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Full text of "Revista de Costa Rica en el siglo XIX"

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COSTA RICA 



EN EL 



SIGLO XIX 



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MTA DE GO^TA RlCfl 



•^ 



EN EL 



SIGLO XIX 



w 



orno pnmepo 



TirOGRAFIA NACIOiNAL 

SAN JOSÉ DE COSTA RICA— AMÉRICA CENTRAL 

MOMII 



Üevlsta de Cnsta Rica en el slgln KIK 



TDMG PRIMERD 



I — Prólogo. — Francisco María Iglesias y Juan Fernández 

Ferraz. 
II — Monografía de la población de Costa Rica en el si- 
glo XIX. — ^Bernardo Augusto Thiel. 
III — Memoria histórica. — Francisco María Iglesias. 
IV — Capítulos de un libro inédito. — Máximo Soto Hall. 
V — Cuadros de costumbres. — Manuel de Jesús Jiménez. . 
VI — Episodios nacionales. — Máximo Soto Hall. 
VII — Día de la independencia. — Anónimo y Juan Fernández 
Ferraz. 
VIII -Apuntes de higiene publica. — Vicente Láchner Sandoval. 
IX — Rasgos biográficos. — Máximo Soto Hall. 
X — La Iglesia Católica en C(»sta Rica durante el siglo XIX. 

(Bernardo Augusto Thiel. 
XI — Breve reseña de la jerarquía eclesiástica en Costa Rica 

(i 85 1-1900). — ^Rosendo de Jesús Valenciano. 
XII — Bibliografía extranjera acerca de Costa Rica (i 826- 1900) 
^?ahlo ^Biollev. 



y 



? 



/ 




El siguiúntó acuerdo ¿iparcció en L^i Gaceta, diario oficial, nú- 
mero 20, de 24 de Julio del año Mttepaíodo: 

Cartera de Gobernación 



Palacio Nacional 
San José, 23 de Julio de l')00 
Para celebrar el advenimitínto del nuevo siplo. 

El Presidente de la República 
Acuerda: 

1" — Que el 1" de Enero del año próximo se publique una Revista comprensiva 
de estudios referentes al desarrollo y progreso intelectual, moral }• material de la 
República, durunte el presente siglo; 

2"— Orjíanizar una Comisión c<)mpuesta de los señores Obispo de la Diócesis, 
Doctor don Bernardo Auyusto Thiel: don Francisco Marta Ig-lestan, Licenciado don 
Cleto González Vtquez y don Juan F. Ferraz, cuj-a ilustración y patriotismo son 
prenda de acierto, para que se encargue de preparar la citada publicación: 

3*? — Queda facultada esa Comisión para elegir los auxiliares que considere 
necesarios y hacer todos los gastos indispensables; 

4?— Todos los Jefes de oficinas públicas están obligados á suministrar á la 
Comisión los informes y demás auxilios quedeellos solicitare. ^Publlquese. — Rubri- 
cado por el señor Presidente.— Pacheco. 

Tal es la disposición que dio origen d la presente obra. 



REVISTA DE COSTA RICA 



Costa ^ica, nacida d la vida independiente y libre al terminar el 
primer quinto del siglo último^ recibió el precioso don de la propia exis^ 
tcncia, después de cerca de trescientos años de abandono, aislamiento y 
pobreza. 

JVi era posible esperar otra cosa que esa especie de olvido, dadas 
la pequenez y poca importancia de este pedacito de tierra, en el vasto y 
casi inmenso imperio colonial que el descttbrimiento, la conquista y pobla» 
ción de América dieron d España, trabajada ella mis^ma, aimque victo^ 
riosa, por los últimos esfuerzos de la ^Reconquista, en Ivs momentos solem^ 
nes de la sobrehumana empresa de Colón; pujante y batalladora después, 
tanto en el antiguo, como en este nuevo mundo; desangrada y descae^ 
cida más tarde por causas mil, sin que sea la de menor importancia el 
natural cumplimiento de las eternas leyes de la Historia, donde d la 
grandeza desmesurada sigue, inevitablemente , tarde ó temprano, im 
periodo, más ó menos largo, definitivo ó pasajero, de abatimiento y deca^ 
dencia, que el desvanecimiento de los triimfos, el verdor fascinante de 
los laureles y la molicie y la desmoralización consiguientes consigo traen, 
en la vida de las grandes naciones. 

Al brillar para Costa ^Rica la luz de la independencia, encontróse 
este pueblo humilde é insipiente sin las experiencias, sin los recursos, sin 
las industrias y sin los elementos de progreso de que otros habían disfru» 
tado, aun entre los que debemos considerar hermanos, y asi tuvo que dar 
los primeros pasos en su nueva existencia, inexperta, paupérrima y ate" 
nida tan sólo d sus propios juveniles y débiles esfuerzos. 

Casi todos los pueblos de la tierra cuentan por miles los años de 
su historia, y ¿a de muchos e::ironca con los ::ebulosos tiempos de la 
leyenda y de ¿afabula; — la nuestra no abarca aun una centuria, apenas 
alcanza d oclio décadas, — sí hemos de tratar de la verdadera Costa (Rica, 
de la que se despre::dió casi naturalmente y por su propio peso de las 
víar.os del Coberr.ador Cañas, para vacilar en los primeros ^nomentos 
entre la anexión d Colombia ó d Méjico, entre su constitución por aparte 
ó unida d los otros Estados centroamericanos, y venir d la postre, por 
accidentes no bien juzgados todavía, d poner asiento de (República por si, 
cíi la forma en que actualmente se encuentra, de propia responsabilidad y 
vida propia; y sin embargo, mientras que la mayor parte de aquellos 
pueblos han logrado y podido darse cuenta de su origen, de su progre^ 
sivo desarrollo, de las diversas fases de su evolución y de su r.iilenaria 
existencia, Costa ^Rica, la nación de ayer, no cuenta mds que con dis» 
persos documentos, con tradiciones mds ó menos confusas, con estudios 
históricos muy escasos y apenas esbozados. 

j\o tratamos en modo alguno de rebajar en lo mds mínimo, ni 

— VIII — 



EN EL SIGLO XIX 



"menos desconocer las nieriicrias labores é ir.ves':(racior,e¿: en el camf^o de 
la hisloria hechas tanto en lo a::e se re\ere d la época colonial, cuanto d 
los sucesos posteriores. Esto: trabajo:, ha:: sido e:::prer,didos por hombres 
competentes y bien inspirados, descolla::do entre ellos, en prir.ier término, 
los distinguidos costarricenses do:i Sílannel Salaria Oeralta y don León 
Fernandez, y el buen servidor de Costa ^Itica don Felipe Svlolina; asi 
como también finirán los cronistas '-^narros. S*'or.t:'í\ir, S>Iar:ire v Gar= 
da acidez. Entre los escritores ameritados ojie en estos últimos tiempos 
lian contribuido d extender el campo de las invebtigacio::es históricas, 
debernos también menc:o::ar al doctor S^lordi'r'ar. al Licerxiado don 
Matiuel arguello Xora, do:: josé Salaria Fi^'^neroa, do:: S*fa::::el [f. 
Jiménez, Licdo. do:i Cleto LTo::zdlez Viqíiers, do:: ^Jíicardo Fernd::dez G., 
do7t Francisco Sv^oj:tero (!jarra::tes, ^iJoctor do:: ■Iier:iardo ^:igiisto Thiel 
— eminente colaborador ::::est:'o ij:íe p'::é e:: la prese::te obra, y cuya 
muerte prematura ha llorado esta s:í diócesis y patria adoptiva — y en 
artículos ó ensayos de :::e::or c:ia::t:a alg::::os :::ds, 

Tanunén hait dad-o d :iiiestra historia sit precioso conti::gente, 
entre otros ceniroa:::ericanos los sefuves (Pérez, Gdn:ez, Ayón, Góm.ez 
Carrillo y Soto Hall — de quie:: va:: alg::nas pdgi::as ii:se]'tas en este tomo. 

A pesar de :::il tropiezos v dincnltades, v de haber \iltado d la 
Comisión, el valioso co::c:::'so de sti más en:ine::ie é i:npor:a:ite colabora-' 
dor, se ha proenrado c:::::plir hasta do::de ha sido dable cjn el difícil v 
delicado cargo aceptado, y l:oy apa:'ece el prin:er voln::: ;: de los /;vs 
que deberá co:::pre::der esta ^Revista de Costa ^líica en el siglo xix. qite 
tal nos atreven:os d lla:::ar el c:íadro co:::pre::s:vo de todo el libro. 

Sin prete::sio::es de ::i::gii::a especie, si;i aspirar d elogios 
ni d recompensas^ y sin otro en:peí:o qne el de contribuir j hasta 
donde nuestras débiles fuerzas l:a:: alca::zado, al eii:::plin:ie::to de 
una empresa q::e, a::::q:ie dejlcie::ten:e::te realizada^ contribirlrd d 
llenar :í:i gra:: vacío e:: los a::ales del pa:s y d dar Inte:: :ion:bre 
á la ^Repiiblicaj prese::ta:::os al lector este pr::::er tomo, y salvas 
disposicio:ies ::itevas, ::os per:::it::::os a:i:i::e:ar el co::tenido de los 
3Ígnie::teSj para q::e desde l::ego se te::ga clara idea del trabajo 
completo. 

Jvlal podría ^or:::arse aq::élla e:i vista de este solo vo¡:ín:e:i, 
aunque él ya co::tie::e por lo :::e::os c::afro i:::porta:itís:mos est:: = 
dioSj d saber: la Monografía acerca de !a población de Costa Rica en 
el siglo XIX y la Historia de su Iglesia, tratados magistrales del 
malogrado señor ^.^oispo Thiel, co:::pletado el ::ltin:o por ::::a Re- 
seña de la jerarquía eclesiástica. e::eargada d ::lt::::a l:ora al ilns--^ 
irado Presbítero do:: ^S:ose::do de '*es::s Vale::cia::o: el desarrollo 



IX 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



de la Higiene jj' las Instituciones con ella relacionadas^ por el (Doc^ 
tor don Vicente Ldchner Sandoval, y por illtimo, la Bibliografía 
de las obras escritas en el siglo sobre Costa Rica, ensayo que pa» 
tentiza la paciente y escrupulosa laboriosidad del (Profesor don 
diablo diiolley. — Los demás trabajos literarios^ si se exceptúa co7no 
es de justicia j ¡a serie de Cuadros de costwmhr^s, por don Mauítel de 
Jesiís Jiménez, joyas de inestimable belleza y de privilegiada ¿^s- 
tructura artistica, representan, aun incluyendo en este concepto 
las ligeras paginas debidas a la galana pluma de don Máximo 
Soto Hall, la parte decorativa ó de mera forma que debía alter^ 
nar en la obra con lo profundo, seco y á veces descarnado propia-- 
mente científico, materia de esta primera parte. 

Las dos siguientes, si vieren la luz, contendrán lo relativo d 
la Legislación^ la Beneficencia, la Policía, la Habitación y el Vestido, 
el Aspecto económico del país, su Agricultura, industria y comercio, 
la Minería, el Clima r los principales Fenómenos geológicos, astronó- 
micos y metereológicos, Ferias y mercados, Exploraciones científicas. 
Correos, telégrafos y teléfonos. Vías de comunicación, la Instrucción 
y cultura, la Prensa, y otros estudios especiales sobre Bellas artes, 
Extranjeros que han influido en el desenvolvimiento nacional, etc., etc. 

Todo ese material acumulado espera las superiores dispo^ 
siciones para su edición. 

Antes de terminar es indispensable que demos piíblico tes= 
timonio de 7iuestra gratitud á los distinguidos colaboradores que 
han sobrellevado el mayor peso de nuestra obra, y que rindamos 
también piíblicamente el debido Jiomenaje, por su talento y habili^ 
dad, á los notables artistas que han ilustrado el libro. 

Y solamente nos resta manifestar que, sin esperanza ni dc" 
seo de aplauso, sí ansiamos haber llenado á satisfacción del Go= 
bierno nuestro deber, y merecer á la vez la tolerante benevolencia 
del lector 



San José, C. (R., 24 de Julio de igo2. 



Kpcii)cisc0 liy. Iqlesicis 



I liar) H. Kcppcf^ 



X — 



^^ w* ¿'f;^^^ 




Equivalencias y sinonimias 



Guadalupe (Goicoechea) 
Santa María (Tarrazú) 
Pacaca (Mora) 

Filadelfia (Carrillo) 
Guanacaste (Liberia) 
Ujarrás (Paraíso) 



San Isidro de San José 
San Isidro de Heredia 
San Rafael de Cartago 
San Rafael de Heredia 
San Pablo de Alajuela 
San Pablo de Heredia 



Árbol histórico de los pueblos de Costa Rica, por Bernardo Augusto Thlei 




A 



de la 



Población de la HeDública de Costa ñica 



EN EL SIGLO XIX 



TOMO 1 




i>rTí{oí»ifdcíio:K 




-■ XACTos, detallados y frecuentes censos de población 
se necesitan para la demografía de un país. En 
Costa Rica, en el curso del siglo xix, se hicieron 
tres censes propiamente dichos de diferente valor 
y mérito, y varios recuentos imperfectos, cuyos da- 
tos son insuficientes y poco seguros; luego, si bien 
existe algún material para estudios demográficos, 
no es, en verdad, el que se requiere para llegar á 
conclusiones indiscutibles y absolutas. Dar, pues, á 
la publicidad tales estudios, basados sobre funda- 
mentos de poca solidez, sería exponerse innecesariamente á la crítica 
y censura de muchos, y ciertamente no lo haríamos, si el Gobierno de 
la República, animado del deseo de conmemorar el fin del siglo xix y 
principio del xx, no hubiera manifestado el empeño de que se publica- 
ra un libro en el cual esté sintetizado el desarrollo y adelanto alcan- 
zados por Costa Rica durante la última centuria. 

Son contadas las personas aficionadas á estudios demográficos; la 
generalidad no los aprecia, bien porque no comprenden su importan- 
cia, bien porque no saben sacar las consecuencias prácticas ni llegar á 
los resultados positivos que de ellos se desprenden por conclusión lógi- 
ca. Temeríamos, pues, que no se leyera nuestro trabajo, si quisiéramos 

— 3 — 



INTROnUCClUN 

publicar y entrar en reflexiones, por más juiciosas que fueran, sobre con- 
diciones de los habitantes de Costa Rica, su sexo, estado civil y físico, 
religión, residencia y origen, ó sobre edades progresivas, población de 
ciudades y campos, profesiones, oficios y otras condiciones sociales. De 
todo esto se publicó precioso material en el censóle 1864 por Don 
F. Streber, en los censos de 1883 y 1892 por Don E. Villavicencio, y 
sobre todo, en los Resúmenes Estadísticos de 1883-1893, debidos á la 
laboriosidad de Don Juan F. F""erraz. 

En una monografía como la presente, que ha de ser leída por 
todos, conviene separar lo que es de interés particular, prefiriendo lo 
que es de interés general. 

Bajo este concepto, trataremos en el presente trabajo . de- 
mográfico: 

i" de la población de Costa Rica en 1801 y de sus componentes; 

2?, de los censos y movimiento de la población durante el 
siglo XIX. y 

3?. de la población de Costa Rica en igoo; cuestiones que son 
de interés para todos los costarricenses. 



l^s objetoi di 




%^ '^ 




De la población de Costa Rica en 1801 

y de sus componentes 

^,^ Yf%*^'- ( ,osTA Rica estaba constituida al principio del 

tV '%. ^"-^ siglo XIX por la provincia del mismo nombre 

■*^K^ inn Cartagn como capital, y el partido de Nicoya, 

■<^^ 't unido por lo regular á la provir 

^h- A^^ lomo en lo eclesiástico. Tenía 52,591 habitantes, 

V^^ icSQIkra »" (ril)iiidos en dos ciudades: Cartago y Ksparza: 

ií^' iaSr^a^-^^ ''""*' '^''='^y^' '-'jarras. Villa Nueva (San José), Villa 

"■'■'"■'^■'^*'^" \icja (Heredia) y Villa Hermosa (Majuela); cinco 

Bagaces, Las Cañas, Escazú y 
l'uehlo Nuevo (La Unión); trece doctrinas: Barba, 
Col, Quircot, Tobosi, AtirTO, Tucurriijue, Orosi, Cu- 
rridabat, Aserrí, Pacaca, Boruca, 'I'érraba y Guada- 
lupe; y tres territorios de indios no civilizados y poco 
cidos: Talamanca, Socas del Toro y CJu 
mía la poblat 

¡ ' Españoles. 4,94^ 

; Indios de raza pura 8,z8i 

Ladinos y mestizos 30,4 1 3 

Negros 30 

Mulatos y zambos, llamados también/í/n/fí. 8,929 

Para mayor claridad publicamos á continuación un cuadro estadístico que mani- 
fiesta la población de cada localidad y su distribución según la raza. Adoptamos en este 
cuadro, como en los que en adelante publicaremos, la división actual de la República, en 
provincias y comarcas. 

— 5 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Población dm la Rlpi hlica de Costa Rica en i8oi 



Ciri>Al)K>. VILLAS, ANKXOS, 
l>OÍ IKINAS Y TKkKirOklOS HK INDIOS 

Pk()Vin( lAs Y Comarcas aí tialks 



Villa Nuova (S S:ui Josc^ 

Ancx(> cii' ICsca'.ii 

Doctrina dv ('urrifLibat. 

Poctrina de Ascrrí 

Doctrina de Pacaca. . . . 



Pnnintid (/<■ S,í// 'Yost' 



Ciudad de Cartago 

Villa de Ujarrás 

Anexo de Pueblo Nuevo ó La Unión. . 

Doctrina de Quircot 

Doctrina de O/t 

Doctrina de Tobos! 

Doctri na de Orosi 

Doctrina de Atirro 

Doctrina de Tucurrique 



/^nnificiii de Ctirtago 



Villa V^ieja ó Heredia 
Doctrina de Barba.. . , 



/'nrfincut de HertditJ 



Villa Hermosa ó Alajuela. 
Territorio de Guatuso ... 



Pmvinc id de Alajuela 



Villa de Nico\ a 

Anexo de Guanacaste. 
.Anexo de Baga ees . . . . 
Anexo de Las Cateas. . 



Provincia de (iuaftacaste 



Ciudad de Lsparza 

Doctrina de Boruca 

Doctrina de 'I'érraba y Guadalupe. . . . 
Indios de Talamanca en el río General. 



Comarca de Pnntarenas . 



Valle de M atina 

Valle de Chirripó 

Territorio de la Talamanca 



DISTRIBLCION SKGLN LAS RAZAS 



TOTALES 



Españoles 



Indios 



11.095 

1.325 
230 

470 
747 



13.867 



12,109 
1,500 

364 
105 
278 
132 
650 

95 
105 



15.338 



9.600 
930 



10,530 



3.022 
800 



3.822 



3.420 
912 
672 

425 



1.837 



17 



230 
470 
722 



Ladinos 

y 
mestizos 



8.547 
I 125 

8 



1.854 



1.422 



702 
22 
15 



739 



1. 810 
98 



1,908 



360 



225 

I 

212 

105 
278 
132 
650 

95 
105 



1.808 



312 



312 



800 



360 



18 
45 



800 



662 
47 



5.429 



225 

250 

350 
300 



63 



709 



18 



1.125 



150 

30 

1. 000 



Comarca de Limón. 



i.i8d 



18 



250 

3-0 
300 



900 



30 
1,000 



' Territorio de líocas del Toro: Chánge- 
I nes. Gaymíes y iSiguas 



1.300 



Totales generales 



52.591 



1.030 



1.300 



4.942 



8.281 



9.680 



9.407 
1.150 

57 



10.614 



7.015 
455 



Negros 



7.470 



2.545 



2.545 



8 
30 



38 



66 



66 



30.413 



30 



30 



30 



Mulatos, 
zambos 
y pardos 



711 
200 



911 



I.74S 

322 

80 



2.147 



775 



843 



117 



117 



2.732 
790 
672 

425 



4.619 



141 



141 



150 



150 



3.925 



— 6 — 



EN EL SIGLO XIX 



Veamos ahora cuál fué la población del interior de la República, (jue comprende 
las actuales provincias de San José, Cartago, Heredia y Alajuela, y cuál la de las dos 
costas que comprenden la provincia de Guanacaste, comarcas de Puntarenas y Limón y 
territorio de Bocas del Toro, y reduzcamos los diferentes resultados á la unidad de i,ooo. 



LA 

REPÚBLICA 
COSTA RICA 

EN ]8oi 



El interior 

Las dos Costas. . 



Totales 



I'OBLACIÓN 
TOTAL 



*rt y. 

c *^ 

u _ 

"- rs 

i. r- 

2Í 5 



43.557 828 



9.034 



52.591 



172 



1,000 



ESPAÑOLES 



4.861 



81 



4.942 



"c: y, 

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30 



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0.5 



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1 


Reducción á 
unidad de 1,0 


4,015 


93 


4.910 


543 


8.925 


170 



Los anteriores números absolutos y proj)orcionales dan lugar á muchas é intere- 
santes reflexiones. 

Ante todo aclaremos una duda que tal vez habrá surgido en el ánimo de muchos: 
¿Cómo es posible encontrar á la vuelta de cien años datos tan precisos, cuando se carece 
casi por completo de censos y otros trabajos análogos? A esto respondemos: iV No 
carecemos del todo de censos, ó mejor dicho, recuentos de la población en los siglos 
anteriores. En primer término, acerca del número de los concjuistadores y primeros po- 
bladores, tenemos datos históricos precisos, entre los cuales merece especial mención la 
lista de aquéllos presentada por el Cabildo de C'artago, el 1 1 de Knero de 1569, que sirvió 
al Gobernador Perafán de Rivera para el repartimiento de los indios y tierras de Costa 
Rica; siguen, el censo levantado en 161 1 por el Oidor Doctor Sánchez Araque y varios 
informes de diferentes Gobernadores durante el siglo xvii; vienen después los informes 
del Gobernador Diego de la Haya PY'rnández, de 17 19, y de Juan Gemmir y Lleonart, en 
1 741, y varios otros de igual naturaleza. Poseemos, además, el informe detallado del Ilustrí- 
simo Señor Obispo Pedro Morel de la Santa Cruz, de su visita pastoral en 1751, y alguno 
que otro censo formal como el de los años de 1777 y 1778, levantado en cumplimiento 
de la Real Orden de 10 de Noviembre de 1776; y, finalmente, los padrones que de los 
feligreses tenían que hacer los curas todos los años. Kstos datos contribuyen á facilitar el 
cálculo de la población. 2" En cuanto á los pueblos de los indios, se ccmservan las rela- 
ciones de las visitas que periódicamente hicieron los Gobernadores, en las cuales en- 
contramos datos muy completos sobre sexo, edades jjrogresivas y residencia: hasta se 
apuntaba si cada indio tenía hacha y machete; si dormía en el suelo ó en una cama alta, 
y otros pormenores. 3" Tenemos también los libros parroquiales de nacimientos, defun- 
ciones y mairimonios, que nos facilitan más cjue ninguna otra fuente, datos para el censo 
de los pueblos, razas y moralidad. Así es que si todo esto se tiene en cuenta, con algo de 
paciencia y experiencia, se llega al resultado que se desea. 

Insertamos aquí varios censos, calculados sobre los testimonios y antecedentes que 
dejamos enumerados, censos (jue, á nuestro juicio, se aproximan bastante á la verdad. 
Esto nos prepara el camino para hablar con propiedad y acierto de los compcmentes de 
la población de Costa Rica en 1801 y para dar de acjuélla una idea más exacta. 



— 7 — 



RKVISTA DE COSTA RICA 



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— 8 — 



EN EL SKiLO XIX 



Con presencia de este cuadro, hagamos algunas sucintas observaciones sol)re cada 
una de las diferentes razas. 

ESPAÑOLES 

Llama la atención (^ue el número de españoles fuera mayor en 1751 y 1778 (jue 
en 180 1, siendo así que no se tiene noticia ninguna de c}ue hubiesen emigrado; antes por 
el contrario, se sabe que en la segunda mitad del siglo xviii vinieron muchos y se afinca- 
ron en Costa Rica. Teniendo en cuenta ([ue nuestras fuentes de conocimiento de las 
distintas razas que habitaban estos pueblos, son los libros de bautismo, en les (}ue se 
consignaba siempre el dato de la raza á que ¡)ertenecía cada niño, nos parece aceptable 
la siguiente explicación del fenómeno (^ue dejamos expuesto: (pie durante el siglo xvii y 
hasta mediados del xviii, los curas consideraban como españoles átodos los hijos de éstos 
y demás descendientes; pero en la última mitad del siglo pasado, después que en nues- 
tra sociedad se hubo despertado cierta tendencia á la aristocracia, que anteriormente no 
existía, se procedió á las inscripciones con mayor escrupulosidad. Los curas de Cartago, 
Don Maximiliano de Alvarado y Don Ramón .^zofeifa; los de San José, Don Manuel An- 
tonio Chapul de Torres y Don José Antonio de Alvarado, y el de Heredia, Don Juan 
Manuel López del Corral, verificaron con más rigor los apuntamientos de la raza de los 
bautizados, dejando pasar como españoles sólo á los peninsulares y descendientes de 
españoles de limpio y puro linaje. 

LADINOS V MESTIZOS 

Los así llamados, aumentaron en número de un modo considerable, merced al 
extraordinario rigor que hemos dicho se observaba para considerar á un individuo entre 
los de categoría ó rango español. En los veinte y siete años trascurridos desde 1751 á 1778, 
la población de ladinos y mestizos se elevó de 3,057 á 13,917, y al final del siglo llegaron 
hasta 30,413, constituyendo la parte principal de la masa total de habitantes, ó sea el 579 
por 1,000. Tal crecimiento no puede explicarse de otra manera que con la observación an- 
terior. Muchísimos de estos ladinos tenían de sangre india sólo una mínima parte ó tal 
vez ninguna; pero no merecieron el nombre aristocrático de españoles, porque sus fami- 
lias, por una residencia secular en Costa Riea y los rudos trabajos de la agricultura, ya 
habían ¡)erJido los rasgos característicos de su origen y sufrido los cambios que provocan 
el sol y el suelo americanos. 

ne(;ros 

Como lo demuestra el cuadro anterior, hubo muy pocos negros típicos en Costa 
Rica, y los que existían eran sólo algunos esclavos procedentes, ya de Nicaragua, ya de 
Panamá. En 1801 constituían apenas las cinco diez milésimas partes de la población. El 
negro de raza pura desaparee ía pronto, porque se casaba, ordinariamente, con mulata ó 
parda, por \o cual sus hijos pasaban á esta otra categoría. 

MULATOS, ZAMBOS Y PARDOS 

Esta raza ha venido formándose con los negros que se trajeron en el siglo xvi y 
principios del xvii para el trabajo de los obrajes de añil y asistencia de las haciendas de 
ganado en Nicoya y E.sparza. Cuando decayó el cultivo del añil, no pocos pardos pasa- 

TOMO I — 9 — 2 



RKVISIA I)K COSTA RICA 



ron á Cartago y se establerieron en el barrio áe Nuestra Señora de los Angeles, distríbu- 
yénilose después, durante todo el curso del siglo xvmt, por lus valles de Harba y Aserrí. 
Kn !a parrocjuia de Ksparza y sus anexos y en el partido de Nicoya, constituyen el 
elemento principal de la población. 

INDIOS 

Nos detendremos algo más en 
la población indígena, con el fin 
ele destruir ciertas fábulas y sen- 
tar la verdad en su lugar. Los in- 
dios puros de Cosía Rica en 1801 
8.925, es decir, el 170 
i,ooo de los habitantes; mien- 
que en 1569 existían 17,166, 
ó sea ei 987 por 1,000. 

Resulta, pues, una disminución 
notable de indios, que no se com- 
prende por el sólo cruzamiento 
las razas. 

I.a explicación de este fenóme- 

n()s obliga á remontarnos á 

época del descubrimiento del 



Él'OCA DF.I. IIESCIJBRIMIKNTO 
1502 i I52Z 

Rica era habitada mu- 




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mpleta de datos 
no tenemos otros me- 
dí* is de conocer esta población 
I y oro que se encuentran dispersos en 
sepulturas antiguas. I.o (jue en la actualidad conocemos de es- 
s permite d¡\Ídirlosen cuatro grupos de un tipo di.stinto y bastante bien 
■ son: el tipo nicoyano, el de la isla de Zapotera, el güetar y el de bugaba. 
I. os «ilijetos de tipo niíi'yam' se encuentran en la península de Nicoya y en algu- 
nas islas del golfo del mismo nombre. Huacas ó entierros de los indios se hallan en las 
pamMiuias de Nicoya. Sama Cruz, I.ibcria y Bagaces. I.os objetos coleccionados hasta 
ahora son en su mayor parte de los barrios de Santa Rita y Cangel; además, hay algunos 
objetos del Sardinal, del Jobo y de los alrededores del antiguo Nicoya, existiendo todavía 
muchísimos entiernis <[ue no han sid<i explorados. 

Pertenecen estos objetos á los indios chorotegas ó mangues, que habitaban la ma- 
yor parle de la península y la costa o|>uesta del golfo, desde Chomes hasta la punta de He- 
rradura. V.\ extremo Sur de la Península no [larece haber sido habitado. V.a 1522, tuando 
C.il (lonz.ílez de .\vila ilescul)ri6 Nicoya, ios chorotegas tenían asienios en Nic<)ya, 
Sabandí ('l'empis(iue), Diriá (Holsón). Namiapí (Bahía de Culebra), Orosi (Santa Rosa). 
Papagayo ( Bahía de Salinas). Cangén (Cangel). Faro, Chomes (Cruasimal), (¡urutina ú 
Oroiina (.\liangares) y Churuteca (la costa desde Caldera á la Punta Herradura). Kstos 

— 10 — 



EN EL SIGLO XIX 



indios vinieron del Norte. El presbítero Don Diego de Agüero bautizó en 1522 en Chu- 
ruteca, Orotina, Paro, Nicoya y sus dependencias, 10.862 chorotegas. 'l'omando por base 
el informe de Francisco de Castañeda, Alcalde Mayor y Tesorero de Nicaragua, de 1529, 
el número de chorotegas puede estimarse en 12,000. Había: 

En Nicoya 2,000 indios de trabajo En Cangén 200 indios de trabajo 
„ Chira 400 „ „ „ „ Orotina 200 „ „ „ 

Total, 2,800 indios de trabajo 

En la Churuteca, Gil (González de Avila, en 1522, encontró ya un cacique güetar 
ó caribe. Esto explica lo que dice Juan Váz(}uez de Coronado en la carta al Licenciado 
Landecho, fechada en (iarci-Muñoz el 4 de Mayo de 1563: '*Hallé en Pacaca un caci- 
que con nueve indios mangues (chorotegas) y sus mujeres é hijos que son por todo veinte 
y seis, que no han quedado más de 6 á 7,000 indios que estaban poblados en la Churuteca 
y Orotina, que to»los los han muerto y sacrificado los güetares, y éstos, no pasa año, que 
no murieran todos. Los poblé en el puerto de Landecho que es en la Churuteca, propia 
tierra suya." La guerra de exterminio entre güetares y chorotegas, en la Churuteca, debe 
haber durado desde fines del siglo xv hasta 1560. En 1522 se bautizaron en Chu- 
ruteca 487 personas, lo cual indica que todavía había allí un número considerable de 
chorotegas. 

Los objetos del tipo de la Isla Zapatera son figuras de piedra que se distinguen por 
su magnitud y formas grotescas. Se han encontrado hasta ahora: i? En la bahía de Cule- 
bra, en la ensenada de Panamá, en el punto que se llama ahora Nacasola. Los cinco 
objetos que se sacaron de allí se encuentran en el Museo episcopal. Dos de estas figuras 
pesan, cada una, tonelada y media. 2" Según informes, existen otras figuras en la hacien- 
da Tenorio, entre los ríos Tenorio y Curubicí, el antiguo asiento de los indios corovicíes. 
3? Muchas figuras se han sacado de las llamu-as de Santa Clara, cerca de los ríos Destierro 
y Dos Novillos, de las cuales, próximamente diez, fueron regaladas por Mr. Keith al 
Museo Smithsoniano de Washington, donde se con.servan. Todavía se encuentran frecuen- 
temente estas figuras en las llanuras de Santa Clara. 4" Los indios y huleros de la Tala- 
manca informan que se hallan varias figuras análogas en un punto como á tres leguas de 
la costa del Atlántico en el río que desemboca en la laguna de Sansán, al cual Gabb en 
su mapa de la Talamanca da el nombre de río de Dulay (Dluy?). En cuanto á cerámica, 
sólo se han descubierto en los yacimientos de estas figuras de piedra algunos pedazos de 
vasos de barro, ordinarios y sin pulimento de ninguna clase. 

Indudablemente todos estos objetos arqueológicos no pertenecen á los chorotegas, 
de cuyos entierros no se han extraído hasta ahora otras piedras grandes trabajadas por 
ellos, que metates, asientos y columnas de 2 á 3 pies de altura. Ignoramos á qué pueblo 
se deban atribuir, ó lo que es lo mismo, qué gentes tuvieron asiento en la región que se 
extiende desde la bahía de Culebra, en el Pacífico, hasta cerca de Bocas del Toro por la 
costa del Atlántico, que es la zona donde .se han hallado los objetos referidos. En 1522 
se encontraron en la bahía de Culebra [N'amiapi), unos pocos habitantes, probablemente 
chorotegas; entre los ríos Tenorio y Ciu'ubicí, los corovicíes en número de 600 ó 700, á 
quienes por orden de Vázquez de Coronado, en 1562, catequizó Fray Martín de Bonilla, 
hablándoles en su lengua materna^ que era, sin duda, la mejicana ó azteca y no la choro- 
tega; Diego Gutiérrez, en 1542, halló algunos indios en el río Suerre ó Pacuare, y finiil- 
mente, en 1564, Juan V^ázquez de Coronado descubrió en Chicagua del valle del Dluy, 
un pequeño número de indios mejicanos con su cacique Isturí. ¿Serían los nahuas (aztecas) 
los que nos dejaron aquellos vestigios? En tal caso, los lugares en donde aparecen mar- 
carían la exten.sión de dicho pueblo en Costa Rica, deduciéndose, además, que su inmi- 
gración debió haber sido anterior á la de los chorotegas. 

