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Full text of "Revista cubana: PERIODICO de Ciencias, Filosofia, Literatura y Bellas Artes"

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legó en eStc su sogunuo 
a primera voz. No ofre- 
la Ilota á la segunda, 
:\ buque almirante «Ma- 
ndón de España en una 
labitada.. 

ila gemela «(juadalupe,» 
los frailes de! eonvento 

lectúculo grandioso, con 
e una elevada sierra al 
lúmero de chozas aban- 
diferentes comestibles, 
na y en parte elaborado 
Lipo por algunos que se 
cionarios pensaban que 
qnc esta última aignifí- 
al cuyo país se buscaba. 
iiüía?, á todas las tribus 
estos caníbales prestá- 
is de los siete indios que 
iii primer viaje, porque 
na eircunstancia es de 
icias debieron precisar 
; m.i9 que 



in cntendoi 



1 !a relación del viaje 
itro buques y 300 hom- 
sa. Ojcda desembarcó 
es, dieo la relación, los 
e la Cosa que conocía 
; las tribus ribereñas y 
\s. Ojcda, despreciando 
d despuntar el día, cá- 
todos los indios que re- 



ullo k los animales qiic pué- 
apcriorcs. Comprendían, sin 
iveninn en realidad ú sures 
íritiis lio revestían la forma 
)io3 Supremo, La trasfonna- 
6 castijjo (1), 

I más bien dos: uno bueno ó 
: busca todo el mal posible í 

MnJxija, espíritu malo que 
i Caribes emplean el nombre 

lo malo, sino muy particu- 
jue amenaza en los eclipses 
itc la tempestad, 
le Maboja personifica la no- 
sólo repulsión y hostilidad, 
oneurriera íi la iniciaeioii de 
itector. Con la condición de, 
iÍ_sino en espíritu protector. 
f la esculpían en la proa de 

mus feas posible (2). 
categoría, es decir, el bueno 
iba de Kiialina, ante el cual 
nian en primer lugar S, Kou- 
más singular y la más espar- 
evelacioii del Dios Supremo 
de un ser inmenso que an- 
) que se pasca así es que 

! el mar su aparición os bue- 
ala señal: lo que prueba que 
no. Tan pronto aparecía se 

1 como un hombre cuya ca- 
jrcs brillantes, iguales á las 



REI.IQIOÜE» UE LOH PUEBLOS NI 

riel colibrí, l'or esta razón las ofrendas co 
especie. Así y lodo lo tenían por bástanle 
los ncontcciinicntos do la vida humana. V.r 
divinidad y primer hombre bajo el nombn 
mer hombre vino sólo del cielo, hizo la tíet 
ble que encontró, después la luna, y luego I 
omblij»© y les dio la yuca (1). 

Vanos mitos obscenos explican la creat 
jaros y de las plantas. Después como los \v 
tes sacrificios la divinidad acabó con ellos ] 
vio; ó bien sof^un otra leyenda, no dejó 
mujer que se salvaron en la cúspide de nní 
do las frutas de la palmera por encima de s 
semillas salieron los hombres (2). 

Aquí se vú una amalgama de varias ¡dei 
orígenes del hombre, hijo de la piedra ó di 
'de la montaña. El diluvio americano nada t 
por lo genera! se menciona al principio de 
es su autor, y á la vez testigo sobreviviente. 
ideas do que el ser creador ó formador es v 
de que las cosas tienen un origen aonático. 
en el antiguo esta creencia está localizada í 
«ijetas á frecuente." y grandes inundaciones 
extrafio encontrarlo en medio de los ("aribt 
Orinoco inferior. 

El espíritu superior, aunqne nadie lo cr 
madre. Esto no debe considerarse como un 
madre no es otro cosa que el destino. Su 
goza de ningún culto, sus servidores son I 
estaciones del año, de la caza, de la salud j 
nunca mucre. La idea de lo malo se une i 
destino que por fin trae la muerte, pero en 

(1) MüUer. op. cit , ¡.Ig, 225, 221!, 227, 228 y 22!>. 
f2) Miilltr. op. cit., píg. iíy. 



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52 RKVISTA crBAXA 

ú BU costa, PC rcciiL-rdc una coiiocicla cscciiu de las Pm-i 
las <lc Moliere. 

Volvamos, iniéiitnis tanto, á las asendcrcadns ilefoni 
cráneo, después tic la aniurior d¡sj;resion, (|iic ha sido ni 
rectificar errores importantes del señor Armas. 

Su sollcin'a so figura que nos ha eotifíiudida proponiénd 
metamos los interesa ntt's uifios de la M ifcrmdiu^ , al nions 
rimento de comprimir sus tiernas cabezas, á fin de ccrciori 
en realidad ¥c dcformíin: porijue su señoría ignoi-a sin du( 
practican díariamenle los naturak-s de ¡a isla do Vaueouv 
atestigua Mr. Kanc y también los habilanlcs de las mArgení 
lumbia, práctica de qnc trata Mr. J. G. Wood en el t. 1 1, de ; 
intitulada The UnrivUizeif l{<if^ o/ Mejí, en las siguiente 
tre las tribus que pueblan las riberas del CoUimbia y sus 
cuna sirve para un uso singular, que ha valido á esos puel 
común de calKcichnto'i. Aseguran á la parte superior de di 
pedazo de tabla, que descansa sobre la frente del niño. A 
mo de la talila están dos cuerdas, que ¡<c fijan u los pies ó á 
la cuna misma. Tan pronto como ucuc.itaii al niño de csj 
la tabla hasta la fronte v la aseguran con las cuerdas. Cadí 
tan la pensión, hasta que al ñn queda la cabeza tan aplaí 
puede trazar una línea recta desde la coronilla hasta la nar 
puede ver en la figura adjunta una cuna con un niño son 
operación. Mr. Cnllin asegura que esta costumbre se cxtcr 
tiempos mucho más que al presente, y que hasta los C! 
Chickasaw, tribus del Missísipi y Alabama, acostumbraba 
la cabeza, ofreciendo su.=> cententerios pruebas íncontrovert 
así ha debido ser en »''poca no muy distanto.» 

La figura que existe en el libro de Mr. Wood, hemos 
tisfaccion de examinarla en esta Sociedad, gracias á nue 
maestro el seílor don Antonio Bachiller y Morales. Los i 
emplean ios indios citados, existen en el InutUiUo Sm 
Washington y en el Musco del Parque Central de Xew 
datos bastan para convencer á todo el que no tenga empc 
la evidencia de los hechos, que las costumbres de que nh 



soadei 
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cri'ineo; 
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62 BEVTHTA CI'HASA 

fueron los que conquistaron y civilizaron el gran imperio indio del 
Pacífico. No es lo mismo hablar de los nahuas, que de sus descendien- 
tes los toltccas, como no tendría análoga significación mencionar á los 
ingleses, en vez de sus descendientes los norte americanos ó á los es-' 
pofioles, en lugar de sus hijos los sur americanos. 

Bfen quisiéramos ocuparnos del molde de cráneo caribe deforma- 
do que existe en el Museo de la Real Academia de Ciencias, del 
juicio que las palabras de Hamy lian merecido á nuestro ilustrado 
compañero y de la piadosa intención que envuelven los altisonantes 
elogios que el scfior Armas lia prodigado fi losSrcs. Grnells, Vilanovay 
Pcrez Arcas, tcraneólogos que no tienen superiores en el mundo,» y 
que íimfis de ser los tnie/oire» iquien sabe por qué causa» hicimos de 
ellos caso omiso en nuestro primer trabajo; pero de todos estos parti- 
culares se ocupará nuestro distinguido Vice-Presidonte, el Dr. D. Luis 
Montano, la persona más idónea que existe en Cuba para discutir 
asuntos que se relacionan con la Antropología. Sí al scfior Annasleha 
de resultar gran perjuicio con el cambio de adversario, lu Corporación 
ganara mucho al vernos sustituidos por tan valiente adalid. 

De •i/racnso* califica el scfior Armas nuestro empeño en defender la 
existencia do las prúcticas que ha negado. Pero si su señoría y noso- 
tros entonáramos un dúo sobre el tcmí/racasn, es muy probable qno 
no nos tocara la peor parte. Pero más vale que no nos ocupemos de 
esa apreciación, porque no queremos mortificar íi una persona que de 
veras estimamos. . 

Antes de concluir permítanos el scfior Armas que le supliquemos que 
no vuelva á repetir que la base general de las indagaciones antropo- 
lógicas está en la historia; pues si bien es cierto que la ciencia de que 
nos ocupamos aprovecha, ccn frecuencia, los datos que le suministran 
la arqueología y la lingüística, la índole de sus investigaciones, la co- 
loca en el grupo de las naturales. 

Ya es tiempo deque terminemos esta enojosa refutación, aunque no 
hayamos podido replicar, en todas sus partes, el último escrito de nues- 
tro cnntrndirtor, que ha tenido en él la habilidad de callarse lo tocante 
aciones tolosana y oblicuo-ovalada. No acabaremos, sin 
nús hemos intentado "lapidar» k su señoría, ni mucho 



bEFORUACtOKEí) AfítlPIClALES DEL CluKEO 

thenoa hacer *piedra de escandalot de sus opiniones, qi 
batido vigorosamente, ha sido Con el único propósito de 
dades científicas evidentes, que su señoría se ha pci 
aunque siempre hemos rodeado su estimable personahd 
se de miramientos, sin dirigirle frases, ni aplicarle cpítc 
ra considerar ofensivos, porque el seQor Armas persc 
inspira el mayor respeto, aunque esto no sea óbice pa 
discusión científica, le ¡layarnos combatido cou encrgíi 
las armas qrie pone ú nuestra disposición el rico arsenal 
moderna. 

JOSÉ K. MÜNT 



Artlatici 



[■ucroclo] 



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stante i 
;eIontGí 

>)nbor!><l 
alguna 
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cu 1840, 
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luces irn 

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ex prest Oí 



REVISTA CITBANA 



nstniínento, que aquellos iiiteli<»entcs que no le conocían, lo tomaban 
)or un buen profesor. Aunque de Bvaiizada oiiad vive todavía. 

Ahcniz (Isaac), de España, júvcii ¡lianista de oscnso niírito; baste 
iccir que varias veces se le lia visro tocar en conciertos públicos, dán- 
lolc la espalda al piano, una pieza escrita expresamente pan» hacer 
>se pobre alarde de Tuerza, do ejcctieion y de ... . talento! 

AinofUo (Alejandro), de Italia, barítono muy distinguido por su 
resca y bella voz que manejaba adeiníis admirablemente. Era excc- 
entc actor y cantaba con grandes aplausos todo cl repertorio de Ver- 
il. Vino en 18.17 y murió hace muy pocos aílo.s. 

Anastassi (Salvador), de Italia, tenor que cantó con suma distin- 
ción el "Fausto" de Gounod. Pareeia no baber nacido para otra cosa, 
mes en las demás óperas que hizo pasó como un artista mediocre. Fué 
nuy entusiasta de la sociedad de "Música Clíísica" que entonces oxis- 
,ia privadamente en esta capital, y después tomó parle en su función 
naugural, y en algunas de sus reuniónos ordinarias. Vino en 1865. 

Anckcrmann (Cíirlos), de Mallorca, profesor de vioün, director de 
irqucsta de los teatros de Tacón y Payret en distintas épocas, afinador 
le píanos y grabador de primer orden. Es autor de una misa en fíe 
[ue se ha ejecutado con alguna aceptación. En la "Exposición de Ma- 
anzas" fué premiada una "Jfarcha" para orquesta, que resultó ser 
luya. 

Aramhuro (Antonio), de España, tenor de fuerza y de voz la más 
lermosa, igual y potente que jamás se haya oido en la Habana. Pero, 
in cambio de tan precioso tesoro ¡qué estilo más chabacano! ¡qué es- 
)flnt03os alardes de fuerza! ¡qué gritos! ¡qué canto tan amanerado, sin 
ilaro oscuro, sin pianos, sin inflexión, ni atractivo de ningún gí-neu! 
hfalfsimo actor y de modales muy ajenos, no solo por su impropiedad, 
ino por su rudeza, á las tablas de un teatro. Sin embargo cantó de 
ina manera aceptable, y se comprende, la "Fovza del Destino", y tra- 



liÍKtoriu 
cuelas I 



i verific: 
rnpbco, 



1 transfc 
Franciii 
Ehtden 
m cl pt 
i pcrmit' 
i- (Icdir 
na ciarsv 
. Tcinpíi 
■cn^C, de 
)ría (le 1. 
: la cier 
)ecialmc 



SOTAS llIItLIOGElAFlCAM 

cía, dt'sde el artíoulo de la Itcvve des Deur-Mimiles de 1 
!o dio ú conocer Soint-Rcné Taillandícr y la obra que le 
1862 M. Fouclier de Coreil, liasta la exposición sustanci 
en su libro: La PhUosophie. de S'Jiopcnhaucr, Paña, 1874, 
cíente y muy considerable de L. Ducros: Schopsnhnucr. 
de sa Mclaphyítlque. Pavis, 1883. 

En cuanto i'i Epicuro, parece que van lle<íando pars 
tiempos. El inspirador de Lucrecio, el predecesor de (} 
Hobbcs, por cuya mediación sentimos boy su influjo cr 
científico, ha sido tratado con el mayor desden por ílc^c 
Sa inexactitud por Rilter y con inusitada parcialidad por 
recientemente (Üerlin, 1884) el doctor Paul von Gizyek 
rsdo un estudio en que pone en su punto la injusticia d 
bres historiadores do la filosofiía, y propone el verdadero 
que deben ser estudiadas las doctrinas de Epicuro, paru ílcfiar i una 
exacta apreciación de ellas. Sobre este método, que puedo aplicarse al 
estudio de la historia de la filosofía en general, liemos dü insistir más 
adelante. Kl título de la obra os Ehdeilemlc Jlfnmrkunf/en ztt etner 
Unlerstícliunfj ülier iter ¡Vert <lei- Nadir phílonnphíe des EpiJcur (Ob- 
servaciones preliminares para un examen del valor de la filosofia na- 
tura! de Epicuro). 

.ToHN Georoe lioLRiNOT. — Parlíamcjifaiy Pnictfhíre. and PractUx with 
an introductory atxfinnt o/ the oritjin muí gvowth of Parliamenia' 
ry Insta tiiions in the Dominion of Canadá. Montrcal : Dawson 
Brothers, Publishers. 1884.— 1 vol. en 8" con 802 págs. 

La literatura del Canadá se ha enriquecido con la obra de Mr. 
John George Bourinot relativa á los procedimientos y prácticas del 
Dominio. 

Los proocdlinionlos y las prácticas del Parlamento y de las Legis- 
laturas canadcnsos dcrfvanse inmediatamente de las reglas y usos del 
Parlamento británico; mas la distinta personalidad de la gran colonia 
inglesa y el medio y las circunstancias que determinan el desenvolvi- 
miento de esa nacionalidad naciente, han dado origen, en el curso 




1 ■ '. 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



85 



salidas tuvieron siempre un tinte de genial bondad muy distinta del 
tono acerbo de otros espíritus de su temple. Los que deseen conocer 
en todas sus fases la vida de un hombre de la más vasta inteligencia y 
de un ingenio verdaderamente vivaz, que fué el encanto de las socie- 
dades que frecuentaba, y ejemplo para todos sus conciudadanos en to- 
das las situaciones en que se encontró, pueden leer el libro que anun- 
ciamos, escrito coh esa religiosidad y abundacia de informes con que 
suelen dar A conocer á sus hombres notables los escritores de raza 
sajona. 

CEuvREs cHoisiEs DE DiDEROT. — C. Rcinwald, Paris, 1884. — Edition du 
Centenaire. 



Para solemnizar la fecha memorable del 30 de Julio del año ante- 
rior, una comisión entre cuyos miembros se contaban á MM. Ivés Gu- 
yot, A. Leftvre, Letourneau y E. Veron, compilo el precioso volumen 
& que nos referimos y que pone al alcance del público las obras más 
selectas del más eminente de los enciclopedistas. Diderot, tan sabio como 
D'Alembert, tan espiritual como Voltairc y escritor tan admirable co- 
mo Rousseau, los supera á todos por la fogosidad y por muchos de los 
caracteres del genio. De todos los hombres de su generación es el que 
está más cerca de nosotros ; por eso una edición selecta de sus obras 
merece toda suerte de recomendaciones, sobre todo cuando el lector 
puede hallar en ella las mejores muestras de su asombroso y vasto ta- 
lento, y al lado de esa inimitable sátira que se llama Le Neveu de Ra- 
mean saborear escritos filosóficos como el fomoso Réve de D'Akmbert, 
ó trozos de crítica como los contenidos en sus inmortales Salones, 

De las obras completas de Diderot hay entre otras uua edición 
monumental publicada por los editores Garnier de 1875 á 1877; y de 
sus obras selectas, además de una muy interesante en dos volúmenes, 
por Fermin Didot, Paris, 1862, existe otra publicada con el título de 
Chefs-domvre de Diderot: 4 vol. in 16, Jannet-Picard 1878-1881. Es 
muy recomendable. 



SOTAS BIBUOGR 

AcHiLLE PlebaXo. — Sulla Maneta e «i 
18S4. 

Ha dicho M. de Lavelcye que en n 
sobre economía poHtica como en Ital 
economistas italianos se lüstinguen h 
dan á sus escritos, fi que los inducen 1« 
planteado la reorganización de su patri: 
institutos de emisión, sometido al Parle 
obra que tenemos 4 la vista y que trats 
monetaria, tanto por su aspecto teórii 
Union Latina; y para llegar al punto j 
ó multiplicidad <lo los bancos de emis 
nadfsimo la cuestión de los subsedúneo: 
ercdito. El capitulo sobre la índole del 
que produce es muy particularmente > 
que pone en claro que el crédito es la f 
pítales, pero que no los crea; de modo 
volverse sino en proporción del capital 

Para que nuestros lectores puedan 
económico á que aludimos y del aspee 
gunas de las obras recientes que bau a| 

Cario F. Fenaris ha estudiado taml 
toda latitud, siendo uno de los pocos c 
que hayan posado del monometalismo 
tula: Saggi di Evonomia e Slatistlm. 

Cognetti de Martis: IjC forme prim 

Alberto Zorü : Emujicipcwione emi 
logno, 1881. 

Achillc Loria: íji rewliUtJoniUnrt 
laño, 1880. 

Tullio .Miirtello: L'íiboHzionc dd co, 

Alberto Errcra: V Unificciziom 3ei p. 

Ulisse Manara: Coni-ello e geitesl de 
ni 1882. 



88 REnSTA OCBaXí. 

A, Jéhan de Jofaannis: Suü' universalitd e preniitu:nza deí/eno- 
ííifflií cconomict. Toñno 1882. 

Amilcare Puvianii Sistema económico horgltese. Bologna, 1883. 

Mencionemos también los cclcbradoa trabajos sobre el socinlismo 
(le Pietro Eliero, tales como La questione sociale; La üranníde bor- 
ghese; Riforma civüe. 

Véanse además las notas sij^uientes : 

Alberto Errer,v : Le Finanze <lei gfandí Conmuni Firenze, 1882. 

En esta monografía ioferesante nos da su autor minuciosos porme- 
nores de loa ingresos, egresos y deudas de catorce ciudades italianas. 
Es untrabajo que debe ser consultado por cuantos reconozcan que la 
acertada gestión de la hacienda municipal es la base m¡'is segura de la 
riqueza pública. El autor es catedrático de Economía Política en la 
ITaivcrsidad de Núpoles, y ha publicado antes una historia de esa 
ciencia en el siglo xviii, un manual y otras obras de economía social. 
En la actualidad prepara un comentario al nuevo Código de Comercio 
italiano. 

LoEUTTi: — II nV'lilo jiojKJare iii Ilah'a. Milano, R CivcUi. IS.SS. 

Hay en esta obr.i una interesante comparación entre los bancos 
populares en Italia y Bélgica. La ventaja está de parte de la primera, 
donde existen ra ni:is de 130 bancos de esa especie, ramilicados hasta 
en las pequcíías localidades. Se conocen las estadísticas de cien de 
ellos, y éítos cuenta.» 90,472 asociados, de los cuales 10,i33 son mu- 
jeres. El capital se elevuha á 39 millones de liras, ios fondos de reser- 
va á 10 millones v medio, el bcnelicio neto á cerca de i millones, v el 
tnovimicnto de los negocios á más de 3,000 millones. 

AcGcsTo PiEiuxTOxi: — 77 Giummento. Koma, 18Í3. 

Con motivo del íiimoso imhrogíio Bradkugh trata, hasta agotar la 



NOTAS niBLIOGilXnC 

dediquen al ecstudio de la epigrafía latina 
dudablemente d la altura de la importancia 
tro9 días la interpretación de las antiguas 
construcción de la historia romana, sobre 
demos llamar post- clásico, y que eomprenc 
el poder romano dominó todo el occidente 
continúa con honor en E^pafia los estudio 
dos por oiiticuarios como los señores Fita y 

Frakcisco Calcagxo. — Diccionario liiugráj 
New York, X. l'oncc de León, 187^ 
Elias K. Casona, 1885. Lclras A, II y C 

Producto (le largos afios de pacientíaiin 
gráfico del scfior Caleagno es nn abundant- 
les, no sólo sobre los hombres ijuc de ulpí 
han distinguido en Cnba, sino pertinentes 
lio y al progreso do su cultiii'a. Concebido 
nombres que aparecen en sus páginas no so 
de loa cubanos eminentes, sino los de todc 
quiera un recuerdo del país en que han n 
bajado. De este modo aumentan la importo 
en proporción que han crecido los esfuerzf 
í» su obra. Desde que un pueblo tiene (one 
resa por escudrinar su pasado y conocer su 
tos tienden á fuci litarle esta tarca merecen 
y este es precisamente el fin del Diccíona 
Los que sepan adcmús las dificultades co 
entre nosotros los trabajos de esta clase, 
con el auxilio de obras de consulta, ni ticn 
ni apenas una biblioteca medianamente org 
un siglo sepulta mus en su seno que diez • 
dir y apreciar los méritos contraidos por e 
dedicado tan buenos años de su vida i est 
nu mentó. 



90 REVIsTa ctfBAlíA 

Xéstor Posce de León. — Diccionario Tecnológico higlik-español y es- 
7WíW-iJí¡//wf. PrííHem^wW*'. \cw York, 1883-1885. Letras A, B, 
C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, JI. 

Si alguna prueba se necesitara de la ductilidad y Ücxibilidad de las 
lenguas, y de lo inútil y contraproducente do la obra de las acadcmiaí, 
que pretenden tratarlas como viejos organismos petrificados, nos lu 
pondría cu la mano este interesante y valioso trabajo del señor Néstor 
I'onee de León. Las ueccsidades crecientes de nuestro siglo, científico 
é industrial por excelencia, lian inundado las lenguas modernas de 
nuevos ti'Tininos ó de nuevas acepciones de los ya usados, de locucio- 
nes y derivaciones de reciente uso, cambiando casi por completo el 
vocabulario de las transacciones mcreüntilcí- y de las relaciones indus- 
triales, cuya inlluencia en el lenguaje comente no cabe desconocer. 
Co o e lat al el pueblo inventor lia dado el nombre á sus invento;, 
y lo II 1 ■= do necesario que lo tomaran Ion e.xtrafios ; de donde hn 
re Itado 1 ás abundante compenetración de términos extranjeros 
en la a a propia de cada lengua. Por diversas causas este resultado 
no puc le er niibrme y da lugar á continuadas dudas por parte de 
los que lo* emplean, ya por ignorar sí el vocablo tiene un equi- 
valente a to zado, va por desconocer la íbnna mejor con que se liavu 
nac oml I El poner término ú estas indeeiciones, que redundan 
I or lo 1 no i.n perjuicio del idioma, es la obra de los lexicógrafos; y 
ste es el i portante servicio que ha de prestar el Diccionario de 
nuestro distinguido compatriota, desde el punto de vista literario. Ea 
cnanto á su utdidad para los que mantienen relaciones de negocios ¿ 
profesionales con los paises de lengua inglesa y española respectiva- 
mente, no necesita encnrceimíento. Como es un diccionario de equiva- 
lentes, encontrarán siempre á la mano la traducción exacta que nece- 
siten, sin pérdida de tiempo, ni temor de confusión. KI autor ha adop- 
tado un plan metódico y sencillo que permite al lector familiarizarse 
"' '^unto con el libro; y ha desplegado una laboriosidad tal y lia ile- 
trado tanta abundancia de información, que inspira plena eonfian- 
n el resultado que presenta. Ks una obra destinada ú constituir» 
lutoridad, en todos los eas<« dudosos. 



.\[I! 



SEStOH SOLEMH 

Anlc coneiirrcncift tnii es( 
de Abogados, en la noclie de 
de sus tnroBs, al inísmo tici 
dación. 

Los Srcs. Presidente y I 
dente de Sula y Mogistrados 
de Hacienda, el Secretario de 
tor de nuestra Universidad y 
Srcs. Presidentes de la Socíed 
la Sociedad Antropológica, el 
representantes de varios Cent 
coTicnrricron al acto, fjue ade 
pulda-s damas que A él asisticr 
y iinimacion que presta siemp 

Abierta la se.Mon, cl Sr. D 
rio de la Corporación, dio let 
zados por cl Círculo durante i 



92 REVISTA CrBAXA 

por su esmerada veduccion y buen úrdei» en la expüsicioii de las tarcos 
mereció los justos aplausos que se le tributaron. 

El Sr. D. liafael Fernandez de Castro, Catedrático de Historia de 
nuestra Universidad y miembro del Círculo, que le liabía encomenda- 
do la oración inaugural de Reglamento, leyó una meditada disertación 
sobre el principio de la Nacionalidad, en la que se propuso fijar la ver- 
dadera inteligencia de ese concepto hablando en nomT»re y represen- 
tación de los hombres de derecho. 

Afirmó el Sr. Tornandez de Castro que la nacíon os nn hecho na- 
tural mostrado por el espíritu eomun y constante de las agrupaciones 
humanas en relación con sus aptitudes espirituales y el medio geo- 
gráfico en que viven; una determinación humana, la humanidad inte- 
rionnentc determinada, una humanidad dentro déla humanidad toda; 
pero no una determinación cualquiera, sino aquella que á diferencia 
de las sociedades parciales abraza todos los fines do la vida, la que á 
diferencia del individuo es permanente y eterna, laque á diferencia 
del municipio y de la provincia es una ai^rtipaolon f[.ue se bosta á si 
misma, constituyendo una personalidad soberana. 

Después de sefinladas las diferencias de ear&ctcr y grado, do cua- 
lidad y cantidad que separan á la nación de los demás organismos hu- 
manos, encontraba el Sr. Fcrnondez de Castro el fundamento, la razón 
y los límites de lo nación en lo humanidod; explicación que lo permi- 
tió combatir desde su punto do vista, la vieja teoría dol pacto social, 

itoista idealista, las aplicaciones dol 
dias y el eclecticismo doctrinario 

sidcraba o! Sr. Fernandez de Castro 

le la impotencia de dos errores más 

13 y fecundas. 

incienzudo análisis pudo ol Sr. Fer- 

entía, al amparo de sn dialéctica vi^ 

]ue los par'--"-- '- —J- ■•'-' — 

.ásquela 

.0 á los d 

propia, qu 

son contri 



MISCELÁNEA 93 

humanidad y que la nación es tía misma humanidad ú través de un 
prisma especial, la luz en uno de sus colores, una agrupación natural 
superior íl la voluntad arbitraria de los hombres, una oración de dere* 
cho que elevan los contmentes á la inmensidad de los cielos, himno de 
amor y alabanza que desde las miserias de la tierra entonan las colec- 
tividades humanas k la grandeza del Supremo Creador.* 

Concluida la lectura del discurso, que valió k su autor repetidos 
aplausos y vivas felicitaciones, se procedió á abrir los pliegos cerrados 
que contenían los nombres de los autores, de las memorias premiadas 
en el último certamen ; y resultaron ser agraciados con tan honrosít 
distinción los Sres. Mora, Giberga, Amadis, Mitjan y Carballo qme- 
nes, entre los animadísimos plácemes de la concurrencia, recibieron de 
manos del Sr. Presidente de la Audiencia que presidía el acto las 
medallas y diplomas correspondientes. 

Tenninó la sesión con un bello discurso que improvisó el Sr. D. 
Pedro González Llórente, Presidente del Círculo, haciendo mención 
del excelente trabajo presentado por el Sr. Mora, en cumplimiento de 
un acuerdo de la Junta Directiva, y dando las gracias en nombre de 
la Corporación á todos los que habían contribuido al esplendor de 
aquella fiesta por más de un concepto memorable para los que se in- 
(eyesíin por el progreso de las ciencias y las letrpp en nuestro país, 

U UHIYERSIDAD DE ESTRASBURGO. 

El 27 de Octubre de 1884, se inauguraron solemnemente los nue- 
vos edificios de la Universidad de Estrasburgo, que forman todo un 
barrio de la ciudad y un espléndido conjunto, y son verdaderos pala- 
cios elevados para abrigo de la ciencia. Según M. Charles Grad ningu- 
na ciudad de Europa, sin exceptuar las grandes capitales, presenta una 
instalación tan rica para la enseñanza superior, ni cuyas diversas par- 
t^ estén mejor combinadas, ni reunidas. 

Cada rama de estudios dispone allí de sus edificios propios y dis- 
tintos, con laboratorios, colecciones, biblioteca y aparatos especiales, 
IvO útil y lo agradable se han prodigado con inusitado lujo. El edificio 
principíil 0s p) Palapjo Colegial En ^sj^e sp enci^catraa a4pin49 4^ lan 



la facultad de filosofía, los 
■1 instituto de arqueología, 
íricaa, de jurisprudencia y 
2tos de orto, la biblioteca 
ra la historia del arte mo- 
Lología y eí miinco arquoo- 
istitiitos de t[UÍmic!i, física 
y patología, f|níinica fi^io- 
clíiiicasdc ciru^'ía, partos, 

es ordinarios y líl esiruoi-- 
icncs y una sala de lectura 
iario.e. Un ooíitado basin la 
dcT el valor do los establo- 

1 tan ciiiiiientes como IjíI- 
1 la de teología; Brontano, 
Kussniaul, I.uckc y lícek- 
L'hachs y Studemund en la 
g, rn la do medicina. Los 
de terminar han sido Í<á8. 
dad de líerJin en que fué 
nicb, de 227l>; lado Bres- 
:cinelberg, de7¿3;y ladc 
el número va aumentando 



[■ida habríi umis tres senm- 
e -raían teniente !a lia ofre- 
í{: y I). F¿]ix \'andergnth, 
). H. lílank, ba da.lo á es- 
es; y que no sólo arrancan 
uditorio que á ellas asíate. 



ÜiSdÉLANfiA 95 

siho que Van popularizándose y dcípertando viva y general simpatíax 

Y así era de esperarse, pues hay que convenir en que aquella incalí* 
ficable prevención contra el género chis ico, que aquí como en todas 
partes llegó en un principio á inspirar muy serios temores, se ha ido 
consumiendo por sí misma íi tal pimto que ya hoy las gentes sólo bus- 
can buena música y buena ejecución, sin cuidarse ni mucho ni poco 
de la forma que reviste, ni del nombre que quieren darle. Y como que 
de ambas cosas se goza en el salón del Sr. Weber, de aJií el prestigio 
que ya han tomado aquellas reimiones, de ahí la satisfacción de sus 
concurrentes, que siempre se retiran ansiosos de que llegue la otra 
fiesta. 

Hasta ahora han figurado en su programa piezas de suma impor- 
tancia así por su grandiosa inspiración como por su fina y sabia estruc- 
tura; piezas entresacadas, digámoslo así, del riquísimo repertorio de 
Haydn, Boccherini, Hcothoven, Mendelssohn, Xiels Gade, RaiF, Baz- 
zini, Chopin, Rubinstfin, Dáñela, Scharwenka, Bizet y Scliubcrt, las 
cuales han alcanzado una ejecución verdaderamente magistral. 

Xo vamos á hacer ahora una reseña minuciosa, ni íi entrar en por- 
menores que no son de esta sección, ni de nuestra incumbencia; tal 
vez en el próximo número lo haga extensamente uno de nuestro cola- 
boradores, pero sí podemos asegurar, á fuer de entusiastas aficionados, 
que hemos pasado allí ratos sumamente agradables, y muy en particu- 
lar anoche oyendo entre otras bellísimas composiciones el gran trio, en 
re menor de Mendelssohn, en el que el Sr. D. Ignacio Cervantes uno 
de nuestros aplaudidos pianistas, el Sr. Werner, violonccllista notable 
por su canto largo y sentimental, y el Sr. Vanderguth, violinista de 
ejecución clara y segura, causaron verdadero furor. El Schcrzo sobre 
todo se llevó á un tiempo tan vivo, y á la vez tan limpio, tan percep- 
tibles sus primeros dibujos, que el auditorio no se daba cuenta de lo 
que en aquel momento le pasaba : el andante, el primer tiempo, clji- 
nal, todo el trio por fin fué un triunfo para sus inteligentísimos intér- 
pretes, y un rato de indecible entusiasmo para los oyentes. 

Feficitamos de corazón íi tan autorizados profesores y desde luego 
no titubeamos en augurarles para sus próximos conciertos, aplausos 
muy ardientes, y quizás otra recompensa más á sus loables esfuerzos. 



Tienterios el dos de Xovieinbrc, los 
osantes pormenores sobre el monii- 
< ¡i la memoria del insigne historia- 
nc. So cneiicntra en el cementerio 
illa pública. La construcción tiene 
a cripta ha sido labrada con piedra 
il, y será circular y abierta como 
paso á ella una gran escalera. Hl 
tcndri un frontis, donde Chapa ha 
no. Se cree que tardurii todavía tin 
i en riqneza á todos los de su clase. 
1 millón de francos. 



lian apai'ceido en Inpjlaterrií se ci- 
» por Miss Florencc Wurdcn. Ksta 
Marsh» fué aya y es hoy actriz en 

en Nueva York una novela con el 
ly bien recibida. 

lüa distinguidas escritoras ameríca- 
I de poesías líricas con el titulo de 

84 se han estrenado en los principa- 
piezas nuevas; entre t'-stas veinte 
is, vaudevilles, etc. Las obras que 
Trois femmea pour ua murl, en el 
tiiea Qodins, en el Falais Roynl, y 

rquesa Columbi : fia ideal cUsvane- 
s por Clara Bel! y pnblicoda en 



^ II -ll íl 



1^^ 



^^ 



JOÍIGE SAND. (1) 



La Francia repubHcahá, Señoras y Señores, está consagrando amo- 
roso culto á los talentos y & las hazañas de sus sabios, de sus artistas, 
de sus hombres de Estado, de sus guerreros ; cual si quisiera, en la ho- 
ra de la desgracia, agrupar á su alrededor los recuerdos gloriosos de su 
historia, enardecer y aquilatar el patriotismo de sus hijos, y presentarse 
ante el mundo, ya que cercenada en su territorio, íntegra y brillante 
siempre en los campos del heroismo y en la región luminosa del pensa- 
miento. A la fiesta de Voltaire — el francés por excelencia — suceden el 
centenario de Dideroty elbi-centenario de Comeille : deja Gustavo Doré, 
como obra postuma admirable, el monumento & Alejandro Dumas, — el 
mara\'illoso novelista y el hábily aiidaz dramaturgo: yérguese, tallada 
en bronce, la imagen del bizarro Chanzy, soldado fuerte que conservó ile- 
so el honor de la Francia durante la guerra con Alemania: levántase allí 
la estatua del sabio modesto que presintió la aplicación del vapor como 
fuerza motriz ; y allá, las de Denfert, que no bajó su pabellón ante Gui- 
llermo, la de Thiers, que libertó el territorio, y la de esa mujer extraor- 
dinaria, conocida con el nombre de Jorge Sand, que fué el más elo- 
cuente, el incomparable poeta de la pasión en nuestros tiempos. 



(1) Conferencia pronunciada en el uNuevo Liceo do la Habana» la noche del veinte 
y cuatro de Enero de mil ochocientos ochenta y cinco. 

FEBRERO. —1886. 13 



Í)SI RÉVlStA OüÉAKÁ 

De ella quiero hablaros esta noche ; y no para hacer un minucioso 
estudio, un detenido juicio crítico, que exigiría más espacio del que pue- 
do, sin pecar de indiscreto, reclamar & vuestra atención — ^por más 
probada que sea la benevolencia que os distingue — compañera insepa- 
rable de la cultura. Deseo tan sólo recordar, en vuestra amable com- 
pañía, el talento vasto y seductor de la insigne novelista; los rasgos 
más salientes de su original carácter; la influencia que ejercieron en 
sus ideas las circunstancias de su vida y las de su época ; señalar, al 
través de tantas obras maestras, la unidad de pensamiento que preside 
á su aparente incoherencia, y los problemas que en ellas palpitan ; — 
problemas que plantean las condiciones del matrimonio, la situación de 
la mujer en la sociedad, y los derechos en la vida real y en el arte, de 
la pasión soberana — del Amor, señores, antorcha inextinguible que se- 
rá, mientras aliente la humana raza, faro de nuestras esperanzas, foco 
de nuestros sentimientos, abrasada cuna de la abnegación y del heroís- 
mo, cuando no tumba implacable de las ilusiones que revolotean en 
su torno y consumen en ella sus alas ligeras y multicoloras . . . 






¿Quién, si está versado en la historia anectódica del siglo xviii, des- 
conoce la vida del afortunado cuanto voluble Mauricio, Mariscal de 
Sajonia? ¿Quién ignora que, entre sus numerosos devaneos, se cuenta 
el que dio vida á Mad. Dupin de Francueil, hija de la renombrada 
actriz Mlle. Verriéres? De aquella mujer amable, inteligente y ex- 
céptica, fué nieta Araantiha-Lucila-Aurora-Dupin, nacida en el año 
de 1804. 

¡Ah, señores! Si la oportunidad lo consintiera, qué ocasión tendría- 
mos de analizar y recomponer los elementos que llevó al carácter y al 
genio de la ilustre francesa, la misteriosa ley de la herencia! Tenía 
Aurora Dupin en sus venas, sangre de rey y sangre de cortesana: 
participaba, por Mad. Dupin de Francueil, de las doctrinas sentimen- 
talistas, de la moral fácil y laxa, de la literatura, un tanto declamadora, 
del siglo último ; y trasmitióle, acaso, su padre, oficial de los ejércitos 



JORGE 8AND 9d 

republicanos, aquella osadía en el pensar, aquella independencia de ac* 
cion, aquel amor á las nuevas ideas, que la distinguieron desde los 
primeros años de su juventud. 

Educada en Nohant por Mad. Dupln de Francueil, era á los quin* 
ce años, sensible, inquieta y dominante ; ávida de saber, y atormenta- 
da ya por el demonio de la inspiración, recreábase en forjar consejas, 
para deleite de sus amigas y eutretcnimiento de sus soledades. Alu- 
cinada por místicas lecturas, abriga, por breve tiempo, el propósito de 
dedicarse ala vida estéril y contemplativa del claustro: rompe luego con 
su confesor, cuyas luces escasas no pudieron, sin duda, infundirle la fó 
en lo inexplicable ; enamórase luego, en imaginación, de Byron y de 
Chateaubriand, y contamínase con esa enfermedad del hastío caracte* 
TÍstica del primer tercio de nuestro siglo. La apacible soledad del 
campo no bastó para devolver la calma y el reposo al espíritu de la 
conturbada joven ; y mientras recorría las rientes campiñas del Berri, 
entregando su imaginación á la merced del vertiginoso fantaseo, la 
asalta un dia el precoz cansancio de la vida, y, en busca de la muerte, 
se arroja, dando rienda suelta á su corcel, en profunda hondonada . . . 
Pero no habia de morir oscuramente la fantástica Aurora: la vida le 
guardaba, en largos años, amarguras reales, pasiones devoradoras, de- 
bilidades y grandezas, el cilicio del genio, el afán de la producción ar- 
tística, los resplandores de la gloria, las diatribas de la envidia aleve, 
una vejez respetable y respetada, y la admiración de un pueblo que 
corona hoy de laureles, la yerta frente, martirizada en vida por los 
abrojos . . . 

Apenas contaba Aurora Dupin diez y siete años, cuando, apesar 
de su repugnancia por el matrimonio, casó con el Barón de Dudevant, 
gentil-hombre de inteligencia mediana, dado á las labores campesinas, 
frió, inaccesible á los encantos de las letras ; y ese matrimonio, des- 
igual y prematuro, hubo de dar, como fruto necesario, la disidencia 
entre los esposos, oculta al principio, declarada é inconciliable después. 
¡Ah, señores! Es el matrimonio, cuando el amor lo forja y lo preside, 
nido repuesto de donde salen, con el consorcio de dos almas que se 
completan, con la morigeración de las costumbres, con la creación de 
la familia, con la sana educación de los hijos, los más puros elementos 



IQO REVISTA CÜBAKA 

de la felicidad individual y del progreso y moralización de las socieda- 
des. Pero el matrimonio, hecho á manera de compra-venta, en que se 
unen dos nombres, dos fortunas ó dos desencantos; en que se sacrifica, 
perpetua é indisolublemente, el pudor de una joven ó la dignidad de 
un hombre á una combinación numérica; ese género de uniones, tan 
común en Francia, no soto entre personas de alta alcurnia, sino aun 
entre la clase media — no es otra cosa que el hipócrita remedo de una 
institución que las religiones consagran como divina y que el libre pen- 
samiento proclama próvida y grande; no es otra cosa que el síntoma 
de la decadencia moral, el entronizamiento de la hetaira ó del parfLsito 
en el casto seno del hogar doméstico. . , 

Que fué la Baronesa Dudevant una victima de esa corruptora cos- 
tumbre, lo atestiguan las circunstancias todas de su vida; sus primeros 
libros, fescritos con sangre de sus heridas»; el afán con que hubo de 
buscar la felicidad en el amor, que no le díó, que no pudo darle, que 
no le hubiera dado nunca, por completo, el matrimonio ; porque, — per- 
mitidme, señores, que lo diga, — las grandes artistas, las grandes poeti- 
sas, las grandes escritoras, no son formadas para el círculo estrecho de 
la casa, ni para las sublimes trivialidades de la maternidad, nt para en- 
cerrarse dentro de los límites que las conveniencias sociales señalan, 
como valladar insuperable, 4 la vida femenina. Necesitan esas natura- 
lezas excepcionales, más aire, más hbertad, m&s independencia; y con 
el esfuerzo de su genio rompen las trabas que las sujetan k una situa- 
ción que llaman mezquina y encuentran injusta. Gustan esas mujeres, 
que tienen algo de viriles, de acercarse al hombre y arrebatarle los 
derechos por la tradición consagrados como natural y legítimo privile- 
gio; y al remontarse, en alas de la supremacía intelectual, sobre el co- 
mún de los mortales, aparecen empequeñecidos á sus ojos los dogmas 
terrestres que las mujeres humildes y sumisas acatan y veneran con 
el fer\-or del creyente, y con toda la delicadeza de ese sentimiento ín- 
timo de la castidad, que es la florescencia exquisita de la virtud. . . 

Separada la Baronesa Dudevant de su marido, pudo entregarse & 
la irresistible vocación que la dominaba; y teniendo por compaScro & 
Jules Sandeau, joven y entusiasta como ella, y llevando consigo k su 
hija, se trasladó & París en 1831. Latoucbe abrió á la gentil pareja las 



JORGE 8 AND 101 

columnas del Fígaro; y poco tiempo después escribieron ambos, en 
colaboración, la novela Blanca y Bosa^ publicatía bajo el pseudónimo 
de Jides Sand. Pronto se separaron Aurora Bapin y aquel elegante y 
discreto novelista, para seguir distinta vía; y entregada: cll^ á su pro- 
pia inspiración, dio comienzo con la famosa novela JndianQr**rot^lqcion 

A ^ • 

de un poeta conmovedor y ardiente, á esa serie de libros esli;ri"6c>s .éij 

• • • 
lenguaje puro, armonioso y flexible, que así se amolda L la viveza y 

naturalidad del diálogo, como á los más elevados arranques de la pa- 
sión, y á las especulaciones filosóficas. La ingenuidad de los afectos ; 
la frescura y lozanía de la imaginación ; el delicado análisis psicológico; 
el profundo sentimiento de la Naturaleza, comparable tan sólo al que 
vivifica las obras de Saint-Pierre y de Rousseau ; el prodigioso talento 
descriptivo ; la osadía de las doctrinas y el vigor y la limpidez de la 
concepción, despertaron el entusiasmo de un público ávido de noveda- 
des, que colocó en primera línea, al lado de Balzac, á la autora de 
Falenfina, admirable modelo de narración, de Andrés que desborda en 
gracia elegiaca, de Andrés que encanta por la naturalidad de los senti- 
mientos, de 3íauprat, de iyé7ía,-7-cuya heroína, alma desolada, que 
busca, y no encuentra, su ideal en la tierra, fué acaso trasunto de la ar- 
tista que la dio vida y la reprodujo, con especial complacencia, en 
muchas de sus obras. Esa fué la primer jomada de su carrera; pues, á 
semejanza de todos los grandes artistas, tuvo Jorge Sand un talento 
rico y diverso, que no siguió siempre por el mismo cauce ; sino que, 
desbordado como el torrente, abrió, en anchos surcos, nuevos senderos 
á su espumoso raudal. 

Desde sus primeras obras, firmadas con ese pseudónimo de Jorge 
Sand, que adoptó la infatigable novelista, cual si quisiera, al trocar 
imaginariamente de sexo, afirmar la conquista irrevocable de su liber- 
tad, y poner el sello al triunfo de su fuerza ; — desde sus primeras obras 
se advierte, señores, el instinto batallador que la dominaba. Era la 
mujer fuerte, en lucha con la sociedad y con el matrimonio, tal como 
lo han hecho las costumbres : era la imaginación romanesca que se for- 
ja un mundo ideal, derribando añejas instituciones y creencias gasta- 
das ; era la artista apasionada que hace del amor, como ha dicho Taine, 
el héroe de todas sus obras ; pero el amor santo y hermoso en sí, desli- 






• • 



• • 



, • • 



102 REVISTA CUBANA 

gado de toda relación ^pcial, Dios soberano de cuyo seno fecundo bro- 
tan la belleza del apie y la vida del espíritu. . . 

De ahí, 8efioij$f,^que levantara la crítica estrepitoso clamoreo con- 
tra las terfqeil^iliuí y la escuela literaria de la osada escritora. El espec- 
tápirin iáq-una mujer, levantando el estandarte de la revuelta, sedu- 
óí^jaao á los unos con la originalidad de su talento, y á los otros con 
los encantos de su rostro y de su carácter afable y de sus extravagan- 
cias de bohemio ; tenía que chocar con la hipocresía 6 con la timidez 
de ciertos Pontífices literarios y con la ortodoxia artística y social de 
todos. La acrimonia y la violencia de las censuras que llovieron sobre 
las obras primeras de Jorge Sand, se explican fácilmente, por otra par- 
te, si se tiene en cuenta que eran aquellos tiempos testigos de una do- 
ble transformación política y literaria. Con la caida de Carlos X re- 
nacieron esperanzas de paz estable, y despertóse á. la vez el espíritu 
artístico, buscando en la libertad del pensamiento una fuerte y original 
concepción de la vida humana, que sustituyera en la novela, en la 
poesía, en el teatro, en todas las manifestaciones del arte, la lucha 
franca de las pasiones, los colores del sentimiento verdadero, á esa fria, 
artificiosa y amanerada combinación de fórmulas añejas que llegaron á 
hacer del arte clásico un fantasma incoloro del hombre y de la Natu- 
raleza. Triunfo, al fin, el romanticismo, después de reñidísimo combate 
cuyas peripecias son harto conocidas ; la escuela realista echó sus pri- 
meras raíces, que hoy se extienden multiplicadas y vigorosas; pero la 
nueva monarquía comenzó pronto á conmoverse y á desmoronarse. La 
República y el Socialismo minaban su base : sublevábase el pueblo ante 
el espectáculo de una burguesía victoriosa, corrompida y opresora: las 
sectas de Saint-Simon, de Fourrier y de Owen agitaban los espíritus, 
atraian prosélitos numerosos, y halagaban, con magníficas promesas, á 
ese eterno Job, á esa muchedumbre proletaria, que se revuelve en su 
lecho de miserias esperando siempre la mano salvadora que lo levante 
y lo ampare y le abra puesto en el festin voluptuoso de la vida. . . Ese 
movimiento arrebató en su curso á Jorge Sand, y sus inclinaciones re- 
volucionarias, que ya asomaban desde los albores de su carrera, fueron 
acentuándose más y más cada dia. Michel (de Bourges) la habia ini- 
ciado en las ideas republicanas : Lamennais la tuvo á su lado, colabo- 



iokoÉ SAKi) los 

rando en Le Monde, durante la ruda campaña en que el ardiente sa-» 
cerdote intentó la obra imposible de reconciliar á la Iglesia con la 
libertad moderna : Fierre Leroux la contó entre sus discípulos ; y fué 
la amiga fidelísima de Barbes. 

Y era natural, señores, que aquella mujer, que vivía en riña abier- 
ta con las costumbres sociales, sin hogar y casi sin familia, se uniera á 
los débiles y á los oprimidos contra los fuertes y los opresores ; que 
aquella imaginación arrebatada simpatizara con los delirios de utopías 
humanitarias, propagadas por un fanatismo de que hoy, en el naufra- 
gio definitivo de todas las creencias, no tenemos ejemplo. De esa épo- 
ca de su vida, datan Horacio, Spiridion, Le corapagnon du tour de 
France, Consuelo, La comtessedeEudólsfadt, etc., que contienen, junto 
á declamaciones huecas y á místicos ensueños, páginas admirables de 
elevada poesía. 

Estalló, por fin, la revolución de 1848, y lanzáronse á la arena las 
diversas fracciones en que se dividía el partido triunfante, cuando aún 
llenaban los aires el humo del combate y la polvareda levantada por el 
derrumbamiento de un trono. Jorge Sand, siguiendo el impulso reci- 
bido, tomó parte activa en la lucha política; escribió circulares y ma- 
nifiestos, dirigió periódicos, y Ledru-Eollin hubo de confiarle la redac- 
ción del Bdetin de la EepúMica. Aspiraba la fecunda escritora, á ser 
la Madame Roland ó la Mad. Stáel de la época; pero ni habla ya mon- 
tañeses ni girondinos en Francia, ni tuvo Jorge Sand la instrucción 
segura y vasta ni el sólido juicio de la acerba enemiga de Bonaparte. Si 
aquellos revolucionarlos, débiles y divididos, sin fuerza moral sobre las 
masas, sin ideal fijo de Gobierno, — teóricos brillantes, pero no hombres 
de Estado, — tuvieron en la autora de Spiridion apropiada Sibila, el 
sentido público la bajó pronto de su improvisada trípode, castigando 
su pueril ambición, y advirtiéndole que aquél no era el puesto del ins- 
pirado poeta; y que más valía, para su fama y para la gloria de la 
Francia, la creación espontánea y desinteresada del arte, que la siste- 
mática tarca de fabricar novelas de propaganda, metodizadas como un 
discurso, fastidiosas como un sermón. 

Las aventuras políticas no hablan agotado la abundante vena de su 
talento. Jorge Sand era esencialmente artista. «Reina de Francia» la 



Í04 IlEtisf A CÜBAiÍÁ 

llamaban süá admiradores; como toda Reina, tuvo favoritos; como 
toda mujer, aunque presumiera de dominante, se plegaba á veces, con- 
tenta, bajo el yugo. Sencilla y modesta, creia más en las ideas de los 
otros que en las propias. Rodeábanla tribunos frenéticos, sofistas elo- 
cuentes, místicos quejumbrosos, de esos que pululan en toda época de 
transición ; y ella, á manera de eco resonante, como decia Latouche, 
repetia las doctrinas agenas, embelleciéndolas con la magia de su so- 
berbio estilo. Y así llegó, señores, á e^rtremar la tendencia democráti- 
ca que en Mauprat se dibuja, hasta incurrir en excesos de lirismo re- 
volucionario, inofensivos, por su misma candida exaltación. 

Pero una vez deshecho el encanto y restablecido un tanto el equili- 
brio entre su talento y su carácter, volvia al culto del arte verdadero, 
del que no hace de su obra medio, sino fin ; del que no toma por pre- 
texto una novela ó un poema, para declamar acerca de la desigual re- 
partición del suelo, ó para investigar la genealogía de las neurosis; y 
entonces, señores, qué tesoros de sentimiento, de interés dramático, de 
acabados paisajes, derrama en Isidore^ en Teverino, en Jeanne^ en esa 
trinidad de novelas campestres, — La raare au diable, La petitte Fa- 
dettej Frangois le Champí; cuadros de una pureza irreprochable de 
ejecución,— de una encantadora nitidez de estilo; idilios que no ceden 
en gracia y en ingenuidad, — como lo han reconocido Samte-Beuve y 
Saint-Marc Glrardin, — á las mejores páginas de Teócrito y de Virgilio... 

El talento de la infatigable novelista no estaba agotado, como pre- 
tendieron sus detractores, sino que seguia nuevos y elevados rumbos. 
El transcurso de los años habia calmado la efervescencia de las pasio- 
nes que llenaron de borrascas su vida : — muertos ó marchitados estaban 
sus amores, — el corto idilio de Sandeau, — el tormentoso drama de 
Musset, que dio origen á tan tristes polémicas ; — la larga elegía de Cho- 
pin. — Llegada á la madui'ez de sus años, al lado de su liija, — que casó 
con Clessinger, — ^y de su hijo Mauricio, que trocó su apellido paterno 
por el literario de su madre, realizó el tiempo, en los sentimientos y 
en la inteligencia de Jorge Sand, esa lenta evolución, propia de los es- 
píritus esencialmente buenos y generosos. Las amarguras, las decep- 
ciones, los desencantos de la vida, los aquilatan y depuran, en vez de 
pervertirlos, y dejan en ellos un fondo de dulce melancolía, de sereni- 



J í» I 



iOMÉ BAKri 105 

dad solemne, de tranquila mansedumbre;— Kiomó tírt apaciguamiento 
del hervoroso combate que libra la juventud con el porvenir. . . El 
que llamaron, pues, período de esterilidad, críticos poco avisados, fué, 
por lo contrario, época de obras exquisitas, tiernas y puras, — como 
Jean de la Rocfte^ L homme de neíge, Le marqiiis de ViUeiner, que es 
una de sus mejores novelas, MUe. de la Quintinie^ Malgrétout, Contes 
d* une grande 7nire^ y sus más aplaudidas obras dramáticas; y es admi- 
rable, señores, que aún en la última y no acabada de sus produccio- 
nes — Albine, — interrumpida por la muerte, se encuentren las mismas 
cualidades superiores de estilo, igual brillantez descriptiva, que en las 
primicias famosas de su peregrino ingenio. Y es también motivo justo 
de admiración, contemplar como, en el vasto y accidentado curso de 
su carrera, se advierte, á través de caprichosos giros y desviaciones im- 
pre\'istas, la unidad fundamental que antes señalaba; esto es, la intui- 
ción poderosísima del amor, en cuanto sentimiento espontáneo y 
libre, no disciplinado ni cohibido; y la concepción ideal, intensa y 
luminosa, de la Naturaleza. De esas dos ideas, que dan origen á un 
sentimiento común, al unirse en su necesaria armonía, se derivan, se- 
ñores, un sistema literario, una doctrina política y una creencia filosó- 
fica que forman, por decirlo así, las entrañas de la labor, múltiple 
y fecunda, de Jorge Sand; labor continuada durante cuarenta y cinco 
años, hasta el de 1876, en que rindió tributo la incansable trabajadora, 
á la ley fatal, á la ley inexorable. 

Retirada casi siempre en el campo, en aquel Nohant que tanto 
amaba; trabajando sin tregua ni reposo; cultivando la amistad de los 
artistas y literatos célebres, alentando á los jóvenes con su palabra ca- 
riñosa; socorriendo á los desvalidos con inagotable amor; llorando las 
patrias desventuras, fué Jorge Sand, en la última época de su vida, 
ejemplo de sencillez, de modestia, de laboriosidad ; modelo insigne del 
verdadero artista, del que entrega al arte, — ese tirano encantador, — el 
dominio exclusivo, el dominio absoluto de su existencia! . . . 

Así, señores, cuando la imaginación evoca su imagen y la contem- 
pla, desprendiéndose del seno de la tumba, subir por el límpido cielo 
de la fantasía, no aparece, no, la joven hermosa, jovial y decidora, mez- 
cla de griseta y de estudiante ; sino que se dibuja ante los asombrados 

14 



106 kÉVisTA CttBAi^Á 

ojos, la mujer bondadosa y pensativa que, fija en el espacio 1& dulce 
mirada, como recreándose en las maravillas de la Naturaleza, sostiene 
en la diestra mano aquella pluma á que debe la literatura moderna 
muchas de sus páginas más apasionadas, más elocuentes y más correc- 
tas. Así, señores, la representa el monumento erigido ú su memoria. 
Así la admirará la posteridad reconocida. La crítica menuda seguirá, 
como hasta ahora, censurando la exageración de sus doctrinas, el em- 
peño que puso en describir tipos de mujeres superiores, casi sobrehu- 
manas, y caracteres de hombres vacilantes y débiles, á manera de con- 
traste, y habrá dé reprocharle cierto desequilibrio entre su pujanza 
lírica y su talento descriptivo, que la llevaba, en ocasiones, á la decla- 
mación 6 á la redundancia: la nueva Escuela literaria señalará en 
la vasta obra de Jorge Sand, el desbordamiento de idealismo que tan 
amenudo la arrastrada fuera de la realidad ; pero la crítica de alto vuelo, 
la que no desmenuza, sino analiza ; la que no vive de detalles, sino del 
conjunto y vé en el artista no lo que debió ser, sino lo que fué, dadas 
las condiciones de su personalidad ; esa crítica, señores, que tiene por 
suyo el porvenir, recordará siempre que fué la insigne escritora una de 
las figuras más características y vigorosas de la literatura francesa; la 
precursora de Dumas (hijo) y de Naquet, en la campaña del divorcio; 
que fué, por último, una de esas mujeres excepcionales cuyo nombre 
ha de pronunciarse en todo tiempo con simpatía y con admiración, 
cualesquiera que hayan sido sus debilidades y sus extravíos ; porque la 
balanza de las faltas y de las virtudes sociales no tiene, en lo humano, 
peso que les sirva de medida exacta, ni hay quien pueda, sin incurrir 
en insensata arrogancia, erigirse en juez imparcial, en juez supremot 
en juez infalible! 

FLORENCIO SUZAETE. 



LA antropología Y EL DERECHO PENAL. (1) 



Señores: 

Si hubierais podido poner la mano sobre mi pecho cuando mis 
compañeros me designaron con sus votos para desempeñar el encargo 
que vengo í cumplir, habríais sentido las violentas palpitaciones de 
mi corazón. Dos sentimientos se apoderaron de mi espíritu en aquellos 
instantes : el de la gratitud y el del temor. La gratitud, por la honra 
recibida ; el temor, por las dificultades de la empresa. 

El discurso científico, en este acto solemne, habría sido tarea fácil 
para cualquiera de mis consocios; pero se hace muy difícil para mí, 
que apenas he pisado los umbrales del templo antropológico. Préstan- 
me, sin embargo, algún aliento la confianza en vuestra benevolencia y 
el amor ardentísimo que me inspiran los estudios relacionados con la 
vida del hombre y de la humanidad. 

No necesito recordaros el inmenso catálogo de las cuestiones tras- 
cendentales comprendidas en el programa de nuestros trabajos, que hu- 
bieran podido servirme de materia para el discurso. Y por lo mismo 
que se presentaba ante mis ojos un campo tan rico donde escoger, me 



(1) Discurso leido en la Sociedad Antropológica de la isla de Caba, el dia siete de 
Octubre de 1884, con motivo de celebrarse el 7? aniversario de nu instalación. 



1G8 REVISTA CÜBAKA 

parecía más tormentosa la elección. Después de largas meditaciones, 
me decidí al fin por un asunto que se armoniza con los estudios espe< 
ciales de mi carrera de abogado, y determiné discurrir sobre si la cien- 
cia antropológica sería capaz de proporcionar proveobosoe auxilios al 
Derecho. Con tal propósito, he formulado y me propongo desarrollar 
un tema concebido en estos términos : tLa Antropología está llamada 
d influir poderosamente en la reforma de las leyes penales,* 



I. 



La Antropología es una ciencia de ayer. Sus progresos, sin embar- 
go, corren parejas con los portentosos descubrimientos del siglo. Es 
verdad que no se han resuelto todavía definitivamente todos los pro- 
blemas planteados y discutidos por los sabios de nuestra época; pero 
han crecido tanto, en número é importancia, los materiales existentes, 
que no debemos desconfiar de la victoria en dia más ó menos lejano. 

Nada se alcanza en la vida sin eternas luchas é inmensos sacrificios, 
porque á las grandes ideas se han opuesto siempre grandes dificultades. 
El pesimismo, por un lado, — ^y las preocupaciones religiosas, por otro, — 
detuvieron en todos los tiempos la marcha noble y majestuosa de la 
humanidad hacia sus misteriosos destinos. 

Los pesimistas creyeron que las altas cuestiones antropológicas eran 
insolubles. Los sectarios pensaron que la resolución de las mismas ani- 
quilaría, por completo, sus vetustas y arraigadas creencias. No que- 
rian los primeros perder el tiempo en controversias, que juzgaban in- 
útiles é insustanciales, dado el estrecho círculo de sus ideas. Miraban 
horrorizados los segundos todos aquellos descubrimientos que pudiesen 
contrariar determinadas afirmaciones de los libros santos. Por distintos 
caminos y de diverso modo preocupados llegaban unos y otros á las 
mismas conclusiones, sosteniendo el quietismo, que es el evidente é 
inmediato precursor del retroceso. 

Así se comprende que los sectarios y pesimistas persiguiesen suce- 
sivamente, sin descanso y con ensañamiento, á los que se atrevieron & 
extraer de las entrañas de la tierra algunos fósiles humanos, asignán- 
doles una antigüedad cuaternaria. Con tal motivo fueron insultados y 



LA antropología Y EL DBREOHO PENAL 109 

tenidos por heréticos ó locos, los diligentes y profundos investigadores 
Journal en 1828, Boué en 1830, Schmerling en 1833, Bouchcr do 
Perthes en 1840, Ayraard en 1844, Fuhlrott, Vogt y Schaaffhausen 
en 1856, Lartet en 1861, Lyell en 1863, y todos los que, como ellos, 
han sentido y pensado, y rinden verdadero culto á la ciencia. 

La insensata gritería de los sectarios y pesimistas no pudo apagar 
la voz robusta de los que prestaban tan señalados servicios k las ensc-» 
fianzas positivas. Ya se hacía preciso que la vanidad humana modera- 
se su arrogancia, descendiendo un poco de la empinada cima en que 
se habia colocado. Era conveniente que el hombre de la ciencia des- 
corriese el velo que le ocultaba la senda de la verdad, para que pudie- 
se mostrarla í sus semejantes. 

La fuerza de la imaginación es de tal naturaleza que puede produ^ 
cir, en cada instante, ilusiones deliciosas para borrar con ellas las ator- 
mentadoras realidades de la vida. Cuando esas ilusiones se hacen 
persistentes, cuando la ley de la herencia las recojo, cuando las man- 
tiene y desarrolla una educación extraviada, llegan á ocupar, sin me- 
recerlo, el distinguido puesto de de la verdad. 

No es el hombre el ser privilegiado de la creación ; no se formó de 
repente ni provisto de todos los atributos que hoy le distinguen; no 
nacieron los demás animales para su servicio ; no existen los árboles, 
ni las plantas, ni los minerales porque él los necesite para su provecho ; 
no está poblado el cielo de luminarias para inflamar su fantasía y alum- 
brarle en sus nocturnas fiestas. El hombre no es más que un ser orga- 
nizado, surgido de un modo muy natural y sumamente humilde, que 
pudo elevarse luego por encima de sí mismo y crear un mundo, lleno 
de consuelos y esperanzas, para su uso exclusivo y en que nadie le 
disputa la jefatura. 



n. 



La Historia Natural ha trazado, en lo posible hasta el dia, el árbol 
genealógico del hombre. La simple célula esferoidal, constitutiva del 
huevo humano, ha hecho pensar á Hajckel que todos los animales, in- 
cluso el hombre, descienden primitivamente de los dtodes y los amibos. 



lio REVISTA CUBANA 

es decir, de los organismos más sencillos que se conocen. Esa célula 
es igual en el germen de todos los vertebrados, y se desenvuelve de 
idéntica manera, dentro del claustro materno, en los primeros dias de 
la fecundación. El feto humano ofrece grande analogía con los del cone- 
jo, perro, mono y otros mamíferos en las tres ó cuatro primeras sema- 
nas de su desenvolvimiento. En cierto período de su desarrullo reviste 
aproximadamente la estructura anatómica de los peces, y m&s tarde la 
de los anfibios y mamíferos. 

El más humilde de los vertebrados, el anfioxm^ carece todavía de 
cerebro, á pesar de tener su médula espinal completa. Aparece en los 
peces inferiores un cerebro rudimentario, que se hace más perfecto en 
los anfibios, monotremos, marsupiales, monos y hombre. 

No quiero seguir á los naturalistas en la exposición nñnuciosa y 
detallada de la escala zoológica, que, de grado en grado, han ido su- 
biendo hasta llegar al hombre. Eso me apartaria demasiado del objeto 
especial de este trabajo y de la ciencia concreta que le inspira. 

La Antropología, auxiliada por la Paleontología, tiene también su 
árbol genealógico del hombre, más comprobado ciertamente, si bien 
no tan extenso como el que acabamos de indicar. 

En las capas de la tierra pertenecientes á los tiempos geológicos 
terciarios se han encontrado señales indudables de la existencia de un 
animal que sabia aprovechar el fuego y que fabricaba instrumentos de 
piedra. Gabriel de Mortillet le ha bautizado, en nuestros dias, con el 
nombre de Antropopiteco. El distmguido profesor no vé todavía al 
hombre en ese animal extraordinario, sino al ascendiente próximo de 
la especie humana. Es cierto que no se han encontrado los preciosos 
despojos de nuestro abuelo; pero debió serlo, de seguro, el individuo 
que supo producir el fuego y trabajar la piedra. 

En los tiempos geológicos cuartemarios, no sólo aparecen la piedra 
tallada, las agujas y los arpones de hueso, sino que también se encuen- 
tran más perfeccionados los instrumentos hasta entonces conocidos. 
Pero tenemos otra prueba inequívoca de la presencia del hombre, en 
los restos humanos, descubiertos y estudiados por los sabios contem- 
poráneos de Europa y América. Los cráneos de Neanderthal y Cans- 
tadt de la época chdena, el de Engis de la mmteriana^ los sepulcros 



La AKtROPOtX)OIA Y EL DEkECfiO PEKAL 111 

de la sdutrena y la mandíbula de Arey y esqueleto de Laugerie- 
Basse de la magdaleniana no dejan duda alguna en el ánimo m&s 
rebelde. 

La apófisis geni, que se echó de menos en la mandíbula chellena dd 
Naulette, ha hecho creer que el hombre cuaternario estuvo privado 
del uso de la palabra ; pero como no está bien esclarecido que ese hue- 
so fuese humano, debemos abstenernos de confirmar aquella conclusión, 
que sería, por otro lado, sumamente aventurada. Parece más lógico 
creer que, nuestro padre cuaternario, estaba provisto ya de los medios 
indispensables para valerse del lenguaje articulado; y que nuestro 
abuelo, el Antroppíteco, pudo vivir y entenderse con sus coetáneos, 
empleando los signos y sonidos primitivos y naturales en cada especie 
zoológica. No incluyo aquí lo referente á los tiempos de la piedra pu- 
lida, el bronce y el hierro, porque basta lo que dejo indicado para el 
objeto de este discurso. 



III. 



Tanto los naturalistas antropógcnos, como los paleontólogos y an- 
tropólogos convienen en que el hombre es el producto de una evolu- 
ción, más ó menos primitiva, de los organismos vivos que que pueblan 
la tierra- Para estudiar, pues, su naturaleza, y para conocerle bien, no 
podemos prescindir de los antecedentes expuestos respecto de su orí- 
gen y progresivo desenvolvimiento. Si no le despojamos del ropaje 
con que oculta hoy las señales interiores de la herencia, será de todo 
punto imposible comprenderle, ni mucho menos juzgarle. 

La doble naturaleza atribuida al hombre, desde las primeras edades 
de la historia, constituye el manantial inagotable de donde brotan las 
grandes verdades ó los grandes errores de la humanidad. El asenti- 
miento univei'sal, en teoría tan halagadora, no debe sorprendernos. La 
idea equivocada de que el mundo se habia hecho por nosotros y para 
nosotros, puso alas á la imaginación, y soñamos con la eternidad, in- 
ventando las religiones. El ser organizado se convierte en polvo, dije- 
ron los creyentes; pero hay dentro de él, añadieron sin detenerse, otro 
ser no organizado, que subirá hacia los cielos para recibir el premio de 



112 REVISTA düBAKÁ 

SUS virtudes, 6 descenderá á los infiernos para sufrir el castigo de sus 
culpas. 

La Filosofía tuvo que acomodarse á las creencias religiosas, y aun- 
que ha hecho diversas tentativas de emancipación, no podemos asegu- 
rar que haya alcanzado definitivamente su propósito. La duplicidad 
de naturaleza produjo las dos escuelas madres, de los materialistas y 
de los espiritualistas, según el culto particular que los filósofos rindie- 
ron al poder del organismo ó á la fuerza incontrastable de la esencia 
inorgánica. El exclusivismo más absoluto llegó á dominar de tal mane- 
ra en los partidarios de cada una de las dos tendencias, que unos y 
otros se creyeron infalibles en sus juicios, atribuyendo á la sustancia 
de su predilección los atributos superiores de la personalidad. Todos 
han aceptado, sin embargo, las dos naturalezas pei'fectamente unidas 
mientras vivimos, aunque ninguno haya podido explicar, de una modo 
satisfactorio, el extraño y difícil consorcio. 

La ciencia no puede aceptar por más tiempo esas dudas, esas vaci- 
laciones, esa confusión en las ideas. Los materiales están reunidos, los 
principios formulados, desvanecidas las nubes que oscurecian el hori- 
zonte. No vé hoy el que no quiere ver; no oye el que no quiere oir. 
Comprobadas las premisas serán forzosamente lógicas y naturales las 
consecuencias que de ellas se deduzcan. 

El hombre no es duplo, sino uno, como es una la célula primitiva 
de donde sale. La Psicología no constituye una ciencia distinta de la 
Fisiología, sino una rama importantísima de la última. Jamás llegare- 
mos á conocer bien las facultades del alma si no seguimos estudiando 
los organisnms que las mueven. Mi pobre inteligencia no alcanza á ver 
en el espíritu una erftidad distinta del cuerpo, al extremo de que pue- 
da subsistir por sí sola en tiempo alguno. Lo declaro con pena y timi- 
dez, pero creo sinceramente que sostener lo contrario es una heregía 
científica en el estado actual de los conocimientos humanos. 

IV. 

La sociabihdad, que es fenómeno natural para el mutuo auxilio de 
cada especie en toda la escala de los seres vivos, se hace más necesaria 
en el hombre á medida que pasa por una infinidad de evoluciones has- 



1 * 

LA lin'BO^LOOtA T EL DERECHO PEVAL 118 

ta llegar al lenguaje articulado. Las asociaciones del Antropopiteco y 
de las razas neauderthalesa y de robenhausen debieron ser sumamente 
sencillas, en armonía con las escasas necesidades de nuestros progeni- 
tores. Los elementos de la civilización vinieron mucho más tarde en 
plenos tiempos históricos. Los inmensos progresos realizados en el 
trascurso de tantos siglos, las ventajas de las lenguas perfeccionadas, 
los admirables recursos de la imprenta, los prodigios del vapor, del hi- 
lo eléctrico y del teléfono, enseñan que la sociabilidad es una con- 
dición de vida y de perfeccionamiento indefinido en la especie 
humana. 

El hombre hoy es, por lo tanto, más sociable que en sus primeros 
tiempos, y entonces todavía más que los otros animales, á quienes dis- 
putaba choza y alimento. De donde deduzco que la sociabilidad está 
en razón directa de las necesidades y del grado de cultura, según se 
trate de los brutos ó del ser humano. Las asociaciones informes de las 
tribus salvajes, que viven aún inmediatas á los centros de la civiliza- 
ción, constituyen verdaderos casos de atavismo en el orden natural del 
desarrollo histórico del progreso. 

Las leyes que pai'a su propio gobierno formularon las distintas so- 
ciedades humanas, en el tiempo y en el espacio, han tenido que respon- 
der al estado progresivo de la comunidad y al desenvolvimiento par- 
ticular de las aptitudes individuales. La justicia civil y la justicia 
criminal, indispensables para mantener el lazo de unión y para apretarle, 
no pudieron ser iguales en todas las épocas ni en todos los grupos. 
Las leyes han sufrido las trasformaciones necesarias y consiguientes á 
las evoluciones periódicas y constantes del ser á que se aplican. Esas 
reglas de la vida común son el producto natural de la costumbre que, 
á su turno, es el producto natural de las condiciones internas y externas 
de los asociados. 

Buscar lo absoluto en las relaciones sociales y en los actos múltiples 
y finitos de cada personalidad es tan quimérico como insensato. El 
ideal vive sólo en la imaginación. Es el fantasma delicioso que perse- 
guimos sin descanso, que alimenta nuestras esperanzas y que jamás 
realizamos en la tierra. La justicia de los hombres es una justicia rela- 
tiva, convencional y acomodada á las circunstancias que concurren en 

u 



• t 

114 iíEVíStA CÜBAIÍÁ 

cada caso. Es muy difícil acertar en la dlstribacion de la justicia; pero 
podemos acercarnos siempre más & la verdad, haciendo entrar en las 
deliberaciones de los jueces ciertos datos interesantísimos que han ol- 
vidado 6 desdeñado los legisladores. 



V. 



Las acciones humanas se producen por la voluntad ; pero la volun- 
tad es k su vez el producto de los motivos que la determinan. La he- 
terogeneidad é infinitud de los motivos son los grandes escollos que se 
ofrecen al espíritu para juzgar y resolver las complicadas cuestiones de 
la vida social. La libertad de elegir se hace impotente en presencia de 
los motivos. Debemos aceptar y aceptamos aquellos que ejercen ma- 
yor influencia en nuestro organismo al tiempo de la deliberación. Po- 
dremos dudar de los resultados y hasta temer las consecuencias de los 
hechos que realizamos ; pero las fuerzas desfallecen y cedemos y caemos 
en el abismo de nuestra miseria. Nadie puede querer sino lo que cree 
bueno en general 6 provechoso í sus intereses en particular. Los indi- 
viduos se determinan en el sentido del bien como lo entienden ó se lo 
hacen entender, unas veces recta y otras torcidamente, los motivos 
que solicitan su voluntad. Esto por lo que toca á los actos reflejos ; 
porque los actos espontáneos y puramente animales no aguardan los 
consejos del albedrío. 

La teoría expuesta es de una verdad rigurosa, porque responde al 
origen y á la naturaleza del hombre. Y si buscáramos en ella la res- 
ponsabilidad de las acciones humanas, tendríamos que negarla de un 
modo terminante. El salvaje es tan irresponsable como el bruto, porque 
como éste carece de las nociones más elementales de Derecho y de 
Moral. 

La responsabilidad ha brotado y ha crecido con la civilización. 
Debe su existencia inmediata á la ley criminal, que es la fórmula visi- 
ble y necesaria, en la sociedades cultas, de la famosa ley darwiniana. 

La ley de la lucha por la vida encierra dos elementos antagónicos : 
el de la conservación y el de la destrucción. Como si dijéramos: 
el bien y el mal; la verdad y el error; la vida y la muerte. 



LA ANTROPQLOGU Y EL DERECHO PENAL 115 

En la batalla universal de los seres hay un cambio constante de 
agresiones y defensas. El ataque y la resistencia son simultáneos y 
continuos. No es posible imaginar un desorden más completo en la 
realidad, aunque en las apariencias reina el orden más admirable. 

El hombre no podia sustraerse á esa ley biológica. Lucha diaria- 
mente por la vida en la vasta extensión de la tierra. Cuando comenzó 
á civilizarse y pudo entenderse mejor con sus semejantes, buscó el 
medio de modificar la eterna lucha, é inventó los delitos y las penas. 
La conservación del individuo y el mantenimiento de la sociedad han 
ganado indudablemente con el nuevo sistema, — ya que hemos salido 
de la rudeza primitiva, creando un mundo artificial más bello, más ri- 
sueño, más propio de nuestra imaginación fecunda y soñadora. 

Quedó asi regularizada la guerra por la vida; la sociedad se puso 
al lado de débil contra el fuerte ; se trató de establecer cierto equilibrio 
en las fuerzas individuales ; se quiso introducir el orden y la armenia 
en la existencia común. El cuerpo social se atribuyó el derecho de 
castigar, y declaró responsables, ante la ley, á los que infringiesen sus 
mandatos. 

No me ocupo de la conveniencia ó inconveniencia de tales medi. 
das, ni de si son justas ó injustas, ni averiguo si se conforman ó no á 
la naturaleza humana, ni tampoco si han logrado disminuir los efectos 
naturales de la lucha por la vida. He querido encontrar únicamente el 
verdadero origen de la responsabilidad, que no veia en el libre albedrio, 
sujeto al determinismo de los motivos. 



VL 



Pero ya que las convenciones sociales nos obligan á exigir respon- 
sabilidad á seres naturalmente irresponsables, fijemos algunos puntos 
que deben tener en cuenta los legisladores en la reforma de las leyes 
penales, para armonizarlas, en cuanto quepa, con las prescripciones 
de la ciencia. El antropólogo contribuye á ese fin con sus estudios so- 
bre las leyes del organismo humano, las de la herencia y la adaptación 
y las demás que condicionan la vida en el Universo. 

Nunca han podido descubrirse dos cosas enteramente iguales. Las 



116 REVISTA CÜBAKÁ 

clasificaciones científicas, en las distintas ramas de la Historia Natural, 
se formulan constantemente, atendiendo á las semejanzas. Y cuando 
el parecido es de tal magnitud que hace confundir las especies compa- 
radas, encuentra todavía el minucioso observador muchas diferencias 
claras y perceptibles. La Física, la Química y las Matemáticas ofrecen 
un riquísimo caudal de datos para distinguir entre sí los cuerpos más 
afines. Las propiedades externas é internas de la materia, la cantidad 
de átomos que la forman y la proporción y colocación de las partes en 
el todo, constituyen otros tantos elementos de inequívoca importancia 
en las investigaciones diferenciales : 

Aplicando esta teoría general de los cuerpos á los seres vivos, y 
especialmente al hombre, descubriremos, después de un instante de re^ 
poso, que hay ni puede haber, en la inmensidad del espacio, dos aui» 
males idénticos, un hombre igual á otro hombre. La desigualdad de 
los individuos nos obliga á pensar en sus distintas condiciones para el 
crimen y en el grado de culpa que les alcance. No ignoro que el legis* 
lador ha previsto esa gradación y la tiene establecida en sus códigos ; 
pero las leyes penales son insuficientes en este punto, y deben comple- 
tarse con el poderoso auxilio de la Antropología. 

Si los motivos que apremian la voluntad dependen, en gran parte, 
del organismo, es claro que no puede ni debe prescindirse, en cada ca- 
go, de un experto que examine los órganos principales de la máquina 
humana, hasta donde alcancen los recursos científicos, sin detrimento 
de la vida del acusado. El informe concienzudo del facultativo sobre 
la robustez ó debilidad de los órganos, el temperamento, las lesiones 
congénitas 6 adquiridas, las enfermedades habituales ó crónicas, etc., 
proporcionaria á los jueces nueva y abundante materia para el mejor 
ficierto en sus decisiones. 

Se omite también en los procesos, y es dato n>uy interesante, U 
genealogía del encausado, hasta donde sea posible recoger antecedentes 
de familia, en relación con el delito y con los gérmenes que le hayan 
producido. La herencia imprime en nosotros, con más ó menos intensi- 
dad, el sello particular de nuestros progenitores. 

Yo no sostengo, sin embargo, que el hijo de un asesino haya de ser 
forzosamenjie asesino ; perp sí creo aue cuando asesina debe rebordarse 



LA antropología Y El DERECHO PENAL 117 

el hecho del padre, no para santificarle sino para compadecerle, no 
para aumentar su responsabilidad sino para atenuarla, no para extre- 
mar todo el rigorismo de la ley sino para disminuir los sufrimientos 
del infortunado trasgresor del Código, 

Los encargados de administrar la justicia criminal se ocupan más 
del delito que de la persona del delincuente. No se cuidan de su cons- 
titucion íisica, ni de sus sentimientos morales, ni de las leyes heredita- 
rias, ni del medio en que ha vivido. El hombre está sujeto, como 
todos los seres vivos, á las influencias del clima, á las variantes atmos- 
féricas, á la diversidad de las estaciones, y al poder misterioso de los 
astros que lucen en el firmamento. Influyen también especialmente en 
sus determinaciones, la educación recibida, el estado social en que se 
efectuó su desarrollo, el abandono, la miseria, los ejemplos perniciosos 
y las mismas cárceles y presidios. Todo eso y mucho más, ha de te^ 
nerse en cuenta, y apreciarse escrupulosamente, antes de pronunciar 
lina sentencia condenatoria. 



VIL 



La doctrina moderna de la enmienda del culpable, como uno de 
los fines principales de la pena, ha hecho colocar la reincidencia entre 
las circunstancias que agravan la responsabilidad criminal. Los dat03 
estadísticos recojidos en los países donde está más adelantado el siste- 
mo penitenciario, con objeto de alcanzar la pretendida enmienda, son 
testimonio indudable de la ineficacia de todos los esfuerzos de la filan- 
tropía en pro de aquel ideal. La reforma de log delincuentes ha que^ 
dado desacreditada. 

Las reincidencias han seguido creciendo en la misma proporción 
que se notaba cuando no había cárceles-modelos. Esc hecho demuestra 
una de dos cosas: ó que la enmienda no es verdadero fin de la pena, ó 
que no se ha encontrado aún el remedio eficaz para convertir en bue- 
nos k los malos. 

Yo sospecho que el principio es tan falso como las consecuencias 
que implica. La pena, según las ideas que vengo exponiendo, tiende 
$ equilibrar los fuerzas de Ips ^soci^dps en la lupba por l^ vida, La 



118 BBVISTA CÜBAVA 

sociedad 8C propone impedir que la fuerza mayor destruya la menor; 
y quiere ademis conservarse en el estado de cÍTÜizacion en que se en- 
cuentra. Las infracciones del código acabarían por minar las bases 
mismas de la comunidad, si el castigo no viniese íi contener el ímpetu 
desorganizador de los malvados. El 6n de la pena no es, pues, otro 
que el desarme del delincuente. 

Insisto respecto de la enmienda en que no puede lograrse con nin- 
gún sistema penitenciario ni educacionista. Para demostrar esta tesis 
considero dos clases de infractores conscientes de las leyes penales. 
Coloco en la primera h. los no conformados para el crimen, y que de- 
linquen movidos por circunstancias transitorias. Incluyo en la segunda 
& los que traen desde el estado embrionario el germen del vicio y han 
hecho de él, mfis tarde, hábito decidido é inquebrantable. 

Fs claro que los de la primera clase podran arrepentirse en breve 
de los actos criminales, contrarios k su naturaleza y á sus costumbres, 
que desgraciadamente hubieren realizado. Estos no se enmendaran 
por la pena, en las penitenciarias ni en loa colegios, por la sencilla 
razón de que no necesitan trocar en buena una vida que nunca ha 
sido esencialmente mala. Los de la segunda clase no se arrepentirán, 
aunque lo finjan. La pena aumentará, en ellos el odio y la desespera- 
ción. Ni los sistemas penitenciarios, ní la educación mejor dirigida 
conseguirán convertir en buena una naturaleza esencialmente mala. 

De lo expuesto se deduce que la reincidencia, lejos de ser agra- 
vante, debe colocerse en el número de las circunstancias atenuantes de 
los delitos. El hecho mismo de la repetición denuncia ya el vicio con- 
génito del agente. En estos casos es justo disminuir los sufrimientos 
físicos de la pena, aunque se aumenten los medios preventivos, que 
son los únicos eficaces para garantizar el orden social. 

VIH. 

La ley de la lucha por la vida toma nueva forma en el hombre ci- 
vilizado. No vive ya, como el salvaje, con la naturaleza, sino procu- 
rando sobreponerse siempre í ella para vencerla y dominarla. Mientras 
puestros primeros abuelos no aspiraban más que al sostenimiento de ]^ 



La ÁNtnoPoLoóiA v gl DEkÉctío péi^aL 119 

Vida animal, tenemos que defender nosotros otras muchas vidas artifi- 
ciales, creadas por la fantasía y alimentadas por la vanidad. Si nues- 
tros antepasados decidían sus escasas contiendas con el puño y con 
los dientes, nosotros no podemos gobernarnos sin legisladores, códigosj 
jueces y tribunales. El hombre de las cavernas luchaba más con las 
fieras de los bosques que con sus semejantes. El hombre de los pala* 
cios, al contrario, lucha más con sus semejantes que con las fieras de 
los bosques. 

Los múltiples aspectos de la vida humana, en pleno período de ci- 
vilización, han convertido í la sociedad en un verdadero campo de 
Agramante, sembrado de eternos odios y de eternas discordias. No 
sólo luchan por la vida ladrones y asesinos, que asesinan y roban con 
determinados fines, no sólo luchan los demás delincuentes de todas 
las categorías, que sufren la acción de la ley penal, sino también los di- 
putados que se venden al ministerio y los ministros que los compran, 
los jueces prevaricadores y los litigantes que sobornan, los que espe- 
culan con la salud, la honra y la libertad de sus coasociados, las muje- 
res que se prostituyen y los viles seductores de las vírgenes, aunque 
ninguno de esos criminales caiga en poder de la justicia. 

Y ya que la sociedad se ha constituido de ese modo, y ensanchado 
la vida con tantas ficciones, de tristes consecuencias las unas, y llenas 
de elevación y de doradas esperanzas, las otras, es forzoso defenderla 
y ampararla y ponerla á cubierto de la anarquía y de la ruina. No po- 
demos aceptar el retroceso, ni queremos volver á los bosques ni á las 
cavernas. Es indispensable desarmar al delincuente para que nos per- 
mita seguir por nuestro camino de perfección y engrandecimiento. 

No se me oculta que el desarme debiera preceder al delito; pero 
no es íacil formar un proceso á cada ciudadano para buscar en su na- 
turaleza y en sus condiciones los instrumentos del crimen. Se hace 
preciso, poi consiguiente, esperar la primera infracción para proceder 
al exámon minucioso del infractor. El desarme entonces, no se efec- 
túa aiTancando al procesado las armas que ocultaba, — porque eso se- 
ría imposible, — sino embotándolas hasta donde alcancen las fuerzas 
sociales, para impedir la perpetración de nuevos daños. 

Las cárceles y presidios no han embotado, sino más bien afilado 



120 íJsnsijL oüBAKÁ 

los instrumentos del delito. El hacinamiento de los ptesos en las gá' 
leras, la inmoralidad consiguiente, la relación de las hazañas mutuas, el 
cinismo, la desvergüenza y hasta la apoteosis del crimen y de los cri- 
minales son estímulos poderosos que alimentan el germen nocivo de- 
positado ya en el organismo. No necesitan salir de aquel lugar para 
ejercer su oficio y repetir sus maldades. Allí mismo, en presencia de 
los carceleros, y apesar de todas las precauciones, juegan y beben, ro- 
ban y asesinan. 

El ejemplo es el gran maestro de la vida. El hombre se inclina 4 
practicar todo lo que ve hacer í los demás. La tendencia imitativa de 
la especie humana es un hecho comprobado é indiscutible. Los padres 
y tutores aprovechan esa cualidad fecunda de nuestra naturaleza, eje- 
cutando delante de sus hijos y pupilos los actos más honestos, lícitos 
y meritorios. Se ocultan de ellos, por el contrario, cuando sus accio- 
nes son reprobadas, inmorales ó inconvenientes. 

El Pastado, que es padre y tutor de los ciudadanos, debe apresu- 
rarse á, cerrar las cárceles y presidios actuales, porque ofrecen un cua- 
dro tristísimo de pestilencia y corrupción, y destruyen en vez de 
edificar. Los presuntos reos y los penados necesitan, más que nadie, 
buenos ejemples y saludables consejos. 



IX. 



Yo no acepto del sistema celular más que las celdas. Ellas bastan 
para el desarme de los penados durante el tiempo de la condena ; y 
sirven igualmente para la custodia de los prevenidos mientras se ulti- 
ma el proceso. Cada individuo ocupará una celda, í fin de que no se 
comuniquen los prevenidos con los penados, ni éstos entre sí, aunque 
todos deban abrir sus puertas á la familia y á, los amigos en las horas 
que fijen los reglamentos. 

No se trata de mortificar inútilmente á los que tengan la desgra- 
cia de infringir las leyes criminales. No debe pensarse en el castigo 
de delincuentes imaginarios en el orden de la naturaleza. La pena no 
es el mal que, con premeditación y sobre seguro, causa la sociedad al 
infractor de sus preceptos, sino el medio de prevenir nuevos quebran- 



LA A^TRÓPOLodlA t ÉL Í)EkEC&0 PEKaÍ. 121 

tamientos del Código por parte de cada procesado. La pena se propo- 
ne conservar las instituciones que garantizan la vida de los pueblos 
modernos, y mantener despiertas y potentes las bellísimas esperanzas 
creadas por la imaginación. El hombre no debe, ni puede, ni quiere 
dejarse arrancar las conquistas que ha llevado á feliz término, limitan- 
do el espacio en las nacionalidades, y extendiendo el tiempo en la his- 
toria de su vida terrena. Ni le ocurre consentir en el despojo de las 
nuevas vestiduras, que le engalanan interior y exteriormente, en cam- 
bio de la desnudez interior y exterior de nuestros primeros padres. 

Las celdas servirán también para la detención de los prevenidos, 
por lo mismo que no son lugares expiatorios de culpas. El aislamiento 
que recomiendo es sólo relativo á las personas que puedan perjudicar- 
los con malos ejemplos y peores consejos. La ley supone la inocencia 
de los encausados mientras no recaiga un fallo ejecutorio que los con- 
dene. Y en tal concepto, tienen derecho í ser atendidos y í que se 
les guarden todas las consideraciones posibles. Cuando termine la 
causa quedará fijada su suerte. Volverán á sus hogares los que sean 
absueltos como inculpables : quedarán en la misma habitación ó en 
otra distinta, según los arreglos interiores del establecimiento, los que 
se declaren culpables, quienes asumirán, desde ese instante, el carác- 
ter de penados. El calificativo no destruye el principio. Les vengo lla- 
mando penados por acomodarme al lenguage jurídico conocido, y para 
diferenciarlos de los absueltos. 

Los penados, pues, ocuparán las celdas todo el espacio de tiempo 
que fijen los jueces en sus sentencias definitivas. Recibirán visitas pe- 
riódicas de personas entendidas encargadas especialmente de conven- 
cerles de sus erroras y de mostrarles el camino del bien. La tarea será 
infructuosa para los perversos por naturaleza ; pero no para los arre- 
pentibles. Y aunque he dicho antes que los unos no se enmendarán y 
que los otros no necesitan de auxilios ágenos para arrepentirse, es dig- 
s^- I no del hombre civilizado intentar algún medio de conducir á sus se- 

mejantes por la buena senda. 

Podrá enseñar más una conversación juiciosa y oportuna, en la in- 
"timidad de la confianza inspirada al penado, que todas las frases duras 
cjue todas las reconvenciones imprudentes, que todos los hierros mor- 
ís 



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.122 >¿ifíaÍ4..cit|i?4iíi 

tlücadored del cuerpo^ que todos los golpes infamantes, hijos maM^ci^ 
dos de la barbarie primitiva. Emplear en la enseñanza del hombre del 
siglo diez y nueve los medios que se usan todavía para domesticar las 
ñeras, es otro caso tristísimo de atavismo. 

Queda una dificultad por resolver en el desarme que sostengo. Los 
penados que no lo sean í perpetuidad, — borrada como ha de borrarse 
de los códigos la pena de muerte, — ^habrán de salir, más ó menos tar- 
de, de la celda que ocupen. Llegado ese momento volverá la fiera al 
campo de sus antiguas fechorías, y continuará amenazando la existen- 
cia del cuerpo social. El vicio estaba arraigado en aquella organiza- 
ción, y no ha sido posible separar al criiininal de su antigua y odiosa 
senda. 

No concibo otro remedio, para esa gravísima dolencia, que el de 
la más esquisita vigilancia, puestft en práctica por una policía bien es- 
cogida, bien ordenada y bien pagada. Conocidos los malvados, el gé* 
i^ero de sus infracciones preferentes, la manera de efectuarlas y el tea- 
tro de sus hazañas, no es difícil sorprenderlos é impedir que consumen 
nuevos delitos. 

X. 

He llegado al término de mi trabajo. Yo sé que nada hay comple- 
to ni perfecto en este mundo ; y estoy muy lejos de creer que haya re- 
suelto satisfactoriamente los problemas planteados. Los estrechos 
límites de un discurso no permitían más que indicaciones generales. 

Si las ideas apuntadas os parecieren inconvenientes 6 peUgrosas 6 
irrealizables, borradlas de vuestra memoria. No pretendo imponer á 
nadie mi pensamiento, por lo mismo que nadie tiene el derecho de 
imponerme el suyo. 

La falibilidad humana es eosa bien averiguada. Las hipótesis y las 
teorías científicas nacen y mueren y resucitan constantemente en el 
maravilloso laboratorio de la inteligencia. Se acepta hoy lo que se 
combatió ayer, y volverá á combatirse mañana. Yo he recogido algo 
del pasado, y mucho de lo que se respira en la atmósfera del siglo. He 
dicho. — Habana, Setiembre 21 de 1884. 

José María CÉSPEDES. 



CORRESPONDENCIA LITERARIA. 



Paríi», Enero 15 de 1885. 

Entre el aluvión de volúmenes, bellamente impresos, ricamente 
dorados y profusamente adornados de figuras dentro y fuera del texto, 
que siempre arrastra el raes de Diciembre para tcompaflar sus felicita- 
ciones y aguinaldos, distingo el séptimo y último volumen de la His- 
toria de los Romanos, por M. Víctor Duruy. La casa-editora ha veni- 
do publicando año por afto, con cabal puntualidad, volumen tras 
volumen, y la obra está hoy completa. 

Es verdadera y esencialmente obra de aguinaldo: quiero, decir, 
adecuado y lujoso presente; soberbiamente impresa, con buenos mfepas, 
interesantes y numerosos grabados, y todas las condiciones de un ex- 
celente trabajo tipográfico. Su aspecto y forma, si bien se verifica la 
comparación, llevan probablemente la ventaja sobre la realidad de su 
mérito histórico y literario. Bajo estos últimos puntos de vista, y todo 
bien sumado, la obra no vá más allá de una respetable medianía, salvo 
en los dos primeros volúmenes (6 más exactamente, en la paf te com- 
prendida hasta comenzar el siglo final de lá iKepúbHca), pues ahí tal 
vez desciende aún á nivel más bajo que el que conservan los cinco 
tomos últimosi 



124 REVISTA CUBANA 

Esos dos primeros volúmenes no están, ni con. mucho, á la altura 
de la ciencia moderna ; el autor recuerda que loy publicó por primera 
vez en los afios de 1843 y 1844, y es absolutamente imperdonable que' 
al reformar la obra, completándola y aumentándola á mucho más dei 
doble, para poder extender la narración hasta la muerte del emperador 
Teodosio, conserve, y vuelva á publicar, lo que escribió hace cerca de 
medio siglo ; cuando la verdad es que, aun para lo que entonces se sa- 
bia, el trabajo de M. Duruy sobre los quinientos primeros años de la 
historia de Roma es superficial y descuidado. 

El tercer tomo, que comprende el espacio corrido entre el primer 
triunvirato y la batalla de Accio, fué escrito, según confesión del autor, 
en 1849 ; pero entonces no se imprimió, y ahora nos dice la causa por 
qué renunció á publicar esa parte y no continuó el trabajo. La causa 
es peregrina. Presenta este tercer tomo (siempre según M. Duruy) el 
establecimiento del Imperio en Eoma como una consecuencia necesa- 
ria, legitima por tanto, de las faltas de la oligarquía romana; y como, 
en 1849, se veia ya venir, en Francia también, el establecimiento (6 
* restablecimiento) de otro Imperio, t^mió que tomasen su obra por un 
libro de circunstancias, y la guardó en una gaveta. 

De 1849 á 1870 sucedieron en Francia muchas cosas, como todo el 
mundo sabe, y dentro de la gaveta de M. Duruy siguió siempre guar- 
dada en manuscrito la historia de lo acaecido en el mundo romano, 
desde el año del primer consulado de Julio César, hasta aquel dia in- 
fausto en que Marco Antonio sacrificó poder y fama, en frente del 
promontorio de Accio, por correr en pos de la veleidosa Cleopatra. 
Mientras permanecía el manuscrito en su escondite, caia una repáblica 
y se fundaba un imperio en Francia ; pero M. Duruy rinde á la crea- 
ción napoleónica homenaje inmerecido, lisonja excesiva, sugiriendo 
puntos de semejanza entre ella y lo que realizó el hábil y cauteloso 
Octavio Augusto. Ese imperio francés, en que, algunos afios más tar- 
de, debia ser M. Duruy personaje principal, se fabricó en una sola no- 
che, por medio de una emboscada, después de un golpe de mano, que 
resultó en beneficio, como pudo resultar 6n perjuicio, de un puñado 
de aventureros. Luis Napoleón Bonaparte y sus amigos personales pu- 
dieron muy bien haberse encontrado, en la mañana del 3 de Diciem- 



« 

t 



CORRESPONDENCIA UTERARU 125 

bre de 1851, dentro de un calabozo, como malhechores y rebeldes, y 
de scgnro no habría habido imperio ; pero la Francia sería, k pesar de 
eso, poco más 6 menos lo que fué después, y lo que es hoy, en cuanto 
al carácter de su sociedad y sus leyes internas. La aventura se coronó 
por el éxito, duró diez y ocho afios, y no ha impreso profunda huella, 
ni abierto nuevos horizontes al mundo, de que sea forzoso decir que 
sin Napoleón III no se habrían abierto. 

Nos importa hacer constar esto, precisamente porque pensamos, 
como M. Duruy, que el régimen monárquico que implantó en Roma 
Juho César era ur a consecuencia irresistible, ineluctable de la corrup^ 
cion de la aristocracia de la gran Ciudad y del debilitamiento del Se- 
nado. Y por eso también, es claro que el Imperio de los Césares no 
fué una aventura, ni una emboscada, ni un simple «golpe de estado» 
afortunado. 

¿Dónde, pues, descubre M. Duruy el paralelismo, que justificase 
considerar en 1849 su libro, como. un libro de circunstancias? 

Mas, sea de ello lo que fuere, el caso es (volviendo adonde estába- 
mos) que el imperio se fundó, que Napoleón III se afirmó en su trono, y 
que M. Víctor Duruy interrumpió su trabajo. Tenía entonces poco más de 
cuarenta afios de edad, era, desde 1833, profesor de historia, ocupaba alto 
puesto en la gerarquía enseñante del país, y habia compuesto multitud de 
texto5de historia y geografía, todos muy usados y celebrados. Compo- 
ner buenos libros de texto para escuelas ó liceos es tarea sin duda 
alguna meritoria, pero ni el arte ni la erudición profunda tienen que 
ver con tal género de trabajo. Bastan la paciencia y la conciencia, y 
los de M. Duruy reúnen indisputablemente las condiciones del caso. 

No habia logrado aún disponer de tiempo para continuar su gran 
historia, cuando Napoleón III, en una de las vueltas caprichosas de su 
constante incertidumbre, se sintió seducir por las ideas de pedagogía 
liberal de M. Duruy, que era en esa fecha (1863) inspector general de 
la enseñanza secundaria, y estaba, con cierto ruido, profesando historia 
en la escuela Politécnica. Nombrólo Ministro de Instrucción pública, 
y más que nunca aplazado indefinidamente quedó el proyecto de pu- 
blicar el citado tomo tercero y escribir los que debian seguirle. 

No nos incumbe ahora hacer el análisis, ni estudiar el conjunto, de 



126 REVISTA CUBANA 

SUS esfuerzos y sus reformas á. la cabeza de la instrucción pública de 
Francia. Baste decir que, con excelentes intenciones, y guiado por 
principios que, en aquellos dias, parecian muy liberales, hizo lo que 
pudo ; pero que, en el desbarajuste de las cosas de ese malhadado im- 
perio, pudo muy poco. Proclamó oficialmente la instrucción primaria 
obligatoria y gratuita, pero la proclamación quedó en palabra, y jamás 
se aplicó. Se enajenó, por su tolerancia y relativo liberalismo, las sim- 
patías de la Iglesia y de los clericales, sin embí^rgo de que fué él quien 
destituyó í M. Eenan, por una frase anodina é inofensiva, de su cáte- 
dra en el Colegio de Francia. Es verdad que la frase fué pronunciada 
algún tiempo antes, que en el intermedio habia aparecido la fVida de 
Jesús», y que M. Duruy quiso endulzar cuanto le fué dado la pildora 
amarga; pero su firma se encuentra al pié del decreto final de destitu- 
ción, y es de esas memorias que nunca se borran. 

fComo las cosas humanas no sean eternas,» para usar la frase de 
Cervantes, llegó el fin del ministerio de Duruy en 1869, y el del Im- 
perio un año exactamente después. En seguida mismo, con energía y 
firmeza de propósito, que lo honran, reanudó la suspendida tarea, puso- 
en libertad el encerrado manuscrito, y hoy, por fin, al fenecer el año 
de 1884, aparece revisada, extendida y completada, en lujosa edición, 
la Historia de los Romanos hasta el 17 de Enero de 395, día en que 
espiró el emperador Teodosio, tan mal llamado el Grande, y en que se 
dividió la obra política de tantos otros, que realmente fueron grandes 
hombres, de Julio César á Diocleciano, entre sus dos hijos, Arcadio y 
Honorio, el uno de diez y ocho afios de edad, de sólo diez el otro. 

En una nota, oscura y modestamente colocada al pié de la última 
página del último tomo, indica M. Duruy el largo espacio de su vida 
que le lia tomado la obra, y recuerda las nobles y melancólicas pala- 
bras con que ha inmortalizado Gibbon la noche del mes de Junio en 
que escribió los últimos renglones de la última página de su famosa 
«Historia de la decadencia y la caida del Imperio Romano.» M. Duruy 
no puede sentir (y él mismo justamente lo reconoce) el mismo orgullo 
que el gran historiador inglés; pero declara no sentir tampoco la tris- , 
teza, que tan dolorosamente expresa Gibbon, porque él «no se separa 
>aún de este libro, que le ha sido amigo tan fiel; será preciso mejorarlo 



cottkÉsPOih>EKoÍA Lrf £RAáLL 127 

>sm cesar: ¿no es la historia, en virtud de los descubrimientos que ca'' 
>da dia se hacen, una continua renovación?» Con sólo recordar que el 
hombre que ha escrito estas palabras que acabamos de traducir y dé 
estampar, nació en 1811, y tiene sesenta y cuatro afios de edad poí 
consiguiente, puede uno formarse cabal idea de la bondad y entereza 
de su carácter. Ocupado hasta ayer de componer su obra; nos advierte 
que comenzará mañana á revisarla y mejorarla. 

Alejado ahora del gobierno y de la influencia política, no está 
abandonado ni olvidado por sus compatriotas. Su obra es leida, y muy 
encomiada. La Academia Francesa, cuerpo que guarda siempre gran 
prestigio en el país, acaba de designarlo para ocupar el sillón en que 
se sentaba Mignet. Pertenece además á otras dos secciones del Institu- 
to, á la Academia de Inscripciones, y á la de Ciencias Morales y 
Políticas, habiendo sido en ambas elegido después de la ruina del 
Imperio. 

Cargado con todos estos honores (sin contar otros que preterimos) 
y teniendo presente su antigua categoría de ministro y amigo del Em- 
perador, cualquiera al pronto temería hallar en su obra un exceso de 
sentimientos t oficiales» ; y que en su Roma imperial no hiciese más que 
continuar, bajo im aparente barniz de erudición novísima, la inmensa 
y desastrosa ilusión histórica que, por tantos siglos, ha falseado toda 
versión, toda narración de los sucesos acaecidos en Europa desde la 
aparición de las primeras sectas cristianas hasta la calda de Bizancio, 
trazando la primera parte de ese período como una lucha incesante y 
feroz entre la nueva religión y las intituciones antiguas, relatando mi- 
nuciosamente persecuciones anteriores á Diocleciano, y exagerando las 
posteriores. Vasta y artificiosa trama, que no se encuentra tan dese- 
chada como el adelanto científico permitiría suponerlo. M. Duruy, si 
bien no asciende á la superior serenidad de que, en pleno siglo xviii, dio 
Gibbon inolvidable ejemplo, se mantiene en un terreno neutro y segu- 
ro, en que, sin atacar directamente á nadie, ni descubrirse impruden- 
temente, no reniega de su respeto por la autenticidad de los textos, ni 
muestra simpatía por el entusiasmo pueril de los apologistas. 

Pero es un término medio, la posición cómoda de quien juntamente 
desea ser imparcial y precavido, no uno situación abierta, franca y 



128 ftE VISTA CÜ6A1ÍÁ 

despejada ; y en tales condiciones, no es concedido crear obra de va- 
lor subido y permanente. 

