho 
horas de viaje y de haber cruzado una multitud de charcos 
de agua fétida y corrompida, cuyas humedades son las que 
constituían el río al occidente de la ciudad. 

Llegamos al fin al pueblo clásico de las ilusiones, en don- 
de corren con igual y variada rapidez cuantos pensamientos 
forman el encanto y el martirio de la vida mercantil'; a este 
lugar de rotos remendados; lugar que cambia por encanta- 
miento la ojota en bota, al viejo en niño, y al seboso culero 
en ancho faldón de fino paño; lugar en que cada individuo se 
cree un pozo de ciencia mineralógica y se ríe piadosamente 
de los conocimientos de su prójimo; ancho campo en el que 
florece la cultivada ciencia del provechoso poruñeo, que da 
hondo socavón al bolsillo del recién llegado, el que a su turno 
poruñea al que le sigue de atrás, quien hace después otro tan- 
to con el de retaguardia; lugar de ansiedad y de esperanzas; 
lugar, en fin, de mineros en alcance y de mineros broceados. 
Esta ciudad, que pudiéramos comparar a un extenso dormi- 
torio de gallinas, en el que la que hoy se coloca en lo alto de 
la percha se zurra en la de más abajo, para que a ella misma 
le acontezca igual desgracia mañana, está situada a lo largo 
de un pequeño y bien cultivado valle, entre dos cordones ári- 
dos y descarnados, cuyo aspecto sombrío hace resaltar el her- 
moso verde de ,1a vega, y de un sinnúmero de pequeñas pe- 
ro productivas heredades a una y otra orilla de la mezquina 
acequia que constituye el río de Copiapó. 

¡Quién ahora, al recorrer estos campos, siguiendo el cur- 
so de esta pequeñísima ría hasta la sierra de Palpóte y de 
Pulido, pudiera nunca imaginarse que llegaron a merecer por 
su preciosa y abundante vegetación el nombre de ameno y 
fértil valle, que le dieron nuestros primeros historiadores! Así 
como las aguas han dejado su sediento cauce por testigo de 
su primitiva abundancia, asi las lomas, los senos y las caña- 
das, con sus nombres de vegetales, perpetúan el recuerdo de 
los que antes sustentaron . 

El pueblo de Copiapó era ya mayor de edad en la época 
a que me refiero, porque, aunque su verdadero título de villa 
sólo comienza en 1744 bajo el nombre de San FraneLsco de la 
Selva, su nombre y íarna de pozo de riquezas lo comenzó a 
tener desde lo.s primeros tiempos de la conquista y los ha con- 
tinuado teniendo hasta esta fecha. De extrañar es, pues, que 



RECUERDOS DEL PASADO 209 

SU población sólo alcanzase a novecientas personas en 1713, 
y que todavía en 1846 estuviese a mil leguas de lo que debía 
esperarse de sus recursos naturales. 

Su misma planta hace al pueblo irregular, pues sólo cons- 
ta de dos calles principales, y de algunas otras que más pa- 
recen caminos públicos que calles. Tenía su plaza, su iglesia 
parroquial y dos conventos, uno mercedario y otro francis- 
cano, y sobre el extenso cauce del rio un puente extravagan- 
te, formado de vigas a medio labrar, colocadas de dos en dos, 
unas veces sobre horca jas de postes mal asegurados, y otras 
sobre los ganchos de algunos sauces que aun conservaban su 
verdura en aquel fango. 

El aspecto general de esta pequeña aldea tenía mucha se- 
mejanza con el que presentaban las ciudades de San Juan y 
de Mendoza. Sus edificios, entre los cuales había alguno que 
otro de primer orden, eran casi todos construidos de adobo- 
nes, muchas veces mal pisados y no siempre levantados a plo- 
mo. Los techos, de simple embarrado, con antei>echo a la ca- 
lle, y tai cual de tabla, no podían resistir sin calarse el más 
leve aguacero. Sin embargo, a pesar de lo triste del lugar, 
de sus neblinas húmedas y arrastradas por la mañana, de su 
excesivo calor a mediodía, del viento, del polvo insoportable 
de sus calles, ahoyadas por el tráfago de los arreos y carretas, 
y de los enjambres de molestos zancudos que a la caída de 
la tarde invaden la población vecina a la vega, para el hombre 
que vivía en la sierra, bajar al pueblo era bajar a un valle 
de delicias. 

Quien creyese que con haber estado en Copiapó en aquel 
tiempo, ha estado en Chile, se equivocaría, así como equivo- 
caría a sus lectores si, aguijoneado por el prurito de escribir 
impresiones de viaje, saliere con el despanzurro de hacer ex- 
tensivas al resto de la República las costumbres copiapeñas. 

Copiapó sólo tenía de común con Chile la constitución 
política, que no siempre se observaba, y las leyes, que no po- 
cas veces se quebrantaban; con Copiapó no reza aquello de 
que por la hebra se saca el ovillo, porque la hebra Copiap<3l 
era al ovillo Chile lo que es un huevo a una castaña. 

Era muy difícil, si no im.posible, que en una reunión ca-^ 
sual de veinticinco caballeros se encontrasen cuatro chilenos, ( 
hablo del sexo feo, porque del hermoso sucedía lo contrario. -^ 

Esta aldea, cuyo prematuro título de ciudad sólo lo de- 
bió, al principio, al influjo de su riquísimo mineral, como pu- 
diera deber el don a sus repentinas talegas un rústico gana- 
pán, lo ha sabido legitimar con costumbres y prácticas que 
todavía son menos de aldea que muchas de las que viven y 
reinan en el mismo Santiago. Allí no hay necesidad, como en 



210 VICENTE PÉREZ ROSALES 

los pueblos de su tamaño, de tener a raya la sin hueso. En 
e-llos, desgraciado del que no sabía disimular, y mucho más 
del que no alabó lo que sólo podía ser encomiado con gaita. 
Los pueblos chicos, y aun los medianos de nuestro Chile, tra- 
tándose de Santiago, invisten sin réplica el carácter de la 
mujer que es rival de otra mujer. Santiago lleva el titulo de 
ciudad, también le quiero yo; Santiago tiene alameda y jar- 
din con pila; alameda, jardín y pila no me han de faltar, aun- 
que las escuelas, los hospitales y los caminos anden en cueros. 

Copiapó era un pueblo cosmopolita, y muy especialmente 
riojano, adonde concurrían ingleses, franceses, chilenos, ale- 
manes, italianos, sin contar con los que llegaban de casi to- 
das las repúblicas hermanas. Allí no se hablaba, ni se debía 
ni se podía hablar de otra cosa que de minas, y así como Val- 
paraíso es una vasta casa de comercio, Copiapó era una in- 
mensa bocamina. Desgraciado del que ocurriese a ese lugar 
a gozar de sus rentas, o a la sombra de una industria cual- 
quiera que no estuviese en razón directa con el espíritu mi- 
neralógico de sus habitantes; en uno y otro caso, raspar la bo- 
la o pasar por la punta de la Y ancana era preciso. 

Tras el saludo de costumbre, la primera pregunta que se 
hacía era por el estado de la mina; la segunda, por el de la 
mujer, y entiéndase que si el saludo precedía a la pregunta, 
no era por una urbana cortesía, sino porque en el simple sa- 
ludo se traslucía a la legua el estado presente de la mina del 
minero copiapino. Desaliño, aire preocupado, paso incierto, 
empuñar por el medio el bastón, eran síntomas de mal agüe- 
ro, y si apenas se le oía en la conversación, si cedía la vereda, 
sí hacía cortesías reverentes, finiquito. Mas, si un momento 
después, como a menudo acontecía, erguía altiva la frente, 
taconeaba con fuerza y compás, hería el suelo con el bas- 
tón y dirigía la palabra con familiaridad y suficiencia a las 
personas a quienes poco antes apenas se atrevía a mirar, ojo 
avizor, que había alcance o poruñazo en el asunto. Hasta el 
bello sexo, ¡quién lo creyera!, olvidaba la nomenclatura de 
sus diversiones y la de sus adornos favoritos por las exóticas 
palabras de guías, tiros, internaciones, socavones y otras mil 
a éstas parecidas. 

En las reuniones era más general el baile que en San- 
tiago. A la voz de ¡polca!, quedaba desierto el salón de ios 
fumadores, en donde siempre figuraba un lago de apetitoso 
Cardenal, y así la edad provecta como la juvenil, lanzándose 
al salón, en un dos por tres estaban todos a la orden de pa- 
rada. Allí no se reconocía cuerpo ninguno de inválidos, pues, 
como buenos y experimentados mineros, todos saben muy bien 
amalgamar el bolón de duro y vetusto metal con el fugaz 



RECUERDOS DEL PASADO 211 

azogue de la niñez. Mientras más viejo y aciíacoso era el sol- 
terón, más niña y tierna era la mujer que escogía por com- 
pañera. Causaba, pues, lástima, y a veces risa, ver a aquellos 
antiguos corsarios mal carenados, y haciendo por todas partes 
agua, querer imitar los rápidos y airosos movimientos de las 
pequeñas y recién construidas balandras, que ya los pillaban 
a desprovisto por detrás, ya por delante, mientras que ellos 
pugnaban forcejeando por virar de bordo. El Cardenal, afor- 
tunadamente, era después el único puerto donde concluían 
por echar anclas. 

Cpoca era la conversación de las señoritas; pero, en cam- 
bio, mucho era el deseo de casarse que todas ellas tenian . Los 
hombres hablaban de bróceos o de alcances; las niñas, por no 
dejar de desear a lo minero, no suspiraban por otro alcance 
que por alcanzar el Espíritu Santo en un mari^ 

Todo no era alegría, sin embargo, en Copiapó, pues pocos 
lugares he visto de más angustia cuando llegaba la hora inexo- 
rabie del despacho de los vapores de la carrera. Días antes de 
esta calamidad men^i^al, toda la ciudad se ponía en movi- 
miento; todo era correr, chocarse, interrogarse, pasar de lar- 
go, volver atrás, solicitar pina, acopiar pina, remitir pina, es- 
perar pina, desesperar por pina y jurar y perjurar no volver 
en adelante a contraer obligaciones a cuenta de pina. Pero 
pasado el vapor, pasaba también el acaecido que sigue al des- 
canso; bien así como la mujer que empeñada en recio parto, 
después de prometer que no caerá más en tentaciones, cae de 
nuevo en ellas, el comerciante volvía a las andadas, a los 
nuevos apuros y a las nuevas promesas de nunca más pecar, 
hasta que se enriquecía o se lo llevaba la trampa. 

Los habitantes de Copiapó tenían también y tienen en el 
día, como los demás hijos del mundo, algunos tipos de realce, 
que sin ser del todo copiapeños, parece que lo fuesen; tales 
son: el cateador y el poruñero. 

Paganos son los dos diplomáticos además. El dios que 
adoran es el mismo que adoran también muchos gobiernos: la 
reserva; y su diablo temido: la publicidad. 

Ninguno de estos industriales necesita leer los diarios, ni 
siquiera registrar la lista de los pasajeros que trae el vapor, 
porque llegando uno de fuera, si no le ven, le huelen. Conoci- 
do este punto capital, entra en campaña el cateador. 

Lo primero es averiguar dónde mora la futura víctima; lo 
segundo, inquirir el modo de encontrarle y de hablarle a so- 
las. Si es fácil lo primero, lo segundo no lo es tanto, porque al 
fin, ¿cómo meterse de rondón en casa de un desconocido? ¿Có- 
mo dar a una visita inesperada el carácter de simpática, cuan- 
do el visitante ni siquiera Ueva introductor, y cuando el visi- 



212 VICENTE PÉREZ ROSALES 

tado puede que haya venido de fuera perfertamente aleccío- 
iiadüV ¡Neciu.s y pueiikvs tropit*zo¿>! Para los cateadores se hi- 
cieron las dificultades, y los cateadores para vencerlas. 

Se acecharán hasta verle entrar solo en la casa; entrará 
con él en ella y le preguntará si es alli donde está alojado el 
señor don Fulano de Tal. A la respuesta con honores de pre- 
gunta, ¿qué se le ofrecía?, contestará al momento dando gra- 
cias a Dios por la dicha de encontrarle, al fin de tanto afán, 
enteramente solo, pues habiendo oído decir que es un cumpli- 
do caballero, venía a poner bajo su protección una mina, la 
cual no puede trabajar porque teme que los ricos lo despojen 
de ella, lo que no sucedería si viesen que usted es también due- 
ño y propietario del Tapado. 

¿Quién al oír esta relación, viendo la cara bonachona y 
estúpida de quien la hace, no concederá al peticionario siquie- 
ra diez minutos de reservada entrevista? 

De puertas adentro se lamentará de la falta de justicia 
que hay en Copiapó para los pobres, pues ayer no más un ami- 
go suyo había sido despojado de una rica mina, nada más que 
por serlo, y no haber tenido quién hablase por él. Os explica- 
rá cómo hizo el descubrimiento, os señalará el cerro donde es- 
tá la mina, y deplorará la persecución que se le hace por no 
haber querido decir de dónde provenían los metalítos que traía 
consigo. En seguida le parecerá que trae una muestrecita . . . 
no sabrá dónde... la encontrará al fin, y os entregará una 
colpa de riquísimo metal, diciéndoos que por mala se la han 
dejado, y que usted no debe juzgar la calidad de la mina por 
esa sola muestra. 

Si sois conocedor, lo advertirá desde luego, y os dirá con 
el aire del más inocente candor, ¿tendrá alguna platita esa 
piedra? Si viese que os prendáis de la muestra, ya sois suyo 
y su vaca lechera durante todo el tiempo que tardéis en ir al 
reconocimiento de la veta, o todo aquel que empleéis en per- 
seguir algún misterioso derrotero, que con misterio confió al 
cateador un misterioso leñador que murió misteriosamente en 
un misterioso lugar. Y seguiréis amamantando al inocente ni- 
ño hasta que la nodriza dé al demonio con los tapadores, con 
los tapados y con los derroteros. Casos hay, es cierto, en que 
el cuñazo no obra; pero como para el cateador no hay dureza 
que valga, siempre se le ve circando hasta que asegure la 
quiebra. 

Necesitaba, pues,, el viajero aclimatarse en Copiapó para 
estar libre de las enfermedades endémicas que en este asien- 
to de ilusiones acometían entonces y acometen siempre a los 
bolsillos del neófito recién llegado. 

El cateador es el almacenero que vende los géneros por 



RECUERDOS DEL PASADO 213 



mayor; el poruñero, el tendero que los menudea y aun el que 
los lleva a domicilio. De esta segunda entidad pocos novicios 
se escapan. Por la calle, al descuido y con cuidado, y hacién- 
dose que no marcha a vuestro paso, el poruñero os dejará di- 
visar bajo la manta un rico bulto, al parecer de plata en ba- 
rra. Si os tentáis, al momento os ofrecerá algunas colpitas 
del mismo metal para vuestra colección; pero ha de ser bajo 
la fe del más escrupuloso sigilo, en atención a que siendo ellas 
extraídas de una minita cuyo asiento no quiere él descubrir, 
por que no se la disputen, no venderá sino con esa condición. 
Si aceptáis el negocio, no siendo conocedor, y sois amigo del 
misterio, sois hombre al agua. En breves instantes tendréis al 
poruñero en vuestro alojamiento con media arroba de arséni- 
co en barra prolijamente refregado con una moneda de pla- 
ta, para que la especie lleve más visos de verdad. El arsénico 
puro se platea con suma facilidad, así es que, a la vista de 
aquel argentífero manjar, vendido por un hombre al parecer 
simplón y que no sabe lo que vende, calidades sine qua non, 
pocos neófitos dejan de tentarse, y después del regateo de or- 
denanza, de aflojar algunas pocas onzas de oro sellado; creerá 
que ha dado dos por lo que vale veinte, que al fin algo se ha 
de ganar en el negocio. 

Pocas artes más extensas y más lucrativas que aquellas 
que todos sabemos que ejercen los caballeros de industria, y 
ninguna más pegada a todos los estados del hombre desde 
que tiene uso de razón hasta que muere, que la del poruñeo 
elevado a potencia de ciencia. 

No a todos les es dado alcanzar el título de poruñeros co- 
lados. Para ser poruñero, para vender gato por liebre, piedra 
por plata, arsénico por barra, vicios por virtudes, se necesi- 
tan: desfachatez, mímica, poca vergüenza, estudio dei cora- 
zón humano, astucia de zorro y aspecto de Perico-ligero. 

El poruñero no sólo vive y reina en las minas; el poru- 
ñero vive en el comercio, en la industria, en las artes, en las 
ciencias liberales, políticas y religiosas, y en cuantos rinco- 
nes del mundo vive el hombre. 

El poruñero a nadie favorece, con nadie está en paz, es- 
tá en guerra abierta con los bolsillos y el bienestar del género 
humano, y sus adeptos, siempre en acecho, son tan numero- 
sos, que puede decirse que no hay hora, no hay momento, no 
hay instante ni circunstancia alguna de la vida en que esté 
uno enteramente libre de algún inesperado poruñazo. 

El incansable compilador, que, a fuerza de llevarse noche 
y día sobre sus raídos mamotretos, nos atesta con las publi- 
caciones de sus mal zurcidas copias, dándolas como partos de 
su ingenio, poruñea a los noveles literatos. 



214 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Las profesiones de fe de los partidos y de los candidatos 
políticos, poruñean a los electores. 

Los prospectos de los diarios recién nacidos que ofrecen 
política imparcial e independiente, poruñean a los suscrip 
tores . 

El ministro que, queriendo dar buena colocación a un deu- 
do suyo, hace que extienda el nombramiento su colega para 
mejor lavarse las manos, poruñea al país y al erario. 

El falso devoto que con aire contrito y compungido besa 
en la iglesia el suelo, y en cada beso alza un ladrido, o a.?e- 
cha un sindicato conventil, o quiere poruñear a alguna beata. 

Al amigo encontradizo que, conociéndote forastero, se te 
declara mentor y te ofrece su infalible valimiento, échale lue- 
go crisol y sabrás si poruñea. 

Aquel que, fundando escuela, invocando ^a instrucción, só- 
lo persigue en sigilo el espíritu de secta, poruñea a los padres 
de familia. s 

El viejo con cara de queso de durazno que se Uñe la barba 
y. los bigotes, quiere poruñear a las muchachas. 

La vieja que a fuerza de manteca y de afeites terraplena 
las grietas de su tez. y que, no contenta con esto, se echa a la 
cara un velo de punto con mosquitas negras, para disfrazar la 
amarillez de las pecas, poruñea a los muchachos. , 

La niña que se fabrica ojeras y se finge delicada, sensible 
y enfermiza, a si misma se poruñea. 

La conocida y gastadora petimetra que deja de serlo de 
un momento a otro sin razón aparente, pretende poruñear a 
algún chorlito vendiéndole disipaciones por economías. 

Poruñea la hembra de vida airada, vendiendo chusquisa 
por señora. 

Poruñean los cateadores efectivos, unidos a los cateadores 
de bolsillo, con sus sociedades anónimas, a cuantos se dejan 
tentar por todo lo que reluce. 

El médico que poco concurre a los llam.ados, porque, se- 
gún él, son muchísimas sus atenciones profesionales, y que 
gasta cartera para asentar en ella el día y la hora fija que de- 
dica a la consulta, poruñea al público vendiendo reputación v 
fama, envueltas en un atado que contiene todo lo contrario. 

Poruñea el boticario vendiendo panaceas universales por 
envidiables tiempos de salud; los fabricantes de específicos 
con aquello de "cuidado con la contrefaction", y los homeopáti- 
cos porfiados con sus microscópicas pelotillas de adivinar. 

El amante poruñea a su querida; ésta a su novio; la cor- 
tesana al amante; el marido a su mujer y la, mujer al mari- 
do; y es tan poruñazo el eterno amor de fino enamorado, 
cuanto son poruñazos las promesas de ministros en tiempo 



RECUERDOS DEL PASADO 215 

de elecciones. En resolución, el poruñeo, digan cuanto quisie- 
ren las malas lenguas, es la enfermedad endémica de la hu- 
manidad. 

El continuo oír hablar de minas, asi como el incansable 
llegar de arrias, cuyos capataces cuando no traian ricos me- 
tales en los sacos, los traían riquísimos, aunque en reducidas 
muestran, en los bolsillos, para paladear con ellos, de orden 
de los mayordomos y administradores de minas a sus respec- 
tivos patrones, y, sobre todo, el no haber cosa de más prove- 
cho que para poder hacer, me determinaron a ir para el inte- 
rior con el doble propósito de examinarlo todo y de buscar 
también lo que no había perdido. 

En Copiapó se piensa poco y se hace mucho; así es que 
apenas revoloteó el pensamiento por mi mente, cuando ya me 
encontré caballero en una muia, siguiendo alegre el antiguo 
y conocido camino de Chañarcillo. 

Para ir al mineral se atravesaba en todo su largo la lar- 
guísima ciudad de Copiapó, que terminaba en un arrabal no 
menos largo, conocido con el nombre de San Fernando. Este 
lugar, que poseían en común los indígenas, como poseían los 
indios de Santiago el de Talagante, había sido dividido en 
hijuelas de a una cuadra, que la Municipalidad vendió con 
feliz resultado, pues casi no había una de éstas que no estu- 
viese perfectamente trabajada y que no produjese a sus due- 
ños entradas que asombrarían a nuestros propietarios del sur. 
Es risueño y variado el aspecto de esta parte del camino, pues 
va siempre ocupando el centro de la regada^lanicie que cons- 
tituye lo mejor del departamento agrícola.^ 

El paso de mi muía era arrogante, y sus deseos de correr 
tales, que más de dos veces me hizo recordar la muía de alqui- 
ler de Iriarte. Pasé el pueblo de indios, como quien dice exci- 
tando alegres ¡bien haya!, de cuantos columbraban el por- 
tante de mi envidiada cabalgadura . En un momento estuve en 
Punta Negra, sumamente complacido con la vista de aquellos 
cerros tan esencialmente mineralizados, que no parecía sino 
que a cada paso iba a tropezar con un crestón de pura plata. 

Quienquiera que saliere a viajar por primera vez en Co- 
piapó, si, como es natural, sólo llevare en la mente las ideas 
de minas y de descubrimientos, al ver entre el polvo de las 
muchas arrias que cargan bastimentos y traen metales, pasar 
como un celaje a los viajeros, se imaginará desde luego o que 
irán ellos a algún denuncio, o que llevarán noticias de algún 
alcance. Pues, muchas veces no es ni lo uno ni lo otro, porque 
todos corren en esta tierra; los propios, los plazos y hasta los 
ociosos, por la sencilla razón de que casi todos andan en ca- 
ballos o muías de alquiler. De mi distracción mineralógica 
me sacó de repente la voluntaria torcida que hizo mí muía 



21G VICENTE PÉREZ ROSALES 

hacia una de las puertas de un potrero inmediato. La endere- 
cé al camino, nada; le quebré la varilla en las orejas, menos; 
la cogí entonces de una rienda, y a riesgo de romperle el pes- 
cuezo, la hice, mal de su grado, volver la cabeza al camino; 
mas ella, que sólo se había dado prisa, no por agradar a su 
jinete sino por llegar a su querencia, me dejo el manejo de 
su cabeza, y tomando ella sobre sí el de su cuerpo, siguió con 
un pasitrote descuajeringado et recto camino de la puerta del 
potrero, no siendo bastante a contenerla ni mis talonadas ni 
mis no pocas amenazas. En esta situación desesperada, quiso 
mi mala suerte que avistase dos señoras que, sentadas sobre 
hermosos caballos y rodeadas de una lucida comitiva, baja- 
ban al galope para el pueblo. Aquí de mi va'or ¡arre demo- 
nios. . .! Ni por ésas; talonadas, azotes, menos. . . En tan ho- 
rrible situación, el honor de la persona y la galantería me 
hicieron descargar sobre las quijadas de mi voluntariosa ca- 
balgadura tan atroz bofetada, que, perdiendo ella el tino, hizo 
perder al jinete el equilibrio, granjeándole el saludo de estre- 
pitosas carcajadas. Él desventurado andante, dando siete ve- 
ces a Barrabás y treinta al mal alquilador de tan descome- 
dido cuadrúpedo, comenzó a descargar sobre los ojos y las ore- 
jas de él tal granizada de puñadas, que a no oponer la muía 
a este merecido arranque de entusiasmo el más desaforado de 
todos los respingos, no hay duda que todavía estuviera sacu- 
diéndola. Tal fué la indignación que produjo en aquel hon- 
rado caballero y galán cortesano el primer estrepitoso aplau- 
so que recibió del bello sexo en Copiapó . 

A las nueve de' la noche llegué a Totoralillo, primer esta- 
blecimiento de amalgamación de la Empresa Unida, después 
de haber pasado siempre siguiendo la margen del río, que en 
la actualidad iba sin agua, porque le había tocado el turno de 
regar una heredad de arr-iba, por Tierra Amarilla, y por 
Nantoco, pequeñas aldeas, emporios del comercio cangallero. 

Aunque todavía no figuraban maquinas movidas por va- 
por en Copiapó, las que existían, impulsadas por aguas, cau- 
tivaban la atención del que las visitaba por primera vez. En 
ellas se veían consultados a un mismo tiempo la solidez, la 
economía y los principios del nuevo sistema de amalgamación 
adoptado en este lugar para el pronto beneficio de los meta- 
les de plata nativa y clorurada. En los establecimientos de mi- 
nas de Freiberg, se emplean para amalgamar riles que, giran- 
do sobre ellos mismos, revuelven y mezclan el mineral molido 
con el azogue y agua que se depositan en ellos. Aquí se des- 
conocía el uso del barril; poderosas tinas de madera con fon- 
do de hierro, sentadas de firme en contorno de un árbol más 
poderoso aún, que ponía en movimiento circular y arrastrado 
las pesadas cruces del mismo metal que giraban dentro de 



RECUERDOS DEL PASADO 



217 



ellas hacían con suma ventaja las veces del barril rotatorio 
de Alemania. Los trapiches para reducir a arena el metal eran 
también de hierro macizo, y tanto éstos cuanto las maquinas 
amalgamadoras, solian estar muchas veces día y noche movi- 
das sin tropiezo por ese sorprendente hilo de aguja que se 
llama río y que, por el desnivel natural del terrerio, tan pron- 
to como dejaba una máquina, ya podía emprender con otra, 
sin que por esto sufriera la agricultura . 

Seamos justos; en cuanto a agricultura, y, sobre todo, en 
cuanto al sistema de regadíos, los hombres del sur debemos 
quitarnos el sombrero ante los hombres de campo del valle de 
Copiapó. Desde las Juntas de Potrero Grande, que es lo me- 
jor y más ameno del departamento, hasta donde termina su 
oiiTso Visible el río al occidente de Copiapó; no recorre, pol- 
las sinuasidades de la quebrada, una longitud menor de 200 
kilómetros, y esta agua, que apenas alcanzaría en el sur, por 
razón de su malbaratado empleo, a una sola hacienda, basta- 
ba por una sabia distribución, para mantener como un vergel 
esta prolongada faja de tierra que ostenta en todas partes al- 
falfales, siembras y arbolados. Crece de punto la admiración 
cuando se consideran los importantísimos servicios que esta 
escasa corriente presta además, como ya he dicho al benefi- 
cio d€ los metales, impulsando las maquinas amalgamadoras 
colocadas a su margen. 

En Totoralillo tenía la Empresa Unida veintiuna cubas 
amalgamadoras y dos trapiches en constante actividad, y se 
estaba construyendo, con sumo afán y muchos gas uos otra 
poderosísima máquina, invento nuevo, para utilizar la mu- 
cha Dlata arsenical que se perdía en los relaves. 

Siguiendo el orden de colocación de los establecimientos 
beneficiadores de metales que he podido recorrer, comenzan- 
do a contarlos desde el poniente de la ciudad de Copiapo, el 
riachuelo ponía en movimiento con sus correspondientes tra- 
piches: 

Las máquinas de la Chimba de los señores Gallo y Montt 
con 11 tinas. 

Las de Subercaseaux con 5. 

Las de Carrasine con 3. 

Las de la Empresa Unida en Copiapó con 11. 

Las de Ossa y Cía. con 11. 

Las de Abbot y Cía. con 6. 

Las de Dávila y Cía. con 3. 

Las de Cousiño con 10. 

Las de la Puerta de la Empresa Unida con 24. 

Dejo sin enumerar, por no haberlas visitado, las_de O.ssa 
en Totoralillo, las de Potrero Seco, las de rTallo, '¿avala y 
otras . 



218 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Las fuerzas del vapor vendrán algún día a devolver a la 
agricultura lo que es enteramente suyo, el río; entretanto, 
es digno de elogio el establecimiento de beneficiar relaves 
planteado en Copiapó por el señor don Carlos Darlau, quien 
con una sola muía, utilizando los recursos bien combinados 
de la mecánica, ha puesto en acción activa el triple trapiche 
y las enormes cubas de que consta. 

Volviendo al hilo de mi correría al mineral, al amanecer 
del siguiente día de estar en Totoralillo salí para Chañarci- 
11o llena la cabeza de aquellas vaporosas esperanzas que sur- 
gen siempre en la mente del que nunca ha podido encontrar 
algo, cuando se dirige al lugar donde otros están encontran- 
do mucho. 

No tardé en llegar a la puntilla que por aquí llaman, sin 
saber por qué, del Diablo. Allí termina lo ameno del paseo, 
pues, torciendo de repente el camino hacia el sur, deja el via- 
jero con sentimiento el valle para internarse en la áspera y 
desierta serranía que media entre él y Chañarcillo. 

¡Qué soledad aquélla, qué desnudez de cerros, qué silen- 
cio! ¡Ni una avecita, ni la vista lejana de una choza, ni la 
más leve gota de agua! El desierto atacameño asomaba aquí 
su adusta cara . El camino parecía, sin embargo, obra del 
hombre, pues estaba perfectamente acomodado y compues- 
to, aunque penetraba, por evitar repechos, en estrechísimas 
gargantas formadas por enormes rocas cuyas tersas paredes 
parecían trabajadas a cincel. 

Dos son las estrechuras que se pasan antes de llegar a la 
cima de la cuesta, y sus tersos costados eran la verdadera 
imprenta libre que quedaba entonces en Chile. Su mucha es- 
trechez, lo liso de sus majestuosas paredes, y el ser aquel el 
preciso tránsito para el mineral, excitaba a los ociosos cami- 
nantes a ejercitar en aquellas pizarras monstruos los ramos 
de sus diversas profesiones literarias y artísticas; el aficio- 
nado al dibujo trazaba con tiza el retrato del general Flores, 
y le ponía al pie: "este es Flores". Otro dibujaba uno de los 
vapores, dándole forma de poruña. Otro decía a su querida, 
porque sabe que el hermano de ella va para la ciudad: 

Antonia, por ti me muero, 
Dame tus ojos de alcance, 
Toma mi cuerpo en broceo. 

El que tú sabes. 

Llegaba un político y p.scribia: 

"El Intendente es un bruto: ¿hasta cuándo no.s tienen a 
este animal aquí?; y más abajo; 



RECUERDOS DEL PASADO 219 

"El juez de Chañarcillo está robando". 
Más adelante: "Págame mis tres onzas, Ramón", o bien 
"Don T. P. dice qu^e no es mulato", y en seguida: "¿Don Z. 
J. O. fué el primer cangallero de este lugar", y no en pocas 
partes estas misteriosas iniciales: 

\ 
M. P. Q. M. L. 

Prosiguiendo siempre al sur y como a cuatro leguas de 
Totoralillo, se llega a la primera aguada que llaman el Inge- 
nio porque lo hubo en otro tiempo, y se reconoce por las es- 
corias que aún quedan, y por la total destrucción de toda la 
vegetación circunvecina. Habia en ella un mal rancho, una 
aguada y unas pequeñas casuchas que la defendían de los 
ardores del sol. De allí repeché una cuesta bastante elevada, 
tanto que al llegar a la meseta de la cumbre, tuve que dete- 
ner mi cabalgadura para darle resuello. Esta altura, que da 
vista también al departamento del Huasco, domina gran par- 
te del bajo de Copiapó, y desde ella se divisan perfectamente 
las cordilleras, que, cuando nevadas, alegran tanto al sedien- 
to copiapino; el mentado cerro del Checo. que con su cobre 
labró la suerte de los Matta; el cerro Blanco, poderoso y 
abandonado mineral; el de la Plata, del que se cuentan tan- 
tas abusiones; y cuantas otras cimas y crestones pueden des- 
pertar en la memoria de los mineros un descubrimiento, un 
alcance, una ruina o un poruñazo. 

Bajando esta costa por el fondo de una quebrada larga 
y angosta sembrada de caballos y muías en estado de momias, 
como suelen encontrarse en los altos repechos de las cordi- 
lleras, llegué al cabo de cuatro leguas más de marcha al nun- 
ca bien ponderado mJneral de Chañarcillo. 

El mineral de Chañarcillo, cuya asombrosa riqueza sigue 
maravillando tanto y en cuyos codiciados metales de plata es- 
tá por ahora basada la nombradía del departamento, como lo 
estuvo en otro tiempo en los de oro, que abundante produje- 
ron los de las Animas y Jesús María, se encuentra como a 17 
leguas al sureste del pueblo de Copiapó, situado en la meseta 
meridional donde termina el morro de Chañarcillo. Fué des- 
cubierto por Juan Godoy, leñador de modesta condición, en 
mayo del año 1832, y desde entonces este depósito de rique- 
zas no ha dejado de ser un solo instante el más tirano e inexo- 
rable dispensador de fortunas, de miserias, de esperanzas, de 
decepciones y de inesperados títulos de nobleza. 

Para dar lazón de lo que es el mineral, para deducir de 
su estudio geológico lo que puede ser, y para decidir si es- 
tán o no bien dirigidos los trabajos de explotación, se nece- 



220 VICENTE PÉREZ ROSALES 

sitaban má-s conocimientos que aquellos que en calidad de 
simple viajero mirón habia yo llevado a Chañarcillo. Lo úni- 
co que pudiera aseverar, apoyado en el testimonio de los mis- 
mas mineros, es que los trabajos andaban, en general, a la 
salga lo que saliere, puesto que no había un solo minero que 
al alabar su sistema de trabajo dejase de motejar el del ve- 
cino. 

Para posesionarse de los infinitos trabajos que se ejecu- 
tan en Chañarcillo era indispensable el concurso de un buen 
práctico, pues sin él, tan sólo la tarea de contarlos sería di- 
ficultosa para quien se engolfase por primera y aun por sex- 
ta vez en este morro de vizcachas, dédalo confuso de boca- 
minas, de encrucijadas y de desmontes sin término. 

En Chañarcillo puede decirse que sólo figuraban dos ve- 
tas principales, las que. acompañadas a uno y otro lado por 
una red de vetilla y de guías, constituían lo que allí llamaban 
corridas. La corrida de la Descubridora, que lleva su rumbo 
N. S., con cinco grados al E. y que está situada a! oriente 
del mineral, encerraba las pertenencias del Manto de Ossa, 
la Descubridora, la Carlota, la Santa Rita, la San Félix y 
otras; y la corrida del poniente, cuya visible inclinación al E. 
hace presumir que a la distancia debe de empalmar con la 
de la Descubridora, la Valencia, la Esperanza, la Colorada, y 
otras; y tanto en el espacio que media entre ambas corridas 
cuanto en sus costados exteriores, parecía casi incalculable 
el número de pertenencias que se trabajaban con más o me- 
nos ventajas en tan privilegiado asiento. 

En el mineral no había agua ni leña; am.bos artículos se 
traían, el primero de unos pozos mezquinos practicados y sos- 
tenidos con trabajo a tres leguas del asiento, y el segundo del 
campo vecino a la aguada, único lugar que, por la distancia, 
para los hombres de a pie, se habia librado del hacha del apir. 
Los acarreos de ambos artículos se hacían en burros, y eran 
tantas las recuas ocupadas en este carguío, que desde que 
amanecía ya se veían los caminos del monte y los de la agua- 
da cubiertos de borricos, bien sea cargados de pequeños ba- 
rriles de arroba de capacidad cada luio, para venderse a seis 
reales la carga, bien de manojos de chamiza y mala leña que 
costaban ocho. 

El sostén de una barreta en Chañarcillo, término medio, 
no costaba menos de setenta pesos mensuales. Los pagos se 
hacían el día l.o de cada mes, así es que dci^de el día 25 ya 
se observaban las carreras y las diligencias de los dueños de 
faenas en la ciudad de Copiapó, para proveerse de plata sen- 
cilla, artículo a veces sumamente escaso en el lugar; y el 28, 
29 y 30 ¿e veía pasar afano.^o.s por el camino de la sierra, 
a portadores de esa panacea, único freno con que podía man- 



RECUERDOS DEL PASADO 221 

tenerle üujela la turbulenta población minera del lugar, 
que, según cálculo, alcanzaba a mil almas, y que «in el pre- 
ciso pago del día l.o sería capaz de atropellarlo todo. 

El centro social y mercantil de esta laboriosísima colme- 
na era el pueblo de Juan Godoy, nombre que le fué dado pa- 
ra perpetuar con honra la memoria del descubridor de Cha- 
ñarcillo . 

Encuéntrase situado al pie mismo del mineral y en el 
plano que forma la confluencia de las dos quebradas donde 
él termina; la de oriente, que lo separa del mineral Bandu- 
rrias, y la del poniente, que lo separa del mineral Pajonales; 
de manera que no podía tener mejor ni más adecuada colo- 
cación aquella turbulenta e industriosa capital del verdadero 
reino de la Plata. 

El orden y concierto de sus calles no han fatigado mu- 
cho la imaginación del fundador; pero, en cambio, el desor- 
den que se observa en todo lo demás, está en perfecta concor- 
dancia con el primitivo trazado. 

En Juan Godoy no se estilaban casas para vivir con co- 
modidad. Cuantas constituían su parte urbana e inurbana, 
que andaban revueltas todas, chicas y grandes, chozas, gal- 
pones y sombras artificiales, eran otros tantos centros de ac- 
tivísimo negocio, y como quien dice minero afortunado dice 
hombre gastador y generoso, no había por qué maravillarse 
de encontrar en los figones ricos géneros y los mejores vinos. 
La recova de Juan Godoy era la única que ostentaba en la 
provincia, sin presunción y casi a cielo raso, la mejor carne 
y las mejores y primeras frutas y legumbres que se expen- 
dían por estos mundos. Fondas, picanterías y siete billares en 
constante servicio, acreditaban el espíritu social de aquella 
gente de ojota y de bonete. Era el jefe supremo de este afor- 
tunado lugar un subdelegado; y un mal rancho con paredes 
de pirca, en cuya puerta figuraba un asta de bandera al la- 
do de un cajón boca abajo que hacía veces de garita, era jun- 
tamente palacio, juzgado y cárcel pública. 

Para quien no conociere lo que es en el norte un asiento 
de minas, Chañarcillo y su simpática capital minera serían 
objetos dignos de estudio. Un chileno poco geógrafo de su 
patria, como tantos, arrancado de repente del emporio de los 
porotos, y dejado por una mano misteriosa sin saber cómo 
ni cómo no, en la plaza pública de Juan Godoy, habría de 
verse muy apurado para atinar en qué región del mundo se 
encontraba; porque tanto en el mineral cuanto en el pueblo, 
todo para él sería nuevo: costumbres, trajes, aspiraciones y 
hasta el modo de hablar. El español que se pablaba en Cha^ 
fiarcillo era el idioma de Cervantes con culero. 

Las prácticas religiosas estaban allí en el más completo 



222 VICENTE PÉREZ ROSALES 

broceo; capilla no faltaba; pero lo que es quien dijese misa y 
quienes la oyesen, estaban en desuso. Sólo hablaba de con 
íesión el minero socarrón que buscaba ese pretexto para ba- 
jar a los planes tras de alguna hija de Eva, por estar éstas 
más escasas que la misma misa en Juan Godoy. La mujer 
no se toleraba allí sin el pasaporte que llamaban paE>eleta, 
desde que el bello sexo dio en la flor de ocultar bajo sus fal- 
das el fruto prohibido de las minas: la cangalla. 

Los domingos, a la caída del sol, lucían en la recova sus 
pintorescos trajes los señores del combo y de la cuña, trajes- 
jardines por sus variados colores, y hasta cierto punto gra- 
ciosos y elegantes. El minero usa calzoncillos anchos y cor 
tos, perfectamente encarrujados al rededor, que sólo le llegan 
a las rodillas, sobre ellos un ancho culero que le cae hasta 
media pierna, y por sobre todo, una larga camisa de listado, 
que, cubriendo la mayor parte del culero, sólo deja sus fes- 
tones a descubierto. Una enorme faja de color ciñe su cuer- 
po desde la cadera al pecho; en ella, hacia adelante, va col- 
gada la bolsa tabaquera, y por la espalda se divisa el mango 
de un puñal. Usa medias negras y sin pies, y por calzado, 
ojotas. Un gorro negro o lacre, con una gran borla que le cae 
sobre el cogote o sobre la oreja, es el adorno de la cabeza; 
pero donde el minero echa todo el lujo es en la manta, que 
compra sin reparar en precio siendo buena, y que carga con 
suma desenvoltura y gracia. El vestido de estos hombres tie- 
ne mucha semejanza con el de ios modernos griegos. 

El bello sexo, que tanto escaseaba allí, no podía decirse 
que en él suplía la calidad al corto número. Estas hermosu- 
ras negativas, calzadas con ricos botines muy puercos, con 
ricas medias más puercas aun, usaban valiosos trajes llenos 
de lamparones y ricos pañuelos de seda bordados, cuyos colo- 
res, como la piel del camaleón, variaban según los del panizo 
donde trabajaba el minero que más se les arrimaba. 

Ya para Juan Godoy me parece que es bastante. Volví- 
me a mi alojamiento, en la mina Esperanza, donde me espe- 
raban buen jamón y exquisitos vinos, porque si bien es cier- 
to que Chañarcillo, en vez de casas usaba malas chozas, tam- 
bién lo es que el buen alimento, el champagne, el coñac y mu- 
chos otros menesteres propios para hacer soportables aque- 
llas breñas, ni a los mineros broceados les hacían falta. 

Acercándose el limitado término de este mi primer viaje, 
me hice de algunas curiosidades para mi colección, y salí pa- 
ra visitar de paso los minerales de Bandurrias y Pajonales. 

Bajando al pie de las lomas que forman el mineral del 
sur y repechando un poco el cerro de Bandurrias, se divisa 
en todo su esplendor la colmena del cerro de Chañarcillo. Al 
ver aquel informe semillero de bocaminas, de ranchos, de 



RECUERDOS DEL PASADO 223 

casuchas de tabla, de desmontes, de pircas, de explanadas 
costosamente trabajadas; al notar el ruido y la incesante 
movilidad de las gentes y de las arrias, todo concentrado en 
aquel solo punto, un sentimiento de admiración y de encan- 
to se apoderaba del recién llegado, y al momento revoloteaban 
por su mente todas las imágenes de una dorada esperanza. 

¿Por qué no había de ser uno tan afortunado como lo 
eran los demás? Una chiripa cambió de un momento a otro 
la suerte de adversa en favorable. ¿Por qué no sucedería se- 
mejante chiripa en uno mismo? Chañarcillo y sus incidencias 
entonces eran capaces de hacer perder los estribos a la mis- 
ma apática modorra . Este mineral, desde su descubrimiento, 
ha ejercido y ejerce aún un poder providencial hasta sobre 
el estado y la capacidad de las personas a quienes ha querido 
favorecer. Quiso que Godoy y los Bolados fuesen caballeros, 
y lo fueron, y arrastraron un numeroso séquito de aduladores. 
A éste le dijo: aseméjate a la gente, roza la sociedad y ocupa 
los destinos que sólo se deben al talento; y pareció gente, y 
rozó en la sociedad y ocupó los destinos que sólo se deben al 
talento. A aquél: tú que eres viejo y achacoso por tus vicios, 
tú que eres un solemnísimo ignorante, cásate con una tierna 
niña y sé hombre de consejo; y casó con una criatura y fué 
hombre de consejo. Al mulato le dijo: tú eres blanco, y él 
lo creyó. El que antes servía y recibía mercedes, es ahora ser- 
vido y las niega a sus semejantes. En resolución: quien an- 
siaba las aguas de la fuente de rejuvenecencia y los específi- 
cos con que se confeccionaba e*l talento, buscándolos en los ca- 
pachos y en las fajas de los apires y barreteros de Chañarci- 
llo, y allí los encontraba. 

Al cabo de medía hora de camino se llega al mineral de 
Bandurrias. La naturaleza de su cerro, aunque sólo separa- 
do por una quebrada del de Chañarcillo, es poco lisonjera. 
Las minas que se trabajan en Bandurrias eran también po- 
cas y diseminadas en largas distancias. Había vetas, sin em- 
bargo, de una hermosísima formación. El manto de Fuente- 
cilla era una masa enorme de metal, cuya ley, aunque baja, 
era de la mayor importancia, vista la facilidad con que se ex- 
traía. La clase de metales de Bandurrias es distinta de la de 
Chañarcillo, que da en general poca plata nativa y mucho 
cloruro, al paso que el metal de Bandurrias da más a menu- 
do plata nativa, rosicler, arsénico y soroches que cloruros. 
Sus principales minas eran: la Descubridora. San Jerónimo, 
Solitaria y el Manto. 

Pajonales, sin ser ni con mucho parecido a Chañarcillo, 
parecía de más importancia que el anterior y sus metales se 
asemejan más a los de éste que a los de aquél. Situado al po- 
niente de Chañarcillo y sólo separado de él por la quebrada, 

Recuerdo.- 5 



224 VICENTE PÉREZ ROSALES 



en cuya boca está situada la aldea de Juan Godoy, tenía es- 
te mineral algunos trabajos más que el de Bandurrias. En- 
tre sus minas de nombradla, también diseminadas aquí y allí 
en la extensión de sus lomas, se contaban: la Miller, la. Con- 
tadora y algunas otras. Los dos días que dediqué al examen 
exterior de estos últimos asientos de minas, me fatigaron mu- 
cho por el mal estado de los caminos, el sol abrasador y la 
escasez de agua; y siéndome preciso llegar en la noche a To- 
toralillo, salí de Pajonales a las cuatro de la tarde, y en cua- 
tro horas de sostenido trote llegué al deseado rio donde se 
ve agua, donde se ve verde, donde aspira uno con encanto 
hasta el olor de las malezas que crecen espontáneamente en 
las márgenes de aquel arroyo. 

Como quiera que sea, si el recién llegado del sur o de las 
pampas, cuya vista que sólo puede detener el horizonte, se 
considera apretada en la angosta y prolongadísima quebra- 
da que aquí llaman el valle de Ck)piapó, saliendo de la sie- 
rra y llegando al río, que es el centro del valle, es tal la im- 
presión de agrado que recibe, que llega a considerarle, a más 
de hermoso, muy extendido. El riachuelo ya no es riachuelo, 
tiene visos como de río para el fatigado caminante. 

En esta leve correría tuve ocasión de estudiar el carácter 
y las tendencias de una nueva entidad sui generis que me per- 
siguió como sombra en todas partes. El cateador y el poru- 
ñero viven y reinan en los pueblos, y sólo se ausentan de ellos 
para las precisas exigencias del Estado; el cangallero tiene su 
trono en Chañarcillo y en cuanto mineral exhibe plata a ma- 
no. Genitor o por lo menos ama de leche del pueblo Juan 
Godoy, el cangallero reconoce por padre al prurito de hacer 
colecciones de minerales, que tarde o temprano pasan de los 
lujosos escaparates a la tosca rueda de los trapiches y por 
madre a la mezquindad de los mineros en alcance, que pre- 
fieren el título de robados al de generosos. No es. pues, de ex- 
trañar que el cangallero sea la niña mimada, la comeazúcar, 
la sácamenconlDien de algunos buitrones, de algunas máquinas 
y de muchos encumbrados personajes. 

Este minero sin mina, que muchas veces trabaja en al- 
cance, y no pocas veces es alcanzado por los esbirros de la 
autoridad, sólo tiene de común con el poruñero el ser emi- 
nentemente pagano, el sacrificar a Mercurio, y el tener por 
lares y penates predilectos el naipe, el dado, la taba, los ma- 
tecitas y la perinola. 

El cangallero, com.o la poesía, tiene irresistibles atracti- 
vos. ¿Quién será aquel que no haya pellizcado siquiera una 
cangaUita'^ ¿Quién .'\quPl que no haya medido alguna vez un 
verso, aunque haya sido con un palito? Pero así como a todos 
no les es dado el ser poetas, a todos tampoco les viene bien 



RECUERDOS DEL PASADO 



él título de colados cangalleros. Sin recia consLiLucion, sin 
sangre fría, sin buena vista, sin mejor oído, sin astucia, sin 
valor y, sobre todo, sin piernas, no da en bola el cangallero. 
El cangallero es un, verdadero corógrafo; no hay rincón en 
cerros que no conozca, ni mal paso que no haya visitado, ni 
cuevas apartadas en donde su vista escudriñadora no haya 
penetrado. El tiene calculadas las distancias, sabe dónde debe 
apartarse del camino, dónde debe apresurar el paso de su car- 
gada cabalgadura, a qué horas debe llegar a un punto dado^ 
y calcula y ejecuta sus movimientos con la regularidad del 
vapor. 

Al entrar en campaña el cangallero se transforma en un 
verdadero farsante, y sus colores, como los del camaleón, es- 
tán tan en perfecta concordancia con los de las personas que 
lo rodean, que es muy difícil el advertir que haya uno de 
más en el corrillo. A veces se presenta bajo la forma d-e un 
poderoso minero, acaudalado en ei norte y hacendado en el 
sur, y con todo el prestigio de la riqueza de un Río Santo. 
Otras, bajo la de un ser de modesta fortuna, pero dueño de 
máquinas tan inocentemente colocadas como lo está la for- 
taleza de Gibraltar en la boca del Mediterráneo. Aquí, con la 
figura de un honrado devoto, muy pudiente, porque Dios pro- 
tege a la inocencia, y que no compra sino que rescata pina 
de manos de los ladrones, como antes se redimían los cauti- 
vos. Como en aquellos desventurados entonces nunca se pre- 
guntaba de dónde fuesen ellos, bastando sólo el saber que 
eran cristianos, tampoco éste pregunta de dónde proviene lo 
que compra; le basta saber que es piñ'a. Cada marco que res- 
cata a razón de seis pesos, es un bien que hace al prójimo; 
porque si con seis pesos se pueden hacer tantas maldades, 
¿qué no se hará con nueve pesos dos reales, valor del marco 
arrancado a manos non sanctas? . .. Allí, bajo la provecta ca- 
tadura de un viejo achacoso a quien el mundo deja y él pug- 
na por no dejar; más allá, haciendo el papel de un joven ac- 
tivo y diligente, para quien el sor, la noche y el agua son ci- 
ruelas; en la Placilla, haciendo de honrado comerciante y 
proveedor, y en todas partes sustrayendo, nunca adicionan- 
do. ¿Adonde, en efecto, volver los ojos que no se encuentre 
el gentleman of the night en esta tierra de promisión?... 
¿Acaso bajo el disfraz de las sotanas? Tal vez, porque esta 
vestimenta sólo forma colecciones para la vista; es cierto que 
son colecciones que se benefician después, y que también dan 
sus marquitos, pero todo para la vista. No deduzcamos, pues, 
de aquí, las malas lenguas, que también el religoso cangalled. 

No, señor; recibe sí las colpitas que le regalan sus con- 
fesadas, las cuales las compran a sus lavanderas, éstas a los 
mineros y los mineros a los descuidos . de sus . mayordomos. 



226 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Como bienes pecadore.s, pue.s, van a parar a la iglesia, y nada 
más. 

Por ahora me remito a una obrita que publicaré a la po- 
sible brevedad con el título de "El Perfecto Cangallero, o sea 
el arte de cangallear sin ser cangalleado", con un prolijo iti- 
nerario de todas las aguadas que no cuecen porotos, del inte- 
resante alojamiento de don Beño, y del no menos importante 
y poco sospechado del Agua de los Sapos, adonde llegando el 
cangallero, ni le asustan los bufidos de su muía, ni el rebuz- 
no de su as7w, el que no pocas veces, agobiado por el peso de 
las colpas, pide socorro con disonante clarín a los agentes vo- 
lantes de la entrometida policía: terminando el todo con las 
puntuales monografías del habílitador ambulante que traba- 
ja por cuenta ajena con provecho propio; del cangallero falte 
que ¡ojo ai minero y ojo al que no lo es!, compra al primero 
por dos lo que vale cuatro y vende al segundo por cuatro lo que 
vale ocho, y todavía alcanza a dar al socio comanditario 
cuentas que, aunque oliendo a las del Gran Capitán, alcanzan 
honores de provechosas; del cangallero chinganero, que tor- 
na el anisado en pura plata al dulce son del arpa y la guitarra; 
y, por último, el cangallero de menor cuantía, que es el má¿ 
numeroso y el que alimenta sin saberlo a todos los demás. 

Engañado por el cateador, robado por el poruñero e ini- 
ciado en los misterios del cangalleo, ya puede uno decir con 
confianza que es minero colado, y si se librase de los tres, 
todos le darán a boca llena el título asaz significativo de 
hombre pasado a minero. 

No se crea, por lo que queda escrito, que sólo a criticar y 
a recrear la vista se redujeron mis trabajos en Copiapó. Rea» 
nude mis antiguas relaciones con La Rioja y Catamarca, re- 
corrí el desierto, trabajé minas en él, sufrí el hambre y ^a 
sed, reina absoluta de aquellas áridas arenas. 

A cosa de tres horas de viaje al trote en regular caballo, 
desde Totoralillo para el norte, y a cosa de otras tres, cabal- 
gando en burro, desde ese punto hacía el oriente, puede un 
viajero llegar harto de arena, de sudor y de cansancio al 
asiento de una antigua y poco conocida mina de cobre que 
cuenta ya con sus treinta años de justificado abandono. 

Consérvase aún intacta, en aquel apartado lugar, la ta- 
rasca de una obscura ratonera trabajada por el prurito de 
hacer plata de la noche a la mañana, en medio de un grupo 
de aisladas rocas que asoman sus crestones sobre la ondosa 
planicie del desierto, como los arrecifes sobre la movible su- 
perficie de los mares. 

Ni una gota de agua se divisa en parte alguna; allí no 
cantan las diucas, y ni siquiera aquella borra amarillosa con 
que la vegetación anuncia, sobre las rocas descompuestas por 



RECUERDOS DEL PASADO 227 

la acción del tiempo, sus primeros indicios, alegra el aspecto 
de aquella naturaleza puramente pétrea, horno calcinante y 
calcinado por lo¿5 ardientes rayos de un sol abrasador. 

Cuentan las crónicas que en aquel solitario y triste alber- 
gue, que.no fué entonces venerable asilo de ninguna inocen- 
cia pecadora, puso trabajo por los años de 1848 un buen señor 
que, cansado de buscar la fortuna sobre la superficie de la 
tierra, le dio el diablo por buscarla bajo de ella. Minero de 
nuevo cuño, esto es. ignorantón y presumido de sabedor, co- 
mo solían serlo en aquel feliz entonces la mayor parte de los 
del cuño viejo, que, como él, buscaban bajo de tierra lo que 
no habían perdido, sólo le faltaba para entrar en el gremio de 
los colados, disimulo para fingir, malicia para engañar, des- 
treza para hacerse de cangallas y talento para venderlas co- 
mo frutos de su propio solar; calidades todas que, si bien de 
importantísima valía, si yo fuera carpintero, diría que no jun- 
taban, ni ensamblaban, ni traslapaban con el ánimo de nues- 
tro novel minero, más dado, por mal de sus pecados, a la plu- 
ma que a la barreta. 

El empresario a que aludo vivía por economía en una 
tienda de campaña, horno portátil que así le servía de aloja- 
miento como de almacén y de bodega. Su situación, pues, no 
era envidiable; primero, soledad, segundo, vista en lo interior 
de sacos de harina tostada y de líos de charqui que estrecha- 
ban las fronteras de su cama, y al' exterior, por la abertura 
o entrada triangular de la tienda, un arenal sin límites, la 
temblorosa reverberación de los rayos del sol. y las orejas del 
burro cargador de agua potable, el cual, mustio y pensativo, 
parecía, por su quietud embelesada, que buscaba en su men- 
te algún trabajoso consonante. 

Llegado a punto, una tarde, el fastidio que agobiaba a 
nuestro amigo, dicen que llegó a exclamar oyendo la algaza- 
ra de sus peones: "¿Será dable que hasta el borrico aguador 
me esté dando lecciones prácticas de filosófica resignación? 
¿Será dable que esta tropa de zopencos que me acompaña, 
por el solo hecho de poseer la virtud negativa de no preocu- 
parse del día de mañana, tenga poder para hacer revolotear 
la risa y la algazara en tomo de sus insulsas conversaciones, 
cuando yo, que con una sola palabra puedo hacerles enmude- 
cer, no tengo aquí un solo momento de verdadero agrado? 
Fenómeno es éste, prosiguió, que merece ser estudiado, y pa- 
ra hacerlo con documentos a la vista, quiero, ahora que es- 
tán tan animados, taquigrafiar durante una hora entera lo 
que les oigo". Y diciendo y haciendo, como entiendo que era 
en el taquigráfico garabateo, cogió papel y lápiz, acomodán- 
dose lo mejor que pudo sobre un saco de harina tostada, si- 
guió con imperturbable paciencia la conversación de sus mi- 



228 VICENTE PÉREZ ROSALES 

nevos que. sentados en el suelo, alrededor de un removido res- 
coldo, departían en buena paz y compañía raspando las tor- 
tillas que acababan ae sacar de él. 

Tengo a la vista el trabajo de aquel solitario huésped del 
de'sierto. trabajo que, sin más que atenuar el alcance de al- 
guna que otra voz antiparlamentaria, entrego a los curiosos 
en calidad de fotografía instantánea de las costumbres que 
aún fomenta en el ánimo de nuestros rústicos campesinos la 
religiosa creencia de que el marido responde en la otra vida 
de cuantos pecados cometa en ésta la mujer, si los deja pasar 
sin mechoneo, paliza o azotaina. 

Dice, pues, el manuscrito: 

INTERLOCUTORES 

Un barretero de Guaiinán, que a fuer de cuyano, piensa 
y habla en esdrújulo. 

Otro de Elqui, indio gustador y poco amigo de dar gusto. 

Un Apir, gamin de París con culero. 

El buen Velásquez, hijo de Andacollo, hombre de conse- 
jo a quien la edad de los dos combos, esto es, la de los 77 años, 
ha traído del papel de galán y poderoso barretero, al de hu- 
milde proveedor de agua potable de la colonia. Los demás 
hasta el número de nueve, ios coloco como coros o comparsas, 
que más hacen el papel de oidores que el de alcaldes. 

Uno. — ¿Y quién le decía nada al punchi de don Campi- 
llo? ¡Buena cosa de punchi ciarito, ñor! ¡y lo fuerte! 

El cuyano. — ¡Ah! maye hayas un trago de anisado aho- 
ra, ¿no, caballeros? 

Vtlásquez. — ¡Óigalo no más hablar a estos ociosos! 

Uno. — ¿Y que vendría mal un traguito de anisado aho- 
ra, ñor? No hay cosa que componga más el estomo. 

Velásquez. — ¿El estonio no? Un dolor de estomo que yo 
quise curarme asi, fué causa de todos mis atrasos; ¡y ojalá 
nunca me hubiera acordado de sus anisados! (Risa general y 
exclamaciones.) 

Uno. — ¡Esta sí! ¿Y qué le sucedió, pues, ñor! 

El elquino. — Se desgraciaría, pues hombre, ¿qué hay que 
preguntar? Tuvo algún pleito, lo rodeó bien la suerte y... 
¿no es así, ñor? 

Velásquez. — ¡Ojalá hubiera sido asi no más! 
. El cuyano.-- ¡Escuche! ¿Qué le anduvieron bordeando con 
el baleo? 

Velázquez. — ¡Qué baleo ni qué porra! ¡Peor que si me hUr 
biesen baleado! 

Todos. — ¡Cómo peor! 

Ve¡ásquez.-^\Me casaron! 



RECUERDOS DEL PASADO 229 



(Nuevo tuti de carcajadas).— ¡Esta sí! ¡Ahora sí! ¡Vaya 
un caso! 

Apir. — ¡Me. . . ! ¿Eso no más le pasó? Ahorita no más me 
bebo entera una botella de anisado yo. 

Velásquez. — Qué sabís vos, muchacho; ¡tan enterados 
que los han de ver! Mejor fuera que aprendieras a rezar. 

El cuyanc. — ¿Conque lo casaron, ñor? Cuéntenos, pues, 
cómo fué eso. Velei un cigarro prendido. 

Velásquez. — Gracias. Me casaron, o me casé, que por ei 
va la cosa. Es cierto también que yo era muy huaino. enton- 
ces, que si se ofreciese ahora otra vez igual caso... (riéndo- 
se) . ¡Ave María, qué tentación! 

Varios a un tiempo. — Cuéntenos, cuéntenos, eso, ñor Ve- 
lasquito . 

Velásquez. — Tendría yo entonces mis veintidós años; an- 
daba con mi buen bonete a la oreja, mi culero alechugado y 
mi camisa, amigo, que barría la calle. Me arqueaba yo por 
esos callejones y las niñas que me miraban decían "¡La laya 
de minerito!"; y yo, nada, amigo: ni a pólvora me rendía. 

Por ei me juntaba con una tropa de zambos y apenas ne- 
gábamos a una pulpería, luego les barrenaba un balde de puii- 
chi, y aquellos z^imbos llegaban a galucharse a tragos. 

En una de éstas, que yo había bajado del cerro para la 
chaya, antójaseme comer sandilla verde, y no me da una lipi- 
ria, ¡mire! ¡Aquel dolor de estomo que ya se me rebanaban 
las tripas! ¡Sudar es bueno, amigo, y ya me parecía que aque- 
lla era mi última, cuando entra un zambo más feo que yo y 
me dice: "Tome un vaso de anisado, ñor Velásquez; tome no 
más. ñor, y verá cómo se le pasa"; y me alarga un vaso que 
venía borde a borde, y yo encomendándome a nue.stra madre 
de Andacollo, le hice una pregunta al vaso que me llegué a 
poner ñato! 

Uno. — ¡Bien haya! 

Velásquez. — ¡Como con la mano se me quitó aquel do- 
lor!, vea lo que es la fe, ¿no? ¡Es además tan milagrosa aque- 
lla Reina de los Angeles! Vamos a que ya estoy mejor que 
antes y hasta valiente me puse. Luego pasamos a una rama- 
da que estaba que se ardía. Allí no más barrené otro vaso de 
anisado, y luego, mire, me ladié para el lado de una negrita 
de esto que hay no más. 

Varios. — ¡Alza, pues! 

Velásquez. — Luego la empecé a circar y estaba en ío iñe- 
jor arqueándome y sacando un real que me quedaba para 
festejarla, cuando la suja se me fué de entre. las maños para 
ir a leiimLar Ua.s de una QUÍticfiü! Con las orejas no más me 
ganó la carrera, y los dos llegamos al lazo casi a un tiempo. 
"Minerito, me dijo toda asustada, ¿no ve aquella zamba que 



230 VICENTE PÉREZ ROSALES 

está allí en la puerta vestida de señora? Pues, esa es la que 
me ha criado, y como me había enviado a comprarle yerba 
y yo me he metido aquí, ahora no más me mata a azotes". 
¡Y miro, y veo, señor, en la puerta aquella zamba tan gorda 
y tan retaca que parecía capacho recién hormado, con unos 
ojos saltados que parecía que no dejaban rincón por catear, 
iñientras que la otra que estaba tras de mi decía llorando: 
"¡Y todo esto es porque yo no tengo quién hable por mí!" 
"Aguárdese, le dije, estése ei no más, no se le dé nada. Velas- , 
quez se lo promete, y cuando Velásquez promete, ¡virgen, 
pues!", y luego enderecé a catear a la vieja, y me le íicerco, 
amigo, arqueándome, y apenas la miré, ¿no me voy acordar, 
señor, que antes había tenido ella conmigo, entre trago y tra- 
go, su dimes y sus diretes? Ya es mía, dije cuando me le acer- 
caba, creyendo que ni a pólvora se había de dar. En cuanto 
no más me conoció, pudrió el cerro, y me le fui en soltería. 
Luego no más le dije que yo sabía en la procura que andaba, 
y después de mil enriedos que le metí, le dije: "yo soy aquí el 
causante; ella no tiene culpa la que menor; y si usted quiere 
y es su gusto, yo soy muy gustoso de casarme con ella; tengo 
buen herraje, buen chapiao, me echo el combo al hombro y 
no me falta patrón". 

Varios. — ¡Alza, pues, ñor Velásquez! 

Velásquez. — ¡Hubieran visto ustedes la cara de pascua 
con que recibió mi declaración aquella zamba! Luego le pasé 
un vaso de anisado y ei no más me abrazó. Vos habías de ser, 
negrito de oro, me dijo, yo también soy gustosa de que te ca- 
sis con ella y aquí está este rosario que te endono con cuen- 
tas de oro. . . Yo no me acuerdo de lo demás, sino que a los 
pocos días ya estuvimos casados. 

Apir. — Y a usted mucho que le amargaría eso; arriesga- 
do está que se siga quejando del anisado. 

Velásquez. — Miren qué cosa, .hombre. . . Aquello de me- 
terse. . . conque uno no podrá. . . 

Un barretero (interrumpiendo) . — Calla la boca, chiqui- 
llo, no estís amolando. No le haga caso, ñor, sígale no más, 
vamos ahora a lo dulce. 

Velásquez. — Para mí la luna de miel entró en despinte; 
apenas la divisé cuando se clisó... Casado ya y con obliga- 
ciones, pasé al pueblo a buscar concierto, y hasta me empe- 
ñé por llevarle un pañuelo; y ¿qué les parece que encontré en 
la casa? ¡ni esto!... Pregunta por aquí, pregunta por alíí, 
nada amigo, y ¡era que hacia cinco días a que no se recogía 
la indina! 

Varios. — ¡Esta si! . . . ¡ahora sí! 

Velásquez. — Vamos a que, en cuanto no más supo ella 
que yo la andaba calcando, se vino calladita al rancho, donde 



RECUERDOSDEL PASADO 231 

me salió con que el miedo a las ánimas que penaban mucho 
en la soledad, la había hecho ir a casa de la vieja alcahueta 
a esperar que yo llegase. Ya pasó esto; pero yo pasado tam- 
bién a minero, y todo malicioso, luego no más me hice el en- 
fermo y me metí en la cama. Ñor Velasquito, me decía ella, 
¿qué tiene? y yo nada, con los ojos cerrados y quejándome. 
Anda, india picara, decía yo para mí, a mi no le jugáis vos 
tan aína. Luego me hice el dormido, y ella ¿qué hizo enton- 
ces? ¡sacó al pasito un espejito de a medio, se desenredó las 
pasas, se echó unas babitas, y con trancos de éstos que no 
quiebran huevos, juntó la puerta y se mandó para la calle. . . 
¿Qué hago yo entonces?, me levanto, amigo, y doblo de cua- 
tro dobleces mi lazo y me la voy escondiéndome de atrás. A 
poquito andar la encuentro con un minero más feo que yo, 
concertando el ir a tomar punchi bajo del sauce frondoso. 
— ¿Y tu marido?, le dijo el minero. — No le dé cuidado, ñor, 
contestó; ei lo dejé roncando y soñando con las ánimas; voy 
no más a darle una vueltecita y ya estoy aquí. Aguárdate 
picara, iba diciendo yo mientras me escondía en un zaguán, 
ahora no más veris de qué cueros salen chispas. — Ella que 
pasa y ¡zas! que le arrimo en la cara un lazazo. — ¡Qué me 
matan!, gritó la china, y yo ¡zas! en las costillas! ¿Conque 
ibas a tomar punchi sin convidarme a mí, ¿no?... ¡Zas! al 
suelo vino la china. 