Los corovicíes desaparecen por completo entre 1565 y 1570. Es muy probable la 



RFAISTA I)K COSTA RICA 



opinión del Señor Don Manuel María Peralta de (|ue los corovicíes se retiraron al otro 
lado de la montaña, fundando en la vega de Río Frío el j)uehlo de los guatusos. A ést? se 
unieron más tarde murhos indios de (iarabito y otros pueblos güetares. 

l.os objetos anjueológicos del tipo .i^/z/A//' se hallaron esparcidos por todo el inte- 
rior de la República, así, entre los (jue se conservan, los hay que proceden de Los Que- 
mados (Ksparta); de diversos l)arrios del Puriscal; de Santa líárbara; de los alrededores 
de Heredia y Alajuela: de Sarchí, cerca de (irecia; de San Juan, cerca de San José; del 
vecindario de la Kstación del ferrocarril de San José; de Curridabat; del Agua Caliente; 
de Tierra Blanca y las Huacas, en las faldas del Irazú, cerca de Cartago; del Pascón, y de 
varios puntos de Turrialba y Atirro. Los ejemplares más perfectos se han encontrado en 
el Agua Caliente (el valle del (iuarco) y se custodian en el Museo Nacional. Los güeta- 
res eran caribes, de la misma familia de los actuales talamancas y térrabas 6 terbis. Los 
nombres propios de indios güetares (juese le*n en los documentos de los siglos xvi y xvn, 
los de muchos ríos y m:)ntañas, algunos pueblos y parajes del interior, indican afinidad 
con la lengua de los talamancas de hoy. Kl idioma actual de los talamancas pertenece al 
grupo de las lenguas caribes. Lstos vinieron ¡)robablementi? del Brasil, desde donde emi- 
graron á Venezuela y se e.vtendieron ])or todas las costas é ísIjs del mar de las Antillas. 
Su representante actual en el Brasil es la gran tribu de los indios tupis. 

Kn 1522 se contaban en el interior de Costa Rica unos 3,500 güet ires, y en la 
Talamanca cerca de 3,000 indios. Los bolos 6 votos, probablemente también caribes, 
erun como 300. 

Kn los j)arajes denominados Buenos Aires, el Palmar y Dracjue, ha sido única- 
mente en (hmde, hasta ahora, han a¡)arecido objetos del tipo fi/z^i^iifia (lugar de Ch¡ricj[uí 
en el cual, hace unos cuarenta años, se encontraron grandes cantidades de oro en los en- 
tierros de indios). Kn la orilla del río Coto hay todavía huacas (|ue están por explorar y 
asimismo en las mesetas de la costa del Pacífico, entre Boruca v Punta de Herradura, en 
las (pie se encuentran figuras grandes de piedra, según afirman las pers(mas (jue han reco- 
rrido acjuellas regiones, de lo cual aun no se ha podido coleccionar nala. Kstos objetos 
pertenecen á los antiguos indios (juepos, cotos y borucas. Los l)orucas son de la misma 
familia de los indios que viven en el Istmo de Panamá en las vertientes del Pacífico y 
han venido, probablemente, del interior de Colombia. Kn 1522 se bautizaron, en toda la 
costa hasta Punta de Herradura, 225 j)ersonas y existía allí una población de cerca de 
1,000 indios. ^ 

.\cerca del tiempo en (pie las diferentes tribus inmigraron á Costa Rica, nada pue- 
de de( irse c«)n certeza. Los clu^rotegas do Nicoya y del golfo del mismo nombre vinieron 
del Norte, probablemente unos 200 años antes de la conquista. Los nahuas ó mejicanos 
pueden haber inmigrado unos 50 años más tarde. Kn el interior de Costa Rica debe ha- 
ber existido, antes de la llegada de los güetares ó caribes, otra tribu á la cual han de 
atribuirse los mejores artefactos de oro y de piedra (jue se encuentran actualmente en las 
huacas del interior. Nos inclinamos á creer que estos indios primitivos pertenecían á la 
familia de los cotos, borucas y demás tribus (jue habitaban en 1522 las playas del Pací- 
fico. La inmigración de los caribes, talamancas, güetares etc., debe haber tenido lugar 
hacia el año de 1400. Consideramos á los botos, borucas, cotos y demás indios del Pací- 
fico como los primeros habitantes de Costa Rica (tal vez desde el año 1000) los (jue se 
extendieron j)or el interior y por las costas del Pacífico hasta las islas del Golfo de Nico- 
ya, como se desprende de un pa.saje del historiador Fernández de Oviedo. 

De lo expuesto resulta que en tiempo del descubrimiento, Costa Rica estaba ha- 
bitada por cuatro razas ó tribus diferentes: chorotegas ó mangues, caribes (divididos en 
güetares y biceitas), borucas, y unos pocos nahuas ó aztecas. 

VA cuadro siguiente demuestra su número aproximado en 1522: 

— 12 — 



EN KL SIGLO XIX 



Población dl Costa Rica 

IlN la época DLL DLSCUHRIMILNTO 1502 Á I522 



TRiniS I)K LVDIOS 



NL'MKRO 
DE 



TOTALES 
I>E 



•1 



PF.RSONAS 'CADA TRIBU 



En Nicova y las islas del (iolfo 

En Chomes, ( )r()l¡na y Churutcca, hasta la punta de Herra 
dura 



Total de chorotegas . 

2. Na /i lilis ó Aztecas. 

Corovicíes, entre Tenorio v Curubicí 

En las llanuras de Santa Ciara 

En Chica gua de los Mejicanos 

Total de nahuas 



3. Caribes. 

(iüetarcs en las provincias de San José, Heredia y Alajuela. . 
Ciüetares en la provincia de Cartago 



Total de güetares. . . 

Biceitas ó Talamancas en toda la comarca de Limón, en los 

ríos Chirripó, Estrella y Sixaula .... 

Terbis en el río Terbi é isla de Tójar 

Chángenes en el mismo río y orillas de Bocas del Toro . . . 
Ouaymíes 

Total de caribes en la comarca de Limón . 



4. Borucas. 
Borucas, Cotos y Quepos 



i 5. Botos ó Votos ^ de origen incierto 



Total de la población de Costa Rica en 1522. . 



12,000 



1,200 



600 
200 
200 



1,700 
1,800 



2,900 
1,300 
2,000 
2,000 



13,200 



1,000 



3-500 



8,200 



1,000 
300 



27,200 



- 13 — 



RKVISTA I)K COSTA RICA 



n. — Época dk la conquista hasta i:l repartí m i KNro de los indios. — 1522 á 1569. 

■ Cristóbal Colón, encontró en 1502 en la costa del Atlántico, cerca del puerto de 
Limón (Cariari), unos 200 indios (Pedro Mártir Angleria, tomo II, página 299). Por el 
viaje de (Ül (González de Avila en 1521, se sabe que en la costa del Pacífico había unos 
12,000 indios. Kn el descubrimiento del río del Desaguadero (San Juan) por los Capi- 
tanes Alonso Calero y Diego de Machuca (1539), se averiguó que en la margen derecha 
del río, en territorio de Costa Rica, se hallaban establecidas algunas tribus pequeñas y 
buhíos de indios votos, teniéndose, al mismo tiempo, noticia de la existenria de un pue- 
blo más grande de votos en la parte superior del río San Carlos. Kn 1542 Diego de 
(iutiérrez se encontró en el río Suerre (Pacuare) con algunos (aciíjues. Kl número de 
indios (|ue habitaban la vega del Pacuare y de los ríos vecinos fué, ciertamente, muy re- 
ducido. Kn 'I ayutic, cerca de Tucurriíjue, fué asaltado Diego de (Gutiérrez j^or unos 300 
ó 400 indios del valle del Reventazón. 

Kn 1544, Pedro Ordóñez de Villaciuirán, Corregidor de Nicoya, Chira y Pan^ 
edificó una iglesia en Chomes para los chorotegas de Chomes y Avangares. 

Kn 1557, el limo. Señor Licenciado Lázaro Carrasco, ()bisi)o electo de Nicara- 
gua, informó al Rey de (jue en el corregimiento de Nicoya encontrábanse sólo 500 
indios de trabajo; de suerte (jue la población india de dicho corregimiento había dismi- 
nuido casi en unas tres cuartas partes, con relación á la que tenía en el año de 1529, 
en que el Alcalde Mayor y Tesorero de Nicaragua, Don Krancisco de Castañeda, 
indicaba en su informe oficial que los indios de trabajo llegaban á 2,800. La notable dis- 
minución del número de indios de Nicoya (jue se observa á partir del año de 1529, en 
(jue se estimaba en unos 12,000 individuos, hasta el de 1557, en (jue no pasaba de 
3,500, no sabemos todavía á (jué causas obedeció, pues no pueden explicarla satisfacto- 
riamente las únicas razones iiue cabe citar, de que muchos indios fueran trasladados á 
las encomiendas de Nicaragua, y (|ue otros hubieran muerto en los caminos durante las 
expediciones de los españoles á Nueva Segovia y otros puntos de la misma Nicaragua, 
en cuyos viajes servían de cargueros. 

Kn 1560, el i)adre Juan Kstrada de Rávago encontró unos 300 indios en la bahía 
de San Jerónimo cerca de Bocas del Toro, en donde fundó la ciudad del Castillo de 
Austria, de efímera duración. 

Kn 1560 y en 1562, el Licenciado Caballón y Juan Vázíjuez de Coronado halla- 
nm indios en Chonxs, en el valle de (larabito, en .Xserrí v Pacaía, en el valí.* del (Juar- 
co y en ambas riberas tlel lío Reventazón. K¡i la f)rimera jornada á Quepo y Turucaca 
acompañaron á Juan X'ázquez de Coronado 80 tuncnes de .Vserrí y 25 de Curridabat ó 
Abra, y desde Quepo le siguieron 100 tamcncs de aíjuel pueblo. Kn Coctu encontró 
Vázíiuez dos fuertes, el uno ron 85 casas, el otro con 12. Kn los Despachos de este mis- 
mo (fol.cmador, dando cuenta de diversos asuntos al Rev v al Licenciado Landecho, y 
en las informaciones (|Uv.* con el fin de probar sus méritos y servicios se siguieron en el 
año de 1563, en (ian i-Muñ »z, consta (¡ue, según sus propi )s cálculos, había 4,000 indios 
desde Que¡)o hasta 'I'urucaca, con 1,600 hombres de guerra, sólo en Coto; 20.00 ^ indios 
en el interior de Costa Rica, y unos 40,000 en la costa del Atlántico. Pero por la sim])le 
lectura de los documentos se comprende (jue estos números son demasiado exagerados. 
Además, lo demuestra la información ó Ptinuinza hecha en virtud tíf Rra/ Cédula^ sobre 
si es lie rio que Juan Wizquez de Coronado entró y pobló la provincia de Costa Rica y Nue- 
va Carta i^o. Fechada en Santiaí^o de Guatemala á ¡8 de A¿:;osto^ año de ¡^¡64. Kn este docu- 
mento se encuentran datos más seguros sobre el número de los indios de Costa Rica. 

Juan Dávila, lompañero de Vázíjuez en sus viajes, censuró estas exageraciones 
en una (arta dirigida al Rey el año de 1566. Según Dávila, ''había en (iarabito hasta 500 

— 14 — 



1:N KI. SIGIA) XIX 



indios, y los indios de Oarabilo, con los tices y botos, eran 500 á 600." "En mtia la provin- 
cia t,ue llaman de Costa Rica habrá en loda ella 5,000 indios, y aguas veriicnies A l,i 
mar del Norle, en lodo lo que Juan Vázquez anduvo, no hay pasados de z.ooo." Kn 
aquel liempü cada casa ó palenque tenia su caciriue, fuj-a familia llamaban un puebln: 
"una parentela de padres é hijos y nietos llamaban un pueblo y también provincia, se- 
gún son .1 




Kl repartimicniíí que IÚ7.« i'erafán de Riiera en I'^ikth de i¡f<'). 
está basado en estos cálculos exagerados del número de indios. Kl {'•'• 
hernador quiso satisfacer los deseo.s de lus soldados españoles, distrilm 
yéndoles indios por centenares, de Ioh cuales encontraron despi;is 
unas pocas decenas ó ningunos. 

En los documentos del si;^Io nvi y principios del siglo w ti 
abundan las pruebas de ello. 

Publicamos á continuación un cuadro en tres columnas. En la 
primera se encuentra el número de lodos los vecinos estantes y habitan- 
s provincias, apuntados en el memorial del Cabildo de Car- 
lago; en la segunda, el de los indios que se adjudicaron, y en la letrera, 
la población real y verdadera que había en cada parte, tomando 
como fuentes de conocimiento los documentos posteriores exiüCcntes. 

— 15 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Población de Costa Rica kn Hnkro de 1569 



PROVINCIAS, COMARCAS Y PUEBLOS 



I . — Prmñncia de San José 



Pacaca 
Curridabat 
Aserrí. . . 
Quepo. . . . 



Total de la provincia. 
2. — Provincia de He redi a 



Barba 

Tices y Catapas 



Total de la provincia. 
3. — Provincia de Alajuela 



Gambito 

Abezara y Chucasque en el Río (]rande 
Votos. ... 



Total de la provincia. 
4. — Provincia de Carta\:^o 



Purupura (Tejar) 
Quircot y Quercua 
'l'obosi y Purires . . . 
Orosi y Bujeboj 
L^jarrás ....... 

Cot 

Corrocí (Cachi) 
Fucurriíjue á Tuis. . 
Turrialba la (irande 
Turrialba la Chica . 



I r%y. 



lV)tal de la provincia 



5. — Comarca de Punía re ñas 



Corovicí (Bagaces). . 
Gotane (Cañas) . . 
Chomes y .'Vbangares 
Churuteca 



Según el memorial 
del Cabildo 
de Cartago 



HABITANTES 



1,600 

600 

1,000 

1,000 



TOTALES 



4,200 



2,500 



2,500 



ICO 

•50 




»5o 



1,600 



100 



Según el repartimiento 

hecho por 

el Gobernador 

Perafán de Ribera 



HABITANTES TOTALES 



1,600 
600 
200 

1,000 



500 



1,850 
7C0 



100 
300 
300 
1,050 
300 
300 
300 

1,500 
1,800 

300 



3»4oo 



;oo 



Según los cálculos 

basados 

en los documentos 

de los siglos .\ VI y xvn 



HABITANTES 



.. ) 



í 



2,550 



6,250 



100 



200 
200 
250 
300 



300 
40 



5C0 

350 



100 


'50 


150 


150 


200 


>50 


100 


300 


^ 200 





100 

26 



TOTALES 



950 I 



340 



850 



1,500 



16 



EN Kl. SlGl.O XIX 



DlSTRllllIDA POR PROVINCIAS V COMARCAS 






PROVINCIAS, COMARCAS V PCEBl.OS 



Per.ifíii tit- Rib.T.i 



HABITAMESj KlT.UES IIABITASTESI TOTALES IIABiTAMÍS TOTALES 



Bornea 

Coctu (Coto) . 

Cía, Vabo y Urriaba (Buenos Aires). 

Cabra (Cavagra) 

Tabiquerre y Jarijaba 



'l'otal dt 



6. — 6'pm. 



Parragua (Siquirres) 
Potoras y Xlirrii S 
Pococí (coKta desde 'l'iirtuguero á Limó 

Chirripó 

Kl valle superior del Teliri 

'laiamanca (Cabécar, l.uri, Coén, Urén) 
Terhi 



Tariaca (costa desde l.ii 
' Aracara (costa de Hocas 

genes) 

I Los .Mejicanos . . . . 
; El río Guaytnf 



Total de la enmarca 

Total de la población india de Costa R 

1569 (sin Nicoya) 

Indios en la Alcaldía Mayor de Nicoyn en 1569, 
El pueblo de Guau ' ' ' 



:o:iienzó á formarse. 



Total de indios. , 



|| Españoles en Cartago. . . 
I Ksj>añoles en Aranjuez . 
} Españoles en Nicoya... 



Total de españoles 



Población de color (mulatos y negros) e 
coya y la costa. 



Población de Costa Rica en 1569.. 



la comarca 

n-a de Limvii 


1 
1 
i 







RKVISTA I)K COSTA RICA 



III. — l'oFí.ACuí.v DE Costa Rica uesue el rei'artimiknto de los imhos en 15C9 

HASTA I, A VISITA I>K1. OlllOR Doc lOR líON l'KDRO SÁNCHEZ ARAIJIÍE EN 161I. 

Tenemos pocos datos estadísticos deestos 42 años. La población india de Nicoya 
disminuyó ¡Mir la peste; la del interior decreció igualmente, ya por la misma razón, ya 
porque muchos indios se huyeron de las encomiendas, refugiándose en (iuatuso ó en las 
montañas de Tal a manca. 

'■•" '573 hubo una peste general en las comarcas del l'acífico. Kn Nicoya murie- 
ron, en el término de zo días, 300 indios. I.os chorotegas de Chomes y Abangares queda- 
ron reducidos de 100 individuos á 80. 

l>esde 1575 comenzaron 
los franciscanos á reunir los in- 
dios en los ¡meblos de Bar- 
ha, I'acaca, Aserrí, Currrdabat, 
Cot, Quirrot, Toliosi, Ujarrás, 
Tucurrique y Tunialha. Kn 
'577t según infttrmes de Fray 
Pedro Ortiz al Rey de Kspa- 
ña, bautizaron los franciscanos 
1,500 indios del interior, que- 
dando otn« 500 ya bastante 
instruidos. Kl informe del (ío- 
bernadordon Diegode Artieda, 
de I" de Abril de 1581, en que 
dice (|ue los franciscanos ha- 
bían bautizado desde 1577 á 
1581 cerca de 7.000 inilios, es 
exagerado. 

Kn 1 583 fonnó el mismo 
( íobernador el siguiente cuadro 
e.stadíslíco de algunos pueblos 
de indios del interior; 

Kn (iarabito 500 indios 
„ Aserrí 250 ., 



I'a 




, fhoi 



1 1 eral) I emente <ie los números 
tegas de Chomes iban decre- 



n I arádiT oficial, difieren col 

de I ¡6q. Se ve que los ch( 

causa de esta disminución, 
á (fisla Rica e' Oidor Doítor Don l'e.lro Sánchez .draque, enviado 
Iluaicm.da para averiguar las causas dt la iiérdiila de la ciudad de 
i\i. Kl M'ñor Sánchez Araque visitó l<)s pueblos del interior y se fué 
, Kl ¡6di- Knerodc 1613 presentó él mismo su informe á la Áudien- 
■ de lo, iniiios de Costa Rica, que <alculó en 7.708 personas. Kn este 

, de Tariaca, l'alamanca y Terbi. I,os inilios chánguenes y 



s habitantes i|ue 



EN EL SKiLO XIX 



Población dk Costa Rica un i6ii 

SKGÚN EL INFORME DEL OlDOR DoN PeDRO SÁNCHEZ AraQI'E 

V OTROS DOCUMENTOS DE LA Él'OCA 



PUEBLOS 



Pacaca . . 
Curridabat 
Aserrí . . . . 
Quepo . . . 



Barba y Tices 

Garabito y Río Orande. 

Votos 

Punipura (Tejar) 

Quircot 

Tobosi y Purires 

Orosi y Bujeboj 

L' jarras 



Número de 
habitantes 

271 
250 

373 
500 

200 

159 

70 

75 
70 

220 



PUEBLOS 



!l 



\ lenen . 

I 

! Cot 

Corrocí (Cachi) . . . 
Tucurriíjue a Tuis. 

Turrialba 

Chomes 

Boruca 

Parra gua (Siquirres) 
Pococí y Tariaca . . 

Chirripó 

Talamanca 

Terbi 



Pasan 2,632 



Total 



»* 



i> 



1* 



»« 



Censo del Oidor Sánchez Araque 

En Cartago, españoles . . 

„ negros, mulatos y mestizos . . . 

Esparta, españoles . . 

„ negros, mulatos y mestizos. . . 

Nicoya, españoles 

,, „ negros, mulatos y mestizos . . . 

„ „ indios 

Los indios chánguenes 

guaymíes 

mejicanos 

del nuevo pueblo de Guatuso 



«» 



n 



«* 



^1 



7,708 

250 

70 

30 

30 

50 
200 

2,000 

2,000 

2,000 

200 

1,000 



Total de la población dk C(\sta Rica en 161 i . . 15038 



N lindero de 
habitantes 



2,632 
80 

280 

120 

16 

300 

300 

80 

2,500 

1,300 



7.708 



IV. — POHLACIÓN DE Cos lA R\C \ DESDE 1611 HASTA 1699. 

En 1 614 la peste hizo muchos estragos entre los indios del valle del Reventazón, 
en Tuis, Atirro, Tucurriíjue, Cachi, Orosi, Turrialba y Ujarrás. Esto explica la disminu- 
ción de los indios en estos pueblos. En Atirro cjuedaron sólo 14 indios. 

En 1619 el Gobernador Alonso de Castillo y Guzmán sacó 400 indios de la Tala- 
manca. La tercera parte de ellos murió á la llegada á Cartago, los demás fueron distri- 
buidos entre las familias españolas. 

En 1620 informó Don Diego de Mercado que los indios votos eran como 1,000. 



-• 19 



RFAISIA I)K COSTA RICA 



Kn 1627 se contaron 

en Parragiia (Siijuirres) 22 indios tributarios. 



„ Orosi 


7 






„ Atirro 


10 






„ Facaca 


70 á 80 






„ Quepo 


100 






,, Tucurriíjue 


16 a 18 






„ Chomes 


3 







Una Real Cédula de 1626 fija el número de españoles de Costa Rica en 200. 

En 1628 (iarcía Ramiro Coraje sacó algunos indios votos; en 1638, Hernando de 
Sibaja trajo de los votos 56 indios güetares huidos de las encomiendas de Aserrí, Barba 
y (iarabito. Kn 1640 encontró el Capitán Jerónimo de Retes unos 190 indios votos cerca 
de la confluencia del río San Carlos con el San Juan. Kntre ellos había 60 varones. Kn 
1665 sacó Diego de Zúñiga 94 indios votos (jue se establecieron en Atirro, 

Kn 1644 Celidón de Morales calculó la población española de Costa Rica en 200 
hombres y los indios tributarios del interior en menos de 1,000. 

Kn 165 1 Juan Fernández de Salina y de la Cerda, calculó sólo 800 indios tribu- 
tarios en el interior. 

Kn 1655 Andrés de Arbieta, (lobernador de Nicaragua, informó al Rey que ha- 
bía sólo 620 indios tributarios en Co.sta Rica, y de ellos 100 de la Real Corona; ([ue 
había pueblos de sólo 30, de 6 y ha.sta de 3 indios. 

Kn 1676 Juan Francisco Sáenz Vázquez declaró en una carta al Rey (jue en 
Cartago había 600 intlividuos entre españoles, mestizos y mulatos, y 100 en Ksparza; y 
que existían 22 pueblos de ¡ni ios con 500 personas solamente. 

Kn un ir.forme de 1681 se habla de sólo 400 indios distribuidos en 10 pueblos. 

Kstos datos revelan cjue la población india del interior se iba gradualmente dis- 
minuyendo. 

Kn 1645 hubo peste en el interior, los diputados de la Purísima, no salieron á los 
campos á recoger la limosna acostumbrada. 

Kn 1654 caus() la peste de las viruelas grandes estragos en Quepo, (juedando atjuel 
pueblo arruinado de.sde entones. Kntre 1690 y 1694 hubo también peste de viruelas en 
todos los valles. 

Kn la Talamanca h.ubo los siguientes cambios: en 1659 sacó el (lobernador Andrés 
Arias Maldonado Velasco algun<»s indios tUtos del río Coén, afluente del Kstrella. Su hi- 
jo Don Rodrigo Arias de Maldonado entró en la Talamanca en 1662 y 1663, y sometió al 
C^acique G/Av/con 1,200 indios. Desde entonces huyeron muchos indios déla Talamanca 
al otro lado de la cordillera y fijaron su residencia en las llanuras (|ue ahora llamamos 
del (leneral. Kn 1680 encontró allí Don Juan Alvarez de IMate hasta 500 familias de Ca- 
ribes. Kste i)ueblo del (ieneral no fué conocido por los esi)añoles y continuó ignorado 
hasta el año 56 de nuestro siglo, en cuya época se huyeron de nuevo á sus antiguos asien- 
tos, cuando los primeros vecinos del interior comenzaron á formar fincas y haciendas de 
ganado en aíjuellos terrenos. Kn 1675 bautizó Fray Juan de Matamoros, en la Talamanca, 
112 j)ers()nas y calculó (jue había cerca de 500 familias de indios. Fray Antonio Margil 
y Fray Melchor López hablan de 7,400 indios bautizados en la Talamanca y el río 'I'erbi. 
Kste número debe de ser exagerado. Kn 1697 Fray José y Fray Pablo Rebullida bauti- 
zanm en la Talamanca y 'l'erbi 1,697 indios. 

Kn 1680 había en Boruca 12 ca.sas i)ajizas. 

Kn 1684 había en Nicoya y sus barrios 442 indios tributarios: Kn el centro, 178; 
en Niciípa.saya, 10 1; en Santa Catalina, 48; en Santiago de Chira, 22: en Cangel, 28; en 
Santo Domingo del Cabo Blanco, 37; y en San Juan, 2^. Kn el año de 1685 los piratas in- 

— 20 — 



EN KL SIGLO XIX 



gleses saquearon Esparza, y en el de 1686 repitieron el mismo hecho, ocasionando la 
dispersión de los habitantes. Un año más tarde, en 16S7, invadieron Nicoya y come- 
tieron igualmente todo género de desmants. En 1689 se contaron en Bagaces 297 habi- 
tantes y 8 familias de españoles. En 1697 existían en el interior de Costa Rica 224 fami- 
lias de indios. 

Con todos estos datos y los (jue arrojan los libros parro(ju:ales de los siglos xvi y 
XVII, se puede, con bastante seguridad, calcular la población de C\)sta Rica en 1? de 
Enero de 1700. 

PonEACióx i)K Costa Rica A T-' dh iíni^ro di: 1700, 

SKtiÚN LOS LIl'.ROS l»ARk()( >i; I A l.KS V OOCUM KNTOS KXISIKN'JKS 



DlSlklIUCION SEC.rX LAS RAZAS 



Pri.r.LOS V CIUDADKS 



Kspañoles 
y 



Cartago y sus valles de: Bar- 
ba, Aserrí, Escazú, C^hir- 
cagre, Sabana Crande y i 
Matina 

U jarras 

Quircot 

Cot 

Tobosi . . 

Turrialba i 

Tucurri(}ue 

Jucaragua (río Fejibaye). . . 

San Juan Auya(}ue (Atirro). 

San Juan Teotiíjue (Tuis). . 

Chirripó .... 

Curridabat 

Aserrí 

Pacaca 

Barba ... 

Esparza con C Garabito, Baga- 
ces v Las Cañas 

Nicoya 

Quepo ■ 

Boruca y Térralxi 

Talamancas ó Caribes en el 
General 

Votos V Guatusos 

Talamancas en Teliri, Cabé- 
car, Urén, Coén y Lari.. 

Terbis en el río y en la isla 
de Tójar 

Chánguenes 

Guaymíes 

Mejicanos ó Siguas 

Total de la población. . 



981 
27 



63 

66 
9 



In(lí()> 



^3 
22^ 

339 



28 
647 

45 
750 

1,000 
1,30^ 



— 2,990 

— 2,100 

— 2,000 

— 3»ooo 
-^ 200 



2,146 ! 15,489 



93 

39 
10 



Mestizos i Negros 



124 48 I 100 

57 23 — 

31 — — 

55 — . — 

42 — . I _ 

55 . — — 

50 — ' — 

17 — — 

II — — 

2^ — — 



p 



21 



11 




.Mulat()> 

> 

zambos 



ICO 

8 



71 
279 



TtíTALLS 



2,353 

i«5 

34 

55 
42 

55 

50 

«7 
1 1 

28 

22 

113 
224 

258 

587 

445 

^499 

45 





75" 

1 




i 
1,000 


'— 


1,300 1 




2,990 




2,100 


— 


2,000 


— 


3,oco 


—' 


200 


1,291 


19*293 

1 



21 




k (ioliernadur líonTor 
ile Acosta, ni el Cura y Vicano 
ilf (l'artago sabían con certeza i;l 
númenj t!e habiíantes que componía 
la (toblaciün de la ¡irovir 

Después del censo ([ue se hizo por 
Real Ordi-n de lo de Noviembre dc 
1776, el Illmo. Señor José Anionin 
de la Hueria Caso mandó levantar uno. 
hasndo en los padrones parro ij niales, y 
publicado en (809 ¡jor el Bachiller Don 
llomíngii J narros, en su CoiiipíHiiio ¡ii- 
Iii Historiii, de GuolemaJu. 
esta obra {tomo 1. pág. 102); 

"La ciudad de Cartago, su ane.vi 
Pueblo' Nuevo, uno y otro 8.825 feligre- 
ses. Villa Nueva de San José 8,316. Su 
. . Villa de Cjarrás 714; 

Villa Vieja 6.657. .Su ¿mexo Alajuelaó Villa Hermosa j,8go. I.a dudad de Ksparia 

Hus anexos Bagaces y Las Cañas Barba 988. La doctrina de Coi 315, Quircoi 

130, Toliosi 122. Curridabal 260 y A.serrí 390. Orosi, Atirr<i y Tucurriiiue Boru- 
ca.... San Francisco de Térraba y Guadalupe Nicoya Su aneso (íua- 

nacaüte 886." 

Con datos tan incompletos natural era la divergencia de opiniones. El Goberna- 
dor Acosta indica en una extensa exposición dirigida á las Cortes el 1 9 de .\bril de 1 8og. 
(jue Costa Rica tenia de 50 á 60,000 almas, y aumjue este último número no constaba con 
ctrie/a, se dio á la provincia el derecho de elegir un diputado á las Cortes Generales y 
Flxtra ordinarias, nombrándose en t8io al Presb? Don Nicolás Carrillo y, por renuncia de 
¿sle, al Presb? Don Florencio C^islillo. «luíen supo representar brillaniemente i su pro- 



RK VISTA DE COSTA RICA 



Kl (iobernador Don Juan de Dios de Avala, sucesor de Acosta, avisó á la Audien- 
cia de (iuatemala con fecha 5 de Marzo de 18 13, que no había sido posible proceder á la 
elección de un diputado á Cortes por no tenerla f)rovincia 60,000 habitantes, y a ese efec- 
to propuso que parte de la de Nicaragua se uniese á la de Costa Rica para completar 
por este medio el número de habitantes necesario. 

Kl I limo. Sr. Obispo Nicolás Oarcía Jerez nos ha conservado varios datos acerca 
del número de habitantes de las princif)ales parro(|uias de esta provincia, en su informe 
enviado á la Audiencia de Ouatemala el 4 de Septiembre de 181 5, inmediatamente des- 
pués que hubo practicado su visita episcopal en Costa Rica. 

De ese informe tomamos lo siguiente: 



Parrocpiia de Cartago. . . . 

„ „ Villa Vieja . . 

„ San José . . . 

,, Kscazú 

,, ,, Ks|)arza 

„ .Majuela 

,. Nicova . . . . . 
,, „ (iuanacaste . . 

Doctrina „ l'jarrás .... 

„ Barba 

„ Horuca 

Misión de 'l'alamanca 

1 2 Administraciones varias 



5 pueblos 


8,414 


almas 


I M 


8,927 


>» 


3 


^^587 


>» 


2 „ 


2,144 


V 


3 


^A33 


1 

>» 

1 


I n 


5'409 


»» 


2 V 


2,886 


>♦ 


I M 


1,1 12 


Ȓ 



3 
3 



»? 



í> 



»i 



1* 



i»45o 



>» 



1,001 

160 „ 
1,400 „ 



26 pueblos 45,923 almas 



\o hemos de servirnos de estos datos para formar un estado completo de la po- 
blación, fxmjue del informe aludido no puede deducirse á qué pueblos se hace referencia, 
como tamfHH'o saberse con certeza, si en las cantidades (jue en el precedente cuadro ex- 
presan el número de almas, van incluidos los habitantes délos distintos pueblos, ó si, por 
el contrario, corresponden sólo á las cabeceras de I*arro(iuia. 

El mismo (iobernador, Don Juan de Dios de .\yala, en un informe f)()sterior, de 
13 de Noviembre de 18 18, sók) afirmaba que la población total era, i)róximamente, de 50 
á 60 mil almas. 

El primer Congreso Constituyente, por Decreto de 6 de Octubre de 1824, ordenó 
(jue se levantara un estado de la población á fin de (jue sir\iese como base á la elección 
de diputados al Congreso Legislativo, próximo á instalarse; y el 24 de Diciembre del mis- 
mo año, Don José María Peralta, Secretario de acjuella Asamblea, dio el lleno al referido 
Decreto presentando el documento que, i)or ser de interés, publicamos íntegro: 

— 26 — 



EN El. SIGLO XIX 



*''' Estado que inanijiesta la base de población t/iw (otitiem Costa Rica^ arreglado á los censos 
que próximamente han dirigido al Gobierno^ por medio de su Secretario General 
interino^ las Municipalidales, con arrci^lo al Decreto del Congreso Constituyente de 
seis de Octubre último^ y es por el orden sig^uiente: 



1 

Partidos Pohi. ación ks ¡ Casas Mujeres 


Hombres 


Almas 


1 . . , 1 

( Ln «'iudad de San Tose 


2.882 ¡ 8.462 
84 20Ó 

97 241 
, 2.236 6.066 

' 00 '2'\'X 


1 

7 010 IC.J72 1 


SAN JOSÉ ] l'uehlode CtirfidahPi 

' ( Pueblo de Aserrí 

1 La ciudad de Cart.isjjo 

C !*uehlo de Cor 


169 

200 

4.962 

irví 


375 

1 1 ,028 

432 
ISO . 
180 

532 
IC.809 

I 451 
8.027 

2.295 

978 

I 590 
717 1 
198 ¡ 

218 ' 

801 

602 

533 
309 

57.147 


CARTAfif) . ., Ouircoi 


7^ *J.j --7-7 

44 78 ; 72 

4T 100 1 89 

K 7 273 ' 25fí 
, 2.043 5.792 1 5017 


1 ( ,. ,. Tobosi 

1 . . , . Tres R'os 

! HEREÜIA S Ka ciudad de Heredia 


( V ill;i de narn<: 

ALAJÚ I-:L.\ ■[ La ciudad de Alajuela 

F«NÍ' wf' S Ea villa de ÍCscazú 

f fnieblo de F*acaca 

i í La villa de Ciarrás 


502 771 

1.5.8 4.410 

412 1,218 

1 189 493 

2"^^ 78'í 


680 

3.617 

1.077 

485 


, UJ ARRAS < Pueblo de Orosi 


100 i 383 1 334 

1 35 100 ! 98 
i 40 ; 105 , 113 

103 452 349 
84 i 316 286 

1 89 269 ' 264 
■ 74 , 168 ! 141 

1 1 


( ., ,, 'Pucurrique 

BÓRICA \ I^"*í'^ío de Roruc i 

' f . . . . Térraba 

C Villa de Bagacrs 


BAG ACES IHieblo de Las Cañas 


i Esparza 

1 


1 1 
,1 

8 PARTIDOS POR SIMA ' 10,814 30 919 26,228 



Nota i^ — Los censos (|ue se pidieron á los pueblos de Tucurricpie, Orosi, Boruca y Térraba no se han re- 
cibido, y por este motivo me ha prevenido el Jefe Supremo coloque en éste el mismo número de casas y de almas 
que contienen los (pie á principios de este año se remitieron al Jefe Político. 