Esta misma inferioridad, esta misma medianía de tono, caracterizan 
su manera de escribir. Su estilo, macizo, sólido á veces, carece siempre 
de movimiento y vida. Bajo este punto de vista es á nuestro juicio la 
obra, más que bajo cualquier otro, deplorablemente insuficiente. No 
la comparamos con los grandes monumentos del mismo arte, del mismo 
género, y de nuestros mismos dias; no la abrumamos poniéndola en 
paralelo con la historia de Mommsen, de la cual precisamente se anun- 
cia ahora un nuevo volumen, en que se tratará del Imperio, y en que 
estamos todos seguros de que hallaremos las grandes cualidades de los 
volúmenes anteriores, una erudición de primer orden, y tde primera 
mano», en la más brillante y animada narración. 

La historia de M. Duruy conserva los rasgos distintivos del profe- 
sor, método, claridad, insistencia en ciertas explicaciones, y repetición 
de ideas generales ; y carece de las más necesarias condiciones artísticas ; 
resultando así algo, que es lo contrario precisamente de las cualidades 
que enaltecieron al hombre á quien sustituye en la Academia France- 
sa, á Mignet, el más elegante y atildado de los escritores, capaz de 
decir dentro de los límites de una página, lo que en diez acaso no ca- 
bria según la manera de M. Duruy. En sus comentarios de acciones fa- 
mosas, cu sus reflexiones incidentes, jamás hay un pensamiento, una 
observación que recuerde que el autor ha sido también personaje polí- 
tico, que revele al hombre de Estado, al que ha aprendido mansedum- 
bre resignada y escepticismo en el comercio y el roce con los apetitos 
y las miserias humanas. Inútil ha sido para el historiador la experien- 
cia de los grandes negocios de la vida pública, tisus rerurn^ de que él 
mismo habla en el prefacio de su tomo tercero de esta edición. Pero la 
obra estimable del profesor ha sido concienzudamente realizada, y en 
tal concepto es digna de todo aplauso. 

ENRIQUE PIÑEYRO. 

> <^» # 






CRISTÓBAL COLON" Y LOS CARIBES. 



I. 



Un folletín de f El Triunfo». 

A fines del mes de Junio del afto corriente, vió la luz un opúsculo 
(Loa Caribes de loa Islas) que escribí con el objeto de examinar dete- 
nidamente otro que habia publicado, muy pocos dias antes, el distin- 
guido escritor y poeta D. Juan Ignacio de Armas, con el título de La 
Fdbtda de los Caribes^ y en el cual sentaba la errónea tesis de que los 
indígenas de las islas nombradas de Barlovento, que Cristóbal Colon 
descubrió en su segundo viaje, no comían la carne de sus enemigos, y 
hacía, además, la estupenda afirmación de que no hubo nunca antropó- 
fisigos en toda la América. 

Para sostener proposiciones semej'antes era indispensable asentar 
otras, si de menos importancia, de índole igual, y proceder a priori en 
asuntos puramente científicos que no deben estudiarse si no baj'o la 
dirección de un método fundado en la observación y la experiencia. 

También era preciso sacrificar al insigne geno vés que, después de 
todo, reveló 4 la asombrada Europa la existencia de un mundo hasta 
entonces desconocido; y con efecto, del postumo juicio de residencia á 

17 



Í80 ittíVtsf A CübÁiTÁ 

que se le ha áometido, Cristóbal Colon aparece como dü ^alucinado» in- 
digno de ningún crédito, como «un cerebro desarreglado» presa de de- 
lirios y de ^espasmosi^f resultando así que el descubrimiento de la 
América es un hecho milagroso, como opinaba el Inca Garcilaso, 6 un 
hecho absolutamente inexplicable. 

Estas extrañas novedades han aparecido precisamente cuando ya 
el Conde Rosselly de Lorgues habia publicado una obra eruditísima y 
de soberbio estilo, que hizo por encargo del Papa Pió IX, con la pre- 
tensión de probar — contra Napione, y Muñoz, y Humbold, é Irving, — 
que Colon no fué más que un instrumento divino,— un embajador de 
Dios, como lo llama el abate Casanova, — ^y su gran descubrimiento, 
una revelación de lo alto, un milagro en el sentido eclesiástico y teo- 
lógico ; lo que lógicamente hace innecesarios los esfuerzos y la ciencia 
de la humanidad, ante esas intervenciones de una Providencia miste- 
riosa é intermitente que así se vale, de tiempo en tiempo, para realizar 
inexcrutables designios, de medios extraordinarios y aun contradicto- 
rios y que, por eso mismo, pudo fiar una empresa tan difícil y tan gran- 
de á la riesgosa y aventurada dirección de un enagenado. Tengo en- 
tendido que un cubano ilustre guarda todavía inédita, obedeciendo á 
las inspiraciones de su excesiva modestia, una refutación de aquella 
voluminosa obra, á la que dedicó largos años de su vida, y en que de- 
muestra que un espíritu científico, y no ninguna sobrenatural influen- 
cia, condujo á Colon por los mares en busca del oriente asiático. Cu- 
rioso es que otro cubano, de saber y de talento, como el Sr. Armas, 
sostenga una proposición, si semejante á la del Conde Rosselly de 
Lorgues, todavía más indiscernible ; por que aun cuando el noble es- 
critor no niega la ciencia de Colon, es fucil de comprender que un loco 
realice prodigios bajo la dirección de la Providencia, lo que al mismo 
tiempo reviste sus obras con los caracteres de lo excelso y lo divino ; 
mientras es de todo punto inaceptable que entregado á sí propio pueda 
jamás un enagenado llevar á cabo una empresa que implica el sano 
ejercicio de grandes facultades intelectuales y morales, y que por esa 
causa justamente ha sido la admiración de las edades. 

Mucho se habia escrito y controvertido á fines del pasado siglo y 
principios del presente, sobre la antropofagia americana de la época de 



CRISTÓBAL COLON T LOS CARIBES 131 

la conquista. El ejemplo de Las Casas Impugnando á Oviedo, de Ber- 
jial Díaz rectificando í Gomara, tuvo después imitadores : contra el 
Obispo de Chiapa escribió D. Bernardo de Var^^as Machuca sus «Apo- 
logías y Discursos de la Conquistas Occidentales» ; contra una frase de 
Voltaire (en que no contradice en absoluto la existencia del canibalis- 
mo) trazó el Barón de Juras Reales su «Disertación sobre la antigua y 
moderna antropofagia de varias naciones americanas», y contra el mis- 
rao Jura Reales revolvióse durísimo el mejicano José Fernando Ramí- 
rez, en sus «Notas y esclarecimientos á, la Historia de la Conquista de 
Méjico, del Sr. W. Prescott.» — La materia ha tenido, como se vé, al- 
guna importancia; pero hasta la fecha no ha sido resuelta definitiva- 
mente, por lo que Washington Irving pudo escribir, posteriormente, 
un hbro bellísimo en que no niega en realidad la antropofagia de los 
Caribes, y recientemente, un escritor sur-americano, el Sr. Rojas, ha 
podido creer en la existencia de dos ramas del tronco caribe, la una 
civilizadora y antropófaga la otra. 

Aun cuando hace no más que muy pocos meses que han solicitado 
del papa León XIII la canonización del gran descubridor los que, si- 
guiendo las huellas de Rosselly y otros escritores católicos, como Be- 
lloy, Cadoret, D'Osimo, piensan que era un santo escogido para reali- 
zar designios divinos, el mundo científico ha continuado estimándolo 
como un simple mortal, al extremo de llegar, por un impulso de reac- 
ción contra aquellas tendencias, d los juicios exagerados é implacables 
de un Goodrich ; y considerando su obra, aquella sublime navegación 
oceánica en pos de la tierra de Asia, como una obra humana, fruto 
natural de constantes estudios y de hondísima meditación. 

Ante una Sociedad de Antro pologist as leyó el Sr. Armas el trabajo 
en que, con otros fines, aparece Cristóbal Colon como un pobre visio- 
nario. El distinguido escritor no se expresaba en nombre de ningima 
fe : pretendía inspirarse únicamente en el amor de la verdad y proce- 
der en extricta conformidad con las exigencias de la razón sana y de 
la ciencia imparcial y severa. Su opúsculo, por lo mismo, reclamaba 
muy seria atención y justificaba un análisis minucioso. Con verdadero 
temor y desconfianza profunda escribí mi estudio crítico Los Caribes 
de las Islas y sólo por c^^fi^rir á las vivas instancias de un amigo mío 



/ 



182 



RETISTA CUBANA 



me decidí á publicarlo. No tengo palabras para traducir la gratitud 
con que leí las frases benévolas en que lo anunciaron algunos periódi- 
cos y, sobre todo, la generosa crítica que insertó El Triunfo^ en su 
número de 31 del próximo pasado Julio, en que mi venerable amigo 
el Sr. D. Antonio Bachiller y Morales, con ese espíritu alentador tan 
propio de quien tiene grande reputación y autoridad, se dignó consi- 
derar y recomendar mi humilde trabajo. 

El Sr., Armas contestó k la Bibliografía crítica del Sr. Bachiller, en 
el número de aquel mismo diario, correspondiente al 5 de Agosto, con 
un artículo titulado Amazonas y Caribes donde anunciaba «una razonada 
réplica» á mi estudio. A pesar de la creencia que expresó el Sr. Bachi- 
ller de que el referido artículo era á la vez una contestación que hacía 
de soslayo el Sr. Armas & Los Caribes de las Islas, la réplica esj)ecial 
anunciada apareció, al fin, el 19 del corriente, en el piso bajo de El 
Triunfo, con el título de Un f (Meto sobre los carH)es, 

Confieso que la tardanza del Sr. Armas me inquietaba: en la alta 
opinión que me merecen su laboriosidad, su ciencia y la habilidad de 
su clarísimo ingenio, presumia que pudiera haber hallado nuevos tex- 
tos, documentos aún inéditos, quizás aquel libro perdido que Cristóbal 
Colon habia hecho «en la forma de los comentarios é uso de César,» y 
que yo con el mejor deseo hubiera, sin embargo, patrocinado adefesios 
y patrañas al pretender, con el apoyo de los libros conocidos, que el 
gran Almirante no fué un loco y que debia creérsele cuando afirmaba 
que entre los indios que vio y sobre los cuales habia escrito, existieron 
algunos que devoraban la carne de sus enemigos. 

Díme presto & sospechar que el Sr. Armas habia agotado en su 
folleto toda la materia y apurado toda su erudición, grande ciertamen- 
te, al ver cómo su «razonada réplica» tan laboriosamente preparada, se 
reduela á los estrechos límites de un folletín de El Triunfo. Confir- 
máronse mis sospechas así que hube leido el elegante y habilísimo tra- 
bajito, donde el Sr. Armas ha dado nueva prueba de su talento de es- 
critor correcto y atildado ; porque en él no hay un texto nuevo, ni 
una sola demostración, sino el arte, siempre meritorio, de salir galana- 
mente de una situación difícil, y el mismo método declarado ya impro- 
cedente é inadecuado, y los mismos refutados razonamientos. 



i 



CRISTÓBAL COLON Y LOS CARIBEH 133 

Sin embargo, no sería exacto si dijera que en el folletín del señor 
Armas no hay ninguna novedad. Las hay, y por cierto extraordina- 
rias: la de sustituir íi la realidad y á la ciencia sus afirmaciones perso- 
nales, sin fundamente alguno para hacerlas valederas, y la de esperar 
que los antropologistas modernos — un Quatrefages, un Hamy, un Na- 
daillac, un Bertillon — reformen sus opiniones científicas sobre la cra- 
neología y la etnología de las Antillas, á virtud de las aseveraciones 
infundadas y de las menos fundadas negaciones que ha estampado en 
su folleto y reproducido en su folletín. 

Advertí que el Sr. Armas, además, hacía caso omiso de cuantas 
observaciones legítimas se le habían hecho en rectificación de sus erro- 
res, y volvía íi sus mismas tesis, sin curarse de los reparos fundados 
que se sometían A su consideración. Por ejemplo, (para no referir más 
que un solo caso de los muchos que pudieran señalarse): afirma en su 
folleto, página 30, que «Labat sostiene en los términos más categóricos 
que los caribes no eran antropófagos.» En justificación de sus palabras 
trascribe en nota una frase del misionero, y cita el tomo y la página. 
En Los Caribes de las Islas copié varios lugares del libro de Labat, 
de los que resulta que el reverendo vio á un indio comer carne huma- 
na, y supo otros casos de canibalismo que declara terminantemente. 
Y sin embargo, así en el artículo contra el Sr. Bachiller como en el 
referido folletín, persiste en la misma afirmación, fundándose exclusi- 
vamente en la única frase que trascribió en su folleto. 

Por otra parte, el Sr. Armas, acaso porque escribiera á la memoria, 
me atribuye frases agenas 6 cosas que no he dicho, y que señalaré en 
su oportunidad. 

Realmente sería necesario escribir un libro para refutar la última 
producción del Sr. Armas; pero aun cuando sea más extenso de lo que 
quisiera, rae es forzoso detenerme siquiera en los particulares de mayor 
importancia, á fin de que quede en claro que el Sr. Armas, por lo me- 
nos, no ha tenido datos suficientes, ni usado de argumentación irrefra- 
gable para pretender que se convenga desde luego en que no hubo 
antropófagos en América, en que Cristóbal Colon fué un hombre alu- 
cinado á quien no debe darse ningún crédito, y en que los Caribes de 
las islas de barlovento fueron tenidos por caníbales á causa de un error 



134 REVISTA CUBAKA 

geográfico, de una ilusión mantenida por la calumnia y aun subsisten- 
te, merced á la rutina. 

De paso iré señalando nuevas equivocaciones cometidas por el se- 
ñor Armas y llamando la atención cada vez que tergiversa mis palabras 
6 hace afirmaciones gratuitas ; y no por el prurito de desentrañar y 
descubrir defectos en sus trabajos, que son muy notables por más de 
un concepto, sino porque es legítimo y natural aquilatar las condicio- 
nes y los procedimientos de un escritor de competencia y de reputa- 
ción cuando, por esas mismas circunstancias, se cree necesario des- 
autorizar sus opiniones. 



II. 



El globo de Behem y el plano de Toscanelll 

Confiesa el Sr. Armas, en su folletín, que ciertamente Colon no 
conocía el globo de Martin Behem, y declara que si lo citó en su 
opúsculo fué porque, construido en 1492, es tel mejor indicador que 
se conoce del estado de la ciencia geográfica en aquella época.» Pres- 
cindiendo de que un globo ó un mapa no pueden expresar nunca el 
estado de la ciencia geográfica en época alguna, sino á lo sumo el de la 
cartografía y el de las noticias y creencias sobre las tierras y los ma- 
res, lo que es cosa muy diferente; dada la forma en que se hizo refe- 
rencia á aquel globo en Lo Fábula de los Caribes^ deducíase sin es- 
fuerzo que el Sr. Armas abrigaba la idea de que Colon pudo haber- 
lo conocido, y con mayor razón, cuando se piensa que, refiriéndose á 
ese globo en la página 6 y recomendando en una nota de la página 10 
á los que quisieren consultarlo las Investigaciones históricas de don 
Cristóbal Cladera, llama á Behem «un navegante portugués,» siendo 
así que en esa obra, escrita «en respuesta á la memoria de Mr. Otto 
sobre el verdadero descubridor de América,» se trata extensamente de 
la vida y viajes de Martin Behem y se dice más de una vez que nació 
en Nureraberg, y afirmando lo mismo Humboldt en su Historia de la 
Oeogra/ía del Nuevo Continente^ de donde, sin duda, habia tomado el 
señor Armas la noticia de que el globo de Behem «expresa las creen* 



OlttSTOBAL dOLO!^ t tos CAkiBÉá 1^5 

Cías geográficas del siglo xv,i según se lee en aquella magna obraj 
(Tomo I, nota 2, pág. 234.) 

Ahora dice el Sr. Armas que la carta 6 el mapa que tuvo Colon á 
la vista fcuando buscaba por los mares las islas maravillosas en que sí 
soñaba,» era el de ToscanelH, tque no se conserva.» No me explico qué 
haga esa afirmación siguiendo k Washington Irving, que también Id 
creia, aunque sin fundamonto ninguno, cuando parece que el Sr. Armas 
ha leido la obra antes mencionada de Humboldt, juez mfts respetable eii 
materias geográficas y científicas ; porque allí se hacen serios reparos í 
esa opinión que había sustentado el historiador Sprengel. Efectiva- 
mente, todas las apariencias hacen pensar que Colon no trazó su de- 
rrotero conforme á las indicaciones de ToscancUi. — Tomó, por el con- 
trario, durante más de la mitad de su viaje el paralelo de Gomera, por 
lo que decide Humboldt que «la ruta que siguió en 1492, no es la que 
Toscanelli trasó en su mapa y que parecia dirigirse bajo d paralelo de 
Lisboa.* (Op. cit., tomo II, pág. 152.) 

Es más de creerse — como piensa Humboldt — que se sirviera al 
cruzar el Atlántico de un mapa hecho por su propia mano; porque 
Cistóbal Colon era, entre otras cosas, un gran cartógrafo. En el curso 
agitado de sus incesantes gestiones, solicitando protección y ayuda, — 
ora en entrevistas con personajes notables é influyentes, ora en las cé- 
lebres conferencias de Salamanca, probablemente trazaría más de un 
plano, y acertado parece pensar que estudiando siempre su gigantesco 
proyecto, en el choque de múltiples pareceres y de reñidas disputas, al 
cabo de varios años, debían diferir las ideas de un marino respecto al 
camino que debia de seguir al través de las olas, de las del sabio com- 
patriota suyo, que consagrado á la astronomía y á la física, vivia lejos 
del mar, retirado en la biblioteca de Florencia. — No es, por otro lado, 
difícil el asentir á esa opinión, si se tiene presente que por haber te- 
nido que atender á su subsistencia por mucho tiempo, haciendo mapas, 
Cristóbal Colon alcanzó tan grande habilidad que, al decir de Irving, 
sus planos y cartas «dcbian tener grande aceptación entre los sabios.» 
(Vida y viajes, etc., pág. 8.) 

Su fama, en este concepto, muy desde el prmcipio era grande. Re- 
firiendo Garcilaso aquella fiabula del piloto que una tormenta lanzara 



136 ítB\*lá¥A CUBANA 

k Santo Domingo, dice en los Comentarios Reales (lib. I, cap. III)[ 
que cinco de los que volvieron, y entre ellos Alonso Sánchez, «fueron 
¿i parar á casa del famoso Cristóbal Colon, geno vés, porque su- 
pieron que era un gran piloto y cosmógrafo, y que hacia cartas de 
marcar. it 

Una de las islas señaladas en el globo de Behem, dijo el Sr. Armas 
en su folleto, era la Antilla, de Aristóteles: otra, «la famosa de San 
Brandan, en que según una famosa y conocida tradición no vivían 
nuis que mujeres.i^ En el planisferio de Behem, tal como lo inserta en 
su obra I). Cristóbal Cladera, hay muchas islas sin nombre y no he 
encontrado el de Antilla; pero en las páginas 199 y 200, describiendo 
el mapa, se dice de las islas de San Brandan : «El año 565, después del 
nacimiento de Nuestro Señor «Jesucristo, llegó San Brandan con su 
navio á esta Isla, en donde vio muchas cosas maravillosas, y pasados 
siete años, volvió á su país.» Donde habla de mujeres la descripción 
del mencionado globo es en la página 201, al referirse á las islas que 
nombra ilasculina y Fémina y que el Sr. Armas llama Femenina, 

Washington Irving enumera (op. cit. Apéndice 23) las leyendas 
y tradiciones que originó la creencia en la isla de Brandan, confundi- 
da por algunos con la de Siete Ciudades, que Toseanelli llama de Siete 
Iglesias, identificada por otros con la Aprósitus, de Ptolomeo; pero 
no dice que se la hubiera creido habitada sólo por mujeres. 

Aun cuando en aquel siglo se hablase de la isla de San Brandan y 
se recordase la An tilia de Aristóteles y la Atlántida de Platón, y un 
cartógrafo quisiera ponerlas en un globo, ¿puede este hecho signitícar 
algo más que las creencias del mismo constructor y que la expresión 
de noticias geográficas más ó menos vagas sobre el dilatado y descono- 
cido océano del Occidente que llamaban entonces Mar Tenebroso? 

¿No corre por ahí la especie de que un sabio alemán acaba de es- 
cribir que ha percibido ciudades en la luna? Y ¿sería lógico que de 
aquí á tres siglos, al leer cualquiera las ideas de ese astrónomo de 
nuestra edad, se las atribuyera á todos sus contemporáneos? Fontene- 
lle y Flammarion son dos figuras conspicuas en la ciencia moderna y, 
sin embargo, muy pocos sabios del dia participan de su creencia en 
la pluridad de los mundos habitados, porque casi todos, siguiendo á la 



títttSl'oÉAL COLOÍÍ Y LOS CARIBES l37 

escuela positivista, se abstienen de formular una opinión sobre esas 
materias. 

Creíase generalmente, es muy cierto, en aquellas islas durante el 
entusiasmo que precedió al descubrimiento de la América: de ellas, 
ísln duda, tuvo noticias repetidas Cristóbal Colon, por los rumores que 
corrían por todas partes en cuanto á las unas, y por su grande lectura 
de libros de cosmografía, en cuanto á las otras. Mas, parece inverosí- 
mil, no ya que saliera á buscarlas por la dilatada extensión de los mares, 
si no que, al hacer su primera trasatlántica navegación, en su exclusi- 
vo anhelo de tropezar con las riberas asiáticas, las recordara especial* 
mente como objeto de singular solicitud, entre las miles de islas 
misteriosas y riquísimas de que se imaginaba entonces sembrado el 
Atlántico, lejos y al oeste de la Europa. Sólo el globo de Behem enu* 
mera infinidad de islas y cita miles, cuajadas de oro, de especerías y 
perfumes, por los alrededores de Cipango, de que entonces se hablaba 
y cuya existencia no parece que nadie pusiese en duda; todas y cada 
una más digna, por tanto, de atraer las miradas y de seducir con sus 
promesas brillantes y positivas al geno vés audaz, deslumhrado acaso 
por las descripciones de Marco Polo y Mandeville, que esas otras islas 
de amazonas y calibes que nadie habia probado haber visto, ó esas 
tierras extrañas y misteriosas de que hablaban libros antiquísimos y 
tradiciones más viejas todavía. 

III. 

Las islas maravillosas. 

Manifesté en mi folleto que Colon no crcia en las tierras fabulosas 
de Siete Ciudades, de San Brandan, de Amazonas y de Atlántida. 
(Los Caribes de las Zslas, página 15.) Era mi propósito fijar la índole 
intelectual del Almirante, su espíritu de observación, extraordinario 
para su tiempo, y que le preservaba de fíicil credulidad y sometía sus 
juicios á la comprobación de la experiencia; con el fin de deducir de 
su carácter mental que era imposible que liubiesc creído ver antropó- 
fagos en América, porque hubiera leído en autores clásicos que existió 
esa práctica en pueblos aatíguos de Europa y de Asía, y que por miras 

18 



138 REVISTA CUBANA 

codiciosas cometiese la infamia de calumniar á los indios de las Anti- 
llas menores. Se cae de su peso que, si su objeto era reducirlos & la 
esclavitud para allegar beneficios para si propio y para los monarcas 
castellanos por medio de tan miserable tráfico, nadie le impidió que, 
desde su arribo á las tierras de este hemisferio, declarara antropófagos 
á todos los indígenas que descubría; y, sin embargo, es indiscutible 
que siempre consigna en el Diario palabras que Fray Bartolomé de las 
Casas tiene buen cuidado de hacer resaltar, sobre la mansedumbre, la 
bondad, la dulce condición de los naturales de las Lucayas y las Anti- 
llas mayores. 

Por eso, sin duda, llama el Sr. Armas á estas consideraciones, mi 
«principal argumento,» y afirma lo contrario, respecto á, las maravillo- 
sas islas citadas, así en el folletin como en el artículo «Amazonas y 
Caribes.» Para sostener su punto de vista copia algunas palabras del 
Diario, por las que parece realmente que el iVlmirante creia en las is- 
las de Amazonas y Caribes y en la gente de un solo ojo en la frente y 
con la cabeza de perro, en rememoración de los Calibes y las Alizonas, 
de los Cinocéfalos y Polfiemos que mencionan los escritores de la an- 
tigüedad. Naturalmente, á un hombre de tal simplicidad, no puede 
dársele crédito, y en justicia debe considerársele, por lo contrario, co- 
mo un visionario, como un cerebro desarreglado, como un pobre espí.. 
ritu presa de ^espasmost y alucinación. Mas ¿cómo, entonces, explicarse 
nadie por los medios naturales ese descubrimiento de América? ¿No 
es esto volver á la tesis de Garcilaso y de los teólogos católicos y supo- 
ner, directa ó indirectamente, la intervención ostensible de Dios en la 
marcha de la historia, y equipar los grandes espíritus que nombramos 
genios con los imbéciles y los locos, pues que, al cabo, pueden dar los 
unos los mismos grandes resultados que sólo es legítimo esperar de 
los otros? 

Empero, el descubrimiento de la América fué el fruto de la re- 
flexión y del saber, — la conjetura fundada de un gran espíritu, obser- 
vador profundo, como lo juzga Humbold, — en cuyo concepto lo que 
debia elogiarse y admirarse en Colon es «ese triple carácter de instruc- 
ción^ de audacia y de grandísima constancia.» Por eso también el señor 
Rodríguez Pinilla, erudito autor de la más reciente obra que se ha 



CRISTÓBAL COLON Y LOS CARIBES 139 

publicado en España sobre el gran genovés, y que es un trabajo 
importantísimo, declara que «el éxito que obtuvo fué una conquista de 
la reflexión.» (Colon en España^ página 65.) 

Su vida y educación de marino, su consagración á los estudios de 
viajes y cartología, su comunicación constante con los sabios coetá- 
neos, sus relaciones de familia que le hicieron adquirir valiosos pape- 
les de su suegro, que fué un gran navegante, y vivir en la intimidad 
de su concuñado, que también era marino distinguido, el trato frecuen- 
te con los viajeros de las costas africanas y el bullicioso anhelo de des- 
cubrimientos y aventuras marítimas que dieron carácter especial í 
aquella época singular y extraña, — de nueva vida, inquieta y exube- 
rante, — encendieron en su espíritu vigoroso, entusiasmo nunca des- 
mentido por la ciencia geográfica y por las expediciones náuticas, que 
en su genio meridional revistió la forma de una exaltada pasión. En- 
tonces — como si el mundo conocido fuese estrecho para contener tanta 
energía de la humanidad que parecia convalecer de las penitencias y 
de las austeridades de la Edad Media, — fijáronse las miradas en el 
Océano lleno de misterio3 y promesas, para aterrar á unos con los pri- 
meros y con las segundas seducir á los más atrevidos. Era también una 
necesidad general de los pueblos comerciantes, buscar un nuevo cami- 
no por el occidente desde que vencedora la cimitarra turca, obstruia 
las antiguas vías de Levante é infestaba con sus bajeles piratas el ya 
angosto Mediterráneo. Y, — mientras hacían los más ir cambiando el 
soñado mundo de riquezas y felicidades en que creyeron los antiguos^ 
desde lugares cercanos y aquende el estrecho de Gades, hasta las Afor- 
tunadas y luego más lejos, — dos hombres solamente meditaban sobre 
una ruta propicia al través del mar, — Toscanelli en Italia y Colon en 
Portugal. — Ellos no veian más que el Asia y la distancia que por aqucj 
lado los separaba, bien corta por cierto para sus cálculos: los demás 
oian desde el sepulcro de los antiguos la voz de Séneca profetizando 
que allende las temerosas ondas odia littora, alium nasd orbem; y sur- 
gieron así en las fantasías conmovidas las tierras que los poetas habían 
presentido y que muchos creyeron haber visto, engañados por sus de- 
seos ó por ilusiones de óptica. Corrieron de boca en boca rumores so- 
bre regiones nuevas y aquellos relatos sobre la Antilia y San Brandan. 



140 REVISTA CUBANA 

Un error de Grijalba, mientras recorría la costa de Yucatán hizo revi- 
vir la creencia en la Antilia ó Siete Ciudades que, á mediados de aquel 
mismo siglo, todavía buscaba y creia haber divisado, recorriendo terri- 
torios de la Nueva España, el franciscano Fray Marcos de Niza; y en 
el siglo XVIII era tan viva la creencia en la segunda, que sahó á, buscar- 
la desde Tenerife una expedición al mando de don Gaspar Domínguez, 
fcaballero de probidad y de talento.» (Irvlng, op. cit., Apéndice 23). 

Entre tanto Colon, si bien tomaba nota de las distintas versiones 
que iba oyendo, consideraba que esas islas no tenían realidad ninguna: 
suponía que eran producidas por «algunas rocas del mar que vistas 
desde ciertas distancias y bajo ciertas influencias atmosféricas, toma- 
rían la forma de islas», ó que acaso eran «islas flotantes, como aque- 
llas de que hablan Plinio, Séneca y otros, compuestas de retorcidas rai- 
ces 6 de piedras porosas y ligeras, cubiertas de árboles y que fíicilmen- 
te puede el viento hacer flotar en varias direcciones.» (W. Irvlng, 
op. cit., página 8). 

Washington Irvlng, que en concepto del Sr. Armas es «él más 
exacto hasta hoy dia de los biógrafos de Colon,» (Fábula de los Cari- 
bes, pág. 12), refiriéndose precisamente á las islas fabulosas de San 
Brandan, de la Antilia y de las Siete Ciudades, dice á la letra: «To- 
das las anotó Colon cuidadosamente, y pudieran haber tenido alguna 
Influencia en su raciocinios; pero aunque de genio visionario buscaba 
su ánimo profundo fuentes más ricas para la meditación. Estimulado 
por el impulso de los sucesos diarios, volvió, dice su hijo Fernando, á 
estudiar de nuevo los autores de geografía que ya le eran conocidos y 
á analizar por principios las razonjes astronómicas que pudiesen corro- 
borar aquella grande teoría que se iba formando en su mente.» (Ir- 
vlng, loe. cit.) 

No es cosa averiguada que conociera á Macrobio, á Plutarco, ni 
los diálogos en que Platón se refiere á la Atlántlda, y en cuanto al 
mismo Aristóteles, que Colon habla leído y que tan incontrastable in- 
fluencia habla ejercido en las escuelas de la Edad Media, empezaba á 
discutirse su autoridad en la misma España, donde por aquella época 
lo combatía Femado de Herrera, catedrático de Salamanca. 

En confirmación de mis asertos, observé que Colon «ni siquiera—» 



ORISTUBAL COLON T LOS CARIBES 141 

en recuerdo de sus lecturas de marino 6 de pretendiente fastidiado — 
dejó á ninguna tierra de las que fué viendo aparecer sobre las aguas 
los nombres resonantes de Atlántida, de Siete Ciudades, de Amazonas 
y de San Brandan.» El Sr. Armas asegura que sí creiaen ellas, al punto 
de buscarlas ansiosamente, y que «la Atlántida aún no se habia alzado 
del fondo del mar en que la dejó sumida la fantasía de Platón, y por lo mis- 
mo que Colon creía en todas esas cosas, no podia dar por vista á una isla 
hundida.» Nadie dijo que hubiese dado por vista & una isla desapare" 
cida; pero si tenía la obsesión de los autores clásicos, ¿por qué, en re 
cuerdo de un continente tan poderoso, cuyos pobladores, según la gene' 
ral creencia, hablan subyugado la Europa y el Asia, no bautizó con ese 
nombre á alguna de las numerosas islas y tierras que encontró á su paso? 
«Pero es cosa harto sabida — añade el Sr. Armas — que las famosas 
islas de San Brandan y de las Siete Ciudades, eran las también llamadas 
de las Amazonas y AntíUaj y que estos dos nombres todavía subsisten en 
la geografía americana ; como también subsiste el nombre greco-asiático 
de Caribe, impuesto por el Almirante.» De ese párrafo resulta claramente 
que el único geográfico que el Sr. Armas afirma que impuso Colon, fué el 
de Caribe ; porque decir que aún subsisten en la geografía americana 
los de Antilia y Amazonas, no es decir, á lo que parece, que se deben 
á Colon esas denominaciones, — -todo lo cual es la evidente confirma' 
cion de lo que habia yo declarado. Y así tenía que ser, porque la pa" 
labra Antilia era antiquísima: en 1400 la puso en su mapa el venecia* 
no Andrea Blanco. Quien empleó primero el nombre de Antillas fué 
Pedro Mártir de Anglería. En el mapa de Juan de la Cosa, famosísimo 
piloto de Colon é infortunado compañero de Alonso de Ojeda, no exis' 
te aquella palabra. Tal inseguridad habia aún al finalizar el siglo xvi, 
sobre ella, que en un mapa de América de 1587 se dá el nombre de 

Antilia á las islas Caribes. Las denominaciones de tierras americana s 

. s 
que en los primeros tiempos de la conquista se conocían, eran las de isla 

• 

Lucayas, islas de Barlovento, islas Caribes ó islas de los Caníbales, 
(A. de Humbold, Historia de la Oeogra/ía tomo II, páginas 198 
199 y 201). 

>iAOTEL SANGUILY, 
( ContinvardJ, 



DOCUMENTOS HISTÓRICOS. 



Datos para la vida de D. Francisco de Arango y Parrefio. 

Expediente sobre la relación de servicios pecuniarios hecJios al Estado 
por D. Francisco de Arango, 

Copia 

de los documentos esenciales que componen el expediente formado 
por esta Intendencia sobre el cumplimiento de la Real orden de 26 de 
Julio de 1836, expedida por el Ministerio de Hacienda. 

Nota. 

Las minutas de las Reales órdenes que se citan, existen en las respec- 
tivas Secretarías de Estado, Gracia y Justicia, Gobernación y Hacien- 
da y los originales están prontos en mi poder para presentarlos cuando 
se me mande ; lo mismo que la prueba ofrecida sobre los gastos y 
donativos que he hecho al Estado. 

Francisco de Arango, 

Copia. 

Número 1.— Excmo. Sr. :— Habiendo ocurrido por mi sueldo á prin- 
cipios de este mes, contestó el Sr. Contador de Ejército que no se podía 



¿OCÜMENÍOS HISToklCOS 143 

pagar por haber venido sobre esto nueva Real resolución. Procuré en-» 
terarrae de ella y notando las esenciales equivocaciones que contiene^ 
reuní al instante los documentos necesarios para demostrarlos cuando 
se me diese vista del negocio ; pero observando que ha pasado un mes 
sin que esto se verifique y aproximándose por otra parte la salida del 
correo me ha parecido oportuno solicitar de V. E. la correspondiente 
audiencia, y suplicarle que sin ella no vuelva el expediente á la Cor- 
te. — Dios guarde á V. E. muchos años. Habana, 21 de Noviembre 
de 1836. — Excmo. Sr. — Francisco de Arango. — Excmo. Sr. Conde 
de ViUanueva. 

Número 2. — Excmo. Sr. : — A consecuencia del oficio de V. E. 
de ayer recordé á la Contaduría General de Ejército el despacho 
del informe que la pedí en el expediente formado para cumplir 
la Real orden de 26 de Julio último que dispone el abono á vellón del 
sueldo que corresponda á V. E. por sus años de servicio ; y habiendo di- 
cha oficina manifestado que para evacuar el insinuado informe necesita 
la relación de méritos y servicios de V. E., le acompaño con tal objeto 
el expediente referido, del cual observará V. E. que la novedad á que 
se contrae en su citado oficio, ha sido espontánea de la propia Conta- 
duría sin participio alguno de esta Superintendencia. — Dios guarde á 
V. E. muchos años. — Habana, 22 de Noviembre de 1836. — Excmo. 
Sr. — El Conde de ViUanueva. — Excmo. Sr. D. Francisco de Arango. 

Número 3.— Real orden.— Ministerio de Hacienda de Indias.— Quinta 
sección. — Excmo. Sr. : — La Reina Gobernadora, de conformidad con lo 
consultado por la Sección de Indias del Consejo Real, se ha servido re- 
solver que por esas cajas Reales sólo se abone á D. Francisco de Arango, 
Consejero cesante del extinguido de Indias, el sueldo que por sus años de 
servicio le corresponda con arreglo á las disposiciones vigentes, sin 
que obste al cumplimiento de esta resolución el que tenga á su cargo 
cualquiera comisión del Gobierno, cuya circunstancia no le dá dere- 
cho alguno para mayor goce, según el tenor de la Real orden de 12 de 
Junio próximo pasado. Es asimismo la voluntad Soberana que por la 
Junta de clasificaciones se haga el cómputo de sus años de servicio, 
bien como cesante ó como jubilado, partiendo de esta regulación para 
fijar la cantidad abonable, que, aun cuando se satisfaga por esas cajas, 



144 ItBlVÍSf A (JüfíAÍfA 

ha de ser en reales de vellón, considerándose á Arango como eraple^a- 
do de la Península, y su residencia fuera de ella por razones de pro- 
pia conveniencia. — De Real orden lo digo k V. E. para su inteligencia 
j cumplimiento. — Dios guarde á V. E. muchos afios.-^Madrid, 26 de 
Julio de 1836. — Félix D. Olhaberriagué y Blanco. — Sr. Intendente 
de la Habana. 

Número 4. — Excmo. Sr. :— Para evitar extravíos y excusará V. E. 
el fastidio que le causaría el material examen de los documentos que 
le ofrecí en mi anterior oficio de 21 del corriente, he formado el 
adjunto Resumen y sin perjuicio de tener los originales á la disposi- 
ción de V. E. espero que con vista de aquél quedará bien persuadido 
de que son incontestables las equivocaciones que le anuncié en mi 
citado oficio del 21. — La 1*, la más esencial y la más notable es la de 
tratarme en la consabida Real orden como Consejero de Indias, sién- 
dolo de Estado, cuya diferencia hace variar enteramente la naturaleza 
del caso y prueba con evidencia la equivocada resolución que se ha 
tomado sobre él, siendo diferente el rango y goces de esas dos clases 
de empleados. En los números 18, 24 y 29 del Resumen hallará V. E. 
los comprobantes de mi Consejería de Estado y notará conmigo que 
debiendo constar en la Secretaría de Hacienda que desde el 3 de Ene- 
ro de 1833 en que se me concedieron los honores de Consejero de Es- 
tado, dejé de serlo de Indias, según se dispone en los Reales decretos de 
20 de Agosto de 1815 y 28 de Diciembre del mismo afío, (página 35 
del 2- tomo de Colon) no sólo se olvidase ese antecedente, sino que 
teniendo á la vista la Guía de Forasteros de este año, y lo que es más, 
la consulta del Consejo que se cita en la misma Real orden de 26 de Ju- 
lio, se prescinda de que en ambos documentos se me reconoce por Con- 
sejero de Estado efectivo conforme á lo prevenido en el Real decreto 
de 30 de Noviembre de 1834 y sólo se me suponga Consejero de In- 
dias. — La 2* y para mí muy ofensiva equivocación consiste en supo- 
nerse que yo existo aquí por mi propia conveniencia, (que jamás he 
consultado cuando se trata del servicio de S. M. y del Estado), cons- 
tando como consta por los documentos números 16, 18, 19, 20, 21, 
22, 24, 25, 27, 28 y 30 que si he existido y existo aquí es por volun- 
tad Soberana, estando más ocupado y siendo mucho más útil que lo 



tíoCÜMEiíTOd HISTÓRICOS 145 

que hubiera sido en el Consejo de Indias, por ser bien notdrlo qué 
allí sobraban los Ministros y faltaban los negocios. — La 3* equivoca- 
ción es una consecuencia de la anterior, pues estando demostrado que 
yo no he existido ni existo aquí por mi propia conveniencui y que la 
cesantía de Consejero de Indias, en que tan gratuitamente me supone 
la Real 6rden, me cogió en esta Isla sin destino señalado en la Península, 
parece que debía considerárseme como empleado en Amórlca, y no 
llevar el rigor al extremo de negarme para el pago de mi sueldo no 
sólo el premio de cambio establecido por reglamento, sino hasta el 8 ó 
10 por ciento que cuando menos cuesta en el día al Erario trasladar de 
aquí su dinero á la Metrópoli. — La 4* equivocación es la de dar por 
sentado que aquí se tiene conocimiento de la Real orden de 12 de Ju- 
nio que se cita, sabiendo V. E. que no se le ha comunicado ni yo he 
podido encontrarla. — La 5* que es bien jugosa, consiste en que la misma 
Sección mandó en 6 de de Julio del propio año, tratando de la jubila- 
ción del Sr. D. Ildefonso José de Medina, que se liquidasen sus habe- 
res con arreglo al Real decreto de 3 de Abril de 1828 y á la ley de 
presupuestos de 26 de Mayo del año anterior, recomendando sus servi- 
cios y avanzada edad : de nada de esto se hace memoria en la Real or- 
den que me es relativa, cuando en unos y en otros pasarán quizás de 
12 años los que tengo de más que el señor Medina, y lo que resultaría 
de las dos liquidaciones hechas con tan diferentes datos sería que un 
Oidor que ya no lo era de América sino de España, obtuviese sobre 
cincuenta por ciento más que un Consejero de Pastado. — Y la G* y i'iU 
tima equivocación es la de decidir que se haga la liquidación de mi suel- 
do como cesante o como jubilada, no estando muy claro lo primero y 
faltando mi necesaria pretensión y la resolución de S. M. para suponer 
lo segundo. Otro cualquiera en mi lugar se detendría en presentar las 
grandes y fundadas razones que me asisten para quejarme y quejarme 
amargamente de tan duro tratamiento; pero median intereses y mi 
delicadeza exige silencioso sufrimiento, contentándome con hacer dos 
indicaciones: la una para manifestar el tiempo de mis servicios y la 
otra para esforzar la justicia de mi fundado resentimiento. Sin contar 
el tiempo en que con Real aprobación desempeñé en Madrid los pode- 
res de esta ciudad, ni los ocho años que por Estudios se conceden á 

19 



14o áEVlSTA CÜBAKÁ 

los de mi cal*reifa en la íeciente ley llamada de presüpütíátos, hallara lá 
Contaduría de Ejército en el Eesúmen, los materiales necesarios para 
persuadirse de que me sobran muchos años para gozar en caso de jubi- 
lación de las cuatro quintas partes del sueldo que estaban disfrutando 
los Consejeros de Estado. — ^Y por lo demás, debo decir y ofrecer pro- 
bar que sin hacer mérito de los servicios que he hecho en mi larga ca- 
rrera, jamás atildados y siempre apreciados por nuestro Supremo Go- 
bierno, tengo la interior satisfacción de que quizá no habrá otro 
empleado que pueda decir y ofrecerse á probar como yo que si pudiese 
teunií en mis actuales angustias el importe de los donativos y gastos 
ique he liecho por el Estado, gozaría de una renta excesivamente supe- 
rior al mayor sueldo que disfruto y he disfrutado. — Voy á concluir 
dándole las gracias á V^ E. por la indicación que me hace al final del 
oficio que contesto, y añadiendo que á lo que dije cuando traté de 
la primera y más notable equivocación hay que agregar el Real decre- 
to de 28 de Setiembre último publicado en 1^ de Octubre en el Eco 
dd Comercio^ por el cual se restablece el Consejo de Estado Constitu- 
cional. Con lo cual y lo demás que he recomendado, parece que debe 
quedar sin efecto la Real orden de 26 Julio, y seguir las cosas en el 
estado en que se hallaban hasta que S. M., con el debido conocimiento, 
resuelva lo conveniente. — Dios guarde á V. E. muchos años. — Haba- 
na, 25 de Noviembre de 1836. — Excmo. Sr. — Francisco de Arango. — 
Excmo. Sr. Conde de Villanueva. 

Número 5. — Excmo. Sr. — La Junta Superior Directiva de Real 
Hacienda, en la celebrada ayer, acordó entre otras cosas lo siguiente : 
— «Leyóse también el expediente número 615, cuaderno 2*^ de Reales 
órdenes, formado para cumplir la de 26 de Julio último que dispone 
que al Excmo. Sr. D. Francisco de Arango, Ministro cesante del ex- 
tinguido Consejo de Indias sólo se le abone por las cajas de esta Isla 
el sueldo á vellón que le corresponda por sus años de servicios. Ente- 
rada la Junta de lo manifestado por el propio Sr. Arango, y expuesto 
á su consecuencia por la Contaduría General de Ejército, Tribunal de 
Cuentas y Fiscal de Real Hacienda, conferenció con detenimiento acer- 
ca del particular, por el especial motivo de ser S. E. Consejero de Es- 
tado efectivo, cuya circunstancia ha creido no se tuvo presente al ex- 



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I 



DOCUMENTOS HISTÓRICOS 147 

<í^ ^ la citada Real orden en el concepto de cesante de el de Indias; y 
^4^do adoptar un medio que concilie el respeto con que mira este 
^\\\ » ^^^ mandato con el derecho argüido por el señor interesado, no 
^ í^dose cuál sea el sueldo que esté declarado 6 disfruten los Conse- 
jCTOs de Estado, acordó : que en lugar de los cinco mil pesos anuales 
que ha percibido se le paguen únicamente cuatro mil, como asigna- 
ción provisional, considerando que deberá ser la menor á que tenga 
derecho ; pero quedando no obstante responsable á las resultas de lo 
que se digne determinar S. M., á quien se dará cuenta con copia cer- 
tificada del expediente.» — Y lo traslado á V. E. para su conocimiento 
y consiguientes efectos. — Dios guarde á. V. E. muchos años. — Habana, 

16 de Diciembre de 1836. — Excrao. Sr. — El Conde de Villanueva. — 
Excrao. Sr. D. Francisco de Arango. 

Número 6. — Excrao. Sr. — Aunque estaba y estoy en el concepto 
de que la resurrección de mi plaza efectiva de Consejero de Estado es 
ei más débil de los fundamentos que alegué en mi oficio de 25 anterior 
para que se suspendiera el cumplimiento de la Real orden de 26 do 
Wio último, y siguiese observándose hasta la resolución de S. M. bajo 
ji ^ '^í>onada responsabilidad la anterior de 22 de Noviembre que recor- 
^^ el número 27 del Resumen, no quiero molestar ni faltar á mi 
'^-^^TÍable propósito de no disputar sobre intereses cuando no median 
^tros motivos, contentándome con esta ligera indicación que someto al 
juicio de V. E. y concluyendo con las gracias que le son debidas por la 
prontitud con que en su oficio de ayer se sirvió comunicarme lo deter- 
minado por la Junta. — Dios guarde á V. E. muchos años. — Habana, 

17 de Diciembre de 1836. — Excmo. Sr. — Francisco de Arango. — 
Excmo. Sr. Conde de Villanueva. 

Resumen. 

Número 1. — Con motivo de la insurrección de los negros de Santo 
Domingo y la absoluta ruina de aquella floreciente colonia, recibió 
Arango como apoderado de esta ciudad una orden de S. M. ó de su 
Suprema Junta de Estado fecha en 22 de Junio de 1792 para que 
propusiese los medios de que nuestra Isl^ W§ftP^ do semejante catastro- 






148 RESISTA CUBANA 

fe todas las ventajas posibles. Cumpliendo con este precepto, presentó 
Arango un larj^o iliscurao y proyecto que, entre otros bienes, produjo 
la conlinuacion del libre comercio de negros, el bcnéGco Real decreto y 
orden de 22 y 24 de Noviembre de 1792 y la aprobación (véaae el ar- 
tículo 22 de la Real códula de erección del Consulado) del viaje que 
en compañía del Sr. Conde de Casa Montalvo había propuesto hacer 
por Portugal, Inglaterra y colonias británicas para estudiar las mejoras 
deque era susceptible el sistema económico y agrícola de esta Isla; 
cuyo viaje, que hicieron 4 su cobIu los Comisionados, duró once meses, 
sufriendo un naufragio completo en el Sud de esta Isla, y produjo, como 
se sabe, considerables bienes. No estará de más recordar desde ahora 
que, en esos tiempos en que Arango ha estado aquí por su propia con- 
veniencia, ha escrito diferentes Memorias que han producido grandes 
ventajas al Erario y al País: como, por ejemplo, las relativas á la liber- 
tad de nuestro comercio ultramarino: ¿ la abolición de la pesa de ga- 
nado: á la esclavitud en que tenta la Marina nuestros montes: 4 la 
destrucción de la infernal Factoría ó estanco de tabaco, y al equivoca- 
do designio de promover la independencia política do esta Isla. 

Número 2. — Por Real cédula fecha en San Lorenzo, en 21 de Di- 
ciembre de 1793, se concedieron los honores y el sueldo de Oidor de 
la Audiencia de Santo Domingo íi D. Francisco de Arango para que 
desempefiase en la isla de Cuba la Asesoría de Alzadas y otras comi- 
siones que se le habían confiado. 

Número 3. — En Real cédula dada en Aranjucz, en 4 de Abril de 
1794, estableciendo en la isla de Cuba un Consulado de Agricultura y 
Comercio, se concedió al mismo Arango, por el artícido 41 la Sindica* 
tura perpetua del mismo Consulado. 

Número i. — Por Real orden expedida por el Ministerio de Hacien- 
da, en 23 de Noviembre de 1795, se concedieron al mismo D. Francis- 
co de Arango las ausencias y enfermedades del Capitán General en el 
despacho de la Sindicatura de Alzadas del citado Tribunal del Con- 
sulado. 

Número 5. — En 4 de Marzo de 1803, fué comisionado Arango por 
el Capitán General de esta Isla, Marqués de Somcruelos, para ir á la 
de Santo Domingo á desempeñar con el General del Ejército francés 



DOCUMENTOS HISTORIÓOS 149 

una comisión muy interesante al Eeal servicio: cuya comisión fué 
aprobada por Reales órdenes expedidas por el Ministerio de Estado y 
el de Hacienda, en Junio del mismo año, y en recompensa de su buen 
desempeño, se concedió á Arango la cruz pensionada de Carlos III. 

Número 6. — Por Real orden expedida en San Ildefonso por el Mi* 
nisterio de Hacienda, en 7 de Agosto de 1804, se confirió al mencio- 
nado Arango la Asesoría del ramo de tabacos de la isla de Cuba, con 
las ausencias y enfermedades del Superitendente. 

Número 7. — Por Real orden del expresado Ministerio de Hacienda, 
fecha 28 de Agosto de 1809, accedió S. M. í las instancias de Arango 
para que se le exonerase de la Sindicatura y Asesoría del Tribunal de 
Alzadas, concediéndole la mitad del sueldo que gozaba y los honores de 
Oidor de la Audiencia Pretorial de Méjico, por considerdcion á stts 
particulares y agradables servicios que siempre se tendrían presentes. 

Número 8. — Por Real orden del propio Ministerio, de 2 de Agosto 
en 1810, condescendiendo S. M. con la solicitud de la expresada Junta 
Consular, vino en conceder al mencionado D. Francisco plaza perpetua 
en la indicada Junta de Gobierno con el asiento inmediato al del Pre- 
Bidente. 

Número 9. — Por Real cédula de 24 de Febrero de 1810 se expidió 
el título correspondiente de Oidor honorario de la Audiencia de Méjico 
al expresado D. Francisco k la cual se dio cumplimiento en la propia 
Audiencia, en 9 de Julio de 1810. 

Número 10. — Encargado Arango de la interinidad de la Superiten- 
dencia de tabacos de la isla de Cuba, por suspensión del propietario y 
en virtud de la Real orden de 7 de Agosto de 1804 (número 5) des" 
empeñó este encargo cerca de dos años con la mayor aprobación de 
Gobierno Supremo, según se lo manifestó en diferentes Reales órdenes 
y lo comprueban varios hechos. \ lejos de haber pretendido el sobre- 
sueldo que le correspondía, lo cedió para las urgencias del Estado, y 
en la misma época contribuyó, de su bolsillo, con el donativo de 
4,500 pesos. 

Número 11. — Por Real resolución de 2 de Agosto de 1811 fué 
nombrado Arango vocal de la Junta de Censura de esta Isla 

Número 12. — En 6 de Noviembre de 1811 se expidió título con- 



> I 



150 REVISTA CUBANA 

cediendo al citado D. Francisco, Oidor honorario de Méjico y Superi* 
tendente inierino de la Factoría de Tabacos, los honores de Ministro del 
Supremo Consejo de Indias. 

Número 13. — Fué nombrado Arango por ocho Ayuntamientos de 
esta Isla, en el año de 1809, vocal de la Junta Central y no tuvo efec- 
to este nombramiento por la supresión de aquélla. 

Número 14. — Establecidas las Cortes extraordinarias y autorizado 
este Ayuntamiento para enviar á ellas un Diputado en representación 
de esta Provincia, obtuvo Arango el primer lugar por voto unánime 
de la Corporación. 

Número 15. — Publicada la nueva Constitución de la Monarquía, y 
hecha, según ella, en esta capital la elección de Diputados para las Cor- 
tes ordinarias, recayó este nombramiento en el citado D. Francisco que, 
k pesar de hallarse gravemente enfermo, salió k desempeñar su encargo 
el 14 de Julio de 1813, después de haber hecho los donativos siguien- 
tes : 1^ Diez mil pesos para que se emplearan en cigarros y se remitie- 
ran :í la Península, para que su producto se aplicase k las urgencias del 
Erario, como efectivamente se verificó, dejando en arcas Reales más de 
24,000 ])esos. — 2*^ La de edificar una casa en Güines para una escuela 
de primeras letras y pagar el preceptor hasta su regreso, cuyos gastos 
pasaron de treinta mil pesos. — Y 3° Remitir todos sus libros, cuyo cos- 
to con sus estantes no bajaban de cuatro mil pesos, k la Biblioteca pú- 
blica de esta ciudad, en donde existen. 

Número 16. — Restablecido el Consejo de Indias en el afio de 1814, 
fué nombrado Arango por Real decreto de 2 de Julio el décimo de los 
Ministros de aquel Supremo Tribunal. 

Número 17. — En Octubre de 1817, pidió y obtuvo Real permiso 
para venir aquí á arreglar sus negocios, renunciando entre tanto el go- 
ce de sueldo de Consejero, sin embargo de traer Real comisión expedi- 
da en 6 de Setiembre del mismo año de 17, para arreglar con este In- 
tendente el grave asunto de derechos y aranceles. Pero poco después, 
esto es en 23 de Julio de 1819, fué nombrado Arango por S. M. Juez 
arbitro de la Comisión mixta que se estableció en esta plaza con moti- 
vo de la prohibición del tráfico de negros y permaneció desempeñando 
esto encargo hasta principios de 1821, 



DOdtraifiKTOS HÍStORÍOOS 



Í5i 



Náraero 18. — Propuesto Arango eil primer lugar eii liná de las 
temas que presentaron las Cortes de 1820 para llenar las plazas Vacan-» 
tes en el Consejo de Estado fué nombrado Arango por S. M. para el 
referido empleo en Real decreto de 18 de Noviembre del citado año. 

Número 19. — Detenido Arango en esta ciudad con Soberano per- 
miso hasta principios de 1824, por el honorífico Real decreto de 12 de 
Febrero del expresado afio, ee dio á Arango en comisión la Intendencia 
de Ejército y Superitendencia Subdelegada de Real Hacienda de esta 
Isla, con el sueldo que en aquella época correspondía á la Intendencia. 

Número 20. — En Real orden de 11 de Mayo de 1825 se dio k Aran- 
go la comisión de arreglar los estudios de esta Isla con el sueldo de 
Consejero de Indias, y habiendo empezado á desempeñar este encar jo, 
después de haberse separado en Noviembre de la citada Intendencia, 
formó sobre él más de veinticinco expedientes que merecieron la apro- 
bación del Gobierno Supremo, resolviéndose algunos puntos y están 
pendientes todavía otros muy esenciales. 

Número 21. — En 20 de Octubre de 1826 comisionó S. M. k Arango 
para el arreglo de la obra pía de Martin Calvo, y remitidos k la Corte 
los tres voluminosos procesos que sobre esto se formaron, está todavía 
pendiente la Soberana resolución. 

Número 22. — En Real cédula de 20 de Mayo de 1829 se sirvió 
S. M. nombrar á Arango para Presidente ó primer vocal de la Junta 
que aquí se creó para entender en todo lo relativo á la colonia de Fer- 
nandina de Jagua, y no es del caso decir las grandes incomodidades, 
ocupación y gastos que causó á Arango semejante comisión en los 4 ó 
5 años que duró. 

Número 23. — Por Real cédula de 6 de Febrero de 1830 se dieron 
á Arango las más expresivas gracias por el celo y esmero con que ha- 
bía desempeñado la comisión de Estudios, y se le encargó que en con- 
tinuación de la misma se dedicase á la redacción de un código negrero 
por ser de absoluta necesidad para el mayor bien público^ sobre lo cual 
ha habido larguísima correspondencia y está todavía pendiente en la 
Corte la resolución de este gravísimo asunto. 

Número 24. — Por decreto de 3 de Enero de 1833, atendiendo S, M. 
á los méritos de Arango, queriendo darle una prueba de su Real apre- 



ato que remitió Arango de sui dpetá' 
dencia y del informe que sin conoci- 

en su íavor el Capitán General don 
mcedierou los honores, distinciones y 
,do. 

de 1834 se encargó á Arando, por el 
siese cuanto le ocurriese sobre el mo- 

en esta Isla el Gobierno CivíL 
ucion que comunicó á Arango el 
sejo de Ministros, en 23 de Junio 
¡arlo á la dignidad de Procer dd 

dirigió el Excmo. Sr. Secretario de 
rior, en 22 de Xoviembre del mismo 
scribió á esta Capitanfii General, se 
bramtento de Procer, era la Real vo- 
tiiidad hasta conduir las comisiones 
itddU el sueldo de Consejero de Indias 

tigua comisión establecida para go- 
ic le nombró en Real orden de 30 de 
de la que nuevamente se mandó 

ion de 21 Noviembre do 1835, pu- 
ad en el mes de Enero anterior; se 
i de Real decreto de 30 de Noviena- 
¡rarse en el goce de su plaza efectiva 
ha eorrobonido después por el res- 
lel año ele 1812. 

!n de 26 de Mayo de 183(J i"uó Aran- 
! la Gobernación, Vice Presidente de 
■se para el arreglo de la edu( 



A rango. 



DOCUMENTOS HISTÓRICOS 153 

Copi a de la Real orden relativa á la jubilación del Oidor D. Ilde- 
fonso Josó de Medina, citada en la quinta equivocación del oficio de 
25 de Noviembre, que es el 3^ de los documentos anteriormente 
copiados : 

Ministerio de Hacienda. — Quinta sección. — -Excmo. Sr. — Atendien- 
diendo la Beina Gobernadora á los servicios y padecimientos de Don 
Ildefonso José de Medina, Oidor que fué últimamente de la Real Au- 
diencia de Puerto-Príncipe en esa Isla, y á que su edad avanzada y 
mal estado de salud por resultas de las heridas que le causaron tres 
desconocidos la noche del 25 dd Mayo de 1832, no le permiten resti- 
tuirse á la Península, según ha acreditado en debida forma, se ha dig- 
nado S. M. concederle la jubilación de Oidor con el sueldo á que tenga 
derecho por sus años de servicio con arreglo al Real decreto de 3 de 
Abril de 1828 y la ley de presupuestos de 26 de Mayo del próximo 
pasado, satisfaciéndole por esas cajas Reales el haber que le correspon* 
da, en virtud de la clasificación que practicará la Contaduría General 
de Ejército y Real Hacienda en esa Isla. Y acogiendo S. M. benignamente 
la súplica del mismo Medina sobre los términos en que la Real orden de 
10 de Noviembre de 1835, mandó proceder á la liquidación de sus 
sueldos; se ha servido resolver que se considere el que disfrutó de 
Oidor hasta el día en que la Audiencia de Puerto-Príncipe acordó el 
cumplimiento de la Real orden de 22 de Setiembre de 1834, por la 
cual quedó cesante en dicho empleo. De la de S. M. lo comunico á 
V. E. para su noticia y efectos correspondientes.— Dios guarde úV. E. 
muchos afios. Madrid, 6 de Julio de 1836. — Félix D. Olhah'rriagne 
y Blanco. — Sr. Intendente de la Habana. 



Excmo. Sr. : — Al propio tiempo que cumplo con el deber de parti- 
cipar á V. E. que la continuación de mis males me obliga á volver al 
campo ú ver si con la variación de aires logro alguna mejoría; tengo 
que pedir á Y. E. la gracia particular de que, cuando se lo permitan 
sus grandes ocupaciones, se digne pasar los ojos por el papel que en 
copia acompaño, y mandar después que se conserve en la Secretaría 



•JO 



del Gobielíno rolítico, donde puedo necesitarlo para difeíétttes nnes si 
logro restablecerme, ratificando los dos ofrecimientos que hago á, la 
Intendencia en el oficio de 25 anterior, incluso en la adjunta copia, á 
saber, que están á la disposición de V. E. todos los documentos que 
se citan en el Resumen ; y que también estoy pronto á probar del mo- 
do más convincente que los donativos y gastos que he hecho en be- 
neficio del Estado forman un capital que aseguraría para mí y para 
mis hijos un rédito infinitamente superior al mayor sueldo que he 
disfrutado. 

Dios guarde á V. E muchos años. Habana, 23 de Diciembre de 
1836. 

Excmo. Sr. 
Franóiséo de Ar^angoi 
Excmo. Sr. D. Miguel 'facón: 



7 de Enero de 1837. 

Al Excmo. Sr. D. Francisco de Arango. 

Excmo. Sr. — He recibido el oficio de V. E. de 23 del mes anterior, 
en que se sirve participarme que la continuación de sus males le obli* 
ga á volver al campo, para ver si con la variación de aires logra su 
mejoría; pidiéndome, al mismo tiempo, me imponga del papel que me 
acompaña y mandar se conserve en la Secretaría con lo demás que 
expresa: enterado de todo y en contestación, manifiesto á V. E. que 
luego que mis ocupaciones me lo permitan, me impondré de la copia 
de dicho expediente, y conforme con su solicitud prevendré se archive 
en la Secretaría, para que V. E. pueda hacer el uso que le convenga. 



» 4^¥ i 



LOS LITERATOS Y ARTISTAS 



ANTE LA HIGIENE. 



Hay una medicina que, en rigor, no cura, pero que hace más que 
curar, porque preserva. Esta medicina es la Higiene, medicina salva- 
dora, ha dicho el escritor facultativo Sr. Monlau, cuya vulgarización 
es un deber á todas luces, cuya trascendencia es inmensa y cuyos pro" 
grasos dan la medida del bienestar del individuo y de la prosperidad y 
cultura de los pueblos. 

Aplicando estos principios (i la conservación de la salud de los lite" 
ratos, cuya propensión 4 enfermedades agudas y crónicas es tan noto 
ria y de los artistas, tan predispuestos k la irritabilidad de una manera 
excesiva ; con más á pasiones amorosas, terminando en éstos amenudo 
esa excesiva irritabilidad con todas sus consecuencias por una dolencia 
no menos terrrible, la miseria, creemos que las acertadas consideracio- 
nes con que damos principio á estos renglones, debidas al sabio higie- 
nista y epidemologista citado no pueden ser más oportunas. 

Varias y muy peligrosas son las enfermedades que abraza la esta- 
dística clínica de las afecciones de los literatos y artistas, del filósofo^ 
humanista, historiador, del poeta, del hombre notable 6 distinguido eu 



VISTA CUBANA 

ira, del que igualmente ejerce un arte, y 
>rofesa algunas de las nobles y bellas ar- 
enscfíanza la cunl, eensilile es decirlo, se 
lucho más, que la que se refiere i la bi- 
eementerios, fi la industrial, k la rural, 

abajo únicamente k las dolencias que ge- 
os y artistas, bien podemos sentar como 
no una conclusión hablando en general; 
nos, que el radio á que se extiende ese 
olador, es harto considerable, lo cual no 
.clones de las enfermedades y consejos 
uedan muy bien adquirir un carácter lo- 
: cuanta correspondencia existe entre las 
el mundo y las que entre nosotros se su- 

esa gran base de apreciación en nuestros 
e en apoyo de los anteriores asertos, y 
consultar las obras míis selectas que tra- 
línicos é higienistas consumados, en cu- 
nos abstractas y concretas no nos detene- 
de esto artículo. 

as consideraciones, ofrecemos íi la nten- 
ÍÍEvrsTA Cdbaxa algunas de las enferme- 
ente adolecen los literatos y arlistas, y la 
lujctarse (lo mis compendiadamento po- 
)S aprecien la influencia preventiva que 

por mucho que el melancólico Rousseau, 
icias, hubiera dicho que la Higiene no 

virtud. 
luestros aludidos literatos y artistas que 

más expuestos por el abuso del ejercicio 

mayor de esa noble entraña son : la em- 
;g{a, tanto más cnanto más continua sea 



I4OS LITERATOS Y ARTISTAS ANTE IJL HIGIENE 157 

Por muy humanos, generosos y afables que estén reputados los li* 
teratos, por demasiado conceptuados que estén los artistas de esas dos 
no vilísimas cualidades y do la de agradecidos, cuyos distintivos tanto 
los enaltecen, deben tener presente que están más ej^puestos á la locu^ 
ra, revelada por las alucinaciones y la melancolía; y que en su forma 
de cnagenacion mental es como más frecuentemente la sufren, y 
mucho más los artistas en quienes influye sobremanera su carácter ex- 
cepcional mente apasionado. 

No están menos expuestos unos y otros á padecimientos de los ri- 
ítones y de la vegiga, por la vida sedentaria que sobrellevan, compli- 
cándose con la piedra en el mismo órgano. 

Pero las enfermedades que más acaban por atormentarlos, como 
una compensación á sus importantes servicios ¡qué incongruencia! son 
las que determina la inervación de la vida vegetativa, las cuáles traen 
ámultáneamente demasiada lentitud en los actos de asimilación, y 
como consecuencia forzosa la plenitud frecuente del sistema venoso del 
vientre, tanto más marcada cuanto más sanguíneos son los individuos 
cuyos talentos vienen á ser tantas veces terreno abonado para la de- 
mencia, mucho más cuando los poseen en alto grado. 

Es opinión generalmente admitida entre muchas autoridades que 
de la misma manera que Milton y Montesquieu perdieron la vista por 
el abuso de la lectura á la luz artificial y de las vigilias continuas, así 
también otras notabilidades en sus estudios y ejercicios respectivamen- 
te sufrieron iguales consecuencias, toda vez que la acción directa de 
la luz sobre el nervio óptico acaba por paralizarlo y la acción refleja 
sobre el cerebro contribuye no poco á esa misma terminación fu- 
nesta. 

La digestiones más 6 menos penosas, sintomáticas de afecciones ner- 
viosas del estómago, tales como la gastralgia, la dispepsia, etc., son 
otras de las muchas manifestaciones de los tormentos á que están con- 
denados frecuentísimamente los literatos y artistas en todas partes» 
citándose como testimonio irrecusable de esta verdad á Copérnico, Ca. 
banis, Spallanzani, Corvisat, La Bruyere, Monge y otros muchos que 
sería difuso enumerar ahora, los cuáles fallecieron á consecuencia de 
apoplegía por el excesivo estudio, lo mismo que al Tasso, Eibeira, 



158 



REVISTA CUBANA 



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IIoíTman, Camoens, Egard Poe, Dante, Byron Beethoven, Rous- 
seau, etc. 

Como otra prueba más próxima del carácter que imprimen los excesos 
en los trabajos intelectuales, podríamos relatar los nombres propios de 
hombres de letras, de ciencias y de artistas que sufrieron más ó menos 
cruelmente á consecuencias de esos excesos, á lo cual contribuyó 
también la influencia del clima abrasador en la estación canicular. Xos 
limitaremos á decir en esta parte de nuestro trabajo para librarlo de 
proligidad: que entre los muchos literatos, abogados, sacerdotes, cate- 
dráticos, médicos, artistas y otras personas de reconocido mérito que 
festinaron sus últimos dias en el país por sus excesos en la gimnástica 
intelectual en que siempre vivieron, recordamos los muy conocidos Cer- 
nada, Andreu, Miranda (oradores sagrados) ; Cintra, Escobedo, Bermu- 
dez, Govantes (abogados) ; Garrido, Piñeyro, Zambrana, Auber (catedrá- 
ticos), y últimamente el Dr. D. José A. Cortina, cuya turgencia cerebral 
constante fué causa predisponente de la afección aguda del cerebro y de 
sus membranas, todos los que indudablemente podemos citar como ejem- 
plo vivísimo de las diversas dolencias áque arrastran los entendimientos 
sujetos á una tensión constante; pero ninguno tan señalado como el 
que por algunos años tuvimos ocasión de observar en nuestra práctica 
médica y en la persona del Sr. D. José de la Luz y Caballero, verda- 
dero tipo de nervosismo proteiforme, á consecuencia de esos excesos de 
trabajos mentales, de vigilias constantes, caracterizado por alteraciones 
funcionales variables de la inteligencia, del movimiento y de la sensi- 
bilidad orgánica, habiendo llegado á tal exaltación ese estado nervioso 
general, que el año de 1855 tuvo un período de insomnio de más de 
cuarenta noches, en que no nos separamos de su cabecera; y decimos 
que este caso es tipo, por tratarse de un paciente en quien ni causas 
tóxicas, ni enfermedades crónicas, ni complicaciones con otras enferme- 
dades específicas pudieran haberlo provocado, ni siquiera el abuso del 
tabaco, puesto que el Sr. Luz jamás fumó. 

Y para que se vea hasta dónde el caso que venimos relatando es 
tanto un ejemplo de neuropatismo modelo, baste decir que el que por 
tiempo lo sobrellevó con una resignación poco común, ni el vino podia 
sorber como resconstituyente ó corroborante de esas fuerzas nerviosas 



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LOS LIBERATOS i AltTiStAS AKTE LA HrOÍEXfi 159 

perdidas por el estudio asiduo; siendo notable en D. José de la Luz y 
Caballero que el hielo produjera en él mientras más melancólico ó hi- 
pocondriaco se encontraba los efectos de las primeras copas de vino, 
pues sus facciones se animaban, se tornaba alegre, permitiéndose algún 
chiste en la conversación^ lo cual era más frecuente en las primeras 
horas de la noche después de tomar su habitual sorbete, aún en las 
noches de invierno. 

llespecto á los mejores consejos higiénicos recomendados para pre- 
caverse de tan funestos accidentes, son tantos los que asaltan nues- 
tro pensamiento que muy bien podríamos llenar muchas páginas de la 
Revista Cubana ; pero en la imposibilidad de ponerlo por obra dentro 
de los estrechos h'mites de que podemos disponer, sintetizaremos esos 
consejos recomendando la mayor moderación en todo trabajo mental, 
en las vigilias, en el abuso de bebidas espirituosas, en el del tabaco y 
en el de todos los estimulantes, por ligeros que se conceptúen, los cua- 
les, como desde luego se comprenden, pueden determinar una sobre, 
excitación nerviosa, como la que se vé tan perfectamente marcada en 
el alcoholismo. 

Está probado que los trabajos intelectuales en una atmósfera bien 
ventilada, de luz moderada, tanto de la natural como de la artificial, 
los trajes apropiados á la estación, los ejercicios al aire libre, los gim- 
níisticos moderadamente, los paseos frecuentes al campo y la perma- 
nencia lejos de las grandes poblaciones ; con más la más extricta obser- 
vancia de una higiene moral, pueden estimarse como lo mejores 6 más 
prudentes consejos para que los literatos, artistas y demás individuos 
aficionados á los estudios, prolonguen los dias de su existencia; conse- 
jos que conducen en definitiva á los que compendia la conocida máxi- 
ma tan repetida por la Escuela de Salemo: Mens S'ana in corpore 
S'ano* 

Hace muchos años que el erudito Sr. D. Antonio Bachiller y 
Morales tradujo y publicó la obra de Reveillé-París intitulada Higiene 
de los Uíeratos^ cuyo trabajo dedicó al mismo Sr. Luz de que antes nos 
hemos ocupado; el Dr. D. Valentín Cátala, ilustrado compañero, pu- 
blicó hace algunos años un trabajo análogo, si mal no recordamos. A 
esas obras y á cuanto se dice sobre la materia en los tratados de hi- 



Í6d ÜEfisfA CCBAN'A 

^ene general remitimos ó, nuestros literatos y artistas y a. cuantas per- 
sonas puedan interesarse por este asunto de vital ínteres. 

Por nuestra parte concluiremos recordando esta máxima de un 
entendido higienista, que vale quizás tanto como un curso entero y 
todo un código de prceeptos: tLa aplicación continua del espíritu re- 
quiere la calrtla permanente de la imaginación.» 

aStoxio €AH0. 

Febrero a de 1SH5. 



tíBmJÜmmm^mimémiiimm ii ll'll tlil ÍiIIWm i t ^.^^^itgt^^tít^^m 



M^am 



BIOGRAFÍA ARTÍSTICA. 



Notas biográficas de los artistas, profesores y aficionados de qne se hace 

mención en **La Habana Artística**. 



JBach (Juan Sebastian), miembro de una familia que en el espacio 
de doscientos años dio más de cuarenta nombres ilustres á la historia 
del arte; nació en Eisenach el 21 de Marzo de 1685 y fué uno de les 
músicos más grandes de Alemania y quizás del mundo, según el sen- 
tir del sabio Fetis. — Sus famosos tPreludios y Fugas» que los músicos 
más eruditos y profundos, los pianistas más hábiles y entendidos estu- 
dian constantemente, atraidos por el raudal de inspiración, de ciencia, 
y de dificultades de mecanismo que encierran; obras de tan singular 
frescura y belleza que ya se ha visto á Gounod calcar sobre la primera 
de ellas su deliciosa «Ave María» ; sus famosos Preludios y Fugas, re- 
petimos, más aún que aquellas vastísimas creaciones «Le Combat d* 
ApoUon ct Pan» y el oratorio «La Pasión» para dos coros y dos or- 
questas con que asombró al mundo filarmónico, más aún que sus nu- 
merosos «motetes», «salmos», «cantatas», «concertos», etc., han hecho 
imperecedero su nombre, su gloria inmortal. Murió en 1750. 

21 



REt'ISTA ClttlAN'A 

.Dtonio), de la Habana, abogado y antiguo 
ural en nuestra Universidad. Escritor ilustra- 
largos años de desvelos y trabajos que le han 
bras de un interés general, y de suma íinpor- 
i vista, no siendo la menos la ya publicada 
í^puntes para la historia de las letras en Cu- 
los párrafos k la música, y ofrece datos 
nismo tiempo sobre ella felices y oportunas 
liller y Morales, i pesar de su avanzada 
f>oso al estudio, y L sus prolijas invcstiga- 
fan de su vida, y es hoy una de las glorias 

Italia, cantante mediocre, pero agente sa- 
incisco Marty y Torrens. Vino á esta capi- 
muy pocos aflos. A él se deben las mejores 
n oído en esta ciudad, entre ellas la inolví- 
pÍ y Marini. 

in, hermano del anterior y uno de los míis no- 
conocido. Aunque su voz, cuando cantó en 

laada, sin embargo, tenía un estilo tan elegan- 

ba perfectamente aquel grave defecto. Kra 
así que el público habanero no le olvidará 

i Roban» y «Macbeth*. 

run, condesa de), notable escritora fianccsa, 
le la célebre Campan. Colaború en multitud 
2 educación, y fundó otroa muchos, entre 
is filies*, «Le Moniteur des dames et des 
lo dos familles». Se citan de ella as( mismo 
^ran estimación, como les «Mcmoires d'un 
I qu el cst» y «Les Salons d' autrefoisi, en 
re habanera Condesa de Mcrlin extensas y 
lan su admiración y cariOo por esta adora- 



BIOORAPU AttTISTICA 163 

Beethoven (Luís van), ilustre compositor de la escuela alemana y 
uno de los mes notables de los tiempos modernos, cuyas obras, de ori- 
ginalidad suma, gran solidez de ideas, sentimiento profundo, fuerza, 
pasión, celeste dulzura, estilo largo, severo, fantástico; y á veces tam- 
bién de formas vagas y oscuras, aunque revelando en todos casos una 
fecundidad prodigiosa y un talento espléndido y brillante, dan vuelta 
al mundo desde hace cerca de cien años, entre el aplauso y admiración 
no ya de los aficionados, sino de los más grandes maestros. 

De carácter verdaderamente raro é incomprensible, se le vé á veces 
humorístico, vivo, despejado, con el Conde de Brunswick : — € Abrazad 
>á vuestra hermana Teresa y decidla que estoy en camino de llegar á 
»s€r un gran hombre. — Enviadme mañana sin falta los cuartetos!, los 
icuartetos! los c. .u. .a. .r. .t. .e. .t. .o. .s. .!!» 

Perdidamente enamorado de Teresa Malffati, le escribe : — rr Aquí 
fvivo en medio del sosiego y la soledad.— De cuando en cuando un 
trayo de luz viene á iluminarme ; pero desde que abandonasteis á Vie- 
tna, noto en mi existencia un vacío, que ni el arte, tan fiel amigo, al- 
fcanza á llenar.» 

Arrepentido y dulce con Esteban de Breuning: — «Abandonemos, 
>le dice, mi querido y buen Esteban, las diferencias que durante algún 
»tiempo nos han separado. Herí tu corazón, lo reconozco, pero harto 
»castigado me encuentro con el sentimiento que he experimentado.» 

Irascible, altivo y algo más, si se fuera á juzgar desapasionadamen- 
te, se le vé levantar del piano frenético, porque un joven aristocrático 
hablaba, mientras que él ejecutaba una de sus más bellas sonatas, di- 
ciendo: — «Beethoven no toca para puercos como ese.» 

Por fin, es en lo general taciturno, escéntrico, ensimismado, conse- 
cuencia tal vez de sus facultades superiores y de la constante preocu- 
pación de su espíritu. Azotado cruelmente por terribles decepciones, 
por penas y dolores interminables, especie de espiacion que viene á 
ser el patrimonio de los grandes genios; sofocado, herido en sus mejo- 
res producciones por una crítica ó picante, ó amarga é incisiva, pues ya 
hemos visto al maestro Cherubini que al oir su Fidelio^ declara, ¡oh 
cruel injusticia! que Beethoven no conoce el arte del canto; y más 
tarde también lo encuentra, como pianista, sumamente rudo. 



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164 



REVISTA CUBANA 



Clementi dice «que es brusco en su manera de tocar, como su 
carácter.» 

El areópago de Leipzig dispara sobre su sonata característica, «Les 
Adieux, r abscnoe et le retour» las frases más chocarreras :^«Como se 
apresta, dice, aquel famoso tribunal en un largo artículo, á un maestro 
»de ingenio, una pieza de ocasión. — ü adieú comienza por un adagio 
cuyo motivo principal, muy simple por cierto, expresa claramente : — 
€¿cómo lo pasa usted? Viene en seguida un andank expresivo, pesado 
»en su marcha, pero que indica por el movimiento agitado de su acompa- 
»fiamiento, las angustias de la ausencia. En seguida se anuncia un allegro 
^sorprendente de vivacidad y de alegría el cual significa la vuelta.'^ 

¡Qué modo de apreciar las bellezas de una obra! Pero no es eso to- 
do: Haydn, su maestro, que tan poco interés se toma por él, lo llama 
el Gran Mogol; y Ries su discípulo querido, declara públicamente que 
Beethoven en cuatro anos apenas le dio cincuenta lecciones, y pública- 
mente también lo condena porque encuentra en un pasaje de la sonata 
que acabamos de citar que los acordes de la tónica y de la dominante 
están sobrepuestos y chocan (et jurent) con la armonía perfecta. 

¿Y qué decir de la sensación de desagrado que produjo en el «Con- 
servatorio de París», y lo que se habló y murmuró al oir en una frase 
del adagio de la sinfonía en do nienor, la inversión completa de la sép- 
tima de sensible con la nota sustituida en la parte inferior? 

¿Y qué pensar de la risa y chacota de aquellos célebres cuarteiistas 
de la Sociedad Schuppanzig, al descifrar su cuarteto en /a, creyendo 
que Beethoven se burlaba de ellos? 

Sin embargo sus sentimientos puros y religiosos, su gran talento en 
fin, le hicieron sobrellevar, por lo menos con aparente calma y sereni _ 
dad, los grandes disgustos de su vida, como los que le proporcionaron 
ciertos trastornos de familia, y las bajas ingratitudes de un pariente, á 
quien adoraba, y que ejercieron en su alma la más honda impresión ; 
contestando á todo y á todos con alguna obra maestra, como si fuera 
ese el único consuelo en su aflicción, y el mejor incentivo de su genio. 
Es verdad «que las llamas crecen, dice Ovidio, cuando se las combate 
jisoplando.» 

La sinfonía pastoral impregnada ei^ dulce sentiniiento ; 1^ heroioq 



biografía artística 165 

que ofrece al primer Cónsul Napoleón, pero que al saber que éste se 
había coronado emperador, borra indignado el nombre «Bonaparte» que 
había escrito por toda dedicatoria, y pone en su nueva portada tSinfonía 
»eroíca, per festeggiare ¡1 sovvenire d' un gran uomo». La de do menor 
llena de majestad y grandeza, «expresión genuina, dice Berlioz, de su 
genio.» La romántica sonata en do sosUnido menor llamada du dair 
de Inne en cuyo original se lee : «A madamígella Contessa Giulietta 
Guicciardi:» la más ardiente y constante pasión de su vida. Sus famo' 
808 cuartetos para dos violines, viola y violoncello, que si bien se nota 
en algunos de ellos cierta aridez, debida seguramente á la cruel afec- 
ción de oidos, que le aquejó desde los veinte y ocho años y que ya úl- 
timamente se le hacía insoportable y lo tenía siempre de mal humor y 
contrariado, otros, y entre ellos el de do menor y el de las arpas^ pue- 
den presentarse como riquísimos modelos de inspiración sublime, por 
más que algunos eruditos á la violeta quieran decir otra cosa. Sus trios 
conciertos y sonatas tan aplaudidas por el público habanero ; en fin sus 
obras todas en los tres grandes períodos de su vida artística (de 1770 
á 180O, de 1801 á 1814, de 1815 á 1827) son y serán siempre el más 
completo triunfo de la música instrumental, y nos enseña de qué modo 
supo aquel hombre extraordinario hacerse superior á tantas miserias, y 
adelantarse á su época. 

El catálogo de sus obras contiene entre otras muchas diez y siete 
cuartetos, tres quintetos, diez y seis tríos, un septuor, treinta y cinco 
sonatas para piano sólo, diez y seis más de piano y violin y de piano y 
cello, nueve sinfonías, dos misas un oratorio, varías cantatas, dos ópe- 
ras, un ballet, multitud de oberturas y piezas sueltas de canto, etc., 
un cuaderno titulado tEtudes de Beethoven» y su tTraité d' harmonie 
et de composition.» 

Un profundo escritor ha dicho que el nombre de Beethoven «es el 
isigno característico de toda una época de arte y de ciencia». 

Pero esto no es bastante. Cuando el inmortal autor de las «Confi- 
dencias», «Graziella», «Girondinos» y tantas bellezas más, quiso hacer, 
en breves palabras, el elogio de una de las más soberbias figuras de la 
antigua Koma, dijo: «Cicerón np es el nombre de un orador, sino ej 
jnonibre de la elqci^encj^j 



nSTA CUBA KA 

lOtnbrc de un mlísico, sino el nombre de 
770 y murió en Viena, en 1827. 

t la Habana, pianista aficionado do mu- 
de haber hecho muy serios estudios en 
y Espadero. Su ejecución rápida, segu- 
i estimable, si c^te artista pudiera con- 
que en bellas artes, como hemos dicho 
no sucede así ; su interpretación es justa, 
-osa, pero frfa ; es, precisamente, aquella 
irtifícaba el célebre autor de «Norma* al 
legado k tocar los iconcertos» de Henselt 
as obras de prueba, con suma perfección, 
el lado débil que acabamos de señalar, 
lo jamás en público. 

mfis notable clarinetista que se ha oído 
p;regado k una compañía lírica, como un 
iro de seguida se diú á conocer en públi- 
bató con los sonidos puros que índistinta- 
iatroe de su árido instrumento, y con el 

los compositores dramáticos que más se 
elódíco, nació en Catania el primero de 
de una familia de másicos, y educado 
Sebastiano*, en NApoIes, por los sabios 
lúmondi; aunque aI/;unos biógrafos mis 
querido decir que /i la edad de un año 
nedio tarareaba un aire de Fioravanti, k 
. los seis componiu, es lo cierto que una 
-un oMagnilicat», la cantata tlsmcnc* y 
uc se reconocieron por sus primeros en- 
de su talento y pocas esperanzas de su 



btOGBAPlA AEtlStlCÁ 161 

En efecto Bellini no era entonces, ni lo fué nunca, relativamente 
hablando, uno Ja esos maestros repletos de ciencia musical ; y sobre 
todo tenía muy poca experiencia en el arte de instrumentar. Se com- 
prende que no le daba gran importancia á. la orquesta; así que sus acom^ 
pañamientos en lo general, y decimos en lo general porque también tu- 
vo arranques de instrumentación elegante, nutrida y grandiosa, son de 
una cansada simplicidad. Tanto que el maestro Cherubini decia, tal 
vez sin razón, que no se podia poner otra instrumentación k sus 
melodías. ' 

Pues bien : para aquilatar el verdadero mérito de sus primeras 
oberturas fueron intencionalmente sometidas al ex&men de Adriano de 
La Fage, crítico imparcial y entendido, que dijo sin rebozo faz & faz del 
mundo «que ni siquiera eran medianas.» 

En cambio su inspiración esencialmente melódica y distinguida, 
su expresión y sentimiento esquisitos, se hicieron notar desde el ins- 
tante en que, rompiendo las duras trabas del rigoroso aprendizige, y 
sobre todo del pesadísimo estudio del covUrapUtUOj pudo dar libre 
vuelo á su pasión y rica fantasía. Entonces fué que Zingarelli, lastima- 
do en su amor propio por aquellos primeros rasgos, que apenas sé vis- 
lubraban sí, pero que en realidad principiaban í brotar del espíritu 
joven y libre del cantor siciliano, llenó de faltas todos sus trabajos, lo 
descorazonó cuanto pudo, y acabó por llamarlo ¡ignorante! 

Bellini, viva encarnación en lo físico y moral, de una delicadeza 
esquisita, pues í una fisonomía noble, ¿ una figura esbelta y elegante 
unia una afectuosa bondad y un carácter suave y exento de baja emu- 
lación y torpe orgullo ; Bellini que amaba la vida y temblaba ante la 
idea de la muerte, así que evitaba cuanto podia esos malos ratos que, 
sin saber cómo, nos asaltan táh frecueiftemente, no pudo menos 
que resentirse de aquel duro tratamiento, de aquel intempestivo 
y rudo golpe que acababa de recibir de su ilustre y viejo maestro, y se 
propuso, sino vengarse, que en su alma generosa no cabia ese torpe 
proceder, por lo menos borrar con pruebas evidentes y tangibles, aquel 
vergonzoso dicterio que tanto mal le hacía; y juró (sic) escribir, si lle- 
gaba k ser compositor, una ópera con el título de «Romeo y Giulietta» 
para ponerla frente á otra del mismo nombre, reputada por la obra 



ílatA CtBASÁ 

\)m obtenido en Milán la nocho de sil 
grandes triunfos que por entonces se 
ra con un éxito superior & todo encomio, 
imeo é Giulietta* de Bellini en 1830, fué 
on y olvido del «Romeo é Giulietta» del 

e Bellini no tiene esa energía y movi- 
ese lujo de instrumentación y de acom- 
os de que tanto alarde hacen los compo- 
¿quién ha superado su belleza poética? 
:ter melancólico, aquella suave dulzura, 
ella encantadora simplicidad? Ahí está 

esa perla del repertorio italiano y de to- 
) cumplido de pasión, de incomparable 
de Arturo (romanza del desterrado) d 
ísimo duetto que le sigue tid mirarÜ un 
nútico de esa obra inmortal, encierran 
na y conmovedoras, que muchas óperas 

por dechados de inspiración y de buen 
n ese instante do subli me creación, toda 
e aquel verso de Goethe: 

^grimas del eterno amor.» 

abría sido el martirio de aquellos des- 
1 de luz que al fin penetra en el alma de 
i medio de un éxtasis indecriptible. 

lo parola 
il mió contento. 1 

lesta acompaña con una armonía suave y 
auto en el cual el incomparable Rubiní 
le estremecía al auditorio por su robus- 
cual descendía k su octava para conti- 
:legante porlamento. 



kódRAi'u AitfistidÁ íéé 

De tanto prodigio, de tanta grandeza ¿qué es lo que queda? ¡som- 



bras y recuerdos! 



Bellini dotó la escena italiana con diez óperas. La primera fué 
cAdelson é Salvina» que se cantó privadamente en el Conservatorio 
de Ñapóles, en 1824, con el aplauso de amigos y compañeros pudiera 
decirse. A ésta siguieron : 

«Bianca é Gernando» estrenada en tSan Carlos» de Ñapóles en 
1826, cuya propiedad adquirió el empresario Barbaja por ¡300 du- 
cados! 

«II Pirata» que se cantó por primera vez en la Scala de Milán en 
Octubre de 1827 con un éxito dudoso el primer dia, pero que en su 
repetición, ai siguiente, causó verdadero furor. 

«La Stranicra» que se estrenó en el mismo teatro, en Febrero de 
1829 con grandes aplausos. 

«Zaira» en el ducal de Parma en Mayo de 1829, y recibida con 
justificada frialdad. 

«Capuletti é Montecchi» ó sea «Romeo é Giulietta» en la Fenice 
de Venecia, en Mayo de 1830. 

«La Sonámbula» que escribió para la admirable Pasta, y se estrenó 
en el teatro Carcano de Milán, en 1831. 

«Norma», en la Scala, con éxito dudoso, en 1831. 

«Beatrice di Tenda», con resultado desgraciadísimo, en la Fenice 
de Venecia, en 1833. 

«I Puritani», con éxito inmenso, en el Teatro Italiano de París, en 
Enero de 1835. 

Sin embargo de todas estas obras sólo quedan en la esceena «Nor- 
ma», «Puritanos» y «Sonámbula». 

Bellini murió en Puteaux, cerca de París, de treinta y tres años, el 
23 de Setiembre de 1835, ocho meses después del triunfo de sus «Puri- 
tanos», legando al mundo otro mundo de poesía en sus inmortales crea- 
ciones, que si no fueron tantas como se esperaba de su talento, al me- 
nos bien puede aplicárseles aquella frase de Algarotti á uno de los 
trabajos más notables del Conde Jerome dal Pozzo : 

«In picciol campo fai mirabil prove.» 

22 



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'Í?Ó feriVÍS*A CüfeÁKÁ 

Beneveniano (Federico), de Portugal y educado désele muy tetti* 
prana edad en Itplia. Barítono de gran voz y buena escuela; de figura 
arrogante y entendido actor, vino en 1848 formando parte de la 
compañía lírica de la StefTenone. En el Carlos V de Emani era real- 
mente inimitable. 

Beriot (Carlos Augusto), de Francia, célebre violinista y compositor 
para su instrumento. Sus numerosas obras le han valido universal repu- 
tación, y con ellas ha viajado el mundo, acompañado siempre de las 
consideraciones de un gran artista. Es autor del célebre trío en Bé 
para piano, violin y violoncello, tan aplaudido en nuestros círculos 
filarmónicos. 

Betdioz (Héctor), miembro del Instituto de Francia y compositor 
muy distinguido, nació en la Cote* Saint-André, departamento de 
risere, en Diciembre de 1803. Aunque dedicado á la carrera médica 
que profesaba su padre, la abandonó desde muy joven para dedicarse 
al estudio de la música, su verdadera pasión, y para lo cual se creía 
haber nacido, sin embargo de que sus primeras obras dijeran lo con- 
trario. En 1828 obtuvo el segundo premio de composición musical, y dos 
años después el primero, con su cantata cSard.anapalo». Mr. Berlioz ha 
escrito multitud de sinfonías, baladas, coros, himnos, etc. Fué crítico 
en la Gazetie iYíU»icale^ en el Journal des Debáis y en otros periódicos, 
sosteniendo interesantes polémicas que le han valido grandes aplausos 
y ricos presentes de sus más ardientes amigos y partidarios. En 1837 
escribió su «Réquiem», que tanta celebridad le ha dado y fué por lí^ltimo 
bibliotecario del Conservatorio de París. Su «Traite d' ÍHstrumenta- 
tion et d' orchestration moderne», que todos los profesores de esta ciudad 
conocen y admiran, pasa por ser el primero de su clase. Ha escrito 
también obras de literatura musical, entre ellas, «Les soirées d' or- 
chcstre» y «Etudes sur Beethoven», que han gozado de gran popula- 
ridad. Murió en 1869. 

Bernal (Ramona), de Puerto Príncipe, cantante aficionada de extra- 
ordinario mérito por su bellísima voz de mezzo soprano^ de timbre claro 



biografía artística 171 

y sonoro, así como por su expresión noble y patética. Sus generosos sen- 
timientos y afán constante por ayudar con su nombre y realzar con su 
talento los conciertos piadosos, que en su época, más aún que en nues- 
tros dias, se combinaban ; su amor y entusiasmo por el arte, su hermo- 
sura, gracia y gentileza por fin, hicieron de esta amable aficionada una 
interesante figura. Fué durante algún tiempo una de las más ricas 
joyas de la sociedad habanera, hasta que una resolución misteriosa le 
hizo pronunciar sus votos eternos ; cubrióse con el velo de las religiosas, 
dio al mundo su postrer adiós, y en los solitarios y tristes claustros de 
Santa Teresa, se perdieron para siempre los duloes acentos de la Sirena. 
La madre Sor Ramona de Santa Teresa Bernal falleció el 29 de Setiem- 
bre de 1871. 

Bertólazzi (Zenone), de Italia, barítono de voz ingrata, pero que 
cantaba agradablemente, y como que además era buen actor sacaba 
gran partido de las situaciones dramáticas. Fué muy aplaudido en 
Bigcletto. 

Blitz (Herr A.), de Alemania, célebre prestijiador que trabajó con 
mucho aplauso, más que por sus juegos de manos^ por sus bellísimas 
fRecreaciones Físicas», en los salones que hoy ocupa el café «El Uni- 
verso», poco antes de estrenarse el gran Teatro de Tacón. 

serafín RAMÍREZ; 

(Continuará). 



NOTAS EDITORrALES. 



PLATÓN PRECURSOR DE GROCIO. 

La ley de continuidad histórica, que no viene k ser sino la demos- 
ñon de la causalidad en la vida de los pueblos, también se realiza 
el dominio de las ideas. Esa gran fuerza social, de i n con mensura- 
potencia, que se llama la imitación, se impone igualmente en el 
ipo de los conceptos. Antes que una de esas útiles ó bellas cons- 
xiiones eicntíticas ó artísticas, (¡ue marcan un progreso visible en 
volucioD humana, se manifieste en su integridad, tal como ha de 
admirada, aceptada, reproducida y quizás mejorada, mil ideas frag- 
uarías, multitud de modelos rudimentarios, le han preparado el 
lino y le han trazado su dirección. Todo gran descubrimiento, toda 
1 innovación tienen sus precursores; el trabajo déla critica que 
descubre es útil, pero las reivindicación es apasionadas ó las incul- 
iones de injusticia para con la posteridad, prueban sólo que se des- 
oce ó se desatiende la generalización que hemos enunciado, Y dada 
onstitucion mental del individuo y el modo de su acción en la co- 
ividad, tampoco podña ser de otra suerte. Las grandes ideas son 
csultado de una especie de cristalización mental, que, como la flsi- 
necesita de elementos preexistentes que estén 4 punto para con- 
ürse y en condiciones adecuadas; lo propio del nuevo producto es 



NOTAS EDITORULBS 173 

la forma ; pero en el espíritu, como en toda la realidad, ex nihüo nihü. 
Ideas incipientes, esparcidas sin eco en épocas anteriores, que han 
pasado quiz&s latentes á través de incontables generaciones, favore- 
cidas en un momento dado por otras venidas de muy distintos canales 
y por las producidas por las nuevas condiciones externas, ocupan con 
absórtente interés un espíritu vivaz y reflexivo, y toman en él la for- 
ma en que han de alcanzar la plenitud de vida que hasta entonces les 
faltaba. Por otra parte el común de los espíritus y esa conciencia co- 
lectiva que presenta cada grupo social oponen una gran suma de resis- 
tencia h las innovaciones ; es necesario una lenta compenetración^ algo 
así como una saturación previa, para que el nuevo concepto venza los 
obstáculos y sea recibido por las inteligencias. Una labor, á veces de 
siglos, es así necesaria para que triunfe una noción verdadera, ¡cuánto 
más para que se constituya una ciencia! 

Nos sugiere estas reflexiones un Estudio, leido en nuestra Univer- 
sidad por el señor don José Novo y García sobre el fundamento y las 
fuentes del derecho internacional ; al advertir que, en un apéndice que 
lo acompaña, el autor incrimina á Blontschli y Laboulaye, por haber 
llamado á Grocio padre del derecho de gentes, reivindicando este 
honor para los escritores españoles Victoria, Soto y Ayala. En esta 
reivindicación hay una parte, pero sólo una parte, de justicia, sin que 
por eso dejen de estar en lo cierto los publicistas citados, cuando afir- 
man que Grocio no sólo echó los cimientos, sino que coronó el prime- 
ro el edificio de esa nueva rama de los estudios jurídicos; por lo que 
se le puede y se le debe llamar el fundador del derecho interna- 
cional. 

Las comunicaciones cada vez más frecuentes entre los diversos 
estados cristianos de Europa, las alianzas de familia, la acción de la 
diplomacia, las guerras de religión y las nuevas empresas de coloniza- 
ción, que siguieron á los famosos viajes de descubrimiento de los siglos 
Nv y XVI, habian hecho fijar la atención de los juristas y canonistas 
en las relaciones que establecen el hecho de la guerra y sus conse- 
cuencias entre las naciones y pueblos contendientes y entre el con- 
quistador y los conquistados, y tratar de aplicarles las nociones que 
para ellos se derivaban de sus estudios especiales. De aquí nacieron 



174 



REVISTA CUBANA 



primeramente en España, luego en Italia y en el resto de Europa, dis- 
quisiciones parciales sobre determinados puntos de lo que habia de 
constituir luego el derecho internacional, y comenzaron á constituirse 
y probarse las nociones que le habian de dar vida. Pero hasta Grocio 
estas disquisiciones no concurrieron á conformar un cuerpo de doctri- 
na; él fué el primero que se propuso el gran problema de la modifica- 
ción que sufren las relaciones sociales por el hecho de la guerra, para 
hacerla formar parte de una concepción general del estado social pro- 
pio del hombre, y recibir de ella sus leyes. Con los materiales aco- 
piados antes, construyó una obra que pudo con razón llamarse nueva; 
di6 á las opiniones ya einitidas, á los conceptos ya elaborados, á, las 
generalizaciones ya apuntadas, la forma sistemática que requerían 
para constituir una ciencia. Por esto su famoso libro De Jure BeUi ac 
Pacía es verdaderamente el primer tratado del derecho internacional 
moderno, y su autor el padre de este importante departamento de los 
estudios jurídicos. El objeto de la nueva investigación está propuesto 
con toda claridad, es referido á sus verdaderos antecedentes, y estu- 
diado en todas sus consecuencias. Para llegar al estado de guerra es- 
tudia el estado social y las agrupaciones civiles y políticas, dá su 
carácter á la ley, que divide según las opiniones de la época, y carac- 
teriza al poder soberano que la dicta; busca las causas de la ruptura 
del estado de paz y funda la guerra en el derecho de castigar el daño ; 
reconoce la igualdad de las naciones, y la existencia entre ellas de re- 
laciones y pactos que pueden y deben sujetarlas á leyes comunes ; 
introduce en el estado mismo de abierta hostilidad los principios que 
se derivan de los derechos comunes y de la naturaleza de los hombres, 
señala las limitaciones que ha de tener el derecho de guerra y como 
debe tender siempre & restablecer la paz, por donde vuelven á entrar 
en su cauce las relaciones de los individuos sociables, ya se consideren 
en sí, ya agrupados en pueblos. 

Si se buscan en los precursores de Grocio muchas de las materias 
que tocó ó trató extensamente, algunas de las nociones que desenvol- 
vió y de los principios que propuso y aplicó, así como no poco del es- 
píritu por lo general levantado y generoso que le dictó su obra, se 
encontrará ciertamente. Pero lo que le dá su verdadero valor, entre 



iíOTAS ÉDrtOÉULtíá 175 

los bieniíeckores de la humanidad, el conjunto de su obra, que la pusd 
en condiciones de obrar inmediatamente sobre sus coetáneos, y abrir- 
les, por decirlo así, todo un nuevo campo para el estudio, la aplicación 
y el mejoramiento de sus semejantes, eso no se encuentra sino en él* 
Victoria, cuya gloria no se amengua por esta verdad, fué un teólogo, 
que dedicó dos de sus Eelediones k estudiar con grande alteza de mi* 
ras la ocupación de las Indias por los españoles, y el hecho de la guerra 
en general, pero no pensó en escribir un tratado sobre la materia. 
Ayala, escritor aventajadísimo para su tiempo, dedicó ya uno de los 
tres libros de su obra al estado de guerra, estudiando las razones para 
declararla, lo que puede justificarla, el derecho de represalias, los re- 
henes, prisioneros, &, pero no sistematizó su estudio, y abordó al mis- 
mo tiempo la política y la estrategia y se detuvo mucho más en la ley 
marcial, escribiendo así un libro muy útil, anticipando muchas ideas, 
pero sin llegar á limitar la materia, & darle su verdadera extensión, y 
mucho menos á agotarla. 

Los servicios de estos antecesores no son de desdeñar; Grocio nun- 
ca pensó en desconocerlos ; en los Prolegómenos de su gran obra cita 
á Ayala (§ 38), y en la décimasexta de sus epístolas, k Vázquez, Gen- 
til y Hothoman. Así es que Henry Hallam, cuya competencia y eru- 
dición no pueden ponerse en duda, y que tributa k Victoria y Ayala 
muy espontáneos elogios, bastantes años antes que los autores citados 
por el señor Novo, dice : «España parece haber sido el país en que se 
discutieron originalmente estas cuestiones, sobre principios más am- 
plios que antes, así como sobre precedentes». Y poco después, llegan- 
do á Grocio y su gran obra, añade : «Cosa es sabida de todos que la 
publicación de este tratado forma época en la historia filosófica y has- 
ta política de Europa. ( Introduction to the Literature of Europe cf, 
Second. voL Chap. IV, Sed III Ji^. 

Pero si todavía se necesitaran pruebas de que toda gran obra tiene 
antecedentes próximos y remotos que la preparan y explican, bastaría 
para darlas ver que esas ideas expuestas por el teólogo y jurista espa- 
ñoles tenían que ser patrimonio, en lo esencial, de los humanistas de 
su tiempo, porque alborean ya, y con no pequeña claridad, en uno de 
los grandes maestros postumos de esa época, en Platón. 



116 



kEYisÍA CtJfiAÍÍÁ 



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Entre loa gfandcs precursores de las ideas fecundas con que ka 
constituido y constituye la humanidad su caudal de cultura, hay que 
colocar siempre en primera línea al ilustre ateniense. Cuando se le 
ve recorrer tan diversos dominios de la especulación, para dejar en 
todos las huellas de un genio poderoso y anticipar tantas materias de 
examen y tantas soluciones, no parece exagerado el juicio de Emer- 
son, cuando afirma que «de Platón nace todo lo que aún se escribe y 
se debate entre los pensadores». En la materia de que tratamos lo que 
apuntó y anticipó es verdaderamente digno de admiración. Lejos de 
haber restringido los deberes de benevolencia á los miembros de su 
república ideal, como dice con notoria inexactitud el señor Novo, fué 
el primero que se elevó con perfecta claridad á la noción de las rela- 
relaciones de humanidad entre los diversos estados de Grecia, aún en 
el caso de guerra ; sin que esto quiera decir que esa noción no viniera 
elaborándose por la acción de las anfitionías. Pero Platón la expuso 
con minuciosidad, y lo que es más extraordinario, insinuó que los lí- 
mites de estas relaciones no eran precisamente los de Grecia, sino que 
la guerra con los bárbaros debía modificarse en correspondencia con 
principios más elevados y generosos. La idea que aún hoy dista de 
haber llegado á su plenitud, despunta aquí : el hombre aun cuando 
emplee la fuerza contra su semejante, está en presencia de otro hom- 
bre, y sus relaciones están reguladas por la ley moral. Y si se consi- 
dera cual era el concepto del Estado que tenían los helenos y el de 
sus relaciones con los extranjeros, se ve que el progreso indicado por 
Platón era inmenso. 

Los principios, tan bellos y humanitarios, recomendados por Vic- 
toria están ya consignados en el libro V. de La República. Es un pa- 
saje digno de ser conocido; teniendo por supuesto en cuenta que 
Grecia estaba dividida en estados tan independientes entre sí como 
las actuales naciones cristianas. Sócrates habla con Glauco : 

— «Pero ¿cómo se comportarán nuestros guerreros con el enemigo? 

— ¿En qué? 

— Primero en lo concerniente á la esclavitud; ¿te parece justo que 
los griegos reduzcan á la servidumbre ciudades griegas? ¿No deberían 
más bien prohibirlo á los otros, en cuanto fuera posible, y sentar como 



KOTAS EDItORlALES 



Í77 



principio qué se respetara k la nación griega, por temor de que caiga 
éil la esclavitud de los bárbaros? 

^—Ciertamente es del mayor interés respetarla. 

^— ¿Y no tener por consiguiente ningún esclavo griego, y aconsejar 
k todos los otros griegos que sigan este ejemplo? 