Varios. — ¡Toma! 

Velásquez. — ¡Yo te haré no más, que seáis tan fresquilla 
y tan lazarilla! ¡Anda a acompañar a tu marido será mejor, 
que también le tiene miedo a las ánimas! — ¡Zas! — ¡Ay, ñor- 
cito! — ¡Ay! ¿no?, y volando llegó a la casa con el lomo hu- 
meando. — Allá en la casa me esperaba la ctra zamba casa- 
mentera, donde casi me comió ¡mire! Y que la niña era mu- 
jer de calidad y que por aquí y que por allí. ¡Miren no más 
dónde se mete la calidad! ¿No digo yo? ¡Si el zamberío está 
muy alzado! — Ya pasó esto. Salgo otra vez, ñores, para el 
cerro, y ¡quién les había de decir que a mi vuelta ni luces 
de ella había de encontrar!, y lo que es pior, que la zamba de- 
fensora de la calidad, me llegó a decir que si yo no le apre- 
taba las cuñas, nadie se podría averiguar con ella. ¡V'ean 
qué suerte! — Vamos de nuevo a noticiarnos del paradero de 
aquella malvada guacha que cuando soltera le arrimaban 
porque no tenía quién hablase por ella. ¡Zamba picara! ¡No 
la lambo con un zambo alta con tantas huaras que le llegaba 
a bufar el culero! — En cuanto no más me vio se fué de es- 
paldas. — Le ha dado un mal, decían unos; otros decían que 
era aire; paró la guitarra y todo se volvía un alboroto, cuan- 
do me le acerco yo a tomarla el pulso y le digo, ¡zafa pa tu 



232 VICENTE PÉREZ ROSALES 

casa, zamba picara! Ai tiro sanó y picó moqueando para el 
rancho, y yo siguiéndola de atrás. Y qué piensa hacer con- 
migo, iba ella rezongando, y que yo no soy esclava; y yo ca- 
llado, amigo, sobando mi correa . En cuanto no más llegamos, 
la colgué y le arrimaría, mire, como cincuenta azotes. Ella 
me hacia sus relaciones: pero yo la convencía a lazazos; lue- 
guito de allí a ejercicios. 

Cuyano. — ¡Escuche! 

Elquino. — ¡Pues no, pues, hombre! ¿No vis el cargo que 
uno se lleva de las diabluras de la mujer? 

Velásquez. — Cíomo que así no más es, amigo, y yo no quie- 
ro tener que dar cuenta a Dios de pecados ajenos por no ha- 
berla corregido. 

Apir. — Ñor Velásquez. ¿dejó vela afuera para la saca del 
amanecer? 

Velásquez. — En la chincha está. 

Apir. — Pues, me voy a acostar; muy leso se está ponien- 
do su cuento. 

Velásquez. — Ahora lo estáis hallando leso ¿no? 

Uno. — ¿Conque la echó a ejercicios, ñor? 

Velásquez. — Salió de ellos que parecía una paloma. Me 
pidió perdón. "Negrito de oro, me dijo, conozco que te he 
ofendido; no más mundo; te agradezco los azotes que me arri- 
maste y he de morir donde vos murái". Contento yo, vendi 
mis estriberas, empeñé mi montura, la puse más guapa que 
otro poco, y me mandé riéndome solo al cerro. ¿Quién me ha- 
bía de decir lo que me aguardaba a mi vuelta cuando bajé a 
buscar el nidal de mi paloma? ¡En cuanto no más me alejé, 
pior lo hizo! Viendo esto yo resolví dispararme del lugar, por- 
que no me gusta que naiden vie'avergonce. y aunque yo sé 
que el marido tiene derecho de sobar su lazo en el lomo de la 
mujer, no me gusta hacerlo, mire, y bien sabe Dios y nuestra 
madre de AndacoUo que sólo por cumplir como cristiano me 
fui a darle mi última reprensión. 

Cuyano. — ¿Y que será cierto, ñor, que uno tiene que res- 
ponder en el otro mundo por todas las diabluras de la mujer'' 

Elquino. — ¡Mire qué pregunta! Pues no, hombre; ¿no vis 
que te la entrega el cura para que seáis uno con ella y la de 
tendáis del Malo? Bueno, pues, erró ella y cayó, y en la ten- 
tación ei estáis vos para corregirla, y ¡no lo hagáLs no más! 

Cuyano. — ¿Y que será cierto, ñor, que uno tiene que estar 
noche y día colgado de la pollera de su mujer, y de no peca 
uno? 

Velásquez. — Por eso dicen los libros: antes que te casis 
mira lo que hacis. 

Uno. — ¿Entonces será mejor vivir soltero? 

Otro. — Por lo visto. 



RECUERDOS DEL PASADO 233 

Varios. — ¡Andáaaa! 

Veló.squez. — Vamos a que me largué a buscar de nuevo a 
mi cruz, y ella que lo sabe y se me esconde; y yo rumbando, 
amigo, hasta que me encuentro con ella escondida en un mai- 
zal. Pestañeaba no más la india picara: pero yo con mucha 
dulzura le dije: venga, sígame que le importa... Se levantó 
la china y apuntó para la casa, y yo siguiéndola, y ella tai- 
mada. Llegamos a la casa, tranqué la puerta lo mejor que 
pude y me senté a rebollar. ¡Buena cosa!, decia yo con mu- 
cha pena.. . Saqué la bolsa y se la pasé. Hágame un cigarro, 
le dije, y ella callada me lo pasó prendido... Suspiraba yo' 
señor y ella tanteándome. . . Al fin levantándome, ¡hágase la 
voluntad de Dios! dije, y la colgué bien amarrada y des- 
nudita . 

Uno. — ¡Adiós, diablo! 

Velásquez. — ¿Qué me va a hacer? — me decía ella — , ¿que 
me va a matar? Y yo, "no sé si te voy a dejar vida": y con 
una buena correa que tenia allí escondida, a combo suelto le 
di durazo hasta que me cansé. 

Varios.— ¡Toma! 

Velásquez. — Gritaba aquella zamba que ya echaba el ran- 
cho abajo; pero buena cosa de zamba sufrida, ni sudaba si- 
quiera! y con aquellas... n... tan grandes que parecían el 
bombo del rey Inga (riéndose): ¡si era para la tentación!... 
Mientras tanto la vieja está al lado de afuera a golpes con l'a 
nucta oiip se volvía cuatro, y yo so^do. amigo. iOue se lo pi- 
do de rodillas, decia, ya será bastante!; y yo nada, amigo: ¡y 
se puso en cruz aquella zamba picara a rezar a gritos al lado 
de afuera! ¡Usted tiene la culpa!, le gritaba yo; ¡si usted la 
hubiese crucificado cuando estaba chica, no le estuviera pa- 
sando lo que le pasa ahora!; ¡y dale, amigo, y aconsejándo- 
la! ¡Que me matan!, gritaba ella, y la vieja al lado de afuera: 
Santa María, madre de Dios, ruega, señora. . . Y yo, éste será 
por el alma de mi finado padre, ¡rrrás! ¡Jesús me ampare, 
srrltaba la india, ronca ya. mire: y yo, éste por el hiio que de- 
bíamos haber tenido, ¡rrrás! Padre nuestro, que estáis en los 
cielos!, decía la viein: y yo. é.ste será Dor los caminantes ex- 
traviados, rrás! . . . Gloria Patri, decia la vieja; y yo, éste será 
por el alma de mi difunta madre, que de Dios doce, ¡rrás! . . . 
El gremio de la herejía, decía la vieja; y yo, éste será por tu 
señora, ¡rrrás!, y la vieja acompañaba los gritos de la mujer 
en calidad con kirieleisón, ora pro nobis y otra porción de em- 
brollos a cada santo a que yo me enconmendaba ! . . . Para 
acabar: después de haberla encomendado a todos los santos 
y santas de mi devoción, y siempre con escrúpulos, mire, de 
haberme olvidado de alguno, la descolgué y vino al suelo la 
zamba, sin habla... Luego la senté en un costal y abrí la 



234 VICENTE PÉREZ ROSALES 

puerta. Hubieran visto los aspamientos de la otra zamba cuan- 
do se puso a curarla... Yo, cansado, señor, me senté en un 
rincón agachado y suspirando, sin decir nada, y en cuanto no 
más vi que había vuelto en sí aquella tentación, le pasé la 
bolsa para que me torciera un cigarro... Y, ¿qué les parece 
que hizo?, ¡no me la disparó por la cara y me desparramó 
todo el tabaco aquella zamba taimada! ¡Vea la soberbia, se- 
ñor! ¡Si ya está el zamberío muy alzado! . . . ¿Qué hago yo en- 
tonces? A los males sin remedio, échales tierra en el medio, di- 
je, y el diablo no me ha de llevar a mí por culpa de otro. ¡Ay, 
señor, del rato aquél no me quisiera acordar! . . . Vengo y saco 
mi montura, mis chapiaos, mis navajas de barba que me ha- 
bían costado un cuarto de onza, los amontoné junto a ella y 
le dije: "todo esto que me ha costado mi sudor y mi trabajo 
es de usted, aquí está mi papeleta en que alcanzo veinte rea- 
les; usted la cobrará a su tiempo; hinqúese luego aquí, para 
ponerle mi bendición". Y se hincó aquella zamba, moqueando; 
y ¿que se va, señor Velásquez?. . . ¡Y le puse mi bendición (en- 
ternecido) y se me rodaron las lágrimas!... Me voy, le dije, 
y no llevo nada, ni tabaco. Ya estamos desunidos. Dios quiera 
darle muerte dentro de una batea para que sea más afortu- 
nada. Si alguna vez se ve en angustias y yo tengo, la socorre- 
ré; si no. Dios la favorecerá. Allí nos abrazamos y lloramos mu- 
cho; mucho hicieron también por que me quedara; pero yo no 
quería tener que penar por naiden. ¡Hágase tu voluntad!, dije, 
y me salí a la calle. . . Yo me fui, pues, con mis alforjas va- 
cías al hombro, sin tabaco y ni un cuero siquiera en que dor- 
mir; pero con mi conciencia tranquila. Hasta ahora no he 
vuelto a saber de lo que fué mi mujer. . . 

Apir, desde la cama. — Ñor Velásquez, ¿cómo le fué con €l 
anisado? Aquí se cansó el taquígrafo. 

Cuando lleno de desengaños abandoné al plateado Copia- 
pó para tomar de nuevo a los negocios que m.e brindaban las 
libres pampas argentinas, al lado de mi hua,so Rodríguez, jo- 
ya y terror de aquellos desiertos, la noticia de la muerte atroz 
de este caudillo, dulcificada con las de los portentos del oro 
que se encontraba en California, me lanzó de nuevo fuera de 
mi patria, 



CAPITULO XIII 



Consideraciones generales sobre la Alta California; lo que fué 
y lo que ahora es. — Casuales acontecimientos que acele- 
raron el descubrimieiito del oro en California. — Venida 
de Sutter a América.. — Rápido bosquejo de la vida de este 
compitan de guardias franceses en 1830. — Su colonia mo- 
delo. — Marshall, peón de Sutter, descubre el oro en So- 
nora. — Efecto que produjo esta noticia en Chile. — Via- 
je a California. — Motin promoiñdo por Alvarez a bor- 
do. — Modo milagroso como después salvé de la horca a 
este mismo caballero.— Percances del viaje. — Puerta del 
Oro. — Bahía de San Francisco. 

Veintinueve años van corridos desde que la inmigración 
extranjera, con todo el atavio de actividad, de energía y de 
progreso que siempre la acompañan, principió a llegar a las 
solitarias y apartadas regiones que constituyen en el dia el 
floreciente estado calif ornes. 

Doscientos noventa y cinco años hacia que ese depósito 
de riquezas naturales yacía en poder de los españoles, sin 
que ellos maliciasen siquiera que ese rincón de tan vastísi- 
mo Estado fuese una de las joyas más preciosas que podían 
adornar la corona de sus adustos soberanos. Fué preciso que 
otra raza más emprendedora y más audaz viniese a barrer 
de la superficie de aquel suelo privilegiado la rústica capa 
que la encubría, para que sus inagotables riquezas, entre las 
cuales el oro no era. por cierto, la má^ envidiable de todas 
ellas, viniesen a asombrar al mundo con su inesperada apa- 
rición. 

¿Quién se acordaba de California antes del año 1841? i 
Sólo después de la desastrosa guerra que dio por resultado la\ 
anexión definitiva de esa sección del territorio mexicano al f\ 
de la Unión del Norte en 1850, se vino a conocer cuanto ha- / 
bia perdido México con perder a California, y cuanto ésta, 
la humanidad, el comercio y la industria habían ganado 
con semejante pérdida. i 

El año de 1848 la población de la Alta California sólo al- ' 



236 VICENTE PÉREZ ROSALES 

j' 

canzaba a 20.000 almas, de las cuales 15.000 pertenecían a la 
raza indígena y 5.000 a la española. 

El censo oficial, hecho después de la definitiva anexión 
y publicado en 1852. computa la población en 254.453 almas, 
compuestas, en general, de gente ya formada, a cuyos inau- 
ditos esfuerzos en sólo esos tres años de turbulenta y borras- 
cosa vida debieron, como por encanto, su existencia: San 
Francisco; con 34.876 habitantes; Sacramento, con 20 000; 
Marysville, con 7.000; y Slockton, con 5.000. 

Cinco años antes de la época del censo a que me refiero, 
esa modesta y solitaria aldea de Yerbas-Buenas, hoy orguUosa 
San Francisco, en cuyo puerto sólo se veía, de vez en cuando, 
tal cual buque ballenero, tal cual embarcación que acudía en 
busca de sebo y de grasa, y algunos faluchos que se ocupa- 
ban en la pesca de salmón, lucía en tan corto tiempo, en su 
ancladero, una selva de mástiles que ostentaban todas las 
banderas del mundo. 

En el primer aniversario del descubrimiento del oro, ya 
alcanzaron a contarse, anclados en su precioso puerto, 650 
buques con 400.170 toneladas de capacidad. 

Equivocado estaría, sin embargo, aquel que en presen- 
cia de tan extraordinario acopio de embarcaciones hubiese 
creído que el sinnúmero de esforzados aventureros que ellas 
condujeron sólo llegaron a hartarse de oro, para retirarse des- 
pués a gozar de él en sus respectivos hogares patrios. No; 
no sólo acudieron a California simples mineros; acudieron 
también comerciantes e industriales y cuantos hombres que, 
no encontrando en su propia patria campo de acción capaz 
de remunerar los esfuerzos de su actividad individual, pen- 
saron, con razón, encontrar en la virgen Califo/nia, en la 
feracidad de sus campos y en las demás riquezas naturales 
que aquella región inexplorada encierra, los elementos que 
constituyen para el hombre pensador lo que llamamos patria 
y hogar. Así fué que el año de 1852 aquella pequeña sección 
del mundo que tan poco producía entonces, lanzó al comercio, 
sólo en productos agrícolas en bruto y como muestra de lo 
que podía producir después, 33.995 hectolitros de trigo, 370.473 
de cebada, 12.574 de avena y 174.143 de papas. 

La excavadora barreta, la picota y el lavado, que para 
extraer el oro del subsuelo donde yace, todo lo trastornan, 
entraren a California junto con el reparador arado, que todo 
lo nivela y empareja. 

En los primeros veintiséis años corridos después de la 
anexión, ese portento, entre los muchos propios de este siglo, 
ha vaciado, según censo oficial, en lo.s canales del comercio 
del mundo, sin contar con el valor del oro, que ascendió a la 



RECUERDQS DEL PASADO 237 

enorme suma de 1.763 millones de pesos: 360 millones en ce- 
reales, 20 millones en vinos y licores, 76 en maderas de cons- 
trucción, 63 en lanas, 23 en carbón, 20 en azogues, dejando sin 
computar tanto el valor de las demás distintas clases de me- 
tales que se explotan en aquella región privilegiada, cuanto 
el del producto de sus muchas industrias fabriles. 

En 1878, 216 cargamentos con 8.069,825 quintales de trigo 
salieron de California para muchos puntos de la tierra, re- 
presentando un valor de 14.464,166 pesos; 2.612,777 quintales 
de harina y 41.000,000 de libras de lana; siendo muy de notar, 
que ese pozo, al parecer de inagotable producción, no alcan- 
zaba entonces a contar con un millón de habitantes. 

El Sacramento, el San Joaquín y sus numerosas confluen- 
cias, reunidas en un solo cuerpo, se abren paso al través de 
la tierra granífica de la costa, formando la imponente gar- 
ganta de la Puerta del Oro, por donde se lanzan al Pacifico. 
Los valles de esas dos preciosas hoyas hidrográficas, los sua- 
ves recuestos de las siempre verdes colinas que descienden 
hasta ellos;- las frutas y las flores silvestres que en otras re- 
giones se cultivan y que en ésta parecen hijas de su suelo; la 
presencia de la frutilla, de la frambuesa, de la parra y de la 
avena; el vigor sorprendente y la lozanía de las selvas, entre 
las cuales figuran el pino, el ciprés, el roble y el cedro; sus 
ricas minas de carbón, de hierro, de plata y de cinabrio; sus 
fuentes de petróleo y de aguas saladas; la benignidad del cli- 
ma, todo expresa con elocuente claridad que el oro no es, 
por cierto, como queda dicho, la mayor riqueza de aquella re- 
gión afortunada. 

Complace seguir los progresos de la civilización y de la 
industria, aunque sea a paso acelerado. 

Los soldados del inmortal Cortés habían visitado Cali- 
fornia en el año 1533. Don Fernando de Ulloa recorrió sus 
costas en 1539. La España tomó posesión del todo en 1602, y 
sólo cuarenta años después la Compañía de Jesús se encargó 
de echar en aquella región las primeras bases de la civiliza- 
ción. 

Esparcidos en los 406.000 kilómetros de terrenos de que 
consta la Alta California, vivían en el año de 1790, 7.148 indi- 
viduos de la raza humana; en 1801, 13.668; y en 1846, ape- 
nas llegaba el número total de sus habitantes, así indígenas 
como extranjeros, a 25.000. El año 1848 se anexó California a. 
los Estados Unidos, y un año después ya alcanzó su población 
foránea a iiO.OOO almas. 

Aquella imponente y tosca naturaleza, cuyo misterioso 
mutismo sólo interrumpían de vez en cuando las perturba- 
ciones atmosféricas; los destemplados gritos del montaraz 



238 VICENTE PERE^ ROSALES 

indígena, cuando celebraba el éxito de sus depredaciones so- 
bre el fruto de los primeros pasos del hombre civilizado en 
aquellos desamparados lugares; el graznido del cuervo; el 
aullido del coyote; el relincho del ciervo o la algazara de las 
aves silvestres: ¿qué fué de todo esto un año después de co- 
menzar a enseñorearse en ella la civilización, la industria y 
el trabajo? 

Un año después los rios navegables y sus puertos se mi- 
raron llenos de embarcaciones cargadas de mercaderías y de 
pasajeros; un año después las ciudades se levantaban en to- 
das partes, como por encanto, al ruidoso compás de la sie- 
rra y del martillo; y las selvas, cuya sombría base oponía 
obstáculos a la vegetación anual, repercutían al estruendo 
de la "caída de sus gigantescos árboles a impulso de los pau- 
sados golpes del hacha, precursora siempre del arado en las 
regiones montañosas. Incendios promovidos por la mano del 
hombre civilizado, al propio tiempo que extirpaban la plaga 
de ponzoñosos zancudos que imperaba en las márgenes de los 
ríos y en las marismas, destruían el secular acopio de yerbas 
y de espadañas, cuyas cenagosas bases infestaban la atmós- 
fera con exhalaciones deletéreas. Abríanse caminos en todas 
direcciones; el rigor de las armas perseguía al indígena que 
no se entregaba dócil al trabajo, sin dejarle sentar pie en 
parte alguna; y las mentadas Cordilleras Rocosas, cuyos de- 
rrumbes y áridos crestones jamás habían sido visitados por el 
hombre, ostentaban por todas partes grupos de trabajadores, 
caravanas de viajeros y recuas de muías, que, cargadas de 
herramientas, de vestuarios y mantenciones, proveían las 
necesidades de los esforzados aventureros, que ya con el agua 
a la cintura, o ya sudando con la picota en medio de los se- 
canos, se empeñaban en extraer el oro de las entrañas de la 
tierra. 

La iniciativa individual, la poderosa acción de sus fuer- 
zas combinadas, la actividad y el arrojo que con tanta cons- 
tancia cuanto afán, echaron en aquellos lugares la verdadera 
simiente del progreso material e intelectual de las naciones, 
no podían menos de producir lo que con general asombro 
hemos visto veintiséis años después, esto es, levantarse ante 
la faz del mundo un poderoso Estado que lleva con razón el 
honroso título de Segundo Emporio del Comercio en el conti- 
nente americano. 

Esos veintiséis años han bastado al trabajo, a la indus- 
tria y al comercio, bajo la égida del buen sentido práctico, pa- 
ra acumular dentro de las fronteras de aquel adolescente 
Estado cuanto puede apetecer para su dicha el hombre más 
exigente y delicado; porque a los especialisimos esfuerzos de 



RECUERDOS DEL PASADO 239 

las notables gentes de todas las nacionalidades que concu- 
rrieron a California, se unia el espíritu yanqui que nunca 
conquista sólo por el placer de conquistar. 

Por entre las cureñas de los cañones de sus ejércitos se 
veía siempre caminar el carro de la imprenta; y de cada cuar- 
tel general salían día a día millares de impresos, llevando a 
todas partes, ya la noticia de los triunfos para alentar al sol- 
dado, ya el prospecto de la¿ ventajas que ofrecía al país ocu- 
pado su inmediata y pacífica anexión a la Unión Americana. 
Así fué que apenas había el arrojado comodoro John D. Sloat, 
alentado con la victoria de Palo Santo y Resaca de la Palma, 
tomado posesión de Monterrey a nombre de los Estados Uni- 
dos, cuando se vio aparecer en aquel pueblo el diario Califor- 
nian, al mismo tiempo que se echaban los cimientos de un 
templo que acreditaba la libertad de cultos, y los de dos es- 
cuelas, cuya espaciosa y elegante construcción contrastaba 
con la de los pesados edificios de la colonia española. 

Convenida la anexión, lo primero que acordó el Congreso 
fué la cesión de medio millón de acres de terrenos para el sos- 
tenimiento de las escuelas, y cada circunscripción municipal, 
movida por idéntico espíritu, reservó en cada uno de sus más 
valiosos centros, dos con el mismo objeto. 

Al año siguiente de la aparición del Californian de Mon- 
terrey, la modesta aldea de Yerbas-Buenas, hoy San Fran- 
cisco, contaba con el Californian Star, y dos años después, con 
el Alta California, el Pacific News, el Journal du Commerce, 
el Californian Courrier, el Herald y el Evening Picayume. Las 
poblaciones en cierne Sacramento y Stockton contaban, la 
primera, con el Transcript y el Placer Times; y la segunda 
con el Journal Times. Sonora también contó su Herald, y has- 
ta el aduar de puras tiendas de campaña Marysville, con otra 
publicación del mismo nombre. 

Veinticuatro años después, en sólo la ciudad de San Fran- 
cisco, cuya población alcanzaba ya a 300.000 almas, veían la 
luz pública 16 diarios, 43 semanarios, un bisemanal, 15 re- 
vistas mensuales y quincenales; en todo el Estado, 239 diarios 
y periódicos. 

Pero muy equivocado e injusto además andaría, vuelvo a 
repetirlo, quien atribuyese el fenómeno de esa transforma- 
ción al solo influjo de la raza sajona. Débese tam.bién al con- 
curso individual de lo más audaz y emprendedor de cuanto 
descuella en todas las demás razas humanas. Aludiendo a tan 
milagrosa transformación, me decía el sabio escritor S. C. 
Uphan, a fines del año 49, lo que escribió muchos años des- 
pués: Those who have inmigrated here are the cream of the 
populace. Hombres que no encontrando en sus respectivas 



240 VICENTE PÉREZ ROSALES 

patrias campo que diese pábulo a su actividad, le buscaron 
animosos en la^ vírgenes playas americanas, y allí le encon- 
traron. El alemán, el irlandés, el francés, el italiano, el espa- 
ñol. €l chino y todo aquel que no siente en su corazón la in- 
fluencia de su propio valimiento, o que no se cree con la ener- 
gía suficiente para arrostrar trabajos y peligros lejos del país 
que lo vio nacer, no emigra; asi como no emigran de los lu- 
gares donde pueden ser utilizados los conocimientos profe- 
sionales en las ciencias y en las artes. 

No debe, pues, a una so.a raza su población y sus progre- 
sos la actual California; débelo, con contadas excepciones, 
como queda dicho, a la nata del espíritu de empresa de las 
naciones todas. 

Para patentizar esta verdad, un sentimiento de orgullo 
patriótico me obliga a consignar aqui algunos rasgos de ini- 
ciativa individual, hijos ds chilenos, y se verá que esa virtud 
no tiene patria conocida. 

La fundación del pueblo Marysville se debe a la iniciativa 
del chileno don José Manuel Ramírez y Rosales. 

El primer buque de mayor calado que se atrevió a llegar, 
sin guía, al puerto de Sacramento y que ancló orgulloso en 
él, celebrado con los hurras de toda la población, fué la barca 
chilena Natalia, que corría a cargo de los hermanos Luco. 

El primer buque que por ganar tiempo se constituyó en 
muelle-almacén, varándose en una calle de San Francisco 
que desembocaba en los barros de la baja marea, fué tam- 
bién chileno, y quien le varó don Wenceslao Urbistondo. 

El primer hospital de caridad instalado en Sacramento 
se debió a la generosidad, tan rara entonces, de los señores 
don Manuel y don Leandro Luco, quienes franquearon la barca 
Natalia y cuanto en ella había para la consecución de tan 
noble fin. 

Obsérvase muchas veces que aquellos acontecimientos que 
menos parecen prestarse a la consecución de algún objeto, 
son precisamente los precursores de ella; tal fué la revolu- 
ción de julio del año Í830 en Francia. De su sangriento foco 
salló escapado como por milagro quien debía descubrir el oro 
de California. 

:Es indudable que este Estado en manos de la raza sajona, 
aun sin oro, hubiera pedido por lo menos alcanzar la misma 
prosperidad de que gozan en el día sus demás hermanos de 
ia Unión Americana; pero es seguro que a ia revolución de 
julio debe su brillante y acelerada entrada en el rango de 
las naciones prósperas y civilizadas. La mano de lá suerte 
salvó al 6.' regimiento de guardias suizas, por estar en Greno- 
ble, de la matanza de los días de julio en la capital de la 



RECUERDOS DEL PASADO 241 



iPrancia, y a esta salvación debió su vida el bizarro capitán 
John Sutter, que comandaba una de sus coimpañías. 

Recuerdo que entre la densa niebla que producia el humo 
de la pólvora, mezclado con el de los incendios en el espan- 
toso día 26 de aquel terrible mes, alcancé a divisar colgados 
de las cuerdas que atravesadas de un lado a otro en las ca- 
lles servían para el sostén de los fardes del adumbrado pú- 
blico, ensangrentados jirones de uniformes militares; y que 
en los contornos del palacio d-e las Tullerías sólo se veían los 
que vestían aquellas afamadas guardias suizas que, a falta 
de más lucrativa ocupación en su propia patria, vendían en 
la ajena su brazo y su sangre para defender con la suya la 
vida de los soberanos franceses. 

Disuelto el 6.'- regimiento suizo, estacionado entonces en 
Grenoble, así como ' fueron disueltos todos los demás cuer- 
pos mercenarios que existían en Francia por orden inmedia- 
ta y expresa de Luis Felipe de Orleáns. a la sazón general del 
reino después de la expulsión de Carlos X, el predestinado 
Sutter tcrnó vivo a su patria. 

El temple de alma de los aventureros suizos que alquila- 
ban su vida para dsfender la del tirano que mejor les paga- 
se, no dejaba, por cierto, ni aun vislumbrar que entre seme- 
jantes perros guardianes pudiese encontrarse un hombre que 
a la rectitud de corazón, a sus calificadas luces, a su prodi- 
giosa pero noble ambición imiese. como Sutter, una intrepi- 
dez a toda prueba y una inapelable fe en los prodigios que 
coronan siempre la constancia y el trabajo. 

Era el capitán John Sutter, un joven alto, bien propor- 
cionado y de bizarra y militar apostura. Hijo de los cantones 
suizos, donde se refugió después de la catástrofe de julio, las 
muy pobladas e industriosas montañas de su patria, la suma 
pobreza en oue había quedado y la sed de engrandecerse y 
de buscar aventuras, no tardaron en hacerle comprender que 
Europa era el campo menos apropiado para sacar provecho 
del capital del aventurero, que pocas ocasiones se reduce a 
más que a ingenio, a valentía y a capacida'd de sufrir percan- 
ces, por duros y dolorosos que ellos fueren. Armado, pues, de 
valor, lleno de esperanzas, se trasladó a las llanuras del Mis- 
souri. 

Pero estaba escrito que había de encontrar en todas partes 
dificultades para alcanzar su ambicioso prepósito de figurar 
en primera escala en el lugar de su residencia. Sucedióle en 
Norte América algo análogo a lo que le había sucedido en su 
patria. Su falta de recursos pecuniarios en medio de una 
población apiñada e industriosa, le lanzaron de ella; la suma 
actividad y la iniciativa individual del yanqui le obligaron 



242 VICENTE PÉREZ ROSALES 



a alejarse de c.ste otro pnia donde forzosamente debía ocupar 
un lugar relativamente secundario; asi fué que sin más es- 
perar, buscó en la América esipañoaa lo que no le era dado 
encontrar en la inglesa. 

Acompañado de algunos aventureros tan arrojados como 
él, abandonó Sutter a Jackson Country del Missouri, y ponién- 
dose en marcha en demanda de la nueva región que dsbla 
satisfacer sus aspiraciones, llegó, después de mil aventuras 
y trabajos, en agosto de 1838, a los ruiseños campos que me- 
dian entre la que es hoy ciudad de Sacramento y el mentado 
río Americano de la Alta California, sección entonces de ¡la 
República Mexicana. 

El aspecto del lugar, la calidad de los terrenos, la pujan- 
za de su lujuriosa vegetación y la proximidad del extremo nave- 
gable de un poderoso río. cautivaron el corazón de aquel hom- 
bre eminentemente colonizador; asi fué que la idea de no 
encontrar en aquel desierto más dificultades para explotar 
sus riquezas que aquellas que podía vencer su constancia y 
su calificado valor, le determinaron a solicitar del gobierno 
mexicano la cesión graciosa de una propiedad territorial, 
obligándose él a contener y a castigar a las indiadas que la 
poblaban, en caso que éstas siguiesen ejerciendo depreda- 
ciones sobre la población civilizada de aquella peligrosísima 
frontera. 

México accedió gustoso a su demanda, como había acce- 
dido antes a la solicitud de unos inmigrados rusos que, colo- 
cados a corta distancia del terreno concedido a Sutter, se 
ocupaban en colectar pieles y en la pesca del salmón. 

La presencia de otra colonia tan autorizada como la rusa, 
y tan inmediata a la que nuestro aventurero pensaba fundar, 
era sin duda, un poderoso entorpecimiento para que se pu- 
diesen llevar a feliz término el cúmulo de proyectos que bu- 
llían en la imaginación del recién llegado. Asi fué que, sin 
reparar en sacrificios, no sólo compró a la colonia rusa todos 
sus derechos a la antigua misión de la Bodega, sino que logró, 
con bien calculadas concesiones, asociar a su empresa a los 
miembros dispersos del disuelto establecimiento, y con ellos 
dio principio a sus tareas con la erección de un fuerte que 
pudiese servirle de base para su5 futuras operaciones. 

El antiguo soldado de guardias suizas sabia por experien- 
cia que para dominar sólo hay dos caminos: el de atraer con 
dulzura haciendo grata la obediencia, o el de imponerla con 
rigor, haciendo entender al agredido que toda resistencia es 
excusada por útil. 

Misiones y otros medios más sentimentales que prácticos 
habían sido hasta entonces, sin resultado, empleados por las 



RECUERDOS DEL PASADO 243 



autoridades mexicanas para modificar el f€roz carácter del 
indio de aquellas comarcas; no quedaba, pues, otro arbitrio 
civiilizador, que el del empleo de la fuerza dirigida por el sa- 
ber. Nosotros hemos empleado más de tres siglos consecuti- 
vos el mismo sistema mexicano para atraer y civilizar a nues- 
tros araucanos, y sólo ahora empezamos a conseguir, aunque 
a medias, aquello que con un poco más de energia y de juicio 
hubiéramos podido conseguir de tiempo atrás; porque el in- 
dio montaraz, voluntarioso o de malos instintos, sólo acepta 
la paz, el respeto a lo ajeno y el trabajo, cuando llega a 
persuadirse de que por el solo hecho de ponerse al alcance de 
ia bala de un rifle, si viene con ánimo hostil debe morir o 
ser encadenado. 

Fué, pues, Sutter en sus primeros pasos, cruel; y sin más 
recursos que su valor y el de sus abnegados compañeros, al- 
ternando la espada con el arado, peleó, venció, labró la tie- 
rra, obligó por fuerza a trabajar en ©Ha a los vencidos, y sólo 
cuando la indiada traicionera y veleidosa llegó a persuadirse 
de que tenía que optar entre la muerte o la sumisión, comen- 
zó nuestro adelantado a poner en p'lanta aquel cúmulo de 
ideas civilizadoras que tanto le enaltecen. Repartió propie- 
dades entre los indígenas de su comarca, les dio vestidos, les 
dio 'hasta colchones, para que se acostumbrasen a comodida- 
des de que sólo podían gozar al lado del hombre civilizado: 
erigió escuelas, se constituyó en inexorable juez de sus pri- 
vadas desavenencias; y les protegió contra las tribus lejanas 
independientes, sobre las cuales sólo hizo gravar ©1 peso de 
cuantiosos tributos. 

Les enseñó después a labrar la tierra, erigió entre ellos 
talleres de carpintería y de herrería, les compró el fruto de 
sus trabajos, y por últim.o, para coronación de la obra de este 
modelo de colonizadores, elevó a los indígenas que más lo me- 
recían, a la categoría de socios suyos. 

De este modo, a fuerza de trabajo, de prudencia y de cons- 
tancia, logró este hombre excepcional, merecer al cabo, el codi- 
ciado nombre de padre, que le daban aún cuando el que es- 
tas lineas escribe recorría aquellas regiones, los mismos indí- 
genas vencidos a quienes, junto con el amor al hogar, que 
en tan poco mira el hombre errante, supo inculcar el amor al 
trabajo. 

Oupo, pues, a Sutter la gloria de erigir la primera colo- 
nia modelo que floreció en la región occidental del continen- 
te americano; por esto no causa extrañeza que en el ruidoso 
meeting con que conmemoró Filadelfia el año de 1846 la 
anexión de California a los Estados de la Unión Americana, 



244 Vicente perez rosales 

el general Gibson dirigiese a Sutter estas merecidas pala- 
bras : 

"Al patriarca de California, al compatriota de Tell y de 
Washington, puro y valiente, de noble naturaleza y de bon- 
dadoso corazón, de bíínigno y generoso carácter, padre de cada 
uno de sus colonos y padre de todos juntos, merece que se I^ 
erijan, no estatuas de mármol ni de bronce, sino estatuas 
fundidas con el oro mismo de California." 

Entre los activísimds trabajos de este incansable obrero 
de la* civilización y de la industria figuraba el de un grands 
herido para mover, con las correntosas aguas del río Ameri- 
cano, pocas leguas antes de su confluencia con el Sacramen- 
to, un molino de aserrar y pulimentar las valiosísimas made- 
ras de cedros y de pinos que poblaban los contornos de aquel 
valle. Entre la rústica peonada que trabajaba en el canal, se 
encontraba un tal J. James Mar^hall. a cuyo robusto pico se 
deben las primeras pepas de oro que tanto influjo debían 
ejercer sobre el comercio del mundo, y a las que indudable- 
mente debe, el no ha mucho olvidado California, la rapidez 
de sus envidiables adelantos. 

La desastrosa guerra de los Estados Unidos con México, 
iniciada en septiembre de 1846 a consecuencia de la anexión 
de Tejas al grande Estado Anglo-Americano, y terminada con 
el tratado de Guadailupe Hidalgo en febrero de 1848, coinci- 
dió con el descubrimiento del oro en la Alta California. Los 
últimos cañonazos, pues, que se dispararon en esta guerra, 
vinieron a anunciar a nuestro feliz aventurero que, junto 
con su fortuna, había cambiado también su nacionalidad 
adoptiva. 

Pronto pepas de oro de una, de dos, de cuatro y hasta de 
seis libras circularon con la rapidez del rayo por todos los 
mercados de la tierra; y en todas partes resonó a un tiempo 
la alarmante corneta de reunión a la feria que ofrecía al 
arrojo y al trabajo, la envidiable esperanza de seguras y rá- 
pidas fortunas. 

¿Cuánto valía hasta el año de 1848 en Chile, nuestra mo- 
desta fanega de riquísimo trigo? Seis reales, ocho reales, doce 
reales, dos pesos cuando más. según el punto más o menos 
lejano de los centros de inmediato consumo de aquel donde se 
había cosechado. ¿Quién hablaba entonces de exportar para 
Europa este ramo principal de nuestra riqueza agrícola en el 
día? Sólo 28 años después de la época a que me refiero, se 
vio llegar a Marsella, y en buque chileno, el primer carga- 
mento de trigos que, en calidad de tímido en.sayo, había atra- 
vesado el Atlántico. Los terneros de año se compraban por 
mayor a razón de tros pesos cada uno. Las vacas para engor- 



RECUERDOS DEL PASADO 245 



dar se compraban a ocho pesos, los bueyes alcanzaban el pre- 
cio de catorce. Las ovejerías se repartían a los vaqueros, en 
calidad de raciones, sin más cargo que el de responder del 
capital. Un pavo de mechón valía cuatro reales, una carga 
entera de alfalfa otros cuatro, y aun se callejeaban en nues- 
tro feliz Santiago manzanas a medio el ciento. Un capital de 
25.000 pesos, ración de hambre en el día, convertía al feliz 
poseedor de tamaña fortuna en envidiable partido para ob- 
tener la mano de una codiciada compañera; pero, ¡cuánto 
costaba al simple industrial, con los precios que dejo indicados, 
alcanzar a reunir esos 25.000 pesos! No es, pues, de extrañar 
que las noticias de las fabulosas riquezas descubiertas en Cali- 
fornia conmoviesen a un tiempo al comercio, a los deshereda- 
dos de la fortuna, y aun a los mismos a quienes más- parecía 
ésta sonreír. 

Embajadores autori^iados de esas riquezas, pero ocultos al 
principio, las pepas de oro no tardaron en salir a toda luz en- 
tre nosotros, y cobrando su fama las proporciones de la ca- 
lumnia del Barbero de Sevilla, lograron producir en los áni- 
mos de los tranquilos chilenos la explosión de aquel fetoril 
movimiento que, desoyendo las voces de la prudencia, condujo 
a miles de aventureros al rico panal de miel donde tantas 
esperanzas perecieron. 

Para los que daban ascenso a la existencia del oro cali- 
íornés sólo era imprudente aquel que no se precipitaba; y, 
¿qué mucho es que entonces eso sucediese, cuando hoy mis- 
mo deploramos decepciones ocurridas ayer? 

¡El hombre parece que hubiera nacido para no escar- 
mentar! El comercio preparaba cargamentos; el que algo te- 
nía no pudiendo ir en persona, habilitaba empresas; el que 
tenía poco, realizaba para costear el viaje, y el que nada tenía, 
o costeaba su propio pasaje en calidad de marinero, o empe- 
ñaba su trabajo por escritura, en cambio del valor del costo 
de su traslación a ese Dorado, Mil y una Noches convertidas 
en realidad. 

En medio de semejante batahola, no era posible que el que 
estas modestas líneas escribe, avezado a los percances de una 
vida siempre borrascosa y llena de aventuras, permaneciese 
impasible ante tan febril movimiento. 

Cuatro hermanos, un cuñado y dos sirvientes de toda con- 
fianza, constituyeron el personal de nuestra exipedición a 
California. 

Voy a indicar cuál fué el caudal de los medios de acción 
de que pudimos disponer, al acometer una empresa que nos 
separaba más de 6.700 millas de la patria y de nuestras tier- 
nas afecciones para que el lector deduzca de él, cuál fué el de- 



24G VICENTE PÉREZ ROSALES 



la mayor parte de los aventureros chilenos que sin contar, ni 
con mucho, con nuestros recursos, se lanzaron impávidos en 
pos de la fortuna a una región lejana, en la cual hasta el 
aire que debían respirar en ella les era de todo punto des- 
conocido. 

Reducíase el capital social de nuestra calaverada a: 

Seis sacos de harina tostada. 

Seis de fréjoles. 

Cuatro quintales de arroz. 

Un barril de azúcar. 

Dos de vino de Concepción. 

Un pequeño surtido de palas, hachas y barretas. 

Un perol de fierro; pólvora y plomo para balas. 

Doscientos cincuenta pesos libres en metálico y 612 para 
costo del pasaje. 

El equipo privado de cada uno, aparte de la ropa blanca, 
que allá se abandonó porque no había quien se ocupase en 
lavar trapos, sino en lavar oro, constaba: de bota granadera, 
camisa de lana, que hacía, al mismo tiempo, de chaqueta; 
grueso pantalón de casimir; cinturón de cuero; un puñal; 
una chapa de pistolas: un rifle, y por remate, un sombrero 
de paño, que así podia hacer las veces de sombrero como las 
de almohada. Completaban nuestro individual ajuar: un sa- 
quito de cuero para harina tostada, un jarro o escudilla de 
lata capaz de soportar la acción del fuego, los arreos del ca- 
zador, y un mechero. 

No diera crédito a los apuntes de la época que tengo a la 
vista, si mi memoria no lo autorizara. California para los chi- 
lenos era un país desconocido, casi un desierto, lleno de pe- 
ligros y visitado además por enfermedades epidémicas. Allí 
no había amigos ni relaciones de que echar mano; la segu- 
ridad individual sólo podía encontrarse en el cañón de una 
pistola, o en la punta de un puñal; y sin embargo, el robo, 
la violencia, las enfermedades, la muerte misma, fueron con- 
sideraciones secundarias ante el brillo halagador del oro. 

Nosotros, como se deduce de la naturaleza misma de nues- 
tro cargamento, sólo debíamos principiar a correr aventuras 
después de llegar a California; mas no así aquellos que pa- 
gaban con trabajo de marinero su pasaje, ni mucho menos 
los que venian en pos del Dorado desde el Atlántico. Desde 
Valparaíso a San Francisco teníamos sólo que navegar al- 
gunas 6.700 millas, mientras que desde Norte América al mis- 
mo lugar no había menos de 19.300. y a más al Cabo de Hor- 
nos. Principiaban, pues, mucho antes que nosotros a pade- 
cer. Por esto admira que ni los afanes y sacrificios para cu- 



RECUERDOS DEL PASADO 247 



brir el importe del pasaje, ni los conocidos percances de un 
viaje en el cual terciaban con frecuencia muertes desastrosas, 
fuesen parte a templar el ardor de los que pretendían em- 
prenderlo. 

Nosotros mismos conseguimos, a duras penas, cabida en 
la primera cámara de la barca francesa Stahueli, por encon- 
trarse ya repleta de pasajeros; con todo, no habíamos perdi- 
do un momento de tiempo entre el anuncio del viaje y el 
pago- de nuestro pasaje. Fué preciso que dejásemos atrás nues- 
tra carga, embarcada en la Julia, para no atrasar nuestra 
salida. 

El día 20 de diciembre de 1848 logramos, al cabo, zarpar 
de Valparaíso, diciendo adiós a multitud de amigos y de cu- 
riosos que, con los semblantes más acontecidos por tener que 
quedarse atrás, no se cansaban de suplicarnos que les escri- 
biésemos cuanto hubiese de verdad sobre la tan ponderada 
riqueza del lugar adonde la buena suerte nos encaminaba. 

Va, pues, a principiar desde este momento el relato al- 
ternado de serio, de ridículo y de espantoso, que constituye 
la calaverada que lleva el nombre que encabeza estas líneas. 

Era en aquella época capitán de puerto el señor OrelláT\ 
Mandó éste despejar a los que no debían seguir viaje, y al 
intimar la orden a un aventurero del sexo femenino, nada 
más que porque se le había ocurrido sacar su pasaporte con 
el nombre de Rosario Améstica, cuando era fama que había 
nacido Izquierdo en Quilicura, que fué Villaseca en Talca- 
huano. Toro en Talca, y hasta el día anterior, Rosa Montal- 
va en Valparaíso, fué tal la zambra que armó esta arrojada 
mujer, fresca y dbnosa todavía, por quedarse a bordo, que ca- 
si fué causa de una revolución entre los pasajeros de proa, 
y de que echasen a empellones al buen Orella al mar. Las mi- 
radas y las lágrimas de Rosarito hicieron brotar como por en- 
canto del entrepuente, testigos de la intachable moralidad de 
tan púdica doncella . . . Este la había visto nacer, aquél fué 
su padrino, todos, en fin, habían tenido que hacer con ella, 
y todos a una aseguraban que era Améstica y no otra co- 
sa; así fué que quiso, que no quiso el capitán de puerto la de- 
jó a bordo, con general contento de muchos alegres pasa-I 
jeros. -^ 

Constaba el número de los viajeros de noventa hombres, 
tres mujeres, cuatro vacas, ocho cerdos, tres perros, diecisip= 
te marineros, un capitán y un piloto. 

Ninguno se acordó, en los momentos de salir, de los peli- 
gros y trabajos que le esperaban. Todos a una alentábamos 
con nuestros deseos la fresca brisa que nos empujaba, y per- 
dimos de vista el suelo patrio, sin que un solo suspiro, ni el 



248 VICENTE PÉREZ ROSALES 

más leve remordimiento diese a entender que conocíamos la 
magnitud de nuestra común temeridad. 

Entre los pasajeros de sobrecubierta iba don N. Alvarez, 
chileno de nacimiento, flacucho de cuerpo, y de carácter tan 
excéntrico y al parecer tan malicioso, que siendo, como lo era, 
rico, y pudiendo ir en primera cámara, no quiso hacerlo, por- 
que decia que los franceses, por ladrones, no le darian de co- 
mer en ella lo mucho y bueno que él llevaba en sus cajones de 
rancho. En la primera cámara iban los señores de Boom, 
Pioche. canciller de la legación francesa. Bayerweck, nos- 
otros, y entre los demás alegres compañeros, un francés de 
tan abultadas caderas, que para entrar en la cámara por la 
angosta puertecilla que la comunicaba con la cubierta, tenía 
siempre que ladearse. Pusimosle por mal nombre Culatus. 

Para conservar la ilación de estos recuerdos, voy a copiar 
algunos pasajes de mi diario. 

Dia 18 de enero de 1849. Hasta hoy sólo nos atormenta 
una monotonía desesperadora y un calor sofocador. El as- 
pecto del cielo y las observaciones del capitán nos dan a en- 
tender que ya estamos pasando el Ecuador. De pocos días a 
esta parte notamos algún descontento en los pasajeros de proa. 
Alvarez tercia mucho en el asunto, porque parece que sus 
provisiones, mal distribuidas, no le alcanzarán hasta el tér- 
mino del viaje; tememos un motín a bordo. 

19. La alegre voz de "buque a la vista" nos ha llenado a 
todos de contento. A las nueve de la mañana la maniobra del 
buque nos dio a entender que deseaba ponerse al habla, y a 
las diez vimos, ccn el mayor alborozo, que^ puesto en facha 
arreaba una de sus embarcaciones. Ciento doce hombres lle- 
nos de gusto y de curiosidad recibimos la visita del amable 
y modesto capitán yanqui que nos favorecía con su presen- 
cia, y los marineros que le acompañaban casi se desmaya- 
ron de envidia al ver en nuestro poder a la simpática Ro- 
sarito. 

En el almuerzo supimos que el buque se llamaba Ameri- 
can, y que su capitán, señor John Perkinson, pensaba reca- 
lar en Talcahuano antes de proseguir su viaje, por el Cabo 
de Hornos, hacia el norte. Todos escribimos con febril pre- 
cipitación a nuestras familias. El buen Perkinson, después 
de haber mirado con resignación todo el aparato de nuestro 
buen servicio de mesa, nos dijo estas palabras que nunca po- 
dré olvidar. 

"Esta es la primera vez, señores, después de treinta y 
nueve mese.s que navego .sin desembarrar, que conuj en una 
mesa de tanto lujo. Ustedes tienen cubiertos, platos, buen pan 
y carne fresca; a mí se me ha olvidado ya todo esto: galleta 



RECUERDOS DEL PASADO 249 



apolillada, dura y negra, y mala carne salada, han sido mis 
más delicados alimentos desde que me separé de mi mujer 
y de mis hijos. Ustedes son muy felices, puesto que, a más de 
todo esto, van a buscar oro en California; pues bien, agre- 
gó con un suspiro, no les envidio su suerte, yo me marcho a 
abrazar a mis hijos". 

Este día ha sido para nosotros completo; aun no había- 
mos perdido de vista al ballenero, cuando con grande alga- 
zara logramos meter a bordo un monstruoso tiburón. Después 
de lo mucho que nos costó ultimarle, tal era lo que se defen- 
día a coletazos, le encontramos en el vientre un zapato de 
marinero, y dos tarros de sardinas que acabábamos de des- 
ocupar. El corazón de este voraz animal, colocado en un 
plato, estuvo dando señales de vida durante tres horas, y sal- 
taba cuando se le tocaba. 

Día 30. Son las ocho de la noche; hoy hemos pasado un 
día cruel, que pudo haber sido desastroso. Hacia días que yo 
sospechaba que la tranquilidad de nuestro viaje podía ser de 
un momento a otro perturbada por el modo altanero con que 
los pasajeros de proa trataban a la tripulación, y casi se ha 
realizado mi pronóstico. 

Acabábamos de comer cuando entró un marinero preci- 
pitadamente al comedor y habló en secreto al capitán; éste, 
demudado, se alzó al instante de su asiento, y dirigiéndose 
con voz turbada hacia nosotros: 

— ¡Tenemos revolución a bordo!, nos dijo. Alvarez la ca- 
pitanea, y si ustedes no me ayudan, somos perdidos! 

Como era ésta la peor desgracia que podía acontecemos, 
vista la índole de los revoltosos, mientras todos acudían a 
armarse en sus camarotes, yo me lancé sobre la cubierta en 
busca de mis sirvientes, quienes, ayudados de tres peones que 
yo había contratado a bordo en días anteriores, se dieron ta- 
les trazas, que antes que alcanzase el motín al grado funesto 
de enardecimiento, lograron reaccionar y entregarnos desar- 
mado al loco autor de tan descabellado movimiento. ¡No es 
poca nuestra suerte! El preso continuará vigilado hasta el 
día que los desembarquemos. 

Suspendo momentáneamente aquí la copia de mi diario 
para consagrar a este inocente y loco caballero, a quien me- 
ses después de esta ocurrencia salvé de una espantosa muer- 
te, algunas palabras. 

Vuelto de los placeres de Sonora para desempeñar una 
comisión de mis consocios, encontrábame con el señor Gui- 
lespie pasando el sol a la sombra de un pino, a inmediacio- 
nes del arruinado fuerte Sutter, cuando llegaron a nuestros 
oídos las alaridos de un hombre a quien otros suspendían so- 



250 VICENTE PÉREZ ROSALES 

bro el toldo de una carreta. Parecióme conocer la angustiada 
voz del infeliz que imploraba socorro. Me alcé lleno de es- 
panto y grité a Guilespie: 

— ¡Matan a un amigo, corramos a salvarle! 

Por fortuna llegamos a tiempo. Todavía estoy viendo al 
infeliz Alvarez atado del pescuezo al gancho de un árbol, y 
sujetos los pies con otra cuerda en el toldo de una carreta 
lista para marchar. ¡Iba a ser descuartizado! Pasaba yo por 
francés en California, y sabía que el nombre de Lafayette co- 
rría con veneración entre los más rústicos americanos. Invo- 
qué ese mágico nombre, dije que Alvarez era el único pro- 
tector que habían tenido los franceses en Chile, que a mí 
mismo me había salvado la vida y que yo respondía de su 
honradez. Mi compañero apoyó automáticamente cuanto me 
oyó decir, y la mano de Dios interviniendo, Alvarez fué ba- 
jado con respeto de aquel atroz e improvisado patíbulo! 

Debió su origen este acto de atropellada y bárbara justi- 
cia al carácter entrometido de nuestro atolondrado paisano. 
Nunca pude saber por qué había ido a visitar ese aduar de 
mineros ambulantes; y como se extraviase una pala y no 
hubiese entre ellos más hombres que ese descendiente de 
africano, como llamaban los yanquis a los chilenos y a los es- 
pañoles, se atribuyó a él el robo, y sin más auto ni traslado, 
constituidos aquellos bárbaros en jurado, iban a hacer con 
Alvarez lo que hacían con frecuencia en todas partes con los 
ladrones conocidos. Cinco días enteros estuvo este infeliz ca- 
ballero fuera de juicio y como dominado por una estultez 
convulsiva. Recobrado después, se separó de nosotros y no he 
vuelto a saber más de él. 

Vuelvo a mi interrumpido diario. 

13 de febrero. Hoy contamos ya 47 días de viaje; el es- 
tado sanitario, perfecto; sólo hemos arrojado al mar a un po- 
bre^ marinero muerto. Según"nTe ha dicho el capitán, en cosa 
de cuáíro días más llegaremos al país de la esperanza o al 
de la decepción. Viento fresco; caminamos a razón de ocho 
millas por hora; si así sigue, los cuatro días se tornarán en 
dos. Densas nubes nos rodean por todas partes. El capitán 
ha lamentado todo el día la ausencia del sol. 

Día 15. Son las once de la noche; está visto que nuestro 
fastidioso viaje no quiere terminar sin despedida. Hace sólo 
una hora que debimos haber perecido todos estrellados con- 
tra el cordón de los conocidos farellones que se alzan a cin- 
co leguas de la entrada al puerto de San Francisco. Densa 
neblina, calma y corrientes han tenido justamente preocu- 
pado a nuestro capitán desde que vino el día. A las cuatro 
de la tarde hizo acortar velas y disponer las anclas. Igno- 



RECUERDOS DEL PASADO 251 

rancio lo que estas medidas significaban, sólo parecíamos in- 
quietos los que estábamos al cabo del motivo de estas órde- 
nes de precaución. Para los demás todo ha sido motivo de 
contento, y con razón, porque en toda larga navegación no 
hay ni puede haber sonido que sea más grato al oído que el 
que produce el tendimiento de la cadena del ancla sobre la 
cubierta, anuncio siempre de feliz llegada. 

El capitán, para conservarnos en pie sin alarmarnos, nos 
propuso una partida de whist, en la cual tomó también parte 
él, diciéndome al sentarse y en secreto, que creía que ya es- 
tábamos muy inmediatos a los farellones. 

Reinaba en la cámara el mayor contento; unos jugaban, 
otros tomaban té, todos hablaban al mismo tiempo, todos 
echaban bravatas refiriendo lo que pensaban hacer, y el bue- 
no de Culatus, que más estaba para dormir que para otra 
cosa, colocada su corpulenta humanidad sobre el primer pel- 
daño del escalerin que conducía de la cámara a la cubierta, 
tomaba tranquilamente el aire en él, cuando el capitán, sol- 
tando de repente el naipe, se lanzó sobre la cubierta. Un ins- 
tante después, cuando menos lo esperábamos, las aterrado- 
ras voces: 

— ¡Rocas a proa!... ¡La barra al viento!... ¡Larga to- 
do!..., produjeron en nosotros el efecto de un rayo. 

Vueltos del primer espanto, nos precipitamos derribando 
asientos y quebrando platos, hacia la puerta de la cámara, 
y como ésta estuviese obstruida por el gordo Culatus, que con 
el susto olvidó que debía perfilarse para pasar por ella, el im- 
pulso combinado de todos nosotros despidió como taco de ca- 
ñón sobre la cubierta el endemoniado promontorio que nos 
obstruía el paso, y pasamos por sobre él. La hermosa barca, 
en tanto, dócil al timón, se había desviado del peligro, de- 
jando a popa una blanca y estruendosa zona de espuma que 
señalaba la base de las negras rocas donde debíamos, sin el 
celo de nuestro capitán, perder, junto con nuestros ensue- 
ños de riqueza, la vida misma. 

Siendo peligrosísimo proseguir, y habiéndonos dado la 
sondaleza 40 brazas de fondo, soltamos ancla. 

Día 16. Calma, mar gruesa, neblina moj adora. Nadie ha 
dormido anoche; nos rodea una nata de lobos o focas que se 
desprenden de las rocas y caen pesadamente al agua. La al- 
gazara de las aves marinas y el bramido de los anfibios nos 
ensordecen. 

Día 17. Hoy ha seguido la niebla desesperadora y aun 
llueve con fuerza. A mediodía, favorecidos por el viento, le- 
vamos ancla para separarnos de nuestra peligrosa vecindad, 
y ai dar primera bordada tierra afuera, casi se estrella con 



252 VICENTE PÉREZ ROSALES 

nosotros un bergantín que, pasando con\o un celaje raspan- 
do la popa de la barca, alcanzó a decirnos algo que no pudi-. 
moá comprender y desapareció entre la niebla. ¡Qué situa- 
ción tan azarosa! 

Día 18. ¡A cuántos contrastes no está sujeta la vida del 
navegante! Medio dormitando tendidos, sin desnudarnos, en 
nuestros camarotes, cuando al venir al día, atronadores vi- 
vas de alegría nos hicieron saltar sobre cubierta. ¿Qué nove- 
dad era aquella? 

Pasado al bardón de espesa niebla que a guisa de telón se 
interpone casi siempre en aquel lugar, entre la costa y los 
navios que se dirigen a ella, teníamos a la vista el más her- 
moso panorama que en tan angustiosos momentos podía des- 
arrollarse ante nuestros ojos. Divisábamos al sur los negros 
farellones que en tanto peligro nos hablan tenido, y al orien- 
te, adonde con cíelo puro y fresco viento dirigíamos la proa, 
la garganta Puerta del Oro, que imponente al propio tiempo 
que risueña, parecía abrirse de par en par para recibirnos. 
¡Ya estábamos en California! 

Por entre el cordón de cerros costaneros que defienden, 
el territorio de la Alta California contra los embates del Pa- 
cífico, se han abierto paso reunidos el Sacramanto y el San 
Joaquín, que son los más poderosos ríos que arrojan sus aguas 
en el mar occidental del continente americano, formando en- 
tre la abierta serranía el pintoresco canal que, por condu- 
cir a la región de los dorados ensueños, ha merecido el nom- 
bre de Puerta del Oro. Esta importante garganta tiene seis 
mallas de largo sobre una a tres de ancho, es accesible a to- 
da clase de embarcaciones, y es también la única entrada que 
tiene la bahía de San Francisco. Sus agrestes costas, tra- 
bajadas día a día por las periódicas crecientes y variantes 
de las mareas, se alzan perpendiculares por uno y otro lado 
del canal formando paredones abruptos, cuya base granítica 
y llena de curiosísimas cavernas soporta lechos de tierra 
vegetal cubiertos de árboles y de verdura. 

Tras esta imponente entrada se abre la bahía de San 
Francisco, que es sin disputa la más hermosa, vasta y segura 
de cuantas bañan las aguas del Pacífico. Puede deducirse la 
importancia de esta bahía, ya por sus dimensiones, ya por 
la bondad de sus ancladeros. Tiene de largo 70 millas, su an- 
chura media alcanza a 14 y su superficie llega a 275. Diví- 
dese en dos senos principales: el de San Francisco al sur 
y el de San Pablo al norte. El primero, en cuya costa NO se 
encuentra el pueblo del mismo nombre, mide 41 millas de lar- 
go y encierra algunas pintorescas islas, entre las cuales la- 
denominada Birds Island parece colocada intencionalmente^ 



RECUERDOS DEL PASADO 253 

por la mano de la naturaleza así para un faro, para el arrum- 
bamiento de las naves, como para un fuerte que haga respe- 
tar el dominio de la bahía. El segundo, que se abre al norte 
de éste, mide 30 millas de largo, y comunica por una estre- 
chura con otro seno más, que cuenta 15 millas de largo y que 
lleva el nombre de Suisun. 

En este tercer seno entran tranquilos, como en un lago 
que detiene sus corrientes, los dos grandes ríos del Sacra- . 
mentó y del San Joaquín, cuyos caudales reunidos comienzan 
desde allí, por el influjo de las mareas, a perder la dulzura 
de sus aguas, hasta lanzarse en las del mar Pacífico, después 
de haber recorrido, navegables, el primero, de NE. a O., un te- 
rritorio de más de trescientas millas, y el segundo, otro de po- 
co menos extensión, de S. a N. El fondo de la bahía es de 
arena y barro, y sus costas accesibles en todas partes. No 
hay en la embocadura de este hermoso río, barra que ponga 
verdaderos peligros a la navegación, aunque el flujo y el 
reflujo de las mareas sean tan cuantiosos, que al entrar y al 
salir por el canal de desagüe, formen multitud de pequeñas 
vorágines capaces de ocasionar desastrosas pérdidas en las 
embarcaciones menores que, imprudentes, se lanzaren en ma- 
los momentos en aquel peligroso paso. 



CAPITULO XIV 

Confírmanse las noticias sobre la abundancia y riqueza de los 
lechos auríferos. — El capitán del puerto. — Rosario Arnés- 
tica. — Visita al pueblo. — Contradictorios informes sobre 
las minas y la época de emprender trabajos en ellas. — 
Primeras operaciones de mi compañia minera. — Flete- 
ros y cargadores. — La compañia se constituye en la- 
vandera. 

Recogidas la mayor parte de nuestras velas y listas las 
anclas, entramos con cautela por la afamada Puerta de Oro, 
y llenos de emociones, no tardamos en avistar el pueblo que 
iba a dejar de ser m.ezquina aldea de Yerbas Buenas, para 
transformarse, como por encanto, en la populosa y rica San 
Francisco. 

La idea que llevábamos de lo que podia ser aquel pue- 
blo, no era, por cierto, muy satisfactoria. 

Recordábamos que aquel lugar habia pertenecido a Es- 
paña y a México, sabíamos que estaba situado lejos de los 
grandes centros, y una y otra consideración nos inducían a 
creer que íbamos a encontrarnos con la segunda edición de 
algún Curacaví. Mucho nos engañábamos, y no fué poca nues- 
tra sorpresa cuando al doblar la puntilla que protege el an- 
cladero, a pesar del poco día que quedaba, logramos ver por 
entre la arboladura de los buques una linda aunque irregu- 
lar población que, dotada de algunas casas de sumo valor, se 
extendía en forma de anfiteatro sobre el plan inclinado de su 
pintoresco asiento. 

Habíannos precedido treinta y cuatro buques de todas na- 
cionalidades y la escuadra norteamericana, compuesta de un 
navio, de tres corbetas y de un transporte. 

Como fuese nuestro Stahueli el primer buque francés que 
entraba al puerto después del descubrimiento del oro, el je- 
fe de la escuadra tuvo la galantería de contestar los saludos 
de nuestra bandera, haciendo que sus marineros, coronando las 
vergas de la capitana, nos obsequiasen con tres hurras que 
hioicron retumbar los ecos de la bahía. 

Al fin oímos la deseada voz de ¡fondo!, y al son del ruido 

Ilccucrdo, O 



256 VICENTE PÉREZ ROSALES 

de la cadena del ancla, acompañado con un hurra general, 
poco faltó para que nos abrazásemos todos, dándonos los pa- 
rabienes por nuestra feliz llegada, como si acabásemos de sa- 
lir de algún inevitable peligro. ¡Cosa singular!, mucho he na- 
vegado en el curso de mi vida: a los 15 años ya habia pa- 
sado tres veces el Cabo de Hornos, dos años después lo habla 
pasado de nuevo y sufrido en el Atlántico los peligros del 
más violento pampero. He atravesado el peligroso golfo de 
Vizcaya en la época de los equinoccios, cuando no habia ya 
en la ciudad de Burdeos lugar donde aposentar náufragos, 
y nunca me impresionaron tanto los peligros como me im- 
presionaron en este viaje. 

Un instante después pudimos ver iluminados los fue- 
gos de esta nacielite población, y al contemplarla, llena la ca- 
beza de dudas y el alma de ansiedad, esperábamos, como el 
reo la sentencia, que alguno nos trajese noticia de si era o 
no cierto lo que de estos lugares se contaba. 

Hubiera sido preciso hallarse en nuestra situación y ha- 
ber tenido a la vista el variado y singular semblante de cada 
uno de los pasajeros, agitadas sus almas por el temor y la 
esperanza, para deducir cuál debió ser el efecto que causó en 
nosotros la llegada del primer bote que atracó a nuestro cos- 
tado. 

Creímos al principio que fuese el bote de la capitanía o 
el del resguardo; pero, como en California sucedían cosas 
que no suceden en otra parte, el bote que nos abordó era el 
de la Anamakin; cuyo capitán, señor Robinet, iba a saber 
noticias de Chile. 

La llegada de este caballero nos conturbó. De sus labios 
pendía nuestra sentencia. Todos se precipitaron hacia él, to- 
dos hablaron a un tiempo, y aunque cada uno creía que ha- 
cia una pregunta distinta de la que hacían los demás compa- 
ñeros, puede asegurarse que todas se redujeron a ésta: 

— ¿Es cierto que hay tanto oro como se nos dice?... 

Mis compañeros y yo no oímos la contestación. Como por 
un efecto maquinal nos habíamos reunido en la borda opuesta 
porque, queríamos prolongar una incertidumbre que, por cruel 
que ella fuese, siempre debía ser preferible a un desengaño. Por 
último, un amable y simpático jovencito francés, compañero 
de cámara, que cuatro meses después murió de nostalgia in- 
vocando el nombre de Chile, no cabiéndole el gozo en el cuer- 
po, se precipitó hacia mí gritando: 

— ¡Todo es cierto, todo, hay mucho oro, muchísimo oro! 

Juzgue quien quiera si esta noticia sería o no para vol- 
ver el alma al cuerpo. Hizose el movimiento y el habladero tan 
general, que j.-adie parecía entenderse; grupos aquí, grupos 



RECUERDOS DEL PASADO 257 

allá, interjecciones más o menos enérgicas en todas par- 
tes. Unos señalaban el puño hacia el rumbo Chile; otros erguían 
la cabeza, y no pocos, hartos de futuras felicidades, sentados 
sobre un rollo de jarcia, parecían entregarse a solitarias y agra- 
dables meditaciones. 