N(» TA 2? — (^ue comparado este censo con el de principios del p.ño aparece en el de < 'artago una disminu- 
ción de 2,290 almas y en el de L'jarr.is la de 92, al paso (|ue los demíis pueblos juntos abrazan un aumento de 
9,000 almas, y siendo así que en U s dos referidos lug.ires no se ha notado pe>te, emigración ni otra causa que 
motive en ellos tanta disminución en el presente año, se infiere cpie ha hibido inexactitud en los primeros censos 
por exceso, respecto de estos dos pueblos, ó por faltas en el presente. 



San José, Dicieníbre 24 de 1824. 



Josi: María Pkralia." 



La nota final no recomienda mucho el censo a que se refiere, pero él nos da 
algunos detalles más, que no el número redondo de 50 á 60 mil. Faltan, sin embargo, 
varios datos que nos permitiremos añadir; y distribuyendo los pueblos por provincias y 
comarcas, presentaremos, en esa forma, el censo de 1824, denotando con un asterisco 
todo lo qne agregamos nosotros al censo oficial. 

Como por orden de 29 de Enero de 1825 se dispuso: '^cjue los pueblos de Nicoya 
y Santa Cruz debían considerarse interinamente agregados á este Estado hasta la resolu- 
ción definitiva de los Altos Poderes, y por tanto deben protegerse con circunspección, 
tino y prudencia como se protegería á otro cualesquier punto cjue formase parte integran- 
te del Estado de Costa Rica," agregamos esos pueblos al censo. 



— 27 



RKVISTA IJK (.(ISTA RICA 

Poiíi, ACIÓN i)K Costa Rica kn 1824 



El. INTKRIoR 


LAS nos COSTAS 






'547= 

375 


^'1 


1 í 

1 




318 

300 


I.GaB 


E^ir.:::::;; :::::: 








'Tnlamiincnsene! rioGe 
ncrnl 














i 

1; 


, 


it.mS 

43» 
53» 

1.51» 

!i-,B 




Canil!. 


5M 
'■55° 


S.S36 1 


¥=°:r-;::::;;;: 




1>itAs 

Oriisl....... 


•Nicova 

•SrtnúCnit(tBai| 


^""'- 








Hrreiliii 10.809 

lUrlm .-15' 


¡3.36a 


-i 

5Í 


'.-Mmp-i 

■[■.llnmanL-aiCnelrioSI 


150 


I,a85 








8,017 
800 






1': 


.-V-^)"'-'^' 


B,Bj7 
55.4S4 





( 'hángi'llf >■ 

M.'jtoim» ú sigiLis 

liiiiiMnirs 


aso 
55 
55 


1.4*' 


ISriKIOK 












9.'|09 






1 




6- 















Kn esle cun<lr(> figura ya por M'iiaradn el i)in.-lil(i lie Santa Cruz, (jue fué segregado 
de Nicoya en 1821. 

I,a Asamblea Ciinstilucional ile Costa Rka decretó en 11 de Agosto tle 1836, la 
venta forzosa de todo el tnhac<i existente en las terrenas del Estado y su adjudicación á 
las personas según sus facultades. Kl Concejo sancionií a<iuel DecreU) el 30 del mismo 
mes y el 31 1" mandó ejecutar el Presidente I>on Itrnulio Carrillo. 

(."ojiiamos una parte del Decreto: 

"/.( AsamNm CimítitudomU <id Estad» Lihir ,/•■ Ci>st,i Rica, 
COXS/DERAXjyO: fw ¡,i Ihiden.h P,;b¡ic,i liem iimi deuda, y akmioncs i,r.^vnt,í ,/i„- 
iw piiide cubrir por lusa rbitrifS (Oiniiiies, y ■¡iif ti-HÍiiid,i valores ó e/eclos df qué disponer, 
es /lilis jtístii nvurrir ,i eihs, ijuí- iniponrr (ontribuíii'iies direetas, ha rruidf en deírel-ir 
y dr,-r,/,i.- Ami'ctJI.o i" S^- /•roeederá d hi venta /i-rzosa de todo el tal-aío existente, al 
precio de tres reales libra, y á uno y medio ,1 de i'.distriliuyémlolúftitmlad Estado por 
pir/idos. proporcionalrntule ¡i sn población" 

Es claro rpie, iratáinlose de la ejecmi.'m de una ley lan delicada, lasautorida.les se 
esmerarían en averij;iiar el verdadero número de la población en cada partiilo, para no 

— 28 — 



KN KL SKiLO XIX 



cometer injusticias en la distribución proporcional forzosa. Efectivamente, un Decreto 
posterior, del 9 de Septiembre de 1836, reglamentaba en detalle el repartimiento, y con él 
se publicó una Instrucción para facilitar la ejecución del re^lamento^ la cual manifiesta 
el número de habitantes de cada partido y pueblo, con mayor exactitud (}ue el censo de 
1824. Nos sirve esta instrucción para formar el siguiente cuadro que contiene la pobla- 
ción de Costa Rica en 1836. 

Población de Costa Rica en 1836 






y. 



5^^ 






2S 

> < 



c r: 

36 . 



«í* — 



7. -. 

r < 



X " 
a. a; 



KL INTERIOR 

I San José 1 7.965 

I'>scazií 2.475 

Uo.sam])nrndi>s ( 1825I. . 1,2 jo 

I Cmrirlabat I 443 

I A.scTi í 483 

! I 'acaca 1 .038 

' Suma 2^,6o'3 

I : J 

I Cartago 14.166 

I (^uircot 19^ 

' lobosi ' 183 

i C'ol 477 

I Tres Ríos 854 

' l'jarrás 1.883 

()rosi 579 

I Atirro y Tucnrrique 211 

' Suma 18.548 

I 

I 

I lercflia 13 612 

I Barba 1.650 

Suma 15.262 

I 
I 

AIaju»'la 7 1Ó3 

Atenas! 1836) 1,000 

i^ljuatiiso 800 

Suma 8.963 

1 

Intkkior 66.379 



LAS DOS COSTAS 



■> X 



^ ' ]"'.spar/a . . . 
y. I Torraba . . . 
Boruca ... 



X < i*TaIamancas en el río (íe- 






neral 



767 

739 
272 

300 



Suma. 



2.078 



I ^^ 



('añas , 

I Ba^accs. . 
i¿ ^ '■ Guanacaste 
- ^ I Nicova ... 



C X I Santa Cruz 



501 

72r> 
1 366 
1.978 
2.502 



O i 



Suma. 



i¡ ^ x. ' .\I atina 

w c |*tjiirripó 

^ ^ ^'Talamancas en el rio Si- 
xauía 



X z 



141 
40 

I. seo 



Suma. 



C I' Terbis .... 
I y. í i'Cliángcnes 
; ^ -^ *íniavn)íes . 



3ro 

60 

1, 100 



Suma. 



Las dos ( ost.xs. 



Total . 



78,365 



7.067 



1.381 



1.460 



11.986 



Kn el cuadro anterior se encuentran ya sei)arados los pueblos de De.samparados 
y Atenas. El primero fué segregado de la parrocjuia de San José en 1825 y el segundo 
de la parroquia de Alajuela en 1836. 

En varias publicaciones, entre otras en /f/ censff de la República de Costa Rica por 
F. Streber, encontramos el de 1844 con la población de cada provincia y la de algunas 
ciudades, villas y pueblos. En este censo se calcula, á todas luces, muy baja la población 
de Costa Rica. Basta fijarse en los cuadros que se publicaron el 6 de Diciembre de 1844 
para la nueva división territorial y en 27 del mismo mes y año para elecciones munici- 
pales (Colección de Leyes, etc.). 

El censo de 1844, publicado de la manera referida, da á la República sólo 79,982 
almas; los cuadros de 1848 le dan 94,670, ó sea, 14,688 habitantes más, lo cual, cierta- 



— 29 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



mente, no es explicable en el intervalo de cuatro años. Veamos brevemente la diferencia 
de ambos censos en este pequeño cuadro: 



Provincias 



San José 

Cartago 

Alajú el a con Esparza 

Heredia 

(iuanacaste 

Totales 



Censo de 1844 Cuadro de 1848 Diferencia 



25^949 


31.749 


4- 5'8oo 


19.884 


23.209 


+ 3.325 


1 11,720 


«3.315 


+ '.595 


17.236 


«7.285 


+ 49 


5.»93 

1 


9,112 


+ 3.9«9 


79,982 


94,670 


+ 14,688 



En el cuadro siguiente nos hemos tomado el trabajo de calcular la población en 
1844, según los datos que suministran los libros parrocjuiales: 

PoHLACióx DH Costa Rica kn 1844 



> < 



EL INTERIOR 



San José 

Ku-a/.ü 

I)o!í<an)|)arados 
San Juan ( 1837) 
CurricJabat 

Aserrí 

Pacaca . . . 




LAS DOS COSTAS 



Puntarenas 



rza 



sp¡ 

I erraba 

Boruca 

I alaniancason el río Ge- 
neral 



Suma. 



faña^i 

Rapaces . . . . 
(«uanacaüte. 

Nicoya 

Santa Ouz 



Suma. 



''Matina \ Moín ¡ 

•CliirrifM) i 

" lalíimancasen el río Si-! 
xaula I 



Suma 



*Terbi>. . . . 

Ch;in genes 

•GiK»rm»e5. . 



Suma. 



Las dos costas 



288 
1,112 

725 
350 

300 



575 

775 

I 725 
2.250 

2.8^0 



160 
45 

1.250 



2 775 



8.175 



1.455 



320 

65 
1,200 



1.585 



'3.990 



Total 93*^7 1 



— 30 — 



EN EL SIGLO XIX 



En el cuadro anterior aparece ya la parroquia de San Juan, segregada de San 
José en 1837. 

Si de la suma total de 93,871 deducimos los habitantes que entonces no se conta- 
ban, es decir, 800 del territorio de Guatuso, 300 i)or los Talamancas en el río (irande, 
los 1,455 ^^ *^ comarca de Limón y 1,585 de Hocas del Toro, total 4,140 almas, tenemos 
en 1844, en la parte de la República que se contaba oficialmente, 89,731 habitantes 
número que, de seguro, corresponde mejor á la realidad, (pie no el de 79,982, y que ade- 
más tiene su base y fundamento en los libros parrociuiales. 

El poco aumento que se observa en \i\ población de Heredia se explica por la 
emigración á la provincia de Alajuela en donde comenzaron á formarse los pueblos de 
Grecia, Naranjo y San Ramón. 

El 27 de Noviembre de 1864 se levantó por orden del (Gobierno, el primer censo 
oficial, del que nos ocuparemos con alguna detención. 

Durante los 20 años trascurridos desde 1843 á 1864 la población aumentó progresi- 
vamente, con excepción del año de 1856 en que el cólera hizo muchos estragos. La lista 
que publicamos á continuación servirá para formar una idea aproximada de los efectos 
de la peste. Colocamos en una casilla el número de defunciones apuntadas en los libros 
parroquiales, ocurridas en 1856 y en otra el promedio de las defunciones en 1853, 1854 
y 1855 que puede .servir de punto de comparación: 



Cuadro de las defunciones ocurridas en 1856 



POHLACIONKS 



Defunciones 

a|)untada.s 

en el año 

(le 1856 



■ San José 

: San Juan 

San Vicente . . 

Ciuadalupe . 

Desamparados 

Aserrí ... . 

Alajuelita 

Curridabat . . . 

Escazú 

Pacaca 

Cartago 

Paraíso 

Cot 

Quircot 

Tobosi 

Unión 



1,028 
184 
248 
256 

295 
178 

160 

■ * • 

340 
167 
2,003 
129 
241 

32 

59 
219 



Promedio 

de 

defunciones 

apuntados 

en 1833. 
1854 yV855 



399 
66 

72 

27 
106 

21 



86 
66 

5^9 
23 
33 

7 

12 
32 



POBLACIONKS 



! Defunciones 
j apuntadas 
I en el año 
de 1856 



Heredia (i) (?) 295 

Santo Domingo. . . \ 247 

Barba 210 

Santa Bárbara . . . . ' 248 

Alajuela 1,209 

Atenas 168 

Cirecia 168 

San Ramón . ... 207 

Puntarenas 62 

Esparta [ 53 

San Mateo ¡ 

Liberia 

Santa Cruz ' 83 

Nicoya ' 

Bagaces , 1 18 

Las Cañas * . . 



Promedio 
de 

defunciones 

apuntadas 

en 1853, 

1854 y "1855 



401 
76 
46 

55 
353 
44 
72 
80 

79 
26 



92 
16 



(i) — En el libro de defunciones de la parroquia de Heredia faltan 20 páginas del año 1856. 



El Censo de 1864 

Debido á los esfuerzos del Ministro del Interior, Licenciado Don Aniceto Es- 
quivel, se publicó el 2 de Julio de 1861 la Ley siguiente: 

£/ Senado y Cámara de Representantes de Costa Rica, reunidos en Con<^reso, decretan: 



31 



RKVISTA DK COSTA RICA 



Art. i" — El Piyder Ejecutivo mandará formar cada diez años, comenzando por e/ 
presente, el censo de la población en toda la extensión de la República^ así como la estadística 
de la riqueza aerícola, fabril y comercial, si no perfecta, lo más aproximadamente posible. 

Art. 2V — El Gobierno ocupará en esta operación á los Gobernadores, Municipalida- 
des y empleados subalternos que juzgue conveniente, 

Art. 3? — Podrá así mismo emplear el patriotismo de los ciudadanos que pueden des- 
empeñar estas funciones, y aun emplear hasta la suma de $ ^,000-00 para consej^uir tan 
laudable objeto. 

Art. 4" — Dará cuenta con el resultado de los trabajos de este año en el próximo 
período constitucional. 

YA Ministro Don Francisco María Iglesias, por Circular de 2 de Octubre del mis- 
mo año de 186 1, creó una Oficina Central encargada exclusivamente de la formación 
del censo y de la estadística, la cual se instaló luego y comenzó sus trabajos preparato- 
rios. Por fin, en el Decreto de 7 de Octubre de 1864, se acordó todo lo concerniente al 
levantamiento del censo, y se señaló el 27 de Noviembre para efectuar la operación en 
toda la República. 

Se invirtieron, próximamente, 25,000 formularios de censo, y se emplearon en la 
formación del empadronamiento, fuera de las autoridades subalternas, 1 2 comisionados 
directores y 238 comisionados especiales, de ellos 64 funcionaron en San José; por todo, 
250 personas. 

Para no herir susceptibilidades y evitar sospechas en el pueblo, no se extendió el 
ceuM) a la agricultura, industria y comercio interior y exterior. 

Desde el primero de Marzo de 1865 comenzó el trabajo de la concentración que 
duró hasta el 31 de Julio siguiente, y el 14 de Agosto del mismo año se remitió el censo 
al Ministro de Ciobernación. Ksta obra se comi)onía de varios cuadros demostrativos del 
número, sexo, edades, estado civil y físico, religión y profesiones de los habitantes de 
Costa Rica. 

Kl número total á^ habitantes empadronados en 27 de Noviembre de 1864 llegó 
á 120,499, ^^" incluir á los indios de Talamanca, Bocas del Toro y (iuatuso. De este nú- 
mero, 22,589, ó el 18,"^'/, vivían en las seis ciudades de San José, Cartago, Heredia, 
Alajuela, Puntarenas y Liberia; el resto, 97,910, ó el 81,^^ '"/„, vivían en los campos. 

Según el sexo se dividían en 58,081 del masculino, ó 48,"^' '/.» V 62,418 del feme- 
nino, ó 51,"* 7... 

Respecto de su condición civil eran: 

solteros 40,673 personas, ó el ^^," "/„ 

solteras 40,542 „ „ ,, 33^'^' '» 

viudos 1,159 '» "" o»^ '» 

viudas 5,725 „ „ „ 4,'^ „ 

t asados 3^^^5>> ^ ,, „ 25,"' „ 

separados 1,486 „ „ ., i,-^ „ 

(livorc iados 59 ,, „ „ o,"^ „ 

Kn cuanto á edades pn\^rrsivas había en el total de la población: 



Hombres. 
Mujeres. , 



Monoro^ 
de 15 a A os 



•'- "t 



2 1 ,'- 7o 

20,'= /. 



De 15 á 30 
artos 



■4," 7.. 



''I •• , 



«5^ 7.> 



V)v 30 á 45 
años 



8,^ 7o 



>6 tt , 



9. /o 



De 45 á 60 
años 



3.''" 7.. 
4/" ■■/., 



Mayores 
de 60 años 



I,"^'/. 



* > /o 



32 




I 




EN EL SIGLO XIX 



Se contaron 9 personas mayores de 100 años; i hombre y 8 mujeres 
29 „ de 95 á 100 años; 11 „ y 18 

28 „ de 90 á 95 años; 10 „ y 18 



*í 



»» 



»> 



»» 



j» 



Se registraron 228 ciegos; 569 sordomudos; 165 imbéciles; 165 dementes y 337 
impedidos 

El número total de extranjeros era de 3,054, de los cuales 401 habían nacido en 
la República. 

Según la clasificación por re/i ilíones, se componía el país de 120,201 católicos, 286 
protestantes de diferentes denominaciones, 3 judíos, i budhista y 8 hindus. 

Este censo, hecho con bastante escrupulosidad y laboriosidad, ha servido de base 
para los estudios estadísticos de Costa Rica. 

En 1875 ^^ levantó otro censo. Por Decreto de 29 de Septiembre de ese año, se 
dio el encargo á Don Bernardo Capurro de levantarlo, y se dispuso dar principio á ese 
trabajo en los últimos días de Noviembre. No se han publicado los detalles de ese censo, 
pero daremos algunos de sus datos en el cuadro general del movimiento de la población 
de Costa Rica. 

Bajo la administración del General Don Próspero Fernández se dio nueva vida á 
los estudios estadísticos. El Congreso Constitucional, por Decreto de 12 de Julio de 1883, 
creó una oficina central de estadística con el nombre de Dirección General de Estadís- 
tica, fijó el número de su personal y le señaló sus obligaciones. Más tarde, el 7 de Agosto, 
decretó el Presidente de la República el reglamento interior de la nueva oficina, y por 
Decreto de 21 del mismo mes se e.xtendió á todos los habitantes del país la obligación de 
suministrar á la Dirección General de Estadística los datos que, concernientes á este 
ramo, les fi.iesen pedidos por dicha oficina. Establecida ésta, inició sus tareas con un 
nuevo censo el 30 de Noviembre de 1883. Otro censo, aunque menos perfecto, se hizo 
en 1888, y el último se efectuó el 18 de Febrero de 1892. Los trabajos de estos censos 
y, además, varios tomos del Anuario Estadístico, vieron la luz pública contribuyendo no 
poco á dar un conocimiento exacto del país en las diferentes esferas de la actividad 
humana. 

Los diversos trabajos de aquella oficina han sido recopilados por Don Juan 
F. Ferraz en una notable publicación hecha en 1895 y 1896, en tres volúmenes, bajo el 
título de Resúmenes Estaí/isíicos, de la cual tomamos algunos datos al terminar este capítulo. 

Ante todo es preciso fijar la atención en la parte intitulada **Censos Comparados" 
en la que se someten á una comparación escrupulosa los de 1883, 1888, 1892, haciendo 
resaltar en cada uno de los cen.sos de dichos años, los nombres de los barrios, y caseríos 
que no fueron empadronados. La lectura de estos datos da la convicción de que el 
censo de 1883 quedó incompleto y que el total de la población que se obtuvo como 
resultado, muy bien podía aumentarse en un diez por ciento. A este efecto, basta sólo con 
hacer notar lo (jue se refiere al censo del cantón de Puriscal en 1883. En cuanto al de 
1892, que resiste mejor el escrupuloso examen á que nos referimos, juzgamos sin embargo 
autorizado el aumento de un cinco por ciento. 

En cuanto á \2i proporción sexna/, ha habido en Costa Rica, desde 1864, un cam- 
bio bien marcado. 



SEXOS 


NÚMEROS PROPORCIONALES | 


Censo de 1864 

48,'' 7o 


1 

Censo de 18Ü3 Censo de 189a 

49.'^ Vo s°r% 

50,'° 7o 49.'° 7.. 


■ Hombres . . 


u Mujeres 





TOMO I 



— 33 



RKVISTA 1)K COSTA RICA 



La población masculina se aumentó de un modo considerable, lo cual, por ser de 
notar más clara y distintamente en los j)uertos de Limón y Puntarenas, debemos atri- 
buirlo á la gran inmigración de trabajadores, ocurrida con motivo de la construcción del 
ferrocarril al Atlántico. 

Kn los cuadros de edades proj^resii'as se observa que el número de ancianos no 
ha disminuido desde 1864. 

Cuadro de Longevidad 
en los últimos 36 años del siglo xix 



CKNSOS 


1 

De 90 k 95 AÑOS 


1 

De 95 Á 100 i^Ños 


MaVORESDEIOO AÑOS 

1 


MoMliKFS MI'IRKKS 


rm Al. 


IIOMHKF.S MIIRKF.S 


TOTAL 


HOMBKKS 


MI'IEKKS 


TOTAL 

1 


Año de 1864 

„ „ 1883 

,, 1892 


10 18 

1 

. 22 52 

' 43 58 


28 

74 

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Kstos datos revelan (jue las condiciones favorables de longevidad, en lugar de 
disminuir van en aumento hacia fines del siglo xix. 

Con respecto al estado civil se advierte un aumento progresivo de los casados, 
lo cual indica indudablemente (lue la moralidad del país, considerada en su totalidad, no 
va á menos, antes bien, cada día va siendo mayor. 

Estado Ci\tl di: los habitantes de Costa Rica 

DURANTE LOS LLriMOS 36 AÑOS DEL SU;L() XIX, EN NÚMEROS PROPORCIONALES 



CKNSOS 



Año de 1864. . 



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La cultura de un pue!)lo se aprecia en la estadística, por el mayor ó menor número 
de los íjue saben leer y escribir. Al prim ipio del siglo eran pocos los de esta condición. 
Kl (iobemador Don Tomás de Acosta nos ha dejado detalles curiosos sobre el particu- 
lar, en sus frecuentes informes á la Audiencia. Ksto ha variado mucho. Sentimos (lue en 
el censo de 1864 no se recogieran estos pormenores más que en las capitales, de modo 
(|ue nos debemos contentar con la reproducción de los datos obtenidí)s en 1883 y 1892. 
Observa el Señor Director déla Kstadística, que en el número de los analfabetos se 
incluyen los menores de 7 año.s. 



— 34 — 



EN EL SI(;L() XIX 



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RKVISTA DE COSTA RICA KN EL SH.LO XIX 



Visible es el adelanto alcanzado en los diez años que median entre el de 1883 y 
el de 1892. Toca al nuevo siglo continuarlo de año en año en progresión creciente. 

En cuanto á las confesiones ó credo de los habitantes de Costa Rica, ha habido 
alguna variación, debido á la gran afluencia de jamaiíjueños, ingleses, alemanes y norte- 
americanos, en su mayoría protestantes. Los más de éstos, divididos bajo distintas deno- 
minaciones, se encuentran en la comarca de Limón y en la capital de la República. 



CENSOS 



Censo de 1864 
Censo de 1883 
Censo de 1892 



Pkotkstantes 

268 

1.392 
2.245 



Junios 

3 
5» 
35 



BUDHISTAS 



9 
248 

224 



Ealta hablar todavía de los extranjeros en Costa Rica para completar el cuadro 
de la población á fines de este siglo. Pocas personas, relativamente, vienen de afuera con 
la voluntad de radicarse en el país. La mayor parte son trabajadores, comerciantes y em- 
pleados, ya del ferro-carril, ya de otras empresas. Siempre alcanza el país un beneficio de 
esta inmigración. 

RlíSCMHX COMPARATIVO 
DIÍ i:XTRAx\JEROS RIÍSIDHNTMS lí:< CoSTA RlCA 



San José . . 
Cartago . . 
Heredia. . . 
Alajuela . . . 
(luanacaste 
Puntarenas 
Limón . 



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1864 


1883 
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1888 
2,249 


1892 


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1,326 


1,051 


2.653 


4.556 


6,856 


, 6,289 . 



Teniendo en cuenta el exceso de entradas de pasajeros sobre las salidas, ha debido 
aumentarse el número de extranjeros en el país en 7.858, desde el año 1892 hasta el 
de 1900, y por tanto, el total de los existentes en esta última fecha, deducidas las defun- 
ciones, puede llegar á un(\s i 2,000. 

La mayor parte son europeos (37,2 '/,): siguen en proporción numérica los centro- 
americanos (28,4 7J; después, los sudamericanos (13,6 7.,): los antillanos (13,3 7. ); los 
norteamericanos (39 /,): y por último, h)s asiáticos (3,17.) y unos pocos de África y 
Oceanía (0,57.). (1) 

Cortos son, ciertamente, estos apuntamientos (jue hemos dado sobre el carácter de 
la población costarricense, pero bastan, no obstante, para (jue nos formemos una idea 
exacta de la misma, y de su distribución según el sexo, edad, estado civil, reügi >n y origen. 

Para terminar el presente capítulo insertamos á continuación un estado compara- 
tivo del progreso numérico de la población en todo el siglo xix, en cuyo cuadro se 
hallan incluidos los resultados de los censos de 1864, 1875 ,1883, 1888 y 1892, (jue omiti- 
mos publicar por separado. También añadimos desde luego nuestro cálculo de la pobla- 
ción en 1900, el cual explicaremos más detalladamente en el capítulo tercero de esta 
monografía. 



(11 — I.os núnuTüs <|ur t•^t;ln i-ntrc paront^'^i^ expresan fl tanto por ciento en 1892. 

- 36 - 



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^^^H i«83. eninron «n comunluacUn con In publarMn de Cosía kir». 

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^^^^H cnracierfslicusdelnmitoldglamdin. Slmbollrn la crcuelón del ptimcr hambre. El ciemplnr aqui dibiÚHdo. esde 
^^^^M pirdm lie molejiSn próxlmameiue de un mc[t« de nllum, T fui! eneunltndu el. 1884 en 1^1 Pnlinnr. río Gnindü de 


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CAPITULO III 



Censo de la República en 1900 




tarea liarlo <iifícil la ile calcular 
población de Costa Rica en 190 
de 1892 hasta el presente no se h; 
llenar, pues, nuestro cometido, 1. 
censo oficial cíe 1892. 

Kn el prólogo del libro Cms,. 
¡ie iS de Febrero Je lSi)2, ad\'i 



on exactitud aproximada la 
toda vez <jue desde el año 

ipezaremos por considerar el 



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hetho, digno 
tal de 181,073 
,íi|uido de los 



tes. ReguljT 
la población <jue deja de anotarse, as 
tros, como término medio, en un 87,,, etc." 

Esta observación es verdadera y justificada, y lo prueba e! sigí 
de notarse: el censo de 30 de Noviembre de 1883 dio como resultado 
personas empadronadas, y por tanto, añadiendo 

nacimientos sobre las defunciones en los años que median entre el de 1884 y el de 1891 
inclusive, deberíamos obtener en 1" de Enero de 1892 una población de 214,321 habi' 
tanles, en vez de los 24^,205 que nos da como total de individuos inscritos el precitado 
censo de 18 de Febrero de 1892. 

Ahora bien, la diferencia de 28,884 personas se explica perfectamente: 

i? Por no haberse lomado en cuenta año por año, desde el 84 al gi, el conside- 
rable aumento inmigratorio de la población, que estimamos en 5,000; 

2? Por ligeras inexactitudes en los totales de defuncio 
año, que pueden estimarse en favor de éstos, en un j "¡^ y 

- 39 — 



REVISTA DK COSTA RICA 



3" Por lo ya expuesto en el referido prólogo al censo de 1892 por el Director de 
la Oficina de Estadística. 

Atendiendo á lo que llevamos expresado, somos de opinión que en el censo de 30 
de Noviembre de 1883 dejaron de empadronarse (28,884 — 5,000) 23,884 individuos ó 
sea un 13,1 % ^^ ía población. 

El censo de 18 de Febrero de 1892 fué levantado con mayor esmero, ya porque 
se preparó mejor, ya porcjue la población se prestó con más voluntad, ó bien porque los 
encargados de formarlo procedieran, en general, con especial cuidado. Tal es la opinión 
de muchos. 

Particularmente estamos enterados de que en varios lugares se procedió con deci- 
dido empeño de obtener un resultado exacto; pero esto no obstante, las observaciones 
del Director de Estadística en 1892 tienen su razón de ser. 

Hemos visto que la población que dejó de anotarse en 1883 representa un 13,1 "/o; 
que en países relativamente mejor organizados, se calcula esta omisión en un 6 á 10 7»; Que 
el Señor Director de Estadística la ha calculado en un 8 7..; por tanto, teniendo en cuenta 
todas estas razones y varios otros datos que sería prolijo explicar, hemos creído que para 
fijarla población efectiva, mínima de Costa Rica en 18 de Febrero de 1892, se dtbe 
aumentar el total del censo respectivo en un 57., 

Es verdad que tratándose de algunos cantones, no sería necesario hacer este 
aumento, y en cambio, por lo que toca á otros, debiera ser mayor; pero lo creemos justo 
para la totalidad y lo aplicamos por igual al censo de todas las provincias y comarcas, y 
con esta base calcularemos la población de Costa Rica á fines del siglo xix, que pone- 
mos á continuación. 

En los siguientes cuadros adoptamos la división territorial por parroquias, la cual 
difiere en algo de la cantonal, tan conocida por las publicaciones frecuentes de la Oficina 
de Estadística. Preferimos la primera, ponjue ella nos va á servir para determinar la 
población total. 

ChNSO DK 1892, DISTRIIU'IDO POR PARROOUIAS Y PROVINCIAS 
CON KL ATMHNTO DHL 5 ^/^ APLICADO POR IGUAL 

i" — Provincia oe San José (1892) 



PoBI.AfKíN KM PADRÓN A DA 



PARROOLI AS 



I 

2 



3 

4 

5 
6 



Carnu-n do San losé 
Mcrcetl de San fusé 



í V//i/(/</ <//• .V(/// yoif'v sus iilrr 

i/tuiort's 

San Vicente 



San luán 

San l<*idro de Arenilla 



Cjiíadaliipe 

San IVdro del Mojón 



8 Curridabal 

9 Desan»¡)arado.- 



10 Asern 

it Alajuelita. 

12 \ Santa M aria de Dota 

13 ! Ksca/ú 



14 Santa Ana 

15 Pacata 

16 I'uriscal 



' ( \uftpos Jv Sijn yost' 

Tdtai. DK I. A Provincia 




— 40 



EN EL SIGLO XIX 



2" — Prí^vincia dk Cartago (1892) 



17 
18 



Í^OBLACKíN KMI'ADKONADA 



PARROnUIAS 



5 7c 



Población 



I 



i' EFECTIVA 



Católicos 



Ciudad do Cartago y sus alre- 
dedores .... 18.470 

Unión 4.246 



No católicos 



' 19 j San Rafael de Cartago 4.957 

20 '■ Paraí<io ' 3.299 

2£ Orosi ' 1702 



22 i Juan Viñas 4.019 



10 
16 



Campos de Carti\i^o .... 18,223 



TOTAI. I>K I.A l'ROVI.NCI \ 36.693 



Totales 



DE A C .MENTÓ 



MIM.MA 



44 



26 



.... I o , 5 > 4 • • • - 

4.256 I 213 , 

4 957 \ 248 

3-315 , ;¡ 1^ , 

1.702 í 85 ! 

4.019 201 



926 



4.469 
5.205 

3.481 

1.787 

4.220 



70 



18.249 
36.763 



913 
1.839 



19.440 



19,162 




3" — Provincia dk Herkdia (1892) 



Población e.mpadkonada 



PARRíigilAS 



Católicos 



No católicos Totales 



23 



24 

25 
26 

27 
28 
29 

30 



Ciudad de Heredia y sus aire-' 

dedore^ '. 

San Joaquín i 641 

Santo Domingo 5. 113 

San Isidro de Heredia. ... 1.973 

San Rafael de Heredia 4,202 

Barba. 3 434 

Sania Bárbara 2.839 

San Antonio de Belén 3.194 

Campos Je Heredia 

TorAL DE LA Pkí)VINCI.\. 

II 



10.540 



22.39Í) 
32.936 



2 

I 

6 



26 



14 



40 



1.641 
5. 118 

1.973 
4.204 

3.435 
2.845 

3.194 



10.566 



I 22 410 



32976 







¡ 








POBLAí ION 


5 


^/c 


EFECTIVA 


DE AUMENTO 








! MÍNIMA 

1 

• 


i 


528 


1 

1 • • • • 


11.049 


82 




1.723 




256 




■ 5.3^4 




98 




; 2.071 




210 




4.4'4 




172 




3.607 1 


143 




2.988 1 


159 


1. 120 


3.353 

• • • • 


23530 


> ■ • 


.... 