— Sin duda. De este modo en vez de destruirse mutuamente auna- 
rían sus fuerzas contra los bárbaros. * 

— ¿Te parece bien que despojéis á los muertos y que quiten á los 
enemigos vencidos otra cosa que las armas?.... Despojar á un muerto 

no es bajeaa y no revela innoble codicia? Que se abstengan, pues, 

nuestros guerreros de despojar á los muertos y que no rehusen al ene- 
migo el permiso de enterrarlos. 

— Consiento en ello. 

— Tampoco llevaremos á los templos de los dioses las armas de los 
vencidos, sobre todo de los griegos (1), para convertirlas en ofrenda 

— Muy bien. 
— ¿Qué piensas de la desvastacion del territorio griego y del incen- 
dio de las casas? 

— Me agradaría saber tu opinión en este punto. 

— Mi opinión es que no se debe desvastar, ni quemar, sino conten* 

tarse con acaparar todos los granos y frutos del año Si cuantas 

veces se levanta la discordia en un estado, los ciudadanos talasen las 
tierras y quemasen las casas unos de otros, te ruego que veas cuan 
funesta sería y cuan poco sensible á los intereses de la patria se mos- 
traría cada partido. Si la considerasen como su madre y nodriza, 
¿coraeterian semejantes excesos contra ella? ¿no creerían los vencedo- 
res hacer suficiente mal á los vencidos quitándoles las cosechas del 
año? ¿no los tratarían como amigos á quienes no han de hacer siempre 
la guerra y con quienes deben reconciliarse algún dia? 

— Esta manera de obrar es mucho más conforme á la humanidad 
que la primera. 



(1) Adviértase que no se excluye á los bárbaros en el precepto anterior, y que 
aquí se les comprende claramente, pues se trata de cualquier vencido, y en particu- 
lar de los griegos. 

23 



118 REVtsf A CÜ6AÍÍÁ 

— Y bien, ¿no es un Estado griego el que pretendes fundar? 

— Sin duda. 

— ¿Sus ciudadanos no ser&n humanos y virtuosos? 

—Sí. 

— ¿No serán también amigos de los griegos? ¿no considerarán la 
Grecia como su patria común? ¿no tendrán la misma religión? 

— No hay duda. 

— Pues tratarán de discordia sus diferencias con los otros griegos... 
se comportarán como debiendo reconciliarse un dia con sus adversa- 
rios .... los reducirán blandamente á la razón, sin querer, para casti- 
garlos, hacerlos esclavos, ni arruinarlos no talarán ningún lugar de 

Grecia, no incendiarán las casas, no considerarán como adversarios á 
todos los habitantes de un Estado, hombres, mujeres y niños sin ex- 
cepción, sino sólo á los autores de la diferencia». 

Aqu{ no están sino los gérmenes; es para la nación helena, para la 
que se predica casi exclusivamente la nueva doctrina ; si bien para to- 
da ella ; pero ¿no son éstas las ideas que, sepultadas y como esterilizadas 
durante siglos, hablan de surgir entre los precursores modernos de 
Grocio, vivificadas por el sol del renacimiento, en los albores del libre 
examen? Estas son, sin duda, y así constituyen una demostración con- 
soladora de que ningún principio de humanidad y justicia se pierde 
al cabo. Bien se necesita en nuestros tiempos recordarlo. 



La serie de los números primos. 



Mr. P. L. Cirodde en sus Leccíoiies de Aritmética pretende demos- 
trar que hx serie de los números primos es ilimitada, valiéndose de 
este procedimiento: 

«Supongamos, si es posible, que n sea el mayor de estos números ; 
formemos el producto 2.3.5.7... 7¿ de todos los números primos: el 
numero 1+2.3.5.7. . , .n es primo; de lo contrario, sería divisible 
por un número primo, y es claro que el residuo de su división por 
uno de estos números es la unidad». 



NOTAS KDITORIALBS 179 

La demostración os falsa. El Sr. Pedro Miralles h» enoontrado (juo 



el número 



1+2.3.5.11.15=30,031 



no es primo, pues resulta: 

30,031=59X509. 

La demostración que presenta el Sr. Bernardino Sánchez V^idal, 
(Lecciones de Arüméiica) es tan concluyente como elegante. Dice así: 

tLa serie de los números primos es ilimitada; es decir que^ dado 
un número primo cualquiera^ podremos demostrar que siempre hay 
otro número primo mayor que él, 

«En efecto, sea N un número primo, y vamos í demostrar que hay 
un número primo mayor que N. 

«Sea P el producto de todos los números primos desde 1 hasta ^, 
de modo que 

1X2X3X5X7X....N=P. 

«Si afiadimos á P una unidad, se tendrá un número P+1, que po- 
drá ser 6 no primo: si lo es, P+1 es evidentemente mayor que N, y 
por lo tanto, el principio queda demostrado. Si no es primo, será di- 
visible por un número primo diferente de la unidad ; pero, siendo P el 
producto de todos los primeros 1, 2, 3, ... . hasta N, P+1 no puede 
ser divisible por ningún factor primo de los que se compone P, porque 
cualquier factor de los de P no puede serlo de P + 1, sin ser un divi- 
sor de 1, diferencia entre P+1 y P, lo que no es posible; luego si á 
P+1 le divide un número primo y no es ninguno de los factores de 
P, tiene que ser mayor que el mayor factor de P, que es N ; luego hay 
un número primo mayor que N, que es lo que debíamos demostrar». 



182 



REVISTA CUBANA 



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principalmente el primero, que dijo con notable maestría su hermoso 
canto de entrada en el aguato del primer tiempo. 

Últimamente se ha presentado la señorita Angelina Sicouret, bellí- 
sima j6ven discípula del sefior don Fernando Arizti, que ha causado 
con un estudio de Chopin, un Scherzo de Espadero, y una gran sonata 
de Beethoven para piano y violin, la más agradable impresión, dejando 
entrever, desde luego, el brillante .porvenir artístico que le espera. 

Pero el acontecimiento musical de más importancia bajo el doble 
punto de vista artístico y piadoso, ha sido seguramente la función 
combinada por la distinguida artista-aficionada señorita Margarita Pe- 
droso, con el concurso de las señoras y señoritas Juana Spencer de 
Delornie, María Kay, Carmelie Agrámente de Armas, María Teresa 
Pedroso, Felicidad de Alvear, María Aday, Luz Spencer, Teresa 
Céspedes, Elvira Céspedes, María Agramonte, Carmclina Carplnel, 
María Pedroso, Dolores Pedroso, Carmen Lluch, Mariana Lluch, Ma- 
ría Céspedes, Clara Sorties y Mercedes Lluch ; y un gran número do 
caballeros profesores y aficionados, función que se llevó á efecto, con 
gran éxito, en el Teatro de Tacón, la noche del 25 de Enero último, 
á beneficio de las víctimas de Andalucía. 

Nosotros no encontraremos jamás palabras bastantes expresivas pa- 
ra celebrar y enaltecer cuanto se merece, ese interesante grupo de afi- 
cionadas coronado por Margarita, grupo que, á nuestro modo de ver, 
es la expresión genuina de la excelsa virtud, del talento sumo. 

Porque, en efecto, abordar en un teatro materialmente cuajado de 
espectadores, obras reservadas á grandes artistas, y salir de tan ardua 
empresa airosa, celebrada y aplaudida, no se hace sino con talento, con 
un corazón de oro, y con ese valor y serenidad de la más profunda 
convicción. 

Cantar la Casta diva con suave dulzura, con acento celestial, con 
segundad ritmica y firme entonación, así como la canzone del ré di 
Thtde en la menor con reposada y tranquila voz, y el ollegretto que le 
sigue, haciendo de una manera* increible en una aficionada, los cuatro 
compases de trino sobre el sí hemd de la tercera línea : cantar, por 
fin, todo el tercer acto de Sonámbvla^ con un sentimiento que tantos 
hemos admirado y aplaudido, venciendo con notable facilidad sus ma- 



iguno, y apreciado lioy ■ 
. y serena. 



pocas 



más brillantes de la. hi»- 



tnitad del siglo SXi al x\ni; 
niciiza el batallar constante de 
lOíIerno, con las viejas doctn- 

era abnegación, fe y sacrificio 
/ batallas, destrucción y muer* 

ciencias y las letras á su ma- 
los cscuc liaban alegres los ecos 
arecía vagar por las calles de 
nífico; en que brotó detrás de 
iladora de Campanela; en que 
pruebas del mus profundo es- 
tba en sus libros á la hoguera 
sio y líscaKgcro llevaban en 
1 la luz serena de la erudición 
kespeare, ignorado del mundo, 
¡lo; en que Cervantes lanzaba 
enaeion más implacable de las 
itc y eonflagracioncs y se reve- 
|ue abrasaron á Miguel Scrvet 
fé de la Inquisición üspafiold. 
)r y hombre de mundo, Lope 
nmensa. Preciso es imaginár- 
Lcomprensible, luciendo lo mis- 
)s salones de los nobles que su 
nías Literarias, y lo mismo en- 
leioncs y los personajes que en 
1 su nombre, que galán de tea- 
s compañías creadas en Madrid 
r. su espada de caballero hubo 
enemigos alevosos y en repeti- 
rlo que asombraba al mundo, 
1 sus repetidos y continuados 



96 REVISTA CUBABA 

is holandesas, y pobre, sbatido como nunca, volvió k lu patria ún 
propiedad que un poema escrito sobre la nave que lo llevaba 4 
ibatir ii las costas británicas, y k aureola luminosa del génío que 
aba sobre au frente. 

Fácil de adivinar seri, conociendo el 6n que aguardaba en Espafla 
dos los grandes hombrea, ouál fué el de Lope. Volvió la muerto i 
batarle una segunda esposa, quitóle k poco la existencia de un 
, su hija Marcela entró en el convento de las Trinitarias Descaí' . 
y entonces el insigne dramaturgo, como Calderón, Moreto, y Tirso, 
idonó sus vestidos de caballero por el traje talar del sacerdote, 
i no le esperaban tampoco en el seno de la Iglesia la tranquilidad 
BOBiego. Nuevas aventuras le estaban reservadas, y si al principio 
rasó en poesías admirables la contienda tenaz é irresistible que se 
iba en su espíritu, otros ejemplos muy comunes en su siglo emi- 
tcmente corrompido, le hicieron vacilar y caer en una senda de 
eres y remordimientos, (1) No es de mi ánimo ahora extenderme 

I Por k fadolB de eits brevfíiima confereDcis, uo pud« ext«nclanne, entra otros 
j¡» d« importancia pobro no detalle ravy intereeaote de la existencia de Lope: 
imores. La célebre conedianta Josefa Vaca y la na niéDoe fnnioe» Isabel de la 
iarlao atonto & Duriosos eetudioB sobra lasooetombresespafiolaa del siglo xvti. 
6 lag poufas á qae me he refarido se encuentran dos notables BonetoB, nao i la 
. j el siguiente que reproduuoi 

¿Qué tango yo que mi amistad pracnraa? 
Qné interés se te signe, Jeans mió, 
Qué í. mi puerta cabierto de rocío. 
Pasas las noches del invierao eecnrai7 

iOh cnanto fueron mis entrafias dnras, 
Puex no te abrf! ¡Que eitraOo deavarfo, 
Si de mi ingratitud el hielo frío 
Secfi las llagas da tus plantas puras! 

¡Cuántas veces el ingel me decía: 
■Alma, asómate agora i la ventana, 
VerAs con cuinto amor amar porfía!* 

Y CD&ntas hermosnra soberana, 
■MaBaoa le abriremos respondía 
Fuá lo mismo responder mafiana.s 



ÜUU RETISTA CÜBAKA 

aban que aquel sobre cuya noble cabeza empezaba ¿ marcar 9U huella 
i impía nieve del tiempo, era uno de esos pocos destinados k seguir la 
uertc de su raza, y ü conservarse en la memoria de sus semejantes 
liéntras exista la humanidad sobre la tierra. Tan feliz en su retiro, 
an alejado como murió, Guillermo Shakespeare habia gozado del aura 
opular, y habia sido de los pririlegiad os capaces de Juzgar con sereno 
iiicio á los hombres y de sondear con mirada penetrante los oscuroa 
biamos del corazón humano. El tuvo la risa de Moliere y la profun- 
lidad del Dante. A su mágico conjuro aquellos pobres amantes de 
Gerona, cuyo nombre sciía hoy ignorado de la mayoría de las gentesi 
' conservado sólo por unos pocos como el triste recuerdo de las renci- 
A3 abominables de dos familias italianas, brotaron de su tumba para 
dquiñr inmortal e.xistcncia y ser el símbolo eterno del amor más 
;randc y más profundo ; él expresó, inspirado en la antigua leyenda 
inamarquesa de un príncipe loco, la enfermedad horrenda de la duda 
uc agobia siempre nuestro flaco espíritu; él, en medio del coro fan- 
istico de las brujus de Kscocia, representó la ambición en Macbeth; 
I hizo sufrir á liicanlo III las angustias infernales de los tormentos de 
i conciencia; él encarnó la perfidia en Jago y los celos en Ótelo, y 
pesar de las tinieblas profundas en que supo encontrar palpitantes las 
asiones más exaltadas del hombre, tuvo una carcajada para Falstaff, 

una dulce lágrima para Ofelia. 

¡Qué grande, señores, y qué universal Shakespeare! Nació inglés, 
ero pertenece al mundo . . . Natural es, por tanto, que aun después de 
i influencia de los dramaturgos españoles sobre los franceses, éstos no 
Dmpieran abiertamente con las estrechas unidades mal llamadas aria- 
3télicas, hasta que se abrieron sus ojos con la actitud de la crítica ale. 
lana, y se impresionaron con el gran actor Kemble, que visitó k París 
n 1800. Y es que mientras Shakespeare pertenece k todas las edades 

¡i lodos los pueblos, Lope de Vega pertenece á una sola nación y 4 
na sola época, á esa gran época de contrastes que he procurado tra- 
iros á grandes rasgos al priucipio de mi discurso. 

Nada más difícil que hacer un juicio general y breve de este escri- 
)r fecundo. Novelista, crítico, historiador, dramaturgo, poeta lineo, 
)do lo fué Lo])e en el terreno de las letras. ¿Cómo encontrar una en- 



REVISTA CUBANA 



n menospreciado á Lope como poeta insigne, lo han hecho 
y sin fundamento, fijándose tan sólo en sus errores y dejaos 
io suB inmensas bcllezns. E\ siglo xix tiene la fortuna de 
no de los mus grandes poetus que han existido, á quien coa- 
a posteridad al lado de Homero y i la derecha del Dante ; 
diríamos nosotros, señores, si nos fuera dado despertar de 
cientos aflos, cuando ya las negras sombras del olvido hayan 
«ta nuestro último recuerdo, y contempláramos á un crftico 
idlera lanzar del Parnaso k Víctor Hugo, sólo por haber cn- 
n sus obras á la luz de un examen mezquino, algún defecto, 
nido, ó muchos, inÜnitos si se quieren? ¡Desdichada de la 
lia en que se juzgara así á los grandes hombres! 
ir eminentemente nnturalista, en el recto sentido de la pala- 
cultivó, sin embargo, el ideal en su grado mayor de sublimi- 
mio de poeta adornó con las galas de una fantasía inagota- 
hos reales de la vida en que fué actor amenndo él mismo, y 
I su alrededor una mirada de critico, nos dejó en sus obras 
n más completa de las ideas de su tiempo. La Estrella de 
:de ser la más inspirada de sus obras y La Dorotea la m¿3 
Pero no dejó por eso de demostrar en otras muchas sus 
ualidades de profundo observador de la vida, como en El 
Hortelano, que me viene ahora It la memona, y que es una 
ilisima é intencionada de ese defecto tan común en la hu- 
¡ue se llama el egoísmo. Y tan ciertas fueron estas dotes de 
en I^pe, que ilustres escritores no se han desdeñado de 
como el gran Moliere que se inspiró en El Acero de Ma- 
trazar la comedia inmortal que con el titulo de El Médico á 
ió Moratin al castellano, y Agustín de Moreto, que en El 
d desden arregló los Milagros del Desprecio de Lope, con- 
e un puesto distinguido en la historia literaria. 
lan cuales fueren los defectos de Lope de Vega, nadie podr& 
gloria de haber fundado el teatro espa&ol. Si él no hubiera 
le «di&cio magnlReo en que se elevan inmortales nombres tan 
respetados, fio sei-fa como es hoy admiración de las gentes y 
intusiasmo y estudio, y ni ¿un las honras más veneradas de 



estadística 

DE LA ABOLICIÓN DB LA ESCLAVITUD EN CUBA. 



La ley de 13 de Febrero de 1880 para que cesase en Cuba el esta- 
do de esclavitud de la raza de color fué promulgada el 8 de Mayo del 
naisino afio. 

Los patrocinados que adquirieron la libertad, al terminarse el pri- 
mer afio de la abolición, se elevaron k 6,366. 

Durante el segundo afio, se libertaron 10,249, según se vé en el 
estado siguiente: 







por 


Por 
Indemnl- 
atolón 




Por 
otras can- 


TOTAU. 


Fimr dd Mío. 


407 
550 
1,107 
740 
32 
640 


434 
1,138 
452 
857 
47 
301 


281 
465 
487 
483 
4 
281 


17 
228 
27 
71 
45 
18 


so 
224 
453 
220 

24 
136 


1,219 
2,605 


Malangas 


2,526 
2,371 


Puerlo-Principe. 

Santiago de Cvba 


152 
1,376 




3,476 


3,229 


2,001 


406 


1,137 


10,249 



206 REVISTA CDBAVA 

yan cesado de ser patrocinado* 8,794 individuos por indemnización de 
servicios, en uij toíal de 54,184; es decir 16.23 por IQO. 

Por faltar al artfculo 4* de la ley, que obliga al patrono fi mantener 
y vestir & los patrocinados, ¿ asistirlos en sus enfermedades, íi retri- 
buir su trabajo con el estipendio mensyEl que la misma ley determina, 
y & dar k los menores la enseflanza primaria y la educación necesaria 
para ejercer una arte, oEcio ú ocupación útil, han adquirido la libertad 
$,766 patrocinados ó sean 6.95 por IQO de los 54,164. Esta relación 
probablemente se, aumeijtj^ en, el| quint^o aíSo, como resultado de la 
diñcü situación económica en que se encuentran los patronos. 

No ^bemos qiié núoici^o de patrocinados existía al terminarse el 
cuarto año de estar en vigor la ley.de abolición; pero la Gaceta de la 
Hqbaiux de 7 de.piciemlw.e de lá83 n08_ informó que el 8 de Noviem- 
bre de ese año, había 99,566 en toda la Isla, de los cuales 13,885 co- 
rrespondían L la -provincia de Pinar del Bío, 18,427 k la de la Habana, 
36,620 k la de Matanzas, 23,260 á la de Santa Clara, 246 á la de Puer- 
to-Príncipe y 5,128 4 la de Santiago de Cuba. 

No es posible determinar el desenvolvimiento relativo de la obra 
de redención del, negro, por carecer de datos, pertinentes al número 
de esclavos al comenzar Ji aplicarse la ley de 13 de Febrero de 1860. 

íiANUBL VILLANOVA. 



208 ÜEViaÍA cítbaíía 

Dpñmía, después de haber rechazado tods autoridad injusta, todo frenó 
que ellos mismos no decidan imponerse, encuéntranse colocados entre 
un pasado ya imposible, y un porvenir desconocido; y ese dia, señores, 
todo pueblo que quiera vivir, uno en su colectividad, tendrá también 
su pasión del bien, y el bien para los pueblos y& sabeia que es el pro- 
greso, el mal, es la estagnación, precursora de la decadencia; y ante 
estas situaciones que se imponen con fuerza irresistible, ni hay ciuda- 
dano honrado, ni pueblo digno que tenga el derecho, ni iiun la facultad 
de retroceder. 

La hora de transición parece haber llegado para Espafia, y ha llega- 
do también la de la transformación completa y decidida Las antiguas 
Instituciones rudamente combatidas hace tres siglos, sólo ofrecen ruinas 
respetables: La caida es definitiva, pero demasiado violenta; nada só- 
lido se ha fundado todavía. Parece talmente que hemos olndado el 
porvenir; vivimos sobre las ruinas que hemos hecho, vivimos en una 
choza provisional, en cuya construcción hemos acumulado unos sobre 
otros, en un orden grotesco, loa más heterogéneos materiales. Todo 
esto es confuso y abigarrado, se conmueve al menor choque y amena- 
za arrastramos en su coida. Ni somos nada, ni nada hacemos, y es la 
ocasión de repetir la frase del poeta de la juventud, Alfrcd de Mussct : 
tToiU ce gui élait jC esl plus, toiU ce quiaera n' eat pos encoré». Ni 
somos nadie, ni sabemos querer ser algo. La generación que pasa no 
se ocupa de la que viene, y parece talmente que ha adoptado cada uno 
como regla de su conducta, aquella frase tan conocida de! tirano : <Des- 
pue de mf el deluvio.i 

Kn esta gestación demasiado larga y dolorosa, se ha producido un 
fenómeno, tan sensible como inevitable ; — todo lo hemos sacrificado en 
aras del presente ; — el egoísmo se ha apoderado de todos, el egoísmo 
completo, sin freno ni pudor. 

Y se ha olvidado que el egoísmo es una falta, una torpeza, un vicio, 
un crimen ; — que el egoista es un sét incompleto, ¿ quien le falta ese 
admirable sentido de la simpatía, fuente viva de toda felicidad huma- 
na;— es un quebrado desleal que no paga sus deudas, un fallido frau- 
duloso que viola un contrato del que ha gozado; — es un insensato que 
no sabe á dónde vú. 



10 ttEviafA cübaKa 

estos fenómenos estún sujetos 4 leyes, que aunque más cornpllcfl- 
no por eso son menos fatales que las que rigen al mundo físico y 
lundo biológico: hasta desconocemos, señores, que existe una ley 
olúgica ineludible, y es, que la prosperidad de un país, su régitocn 
ernamentai, están en relación constante y directa con el grado de 
lucion del mismo ; — y nuestro grado evolutivo es tan débil si, como 
acional, debemos medirlo por el de nuestra cultura, que justifica 
3S los desaciertos, todas las arbitrariedades, y úim pudiéramos afia- 
todas las opresiones. 

Y no hay más que un arma poderosa y noble, bien lo sabéis, para 
ibatir aquellos monstruos : esta arma es la educación. 

¿Pero cuál educación? ¿Son todas, hoy, igualmente eficaces? ¿A 
I de ellas dar la preferencia? 

Tres filosofías se disputan, señores, la dirección de los eipíritus: la 
ógica, la metafísica y la positivista. Cada una tiene su principio, 
nétodo y su fin. Y aunque no tenemos la idea de hacer un trabajo 
polémica, sino de simple exposición, vamos á seflalar, brevemente, 
razones severas que nos hacen declarar, que entre las tres, es la po- 
ía, la única, que hoy, como expresión del saber científico, es bas- 
te vigorosa para preparar al hombre, de manera que entre digna y 
fiadamente, en esta ardiente arena de la vida en que tiene que em- 
ar rcffidas batallas contra la superstición y la Ignorancia. 

Y no es que desconozcamos la importancia histórica de nuestros 
epasados la teología y la metafísica, representantes res pee tí vam ente • 
progresos y civdizaciones que prepararon el advenimiento de la fi- 
ifia positiva; — ^y en prueba de ello vamos á hacer, en nombre de 
positivismo tan desconocido, una declaración franca y honrada, que 
lirará quizá, en labios del adepto de una escuela que deteniéndose 
deatamente ante ese mar sin orillas de lo desconocido para el cual, 
10 dice el poeta, no tenemos ni barca, ni vela; — no aceptando nada 
cuanto está fuera del alcance de sus medios de investigación, pone 
punto de interrogación ante esas ideas trascedentales, nebulosas de 
inteligencia, atrevidas concepciones de la imaginación softadora, 
]ue 90n expresión de seres, de entidades y de fuerzas extra- 
urales. 



>res los progresos de las ciencias, 
iástica. 

icntc, por que de los dos gran- 
as ciencias, no enscHa, comple- 

las letras; — y en cuanto á las 
ente, y sín sistema, existiendo 
humanidad, k las cuales no se 
;ico y scmi-ISico. 
iuseñanza teológica por error de 
falta de doctrina. En éstas, co- 
L que hacerse literatos, admira- 
ciencia, partidarios del método 
ligiosos católicos, y metafislcos 
:n, que depende do la falta de 
secuente. es el infecundo escep- 
ud. 

r es coinun k la Iglesia y á la 
e cree llegado el momento de 
I, en asuntos de educación, no 
mperante. Tiene sobre el Esta- 
irpo, y de solidez inquebranta- 

una manera muy incompleta; 

superioré inflexible; — y sobre 
iteriormente la superioridad de 

de fuerza, á textos escritos en 
Intos del nuestro. 
.1 de ésta p:ira vosotros enojosa 
os emprendido impulsados por 
)or el deseo de corresponder á 
3nte amigo ei Sr. Montero, — pa- 
to trascendental, y en beneficio 
, filosofía positiva, al eminente 
derosas, de las m¿s vastas ins- 
[>rófundamente morales que han 



CACIOS SJlGfTN La íl 

cactón superior pi 

cierta inatrucci< 
>titud de alcanzar 
i base, en que del 

1 las distintas carr 
3, no manos necea 
iraza el conjunto ' 
I temáticas, con olí 
y lógico, por le a 
i éste un orden arl 
:dece ¿ un arregl 
ilaciones de las co: 
lio de estas cienci 
r ejemplo, la Astr 

necesarias para e 
to de la Química 
biológicas, cuyos • 
\ t'poca, permancí 

seflores, esa gran 
tra que los heoho! 
nte sujetos á leye; 
'encion extra-nati 
bres entre sf, ¿la c 
i naturaleza huma 

igica gerarqufa pii 
)rresponde ; — cada 
sigue, y adquiere 
tidez, que justificE 
da y trascendente 
^uía lo que Conté 
prema expresión 
del mundo; — ton 
iflsieo de un todc 



216 REVISTA COBANÁ 

sino en el sentido relativo, ó positivo, de la porción de universo qtie 
iios es accesible, y que podemos por lo tanto conocer. 

Estas ciencias son opuestas ú las ciencias concretas ó particulares 
como la Geología, la Historia natural, la Botánica, la Antropolopía. — 
Estos son dominios especiales, á los qne puede cada uno dedicarse se- 
gim sus aptitudes; y en los cuales tendrá tantas míis probabilidacles 
de sobresalir, cuanto mejor instruido se encuentre en las ciencias abs- 
tractas, que proponemos como base de la instruecii'm superior. 

Pero se me preguntará acaso, ¿qué sé ha beelio en semejante sis- 
tema de enseñanza de la Psicología, la Teología, la Metafísica, la Moral, 
la Estética y otras ramas no menos importantes del saber humano? 
Pues diré, que todo lo que necesita saber \\n estudiante en Psicología, 
puede aprenderlo en la ílsiología psíquica, porción de la Biología; — 
la Teología, la Metafísica, la Moral, la Estética, y aíin la Teoría de la 
Industria, encuentran su puesto natural, en cada unn de las faces de 
lo historia en que alcanzaron preponderancia y brillo. De ahí la im- 
portancia inapreciable de la Socielogía, y notad de paso, que sólo el 
positivismo tiene esta ciencia en su programa. 

Esta instrucción enciclopédica y fundamental, la da el positivismo 
i'i los jóvenes, de ambos sexos, notadlo bien, de quince á diez y seis 
años, fi quienes ya supone provistos de suficientes estudios literarios, 
y aun de cierta iniciación matemática. 

Pero entremos en algunas explicaciones, aunque breves, sobre los 
estudios literarios y el puesto que les corresponden en nuestro plan 
general, marcando, al mismo tiempo, el punto decisivo, por el cual, la 
enseñanza positiva se distingue de las otras. 

Las enseñanzas, eclesiástica y universitaria, conceden la preemi- 
nencia al saber literario, del que hacen el fin esencial de una educa- 
ción ; — y viene el saber científico en un puesto muy subordinado, se le 
coloca fragmentariamente, al azar, por decirlo así, y teniendo sola- 
mente en cuenta las necesidades de las distintas carreras. En nuestros 
colegios, la instrucción literaria se distribuye á todos, pero la instruc- 
ción científica, y aun sumamente ligera, á algunos poco?. En este sis- 
tema en que el saber literario es el factor general, no se co.isidera á 
la ciencia eoino un elemento necesario para la formación de un joven, 



2Í6 nerisrA cübama 

que la que hoy se lo orrece ; — y provisto además de sólidas tlocíoaea en 
Biología, se encontrari en mejor aptitud de apropiarse el conocimiento 
de esa físiolo^ia desordenada que se llama Patología, y que es el objeto 
primordial de la Klcdicina. 

El estudiante de Derecho, y el que se destina k las funciones pú- 
blica y á la administración de su país, encontrará en la Sociología, lo 
que en la Biología, el estudiante de Medicina: una preparación que 
hoy le falta absolutamente, y que por la evolución de la historio, y por 
las leyes del orden social y del progreso, abre k su espíritu, fimplios y 
dilatados horizontes ft la discusión y 4 la práctica. 

Pero, señores, la más trascendental de las reformas que en la ense- 
fianza introduce el positivismo; — reforma indispensable para conseguir 
resultados completos y decisivos, es, que la mujer sea la primera que 
de aquella se aproveche. Porque es clin ante la ciencia positiva, la pie- 
dra angular del orden y del progreso ;^t al parece, al observar en éste 
la marcha acelerada, que el porvenir le pertenece. En su triple aspecto 
de hermana, esposa y madre, ejerce sobre el mundo que la rodea una 
influencia, buena 6 mala, pero siempre preponderante y duradera. Y 
esta influencia, así se ejerce en las naciones como en ios individuos. 
Recordad con la historia, las que han representado un papel de estímu- 
lo noble, y aquellos cuya influencia ha sido desastrosa para los pue- 
blos. Y puede decirse, que si el mal viene de la mujer, no hay nada 
grande, nada fecundo, nada que necesite el poderoso concurso de los 
sentimientos nobles y generosos, que se haya realizado sin su ardiente 
cooperación, su abnegación apasionada, su noble desinterés. Toda cau- 
sa que tiene en au favor á la mujer, dice Mismcr, es una causa ganada 
y toda causa que la tenga en contra está perdida. Desde el origen, la 
inteligente debilidad de la mujer ha triunfado de la fuerza brutal del 
hombre. 

Y no son solamente la razón y la justicia, las que nos hacen reclamar 
que reciba la mujer la misma instrucción enciclopédica que el hombre, 
señores; — sino el sentimiento de nuestra propia dignidad, el noble an- 
helo de la perfectabilidad de nuestra raza. 

La mujer que lleva al niño en su seno generoso, que tiene para él 
una fuente sagrada, inagotable, de vida; es el arbitro de su tempera* 



220 REVISTA CÜBiKA 

Y SÍ ente hecho no ha sido formulado rafis ¿ntea, y se vé desmentí* 
do amenudo por la experiencia, es, — y reténgase bien este punto esen- 
cial, — que en ninguna parte ha sido la mujer tan instruida como el 
hombre, y por consiguiente, su participación al fenómeno hereditario, 
contraria y aminora la Influencia del hombre. Es preciso, pues, que 
reciba la misma instrucción que éste, & fin ilc que pueda, paralela- 
mente, contribuir al desenvolvimiento cerebral de la especie y & 
la progresiva elevación de las razas inferiores al nivel de las supe- 
riores. 

£1 hombre es, señores, un organismo comple^to, perfeccionado, el 
menos imperfecto de los seres; — el último eslabón de esa larga cadena 
que empieza en el Evozonte. 

Embrión, feto, nifio, adolescente, adulto, como dice Narval, est& 
sometido durante todo su crecimiento, k una multitud de infiuenciaí 
exteriores que pueden modificarlo, fortificarlo, 6 destruirlo. Antes de 
su nacimiento, durante este momento doloroso, recibe un carácter in- 
deleble de herencia, conjunto de tcgidos que tienen necesidad para 
crecer, alimentarse de aire y de luz; — de ¿rganoe que no pueden fun- 
cionar sino en un medio determinado, y libre de todas travas. El hom- 
bre, naturaleza compleja, exige, hasta su entero crecimiento, múltiples 
cuidados, y una dirección inteligente. 

Lo que realmente constituye la supenoridad del hombre, lo que le 
asegura su impcrip sobre el resto del mundo, es ese conjunto tan deli- 
cado, tan fino, tan maravilloso, que se llama sistema nervioso; — y una 
vez debilitado ese sistema, desde que sus funciones se alteran, pierde 
el enfermo su humanidad. 

Pues bien, para que este sistema nervioso funcione libremente, ca 
necesario que el desenvolvimiento de las visceras, de los músculos y 
de los sentidos, se ejecute de una manera normal; — y de ahí, el solici- 
to y primordial cuidado del positivismo en asegurarse de la potencia 
física, de la salud ; — y puesto que esa anomalía de herencia, llamada 
atavismo, puede, según las circunstancias, hacer correr en las venas 
una sangra viciosa, ó generosa; puesto que puede dar un cráneo vasto, 
un pecho sólido, y músculos poderosos, aceptemos la necesidad de un 
matrimonio que sea capaz de preparar una estructura normaL 



222 REVISTA CDBANA 

Hé ahf, señoras, el brillante papel que k la mujer scfiala el positi- 
vismo ; — tan en armonía con vuestra exquisita sensibilidad, vuestra pers- 
picua inteligencia, vuestra encantadora dulzura, vuestra perseverancia 
incansable ; — y comparadlo, yo os lo ruej»o, con ese otro á que os llama 
una metafísica soñadora, que desconociendo las leyes ineludibles de la 
naturaleza, os excita con la lisonja k que descendáis k oste campo ar. 
diente de la lucha social, á disputarle al hombre cuerpo k cuerpo y en 
lucha desigual, una victona que sólo podríais alcanzar perdiendo los 
encantos todos que constituyen vuestra fuerza irresistible, y os asegu- 
ra un triunfo decisivo. 

Pero por interesantes que sean los detalles prácticos que de las an- 
teriores consideraciones se desprendan, fuerza es ya no abusar más 
tiempo de vuestra atención bondadosa, tan probada con esta diserta- 
ción, falta de interés j tan desprovista de aquellas f]:alas oratorias que 
son dignas de vuestra cultura y voy k concluir brevemente. 

No se propone el positivismo, señores, — palabras del eminente 
Littré, — un fin polémico contra ninguna creencia, ni contra ninguna 
filosofía. Enseña los hechos y sus leyes, sin permitirse fantásticas 
excursiones fuera de estos dominios ;— pero así como las ciencias par- 
ticulares han contrariado incesantemente los dogmas y creencias 
particulares, sin haber jamfis tenido la intención de combatirlo?; — del 
mismo modo, la ciencia general, la vigorosa filosofía que de la sistema- 
tización de aquéllas se desprendo, revela fi k conciencia moderna, un 
mundo completamente diferente del que las tradiciones teológicas nos 
representan. Entre estos dos mundos puede, señores, afirruarac, que 
no hay un solo punto de contacto. Hace el positivismo ver el mundo, 
tsl como la ciencia lo niuestru y deja, en cuanto al mundo teo- 
lógico, que cada cual deduzca las consecuencias como mejor lo en- 
tienda. 

Y es muy natural que hombres formados según el espíritu literario, 
en el que la imaginación prevalece, acepten esas disonancias más fácil- 
mente que loa que se forman según el espíritu cientííico, en el que la 
realidad es la que impera. £n el momento actual, el desacuerdo es 
grande entre el mondo, tal como es en realidad, y la inteligencia, tal 
como la ha hecho una educación viciosa. A los ojos del positivismo, la 



Jl EDOtiACIOIt StBÜ^ tí nLOHOFlA POBITÍVA 223 

carga de disipar ese desacuerdo y de establecer una 
;ente como importante. 

e lado interesantísimo, por el que la enseñanza enoiolo- 
Ktne el positivismo, tiende á ejercer una inHuencia ao- 
: las divergencias mentales, suministrando un fondo 

demostrable para todos, Hé ahí un punto de armonía 

el pensamiento y parala acción. 

tendencias conservadoras, porque éstas no tienen me- 
j que asocia los espíritus; ni peor enemigo que lo que 

la Teología, que en otros tiempos ha llenado con glo- 

funcion asociativa no estfi á la altura de los tiempos; 

[ue traer sn contingente á la suma, ya tan respetable, 

ntradictorios. 

a cualidad de ser real y demostrable, la enseñanza en- 

: fortifica la conservación, dirige también la revolución. 

se diga, señores, bíen sabéis que estos elementos, con- 
slucion, coexisten ; y es su coexistencia precisamente 
I de un tiempo de transición como el nuestro, 
so es el pecada de la conservación, lo es la anarquía el 
I ; y mientras mejor conozcamos las leyes del mundo 
' las condiciones sociales de la sociedad 4 que pertenc- 
inados estaremos 4 pedir á la experiencia y al saber, la 
le las dificultades sociales. 

señoras y señores, el tan calumniado criterio positivis- 
10 persuadirse de que, si en la época tan natural de su 
espíritu teológico el que tuvo la gloria imperecedera 
;stra patria la míis poderosa nación del Orbe ; hoy, so- 
ndóse en el luminoso criterio positivo, teniendo por 
sncia, é inscribiendo en su bandera el lema positivista 
rogreso, podrán nuestros gobernantes elevarla nueva- 
altiva preponderancia, k que la hacen acreedora, el 

de su raza, la nobleza genial de su carácter y también 

e sus grandes infortunios. 

j. F. ARANGO. 

de Enero de 1883. 



CORREsrOXDF.XCIA LITERARIA, 2"27 

líos (jiie, en sus preocupaciones teológicas y sus 
ideas modernas, se han figurado hallar en M. Tai- 
ISO aliado, olvidan que su método y su punto de 
inte los mismos, que en la época en que leian es- 
re fi-asu de la historia de la literatura inglesa : «Hay 
la amliicion, el valor, la veracidad, lo mismo que 
movimiento niuiioular, ó el calor animal. Kl vicio 
roducto lo mismo que el vitriolo ó el aiíicnr.» 

la historia humana es siempre idéntico, según 
) moral de los pueblos depende, en todos los casos, 
entes: Ja niza k que pertenecen, el viedio en que 
I adquirida, es decir, su situación en un móntenlo 

comprender la historia ¡Ktlftica y económica de 
te, ni su litorutura, sín estudiar esos tres grupos 
; ni mucho menos se puede gobernar una nación 
tenerlos presentes en cada ocasión y uno por uno, 
)s ó imprimir el movimiento en esa misma diree- 
on francesa distingue y analiza perfectamente esas 
lo las causas y los efectos, mostrando cómo nació 
injusticias y los privilegios odiosos del Antigua 
minó fatalmente en un desastre, por la ignorancia 
nos, la apatía de otros y las íhisionca de todos, de 
rios. ' 

ideas, ^.-qué cosa monstruosa, en el orden de las 
ritu, no lia ilc parecer el espeotíiculo de esos re- 
ksumhleu Constituyente y de la (,'onveucion, dis- 
Itoussenu, que toman de su maestro, v proclaman 
la extraña v absurda explicación del origen de las 
\nf, y la no menos absurda y estéril teoría del 
I otra base ni pré\'ia preparación se consagran íi 
:iiir la Francia, destruyendo de raiz todo lo que 
ntamentc abajo todo lo que se les opone, segando 
ombres y de mujeres, aplicando sin piedad y sin 
is, y proclamando la suprema infalibilidad de sus 
Éticamente con «| nPtnhfe (Je )fi Rft^on Humana? 



M. Taine no oculta sudesdéit, ni se empeña en suavizar los términos 
Je su desaprobación. No otra cosa debía esperarse de un filósofo,, eu- 
yas opiniones se elevan, eomo sobre un primer- cimiento, de las propo- 
siciones fundamentales de la Etica de Espinosa; que acepta de Dar- 
win la bipútesis del origen probable de la especie humana; que sólo 
cn-e en la evolución gradual de las sociedades lo mismo que de los 
individuos; y que considera los estados como organismos, sometidos i 
leyes fisiológicas que nunca impunemente se desconocen ó falsean. 

Dcsjjiuciadamente la misma firmeza y sinceridad, con que enuncia 
y «plica sus opiniones, .comunicarlas páginas de su libro im aecnto de 
dureui y basta de injusticia. Y la verdad es que JI. Taine, sin perder 
enteramente la vigorosa brillantez d& su lenguaje, y la abudancia mag- 
nífica de imíigenes, que tanto realzan la sólida trama de su estilo y H 
precisión matcmfitica de sus deducciones, ha compuesto, en suma, una 
obra que no es amena, ni de fácil lectura, ni de un interés igual on 
todas sus partes. Xútanse demasiado )a exageración minuciosa de de- 
talles, las acumulaciones excesivas de hechos menudos y de valor se- 
cundarlo. Ciertos defectos de su talento han ido prevaleciendo sobre 
otras cualidades, y ya capítulos enteros son á voces como selvas oscu- 
ras é intrincadas, dondu es difícil descubrir el camino, apcsar de los 
fúlgidos relámpagos de sus imAgcnes. 



A pocos autores, por ilustres y eminentes que fueren, habi'á suce- 
dido el encontrar algún crítico que los juzguen, ó los encomien, del 
'modo que ellos, en lo íntimo de sn amor propio, quisieran que lo juz- 
gasen y encomiasen. En eso caso rarísimo se encuentra, sin embargo, 
Víctor Hugo con el volumen, que acaba de publicarse, de Paul do 
Saint-Vietor (1). Díeese que el gran poeta dirigió una vez á su crítico 
esta frase, con motivo de, un artículo sobre «Los Trabajadores del mar» : 
«Compondría un libro, sólo. por tener el gusto de haceros escribir una 
página.» Es verdad que Víctor Hugo ha sido siempre generoso, y ge- 



(1) Víctor Huao.— Par Paul da Saiot-Vietor— I vol, — Colindan lió vy. ParU, iSftá 



uclla, han cifcitado á muchos 
rdenes en el curso de M. Ca- 
er rcmporalmcnte su conti- 

ile Kaiibach, en que los esp(- 
niicvan lit lucha y continúan 
ncmoriade Abotit continúan 
3 consumió úl la mejor parte 

ESRIQVE PIXEYKO. 



236 REVISTA CDBANA 

eia acordarse para nada de los Calibea de Jenofonte, Strabon y 
Justino. 

En Guanalianf vió Colon algunos indios con cicatrices en sus cuer- 
pos. Inquirió de ellos por señas de qué les provenían, y le lamostraron 
cómo alli venían gente de otras islas que estaban acerca y les quenan 
tomar, y se defendian.i Agrega: lé yo creí, é creo, que aquí vienen 
de tierra fírmc í tomarlos por captivos.» Como se vé, ni menciona k 
los caribes, ni parece sospechar la antropofíLgia. 

Hablando con los indios de Cuba «bnteítdiií también que lejos de 
allí habia hombres de un ojo, y otros con hocicos de perros que comían 
los hombres, y que en tomando uno lo degollaban y le bebian su san* 
gre ...» Tampoco usa todavía de la voz caribe : se comunica con los 
indígenas y anota simplemente lo que cree entenderles, como practican 
todos los viajeros. 

En 23 de Noviembre, navegando al Sur, rumbo í la Española, *4 
quien aquellos indios que llevaba llamaban Bohío,! dice el diario: «la 
cual decían que era muy grande y habia en ella gente que tenía un 
ojo en la cara y otros que se llamaban caníbales, í quien uostrabax 
tener gran miedo.» 

El 26 del mismo mes, creyendo estar 4 la vbta de aquella isla de 
Bohío, dice en el diario que *toda la gente que hasta hoy ha hallado 
diz que tiene grandísimo temor de Caniba ó Canima.» 

A 5 de Diciembre, viendo la dicha tierra de Bohío, dice el diario: 
iDe esta gente diz que los de Cuba ó Juana, y de todas esotras islas 
tienen gran miedo, porque diz que comian los hombres.* 

Al siguiente día, vuélvese k consignar en el diario que en aquellos 
indios *habia el mayor miedo dd mundo de la gente de aquella isla.» 

El 11 de Diciembre, dícesc que los indios llamaban k la tierra fir- 
me, al Sur, Caritaba, y repítese que «todas estas islas viven con gran 
HiEiK) de los de Caniba > 

De estos lugares del diario, conservado en extracto hecho de ma- 
nos del P. Las Casas, no es legítimo deducir que tuviera Cristóbal 
Colon la obsesión clisica de los Caribes, la alucinación que «le preocu- 
pó constantemente» y que «se sobreponía á las demás (históricas y 
^ogrflficas) que perturb^^^ut lu luces de su espfriti}.» (La Fébtda de 



K significa 
Rojas oree 
Caribe del 
;aribe quie- 
1.-1839— 
la alterada! 
mismo que 
' le nombm 
Ire Dn-Ter. 
iterias, dice 
líos se nom^ 
sma fuente, 
'nago, en el 
nos y otros 

! bien pudo 
el Diario, y 
emprende- 
aa del Des- 
lio m brea en 
Indudable- 
les. Los re- 
sino el ha- 
regresar i 
ntro un en- 
iron lo mis- 



;o á los ate- 
mbres ccon 

!, tuvo que 
VIO con SU8 



lo cual dice que Kl Les crbia ló 
SI ELLOS Á ÉL . . . > 
al ver cómo los indios huian al 
te debe ser Mtrr cazada, pues vive 
que llegan íi cualquier parte, lue- 
)or toda la tierra, y esto más en 
ue también es grande isla, que en 



lola, tenvió & pescar los n 
: cristianos los indios j trujéronlee 
los caníbales, y son de las espigas 
tostados y agudos y son muy lar- 
: les faltaban algunos pedazos de 
hender que los caníbales los habían 

LO CREYÓ. I 

res de las tierras apartadas de que 
iblaban los isleños que iba encon- 
)ardesi y no sabían de armas : itan 
ario), que ni traen armas, salvo 
lalillo agudo tostado;» y (certiSca 
)ibres bagan huir k diez mu» 
lados de arcos y flechas sin hierro ; 
snte de razón. «Caniba — dice lue- 
¡1 Gran Can, que debe ser aquí 
n í CAFTiVARLos, y como no vuel- 

Sr. Armas tuvo buen cuidado de 
ireyese desde su primer viaje, en 
itillanos. Pero, sobre que no está 
lean del mismo Padre Las Casas, 
icision que debia darles, ó que las 
le los casos de interpretación más 
presente que «la letra mata y el 

os, le dijo k Colon que la isla de 



243 ttETiafA CtBAHi 

tentólo el 16 de Enero; pero tuvo que desistir do sil propósito pórqiié 
hucían aguas las carabelas, lo que enirístccíó á la gente de á bordo, y 
poique los indios tno supieron señalar la derrota.» 

No volvió ya k ocuparse de esas islas de Carib y Matinino, aun 
cuando hubiera llevado á los reyes de muy buena gana cinco ó seis de 
aquellas extrufiaa mujeres de que le hablaban días hahia, lo que bien 
k las claras indica que de su existencia supo hacía muy poco, — por los 
indígenas mismos, — y nó por los escritores de la antigüedad. 

Que oyera hablar de mujeres aisladas en alguna de aquellas islas 
(Mattnino, por ejemplo) no tiene nada de extraño, porque una tradi- 
ción que los autores han recogido, cuenta que en la isla de Martinica 
los caribes exterminaron á los hombres; que dejaron con vida £i las 
mujeres solamente; que cada aflo venían i visitarlas, y devorábanlos 
hijos varones para que no volviese á. poblarse do nuevo la tierra. (V. 
Air Bertillon, Loii Races Sauvages, pág. 178). Únase á esto el hecho 
de haber visto él mismo combatir ¡i las mujeres de aquellas regiones en 
encuentros en que «pelearon lo mismo que los hombres,» y so verá có- 
mo era justificada la creencia de Colon, encaso de haberla abrigado, 
lo que no OS por cierto inconcuso. 

Buscó aquellas islas, en su segundo viaje, «por necesidades de su 
derrotero,» y fué su encuentro «un buen cálculo de náutico, y nó la 
reminiscencia erudita de un aluciiíado,» según habia yo dicho. El se- 
fior Armas lo niega ; mas ¿en qué se funda para oponerse k la exactitud 
de aquella observación? Sencillamente en una frase que nada dice en 
contra, que nada demuestra y que ademas no tiene relación ninguna 
con el punto concreto de que me ocupaba; porque, tratándose del des- 
cubrimiento de las islas Caribes, contestar rcGriéndosc al descubri- 
miento de la América, es lo que llaman los franceses «brincar del gallo 
al asno.» Con efecto, á ini anterior aseveración replica el Sr. Armas 
con esta frase de olímpico desdén para el conspicuo genovés: «Sobre 
si fué buen cálculo buscar el Asia en América, ya la Geografia ha falla- 
do en definitiva desde hace mucho tiempo.» Esta frase, preñada de 
error, al fin y al cabo no es in¿s que una de tantas expresiones vagas 
que suelen usarse para eludir una explicación y aparentar que se ha 
refutado; pero tiene la importancia de involucrar asuntos diversos y 



lento 
rion). 

ÚlüU- 

> quo 
US en 
cchos 
uc en 
: aun 

1^- 

de su 

le los 

mado 
podía 
lética 
itiero 
en el 
habia 
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il pñ- 
I cree 
usion 
I apa- 
f que 
9 que 
¡onsi- 
Ilegó 
I, que 
le ha- 



18 íiidias. Cap. 84) r 
aquellos huesos colf 
de sus enemigos: «! 
s enemigos.! 
ntes deducciones, ni ( 
e sabían «distinguir 
iijas, lie Us que se c 
■lias tierras, según h i 

). 

as ealMizas de las v: 
i: podrían citarse mi 
luliés y los Mondui 
[Dflzonas, y los sulvaj' 
mbre semejante en ( 
3 alusión en mi cstii<! 
; entre algunos nntn 
radica, como se lee 
e. 

lia puesto en duda I 
ir donjuán Bautista 
rr entre las vituallai 
sus carnes cociendo 
ados y roídos hasta h 
i vasijas.» (Historit 
180). Muñoz, sabio 
, y ain embargo, prí 
nea, ¿Qué interés pe 
r referido tan mayas 
ne de la triste cualid 
: no la tenían, no arfi 
3n las Antillas inen 
de traficantes codicia 
ener medros y rique; 
jas confutar las añm 
ibien los caribes comí 



btttSTOBAt. COLOH i Los CAtttBEd 34? 

ndo á. Oviedo por las graves acusaciones qilc formulo 
10 niej^ que fuesen antropófagos los moradores dé 
ínto: dice solamente que «no/uei-OB los primerosqué 
mana,» (Apologética, Cap. CXLIIÍ) lo cual ea con; 
microa. De que así es no deja la menor duda el ú- 
: la misma obra (Cap. CCV) : tPero las costumbres 
e habitaban y habitan hoy en aquellas islas que á los 
itas tierras vinimos llamábanse caníbales, y agora se 
ion destas otras que ya nombramos di/ere ntísimaa ¡/ 
que según es pública voz y fama desde que aquellas 
on, infestan y salen de sus propias islas y tierras para 

de otras partes, islas y tierra firme, que viven quie- 
)fender i nadie, séh por fin de los prender y traer 
no otros van á cazar venados.* Y cuenta que para el 
iy Bartolomé de Las Casas «el cronista m&s verídico* 
r Caribes pág. 11), y decisivo su testimosio, como 
lo folletín de El Triunfo (columna tercera, línea 
que para mi humilde opinión fué ciertamente un 
1 medio de su gente: exaltado, nobilísimo; si íi veces 
pre generoso en sus sentimientos; resuelto como po- 
>rantablc en sus propósitos, verdadero apóstol de una 
;xcelsitud de una fe santa, y con toda la aspereza de 
nte. ^las, como historiador, pueril en su desbordado 
Uransigcnte, exclusivista, capaz de las más terminan- 
le las afirmaciones más inverosímiles, siempre que las 

íi su innegable empeño y manía de hacer aparecer 
os, pacílicos é inmaculados á los indios y feroces é 
conquistadores. 
ion de este juicio, hice notar «cómo cuida de siiiivi- 

abreviar el relato cuando aborda algún caso en que 
3cidad de los indios se trata, y cómo hace, cada vez 
r las palabras conque el Almirante consigna la sen- 
lumbre, ó la cobardía de algunos indígenas.» (Los 
28, p. 29.) 
jncié que las negaciones que hace en el Cap, 84 de 



bKVtsti ObUiiii 

que es el que refiere la llegada ác Colon 4 U 
: se convenció de la existencia del canibalismo, 
po de Chiapa, por su tenaz (deseo de exculpar 

antropoía^ia,* para lo cual no vaciló en pre- 
} como embusteros é ilusos. (Opúsculo citado, 

Tensor de los indígenas, con efecto, niega allí 
nucliaa cosas que declararon los expedicioná- 
embargo, en otros lugares de la misma obra 
i, si comenta k Colon, cuando éste expresa 
de aquellas producciones, no niega sus asertos, 
trata del canibalismo indiano. Es digno de 
>or lo tanto, que sus negaciones terminantes 
aludidas producciones, mus que en el capftu- 
: precisamente se narra el encuentro de los 

observaciones, quiero llamar la atenciou sobre 
Habiéndose perdido, en la isla de Uuadalupe, 
on otros habla saltado k tierra, ordenó Colon 
cda (que con 40 hombres los fuese á buscar, é 
la tierra.» Volvieron sin haber encontrado í 
varios días después ; pero se hacian lenguas 
turalea y los esplendores de la tierra que ha- 
aban que en seis leguas habían pasado veinte 
los hasta la cinta.» (Historia de las Islán, ca- 
;r uno (continúa el Obispo), y pasarle muchas 
pasa cuatrocieniaa veces y mds del Nombre 
explicación — como se vé— es más difícil de 
pretende corregir. Pero lo sorprendente es 
sentir ¿ la aseveración de Hojeda (que no 
de aclarar), cuando él habla dícho y escrito 
I de la isla de Santo Domingo, — 'la de Magua, 
fiL Ríos I ARR0V09, entre los cuales son los 
'bro y Duero y Ouadalquivir,* y que todos 
que está al poniente.* (Breve Relación de la 



STA GEOGRÁFICA. 



«1 África OccidePtal. — El Congo.— La regioo < 
jerío colonial de Alemania. — Cnmbodja. 

ación que prestan en esto» momentos I< 
jes de exploración en el interior de A 

de que hoy nos cuentan tantas mará' 
ion que continúan 6 emprenden y el ce 
ntre los subditos alemanes que guía e 
9 de las riberas del Camarón nos ¡ndu( 
!S verán con agrado é ínteres las sigui 
es tan poco conocidas. 

la Gran Bietafia, Francia y Portugal 
:cidentalea de África, desde el Scnegal 
cepcion de algunos pequeños cstablecii 
3. Los descubrimientos de Stanley y i. 
uvioles del África Central, han dado \ 
expansión colonial y suscitado rivalii 
n del Congo, accesible después de esos i 
sas empresas, y los intereses británicos ; 
iros en entrar en conflicto; aunque sus 
>r algún tiempo. Después apareció Bé 



REVISTA GEOORAPICA 251 

ey Leopoldo mucha atención k estos asuntos; y la Aso- 
lacional entró en campafia, guiada por Stnaley, para fun- 
á lo largo de las riberas del Congo Superior. Estos 
sido celosamente vigilados por los franceses, que han 
10 tiempo por asegurarse la suprcmacia en lo interiorde 
bre todo en los dos últimos aRos, bajo la dirección de 



demanes se encontraban con las manos libres en Euro- 
i de Bismarek pensó que era favorable la oportunidad 
s energías superfinas de sus conciudadanos por nuevos 
lenzó & protejer vigorosamente las tentativas de coloni- 
ron entonces á punto las peticiones de Angra Pequeña 
da al rango de colonia imperial. Herr Lüderitz, comer 
iCOS de Bremen, habían fomentado un establecimiento 
Angra Pequefia, uno de los pocos lugures favorables en 
9a que se extiende entre los límites portugueses en Cabo 
Orange, en la Colonia del Cabo. El país vecino contiene 
; cobre ; y algunos comerciantes alemanes habían adqui- 
és hotentotes una gran parte, extendiendo gradualmente 
,es & entrambos lados de Angra Pequefia hasta las fron- 
lesa y brítfinica. Más adelante la corbeta alemana Sofía 
locimíentos más al norte, y en julio último el Comisio- 
Dr. Nachtigal arboló por primera vez el pabellón impe- 
la, en la Costa de loa Esclavos, y en los establecimientos 
nos, Bey Beach, Little Popo, etc.; precisamente al cum- 
) afios del primer establecimiento africano de los alema- 
Friedrichsburg, isla opuesta & Little Popo. 
a subsecuente fué más importante. El Dr. Nachtigal 
i del rico distrito de Camarón, en medio de la tíuinea, 
« de aceite corren hacia el mar. El rio Camarón y sus 
imbia al norte y Maümba y Batanga, algo más al sur — 
s formalmente bajo el protectorado alemán, y se firmaroix 
os jefes de los indígenas de la vecindad. La diligencia 
les en la costa de Benin, Mr. Henett, impidió la exten-. 
lorte, de estas ftdquistQtanQs. De esta suerte puede estii 



bique. En lo interior el protectorado Si 
bes de Taborah y do Nyangwe, en el C 
(il inmenso territorio que comprende la ^ 
endo i'i Tanganyika, En el Pacífico las 
Ds territorios HÍguicntes: la parte que no 
icva Guinea del Norte, y las islas del 
uque de York, Nueva Irlanda, Nuevo 
ion. Un escritor alemán muy bien infoi 
"^arhegz dice adeni&s: cEs casi cierto qu( 
. la soberanía alemana sobre las islas San 
ína de Comercio y Plantación posee cin 

y tierras basta medio millón de acres. í 
is islas Tonga, Gilbert, Marshall y Saloi 
la de Herusheim posee factorías y cstab 
te modo la mayor parte de la Polines 
: Alemania.! En resumen el Canciller i 

afio, ha añadido al imperio territorios 
as alemanas cuadradas, y contienen algí 
y se descubre en todas estas anexiones ( 
¡ostas americanas del Pacífico y estar e 
il interoceánico. 



8 de Junio del año anterior, entre el 
lina, M. Thomson, y el rey de Cambodja 
región enteramente bajo el protectoradt 
icutido en las cámaras francesas en cato 
lion en la riquísima comarca que ha venid 
imperio colonial de Francia. 
rte y al Noroeste por el reino de Siam, : 
Annam, al Sur por Cochinchina y al S 
I Cambodja mide 100,000 kilómetros ci 
nmensa llanura aluvial, limitada al Nort 
> muy elevadas, cortada por marismas 



ICDMENTOS HUSTORIOOS. 



I Jost Pablo Valiente sobre el comeiclo de Indiai (i). 

WO. Sr. 

) de Junio último se sirve V. £. instruirme de la 
cer al Sr. D. Pedro Labrador, nombrado Plenipoten- 

de datos y noticias conducentes al comercioy navega- 
ias extranjeras, incluyendo también el de América, por 
ñas de dichas potencias quieran tener parte en él, j 

me previene Y. E. que, para el acierto en negocio 
imo es el del comercio de Indias, exponga cuanto se 
litir cosa alguna que pueda llenar la importancia del 



ms que pablíctunos & contionMÍOD fuC motivado por «I tígoiea- 
a an cabal ÍDt«ligencia. Se trata, como advertir&n DoeRtroi lec- 



al Despacho Ae Estarlo me dice coa fecha del 24 del mot pr6zi- 
Abridor, nombrado Plenipotenciario al Congreso, manifiesta 



ÜS KEVmTA CÜSa»A 



k la variación esencial de tiempos y circunstancias se empeñase en 
icarias y rcfomcndar su observancia, en tal error y desaicha no 

lícito esperar otros resultados que la desesperación de los ameri- 
)3 con todo el cúmulo de funestas consecuencias que dejan consi- 
irse. 

Está bien que en el tiempo de los descubrimientos, cuando el comer- 
m general era costeño ; cuando en los Indias no estaba radicada ni aun 
tada la Té de Jesucristo ; cuando los consumos en aquellos habitantes 

sumamente reducidos, y cuando embebecida Espaflacon la asom- 
a inquietud de su empresa, toda la idea era asegurarla y adelantar- 
stü bien, digo, que entonces se propusiese el Gobierno tenerlosaparte 
odo roce y aun noticia de extranjeros para mejor imbuirlos en la 
gion, costumbres y amor de sus padres y pobladores, pues en tal 
unto de cosas, nunca liabríí razón para acusar de bárbaro en su 
en nuestro sistema de comercio con aquellas posesiones. 
Nadie duda que las monarquías como todo, por lo común, emple- 
en poco y con el tiempo se extienden y engrandecen. La nuestra 
e en sí misma el ejemplo de que hoy se c^ompono de miis de veinte 
ñas que sucesivamente se han reunido bajo de una religión, de 
! leyes fundamentales, de un idioma y de unos usos: todas son 
es integrantes y con hermanable igualdad de esta respetable 
on. 

Descubiertas las Indias y dadas visiblemente por Dios í nuestros 
3, allá fueron en los ramos eclesiásticos, político, civil, militar y 
conomía ó hacienda, los mbmos establecimientos que tenía la Me- 
oH, y sus leyes municipales sólo diñeren de las antiguas en cuanto 
iden la distancia y la prudencia, obligada justamente á no aspirar 
in pronto 6. la perfección, y á conservar á los injioa de cada reino 
ovincia sus peculiares costumbres en todo lo que permitiese la ver- 
:ra creencia 

tíayan dicho ó digan lo que quieran la malignidad y la envidia, es 
idable que nuestros soberanos en la adquisición y conservación de 
días vastas y dilatadas posesiones, se han propuesto con toda pre- 
lela la extensión y pureza de la Santa Fé Católica, el bien y feli- 
(1 de sus habitantes, y con mayor esmero de los naturales ó indios. 



KEVISTA CDBANA 

^a amcrictnos tienen talento: meditan sobre 
: conocen tambicn el error <Icl cálenlo poUti- 
irediquc igualdad, hennaiidad, consideración, 
I orden quiera predicarse, todo es y aeré, en 
) resultado que afirmarloa en la razón de au 

:r persuadir que el oomercio y navegación d^ 
da paao con guerras, ea capaz de surtir aquotlot 
sus frutoa. En un solo afio que no tengan salida, 
ortuna de imposible ó dificil reparación; por- 
ccsan los trabajos, y en cualquiera de «stos 
¡ndado ó cosechero. 

no puede EapaDa pmveer á sus tiempos opor- 
lias aólo puede liacer la base del cargamento 
íen la principal necesidad de aquel paía y OOQ 
injero con retorno y aumento de derechos, 
atea entradas de dinero de Indias, sin embar- 
mero canal por donde paaa, han hecho que la 
jste estado, tas manufacturas y todo so -enca- 
la de nuestras pocos fabricas, íiun preseiodien- 
to, no pueden por ahora concurnr con las age- 
rabando convida k loa unos, la neceaidad de 
i, y do aquí el inmenso gasto de guardaooe¡tas 
lo común, son unos auxiliadorea: el aaombro- 
linalea, las prisiones, los coatos, los deatierroi' 
Ib perdición de los hijos y de las hijas de los 
M, y un ain fin de males que gravan aobie el 
i^apeto y cumplimiento de unas leyes causan- 
calamidad. 

on por la guerra y noaotros sin marina Real 
mercante, ni debíamos tentar expedición ol- 
ue en tales tiempos no peligre cayendo en 

doce ó más millones de hermanos nuesteos 
a de España? Se entregarán, como yo los he 



JOSÉ ANTONIO ECHEVERRÍA. 



iS alteraciones de los pueblos influyen hoy en la vida de sus in- 
L09 con la ceguedad inflexible que los gentiles -atribuían al destino, 
'erría lanzado k Cuba como emigrado (1) & donde vino con su 
able familia, acaba de morir en suelo extranjero, arrebatado por 
>nipC9tad de su patria adoptiva, cuando las turbadas pasiones se 
OH en ardiente lucha. Yo que he vivido en continuas relaciones 
estudiante, el literato, el hombre de negocios, el emigrado: des- 
aulas hasta pocos días ¿ntcs de su fallecimiento .... yo quiero 
o sí, por persona que amasu memoria ypara mí respetabilísima, 
;nai estas líneas que son recuerdos humedecidos en mis lá- 
s sin pretensiones de biografila, ni de elogio. 
ilustre difunto, bien joven tuvo que emprender el combate de la 
luscünduse el sustento: apenas había dejado las aulas y aun antes 
i primeros cursos literarios, tuvo que dedicarse ú solicitar y obte- 
la plaza de escribiente en la Intendencia de Ejército y Keal 
nda de que era jefe el inolvidable Conde de Villanueva: allí el 
le colocó bajo la dependencia inmediata de D. Buenaventura P. 
:, de quien nunca olvidó las deferencias que con él tuvo; loscon- 

ÍHció en VeneiDela sn 1815. 



losé ANtONtO ECSEVERkÍA 265 

toda especie que de él recibió y oyó. El empleado 
íchcvcrría y vecino mío y amigo de mi familia. 
;ran popularidad en la sociedad ilustrada de la Ha- 
'gaiion (1800) al 6nalizar el siglo anterior; había 
publicación del Viajero Universul en Madrid dan- 
Ic la Habana que en él se insertó, y lia reim- 
linada Revista de Cii^)a ; tomó parte en el movi- 
^artagcna y luego en lo administrativo en Cuba, 
Irédito páblÍGO, oficina que se ocupó de los Bienes 
[ue lo perjudicó en su popularidad entre las sefioras 
! masoTL Era un hombre instruido y laboriosa que 
los los jóvenes de talento y aplicados: Kchcverria 

trato gratísimos recuerdos, y !\ ellos atribuía su 
de Indias y su entusiasmo por el trabajo. El sabio 
[IOS de su época, que fué honra de Cuba, D, José 
lonocedor profundo de los clásicos y de tas len- 

francesa, tenía frecuentes visitas de sus discípu- 
se contaba Echeverría y el que esto escribe : allí nos 
ritores de la época especialmente á G. Scott : entre 
dicaciones era una que sin olvidar á los legistas es- 
itros de la literatura contemporánea especialmente 

en el progreso de sus discípulos del modo modesto 
ue con sus obras, como el excelente Observador 
os ahora mismo con respeto y provecho, sembró en 
lo por la naturaleza como Echeverría; Govantes, 
I de Várela, trasmitió á los suyos las doctrinas de 
tsianismo ecléctico del Sócrates cubano. (1) 
>, la aplicación y acaso las circunstancias fueron 
rría para llegar í ser lo que fué en los dias en que 
¡levadas esferas. Después de las alteraciones polí- 
Espafla, hubo un momento en que volvieron k re- 
gran Quintana en tos asombrados oidos de sus ha- 
últimos mandatos de Fernando Vil le previno que 

le Ibr lecciones en au Obtervador Hahantro. 



266 REVISTA CUBANA 

cantara aua bodas con Cristina; y aquellas palabras llenas de Sublime 
amar<rura, aquellas que exponían el mandato eran un cántico á la 

libertad! 

«Pero Vos lo quereb y k quien los hados 
Quisieron siempre defender propicios, 
Y en la alta cima del poder sentaron 
¿Cómo un dúbil mortal que sin su escudo, 
Juguete fuera del rencor contrario 
Este esfuerzo aunque débil negaría 
Sin riesgo al fin de parecer ingrato?» 

Cantó el español TJrteo do otros días y cantó como antes; obede- 
ciendo la voz de un rey, hizo un himno & la libertad; sus versos 
trajeron íí Cúbala esperanza de una nueva época; y los poetas de 
Cuba los imitaron hasta en la forma del canto abriéndose nuevos hori- 
zontes á la libertad, cuya palabra está escrita en el corazón Je los 
hombrea. (1) 

Hija de ese movimiento político embrionario, pero eficacísimo, 
fué la Comisión <Ie. lileralum que se creó en la SociedaJ tJe Amigos 
del País átí \ú lltihansí; que se agrcj^ó ala Sección de Educación y 
que tiene que figurar aquí porque Domingo Del Monte que era Secre- 
tario de ésta lo fué por tanto de la Comisión (1830) y luego de la 
Academia que de ella salió para morir como la mariposa á poco de 
nacer. 

El estado decadente en que yacía la literatura propiamente dicha 
fué sustituido por la convicción de que en Cuba podía hacerse algo 
que mereciera el aprecio del mundo, ante el aplauso que habían ob- 
tenido en Eviropa los primeros números de la Hevisla Jfimestve Cubana; 
y lo confirmó luego la oda al nacimiento de la infanta, reina do Castilla 
por el faUccimiento del rey Fernando Vil de odiosa recordación en la 
Monarquía, pero que había concedido grandes franquicias L Cuba. 

Del Monte que tomó parte en la Comisión de historia, que fué el 

(1) Ángulo eo Mataozíu, Montevcrde en Puerto Prlaclpti, dosJo Yelet haetu Mun- 
t&no, le imitaron en la Habana. 



268 



REVISTA CDBANA 



pensaba dedicarse por otras ocupaciones que le facilitaban los prontos 
recursos de que necesitaba. En cuanto í la literatura en general, redactó 
un periódico ínteresanitsimo titulado El Plante}, en 1838. D. Ramón de 
Oliva impresor activo y emprendedor quiso lo que boy se dice editar 
un periódico ¡lustrado y designó para dirigirlo y aun implantarlo ii, 
D. Ramón de Pabna y ftü. Josó Antonio Echeverría: bacía tiempo 
que meditaban estos liaccr una obra semejante pero les arredraban los 
costos del material. El llamamiento de Oliva les abrió el camino de 
satisfacer bu ideal. No era entonces permitido Samar periódicos á los 
literarios ; pero ocurrió al fecundo D. Mariano Torrente hauliiar con la 
frase de Obra por entregas esas publicaciones y traa su ejemplo salieron 
otros y el Plañid que fué el nombre del de que vamos hablando. Es- 
cribió la introducción Echeverría, que pidió auxilios de suscrícion 
& la Sociedad Económica, la que tomó 30 ejemplares que se repar- 
tían en las Escuelat Patrióticas de primeras letras. Anunció el 
prologuista las dificultades de la obra; pero solo dirigió 3 entregas, 
que no se podían llamar tampoco números. — Desde la cuarta entrega 
fueron otros los redactores, abriendo la marcha la historia de la lilo- 
gralla por el citado Torrente y otros escritores, todos europeos, monos 
F, G. que era mejicano. El Plantel varió de plan y sólo conser- 
vó la forma en folio español con que principió. En la primera entrega 
BC insertaron artículos de Del Monte (sobre Edncadxm); Eniomología 
por Auber (P. A.), Progresos dd Cristianismo por Palma, Diego Ve- 
lazquez por Echeverría, Arquitectura por CarrerU; El Espóaito de Mi- 
tanes, y sobre industria; Carmen y Adela, una novela de Zacarías Gon- 
zález del Valle, En los siguientes fueron muy importantes los de Eche- 
verría, objeto de este escrito; se insertaron de D. Felipe Poey y otros 
conocidos escritores cubanos; en especial llamaron la atención los 
Hialoriadorea de Cvba por su forma elegante y castiza en la dicción, 
tanto como por lo interesante de su contenido. — El PlatUd cesó nnal- 
raentc con su décima entrega, contando 284 páginas. De los artículos 
Historiadores de Cvba de Echeverría se han hecho leimpresiones 
en los mejores periódicos de Cuba. 

Echeverría fué abandonando sus aficiones literarias en la necesidad 
de dedicarse k estudios y ocupaciones más productivas: pero ha 



270 REVISTA CUn.VNA 

preciso saber su objt'to para referirla al certamen. La nota biográfica 
que contiene está equivocada y deficiente. Echeverría no redactó con 
Palma el Allmin. Kn 1838 lo principió Luis Caso y Sola y so terminó 
en la oficina de BiHoTí-i. Tenpo 12 tomos y en ninguno apareció Kelie- 
verrfa: Palma fué editor desde el tomo 7 (1). Del Monte no fué Se. 
crotario de la Sociedad Económica de la Habana, sí de la Sección de 
Educación íi que se agrególa Comiwm i-\ti Literatura. —Tendré ra os 
que aludir 4 la oda del joven Echeverría más adelante, para oponernos 
á la injusticia de los hombrea apasioiiiidos en los lances de la vida 
práctica. 

Los sucesos posteriores á lo que se ha llamado el Grito (k Yara hi- 
cieron abandonar á Cuba á muchos liberales, á quienes los acontecí, 
mientos llevaron luego á tomar parte en la insurrección. La época que 
terminó en el convenio del Zanjón hoy pertenece á la historia y ni 
el juicio de los partícipes, ni el de los con teñí jio rímeos es imparcial: 
Echeverría íué cl mismo hombre de alta intclijicncia y severos princi- 
pios; el mismoliterato que honró con sus conceptos, no sólo las obras 
citadas sino las columnas <lcl Siglo, del Aguinaldo HabaTiero (1837, 
Palmer); y la Revista de Administraciim y Jnrtxprudcncia, que cita 
el Sr. Calcagno en su aprcciablc DÍiTÍonario Btográfco; siguió escri- 
biendo en los Etítadüs Unidos publicando á largos intervalos, como en 
Cuba, notables escritos. 

No fué de los primeros que llegaron á Nueva York; durante su 
permanencia allí y ñntes de dedicarse al comercio, no olvidó sus há- 
bitos laboriosos, se propiiso recojer cuanto pudiera interesar al fomento 
de las empresas do caminos de hierro: tradujo con adiciones sobre ad- 
ministración un libro, el más recomendado del inglés, sobre esas im- 
portantes vías de comunicación y su explotación ; y ya hemos visto que 
escribía ¡dgiina vez en los periódicos literarios. En los políticos inser- 
tó notables artículos para defenderse él mismo y á sus amigos. 

No olvidaremos al ilustrado amigo en su vida de labor penosa, diri- 



(1) Auriquo no se llarn.iban poriúdicas j'o lúe lie culüciido desilo la pag. 143, tomo 
2? da loa A¡mnt(i ptrn la hiit. de lai Ldr^s romo talei. 



72 RévisfA ctiBAlíA 

!nto que por sólo el nombre se relaciona con las célebres infornlá- 
Lics inglesas que se abren en los lugares en que se busca el verdadero 
locimiento do la opinión, volvñó k desportar en Cuba esperanzas de 
¡orar de condición política. Los ayuntamientos en unión de notables 
;ljunt03 debieron elegir Comisionados que votarían sobre las intc- 
Tatorios (|ue formó el Gobierno, unidos ív vocales que también de- 
ló éste. Restringida con tantas precauciones la intervención popular 
i\, lo fué más por la interpretación que aquí se le dio, contra la pro- 
ta que iniciaron el Conde de Pozos Dulces y D. José Silvcrio Jorrin. 
■a comisionado del ayuntamiento de Colon fué nombrado D. J. A. 
levcrría. La elección popular dio por resultado un personal compues- 
le los hombres liberales ó reformistas en una gran mayoría, pues de 
i3 figuraron 12 y los que no eran notoriamente liberales reformistas 
ron personas ilustradas y casi todas animadas por el progreso ecóno- 
mo y material del país. — En cuanto á los elementos gubernamenta- 
fué el criteno del Gobierno tener todas las diferentes soluciones ¿ 
'ista. Por desgracia, como parte muy funesta de la instabilidad de 

sistemas en España, cayó del ministerio el iniciador Cánovas y su 
csor no podía aceptar un pensamiento en cuya feliz realización no 
cabía ninguna gloria. El comisionado por Colon contribuyó con 
elevada cooperación ií que se confirmase el buen concepto que de 
le tenía al terminarse las Juntas efe Conferencias en 27 de Mayo de 
Í7. — Son muy recientes para la vida de los pueblos los aconteci- 
!ntos que luego se sucedieron ; y para la historia sólo queda un libro 
dado Información sobre las reformas que aparece publicado en 
eva York, imprenta de Hallet y Breen (1867) pero que en reali- 
1 se imprimió en la Habana por medio de una suscricion de Ami- 

del País, puesto que lo escrito por el entonces joven, y siempre 
idioso é inteligente D. Néstor Ponce de León y Loguardia, la In- 
luccion brillante que contiene, fué realmente lo que se estampó en 
cva York, con numeración diferente que llegó k LXVII páginas, 
icvcrría volvió íi la Habana, para que pocos dias después lo arrojara 
lestino íi playas extranjeras, como si estuviera escrito que debian 
nprc serle Iiostücs los movimientos de In malhadada política de su 
npo. 



JOS¿ AKtOKIO ECBETERrU ÍH 

icrerría k los E. U. pTecisamcDte k cxiuparse de política 

su posición personal lo arrastró k k necesidad de ha- 
ertc de Morales Lemus se aumeataron las vacilaciones 
I divisiones causados por la proclamación de la Repú- 
», en otros y las proposiciones de arreglos con U Metro- 
[pedieron y produjeron su efecto : todo había contribuido 
Qgustiosos y críticos los días que siguieron al falleiñ- 
o. Ko fué un acto deliberado y buscado aquel en que 
ao empleado político 6 diplomático Echeverría; cual- 

la opinión de los que le juzguen, bien ae comprende 
i á un sacrificio: que aceptó al nombrársele Comiato- 
'co, por el gobierno insurrecto de Cuba para que lo re- 
ÍV^ashington. Lo propuso para el puesto un amigo, que 

acompañaba en ese juicio hasta la opinión de los ene* 

1 demostraré por sus publicaciones. 

scmpeflar el encargo fué agriamente censurado por varios 
to: le llamaron extranjero como un baldón, que expli- 
) patriotismo; le acusaron de autonomista con España; 
rquista, porque cantó á IsabeL Y tanto rigor era infun- 
stallaba en los momentos de la prisión del infortunado 
no habia sido electo para la comisión. Y aunque he di- 
licios históricos no pertencen á, los contemporáneos, sí 
9 en que se apoyen las futuras generaciones para emí- 
as publicó en 1871 tres interesantes cartas Echeverría; 
rimieron *Lo6 comisionados y d Agente de Cubat, un 
iimentado, en 10 de Febrero de 1871. 
nerse la indignación de Echeverría cuando se le llamaba 
iCuba, üquien tanto amaba; anti-liberal, monárquico, al 
c liberal, progresista en todas sus manifestaciones! Y la 
s partidos no retrocedió ante las demostraciones. Tengo 
evista general de la situación de Cuba en los cinco afios 
le publicó, después de esas demostraciones, el cubano 
íéban (1872), en Nueva York, donde se dice : *E1 cíu- 
etrüi — aunque dotado de ivtdigencia é instrucción — por 
es políticos, había sido uno de los comisionados que fue- 



274 revisi'á cdbjiHa 

1 á España en busca de reformas, brindado en el banquete del sd- 
r Asqucriiio, no era acreedor á puesto tan honorífico como delica- 
. . . Los actos oGcialcs, amistades y posterior conducta ¿no le están 
usando de avanzado autonomiaia?* 

Yo, simple espectador de los sucesos, y que acopiaba para la Iiisto- 
I los documentos con que ba de escribirse, no pude tolerar la injusti- 
i por su pasado, y aproveché la oportunidad de estar escribiendo 
a serie de artículos titulados Loa Negros para oponer á las pasiones 
igas la severa verdad desnuda de ellas sin exageración política; 
ligo de la libertad, comprendía que sus símbolos habian variado, en 
uella época de evolución histórica, y dije en el artículo 6°: «Coin- 
liú con el movimiento dado por la revolución francesa (1830), la 
generación poh'tica de la monarquía española. Las universidades 
rradas en este desgraciado país, las abrió Cristina; y á poco fué 
mado Martinez de la Rosa al ministerio: en esa época la lira cubana 

sólo pudo cantar las seibas y las palmas y los arroyos, sino que pu- 

tributar sus loores á la libertad política. La voz respetable, querida 
patriótica de (Quintana, despertó del sueño en que dormían 'á, Angu- 

Deho, Plácido, Velez, Echeverría y otros que cantaron i Cristina, 
[sabel y á Martinez de la Rosa porque eran los símbolos de la Liber- 
l.t Tal ora el desconcierto de las ideas, que la cita intencionada del 
mbre Echeverría, que no podia recliazarsc en otros términos, me 
lió una alusión de desagrado de la prensa que le hacía oposición: y 

la recibí sin molestia porque conocí que mi justa rectificación no ha- 
i pasado desapercibida. La libertad más sagrada que los principios, 
ic es condición de existencia, es la atmósfera del espíritu, está allí 
nde puede ser respirada y aspirada, y no es un mito que suele que. 
iirse con el petróleo de los NihiUslax. 

Echeverría se habia consagrado siempre fi estudios de Economía 
)lítica y de Historia, á veces hacía sus excursiones en la filosoíTa; pero 
. los últimos años de su vida habia vuelto á aBcionarse á la Historia 

América y en especial de Cuba: las íiltimaa cartas que do él tengo 
jpiran esa primera nfícion de bu espíritu. Aunque de edad avanzada, 
presentaba mucho menos de la que tenía ¡parecía que la corrección de 
estilo, su inteligencia ordenada, su alma limpia de flaquezas, se refleja* 



JOSÉ ANTOKIO ECHEVERRÍA 275 

cheverría vestia con escrupuloso gusto y esmero ; 
isto sin aliSo un solo dia. De carácter sevcrísi- 
inalterable seriedad y circunspección en su tra- 
afable, bondadoso on la intimidad, y lo mismo 
faeilidad discurría familiarmente sobre literatu- 
lo doméstico y sobre buen gusto en el vestir de 
ejado de existir, víctima del clima, á las 3 y 15 
ada del 12 de Marzo de 1885, dejando reeo- 
I tres hermanas de avanzada edad en completa 
;a estatura aunque varonil, trigueño, de pelo 
los, pausado en sus modales cultos y elegantes, 
00 expansivo con extraños; llevaba en su acti- 
en su mirada algo de melancolía, que traslucía 

nao entre sus amigos y familiares; y en sus ma- 
ftoa y paquetes de cartas, y sus respuestas; im- 
ie la laboriosidad intcleotual; en su mayor par- 
historia. Como todo era ordenado en su vida, 
lid y limpieza sus cartas escritas con una letra 
ias habia trastornado rasgo algiino por debilidad. 
Dios quiera que no se pierdan como las obras 
lyos que le han precedido en su tránsito por 
; en paz! 

ANTONIO BACHILLER Y MORALES. 

11886. 



NOTAS EDITORIALES. 



DEFORMACIONES ARTIFICIALES DEL CRANBO. 

gura en el primer nCimero de la BetiSta Cubana el animado é 
isantc discurso, en que el Dr. Montalvo impugna, de una vez par 
tnpre, á nuestro juicio, las aserciones del culto literato señor Ar- 
lobre las deformaciones artificiales del cr&nco humano; y & eate 
sito, abundando, por supuesto, en las ideas del scHor Montalvo, 
) ocunc apuntar, aunque k vuela pluma, algunas consideraciones 
sprovistas de cierto interés, en cate caso. 

I hombre no ha sido nunca un ser puramente pasivo en medio de 
turaleza: ha intentado modificarla y la ha modificado adaptándo- 
u uso, & su necesidad, á su gusto; ha hecho, por decirlo así, su 
il y BU planta. Gousscau clama, poco atinadamente quizá, contra 
i sus ojos, viciosa aptitud. Este desbordamiento de la personalidad 
na sobre el mundo ha sido también el germen de ese sentimiento 
i ha inducido á operar sobre su propio cuerpo, modificando por 
manera su aspecto y otras de sus condiciones externas. Las mu- 
mes todas que ha hecho sufrir k sus facciones, el tatuage en su 
plicidad de formas, la naturaleza y color de los vestidos (modifi- 
les que le acompaflan en todos los grados de civilización) son 
k prueba d^ ^Uo. ^1 hombre ha dado color k su piel, forma i m 



NOTAS EDITORIALES 277 

brado el cartílago de si) nariz y la ha achatado ; ha dcsr 
a hacerlo monstruoso su labio superior, ha atrotiado sii 
la aún; no os necesario ir 4 China para vorlo) y ha 
la, el sello de su físoDOiQÍa íi todo lo quo cayó bajo su de- 
líbrese refleja sobre la Naturaleza y se refleja sobre sí 
da el ürbol, si le díi una forma capnohosa en el jardín, 
■ta y tifie y brufie las ufias de su mano, y encierra torCu- 
ó en el pulido y estreoho calzado. I^a pluralidad de he- 
el estado de cultura m^ perfecta, oonfirman esta aserción, 
:aso lo único embarazoso. Pues entre ellos no sería diür 
s orígenes de la pr^tica en cuestión: Nalura est semper 

Alguna vez habia de tener en mis manos aplicación el 
1. 

no habia el hombre de modiflcar con un fín puramente 
ma de su crúnco, ya que no intervinieran en ello otras 
complexas, sobre la dignidad y la inteligencia humanas? 
lamos todavía nosotros con ojos envidiosos una cabeza bien 
3 hizo el hombre en mármol la de Apolo? .... 
1 deformaciones artificiales del cráneo es verdad muy do 
trida por la Ciencia del Hombre; fiun mucho íintcs do 
;uyese, como hoy se la entiende, la Antropología, 
trajo el hecho k la penetrante mirada de Hipóorates, lo 
lisito de los Macrocéfalos: «obedece (dice en su tratado 
las Aguas y los Lugares) 4 la idea de nobloza que reíie- 
leza larga*, y á renglón seguido describe el procedimientq 

alcanzaba esta deformación. 

alude en El .EwhTío á idénticas prácticas en uso entro loa 
América; y cualquiera que, entro nosotros, en Cuba, 
al nacimiento de un nifio en familia de bajo nivel tiiorul, 
ocasión de comprobar la tendencia de la vulgar coniadro- 
r por una serie de presiones graduadas las formas del 
inerme criatura. El que escribe estas líneas ha tenido, en 
80, ocasión de oponerse i ello: «Es necesario hacerle la 
n: la quieren redonda por lo que he visto. Pasma á la 
acidad oon que se arraigan en el cerebro humano ciertos 



280 lifevisfÁ düBANÁ 

rlotomía coronadas del éxito raáa feliz, nos parece niiíy oportuno lia 
mar la atención acerca de esta notabilísima obra, cuyo autor ilustre la 
redactó después de haber extraído mil tumores del ovario. Tras un 
sustancioso estudio de los dírercntes neoplasmas que aparecen en este 
órgano, exponer, con singular maestría y perspicacia, los síntomas 
que pueden diferenciarlos y que colocan al práctico en actitud de for- 
mular un diagnóstico preciso, que es la única base sólida en que debie- 
ra siempre descansar la oportuna indicación operatoria, íi fin de que se 
evitaran así ciertos fracasos, que injustamente desacreditan 4 la tera- 
péutica quirúrgica. En seguida entra Mr. Wells á ocuparse, con suma 
detención, de cuanto se relaciona con la ovariotomfa, desde sus oríge- 
nes hasta la reciente extensión que ha alcanzado esa riesgosa y difícil 
operación. Tanto al modo de practicarla, como al tratamiento del pe- 
dículo y 4 los prolijos cuidados que demandan los enfermos, una vez 
que se ha hecho, se consagran numerosas páginas, nutridas de excelen- 
te lectura, en que campea el míis consumado espíritu clínico. Aun* 
que sin rechazarlo por completo, Mr. Wells no se manifiesta muy par- 
tidario de la ligadura del pedículo, para dejarlo libre en el abdomen, 6 
del pedículo perdido, según se designa k ese procedimiento en el mo- 
derno tecnicismo de la cirugía, por m&s que sea hoy generalmente 
aceptado por la mayoría de los cirujanos; prefiere, por lo contrario, el 
antiguo clam, de cuyo empleo no se arrepiente, en vista del resultado 
harto favorable qu6 arroja su abundante estadística. Singular destino 
el de la ovariotomíá, que habiendo sido la primera vez llevada íi ca- 
bo en los Estados Unidos, por el Dr. Mac-DoweII, fué más tarde con- 
denado como un traumatismo quirúrgico birbaro, por Velpeau, el ciru- 
jano más grande que ha tenido Francia y uno de los primeros del 
mundo, hasta que, merced íi la perseverancia y fortuna de los opera- 
dores ingleses y americanos, ha llegado á penetrar de lleno en el cam- 
po de la cirugía superior, ó de las grandes operaciones quirúrgicas, 
constituyendo uno de los más preclaros triunfos de la ciencia de curar. 
En esta gran victoria la palma corresponde al insigne Spencer Wells, 
no tan sólo por el número extraordinario de sus casos, sino también 
por la obra magistral en que ha consignado el precioso fruto de sU lar- 
ga y fructífera experiencia, libro de primera clase, que todo el que se 



uela (1) el 23 de Abril de 1757 y Lope* Prieto (2) el ^ 
751). De los citados escritores, el primero afirma que Es- 
exiütir el 13 de Agosto de 1832 y observa que «alghnos 
fos anticipan un día su rnucTté,» aludiendo acaso, entre 
;la, que sefiala el 12. Por lo Tistd) el desacuerdo es cora- 

nzalez del Valle publica ahora la partida de bautismo en 
)ue D. Juan José Díaz de Espada naeíó en el lugar áe 
19 dos de la tarde del día veinte de Abril de mil seterien- 
. y seis, que es la fecha indicada por López Prieto, 
estuvo en lo cierto reapecto al dia del fallecimiento, pues 
e en su folleto presenta el Sr. González del Valle certifi- 
spo murió i las dos de la tarde del 13 de Agosto de 1832: 
cuyo estilo no se distingue por su corrección, contiene un 
jIo cuando supere que Espada, al terminar su vida, coW- 
de sefenla y seis aHoa, tres meses y veinte y seis dios, pues, 
tenía setenta y seis aüos tres meses y veinticuatro ditu; o> 
ks monos. 



o Gcogrifico, EitadUtieo. ítitiiñeo, de la tila de Oiiba, tomo 11, pi- 
Eipada: ttit viHudti, nu mtñloi, m apiuto/a^o.^ Re vista de Cuba*, 



REVISTA CDBAIf A 



EL MOSIO DE SOUTH lEISlIGTOI. 



Desde principios del affo pasado las colecciones de historia natural 
del antiguo British Museum de Londres fueron trasladadas al nuevo 
ntuseo de SbutK Kcnaington, especialmente dedicado fi ese objeto ; con 
lo que puede ahora disfrutar el pi'iblico de una inmensa multitud da 
objetos y espéciinens, de que había estado privado antes. 

Las nuevas instalaciones comprenden cuatro departamentos; el do 
paleontología, íi cuyo frente está Mr. Henry Woodward, con Mr. Ethe- 
ridpe por ayudante; el do zoología, dirigido por Mr. Gnnther; el do 
botánica, que dirige Mr, Carruthera ; y el de mineralogía, bajo la di- 
roccion de Mr. Fletcher. Los fósiles están separados de ios seres vivos i 
y sean vertebrado», invertebrados ó plantas están á cargo de Mr. Bood^ 
ward. HabiiMidose retirado Mr. Richard Owen, que era su perito nden te, 
ha sido remplazado eu esto cargo importante por Mr. Hower, eonser< 
vador del Museo de los Cirujanos de Londres. 

Según dice kin especialista, M. Gaudry, es un espectáculo grandioso é 
incomparable la acumulación de fusiles en South Kensington. «Nunca 
se ha visto, añade, reunión semejante de criaturas de todas las edades 
geológicas y de todos los países ; contemplándola, se comprende que I9 
époea actual, á pesar de todas sus maravillas, es poca cosa en la inmen- 
sidad de las edades.* 

U HADOIHA PE BLEIREIM. 

Esta celebrada pintura de Kafael, una de las mejores muestras de 
su admirable ejecución, existente hoy en la copiosa galería del antiguo 
duque de Marlboro, ha sido ofrecida en venta al gobierno inglés, por 
la enorme suma de $350,000; el precio más alto que ha alcanzado nin- 
gim cuadro. Fué pintada por los años de 1505, y se cree descubrir en 
ella la influencia de Miguel Ángel y Leonardo de Vinci, á quienes 
acababa de conocer Bafáel en Florencia. Representa í María en un trono 
con el niflo Jesús en el regazo y un libro abierto sobre la rodilla iz- 
quierda; como si lo enseñase á leer; k uno y otro lado del trono están 
el Bautista y Nicolás de Barí. 



EL HEOflOStSHD DE LOS AMERICAIOS, 

El c&r&cter patológico de nuestros tiempos ea el neuroslsmo. Núes. 
in vida, nuestras ocupaciones, las formas mismas del arte y la litera- 
tura lo revelan al obaervador menos perspicaz. No es do extrañar, por 
tanto, que los hombres de ciencia procuren darse cuenta del fenómeno, 
oBtudíando sua causas, para procurar así ol posible remedio. El doctor 
Ambrosio L. Rauney se propuso este tema en la conferencia que cele^ 
bró el 6 del actual en Association Hall (Nueva York), sobre Desurde-' 
ties nerixiosos. Enumerando las razones que hacen míks susceptibles dó 
desórdenes funcionales del sistema nervioso fi los habitantes modernos 
de los grandes ciudades, comparados con nuestros antecesores, y ,quó 
constituyen 4 los americanos, según su opinión, en el pueblo mis ñor. 
vSoso del mundo, los resume así; Sequedad de la atmósfera, exceso do 
calor y frío, el sistema de calefacción do las cosas, los hábitos de ali' 
mentación, el sistema de educación, ol medio higiónico, y el uso ex- 
tremado del alcohol, del tabaco y de otros estimulantes. 

LA EDUCACIÓN POPULAR EH ALEMAfllA. 

De datos estadísticos muy recientes resulta que de los 150,000 jó- 
venes alemanes que en el transcurso del año anterior han quedado su- 
jetos al servicio militar, mucho menos del uno y medio por ciento eran 
iliteratos. Todos los reclutas del Wurtenberg, sin excepción, sabian 
leer y escribir. Después en serie decreciente, vienen los de Badcn, Sa- 
jonia y Baviera. Donde la proporción de iliteratos es m&s alta es en 
las provincias y distritos orientales de Prusia, 

raUlAS DE SIDHET UHIEB. 

Una edición reciento de las poesías de este celebrado poeta ameri- 
cano ha salido de las prensas de los Scribner de Nueva York. Como 
las obras poéticas del gran Shelley, con quién no le falta alguna seme- 
janza por su vivaz y ardorosa fantasía, han visto éstas la luz por los 
cuidados de la viuda del poeta. Las precede un estudio de Mr. W. Ha- 
yes Ward, oportuna introducción & los versos de uno de los míts oñgÍ- 



Bo6 RSV10T4 CCPIHA 

nftlea representantes de U nueva poesía americana. Mucho mka artisto 
en la forma que Walt Whítman, es igualmente enérgico y tÍtíI en loa 
conceptos, y compa^ con él, con Whíttier, con Holmes, con M¡I)er y 
con Bret Harte U gloria de haber impreso un sello peculiar & la poesía 
de su patria, ei> consonancia con la grandeza y originalidad de su ca- 
rácter y de su vida. 

■H mcnictio ctitmt. 

El constructor del &Tnoso acueducto del Crotón, Mr. John Jervis, 
ha falleíaido €b la ñocha del 18 al 14 dd pasado Enero, en su resillen- 
na da Homa, bu bI estado de Kneva York. Habia nacido en Hunting- 
ton, L(Hig Idand, ea Diciemlve de 1795. Tomó parte en la conatruc- 
cion dsl catul del Eñe, y dirigió los del Delaware y Hudson. Ha 
eonsUruido numerólos ferrooarñles de los Epatados unidos ; y merecía 
que se diera su noiiibie 4 la ciudad de Port Jervis. Se distinf^uíó tam- 
bién como ec(MiomÍa(a, debiéndole k su pluma algunas obras «Are los 
problemas del e^tnl y el trabajo. 

■UnA TEBAIDA. 

Un proyecto, único en su especie, ocupa actualmente la atención 
de la cufiada de M. Thicis, Mlle. Dome, la misma que le erige (A sun- 
tuoso sepulcro de que batíamos en un número anterior. 

DueAa de una vasta posesión en Anteutl, donde hoy sólo existen 
bosif ues y jardines, se propone elevar en medio de ellos un sobei^io y 
capaz edificio, que sirva de asilo & los literatos, artistas y s&bios que 
comiencen su carrera con bellos auspicios. 

tLos laureados del Instituto y de todas nuestras grandes escuelas, 
dice un periódico de París, deseosos de continuar durante algún tiem- 
po, en la soledad, sus trobiyos comeIlzado^ ó bien de emprender esas 
obras de los veinte afi.os qne abre? brillantemente las puertas de U fa- 
ma) hallar&n en Anteuíl el retiro estudioso que ha faltado ameuudo 
i. Cantos de sus pcedecasofet. La ñindacion teadrá por objeto (thorrar 
¿ las oonscripoioues futuras de hombre* de talento las Juchas por 1» vi- 
da yin dignidad y sus amargos cuidados. Habri lugar en la vtBa da 



ifi9cí:UtiÉi fó7 

Airteuíl para cincuenta j&venés. Catíía 6\ pfoyecTd es váátt^ la fiin- 
éidon. Bo qnierc ahorrarse ñádft parfl liace'rlo perfecto, y acal» de daf 
un TÍajc á In^rlstcrra, para ver por si misma, Sin duda, c&mo esta esta* 
bkddo el home universitario de los estudiantes de' Ojtford y Camí 
bridge.» 

Con esta singular institución podr&H disfrutiir no pocos jóvenes 
franceses de ese oáo ¡etttrato cfue Ka sido el sueCcf inasequible de tan- 
tos espíritus selectos, de quienes vivió divorciaba lá- fbrtiiná. 

MOHDMEÍTO de liÓHHÓirTH. 

El 13 de Noviembre próximo pasado se inaugutó ea Freehold, 
Ñew Jersey, el monumento erigido en el parque Monument, para con- 
memorar la célebre batalla en que Washington salvó al ejército ame- 
ricano, trocando en brillante victoria la que parecia terminar por ver- 
gonzosa derrota. Ha sido construido por el arquitecto £dward Rath, 
según dibujos de MM. Emelin Littell y Douglass Smythe; su base es 
un triángulo equilátero con un cafion en cada ángulo-, sobre ésta se 
levanta un enorme trozo de granito en forma de tambor, adqraado con 
cinco bajorelieves de bronce, ejecutados por el escultor Kelly y que re- 
presentan incidentes de la batalla de Monmoutb. 

COHFEBUCU DEI, SklOB UHGO. 

La notable conferencia del Di. Arango, que ^{uiedfiJi ver auestroa 
lectores en el presente número, fué .pronunciada en el Nuevo Liceo' 
en la velada de 1' de Junm de 1883. 

«OTtCIAS tittkt^Ux. - 

Mr. Edward Gould, traductor americano de W ó'bras dé ^Izac y 
Motor de algunos libros sobre la lengua ¡ngle3&, &fiecí6 "i fines de Fe- 
brero, á consecuencia de un grave accidente etíBrodfráy, New York. 
Tenfa 71 aBos de edad. 

— :Don José Bufino Cuervo, autor de la celerada obra ApuiUaao- 
nea sobre el lenguaje iogotano, ha comenzado & publicaf en París un 
Diccionario de construcción y régimen de la Ungua caateUoína, que ha 
sido recibido con grandes elogios por criticos como Morel Fatio y ha 
valido al autor una lisonjera comunicación de la Academia Espa&ola. 

— Mr. George E. Woodberry acaba de publicar en Nueva York uñ 



288 kEvis^A cbÜAfii 

libro sobre la desgraciada y trágica vida de Edgar roe, teCoirtcndablé 
por la alta imparcialidad y la manera serena y convencida con que está 
escrito. Forma parte de la serie: American Men o/ Letlers. 

— La obra del conde de Moltke sobre Polonia ha sido traducida al 
inglés por Mr. R S. Bucheim, que la ha aumentado Con numerosas 
hotas biográficas. En Londres, por Chapman and Hall. 

— El 26 de Febrero se celebró en París, con gran pompa, el aniver- 
sario de Víctor Hugo, que cumplió ese dia ochenta y tres años. 

— El drama de Félix Pyat, L' homme de peine, ha hecho completa- 
mente ñasco, en el teatro del Ambigú. 

— Luisa Michel ha publicado en Londres la primera parte de una 
obra acerca de loa últimos aflos del tercer imperio. 

— La reina Isabel de Rumania, cuyo nombre en el mundo literario 
ds Carmen Sylva, esti para recibir el diploma de maeatra en la gaya 
ciencia, concedido por la Academia de Tolosa. 

— El dia siete de este mes dio Mra. Imogene C. Fales, en el Coo- 
pcr Institutc de Nueva York, y ante la Sociedad Sociológica, una in- 
teresante lectura sobre la cooperación y la competencia. La señora 
Fales cree que el único medio de resarcir equitativamente al obrero 
por su trabajo se encuentra en la cooperación. 

— El día del aniversario de Víctor Hugo publicó el Gil Blas un 
interesante suplemento, que contiene má^ de ciento cuarenta autógra- 
fos de contemporáneos ilustres, todos en loor del gran poeta. Entre 
los mías bellos sobresale el del cubano José María de Hcredia. Los hay 
de Renán, Bcrthelot, el presidente de la Confederación Suiza, la Reina 
do Rumania, Sarah Bernhardt, Leconte de Lisie, Pasteur, Sardou, el 
Bey de Túnez, Lesseps, Hayashi ^literat o japonés), Alejandro Dumas, 
Zola, Castelar, Mistral, Bradlaugh, Liszt, Augicr, Gounod, Adolfo 
Thalasso (de Constantinopla), Carducci, Saint-Saens, Torres Calccdo, 
el Dr. Janvier (de Haití), Beldemonio (de Lisboa), William Rosetti, 
Kamboruglo (de Atenas), Nazare Aga (ministro plenipotenciario do 
Persia), etc. 

— La casa de J. Hetzel et C* de París, ha publiciido la tercera edi- 
ción de las Cartas de Oordon u su Jiermana, escritas desde el Sudan. 
Las precede un estudio histórico y biográfico por Felipe Daryl. 



Z90 REVISTA CtJBAItA 

Y no vengan í decirnos que todo eso esti. perfectamente previsto 
en los pFogramaa tte la enseflanza público. El estudio tan complejo 
pero tan altamente fecundo de esas f!;randes cuestiones sociales, que hoy 
conmueven la sociedad hasta lo m&s protundo de sus entrañas, no 
puede llevarse k cabo sino muy superficialmente en nuestras es- 
cuelas. 

En los Institutos, nuestra juventud adquiere conocimientos cientí- 
ficos y literarios tan útiles como diversos ; pero ignoran absolutamente, 
al terminar sus estudios, los primeros elementos de la organización de 
la Hacienda pública; las reglas que rigen el trabajo, el crédito, la pro- 
ducción, el consumo, todas las cosas que constituyen la vida de laa 
sociedades lo mismo que la de los individuos. 

Sin embargo, se lanzan en el foco de los negocios con ese ardor y 
esa confianza que son exclusivo patrimonio de la juventud, pero sin 
brújula para guiarlos y mostrarles, cuando se encuentran en el resba- 
ladizo terreno de la especulación, el verdadero camino que deben se- 
guir y los peligros que deben evitar. 

En una época como la nuestra, donde las preocupaciones casi ex- 
clusivas de cada individuo, no tienen otro objeto que buscar el medio 
de aumentar un caudal, muchas veces insuficiente para satisfacer las 
exigencias siempre mayores del bienestar, donde el lujo todo lo invade, 
parece natural, decimos más, es necesario que cada cual se dedique 
con preferencia al estudio de las leyes que rigen la inversión de los 
capitales y ü su colocación, sino la m&s fructuosa, á lo menos, la más 
segura. 

Si pudiéramos inculcar á. la mayor parte de los hombres el conoci- 
miento general de las leyes, tan sencillas como maravillosas, que ligen 
el conjunto del Universo, si pudiéramos hacerles vislumbrar á grandes 
rasgos, ese inmenso conjunto de fenómenos solidarios que imponen & 
la sustancia viva como k la sustancia inerte, la misma regla y los mis- 
mos destinos, entonces y sin que pasara mucho tiempo, se produciría 
la más imponente y la más pacífica de las revoluciones. 

En las grandes síntesis de la ciencia moderna, es donde debeinosi 
sin titubear, ir á buscar las verdaderas bases de la emancipación 
. universal. 



ESTUDIOS ECONOmCOS 291 

V entonces se desvanecerin como por encanto esas concepciones 
metafisicas de otras edades, que las religiones del pasado extienden 
todavía como tupido velo, ante la vista de las poblaciones irrnorantes, 
y entonces será posible descorrer el velo y presentar el sorprendente 
espectáculo de esas leyes generales que gobiernan los mundos lo mis- 
mo que las sociedades, é ir & buscar en las leyes de lo infinitamento 
pequefio, los secretos de algunos de los inevitables principios á que 
deben también someterse los fenómenos sociales de la asociación, do 
la protección, del cambio, de la solidaridad, de la división del trabajo, 
de derechos y de deberes que son todavía inagotable fuente de estudio 
para las ciencias económicas. 

Y además, ¿qué misión más noble podríamos escoger en el movi- 
miento que arrastra las modernas sociedades hacia un porvenir cuytv 
fórmula definitiva es un secretó todavía, que la de ser seguro é inteli- 
gente guía que abriendo el camino, indique los peligros y enseñe la 
manera de salvarlos sin tropiezo? 

Es únicamente en la ignorancia donde buscan su fuerza de expan- 
sión las falsas ¡deas, y lo mismo pasa tratándose de las doctrinas socia- 
les, como cuando de los métodos industriales se habla; la ciencia sola- 
mente es competente para decir si están de acuerdo ó son inconciliables 
con las leyes que rigen los mundos, si deben clasificarse definitivamen- 
te en el catálogo, aún muy -voluminoso por desgracia, de los ideales de 
la fantasía, que son la llaga de las sociedades en vía de rápida tras- 
formacion, ó bien si raras ó extrañas tal vez hoy, y consideradas por 
muchas inteligencias como peligrosas utopias, pueden constituir la ver- 
dad de mañana. 