Yo, para quien las dichas han sido siempre mentiras, sin 
dejar por esto de participar del general contento, todo lo mi- 
raba, o como dijo el otro, de nada me dolía. Mas, si en aquel 
instante hubiese caído de la luna algún imparcial especta- 
dor, sin gran trabajo hubiera podido leer en cada uno de esos 
agitados corazones, estas u otras semejantes inscripciones: 

— ¡Se realizó mi sueño, seré banquero en Francia! 

— ¡Cómo se va a morir de pena Amalia, que me desechó 
por pobre. 

— ¡Qué chasco te llevas, Julia, si me pretendes ahora! 

— Supuesto que hay tanto oro, es claro que soy ya rico; 
buena y bonita es la fulana; ¡pero es tan pobre! 

— Habiendo oro hay holgazanes, entre holgazanes hay jue- 
go; ¡viva mi dado cargado, viva mi sota y demás! 

— Ya tengo talento: ¿quién es borrico en Chile siendo 
rico? 

Volviendo a Robinet. nos decía que lo que se contaba en 
Chile ni sombra era del que había; que el más ruin patán 
botaba el oro como si fuese un Creso, puesto que para ad- 
quirir tan condiciado metal sobraba con agacharse y alzarlo 
del suelo; que habíamos llegado al país de la igualdad, y que 
el noble y el plebeyo marchaban hombro a hombro en Cali- 
fornia. 

En resolución, fueron tantas las maravillas con que nos 
aturdió aquel buen señor, que al darle la mano de despedi- 
da, más parecíamos dársela por las noticias que por agrade- 
cimiento a su visita. 

Quedando ya poca noche, nos fuimos todos a la cama 
para estar en pie a la venida del día. 

Apenas salió el sol, cuando se vio nuestro buque rodeado 
de botes y de chalupas, unes llenos de curiosos y de nego- 
ciantes, otros en busca de equipajes y de pasajeros. Todos 
confirmaban la noticia del oro, y muchos, aunque de pobre 
y ruin catadura, vaciaban en la mano parte del contenido de 
los bolsillos de cuero que llevaban suspendidos en la cintu- 
ra, exponiendo a nuestra alegre vista pepitas como avellanas 
y polvo como lentejas. 

Pronto acudieron también multitud de conocidos; pero 
era preciso mirarles mucho para descubrir, entre los hara- 
pos de unos raídos calzones y el pesado chaquetón del mari- 
rinero, al delicado futre de Santiago o al comerciante de Val- 



253 VICENTE PÉREZ ROSALES 

paraíso. El joven y adamado Hamilton, socio de un negro, 
cuya cama compartía por no haber más que una. marinero 
y patrón de una chalupa, con su gorra raída y su camisa de 
lana empapada con el rocío de la mañana, solicitaba pasa- 
jeros para llevar a tierra. Don Samuel Price, gordo, alegre y 
hacendoso, con sus calzones arremangados, sus manos callo- 
sas y el levitón y las botas llenas de barro, nos hartaba a 
preguntas sobre los efectos que llevábamos, y respondía con 
portentos al diluvio de las que nosotros le dirigíamos. Mass, 
Sánchez, Cross, Puett y muchos otros caballeros, que me lla- 
maron por mi nombre antes que yo conociese quiénes eran 
ellos, llenaron la cámara. La figura que representaba cada 
uno de esos aventureros, en otro tiempo de frac y de levi- 
ta, era tan grotesca, que el buen Dumas, con sólo examinar 
una de ellas hubiera encontrado tema para diez novelas. 

La curiosidad no fué sólo la que movió a estos hombres 
activos a visitarnos. En California no se perdía entonces 
tiempo en contemplar curiosidades; cada cual iba derecho a 
su negocio. A bordo todo pudo haberse vendido a precios ex- 
orbitantes y como en tierra los precios eran aun m^ayores, no 
es de extrañar que los supuestos curiosos hiciesen tanta fuer- 
za de vela para no dejarnos desembarcar sino con tratos ce- 
rrados. Encontrándose Cross tratando de un negocio en el 
alcázar de popa con un pasajero, otro negociante, lanzado 
en pos de un chorlito de los recién llegados, con un impre- 
visto encontrón lanzó al mar el sombrero de Cross, sin que és- 
te se diera_ cuenta de ello, ni el otro se acordase de mirar pa- 
ra atrás. Cuidarse de un sombrero o volver la cara por cor- 
tesía, era perder tiempo, y quien tiempo perdía en Califor- 
nia, perdía oro. Pccos momentos después se retiraba Cross 
con ima cachucha alquitranada de marinero, tan suelto de 
cuerpo y tan erguido, como si se hubiese ido con la mitra 
de un obispo. 

A eso de las diez del día subió a bordo un yanqui alte, re- 
gordete y de ademán resuelto. Llevaba él un ojo bueno y el 
otro amoratado a impulsos de una puñada que había reci- 
bido en la noche anterior, de una bocharrera. Era el capitán 
del puerto, que, aun trascendiendo a aguardiente y mascan- 
do tabaco, venía a dejar a bordo un guardia de la Aduana, pa- 
ra vigilar el desembarque de la carga. El tal capitán, que más 
parecía cíclope que otra cosa, junto con saltar a bordo, nos 
dijo con alta y afable voz: "Sean ustedes bien venidos a la 
tierra del oro; ¡mucho oro, mucho oro!" El capitán del Sta- 
hueli, que no entendía el inglés, creyendo que se nos pedían 
los pasaportes, al instante los exhibió todos, pues a él se los 
habíamos entregado al salir de Valparaíso. Fué para pintado 



RECUERDOS DEL PASADO 259 

el gesto de extrañeza y de disgusto con que el yanqui miró los 
pasaportes y el papel .s-ellado, pues creyó que con semejante 
exhibición había hecho nuestro capitán el más grave de to- 
dos los insultos al pabellón de las estrellas; asi fué que apar- 
tando la vista del ojo en buen estado que le quedaba, de aque- 
llos objetos de horror, exclamó: '¡Cargue el diablo con las 
licencias de locomoción! Nada de papel sellado, nada de pa- 
saportes, aquí no se tolera ni el salteo del uno, ni la estúpi- 
da tiranía del otro! Sólo he venido a felicitar a ustedes por su 
feliz arribo, y a dejar autorizado por mí a bordo a este agen- 
te de la Aduana para que reciba los permisos de desembar- 
que que ustedes saquen de la administración, y nada más". 
Se le ofreció vino, él contestó que sólo admitiría champaña, 
y después de beberse su botella, se separó contento de nos- 
otros, diciendo probablemente para sus adentros, que si los 
recién llegados no estaban bien al cabo de las prácticas re- 
publicanas, bebían por lo menos muy buen vino. 

Rosarito, armada en corso, con su rumboso vestido de 
seda, capa y sombrilla, atendida con el más solícito afán por 
cuantos saltaron a bordo, no tardó en embarcarss, y desapa- 
reció rodeada de cortesanos, por entre la niebla arrastrada 
o casi llovizna que lo obscurecía todo. 

Volvieron a poco los primeros pasajeros que adonosados 
bajaron a explorar el campo, llenos de contento, de barro y 
de noticias contradictorias, y nosotros, por no ser menos, nos- 
pusimos en marcha para ver si sacábamos de tanto puerco, 
algo en limpio. 

Lo que se veía y lo que se oía en aquella época en Cali- 
fornia era tan excepcional y tan desviado del orden natural 
de los acontecimientos humanos, y éstos se sucedíais unos a 
otros con tan extraordinaria rapidez, que sólo escribiéndo- 
lo? a medida que pasan por la vista, y viéndolos anotados des- 
pués, de su propio puño y letra, puede uno creer que todo lo 
asentado no es un sueño. 

Saltamos resueltos a tierra, o más bien a barro, porque la 
baja marea no había dejado otra cosa desde el punto en que 
se enfangó nuestro bote hasta la falda del plano inclinado 
de tierra firme donde principiaba la población. A mano de- 
recha del desembarcadero había una especie de tabique de 
tablones, a cuyo abrigo despostaban algurfas reses, y sobre las 
tablas, un cordón de cuervos que graznaban halagados por 
el olor de la sangre. 

Habíasenos encarecido por algunos amigos la necesidad- 
de desembarcar armados, y nunca menos de dos a un mismo 
tiempo. Lo íbamos, en efecto, como lo estaban también la 
mayor parte de los pobladores negociantes, quienes junto con. 



260 VICENTE PÉREZ ROSALES 

las mercaderías lucían ya el puñal en la cintura o ya el re- 
vólver, arma de fuego que entonces principiaba a generali- 
zarse. Para dar con la casa del señor Price tuvimos que re- 
correr gran parte de la más singular y extravagante de las 
poblaciones. Sus calles, extensos arcos de circuios cuyos ex- 
tremos tocaban en la marina, estaban cortadas por rectas que 
dirigiéndose al mar. terminaban todas en comienzos de mue- 
lles, que más estorbaban que facilitaban el desembarco. Al 
gunas de las casas que formaban linea a uno y otro lado de 
las vías de este laberinto, no valdrían menos de cien mil pe- 
sos. Ninguna continuidad había entre ellas; pues que al lado 
de un edificio valioso, aunque rústico y sencillo, se veían fi- 
las de carpas de malos toldos, de barracas de tabla y de ca- 
suchos, unos armados y otros en adtivísima vía de cons- 
trucción. El hotel Parkerhouse estaba arrendado en 175.000 
pesos al año. No había veredas en las calles, ni co.sa que se 
les pareciese, y el centro era un fangal de barro pisoteado, 
cuyos puntos más sólidos los formaban miles de cascos de 
botellas rotas, arrojadas desde las casas a medida que las iban 
desocupando. Los pobladores, de nacionalidades complejas, 
que alcanzaban a 1.500 estantes y a otros tanto.? de tránsito, 
se podía decir que celebraban un inmenso y bullicioso baile 
de máscaras: tales eran sus exóticos trajes, sus idiomas y la 
naturaleza misma de sus ocupaciones. Hasta las mujeres pa- 
recía que se hubiesen vestido de hombres, pues, por más que 
se buscase una falda en aquella Babilonia, ni para remedio 
se divisaba alguna que pareciese serlo. Las pieles llenas de 
rapacejos del oregonés con su cara de perdonavidas, el bone- 
te maulino, el sombrero aparasolado de los chinos, las enor- 
mes botas de los rusos, que parecían tragárselos, el francés, el 
inglés, el italiano con disfraz de marinero, el patán con le- 
vita que ya le decía adiós, el caballero sin ella, todo en fin, de 
cuanto encontrarse pudiera en un gigantesco carnaval, se veía 
allí junto y en vertiginoso movimiento. A cada instante te- 
níamos que desviarnos, dando zancajadas en el barro, para 
dejar pasar a un antiguo petimetre de camisa de lana y de 
arremangados pantalones, que, sudando bajo el peso de al- 
gún bulto, ganaba cortes desde la playa hasta las habitacio- 
nes, a razón de cuatro pesos bulto, o tal vez para que no nos 
llevase por delante un cargador más afortunado, que pose- 
yendo una carretilla de mano, marchaba orgulloso sin mirar 
por dónde, excitando la envidia de los que carecían de seme- 
jante máquina. Las palabras quietud y ocio carecerían en San 
Francisco de significado. En medio del ruido redoblado de los 
martillazos, que por todas partes atronaban, unos tendían 
carpas, otros aserraban maderas, éste rodaba un barril, aquél 



RECUERDOS DEL PASADO 261 

forceajaba con jm poste o daba descompasados barretazos 
para fijarlo. Apenas quedaba armada la carpa cuando ya co- 
rría el negocio, exhibiendo al lado de afuera y en plena pam- 
pa, botas y ropa de pacotilla, quesos de Chanco, lios de char- 
qui, rumas de orejones, palas, barretas, pólvora y licores, ob- 
jetos que, juntos con las harinas tostadas y sin tostar, se ven- 
dían a peso de oro. El chivato chileno se cotizaba a razón de 
70 pesos la arroba, y el agua gaseosa azucarada, que bautiza- 
ban con el nombre de champaña, de 8 a 12 pesos la botella. 
Estos precios se debían, no tanto a la poca abundancia de la 
especie cuanto a la necesidad de economizar el tiempo, pues 
nadie lo perdía en regatear, aunque andando más allá podía 
comprarla más barata. El oro en polvo era allí la moneda más 
corriente, y el modo como le manejaban para hacer los pagos 
acreditaba su abundancia, por el poco caso que se hacía de 
devolver a la bolsa de cuero el exceso que caía por acaso en 
la balanza. 

Vimos la casa de cal y ladrillo que estaba construyendo, 
con lujo, el señor Hawar, marinerote elevado a la categoría 
de millonario, y más allá, en la plaza, otra que estaba aca- 
bando de construir para un suntuoso café, otro marinerote 
no menos opulento que el anterior. 

Al cabo de un cuarto de hora de una marcha lenta y fa- 
tigosa, pero llena de emociones, llegamos a un hotel de her- 
mosa apariencia, perteneciente a un gringo que había sido 
soldado aventurero en el ejército expedicionario sobre Mé- 
xico. Tocaba a la sazón en la puerta de este edificio uno de 
los sirvientes, que no era otra cosa que un caballerito con- 
vertido en mozo de café, una enorme tortera de metal que 
llevaba el nombre de tantán chinesco, dando en ella tan re- 
petidos golpes, que atronaba a cuantos pasaban para lla- 
marles a comer. En el salón encontramos a Price y al ada- 
mado joven chileno J. L. C, quien había dado principio a su 
negocio echando vainas de cuero a puñales, a razón de dos 
pesos por vaina. Una mesa larga y angosta ocupaba todo el 
salón, y al rededor de ella se podían contar no menos de 
treinta comilones de la más estrambótica catadura engullen- 
do con igual apetito y ligereza, para franquear pronto lugar a 
los que. no encontrando hueco desocupado, aguardaban con 
impaciencia que lo hubiese. El yanqui comía tres veces al día 
en aquella época en California; pero no salía de carne asa- 
da, de salmón fresco o conservado, de tal cual mal guiso, me- 
laza, té, café y mantequilla. Almorzaba a las siete, comía a 
las doce y cenaba a las seis. 

Eran los precios los siguientes: 

Bistec, un peso. 



262 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Café, setenta y cinco centavos. 

Pan y mantequilla, cincuenta centavos. 

Desde nuestra llegada, las mentiras y las antojadizas, más 
a menos poéticas, suposiciones, reinaban en absoluto en aque- 
lla tierra de promisión. Nadie conocía geográficamente lugar 
alguno, ninguno conocía las distancias que había que reco- 
rrer de un punto a otro, y mucho menos si debia llegarse a 
él por agua o por tierra: pero todos a uno se lo sabían todo. 
Los muy pocos que habían vuelto de los placeres, o se mani- 
festaban poco dispuestos a contestar nuestras preguntas, o 
nos desviaban intencionalmente de ellos, porque asi parecía 
convenirles. Estábamos, pues, reducidos a oír relaciones de 
los que tal vez estaban más necesitados de saber algo que 
nosotros mismos. Las frases que oíamos por todas partes no 
salían de éstas: 

— No vayan ustedes al Sacramento, porque hay poco oro; 
diríjanse sin perder tiempo a Estanislao. 

— No piensen en Estanislao; en sólo un día en Sacramen- 
to, sacó fulano tantos miles. 

— Los minerales están inundados, y zutano, que ayer no 
más llegó, dice que ha estado en ellos con el agua a la cin- 
tura. 

— Qué agua ni qué berenjena, decía otro, aquello es mas 
enjuto en invierno que en verano. 

Para qué proseguir. Por fortuna, a un señor Prendergast 
se le ocurrió como medio de recoger oro sin moverse de San 
Francisco, improvisar una oficina geográfica cuyo único 
miembro y colaborador era él mismo. No sé dónde pudo ha- 
cerse de un mapa antiguo del virreinato mejicano, y dando 
a la sección de la Alta California proporciones sin propor- 
ción, inundó la ciudad con croquis que, aunque mal hechos y 
reducidos a cuartillas de papel de fumar, alcanzaron a ven- 
derse a veinticinco pesos cada uno. 

Debí a la amabilidad del señor Price ser presentado a un 
amigo suyo recién llegado del interior, y por primera vez tu- 
ve oportunidad de contemplar, al lado de una envidiable co- 
lección de saquitos de polvo de oro, una pepa maciza que no 
tendría menos de tres libras, la que aquel buen señor decía 
había encontrado en una vuelta que había dado por el cam- 
po antes de almorzar. ¿Por qué no habrinmos nosotros de en- 
contrar también algunas, aunque fuese después de comer? 
Pero no nos podíamos mover, por fi maldito cargamento qu? 
nos vimos oblirrartos a dejar omb.-ircado en la ppsada Julia en 
Valparaíso, y esto nos hizo perder día y medio, o lo que es lo 
misnar>. treinta y seis horas: un siglo entero en California. 



RECUERDOS DEL PASADO 263 

Resueltos a recobrar el tiempo perdido, mientras llegaba 
el tal porrón nos lanzamos a fleteros. 

Componiase la compañia maritima-terrestre de cargado- 
res, de mis hermanos, de Cassalli, antiguo consueta de la ópe- 
ra en tiempo de Pantanelli, del joven Hurtado y de Clacks- 
ton, del comercio de Valparaíso. El capitán de la desierta 
Stahueli, dándose a santos por que viviésemos eñ su buque, nos 
cedió el uso de su embarcación privada; después quedándose 
unos en tierra esperando carga, y echándose al bote otros en 
busca de ella, dimos con entusiasmo y alegría principio a 
nuestras operaciones sociales a los tres días de haber solta- 
do el ancla en San Francisco. 

Contar los percances y las peripecias a que estuvo ex- 
puesta nuestra compañía, contar los rasgos de valentía y los 
chascos que se llevaron nuestros consocios en el largo tiempo 
de once días que duró la negociación, sería nunca acabar. Por 
fin llegó la Julia y con ella nuestro lucido cargamento. 

Liquidada en el acto nuestra sociedad, cuya ganancia 
partible alcanzó a mil doscientos pesos, y trasladado a tie- 
rra nuestro cargamento, se encargó a mi cuñado Ramírez el 
cuidado de fletar una balandra para la prosecución del via- 
je al interior, mientras que el resto de la colonia, constituida 
en sesión permanente de lavado, se dedicaba a lavar la ropa 
blanca que nos quedaba. 

El bote salió, en consecuencia, hacia un caletón inmen- 
diato situado al NE. del puerto, donde había agua corriente; 
y provisto de jabón, de baldes, de un caldero para agua ca- 
liente y de otro menor para los porotos, saltó a tierra la tro- 
pa de improvisadas lavanderas, llevando cada uno a cuestas 
enormes sacos, que contenían las ropas navegadas de siete 
cristianos que acababan de pasar la línea equinoccial. Esta 
caleta, que llamaremos del Lavado, y que es uno de los pre- 
ciosos senos de la gran bahía, tiene la forma de herradura, 
y está resguardada por altos farellones de arena y tierra ve- 
getal, sobre los cuales se lucían hermosos matorrales de ex- 
quisitas frambuesas. En el fondo de esta taza se encontraba 
una lagunita de agua salobre, y en su contorno rastros de 
otros inocentes, los cuales, como nosotros, habían ido a per- 
der su tiempo lavando ropas. Allí, sin más esperar, echó la 
colonia los cimientos de la nueva fábrica. 

Presto, caldero, balde, ropa, jabón, se pusieron en situa- 
ción de obrar. La antigua mama Borja y ña Rosaura en to- 
dos los días de su vida de jaboneo han restregado tanto y 
con tanto ardor, como lo hicieron en la caleta del Lavado 
mama Ruperto, mama Casalli y las demás esforzadas ma- 
mas que, alternativamente y a tarea dieron movimiento a 



264 VICENTE PÉREZ ROSALES 

nuestra fábrica, trocando el remo por la calceta y el timón 
por el jaboneo. 

Esta fué la última mano de agradecida despedida que di- 
mos al blanco y grato lienzo que hasta alli nos habia acom- 
pañado. 

Habia entonces en Santiago una amable señora, que que- 
riéndonos mucho, no se cansaba de repetir a sus amigas, 
cuando supo nuestra resolución de salir para California, esta 
sentida frase: 

— ¡Virtuosos, niña! 

Consigno aqui este recuerdo, que encuentro en mis apun- 
tes, para que se deduzca por el efecto que producía en nos- 
otros su repetición, el carácter que la circunstancia del lu- 
gar en que nos encontrábamos dio a cada uno de los chile- 
nos que compartieron las miserias de la común expatriación. 
¿Virtuosos, pues niña!, fué el refrán que, después de algún 
desagradable percance, precedió siempre entre nosotros a 
una alegre carcajada. Recuerdo que en el atroz incendio que 
con.sumió después todo el pueblo de San Francisco, en vez de 
ponernos a deplorar la pérdida de nuestra casa y con ella 
la de cuanto poseíamos, viendo que esto ya no tenía remedio, 
nos pusimos, muy sueltos de cuerpo, a gozar del espectácu- 
lo que producía en una noche obscura aquella tremenda ho- 
guera, cuya fuerza lanzaba y sostenía, meciéndose en los ai- 
res, multitud de tablas encendidas y que habiéndose hundi- 
do en un asqueroso muladar uno de mis hermanos, que al 
día siguiente del incendio pretendió descubrir el sitio donde 
había estado nuestra casa, se nos apareció con la figura más 
tristemente cómica del mundo, díciéndonos al exhibirnos su 
puerca catadura: 

— ¡Virtuosos, pues, niña! 

En California no había males que el ánimo no pudiese 
reparar en sus primeros tiempos; después ya fué otra cosa. 



CAPITULO XV 

Viaje al Sacramento.— La "Daice-may-nana" y su capitán 
Róbinson. — Senos alagunados de San Francisco, de San 
Pablo y de Suisun. — Confluencia de los ríos Sacramento 
y San Joaquín. — Ciudades en germen. — El pueblo de 
Sacramento.— Viaje a los placeres.— En California el 
que pestañea pierde. — Branam. — Primer vestigio de oro. 
— Peligroso encuentro con los indios. — Su sistema de la' 
var el oro. — Lo que con ellos comerciamos. — Llegada 
al mentado Molino. 

Nuestro comisionado de embarcación para la prosecución 
de nuestro viaje a Sacramento adentro, üabia ya terminado 
sus diligencias; pero no siempre en California bastaron el es- 
fuerzo individual y la voluntad para llevar a cabo las empre- 
sas mejor meditadas; faltábanos el alma de la guerra: la pla- 
ta. Nuestro haber disponible llegaba apena,^; a mil pesos, y 
como calculábamos que el viaje y sus más inmediatas con- 
secuencias importarían otro tanto más, nos echamos a pedir 
prestado. No con poco trabajo arrancamos mil pesos a un 
judio, quien por hacernos bien y buena obra nos entregó, con 
la fianza de Sánchez, a interés del cinco por ciento mensual 
esa indLspensable cantidad. 

Arreglado nuestro flete y pasaje, atracó la Daice-may-nana 
(1) al costado del Stahueli, barca que nos llevó a California y 
que havSta entonces nos habia servido de casa. Era el Daice 
una balandra de veinte toneladas, de construcción antedilu- 
viana, de enfermizo y aguachento andar y con aparejo en 
forma de varapalo, que parecía calculado para barrer con 
cuanto pudiera sobresalir sobre la borda, del propio modo que 
el rayador de los molineros barre con cuanto trigo sobresale 
del bordo de la medida faneguera. 

En este falucho de triste figura, después de meter en su 
estrecha bodega, ya repleta, lo poco que pudimos, nos insta- 
lamos completando con nuestro personal el número de vein- 



(1) Escribo Daics-may-nana por ser éste el modo como pro- 
nunciaban les armadores el nombre de la balandra mexicana. Di- 
ce mi ñaña. 



266 VICENTE PÉREZ ROSALES 

tinueve pasajeros, todos sentados sobre sacos, cajones, palas 
fusiles, canastos con provisiones, y treinta mil envoltorios más 
que sólo esperaban el menor balance para irse al mar lleván- 
dose consigo, de paso, cuanto tenian encima. 

Aqui debe serme permitido volver a copiar algunas pági- 
nas de mi viaje, por tener la virtud de haber sido escritas so- 
bre el mismo campo de batalla. 

Constaba el personal de nuestra edición social, no sé si 
corregida, pero si considerablemente aumentada, de un Ramí- 
rez y Rosales, marino retirado de la armada chilena; de un 
Hurtado, joven estimable santiagueño; de un Clackston, grin- 
go achilenado del comercio de Valparaíso; de un Cassalli, 
antiguo consueta del Teatro Municipal en tiempo de la Pan- 
tanelli; de tres Solares y Rosales; de un Pérez, medio herma- 
no de los anteriores; y de tres inquilinos de la hacienda de 
.las Tablas. 

Ninguno de los viajeros podía dar un paso sin pisar sobre 
el vecino, ni tampoco recostarse sin encontrar espaldas o ro- 
dillas por almohada. íbamos, pues, en situación de envidiar 
hasta la suerte de las mismas sardinas, que si bien es cierto 
van estrechamente encajonadas, también lo es que van por 
lo menos acostadas. 

Mandaba nuestro navio el memorable capitán Róbinson, 
yanqui ceceoso, chico de cuerpo, vejete atrabiliario y borra- 
cho consuetudinario, además. Le acompañaban, en calidad de 
marineros, un gringo escocés con su nariz de tomate rema- 
' duro, y dos yanquis que, a falta de plata para costear su pa- 
saje, acababan de sentar plaza de marinos. 

Describir las fachas de bandidos de los otros compañeros 
de viaje, seria lo mismo que principiar con ánimo de no aca- 
bar. Todos de aspecto repugnante, y todos diferentes unos 
de otros; sólo se asemejaban en los indispensables arreos de 
aquella época: enormes botas granaderas con sus competen- 
tes clavos, puñales en la cintura, y rifles y pistolas, que aún 
a bordo no dejaban un solo instante de manosear. 

A las cuatro de la tarde del día 6 de m^rzo de 1849, di- 
ciendo adiós a la Stahueli, que tan grata hospitalidad nos ha- 
bía dispensado, comenzamos la ardua tarea de desembarazar- 
nos de entre los desiertos buques que nos rodeaban, cuyo nú- 
mero pasaría entonces de ciento. 

Por mal de nuestros pecados metimos a bordo una da- 
majuana con aguardiente y un canasto con botellas de vino, 
lo cual, visto por el apreciable tocayo del an*-iguo Selkirk de 
' Juan Fernández, observando con sentimiento nuestro que tan 
delicados objetos sólo debían navegar bajo su inmediata cus- 
todia, cargó con ellos. A poco andar, el viento flojo y la co- 
rriente en contra, favoreciendo los ocultos proyectos del guar- 



RECUERDOS DEL PASWDO 267 



dador de botellas, dieron con la embarv^ación y con todos nos- 
otros en un banco de fango y arena, del cual nos fué imposi- 
ble desprendernos, a pesar del oficioso socorro que nos prestó 
un bote de una embarcación rusa que se mantenía al ancla 
en el álveo del canal de la vaciante. Allí fué el oír las maldi- 
ciones y los reniegos de los unos, los lamentos y los malhayas 
de los otros. En balde se echaron algunos al agua para em- 
pujar el lanchón, en vano se pidió socorro a otros buques: ni 
ellos nos hicieron caso, ni nosotros pudimos hacer más que 
quedarnos donde estábamos. Pero como la noche entrase a 
gran prisa, y el frío, la llovizna y la incomodidad en que es- 
tábamos debía dar a! traste con los expedicionarios, si por 
acaso se le ocurría al salvajón del capitán, ya beodo, prose- 
guir a obscuras con las aguas de la creciente, titubeábamos 
si debíamos o no bajar a tierra para recabar del armador que 
sujetase con una orden a la Daice-may-nana hasta el día si- 
guiente, cuando atracó a nuestro costado un botecito chato, 
con cinco pasajeros más que el buen capitán Róbinson tenía 
• vistos para embarcar a hurto de su patrón . 

Asustados con esta invasión que iba a estrecharnos más 
de lo que estábamos, salió una comisión en el bote ruso para 
denunciar a Branam lo que ocurría. Era este caballero un po- 
deroso comerciante, jefe o director de la sucursal de la secta 
mormónica en California, y dueño, además, de la famosa em- 
barcación en que íbamos enfardelados. Dormía a la sazón; le 
recordamos, y logramos, con no poco trabajo, que nos diese en 
una tirita de papel la orden que necesitábamos. 

Vueltos a bordo se armó la de San Quintín; porque ha- 
biendo Róbinson arrojado sin leer el papelucho de Branam, 
le gritó nuestro compañero Clackston que se guardase de pro- 
seguir antes del alba, porque eso sería contravenir las ór- 
denes de su patrón. En mala hora se acudió a semejante 
sustantivo. La voz de patrón fué como el estruendo de una 
camareta prendida en el barril donde estaba Róbinson. 

— ¡Qué es eso de patrón! — exclamó éste arrojando la más 
espantosa maldición — . Yo no tengo patrón, ni aquí hay pa- 
trones, y si hubiese de seguirse mi dictamen, a ninguno de- 
bería ahocarse, por picaro, primero que a ese bribón de 
Branam. 

Por fortuna, este arranque de vital brutalidad agotó sus 
fuerzas, porque dando de barriga sobre unos fardos, no pudo 
levantarse hasta el día siguiente. 

— ¡Qué noche aquélla! Todos pasaron borrachos a expen- 
sas de nuestras botellas y de nuestra damajuana, y nosotros 
sobre las armas para evitar desmanes, pues dos veces e.stuvo 
a punto de ensangrentarse nuestro malo y húmedo aloja- 
miento. 



268 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Vino por fin el dia: con la fresca volvieron en si nues- 
tros conductores, y como no soplaba la menor brisa ni llevá- 
bamos tampoco un solo remo, fué preciso ir. a medida que nos 
arrastraba la corriente, a estrellarnos sobre los buques que nos 
rodeaban, evitando encontrones a fuerza de brazos, hasta que 
a eso de las ocho de la mañana la mano de D'os y la corrien- 
te nos pusieron en franquía. 

Juzgúese cuál pueda ser la resistencia de estos hombres 
de fierro para beber, pues habiendo encontrado el gringo na- 
riz de tomate una botella de quimagogo. que iba por acaso 
entre las otras de nuestro pobre vino, creyéndola de puro 
oporto. se la bebió entera, y hasta ahora no comprendo por 
qué no reventó. 

El viaje ha durado siete días con sus mortales noches, sin 
que nos haya sido dado ponernos de pie en todo él. porque 
las jarcias de las velas latinas, aun así sen^.?idos como está- 
bamos, nos barrían la cara en cada una de Jas doscientas mil 
varadas que el viento y la marea nos obligaban a hacer. En 
aquella incomodísima postura, envueltos en. nuestros ponchos 
y frazadas que amanecían destilando humedad a causa de los 
grandes rocíos nocturnos, defendiéndonos de las plagas de 
ponzoñosos y tenaces zancudos que espesan el aire desde pri- 
ma noche en aquellos lugares pantanosos, todavía nos sobra- 
ba voluntad para departir sobre el hermoso panorama que se 
desarrollaba a nuestra vista, a medida que recorríamos la 
poética bahía y las preciosas estrechuras que encaminan a la 
desembocadura de los ríos que desaguan en ella. Diré más, 
en aquella lancha de Carón no escaseaban las risas ni las bur- 
las que nos hacíamos al contemplar nuestras recíprocas y do- 
loridas cataduras. Dispuestos a sufrirlo todo con estoica ener- 
gía, lo único que nos hacía dar al demonio era el descomedi- 
do pisoteo de los yanquis, quienes, con sus botas con clavas, 
no respetaban en las maniobras ni las espaldas ni las narices 
de nadie. Al pobre Cassalli le plantó uno su pataza en la ca- 
ra, y al reniego amenazador de éste se contentó el yanqui 
con dirigirle un sonoro ¡all right! , pasando de largo, como si 
tal cosa hubiese acontecido. 

Al fin llegamos a Suttersville, donde nos despedimos de 
nuestros simpáticos compañeros de viaje en la Daice-viay- 
nana, de terrible recuerdo, y de ese atroz dios Baco que, con 
el nombre de capitán Róbinson, iba también a explorar pla- 
ceres . 

Nuestro viaje, a no haber sido tan brutalmente incómo- 
do, no hubiera carecido de encantos. 

Atraviesa el viajero la hermosa bahía, creyéndola forma- 
da de un solo cuerpo, hasta la estrechura de los Dos Herma- 
nos, formada por dos islotes muy parecidos que llevan el mis- 



RECUERDOS DEL PASADO 209 

mo nomb^T. Cualquiera creyera que aquel estrecho es ya bo- 
ca de río, y por esto causa admiración, dejados atrás los pe- 
ñones, encontrarse navegando en otra bahía, al parecer sin 
salida también, y que lleva el nombre de San Pablo. El as- 
pecto de este nuevo seno no es otro que el de un gran lagu- 
nón rodeado de cerros y de feraces campos cubiertos de bos- 
ques y de ganados. Pueden en sus aguas navegar buques del 
mayor calado, y encontrar en todas partes caletas y fondea- 
deros. 

El efecto de las mareas alcanza todavía más adentro. 
Largas franjas de espuma puerca y turbulenta se ven perió- 
dicamente alineadas subir y bajar en las bahías, formando 
borbotones y remolinos que, como ya se ha dicho, llegan a 
convertirse en vorágines peligrosas para la.':- embarcaciones 
menores en el último canal que termina en la Puerta del Oro, 
sobre las aguas del Pacífico. 

El retiro periódico de las aguas en los senos o bahías que 
están más al interior, hace necesaria la presencia de prácti- 
cos idóneos que conozcan la profundidad de los álveos, los 
bajos fondos y la naturaleza de los bancos que ellos dejan 
descubiertos, sin que por esto sea peligrosa la navegación. 

Navegase en la bahía de San Pablo muy cerca de tierra 
y en aguas tranquilas, descubriendo a cada paso puertos, ca- 
letas y multitud de buques y de embarcaciones menores car- 
gados de pasajeros y de mercaderías, sin que ningún novel 
viajero sospeche en ella la menor salida hasta que, llegando 
a su confín septentrional', ve abrirse ante sus ojos el precioso 
canal de Benicia. que comunica la bahía de San Pablo con la 
de Suisun. En el centro del costado norte de esta imponen- 
te garganta profunda y cerrentosa, que tiene como una legua 
de largo, se estaban echando los primeros cimientos de la ciu- 
dad que lleva el nombre de Benicia para honrar el de la es- 
posa del coronel Vallejo. El aspecto del puerto y el de los con- 
tornos del presunto pueblo no eran, per cierto, halagadores. 
Sus terrenos apenas se elevan sobre la superficie de las altas 
mareas; la alta vegetación escasea, y los endiablados zancu- 
dos ejercen en aquella región el más sangriento de todos los 
poderes. Estaba allí al ancla un buque de guerra, y en tierra 
firme se alzaba un palo de bandera en cuyo alrededor pare- 
cía agitarse y moverse mucha gente. 

En aquel lugar inhospitalario por su naturaleza, pero ne- 
cesario por su situación apropiadísima para arsenales marí- 
timos, comenzaban a alzarse las paredes de una iglesia, de 
dos escuelas, de un gran café-posada, de un •:eatro y de una 
casa de amonedación. 

El yanqui entiende por excelencia el arte de colonizar y 
de erigir poblaciones. Nunca comienza por urogramas ni por 



270 VICENTE PÉREZ ROSALES 



pomposos ofrecimientos, que pocas o ningunas veces se cum 
píen; comienza por abrir caminos, por franquear acceso ai 
lugar que desea poblar; por hacer en él trabajos cuyo costo 
y magnificencia dan al inmigrante positivas garantias de es- 
tabilidad, y sólo exige por pago de los primer';s sitios y terre- 
nos que regala, la obligación de edificar o trabajar en ellos. 
Antes de ayer, agentes de Benicia, domiciliados en Sacramen- 
to, me ofrecieron sitios regalados en Benicia. si yo colocaba 
mis hermosas tiendas de campaña en ellos; mas, como no 
hablamos ido a California a poblar, sino a recoger oro. con- 
testamos con sonrisa: a otro perro con ese hueso. 

Pasado el canal de Benicia, que más parece río que canal, 
se entra a otra gran laguna navegable llamada Suisun. Las 
tierras que rodean este tercer seno son tan bajas, que le ha- 
cen aparecer mayor de lo que en realidad es. La bahía de 
Sui-sun está llena de bancos que entorpecen en sumo grado 
la navegación cuando no se tiene conocimiento perfecto de 
los canales principales; sin embargo, la cruzan ahora buques 
de mucho calado, y estoy seguro de que con el tiempo no con- 
tarán los capitanes como gracia el no haber tenido que es- 
perar, encallados en el fango, la vuelta de la marea para pro- 
seguir el viaje. A medida que uno avanza haria el interior, se 
multiplican tanto los bancos, los islotes y los pajonales, que 
sólo se sale de ellos cuando se liega al laberinto de canales 
que constituyen la imponente confluencia del San Joaquín 
con el Sacramento. Aunque desde Benicia ya puede beberse, 
a falta de otras, aquellas aguas, llegando a la confluencia de 
estos ríos, puede decirse que son potables. 

Era preciso ser buen práctico para no errar el canal que, 
entre este laberinto de brazos más o menos profundos, con- 
duce al Sacramento; pero el genio práctico de los yanquis, ha 
excusado la necesidad de esta clase de ocios, pues vimos que 
ya comenzaba a señalar el derrotero la presencia de otro pue- 
blo naciente erigido allí con el nombre de Moctezuma. En la 
parte sur del laberinto se abre paso otro canal que, al través 
de las aguas del San Joaquín, conduce a ia nueva ciudad de 
Stockton, en cuya entrada se p^'oyectaba fundar otra ciudad 
con el nombre de Nueva York. Nosotros proseguimos por la 
vía de Moctezuma. Dejamos atrás el laberinto de la confluen- 
cia, y pronto nos encontramos navegando en uno de los más 
hermosos ríos de la costa occidental del continente america- 
no. Es tranquila y lenta su corriente, como espejo su super- 
ficie, y sus claras aguas transparentan los bajos fondos. Se 
alza en las vegas y ribazos de sus márgenes la más lujuriosa 
vegetación; y a medida que uno avanza por medio de sus ma- 
jestuosas curvas, suelen los árboles dar sombra a las embar- 
caciones y aun enredar con sus largos brazos extendidos en 



RECUERDOS DEL PASADO 271 



alto sobre el rio, las jarcias de las balandras que más se apro- 
ximan a las orillas. Esta preciosa vía fluvial, cuya hondura 
franquea fácil paso a ios mayores buques mercantes, y que 
no tiene en toda su extensión hasta el mismo Sacramento 
arriba de dos cuadras de anchura, no es el cuerpo principal 
del río de este nombre, sino uno de los brazos que más direc- 
tamente conducen al pueblo donde al cabo de seis horas atra- 
camos en el infernal falucho que fué nuestro purgatorio du- 
rante siete mortales dias. 

El lugar destinado para el pueblo de Sacramento era el 
hermoso valle cubierto de encinas y de cipreses que yace al 
SO. de la confluencia del río Americano con el Sacramento. 
Al designarle como asiento de población, más parece que se 
hubiese tenido en mira la necesidad que la salubridad; por- 
que a juzgar por los muchos bajos, pantanos y totorales que 
mediaban entre las juntas de los dos ríos y el pueblo, no era 
posible que las tercianas y las fiebres pútridas dejasen de ha- 
cer estragos con el tiempo en él. 

Sin embargo, como para la conveniencia y para el comer- 
cio el clima y las más aterradoras pestes son obstáculos se- 
cundarios, el puerto del Sacramento fué el predilecto asien- 
to de aquella afamada Nueva Helvecia que, en conmemoración 
de su patria, fundó el colonizador, capitán John Sutter, cuya 
historia dejo rápidamente bosquejada. 

Constituían la base de la población cuatro casas de tablas 
en bruto con sus correspondientes techos de lona, algunas 
tiendas, muchos toldos de distintas formas y dimensiones co- 
locados sin orden ni concierto, y muchísimas enramadas. 

Al lado de este campamento tendimos nuestras tiendas, 
y sin más esperar, armados de nuestros trajes de guerra, co- 
mo si estuviésemos muy descansados, dimos principio al des- 
embarco y acarreo de nuestros efectos. Cuantos nos veían 
echaban miradas de envidia al contemplarnos provistos de 
cuanto pudiera apetecerse en un lugar donde todo faltaba o 
costaba muchísimo dinero. 

Como todos los habitantes de este aduar marchaban pa- 
ra las minas y ninguno de ellos había estado antes en ellas, 
tan a obscuras nos encontrábamos en él como en San Fran- 
cisco, respecto a noticias. 

Apenas instalados, fuimos favorecidos por la singular vi- 
sita de un agente o corredor de ciudades, quien, provisto del 
plano de la futura ciudad de Sacramento-City, nos ofreció 
sitios regalados, con tal que en ellos colocásemos desde lue- 
go nuestro campamento; mas, ese mismo regalo era precio 
muy subido, para empeñar de nuevo, por simples sitios, nues- 
tras fuerzas agotadas. Dijimos con entereza, no; y exten- 
didas nuestras frazadas en suelo plano, extendimos también. 



272 VICENTE PÉREZ ROSALES 

sobre ellas nuestras, por tantos días, encogidas humanidades, 
y dormimos de un solo sueño hasta el día siguiente. 

Llegada el alba, nos pareció que nos encentrábamos en el 
centro de un campamento que tocaba en todas partes a re- 
bato. Nadie podía decirse que andaba, todos parecían volar, y 
entre las voces "¡Animo! . . . ¡Adelante! ... ¡No hay que aflo- 
jar!"' se oían repiqueteos de maldiciones mezc-adas con el ale- 
gre y favorito canto de la Susanita. tonadilla hecha expresa- 
mente para los buscadores de oro. cuyo estribillo era: "Susa- 
na, Susana no llores por mí. pues me voy a California a traer- 
te costales de oro". 

En esta población notamos harta más movilidad que en 
el mismo San Francisco, y no es de extrañarlo, porque los cam- 
pamentos día a día nacían y desaparecían con la misma rapi- 
dez que se formaban. Si la llegada de veinte o treinta em- 
barcaciones inundaba hoy la población de gente y de toldos, 
la alegre vuelta del siguiente día barría con cuanto había en 
ella hacia los minerales, dejando para alojamiento de los 
viajeros que marchaban escalonados tras ellos, un campo 
de batalla sembrado de ropas, de monturas, de sacos rotos, 
muchos con huesillos, de botellas desocupadas y de cuantas 
zarandajas podían estorbar o entorpecer la marcha del mine- 
ro hasta llegar a los afluentes auríferos del río Americano. 

Todos marchaban a pie, todos parecían muías de carga o 
arsenales ambulantes, y en todos brillaba la nacionalidad, en 
la naturaleza misma de la carga que llevaban a cuestas. 

Harina tostada, alforjas, palas y barretas, batea de lavar 
oro, puñal belduque y poruña, descubrían a la legua al buen 
chileno. Rifle, pistola de seis tiros, navajas, polvorines y ca- 
ramayolas, botas granaderas y un cargamento de botellas de 
brandy, al áspero pendenciero oregonés. Un sombrero parasol 
de papel barnizado, un guardazancudos arrollado en el pes- 
cuezo, un yatagán árabe en la cintura, zapatos de diez suelas 
de cartón, dos sacos de arroz suspendidos en el extremo de 
un palo puesto al hombro, al hijo del Celeste Imperio. Sólo 
el ajuar del yanqui y el de los demás países europeos, bara- 
jados hasta no poder más entre sí, no revelaban nacionalidad. 

Aquí no se oían más que disparos de pistolas o de rifles 
por todas partes; todos tiraban con frecuencia al blanco y 
ninguno se cuidaba de averiguar dónde podía rematar la ba- 
la. Al anochecer era cuando más detonaciones inesperadas se 
oían, ya fuese para dar a entender que había armas de fue- 
go, ya para limpiarlas y cargarlas de nuevo. Ningún yanqui 
se acuesta sin llenar antes este indispensable deber de pre- 
caución cuando está en campaña. 

Tan contagioso movimiento no tardó en apoderarse de 
nuestra ya repuesta fuerza; pero como el peso de nuestro ba- 



RECUERDOS DEL PASADO 273 

gaje sólo nos permitió llevar el compás en este concierto y 
no cantar en él, resolvimos aligerarle. Dijonos vm yanqui qué 
él nos fletaría una carreta que debia llegar en dos días más; 
que la carreta cargaba veinte quintales y que sólo nos lleva- 
ría a razón de 35 pesos quintal desde el Sacramento hasta \o.% 
placeres del rio Americano, cuya distancia se calculaba en 55 
millas. Aceptada la proposición, nombramos una comisión 
para descartar del todo los veinte quintales más indispensa- 
bles y para vender el resto; otra para marchar a un rancho, 
nombre que dan los californeses a lo que en Chile llamamos 
hacienda, a comprar dos caballos; y otra para armar un ca- 
rretón con unas ruedas que habíamos traído por acaso de San 
Francisco, con el propósito de acomodar en él las tiendas de 
campaña y los útiles de nuestro más inmediato uso. 

Ha^ta aquí el gobierno de la colonia habla sido multicé- 
falo, y, como era indispensable dar al todo un centro de ac- 
ción, le convertimos en unitario, nombrando, desde luego, un 
monarca con el nombre de Decano. Esto dispuesto, cada co- 
misión puso en obra su cometido. 

Vendimos ropa.? y herramientas a precios nunca vistos : " la 
harina tostada a 40 centavos libra, el poco vino de Penco que 
escapó en el fondo de la bodega del inolvidable Daice-may- 
nana, a 18 pesos galón; y el chivato de Tiltil, ?. 10. La carreti- 
lla suplementaria que debía ser de caballos y de brazos hunia- 
nos al mismo tiempo, quedó lista en la noche y sólo nos in- 
quietaba la demora de los compradores de caballos, cuando a 
deshora llegaron éstos al cuartel general, pero con las manos 
vacías, aunque repletos de hambre y de cansancio. Averigua- 
do el inesperado mal éxito de nuestras valientes comisiona- 
dos, resultó que Hurtado y Clackston habían sido encantados 
en el viaje por una sirena, y que les matadores ojos de ésta 
les habían hecho olvidar hasta el objeto de su misión. Desde 
la separación de nuestra Rosarito Améstica, ni ellos, ni nos- 
otros, ni nadie, había vuelto a ver faldas; y como por des- 
gracia el ranchero tuviese a su lado una muchacha, perdió la 
comisión el equilibrio, y con él, la ocasión de impedir que 
otros más diestros maromeros les llevasen les mejores caba- 
llos, dejando sólo en el corral el más ruin de todos los roci- 
nantes, valorizado, sin embargo, en 250 pe<=os. Hubiéranle 
comprado por 150 pesos, según expuso Clackston, pero la pre- 
sencia de la niña puso coto a tan baja propuesta; así fué que 
refunfuñando entre dientes, que más bien hubieran dado las 
250 por ella que por él, se volvieron sin nada. A la voz de mu- 
chacha, tomó la palabra el Decano, y después de un sesudo y 
reposado discurso, en el cual hizo patente a los oyentes los 
males que podían acarrear a la colonia andante la adquisi- 
ción de otra clase de artículos que aquellos que se habían ido 



274 VICENTE PÉREZ ROSALES 

a buscar, concluyó su patética oración invistiéndole él mismo 
del cargo de ir a torear a la sirena y de obligar al carero guar- 
dador del jnandundo, a dárselo por menos precio. Púsose, 
pues, en campaña al venir el día; pero no solo, pues le acom- 
pañó todo el estado mayor y aun el menor, temerosos de que 
fuese a suceder alguna desgracia al pudibundo jefe en tan 
arriesgada aventura. 

Hora y media caminamos con dirección al occident-e por 
el fresco y ameno valle del Sacramento, más inmediato a las 
correntosas aunque profundas aguas del río Americano. Altos 
pinos, robustas encinas, ya formando grupos, ya disemina- 
das sobre un piso verde y cubierto de flores tempraneras, da- 
ban a aquellos lugares el aspecto de un interminable parque 
inglés. Sólo nos hacian conocer que estábamos muy distante 
de la pérfida Albión, la soledad, la grata temperatura, la al- 
gazara de las bandadas de pavos silvestres que a cada rato pa- 
saban, como nuestros loros, por las alturas; el canto, la fi- 
gura y colorido de aves que nos eran del todo desconocidas, y 
el susto que nos daban las culebras, más o menos entumeci- 
das, que. tendidas de atravieso en los camJnos, esperaban pa- 
ra moverse que calentase más el sol. 

Como a las 25 cuadras de nuestro campamento entramos 
en el mentado fuerte Sutter. Reducíase la tal fortaleza a un 
enorme caserón con gruesos y hendidos paredones, apoyados 
en un foso medio colmado con escombros y malezas, y a unas 
cuantas piezas de artillería que descansaban, mohosas y cu- 
biertas de pasto, sobre el suelo. Vimos allí un casucho de ta- 
• blas a la rústica, algunas enramadas, y a poca distancia, un 
gran almacén con una enorme enseña que decía: "Branam y 
Cía." Era el jefe de este establecimiento comercial aquel ex 
mcrmón Branam. dueño del funesto Daice-may-nana, como 
ya he dicho, y señor de una de las más saneadas fortunas ca- 
lifornesas de aquella época. Jefe o cura párroco de su secta, 
de este lado de la Sierra Nevada, supo también aprovechar 
del trabajo de sus numerosos feligreses, y habiendo logrado 
monopolizar una rica extensión de orillas del río Americano, 
se llenó en poco tiempo de riquezas. Parece que en cuanto 
no más se vio con ellas había dado de mano a esa religión y 
quedádose sin ninguna, bien que las malas lenguas asegu- 
raban que para tranquilizar su conciencia, rezaba con fre- 
cuencia oraciones en honor de Santa Poligamia. 

El almacén, colocado precisamente en el mismo camino 
que conducía a los placeres, causaba admiración por el com- 
pleto surtido de cuanto podía desearse para los menesteres 
del trabajo de las minas. De los precios nada digo, puesto que 
sólo dejaban al vendedor la ruin utilidad de cincuenta a cien 
to por uno. 



RECUERDOS DEL PASADO 275 

Habíamos caminado ya como dos hora,s llevando a la iz- 
quierda el río Americano, a cuya margen nos condujo la sed, 
cuando supimos por un sonoreño que allí mi,"^mo podríamos 
encontrar oro; porque aunque sólo a 17 leguas del punto en 
que nos encontrábamos comenzaba este río a recibir los to- 
rrentes auríferos conocidos con los nombres de Río del Norte, 
Río del Medio y Río del Sur, era tal la fuerzo de su corrien- 
te, que alcanzaba a arrastrar oro hasta su misma confluencia 
con el Sacramento. Deseosos de cerciorarnos de la verdad del 
comedido sonoreño, ensayamos con la inseparable poruña del 
minero chileno aquellas misteriosas arenas, y llenos de con- 
tento por haber visto oro, aunque poco, nos dirigimos a las 
casas de la hacienda o rancho, que ya comenzaban a verse a 
alguna distancia. 

La tal casa parecía el comienzo de un desierto; ni un al- 
ma humana salió a recibirnos, ni siquiera un perro se dignó 
ladrarnos. Las puertas y las ventanas, abiertas de par en par, 
no tenían por qué no estarlo, puesto que nada se divisaba que 
mereciese ser guardado. ¡Ni una flor, ni un árbol, ni un ave! 
Quien hubiera recorrido las pampas argentinas, metido de re- 
pente en un rancho californés, creería sin duda que se encon- 
traba mudando caballos en una de las postas de aquel desi^er- 
to. Asomóse al cabo por sobre las bardas de un silencioso co- 
rralón una cara de Gestas, que, después de un sonoro "¿quién 
vive?", nos volvió la espalda por no perder tiempo en esperar 
nuestra contestación. A tiempo habíamos llegado; el dueño 
de casa estaba a punto de cerrar trato de venta con un yan- 
qui por el malhadado rocín que había dejado de comprarse el 
día anterior, y como en California el tiempo es oro, tuvimos, 
por la competencia, que largar 300 pesos por lo que en Chile 
sólo se pudiera vender para sacar aceite. 

Hasta aquí nada de sirena, ni ninguno de nosotros se atre- 
vía a indagar del cancerbero el paradero de semejante joya; 
pero como el acaso protege siempre los buenos deseos, debien- 
do pagar en oro en polvo, y no en plata, porque no la "había, 
se nos condujo a un mezquino sucucho, en donde ¡oh, cielos! 
nos esperaba, balanza en mano, la viva imagen de la diosa 
Astrea. Ella misma, único ser femenino mirable que se nos 
había presentado desde que abandonamos las playas chilenas, 
pesó con sus inocentes o pecadoras manos, parte de nuestro 
escuálido caudal. Sirviónos leche, objeto de lujo, cuyo nom- 
bre ya habíamos olvidado, nos hizo caritas, y nosotros la hu- 
biésemos hecho dueña de nuestros asendereados corazones, si 
la presencia del Fierabrás no hubiera tenido a raya nuestro-s 
naturales ímpetus, que no eran ni podían ser otro.s que los 
de servirla . Separámonos con pena de aquella casa hospita- 



276 VICENTE PÉREZ ROSALES 

laria. y dándonos prisa para volver a reunimos en nuestro 
campamento, llegamos a él entrada ya la noche. 

Gran algazara formamos todos alrededor de nuestra des- 
vencijada cabalgadura; luego le hicimos una probada con una 
rastra, y vimos que era buena. En seguida nos dimos a fa- 
bricar morrales con sacos vacíos, para llevar cada uno a 
cuestas cuank) peso pudiera, a fin de aliviar al manáundo. 
Le acomodamos un cinchón y un pretal de nueva invención, 
cargamos la carreta fletada que ya nos esperaba, dispusimos 
la carga de la carretilla, y comiéndonos después una olla en- 
tera de porotos, nos tendimos en el suelo, donde dormimos, 
esperando el alba, como si hubiésemos reposado sobre un mu- 
llido lecho de agradables plumas. 

Al venir el día, y en los momentos de salir, se reunieron 
a la compañía dos Garcés, padre e hijo, y un Herrera, todos 
chilenos, listos también para marchar. Tomamos todos un 
ulpo caliente, y echándonos a la espalda cuanto podíamos 
cargar, no teniendo más que hacer en aquel lugar, dio el De- 
cano la voz de "¡marchen!" 

El orden de nuestra marcha fué el siguiente: Cassalli y 
un Garcés a vanguardia, al cuidado de lo que iba en la ca- 
rreta; mis cuatro hermanos marchaban en seguida junto con 
un peón, ayudando al caballo que tiraba la carretilla; Clacks- 
ton, Hurtado, un peón de mano y el Decano, cerraban la re- 
taguardia en calidad de cuerpo de reserva. 

A poco andar cesó el reinado de la alegría y principió el 
de los reniegos: tanto nos dieron en qué entender el maldito 
caballo y su vehículo. Parecía que no le agradaba a aquél 
el estrambote que, por mal de nuestros pecados, le habla- 
mos colgado a la cincha, y poco faltó para que en un rato de 
mal humor, diese con sus respingos al traste con nuestro 
malhadado catafalco, descuajeringándolo por completo. Fué 
preciso ayudarle a marchar a fuerza de brazo; pero a las cin- 
co leguas el demonio del animal nos significó con muy ex- 
presivos ademanes de abierta rebelión, que de allí no le mo- 
veríamos ni a palos. Tuvimos que alojar. 

La relación de nuestras aventuras en los cinco días de 
presidiarios condenados a trabajos forzosos que duró nuestro 
viaje, hasta dar con nuestras maltratadas humanidades en 
el asiento de minas del Molino, sólo puede interesar, como re- 
creo de vejez, a las mismas personas que figuraron como ac- 
tores en semejante danza. Básteme decir, para comprobar 
la energía moral que se había apoderado de los más tímidos 
corazones en aquella época, que no hubo uno solo de nues- 
tros aventureros que no haya sabido, con la risa en los la- 
bios, compartir con el animal de carga el hambre, las mise- 
rias y los trabajos. 



RECUERDOS DEL PASADO 277 

Hermosos eran los prados salpicados de cipreses y de en- 
cinas que recorrimos con dirección al oriente el primer dia de 
nuestra marcha. En ellos abundaban pastos y buenas aguas; 
mas, desde allí para adelante, el territorio, a medida que iba 
ascendiendo por entre los primeros ramales de la Sierra Ne- 
vada que alcanzan hasta esta distancia, perdia su carácter 
de planicie. En varias partes se quebraba dificultando la mar- 
cha de las carretas, y en otras, con médanos casi intransita- 
bles, a cada rato obligaban al viajero a repechar lomas y cues- 
tas por sobre los pedreros de las despedazadas rocas que cu- 
brían el camino. Pero nunca faltaba la alta vegetación ni en 
las numerosas mesetas o descansos de las cuestas, pastos abun- 
dantes y muchas de las vistosas flores que cultivamos con es- 
mero en nuestros jardines. 

Nuestros alojamientos se colocaban siempre al abrigo de 
alguna corpulenta encina, alrededor de cuyo tronco nos ins- 
talábamos como se colocan los rayos de una rueda de carreta 
alrededor de su maza; y como en California caen en aquella 
estación rocíos muy parecidos a aguaceros, nuestras camas, 
reducidas a su última expresión, puesto que sólo constaban 
de un sarape o manta mexicana, que hacía las veces de col- 
chón y de cobija, y del saco de harina tostada, que desempe- 
ñaba las de almohada, amanecían totalmente empapadas. 

En nuestra marcha, dejando sucesivamente al poniente la 
morada de la encantadora deidad cuyo recuerdo conservaba 
vivo en nuestra mente el endemoniado rocinante que tan 
poco nos servía; las ruinas de un costoso molino colocado en 
la primera violenta correntada que señala el término navega- 
ble del río Americano, pocas leguas antes de lanzarse en el 
Sacramento; el pequeño aunque risueño valle sin nombre, for- 
zoso alojamiento del cual parten dos caminos, uno inclinado 
al oeste, que conduce a los placeres secos llamados Drydig- 
gings, y otro al oriente, que conduce a los húmedos del Moli- 
no, llegamos al primer riachuelo de oro a mano, denominado 
Weber-Crick. 

Las riquezas de las arenas de este primer Pactólo, aunque 
comparativamente menos cuantiosas que las que debíamos 
encontrar más adelante, parecían colocadas allí para ameni- 
zar el espíritu de los fatigados viajeros; pero la alegría y el 
aliento que nos causó este heraldo de futuras riquezas, no bas- 
tó a compensar el peligro en que nos encontramos un momen- 
to antes de llegar a él. 

Hacía como seis horas que caminábamos con rumbo ex- 
traviado. Ni un alma se veía en lo que nosotros juzgábamos 
camino, aunque por instantes se aumentaba la dificultad de 
transitar por él. 

Acostumbrado a cortar rastros en las pampas argentinas, 



278 VICENTE PÉREZ ROSALES 

y no encontrando el de botellas rotas, que es el que deja siem- 
pre Irus sí el yanqui, alarmado mandó el Decano hacar alto. 

Comenzaba ya a apoderarse de nosotros la más lebrii in 
decisión, cuando, atraidos por la curiosidad de ver gente en 
aquel lugar poco frecuentado por blancos, se nos apareció un 
campesino de raza mestiza, quien no sólo nos dijo que lle- 
vábamos un camino errado, sino que sin saberlo hablamos 
cometido la imprudencia de penetrar en el territorio de un 
cacicato de indios malos, que aunque habían permanecido fie- 
les al capitán Sutter hasta entonces, ya iban volviendo, por 
las tropelías de los norteamericanos, a sus antiguas mañas 
de robar y asesinar a cuantos blancos encontraban soios. 
Agregó que, aunque a él no le había sucedido desgracia nin- 
guna con los indios hasta entonces, por ser de muchos cono- 
cidos, había echado fuera sigilosamente a su familia, y que 
seguía para poblado cuando tuvo el gusto de encontramos.. 

La noticia no fué, por cierto, muy satisfactoria; sin em- 
bargo, confiados en la superioridad de nuestras armas de fue- 
go, contratamos de práctico a Santana, que así se llamaba el 
paisano, y dejándole con el yanqui carretero y otros dos com- 
pañeros a cargo de disponer el alojamiento y los porotos, 
marchamos con nuestras poruñas y bateas a lavar arena a la 
orilla de un crick, tan sueltos de cuerpo come si nada pudie- 
ra acontecemos. A los pocos pasos encontramos a nuestro sir- 
viente Leiva, que acudía lleno de gusto a mostrarnos el re- 
sultado del lavado de una bateíta de mano, en cuyo fondo se 
veía como un castellano de oro, sacado en un instante. A la 
voz de oro quedó desierta la cocina, y cada cual por el cami- 
no que le pareció más corto, se lanzó a la orilla del río. Su- 
cedió que una india, ccn un niño a cuestas, que por acaso pa- 
saba el sol entre los matorrales inmediatos al río, al verse 
rodeada por todas partes de caras blancas, creyéndonos yan- 
quis, echó como un gamo a correr, y que nosotros, por aumen- 
tar su miedo, hicimos amago de perseguirla, dio un traspié y 
cayó dando alaridos. Los clamores de ¡socorro! contestados 
a lo lejos por otras voces que nos parecían bramidos, no tar- * 
daron en atraer hacia nosotros un tropel de indios, que con 
gritos y ademanes amenazadores, desembarazándose de les sa- 
cos de pieles de coyotes que les servían de aljabas a sus fle- 
chas envenenadas, parecían dispuestos a acometernos. Nues- 
tra situación perdió en el acto su comenzado encanto, y ya 
olvidábamos el oro por completo para acudir a las armas, cuan- 
do las voces de Santana, conocidas por alguno de los indíge- 
nas, vinieron a evitar que tanto ellos cuanto nosotros tuvié- 
ramos que lamentar ese día dclorosas desgracias. 

Santana fué a ellos; hízoles presente que no éramos yan- 
quis sino españoles amigos de Sutter, que éramos, además, 



RECUERDOS DEL PASADO 279 



gente buena y que sólo pensábamos pasar una noche allí, y 
seguir, sin hacerles daño, nuestra marcha hacia el Molino. 

Acercáronse algunos con recelo; después negaron otro 3 y 
pronto nuestras demostraciones de cariño, reforzadas con re- 
galos de pañuelitos de algodón, de esos de a tres cuartillos, 
en cambio de ataditos de polvo de oro de cuatro o cinco pe- 
sos cada uno, restablecieron entre los beligerantes la más cor- 
dial y perfecta armonía. Nos ofrecieron bellotas, único y fa- 
vorito alimento de aquellos indios, y recibieron en cambio de 
ellas y de no poco oro algunas escudillas de harina tostada. 
Es el color de estos hombres un poco más tostado que el 
del indio nuestro, y ncs parecieron de contextura más débil 
y de cara acarnerada. Su vestido era de una mezcolanza in- 
descriptible, entre bárbaro y europeo. Unos llevaban por to- 
do traje un andrajoso y puerco levitón, colocado con valor a 
raíz de las carnes: otros una camiseta de punto de media, 
que apenas les alcanzaba al lugar donde colocaban antes 
nuestros soldados la cartuchera; otros un simple taparrabo. 
Ninguno ostentaba plumas ni vestidos esencialmente indíge- 
nas. Las mujeres más acomodadas llevaban la cintura en- 
vuelta en pañales de lana o de esparto, que ^es alcanzaban a 
la rodilla; otras un simple taparrabo; pero ninguna cuidaba 
de encubrir aquellos suplementos que en regiones menos libe- 
rales y más maliciosas suelen llevarse en estrechísima clau- 
sura. Atan los niños de pecho contra un aparato de mimbre 
cue afirman a un árbol cuando trabajan, y que llevan a la 
espalda cuando viajan, sujeto con una correa en la cabeza. 

Luego los invitamos a que siguieran su interrumpido tra- 
bajo del lavado de tierras para poderlo presenciar, y dándo- 
nos ellos gusto con la mejor voluntad, nos llevaron al lugar 
del cual nuestra imprudencia los había apartado. 

El sistema que empleaban en el lavado de las tierras es 
el mismo que han usado desde tiempo atrás nuestros propios 
lavadores de oro; pero con más método. Los hombres con pa- 
los endurecidos al fuego, o con tal cual gastada herramienta 
europea, cavaban hasta descubrir la circa que es uno de los 
lechos más cargados de arena y de cuerpos pesados que de- 
positan los aluviones en los valles. Los niños cargaban esas 
arenas en canastos de tupidísimo esparto y las llevaban a 
orillas del río, donde una fila de mujeres con bateas finísimas 
do lo mismo, íns lavaban, y n medida que iban liquidando el 
oro. lo colocaban al tanteo on ataditos comn úc dos castellanos 
cada uno para facilitar el cambio. 

Visitónos en la noche el jefe de la tribu, acompañado con 
quince viocetonea, los cuales, festejados por nosotros, hicie- 
ron también lo posible por divertirno.s. Jugaron un juego de 
^■nvite que pudiéramos llamar -pares o nones. Sentados for- 



280 VICENTE PÉREZ ROSALES 

mando un circulo entre dos grandes fogatas, puso el tallador 
en el suelo cuatro palitos iguales como de una pulgada de 
largo cada uno, y al lado de ellos una pequeña porción de 
pasto seco bien restregado entre las manos. Bien examina- 
dos después estos objetos por los demás jugadores, uno de ellos 
los tomó, y echando ambas manos a la espalda para ocultar 
la maniobra, formó con los palitos y el pasto dos pequeños en- 
voltorios de igual tamaño, que volvió a colocar en el suelo a la 
vista de todos. Los jugadores, entonces, dijeron pares unos, 
y otros nones, y llamando a un niño para que deshiciese los 
envoltorios, dieron tres enormes berridos de contento los ga- 
nanciosos y los otros bajaron en silencio la cabeza. Al cabo 
de un buen rato, en el cual muchos perdieron sus ataditos de 
oro en polvo, el jefe, para despedirse, les propuso el juego de 
la guerra. Alzados todos con el mayor contento, y animadas 
las fogatas, se retiraron a veinte pasos de ellas, colocados en 
fila uno tras de otro, con el jefe delante; a la voz de éste, rom- 
pieron marcha con tranco pesado hacia nosotros, acompañan- 
do cada paso con un sonido gutural; a otra voz del jefe, lle- 
gados a las fogatas, saltaron todos dando un alarido y le .ro- 
dearon. El jefe, entonces, se puso a entonar una especie de 
lastimoso yaraví, concluido el cual, dando todos a un tiempo 
una palmada y un grito, comenzaron una zambra de las más 
violentas posturas de ataque y de denfensa, baile que duró has- 
ta que el jefe, con otra voz de mando, los llevó otra vez a la 
distancia de veinte pasos, para comenzar de nuevo aquel si- 
mulacro de acción de guerra. 

Al día siguiente, sin esperar la vuelta de nuestros ama- 
bles indios, emprendimos la tarea de recobrar el camino per- 
dido, y al cabo de muchos repechos y de fatigas, tuvimos el 
gusto de divisar el mentado Molino, término primero de nues- 
tro viaje y de nuestras aspiraciones, en cuya risueña aldea 
entramos con la caída del sol. 