1.648 


• • • • 


34.62^ 


1 









4" — Provincia dk Alajif.la (1892) 



31 

32 

33 
34 

36 



PARROQUIAS 



Ciud.-id de Alajucla y sus alre- 
dedores '. 

San Pedro de Alajuela 

Atenas 

Grecia 

Naranjo de Grecia 

San Ramón 

Palmares 

« 
Campos de Alajuela 

Total de la provincia. 



Población empadronad 



í\ 



5 Ve 



Catíilicos 



3.047 
6.196 

7.507 
8.123 

9.922 

2.769 



No católicos 







14.868 


.... 




12 




4 




10 




6 




I 


37.564 


.... 


52.432 


.... 



DE Al MEN'^O 



Totalei» 



20 



14,888 



33 
53 




Población 

EFE( TIVA 
MÍNIMA 



^^3 

311 
376 

406 

496 

138 



744 



15.632 



37.597 



12.485 ' 



3.200 

6.519 
7.887 

8.539 

10.424 
2.908 



1.880 . ■ 39-477 



2,624 



55.IC9 



TOMO I 



— 41 — 



REVISTA I)K COSTA RICA 



5" — Comarca de Pi:ntarenas (1892) 



38 

39 
40 

4í 

4a 

43 



PARROoriAS 



Puntarcnas 

San Mateo 

Ksparta 

IVrraba con Cavngra y Buenos 

Aires 

Boruca 

Golfo Dulce 

TOTAI. UK I. A (OMARÍA.. 



POBLACIÓN KMI'ADKONADA 




POBLACIÓN 






5 °/o i 

DK AUMENTO 


KFF.CTIVA 










Católicos 


No católicos 1 Total ! 




mínima 


5.979 


114 


6.093 


304 


6.397 


4.030 


í3 


4.043 


203 ¡ 


4.246 


4.551 


18 


4.569 i 


229 

1 


4.798 : 

1 


593 




593 


! 
29 


1 

622 1 


389 




389 


^9 ; 


408 


523 


- 523 

1 1 


26 

1 


549 


16,065 


145 


1 
16.210 


810 


17.020 



6" — Provincia de (ítanacaste (1892) 



44 

45 
46 

47 
48 



I 



IWkkOoriAS 



I.il)eria 

Caídas 

Bogaces . . . , 
Santa Cruz 
Nicova ..., 



Total i>k la proviní ia. ' 



POBLAí'IÓN KMPAOKONAnA 




POBLAÍMÓN 


i 




5 ^/o 


EFECTIVA 


Cat(>Iicüs 


No católicos 


Totales 


OK Al MENTÓ 


mInima 


1 5.867 


16 


5.883 


294 


6.177 


2.165 




2.165 


108 


2.273 '• 


1.476 




1.476 


75 

1 


I.55I 


' 5.048 




5.948 


297 


6.245 ' 


4.567 


10 


4.577 


228 


4805 


1 20.023 


26 


20.049 


1.002 


21.C5I 



7" — Comarca de Limón (1892) 



PAKROl,»llAS 



4g Limón 

50 Talanuinca 

Total i>e 1 \ comarca. . 



PoBLAí ION EMPADRONADA POBLACIÓN 

" EFECTIVA 

DE Al MENTÓ 

Total e.s MÍNIMA 



Católicos 

4.469 
1.835 



No católicoi» 



1. 180 



5.649 
Í.835 



6.304 



1. 180 



7.484 



282 

93 

375 



5.93» 
1.9:8 



7.859 



— 42 — 



EN EL SKJLO XIX 



8^ — Resumen por provincias v comarcas (1892) 



IM) B L AC I < ) N K M P A I ) K O N ADA 



PROVINCIAS Y COMARCAS 



Católicos No catolices 



Provincia de San ]osé i 76.248 

.. Cartago ; 36 693 

,. Heredia 32.936 

,, Alajr.ela 52.432 



hiUrior dt' la Repúbi'u\i 



Comarca de Punt.irenas '16,065 

Provincia de Guanacaste '20,023 

Comarca de Limón 16 034 



I Ais dos costas 



TOTAL DE LA RKPrBLICA 



192.309 



42.392 



240,701 



990 
70 
40 

53 



Total 



POBLACIÓN 
KFKCTIVA 
•DE ALMRNTO MÍNIMA 



5 /c 



145 
26 

1,180 



77,238 

36.763 
32.976 

52.485, 



3.862 

J.839 
1.648 
2.624 



i.»53 >99.462| 



16,210 



1.35» 



20.049 
7.4841 



810 
1.002 

375 



: 43.743 



2,504 ;243.'205 



1 


81,100 




38,602 




34.624 






55.109 


209.435 

1 


9 973' 




1 
17,020 




1 
1 


21.051 




1 


7.859 


45.930 


2.187 1 




12.160 , 

I 




255.365 



Se notan algunns diferencias en cuanto á la población de las provincias, entre el 
cuadro anterior y el publicado por la oficina de Estadística, en el cual la población se 
computa por cantones y no por parroquias, y acerca de esto nos permitimos hacer las 
siguientes observaciones: 

i" La provincia de San José, según el cómputo por parroquias, tiene 77,238 
habitantes; la misma, haciéndolo por cantones, resulta con 76,718. La diferencia de 520 
se explica del modo siguiente: 

La parroquia de Santa María de Dota administra, además del cantón de Tarrazú, 
los distritos de Corralillo con 662 habitantes y de San Juan de Tobosi con 548, total 
1,210, que pertenecen á la Gobernación de Cartago, aunque enclavados en territorio de 
la provincia de San José. 

El barrio ó distrito de San Pablo del cantón del Puriscal se administra por la 
parroquia de San Mateo, (¡ue es la más cercana. Tiene este barrio 690 habitantes. 

Luego la provincia de San José gana. . . .-. 1,210 



y pierde 



690 



Diferencia de + 



520 



2" La Provincia de Cartago, contada por cantones tiene 37,973 vecinos 

y contada por parroquias 36>7^3 i¿l. 



explicado más arriba. 



Diferencia de — 1,210 que ya se ha 



3* La provincia de Heredia, según censo por parroquias tiene 32,976 individuos 

y según censo por cantones 31,61 1 id. 



La diferencia de + 1,365 proviene 



43 



REVISTA DE COSTA RICA 



de que el barrio de San Rafael, llamado también "Ojo de Agua" es administrado por la 
parroquia de San Antonio de Belén, y en lo civil pertenece á la provincia de Alajuela. 
4" La provincia de Alajuela, contada por cantones tiene. . 57,203 habitantes 
y por parroquias 52,485 ¡«1- 

Diferencia de — 4i7i8 

Esta diferencia se funda: 

iV En la separación del distrito de San Rafael con 1,365 vecinos. 
2? En la separación del cantón de San Mateo con 3,353 vecinos; pues siempre 
ha sido considerado este cantón como parte de ia Costa y administrado por Esparza, y 
actualmente pertenece á la Administración Espiritual de la Vicaría Foránea de Puntarenas. 
S" Finalmente, la comarca de Puntarenas según el censo por parroquias tiene 
16, 210 habitantes 
y por cantones solainente 12,107 id. 

Luego hay un aumento de 4,043 que se explica: 

i" Por la agregación del cantón de San Mateo con 3[3S3 vecinos 

z" Por la del distrito de San Pablo con 690 ¡d. 

Total 4,043 

Sigamos ahora en nuestro cálculo de la población de Costa Rica en igoo. 




Nuestro procedimiento será muy sencillo, pues consistirá en añadir al censo calcu- 
lado eu 18 de Febrero de 1892, los aumentos naturales y artificijles de la población, que 
han ocurrido desde esta fecha hasta 1900. 

Tomamos nuestros datos, en parte, de las publicaciones de la Oficina de Estadís- 
tica, es decir, en cuanto á defunciones y movimiento de pasajeros; y de los libros parro- 
quiales, en cuanto á nacimientos y bautizos. 

Aquella oficina ha adoptado en estos últimos tiempos la práctica de arreglar sus 
publicaciones al año económico que corre desde i?de Abril al 31 de Marzo, mientras que 
en los libros parro<iuiales se observa el año natural. 

Para obtener el número de nacimientos ocurridos en la República, aumentamos 
en un 1,57,, el número de bautizos: primero, por los nacimientos ocurridos entre los habi- 
tantes no católicos, y, segundo, por los descuidos en apuntar algunas partidas de bautismo. 

Con estas consideraciones se comprenderá la razón del cuadro que sigue: 

— 44 — 



KN KL SKJIX) XIX 



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45 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



En el cuadro anterior se demuestra el aumento, tanto natural como artificial, de 
la población hasta 31 de Marzo de 1900. 

Desde 19 de Febrero de 1892, á 31 de Mar/o de 

1900, nacimientos 94,807 

En este mismo tiempo, defunciones 54,268 

Aumento natural 40,5 ^9 



En la misma época, entradas de pasajeros 28,378 

Salidas de pasajeros 20,520 

Aumento artificial ó migratorio 7,858 



Con estos datos ya tenemos la población efectiva mínima de Costa Rica en 31 
de Marzo de 1900. 

1? Población empadronada en 18 de Febrero 
de 1892, con el aumento de 57^ por omi- 
siones 255*365 

2? Aumento natural en 8 años 42 días 4o»539 

3" Aumento artificial en id 7,858 

Población de Costa Rica al finalizar el si- 
glo XIX 303J62 



Podríamos aquí interrumpir nuestro trabajo, pero queremos todavía dividir esa 
suma total de habitantes entre las diferentes provincias y comarcas de la República, aun- 
que esto tiene sus dificultades por falta de publicaciones detalladas durante varios años, y 
nos vemos en la necesidad de recurrir á números proporcionales á falta de los absolutos. 

En cuanto al aumento natural, tenemos, felizmente, un cuadro laborioso publicado 
en 1895 por Don Juan F. Ferraz, en los "Resúmenes Estadísticos," tomo I, Sección 
Demográfica, páginas 140 y 141. El referido cuadro indica el desarrollo natural de la 
población en los años de 1883 á 1893, distribuido por provincias y comarcas. Del 
aumento total de 41,465 personas, correspondían: 



a 






a Provincia de San José -f 13.569 

„ Cartago -f 5,707 

„ Heredia -f 5,537 

„ Alajuela -f 1 2,59 1 

,, Guanacaste -f 3,479 

, Comarca ,, Puntarenas. . . .. .. -f 1,010 

, „ „ Limón — 428 






Total 4 ',893 — 428 



Estas proporciones, ciertamente, han variado algo en los últimos ocho años, pero 

- 46 - 



KN KI. SK;I,<) XIX 



tan poco, (|ue sin vacilar podemos sL'¡»iiÍrlas en la distribución, que ahora n 
aumento natural de 40,539 individuos. Kn tal conrepio, corresponden: 



la Provincia 


de San Jos 




„ ("artagu 




„ Heredia 




„ Al.-ijuela 




„ Cluanaa 


„ Ciimarca 


„ Puntare 



5.568 

5'373 
12,308 




.> artificial Ó migratorio ni> obclece 
la observación pueden dar la norma de distribución. 

I.a mayor parle de este aumento 
Repiiblica. 

Para la distribución rie las 7,858 personas que forman 
8 años y 42 días, hemos adoptado la siguiente distribución: 



(jla fija. Sólo la experiencia y 

favor de Limón y' de la capital de la 

¡lento artificial en los 



Vrovir 



Con los datos a 
Rica en 31 de Marzo 1 



a de San José. 
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Hagamos ahora algunos estudios comparativos entre este cuadro y el censo de 
i8oi, á fin de apreciar el aumento numérico y proporcional (juj h:i tenido la República, 
en general, y en particular cada provincia. 

Al efecto presentamos el siguiente cuadro sinóptico: 



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TOMO I 



— 49 



REVISTA DE COSTA RICA 



Hagamos ahora algunos razonamientos sobre nuestro tema en lo que corresponde 
al siglo de que tratamos. 

La población de la República durante el siglo xix se ha aumentado en 577 %, es 
decir, casi se ha sextuplicado; en tanto que en el curso del xviii se aumentó sólo 2,72 
veces, ó sea, de 19,293 habitantes en 1700, á 52,591, en 1801. 

Este notable aumento proporcional es debido al mayor desarrollo de la agricul- 
tura, manifestado especialmente en lo que toca al cultivo del café, lo cual ha desenvuelto 
en el siglo xix las energías latentes de la población, favoreciendo este movimiento pro- 
gresivo, la proclamación de la Independencia en 182 1, y el consiguiente establecimiento 
de la República en 1 824, que trazó un camino libre de los obstáculos que tenía que oponerle 
una legislación exótica. Durante este último siglo Costa Rica se entregó afanosa al tra- 
bajo, dedicándose, especialmente, á la agricultura y al comercio, con entera libertad é 
independencia, siendo dueña absoluta de sus destinos y dándose la legislación que mejor 
convenía á su adelantamiento. 

Los elementos destructores de la guerra y la peste, poco han detenido la marcha 
progresiva de la población, excepción hecha de la invasión filibustera y del cólera 
en el año de 56, que ocasionaron muy sensibles sacrificios al país, é hicieron perecer, en 
aquel año, casi cinco veces más personas que las que generalmente fallecían en años 
normales. 

Una pérdida positiva ha sufrido la República con la segregación del territorio de 
Bocas del Toro. Éste, que en 1801 tenía 1,300 habitantes, próximamente, y que, siguiendo 
el avance general del país debiera contar en 1900 con 7,594 almas, ha llegado á alcan- 
zar, nada menos, que un total tres veces mayor que el que era de esperarse, gracias á su 
excepcional desarrollo. 

La pérdida de Bocas del Toro proviene del abandono del valle de Malina. 

Consta por un Despacho del Jefe Político José María Peralta al Ministro General, 
fechado el 19 de Noviembre de 1828, que en dicho año el valle de Matira se quedó casi 
solo, porque sus vecinos se vinieron á Cartago, de modo que *'en las casas no había más 
que uno á dos hombres, existiendo en la totalidad del valle de 20 á 25 sujetos." 

El 25 de Junio de ese mismo año de 1828, las autoridades de la República tuvie. 
ron noticia *'de que en la c<ísta de Malina, á la parte nombrada Bocas del Toro, había 
un establecimiento de varias naciones, y de 40 á 50 casas habitadas; que se han introdu- 
cido y poblado sin la licencia necesaria y (^ue tienen su devoción con algunas parcialida- 
des indígenas." 

La comunicación con San Juan del Xorte, vía Sarapiquí, preocupaba entonces el 
ánimo de los gobernantes; sólo más tarde se pensó nuevamente en el camino á Matina y 
puerto en la costa del Atlántico. Entre tanto, los pobladores de Bocas del 'I'oro, viendo 
las playas costarriqueñas casi abandonadas y la comunicación con Cartago punto menos 
que imposible, dirigían sus miradas al Gobierno de Panamá, del cual solicitaron y obtu- 
vieron autoridades. 

Así se explica esta j)érdi(la tan sensible. 

Al intitior de la República han correspondido casi las cinco sextas ])artes del 
aumento total, es decir, 206,498 almas ó 571 7,,. \^x\ poco más de la sexta parle corres- 
ponde á las dos LOS tas. 

En la actualidad se comienza á sentir un cambio en el aumento |)roporcional de la 
I)oblación del interior y la de las costas. Aquella disminuyó un 5 por 1,000 que ganóla de 
estas últimas. Si la población del interior hubiera crecido en la misma proporción que en 
1 80 1, tendría en 1900, 251,515 habitantes, contra 250,055 que tiene en realidad. La 
diferencia de 1,4.60 habitantes quedó en favor de la población costeña. 

Ésta, si hubiese guardado la proporción de 1801, debiera ser en 1900 de 52,247 

— 50 — 



EX EL SIGLO XL\ 



almas, pero ha llegado á 53,707, es decir, ha alcanzado un aumento de 1,460, proporcional 
á la disminución de la población del interior. 

En el siglo xx crecerá notablemente la población de las dos costas, siempre que 
las enfermedades no detengan su marcha. 

La provincia de San José alcanzó en todo el siglo xix un aumento numérico de 
82,482 habitantes, y la proi)orción de 317: 1000, proporción que es mayor que á princi- 
pios del mismo siglo. Si hubiese continuado en esta última, (jue era de 264: 1000, tendría 
en 1900 síílamente 80,193 en lugar de 96,349 habitantes. La provincia debe su prosperi- 
dad al cultivo de los extensos terrenos del Puriscal, Tarrnzú, Candelaria (San Ignacio), 
etc., incultos al principio del siglo; al cultivo más intensivo de sus alrededores y sobre 
todo al traslado de la capital de Cartago á San José. 

La ¡)rovincia de Cartago ha obtenido igualmente un aumento numérico conside- 
rable, de 30,011 habitantes, pero en comparación con las demás provincias es la que 
menos se ha desarrollado. A principios del siglo la proporción (jue guardaba el número 
desús habitantes, era la de 291 7,,. y al final del mi.smo, 1497...- Si hubiese continuado en 
U primera proporción, Cartago debería presentar una población de 88,395 habitantes 
en lugar de 45,349- Motivan, en parte, este fenómeno el traslado del centro administrativo 
y la limitación del territorio de la provincia. 

Lo mismo ha sucedido con la de Heredia: sus límites no le han permitido des- 
arrollarse á la par de las otras provincias. Al comenzar el siglo su población alcanzaba la 
proporción de 2007,, y según ésta, debería tener al fin del siglo 60,752 habitantes con- 
tra 40,390 (lue en realidad tiene. No obstante, ninguna provincia se ha desarrollado ctm 
mavor intensidad <iue Heredia. 

La provincia de Alajuela era casi desconocida al principio del siglo. Las faldas 
del volcán de Poás estaban cubiertas de selvas vírgenes; en el cantón de Grecia había 
unos pocos trapiches y hatos; el Naranjo, San Ramón y los Palmares eran bos(|ues impe- 
netrables, y por lo que se refiere al cantón de Atenas, no había allí señal alguna de culti- 
vo, pues apenas contaba algunos hatos de ganado. Las provincias de San José y Here- 
dia han contribuido á poblar los vastos territorios de la de Alajuela. Tenía ésta al principio 
del siglo 3,822 habitantes, ó sea el 7,3 por ciento de la población de Costa Rica, y al 
terminar el mismo se presenta con una población de 67,967 habitantes, esto es el 22,4% 
de la población total de la República. Luego la provincia ha aumentado numérica y pro- 
porcionalmente: numéricamente en 64,145 habitantes, y proporcionalmente, en la relación 
de 73: 224; á saber: en lugar de 22,175 habitantes (¡ue corresponderían á la proporción 
de 73: 1000, ha tenido un aumento de 151: 1000, y cuenta ahora con 67,967 vecinos. El 
extraordinario aumento de 1,752 7,, que equivale á multiplicarse casi 18 veces, proviene 
de la fundación de los cantones de Atenas, (irecia, San Ramón, Palmares y el Naranjo. 

La provincia de Ciuanacaste se ha formado del antiguo partido de Nicoya y de 
Bagaces y Las Cañas (pie pertenecían en el siglo xviii á Esparza. En los comienzos del 
siglo XIX tenía 5,429 almas (jue constituían el 10,3/, de toda la población de Costa Rica, 
y á fines del mismo, tiene 23,706, que son el 8,1 7, del total de habitantes de la República. 
Si se hubiese aumentado en la proporción de 103 : 1,000 debería tener ahora 41,287 
habitantes. Ciertamente no puede esta provincia quejarse de la estrechez de sus límites; 
otras son las causas de no haberse aumentado en mayor escala, pero como son bien 
conocidas, no nos detenemos en enumerarlas. 

La comarca de Puntarenas era lo más despoblado de Costa Rica á principios del 
siglo: Esparza con 225 vecinos; los pueblos de Térraba y Boruca con su población insig- 
nificante y estacionaria y unos pocos centenares de indios talamancas que vivían en las 
llanuras del río General. Con la apertura del puerto de Puntarenas y la construcción de 
la carretera nacional de Cartago á dicho puerto, comenzó la comarca á levantarse de su 

— 51 — 



RFA'ISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 

postración. En Esparta y San Mateo se ha desarrollado satisfactoriamente la agricul- 
tura. La comarca tiene ahora vida propia y una población de 19,176 habitantes, creci- 
miento proporcional notable, porque guardando su proporción de 22 : 1,000, sólo deberta 
tener ahora 6,379 almas. La parte Sur de la comarca verá mejores días en el curso del 
siglo XX, á lo cual contribuirá poderosamente el ferrocarril al Pacífico, ahora en cons- 
trucción. 

En la comarca de Limón encontramos al principio del siglo unos 150 individuos, 
en Matina, dedicados al cultivo del cacao; unos pocos indios en Chirripó y en Tala- 
manca, en total como 1,180 habitantes. Ahora tiene 9,825 habitantes, en su mayor parte 
inmigrados. Con el cultivo del banano, cacao y hule se abre á la comarca un brillante 
porvenir; también como puerto principal de la República tiene una creciente importancia 
comercial. 

Concluimos aijuf nuestro trabajo demográfico. 

Añadimos, según costumbre, y para el gusto de los aficionados, algunos cuadros 
sinópticos. 

Que la Providencia Divina siga favoreciendo á Costa Rica durante el siglo xx, 
asf como lo hizo en el xix; que sus habitantes conserven el amor al trabajo y á la paz 
y entonces sin duda alguna, tendrá á fines del siglo xx, de un millón y medio ádo& 
millones de habitantes. 



San José, Octubre de 1900. 



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dediókdci á la Juvetitud de Coctel l\iéa 



Los veinte primeros años del Siglo 



(reproducción) 





15 de Septiembre 



.' los albores del siglo xix brillaron para las colonias españolas de! 
Nuevo Continente los primeros <Íestellos, si no de emancipación, 
al menos de mayor libertad y de reformas; movimientos precur- 
sores ambos de nuestras nuevas naríonalidades. 

I. a Madre Patria, Ui hidalga y heroica Kspaña, sentía ya 
bullir en su seno, en gestación jxKlerosa, los gérmenes fecundos 
de la Revolución Francesa, para los cuales eran débilísimas 
barreras los Pirineos v e! Océamh 

Lucha gigantesca aquélla, entre las centurias pasadas y 
la presente; entre el derecho llamado erróneamente divino de 
los reyes, y el verdaderamente divino de los pueblos; entre las 
carcomidas instituciones hijas en parte de la Kdad Media, corrupciones del derecho 
romano, desfigurado á su vez por las conquistas de los bárbaros, y los principios evan- 
gélicos conculcados, que consagraban y consagran evidentemente, la libertad, la dignidad 
y la igualdad humanas; entre los terrores de la conquista, de la autocracia y del absolu- 
tismo religioso y político, y los irresistibles anhelos de progreso y libre gobierno de los 
pueblos; lucha, en fin, entre la luz y las tinieblas, entre el infierno de la esclavitud y de 
la degradación del hombre, y el edén de su rehabilitación y del goce de sus legítimas 
aspiraciones. 

Inoportuno seria en esta ocasión, y estrecho el círculo de esta reseña para des- 
arrollar la inmensa, innegable y decisiva influencia que la Revolución Francesa ejerció en 
los deslinos de Kspaña, y por consiguiente en ios de las que entonces eran sus colonias 
en el hemisferio americano. 

Kn la céntuple lucha que en aquella época España sostenía contra las ideas revo- 
ludonarías, las innovaciones, las influencias é intrigas de afuera; y después, contra la 
n del entonces llamado en la Península y sus dependencias (por glorioso que su 

— 55 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



nombre fuese), el traidor y detestable aventurero Bonaparte, seguida por la no menos 
heroica lucha en defensa de sus conquistadas libertades, contra el antes deseado, pero 
después detestado monarca Femando vii; en época tan agitada, y rodeado el Gobierno 
español de tan difíciles y críticas circunstancias, no sólo comprendió lo errado de su 
política colonial, sino que también temió seriamente por la pérdida de sus extensas y 
ricas colonias americanas. 

Muchas fueron las acertadas y benéñcas medidas que bajo tales influencias dictó 
la Metrópoli para el bien y progreso de estos países; medidas que, aunque tardías para 
quien las dictaba, ejercieron grande influencia en mejorarlos é infundieron otro espíritu 
en sus habitantes. 

Costa Rica, la olvidada y paupérrima Provincia, como gráficamente la llamaban 
los distinguidos y beneméritos Gobernadores españoles don Tomás de Acosta y don 
Juan de Dios de Ayala, en sus numerosos ocursos recabando auxilios, apoyo y mejoras 
para ésta que tuvieron como su verdadera patria, gobernándola sabia y morigeradamente, 
debió á estos dos hombres benéficos, á principios de este siglo, gran suma de tranquilidad 
y bienestar. Ambos murieron en Cartago, colmados de bendiciones y llorados por el 
buen pueblo costarricense, que tuvo en ellos, más que gobernantes, padres y protectores. 
El primero, ciego y retirado del servicio con el honorífico grado de Brigadier de los 
Reales Ejércitos, vivió hasta cerca de los días de nuestra Independencia; y el segundo 
falleció poco tiempo antes, ó sea á principios del año 1819. Mentores y moderadores de 
estos pueblos, no hay que extrañar que tanto contribuyesen á mantenerlos tranquilos en 
medio de las borrascas de época tan agitada. 

Gran diferencia existía, al principiar esta centuria, entre la Provincia que gober- 
naron Soler, Fernández de Bobadilla, Perié y Vázquez y Téllez, y la que después vinieron 
á gobernar los mencionados Acosta y Ayala. Entre las antiguas disensiones, la especie ' 
de oligarquía que dominaba en Cartago y los gobernadores, y las desavenencias de 
éstos con el clero; entre el casi total marasmo en que había caído la Colonia, á causa, 
entre otras, del abandono de sus productivos y extensos plantíos de cacao en Matina; 
disminución, ó mejor dicho, cesación de su comercio, y de los continuos amagos de 
moscos y de ingleses; y la tranquilidad, armonía y bienestar que reinaban bajo el gobierno 
de los últimos mencionados Gobernadores, existían notabilísimas diferencias. 

Mas el impulso mayor, el impulso más poderoso, demasiado poderoso entonces 
quizá, que la Madre Patria y sus colonias recibieron, fué debido á la Regencia y á las 
inmortales Cortes Gaditanas. En aquella augusta Asamblea, ante aquella Regencia 
liberal, hizo oír muchas veces su voz elocuente y patriótica el Benemérito costarricense 
Presbítero don Florencio del Castillo, abogando por los intereses de su patria. En aquel 
memorable Congreso se confundieron en uno los españoles peninsulares y los americanos; 
un mismo espíritu los animaba: el espíritu regenerador de progreso y libertad. Del seno 
de aquel areópago surgieron mil benéficas medidas dictadas todas por el más acendrado 
patriotismo y por el deseo de su común rehabilitación. 

Estos países, en cuenta nuestra despoblada y mísera Costa Rica, se vieron de 
repente elevados del humilde estado de colonias al rango de entidades representativas. 
Entonces fué cuando, entre otras gracias y beneficios, logró Costa Rica libertad .de 
comercio con la habilitación de sus puertos de Puntarenas y Matina; cuando San José 
obtuvo el título de ciudad, y Heredia y Alajuela el de villas. Entonces fué cuando nuestro 
pueblo, por primera vez convocado, usó de la preciosa y desconocida prerrogativa elec- 
toral, y cuando cada lugar importante vio levantarse en su seno la Representación 
Municipal, signo de propia vitalidad. 

Ya había caído, algún tiempo antes, la venalidad de los cargos y empleos concejiles 
y judiciales obtenidos hasta entonces en subasta y á perpetuidad; ya habían desaparecido 

_ 56 - 




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EN EL SIGLO XIX 



los tributos; va se habían removido muchas trabas del comercio v de la industria, abrién- 
dose así á estas colonias las puertas para el progreso y desarrollo á que se oponían los 
abusos del poder y las restricciones de la legislación colonial. 

A la sombra de tales auspicios y respirando influencias tan saludables, el pueblo 
d()cil, moral, industrioso y morigerado de Costa Rica, se fué preparando insensible, y 
aun pudiera decirse inconscientemente, para la grande evolución social que se acercaba, 
no tanto i)or sus ardientes asi)iraciones á la emancipación política, pues sea dicho de 
paso, esta Provincia fué fidelísima á España, hasta el año y mes mismo de su indepen- 
dencia, sino para aprovechar la nueva vida de progreso en que entraba y ensanchar 
su libre actividad en los nuevos horizontes que se le presentaban. 

Circunstancias especiales favorecieron entonces á este país privilegiado; y ese 
mismo aislamiento en que había pasado siglos, vino á contribuir en mucho á preservarlo 
del contagio revolucionario. Cuando el fuego de la insurrección ardía y se propagaba 
violenta y rápidamente en las demás colonias; cuando en sus fronteras resonaban los 
gritos de guerra y anarquía, Costa Rica se conservaba en envidiable paz, y era temerosa, 
si no enteramente tranquila espectadora, de los grandes sucesos que tanto en Euro¡)a 
como en este continente se desarrollaban. 

Las con.spiraciones .sofocadas en Guatemala en los años de 1812 y 1814, .seguidas 
de los sangrientos episodios de El Salvador y de los anánjuicos movimientos de Nica- 
ragua, no sólo fueron deplorados por el pueblo costarricen.se, sino que en aquellas críticas 
circunstancias fué fiel au.xiliar para el restablecimiento de la paz en las Provincias her- 
manas, á donde marcharon doscientos de sus mejores hijos, dispuestos á derramar su 
sangre en defensa del orden profundamente conturbado. Esta pe(iueña falanje fué admi- 
rada por su valor y disciplina, y por doquier dejó la más honrosa huella, siendo presen- 
tada entí)nces, y muchos años de.spués, como ejemplo y modelo de todas las virtudes 
militares. 

Así fué como, mientras que en otras partes, y principalmente en las hermanas 
Provincias, se anticipaban los sucesos obrando fuera de sazón, ó precipitando impruden- 
temente los acontecimientos; y mientras que allende nuestras fronteras los hombres y los 
pueblos inexpertos se lanzaban á la lid de un modo ciego y sin los nece.sarios elementos, 
cubriéndose de sangre y ocasionando turbulencias y desastres, los costarricenses atentos 
á tan pavoroso espectáculo, .se preparaban i)rudentemente y templaban su ánimo en 
calmo.sa espectativa de los acontecimientos. 

Éstos se precipitaban con rapidez, y mientras que atjuí se incubaban las generosas 
ideas de paz y i)rogreso, bajo la egida de la poderosa nación española, libre ya del abso- 
lutismo y regenerada, dos suce.sos de orden interior, y destinados ambos á ejercer un 
decisivo influjo en los destinos del país, vinieron á concentrar las ideas de nuestros 
padres, alejándolos del vértigo revolucionario. 

El cultivo del café comenzaba á propagarse, auntjue en pequeña escala, y el Monte 
del Aguacate, el antiguo Tnirroto, revelaba sus grandes riquezas minerales. Este último 
acontecimiento ab.sorbió sobre todo la atención de los costarricenses en los tres años 
que ])recedieron á nuestra feliz emancipación. Ésta no fué conquistada, no fué tan calu- 
rosamente anhelada como en otros pueblos; tal es la verdad histórica: fué pura y simple- 
mente aceptada con general beneplá( ito, como se aceptan hechos consumados y acon- 
tecimientos naturales y necesarios. Cambió tan sólo entre nosotros por de i)ronto, el 
nombre de algunas cosas, y .si el último Gobernador español que funcionaba como inte- 
rino, y (jue había residido muchos años en Costa Rica, no hubiera sido intransigente y 
reacio, y hubiese querido adherirse al movimiento prestando jurada y sincera aquies- 
cencia al nuevo orden político, es muy probable que hubiera quedado como Presidente 
ó Vocal de la Asamblea de Legados de todos los pueblos, convocada por el M. N. y 

TOMO I — 57 — 8 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



M. L. Ayuntamiento de Cartago, presidido por Don Santiago Bonilla, Junta que asumió 
el poder público en aquellas circunstancias, y mientras se dio el Estatuto conforme al 
cual se instaló la primera Junta Gubernativa; tales eran las tolerantes virtudes de nuestros 
padres, y tales son las transiciones que se operan sin violencia, sin precoces esfuerzos, sin 
estériles agitaciones y con calma y oportunidad. 

Dichosa nuestra patria que pudo, sin deplorables y sangrientas convulsiones, y 
sin los espantosos accesos de la fiebre revolucionaria, entrar en posesión del inapreciable 
bien de su libertad y emprender con acierto y circunspección el escabroso camino del 
gobierno propio, cuando se emprende, como ella lo hacía, inexperta, medrosa y entregada 
á sus propios instintos salvadores. 

Antes de terminar esta rápida ojeada retrospectiva sobre los veinte años que 
precedieron á nuestra Independencia, séame permitido rendir un justo y bien merecido 
tributo de admiración á nuestros padres beneméritos; á aquellos sencillos, sensatos y 
admirables patriotas; á aquellos patriarcas ejemplares de nuestra entonces patriarcal Costa 
Rica. Si es cierto el axioma que dice que el hombre forma las situaciones, las dirige y las 
domina, en aquella época y circunstancias esta verdad fué palpable en nuestra patria. 
En todos los actos de nuestros preclaros predecesores dominaba prudente espectativa, 
circunspección, probidad acendrada y todas aquellas virtudes cívicas esenciales para 
salvar una crítica situación y para fundar un orden de cosas estable, basado en la justicia, 
fuente inagotable y eterna de la genuina libertad y del derecho. 

Saludemos entusiastas é inclinemos respetuosos nuestras frentes ante los vene- 
randos nombres de Mora, Lombardo, Peraltas, Rodríguez, Bonilla, Oreamuno, Ramírez, 
Gallegos, Barroeta, Osejo, Escalantes, Calvo, Pinto, Aguilar y Presbíteros Alvarado, 
Carrillo, Madriz, del Castillo, Alfaro, Castros y cien otros, cuyos hechos no debieran 
borrarse de nuestros patrios recuerdos, entre los cuales la propia modestia no puede 
hacerme incurrir en la injusticia de olvidar al autor de mis días, el elocuente y enardecido 
patriota Joaquín de Iglesias, alma que fué junto con el egregio José Santos Lombardo, de 
la primera Junta Gubernativa, del Muy Noble y Muy Leal Ayuntamiento de Cartago 
y de todos los Concejos y Asambleas, y á cuya experta pluma se deben muchos de los 
más notables documentos de aquella época memorable. Bendigamos, pues, la memoria 
de nut^stros ínclitos predecesores; imitemos sus públicas virtudes, y que el ejemplo de su 
patriótico civismo no sea un legado inútil, una enseñanza muerta, ni una lección relegada 
al olvido. 