Deseamos que se nos comprenda, reclamamos la atención y la crí- 
tica de todos, porque se hace necesario ante tan importante y difícil 
programa. Acabamos de dibujarlo á grandes rasgos. El fin es sencillo 
y fecundo: hacer hombres que tío se encuentren desorientados en au 
«^ío, 680 patria de/ tiempo, no menos sagrada que la dd territorio. 



Para orientamos en medio del desbarajuste que nos rodea, ¿qué 
mejor brújula podríamos emplear fuer^ 4e Ift Ciencia de la economía. 



9%; BETISIIA CUBANA 

K;^ qu9 .la pKncia «cpníiqíica naRt¿ el <lÍ8.,^a q^ue se.poiqpi^iidió 

.fil muqdpidc.Ioq íntej^a^a poaée su orgaDÍzafioa pr^pia.y aatóoor 

y que existe una concordancia natuiat entre las fuerza^ que la 

oan? 

Mientras .esta conc^pcioii no se presentó ¿ loa espíríma, deljiasa . 

osamente buscar la disciplina de los ¡nteieaea filara de su propio 

ulo, es decir, pn I93 principios de orden, positivo. y religioso. 

La producción y la distribución de las riquezas parecía ifio.oTreccr 

que fenómenos extraños y contradictorios que reclatjiabaii un f^o- 
vo exterior indispensable para su coordinApioo, y no seOalándolfs 

papel que el de instrumentos pasivos. 

^Qué podia representar la Economía asf entendÁda. y gobernada? 
Uq conjunto de combinaciones artiGciales dondje- la preocupación 

arbitrariedad Juzgaba soberanamente todas Jas . cueqtiancSi, donde 
erecho, convencional reemplazaba y hollaba el derecho natural, 
de los intereses violentados no encontraban otro medio de satitfac- 

que el m6tu,o estorbo, y corrían ellos misnias hacia el yugo con 
speranza de obtjcner el provecho, individual en cambio deja gene- 
lervidujtnbre- 

Si este. cuadro, es, e:tacto, fácíL es comprender, la ,mÍ4Í<;>n qu^.&la , 
ente ciencia ificumbia, y qué género de, servicios, estaba Uaipada k 
tar: prepara la trasformacioa de :los becbos enderezando laside^s 
BU n^ision, y para llenarla sólo necesitaba prpcuri^r pl deacubrimien- 

la descripción det orden natural, lo que por decirlo asf,. .era intro- 
ir la-lu^ en. medio de ]aa tinieblas, 

iPuede representarse, dice J. B. Say, un pueblo ignorante. dejas, 
lad^s .probadas, por la Kconoipfa, bajo la im^rea de una poblacipn 
gsda í vivir en un espacioso subterráneo donde se encuentren 
límente, encerradas todas las cosas necesarias par<i U yida. Laoscu- 
d únit^tnente impide encontrarlas. Cada cual, , excitado por la ne- 
dad^.bupcalo que le baee íalMi,,pasa mu.chaa veces, poc junto al 
ito que más desea y basta tropieza con él en algunas ocasiones sin 
¡ibirlo. Todos se buscan, se llaman, síp poder encontrarse. El 
ii;do^o.e?|>o?ible: todo ea'confusit^, yloleacia, extrugp. I>e pro/i- 
!ui,i«yo,ds luz,|fene(rfieii.f!fpc"fltp'. ■ ■■ Se.^y^rgii^nsaíidpl dallo 



ESTUDIOS ECONOHICQB ¿93 

qu9-iM hftB.heehs, pomprciadeD que csdfi. cual puede obtener lo que 
desea, rooonooen. que, lüB bienes se multiplic^Ti tanto más cuanto m»' 
yores lOQ loa servicios mutuos ; rail causas para quererse, mil medios 
para gpzía honrAdamente se ofrecen por doquier . , . , Un rayo de luz 
ba bastada» 

Asf, pues, U realización del bien, del orden, do la armonio en el 
munijo, económico, no es mis que una cuestión de dispo»cionea Ínte< 
lectuaJes y morales, ó por mejor decir, la educación oientifica, 

Pero, ¿qué debe hacerse en tal caso, con esa protección exterior de 
los intereses que los poderes pftbliooB se atribuyen, y que con *an poca 
medida y justicia ^ei«en? 

¿Debemos rechazarla por oompleto, y negarle toda razón de ser y 
todo valor? 

Esto no es posible. 

La independencia de la Econopiía no llegad tal c^itrcmo. Cuando 
loa Fi^Í¿oratQs pronunciaban el famoso axioma: Dejad Itocer, d^ad 
pasar, la sociedad de aquella época pudo imaffinarse por un. momento, 
que pedían el aniquilamiento de toda intervención legal del Estado en 
el orden Económico. No era así, porque lo que realmente pedían aqud 
líos esclarecidos varones, era et abandono de ese antí-liberal reglamen. 
taiiamo, jia<^do de, las ideas erróneas de. antagonismos de los intereses 
eii.4Í, que fidaeaban é impedían el desenvolvimiento de la producción 
y del cambio. 

Pero, obtenido el abandono de las falsas doctrinas, queda k las tna- 
tituciones públicas, representadas por la Ley y el Estado, una acción 
necesañ,» que ejercer, y hasta una.benéfica tutela .sobre la Economía, 

Pero, es menester no equivocarse; la tutela encomendada & loa 
Poderes públicos sobre la Economía, no debe conúdorarse como un^ 
abdicación. 

La libertad de la Econorafa debe ser inquebrantable y para esto no 
existe másqujQun medio: poner el orden legal de acuerdo con la cien- 
cia.. Lo que equivaled de<íir que Ips^ promotores de la ley escrita, y el 
KsUd^ deben, insolarse en las leyes naturales de la Economía. 

Exista un .principio superior, quq debe considerarse como el punto 
dp CDijtapto y, de^juif^f^ iptfligisncia entredi f^ogreao jurí4icoyel proi 



ÉBTDDIOS BCOKOUICOB 295 

tabre aai la causa íntima de los trastornos sucesivos de imperios y civi- 
lizaciones que seftalan los anales del mundo. 

Algunas indicaciones históricas pondrán de manifiesto estas verda- 
des tan importantes. 

La observación de las experiencias sociológicas cuya nomenclatura 
es la historia, es la que nos ha conducido, hace ya mucho tiempo, k 
las conclusiones que nos servir&n de norte en el curso de nuestro 
trabajo. 

Todo esptrítu libre y sincero, no podrá menos de reconocer que 
nuestro método de observación traba y une estrechamente unas con 
otras experiencias ciertas, y que este método es integral, científico, wn 
sectarismo de ningún género; social, en una palabra, como su objeto. 

Error y muy grave, cometen lo3 que creen que en los primeros días 
de la Sociabüidad, y antes de la fundación de los grandes Estados, 
existáa cierta igualdad nativa, consagrada por las costumbres y garan- 
tizada por la falta total de castas ó clases legalmente constituidas. 

En esas edades elementales faltan por completo las ideas de igual- 
dad y de derecho. 

La fuerza sola impera. 

El hombre se considera por esencia como enemigo del hombre y 
obra en consonancia. 

En cada grupo, desde la familia hasta la tribu, uno ó mis jefes 
mandan sin apelación. Los subordinados: mujeres, niff os criados, sufren 
el absoluto dominio, y cuando alguna distinción se manifiesta, es hija 
de los caprichos del favoritismo. 

El orden legal nace con la Constitución del Estado, cuya base es 
el derecho de la guerra. Hay, pues, vencedores y vencidos, y por lo 
tanto, desigualdad de derechos y explotación de los vencidos por los 
vencedores. 

Sin embargo, ya se puede notar algún progreso, porque la produc- 
ción económica recibe desde aquel momento una organización fija. A 
la antropofa^a, á la matanza de los vencidos ó á su expulsión total del 
país conquistado, sucede un régimen relativamente más Inteligente y 
más humanitario. 

Poco á poco, los elementos que constituyen la nueva población se 



MÜgioaBt 7 &\oaóñeaa que ecEibdV&n de ínicíarBe y cuya aentraliMbioii 
iaTOiecia la propaganda, inaugurar una nueva era de civilización más 
fiívontble que las antenorcs para el advenimiento del derecho común. 
Pero, siendo la misma la baae prímardíal del edificio, preciso eu usar 
siempre de la fuerza para conservar lo que la fuerza había oonquisUdoi 
y por alcanzar este fia, el militarismo imperial llegó poco k pooo & la 
impotencia. Ta se sabe lo demás. Besaparecüú la civilisacion y la bar- 
barie volvió ü floreoer. 

Aquí se nos o&ece un nuevo olyeto de observación y de a^ieríen* 
cia. Las turbas feroees que invadieron U 'Europa occidental no cono- 
cían las «utileiu juiidieas del muado romano. la conquista geria&oic» 
sólo prodiijo: la deá({i|ialdad y la «preúon brutal, y no fué, , por eíeito, 
culpa suya si la ni^anizacicm municipal, que sobrevivió 4 la ÍavM¡an 
sirviendo de reíiígio en las^íudtdes & los restos de las libertades civi- 
les y económicas del tico^ pasada, pudo preparar Uotamente la fu- 
tura renovacáoo. 

¿Qué observamos en pleaa Edad Media? 

La barb&rie ka oMnpletado su triui^o. Bs^ el sorabie de régimen 
feudal, ha organizado las castas de Oriente. Y lo que prueba hasta qué 
puito el espíritu de de^gualdad y de pñvíl^io se sobreponía oí espí- 
ritu de juuicia, y de derecho común, es que la [glesía, depositaría y 
reptesentwitede we.^and^made la unidad y de la fraternidad iui- 
mana que el vtistiaiuMno habia sustituido en las almas al antagonismo 
universal, la Iglesia misma adoptó el feudab&mo; tuvo su aristoraacía, 
sus vasallos y sus siervos, lo mismo que la sociedad l¿Íca. 

Sin embargo, en' las ciudades .un potente movimiento sin preceden- 
te en la historia emfúeza á dibujarse. Por vez primera, las fuerzas, in- 
herentes ¿ la economía «parecen y se constituyen resueltamente en 
lucha con el feudalismo. La clase media y los obrerías se unen para 
defender sus {>ropiedadeB y su trabaja Cada industria se organiza en 
corporación. Es la gran revolución de las comunas, preludio de 1» vida 
y de la emancjjwcion económicas modernas. 

Atacado el feudcdi^no, tanto por el 'pueblo como por el poder cen- 
tral, recorro con lapidez todos- los. giatb» .de ia decadencia. 

Abatido el feudalismo, restaurada la unidad política, conqniatadu 



ESTUDIOS ECONÓMICOS 299 

Con esto se dice todo. No es preciso hacer el elogio de aquella 
época. 

Había habido ya otras revoluciones políticas muy importantes en 
los tiempos modernos: la de Inglaterra por ejemplo; pero no era el 
derecho común su objetivo. La desigualdad legal sobrevivió. 

Las miras de 1789 fueron m&s altas. Quedó iniciado el gran pro- 
blemo y sentadas las bases de su solución. Los errores ulteriores no 
han hecho m&s que afirmar la sublimidad de la empresa. 

«Entonces, dice Tocqueville, los franceses hallábanse bastante sa- 
tisfechos de su causa y de ellos mismos para creer que podían ser igua- 
les dentro de la libertad. En medio de las instituciones democráticas 
colocaron en todas partes instituciones libres. No tan sólo acabaron 
con la añeja legislación quo dividia los hombres en castas, corporacio- 
nes y clases haciendo sus derechos aún m&s desiguales que sus condi- 
ciones; sino que rompieron de un golpe toda? las demás leyes, obra 
m&s reciente del poder real, que habían quitado á la nación el libre go- 
ce de sf misma, y habían puesto al lado de cada francés, el gobierno 
como preceptor, como tutor y sobre todo como opresor.i 

La obra sólo se había empezado; preciso era continuarla y aca- 
barla. 

Por desgracia los hombres £í cuyas manos se había confiado la cons- 
trucción de tan soberbio edificio, no se encontraron á la altura de su 
misión : el espíritu do dominación y desigualdad volvió k reinar. 

Se perdió de vista el verdadero fin. Los partidos hicieron todo 
cuanto pudieron por servirse de la Ley como de un instrumento, y 
acomodar el derecho á su capricho. 

Cada cual quiso poseer la libertad, monopolizarla en perjuicio de 
los demás: gobernar, hacer prevalecer su personalidad ó su sistema por 
la vía autoritaria. 

En medio de las vicisitudes y de las reacciones desordenadas que 
la instabilidad de los gobiernos y la movilidad de la opinión imponían 
al país, sólo una cosa se mantiene firme y resiste á todos los cambios 
de las situaciones políticas: la explotación de los intereses generales 
por la «ridez y la ambición privadas. Parecía que se caminaba hacia 
una especie de cosa llamada gobierno, forniada de una multitud de 



990 BBTIiTA cmávi 

ii»BáarinBto9, (iondb et {uncitmaiiBino Mgndo j pFofaaoi militar y ci- 
vil; el pToteccionisma industnal, comercial, artístico, literario; el &vo* 
ñtismo, instalado en todas partes, los moaopolioiiy U iie)^aineRt«cÍon, 
K esfuerzan en crear por doquiera, situaoiones'«scepcnonRles y pre- 
rof^tiras ofíciales^ La buEocraoia, el ajéroito, el olera, d' ftao^ la uni> 
Tersidad, la alta banca, tas corporacíiMies y la» ooiapafifas privilegiadas 
¿ patrocinadas, las asociaciones de abreroa, fonnaa un» inmens» red de 
intereses y pasiones coaligadaí fuera del (íereeAo conrtm y sobre todo 
eontra el derecho cotmm. 

La induslna, el oomerctOi el crédito, U agricnHurs, k\ oaftital y el 
siUario quieren tomar su parte de pitanzay piden aupramaciá y &vore& 
Eo fin, apesar de la supresión de las órdem» y de las otwícu, la nobleza, 
la clase media y el pueblo eontinÚBD preourando la mqyor separación 
posible y hostilidad mutua. 

Nadie quiere saber del denahe oomun denéro de la Ubertad, y sin 
embargo sólo i ese precio puede salvane la democracia moderna. 

En primer apoyo que la Economía debe enoootran en el orden po- 
lítico, es la garantía del derecho oonun. Gonquista iiMnens«> que el pro- 
greso de las instituciones y de las leyea no ha podido toBtatftr deliniti- 
vamente. 

A oonssGueneia de la natural y modera» dinsian del Estftdo en 
poder legislativo, ejecutivo y juditñal, incumbe ai pñíMia, sobre todo, 
fundar el derecho común sobre la únio&lMae tegítima de todo el órdea 
público, es decir, la Let. Pero, par» que 1» ley eseñta corresponda 
fielmente, en lo tocante & los intereses k la ley natural, ea menester 
que ésta sea la fuente de inspiración de aquella. Eí, pues, neceswio 
que el personal legislativo sea la genuina repreaentaeton del aparato 
eoon^mico: producción, cambio, coneumo, &, &., de manera que haya 
competencia en la discusión de la leyes que con la Economía se 
rozan, y aumento de las fuet<zaa que deban soportas la común disci- 
plina. 

}<fad& db esto, por desgracia) ha suoedido hasta abona. Dos eleioeQ- 
toa qne no son m&s que inSiaotaiaente eoDaómicaat han ejeroítado 
aoeson pt«po&denint« aobre el apanto lej^idativo: dtSimwniiO paUiún 
¡f ti «tummto jwtidUso. 



aoi 

En otros térnÍQQi^ loe pdXticoq de pnpfeaton^ verdaderos ó presumí 
tos hombres de Estado, altos funcionarios del gobierno, pei:iodÍst«ai 
poetas, &, &, y los jurisooiuultos, abogados, magistrados, &, &, son 
los <]ue durante la mayor parte del tiempo, por qo decir siempre, pie? 
dominan en nuestras asamblea». De aquí dimana la consecuencia harto 
frecuente, de que la obra del poder le^slativo está subocdínada k 1m 
ambiciónos j & las competencias politioas, k laa miras de partido, y 
también de que procedan las Ie;o8, do del orden natural cientfficameiir 
te observado y determinado,, sino de opiniones y tradicioDes admitida!) 
de las cuestiones palpitantes, aceptadas sin previo examen, 6 por fin, 
de un vago y nebuloso dogmatismo metsfisíco. 

Con esto se llega i&cilmente al derecho múltiple y desigual, á lu 
leyes de excepción, de expedientes, de privilegio, k una reglamenta* 
cion meticulosa 6 arbitraría. 

Otros y muy diltintos serían los efectos, sí se tom»ra por punto d» 
partida y por fin del orden jurfdíoA el meoanisma natural de la Eoonor 
mk Se coqscguiña simplificar el meognitmo gubernamental y se deja- 
ría ü las IcyoB naturales toda su bené&ca libertad de acoíon para poner 
en eslvo y lograr el tríunfo del interés públioo. 

Iji intervenoioD directa del Est^o «a encontrarla de este moil<) 
perfectamente delineada^ tendría direooion y limites del todo ¡ndepenr 
dientes de las voluntades particulares ó oolectivas; y con todas las for 
mfij de gobierno, se s^ri^ lo que pertenece atl gobierno y lo que no 
esti en sus atribu(ñones. 

En primer lugar, la noción misma del Estado ha sufrido una tras- 
formación casi completa oon el advenimiento de la ciencia de la Eco- 
nomía. 

Antes el Estado !« er* todo, por decirlo así. La sociedad creía quo 
su existencia dependía absolutamente del Estado. En el Estado se en- 
camaba la autoridad, la soberanía tojbfl de hecho y de derecho ; y como 
la organización eoon¿mica tenia p« base jurídica el hecho de 1» con- 
quista, no se recfmpci^n derechos aaturaleí de ningún género: nada 
tenia raaon de ser íaltiiidoU 1» sanción del Estado. La voluntad dal 
Estado constituía el orden y la justicia porque también era la fueiz^ 
•No pudiendo, dic« Paactt], hjwer qju lo ji»to fiier^ también fuerte, 



302 REVISTA COBANA 

trataron de que lo fuerte fuera justo.» Por lo tanto, el Estado se tenía 
por inviolable é infalible. 

Esta noción del Estado, tan conveniente y agradable para el orgu- 
llo de los gobernantes, también dominaba en el espíritu de los gober- 
nados. Ayudando la religión, no existia m&s doctrina de derecho que 
la autocracia y la omnipotencia gubernamental, y nada se tenía por 
legítimamente adquirido si no procedía de la generosidad del Estado. 
Por tanto, ni libertad inmanente para el individuo, ni propiedad deri- 
vada del trabajo, ni distribución de riquezas justificada por el cambio 
de servicios. 

Esta concepción del Estado llegó k implantarse tan profundamente 
en la razón humana, que sobrevivió al régimen político, — la monarquía 
en toda la extensión de la palabra — del cual emanaba. Esta misma con- 
cepción, en su mayor parte, se encuentra en las democracias antiguas, 
en (irecia y en Roma, con una importantísima variante, es verdad, y 
es que el Estado en lugar de encontrarse encarnado en la personalidcid 
de un Rey, reside en el pueblo soberano, es decir, en la reunión de los 
ciudadanos libres y gozando de todos los derechos políticos. 

Debe también observarse que el poder religioso, distinto del poder 
político en el régimen de las castas, y en la monarquía pura, pasa en 
las antiguas democracias k manos del pueblo soberano. 

La democracia moderna también participa de esta misma concep- 
ción del Estado. J. J. Rousseau quiere que cada ciudadano abdique 
su independencia personal y todo sus derechos en favor de la comuni- 
dad. Quiere también que el Estado estatuya en materia religiosa. El 
Jacobinismo, la República de la Convención francesa y el Imperialismo 
Napoleónico, á. título de democracia con corona, participan de estas 
ideas, y nuestro parlamentarismo también las toma como punto de 
partida con más ó menos extensión. Constituyen, cosa digna de estu- 
dio en pleno siglo sis, toda la sabiduría del espíritu revolucionario y 
toda la esencia gubernamental del socialismo. Sólo un procedimiento 
práctico se encuentra cambiado. En lugar de la autocracia personal 
del príncipe 6 del pueblo, prevalece el despotismo incondicional de 
la Ley. 

Sin embargo, preciso es tener en cuenta que esta noción del Estado, 



ESTUDIOS ECONÓMICOS 303 

se encuentra en la actualidad radicalmente arruinada hasta en aus mis- 
moa cimientos. El progreso general, y aobre todo, el progreso religioso 
y el progreso económico, han puesto de manifiesto una concepción 
muy diferente. 

El Cristianismo abrió el camino; con la separación de lo espirilaal 
de lo temporal, rompió la unidad y el poderío del Estado, quit^dole 
la soberanía de las conciencias. La Iglesia quizo basta ii un poco máa 
allá, absorbiendo el poder político ó sujetándolo. Esta pretensión fuú 
la causa de una de las grandes luchas de la Edad Media, y no debemos 
olvidar que el ultramontanisrao sostiene aún las mismas doctrinas. 

Sin embargo, el protestantismo, rompiendo ¡a, su vez la unidad de 
la Iglesia abriendo paso al libre examen, permitió por fin k la filosofía 
el poder fundar la autonomía personal de cada individuo en el dominio 
del pensamiento y de la ciencia- 
Mirando bien las cosas, esta revolución no se ha dirigido en contra 
del sentimiento religóse, sino en contra de la ingerencia del Estado 
en et dominio de las creencias y en contra del despotbmo teológico 
apoyado por el mismo Estado. 

El progreso económico vino luego k batir en brecha la vieja noción 
de competencia y de soberanía integrales del Estado. La revolución 
de las Comunas durante la Edad Media, tenía por principio la eman- 
cipación del individuo y la autonomía del trabajo productivo. Nació 
el tercer Estado, que tomó puesto en la sociedad política, y luchó sin 
cesar en defensa de los derechos económicos y para que le señalasen 
BU sitio y su parte de influencia y de acción en el gobierno general. 

Et período de centralización y de omnipotencia monárquica reno- 
vada que sucedió al reamen feudal, marca un momento de retroceso 
en este movimiento. Pero, una serie de revoluciones, que tienen todas 
por fin esencial la emancipaoion de la Economía de las usupaciones del 
poder político, demostró bien pronto que la misión del Estado moder- 
no no podia, bajo ningún concepto, parecerse & la de los antiguos 
golñemoa. 

Asf es que, apcsar de todo cuanto pueda decir en contrario, para 
lus fines peculiares, cada uno de los partidos políticos militantes, no 
fiíeron los cambios de forma guberoamental loa que produjeron la re- 



9i94 UtVMTA OHMiri. 

noracien del £ata<lo y el feeoefioio ei^tal 4e Isi revoluciono moder- 
QftB, — como Id iadlcan de sobm nu«9tn* perpetuas vaoÜBciones entre 
la repúblioa j la UDnarqufa — -tiiiD la reducción de la miñón misma y 
el poder del Estado y las garantías constitucionales de 4]ue se armó la 
sociedad para derribar su autoorack' antigua. 

Se ha seAalado su Terdadem múíon ¡ «e le encerró en un círculo 
preciso de atribuciones; se le loUetiá 4 un eiiáiaen permanente y, 
cotno ■Mtíma ratio, se le eonvirtíó en un funnoiMño asalariado. 

Eita radical tpaift)tmiK»*n deí Estado bufaieim (>roducido, sin duda 
ninguna, BUS naturales y ncoesarioa frutos de libertad, Ide orden y de 
prosperidad siempre crecientoi, si no Kubiáramw eentmuado índéfíni- 
dametite tajo el impeno de las iluaiones revtoiiaeionarios, cfue auminis- 
-tnii una nueva Vida-ficticia 4 la anti^a ienría de ohiaipotdneia y de 
soberanía absoluta del Estado. Cada partido profesa, porcuenta suya, 
esta teoría, y desde él mederaiilünK) pum bute la tifa exaltada dicta- 
dura demagéf^ca ó socldista, nadie pícEsa otra «oaa que en la reeons- 
truecñon de esta oúmipoteBeía. Los mbmes partidos llamados parla- 
mentarios ó liberales están apasionados per la naoia giibemam^ital y 
{■DT el reglamentorísma tLo que taFroncia tMoéúta sobre todo, decia 
Mi:. Guiaet, és que la^ góbóentén:! 

Esto puede ser una verdad, tpátáádose sol&mente de raaAtener el 
wdéta público, en medio de los ambieioMs y cemfibtentñas desenírena- 
^m de Ida partidos, pero sólo puede y dcfo; Oonsideracoe como un aoa- 
ereníBmo fonesto, ouondo se lairan con oolms las necesidades y las 
condiciones norittales de existencia de la soaedad moderna. 

En nuestros táenipos, la eiencia se ba apoderado irrevocablemente 
de la cnestiotí de las atribuciones del Estada Le quila toáa especie de 
soberanía en el ónfen eccmSmicO' lo mismo que^n el orden religioso, y 
sobre todo en lo que atafle al peatmíiíeitto humano. 

£1' Estado, por esencia, no «s productor y su consumo no puede 
temer otro objeto que loa gastos necesarios pora ateinler k los intereses 
generales. 

Incompetente, dernx^wdor, parci^, corruptor, pretende gobernar 
la producción y regUnnentar los cambios, ialseando el mecanismo de la 
Economía, destruyendo el equilibrio y asumiendo responsabilidades 



que tarda 6 tenipraAb "pródúceíi 'recñiñmacione!) '6 exigencias ■qüéíí'íeS' 
imposible satisfacer.' 

Kó, los derechos y las libertades económicas no piledetmí délferi' 
entrar en las atribuciones del Estado. Todo cuanto haga traían d osé de 
la libertad del trabajo y de la libertad de loa cambios, de la propiedad 
de derecho común, de la or^ñi'zación de las fuerzas productÍToS, — 
capital y trahájo — de la 'asocíat^dn, de1 créditb, íí. Si, constituye unit 
usurpación tan funesta como ilegítima: 

¿Cuíil es, pues, sü verdadera misión? 

Kl Estado ES EL ÓROANo del órúen, de la paz, déla sEduRtOAúY' 
DB LA JÜ8TÍCU EN El. HEDIÓ SOCIAL. Estasscñcillas palábnís ha necésitlán' 
comentario de níngün géneto. ¿^6 son la éxpresibü de la más sublüñe' 
y máa importante misión que sea dable llenaren este mund¿? ¿Nó 
hacen del Estado el representante de Dios en el niutldo de los intere- 
ses? ¿Existe un Tiomljre político, verdaderamente dignó de Ilctái' éítfe 
nombre, que ire'hüse restrlÜgír su ambición filos límites de' tátilafiáta* 
rea?.... ¡No es, pues, necesario deSenvblveí el programb: cotítBiiíd6 
en estaS palahraia : óbde'ít, paz, sEOi^ibAD, juSticIa, par'acoiAprénderijué 
caudal de luces iiatürales y adquiridas, qüé díscéfñimiéntó y qüé'dig*-' 
nidad de almd necesitan los encargados dé realizarlo! 

Es un trabajo constante, que adquiere mayores prOfío'rcionfeí cfldtí 
dia, con motivó del deseñvólvlmíénfó dé la vida cconfimlí^á tnódeína: 
que requiere por consiguiente un auxilio constante, y cuyos dalles 
van siempre aiimenfa'naó. Puede 'deófrse qué este trabajo á(íafr'eai'i6 
insuperables complicaciones si rio fuérá la división cofrelatlVfl dfe atri- 
buciones y dé" funcicmés públicas." No se trata,' púéS, con esto dé'iiriii¿- 
rar la acción 'gu'beriiame'ntal, qué sé afiánzti y fortifica,' pot el coritiiii^d 
h^mitandosé y 'púrific^dose. 

Sin embargó,' la'mTíiÓn del Estado nO se fédlic^ k dar' las gari^fÉú) 
de drdén, de seguridad y de justicia que reclama la Vida interior deloü 
sociedades. Esta 'thísiori, etílstayódébelleAai'lá'tarii'Meh'éñereiteTierí 
Enlait relaciones de pueblo a pueblo, el'E^tadoCálaperáo'riifióáción del 
que gobierna. La defensa del tefrítórió y la ^ídtéÉcion'dé los 'interoseií 
generales íambi'en Te péttéñecén. 

Pero, ¡cu&ntos escollos te levantan en este cami'nót ¡Elejé^itó W- 



Bajo otro punto de vista, todavU reclama el impuesto ciertas ga- 
nuitfas que inapiran U arbitrariedad de loa gobiernos. En las sociedades 
mou&rquicas de los tiempos pasados, el impuesto gravitaba exclu- 
sivamente sobre los peque&os y dejaba intactos los bienes de la noble- 
za. Las democracias radicales por el contrario, tienden fi servirse del 
impuesto como procedimiento para igualdad de las condiciones. Cstas 
dos clases de abusos son perjudiciales de igual manera paia la l-^co- 
nomía. 

El Estado no puede ni debe presidir k la distribución de las rique- 
zas, ni buscar su equilibrio. Hacer mis sensible y más grande la 
miseria, es lo único que puede acarrear semejante concepción del im- 
puesto. 

¿Qué puede decirse, por fin, en tan r&pida exposición, de ese poten- 
te resorte de la Hacienda gubernamental, que se llama el crédito pu- 
blico, sino que basta echar una ojeada sobre el uso que hasta ahora se 
ha hecho de él, hacer constar la enormidad de las deudas impuestas 
por su medio & cada una de las naciones civilizadas modernas, para 
deducir un testimonio m&s de los peligros que pueden traer para la 
Economía las tendencias propias del poder político, mientras su esfera 
no esté rigurosamente circunscrita? 

En resumen, las atribuciones de orden económico no faltan al Es- 
tado. Esti, por el contrario, muy expuesto 4 caer bajo tan enorme pe- 
so, si la descentralización administrativa no viene en su ayuda. Y el 
mayor peligro consiste en que el límite exacto donde debe acabar la 
acción del Estado, tocante á la Economía, cambia casi forzosamente 
bajo el imperio de las circunstancias de tiempo y de lugar, y sobre 
todo, según el carácter y costumbres de los pueblos. En nuestro país, 
por ejemplo, no tan solamente nadie encuentra extraño que el Estado 
intervenga en todo, sino que hasta se provoca y se exige su interven- 
ción. «El Estado, dicen, lo puede todo, por tanto, debe hacerlo todo.* 
Olvidan que la fuerza del Estado no es una fuerza propia; que i'l es 
* órgano de la sociedad, maa no la sociedad misma; y que no le es posi- 
ble cambiar sus atribuciones propias, sin que la fuerza de que dispone 
se convierta en adversaria de las fuerzas libres de la actividad general, 
j las debilite al cabol 



CORRESPONDENCIA liíTERARIA. 



Parlí,.MarM ]^.U 1Ü85. 

Becuerdo que cuando era joven, &.pesar de mi muy temprana 
aBcioQ & leer todo género de libros, nunca pude dominar la repugnaní 
<;Ía que obras de cierta date me inspiraban, especialmente las colec^ 
piones de cartas. Falt&bame calma, y sobrábame impaciencia, para 
saber busoar en medio de mil detalles el rasgo interesante, que Humi- 
lla unoar&oter, ó aclara una situación; paxa crear yo mismo la figura, 
^ia mka auxilio que mis propias fuerzas y la abundancia de materiales 
acopiados. Adolecía además del mal gusto, frecuente en la juventud, 
de preferir & todos el estilo de sostenida brillantez, y de encontrar 
p&Iida llaneza lo que muchas veces es la mus deliciosa naturalidad. 

También debió en gran parte contribuir k fortificar esa instintiva 
antipatía por los epistolarios Is siguiente circunstancia. Fué mi maes^ 
tro de francés, en el colegio del Salvador, el pobre Manuel Tomis 
Nathan (que tan trágicamente se di¿ la muerte, algunos afios después), 
y que afectaba vivísima admiración de las célebres cartas fainiliares 
dé hádame de Bévigné; me acuerdo que nos las imponía en la clase, 
las repetía basta la saciedad, y nos forzaba ¿ recitarlas de memoria, . 
declarándolas sin cesar encantadoras, y yo encontrándolas sin cesar 
empalagosas, Paáo en silencio las cartas de Marco Tulio á su querida 



310 REVISTA CUBANA 

Terencia y k otras personas, que tanto rae atormentaron, cuando 
diaba latín, y era yo todavía más nífio. 

En cuanto L lo primero, confieso haber variado de parecer ce 
tamcnte, y que ahora me deleitan í menudo las correspondenc 
autores y de hombres célebres. Cada vez que me caen en las : 
libros, como loa que contienen las cartas amenísimas de X. De 
publicados hace unos seis 6 siete afios, los leo con tanto interés 
una buena novela, y los guardo, como mina ínagotalc de obseí 
nes muy literarias y muy agudas, donde pueda yo l^ilmente 
zarlos para bojearlos y releerlos de tiempo en tiempo. 

En cuanto k lo segundo, es decir, k mi opinión sobre Mada 
Sévigné, no creo haber cambiado tanto. La he vuelto k estudit 
figuro que he logrado entender en qué consiste su verdadero n 
pero estoy muy léjos de la admiración sistemática, y pienso que 
dispensable ser francés, y criado en ciertas ideas y bajo ciertos ¡ 
de vista,para apreciar y querer mucho k la sutil y artificiosa mar 

Al decir esto último, hablo de las cartas de la Sévigné como 
mentos literarios ¡ no niego, por supuesto, su valor histórico y hu 
como documentos para ilustrar la época y comprender multii 
individuos de la sociedad en que se escribieron y leyeron, vah 
permanece inalterable, y es al que principalmente voy k ref 
ahora al sefialar varios volúmenes interesantes, de cartas publ 
recientemente. Porque esta afición k las correspondencias, que 
confieso, es una afición general de nuestros días, y apenas mm 
personaje, mfis ó menos conocido, se preparan parientes 6 testal 
nos fí. compilar sus cartas, y ordenarlas en forma de libro, y da 
público, que ansioso las recibe. 



En seis volúmenes (1) acaba de publicarse la correspou' 
de George Sand, comenzando la primera carta en 1812, cuando 



(1) Geome Sasp.— Correapondance — 1812-1876, 6 vol. CalniMn Lflvy.- 
1882-1885. 



CORREPOKDeNCIA LtTEtlARIA 311 

ba la escritora ocho aflos de edad solamente, y terminando en 1876, 
diez días antea de bu fallecimiento. Es una colección e^cepcíonalmen- 
te ranada é interesante. La ilustre mujer, que fué uno de los prime- 
ros prosistas del siglo, vivió siempre animada de los m&s nobles y ge- 
nerosos sentimientos, en relaciones con los espíritus máa distinguidos 
de su época, y no hubo cuestión social, ni problema de solución tras- 
cendental, k que no consagrase ardiente y sinceramente su atención. 
No cesó adem&s un sólo momento de escribir, novelas, piezas de tea- 
tro, estudios críticos, y — como lo indica bien esta colección — cartas k 
todos sus amigos, ó ¿ quienquiera que í ella se dirigiese, en demanda 
de un consejo ó de un favor. En los sesenta afios, por consiguiente, 
que duró su carrera literaria, tuvo ocasiones sobradas de emitir su opi- 
nión sobre política, ó sobre arte y literatura, bajo todas y cada una de 
sus faces. Estas cartas dan la nota íntima y sincera de su inteligencia 
y su corazón, son la larga y minuciosa confesión de su vida entera, y 
la figura de la gran mujer se destaca magnífica y completa, envuelta 
en todo el esplendor de su carácter y su talento. 

Son inapreciables principalmente las de los últimos veinte y cinco 
afios, que llenan k la verdad laís de la mitad de los seis volúmenes; 
porque resalta en ellas la mujer tranquila y resignada, que, sin aposta- 
tar de uno sólo de los ideales de los dos primeros tercios de su vida, 
pasea serenamente la mirada por el pasado, sin juzgar el presente con 
amargura, ni descperar del porvenir. Ecbosando en sentimientos ma- 
ternales, tiene por todo y para todos una palabra de consuelo y de 
carífio; y si no hubiese sido por los horribles desastres de la patria en 
la guerra de la Alemania, la última parte de su vida, rodeada de sus 
hijos y de sus nietos, en posesión del respetuoso afecto de sus muchos 
amigos, y sin el menor desfallecimiento en su genio de escritor, pu- 
diera considerarse como enteramente feliz, y justísimo galardón de sus 
merecimientos. 

Independientemente del orden cronológico, en que están coloca- 
das, pueden agruparse en dos séi^s distintas todas estas cartas. En 
una las verdaderamente familiares, dirigidas k sus hijos y allegados, ó 
4 los amigos muy íntimos, llenas de ternura y de plácido interés, que 
recuerdan la vena que produjo sus deliciosos cuentos pastorales, los 



CORRESPOSDENCIA LITERABU 313 

volúmenes impresos; Fl&ubert compuso durante su vida seis única' 
mente, y de ellos uno, incompleto, ha aparecido después de su muet' 
te, ocurrida í los - ¿ t íarS n t a y nueve afios. George Sand escribía un 
tomo en quince dias, Flaubert k menudo tardaba una semana en acá- 
bv una p&gina. Ijr una era esencialmente optimista, dispuesta siem* 
pre í la esperanza y la indulgencia; el otro, pesimista, sombrío, vivid 
indignado sin cesar contra lo que él llamaba da necedad bumanai, 
dando además á la palabra tma extensión formidable, y descubriendo 
doquiera su omnipotente influencia. Ella, en fín, después de una JU' 
ventud fogosa, y sembrada de accidentes, habia llegado á la madurez 
dotada de una salud admirable y una gran energía para el trabajo in- 
telectual ; miéntraH él, con incesantes alternativas de tristeza profun- 
da y alegría febril, había vivido constantemente poseído de terror de 
la terrible enfermedad nerviosa, el mal epiléptico, que desde muy tem- 
prano le asaltó. 

A pesar de eias divergencias, y de la diferencia de edades, se pro- 
fesaron la mus viva y carifiosa estimación, manteniendo, cuando do 
se velan, constante correspondencia, y ha coincidido ahora la publica- 
ción de los últimos volúmenes de Madame Sand, en que hay gran 
número de epístolas ¿ Flaubert, con la aparición en un tomo de cartas 
de Gustavo Flaubert ú George Sand (1). 

Asistimos, por tanto, á un verdadero diálogo entre dos artistas 
eminentes, ¿ una discusión franca, y completa, por lo mismo que es 
confidencial, y que apenas disfrazan sus íntimos y seci'etos pensamien- 
tos. Márcase bien el contraste de ambos caracteres, sobre todo en loa 
afios de profundo trastorno que sucedieron á la derrota de la Francia 
por la Alemania, cuando el desencanto universal excitaba más en ella 
BUS instintos consoladores, su fe en la regeneración de la patria y el 
progreso de la humanidad, al paso que en él crecía lo que, en una de 
sus cartas, llama «el inmenso disgusto que me producen mis contem- 
poráneos». 

En materias Uterarias, en cuestiones de estética sobre el arte 



(1) Letires de Gustavi Fladbebt i Oeobqe Sabd, préeedées á' ase ítade par 
(hty de Maapauant. 1 vol. Paris. — CharpenLiar. 



OOHReSFONDEIIC'IA LITERARIA 317 

lit^ro quisiera ser juzgado», dijo al publicarlo. Y en efecto, todo QuÍ> 
net estí ahí, y es como una autobiografía de las ideas y los sentimien- 
tos de su vida entera; por desgracia con algo también de indeciso, de 
indeterminado, de vagaren el fondo^ y de flotante en la expresión, 
defecto principal de cuanto escribió, y lo único que le impidió llegar k 
la cumbre del arte. 

Pocos afios después produjo una obra superior. La Bevducion, 
composición narrativa y filosófica al mismo tiempo, en que ostentó sin 
miedo una imparcialidad rara entre sus correligionarios, y combatió y 
destruyó multitud de juicios falsos aceptados como artículos de fe, 
eonlesando Intrépidamente los vicios y los errores que hicieron fraca. 
lat la revolución. 

En esta última obra, k pesar de su gravedad, como en todas laa 
demás, y como en bus cartas, revela siempre Quinet una imaginación 
poética que, bien dirigida y cultivada, le hubiera proporcionado triun- 
fos en el arte del verso. Quíz¿3 los de Lamartine y Víctor Hugo, con 
quienes no podia competir, lo desanimaron, é impulsaron por tas sen- 
das de la prosa. Sin embargo, en plena madurez de su talento, entre 
los treinta y los cuarenta afios de edad, habia dado á luz dos grandei 
poemas sobre N^apoleon y sobre Prometeo, haciéndose en el primero 
voluntariamente cómplice de la apoteosis insensata, que los liberales 
de Francia consagraron entusiasmados al nombre y la memoria del 
vencedor de Jena. Y es bien de notarse que, menos de veinte affos 
después, fuese Quinet una de las primeras víctimas de esa misma le< 
yenda napoleónica, que contribuyó k formar cuanto pudo, y en virtud 
de la cual fué la Francia presa í&cil de otro Bonaparte, que se puso eif 
el acto k perseguir y proscribir sin reposo y sin piedad, la dignidad 
del pensamiento y la libertad de la palabra. 

Quinet, como todos, debió pagar el error de su entusiasma bonar 
partista. Su correspondencia nos revela que la expiación fué demasía; 
do cruel. Es enorme espacio un destierro do diez y ocho afios, y en 
los primeros tiempos fué una verdadera capitis deminutio; sus libros 
no se podían vender, no hallaba editores que quisiesen encargarse de 
na nuev^ obr^s, y los periód}co.B evitaban hasta mencionar su nombre, 

ÍRíBitüB piSeyko. 



CRISTÓBAL COLON. Y LOS CARIBES. 



Clt'AMQO. 

Cristóbal Colon — como «e hft.risto^no tenía !& alucinación ¿9 laa 
\.mazonaa y los CftIibes,-;-aIaoia(u:ion tan grande,' en concepto det se- 
loT Annaa, fque se sobrep6nit i Jas détnáa.* {La. Fábtdadeím'Cari- 
<ea, p. 7.) 

Hizo también alusión el Sr. 'Armas ¿'«otras alutínacionés históricas 
r geográficas» del Almirante,- tqtie peftarbaban la^ luces de su- espfn- 
u.» {loe. cit.) 

Lá primera, en cuanto i las Amazonia, ha resultado ser una oreen- 
¡ia, ciertamente muy fundada, y en' cuanto i. loa Caribes, una veídad 
ndudable. 

Es un hecKo que mientras no los vio Col^n por ai mismo, desecba- 
>a como falsas las aSimhciones'.de' los: indios.^ Llevando ün.I'iario de 
laVégacionl naturalmente fué elKribiendoeD'él. cuanto iba oyendo, por 
ibsurdo que fuera! tE»to gm.yo he dic&a is h que. 0^,». escribía en 
1503. En esa época estaba etearmeotado': habia ofrecido grandes n< 
[uezas, y anunciado maravillas *y porque no pareció todo tan presto fu- 



CRISTÓBAL OOLOK T'-LÓS CARIBES 319 

eacandulÍEado,»— dice-^y y% desde fintóoces se propuso set; Inuy cauto. 
■Este castigo (sod sus palabras) me hace agora que ilo dí^ éáltía li> que 
yooigoáloa ncUurales delattefra. Esta fuéfíiémpresu practicar: recogió 
cuantO' entendió ó creyó entender en sus diálogod con lo» íhdios, 
y creía tan sinceramente' qUe era ese un deber element&I del viajero 
que, en sus grandes desengaños y niortíScacioheá, estima que es 
lo únicoque, ealo sucesivo, debe permitirse consignar en sus rela- 
ciones: 

Perb ¿cuides eran esas otras alucTüaciones históricas y geogrlificas 
de Colon? £1 señor Armas no k) dijo éD su o{>úscuIa¡ mas k ella pare- 
ce referine en su folletin cuando' habla de tloí postreros espasmos de 
un cerebro desarreglado.» 

Colon' tuvo realmente una obseülon poderosa, y' sin ella nd hubiera 
descnbierto la América. Car&cttir méridioAal y de suyo exaltado, — ba- 
jo la influencia de las circunatÁncias en que vivió y del género de es- 
tudios ü que Be dedic&ra,-~concíbi6 uha' ideas tenaz y avasalladora, 
que filé el tema de su meditación y Su porflÍK y qué, andando el tiempo, 
en aquellas -oscuras noches y aquellos angustiosas ' díaS de su é{>¡ca na- 
vegación en que no se divisaW & lo léjoJ mus que liL desesperante y 
monótona línea del horizonte, había de ser le estrella mfstica de su es- 
píritu, la' ilusión que le hacía percibir en las brumosas lontananzas la 
tierra asiática, lujosa y sonriente en sus maravillas, mientras la inquie- 
ta y* disgustada tripulación nO Veia mits qile olaia lÜacabableS sucederae 
en &tfdico ritmo, y esperaba, eá siiprétUa zozobra, el momento terrible 
de llegar al borde* de la tierra, 4 orillas<'del aliísmo siti fbndo. 

Cipango era la causa de aquella salvadora y fúcuhda obsesión del 
espfrita'del Almirante. Aquella iSla era' ^u idea fija; ir allí, llegar k 
sus mágicas playas, era haber tocado en el Asia, haber realizado el m¿s 
hermoso de los sueños, haber hechb'la obra más grande y'pmvechosa 
que era dado entonces concebir. 

Empero, para haber tenido aquella preocupación era indispensable 
un temple superior de abuftyUnáStttéli^nciá'eittraolrdinaria. Al revés 
predmnente deldque ha pensado' el ieñor Armas. No es este, pues, 
un caso de patcflogía ; lá idea dé Cristóbal Colón' Ha fué el delirio de la 
enfermedad, id cegfiaoinnia'dél póétia:' fué iia' resultado científico, el 



CRISTÓBAL COLON Y LOSCARtHes ^ü" 

neáendo [»eoctipBcíon«s, entíé' elliw Ib' idea.' de Loe peligros del'teiffldo 
Mar Tenebroso qttft, k1 través de U descripción de Eldresi, ponía es- 
panto ^ los ¿nñnbs raka esforsadoa. 

Obstruido (A camino de Levante por los infieles, necesitaba el co- 
mercio, la vida europea, de otro rumbo, de nuevo camino, y lai idea -de 
aflpiella indispensable vía, que era la idea y la esperanza de su siglo, se 
tíieamó en Cristóbal CoIod: de alri su egregia personalidad y su ^u>t(- 
ñtna gloría. Él fué el ánico entre tahtos <jue desbaban la mismo, que 
consagró sh vida al pensamiento fecundo y salvador y tuvo la suprema 
resólutíon de salir 4 realiserlo, llevando k cabo la empresa casi mítica 
de engolfñrae'tin él inm^so Océaild' en pos de una congetura; raián- 
tras' sus co'ntempoT&iíeos lo Veían alejarse sobre laS aguas con el 8som> 
bro y el disgusto que produce el espectáculo de una insigne locura, de 
uii lamentable extravío. 

Las di^uhstaacias y su gériío fueron I<ts factores de esa obra incom- 
parable, única en los anales del mundo. En la ficbfe de dcscubñmien- 
tos de aquella época de fantasía y de investigación, si revivieron las 
anteas tradit*iones sobr¿¡slaá fabulosas, se leyeron yconaultaron tara- 
Inen los viájeros'de siglos anteñores, y fueron; sobre todc, objeto de 
especikl curiosidÉid y estudio lo^ que habían escrito sobre el Asia. 

Manió Polo, al cabo de dos síglttS, tuVo profunda y acaso decisiva 
influcncin en el descubrimiento de la América con haber hecho el re- 
tato de su romántica expedición & la China; como de igiud ó superior 
manera la tuVo Martin Beh'em' porque en unión con los cosmógrafos 
de la'córte de D.' Juui II de PoltUgal, aplicó el astrolsbio í la nave- 
gación. Ya él niaYegante podia, desde entonces, separarle y alejarse 
de las'costf/s, totear sobre el mar una línea cualquiera derecha: en ta^ 
les condiciones, lOs misterios y las promesas del Océano serían revela- 
dos al qtfe tuviera resolución bastante para aventurarse en su augast* 
aotedad y seguridad finoísima de refO'esar en cualquier momento, con 
el aiíxHío del asírolabío y de Ifl brájula. 

£se hombre existía; pero ¿4]ué importaba poder abandonar la playa, 
interhaTse en el mar, correr peligros ingentes y estar convencido de la 
fMálidAl áél r^reso^ s¡ el mai era ilimitado y si tras aquellos peligros 
no había ningún interés grande; positivo y fascinante? 



REVISTA CÜBAKA 



> Polo y Mandcvillc proporcionaron un podero- 
nto, y tentaciones 4 la codicia y el interés, al 
ion entusiasta, con seductora hipérbole, las ma- 
sía, de la tierra prodigiosa del oro, de las espe- 
lo eso, pensaba que la masa de las ajanas era la 
era corto el espacio que restaba por recorrer 
al mismo tiempo en esas maravillas asiáticas, 
en ellas lo aparenta al menos, quizás para in- 
I poderosos en una empresa costosa que él sólo, 
hubiera podido nunca llevar & término. <E el 
— el enjuto de ello es seis partes, ía séptima 

\, habla con pasmosa seguridad de inmensas ri- 
imperios, que ofrece á los reyes de Castilla; y 
lionores y ganancias, que k punto estuvo de 

I que los expedicionarios desconfiaban y en su 
■iaban retomar í Espafia, él sólo y siempre, es- 
3ia 6 otro surgir la suspirada tierra. En los in- 
ella soledad interminable, veía la reverberación 
endores asiáticos. El Asia fstaba al frente, y 
e ó temprano, é impetérrito proseguía su mar- 
lementos y con los hombres. Sabia lo que bus- 
: le hablan dicho que delante de su prora teme- 
a AntiliadeToscanelli, y más lejos la encantada 
extraordinarias que corrían sobre la primera, 
que se empefiasc en abordarla, y separándose 
ra el sabio florentino, dejó & un lado la iámoaa 
importaba. Pero siempre de sus caldeados ojos 
'—entre las movibles olas y las brumas lejanas 
d incansable la isla de Cipango. 
discurso que pronució ante el Consejo 6 Junta 
ado de Talayera, decía; tEI mapa de mi amigo " 
coloca & mil leguas eacasas de Lisboa la pro* 



CRISTÓBAL COLON T LOS CARIBES 323 

vincia de Mangl con todos ans palacios de oroj y las orillas sembradas 
de perlas y otras cosas admirables. Yendo al Catay encontraría la cé- 
lebre isla de Cipango y qüizís también la Antilia ó la Atlántida de 
Platón.» 

Marco Polo había descrito las riquezas del Gran Can y su inmenso 
poderío, y la abundancia de oro en la isla de Cipango : Colon halagaba 
con la posesión de aquellas maravillas k los reyes y al pueblo en una 
época en que— como él decía — tel lujo se ha aumentado hasta el punto 
que las mujeres de simples artesanos visten trajes de seda guarnecidos 
de oro y piedras finas.» 

Por aquel tiempo se arruinaban las familias, el Erario estaba ex- 
hausto: necesitábase mucho oro, y Colon-— fijo su pensamiento en Asía 
^o ofrecía á manos llenas. Halagó & todo el mundo para atraerse las 
voluntades y la eficaz cooperación y ayuda que buscaba. Brindaba á 
los monarcas con grandes tierras, ricos imperios ; al catolicismo le re- 
cordaba siempre los infieles innúmeros que podían ganarse á la fe de 
Cristo; á todos hablaba de honra y provecho, de esplendores y ganan- 
cias. Su compromiso era, pues, muy grande, y por eso, apenas divisó 
la tierra, su único anhelo fué encontrar el oro y las piedras preciosas 
y las producciones valiosísimas que tanto había ponderado y que exci- 
tando la codicia y la ambición de medros, habían asegurado á su gran- 
diosa empresa el éxito feliz que acaso de otro modo no hubiera obteni- 
do jam&s. 

Eespecto á si Colon leyó & Marco Polo, ó tuvo noticias de las mara- 
villas que se relatan en el Milboro, de oídas ó por informes de Toscane- 
lli, no hay seguridad completa; pero no queda duda de que creía en 
la existencia de la tierra asiática continental al Oeste de Europa, de 
que hablaba de sus grandes riquezas y de que buscó sin cesar la isla 
de Cipango. Esas narraciones, al menos, corrían de boca en boca hacía 
mucho tiempo : desde el siglo xrv circulaba la obra del viajero vene- 
ciano en manuscritos, y fué impresa antes del descubrimiento de la 
América. 

Con el Diario del primer viaje podría probarse la preocupación de 
Colon por llegar á Cipango, y cómo á cada paso se figuraba haberla 
encontrado: momento hubo que creyó verla en la isla de Cuba, y seis 



' KX VISTA OÜKIMA 



«fios S)4a tarde declara' terminanteíaonte que.,eii '14í92.jdeaculBÍ6.ZM 
■Monicongos de Gipango. 



■ Los -Cealties. 

Aquella' iluEÍon de Ccdon, de creerse en -Aúa «1 tocar i]as:tiei^BS 
nuevas qu& descubriera, es ua hecho que no puede ponerse en.dii^a, 
y que sus dectractores han empleado Euperficialmente..ooD la^ides^e 
empequeñecerlo. Antes quo el Sr. Acmas, babÍB4icho, en^n arranque 
de odio y de despecho, el ilustre historiador portugués Barros ; ■«é nwíi 
fantástico 6 de imaginagoes cotn' á auaiilha Cipango.» 

El Sr. Armas no niega, pues, mi aserto; al oontraiio,. dice ^en su 
folletín: <A la isla m&s grande del Japón, ó sea Cipango, la hallápri- 
mero en Cuba, lue°;o en Santo Domingo, etc.t— y^aSade:'iEt'Catay, y 
Mango, comarcas do la China^ las encontró en Cuba, donde. envía dea- 
de la bahfa de Nuevitas una embajada al gran Ebd. de.T^utaña; y lue- 
go las trasplantó k Centro América.* Cierto que escribió 8n.l5O3.&j0s 
Reyes: «Llegué k 13 de-Mayo en la provincia do J/t^o, que.parte con 
aquella del Galayo, y deíalli partí para la E^nfiol^i Pero no eioosa 
muyelara que desde Nue vi tas enviase embajada: r si 'GranKanüeliSO 
de Octubre, frente al río Máximo, el capitán de la Pinta entendíóde 
losañdiofl de Guanahanf, que enellfttrúa, y ledijoliColoni «que aque- 
lla tierra era tierra firme muy grande. ... y queel Jey de aquella tie- 
IT& tenía gverra con él Oran Gant..^ Continúa «I. Di^río así; rtDpter- 
minó el Almirante de llegar ¿ aqaelrioyenm'arua fieumtavd.rey.de 
■ la tierra. . .> y dice que había de trabajar de iral Gran Can, que an- 
eaba que estaba por allí ó & la ciudad deCathay. . .> Dos diaa de^es 
(1* de Noviembre), fueron ¿ tierra W barcas y. le jenoontraroa todo 
aibandonado; los indios habían huido, y. por este motivo «avió &no.in. 
dio, el cual fi voces desde lejos les decía que no tuviesen niedo, que 
«lio hacían mal k anáie, ni eran dd: Gran-Can^ lefialevidente de que 
-lo»-ereian-«nemigos y. en guerra. -^E^ piano consigna ;-aegai4aiiiiente : 
<- 'VFDdb la-letagua' tdmlñen eS'Una, y todqs amigos, jcjosbo. qae;Maa.ioda8 



ORISTOpAJ, OOLOS y. has CARIBES , OfO 

Mttasjtas.y qu^ tengan. guerra cqv. eí Gran Can * £1 dia 2 de No. 

ñembrc, envió &,'Bo4rígo de Jerez y 4 Luis Torres, acompafiados 
.de^os.indios: «díóles íiistruccí.pade cómo habian de preguntar por e' 
.n^ cíe ofueSaf térra, y lo que babian de hablar de parte de loa Reyes 
:.da Cittílla* cómo envwbaa al Almirante para que les diese de su parte 
. sus oarMs, y un presente, y para saber de su estado y cobrar amistad 
, COR él y^/avortaéSe en h,qiiehobÍe»e ¡d^^cUoímenefiter^ etc.-r-VoIvieron 
el día 5 por , la nocbe : ni eiquiera pudieron haber llegado ¿^atto y 
iSttiway, que el Aliqi^Bote suponia 1^.1,00 leguas de allí, pues que sus 
, enviados no. ft9.dw,terpD.. más que:doce. Creyéndolos en gueiia con el 
tina pan y recomendando k, sus comisionados que les ofreciera su 
ayuda, no podía pensar que enviaba una embajada al Gran Can de 
Tat^uia, y.ménoa cuando el Í2 de Noviembre está tan persuadido de 
que no ha sabida una palabra cierta de él, que dice de sus ciudades 
. tqueeC: descubrirán sin duda. .. .t es áeciT, que aún no las Imbin des- 
0|Ubierto, 

Explanando 8 U9 ideas, dice el Sr, Armas: «En sus últimos viajes es- 
cribió í los Boyes Católicos que hpbia ¡legado cercn del Ganges y hasta 
'. 6 las mismas faldas, del Paiaiso Terrenal.ii KeRéresc íi la citada carta 
. dfl'l^OS, que en verdad no dice eso. Comunica k los,Reyes lo qu^ le 
cuenta la gente de (Jigv^re, y, entre otras cosas, escribe lo siguiente 
que>cópÍ0'& la letra: fX^^i^bien dicen que la mar boxa á Ciguare, y de 
allí í. dies jomadas es el rio de .Oangw-s-, Parece que estas tierras ea- 
itAa con'rérajrua.comoToFtosaconFueniernbfa, ó Pisa con Ycnecia.» 
r Loa términos que.,emplea Colon muestran & las claras que no ha,bla por 
. it xaisrno, sino que. anota lo que le dijeron los indios. Perp lo iinpor- 
lantq de., todas esas frases delSr. Armas que he reproducido integras, 
. es que demuestran que él está en perfecto acuerdo con mis anteriores 
. Afirmaciones, de que Colon, creía .Ermemente hallarse por el lado oríen- 
-.taLdelAxia, por aquella parte di^ametr^lDiente opuesta, al Mar Negro 
. y.,el ;,áAÍa Jtf enor. 

I i.fnes siendo esto así, .t7<i Ítap(>fÍlile,, -abfoiutaTnenle imposible qab 
Sk>\oaMyi»rA U SHprem(<ial.V<iÍna(áon de los Calibes y que los buscara 
.'.jfnAKiajnentey creyera .verlos, por to.dos lados, como el sefio^F Armas 
■x^«^:6Mt«ñÍdo. 



CBI8T0BU. COLON T LOS CARIBES 327 

nia? — o Colon no sabia una palabra de Geografía, y entonces no hu- 
biera podido concebir una profunda idea geogrüfica, ni defenderla, 
ni hacerla triunfar contra tantas contrarías opiniones, — ni ménoa rea- 
lizarla; ó Colon era un geógrafo eminente, y entonces es inconcebible 
que buscara á los Calibes por el Oriente de Asia y hasta que creyera 
haberlos encontrado. Sí lo primero, se puede conceder que tuviera la 
alucinación de los Calibea al creerse en la parte de Asia precisamente 
opuesta 4 sus moradas; pero en ese caso no es dable 4 nadie el expli- 
carse cómo un ignorante de tal caletre pudo fascinar y convencer ü sus 
contemporáneos y descubrir la América. Si lo segundo, hay que con. 
venir en que pocas afirmaciones han sido tan gratuitas como la que 
hizo el señor Armas, al estampar que la suprema alucinación del Almi- 
rante fué la de los Calibea, que ansiaba encontrar y que creyó ver en 
el Oriente asiático, precisamente donde era imposible que eatuñeaen. 

Fácilmente, por tanto, se confirma cuanto he dicho al interpretar 
las expresiones del Diario y de las cartas de Colon. Los indios antro- 
pófagos de que en esos documentos se ocupa, que los otros de las La- 
cayas y Antillas Kfayores le iban seOalando hacia el Sudeste y que eran 
más temidos mientras más se dirigia hacia aquel lado, — no eran, pues, 
ni podian ser loa turanioa del Occidente, los Chalybea de Armenia y 
del Ponto-E u xino : eran, por el contrario, los caníbales, loa de Canima, 
de Caníba ó de Cavila, ó de Carib, que entendió el Almirante; y bien 
pudiera congeturarae que cuando el descubridor creyó comprender que 
aquellos feroces piratas tenían la cabeza de perro (cinocéfalos), los in- 
dígenas que le informaban quisieran darle á entender, por seffas ó de 
otro modo, que tenían las cabezas alargadas, lo que no sería difícil, 
puesta que la craneología ha reconocido que la deformación artificial 
de los Caribes es la llamada por Lunier ifronto-occipítal,! 6 «cuneifor- 
me acostada,! por Gosse. 

Recuérdese, además, que aun viendo Colon i las mujeres de Gua- 
dalupe, armadas de arcos y flechas, regimentadas, defendiendo su isla 
en ausencia de sus maridos y peleando con bravura como si fuesen 
hombres, no se imaginó, sin embarco, que eran las singulares mujeres 
de Themyscira y de loa Scytas, de que hablan los eacritorea cláaicoa; 
ú no que (como dice Laa Casas) «creyó que debían tener loa costiim- 



CAlSfOtAL Í0ÑSMÍ T ÍM caribes Í^0 

({«eao exiatiecim loi tíaiábes a&iiUsiios; y ciomo Colon eaeñbíó á^ 
ellos aBegomiulo k joontrario, precito ae hacÍA invalidar su teatimúráo 
y pintadlo coa tai objete, oluoiaado, visionario, ignodrante a£iaflO« furefa 
de<(rf)9es¡on6s «que pertorbabaa las luoes de su e&pírítu»; poK lo nvte 
cnejré haber ittegaido ocitca del Gatiges y hasta las mismas f oídos del 
Panoso T'ecresaU. fia k acuteríor seocion de este l^abajo, he puesto 
efi «TÍdeaciA que no esciibio tal oosa á, los Beyes de Espafta, como ejl 
Sr. Armas ppeteiuKó. Y ^¡Mtek es opor4;uiio poner en claro que ttuDj^ 
oo lee eaeiílnfií'a qne estuTo en loa fideos mismas del Paraiisa La ia' 
mema canládad de agua ^«Jee que -obeervó enU* c el conitioente y la 
iaki 4e Trinidad, dando su iteneer viaje, junio con otras eírcuastaii^ 
oías, le bi 'íeron «eairüar aobne el P«a»iso. f Grandes indidús son ettpf 
del AMca^o Ten»«Mil»,-*dec(a;— pero no cisey-ó estar í sus f!iú¿mi ^ 
OAobo iMiica. Alicootnario: bizo una ^ongetaüa, fondada -en vaza«»r 
uieotos, 48fM6 pana e«»bónces; portO m está convencido de que ha aocr*" 
lado porr eawptelo^ — -oá deja die .pensaír que á ese lugar nadie piaade 
Uegar, salvo pcNr ua imilaga^.'-^ Yo no hallo, ni jamás he hiallada es^ 
oriptura «de ^úaos, iil de ^egos^ <|ue coriificadanaenite diga d.süio^ea 
este mundo del i^raiao Terrenal, ni visto en nLogua jn^pa-miup^^ifl!» 
salvo ;8kiiado won fOJutot^idod dk a/rgymentoM ; es 4ecir, por razonamien' 
tas, fpor biip6t<e$is, y «él, par 4ant<o, testaba en su dereoho de hacer uw 
náa, ide^qjerckar m enéendUnieuto en mi tema que l^os de ser •rÁd|(e^- 
lo«a«ii tieinpi9, lent materia propia, ^^ísúna y la más «oble fuzaso Ae 
la bnmana peeocapacion y-de 4a lucubración de los sabios. AgBc^ 
lunga: <IM> porque ^ 4:rea que Mi doade es d altura dd extremo if^* 
císamenle daade cecicebia estar situado s\ Paraíso, conforme 4 sus tc^ 
rías easia^váfieo^e)ig¡oaas) sea navegable m agua, ni que^scfiuoda 
sMÜfr^cilÁ, ^MwquevcraOique aUí es el Paraiso Terrenal d donde nopue^ 

de-HU^foJT íéadi^ aolvo por vdunéad divina • Esas paUhras mg^m 

oon^preadett <biei;i, así como etras 4|ue «igaen y no t£anscnbo en i^bae- 
quie4e la brevedad y que se refietren á su idea de la aituaeion -del 
Pasaíscb'^D^íái^^KAB ^^ se lei^ga en cuenta la -teoría de Colon «obve la 
íbroia -de ia tíerva, y de que-eu «^uida me ocutparé, á prepósito de ofUat 
daifreoiatucas jopiaiones-dal Sr. AjrBMs sobre el insigne cosmógcafe 
que ia-fornudó.-— rldesdefiar las efpeeukoionee de -CdenjsiJ^i^ loe (wr- 

42 



330 HBVISTA odbaha 

ticulares reforidos, ca (lesentendersc de la ley de la historia, de la mar- 
cha del espíritu humano en la pesquisa de la verdad, y del carácter 
propio de cada edad. Colon no fantaseaba aobre el Paraíso; raciocina- 
ba, reflexionaba sobre datos que estimaba de valor, y bajo la dirección 
del método empleado entonces. No era un visionario: era un pensa- 
dor profundo é instruido. Empezaba entonces A sacudir la inteligencia 
el yugo de la Escolíistica estéril y verbosa; pero quedaban la tradi- 
ción, el impulso y el hábito de aquella manera de pensar, que aún hoy 
mismo se mantiene en la Teología, y que practican nobles espíritus 
que se precian de independientes y científicos. El Evangelio, las Sa- 
gradas Escrituras eran entonces (y sobre todo en España) artículo de 
fe: los grandes demoledores no habían aparecido todavía en la escena 
del mundo, y si empezaba en la misma Espafia k combatirse á Aristó- 
teles, por cuya palabra juró la Escuela siglos enteros, nadie se rebela- 
ba contra el principio mismo de autoridad. Lo que un hombre grande 
y aceptado como maestro había dicho, íuera Aristóteles ú otro, 
tenía el valor de un argumento, y si se discutía la autoridad de los 
autores profanos, casi nadie se atrevía á dudar siquiera de la de los 
libros santos que tenían el valor de una revelación divina. 

Las Casas, á este respecto, dice (Hist. cap. CXLP) tNo podía qui- 
tar de su imaginación la grandeza de aquella agua dulce que halló y 
vido en aquel golfo de !a Ballena, entre la tierra firme y la isla de la 
Trinidad, y dándose á pensar mucho en ello, y hallando sus razones, 
viene á parar en opinión que hacia aquella parte debía estar el Paraíso 
Terrenal». Suponía Colon que el Paraíso no era — «como el escribir de 
ello nos amuestra» — una montaña alta y áspera. Lo coloca en la cús- 
pide austral de la tierra, en uno de sus extremos, el más elevado-^ 
en conformidad con su teoría geográfica; y decía que «poco á poco, 
andando allí desde muy lejos, se vá subiendo á el, y creo que pueda 
salir de allí esa agua, bien que sea l^oa, y venga aparar allí de donde 
yo vengo y faga esfe lago». Buscaba la explicación de un fenómeno 
hidrográfico y sólo pudo hallarla, meditando y razonando, cuando la 
englobó en su teoría de la forma de la tierra. Ko pudo creer hallarse 
en su falda, porque sobre creerlo lejos («bien que sea léjosi) no ima- 
gina el Paruso en forma de montaña; si no que — muy al contrarío-^ 



CRISTÓBAL COLON Y LOS CARIBES 331 

dice: cYo no tomo quel Paraíso terrenal sea en forma de montaña»! — 
(Las Casas, Historia, Tomo II, pág. 281. Edición de 1875). — Simple- 
mente lo coloca en una extremidad del planeta, en lugar inabordable 
y nada preciso. — Cuatro 6 cinco capítulos de su Historia consagra el 
P. Las Casas á este asunto, donde expone las diversas opiniones co- 
mentes sobre la naturaleza y situación del Paraiso, y juzga también, 
tan respetuosamente 4 Colon que acaba por aceptar sus opiniones. 
fPor todo lo que dicho es, parece quedar harto prcixiUe la opinión que 
tienen los que ponen el Paraiso de los deleites, de donde fueron echa- 
dos nuestros primeros padres en este valle de lágrimas y amarguras, 
en hiparte y hemisferio austrah, (Op. cit tomo II, píig. 300). 

Si debiérase reir de lo que pensaron y dijeron hombres eminentes 
de otras edades y aun de muchas cosas en que creyeron, cada siglo se 
divertiría á expensas de los otros pasados y cada momento sería la 
burla de los anteriores, reduciéndose así el progreso 6, una inacabable 
carcajada. — El Sr. Armas, que profesa severas doctrinas sobre el testi- 
monio de los historiadores, cree, sin embargo, decisivo el del Padre 
Las Casas ; pues si lo midiera con la misma vara con que mide á Colon„ 
ni hubiera creido eso, ni dejaría de reírse á mandíbula batiente, como 
hubiera leido el Capítulo CXLII de la Historia de las Indias en que 
el buen sacerdote (á propósito del Paraiso) teoriza sobre «la acción de 
la contrariedad», y el CXLV en que diserta sobre las partes nobles de 
la tierra y del cielo y t\i correspondencia recíproca. Yo no me he rei- 
do, por cierto, leyéndolos, si no que he visto en aquellas divagaciones 
y puerilidades un modo de pensar propio y natural del tiempo, y he 
comprendido por ese y los otros ejemplos en que abunda la historia 
del humano pensamiento, que hay una marcha lenta en eso como en 
todo lo demás, y que si muchos errores nacen de la insanidad del es- 
píritu, la mayor parte de los extravíos se originan del empleo de un 
método impropia Pero el método, conquista tardía del talento, no se 
«dquirió en un instante. — Hasta ahora estuvo de él privada la huma- 
nidad. El siglo XIX cuenta con una gran doctrina, cuyos secuaces 
se enorgullecen por haber introducido y aplicado por -vez primera en 
toda la esfera del conocimiento, el método sano y científico, que es el 
método positivo, y por eso piado el Sr, Varona al terminar un notabi- 



tm HBTtSTA OVBAMA 

MniO onrao 6ft Lóf^ca, daeUi>ar que nuMini Apoea bfl cb^mIa eo pA- 
B^on del veídádeFo método. 

No hftb(a BOQKdo aún la bot^a dé Bttcon (1561) y y% Coloa nusioai- 
D^Ht siempro aobre \t, base do la obsurvacion y la expefieooia; pero 
habiera sido un monstruo, un milano, ti á esM exe«ldiMHM HuUent 
afiadido tA imposible do deaprenderae de au eduoaoioa y ddl aabi«iH« 
en que vivió. Loa hábitos mentales veotan fAm&dos de muy léfoe. 
infioionadoe del a prityrímno universitttrio y eaoolfcstico y aiDoldadtifl 
por el prinñpio de autoridad — que la religión habta iadltrado en Ua 
concienciM. Kra un hotnbre meridional, italiano pot añadidarai rti 
devoción debia ser intensa, y lo ñié¡ sincero oú dalcrfieismot y es gta* 
cía que habiendo vivido en un país fanl^tíco y en oonuníclMÁoa oon 
una corte de donde ib& k nacer La instiluoion del ^nto O&ciO) no fue- 
ra mtis intolerante y exagerado. Kspafla era ub campo d« bata& reli- 
gioso^ una cruzada aún viva y ardiente. Se peleaba oMitrfl el maho- 
metano ó infiel, y vebcido se le expulsaba, como sd expulsaba k loa 
judíos, sin compasión y sin escrúpulo, cual ai expulsores y ifrrc^oa 
no fueran todos espafloles. Poco después s4 quetüab* al ber^a, m(( 
parar mientes en que esas crudésaa del fan&tibmo y ié la codÍCÍft dnuí 
la primera causa de la ulterior y tío léjiúia deea<kkdia. Cdlea, qirt 
ttoció en el catolicismo y sufrió la influencia de lu lafga demorai éa 
EspaOa, tenía que pensar y pensó es ¿I F^fáite TeA^hal, realidad 
tan evidente para aquella aituacioii de loa e^fritas, ^e COn el terrible 
BoGsma de preparar las almas petadoras para q\ié atf^ta vez puttieTab 
ffenetrar bosta állí, Espafia se llenó de calabdsoi y de bof;&eras; 

El Padre Las Casas, en los capítulos referidos, haoe i*tf>a enuin«- 
ncion y detenido cOmetatarío de las rtxones que tuvo Colon para ctwl- 
cebir el Paraiso Teri'enal en el vértice austral del mundo^ iTatnpbco 
d Almirante opinaba fuera de ratomt dice ; y luegio vi, enubráande 
los diversos puntos en que situaron el Paraíso Virones ilustres da la 
antigüedad. Es ttil su convieeion de que Colon raciocinó darechámán- 
te, qne escribe estas palkbras; fY quien todas edat roaiMi Mnstdéti- 
ra, y hobiera lo que él Almirante hObia títperimlsntaiiot hülo y tntea- 
tMo, y entre sf lo mi»mo no déterfmnara ó al mente sospaabAa^ fie 
ttrjwsgadotpor merdecate ítirira digitó». (Op^^ cit. tomo II., pág. ¡06). 



cmstOBéteetos i mb caribes 333 

Caioa folfwlihii el Pwúaa an im» ra^Aniae^ptorada, sb Ia cáspida 
d« W paf U' atutral dal nuwdei ^u* tooadtiEÓ— ^ partir de an terocK 
vit^»r— oeno un tiatUfa 6 uha p^a. CoBexaba sus ereciujías r«l>gioa« 
ooa s«ft oreen^Jt» eDuufjpiSctu: si el Paraíso estaba ea la tianra y er» 
tlwvwlaat pUfttaqiM se le Uama Monte altieímo; de eoBforoúdad eon 
faa> WHJ M wg g d»ai ti«a{to, Coloa, ^m lo eieía »Uos inabordable, pqro 
na eia Sotaa» de moatafiay taafbqao coloeaFlo y lo eoloeó oa aquel WLo 
¿d pldastai aán deseonooid*^ peca que se figur&ba él, ea su teoría, el 
ia¿c esifwMdo ó práxñaoi & los cieloB.:— d« aht que lo situase en el pe- 
X9B| poique «alU doad« tí«ne si pezoa tíeoe más aho*. 

El S(. AEDoaa — sin hahene detenido k pesar 1» éeoría de Colon 
•obro la feína de la tieria— escriluó ea su foHetin : tRenegó de Itmpriw- 
apio» que lo habían Uevado á au descvbñmieTdo, asegurando que el 
nwndo Bs es ledondo^ sino en figura de pera, y que las tierras son seis 
veoSB Bióe fraudas qua Ib supeiGcis de las aguas». Lo primero, no os 
oierto : lo segundo ea ñvaxacto. Piecisamente (como he ei^puesto an- 
tes)» puda intaotat su vit^e ú oooldeate ea 149¿, porque cieia — con 
Aríatiteles, XicoUs de lixa^ «1 cardenal Aliaco, Séneca y el fmaestro 
da k biatiuúi' esool^tica» — que habia menos agua que tierra. Esta 
oreeaoia ^ua tonta eficacia, tuvo en, su colosal empresa, fué — como ae 
tí y coBtmñanwute k la qu« i^rma el Sr. Armas, — no uno de los 
jwtMtjMM^ pera A UB» de Ua vcuoma %ue inSuyeron en su reaHzaoion, 

T no iWMy¿ Utn^oco, al creer que la tierra tenia la figura de una 
pera. Si^ió oreando en qua at^rtdoada por el henisfeTio del Norte, 
j MUuFalnaeittc justiSca que aal tanilñen bíaiora Ptolomeo y dos otros 
s&bioa que escribieron de este mundo;» pero piensa qiu no tuvieron, 
ptm haeer extensiva al otro hemiario la misma idea de la redondu 
de) pliBrtat 1bi datos que él adquiñó después y que le permitieron 
ooB,>eturar libremente en cuanto ¿ una porción del mundo, desoonocí- 
da basta alli «Así que áe»ta midiaptaie non bobo noticia Ptolomeo 
bI los- 9troa qiue enñbíeion del mundo poa beb ver ignoto; solameBtc 
UtMnoft mú sobra al hemistaiio aiáonde ellos estaban, qces bkdoniw 
mftm», ooqto •rrib*' d^e.» 

íhm.j^iHW eato^alti^ razones, {andadas todas an observaciones 
pa^as: *t pci% esto allano todas las nuomM i^aariptas>, y seguida* 



334 REVISTA CUBAKA 

mente las resume. Por eso, Las Casas, después de copiar sus palabras, 
dice : cDonde muestra no ignorar en este caso lo que otros de la redon- 
dez de la tierra sabían, as( que, como esto supiese, también habna 
visto esto que se dijo de Plinio, y con ello ayuntadas los mudanzas y 
novedades maraviíhaaa que en el mar y en la tierra veia, no parece 
que scrfi razón de imputarle ¿ falta de saber porque dijese, que aunque 
sabia afirmar los pasados ser la tierra redonda, que no ser dd todo es- 
férica le parecía.» (HisL tomo II, püg. 279). — Que se refería sólo k un 
hemisferio, no queda, pues, ninguna duda: el mismo Las Casas lo con- 
firma ; «Sino que el hemisterio que tenían Ptolomeo y los dem&s era 
redondo; pero este otro do por acá, de qus éíos no tuvieron noticia, tío 
lo era dd todo, sino imaginábalo como media pera , . , . » (üp. cit., to- 
mo II, p&g. 275.) 

No renegó, pues, de nada: turo una opinión fundada, y nada m¿e; 
y aun dio las razones por que no pudieron Ptolomeo y los demás sabios 
formarse una opinión sobre el hemisferio meridional. 

Mas lo verdaderamente asombroso es que el profundo pensamiento 
del gran cosmógrafo genovés se adelantó tanto ¿ su ¿poca, en esto co- 
mo en otras cosas, que su teoría, una verdadera teoría, está tan lejos 
de ser obra de un visionario renegado, que se acerca casí hasta confun- 
dirse k una reciente teoría sobre la forma de la tierra que es hoy en 
geogenésia lo que en historia natural el darvinismo. Hace como nueve 
afios publicó Mr. Lawthian Green su grande y sencilla teoría de la for- 
ma tetraédrica de la tierra, y hoy no sólo el ilustre Conde de Saporta 
la acepta y le anuncia, en la Revue des Deux Monden, gran porvenir; 
si no que á estos horas ya se expone en la mejor obra de Geología pu- 
blicada hasta la fecha, que es también la más reciente, y cuyo autor, 
el eminente Mr. Lapparent, no contento con esto, la recomienda á la 
Sociedad de Geografía de París, en una notabilísima conferencia que 
insertó en su número de 8 de Marzo del aflo corriente la Sevué Scíen- 
tifique. — íío me es dable ni aun extractar ese precioso trabajo; pero 
no puedo m^nos de transcribir algún párrafo atinente, tomado aquí y 
allí. — «Así, cualquiera que sea la verdadera figura de la parte sólida 
de nuestro planeta, se puede asentar el principio de que esta figura 
debe estar esejicícdmsnte desprovista de ceñirá.* — «En el momento 



CRISTÓBAL CpLOH Y LOS CARIBES 335 

en que ha empezado í hacerlo, (enfriacse), el polo norte ha debido 
aplastarse y loa regiones medias del hemisferio boreal hincharse, mien- 
tras se alargaba en punta el polo austral, afectando la tierra una forma 
que puede compararse, exagerándola mucho, ala de un trompo poligo- 
nal 6, al menos, á la de uq ovoide deformada». . . . — lAsf, puede de- 
cirse que todas las grandes líneas de la geografía están contenidas en 
gérroen en la hipótesis tetraédica.i 

Ideas muy semejantes á estas, que son como la última palabra de la 
(ñencía moderna, las estima el sefior Armas delirios de Colon. — tYen 
hs postreros eapasmos de un cerebro desarreglado — añade— oyó un 
monólogo del Ser Supremoi y «profetizó el fin del mundo,» y para an- 
tes del año de 1656 «una octava cruzada.* — La frase subrayada es im- 
propia de tan notable escritor como el señor Armas, pues de fijo un 
médico le aceptaría que dijera espasmos de la glotis, espasmos del estó- 
mago; pero seguramente se vería muy perplejo en aceptar *los espas- 
mos dd cerero.* La frase íntegra, todo el párrafo del señor Armas, es 
una especie de epitafio en el sepulcro de un loco. Que soñara en «na 
Cruzada un espíritu tan religioso y cuando aán resonaban los últimos 
ecos de la guerra contra Granada y no habían llegado aún los dias de 
las Alpujarras, es cosa que k nadie, penetrado de justicia en el estudio 
de la historia, podría sorprender. Pero es bueno no olvidar que si Co- 
lon creyó una vez que le hablaba el Ser Supremo, se encontraba casi 
ciego, devorado y extenuado por la fiebre y bajo el peso de un cúmulo 
tan grande de desventuras y desgracias que apenas mortal alguno las 
tuvo conjuradas á un tiempo contra sí. Kant, el insigne Kant, casi 
moribundo, aseguró que Dios le hablaba al oido, y nadie, sin embargo, 
ha pretendido que el gran filósofo de Koenigsberg tuviera el cerebro 
desarreglado. 

Pero el sefior Armas prescinde de la época en que Colon vivió. Es 
un espacio de tiempo encerrado, como entre dos paréntesis luminosos, 
por dos grandes fanatismos: al principio, por el fanatismo patriótico 
de' Juana de Arco, que conversó con la Virgen; y al fin, por el fana- 
tismo de Isabel la Católica, que arrancó de un golpe y de cuajo los 
gérmenes vitales de España con su intransigencia y su intolerancia con 
los moriscos y los judíos. 



Mis tar<ie, «mtndo yk el KcnkoináeSM, vwae ua porfado n ^iie 
no es fiingvlftr, «omo «e iiMgi«k «1 Miar Anaai, U «R«ttetK d» Mh% 
de iSwKK^ de «(enrae fo* iam mttMi toitct lu hMgM noaCBdat n «»■ 
{roba* 4 «M ctiirol vuehra al ooawatioids. y «W gimí y nátea oAioM- 
menM tunU U vemila M dñ. £>o &>é ma orMtMÍa ywtw n d, y 4 fai 
vcE «Ra «)ifeirnied«d. A^nd período oHtaba Hcoq 4e MbMo*eml 7^ 4e 
maravilloso. Lutero, mucho años despoM <fc )a<n>m«e it CiAaa, hami 
9u tÁñbe/Kt oonCra «( I>iablo, con d cari Mm «oM*oi4e freooeMM di&- 
lo^o«. Savon«rolx, «¡yé Inblar virias vec«a «1 &pfñta BBBKgno, y «■ 
él creyó también «í igmáe £ranM. Miaguao, «■ Ma h uig ay fak «¡Ao 
coAsidnndo como deeveMuMde viwMurio. £w i^Mlo 4e «w «tapmém 
de iníl oavsas, ieatabs en «I -eapiñca lie NqMd tám^o ^e vi6 uaem id 
fiutitnísimo Cornslio Agrippa, nigim^llieo yw wwo, y «■ *u> yaim 
roa idiaft, deieogsAado y «w^ioD. 

■dran SAJíSUiLV'. 
('GeaiátmaráJ. 



CONRADO WALLENROD. 



Sabido es que en casi todaa las literaturas eumpeas se llevó & cabo 
k principios de este siglo una revolución completa: sacudióse el yugo 
de la imitación, de los modelos franceses que, excepto en Alemania é 
Inglaterra, imperaban éi la sazón donde q^iíeta: la escuela seudo-clási* 
ca se hundió, aunque no sin reñida lucha, con todo su oropel y falsas 
galas : fi los antiguos moldes, estrechos y gastados, se sustituyeron for- 
mas más variadas, libres y amplias: los sentimientos, ideas é imágenes 
de pura convención, fueron reemplazados por otros más naturales. y 
verdaderos, y en arjnonía con las necesidades y aspiraciones de nues- 
tra época: hundióse el desvencijado aparato mitológico;, desapareció 
toda aquella fraseología en la qpe la perífrasis, ocupaba el puesto dé 
honor; en una palabra, la literatura revistió en todas partes un carfi& 
ter enteramente moderno y nacional. 

Eippezó k preludiar esta reforma en Polonia cuando. el inicuo de&r 
membramiento y repartición de su territorio puso fin k su existencia 
como, nación independiente. Tan doloroso suceso, desastre tan inmen- 
so, despertó en el pueblo polaco un vehementísimo amor á la madre 
común: el nombre sagrado de Patru, siempre caro Lsus hips, se en* 



338 RETlSfA CDBANA 

camó en su corazón con redoblado vigor. Se la amó entonces con m¿9 
intensidad ; bc concentró todo en ella, y ese ardiente y apasionado 
afecto se sobrepuso h todo otro sentimiento. Se estudiaron la historia 
y tradiciones nacionales: se revivieron olvidadas leyendas; se desen- 
terraron las crónicas sepultadas en cl polvo de los archivos donde du- 
rante siglos habían yacido intactas; se prestó atento oído á la poesía 
popular, en la que el pueblo deposita «la trama de sun pensamientos, 
y la flor de sus sentimientos», como dice un gran poeta polaco; se re- 
montó k los orígenes del idioma patrio: se investigó en todos sentidos 
el pasado glorioso de la Polonia; y en ese estudio se templó el espí- 
ritu, y halló consuelo y alimentó esperanzas el alma de ese pueblo in- 
fortunado, y la literatura polaca revistió el carácter profundamente 
nacional y patriótico que constituye uno de sus distintivos especiales. 
Sobre las ruinas de la destruida patria se había entonado cl famoso 
canto nacional : «Mientras vivamos, Polonia afm no estü perdida: lo 
que nos arrebató por la fuerza el extranjero, lo recobraremos con la 
espada», y aunque las diversas tentativas para realizar lo que es la as- 
piración de todo pecho generoso, la independencia nacional, han fra- 
casado, los polacos, gracias 4 su literatura, han podido crear una patria 
espiritual, ideal, má,s poderosa y duradera que la patria perdida. (Lo 
que ha muerto en la realidad, vive en el canto», como dice Schiller. 

Los precursores de la reforma literaria en Polonia fueron F. Kar- 
pinski (1741-1815), en cuyos cantos empezó á vibrar la cuerda nacio- 
nal; J. P. Woronicz (1757-1829), cuyo poema épico Sibila es una 
pintura animada de las principales épocas de la historia de Polonia; y 
en grado m&s alto que los dos anteriores, Julio Ursino Niemcewicz 
(1767-1841), compañero de arma de Kosciuszko, y autor de los Canr 
los históricos que respiran un profundo sentimiento nacional, y es uno 
de los libros más populares y estimados entie los polacos. 

Pero estaba reservado ¿ Adam Mickiewicz dar feliz cima íi esa re- 
forma y ser el fundador de la moderna poesía polaca. Secundáronle 
en BUS esfuerzos K. Brodzinskí, notable crítico al par que distinguido 
poeta lírico ; A. C Odyniec y J. Korsak, que enriquecieron la litera- 
tura patria con excelentes traducciones de los grandes poetas eztran- 
jeros, cuyas tendencias eran idénticas á las de la reforma que se trata. 



CONRADO WALLENROD 339 

ba de llevar á cabo. Mickiewicz fiíé reconocido desde el principio 
como el jefe de la nueva escuela poética, que en la historia de la lite- 
ratura polaca se conoce con el epíteto de cLituaniense». Debe este 
nombre á la circunstancia de haberse iniciado en Vilna, antigua capi. 
tal de la Lituania, y fe la de haberse publicado allí en 1822 la primera 
colección de las poesías de Mickiewicz, precedidas de un extenso pró- 
logo en que su autor exponía los principios de la nueva escuela, y que 
produjo en Polonia un efecto parecido al que en Francia produjo el 
famoso prefacio del CromtveU de Víctor Hugo. 

Enlazada á la «Lituaniense», basada en los mismos principios, y 
animada del mismo patriotismo y sentimiento nacional, brilla la escue- 
la fUkraniense», así titulada por inspirarse principalmente en la natu- 
raleza, historia, tradiciones, usos y costumbres de la Ukrania. En 
primera línea, y como su representante más notable, descuella J. Bog- 
dan Zeleski (1802), cuyas canciones (durrikas) son de lo mé^ bello de 
la poesía polaca : sus Fantasías y su poema El genio de las estepas 
le asignan un puesto honroso en la literatura de su país. Antonio 
Malczewski (1792-1826), es autor del hermoso poema María^ pintura 
viva y animada de las extensas estepas de la Ukrania, siendo su he- 
roina el verdadero ideal de una dama polaca. S. Gosczynski (1803- 
1876), es otro de los poetas de la escuela de que tratamos: El Castillo 
de Kaniow^ que es su producción principal, es un sombrío poema ba- 
sado en una de las más sangrientas páginas de los anales de Polonia 
la última insurrección de los cosacos, cuyo vigoroso estilo y pronun. 
ciado colorido á veces raya en lo horrible. 

Además de los mencionados escritores brillan en el Parnaso polaco 
tres poetas notabilísimos : Julio Slowacki (1809-49), dotado de rica 
fantasía y extraordinaria fecundidad: autor de numerosos dramas y 
tragedias, entre las que merecen citarse María Estuardo^ BaRadina^ 
Mazeppa y Lila Veneda; el hermoso poema dramático Kordian; el 
poema Anhelli, una de sus mejores producciones, en que se expresan 
los suíri mientes de la Polonia y de los emigrados después de 1830; el 
poema Beniotvskij algo entre el Don Juan de Byron y las creaciones 
del Ariosto, y sobre todo sus Tres Poemas, indudablemente su obra 
maestra. Esteban Garczynski, otro de los poetas aludidos, muerto en 




CONRADO WALLENROD 341 

dé se le permitió residir al principio, conoció al gran poeta ruso Pus-» 
chkin : de allí se le envió k Odessa y luego & la Crimea, lo que dio 
origen á sus celebrados Sonetos de Crimea^ los primeros escritos en 
lengua polaca. En 1828 se le permitió regresar 4 San Petcrsburgo, y 
publicó el poema Conrado Watlenrod que alcanzó un éxito inmenso, 

Obtuvo en 1829 permiso para viajar en países extranjeros : pasó 
por Alemania, y visitó al viejo Goethe que estimaba en mucho sus ta-» 
lentos. Partió para Roma, donde recibió la n(»ticia de la insurrección 
que comenzó en la noche del 29 de Noviembre de 1830 una partida 
de estudiantes que cantaban en las calles de Varsovia los últimos ver. 
sos de su famosa Oda á la juventud. Inmediatamente se puso en ca» 
mino de la patria para tomar parte en la sagrada lucha por la inde? 
pendencia nacional ; pero al llegar k Posen, ya el movimiento había sido 
sofocado á sangre y fuego. «La paz reinaba en Varsovia». Se retiró 4 
Dresde, y allí escribió otra parte del poema Dztady, que publicó en 
París en 1832. Fijó su residencia en esta última ciudad, y dio á h 
prensa en 1834 el poema Tadeo Soplitza. 

En 1840 se hizo cargo de la cátedra de lenguas y literaturas esla* 
vas en el Colegio de Francia. Sus primeras conferencias obtuvieron 
un gran éxito; pero desde 1841 empezó Mickiewicz, por desgracia, í 
manifestar cierta inclinación k las doctrinas de un polaco fanático lia* 
mado Towlanski, que pretendia ser el Mesías de una nueva religión. 
El gobierno francés se vio precisado k intervenir en el asunto : ordenó 
al visionario reformador que saliese de París, y puso fin k las confc' 
rencias de Mickiewicz, quien, desentendiéndose del objeto de su cáte- 
dra, se habia convertido en apóstol de los sueños y fantasías de To- 
wlanski. En 1855, cuando la guerra de Crimea, fué enviado por el 
gobierno francés con una misión secreta á Constantinopla, donde 
falleció en 26 de Noviembre de 1856. Sus restos fueron trasladados á 
París, y se les dio sepultura en el cementerio de Montmartre, donde 
aún reposan. 

Hacía ya, sin embargo, mucho tiempo que Mickiewicz habia muer- 
to para las letras. Las doctrinas místicas de Towianski ejercieron en 
él una influencia funesta, y durante los quince últimos afios de su vi- 
da, no brotó de su lira ni un solo cantOt Sus obras poéticas no son 



342 REVISTA CUBANA 

numerosas: haré una breve reseña de las que han cimentado su fama 
de gran poeta. 

El poema Orazyna, impreso en 1822, pasa por su obra maestra en 
punto á estilo, caliticado de «escultural» por ali;;unos críticos. Su asun- 
to está tomado de las antiguas crónicas lituanienses. Grazyna, la he- 
roina, era la esposa de Livator, duque de Lituania, quien deseando 
vivamente vengarse de ciertas ofensas recibidas de sus compatriotas, 
se habia ligado en secreto con los caballeros teutónicos, eternos ene- 
migos de su patria. Sabedora de ello au esposa, la noclie antes de que 
se consumase la traición envió un cartel de desafio k los alemanes: 
disfrazada de hombre con la armadura de su marido, conduoe & ta pe- 
lea á sus soldados, y derrota las fuerzas enemigas. Cuéstale la vida la 
victoria; pero sii sacrificio no es estéril, puesto que no sólo libra k su 
marido de caer en eterna infamia, sino que le hace entrar de nuevo 
en la senda del deber, y evita las calamidades que su traición hubiera 
desencadenado sobre su pafs natal. El amor 4 la patria, sobrepuesto k 
todo otro sentimiento, forma la inspiración fundamental de este bello 
poema. 

El argumento de Conrado WaUenrod descanso, como el de ffra- 
zyna, en tradiciones de la Edad Media, y se refiere k la época en que 
la Orden Teutónica estaba en continuas guerras con la Lituania. Es 
la historia de un héroe lituaniense del siglo xiv que, habiendo sido 
hecho prisionero por los caballeros teutónicos, logró ganarse -su con- 
fianza en tales términos que llegó k ser su Gran Maestre, pues le 
creían de origen teutón y caballero cruzado. Imperaba é la sazón el 
paganismo en Lititania, y hacia ella conduce Wallenrod los ejércitos 
de la Orden despucs de haberse proclamado una cruzada contra los 
infieles. Pero en vez de aprovechar las oportunidades que se le pre- 
sentan para acabar con ellos, se entrega k la inacción mfis completa, 
y deja que sus soldados perezcan lentamente en medio de toda clase 
de privaciones, empleando todo el poder que le confiere su alto puesto 
en vengar los dolores y calamidades de su patria mediante la destruc- 
ción de las fuerzas de la Orden, su tenaz é irreconciliable enemiga. 
Obtenido este fin, íl mismo se entrega en manos de los caballeros, 
quienes le condenan k muerte. Toda arma es buena contra los opre- 



XENROO 343 

sores de la patria, ea la lección que se desprende de este poema, que 
produjo extraordinaria impresión entre los polacos, y preparó en cierto 
modo la desastrosa insurrección de 1830. La moralidad de la obra h& 
sido vivamente atacada y aun m4s vivamente defendida, ^o discuti- 
remos aquf este punto; pero no sin intención puso Mickiewicz como 
epígrafe de su poema las significativas palabras de Maquiavclo: «Bis- 
BOgna esseie volpe e leone». 

A pesor de sus defectos, Conrado Waüenrod es una producción de 
gran mérito poético. Los polacos la consideran como su epopeya na- 
cional Inmediatamente después de dada á luz se publicaron dos tra- 
ducciones en ruso, y ha sido vertido varias veces al alemán, así como al 
francés, inglés, italiano y otros idiomas europeos. La cuerda del patrio- 
tismo vibra profundamente en todo el poema. El canto del vayddota 
6 bardo lituoniense en la sección IV, estfi. lleno de vida, de colorido, 
de animación, de recuerdos nacionales que harán que palpite acelero- 
damente el corazón de todo polaco. De él trascribimos los siguientes 
versos que son como la nota dominante, la afntesis del poema: 

«¡Si el fuego que devora el alma mia 
Pudiera trasmitir al seno helado 
De mis oyentes ¡ay! y ante sus ojos 
Resucitar pudiera yo el pasado! 
¡Si con el dardo de mi acento rudo 
Dado me fuera las ocultas fibras 
Herir de mis inertes compatriotas. 
Despertaría sus dormidas almas, 
Les haría escuchar las graves notas 
Del canto de la patria, sentirían 
Renacer en su pecho el extinguido 
Sagrado amor de las antiguas glorias, 
Y al menos una hora vivirían!» (1) 

Este recuerdo constante de la patna, de sus pasadas glorias, de sus 

(1) TraJuccion <Ie Antonio Sellan. 



344 
amarguras y dolores preE 
siempre fija, de bu resurre 
que ha hecho de Mickiewi 
Los Dxiady es un poc 
que tiene por base una d 
mÍLs intenso patriotismo. 
das en diversas épocas. U 
al poeta la primera parte, 
perior k este sentimiento 
dolor de todo un pueblo. 
cst^n allí retratados con v 
fundamento & la obra, en 
todos los géneros y todos 
sátira, hasta las escenas mi 
mes arranques líricos. Ui 
c¡on demandaría mus espai 
ademas, por su carácter í 
ella lo ^ue pudiera Ilamarí 
defectos, que no son pocos 
las grandes creaciones poét 
Sombríamente hermosa es 
describen de una manera 
del despotismo ruso: hay ( 
cion del gran poeta florent 
de la infamia k los tiranos 
esas escenas sobresale la di 
de Mickiewicz, en un rapl 
acentos inmortales; versos 
modernas, pueden presen 
poeta Conrado, la figura & 
conceda su poder supremo 
finita, cuyo igual no existe 

(1) Véase un notable ártica 
(Diciembre de 1839) sobre el Di 
tre loe Diiady de Mickiewici, e] 



CONRADO WALLENROD 3^^ 

cMi amor, exclama, no reposa en un ser, como el insecto en la to- 
sa ; ni en una familia, ni en un siglo. ¡Yo amo k toda una nación! To 
estrecho entre mis brazos todas sus generaciones pasadas y por venir; 
yo las he estrechado contra mi corazón como amigo, como amacnte, 
como esposo, como padre! .... Yo quiero devolver í mi patria la vida 

y la felicidad : quiero hacerla la admiración del mundo Mi alma 

se ha encamado en mi patria; y en mi cuerpo se ha encarnado toda 

el alnia de mi patria! La patria y yo no formamos sino un sólo ser! 

Yo me llamo Legión; y amo y padezco como millares de hombres. 
Contemplo á mi patria infortunada como un hijo vería í su padre ata- 
do al potro del tormento : padezco los dolores y angustias de toda una 
nación, como una madre sentiría los dolores del hijo de sus entrañas!..» 

El poema Tadeo Soplitza es de un carácter completamente diverso 
& los Dziddy. Es una epopeya que pudiéramos llamar doméstica, di- 
vidida en doce cantos: pintura de mano maestra de las antiguas cos- 
tumbres de la nobleza polaca, y de sus patrióticos esfuerzos, después 
de la repartición de la Polonia, para devolverle su independencia na- 
cional. La época de la escena es el año de 1812 en que las esperanzas 
de ese desgraciado pueblo se vieron reanimadas, gracias á, la campaña de 
Napoleón en Rusia. Muchos críticos consideran & Tadeo Soplitza como la 
obra maestra de Mickiewicz, la perla de la literatura eslava, y al mismo 
tiempo una de las mejores epopeyas de la literatura contemporánea. 

Las poesías líricas de Mickiewicz son numerosas y de diverso ge- 
neró : el mérito de algunas es tan grande, que ellas solas hubieran 
bastado á asignarle un puesto eminente entre los grandes poetas mo- 
dernos, y á inmortalizar su nombre. Su Oda á la juventvd es un mo- 
delo de movimiento lírico, llena de arranques y de un entusiasmo que 
no decae un instante. Sus cantos patrióticos han sobrevivido á las 
circunstancias que los inspiraron; y sus patéticos versos A una madre 
jpolaca, se hallan atesorados en la memoria de todos sus compatriotas. 

Además de las mencionadas producciones poéticas, escribió Mic- 
kiewicz una obra inspirada por los infortunios de su patria. Está divi- 
dido en dos partes : la primera se titula El libro de la nación pólaea^ y 
' "es una historia sintética de la Polonia. La segunda parte, que lleva 
por título El libro de los peregrinos polacos^ es una serie de parábolas 

4r 



CONRADO WALLENROD. (D 

POEMA DE ADAM MICKIBWICZ 

A la memoria de mi hermano Manuel. 

INTRODUCCIÓN. 

*Detel» adunqut lapere eome tomo due generazioni 
da coJnbíXtUrt bitiogita atert volpe t (Mne>. (2) 

En sangre del idólatra hace un liglo 
Que U Orden Teutónica ae bafia. 
Esclavo 6 furtivo es el Prusiano: 
Salva su vida al desertar la patria. 



(1) La nación litusQÍscBe, compuesta de tres paoblos, loB FmMftQM, loa Litaa- 
nioDiM j loa IieltoDss, establecidos en nn pafe de poca eitansion, fné por largo tiem- 
po daaconocida del rwto de Enropa, hasta principioa del aiglo xiii. En tanto qna 
loa Prnaiano* tevooocian la ley de la espada t«ntúnica, los Litnanienaea llevaban al 
incendio i, los eatadoa limftrofea, llegando á haceras fonnidablea entce los pueblos da) 
Norte. La época m&a brillante para la látuaoia coincide con loa reinadoa de Olg- 
bierd y Vitold. cuja dominación ae extendía deede el Biltico al Mar Negro; pero ese 
aalado no supo, darante au demasiado r&pido crecimianto, elaborar en aa seno una 
forma 0Tg&DÍca que renniese j vivificase i sos diferent^ii partidos. La nacionalidad 
litnanianse perdió sn tipo individual. Loa Sala vos. desde largo tiempo cristianos, 
poseían nna civilización máa adelantada, y aunque amenazados por los Litnanienaea^ 
recnperando la supremacía moral sobre un opresor poderoso pero bárbaro, los absor- 
bieron, lo mismo que los Chinos bao hecho con loa Tártaros. Los Jagellones j ana 
vasallos b« hicieron Folacoa, mientras que principes ütuaniensai, astablsoidos en En- 
na, recibieron el idioma, la religión y la nacionalidad msaa. 

f,Z) ^t-flgpgü da WattenToá, qua parece toiRado da loe escrito^ ¡a Uaquiavelo, 



CONRADO WALLEKBOD 

QuÍBÍeía someter ú su ley aocra. 
La lituaniense juventud de un lado, 
La pantera en la frente, y en la eapnlda 
£1 oso y en la mano agudas flechas, 

Y el arco en aspa, corre t^esuráda 
Las riberas, y cspfa al enemigo; (1) 

Y bU& en la opuesta orilla, dé Germama 
El caballero, inmóvil permanece 
Armado con el casco y la coraza, 

Fija la vista en la muraUa viva 
Del Lituaniense; su mosquete carga, 
Mientras las cuentas pasa del rosario. 
Ambos contrarios el pasaje guardan: 
Asi el Niemen, un tiempo conocido 
Por su hermosa ribera hospitalaria 
Que & dos pueblos hermanos reunía, 
Hoj para entrambos es de la ignorada 
Eternidad umbral: no es dado & nadie 
Esas ondas cruzar, prohibidas agua>i 
Bajo pena de muerte ó serviditii^bre, 
Tan sólo de Litnania la liana 
Tal vez prendida al &lamo prusiano, 

Y trepando k lo largo de las algas 

Y los s&uce) del Niemen, como antes 
Ahora también audaz su brazo alarga, 

Y atravesando las azules ondas, 
Verdes sobre él tendiendo sus guirnaldas 
Se une k su amante en extranjera orilla. 
Sólo sus notas hoy cual &ntes cambian 



7«ndo da Ih penocDciouet áe Atil». Palemón llegó i tiitoania, y hallando en él ins 
bkbiUntea cnalídade» mnj rscomendablea la eligjeroa por sa jefe, j le coofiaroD e' 
gobierno del país. 

(1) Lm aatigaoc Litoanieiuee, como todoe loa pnebloi primitivo* del Nort* d« 
Europa, M (ervian para tqj trajea de lu piele* de loe diferentM animalM que ea- 



REVISTA CDBADA 

Los Tuisefiotes que ea los bosques moran 
De Kowno, melodías de Lituauia, 
Cantos k que responden sus hermanos 
Que viren de Zapuzca en las montafias, 
O en las islas del río se dan cita 
Y h&cia ellas tienden sus ligeras alas. 

¿Y los hombres? Los hombres solamente 
Se complacen en guerra sanguinaria. 
La amistad del Prusiano y Lituaniense, 
Esa amistad antigua. . . . está olvidado. 
Dos seres sólo amor k veces une .... 
¡Yo conocí í dos aeres que se amaban! 

Pronto, [oh Niemen! bandadas furibimdas, 
Blandiendo antorchas en la .diestra y armas, 
Sobre tí caerán; y tu ñorida 
Margen despojará siniestra el hacha 
De las guirnaldas verdes que hasta ahora 
Han sido por el tiempo respetadas. 
Del caRon el estruendo, de tus sotos 
Al ruiseñor desterrará, y la sacra 
Cadena de oro, que une en la Katura 
A los seres, el odio y la venganza 
Ha de romper, y separarlo todo, 

Que el odio todo en su furor separa 

Mas siempre en la canción del Vaydelota 
De los amantes se unirán las almas, 



COKiUtK) VALLeSROD 



CANTO PRIMERO. 



La Elección. 