CAPITULO XVI 

El Molino. — De cómo se descubrió el oro en él. — Nuestra si- 
tuación y primeros trabajos en los lavaderos. — Excursio- 
nes mineras. — Región aurífera de California. — En Cali- 
fornia se encuentran todos los metales conocidos. — Ac- 
tividades de nuestras faenas. — Ingeniosa e importantí- 
sima batea o cuna californesa para el lavado de las tie- 
rras. — Intento frustrado de una insurrección de indíge- 
nas y su sangriento desenlace. — De cómo me ahogué en 
el río de los Americanos y volví a resucitar. 

En cuanto hicimos alto en aquel agreste pero muy risue- 
ño descanso, comenzamos con gran ligereza y algazara a ins- 
talar nuestro campamento, el cual allí, como en Sacramento 
y en el mismo San Francisco, se atrajo por lo espacioso y có- 
modo de nuestra tienda de campaña, los honores de general 
admiración, puesto que ninguno se atrevía a creer que hu- 
biese hombres tan rematadamente tontos que fuesen capaces 
de acarrear hasta el Molino semejante ajuar. 

Este lugarejo, que pronto se elevó a la categoría de ciu- 
dad, está situado en un risueño vallecito enclaustrado por al- 
tos cerros cubiertos de pinares a orillas del río llamado del 
Sur, que es el primero de los tres caudalosos auríferos que, 
desprendiéndose de las Sierras Nevadas, depositan sus arenas 
de oro en el lecho del gran brazo tributario del Sacramento 
conocido con el nombre de río Americano. En él fué donde 
se hizo el casual descubrimiento que a tantos, como a nos- 
otros mismos, debía de tener andando al retortero. 

La abundancia y el tamaño de las pepas de oro que sal- 
taban a impulsos de la picota de ios peones de Sutter, que 
trabajaban para el establecimiento de un molino de aserrar 
tablas en la orilla de la barranca del torrente, fué tal, que 
llegó a hacer dudar, a los mismos que miraban el tesoro, que 
fuese el rey de los metales. 

Sabido es que los trabajadores, antes que la noticia de 
semejante hallazgo llegase a Sutter, se habían repartido en 
tono de mofa alguna parte de aquel precioso metal sin sos- 
pechar siquiera que fuese oro, y que ni Sutter mismo pudo 



282 VICENTE PÉREZ ROSALES 

persuadirse de que las noticias del descubrimiento fuesen 
ciertas. ha^La el grato moinento en que uno de sus peones 
puso en sus manos la primera muestra . 

Sutter y cuantos le rodeaban, desvanecidos con lo que te 
nían a la vista, salieron a revienta cinchas para el mineral. 
La fama de la riqueza, en tanto, bajando a la aldea del Sa- 
cramento, corrió con tanta rapidez, que todavía Sutter no se 
daba cuenta de lo que por él pasaba, cuando conmovidas las 
poblaciones de Sonora, San José, Yerbas Buenas y Monterrey, 
corrían desatinadas, abandonándolo todo, por acudir al lugar 
de promisión que a todos convidaba con la dicha. 

En breve tiempo, comerciantes y abogados, boticarios y 
sacapotras, albañiles y lechuguinos, se tornaron, como por 
encanto, en mineros colados. Pronto comenzaron a verse en 
manos de rústicos ganapanes, pepas de oro de monstruoso 
valor; y cuantos plebeyos descamisados tuvieron la dicha de 
llegar primero al vellocino de oro, otros tantos lograron la de 
tornar a sus hogares llevando bajo un puerco y raído cintu- 
rón indisputables títulos de nobleza, de juventud, de talento y 
de valía encerrados en robustas y envidiables culebras de oro 
en polvo. 

Ya he dicho cómo cundió después esta noticia hasta al- 
canzar a Chile. 

Cuando llegamos, la aldea del Molino constaba de un al- 
macén, dos casuchas de madera y muchos toldos y ramadas 
colccados en todas partes al acaso. Ya no se consideraba este 
lugar, sin embargo, como asiento principal de minas. Lo bue- 
no para el minero era lo que aun no se había explorado; así es 
que muchos apenas alojaban en él, pasaban de largo para los 
torrentes del Medio y del Norte, de los cuales tantos prodigios 
se contaban. No faltaba oro, sin embargo, en el Molino, y si 
ya se la miraba en menos, era porque entonces nadie quería 
trabajar para buscarlo sino caminar para encontrarlo. 

Instalados debidamente el día anterior, salimos todos al 
siguiente en alegre procesión llevando cada cual su batea, su 
poruña, junto con sus palas y sus barretas. Después de ori- 
llar un poco el rio por entre los escombros de recientes la- 
boreos, nos pusimos, como dicen, a pirqiienear para adiestrar- 
nos en el manejo de la batea. Duró dos horas aquel trabajo 
alternado de barreteo, de acarreo y de lavado; nos produjo 
onza y media de polvo; y juzgándonos ya suficientemente 
diestros, nos echamos, después de comer nuestros apetitosos 
porotos, a elegir punto para establecer un trabajo definitivo. 
Encontrámosle, en efecto, en una de las barrancas del 
río, en un lecho de arena y ripio de gran corrida cubierto 
con otro de tierra vegetal, que tendría poco más de un pie de 
espesor. A peco raspar la barranca por el lado del río, vimos 



RECUERDOS DEL PASADO 283 

con alegría que relumbraban en la parte raspada muchas 
chispas de oro; y al calcular con la vista la extensión y el 
rumbo de aquel lecho auriíero, tomamos en el acto posesión 
de él, dejando a dos compañeros en calidad de guardadores 
de aquel tesoro, para que durmiesen sobre él y sobre las armas. 

Al día siguiente se invistió al Decano del doble oficio 
de contador y de cocinero, y se dio con entusiasmo principio 
al trabajo del manto aurífero, al que el buen Cassalli dio el 
nombre de Manto de Justiniano, acordándose de las lentejue- 
las que adornaban el manto que vestía Justiniano, del Teatro 
Municipal . 

Un mes entero duró esta tarea, sin que ninguno se enfer- 
mase. Sólo se suspendía el trabajo en las horas de la comida 
o en las destinadas al sueño. Al venir la noche, se recogía al 
desierto alojamiento, se pesaba el oro de la cosecha, se guar- 
daba en una bolsa de chivato, que era nuestra caja de fierro, 
y tras de algunas chanzas de alegre conversación, se tendían 
todos a dormir como lirones. 

El oro que seguimos acopiando en el Molino estaba muy 
mezclado con arenas y piritas de fierro, y de vez en cuando 
sacábamos de la cuna lindos trozos de cuarzo que contenían 
de un 25 hasta un 70 por ciento de oro. 

Pronto organizamos excursiones lejanas, y tanto éstas 
cuanto las mías propias, unidas a las relaciones de los mu- 
chos aventureros con los cuales trabé amistad en mis corre- 
rías, me persuadieron de que el oro suelto, con ser tanto, no 
era la única riqueza que ha dispensado a esta región la ma- 
no generosa de la naturaleza. He encontrado, además, riquí- 
simas minas de plata, de cinabrio, de fierro y de carbón de 
piedra, y en Gras Walley, región que parece sin término, pode- 
rosas vetas de cuarzo aurífero con piritas de fierro. En gene- 
ral, esta última clase de minas, que no había para qué tra- 
bajarlas entonces, se encuentran diseminadas en tanta abun- 
dancia en cada arranque o contrafuerte occidental de la Sie- 
rra Nevada, que ello solo explica el origen y la existencia de 
los grandes depósitos de oro sedimentario acumulado en su 
base o esparcido a le lejos por las corrientes. 

Dice mi diario: 

"La región aurífera de la Alta California, que llama la 
atención de los trabajadores en el día, yace entre la cadena 
de cordilleras llamada Sierra Nevada, al oriente, y los ríos Sa- 
cramento y San Joaquín, que, desprendiéndose de ella, con- 
fluyen en las ciénagas de Suisun. Este triángulo de terrenos 
minerales, cuya dimensión no se ha calculado aún con exac- 
titud, mide sobre poco más o menos 135 millas geográficas 
desde el río Yuba, al norte, hasta el Mercedes, en el sur, y co- 



284 VICENTE PÉREZ ROSALES 

mo 60 millas, término medio en su anchura de oriente a po- 
niente, lo que da una superficie aproximada de 8,100 mi- 
llas cuadradas más o menos, abundantes en arena de oro. 
Desde los rios que le sirven de limite al poniente, el terreno 
se eleva gradualmente hacia las • cordilleras, en cuyas cerca- 
nías se encuentran los lechos auríferos más ricos, sin que es- 
te requisito y el encontrarse en él multitud de vetas y de de- 
rrumbes metálicos, lo desnude de una frondosa vegetación. 
En los arroyos y rios secundarios que se desprenden de la 
sierra en toda la extensión de 135 millas y que cortan el te- 
rreno en zonas paralelas hasta su confluencia con el Sacra- 
mento y el San Joaquín, es donde tienen su asiento las ran- 
cherías improvisadas de los mineros; y a pesar de que todos 
los días llegan y corren noticias de nuevos descubrimientos, 
hasta ahora los principales y más productivos de la región au- 
rífera son: al norte. Yuba. Bear, Ncrth. Sam, Middle Yorks, 
Mormón, Molino y Dry Diggings; y al sur, Consumnes, Dry- 
Creek, Mokelomies, Calaveras, Stanislaus, Tonalomie, Cam- 
po de Sonora, Mercedes y otras de menor importancia. 

"Las arenas aluviales de una a seis pulgadas de espesor, 
que constituyen los lavaderos del norte, descansan sobre le- 
chos de pizarra con hojas casi verticales al horizonte, y la 
hondura en que se encuentra este casco sólido, respecto a la 
superficie del terreno que la cubre, varia entre uno y ocho 
pies. 

"Los minerales o placeres del sur no se encuentran co- 
locados con tanta regularidad. Trozos de metales de extra- 
ordinarias dimensiones, con oro a la vista, se han encontra- 
do en varias quebradas de los cerros de Stanislaus. Colpas 
más o menos ricas se encuentran a cada rato en esos contor- 
nos, y se arrojan después como objetos inútiles o de mera 
curiosidad por no costear cargar con ellas. La última que vi 
y que fué llevada a San Francisco para adornar una de las 
mesas de un hotel, contenía sobre 95 libras de peso en bruto, 
20 de oro puro. 

"Cruzada en todas direcciones la parte occidental de la 
Sii^rra Nevada, de veneros de oro, en ellos encontrará la in- 
dustria futura fuentes mayores y más constantes de riqueza 
en los terrenos de los valles de su base; porque el oro suelto 
que se encuentra en esta región privilegiada, no es tanto como 
lo daban a entender las noticias contradictorias que nos lle- 
gaban a Chile, y si me resolví a aumentar el número de los 
chilenos que se dirigieron a este lugar, fué al pensar que el 
solo término medio bastaría para satisfacer los deseos del 
hombre más exigente. No me he equivocado: el ero nativo, 
ya sea en polvo o en pepitas, acopiado con profusión en el 



RECUERDOS DEL PASADO 285 



fondo de las quebradas, en el lecho de los ríos y bajo levísi- 
mas capas de tierra que cubren algunos llanos, acude a la 
mano del hombre con tan levísimo trabajo, que si esto hubie- 
se de durar quedaría fuera de duda que, andando el tiempo, 
el oro vendría a convertirse en el más barato de todos los me- 
tales. Pero, por lo que llevo visto hasta ahora, el oro vendrá 
a ser en California la menor de todas las riquezas, tanto por 
su temprano y natural agotamiento, cuanto por la preferen- 
cia que el industrioso yanqui sabrá dar a los inagotables ele- 
mentos de riqueza agrícola y fabril que, existiendo en este 
país excepcional desde antes de ser descubierto, ni siquiera 
tuvieron sospecha de ellos los españoles. 

"Es cierto que, agotado o muy disminuido el oro a mano 
que se entrega al simple lavado, queda aún el recurso del 
trabajo de minas aplicado a las vetas metalíferas; pero éste 
será siempre lento y mucho menos productivo, si el acaso no 
viniere, como tantas veces, a ayudar los progresos de la cien- 
cia, porque yo he observado aquí, a más del oro desnudo o 
nativo, piritas auríferas que apenas manifiestan oro someti- 
das a la simple amalgamación; oro gris tirando a plomizo, que 
es oro aliado con arsénico; oro gris amarillento, que es el que 
está aliado con hierro, y que abunda mucho; oro amoratado, 
que me ha hecho traer a la memoria las muestras de un oro 
de Hungría que dejé en Chile en mi colección de minerales, 
y que tienen por nombre oro color de bofe, muestra que, si no 
fuese por el respeto que debo a la ciencia, tal vez me atreve- 
ría a llamar oro mineralizado; y, por último, una especie de 
pirita que existe también en Adelfors. en Suecia y en Hun- 
gría, y que es conocida en este último reino con el nombre de 
Gelfeft, pirita que no exhibe el oro y de la cual, sin embargo, 
extraía el sabio M. de Justi hasta dos onzas por quintal, a 
pesar de los esfuerzos qu^ hacía el distinguido piritólogo 
Henckel para probar lo contrario. 

"Como sólo escribo para Chile, al llegar a este punto nc 
puedo menos de detenerme para llamar la atención, tanto de 
nuestros gobiernos, cuanto de mis paisanos mineros, hacia la 
incuestionable necesidad de dar al estudio de la mineralogía 
aplicada a la práctica el importantísimo grado de perfección 
que alcanza en Europa. Allá se benefician con lucro metales 
que ni si:jniera merecían en Chile ese nombre por .-.u baja ley. 
En Harz, según Brongniart, las piritas de Ramnielsberg sólo 
contienen una 29 millonésima parte de oro por ;^uintal y así 
costean el trabajo. 

"El yanqui, por ahora, no tiene tiempo de extraer pintas 
auríferas a fuerza de pico y pólvora de las entrañas de la 
tierra, ni mucho menos de someterlas al laborioso y científico 



286 



VICENTE PÉREZ ROSALES 



influjo de las tuestas y de las reiteradas fundiciones, que. ex- 
pulsando en forma de vapores o de escorias las sustancias que 
enmascaran el oro, si no le purifican, le concentran y le po- 
nen en el caso de rendirse a la copela o al azogue: le basta 
agacharse y levantarse del suelo en estado negociable. Pero 
cuando llegue el tiempo de poderse dedicar a esto, tal vez y sin 
tai vez. ya habrán llamado su preferente atención las únicas 
minas que jamás se han agotado: la agricultura y la industria. 

"Los minerales de oro más productivos en el día son los 
de Siberia. en Rusia, no tanto, es cierto, por la riqueza del te- 
rreno aurífero, cuando por su gigantesca extensión, sin que 
esto quiera decir que no se encuentren de vez en cuando en 
ellos pepitas de sorprendentes dimensiones. Del mineral que 
yace al sur de Miask se han extraído pepas de oro macizo con 
peso de trece a veinte libras cada una. y en 1843 se encontró 
una Que aun se conserva en San Petersburgo, que no pesa ma- 
nos de setenta y ocho libras (avoir du poids!). También antes 
se encontraban en el Perú pepas que llegaban a cuarenta y 
cinco y hasta sesenta y cuatro marcos de oro puro, al paso 
que hasta ahora no se ha encontrado en California pepa al- 
guna que llegue al peso de veinticinco libras. 

"El oro de California, en cuanto a ley o fino, ocupa el sép- 
timo lugar entre los oros conocidos. El siguiente cuadro ma- 
nifiesta la ley del oro que corresponde a cada uno de los más 
afamados distritos mineros que figuran en el comercio del 
mundo: « 

COMPOSICIÓN DEL ORO NATIVO 



Nombres de les lugares 

donde se encuentra Oro pun 

Siberia Schabrosehka, se- 
gún Rose 98 . 76 

Siberia Boruschaka, según 

Rose 94.41 

Brasil, según Darcet . . . . 94.00 

Siberia Beresovsk, según 

Rose 93 . 78 

Siberia Arenas de Miask, se- 
gún Rose . 92 . 47 

Bogotá, srgún Bou.ssin- 

gault 92. 2ü 

California, según War 

wick 89.58 

Siberia. Lavaderos Miask, 

según Rose 89.35 



Plata 


Cobre 


Hierro 


0.16 


0.35 


0.5 


55.23 


0.39 


0.4 


5.85 


0.00 


0.0 


5.94 


0.08 


0.0 


7.27 


0.06 


0.8 


8 . 00 


. 00 


0.0 


0.00 


00 


0.0 


10.65 


0.00 


0.0 



RECUERDOS DEL PASADO 



287 



Senegal, según Darcet ... 86.97 10.35 0.00 0.0 

Siberia Nijni-Tagil^k, se- „ ^^ « « 

gún Rose 83.85 16.15 0.00 0.0. 

Trinidad, según Boussin- - 

gault 82.40 17.60 0.00 0.0 

Transilvania, según Bous- 

singault 64.52 35.48 0.00 0.0 

Altai Sinarowski, según Ro- 
se C0.08 39.38 0.33 0.0 

f 

"Era tal la cantidad de oro que diariamente se extraía de 
los placeres califomeses, que hasta se llegó a creer por algu- 
nos hombres pensadores en la próxima desmonetización de 
este precioso metal. Fundábanse en que el oro que produ- 
cían todas las regiones auríferas de la tierra en la época del 
descubrimiento de Marshal, no pasaba de 22,300 kilogramos 
al año, distribuidos de este modo: 

Kilogramos 

Rusia ... 17,000 

Hungría 725 

Noruega 75 

África 1,500 

Norteamérica 1,300 

Sudamérica 1,700 

Total 22,300 

"El oro que tenían a la vista les hacia olvidar que desde el 
año 1830, en que fueron descubiertas las minas de oro de la 
Rusia, hasta el de 1842, el producto de ellas había alcanza- 
do al valor de 67.500,000 pesos, y que en vez de ir a menos 
la producción, sólo entre los años 42 y 64, se habían recogi- 
do veinte millones. Si a estas sumas debiésemos agregar, co- 
mo es natural, el producto de la explotación de los lechos 
auríferos recientemente descubiertos en los montes Urales, 
es claro que California, como productora de oro, deberá ce- 
der el primer lugar a la Rusia. Mañana u otro día la Rusia 
tendrá que cederlo a otra región, porque los grandes descu- 
brimientos naturales, así como los adelantos del espíritu hu- 
mano, no se detienen. 

"En cuanto al poder desmonetizador, puede sentarse que 
hasta ahora ni se divisa aquel que pueda bajar de su solio al 
rey de los metales." 

Volviendo a los afanes de nuestra sociedad minera, diré 
que la cosecha diaria fué por demás mezquina en los prime- 
Recuerdo. — 10 



288 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ros tres días, por haber empleado en el trabajo la batea o 
fuente de mano; pero no tardamos en hacernos de la cuna 
californesa, en la cual, meciendo con amor al niño oro, le vi- 
mos crecer como un portento. Este ingenioso y sencillísimo 
aparato, que reúne todas las ventajas de una ponina minera 
de colosal escala, se reduce a una cuna ordinaria de vara y 
m'edia de largo sobre media de ancho, colocada de manera 
que la cabeza descansa sobre una base que tiene una cuarta 
más de altura que la que sirve de soporte al pie. Estas bases 
no son más que cuartos de circuios d-e maderas que facilitan 
el mecido de la cuna. La cabeza de ésta lleva un tosco harne- 
ro hecho con tablas agujereadas; el pie está destapado, y en 
el plan del fondo de este singular aparato, listoncitos de ma- 
dera, de un cuarto de pulgada en cuadro, clavados de atra- 
vieso y formando paralelas de a cuatro pulgadas de separa- 
ción imas de otras, sujetan los cuerpos más pesados que, en- 
vueltos en barro, se escurren cuesta abajo sobre aquel incli- 
nado plan. 

El modo de usar de este primitivo aunque importantísi- 
mo maquinóte, es tan fácil y tranquilo que basta ver trabajar 
un solo rato con él para que pueda introducirse de profesor 
el menos entendido mirón. Uno ceba el harnero con tierras 
auríferas; otro echa sobre ellas baldes de agua; otro mece la 
cuna; y el último extrae a mano las piedras que por su tama- 
ño no pasan por el harnero, las examina y, no encontrando 
que algunas de ellas contengan oro, las arroja. El agua des- 
líe la tierra del harnero: la turbia cae y corre por el plano in- 
clinado, y el oro y otros cuerpos, más o menos pesados, se 
alojan en los atajos que les oponen los listones atravesados. 
Cada diez minutos se suspende el trabajo para recoger el pol- 
vo y las pepitas de oro, que. mezcladas con fierro, han que- 
dado alojadas en los ángulos que forman los listones; se de- 
positan éstas después en una batea de mano para liquidar este 
residuo en la noche y se prosigue la operación hasta enterar 
el día. 

La cosecha diaria, desde que comenzamos a usar la cuna, 
variaba entre 10 y 22 onzas de oro. 

Mi hermano Federico desertó en tres ocasiones del tra- 
bajo, para ir, como él decía, en busca de emociones. En las 
dos primeras deserciones se nos apareció con los bolsillos lle- 
nos de pedazos de cuarzo cuajados de clavitos de oro, que 
luego destinamos para regalos y botones, y en la tercera nos 
sorprendió con una pepa de oro macizo que encontró en el 
fondo de una quebrada, que pesaba 17 y cuarto onzas de oro. 

Nada hasta entonces había perturbado nuestras tranqui- 
las labores; mas, en los primeros días de abril estuvimos a 
punto de perderlo todo y de perdernos también, si los indi- 



RECUERDOS DEL PASADO 289 

genas no hubiesen .sido descubiertos y podido llevar a cabo 
el proyecto de una sublevación general contra los Intrusos ex- 
tranjeros que no les dejaban quietud en parte alguna. Ha- 
bíanse dado los naturales tan sigilosa traza, que a no haber 
sido vendidos por un traidor, no estaría yo ahora refiriendo 
este suceso. 

El hecho sucedió de esta manera: 

En el recuesto occidental de las preciosas colinas que te- 
níamos del otro lado del río al frente de nuestro descuidado 
campamento, notamos una mañana que se alzaban algunos 
humos alineados, y que éstos, por la escasez del viento, pare- 
cían líneas paralelas, cuya blancura contrastaba con el obs- 
curo verde de los cipreses. Pero todos estábamos muy ocupa- 
dos para entrar, perdiendo tiempo, a averiguar el significado 
de semejante bagatela. En la noche, ese cordón de humos 
alineados se transformó en una larga fila de lucecitas que se 
mantenían sin apagarse y hasta sin oscilar a pesar de la vio- 
lencia del viento que se había levantado. Ya esto nos llamó 
la atención, y, como de noche nadie trabajaba, se practicó un 
reconocimiento, que dio por resultado que aquellos humos y 
esas luminarias no eran más que el ingeniosísimo telégrafo 
de que se valían los indios para convocar a juntas de guerra. 

Al día siguiente, dejando correr por el pueblo los rumores 
más o menos alarmantes que despertaban estos aprestos, me 
dirigí con mis compañeros al lugar de las lucecitas que, con la 
claridad del día, se habían de nuevo convertido en humos. 

Para la construcción de este especialísimo telégrafo, cuyo 
significado lo deducen los prácticos del número y rumbo de 
las luces, trabaja el indígena hoyos en forma de tinajas, an- 
chos abajo y angostos arriba; llena después esas cavidades 
con leña, y el fuego que produce humos en el día, produce vis- 
lumbres fijas en la noche. 

Vueltos de nuestra correría, supimos que un indio traidor 
había vendido el secreto significado de esas misteriosas se- 
ñales, y que la colonia, justamente alarmada, convocaba a 
meeting, para adoptar resoluciones. Reunióse el pueblo ese 
mismo día y, como cosa yanqui, aun no habían transcurrido 
tres horas, cuando abandonando todos sus tareas por atender 
al común peligro, se vio formado de entre ellos y en actitud 
de marchar, un cuerpo de 170 rifleros y de 18 hombres de ca- 
ballería, con sus respectivos e improvisados jefes. 

No habiendo yo asistido al meeting, cosa que parecía muy 
extraña en un francés — que por tal pasaba yo entonces — , fué 
a buscarme una comisión de mineros, a la que recibí como era 
natural, con tales demostraciones de enfermedad, que al oír- 
me decir, que a pesar de mis dolencias, sólo les pedía minutos 
para seguirles, se opusieron ardorosos a que llevase a cabo 



290 VICENTE PÉREZ ROSALES 

mi heroico sacrificio, y se contentaron con que el esforzado 
compatriota de Lafayette los ayudase con plomo y con pól- 
vora. 

Dos días después entró la expedición de vuelta al pueblo, 
con 114 cautivos, entre hombres, mujeres y niños. Todo ha- 
bía felizmente terminado. Sorprendidos los insurrectos in- 
dios en su mismo campamento y cuando menos lo esperaban, 
fué de todo punto vana su desesperada resistencia; porque 
arrullados y perseguidos sin misericordia, sólo el propósito de 
producir escarmiento en las otras tribus salvó de la muerte 
a los pocos que condujeron al pueblo prisioneros. 

Dos horas estuvieron esos infelices de plantón sobre una 
plazoleta que daba al torrente, y esas dos horas bastaron a 
un jurado improvisado para anunciar su inapelable fallo, he- 
cho lo cual, el que hacía de jefe, acompañado de algunos ri 
fieros, dirigiéndose en español a esos infelices, les dijo: 

— Ya han visto ustedes, tales por cuales, lo que podemos 
y sabemos hacer. Si se portan en adelante bien, nada tendrán 
que temer; mas si mal, les pasará lo que ahora mismo van a 
presenciar, antes de volver libres con la noticia a sus toldos. 

Y diciendo y haciendo, descargaron sus armas sobre 15 
infelices que tenían separados a un lado, dejando el suelo 
lleno de cadáveres. . . 

He referido este sangriento episodio con la misma rapi- 
dez que ocurrió, por haber visto en él traducido de nuevo con 
enérgicos caracteres, el célebre lema de los yanquis: ¡Tiempo 
es plata! 

La impresión que dejó en el corazón de los audaces aven- 
tureros de Coloma este terrible y oportunísimo castigo, ni 
siquiera alcanzó a durar dos horas, porque todavía no ha- 
bíamos perdido de vista a los indígenas- puestos en libertad, 
ios cuales marchaban cabizbajos y dando alaridos por entre 
los piñales de las lomas que rodean el valle, cuando el rumor 
de un nuevo descubrimiento de oro, hecho al otro lado del 
torrente, vino a apoderarse de todos los ánimos. Ya no se 
habló más que de ésto, y todo el vecindario se hubiera pre- 
cipitado a un tiempo para lograr de aquel tesoro, si no hu- 
biesen sido tan escasos los medios de atravesar el peligroso 
torrente que se les interponía. Sólo de dos modos podía ven- 
cerse este tropiezo: o pasando a fuerza de brazos, con el agua 
al pecho, asidos de un cable sujeto a entrambas orillas, o en 
bote chato, en el que, apiñados, podrían caber quince perso- 
nas, y, sin embargo, ya entrada la noche, pudimos admirar, 
por los fuegos que brillaban en el lado opuesto, que mucha 
gente estaba ya alojada en él. 

Resueltos a emprender también un reconocimiento que 
pudiera mejorar la condición de nuestro trabajo, convinimos 



RECUERDOS DEL PASADO 291 



en que al día siguiente salióse yo para ese punto, dejando a 
cargo de otro la cocina. 

En la madrugada del día 11 de abril me acompañaron to- 
dos para verme pasar el río. 

Todavía recuerdo con espanto lo que se me esperaba. 
Elegí, para pasar, el bote. Desde el embarcadero se podían 
perfectamente divisar los penachos de espuma que, a cosa de 
dos cuadras más abajo, levantaba un cable o andarivel, arras- 
trado por la corriente, sobre la superficie de las aguas de 
aquel torrente, que tendría como una cuadra de ancho sobre 
brazada y media de profundidad. Fué tanta la gente que 
acudió a embarcarse tras mí, que aunque yo vi el peligro 
a que nos exponíamos, pues ni siquiera se dejaba franco el 
manejo de la bayona, me fué imposible abrirme paso para sa- 
lir del bote. 

Apenas nos separamos de la orilla, cuando el bote, mal 
estibado y cogido de atravieso por la corriente, zozobró, lan- 
zándonos a todos en el agua, en medio de un grito de espanto 
de cuantos presenciaban desde tierra esta catástrofe. Yo na- 
daba entonces, y aun podía decirse que nadaba bien; pero no 
siempre aprovecha, en caso semejante, ser diestro nadador. 
Pasada la impresión de l'a repentina zambullida, traje, sin 
turbarme, a la memoria la cuerda del andarivel que pudiera 
tal vez salvarnos; mas apenas había logrado franquearme pa- 
so a través de los cuerpos convulsos que con desesperados en- 
contrones me detenían bajo del agua, cuando un bulto afe- 
rrado de mis hombros me sumergió de nuevo. Vanos fueron 
mis esfuerzos para desembarazarme de él; faltándome ya la 
respiración, iba a echar mano al puñal, cuando antes de he- 
rir, Dios me Sugirió la idea de buscar con un esfuerzo deses- 
perado el fondo. Recuerdo que quedé libre del peso que me 
ahogaba, que atragantado por el agua y falto de aire, sentí 
un repentino y agudo dolor en los pulmones, en las órbitas 
de los ojos, en los oídos y en el nacimiento de la nariz y, por 
último, un furioso redoble como de muchos tambores en la 
cabeza, el cual me privó de los sentidos... 

Tres horas después, el buen Decano, tendido sobre las 
abrigadoras cobijas de sus solícitos consocios, contaba a estos 
con voz entfe risueña y dolorida, sus impresiones de viaje al 
otro mundo, hasta el momento en que la asfixia había dado 
al traste con sus recuerdos. 

Contáronme que corriendo todos por la orilla, aguas aba- 
jo, no tardaron en ver varios cuerpos humanos aferrados de 
las cuerdas del andarivel y que uno de ellos era yo; que traí- 
do con no poco trabajo a tierra, donde por un atolondra- 
miento natural me dejaron caer de golpe boca abajo, des- 
pués de arrojar agua y sangre por la boca, había dado el prí- 



292 



VICENTE PÉREZ ROSALES 



mer suspiro que indicó a mis desconsolados hermanos que 

Al día siguiente el contador y cocinero, bien que media- 
namente molido, desempeñaba, como si tal cosa hubiera su- 
cedido, sus quehaceres culinarios. 



CAPITULO XVII 

Viaje de uno cDe los socios a San Francisco. — Salvación de\ 
Alvarez de ser ahorcado. — Mi envenenamiento en Sacra- 
mento. — Sacramento. — Stockton. — San Francisco. — Vi- 
cisitudes de su comercio. — Febril actividad de sus habi- 
tantes. — El juez juzgado por el delincuente. — Motivos de 
la malquerencia entre yanquis y chilenos. — Intervención 
oportuna de Branam. — Expulsión de los chilenos de los 
laboreos de oro. — Regreso precipitado en busca de mis 
hermanos. 

Entraba con todo su esplendor la primavera, esmaltando 
con sus preciosas flores los verdes campos de la envidiada Ca- 
lifornia, cuando, tanto por ir a San Francisco a pagar lo que 
debíamos, cuanto por recoger cartas de la madre tierna que 
lloraba en Chile la ausencia de sus hijos, resolvimos que uno 
de nosotros bajase a poblado. La elección recayó sobre el fran- 
cés, que, repuesto ya de las consecuencias de su inmersión hi- 
dropática, seguía impertérrito desempeñando las veces de De- 
cano, de contador y de cocinero de la andante compañía. 

Triste, muy triste fué para los hermanos la mañana del 
25 de abril. Era ésta la primera vez que uno de nosotros, solo 
y a pie, debía recorrer una gran distancia en medio de un país 
semibárbaro a causa de su vida excepcional. Juntos, los peli- 
gros y los afanes bien poco o nada nos suponían; separados, 
¡quién podría decir lo que pudiera acontecer! Estábamos a 
más de dos mil leguas de la patria, de los recursos y de las 
relaciones, en medio de un país convertido en feria de aven- 
tureros, entre los cuales alternaban, junto con hombres de 
bien, enjambres de bandidos y multitud de aquellos corrom- 
pidos corazones que la ola humana arroja siempre lejos de sí. 
Viajando entre hombres que no tenían más Dios que el oro, 
más derecho que el del más fuerte, ni más corte de apelacio- 
nes que el plomo de las armas, era evidente que cualquier 
atropello, cualquiera enfermedad, las fieras, los reptiles pon- 
zoñosos, el hambre, la sed en las travesías, la más casual dis- 
locación de un pie, podrían, juntas o separadas, convertirse en 
causas mortales de irreparable desgracia para el aislado ca- 
minante. 



294 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Acompañáronme mis silenciosos hermanos como cosa de 
una milla, al cabo de la cual, pareciéndonos esto demasiado 
sentimentalismo para el pais en que estábamos, nos dimos un 
resuelto apretón de manos y nos dijimos adiós. 

Llevaba a la espalda, arrollado como capote de soldado, 
por toda cama un sarape, o manta mejicana, con un poncho 
chileno, y, a guisa de mochila, un saquito con 16 libras de 
harina tostada con su correspondiente escudilla de hoja de 
lata; sobr€ el hombro izquierdo, suspendido un rifle, y en el 
cinto, a más de las pistolas y el puñal, una culebra con 17 li- 
bras de oro en polvo. 

A cada paso tenía que desviarme del camino para evitar 
encuentros con tropillas de aventureros que, ya alegres y can- 
tando, ya echando maldiciones, se encaminaban a los place- 
res. Cuando me encontraba con un solo viajero, era de rigor 
el más cortés y recíproco saludo; cuando el encuentro era 
con dos o más peregrinos, sólo me cumplía a mí el saludo; los 
otros, o no me miraban, o si lo hacían, era para medirme de 
alto abajo con una sonrisa desdeñosa. 

Llegada la noche escogía para alojarme el abrigo de la 
más coposa encina que encontraba, raspaba con mi puñal el 
pasto y las basuras que se acumulaban alrededor del tronco, 
barría el lodo con una rama, y después de calafatear con tie- 
rra y hojas secas cuantas grietas pudieran ocultar insectos o 
reptiles venenosos, hacía fuego con los abultados frutos de los 
pinos, y muerto de cansancio, me arrojaba sobre mi sarape, 
no para entregarme al sueño profundo que mi molido cuerpo 
reclamaba, sino para dormir como duerme el soldado de van- 
guardia la víspera de una acción. Y no podía ser de otro mo- 
do, porque ya fuesen los frecuentes disparos que se oían a 
prima noche por todas partes o ya en el resto de ella hasta 
venir el día, el Infernal aullido de las tropas de coyotes que, 
recorriendo los campos en pos de hombres y de caballos muer- 
tos que devorar, no cesaban un instante de atisbar los aloja- 
mientos para aprovechar los descuidos del alojado, obligaban 
al extenuado viajero no sólo a dormir a medias, sino a acudir 
a cada rato a reavivar el fuego, única valla que contenía así 
al coyote como al oso, espantable terror de aquellas comarcas. 

Así marché cuatro días seguidos, y en la mañana del quin- 
to llegué sin novedad a Sacramento. 

¡Cuántos adelantos materiales en tan cortísimo tiempo! 
Ya Sacramento había dejado de ser lo que el día antes no 
más fué. 

Delineada la ciudad, alzábanse ya en ella muchas casas 
de sumo valor, porque la tabla, único material empleado en 
las consti-u ce iones se vendía a razón de 75 centavos el pie. 



RECUERDOS DEL PASADO 295 

Ya no se regalaban sitios: se vendían, y se vendían caros; y 
en el puerto, a más de las embarcaciones menores, ostentaban 
sus desiertos cascos y arboladuras veinte barcos de más de 
300 toneladas y como 30 bergantines. 

En medio del bullicio y de las acostumbradas carreras, no 
me costó poco trabajo orientarme para dar con la casa, o más 
bien con la tienda del señor Guilespie, honrado y flemático 
gringo americano a quien, recién llegados a Sacramento, ven- 
dimos el vino y el chivato de Tiltil. 

Habíame cobrado este hombre particular cariño, y como 
nos dimos el cordial apretón de manos en el momento que él 
se disponía a ir a reconocer un terreno que pensaba comprar 
a una milla de distancia del pueblo, alegre con mi inesperada 
llegada, por aprovechar, como él decía, mis conocimientos de 
campo, me propuso le acompañase. Desembarazado, pues, del 
molestísimo peso que llevaba a cuesta, sin más trámites y co- 
mo por vía de descanso, nos pusimos en el acto en marcha. 

La mano protectora de la Providencia fué la que guió 
nuestros pasos en esta excursión, puesto que volviendQ de 
ella y en los momentos en que pasábamos el sol bajo un 
árbol, ocurrió aquel espantoso lance que expuso a nuestro pai- 
sano Alvarez a una muerte desastrosa; bárbaro asesinato que 
por fortuna logramos evitar, como lo dejo expuesto en la pri- 
mera parte de este viaje. 

Escritos estos recuerdos, llegó últimamente a mis manos 
la obra de S. C. Upham, y no ha sido poca mi admiración al 
ver que el espíritu de elogiar todo aquello que sabe a nacio- 
nal, hubiese cegado al sabio escritor hasta el extremo de ha- 
cerle sentar bajo su respetable firma, esta frase que encuen- 
tro en la página 324 de sus "Notes of a voyage to CALIFORNIA 
(Philadelphia) 1878": 

Yet paradoxical as it may seem, it is nevertheless true, 
that Ufe and property are as secure here, as in the dties of 
New York, Boston or Philadelphia". 

Medrados estarían cuantos viajasen por aquellos centros 
de civilización y de cultura si tal seguridad de vidas y hacien- 
da en ellos se encontrase. Cierto es que las calles y las playas 
estaban atestadas de mercaderías que importaban millones de 
pesos sin aparente custodia; pero no se dé a entender por 
esto que la moralidad era su salvaguardia, porque ese aparen- 
te abandono presuponía, ya la presencia del dueño en medio 
de los agitados concurrentes, ya el cañón de un rifle consti- 
tuido en lejano centinela. 

La seguridad individual propia de aquella época de des- 
gobierno no dependía ni podía depender de otra cosa que del 



296 VICENTE PÉREZ ROSALES 

número d€ los asociados para la mutua defensa, o de la su- 
perioridad de las armas que cargaba el agredido. 

Vueltos a casa de Guilespie, donde asilamos al pobre 
caballero, a quien la emoción había perturbado el juicio, a 
poco de departir sobre nuestras aventuras y nuestras íuturas 
esperanzas, la suma amabilidad de mi amigo estuvo a punto 
de costamos a ambos la vida. 

Tenía el buen Guilespie guardado un tarro de ostras para 
cuando repicasen fuerte, y como diese por sentado que con 
mi llegada se habían echado a vuelo todas las campanas del 
mundo, salió el tarro a lucir, y tanto el huésped como el con- 
vidado, nos pusimos gustosísimos a dar cuenta de tan raro 
manjar por esos mundos. 

Al principio el líquido del incurtido me pareció dulce y 
su color lechoso; pero como sólo me vino a dar cuidado cuan- 
do sentí violentos dolores de estómago, ya el mal estaba 
hecho. Mi compañero que, según supe después, había sentido 
los mismos síntoma^s, buscó y encontró pretexto para salir de 
la tienda, precisamente cuando yo, sin poderlo remediar, 
prorrumpía en los vómitos más recios, acompañados de agu- 
dos dolores en el estómago. Ardiendo y sudando al mismo 
tiempo, quiso la suerte que pudiese arrastrarme hasta una 
tienda donde me pareció que oía hablar francés, y a mis sú- 
plicas por que me diesen agua, aquellos hombres al verme el 
demudado semblante, acudieron bondadosos a favorecerme. 
Toda el agua que bebía me parecía poca, hasta que las últi- 
mas arcadas, que fueron de sangre, me comenzaron a calmar. 
En el acto supliqué a aquellas caritativas gentes acudiesen 
al socorro de Guilespie, y habiéndolo conseguido, al día si- 
guiente ese pobre gringo y yo, ya fuera de peligro, compar- 
tíamos la única cama que había en la tienda, tan estropeados 
y molidos como si nos hubiesen dado la más atroz de las 
palizas. 

En California nadie tenía tiempo para enfermar; así fué 
que a los dos días de convalecencia, una chalupa de Guiles- 
pie, provista de todo lo necesario para un viaje, me conducía 
por el Sacramento, aguas abajo, en demanda de la ciudad 
y puerto de San Francisco. 

Tiene el Sacramento brazos muy sem^e jantes, salvo su 
hondura y la carencia de festones de copihues que suspen- 
didos en los árboles riberanos se miran en sus tranquilas 
aguas, al cuerpo principal de nuestro rio Valdivia. 

Navegando sin la menor fatiga y llena de proyectos la 
cabeza, no tardé en llegar al vasto explayado en que este rio 
y el San Joaquín mezclan sus aguas para marchar unidos 



RECUERDOS DEL PASADO 297 

hasta perderse en las del Pacifico. El aspecto de esta curio- 
sísima confluencia avivó mis deseos de recorrer personalmen- 
te, alguna parte por lo menos, de la segunda arteria fluvial 
que facilita el comercio interior de la Alta California. Dirigí, 
pues, la proa a lo que me parecía ser el álveo principal del 
laberinto de canales y de bancos de arena y fango que por 
razón de la vaciante se extendía ante mi vista. El periódico 
ir y venir de las altas y bajas mareas transforman día a día 
el aspecto de la confluencia de los dos ríos, ya en un profundo 
y tranquilo lago, ya en una marisma cubierta de bancos 
separados por una red de aguas más o menos profundas que 
en la época de las vaciantes dificulta mucho la entrada al 
canal principal que constituye el San Joaquín, 

La hora en que me encontraba marcaba precisamente el 
último término de la baja, y pude contar nueve lanchas, sie- 
te balandras y un bergantín goleta, recostados en un fango 
hediondo cubierto de espadañas, por entre las cuales, al lado 
de bancos de tortugas, que ipor su inmovilidad parecían dor- 
midas, se divisaban grupos de pasajeros que, con el fango 
hasta la rodilla, pugnaban dando voces de ¡A una! y maldi- 
ciendo por empujar las embarcaciones hacia honduras. 

Esta situación, por desagradable que fuese para los infe- 
lices enfangados en aquel endemoniado lodazal, no hubiera 
carecido de atractivos para un viajero que como yo contaba 
con tan pequeña embarcación, si nubes de ponzoñosos zan- 
cudos no hubieran formado sobre todos los transeúntes en 
aquel paso, una atmósfera viva que parecía hasta querer qui- 
tamos la respiración. Abandonando, pues, el aspecto de la 
parte poética de la situación, y dejando a gran prisa para 
después las reflexiones que despertaba él en mi ánimo, or- 
dené el hala avante, y con sólo dos cortas embarradas, nos 
encontramos en pleno álveo del San Joaquín, fuera ya del 
alcance de los gritos y de la vista de los malaventurados apren- 
dices de ranas que dejamos a la espalda. 

La carencia de conocimientos de los álveos de esita con- 
fluencia, y la manía de no alquilar prácticos por considerarse 
otro Nelson cada yanqui en cuya mano ponía el acaso algún 
timón, era causa de que para recorrer las 160 millas que me- 
dian entre San Francisco y Stockton, se echasen hasta cinco 
días de molestísimo viaje. 

El río San Joaquín, salvo su rumbo, es idéntico por su 
hondura y por la apacible corriente de sus aguas al del Sa- 
cramento. No tardamos, pues, después de una agradable tra- 
vesía, en avistar a Stockton. 

Esta pequeña aldea, que por su situación parece llamada 



298 VICENTE PÉREZ ROSALES 

a desempeñar el tercer papel entre los principales centros 
del comercio interior, debe su existencia al aventurero We- 
ber, que siendo uno de los protegidos extranjeros a quienes 
México agració con tierras, fué también uno de los primeros 
que, abandonando el arado por la espada, sirvieron bajo las 
órdenes del comodoro Stockton, cuyo nombre dio al pueblo de 
sus afecciones. 

Conté en esta naciente aldea 60 casas de madera, y en- 
tre tiendas de campaña, toldos y enramadas, cosa de 180 
hogares. Dijéronme las autoridades que su población fija no 
bajaba de mil almas; pero que la ambulante pasaba día a 
día, contando desde un mes atrás, de más de 2,500. 

En California ver a un pueblo nuevo, era verlos a todos 
a un tiempo; porque salvo su asiento topográfico y la natu- 
raleza de las ocupaciones especiales que él imponía, en todos, 
con lo primero que se topaba, era con los corredores o agen- 
tes de ciudades, con sus planos, sus ponderaciones y su febril 
actividad. En todos sólo se encontraban hombres de raras 
cataduras y de extravagantes trajes; gentes al parecer ata- 
readas, llevándose como huracanes cuanto encontraban por 
delante; perdonavidas armados hasta los dientes; y en todas 
partes, al compás del martillo y de la sierra, resonaban can- 
tos, maldiciones y estampidos de las armas de fuego. El pavi- 
mento de las calles era de cascos de botellas que salían a 
cada paso desocupadas a guisa de proyectiles por las puertas 
de los figones, los cuales, atestados de mercaderías en buen 
estado o averiadas, esperaban sólo al martiliero para cam- 
biar de dueño. Hombres quebrados hoy, ricos mañana, más 
quebrados pasado mañana y millonarios después, se veían a 
cada rato, así como cuadros de mujeres desnudas en los ca- 
fés, a falta de mujeres de carne y hueso. 

Noté en Stockton lo que aún no había visto ni en Sacra- 
mento ni en San Francisco: una horca, instalada de firme en 
su barrio occidental. Las que se usaban asi en los pueblos 
como en los campos, eran más naturales, puesto que basta- 
ba para suspender del pescuezo a un bribón, el primer brazo 
de árbol que se encontraba a mano; por esto no carece de 
gracia el dicho del periodista Upham, que al referirse a la 
de Stockton, la llamó signo de civilización. 

Stockton era e> centro del comercio que aprisionaba a 
los mineros y recogía el oro de todos los lavaderos llamados 
del sur. 

Después de dos días de estada en aquella plaza, empu- 
ñando de nuevo la bayona de mi chalupa, me dirigí a San 
Francisco, donde desembarqué a los cuatro días de mi salida 



RECUERDOS DEL PASADO 299 

'del mineral, molido y estropeado, es cierto, pero lleno de re- 
solución y de contento. 

¡Cuan distinto de lo que antes era encontré a San Fran- 
cisco a mi llegada! La toldería salpicada de cimientos de más 
o menos valiosos edificios habia desaparecido; los toldos y 
enramadas se habían transformado en casas alineadas, bien 
que de precipitada y rústica construcción; los cimientos de 
suntuosos hoteles, y el extremo de las calles, que se detenían 
antes en el fango de las altas mareas, se prolongaban bahía 
adentro por medio de muelles suspendidos sobre poderosos 
troncos de pino colorado clavados a fuerza de martinete en 
el fondo de las aguas. Los sitios que antes se regalaban a des- 
tajo, se medían ahora por pies y su valor sobrepujaba el tér- 
mino de lo subido. 

Los adelantos de este pueblo, inesperados sobre todo pa- 
ra hombres como nosotros, acostumbrados a ver caminar a 
•paso de tortuga las aldeas chilenas, me convencieron de la 
magnitud del error que habíamos cometido al desechar los 
sitios que nos regalaban, con tal que los ocupásemos con 
nuestras hermosas tiendas de campaña; ¿y cómo no apesa- 
rarse de haber mirado en poco lo que tanto y en tan breve 
tiempo debía de valer? 

Aquí cabe decir, sin ánimo de ofender a nadie, que sólo 
hicieron fortuna en California los que no tuvieron arrojo 
para lanzarse en pos de ella, despreciando el hambre, las fa- 
tigas y los peligros; puesto que, unos con admitir sitios de 
balde, otros por haberse hecho de ellos a vil precio, y otros 
con esperarla tras de algunos bultos de mercaderías que el 
acaso, más que el cálculo, les hizo llevar a ese país, se encon- 
traron de la noche a la mañana poseedores de positivas ri- 
quezas. 

La bahía estaba atestada de buques, todos desiertos. Sus 
pasajeros y tripulaciones hacían subir la población de trán- 
sito a más de 30,000 almas; y era tan febril la actividad de 
los estantes y transeúntes, que la ciudad se veía transfor- 
marse y crecer como por encanto. Largos muelles susten- 
tados por poderosos pilotes de pino colorado, ya construidos, 
y a pesar de esto, prolongándose; y otros a medio construir, 
en cada una de las bocacalles que caían a la marina, dispu- 
taban a los barros de las bajas mareas, asiento para el trán- 
sito y para nuevos edificios. Aquí, a falta de prontos mate- 
riales para, los muelles, se amontonaban en la fangosa orilla 
del mar, cajones y sacos llenos de tierra; allí, para no perder 
tiempo, se improvisaban muelles, bodegas y calles, enfan- 
gando buques puestos en hilera a continuación de ellas, y se 



300 VICENTE PÉREZ ROSALES 

construían oficinas sobre varones y vigas apoyadas en sus 
costados. 

Uno de los primeros inventores d<? transformar buques 
en morada de tierra firme fué el joven chileno don Wen- 
ceslao Urbistondo, quien, aprovechando de un oportuno ple- 
nilunio, prolongó con su desierta e inútil barca la calle situa- 
da al pie de la colina que limita a la izquierda el plan del 
puerto, valiéndose para salvar los barros que mediaban entre 
la popa de la embarcación y la calle, de los mismos mástiles 
convertidos en puente. 

En las calles se formaban veredas hasta con líos de char- 
qui que, a falta de más barato y rápido terraplén, se sumer- 
gían en el barro junto a las casas, para poder transitar sin 
enfangarse hasta la rodilla. 

El comercio sufría en aquella ciudad los periódicos con- 
trastes de las mareas; unas veces el agua lo invadía todo, 
despreciando con su abundancia los valores más acreditados; 
otras lo dejaban todo en seco, sin que el más previsor pudiese 
verse libre de los ruinosos chascos que producen las altas 
y las bajas inesperadas. Este se hacia rico sin saber por qué 
y actuél se arruinaba contra las previsiones del cálculo más 
cauteloso. Recuerdo que vista la escasez de los medios de 
construcción, se pidieron casas hechas a Ohile, y que cuand^r 
éstas llegaron, abundaban ya en tanto grado en San Fran- 
cisco, que los que las habían encargado tuvieron que pagar 
para que alguno se hiciese dueño de ellas y se encargase de 
desembarcarlas. Yo soy testigo y víctima de lo que refiero. 

Sin embargo, nadie desmayaba, porque hasta para que 
recobraran su valor los efectos menos precisados, se impro- 
visaron oportunísimos incendios, que día a día y con peligro 
de arrasarlo todo, se veían surgir en todas partes. 

En este teatro de la más estrepitosa feria internacional 
de cuantas recuerda la memoria humana, ningún actor re- 
presentaba el papel que le había cabido en suerte en su pro- 
pia patria. El amo se transformaba en criado, el abogado en 
fletero, el médico en cargador, el marino en destripaterrones, 
y el filósofo, abandonando las i-egiones del vacío, en el máá 
posi^ñvo obrero de ia materia. He visto sin sorpresa, pero con 
Justo orgullo de chileno, al afeminado y tierno petimetre 
de Santiago, pendiente aún del ojal de una sudada camisa 
de lana la cadena de oro que engalanaba su chaleco en los 
bailes de la capital, cargar, con la rl^ en los labios y el agua 
del mar a la cintura, efectos de un fnembrudo y alquitranado 
marinero, recibir el precio del jornal y ofrecer, incontinenti, 
a otro patán sus oportunos servicios. 



RECUERDOS DEL PASADO 301 

En todas partes s€ alzaban pomposos cartelones. Sobre 
una barraca se leía: Hotel Fremon. Sobre la flexible lona ác 
una tienda, del que tal vez no pasó de sepulturero: Fulano, 
médico y cirujano. Sobre el toldo de un conocido corredor de 
pólizas de Valparaíso: Fulano, consejero en leyes; Fulano y 
Cía., comisionistas en todas partes. Y en la enramada de un 
antiguo peluquero de Santiago: Hotel Francés. Lo mismo ha- 
cían les chilenos, de cuyas principales familias bien pocas se 
libraron de lucir sus apellidos en California. 

La muchedumbre de hombres y siempre hombres, porque 
lo qu€ era mujeres aún no habían entrado en moda por allá, 
había hecho necesario establecer siquiera un simulacro de 
gobierno civil en aquella torre de Babel. 

Erigióse, en efecto, algo parecido con el nombre de Al- 
calde, funcionario cuyas atribuciones reflejaban perfecta- 
mente las de nuestros antiguos subdelegados; lo único que 
podía distinguir a aquél de éstos, era que las órdenes y de- 
cretos de los subdelegados chilenos, fuesen justas o injustas, 
se cumplían, al paso que sólo la conveniencia sancionaba las 
del Alcalde californés o sanfrancisqueño. 

Atraído por el bullicio de un tropel de gente, por algunos 
■gritos y no pocas maldiciones, vi que a punta de pescozones 
llevaban, a pesar suyo, a uno de tantos a la presencia del 
Alcalde. Hiceme encontradizo y entré con los demás al tribu- 
nal, que era una gran bodega con una puerta en un extremo 
y una ventana baja en el otro, lugar que ocupaba el juez. El 
Alcalde, después de un breve coloquio con los acusadores y 
con el reo, como el tiQmpo es plata, se dio por enterado, y 
puesto de pie dijo en alta voz: 

— ¡Oigan! ¡oigan!, ¡condeno al reo a cincuenta azotes 
que deben aplicársele en el acto! 

A la voz de cincuenta azotes, no tardó en contestar otra, 
que aunque aguardentosa y llena de hipos, articuló también 
un ¡oigan! ¡oigan! 

Todos miramos al lado de donde salía aquel berrido, y 
vimos con extrañeza que lo despedía un oregonés, quien, su- 
jetándose apenas sobre los hombros de otros dos morrudos 
compañeros transformados en tribuna, después de un nuevo 
¡oigan! ¡oigan!, de ordenanza, dijo: 

— ¡Ciudadanos! Ya que el Alcalde opina por la inmediata 
aplicación de cincuenta azotes a ese ciudadano de los Esta- 
dos Unidos, yo propongo que diez de nosotros llevemos al Al- 
calde hasta una milla de distancia de aquí a fuerza de pun- 
tapiés en el . . . ! ! 

— ¡Hurraaü exclamaron todos a un tiempo; y el mismo 



302 VICENTE PÉREZ ROSALES 

reo y todos los demás iban a lanzar&e ya sobre ei Alcalde, 
cuando éste, más ligero que un conejo, saltando por la ven- 
tana, logró hacerse humo por entre las vecinas encrucijadas. 

Con semejantes jueces y semejantes litigantes, no era, 
pues, de extrañar aue las cuestiones en primera era y se- 
gunda instancia las dirimiese la pistola o el puñal. 

Nada tenian d€ cordiales las relaciones que existían en- 
tre los chilenos y los americanos, y el decreto del general 
Persiflor Smith, expedido desde Panamá, en el que se expre- 
saba que "todo extranjero quedaba desde esa fecha excluido 
del derecho de explotar minas en California", vino a poner 
el colmo a los desafueros que se cometieron contra los pací- 
ficos e indefensos chilenos. 

Alarmados con esto, el comercio y las autoridades pro- 
pusieron a los extranjeros que se declarasen ciudadanos de 
la Unión, adjudicando por sólo el valor de diez pesos tan 
importante título. Pero este salvoconducto sólo podía servir 
a medias en el lugar donde se recibía, porque saliendo de' él 
más era objeto de pifia que de resguardo. Poco tiempo des- 
pués el gobierno provisional de San José declaró libre para él 
extranjero el trabajo de las minas, con el solo cargo de pagar 
cada uno 20 pesos adelantados cada mes. El recibo debía 
servir de suficiente autorización para poder trabajar ._ Pero, 
¡cuántos ch-oques no resultaron de semejante acuerdo entre 
recaudadores y contribuyentes! 

La mala voluntad del yanqui vulgar contra los hijos de 
otras naciones, y muy esnecialmente contra los chilenos, se 
había, pues, acentuado. Hacíanse un argumento sencillo y 
concluyente: el chileno era hijo de español, el español tenía 
sangre mora, luego el chileno debía ser por lo menos hoten- 
tote o, muy piadosamente hablando, algo de muy semejante 
al humillado y tímido calif ornes. Habíaseles indigestado el 
arrojo del chileno, que, sumiso en su país, deja de serlo en 
el extranjero, aunque sea ante una pistola encarada al pecho, 
siempre que él pueda apoyar la mano sobre la empuñadura 
de su puñal. El chileno, por su parte, detestaba al yanqui, a 
quien calificaba de cobarde a cada rato, y esta mutua mala 
voluntad explica las sangrientas desgracias y las atrocidades 
que a cada paso presenciábamos en el país del oro y de las 
esperanzas. 

No. tardó en formarse en San Francisco una sociedad' de 
bandidos denominada Galgos, compuesta de vagos, jugado- 
res y borrachos, que, unidos por la mancomunidad del cri- 
men, tenían por lema salirse siempre con la suya. Prece- 
díanlos en todas partes el asco y el miedo que infundían con 



RECUERDOS DEL PASADO 303 

sü provocadora presencia, y en toda^ partes, la camorra y la 
violencia, que no les perdían pisadas donde establecían sus 
reales. 

CJomo no siempre se salieran con la suya, cuando reco- 
rrían la puntilla de la derecha, donde se había formado una 
especie de Chiiecito aislado del centro de la ciudad, resol- 
vieron los malhechores galgos darles una violenta zurra, y 
como en California tiempo es plata, estos desalmados, en nú- 
mero crecido, acometieron a los desprevenidos chilenos de 
aquel rincón, a palos y a pistoletazos. 

De presumir es el alboroto y la srrita que se armó en 
aquel lugar por tan brutal e inmotivado atropello. Los chile- 
nos, vueltos en sí. empezaron a lanzar una lluvia de piedras 
sobre sus agresores. Un respetable caballero chileno, no pu- 
diendo huir por la puerta de su tienda, por encontrarse en 
ella varios galgos que le acometían, tendió de un pistoletazo 
al primero que se le acercó, y rasgando con el puñal la lona 
de la tienda alcanzó, escapando por aquella puerta improvi- 
sada, la fortuna de unirse ileso a sus demás compañeros: 
Branam, el ex mormón dueño de la inolvidable Daice-ma'y- 
nana, informado por algunos chilenos de lo que ocurría en 
la puntilla, se lanzó lleno de justa indignación sobre el te- 
jado de su casa, y dando desde allí grandes voces para lla- 
mar al pueblo a reunirse, con breves y enérgicas palabras 
manifestó que ya era tiempo de ejemplarizar tan inauditos 
desmanes contra los hijos de un país amigo, que mandaba 
día a día a San Francisco, junto con la mejor harina flor, 
¡los mejores brazos del mundo para cortar adobes! Propongo, 
agregó, para hacer el desagravio más completo, que chilenos 
de buena voluntad, capitaneados por ciudadanos de los Es- 
tados Unidos, acudan en el acto a aprehender a los pertur- 
badores del orden. 

Un hurra general que retumbó en la puntilla agredida 
y la presencia casi instantánea de los improvisados protec- 
tores del orden, puso término a una salvajada que pudo 
haber acarreado las más desastrosas consecuencias. 

Dieciocho bandidos sacados a viva fuerza de sus escon- 
dites fueron remitidos en calidad de presos a bordo de la 
corbeta "Warren", de la escuadra yanqui, y con esto se resta- 
bleció la caima en aquel infierno. 

Tres días después, cuando más activaba mis diligencias 
para volver al lado de los míes, leí con sobresalto en el diario 
de San Francisco, esta alarmante noticia: 

"¡Sangre norteamericana vertida por infames chilenos en 
los placeres! ¡Alerta ciudadano!" 



364 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Al día siguiente la noticia había tomado proporciones 
sin medida; y en la noche se corrió que no sólo habían sido 
expulsados con violencia los chilenos del lado de San Joa- 
quín sino que la misma partida de malhechores que los per- 
seguía, instigada por el robo y la venganza, se dirigía sobre 
los demás chilenos que trabajaban en los tributarios del rio 
Americano . 

¡Juzgúese cuál sería mi situación cuando titubeando to- 
davía sobre lo que me restaba que hacer en tan angustioso 
trance, me dio un conocido la exageradísima noticia de que 
se acababan de perpetrar en el Molino las mayores atrocida- 
des contra los chilenos! Confieso mi pecado. Ni la distancia 
que mediaba entre el Molino y San Francisco, distancia que 
yo conocía tan bien, ni la conocida imposibilidad de hacer 
llegar volando las noticias, fueron parte a hacerme descon- 
fiar de la que se me acababa de dar. 

¡Estaban mis hermanos de por medio, era necesario que 
perdiese el juicio! ¡Mis hermanos, mis pobres hermanos solos 
por allá, y yo sin poder compartir con ellos sus desgracias! 
¡Desatentado, sin más equipaje que mis armas, sin más es- 
peranzas que la de vengarlos, pagué 200 pesos por un bote 
que debía arrojarme en las playas del Sacramento, y sin oír 
las reflexiones de la prudencia, ni atreverme a hacérmelas, 
me entregué a la violencia de mi destino! 

¿A dónde iba? ¿Qué pretendía hacer? Lo ignoro. ¡Lo úni- 
co que recuerdo es que todo me parecía hacedero, todo fácil, 
menos volver sin mis hermanos a Chile! 

Bogamos noche y día sin descanso, llegamos a Sacra- 
mento, salté al agua sin esperar atracar al muelle, y lleno 
el corazón de angustia, corrí hasta llegar a casa de Guilespie. 

Juzgúese cuál debía ser mi sorpresa. ¡Dios no me había 
abandonado! Mis hermanos, llegados el día antes a Sacra- 
mento, pobres y despojados de cuanto tenían, pero ilesos, 
acordaban con Guilespie el cómo reunirse cuanto antes con- 
migo en San Francisco. ¡Llegar, verlos, contarlos y desplo- 
marme de emoción, fué todo uno! ¡Ah!, ¡es preciso haberse 
encontrado en mi í:ituación para comprenderla! La desespe- 
ración, el despecho, tal vez el espíritu de venganza, habrían 
seguido dando a mi enfermizo cuerpo la fuerza y el vigor 
que el exceso de la dicha me quitó en aquel momento. 

Juntos todos en la tarde, bajo un modesto toldo de sara- 
pes, e impuestos de nuestras mutuas aventuras, no tardó en 
venirnos a buscar la alegría, haciéndonos entender que todo 
lo pasado no era ni podía ser más que una mala y ridicula 
pesadilla. En efecto, estábamos buenos y sanos y de la cuen- 



RECUERDOS DEL PASADO 305 

ta no faltaba ninguno: ¡qué más podíamos desear! No ha- 
bían necesitado los yanquis de grandes violencias para ex- 
pulsar a los intrusos chilenos del Molino. Fueron sí robados 
y despojados de cuanto tenían; pero esto en California no 
tenía significado atendible. 

Los demás compañeros habían tocado a dispersión. Esa 
misma noche nos declaramos en comité para decidir lo que 
en adelante debíamos hacer. Ninguno opinó por el regreso 
a Chile; antes bien, se adoptó por unanimidad volver a lu- 
char de nuevo contra la adversa suerte, modificando si el 
sistema de ataque, hasta domarla. 



CAPITULO XVIII 

Entramos en la vida del comercio. — Cuál fué éste. — Compra 
de una lancha. — Dificultades legales para la navega- 
ción de les ríos y modo poco decente de vencerlas. — 
Viaje en la "Impermeable". — Culebras y zancudos cali- 
Jorneses. — Muerte del joven Martínez. — Las tercianas 
en Sacramento. — Hospital Chileno de los señores Luco. 
— Fundación de un hotel en San Francisco. — El pozo 
de don Juan Nepoinuceno Espejo. — Nos convertimos en 
sirvientes. — Aventura de la leche. — ^ Mi viaje a Monte- 
rrey. — Lo que valía un chileno en California. — Monte- 
rrey. — Sus obsequiosos habitantes . — Sarao. — Valioso 
regalo y mi regreso a San Francisco. — Llegada de las 
primeras mujeres a ese pueblo. — Repugnantes cuadros 
plásticos en los cafés. — Remate de mujeres a bordo de 
los buques. — El juego. — Elecciones para la convención 
de San José. — Incendio y ruina de San Francisco. — 
Nos transformamos en marineros. — Regreso a Chile. 

No eran las minas el único negocio que en aquella época 
ofreciera al trabajo California. Broceadas éstas para los de 
afuera, aún quedaba el comercio, que estaba entonces en 
poderosos alcance. Sabíamos por experiencia que los comer- 
ciantes al menudeo y los ociosos lucraban más que los traba- 
jadores e industriales; y este motivo, a poco discurrir, nos 
determinó a erigir altares al buen Mercurio, dios de los la- 
drones. Faltábanos, es cierto, el saco tradicional, las alitas en 
los pies y el caduceo, arreos propios de esta alma de los mer- 
caderes; pero mis hermanos no se detuvieron por tan poco. 
Pormaron el saco con el conjunto de varios saquitos de polvo 
de oro, escapados por milagro entre los pliegues de sus cin- 
turones; las alitas debía yo comprarlas en San Francisco, 
transformadas en un lanchón, y no nos acordamos del ca- 
duceo por no haberle encontrado significado práctico. 

Constituido en gerente y cabecera de la sociedad Pérez 
Hnos., al día siguiente de nuestro encuentro navegaba de 
nuevo ya el feliz Decano, aguas abajo, la hermosa ría que 
conduce a San Francisco. 



306 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Propicia era por demás la ocasión que parecía bendecir 
nuestro cambio de frente para entrar en la vía del comercio. 
Como el furor de recoger oro con la propia mano, a todos 
trabucaba la mollera, nadie se fijaba que lo que valía ciento 
en el interior, casi se regalaba en San Francisco. El número 
de inmigrantes era tan crecido, y tan engorrosos para la 
marcha los efectos que desembarcaban, que, a trueque de no 
perder tiempo, lo que no se vendía a vil precio, se arrojaba. 

Parecía que por momentos aumentaba también el núme- 
ro de chilenos conocidos que desembarcaban en San Fran- 
cisco, y venían con tales bríos que hasta miraban en menos 
al chileno que no encontraban convertido en Creso. Sólo los 
incapaces o los flojos podían estar pobres y desalentados. 

Yo, después de contestar las atropelladas preguntas que 
me dirigían, dejándolos echar plantas, proseguía silencioso 
acarreando a la playa unos líos de charqui apolillado que 
acababa de comprar a razón de dos pesos eí lío, diciendo para 
mis adentros: está visto, estos niños no saben todavía lo que 
es canela. 

¡Y cuan pronto lo supieron! íY cuántas bravatas se tor- 
naron en lamentos! 

Entre los infinitos conocidos y parientes con quienes a 
cada rato me encontraba, oyéndome decir don Miguel Ra- 
mírez que iba a comprar una embarcación, propuso ven- 
derme una lancha de 12 toneladas que acababa de rematar 
en 700 pesos, y que por no necesitarla ya, pues en vez de 
lanchero quería convertirse en aserrador, me la vendería en 
300. Se hizo el trato. 

Ayudado de tres jóvenes chilenos convertidos en mari- 
neros para costear con su trabajo el viaje a Sacramento, el 
capitán Decano, ex cocinero y contador de los trabajos de 
minas del Mohno y actual negociante y armador, no tardó 
en completar la carga de la Infatigable, que asi se llamaba 
su envidiable lanchón. 