Fueron nuestros ¡)adres los fundadores de esta República y de las patrias liber- 
tades, los Mentores de nuestra infancia política y los Ediles y Censores de nuestra inci- 
piente nacionalidad. Tan gloriosos títulos merecen que cada co.starricense les consagre 
una ara y un altar, en donde se les rinda perpetuo culto, no de estéril y vana admiración, 
sino de acendrado amor á la independencia y libertad que nos legaron; y en donde se 
les consagre igualmente el inquebrantable propósito de conservarlas incólumes contra 
los avances y contra los abusos del poder autoritario, bajo cualquier pretexto ó hipócrita 
forma que se encubran. En esas aras y en esos altares debe ante todo jurarse anatema y 
viril resistencia contra ominosas dictaduras, monstruoso engendro de la anarquía ó de 
híbridas ambiciones, lepra política, asoladora plaga social, oprobioso estigma de esclavi- 
tud, muerte moral del hombre y negro sudario con que bajan convulsas á sepultarse en 
el tenebroso báratro del despotismo, las glorias, los timbres históricos, el honor, las liber- 
tades, y á veces, aun la existencia misma de las naciones. 

San José, 15 de Septiembre de 1888. 



'Fraaciscc jyCaría iglesias 



58 



\ 




DE UX LIBRO I.XBDITO 

pur .Máximo Sütu Hall 

I 

Últimos años de vida colonial 



os veinte años de vida ciiloníal <iue á Costa Rica tocaron en esta 
centuria poco ofrecen que decir, á no ser lamentar el atraso y la 
pobrera de la provincia. Es cierto que los esfuerzos del (lolier- 
nador Acosta y del (¡obernador Avala, sobre todo del primero, 
algo lograron aliviar su situación y aun promover cierto atlelanto 
relativo v sólo apreciable comparándolo con épocas anteriores. 
Tan triste era la situación de este pedazo de América, que .\costa 
en una comunicación á la Corte, hablando sobre el comercio y 
dificultades para ejercerlo en la provincia de Co.sta Rica, dicer 
"pudiendo aseverar á V. M. que ninguna está más indigente en 
toda la monari[UÍa, pues a(|uí se ven gentes vestidas de corteza 
de árbol, y otras que para ir alguna vez á la iglesia, alquilan ó 
piden prestada la ropa que han de vestir;" y en otra parte se expresa así: "cree el 
Gobernador de Costa Rica que en pocos lugares podrá darse con más pro|>iedad entero 
cumplimiento á la soberana Real Orden sobre la pompa en los funerales y to«iues de cam- 
pana que en esta provincia, tanto por su situación loca!, que es lejos de todo el mundo, 
como su ningiín comercio, notoria y acreditada pobreza." 

]'or lo que hace al estado intelectual no era menos aflictivo. F.n .Majuela apenas 
se encontraban seis personas que supieran escribir y las ideas más absurdas eran genera- 
les. Kl cura de Boruca, Fray Juan de Dios Campos Diez, en 1804 instruyó causa contra 
dos hechiceras, manifestando que una de ellas poseía dos piedras redondas ( t ) del tama- 
ño de un peso fuerte, que cuando las soplaba respondían de cosas futuras. Kste mismo 




dl-L- 



mi fue ]¡i crnencia en 1-is fitdras dt nira 
en CoslH Kica lumaña superíiición. tn 1 
rnii boga enire los iodigenaí. para la li 
irin.— ,^n K. Fcrrai. 



siglo, y aquí M 



REVISTA 1)K COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



fraile dio un largo informe sobre los brujos de Boruca. Tales ideas han ido felizmente 
desapareciendo y hoy no quedan sino en un número reducido de gentes incultas. 

No es de extrañar este estado de atraso intelectual si se atiende á que — como 
dijo don Vicente Herrera — '*lejos, muy lejos estaba del pensamiento del Gobierno espa- 
ñol fundar una Universidad, un Colegio, un Instituto cualquiera de enseñanza en la 
entonces provincia de Costa Rica, casi desconocida entre los mil pueblos que el genio 
de Colón sacó del fondo délos mares. Muy escasas y malas escuelas, en donde apenas 
se enseñaba de memoria el Padie Ripalda, á mal leer y peor escribir; era el único campo 
asignado, y eso con parsimonia, á la inteligencia de la juventud. Los que para dedicarse 
á la carrera eclesiástica ó para adquirir otra profesión literaria, necesitaban más conoci- 
mientos, tenían que ocurrir á la Universidad de León ó de Guatemala, á costa de duros 
sacrificios, siendo una verdadera peregrinación el trasladarse á aquellas ciudades, no 
habiendo vías de comunicación, ni abundando las fortunas para proporcionar los recursos 
indispensables." ( i ) 

La esclavitud, por otra parte, era vergonzosa, siendo los negros tratados como 
animales, y no sólo ellos, pues como veremos más adelante, también á los niños en tutela 
se les daba igual tratamiento. 

Hasta en lo religioso, lo cual parece extraño, se hallaba abandonada Costa Rica, 
pues contribuyendo, casi con tanto como Nicaragua al sostenimiento de la mitra que 
correspondía á ambas, no disfrutaba de los beneficios de ésta: "durante treinta y cinco 
años, es decir, desde la visita del Obispo Tristán, hasta la que hizo el l)r. Fray Nicolás 
García Jerez — la cual sólo duró treinta días, — no había venido Obispo ninguno á Costa 
Rica;" y esto en aquellos días de exagerado fanatismo, ya puede comprenderse cuánto 
significaba. 

Ahora, si nos fijamos en las libertades públicas, no puede imaginarse mayor pre- 
sión y restringimiento. Para dar una idea de tan triste estado bastaría reproducir la 
célebre Real Cédula que se publicó en Cartago el 15 de Agosto de 1803. La dicha Real 
Cédula dice: "sujétese á la jurisdicción militar á los que conspiren contra la seguridad 
de una plaza, Comandante Militar de ella, oficiales y tropa; y á la jurisdicción ordinaria 
cuando sea contra sus Magistrados y mando político. Por tanto, ordeno y mando á todos 
los estantes y habitantes de esta provincia se abstengan totalmente de las conversaciones 
y expresiones que directa ó indirectamente se dirijan ó puedan causar en manera alguna 
las sediciones, conspirarioncs ó motines; y los que las oyeren ó supieren, y no lo delataren 
inmediatamente, tendrán entendido que incurren en la misma pena de horca que los 
motores, según el artículo 26 del Tratado octavo, Título décimo, délas Reales Orde- 
nanzas, que expresa por la conexión que éstas tienen en el asunto con el de la Real 
Cédula que lo motiva; y el delator tendrá por cierto que se le guardará secreto y se omi- 
tirá su nombre." 

Los indios estaban sujetos á penosa servidumbre, tanto es así, que los de Tres Ríos 
para pagar el tributo de 20 libras de pita y 2 de hilo morado que debían entregar anual- 
mente, tenían que ir á buscar estos productos más allá de M atina y de Boruca. En 1808 
el Gobernador Acosta dispuso que se les conmutara esta obligación mediante el pago de 
27 pesos en dinero al año. 

Mucho más podríamos agregar sobre la situación lamentable de Costa Rica 
durante esos primeros cuatro lustros de la centuria que está al terminar, pero para conocer 
esa éj)oca y sobre todo para saber lo poco de bueno (¡ue en ella se realizó, publicamos, 
en otro lugar, ligeras biografías de los tres Gobernadores que durante ese^lap.so de tiem- 
po ejercieron el mando en la provincia. 

(I) — Si en Guatemala y León, d principios del sijjlo. en México y Lima, Quito. Santa Fe, etc., se fundaron 
los rsfu.iios Nnnrrsaií's dí*sde los albores de \\. colonia, como en Buenos Aires, Montevideo, Santiago de Chile y 
la Habana á principios del siglo xviii. — J. F. F 



— 60 — 



I 





La Independencia 



el Niirtí; rwimJ i'l grito furmid.ible di- Wáshiiijíto: 
1 ^us cum patriotas pora la lucha por la independei 



rulo 



.b 



1 lihcr- 
tad. y rcpciidd por lus selvas americanas, llegó á tos oídos y 
tocó los coraiones de lodos los liíjos del nuevo Continente; y tan 
poderoso fué, ijuc atravesó las olas y llevó la chispa de la revo- 
lución á Francia, tierra de los grandes entusiasmos y de los 
ideales altÍsÍinos. 

l.os Estados Unidos del Norte, sejiarados de Inglaterra, y 

Francia, salvándose del antiguo yugo de opresoras monari-iulaa, 

eran ejcmpliH* dignos de imitar. E»paAa misma, sacudicnduse 

tion brfo indomahle de l¡is garras terribles de las águilas impe- 

e hal)ía paseado por Kuropa vencedoras el Corso sublime, daba una enseñanza 

lail á los oprimidos pueblos de América. 

ccciones fiíeron proicchosas y ira.scenden tales. Quito. Santa Fe y Cartagena 
a las primeras palpitaciones revolucionarías; la patria de Unlivar, como un 
soberbio reto á la Monartiufa Ibera, proclama au libertad; casi toda la Amt'rica del Sur 
arde en sagrado fuego; en Méjico pasaba lo mismo; Guatemala no podía permanecer 
indiferente, nicncts aún cuando contaba entre sus hijos con hombres de alma grande y 
generosa, ile extensos horizontes y de abnegación bastante para dejar la vida jmr salvar 
sus piincipios y asegurar el porvenir de U patria. No se arredraron ante las persecucio- 
nes; no temieron la ira de las masas que se a/uzaban contra ellos apnivcchando su fana- 

— 5l — 



más de libe 



se agitan c 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



tismo, so pretexto de que eran herejes, contrarios á la religión, alentadores contra sus 
misterios, devastadores de sus santos y enemigos del mismo Dios. Nada fué bastante á 
detenerlos en su noble y arriesgada empresa. El día 5 de Noviembre de 181 1, estalló 
una conspiración en San Salvador, encabezada, como en otra parte dijimos, por los curas 
don Matías Delgado y don Nicolás Aguilar, acompañados de varios seglares, entre 
quienes se encontraba el que con el tiempo debía ser primer Presidente de Centro Amé- 
rica, don Manuel José Arce. El plan consistía en apoderarse de tres mil fusiles nuevos 
que había en la Sala de Armas y más de doscientos mil pesos que se encontraban depo- 
sitados en las Arcas Reales, para dar, una vez con estos elementos, el grito de Indepen- 
dencia. El golpe no tuvo resultado, pues si bien contaban con algunos pueblos, la 
mayoría de los de la provincia permanecían fieles al Gobierno Español. 

Bustamante, el temible y celoso Bustamante, que funcionaba como Capitán General 
del Reino desde el 14 de Marzo del mismo año, desplegó todo el lujo de su crueldad 
contra los insurrectos; mandó al Coronel de milicias don José de Aycinena para que 
fuese á pacificar la provincia, con órdenes terminantes y enérgicas. Por su parte el Arzo- 
bispo Casaus y Torres, envió también á Fray José Mariano Vidaurrey á otros misioneros 
para que fueran á predicar contra los revoltosos. El poder civil y militar, y el poder 
religioso, cayeron sobre los valientes iniciadores de la gran causa, ca.stigándolos á su 
manera y con sus armas respectivas. A este movimiento siguieron dos más, uno en León 
y otro en Granada de Nicaragua, que tampoco tuvieron ningún resultado, aunque el 
segundo fué de bastante consideración. 

Con tales avisos Bustamante extremó su vigilancia y su rigor; sin embargo, los 
trabajos de los independientes continuaban. Las juntas de Bethlem, presididas por Fray 
Juan de la Concepción, y que gracias á un riguro.so secreto lograron guardarse ocultas 
por algún tiempo, eran un foco de organizaciones y trabajos que tenían que influir pode- 
rosamente en el porvenir. Las pesquisas del Capitán General llegaron al fin á descubrir 
el móvil de estas juntas, merced á los trabajos del Sargento Mayor don Antonio del 
Villar, quien se encargó de la instrucción de la causa contra los sospechosos, valiéndose 
para descubrir la verdad, de los más inhumanos procedimientos, y en conclusión, pi'lió 
enérgicamente que fueran condenados á garrote vil el Dr. Ruiz, Fray Víctor Castrillo, 
don José Francisco Barrundia y don Joacjuín Yúdice, en gracia de ser hidalgos, y á la 
horca. Fray Juan de la Concepción, don Manuel Julián 1 barra, don Andrés Dardón, 
Fray Manuel de San José y el indígena Manuel Tot; y á destierros y largos presidios 
otros presuntos reos. Debido á la influencia de personas principales, por dicha para unos 
y para otros, por haber logrado escapar y permanecer ocultos, no se cumplieron tan 
bárbaras sentencias. 

El año de 1818 sucedió en el mando al duro Bustamante, el blando y bondadoso 
don Carlos Urrutia que permitió algunas expansiones liberales, apareciendo por aquel 
tiempo los periódicos el Editor Constitucional y el Amigo de la Patria que se encargaron 
de propagar las ideas separatistas. La avanzada edad de Urrutia y su mala salud hicie- 
ron dos ai\os más tarde, que delegase el mando político y militar en el Subinspector 
General del Ejército don Gabino Gaínza, hombre de poco carácter y por lo mismo fácil 
de sugestionar. Los independientes, aprovechando estas condiciones, vencieron sus incer- 
tidumbres, haciéndole creer que sería el primer mandatario de la Nación libre. Así fué 
que llegado el 15 de Septiembre de 1821, en la junta que para tratar de las cuestiones 
de la Independencia se reunió en el Palacio del Gobierno, no puso resistencia á la idea 
de proclamarla, ni tuvo inconveniente en continuar al frente del país libre, como lo había 
estado bajo el dominio de España. 

Así nació nuestra independencia, sin batallas horribles, ni grandes odios, ni dolo- 
rosos extremecimientos. ¡Gloria á ese gran día! 

— 62 — 






WWWWé^W4 



III 



En Costa Rica 




...en <|üevivb Cosía Kica.poco 
teti) (iel inumio, fué moiivii suficie 
¡Ilación no entra-ien en ella, Kl m 



hem 



ic- para <|uc las 
■imierno evolu- 
tivo ,le la hiimanidad le era (lesronocido. Poros lil)ros y casi 
ninguna ¡njlilicación |)erióclica venían á manos ile sus habitantes, 
(|uc tamiiDco tran muchos los ijue sabían Iter. Kl año de 1777 
el Rey lie Kspaña mandó fundar una publicación semanal titu- 
lada "Agricultura y Artt-s," con d fin de propagar en América 

á la primera. I, os curas de C\iriayo, Curndalial, Tres Ríos, Villa 
Nueva. Itarlia, Villa Vieja. 'l".)l)osi. Pacaca y Ujarrás, obede- 
o á orden sii])erior, reci mi 'í miaron deslíe el púlpitii en 1801 el semanario á <jue nos 
is referido. Ks de suponer por lo tanto, (¡ue ésie sería uno de los pocos im])resos 
ircularon en la provincia; ¡irojiio para despertar en sus hijos ideas de trabajo y 
, mas no pensamientos de sedición y de libertad. 
Costa Rica vivió fiel á su Monarca, alegrándose y celebrando con entusiasmo los 
utos faustos para la madre ¡jalria. como la proclamación de Fernando VTl, v 
ira contra sus enemigos, como el iiitnisn Napoleón, que fué ijuemado en 
■iudad de Cartazo. 
l,os naturales y Nw españoles se entendían y vivían en paz, sin que tuvieran más 
desavenencia que la del (luanacastc en iSi i. hecho (|ue no obedeció á causas políticas. 
Kntre tanto la chispa revoliici<inaria ardía en las otras provincia.s, aun en Honduras, don- 
de en ?^nero de i8i2 hubo serio molín ¡irecursor, como los otrt 
aciuellos días, de nuestro desprendimiento de la Península. 

Costa Rica tuvo noticias de la independencia, cuando m 
no fué con()UÍstada, no fué tan calurosamente anhelada como e 
dice don Francisco M° Iglesias; — fué pura y simplemente aceptada con general bene- 
plácito, como se aceptan hechos consumados y acontecimientos naturales y necesarios." 

— 6 : — 



ardiei 
efigie 



(|ue tuvieron lugar en 

nos lo esperaba. "Ésta 
i puebloí 



REVISTA DE COSTA RICA 



El sábado 13 de Octubre la correspondencia que venía del Norte, trajo el manifiesto de 
Gaínza y un acuerdo de la Diputación Provincial de León. 

En el primer documento se hablaba de los móviles que dieron origen á la inde- 
pendencia y de la forma y manera como fué proclamada en Guatemala. El segundo docu- 
mento disponía que Nicaragua y Costa Rica quedasen independientes de Guatemala y 
también de España, hasta tanto que se aclarasen ¡os nublados del día. 

Leídos estos documentos en Cabildo abierto, convocado al efecto por el Gober- 
nador político y militar don Juan Manuel de Cañas, con asistencia del Ayuntamiento y 
de muchos personajes de alta jerarquía civil y militar, se resolvió, por el momento, suje- 
tarse á lo dispuesto por la Diputación Provincial de León. 

San José y Alajuela estaban por la independencia inmediata y absoluta de España; 
Heredia reconocía como legítima la Autoridad de la Diputación Provincial de León. 
Con tal motivo y para deliberar lo que convenía hacer, las dos primeras man laron sus 
delegados á Cartago y la última, impulsada por la necesidad, tuvo que hacerlo también. 

De esta reunión en que estaba representado todo el país, resultó que la in 1e- 
pendencia de la Península fuera definitivamente proclamada el 29 de Octubre de 1821, 
quedando el Gobernador que había sido por España, siempre al frente de la provincia, con 
el título de Jefe Político Patriótico. 

Para celebrar tan fausto y glorioso acontecimiento se acordaron tres días festivos, 
con iluminaciones y festejos como los que en aquel entonces se estilaban y que poco han 
variado en nuestros días, salvas, fuegos artificiales, repiques de campanas, paseos públi- 
cos, etc., etc. 

El acta levantada en aquel día dice así: 

"En la ciudad de Cartago á los veintinueve días del mes de Octubre de mil 
ochocientos veintiuno, con premisas de las plausibles noticias de haberse jurado la indepen- 
dencia, en la ciudad de México y en la provincia de Nicaragua, juntos en Cabildo extraor- 
dinario y abierto el muy Noble y Leal Ayuntamiento de esta ciudad, los Señores Vicario 
y Cura Rector, el Ministro de Hacienda Pública, innumerables personas de distinción y 
pueblo, se leyeron los oficios y bando del Señor Jefe Político Superior, Don Miguel Gon- 
zález Saravia, de 11 á 18 del corriente, en que conform.- al voto de los partidos de Nica- 
ragua se juró en León el día 1 1 del mismo, la independencia absoluta del Gobierno español 
y bajo el plan que adopte el Imperio Mexicano. Habiéndose leído también un manifiesto 
de Guatemala sobre el verdadero aspecto de su independencia, por unánime voto de todos 
los circunstantes se acordó: i" — Que se publique, proclame y jure solemnemente, el jueves 
i" de Noviembre, la independencia abs(»luta del Gobierno español; 2" — Que absolutamente 
se observarán la Constitución y leyes que promulgue el Imperio Mexicano, en el firme con- 
cepto de que en la adopción de este plan, consiste la felicidad y verdaderos intereses 
de est is provincias; 3" — Que se proceda inmediatamente á recibir el juramento correspon- 
diente al Señor Jefe Político Subalterno, al muy Noble y Leal Ayuntamiento, al citado 
Señor V'icario I). Pedro Alvarado v Cura Rector, v al Ministro de Hacienda Púbhca 
D. Manuel García Escalante, y según el artículo i", á toda Autoridad; 4" — Que este acuer- 
do con inserción de los artículos del bando del Señor Jefe Político Superior, se publique 
por bando; 5" — Inmediatamente prestó el Señor Jefe Político Subalterno, juramento en 
manos del Señor Alcalde 1" y el muy Noble Ayuntamiento, Vicario Eclesiástico, Cura 
Rector, Eclesiásticos presentes y Teniente de Hacienda, en manos del citado Señor Jefe. 
Lo firmaron los Señores abajo suscritos, ante mí, el infrascrito Secretario, lo que certifico. 
— Juan Manuel de Cañas. — Pedro José Alvarado. — José Joaquín Alvarado. — Santiago 
Bonilla. — José Mercedes Peralta. — Manuel García Escalante. — José Santos Lombardo. — 
Rafael Erancisco Osejo, Legado por Ujarrás. — Gregorio José Ramírez, Legado por Ala- 
juela. — Juan de los Santos Madriz, Legado por San José. — Cipriano Pérez, Legado por 



64 - 



KN El. sic.i.o xrx 

Heredia. — Bernardo Rodriguen, Legado por Barba, — Nicolás Carazo. — Manuel de la 
Torre. — Joaquín Oreamuno. — Salvador Oreatnuno.—» Pedro José Carazo. — Manuel José 
de Bonilla. — Narciso Ksquivel. — Francisco Sáenz. — Félix Oriamuno. — José María de 
Peralta. — Manuel María de Peralla. — Tranquilino de Bonilla. — Vicente Fábrega, como 
Delegado de los Ayuniamientos de Bagares — Miguel de Bonilla. — Joaquín Carazo, 
Secretario de Cabildo. 

Lástima grande que este acto glorioso haya tenido la sombra de que Cosía Rica, 
aunque accidentalmenie, se uniese al Imperio Mejicano, Tal decisión es, sin embargo, 
muy perdonable, si se atiende al estado de vacilaciones ¿ inccrtiUumbrcs, consiguientes 
á los primeros momenlos que siguieron á un poso tan trascendental, como era el des- 
prendimiento de la madre patria. 




rite «ük. 




IV 



Costa Rica Estado y Costa Rica República 







íSTA Rica puede decirse que nació con la Independencia. Ya 
hemos visto el triste estado en que vivió durante la colonia, lo 
cual demuestra que este país, cuanto es, se lo debe á sí mismo. 
La índole parifica de sus habitantes, el amor al trabajo y su 
car.icler sesudo y reflexivo tenían que dar lugar á la siembra de 
una simiente más valiosa mil veces que la del café: la simiente 
del progreso, que ha dado opimos frutos. Como águila prisionera, 
á la que se abren los duros hierros de su jaula y emprende el 
vuelo libre y gentil por los espacios, así Costa Rica, después de 
separada de España, comenzó á buscar y recorrer más extensos 
horizontes. I-entos pero seguros fueron sus primeros pasos; 
;na ile confianza y con toda la fuerza de su juventud y la fe de su virginidad, 
se arrojó en brazos de la civilización tratando de abarcar cuanto más le fuera posible. 

Mientras los otros Kstados de la Federación gastaban sus energías en luchas 
fratricidas, de origen personal y no patriótico, ella araba bus campos para prepararlos al 
cultivo; afanábase por organizar la Instrucción Pública, para cultivar el campo ile la 
inteligencia: dictaba leyes, para asegurar la tranquilidad. Formaba y no formaba parte 
de Centro América; su participación era puramente moral. Como si fuera nación libre, 
trabajaba para sí, ajena á las luchas y desavenencias de sus hermanas. 

Así llegó hasta 1838. El 5 de Noviembre de este año. Honduras resolvió se|)a- 
rarse de la Federación, y el 14 hizo lo mismo Costa Rica. Con tal motivo un Decreto de 
21 de Abril de 1840 dispuso el cambio de escudo y de pabellón. El escudo contenía una 
estrella en medio. Refiriéndose á eso fué que exclamó Carrillo, hablando al pueblo: "Fuera 

-67 - 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



ya esos volcanes, símbolos de la anarquía y de la destrucción política de Centro América: 
aparezca en el horizonte esa estrella radiante que ha de guiar la marcha política de los 
Estados." Frase tal vez un poco dura, pero significativa, pues la estrella á que se refiere 
no es, sin duda, la que representaba á Costa Rica, sino al astro de la libertad, simbolizado 
así en el escudo de la patria. 

Desde esta época puede asegurarse que la unión de Centro América quedó defi- 
nitivamente rota. Los esfuerzos del General Morazán hechos en 1842, no dieron resul- 
tado, subsistiendo la hermosa idea en realizable perspectiva. Se esperaba un momento 
oportuno, nada más, para reanudar los lazos de unión. Ese momento no llegó, y al fin en 
1848 quedó la vieja Federación sustituida por cinco Repúblicas independientes. En esta 
época y por decreto de 29 de Septiembre se ordenó un nuevo cambio de pabellón y 
escudo, que no son otros que los que hoy tenemos: el pabellón compuesto por una franja 
roja en medio.de dos blancas, á las cuales á su vez encierran dos azules; el escudo, tres 
volcanes y un extenso valle entre dos océanos, navegando en cada uno de éstos un buque 
mercante. Al extremo izquierdo de la línea superior que marca el horizonte, un sol 
naciente. Cierran el escudo dos palmas de mirto medio cubiertas con un listón ancho 
que las une, el cual es blanco y contiene en letras de oro esta leyenda: República de 
Costa Rica. El campo que queda entre la cima de los volcanes y las palmas de mirto 
lo ocupan cinco estrellas de igual magnitud y colocadas en figura de arco, simbolizando 
los cinco Departamentos de la República. El remate del escudo es un listón azul, enla- 
zado en forma de corona, en el que se lee, escrito con letras de plata: America Centra/, 
En este mismo Decreto se ordenó el troquel con que debía sellarse la moneda. El pabellón 
fué enarbolado por vez primera el 12 de Nm^iembre de 1848 en la Plaza Mayor. Para 
celebrar tal acontecimiento se saludó el día con dianas y salvas de artillería. 

Costa Rica separada de Centro América, con esa fuerza y resolución que da el 
convencimiento de no poder recurrir más que á las propias fuerzas, prosiguió con más 
firmeza y mayor celeridad por la senda de adelantos emprendida. En lo material y en lo 
moral se hicieron grandes conquistas. Colegios, Universidad, Protomedicato, periódicos 
de varias especies, libros, maestros venidos del exterior, todos los elementos con que .se 
nutre la vida intelectual de los pueblos, se trató de tenerlos en el país, y para embellecer 
sus ciudades se levantó el primer teatro; se construyeron templos, edificios públicos, ele- 
gantes casas particulares en todas partes, y á fin de facilitar el tráfico y las comunicacio- 
nes, se hicieron caminos, se tendieron puentes, se organizó el correo; más tarde el telé- 
grafo y el ferrocarril vinieron á rematar la obra de unión en la República y á acortar la 
distancia con el extranjero; y más todavía, como si sólo faltara al país hacer un sacrificio 
en el altar de la patria y regar con sangre el ara de los grandes ideales, se presentó la 
guerra contra los filibusteros, que hizo resplandecer las bayonetas en el ataque de Santa 
Rosa y fulgurar la tea incendiaria frente al mesón de Rivas. 

Costa Rica ha cumplido su misión en los setenta y nueve años de vida libre con 
que cuenta. Parte de esa honra corresponde á sus gobernantes, de quienes á continuación 
publicamos ligeros apuntes biográficos. 

Antes de concluir queremos consignar un dato que eleva altamente el país y que 
acaso no haya otro en Hispano América, que pueda envanecerse con igual gloria. Desde 
la Independencia hasta terminar el siglo, sólo han subido al patíbulo, por causas políticas, 
quince individuos, y eso en momentos anormales de revolución y de trastorno. 



I}yL. Seto 3{all 



— 68 — 



CUADROS 



DE 



g@ST@^BRES 




eñor Secretario ^e fa (©orT|¡xí^¡óa (^oamennoraf¡>9a 

c}e (^oAta í^íea en ef Aigfo Xl\ 



'enor: 

Llamado por acuerdo de esa Junta á colaborar en la tarea lauda- 
ble de escribir una revista conmemorativa de Costa Rica en el siglo xix, 
y designada para mí la sección de costumbres, cumplo mi cometido 
presentando unos cuantos cuadros históricodescriptivos que reflejan, á 
mi ver, los rasgos más salientes de nuestra vida social. 

Mi humildísimo trabajo quedaría ampliamente recompensado s¡ 
él pudiera contribuir á levantar los desfallecidos ánimos de quienes 
tocados de yanquismo, desconfían de la capacidad de nuestra raza para 
las lides del progreso humano y buscan, bañada su frente con sudores 
de mortal angustia, la regeneración y la vida, allí mismo donde habrían 
de encontrar ignominiosa muerte. 

Somos capaces de mejora. No es preciso decir: go ahead! ^ para 
que ruede el carro del progreso. Así lo testifica la evolución de nues- 
tras costumbres en el siglo xix, miradas en conjunto; aunque sí debe- 
mos confesar que en algunas hemos perdido la candida sencillez, la 
temperancia, la moderación, la hombría de bien y la fe cristiana que 

llenaban de fragancia los domésticos hogares de otro tiempo. 

Para celebrar nuestros triunfos y para lamentar nuestras derro- 
tas, han sido escritos los siguientes cuadros de nuestras costumbres. 

Nuestros triunfos son mayores que nuestras derrotas. Hemos 
progresado. Podemos, pues, gritar con entusiasmo: adelante! 

S. A. S. 



Manuel J. Jiménez 



— 71 



L^^^S** 




CÜAO-ROS DE COSTUMB-RES 



La alborada del siglo XIX en Costa Rica 



1 social «le Kuropa y América efectuada en este 
si);I» dimana de la:i ideas ñlosúñcas enunciadas en el siglo xviii. 
De las fraguas que encendieron ios enciclopedistas, saltaron tas 
chispas que propagaron el incendio en cuya combustión se consu- 
mieron la majestad del trono, los fueros de la nobleza, los privi- 
legios del clero y otras muchas iniquidades pob'tico sociales que 
señoreaban entonces por el munilo. 

Los derechos del hombre fueron proclamados y defendidos 
por I'Yancia, A eí;a nación tocó el nobilísimo encargo de esparcir 
la buena nueva de la democracia, ora con la doctrina de sus 
sabios, ora con la impetuosa voz de sus tribunos, ora con las armas 
lie sus guerreros invencibles, 
carrera de los tiempos apareció el siglo xt\, trescientos mil soldados 
i: Honaparte para desquiciar Tortísimos imperios, asombrando, conmo- 
modificando el mundo entero. 
No se libró Hspaña de a<]uella conflagración europea ni se escapó de ai{uella tc- 
generación universal: !as águilas imperiales cruzaron por su territorio llevando el rayo de 
la revolución. Kse mismo rayo iluminó poro después los oscuros horizontes de Hispano 
América. La revolución cundió por todas las colonias españolas, inclusive Costa Rica. Pero 
durante la alborada del siglo \í\, no sospechaba esta provincia la inminencia de tan graves 
y trasiendentalcs sucesos, sino (|ue. por el contrario, asida al manto de los reyes, pensaba 
atravesar la deshecha tempestad cuyos estruendos llegaban confusamente á su noticia. 




— 73 — 



lO 



REVISTA DE COSTA RICA 



No podía ser de otra manera. Esta colonia cruzólos dinteles del siglo xix tal cual 
había salido de las manos de sus fundadores: pobre é ignorante. Entraba cubierta de in- 
digencia á los tiempos consagrados al dinero; llegaba al siglo de las luces sumida en la 
ignorancia; y sin cultura intelectual no se pueden divisar los caminos del progreso, así 
como tampoco se pueden adquirir sus dones sin riqueza. Por eso Costa Rica permanecía 
estacionaria. 

Pasaban á la vista de Cartago unas en pos de otras las generaciones de los hom- 
bres; se hundían los años unos detrás de otros en los abismos del tiempo; pero la índole 
de los sucesos (\ue acaecían en la ciudad, permanecía inconmovible, asentada en la ruti- 
na. Eran distintos los actores, pero siempre, por costumbre inmemorial, idéntica la acción. 

Por costumbre inmemorial éramos pobres, tan pobres que toda ponderación es poca: 
"Pudiendo aseverar, -dice un informe oficial de los primeros años de este siglo,- que nin- 
guna provincia está más indigente en toda la Monarquía, pues aquí se ven gentes vestidas 
de corteza de árboles, otras que su cama consiste en un cuero y otras que para ir alguna 
vez á la iglesia, alquilan ó piden prestada la ropa que han de vestir." (Informe del Go- 
bernador Acosta.) 

Y también por costumbre inmemorial éramos ignorantes. Los documentos de ese 
tiempo no dejan á ese respecto duda alguna. El cuadro de nuestra cultura en los albores 
del siglo no puede ser más desconsolador. El Gobernador Acosta es (juien lo pinta. Helo 
aquí: ". . . . Generalmente hablando, las gentes de la Villa Vieja de Heredia son laboriosas, 
de arreglada conducta y dócil índole y viven en paz y armonía; pero no así en esta ciu- 
dad de Cartago, donde la emulación, el odio, el ocio y la cavilosidad parece que son 
su patrimonio." 

**En cuanto á nombrar alcaldes- continúa -no es conveniente, porque entre los 
vecinos de Villa Vieja de Heredia no hay seis en quienes concurra el talento é instruc- 
ción necesarios para el desempeño, pues, á la verdad, que la mayor parte de aquéllos 
que por su calidad pudieran obtener este empleo, apenas saben firmar. ..." 

" En todo el territorio de I.a Alajurla apenas se encuentran seis sujetos que 

sepan escribir y tres aptos para desempeñar el empleo de Teniente de Gobernador, pues 
aunque ellos hagan materialmente renglones, es trabajosa su explicación no menos que 
su comprensión " 

** Siendo público y notorio en esta provincia y fuera de ella los escándalos 

y libertinaje de algunos vecinos y moradores de dicha Villa Nueva de San José " 

Sus costumbres, pues, tenían (jue amoldarse al medio ambiente en que vivían. 