De Mañemburgo (1) en el feudal castillo 
La campana resuena: 
Del alambor se escuchan los clamores, 

Y e! cafion ronco truena. 

Para el cruzado caballero es día 
De gala y de festejos, 

Y en grupos los KotUures (2) divididos 
Se acercan presurosos 

A la hermosa ciudad, donde reunidos 
En capítulo, esperan silenciosos 
Saber que pecho adornara triunfante 
La gran Cruz, y & que diestra confiada 
Ser& la gran espada (3) 

Unos tras otros lentos van pasando 
Los diaa en estéril conferencia. 
Muchos son en verdad los caballeros 
Que allí cual candidatos se presentan: 
De la Orden (4) todos bien han merecido; 
Todos son k la par de alto linaje, 
Mas unánime el voto 
Al gran Conrado Wallenrod aclama 
El noble caballero de m&s fama. 



(1) Muiembnrgo era antiguamente U capí Ul de \o» Caballero* TenUaico* bajo 
Caeimito Jagellon. El castillo de Maiiembargo loé ea otro tiempo rMÍdeneia da lo* 
Grande* Maestrea de la Orden Teatóaica. 

(2) ComendadoreB de la Orden. 

(3) La gran Cruz j la gran espada eran las insignias de los Oraudes Maestre*. 

(4) Según los estatutos de la Orden el que se preeentaW para ser recibido caba- 
llero debí» atestiguar por juramento que era de orfgea alemán y de familia Doble. 



ira 

IS. 

janas 
endo, 
empre 



Y glóña 



rajes 
inos 



Conrado maLL^hrod Íi9 

Insensible, orgulloso, — ¿la n&tura 
Formó su corazón ó de Iob afios 
Fiiú la causa? Se ignora. Joven era, 

Y en cano vio trocado su cabello; 

Y la vejez, de amargos dcsengaflos 
£n 9U9 mejillas estampó su sello. 

Mas no siempre los goces juveniles 
Conrado rcliuyú: prestaba á veces 
Grato oido á las charlas femeniles; 

Y h veces 4 loa chistes cortesanos 
Con chistes replicaba, 

Y cual se dan al niflo golosinas. 
Con sonrisa glacial ú las hermosas 
Requiebros prodigaba. 

Mas ay! que esos momentos 
De olvido eran muy raros! Una frase, 
Tal vez indiferente, despertaba 
En su seno agitado pcnsamicntca 
Apasionados; mas de Patria el nombre, 
El amor, el deber, de las Cruzadas 
O de Lituania cl inmortal recuerdo 
La calma de Conrado perturbaban .... 
Yolvfa la cabeza ensimismado, 

Y en profundos ensueños sus sentidos 
Entonces se abismaban. 

Al recuerdo tal vez de su sagrado 
Cargo, sus pensamientos terrenales 
Wallenrod condenaba! Solamente 
De la amistad buscaba las dulzuras: 
Sólo escogió un amigo, 

Y era su nombre Halbán: por sus virtudes 
Santo más que por su alto ministerio. 



REVISTA CDBAÍJA 

111 venerable, y de Conrado 
1 pensamiento compartía, 
lid Confidente de sus penas 
unciii rc^ííai 

iczcl.ido con todas sus virtudes 

1 s<')lo en Wallenrod había .... 

lien no los tiene? Si, Conrado 

eres mundanos evitaba, 

anal estruendo i-cliiila; 

su albergue íi vec-cs encerrado, 

1 de tenaz remordimiento, 

iirtri. fastidio 

nnsueloen lu embriaguez buscaba. 

lormábase entonces: su severo, 

semblante se tenia 

3Jo extraño; sus azules ojos, 
ados, relíimpagcis lanzaban 

1 pasados tiempo?, y un suspiro 
la pena su pecho comprimía, 

I párpados lágrimas temblaban. 
la lira su convulsa diestra, 
i labios á raudales brotan 
un ignota mágicas canciones 
oyentes sólo con el alma 
lomprender, porque loa sones 
níisica lúgubre mi instante 
oír, y ver el gran esfuerzo 
lerdo pintarse en el semblante 
lo, cuando adusto 
ada sombría, 
;rra evocado 
alar un fantasma parcela. 



CONRADO WALLKXBnO 

¿Y cuítl era el sentido misterioso 
De esos himnos He muerte? 

Del pensamiento el curso caprichoso 

Siguiendo, cu los abismos del pasado 

Su juventud acuso persoíjuía. 

¿Dónde estaba su alma? \Kn las regiones 

Del recuerdo vivía! 

Mas nunca en sus incIi'>dicos transportes 

Arrancó del laúd mus dulces notas. 

Todas las cuerda*, todas se animaban 

AI rccorrorlus, con su mano ardiente, 

Ayi mi'nos nmi s(>la;^a ventura! 

Todos los senlimicntos de !<u alma 

Iban síibito ni alma del oyente. 

Menos un sentimiento, — la esperanza! 

A veces sus hermanos, de improviso 

Se presentan, y «puedan admirados 

Al ver esa mudanza. 

Mas él, volvieuiio en sí, cesaba el canto: 

Se irrita y amenaza, y con sombrías 

Miradas, lejos el laúd arroja, 

Y brota de sus labios un torrente 

De blasfemias impfaíi. 

Luego del viejo Halbíin en los oidos 
Palabras inconexas murmurando, 
A combatir á todos exhortaba 
Con estridente voz, cual si estuviera 
A enemigo invisible desafiando. 
Los hermanos temblaban, pero al punto 
El viejo Halbán fijando una severa, 
Una fria mirada penetrante 
En Conrado, la calma le tornaba. 
Era de una elocuencia misteriosa 
La mirada de Halbán. ¿Le despertaba 



I REVISTA CUBANA 

Un recuerdo tal vez? ¿Era un consejo? 
¿Su espíritu quizás turbar quería? 
De súbito la frente borrascosa 
Del noble Wallenrod se serenaba ; 
A sus mejillas, rápida volvía 
Su antigua palidez, y lentamente 
De sus ojos el fuego se extinguía. 

Así en la arena. 
Ante inmenso concurso palpitante. 
El severo guardián de los Icones 
Abre el antro de hierro, y al sonido 
De la trompa, el monarcit de las fieras 
Lanza feroz rugido 
Que llena de terror los corazones: — 
Sólo en tanto, impasible, 
El guardián de las fieras permanece ; 
Fija en él su mirada irresistible. 
Que de un alma inmortal se vé que brilla 
Oculto talismán en sus miradas 
Con que al fiero león vence y humilla. 

( OoiUinitará). 

ANTONIO SELLEN. 



LA EXPANSIÓN NACIONAL 

V LOS ESTADOS MODERNOS. (1) 



La sección que presido es la de ciencias morales y sociales, cuyo 
fin no puede ser otro que seguir el curso de las ¡deas progresivas en 
esos conocimientos trascendentales y fecundos que tienen por baso el 
estudio del hombro en todas sus manifestaciones, y por objeto el desen- 
volvimiento de su ser y la realización de su destino: el cumplimiento 
de esa ley de la perfectibilidad que le llama k conseguir Incesantemen- 
te más verdad, más virtud y más belleza, en la serie indefinida de la 
hbtoría. El hombre, ser inteligente y Ubre, obedece ante todo á su 
razón. Las cadenas mis pesadas que pueden oprimirlo son las que 
forjan los extravíos ú el atraso de su inteligencia. La serie de las eda- 
des no es otra cosa más, que la serie de sus esfuerzos por la libertad; 
ley de su espíritu tan universal é ineludible, como la ley de gravedad 
para el espacio. Y esta epopeya universal, esta incesante lucha, no la 
sostiene el hombre al cabo sino contra sus pasiones y su ignorancia, 



(1) El Sr, MoDtoro Ge h» eerviiio coma nicaruus el siguiente cOjí 
so Úllinia confereiicia. Redactaido aobra sns notoB oríginalu, ¡itrmitiri & nueatro* 
lecloreí, bí do seguir el vuela de bq elocnente paUbra, apreciar la eólida doctrina 
ezpnesta eo esa ocasioa por aueelro distinguido amigo y colaborador. 



358 REVISTA CUBAKA 

contra sus creencias supersticiosas, sus impulsos furcices ó egoistas. No 
ticDcn otro fundainünto, ni otra defensa, ni míis garantía que ésta las 
instituciones 6 las formas de vida que aún pesan sobre la plena reali- 
zación de sus destinos. 

I>e aquí que el pro^^reso en último ti'Tinino, no sea míis que la 
emancipación gradiiiil y constante del cspfntii; el poder lie la razón 
que se difunde, las conquistas de la ciencia que se fnfrrandecen, el 
imperio de la pasión y de la ignorancia que se ntdnco, y en suma, al- 
go semejante en el mundo moral íi ese conflicto de la Itiz con la som- 
bra que pone ti-rniino i'i la oscuridad de la noche con la refulgente luz 
del medio día. 

I as citncininioniles > noticie ócomn más comunmente scdico, laa 
ciencias morales v pollina* constituyen el registro fiel de esas con- 
quistas, y son por esto inismo laa que diiigen el avance gradual de la 
humanidad a la realización de «u destino. 

Preguntad al navegante perdido en la inmensidad del océano cíl- 
mo encuentra en la mudable superficie do las ondas sn derrotero, ó 
cómo lo rectifica bajo la dirección de los astros. Muchas veces al en- 
contrarnos sobre la cubierta de un barco hemos pensado todos con 
emoción en las glorias do lui arte tan prodigioso. Kl horizonte se 
ennegrece, las olas se agigantan, el cielo parece que baja hasta hacerse 
accesible ft nuestras manos, la niebla nos rodea y á pocas varas de dis- 
tancia dirfase que se extiende un vchi imppiietrablc. lieinan la oscuri- 
dad y el silencio. El audaz piloto conduce, sin embargo, por entre la» 
ondas irritadas la potente nave, atento al camino invisible que traza 
su pensamiento dirigido por la ciencia. 

Las que hemos denominado morales y políticas, nacidas de la 
experiencia de los siglos, pero sistematizadas ícgiin usas leyes eter- 
nas de la razón en que se reflejan las leyes esenciales del espíritu 
universal, cumplen uu ministerio análogo k ese en la sociedad y en la 
historia. Diríase que son la conciencia de la humanidad. Recogen to- 
das las enseñanzas de su historia pasada y deducen las fórmulas del 
porvenir. 

Todos los problemas que interesan al espíritu humano y á la 
sociedad se plantean y se resuelven, en cuanto cabe k cada tiempo 



LA feXPAKSlOlí iíAClONAL V LOS ESTADOS MODERNOS 359 

darles solución, dentro de estas ciencias vastas y fecundas, verdaderas 
servidoras de la humanidad que recogen las manifestaciones todas de 
su vida; fidelísimo espejo de la civilización en que se reproducen to- 
dos sus rasgos esenciales; oráculo de múltiples voces que pronuncia 
con la severidad de un juez los fallos de nuestro destino común. 

Tal es el dilatado y fructífero campo de los trabajos de esta sec- 
ción. 

Al dirigir la vista al cuadro de estas cuestiones para elegir la que 
debe ocuparme, he creido que ninguna podria interesaros más que 
la expansión nacional de los grandes Estados contemporáneos, 6 sea la 
tendencia á exteriorizar y difundir su actividad, su vida y su pobla- 
ción por las regiones desconocidas 6 inhabitadas del globo. Todas las 
ciencias morales y poh'ticas puede decirse que contribuyen al esclare- 
cimiento de este problema; la filosofía, con sus doctrinas de la natura- 
leza del hombre y de la historia: la historiografía, con sus más apre- 
ciablcs resultados, tocante al origen y desarrollo do la civilización, á 
la influencia de los climas y de la situación geográfica en el organismo 
social y en las vicisitudes de los pueblos; la economía política, con sus 
disquisiciones sobre la producción y el consumo, sobre la propiedad y 
la renta, sobre el régimen comercial y aduanero, sobre la teoría de loa 
impuestos, &; el derecho en todos sus ramos, desde los principios que 
establece el internacional público y privado para la ocupación y pose- 
cion pacífica de las nuevas comarcas ó para la consideración legal 
de los naturales de cada país, hasta las nociones referentes al régimen 
político y administrativo de las nuevas sociedades y desde la consti- 
tución legal de la familia y de la propiedad en ellas ó el sistema de 
las relaciones mercantiles, hasta las cuestiones que suscita la determi- 
nación de los delitos y de las penas, según las razas, los lugares y los 
tiempos ó las adaptaciones que por idénticos motivos se hacen á veces 
indispensables en materia de procedimientos. Aun los estudios filo- 
lógicos y literarios de una parte, como los antropológicos y etnográfi- 
cos, de otra, en cuanto participan de grande y necesaria aplicación al 
conocimiento de la naturaleza del hombre, de su evolución, como aho- 
ra se dice, y de su fin, así como de las leyes que propenden al desen- 
volvimiento de las sociedades, suministran también abundantes datos 



360 REVISTA cubaKa 

y proveen de eficacísimos elementos al sociologista que examina este 
arduo problema de la expansión de las naciones. 

Y es lógico que así suceda, porque este problema noaparecesinocuan- 
do las naciones están constituidas y alcanzan el m^ alto grado de madu- 
rez. Sucede como en el estudio de! hombre. Si examináis al niño que 
acaba de nacer, apenas necesitáis para daros cuenta de su ser mfis que el 
estudio de la anatomía, ciencia de las estructuras, ó el de la fisiología, 
ciencia de las funciones. Pero ese niilo ha crecido, se iia desarrollado, es 
el hombre completo, se llama Newton ó La Piace, Hegel í'i Napoleón, 
ilumina los espacios del arte con sus inspiraciones, los de la ciencia con 
sua prodigiosas verdades, los de la historia con sus hechos insignes y 
ante una actividad tan poderosa y tan compleja, necesitáis apurar el 
análisis cientíSco m¿s riguroso para ver si esa multiplicidad de aspee- 
tos es obra de la naturaleza f> sotas con su poder divino ó de la historia 
con su acción más divina todavía. Así, la tribu ignorada de Polinesia 
apenas requiere para ser estudiada y conocida más que el talento ob- 
servador de un viajero animoso, mientras que Inglaterra, por ejemplo, 
necesita un Macaulay ó un Buckle para que expliquen los secretos 
de BU maravillosa estructura y el alcance de su gigantesca influencia. 
Decir expansión nacional tanto vale como decir exuberancia, des- 
bordamiento de vida y de actividad en las naciones, exceso de savia que 
se manifiesta en grandes anhelos y en hechos heroicos. Allá en los al- 
bores de la historia aparece como un instinto de emigración y de codi- 
ciosa conquista que empuja sin cesar á los pueblos. Pero no hay todavía 
verdaderas naciones y no puede haber tampoco verdadera expansión. 
En el período eternamente bello de la juventud de la humanidad, 
Grecia esparce sus colonias por las ricntes islas de su archipiélago co- 
mo un coro de ninfas que rodea su esplendorosa cultura. Las luchas 
políticas y el exceso de población determinaron esas fundaciones; es 
decir, dos manifestaciones de una poderosa actividad. Las luchas polí- 
ticas, cuando no degeneran en facciosas rencillas prueban un estado 
social progresivo, una gran fermentación de ideas y de pasiones gene- 
rosas, la existencia de una tribuna como la de Pcricles ó Demóstenes, 
contiendas en el Foro, batallas heroicas como en las Temórpilas ó en 
Salamina, empresas comerciales que despiertan nobles emulaciones, 



La BXPAKStON N'AClOKAL V LOS ESTADOS UODERKUS 3tiL 

competencias pov el poder y por el derecho. El exceso de po- 
ira también una prueba como lo es siempre, digan io que qu¡c- 

humorados economistas, de que la vitalidad social progresaba. 
izacion griega tan natural y necesaria, era libre; imáften fiel 
jnilía y de su reproducción, no necesitaba más vínculos que 

sangre, 
a no comprendió de igual manera la ley universal de la ex- 

enio era severo y dominante, avasallador y exclusivo. La con- 
lé la fórmula de su expansión. Por tres veces ha impuesto al 
a unidad, según la frase célebre de Jhcring; primero, cuando 
ucumbir al poder de sus armas y lo guareció bajo las fuertes 
águila imperial-, segundo, cuando asumiendo la primacía entre 
9 cristianas tornóse en Centro espiritual y religioso de los pue- 
vos; tercero, cuando resneitó en el siglo xii ese inmortal dere- 
ano que estudiamos todavía en las compilaciones de sus legis- 
f que ofrece por su imperio, aún no desconocido, el espectáculo 
no visto jamás de un pueblo sepultado entre la ruinas de sus 
intos por bordas de bárbaros y que sin embargo, dicta sus le- 
le el sepulcro á una civilización nueva y preside en la regcne- 
irfdica y social de las naciones que constituyen la posteridad 
nemigos y destructores. 

f tan profunda fué la obra colonizadora de Roma; tal y tan vi- 
a expansión de su espíritu nacional. Desde este punto de vista 
18 prodigiosa, ya que en cierto modo pueda hablarse con desden 
lero, suponiendo que la colonización romana ho fué más que 
de la conquista del mundo que había menester guarniciones 
i partes, mantenidas por cada comarca (1). Punto de mira 
¡ficiente es este de Seelcy, dado que jurídica, político, adminia- 
f aun políticamente, fueron importantísimos Centros las colo- 
lanas, como explica brillantemente otro distinguido escritor, 
leñcano por cierto, que prueba cómo eran consideradas cual 
la madre común esas colonias romanas, pero como hijas que 

\VL'i.-~Thc eipantion n/ England. Bostotí, Robería Brothera 1883, P. 38. 



3(Í3 HEVISTA CUBANA 

con el tiempo habían de alcanzar su legítimo desarrollo asumiendo 
los deberes y derechos de la juventud (1). 

Tan luego como se constituyen las naciones y repartiéndose los 
bárbaros el mundo romano, reciben al cabo á cambio del poder mateiial 
sobre tan belias re¡:poncs, el bautismo cristiano y la poderosa sujeción 
de las tradiciones y en parte del derecho mismo do Roma, renace en 
los más fuertes organismos sociales el instinto de la expansión, siempre 
en demanda del magnífico vergel del Mediodía ó de los encantos soña- 
dos cu desconocidas y remotas comarcas. La Edad Media fué rica en 
estas empresas y se iluminó, de tiempo en tiempo, con los resplandores 
de este grandioso jdeal. Bajo la inspiración del sentido religioso corrie- 
ron los criun'los á Tierra Santa, lo cual era «na manifestación especial, 
pero magnífica, del espíritu expansivo; y bajo las inspiraciones del 
ideul caballeresco, dieron cima A sus increíbles empresas los caballeros 
andantes de la leyenda, descubriendo y conquistando ínsulas y reinos 
de fantaseados nombres; en todo lo cual, por misteriosa manera, se re* 
velaba ese mismo potente espíritu de expansión. El soñado Amadís 
de la íábula se llamarfi algún día Hernán Cortés ó Lord Ciive y rea- 
lizaríi prodigios reales y positivos no inferiores, sin cmbartro, á las ma- 
ravillas de la tradición con sus épicas conquistas y eon sus incompara- 
bles hazañas. 

Con el siglo xv infciabe la era llamada del Renacimiento. Rasgan 
los pueblos el austero sayal de la penitencia y arrújansc con fervoroso 
entusiasmo al descubrimiento de todo lo desconocido. El arte antiguo, 
la ciencia, el comercio, las comarcas inexploradas, la mecánica celeste, 
todo lo que es grande, bello y verdadero, para el pensamiento ó para 
la acción, atráenlos con invencible y prodigioso encanto. 

Portugal se lanza resueltamente al descubrimiento de las Indias y 
¿ la conquista de las tierras nuevas. Imposible es desconocer an- 
te sus homéricas proezas que este pueblo fué una de las más altas ma- 
ravillas del Renacimiento. Es una hermosa prueba del inmenso valer 
del espíritu nacional cuando tiene-vigor bastante para sobreponerse & 



(1) ScoiT (K. ü.). The ilerdopment of GmítUational Lihcrl;/ i^i Ihe Eni/lUh 
-.ohnieíoj Ámeñra. KewYork. Piilnsm'p 3ons, 18S3, piga. 31-31, 



NACIONAL T LOS ESTADOS MOUERÍIOH 363 

las limitaciones naturale?. Al observar en un mapa la corta exten- 
sión del reino Lusitano, encerrado en una pequeña faja de tierra, re- 
signado por necesidad ü un limitado poderío, con un vecino tun pode- 
roso cotno la España anticua siempre en acecho, con sus costas abiertas 
á todas las invasiones, y se piensa luego todo lo que lia hecbo por la 
humanidad y por la gloria esc pueblo de valientes, sentimos renacer 
la fe y la confianza en la fuerza de las ideas. Los portugueses 
recorren el vasto litoral de África, toman posesión de sus islas adyacen- 
tes o las coUinibran en afanosas travesías; surcan au<laznicnle las re- 
vueltas olas que azotan el cabo de Buena Esperanza, clavan su pendón 
en la arena de Madagascar y entreven e! paraíso de las Indias sin ador. 
mecerse en t-1 seno embriagador de su espléndida naturaleza, porque la 
ííebre de la dominación los impulsa siempre á esos lejanos términos 
del inmenso Océano del Sud, que su ínclito navegante Magallanes 
surcara gloriosamente el primero paseando por las azules ondas del 
ignorado mar la triunfante enseña do su heroica patria idolatrada. 

España toma posesión de las Indias Occidentales y en el conti- 
nente se apodera do un inmenso territorio que al terminar el pe- 
ríodo de la conquista, comprende desde el Missisipi basta el cabo de 
Hornos. Sus exploradores y soldados son los primeros que contemplan 
los sublimes espectáculos de América y los que se enseñorean de sus 
ignoradas riquezas en nombre de la civilización. Francia, Holanda, In- 
glaterra, sobre todo, que aún boy disputa k Colon y íi los españoles el 
decubrimiento del Nuevo Mundo, atribuyendo esta gloria á Cabot y á 
sus marineros ingleses, funda su vastísimo imperio y empieza á desarro- 
llar el milagro de su inmensa expansión nacional. 

Las empresas que acabamos de referir se han caracterizado en to- 
das partes por el predominio de un principio: el de la supremacía me- 
tropolitana. Supreniacia en el orden político, claramente manifestada 
en el organismo de las leyes: supremacia en el orden económico, 
claramente revelada en el sistema de restricciones y monopolios 
que rigió en las posesiones de todos los Estados Europeos hasta 
el comienzo de nuestro siglo. De aquí que, como observa el gran colo- 
nista inglés Mr. Seeley, cuando la emancipación de los Estados Unidos 
y de la América Española, hizo creer á muchos que era inevitable, en 



REVISTA CtTBANA 



más 6 menos tiempo, la pérdida de las colonias y corría por el mundo 
como verdad indisputable el aforismo de Tiirgot de que sou laa colo- 
nias como la fruta que tan luego como esti'i initdurn eae del &rbol por 
su propio peso, la opinión pública en los grandes Estados de Europa y 
particularmente en Inglaterra se manifestó decididamente opuesta & 
todo proyecto de engrandecimiento ulterior y úiin inclinada al abando- 
de las posesiones que se conservaban, erróneamente persuadida de que 
«na sociedad nueva que se funda con las fuerzas y con los recursos de 
una gran nación, al cabo es para ésta un principio do debilidad y de. 
cadencia. En abono de esta doctrina aducíanse dos órdenes distintos 
de razonamientos. Decíase por una parte que la nueva sociedad sólo 
puede vivir ÍL expensas de la metrópoli, privándola de los capitales y 
do los brazos necesarios para su propio bienestar y para su prosperidad. 

Decíase, con el gran economista .T. R Say, que 100,000 emigrantes, 
que abandonan un país con cierto capital equivalen á un ejército do 
100,000 hombres devorados por el mar con armas y bagajes. Citábase 
con error, como luego probaré, el caso de Empalia A la cual se suponía 
desangrada y empobrecida por sus empresas colonizadoras. Y mientras 
los publicistas condenaban la emigración, los gobicnios, particularmen- 
te en Alemania, renovaban la» antiguas prohibiciones y castigaban con 
inusitado rigor toda contravención. Se trataba nada menos que de de- 
fender la existencia de las naciones. Porque si fuere cierto que la ex- 
pansión las debilita, que cada hombre que deja el sucio de la píitiia se 
lleva además de su fuerza un capital que excede siempre al término 
medio de las fortunas en el país de donde procede y que se establece 
una corriente de pérdidas continuas é irreparables, claro esti que la 
expansión no debe fomentarse y que una nación que coloniza es una 
nación que se enflaquece y que está destinada íi morir más tarde 6 máa 
temprano á los pies de hijos lejanos y fatalmente ingratos .... 

Fatalmente ingratos he dicho y esto me lleva ú tratar de la segun- 
da serie de argumentos que se aducian contra la política de expansión. 
Repetíase el aforismo de Turgot y se le suponía confirmado por los 
hechos. Y de esta suerte ae daban por incuestionables y positivas dos 
proposiciones muy discutibles: 1' que la empresa de fundar nuevas 
sociedades es contraproducente porque necesariamente tienden á vivir 



LA EXPANSIÓN NACIONAL T L09 ESTADOS UODERNOS 3C5 



para sí, spartándose del Estado que las funda; 2^ que esta tendencia 
■upone un manifiesto dafio para dichos Estados. 

Han transcurrido algunos años, y estas ideas egoistas están ya rec- 
tificadas en todas partes. La expansión nacional es do nuevo el primer 
interés de las naciones. Lfinzanso con nuevo y desconocido ardor & 
esas empresas lejanas. Los antiguos pueblos colonizadores como Por. 
tugal y España despiertan de su abandono. Portugal, pobre, decaído, 
abrumado por la inmensa complejidad de la vida moderna y que vé de 
todo punto cerradas para el heroísmo las antiguas pcrpectivas de la 
guerra, hoy que ante la poderosa artillería y las innumerables huestes 
de las grandes potencias un pequeflo pueblo de héroes no vale más 
que un Suero de Quiñones ó un Bayardo con su invencible lanza 6 su 
tajante espada ante el más modesto arcabucero de nuestros modernos 
ejércitos armado de un buen íusi! de aguja, Portugal, sin embargo, siente 
aún los generosos impulsos de su espíritu caballeresco, y sólo, sin otra 
ayuda que su indomable energía, disputa la influencia moral en las 
rejones del Congo y del Camarones con sus modestos vapores de gue- 
rra á la orgullosa política de Inglaterra ó de Alemania sustentada por 
formidables acorazados y por enormes recursos. 

EspaRa, sin detenerse ante las desalentadoras deducciones de su 
balance anual, ante las cifras desesperantes de sus déficits perpetuos, 
tiende aún con orgullo y con avidez sus miradas por el mapa del mun- 
do donde todavía encuentra cobijados, por su histórica enseña, territo- 
rios como Cuba, Puerto Kico y Filipinas, y emprendiendo aíin nuevas 
adquisiciones, toma posesión, ahora mismo, en la costa occidental de 
África, de nuevas comarcas y se sitúa en importantes puestos avanzados 
dentro de Marruecos como s¡ no se hubiese desvanecido todavía la ilu- 
sión tenazmente alimentada por el espíritu nacional desde Cisneros 
hasta U'Donnell. Francia conserva afanosamente su magníGco emporio 
de Argel que ha garantizado y fortalecido últimamente con el esplén- 
dido protectorado de Túnez; mantiene con honor sus posesiones en 
todos los mares y ahora mbmo se obstina en costosas y aventura- 
das expediciones por enseñorearse de la feraz y bella región de Tonquin 
y asegurarse en Madagascar una estación marítima importantísima, 
ampliamente abastecida de carbón por fértiles é inexplorados criaderos. 



>s sobre las defunciones, al 
onstante ele la población 
intea k los Estados Unidos 
in¿s que niiigiin otro pue- 
si 03 que ú las tendencias 
liüiidorn de que no bu dado 
Hender tan difícil misión, 

de Ahica v en la Oecanía. 
} nuevo necesitan tainlilcn 

H la vez que eoloiiízan 
ste remoto, adqiñercn la 
tratados coinercialcs ba- 
lita sil protcctomilo moral 
menso clreldo de «ns rela- 
ma del Océano, soberana 

islas esparcidas pov todos 
ncntcs, eon la Indi-a y sn 
R parte dcla extensión del 
total (1) bajo la soberanía 
ra cnscflorcarse de Chipre 
tes por el prestigio de su 
in y pora tcnficr el manto 
indo Affínnistan. 
s anticuas preocupaciones 
ceidii, de que los grandes 
arla, fijaos en el hecbo de 
1 boy pendientes de la di- 
iiestiones coloniales y de 
) la que acaba de ventilar- 
3lcrÍinÍcnti>s i'i Tactorias de 

relacione? inicrnacionales 
idolc las que preocupan al 

nmic pülUi^ue. P»rf«, L. Líiro- 



La expansión NACtUXAI. T LOS ESTADOS MODERKOS 367 



gran Canciller alemaii, cuyo último discurso en el Rechtstag es una 
enérgica y elocuente exposición de sus patrióticos designios ; cuestiones 
coloniales y de expansión las que ventila Francia con las armas en In- 
do China y en Madagascar, ó Inglaterraen el Sudan y laque hace inmi- 
ncnte ahora misino un tremendo conflicto internacional que originíindose 
en los de^Hladeros Atgancs puedo envolver quizás en gravísima com- 
plicación ú todos los grandes Estados de Europa, pero del cual espero 
con toda confianza que saldría triimraiite al cabo, el espíritu de la mo- 
derna civilización rcprcseiilndo por la gi'andiosa nacionalidad británica. 

Vuelve, pues, á dominar todos loa problemas este de la expansión; 
vuelve á sobreponerse la colonización á todas las empresas políticas, y 
las competencias que suscita vuelven ú darnos la clave de la historia, 
no de otra suerte, que según Seeley Noorden, Pcschcl y úun toda la 
escuela di; Cari lÜtier, desde el decubrimiento de América iniciase la 
edad Ocetíjiica, en que la civilización deja de estar circunscrita al 
maravilloso anlitentro del Mediterráneo y se generaliza por el mundo, 
siendo desde entonces otra y muy diversa la tendencia de la his- 
toria (1). 

V es que, en primer lugar, la emigración, no debilila ni quebran- 
ta las naciones; no e.», por sí sola, una scflal de decadencia. 

Aparece en los países inús prósperos y mis poblados donde norma- 
tiza el desarrollo de la población y lo equilibra con el de la riqueza; 
donde es siempre nua cumplida manifestación del espíritu mercantil y 
de progreso. Supóneso arbitrariamente que España se vió desangrada 
y decayó por la gr.m emigración á que hubo de dar salida para fo- 
mentar sus numerosas colonias. Error notorio es este, porque las pro- 
vincias cspiiflolas de donde han partido siempre más emigrantes, aque- 
llas de donde ban calido periódicamente y con mayor persistencia las 
expediciones, son también las más pobladas y progresivas, las de Gali- 
cia y Asturias, las de Catalufla y las Vascongadas y aun Sevilla, 
Cádiz y Málaga en Andalucía ó Santander y Valladolid en tie- 
rra castellana. Donde verdaderamente, reinan la decadencia y la po- 
bi'eza en Espafía, ni antes, ni ahora, ni nunca hubo emigración en 



368 REVISTA CUBANA 

grande escalo. En Irlanda ¿cuál es la comarca donde la emigración se 
KacG sentir miís? La de UIster. En Alemania, la hermosa tierra de 
Suabia. La emigración es un hecho espontáneo revelador de gran vi- 
talidad y fuerza que se limita por sí propio y cuyos efectos son benefi- 
ciosos mientras no reviste los caracteres de un fenómeno anormal de- 
terminado por la miseria ó por las persecuciones (1). 

Por otra parte, el emigrante lleva consigo las ideasy el sentimiento 
de su patria, sus artes y sus gustos, todo aquclloque constituye, en su- 
ma, la sustancia de una nacionalidad. Si el emigrante funda una nue- 
va sociedad con su bandera, su patria se lia reproducido engrandecién- 
dose en el tiempo y en el espacio. Aun en el peor de los casos, es 
decir, cuando el emigrante se dirige k país extranjero, un doble pro- 
vecho resulta al cabo para su patria : provecho moral, por la dilatación 
de su espíritu, y provecho material por los nuevos mercados que abre 
k su comercio esc emigrante que conserva amorosamente en la lejana 
comarca donde reside, las relaciones de familia y de amistad, las tradi- 
ciones, las sagradas memorias, el gusto de las produnciones y el senti- 
do de las costumbres que dej6. Véase en prueba de esto la estadistica 
comercial de Francia é Italia con la República Argentina y la de Es- 
pafia con toda la América del Sur. Pero la colonización es un hecho 
más elevado y más complejo que la emigración. Los individuos emi- 
gran ; sólo las naciones colonizan. £1 primero de estos hechos pertenece 
al orden individual y no trasciende sino por sus efectos al orden colec- 
tivo: el segundo es una manifestación importantísima de la actividad 
del Estado. Un pueblo que coloniza es un pueblo que asegura su 
influencia permanente en la historia 6 como si digéramos, su inmorta- 
lidad. Fomenta su agricultura y su industria, multiplica su comercio 
ensancha la esfera de su actividad y tiene resuelto el problema del 
pauperismo, con tal que no restrinja torpemente la iniciativa individual 
en la metrópoli y el libre desenvolvimiento social en la colonia. En 
efecto: sea cual fuere el punto de vista que se adopte y créase ó no 
en la doctrina de Malthus, lo cierto es que en los grandes Estados exis- 



(1) LsROV Beaülieu, La eoloniíation cha Ui peupla modernti. Pág. 503 — 507. 
2* edición. 



tA EXPANSIÓN NACIOXAL V LOa EStADOS MODERNOS 369 

Ic una masa enorme de seres humanos que no tienen opción al ban- 
quete de la vida y para qnienca U propiedad, el bienestar y la fortuna 
son, por réjala general, inaccesibles. Aim en países de tanto sentido 
práctico como Inglaterra, esta fatalidad lia inspirado é inspira gra- 
ves y patéticas protestas que más tnrdc ó más temprano trascenderán 
lúgubremente de la ciencia á la vida. Filósofos tan serenos como Spen- 
cer (1) coinciden en este punto con propagandistas tan fervorosos y 
elocuentes como Hcnry (íeor¡íC (2). La posesión de la tierra, ln; aquí 
el aliiti universal. Xo investigaré en esta sazón si así se vá tr:ií de ¡a 
misma propiedad individual y de la misma rcnla que tanto 5<^ con Icn^n. 
í nombre de los que quisieran disfrutarlas é inconscientemente las niid- 
dtecn. Pero ese es el hecho y para anhelo tal no iiay, n¡ habrá quizá, 
otra satisfacción posible en oí mundo, que las empresas colonizadnras 
mediante liis cuales entra un pueblo en posesión de inmensos y iéracos 
terrenos donde no falta jamás un lote gratuito ú á precio muy bajo 
parad emigrante de buena fé. Sirva de ejemplo el siguiente dato que cita 
un distinguido escritor. La densidad de la población en la Gran líreta- 
fla es de 291 habitantes por milla cuadrada. Suponiendo igual densidad 
en el dominio del Canadá arrojarla su población más <le 1,000.000,000 
de habitantes (3). Y aán lie de indicar otro dato. Según los cálculos 
de un publicista de autoridad umversalmente reconocida, M. Julea 
Duval. hay 13,000.000,000 de hectáreas habitables en el globo. La 
actual población no es más que de 1 habitante por cada 12 hectáreas. 
Ahora bien : la colonización exige como niínlmum 1 habitante por ca- 
da 2 hectáreas. Las 5 se.'ítas partes del globo no llegan á esta densidad. 
Quedan, pues, para la humanidad desvalida 10,000.000,000 de hectá- 
reas por e.-cplotar. La colonización tiene un inmenso campo que reco- 
rrer V úun siendo ciertas las dolorosas deducciones de .Malthiis, aun 
siendo verdad que en cada país aumenta la población mucho más rá- 
pidamente que los recursos y las subsistencias, hay que recordar á las 



(1) Spesceb. Social Stalir». píg. 341 y sgls. 

{2} HE.fRvClEOitGF. Prvgrea aiid I'uetri¡/. London. Regaii, Paul, 
C? 1884. 
(3) Seelkv, i«i¡;:li. 



LA EXPANSIÓN NACIONAL Y LOS ESTADOS KODBRNOS 371 

obra del derecho y de la libertad, por impulso propio y espontánea 
de las almas. Dejando hacer ¿ las leyes naturales, por decirlo así, del 
espíritu, se consigue f&cilmentc que la comunidad de raza, de lengua, 
de historia, de tradición y carácter, fuertemente auxiliada por la co- 
munidad de los intereses, que ha de ser efecto de librea y seguras 
transacciones, afirme poeitivaincnte la beneficiosa solidaridad de dos 
pueblos hermanos. 

En el derecho dije que había de establecerse tal solidaridad é insisto 
en ello, porque el derecho ha de condicionar la vida de todo ser indi- 
vidual ü colectivo, para que cumpla libremente su destino racional en 
la tierra. Lo que el derecho no edifica, obra es de la fuerza. Y |CUi'in 
deleznables, cuftn vanas y ino\-edizas son las creaciones de la íuersia ar- 
bitraria! Inaplicables, sobre todo íi la expansión nacional, comprimen á 
la nueva sociedad, estorban su desenvolvimiento, marchitan su lozana 
juventud y lejos de constituir un tnunfo es siempre un mmenso 
fracaso el que con ellas recoge. 

En la humanidad he añadido y así es la verdad, por que pensar ya 
en el monopolio de los nuevos países es quimera: el cambio es la ley del 
mundo y de la vida (1). Por el cambio de riquezas y de servicios en- 
tre los individuos y entre los pueblos progresa la civilización general. 
Xo está limitado el cambio ú las cosas materiales sino que trascienden 
las morales é intelectuales y constituye esa grandiosa circulación de 
las ideas y de los sentimientos que es csencialísima en la cultura y en 
el progreso.' Todos los pueblos están obligados al cambio y tienen dere- 
cho á él. Los hombres nacidos en la zona templada ó en la sub-ártíca 
tienen ¡i los sazonados frutos del Trópico, k su exuberante naturaleza, 
ü su cielo luminoso y espléndido, el mismo derecho que el de los Tró- 
picos á las producciones todas y á la existencia viril y laboriosa de 
esas otras zonas donde nuestra actividad está menos abrumada por las 
fuerzas naturales. Y si por ventura se encuentra una comarca que 
razas salvajes 6 poderes bárbaros y primitivos quieran cerrar á la libre 
n con el mundo, justo y legítimo es que los grandes Esta- 



(1) Charles Dollccb. De 1' eiprit franoií etd« V «spritallemand. Parta. A La-. 
:ro¡», Verbockvaen, 1861. pig-, I i. 27, 



NOTAS KDITOUIALES. 



Xa iglesia y el estado. 



Desde dos puntos de vista diversos puudc consídorarse el grave 
problema de las relaciones del Estado eon las comuniones religiosas 
organizadas de modo que constituyan ¡¡rlesia, una pr&ctico, precisa- 
mente el que m6s importa t'i las antiguas naciones católica?, otro teó- 
rico, k que han podido dedicarse con más libertad las protestantes. 
Las discusiones en que se han presentado todos los argumentos vMidos 
en pro ó en contra de las distintas soluciones de esta gran cuestión, 
subordinadas á las cxifrencins (le la realidad en pueblos que han sufrido 
■ durante siglos la dura y recelosa tutela de la iglesia romana y han de- 
jado que los intereses seculares se hayan entrelazado de un modo inex- 
tricable con las pretensiones espirituales, abundan y son recientes en 
Italia, Francia y Espafla. Las disquisiciones de carácter teórico que se 
han presentado, principalmente en Alemania, son mucbo menos cono- 
cidas entre nosotros, y no hay razón para que así sea. Un estudio pu- 
blicado en la Revista trimestral de Filosofía Científica por el profesor 
Laas, titulado Aforismos sobre el Estado y la Iglesia, nos vk k permi- 
tir dar á nuestros lectores alguna idea de la manera con que se han 
llevado k cabo, en esta dirección puramente especulativa. 

El propósito del autor es nádamenos que investigar cómo se deben 
determinar las atribuciones del Estado y de la Iglesia, para que 
presten los mayores servicios k la civilización, y para impedir su^ 
conflictos. 



ÍIOTAa BlBLlOcftÁFlCiS 377 

Vez profundo y generoso. El autor se reconoce deudor de no poc-as 
ideas á Mr. David Rcevcs Smith y k Mr. Wendell Pliilüps. 

Gastón Boissier. — L' Oppi)slt!on Hout Irs Ca'sars. París, Hachette, 

1885. 

Una übni de Mr. Boissier, sobre cualquier época del gran periotlo 
literario que comprende los últimos tiempos de la República y los pri- 
meros del Imperio, será simprc im acontecimiento para los bom brea de 
letras. Entre los autores insignes que acreditan la erudición Trancesa, 
tan fácil é injustamente desdeñada hoy por espíritu rutinario de imita- 
ción, pocos unen de un modo tan cabal como Mr. Boissier, el saber 
extenso y profundo con el sentido crítico y la amenidad de la expre- 
sión. Su nueva obra contiene aprceiacíoncs muy originales, principal- 
mente sobre Juvenal y Tácito; y será leída con tanto deleite y prove- 
cho como el delicioso libro sobre Cicerón y sus amigon, que anda en 
todas las manos. 

Fréueric Gerbié. — Le Cattada tí T emtgration /rang-iise, Cballamel 
ainé, 1885. 

El interés creciente de los pueblos europeos poi' la colonización 
bace que las inií-adas do lo^ franceses se fijen de preferencia en el caso 
entre todos extraordinario que presenta el Crtnadá francés, donde los 
descendientes de los primitivos inmigrantes, aislados y sin relaciones 
con la antigua ma<lrc piitria, han logrado perpetuarse, conservando su 
lengua y religión, y elevarse á un estado político y social que de segu- 
ro les envidiarán no pocas naciones de la vieja Europa. Esta obra de 
M. Garbié alcanza ya su duodécima edición; y entre los libros recien- 
tes dedicados al mismo asunto, recordamos y podemos citar: 

Cinq Moin ckez les Fraiiíxits cC Amérique par M. de Lausothe; 

Histoire du Cánida e'. des Canadiens-Frantaís, par M. Eugéne 
Révcilland; 

JjU France eanadienne, par Lefaivre; 

La Bace franfaine daña V Amérique du Nord, par Claudio Jannet. 

La France en Amérique, par Charles de Bonnechose. 

Histoire des Canadtens- Franjáis, par Benjamin Sulte. 



MrSClEr.ANEA. 



CONFEtmcllt DIl Sn. MORTORO. 



En la noche del nueve del actual celebró el Nuevo Liceo una bri- 
llante velada, en la que el Sr. Montoro, presidente de su Sección de 
Ciencias Morales y Sociales, disertó sobre la expansión nacional. 

Después de justificar atinada y concisamente la elección de asunto, 
tan en consonancia con los especiales estudios á que se dedica esa 
sección, y revestido de tan singular iipportancia en los momeutos ac- 
tuales en que los pueblos europeos parecen trabajados por el patente 
afán de esparcirse por las m^ remotas comarcas y arraigarse donde 
quiera que aún queden un pedazo de tierra fértil y productos explota- 
bles para el bienestar y la prosperidad del hombre, precisó claramente 
su contenido y enumeró los datos necesarios para estudiarlo y com- 
prenderlo. Hizo ver cómo una empresa colonial exige hoy no 
solo considerable suma de fuerzas acumuladas en la nación que la 
acomete, en la forma de población y capitales sobrantes, sino la clara 
conciencia del objeto de toda colonitacion, un plan sabiamente elabo- 
rado en los que la dirigen é tdemS tatacias de la obra en los que la eje- 
cutan. A la luz de estos ptindi^os d«mostró cómo loa errores que 
paracterizan el primer período, de los do? en que puede naturalmente 



MTSCELANBA 



U nSTRDCCIOB ELEMEHTAL EK tTALLIA. 



La Oficina Central de Estadística de Italia acaba de publicar Iob 
siguientes datos: 

El número de escuelas infantiles, públicas y privadas, es de 2,516, 
con 243,972 alumnos; el personal de la ensefianza comprende 1,230 
profesores y lOfiO profesoras. 

El número de escuelas primarias, públicas y privadas, es de 47,220, 
con 1.976,135 alumnos inscritos; de éstos 1.053,917 nífios y 922,218 
niñas. 

Las escuelas nocturnas para adultos cuentan 248,012 alumnos; y 
las escuelas dominicales 122,107. 

Hav 77 escuelas superiores de nifias, von 3,559 aiumnas; 111 es- 
cuelas normales y magistrales, con 8^231 alumnos; de éstos 1,319 
alumnos-maestros, y 6,912 alumnas-maestras. La cifra de los alumnos 
de estos establecimientos es míis del duplo de la de 1861. 

EL INGLÉS HEGRO. 

El profesor James A. Harrison, de la Universidad de Wasbington 
and I.*e, Virginia, ha publicado en la .^ní/íia, Zeiischri/t/Ür Englísche 
Philologte, un erudito trabajo sobre el «Negro English,» el inglés de 
los negros del Sur de los Estados-Unidos. Es esta la primera tentativa 
hecha por un literato y erudito para el estudio sistemático de la mate- 
ria, y es verdaderamente asombroso el interés f|ue puede darle un 
sabio fitólopo. Después de trazar rápidamente iin bosquejo del ea- 
tiicter de los negros, en la parte ■ que ha podido influir pura la infor- 
mación de las peculiaridades de su dialecto, el Profesor Karrison pre- 
senta un extenso registro científico de los varios fenómenos de la 
«Fonética de los negros* y agrega luego una gramática del len- 
guage que ellos hablan hoy al Sur del Potomac. El apéndice del tra- 
bajo consiste en «Ejemplos de Negroisnjos,» que ocupan 18 páginas en 
8^ de apretada impresión, y que es la colección m&s interesante y di- 
vertida qu? pensar se puede, de valor inapreciable para un noyeUst^ 



LOS CONETAS DEL itüO. 

De los trus cometas aniinciadoa para este aflo, ha aparecido ya el 
ele Encke, que cumple su revolución en poco inúnos de 1,200 diaa. 
En el presente mes de AbríI llegará ú su perihelio uno de los cometas 
periódicos de Tempel; y para Julio 6 Agosto ae verá otro cometa pe- 
riódico, el que descubrió el astrónomo Tuttle en Cambridge, el afio de 
1S58. 

ILPOLO MAGHtTICO- 

Según las investigaciones del profesor Thompson, de ülasgo,^, e 
polo magnético está actualmente cerca de Boothia Felio, a más de 
1660 kilómetros al oeste del polo geográfico. En lj)ó7 se conTundia 
con éste; se ha ido después inclinando hacia el occidente, de donde 
rotornará hacia el oriente. En 197(i marcará de nuevo cl norte ver- 
dadero. 



SherifiF Rainpini, en su Gnod Words, cita, como una extraña y no- 
table superstición de las poblaciones de pescadores de Shetland, el 
atribuir á los elogios dispensados á los niños un efecto maléfico, en Iqs 
casos en que lea sobreviene una desgracia. También existe en Cuba, 
como habrán observado miichn5 de nuestrgs lectores. 

NOTlCEIkS UTER ARIAS. 

M. Camillc Benoit lia traducido al francés los itecuerdos de 
Wagner. Éntrelas piezas notables del libro bay una memoria sobre 
Rossini. 

— Jorge Ebers esh'i preparando una nueva novela egipcia, cuyo 
título es Serapin, y cuya Rccion pertenece á los últimos tiempos de 
Alejandría. 

— Se acaba de publicar un tomo de poesías inéditas, que se atribu- 
yen á Enrique Heine. Pierro \'éron, en &\ Monde lUaslré, ha mostrado 
suma desconfianza sobre «a autenticidad. 



r\ mscuiiso ni-: MonEL-rA'i'io. 



comedia espayyiole da xvn si'df par Alficd MorelFatio, Cburs de langtÁet 
ilUraturr.s de I' Europr ¡íferviional a" Coltége de Fraiice, /,(fon J' oiivrrlure. R 



Hé, aquí un belio trabajo de Mr. Morol-Fatio, tan reputado en Eu- 
ropa por su vastísima erudición literaria. En este áltimo discurso no 
desmerece de su bien sentada fama eomo conocedor de la literatura 
española, lo cual es notable entre los escritores franceses, que suelen 
equivocarse de plano en semejante asunto, desde que Voltaire se per- 
mitió sus apreciaciones críticas sobre las letras castellanas. Sismondi, 
Puibusque, Viardot, Puimaigre y otros, apcsardc ser excepciones, in- 
currieron m6s de una vez en serios errores, lieeho explicable natu- 
ralmente por las dificultades de toda lengua extranjera, muy difícil de 
dominar sin circuntancias que pocas veces se reúnen, Pero Mr. Morel- 
Fatio tiene la rara ventaja de parecer en esto un verdadero español, 
con la superioridad todavía de no serlo por su nacimiento y carecer, 
por tanto, del orgullo patrio, tan pernicioso para la buena critica, 
uniendo á tan relevantes cualidades, un lenguaje f^eil, preciso y un 
juicio sólido y severo. 

La presente lección, pronunciada en el Colegio de Francia al abrir 
Ji.wo,— miis. n 



al, (cútedra cd 
interés. Cono- 
adables disqui- 

para juzgar to- 
acer oo media», 
{in toda la rec- 
producción del 
esor que Lope 
tu ni una burla 
nación que en- 
. Realmente es 
>mo lo ea tam- 
i de las reglas 
ntes se lo echa- 
ipnal delito, y 
I. Pero el Arte 
119 de su singu- 
« como el Pin- 
>s del Bachiller 
ncia á las leyes 
lo arístotelismo 

¡ser corto; dea- 
ciial no se aco- 
;irse agradable- 
tosco y pobre. 
, porque mejor 
la dramaturgia 
Ib composición, 
las reglas de la 
)D temporáneos, 
onal ó bárbaro, 
O esencial) una 
s divisiones, la 



ÜN DISCURSO DE MOREL-FATIO 387 

versificación y el estilo de la comedia. Dejemos las generalidades, las 
consideraciones sobre el arte de los antiguos. Creamos también, bajo 
la palabra de Lope, que antes de los 10 años conocia ya las poéticas; se 
trata, no lo olvidemos, de un individuo singularmente precoz, y aun 
cuando hubiera exagerado no importa : él sabia todo lo que podia saber 
un hombre de entonces que hubiese pasado por Salamanca ó Alcalá y 
leido los comentadores italianos de Aristóteles.» 

Después entra Morel-Fatio en atinadas consideraciones sobre los pa- 
sajes más importantes del documento de Lope: su opinión sobre Lope de 
Rueda y los dramaturgos primeros y ¡amanera con qucescribia sus obras, 
designándole al terminar este examen el puesto que ocupa él mismo en la 
historia del teatro español. El discurso vá sosteniendo el interés hasta 
que llega á su punto más notable, el juicio de la comedia, palabra usada 
antiguamente en castellano para designar todo género de composición 
dramática. «Es necesario decirlo todo en una palabra, exchuna: La 
comedía, obra grande mientras se la considera en sí y dentro de su 
medio, pierde su importancia en cuanto se la introduce en el círculo 
de la literatura general y se la compara á otras producciones del mis- 
mo orden. ¿Qué género de interés excita hoy entre los literatos france- 
ses, ingleses, alemanes ó italianos el teatro español del siglo xvii? Un 
interés de curiosidad solamente. Se puede afirmar que si no hubiera 
en un tiempo cedido algunas partes de sus riquezas, de sus argumen- 
tos, digo, á otros teatros europeos, imponiéndonos así el trabajo de es- 
tudiarlo, no por él mismo sino por lo que ha suscitado fuera, bien 
pocos aún entre los rebuscadores y aficionados á rarezas se tomarian 
la molestia de lanzarle una mirada. En la época misma de su más gran- 
de esplendor, cuando las circunstancias políticas se prestaban admira- 
blemente á la difusión de la lengua y de la literatura españolas, la co- 
media no ha sido aceptada é 'imitada como lo fué durante un siglo la 
tragedia francesa. No se ha visto en ella más que un vasto conjunto 
de intrigas y juegos de escena donde pareció cómodo, en largo tiempo, 
aprovisionarse. La forma de este drama, sus divisiones, sus papeles, 
sus expedientes, su estilo y su versificación han sido totalmente aban- 
donadas : franqueando los Pirineos ha debido para agradarnos, y agra- 
dar por nosotros á las demás naciones, vestirse 4 la francesa y renun- 



REVISTA CUBANA 



ciar á su atavío de caballero espafiol. Y en una obra de arte la forma 
es mucho, es casi todo. Si para hacer la idea accesible es necesario 
despojarla de su ropaje, suprimir los ornamentos que al principio cons- 
tituian su encanto, ornamentos juzgados esenciales por aíjuellos que los 
crearon y aplaudieron primero ¿«jué resta? Muy poco. Kn cambio nues- 
tra tragedia Im pasado liis fronteras intacta con sus argumentos, sus 
procedimientos de composición, sus relatos y sus versos. Fondo y for- 
ma se nos ha tomado, mii'ntrns que el drama español necesitó pasar, 
para ser recibido entre los otros, una metamorfosis completo, y sola- 
mente k precio de este sacrificio considerable de sus adornos, es como 
ha podido hacer algún papel sobre el gran teatro del mundo.i 

Aparte de alguna exageración, el hecho que expone Morel-Fatio 
es cierto, pero hoy también el teatro clásico francas sufre la misma 
suerte que el espafiol y permanece encerrarlo en sn país. El mayor 
atildamiento de la forma y en general del fondo mismo, le dá más im- 
portancia literaria, pero no deja por eso de ser innegable su retrai- 
miento desde la vigorosa crítica alemana capitaneada por Lessing. ¿Y 
& qué obedece esta caida de los dos teatros? Morel-Fatio, respecto al 
primero, le atribuye distintas causas, pero no llega S tocar la más im- 
portante. El clasicismo francés y la comedio española no han caido ni 
por los descuidos de estilo, ni por sus procedimientos, ni por otras 
circunstancias análogas sólo, sino por no haber creado un gran carácter 
humano. Los personajes de Corneille, Racine y Voltairc son franceses 
de su época, los de I^ope y Calderón españoles de la Corte de los Austrias. 
Los gigantes de Shakspeare, en cambio, si ingleses por su idioma y mu- 
chas de sus ideas, son hombres por el alma y por la vida, sus vicios y sus 
defectos son los de la humanidad entera, pertenecen ú toda las épocas 
de la historia, y por ello tendrán siempre su papel en ese gran escenario 
del mundo que recorren triunfantes. I^-as caracteres de Shakspeare se 
encargan de abrirle paso en todas partes al drama inglés y lo conser- 
varán integro en su esencia, sin que ninguna mano osada se atreva í 
mejorarlo. 

Y en esto me atrevo á disentir del sabio profesor. Cree Morel-Fatio 
que para tener un teatro necesita toda nación cierto encand en amiento 
de circunstancias especiales como las que tuvieron Grecia, Francia y 



UX DISCURSO DE MOREL-PATIO 389 

Elspaña f Le es preciso en primer lugar, dice, una sociedad fuertemente 
centralizada cuyos miembros hayan estado largo tiempo unidos, que po- 
sean un fondo de ideas, de sentimientos, de recuerdos comunes y que 
tengan, por tanto, las mismas costumbres y las mismas aspiraciones. 
Una escena nacional donde puedan trasportarse ya pasiones trágicas, 
ya irregularidades y vicios capaces de emocionar ó afectar la sociedad 
entera, no es realizable sino k esta condición. Pero no es bastante to* 
davía. Es necesario que el drama cualquiera que sea, destinado k refle- 
jar el espíritu de esta sociedad, encuentre una manera original que 
responda también k los gustos y k las tendencias del medio donde so 
desenvuelve, que so haga al instante aceptar por la mayoría y adelante 
cómodamente el paso á todas las otras manifestaciones dramáticas.» 
Por esto, según el disertante, los romanos, no tuvieron un teatro y 
carecen de él los ingleses. Shakspeare, para Morel-Fatio, se encuentra 
sólo entre los autores dramáticos ingleses, y á su alrededor el vacío, 
No brotó de una escuela regular y continua. No la fundó después. 
No ha impuesto nada á sus sucesores: permanece aislado en su incom- 
parable grandeza sin liga alguna con los que le siguen, por lo cual no 
puede colocarse el arte dramático inglís k la misma altura que el fran- 
cés ó el español, porque la obra de Shakspeare no existo con las mismas 
condiciones y al mismo título. Es una prodigiosa rareza; no una ma- 
nifestación prolongada, uniforme y homogénea. 

Pero, después de todo, ¿tiene bastante fuerza este razonamiento 
para despojar al teatro inglés, de un título á que tiene justísimo dere- 
cho? De ninguna manera. Shakspeare es también nacional en alto 
grado, porque en sus obras se refleja entera la sociedad inglesa y el 
modo de ser de la raza británica. En aquellos senadores del Jidio César, 
que tanta risa inspiraban á Voltaire porque se dan el tratamiento de 
Müord, se distingue claramente el sello inglés que forma parte del 
espíritu de las creaciones del inmortal coloso, sello que ha impuesto al 
universo con más fortuna que el poder y la fuerza adquiridas después 
por su patria, porque tiene además la inmensa superioridad, que ya 
he notado, de ser eminentemente humano, y mientras los otros autores 
siguen ocupando su puesto de honor en la cadena sucesiva de que nos 
habla el disertante del Colegio de Francia, los personajes inmortales 



LOü CRÁNEOS AETIFICIALES 393 

gun Otras razones que expondré en el uurso del presente trabajo, pue- 
de resumirse en Jos s¡/5iiientcs términos: 

, 1' Cristóbal Colon, el Dr. Chanca, el P. Bernaldcz, Américo Ves- 
pucio, Pedro Míirtir, Fernando Colon, Casas, Oviedo y Gomara están 
contestt's en afirmar que los cráneos de los llamados caribes eran igua- 
les á los du los otros pobladores de las Antillas. Casi toilos definen esos 
cráneos con los siii;uicntcs curactúrcs: cara ancha, larp:o el diútnetro de 
sien á sien, corlo el del frontal al occipucio, muy alta U corona. Te- 
nían, pues, los caribes, lo mismo que los indios de las demás Antillas, 
cráneos moiii^ólicos ; como los verdaderos mongoles, co¡H) las cabezas 
de los Idrlaros, según la gráfica frase de Américo Vespucio. Conforma- 
ción enteramente opuesta al cráneo platicéfalo que gencramente se 
designa con el nombre de caribe. 

2' El único cráneo auténtico que se conserva de esa raza, es uno 
que e.xiste en el íluseo de Charleston, procedente de la isla de Guada- 
lupe, sede principal do los llamados caribes; 'y ese cráneo confirma lo 
anterior, porque ofrece los mismos caracteres descritos por los citados 
cronistas. 

3' Ninguno de esos autoros, ni ningún otro de los primitivos cro- 
nistas de América, ¡itribuye i'i los llamados caribes la absurda práctica 
de aplanarse la cabeza ; á pesar de que meneionan otras muchas cir- 
cunstancias, falsas ó verdaderas, respecto á ese mismo pueblo; y apc- 
Har de que atribuyen dichas prácticas á otros pueblos, no caribes, en 
que jamás estuvieron. 

4' Jerez, Bctanzos, Fr. Marcos de Niza, el P. Acosta, Montesi- 
sinos, Collahiiaso y otros muchos testigos presenciales, omiten toda 
mención de semejante práctica en el Perú, la cual no podia pasar in- 
advertida, si se llevaba á efecto, según se pretende, sobre millares de 
cabezas iníántiics. Es de notar, sobre lodo, cl silencio de Garcilaso, 
porque admite la costumbre en otros parajes de América en donde 
nunca estuvo, y porque perteneciendo, como pertenecia, 4 la familia 
real de aquel imperio, sobre su propia cabeza debió haber experimen- 
tado la supuesta operación. 

5'' El Director del Jluaeo Nacional de Lima, señor Rivero, ha exa- 
minado un número considerable de momias y ha encontrado cabezas 



394 REVISTA CtBÁKA 

de ^u1to9, de nifios de todas edades, de fetos en los vicntrea de sus 
madres, todas de la misma forma, y sin ninguna traza de presión. 

fy Kn el Peni existen [odavia Ibs tres razas cuyas cabezas se han 
supuesto deformadas, sin que sus indÍTÍdúos pracüquen en ellas nin- 
f^na especie de deformación. 

7' Kn Cuba, <londe jumas se ha pretendido que existieran caribes 
ni príictic;M düformstoriaí, so h'in encontrado muchos cráneos entera- 
mente iguales íi los supuestos caribes. 

8' I^s indios llamados caribes se extinguieron ü los pocos afios de 
la llcgadii de los castellanos; no siendo, pues, admisible respecto fi 
ellos lo i\ua escribió el Padre Labat dos siglos deSpues del descubri- 
miento. 

9' Xinjíun motivo plausible tenían los incKos de Aménca para lle- 
var Si efecto en las cabezas de sus hijos una práctica tan dolorosa, inú- 
til y perjudicial ; ni podían intentarla, pues todos ellos, y especialmente 
los caribes, carecían de los medios apropiados para construir los ¡nstni- 
-mcntos que se describen. 

10 Cualquiera lesión en el cerebro, sobre todo si también afecta al 
orüneo que lo cubre, produce los mis graves inconvenientes, cuando 
no la muerte; lo cual hace imposible la supuesta práctica. 

11. Loa etnólogos lian tomado la forma del cráneo como base para 
la'clasifícacion de las razas humanas; lo cual es incompatible oon la 
supuesta facilidad de alterar voluntariamente el ángulo facial ni Iw 
mensuracioncs generales del cráneo. 

12 Si alguna vck hubiesen existido semejantes prácticas con la ge- 
neralidad que se describe, no hubieran pasado muchas generaciones 
•in que la forma del cráneo se hiciese natural; en cuya opinión 
concnerdan varios testigos, como el Padre Casas respecto & Santo Do- 
mingo y el Padre Uriarte respecto á los Omaguas y otras tribus de la 
América Meridional; así como también opinan de un modo análogo 
Tatios antropólogos modernos, eorao Gosse y Topinard. 

13. Los autores que se citan en defensa de los cráneos artificiales 
de este continente, incurren en gráv-js errores respecto á la histoña, 
la geografía y etnología americana, lo que invalida su voto; mientras 
qne por el contrario, el norte americano Morton, en su obra más cele- 



LO» CRÁKED8 ARTIFICIALES 495 

amGric&no Rottertson en su exploración por las antU 
:1 valle del MiMsiaipí; el peruano Ribero que inspeccio- 
jeruanas; elc^puQol Rodríguez Kcrrcr, que encontró en 
.neos do fonnu igual á. los Ilamiidos caribcí!; l'is uspafic- 
tnova y Purez Arcas que especialmente estudiaron dos 
cráneos, y otros varios observudoros competentes, con- 
modo más ú menos explícito á fortalecer el voto nega- 
L^iios cronistiis. 

s raüoncs que me movieron á alirtnnr que los caribes no 
urac-ion de cabeza que se les atribuye, y que ni ellos, ni 
leblo de 1a América cspaQola, practicaban In llamada 
matoria. Dígase sínccramcntü si se necesita Unto para 
1 la cuestión, así en el terreno histúrico como en el 

en contra mi impugnador? Vamos ú verlo, de la mane- 
y ordenada que pennitA la conservación do sus textua- 

o semejante argumento tnvi.rc importancia en lo tocan- 
ada signiliearia respecto á otras piiies(M mumh) en 

y existen de Torm aciones craneanas.» 

lo caso equivaldriu á que «í hti neijahin, ni Ion afirma- 

a, ni asiente ni eondcna.i 

'Uta pretensión., la de que demostramos la certeza de las 

(itfficas.t 

caleciera el sistema de apreciación ideado por el seftor 

ria la ejcaclitud d las d^scripcioaes de Julio Vente, que 

1 Mediterránea* 

oberanamente j'íí/ícaío y neciamente presuntuoso inqai- 

id preaenlabaa desfigitracionia artificíales cráneos reco- 

ropólogos de tanta valía.» 

ina vez prevalecieran tan infundadas pretensiones, ha- 

SoUa roda can los conoaimientos que poseemos.» 

e naturalmente .^Ifiítooce/aÍMi' pueden por la inierven- 

;, truformarM en bTaqmt\éfalo8.% 

UQitoncia de. que aún no aekaya averiguado terminan- 



396 REVISTA CCBANA 

temerUe el mocil ó ífw m-iviles que induria á los indios, como también 
ha inducido h imn I103 europeos y asiáticos, no puede por sí sola désfe- 
rrar la creencia que merece una costumbre demostrada por la Antro- 
pología y proclamada por sus más conspicuos representantes.» 

Que «hay otras clases de deformaciones que se practican en la hu- 
manidad, como la del láhio de tos hotocuint, la de la nariz del auitra- 
ltá)io, la del pie de Jn eklmi, la de los dipnlen de algunos negros, y hasta 
la del tórax df la mujer muderna.» 

Que tí míis de las referidas deformaciones nrtilielales existen las 
púsiumas y las jiafofó'j¡ea».t 

Que «la experiencia que se le ¡mita ¡'i hacer en los nifíos de la Casa 
de Maternidad, puesta á su cargo, sería un monstruosa esperimenío.t 

Que «lo hacen diariamente en sus hijos las mujeres de varias tribus 
de indios americanos: espcrímen/o par dem^is densivo.* 

Que «los aparatos que emplean los indios citados, existen en el 
Instituto Smitltsonia.no do Washington y en el }fuiPo del Parque Cen- 
tral de Nueva York.» 

Que «el distinguido antropólogo ruso Mr. Dronsic ha sometido & 
varios perroi y galos á la acción prolongada de aparatos comprensores.» 
Y que 'si algofaJtaha íi la doctrina de las deformaciones artificiales, 
la prueba experimental do aquel diligente investigador lo s>d)8(ina por 
completo. É 

Hasta aquí los raciocinios del Dr. Montalvo. Dígase en vista de 
ellos, si realmente requieren réplica, y si se ha tramado alguna vez fá- 
brica más deleznable desde que hay sofistas en el mundo. Pido, no 
obstante, excusa para presentar, siquiera brevemente, algunos ejemplos 
de la falta de acierto y de indulgencia en mi impugnador, al tratar de 
las ciencias naturales. 

Arguye de este modo: 

*Dc nuevo reincide el señor Armas en la C'i//xt de apellidar mongó- 
licos á los cráneos empinados que presentan estos últimos indios, y esto 
nos obliga 4 recordará su sefforfa quc^ ciencia íio conoce cráneas Tnon- 

gálicos, sino razas mongólicas, provistas de cráneos muy diversos 

F^s decir, que no hay tales cráneos mongóiicos', sirio caras mong^tcas.* 

Esto de que los mongoles tengan caras, sin tener cráneos, me pa- 



LOS CRÁNEOS ARTIFICIALES 397 

rece una proposición muy arriesgada. Se trata de cabezas anchas y 
elevadas; com? Zoí c:i5eza9 de /o» tártaros, según la gráfica frase de 
Améríco Veapucio. ¿Y qué cosa hay más mongólica ,glie el cráneo de 
un tártaro? SÍ en Asia existen cabezas no elevadas, que hoy se com- 
prenden bajo la misma clasifícacion, esa extensión del nombre, no 
quita que así se llamen, y con mejor derecho, los primeros qnc lo usa- 
ron, los poseedores del tipo primordial asiático, los que se conocen por 
mongoles desde los tiempos de Gengis-Kan. Tanto valdría decir que 
el cráneo de un natural del Caucase,' no es cráneo caucásico, simple- 
mente porque biijo esta dominación están comprendidos cráneos de 
otros procedencias y algo diversos de forma. 

En otra parte dice : 

«Si alguna vez prevalecieran las doctrinas del scRor Armas, ni aería 
poaible discurrir acerca de ninguna cie¡ícla, ni profesarlas en la cáte- 
dra, porque todas las afirmaciones kabia que probarlas y po>-qite decir 
que dicen no es decir nada. I.yell en su Geoiogia, Wurtz en su ^«í- 
mica, Darwin en su Origen de las Expícies, Gaudry en sus Mamífe- 
ros Terciarios, Jamín en su Física-, afirman tales ó cuáles cosas, pero 
ni el profesor que las repite, ni el académico que las invoca merecen 
crédito, si antes no emprenden la tarea ímprolm de demostrar que 
aquellas afirmaciones son ciertas. £1 testimonio de loa sabios especia- 
list&s ya nada vale, pues todo el que se prometa aprovecharlo, tiene que 
subordinarse á las novísimas exigencias del señor don Juan Ignacio de 
Armas-i 

Aquí lo único novísimo es semejante modo de raciocinar. La Física 
de Jamin, la Química de Wurtz, todas las físicas y químicas del mun- 
do, son letra muerta, sin ningún aprovechamiento para los discípulos, 
mientras el profesor no emprendaesa tarea, llamada iviprolm, pero ím- 
prescindihle en realidad, de demostrar los hechos por medio de una 
continua experimentación. El que aprenda de otrQ modo adquirirá tal 
vez el saber del papagayo, pero estará siempre expuesto ú que se eche 
de ver su imperfecto aprendizaje. Mas sólo íntcncionalmentc han podi- 
do acogerse como ejemplo de cosas indiscutibles las otras tres mate- 
rias que se citan en el párralb. ¿Cómo es posible aceptar sin discusión 
lo que dicen esos ni otros autores sobre la Geología, sobre los Mamí- 



d9B RBVISTA CÍTBANA 

feroa Teretaríos y sobre el Orítftn de las Eifpecit^? ¿^*y ^^ ^' don»' 
nio entero de la ciencia otras ties materias tnn dudosas, tan discutibles, 
tan sometidas todavía k las eventualidades de la discusión? Esos libros 
no concuerdan entre sí ni con otros muchos del mismo mérito. Darwin 
comenta la opinión de Lyell sobre las focas y los iniirc'tL'la<;os de las 
islas oceánicBS, y en otros puntos combate íi varios ptt leo otólogos. Brocü 
k su vez presenta una <le los mus siirias objeciones ul libro del primero 
sobre el Origen de lai Especies. El ilisil que para Oarwin cru un caba» 
lio terciario sobro ol sucio de América, es para Oh-cii otro animal dis- 
tinto. Unos vén un mono fósil donde otros vén un pii(|uidui'mo. N*- 
die, en fin, está de acuerdo, nisobrelageologíiu ni sobre los mamíferos 
terciarios, ni sobre el origen de Us especies. ¿Cómo hemos do prescin- 
dir en tales estudien de ejercer nuestro criterio? ¿Cómo su pueden de- 
fender 4 un mismo tiempo autores contradictorios? El mismo doctor 
Montalvo ha venido & este lugar, no sé si con fortunu, :'i presentarnos 
al hombre como mamífero terciario, separándase iibiertamciitc de los 
mismos tres autores que como indiscutibles nos presenta. ¿Y pretende, 
ahora, que los demás prescindamos del propio discernimiento? 

Uno de sus argumentos fúvoritos consiste en afirmar que en otras 
partes del cuerpo ocurren deformaciones artificiales ; como sí los miem- 
bros secundarios pudieran servir da norma al miembro capital. Que se 
perforen los labios algimos hombres, qne otros se distiendan el cartfla^ 
nasal, que otros se muevan los dientes sobra U blanda goma que cubre 
los maxilares, que otros impidan, dentro ilc ciertos límites, el creci- 
miento del pié, ó se compriman las fainas costillas para estrechar la 
cintura, ¿puede de algún modo cou)parai'se con A efecto causado por 
un instrumento de madera puesta, según se pretende, sobre la cabeaa 
del niflo en el momento de nacer y conservado allí por muchos aSos 
hasta que logra cambiar la fígura total de ella y la particular de cada 
uno de sus huesos componentes? 

Estas claras objeciones son para el Dr. Montalvo, voy á copiar sus 
palabras: «Proposiciones inveroaímilen, como aquella deque 'noe-i 
posíMe alterar la forma característica de¡ una falanje, ni dd máa ItHe 
InteaecilJo del oido, ni de ninguna artividacion;» sin advertir q«e »lií 
0st¿ el pié deformado de la chinan para desmentirlo.* 



LOS CRÁNEOS ARTIFICIALES 401 

Tolosa, ni deja Je ocurrir eno tras partea. Es, en resumen, un 
fenómeno /orfuiio, en que podrán tener algún influjo las mencionadas 
costumbres, pero en que influyen también otras circunstancias ajenas 
& la acción humana: por consiguiente, la naturaleza es quien decide. 
Pero yo admito que se llame artificial, pues no me daña aceptar nin- 
guna aGnnacion que no se refiera á América. Admito sus consecuen- 
cias, en los mismos términos en que las define Broca, siquiera sea para 
dar otra prueba al Dr. Montalvo de que no hace otra cosa sino citar 
pruebas en su contra. El resultado de la llamada deformación tolosana, 
según el antropólogo citado, es reducir el encéfalo y los lóbulos fron- 
tales, atroiiar notablemente la extremidad anterior de los témporo- 
esfenoidalea y perjudicar el crecimiento de los parietales; en una 
palabra, alterar de algún modo las potencias intelectuales ; una desgra- 
ciada consecuencia, según las propias palabras del Dr. Montalvo. ¿Y 
esto se arguye como ejemplo de que el cerebro humano ea violable? 
Del mismo modo se podria demostrar esa violabUidad atravesando el 
cr&neo con una bala. 

También afirma mi contendiente que un antropólogo ruso ha lo- 
grado deformar los cráneos de algunos gatosy de algunos perros. Una 
noticia de ese género, dada con referencia k un periódico, por muy 
respetable que éste sen, no tiene valor ninguno. El cráneo de esos 
cuadrúpedos es, por otra parte, tan diferente al del hombre, que no 
puede concebirse de qué modo se haya podido colocar un aparato de- 
formador que, según se dice, se apoya al funcionar sobre el hueso oc- 
cipital. Pero de cualquier modo que sea, para que el experimento sea 
satisfactorio, y comparable á lo que se supone en la especie humana, 
seria necesario, por ejemplo, que á un perro de Terranova, sin cam- 
biarle las demás partes del cuerpo, ae le pudiese adornar con la cabeza 
de un galgo. ¿Ha logrado esto el antropólogo ruso? 

Afirma, en fin, el Dr. Montalvo, que los habitantes de la isla de 
Vancouver deforman á sus hijos la cabeza, y que en el Museo del /n«- 
tit-uto de Smith, en Washington, y en el del Parque Central de Nueva 
York está de manifiesto el instrumento que emplean. ¿Quién se lo ha 
dicho? ¿Dónde lo ha leido? ¿Es licito introducir tales especies en una 
controversia, sin citar al menos las fuentes de que se toman? Yo. por 



LOS cRÁNBos artificiu.es 403 

en el Perú, ní escribió sobre las cosas de ese imperio, sino sobre Méjico. 
Por otra parte, el párrafo de Casas no se refiere al Perú sino ti Santo 
Domingo, ni k ninguna orden dada por los incas, ni por nadie. \ \in 
escritor francés puede perdonársele que dé al verbo ordenar la acep- 
ción única de dar una urden; pero nosotros sabemos que sij-nifieu tam- 
bién jwjtf/- en urden, arreglar, á más de otras acepciones. Kn suma, lo 
qwe dice el párrafo original, es que las madres y parteras de Santo Do- 
mingo ordenaron íi los principios, esto es, en los tiempos primitivos 
de la ra^a, cierto modo de alterar las cabezas de los niños; para con- 
cluir diciendo textualmente: <lo cual comenzó la industria y después 
prosiguió fa mi'itmn votvriitexa.» La cita re:»u]ta, como todas las suyas, 
adversa i't mi contendor. 

Pretende éste también que la supuesta orden de los Incas fué pro- 
hibida en el siglo xvi por una bula apostólica, por un concilio de obis- 
pos y por reiteradas órdenes del gobierno espaHol. Los tres hechos, 
aunque fuesen ciertos, nnila en verdad probarían, del mismo modo que 
todas las bulas, concilios y órdenes de gobiernos en contra del diablo, 
no bastan para probar la existencia de éste. Pero insisto on que seme- 
jantes documentos no existen, no se encuentran en ningún archivo, no 
se han citado por ningún autor. 

¡Ah! Desgraciadamente, la preferencia dada por el Dr. Monlalvo íi 
tc.\tos extranjeros para estudiar la H istoria, la Geografía y, en general, 
la Antropología americana, le ha hecho incurrir en errores mus sensi- 
bles; errores colosales, que aunque con profunda pena, voy ligeramen- 
te & exponer. 

Para el Dr. Montalvo, la isla de Cuba, en que habitamos, estaba 
poblada por los aruacas, tribu muy lejana de la América del Sur. No 
está entre las Antillas, ó se&n las que llamaron los castellanos islas de 
Barlovento, con referencia á los vientos que en el mar Caribe imperan, 
sino que la coloca, repetidamente, junto con Santo Domingo, entre las 
islas de Sotavento, que para nosotros son Curazao, Bonaire, Trinidad 
y otras muchas del otro lado del expresado mar. Para él, en Santo Do- 
mingo hubo tolteats, en la Florida nákuas. El Perú lo conquistó y ci- 
vilizó no sé en delinitiva, cufil de esas dos naciones. Y es en balde 
que mi contradictor me acuse de inmoralidad en el asunto, por haber 



404 REVISTA CUBANA 

trascrito yo con la mayor prccUion lo que dijo en su prime trabajo. 
«Hablamos nosotros — repite en el segundo — de acuerdo con Gosae, de 
la raza jiákiia, que apareció por vez primera en la Florida (!) y des- 
pués se detuvo en Mijico (!!) para dirigirse miía tarde al Perú» (!!!) 
Y en la misma píf^ína agrega: «Consideramos á los toitccas, conquista- 
dores y civilixadoren ihi Perú (!!!!) como dencendicnles de los itá- 
Ai(a« (!!!!!)* Y yo repongo que peor está que estaba; que no liay tal 
filiación ni descendencia entre esos pueblos, ni tal viaje al Perú, ni 
una sola palabra de verdad en nociones tan extrañas íx la etnografía 
americana. 

Pondrí í'i mi voz un ejemplo. Si cu Francia se presentase un fran- 
cés ante una docta asociación á protestar contra alguna teoría, ya apro- 
bada en otros centros, y en sus palabras no mencionarse k los galos 
como primitivos habitantes de esa nación sino por ejemplo, fi los ma- 
giares; si añadiese que su patria no cst& en la parte norte, sino en la 
parte sur del Jledíterríineo; si dijera que los vfindalos descien'',en de 
los alanos, y que éstos, salidos de la Chernosa Clmbríco, ó sea en cas- 
tellano el Quersoneso Címbrico, fueron por el estrecho de Gibraltar ¿ 
conquistar y civilizar el imperio macedónico, ¿qué dina la docta aso- 
ciación? Lo menos que diría es que un francés se expondrá sin reme- 
dio k tales lapsus, siempre que profiera textos extranjeros para estudiar 
la etnografía de su patria. 

No es cierto que yo recuse la autoridad de los cranoólogos. Por el 
contrario, la invoco, me sirve de mejor prueba y de mejor fundamento ; 
mientras que el Dr. Montalvo se aparta de ella, no ya únicamente en 
casos aislados, sino de un modo general. Hágase la cuenta de las na- 
ciones y pueblos antiguos y modernos ¿ que atribuye la singular cos- 
tumbre de hacerse una cabeza artificial y se verá que, sobre todo en 
América, no queda casi nadie á quien incluir en las clasificaciones 
craneológicas. 

Dos principios primordiales do la craneologia, que sirven de base ó 
prestan gran auxilio á la etnología, son los siguientes: 

Primero: la especie humana se clasifica por la conformación del 
cráneo, tan determinado é invariable de una raza á otra, en sus carac- 
teres generales, como el color de la piel ó la textura del pelo. Esa cla^ 



LOS críneos ARTIFICALBS 405 

BÍficBcion se hace de dos modos. O con Blumenbach en cinco (¡lases, 
que Cuvier redujo ¿tres: Cavcáaicos, Etiópicos y Mongüicos, en cuya 
última denominación de Mongólicos est&n inclusos, con perdón del 
Dr. Montalvo, los Mcdayos y los Americanos. O con Retzius en dos 
únicos grupos, Dolicocé/alos y Braquicé/atos, según sea horizontal ó 
vertical el eje mayor del cráneo. En Jimbas clasificaciones hay subtipos 
y variedades, que sólo marca la naturaleza. No es posible al hombre 
pasar voluntariamente de un grupo á otro; no es cierto que «cr&neos 
naturalmente dolicocéfálos puedan, por la intervención del hombre, 
transformarse en braquicéfalos.» Si lo dijo Pruner-bcy, dijo un des- 
acierto; y conste de pasada que si designé ü este autor con la perífra- 
sis de cierto antropólogo, no fué por ¡njunarlo, sino antea al contrario, 
si^icndo una costumbre de cortesía, por la cual se calla, siempre que 
es posible, el nombre del que propola una teoría errada. 

Segundo: el grado de inteligencia de las diversas razas, tipos ó va- 
riedades, y ¿un el relativo entre los individuos, se mide por los llama- 
dos ángulos faciales, que se toman de cuatro ó más maneras y con re- 
lación á medidas craneológicas de otra especie. Xo es posible alterar 
el tipo del individuo y sus potencias intelectuales. Aunque el doctor 
Montalvo diga que no entiende por qué yo dije que las funciones del 
cráneo son intelectuales, lo cierto es, y ya lo he comprobado con la 
autoridad de Broca, que desdo el momento que se ejerce presión sobre 
el cerebro, quedan alteradas las facultades mentales del individuo. 

Dígase ahora de qué lado está la autoridad de los craneúlogos. Pe- 
ro se me han citado frases concretas de Broca y de Hamy, y paso á 
considerar en qué medida perjudican ó favorecen mi opinión. 

A Broca le presentaron en París como deformados doce cráneos 
procedentes de Nueva Granada; especie que jamás se liabia dicho del 
país citado. El profesor, sin negarle asenso, antes aceptándola en su 
informe presentado al Congreso do .Vmericanistas de Nancy, declara 
que algunos de esos cráneos no dan ningún indicio de deformación, 
que en otros hay señales de osteítis, inconveniente que cree causado 
por la presión de las planchas, y cuya coniecuencia inmediata fué, ¿ 
su juicio, suspender la operación. Osteítis, óigalo bien mi argumentan- 
te; osteítis; el dolor que él niega, hacía suspender la supuesta opera» 



40(i BEVI8TA CUBANA 

cion, según el mismo dictamen del autor que invoca. Y si esto íucedia 
en uno9 casos ¿no es seguro que sucedería lo inismo en los demás, y 
que la suspensión del doloroso procedimiento íe hari» bien pronto 
general? 

El Dr. Montalvo opina en contra, porque según él, no todos los 
habitantes de Madrid atrapan una ptilmonfu, ni to<los tos vecinos de 
los pantanos caen con calenturas, ni todas ks caldas rompen hue- 
sos, ni todos los golpes en la cabera son mortales. Oigamos cómo 
razona: 

«Pero lo mis gracioso no es esto, sino aquello de las mininas camas 
tienen que producir Ion misrnox e/eítos: principio etiológico estupendo, 
desconocido en patología general y que se pre.^tn á las míts absurdas 
deducciones.! 

Ciertamente son absurdas las deducciones que se pretenden sacar. 
¿Qué entenderá el Dr. Montalvo por igualdad <le causa? Por esa frase 
se entiende generalmente un conjunto de circunstancias iguales, ó lo 
m&s iguales que lograrse puedan en la naturalcEa. La robustez del 
enfermo, su edad, la pericia del facultativo y otras muchas eirL-unstan- 
cias influyen desde luego en alterar la causa, y por consiguiente el 
efecto, aun cuando la enferme<lad sea la misma, y con más razón cuando 
se trata únicamente de una posibilidad ó probabilidad de adquirir una 
dolencia. Si todas las circunstancias son iguale?, esto es, si la causa es 
verdaderamente la misma, mucho dudo yo, apesar de la opinión del 
Dr. Montalvo, que un vomitivo, por eicinpln, opero como un sudorífi- 
co, ó vice-versa, en vez de hacer uno y otro sus efectos conocidos. Po- 
ro yo no hablaba de pn/o/o^.n, ciencia á que soy extraño; y si ahora 
hago estas observaciones es simplemente porque son de sentido común, 
y porque no me parece justa la tendencia del Dr. Montalvo á hacer 
creer que esta cuestión es cuestión de medicina. Yo hablaba de mecá- 
nica, en cuya ciencia sí estoy seguro que Jl igualdad de causa corres- 
ponde el mismo efecto. Un golpe dado con el mismo palo, en igual 
materia, de igual modo y con igual fuerza, produce siempre el mismo 
resultado. Si yo acepto que un instrumento deforma de cierto modo 
el cráneo de un niflo, tengo que aceptar que lo mismo opera en el crá- 
neo de otro niSo de igual edad, como no ocurrs algún caso excepcio- 



LOS CRÁNEOS ARTIFICIALES 407 

nal; y si, por el contrario, se acepta la opinioa de Broca respecto ¿ (]uc 
en algunas cabezas infantiles, intea de operar el instrumento, se pro- 
ducía una inflamación, una osteítis, que obligaba ¿ suspender la opera- 
ción, hay que convenir en que lo mismo sucedia en las dcm&s cabezas 
y en que por consiguiente nunca podia llevarse á efecto la defor- 
mación. 

Respecto íi Hamy es bien poco lo que se alega. Se encontraron en 
esta isla de Cuba, que habitamos, muchos cráneos enteramente ¡guales 
á los llamados caribes, encuentro que es decisivo en contra de la pro- 
piedad de esa designación, por el simple hecho de que en Cuba nunca 
ha pretendido nadie que existieran caribes; aunque si ha habido, tén- 
gase muy en cuenta, un crecido número de razas y mezclas africanas. 
Un diseflo, un simple diseflo de uno de esos cráneos le fué leraitido 4 
Hamy, el cual convino en una carta privada en que era de los llama- 
dos vulgarmente de ese modo. «El cráneo de que me habéis enviado 
el croquis — tales son sus palabras — pertenece incuestionablemente á 
un canbe.» A lo cual agrega algunos errores respecto á la historia y á 
la etnografía de América, sin ninguna especie de consideraciones cra- 
neol^cas. ¿Qué peso pueden tener esas frases en la cuestión? 

Téngase presente que las observaciones hechas en Europa, lo fue- 
ron sobre cráneos remitidos como deformados, dato impuesto por los 
remitentes, y que por tanto, harto hicieron en sustraerse alguna vez 
los observadores ú esa procupucion. De los llamados caribes, antea de 
llegar el croquis que recibió Hamy, sólo se habia visto un ejemplar que 
fué el que sirvió al frenólogo Uall para sus observaciones, y que se 
encontró, esto es muy importante, no en territorio caribe, sino en la 
isla de San Vicente, habitada desde hace siglos por varias mezclas y 
vañedades de la raza etiópica. 

Craneólogos por craneólogos, prefiero yo los que han estado en 
América, ó han examinado sin preocupaciones cráneos auténticos 
Pretiero al norte-americano Morton, en su obra más celebrada, que es 
la Cranía Americana; al peruano Rivcro, que examinó un crecido 
número de tumbas peruanas; á Pentland, Tiedeman, Tchudi y Kno.\, 
que cqncuerdan con los dos anteriores; al norte-americano Robertson 
que examinó los construcciones de los platicéfalos llamados (erraple- 



408 REVISTA CUBANA 

ñeros en los Estados Unidos y so presentó ante el Congreso de Ame- 
ricanistas de Nancy, en 1875, á declarar que no es cierta la especie de 
la deforniacioD ; & nuestro ilustre compatriota Poey que reconoció doi 
cráneos, apellidados caribes, y testificó que uno de dloe, por lo roénos, 
era perfectamente natural; !i los españoles Graells, Vilano^a y Pérez 
Arcas, comisionados por e! Musco de Madrid, en 1871, los cua- 
les, sobre otros dos cráneos de la misma especie y origen, dieron un 
dictamen completamente adverso ¿ la teoría de la deformación. Ese 
dictamen, adeinüs de sus tres autores, fué firmado por los señores Gal- 
do, Colmeiro, Fornos, Chavarri y Ürio. que componían el total de la 
Comisión nombrada al efecto. 

Voy k extractar primero el dictamen del Director del Museo Na- 
cional de Lima, porque sus palabras aparecen mutiladas en el último 
trabajo de los dos á que contesto. Hacer fuerza en el aserto de que 
las formas del cráneo en el Perú no eran exditaivamenle artificiales, 
es aceptar que otras veces eran naiurales, lo cual daña y no aprovecha 
Ji la tesis del Dr. Montalvo. Rivero, es verdad, tenía por ciertos los 
datos de la historia respecto á algunos pueblos de la América del Sur ; 
pero, sin contradecirlos, declara de un modo bien categórico que en 
sus numerosas excursiones por las tumbas y por las provincias de aquel 
país no obtuvo smo pruebas repetidas que con razón califica de de- 
cisivas en contra de las supuestas prácticas deformatorias. Dice asi: 

«Sin embargo, en nuestro concepto erraron los fisiólogos que pre- 
tendieron que los diversos aspectos frenológicos que ofrece la raza pe- 
ruana eran exclusivamente arCiKcialcs. Esta hipótesis se apoyaba en 
materiales insuficientes ; sus autores pudieron ejercer únicamente sus 
observaciones sobre crüneos de individuos adultos y hay sólo pocos 
años que dos momias de niños fueron llevadas ¡x Inglaterra, las cuales, 
según ia descripción bastante exacta del Dr. Bellamy, pertenecen ü las 
tribus Aymares. Los dos cráneos (ambos de ni'Aos apenas de un aüo de 
fdad) tienen enteramente la minma forma que los de loa adultos. Igual 
circunstancia hemos podido observar en muchas momias de niños de 
tierna edad que tenían aún sus mantas, sin ¡taher nunca encontrado 
vestigios 6 aparatos de presión. Hay más : de esta verdad hemos, podi- 
do convencernos á la vista del feto encontrado en el vientre de una 



LOS crínbos artificiales 409 

mónita de mujer preñada que sacamos de una cueva do Huicliay i dos 
legues de Tarma y que existe actualmente en nveaira colección .... 
prudKi interesante y decisiva contra los partidarios de la acción mec6. 
nica como causa única y exclusiva de la forma frenológica de la raza 
peruana. 

*No es posible explicar eómo mediante la presión con vendas ú ta- 
blillas pueda trasforraarsc el hueso occipital aun plano casi horizontal, 
sin que re.aultase al misino tiempo una declinación considerable del 
sincipucio, que falta totalmente á los Ayraaries y que encontramos en 
los Huancas; cuyo occipucio no señala vestigio alguno de presión, no 
pudiendo servir de ningún modo su inclinación regulitr como punto 
de reacción para aplastar la frente. 

>Pero prueba más eficaz será tal vez contra el uso de medios mecfi- 
nicos, ía ejciitencia acfual de las tres razjs en distintas, aunque limita- 
das, localidades, en que no se notan trazas de envolvimiento ó presión 
en la cabeza de los recienn ácidos.» — Ríveroy Tachudi, Antigüedades 
Peruanas, Viena, 1851. 

Oigamos ahora k Graells, Vilanova y Pérez Arcas. Estos profesores, 
teniendo ante la vista dos cráneos de los encontrados i;n el Oriente de 
Cuba por el Sr. Rodríguez Ferrer, el dictamen de Pocy sobre otros dos 
de dichos cráneos, y un vaciado en yeso del único cráneo que con 
el nombre de caribe existia en Europa, dictaminaron del siguiente 
modo: 

f Respecto de lo primero, la Comisión no puede menos de reconocer 
la singularidad é interés sumo que ofrecen ambos cráneos, cuya perfec- 
ta similitud con el de una raza india americana pudo la Comisión ob- 
servar á la vista de un vaciado en yeso. La cuestión de ser el aplasta- 
miento del frontal y occipital y consiguiente exageración del diámetro 
trunsusual en los parietales, obra de compresiones artificiales, así co- 
mo la distinción que Poey hace de la procedencia masculina y femeni- 
na de los cráneos, siquiera le conceda escasa importancia, no cree la 
Comisión pueda resolverse tan de plano, sin tener ¿ la vista una nu- 
merosa serie craneológica de que por desgracia carece el Museo. Sin 
embargo, atendida k circunstancia de no ser uniforme la depresión de 
que se trata en la frente y occipuccio, la Comisión se indina más bien 



410 BBVISTA ODBANA 

á considerar como natural d aplastamiento, qtte hijo de hiíbitoí 6 cos- 
tumbres en dicha raza caribe.» 

Dígase otra vez de qué lado se encuentra la autoridad de lo6 cnt- 
neí'ilogos; con qué opinión concuerda el verdadero fallo de la ciencia 
moderna. F,\ dictíimen de Rivero data de 1851; decir que fué refutado 
victoriosnrnente desde París, como dice el Dr. Montalvo, c3 ser poco ra- 
zonable. El dictamen de la Comisión del Museo de Madrid es de 1871. 
Catorce años tiene de antigüedad, como teoría científica, aceptada sin 
oposición en las sociedades sabias, la verdad probada que el Dr. Mon- 
talvo juzga atentatoria ú la reputación de esta Sociedad. A lo cual hay 
que agregar que uno de los concurrentes al dltiino Congreso de Ame- 
ricanistas reprodujo esa teoría, que consta en las actas, sin que ninguno 
de los subios de todas las naciones allí reunidas digcse una palabra en 
contra. Es lo vigente, lo aceptado, lo que rige sobre los llamados crá- 
neos artifíciales: la última palabra de la ciencia en la materia. 

Una aclaración, antes de concluir. Es verdad que manifestc e."itra- 
fieza de que el Dr. Montalvo no rebatiera con razones eran cológicas. 
el dictamen pericial de los señores Graells, Vilanova y Pérez Arcas, 
Pero al hacerlo, no me pasó por las mientes la intención á que embo- 
zadamente alude el Dr. Montalvo. Celebré esos profesores, no por ser 
españoles, sino por sor autores de trabajos excelentes sobre ciencias 
naturales que les han grangeado una gran reputación; aunque en jus- 
ticia bien podia darse preminencia 4 su dictamen, por el simple hecho 
de tener sus firmantes como idioma patrio el mismo idioma en que 
están escritos los documentos originales sobre la cuestión, y por haber 
examinado, en una comisión excepcional, ejemplos que ninguno de los 
craneólogos europeos pudo antes examinar. Mas no me parece justo 
que ni de París ni de Madrid nos llegue la buena nueva científica so. 
bre materias nuestras que á nosotros nos toca estudiar y resolver. Lo 
que entendí decir, fué que por lo mismo que el Dr. Montalvo me tiene 
por tan incompetente en este asunto, está más obligado á tomar en 
consideración la opinión de los craneólogos, ya para adoptarla, ya para 
rebatirla, del mismo modo que yo rebatoálos autores de cuya opinión 
me separo. Creia yo, y sigo creyendo, que la ciencia moderna no le ha 
enseñado todavía, ni k él, ni á nadie, lo bastante para demostrar, con 



412 REVISTA CUBANA 

t09 indispensables, pueda convencernos con su explicación, de que 
está en manos del hombre alterar el cráneo que la naturaleza le 
destina. 

Mientras esto no suceda, — y estoy seguro que no sucederá, — que- 
darán en toda fuerza las conclusiones que aduje en La Fábula de los 
Caribes, y que hoy, aunque innecesariamente, he venido á reiterar. 
Podrá ser cierto que Cuba no esté donde se halla, sino á sotavento del 
mar de las Antillas; podrá ser cierto qtic su raza primitiva no fuesen 
los llamados eiboneyes, sino unos tales aruacas que vivian en una re- 
gión distante del continente meridional; podrá ser que los mongoles 
tengan caras sin tener cráneos ; podrá ser falso el axioma de que á 
igualdad de causas corresponde siempre el mismo efecto; podrá ser 
que la mujer moderna no tenga el mismo tórax que la mujer antigua; 
podrá ser que la forma característica de los huesecillos del oido no in- 
fluya para nada en el aparato auditivo; podrá ser que en Francia, el 
gobierno, las asociaciones sabías, los módicos, las comadronas, las ma- 
dres, toleren que se mutilen anualmente las facultades intelectuales de 
muchos miles de niños; podrá ser que la Inglaterra consienta iguales 
prácticas en la isla de Vancouver y que los instrumentos con que so 
llevan á efecto se exhiban tranquilamente en los museos de los Estados 
Unidos; podrá, en fin, ser un hecho que en todo el resto del globo no 
se encuentro una cabeza que no sea artilicial, sin que deje de ser 
un hecho demostrado que, ni los llamados caribes, ni ningún otro 
pueblo de la América, se sustraía voluntariamente en la forma de sus 
cráneos, á los ignotos procedimientos de la naturaleza. 

JOAN IGNACIO DE ARMAS. 



COIÍHESPONDEXCÍA LITKUARIA. 



París, Abril 1« de 1885. 

ÍÍO ha flido en este aOo la temporada teatral tan interesante y va- 
riada como en los anteriores. Está ya á punto de fenecer, y no se ha 
estrenado un solo drama en verso, ni bueno, ni malo, lo cital es por bí 
sólo concluyeme signo de inferioridad. Cuando los poetas callan, el 
teatro corre peligro de tomar el carácter de una industria literaria, 
más bien que de un arte verdadero. La poesía se escapa á menudo de 
las piezas de teatro en prosa; requiere indispensablemente las trabas 
del lenguaje métrico para desplegar su fuerza latente y emprender 
el vuelo. 

El teatro de la Puerta de San Martin, á la cabeza de cuya compa- 
fifa se encuentra la primera actriz de Francia, Sara Bernhardt, dotada 
de una voz exquisita, que no debiera jamás renunciar -i. la cadencia del 
verso, ha ocupado todo el invierno con una pieza en prosa de Sardou, 
Teodora, que parece, más bien que una obra de arte, una comedia 
de aparato, simple pretesto para despliegue de trajes, decoraciones, 
juegos de circo, y otras curiosidades de una no muy recóndita arqucb- 
lo^a. Sin embargo ese mismo teatro se distinguió poniendo en escena 
el afio pasado un drama en verso, Nana Sahih, obra de uno de los 
poetas jóvenes, que con muestras de mayor pujanza ha hecho su apa- 
ncion eQ nuestros días. La acción pasa etf la Ii^dia, conio 4^ sobr» e^ 



REVISTA CTTBANA 

rama oriental, y en conjunto tan pobremente 
los cuentos de las Mil y itna Noches ; pero don- 
estilo poético de primer orden, menudeando 
ido y mejor templado, que en varios pasajes 
no armas de Toledo en un combate cuerpo k 

cute lo contrario; sólidamente construido su 
enlazadas sus partes, por artíñce experto como 
; teatro, peca por su estilo, que es prosaico y 
ecucnciu. El amor pretende sólo atraer é inic- 
iarse mucho de servir al arte. He oído contar 
ular cómo llegó Sardón á elegir cl argumento 
efecto se von é vero é ben imoato. Dicen que 
ipersticioso, y que habiendo representado hace 
Je éxito, un drama titulado Dwn, y después, 
■, otro llamado Fedora, acabó por creer que 
i traian buena suerte, viniéndote por tanto á 
poner un nuevo drama, cuyo protagonista se 
la terminación venturosa afladia el mérito da 
!lebérrima¡nnjer, y emperatriz de Oriente nada 
bemos la fortuna de ver ahora desfilar sobre la 
1 consorte, íi Rclisano y Antonina y á toda la 
siglo VI de la Rra cristiana, y oir nuevamente 
>9 las mentiras y eahimnins de las Anécdotas 

3¡do qua Teodora murió en su lecho, de un 
cgundo año de su reinado, y querida hasta el 
ijnien estuvo casada veinte y cuatro afios. En 
no es así; las c?íigencias del teatro imponían 
le terminase completamente la acción. Sardou 
del verdugo, condenada por su esposo. Ella 
le el cuello al lazo fatal, mientras lentamente 
lel creado, desde la primera hasta la última es- 
lo representa, y para ella ha sido un triunfo 



CORRE3PQKDES0IA LITERARIA 415 

Sardou, que ademfis de autor dramático es uno de los mfis entu- 
«astas coleccionadores de antigüedades y objetos curiosos de arte, ha 
querido exhibir en el teatro una rcsurrecion histórica de ios hübitoa y 
costumbres de la época bizantina; él mismo ha atendido y resuelto 
cada uno de los más menudos detalles déla mise en scéne, y el público 
avisado ha corrido como á un panorama, con la ventaja de oír un dra- 
ma por añadidura, y el atractivo de ver á Sara Bernhardt en un papel 
que le viene como de moldo, pues está de un todo hecho k su medida. 
¿Qué tiene la poesía que ver en totio esto? Muy poco seguramente. 
Pero CD compensación hay que icconoccr que ha sido una fiesta de 
erudición arqueológica, y al estreno de la pieza han sucedido animadí- 
simas polémicas sobre si se usaba el tenedor en tiempo de Teodora, 
como sostiene Sardou, ó si se comía simplemente con los dedos, como 
cree M. Darcel, director de la manufactura nacional de los Gobelinos; 
sobre si un célebre mosoico de Kavena dá idea exacta ó inexacta de 
las modas femeninas que seguia la emperatriz, sobre si en la basflica 
de Santa Sofía habia minaretes 6 campanarios, y otras curiosidades de 
la misma especie. 

Sardou, no satisfecho con producir el drama y disponer la mise en 
scéne, ha esgrimido 9U pluma de polemista para defender ambas cosas 
contra todos, é insertado en los periódicos varios cartas llenas de inge- 
nio y de donaire, que han sido una divertida contínuaeion de su obra, 
un bonito fin de fiesta. 



La pieza de Alejandro Dumas, Deniae, que es lo único notable re- 
presentado en este invierno en el Teatro Francés, al revés del drama 
de Sardou, no exige el menor aparato escénico. Toda la acción pasa en 
la sala de una casa de campo, no hay cambio de decoraciones, ni aun 
de trajes, y dura unas pocas horas. T..as dos famosas unidades de tiem- 
po y de lugar, de que tanto se ha hablado en los tratados de retórica, 
y que ya hoy sólo se recuerdan como curiosidades de una poética en- 
vejecida, ha obtenido la imprevista adhesión del hijo del hombre que 
compuso La. Torre de Nesle y Antony. Pero la novedad es pura cues- 
tión de apariencia, la obra es como otras del mismo autor, una tesis en 



OORRESPO^DEHCIA UTEIURIA 417 

muerto en la infancia, y la ama ahora otro hombre, digno de ella, y á 
quien ella ama también. Al terminar la comedia, el matrimonio queda 
concertado. 

No hay necesidad de discutir el caao bajo el punto de vi^ta de los 
moralistas ; es de los que pueden entregarse dUputationibtts eorum. Bas- 
ta hacer constar que la comedia en que se desarrolla continfia represen- 
tándose con grande éxito, y encuentra todas las noches un público- 
numeroso que, al aplaudirla, parece estar de acuerdo con las teorías 
del autor y la solución especial del problema propuesto. 



Del otro lado del Sena, un poco mis allá de su ribera izquierda, se 
encuentra el teatro del Odeon, situado en medio de las numerosas Es- 
cuelas superiores de la capital, y cuyo auditorio, por consiguieute ae 
compone en su mayor parte de estudiantes, amigos siempre del mérito 
literario y de las galas de la poesía. Es, por decirlo así, un teatro de Ift 
juventud, donde tiene mayores probabilidades, que en ningún otro, de 
ser bien recibido todo autor desconocido, 6 toda obra que ensaye un 
nuevo género, ó trate de abrirse un camino no practicado todavía. 

Tampoco este teatro nos lia dado este año piezas en verso, sin em- 
bargo de que en las dos temporadas anteriores atrajo k todo París con 
dos dramas interesantes, y notables por su buena versificación. El uno. 
Severo Torelli, composición correcta y elegante, lánguida 4 veces, pero 
animada de un soplo poético que la mantiene hasta el Un con suficien- 
te dosis de movimiento y vida. Su autor, Coppée, es uno de los poetas 
distinguidos de la generación que entró después de la guerra de 1870 
en posesión de todos sus recursos : lo cual quiere decir que tiene poco 
más de cuarenta afloa. Nació en 1842. 

Vacqucrie, autor del otro drama, muy aplaudido en el Odeon el 
año pasado, con el título de Formoaa, es de edad mucho mayor, se 
acerca á los setenta, pues nació en 1819. Es el amigo más intimo de 
Víctor Hugo, y también su admirador mis entusiasta, como bien se vé 
en todo lo que escribe. Formoaa, en cuanto al argumento y carácter 
general, no dista excesivamente de los dramas de Hugo, y aun por 
partos soporta la comparación; pero como estilo, como versificación 



CORRESPONDENCIA LITERARIA 419 

natural en !a sociedad. Bajo eate respecto fué verdadera lástima que in- 
terrumpiesen la tarca, dejando en embrión las rerormas que meditaban. 

Pero Goncourt, el hermano superviviente, no tiene la menor fe en 
el porvenir de la literatura drainíitica Míis todavía, declara paladina- 
mente que el arte teatral ha llcjjado al período dr; la completa deca- 
dencia, que es un arte enfermo, nn arle cstmto. Sido podria alargar 
un tanto se existencia renovándose por medio de esa lengua literaria 
hablada, que él y su hermano quisieron inaugurar; y como esto acaso 
sea imposible, pomo nadie por lo menos lo intenta, el arte del teatro, 
el gran arte de ('orneille, de Hacine, de Moliere y do Ücnumarchais, 
está futfllmcnte condenado á lu ruina, y no se darán á la postre más 
qiie pantomimas y piezas de aparato en los coliseos de la capital. 