Constaba el cargamento de ocho líos de charqui consi- 
derablemente aligerados por los estragos de la polilla; de 
veinte quintales de fracciones de quesos de Chanco, cuida- 
dosamente cuadrados a cuchillo, para librar la parte sana 
de los efectos de la podredumbre; de icuatro sacos de desca- 
rozados; de dos barriles de chivato de a dos arrobas cada 
uno; de un cajoncito de tarros con dulce que recibí de Chile; 
y de dos sacos de harina tostada. 

Ibame yo a embarcar, cuando el diablo, que no puede 
ser otro, casi cargó con todo mi negocio. Significóme un 
agente de aduana que no me moviese de donde estaba, por- 



RECUERDOS DEL PASADO 809 

que mi embarcación no habia sido construida en Norte Amé- 
rica, ni su quilla era de madera americana, dos requisitos 
indispensables para el cabotaje en los rios. Dando a Barra- 
bás con semejante contratiempo, en un país donde tiempo 
es plata, ocurrióseme en el acto invertir el orden de estos 
dos sustantivos y diciéndome: si tiempo es plata, claro está 
que plata es tiempo, y no sólo es tiempo sino cuanto hay 
en este mundo, y sin más esperar me di a correr tras un 
corredor de pólizas de Valparaíso, convertido en abogado o 
consejero en leyes, como el cartelón de su casa lo decía. 
Fingió no conocerme, ni aun conocer el español. Poco tiem- 
po en Chile... Dijome que mi lancha era muy conocida, 
que no necesitaba ni saber dónde estaba; pero que mi asunto 
era muy delicado, aunque no imposible. 

— Pida usted lo que le pareciere — repuse — , porque si salgo 
mal. cargue conmigo una fanega de demonios. 

— ^Pues bien — dijo él entonces con suma gravedad — , co- 
mience usted por depositar la mitad del importe de las dili- 
gencias, y procederemos. 

Entregúele 450 pesos en oro, y ya estaba del lado de afue- 
ra, cuando me gritó: 

— ¿Chalupa es, o no? 

— ^No, señor — contesté con incomodidad — , lancha, y lan- 
cha de 12 toneladas, con nombre de Infatigable. 

Y el bribón decía que la conocía, y que había estado poco 
tiempo en Chile, cuando había encanecido en él. 

Cuatro días después, un verdadero siglo en California, se 
me apareció el tal consejero en leyes con un legajo lleno de 
garabatos en el cual se encontraban pruebas incuestionablas 
de que la madera de mi cascarón habia sido cortada en el 
bosque de la Berenjena de la Unión, y que en San Francisco 
mismo estaba, de tránsito para el interior, el mismo cons- 
tructor que había labrado la quilla del falucho. Constaba, 
además, que no sólo la embarcación era pura sangre, sino 
que hasta su mismo nombre lo era, porque en vez de decir 
infatigable, como los bárbaros mexicanos que no satoen el 
inglés la pronunciaban, debía decirse Impermeable. 

¡Anda con Dios! 

Dueño, señor y capitán de embarcación americana, con 
"un recargo de novecientos pesos de valor por semejante gra- 
cia, procedí a ponerme en franquía. 

Constaba el personal de la expedición de cinco personas, 
de capitán a grumete: dos chilotes Velásquez, un Valdivia de 
Casablanca, un joven Martínez, del sur, y yo. 

Martínez, que tendría como veintidós años, y que había 



310 VICENTE PÉREZ ROSALES 

sabido captarse mi voluntad, tanto por su fino trato cuanto 
por su simpática fig:ura, padecía de tercianas, enfermedad 
que cuando le atacaba le aniquilaba tanto, que pasados ios 
accesos de frío y de calor, quedaba Martínez por más de una 
hora en una especie de modorra muy semejante a un prolon- 
gado desmayo. ¡Ojalá no lo hubiésemos embarcado! 

Como la violencia de la vaciante había hecho zozobrar en 
la mañana a dos chalupas, perdiéndose con ellas cuantos las 
tripulaban, incluso tres chilenos, en los remolinos o peque- 
ñas vorágines del canal que comunicaba la bahía con el Pa- 
cífico, resolví no volverme sino con la creciente, y en la es- 
pera tuve ocasión de observar con espanto los efectos de la 
terciana sobre el desmedrado cuerpo del pobre compañero 
Martínez. 

Navegó tres días consecutivos con marea y vientos favo- 
rables la gallarda Impermeable, dando y recibiendo ¡burras! 
de cuantas embarcaciones íbamos dejando atrás, hasta en- 
trar en las aguas del Suisun, donde, flaqueando el viento", 
comenzó también la marea a ser contraria. A eso de medio- 
día, obligados a aguantarnos amarrados a un tronco a medio 
ahogar y cubierto de tortugas, el calor nos obligó a buscar 
alguna sombra en tierra y a esperar en ella la vuelta de la 
marea. 

Acababa, por desgracia, de sufrir Martínez otro furioso 
ataque de la cruel enfermedad que padecía, le acomodamos 
lo mejor que pudimos bajo un toldo de lona, colocamos a su 
alcance una escudilla con agua azucarada, y dejándole amo- 
dorrado, saltamos en tierra condolidos, pero muy ajenos de 
lo que se nos esperaba a la vuelta. 

Ya he indicado cuan inmensa era la plaga de ponzoñosos 
y tenaces zancudos que infestaban las márgenes pantanosas 
de los ríos Sacramento y San Joaquín, en cuya^ confluencias 
tenían su principal asiento estos molestísimos insectos. 

Defendiéndonos como podíamos a pañuelazos, nos asila- 
mos bajo unos matorrales que daban frente a un pequeño 
plan desnudo de pasto y cubierto de pequeñas cuevas como 
las que forman nuestros cururos en los secanos de ultra Mau- 
le. Estuvimos allí como una hora sin darnos cabal cuenta del 
significado de muchos palitos secos como de tres pulgadas 
que parecían intencionalmente clavados en cada uno de los 
agujeros del suelo. Apenas, movido por la curiosidad, me 
acerqué a ellos, cuando retrocedí espantado gritando: ¡son 
culebras! 

Muchas regiones solitarias he recorrido en el curso de mi 
vida, y no recuerdo alguna que tenga más víboras y cule- 



RECUERDOS DEL PASADO 311 

bras que las que tiene, en algunas parles, el dorado suelo 
californés. La coral, la cascabel, se encuentran a cada paso 
entre multitud de otros ofidios de distintas clases y tamaños, 
qu€, aunque no todos venenosos, siempre espantan y desvían 
al viajero cuando los encuentra tomando el sol, de atravieso 
en los caminos. Las culebras que teníamos a la vista no eran 
de carácter sospechoso; ninguna de las muchas que matamos 
tenía la cabeza con escamas; antes bien, se asemejaban a 
las chilenas, que en vez de menudas escamas, tienen conchas 
a guisa de espalda de tortuga. 

Ocupados, quién sabe cuánto tiempo, en descabezar cu- 
lebras a varillazos, y en derribar a pedradas las muchas tor- 
tugas que engrosaban, puestas en fila, los troncos de los ár- 
boles recostados sobre el agua, perseguidos por los zancudos 
que llegaban a empañar la vista con sus bandadas, y que 
nos hacían pedazos con sus picadas, sin que el humo, las 
manotadas y los abanicazos con ramas fuesen parte a librar- 
nos de ellos, ya muy entrada la tarde nos recogimos a bordo. 

Hay ciertas impresiones que por su intensidad nunca se 
olvidan. Martínez, inmóvil, monstruosamente hinchado, con 
la cobija arrollada a los pies, sin duda a impulso de algún 
movimiento convulsivo, tenía todo el cuerpo, incluso la ca- 
beza, cubierto con una asquerosa y sangrienta mortaja de 
zancudos que, repletos y amodorrados, formaban sobre la 
.desgraciada víctima un lecho que el espanto nos hizo presu- 
mir de más de una pulgada de espesor. Ver aquello, precipi- 
tarnos sobre el pobre amigo, llamarlo, sacudirlo reventando 
millares de zancudos que nos empapaban las manos con san- 
gre, fué todo uno. Pero, tardío socorro: ¡Martínez estaba 
muerto! 

Carecíamos de herramientas para labrar 'alli una S|6- 
pultura; llevarle a Sacramento no tenía objeto; arrojarle en 
tierra para que fuese pasto de los coyotes, no podía caber en 
nuestra angustiada imaginación. ¡Al día siguiente, pues, des- 
pués de una noche atroz, las aguas del Sacramento recibieron 
con nuestras lágrimas el cuerpo inanimado de aquel joven 
infeliz, que el día antes no más había sido nuestro compañe- 
ro y nuestro amigo! 

La vida del marinero californés era entonces muy seme- 
jante a la del militar en campaña. Suele una lágrima hume- 
decer la tez tostada del adusto soldado, al estrechar por úl- 
tima vez la mano del muerto compañero; pero esa lágrima 
se enjuga pronto ante nuevo-s peligros o ante el entusiasmo 
que produce la victoria. 

La fresca brisa de la mañana, la desaparición de los 



312 VICENTE PÉREZ ROSALES 

zancudas barridos por ella. pI aspecto impouentt de las tran- 
quilas aguas del Suisun, el de los basques y graciosas colinas 
de sus lejanos contornos, la algazara de las aves, el continuo 
encuentro ue innumerables embarcaciones llenas de alegres 
pasajeros, y acaso la reflexión de que son lágrimas perdidas 
aquellas que se derraman sobre males sin remedio, no tar- 
daron en devolver a nuestros ánimos preocupados su primi- 
tiva energía. 

Llegado dos días después a Sacramento, mostré mi fac- 
tura a los hermanos, y llenos de entusiasmo porque los ar- 
tículos mercantiles que les llevaba se encontraban en una 
de aquellas alzas que tanto asombraban en California, pro- 
cedimos sin tardanza a su desembarco e instalación. 

Ya no teníamos tienda de campaña, el lujo había des- 
apaiecido. Media pieza de género de algodón suspendida en 
rústicas estacas era el techo de nuestra casa-almacén, cuyas 
paredes de ramas formaban a su sombra un modesto semi- 
círculo que nos preservaba del viento. 

A un cajón boca abajo colocado en la abertura que hacía 
de puerta se le adjudicó el nombre de mostrador, y, como 
todo el cargamento no cupiese dentro, se adjudicó también 
el nombre de bodega al trecho donde acomodamos a todo 
campo el resto. 

No tardaron en acudir algunos curiosos al ver instalada 
sobre el cajón la indispensable balancita de pesar oro, al lado 
de una rebanada de queso, de un montoncito de huesillos y 
de una botella con sus dos guapas copas al frente, que servían 
de vanguardia a los barriles de chivato que, como cuerpo de 
reserva, teníamos guardados más adentro. 

Todo se vendía a las mil maravillas, menos el charqui, 
que no podía salir a luz sin vergüenza. No sabiendo, pues, 
qué hacer con él, porque la polilla, a falta de otra cosa, podía 
emprender con nosotros mismos, acordó ex Directorio devolver 
al charqui, terraplenando sus agujeros con sebo, el aspecto 
y la gordura que le faltaban. 

Desarmados los líos, el charqui, que májs parecía jirones 
de harnero que charqui, fué sacudido y extendido sobre el pasto, 
donde después de darle por uno y otro lado una mano de 
sebo caliente, le dejamos un morpento al sol. Federico nos 
había traído el día antes un saco de cominos que unos chile- 
nos habían arrojado ai pie de un árbol, y como no hay cosa 
que no pueda utilizar la industria humana, aprovechándonos 
nosotros del incidente, derramamos sobre el charqui caliente 
aquel endemoniado condimento, y hecho esto, formamos con 
el todo una artística pirámide de Egipto. 



RECUERDOS DEL PASADO 313 



Al Olor que despedía tan estrambótica mercancía, acu- 
dieron dos acomodados señorones, a los cuales, contestando 
sus pre^ntas sobre lo que significaba tan aromáüco alimen- 
to, aseguramos que era el más encogido charqui que solía 
servirse en la mesa de la nobleza de Santiago, y que no 
habíamos podido colocarlo hasta entonces porque parecía que 
en California, a pesar del oro, más se atendía a lo malo y 
barato que a 4o bueno y caro. Mentimos como experimentados 
mercaderes cuando protestan ante alguna amable compra- 
dora que pierden plata en el negocie, que por ser a ella le 
dan el género a tan bajo precio, que no lo diga a nadie, etc. 
Aquellas excomulgadas garras se vendieron por libras, y lo 
que fué más aún, desaparecieron del sitio que ocupaban. El 
chivato se vendió por copitas a razón de seis reales copa, por 
ser del que bebía el duque de Orleáns, y así todo lo demás. 

Mientras esto acontecía, seguía llenándose con chilenos 
el pueblo de Sacramento, los cuales, despedidos de los lava- 
deros por la inseguridad, llegaban quejosos y desalentados a 
asilarse en él; y como si no bastasen para consumar la ruina 
de la raza proscrita las nuevas leyes y el encono yanqui, se le 
ocurrió también al clima venir a terciar en ei asunto. 

Los calores, obrando sobre los cienos y marismas que 
forman las juntas del río Sacramento con el Americano, co- 
menzaron a viciar tanto la pureza de la atmósfera con pú- 
tridas exhalaciones, que no tardaron éstas en desarrollar vio- 
lentas tercianas muy *aniquíladoras para unos y hasta mor- 
tales para otros. César, mi hermano, casi perdió la vida, y 
nuestra flamante sociedad mercantil tuvo en varias ocasio- 
nes que cambiar sus funciones de vendedora por las de se- 
pulturera. 

No se crea por esto, sin embargo, que es inhospitalario el 
clima californés. Por el contrario, colocado entre los grados 
32, 28 y 42 de latitud norte, extensión que equivale en nuestro 
país a la sección comprendida entre Coquimbo y Valdivia, el 
clima, en vez de ser de aquellos que llaman extremosos, entra 
en la categoría de los templados. Pero, son tantas las hondu- 
ras y altibajos propios de la región occidental del continente 
americano en toda .su dilatada extensión de N. a S., y tantas, 
por consiguiente, las causas que en esta sección concurren a 
alterar a cada paso la regularidad de las líneas isotermales, 
que hay momentos en que el viajero puede encontrarse entre 
calores iguales a los de la zona tórrida, y a poco andar, entre 
los hielos de las zonas polares. Caiifornia puede mirar como 
propios de su suelo las guindas y la manzana, al mlámo tiem- 
po que la pina y el algodón, del propio modo que las fiebres 



314 VICENTE PÉREZ ROSALES 



pútridas en los lugares aún descuidados, donde asienta de 
lleno un sol abrasador. 

En verano como en primavera, las mañanas y las tardes 
son frescas, y ardientes los mediodías. Los roclos de prima- 
vera, verano y otoño son muy copiosos, y los inviernos, a pe- 
sar de sus lluvias torrentosas, benignos. 

Debo a mi malogrado amigo doctor Predott, las siguientes 
observaciones termométricas correspondientes al año de 1849: 

Término medio Falirenheit 

Primavera 68 

Verano 70 

Otoño 67 

Invierno 61 

El mes de más calor alcanzó a 74 grados; el de más 
frío a 48. 

Volviendo a mi propósito, del que sólo me he separado 
un instante por cumplir con el deber de decir siempre la 
verdad que corresponde al viajero, las tercianas y otras fie- 
bres de mal carácter hacían tantos estragos entre los chile- 
nos y los extranjeros avecindados o de tránsito en Sacra- 
mento, que yo me maravillaba de cómo las autoridades, a 
las que acudimos siempre en Chile para cuanto hay, no im- 
provisaren siquiera un mal galpón hospitalario para los des- 
validos que morían sin el menor recurso, después de vagar 
esqueletados y temblorosos implorando auxilios que el egoísmo 
de la época les negaba. 

Las autoridades yanquis miraban impasibles los progresos 
de esa epidemia aterradora, por estar persuadidas de que ac- 
tos de beneficencia corresponden a los mismus vecinos del 
lugar y no a los gobiernos, los cuales sólo deben terciar en 
ellos cuando se declara impotente la iniciativa individual. 

Actos de esta naturaleza estaban reservados para chile- 
nos. Encontrábanse en Sacramento a cargo de la barca chi- 
lena "Natalia" dos nobles caritativos corazones, don Manuel 
y don Leandro Luco, los cuales, como tantos otros chilenos, 
fueron a buscar, a pesar de su ímprobo trabajo, la ruina en 
el Dorado. Estos dos apreciables jóvenes constituyeron su 
"Natalia", con un desinterés sin ejemplo entonces, en hospi- 
tal y casa de asilo para sus desvalidos nacionales, y a este 
acto de inusitado desprendimiento debieron ia vida muchos 
chilenos, entre los cuales figuran dos de mis hermanos, un 
cuñado, un joven Sepúlveda de Santiago, y varios otros que 
exruso nombrar. 

En tan angustiosa situación, tocio lo abandonamos por 



RECUERDOS DEL PASADO 315 

acudir a ayudar a los señores Luco en su filantrópica tarea. 
Cúpome a mí desempeñar en ella el doble papel de médico y 
de sacerdote en la medida que puede desempeñar un laico 
este ministerio; a los Luco, el de enfermeros y de cocineros; 
a mis demás compañeros, el de ayudantes y sepultureros, 
trasnochando unos y abriendo fosas otros, para sepultar a 
los paisanos que se separaban para siempre de nosotros. 

Apenas disminuyó la intensidad de la epidemia, cuando 
resueltos a alejarnos cuanto antes del Sacramento, vendi- 
mos cuanto nos quedaba, así como nuestra embarcación 
puesta en San Francisco, y con un capital de seis mil pesos, 
producto bruto del empleado, que no pasaba de mil trescien- 
tos, dimonos a la vela para aquel lugar. 

¿Qué habíamos hecho después del día de justo alborozo 
que presenció nuestra primera entrada en California? 

Habíamos sido fleteros provisionales; hablamos sido m.i- 
neros, y en las minas nos había ido mal a pesar de nuestros 
enérgicos esfuerzos para evitar tamaño mal; habíamos sido 
comerciantes, y a pesar de que lo fuimos con todo el lujo 
de sus mentidas tretas, ganando mucho perdimos tiempo 
calif ornes, que era un capital superior a nuestras utilidades; 
nos hicimos franceses, nos ahogamos, nos envenenamos y 
fuimos médicos y sepultureros, profesiones ambas que, aun- 
que se dan la mano, nada nos aprovecharon. ¿Qué nos que- 
daba que ser? Comenzamos, pues, ya a creer que nuestra 
esquiva suerte, si poníamos fábrica de sombreros, había de 
influir para que los hombres naciesen sin cabeza, cuando el 
aspecto del oro que empolvaba el pavimento de los cafés 
nos sugirió la idea de erigir un hotel. 

En California nunca pudo medie un compás, con sus agu- 
das piernas, arriba del trecho de una línea entre todo pro- 
j'ecto y su inmediata ejecución. 

Entramos, pues, con este propósito en compañía con dos 
hijos del general Lastra, los cuales corrían como nosotros la 
caravana por aquellos andurriales. Compramos por tres mil 
pesos un sitio que dos meses antes no quisimos admitir re- 
galado por parecemos así caro, en la calle de Dupont, y pro- 
vistos de maderas y de 'herramientas de carpintero, cuyo 
uso nos era familiar, comenzamos con la ayuda de un yan- 
qui, a destrozar, a acepillar y a escopiar con tan morrudo 
tesón, que en días, porque en California los meses eran siglos; 
alzamos nuestro vistoso catafalco, compuesto de un salón 
con tres piezas abajo, cuatro en los altos y un confidente 
íntimo, lujo entonces en San Francisco, que colocamos en 
lorma de garita de soldado, a prudente distancia del cuerpo 
del palacio. Hago mención de este departamento, porque 



316 VICENTE PÉREZ ROSALES 

muchos chilenos, y entre otros caballeros, nuestro simpático 
paisano don J. M. I., a falta de mas cómodo dormidero, pasó 
muchas noches sentado en él, como pudiera haberlo hecho 
el príncipe de Asturias en el más mullido lecho . 

Trabajóse al mismo tiempo un pozo para la provisión 
de agria potable, y el trabajo fué confiado al barretero don 
Juan Nepomuceno Espejo, quien, olvidando el manejo de 
su antigua y leve pluma por el pesado hierro de una tosca 
'barreta, se las apostaba al más membrudo patán. Cavaba él 
en el fondo de un agujero y llenaba con tierra y piedras un 
balde que yo suspendía después con una cuerda. Recuerdo 
que cuando el agua le llegaba a las rodillas me gritaba con 
voz sepulcral: 

— Vicente, ¿ya será bastante hondura?, mira que aquí 
me llevan los. . . 

Y que recibía p>or toda contestación: 

— ¡Trabaje no más, amigo, no me gane la plata de balde! 

Contratamos un famoso cocinero francés llamado mon- 
sieur Michel, el cual ganaba, a más de la casa y de la co- 
mida, que importaban 200 pesos mensuales, un sueldo de 
500, o sean 8,400 pesos anuales, que es harto más de lo que 
gana en Chile un ministro de Estado!, y colocando en la 
puerta del nuevo establecimiento un gran letrero que decía 
"Restaurant de los Ciudadanos", dimos principio a nuestras 
tareas en la fuerza del verano del año 49. 

Excusado es decir que el negocio marchó al principio a 
las mil maravillas, porque todo marchaba bien al principio 
en Califorina, y sólo al llegar al medio se broceaba. Nos- 
otros éramos juntamente amos y criados del restaurant, y 
como criados, salvo algunos olvidos excusables de^. pai>el que 
representábamos, no lo hacíamos muy mal. 

Entre los pensionistas figuraba un mulato, caballero de 
reciente creación que aún no había arrojado el pelo de la 
dehesa. Sus voces de mando eran tiránicas y muy poco sim- 
páticas las maneras con que las acompañaba. La leo'he era 
hasta entonces en San Francisco un lujo asiático, y como 
no la había yo vuelto a tomar desde aquella que nos dio con 
tan buena y afable voluntad la sirena del caballo que com- 
pramos en Sacramento, tentóme el diablo una mañana, y 
de dos sorbos casi acabé la que tema reservada para el al 
muerzo de nuestro acaballerado parroquiano. Suplí con agua 
el déficit, y me di a los trabajas de costumbre. 

p]n€ontrábame sirviendo eso que los gringos llaman cola 
de gallo, a un pasajero, cuando tuve que abandonarlo todo 
por acudir a lo.s íijo.s y cebollas con las que t;l amo jetudo 
apostrofaba a mi hermano Federico por la clase de leche que 



RECUERDOS DEL PASADO 317 

le servia. El gesto y modo de aquel intruso caballero habían 
hecho olvidar su papel de sirviente a Federico, y ya empu- 
ñaba la mano cuando, interpuesto a tiempo, acudí a salvar 
el crédito del restaurant. Con las más coquetonas y reveren- 
tes cortesías quité de la vista del desairado patrón el agua 
puerca que se le dio por leche; acudí con ella a la cocina, la 
trasladé a otra lechera, y volviendo presuroso con el nuevo 
envase cerca del nieto de africana, alcanzó éste a exclamar: 
"¡Esta parece más mirable!..." ¡A cuántos amos no se les 
pasará gato por liebre con buen modo! 

Cerrado el restaurant en las altas horas de la noche, nos 
sentábamos todos en el suelo a lavar platos; se designaba el 
que debía madrugar a regar, a barrer y a disponerlo todo 
para el siguiente día, y no menos contentos que los demás 
hosteleros, nos echábamos a dormir. 

Fué esta nuestra vida durante el poco tiempo que fuimos 
partidarios y agentes de la restauración; mas como el nego- 
cio no requería tantos brazos, y el asunto de la leche no se 
me podía olvidar, con pretexto de extender nuestra esfera de 
acción, obtuve de mis compañeros permiso para hacer un 
viaje a Monterrey. 

Confieso que no fué otro mi propósito que el de ir a har- 
tarme de leche en aquel pueblo. 

Para conseguirlo tenía que trepar a pie los cerros de la 
costa y recorrer del mismo modo las 95 millas que median 
entre pueblo y pueblo; pero ¿qué era todo aquello para un 
veterano de sufrimientos corporales en comparación de un 
solaz de pocos días lejos del fatigoso baile de máscaras en el 
que danzaba desde su. llegada a California? ¿Qué era todo 
aquello, sobre todo ante la esperanza de suspender hasta mis 
secos labios cántaras llenas de blanca, pura y espumosa le- 
che?. .. 

Parece nimiedad, pero me acuerdo que cuando llegaron 
a París en 1828 algunos indios de la tribu de los osages de 
Norte América, comenzaban éstos, a pesar de estar alojados 
en el palacio de Carlos X, a enflaquecer de nostalgia, y se 
hubieran muerto si el olor del aceite de ballena, que surtía 
entonces el alumbrado, no les hubiera hecho exclamar: 

— Vengan barriles de este néctar, que para nosotros vale 
más que las cortinas con que nos ahogan y las malditas ca- 
pilotadas a ¡a poulette con que engañan el estómago los in- 
dígenas europeos! 

Con el fresco, pues, de una hermosa mañana de julio, 
rifle tal hombro, pistolas y un delgado culebrín con oro en la 
cintura, puerco sombrero de paño, un sarape y barba ial 
pecho, me puse en marcha a pie por entre los cerros y co- 



318 VICENTE PÉREZ ROSALES 

linas qu€ median entre San Francisco y la antigua capital 
de la Alta California. 

Pasadas las primeras serranías que llaman de la costa, 
acompañado de varios sonoreños que volvían desengañados 
a sus hogares, entramos en un extenso valle cubierto úe pas- 
tos y de flores, donde abundaban tanto las aves, y sobre todo 
las ardillas, que parecía que estos agilísimos y graciosos cua- 
drúpedos brotaban como por encanto a nuestros pies. Ma- 
nadas de ciervos se acercaban como lo hacen nuestros gua- 
nacos, a reconocernos, y huían de estampida al menor de 
nuestros movimientos, para detenerse de repente y volver 
otra vez. La alta y muy útil vegetación sorprende en este 
valle como sorprende en todas partes. La encina, el pino, el 
fresno, parecen inagotables. La contracosta del pueblo de San 
Francisco se encuentra cubierta de pino colorado muy se- 
mejante a nuestra madera de alerce, y por cierto que los 
árboles no ceden en tamaño al gigante de nuestra vegeta- 
ción austral. En mis correrías anteriores tuve ocasión de con- 
templar, admirado, el maravilloso grupo de pinos del Mineral 
de las Mariposas. En él vi pinos que medían de 90 a 100 va- 
ras de alto, sobre 28 a 31 de circunier encía en la base, y lo 
que es más sorprendente aun, ramas laterales nacidas a 
45 varas de altura, con un grueso de tres y media de diáme- 
tro. Estos portentos de la vegetación, que la ciencia llama 
Sequoya gigantea, tienen en California tantos nombres, que 
ya el viajero no sabe a cuál quedarse. Grizzylgiant, les lla- 
man unos; otros pino colorado; los gringos les llaman We- 
llingtones, los yanquis Washingtones, y nosotros podríamos 
llamarlos San Martines. 

Alojamos al abrigo de una encina, y toda la noche nos 
molestaron las visitas de los coyotes, vorace^- y mal inten- 
cionados. El temor de los coyotes fué el que despidió de Ca- 
lifornia al señor Ortiz A., adamado petimetre argentino, muy 
conocido en Santiago, que habiendo intentado hacer lo que 
hacían los demás, aventurándose solo en un camino, fué 
perseguido sin descanso por eilos^ hasta que lo metieron, 
dando alaridos, en poblado. Estos malditos animales nos de- 
jaron sin almorzar al día siguiente, por haber dado cuenta 
casi sobre nosotros mismos del resto de un venado que nos 
servía de rancho. 

En éste como en mis anteriores encuentros con sonore- 
ños y con californeses españoles, tuve ocasión de maravillar- 
me del candor con que discurren estas pobres gentes, cuan- 
do se trata de la invasión y dominio de los yanquis en su 
patria. Creen que ellos no pueden expulsar a los que hasta 
ahora califican con justicia de tiranos; pero también creen 



RECUERDOS DEL PASADO 319 

y a puño cerrado, que vista la enérgica resistencia de los 
chilenos a las brutales vejaciones de los ya.nquis. los chilenos, 
si quisiesen, podían expoilsarlos! Iban, pues, en compañía 
mía, al parecer, tan seguros de cualquier atrepello como si 
caminasen bajo la protección de un terrible Fierabrás. Asi 
fué que cuando llegó el momento de separarnos, creo que el 
Fierabrás no quedó con menos mieao que ellos al verse solo. 
En la tarde del día tercero de marcha, ya medio arre- 
pentido de mi calaverada, vino a darme aliento la vista de 
una torre de Monterrey que no lejos de allí se divisaba, y 
con no poco contento me di traza para llegar al pueblo antes 
que cerrase la noche. 

Monterrey puerto, es uno de los mejores de aquella costa. 
Monterrey pueblo, tenido hasta entonces como capital de la 
Alta California, era una aldea semejante a nuestra Oasa- 
blanca del año 1840 y su población no pasaba de 1,500 almas. 
En cambio, la naturaleza de los campos que le rodean, y 
en general, la de todo el distrito, es de lo mejor y más feraz 
que, junto con Santa Cruz, he encontrado en el Estado cali- 
f ornes. 

Alegraban los contornos de este ameno lugar multitud 
de quintas llenas de preciosas arboledas, y aunque los edi- 
ficios conservaban el tipo que tenían nuestras pesadas casas 
de campo ahora medio siglo, sus anchos corredores al cami- 
no público revelaban en ellas el carácter hospitalario de la 
raza española. 

Entraba a gran prisa la noche, y como ni mi figura, ni 
la poca decencia de mi traje me autorizaren a solicitar hos- 
pedaje de puertas adentro en ninguna parte, me propuse 
pasarla al abrigo del corredor de una casa, que por tener las 
ventanas cerradas y la puerta a medio cerrar, parecía no 
estar en aquel momento ihabitada por los principales dueños. 
AI acercarme reparé que la puerta se cerró con e."5trépito. 

— ^Malo — dije para mis adentros — , imposible es «que no 
me hayan visto, ¿qué significa este portazo?. . . 

Entré sin embargo, bajo el corredor, llamé con tres gol- 
pecítos a la española^ y como nadie me contestase, acordán- 
dome que aún estaba en California, apliqué con la culata de 
■mi rifle sobre la muda puerta, des coscachos que provocaron 
una inmediata contestación. 

— ¿Quién es? — dijo de adentro la voz de una vieja car- 
comida. . . 

— Deo gratias!, señora — contesté — . Es un hombre de 
paz, que sólo busca permiso para tender por esta noche su 
sarape en el suelo de este corredor y nada más. 

Sentí entonces como que se movían con presteza algu- 

Rocuerdo.— 11 



320 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ñas personas del lado de adentro, y que una voz de mujer 
decía: 

— Si no es yanqui. . ., si es español. . . 

Tras de un tardío "¡por siempre!" entreabriendo la puer- 
ta con cautela, se me presentó un caballero como de 45 años 
de edad, vestido con sencillez y decencia, quien, saludándo- 
me, me preguntó qué se ms ofrecía. 

Al oírme hablar, exclamó con v?l sentimiento de la má« 
completa alegría: 

— ¡Dios le perdone, amigo mío, el susto que nos acaba 
de dar! Al verle venir, creímos que fuese usted uno de esos 
muchos zamarros que infestan nuestros caminos y pobladas, 
desde que la paz nos hizo mudar d¿ dueño. ¡Adelante, señor, 
adelante! 

Y tenia razón de precaverse; sólo el propietario califor- 
rés sabía a cuántas tropelías sin apelación estaba expuesto 
desde que comenzó la invasión de los que ellos llamaban 
bárbaros del norte. 

Fué de ver el general contento que despertó en aquella 
amable y hospitalaria familia, compuesta de un caballero, 
de su hermosa señora y de dos cuñadas, que, pndiendo .ser 
bonitas para todos, me parecieron ángeles a mí. cuando su- 
pieron que no sólo trataban con gente, sino también con 
un chileno. 

Un chileno veterano de los diggins. en esas alturas, era 
el símbolo de la seguridad individual, el espantajo de las 
tropelías del yanqui y el hermano a quien debíase siempre 
tender la mano. 

No tardó la confianza en sentar sus simpáticos reales en- 
tre los amables huéspedes y el recién llegado, a quien no se 
cansaban de hartar a preguntas sobre Chile, sobre los chi- 
lenos que residían en San Francisco, sobre mis malandanzas 
y sobre los motivos que me habían encaminado a Monte- 
rrey: y no sé cómo no se desternillaron riéndo.se cuando dije 
a las señoras que el principal motivo de mi viaje a Monte- 
rrey era el de hartarme de leche cuando llegase. 

Don Juan Alvarado. que así se llamaba el dueño de casa, 
tomándome de la mano me condujo a su dormitorio privado, 
y ihaciéndome prometer que descansaría en su casa los más 
días que pudiese, logró a fuerza de súplicas y aun de enojos, 
que admitiese una camisa de hilo y un paletó-saco, para no 
estarle a cada rato recordando con mi facha la de aquellos 
intrusos que tanto aborrecía. Enejóme solo y, nuevo Don Qui- 
jote cambiando de traje en casa del Duque, después de una 
famosísima lavada y de tal cual recorte en las patillas, sentí 



RECUERDOS DEL PASADO 321 

el incomparable agrado que produce el delicado fresco de 
una camisa de hilo almidonada sobre una piel curtida d€s- 
fmés de tanto tiempo de usar lana. 

¡Dormi esa noche en cama con sábanas y almohada!, y 
al día siguiente me esperaban, junto a un corredor que daba 
a un hermoso parrón rodeado de jardines, dos hermosas va- 
cas que me hartaron de leche, pasando vaso tras vaso al in- 
cansable consumidor, por las solicitas y pulidas manos de las 
amables cuñadas de mi huésped. ¡Si hay, como dicen, séptimo 
cielo, en ese séptimo cielo me encontraba yo! 

Para saber lo que es descanso no hay como la fatiga, asi 
como para saber lo que es regalo era entonces necesario ha- 
ber sido aventurero californés. 

Traté por medio de don Juan con un ranchero, que es: el 
hacendado californés, doce vacas lecheras y ocho bueyes, 
puestos en San Francisco, y pareciéndome que una huelga de 
ocho dias de solaz era ya sobrado tiempo, anuncié a la fami- 
lia mi inmediata partida. Hubo súplicas de aquellas que sólo 
sabe hacer la raza latina a sus alejados, y advertido de que 
queria dárseme un sarao el siguiente dia, accedí con gusto a 
los desees de tan amables gentes. 

Fué éste muy concurrido y el bello sexo de Monterrey me 
recordó el de Chile: fino, simpático y siempre deseoso de 
agradar. El sexo feo tenia mucho de las prendas que dis- 
tinguen la franqueza natural de nuestros alegres elquinos; 
si tiembla, venga un baile para pasar el susto; si alguien 
muere aparte de los deudos y de los amigos, todos claman 
por otro baile, para borrar la huella que dejó en los ánimos 
el acarreo del difunto; y si hay motivos para alegrarse, por 
mil razones más, venga otro baile! La ornamentación de los 
aposentas era rústica, pero fresca y alegre. Los corredores 
y pasadizos contiguos a la sala de recibo, vestidos de ramas 
verdes y de flores formando arcos y cenefas, alumbrados con 
velones de cera, lujo asiático en aquel entonces, presentaban 
un agradable aspecto. En cada ángulo de los aposentos ex- 
teriores se veían canastillos de olorosas mixturas, llenos de 
cajetillas de cigarros de distintos calibres, por entre los cua- 
les artísticamente acomodada, aparecía una llamita de es- 
píritu de vino. 

Creí al principio que esto fuese para los hombres sólo; 
pero me equivoqué, porque en Monterrey, la señora que no 
fuma, tolera el humo con agrado. Las convidadas, después 
de la contradanza tocada en piano por el sacristán de la 
inmediata capilla, salían de dos en dos a pasearse por ios 



322 VICENTE PÉREZ ROSALES 



corredores, y tomando al pasar cerca de los canastillos, un 
cigarro, le prendían con desenvoltura y sólo volvían a la 
sala después de arrojado el pucho. Las mamitas tenían pri- 
vilegio para fumar en el salón; pero con la singularidad que 
me llamó muoho la atención, de taparse cuidadosamente la 
boca con el pañuelo de embozo, al aspirar el humo, y de des- 
cubrirla al arrojarlo. 

El festejado chileno fué el tema de la general conver- 
sación, y la despedida que le hicieron a eso de las dos de la 
mañana, la de buenos y cordiales amigos. 

Endosados al día siguiente mis arreos de guerra, me dis- 
pu.se a marchar. 

Acompañóme toda la familia de mi hospitalario amigo 
hasta el corredor de afuera, donde encontré con sorpresa que 
me esperaba para la comodidad de mi viaje, una hermosa 
muía con la más rica montura mejicana que hasta entonces 
había visto, pues, a más del terciopelo recamado de oro, lu- 
cía en el borde delantero una hermosa cabeza de águila de 
plata maciza. 

Fué imposible resistir a las instancias de don Juan para 
que aceptase aquel regalo, esa friolera, como él decía, y des- 
pués de las expresivas demostraciones de una cariñosa des- 
pedida, caballero en mí gallarda muía, me separé de aquel 
oasis encontrado en mi travesía al través del desierto del 
egoísmo indiferente, siguiendo al trote y llena la cabeza de 
esperanzas, el antiguo y único camino que conducía a San 
Francisco . 

Parecía que hacía un siglo que me había separado de este 
pueblo excepcional; ¡tal le encontré de crecido! 

Ya he dicho que casi no quedó fam.ilia conocida en Chile 
que no contase con un representante suyo en California. Bas- 
taron esos pocos días de ausencia para que encontrase al 
pueblo plagado de nuevas caras de paisanos, bien que casi 
todas ellas desorientadas y hasta arrepentidas de encontrarse 
en él; porque el negocio que ayer parecía de éxito infalible, 
hoy se tornaba en sinónimo de ruina. 

En medio de los lamentos de los chasqueados, a muchos 
de los cuales más les costaba el desembarcar las mercaderías 
que traían que lo que ellas valían en tierra, mis compañeros y 
yo hacíamos aún inútiles esfuerzos para sostenerlos contra la 
corriente desanimadora que nos arrastraba. 

Vendí mí muía en 600 pesos y en 700 mi lujosísima mon- 
tura. Mi cuñado Felipe Ramírez se encargó de proveer de 
leña a los hoteles; mi hermano César, de ordeñar vacas y 



RECUERDOS DEL PASADO 323 

callejear la leche; cumisionamos a Federico para que regre- 
sase al lado de nuestra excelente madre; y yo con mis demás 
consocios, me hice cargo del restaurant. 

Cada cosa en San Francisco asumía un carácter especial, 
porque todo se llevaba hasta los mismos términos de la exa- 
geración. Los términos medios sólo podían entrar en las al- 
mas apocadas. 

Hasta ahora, como se ha visto, sólo habíamos tenido que 
habérnosla con hombres, porque lo que es mujeres, valiéndo- 
me de una frase agabachada, brillaron por su ausencia hasta 
mediados del año 1849, en la famosa capital del Dorado. 
La necesidad de la presencia del bello sexo no tardó en 
preocupar los ánimos tan pronto como comenzó a templar- 
se la sed del oro; y como a falta de pan buenas son tortas, 
espíritu mercantil que especula hasta con la desmoraliza- 
ción, sugirió a los dueños de las casas de juego la estrafa- 
laria idea de adornar las paredes de sus salones con la re- 
pugnante exposición de mujeres desnudas. Estos mamarra- 
chos hechos con la burda brocha del pintor de paredes, que 
hubiesen sido capaces en todo otro lugar de hacer reír al 
más descarado sátiro, llenaron, sin embargo, de oro los poco 
escrupulosos bolsillos de los poseedores de semejantes teso- 
ros. Alentado con tales premisas, di jóse para si el comer- 
cio: si las sombras dan tan subido interés, el original que las 
produce deberá por lo menos dar el doble; y sin más, se 
lanzó en pos de mujeres de carne y hueso. 

El vapor de la carrera de Panamá trajo en su primer 
viaje a dos hijas de Eva, de éstas que llaman del partido. 
Los que salieron a ver entrar el vapor desde la puntilla del 
poniente, al divisar sombrillas y gorras de mujer formaron 
tan entusiasta alboroto y se dieron tanta prisa en acudir 
al muelle, que arrastrando con cuantos encontraron en el 
camino llegaron a reunir un grupo de harto más de mil hom- 
bres en la playa. 

Soltada el ancla, se armó a bordo un originalísimo al- 
tercado entre las dos doncellas andantes y el bueno del con- 
tador del vapor. Querían ellas saltar primero que nadie a 
tierra; oponíase el contador, diciendo qub el trato era que le 
pagasen el valor del pasaje al llegar a San Francisco, y la 
más arriesgada de las dos yanquis, fundándose en que tiem- 
po es plata, hacía ya responsable al asustado contador de 
daños, perjuicios, e intereses, cuando dos curiosos cansados 
de esperar en un bote, saltaron a bordo y arrojando un saco 



324 V I C E N T E PíTREZ^ ROSALES 

de oro a los pies del judío cobrador, bajaron con ellas a tie- 
rra, en medio de un hurra general. 

Abrió calle la alegre muchedumbre, y ellas del brazo de 
sus felices salvadores, repartiendo saludos y recibiendo bu- 
rras, no tardaron en desaparecer por entre las encrucijadas 
de los casuchos seguidas a lo lejos por las miradas lascivas 
y envidiosas de los que no supieron dar al tiempo es plata 
su legitima importancia. 

Era de esperar que halagados los armadores del vapor 
con el subido precio del pasaje que podía pagar la mercan- 
cía mujer a su llegada a San Francisco procurasen embar- 
car, como lo hicieron, cuantos bultos de esa especie podían 
encontrar. Al siguiente viaje llegaron siete más, las mismas 
que fueron recibidas con idéntica galantería, mientras lle- 
gaban nuevos refuerzos. 

Alarmados los dueños de café con la competencia que 
hacían a sus mamarrachos mal pintados, los mamarrachos 
más positivos que iban llegando, idearon y pusieron en plan- 
ta el más extravagante y obsceno arbitrio de cuantos puede 
en casos semejantes, improvisar la desvergüenza humana. 
Contrataron a peso de oro a esos ascos para formar con 
ellos cuadros plásticos en el salón del café; formaron a uno 
y otro lado pedestales, y sobre ellos, totalmente desnudas, y 
asumiendo indecentes posturas, colocaron aquellas imágenes 
del pudor y del decoro californés. 

A las ocho de la noche y a son de música, se abría la 
puerta de la exposición. Los curiosos, después de dejar en 
la portería una buena parte del bolsico de polvo de oro que 
llevaban en la cintura, apenas principiaban a curiosear, cuan- 
do, empujados por los que venían detrás, se veían precisados 
a salir dando al diablo, por la puerta opuesta. Recuerdo que 
un respetable chileno, don J. E., cuyo nombre no hay para 
qué traer más claro a colación, me decía: 

— Compañerito, tentóme el diablo, y casi me han lim- 
piado todo el oro que llevaba en el bolsillo, ¡media libra! ¡Es- 
taba echando en la balanza el precio de la entrada, cuando un 
empellón de los de atrás me hizo vaciar en ella casi todo el 
bolsillo y seguí renegando hacia adelante, sin que me fuese 
posible volver atrás para recobrar el exceso! 

Pero este negocio sólo pudo sostenerse poco más de un 
mes, porque los vapores ya no vinieron con pocas, sino con 
cargamentos de mujeres, todas con cargo de pagar sus pa- 
sajes a bordo un día después de su llegada. 

Y esto marchó en progresión tan creciente, que lo que 



RECUERDOS DEL PASADO 325 

eran docenas al principio, se convirtieron en gruesas des- 
pués; tanto, que en el año 1853 alcanzaron a llegar 7,245 
mujeres, con lo cual el lucrativo negocio comenzó a dar ál 
traste . 

Si las escenas anteriores eran repugnantes, estas últimas 
que voy a referir antes de dar de mano a esta parte de mis 
apuntes, no causarán menos maravilla. 

En la puerta de la habitación de cada una de las pri- 
meras mesalinas que llegaron, se ardian de noche a punta 
de palos y de pistoletazos cuantos querían entrar primero a 
saludarlas; y ellas, que sabian muy bien que ni los muer- 
tos ni los derrotados daban oro, sallan presurosas a apaciguar 
a los pretendientes, valiéndose de argumentos que el pudor 
impide referir. 

Habiendo mermado algún tanto la demanda de mujeres 
por los muchos cargamentos que traían los vapores, para no 
perderlo todo, los capitanes convinieron en poner a remate 
el valor del pasaje. El mayor postor cargaba con la prenda, 
y €l capitán, con el valor de la postura, cancelaba el del pa- 
saje. 

Repitiéronse con esto las más extrañas y brutescas es- 
cenas. 

Colocados en el alcázar de popa con todos sus postizos 
atavíos los objetos que motivaban el remate, aquel que hacia 
de martiliero, tomando a una de esas sinvergüenzas de la 
mano, después de elogiar su talle, su juventud y su hermo- 
sura, decía en alta voz: 

— Caballeros, ¿cuánto estaría dispuesto a dar alguno 
de ustedes, ahora mismo, por que esta hermosa dama viniese 
de Nueva York a hacerle una especial visita?. . . 

Al momento comenzaba la puja, y el mayor postor, junto 
con oír el martillazo, entregaba el polvo de oro y cargaba 
con su mueble. 

Pero ya es tiempo de doblar esta hoja. Perdóneme el sexo 
encantador que constituye la más hermosa mitad del género 
humano, si para designar a tan abyectas mamíferas con fal- 
das me he visto precisado a darle el nombre con que desig- 
namos a los ángeles del hogar. Entre los escogidos del Se- 
ñor, también hubo un Luzbel. 

Pero esta clase de vicios no fué, ni con mucho, el Tínico 
fango a través del cual se echaban entonces los cimientos 
del que debía ser, con el tiempo, un Estado rico y soberano. 
El robo, el asesinato, el incendio y el juego terciaban tam- 
bién en sumo grado en él. 



326 VICTENTE PÉREZ ROSALES 

Todas las noches, el toque de música en algunos garitos, 
o el de caja o de tantán chinesco en otros, convocaba a los 
aficionados al peladero, colocado en medio de la embria- 
guez que produce el baile y la bebida. Todas las noches ha- 
bla heridas, trompadas y garrotazos, y en cada una de ellas 
salían las arruinados a buscar el desagravio de sus pérdidas 
en el robo o en el atropello. 

Tuve ocasión de presenciar una partida de juego, en la 
que figuraba un taimado oregonés. Acercóse éste a la mesa, 
y sin decir una palabra colocó sobre una carta del naipe 
un saquito que contendría como una libra de oro en polvo, y 
perdió. Con el mismo silencio y con la misma gravedad colocó 
otro de iguales proporciones y lo perdió también. Entonces, 
sin inmutarse, separando de su cintura una delgada culebra 
que contendría como seis libras de oro, la colocó sobre una 
carta, echó mano a un revólver, le amartilló, y encarándole al 
que tallaba, esperó tranquilo el resultado. ¡Ganó!... 

— Conque gané. ¿eh?... dijo con aire sarcástico. empu- 
ñando estoicam-ente la ganancia. ¡Vaya una suerte!, y des- 
apareció . 

Ganó, porque muy bien sabía el astuto tallador que el 
asunto podía haberle costado la vida. 

Pero, para ser justos, es preciso "confesar que no todo era 
desorden en San Francisco. También en aquella batahola se 
pensaba en el porvenir político. El gobierno militar hacía 
tiempo que había sido rechazado por el espíritu más decidido 
de libertad, encarnado en cada uno de los aventureros -que 
pensaban poner en California su residencia permanente. Qui- 
sieron también éstos que la nueva región territorial se eleva.'ie, 
y pronto, a la categoría dé Estado soberano; y como ya se 
estaban dando muchos pasos en este sentido en Washington, 
para dar más peso a tan justa pretensión, que al último ya 
comenzaban a exigirse con imperio, se propusieron nombrar 
diputados para reunir una convención, ya no en Monterrey, 
como lo habían pretendido antes, sino en San José, donde, 
en calidad de capital, debia residir el gobernador. 

Celebráronse, pues, meetinfjs con este objeto, en todas 
partes, y desde luego comenzaron lo^ interesados a la.s diputa- 
ciones a poner en juego sus respectivas relaciones. Grandes 
grupos con banderas y bandas de música improvisadas re- 
corrieron las calles, acompañando cada uno al candidato de 
su predilección. El pretendiente, provisto de una gran carte- 
ra, en cuya primera hoja e.staba escrita su profesión de fé 
política, se entraba de casa en casa a recoger adliesiones. 



RECUERDOS DEL RAS ABO 327 

El solicitado, si ^e adhería, daba su nombre; si no, detóa 
simplemente que ya estaba comprometido. En el primer caso, 
tres ¡hurras! aconipañados de música y aun de algunos tiros 
al aire, celebraban el futuro voto; en el segundo, el preten- 
diente se contentaba con decir "lo siento, otro día será", y la 
comitiva seguía en silencio hacia la casa vecina. 

Cada candidato designaba el color de la cinta que debía 
adornar el sombrero de sus partidarios el día de la elección, 
y las fondas y los hoteles del pueblo, enarbolando sus colo^ 
res respectivos, daban gratis de comer y de beber a cuantos 
se les presentaban con semejante condecoración. 

Instaladas las mesas receptoras, cuya custodia y vigi- 
lancia estaba a ca.rgo de tantos grupos de encintados mirones 
cuantos eran sus correspondientes candidatos éstos, bien mon- 
tados y acompañados por algunos amigos, recorrían a media 
rienda todas las calles de la ciudad llamando a los suyos 
y presentándose en todas las mesas, donde eran recibidos con 
grandes ¡hurras! por sus compañeros políticos. 

Allí era el oír los discursos de los candidatos sin des- 
montarse de sus cuadrúpedos-tribunas, allí, las contestacio- 
nes y las réplicas de los que abogaban por otro; el echar 
al suelo los barriles y las mesas en que éstos se encaramaban 
para que se les oyese .mejor; el ver cómo se formaban y se 
deshacían los circuios de los que rodeaban a los que dirimían 
a trompadas la cuestión de preferencia. Pero ningún pis- 
toletazo, ninguna herida. Las armas ese día enmudecieron. 
¡Cuánta diferencia con lo que acontece en otros países! Más 
aún, terminada la elección, todos los electores, aceptando el 
color del elegido, olvidaron sus privadas pretensiones para 
celebrar al electo por la mayoría con tanta algazara y tan 
completo entusiasmo, como si ellos mismos hubiesen contri- 
buido a su triunfo. 

California, en tanto, por lo que hacia el negocio que 
atrajo a ella tantos y tan distintos especuladores, desde los 
acuerdos o desacuerdos del buen gobernador Smith, había 
perdido ya para el aventurero extranjero casi la totalidad 
de sus primeros atractivos. Se necesitaban en ella, como en 
todas partes, ya no simples brazos extranjeros que trabaja- 
sen con éxito, por su propia cuenta, sino brazos asalariados 
o tributarios. No es, pues, de extrañar que aquellos que no 
disponían de fuertes capitales, tocasen una desconsoladora 
retirada.. Nosotros pensábamos ya hacer lo mismo, cuando la 
suerte, que tanto nos había maltratado, vino a darnos el 
golpe de gracia que nos lanzó con cajas destempladas fuera 



328 VICENTE PÉREZ ROSALES 



de aquel país de ex promisión, con uno de aquellos espan- 
tosos incendios que todo lo arrasaron en los últimos meses 
del año 1850. 

Haría como dos horas que nos habíamos recogido, re- 
suelta la realización para volver a Chile, cuando ima luz 
roja y temblona vino al través de los vidrios de nuestra 
ventana a iluminar el aposento en que dormíamos. El fuego 
había principiado, según muchos, intencionalmente, en el 
hotel de los afamados cuadros plásticos de que ya he hecho 
mención. Nunca nos imaginamos que estando éste a más de 
tres cuadras de nuestra casa podría alcanzarnos y ya nos 
alegrábamos del mal de aquellos herejes, calculando el valor 
de nuestra brillante realización por el alza del de los edifi- 
cios, cuando hora y media después vino a probarnos la suerte 
que no todos los brillos de las realizaciones, sin dejar de 
ser brillos, son provechosos. El fuego cundió en todas direc- 
ciones con la misma desesperadora rapidez que le vemos de 
cuando en cuando cundir en Chile en algunas de nuestras 
sementeras de trigo en la época de las cosechas. En medio de 
aquella inmensa y atronadora hoguera, avivada por las de- 
tonaciones de los barriles de pólvora del comercio, los cuales 
poblaban la atmósfera de chispas y de maderos encendidos, 
las tablas ardiendo, empujadas por el viento, no tardaron 
en invadirlo todo. Rodeados de fuego por todas partes, sólo 
debimos nuestra salvación, como la debieron todos los demás, 
a la rapidez de la fuga. 

Ocho días después, los vigorosos fleteros, los modestos la- 
vanderos de no muy limpias ropas, los navegantes de la 
Daice-may-nana, los infatigables mineros de barreta, de pala 
y de batea, los derrotados en Sonora, los armadores de la 
impermeable, los amables y, como tantos otros embusteros 
comerciantes del Sacramento, los médicos y sepultureros, los 
carpinteros constructores, los hoteleros y sirvientes de mano, 
introducidos de marineros unos, y otros de expertos pilotos, 
encaminaban en demanda de los mares del Sur una abando- 
nada barca que por falta de tripulación pudría su quilla en 
San Francisco, y al cabo de dos meses y medio de poco envi- 
diable odisea, tirando cabos, recogiendo velas y adivinando al- 
turas, libertada por milagro de estrellarse en la puntilla del 
Piñón de Gallo, abrazaron con ternura a la llorosa madre en 
el tranquilo Chile. 

Fuimos por lana y volvimos, como tantos otros, esqui- 
lados; pero satisfechos porque no se abandonó la brecha sino 
después de haber quemado /»i último cartucho. 



CAPITULO XIX 

Tentadora propuesta de escribir un diario desollador. — Nóni- 
braseme agente de colonización en Valdivia. — Empleado 
público y criado de mano. — El Corral. — Valdivia pue- 
blo. — Valdivia provincia. — De lo que era inmigración 
para muchos. — Injustificable invasión a los terrenos 
fiscales y medios de que se valían para asegurar su pro- 
piedad. 

Dicen que junto con entrar la pobreza por la puerta dé 
una casa, la virtud se escapa por la ventana. Esto tiene mu- 
cho de verdad; pero no porque la enfermedad pobreza ca- 
rezca de verdaderos específicos, sino por la repugnancia ri- 
dicula del enfermo para tomarlos. El apellido, la antigua po- 
sición social y el patrio "qué dirán" son los peores enemigos 
del lucro que siempre otorga el modesto trabajo a quien le 
busca. Nadie se atreve a ser en su patria bodegonero después 
de haber comprado palcos en el teatro. ¿Cuántos no se hu- 
bieran muerto de ¡hambre o lanzádose a bandidos en Cali- 
fornia si por respeto al apellido hubieran dejado de ser car- 
gadores o limpiabotas? 

Había recorrido, en el sentido de descender, los últimos 
peldaños de la frágil escala de la fortuna; había llegado en 
California al que entonces me parecía el último de todos, al 
de criado de mano, y ni por las mientes se me pasaba que 
aun me quedaba otro más inferior aun donde pisar, el de 
empleado público de menor cuantía. Porque yo ignoraba que 
empleos para criados en todas partes sobran, al paso que en 
todas partes faltan empleos para los que no lo son. 

El criado, o por ingratitud o por ofensa brutal de su 
amo, alegre le abandona, porque sabe que en la casa vecina, si 
no mejora de condición conservará la que antes le susten- 
taba; al paso que el empleado que deja su puesto, con gusto 
suyo o contra su gusto, en vez de encontrar análoga coloca- 
ción en otra parte, sólo encuentra decepciones, hambre y 
miserias, si no se deja de noblezas. 

Yo todo lo había perdido, menos el honor; mas, con 
sólo el honor no podía mandar al mercado. 



330 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Encontrábame una mañana meditando sobre este tema, 
al mismo tiempo que echando una mirada de inteligente so- 
bre una pareja de caballos cocheros que debía comprar una 
hermana mia, cuando entraron buscándome en la caballeriza 
dos conocidos personajes, de cuyo nombre no hay para qué 
acordarse, los cuales entablaron conmigo el siguiente diálogo: 

— Aquí tiene usted, señor don José, al californés perdien- 
do tiempo en mirar caballos. 

— Para servir a ustedes, señores; efectivamente, miraba 
estos caballos. 

— Son hermosos; pero es raro que un hombre como usted 
se ocupe de esto. 

— ¿Y de qué otra cosa me habría yo de ocupar ahora? 
California, como ustedes saben, me dejó mirando, y miro. 

— ¡Siempre alegre! ¿Y no sería mejor que ocupass su 
tiempo en cosa que le reportase provecho, sin emplear más 
capital que el que usted posee?... en algo asi como... es- 
cribir para el público, por ejemplo? 

— ¿Escribir para el público? ¿Yo volver a las andadas? 

— Usted, y no se ría. 

— ¿Y quién se atrevería a dar medio real por mis gara- 
batos? 

— Nosotros, dijeron los dos a un tiempo. 

— ¿Ustedes? Mostrad cómo. 

— Pagando a usted en muy buena plata cuanto escribiese 
en el sentido de nuestras indicaciones. 

— Pues, si es así, adelante con la cruz, con tal que los 
asuntos sobre que deberán versar mis escritos me sean algo 
familiares, y las indicaciones de ustedes, conformes con las 
de mi conciencia. 

Reparé que la primera parte de mi respuesta les satis- 
fizo tanto cuanto pareció contrariarles la segunda, y esto 
comenzó a darme mala espina. Dieron una vuelta examinan- 
do la caballeriza, dijéronse algunas palabras a media voz, y 
volviendo a anudar el hilo de nuestra singular conversación, 
prosiguió mi interlocutor en estos términos: 

— Escribir contra los malos gobiernos es deber que más 
halaga que empaña la conciencia, y nosotros sólo pretende- 
mos que usted escriba contra el Gobierno y no otra cosa. 

— ¡Están ustedes dados a Barrabás! Si hace un siglo a 
que no sé lo que es gobierno, ni sé si son moros o son cris- 
tianos los hombres que gobiernan en el día, ni lo que hacen, 
ni lo que han hecho, ni lo que han dejado de hacer. ¡Medra- 
do saldría el charlatán que con tales antecedentes escribiese! 
Además, no comprendo... 

— Señor don Vicente— repuso interrumpiéndome él según- 



RECUERDOS DEL PASADO 331 

do tentador, que era bajo de cuerpo, regordete y dé satisfe- 
cha y redonda cara — , usted es pipiólo; usted sólo dejó de com- 
batir en defensa de su partido cuando creyó asegurada su 
existencia con el casamiento del héroe de Yungay con la 
hija del padre de los pipiólos. Usted, como nosotros, ha sido 
engañado. El pveluconismo y el Estanco nos roen, y ni espe- 
ranzas hay de que, reformada la Constitución atentatoria del 
año de 1833, devuelva al pais lo que nunca debió quitar, la del 
año 28. . . ¿Me explico? 

— Como que voy comprendiendo. 

— Magnífico, y basta por ahora. Hoy tenemos junta a las 
dos de la tarde; voy a anunciar que podemos contar con us- 
ted, y esta noche, a las siete, para no despertar sospechas, 
esperaremos a usted con otros amigos en el óvalo de la Ala- 
meda. 

Llegó la noche y con ella al sitio designado el nuevo Adán 
político que no atinaba aún de qué manera podría hincar el 
diente a una manzana por tantos años olvidada, y un cuarto 
de hora después, rodeado de serpientes tentadoras, se le vio 
que departía amigablemente con ellas, muy repantigado so- 
bre un ancho sofá de aquel paseo. 

Pronto quedé enterado de las pretensiones de la' junta 
directiva. Para nada se trajo a colación aquello de derechos 
conculcados, ni de leyes o doncellas violadas, ni mucho me- 
nos de tocar el bombo de los principios, pues, más que los 
principios en general aéreos, los fines egoístas se buscaban. 

Tratábase de fundar un diario alacrán, cuya picada de- 
bía ser mortal; la tinta con que se escribiese, petróleo; y la 
palabra, fuego. Era su propósito no dejar títere con cabeza 
en el Gobierno, y su consigna, el oponerse a todo. Hubo mo- 
mento en que creí qíie fuesen curtidores, por el empeño que 
níanifestaban de sacar a todos el cuero, y a fe que no pa- 
gaban a vil precio la tarea, puesto aue honrándome con el 
cargo de desoilador, me ofrecieron 30 onzas de oro por el 
fruto de mi tarea mensual. ¡Qué desencanto!... Sólo con 1© 
que me estaba pasando, y sin responderles, mientras buscaba 
a gran prisa en el diccionario de mi memoria alguna de aque- 
llas interjecciones españolas de grande efecto para lanzárse- 
la a la cara, ellos, interpretando por aquiescencia mi silen- 
cio, ya hablaban de lanzar a todos los vientos del compás 
uno de aquellos prospectos de ordenanza que siempre encu- 
bren, bajo plumas de candidas palomas, sapos y culebras, 
cuando en vez de aquel si tan presupuesto, se encontraron 
con una cebolla de las de Río Claro. 

Dos días después de esta estrepitosa ruptura de nego- 
ciaciones, y cuando monos lo esperaba, fui llamado a la pre- 



332 VICENTE PÉREZ ROSALES 

sencia del .señor Varas, Ministro entonces de lo Interior, sin 
que hasta ahora haya podido darme cuenta del porqué del 
favor que se me dispensaba, puesto que sólo conocía a Varas 
de nombre y sólo por el lado de afuera la Casa de Gobierno. 

A los catorce días de mi entrevista con el Ministro, pro- 
visto del título de Agente de Colonización, navegaba yo en 
demanda de Valdivia, para dirigir, a nombre del Gobierno, ios 
trabajos coloniales en aquella lejana provincia, donde por 
instantes se esperaban expediciones de emigrados alemanes. 

Llegué al importantísimo y muy descuidado puerto del 
Corral o Coral, como algunos enemigos de nombres mal so- 
nantes suelen llamarle, el 12 de febrero de 1850. después de 
haber atravesado por entre las abandonadas fortalezas que 
en tiempo de los e.spañoles defendían la tranquila y pintores- 
ca embocadura de la preciosa ría de Valdivia. 

Reducíase el pueblo, o más bien dicho, los diseminados y 
pobres casuchos de este puerto, para cuya defensa había 
invertido millones la madre patria, a veintiocho mal coloca- 
das habitaciones, mirando unas a la marina y otras, sin sa- 
ber por qué, hacia los emboscados cerros que le rodeaban. 

La poderosísima vegetación que cubría la mayor parte del 
territorio de esta provincia comenzaba desde el mismo Corral 
a oponer serias dificultades al viajero para su traslación de 
un punto a otro, por inmediatos que estuviesen entre ellos. 

Los corpulentos árboles que miraban al puerto y los más 
poderosos aun que orillaban el río, parecía que se disputaban 
entre sí el derecho de bañar sus robustas raíces en aquellas 
salobres aguas. 

No teniendo, pues, las márgenes del rio veredas transi- 
tables, la única vía de comunicación que se encontraba entre 
el puerto y Valdivia, capital de la provincia, era el mismo 
rio; y el tiempo que se echaba navegando en botes o chalu- 
pas, de un punto a otro, era el de cuatro horas. 

Para quien ha navegado los im.ponentes ríos californeses, 
parece que el pequeño Valdivia, para nosotros gigantesco, 
nada debiera tener que llamase la atención; pero muy lejos 
de esto, porque todas las galas de la virgen naturaleza, todos 
los grandiosos puntos de vista que se encuentran diseminados 
sobre las márgenes de aquéllos, los ostenta el Valdivia, pin- 
tados en un lienzo más reducido, pero no por esto menos 
completo. 

Llegamos a Valdivia. ¡Santo Dios!, si el fundador de aquel 
pueblo, por arte diabólico o encanto, me hubiese acompaña- 
do en este viaje, de .seguro que habria vuelto para atrás lan- 
zando excomuniones contra la incuria de sus descuidadísl- 
nií!» bi.srlinznos. 



RECUERDOS DEL PASADO 333 



Conservo en mi poder un retrato al óleo que exhibe lo 
que era la triste catadura de aquel aduar a los tres días de 
mi llegada; retrato que habla, que se debe al diestro pincel 
del malogrado Simón y que es ahora el objetivo de algunos 
viejos y honrados valdivianos, con el fin de empuñarle, arro- 
jarle al fuego y reducir a cenizas ese testigo irrecusable del 
atraso del pueblo en que nacieron. 

El trazado de esta capital, muy correcto para la época 
de su fundación, se encontraba tan deteriorado por el uso, 
que ni las calles conservaban el paralelismo de sus aceras, ni 
el ancho igual con que habían venido al mundo. Las casas,, 
todas muy bajas y en general desprovistas de un corredor a 
la calle, tenían paredes de troncos de pellín, techos de tablas 
de alerce cubiertos de musgos y de plantas advenedizas, y 
ventanas, aunque algunas con vidrieras, dotadas todas con 
sus correspondientes balaustres. 

Como no se estilaba allí género alguno de carretas, la 
provisión de leña se hacía arrastrando con bueyes por las 
calles enormes troncos de árboles que se dejaban en el frente 
de las casas que los pedían; y de ellos, el hacha de la cecina 
sacaba todos los días la leña que exigía su consumo. En el 
costado poniente de la Plaza de Armas, única en el lugar, 
se veía, inconclusa, una iglesia de madera, a la que. aunque 
de todo carecía, le sobraban dos empinadas torres, que sin 
saber por qué se alzaban orgullosas, aunque desproporciona- 
das, sobre el portón de la entrada. La Plaza de Armas no sólo 
servía para paseo o para ejercicios de tropa, como en algunos 
otros pueblos de la República; los valdivianos sabían sacar 
mejor partido de ese común y cuadrado sitio urbano. En él, 
cuando no en las calles, se estacaban los cueros de las vacas 
que los vecinos mataban para su consumo, se arrojaban ba- 
suras en él y a falta de explayado o lugar en la cárcel, salían 
a cada rato los presos a hacer, en la paciente plaza, lo que 
la decencia no permite nombrar. De la plaza se extraían tam- 
bién tierras para los terraplenes de las casas de los vecinos. 
Recuerdo que eran tantas las inmundicias que se arrojaban 
bajo la desvencijada jaula de tablas que, suspendida sobre 
postes, hacía de oficina de Juzgado de Letras, que llegaron 
a motivar un acalorado reclamo del señor Juez de Letras, que 
lo era entonces el modesto y probo magistrado don Ramón 
Guerrero, para que no se perpetuase tan inmvmdo desacato. 

De aquí nació aquella historia de la compra que hizo la 
Municipalidad de aquel mentado tiesto para uso de los en- 
carcelados, historia que conté en mis Sueños que parecen 
verdades y verdades que parecen sueños, y que muchos han 
tenido por pura invención o pasatiempo literario. 