Cincuenta mil vasallos de Carlos IV, repartidos entre Cartago, Villa Nueva, Villa 
Vieja, Villa Hermosa, Esparza, Bagaces, Escazú, U jarras, Matina, Tucurrique, Orosi, 
Cot, Quircot, Tobosi, Curridabat, Barba y Aserrí, pedían á Diosen el año de 1800, no que 
conjurase el incendio de los enciclopedistas, porque ellos no lo veían, sino que aplacase 
sus iras, manifiestas en las nubes de langostas (•) que habían caído por los campos de las 
villas; en los recios huracanes que estaban arrasando las plantaciones de Matina; en la 
hormiga, ratón y ardilla que devoraban las mieses del verano, y en el gusano, chapulín 
y candelilla que aniquilaban /<fs siembros del invierno; pues eran entonces estos subditos 
pobres de espíritu y ricos de fe. 

Invariablemente ellos pedían en tales tribulaciones el amparo celestial, y confor- 
tados con sus plegarias, acompañadas de un cabo de candela á las ánimas, de un padre- 
nuestro á San Isidro ó de una misa de rogación, reposaban tranquilos en seguida, con- 
fiando á la Divina Providencia sus haberes. Y en efecto, á ellos sí los oyó el Cielo, porque 



C) TrüiMilaciis tlux. 

— 74 — 



EN EL SIGLO XIX 



les concedió en clon Tomás de Acosta un mandatario justo, probo y progresista que solí- 
cito cuidase de todos sus intereses. 

De veras, (jue pocos gí)bernantes ha tenido Costa Rica tan dignos de respeto como 
el señor Acosta: su afán por el bien i)úbl¡co le recomienda; su constante devoción por el 
incremento de la agricultura le enaltece y el bando de buen gobierno (|ue promulgó, 
declarando libres de derechos las nuevas plantaciones que se hicieran de añil, algodón, 
cacao y café, le singulariza honrosamente, porque algunos de nuestros jefes, perdidos en el 
laberinto de discutibles progresos, han olvidado (jue la agricultura es en Costa Rica la 
única fuente de riqueza i)ública. 

Laudables son, en verdad, esos afanes del señor Acosta, y sin embargo, no son 
ellos los (jue hacen perdurable su memoria: es el espíritu profético (jue le animó á implan- 
tar en nuestro suelo un cultivo con el cual hemos podido alcanzar la estatura (]ue hoy 
tenemos. Don Tomás Acosta ha pasado á la posteridad llevando en sus manos las pri- 
meras semillas de café que germinaron en Costa Rica, ponjue él las importó. 

Trabajaba, pues, en beneficio de la ijosteridad, ya que no podía, por la limitación 
de sus facultades administrativas, trocar desde luego en íloreciente la triste situación de 
sus contemporáneos. 

Triste situación aquélla en (jue sin agricultura, ni comercio, ni estímulos j)ara el 
trabajo, conformaban los costarricenses sus costumbres j)ara el ocio y la rutina, y en que 
sin escuelas, ni colegio.s, ni estímulos para el saber, adiestraban su espíritu sólo para la 
intriga y el litigio. 

Y no es que exageremos acjuel aira.so á fin de que resalte más vivamente la meta- 
morfosis de Costa Rica, ponjue íihí están los documentos auténticos que dicen con fecha 
de 1803 lo siguiente: 

*• No se acostumbra aquí el arado, ni otros utensilios para la labor del campo 

que hacha, machete, macana y pala, ésta de madera, que ellos mismos hacen " 

"De lo dicho se deduce que así por la pobreza de esta provincia, como por su ningún 
comercio, no se hacen ni pueden hacerse abundantes siembras de los frutos de que es 
susceptible, porque el labrador, el artesano, el comerciante, el noble y el plebeyo, todos 

hacen sementeras de lo (jue han menester para el sustento de sus familias " 

((iobr. Acosta). 

** Ptíro nada de esto es bastante para nivelarse esta provincia y sacarla del 

mísero estado á que está retlucida y que reclama ya con urgencia. ..." (Téllez). 

Esa era, i)ues, la situación de Costa Rica. Cuando el fecundo sol del siglo xix co- 
menzó su carrera ¡lor el mundo y á pesar de la esplendidez de su fulgor, atjuí los costarri- 
censes permanecían á media luz: tan densas y tan negras eran las sombras que cubrían 
los patrios horizontes. 

La alborada del siglo xix en Costa Rica 'fué como el amanecer de un día de 
temporal. 



— 75 





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II 

Antaño 



( los nños primeros de este siglo vivía en Cartago doña María 
Bolívar, señora buena cristiana, de cuna noble, caudal modes- 
to y luenga vida, testificando con sus años el buen clima de la 
ciudad, con sus bienes el trabajo de su difunto marido, con su 
cuna el auge de sus mayores y con su piedad el fervor religioso 
de su tiempo. 

Vivía en una casa modesta y en un hogar apacible. I, a 
estructurn material de su vivienda, así como la disposición y régi- 
Iiogar, eran poco masó menos los mismos que usaban 
idos los vecinos de Cartago, A este respecto era la 
o sigue: en la esquina de un solar de cincuenta varas 
levantaban una casa de horcones y bahareíjues, gran- 
laba de musgos y siemprevivas y á la cual sólo se en- 
xpugnable que quedaba frente al patio, 
.claustrado por todos sus costados, crecían con fnucha lozanía la 
Ido, un manchón de yerbabuena y una mata de borraja. 
supuesto, sencillísima: toscos escaños de madera por los lados; el es- 
la, para los trabajos de costura de la esposa y de las niñas; en las pa- 
; much()s santfw pintados en metal: á la calle una ventana, defendida 
por torneadas rejas de madera y velada, por la falta de cri.-itales, con una tela trasparente 
de algodón, que evitaba las miradas indiscretas de las niñas y también el soplo frío del 
vendaba!, y hacia arriba la visible techumbre de la casa, con sus piezas de cedro inco- 
rruptible. 

ilucho aire en los cuartos de dormir, nada de ocres, ni pinturas, ni alfombra-s, ni 
lujosos nidos de microbios: la cal y el viento repartiendo la salud por todas partes. Allí 
.se acomodaban fornidas cujas de madera, llamadas unas de labias y otras de viento. So- 
bre los cuatro parales de las cujas asentaban los bastidi>res para que sirviesen á un tiem- 
po mismo de juntura y armazón. Kl vestido ó pabellón de las cujas era por lo común de 
género de ruán (*) adornado con encajes y farfalao, y constaba de tres piezas: cielo, cor- 




n cuadre 



de, chata y fea, qui 
traba por un portór 



trado en 
redes los 



luego SI 



e koiKIl. 



REVISTA DE COSTA RICA 



tinas y rodapié. El cielo cubría los bastidores defendiendo el lecho del sereno, malos 
vientos y sabandijas; las cortinas, prendidas de los parales, daban vuelta á la redonda 
para que nadie mirase al interior, salvo casos extraordinarios en los cuales, recogidas en 
sendos ganchos de plata ponían de manifiesto el ajuar interno de la cuja, conviene á sa- 
ber: estera de venas de plátano, colchón de junco de Coris, petate de Masaya, cobo, col- 
cha y almohada; y por últimí), hacia abajo colgaba el rodapié, para ocultar, aun abiertas 
las cortinas, las costras del guacal y los tufos ingratos del bacín. 

En la alcoba nada de espejos, para evitar cjue se envaneciesen las doncellas pren- 
dadas de su hermosura; por lo cual la imprudente joven que quería seguir las huellas de 
Narciso, tenía para ello (jue mirarse, puesta de bruces, en un lebrillo de aguas j)uras. 

El menaje del comedor guardaba perfecta simetría con todos los muebles de la 
casa; una mesa de cedro, dos bancas ordinarias, un cajón con cerradura, una tabla de 

« 

mantel, cuatro servilletas chocolateras, dos platos de china, un jarro de lo mismo, doce 
escudillas del Tejar, seis jicaras de Matina, un salero de tres picos, una mancerina de 
plata y un cubierto para el cabeza de la casa, porque los demás comensales para hacer 
diariamente por la vida, acudían á los índices y pulgares de sus manos ó cuando más á 
las cucharas. 

La cocina, convertida casi siempre en un humero, la construían aparte de la 
casa, amplia y ventosa, con buen f<^gón áit finamiistcs y horno grande para el amasijo. 

Y pí)r último, completaban los compartimientos de todas las casas, el trascorral 
para los animales y el .solar para la huerta. 

¡Cuan diferente era, pues, el mezquino comfort de aíjuellas casas con respecto á las 
actuales y cuan diferente también el gobierno y dirección de las familias! 

El orden y concierto que reinaban en aíjuellos domésticos hogares, trascendía de 
la ciudad á las villas y á los campos, difundiendo en nuestro pueblo los sentimientos de 
moralidad y de trabajo (jue, aunque mermados por la licencia moderna, perduran todavía. 

No (juiere decir esto cjue en los tiempos de antaño fuera Costa Rica una mansión 
paradisíaca endonde nadie infringiese los preceptos de la moral, sino que esos j)recep- 
tos regían en la inmensa mayoría de sus habitantes, de tal modo (jue cuando se presenta- 
ban las excepciones protestaba inflexible la sociedad. 

Recordemos algunos ejemplares. Veamos un j)ecado venial, pecado venial de 
nuestros tiempos. 

Las gracias de una mulata de Villa Nueva traían á don Juan Antonio Sáenz con 
h)S cascos á la gineta sin que nadie, con advertencias y consejos, lo pudiese remediar. 

El amartelado galán pensaba que estaba viviendo en los fines de este siglo, cuando, 
en verdad, apenas estaba en los Cí)mienz()s, y de este error en cjue incurría tomaba alien- 
tos para vivir como moro sin .señor; pero el Teniente de Villa Nueva, don Tomás Alva- 
rado, le vino á sacar de tal engaño danrlo parte del .suceso al señor (iobernador en los 
términos siguientes: 

'* Habiéndoseme denunciado varias veces el amancebamiento en que vivía don 
Juan Antonio Sáenz, viudo, de este vecindario, con una mulata llamada Lorenza LTmaña, 
y que esta mala versación ya era vieja, sin que se hubiese podido impedir por mi antece- 
sor y pretéritos alcaldes, ponjue el Sáenz la tuvo oculta mucho tiempo en la jurisdicción 
de Villa Vieja, he tenido á bien mandar traer la citada moza y ponerla en casa de una 
señora de mi satisñicción para que la sujeta.se; mas habiendo saltado anoche esta citada 
las trancas del recogimiento en (jue la tenían y descubriéndose que había sido por in.siinto 
del don Juan Antonio, su mancebo, la tengo en mejor seguridad, para que determine 
Vuestra Señoría lo (jue se debe ejecutar en el particular. ..." 

Dejemos á don Juan Antonio en sus apuros, y veamos ahora un pecado algo más 
grave. 

- 78 - 



EN EL SIGLO XIX 



Luis Carranza, vecino de la Villa Hermosa de Alajuela, vivía, allá por los años de 
1811, como Dios lo manda, salvo en algunos censurables intervalos de notoria intempe- 
rancia. Hombre de cincuenta años, padre de familia, laborioso y buena paga, hubiera sido 
un ^'^í7////^>//í7/ estimable en la Villa, así por esas prendas, como por el porte que le daban 
una caballería de tierra en Poás, un cerco de piñuela en Río Segundo y una muía dos 
pelos pasitrotera, si su carácter duro, desabrido, violento y mal educado no le hubiera 
hecho aborrecible. 

Cuando se trataba de labrar la tierra en Poás, níidie le igualaba en fuerza y en 
destreza; pero cuando andaba con ,i:;ií(Jn), nadie le ganaba á mal criado. De ello queda 
un recuerdo en los Archivos. Helo aijuí. 

Tenía un asunto pendiente en la Curia (jue le traía muy iníjuieto, por lo cual el 
día 13 de Julio de dicho año, llamó á su hijo mayor y le dijo: — ''Hombre, Jo.<ié, ensíllame 
la dos pelos, me voy para Cartago; quiero saber cómo está eso del Vicario. — Pero tata, 
repuso José, es mejor (jue no vaya; usted de todo se anda calentando, y va y le sucede 
algo. — Qué te estás pensando (jue yo por ser del estado llano, no he de poder alegar con 
buenas palabras; anda, trae la muía y alistame las alforjas." 

Dicho y hecho: Luis Carranza salió de Alajuela y pernoctó en la casa de un com- 
padre, vecino del Murciélago; prosiguió al día siguiente su carrera, pasó por San José, no 
pudo resistir allí la tentación de un estan(|u¡¡lo, compró una limeta de aguardiente y por 
todo el camino real vino haciendo libaciones. 

Llegó á la casa del Vicario, amarró la muía y se metió en la sala, con alforjas, es- 
puelas y guanlamonte; sólo el sombrero se (juitó. 

La conversación que tuvo allí el mentado Luis Carranza la sostuvo como lo tenía 
de uso y costumbre, con muy mala crianza, por lo cual el ofendido Examinador Sino- 
dal, Notario Revisor y E.xpurgador de libros del Santo Oficio de la Inquisición, Cura por 
presentación del señor Vice Patrono Real de la Rectoral de esta Ciudad y Vicario 
Foráneo en ésta de Costa Rica, incontinenti dio la queja y pidió auxilio á la justicia 
para que le fuese á sacar de su casa a(iuel patán, que ya le había faltado al respeto é 
insultado. 

El señor don Juan Francisco de Bonilla, Coronel de este Batallón y Alcalde ordi- 
nario de primera nominación, en el acto mandó un celador para (jue metiese en la 
cárcel á Carranza. Llegó el celador á casa del Vicario y sacó de un brazo al incivil, pero 
ya en la calle éste le rogó á aquél (jue le trajese de la sala sus alforjas. Entróse el celador, 
y Luis Carranza de un sallo montó en la muía y no paró hasta llegar en carrera abierta 
al asilo de la Iglesia de los Angeles, creyendo (jue se iba á librar de la Justicia por ser ese 
lugar sagrado é inviolable. 

Pero el Coronel no era hombre á ([uicn se le cerraban los caminos, y en seguida 
tomó la i)luma y escribió de esta manera: 

"... -Por cuanto en virtud de (jueja verbal (pie me puso el día de hí)y el señor 
Vicario don Rafael José de la Rosa contra Luis Carranza por haberle éste faltado al 
respeto con motivo de estar ebrio, con cuyo conocimiento mandé llevarle preso con la 
custodia correspondiente, de la (pie burlándose, como tiene de costumbre, se ha refugiado 
en la Iglesia de Nuestra Señora de los Angeles, con el fin, sin duda, de hacer fuga para 
que queden impunes sus atentados, por lo (lue debo de mandar y mando (jue, para ex- 
traerlo de sagrado y ponerlo con la correspondiente segundad, se j)aseel debido oficio á 
dicho señor Vicario para que lo mande entregar. ..." 

Por supuesto, el padre Rafael, (jue estaba resollando por la herida, en el momento 
puso el ''Cúmplase lo mandado por S. S." y encargó al Sacristán Mayor para que fuese 
á hacer la entrega, bien entendido de que debía exigir del Coronel la caución jurada 
de (pie á Luis Carranza no le había de resultar pena de sangre ni mutilación de miembros. 

— 79 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



En efecto, llenados estos requisitos, tomó el Sacristán al reo y lo entregó á la Justicia 
Real que lo esperaba, ocho varas fuera del cementerio, con un Coronel, un Sargento, un 
cabo y ocho soldados, para lleva rio, no á la cárcel insegura, sino al cuartel. 

Hecho esto dijo el Coronel: — '*á levantar el proceso;" y vengan autos llanos é 
interlocutorios y definitivos; y vengan notificaciones y reconocimientos y declaraciones, y 
cuando ya el expediente tuvo buen volumen, pasaron las diligencias á voto consultivo 
del Licenciado don Rafael Barroeta, quien ducho en el estudio de expedientes se fué 
derecho al grano, la declaración del reo: "Preguntado cómo estando prohibida con graves 
penas por repetidos bandos la embriaguez, ha contravenido el declarante á este precepto 
muchas veces, contestó: que es cierto que otras ha sido castigado por la embriaguez, 
pero que ésta no se la causa el exceso con que bebe, sino cualesquier traguito que i<>me ..." 

— ;Cual(|uier traguitol — refunfuñó el abogado en su bufete: — hay que aplicarle las 
penales; y de acuerdo con su dictamen sentenció el Alcalde y pasó don Santos Lombardo 
á notificar personalmente la sentencia. 

— Venga el reo, y vino el reo; y el Escribano leyó así: "... .dijo Su Señoría que 
mediante á la inmunidad (jue goza el reo, contenido en estos autos, Luis Carranza, !e 
debía de condenar y condena ádiez días de prisión. ..." Carranza no pudo contenerse é 
interrumpió la lectura diciendo: ; Diez días! Pero aquella interrupción no fué causada 
por dolor sino por alegría de Carranza, porque de pronto sacó la cuenta y dijo para sí: 
diez días de prisión equivalen á diez reales, puesto que un real ganan los peones cada 
día, luego por esa bagatela he comprado el gusto de decir al padre Rosa cuatro verbos. 

— jSilencio! — gruñó don Santos, y prosiguió leyendo: " de condenar y condena 

á diez días de prisión, á más de la (jue ha sufrido, y á la satisfacción de las costas causa- 
das. . .." Ahí sí que arrugó la cara Carranza. — ¡Las costas! — murmuró tristemente, como 
si dijera: ¡me arrancaron el cerco de piñuela; ahora sí que se llevaron la dos pelos! 

— ¿Cuántas serán las costas? — preguntó humildemente, y don Sanios, con un color 
que se le iba y otro (|ue se le venía, dijo las siguientes: 

Por cinco autos llanos á cuatro reales $ 2.4 

„ otro id. interlocutorio 0.6 

,, ,, ,, definitivo i.o 

,, dos notificaciones á cuatro reales 1.0 

,, ílos diligencias 0.4 

,, un reconocimiento 0.4 

,, una caución 0.4 

,, un exhorto 2.0 

,, la extracción. i.o 

,, la declaración del preso 2.0 

,, un certifico i.o 

„ cinco pliegos de papel 0.2} 

„ diez firmas á real " 1.2 

,, el prest de la guardia 2.7 

„ la asistencia del Juez á la declaración. . 2.0 

,, la (jue dio á la prisión i.o 

„ honorario al J uzgado eclesiástico 2.0 

tres autos 1.7 



'f 



„ una diligencia 0.2 

,, la entrega del reo i.o 

,, esta tasación 0.4 



— 80 — 



EN EL SICiLO XIX 



Según parecc-agregó,- importa el total veinte y cinco pesos seis reales y medio. 

El reo volviendo en sí, después de aquel salterio, dijo: — Está muy bien, antes de 
tres días exhibiré los veinte y cinco pesos de las costas. 

Tomando por unidad el precio de los jornales, hoy le habría costado á Carranza 
su soca unos doscientos cincuenta colones: decimos mal, i)()r(|ue hoy tan solí) aplican 
cinco con seis por una turca. 

Veamos ahora un pecado mortal de cualquier tiempo. 

Ramón Mora, gamonal conspicuo del pueblo de Escasii, y .Vntonio de la Trini- 
dad Chavarría, mozo de veinte años y del mismo vecindario, alhí por los años de 1799, 
habían turbado sus relaciones, sin reparar en los vínculos (jue los unían, pues Chavarría 
se había criado en la casa de Mora recibiendo beneficios; y todo el enredo j)rovcnía de 
un cierto potro (¡ue la madre de Trinidad le disputaba á Mora. El gamonal por fin con- 
vino en devolver el potro, i)ara lo cual, el día diez de Junio de dicho año, ambos salie- 
ron de Escasú con dirección á Chucas, en donde Mora tenía su hato de ganado. Llega- 
ron, la casa estaba sin gente, se cruzaron algunas malas razones, y de una sola puñalada 
cayó muerto el vecino Ramón Mora. No paró en esto el criminal: tomó el cadáver, 
púsolo en la cama, sacó fuera la ropa (|ue encontró y completando su b.írbaro atentado, 
prendió fuego á la casa soHtaria de Chucas. 

No hubo testigos, pero las sospechas recayeron desde luego en Chavarría. El 
Teniente de Villa Nueva no se anduvo por las ramas; capturó al mozo en el obraje de 
don Pedro Elizondo, le tomó la ropa salvada del incendio y le remitió preso á Cartago. 

Horrorizada la sociedad ante aquel inicuo crimen, clamó por la vindicta pública, 
y los Alcaldes Ordinarios hicieron cuanto estuvo á sus alcances por esclarecer bien a(|uel 
delito; vengan declaraciones y careos, y venga todo género de diligencias para (pie la 
Real Justicia haga un escarmiento. Y así fué como el procesado, cogido en el garlito por 
las ropas, no tuvo más remedio (¡ue confesar de plano su delito. 

El .señor Acosta, de acuerdo con el dictamen del asesor, don Nicolás Huitrago, 
le sentenció á horca, y remitió el proceso á (Guatemala para que la Audiencia fallase en 
definitiva. Pidió el Procurador (leneral de pobres ante la Real Sala del Crimen (|ue se 
absolviese al reo de la pena impuesta; el Fiscal, por el contrario, pidió confirmación, y 
la Real .Vudiencia pronunció sentencia de pena capital agregando un detalle olvidado 
por el señor Acostn, con respecto ala cabeza y brazo del delincuente: "... En esta 
conformidad, dice la Audiencia, será conducido hasta llegar á la horca, donde con la 
misma soga se le suspenderá en ella ha.sta que naturalmente niuera, sin (jue persona 
alguna sea osada á ([uitarlo de ella sin mandato de Juez, pena de la vida. Y para público 
escarmiento, después de muerto le .será (piitada la cabeza y brazo derecho, poniéndose 
la cabeza en el lugar del incendio, y el brazo, media legua distante de la ciudad de Car- 
tago, á la salila, poniendo nmbas piezas en a.stas elevadas, en donde permanecerán hasta 
que el tiempo las consumo, ó las aves las devoren, bajo la misma pena de la vida al (¡ue 
las quitare " 

En Abril de 1802 recibió el (lobernador confirmada la sentencia y tratando de 
ejecutarla echó de ver la dificultad (jue para ello se presentaba, poniue ni aquí ni en 
Nicaragua había verdugo ni sujeto (|ue .se atreviera á reemi)Iazarlo, por temor de hacer 
penar al reo causándole desesperación en la agonía. Consultado el caso resolvió la 
Audiencia (|ue fuera arcabuceado Chavarría y después de muerto ahorcado, manteniendo 
siempre firme lo del brazo y la cabeza. 

No hay plazo que no se cumpla. Don José Antonio Oriamuno, Regidor y Alguacil 
Mayor del Noble .Ayuntamiento de Cartago, en virtud de mandamiento librado por S. S. 
el Ciobernador don Tomás .Vco.sta Hurtado de Mendoza, se presentó á las nueve de la 
mañana del día 1 1 de Agosto de 1802, ante Tomás Arburola, Alcaide de la Cárcel, inti- 

TOMO I — 8í II 



RliVISTA DK COSTA RICA 




entregase el reo 
muerle que estaba 
capilla. Kn efecto, 
lad fué coiniíiciJiJ á la 
□ntado en un 
.aballo enjalmado. i 
L'n numeroso cuín urso vefa 
desfilar aijuclia jirocesíÓn. El 
acio, en verdad, era imponen- 
e: sonaban las campanas con 
toijues de agonía y los tambo- 
con monótonos y tétricos re- 
'dobles; guardaban silencio lo.s 
muchachos y apartaban su vista 
las mujeres; caminaba el reo custo- 
diado por el Alguacil Mayor, un 
sargento, un cabo y ocho soldados; 
de es'iuina eu esquina iba repitien- 
do el pregonero estas palabras: 
■■|"ir el delito de muerte, robo 
ndio, manda el Rey hacer 
siicia" y así llegó el concur- 
i plaza llamada Laborío en 

¡ ..^ .le estaba preparado el ban- 

^JP* (]uillo junto, á la horca. Allí 
'*¡c' <jfíii¿ sentajjp el.reo y arcabu- 
""■"'" vHSletso puesto en la 
cVilg.indo por el 
¡íe^cuczo, de donde 
" bajaron en la tarde 
para eiÍ(írinrlo en el ce- 
nienieri'^toj súplica de 
los (..'arnieÚSs y con per- 
miso delTicario. 

n el paraje del Río 
ande, próximo i Chu- 
ma cabeza humana, 
:gurada con el garfio 
una esrarpia al exire- 
••■mo supefior de una asta 
llevada, y una mano ensau- 
liiida puesta de igual 
mrido en las afueras 
dwí^Cartago estuvie- 
ron mucbíis días tes- 
ndo los man- 
■y iti'ti is justicieros de 
' la^udiencia. Los 



EN EL SIGLO XIX 



dor sin atreverse nunca á detener vuelo en las escarpias: intactos permanecían aquellos 
restos mutilados sin que la natural descomposición de los cadáveres en ellos asomase: el 
brazo y la cabeza perduraban publicando el escarmiento: eran de madera. 

El señor Acosta dice que aquélla fué la primera vez que se impuso en Costa Rica 
la pena capital, y en verdad, fuera de la que impuso Perafán en los días de la conquista, 
no refieren los Archivos otra alguna, es decir, aplicada á gente blanca, que á los indios 
aplicóse varias veces. 

Queda, pues, probado que en los tiempos patriarcales de principios de este siglo 
fueron transgredidos ferozmente en esta tierra los preceptos que previene la moral. 

Pero el caso de Trinidad Chavarría no fué sino la excepción, la única excepción 
de la regla general. Entonces, lo repetimos, la nota más alta la daba, dentro y fuera de 
casa, la obediencia; y sin que faltase el cariño, perduraban la sumisión y el respeto. 

En ese medio ambiente de respetuoso cariño había nacido y vivía la referida doña 
María Bolívar, dándose por lo tanto una gran vida, porque su hijo, el Presbítero don Mi- 
guel Bonilla, dos hijas solteronas y una nieta cuidaban de ella á porfía. 

No bien asomaba la aurora por Oriente cuando ya doña María entonaba en la 
cama el Alabado; no bien anunciaban las campanas la misa del padre Quintana cuando 
ya doña María encaminaba sus pasos al Convento, y después de misa el chocolate, á las 
nueve el desayuno, á las doce el mediodía, á las dos el tibio, á las cinco la merienda y 
ya con eso, hasta la cena, acercándose las ocho; que este horario era observado aquí por 
todo el mundo. 

Deslizábase su vida sin aprietos ni zozobras, porque la hacienda "Mateo" que po- 
seía en jurisdicción de Las Cañas le daba lo bastante para no pensar en el mañana. Y fue- 
ra de esto, sus dos hijas y Magdalena su esclava, hacían la diligencia con mucha indus- 
tria, vendiendo tabaco Iztepcque y amasando táñelas, prestiños y pan dulce. 

Los sábados, día señalado para función del horno, era aquella casa un jubileo. 

— Tun, tun. — ¿Quién es? — respondía doña María levantándose de su escaño. — 
¿Que si hay tabaco? — Sí hay ¿cuánto querés? — Déme media libra. — Y la señora saliendo 
hasta el zaguán entregaba la media libra y recibía cuatro reales en junto. — Tun, tun. — 
¿Quién es?-¿Que si hay pan?-Sí hay.-Véndame medio.-Y la patrona entregaba dos hojal- 
dres monumentales, porque en Cartago no había pan como el de la casa de doña María. 

Allá de tarde en tarde le mandaban de "Mateo" una partida de novillos que, ven- 
didos al precio corriente de cinco pesos, iban á parar, convertidos en plata femandina, á 
una mochila de pita que guardaba el padre Miguel, para irlos devolviendo de peso en 
peso, conforme lo requiriese el gasto diario de la casa. 

Esa talega duraba largo tiempo sin agotarse, porque entonces aquí los precios de 
las cosas daban gusto de baratos, y si no veamos las cuentas llevadas en el año de 1817 
por el padre referido, que á la letra dicen: 

"Primeramente un real y medio de leña y un real para carne. 
Itm. seis pesos que di á mi madre para el gasto. 
„ un peso para jabón y dos reales para huevos, 
hoy 1 5 de Sept. di un peso á mi madre. 
16 de Sept. di otro peso. 
„ „ í 7 ^^ Sept. di otro peso. 
„ entre el 18 y 21, cuatro pesos, 
entre el 22 y 24, dos pesos, 
hoy 25, 5 reales para una arroba de arroz. 

26, otro peso. 

27, 3 reales de aguardiente y 2 rs. y medio de unos zapatos. 
„ „ 28, di 4 reales á mi madre. 









83 - 



REVISTA DE COSTA RICA 



>> 



Ítem el 29 y 30 di 4 rs. al día. 
,, en el mes de Octubre se gastaron doce pesos que por no abultar partidas 

no pongo el diario. 
„ hasta hoy 2 de Nov. le he dado 4 reales, 
j» l^oy 3 4"^ "^c voy al Valle, dexo 3 pesos. 
„ ,, 8 de Nov. pagué á un hombre un peso que cobró de trigo y pagué 

2 fanegas y 4 cajuelas de maíz á peso. 

„ doce reales á mi madre y seis reales por tres cajuelas de maíz. 

„ tres reales y medio para dos cajuelas de trigo y un poquito. 

„ 5 reales para un pilón de azúcar y 4 para cacao 

„ ¿o reales de dos fanegas y media de maíz. 

„ por una fanega y media de papas y una cajuela de habas di 2 pesos 3 reales. 

„ por 2* pesos: 3 rs. á mi madre; i r. para ceboyas y un peso para candelas, di 

3 ps. 4 rs. 

,, desde el 17 de Dicbre. hasta hoy 29 he seguido dando 3 rs. diarios, con más 

9 rs. y medio que di la Nochebuena. 
,, 2 pesos por 2 arrobas y media de azúcar. 
„ 4 ps. 4 rs. por 2 fanegas de frijoles. 
„ por 12 cajuelas de trigo 21 rs. 
,, medio de ceboyas y real y medio de ajos. 
„ 13 fanegas maíz, 6 á peso y 7 á 7 reales. 
„ I fanega de frijoles á real, mitad cubaces y mitad de suelo. 
„ I o reales (jue ganó el hombre que trajo los frijoles de Alajuela poniendo bestias, 
hoy día 9 de Enero, que me fui para Bagaces, dexé á mi madre 12 pesos y 
quedó don Rafael Gallegos dándole la mesada y lo demás que se le 
ofreciera, 
desde el 12 de Julio que llegué á Cartago llevó María Joaquina la cuenta 
del gasto diario hasta el 27 de Agosto en que cayó mi madre enferma, 
y sin contar con la ayuda del tabaco Izteptque, se gastaron 28 pesos. 
„ 2 pesos de una ventana para el cuarto y 4 reales al carpintero por echar el 

quicio y nabos de una puerta. 
„ á López y á su compañero nueve reales por la composición del cuarto y dos 

reales y medio de clavos. 
„ 3 pesos que me pidió mi madre para pagar al padre Quintana 3 misas á la 

Sma. Trinidad. 
„ 5 pesos 2 reales por una olla de fierro. 
,, diez reales de un machete. 
,, á Collado que me conduxo á Nicaragua di 3 pesos 4 reales. 

en el mismo viaje di á Chacón 13 pesos por su ida, vuelta y cuido de las mu- 
las en Nicaragua, 
al tata Duarte di 2 pesos por ir de baquiano á Nicaragua. 
4 pesos de un corte de naguas que di á Andrea. 
„ en roscjuillas, pan, tamales, etc. para mi regreso de Nicaragua, 5 pesos. 

2 pesos para sombreros de las muchachas. 
,, 4 pesos á Joaquín 1'rejos por dos bestias queme alquiló y por venirme ayudando. 
„ dos cortes naguas á 18 reales, para las muchachas. 
„ por dos rebosos para las dichas, uno en 14 reales y el otro en 12. 

por una colcha para las mismas y una sábana de tela, todo en 20 reales, 
para cuatro güipiles de á dos varas cada uno á tres reales vara. 
„ por una arroba de jamaica á real y medio la libra. 



») 



yy 






84 



KN EL SIGLO XLX 



>» 



1» 



Itm. 15 reales para cobijones, lías y cabeza<l;is. 

„ una carga de Iztepeque en 139 pesos como consta de la guía. 

,, á don José Ángel, (jue entró de mandadc-r en "Mateo" ganando á 8 pesos el 

mes, le di dos meses adelantados. 
„ á Eusebio Varona le di dos reales por dos días de trabajo. 
„ 10 reales y medio para la texedura de 30 varas tela. 

„ 19 pesos gastados en el cabo de año de mi hermano como consta de la planilla. 
„ 10 pesos (jue di al (Guardián, en cjue vendí dos novillos (¡ue mi madre dio de 
limosna al Convento. 
25 pesos por una muía que murió en Aranjuez. 
10 pesos de otra vieja que murió aquí, 
desde el 27 de Agosto que mi madre cayó en cama, basta el 17 de Nov. (pie 

murió, se gastaron 162 pesos como les consta á mis hermanas. 
13 pesos que se gastaron el día que murió mi madre. 
„ en el novenario se gastó lo siguiente: 

hoy 19 de Nov. di un peso y otro para trigo, 
entre el 20 y el 21 otros dos pesos, 
hoy 22 otros dos pesos. 

4 reales de media fanega de maíz comprada á doña Braulia. 
hoy 24, 5 reales en aguardiente y el 25, un peso, 
hoy 26, un peso y 4 reales para trigo. 
„ el 27 nueve reales. 

„ hoy se concluyó el novenario y se separaron las familias. 
Sigue el diario de cuenta mía. 
Se ve, pues, por estas cuentas cuan frugal y modestamente vivían en Cartago los 
vecinos de aquel tiempo. La ostentación y el lujo aún eran desconocidos en Costa Rica. 
Y por eso en la casa de doña María solamente dos objetos valiosos se contaban: un cua- 
dro al óleo de la Virgen del Refugio apreciado en $ 25-00 y las charreteras del difunto 
Sargento Mayor Bonilla valoradas en $ 40-00. 

Pero ni en el cuarto del padre Miguel había objeto alguno ijue llamase la aten- 
ción por su riqueza. Allí libros: la obra de Cornelio Alapide, Ferraris adicionado, Pontas, 
Casos de conciencia, la Recopilación de Indias, Filosofía del Corazón, Felicidad pública 
de Muratori, Cartas matemáticas de Almeida, Eneida de Virgilio, Arte de burilar el co- 
bre, Operación cesárea y otros muchos; allí plumas de ave para escribir y arenilla para 
secar la tinta, y buriles, alicate.s, limas, punzones y otros varios hierros manuables; allí 
crisoles, cacJws para catear y un montón de piedras del mineral del Aguacate; j)or(iue el 
padre no sólo era sacerdote docto, sino también escultor, músico y minero. 