Tal es la pavorosa profecía que aventura M. Edmond de Goncourt. 
La doy por lo que valga, y confieso por mi parte que no me afligiria 
demasiado si resultase verdadera. Una de las aficiones que se van per- 
diendo con tos aflos es la de asistir al teatro. Kn la juventud suele 
toda representación escénica producir placer vivísimo, despertar extra- 
ordinario intert'-s, y pasan entonces inailvertidas las molestias é inco- 
modidades que siempre la acompañan, aquí en l'^uropa más que en otra 
parte. Después, se pone uno involuntariamente á pesar las ventajas 
y los inconvenientes, y poniendo mientes en la atmósfera opresiva de 
la sala, en las desagradables corrientes de aire frío que á cada instante 
la atraviesan, en el asiento estrecho, el entreacto fatigante, los aplau- 
sos inoportunos, los cómicos medianos, y otros mil inconvenientes de 
la misma ó de peor especie, es lo cierto que la diversión se merma tan- 
to, que viene á. reducirse á casi nada. 

Toda persona además que ame verdaderamente la poesía y le guar- 
de en lo íntimo del alma el excelso, el encumbrado, el sublime lugar 
que le corresponde, pensará siempre que el palco escénico rebaja y 
vulgariza las concepciones de los grandes poetas, hasta el punto de 
parecer pálidas y frías, al lado de producciones de autores de ínfima 
categoría. Un crítico inglés, el sutil y profundo Carlos Lamb, ha dicho 
que todos los grandes méritos de las tragedias de Shakespeare se alte- 
raban en la representación, hasta el extremo de desvanecerse comple- 
tamente, y convertirlas en violentos melodramas. Soy del mismo pare- 



CRISTÓBAL COLON Y LOS CARIBES. 



Jeróniuo Acdilab. 

En España, durante aquella época de que vengo ocupándome, en- 
cerrada entre las postrimerías de la Edad Medía y loa comienzos dol 
Renacimiento, en que nació y cscnbió el célebre D. Enrique de Ara- 
gón, Marqués de ViUena, existió una profunda excitación y una mez- 
cla confusa de creencias: hechicerías, conversiones, intolerancia, repre- 
sión terrible, fanatismo espantoso. Al finalizar el siglo anterior (xiv), 
hubo por toda la Península una horrible matanza de judíos: en Sevilla 
solamente fueron asesinados unos cuatro mil. El año de 1481 se que- 
maban en Castilla, y de mucho antes se hacía lo mismo en Aragón. 
Diez afios ¿ntes del Descubrimiento de la América, se cstabiccia el 
Supremo Tribunal de la Inquisición. El mismo Fr. Hernando de Ta- 
avera estuvo í punto de ser procesado. (Historia de los heterodoxos 
españoles, por M. Menendez Pelayo. — T. II, p. 637). El mismo afio 
del Descubrimiento, dieron los Reyes Católicos el edicto de expulsión 
de los indios (op. cit., p. 635). Todo eso coíncidia con la permanencia de 
Colon en Espafia, y todo. eso debió influir é Influyó naturalmente y de 
un modo enérgico en su alma de católico y en su carácter vehemente 
y apasicmado. £1 siglo estaba lleno de misticismo, de visiones, de vida 



422 REVISTA CUBANA 

BobretiHtural, y su segunda pfitria, conmovida hasta el subsuelo por los 
intereses religiosos. Un poco m&s, andando el tiempo, se tropieza con 
el ateísmo de Yanini. Cornelio Agrippa, ya citado, que al principio es 
nigromántico y después excéptico, representa ;'i mi ver el lado enfer- 
mizo de aquella situación moral. Y Cristóbal Colon, el aspecto vigo- 
roso y sano. Colocado por el destino entre dos grandes edades, tiene 
en su conspicua personalidad caracu'res de lu una y de la otra: fe y 
ciencia, lozana actividad, vivísima creencia y reflexión profunda, mis- 
ticismo fervoroso en las cosas suprasensibles, preocupación constante 
de los intereses del catolicismo; pero también espíritu de observación, 
independencia de juicio, entendimiento científico ... 

¿Qué motivos hay, por consiguiente, para no creer en sus afirma- 
ciones? 

Demostrado ya que no tenía la alucinación de los Caribes, forzoso 
es convenir en que un hombre de sus condiciones dijo la verdad cuan- 
do escribió que había visto en las Antillas menores una clase de indios 
que comia la carne humana. 

Pero el señor Armas, que para invalidar el testimonio de Colon 
(que, como se ha vísto, es irrecusable) no ha vacilado en pintarlo íi 8U 
guisa, haciéndole aparecer como «na especie do loco afortunado, de 
ignorante increíble, de pasmoso é invorísimil visionario, conculcando 
así la verdad histórica; tampoco se detiene ante los hechos iniís averi- 
guados y aceptados por la ciencia de un motlo unánime, y opone con 
perfecta tranquilidad al testimonio de los viajeros y lo." historiadorea, 
su propio y único testimonio, para hacer la in&s singulares declaracio- 
nes. Con efecto, dice en el artículo Anuuamtuty Caribes (El Triunfo, 
5 de Agosto de 1884) : fYo he genendizado al continente algunas con- 
clusiones de mi folleto; pero era innecesario, pues ya en todos esos 
PUNTOS está aclarado por muchos estudios antropológicos é históricos, 
jjíc la Antropofagia no existía.* Prescindiendo de la hábil oscuridad 
de ese párrafo, y antes de seguir adelante, bueno es advertir que cuan- 
do se necesita negar la antropofagia, el sefíor Armas sabe apoyarse en 
la Antropología; pero la recusa como errónea y la rechaza, cuando se 
trata de las deformaciones craneanas de los caribes, es decir, allí donde 
está en su propia casa; *los autoreí (antropólogos) qu() han afirmado 



CRISTÓBAL COLON T LOS CARIBES 423 

otra cosa (las deformaciones artificíales), han sido inducidos á error 
por datos /(daos.» (Folletín de El Triunfo, columna 7*, párrafo 3°) 
El método no puede ser más cómodo, ni el criterio, por tanto, míis 
movedizo é incierto. Pero no basta decir que ^está adarado por mu- 
chos estudios antropológicos é históricos, que la antropofagia no exis- 
tió* en e\ Continente; es indispensable, en una cuestión de hechos, 
citar los autores, y decir los estudios k que se alude. Cuando yo le 
afirmaba al seflor Armas que la antropof&pa existió y aún existe en 
Continente americano, y le ase^rnraba que ora antiquísima, no dije una 
frase, ni mencioné un pueblo sin hacer una cita de autoridad, consig- 
nando el libro, la página y hasta la edición. Puede ocurrírsele k cual- 
quiera escribir que el actual Rey de Epafla, D. Alfonso XII, por ejem- 
plo, no ha existido nunca, y manifestar íi manera de prueba que ya 
eso está adaratlo por mudios estudios, y sin embargo, nadie touiaria 
en serio ni k probanza, ni menos la atestación. 

Entre los casos de Antropofagia de la época de la Conquista, colo- 
qué en Los Carities de las Islas (pág. 42), el de los compañeros de 
Jerónimú Aguilar, y cité la página 19 de la obra de SoKs. A ese caso 
únicomentc de los innumerables que recordé, y al hscho afirmado por 
el señor Baclúllcr en la Bibliografía Crítica, referente h, la carga de 
tasajo de carne humana que sacaron los indios del sitio de Méjico, hizo 
algimos reparos al señor Annas en la réplica de El Triunfo. Sobre 
los otros, que son incontables, no pudo sin duda decir palabra. 

Decía yo (loe. cít ): «Libertado al cabo de ocho años de cautiverio 
en Yucatán, Jerónimo Aguílar, entre otras peripecias de su vida, refi- 
rió al conquistador de Méjico, que estuvo á punto de ser sacrificado á 
los fdolosy devorado luego como oíros tic si« compañeros de naufragio.» 
El señor Armas contesta que «esa es una calumnia de Gomara, de las 
tantas especialmente desmentidas por Las Casas; pero está ai'm más 
desmentida por sus propíos términos, no siendo éstos en realidad sino 
una fuerte y decisiva prueba contra la supuesta antropofiigia de aque- 
llos salvajes; porque lo cierln es que Aguilur estuvo entre ellos, entera- 
mente sólo, durante ocho años, y nofu¿ comido.» 

No es una calumnia de Gomara. Jerónimo Aguilar contó á Hernán 
Cortés lo que le había pasado, y loa historiadores recogieron su dicho. 



424 REVISTA CUBANA 

I>e acuerdo en lo fandamental eath con Gomara otro cronista, testigo 
y soldado de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Casti- 
llo, quien precisamente para modificar y corregir al primero, empezó 
su * Verdadera Historio,* unos diez y seis aflos después. 

Scf^un Gomara, Jerónimo Aguiiar dijo á Cortés que se salvaron unos 
veinte del naufragio; que murieron hasta ocho de hambre, y que apre- 
sados por los ináios *á Valdivia y otros cuatro sacrificó ií sus Ídolos un 
malvado cacique, á cuyo poder venimos ; y d&tpues se los comió, hacien- 
do fiesta y plato de ellos á otros indios.» 

Conforme i Díaz del Castillo, dijo Aguilar que «habia ocho años 
que se hablan perdido él y otros quince hombres y dos mujeres que 
iban desde el Darien k U isla de Santo Domingo ;*.... <que los cala- 
chionis de aquella comárcalos repartieron entre sí, y que kaiñan aacñ- 
Jicado k los (dolos mvchos de sus compañeros, y dellos se hablan muer- 
to de dolencia; é las mujeres, que poco tiempo pasado había que de 
trabajo también se murieron, porque los hacian moler.» 

Los dos contraríos historiadores difieren en algunos pormenores; 
pero están de acuerdo en lo esencial, en que varios naufragaron y unos 
murieron de enfermedad ó de hambre, y otros sncrificn/los. 

£1 señor Armas piensa que los propios términos de la relación de 
Aguilar lo desmienten y son además prueba decisiva contra la supues- 
ta antropofagia de aquellos salvajes, tporque lo cierto es que estvDo 
entre f^¡os, enteramente sólo, durante ocho años, ynofué comido.» Eso, 
sin embargo, no es lo cierto. Lo cierto es que estuvo muy poco entre los 
que llama Bernal Diaz tíos calachionta.t Los ocho años los pasó entre 
otros indígenas, y vfin á declararlo ambos cronistas, de acuerdo. Aguí- 
lar escapó — no sé^ sino con otros compañeros, rompiendo la prisión y 
huyendo. — El hecho cierto de que un hombre escapa de unos asesinos, 
porque supo y pudo huir & tiempo, no es prueba decisiva, ni mucho 
menos, de que sus apresadorcs no fueran asesinos, y que él al referir 
sus cuitas dijera embustes y calumnias; sobre todo, si otras observa* 
clones anteriores ó posteriores confirman aquella cualidad criminal en 
los mismos individuos; y este es el caso de Aguilar. 

Hé aquí lo que Gomara escribe : fYo y otros seis quedamos en ca- 
ponera k engordar para otro banquete y ofrenda; y por huir de tan 



CRISTÓBAL OOLON V LOS CARIBES 425 

abominable muerte, rompimos la prisión y echamos fi huir por unos 
vumfes; yquiso Dios que topamos eon otro cacique enemigo de aquél y 
hombre humano, que se dice Aquincuz, Sefior de Xamanzana, el cual 
nos amparó y dejó las vidas con servidumbre, y no tardó á morirse. 
Después aci yo he estado con Taxman, que le sucedió.» (Conquista 
de Méjico. Segunda parte de la Crónica General ile las Lidias, pá- 
gina 304). 

Bcrnal Díaz del Castillo, <lice : *á lU que le tenían para sacriticar, é 
una noche se hui/ó y se fué á aquel cacique con quien estaba (ya no se 

me acuerda el nombre que allí le nombró) > \'. Historia de los 

Sucesos, etc., Púg. '24). 

¿Qué se hicieron los compañeros de Aguüar, que con él habían es- 
capado al sacrificio y que, según Gomara eran seis? Díaz del Castillo 
sólo pone en boca de Aguíiar estas palabras: *y que no habían queda- 
do de todos sin «1 é un Gonzalo Guerrero». . . . (loe. cit.) 

Gomara es m6s explícito: «Poco ft poco se murieron los otros cinco 
españoles nuestros compañeros, y no hay sino yo y un Gonzalo Gue- 
rrero, marinero, que está con Nackaiuxm, seRor de Chatemal, el cual 
se casó con una rica señora de aquella tierra, en quien tiene hijos, y es 
capitán de Xacliancan, etc (loe. cít.) 

La historia de aquella desgraciada expedición de Valdivia, regidor 
de Darien, y de su naufragio con otros veinte compafleros en la pro- 
vincia de Maya, en Yucatán, el año de 1512, está en Herrera, tomada 
naturalmente de los testigosqueen 1519 oyeron la relación de Aguilar, 
y en el fondo está de acuerdo con lo que ha referido Gomara. Was- 
hington Irving, fundándose en aquellos historiadores, dedica en la Vi- 
da y viaje de los compañeros de Colon, algunas páginas á las «Aventu- 
ras de Valdivia;» y oilf pueden leerse los sufrimientos y penalidades 
de los supervivientes; cómo fueron cayendo uno tras otro al peso de 
las fatigas y los rudos trabajos & qtíe fueron sometidos y cómo el duro 
Guerrero y el delicado clérigo de Ecija pudieron escapar con mejor 
fortuna que sus desgraciados paisanos. El uno dio pruebas de valor 
muy grande, el otro de obediencia y castidad: ambos,— «I marinero 
desde luego, y más tarde Aguilar, — tuvieron que hacer vida de gue- 
rrero y aun ayudar contra los mismos crísUanos á los indios bajo cuya 



CRIHTÓBAI. COLON Y LOS CARIBE» 427 

co, Tlascala, comfaii carne de mejicanos. Esta es una razón más clara 
que la que el Sr. Armas ofrece para explicarse el hecho; por que el 
Sr. Armas v4 hasta á afirmar que los mejicanos ni siquiera eran sim- 
ples carnívoros, lo cual, sobre ser muy gratuito y antojadizo, pu^na 
con la fisiología, con la historia de la humanidad, en general, y en 
particular con la historia mejicana. 

Yo no he encontrado el hecho que refiere el Sr, Bachiller en aque- 
llos libros que he podido haber; pero, — sobre ser éste un caso en que, 
por no repugnar á la índole conocida de la gente mejicana del tiempo 
de la conquista, cabe recordarse aquello de que "cuando Calderón lo 
dijo, estudiado lo tendría," porque el Sr. Bachiller no necesitaba haber 
hecho una cita falsa, — he visto en un escritor extranjero, Arthifr [lelps, 
una referencia que al menos, confirma lo escrito por Gomara, y varios 
lugares de Bernal Diaz. Alude al sitio de Méjico, y dice en nota: "Y 
aquella noche tuvieron bien que cenar nuestros amigos (los auxiliares), 
porque todos los que se mataron tomaron, y llevaron hechos piexas pa- 
ra comer. Lorenzana, pág. 283" — (The Spanish Conquest in América. 
-V.-II.J 

Es imposible, sin escribir demasiado, el pretender probar ahora que 
la AntropofSgia, bajo sus varios aspectos, era general y antiquísima en 
América, Como existe hoy en algunos lugares, y principalmente en 
el Brasil, donde la practican miles de hombres, existió desde los tiem- 
pos mfis remotos. 

El mismo barón de Humboldt, en su viaje á la América Meridional, 
cambió de rumbo, en una de sus exploraciones, para evitar encuentros 
con una horda de caníbales del Orinoco. 

Y en cuanto á los que se nombran Caribes, es cosa averiguada que, 
como lo acepta el ya mencionado Sr. Rojas, había dos ramas del mismo 
tronco, la una antropófaga y la otra, como la caUfica aquel escritor, 
civilizadora. Ya la poesía misma supo hacer esa distinción: en el Can- 
to V. de sus Elegías de varones ümtres de Indias, Juan de Castellanos 
habla de los Caribes que ayudaron 4 Aqueibaná y sus indios de Bo- 
rinquen para combatir á los españoles, y refiriéndose k la sorpresa y 
captura de D, Cristóbal de Guzman, dicej 



4Z0 REVISTA CUBANA 

"Más lús voraces indiqa inhumanos 
tuvieron en entrar tal osadía, 
que vivo lo tomaron á las manos 
con laa negras é indias que tenía; 
y de negros é indios más cercanos 
para comer mataron á porfía, 
maniatan los míseros captivos. 
y llevan á los muertos y á los vivos." 

Pero refiriéndose íi los Caribes del continente (Op. cit., parte II., 
canto III.), dice así : 

"Mas al fin fueron á provincia llana 
que llamaron Caribes, tierra rasa, 
no porque allí comiesen carne liiimana, 
más porque defendían bien su casa," 

Esta distinción se estableció de una manera solemne, y acaso á ello 
no fué ajeno el Padre Las Casas. En 1517, mientras de España era 
enviado Lope de Sosa á tomar residencia íi Pedrarias, fué encargado 
el Ldo. Rodrigo do Figucroa de comisión igual, respecto á "los oficia- 
les de la Española, Cuba, Oficiales Reales y del Almirantazgo y al 
doctor de la Gama, en la isla de San Juan." (Herrera, Dec. II., lib. II., 
tomo I., pág. 54). — En 1520, el Ldo. Figneroa, "después de haber 
hecho diligenle pesquisa sobre los indios que comian carne humana, y 
en qué tierras se hallaban para que so color de cautivarlos na se ioma- 
sen otros," (Dec. II., lib. X.), estableció las diferentes clases de indí- 
genas "por auto judicial." 

De aquel auto resulta que fueron declarados cortfies "todos los in- 
dios de las islas que no estaban jxMa/las de cristianos," — exceptuando 
los de la isla Trinidad, los Lucayos, Barbudos, Gigantes y de la Mar- 
garita: "todos los demás dijo que eran gentes bárbaras, enemigas de 
cristianos, repugnantes í la conversión de ellos, y tales que Comían 
carne humana." (Loe. cit.) 

Declaró también que no eran caribes los de la provincia de Para- 
curia (tierra firme), que erad GuaUaoa. De allí abajo hasta el golfo de 
Paria había otra provincia quei se extendía hasta la d«i ATauú% que ad 



CRISTÓBAL C0LD:I V LOS CARIBES 429 

tenía por caribe : después, declaraba otra mis por guatiaos, y por ca- 
ribes k los de la provincia de üriapari. Por la misma costa de Paria, 
estaban loa Uhinacoí que dio por guatiaos, y por caribes ü los de las 
riberas del Taurapec; así como en la ensenada del golfo referido, k los 
indios OUeros y los de las provincias de Maracapana y Cariaco, ex- 
ceptuando í los de la de Pabatuí, que afirmaba ser guatiaos "de mar á 
mar;" del mismo modo que los de la provincia de Cariati, con la 
tierra del cacique Salcedo," Cumaiiá y Ckiribichi, hasta el rio de 
ürari, "y desde Urari por la costa abajo también," y los de Coquibo- 
coa, con exclusión de los Únalos, "que no declaraba cuáles eran hasta 
mayor información'' (Herrera, Dec. 11., lib. X., tomo. I., pág. 258). 

De modo que desde el principio del siglo xvi., no babfa la menor 
duda respecto k la grande extensión de la Antropoíiigia, y serias pes- 
quisas dieron por resultado un auto judicial que es la vindicación m¿s 
completa y solemite de Cristóbal Colon, y la más terminante negación 
de cuanto ha escrito el erudito autor de La Fábula de loa caribes. 
HANUEL SANGUILY. 
(CotUinvaráJ. 



CONRADO WAI.KFA'HOÜ. 



POEMA DE ADAH MICKIEWICZ 



CANTO SEGUNDO. 



De Mañeinburgo en el feudal casti 
La campana resuena. 
De la orden teutúntca cl decano, 
De grandes dignatarios y guerreros 
Acompañado, pasa de Ib sala 
Del consejo al capítulo: alK asisten 
A vísperas, y entonan grave canto 
AI Espíritu Santo. 



De Sión, oh paloma divina, 
Aparécete al mundo cristiano: 
Con tus alas proteja al hermano 
Y su pecho se inflame en tu amor, 



CONRADO nALLEtíROD 

Del varón, por el cielo elegido, 
Del varón que más digno se ostente, 
Ven, paloma, ilumina Iq frente 

Y su nombre acatemos. Señor. 

Al que deba con diestra pujante 
Kmpuflar del Apóstol la espada, 

Y al combate llevar deba armada 
De la fe la sagrada legión : 

De tu reino el glorioso estandarte. 
Del infiel que desplegue á los ojos: 
Brille hermosa la Cruz, y de hinojos 
Reverencie su vivo esplendor. 

Termina sus plegarias la asamblea, 
Y al punto se dispersa; mas tras breve 
Descanso nuevamente la convoca 
A reunirse al coro el esforzado 
Jefe de los Kontures, y piadoso 
Pide al Señor que vierta sobre aquella 
Multitud sus favores, 
E ilumine el espíritu sereno 
De hermanos y electores. 

Se dividen en grupos: del castillo 
Só las anchas, desiertas galerías 
Unos se establecieron ; 
Los otros de los campos y florestas 
A la apacible sombra discurrieron. 
Era la noche, como en Mayo, hermosa; 
En lejano horizonte 
Brilla un alba dudosa. 
La luna, terminando su carrera, 
Ya bajo densa nube reposaba. 
Ya fulgurando só argentado velo 
Su disco solitario reclinaba. 



432 REVISTA CCBAKA 

Tal un amante en el desierto suefla; 
Del pensamiento en alas va ascendiendo 
La corriente del rio de su vida 
Con sus dichas, tormentos y esperanzas; 

Y ora lágrimas vierte de tristeza, 
Ora irradia en su rostro la alegría. 
Luego inclina en su seno la cabeza, 

Y en los lánguidos brazos 

Se aduerme de letal melancolía. 

De los Kontures el activo jefe 
No descansa un momento: 
A Ralban y á otros hermanos escogidos 
Hace llamar: su pensamiento inquiere, 

Y el suyo les revela. Del castillo 
Parten, y ¿ la llanura se encaminan. 
Largas horas en plática marcharon 
Del lago encantador por las riberas, 

Y á las luces primeras 

Que el dia en el Oriente ya anunciaban, 
El campo abandonar les fué forzoso 

Y retornar á la ciudad vecina. 

Se detienen .... De pronto ¿ sus oidos 
De una voz llega el eco quejumbroso. 
^;De dó viene esa voz? Ah! de la torre 
Que se destaca en el saliente muro. 
De nuevo atentos oyen .... 
¡Era la voz de la Reclusa! (1) Hacía 
Dos lustros que una joven religiosa 
A la ciudad llegando de María (2) 

(1 } Lns crÚDÍcos de aquelU Época habkn de ud» j4T«a •Idwua que Usgo k Ua- 
riemburgo pidiendo la eacerrírai) en una tumba, donde murió al cabo de algonos 

(2) Mariemburgo. 



:> WALLEKAOD 

Fué á buscar un refugio postrimero 
En aquel torreón ; ora inspirada 
Por el cielo, ó tal vez porque quería 
Con la expiación aligerar el peso 
De culpable conciencia, 
Uo hondo remordimiento atonucutada. 

Y en vida en esa torre silenciosu 
Lóbrega tumba tiene por morada. 

Por largo tiempo los prelados todos 
A su tenaz demanda se opusieron ; 
Pero al Rn el asilo que imploraba 
En aquel torreón la concedieron. 
Apenas el umbral pasado había 
Lo cubrieron con piedras y cimiento, 

Y allí sola quedó con su conciencia, 
Con Dios sola, y su triste pensamiento. 
La puerta que del mundo la separa 
Cerrada ha de quedar hasta que un dia 
El ángel del perdón glorioso llegue 

Y á abrirla tome con su mano pía. 

Por pequeña hendidura 
Sus ofrendas el pueblo le enviaba; 
Brisas el cielo, el sol su lumbre pura. 
jAh, pobre pecadora! 
¿Pudo el odio del mundo ít tal extremo 
Emponzoñar tu corazón sencillo, 
Para temer del sol los vivos rayos 

Y del cielo temer el puro brillo? 
Jamás, jamás desde que fué encerrada 
En su tumba viviente, 

La vio nadie aspirar el suave ambiente 
Del favonio gentil, y ni el sereno 
Cielo azul con sus astros mil brillantes 



REVÍSTA CUBANA 

Contemplar; ni las llores deliciosas 

Que esmaltan la pradera, 

Ni del liuinaiio rostro 

Las facciones, mil veces más hermosas. 

Allí vive!— y es todo euanto el mundo 
Pudo de ella saber. — -Algunas veecs. 
En la noelie el errante peregrino 
Extaeiado detiénese, escuchando 
Los sonidos de un cúntico divino. 
Otras, cuando los nifios bulliciosos 
De la vecina aldea, por la tarde 
Corren al valle en grupos caprichosos. 
Del torreón sombrío y solitario 
Destácase una forma blanquecina. 
Tal como brilla en el azul perdido 
Un rayo de la estrella matutina. 
¿Es un rizo tal vez de sus cabellos? 
¿Es su pequeña mano 
Que al derramar celestes bendiciones 
Sobre los niños inocentes, lanza 
Puvf «irnos destellos? 

El Kontúr, que al torreón sus lentos pasos 
Habfa dirigido, 
Detiénese un instante 
A estas frases prestando atento oido: 
— f¿Con qué eres tú, Conrado? 
¡El destino. Dios mió, al fin se cumplel 
¡Tú, para aniquilarlos gran Maestre! 
¿No podrán conocerte por ventura? 
¡Qué importa que te encuentres disfraz^^o! 
Como de astuta sierpe 
Tu forma corporal se cambiaría, 
Y añn el pasado en tu alma viviría 



COKIIADO WALLENHOD 

Como alienta en mi alma! En vano, en vano 
Pudieras en vampiro transformarte, 
Que en tu propio cadáver el cruzado 
Siempre te habni de conocer, Conrado!» 

Y prestan atención los caballeros. 
jEra la voz de la Recluta! Vuelven 
Los ojos k la torre: en la enrejada 
Hendidura una forma hay inclinada! 
Parece que sus brazos extendidos 
A alguno buscan. , , . ¿Mas ú quién? En torno 
Sus miradas dirigen : nadie .... nadie , . , . 
El acero de un casco sólo miran 
Brillar como un relámpago alo lejos, 

Y observan nna sombra deslizarse 

¿Era de un caballero el rojo manto? 
¡Despareció! \'ision engañadora 
Era tal vez ó el rayo de la aurora. 

«Loado sea el Eterno, hermanos mios!i 
Exclama Halbán — : tes El, estad seguros, 
*El, cuya voluntad omnipotente 
«Nos conduce á estos muros. 
(Tened de la Reclusa en los acentos 
«Proféticos confianza. (1) ¿Habéis oido? 
(Hablaba de Conrado. ¡Ese es el nombre 

«Del bravo Wallenrod ! Aquí jui-émos, 

«Las manos enlazadas, 

«Y £i f% de caballeros, que mañana 

«Cuando ot Consejo se haya celebrado 

«Gran Maestre ha de ser * Todos repiten : 

«Sí! nuestro gran Maestre sea Conrado!» 

(1) Eo 1» E^ad Media se daba entero crédito A semejantes profecia», 
notablemente en el reunltado de Ins deliberacioDOH. 



RETISTA CDBANA 

Dicen, y se retiran. Largo tiempo 
El valle sus acentos repeEÍa; 
Y cual himno de triunfo en lontananza 
¡Viva Conrado! sm cesar se oia. 
Quedó Halbán pensa'tivo, y á los suyos 
Con sonrisa sarcástica acompaRa; 
Lué^o en la torre la mirada iíja, 
Se aleja suspirando, 
Un canto de la patria modulando. 

CANTO TERCERO. 



Lm Entrevista. 

T.uégo que el Gran Maestre hubo besado 
El libro de tas leyes eteriiales 

Y sus plegarias hubo terminado, 

Y de las manos del Kontúr la espada 

Y la gran cruz í un tiempo recibido, 
Del sublime poder nobles insignias, 
Alzó orgulloso la soberbia frente. 
Con siniestra alegría en su mirada 

Y colérica al par, el Gran Maestre 
Recorrió la asamblea: pasajera 
Sonrisa sus facciones 

Un momento animó; sonrisa leve 

Y I'ugaz como el rayo 

Que al través de una nube matutina 
Va lento penetrando, 

Y del Bol la salida y la borrasca 
A un tiempo va anunciando. 

Del Gran Maestre la emoción, el airo 
De amenaza qup anima sus facciones, 



CONRAIH) WALLEKROD 

De placer y esperanza á un tiempo llena 

A aquellos coráronos. 

Ya del botín guerrero los despojos 

Contempla cada cual; ya del pagano 

Kios corren de sangre ante sus ojos, 

¿Qué poderosa mano 

Al Gran Maestre .domeñar podría? 

¿Quién afrontar su cortadora espada 

O el rayo aterrador de su mirada? 

Lituaníenses, temblad! Suena sombría 

En el reloj del tiempo vuestra hora; 

Y de Vilna en el templo la cruz santa 
AI 6n ha de ostentarse triunfadora! 
Vano esperar! Los dias y los meses 
Pasan, y el afio en oeio vergonzoso! 
La Lituania amenaza, mas Conrado, 
Que sus antiguos usos ha olvidado, 

No Buefia en combatir, mas si despierta, 
Si parece animado 

A la lucha, ü la acción, contra la regla 
Sus actos son, y sin cesar exclama: 
«Oremos, dice, k fin que la pobreza 
«Y el amor á la paz y á las virtudes 
«Keemplace en nuestros vanos corazones 
(El insólito afun de la riqueza!» 

Penitencias impone; ordena ayunos; 
Prohibe los placeres inocentes; 
Al destierro 6 prisión lanza k los unos, 

Y 4 otros la muerte espera: 

A todos los hermanos, Implacable, 
Castiga por la falta mka ligera. 

Y el Lituaniense en tanto, que los muro 
pe la ciudiCd teutónica evitaba 



REVISTA CCBAN'A 

En Otros tiempos, el incendio y muerto, 

Y oscluvitud por donde quior llevaba; 

Y por U vez primera los inlantes 
Teutónicos, de horror extrcmecidos, 
Tiemblan en el hogar de sus mayores, 
Del samogicio cuerno ¿ los sonidos. (1) 

¿Y más propicia una ocasión acaso 
Hubo para llevarlos al combate? 
Uc la Lituani» el seno desgarraban 
Discordias intestinas: 
Allí el Sármata inquieto; el belicoso 
Ruso mírase aquí, de la Crimea 
El Khan; todos conducen sus guerreroH 
Contra Lituania en desigual pelea. 
A la Orden, sus tesoros ofreciendo. 
El príncipe Vilold auxilios pide, 
Por Jagellon al verse destronado; 
Mas ay! en vano aguarda 
Que no llega el auxilio demandado. 

Los horinnnos teutónicos murmuran: 
Reúnese el Consejo; el (¡ran Maestre 
No eompai-ece en tan solemne hora. 
Corre Híilbíin á InisenrloL en la capilla 
Xi en el castillo estabü. ¿Y dónde puede 
Hallarse Wallcnrod? Sin duda alguna 
Al pit' de la elevada torrecilln. 

Es que ya sus hermanos espiaron 
Sus nocturnos paseos; 

Kturnii.'' hfilire el territorio de kuh enemigos por meilio ila espantosos grit/u, 
esaforaihimente un Ruerno ile nia^ltrn. I{euníani>e t^n grupos considéra- 
los en pei)ueñiü corcel»! j armulos de IiaüIil^ y j.iv<)hna«. 



COSBAIK» WALLENBOU iSv 

Y saben que eti la noche misteriosa 
Cuando la densa sombra envuelve al mundo, 
Del lago i'i la ribera silenciosa 

Errante caballero se encamina: 
Saben que jnnto al muro, 
De rodillas, y envuelto en albo manto 
Como mai'niórea estatua resplandece, 

Y luengas noches en insomnio pasa; 
Que á menudo ú la voz de la Reclusa 
Que en voz íjucdn le llama, se levanta 

Y quedo le responde. 
De aquella voz confusa 

Nadie de li-jos comprender podría 
£1 oculto sentido ; 
Mas ul brusco fulgor de la cimera, 
A sus manos que agita convulsivo, 
De su frente « los rudos movimientos, 
Fácil es comprender que úmbos debaten 
Un irduo asunto y graves pensamientos. 

Canto de Im torre. 

«¿Quién mis suspiros contará y dolores 
Kn mi profunda noche desolada? 
jHay en mi corazón tanta amargura. 
Que enrojecieron mis candentes lágrimas 
De mi prisión el enverjado; y tanto 
Fué el raudal de estas lágrimas amargas, 
Que cual si fuera el seno de un amigo 
De la tierra en el seno penetraban! 

«Del fuerte Suentorog (1) en el castillo 
Los rayos alimentan vivas llamas, 

(1). El cuítitlo de Suentorog era noa ciudadela de Vilna. <iondo se alimentaba el 
fuígo aagrndo. 



REVISTA CÜBATfA 

Y hfiy en inyiorno manantial hirvicnte 
De Mendog en la tumba solitaria. 
Nadie endulza mis íntimos pesares; 
Nadie k mi corazón dá una esperanza. 
Nadie seca el raudal de inmenso llanto 
Que mi pupila enrojecida baña. 



«En un campo de a 
Besos de un padre y maternal mirada; 
Dias sin nube y noches deliciosas; 
Tal mi dicha, que eterna imaginaba! 
La inocencia, el amor, íingeles bellos, 
Canfiosos mis sueños arrullaban; 
Invisibles venían á mi ladu, 
Y así dichosa resbaló mi infancia. 

«Eramos tres hermanas; y aun recuerdo 
Que más de un rey depuso á nuestras plantas 
Su espléndida corona. ¡Hermosos dias! 
¡Dichosa juventud afortunada! 
¿A qué otras glorias compararse pueden? 
Caballero gentil ¿por qué en mi alma, 
Cual música divina, resonaron 
Tus palabras de amor, uunca olvidadas? 

«Hay un Díos y hay espíritus divinos ; 
Ciudades do florece la fé santa. 
Do prosternados en piadosos muros 
Los caballeros el altar abrazan: 
Caballeros valientes y aguerridos 
Cuando el honor sagrado los reclama; 
Como el pastor, serenos y apacibles. 
Si el fuego del amor prende en sus almas. 



CONRADO WALLENROD 

«Do despojando su silicio odioso 
Et alma asciende al ciclo, que es au patria. 
¿Y cómo no creer tu voz querida? 
Caballero gentil, ai te eacuchaba 
Yo presentía la mansión celeste. 
Mas desde entonces aólo tu adorada 
Voz pude oir, y sueflo aolamente 
Con ese cielo á donde asciende el alma. 

«Símbolo de otra vida vcnturoaa (1) 
En tu fúnebre cruz encanto hallaba 
Mi amor; pero fulgura y me aniquila, 
Y en desierto ae torna cuanto alcanza. 
Nada lamento ya, pero mis penas ' 

Aún bendigo en mi noche desolada, 
Que aunque los cielos me arrancaron todo. 
Me han dejado la luz de la esperanza!» 

¡Esperanza! y el eco repetía 

A través de las selvas y loa valles, 

¡Baperanm! ¡Eapera-axa! 

— (¿Dónde estoy.' dónde estoy? ¿Qué voz es esa 

«Que habla aquí de esperanza?» — Así Conrado 

Con infernal sonrisa profería. 

(¿A qué esos cantos? De tu dicha antigua 

Piensas que la memoria he desterrado.^ 

En el hogar materno reposaban 

Trea hijas, como tú tiernaa y hermosas .... 

Tu mano demandaron la primera. . . . 

¡Ah, desgraciadas rosas! 

Deslizase ligera una serpiente 

En el jardín, y deja s 



(1) El símbolo de In vida elarnn entro loa LituaDieasea idólatras «ra ana 
qne el Cristian isme no ha beclio más que reeoiplamr en las torres da loa temploi 



ItRVISTA CtinAKA 

Miicru la yerba, y las lozanas floros 
En lívidos convierten sus colores 
Cual (le un reptil el asqueroso seno. 
Ah! rtíCHcrilu esos dias de ternura 
Quti ya pasaron; <IÍas de ventura 

Qne aún para tí serían, si la suerte 

¿Mas callas? Ah! Tu maldición rae envía, 

Y prosigne tu cantol 

Esa que viertes lágrima de fuego 

Que las peñas horada 

Kn mi infernal cabeza caiga ardiente! 

¡Ay! (]ue no corra en vano! 

Mi casco quitaré. . . . qncme ini frente! 

Oh! déjala que caiynl Yo quisiera 

El suplicio sufrir que al alma inia 

En el infierno espera!» 

La voz de la torre. 

Perdona, amado mío! 
Sola culpable soy. Muy tarde llegas, 

Y es tan penoso el esperar! Ah, triste! 
Mas ay! que de los aflos de mi infancia 
Yo no sé qué canción .... Pero silencio! 
\So más cantos! ¿De qué me quejaría? 
Cerca de tí, mi amado. 

De mi vida un instante yo he pasado, 

Y ese instante de araor no trocaría 
Por una eternidad, qne entre la turba 
Indifijrente, oscura, condenada 

A pasar yo me viera Cuantas veces 

Me has dicho, y lo recuerdo todavía, 
Que los seres vulgares 
Son cual esos humildes caracoles 
En el inmundo cieno sepultados: 



COtlRADO WALLEKROD 

Sólo una vez al bRo la borrasca 

Los lanza á la ribera ; 

Entonces un momento se descubren 

A los rayos del sol : tenue suspiro 

A los cielos arrojan, y de nuevo 

Descienden desl timbrados en su oscuro 

Cenagoso retiro. . . . 

¡Yo para diclin tal no fuf forinuda! 

Recuerdo que en )a edad de la inocencia 

A11& en la patria amada, 

Mientras leda corría mi existencia 

En el hogar materno, ya sentía 

Que ignorados deseos 

De mí se apoderaban ; y de noche 

Sin causa entre las sombras sollozaba 

Y atormentado el corazón latía. 
Dejaba las praderas, y en la cumbre 
De elevada cohna así exclamaba: 
tSi de sus alas una pluma sola 
Cada alondra me diera, 

Por el azul espacio las siguiera; 

Y una pcqucffa flor de estas montaflas. 
La flor de los recuerdos (1), en mi seno 
Con júbilo pusiera!» 

Luego volar ansiaba 

Más all/t de las mibes caprichosas. . . . 

Y allí desparecer, , . ! Ti'i me escuchaste 
Águila del espacio soberana, 

Y hacia tí me elevaste! 

Oh tiernas avecillas! nada os pido .... 
¿Dó seguiros podría? ¿A qué deleites 
Puede aspirar el corazón que adora 
En el cielo al monarca de los mundos, 

(1) El myototii 6 no me olvida. 



BeriSTA CDBANA 



Y b1 hombre que en la tierra hermoso brilla 
Con luz deslumbradora? 



¡La grandeza! ivngel inio, la grandeza! 
Klla es la causa sola 
De tu tormento y mi infernal tristeza! 
ConsiiiJlate! Unos dias. . . . pocos quedan. . . 
Pasó! no lamentemos el pasado! 
jYa es demasiado tarde! Sí ... . lloremos 
Para que tiemble el enemigo .... ¡Mira! 
A fin de destruir, Conrado llora. . . . 
¿Quí vienes aquí ¿ hacer, lejos del claustro, 
De la mansión de paz consoladora? 
Te consagré al servicio del Eterno .... 
¿Mejor no hubiera sido 
Bajo el techo sagrado 
Gemir, llorar, y de la muerte el beso 
Esperar, y no aquí junto á mi lado? 
¿Aquí dó la mentira se entroniza, 
Dó la traición impera? 
¿Aquí, dó tras torturas prolongadas, 
En esa torre sepulcral, la muerte 
Vendrá inflexible, fiera? 
¿Aqut, dó con el llanto de tus ojos 
Al través de los hierros de esa reja 
Un mísero socorro has mendigado? 
¿Y yo de tu martirio prolongado 
He de permanecer mudo, impasible, 
Testigo fiel, y maldiciendo mi alma 
Que nobles sentimientos ha guardado? 



Si vienes hoy 4 maldecir no vengita. 
En vano & suplicarme volveríagt 



CONRADO WiLLBNROD 

Escaldados tus ojos por el llanto 
Que de nuevo mí voz no escucharías! 
Esta reja abandono, y para siempre 
Descenderé fi mi noche tenebrosa 
A devorar mi llanto solitario. 
Adíes, mi ánico amor, Conrado mío! 
jPerezca de esta hora hasta el recuerdo, 
Ya que piedad no tienes, 

Y para siempre tu cariño pierdo! 

Conrado. 

Ángel divino, tu piedad imploro. 
Si no escuchas mi acento; si te alejas, 
Moriré cual Caín el fratricida, 
O de esa torre romperé mi cráneo 
En las macizas rejas! 

La voi de la torre. 

Los dos piedad tengamos, amor mió. 
Ab! si los dos en este inmenso mundo 
Estuviéramos solos; 
Si fuéramos del mar on las arenas 
Dos gotas de rocío 
Que el soplo m&s ligero 
Hace desparecer .... oh, Dios! si juntos 
Pudiéramos morir! Yo no he venido 
Ta reposo á turbar! No! no he querido, 
Ni nunca pretendí tomar el velo, 

Y consagrar un corazón al cielo 
Que á un amante mortal pertenecía! 
Yo quise solamente 

En el cliustro habitar, y humildemente 

De aquellas religiosas al servicio 

Mis dias consagrar . . . Pero en mi torno 



=^%i 



CDBAKA 

Tan nuevo era allí todo, tan extraflo, 

Tan desierto faltando tu presencial 

Yo recordíi que un día 

Tras luengos, luengos años 

A la ciudad tornaras de María 

A vengarte de un fuerte potentado, 

O k romper con tu diestra las cadenas 

De un pueblo subyugado. 

¡Cómo abi'cvia los años la esperanza! 

Tal vez Él vuelve ya, — me repetía, — 

Cuando llena de vida en esta tumba 

Mis sueños juveniles sepultaba. 

^Negado me será volver á verte 

Y ií tu lado morir? Yo iré, deofa, 

A alguna ermita sobre la alta roca 

A orillas de un sendero. 

Allí tal vez errante caballero 

El nombre del que adoro 

Pronunciará al pasar, y entre los cascos 

De los guerreros, su gentil cimera 

Reconocer podré .... Poco me importa 

Qtic cambie de armadura, 

Que cambie de broquel ó de divi.ta. 

Que cambie de semblante, 

Al punto que aparezca 

Sabrá mi alma adivinar mi amante! 

Que íi un terrible deber obedeciendo 

Esparza en torno suyo la matanza. 

Que todos le maldigan y le execren, 

Un alma fiel, do lí-jos, 

Le sabn'i bendecir! Aquí he escogido 

Mi refugio y mi tumba, y lie venido 

A este lugar sombrío y silencioso 

Donde jamás saerflego extranjero 



CONRADO WALLENROD 

No podríi sorprender el quejumbroso 
Gemir de un corazón. Tú te complaces, 
Yo bien lo sé, en paseos solitarios. 
Una tarde tal vez, yo me decid. 
Dando sus compafleros al olvido. 
Vendrá ú la margen del sereno lago 
A gozar de la música del viento: 
Oirá entonces mi voz .... daráme en pago 
De amor un pensamiento! 

Y el cielo compasivo 

Ha satisfeclio mi deseo inocente. 
Yo te esperaba. . . . miróte á mi lado. 

Mi acento lias comprendido 

Ver tu imagen en sueños, amorosa, 
No ha mucho que al Eterno le he pedido. 
¡Era sólo tuimágcn! Y hoy ¡qué dicha! 
•luntos al fin nos vemos, 

Y los dos ay! llorar juntos podemos! 



Llorar! ¿Y para qué? Si harto he llorado 
Desdo el momento aquel que para siempre 
Me lie visto de tus brazos arrancado. 
Desde el momento horrible que en mi seno 
Día toda dicha voluntaria muerte, 
Pura que mi destino se realice, 

Y al (in se cumplan mis sangrientos planes. 
Ya mi martirio su corona espera 

Y van á ser colmados mis afanes. 

Y hoy que llego al alcázar de la gloria. 
Hoy que á vengarme voy de mis contrarios; 
¿Vienes á arrebatarme la victoria? 

Ah! desde el día aquél, desde el momento 
En que nuestras miradas se encontraron 



REVISTA CDDAHA 

De tu príaion en la siniestra reja, 

Esa torre, esa reja, esa mirada 

Mi universo formaron! 

Cuando todo respira en torno mió 

Muerte y desolación ; cuando la guerra 

Ruge siniestra, airada, 

Extremeciendo i su furor la tierra, 

Insensitto, yo espío 

iJe tu angélica voz la nota amada! 

Y mis dias se pasan esperando, 
Esperando la noche ; y cuando llega 

La noche, en fin, aún prolongarla quiero .... 
¡Con el recuerdo quiero prolongarla! 

Y entretanto, impaciente, ya murmura 
La Orden, mi reposo condenando, 

Y clama por la guerra y la matanza, 
Por la siniestra guerra 

Que la tumba ha de ser de su esperanza! 

Y Halbán, et vengativo, ni un momento 
Treguas da k mi descanso .... Inexorable 
Me recuerda mi santo juramento; 
Recuérdame la patria desvastada 

Al furor implacable 

Del soldado invasor.... ó si resisto 

A sus quejas, un gesto, una mirada, 

Un suspiro reaniman en mi seno 

De venganza la hoguera ya apagada! 

¡Cúmplase mi destinol Guerra quieren 

Y la guerra tendrán! Un mensajero 
Vino de Roma ayer; nos ha anunciado 
Que innumerables huústcs, animadas 
Por religioso ardor, ya se disponen 

El bando infiel á combatir; j quieren 
Que de Vilna á los muros yo los guie 
Con la espada y la cruz. ¡De cuántos pueblos 



COKBADO WALLENBOD 

Pendiftnte está el destino entre mis manos! 

Y entretanto .... ruljor me da decirlo, 
En tí sólo yo pienso, 

Y el momento retardo del combate 
Para poder vivir al lado tuyo 

Una hora más. . . . ¡Oh juventud! Inmenso 

Tu sacrificio es! .lóvcn, un dia 

En aras de la patria, amor y cielo, 

Dicha sacrifiqué; mas hoy, anciano. 

Cuando el honor y Dios y la venf^anza 

Me ordenan combatir,.... me esfuerzo en vano; 

No puedo mi cabeza encanecida 

Separar de estos muros, y anhelante 

Perder temo de plática un instante! 

Así dijo Conrado, y de la torre 
Se escuchan solamente 
Apagados sollozos, y transcurren 
En silencio las horas, lentamente. 
Disípase la noche, y de la aurora 
La roja luz colora 
El seno de las ondas, apacible. 
La brisa matinal en el follaje 
Suspira, y las alegres avecillas 
Comienzan á cantar en el ramaje, 

Y suspenden de súbito sn canto, 
Cual si (emieran despertar al mundo 
De su suefío profundo. 

Mas Conrado no duerme: una mirada 
Triste, desgarradora, 
Fija en la reja .... el ruiseñor su canto 
Modula, y surge espléndida la aurora. 
Bájase la visera: su semblante 



RÉVlüTA CUBAKA 

Se cubre con los pliegues de su manto; 
Con la diestra saluda & la Reclusa, 
Y en las malezas piérdese al instante. 
Del umbral de la ermita desparece 
Así el genio del malj cuando argentina 
Resuena la campana matutina. 

AMTONio SELLEN. 

fContinvará.) 



I A HAJIANA EN ISOO. 



Noticiu9 acerca de la Jariídiccioii de la Habii», efcritNB en tSOO, y que abraun el 
perfodo de 23 aDoa anterinreti.'-IUui. Brit. Ma, Pap». Vnrio« de ladias, Uitno 2?, 
número 13,983, Plut, CLXVIUD,, pSk¡db 179.) (1), 

Un ilustrado observador de&pues de ima ausencia de 23 años, vvel- 
ve k la Habana y admirado de su actual riqueza y esplendor, nos pide 
una noticia exacta de la situación presente de la Colonia. Procuramos, 
pues, satisfacer un deseo, por el cual nos acredita el amor é interés 
que profesa á este país, ya sea como patriota, y& sea como estadista. 
Presentaremos loa datos más segifros que tenemos del progreso qi^e ha 
experimentado la Habana en estos últimos años, y agre^rémos luego 
algunas reflexiones, tanto de lo que se ha tiec|io en este tiempo como, 
sobre lo que podrá hacer mis adelaiftc 

Épocas en que. principiü fl fomaiio cfc la Colonia. — Cuenta esta 
colonia como las demás españolas el principio dfi su fomento, desd^ la 
época feliz en q)ie desatando nuestro gobierno los lazos del monopolio 
que ejercía Cádiz en las Ainéricas, franqueó á sus vasallos la justa y 
natural facultad de comerciar 4 los puertos nacionales de ámboa bcmis- 

(1) Esle doi'nmerilp, |iertenec¡miw i la rolecrion drl doctor don Vidal Uoraleay 
Murales, ae at'iliiiye al ilustrado señor don Anlonio Valle llernandej, Secretario qua 
M del Real CoQsnlado de esta ciadad. 



LA HABANA EN 1800 453 

aumenta el de los solares conforme k su cercanía de la ciudad, en dis- 
posición que en sus arrabales la propia caballería repartida dcstc modo, 
pasa del capital de 850 pesos. Esta exhorbitante estimación de las tie- 
rras se pudiera tal vez disminuir con mejores reglamentos sobre su re- 
partimiento y división. La intervención de la marina dificulta y em- 
baraza la precisa demolición de las haciendas de crias. Luego la figura 
circular que desde el origen de la colonia se adoptó á la esperanza de 
ñjar en un solo punto céntrico la medida de los hatos y corrales decla- 
rando k los primeros dos leguas, y á los segundos una á todo viento, 
ha dado lugar á una multitud de pleitos interminables sobre linderos 
que disturbían la posesión de las tierras, inquietan allabrador; y sobre 
todo encarecen los fundos; pues el que desea comprar, encuentra con 
suma dificultad un paflo exento de enredos, y nunca comodidad como 
convenia en una isla. 

La demolición de las haciendas montuosas ó su conversión en tie- 
rras de pasto, en tierras de labor, ha enriquecido las familias patricias 
pues cuando completo en su figura circular, contiene el hato mfis de 
rail y seiscientas caballerías y el corral más de cuatrocientas, y valien- 
do en el estado de crianza desde quince hasta cuarenta pesos ; reparti- 
dos á los labradores aunque no sea más que á trescientos pesos caballe- 
rías, se convierte el primero en un capital de 5,000 pesos y el segundo 
en otro de 1,200. 

En cuanto á la configuración física de la jurisdicción se puede de- 
cir que la angostura de la Isla en los alrededores de la Habana, y la 
poca elevación de sus serranías no permiten á los rios tener dilatado 
nacimiento ni curso. De ahí nace que no se cuentan cerca de la capi- 
tal más que dos ríos permanentes que son el de Güines á 12 leguas de 
distancia, y el de la Chorrera, de donde se provee de agua la ciudad 
por medio de un canal 6 zanja de más de dos leguas de cauce fundado 
por Antonclli desde los principios de la población. En segundo lugar 
los puertos y bahías están todos situados en la costa norte, las serranías 
están arrimadas á la misma, y descansa todo el territorio sobre un 
banco de una piedra de ojos conocida en el país con nombre de sobo- 
ruco que deja filtrar las aguas y las conduce debajo de tierra como su- 
cede al rio San Antonio y otros muchos que k poco andar se ocultan y 



i54 RESISTA CtTBltTA 

piiltan en las cavidades. De ahí resulta que filtradas en los capas 
tenores de la tierra, vuelven k apareoer y desaguar íi los llanos de 
costa del sud, donde forman en su orilla, y en una extensión de más 
i 40 leguas desde cerca del cabo Corrientes hasta Xagua una ciénaga, 
pantano estéril sin puerto, sin abrigo, y de dificilísiuio tránsito. Es 
sto, pues, que la jurisdicción de la Habana no es de lus míis favora- 
es de la isla de Cuba en punto íi la disposición y fLTtüiditd del terre- 
), pues hay en la parte oriental otros más feraces, como son lo» dis- 
itos de Xaguo, Trinidad, etc., regados por ríos de mufho caudal, inaa 
■- puede creer que siempre llevará la primacía lu provincia de la Ha- 
ina, no tan sólo por haber sido primero fomentada al abrigo y calor 
í la capital, sino por la ventajosísima situación y excelencia <le sus 
Licrtos á la entrada de las canales vieja y nueva, y en un punto de 
)munÍcacion común á todas las aguas del seno y arribada notiibilísima, 
1 de ida, ya de vuelta al Océano. 

Ideas del número, fuerzas, valor de los ingenios y ¡nejara que ha 
tbiilo en ellos. — Xuestraa tierras son de varias calidade.", y aunque se 
■ea que la negra ó prieta es inás favorable íi la caña, por giuirdar más 
umedad que la bermeja, hay un gran numero de ingenios fundados 
1 esta última, y hasta la cima de lus serranías. En las eercaníss más 
[mediatas de la capital y^i no existe ninguno, aunque en elliis hubo 
luchos trapiches con nombre de tales en la infaiichi de la agricultura. 
a tierra que ocupaban está toda repartida en potreros, siti')s y esCan- 
.as de pequeñas labranzas para el cultivo de los bastiiucntoa que pro- 
een el mercado de la Habana. I^s partidos más pingües cu ingenios, 
m los que distan de 12 á Hi leguas de la ciudad y las inmediaciones 
e Matanzas. Mas también van tomando un prodigioso iiicrcmeiilo los 
láa remolos, tanto por la íertlÜdad de las tierras nucvii?, como por su 
araturn. Por lo regular un fundo proporcionadi» para ingenio consta 
e 30 caballerías cuando menos, porque además del terreno que ha 
lencster ocupar en caliavérales, necesita un repuesto de moute para 
Bccr anualmente la lefia que ha de alimentar las fornallas. Las dota- 
oncs de esclavos no conocen más límites que lus facultades de sm 
aaecdores; pues es indisputable que sin brazos no hay labranza, y que 
iantos más operarios haya en una hacienda tanto más prosperarán las 



LA HABAHA ES 1800 455 

labores. I.os agricultores están ahora bien convencidos de este principio, 
de íiiancra que aquí la verdadera ñqueza de los fundos rurales, no es 
tanto U cantidad de tierra, como el número de sus brazos hábiles. Hay 
ingenios, bien que pocos, que cuentan hasta 300 esclavos de dotación, 
y la cosecha inús fuerte que se ha visto hacer con este número de bra- 
zos es de 42 á 45 mil an'obas de azi^car, es decir in4s de un millón de 
libras de esta f=al. Después de la dotación de hombrea requiere un in- 
genio una numerosa boyada, tanto para conducir la caña, como para 
el tiro de la leña y demás atenciones, y por último oficinas considera- 
bles para moler la caña, cocer los caldos, y secar y purgar la azúcar. 
Se puede decir con verdad que el mecanismo de estas haciendas y la 
complicación de sus operaciones, salen ya de la calidad del cultivo, 
porque, en efecto, desde que se trajo al trapiche la caña cortada en el 
campo, cesú el oficio del labrador, y entra el del fabricante, como que 
todas las demás manipulaciones pertenecen á la mecánica y química. 
Debemos cotifesar que lejos de t>er iluminados como dcbian con la an- 
torcha de esta ciencia so ejecutan por un instinto fundado únicamente 
én la práctica; mas, tiempo vendrá, quizás, que podrá valemos la cien- 
cia que no tiene cabida en medio de unos rudimentos tan rústicos co- 
mo tos que presiden ahora á nuestras labores. Con todo, medíante la 
introducción de los artífices expulsos del Guarico se han perfeccionado 
en muchos puntos los ingenios:, se trata de mejorar cada vez más la 
forma de los trapiches y fornallas, y se puede decir que ya se han ex- 
cedido en algún modo loa hacendados en costosos experimentos y ten- 
tativas. En la llanura de Güines, que brinda el agua como potencia en 
sus numerosas 7.anjas de negó, se han establecido varios trapiches do 
agua; tenemos en Ceiba otro movido por la bomba de vapor; en otro 
se han substituido las muías á los bueyes: en fin en otro situado en las 
alturas se vá ú aplicar la potencia del viento. En muchos, por último, 
se están fabricando fornallas de reverberos de diferente construcción, 
con objeto de ahorrar la lefia y reducir, por consiguiente, la parte de 
bosque que necesitan los ingenios; todos novedades que se deben al 
espíritu de indagación y adelantamiento que anima 4 nuestros agri- 
cultores. Es fücil comprender desd« luego que una hacienda de estar 
bien dotada, bien fabricada y bien aperada, es de gran valor; asi es 



456 REVISTA CUBANA 

que la tasación de una que no pase de 100 esclavos llega i 160 4 180 
mil pesos, siguiendo la misma proporción según tamaño y fuerza. En 
prueba de la infancia de nuestra policía, confesaremos que no tenemos 
un padrón reciente y exacto de los fundoa rurales en que conste el nú- 
mero y fuerzas de las haciendas. Sin embargo, según la última ma- 
trícula eclesiástica que se hizo para el remate de los diezmos del cua- 
trienio que espira con el presente aflo, ocho son las parroquias ocupadas 
en estas grandes labranzas y en ella se exponía el número de los inge- 
nios como sigue : 

Parroquias. Ingenio». 

Mat&nzas 27 

Rio Blanco 73 

Güines 25 

Guanabacoa 20 

^fanagua 34 

Batabanó 44 

Cano 21 

Santií^o 61 



Total 305 

Mas desde el año de 1796 en que ae formú dicha matrícula se han 
aumentado en sumo grado las labranzas de cana; se han fundado una 
multitud de ingenios nuevos; los antiguos han adelantado en entidad, 
y según las noticias posteriores que se han podido recoger, existen 
cerca do 400 ingenios entre grandes y pequeflos, moliendo, y nuevos 
que todavía no muelen ; los cuales emplean en su cultivo como 30,000 
esclavos que labran anualmente 2.500,000 arrobas de azúcar, separado 
dicho fruto, cuando menos por mitad de blanco y quebrado, y las más 
veces con tres quintos 6 más del primero. Siendo de advertir que por 
tener muy escasas noticias de la situación de los demás pueblos de la 
Isla, no se habla de las demás juñsdiecioncs como Cuba, Bayamo, 
Puerto Príncipe, Trinidad, que también elaboran muchos, aunque pe- 



LA HABANA EN 1800 457 

queños ingenios, donde fabrican algunas millares de cajas todas en 
aumento de la riqueza te rn ton al de la Colonia. 

Esfdn cUnanimadaa loa df.más labranzas, y sóh d c%fé es la que co- 
mienza d extenderse. — Después del azúcar, las demás labranzas son de 
corta consideración. El único ramo que comienza L fomentarse es el 
del café que cuenta ya sesenta haciendas principiantes; mas como tar- 
da este íVrbol cuatro años en producir, no se puede llamar cosecha la 
que hay de este fruto, aunque ofrece grandes y próximas esporanzas. 
Lis labranzas de algodón y añil no han podido radicarse todavía ape- 
sar de los esfuerzos que para ello se han hecho, y apcsar de la excep- 
ción del diezmo que en 1792 les fué declarada por 10 años juntamente 
con el café. Las labranzns subalternas están en miserable estado, pues 
aun el grano más necesario para la economía rural, que es el ma(z, está 
siempre escaso ó caro que es lo mismo. Ea evidente que procede esta 
inercia de algunos vicios capitales que más adelante quizá podremos 
descubrir. 

La introducción de brazos es inadecuada A nuestras nece^sidades.— Pe- 
ro á más de las trabas que concurren á ello, es preciso convenir en 
que consiste principalmente en la corta introducción de brazos, nacida 
por un lado de la coartación que varias naciones han promulgado sobre 
el tráfico de negros en el África, y por otro de ka angustias de la pre- 
sente guerra que han perturbado el comercio de esclavos en aquella 
parte del mundo. 

Su introducción en la Habana desde que se franqueó, por cédula 
de 28 de Febrero de 1789, consta en los libros de la real aduana como 
sigue : 

ASOS. NÚHERO DE ESCLAVOS. 



1789 


2248 


90 


2534 


91 


8498 


92 


8528 


93 


3767 


94 


4164 



lUOdHAriA AKTISTICA. 



Notas biográñcaí de loa artistas, profesores y añcionados de que t 
mención en "La Habana Artística." 



Bóhrer (Maximiliano), uno de los primeros violoncellistas del 
mundo, así por su formidable y limpia ejecución, como por su correcto 
y elegante estilo. Visití la Habana en 1843 y electrizó al pilblico con 
su gran talento. «El genio de la inspiración, dice el Diario de la Ha- 
bana (Marzo de 1843) resplandeeia en su cara, y produjo sonidos pro- 
digiosos, inauditas melodías, que parecían traídas del cielo en labios 
de espíritus invisibles.» Nació en Munich, en 1785, y murió hace unos 
treinta años. 

Sochsa (Roberto Nicolás), nació en Francia, en 1787, y llegó i ser 
muy notable artista no sólo en el piano, sino también en la flauta y 
arpa. Sin embargo lo que más reputación le dio filé su talento como 
compositor. Mr. Bochsa abordó con fortuna también la música instru- 
mental, así que sus «concertos», «sonatas», tduos», tnoctumos> y (fanta- 
tasiasi, alcanzaron tanta boga como sus óperas «Alphonse d' Aragón», 
les (Noces de Caroacbe» y otras más. Escribió asimismo varias obras de 



4(10 REVISTA CUBABA 

ensefianza entre las que sobresale su tMethode pour le Harpe». Vino 
á esta capital en 1842 y murió en Australia en 1856. 

Bonfante (Pedro), de Cuba, distinguido profesor de piano, joven, 
modesto y con algún porvenir. Escribió bellísimas «contradanzas» y tra- 
bajó con gran entusiasmo y felices resultados en la sección de música 
del «Liceo Artístico y Literario» de esta capital, de la cual fué, du- 
rante algún tiempo, su Director. Murió hace rauy pocos aOos. 

Borghesse (Eufrasia), de Francia, cantante muy distinguida de la 
ópera cómica de París que vino 4 esta ciudad y trabajó en Tacón, en 
la temporada del 40 al 41 con la compafifa de la Obcr, Salvatori y 
Cecconi. «Desde los primeros pasos de la joven artista — dice un perió- 
dico de aquella época — dados con firmeza y gracia poco común, justi- 
ficó el público el concepto que precedió á sii salida. Su 'Xivatina de 
introducción satisfizo la ansiedad pública.» 

La Borghesse hizo una Lucia admirable y fué muy aplaudida en 
cuantas óperas tomó parte. 

Bossio (Angiolina), de Italia, una de las cantantes más notables 
que han visitado la Habana, no sólo por su voz de gran volumen y 
extensión, sino por su correcta escuela. No diremos que pasó en nues- 
tro público como una artista mediocre, pero sí sostenemos que no se le 
hizo toda la justicia que su gran mérito reclamaba, debido seguramen- 
te k la lucha que tuvo que sostener con lacélebie Bina SteíTenone que 
se hallaba entre nosotros en toda la plenitud de su talento, y era por 
más de un motivo el ídolo de los habaneros. Sin embargo, nada se ha 
oido superior íi la Bossio cu Liiciecia y jtfoíieíA; el aria del sojiantbii- 
lismo de esta última obra ha muerto con ella. 

Del teatro de Tacón pasó osla gran artista al de San Petcrsburgo, y 
ya allí sus constantes triunfos y las proposiciones que se le hacian cada 
vez más ventajosas, la obligaron á permanecer muchos afios en aque- 
lla gran ciudad, en donde al fin murió hace algún tiempo. 

Bollessíni (Giovanni Batista), de Italia, primer contrabajista del 
mundo y compositor, sino de gran originalidad, de profundos conoci- 
mientos y larga práctica al méiios. Inteligentísimo y hábil director de 
orquesta ha sido pr fin en su instrumento más aún que aquellas dos 
celebridades Dragonetti y Langloís la admiración de los más grandes 



biografía artística 461 

artistas, ejecutando, pero muy fácilmente sobre su instrumento monstruo 
concerfos de violin y violoncello, con una claridad y maestría increíble. 
No es posible hacer mis. Los armónicos, pasajes á doble cuerda, stacca- 
tos, legatos y cuantas dificultades encierran los instrumentos de arco, eran 
para Bottcssini un simple juguete, y después de todo ¡qué seguridad, qué 
ligereza de arco superior á toda ponderación! Este gran artista vive 
hoy en París en donde ha montado algunas de sus óperas, que si bien 
no han tenido mucha aceptación, hay que convenir, sin embargo, que 
con la titulada Aasedio di Firetize se ha cometido grave inj usticia, pues 
toda la prensa convino desde la noche de su estreno que en esa obra 
se encuentran trozos de música que el mismo DonÍzett¡ habria firmado 
gustoso. La Habana tiene el gusto de haber aplaudido íi Bottcsslní en 
BUS mejores tiempos ; pues apenas contaba veinte y cuatro años cuando 
en 1848 se le oy6 en Tacón el Carnaval de Venada, unas variacionea 
sobre Lucrecia y un dúo con el violinista Arditi titulado La fiesta de 
'os Gitanos. 

Boudet (Silvano), de Santiago de Cubo, joven violinista y com- 
positor para su instrumento. Aunque dotado de una exquisita orga- 
nización musical, su carácter no ya modesto, sino pusilítmine, y una 
naturaleza pobre y enfermiza, le impidieron desplegar sus brillantes 
facultades. Tocó en círculos privados, con bastante buen ésito, y ha 
dejado escritas algunas composiciones de mérito. Murió hace ya 
algunos años. 

Boy (José), de España, tenor aficionado de muy bonita voz que 
pasó repentinamente de la honrosa y modesta clase de dependiente i 
las tablas del teatro, transición dura y arriesgada, para la cual se nece- 
flitaba mucho más talento del que en realidad tenía el joven neófito. 
Sin embargo, como que se presentó en Hernani ópera muy simpática 
al público habanero, y lo hizo acompañado de buenos artistas que no 
solamente los adiestraron lo posible, síno que le dieron ya en el terre- 
no el ánimo necesario, agradó hasta cierto punto é hizo concebir hala- 
güeñas esperanzas ; así que pocos días después de aquel curioso debut se 
le facilitaron, por medio de una suscñcíon, los recursos necesarios y 
marchó á Italia con el propósito de hacer formales estudios, y dedicarse 
con sólida base á la carrera teatral. Ese viaje, dicen muchos, que fué 



REVISTA CUBANA 



infructuoso, porque, en efecto, desde entonces, y ya. han pasado algu- 
nos años, jamás se ha oido hablar del scUor Boy no sólo como cantante, 
pero ni fiun como simple particular. 

Brindis de Salas (Claudio), de color, natural de la Habana, pro- 
fesor de violin y entusiasta y constante director de lo que entonces se 
llamaba con justicia orquestas de baile, es decir orquestas aunque pe- 
quefias, relativamente completas tal como las que funcionan hoy en 
los buenos espectáculos teatrales; orquestas, repetimos, en las que el 
instrumental de ateo guardaba justa proporción con el de viento de 
madera y cobre, logrando por este medio que la masa, de los primeros 
dulcificara hasta cierto punto la potencia de los segundos, y no como 
desgraciadamente sucede en nuestros dias que el estrepitoso trompeteo 
de un figle, dos trombones, dos cornetines y dos ó tres clarinetes contra 
tres ó cuatro violines y un infeliz contrabajo, que sin saber por qué nos 
trae 4 la memoria el garbanzo huérfano de la otla del licenciado Cabra, 
lastima el oido, ofende el buen gusto musical, provoca la hilaridad de 
cuantas personas entendidas y no entendidas, extranjeras y no extran- 
jeras nos visitan, y llega en muchos casos íi hacerse verdaderamente 
irresistible. 

Muy por el contrario las de la época de Brindis ú que hemos aludi- 
do, no sólo eran de agradable conjunto y sonoridad, sino que sus pro- 
fesores, sin ser más hábiles ni entendidos que los nuestros, tocaban 
con cierto primor y maestría ademíis de algunas oberturas, arreglos de 
óperas y valses de Strauss (padre) entonces en boga, las bonitas con- 
tradanzas de D. Kiculás Mufioz, Ulpiano Estrada, Tomás Buelta y 
Flores, y de otros muchos profesores que sería cansado enumerar, im* 
primiéndoles á estas últimas ese calor tropical, esc ritmo característico, 
vivo, picante, vohiptuoso si se quiere, pero á la vez inocente, fino y 
sencillo; nunca el sabor africano que hoy nos hacen sentir algu- 
nos danzones, desde sus grotescos nombres escritos en lengua des- 
conocida, ó en un castellano claro, pero muy poco edificante 
por cierto, basta su último acorde. Sabor que más y más acentúa el 
escandaloso y eterno repiqueteo de un par de timbales, y el rispido 
sonsonete del calabaxo ú güiro 6 como quieran llamarle, y que sin du- 
da alguna se animada un poco más enriqueciendo el instrumental de 



BIOGRAFÍA ARTÍSTICA 463 

eso que por ironía llamamos hoy orquesta de baile, con unas cuantas 
marimbas, atabales, marugas y fotutos, con lo cual nos hallaríamos de 
paso en pleno cabildo! 

¡A dónde vc'a k parar nuestra bellísima contradanza, ya la conside- 
leraos como pieza bailable, ya como concepción musical, si sigue arras- 
trada por el furioso torbellino que hoy la envuelve! 

Pero volvamos al profesor Brindis motivo de esta nota, al cual de- 
jamos abandonado intención al mente para entrar en una digresión que 
tuvimos por oportuna; si no es así, si por desgracia no hemos equivo- 
cado, paciencia, caro lector, paciencia. 

Fué Claudio Brindis, sin duda alguna, el músico de más crédito, 
el más popular y conocido de todos, y sin embargo, el de menos méri- 
to artístico, el más deficiente pudiera decirse. No obstante su verdade- 
ro carácter, su aíicion decidida por la raza blanca, afición que le costó 
muy buenos y muy malos ratos, su deseo constante de figurar entre 
ella, su porte distinguido, su elegancia en el vestir superior á toda pon- 
deración, su conversación extremadamente afectada y por lo mismo 
entretenida, y por último la circunstancia de haber sido largos años 
maestro de baile de toda la gente de buen tono, y hermano de leche 
del Conde de * * *, cosa que entre nosotros suele, con justa causa, va- 
ler mucho, le colocaron en una brillante posición á la cual, francamen- 
te, jamás habría llegado por su noble y simpática carrera. Brindis mu- 
rió ciego y pobre hace ya algunos años. 

Brindis (Claudio), do la Habana, hijo del anterior y violinista de 
talento. Comenzó sus estudios musicales con un excelente profesor de 
color llamado José Redondo, que le dio muy buenos principios; más 
tarde recibió lecciones é hizo rápidos progresos con D. José Vander- 
guth, hasta que por último marchó á París y allí los terminó bajo la 
hábil y severa dirección del célebre Leonard. Brindis es, sin duda al- 
guna, un artista notable por su fuerza y ejecución, si bien esta última, 
cuando le oírnos hace unos ochos años, no era muy limpia y segura; 
sin embargo, como que desde entonces lleva esa vida errante del con- 
certista y debe encontrar á su paso muy á menudo soberbios modelos, 
que imitar y que al mismo tiempo han de servirle de poderoso estímu- 
lo, no es extraño que se halla perfeccionado y así lo debemos creer á 



464 REVISTA CUBANA 

juzgar por loa ruidosos aplausos que se le han prodigado en las muchas 
y muy grandes capitales de Europa que á estas horas lleva visitailus. 

Brix^h (le Calvo (Xatalia), de Matanzas, pianista aRcionada de cua- 
lidades excepcionales, pues ú un mccunismo poderoso que había dado 
igual destreza y habilidad á sus dos manos, reunía gran inteligeneia, 
delicadeza suma, fuego artístico, notable expresión, agradable sonido 
y buen juego de pedales; era, por fin, una pianista do fuerza, elegante 
y graciosa que parecía haber llegado íi los límites de la perfección, 
Pero no era eso sólo. Su instinto prodigioso, su caríicter de natural 
modesto y afectuoso, su corazón angelical formado desde su más tierna 
edad entre ricos modelos de ciencia y de virtud, sus notables estudios y 
esmeradísima educación por fin le hicieron apreciar el arte sin esas 
sistemáticas y pequeñas prevenciones que á nada conducen, mejor 
dicho, lo apreciaba con independencia, amor y sinceridad, dejando i't 
un lado la triste cuestión de nombres y procedencias, dándole igual 
importancia, pues, á una somihi de Beelhoven, á un scherzo de Chopín, 
b. una balada de Oottschalk, á una melodía de Bellini; así que trabajó 
con el mismo ardor y ahinco (odas las formas musicales desde la/a»- 
íasla hasta el concertó y en todas sobresalió grandemente. Por eso es 
que en París, Londres y en cuantas capitales estuvo, excitó con los 
efectos mágicos que producía, con su gracia inimitable, el más vivo en- 
tusiasmo, llegando á ser en la «Sala Erard» motivo de las ardientes Ce- 
licitaciones de 'Wolff", Alkan y de otros muchos artistas de talla que 
allí la escucharon. 

La scflora Broch de Calvo fué discípula en sus primeros tiempos 
de D. Manuel Fernandez Caballero, músico bastante instruido bajo 
cuya dirección llegó á tocar piezas de bravura. En 1866 vino á esta 
capital y pasó á manos del señor Ruiz Espadero quien la perfeccionó 
hasta el punto de formar de la distinguida aficionada una notable artista. 

Aunque á la señora Broch no se le oyó en ningún concierto públi- 
co que recordemos, sin embargo se le conocía y admiraba generalmen- 
te por las reuniones privadas en que habla brillado, y por la justa fama 
que sus entusiastas admiradores, en cuyo número tiene la honra de 
contarse el autor de estas líneas, habian exparcido. Por eso es que he- 
mos leído con profundo sentimiento en un artículo que se publicó en 



BIOQRAPf A ARTÍenOA 465 

el Diario de la Marina, poco después de su muerte, la siguiente frase: 
lera un talento superior ignorado, y esta consideración exige por res- 
peto y amor al arte, que rindamos un tributo público k su menioria.i 

[Talento ignorado el de la celebrada pianista matunccra! ¡Feliz 
ocurrencia! ¡Talento ignorado! ¿Y de quién era ignorado, porque la 
Habana entera, aunque no la liabiaoido, como tampoco ha oido á otros 
muchos artistas que por un simple se dio: gozan de muy buena repu- 
tación, la conocía y admiraba? Alguien fintes que el autor del indica- 
do artículo tuvo el gusto de reconocerlo y el honor de proclamarlo y 
tanto que cuando la respetable familia del señor Broch vino de Ma- 
tanzas (í establecerse k esta capital, antes de empezar aqui^Ua señorita 
el curso de piano que después siguió con el señor Riiiz Espadero, el 
«Liceo Artístico y Literario» de esta capital, laii entusiasta de las glo- 
rias patrias, nombró una comisión, de la cual formamos parte con el 
carácter de Presidente de la Sección de Música de aquel Instituto, 
que pasara á sabularia y á ofrecerle el diploma de socia/nciütativa de 
la Sección Lírica á que Ui hacían acreedora su raro talento y nobles 
prtJidas. 

Después de esto dígasenos si pudo ser ni entonces, ni más tarde 
mucho menos, un talento ignorado el de la gran artista de Matanzas. 

Lejos, muy lejos de eso, la Habana entera la aplaudía con ardiente 
entusiasmo. 

La Habana entera la ha llorado desde que supo su horrenda des- 
gracia 

Murió esta interesante y noble sefiora en medio del Occéano, el 
año de 1876, al regresar de un viaje de recreo que hizo ó Kiiropa. Sus 
restos, sin embargo, reposan en Cuba, su tierra adorada, que la recor- 
dará siempre con justificado orgullo. 

Suelta y Flores (Tomis), de color, natural de la Habana y profe- 
sor de violoncello y de algunos instrumentos más. Era de bastante 
instrucción musical y compuso algunas obras sagradas, y sobre todo 
preciosas contradanzas que revelaban su genio, y que le dieron bastan- 
te popularidÉ(d. Este artista infeliz tuvo un fin desastroso, pues ya en 
sus últimos años creyéndosele gravemente coraprometido en una conspi- 
ración tramada según se decia por la raza de color contra la blanca, 



lero que en realidad nada se supo, pues todo fué envuelto en el más 
irofundo misterio, recibió castigos tan crueles é inhumanos que al fin 
Qurió en uno de ellos (1844) como tantos hombres de mérito de esa 
aza infeliz. 

Bidl (Ole Bornemann), de Succia, uno de los violinistas que más 
uido y sensación lia causado en el mundo. En efecto, hombre de gran 
alentó y de un mecanismo prodigioso, tenía además el don de fascinar 
u público, y lo fascinaba con su ejecución, con el sonido que arránca- 
la ií su instrumento y hasta con sus movimientos, gestos y actitudes 
■a académicas, ya salvajes. *j01e Bull, Ole Bull! — dice un periódico 
le aquella fecha (1844) — tu nombre cayó bajo nuestra pluma. Tiempo 
labia que esperábamos á este hijo de las nieblas del Norte, cuyo ardor 
guala al fuego que alimentan bajo el hielo de los volcanes, y cuyos 
centos revelan las mágicas incrustaciones que brotan del misterioso 
nurmullo de las negras selvas de Escundinavia. La fama de Ole Bull 
labia llegado ii nosotros bastardeada; creíamos que representábala 
lantoraima de la inspiración, y hemos encontrado el genio, la verdad 
Icl sentimiento.» 

Ole Bull ama al aparato, busca en la situación, en los torrentes de 
,rmonía, en el estruendo de los aplausos, las inspiraciones de su genio 
leí Norte, enteramente fantástico y ori^nal; y cuando su corazón estü 
.brasado en el fuego deifico de la fantasía, entonces empuña el arco y 
irota de su violin, como por encanto, sin difiuultad y sin esfuerzo los 
audales de la armonía, de la inspiración y del sentimiento.* 

Este gran artista dio varios conciertos en la Habana, en 1844, y en 
odos obtuvo el más cumplido éxito. Prontamente regresó á Europa 
n donde murió hace muy pocos afios. 

Bueno (José), de Santiago de Cuba, barítono aficionado de singu- 
ar mérito, no sólo por su hermosísima voz que manejaba con suma 
nteligencia, sino por los estensos conocimientos que habia adquirido 
in su dilatada permanencia en Europa, en donde tuvo la ocasión y 
lucn gusto de cultivar la amistad de grandes artistas. 

SERAnN RAMÍREZ. 

(Continuará). 



XíypAS i:nrmiUA!Ji:s. 



MUTILACIONES ÉTNICAS. 



El doctor Magitot, ventajosamente conocido en la ciencia por tra- 
bajos notables acerca de la evolución dentaria y las enfermedades de 
la dentadura, acaba de publicar en París un curiosísimo folleto, en que 
estudia y enumera brevemente, las prácticas deformatorias que han se- 
guido y siguen diversas razas humanas. £1 asunto, á más del interés 
cietftico que en sí tiene, ofrece para nosotros cierta importancia de ac- 
tualidad, puesto que un aprcciable escritor, bastante conocido en Cuba, 
ha negado, con pertinaz insistencia, la más curiosa, notable y general 
de dichas prácticas : las deformaciones artificiales del cráneo. Como 
verán nuestros lectores, el hombre, en su afán de modificar la 
obra de la naturaleza, ha procurado variar su aspecto y alterar 
BU forma, merced á múltiples artificios, que producen los más singula- 
res^ resultados, desde los dibujos con que adorna su piel, por medio del 
tatuage hasta la destrucción de sus órganos genitales, según lo hace una 
secta religiosa de Rusia. La variedad es considerable, y existe más de 
una que debiera inspirar mayor repugnancia que la peor de las defor- 
maciones craneanas, alterando muchas tan considerablemente la ñgura 
humana, que tan sólo encuentran plausible explicación, en el afán 
con que persiguen gian parte de nuestros semejantes, un ideal de be' 



468 REVISTA CtlBANA 

Ileza, que conatituye por ellos, !o que significa para nosotros la Venus 
de Milo 6 las Vírjíenes de Rafael. Esta es la única manera de inter- 
pretar la mayoría de esas mutilaciones, que así consideradas se com- 
prenden fíicilinente, pues busciindole otro género de significación, 
se encuentra nuestro espíritu perplejo y sin poderse darse cuenta exac- 
ta del fenómeno que observa. Quiz&A eso le lia sucedido al señor don 
Juan Ignacio ilc Armas, y de ahí es creíble que naciera el pensamiento 
suyo de negarlas todns, cuando son cabalmente hechos fuera ya del al- 
cance de cualquier duda, y que están plenamente aceptados y pregona- 
dos, como verdaderos, por la ciencia contemporánea. 

No es tan sólo el casco lo que el hombre se altera y modifica, aíno 
varios y dislintos lugares de su cuerpo. Casi todas las partes que for- 
man el citerior de éste, ba conseguido cambiarlas y algunas destruirlas, 
ya por fines artísticos las inSs de las veces, ya por precauciones higié- 
nicas, ya por creencias religiosas. La siguiente somera enumeración de 
todas las mutilaciones étnicas, justificará plenamente las opiniones que 
en una reciente discusión hemos sustentado, y pondrán muy en claro 
que las prácticas deformatorias constituyen hábitos inveterados entre 
multitud de pueblos que habitan las cinco partes del Mundo. 

Mdtilaciose8 cüTÁKEAa, — Prescindiendo de los tintes y de la epi- 
lación, el tatuage es la única que debe considerarse como verdadera 
mutilación de la piel. Puede realizarse por medio de picaduras, que 
es el más antiguo, sirviéndose de agujas aisladas ó unidas; por incisión 
simple, hecha con instrumentos cortantes, manteniéndose separados 
los bordes de la herida para conseguir una cicatriz blanquecina, muy 
usado en Occcanf a y entre varias tribus de África; por ulceración ó 
quemaduras, preferido por los australianos; sub-epidériníco, en el cual 
ajTujas finas enhebradas con hilos empapados en materias colorantes, 
sirven para hacer dibujos caprichosos, tales como se observan entre los 
esquimales, los groelandeses, los gitanos y en muchos individuos de las 
capas más inferiores de algunos pueblos civilizado; por último, el ta- 
tuage puede ser mi.tto y presentarse reunidas en una misma persona 
dos ó tres de las clases indicadas. Aaf acontece en Nueva Zelandia, en 
ciertos lugares de África, en Europa y en las islas Marquisas. 

MtTiLACiQNtis FACIALES. — IjBs hay en los labios, con perforacioijes 



NOTAS EDITORIALES. 4litf 

Únicas ó mCiltíples para alojar cuerpos extraños, como entre los botocu- 
dos y los esquimales, que así consiguen un enorme desarrollo del labio 
inferior, aunque otros pueblos obtienen el mismo resultado, pic-i'indosc 
esos órganos con las espinas del árbol de la goma; en la nariz, que os- 
tenta un pedazo de madero ó de liueso que atraviesa su tabique, hábito 
harto común de los hijos de la Nueva Guinea y de Australia; en las 
orejas, desde la mera perforación, todavía en uso por los pueblos más 
adelantados, hasta las grandes aberturas donde las negras, las mujeres 
mongoles, las dayaks de Corneo y los pueblos de Junnam, introducen 
objetos de varias clases. 

Mutilaciones cefálicas.— Comprenden dos grandes grupos: las de- 
formaciones y las trepaeiones. En el número de las primeras se cuen- 
tan: la frontal, por compresas ó bendajes, propia del antiguo continen- 
te ; la occipital, obtenida por la presión do planchas de madera ó por 
la cuna, común en Alemania, Taiti, Nicobac, Sumatra, Java, entre los 
Incas y en Haití; la fronto-occipilal, debida íi las mismas planchas ó á 
compresas, característica de los natchez, do algunos habitantes del 
Brasil, de Taít!, de la costa nordeste de la América del Norte y de los 
caribes, tanto del Continente como de las Antillas; la naso-parietal ó 
mougoloide, preferida por los hunos, los kirghis de Turkcstan y los 
caribes del Orinoco; la lateral ó fronto-parietal, propia de los macro- 
céfalos de Hipócrates, de los abases del Caucaso y de los antiguos bel- 
gas, flamencos, parisienses y hamburgueses; la fronto-sincipito- parietal, 
en que la cabeza estíi simétricamente alargada, merced al uso prolon- 
gado de coiíiprcsas y vendajes, según se practicaba entre los antiguos 
aymarás de Bolivia y se practica hoy por los monjes mendigantes 
de China; la fronto-sincipito-oceipital, ó cabeza trilobada, debida á 
procedimientos desconocidos, característica de los totonacas de la isla 
de Sacrificios; laciiadrangular, dclosindiosdo Jlarailon, en el Ecuador; 
la circular ó esférica, por la acción de una cinta, de que ofrecen ejem- 
plo los turcos osmalinos, los arches y los indios de la bahía de Hudson 
en el Canadá; y la amdar, producto de las cofias que aplican íi los ni- 
ños en algunos departamentos de Francia. 

Tocante á la trepanación diremos que es la costumbre de practicar 
.ep el niílo ó en el hombre vivo, un agujero en el frontal, en los parie- 



470 REVISTA CCDAKA 

tales ó en el occipital, seguramente con el fin de dar fácil salida al ma- 
ligno espfritu ú que atribulan el origen de muchos padecimiontos ner- 
viosos, conservándose la rodaja de hueso como precioso amuleto. Su 
antigüedad remonta 4 la época neolítica, según lo ha demostrado Broca 
en notabilísima memoria, pero aún se perpetúa en África y en Po 
lincsia. 

Mutilaciones del tronco y de los miembros. — Kn esta clase debe- 
mos mencionar la del tórax de la mujer por el corset; la amputación 
que de ^mbos senos se hace la mujer scopzy; la amputación de una 
í'alanje que se practica entre algunos pueblos, como señal de duelo, 
después de la muerte de los parientes más próximos; y la mutilación 
del pié de la china. 

Mdtilacioxes dentaria». — Comprende seis variedades : por fractura, 
en que se cortan los ángulos de los incisivos, costumbre propia del 
África Occidental, de Mozambique y de Nueva Guinea; por arranca- 
miento, extrayéndose los mencionados incisivos, dolorosa operación 4 
que se someten los naturales de las márgenes del lago Alberto-Nyanga, 
no pocos de Australia y los que en otro tiempo fueron los aborígenes 
dcTasmania; por limadura de los ángulos de los mismos incisivos, 
preferida por los hijos del Archipiélago Malayo; por incrustación, colo- 
cándose en el agujero ó canal que se forma en el diente un clavo ó un 
hilo de latón, singularidad á que se aficionan los dayaks de Borneo y 
los batiales de Sumatira; por abrasión ó sección transversal de las coro- 
nas de las incisivos superiores, distintiva de los esquimales y de las 
tribus de las míirgenei del Mackcnzir; y por fin el pronagtismo artifi- 
cial que consiguen llevar ú cabo los moriscos del Senegal, según lo 
afirma el sabio General l'aidherbe. 

Mutilaciones oesitales. — Tenemos la circuncisión que se practica- 
ba en las edades de piedra, qnc nos han trasmitido el cuchillo para 
circuncindar y que todavía observan con tanto rigor los judíos; la in- 
fandibulicion, importada en Oriente por los griegos y los romanos; el 
eunuquismo, peculiar al Sondan y practicado en todos los países donde 
existen serrallos, y en la Roma de los Papas, con objeto bien conocido; 
la castración voluntaria de los cafres y hotentotes, que se amputan 
un testículo con la esperanza de evitar así que sus mujeres tengan era- 



SOTAS EDITORIALES. 471 

barazos de gemelos, la de los sacerdotes de Cybele en la Roma del 
Imperio y la de la secta célebre de los scoptzys de Rusia, que Ucgau 
hasta la total destrucción de los órganos genitales; la incisión de la 
urétera hasta el perini-, recurso úque apelan para evitar la fecundación, 
algunos pueblos bárbaros ; la costumbre que tenían las mujeres del 
Perú y de Méjico de hinchar el pene por medio de jugos irritantes; 
y el kalang ó pedazo de madera ó de hueso que se introduce entre el 
prepucio y el glande. 

Como se vé la lista es bien larga y quizás de fatigosa lecfura, pero, 
en cambio, sumamente curiosa y original. Sorprende y espanta que se 
llegue, en la creencia de realizar un acto meritorio y con un propósito 
elevado, al extremo de destruir por completo los órganos que le prestan 
al hombre su característica de varón, y de cuya importantísima pre- 
sencia pende exclusivamente que conserve los signos pccuUares de su 
sexo, pues si somos maclios, en toda la extensión de la palabra, lo de- 
bemos tan sólo á la misteriosa influencia de los órganos genitales, así 
como la mujer es una hembra, merced íi la acción de los ovarios que se 
alojan en su pelvis. Aquello es mucho más trascendental que la deforma- 
ción, de la cabeza y sin embargo se practica. Si el doctor Magitot fíni- 
camente consigna la mutilación sexual del hombre, el distinguido 
doctor Robcrts, ha descubierto en las cercanías de Bombay, los vesti- 
gios de una práctica cruel de los antiguos tiempos, consistente en cas- 
trar las mujeres, extrayéndoles los ovarios, para destinarlas á cuidar 
de los serrallos. Esa clase de mujeres, conocidas bajo el nombre de 
hedjeras, carecían de pechos, eran de nalgas pequeñas, de catlcras 
estrechas y de pubis lampiño, presentando mucho de viril en sus 
actitudes y en su voz. Esta puede considerarse como la más extraña 
exageración de las prácticas deformatorias, cuya existencia con tanto 
tesón hemos defendido. 

J. R. M. 

EL. TEATRO INGLES. 
El artículo de nuestro estimable colaborador, señor Armas y Cár- 
denas, sobre el discurso de Morel-Fatio, y las oportunas consideracio- 
nes con que rectifica sus apreciaciones del teatro inglés nos han hecho 
recordar una docta é interesante conferencia del profesor Leopold 



473 REVISTA CCBAKA 

Schmidt, lie la universidad de Bonn, «sobre los cuatro principales poe- 
tas drami'iticos españoles,» que para él son: Lope de Vega, Tirso de 
Molina, Aiarcon y Calderón. De tal modo concuerda el parecer de 
este critico distinguido con oí del señor Armas, y tan en contra vá de 
M. Morel-Fatio, que nos ha parecido pertinente citar sus palaliras, an- 
tes de hacer algunas consideraciones propias, acerca del mismo atrac- 
tivo asunto. Dice Schmidt: «Notorio es que liasta ahora solamente dos 
pueblos de la Europa moderna poseen un teatro propio, tanto por su 
origen, cuanto por su, forma y libre crecimiento, lo que se llama un 
teatro nacional; el inglés y el español. En ambos el tloreciuiiento de 
lo poesía dramática ocurre poco más ó inénos al mismo tiempo, en la 
segunda mitad del slylo die/. y seis y cu la primera del diez y siete; 
en úmbos se nutre en una elevada y general afícion á las representa- 
ciones escénicas de que apenas podemos hoy formarnos idea, según lo 
embotado del gusto público. Pero, al mismo tiempo que esta semejan- 
za en las condieioues externas, notamos una diferencia manifiesta, que 
ofrece á nuestros ojos la poesía escénica espadóla en su plenitud bajo 
una forma muy distinta íl la inglesa. En Inglaterra surge de cutre la 
multitud de los poetas dramáticos un genio colosal, en todo el vigor 
de su desarrollo, que muestra en sí todos los grados do la perfección y 
que oscurece ú, todos sus predecesores y contemporáneos ; en España 
por el contrario la poesía dramática culmina en una serie de manifes- 
taciones que se completan, y que se deben tener presentes, si no se 
quiere correr el riesgo de rebajar el valor de su rica escena (1).» 

Pero, á nuestro juicio, tanto el profesor alemán como el francés, se 
ciegan demasiado con el esplendor del genio de Shakespeare, y deseo- 
nocen el mérito de los autores que concurrieron con él á dotar á In- 
glaterra de un verdadero teatro nacional, con caracteres peculiares, y 
no otros que los que llegaron á tan singular punto de excelencia en la 
pluma del autor de Hanüet y OtMo. Ben Johnson, á quien críticos 
franceses han llamado el mayor rival de Moliere, no dista más de 
Shakespeare, que Tirso de Calderón ; y Marlowe y Massingcr y Ford y 
Beaumont y Greene y Wesbster y otros y otros forman una verdadera 

(1) Ueh^r dk n>r bedeiittnditín Dramaliker rftr Spanier. Bonn, lío3. 



KOTAS EDITORIALES. 473 

cohorte en torno del coloso, no indigna de ayudarle en hu gloriosa em- 
presa. Esto no es desconocer que los cuatro ó cinco grandes dramáti- 
cos espnffoles (comprendiendo & Moreto) están más prósimos entre ai; 
pero esto depende de la excelsitud de Shalcespeare, genio sin rival en 
la literatura moderna; y no constituye argumento para negar el hecho 
histórico de que el teatro inglés es un fenómeno idéntico á los demás 
de su clase, cuya formación obedece k las mismas leyes y está some- 
tido á las mismas manifestaciones. Ni kun el genio crea de la nada. 



NOTAS MULIOGRAFICAS. 



Th, KiBOT. — Les Mnladiea de la Peraonnálüé. París, Félix Alc&n, 
1885. 

Se ha observado ya qnc, de las dos direcciones que vá tomando la 
psicolojíía experimental, una cada vez m&s sistemática en Inglaterra, 
Jonde subordina sus pesquisas al postulado de la evolución, y otra 
cada vez mus analítica en Alemania é Italia, donde pide á la biología 
y i la experimentación psico-fisica el mayor nfimero posible de datos, 
el eminente psicólogo francés autor de este bello libro no sigue exclu- 
sivamente ninguna, sino que combina con habilidad y tino sus resulta- 
dos, con lo qnc asegura la importancia y el éxito de sus trabajos. 

Esta nueva contribución al estudio de las anomalías del espíritu, 
como datos que enriquecen el estudio de su funcionamiento normal, 
no es menos interesante que las monografías anteriores sobre las en/er- 
medadea de la memoria y déla voluniad; y estudia con la misma copia 
de noticias y el mismo sentido crítico un aspecto verdaderamente fun- 
damental en el sujeto, la conciencia de la personalidad, si bien consi- 
derada en sus desviaciones. 

Para apreciar en nn solo ejemplo toda la distancia que separa la 
antigua psicología metafísica de la actual ciencia del espíritu, basta 
esta obra. En ella se verá cómo es posible, mc'diante el método obje- 



476 REVISTA CDBANA 

parte de la obra, y comprende los estadistas más notables desde Solón 
hasta Tcmfstocles. Ü^s notable y digna de maduro examen la vindica- 
ción de la fama de este idtimo, emprendida por Sir George contra las 
imputaciones que la oscurecían, y de que se han hecho injustamente 
eco Grote y Thirlwali, á quien directamente impugna. 

La segunda parte tratará de los estadistas que florecieron durante 
la guerra del Peloponeso. 

Sír George W. Cox es también autor de otra obra muy importante, 
intitulada Mitología de loa pueUof aryas (1870), que ha sido traduci- 
da al franci'S por Baitdry (1880). 

Isaac N. Arnold. — Life of Lincoin. New York, Jansen, Me. Clur- 

gand Co., 1885. 

Fué Mr. Arnold un consecuente amigo del estadista ¡lustre cuya 
vida escribe un estas páginas, por lo que su libro adquiere subido va- 
lor histórico. Le dan realce además numerosos documentos y cartas, 
que nos hacen penetrar muy adentro en el carácter del hombre extra- 
ordinario cuyas acciones se relatan. Entre los capítulos culminantes 
debemos seBalar el que trata de la emancipación, escrito con sumo 
cuidado y gra copia de antecedentes y noticias. La obra de Mr, Ar- 
nold completa la de Mr. Stoddart, y resulta superior á ésta, según el 
juicio de críticos americanos muy competentes. 

Alexahder JÓHHSTON. — Representolivc Jmeríwtt Orationn. New York, 

Putmans, 1885, 3 vols. 

£1 profesor Johnston no se ha disimulado las dificultades de una 
colecion de piezas literarias, que mire á más que á satisfacer el gusto 
del compilador; pero sin llegar á colmar el de todos los lectores, por- 
que esto es imposible, ha logrado indudablemente presentar una aérie 
de valiosos documentos, á la vez literarios é históricos, que ofrecen el 
cuadro completo del desarrollo do la oratoria política en los Estados 
Unido!!, dentro de los períodos culminantes de su historia, y ponen 
así á la vista del lector todas las cuestiones capitales que han tenido 
que ir resolviendo sus estadistas, á medida que se ha ido consolidando, . 
organizando y engrandeciendo la República americana, 



MISCELÁNEA. 



VÍCTOR KDGO. 



El filtimo y int'is egregio representante de la generación literaria 
que surgió en Francia después de la gran revolución, acaba de fallecer, 
cuando aún resonaban en sus oidos los ardientes aplausos que le ha 
tributado el pueblo franci's con motivo de su aniversario. Víctor Hugo 
Be ba extinguido en plena gloría, vinculando en sí la inás alta repre- 
sentación literaria de una des la más cultas naciones contemporáneas, 
y teniendo todavía con mano íirmc el cetro de la poesía del siglo, que 
lo ha aclamado incesantemente como su mayor poeta. En su patria, 
su nombre, según acaba de decir elocuentemente Renán, había llegado 
á ser un símbolo, casi una personificación del sentimiento nacional; 
en el resto del mundo civilizado se le consideraba como una excelsa 
figura, gloriosa para toda la humanidad, por el deleite, la enseñanza y el 
ejemplo que ha sabido dar k tantos millares de almas en sus libros in- 
mortales. Kn esta edad de transición y de combate, ha sido un verda- 
dero genio, un vidente y un creador, que ha podido contemplar y com- 
prender k la vez el pasado y el presente, para fundirlos en su obra, y 
sacar de sus elementos combinados nuevas formas que enriquecen ya 
el legado que han de recibir los venideros. Innovador osado y feliz 
deja estampado su sello en una hermosa lengua, ha ensanchado los 
dominios del arte poético, y ha esparcido I^ todos los vientos, hasta los 



478 KEVIHTA CUBANA 

Últimos confines de la tierra habitada, nuevas ideas, nuevas doctrinas, 
capaces de regenerar — si hay para ella regeneración posible — la espe- 
cie humana. Los que ú tanto alcanican son los i'inicos inmortales. 

Llegará, sin duda, para el ilustre poeta la hora del juicio pósluroo, 
la hora de la crítica fría y desapasionada ; pero no es de temer que 
amengüe sus titules legítimos k la verdadera gloria. Su obra es sólida 
y magniñca; fiun cuando algunas partes eedan al embate del tiempo, 
lo que ha de quedar forzosamente en pié es tan grandioso, que cons- 
tituirá hasta las mus remotas edades un monumento insigne del génío 
y la grandeza del hombre en nuestra época. 

U inSTRDCCIOIl PDBUCU El COSTA RICA. 

La extraordinaria atención que presta el gobierno de esta pequeña 
república á la instniecion del pueblo, obligatoria según las leyes vigen- 
tes, se comprueba con el hecho de que asisten actualmente á loa esta- 
blecimientos de educación 30,000 niSos; siendo la población total de la 
República de 200,000 habitantes; loque dá una proporción de 3 alum- 
nos por cada 20 habitantes. Según los viajeros, en ningún otro país de 
la América Latina se cuida tanto de la educación de las mujeres. 

HARC MOHHIER. 

La muerte de este eminente literato y publicista francés puede 
considerarse hoy particularmante una pérdida verdadera para los 
amantes de las letras, porque interrumpe la publicación de su obra 
más considerable, su Hintoire Genérale (h Ja LUféralure Moátme, 
cuyo primer volumen, que comprende desde Daiite hasta Lutero, 
constituye uno de los cuadros miJs animados é interesantes que hasta 
hoy se han trazado de esa época literaria, tan rica y fecunda para el 
estudio del espíritu humano, conocida por el Senaolmienln. El libro 
de Monnier no es tanto un trabajo de erudición, por m&s que la del 
autor sea sólida y extensa, cuanto un verdadero estudio crítico de las 
diversas literaturas europeas, hasta el siglo xvi, que busca las mutuas 
inBuencias y muestra su íntima trabazón con claridad y precisión con- 
siderables, constituyendo una obra singularmente amena y provechosa, 
sin igual en ningún otro idioma. Esta primera parte se publicó el aSio 
pasado; la segunda que dcbia abrazar desde la Reforma hasta la Rcvn- 



MISCELÁNEA 479 

lucion no se ha dado aún íi la estampa, pero suponemos que el autor 
debía tenerla concluida y que no tardará en ver la luz. 

JIonnitíT nació en Florencia, de padres franceses, por los años de 
1828, y ha sido profesor de literatura en Ginebra, por espacio de ca- 
torce afios. Falleció á finca del pasado Abril. Sus obras bístúrieas so- 
bre la Italia meridional y particularmente Sicilia son muy estimadas, 
y entre sus numerosos trabajos literarios se distinguen sus estudios 
sobre la historia del teatro, publicados en 1868, con el titulo de Los 
abuelos de Fígaro. 

BaRoS ELEaRICDS. 

Según La Lumicre éUctrlqiie, el doctor Berkholz, director del es- 
tablecimiento de baños de la Commandantcu Strasse, en Bertin, trata, 
con buen excito, por medio de baños eléctricos, los casos de isquias te- 
naces, de temblores, de neurostemia cerebral y espinal y de reumatis- 
mos crónicos. Emplea á este efecto las corrientes farAdicas y las galváni- 
cas, cuya intensidad se regula según las condiciones individuales. 

El baño eléctrico dura cerca de un cuarto de hora. S¡ la acción ha 
de ser general, se pone en comunicación con el fondo del baHo uno de 
los electrodos, y el otro en las manos del paciente. Si se quiere, por el 
contrario, una acción local, se coloca la región enferma entre dos an- 
chos electrodos de cobre. 

U ARODEOLOCIA EH NDEVA YORK. 

Los miembros del Instituto Arqueológico Americano (Archceólo- 
gical Institnie of Avierica) residentes en Nueva York han formado 
una Sociedad especial, en consonancia con la nueva organización que 
ha recibido esta institución, de la que continúa siendo dependiente, y 
k semejanza de las que ya funcionan en Boston y Baltimove, y de las 
que están en vías de formación en Priccnton, Washington, Philadclpbia 
y otras ciudades de los Estados Unidos; todas las que han de convertir 
al instituto central en una federación de organizaciones locales. 

El presidente de la Sociedad Arqueológica de Nueva York, que es 
el nombre de la sucursal, será Mr. F. J. de Peyster, y Mr. Robert 
Hobart Smith, el tesorero. La Sociedad se propone dar en esta primave- 
ra un curso de lecturas populares sobre antigüedades tanto americanas, 
como clásicas, en Columbia College, y organizar expediciones cien tincas. 



480 REVISTA CUBANA 

Ya, gracias á la liberalidad de uno de sus miembro?, la sefionCa 
Catalina L. Wolfe, una primera expedición neoyorkína se encuentra 
explorando las partes menos conocidas del Asia Menor, dirigida por 
el doctor J. lí. S, Sterett, de la Escuela Americana de Estudios Clási- 
cos en Atenas, bien conocido por sus investigaciones en esa misma 



El general Zelcnoy, comisionado ruso para la limitación de la fron- 
tera afgan, ha presentado ü la Sociedad Geográfica de Rusia un infor- 
me sobre el Afganistán, en que dice de Herat lo siguiente: 

«El distrito más fértil de la meseta irania es Herat, con su excelen- 
te suelo y sus ríos. Las cosechas son siempre buenas; hay dos al afio, 
y rinden cuarenta por imo. El tabaco también se coseclia dos veces al 
aflo; en cuanto al opio, lo importan de la India, por la vía de Canda- 
har. El algodón es de dos clases, blanco y moreno. De la lana sacan 
telas, que exportan para la India y hasta para Inglaterra. Los caballos 
de los Hazams son famosos y superiores los á loa de Turcomanos. La seda 
que so produce se consume allí mismo, pero el hierro y el plomo se es- 
portan. Herat es el centro del comercio de la Indio, Pers'ia, Mar Caspio, 
Oremburgo y Samarcanda. Tiene rutas que la comunican con Canda- 
har, Meshed, Scistan, Merv y Maimona. Se dice que el camino de 
Herat á Meshed es transitable para carruajes; lo que debe ser cierto, 
puesto que las tropas persas lo han recorrido varias veces con artillería. 
Hqrat, como todas las ciudades y hasta aldeas afganos, está ceRida por 
un muro de arcilla seca, que mide como una milla por cada lado y 
cuarenta pies de alto. El íbso está lleno de agua; y los ingleses cons- 
truyeron un glacis, en 1838. Sus seis puertas están defendidas por 
torres do ladrillo. A la extremidad noroeste se levanta una cindadela 
también de ladrillo?, que se llama Chakhar Bag. Recibe el agua del 
Heri Rud*. El general concluye citando un proverbio corriente en 
el Khorasan, y según el eual fsi se pudieran reunir el suelo de Ispahan, 
la fresca brisa de Herat y el agua de Khwarcsm, el hombre sería in- 
mortal*. 



LA química y la BIOLOGÍA. 