334 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Como el asunto bacín andaba lodo. El espíritu de ade- 
lantos locales, el de Instruirse, el natural y común deseo de 
mejorar de condiciones por medio de la actividad y del tra- 
bajo, todo dormía, todo vegetaba. Sobre los edificios, así co- 
mo sobre las imaginaciones, crecía con sosiego el musgo que 
sólo nace y progresa sobre la corteza de los árboles descuida- 
dos, o sobre la de aquellos que sufren la última descompo- 
sición que los transforma en tierra. No hubo viajero entonces, 
así nacional como extranjero, que al llegar a Valdivia no 
exclamara: "Todo lo que es obra de la naturaleza aquí es tan 
grande, tan imponente y tan hermoso, cuanto mezquina, des- 
greñada y antipática es la obra del hombre." 

Lejos de mí la idea de ofender con mi relato a los mo- 
radores de aquellos apartados lugares. Cuento con sincera 
verdad lo que entonces saltaba tanto a mis ojos cuanto a 
los de aquellos que, como yo, concurrieron de fuera a ave- 
cindarse en Valdivia. 

El espíritu de progreso estaba sólo adormecido, mas no 
muerto, y si trato de conservar este mezquino cuadro, es 
más con el objeto de realzar con sus sombras el hermoso co- 
lorido de aquel que pudiera pintarse en el día, que con el de 
satisfacer algún tonto deseo de una injustificable murmura- 
ción. El espíritu de progreso existía, y tanto, que sólo la pre- 
sencia, en muy pequeña escala, del elemento extranjero ha 
bastado no sólo para sacar a la provincia de Valdivia del es- 
tado de modorra en que yacía por razón de olvidos, sino 
también para hacerla figurar con lucimiento, ya por su es- 
tado material e intelectual, ya por su comercio y ya por sus 
industrias especiales, que corren sin competencia en los mer- 
cados nacionales y extranjeros, al lado de la de sus orguUo- 
sas hermanas del norte. 

Como quiera que sea, salir de California para entrar sin 
transición en el Valdivia de entonces, era salir de la región 
de la más febril actividad para entrar en la del más profun- 
do y tranquilo sueño. 

Los homJDres relativamente pudientes, contentos con la 
medianía en que vivían, sólo solicitaban del trabajo lo es- 
trictamente necesario para continuar en ella. Los gañanes, 
a causa de la poca remuneración que se les ofrecía por su 
trabajo y de la abundancia de las substancias alimenticias, 
sólo trabajaban poco para emborracharse y para dormir mu- 
cho. Faltaba a unos y a otros el estímulo que sólo la inmi- 
gración extranjera sabe despertar en las aglomeraciones hu- 
manas amodorradas por la inercia. 

Pero no quiero anticiparme. 

La provincia de Valdivia, más conocida en tiempo de los 



RECUERDOS DEL PASADO 335 

españoles que en el de la Repuolici\, pasada la grita y el na- 
tural entusiasmo que causó en los pueblos del norte la ac- 
ción gloriosa de Cochrane cuando se apoderó de las formida- 
bles fortalezas del Corral, quedó por más de un cuarto de 
siglo, si no como olvidada del todo, por lo menos como sim- 
ple y poco importante territorio, confiado a la acción na- 
tural del tiempo para que, tarde o temprano, mereciese el 
mismo solícito afán que merecían al Gobierno las provincias 
centrales. El nombre mismo de Presidio, que se le siguió dan- 
do, parecía condenarla a un perpetuo olvido, cuando el In- 
tendente Cavareda, a pesar de la parsimonia con que se es- 
cribía en aquel entonces, descorrió en una corta memoria 
parte del velo que encubría el cielo y las riquezas naturales 
que aquel lejano rincón de provincias continentales de la 
República encerraba. A la justa admiración que las revela- 
ciones de ese funcionario causaron, debe la provincia de 
Valdivia la importancia del asiento político que ocupa al lado 
de sus demás hermanas y el grado de relativa prosperidad 
de que goza en el día. 

Templado clima; ausencia de aterradoras enfermedades, 
así como de indígenas hostiles y de dañadoras fieras; terri- 
torio extenso y en general baldío; suelos arables y en muchas 
partes muy feraces; abundancia de materias primas fabri- 
les e industriales; bosques inagotables de preciosas maderas 
de construcción, a cuya sombra se desliza profunda, tran- 
quila y navegable la importante red de brazos tributarios 
del Valdivia, vía fluvial que, después de recorrer un extenso 
territorio mezcla sus aguas, sin embate, con las del mar, en 
uno de los puertos más seguros y cómodos del Pacífico: ¿qué 
podía faltar al olvidado Valdivia para dejar de estarlo? La 
población. 

Pero no aquella población que ha nacido entre riquezas 
que el aguijón de mejorar de condición no aviva, que ni si- 
quiera sospecha la existencia de comodidades que engala- 
nan la vida de un hombre culto y que propenden día a día a 
aumentar, al mismo tiempo que a satisfacer, la agricultura, 
el comercio y la industria; sino aquella que el espíritu del 
lucro o el de las ideas liberales del siglo separa de los gran- 
des centros civilizados, para venir a la virgen América, ya a 
gozar de una libertad positiva, ya a recoger a manos llenas 
las riquezas que, sin conocer su valor, menospreciamos. 

En países como el nuestro es de todo punto indispensa- 
ble la activa cooperación del elemento extranjero; poderosa 
entidad que al procurar enriquecerse, enriquece al país don- 
de se asila, que puebla los desiertos y forma estados que, aun- 
que con el modesto nombre de colonias, asombran por su 



336 VICENTE PÉREZ ROSALES 

industria, por su comercio y por su bienestar, hasta a sus mis- 
mas metrópolis. 

Convencido el Gobierno de esta verdad, cupo al ilustre 
general Bulnes echar en Chile la primera base de la inmi- 
gración extranjera con la promulgación de la ley de 18 de 
noviembre de 1845. ley que adornada con las firmas del gue- 
rrero y la del sabio estadista Montt, su ministro entonces, 
manifiesta en claras y generosas cláusulas el modo y forma 
cómo debemos recibir, hospedar y fomentar en nuestro suelo 
ese elemento de vida y de progreso. 

A la voz de inmigración, cada cual se habia echado a 
apreciar, según su real modo de entender, los bienes o males 
que podria ella introducir en Chile. 

Temían los católicos perder con ella la unidad religiosa. 

Los hacendados y los dueños de casa la aplaudían a dos 
manos, creyendo en el despanzurro de que la inmigración aba- 
rataba los salarios, cosa que jamás se ha visto. 

Muchos fingidos filántropos, pero verdaderos especula- 
dores sobre la ignorancia del pobre pueblo, apoyándose en 
lo que decian los hacendados y otros sabios por este estilo, 
compadecían a los gañanes y obreros del país por la com- 
petencia que a sus brazos opondría la baratura de los brazos 
extranjeros. Olvidándose o fingiendo olvidar, tanto el hacen- 
dado como el filántropo, que la inmigración, en caso de per- 
judicar a alguien temporalmente, es al hacendado o al que 
sólo puede lucrar pagando a vil precio los jornales, pero nun- 
ca al jornalero, por la sencilla razón de que no serán ni pue- 
den ser gañanes los que nos viniesen de fuera, atendido el 
bajo precio a que aquí pagamos el trabajo diario de los nues- 
tros; y no viniendo de fuera esa clase de brazos, sino perso- 
nas que dan ocupación a los propios nuestros, es evidente que 
aumentando la demanda tendrá por fuerza que aumentar el 
valor de los salarios. 

Los comerciantes de Valdivia creyeron que con el aumen- 
to de la población aumentaría el precio de sus mercaderías. 

Los propietarios de aquellos terrenos incultos que nada 
les producían y qiíe ni siquiera habían visitado por impedír- 
selo la enmarañada y sombría selva que los substraía hasta 
de la luz del sol, creyeron tener en cada propiedad un tesoro 
de forzosa adquisición para el Gobierno o para el recién lle- 
gado. 

Los especuladores que sólo buscan la más ventajosa co- 
locación de sus caudales, sólo vieron en la futura inmigra- 
ción la feliz oportunidad de acrecerlos, y sin perder momen- 
tos, comenzaron a hacerse de cuantos terrenos aparentes pa- 
ra colocar colonos se encontraban en la provincia. 



RECUERDOS DEL PASADO 337 

Siguiendo el ejemplo de estos caballeros, muchos vecinos, 
más o menos acaudalados de la provincia, hicieron otro tan- 
to, sin acordarse de que esta ansia de un lucro mal enten- 
dido y prematuro cavaba al lado de los cimientos que la ley 
había echado para alzar sobre ellos el asilo del inmigrante, 
una fosa que debía desplomar por completo el edificio y las 
risueñas esperanzas que el buen sentido fundaba en ella. 

En vano el Gobierno, para precaver este mal, había co- 
misionado al activo e inteligente sargento mayor de ingenie- 
ros Philippi, para reconocer y deslindar los terrenos fisca- 
les que debían repartirse entre los inmigrados, así como des- 
pués al modesto e inteligente ingeniero Frick para continuar 
la misma trabajosísima tarea durante el tiempo que el in- 
cansable Philippi. trasladado a Alemania, trabajaba allá para 
promover la inmigración hacia Valdivia; porque a medida 
que aumentaba la posibilidad de que llegase a Chile la pri- 
mera expedición, aumentó tanto el número de los detenta- 
dores de los terrenos por tantos títulos considerados baldíos, 
que en vísperas del arribo del primer navio que. confiado en 
la promesa del Gobierno, había salido de Hamburgo en 1849, 
se podía decir que no se encontraba en el territorio de co- 
lonización una sola pulgada de tierra que no reconociese 
algún imaginario dueño. 

No tardó la noticia de este descarado saco, nombre de- 
bido por el modo y la forma cómo hacían estas escandalosas 
adquisiciones, en llegar a Europa. 

Desconsoladoras por demás son las comunicaciones del 
señor don Bernardo Philippi al Gobierno en aquella época. 
Encarecía en ellas la urgente necesidad de reivindicar cuan- 
to antes aquellos terrenos cuya detentación era ya tan sa- 
bida en Alemania; que poco o nada se podía hacer en el 
sentido de enviar emigrados, pues se negaba la existencia 
de los derechos incuestionables del Gobierno a los terrenos 
que ofrecía. 

En este estado encontré los trabajos sobre inmigración 
cuando la suerte me condujo a Valdivia; y no porque el Go- 
bierno se hubiese descuidado, pues junto con mi nombra- 
miento se ms entregó un grueso protocolo de oficios, de ins- 
trucciones y de decretos que manifestaban hasta la eviden- 
cia Cuánto trabajaron entonces las autoridades superiores 
para allanar a sus agentes las serias diíicultades con las que 
un mal entendido espíritu de lucro amenazaba destruir la 
inmigración desde sus primeros pasos. 

El extenso y nebuloso territorio valdiviano, mansión de 
lagos y de selvas seculares, asiento de dos hermosos ríos na- 
vegables y centro de cuantiosos terrenos baldíos que se su- 



338 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ponían disponibles para ser repartidos entre los inmigran- 
tes que por momentos se esperaban, contaba entonces con 
sólo tres villorrios, que por su soledad y apartamiento a causa 
del mal estado o de la ausencia absoluta de caminos, vivían 
como verdaderos cenobitas: Valdivia que ya medio conoce- 
mos; la Unión, proyecto de ciudad a medio bosquejar; y 
Osorno, con su iglesia de cantería, su convento y sus alinea- 
dos rimeros de tierra empastada, que indican por su regula- 
ridad, antiguos escombros de edificio. 

Tan mezquina idea se tenia en el norte, hasta mi arribo 
a Valdivia, de la naturaleza de los productos agrícolas de 
esta provincia, que llegaba a creerse que ni el trigo se pro- 
ducía en ella, cuando los trigos se agorgojaban en los grane- 
ros de la Unión y de Osorno. porque sobraba para el consumo 
lo poco que se sembraba por falta de medios de exportar el 
producto. 

Esos campos, que tanto producen ahora y que entonces 
tan en menos se miraban, salvo los ocupados por los princi- 
pales manzanares que a cada paso se encontraban, sin saber 
por qué como perdidos entre los bosques, y aquellos que ya 
por su inmediación a los poblados, o ya por su poca extensión 
y la perfección de sus limites naturales permitían ser de 
vez en cuando vigilados por sus legítimos o supuestos due- 
ños, todo el resto podía decirse que se gozaba en común, ya 
por los hijos de los españoles, ya por los de los indígenas que 
aún se consideraban legítimos dueños del todo. 

El mismo abandono en que yacían los estaba entregando 
desde tiempo inmemorial a la rapacidad de los poquísimos 
pobladores que, por sólo ocupar las despejadas orillas de un 
río, o las playas del mar, sin poder entrar más adelante, se 
consideraban dueños de lo que hasta ahora llaman centros. 

Si esto se hacia antes que nadie pensase en colonias, no 
es de extrañar que la voz dei agente del Gobierno en Euro- 
pa despertase en muchos chilenos el espíritu de monopolizar 
terrenos, hasta el extremo de no dejar, ni a muchas leguas de 
Valdivia, punto donde se esperaban los primeros inmigrados, 
un palmo útil de tierra de que poder disponer. 

Cuando algún vecino quería hacerse propietario exclusi- 
vo de alguno de los terrenos usufructuados en común, no te- 
nía más que hacer que buscar al cacique más inmediato, em- 
briagarle, o hacer que su agente se embriagase con el in- 
dio, poner a disposición de éste y de los suyos aguardiente 
baratito y tal cual peso fuerte, y con sólo esto ya podía acu- 
dir ante un actuario público, con vendedor, con testigos o 
con informaciones juradas que acreditaban que lo que se 
vendía era legítima propiedad del vendedor. Ninguno obje- 



RECUERDOS DEL PASADO 339 

taba este modo de adquirir propiedades, cuyo valor se repar- 
tían amigablemente el supuesto dueño que vendía y los ve- 
nales testigos que le acompañaban, per aquello de "hoy por ti 
y mañana por mí". La única dificultad que ofrecía siempre 
esta fácil y corriente maniobra era la designación de los lí- 
mites del terreno que la venta adjudicaba, porque no era po- 
sible hacerla en medio de bosques donde muchas veces ni las 
aves encontraban suelo donde posarse. Pero, como para to- 
do hay remedio, menos para la muerte, he aquí el antidoto 
que empleaban unos para vender lo que no les pertenecía, y 
otros para adquirir, con simulacros de precio, lo que no po- 
dían ni debían comprar. Si el terreno vendido tenía en al- 
guno de sus costados un río, un estero, una abra accidental 
de bosque, un camino o algo que pudiese ser designado con 
un nombre conocido, ya se consideraba vencida la dificultad. 
Medíase sobre esa base la extensión que se podía; si ella es- 
taba al poniente del terreno, se sentaba que éste se extendía 
con la anchura del frente designado, hasta la cordillera ne- 
vada, sin acordarse de que con esto se podían llevar hasta 
ciudades enteras por delante; siel límite accesible se en- 
contraba al oriente, la cabecera occidental era el mar Pa- 
cifico, y si al sur o al norte, unas veces se decía: desde allí 
hasta el Monte Verde, como si alguna vez esos bosques hubiesen 
dejado de ser verdes; y otros sin términos, como acontecía 
con los títulos de un tal Chomba, que bien analizados ad- 
judicaban a su feliz poseedor el derecho de una ancha faja 
de terrenos que, partiendo de las aguas del seno del Relon- 
cavi, terminaba, por modestia, en el desierto de Atacama. 

Ni por un instante se crea que en todo esto haya exa- 
geración. Llenos están los archivos públicos de Valdivia y 
aun los de Chiloé, de estos singulares títulos de propiedad, 
semilla de intrincados e inextinguibles pleitos, que cada com- 
prador guardaba como un tesoro en su petaca. 

He insistido en esto para que se deduzca de lo expuesto 
cuáles debieron de ser las dificultades que entorpecieron las 
operaciones de los agentes del Gobierno encargados de re- 
partir entre los inmigrantes terrenos libres, que en ninguna 
parte les era dado encontrar, y cuáles fueron los primeros 
y lamentables motivos que tuvieron los valdivianos y los es- 
peculadores de fuera para mirar de reojo la presencia de los 
primeros inmigrados extranjeros con quienes pensaban es- 
pecular, vendiendo a peso de oro lo que tan poco les había 
costado; pues a ningún detentador se ocultaba que en cuanto 
supiese el Gobierno por sus agentes lo que ocurría, no debe- 
rían librarse por mucho tiempo de los efectos de una acción 



340 VICENTE PÉREZ ROSALES 

reivindicadora que echaría por tierra todas sus risueñas es- 
peranzas. 

Inútiles fueron mis viajes y correrías por la provincia pa- 
ra obtener algún terreno que por su bondad halagase a los 
inmigrantes que primero llegaran, pues sabía que en empre- 
sas de esta naturaleza es indispensable no descuidar el feliz 
éxito de los primeros pasos. 

Atingido por un lado por el espíritu que dominaba en 
el lugar, y por el otro por el justo temor de que no habiendo 
terrenos disponibles de propiedad fiscal que poder desde lue- 
go repartir, iban a dar al inmigrado, que confiado en las pro- 
mesas del Gobierno había abandonado su patria y su hogar, 
una prueba palmaria de que se le había engañado, tendién- 
dole un inicuo lazo, ya me disponía a salir en demanda de 
alguna de las muchas desiertas playas de Carelmapu, cuando 
el buen espíritu de algunos honrados y entendidos patriotas 
valdivianos vino a disuadirme de mi propósito ayudándome 
a combatir con generosos ofrecimientos los efectos de un egoís- 
mo inconsciente. Prestáronse gustosos, unos a asilar a los 
inmigrados en sus casas, otros a prestarles terrenos inmedia- 
tos a la ciudad para sus primeras siembras, y otros hasta 
a prestarles bueyes, el todo sin estipendio alguno. 



CAPITULO XX 

Llegada de la prñnera expedición de inmigrantes al Corral. — 
Interrogatorio solemne de éstos al agente del Gobierno. — 
Consecuencias que de él se desprenden. — Rasgo gene- 
roso del coronel Viel en obsequio de la inmigración. — 
Isla de la Teja. — Nuevas expediciones de inmigrantes. — 
Su clase, verdadero tesoro para Valdivia. — De cómo en- 
tendía cada cual en Chile la inmigración. — Lluvia de 
consejos al Gobierno sobre este tema. — Colonia Musch- 
gay, patrocinada por Domeyko. — Muschgay, el Arzobis- 
po y los Larraínes. — El católico Muschgay abraza la re- 
ligión araucana. — El atroz Cambiaso en Valdivia. 

No todos los hijos de Valdivia, pues, sacrificaban el fu- 
turo bienestar de la provincia al mezquino lucro que les ofre- 
cía un presente instantáneo, como me he complacido en 
dejarlo sentado al fin del capitulo anterior, pero esos ofre- 
cimientos llenaban sólo a medias los propósitos que perse- 
guía el Gobierno y los verdaderos intereses del país. 

En estas circunstancias vino a sacar al soñoliento Val- 
divia de su natural apatía la noticia de haber llegado al Co- 
rral, procedente de Hamburgo. la barca Hermann, después de 
120 días de navegación, conduciendo a su bordo 85 pasajeros 
alem.anes: 70 hombres, 10 mujeres y 5 niños. 

Llegaron estos inmigrados costeando ellos mismos su pa- 
saje, más bien en calidad de comisión exploradora, para sa- 
ber hasta qué punto alcanzaba la verdad de los ofrecimien- 
tos que, a nombre del Gobierno, hacia en Europa el mayor de 
ingenieros don Bernardo Philippi a las personas que quisie- 
sen dirigirse a Chile, que en calidad de principio de inmigra- 
ción, autorizado por incuestionable conveniencia. 

Eran la mayor parte de estos pasajeros hombres que dis- 
ponían de regular fortuna, y algunos de entre ellos venían 
comisionados por casas acaudaladas para proponer al Go- 
bierno proyectos de inmigración costeada por ellas en cam- 
bio de cesiones más o menos extensas de terrenos baldíos 
que ellas se comprometían a poblar en tiempo convencional. 

Convenía, pues, a todo trance hacer que las primeras im- 



342 VICENTE PÉREZ ROSALES 

presiones que recibiese en Chile esta importantísima van- 
guardia del futuro progreso de Valdivia, correspondiese a las 
esperanzas que al salir de ¿su patria habia concebido sobre la 
hospitalidad que le aguardaba entre nosotros. Sin perder, 
pues, un solo instante, junto con recibir la noticia de la lle- 
gada del Hermann, me embarqué para el Corral. 

Trasladado a bordo, donde me di a conocer explicando 
a los recién llegados cuál era mi misión respecto a ellos, el 
natural temor del que recién llega a un país extraño, sin 
más garantías de encontrar en él una mano amiga que le 
dirija en sus primeros pasos que aquella que emana de una 
simple promesa, desapareció por completo. A la tímida des- 
confianza sucedió el más vivo contento. Todos me rodearon, 
todos me dirigían las más solícitas preguntas, y lo precipi- 
tado de ellas acerca de las disposiciones de nuestro Gobierno 
hacia ellos, la ansiedad con que se escuchaban mis respues- 
tas, y el sincero agradecimiento "que manifestaban a cada 
una de ellas, me hizo sospechar que sugestiones de algún 
mal intencionado habían sembrado desconfianza en el áni- 
mo de estos intrépidos viajeros. 

Dispuse en seguida que se les mandase algunos refrescos, 
les señalé las habitaciones que provisionalmente debían ocu- 
par, y después de haberlos dejado sumamente recomenda- 
dos a las autoridades de Corral, partí para Valdivia, pre- 
viniéndoles que siendo mi cargo especial el de ser intérprete 
de sus necesidades 'en la provincia, debían siempre dirigirse 
con preferencia a mí en cuanto se les ofreciese. 

Dos días después de mi regreso llegó a Valdivia una co- 
misión compuesta de seis individuos de los principales pa- 
sajeros, solicitando de hií una entrevista, que tuvo lugar en 
la noche del día 17. Todos ellos, comisionados especiales, unos 
de Kamburgo, otros de diversos puntos de Alemania, eran 
mandados expresamente por sociedades de emigración para 
explorar el campo y para remitir a sus comitentes datos más 
circunstanciados y fehacientes, tanto del país que iban a 
adoptar por patria, cuanto de los privilegios que les conce- 
día el Gobierno que debía regirlos. 

Se me presentó por escrito una serie de preguntas, a las 
cuales contesté lo más categóricamente que me fué dado, 
conformándome a las instrucciones del señor Philippi, dadas 
por el Supremo Gobierno, a la ampliación de ellas en las 
notas que sucesivamente se habían dirigido a dicho comisio- 
nado, y a las leyes vigentes sobre inmigración. 

Encabezaba el interrogatorio un cumplido a las autori- 
dades del país por el cordial recibimiento que se les había 
hecho, y una demostración del más puro agradecimiento por 



RECUERDOS DEL PASADO 343 

la benevolencia con que se les mitigaba la desgracia de aban- 
dona.r su país natal. Tras este exordio seguían las pr-eguntas 
siguientes, la mayor parte de ellas aplicables a los colonos 
que venían costeando su pasaje. 

1." ¿Qué medidas debe tomar el inmiigrado para ser ciu- 
dadano chileno? 

2." ¿Cuánto tiempo después de su llegada debe serlo? 

3.- ¿Si tiene voto en las elecciones? 

4." Si habiendo algunos disidentes entre ellos ¿se les obli- 
ga a abandonar la religión de sus padres? 

5." Si disidentes, ¿pueden casarse entre ellos? 

6." ¿Qué tramitaciones deberán observarse para que el 
matrimonio sea tenido por valedero y legal en este caso? 

7.- ¿Si los hijos de los disidentes se han de bautizar se- 
gún lo prescribe la iglesia católica? 

8.- ¿Qué debe hacerse para que quede constancia de la 
legitimidad de los hijos en caso contrario? 

9.- Si la conveniencia de las colonias exigiese la forma- 
ción de aldeas, ¿pueden esperar que recaiga en alguno de 
ellos el título de juez? 

10. ¿Si pueden ser enrolados en las guardias cívicas? 

11. Si al abrir caminos de conveniencia pública, ¿pueden 
contar con la cooperación del Gobierno? 

12. Si los tratos y contratos celebrados por ellos en Ale- 
mania para cumplir en Chile, ¿son firmes y valederos aquí? 

13. ¿Cuál es el máximum y el mínimum del valor asig- 
nado a los terrenos fiscales? 

14. Si compran terrenos a particulares, ¿tendrán que pa- 
gar alcabala? 

15. ¿Cuántas cuadras de tierra puede comprar al Fisco 
cada, colono? 

16. ¿Si se les exige el dinero al contado? 

17. Si al cabo del plazo no tuvieren como pagar, ¿se les 
recibe el interés corriente hasta que puedan hacerlo? 

18. ¿Si puede el Gobierno de Chile asegurar terrenos pa- 
ra mil familias? 

Este curioso e interesante interrogatorio, elaborado en 
Alemania, en presencia de regalías que se desean conservar 
si se poseen, o buscarlas en otra parte en caso contrario, de- 
bería tenerse a la vi.sta siempre que llegare el caso de atraer 
inmigraciones voluntarias, sobre toda región que no fuere 
del todo conocida. 

Desde luego se ve que la primera aspiración del emi- 
grante que rompe por necesidad, por conveniencia o por des- 
gracia el vínculG que le ata al país donde vio por primera 
vez la luz del sol. es la de reanudarlo para atarse de nuevo 



344 VICENTE PÉREZ ROSALES 

con él a la patria de su elección. La segunda, el libre ejercicio 
de la religión en que sus padres lo criaron. La tercera, la 
constitución de la familia, y la última, la de ser propietario 
de terrenos. 

Nada encarece más a los ojos del hombre la importancia 
de vivir a la sombra del libre régimen republicano, como el 
haber nacido y tener obligación de continuar viviendo bajo 
la tirantez más o menos despótica del monárquico. No es. 
pues, extraño que convertir en hecho la idea de ser ciudada- 
nos de una república donde las voces de amo y de siervo no 
tienen significado; donde la virtud y el trabajo son nobleza; 
donde no hay más contribuciones que pagar que aquella que 
autoriza una ley en cuya confección entran los mismos que 
deben soportar sus efectos, sea la primera aspiración de aque- 
llos que emigran; y lo es mucho menos aun el que, después 
de encontrar facilidades para la constitución de la familia 
y garantías para el libre ejercicio de sus respectivos cultos, 
sólo se aspire al para ellos indispensable titulo de propietario, 
aunque fuere sólo del de una sola pulgada de suelo. La se- 
guridad de alcanzar a ser propietario, por muy apartada que 
fuere la región que Jes ofrezca semejante don, satisface en 
el ánimo de los poseedores de modestas fortunas, en el del 
labriego y en el del simple gañán europeos, un sueño encan- 
tador que les acompaña, sin llegar casi nunca a ser realidad, 
desde la cuna hasta el sepulcro. 

Por no haber dado a esta última aspiración la elevada 
importancia que tiene para el inmigrado, no han podido hasta 
ahora, muchos de los grandes propietarios de fundos rústi- 
cos del norte, explicarse el porqué de la insuperable resisten- 
cia que opone el más pobre de los inmigrados en Valdivia a 
abandonar su poco lucrativa propiedad, por los pingües sala- 
rios y la regalada vida que ellos le ofrecen en sus fundos. 

Faltando al emigrante agricultor la posibilidad de ser en 
el acto propietario, puede decirse que le falta todo. 

Contenta por demás la modesta comisión con el tenor 
de mis contestaciones, se alzó de su asiento el respetable y 
sabio profesor don Carlos Anwandter, que la presidía, y lleno 
de emoción, dijo estas sentidas palabras: 

— "Seremos chilenos honrados y laboriosos como el que 
más lo fuere. Unidos a las filas de nuestros nuevos compa- 
triotas, defenderemos nuestro país adoptivo contra toda agre- 
sión extranjera con la decisión y la firmeza del hombre que 
defiende a su patria, a su familia y a sus intereses". 

Compréndese cuan desesperante debió de ser la situa- 
ción en que .se encontraba el agente de colonización no pu- 
diendo desde luego cumplir el compromiso de entregar a los 



RECUERDOS DEL PASADO 345 

recién llegados los terrenos prometidos, y cuál el peligro que 
coma la inmigración por falta de tan fundamental requi- 
sito; pero por fortuna no se prolongó esta situación, debido a 
la mano de la Providencia, que al tenderla como siempre a 
Chile, puso inesperadamente en la mia el más oportuno me- 
dio de salir del paso. 

Residía a la sazón en Valdivia, a cargo de la Comandan- 
cia General de Armas de la provincia, el benemérito anciano 
don Benjamín Viel, antiguo soldado del primer Napoleón y 
coronel en nuestros ejércitos. Este simpático y entusiasta 
jefe, cuya cabeza abrigaba tanta poesía cuanta generosidad 
su desprendido corazón, acababa de asegurar el porvenir de 
sus hijos y el suyo propio, pues era sumamente pobre, con 
la adquisición cómoda y barata de la importante isla de la 
Teja, propiedad municipal, situada frente al pueblo en la 
confluencia de los ríos Calle-Calle y Cruces, que forman jun- 
tos el Valdivia. 

Viel, impuesto de cuanto ocurría, como pudiera haberlo 
hecho el mejor y más patriota de los chilenos, no titubeó un 
instante en ceder a su patria adoptiva el derecho a una pro- 
piedad que proporcionaba a él y a sus hijos el goce de una 
modesta pero segura subsistencia; y con este acto de gene- 
roso desprendimiento salvó la situación. 

Es la isla de la Teja o Valenzuela, la mayor o más im- 
portante de cuantas circundan con sus aguas los numerosos 
brazos del Valdivia. La linea de su mayor extensión alcanza 
a medir 4.820 metros, y la de mayor anchura, 1.800. Cubierta, 
como la mayor parte de aquellos campos, de hermoso bos- 
que y de manzanares silvestres, la naturaleza de su suelo y la 
vecindad a la ciudad, de la cual forma al occidente un ver- 
dadero barrio de ultra rio, no podía la propiedad ser más 
aparente para el fin qué se le destinaba. Devuelta, pues, esta 
isla a la ciudad por la rescisión generosa del contrato Viel, 
precedió sin tardanza el Municipio a adjudicarla a los in- 
migrados, vendiendo a cada familia hijuelas de tamaño pro- 
porcional, a precios módicos y a censos irredimibles. 

El entusiasmo y el contento precedieron a la toma de 
posesión de este pequeño territorio, base tal vez del porve- 
nir de la provincia, y el Cabildo aumentó sus propios recur- 
sos en proporción inesperada. 

La colonización de la isla de Valenzuela, tan inmediata 
a la ciudad, proporcionaba desde luego, dos inapreciables ven- 
tajas: 1.a, el efecto moral y material que debía producir en 
esta apática y melancólica población el ejemplo de la acti- 
vidad, del trabajo y de la industria alemanes; 2.a, el que ios 
emigrantes encontrasen tan inmediato al punto donde debían 



346 VICENTE PÉREZ ROSALES 

desembarcar, un centro seguro de apoyo, y aquella cordial 
acogida que siempre se dispensan entre si los nacionales en 
un país extranjero, en donde todo para el recién llegado es 
nuevo: idioma, leyes y costumbres. Dábame también esta ocu- 
rrencia, tiempo para reconocer la provincia y recobrar la 
posesión de los terrenos fiscales y baldíos que con tanto des- 
caro se disputaban al Estado. 

Mientras yo practicaba estas diligencias reivindicadoras, 
que sólo dieron por resultado la adquisición de la misión de 
Cudico y Pampa de Negrón en el departamento de la Unión, 
y de la lonja riberana de terrenos que media entre Niebla y 
Cutipai, sobre la margen del Valdivia, extensión de terrenos 
que, separados por malísimos caminos, sólo alcanzaba a 683 
cuadras, llegó otra expedición de emigrantes a bordo del Su- 
sana, a aumentar las dificultades de la situación ya reagra- 
vada por lo poco qu.e habían durado entre los valdivianos 
los rasgos de generosidad que a fuerza de afanes habían co- 
menzado a desplegar para con los recién llegados. 

Tan pronto como partió el Hermann, el interés volvió los 
ánimos a su primer propósito, y los emigrados reducidos a 
las penurias de un estrecho sitio, fueron designados como 
otras tantas minas que debían explotarse. Terrenos que antes 
de su llegada yacían abandonados por incultivables, recono- 
cieron todos dueños; cada dueño, o se negó a su venta, o su- 
bió su valor del nominal de cuatro reales cuadra, que no en- 
contraba compradores, al monstruoso de peso vara en los 
contornos de esta ciudad; y aquellos que poco antes se com- 
praron a bulto en cien pesos, se vendieron a los alemanes por 
favor hasta en dos mil. Más dificultades encontraban aun en 
la adquisición de sitios urbanos: reservábanlos sus dueños 
para venderlos m.ejor a los que viniesen después, como si re- 
cibiendo mal a los primeros pudiera razonablemente esperar- 
se que viniesen más. Presumían que cada propiedad era un 
tesoro, y destruían la causa que les daba su valor, y era para 
ellos razón sin fundamento cuanto tendiese a impedir que 
devorasen la semilla si querían esperar pingües cosechas. 

Téngase presente que las ventajas de la inmigración la 
empezaron a palpar desde el instante en que ella se inició en 
Valdivia, porque como no todos los inmigrados que llegaron 
en el Hermann fuesen agricultores, sino también artesanos e 
industriales, apenas se les vio llegar cuando com.enzó Val- 
divia a comprar bueno y barato, en su propia casa, lo que 
días antes tenía que comprar caro y de engaños y mala ca- 
lidad fuera de ella. 

Alojé a 102 emigrados que condujo el Susana como Dios 



RECUERDOS DEL PASADO 347 

y algunos buenos vecinos me ayudaron, para que pudiesen es- 
perar con menos afán el repartimiento de aquellas tierras de 
promisión de las que sólo rastros se encontraban en los con- 
tornos de Valdivia. 

Los inmigrados, llegados en el Hennann y en el Susana, 
asi como los demás que se esperaban en el San Paoli, en el 
Adolfo y otros buques expedidos por la casa Godefrai de 
Hamburgo, no eran simples japoneses que abandonaban su 
patria atraídos por el precio que nosotros dábamos al tra- 
bajo jornalero; muy al contrario, cuantos vinieron y siguie- 
ron viniendo fueron todos industriales más o menos acomo- 
dados, que en vez de solicitar favores los dispensaban, exi- 
giendo sólo, en cambio de ellos, que se les vendiese, por di- 
nero, terrenos que hasta su llegada se habían considerado sin 
valor alguno. 

Los archivos que acreditaban la trasmisión de propiedad 
hasta el primer ingreso de ese puñado de alemanes que con- 
dujo el Hermann, sólo daban señales de vida para consig- 
nar simples transacciones con supuestos propietarios indí- 
genas, hechas todas a cuenta de licores, de tal cual peso fuer- 
te y baratijas, de tendejones valorizados en mucho, para 
hacer que apareciese más legítima la propiedad adquirida; 
pero apenas llegaron los inmigrantes cuando ya comenzó 
el dinero a regularizar los cambios, y la industria a echar 
sus primeras raíces. 

En sólo los cuatro meses corridos de diciembre del 50 a 
marzo del 51, ya se edificaban, en la aldea de Valdivia, ocho 
casas alemanas en sitios comprados a subidos precios; y dos 
propiedades rurales, igualmente compradas al contado, re- 
cibían por primera vez en los contornos del pueblo el bau- 
tismo del cultivo europeo (1). 

El más pobre de cuantos vinieron, un tal Kott, muerto 
en el viaje, había tenido cómo pagar su pasaje, el de su mu- 
jer y el de sus dos hijos; cómo proveerse de un modesto 
ajuar, hacerse de herramientas, y aun de conservar algún 
sobrante para los primeros gastos de instalación. Entre los 
inmigrados vinieron capacidades como Philippi, Schneider, 
Anwandter; industriales como nunca habían venido a Chile 
y muchos capitalistas, que por sí, o a nombre de algunas so- 
ciedades europeas, vinieron con el propósito de hacerse de 
terrenos para fundar colonias en ellas. 

Era, pues, la inmigración para Valdivia la benigna vlsi- 



(1) Fueron los propietarios de sitios adquiridos sin previo 
auxilio del Gobierno: Ebner, Leohler, Kayser, Ribbeck, Horni- 
kel, Hoffmann, Hacbler, Yneffer, von Zusch y Krugen. 



348 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ta que le hacían las luces, las artes y las riquezas materiales, 
para sacarla de la postración en que se hallaba. 

Padecemos en Chile manía de saberlo todo, y de come- 
zón de criticar cuanto no concuerda con nuestro universal 
saber. Tratándose de medidas económicas, Chile es el país 
jurado de los economistas; si es de las concernientes a la gue- 
rra, o a las de la marina, todos somos generales, o por lo 
menos almirantes; no es, pues, extraño que, tratándose en- 
tonces de inmigración, todos se convirtiesen en colonizadores. 

Los valdivianos querían inmigrados a quienes vender por 
dies lo que les había cosiado uno; los hacendados del norte, 
brazos gañanes que abaratasen los de sus inquilinos; para 
los acaudalados santiagueños, todo lo que no fuese fomentar 
la venida de cocheros y cocineros era dinero perdido; para 
los mineros del norte, de nada servia la inmigración si no 
se componía de barreteros, y por último, hasta el celo exa- 
gerado por la unidad de religión vino también a terciar en 
esta general algazara. 

Entre los diarios y ridículos episodios que surgieron en 
los primeros tiempos de nuestro común afán colonizador, sólo 
escogeré, para contarlo, uno que puede servir de lección y 
de ejemplo, no sólo a los futuros colonizadores, sino a todo 
hombre religioso cuya candorosa virtud le expone a aceptar 
la apariencia por la realidad, el hábito por el monje, el tar- 
tufo por el verdadero siervo de Dios. 

El conocido naturalista Domeyko, hombre de fe sincera 
y celoso observante de los preceptos religiosos que impone a 
los cristianos la Iglesia Católica Romana, escribió también 
su memoria sobre colonización; y como en cuanto se escri- 
bía sobre este importante tema cada cual pedía para su san- 
to, pedía el autor que sólo se buscasen católicos y no disiden- 
tes para nuestras colonias. Como prueba de la importancia 
de semejante indicación, tuvo cuidado de insertar en su me- 
moria la carta que un tal Muschgay, católico de Wurtenberg, 
había escrito a la Excelencia de Chile, solicitando en ella 
concesiones y terrenos para fundar en la República, bajo el 
amparo del Gobierno, una colonia católica. 

Decíase en esa carta, que por lo sumiso de su estilo, y 
por la beatitud de sus propósitos arrancó al honrado Do- 
meyko tan sinceros elogios, entre otras cosas, en resumen 
lo siguiente: que vendrían treinta familias católicas, que 
ninguno de sus miembros se habían mezclado en asuntos 
políticos, que todos gozaban de buena reputación, y que en 
cuanto a pureza de costumbres se hacían responsables todos 
por cada uno y cada uno por todos; pero que en cambio 



RECUERDOS DEL PASADO 349 

exigían que la colonia se colocase cerca de alguna iglesia 
católica. 

Otra carta por este estilo, pero más explícita, del mismo 
director de la futura colonia modelo, llegó a manos de la 
misma Excelencia con fecha 10 de abril del siguiente año, 
y en ella el simple y modesto administrador de bosques de 
Wurtenberg aparecía, como por encanto, convertido en dies- 
tro minero, en gran agrónomo capaz de dirigir escuelas de 
artes, y sobre todo en profesor de religión católica. Este tu- 
nante de tomo y lomo, que sólo creyó encontrar en Chile 
fanáticos o inocentes a quienes explotar, tuvo cuidado, para 
dar más peso a su misiva, de firmarla, ¿dónde creen mis lec- 
tores que lo haría?. . . ¡en el interior de un claustro! A su des- 
carada firma "O. Muschgay", precedían estas textuales pala- 
bras: "Monasterio de Zwif alten, del reino de Wurtenberg, abril 
10 de 1850". 

Muschgay llegó a Valdivia en el bergantín Susana, no 
acompañado' de los 20 exploradores que según sus cartas de- 
bían formar la vanguardia dé su católica colonia, sino de 
sólo 14 individuos, que tal vez fueron los únicos copartícipes 
de su proyecto que encontró a mano antes de embarcarse, 
y al momento solicitó de mí una audiencia que le fué desde 
luego concedida. Era éste un hombre robusto, más bien alto 
que bajo, de poblada patilla y pelo negro. Daba poco los ojos, 
porque probablemente la modestia le hacía bajar la vista. 
Noté en él cierta disimulada afectación para lucirme las cru- 
ces de metal que llevaba por botones en el pecho de la ca- 
misa, y dos calaveras de marfil colocadas en los ojales de los 
puños. 

A pesar de la mala impresión que me dejó esta visita, 
cumplí, bien que protestando, los ofrecimientos que el Go- 
bierno, movido por los escritos de Domeyko, había hecho a 
este heraldo de modelos de colonias católicas. Puse a su dis- 
posición, con perjuicio de los demás inmigrados, el mejor te- 
rreno que tenía, y ni siquiera aportó por él. Le di local y úti- 
les para la escuela, y ni la asistió, ni los niños asistieron a 
ella. El comensal del monasterio de Zwifalten. del Reino de 
Wurtenberg, iba a juego más grande. En vez de ocuparse de 
algo de lo que le concernía al cumplimiento de sus ofertas, 
se ocupaba de idear los planes y proyectos más descabellados: 
entre ellos tengo uno a la vista en que proponía al Gobierno 
perforar, por su base, los Andes para llegar más pronto a Bue- 
nos Aires. 

Mas como en este mundo todo se acaba, apestado el 
agente de Colonización con los diarios oficios y proyectos de 



"350 VICENTE PÉREZ ROSALES 



Muschgay. le intimó orden de vacar a sus quehaceres, y de 
abstenerse en lo sucesivo de agregar a su apellido, en sus 
oficios, el sobrenombre de católico, que nunca olvidaba po- 
ner como verdadero complemento de su nombre. 

Muschgay desde ese día se eclipsó de Valdivia, donde no 
encontró chorlitos a quienes embaucar, y con la memoria de 
Domeyko en la mano fué a arrojarse a los pies de nuestro 
buen prelado el Arzobispo de Santiago, como victima de la 
malquerencia del hereje Agente de la Colonización, quien 
sólo por ser cristiano le perseguía. Entróse en el corazón del 
honrado y modesto príncipe de nuestra iglesia, y con seme- 
jante llave, en el de los amigos de éste, y a los pocos meses 
se le vio, con general admiración, llegar a Valdivia conver- 
tido en altanero negociante, a cargo de un vapor, e investi- 
do de los plenos poderes que, para adquirir vastas propieda- 
des territoriales, le había confiado la opulenta familia La- 
rraín y Gandarillas de Santiago, sin más recomendaciones ni 
garantías que las que él mismo se supo deducir de su envi- 
diable título de cristiano perseguido. 

El resultado no podía ser dudoso. Derrochados los bienes 
que se le habían confiado, convertido el vapor en lupanar, 
los giros que en medio de la embriaguez enviaba ese tunante 
a sus espantados socios de Santiago, obligaron a éstos, aun- 
que tarde, a trasladarse a Valdivia, a valerse del hereje Agen- 
te para arrancar de las uñas de mi antigua y supuesta víc- 
tima los jirones que aún quedaban de tan mal empleada for- 
tuna, ¡y para colmo de desgracias, los inocentes habilitado- 
res y socios del honrado Muschgay tuvieron el dolor de ver 
ahogarse en eil Valdivia a uno de sus hermanos! 

¿Qué hizo entonces el católico gerente? Presentó a los 
Larraín, en una hoja de papel de marquilla, por toda cuenta 
y razón de los bienes que habían pasado por su mano, un je- 
roglífico lleno de cuadritos con distintos colores, sobre los 
cuales, ya perpendiculares, 3'^a al sesgo, se veían rengloncitos 
y números que nadie pudo comprender, y mientras que sus 
socios se daban a Barrabás con lo que estaba pasando, Musch- 
gay, que se había dejado crecer la melena, se metió en la 
indiada de Pitrufqiién. Seguro de la impunidad allí, dijo que 
la religión arnurana era la más perfecta do todas las reli- 
giones, casó allá con cuantas mujeres pudo, y desde entonces 
no se volvió a oír hablar más dé él. ¡Pobre religión, de cuán- 
tos abusos no erss víotima! Así como tras la cruz suele en- 
contrarse el Diablo, tras la voz virtud se encuentra casi 
siempre el falso religioso. 

Antes de principiar la relación de mis correríais por el 



RECUERDOS DEL PASADO 351 

interior de la provincia, preciso es dejar aquí consignado, por 
ser este su legítimo lugar algo que se relaciona con el motín 
del cuartel que. encabezado por el feroz Cambiaso, el 21 de 
diciembre de 1851 en Magallanes, horrorizó al país entero y 
privó al propio tiempo a la marina chilena, con el desleal 
asesinato de Muñoz Gamero, de una de sus más calificadas 
esperanzas. 

Era yo Intendente de Valdivia aquel mismo año, y por 
desgracia los asuntos políticos y los de la colonización ha- 
bían obligado al Gobierno a separar los deberes de la Co- 
mandancia General de Armas de los de la Intendencia, cuan- 
do ancló en el puerto de Corral, de tránsito para el presi- 
dio de Magallanes, un transporte del Estado que conducía 
reos rematados y un piquete de soldados de artillería a car- 
go del tristemente célebre chilote teniente Miguel José Cam- 
biaso. He dicho por desgracia, porque si mis derechos de In- 
tendente no hubieran encontrado contrapeso en los del Co- 
mandante General de Armas, Cambiaso hubiera permaneci- 
do mucho tiempo confinado en el presidio de la fortaleza de 
Niebla, y los anales del crimen no aumentarían como ahora 
sus sangrientas páginas con el relato de atrocidades cuyos 
antecedentes ocurridos ante mí en Valdivia, paso a referir: 

Cambiaso supo aprovechar tan bien la corta estadía del 
transporte én el Corral, que ya desde el día siguiente de su 
llegada comenzaron a circular tantas noticias de los des- 
órdenes que el tal mJlitar promovía en Valdivia, donde pa- 
rece que había residido antes por algún tiempo, que alarma- 
do pregunté al ex Intendente don Juan Francisco Adriasola. 
si tenia alguna noticia de semejante loco. Don Juan Francis-, 
co me contestó con amarga congoja: "Ese que usted llama 
loco, tiene más de pillo que de loco; es un tuno de tomo y lomo, 
cuyos pecados veniales nunca han sido otros que el jugar, 
petardear, beber y enamorar, todo con el mayor descaro y 
sin tasa ni medida; y no me pregunte más. Ese tal, sin el 
cargo que lleva, yo no sé por qué, iría bien a donde va, bien 
amarrado". 

La víspera de la salida del transporte en que debía con- 
tinuar su viaje ese dechado de virtudes y cuando menas 
esperaba yo que algo siquiera viniese a interrumpir la in- 
sulsa monotonía de mi despacho diario, precedida de algunos 
destemplados alaridos, entró precipitada en mi sala de tra- 
bajo una mujer del pueblo, que con voz convulsa y dolorida 
me dijo llorando: "¡Señor, el teniente Cambiaso, aprovechan- 
do una ausencia de mi casa, me ha robado a mí única hija 
y la tiene escondida a bordo, junto con mis baulitos de ro- 

Recuerdo. — 12 



352- VICENTE PÉREZ ROSALES 

pa y con cuantas pobrezas tenía economizadas para mi sus- 
tento". 

Tranquilizada aquella infeliz, ocho horas después de bien 
cerciorado de lo que pasaba, había sido traída al nido ma- 
terno la inocente paloma que había pensado alzar el vuelo 
hacia las regiones australes, y el seductor esperaba con una 
barra de grillos en la fortaleza de Niebla la iniciación de la 
causa que mandé que se le formase. 

Cambiaso. viendo lo que se le esperaba, ocurrió invocan- 
do el fuero militar, al Comandante General de Armas, al 
pundonoroso y confiado coronel don Benjamín Viel, que des- 
empeñaba a la sazón ese destino, y desde entonces mi pro- 
pósito quedó frustrado. 

Para qué referir las discusiones verbales de competencia 
a que dio lugar este incidente entre Viel y yo, discusiones 
que hasta con gusto referiría por su originalidad, si el haber 
salido yo mal en ellas no hubiera motivado la catástrofe de 
Magallanes. Recuerdo, entre otras cosas, que Viel me dijo 
para determinarme a silenciar lo que ocurría, después de 
hacerme ver que mis deberes de simple- Intendente debían 
detenerse en el punto en que el asunto estaba, que la pala- 
bra rapto era una arma de dos filos, "y si no, agregó sonrién- 
dose, dime, buen Vicente: cuando hay rapto, ¿quién es el 
robador y quién es el robado? ¿Es el hombre el que se roba 
a la mujer, o es la mujer la que se roba al hombre?" 

Cambiaso se descartó del robo atribuyendo el hecho a su 
querida, y del rapto, ¡cargándolo en cuenta a la juventud! 
Ese perdido, merced a Viel, siguió su viaje, y fué el que en- 
cabezando el motín del cuartel en el que corrieron parejas 
el licor y la sangre, asesinó al bizarro y valiente comandante 
don Benjamín Muñoz Gamero, que era una de las más puras 
esperanzas de nuestra marina de guerra. Viel, al recibir la 
noticia de esta catástrofe, lleno de despecho y de amargura, 
porque tenía a Muñoz Gamero el cariño de padre, se lanzó 
precipitado en busca mía, y con lágrimas, echándome los bra- 
zos, me dijo: "¡Yo no más tengo la culpa de esta desgracia! 
¡Yo debí haber hecho escupir sangre a ese malvado antes 
de dejarle continuar su viaje!" 



CAPITULO XXI 

Viajes al interior de la provincia. — Laguna de Llanquihue.-*- 
Incendio de las selvas de Chanchán. — Mi naufragio en 
la laguna. — Peligroso descrédito de la colonización en 
Chile. — Cómo se salió de tan duro trance. — Exploracio- 
nes de los canales de Chacao y seno de Reloncavi. — El 
Callenel. 

Salir cuanto antes de la situación indecisa en que me en- 
contraba, era de todo punto necesario, pues, vista la acti- 
tud de los detentadores de terrenos, aún estaba por resol- 
verse el problema de si podría ser Valdivia el primer asiento 
de las colonias en Chile. 

Instalados los recién llegados inmigrantes en las casa- 
matas del antiguo castillo del Corral, repartidos entre algu- 
nos de ellos los malísimos terrenos de Cutipai y tal cual otra 
aislada orilla del río de Valdivia, orillas que por lo inútiles 
nadie disputaba y que yo cuidé de adjudicar sin precio al- 
guno, para que los inmigrados esperasen con menos desagra- 
do la venida de aquellos terrenos que, según noticias, debían 
salirles al encuentro, marché sin más esperar, para el inte- 
rior. 

La caravana era puramente exploradora. Ni yo ni los 
hijos del norte sabíamos a punto fijo lo que era entonces la 
dichosa provincia de Valdivia, salvo la vulgar creencia de 
que era grande, en extremo despoblada y que llovía en ella 
370 días de los 365 de que consta el año; y tanto era así, que 
en los momentos de emprender el viaje acababa de recibir 
del señor Ministro don Jerónimo Urmeneta, un oficio en el 
que me decía que habiendo sabido con sentimiento que en 
la provincia no se daba el trigo, creía llegado el caso de de- 
cirme que le parecía conveniente comenzar a tomar medi- 
das prudenciales para la traslación de los inmigrados al te- 
rritorio, de Arauco. . 

Acompañábame en la expedición el modesto y muy en- 
tendido ingeniero don Guillermo Frick, alemán y antiguo ve- 
cino de Valdivia y comisionado por el Gobierno para la ave- 



354 VICENTE PÉREZ ROSALES 



riguación de los terrenos fiscales ele la provincia, y a más, 
dos de los inmigrados recién llegados. 

Salimos embarcados del pueblo de Valdivia, por ser la 
Via fluvial el único camino que entonces conducta a Futa, 
especie de estación donde deja de ser perfectamente navega- 
ble el rio de este nombre, que es uno de los tributarios del 
Valdivia. Maravillan, en este corto trayecto, las tranquilas y 
transparentes aguas del rio; la exuberante vegetación, que 
nace desde las mismas aguas, sin dejar una sola pulgada de 
playa donde sentar pie; la sombra de los árboles colosales que 
se inclinan sobre el río, cubiertos de cenefas de copihues que 
se balancean sobre las embarcaciones, y los muchos manza- 
nares silvestres que a cada paso, bien que cubiertos de lam- 
pazos parece que disputaran a los bosques su lozanía. 

En Futa ya, montamos a caballo para bregar con los ca- 
minos, o mejor dicho, con las sendas más tortuosas y llenas 
de sartenejas que es posible imaginar, y siempre a la sombra 
de la tupidísima selva que separa el valle de la costa del 
central. A poco andar nos encontramos con una importan- 
tísima barranca en cujio abierto centro estaba a la vista un 
poderoso lecho de carbón de piedra que, según me dijo, 
no se explotaba por falta de brazos y de caminos, dificulta- 
des que en mi concepto hubiera sido muy fácil vencer. 

El primer aspecto de Valdivia revela muy poco a los ojos 
del recién llegado cuan hermosos e importantes son sus cam- 
pos del interior para la agricultura y para las artes. Los bos- 
ques intransitables que ocupan las dos terceras partes de 
aquel territorio sólo ostentan su maravillosa lozanía en la 
costa y en la base de los Andes. El centro que media entre una 
y otra de estas dos sombrías zonas, confín austral del valle 
del centro, que partiendo del pie del contrafuerte de Chaca- 
buco, se extiende, sin interrupción, hasta las aguas de Cha- 
cao, ofrece en Valdivia, per todas partes, terrenos limpios 
sometidos a la benéfica influencia de los rayos directos del 
sol. En Osorno se producen, a excepción de la vid, todos los 
frutos de los países templados; y si el trigo no se exportaba 
entonces, como ya se ha dicho, era porque hacía más cuen- 
ta llevarle por mar de Valparaíso al Corral, que de Osorno y 
de la Unión ai mismo puerto: tal era el perverso estado de sus 
caminos. 

Salidos de la espesura y de los bosques de la costa, pudi- 
mos galopar en las preciosas y despejadas planicies del valle 
central hasta llegar a la pequeña aldea de la Unión, conde- 
corada entonces con el título de cabecera de departamento. 

Era entonces Gobernador de aquel aduar don Eusebio 



RECUERDOS DEL PASADO -355 



RÍOS, excelente y activo campesino para quien, mandando 
la autoridad, no había imposibles. Oyó mis quejas de cómo 
se portaban en Valdivia con los recién llegados, y al momen- 
to nos sobraron terrenos de que poder disponer en su depar- 
tamento, aunque, por desgracia, el estado de los caminos no 
me permitió utilizarlos. 

Dejé en la Unión, recomendados a Ríos, a los dos alemanes 
recien llegados y proseguí mi marcha para Osorno. No tar- 
damos en encontrarnos con la para Chile impotente vía flu- 
vial que lleva el nombre de Trumag. El influjo de las mareas 
en esa hermosa ría se hace sentir muy tierra adentro en el 
valle central, bien que no mezcla las aguas marítimas con 
las del río en esos puntos; pero como las contiene, las hin- 
cha a tal extremo que las embarcaciones suelen pasar por 
sobre las copas de los árboles sumergidos en las épocas zi- 
zigiales. 

Llegado a Osorno, este pueblo de tradiciones y digno de 
estudio no llamó en manera alguna mi atención, pues ocu- 
pada por completo mi imaginación en adquirir terrenos fis- 
cales para salvar los compromisos del Gobierno, y con la 
salvación de ellos a la misma inmigración, sólo dediqué los 
días que allí estuve en aprovechar la feliz circunstancia de 
que aún no había tomado cuerpo en esos lugares la idea de 
disputar al Estado sus terrenos, para hacerme de cuantos 
pude. 

Pero esto no pudo bastarme, porque los terrenos adqui- 
ridos carecían de aquella unidad indispensable para un es- 
tablecimiento colonial de alguna importancia. Era necesario, 
además, para utilizarlos, abrir caminos, y su extensión no los 
hacía merecedores de esa costosa mejora. 

Informes maduramente recogidos me convencieron de que 
sólo podía encontrar lo que deseaba, en el corazón mismo de 
la inmensa y virgen selva que, extendiéndose desde Raneo, 
cubría la extensa base de los Andes hasta sumir sus raíces 
en las salobres aguas del seno de Reloncaví. 

De esa sombría región, sólo los indios podían dar tal 
cual cabal noticia, por ser de todo punto imposible penetrar 
en ella sino a pie y abriendo, a fuerza de machete por entre 
esas enramadas, angostísimas veredas, que la fuerza de la 
vegetación y la caída de los ganchos no tardaban en borrar. 

Impuesto de que a poco caminar hacia el SE. de Osorno 
debía encontrarme con la zona occidental de esa selva, cuyo 
centro ocupaba la laguna de Llanquihue a pesar de cuanto 
hizo el Gobernador para disuadirme del propósito que con- 
cebí de penetrar en ella, salí para ese temido lugar acompa- 
ñado con el señor Frick y con dos indios prácticos. 



356 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Alojamos en un lugar que llamaban El Burro, y al día 
siguiente, con la madrugada, penetramos con más resolución 
que fuerza física, en aquella ceja de cinco leguas de ancho, 
de un bosque tan espeso, que ni las cartas podían leerse a 
su sombra. Las raices entrelazadas, los matorrales espinosos, 
los quilantales unidos a los troncos con poderosísimas lardi- 
zabáleas, y el piso fangoso y lleno de charcos sobre los que 
formaban techos hojas podridas que a cada paso nos hundían, 
opusieron a nuestra marcha a pie la más seria resistencia; 
pero al fin llegamos, bien que molidos y casi arrepentidos 
de nuestro jactancioso arrojo, al lugar de nuestro destino, 
al cabo de siete horas de la más endiablada brega. 

Pero todo aquel malestar, todo el cansancio se tornó en 
entusiasmo y alegría cuando, saliendo de repente del obscu- 
ro recinto de la selva, se presentó a nuestra vista, sin transi- 
ción ninguna, el más espléndido panorama. 

Fué aquello como alzar un telón de teatro que trans- 
forma en el cielo una decoración de calabozo. 

Encontrábame como por encanto en la margen occiden- 
tal del gran lago de Llanquihue que, semejante a un mar, 
ocultaba en las brumas del norte y del sur, el término de 
las limpias aguas que tranquilas entonces, parecía que reto- 
zaban a mis pies, por entre las raíces de los robustos árboles 
que orlaban la playa donde nos detuvimos. La pura atmós- 
fera del oriente hacía resaltar con el azul del cielo los más 
delicados perfiles de las últimas nieves que coronaban las 
alturas de Pullehue, de Osorno y de Calbuco, conos volcáni- 
cos que alzándose al poniente del Tronador, de donde se des- 
prenden, parecía que alineados se miraban en las aguas del 
lago. 

El gran fango de humus vegetal que tenía todo el terre- 
no que acababa de recorrer, aunque en muchas partes pare- 
cía aquello una marisma, descubría, tan sin esfuerzo, cuánto 
partido podría sacar de esos lugares la industria agrícola, 
que, a pesar del cansancio y la carencia de provisiones, re- 
solví no regresar antes de explorar, siquiera durante un par 
de días más, tan interesantes campos. 

Acompañábame un tal Juanillo o Pichi-Juan, indígena 
borrachón, tan conocido como práctico de las más ocultas 
sendas de los bosques y genealogista, además, para atesti- 
guar a quién de sus antepasados pertenecían los terrenos 
que solían adquirir a hurto los valdivianos. 

Aseguróme Pichi-Juan que no nos moriríamos de ham- 
bre, y en cuanto no más concluyó de formarme con su ma- 
chete una cómoda enramada, hizo fuego y se alejó para vol- 



RECUERDOS DEL PASADO 357 

ver un cuarto de hora después con gran cantidad de ave- 
llanas y cinco panales de riquísima miel que habia sacado 
de las oquedades de los árboles. El suelo de los contornos 
del lago se encontraba, textualmente hablando, empedrado 
con avellanas, y la miel en todas partes. 

El grande abejarrón chileno que vemos con tanta fre- 
cuencia zumbando por entre las flores de nuestros jardines, 
no fabrica cera como la abeja europea. La miel que acopia 
es transparente y líquida, y las vasijas en que la deposita 
son alvéolos regulares simétricamente colocados, hechos de 
fibras vegetales tan estrechamente unidas, que no dejan es- 
capar ni un átomo de la miel que se deposita en ellos. Este 
interesante insecto que tal vez el arte y el tiempo logren do- 
mesticar, defiende, como el europeo, su propiedad, y cuando 
no la puede rescatar con la violencia de sus lancetazos, lo 
hace con la astucia. Había yo dejado dos panales llenos de 
miel cerca del lugar donde rendido por el cansancio me sor- 
prendió el sueño, y ai despertar no encontré en ellos ni una 
sola gota de miel; el tejido cañamoso de los panales conser- 
vaba el más grato olor a flores. Para averiguar si contenía 
cera, le hice hervir al fuego en una escudilla de lata, y como 
del hervor no resultase ni vestigios de ella, para poder exa- 
minarlo con m.ás detención, después de estrujarle, le guardé 
bajo un sobre de carta en el bolsillo de mi paleto. 

Recuerdo que abriendo dos años después un baúl donde 
yo colocaba la ropa inválida, me sorprendió el olor a flores 
que de él salía, y que, procurando averiguar la causa de tan 
singular fenómeno, ese olor provenía de los panales olvida- 
dos, siendo de notar, a más, que no se encontraba en la ropa 
de paño ni un solo rastro de polilla. 

Como no podíamos recorrer ni aun el trecho de cien me- 
tros por la orilla de la laguna, a causa de algunos ribazos y,- 
sobre todo, del bosque, que en los bajos fondos se adelanta- 
ba mucho aguas adentro, hicimos con un tronco carcomido 
una canoa, y sin más que vaciarle y tapar con champas sus 
dos abiertos extremos provistos de cascarones de árboles por 
remos, nos metimos al día siguiente don Guillermo Frick y 
yo en el tal bajel, y llenos de contento emprendimos la ta- 
rea de salvar per agua el gran ribazo que se oponía a nues- 
tras exploraciones. 

Todo favoreció, al principio, esta singular calaverada. 

Radiaba con todo su esplendor el sol de la mañana, ni la 
más leve brisa perturbaba la luna del verdadero espejo sobre 
que navegábamos, así es que, salvo el cansancio que nos dio 
el hacer andar con tan buenos remos nuestro huecú tronco. 



358 VICENTE PÉREZ ROSALES 

doblamos sin novedad, al cabo de dos horas, la puntilla que, 
impidiéndonos el paso, nos ocultaba el más pintoresco ¡y 
agreste puerto de aquel pequeño mar Mediterráneo. La hon- 
dura de sus aguas nos pareció, porque no llevábamos más 
sondaleza que los astillones que nos servían de remos, ca- 
paz para embarcaciones de algún calado, y la configuración 
de sus boscosas costas, propias a defender el ancladero con- 
tra la acción de los vientos cardinales del compás; pero sus 
playas estrechadas contra el agua por lo tupido del bosque, 
no tardaron en convencerme de que teda exploración orillando 
la laguna por tierra sería por entonces excusada. Ocúpa- 
menos, pues, de hacer una gran provisión de huevos de aves 
acuáticas que encontramos entre las espadañas de algunas 
islitas que adornaban las aguas del puerto, y al entrarse el 
sol salimos en demanda de nuestro alojamiento. Pero todo 
lo que era paz y calma dentro del puerto, era guerra y tor- 
menta fuera de él. La ola que levanta el viento en la laguna 
es siempre peligrosa; mas, como cuando nosotros vinimos a 
conocer la imprudencia que cometimos al abandonar el puer- 
to ya era imposible tornar a él. fué, pues, preciso resignar- 
nos a esperar de la merced del viento y del acaso lo que no 
nos era ya dado esperar de nuestros inútiles esfuerzos. Allí 
nos sorprendió la noche, obscura com.o nunca. Empapados 
con las olas, achicando el agua con los sombreros, y cuidando 
con la mayor ansiedad no se destapase alguno de los dos 
extremos del tronco cuya conservación a flote era nuestra 
única esperanza, ya la perdíamos del todo, cuando en me- 
dio de una reventazón, cuyo estruendo no comprendimos, 
una ola, volcando el malhadado tronco, se lanzó con sus mal 
andantes pasajeros sobre los pedrones de una playa. 

Cruel noche nos esperó, por cierto. Mojados como está- 
bamos, sin fuego y sin abrigo, porque nos encontrábamos en- 
tre un ribazo y el agua, recibiendo directamente el aire que 
nos venía de la cordillera, y sin m.ás camas que hojas de 
nalca colocadas sobre el puntiagudo ripio de la playa, pasa- 
mos aquella noche de recuerdos. 

La hoja de nalca, o pangui, como la llaman en el norte, 
excede en tamaño los límites de la ponderación en Llanqui- 
hue. Las hojas que desprendimos de una nalca que se alzaba 
al pie del ribazo de los náufragos, fueron medidas por el in- 
geniero Frick a mi vista. Sólo los brazos podían, es cierto, 
servirnos de vara en nuestro alojamiento, y una de las hojas 
midió tres varas y cerca de cuarta de diámetro; lo cual re- 
ferido por mí después, no atreviéndose a decirme que mentía, 
el bueno de mi interlocutor improvisó la palabra poesía. 



RECUERDOS DEL PASADO 359 

, Con la extraordinaria dimensión de algunos troncos su- 
cede otro tanto y los que deseen ver poesía no tienen más 
que alejarse un poco de Puerto Montt por el camino del Arra- 
yán, y verán sobre el corte transversal de un alerce colocado 
en alto, el más poético jardín. 

Al venir el día supimos por un indio que nos buscaba, 
que no distábamos mucho de nuestro primer alojamiento, y 
curados del prurito de los descubrimientos pero llenas las 
cabezas de proyectos, tornamos a movernos hasta llegar a 
El Burro y de alli a Osorno. 

En mi tránsito ofrecí a Pichi-Juan treinta pagas, que 
eran entonces treinta pesos fuertes, por que incendiase los 
bosques que mediaban entre Chanchán y la cordillera, y me 
volví a Valdivia a calmar el descontento que ya comenzaba 
a apoderarse de los inm.igrados, los cuales no sabían qué 
hacer de sus personas en el provisorio alojamiento donde, 
por falta de terrenos, les había yo dejado. 

Mi llegada produjo el inmediato repartimiento de los 
terrenos baldíos de Osorno y de la Unión, lo cual llenó a to- 
dos de contento. Vi también con gusto que muchos de los 
más acaudalados inmigrados habían comprado sitios y es- 
tancias en las cercanías de Valdivia, y que, animados con 
mis informes, se disponían a hacer otro tanto en el interior, 
confiados en que pronto se abrirían los caminos que, a nom- 
bre del Gobierno, les tenía yo ofrecidos. 