Hombre hábil de manos. De él se dice que hacía crucifijos muy buenos, que fabri- 
có el primer reloj público de Cartago y (jue retocó la imagen de la Virgen de los Angeles. 
Conste, pues, (jue en aquella casa no había lujo, y como no había lujo tampoco 
había deudas, y como no había deudas tampoco había congojas, y como no había con- 
gojas vivían sus moradores largos años. Doña María se murió porque, al fin y al cabo, 
todo en el mundo es caduco y deleznable. 

Y.xi efecto, ella falleció de más de noventa años, después de haber rogado y supli- 
cado con ternura, que así que ella muriese la vistiesen con mortaja franciscana y acom- 
pañasen Gu cuerpo cruz alta, tres padres y sacristán; que le diesen sepultura en el campo 
santo de esta parroquia, y que prosiguiesen después, con las misas del novenario. 

Durante varias horas del día 17 de Noviembre de 18 18, tañeron lúgubremente las 
campanas de esta ciudad con el toque de agonía y enseguida con los dobles anunciando 
al vecindario el fin de la jornada de aquella buena cristiana. 

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REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



En los últimos años del siglo aniírior había conseguido el Cobemador Téllcí, no 
obstante tenaces resistencias, establecer en esta provincia la costumbre de sepultar los 
cadáveres fuera del poblado^ pero los funerales continuaron, como antes, muy sencillos: 
en ellos usaban unas andas por ataúd, una mesa forrada de tela negra por tumba y por 
mausoleo la madre tierra: en ellos el cortejo fúnebre caminaba precedido de la cruí alt.i, 
los ciriales y los cohetes; tras el féretro marchaban bajo [laraguas los clérigos oñci»ntes y 
en pos de éstos la música solemne: violfn, violón y flauta. En todas las esquinas de la ca- 
rrera hasta llegar á San Nicolás, hacían los concurrentes una estación, cjue llamaban 
posa, para que los sacerdotes cantasen en ella tiernos responsos por el alma del feligrés, y 
así con cánticos sagrados, pólvora y música cumplían entonces estos vecinos la obra de 
misericordia que manda dar sepultura piadosa á los difuntos. 

No paraban en sólo esto los funerales, porque luego venían las honras y el cabo 
de año. Para esas funciones levantaban en la iglesia un túmulo y preparaban en la casa 
doliente festiva comilona. 

Acerca de todo esto el señor .\cüsta dejó escrita la siguiente narración: 

"El entierro de mayor pompa es menos que el llano de otras partes. El cadáver 
se conduce en una cuna pintada de blanco, la carpeta que le tapa es de algodón teñido 
de negro, no lleva cojines bajo la cabeza, sino sus propias almohadas que tenía en la ca- 
ma antes de morir. Las luces no pasarán de veinticinco y cuando más cincuenta: éstas 
son como de poco más de tercia de largo y grueso del dedo gordo, de cera negra que se 
coge en los montes, con una capa de la misma cera que se blanquea, y se compran hasta 
dos por medio real. 

"La tumba ó mausoleo es de dos mesas unidas, y sobre ellas un banquillo de tres 
cuartas de alio y tercia de ancho que nombran tumbilla, y encima de ésta se ponen tres 
candelas y las demás al rededor de las mesas, las cuales, como también la tumbilla, se 
cubren con paños negros de algodón. Así es la práctica en esta ciudad, y en sus pobla- 
ciones mucho menos." 

De modo, pues, que los_ costarricenses de principios de este siglo, hacían sus fu- 
nerales sin vanidosa ostentación y buscaban su lecho funerario pobre y humilde. 

Sobre aquelbs antiguas sepulturas crecían silvestres cardos; sobre las modernas se 
levantan suberliias tumbas, más sobre unas y otras vagan por igual la* sombras de la 
muerte diciendo: im-menti' humo i/iiin piilvis « ei in puhfrím revertrris. 




I 





III 

Fiestas Reales 



tA el año de 1809. La Monarquía española soportaba á la sazón 
una de las más grandes crisis de su existencia borrascosa. Napo- 
león, vencedor de Europa, pretendía entonces convertir á España 
en feudo de su Imperio, y España, tratando de resistir y de vencer 
al vencedor de Europa, luchaba sin cesar. Los ejércitos franceses 
casi siempre la vencían, pero jamás la dominaban. Por todo el 
ensangrentado territorio de la Metrópoli (¡uedaban lasseñalesde 
aquella guerra memorable, la más heroica de España. De nada 
valían á Bonaparte sus legiones, porque los guerrillen»s las diez- 
maban á millares; de nada la complicidad despreciable del cautivo 
Rey. Fernando VII, porque los subditos, creyéndola forzada, más 
avivaban su amor al Rey cautivo; y asf, todos los designios del Emperadoren su empresa 
temeraria, fracasaban anie el denuedo con que los españoles peleaban por la Patria y 
por el Rey. 

Pró.timo á acaecer estaba entonces en algunas de las colonias españolas el suceso 
de su independencia; pero en otras aun faltaban varios años para realizarlo; as! es que en 
éstas resonaban simpáticamente los clamores lanzados por el pueblo español as{ para en- 
salzar al Rey Fernando como para maldecir á Bonaparte. 

Costa Rica fué quizás la colonia más desdeñada por España, sin duda por razón de 
su misma pequenez, y sin embargo, en ninguna como en ella, fué tan amada la Metrópoli. 
Por eso en el año de i8og, ponían los costarricenses toda su atención en los suce- 
sos de la guerra europea, y al compás de lus españoles ensalzaban á Fernando y malde- 
cían á Bonaparte. Llevados por su lealtad, lloraban las desventuras del Monarca, cuando 
por boca del Consejo de Regencia, le oían decir estas palabras: "No me desamparéis: por 
hallarme reducido al funesto cautiverio á que la alevosía me condujo, no dejo de ser 
vuestro Príncipe, vuestro Padre: el mismo soy á quien con tanta exaltación aclamasteis y 
en cuyo nombre cifrabais la felicidad de los dos mundos. ;0h Americanos! Poned la con- 
sideración en lo que sufren mis hijos de España por su independencia y por mi nombre: 
ved á cuanta costa cumpltn los juramentos que desde el principio hicieron. Estos jura- 



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REVISTA DE COSTA RICA 



mentos os ligan del mismo modo á vosotros que á ellos. Pero ;qué diferencia! El destino 
os colocó lejos de los atentados de la usurpación; y el incendio no puede acercarse á vos- 
otros. No dudo yo, no duda vuestra Patria, que puestos en la misma situación que ellos, 
mostraríais la misma bizarría y haríais iguales sacrificios. Pero al fin la fortuna os concede 
á menos costa la felicidad y la gloria." 

Llevados también por su amor patrio juraban los costarricenses odio eterno al 
invasor, cuando por boca del Consejo de Regencia, la patria les hablaba y les decía: "Dos 
son, leales americanos, las áncoras fortísimas en que vuestra Metrópoli ha sentado la espe- 
ranjía de su independencia: nuestra incontrastable constancia y vuestra incansable gene- 
rosidad. Sin ellas ya el tirano hubiera dado cima á sus designios atroces y la obra de 
su iniquidad estuviera perfeccionada con escándalo del universo. Semejante á las fieras 
carniceras que, saciadas ya de sangre, siguen haciendo estrago por el bárbaro deleite de 
destruir, así este hombre impío prosigue encarnizado su persecución cruel por sólo el placer 
de hacernos mal; porque ya los sucesos deben haberle instruido que á costa de enterrar 
ejércitos franceses en España podría talvez aniquilarnos, pero sentar su dominación odiosa 
sobre nosotros, jamás." 

Enardecidos, pues, con las noticias de sucesos tan extraordinarios, caldeado el 
entusiasmo en el fuego de aquel acendrado patriotismo que mostraban allá los esp^iñoles, 
quisieron testificar con grandes festejos en Cartago su lealtad al Rey cautivo y su rencor 
á Bonaparte. No significan otra cosa las fiestas reales de la Jura de Fernando VII. 

El Gobernador de Costa Rica, don Tomás Acosta, recibió en el mes de Octubre 
de 1808, por conducto del Capitán General de Guatemala, un Real Decreto dado en 
Madrid en 10 de Abril, por el cual don Fernando aceptaba la Corona abdicada por su 
padre, y mandaba que se levantasen pendones á su nombre en toda la Monarquía. 

Inmediatamente hubieran procedido el Gobernador y los vecinos á cumplir cuanto 
mandaba aquel Decreto, verificando, con todas las formalidades de estilo, la proclamación 
oficial del amado y nuevo Rey, pero se presentaron ciertas dificultades que les dejaron 
perplejos. ¿Quién lleva el estandarte en las ceremonias? ¿Quién paga los gastos délas fun- 
ciones? Nada de eso advertía en su nota el Capitán General, y como aquí no se daba un 
solo paso sin previa consulta á Guatemala, escribieron consultando y esperaron la con- 
testación. 

Pasaban días, semanas y meses sin recibir respuesta alguna, por lo cual el señor 
Acosta dijo: á Roma por todo; hagamos lo (jue podamos, y yo pagaré los gastos. 

Al efecto señaló la tarde del 15 de Enero de 1809 para la Jura, y previno por ban- 
do á sus gobernados que todos observasen solemnidad, pompa, buen orden, decoro y 
tranquilidad en esa fiesta. Con anticipación estimuló á la oficialidad del Batallón, á los 
dependientes de la Real Hacienda y á los vecinos de las otras poblaciones, para que sepa- 
radamente festejasen la exaltación del Monarca; y á fin de que fuese mayor la con- 
currencia, como á la sazón vestían luto algunas familias principales de Cartago, mandó 
que nadie lo vistiese, según se ve por este bando: 

** En esta virtud ordeno y mando á todos los vecinos estantes y habitantes 

en esta ciuda<l que en todo el tiempo dedicado al consabido fin, suspendan los lutos que 
tuvieren y que antes por el contrario, manifiesten con gala los sentimientos de alegría que 
mueven nuestros corazones á la mayor delicia en actos tan debidos al Soberano, nuestro 
principal objeto " 

La Municipalidad de Cartago mandó escribir en su libro de actas, para perpetua 
memoria, la relación de aquellas fiestas. Hela aquí: 

"La noche del 14, víspera de la proclamación hubo repique general de campanas, 
completa iluminación, gran número de cc)hetes tirados de las casas y músicas por las 



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EN KL SICxLO XIX 



calles, mientríis otros, trasporta dos de regocijo, cantabvín y gritaban repetidas vece^: ;viva 
Fernando VIL' 

''Para que ésta y las noches siguientes hubiese el orden debido, dio el Gobernador 
las providencias correspondientes para cjue no faltasen patrullas y rondas en la ciudad y 
sus arrabales; así se consiguió que en los nueve días de continua diversión no hubiese 
el menor motivo para corregir á ninguno, ni siquiera arrestarle. 

"La mañana del 15 amaneció el retrato de S. M. en la Sala Capitular, bajo un 
dosel bien adornado, una mesa al pie cubierta de damasco, sobre ella \m cojín (k lo mis- 
mo y sobre éste la Real Corona, y á la derecha la bandera de este Hatdlón con las armas 
reales y la guardia correspondiente. La falta de pendón obligó al Gobernador á servirse 
de la bandera, tanto por ser la insignia (jue hemos de seguir y defender de los ene- 
migos, cuanto porcjue estando ya bendita, se omitía esta ceremonia. A las nueve pasó 
el Goberna(!or á la Iglesia Parroquial, acompañado de los Alcaldes ordinarios, del Regi- 
dor Alcalde Provincial, Síndico Procurador, Jefes y Oficiales del Batallón y otros parti- 
culares. En la Iglesia estaban todos los eclesiásticos de esta ciudad y sus contornos: se 
expuso el Divinísimo y se principió una solemne misa cantada en acción de gracias, en 
que predicó el R. P. Misionero Apostóhco, Fr. Manuel Horta, el sermón que indica el n" 3. 
Concluida la misa, en la que dio tres descargas la Compañía de Granaderos, situada 
á la puerta de la Iglesia, se retiró á su casa el Gobernador con la comitiva, á la cual se 
dio un magnífico refresco, y al medio día un espléndido bantjuete á todas las personas 
distinguidas. 

"A las cuatro de aquella tarde se hallaban ya á la puerta del Gobierno, las Justi- 
cias y músicas de los pueblos de los naturales y la de este Batallón, y formadas en la plaza 
de esta Parroquia las tres Compañías que residen en esta ciudad, y á caballo todos los 
sujetos distinguidos de ella y lugares inmediatos, lucidamente dispuestos para el paseo 
que se hizo en esta forma. Por carecer de Maceros en este Ayuntamiento, iba adelante el 
Portero, seguíanle las Justicias y músicas de los naturales, con separación y orden, después 
la Música del Batallón y en seguida los caballeros formados en dos alas, cerrando la Co- 
mitiva el Gobernador, á sus lados el Alcalde i" y el señor Coronel de este Batallón, 
nombrados para Reyes de armas. 

"Por este orilen se dirigieron todos á la Sala Capitular donde estaban aguardando 
el Alcalde Provincial y el Tente, de Ofs. Rs., (juienes entregaron al Gobernador la bandera 
que servía de pendón, y continuando todos el paseo por las calles indicadas en el bando, 
las cuales estaban muy aseadas y adornadas, volvieron á la Plaza Mayor, en la que 
delante de dicha sala estaba preparado un decente tablado para la Jura, subieron á él 
el Gobernador y los Reyes de armas, los cuales dieron las voces acostumbradas, y el Go- 
bernador profirió la Jura en la forma de estilo, arrojando al pueblo muchos puñados de 
dinero, por falta de moneda con la Real Efigie; entonces hicieron juego las campanas, voló 
el pueblo muchos cohetes, y todos vocearon: Viva el Rey don Fernando VII; concluido 
este acto se dio vuelta á la plaza con la bandera que fué entregada á los mismos (]ue la 
dieron, quienes la colocaron donde estaba; y habiendo regresado con el mismo orden á 
la casa de Gobierno, se les suministró á todos un delicado refresco de cuanto franquea 
el país, y los convidó el Gobernador para los fuegos artificiales dispuestos para 
aquella noche. 

"Como el Gobernador había resuelto hacer á su costa dos días de función, aun en 
el caso de que los gastos de la Jura fuesen á expensa de los Propios, y aunque no le tocase 
á él hacer la proclamación, determinó que desde principios de Noviembre próximo pasado 
se empleasen los coheteros en labrar pólvora para que hubiese muchos fuegos, todos 
diversos, de lucimiento y vistosos. En efecto, luego que anocheció se iluminó la ciudad, 
como estaba mandado; estábalo también la Sala Capitular, exterior é interiormente, 

T()MO I — 89 — 12 



REVISTA DE COSTA RICA 



donde estaba el retrato de S. M., la bandera, guardia y música, todo con la mayor 
decencia; y dando principio á los fuegos artificiales, eran tantos y tan continuos, que las 
luces de ébtos, con la de la iluminación, igualaban á la claridad del día. A los fuegos de 
manos siguieron otros de varias ideas, puestos en las entradas de la plaza, representando 
distintas figuras. Después se le dio fuego á un gran castillo de cuatro cuerpos, compe- 
tente cuadro y particular inventiva, en cuyo segundo cuerpo se leía perfectamente: Viva 
el Rey Fernando VII, hecho este renglón de luces, y por remate una corona y á su lado 
dos banderas, una con las armas reales y otra con las de esta ciudad. Duraron los 
fuegos desde las siete hasta las diez y media de la noche, sin haber cesado un instante, 
sin la menor desgracia y desorden y con general aplauso, quedando toda aquella noche 
en la Sala Capitular el retrato del Rey con la bandera, guardia, música é iluminación 
expresada. 

"El día 16, á las diez de él, se juntaron en el Gobierno todas las personas de dis- 
tinción á caballo para acompañarle al encierro de los toros, según costumbre de este país. 
Precedidos de músicas y cohetes se dirigieron á donde estaban aquellas fieras, custodiadas 
de e.xpertos vaqueros; y marchando los caballeros por delante de los toros, iban por 
sus costados y retaguardia los vaqueros, conduciéndolos así por las calles de la ciudad, 
con general alborozo, hasta dejarlos en el toril hecho en la plaza donde se habían de 
lidiar á la tarde. Seguidamente fueron todos los señores á refrescar al Gobierno, y siendo 
ya la hora del medio día, hizo el Gobernador que aquellos caballeros y otros que estaban 
convidados se quedasen á comer, sirviéndoseles con esplendidez y delicadeza. 

"A las 3 de la tarde fueron todos á la plaza dispuesta para los toros y torneos, 
donde había ya innumerable concurso. Empezáronse las diversiones de esta tarde por las 
máscaras y mogigangas que se presentaron en la plaza, y cuya dirección encargó el 
Gobernador al Capitán don Joaquín Oriamuno. Siguieron los torneos compuestos 
de cuatro cuadrillas de mestizos y gente de color, que no pudiendo costear ningún día 
de función en obsequio del Soberano, pidieron se les permitiese esta corta demostración de 
su regocijo y respetuoso amor. Entraron, pues, á caballo dos cuadrillas de hombres vesti- 
dos á la española y otras dos á la amazona: estas cuatro cuadrillas ejecutaron los torneos, y 
escaramuzas con mucha agilidad, buen orden y de buen gusto. Retiradas las cuadrillas 
y despejada la plaza, se principió la lidia de toros, que siendo escogidos, fueron sobresa- 
lientes, y los picadores y toreros acreditaron su habilidad, ligereza é idoneidad en su 
respectivo ejercicio. 

"Concluyóse esta diversión al anochecer, y poco después empezaron á concurrir 
las señoras y sujetos distinguidos á la sala destinada por el Gobernador para el sarao. 
En ella estaba, bajo dosel, el retrato de S. M.; la sala bien iluminada; los concurrentes 
ricamente vestidos; dos coros de música y todo con el mayor aparato, orden y simetría. 
Se principió el baile como á las siete de la noche; á las doce se sirvió un espléndido y deli- 
cado ambigú y se continuó bailando hasta las tres de la mañana, no pudiendo ser hasta 
el día en consideración á las funciones que debían seguir. 

"Día 17. — Las de este día y siguiente fueron á cargo y expensas de la oficialidad 
de este Batallón Provincial. En el primero hubo por la noche muchos fuegos de mano y 
un famoso castillo hecho á la perfección del arte y con singular idea, no dejando qué ape- 
tecer á los ai)asionados á esta clase de diversión. En los fuegos del castillo se leía clara- 
mente: Viva Fernando VII, cuyo nombre estaba colocado en el segundo cuerpo de los 
cuatro que tenía y por remate del último, había una corona Rl. que se iluminó perfecta- 
mente, habiendo durado este placer desde las siete á las diez de la noche. 

"Al otro día, como á las diez de él, se juntaron en la casa de Gobierno los Oficiales 
del Batallón y otros particulares de distinción para ir á buscar los toros, según costumbre, 
y traerlos al encierro de la plaza, lo que se ejecutó con música, cohetes y cajas por las 

— 90 — 



EN EL SIGLO XIX 



calles principales, hasta dejarlos en su destino. A las tres de la tarde, llenas las barreras 
y tablados de espectadores, se principiaron los torneos y escaramuzas en la misma 
forma y número de cuadrillas que el día i6. Luego se lidiaron los toros, que fueron muy 
buenos, y á la noche se dio un gran baile, donde estaba el retrato del Soberano, hubo 
magnífica cena y todo finalizó á las tres de la mañana. 

"Va se dijo (jue el Gobernador había inspirado á los Alcaldes de los lugares 
inmediatos para que impulsasen á los vecinos pudientes de ellos á fin de que hiciesen un día 
de función en obsequio de nuestro Augusto Monarca; y como el amor y lealtad no ha 
menester mucho, desde luego adhirieron al pensamiento. Señalóseles, pues, á los vecinos 
de Valle Hermoso el día 19, y hallándose en esta ciudad los principales de ellos, dispu- 
sieron todo lo conveniente para este día. En su mañana hubo encierro de toros con la 
concurrencia y júbilo que en las anteriores; á la tarde torneo y escaramuzas como antes: 
se sortearon y ensillaron varios toros, y á la noche hubo un suntuoso baile con esplén- 
dida cena, durando todo hasta las cuatro de la mañana. 

**La fie.sta del día 20 estaba destinada á los vecinos de Heredia. Por la mañana y 
á la hora acostumbrada, se hizo el encierro de toros, con no menos concurrencia y ale- 
gría que los demás días. Por la tarde se ejecutaron los torneos y escaramuzas con igual 
destreza y agilidad que en los antecedentes: se lidiaron y ensillaron los toros, según cos- 
tumbre, y á la noche hubo un soberbio sarao, grande iluminación en la Sala, donde tam- 
bién estaba la Rl. efigie, una magnífica cena, y se dio fin á todo al amanecer. 

"La celebridad del día 21, tocó á los vecinos de la Alajuela. Éstos, no menos genero- 
sos que los demás, hicieron sus funciones de encierro, torneos, escaramuzas y toros, con 
la misma magnificencia, lustre y regocijo. A la noche hubo baile y cena con el aparato, 
suntuosidad y delicadeza que la anterior, durando todo hasta el día. 

"Las plazas veteranas de este Batallón Provincial qui.sieron manifestar su amor al 
Soberano, haciendo también un día de función; ésta fué el 22 y en él se practicó también 
el encierro y demás diversiones, con no menos lucimiento, esplendidez y decoro que los 
otros días, habiendo durado el sarao hasta el amanecer del siguiente. 

"Para terminar las fiestas quiso el Gobernador que la noche del 23 se diese al 
público alguna diversión teatral; y no habiendo en la ciudad ni casa á propósito para 
coliseo, ni lo necesario para bastidores, ni lo demás conveniente para una comedia digna 
del objeto de estas funciones, determinó se hiciesen algunos jocosos entremeses. H izóse 
al efecto un tablado en la Plaza frente á la Sala Capitular, y para las personas conde- 
coradas se construyeron otros, bajo los corredores de ella, é inmediatos al de la represen- 
tación, ocupando la Plaza un numeroso concurso. El tablado estaba bien iluminado y 
adornado de cortinas; y habiéndose principiado esta diversión como á las siete de la 
noche, se concluvó á las nueve. 

"Nota. — Al pié del trono donde se puso el retrato de S. M. el día de la procla- 
mación, había ocho décimas en las que cada clase del Estado, esta ciudad y lugares 
próximos, tributaban al Soberano su lealtad, amor y obediencia. 

"Cariago, 19 de Junio de 1809. 

Ermenegildo Bonilla." 

Acjuí concluye la narración oficial de las fiestas de la Jura; concluye sin hacer 
mención de los detalles relativos á la función de teatro, porque ellos (juedaban consigna- 
dos ampliamente en forma de anexos, para que tampoco se olvidasen la loa y el entremés, 
remate y fin de aquel jolgorio. 

La loa fué un canto de alabanza al Rey Fernando y el entremés una imprecación 
á Bonaparte. Las estrofas de la loa acordadas con violín, flauta y guitarra, gustaron 
mucho á estos vasallos, muy especialmente las siguientes: 



91 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



'*Soi-l)Ai)0. — Yo decírselo no puedo, 
porque este mi torpe labio 
no alcanza á medir razones 
para poder explicarlo; 
pero en cstt instante mismo 
el dulcírico trinado 
bien se lo dará á entender, 
pues los músicos templando 
istán ya los instrumentos 
para decirlo cantando. 

''MÚSICA. 

Nobilísimos señores, 
de la ciudad de Cartago, 
bendecid ó Dios en pago 
de que os hace mil favores. 

Regocij kI con agrado 
al Poderoso Criador 
que os ha dado por favor 
al Rey que hoy habéis jurado. 



A Dios por todo alabando, 
siga la música y diga 
que eternas edades viva 
nuestro invicto Rey Fernando. 

No cesen los parabienes, 
ni la gloria popular, 
por la diadema imperial 
que hoy Jija el Rey en sus sienes. 

Viva nuestro Rey jurado 
Fernando vil, en modo 
que del Universo todo 
sea aplaudido y exaltado. 

En todo el orbe se diga, 
con sólo una voz y un bando, 
triunfe v reine don Fernando 
V eternas edades viva.^^ 



La loa terminó entre nutridos aplausos, pero ¿\ juicio del populacho, lo mejor de 
todo fué el satírico entremés. La acción dramática de esa pieza es muy sencilla: Napoleón 
juzgado por la Justicia y condenado por ella. En la trama figuran pocos personajes, á 
saber: las cuatro Virtudes cardinales (jue hacen de jueces; Siclaco que hace de verdugo; 
un muñeco combustible que hace de Bonaparte, y el Diablo que viene por el muñeco. Allí 
se habla en versos octosílabos estrafalarios, como se puede ver entresacando aquí y aüá 
las escenas más notables de la pieza: 



"Justicia.- Hoy hemos determinado 
formar un juicio tremendo 
contra un pérfido malvado, 
y así para su castigo 
como para ejemplo raro 
de los que fueron traidores 
á nufsiro Rey don Fernando; 
para cuyo fin, señores, 
les he traído y convidado, 
para que cada uno alegue 
lo que estuviere á su cargo, 
en el crimen y sentencia, 
según Dios lo ha decretado, 
que en la tierra se castigue 
todo delito, juzgado 
en justicia y en razó.i, 
y que ya bien comprobado 
se le aplique la sentencia 
que se merece el culpado; 
para cuyo fin, señores, 
pretendo sea presenciado 
el reo que tantos delitos 
se tienen averiguados, 
que no hay castigo que pueda 
ser competente á los daños, 
los perjuicios c inquietudes 
que este maldito ha causado, 
contra Dios y nuestro Rey 
y contra el género humano, 
enemistando Provincias 
de españoles y de extraños, 
que ocasionó tantas muertes, 
inquietudes y estragos, 
que no hay estilo ni voces 
con que poder explicarlos, 



ii 



y así para dar principio 
vaya el Ministro Siclaco, 
^ traer aquese estafermo, 
figura, fantasma ó diablo. 

Siclaco. —Señor, ya tenéis aquí 
el Judas traidor y osado 
que si aquel vendió á Jesús, 
éste ya tenía entregado 
al peligro y al desprecio 
á nuestro Rey don Fernando, 
y de la misma manera 
á nuestro Rey Carlos IV, 
y á todo el mundo vendió 
si hemos de hablar por lo claro; 
y así vamos por lo pronto, 
sin tratar de altos y bajos, 
en justos y en verejustos, 
vámoslo beneficiando, 
que en el ínter sfis iriercedes 
hacen su deber, yo en tanto 
este par de pescozones 
le he de pegar con mi mano, 
un par dije, no han de ser 
por mi gusto sino cuatro." 



* 'Siclaco.-- Y este picaro, traidor, 
embustero, asesinario, 
ladrón, codicioso, infame, 
revoltoso y todo él malo, 
y tan malo que yo creo 
si no es juicio temerario, 
que es por sus obras y acciones 
natural hijo del Diablo, 



— 92 



KN El. SKil.O XIX 



bajo aquel plani'ta y nbtro, 
en que nació Caín y üestns, 
Judas. Cailás y PilaU.s, 
y en premio de sms virtudes 
van e&tos dns enluslrndos." 

\tO. Y yo lie éstfqué diré, 
lo que se dice del diablo, 
que por soberbio perdió 
1» silla que había ocupndc, 
en el Kmpíreo; y de allí 
fue pronlaniente arrojado 
al infierno, donde lienc 
el nlma de este malvado 
líiumpaite, do reparte 
á todos sus convidados, 
bona parte de confites, 
donde está p.irlicipado 
el traidor Don Bonaparle 
con todos sus coligados, 
que 1.1 parte que á él le toca 
es p^rtc por separado, 
porque como quiso ser 
en la España coronado, 
iilli tendrá la corona 
que no consiguió en Palacio, 
V allí ya está en buena parte, 
)a jurado y conjurade 

y así está participando 
Bonaparle del Infierno 
y totalmente infernado 



por los pies, por la eabcia, 
por el pecho y los costados, 
y todo él, de tal miinein, 
que para cargarlo el diablo 
no se cómo se ha dormido 
pues mucho se ha dilatado. 
'■DiAUT.ii. — No se ha dormido, que aquí 
estoy a fin de llevarlo." 

"JUSTILÍA. -Vues la Juslici.1 Divina 
ya lo tiene sentenciado, 
á mí tan sólo me toca 

"Prudencia, Fortaleza v Templanza 
Y las tres que muy gustosas 
os hr-mos .icompañ.ido, 

viva nuestro Rey Fernando. 
"blCI-ACO. —Yo también dijjo que viva, 
y aunque estoy .iqui ocupado, 
nadie me tipa la boca 
para cslJrlo vitoreando. 
( Bombas para el iiempo que es/á ariUendi 



Echer 



al v 



nlo. 



slá bizcochando 
esta empanada rellena 
de traiciones y de éntranos. 

Asi como arde este fuego 
ardan los nobles vasallos 
en amor, y digan lodos: 
;viva niieslni Mejí Fernanda.'" 



Al terminar el entremés resonaron en la Plaza de Cartago largo rato los aplausos, 
y eti verdad qiie no eran infundados. Et muñeco había ardido en grandes llamaradas y 
e.stallado un yran bombón de su cabeza. El Coloso había quedado desquiciado en Bailen 
y Talayera, v va se veía en lontananza á Waterloo. 




IV 



Las carreras de San Juan 



' & diversidn lan antigua en (Josu Iííca la de las carreras, que su 
ungen se remonta á lus primeros días de la Colonia. Ellas son 
rtfleju lie losjuegos de valor y agilidad usados en la Kdad Me- 
día para eslíniular el orgullo de los nubles y la admiración délos 
¡ilL-beyos. 

En lasaniiguas carreras di- ai] uf no hahía como l'd los tor- 
neos (le por allá (•) lanzas notas que rodaran por el suelo ni 
escudos que empañaran sus blasones con el polvo de la tierra 
ni cimeras ijue perdieran suspeuachosal caer eti la pelea, pero 
si había tahalleros que caían desmontados y caballos que roda- 
ban por la calle y mirones que saHan con huesos rotos y gallos 
que morían despedazados, haciendo to'los ellos la delicia de españoles, indios y mulatos, 
Las carreras y los toros en Co&ta Rica fueron durante el coloniaje las dos diver- 
siones públicas por excelencia, l^s toros aun conservan esa preeminencia, pero no asi 
las carreras. V si n 
timas que corríeroi 
sirven p.ira nada. 

Como lie roslumbre, comeníó el jolgorio de aquel día, desde que se acabó la misa 
mayor, no porque principiaran lan temprano las carreras mismas, sino porque .ñ esa hora 
comcnsaban á rei:orri.T las calles de la ciudad los más alicíonados á la equiíación. 

Nadie .se quedaba el día de San Juan sin montar a caballo, l.as damas más genti- 
les, los muchachos más elegantes, tos vecinos más respetables, los orilleros, los campesi- 
nos, lodos tomaban parte en las cabalgatas de por la mañana, salvo itaso fortuito ó fucna 
mayor. Ahora pasaba un gamonal acaudillando un grupo de mestizos, después un señorón 
gobernando una cuadrilla de doncellas; ahora un marido llevando en el tejuelo de su 




traigamos á colación las carreras de San Juan del año 1820, penül- 
aquí los vasallas fernandinos, y asi veremos que las de ahora ya nn 



ri-En I 



-J. !■■- 



REVISTA DE COSTA RICA 



albarda á la consorte, luego un padre de familia con la recua de criaturas por detrás: cabal- 
gando todos, hombres y mujeres, grandes y chicos, radiantes de alegría, por ser día de 
San Juan. 

Sin embargo, las personas más respetables no pudieron en aquel día montar tem- 
prano á caballo, porque otras atenciones preferentes y anexas á su condición así lo 
demandaron. Era día de San Juan, es decir, onomástico del Gobernador, don Juan Manuel 
de Cañas, á quien era preciso ir á cumplimentar. 

En efecto, poco antes de mediodía salieron de la Sala Capitular para la Casa de 
Gobierno los Cuerpos de la ciudad. El Venerable Estado Eclesiástico iba de primero: allí 
los padres don Pedro José de Alvarado, don Nicolás Carrillo, don Joaquín Alvarado, 
don Ramón ligarte y don Juan Manuel Carazo, vestidos con sombrero nuégano, man- 
teo de tafetán, sotana átfuhi (*), medias moradas y zapatos bajos. Después seguía don 
Manuel García Escalante, sirviendo de lazarillo al anciano exGobernador, Brigadier 
Acosta. En pos de éstos el Muy Noble y Leal Ayuntamiento, Justicia y Regimiento, com- 
puesto de don Joaquín Oriamuno, don José Joaquín Prieto, don Manuel de la Torre y 
don José María Peralta, quienes lucían sombreros de castor, coletas largas de á jeme, 
corbatines negros de resorte, camisas de cordón, casacas de paño verde con botones 
amarillos, calzones á media pierna de tapa entera y oreja, medias blancas labradas, zapa- 
tos de talpetao (**) y capas á la española. Y por último, cerraba la marcha el honorífico 
cuerpo de oficialidad de esta cuarta Brigada, formado por don Juan Dengo, don Her- 
menegildo Bonilla, don Joaquín Iglesias, don Pedro José Carazo, don Rafael Escalante 
y don Joaquín Carazo. 

Así que se pronunciaron las frases de cortesía deseando al Gobernador largos y 
felices años, venga una mistela de leche con prestiños, enlustrados y zapotillos; venga 
un apretón de manos, y luego, cada cual á su casa, para ir después á asomarse un rato á 
las carreras. 

No se podía correr en todas las calles, porque la mayor j)arte de ellas eran muy 
disparejas, pero la que va del Molino á San Nicolás estaba recién compuesta y era la 
preferida. En esa calle corrieron aquel día, observando los requisitos de costumbre. 

En un lugar intermedio de la ruta destinada á las carreras, se levantaban á uno y 
otro lado de la calle dos maderos, ligados entre sí por una soga á cierta altura, de la 
cual colgaba de las patas un gallo vejancón, y luego otro y otro, hasta que se acababan 
las carreras. 