La importancia de la nplicaeii>n del estudio químico, ú la ciencia 
de la vida por una parte, á la terapéutica por otra, us una verdiirl ya 
suficientemente comprobada. Si desde la época de Lavoisier hasta 
nuestros dias lia entrado la etiología en una senda progresiva; 
si se han adquirido iniraerosos conocimientos de detalle, que untes 
permanecían velados en el al>¡smo de lo desconocido; si se Imn alcan- 
zado muchas conquistas positivas; si, descubierto un secreto, se ha re- 
percutido en el cerebro tantas veces multiplicado cuanto mis número- 
rosos hayan sido los nuevos problemas que de su descubrimiento han 
brotado; si de esa manera se ha visto dilatada la mirada, y ampliado 
iad^ Unidamente el círculo de la ciencia, preciso es convenir que en 
esta obra de regeneración, de verdadero renacimiento bajo las fecun- 
das exploraciones del método experimental realizado, tocan á la Quí- 
mica, generosa colaboradora, brillantes triunfos, resultados efectivos y 
basta inesperadas perspectivas. Empero, ni somos ni queremos apare- 
cer sistemáticos : por muy elevado que sea el eriterio químico en las 
cuestiones biológieas, por valiosos que hayan sido, y deberán seguir 
siéndolo, los servicios que aquella ciencia ha prestado y prestará aán á 
aquellos otros dos ramos de nuestros conocimientos, no llega ni llegará 
en sus exigentes aspiraciones, como m&s do una imaginación se ha 
complacido en soñarlo, á arrancar ü la biología de su terreno propio, k 
juNio.-ises. n 



482 REVISTA CDBaNa 

borrarla del cuadro de las ciencias, para que, Iiuinildo y despojada de 
8U aureola, se reduzca á \in capítulo mus ó menos extenso de la 
Quiínica. 

Cuando reflexionamos en esas notables diferencias que existen en- 
tre los cuerpos orgánicos y los inorj:;ánico3, relativamente á la estruc- 
tura y disposición de las partes elementales; cuando, químicamente 
considerada la cuestión, encontramos tan elevado el carácter del a^ru- 
pamiento molecular, que concedemos hoy propiedades diferentes á 
cuei-pos idL'nticaincntc constituidos, y vemos ese carácter tan numero- 
sas veces ofrecido» en aquellos primeros cuerpos, y tan pocas en los 
otros; cuando contemplamos la materia modelada en el organismo de 
una manera tan especial y complexa, no podemos vacilar cu admitir 
que, por una ley positiva, íi esa modalidad particular y exclusivamente 
propia en la forma estática, de>e corresponder, tan sólo por el hecho 
de esta variación, un «rden también especial de fenómenos, una acti- 
vidad autonómica, una manifestación dinámica, característica, imposi- 
ble de idcntilícar con la quo preside al modo de ser puramente físico- 
químico de esa misma materia. Esa sencilla idea de disposición y 
estructura diferentes; esa asociación molecular, di: más elevada cate- 
goría que la que los cuerpos brutos nos ofrecen, resultado de la unión 
de principios inmediatos de orden diverso, que concurren á la consti- 
tución del elemento anatómico, pregonan, á ta altura del positivismo, 
la necesidad de un conjunto diferente de propiedades. Resueltos los 
cuerpos orgánicos en sustancias dotadas de atributos, de que las de los 
minerales carecen, ofrecen, en virtud de esas propiedades especíales, 
una lisonomÍH peculiar, en que se resume esta gran síntesis final: la 
la vida; vida, que enérgica y palpitante se agita en nosotros y en de- 
rredor de nosotros. 

Esos atributos, esas formas de manifestación diferente, son, preciso 
es considerarlo así, si no queremos caer en pasados errores, en hipóte- 
sis deleznables y soSadoras, son propiedades particulares inherentes k 
la diversa modalidad de la materia, inmanentes á la misma, usando la 
frase consagrada por la filosona positiva; tan inmanentes y con la mis- 
ma razón de existencia que pueden serlo para los cuerpos brutos la 
elasticidad, la dureza, la acidez, la alcalinidad. Y no hay que prcgun- 



LA (ICIIMICA Y LA BIOLUCÍA 483 

tar el por quó de esa razón rje ser. £1 límite de nuestros conocimientos 
es el mismo en los fenómenos de la materia inorgánica que en los de 
la sustancia viva; en una como en otra sólo alcanzamos el cómo, jamás 
c! por qué. Cuando hemos logrado determinar la condición de existen" 
eia de un fenómeno, inútil es pasar míis allá. Sabemos que una mo- 
lécula de carbono y dos de oxígeno forman ácido carbónico; sabcraoi 
la condición de esia combinación, pero el por qué lia de formarse aquel 
cuerpo en esta condición es lo que para nosotros constituye, y proba- 
blemente sei;uin'i constituyendo, un misterio. »Si en fisiología demos- 
trames, por ejemplo, dice Ci. Bernard, que el ó.\ido de carbono mata, 
uniéndose niíis enérgicamente que oí oxígeno íi la materia del glóbiilo 
de la sangre, sabemos todo lo que podemos súber respecto de la cansa 
de la muerte. La experiencia nos enscñu que falta iinu pieza en el 
mecanismo de la lida. El oxígeno no puede penetrar ya en el organis- 
mo, p-jrqiie le es imposible desalojar del glóbulo al óxido de carbono. 
Pero, ¿porqué tiene éste más afinidad que aquel gas con el glóbulo? 
,'Por qué I;i introiluccion del oxígeno es indispensable á la vida? 
Esto 03 el límite de nuestros conocimientos, y suponiendo que lo- 
grásemos llevar aún mis lejos el análisis experimental, encontraremos 
siempre una causa sorda, ante la cual nos veremos obligados á dete- 
nernos, sin tener la razón primera de las cosas). 

Hsas propiedades, piies, son la expresión propia de la materia or- 
ganizada, la enérgica frase que acentúa todo un conjunto de fenóme- 
nos, que si tienen, y es ineludible que tengan, mucho de común con 
los de orden cosmológico, conservan y sostienen, sin embargo, la inte- 
gridad de su modo especial do ser. Esas propiedades son las que se 
caracterizan con el nombro de vitales. No constituyen un principio, 
como aun en nuestros dias se pregona todavía; tampoco son un resul- 
tado, como el organicismo proclama. Por más que se diga, por más 
que el cerebro se deje adormecer por esas halagadoras inspiraciones, 
que hacen creer resuelto un problema con el cneadenainiento do ideas 
puramente subjetivas, preciso es dejar que las generalizaciones descan- 
sen, que la inteligencia repose de ese eterno anhelo de aprhrt, que 
tan lenta y trémula y vacilante ha hecho la marcha de la ciencia en 
épocas anteriores. La medicina se encuentra en pleno período de tran- 



484 REVISTA CDBANA 

EÍcion. La inteligencia, como acabamos de decir, fatigada de síntesis 
prematuras, de generalizaciones incompletas, falsas íi menudo, insoste- 
nibles casi siempre, hace alto en mitad de la jornada, se proporciona 
una tregua en medio de la luclia, y encontrando abiertoí nuevos borÍ- 
zontes con el diario y rápido incremento de la histología y de la hia- 
togcncsia, se entrega infatigable mI análisis en una senda desconocida 
para los que nos precedieron. Construimos con nuestras propias manos 
el cdiliflo del porvenir, y puesto que ha de abrigarnos, y á la genera- 
ción que nos sucedii, hagámoslo con la verdad, y no con la ilusión; 
construyámoslo con el análisis, que fccundina, no con la síntesis pre- 
matura é incompleta, que esteriliza; esperemos á tener suficiente aco- 
pio de materiales, para preguntar entonces al elemento histol6gico su 
función final; para sintetizar después en el conjunto de verdades 
pacientemente conquistadas, las leyes del mundo organizado; para 
averiguar á la altura á que la inteligencia humana puede lle- 
gar, el secreto de esa multiplicidad de formas y de funciones que 
constituye la vida. Entre tanto el trabajo no es peixlido, porque 
de cada nueva conquista, de cada detalle descubierto, van despren- 
diéndose importantísimas aplicaciones, que realiza en el mismo campo 
de la fisiología primero, de la patología después, de la terapéutica más 
tarde. «¡Paso á las ciencias íTsicas y químicas en el vasto campo de la 
vida!* han dicho unos labios llenos de ilustración y elocuencia: los del 
Dr. Mata. Gomo él gritamos nosotros: ¡Paso á las ciencias físicas y 
químicas en el vasto campo de la vida! Pero cuidado, ¡que llegará un 
momento en que detendremos ese paso! Será aquel en que la ciencia 
de la atracción y la de la atomicidad quieran sustituirse ú la de la 
vida. La colaboración, sí; la absorción, de ninguna manera. 

No somos, ciertamente, de aquellos que tienen para los antiguos, 
para las severas sombras de los Hipócrates y Galenos, de los Baglivios 
y de los Sydcnham, sonrisas de ironía en los labios, inspiraciones de 
burla en la conciencia; pero tampoco somos de los que k todo trance 
queremos encontrar necesariamente en una frase, tal vez sin gran in- 
tención escrita, en cada renglón de aquéllos, una interpretación a pos- 
teríori, y por lo mismo sospechosa, que envuelva, poi consecuencia, la 
idea de que cada conquista moderna, cada creación de nuestros dias. 



LA QütuiCA Y LA BIOLOGÍA 485 

sobre todo en el dominio de las especulaciones, so encontraba algo más 
que en germen en los cerebros de aquellos grandes hombres. No, no 
somos de los que en el insomnio que provoca una idea sistemática, 
buscamos y rebuscamos una línea que, incubada en la atmósfera de 
nuestras propias inspiraciones, nos haga exclamar á cada paso: ¡Ya 
Hipócrates lo habia dicho! ¡Ya Sydenhan lo había comprendido! Aque- 
llos vastísimos entendimientos carecian de los inmensos recursos de 
exploración de que nosotros disponemos; tenían que contentarse, las 
más de las veces, con la observación pura; tenían que aceptar loa he- 
chos fisiológicos y patológicos con toda la variable espontaneidad con 
que se manifiestan, y como (inica palanca, como solitaria brfijula, su- 
pieron manejarla ardorosa, infatigablemente; y dotados de verdadero 
genio, sellaron más de una vcx con el caricter de la exactitud las ins- 
piraciones do sus inteligencias, las revelaciones de sus cerebros. Supie- 
ron ver, supieron observar: hé aquí su gran mérito, y tanto, que fi 
través de la ineomensurable amplitud con que la ciencia se ha dilatado, 
á través de la inmensa distancia recorrida, señalan todavía como im- 
perecederos recuerdos, verdades ante las cuales inclinamos, respetuo- 
sos, la cabeza los hombres de hoy. 

Sólo que, como acabamos de decir, el círculo en que actualmente se 
mueve la ciencia se ha acrecentado de una manera colosal ; á la observa- 
ción pura, á la comparación y al criterio puramente subjetivos ha su- 
cedido la experimentación con su evidente carácter de actividad 
investigadora, con su seguridad en las condiciones en que plantea los 
problemas, con su enérgica intervención para provocar el fenómeno 
que necesita estudiar, y que por sí sólo, ó no se rcvclaria, ó se ofreceria 
tarde ó en circunstancias que, lejos de aclarar, oscurecerían la resolu- 
ción de la cuestión ; ha sucedido ese método explorador con infinidad 
de recursos de que ellos no disponían, con esa inagotable variedad do 
instrumentos de exquisita sensibilidad, de admirable exactitud, quo 
poseemos, con esas valiosas conquistas que las ciencias accesorias han 
realizado, y con las que tantas ilusiones científicas, tantas soñadoras 
teorías, hija de la falla conveniente de análisis, se han desvanecido. 

Por esto es que, partidarios de la escuela de Comte y de Littré, no 
seremos nosotros seguramente quienes vengamos á proclamar el vita- 



REVISTA CUUA.NA 

una hipótesis que pertenece k la historia, cadáver que no es 
ilvanízar hoy ni con todo el fluido de los cerebros que íiun 
an en soHar; tampoco sci-éinos de los que prcj^onen el orga- 
por más que envuelva indiscutibles principios. Aceptamos 
nte las manifestacioues del orf^anismo corno propiedades vi- 
cl sentido de que se desenvuelven durante la vida, como 
la materia or;^anizaila. NI nos explicamos, ni siquiera inten- 
scar, el por qut'; la fibra muscular es contríictil, por qué las 
iteriorcs de loí nervios h.in de ser exclusivamente sensibles, 
iriores motoras ; ile acuerdo con la escuela positivista, nos 
nos con averiguar las condiciones de esos Ten órnenos, su loca- 
sus relaciones con otros, y con fiuinular una ley cada vez que 
icia de esas mlsmiis relaciones lo permita, 
bien; esas [iropiodades vitah;*, esos atributoi que aparecen y 
uelvcu íi merlida qui? se |ire4cntan y ilesarrolUu los clc- 
bistológicos, i'i medida que haciéndose iníis complexo td 
irganizador, originan el tejido, el órpano, el individuo 
cnitud de su ser estático; esas propieda'les elementales, 
idas desde que el óvulo es lecundado basta que, roto el equi- 
ú por la cesación de acción de uno ó más de los elementos 
i esenciales para la existencia del conjunto, se extingue el in- 
esas son las que caracterizan el ser organizado vivo, las que 
n la independencia científica <ie la fisiología entre los demás 
I saber; independencia á que otr;is cRpccubicloncs nos con- 

;n la cumbinacion química algo nníil<i;ro á la vida: es la es- 
dad del (cnómeno, daibis las condiciones de su producción, 
iquclla éste es instantáneo, y uno de .'¡iis caraetéros la estabi- 
secntíva del compuesto originado. Ksa estabilidad, pcrsisticn- 
BZ desvanecidas las condiciones que originaron la reacción, 
n precioso recurso, (pie se ha aprovechado para <listinguir el 
I físico del químico, y no lo os luéiins para direrenciar éste del 
de cualquier orden que sea. I.a reacción química del labora- 
sladada al individuo vivo, pierde su carácter de estabilidad, y 
to, que precisamente en lo perennemente mutable, en esa 



LA QUÍMICA r LA BIOLOGÍA 487 

Íustiibili<iai.t, cu es» movilidittl de todas las hora?, de cadn segundo, se 
apoya el equilibrio orgi'iuieo cu que se resumen las propiedades vitales. 
En vez de resistir el fenómeno ofreciendo siempre igual fisonomía, se 
renueva, por el contrario, constantemente, por esa misteriosa, pero 
regular y permanente, dinámica entre el movimiento de composición 
y de descomposición. Todos los fenómenos que liemos estudiado son 
evidentemente químicos, muchos de los que no hemos podido penetrar 
lo son también; pero el secreto que los cspceíaliza en esa producción 
y reproducción incesantes do elementos orgánicos y de principios in- 
mediatos, la ley que ú esa coustvintu evolución domina, y que contra- 
dice, hasta cierto punto, hi modalidad du las reacciones fuera del 3i''r 
vivo; la conciencia propia y ajena da la conservación de la forma en 
medio del trabajo proj^resivo ó regresivo del individuo; la persistencia 
un día tras otro de la unidad del ser á través del torbellino molecular 
de todos los instantes, la imposibilidad de una realización completa del 
acto qnimic», son clreunslancias que cvÍ<lcntcmotitc colocan al ser 
fuera del dominio exclusivo de la Química, que proclaman la verdad 
de la autonomía de la fisiología como ciencia. 

Por más que la inteligencia se esfuerce, nada hay que revele, en 
las leyes ni en los fenómenos de la Química, esc cuadro especial que 
forman la contratilidad, la inotncidad, etc.; nada que haga vislumbrar 
una analogía entre la afinidad, por ejemplo, y la sensibilidad. Esta es 
un fenómeno desenvuelto en el período de la vida y sólo durante ella; 
es una propiedad vital, de la que los Icnómenos químicos no pueden 
absolii I amenté dar idea, y el estudio de sus eondieiones de origen, de 
desarrollo, el análisis de sus manifestaciones, de sus formas reales ó 
posibles de perturbación, de sus relaciones con las otras propiedades, 
todo esto justifica la creación natural de una ciencia, que por ninguno 
de los principios que ú las otras constituyen se vé explicada ni com- 
prendida, 

¿No es singularmente peregrino que trate de invadir el campo de 
la biología una ciencia, que en mucha parte debe su engrandecimiento 
á los elementos que el estudio de los cuerpos orgánicos le ha propor- 
cionado? ¿No ha tenido la Química que modificar sus leyes y sus sín- 
tesis y sus teorías á medida que profundizaba el examen de aquéllos? 



488 REVISTA CUBANA 

Es preciso reconstruir diariamente la síntesis doctrinal de nuestros 
conocimientos, y considerar esta obligación como una sefia! de conti- 
nuo progreso de la ciencia, no como una señal de incertidumbre de 
nuestros conocimientos, ha dlcKo un célebre escritor positivista; y, en 
efecto, al abandonar la Química el cuerpo bruto y el organismo muer- 
to, al querer encerrar los fenómenos de la Química viviente en el cua- 
dro de sus investifjaeiones y generalizaciones pasadas, le será preciso 
modificar sus leyes anteriores, relacionándolas con los nuevos hechos, 
poniéndolos de acuerdo con las modificaeiones que la vitalidad les im- 
prima, como las modificó en parte al pasar del estudio del cuerpo bru- 
to al de la materia orgánica; y esas necesarias variaciones serán el 
lógico reflejo con que la ciencia de la vida, k su vez, cu oportuna reci- 
procidad, ilumina el horizonte de la Química. Así lo han comprendido 
Lehmann, Liebíg y otros : sus obras no se titulan simplemente Quími- 
ca; comprendieron que hay algo de especial en el orden de fenómenos 
que analizaban, y esas obras tuvieron que ser denominadas Química 
fisiológica. Química animal. 

Claro es que en ese engrandecimiento sucesivo de la ciencia de las 
reacciones, puede ésta, en virtud de las frases hace poco copiadas, co- 
locarse en un punto de vista tan elevado, que al abrazar míis amplía 
perspectiva alcance tan alta síntesis, que se cierna ésta sobre toda la 
biología; pero esto no destruirá nunca el carácter que como ciencia 
reviste. ¿Con que otro ramo de los conocimientos no es posible hacer 
otro tanto? Con la idea del número, liasta la moral quedaría fundida 
en las matemíiticas ¡ con la teoría dinámica del calor, hasta la política 
no sería más que un capítulo de la mecánica; con la concepción del 
agrupamiento molecular, todos los conocimientos so rcsumírian en la 

Aim cuando la Química consiguiera esa síntesis tan elevada en una 
vía aceptable, nunca destruirla la autonomía científica de la biología. 
Gracias á Comtc, se lia sistematizado la gcrarquía de las ciencias, se ha 
especificado que «existe una subordinación racional y necesaria del 
estudio positivo de los cuerpos vivos á la filosofía natural inorgánica; 
pero por esta misma razón se hace preciso determinar el carácter de 
esa subordinación, á fin de preservar de todo ataque serio la originali- 



LA QÜÍMIOA Y LA BIOLOGÍA 489 

dad de la biología, contÍDU)tment« expuesta íi las pretcnsiones exage- 
radas de las teorías flsico-qufmícas, que, desentendiéndose délas nocio- 
nes generales y particulares que la Anatomía proporciona, tienden k 
transformar á la fisiología en un simple apéndice de su dominio cientí- 
fico. Las propiedades Rsicas tienen un caráctfi' mus general que las 
químicas, y éstas que las biológicas. En primer término se encuentran 
las matemáticas, primeras en sencillez y fecha; éstas abren la puerta á 
la astronomía y física, que es preciso saber, para pasar ú la Química, y 
sin ésta es imposible comprender la biología. Cxistc, pue?, un encade- 
namiento, que no sólo es didáctico, sino histórico y natural ; encade- 
namiento que subordina unas ciencias á otras á medida qtie se hacen 
más complexos y menos generales los fenómenos, que establecen una 
serie jerárquica de tal valor, que por ella puede toda doctrina conver- 
tirse en método respecto de las que le siguen en el orden mencionado.f 
Y' lejos de implicar esa jerarquía anulación de una ciencia, reconoce, 
por el contrario, sii independencia como tal en el círculo de los prin- 
cipios que le son propios. 

Todavía en otro círculo de ideas podemos encontrar fundamentos 
para la verdad que aspiramos á dejar establecida aquí. Hemos men- 
cionado ya la indispensable movilidad de las combinaciones vivientes, 
como opuesta ú la estabilidad característica de las inorgánicas; difercn- 
eía de tanto valor, que, como dice Claudio Bcrnard, si un elemento his- 
tológico llega i'i contraer con lo que le rodea combinaciones demasiado 
estables, cae en la indilércncia química y cesa la vida. Además, la de- 
terminación de los compuestos, que tanto se dificulta en Química or- 
gánica, los fenómenos, tan poco comunes en los cuerpos inorgánicos, 
de isomería, alotropía y catálisis, y tan frecuentes en el individuo vivo, 
parecen indicar que hay algo de especial, que interviene para modifi- 
car las reacciones en algunos de sus caracteres. — ¿No llama, por otra 
parte, la atención que entre los numerosos cuerpos elementales que 
existen, sólo unos pocos sean capaces de organizarse y vivir? Ya he- 
mos visto que el oxígeno, el ázoe, el carbono y el hidrógeno, tomado 
bajo diferentes formas por la planta, sufren por procesos desconocidos 
una elaboración sorprendente, por medio de la cual, de simples cuerpos 
gaseosos pasan á revestir la forma tan especial, la estructura de los 



490 KEVISTI CUBAMA 

irincipioa inmediatos. Y ea que al penetrar aquellos elementos en el 
necaiiismo misterioso del vegetal, las propiedades vitales entran en 
streclia relación con las flsico-quf micas, de cuyas fuerzas convetgen- 
69 resultan fenómenos que absolutamente encuentran sus anilogot 
ucru del organismo. Verdad es que hay en el hecho químico cierta 
spontaneidad, cierta electividad; pero esa espontaneidad y electividad, 
nucho más variadas y enérgicas y múltiples, é incesantemente repro- 
iucidas del hecho biológico; esa propiedad directriz de la evolución 
ital; ese hecho único para la materia organizada de ser la economía 
itip de un conjunto de actos cuya verificación aimuU&nea representa, 
liéntras dura, condiciones nuevas, est¿ticaa y dinámicas, que traen en 
IOS la .manifestación de otros actos cada vez m^ complexos ; esa multí- 
Hcidad de formas, esa espontaneidad tan característica del ser vivo, 
sa cesación de las propiedades de orden org&nico coincidiendo con 
ambios moleculares apreciahles de los elementos anatómicos ¡ ese des- 
nvolvimiento fijo, regular, que k través de la inconstancia molecular 
icrmite al ser organizado recorrer la serie de las edades; esa fisonomía 
spccial, que cada individuo imprime en la sucesión de las generacio* 
ics en que se reproduce y que crea la forma típica de la especie y 
iroclama la perpetuidad de la misma; esa actividad para los raovimien- 
os, y lo que es más, esa energía centralizadora, que los coordina y 
rmoniza; esa contractilidad, que es el sello característico de la fibra 
Quscular; esa propiedad motora y esa sensibilidad, rasgos distintivos 
le la fibra nerviosa; ese mundo de pensamientos, de juicios, de voli- 
iones que constituyen la vida intelectual y afectiva, y que proclaman 
fi indiscutible supremacía del ser humano ¡ todo ese conjunto palpitan- 
e de acciones y reacciones, de un orden especialísímo, es el que en 
ano se esforzarla la Química en explicar, es el que eternamente cons- 
ituirá el sólido pedestal sobre el que levanta triunfante y satisfecha 
i fisiología su autonomía científica. 

Sí; la doctrina de las propiedades elementales es un sistema prch 
lio, que no puede confundirse con ningún otro orden de ideas cíentC- 
icas, porque se apoya en la contracción, en la inecvacion, en el 
lesarroll o progresivo, en la reproducción típica; elementos todos que 
i, con otros ya citados, proclaman por un lado que la materia viva 



LA QDÍHICA Y LA BIOLOGÍA 491 

esti BORietída k las mismas reacciones y fuerzas que la del mundo ex- 
terior, por otro prejTonan todavía m&s alto que hay una especialidad 
característica de actividades en cada elemento, de cuya manifestación 
resulta la originalidad de la biología, 

Hasta hay en el rápido desarrollo que esta ciencia ha alcanzado, 
ciertos fenómenos que revelan incuestionablemente la supremacía del 
orden vital sobre el hecho químico. Cuando Claudio Bcrnard secciona 
el simpático mayor k In altura del cuello, produciendo una enérgica 
actividad circulatoria cefídica y facial, con dilatación do las arterias 
capilares y aumento de temperatura; cuando galvanizado por el mismo 
el extremo superior del simpático dividido, origina una serie <le fenó- 
menos opuestos; cuando excitando el nervio de la cuerda del tímpano 
que v& ¡i la glándula suhmaxilar, observa esc mismo fisiúlogo aumento 
de la circulación capilar y dilatación de las arteriolas, hasta salir la 
sangre por la vena de la glándula con todos los caracteres de la arte- 
rial; cuando, en fin, en virtud de la acción vaso-motora, provocada en 
estos experimentos, se ha comprendido que modificada la vitalidad 
del elemento anatómico, se modifican también los fenómenos químicos 
desarrollados en el medio intra-orgánico al rededor do esos mismos 
elementos; ¿no so reconocerá desde luego en estos casos la supremacía 
del hecho biológico sobre el fenómeno químico? ¿No conduce á la misma 
consecuencia toda esa serie de estudios modernos de Mr. Pastciir sobro 
la fermentación, en los que, trocándose los pretendidos papeles, lejos 
de ser la Química la que tiende á explicar el fenómeno vital, es, por 
el contrario, el hecho real de la vida el que vá fi proporcionar al quí- 
mico la resolución de un problema contra el cual se estrellaba la cien- 
cia? Si la fermentación no es ya un simple fenómeno de contacto ó de 
movimiento comunicado; si es la evolución molecular originada por la 
presencia de gérmenes que encuentran en las sustancias fermentesciblcs 
los elementos de nutrición necesarios para desarrollarse, para organi- 
zarse completamente, para reproducirse, ejerciendo desde ese momento 
su acción transformadora sobre aquellas sustancias — ¿no se observa 
hasta cierto punto también en este caso la dependencia en que se ha- 
lla el fenómeno químico de la propiedad vital del desarrollo? ó con 
mal «xtctítud^^no ion doi heehoi qua gonMrvaado eada cual la in* 



REVISTA CDBAHA 



tegridad de su modo particular de ser, se relacionan recíprocamente, 
sin posible confusión? 

«El estudio de los cuerpos organizados, dice Mr. Naquct — que, sin 
embargo, es químico, y de los máa eminentes por cierto, — no pertene- 
ce al dominio de la ciencia de las reacciones, sino al do la biología. Si 
en este punto se aproxima ésta á aquélla, sólo es para pedirle luz, como 
la misma Química la pide li la tísica, y ésta !>, las matemáticas*. Y así 
tiene que ser, pues, ])or elevado que sea el auxilio que le preste la 
ciencia de la atomicidad, hay, sin embargo, otro orden de exploracio- 
nes que constituye el recurso propio y especial de la biología: la expe- 
rimentación fisiológicn ; y si es cierto que el principio y el método son 
los dos grandes elementos que decretan la autonomía de una ciencia, 
preciso es convenir que, aun en este sentido, sabe conservar su catego- 
ría la fisiología. Cuando Garlos Bell y Magendie localizan, con la sec- 
ción de las raíces anteriores de los nervios raquidianos, la motricidad, 
y con la de las posteriores, la sensibilidad ; cuando K^illikcr y Claudio 
Bernard aislan la contractilidad en el músculo por el curare, la sensi- 
bilidad en el nervio por el sulfocianuró de potasio y la estricnina; 
cuando este último célebre físiólogo fija la actividad del nervio motor 
en la periferia, y la del sensible en la médula, demuestra que el estado 
de función en el músculo es conveniente á su nutrición; cuando We- 
ber y Valentín miden la energía funcional de esos inísmos órganos, y 
Helmoltz la velocidad de tramision del acto nervioso; cuando Hei- 
denhein, Fick, Béclard aplican los admirables estudios mecánicos del 
dk calor la produecione la temperatura animal, y á su transformación 
en movimiento; cuando se encuentra la acción refleja, fenómeno positi- 
vo, sustituyendo á la simpatía, fenómeno especulativo; cuando Marey 
introduce sin vacilar las ámptilas del cardiógrafo en la yugular y en la 
carótida de un caballo, sin extinguir su existencia; cuando el ya tantas 
veces citado Claudio Bernard sepulta el escalpelo entre la arteria que 
late y la vena hinchada por la sangre que en ella circula, fijando aquél 
el ritmo de los movimientos, el secreto de los ruidos del corazón, y 
demostrando éste la acción vaso-motora del simpático mayor; cuando 
esos decididos colonizadores de la ciencia arrancan tantas y tan impor- 
tantes revelaciones á la fibra palpitante, tan escondidos misterios al 



U QcflflCA T LA BIOLOaÍA 493 

ser en la plenitud de su existencia, el químico desaparece ante la es- 
plendida luz que la fisiología, con su método propio, proyecta por do 
quiera. Al lado del reactivo csti el escalpelo, y si descendiendo aquél 
hasta la intimidad atómica del individuo le arrebata sus secretos mo- 
leculares, profundizando éste igualmente, interrogando fisiológicamen- 
te al elemento anatómico, sorprendiéndolo en la espontaneidad de su 
actividad elemental, hace algo m^ que fecundar el terreno de sus con- 
quistas; imprime el sello do la independencia á la ciencia de que ese 
mismo método experimental es fiel intérprete. £1 método experimen- 
tal, sí, quo al revestir su carácter peculiar de determinar todo hecho 
cientiííco, es decir, de referirlo á una causa inmediata, y explicarlo 
por ella, entra perfectamente, por más que diga Mr. Caro, y como lo 
ha dcmastmdo Mr. Nnytz, en un brillante artículo de la Sevue positi- 
vc, en el cuadro de esa fecunda doctrina que, revelada por Comte, han 
sabido ilustrar y propagar los Littré y los Robín. 

«Aun cuando se considerase como demostrado, dice el autor de la 
fíiosoíTa positiva, lo que apenas permite vislumbrar el presente estudio 
de la fisiología, que los fenómenos fisiológicos son siempre sim- 
ples fenómenos mecánicos, eléctricos y químicos, modificados por la 
estructura y la composición propias de los cuerpos organizados, no de- 
jaría do existir por eso nuestra división fundamental, porque siempre 
resultaría cierto, aun en esta hipótesis, que los fenómenos generales 
deben ser estudiados antes de proceder al examen de las modificacio- 
nes especíales que experimentan ciertos seres del universo, k conse- 
cuencia de una disposición también especial de las moléculas». 

(Formando los aeres organizados parte del globo terrestre con el 
mismo título que los cuerpos brutos, conservada toda proporción, nada 
impide la posibilidad de descubrir que las leyes relativas k la constitu- 
ción y á los actos de estos seres no son más que casos particulares de 
las leyes del orden cosmológico ; pero hasta ahora estfi por hacerse este 
descubrimiento, y aun así no quedaría anulada la independencia cíen- 
tíGca de la biología». Cualquiera que sea la causa que presida al origen 
y evolución de una existencia hasta su terminación, la Química ten- 
drá que reconocer que es otra la escena de las manifestaciones; que 
hay en los cuerpos vivos un orden especialfsimo de disposiciones, las 



494 REVISTA CUBANA 

que 3C llaman de organización; que hay fenómenos de actividad corre- 
lativos, de que el estudio de los cuerpos brutos no dá noción alguna, y 
que las relaciones de los fenómenos reflejan una modalidad y tonalidad 
distintas. Eternamente será catiicter propio, exclusivo, autonómico de 
la fisiología, el establecer exacta y constante armonía entre el modo 
de ser estático y el dinámico, entre la ¡dea de organización y la de 
vida, entre el agente especial y el acto característico. 

Así pues, como hemos procurado demostrarlo, ol verdadero campo 
del conjunto de las investigaciones propias de la biología, se halla 
exactamente circunscrito por la diversidad de las leyes de la constitu- 
ción y de la actividad de los cuerpos que estudia, y por lo tanto, esta 
determinación de su objeto esencial es de tal naturaleza, que se man- 
tendrá indefinidamente, sin fusión posible con las ciencias cosmológi- 
cas, por mucha analogía que pueda establecerse entre las dos clases 
de cuerpos. Esta independencia contribuye íi esa dificultad, que es uno 
de los m4s fuertes escollos con que tropieza la terapéutica; que es el 
elevado complemento, la gran síntesis final de la medicina: la necesi- 
dad de que no baste el conocimiento químico del medicamento. Se 
necesita otra cosa, algo más difícil y misteriosa: el conocimiento de la 
modalidad de aceptación, de la receptividad, ai así se nos permite ex- 
presarnos, con la cual la propiedad vital influye sobre la propiedad 
química ; el conocimiento de la resultante <le esas dos energías especia- 
les en el seno del organismo, para deducir clara y exacta la modifica- 
ción esperada y exigida por el caso patológico que ante el hombre de 
la ciencia desenvuelve sus formas perturbadoras, sus anormales mani- 
festaciones. 

JOAQDIN a. LEBREDO. 



INFLURNCrA 

DE LAS CIENCIAS EN EL PROGRESO DE LA CIVILIZACIÓN (!)• 



Ilho. Sil Presidente; SeRobbs: 

Vivimos y formamos parte de un sistema de inmensa variedad, que 
llamamos Naturaleza, siendo del mayor interés para todos el compren- 
der con exactitud la constitución de c»c vasto sistema y la de su pasada 
historia. Descubrir y aprovechar las leyes y materiales de ese sistema 
para conocer el medio que nos rodea en favor de nuestro propio ser y 
de la comunidad en que estamos, es el objeto que se proponen las 
ciencias, brillantes lumbreras que conducen fi la humanidad por la sen- 
da del progreso hacia los horizontes dilatados de la perfección, ¿ la cual 
tiende y tenderá sin llegar nunca k alcanzarla, como todo lo que es 
inSnito. 

En relación con el Universo el hombre puede ser considerado como 
un punto matem&tico, con respecto k su propio organismo como una 
materia plástica, procedente de un óvulo fecundado después de su 
segmentación, el que apenas se distingue en su primer período de exis- 



(1) DUcnrsú leído el 19 de Mayo de 18SS, so U BesJon solemne de U Real Aro- 
demia de Ciencias de la Habana. 



496 REVISTA CUBAKA 

tencia del de otros animales de clases inferiores; óvulo, que se vk 
desarrollando con diferenciaciones progresivas desde que ya lucha por 
la vida, hasta que por un cultivo intensivo y elevado Ueguc 4 ser el 
semi-dios del mundo. 

La luz, el calor, la electridad, manifestaciones distintas, pero recí- 
procas del movimiento universal, produciendo fenómenos físicos, reac- 
ciones químicas y la fuerza nerviosa de la vida, son agentes imponde- 
rables, que coexisten y se modifican con la materia, que propulsan, 
alteran, calientan 6 descomponen constantemente, transformando el 
reino inorgánico y haciendo brotar la vida orginica para desarrollar, 
nutrir y reproducir la infinita variedad de seres, que pueblan nuestro 
globo. 

Con respecto á esas fuerzas naturales, la Luz fué la que principió k 
relacionar el hombre con el mundo físico, mereciendo los astros que 
nos iluminan y en particular el Sol, como bienhechor de todo lo crea- 
do en nuestro orbe, culto divino de los pueblos de la antigüedad. Co- 
mo la observación comprobada del movimiento de los mundos siderales 
y el estudio de las leyes de la extensión vino k dar conciencia del 
tiempo y de la necesidad de su medida, así como el conocimiento de 
la situación y tamaOo de los astros y del planeta que habitamos, para 
llegar ¿ delinear sus diferentes contornos y para darle guía al navegan- 
te, son asuntos, de que se ocupan las Ciencias Físicas, que comprenden 
las Matemáticas y la Astronomía, asentada ésta sobre base más estable 
desde que se apUcó el telescopio y se aceptó el sistema planetario de 
Copémico. 

Si estas Ciencias son admirables por la lógica de sus concepciones, 
por la exactitud de sus cálculos y por la precisión de sus deduccione?, 
en virtud de las fuerzas que act(ían en el infinitamente grande con 
relación á la cantidad de materia, que propulsan, bien lo pueden de- 
mostrar Herscbel y Leverrier prediciendo y prefijando en el espacio la 
existencia de los planetas invisibles de Urano y de Keptuno. Pero las 
Ciencias llamadas exactas sirven también de norma, no sólo para ilus- 
trar el entendimiento, sino para rectificar nuestro criterio, mereciendo 
en Ib vida de los pueblos muchos de sus ramos, constantes aplicaciones, 
desde el arte de contar con ta Aritmétíca hasta medir las distancias, 



INFLL'ESCIA DE LAS CIENCIAS 497 

ondulaciones y superficie de la tierra que ensenan la Geodesia y la 
Taqueometría, y penetrando aquellas verdades abstractas con prove- 
cho en las clases mis ignorantes por mcdíu de la Takimetría bajo el 
sistema objetivo. 

El sistema objetivo, que descansa en la Psicología, es en efecto el 
sistema natural, por el cual la observación se desenvuelve y educa 
con el contraste de nuestras impresiones sobre las relaciones compara- 
das de las cosas, procediendo de lo simple á lo compuesto, de lo con- 
creto á lo abstracto, de lo particular á lo general, de lo indefinido á lo 
definido, de lo empírico á, lo racional para deducir el verbo de los he- 
chos; cuyo capital se vú atesorando en la memoria para invertirlo en 
el trabajo subsecuente de nuevas observaciones, de otras necesidades 
por cumplir. En esa senda de curiosidad constante y de evolución 
mental interviene el análisis primero como fuerza instintiva de 
nuestra primera infancia para aprender como han sido hechos los ob- 
jetos materiales descomponiéndolos y destrozíindolos, para después con 
los medios propios de nuestro desenvolvimiento y los sagaces que nos 
sugieren las Ciencias poder mejor apreciarlos. Y si con el auxilio del 
análisis han realizado grandes progresos las ciencias y las artes disecan- 
do y separando las leyes y materiales que han concurrido ú la forma- 
ción de un trabajo definido bajo un equilibrio estático, ¿no es tan ficíl 
proceder por vía sintética para reconstruir ese trabajo, vinculado en 
tal ó cual fenúmono ú objeto determinado, por ignorar mucha veces 
el dinamismo de las fuerzas y causas que lian obrado para regenerar 
su existencia? Esc es el gran problema que tienen que resolver las ex- 
perimentaciones pura alcanzar su éxito, ya consignado en muchas artes 
industriales. 

Si la Psicología es una ciencia de gran porvenir social, en cuanto 
á que tiende al est'idio y perfeccionamiento de nuestras facultades 
mentales, que se irán mejorando con el conocimiento y dominio de los 
elementos que nos rodean y que influyen en nuestro organismo estan- 
do esos elementos subordinados á las leyes de la atracción universal, 
que se reflejan modificándose en las fuerzas biológicas del planeta que 
habitamos, no inénos importante es el re^strar los fenómenos meteo- 
rológicos que transcurren cu esas manifestaciones, que dan valor al 



498 RETÍ 

clima, á las estaciones y á los movimientos atmosféricos, para tratar 
de deducir por continuadas observaciones en localidades distintas coor- 
dinadas, las que tienen que seguirles como consecuencia fatal. Así 
resulta respecto k las probabilidades del tiempo, que se anuncian con 
bastante aproximación de un dia para el siguiente en los Ejtados Uni- 
dos y en Europa y que cuando van á ocurrir convulsiones atmosfúrlciis 
por el descenso marcado del barómetro se pueden preveer, así como el 
trayecto que víi ú recorrer el meteoro en la línea marcada por los pun- 
tos de más baja presión ; descenso notable en el barómetro, que tam- 
bién han acusado y precedido á las convulsiones subterráneas de los 
recientes terremotos de Andalucía, con otros signos precursores de no 
menor interés para la Meteorología endógena. 

Producir con facilidad los materiales que exigen nuestras crecientes 
necesidades, investigando las propiedades de los cuerpos y aplicando 
las leyes de los agentes naturales, que sobre aquellos se destellan, in- 
fundiendo afinidad ó repulsión, electricidad positiva ó negativa, au- 
mento ó descenso de temperatura, es la misión de las Ciencias químicas, 
cuyos modernos triunfos todos conocéis, Y si para servir la actividatl 
febril de la época presente, le presta la dinamita su poder explosivo 
para allanar rápidamente los obstáculos que obstruyen su carrera, y si 
ha sustituido favorablemente al hierro el acero por su menor peso, con 
igual ó mayor resistencia paradesplegar aquella actividad, ésta se acre- 
centará y de un modo prodigioso, cuando las ventajas económicas de 
la producción de un cuerpo, de las condiciones del aluminio lleguen k 
estar á la altura de las generales é inmensas aspiraciones que reclama 
la industria de las construcciones. Sólo con respecto 4 la de los tras- 
portes, que es la que empuja k todas las demás, el aluminio triplicarla 
ü precio igual su poder en la capacidad del movimiento, reduciendo á 
una tercera parte la unidad de su costo, por ser el nuevo metal tres 
veces menos pesado, con otras cualidades para la misma resistencia, 
que los metales que se emplean actualmente. 

Para comprender la magnitud de ese descubrimiento, que cousiste 
en poder abaratar la producción industrial del aluminio, que hoy 
cuesta 12 pesos la hbra, al nivel relativo de los metales comunes, basta 
decir que 4 nuestro compaflcro de la Escuela Central de París, 



INFLUENCIA DE LAS CIENCIAS 499 

Mr. Marehand, que se ocupa de su solución, le tiene ofrecido un Sin- 
dicato inglés quince millones de pesos para cuando ac pueda explotar. 

Por olro laclo las Ciencias Biológicas en el inicio del encumbrado 
camino que tienen que recorrer, estudian las especies y la trasmuta- 
ción de los seres organizados, cviyas diferencias é identidades las clasi- 
fica la Anatomía comparada, cuando la Paleontología los desentratla de 
las diversas capas terrestres, que definidas por formaciones <lc épocas 
disimtas suceden ú las rocas eruptivas. Y en ese estado la tieología 
revela no sólo los tesoros, que la costra de la tierra encierra para mies- 
trns exploraciones, sino también la historia de los siglos biológicos, que 
nos han precedido, dando razón científica del orden y modo de la 
creación en la evolución de las especies y en la selección natural ; entro 
tiinto la Morfología enseñe el trabajo evolutivo de los gérmenes entro 
sí y sobre la materia orgánica, según el medio en que se encuentren, 
demostrada ya su mórbida inmunidad en los tegidos completamente 
sanos y vivientes. 

Inherentes á los fenómenos de la vida le acompañan las causas, 
que interrumpiendo su trabajo, pueden perturbarla ó destruirla, y si el 
dinamismo de aquella se encuentra aún envuelto bajo insondables miste- 
rios, éstos tenderán, sin duda, á disiparse, mientras más luz se haga en 
esa especial electricidad del fluido nervioso y en su transmisión por esa 
complicada trama telodinámíca del enerpo humano. La luminosa ex- 
periencia da Claudio Bernard entre otras, hiriendo el nervio del cuarto 
ventrículo izquierdo para producir la glueosuría, nos induce á sos- 
pechar, si gran parte de enfermedades constitucionales lo mismo que la 
afinidad del contagio no obedecen á lesiones ó á reacciones negativas 
en los aparatos vaso-motores de aquel especial organismo, trastornando 
la armonía de su trabajo fisiológico y afectando las funciones y forma 
del órgano que lo produce con sus complicaciones adyacentes. Por 
e^io nos atrevemos 4 pensar, que cuando la Medicina, ese gran consue- 
lo y esperanza de la humanidad que sufre, llegue ¿ ser esencialmente 
electricista, habrá ya mejor dominado fenómenos, euyas leyes en grao 
parte ignora, por numerosas y meritorias que sean las observaciones, 
que el empirismo de la pr&ctica le haya ministrado y poreso creemos, que 
la cioncia V el arte de curar Uegar&n i ser verdaderamente científicos, 



500 REVISTA CDBA?{A 

cuando los presida el completo conocimiento de la ñsiología del sistema 
nervioso. 

Fenómenos paicológicoa se desprenden de esa acción vital, y con 
ella actos de simpatía 6 de antipatía en nuestras relaciones sociales y 
también lii influencia fascinadora con que ciertos individuos dominan 
tanto á sus semejantes como á los animales; pues todo sur viviente 
proyecta y recibe radiaciones psíquicas, cuyas interferencias reflejan las 
vibraciones perpetuas de las ideas comunes y lo prueban además las 
curiosas experiencias del magnetismo y del mermerismo, que hoy la 
Ciencia tiata d<; utilizar en las enfermedades mentales y en otras mu- 
chas, en que un estado cataléptieo puede hacer abortar dolores ó una 
crisis fatal. Charcot, Perrinet y el Dr. Bernheim, de Naney, son, entro 
otros, los campeones para aplicar el sistema del hypnotismo, en el que, 
la sugestión mental puede servir de poderoso auxilio para aliviar ó 
curar muchas dolencias. 

Mientras tanto la Anatomía, ciencia estática y de un trabajo dcñ- 
DÍdo, le permite ú la Cirujía el obrar con una precisión matemática, y 
sus valiosas operaciones ponen i gran altura sus servicios. 

No así resulta con la Higiene, la ciencia de la salud, todavía des- 
cuidada por individuos y comunidades que les brindan ancha entrada 
k gran número do enfermedades. La Higiene es, sin embargo, una 
ciencia eminentemente social, cuya enseñanza más que en cátedras y 
en disposiciones gubernativas, debería praeticaise en el individuo y en 
el hogar doméstico, y bajo ese concepto ha de ilustrarse en tan impor- 
tante asunto á la mujer, k cuyo sexo ha confiado la Naturaleza el ger- 
men de la especie humana y cuya misión civilizadora tiene que ser 
altamente fecunda, cuando se comprenda que, como madres de familia 
están llamadas á ser las verdaderas educadoras de las generaciones por 

De provechosa iniciativa y de práctica enseñanza puede serle la 
Higiene plibliea k la privada, por ser más fácil el conjurar las epide- 
mias que el detenerlas, si se han desarrollado siguiendo todo el ciclo 
fatal de su existencia, que sólo puede combatirse con el fuego y la 
cremación de todos los elementos productores del contagio y particular- 
mente de los cadáveres en que se ha cebado el mal ; prftctica que empieza 



502 REVISTA CUBANA 

recuencia como un azote, no tanto del eielo como de U ignorancia y de 
a incuria de los hombres, ya no suelen revestir aquel carácter de uni- 
■crsal desolación, quedando conRnadas ú los lugares de su procedencia 
' i'i aquellos, que aíin subsisten en contra de la Higiene pftbUca y 
irivadn. 

Asi, pues, los gérmenes no son aíno semillas que Hotan en torno de 
a existencia orginica, de la que parecen desprenderse, esperando ma- 
:eria y sobre todo medio propicio para volver á fecundarla en tal ó 
Mial forma; y la importancia de ese medio, en la que intervienen con 
íl aire y con el agua los agentes propulsores, de que nos estamos ocu- 
:>ando, abraza la Meteorología que localizada llamamos Climatología, 
aara producir el milagro del trabajo evolutivo de la si'ric organizada, 
iicndo las variadas y especiales condiciones do ese medio las que de- 
terminan fertilidad ó salud, aaf como también enfermedades ya esta- 
ñonales, ya específicas predisponiendo con su desequilibrio el orga- 
nismo á con traerlas. 

Kesulta además en las investigaciones científicas, que los mismos ó 
in&logos efectos no siempre responden tías mismas causas, dependien- 
do el trabajo de éstas, repetimos, del medio en que obren, que es el que 
realmente define el verbo de los hechos; luego una verdad aislada no 
ie puede erigir en ley, ni en base de un sistema, como axiele preten- 
derlo la vanidad humana, si nuevas y m&s completas experimentacio- 
nes no vienen k conGrmarla en la senda de exacta generalización, que 
ss la que constituye la Ciencia. 

Por otra parte, la inoculación del virus de las enfermedades conta- 
l»io3as, como estamos acostumbrados í recibirlo desde nuestra infancia 
del de la varióla, parece ser problema de no lejana solución, cuando 
9c haya alcanzado el m¿s favorable cultivo para el virus, y confirmada 
ya esa síibia doctrina por Pasteur y otros profesores distinguidos, esta- 
mos en espectacion de los resultados que dar& la inoculación del virus 
lolérico, practicada por el Dt, Ferrán, en Valencia de España, así como 
de la que se dice haberse llevado k cabo con el mejor éxito en Rio 
Janeiro, respecto al de la fiebre amarilla en mis de quinientos casos, 
por los profesores Domingo y Chaveau, según lo publicado por el 
■Anuario cientiñco de Figuier,i de 1884. Oe todos modos, si no pued@ 



tKFLIIENGIÁ D& LAS CIENCIAS 503 

haber felicidad sin cumplir aquel sabio adagio de «DieDS sana in corpo- 
Ts sano*, grandes esfuerzos se est&n haciendo en los pueblos más ade- 
lantados en favor de la salubridad general y de ello dan palpitante 
testimonio trabajos públicos costosos emprendidos con ese objeto, tra- 
tando de reconstruir en París, en Londres y en Nueva York salubre- 
mente el medio en que se vive, refiriéndome en todo lo demás que se 
roza con tan importante asunto, á los preceptos que recomienda el 
Dr. Kichardson para levantar su fantástica ciudad Hyegia y al trabajo 
que en otra ocasión hemos presentado k esta Academia sobre «El sa- 
neamiento de la Habana y el aprovechamiento de sus residuos». 



Hemos dicho, que la luz, el calor y la electricidad son los agentes 
naturales que conocemos del movimiento universal. Con la luz, el es- 
píritu humano recorre los espacios planetarios y hoy persigue el mun- 
do microscópico, investigando también la composición de la materia; 
con la hiz se le díú color y amplitud al pensamiento, pero con el calor 
se ha logrado emancipar la humanidad del trabajo corporal, que la 
venía desde su creación oprimiendo, y esta trascendental conquista de 
la máquina de vapor pertenece al siglo xix. La máquma de vapor ha 
impreso ¡í la civilización un carácter cosmopolita de movimiento y de 
adelanto desconocido en las centurias anteriores, si por civiUzacion en- 
tendemos el aumento general en la libertad y seguridad de las perso- 
nas y transacciones, en la difusión de la educación popular, en el pro- 
greso incesante de las ciencias y de lus artes aplicadas ¿ la industria, 
que trae en pos de sí continua acumulación de capitales, fruto del tra- 
bajo y del ahorro, y en todo lo que pueda contribuir al bienestar pro- 
gresivo de la humanidad. La máquina de vapor ha llegado á multipli- 
car la potencia productiva de los pueblos, supliendo con holgura y 
creces sus necesidades presentes; y concentrando sin fatigas y abara- 
tando el trabajo de pena, activa y eleva la facultad intelectual del 
hombre, que le permite inventar y mejorar instrumentos de transmisión 
y de aplicación para completar las artes mecánicas. 

Hila ha impulsado el espíritu moderno hacia la gran industria, que 
distribuyendo como la Naturaleza en grandes masas sus productos It 



504 HEVISTA. CUBANA 

precios casi gratuitos, que tienden ¿ universalizarlos, busca en la ex- 
tensión y la utilidad del consumo su base de estabilidad; y como 
consecuencia forzosa, v¿ transformando el carácter individuslista del 
hombre, desde que sólo consumialoquepor^us manos podia conseguir, 
para después por el trueque ó por cl cambio poder especializar su tra- 
bajo y acercarse k sus semejantes, hasta entrar ya en la vía cUIruista 
propia de la marcha de la época moderna, que tiende á dominar el mundo 
por la utilidad de los valiosos é innumerables servicios que le presta, en 
vez de hacerlo como antes por el imperio de Ib fuerza bruta. Ella, en fin, 
ha aido en sus resultados subsecuentes, palanca poderosa para ser via- 
ble la democracia entre los hombres. Y, sinembargo, tal era la nece- 
sidad que impelia á libertar la humanidad del trabajo material, bajo 
■ cuya gleba gemía, que ese motor, que está lejos de ser irreprochable, 
por no ser sino una fracción reducida de la cantidad del combustible 
consumido, la que se transforma y aprovecha en vapor, que ha logrado 
redimir la industria con el agua y el combustible, elementos relativa- 
mente comunes y baratos. 

Cierto es, que la gravedad de las corrientes de los rios, las mareas, 
la presión del viento y el mismo sol, fuente primordial de toda fuerza 
mccünica, se ofrecen como motores gratuitos, ai bien ninguno hasta 
ahora ha podido merecer la general y constante aplicación que ha re- 
cibido la máquina de vapor. 

Pei'O donde ha llegado á ejercer toda su mágica influencia la má- 
quina de vapor ha sido en la industria de las comunicaciones, que sin- 
tetiza no sólo la libertad del trabajo, sino la libertad del movimiento, 
el don más fecundo que tiene el hombre para desarrollar toda su acti- 
vidad. Que los resultados han justificado esas premisas, cl mundo en- 
tero lo atestigua, cubierto ya de una vasta red de ferrocarriles y sur- 
cados todos sus mares y rios por vapores de todo porte. 

N^o ha habido descubrimiento, que se haya inculcado más pronto 
en la vida de los pueblos y que conspire k ensanchar y á estrechar más 
solidariamente, mejorándolas, sus relaciones sociales, económicas y po- 
líticas, estimulando, con la circulación y cl cambio, la producción de 
sus ideas y de sus frutos y en tendencia á nivelar todas sus diferen- 
cias con mutuas compensaciones, logre tal vez fundar en una toda la 



IXFLnENCU D8 US C1BNCIA8 505 

familia humana, apesar de que la admitida unidad de su origen esté 
controvertida en algunas razas por sus instables cruzamientos. 

Ávido de adelantos y bienestar, fué el pueblo cubano uno de los 
primeros, que acogió con entusiasmo la nueva locomoción, importan- 
dok á su país; y para cuya apología baste con decir, que en 1829, 
principió la verdadera explotación de los ferrocarriles entre Liverpool 
y Manchester, en Inglaterra, por el concurso que coronó la locomotora 
«El Cohete», de Jorge Stephenson y que apesar de las comunicaciones 
difíciles y lentas de aquellos tiempos, en 1836, D. Miguel Tacón, céle- 
bre Gobernador General de la isla de Cuba, fué quien otorgó la primera 
concesión de ferrocarril en todos los pueblos que hablaban el español, 
al patricio camagüeyano D. Gaspar Betancourt Oisneros conocido por 
El L%igare?io, entre Puerto Príncipe y Nuevitas, y casi al mismo tiem- 
po otra entre la Habana y Güines, que se principió y concluyó antes 
que la primera, por la Real Junta de Fomento, benemérita y civiliza- 
dora Corporación, que sacó no sólo á este país de las tinieblas en que 
yacía, sino que, con aquel primer impulso extendió sus férreas comu- 
nicaciones, que debieran ser transversales y que se anticipa ya á com- 
pletarlas la próxima construcción de su ferrocarril central. 

Los trabajos, que ba emprendido la locomoción del vapor para cum- 
plir pronto y directamente su destino sin los graves inconvenientes de 
la intermitencia en el tranco, os lo señalaba, señores, en el estudio 
sobre la «Industria de los trasportes», con el que fuí recibido en esta 
Corporación. Allí os decia, entre otras cosas, *qus d comercio maríti- 
mo del mundo redamaba la apertura interocednica por el punió íftá« 
accesible de la América Central, cuando ya era un Jiecho de portentosos 
residtados el canal de Sitez, debido á lapcrseveranff- iniciativa y al genio 
emprendedor de un de Lesseps, apesar de las difictdtades, qve le creó 
para su acometimiento la nadixn "más marítima del mundo, la Inglate- 
rra, que debía después ser la más benejicíada*. 

ÍM mismo ha sucedido con el canal americano que desde 1848, y 
aun antes, se ha estado estudiando como obra de general reconocida 
utilidad, puesto que se estima poder dar abasto k un movimiento 
anual de míis de seis millones de toneladas, que es mucho mks del tone- 
laje universal por vapor ahora diez años; lo que no ha obstado en 



506 REVISTA CUBANA 

aplazar llevarla á cabo con toda clase de estorbos, auacítados por los 
intereses creados bajo las bberales concesiones, con que dotó la Union 
Americana k los ferrocarriles del PaciBco á la conclusión de la guerra 
seccional y también por los del de Panamá, que tenían monopolizado 
el tránsito interoceánico, hasta que en 1879 el Congreso geográfico 
internacional, creado hacía cuatro años por la iniciativa de la Sociedad 
de Geografía residente en París, resolvió acometer el canal americano, 
formalizando una empresa, de la cual es digno Presidente el ilustre ci- 
vilizador Fernando de Lesseps, bajo las concesiones que le habla ofrecido 
el gobierno Colombiano para la apertura de un canal por el itsmo de 
Panamá; punto que se escogió no sólo por ser el más angosto, sino 
sobre todo porque permite establecer un ancho canal, casi recto, á ni- 
vel y sin esclusas, circunstancia capital para la gran navegación 
moderna, que, si con vapores de 140 á 160 metros de eslora, pue- 
den reducir so flete bajo los de los buques de vela, es á condición 
de no sufrir demoras que graven los costos diarios en el trayecto k 
su destino. 

Desde el momento que el proyecto ya se tradujo en vía de hecho, 
fué sorprendente el espíritu emprendedor que se desarrolló para los 
ferrocarriles bajo el 30 paralelo Septentrional en América, extendién- 
dose la red americana, no sólo hacia el Sur de los Estados Unidos, con 
dos troncos meridionales, que van á California, conectados con la 
red mejicana de reciente explotación, sino que se prolongará, atrave- 
sando otras vías interoceánicas en construcción, más hacia el Sur en 
busca del futuro tránsito del comercio universal. 

Cuando ahora diez años, en aquel aludido trabajo sobre la industria 
de los trasportes, exclamábamos ante vosotros : « Grandioso el dia en 
que Cuba, la América y él mundo entero puedan dar como un heclto 
ya realizado la comunicación interoceánica del Pacifico con el Mar 
de las ArUiUas», tío presumíamos que aquel voto, hijo de una ilusión 
de nuestra primera juventud, se veria tan pronto confirmado, corno h 
será dentro de breves años el canal de Panamá, como lo podrá ser más 
tarde, el que sigue estudiando con esclusas por el lago de Nicaragua, 
bajo los auspicios del gobierno americano, nuestro compatriota el In- 
geniero Menocal, como lo podrá también ser el colosal proyecto d<i 



ISFLCESCIA DE LAS CIEXCIAS 507 

hacer atravesar sobre rieles múltiples los buques con toda su carga, 
que intenta construir por el itsinode Tcliuantepcc, el capitán Eads, el 
famoso ingeniero de las obras del rio Mississíppi. 

Dejo íi vuestra ilustrada consideración, señores, vislumbrar las con- 
secuencias y bienes inmensos, que podrán derivarse de esc tránsito in- 
terocefinico directo entre Europa y la extrema Asia, cuya ruta guió á 
Colon, intcrceptándoselii el descubrimiento de este nuevo Continente, 
si no fué en busca do la Atlfintida, de la que dan noticias por la tra- 
dición egipcia los diúlogos de Platón ; Atlántida, hacia la cual esa mis- 
ma tradición y también la líiblia cuentan, que se habían dirigido 
durante nuestra edad de piedra de .lafu en Palestina, las Ilotas de Sa- 
lomón y de Iliraní, que tardaban como tres años para traer oro y pie- 
dras preciosas de Ofir y de Parium : Farium, plural de Para, que así se 
denomina uno de los alluyentes del río de las Amazonas, recordando 
además los del antiguo Egipto los monolitos, inscripciones, diseños y 
monumento?, que se han descubierto principalmente en Méjico y en 
el Perú de esa Atlántida, con macisa y tosca arquitectura, pero con 
pureza en sus líneas y una gravedad estética, que llega á veces hasta 
la inmovilidad, que también se refleja en la fisonomía de aquellos mo- 
radores. Si ese Continente requirió ser subyugado por el espíritu teo- 
crático y guerrero de aquellos aventureros tiempos en busca del oro, 
ese mito de la felicidad humana, cuando no se cifra en el trabajo, y 
que con profusión vertieron estas tierras, para serle devuelto en las 
obras de civilización, que ya se están acometiendo. Y si aquellos legen- 
darios conquistadores demolieron tradiciones seculares de una civili- 
zación en decadencia, que ellos tampoco supieron levantar con el ca- 
rácter trashumante y el de colonia expoliada, legaron, sin embargo, á 
sus hijos el instinto de la libertad, que si se despierta con tiranía, co- 
mo lógica consecuencia de la esclavitud y de la abyección, no tardará 
en dejarle paso á la libertad, bajo una paz permanente y civilizadora, 
cuando vías de comunicaciones, como ya ha sucedido en Jl^jico, reco- 
rran todo el ámbito americano, enlazando entre sus brazos fraternales 
y uniendo á sus habitantes, para recordarles por la unidad del lengua- 
je y la afinidad de los sentimientos, que todos son hijos de una misma 
madre, In excelsa protectora de la que descubrió su suelo, el fual voK 



508 REVISTA CCBANA 

vería á dominar más gloriosamente todavía, engrandeciendo con elloi 
aus relaciones mercantiles. 

Mientras tanto Cuba y las demia islas del archipiélago antillano, 
ñtuadas en el trayecto de ese transito intcrocc&nico son las que están 
más llamadas á gozar de sus ventajas, y tendrá entóneos que resolver- 
se por ser de apremiante interés internacional la cuestión de la terrible 
fiebre amarilla y demás epidemias, que ha causado hasta thora cuaren- 
tena rigurosa, la que irá desapareciendo, como ha resultado en Paria 
respecto á la última epidemia colérica que invadió el Mediodía de 
Francia, cuando los intereses de las comunicaciones hagan comprender 
lo innecesarias que son las medidas de cuarentena, puesto que el con- 
tagio puede venir por el aire ó por una meteorología favorable sobre el 
pueblo que se aisla, si las malas condiciones hif^énicas y de saneamien- 
to atraen la fecundación prolf&ca del mal, del que tanto quieren res- 
guardarse los demás. 

Así vemos, que la libertad en las comunicaciones obligará á los 
pueblos fk adoptar todas las medidas y prescripciones higiénicas, que 
con un entendido saneamiento son las únicas que pueden preservar de 
los estragos dé esas calamidades públicas, que llamamos epidemias y 
que contribuirá á iniciar la práctica civilizadora de una Hi^cne uni* 
versal. 



Mas, si en esa vía los intereses privados no están en hostil anta- 
gonismo con los públicos, no así acontece con la libertad de pro- 
ducción, cercenada aún por barreras fiscales en los mercados de 
consumo. 

Si la libertad de las transacciones es uno de los atributos esencia- 
les, que le hemos asignado á la civlizacion ; ¿no es un contrasentido con- 
denar los pueblos de la tierra al suplicio de Tántalo, cifiendo su exis- 
tencia sólo dentro del terreno que pisan, cuando por todas partes se 
les ofrecen para llenar sus necesidades, variados y abundantes frutos, 
de cuya masa pueden tomar por cambios recíprocos la justa parte, í 
que son acreedores por sus obras, de los beneficios con que la Provi- 
denpia plugo dotar á la hitmanidad? ¿N^o es una inconsecuente aberra^ 



INFLÜENOU DE LAS CIENCUB 511 

sumo están desnivelados torpemente por las bases artificiales del pro- 
teccionismo y que solo la libertad más completa en las transacciones 
podrá restablecer un equilibrio permanente. 

Si ha sido grande el salto, que ha dado el mundo por la senda del 
progreso en estos últimos treinta y cinco aflos, mayor que los realiza- 
dos durante los tres siglos anteriores; y si con la transformación brus- 
ca y total en sus instrumentos y motores de trabajo ha impreso reac- 
ciones caóticas en la marcha de los intereses creados, aunque sean 
transitorias pero que siempre sirven de pretexto para combatir y apla- 
zar toda útil innovación que se reclama, sin embargo vendrá la liber- 
tad de comercio, como han venido otros triunfos del espíritu moderno, 
como han venido, no aún en todas partes, la libertad de la prensa, el 
derecho de reunión y el de seguridad personal con el habeos corpus, 
el jurado, la educación primaria y profesional, el régimen representa- 
tivo, la Beneficencia pública, las Sociedades cooperativas y de seguros, 
las Instituciones de crédito y de ahorro, y sobre todo la abolición de 
la esclavitud, cuyo advenimiento coincidió, cuando la maquina de va- 
por empezó U generalizarse, haciendo que ahora gane el hombre el 
pan con el sudor de su frente y no con las callosidades de sus manos y 
con la fatiga sin descanso de su cerviz doblegada ; porque el reino de la 
justicia y del buen sentido concluye y concluirá siempre por imperar 
en contra de los privilegios y de las presiones de los derechos adqui- 
ridos, ya sean por conquista ó por la posesión do esclavos, ya revistan 
el absolutismo ó la rutina en los conocimientos recibidos, ya la intole- 
rancia y la fé ciega impuestas por la teocracia, ya se ciernen en mono- 
polios y despojos de la clase que fueren. 

Pues así como el hombre se eleva sobre las bestias en sus relacio- 
nes con el Creador por el sentimiento religioso, en sus relaciones 
consigo mismo por la moralidad, en sus relaciones con sus semejantes 
por la equidad, en sus relaciones con sus medios de vivir y de perfec- 
cionarse necesita del cambio, para que sus facultades superen sus ne- 
cesidades. 

Que ciertas personalidades consuman más de lo que producen, pue- 
de resultar de la usurpación de derechos ágenos ó que se reciben 
3 sin prestarlos, pero si esa ley tiende á ser general en otro 



312 REVISTA CVBAKA 

sentido, es <M>ído al concurso cada vez mis ^icaz de los agentes na/u- 
rales en la obra de la producción, cuya utilidad gratuita va continua- 
mente aumentwido eí dominio de la comunidad; es el trabajo dd calor, 
ddfrio, de la electricidad, de la luz, de la gravitación, de las propie- 
dades moleculares, déla elasticidad etc., dd que se ocupan las Ciencias, 
que viene progresivamente agregándose cd trabajo del hombre y faci- 
litando sus seroicio" para disminuir su valor. 

Pero como los agentes naturales están con todos sus beneficios al 
alcance de toda la humanidad, su concurrencia ser& el dique salvador 
contra el egoismo del interés individual, sirviéndole al mismo tiempo 
de freno i su codicia y de estímulo & su actividad. 

La libre concurrencia ó competencia de los servicios y de los cam- 
bios entre los hombres es la Icj más progresista, más humanitaria, 
más civilizadora, que la Providencia ha confiado al perfeccionamiento 
de las sociedades humanas. Ella lleva sucesivamente al dominio co- 
mún el goce de los bienes, que la Naturaleza parecía no haber conce- 
dido gratuitamente sino d ciertos territorios y á clases determinadas. 
Ella lleva al dominio común las conquistas, con que el genio de cada 
siglo acrece los tesoros de las generaciones, que le siguen, no añadien- 
do sino trabajos complementarios, para cambiarse entre sí, sin que se 
impongan arbitrariamente respecto al concurso de los agentes natura- 
les, pues si aquellos en su principio tuvieron un valor más que pro- 
porcional á su útil intensidad entonces interviene la fuerza de la com- 
petencia, que se ensancha para reponer el equilibrio sancionado por la 
justicia y con más eficacia y exactitud que la sagacidad falible de la 
magistratura humana; é interviene excitada por loa monopolios y de- 
sigualdades de los esfuerzos cambiados, porque el trabajo va siempre, 
donde cree estar mejor retribuido, de modo que las ventajas de la de- 
sigualdad se convierten en un aguijón, que nos impele apesar nuestro 
& la igualdad, vinculando el interés particular en el bien general. 

Ella, la competencia permitir^ que los pueblos del mundo cambien 
entre sí, trabajos más ó menos nivelados, cediéndose recíprocamente 
las ventajas naturales, de que cada uno goce con sus productos, que 
van á extender su consumo, de modo que, cada descubrimiento útil 
en Oriente sea un progreso en perspectiva para Occidente, de modo 



«PLCEMOIA DB LA9 CIGIfCtAS 513 

que, la agricultura no exista para favorecer los agricultores, ni las im- 
bricas k los fabricantes, sino para aumentar por el cambio la cantidad 
de sus productos, y con ellos mayor número de satisfacciones y de 
nquezas disponibles entre los hombres. Ella obliga &que las invencio- 
nes útiles sean pronto del patrimonio común y gratuito de todos los 
hombre?, siguiéndoles á su imitación la difusión general, para que se 
reduzca la remuneración de sus productos fi la tasa normal de los tra- 
bajos análogos, como así resulta desde el clavo basta el teléfono. Ella 
tiende ¡i rebajar la tiranía de los capitales, reduciendo ¡i un tipo insig- 
ni6cante su interés, cuando abundan y por las condiciones estables de 
su inversión, se les prestan garantías de incuestionable solvabilidad. 
La competencia tiende en ñn ¿ afectar la baja de todas las retribucio- 
nes en todos los países, en todas las carreras, en todas las clases y las 
nivela por vía de reducción, hasta fijar su base quizás en el trabajo 
material, por ser entonces el menos ofrecido. 

El hombre como productor es de todos modos atraído fatal y nece- 
sariamente hacia las grandes remuneraciones y obedeciendo fi su inte- 
rés personal encuentra sin buscarlo el interés general. El interés per- 
sonal y la competencia constituyen por sus múltiples combinaciones la 
armonía social, interpretada por el dogma evangélico «rfe ro querer 
para otro lo que no se quiere para sí,* poniendo en acción contraía 
ignorancia y la injusticia dos grandes leyes de nuestra naturaleza, la 
responsabilidad y la solidaridad, para enaltecer la especie humana, ni- 
velándola al misino tiempo. Y es un hecho comprobado en la vida de 
los pueblos, que su estado más 6 menos feliz está en razón inversa de 
la desiguablad entre las condiciones de sus miembros. 

Luego, el concurso cada vez más activo de los agen tes naturales, el 
desarrollo indefinido de nuestra inteligencia, el aumento continuo de 
los capitales producen el fenómeno, de que una cantidad de trabajo 
suministre una suma de utilidades siempre creciente, y que cada uno 
sin despojar íi nadie, obtenga mayor número de consumos, que la que 
por sus propios esfuerzos podría conseguir; pero 4 este fenómeno le 
acompaña también la competencia, que es la porfiada oferta de cada 
uno para todos y do todos para cada uno. 

Luego, en las leyes del consumo todo aquello que lo favorece, re- 



5l4 Revista curina 

guleríza y moraliza merece ser atendido como cuestión verdaderamente 
social y humanitaria y por eao invocamos la libertad mis completa 
entre los cambios, para inauf^urar la era pacífica de libres relaciones 
entre todos los pueblos de la tierra, sometiendo bus diferencias, como 
ya se empiczaápracticar, al veredicto del arbltragc conjurados interna- 
cionales, que apoyará la opinión universal. 

Cierto es, que en un principio para defender y conservar cada exis- 
tencia material en su lucha por la vida tienen razón de ser las leyes 
de la fuerza y de la astucia. Y el estado de aislamiento y de privacio- 
nes hace nacer la codicia del despojo y de abominables privilegios, ali- 
mentando pasiones y sosteniendo hostil antagonismo los hombres, las 
familias y los pueblos entre sf para vivir y medrar los unos ¿ espensas 
de los otros. Y la debilidad de su propio organismo sucumbiendo k la 
influencia de los fenómenos de la naturaleza, de los que no sabía aun 
darse cuenta, despierta con el temor y la contemplación de un poder 
superior el sentimiento religioso, y el Señor, Dios de todos loa ejérci- 
tos sigue siendo el dominador de todas las sociedades, imponiendo el 
espíritu de autoridad, que las gobierna, Y la necesidad engendró la 
observación y el trabajo. Y con el cultivo progresivo de las facultades 
del hombre vinieron las artes y después las ciencias y empezó á com- 
prender y í dominar las fuerzas naturales, que untes lo oprimían, y 
con la utilidad de sus servicios va sustituyendo 4 la injusticia la equi- 
dad, á la ignorancia y ¿ la miseria medios cada vez mfis activos para 
combatirlas, permitiendo el triunfo de la verdad y de la propia con- 
servación sin ágenos quebrantos y el perfeccionamiento de nuestra es- 
pecie. Pero hay aún míis, del amor y de la reproducción surge el pri- 
mer vínculo de paz del hombre para perpetuar su conservación; vín- 
culo que se extiende en la familia para después por el trato y el 
comercio esparcirse y consolidarse entre los otros; y brota en fin con lo 
que lo ensena esa propia y general conservación, el sentimiento moral 
del hombre, mejorándose para equilibrar sin restricciones su ti'ab^o 
con el de todos los demás. 

Luego, el uso de todas las libertades en la marcha ascendente so- 
cial, tiende no solo í elevar su nivel intelectual, cubriendo nuestras 
necesidades materiales, sino que con todas esas satisfacciones compen- 



516 REVISTA CÜBAKA 

la de la civSkacion del siglo xx. Mientras tanto, relegada su prodnc- 
cion estática por reacciones químicas relativamente costosas k espe- 
riencias de laboratorio 6 4 contadas industrias, debemos deciros, que 
ha necesitado también de la máquina de vapgr, apesar de sus intrínse- 
cos defectos, para haber alcanzado la boga, que hoy disfruta, haciendo 
mover con gran velocidad el aparato dynamo-eléctrico de Gramme, 
que no es sino una máquina eléctrica perfeccionada con bobinas po- 
tentes de inducción. 

Por último, si la previsión sigue en pos déla esperiencia y del aho- 
rro, no debemos tampoco omitir lo importante que os el recojer las 
fuerzas, que diseminadas en la naturaleza se pierden sin provecho pa- 
ra el hombre por su carácter latente, para acumularlas y emplearlas 
cuando se necesiten; recurso que, para hacerse sensible pone en jue- 
go la electricidad ; que, la pequeffa industria ^aca de las máquinas lla- 
madas de gas, que es el mismo que el del alumbrado, por medio de su 
esplosion intermitente, cuyos gases determinan su fuerza impulsiva 
siendo así mayor su efecto útil, según el Dr. Siemens, que el de su po- 
tencia lumínica ; y que, justiñca además el incremento que sigue to- 
mando el aire comprimido, no solo como medio terapéutico sino para 
establecer fundaciones hidráulicas, para horadar las rocas y para tener á 
mano una fuerza incondensable, que ya se vende en Inglaterra á ra- 
zón de 15 centavos el caballo por hora. 

Así pues, con el conocimiento de los agentes de los fenómenos na- 
turales — si el saber nos conduce al poder — con la luz aprenderemos á 
ver y á darnos cuenta del medio, que nos rodea; con el calor apren- 
deremos á producir y i desarrollar trabajo y movimiento; con la elec- 
tricidad á sentir y 4 pensar y con el mejor uso y aprovechamiento de 
esas tres poderosas fuerzas naturales dominaremos el mundo, en que 
vivimos, elevando constantemente nuestro propio ser de la materia, 
que lo produjo k las regiones más perfectibles de la Divinidad, á cuya 
semejanza pretendemos acercamos, para alcanzar felicidades mayores 
que las del paraíso terrenal. 

MANUEL A. MONTEJO. 



CORRESPONDENCIA LITERARIA. 



FarlB Mayo 20 <le 1885. 

Ha fellecido últimamente en Ginebra un distinguido literato fran- 
cés, Marc-Monnícr, que era decano de la Facultad de Letras en esa 
ciudad, autor de numeroBas obras tanto en prosa como en verso, y 
contaba sólo cincuenta y cinco aflos de au edad. Sobre mi mesa tenía 
yo precisamente, entre otros volúmenes de que pienso ir dando cuenta 
& los lectores de la Revista Cdbana, ¿ medida que la ocasión vaya pre- 
sentándose, el último libro, publicado hace pocos meses, por ese autor, 
con el título de *El Renacimiento, desde Dante hasta Luiero* (1), y es 
este el momento oportuno para ocupamos de él. La Academia Fran- 
cesa, adcm&s, ha llamado la atención del público sobre la obra, adju- 
dicándole una medalla de dos mil &aneos, y muy pocos dias antes de 
su muerte recibiría el pobre Marc-Monnier la noticia del premio que 
se le otorgaba. 

Hasta ahora lo más curioso de qne tenía noticia, entre lo mucho 
publicado por este autor fecundo, era su traducción en verso de la 
primera parte del Fausto de Goethe, ejemplo muy notable de dificul- 
tad vencida. Conozco traducciones del poema alemán al italiano y al 



) La Renaiaanee dt DanU d lAithtr, par Mabc-Momiheb 1 Tol. Didot, A, Cía. 



518 BETISTA CUBAKA 

inglés, entre éstas la muy celebrada y completa de Bayard Taylor, que 
es trabajo digno de grande encomio. Pero la versión de Marc-Monnier 
tiene en varias partes una facilidad extraordinaria, y algunas de laa 
escenas puramente dramáticas, como la muerte de Valentín, están fe- 
licísimamente traducidas. Xo consigue el mismo efecto en la parte 
exclusivamente lírica, lo cual desde luego se comprende, pues ahí las 
dificultades son quizás insuperables. Mucho, sin embargo, es haber 
logrado, en lengua tan rebelde ú la e.Npresion poética como el francés, 
acercarse en diversos lugares importantes al incomparable orí^nal. 

La obra sobro el Renacimiento, premiada ahora por la Academia, 
es un estudio completo del interesantísimo período en que revivieron 
las letras en el mundo después del letargo azaroso de la Edad Media; 
pero en la mente de su autor debía sólo ser el primer fragmento de 
una historia general de las literaturas modernas. Intentaba nada me- 
nos que la vasta y peligrosa empresa de exponer, en una narración 
continuada, el desarrollo de laa ideas y del arte literario en Europa y 
América, durante los últimos seiscientos afios; y la muerte ha deteni- 
do el curso del proyecto interponiendo su veto, lís una lástima, por- 
que ya él conocía intima y cabalmente el asunto, habiéndose prepara- 
do para escribirlo, por espacio de más de catorce aflos, enseñándolo y 
analizándolo desde su cátedra de la universidad de Ginebra 

Marc-Monnier pertenecía en religión á uua de las sectas protestan* 
tes. Su puesto en Ginebra desde luego lo indica, y esta obra mísma 
con sólo su título lo confirma A primera vista extraña hallar el nom< 
bre de Lutero limitando un período literario, que se hace comenzar 
por el del gran poeta de la Divina Comedía. No hay verdadera paridad 
entre ambos personajes. Lutero, es claro, ocupa un lugar eminente, 
indiscutible entre los supremos benefactores de la humanidad; pero 
entre él y Dante no hay el más pequeño punto de contacto, ni ocasión 
alguna de ponerlos frente & frente en una obra literaria. El uno es un 
artista colosal, un escritor maravilloso, un astro de primera magnitud en 
el universo del arte ; la órbita del otro se mueve en otra dirección, en 
otro plano y basta en otro mundo. 

Ese mismo criterio protestante lo conduce & llamar *siglo de Miguel 
Ángel» el período que generalmente se apellida de los Mediéis, ó lo 



CORBESPOHDENCU LITEBARIA 519 

que viene á ser lo mismo, siglo de León X, Es tarea inútil casi siem- 
pre trastornar títulos y clarificaciones ya sancionadas por el tiempo, 
sobre todo cuando su único objeto es facilitar el estudio de los hombres 
y las cosas. Se nos figura ademíis que en este caso Miguel Ángel mis- 
mo, k pesar de la ñereza é independencia de su carácter, reprobaría la 
supresión del nombre de la familia, que protegió los primeros pasos de 
su carrera, y para cuya glona esculpió las estatuas de la capilla de San 
Lorenzo, obra maestra de su genio, y aquella por la cual solamente es 
dado L la escultura moderna provocar sin miedo el paralelo con las 
creaciones del arte helénico. 

La literatura moderna comienza, según Marc-Monnier, el año 
de 1300, y el Renacimiento concluye el de 1535; su libro, pues, com- 
prende ese espacio de doscientos treinta y cinco años. Estas fechas tan 
precisas son, pura cuestión de efecto, empeño de dar carácter dramáti- 
co al asunto y orden simétrico al libro ; pero con igual fundamento 
pudo haber escogido otras diferentes, más tarde ó más temprano. 

En todo ese período la Italia marcha á la cabeza, y cuanto se refie- 
re á ese país y á su literatura es lo más detallado y completo, porque 
también es lo que el autor mejor y más íntimamente conoce. Los ca- 
pítulos sobre Dante, sobre Petrarca y Bocaeio, sobre Maquiavelo y 
sobre Arioato son muy animados é instructivos, y el profesor siempre 
agrega hábilmente una rápida ojeada hasta nuestros mismos días, ha- 
blando, por ejemplo, de La Fontaincy de Alfredo de Musset al tratar 
de los cuentos de Boeacío, de Federico el tirando y de Macaulay al 
ocuparse detenidamente de Maquiavelo. 

Durante el siglo sv y el primer tercio del xvi, la literatura españo- 
la es, después de la italiana, la más digna de atención, porque ú bien 
no ofrece monumentos que puedan ponerse al lado de las obras de los 
grandes escritores italianos del siglo anterior, ostenta señales de vigor, 
que son claros indicios de su próxima lozanía. Esta sección del Rena- 
cimiento es naturalmente la que más interesa á los que hablamos es- 
pañol, y no es por cierto la mejor del libro. 

El autor olvida, ó desdeña, explorar la gran provincia de los ro- 
manees populares, y deja fuera de ese modo el rasgo característico de 
la España de ese periodo. Es un punto capital que se le escapa, y se 



520 REVISTA CUBANA 

le escapa tan completamente que menciona en una misma línea, y co- 
mo si fueran la misma cosa, los primeros romances y los poemas reli- 
giosos de Gonzalo de Berceo y el Alejandro de Juan Lorenzo Segura. 
La distancia es enorme, sin embargo, entre ¿robos géneros. 

Más detalladamente se ocupa de los escritores ds las escuelas cor- 
tesanas, pero no sin cometer k menudo errores de juicio ú omisiones 
injustificables. 

Al llegar 4 Juan de Mena lo coloca entre los imitadores de la Ita- 
lia. En efecto, Juan de Mena se propuso seguir las huellas de Dante, 
y es positivo que está muy lejos de su modelo. El Laberinto, su obra 
principal, es un poema oscuro, fatigante, intrincado como su título. 
Pero es innecesaria injusticia decir «que parece una parodia más bien 
que una imitación*. Hay otro poema de Mena, La Coronación, que 
parece efectivamente una parodia del vate toscano; pero el Laberinto es 
una obra seria y meditada, y contiene varios pasajes como la muerte de 
D&valos, que todo aficionado á la primitiva literatura castellana se sabe 
de memoria. Desdice fuertemente además del tono de una obra didác- 
tica la frase con que cierra Marc-Monnier su breve noticia de este 
poeta: cEn 1446 una calda de muía mató muy á tiempo al autor y le 
impidió continuar su obra». Esta reflexión, y otras de la misma especie 
que de cuando en cuando se encuentran, recuerdan demasiado al cate- 
drático en busca de agudezas para hacer reir i su auditorio. Disculpa- 
bles quizás en los labios del profesor, son chocantes en una narración 
de carácter grave. 

Nótase á cada poso gran desproporción, por el espacio que dedica 
4 ciertos autores, en perjuicio de otros más notables, que ni siquiera 
menciono. En balde hemos buscado el nombre de Jorge Manrique 
entre los poetas del siglo xv. Hay, en cambio, cerca de media página 
sobre Maclas el Enamorado, á quien supone valor extraordinario, ele- 
vando su celebridad por encima de la de don Enrique de Villena y 
afiadiendo que <en toda la hteratura española resuena su nombre*. Es- 
to es, cuando menos, una confusión. La leyenda de Mocías, es decir, 
la historia más ó menos fabulosa de su vida, ha sido siempre popular 
en Espafta, sirviendo de argumento 4 poesías, comedias y novelas; 
pero nadie lee sus versos, ni valen la pena de ser leídos. Las coplas de 



C0RRE9P0NUEKCU UTBRUtlÁ 521 

Manrique, por el contrario, constantemente repetidas, y glosadas vein- 
te veces, han ejercido vasta influencia, como que son una verdadera 
obra de arte y ejemplo exquisito del mejor lenguaje de la época. 

La única obra española analizada con algún detenimiento en toda 
esta historia es la Celestina, y di. en ello nuestro autor valiosa muestra 
de su excelente juicio. Es uno de los grandes monumentos de la lite- 
ratura castellana, y lo hallamos aquí just (si mámente calificado como 
fobra única, asombrosa, sin precedente, y de donde salió todo el teatro 
espafioli. Pero inmediatamente después de este elogio nada exagerado, 
encontramos las siguientes líneas, que teiEtualmente traducimos: «De- 
tengámonos aqu(, (dice) porque es preciso colocar en su fecha esta 
tragicomedia. Fué escrita entre 1495 y 1514, bien por un soto autor, 
Fernando de Rojas, bien por dos: sobre este punto no hay todavía 
acuerdo». 

A primera vista consideramos que serían erratas de imprenta esas 
dos fechas; mas pronto, por el modo como aparece la frase redactada, 
y por el contexto de todo lo que le sigue y le antecede, nos convenci- 
mos de que no habia yerro material, sino que el autor deliberadamen- 
te quiere expresar que se compuso la Celestina, en algún año de los 
diez y nueve que median entre 1495 y 1514. La afírmacion en tal 
caso es sorprendente. Ticknor, citando al eminente erudito Wolf, dice 
que la edición mus antigua que se conoce es de 1499. Asimismo se 
declara en lu Biblioteca de Salva (Valencia, 1872). Moralin conocía, 
y menciona en sus (Orígenes del teatro español i, una edición de 1500. 
Yo he visto y tenido entre mis manos, en Londres, en casa del librero 
Bernardo Quaritch, otra edición rarísima, en 4' menor, de letra gótica, 
improsa en Toledo el ano de 1502. Es indudable, poc consiguiente, 
que se escribió la Celestina en el siglo xv, y el punto es absolutamente 
indiscutible. 

i;En que aíio del siglo xv? Esto ya ofrece mayor dificultad. No hay 
elementos para responder con cabal exactitud á la pregunta; pero una 
cosa puede asegurarse desde luego, y es que fué antes del año de 1495, 
año que, sin embargo, pone Marc-Monnier como la fecha m4s lejana á 
que se debe remontar. La opinión más acreditada es la de Blanco Whi- 
te, seguida por Ticknor y sus traductores al castellano, y según ella 



522 REVISTA CUBANA 

debió escñbirse la CeUsHna después del a&o de 1480 y antes del de 
1490. Esto puede verse con toda extensión tratado en el tomo 1" de 
las Vartedadea (Londres, 1824) y en la página 275 y siguientes del 
tomo 1' de la tHistoria de Ticknor», 5* edición de Boston, 1882. 

En cuanto á si es porto de uno solo, 6 de dos ingenios, la cuestión, 
como my bien declara Marc-Monnier, no está resuelta todavía. Existen 
razones muy sólidas y muy atendibles testimonios para creer que Ro- 
drigo de Cota compuso el primer acto y los otros veinte el Bachiller 
Fernando de Rojas «nascido en la Puebla de Montatvan*, como dice 
el acróstico al frente de la obra. Este es el parecer general Milita en 
contra una sola observación: la completa identidad de estilo y de len- 
guaje que hay entre ambas partes. Pero estas semejanzas suelen ser 
prueba muy engañosa, y es bíen aventurado por sólo eso dejar sub- 
judice una cuestión. Así se halla, sin embargo. De estos puntos oscu- 
ros está salpicada la historia de la literatura española; y no es de ex- 
trañar, si se tiene presente el modo como todo se extinguió al finalizar 
el siglo XVII, y las sendas erradas que se siguieron en el siglo xTiii, 
que á ninguna parte condujeron, pero dejaron todo lo antiguo aban- 
donado. 

Dícese que don Diego Hurtado de Mendoza no llevaba en sus mi- 
siones diplomáticas más que dos libros para emplear los ocios del via- 
je: el ^ffiodís rfe Gavia, y la Celestina. Esta afición del ilustre don 
Diego ha sido siempre para mí el más vehemente indicio para confir- 
mar en él la paternidad del LazarSh de Tormes, paternidad que ea 
otro de los puntos oscuros de la historia literaria de España. 

La Cdeatina, bajo cualquiera faz que se le considere, merece el 
epíteto de admirable. El estilo es de un escritor de primer orden, y la 
observación de las costumbres de la época pcnetraágran profundidad. 
A pesar de su título de tragicomedia y de su forma dialogada, debe 
contarse entre las novelas mejor que éntrelas composiciones teatrales; 
y como tal, inaugura brillantemente un género, al que ha de suceder 
en seguida ese mismo LaxariUo, para culminar más tarde en el Quijote 
y las Novelas Ejemplares. Esa clase de narración popular, y el teatro 
desde Lope de Vega hasta Calderón, son las dos grandes manifestacio- 
nes del genio literario de Espada; son como dos anchas y hermosos 



CORRESPONDENCIA LITERARIA 523 

avenidas, inundadas de luz y de frescura perenne, Ucnaa á ¿mbos lados 
de edificios bellísimos, de las máa capríchosas y origínales formas de 
arquitectura. En 4mbos géncroa el producto brotó del suelo nacional 
tan vivaz, tan espontáneo, tan resistente, que por mucho tiempo no 
lograron oponerse á su crecimiento y desarrollo ni el Santo Oficio, ni 
la monarquía absoluta, dos poderes que combinados eran bien capaces 
de sofocarlo todo, y todo al cabo lo sofocaron y consumieron. 

ENItlQCE PIÑEYRO. 



P. D. — Ridicula pretensión de mí parte sería corregir desde aquilas 
erratas esenciales que aparezcan en mis correspondencias, pues vendrían 
á resultar salvados cuando ya nadie se acuerda de ellas. Me limito por 
eso á señalar unos pocos errores do nombres y de fechas, dejando en 
paz los otros, aunque en mlis de una ocasión alteran el sentido grave- 
mente. En la primera correspondencia (número de Febrero) se habla 
de M. Duruy como si tuviera sesenta y cuatro afios, cuando cuenta 
setenta y cuatro, razón por la cual celebraba yo su incansable laboriosi- 
dad. En la tercera (número de Abril) se rebajan también diez años de 
edad á Gustavo Flaubcrt, que murió de cincuenta y nueve, cifra en 
que yo insistía al recordar que s61o habia producido seis volúmenes en 
toda su vida. La hermana de Luis Yeuillot, de que se habla en ese 
mismo número, se llama Elisa, no Eloísa. 

Respeto en todo lo respetable, la ortografía seguida en las páginas 
de la Revista, aunque no sea la misma que yo sígo ; pero me permito 
protestar, ante los señores cajistas, contra ciertas x que nada tienen 
que hacer en los vocablos esírtcío, espoTiidneo, it, d, y contra la horri- 
ble doble e que una vez me pusieron en el verbo prever. 

E. P. 



JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO. 



LA BIOOAAPIA. 

Cerca de tres afioa hacía ya de la publicación de la (Vida de don 
José de la Luz y Caballeroi, por José Ignacio Bodríguez (1), cuando 
la leí en New York, en un ejemplar que tuvo la amabilidad de dedi- 
carme el propio autor, antiguo y querido profesor mió. Pero, antes de 
conocer el libro por mí mismo, había sufrido la influencia del círculo 
de cubanos entre quienes vivia, los que, 4 su vez, obedecian í multi- 
tud de circunstancias que debian naturalmente reflejarse en sus opi- 
niones todas, relativas & las cosas y los hombres de su país. Asi es que 
leí el libro con un juicio ya formado, y al cerrarlo y formular mi opi- 
nión, creía proceder libre y espontáneamente cuando, en realidad, sólo 
repetía lo que otros ¿ntes habian sentido más que pensado. 

Un año más tarde, próximamente, hablaba yo del trabajo referido 
con un discípulo directo del gran educador cubano, y le pregunté con 



(1) Vida de D. José dB la Luí y C»b*Uero. por José I. Bodriguoí. — Naev» 
York. — Imprenta de «El Mando KuevoD. — L» América Iloelrada.n — 33 Park Bow, 
«Times* Bniiding, 1874. 



JOSÉ DE LA LVZ y CABALLERO 525 

candor y verdadera necedad : — ¿por qué no escribe usted, para vindi- 
car su memoria tan maltratada? Su respuesta, — (porque no tengo na- 
da que decir y, por lo demás, la biografía rao parece buena», — hubo 
de desagradarme sobremanera; pero devoré en silencio mi sorpresa y 
mi indignación : no podía comprender tanta indiferencia, tratíindose de 
lo que yo considerabajla adulteración pecaminosa de una gran dgura, '~^- 

del que habiendo dejado de contarse entre los hombres, seguía siendo 
un guía, un símbolo; — iduca, signiore e maestro». 

Han pasado ahora ocho años y he vuelto ¿ leer, varias veces y con 
mucha atención, un libro que, al parecer, pocos conocen, pero del que 
casi todos hablan maL Es un hecho que maldiciendo tantos de ese 
esfuerzo lítcraño, y á la vez patriótico, ninguno, sin embargo, se ha 
decidido á escribir la biografía exacta, n¡ á hacer otro esfuerzo ra&s 
valeroso y mejor, refutando, siquiera sea de paso é indirectamente, los 
errores! impresos por José Ignacio Kodriguez, o^a- 

Por de contado, aquel discípulo que tanta irritación me causó, sin 
saberlo y sin quererlo, se me aparece ahora como uno de los pocos 
hombres libres de espíritu que por entonces tropezaron conmigo en el 
extranjero, íi mi paso entre los mios; aunque es de advertirse que 
aquellos tiempos eran demasiado agitados para que se dejase oir la ra- 
zón serena por encima de las olas en tumulto. 

He meditado sobre la biografía que escribió Rodríguez, y, en me- 
jores condiciones de ánimo/ puedo asegurar que, á mi juicio, pocas f^- 
obras se han inspirado en más amor y mayor respeto hacia un hombre; >-' 
aunque tal como el eximio cubano aparece en ella, es muy dudoso que 
fuese el ejemplo más propio de seguir é imitar en ta ocasión cscepcio- 
nat en que ae le ofrecía á un pueblo arrebatado en un torbellino, en 
que k acción tenía que ser todo, lo mejor y lo único adoTn^s. El mis- 
mo escritor lo dijo: «Cuando los fxírbaros eslkn íi las puertas de la 
ciudad, preparándose para entrar por ellas, ya no es hora de delibera- 
ciones ó consejos» (1). Los bárbaros, para Rodríguez, son los revolu- 
cionarios en armas, y en verdad esos precisamente necesitaban algo 
más que de un Evangelio, de un fusil y de una cartuchera; un capitán 



(I) Op. cit.— pig. 308. 



526 REVISTA CÜBAKA 

¿ntcs que un maestro; un Epaminondas ó un Viriato ¿ntes que un 
Sócrates ó un Cristo. 

El libro de José Ignacio Rodríguez, por la antitesis do su conteni- 
do respecto á la época en que se dio k la estampa; quizüs también por 
la prevención general de que adulteraba la personalíilad cuya vida 
intentaba referir, y, probablemente, por ambas cansas reunidas, es el 
caso que se ha Icido poco, ó cuando manos que ha sido ineficaz para 
sustituir la imagen que ha trazado, k la concepción que el pueblo de 
Cuba se ha forjado, á la idea que ha concebido y conservado amorosa- 
mente ¡—hombre ornado con todas las perfecciones, qne fué, además, 
el primero en prever un tiempo glorioso, y el único capaz de haberse 
consagrado durante el resto de su vida íi desearlo y prepararlo. Bien 
puede ser la una tan fiel como la otra; porque José de la Luz y Ca- 
ballero fué un hombre puro y fué, también, un precursor. No sofló 
nunca, seguramente, en perturbar las conciencias; ansió, por el contra- 
rio, iluminarlas en la verdad y serenarlas en la virtud; pero, al cabo, 
las perturbó, sin embargo: regó por todas partes gérmenes sublimes y 
fecundos de moralidad y de grandeza viril que habrían de desenvol- 
verse en las almas y traer lencamente un desacuerdo profundo entre 
la realidad y los principios, y, luego, una aspiración á la armonía, tanto 
más grande cuanto más cierto y acentuado fuese el contraste, y tanto 
más dolorosa cuanto más difícil fuese restablecer el equilibrio. 
. -' La obra de J. I. Rodriguez tienefel mérito de haberse escrito con 
.materiales reunidos, merced á no pequeña diligencia, desjie una emi- 
gración y en circunstancias en que era trabajoso y expuesto mantener 
correspondencia con la ¡sla de Cuba, donde estaban los documentos 
que se necesitaban. Hay en ella capítulos, como el XV [I, notabilísi- 
mos y dignos de fijar'.la atención. En todas las páginas del volumen se 
siente palpitar el corazón del autor, que es el de un cubano que ama 
la justicia y las glorias legítimas de su pueblo natal, y que siente to- 
davía afecto tierno hacia el hombre grande que retrata, como si estu- 
viese bajo el ascendiente real de su persona; y del conjunto del traba- 
jo se recibe una impresión gratísima del educador, del maestro, el cual 
aparece como un fenómeno extrafio y apenas inexplicable, pues lo será 
siempre positivamente la existencia de un hombre tan bueno, tan des- 



JOSÉ DE Lk LCZ Y OABALLBRO 527 

interesado, tan lleno de religiosidad, en medio de la sociedad de au 
tiempo, incrédula, irreligiosa y materializada; y la aparición de un 
pensador tan penetrante y tan sólido, donde casi no exíatia ninguna 
tradición de esfuerzo mental. No quiere esto decir que el libro ca- 
rezca de errores : los tiene, j alguno de importancia ¡ pero en lo princi- 
pal, en las líneas generales, el cuadro es exacto y bastante completo. 

Hace ya algún tiempo que ha visto la luz una nueva edición; pero 
no la conozco, ni sé tampoco en qué ae distingue de la primera. 

Bien sea por desidia, bien por indiferencia, acaso por que preocu- 
paciones gravísimas han ido cayendo sobre el corazón de los cubanos, 
como menudo, pero continua lluvia de invierno, el caso es que lo úni- 
cojrealmente serio que se ha producido hasta el presente sobre José 
do la Luz y Caballero ea el libro de Joae I. Rodríguez. Si fel maestro 
de la juventud cubana» no fué tal como ese libro lo presenta, la culpa 
de que no aparezca en su verdadero modo de ser, en su personalidad 
real y efectiva, será sin duda de los que no han dicho una sola palabra 
después, suncionando con su silencio lo que estiman una impostura, de 
que si no fueron fautores, son los cómplices por su negligencia, por su 
abandono, y, quizás, por su cobardía. 

José I. Rodríguez conoció k José de la Luz y Caballero, fué algún 
tiempo profesor de ílsicaen su eolepo, y la posteridad, por consiguien- 
te, aceptará las aíirinacioncs impresas de su libro cuando no quede ni 
la sospecha de que produjo desagrado y aun indignación que, no por- 
que fuerun más ó menos generales, dejaron de mantenerse absoluta- 
mente inéditos. 



11 



La vida entera de José de la Luz y Caballero (1) es un ejemplo 

más de cómo cada hombre es un compuesto, algo complejo y resultan- 

(1) JoEé Cipriano Ae U Lqí y CabftUnro.— Naclú en la Habana, el U de Julio dfl 
1800.— Eodriguei. Op. ci(.— pig. 1. 



bZO REVISTA CDBAKA 

te de causas varias y diversas, un producto de la raza, del complicado 
movimiento del pasado, y de las circunstancias peculiares que lo en- 
vuelven y afectan desde que surge k la existencia. Nadie, por conse- 
cuencia, puede desligarse de su ser propio, ni de bus antecedentes, ni 
del medio y el momento en que viene al mundo. El clima, la historia, 
las ideas dominantes, la configuración y estructura del suelo, mil cau- 
sas ó relaciones, morales y físicas, — evidenciando la armonía íntima de 
la realidad, — se combinan por ignoradas maneras y producen esa ma- 
nifestación singular de la vida que llamamos lel hombre», por lo que 
cada individuo sobre un fondo suyo atesora y combina otros infinitos 
elementos, presentes y pasados, para devolverlos ó reflejarlos en la ex- 
presión sustantiva de su particular persona. Así, el diamante y el 
pedazo de hulla, que calientan ó brillan, no son más que una transfor- 
mación, que una combinación maravillosa de tierra, de vegetal y de 
sol. Así, también, el alemán que medita hoy — al lado de su jarra de 
cerveza y fumando su pipa — sobre los grandes problemas del universo, 
en el fondo de un aposento moderno, no hace más en sustancia que 
reproducir, — un tanto modificadas, naturalmente, — las mismas ideas 
que otro medio muy diferente habia fijado con energía en el cerebro 
de aquellos arias que se despedían de la vieja Bactriana, entonando los 
primeros himnos védicos. 

José de la Luz y Caballero vino á la existencia con un cerebro 
modelado por largos siglos de religión y metafísica. Fué el interme- 
diario de su elaboración esa raza sensible y exaltada del Mediodía, 
capaz de grande heroísmo y de ardiente devoción, la raza de los for- 
midables fanatismos y de los más tiernos creyentes. El medio en que 
se desenvolviera fué este clima tropical, este sol devoradcr, este cielo 
encendido de Cuba, k cuyo influjo la fantasía se tiñe de los matices 
del iris, se enardece el corazón, predisponiendo al espíritu para los 
sueños, los devaneos, el misticismo, y el cuerpo pronto decae, desgas- 
tando sus resortes, é invalidando al entendimiento para los esfuerzos 
continuados de honda y sostenida meditación. 

Su natural, — como si dijera, — su esencia, era el predominio casi 
absorbente de la sensibilidad: el sentimiento torrencial, delicado, des- 
bordante i veces, siempre inexhausto. Sus beneficios brotarán del co- 



JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLGtlO 529 

razón ; sus achaques provendrán de sus nervios. Habrá en él un dua- 
lismo, la inteligencia soberana y el sentimiento excesivo, que acaso no 
podrá armonizar jam&s. 

Estas circunstancias generales, junto con su primera educación, 
pueden explicar aproximadamente su carácter y su vida. 

Robusto y fuerte de constitución, al punto de sobresalir en algunos 
ejercicios corporales, gozó de salud y vigor hasta los cuarenta aflos, 
poco más ó menos. Desde entonces, y por causa de sucesos importan- 
tes, sus potencias físicas fueron decayendo, no sin que forzosamente 
se resintiera su inteligencia, y tomaran rumbos diferentes sus medita- 
ciones y sus ideas. Los sufrimientos, la naturaleza de su enfermedad, 
un golpe rudo que descargó la muerte en su hogar, desde entonces sín 
alegría, lo acabaron muy pronto, al extremo que cuando sólo tenía 
cincuenta años, parecía haber alcanzado los últimos Ifoiites de la an- 
cianidad. Siempre afectado, achacoso, era natural el abatimiento cor- 
poral, la apatía, la imposibilidad de todo grande esfuerzo. De ahí 
que no hubiera podido nunca escribir una obra de extensas proporcio- 
nes. El período más floreciente de su vida flgica, fué también, como 
era lógico, el do su mayor lozanía de inteligencia y en el cual, por eso 
mismo, pudo producir sua frutos mejores y más sanos. 

£1 momento de su aparición debió también imprimir una huclU 
en su carácter. La isla de Cuba, entonces, era sólo una factoría en el 
trayecto de la Metrópoli al Continente americano. En ambos hemisfe- 
rios de la nación pesaba sobre los pueblos el cetro de D. Fernando VIL 
De vez en cuando y mientras era de hierro para la Península, abria 
aquí, cual mágica vara, fuentes de riqueza y prosperidad. SÍ bien iban 
surgiendo pueblos en lo interior y por las costas, la vida de la isla, 
débil y descuidada, se concentraba en ■ la capital, que medio siglo de 
contiendas con el extranjero y de depredaciones do piratas, habian con- 
vertido en una enorme fortaleza. Las únicas importantes ocupaciones 
que se ofrecían en general á sus moradores, eran el comercio y el foro, 
la milicia y el sacerdocio. España entonces, para la inmensa mayoría 
de los cubanos, era la Madre Patria. Por causa, unas veces del atrevi- 
do bucanero y, otras, del inglés ó del francés, habíase visto al hijo de 
Cuba identificado con el de España en los mismos peligros y los mis- 



530 REVISTl CüBiSi. 

m03 intereses. Sin perder su carácter local, el cubano estaba siempre 
resuelto á la deren.ia de la bandera metropolitana que más de una vez 
sirvió de sudario de guerra á los que, aquf 6 en otras partes, por ella 
combatieron con denuedo. Un cuarto de siglo, mientras Espafta se 
desmembraba k pedazos, Cuba mereció realmente el dictado de (Siem- 
pre fiel». Sus hijos, como los de Aragón, por ejemplo, eran simplemen- 
te provincianos de España, españoles de provincia. Esto duró, con más 
ó menos propiedad, basta el afio de 1837, que inicia una nueva era en 
la historia de la mayor de las Antillas. Respiróse, pues, por espacio de 
todo ese tiempo, en una atmósfera de mutua confianza, de igualdad 
política, de paz moral. 

Ibasc desenvolviendo el alma de -Tose de la Luz y Caballero bajo esas 
benignas influencias.. Formóse al calor de un Estado más ó meaos pro- 
tector y 4 la sombra benefactora de la Iglesia. 

D. José Agustin Caballero, tio materno y primer maestro de José 
de la Luz, era sacerdote. D. Antonio de la Luz, su padre, uno de los 
jefes de la milicia. La santa mujer que fué su madre (1), matrona se- 
vera, aunque dulce, era también muy sumisa á la Iglesia Católica. 
Criólo con amor entrañable, y de ella recibió, como primeras ímprcsi»- 
ncs, de esas precisamente que se graban para siempre en el espíritu, 
ejemplo vivo y constante do virtud y santidad. 