Valdivia es una de las regiones de Chile donde con más 
frecuencia llueve, sin que por esto caiga allí más agua que 
la que cae en Colchagua; por esta razón se nota en aquella 
provincia el singular fenómeno de verse siempre el sol, aun- 
que por pocos instantes, en todos los días del año, aunque 
fuere en pleno invierno. Esta singularidad ofrece a cada 
rato al pintor paisajista y al observador de las bellezas de 
la naturaleza, contrastes de increíbles efectos de luz y de' 
sombra. Kay ocasiones que diluvia en la mitad de un árbol, 
al mismo tiempo que en la otra mitad se ve radiante el sol. 

Hacía ya tres meses que el disco de este astro, siempre 
puro allí cuando se deja ver, aparecía empañado. Pichi-Juan 
había dado, desde entonces, principio a la tarea de incen- 
diar las selvas que ocupaban gran parte del valle central al 
SE. de Osorno. El fuego que prendió en varios puntos del 
bosque al mismo tiempo el incansable Pichi-Juan, tomó cuer- 
po con tan inesperada rapidez, que el pobre indio, sitiado 
por las llamas, sólo debió su salvación al asilo que encontró 
en un carcomido coigüe, en cuyas raíces húmedas y deshe- 
chas pudo cavar una peligrosa fosa. Esa espantable hoguera, 



I 

360 VICENTE PÉREZ ROSALES 

cuyos fuegos no pudieron contener ni la verdura de los árbo- 
les ni sus siempre sombrías y empapadas bases, ni las llu- 
vias torrentosas y casi diarias que caían sobre ella, había 
prolongado durante tres meses su devastadora tarea, y el hu- 
mo que despedía, empujado por los vientos del sur, era la 
causa del sol empañado al cual durante la mayor parte de 
€36 tiempo se pudo mirar en Valdivia con la vista desnuda. 

Tan pronto como cesó de arder aquella hoguera, fué 
preciso emprender otra y más detenida exploración por los 
lugares que había franqueado el fuego en el departamento 
de Osorno. Recorrí, pues, en ellos con encanto todos los te- 
rrenos que yacen al norte de la laguna de Llanquíhue. La 
anchura medía de los campos incendiados podíase calcular 
en cinco leguas, y su fondo en quince. Todo el territorio 
incendiado era plano y de la mejor calidad. El fuego, que 
continuó por largo tiempo la devastación de aquellas in- 
transitables espesuras, había respetado caprichosamente al- 
gunos luquetes del bosque, que parecía que la mano divina 
hubiese intencionalmente reservado para que el colono tu- 
viese, a más del suelo limpio y despejado, la madera nece- 
saria para los trabajos y para las necesidades de la vida. 

Puesto en aquel lugar, intenté penetrar hasta la laguna, 
y no pudiéndolo verificar por el norte, por lo enmarañado 
del bosque que me separaba de ella, procuré hacerlo por las 
inmediaciones del MauUín. 

La disposición en que se encontraban los terrenos que 
rodeaban la laguna podíase considerar como compuesta de 
tres fajas concéntricas, perfectamente demarcadas por su 
naturaleza. La exterior, que tendría cinco leguas de fondo 
en la línea de su radio, era inferior en calidad a las otras dos;' 
su suelo quebrado, pedregoso y en ocasiones de muy poco 
«fondo, apoyado sobre un extenso lecho de cancahue, estaba 
cubierto de extensas selvas y de tan tupidos quilantales, que 
sólo podía transitarse en él a pie y abriendo a machete una 
estrecha bóveda que apenas dejaba percibir la luz. La natu- 
raleza de este terreno mejora visiblemente a medida que 
se acerca a la laguna; su vegetación era más frondosa, y sus 
pastos más suculentos. La intermedia que aquí llaman Ñadi, 
es una vega hermosísima despejada de árboles y cubierta 
del colihue enano, de coirón y de otras gramas preciosas para 
forraje, que pueden dar a los ganados una prolongada pri- 
mavera. Puede tener como una legua de ancho, y en su 
curso, alrededor de la laguna, la interceptan varias alturas 
cubiertas de bosques. Su terreno, arcilloso en los claros, es 
de excelente calidad en las alturas. Estos bajos, como todos 



RECUERDOS DEL PASADO 361 



los del país, aparentísimos para los ganados en verano, no 
lo eran tanto entonces para la agricultura, por carecer de 
salida las aguas en el invierno; pero este mal era. como se 
vio después, junto con la presencia de los pobladores, de fácil 
remedio. Tras esta vega siguen las alturas planas y feraces 
aue. en una faja de tres leguas de ancho, forman el ámbito 
de las aguas. 

Suponiendo, pues, que éste sea. como generalmente se 
asegura, de 30 leguas, y la anchura media de la faja de te- 
rrenos fiscales que le rodea de 5, podía decirse que el Estado 
poseía entonces en estos terrenos de circunvalación, y en 
los despejados por el incendio, más de 200 leguas de campos 
planos vírgenes y arables, que poder repartir entre los in- 
migrados. 

Excuso enumerar las ventajas que ofrecía al agricultor 
aquella pampa cubierta de cenizas, sobre cuyas plomizas lla- 
nuras se alzaba aún tal cual gigante de la vegetación carbo- 
nizada y casi devorado por las llamas. Servíanle de lími- 
tes al norte, selvas vírgenes de empinados robles; gruesas 
lumas, corpulentos laureles y tupidísimos quilantales, le ce- 
rraban por el lado del poniente: y los cipreses y los alerces, 
colosos de la vegetación austral, sólo esperaban en el sur la 
mano del hombre para retribuir con riquezas sus esfuerzos. 
Y como no siempre la alta vegetación es incuestionable prue- 
ba de la bondad del suelo que la sustenta, para patentizar esa 
bondad, parece que la naturaleza se hubiese esmerado en con- 
vertir en gigantes, allí, las plantas que se distinguen por su 
pequenez en el norte. 

El nilhue, que sube a la altura de un hombre a caballo, 
ostenta un tallo tierno y jugoso, de dos pulgadas de diáme- 
tro; el arrayán, ese arbusto mimado de nuestros jardines, 
compite allí en altura con los más empinados pellines, y de 
su tronco pueden sacarse tablones hasta de una vara de an- 
cho. He medido con el señor Guillermo Frick. a orillas de las 
pintorescas cascadas que caen a la laguna, como ya lo he di- 
cho, hojas de pangui de diez varas de circunferencia. 

Pero de nada podría servir, por de pronto, aquella fuen- 
te de riquezas entregadas a su soledad y apartamiento, si un 
camino cómodo y de barato trayecto no la ponía en inmedia- 
to contacto con un puerto que brindase seguridades a los na- 
vieros; porque una colonia, y esta verdad es preciso no i>er- 
derla jamás de vista, no puede progresar sino de fuera para 
adentro. Internar de un repente al inmigrado al fondo de 
un desierto, por rico y feraz que este fuere, sin previa y cos- 
tosas disposiciones para precaver los funestos efectos del ais- 



382 VICENTE PÉREZ ROSALES 

lamiento, es tirarle a matar, o por lo menos a esterilizar su 
a-ctiva abnegación. 

El inmigrado debe sentar, desde luego, su primera resi^ 
dencia en un puerto del desierto que debe poblar, y no mover 
un pie hacia adelante sin dejar el de atrás perfectamente 
asegurado. 

Persiguiendo la realización de esta idea, repetí, a pesar 
de la inclemencia de la estación, mis viajes a los lugares in- 
cendiados, tomé algunas alturas y marcaciones relacionadas 
con el mapa de Moraleda, único de que pude entonces dispo- 
ner, porque los de King y Fitz Roy eran sólo costaneros, y 
adquirí la grata presunción de que por lo menos el mar, si no 
un buen puerto, debía distar muy poco de la parte austral 
de la laguna, cuyos contornos se prestaban tanto a fundar en 
ellos la base de la colonia, sueño dorado del malogrado Phi- 
lippi, y que en esos momentos lo era también del Gobierno. 

Mas, como simples presunciones sólo indican y no acon- 
sejan, resolví, antes de participarlas al Gobierno, proseguir en 
mí durísima tarea de adivinanzas más o menos antojadizas, 
mientras no dispusiese otra cosa el estado de mi salud; y co- 
mo los bosques parecían colocados allí mismo donde más se 
necesitaban lugares despejados para establecer en ellos bases 
y demarcaciones, resolví buscarlas en el norte de la laguna; 
y como ni allí las encontrase, fué preciso emprender fragosí- 
simos repechos por la falda occidental de la cordillera, que 
parecía elevarse desde las aguas de aquel pequeño mar me- 
diterráneo, para poder apreciar, por lo menos a vuelo de pá- 
jaro, ya la forma gráfica de los terrenos incendiados, ya la 
forma y situación de la laguna, relacionada con puntos acce- 
sibles. Mandé, pues, construir, a orillas de ésta una embar- 
cación, y mientras se trabajaba en ella, me dirigí con dos com^ 
pañeros al simétrico cono del volcán de Osorno, cuya ascensión 
emprendí con no menos fatiga que resolución. 

Si los viajes en regiones inexploradas tienen sus tormen- 
tos, tampoco faltan en ellos sus encantos. Propicio si cielo, 
se manifestó entonces despejado de sus frecuentes y lluvio- 
sas nubes, así fué que al llegar al segundo descanso de mi 
molesta ascensión, libre la vista para explorar con elia el ho- 
rizonte, nada he encontrado en ninguno de mis viajes que me 
haya causado más contrarias impresiones que las que expe- 
rimenté en esta ocasión. Parecíame que el valle central de la 
República en aquellas latitudes era un interminable rosario 
de poderosas lagunas separadas unas de otras por no menos 
poderosas cejas de bosques inaccesibles; y que al sur de la 
laguna de Llanquihue, que veía a mis pies, aparecía otra de 
no menor extensión, en vez del mar libre que buscaba, circuns- 



RECUERDOS X)EX PASADO 363 

— f 

tancia que venía a echar por tierra la exactitud del mapa dé 
Moraleda, y junto con ella, hasta la esperanza que había con- 
cebido de la existencia de un próximo mar sin el cual era dé 
todo punto imposible establecer colonias en un lugar con tan- 
tos afanes explorado . Parece que el cielo quiso probar mi cons- 
tancia, prolongando el desencanto que se había apoderado de 
mi alma, al sostener los densos nubarrones que obscurecían a 
mi vista la región del sur, que ansioso consultaba; y confieso 
que ya mi ánimo, al que las dificultades más bien irritaban 
que vencían, comenzaba a flaquear, cuando un propicio claro 
de sol, azotando la.s aguas de la supuesta laguna del sur, hizo 
brillar a mi vista las blancas velas de las embarcaciones que 
la surcaban. Lo que veía no era laguna, era el mar que solí- 
cito buscaba, el seno de Reloncaví, cuyas aguas, desde la al- 
tura en que me encontraba, parecía que se confundían con 
las del lago de Llanquihue, pues sólo una estrecha ceja de 
bosque se interponía entre ellos. 

Estoy seguro de que el buen Vasco Núñez de Balboa al 
descubrir desde las cordilleras del istmo americano las aguas 
del Pacífico, no tuvo más gusto que el mió al cerciorarme de 
que aquella supuesta laguna que acababa de dar al traste con 
mis dorados sueños, era, precisamente, la que debía prolon- 
garlos y atraerlos al terreno de la realidad. 

Contento como pudiera estarlo un niño, porque sólo los 
niños y los locos se pagan con los servicios que ellos mismos 
prestan que a nadie agradece, y llena de proyectos la cabeza, 
pasé en el rústico aposento que me proporcionó el hueco tron- 
co de un gigantesco coigüe. la más envidiable y grata de las 
noches. El alba, que todo lo engalana, movió mi curiosidad 
con él pintoresco aspecto de una puntilla que parecía prolon- 
gar, aguas adentro de la laguna, la base del volcán de Osor- 
no, y como tan franco punto de observación no podía dejarse 
atrás, me trasladé a él. 

Tiene la naturaleza caprichos que, referidos, parecen sue- 
ños, sin que por esto se aparten de la realidad. Aquella pun- 
tilla no era otra cosa que el remate de un poderoso derrame 
de antigua lava que, habiendo penetrado aguas adentro col- 
mando con su volumen la hondura, formaba un vasto muelle 
natural, cuyo extremo acantilado anunciaba suma profundi- 
dad. Parece que las lavas líquidas y candentes, al entrar en 
las aguas, se habían crispado, pues formaba con su repentino 
enfriamiento las más fantásticas figuras. Tenía aquel precio- 
so muelle el aspecto de antiguas ruinas deterioradas por la 
acción del tiempo o desquiciadas por la de las raíces de la 
poderosa vegetación que compartía con ellas aquel terreno. 
Veíanse aquí y allí como arcadas destruidas y fantasmones de 



364 VICENTEPEREZROSALES 

lava mohosa cubiertos de heléchos, a los cuales prestaba sin 
esfuerzo la imaginación formas de estatuas mutiladas; y no 
pocos coposos coigües, bien que carcomidos por la edad, da 
ban claras muestras de que la erupción volcánica creadora de 
tan pintoresco paisaje debía contar más de cien años de fecha. 

Para haberse detenido en aquel atractivo lugar, hubiera 
sido preciso no haber tenido ocupada la mente con las impor- 
tantísimas ideas que trabajaban la mía en aquellos momen- 
tos; dejé, pues, a un lado la poesía, y como entraba a más 
tardar el mediodía, proseguí mi marcha hacia mi improvisado 
astillero, a donde llegué con mucha noche. 

Pusímonos todas, al siguiente día, a tirar a concluir la 
construcción de la tosca canoa que dejé comenzada al em- 
prender mi viaje, pues sin el auxilio de ella o el de un apara- 
to flotante cualquiera que salvase la imposibilidad de reco- 
rrer por tierra las márgenes del lago, no se podía deducir si 
podría o no practicarse una vía marítima de circunvalación 
que, sirviendo de punto de partida a cada una de las hijuelas 
de terrenos por repartir que pensaba trazar alrededor de la 
playa, las pusiese a todas en mediato contacto. 

Constaba el personal de mi comitiva exploradora de cua- 
tro alemanes y de cinco de aquellos indígenas pacíficos que, 
sin dejar de tener caciques, hacían vida común con los hom- 
.bres de origen europeo que residían en los afueras del pueblo 
de Osorno; y el lugar de nuestro alojamiento, situado en la 
margen septentrional de la laguna, distaría como cosa de mi- 
lla y media al oriente de la caleta conocida hoy, sin saber por 
qué, con el nombre de Puerto Octay. 

Ck)ncluído el trabajo de nuestra ridicula nave, hecha, co- 
mo suele decirse, a mocho de hacha, así como el de un par 
de remos que más parecían palas de panadero que remos, se 
le acomodó una a manera de vela, con dos ponchos añadidos, 
y sin más esperar se lanzó al agua con general contento. 

Acordamos salir ai día siguiente, y por aprovechar del 
resto del que aún nos quedaba, mandé al señor Foltz con sus 
alemanes a una diligencia previa en los contornos, y yo me 
puse a ordenar mLs apuntes custodiado por mis indios, que se 
entretenían en comer avellanas tostadas, sazonadas con la 
fragante miel que abundante produce nuestro abejarrón en 
aquellos lugares. Como una hora después de concluido mi tra- 
bajo y cuando más entretenido estaba dibujando en mi ál- 
bum el precioso panorama que tenia a la vista, una brisa ten- 
tadora que se levantó del norte comenzó a arrugar de un mo- 
do tan apacible y donoso la tersa superficie de la laguna, aue 
no pude menos de admitir el envite, aprovechando la ocasión 
de probar las calidades marineras de mi atroz tortuga de ma- 



RECUERDOS DEL PASADO 365 

cizo roble. Metíme, pues, en ella con un sobrino del conocido 
Pichi-Juan, y como otro indio rechoncho de mi comitiva di- 
jese que él entendía también de barcos, por haber atravesado 
dos veces en bote el río Futa, hice también que se embarcase. 
¡Desgraciados! ¡Ni él ni su compañero sabían nadar! 

Empujados suavemente por aquella brisa engañadora 
que apenas hinchaba nuestros ponchos, y sin más afán que 
usar con parsimonia de nuestras palas panaderas para orien- 
tar la nave, en menos de un cuarto de hora nos encontramos 
como a cuatrocientos metros aguas adentro. Llegado con tan- 
to descanso a esa altura, parecióme estar tan cerca de la hoy 
caleta Octay, que hasta pecado me pareció no visitarla desde 
luego, máxime cuando en ello ahorraba trabajo al siguiente 
día. Dirigíme, pues, a ella, adonde llegué muy tarde y no muy 
contento, por cierto, de las calidades marineras de mi malva- 
do tronco, que si bien caminaba empujado de atrás por el 
viento, no había fuerza humana que lo obligase, no digo a 
contrastarlo, ni siquiera a ceñirlo. 

Levanté el croquis del puertecillo, que bauticé con el nom- 
bre del malogrado marino Muñoz Gamero, nombre con que 
lo honré porque su situación indicaba que podía ser, con el 
tiempo, el punto más aparente que, por medio de un camino, 
pudiera poner en contacto al pueblo de Osorno con la futura 
colonia . 

Estando avanzada la tarde, nos dimos de nuevo al pon- 
cho, por no decir a la vela, en demanda de nuestro alojamien- 
to; pero apenas desembarazados de! abrigo que nos prestaban 
un ribazo y los corpulentísimos árboles que lo poblaban, cuan- 
do se hizo de todo punto imposible el manejo de mi antedi- 
luviana embarcación. Quise volver para pasar aquella noche 
en tierra, pero lo quise tarde; arrié los ponchos y acudí a las 
palas; vano empeño, pues mis marinos no sabían remar, ni yo 
tenía fuerza para hacerlo. Aquel maldito tronco por instan- 
tes se iba con la fuerza de! viento aguas adentro . Entró la no- 
che, para mayor angustia, y al notar yo, con espanto, las olas 
bravias que nos azotaban empapándonos de agua, me asalta- 
ba ya el presentimiento de la catástrofe de marras, en época 
que, con igual imprudencia, me eché a navegar con el inge- 
niero Frick, a bordo de otro tronco parecido al mío; cuando 
cogido este último a través por una de las furiosas olas que 
el viento levanta con tanta frecuencia en la laguna de Llan- 
quihue ¡dimos en sus frías aguas la más peligrosa de todas 
las zambullidas! Pasada la primera impresión que el frío y el 
espanto me causaran, no quedó más recurso que tirar a alcan- 
zar, a fuerza de 'brazos, la vecina playa; porque pensar en 
asirse de la volcada canoa que se alzaba y bajaba con la ma- 



366 VICENTE PÉREZ ROSALES 



yor violencia, hubiera sido exponerse a ser aturdido por ella. 
Llegué a tierra donde asi desfallecido me arrojó la ola; ¡pero 
solo! ¡Mis pobres indios no sabían nadar! ¡Qué noche aqué- 
lla! De lo demás que voy a referir sólo tuve noticia en el pue- 
blo de Osorno, siete días después de esta desgracia. 

Contáronme mis compañeros que, alarmados con mi au- 
sencia, con la relación de mi imprudente salida contada por 
los dos indígenas que dejé en mi alojamiento, y con el mal 
estado de las aguas de la laguna, después de hacer fogatas y 
de disparar tiros toda aquella angustiada noche, echaron a 
andar con la primera claridad del día, rumbo al oeste, abrién- 
dose a fuerza de machete paso por entre la enramada y obs- 
cura orilla de la playa, hasta que me encontraron tendido y 
como muerto al pie de un ribazo sobre la arena. Trasladá- 
ronme aquellos buenos y solícitos amigos, a fuerza de hom- 
bros, sobre una improvisada camilla que con sus propias ropas 
me hicieron, al pueblo de Osorno, donde según me dicen, se 
calmó el violento delirio que me agitaba; y si aún vivo, no só- 
lo lo debo a mis pobres alemanes, sino también al incompara- 
ble y solícito empeño del señor doctor Juan Renous, que no se 
apartó de mí lecho hasta verme restablecido. 

Cuando esta desgracia ocurría ¡quién lo creyera! los ene- 
migos del progreso acechando en la culta Santiago los mo- 
mentos de calumnias, para probar las desventajas de la in- 
migración extranjera, acusaban al agente de estar celebran- 
do orgías con mujeres desnudas, a fuer de masón, ¡hasta en 
Jugares sagrados! Pero éste no es el lugar que asigno al re- 
lato de esta inconcebible aberración del fanatismo estúpido 
y cuasi siempre mal intencionado. 

Restablecida mi salud en el pueblo de Valdivia, volví con 
nuevo entusiasmo a mi interrumpida tarea. 

Dos graves dudas se oponían desde luego a la realización 
del proyecto de establecer colonias en tan apartados lugares; 
era la primera, si los canales septentrionales del archipiélago 
de Ancud se prestaban o no a la fácil y segura navegaciórj 
de embarcaciones de gran calado, y la segunda, si vencida es- 
ta dificultad, se encontraría o no en el golfo o seno de Relon- 
caví un puerto seguro que no distase mucho de los terrenos 
que debían poblarse. Puede deducirse la poca luz que me die- 
ron los muchos informes que recogí sobre uno y otro punto, 
del tenor de las cláusulas 2.a, 3.a, 4.a y 7.a de las instruccio- 
nes que di por escrito al comandante de la Janequeo. D. Bue- 
naventura Martínez, cuando recibió orden de practicar las ex- 
ploraciones de los canales y la del seno de Reloncaví. Dice así: 
2.a Llegado a San Carlos de Ancud, se pondrá en comunica- 
ción con el señor Intendente de aquella provincia, y después 



RECUERDOS DEL PASADO 367 

de haber practicado cuantas diligencias juzgare necesarias pa- 
ra la adquisición de datos sobre los canales que deben guiar- 
lo hasta el seno de Reloncaví, tomará a su bordo el mejor y 
más acreditado práctico de aquellas aguas, y dará principio 
a la exploración con toda la cautela que su prudencia le dic- 
tare. 

3.a No serán inconvenientes la demora y la lentitud; lo 
que se requiere es el acierto. 

4.a El señor comandante no aventurará la goleta en pe- 
ligros conocidos; pero tampoco, cediendo al influjo de simples 
informes, dejará de acometerlos, y sólo desistirá de continuar 
en su propósito cuando la evidencia lo persuada de que con 
su insistencia expone la vida de sus marinos. 

7.a Por punto general, el señor comandante no debe per- 
der un momento de vista que del feliz resultado de la expe- 
dición que se confía a su celo y su patriotismo pende el fu- 
turo bienestar de las colonias del sur de la República, y que 
la honra de haberla emprendido refluirá sobre él y sobre sus 
intrépidos marinos. 

Marchaban así las cosas cuando un conjunto de acciden- 
tes, muy comunes en todas partes, pero rarísimos en Valdivia, 
vinieron a poner en duro peligro el crédito de que comenzaba 
a gozar esta provincia en el extranjero. 

En La Unión se habían perpetrado actos brutales de vio- 
lencia contra la honra de la ' esposa de un inmigrado recién 
avecindado en aquel lugar. 

En Osorno un cadáver alemán enterrado con imprudencia 
con sus anillos de oro, había sido exhumado y expuesto a la 
voracidad de los perros; y para remate de desgracias, en Val- 
divia, un excelente joven alemán que acababa de construir 
una de las primeras y más cómodas casas de las muchas que 
la actividad alemana levantaba en estos despoblados, y que 
había además mandado a Europa por sus padres y su prome- 
tida, fué asesinado a martillazos por uno de sus mejores peo- 
nes, en el momento mismo en que recibía un adelanto de di- 
nero que había pedido a su amo. 

Llegaron a mi noticia tan inoportunos acontecimientos 
junto con una carta, cuyo contexto copio: 

"¡Alto nacido! 

"Si todos los chilenos fuesen como usted, Valdivia sería 
" para nosotros un verdadero paraíso; pero desgraciadamente 
" no es así. En La Unión violan nuestras esposas, en Valdivia 
" nos asesinan, y en Osorno ni aun el descanso del -sepulcro 
" nos es permitido, pues se exhuman nuestros cadáveres para 
" que sean pasto de los perros!" 

Como no se requiere mucho esfuerzo de imaginación pa- 



368 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ra deducir qué efecto podría producir en Alemania sobre el 
ánimo del que se proponía partir para Chile, una carta tan 
concisa cuanto dolorosa. no perdoné sacrificios ni diligencias 
-para evitar que tales noticias llegasen sin compensación a su 
destino; y mientras se daban pasos para el inmediato castigo 
de semejantes crímenes, previendo que las primeras cartas 
que se escribiesen debían de ir precisamente colmadas de des- 
aliento, hice circular que había proporción directa para Ham- 
turgo y que esperaba se me entregasen sin pérdida de tiempo 
las cartas que se quisiesen escribir. 

Hiciéronlo así. y un voluminoso paquete de comunicacio- 
nes pasó de manos de mis consternados hijos, porque me da- 
ban el título de padre, al cajón de una de mis cómodas, donde 
lo dejé esperando más oportuna ocasión para remitirlo a su 
destino. 

No tardó ésta en presentarse; el asesino, preso y convic- 
to, fué en el acto condenado a muerte; el violador resultó ser 
"alemán, y los autores de la exhumación, unos despreciables 
indígenas, que sin otro objeto que el de hacerse de un anillo 
de oro, habían, a hurto de las autoridades, cometido aquel tor- 
pe desacato. 

La vuelta de la expedición al seno de Reloncaví, el feliz 
éxito que coronó esa exploración, y la esperanza del pronto 
repartimiento de los afamados terrenos del interior que esta- 
ban tan inmediatos ai mar como el mismo Valdivia, volvió el 
contento a los desconsolados alemanes, los cuales sabiendo 
í>or mí que había otra proporción para escribir por vía direc- 
ta a Hamburgo, ¡escribieron llamando entusiasmados a sus 
deudos! No deseaba yo otra cosa. Uní estas cartas de alelu- 
yas, a las lacrimosas que aun tenía reclusas en mi cómoda, y 
di con todas ellas juntas en la valija del correo. 

El celoso comandante de la Janequeo había, en efecto, 
desempeñado el cargo que le fué confiado, con sumo tino y 
singular fortuna. Resultaba de su exploración que el canal 
de Chacao y sus tributarios, a través de los cuales suben y 
bajan las mareas que por la parte del poniente acrecen y 
disminuyen las aguas del seno de Reloncaví, podían ser na- 
vegados sin peligro atendible por embarcaciones de gran ca- 
lado; que el seno de Reloncaví, al abrigo de todos los vientos 
del norte, era un mar tranquilo, llano y sin peligros ocultos, 
y que en la región O. de su término septentrional, se encon- 
traba, al abrigo de la pintoresca isla de Tenglu, uno de los 
más seguros puertos de los infinitos que bañan las aguas de 
los archipiélagos de Ancud y de Guaitecas. Con este puerto, 
que llamé entonces Callenel, por ser éste el nombre del lugar 
y que, según el mapa del alférez de fragata don José de la 



RECUERDOS DEL PASADO 369 

Moraleda, publicado en 1792, parecía estar como a cinco le- 
guas de la margen austral de la laguna Puraila o Llanquihue, 
no sólo se salvaban las principales dificultades que hasta en- 
tonces se habían opuesto a utilizar aquellos despoblados en 
beneficio de un establecimiento colonial, sino que se abría a 
la exportación de los frutos del rico departamento de Osorno. 
el fácil y provechoso expendio de que hasta entonces habían 
carecido. 

En efecto, mis repetidos viajes al interior y los activísi- 
mos trabajos de los ingenieros que el Gobierno había puesto 
a mi disposición, no tardaron en evidenciar que un camino 
de 21,570 metros entre el mar y la laguna, a través de la es- 
pesa ceja de bosques que separaba estas dos aguas, y otro 
de 48,804. entre el norte de la Laguna y Osorno, bastarían, el 
primero para poner en mediato contacto con el puerto todos 
los productos del vasto perímetro del lago, y el segundo, los 
del rico y aislado departamento de Osorno con los puertos de 
éste. 

Aclarada esta duda, sólo faltaba que el trabajo y la ac- 
tividad llevasen a efecto tan primordiales obras, y para no 
dejarlas de la mano un solo instante, después de hacer me- 
dir y repartir entre algunos inmigrados los terrenos fiscales 
de que pude disponer en los contornos de Osorno y de La 
Unión, acompañado de un ingeniero y varios obreros alema- 
nes, me embarqué en el Corral, de donde me di a la vela en 
demanda de ese salvador Callenel, base de mis futuros tra- 
bajos y primer asiento de la proyectada colonia de Llan- 
quihue. ^ ' % ^ 



CAPITXn.O XXII 

Colonia de Llanquihue. — Sus primeros pasos. — Sus enerrix 
gos. — Prisión del Viceagente de Colonización. — Proi 
gresos. 

Contrasta en Chile el clima de las regiones septentriona- 
les con el de las del sur. En aquéllas daña la suma sequedad; 
en éstas, el exceso de lo contrario. Los caminos en el norte 
son las arterias de comunicación; en el sur, el álveo de los 
ríos o de los canales. No es de admirar que asi como el norte 
es patria del hombre que nace y muere a caballo, como vul- 
garmente decimos, el sur lo sea la de los más robustos y arro- 
jados marinos. 

Nada más hermoso, fácil y seguro que la navegación de 
los canales que median entre San Carlos de Chiloé y las tran- 
quilas aguas del Callenel: anchura grande, fondo sobrado pa- 
ra toda clase de embarcaciones, mareas arregladas, puertos a 
cada paso o más bien dicho, un solo puerto continuado donde 
no hay más que soltar el ancla para estar seguro . Sólo se en- 
cuentra en el canal de Chacao una sola roca amenazadora en 
el paso Junta Remolinos; pero como está a la vista, y media 
entre ella y la costa un espacio de 12 cuadras, no ofrece pe- 
ligro alguno. 

Quien navega por primera vez en estos canales y sus ad- 
yacentes, no puede persuadirse de que aquellas angostas y 
tranquilas vias de agua sean brazos de mar, sino profundos 
ríos navegables sujetos a la influencia directa de las mareas. 
Las pintorescas islas que estrechan, ensanchan o prolongan 
esos canales, se asemejan a colosales copas de árboles sumer- 
gidas hasta la mitad en las profundidades de las aguas. Al- 
tos y apiñados son los bosques que las cobijan, y sólo descu- 
bre el viajero, en el perímetro de todas ellas, aisladas chozas, 
tal cual imperfecto sembrado y una que otra embarcación 
menor para facilitar el contacto entre los isleños de aquellos 
húmedos lugares. 

Admira la situación de la aldea de Calbuco, capital del 
departamento del mismo nombre. Los españoles, que nunca 
buscaron para la fundación de sus ciudades lugares accesi- 



372 VICENTE PÉREZ ROSALES 

bles al comercio y a la industria, sino lugares fortalecidos por 
la naturaleza, eligieron para fundar a Calbuco, una mezquina 
islita separada del continente por un brazo de mar que máJ? 
parece foso que otra cosa. 

Este lugarejo, lleno de desgreño y de pobreza, era lo pri* 
mero que. después de pasar la peligrosa garganta de Puruñún, 
ofrecía la mano del hombre a la vista del viajero, asombrado 
de encontrar tanta miseria en medio de tan rica naturaleza. 
Dejando atrás este pueblo que sólo prolongaba su existencia 
por residir en él los subagentes de los expeditores de maderas 
de San Carlos, los cuales recibían y acopiaban a toda intem- 
perie en él las tablas que producían los alerces de la costa 
oriental del seno de Reloncaví. se entra en la hermosa bahía 
del mismo nombre, tan semejante a una laguna sin salida 
por la configuración de! terreno que la rodea al norte, al orien- 
te y al poniente, y por las pintorescas islas que parecen ce- 
rrar al lado del sur el paso de las aguas del océano. 

Fué este el seno que divisé desde las faldas del Osorno 
después de recorrer los campos incendiados del Chanchán. y 
su proximidad a la laguna de Lianquihue el motivo de las 
felices exploraciones que me indujeron a colocar sobre sus 
playas el primer asiento de la proyectada colonia. 

Sólo me debo congratulaciones por el resultado de mi pro- 
lijo estudio sobre la importancia de esta interesante bahía. 
En el norte de ella y bajo el nombre de Callenel, territorio del 
silencioso Melipulli, había colocado el acaso uno de los más 
seguros y cómodos puertos que posee la República. 

La próvida naturaleza, al formar ese surgidero, parece 
que se hubiese esmerado en dotarle de todas aquellas venta- 
jan que sólo obtiene la mano del hombre en otros puertos a 
fuerza de tiempo y de supremos sacrificios. A la imperturba- 
ble tranquilidad de sus aguas, abrigadas contra todos los vien- 
tos del compás, reúne la inapreciable comodidad de ser un 
dique natural que en las épocas zizigiales de cada mes vacia 
sus aguas y deja suavemente a descubierto las más podero- 
sas quillas, así como seis horas después las sumerge, las alza 
y pone a flote sin el menor vaivén - 

Este importante lugar, colocado en el punto preciso don- 
de debía de iniciarse el primer trabajo colonial, fué desig- 
nado como centro y punto de partida permanente para las 
operaciones subsiguientes. La poderosa selva que lo cubría 
en su totalidad, no dejaba al pie del hombre más lugar donde 
detenerse que la estrecha zona de pedruscos y arenas que 
dejaba libre, dos veces al día, el reflujo del mar. El hacha y 
el fuego franquearon pronto asiento a un mal galpón, y no 
fué otra la primera piedra que en 1852 sirvió de base al her- 



RECUERDOS DEL PASADO 373 

iríoso edificio que miran con patriótica emoción cuantos, co- 
nociendo lo que aquello fué, tienen ocasión de ver. lo que es 
ahora . 

A ese solitario e improvisado asilo, que el mar estrecha- 
ba por un lado y un imponente bosque con su fangosa base 
por el otro, fueron conducidos, sin más esperar, los inmigra- 
dos que yacían apilados en las húmedas casamatas de los 
castillos del Corral, y otros más que en aquellos momentos 
llegaron de Hamburgo. 

El censo de estos primeros pobladores, aunque reducido, 
merece consignarse aquí; constaba de 44 matrimonios y su 
composición era la siguiente: 

Hombres casados 44 

Mujeres casadas 43 

Hombres solteros 14 

Mujeres solteras 8 

Hombres de 1 a 10 años ... ... ... 31 

Mujeres de 1 a 10 años 28 

Hombres de 10 a 15 años 24 

Mujeres de 10 a 15 años 20 



Total 212 

Todavía recuerdan con agradecimiento estos primeros in- 
migrados la generosa y fraternal recepción que, al pasar por 
San Carlos, les hicieron los entusiastas habitantes de aquel 
pueblo . 

El comercio envió embarcaciones para desembarcarlos; 
el señor Intendente y las demás autoridades salieron a reci- 
birlos a la playa, y la respetable señora Alvaradejo, esposa de 
Sánchez, ambos de las más consideradas familias de Ancud, 
franquearon su hermosa casa de campo, en donde a su vista 
y bajo la vigilante y delicada hospitalidad del bello sexo de 
la capital de las islas, se festejó a los enflaquecidos pasajeros 
con una opípara comida. Fué ésta una demostración necesa- 
ria; necesitaban aquellos expatriados voluntarios algo con 
que retemplar su casi perdida esperanza de poder hacer algo 
en Chile; así fué que, llenos de nuevos ánimos llegaron al día 
siguiente a Callenel, donde tomaron, alegres, posesión del po- 
co envidiable asilo que se les tenía preparado. 

Llenos de privaciones y expuestos hora a hora a la in- 
clemencia de su clima, que sólo la paulatina destrucción de 
los bosques ha podido modificar después, fueron los primeros 
colonos un ejemplo de lo que puede el hombre que lucha con- 
tra la naturaleza, cuando le asiste la fe en el porvenir y le 



374 VICENTE PÉREZ ROSALES 

sostienen los naturales atributos de ella, el trabajo y la ab- 
negación. 

Poner en aquellos lugares una cuadra de tierra en esta- 
do de cultivo, parecía, en efecto, empresa muy superior a la 
fuerza de los medios empleados para conseguirlo. Hallábase 
todo aquel vasto territorio cubierto de espesísimas selvas, las 
cuales, desde las nieves eternas de los Andes, parecían des- 
prenderse y marchar sin interrupción hasta las mismas aguas 
del mar. Allí crecían y se alimentaban aquellos colosos de 
nuestra vegetación, de cuyos rectos troncos aún se sacan más 
de dos mil tablas (1); allí los árboles seculares invadían el 
dominio de las aguas, hundiendo en ellas sus robustas raíces, 
las cuales aparecían en los reflujos cubiertas de sargazos y 
de mariscos, sin que la sal marina menoscabase en nada la 
fuerza de su vegetación; allí los espinosos matorrales y tu- 
pidas quilas envueltas y estrechadas contra los troncos por 
los retorcidos cables de las flexibles lardizábalas intercepta- 
ban hasta la luz del sol, y el piso húmedo y fangoso quie los 
sostenía se ocultaba bajo un hacinamiento impenetrable de 
troncos superpuestos y en descomposición. El fuego mismo 
en aquellas humedades permanentes, perdía mucho de su ca- 
rácter destructor. 

No hay en esta descripción del bosque del litoral marí- 
timo de Melipulli nada de exagerado, y pudiera aplicarse, 
con sólo la mudanza de nombres, a cualquier otro punto de 
aquellos lugares donde no haya dejado aún rastros el hacha. 

La relación de uno de los muchos dolorosos episodios que 
surgieron en los primeros pasos que dio la colonia en medio 
de estas selvas, expresará mejor que toda otra clase de des- 
cripciones lo que eran en aquel entonces esos lugares donde 
ni las aves podían penetrar, y que cuando llegaban a conse- 
guirlo no hallaban tierra donde posarse, porque ésta se en- 
contraba de uno a seis metros de hondura, bajo una aparen- 
te superficie formada por restos de vegetales hacinados y en 
continua descomposición . 

Fatigados los colonos que habían sido trasladados de las 
casamatas del castillo del Corral a Llanquihue, de la enojo- 
sa situación en que se hallaban, pues por falta de caminos 
aún no había sido posible repartirlos en sus respectivas hi- 
juelas, apenas vieron volver los primeros exploradores que 
acababan de abrir a hachuela y machete una tortuosa y muy 
estrecha senda entre el puerto y la laguna de Llanquihue, 



(1) El alerce, este poderoso vegetal, sobre el cual más es lo 
que destroza el hacha que lo que de él aprovecha, ha sido por 
muchos años, y lo es todavía, la fuente de riqueza de 'más precio 
,de aquellos lugares. 



RECUERDOS DEL PASADO 375 



cuando solicitaron del agente permiso para recorrerla. Salió 
éste en persona con treinta y dos de los más animosos, y un 
instante después, marchando de uno en uno, desaparecieron 
todos en aquella senda que pudiera llamarse obscuro soca- 
vón de cinco leguas, practicado a través de una húmeda y 
esi>esísima enramada, cuya base fangosa se componía de rai- 
ces, troncos y hojas a medio podrir. A cada rato se hacía al- 
to para poderse contar; pues, como las ramazones que apar- 
taba con esfuerzo el de adelante se cerraban al momento 
tras él, parecía que cada uno marchaba solo por aquella 
selva. A la media hora de una marcha muy fatigosa, al prac- 
ticar nueva cuenta en un descanso, se notó, con sorpresa pri- 
mero, y después con espanto, que faltaban dos padres de fa- 
milia, Lincke y Andrés Wehle. Se les llamó, se hizo varias 
veces fuego con las armas que llevábamos, se mandó volver 
atrás para ver si a lo largo del sendero se encontraba algún 
rastro de desvío para socorrer a aquellos desventurados. En 
vano fué el mandar comisiones de hijos del país halagados 
con ofrecimientos, en vano el disparar con frecuencia el ca- 
ñón del Meteoro, todo fué inútil, aquellos dos desgraciados 
habían desaparecido para siempre. 

Diecisiete años después he encontrado en el risueño y 
pintoresco Puerto Montt a un joven de 26 años, que venía de 
Copiapó a recoger los bienes que dejó su padre Andrés Wehle, 
perdido en las selvas, muerto de hambre y de desesperación, 
con su compañero Lincke en los primeros días de la funda- 
ción de la colonia. 

Cuando se zanjaron los cimientos de ésta, aquellas re- 
giones eran aún la viva imagen de lo que fueron dieciséis 
a,ños antes, ni podían, por consiguiente, ser descritas de dis- 
tinto modo del que lo fueron en aquella época por los ilus- 
tres viajeros ingleses, quienes, por orden de su gobierno, ex- 
ploraban nuestras costas (1) . 

Fué tal la desfavorable impresión que causó en el ánimo 
de estos activos exploradores el aspecto de aquellas inhospi- 
talarias y sombrías costas que, al describirlas, juzgaron opor- 
tuno hacerlo con letra bastardilla, creyendo tal vez que sólo 
así se daría por el lector el carácter terminante que ellos mis- 
mos daban a su inapelable fallo. Su descripción, en efecto, 
basta para excluir de la imaginación hasta la futura espe- 
ranza de utilizar aquellos desiertos en obsequio de la hu- 
manidad . 



(1) Sketch of the surveying of his Majesti's ships "Adventure" 
and "BesLgle" 1836. journal of the Royal Geographi?al Soclety of 
London. (Croquis de lo explorado por 105 buques de Su Majestad: 
"Aventura" y "Sabueso", 1836, Diario de la Real Sociedad Geográ- 
fica de Londres) . 



376 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Oigámosles por un momento: 

"Mucho se asemeja la Patagonia Occidental a lo peor 
que puede encontrarse en la Tierra del Fuego . . . Cada pul- 
gada de tierra, cada árbol, cada matorral es una esponja 
saturada de agua ... Es posible que de los doce meses de que 
consta el año sólo puedan contarse diez días libres de neva- 
zones y de aguaceros, y jamás se contarán treinta en que 
no se experimenten vientos huracanados... Puede decirse, 
en verdad, que al sur de Chile no se encuentra un solo lugar 
donde el hombre civilizado pueda establecerse.. . El clima de 
Valdivia es de todo punto igual al de Chiloé, lo que de se- 
guro, por regla general, es un obstáculo para la cultura de 
aquellos campos". Se ve, pues, que la reprobación la extien- 
den aquellos ilustres marinos hasta el mismo Valdivia. 

Hombres a quienes el barro y las lluvias espantaban, ¿qué 
podían informar del lugar de los barros y de las lluvias? Sólo 
un labriego al examinar un reciente sembrado, que para un 
neófito no es más que árboles y pastos destrozados y suelos 
removidos, exhibiendo sus áridos terrenos, descubre en medio 
de ese aparente destrozo la simiente que pocos meses después 
ha de transformar aquello en un alfombrado de doradas mle- 
ses. Para emitir juicios acertados sobre empresas materiales 
que exigen una acción personal fuerte y constante; para mi- 
rar de frente a una imponente dificultad; para sufrir el ham- 
bre, el cansancio, las inclemencias atmosféricas; para des- 
preciar el dolor, el peligro y calcular, en medio de él, las fu- 
turas conveniencias de los lugares que se examinan, no se 
han hecho los tímidos corazones. 

He hecho estas breves indicaciones sobre juicios precipi- 
tados, porque no fueron ellos ios que menos mal hicieron a 
la colonia en sus primeros pasos. Contra este inocente, y co- 
mo ningún otro útil establecimiento, se habían conjurado 
los más extravagantes enemigos. Las autoridades de las ve- 
cinas provincias, contagiadas por el odio infundado que mu- 
chos de sus vecinos alimentaban contra los extranjeros, con- 
trariaban a cada paso la marcha del agente de la coloniza- 
ción en sus respectivos territorios. El fantasma de los terre- 
nos fiscales alzó también en Llanquihue su inoportuna y des- 
carada cabeza; y todos los terrenos proclamaron dueños 
también allí. Cuando la prensa se ocupaba de ello no era más 
que por llenar vacíos o por satisfacer agravios. Muy pocos 
periodistas sabían dónde estaba la colonia, sin dejar por es- 
to de ocuparse de ella y de criticar su situación, hacieoido' 
una lastimosa confusión entre Valdivia y Llanquihue y aun 
entre el significado de las palabras emigración, inmigración 
y colonización, que lastimosamente confundían, lo que me 



RECUERDOS DEL PASADO 377 

obligó a escribir la memoria que sobre estas tres voces dedi- 
qué a don Antonio Varas, en diciembre de 1854. Hubo remi- 
tidos que haciendo al Gobierno cargos por las ingentes su- 
mas que se malbarataban en un establecimiento como ése, 
exclamaban llenos de estúpida suficiencia: ¿cuál era el pro- 
vecho que el pais sacaba de la colonia?, y esto era repetido 
hasta en conversaciones . Ai niño en mantillas le criticaban 
porque no podia aún pagar la leche con que se le amaman- 
taba. ¿Para qué recordar los cargos que forjaban a una el 
capricho y la estúpida ignorancia, para llenar las no siem- 
pre bien intencionadas columnas de El Mercurio y de la Revis- 
ta Católica? La política, por un lado, el sórdido interés por 
otro, y la razón en parte alguna, hicieron hacer al primero 
en su número 8001, atropellados y supuestos cargos contra las 
ventajas de la inmigración para propagar con ellos el des- 
crédito del Gobierno que la fomentaba. La segunda por el 
mal entendido interés de secta, y por el de material conve- 
niencia, pulsaba con ardor la misma cuerda, no dejando am- 
bos, para conseguir su objeto, de acoger, con extraña fruición, 
en sus columnas, cuantos remitidos les enviaban del sur los 
detentadores de los terrenos fiscales. 

Pero esos enemigos no bastaban; era preciso que entrase 
en línea el negro fanatismo que, para vergüenza de la huma- 
nidad, campea aún en el siglo en que vivimos. Este implaca- 
ble enemigo del progreso y de cuanto encierra de divino el' 
corazón humano no tardó en encontrar en un Ministro de 
Justicia, para quien el hábito hacia al monje, y en un Deca- 
no universitario, de éstos que llaman pasados por agua los 
españoles, los instrumentos que necesitaban par:i hostilizar 
a la colonia. 

Por poco grato que me sea, como chileno, traer a la me- 
moria estos hechos, fuerza es consignarlos aquí, para que se 
vea cuan en menos se miraba entonces la inmigración, y con 
cuánto desembarazo se adoptaban las medidas más inconsul- 
tas, con tal que ellas fuesen encaminadas en su daño. 

Había en los terrenos de una antigua y abandonada Mi- 
sión un manzanar, como los hay a cada paso en medio de 
los bosques de Valdivia. Pasaba el camino público por el 
manzanar, los pasajeros alojaban bajo los árboles, y los ani- 
males en que cabalgaban, para mayor seguridad, los ence- 
rraban en un corral de altos estacones, que, según lo decía la 
tradición, había servido de paredes a la primitiva iglesia mi- 
sional. Oomo terreno que nadie disputaba al Fisco, fué aquel 
lugar distribuido en pequeñas hijuelas a varias familias de 
inmigrados, y para que éstas, mientras se instalaban, fuesen 
menos molestadas por las lixivias, tuvo el Agente la desgracia- 



373 VICENTE PÉREZ ROSALES 



da idea de hacer enderezar los estacones, de echar sobre. eUo5 
un techo de tablas y de convertir aquel asilo de animales en 
asilo de racionales. 

El cura no podía conformarse con la pérdida de sus man- 
zanas, pues las tenía como gajes naturales del curato, y para 
recobrarlas hizo que algunos indios se presentasen pidiendo 
o el restablecimiento de la misión, o la devolución de los te- 
rrenos que sus antepasados habían cedido para ella. ¿Qué 
antepasados eran esos ni qué herederos eran éstos? Nadie po- 
día adivinarlo; pero, ¡para qué pararse en pelillos! Maniobra 
era ésta que todos los días se repetía para dar supuestos due- 
ños a terrenos que querían adquirir positivos compradores. 
Salió, pues, de Valdivia una comisión de indios, bien alec- 
cionada, y se presentó contra el Agente ai Ministro de Justi- 
cia, quien, sea dicho de paso, tal era el cariño que tenía a La 
inmigración, que sin pedir informe, ni siquiera calcular el al- 
cance de una inconsulta resolución, dictó para el Agente una 
orden parecida a ésta: Por muy importante que sea la co- 
lonización, usted procederá inmediatamente a devolver a los 
indios los terrenos de la Misión de Cuyunco, ¡indebidamen- 
te repartidos a las familias alemanas! 

Ya tenían esas familias sus casitas y muchos trabajos 
principiados en sus hijuelas, ya habían escrito a Europa man- 
dando los planos de ellas y llamando a sus deudos y a sus 
amigos. ¿Adonde hubieran ido a parar el crédito y la serie- 
dad de los ofrecimientos del Gobierno, si no hubiera expre- 
sado el Agente el propósito de desobedecer orden tan incon- 
sulta? 

Si esto hacían las autoridades superiores, ¿qué cosa ha- 
bría reservada para las subalternas, siempre que el provecho 
les hacía intervenir en los asuntos de la colonia? Ya, pues, 
amparaban detentaciones de terrenos, haciéndolos devolver 
a supuestos dueños, ya la privaban con necios pretextos del 
enganche de peones para el trabajo de los caminos, sin cuya 
existencia no podía llevarse a cabo ningún repartimiento de 
propiedades, o ya reclamaban de atropellos de supuesta ju- 
risdicción, sin tener para nada en cuenta el supremo decreto 
de 27 de junio de 1853 que sometió el territorio colonial a un 
régimen especialísimo bajo la dependencia inmediata del Pre- 
sidente de la República y no de otra alguna. El Agente del 
Gobierno en la colonia, desempeñaba las veces de goberna- 
dor en ella, y los subdelegados e inspectores del distrito colo- 
nial eran nombrados por él con la sola aprobación del Pre- 
sidente . 

Excuso repetir el porqué de tan plebeya hostilidad y de 
especificar los actos que de ella emanaban, para limitarme a 



RECUERDOS DEL PASADO 379 

referir un solo hecho que da la medida de la enormidad de 
los demás. 

Llamáronme asuntos del servicio a la capital y al ausen- 
tarme, después de darle a reconocer a las autoridades chilo- 
tas, dejé haciendo mis veces en la colonia a don Santiago 
Foltz, inmigrado idóneo, prudente y entusiasta por el ade- 
lanto de lo que él llamaba con encanto su nueva patria. Juz- 
gúese de mi sorpresa cuando a mi regreso me encuentro con 
la colonia abandonada; con los míseros colonos desenterran- 
do las papas que habían sembrado, para no perecer de ham- 
bre, y con mi representante detenido preso como un criminal 
en la inmunda cárcel de Calbuco. 

He aquí lo que había ocurrido: el Gobernador de esa al- 
dea, que especulaba en tablas como tantos otros, había orde- 
nado al Agente interino que le remitiese presos a los tableros 
que, por trabajar en los caminos de la colonia, no cumplían 
con los contratos que habían celebrado en Calbuco. Foltz con- 
testó que en la colonia había jueces, y que sin el fallo de és- 
tos no consentiría que se atropellase a unos camineros con- 
tratados por mí y que tantísima falta hacían donde estaban. 
Furioso el Gobernador con esta negativa, señaló al mismo 
Foltz un plazo perentorio para ponerse en su presencia, y 
como ni esto pudo conseguir, le mandó arrestar con soldados 
y le encerró en la cárcel de Calbuco. Semejante atentado no 
sería creíble si no tuviese yo en mi poder, como tengo, para 
atestiguar cosas increíbles, un documento parecido a éste, 
que al pie de la letra copio: 

"Calbuco, septiembre Lo de 1853. 

El inspector Toribio Pozo en el momento que reciba es- 
ta orden, le ordenará al alemán Santiago Foltz que se embar- 
que en la balandra que al efecto mando para traerlo, y si no 
quisiere obedecer o tratare de resistirle, léale usted esta or- 
den a presencia de testigos, y amonéstelo a que obedezca; 
pero si persistiese en no obedecer, entonces con la gente que 
mando y usted mismo, procedan a tomarlo por fuerza y em- 
barcarlo amarrado. Agale saber allí que el gasto de traerlo 
tiene que pagarlo aquí. — Firmado: Ricardes." 

Pero esto no bastaba: el ataque contra la colonia no debía 
provenir sólo de autoridades mal aconsejadas; era preciso 
que el graznido de la calumnia surgiese del seno mismo de 
una corporación creada para dirigir la educación y fomentar 
la moralidad; y el empeño consiguió su propósito. 

Es la naturaleza tan amiga de contrastes, que hasta en 



380 VICENTE PÉREZ ROSALES 

esa aduana del saber que lleva entre nosotros el nombre de 
Universidad, para hacer creer con él que no hay cosa que 
no sepa, tuvo la malicia de colocar al lado de todo un Bello 
a todo un grandísimo... inocente que, acordándose que ha- 
bía alcanzado a ser ha^ta decano, se le ocurrió, el día que 
menos se esperaba, desarrollar ante los ojos de aquel docto 
cuerpo un cuadro tan tétrico y lacrimoso del estado en que 
la colonia estaba poniendo al país, que, espantados los sa- 
bios, elevaron al momento lo que ocurría al conocimiento del 
Ministro de Instrucción Pública, de Culto y de Justicia. 

Decíale en aquel espantable papelote que la propaganda 
protestante todo lo estaba invadiendo, que eran protestan- 
tes los profesores de las escuelas, protestantes los seductores 
de las mujeres, y protector de protestantes el Agente que, 
a fuer de ma^ón, el día de San Juan Bautista profanó tem- 
plos con escandalosas orgías. Y concluía con un pliego entero 
de reflexiones, de las cuales copio los primeros renglones que 
dicen así: "A vista de estos acontecimientos, con cuánta ra- 
zón temían los buenos ciudadanos la fundación de esta co- 
lonia, y con cuánta justicia pronosticaban y lamentaban en 
su corazón estos y otros males, etc." 

Con la lectura de semejante documento, ¿qué idea se for- 
marían de nosotros los extranjeros? Y ¡qué idea se formarán 
lo que en estos reglones leyeren de la veracidad con que se ata- 
caba la colonia, cuando sepan que el día de San Juan Bau- 
tista, elegido por el calumniador para denigrar la conducta 
dei Agente, ese mismo día sufría ese pobre funcionario, pos- 
trado en una cama, las crueles consecuencias de un nuevo 
naufragio en el cual casi había perecido, por buscar para la 
inmigración terrenos que, por la distancia y por la ausencia 
de manzanares, estuviesen fuera del entrometimiento de los 
detentadores, de los curas y de los decanos de las Univer- 
sidades! 

No todo, sin embargo, daba motivos para desesperar. 
Montt y Varas velaron sobre la suerte de la colonia, y con 
semejantes custodios era imposible no llegar con ella a feliz 
término. 

Inauguróse la colonia de Llanquihue el 12 de febrero de 
1853, día elegido por el Agente para agregar un grano más 
de arena a la base del hermoso monumento de gloria que ese 
día simboliza entre nosotros; y al trazar los cimientos de 
la población que debía servir de centro a este establecimiento 
colonial, se le dio el nombre de Puerto Montt, leve homena- 
je que tributaban los fundadores de ese pueblo a la memoria 
del autor de la ley de 18 de noviembre de 1845, llamado en- 
tonces por los pueblos a ponerla él mismo en ejecución. 



RECUERDOS DEL PASADO 381 



Hay en Chile, como legado español, la incalificable ma- 
nía de dar el mismo nombre a multitud de cosas diferentes:: 
así se dice, provincia de Aconcagua, rio Aconcagua; provin- 
cia de Santiago, ciudad de Santiago; provincia de Valdivia, 
río Valdivia, ciudad de Valdivia. Ahora, porque oyeron decir 
que en el territorio llamado Melipulli existia un pueblo de 
reciente fundación ha de llamársele Melipulli (aunque seme- 
jante denominación de ciudad no se encuentre en mapa geo- 
gráfico ninguno) , y no Puerto Montt, conocido de tiempo atrás 
hasta en Europa. Melipulli es el nombre de un territorio si- 
tuado en la costa del norte del seno de Reloncavi; Callenel es 
una sección de ese territorio, y en Callenel fué donde se echa- 
ron los cimientos de ese pueblo cuyo nombre se quiere en vano 
hacer olvidar. Llámese, pues, Callenel, y no Melipulli si se quie- 
re perpetuar el sistema español, y con él negar al César lo que 
sólo al César pertenece. 

Sigamos ahora, por un momento, a la colonia en su mar- 
cha. En ese mismo año se repartieron entre los colonos los 
emboscados campos cuyos frentes al camino pudieron ser 
medidos; y se declaró, por decreto supremo de 27 de Junio de 
1853, territorio de colonización sometido a un régimen espe- 
cial, aquel que se encontraba comprendido entre la costa 
septentrional del seno de Reloncavi con algunas de sus islas 
y los terrenos incendiados del valle central de Osomo, hasta 
donde alcanzaban sus árboles carbonizados. Tenía por lími- 
tes: al oriente los Andes, y al poniente, lineas imaginarias- 
que pasaban por bosques desiertos e intransitables. 

El rigor del invierno de ese mismo año inutilizó todos los 
trabajos coloniales y expuso al colono a perecer de hambre. 

El invierno de 1854 fué cruel como el anterior, y la fera-" 
cidad del suelo virgen y recién preparado inutilizó las Siem- 
bras de granos, ahogándolos el exceso de su propio creci- 
miento. 

En 1855, el Gobierno se vio en la precisión de decretar 
nuevos auxilios para esos desgraciados pobladores, sobre cu- 
yos sembrados se había batido una plaga de aves que todo lo 
destruyó. 

En 1861, esto es, seis años después de tan crueles contra-: 
tiempos, fué tal la importancia que había alcanzado el terri- 
torio de colonización con la presencia de ese puñado de in- 
migrados, que se creyó justo elevarlo al grado de cabecera de 
provincia, incorporándole, para formarla, los antiguos de- 
partamentos de Valdivia y Chiloé, Osorno y Carelmapu. 

Ya por sí solas estas fechas dicen mucho. Nosotros, sin 
embargo, no seguiremos a la coloniu como .sección política, 



382- VICENTE PÉREZ ROSALES 



Sino como simple territorio de colonización establecido en la 
provincia de Llanquihue. 

La risueña y pintoresca aldea de Puerto Montt, nacida 
tan poco ha de entre el fango y las selvas de un lejano des- 
poblado, contrasta con su plenitud de vida, su activa anima- 
ción, y el contento de sus habitantes, con el mustio silencio 
y el desgreño, que son la carcoma de los pueblos prematu- 
ramente envejecidos que la rodean. 

¿Cuáles pueden ser las causas que han influido en la 
temprana decrepitud de aquellos pueblos que en otro tiempo 
merecieron el nombre de importantes? A mi ver, es sencilla 
la respuesta: los españoles, cuando la conquista, guerreaban 
y fundaban ciudades al mismo tiempo; y como a^í prose- 
guían el curso de sus victorias, como volvían atrás a favore- 
cer sus primeras poblaciones amagadas por la indiada, es 
evidente que, para echar los cimientos de sos pueblos, sólo 
atendieran a la importancia estratégica de la plaza, sin cui- 
dar de investigar si aquel lugar quedaba mercantilmente co- 
locado, y mucho menos, si podrían retirarse los destacamen- 
tos militares que le daban vida artificial, sin hacer peligrar 
su existencia. Para nadie es un misterio, en el dia, que hay 
en el mundo pueblos necesarios y pueblos que no lo son. A 
esta última clase pertenece un gran número de aquellos que 
fundaron los españoles en Chile, y que, destinados a extin- 
guirse pronto, sólo deben la prolongación de su agonía a la 
costumbre de considerarlos como pueblos necesarios, y a la 
de estar haciendo en ellos gastos que a nada conducen, Si 
al motivo de la mala elección para fundar un pueblo me fue- 
ra permitido, sin ofender susceptibilidades de raza, agregar 
algunos otros, me limitaría a indicar que a nuestra san- 
gre, más que a otra cosa, debemos achacar todo nuestro des- 
greño y nuestro atraso. 

Puerto Montt es pueblo necesario, por ser parte de un 
seguro y cómodo puerto colocado por la mano de la natura- 
leza en el centro de la gran producción de los alerces, en el 
promedio de las costas marítimas de la colonia, y a muy 
cortas distancias de los centros rurales y fabriles, tanto de 
ella como del rico departamento de Osorno, que antes no 
tenía por dónde exportar sus abundantes frutos. 

Ocupan los modestos pero cómodos y vistosos edificios 
de esta improvisada cabecera de provincia, un trazado de ciu- 
dad muy superior en bondad al de las demás poblaciones de 
la República, tanto por la anchura de sus calles y la peque- 
nez relativa de sus manzanas, cuanto por su perfecto nivel, 
sus espaciosas aceras, y el asiento asignado a sus edificios 
públicos; asignación que consulta, sin dejar sitios vacantes. 



RECUERDOS DEL PASADO 383 

todas las necesidades futuras de una moderna población. Allí 
no se .ve la inexorable cárcel ocupando el primer asiento en 
la plaza principal, mostrando su eterna reja y su asqueroso 
séquito a los ojos del comerciante y del extranjero. Hay en 
el pueblo lugares especiales para el soldado y para el cas- 
tigo, así como los hay para el comercio y para el solaz de sus 
habitantes. La primera plaza pública que tuvo en Chile jar- 
dín fué la de Puerto Montt. y no lucen ciertamente más en 
ella los árboles exóticos tan codiciados en el dia, que los vis- 
tosos de permanente verde y no comunes flores que han ador- 
nado siempre nuestras selvas. Construye en la actualidad una 
vasta y hermosa iglesia parroquial, y hay, entre tanto, en 
actual servicio dos capillas, una católica y otra prote.stante. 
El hospital, también en ejecución, llama ya la atención por 
lo espacioso y cómodo; y los dos panteones, para católico uno 
y el otro para disidentes, a pesar de lo aterrador de sus des- 
tinos, constituyen por su situación y sus adornos, un verda- 
dero paseo. Hácese también notar la recova, y muy especial- 
mente, el cuartel de guardias nacionales, que agrega a lo es- 
pacioso de su patio y comodidad de sus edificios, un exterior 
de forma graciosa y esmerada. La escribanía, la cárcel, la bi- 
blioteca departamental, cuentan con departamentos propios, 
así como cuatro escuelas: dos nacionales y dos privadas. 

El cómputo que se ha hecho de la población urbana de 
esta aldea hace alcanzar a 2.500 personas el total de sus mo- 
radores; y, sin embargo, cuenta ya con una sociedad orfeó- 
nica perfectamente organizada; con un cuerpo de Bom.beros 
voluntarios servido con dos bombas, institución que entró con 
los extranjeros a Llanquihue, sin que fuese necesario para 
crearla la presencia de una espantosa hoguera como la de 
la Compañía, que fué la que creó definitivamente el cuerpo 
de Bomberos voluntarios de Santiago; y por último, cuenta 
también con la -más rica biblioteca departamental de la Re- 
pública, establecimiento que debió al Ministro Errázuriz en 
su Memoria de Justicia de 1865 este sentido elogio: "Este es- 
tablecimiento se encuentra en el más satisfactorio estado de 
arreglo y de prosperidad, debido al entusiasmo de los vecinos 
y especialmente al de los alemanes". 

Cada casa, por modesta que sea la fortuna de quien la 
habita, posee, aunque en pequeña escala, todas las comodi- 
dades que sabe proporcionarse el europeo; en todas reina el 
más prolijo aseo, y, a falta de mejor ornato, no hay una que 
no exhiba, tras las limpias vidrieras de sus ventanas a la 
calle, grandes macetas de flores escogidas. Sus amueblados, 
hechos todos con maderas del país y por ebanistas de primer 
orden, son cómodos y lucidos al mismo tiempo. En Puert-o 

Recuerdo. — 13 



384 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Montt no se comprende que pueda nadie edificar, sin desig- 
nar antes que nada el lugar que puede ocupar el jardin. En 
todos ellos, alternando con las flores y las legumbres tempra- 
neras, se ven árboles cargados de frutos cuya posibilidad de 
cultivo sólo ahora comienzan a creer realizables los enveje- 
cidos moradores de los contornos. Molinos, curtidurías, cer- 
vecerías, fábricas de espíritu, excelentes panaderías, artesa- 
nos para todos los oficios y, en general, cuantos recursos y co- 
modidades tienen asiento en las grandes ciudades, salvo el 
teatro y la imprenta, existen en aquella población modelo, 
que, por un rasgo que le es característico, persigue como cri- 
men la mendicidad. 

El aspecto de aquel naciente pueblo, rodeado de colinas 
limpias y sometidas a un esmerado cultivo, y el recuerdo de 
lo que fué, dan la medida exacta de lo que debe ser, cuando 
se ve que en tan corto tiempo aquello que en menos se tenía 
es ya tanto. 

Media entre Puerto Montt y la laguna de Llanquihue, en 
cuyas pintorescas márgenes tiene la colonia su principal 
asiento, poco trecho más de cuatro leguas, andando de sur 
a norte. Un costoso y bien sostenido camino carretero atra- 
viesa aquel espacio ocupando el lugar de la fangosa y primi- 
tiva senda donde perecieron los desventurados Wehle y Lin- 
cke. Las primeras dos leguas de este trayecto, ya firmemente 
consolidado, tienen por base una zona de médanos y de tupi 
das raíces que allí llaman el Tepual. En toda esa extensión, 
inútil, por ahora, para los trabajos agríí:olas, sólo llaman la 
atención del viajero el aspecto lejano de la sombría selva em- 
pujada por el hacha y el fuego a más o menos distancia del 
camino; los muchos fantasmones de troncos carbonizados que 
apenas se sostienen sobre sus descarnadas raíces; los restos 
esqueletados de los coihues; las gigantescas bases de los aler- 
ces derribados cuyas poderosas cepas ni el hacha ni el fue- 
go han logrado aún destruir, y tal cual choza solitaria, pun- 
to de acopio de las maderas trabajadas en el interior del bos- 
que y llevadas a hombro hasta el cargadero. Diciembre, Ene- 
ro, Febrero y Marzo, época del corte y beneficio de las ma- 
deras, llaman también la atención por la multitud de gente 
que acude a este lugar desde las islas más lejanas del archi- 
piélago; todos trabajan a un tiempo, todos descalzos, y todos, 
mujeres, viejos y niños, cargan a hombro tablas, durmien- 
tes y pesadas vigas al lado de las carretas alemanas de cua- 
tro ruedas, que hacen el mismo servicio. 

Termina el Tepual en el extremo de una larga e impro- 
visada calle de matorrales llamada Arrayán y abierta entre 
las corpulentas cepas de una antigua mancha de alerces. 



RECUERDOS DEL PASADO 385 

Componen el Arrayán dos largas hileras de casuchas, cual 
más incómoda y de peor aspecto, pobladas por los depen- 
dientes de las casas del pueblo y por los numerosos agentes 
del comercio de Calbuco y de Ancud, que concurren al cam- 
bio de maderas con abundantes mercaderías y sostienen una 
feria activísima de cambio durante aquellos meses y en aquel 
singular aduar colocado en medio de una selva. A las prime- 
ras aguas de! invierno la gente se dispersa, y queda conver- 
tido aquel lugar de bullicio, en un despoblado con casas du- 
rante ocho meses. 

Desde la terminación del Tepual y de aquel pequeño po- 
blado para adelante, el campo cambia totalmente de aspecto; 
dejando atrás la naturaleza en bruto, con toda su imponente 
soledad, se da principio a la fértil y poblada zona de terrenos 
que forman el perímetro de la laguna de Llanquihue. 

Al separarse del bosque no puede menos el viajero de fijar 
'Con agradable sorpresa la vista en un singular jardín lleno 
de vistosas flores y colocado en el corte transversal de un 
alerce derribado. El colono alemán saca partido hasta de las 
mismas dificultades que no puede vencer. En el patio de la 
casa de uno de ellos se encontró la gran cepa a que nos re- 
ferimos; más tiempo perdía en destruirla que en adornarla, y 
sin más esperar, aquel estorbo se convirtió en un caprichosí- 
simo jardín. 

Desde allí hasta las limpias aguas del lago se ven a cada 
cinco cuadras dos bonitas casas, una frente a la otra, en uno 
y otro lado del camino. Cinco cuadras es el frente de cada 
propiedad rural, y cada una constituye con sus edificios ha- 
bitables, sus graneros, sus establos, jardines, arboledas, po- 
treros y sembrados, máquinas agrícolas, conservatorios y ta- 
lleres de alguna industria especial, un completo aunque mo- 
desto establecimiento agrícola, en e! cual muchos de nues- 
tros opulentos hacendados tendrían algo que aprender. 

Ciento cuarenta hijuelas de cien cuadras cada uña y 
diez y ocho de a cincuenta, rodean el norte, parte del sur y 
todo el poniente del hermoso lago de Llanquihue, que, bajo 
una forma bastante regular, cuenta como cuarentas leguas 
de circunferencia; y en las fértiles márgenes del Chamiza, 
cuyos caprichosos bajos se prolongan más de una legua mar 
adentro, se encuentran también de cinco en cinco cuadras, 
quince preciosas hijuelas cuyos embarcaderos fluviales los 
tienen en las mismas casas. 

Cada uno de los predios rústicos de la colonia sólo se dis- 
tingue de los demás en el ejercicio de alguna industria nue- 
va, a la cual se presta la naturaleza del suelo, o en el grado 
de riqueza o de saber del colono que lo posee. 



386 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Así en Puerto Octay (Muñoz Gamero), (1), sg cultivan 
con preferencia la linaza y el nabo para convertirse en aceites 
que ya se exportan para Valparaíso; en el oriente se obser- 
van trabajos de cebada perla con sus máquinas correspon- 
dientes; en el' Chamiza, fábricas de tejido de lino puro y mez- 
clas con algodón o cáñamo; aquí se activa el cultivo de la 
papa para su conversión en aguardiente; allí se construyen 
molinos harineros o batanes para cascaras taninas, y en 
todas partes, junto con el movimiento industrüal, tobserwa 
con gusto el que aquello recorre, el contento y el bienestar. 

Existen ya limpias de troncos y de cepas y sometidas a 
un inteligente cultivo, 1.444 cuadras, no debiendo perderse de 
vista para apreciar este trabajo, que sólo en 1856 comenza- 
ron a llegar algunos emigrados a engrosar el número redu- 
cido de fundadores; y que cuesta más tiempo y dinero poner 
una de esas cuadras de suelo enmontado en estado de cul- 
tivo, que comprarlas a precios subidos en el norte de la Re- 
pública, desde Molina hasta Carelmapu (2). 

En 1858 ya la colonia comenzaba a satisfacer con sus 
productos sus propias necesidades, y aun cuando el número 
de pobladores de todas edades y sexos alcanzaba sólo a 789 
pudieron presentar 230 cuadras en estado de cultivo. 

De colonias agrícolas de tan reducida población como la 
nuestra, poco hay, sin duda, que exigir en materia de indus- 
trias; sin embargo, ese poco que puede exigirse de ella y 
su principio, a llenar un vacio muy notable al lado del que 
que existe ya, está llamado, por el acierto incuestionable de 
han sabido llenar en la industria chilena la vid, la abeja y 
el gusano de seda. 

Estas industrias, todas nuevas y miradas en su origen con 
el sarcástico desprecio con que mira lo que no comprende la 



íl) No he podido atinar con el significado ni ki opurtiinidai 
del nombre Octay, que substituye ahora al de Muñoz Gamero, 
nombre que existe en documentos oficiales desde los primeros 
tiempos de la Colonia. A ese malogrado y benemérito marino chi- 
leno 'debemos los planos hidrográficos de las lagunas de Llanqui- 
hue y Esmeralda; a él, por las ideas que comunicó al Agente de la 
Colonización, se debe al empeño 'tenaz de aquel empleado en 
franquear el camino del puerto a la laguna, camino que dio a la 
colonia miles de cuadras de excelente suelo. Puerto Octay, cuando 
fué elegido por el Agente como punto preciso de recalada para 
las embarcaciones que servían áe puente entre el norte y el sur 
de la laguna, no tenía nombre ninguno como tamvwco lo tenía 
ni la misma costa donde se encontraba. La reciente catá^rofe de 
Magallanes y el recuerdo de los servicios por él prestados, hizo 
que el agente diese a conocer aauel pequeño y pintoresco p'Uerto 
icon el nombre del malogrado jefe. 

(á) Él jornal del peón nunca bíija úv cincuenta cciil.úvos y 
muchas veces llega a setenta y cinco. 



RECUERDOS DEL PASADO 387 



satisfecha ignorancia, han alcanzado lo que pocos se ima- 
ginaban que alcanzasen. 

Hemos visto, con justo orgullo, que la primera concurrió 
con sus productos al país mismo de los viñedos, y que obtuvo 
en él el premio debido a su perfección; que la segunda, no 
sólo ha excluido del comercio de importación las ceras y las 
mieles, sino que ha ido con las naciones a disputar el mer- 
cado 'cn bondad y en baratura hasta en la casa misma de 
sus antiguos proveedores; y por último, que a causa del in- 
terés de la seda, se vean obligados los sericícolas a buscar a 
los chilenos para obtener de éstos la excelente semilla de 
gusanos que está regenerando en el día la mala calidad de 
la europea. 

El cultivo de la linaza y el planteo de las industrias que 
de ella se desprenden, sigue en la colonia en silencio y sin 
mendigar la protección del privilegio, una marcha que le 
asegura los má.s felices resultados. El aceite secante, esto es, 
el preparado ya para la pintura al óleo, se exporta y se vende 
mucho más barato que aquél que se introducía de Valparaí- 
so. Con los tejidos de la fibra del lino visten muchas familias, 
y las más acomodadas usan manteles nacionales de hilo ada- 
mascado. 

El cultivo de la papa en su paLs natal exigía naturalmente 
una industria que utilizase el sobrante anual de aquella subs- 
tancia alimenticia; liase, pues, llenado esa importante nece- 
sidad con dos fábricas que funcionan con el mejor éxito. 

La siembra de cebada alimenta dos industrias importan- 
tes: la de cebada perla y la de cervecerías, cuyos productos 
procuran en vano imitar los cerveceros del norte. 

Salazones, curtidurías, batanes para cascaras, fábricas de 
tejidos de mimbre, existen de tiempo atrás en la colonia, y 
la industria colmenera ya empieza a tomar cuerpo en el lu- 
gar nativo de las flores. 

En el trayecto desde la cabecera de la colonia hasta las 
últimas posesiones alemanas existen seis molinos harineros, 
que, aunque de una sola parada de piedras, tienen todas la.s 
máquinas y aparatos para la perfección de las harinas, y otro 
de tres paradas; cuatro máquinas aserradoras, tres movidas 
por agua y una por vapor; dieciocho máquinas de aventar 
trigos, todas construidas allí mismo; una trilladora a vapor; y 
cn cuanto a las pequeñas industrias inseparables de las gran- 
des poblaciones, como ser sastrerías, carpinterías, ebanisterías, 
etc., ya he tenido ocasión de decirlo, no falta ninguna. 

La rápida ojeada que he echado sobre la agricultura y la 
naciente industria de la colonia, nos conduce naturalmente a 



388 VICENTE PÉREZ ROSALES 

examinar, aunque sea muy por encima, su comercio aún en 
embrión. 

Puede decirse que no existía, antes de la fundación de la 
colonia, más vida mercantil en las solitarias caletas del seno 
de Reloncaví, que aquella que le daba en los veranos ia venta 
del alerce que se trabajaba en los bosques más inmediatos a 
la marina; y aun esa venta comenzaba a hacerse menos ac- 
tiva por falta de caminos que facilitaren la extracción de los 
alerces interiores, estando ya los de la costa enteramente 
agotados. 

Llévanse estas maderas en bongos, botes y lanchones 
en cuya construcción se empleaban costuras de esparto en vez 
de clavos, al antiguo y conocido fuerte de Calbuco; este pK)- 
blanchón. constituido en factorías de ventas y compras de ma- 
dera por encontrarse a medio del camino entre el lugar de la 
produción y el de la exportación, que lo era entonces San Car- 
los de Ancud, arrastraba una existencia muy precaria. 

En Calbuco se encontraban los dependientes y las tiendas 
sucursales de los almaceneros de Ancud, y como el dinero no 
se conocía en aquellos afortunados lugares, habían inventado, 
para facilitar las transacciones y las ventas al menudeo, la mo- 
neda tabla, que era entre ellos la unidad y tenía el valor no- 
minal de un real.de la antigua moneda. 

En cambio de los centenares de reales-tablas que entrega- 
ba al vendedor, recibía harina, sal, ají, mucho licor, y los muy 
necesarios artículos ultramarinos para satisfacer las pocas ne- 
cesidades de hombres que por constitución andaban descalzos 
y llevaban una vida muy semejante a la de los indígenas. 

Con la fundación de la colonia en el mismo centro de don- 
de se exportaban aquellas maderas que se iban a vender a 
Calbuco, hubo un trastorno general. Las sucursales de An- 
cud estacionadas en Calbuco abandonaron aquel lugar in- 
necesario para venirse a establecer a Puerto Montt; muchos 
cortadores de oficio, de maderas, halagados por la presencia 
de un pueblo que desde sus primeros pasos ostentaba vida 
propia, abandonaron sus aduares por vida más civilizada, y 
poco a poco fueron desapareciendo los bongos y lanchones 
de costura, para dar lugar a hermosas balandras y en segui- 
da a grandas embarcaciones, tanto extranjeras como naciona- 
les, que llegan de varios puntas a la carga de madera.s a Puer- 
to Montt. 

Hasta e) año 1855 necesitó la colonia, com.o lo hemos di 
cho. hasta suplementos de substancias alimenticias; y el co- 
lono, demasiado ocupado en los afanes de su trabajoso esta- 
blecimiento, había olvidado el recurso de las maderas explo- 
tadas cxclu.sivamente por el chilote, 



RECUERDOS DEL PASADO 389 

El año 1856 ya comenzaron los aguardientes de la colo- 
nia a competir con los que venían de fuera. 

En 1860 ya se ve figurar al inmigrado en el negocio de las 
maderas, y el movimiento mercantil del año de 1861 alcanzó, 
según datos oficiales, a 284.759 pesos. 

La sierra mecánica comienza ya a reemplazar los efec- 
tos destructores del hacha en aquellos valiosos bosques; y los 
caminos que se abren día a día, selva adentro, asi como los 
carros de cuatro ruedas puestos en acción en ellos, proporcio- 
nan al comercio ricas maderas que sólo se exportaban antes 
en lastimosas fracciones. 

Los artefactos y frutos agrícolas a que hemos aludido y 
que vemos ahora aparecer en los retomos, son: aguardientes 
y espíritus de papas y de granos, cervezas, cueros curtidos, 
aceites secantes de linaza, salazones, mantequilla, avena y 
centeno; dejando sin mencionar el trigo, la harina, la cebada 
perla, que ya empieza a exportarse, asi como los géneros de 
hilo, los útiles de menaje construidos de mimbres, y otras pe- 
queñas industrias cuyos frutos apenas alcanzan a proveer, 
por ahora, a la demanda interior. 

Tal fué el origen de la colonia de Llanquihue, y tales, co- 
mo quedan dichos, los motivos que la alejaron de su primitivo 
asiento en los campos valdivianos. 

Un puñado de colonos diseminados en las desacreditadas 
playas a donde se les condujo por necesidad, habían obrado 
en aquellos lugares los milagros que en el año de 1860 ya ad- 
miraban a los que conocían ia geografía de su país. 

Entre esos hijos del trabajo, de la abnegación y de la 
constancia, nunca se oyó resonar la voz del desaliento, a pe- 
sar de las angustias que los sitiaron desde el día m¿smo en 
que pusieron los pies en Llanquihue, pues que, sorprendidos 
por uno de los rigurosos inviernos en los lugares donde, atro- 
peli'ando más bien que venciendo dificultades, se habían es- 
tablecido, tuvieron, por falta de recursos, que consumir las se- 
millas que tenían para sembrar, que desenterrar las papas ya 
sembradas, y aun que matar sus animales de labor para no 
perecer de hambre. 

El Agente de la Colonización escribía entonces a su inme- 
diato jefe estas palabras: "Han pasado miserias, hambres y 
trabajos, pero sin desmayar; todo lo debemos esperar de la 
cruda prueba a que han sido sometidas la constancia y la fe 
de estos infelices en el pasado invierno. Con semejantes ele- 
mentos, si se aumentan, como es de presumir, veo ya seguro 
el próspero porvenir de la colonia, digan lo que dijeren sus in- 
justos miopes detractores". (1). 



(1) Diciembre de 1853, oficio del Agente de Colonización 



390 VICENTE PÉREZ ROSALES 



El sórdido interés, el fanatismo y la calumnia, la hosti- 
lizaron en su apartado asilo, y cuando a impulsos de estas 
contrarias entidades, el entusiasmo despertado por un mo- 
mento en el norte, en favor de la colonia, comenzaba a des- 
mayar, el Agente sostenía el espíritu de sus jefes con estas con- 
soladoras palabras: "Con fe perseverante y constancia, este 
naciente establecimiento alcanzará a ser antes de mucho, la 
joya del sur de la República". 

Siete años después, el viejo chileno que estas lineas es- 
cribe, vio con la pura emoción del patriotismo, realizado su 
pronóstico. 



CAPITULO XXIII 

Inmigración. — Población cvlemana en Llanquihue y en Val- 
divia en 1860. — Su instrucción. — Influjo de su contacto 
con los hijos del país. — Lamentable pérdida de los te- 
rrenos del Estado. — Sacrificios personales del Agente pa- 
ra proporcionar terrenos a los inmigrados. — Medios de 
contener semejante mal. 

Tal vez no pueda señalarse una sola de las infinitas co- 
lonias que año a año fundan en los despoblados del mundo 
los activos hijos del viejo continente, que haya necesitado lle- 
varse diecisiete años para poder presentar reunidos un nú- 
mero tan insignificante de pobladores extranjeros como los 
que presenta nuestra colonia de Llanquihue. Y no es cierta- 
mente porque a nuestros gobiernos les haya faltado indicacio- 
nes prácticas, después de tan dilatado tiempo de tímidos 
ensayos, sino porque la inmigración se sigue mirando como un 
objeto de lujo y no como una apremiante necesidad. 

La inmigración, entre nosotros, se pospone a todo; se 
pospone a un edificio público, por innecesaria que sea su cons- 
trucción. Al mismo tiempo que se lamentaba la falta de fon- 
dos para atender a las necesidades públicas, se presuponían 
nuevos miles para continuar la construcción del edificio que 
aquí llamamos Universidad. Para establecer cómodamente una 
fábrica de textos forzosos de enseñanza, se decretaban miles; 
para la inmigración faltaban fondos. Tratóse de colonizar las 
provincias araucanas, y se decretó medio millón de pesos y 
en seguida más miles aun para el sostén de las tropas cuya 
permanencia, si transitoria, es inútil, y si constante, gravo- 
sísima: y de nuevo quedó postergada la inmigración extran- 
jera, única que sin exterminar al colono indígena, pudiera re- 
ducirlo al estado social. 

Con ese medio millón de pesos hubiéramos podido hacer 
llegar al territorio indígena dos mil familias del extranjero, 
con un personal aproximativo de ocho mil almas; y sobrar aun 
50.000 mil pesos para haberle provisto de armas de precisión. 
En el día el inmigrante sólo exige que se le costee el pasaje 
para ir a un país donde puede decirse que se regala la pro- 



392 VICENTE PÉREZ ROSALES 

piedad a muy pocas leguas de poblaciones ya establecidas, y 
que ofrece, además, al emigrado, exenciones y previlegios no 
despreciables. Un grupo tan respetable de extranjeros no se 
dejaria imponer de la indiada. El indio, por más valiente y 
arrojado que sea, no es tan fácil que se ponga a tiro de un 
fusil que le ha de herir o matar, por el solo hecho de colocar- 
se a su alcance. A fuerza de disparos bien dirigidos, el indio 
ha venido a convencerse de que las armas de fuego son ahora 
menos temibles que lo que antes eran. 

Hemos indicado a la ligera el estado de adelanto de la 
colonia, cuyo progreso seria aún más de notar si para utilizar 
los recursos de su territorio hubiesen podido desde el principio 
aunarse los emigrados que han ido llegando paulatinamente 
a ella. Las adjuntas fechas indican su lenta marcha: 



1852 


212 


1853 


51 


1854 


35 


1855 


— 


1856 


460 


1857 


180 


1858 


9 


1859 


11 


1860 


93 



1861 


11 


1862 


32 


1863 


12 


1864 


155 


1865 


— 


1866 


36 


1867 


— 


1868 


— 


1869 


7 



Pobre total de 1.363 inmigrados de todas edades y sexos. 
¡Diecisiete años para colectar un número de inmigrados in- 
ferior al que se recibe muchas veces en un solo día en los 
puertos norteamericanos! 

Entristece el recorrer la anterior lista, viendo cuan des- 
pacio, cuan de mala gana y con cuántas interrupciones llega 
a fecundizar nuestros desiertos ese riego de población y de ri- 
queza que tantos prodigios obra en todas partes; y que, como 
no debemos cansarnos nunca de repetirlo, es el único medio 
que en nuestro actual estado puede elevarnos pronto a una 
envidiable altura entre las naciones civilizadas. 

Si se desease patentizar más las ventajas de hacer sacri- 
ficios por acrecer cuanto más posible fuese el número de tan 
impyortantes huéspedes, no tendríamos más que apartar un 
momento la vista de la colonia de Llanquihue y fijarla en Val- 
divia. 

Muy pocos inmigrados quedaron en esa apartada provin- 
cia cuando la desmembración de la colonia hacia los despo- 
blados de Llanquihue. Esos pocos industriosos extranjeros ape- 
nas lograron cimentar su residencia cuando crearon los prime- 
ros cimientos de las distintas industrias que hoy ostenta con 



RECUERDOS DEL PASADO 393 

jAisto orgullo el pueblo de Valdivia ante los ojos atónitos de 
los que lo hablan conocido con el nombre de presidio, y sabían 
que hasta el pan era preciso llevárselo de fuera. Ya en 1866 
el inteligente jefe de aquella provincia, en su memoria de Ju- 
nio del mismo año ai Ministro del Interior, decía, después de 
referirse al lastimoso atraso, a la miseria del territorio des- 
poblado de la provincia de su mando, estas notables palabras: 

"No siendo posible que el solo paulatino incremento de 
la población llene este lastimoso vacío con la conveniente 
prontitud, forzoso será que se ocurra al fin más eficaz, al úni- 
co remedio a que se debe apelar: a la inm.igración. La que des- 
de 1859 para adelante le cupo en suerte, a pesar de que cons- 
taba de 405 hombres mayores de 15 años, está poniendo de 
manifiesto cuántos serían los beneficios que nos había de 
traer . . . Nada es más obvio que la transformación que los in- 
migrados alemanes han operado en la provincia de mi mando. 

"Aquellos pocos individuos han bastado para producir en 
cortos años un notabilísimo aumento en los negocios, en las 
comodidades de la vida, y hasta una agradable mudanza en 
€l aspecto físiico de las poblaciones. Merced a su influjo, no só- 
lo han incrementado la mayor. parte de las antiguas indus- 
trias, sino que se han establecido otras nuevas que figuran en 
primera línea y cuyos solos productos aparecen en los cuadros 
de la exportación anual por un valor cuatro veces mayor que 
el total de las anteriores a la fecha de su arribo. En aquel tiem- 
po la provincia de Concepción surtía a ésta de harinas; ahora 
los molinos construidos por los colonos abastecen las necesi- 
dades del interior, y van a hacer concurrencia en otros mer- 
cados a su antigua proveedora, a pesar de los obstáculos que 
el pésimo estado de los caminos opone a la rebaja de los gas- 
tos de transporte. La reducidas cosechas de grano que no ha- 
llaban compradores a causa de su limitado consumo y de la 
introducción de harinas, son al presente solicitadas por los 
molineros y por los dueños de fábricas de destilación y de cer- 
vecerías, que las transforman en artículos que eran internados. 

"El acarreo de animales que con tantas dificultades y 
riesgos solía hacerse atravesando la Araucanía, ha sido susti- 
tuido por los saladores con notable ventaja de los dueños de 
ganados y de los propietarios de estos nuevos establecimien- 
tos, que han dado además ocasión a la cría y engorda de 
los cerdos, de que apenas había en los tiempos anteriores un re- 
ducido número. 

"Obra de los colonos alemanes es también el considera- 
ble impulso a las tenerías, cuyos productos, no encontrando 
conveniente mercado en nuestras ciudades, son enviados a 
Europa, donde hallan pronta colocación. Cien otras indus- 



394 VICENTE PÉREZ ROSALES 

trias, en fin. que están en germen o que se ejercen en pequeño, 
adquirirán más tarde mayor extensión y contribuirán con su 
contingente al progreso y bienestar de la provincia." 

La instrucción y moralidad de colonos como los nuestros, 
guardan perfecta proporción con el grado de inteligencia y de 
actividad que despliegan en el trabajo. 

La más apremiante preocupación del inmigrado, después 
que ve asegurado el sustento de sus hijos, es la de propor- 
cionarles educación. Lejos, pues, de impedirles que concurran 
a las escuelas, los compelen a ello y reciben siempre como 
una especial merced el planteo de algún establecimiento de 
educación en las inmediaciones de su residencia. No es, pues, 
para ellos un simple adorno la educación; por el contrario,, 
es una necesidad premiosa y exigente; es un requisito In- 
dispensable para no parecer degradados ante los ojos de 
los demás (1) . 

Dos años después de fundada la colonia se levantó un 
prolijo censo de los habitantes, así nacionales como extran- 
jeros que se encontraban en el territorio de colonización, y 
resultó alcanzar el número de chilenos a 3.579 y el de inmi- 
grados a sólo 247. Entre los primeros, 872 personas sabían 
unos leer y otros leer y escribir, lo que dio por resultado que 
uno sabía leer o escribir sobre cada 4.10 que ni siquiera sa- 
bían leer. 

Entre los segundos, esto es, entre los alemanes, sobre 247 
individuos, 181 leían y escribían, o lo que es lo mismo, leían 
y escribían cuantos tenían edad para ello, como se demues- 
tra en el cálculo siguiente: 

181 que leían y escribían. 
45 de edad de meses a cinco años. 
20 de cinco a diez años, ya en la escuela. 
1 mujer que no leía. 



247 que es su completo total. 

Tampoco aprende a leer y escribir el alemán para no vol- 
verse a acordar más que saben lo uno y lo otro. He aquí las 
propias palabras del señor Errázuriz. Ministro de Justicia, 



(Ij Existe aún en Puerto Montt una alemana, pobre en época 
pasada, que rehusó casarse con un joven Romero, comerciante 
acomodado de Calbuco, nada más que porque supo en los mo- 
mentos de enlazarse, que no sabía leer. 



RECUERDOS DEL PASADO 395 

en su memoria del 14 de agosto de 1865, al hablar de la afi- 
ción a la lectura del colono: 

"A la Biblioteca Nacional concurren diariamente en San-? 
tiago de 20 a 23 individuos, habiendo en el año de 8 a 10.000 
lectores . . . , ya he dicho que en los tres primeros trimestres 
del año de 1854 hubo, en la biblioteca de Puerto Montt, una 
concurrencia de 2.123 lectores, a pesar de comprenderse en 
dicho periodo el tiempo que durante las vacaciones estuvo 
cerrado el establecimiento", 

Comparemos a la ligera. La opulenta Santiago con su po- 
blación de más de 100.000 almas, con sus escogidos estable- 
cimientos de educación, sus estímulos, y la muy rica biblio- 
teca de que dispone, tía por resultado de 8 a 10.000 lectores en 
todo un año; Puerto Montt, con 2.500 habitantes, en harto 
menos de nueve meses, presenta en su modesta biblioteca 
2.123 lectores. 

En las escuelas junto con el silabario, se pone en manos 
del niño una cartilla de música. El canto desde la más tierna 
infancia crea en ellos el espíritu de unión y la necesidad de 
sociabilidad que admiramos en la raza alemana en cuantas 
partes del mundo la examinamos. 

Si no estuviese en la conciencia de todos la moralidad del 
colono del sur, bastaría una sola mirada sobre la estadística 
del crimen para convencerse de ello. Pero ya, por fortuna, 
el fanatismo y su inseparable compañera, la ignorancia, se 
han dado por convictos, ya que no por confesos, no sólo de 
que hay mucha moralidad en el inmigrado, sino que en caso 
de tener que buscar en otra parte semejante virtud, no de- 
bería perderse tiempo en buscarla entre sus injustos detrac- 
tores. Por fortuna, ya concluyó aquel tiempo no lejano en 
que decanos de facultades universitarias ensayaban sus fuer- 
zas contra la colonia gritando en plena sala y transmitiendo 
en seguida sus torpes alaridos al Gobierno: "que los inmi- 
grados eran todos francmasones, que el día de San Juan ce-: 
lebraban orgías en las iglesias donde prostituían a todas 
las indias vestidas a la europea"; y otra encarrilada de atro- 
pellados disparates por el estilo. Los juzgados de Valdivia y 
de Llanquihue sólo tienen, hasta ahora, motivos de congra- 
tularse cuando se trata de la conducta del inmigrado; y yo, 
por mi parte, para no parecer prolijo, citaré un solo ejemplo 
del religioso respeto que tributan todos a la propiedad aje- 
na. En todos los pueblos chicos y grandes de la República se 
pone reja de fierro en las ventanas que dan a la calle cuan- 
do se quiere vivir con tranquilidad. En Puerto Montt y en 



396 VICENTE PÉREZ ROSALES 

las casas de sus predios rústicos, por apartadas y solitarias 
que estén, la reja es un complemento innecesario. A pesar de 
ser las ventanas alemanas un conjunto de adornos de flores 
y de aquellas bonitas inutilidades que tanto halagan el cora- 
zón de la mujer, no se cuentan robos, pues basta el grueso de 
un delgado vidrio para contenerlos. 

Esto mismo prueba ya el influjo dei contacto extranjero 
con los nacionales hijos de las selvas y del desgreño, en cuyas 
costumbres tenia echadas tan hondas raices el espíritu de 
ratería. La mayor parte de los vecinos de Puerto Montt son 
chilenos, como lo son también ios jornaleros y los sirvien- 
tes que residen temporalmente en él. El influjo del ejemplo 
■ ha conseguido desterrar ya casi del todo este vicio de aque- 
llas gentes. 

Pocos, muy pocos son, sin duda, los actuales inmigrados, 
para que podamos exigir de ellos mucho; sin embargo, estos 
pocos misioneros de la industria y del trabajo están operan- 
do con sólo su ejemplo y su contacto tal cambio en los hábi- 
tos y costumbres de los chilenos circunvecinos, que saltan a 
la vista de los más empecinados enemigos de la colonia. 

¿Qué eran, en efecto, los hijos del país en aquellos, para 
muchos, ignorados lugares, antes que el elemento extranjero 
comenzase a morigerar sus costumbres? El forzoso aislamien- 
to en que vivían, repartidos en las cejas de los bosques de las 
solitarias caletas del seno de Reloncaví, ni siquiera les da- 
ba a sospechar las ventajas de la vida social. La abundancia 
de las substancias alimenticias, la carencia absoluta de es- 
tímulos y de aquellas necesidades cuya satisfacción consti- 
tuye el bienestar del hombre en los lugares civilizados, les 
había familiarizado con el ocio, con el vicio y con sus as- 
querosas consecuencias. 

Espanto causaba el estado de abyección en que yacían su- 
midas las pocas familias casi perdidas en el aislamiento, que 
existían en aquellos lugares, antes que el bullicio y la activi- 
dad del inmigrado llegasen a turbar la modorra que las con- 
sumía. Constaba, en general, la choza de cada familia, de un 
solo rancho, hollinado y sucio, en cuyo centro, al ras del suelo, 
figuraba el hogar. Cuando el acaso había hecho brotar algu- 
nos manzanos silvestres en las inmediaciones, entonces al 
antiguo rancho que, como se ve, era cocina, comedor y dor- 
mitorio al mismo tiempo, se agregaba otro, donde, al lado de 
algunos barriles, ,se veían maderos ahuecados para macha- 
car la manzana y hacer chicha. A espaldas de estas habita- 
ciones se encontraba siempre un pequeño retazo de terreno 



RECUERDOS DEL PASADO 397 

en estado de cultivo, en el cual palos endurecidos al fuego y 
manejados siempre por la mujer servian de azada y de reja 
para sembrar papas y habas, únicas legumbres que llama- 
ban la atención entonces. Contado era el dueño de casa que 
se dedicase a sembrar trigo. En la puerta del rancho, miran- 
do a la marina, se observaban corralitos de piedra y rama, a 
medio sumergir, para que en las altas mareas quedase cau- 
tivo en ellos el pescado que el acaso conducía a esos lugares. 
Este alimento y los inagotables bancos de toda clase de ex- 
quisitos mariscos que dejan a descubierto las aguas vivas (1), 
eran, junto con las papas y habas, la provista despensa que 
los sustentaba. Hasta eí modo de preparar esos manjares era 
puramente indio, de los tiempos de la conquista. En un agu- 
jero practicado en el suelo y lleno de piedras caldeadas allí 
mismo por el fuego, reapilaba el marisco, el pescado, la carne 
(si la había) , el queso y las papas, y sin más espera, tapado 
todo aquello con monstruosas hojas de pangui, lo acababan 
de cubrir con adobes de champas y tierra, para impedir el 
escape del vapor. Un cuarto de hora después se veía a toda 
la familia, con su acompañamiento obligado de perros y de 
cerdos, rodear aquel, humeante cuerno de abundancia, en el 
cual cada uno, por su parte, metía la mano y comía, soplán- 
dose los dedos, hasta saciarse. 

Llegada la noche, padre, madre, hermanos, hermanas, 
alojados, perros y cerdos, formando un grupo compacto al amor 
del fuego del hogar y a raíz del suelo, dormían ha.sta el 
día siguiente, en el que se repetían los actos del anterior. 

Para llenar las escasísimas necesidades del vestido, mate 
y cigarro, y la muy apremiante de la bebida, acudían pro- 
vistos de sus hachas a los bosques de la costa, y en ellos per- 
manecían el tiempo estrictamente necesario para pagar una 
pequeña parte del compromiso que habían contraído con 
los tenderos de Calbuco, en cambio de las mercaderías que 
éstos les participaban. No había, pues, un solo labrador de 
madera que no estuviese por m.ucho tiempo adeudado, ni com- 
prador sin quebranto, ni grandes deudas por cobrar. Con- 
signemos por último el siguiente hecho: en aquellos lugares 
sólo se casaba por la Iglesia aquel que ya cansado de estarlo 
de otro modo, quería legitimar a sus hijos. Bastaba que el no- 
vio dijese a los padres de su querida que él quería tenerla por 
patrona y que ella declarase que aceptaba por patrón al pre- 
tendiente, para que en el acto se tuviesen por legítimos es- 
posos. Este era el modo de ser y esta la cultura del chilote 



( 1 ) Aguas vwas, altas mareas. 



39é VICENTE PÉREZ ROSALES 



del seno de Reloncavi. cuya poca grata descripción acabo de 
hacer. 

¡Cuan distinto es su estado actual! Vencidas las primeras" 
dificultades que la naturaleza opusiera al desarrollo del tra- 
bajo agrícola y fabril del emigrado, no tardó éste en presen- 
tar a los ojos atónitos del español chilote del sur y a los del 
huiliche indígena de Osorno, las ventajas y comodidades de 
la vida social y los bienes que el trabajo podía esperar de un 
suelo rico, que hasta entonces se había contentado con ho- 
yar sin conocer lo que pisaba. 

Satisfactorio es repetirlo: el influjo del ejemplo ha pro- 
ducido y sigue produciendo en el ánimo de aquellos antiguos 
pobladores el favorable afecto que era de esperar, y la colo- 
nia, convertida en un centro de atracción, ha ido absorbien- 
do y aglomerando centenares de familias que no sólo se pla- 
cen ya en la vida más comunicativa, sino que tiran a imitar 
en cuanto pueden a sus huéspedes, después de haber estado 
algún tiempo a su servicio. 

Recién se fundó la colonia, eran contados los hijos dei 
país que por allí se veían, y para los primeros trabajos de 
instalación fué preciso enviar embarcaciones por todos lados, 
y éstas apenas conseguían, con un peso diario de remunera- 
ción, atraer algunos pocos trabajadores a Puerto Montt. Dos 
años después, el número de chilenos en el territorio de colo- 
nización alcanzó a 3.520, y diez años más tarde, a 6.464. Esto 
arrojan los censos oficiales; mas el censo privado y en extre- 
mo prolijo hecho practicar por el Intendente Ríos da en la 
misma época por resultado. 11.242 habitantes. 

Comoquiera que sea, pocos o muchos, se puede ya asegu- 
rar que, dado el caso de que la colonia desapareciese del lu- 
gar donde está, los chilenos vecinos de ella no podrían vivir 
sin el ejercicio de los hábitos ya contraídos, ni mucho menos 
volver a su primitivo aislamiento. 

Confesada, ya que no debidamente comprendida, la nece- 
sidad de introducir cuanto antes en Chile el mayor número 
posible de emigrados, y no queriendo o no pudiendo satisfa- 
cerla, siempre queda al Gobierno el deber imperioso de con- 
servar, para mejor ocasión, los terrenos fiscales con los cua- 
les se está haciendo ahora más que nunca, permítaseme la 
expresión, una verdadera chañadura. 

El paso a que camina la venta de los terrenos que aún nos 
quedan en el sur; el modo y forma como se extienden las es- 
crituras de trasmisiones de derechos; la carencia de una ley 
severa que ponga término a los efectos de las declaraciones 
de testigos juramentados en lugares donde no .sólo se .sabe 



RECUERDOS DEL PASADO 399 

que hay partidas de hombres que se llaman jureros (1), sino 
que se mira muy en menos la obligación que impone el jura- 
mento; y, sobre todo, la carencia de un representante de los 
intereses fiscales, que velando sin cesar, entienda en las es- 
crituras de ventas o de empeños y persiga ante los tribunales 
a los detentadores, no exageramos, muy pronto dejarán al 
Estado sin un palmo de terreno propio de que poder dispo- 
ner. ¿Qué seria entonces de la colonización? No podemos ne- 
gar que los gobiernos han hecho algo en el sentido de preca- 
ver este mal; pero ese algo, por lo insuficiente, desde el mo- 
mento en que se le considera bastante, degenera en malo. 
Los únicos decretos supremos a que me refiero, son los seis 
dictados desde marzo de 1853 a marzo del 57. Estos decretos, 
en que tanto en Llanquihue como en otros puntos en donde 
se encuentran terrenos fiscales, se ha dado en la manía de 
creer que se constituye en escribanos públicos a los intenden- 
tes y gobernadores para lo que es extender escrituras de ven- 
ta, empeño o arriendo de terrenos de indígenas, están produ- 
ciendo los efectos más desastrosos para los intereses fisca- 
les. Ellos llenarán tal vez su objeto en cuanto a defender al 
indígena de los engaños y'de la astucia del hombre civilizado; 
pero adolecen de un inmenso vacío, cual es el de no defender 
al hombre civilizado, y sobre todo al Fisco, de los engaños y 
de la astucia del indígena, quien, por carecer de civilización, 
no deja de ser por esto hombre, ni tener menos motivo que el 
civilizado, de emplear el engaño y la astucia cuando le con- 
vienen. 

El engaño y la astucia del civilizado y del indígena obran 
en desacuerdo cuando se trata de asuntos entre civilizados 
y entre indígenas; mas, tratándose del Fisco, esos engaños y 
esas astucias forman la más estrecha alianza para despojar 
al Fisco de cuanto le pertenece, prevalidos de la ausencia ab- 
soluta de un defensor que los contenga. 

El camino que se sigue, y que es el mismo que desde tiem- 
po inmemorial se ha seguido para hacerse adjudicar la pro- 
piedad de un terreno que no reconoce dueño, es el de más 
fácil y expedito tránsito que se conoce. Toda la dificultad 
consiste en encontrar un terreno que no tenga más dueño 
que el Fisco, y encontrando, hablar con los indios más califi- 
cados del lugar para que vendan aquel terreno como legado 
de sus antepasados. Los indígenas, estimulados por los ofre- 
cimientos, y, sobre todo, por la bebida, se agolpan a los juz- 



(1) Jurero, nombre que se da en el sur al que tiene por ofi- 
cio el prestar juramentos. Siempre hay una cabeza oculta qíie 
dirige a esa infame sociedad. 



400 VICENTE PÉREZ ROSALES 



gados a atestiguar con todos los juramentos imaginables, 
que aquellos terrenos corresponden por derecho hereditario 
al indio que pretende venderlos; y sin más esperar, con el 
pago de la alcabala, cuando no se condona, se procede a la 
escritura de venta, previa la ridicula ceremonia de fijar car- 
teles que nadie lee. y que si alguno lo hace, no es, sin duda, 
para interponer tercería de dominio sobre un terreno que 
oye nombrar por primera vez en su vida. Además, si el suelo 
vencido pertenece al Fisco y éste no tiene quién lo represente 
en los mismos lugares donde se le despoja, ¿qué reclamo a 
tiempo o a destiempo, puede hacerse? 

¿Qué mucho es que a la llegada de los emigrados a Val- 
divia no se encontrase en 1850, a muchas leguas de aquel pue- 
blo, ni un solo retazo de suelo de mediano valor que podér- 
seles ofrecer? Desgracia que estuvo a punto de repetirse en 
la colonia de Llanquihue y que sólo pudo precaverse en parte, 
pues antes de tomar posesión de los terrenos donde ahora se 
alza Puerto Montt, ya estaban desembarcados en aquel apar- 
tado rincón m.ultitud de detentadores para especular con la 
venta de propiedades que ni en esa época les pertenecían ni 
nunca habían sido suyas. 

No fué, pues, poca mi disgustada sorpresa cuando, cre- 
yéndome, por la distancia, libre de roedores, me encontré 
con una carta del Gobernador de Calbuco don José Ramírez, 
en la cual me decía que si quería fundar colonias en Calle- 
nel era preciso que comenzase por comprar aquel territorio, 
pues todo él tenía legítimos dueños. En el estado en que las 
cosas se encontraban, titubear era peligroso; ocurrir al Go- 
bierno per facultades para comprar, moroso y de incierto re- 
sultado, y promover litis reivindicadoras, la vida perdura- 
ble. Comencé, pues, por comprar resignado y de mi propio 
bolsillo, el asiento del futuro pueblo y sus más inmediatos 
contornos, y adiestrado con el ejemplo y con las lecciones dé 
la experiencia, opuse a los detentadores sus propias armas, 
simulando comprar a los indios, supuestos propietarios del 
vasto territorio del Chanchán, con las cuales, y mediante otra 
contribución de seiscientos duros impuesta a mi escuálido 
haber, pude conjurar la tempestad (1). 

Del propio modo se han enajenado de tiempo atrás, tam- 
bién, y sin que nadie lo supiese, las dilatadas playas del seno 



(1) Véa.se carta del Gobernador de Calbuco, don José Ramí- 
rez, fecha 24 de septiembre áe 1852, y también en el archivo de 
O.sorno. la e.scrituru a que aludo, extendida el siguiente año. 



RECUERDOS DEL PASADO 401 

de Reloncaví con sus antojadizos e ignorados /ondos (1). En 
la puerta de la casa del Gobernador del fuerte de Calbuco 
había, con frecuencia, carlelones que debían ser leídos por 
personas que no sabían leer o que no llegaban ni tenían para 
qué llegar a ese pueblo, en los cuales se decía (2) que el te- 
rreno tal, comprendido entre los dos puntos accesibles de la 
costa tal y cual con sus respectivos fondos hasta la cordi- 
llera nevada c hasta los montes altos, propiedad de don fu- 
lano de tal, iba a venderse, y para que llegue a noticia de 
todos, etc. 

Desde el año de 1850 para adelante, las autoridades, sin 
tener para ello la suficiente autorización, comenzaron a sus- 
citar embarazos a la adquisición de propiedades cuyos ven- 
dedores no exhibían títulos escritos y atendibles; y este fué 
uno de los más poderosos motivos de aquella cruda guerra 
que se declaró por muchos vecinos a la inmigración. Sin ella 
los terrenos fiscales les correspondían sin disputa; con ella, 
se les tiraba a despojar de lo que ya juzgaban suyo. 

Si fijamos nuestra atención en la designación de los des- 
lindes de las propiedades vendidas, es fácil deducir que los 
codiciosos detentadores, en vez de legar a sus hijos una bue- 
na fortuna, sólo les dejan un semillero de futuros e inacaba- 
bles pleitos. Ninguno de estos supuestos propietarios conoce 
ni la extensión aproximativa, ni mucho menos los deslindes 
interiores y laterales de unas propiedades que sólo tienen 
de conocido un costado. 

Para hacer más tangible lo absurdo y lo ridículo de cada 
uno de esos numerosísimos títulos de propiedad con sus fon- 
dos fabulosos, permítaseme suponer que el conocido valle de 
Santiago esté cubierto de un bosque impenetrable, y que su 
forma topográfica represente los terrenos mal habidos del 
sur; los propietarios del litoral del Mapocho saben que el río 
Maipo es el- término del valle por el sur. Los propietarios del 
río de San Francisco del Monte o Santa Cruz saben que la 
cordillera nevada limita el valle por el oriente. 

Los mapochinos presentan solicitudes en esta forma: por 
el norte, una línea que partiendo de la cordillera nevada, 
donde nace el Mapocho, sigue el curso de éste hasta la lagu- 



(1) Fondos, son todos los terrenos comprendidos entre las dos 
rectas paralelas y sin término conocido, que parten de cada uno 
de los extremes de la linea que forma algún costado accesible de 
la propiedad, costado que se medía ya sobre el margen accesible 
de un rio, ya sobre las playas del mar. 

(2) Muchos anuncios hay así, y nunca dicen de quién hubo 
el terreno aquel que se titula dueño, y cuando llegan a indicar- 
algo, es para hacer más patente el despojo. 



402 VICENTE PÉREZ ROSALES 

na de Pudahuel, y por fondo todo el terreno que compren- 
de estos dos puntos hasta el río Maipo. 

Los hijos de Santa Cruz y del litoral del rio hasta su con- 
fluencia con el Maipo, trazan sus limites en estos términos: 
desde la laguna de Pudahuel. siguiendo el curso del río hasta 
que se pierde en el Maipo, y por fondo los campos compren- 
didos entre estos dos puntos hasta la cordillera nevada. 
¿Cuál de las dos poblaciones tiene terrenos? 

Títulos tengo a la vista por este estilo, que principiando 
en las playas septentrionales del seno de Reloncaví, no se les 
divisa otro término, por el fondo, que la frontera de Bolivia. 
Otro titulo comienza en Río Bueno y termina con sus inexo- 
rables fondos precisamente en el centro del punto de partida 
del título anterior. 

A nadie se oculta que el Gobierno dictó el supremo de- 
creto de 4 de diciembre de 1855 no tanto para defender a los 
indios cuanto para defender los terrenos fiscales, y que de 
esto nacen las atribuciones que en él se confieren a los inten- 
dentes y gobernadores. Pero estos funcionarios constituidos 
en escribanos y agentes fiscales, sin la responsabilidad de los 
primeros ni las obligaciones de los segundos, son una mons- 
truosidad, que más es lo que perjudica que lo que aprovecha 
a los intereses que pretenden defender. 

¿Por qué no devolver a los escribanos la plenitud de las 
atribuciones que el Art. 6." del citado decreto parece dispu- 
tarles? 

¿Por qué no crear agentes fiscales especiales en cada asien- 
to de terrenos sin dueño, agentes cuya única y especial mi- 
sión fuese la de velar sin descanso por la conservación de 
esos bienes, y la de esclarecer ante los tribunales los verda- 
deros derechos de cada poseedor con títulos insuficientes? 

Constituir a los intendentes y gobernadores en notarios 
irresponsables y en depositarios, además de crear- un verda- 
dero archivo que no está sujeto como el del escribano a la vi- 
sita del juez y a una responsabilidad pecuniaria, no sólo con- 
traría el propósito que se tuvo en mira al extender el decre- 
to, sino que aumenta el número de los despojadores del Fisco 
con cómplices legales. Cada papelucho de esos que condeco- 
ran con el nombre de escritura de compra, empeño o arrien- 
do, reporta diez pesos a esas autoridades superiores. A nadie 
ofendo ni pretendo hacerlo, y sentiré que se dé a mis ideas 
sobre esto otra interpretación ni otro calificativo que el que 
de bien intencionadas les corresponde. 

Tampoco pretendo, en manera alguna, eximir a los inten- 
dentes y gobernadores de intervenir en estos contratos; pero 
quisiera que su intervención no pasase de un simple veto, sin 



RECUERDOS DEL PASADO 403 

vislumbrar en engaño, o de un visto bueno en caso contrario, 
previo siempre el dictamen del agente fiscal. 

La presencia de semejante funcionario y la dificultad de 
hacer valer derechos engañosos contendría los abusos que 
señalo; y desde ahora comenzaría cada uno a saber a qué 
atenerse respecto a la validez y firmeza de las compras de te- 
rrenos que más tarde deben constituir el patrimonio de sus 
hijcs. 

Mientras más tiempo se pase en tomar esta medida u otra 
que conduzca al mismo fin, mayor valor adquirirán aque- 
llos desiertos, más dificultades adquirirá la designación de 
límites legales, y muchas más aun hacer revivir derechos 
que el tiempo y los actos de dominio no interrumpido pue- 
den haber hecho caducar. 



CAPITULO XXIV 

Viaje a Buenos Aires a través de las Pampas argentinas. — 
Camino de Uspallata. — El Rosario. — Paraná. — Buenos 
Aires. — Don Juan Manuel Rosas, ex dictador. 

Cuando se sale del nebuloso Llanquihue y de sus húmedos 
bosques y se entra en las regiones del norte, todo parece en 
ellas más árido de lo que es, todo más seco. Asi fué que, colo- 
cado de repente en el camino del pueblo de Santa Rosa de 
los Andes a Mendoza, y sabiendo que para el norte la región 
cordillerana era de legua en legua más estéril, hasta conver- 
tirse en arenas y pedreros en Atacama, llegué a creer que 
nada habría en Chile más inútil y menos apta para ser utili- 
zada por el hombre que esta vasta zona de alturas que con 
el nombre de Andes nos separa de la República Argentina. 
Pero esa impresión desfavorable no dura ni aun en el ánimo 
del que se ha criado entre las selvas cuando llega a saber que 
esos secadales encubren tantas riquezas minerales cuantas 
son las riquezas agrícolas que ostentan las cordilleras del sur. 

Estaba tan descuidado y tan malo el camino que mediaba 
entre Santa Rosa y Mendoza cuando por sexta vez me encon- 
tré en él a principios de abril de 1855, que no me cansaba de 
maravillarme cómo siendo éste tan importante y de tan fác.'l 
construcción y compostura, podía dejarse en tan lastimoso 
abandono, así en la sección que correspondía a Chile como 
en la que pertenecía a Mendoza. 

Desconsolador es que en esto de caminos y de obras pú- 
blicas; que en esto de crear fuentes de riquezas; que en todo 
lo concerniente a destruir o a aminorar añejas y mal calcula- 
das contribuciones, se detengan tan espantados los gobier- 
nos ante el gasto de algunos pocos miles que la industria y el 
comercio no tardan en devolver con usura; cuan pródigos y 
derrochadores son hasta para las guerras fratricidas, en las 
cuales se desparpajan millones que no vuelven jamás al lu- 
gar de donde salieron. 

La rica provincia de Mendoza, así como la de San Luis, 
no tenía entonces más puerto para el expendio de sus frutos 
que nuestro Valparaíso, y podía asegurarse que por muchos 



406 VICENTE PÉREZ ROSALES 

años no tendrían otro, por lo menos Mendoza, a pesar de los 
caminos de fierro que puedan poner a este pueblo en contacto 
con el Rosario, si el camino de los Andes llegase alguna vez 
a ser, lo que era tiempo que lo fuese, bueno. 

La distancia que hay que recorrer en el camino de Men- 
doza a Buenos Aires, según el leguario español corregido por 
Rivarola, alcanza a 293 leguas, y lo que media entre Mendoza 
y Santa Rosa de los Andes, a 80. De éstas corresponden a Men- 
doza 54 y a Chile 2fi. De las 54 leguas que corresponden a 
Mendoza sólo tendría este Estado que componer las que me- 
dian entre Uspallata y la cumbre, que sólo alcanzan a 24. y 
de las 26 que tocan a Chile sólo exigirían trabajo las 13 aue 
median entre la cumbre y el resguardo. ¿Serían acaso ruino- 
sos gastos para dos naciones limítrofes los que a ambas impu- 
siera la apertura y sostén de un buen camino por el cual 
pasan en el día millones a pesar de la perversa senda que lo 
Indica? 

El camino, sin embargo, para simples viajeros es harto 
menos peligroso que lo que muchos imaginan. Pasada la 
cumbre, cuyo repecho, aunque de corta duración, es lo más 
molesto de todo el viaje hasta Mendoza, el resto del camino, 
bien que largo, no merece más calificativo que el de pesado. 

Después de dejar atrás el famoso Puente del Inca con sus 
conocidas aguas term^ales, llegamos al puerto aduanero de 
Uspallata, donde alojamos. 

Uspallata fué uno de los minerales más antiguos y de más 
poderosa riqueza que explotaron los chilenos cuando la gran 
provincia de Cuyo formaba parte integrante del titulado 
reino de Chile. La corrida de esta veta colosal, que se tiene 
por una de las mayores que se encuentran en el mundo, se 
manifiesta, según mineros prácticos y observadores, en Boli- 
via con el nombre de Potosí, con el de Famatina en la Rioja, 
con el de Gualilán en San Juan, y con el de Uspallata en Men- 
doza. Puede decirse que a este mineral debió Mendoza sus 
primeros progresos, puesto que los mineros que se enviaban 
de Chile á ese trabajo cordillerano, en cuanto bajaban al 
pequeño pueblo, halagados por su benigno clima y feraz suelo, 
se quedaban en él. 

Tuve ocasión el año de 1836, movido por el deseo de in- 
vestigar lo que hubiese de cierto sobre la importancia del 
ponderado mineral de Uspallata, de hacer visitas prolijas al 
archivo del antiguo Cabildo de Mendoza, y el resultado de mis 
indagaciones fué el siguiente. Según los expedientes de mi- 
nería, existían en 1660, 319 boca-minas con 300 trabajadores; 
y las riquezas extraídas deberían haber sido muchas, puesto 
que de las actas de visitas se desprenden que las guías daban 



RECUERDOS DEL PASADO 407 

a razón de 800 marcos por cajón; las pinterías, a razón de 
40; y los brozos. de 10 a 12. 

Marchaba yo por este antiguo y conocido camino, no ya 
libre como antes solía, sino esclavo de la obligación que m.e 
iiT^ ponía el título de Cónsul General de Chile en Hamburgo, 
para cuyo punto me dirigía a impulsar la emigración alemana 
hacia la colonia que acababa de fundar. 

Mendoza, por sus notables adelantos y por el bienestar 
qup gozaba, no era ya el Mendoza del arbitrario Aldao. Se- 
tenta y seis leguas más allá, San Luis de la Punta, salvo la 
naturaleza de su gobierno, era el mismo San Luis del ponde- 
rado Lucero. Los demás poblado.s que atraviesa el camino y 
en los cuales sólo se detienen para mudar caballos las enor- 
m.es arcas de Noé, que son los carruajes para pasajeros que 
existían entre Mendoza y el Rosario, no merecen particular 
mención. 

El Rosario ya es otra cosa. Antes de llegar a este hermoso 
pueblecito de reciente fundación a orillas del gigante de los 
ríos sudamericanos, cesa el dominio de la Pampa y aparece 
con toda su notable esplendidez, junto con el movimiento 
del comercio fluvial y terrestre, aquella poderosa y rica vege- 
tación que califica el suelo feracísimo que la sustenta . En 
el Rosario recoge el vapor al fatigado viajero y lo conduce, 
hartándolo de encantos, por entre los risueños panoramas 
qu3 ofrece la navegación del Paraná, hasta la populosa Bue- 
nos Aires. 

Nada era más monótono ni más pesado que el viaje de 
Mendoza al Rosario al través de las Pampas argentinas. En 
aquel mar sin agua se tiende la vista sin que el más mínimo 
arbolito ni el m.ás lejano cerco le impidan llegar hasta los 
supuestos términos del horizonte. Así como en el mar real, 
sin el auxilio de la brújulas se pierde el navegante, en la Pam- 
pa, sin el del haquiaiio o del profundo rastro del camino, se 
extravía y muchas veces perece el caminante. Llaman esto 
morir empampado. 

Las galeras o carromatos en que se viajaba eran casi igua- 
les, salvo la comodidad y la elegancia, en forma y tamaño a 
los carritos urbanos que recorren las vías férreas de Santia- 
go. Llevábase todo en ellos, hasta el agua, si se deseaba be- 
bería buena, porque en las postas sólo se encontraba la enra- 
mada del encargado de proveer cabalgaduras para el coche 
y un mal corralón circundado de tunas, único vegetal que 
debía allí su existencia a la mano del hombre, y único tro- 
piezo que, junto con la enramada del postero, encontraba en 
trechos promediados la vista del viajero en la eterna super- 



403 VICENTE PÉREZ ROSALES 

ficie de la Pampa, en cuyo suelo y a cielo raso se pasaba la 
noche. 

Pero todo el fastidio y las fatigas del viaje se echan a un 
lado, como he dicho, cuando se llega al Rosario, cuando el 
aspecto del Paraná refresca la vista fatigada con los reflejos 
de la Pampa, y la imaginación con sus imponentes panora- 
mas. 

Para ante este hermoso río, que aunque cuenta con 500 
leguas de curso, no es, sin embargo, más que uno de los tri- 
butarios de la gran ría de la Plata, poco significan reunidas 
las de San Joaquín y Sacramento de California, y nada, ab- 
solutamente nada, nuestro Valdivia, pues no alcanzaría a 
igualar en tamaño el más insignificante de los infinitos 
afluentes que alimentan el coloso perdiendo en él sus aguas 
como en un verdadero mar. Navegable en un trayecto de 
centenares de leguas para grandes embarcaciones, el Paraná 
es una fuente de riquezas para sus afortunados poseedores. 

Las numerosas islas que forman en él caprichosísimos 
canales, son verdaderas selvas de naranjales silvestres que, 
embalsamando el aire en la época de su florescencia, en las 
de las cosechas rellenan miles de lanchones que se deslizan 
con rimeros de naranjas por las tranquilas aguas hacia las 
poblaciones riberanas. Por sobre las siempre verdes copas de 
aquellos preciosos árboles ve el viajero pasar las últimas velas 
que ostentan los palos de las naves que se deslizan en el lado 
opuesto, las cuales contrastan con su blancura el verde obs- 
curo de los bosques; y a cada rato, al doblar el extremo de 
alguna isla, ve verdaderas flotillas de bergantines y de ba- 
landras que no tardan en desaparecer para dar lugar a otras 
de las muchas que van y vuelven sin cesar por los canales. 

Al recorrer este río, relacionando los recuerdos de mi viaje 
al Uruguay y al gran Chaco con las impresiones del momento, 
solía preguntarme, ¿qué razón atendible tendrán los argen- 
tinos, en cuyo vasto territorio apenas se divisan pobladores 
pastoriles, que viven, si bien holgados por la riqueza natural 
del suelo, en el más lastimoso aislamiento, para aspirar a ma- 
yor extensión territorial, cuando tienen que transcurrir siglos 
aún antes que estén debidamente colocados los muchos millo- 
nes de hombres que pueden aposentarse, ricos y felices, en lo 
que ahora poseen sin disputa ni gasto alguno? ¿Cuántas nacio- 
nes se considerarían grandes y ricas con sólo poseer la parte 
que corresponde a la República Argentina en el río de la Pla- 
ta, en la de sus poderosos afluentes, o en los terrenos de que 
son en el día incuestionables dueños? 

El río de la Plata tiene 30 leguas de ancho en su dessm- 



RECUERDOS DEL PASADO 409 

bocadura al anar, 14 frente a Montevideo, y una anchura me- 
dia de oiOho hasta la confluencia del Paraná y del Uruguay. 

Buenos Aires, aunque el río de la Plata baña los cimien- 
tos de .sus edificios, no es puerto. Entre este pueblo y el an- 
cladero media una legua de distancia, cubierta de bancos 
fangosos sujetos a la alta y a la baja influencia de las mareas; 
así es que el embarque y desembarque de pasajeros y de mer- 
caderías ofrecía serias dificultades. Se hacía uno y otro por 
medio de carretones sobre cuyo catre iba parado el pasajero 
asegurado a los estacones de los costados. En esta forma en- 
traba el vehículo al río y seguía tirado por caballos con el agua 
al pecho, hasta transbordarse al bote que a lo lejos lo esperaba. 

El pueblo no ofrecía entonces nada que lo distinguiese de 
los demás pueblos grandes de la América: sus casas eran ba- 
jas, ninguna de notable arquitectura, y sus calles en general 
descuidadas. 

En el día de hoy, a pesar del gran acrecimiento de esta 
capital, cuya población elevan algunos hasta 300.000 habi- 
tantes, y de 6u proximidad a Europa, nada se encuentra en 
ella que pueda equipararse con la magnificencia arquitectó- 
nica de los principales templos y edificios de Santiago, ni con 
ninguno de los hermosos paseos públicos que engalanan esta 
capital de la región occidental de la América latina. 

Fué cicerone en mis correrías por el pueblo, mi amable 
y distinguido amigo don Domingo Faustino Sarmiento, quien 
se complacía en hacerme notar el progreso que, en todo sen- 
tido, se había desarrollado en el país después de la caída de 
Rosas. Preguntándole yo por qué hombres tan caracterizados 
como él ocupaban tan obscuro lugar en su reconquistada pa- 
tria, me contestó en el acto: "porque las revoluciones, señor 
don Vicente, como Saturno, devoran siempre a sus propios 
hijos". 

El 3 de mayo de 1355, fecha de mi llegada por tercera vez 
a Buenos Aires, distaba sólo tres años y tres meses del nota- 
ble acontecimiento que había obligado al dictador Rosas, 
vencido en iVIonte Caceros a buscar en la lejana Inglaterra 
la seguridad individual que no podía ya encontrar en su pro- 
pia patria. 

No conozco hombre de Estado que haya merecido a la 
literatura y a la prensa americanas recuerdos tan vivamsnte 
apasionados como los que corren consignados sobre Rosas. 

Los verdaderos o los supuestos hechos que se atribuyen 
a este hombre singular, que retó a la Francia, escupió a la 
Inglaterra, despreció al Brasil, y supo al mismo tiempo lu- 
char y sostener su inaudito poderío contra los implacables 
enemigos que existían en su patrio hogar, han sido canta- 



410 VICENTE PÉREZ JiOSALES 

dos en todos los tonos que recorren ocho de las nueve mu- 
sas del Parnaso; sólo la novena ha enmudecido, la severa 
Historia, que hasta ahora, por no ser aún tiempo de hablar, 
ha observado el más rigido silencio. 

Y en verdad que el hombre de fuera, el hombre impar- 
cial, en presencia de los hechos que se cuentan, y en la de 
las muchas contradicciones que ellos mismos envuelven, pa- 
ra merecer el nombre de justo, hasta mejor informado debe 
suspender su fallo. 

He aqui los hechos descarnados que no han sido hasta 
ahora desmentidos y que confiesan los más encarnizados ene- 
migos de Rosas. 

La mayoría de los habitantes de los grandes centros po- 
blados del vasto Estado platense, tanto por las grandes dis- 
tancias en que se encuentran unas de otras las poblaciones, 
cuanto por su amor al self government, no han querido ni 
quieren vivir bajo el régimen de los gobiernos unitarios. 

El propósito solo de pretender plantear un gobierno uni- 
tario en las provincias argentinas obligó al esclarecido esta- 
dista Rivadavia, recién nombrado Presidente de la Repúbli- 
ca por la convención constituyente del 16 de diciembre de 
1826, a resignar el mando el 5 de julio de 1827. Desde ese día 
cada provincia se gobernó por si sola, y la de Buenos Aires 
se dio por gobernador al desventurado Dorrego, jefe enton- 
ces del partido federal. Dorrego contaba con pocas simpa- 
tías en el ejército; éste se insurreccionó, y la revolución del 
1." de diciembre de 1828, encabezada por el general Lavalle, 
obligó al Gobernador a refugiarse en la campaña. 

Oigamos ahora, para darnos cabal cuenta de lo que su- 
cedió después, las palabras con que refiere estos sucesos la 
comisión para la Exposición de Filadelfia en su obra Repú- 
blica Argentina, publicada por orden y cuenta del Estado en 
el año 1876, pág.-20: 

"Allí (Dorrego en la campaña) , encontró el apoyo del co- 
mandante general de los partidos de la campaña, Juan Ma- 
nuel Rosas, y formó un pequeño ejército con el objeto de 
marchar sobre Buenos Aires; pero Lavalle triunfó, lo hizo 
prisionero y lo fusiló sin proceso el 13 de diciembre de 1828. 

Lavalle se arrepintió más tarde de esta precipitación, 
porque Dorrego, hombre estimado, era el jefe del partido fe- 
deral; y éste, por la muerte violenta de aquél, que conside- 
raba un crimen abominable, resolvió usar la ley del tallón 
con los unitarios. No sólo toda la campaña de Buenos Aires 
se levantó con Rosas a la cabeza contra Lavalle, sino tam- 
bién una gran parto úv las otras provincias. Considerando 
este hecho como una declaración de guerra, la asamblea re- 



RECUERDOS DEL PASADO 411 



unida entonces en Santa Fe, declaró ilícito el gobierno de La- 
valle". 

Por perversa que sea la redacción de los párrafos que aca- 
bo de copiar, bastará tal cual buena voluntad para com- 
prender lo que quisieron decir los literatos argentinos cuan- 
do los escribieron. 

Prosigo citando hechos incuestionables. 

Después de una lucha encarnizada, fué investido Rosas por 
la asamblea provincial de Buenos Aires, Gobernador de la pro- 
vincia, con facultades extraordinarias, en diciembre de 1829. 

No aceptó, tres años después, la reelección que se le ofre- 
cía en diciembre de 1832. Se retiró a la campaña, y sólo en 
marzo de 1835 aceptó la dictadura casi ilimitada que se le 
ofreció y que continuó ejerciendo hasta que el levantamien- 
to de Entre Ríos dio por resultado su derrota en Monte Ca- 
ceros el 3 de febrero de 1852. Se retiró después a bordo de un 
navio de guerra inglés, marchó en él a Inglaterra, y allí "fué 
recibido por las autoridades inglesas con demostraciones ho- 
noríficas". 

De lo expuesto se desprende: 

I.- Que dos partidos que se aborrecían entre sí lucharon 
por el predominio de sus ideas; 

2." Que Dorrego, Gobernador legal de Buenos Aires y jefe 
del partido federal, fué derrocado del poder por tropas insu- 
rrectas, mandadas por el general Lavalle. jefe entonces del 
partido unitario ; 

3." Que Dorrego, vencido y hecho prisionero, fué fusilado 
por Lavalle, sin proceso alguno; y 

4.' Que a consecuencia de este bárbaro atentado, quedó 
de hecho proclamada la ley del tallón. 

Ahora bien, se pregunta: dado que fuesen ciertos cuantos 
horrores se atribuyen a Rosas, lo que dista bastante de la 
verdad, ¿por qué no han de ser copartícipes de ellos los que 
primero que él y sin ningún antecedente que autorizase el ac- 
to de asesinar sin causa previa, los promovieron? Si, como 
se asegura, Rosas mataba, complaciéndose con el tormento 
de cuantos enemigos caían en su poder, lo que también es 
inexacto, ¿qué hubieran hecho los unitarios con Rosas, si és-. 
te hubiese caído en sus manos? 

Cuando se llega a inhumanos extremos, a los sangrientos 
horrores de una guerra a muerte, ninguna de las dos fieras 
que se despedazan entre sí tiene derecho para achacar a la 
otra la responsabilidad de la sangre que se derrama, a menos 
que una de las dos, por actos incalificables, haya obligado á 
la otra a echar mano de represalias, y on o.ste caso ol par- 
tido unitario debería enmudecer. 



412 VICENTE PÉREZ ROSALES 

Además, cómo no suspender el juicio, antes de emitir un 
fallo definitivo, sobre los actos de un hombre a quien no se 
le ha oido aún; actos que para atribuírselos a Rosas han sido 
rebuscados en el corazón de los tigres, y que representados 
en pinturas, se ve en ellos a un hombre estrujando con sus 
propias manos en una copa, la sangre de un corazón huma- 
no, para bebérsela en seguida. La misma exageración o enor- 
midad impone a la prudencia el deber de detener su fallo 
antes de estar mejor informada. 

Lo que hay de cierto y muy averiguado, entre otras mu- 
chas cosas que omito, es que Rosas supo muy mal escoger sus 
amigos; pues, aquellos a quien este hombre extraordinario 
dispensó más cariño y más confianza, fueron después sus más 
encarnizados detractores, y los ejemplos los hemos tenido en 
Chile; pues, cuando publicaban la fama y la prensa con des- 
caro que las hijas del general Lavalle, atadas a un poste, con 
los párpados cortados por orden de Rosas, sufrían con los ra- 
yos del sol sobre sus indefensas retinas, los tormentos que 
la más bárbara y extraviada mente pudo inventar, esas her- 
mosas victimas del tirano, bailaban regocijándose en las ter- 
tulias del alegre Santiago. 

Yo, que desde el principio sabía todo esto, y que había 
disfrutado varias veces en Buenos Aires de la misma seguri- 
dad que se disfrutaba en nuestra capital, movido por la cu- 
riosidad pregunté a la señora de Mendeville, matrona respe- 
table y respetada de la alta sociedad bonaerense, en cuya ca- 
sa se me dispensaba la más cordial y franca hospitalidad, si 
después de la salida de Rosas quedaban aún en la ciudad al- 
gunos miembros de su familia, porque deseaba conocerles, y 
por toda contestación mandó un recado a**' parienta inme- 
diata del dictador, diciéndole que la esperaba. 

No tardó en llegar a la casa, con los atavíos de la más 
sencilla elegancia, una de las más hermosas mujeres que he 
tratado en el curso de mi vida. Juventud, atractivos, fran- 
queza, educación y fino trato adornaban a ese ser privilegiado, 
la cual, oyéndome decir que deseaba saludar al señor don 
Juan Manuel a mi pasada por Southampton, tuvo la bondad 
de entregarme una tarjeta suya, en cuyo respaldo escribió con 
lápiz una sola palabra. Tuve después ocasión de ver dos ve- 
ces en el teatro a esta señora, y la de observar los cordia- 
les saludos que le dirigían los concurrentes desde s