Comenzó sus estudios en el Convento de San Francisco, donde fué 
su maestro de filosofía otro sacerdote. Fray Luis Gonzaga Valdés. En 
la Universidad, entonces Real y. Pontificia, siguió un curso de «texto 
aristotélicoi, y estudiaba leyes en el Seminario de San Carlos, Así lle- 
gó hasta los veinte años, en que se graduó de Bachiller en leyes, sién- 
dolo ya de filosofía, y no sin haber estudiado los sagrados cánones y 
la teología, bajo la dirección del Padre Caballero. 

Inclinado al claustro desde temprano, educado en un medio perfec- 
tamente religioso, pensó hacerse fraile de la Orden de San Francisco, 
y, en este propósito, desenvolvió su naturaleza humilde y sencilla, lle- 
gando á la extremidad de someterse á la mortificación corporal. Refie- 
re su ilustrado biógrafo (2) que «muchas veces en su primera juventud 

(1) DoQa Manuela Cabaileto. 

(2) Rodrigaet.— Op. cit.— p. 10. 



JOSÉ DE LA LUZ T CABALLERO 531 

exponíase á los frios vientos del Norte» para endurecer su cuerpo y 
domiaar au organismo, de igual modo que se cuenta que Sócrates, con 
quien se le ha comparado sin mucha exactitud en otros cosas, con igual 
objeto andaba descalzo en lo más crudo del invierno. Resolvió luego 
hacerse clérigo y fué ordenado de menores; pero en el entretanto su- 
mióse con ardor incansable y en constante vigilia, que al cabo minaron 
su salud, en el estudio de loa clásicos, en la meditación de la Biblia, 
en el cultivo asiduo de la lengua latina, que dominó por completo, y 
en la lectura de libros religiosos, de tal manera que corria válida la 
especie, hace unos veinte y cinco años, de que sabia de memoria nada 
monos que el Misal, 

Mientras bacía esta vida levítica y se iba penetrando de las verda- 
deras necesidades intelectuales del país, comprendió á la postre quo 
era la enseñanza su verdadera vocación, y si bien,, tras varias lluctua- 
ciunes, ahorcó los liábitns, ya su carácter estaba definitivamente fijado. 
Naturaleza afectiva, do imaginación descolorida por el ascetismo y la 
falta de paisaje en aquella juventud encerrada en el convento ó en el 
seminario y entregada íi áspera vida y rigurosas meditaciones de igle- 
sia, la exaltación de su raza y el sol de su patria habían de inflamar 
su sangre, más no para la poesía, ni para el arte, ni menos para la ac- 
ción enérgica y decidida á que no lo impulsaba su natural manso y 
pacífico, sino para el amor evangélico á sus semejantes y para las obras 
de bien y caridad. Aquel medio, esa educación eclesiástica, los hábitos 
de religión, la erudición clásica, el comercio constante con Aristóteles, 
Melchor Cano y los Padres de la Iglesia, el latín como vehículo univer- 
sal, la disciplina claustral, el aire beatífico que nutría sus pulmones 
en la casa paterna y en la escuela, la devoción y la austeridad de su 
madre, aquel tiempo prosaico sin el movimiento y la flexibilidad más 
amable de hoy, y que parecía por lo mismo convidar á las naturale- 
zas apacibles al retiro y á la meditación tranquila, — todo eso junto im- 
primió en su corazón y en su inteligencia un sello inalterable, — fué el 
molde en que tomó forma permanente su personalidad singular. So- 
brevendrán cosas nuevas y ruidosas, recibiri otras impresiones diferen- 
tes, aparecerá más de una vez modificado; pero todo ello será, pasajero 
y accidental; construcciones más ó menos livianas que al caer de nue- 



532 RBT13T1 CUBANA 

To dejar&n ver siempre firme y siempre el mismo, el granito inmutable 
de la base. E! raudal de sus sentimientos lo hará, fácil, elocuente y aun 
fogoso orador; pero conociendo & fondo su lengua, aprendida en los 
mejores maestros, en ese Cervantes, sobre todo, que para él era una 
panacea, — ajamas ser& un escritor, un artista de la palabra el que por 
natural inclinación sólo estaba llamado ¿ ser artista de caracteres y 
ambicionaba el noble privilegio de ser creador de hombres para su 
patria. El silogismo esterilizador será, sin demasiada crudeza y tem- 
plado por su facundia, la forma común de su expresión clara, diluida y 
sin gusto. Cuando quiera exponer, su método será, escolástico: en vez 
de la lección despejada y seguida, optará por ta árida exégcsis, por el 
penoso comentario. Su manera escolar y su fantasía atrofiada le impe- 
dirán ser un verdadero escritor, á pesar de su gran talento, do su saber 
sólido y de su real profundidad. 

Examínense sus producciones y quedará confirmado lo que acabo 
de expresar. El discurso en elogio del gran orador Escobedo (1) es el 
reflejo de su condición, amorosa, ardiente, expansiva, sentimental. Es- 
tá cundido de interjecciones: el signo ortográfico más usado, usado con 
una profusión extraordinaria, es el de admiración ó el de interrogación. 
Sus discursos, y esc discurso, son expresión fiel de gran sensibilidad, de 
sensibilidad excitada; respiran el candor de su alma, la ternura menos 
contenida, en párrafos hermosos, redondos, solemnes, como párrafos de 
Joveltanos. Pero es inferior su forma, cuando escribe: faltándole el 
donaire y la gracia, la soltura y esc no sé qué inefable que de las pro- 
ducciones del que emplea la pluma como instrumento, lo mismo 
que del que emplea el sonido musical, 6 el buril, 6 el pincel — hace las 
obras de arte. 

Parece que en sus mejores tiempos de producción, hacía este mis- 
mo efecto en los que pudieron conocerle. Un viajero español que vino 
por entonces á la isla decía lo siguiente: lEl sefior don José de la Luz 
Caballero es el literato de más prestigio en ta Habana; pero creo yo 
que le conviene más el nombre de sabio que el de literato. Sus escritos 
suelen ser profundos; pero demasiado escolásticos. Al través de sus 



(1) RodtigUM.— Op. cit.— ]iágí. 107 ¡i la US. 



JOSÉ DB U LDZ I CABALLERO 533 

vastos conocimientos, especialmente filosóficos, se trasluce un mal gus. 
to de dicción, que quita parte de valor al conjunto. Algunos artículos 
de dlosoffa insertos en el Diario de la Sabana revelan un profundo 
Eaber; pero la controversia es de aula, y la personalidad del impugaa< 
do, un medio de defensa poco lógico (1). Nos parece que el señor da 
la Luz es demasiado buen maestro para ser grande escritor» (2). 

He expuesto, como quien dice, los cimientos de aquella personali- 
dad, y no creo fuera de propósito, preguntar: ¿esas células cerebrales 
que por tanto tiempo y sobre una apropiada conformación étnica al- 
macenaron aquellas primeras impresiones, serán capaces de recibir y 
conservar otras nuevas que modifiquen radicalmente el estado subjeti- 
vo que ha llegado k producirse? Esto que rae parece imposible, debe 
tenerse presente para poder explicar un fenómeno curioso de reversión 
al pasado en el espíritu de José de la Luz y Caballero, y que justifica 
por qué, andando el tiempo, por el año de 50, próximamente, un dis- 
tinguido extranjero que conversó con él en la Habana, tradujo la im- 
presión que le habia causado, diciendo en breve resumen: fea un be- 
nedictino» (3). 

Se encontró ya formado el sistema de lo que llama Taine <1as re- 
presentaciones*, (4) en el individuo. En él ese «sistema» era la concep- 
ción general del mundo que se denomina (catolicismo*. Toda la apli- 
cación de su actividad mental, en otras condiciones, por causas de sus 
viajes y de nuevas lecturas, es decir, bajo las ulteriores influencias, 



(1) Con efecto, trató ánramenteíConsin, pormísquanodesconociaBus oiérito*. A 
los eclécticos los llama omangaados», oaoveliitaía, usaperSci alean, ndaliraotes]*. A la» 
afirmaciones, ya — xhipocreifas literariun, ya oartiminns dospreciableen, ya •pero- 
gralladaíu, k. 

Loa eclécticas eran & aus ojos upasteleroB de la ciencian. Sub eeciitoa de impugna- 
ción muestran el predominio del sentimiento. Al pensar, pensaba y sentía i ua 
tiempo. 

(2) VíaJM de don Jacinto de Salas y Qairoga.— Irla de Cuba.— Tomo I.— Madrid. 
— Boii editor. — Impresor y librero, callo de Carretaí, nüm. 8. — 1840. — piga. 186 
y 187. 

(3) Bodrigoet, Op. dt, p&g. 12. 

14} H, Taiae.— •Hístoire de la Littérature Acglaisep, 1877, tomo 1?, Introduc- 
tion, pig. XIX. 



534 REVISTA CUBAÜl 

habrán de tender & destruirlo en todo ó en parte, probablemente sin 
lograr otra cosa mfis que modificaciones máa ó menos profundas. En 
el fondo estará siempre la primera piedra, la baldosa del convento en 
que orara tantas veces de rodillas. Debió sentir, pues, agitación y sa- 
cudidas, durante su madurez. El fraile, el saccnlotc, serán más mun- 
danos, se convertirán en el educador seglar; pero por aquel cerebro 
habrán pasado dos concepciones del universo y de la vida, y por aquel 
corazón habrán pasado también las tempestades de la f¿ conmovida, 
la angustia patética de la verdad que se abandona, la tristeza de la 
verdad que se impone. ¿Qué queda al cabo en esc campo asolado por la 
electricidad de las ideas? En él, de seguro, habia uti pensador, un filó- 
sofo; pero, acaso, no pudo dejar nunca de haber también un teólogo, 
un creyente. El predominio de uno de esos dos de sus aspectos será 
provocado por un factor importantísimo, su salud, su fortaleza física. 
Con aus condiciones y oscepcionales facultades es fácil comprender 
que será un patriota ardiente sin ser jamás un revolucionario; que, 
nadie le igualará como maestro, ni tampoco le superará nadie como 
hombre. Pero será invariablemente el hombre de sus circunstancias, 
el producto combinado de ellas y de la educación qne liabia recibido, 
el resultado del sesgo inicial de su espíritu, del medio en que fué for- 
mándose, del momento en que alcanzó su desarrollo completo: fruto 
extraSo y magnífico de un período de tránsito, en que sobre un fondo 
antiguo vinieron sucesivamente á injertarse elementos más modernos. 
Provinciano de España, al principio, conforme y tranquilo; después, — 
como los demás, — desposeído y rebajado de su primitiva condición, y 
aleccionado por lo acontecimientos ulteriores, sin el antiguo sosiego y 
descuidada despreocupación y sin las nuevas impaciencias; — sin la fé 
ortodoxa de la primera juventud y sin un sistema definido de filosofía 
en la edad provecta; mas siempre con una creencia religiosa masé 
menos recrudecida y exaltada al compás de su debilidad física, — era, 
en resumen, un pensador nuevo y de genial y sorprendente penetra- 
ción , amalgamado con el religioso primitivo; algo así como un hom- 
bre de la primera mitad del siglo xix vaciado en un hombre de los 
últimos dias de la Edad Medía, uno de aquellos sabios del Renacimien- 
to que parecían llevar dentro de sí dos almas rivales, pues que eran á 



JOSÉ DE U LUZ T CABALLERO 535 

la vez experimentadores y creyentes, observadores y místicos, — y cuyo 
constante esfuerzo se encaminaba k obtener la conciliación de los ex- 
tremos, la compenetracioD de elementos opuestos, la aimonfa de la 
razón y de la fé, de la creencia y de la ciencia. 



DN TEXTO T UN INPoniCE. 



Innecesario, y muy cansado, sería seguirlo en sus viajes por los 
Estados Unidos y Europa, do 1828 k 1831. Esos viajes, y los que hizo 
varios años después, estuvieron llenos de aventuras literarias. Durante 
ellos se relacionó con hombres eminentes, que hoy son considerados 
como verdaderas celebridades, y filé siempre más que un viajero cu- 
rioso, un estudiante observador, infatigable, aprovechado y muy intré- 
pido. Asistió k cursos públicos, oyó en sus cátedras íi Cuvier y 
Michelet ; se informó con su acostumbrado celo y con patrióticas mi- 
ras (iei estado y circunstancias de las escuelas americanas é inglesas 
visitó his minas de plata de Silesia; cscudrifió en las ruinas de Hercu 
laño y de Pompeya; subió más allá de los últimos descansos en las 
montañas de Escocia y bajó hasta mil pies en el cráter del Vesubio, 
Mores kominum mtdforum vidit el urbes. 

Antes de su vuelta ú Cuba hízo imprimir su traducción con notas 
del «Viaje pur Egipto y Siria», de Volney. De regreso á la Habana 
unió sus esfuerzos al de los que en la Sociedad Patriótica se empeña- 
ban en ilustrar y fomentar el bien del país, creando escuelas y mejo- 
rando las que ya existían. Por ese mismo tiempo habla aparecido, 
bajo los auspicios de aquella corporación, un periódico notable, la Re- 
vista Bimestre Cubana, que poco despucs de su fundación dirigió 
Saco. En ella, en el Diario de la Habana y en las Memorias de la 
Sociedad publicó José de la Luz Caballero artículos varios y algunos 
informes (1). Notóse en la capital un movimiento intelectual hasta 

(1) Rodrigue».— Op. cit. p. 48. 



536 RBVISTA OUBAHA 

allí desconocido, al que Luz contiibujó en proporción muy considera- 
ble. Diñgió particularmente au atención, k cuanto se relacionaba con 
la enseñanza y aprovechando aquellas favorables circunstancias, pro- 
yectó fundar un colegio con el nombre de fEl Ateneo*. (1) 

Desde que llegó á 3u paía, con el caudal de sus nuevos estudios y 
variadas observaciones, babia sentido vivísimo deseo de aplicar las 
mejoras que conociera examinando prolijamente la instrucción pública 
en los Estados Unidos y en la Gran Bietaffa, y de introducir en la en- 
señanza primaria las reformas que Várela inauguró en los altos estu- 
dios. En presencia de la profunda y universal desmoralización de la 
isla creyó encontrar un medio eficaz de combatir los malea públicos 
en la educación de la niñez y en la cultura del pueblo, y así, arrastra- 
do por su natural vocación y su patriotismo inteligente y generoso, 
desde aquel momento se propuso, en unión de sus colegas de la Socie- 
dad, formada por un grupo de varones desinteresados, sacudir el ma- 
rasmo de los espíritus y levantar el abatido nivel moraL 

Creía que la vida era algo serio y que el triunfo y la felicidad de- 
pendían del caráctei', de la virtud y de la verdad: vio por dó quiera, 
oscundad y miserias : la abyección social engendrada por la esclavitud ; 
la despreocupación brutal, respecto & los mejores intereses humanos, 
los intereses morales, desconocidos ó burlados en el hartazgo de rique- 
zas fíicil é inicuamente amontonadas, y — como consecuencias letales — ■ 
los vicios revolcándose en su fondo siniestro de vergüenzas y miserias. 
cHombres m&s bien que académicos — exclamaba en su angustia — es 
la necesidad de la época», y con tan noble inspiración de la verdad, 
escribió el famoso Informe sobre el Instituto Cubano, que denota la 
influencia que ejercía sobre su espíritu el manejo continuo de las obras 
del que consideraba tun hombre de Plutarco» y llamaba fnuestro in- 
mortal Jovellanos». 

El Instituto debia ser una especie de Escuela General de Artes y 
Oficios y una Escuela Normal. Su múltiple misión había de con- 
sistir en fabrir nuevas carreras k la juventud de nuestra patria conde- 
nada í consagrarse exclusivamente al foro, i la medicina, ó ¿ la hol- 



(1) Ibiddin.— P. 63. 



JOSÉ DE LA LUZ V CABALLERO 53? 

ganza ; difundir los conocimientos químicos para perfeccionar la 
elaboración de nuestros frutos y aprovechar nuestras ventajas natura- 
les; facilitar la adquisición de luces para toda empresa que descanse 
en las nociones de las ciencias físicas y matemáticas; abrigar en nues- 
tro propio seno, sin necesidad de mendigar al extmnjero, hombres 
capaces no sólo de concebir sino de ejecutar grandes planea aún en 
sus últimos pormenores; mejorar algunas profesiones de las existentes 
proporcionándoles otros datos de que han menester pura progresar; 
fertilizar el vasto campo de la educación, ofreciéndole mus idóneos 
cultivadores; contribuir al adelantamiento de las artes liberales y me- 
cánicas entre nosotros» (1). Es decir, formar maestros y hacer hom- 
bres, como la manera más prudente y viable de dar satisfacción á los 
reclamos imperiosos del tiempo. El proyecto de José de la Luz y Caba- 
llero no Ucg», por supuesto, á realizarse ; pero se le dió la dirección de 
un colegio, el de Carraguao, donde estableció y regenteó cursos de filo- 
sofia, desde 1834 (¿). 

Tanto allí como en algunas clases particulares, aplicó á la enseñan- 
za de los niños el «método explicativo». 

Era su vocación tan decidida que desde el año I83I, apenas llegó 
de Europa, visitó las escuelas de la capital y asistió á sus exámenes 
públicos con interés que fuera pueril sino hubiera sido admirable. De 
ese modo pudo convencerse del lastimoso estado de la instrucción, de 
la falta de preparación é idoneidad en Ifls profesores, de los e.xtragos 
de la rutina y, sobre todo, del funesto abuso de la memoria. Se ense- 
ñaba entonces por todos lados como se enseña hoy en las cscuelitas 
de barrio. Su primer propósito, como era de- esperarse, fué combatir 
ese sistema, que eonsistia precisamente en no tener ninguno. En lo 
sucesivo quiso siempre hacer comprender que el magisterio no era un 
oficio, ni siquiera una profesión ; sino un apostolado, (3) un saccrdo- 

(1) Informe, pág. 25, En Rodrigiiei. op. cit. pSgu. G6 y G7. 

(21 Rodrigue!, U. p. 77. 

(-i) «Eepinono npoelolado es la en^efianza, qae no hay apóstol ein sentir la fuerza 
de la verdad y el impulso de propagarla». Esta proposicioa euya eirviú de Céeis i dd 
diecnrsD leído & su nombre por uno de lue discfpuloB, me parece que tu£ Jeeaa Be- 
nigno O al vez. 



cío. Así se comprende la complacencia con que, más tarde, leyó en un 
libro americano (1) y la comunicó al público, la expresión de su altí- 
simo concepto de la enseñanza, la creencia sincera de que — como el 
poeta, como el músico, como el pintor — el maestro es también un ar- 
tista y, acaso, ct más divino de los artistas; porque como ól pensaba, 
»3Í lliguel An;Tcl crea el Moisís, si Shakespeare crea el Hamlet, el 
maestro crea un hombre* (2). 

No me decido á pensar que la obra que escribió por aquel tiempo, 
con ei título de "Texlo de Lectura graduada para ejercitar el méto- 
do explicativo», (3) fuese en reahdad útil y adecuado i su objeto. Es 
un tomito de 104 páginas, del que apenas por rareza se conserva algún 
ejemplar. Mézclansc en él, sin gran concierto, admoniciones y conse- 
jos, diálogos infantiles, versos generalmente malos, y fábulas conoci- 
das con relaciones de historia bíblica que parecen pái¡;in[is arrancadas 
fi la obrita del Abad Fleury. Ese ensayo debe juzgarse más por su' 
intención que por su valor real; acaso, siendo su ilustre y sapientísimo 
autor el maestro que lo usara, los resultados debian ser muy halagüe- 
fios; pero en manos menos fuertes y expertas que las suyas no debia 
producir los mismos frutos. Escrito para poner en práctica el método 
explicativo, no me ha sido dable comprender la elección y distribución 
de las materias que encierra, ni mucho menos cómo mediante 61 po- 
dría con éxito aplicarse aquel. A cada paso se tropieza con expresio- 
nes como las siguientes: — tDitis manda salir el sol, y íe manda poner- 



(1) El autor, Bayoerd U, Hall. 

iiEi idea que he visto apuntadaen un libro americano, j apoco quo mo<liteÍB sobre 
ella, convendréis conmigo en i¡ne tiene mucbo do verdadora». — Estae ?on fraaes de nn 
discurso que hizo y leyú, en ea nombre, E. Piñejro, en 1660 6 1861. La3 cito í U 
memoria, j asf no respondo de la eiactítud de U>das las palabras. 

(2) uHasta aqal— dice en otro lugar aquella oración — bemoa visto confuudirsa 
ámbaa profesiones (el artista y el educador); pero si damos un paso míe adalante, 
veremos elevarse la primera (el educador) sobre la segunda, quantum lenta tclerU 
inier vibunia ciiprctsiy- 

(3) Texto de Lectura graduada para ejercitar el mftoda explicativo. Libro 1? — 
Habana. Impr':nta del Gobierno por S. M.— 1833. 



JOSÉ DE LA LUZ T CABALLERO 5S9 

se». — *E1 es quien hace, caer la lluvia y el rocío para mojar el suelo, 
y ó «tt arbitrio se jionc seco» — "Hora manda al árbol que se viata de 
hojaa, y dentro de poco mandará i las hojas que se marchiten, quo 
caigan, y que el árbol se quede deanutloi. — «El hizo al pobre lo mis- 
mo que al rico», — lEl os dio vida, y alimento, y casa donde vivir». — 
«Todos los que se mueven sóbrela tierra, sonsuí/oa». — *En él viven y se 
muevan. {1} — Todas estas frases en que hay una mezcla extraña de 
teismo y panteísmo, y que harían embarazosa y acaso imposible la 
explicación, sorprenden en un pensador que tanto recomendó desde 
temprano el estudio de las eicneitis naturales, (2) que tanta importan- 
cia diú lucjTo al <le la física y que ]ler;ó fí ser un preconizador apasiona- 
do de la observación y de la cxpcríencin. 

Pero es míts de admirar aíin la recomendación signicnte, dirigida á 
los niños: «Así que podáis leer el Catecismo delieis hacerlo, y hacerlo 
muy tí memtdot. (3) Tres renglones nifis abajo, añade: »Xi basta leer, 
41 no tratáis de comprende^' lo que leis, y de conservarlo en la memo* 
moría» (4), Hay que recordar que para él «el método explicativo se 
reduce (í hacer discurrir ú los alumnos sobre cuanto leen, explicándo- 
les ^íaJropoí'^xtZaira scgim v¿ siendo necesario para /(f ÍTiíeíí^ncj'a 
del discurso» (5). Jle asalta ahora nn recuerdo muy oportuno. Yo era 
sustituto, en el Colegio del Salvador, allá por 1865, de la primera cla- 
se de Religión, en que se enseñaba la doctrina cristiana por el Catecis- 
mo. Un día me llamaron para dar la clase, porque el profesor estaba 
enfermo. Correspondía, como materia, un repaso general : hice colocar 
sobre la mesa todos los libros que ios niños tenían en las manos y lancé 
la primer pregunta al que tenía más cerca de mí: ¿quién es Dios? — 
La respuesta fué instantánea: *La Santísima Trinidad, Padre, Hijo, y 
Espíritu Santo: tres personas distintas y un sólo Dios verdadero». Por 
mi parte, volví á preguntarle si comprendía lo que habift difbo, y, na- 



(1) TeitopigiYiM 10 V II. 

(2) Rodríguez. Op cit. páginas 75 y TS. 
Í3; Taito, pág. 31. 

(í) Id„píg,31. 

í^) Badrignei. Op. cit. pág, 50, 



540 REVISTA ODSAKA 

turalmentc, me replicó que nó, y así mismo todos los dcm¿s alumnos. 
Me encontraba en un verdadero aprieto, para ejercitar el método ex- 
plicativo. Es verdad que el mismo Pico de la Mirándola, que se sentía 
cap'az de contestar satisfactoriamente k tantas dificultades, se hubiera 
hallado tan perplejo como yo, en esa intrincada cuestión de historia 
eclesiástica. Tomé entonces el partido mejor, que fué dar k entender, 
guardando en lo posible la buena forma, que toda aquella fraseología 
era sencillamente un monstruoso disparate. Mas fué lo peor del caso 
que rae vi, por la lógica de las cosas, como forzado i decir lo que de- 
bia entenderse por esa palabra «Dios». No merezco la calificación de 
inmodesto si declaro que mi explicación no fué del todo mala, pues 
que manifesté, sin ahondar demasiado, cosa que, por otra parte, me 
hubiera sido imposible, que Dios era una concepción humana, una 
idea, que pueblos, razas, hombres — según sus condiciones, naturaleza, 
carácter y otras míl circunstancias, — se forjaban de muy diferente ma- 
nera. Agregué algo infis, también de mi cosecha, y resultó que, sepa- 
rado de tan grato entretenimiento no mfis que por un tabique de ma- 
dera poco elevado, el Director del Colegio pudo enterarse del empleo 
que yo hacía del método explicativo, y desde aquel momento dejé de 
ser el sustituto de la clase de Eeligion. 

Ello es que cuando se inculca en la nífiez una síntesis, una concep- 
ción total del universo, es muy difiícíl luego modificarla, sin peligros y 
sin desgarramientos. El Catecismo es una filosofía, toda la filosofía 
cristiana, mezcla híbrida de multitud de sectas y sistemas, en que hay 
ideas, como esa idea capital de Dios, que resultan de su misma defi- 
nición, ininteligibles; una síntesis verdaderamente absurda, que al 
formar la base de la educación divide al cabo en dos partes la vida 
mental, perdiéndose un tiempo precioso y grande esfuerzo, durante la 
segunda mitad en ir refutando y destruyendo la primera; por lo que 
se convierte el hombre en una dualidad lastimosa, y la existencia en 
algo como la tela de Penélope, al fin de la cual se apodera del ánimo 
el estéril excepticismo, la triste indiferencia; ó cae en la siniestra con 
goja de Werther, de Fausto y de Rene. 

Pero, á los 38 años, edad en que redactó el Texto, José de la Luz 
Caballero es, en el fondo y bajo el punto de vista de s 



iOBÉ DE LA LDZ V CABALLERO 541 

tanciales, el clérífi^ de veinte aflos, aquel mismo hijo de San Francisco 
cuando proyectaba renunciar al mundo y encerrarse por siempre en 
una celda, 

IV 

LA POLÉMICA SOBRE C0D8IN. 

Un hombre tan sensible como José de la Luz Caballero, no podia 
ser indiferente al bello sexo; al contrario, alfruna de las resoluciones 
más graves de su vida debiéronse, según refieren amigos suyos, á in- 
fluencias femeninas. Por el ano de 33 contrajo matrimonio con una 
hija del célebre Dr. D. Tomás Romay. Entonces Luz Caballero era 
uno de los elegantes de la Habana. Sus hábitos de escrupulosa, por no 
decir, exagerada limpieza fueron los únicos que conservó hasta su 
muerte, de su vida de joven presumido y de moda. El afio de 34 lo 
nació su única hija María Luían, el encanto de su existencia, y cuya 
pérdida decidió un aspecto nuevo de su inteligencia. 

En 1837 el régimen político de Cuba cambió radicalmente. Las 
Cortes Constituyentes de la Monarquía hicieron la innovación desas- 
trosa que un escritor llamó < la inmortal injuria» (1). La Espafla do 
los Sancho y los Arguelles estableció en la isla, en forma realmente 
revolucionario, un nuevo sistema, cuyo Código fueron la Real orden 
de 25 de Abril de aquel mismo afio y la de 28 de Mayo de 1825. — 
Cuba, desde entonces, f quedó aometjda sin defensa al sable de los Ca> 
pitanes Generales* (2). 

Luz abandonó la enseñanza y se recibió de abogado en Puerto- 
Principe (3). Pero el foro estaba demasiado corrompido, por lo que 
<el alma de armifio de José de la Luz Caballero no pudo resistir la 
pesada atmósfera y renunció precipitadamente al ejercicio de abogado 
apenas lo iniciói (4). 

(1) EgpaBa y Coba. Opúacub impreao en Qinebia en 18T6. fig- 5. 

(2) Frase de un artfcolo de Antonio Zambrana, de 1871. 

(3) Rúdrignez. Op. cit. pág. 91. 

(4) Morales Limni 7 la RevolncioQ de QiAa. estudio Hietórico por Enríqns Fi- 
fi eyro,- Na w- York. 1871.— Pág. 13, 



542 RE^-ISTA CDBANA 

Consagrado de nuevo al misterio, dio clases particulares en su 
casa y, gobernando el habanero £>. Joaquín de Ezpelcta, sucesor de 
Tacón, obtuvo — en 7 de Setiembre del año 1838 — licencia para fun- 
dar una cátedra de Filosofía, que se instaló en el convento de San 
Francisco (1) 

Ocurrió entonces In famosa polémica. D. Francisco Ruiz, y los 
liermanos González del Valle (D. Manuel y D. José Zacarías) — como 
Poli, en PSdua y Galliipi, on Nápolcs, — intentaron aclimatar en Cuba 
el cdedicismo de Yietor Cousin, célebre profesor, par de Francia, y, 
en 1840, Ministro de Instrucción Público, en el Gabinete que presidia 
Mr. Thicrs. Luz les salió al encuentro. Ilabia pnsado, durante sus 
primeros viajes, por el Reino-Unido, al que conservó siempre admira- 
ción y simpatía, (2) y estudió y se asimiló los autores eminentes de la 
literatura inglesa; así es que al combatir la propagación del eclecticis- 
mo en la isla de Cuba se le vé aparecer como un hombre nuevo y di- 
verso: ya no ca el autor del Texto de lectura: es algo muy diferente 
y notablemente superior. Hasta aquí aparece siempre cl creyente. En 
esta ocasión se tiene que admirar al pensador, libre y grande. Pero, 
por fuerza tiene que sustentar ahora una filosofía, y la doctrina que le 
sirve en la lucha de bandera os la del insigne renovador inglés Juan 
Lockc, uno de los que, con Hume y con Kant, m&s influencia han 
ejercido en el pensamiento moderno. 

Sólo tres veces ha visto Cuba la predicación de alguna escuela ó 
doctrina de filosofía: hace tres ó cuatro olios cuando un joven de vigo- 
rosa inteligencia y de sólida instrucción (3) preparaba los espíritus 
para recibir la gran síntesis contemporánea de Herbert Spencer; y en 
la primera mitad del siglo, cuando Várela, «el primero que nos enseñó 
k pensarf, (4) dcstruia la cscolfistica con el auxilio de Descartes, y. 



(1) Eodriguei.-Op. di.. vÍRinafl M y <.<7. 

(2) Decía en ]&í'k «Francia fe ccup^ do la Eiiro]'», lo9 Estados- L'nidas de imbaa 
Aniíricas, 1» Rusia de Earopa y del Asia, — Inglaterra, del piundop. «Las dcmát, tii 
pectadcraR, 6 al sumo, actores de cómala re a».—' 

(3) Enriqae José de Varona, 
(i) Frase de Lm. , 



JOSÉ DE LA Ltt2 T CABALLERO 543 

posteñorinente José de la Luz Caballero, desde su c&tedra y por la 
prensa, atacaba con energía, con el apasionamiento de au natural afec- 
tivo y vehemente, el eclectíamo de Cousin, y exponía é inculcaba el 
sensualismo inglés. 

Consideraba el ecleticismo del ilustre profesor y académico, co- 
mo un partiilo poHtico, cuyas funestas tendencias eran la sanción 
ignominiosa del éxito, la consagración de lo existente, por lo que 
decía, receloso y alarmado, que «hubo un plan, una intención 
profunda en la promulgación de esta nueva doctrina ó nueva má- 
quina para trabajar L la gente del siglo xix, y sobre todo k la gente 
francesa». (1) 

Yo he leído, con interés vivísimo, toda aquella polémica, y me 
atrevería k formular el juicio de que, si bien José de la Luz Caballero, 
era sin disputa un contendiente muy superior en aquella liza ¿ todos 
sus opositores, tampoco fué fundamentalmente más que un discípulo 
de Locke, brillante y con carácter propio, es decir, original, en muchas 
cosas; pero, al cabo, un sensualista convencido y muy entusiasta de su 
maestro. EIs verdad que defendió, por entonces, el eclecticismo de Vá- 
rela (2) y aun lo recomendó en una proposición de su Elenco (3); 
mas, el eclecticismo, para él, — siquiera fuese considerado en aquel sen- 
tido, — no era un sistema, una filosofía; no significaba en resumen otra 
cosa rafís que un método, un procedimiento. Era una expresión, que 
en un principio servía «para ponerse en contraste con los que todavía 
en nuestro suelo juraban en las palabras de un maestro» (4). cEn otros 
términos — a&adia — proclamarse entonces ecléctico fué proclamar la 
ruina del principio de autoridad» (5). 

En los artículos que publicó en el Diario de la Habana, durante 



(1) «DUno de k Habanii». Oct. 30 de 1639. 

(2) ídem, 

(3) «Nadit hay máB laadable qae el eclecticÍBiDO por ef propio, puei lo<lo «entato 
es ecléctico, eato ee, admite 6 desecha opinioaet de donde quiera que Be preseateDn. 

(4) nDiario de la nabaQao. Oct. 30 de 1639. 

(5) ídem. 



544 

el mea de Octubre de 1839, (1) cklf^no de ellos hasta de diez exten- 
sas columnas, se muestra en toda su plenitud: sabio, abundante, con- 
vencido, profundo y — como siempre — perspicaz y patriota. Teme que 
se naturalicen en Cuba ideas que bajo el nombre de (doctrinarismoi 
en Francia, eran en la política, con Royer-Collard y con Giiizot, ai 
bien el fundamento de una gran escuela histórica, un sistema abomi- 
nable y corruptor, y así combate sus tendencias prácticas, por pernicio- 
sas y sus principios teóricos, porque juzga que constituyen t no ya un 
sistema falso, sino imposible» (2). 

El mismo afio de 1839 apareció un libro (3) en contra de la Hloso- 
fla de V. Cousin que era «la reimpresión pura y simple del artículo 
Edectiñsmo que apareció» (4) el afio anterior en la Enctdopedia Nue- 
va. Era BU autor un hombre ardiente, profundo y sabio como Luz, el 
célebre Fierre Leroux, soñador panteista y alejandrino, uno de loa cis- 
máticos de la Iglesia san-simoniana. No fué ese el único, ni el primer 
ataque que recibiera (el pseudo esplritualismo t francés: otros impug- 
nadores le habían salido al paso, y entre ellos, los mfis ilustres acaso, 
Sheliing y Rosmini. Pero habia muchos puntos de analogía entre el 
adversario francés y el cubano: íimbos estaban en acuerdo perfecto 
en muchas objeciones, y es indudable que si Luz no había visto el li- 
bro de Leroux, ya habia leido su articulo de la Enciclopedia. Eran 
idénticas sus apreciaciones sobre el carácter de la psicología (5) y so- 
bre otros muchos puntos importantes: los dos, además, atacan con 
brio: Luz con apasionamiento; Leroux con furia. Sorprende el modo 
especial y tan semejante con que piensan entrambos del Cristianismo 



(1) El 3 de Octubre, uno de 8 columnM, con el «talo «Filosofía,— A Tulion.— Sin 
firma; contra otro de José Z. G. del Valle, que apareclí en el iNoticioco y Laceroa, 
de 16 de Setiembra. 

Replicó Valle en el «Diario., el 1* de Octubre. En loa números de 29, 30 y 31 
apareció la refatacion de Lni. Total, télenla coInmnRs. 

(2) «Elenco». 

(3) Réfutation de 1' Éclectiame. par Fierre Leroox. Paria. 1839. 

(4) Id. Préface. 

(5) Eáfotation. PAg. 121. 



José de la lvz r.tUfALLERO. 645 

y de San Pablo (1), de k religión y de la filosofía. Hay, sin embargo, 
una diferencia grande entre ambos, á más de loa diversos puntos de 
vista en que se colocan : Luz es más sólido, más científico y, sí cabe la 
expresión en este caso, más desinteresado. Luz busca la verdad : Lc- 
roux defiende un eterna humanitario suyo. Pero es también más 
ameno, más fíicil, mus moderno; es — en uaa palabra y á diferencia de 
Luz, — un verdadero escritor. 

Lo que, en suma, importa de todo esto, es que aquella polémica 
fué provechosa para nuestro país y que el juicio general de Luz sobre 
Cousin y su escuela ha sido confirmado, en sustancio, por la crítica 
contemporánea. Taine — ni más ni menos que Luz — no considera \\ 
Cousin como filósofo, sino como filólogo (2). Janet dice, en estos mo- 
mentos, lo mismo que Luz creía y afirmaba, que lo que se denomina 
eclecticismo de Cousin es una doctrina fragmentaria y deleznable. (Es 
Condillttc, es Beid, es Kant, es Platón, es Hegel, es, en fin. Descartes », 
dice Janet. (3) tRaro es el pensador notable de quien no tome su 
brizna el flexible francés», afirmaba José de la Luz Caballero (4). 

Paul Janet declara que la obra de Cousin más considerable, en 
cuanto á controversia filosófica, es el Examen de Locke; pero reconoce 
al mismo tiempo que adolece de debilidad en la argumentación y que 
deja mucho que descaren extensión, rigor y variedad (5). Se despren- 
de una apreciación semejante de la * Impugnación al examen de Cousin 
sobre el Ensayo iklEnieTidimienfn humano de Locke*, publicado por Luz, 
bajo el pseudónimo de Fihlezes, hace cuarenta y cinco afios, y de cuyo 
escrito no se imprimieron más que 144 páginas, en dos cuadernos (6). 



(1) IJ. Pref. X, y p. 50.— "Reviíta ds Cuban, Tomo 6, piginas 2R1 y ;í>7 y tomo 
2, pigioM 41 y 44. 

(2) Leí Philoaophee nlassiqnos. Capf. IV, V. VI. VII y VIII. «Mr. Comín le ha 
sumido en la erudicioo. en la filología, en la bibliomanía, en los gustos de aiiticuaTÍo, 
y abf hft permanecido». Fiig. 180. 

(3) RevuB Politique el Littéraire, nfim, 11.— 14 Marao 18fl5.— Art,. La doctrina 
de Victor Cousin; el espíritu ecléctico; por Faul Janet [d«l Instituto]. 

(4) «Revista de Cuba.n Tomo 6, pSg. 338. 

(5) Artículo citado de la Revue Politique. 

(6) Ha sido reproducida en la iReTÍsta de Cuba». 



5i6 REvierA cübaha 

Luz interrumpió la polémica, la impugaacion quedó trunca y á 
lo que parece nunca se dieron tampoco k la estampa otros trabajos que 
había anunciado sobre Maine de Biran y Teodoro Jouffroy. 

Mas, por suerte, los artículos del Diario, algunos Elencos y las en- 
tregas impresas de la Impugnación, bastan para fíjar su personalidad 
de filósofo, al menos en aquella época. 



Proclamó entonces franca y abiertamente la relatividad de nues- 
tros conocimientos y era tan de veras discípulo de Locke que sostenía, 
lo mismo que él, que todas nuestras ideas tienen su origen en los sen- 
tidos, es decir, que no existe ninguna idea de las llamadas «innatasi, 
y al mismo tiempo cree, como el pensador inglés, en la inmortalidad 
del alma y en la existencia de Dios. 

No existe, según él, y conforme en esto con Hamilton, lo que llaman 
«lo absoluto» (1). Absoluto, infinito, no son sino relaciones. Dios es 
una idea, origmada de la experiencia; una inducción suprema á la 
cual no llegan aislada ó individualmente todos los hombres. 

Pero al lado de ese ])Íos que es el resultado de un trabajo menta!, 
estíi el otro vivo, que el sentimiento anima y venera. Así, bajo el pri- 
mer punto de vista, dice : » Dios no es un mero nombre, ni abstracción ; 
si no una inducción á que me fuerza el estudio de la naturaleza». Por 
eso veía en las ciencias «ños que nos llevan al mar insondable déla 
Divinidad!. Declara que cree en (cl autor de la naturaleza» y confie- 
sa que no está en su mano el creer, pero que no puede sentirlo sino 
«bajóla relación de causa»; «por eso — dice — lo siento plenamente; 
«pero no lo conozco plenamente». «Oh Altitudo! — exclama — en cuya 
contemplación se pierde el débil entendimiento de los mortales! » (2) 

Feío como «nos elevamos k su conocimiento por la contemplación 

(1) «Beviata de Cuba». Tomo 6, pig. 331. 

(2) iDiario de la Habana». Octubre 1839. 



JOSÉ DB LA LUZ Y CABALLERO 547 

de los objetos de la naturaleza, » «áiin cuando sea un ente absoluto, es- 
to es, independiente de los demis sores, su tdfa no es para nosotros 
más que una pura refaaoii» (1). 

Mas ú ia vez, « el Dios del cvistíanismo es amor y caridad, y el Dios 
do la humanidad ea también amor, porque e» Kniirnicnlo* (2). 

Protestando que de la proposición fundamental del sensualismo no 
se deduce por fuerza el maicriidlsmo, sostuvo con ardoroso eonvenci- 
micuto que lu base del sistema de Locke es inexpugnable: *cs decir, 
sentir es el fundamento de conocer» (3). Creia que la verdad de aque- 
lla doctrina estaba demostrada desde Aristútcics (4); pero, natural- 
mente, no podia seguir siempre á Locke, ni menos al pié de la letra; 
pues í'i lo primero tenía que oponerse su propia originalidad y á lo se- 
gundo los adelantos realizadas, y así él misino notaba que liabia suce- 
dido al sensualismo *lo que acontece siempre á la verdad, que con el 
progreso humano vienen otras verdades á fortalecerla y asegurarla! (5), 

ICs de apuntarse también que no debia seguir tampoco £i Locke en 
lo que se ha llamado la (teología sensualista!. Locke aceptaba la re- 
velación y los milagros y no es de creerse que Luz hiciese otro tanto, 
cuando, en tales cuestiones, parece m&s próximo ¿ Emerson que íi 
Channing, al transcendentalismo idealista que al unitarismo sensua- 
lista. 

Kadic, sin embargo, ni aun los mismos «positivistas», ha maltrata- 
do tanto y tan sinceramente desdcflado fi la metafísica y el método a 
priori. Los metafisieos á sus ojos no son más que < ignorantes de las 
leyes naturales* (6), admirable afirmación que está en el fondo mismo 
de las escuelas cicntiücas de los Comte y los Líttré. 

Pero lo que pasma verdaderamente es el número de grandes ilumi- 
naciones como esa, de anticipaciones, ordenados en sistema. La lógica 



(1) Ibidem. 

{2} AforÍBiii o. Rodríguez. Op. cit. p. 30t. 

(3) «R. de Cubao. Tomo 6. pág. 280. 

(4) Rodrigaez. Op. cit. pág. 296. 

(5) Rodríguez. Op. cit. pág. 296. 

(6) "B, de Cubao. Tomo 7? ,>ig. 43. 



546 REVISTA' ODBINA 

de MiU, la psicologfa-ñsiológica, la aplicación de la patología al escla- 
recimiento de la ciencia del alma, est&n contenidas fundamentalmente 
en variaa proposiciones derramadas por Luz en sus programas y escri- 
tos filosóficos. Por todo esto afirma Varona «con asombro y tristeza, 
qiic la Luz fu6 en este ángulo remoto del mundo civilizado, un verda- 
dero precursor de doctrinas que hoy se predican con aplauso en los 
centros de la cultura humanai (1). 

Empero, si bien la Luz emplea él mismo la frase «mis doctrinaai, 
en más de un lugar de la Impugnación, lo cierto y sensible es que se 
valió de ellas para confutar & Cousin; mas sólo las expuso compendio- 
sa y parcialmente en sus Elencos, donde hay, además, proposiciones 
de pura ocasión, con motivo de la polémica. 

Su distinguido biógrafo, acomodando esas proposiciones de los 
Elencos y los aforismos que se han conservado, hizo un esfuerzo por 
construir la síntesis filosófica de Luz, y en tal propósito escribió en su 
libro el capítulo XVIII, dedicado todo k esa difícil materia. Pero con- 
sidera como fundamental un aforismo oscuro — « I^a filosofta es el bau- 
tismo de la razón,* — que por lo mismo de ser demasiado vago no 
tiene mas importancia que el de una metáfora; y le díi, además, 
una interpretación demasiado violenta (2); asi como afirma sin ra- 
zón ninguna que Luz «babia formulado claramente en el Elenco 
de 1835» la armonía de la razón y la revelación (3), cuando ni 
es así, ni es de desentenderse que cinco años después de esa fe- 
cha, combatió el escepticismo de Mallebranche y, por lo tanto, 
la revelación, como una de sus consecuencias insostenibles (4). 
Girando el trabajo de Bodriguez sobre pensamientos y proposiciones 
que fueron insertándose en programas de muchos años, no siempre 
sucesivos, y en edades diferentes del insigne cubano, no es extraño que 
sea poco preciso y exacto, y algunas veces erróneo. 

La tradición refiere que, posteriormente á la polémica, mostró 



(1) Conferencias filoEúficu. — Primera aíiie. — Ii6gica,pág- 2). 

(2) Rodrigaa». Op. ciL jiig. 223. 

(3) Ibidem. 

(4) «B. de Cuba-, Tomo 7?, pig. 42. 



JOSÉ DE U IiüZ y CABALLERO 549 

vivísimas aficiones por la filosofía alemana, y uno de sus discípulos — 
Antonio Ángulo y Heredia — declaró en público, que « profesaba espe- 
cial predilección por ese sistema de la divina consoladora armonía 
creado por el inmortal espíritu de Krauset (1). En parte alguna be 
podido ver confirmado ese aserto, pues si no es dudoso que simpatiza- 
ra con Shclling (2), á quien mucho leía y con el cual tenía cierta afi- 
nidad, sobre todo en la segunda manera del ilustre profesor de Suabia, 
y que siguiera, en otros puntos de vista á Kant, es imposible aceptar 
que una inteligencia tan clara como la de Luz, pudiese sentir algo más 
que repugnancia por una doctrina verbosa como la de Krause, empa- 
fiada y oscurecida por un vocabulario bárbaro é ininteligible. 

£n una nota de Luz, de 1864, se lee esta firase, que confirma mi 
presunción, refiriéndose nada menos que al más claro, importante é 
inñuyente de los sectarios de Krauae: tQué enredado y enredante está 
Abrcns en toda la lección 7* sobre fisonomía y /renología. Así no es 
e^traQo que la juventud y aun los hombres faltos de criterio y de hon- 
dos conocimientos, jw sepan a qué carta qttedarse* (3). 

Lo que sí es muy cierto es que José do la Luz y Caballero era apa- 
sionado por las cosas y la lengua de Alemania; pero, al menos, por la 
época de la polémica con los Valle, no era de opinión que debían in- 
troducirse en Cuba los sistemas alemanes (4) : dando sin embargo, de 
barato que tuviera alguna predilección por cualquiera de ellos, enton- 
ces tan en boga, coincide precisamente ese aspecto de su inteligencia, 
que sería en orden descendente respecto á su anterior y vigorosa ex- 
presión, con el quebranto de su salud, con el empobrecÍmÍenío de su 
naturaleza física; pues sólo así podría explicarse que el enérgico impug- 
nador de la ontología, cuando gozaba de robustez corporal, llegase k 
sentirse atraído por la metafísica alemana, es decir, por las construc- 
ciones, si realmente soberbias y atrevidas, más falsas y delirantes que 
puede levantar el pensamiento humano cuando se desentiende de la 



(1) En el At«n«o dg Madrid. 

(2) Rodrigara. Op. cit. pág. 231. 

(3) Eg« lección 7? ea dal «Cuno de Psicología' y trata «Be las facultadeg del es- 
pirita y de su accioo*. 

(4) Eodrignw. Op, cit. pig 104. 



550 REVISTA CUBANA 

observación y de la experiencia. Suponiendo cierta aquella etapa, ya 
veremoa entonces, dando un paso más, cómo su espíritu habrá recorri- 
do la curva ideal de su evolución. 

Para el sabio Sr. Bachiller y Morales, « Luz fué un filósofo eclécti- 
co» (1). El distinguido profesor Sr, Josó Manuel Mestre tpara ca- 
racterizar su doctrina, ai no temiera incurrir en el defecto de exclusi- 
vismo que tan ú menudo traen las clasificaciones, diría que au fondo y 
su esencia pueden expresarse con esta palabra: armoníat (2), Rodrí- 
guez afirma que da filosofía del Sr. Luz era eminentemente cristiana 
y práctica» (3). Pero de todo su libro parece deducirse que José de la 
Luz Caballero era católico (4). Luz era ecléctico, sí, pero como él decía, 
ala manera de Bacon, y «en el sentido do escogedor* (5). Si así no fue- 
ra y, sí como Leroux creía, todo pensador ha tenido un sistema y sólo 
Potaraon de Alejandría y Justo Lipsio han sido eclécticos sistemáti- 
cos (6) — ¿cuál es, entonces, la filosofía de Luz? Decir que era «la ar- 
monía», no fija, ni explica mucho: casi todos los sistemas buscan la 
armonía y todas las síntesis la implican. Afirmar que era ecléctico no 
es tampoco aclarar el punto: todo sistema tiene mucho ó poco de los 
sistemas anteriores, por ley de herencia y de continuidad. En Talne, 
por ejemplo, que es sensualista de la rama de Condülac, si se escarba 
un poco se encuentra á Hegel; como en Kant estaba Hume; como es- 
taba Descartea en Espinosa; como Shellíng, más ó menos modificado, 
puede encontrarse en Hegel; como Hegel se encuentra seguramente 
en StrauBS, en Zeller, en Kuno Fisher, y en tantos otros. Pero es ar- 
bitrario declarar «católico» á Luz y muy inexacto asegurar que se con- 
fesó al morir (7). Que fuera cristiano no puede ponerse en duda. La 
sociedad moderna es esencialmente cristiana; aunque sería muy difícil 
fijar en qué consiste el cristianismo de cada cual. 

(1) ídem p4g. 228. 

(2) ídem pSg. 231. 

(3) ídem pig. 230. 

(4) Idam p&gs. 245 j 246. 

(5^ ■DÍMÍo de la Haban&i. Oet 1839. 

(6) BífatatioD, pige. 12 ¡r 50. 

(7) Bodrigaei. Op. cit. p% 216. 



JOSÉ DE LA LUZ T CABALLERO 551 

Luz era un gran pensador y, al mismo tiempo, un ser profunda- 
mente afectivo. M&s tarde no fué m&s que un enfermo. Hombre im- 
presionable, recorrió un camino no siempre en línea recta, sino curva: 
católico en su juventud, ascendió á la más cientíBca reflexión filosó- 
fica, fué un filósofo correcto de la observación y de la experiencia, y en 
ese momento de su trayectoria mental aparece sensualista. En cuanto 
cambió de medio, abandonó sus guías eclesiásticos. Cuando tuvo sa- 
lud, en lo más maduro de su existencia, fué adherente convencido de 
la escuela de Locke. Más tarde, decaen sus fuerzas físicas, y entonces 
puede ser admirador de la metafísica alemana. Enfermará más aún, 
se abatirá más, irá consumiéndose y, en tal doloroso momento físico, 
asomará un estado moral correspondiente y aparecerá el místico. 



VI 



KISTICISKO. 

Un gran conflicto ocurrido entre la Sociedad Económica y el Ca- 
pitán General, agravando los males que ya lo aquejaban en 1836, le 
decidieron al cabo á buscar en Europa la salud. El Cónsul inglés, 
Mr. Turnbull, miembro de la Sociedad y enemigo fanático de la trata 
de esclavos, habia sido borrado de la lista de los socios, por imposición 
de la fuerza y en ausencia de Luz, que era el Presidente y se encon- 
traba enfermo en aquellas circunstancias. Al punto mismo que se en- 
teró del caso, escribió y remitió á aquel Cuerpo una protesta, magnífi- 
ca de indignación, por virtud de la cual, volviendo la Sociedad sobre 
su primer acuerdo, mantuvo el Reglamento que ella misma habia vio- 
lado y reparó la debilidad en que incurriera y la injusticia que habia 
cometido. Esa actitud de José de la Luz Caballero aumentó y exten- 
dió su fama de hombre íntegro y de abolicionista sincero, por lo que 
precisamente habria de verse muy comprometido. 

Sin haber alcanzado el objeto de su viaje, regresó á Cuba en cir- 
cunstancias escepcionales. Habia sido denunciado como cómplice en 
la famosa conspiración de la gente de color, el año de 1844 Los pro- 
cedimientos crueles empleados por algunos fiscales, apurando la debi- 



'552 ItBTISTA OOBIVA 

lídad de gente ignorante é infeliz, abrieron la' puerta á las m&9 infun- 
dadas delaciones. Un negro señaló en José de la Luz Caballero k uno 
de los principales conspiradores. Muerto ya tan tristemente, resonaba, 
sin embargo, para acusarlo también, la voz del infortunado Plácido. 

El edicto citándole y emplazándole, llegó á París para advertirle los 
peligros que podia correr. Ni sáplicas, ni ninguna prudente observa- 
ción de sus amigos, ni las cartas de su familia pudieron hacerle retar- 
dar el viaje. El terror dominaba en Cuba, la arbitrariedad y la violen- 
cia se habian enseñoreado del país sobrecogido y espantado. Era la 
hora fatídica en que debía expiarse el crimen de ser abobcionista en 
medio de los trancantes de esclavos. Pero Luz no vaciló, y espontánea 
é inmediatamente se personó en la Habana, exponiéndose <al posible 
triunfo de la calumnia*. A causa de su «ocupación contíaua é intensa 
del estudio* se encontraba muy enfermo; por lo que quedó preso en 
su propia casa, donde se le tomaron las declaraciones é hizo su «confe- 
sión con cargos». En todos esos actos estuvo admirable por su entere- 
za y au energía. Habiéndole preguntado el fiscal si tuvo «parte en 
algún proyecto de conspiración que haya tenido por objeto la emanci- 
pación absoluta de la esclavitud en la Isla», merece consignarse eu res- 
puesta que fué la siguiente: «que en lo que ha tomado y tomará siem- 
pre parte es en restañar y cicatrizftr las heridas que otras manos han 
inferido k su patria, por cuya ventura derramará hasta la última gota 
de su sangre». 

De aquella «barabúnda de sugestiones, imposturas y contradiccio- 
nes» — como calificaba él los cargos que se le hicieron, — naturalmente 
fué absuelto. 

La decisión y firmeza que babia desplegado en ocasión tan crítica, 
fueron un ejemplo saludable y reanimador para los encausados injus- 
tamente y para el país en general. Subió de punto su prestigio, pero 
amenguó su salud vacilante: quedó tan quebrantado que ya no reco- 
brará el vigor su periclitante organismo: irá — por el contrario — deca- 
yendo cada vez más, y al frisar los cincuenta aflos, del hombre robusto 
no quedará apenas nada: su aspecto será el del viejo ermitaño de Hi- 
bera: flaco, demacrado, débil;, pero en su rostro austero y dulce k un 
tiempo, reverberará la frente espaciosa con el resplandor ác su excita- 



JOSÉ DE Lk LD2 Y CABALI^RO 553 

do pensamiento, y dos ojos de espléndida hermosura velaiíin con la 
dulzura del amor la intensidad de la miradn. 

Desde París su excitación nerviosa era grande, su debilidad exce- 
siva. Todo le hacía daño: las láminas de un libro le imposibilitaban, 
al desagradarle, para leerlo en níngun tiempo (1). Tenía repugnancia, 
sin explicárselo, de hacer ciertas cosas, como, por ejemplo, «atravesar 
de im lado á otro la plaza de Yenddme* (21. La dispepsia era el 
mal que lo iba consumiendo. «Estaba siempre atormentado por una 
grande susceptibilidad nerviosai. Dormía poco, á veces dos horas, 
cuando m&s, cuatro. Apenas leía ni libros, ni periódicos. Un cuerpo 
enfermo, consunto casi, y un cerebro sobrescítado, constituyen precisa- 
mente las condiciones propias de los místicos. Cualquier golpe rudo, 
arrancándole la última fuerza, con virtiéndole la vida en un destierro, 
haríi reaparecer el ardoroso creyente y lo pondrá en comunicación di- 
recta con Dios. Esc golpe, por desgracia, no tardará en caer sobre él 
con el estrago de un rayo. 

Al cabo de cuatro años de iníitil reposo, quiso trabajar de nuevo 
por su país, y el 27 de ^larzo de 1848 vio fundarse el colegio de «El 
Salvador». Allí estuvo dos años largos, paitiendo el tiempo entre su 
deber más grato y sus afecciones míis puras, es decir, entre su colegio 
y su familia. Pero en 1850 el cólera cerró el colegio y desoló su casa. 
Su hija fué una de las víctimas, y ya el noble y amoroso anciano que- 
dará por siempre doblado. Será una tumba abierta esperando la hora 
de cerrarse eternamente. Buscaráen lo adelante aturdirse en su deber, 
y no tendrá más hijos que sus alumnos, ni más esperanza que la mise- 
ricordia divina. 

He podido leer un fragmento do un cuaderno sayo que cuenta 
sesenta y ocho páginas manuscritas (3). Es una especie de Diano que 
empieza el dia 9 de Agosto de 1850 y sólo llega al 29 de Setiembre 
del mismo aflo, con el expresivo título de Lágrimas. En efecto, son 
gritos, lamentos y sollozos arrancados por la muerte de su hija, niña 



(1) Bodrignes, Op. cit., P. 137. 

(2) » . » P. 13C. 

(3) Lu truó COD lipiz. 



554 



REVISTA OTBAHA 



de 16 años, dotada de gi'andes cualidades de inteligencia y de cora- 
zón (1). 

H¿sc dicho con razón que «el estilo C9 el hombreí; pues en esas 
pocas hojas borrajeadas de prisa, con el único objeto de vaciar el dolor, 
de descargar el espíritu del peso de su absorbente desventura, está todo 
el gran cubano: escasa imaginación, fluencia de palabras, preocupación 
de ser exacto, manera escolfistica, mucho latín, exuberancia de ternu- 
ra, pesar desbordante, reminiscencias de iglesia, y sobre todo el padre 
anonadado y el místico. «Dudas y dudas por do quiera. ¿Dónde est&n 
esas' evidencias?» es el grito que brota de su lacerado pecho. 

Corazón sensible y agradecido, consigna los nombres de los que 
v4n k verlo, de los que comparten su pena, de los que lloran con él. 
Alma austera, no falta en tanto k sus deberes, y aun apunta que para 
él «primero os la obligación que la devoción». Está abrumado: escribe 
k todas horas, en todo mo-nento en que puede consignar algo en el 
Diario, que es una conversación de ultra-tumba con su hija muerta y 
una invocación incesante & Dios. Todo lo vé oscuro y triste : «El dia es 
una mancha negra sin fin para mi alma; — la noche, lo mismo que el 
dia. Dios mió! Dios mió! ayúdame k llevar la cruz que descargaste so- 
bre el más flaco de los mortales.» <Dcu sin adjutorium meum intende». 
— «Domine ad adjuvandum me festina». 

Y, sin embargo, no hace más que pedir que sean para él sólo todos 
los sufrimientos: «Siempre pido á Dios descargue todos los males sobre 
mí, sobre mí no más*. 

En ese estado de debilidad ílsica y de abatimiento moral surge el 
hombre primitivo: «Dios oyó mis preces, y mejor las tuyas, hija de 
mis entra&as, pues tú no cesarás de hacerlas por quien más las necesi- 
ta, y á quien más quenas, por tu madre asolada y amantfaima». «Yo 
no bago más que acudir con mis balidos k las llamadas del Pastor, de 

aquel Pastor que d¿. la vída por sus ovejas» 

El misticismo llega á ser en esa situación moral, la única verdad, la 
mejor filosofía: «Cada vez más firme en ui aktioco teiu, que los mís- 
ticos han sido loa únicos que se formaron ideas exactas de la humani- 



(l) Falleció el 30 de Julio de 18S0. 



JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO 555 

dad. fin hac lacrymaruin valle» — «gementes et flentes», probación^ 
frdimfo para mejor vida, no hay filosofía más profunda: es la expre- 
sión de la Divinidad sobre la humanidad*. 

El tráfago de la vida práctica, las necesidades de su profesión, el 
amor á sus alumnos, los sucesos públicos, el tiempo, sobre todo, apaci- 
guarán poco k poco su dolor; pero el místico, mas ó menos templado, 
vivirá en él hasta el último dia. El mundo, á sus ojos siempre húme- 
dos, no tendrá más que dos polos de atracción ; en el cielo, Dios ; en 
la tierra, el deber. Su vida, en lo adelante, será amarga, y puede com- 
pendiarse en dos palabras: austeridad y religión. 



VII 



EL COLEGIO DE «EL SALVADOR». 

El Colegio reanudó pronto sus tareas, y allí vivió casi siempre. Re- 
cuerdo, como si fuera ayer, que yo, de diez años de edad, solía ir, a 
eso de las cuatro de la mañana, en busca de algún diccionario de su 
biblioteca. Empezaba á despertar apenas el establecimiento, y sólo una 
parte iluminaban los lYiechcros de gas; mientras yacía la otra en la pe- 
numbra indecisa de la madrugada. Por las galerías desiertas, más de 
una ocasión la moribunda luna, al derramar su luz de plata al través 
del platanal y las blancas columnas, me permitió ver al noble anciano, 
descubierta la cabeza, paseando a la vista del claro cielo, y de vez en 
cuando llegaron á mi oido frases de los salmos del Profeta, escapados 
de sus labios que murmuraban oraciones. Una hora después, todos los 
alumnos, de pió en la espaciosa sala seguian en alta voz al dulce maes- 
tro que entonaba el hermoso rezo de cada mañana, para dar gracias a* 
Dios por la tranquilidad de su sueño y pedirle que los lavara más y 
ipás para que fueran «más blancos que la nieve». 

Durante algún tiempo fueron los sábados dias consagrados a las 
pjáiicas. Todos los bancos de las clases y cuantos asientos podian ha- 
berse, se colocaban con orden y simetría al rededor de una silla común 
que quedaba en el centro. A la una de lá tarde, alumnos y profesores, 
y a menudo personas extrañas al establecimiento, ocupaban aquel lu* 



556 REVISTA CUBANA 

gar con ansiedad y contento. Poco después, y en medio i un silencio 
completo, el maestro se acercaba lentamente, recogido en grave medi- 
tación y trayendo oa la mano algiin volámcn : comunmente, uno en 
cuarto mayor, de pasta holandesa oscura, muy sobrecargado de marcas; 
eran las epístolas de su amigo, el grande y admirable San Pablo. Sen* 
tábase apenas al borde de la silla, así leía un trozo del libro y comen- 
zaba su plática, que era siempre un comentaño lleno de unción de las 
palabras del texto. )Iuy pequeño era yo cuando, confundido entre mis 
compaficros, asistía también á aquellas conferencias que seguramente 
no podía entender; pero de las que he conservado la impresión gene- 
ral, la imSgen palpitante, el cuadro vivo y animado: un hermoso grupo 
apostólico, multitud de nidos y de hombres, de pié unos, sentados 
muchos, fija la mirada, absortos, silenciosos, y en medio do todos, el 
anciano como un padre entre sus hijos, como el patriarca entro la trf- 
bu, con ademan inspirado, brillantísimos los negros ojos, y su palabra 
robusta extendiéndose vibrante por las desiertas galerías. 

Algunas veces hablaba en ellas de algún discípulo arrebatado por 
la muerte: otras del profesor; «del malogrado Fúnesi — por ejemplo. 
San Mateo reemplazaba íi ocasiones k San Pablo. — Pero también solfa 
serle imposible ü José de la Luz Caballero aquel noble ejercicio. Sólo 
veinte y seis dias después de perder k su hija pudo recomenzar las 
pláticas. En el intermedio, lo más que se sintió capaz de hacer fué en- 
tregar k José María Zayas, para que los leyera á su nombre, los cuatro 
renglones siguientes: «La religión es lo que más enternece mi pecho, 
y asi no puedo dirigiros la palabra estando todavía la herida tan recien- 
te, hijos mios. ¡Qué nombre para un padre que lo fué»! Y, sin erabar- 
go, fsiendo un árbol viejo, pero no carcomidoi, se sentía — á pesar de 
sus enfermedades y pesares — «mientras más viejo, más espartano*. 

Hablaba también la última noche de los exámenes generales del 
Colegio, en el mes de Diciembre de cada afio; pero siempre sobre al- 
gún asunto de educación, y — por desgracia — muy amenudo, su acento 
era triste, por más que dijera: *no vengo á quejarme de los males con 
que lucha aquí la educación, pues suelen convertirse las quejas en va- 
nas declamaciones». Esa costumbre no duró mucho. Desde que una 
enfermedad en la lengua le impidió cumplir lo que él llamaba su (deu- 



JOSÉ DE LA LUZ T CABALLERO 557 

da de palabra» con el público, quedó establecida la práctica de que en 
su nombre lo hicieran sus discípulos. El primero que llamó para susti- 
tuirle fué Antonio Ángulo y Heredía : al año siguiente, fueron Jesús 
B. Gal vez y Enrique Piñeyro (1). Xo olvidaré jamás la última de esas 
noches por siempre memorables, en que k pesar de haber leído dos 
discursos notables los discípulos «escogidos», impaciente el público por 
oirle, lo condujo k la sala una comisión de amigos, cuando casi no po> 
dia sostenerse. No sé realmente lo que entonces dijo, ni creo que lo 
haya sabido nunca; más estoy oyendo todavía — como quien dice — las 
salvas estrepitosas de aplausos, la conmoción del concurso, el júbilo de 
todas las fisonomías : lo veo á él también, de pié, vacilante, pero lumi- 
noso de inspiración, echada hacia atrás la cabeza, levantadas entram- 
bas manos á lo alto, en la majestuosa actitud de un profeta bíblico; y 
ahora mismo resuena en mi oido y vivirá por siempre en mi corazón, 
la soberbia frase final, que es un Evangelio entero, que era sin duda la 
condenación más terminante de la afrentosa realidad, de aquel modo 
de ser,— de la colonia y de la esclavitud : «Antes quisiera, no digo yo 
que se desplomaran las instituciones de los hombres, — reyes y empera- 
dores,— los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho hu- 
mano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral». — El siglo 
actual, seguramente, no ha oido palabras mejores, ni más hermosas, ni 
más elocuentes; palabras que parecen sonar como campanas echadas á 
vuelo, anunciando fragorosas un nuevo Apocalipsis ; y si desde entonces 
no se han desmoronado las viejas murallas de Jcricó, es porque sus 
cimientos enterrados en la podredumbre están demasiado hondos ; acaso 
porque muchos para no oir el estrépito de aquella trompeta se cubrie- 
ron la cabeza con el manto; quizás también, porque así estaba 
escrito! 

Basta imaginarse aquella predicación anual, elocuente y dignificado» 



(1) Después de sa maerte hablaron siempre en esos exámenes el &r. D. José María 
Zayas, que quedó, como Directoi, al frente de «£1 Salvador», — el Dr. D. Francisco 
Zayas, y Piñeyro. Alguna vez lo hicieron también el Dr. D. Juan B. Zayas y el mis- 
mo Galvez. El nuevo director, que continuó el plan de Luz, mantuvo la costumbre 
de que fueran hablando los discípulos más aventajados. Ahora sólo recuerdo que lo 
hiciera Manuel Cabrera, hoy celebrado médico en Méjico. 



$58 SBYIBTA OUBAKA 

ra, que recogía conmovida la sociedad culta; aquellas fulgurantes pla- 
ticas; la propaganda convencida y ardiente de principios morales, pu- 
ros, grandes, evangelizad ores, j 3cr& i&cil comprender la influencia 
sorda, casi sin ruido, pero profunda de aquel hombre superior, la ma- 
jestad permanente y sencilla de su actitud, y el culto sincero y mere- 
cido que 3c le tributaba. El país entero supo, al fin, que habia en él 
un hombre realmente grande, que era k un tiempo realmente íntegro, y 
enorgullecido no hubo quien no descase el honor de que sus hijos pudie- 
ran llamarse discípulos de ese maestro. £1 colegio prosperó, de ese 
modo, y allí estuvo su centro de acción más duradero, más considerable 
y más fecundo. De aquel colegio no podna yo hablar sin apasionamiento : 
— alma moler de mi espíritu, fué también mi casa y mi Emilia. Mas, 
si bien es cierto que aquella excelente institución era lo más completo 
de ese género que ha habido nunca en la isla de Cuba y que allí se 
estudiaba y so aprendía mucho, así como se templaba realmente el ca- 
rácter — lo que me flguro que es hacer de ella el elogio supreino, — no 
puedo, sin embargo, dejar de reconocer que tenía influencia en el des- 
envolvimiento intelectual, á pesar de su plan de enseflanzH, y que, en 
el desenvolvimiento moral, no siempre, en todas las esferas, obedecia k 
las tendencias de su fundador. Influiaenollo un factor muy poderoso, 
que era el espíritu del p&ís. £1 interpretaba las máximas y aforismos, 
las palabras y los discursos, y así lógicamente las enderezaba por un 
rumbo diferente. Lqs niftos y loa jóvenes de toida la Isla, — de Cama? 
güey, de las Villas, de Oriente, de Quines, de Matanzas, — venían á 
educarse allí y allí vivían : traían tía saberlo, de los cuatro puntos del 
horizonte, aspiraciones generosas y enérgicas, y animado de ese espí- 
ritu deducían las consecuencias análogas que en sí misma contenía, en 
potencia, la enseñanza moral, viril y elevada, de José de la Luz Ca- 
ballero. 

Una comunicación franca y constante entre alumnos y profesores 
y cierto sentimiento de amorosa fraternidad que los ligaba, bajo la mi- 
rada santiñcadora del maestro, hacían del Colegio una atmósfera libre, 
donde se cambiaban todas las ideas; una inmensa colmena en que el 
trabajo era insensible, provechoso y saludable. Esta era una como agi- 
tación suave y permanente que por fuerza tenía que ser fecunda, Pero 



JOSÉ MtattXiY OMBAU^KBO 559 

José de la Luz CabttUei^o &Md desetiip^fió claíses los primeros años de 
9u dirección. Después htB inMe^eionAba todas, pero no dio personal- 
mente ninguna^ ¿un intes de mmsladaí^ el Cole^ id Cerro; a^ es 
que, bajo el punto de vista científico, apenas si tuvo influencia en los 
últimos años de su vida. Sometido el Colej^io, por otra parte, al plan 
de estudios que lo hacía depender del Instituto oficial de Segunda 
Enseñanza, no inculcaba nrn^ana' doctriha;, ni en ciencias, ni en fíloso- 
^fla. Al contrario, era de láimeMéEnre el error funesto de la falta de uni- 
dad, de la existencia de contradicciones esenciales. En el fondo, en la 
base, el Padre Ripaldá y el Abad Fletrry poniañ la primera piedra. 
En la cúspide, repartíanse k fatboy, en ph>porciones desiguales, Kant,Ti- 
berghien, Balmes y, alg'una vez, el P. Perrone, el alma del concilio 
Vaticano. Si alg\ina doctrina se infiltraba en los ánimos, era el espiri* 
tualismo francés, con Amadeo Jacqtres, Emilio Saisset y Julio Simón. 
El espíritu literario, que el fundador tan justamente habia combatido, 
predominaba, sin embargo, sobre el espíritu científico. La química, al 
cabo, estaba reducida á un conocimiento descriptivo de manual La 
Historia Natural al árido cuaderno de Délafosse y al indigesto com- 
pendio de Galdo. No así k física, que enseñaba el Dr. Zayas, que lue- 
go hicieron estudiar, en épocas diétíntas, bajo su aspecto matemático, 
Sánchez Benitcz y Lebredo. La astronomía se cursaba por el texto de 
Smith, 6 por las nociones de Verdqó 6 de Palacios. Las clases de ma- 
temáticas eran numerosas y parecian preferidas, como hace años suce- 
dia en los Gimnasitim de Alemania. Lebredo desempeñaba con ex- 
traordinario éxito las superiores, y á ese respecto me es grato añadir 
que oyéndole un dia una de sus explicaciones de Geometría Antdítica 
no pude menos de confesarle que pofr primera vez habia comprendido 
por qué se decia que las matemáticas eran sublimes. Mientras el ilus- 
trado Vice-Director ensefiabit á descifrar del griego el celebrado dis- 
curso pro-corona de Demóstenes y á desentrañar las burlas de Luciano 
en los I>iálogos de los Muertos, en clases que antes habia regenteado 
Claudio Vermay ; — 6 daba á conocer el sentido profundo de la «Críti- 
ca de la Razón pura» ; — ó lograba que los niños hiciesen con la pasmo- 
sa rapidez de Mangiamele ó de Sola diñciles cálculos mentales ; — Jesús 
Benigno Calvez explicaba las reglas y los órdenes de arquitectura; 



56Ü REVISTA CUBANA 

Barnet la geografía política ó nociones de anatomía y fisiologia; José 
Manuel Ponce daba clasfjs en que la lengua de todos era el inglés, que 
se aprendía con Aparicio, 6 J. C. Zenea, 6 Carlos Plisset; Dupleasis 
enseñaba su idioma; otros profesores el latin y la instrucción elemen- 
tal, como Honorato del Castillo, Pichardo, Antenor Lescano; y un po- 
laco de tenaz misticismo y estupenda memoria mezclaba sus devaneos 
sobre Dios y sus reminiscencias del filósofo Trentowsky con la expre- 
sión más exacta de la estadística geográfica de toda In tierra. La his- 
toria universal y la literatura — en los mismos lugares en que las habia 
explicado Luis Felipe Mantilla y en que explicó después otras asigna- 
turas Luis Ayestaríin, — eran las delicias de los alumnos porque las 
desempefiaba Piñeyro, favorecido por la naturaleza con el privilegio 
del gusto y la gracia seductora de la dicción. 

No obstante, había un espíritu, por más que no hubiese un siste- 
ma general, ni pudiese haberlo; y así no es sorprendente que, con tan 
magníficos elementos, se ensefiasen cosas absurdas, se mantuviesen 
cosas viejas y ya olvidadas, y se descuidasen los novedades fecundas. 
De este modo se explica también que con un profesor tan competente 
en historia que sabía escribir para una Revista estudio profundo sobre 
Roma en que seguía la crítica de Tíiebhur y de Mommsem, nunca 
hubiésemos dudado los alumnos de las relaciones de Tito-Livio sobre 
los orígenes del Pueblo-Rey. En estética, por ejemplo, la clase por 
exigencias de la Universidad, seguía «áGiobertí, que es un pobre 
filósofo», mientras el profesor seguía entonces <£i Hegel, que es un 
profeta» (1). Tengo muy presente que en 1868, ya pasado mi 
bachillerato, fué cuando, por primera vez, oí mentar á Darwin 
en una conversación particular con el hombre sabio y para mí tan 
querido que era entonces Director del Colegio; y eso que iban 
corridos nueve aflos desde que empezó L conmover el mundo cien- 
tífico la obra capital del naturalista inglés sobre < El Origen de las 
Especies >. 

Aunque, bien pensado, es preciso convenir en que no podía ser 



(1) Palabras de FiSeyro, en uoa famosa polémica sobre la artes con el De. don 
KamoQ Zambrana, en 1865 6 1866. 



JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO 561 

Otra cosB. El Colegio no era independiente, y pesaba más sobre él que 
sobre cualquier otra institución local, vigilante prevención y sañuda 
suspicacia. Lo que él inspiraba era amor á la ciencia, al saber (1); y 
gérmenes sanos de moralidad y de nobleza viril (2); lo cual era, en 
verdad, alcanzar demasiado y alcanzar lo mejor. 

El Colegio era también, en más reducida esfera, una especie de 
centro de caridad para los indigentes. Desde 18()ó, pi'-co mus 6 menos, 
y durante algún tiempo, su Director estableció una escuela dominical, 
con sus mismos profesores, para enseñar á los niños y los jóvenes po- 
bres del barrio. El mismo, por esa época, dio un curso también domi- 
nical de filosoila, explicándola bistóricamente, y en él puso k contri- 
bución los trabajos más recientes y las últimas noticias de las revistas 
extranjeras. 

En realidad, el espíritu del Colegio había sído y siguió siendo el 
espíritu mismo del país; y por eso, cuando en medio del aparente y 
universal reposo se sintió temblar el suelo, al souido angustiador de 
una hora solemne de prueba, aquella santa casa se quedó vacía. El 
frió y el silencio se hospedaron en las tétricas naves, y al fin, ausente 
el sacerdote, rotas las aras y apagados los cirios, quedó ])or siempre 
abandonado. 

Hoy — velando su interior íi la mirada del caminante, — es el refu- 
gio que la piedad de algunos vecinos ha conservado para unas niñas 
pobres, como si quisiese advertirse así que aquella casa sólo puede des- 
tinarse í objetos nobles y santos. Porque — en efecto, — allí hirvió todo 
ün mundo, grande de luz y de belleza; allí se realizó una hermandad 
sincera y fecunda; allí hubo religión, ideal y patria; en medio al mer- 
cantilismo de nuestro siglo, parecia haberse trasladado allí un podaao 
de la risueña Galilea del siglo primero; allí el entusiasmo encendió co- 



(1) "Eu el Colegio no poJreis hacer eptudios fun Jumen tales u Diacumo de 

E. PifieTio. 18C5. 

(2) "Tratamoa, |iuee, de que comprendan nueatros alumnos que cnda hombre lle- 
va consigo cuanto necesita para recorrer el espacio de su víilau 

«Mas A la «everidail con sus propias acciones, debo agregarse el espfrilu de amor 
y de moderación p.-ira con eua eemejantesn. — De un Diecursa de J. M. Zayae, — 1S65. 



562 REVISTA CDBAKA 

razones para el bien y para el sacrilicio; allí la fé rcclutó soldados para 
la lucha y mártires para el cadalso: allí se encerraba, como en preciosa 
redoma, el perfume <íc virtud y de purísimos anhelos que pudieron 
desprenderse de una sociedad gangrenada. En el seno de una colecti- 
vidad minada por el vicio, irritada por la injusticia, enconada por el 
odio, aquella casa era un ofisis apacible de esperanza, de fé y de 
ventura moral. Pero era más todavía: era un templo consagrado 
&, cuanto digno, noble y elevado se ofrece al respeto y al amor de la 
humanidad. 

Y aquel hombre grande que lo fundara, logró sin proponérselo co- 
mo un fin calculado, formar en tomo suyo un ambiente tibio de paz, 
de confianza y de pureza que penetraba y dominaba la almas con la 
fuerza mansa de una religión espiritual. Su secreto consistió en hacerse 
amar, y ese precisamente fué también el grande, el único secreto de 
Cristo. 

La última vez que lo vieron sus alumnos, iba 4 acabar. De- 
cía, de sus brazos: ccomo estas hay muchas en el cementerio». 
De una campanilla que estaba junto á él: «esta es mí lenguai. 
Quiso prolongar la triste y postrera entrevista, en que se comprimie- 
ron tantos sollozos, porque para aquel buen padre, sus discípulos, sus 
hijos, eran, como él dijo allí: «mi almohada, y mi colchón». El 22 de 
Junio, de 1862, á las 7 y tres cuartos de la mañana, todo habia termi- 
nado: un justo de corazón, la virtud y el amor que se habian asociado 
en el espíritu de un hombre superior, todo eso estuvo extendido hasta 
el siguiente dia, sobre un catre revestido de paños negros, en esa rígi- 
da y repelente consagración de la muerte. En la tarde del 23, hubo 
una muestra espontánea é imponente de duelo público. El hombre 
más grande de Cuba era llevado en medio de universal consternación 
k un nicho del camposanto. Los que conducian en hombros su cadá- 
ver, escoltaban la escoria sagrada de un milagro: un hombre íntegro, 
justo, santo, — todo amor, caridad y ciencia, — que habla brotado y 
vivido, como la ñor divina de un estercolero, en la podredumbre de una 
factoría de esclavos! 

Próximo el momento supremo de lo que él llamaba un ínínííío, 
algunos hombres sencillos que lo atendían en su tríate enfermedad, 



JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO 



563 



comisionaron á uno de sus deudos (1) para proponerle la confesión re- 
ligiosa. Tímidamente se acercó al agonizante anciano, y le comunicó 
el piadoso voto. Sonrióse con infinita compasión el angélico moribun- 
do, y bañando á su interlocutor confuso en la lumbre de inefable mira- 
da, exclamó conmovido y humilde: f Siempre, durante toda mi vida, — 
hijo mió, — he estado bien con Dios». 

¡Esas palabras, sencillas y admirables, son el resáinen e.xacto y 
completo de toda su existencia! 

MANUEL SANGUILY. 

Junio 22 de 18S5. 



(I) D. José fiaría Romay. 



DE LA DEFORMACIÓN CRANIANA 

ERICA EN LA OBOORAFIA HISTÓRICA Y EN LA 
ACTUALIDAD, {i) 



memoria leida en este sitio en 18 de Mayo del oorríente afio, 
bajo el aspecto histórioo y geográfico de la existencia de los 
de los antropófagos, de éatoa, en el antiguo como en el nue- 
. Se trataba de un hecho, y por Lo tanto caía bajo la jurís- 
atropológica; pero negóse hasta la posibilidad de la de- 
, y nuestro ilustrado y activo colega, el Dr. Montalvo, 
se ha impreso, un nutrido y estenso trabajo sobre De/or- 
arlificiales dd cráneo; todavía pueden presentarse algunos 
actualidad con6rmatorios de esa costumbre: cita el Doctor 
en referencia la perseverancia de ella entre los indios Chin- 
. isla Vancover, y me parece indicado ampliar esos datos con 
» directos en loa que se ofrecen aún otros muy importantes 
los Estados Unidos. 

mo la gente de Europa ha podido en la época del descubrí- 
Indias, estudiar la Edad de Piedra, en que se hallaban, así 

o «n k Sociedad AuTBOFOLÓaicA en la Beeion mensual de Setiembre del 
) paaado dt 18S4. 



DE LA DEPORIUCION OIUNIANA abb 

Bo pueden confirmar sus observaciones por nosotros, en los restos sal- 
vajes que aún aparecen en los vastos territorios dol mundo de Colon, eso 
que se llama Nuevo efundo y ha observado A^assiz, que sólo sea acaso 
nuevo en el nombre. La Antropología no os la historia, pero ambas 
cienoias se auxilian, k punto de qne el sabio Brctt, se ha valido da 
aquella en sus profundos estudios sobre los caribes de Guayana, para 
hallar en el examen do los reatos de cocina (subterráneos) las pruebas 
ovidentes del canibalismo de los oaribca de allí, que hoy no son antro< 
pófagos; (I) as( como por la filología encontró los restos del idioma 
antillano en su actual lenguaje. 

Los aficionados & la ciencia en Cuba, ni podemos competir ni mo- 
nos sobrepujar i lo que so sabe en Europa y en los Estados Unidos| 
pero debemos hoy m4s que nunca recomendar el pensamiento del cé' 
lebrc inglés, que fué uno de los raós repetidos consejos del maestro 
Várela: cConvícne al entendimiento no darle alas para que vuele, 
iíno plomo para que le sirva de lastrei. Las cíeneias naturales lo ion 
por la observación. Pueden hacerse deducciones de ellas para aplica- 
oioncs morales y de otros géneros, mas sí la historia tiene que ser una 
ciencia de hechos apreciados y reales, no ha de serlo sino por los testi- 
gos y los monumentos, testigos mudos que perpetúan las piedras y el me- 
tal en que se escribieron los sucesos, y los restos que vamos á buscar 
en los capas del terreno que nos sostienen, como inmensas páginas del 
libro de la Naturaleza. Las costumbres, los hechos, nn se deducen; de 
ellos se dá testimonio. Sin ese criterio la Antropología dejaria de te- 
ner por auxiliares & los ciencias que hoy contribuyen k su progreso, 
como hermanas de la propia familia, como hijas de la obseruadon y de 
la experiencia. 

En los Estados Unidos, en donde se conserva grandísimo respeto 
k las tradiciones y k los ciencias nolúgícas y íi la revelación, se nota 
que ministros de sus diversas creencias, han comprendido como único 

(I) Pero aún los hay eo Amíric» entre ]os salvaje!: «No dos consta si era costun- 
bre — entre los Incas — ofrecer los prisioneros- de guerra conio en MézÍco uao qtie a 
general tn el dia entre ¡at nationei ealimjrí de la Pampa del Saeramenio, loa uaales 
comen la carne de las vtctímas de la guerra, después de quemar las entraQat en 
ofrenda". — Antigi/^dadet ñruaiuu,pig. 195. 



566 REVISTA CCBAKA 

método competente en las coamológicas, k la obscivacion : y que no 
hay ciencia natural que no sea hija directa y única de la experimenta- 
ción. Ya hemos indicado los trabajos de Mr. Brctt, no de ahora sino 
desde que habló de él en periódicos, y cuyos trabajos reproduje en la últi- 
ma edición de mi Cuba Pi-imiliva. Agregaré ahora al Reverendo Wood, 
que ha completado la obra de Clattin, y la reputación de éste es tan 
universal respecto de sus Razas de indios, que ha merecido el honor de 
ser extractada en francés en la conocida biblioteca popular Roaad-t de 
París. El R. Wood ha publicado dos gruesos volúmenes en folio espa- 
ñol conteniendo 1,481 páginas profusamente üwih-ados con lítminas y 
retralon. Del texto del retrato de una mujer de tos Caheza-achüadon 
(Flathead woman) aparece una muestra contemporánea de las tribus 
de indios Cabeza-achatados de los Estados Unidos. Titúlase el libro 
The indviltced races of Men in aU amntries of Ihe iVord, impreso en 
ffarf/ord en 1876. 

También copia Catlin dos aparatos análogos que reproducen Short 
en The Nort American Antiquify, pág. 182, Este explica los proce- 
dimientos de las diversas deformaciones, desde las almohadas de Egip- 
to. Bancroft, Naiive Races, expone en los tomos I, M, y IV, las refe- 
rencias á Méjico, Centro América, Estados Unidos, etc. acompañando 
ilustraciones. El marqués de líadalliae, L' Amerique prehtsloriqwr, 
pag. 51G, trae el aparato de Wood, y explica otras deformaciones y no 
acepta la excepción de los Huancas hecha por Rivero y Tscudi. 

En la página 1,319 de la obra de Wood, se encuentra la 
prueba de que existe un pueblo contemporáneo en lab márgenes 
del rio Cdumbia, tribu de indios llamados hoy Flat-headn, que tam- 
bién usan la deformación de sus naturales cráneos, con las mis- 
mos tablas ó aparato descrito por los cronistas y misioneros de los 
primeros siglos del descubrimiento. El aparato se componía do 
dos tablas, atadas por uno de sus extremos, la superior es poco . 
más que la mitad menor que la inferior: la superior tiene el largo de los 
pies del niño, que se sujetan con una banda k ella por las pantorrillas 
T ee atan además los píes. El niño se coloca dentro de las dos tablas y 
se sujeta fuertemente al aparato. La madre le comprime gradualmente 
la parte superior procurando darle forma de cufla que se adapta á su 



DE Lí DEFORIUOIOII CRANlJLKA 567 

posición. El todo del aparato se cuelga como una cuna, ya del lugar 
en que se coloca, ya k la espalda de la madre cuando ella lo toma para 
mudar de sitio 6 entregarse k sus cuidados, que son todos los trabajos 
una esdava del hombre: sin que participe de los goces de este, ni se le 
una en sus actos religiosos. Adornan primorosamente esta especie de 
cuna con bordados y cintas. La parte que oprimen las tablas es desde 
la coronilla de la cabeza al nacimiento de la nariz. Oigamos al que 
hace la descripción, y reproduce el retrato de la madre del niño y de la 
cuna deformante. 

«Es quiza la moda más extraordinaria de las deformaciones del 
cuerpo humano y el talle de avispa de una belleza europea, la pierna 
de la caribe, ni el empinado pié de la hermosura chinesca son m&a que 
cosas- insignificantes comparadas con la achatada cabeza de un chinook 
ó cHick-a-tack indios. Mr. Clattin dice que esta constumbre fué más 
extendida antes que ahora, y los choctas y chiskasaw tribus del 
Mississipi y de Alabama se achataban las cabezas de que dan evidente 
prueba incontrovertible, en sus sepulturas y hasta muy reciente 6 no 
muy di atan te época». 

(El lector, especialmente si es frenólogo, puede imaginarse que esta 
práctica perjudique á la capacidad mental en sus locaÜzaciones. Con- 
cibamos, por ejemplo, ít un cráneo comprimido cruelmente, hasta 
sólo medir una y media pulgadas, k lo más dos, hacia la parte poste- 
rior alongado, forzado á ocupar otros lugares, con pérdida de su for- 
ma normal.» — Continúa pintando lo que debía esperarse de ese pro- 
cedimiento en cuanto á la capacidad intelectual, y sin embargo, los 
que conocen esas tribus, «aseguran que no les perjudica, pues los indi- 
viduos que no han sufrido la operación, no son superiores á los que la 
han sufrido.» Mr. Kane observa f foseo» ífcw/iartMÍrt^ que los Chinooks 
desprecian á los que tienen la cabeza normal, 4 los que eligen para es- 
clavos en las tribus cabezas redondas y las cofcacis achatadas, vienen 
á ser scHal de libertad». 

Kane, es un contemporáneo cuyo testimonio es irrecusable, todos 
sabemos su historia y los honores que acaba de merecer su memoria. 
Pues ese testigo que reconoce la verdad de las deformaciones estuvo ob- 
servando ai lado de las cunas á las que suponía causaban grandes dolores 



568 REVISTA CUBÁSÍ 

en los niños. El R. Wood, dice que desde que nace el niño hasta que 
cuenta ocho meses 6 un año está entabliUado en la forma dicha: todos 
creerán que sufrirá terrible mente, y no es así: el Dr. Kane, ase;i;ura 
por SU3 propias observaciones, lo contrario. Hé aquí sus palabras: 

«Pudiera suponerse atendido lo expresado, que la operación hará 
sufrir grandes penas; pero no es asi: jamás vi llorar á los niños, ni la 
mentarse .... Pero cuando se aflojaban las ligaduras antes de verlo 
me lo anunciaba el llanto, hasta que las ligaduras se ajustaban otra 
vez. De la aparente dulcedumbre de los niños durante la presión, de- 
duzco ú imagino que quedaban en un estado de estupor 6 insensibi- 
lidad de que salían al removerse las ligaduras que era naturalmente 
seguida de la sensación penosa». 

Bastaría para los amigos del progreso, que un testigo como Kane, 
hubiera estudiado la deformación craniana al lado do los niños que la 
sufnan, para creer en el hecho; pero es cosa que otros dignísimos filán- 
tropos viajeros y escritores reconocen. Xo es posible negarse k la evi- 
dencia de que existieran las deformaciones cranianas en el viejo como 
en el nuevo mundo, y aún existen hoy en América, tribus numeíosas 
en que se usa esa extraña costumbre, la cual ha sido estudiada por 
nuestros maestros, en los estudios etnográficos. 

Y ese hecho, es decir, cl testimonio contemporáneo de los sabios 
anglo-americanos, está conforme con cl de los máa notables y recientes 
escritores neo-latinos. El ilustrado autor del Dorado, pág. 68 (1883), 
dice ai hablar de los chínoocks que viven en la embocadura del Co- 
lumbía entro las tribus de Oregon : < Existe la costumbre de comprimir 
el cráneo sobre la frente, y el occipucio entre tablillas durante la pri- 
mera infancia para darle una forma piramidal .... Esta práctica, en- 
contrada en pueblos tanto de la América del Norte como de la Amé- 
rica Meridional .... confirma la opinión de que las inmigraciones de 
los pueblos nómades que salieron del Xorte, vinieran á poblar las re- 
giones ecuatoriales, trayendo sus costumbres.». , . , Eso escribe el Dr. 
Zerda, uno de tos americanistas más distinguidos (1). 



(1) El tiránico poder del bombra sobra la mujer que en el Orienta hssU les privúde 
la entrada eo el Faraiso de Mahoma, que dotó de otrai odaliscas sensuales de todos co- 
lorea, la redujo i la condición de esclava en América. Et mieíoDero Brett aún halla entro 



DE LA DEFORIIACIOS CRANf AKA 569 

Los Sres. Mariano E. de Rivero y el Dr. Juan Diego Tschudi, íini- 
C03 que han creído que una de las razas del Perú ofrecía la configu- 
ración craniana con apariencia artiñcial y era natural, y la llaman de los 
Huancas del Perú, reconocen que todos las demás sinjiulandades pro- 
vienen de causas mee/micas, y hasta las aceptan en las fiimÜías: pues en 
una lucera, hállase siempre la misma forma de cráneos, mientras que en 
otra, á corta distancia, las formas son completamente distintas». Anti- 
güedades (fcí Perú púg. 28. 

La geografía histórica y la Antropología esián de acuerdo: aunque 
tenemos ojos para ver y tener evidencia; tenemos oidos para oír y ra- 
zón para creer en la evidencia agena. Sm haber estado en Parts ni en 
Roma creemos en París y en Roma por la evidencia agena. Fide ex 
audihi, decía un escritor sagrado, y si al testimonio de los antiguos se 
agrega el de los contemporáneos, sólo la demencia ó la paradoja nie- 
gan las verdades que exponen. En esa relación sensacional consiste 
la experimentación de las ciencias exactas, pnes no puede sustituirse 
la inducción por la deducción ni nada ú la observación : eso no puede 
ser, no es razón contra el decisivo /u¿ de los liechos, y de los aconte- 
cimientos. 

BACHILLER Y MORALES. 



loa caribes (le Guayana, el uso, de que el marido com]irti60 i h mujer- ]iiíg. 1,2-16, Waod 
Ractt of iTcn. — En la "iguieiile pígina se lee: que aún eoiitercan \a mra costumbre 
de meterse ea cama el marido, mientras au mujer la deja i las dos horas del parto, 
y «e dedica al trabajo dt costambre, y etiida S su esposo por espacio da itlguoas 
eemaaas, en el leilio. Ksog cuidados con el lunrido se anticipan al parlo, pues mien- 
traí la mujer, en los ñUimos días que preceden k aquel, come de todo, el marido se 
priva da algunos alimentos, la carne del Aguü, por ejemplo. Todo es allí á la inver- 
sa (rmírifí thí order). 

Tampoco ha desaparecido el íanibixlistno Kan sin motivos religiosos: \<js cointdoTu de 
hombres mAs decididos, e\ pachlo rey de ellos, existe. — Capitán May no Ecid. Oddpeo- 
pU heíng papular descriptton of singular raeei o/ Man, píg. IGO, — Bo."tonl844. 



MISCELÁNEA. 



LOIS VICTORIAIIO BCIAICOORT. 



En la noche del ocho del corriente ha fallecido en esta capital 
Luis Victoriano Bctancourt, tan diatíngnído por su festivo ingenio y 
las obras de su pluma, como por sus acendrados sentimientos patrióti- 
cos y la pureza de su vida. Consagrado desde temprano ú las tareas 
literarias, bajo la dirección de su padre, el celebrado escritor de cos- 
tumbres José Victoriano Bctancourt, había adquirido notoriedad y 
aplausos, cuando muy joven todavía lo arrancó ú estas ocupaciones el 
torbellino de la política. 

Fué uno de los más notables del grupo de jóvenes ardorosos 
que en 1868 y 1869 abandonaron carreras, posición y fortima por lle- 
var la representación de la capital al campo de la revolución, enseño- 
reada ya de la parte oriental y central de la Isla. Obtuvo muy pronto 
participación en el ^bierno revolucionario, tomando asiento en la 
Cámara de Representantes, y se distinguió siempre por la honradez de 
aus convicciones y la firmeza de sus principios eminentemente demo- 
cráticos. Por espacio de diez aflos lucharon los separatistas con infati- 
gable constancia, no coronada por el éxito, y hasta la última hora per- 
maneció Luis Victoriano Bctancourt en sus filas. Después do la 
capitulación, regresó fi la Habana, donde vivió modesta y caaí oscura- 



hiscelXkba 571 

mente, dedicado k la pr&ctlca de la abogacía y ¿ las tareas de la cuse- 
fianza. 

Como escritor, el período de mayor actividad de s« vida fué quizi§ 
la dOcada revolucionaria. Sus poesías patrióticas eran extraordinaria- 
mente populares y circulaban, ya impresas, ya manuscritas, por toda 
la Isla. Antea de la Revolución, en Noviembre de 1867, había publi- 
cado una colección de artículos y poesías, en la qne se distingue su 
elegía A la mtierfe de Lincoln. Después del 78 sólo ha dado í la es- 
tampa algunas bellas poesías en el libro Arpas Amigas, y varios ar- 
tículos y versos festivos en los diversos periódicos en que colaboraba. 
De carácter reposado y poco expansivo, contrastaba la seriedad do su 
trato con el gracejo y la intención satírica de sus escritos. Sus últimos 
años fueron tristes, pero tranquilos, porque lo circundaba una atmós- 
fera de respetuosa simpatía. Se lleva consigo k la tumba grande copia 
de amarguras y desengafios, lega & su familia un nombre inmaculado, 
y deja i'i sus conciudadanos una memoria digna de conservarse y per- 
petuarse. 

NOTICUS UTEBARIAS. 

M. Gastón Hírsch ha dado al teatro del Ambigú el drama En 
Gréve, en cinco actos y siete cuadros, durante el pasado mes de Abril. 
El éxito fué considerable. 

— Se espera de un momento k otro la aparición de las memorias 
de Lizt, en seis volúmenes. 

— Han sido muy bien recibidas en París las traducciones de dos 
novelas americanas, publicadas por el Tdégraphe. La primera es 
Married ira hasle de Miss Blanche Roosevelt, y la segunda Tempest 
Tossed de Mr. Theodore Tilton. 

— Entre las obras que se han publicado sobre el general Gordon, 
después de su muerte, ha llamado la atención un pequeño volumen de 
Mr. W. E. Lilly, titulado lÁ/e and Worka of General Gordon ai Gra- 
veaend, por las interesantes noticias que contiene acerca de su carácter 
y vida privada. Lo precede un prefacio de la hermana del General. 

— La novela de Hall Caine The Shadoui of a Crijne, que acaba de 



572 KEVISTA CDBASA 

aparecer en los Estados Unidos, ha bastado para conquistar á su autor 
un puesto muy distínr;uÍdo entre los novelistas americanos. 

— Se ha vendido recientemente un ejemplar del Psalmorum Co- 
dex, de Furst, en más de 60,000 pesos. 

— Del cxümcii pericial de la colección ile papyros del archiduque 
Regnior, en Viona, han resultado algunos descubrimientos interesantes; 
como son, varios fragmentos atribuidos k Aristóteles, y otros á Mareo 
Aurelio, Alejandro Severo y Felipe el Árabe. 

— Se dieo que las obras manuscritas de Víctor Hugo formarán diez 
volúmenes ; y que el autor ha dejado dispuesta la forma de su publica^ 
clon. Los tres primeros, quo cstíin ¡i punto do ver la luz, contienen 
poesía y prosa. Los otros siete coinprondcrún notas y cartas csoritas 
por el poeta durante su destierro. 

— Ha fHÜecido M, Rossetti, notable orador parlamentario de Ru- 
mania, que ha sido apellidado el Oambella rumano. 

— El autor de los libros que han aparecido con el pseudónimo do 
Max O'Rell es M. Paul Brouet, profesor de francés en el colegio de 
Westminster. 

— Loa geroglíficos que cubren el cilindro de granito existente en 
el Museo del Parque Central de ííueva YorV, han sido descifrados por 
Mr. O'Connor, discípulo del asiriólogo Haupt. Se refieren k la reedi- 
ficación del templo del Sol en Sippara, por el rey Nabucadnezzar 
(Xabucodonosor). 

. — El £;obernador general de Alsacia-Loreno, Herr von ManteuíTel, 
ha prohibido á los directores de los teatros de Metz y Estrasburgo que 
Sarah Bernhardt represente en ellos. 

— El mexicano D. Joaquin García Icazbalceta tiene en prensa la 
primera parte de una BibUografía Mexicana del siglo xvi. Caliilogo 
razonado de libros impresos en México de 1539 á 1600, con biografías, 
disertaciones, etc., y iná3de40racsím¡le3-fotolitográñcos; fotograbados 
en el texto. 1 tomo, en folio, publicado en corto número de ejem- 
plares. — 350. 

— El 30 de Mayo ha tenido lugar en ^ladríd la recepción de D. José 
Zorrilla, en la Academia de la Lengua. En vez del discurso de gracias 
el nuevo académico leyó un largo y fatigoso romance endecasílabo. 



índice 

PE LAS MATERIAS DEL TOMO PRIMERO. 



Prospectó „,., , E. J. Varona 

Reli^onesde lospuebloi no civiliíadoe Eugtaio Amadit 

Evolución histórica de la fitíDlogts.,,^ Bayamin CStpeda,,, 

PeformBcioDM artíficislee del críneo, JoU S. Sfordaho..,.. 

Biografía artística _ , Suvfin Samreí 

La evolución y la teología \ 

£)lmoTÍmÍetitoaDti-seinfticojuindopOTun/ „ „,. . , 

\ Sola* Ediionala. 

judio I 

Porrenir del arte en loe Estadas Unidos.... ) 

Nota» Bibliográfica» 

Sesión solemne del Círculo de Abogados,.. X 

La UDiversidad de Bstrisbargo i 

Sociedad do conciertos > Xtaedá n ea. 

La Tumba de Thierí „ \ 

Kolicina literarias „ / 



Joi^ Sand 

La Antropología y el Derecho PenaL. Jotí Maríadt (Xtptdtt. 

Correspondencia literaria.- Etiñjae Piñenro 

Colon y los Caribes., ,■,„•,; Xanwd Sanguils-. ....... 



\ Notat (dilorialai 172 



574 REVISTA. CUBANA 

Documentes HíbI^fícob. — Datos pura Is vi- 
da de D. Fntncitico Arango y Parrelto 

Los literatos 7 BrtÍBtBB ante la Higieoe Antonio Oiiro.... 

Biografía artbtica Serafin Bamira. 

Platón precursor de Grodo 

La sfrie de los número» jiriniofl.. 

Revista Muaical— En la Habana A'**" 180 

Notas BibliogrdficaJ' 184 

A la Prensa \ 

La Enciclopedia i 

Eugenio Pelletsn f ,, . 

" > Macdúnea 188 

Obra maestra I 

Edmundo About 1 

Noticias literarias / 

MARZO. 

Lope da Vega Joei de -Irma» j (Xrdtaa» 193 

Bitadfstic* de la Aboltdon de la esclavitud 

en Cuba Mannd VUlanota 204 

La Educación según la ñlosolla positíva.... Joié F^ncüco Arango 207 

Correspondencia literaria.^ Enrigue Piíleyro 224 

In Memorial» Enrique Joti Varona 2S3 

Colon j los Caribes Mimutl Sanyuüg, > 235 

Revista Geogrilica Z"« 250 

Documentes Histéricos. — Dictamen de D. 

José Pablo Valiente, sobre el comercio de 



JoB¿ Antonio Echeverría AnUmio BachUler y 

Deformaciones artificiales del cráneo. Ñola» tdüoriaUi 

Notas Bibliogrificaa 

Edidon nacional de las obras de V, Hugo... 

El museo de Soutb Kensington 

La Madonna de Blenhiin 

El neurosismo de loe americanos 

La educación popular en Alemania... 

Poesfasde Sidney Lanier. \ MÍKdá.nxa ... 

Un ingeniero cílebrí; „ 

Nueva Tebaida 

Monumento de Monmoitth 

ConfereDcia del Sr. Arango 

Noticias literarias J 



ÜtudioB económicos,— El Eslado. Eugenio Amada 289 

Correspondencia li (eraría Enrique Pille¡/ro 309 

Colon j loa Coribes JtfíiRueí Sanguüg. 318 

Conrado Wallenrod.— Prólogo. Fratuütco SdUn 337 

Coomdo WaHenrod. — Introducción y canto 

primero Artíonio Sdlm, « 347 

La Expansión nacional y loo Eslados mo- 

dernoa Rqfad Uonloro 359 

La Igle«a y el Estado Notaa ediloríala 373 

Sotas Bibliogrifiras 376 

Conferencia del Sr. Montero \ 

La Instrucción elemental en Italia 

El inglÍB negro 

El imperio inglís 

Carácter de Hamiet \ Mimxlánea... 

Becket,deTenny80n 

Lov cornetos del año 

El polo magnético 

-Folk Lore 

Noticias litcriirias 



Un discurBo de Morel-Fiíliii,.. 



JoU de Alina» y Ordenat,... 



ediíoriak»... 



Los críneos artificlalcii Joan Ignacio de Armat,.., 

Correspondencia literaria Enrique Piñeyro. 

Colon y los Caribes Manuel SaTtguüy 

Cor.rado Wallcnrod. — Cantos 2'.' y 3'.'. Anlemio iSHieri 

La Habana tn 1800 

Biografía artlaticu Serafin Ramiru 

Muliladones ítnica» 

El teatro inglés 

Notas biblingrSfiCM 

Víctor Hugo 

La instrucción públic» en Coeta Bica.... 

Mare Monnier 

Baflos Eldclricos 

La Arqueología en Nueva York ' 

Herat /' 



" I Nolat 



} Mitedánai... 



REVISTA CDEINA 



JUNIO. 



Lb Química y la Biología Jotujuin O. LAredo 481 

tnfluGQcia lie las ciencias en el progreso de 

la eiviliíacion Jtfanu«l A. Monlejo, 494 

Correspondencia literaria Enrique Piütyro 516 

José de la Luz y Caballero ifantid SanguUy 524 

De la deformación cremana en América, en 
la Geografía Hiatfirica y en le actuali- 
dad Anlonio BathUleí y Morulea 564 

Luis Vícloriano Belancourt i ,. 

„ . . , \M¡Mdánat 570 

Noticias literarias. >