Los mirones preferían el lugar cercano á los maderos: allí estaban los violines, la 
chirimía y el tamboril; allí los cohetes, los gallos y el mantenedor que repartía con medida 
escasa el guaro. Fuera de esto, era el lugar más á propósito para examinar punto por punto 
á los jinetes, puesto que por allí desfilaban en dirección al arrancadero, sacando 
plumas y enseñando vistosos pellones con largas mechas moradas, mullidos acericos, 
sillones con estrellas de i)lata, estriberas colosales con grifos en alto relieve, espuelas con 
chilindrines y cabezadas de cordobán. 

A las dos de la tarde en punto dio principio aquella fiesta; á esa hora hicieron los 
mirones cancha (***) en la calle, porque vieron que allá venía corriendo la i)rimera pareja. 
Los dos jinetes venían separados uno de otro, traían los sombreros amarrados con bar- 
boíjuejos, blandían al aire los dantos y repicaban con los talones. Al llegar á los made- 
ros alzaron entrambos brazos, no acertaron á coger el gallo y siguieron desaforados 
gritando "padre mío San Juan Bautista," hasta el fin de la carrera. 



(*) — Fo'ilard. 

(**) — Cuero suavo con la carne para afuera, ó paño, en su defecto. 

(***) — Plaza o campo. 

— 96 - 



EN EL SIGLO XIX 



Allá viene la segunda levantando gran polvareda. No corre sino vuela; viene 
en raudo torbellino, y por eso, tan sólo acierta á arrancar plumas al gallo, y sigue y 
desaparece enardecida, oyendo confusamente los vítores á San Juan y el estruendo de 
los cohetes y los gemidos de la chirimía y los tristes ayes del gallo. 

Allá sale la tercera. Vienen dos ginetes admirables: don Félix Oriamuno y don 
Francisco Peralta, en sendos caballos rabicanos, corredores á cual más; ora toma el uno 
delantera, ora el otro le aventaja; disputan palmo á palmo la victoria; pasan como som- 
bras por el frente de los postes; allí levantan los brazos, y sin embargo el gallo no se 
queja; no se queja, porque su cabeza ya la lleva entre las manos don Félix Oriamuno. 

Luego parte otra pareja. Vienen dos notables tejareños: Ventura (Jarro y Ventura 
Fereira, en tarrera peligrosa rajando un gallo sin ventura y sin cabeza. 

V así por esc tenor hubiera continuado aquella tiesia hasta la puesta del sol, si 
un suceso inesperado no la hubiese acabado antes de tiempo. 




REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



He aqu[ la narración de ese suceso. En e! grupo de ginetes apostados en el arran- 
cadero figuraba don Ramón Jiménez. Estaba allí, no con ánimo de correr, sino tan sólo 
de lucir su potro doradillo, no bien domado todavía; pero á Ventura Garro se le metió 
en la cabeza (jue había de echar con él una pareja. Don Ramón rehusaba la carrera, 
tanto por la impericia del potro, como porque Ventura tenía la maña de atravesar en la 
carrera su caballo, para contener así el ímpetu de] contrario. — No tenga miedo, don 
Ramón, y tanteamos el doradillo, — dijo Ventura; — y ya con esta pulla don Ramón se 
puso al hilo, no sin advertir á Garro que cuidado con la maña. — No hay cuidado, que 
yo soy hombre legal. — Una, dos, tres, y partieron los ginetes. Por supuesto, maña vieja 
no es resabio: desde el principio iba Garro haciendo de las suyas. — ¡Ventura, no me 
atravieses el caballol — gritaba don Ramón; pero Ventura, apenas tomaba ventaja, lo 
atravesaba. — Ahora lo verás, coyote, — dijo don Ramón; y haciendo un gran esfuerzo, 
ciñó con su brazo la cintura del mañoso, lo desquició déla albarda, lo soltó luego, y Garro 
fué á parar por fin al suelo; mas el potro doradillo, bien fuera por la caída de Garro, 
ó por el espolazo que había recibido, es lo cierto que se desbocó en seguida; rompió el 
freno, rompió la valenciana, y á medida que más corría, más rauda era su carrera. 

Don Ramón comprendió por entero su peligro, pero no se acobardó, abrigando 
la esperanza de que el potro por fin se agotaría; mas fué vana su esperanza: el doradillo 
al llegar á la plaza de San Nicolás, en vez de seguir calle derecha, sesgó la dirección 
hacia la izquierda, y de esta suerte iba á estrellarse contra el muro, alto de dos varas, 
que cercaba el patio de la iglesia. El potro era de primera; dio un salto admirable, tras- 
puso el alto muro, metió las manos en la contigua acequia y cayeron por el suelo caballo 
y caballero. 

Corrieron los vecinos, y compadecidos del ginete, le echaron encima un cobo ne- 
gro, le alzaron del patio como muerto, y ya con eso se acabaron las carreras de aquel día. 





habían ptrdidí 

nolicia que les llego el dli 



■ 3 de 



Verdad es que ya de atrás 
' inguido reposo, con la 
■ Octubre de i8ii, de haberse 
proclamado la independencia en el Reinode Ciuaicinala. Aquf 
ellos habían aceptado la independencia, hablando en plata, por 
ni> tener utrii camino que lomar, nn sin que aduptiisen infinitas 
precauciones para salir crin bien de aquel aprieto. 

¡Ah! si la noticia les hubiera ilcgadd lisa y llanamente, pues 
es daro que hubieran gritado llenos de júbilo viturcando la indc- 
pendcncia, porque poca cosa 6 nada medraba Cosía Rica con 
Kspaña, pero el asunto bien mirado era muy grave. Kl porrazo 
venía de lejos; venía nada menos (|uc de México, pasando por Guatemala y por León, 
complicado desde el principio, porque cuando llegó la noticia ya se supo <]ue (iuatemala 
tiraba para su lado y Nicaragua para México. 

Aquíeslaban por irse con el que ganase. Toda la dificultad estribaba, pues, en averi- 
guar por cuál lado repuntaba la victoria; mas eso era bien difícil sin tener mejores datos, 
y esperándolos resolvieron agazaparse "mientras se despejaban los nublados del día." 

V asi como andábamos aquí, andaban por (odas partes. Por fin, enojado el Emj^e- 
rador Iturbide ron aquella indecisión, resolvió mandar á Fílisola; y hó aquí cómo Gua- 
temala tornóse al punto imperialista. 

Ya más claro no lo podía cantar im gallo; sin embargo, aquf esperaron S que se 
aclarasen aún más esos nublados. ¡Y qué se iban á aclarar, si los salvadoreños, arma en 

99 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



mano, esperaban á Filísolal Pues nada, por donde salga el Salvador, por allí debe salir 

esta provincia. Esperemos. 

Mientras tanto, los vecinos principales de las cuatro poblaciones, con un celo, 

tino y patriotismo que los honra y enaltece, procuraron organizarse, como quien dice, en 
¿Eimilia, á ñn de que no se alterase la paz ni se menguase la religión. Todo iba perfecta- 
mente hasta que el imperialista Saravia, Jefe de Nicaragua, volvió á urgir por la respuesta 
en ocasión precisamente que igual cosa preguntaban los republicanos del Salvador. Era 
cuestión de hacer cálculos. 

Después de muchas idas y venidas prevaleció en Alajuela y San José la opinión 
de la República y en Cartago la del Imperio, que en cuanto á Heredia desde el princi- 
pio había dicho: Iturbide. Mas no por esa discrepancia de opiniones se había de alterar 
la paz en Costa Rica; nada de eso: que cada uno sea lo que tenga por conveniente, que 
nadie jure ninguno de los dos sistemas, mientras de afuera venga quien pueda decidir; 
pero, eso sí, que se respete el Estatuto que rige por igual á todos los de casa. 

Durante ese régimen del Estatuto, las ideas republicanas iban bregando, aun en 
Cartago, con suerte varia: ora tomaban fuerza, ora languidecían, según fueran las cartas, 
buenas ó malas, que llegaban á la estafeta. En un momento de afortunada intriga para 
la causa republicana, ascendieron á la dirección de los negocios públicos ciertas personas 
en cuyos manejos, después de varios eclipses, resplandecían proyectos republicanos. 

Una Junta ó Comisión Permanente, por mandato de la Asamblea, se hizo cargo 
del Gobierno. Compusieron esa Junta: el Bachiller Osejo, don Hermenegildo Bonilla y 
don Manuel Peralta; sirvieron las alcaldías de Cartago, don Joaquín Iglesias y don 
Francisco Sáenz, y desempeñó la Comandancia Militar don Santos Lombardo, todos repu- 
blicanos, con excepción de don Manuel Peralta que siempre fué decidido imperialista. 

Así estaban las cosas en Marzo del año de 23. 

Por desgracia, el correo trajo entonces noticias muy alarmantes que confirmaban 
el desastre de las armas salvadoreñas. En efecto, Filísola había triunfado y sometido 
totalmente la provincia del Salvador. 

Pero, en fin, esa tormenta que descargaba en lejanos horizontes, no era tan peli- 
grosa é imponente como la que amenazaba caer venida de Nicaragua. Cartas procedentes 
de personas fidedignas anunciaban para el cercano mes de Mayo la venida de Saravia 
con huestes imperialistas, que llevarían á sangre y fuego la reducción de Costa Rica. 

Los imperialistas de Cartago creyeron, por lo tanto, cumplir un deber de alto patrio- 
tismo anticipándose á practicar de grado lo que después todos tendrían que obedecer por 
fuerza. Y de ahí provino que el Ayuntamiento de Cartago propusiese en sesión de 24 de 
Marzo al Triunvirato la pronta y ft-anca adhesión de Costa Rica al Régimen Imperial. 

El Triunvirato se negó por mayoría de votos, contrariando la opinión pública de 
Cartago, en donde casi todos eran partidarios del Imperio, pues sólo tres clérigos, veinte 
jóvenes y unos cuantos pobres hombres de Taras, componían aquí el partido republicano. 

K\ (iobierno, pues, estaba solo en Cartago, y al ponerse en abierta oposición al 
vecindario, quedaba por lo tanto amenazado de inminente peligro; pero los triunviros, 
que no eran tan listos como son ahora los Jefes, no creyendo en tal peligro, dormían á 
pierna suelta. El Vicario, el Cura, el Padre Quintana, don Joaquín Oriamuno y otros 
muchos personajes manifestaban francamente su disgusto por los paños tibios del Go- 
bierno, y sin embargo, el Presidente Osejo, apesar de su reconocida astucia, aquella vez 
decía: "Nada harán, porque como no les hiede la vida, no han de querer ser fusilados." 

El Alcalde don Joaquín Iglesias, hombre perspicaz, fué el primero en barruntar 
la inminencia del peligro. Pasó á casa del Comandante General, don Santos Lombardo, 
y le dijo: — Mucho ojo, don Santos, que los Oriamunos se están meneando. — Hombre, 
no hay que creer en cuentos. — Pero si no son cuentos, si es que los Escalantes me han 

— 100 — 



EN EL SIGLO XIX 



dicho. . . . — ;Ay, ay, ay los Escalantes, los Escalantes! Pues no los conoce üd., que son 
tan aparateros? — Está bien, don Santos, ojalá que no nos pese. — Y salió firmemente 
convencido de que Dios ciega á los que quiere perder. 

Como para precipitar los sucesos se vino encima la Semana Santa, donde, con la 
aglomeración de gente, tuvieron ocasión los malcontentos, de hablarse, de contarse, de 
enardecerse recíprocamente. Unos cuantos imperialistas conspicuos, reunidos en la casa 
de don Joaquín Oriamuno para ver la procesión del Santo Entierro, tuvieron una plática 
que sirvióles á manera de acicate en la rauda y desatentada carrera de sus maquinacio- 
nes. Allí dijo don Nicolás Carazo: — ¡Qué muestra de imprudencia acaba de dar Quijano! 
— ¿Por qué? — Porque habiendo dicho Francisco M" Oriamuno que los imperialistas eran 
unos ignorantes, le contestó que ya le darían ignorancia el Domingo de Pascua. — Por 
eso será, dijo don Juan Antonio Castro, que anda diciendo el Alcalde Iglesias que hay que 
cortar aquí muchas cabezas. — Pues que las corte pronto, dijo don Juan Ñeco, por- 
que, si no, el domingo gritaremos el Imperio. Don Nicolás lleno de prudencia, repuso: 
— Hombre, Ñeco, tengan cuidado, porque puede suceder un choque entre imperialistas 
y republicanos. — ¿Qué republicanos son esos? si aquí no son más que cuatro muchachos 
mequetrefes. — Pues por ser muchachos es expuesta la avería. — Qué expuesta va á ser, 
si para eso tengo en casa un trabuco con cuarenta postas y dos balas. 

Sólido fundamento tenía la amenaza de Quijano, pues los imperialistas tenían 
concertado el plan de apoderarse del cuartel cuando la tropa alineada en media plaza 
estuviera contemplando el trágico fin que tuvo Judas. 

Sólido fundamento tenían también las palabras del Alcalde Iglesias, porque él 
con sus propios oídos oía las siniestras maldiciones que largaba de continuo Osejo, y con 
sus propios ojos veía los negros nubarrones que anunciaban cercana tempestad. 

Esa tempestad iba á estallar en el cuartel; veamos antes cómo andaba entonces 
el cuartel. Era el Comandante, don Santos Lombardo, gran patriota, excelente diputado, 
figura simpática de los días de la independencia, pero hombre tímido por todos cuatro 
costados, á quien la Asamblea del año 23 había tenido la humorada de convertir en Jefe 
militar de Costa Rica. Y como estaba tan recién entrado en el oficio, apenas si hacía 
pesar su autoridad en los cuarteles de San José, Alajuela y Bagaces, que en cuanto á la 
plaza de Heredia nada tenía que gobernar, porque ella se mantenía separada, empeci- 
nada en obedecer sólo á Saravia. De modo, pues, que en verdad sus cuidados se reducían 
á Cartago, y sin embargo, visitaba el cuartel allá por muerte de obispo. 

El oficial de guardia era don Rafael Escalante, quien, lo más del tiempo, se pasaba 
en su casa, celoso, eso sí, llevando siempre consigo la llave de la sala de armas, no fuera 
á suceder alguna mala contingencia. 

El sargento Nicolás Alfaro era el verdadero dueño de la casa: militar de malas 
pulgas, que hacía y tornaba sin que nadie le dijese oste ni moste, porque ya se había 
convertido en sargento indispensable: él conocía todo el armamento como los dedos de 
sus manos; á ojos cerrados podía separar los cuarenta fusiles buenos de los cincuenta 
malos; á primera vista reconocía entre los calandracos del almacén el cajón de las pie- 
dras de chispa; sabía los años de vida que contaba el venerable cañón, y era ducho en 
todos los detalles de vigilancia, de orden y régimen interno, prescritos por las ordenan- 
zas, salvo aquellos que pudieran redundar en penuicio de su antiguo Comandante, don 
Joaquín Oriamuno, á quien profesaba ardiente afecto, como lo probó cuando don San- 
tos, recién entrado, le previno que reforzase el cuartel con sólo liberales, y en vez de irse 
á buscarlos reservadamente, se fué derecho con el chisme á la casa de don Joaquín. 

El personal subalterno corria parejas con el superior. Santiago Quesada, pífano 
de este batallón, no faltaba del cuartel, siempre doblado sobre la costura, porque era 
sastre de grandísima clientela; el tambor Montoya siempre arrestado por su maldito 

— lOI — 



REVISTA DE COSTA RICA 



amor al guaro, y los diez ó doce soldados, regoldones, de la buena vida que llevaban, 
muy especialmente en esos días en que por estar, según decían los jefes, todo tan en 
calma, era por demás hacer imaginarias. 

Con estos elementos, pues, pensaba el Bachiller Osejo mantener en un zapato 
á' todos los revoltosos. 

Llegó por fin el Sábado Santo, 29 de Marzo de 1823, aciago día para los repu- 
blicanos, día funesto para Cartago, funestísimo día para Costa Rica, por la brecha que 
con su ejemplo, andando el tiempo, abrió en las instituciones fundamentales de la 
República. 

Desde temprano tomó la ciudad de Cartago un aspecto sospechoso: carreritas 
por aquí, carreritas por allá, ahora un cuchicheo, luego un monosílabo, después una 
advertencia. El momento de la crisis indudablemente se acercaba. 

Don Joaquín Iglesias, tomando nota de aquellos síntomas, acudió al consejo de 
don Nicolás Espinosa y don Cayetano de la Cerda, notables salvadoreños que habían 
venido á hacer propaganda en contra del Imperio; habló con ellos, y luego se dirigió á 
la casa de don Santos para decirle sus temores y cuánto urgía fortalecer el cuartel. 

— Vea, don Santos, ya don Nicolás Carazo se fué para Cot, y como es hombre 
prudente, eso significa que no quiere estar hoy en Cartago; don Francisco Peralta montó 
á caballo, lo cual quiere decir que andará por los barrios haciendo mil diabluras. 

El Comandante, que ya había abierto los ojos, le dijo: — Sí, amigo, pero ya es 
tarde; yo no sé los soldados que serán liberales y los que no, y lo mismo los veteranos. 

Serían las doce del día, y como en aquellos tiempos á esa hora se comía, reloj en 
mano, puntualmente, ambas autoridades suspendieron la entrevista para ir á hacer el 
mediodía. De la mesa á la cama, como mandaba la costumbre; pero ese día no pudo don 
Joaquín dar su pestañeada: estaba inquieto. Así fué que, tan luego tocaron á la puerta, 
púsose de pie. Era un criado de don Santos que traía un recado alarmante: — Dice el 
Comandante que vaya allá, porque la cosa está muy fea. 

Don Joaquín, viendo el peligro que corría toda la provincia, pensó estimular al 
Comandante con el respeto del Ayuntamiento, y á ese fin levantó de la cama al Alcalde 
2", don Francisco Sáenz, y juntos llegaron á casa de don Santos diciéndole: — No hemos 
venido á sentarnos, y sí á suplicarle en nombre del Ayuntamiento se sirva mandar forta- 
lecer el cuartel ahora mismo, porque estamos en el mayor peligro. 

El Comandante sinceramente consternado les contestó: — Ya es tarde; yo no ten- 
go de quién fiarme; hace poco ha llegado don Manuel Escalante con sus hijos, llorando, 
y me han representado lo mismo, diciéndome que Alfaro y los demás veteranos están 
cambiados. 

El Alcalde le repuso: — Señor, yo mismo pasaré con Su Señoría al cuartel, tomaré 
juramento á los nuevos que se pongan y les haré los cargos necesarios. 

— Ya juramentos aquí, dijo don Santos, son nulos, porque hay muchos perjuros. 
— ¿Qué remedio, pues? — Yo no lo hallo. 

Entonces don Joaquín propuso celebrar en su casa un cabildo abierto á las tres 
de la tarde y convidar clérigos, frailes y toda persona visible, para hacerles cargo de los 
daños que habían de resultar. 

Aceptado que fué el proyecto, salió don Joaquín á realizarlo, pero por todas par- 
tes encontraba mil dificultades: ora el celador José Céspedes le salía con que estaba 
enfermo para ir á hacer el convite; ora el pedáneo Roldan, con que quién daba bestia 
para hacer la citación; pero en fin, mal que bien, se hizo el convite. 

Mientras andaban los celadores convidando para el cabildo y poniendo por lo 
tanto en grandes aprietos á los hombres quitados de ruidos, que eran los más, sucedían 
«n la sala del Gobierno otros sucesos. 

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EN EL SIGLO XIX 



Los triunviros, arrellanados en sendas butacas de cuero, celebraban su última 
sesión y discurrían la manera de salir con bien de aquel apuro, cuando se les presentó don 
Manuel Escalante, Oficial Real, es decir. Tesorero de Costa Rica, diciéndoles que se 
veían muchas trazas de alboroto. El Ciobierno dispuso pasar un oficio al Comandante, 
ordenándole que reforzase el cuartel sin demora alguna. El Tesorero creyó de su deber 
advertir que para tomar esa medida se presentaba una gran dificultad: la caja que admi- 
nistraba no tenía dineros chicos ni grandes. — Xo importa, dijo Osejo, yo los supliré; — y 
con eso, no hubo más qué replicar: mandaron el oficio y siguieron en sesión. 

El Alcalde aguardaba en su casa la hora del cabildo acerca del cual abrigaba 
gordas esperanzas, mas el que andaba convidando vino á desvanecérselas diciéndole que 
el Vicario le había prohibido que convidase á ningún eclesiástico, porque ni él ni ninguno 
querían República, Imperio ni neutralidad. El recado del Vicario merecía consultarlo 
con don Santos y para donde él se fué el Alcalde. Creía aventurado el cabildo sin el 
respeto de los sacerdotes, no se le fueran á amotinar allí mismo los vecinos, gritando 
el Imperio. El Comandante fué del mismo parecer y en consecuencia resolvieron mandar 
á desconvidar. En ese momento ya don Santos estaba más en carácter. — Vea, le decía á 
don Joaquín, acabo de recibir un oficio del Gobierno para que custodie el cuartel, y ahora 
sí me las voy á calzar; yo les contaré á esos perros cómo hacen sus gambusinas. El Alcalde 
celebrando los bríos del Comandante, se fué á buscar (|uién desconvidase, temeroso de 
que fuera á reventar la bomba en el Cabildo abierto. 

Enseguida fué llamado á la casa de don Santos el Sargento Alfaro, quien, sable 
en mano y con aire marcial, hizo allí su profesión de fe: — Pues, sí, señor don Santos, ha 
de saber V. que no sólo yo, sino también todos los veteranos y todos los milicianos que- 
remos el Imperio. El Comandante, ardiendo en ira, le contestó. — Fuera de aquí, Sar- 
gento Alfaro, — y por una calle se fué el Sargento para el cuartel y por otra don Santos para 
la casa del (Gobierno. 

El Padre Miguel Bonilla, republicano, y el Comandante, llegaron al mismo tiempo 
á la sala del (iobierno, uno y otro con las penas derramadas, y oyendo la narración de 
dichas penas estaban los triunviros, cuando llegó el Oficial de guardia, don Rafael Esca- 
lante, con la llave en la mano, diciendo que ya se habían tomado el cuartel. 

— ¿Quién? ¿Quién se lo tomó? — Dos oficiales milicianos: don Félix Oriamuno y 
don Joaíjuín Carazo; i)ero .si el Comandante me lo ¡)ermite, ahora mismo lo voy á recu- 
perar con cuatro fusiles cargados (jue tengci en casa. 

— No, no, no, dijo don Santos, no ves que te pueden matar ó vos matar á otro. 

En tan crítico momento no hallaron otro arbitrio que dirigirse mansamente al cuar- 
tel á ver si con su respeto y observan iones se podía contener aquel de.sorden, y así lo 
hicieron lodos ellos, menos el Presidente, quien á fuer de precavido puso tierra de por 
medio. Cuando salieron á la calle, ya se oyeron voces de: — ¡Viva el Imperiol 

¡Infelices Imperialistas! No sabían que ya Iturbide estaba á punto de caer con 
ignominia de su trono de oropel; no sabían que en ese mismo día 29 de Marzo, cuando 
ellos en Cartago parlamentaban el Imperio, Filísola en Guatemala decretaba la convoca- 
toria de un Congreso conforme al plan del 15 de Septiembre, y reconocía que los cen- 
troamericanos eran libres para pronunciarse en el sentido que más les conviniera. No lo 
sabían y por eso, tratando de salvar á Costa Rica, la anarquizaban. No lo sabían y por 
eso gritaban: — ¡Viva el Imperio! 

Cuando el Comandante y compañeros llegaron á la esquina de la plaza tuvieron 
á la vista un cua<lro para ellos imponente. Por una calle aparecía don Francisco Peralta 
con todos los tejareños; por otra don Salvador Oriamuno, con los del arrabal, cerca del 
cuartel, un numeroso concurso. 

Al frente, en primera línea, se divisaban: el Capitán don Joaquín Oriamuno, Jefe 



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REVISTA DE COSTA RICA 



del movimiento, hombre ya muy entrado en años, de gran, prestigio y mucha parentela; 
don Félix, su hijo, joven de treinta años, arrogante, buen mozo, de fuerza hercúlea, 
valiente é insinuante; don Joaquín Carazo, don Juan Ñeco, don Juan Antonio Castro, 
don Manuel de la Torre y el artillero don Manuel Quijano, armados de fusil, menos el 
Jefe don Joaquín, quien á la sazón blandía por el aire marcialmente un sable corvo: 
todos decididos á morir por el Imperio. 

Los señores del Gobierno, no obstante la algazara y el tumulto, prosiguieron 
avanzando por la calle de la Parroquia: iban con el credo en la boca, temerosos de una 
tropelía, un mal golpe ó un balazo, que todo entraba en lo posible; el padre Migue) 
Bonilla especialmente mostraba gran recelo y no se volvía por punto de hombre. Cami- 
naban, pues, muy lentamente, y cuando iban en derecho del campanario oyeron que don 
Juan Ñeco les gritaba: — ¡Ese padre tiricia que se vuelva, porque lo matamos, que venga 
el Comandante don Santos, por delante! 

En aquel momento, mirando don Félix que ya comenzaban á repuntar por la plaza 
algunos liberales, disparó dos tiros de fusil con los cuales logró dispersar á los contra- 
rios y afianzar la toma del cuartel. 

Llegó, por fin, don Santos al frente del tumulto y, sombrero en mano, dijo: — ¿Qué 
son estas novedades, don Joaquín? — Y el caudillo, con imperiosa voz y ademanes impo- 
nentes, contestó: — De novedades está aburrida la pro\inc¡a, oprimida por tanto picaro y, 
¡viva el Imperio, viva el Imperio! don Santos. — ¿Y quién no es imperialista? — repuso el 
Comandante. — Pues bien, échele un viva. Y don Santos le echó un viva al Imperio. 

El Sargento Alfaro, lleno de entusiasmo gritó: — ¡Viva nuestro Comandante don 
Joaquín Oriamuno, y vivan los Alcaldes don Félix Oriamuno y don Nicolás Carazo! — ¡Que 
vivan! — contestaron todos; y así quedó consumada la revolución. 

En consecuencia, los principales caudillos se dirigieron á la sala del Gobierno 
para que don Joaquín se hiciera cargo del Archivo y sobre todo, de la dirección de los 
negocios públicos. 

Por primera diligencia se despachó un correo, noticiando á los demás Ayuntamien- 
tos el suceso; y por segunda se despacharon escoltas que prendiesen á Osejo, Espinosa y 
de la Cerda. 

Fué imposible dar con el Bachiller Osejo; sólo Espinosa y de la Cerda fueron presos. 

La contestación del Ayuntamiento de Heredia fué de acuerdo: reconocía por 
legírimas y superiores las autoridades de Cartago; avisaba que ya el pueblo de Barba había 
entrado á las filas imperialistas, así como también los tres barrios más grandes de Alajuela: 
Ojo de agua, Targuases y Hornos, expresándose el correo en estos términos: — "Ala- 
juela quedó en la Iglesia caída, y los cuatro vecinos inmediatos á la Villa." 

San José no contestó inmediatamente. Aquel vecindario estaba dividido y vacilante. 
El Alcalde, don Benito Alvarado, inclinaba mucho la balanza en favor de Cartago; pero 
la resistían tenazmente los que en la Asamblea ya habían largado prendas adversas al 
Imperio. 

Los de Cartago, sabedores de aquella indecisión, enviaron como legados al Vicario 
y á don Manuel Peralta para que ex|)licasen los motivos del movimiento imperialista y 
aquietasen los ánimos josefinos. 

Poca cosa consiguieron los legados. Un cabildo abierto, celebrado en San José el 
día 31 de Marzo, resolvió contestar, diciendo **que no convenían, pero que respetaban 
la opinión de Cartago, en el pie de ser respetados." 

Esa contestación fué bien recibida en Cartago, porque tampoco pretendían aquí 
imponer por la fuerza sus opiniones; ella quería decir que cada uno siguiese como gustase. 
En consecuencia, el Ayuntamiento de Cartago señaló el próximo domingo 6 de Abril 
para la ceremonia de la Jura del Imperio. 

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EN EL SIGLO XIX 



La noticia de la Jura hizo en San José muy mal efecto y peor todavía la llegnda 
del prófugo Presidente Osejo, quien lleno de odio contra Cartago volvió y tornó difun- 
diendo entre los josennos recelos, enconos y venganzas por doquiera. Apóstol de la misma 
escuela que señoreaba á la sazón en Centro América, asolando campos y ciudades, levan- 
tando patíbulos y confiscando bienes; apóstol de esa escuela, predicaba y sembraba 
mezquino localismo. 

Los costarricenses de aquel tiempo, así los unos como los otros, mansos por natu- 
raleza, sencillos por educación, ¡«acíficospor costumbre, fácilmente caían en las redes que 
les tendían los astutos forasteros amaestrados en la intriga sempiterna de los Estados 
vecinos. Por eso los de l'artago pusieron oído atento alas melifluas palabras que pronun- 
ciaba de la Cerda, i)reso en el cuartel, y creyénc'ole sincero, lo m: ndaron á San José para 
que á nombre de ellos manifestara (jue lo óv la Jur;i en nad.i implicaba hostilidad y que 
ellos también "ofrecían resptrfir en el pie de ser respetados." 

Cuenta la Hi.storia (¡ue Régulo, prisioiero de Cartago, fué enviado á Roma con 
proposiciones de paz y que después de aconsejará los romanos la prosecución de la guerra, 
regresó voluntariamente al lugar de su cautiverio y de su muerte, sólo por cumplir su 
palabra; de la Cerda, prisionero de Cartago, fué enviado también con propo.siciones de 
paz, también aconsejó la ruptura de las hostilidades, pero no regresó al lugar de su cauti- 
verio ni cumplió su palabra. De. modo (jue el .símil entre ambos episodios únicamente 
existe en la palabra Cartago; en lo demás se parece tanto de la Cerda á Régulo como 
esta Cartago á la Cartago de África: compararlos, como recientemente han sido compa- 
rados, parécenos irreverente desacato al inmortal héroe romano. 

;()h, incautos cartagineses! De la Cerda sólo pretendía ir á conspirar en contra de 
Cartago, junto con Osejo, y en efecto, los josefinos le escucharon, le retuvieron y á su 
influjo contestaron exigiendo la reposición del Ciobierno, desconocido el 29 de Marzo. 
K\ conflicto, pues, había llegado. 

Don Santos Lombanlo, envalentonado con la actitud de los josefinos, advirtió que 
su cargo de Comandante General le obligaba á ponerse al frente de las tropas re|)ubl¡- 
canas, para lo cual dispuso irse furtivamente rie Cartago. Señaló una hora en que nadie 
le viese salir: se fué á la una de la tarde, cuando todos estaban en la siesta, y llegó á 
San José, — ¡|)rodigiosa carreral — á las tres de la tarde. Pero allí encontró las cosas muy 
adversas para su persona. Ya lo habían destituido de su empleo y nombrado en su lugar 
á don Gregorio Ramírez, hombre de acción cuya energía más bien era crueldad y cuya 
astucia más bien era perfidia. 

I>a primera providencia que dictó Ramírez fué la de unificar los pareceres en 
San José, para lo cual mandó (lavar una horca en media plaza, y con eso, todos acordes, 
se fueron enardeciendo hasta pedir, como (jueda dicho, sin ambages ni rodeos, la repo- 
sición del Triunvirato. 

No bien se había apeado de su caballo don Santos Lombardo, cuando ya un 
soldado, con bayoneta calada, le intimaba que pasara al cuartel. Hízolo así, y allí observó 
los cañones que preparaba don Antonio Pinto, artillero portugués recién llegado; 
observó también los rudos manejos de Ramírez, miró la horca y volvióse á la posada, 
insultado, humillado y amedrentado. 

Tan luego como .se rehizo de aquel susto, pensó en los males que amenazaban á 
la patria, y para evitarlos dirigió la siguiente carta al padre Campos en Cartago: 

** Aseguro á ü. que me hallo en la mayor consternación viendo los prepa- 
rativos que se hacen contra ese infeliz .suelo, y así le suplico por Dios, interponga su 
respeto junto con los demás eclesiásticos, á fin de que se depongan miras é intereses 
particulares á costa de tanto inocente. A mí se me ha obligado á que manifieste mis 
sentimientos, y lo he hecho lo mismo que lo haría ahí, declarándome por lo acordado 



TOMO I — 105 — 14 



RP: VISTA DE COSTA RICA 



por la Provincia, que fué el medio que se puso entre los extremos y por el que gozábamos 
de tranquilidad, y como que ya lo tenía jurado al tiempo que por mi desgracia me consti- 
tuyó la Provincia por Comandante, que ya, gracias á Dios, dejé de serlo; pero he protes- 
tado ante el ¡)ueblo que no he de ofender de ningún modo á esa ciudad; y así sólo seré 
un triste espectador de la lastimosa escena que se le previene, pero que creo que por 
medio de los Ministros del Altar, todo puede cortarse. 

Postdata. — Hov están acabando de montar los cañones, mañana darán el asalto." 
(Documento inédito, conservado |)or don J. M. Figueroa.) 

Como las trompetas del Juicio Final, así resonaron en Cartago las palabras de la 
postdata de don Santos. Jodos los vecinos s¿ conturbaron. Trajeron á la Virgen de los 
Angeles de su Santuario á la Parroquia, oyeron una misa de rogación y luego pasaron á deli- 
berar. — **Que no haya efusión de sangre," — dijeron los sacerdotes. — "Aunque sea á costa 
de ponernos por el suelo, dijo don Nicolás Carazo, para que pasen sobre nosotros, con tal 
<iue no haya efusión desangre." — "Que se aparte de la Comandancia mi señor padre, dijo 
don Félix Oriamuno, si con eso podemos evitar derramamiento de sarigre". — "Está muy 
bien, repuso don Joaquín, pero entonces esperemos todos el Consejo de Guerra que por 
desertores nos seguirá Saravia, ya en camino con mil quinientos hombres sobre Granada." 
Y los circunstantes, tocando por un lado los escollos de Scila y oyendo por el otro el fragor 
horrendo de Caribdis, retrocedieron espantados y luego al punto enviaron á don Manuel 
P^scalante para que propusiera dirimir la controversia en Pueblo Nuevo de Tres Ríos, 
por medio de ocho legados, cuatro porcada parte, y para que también llevase la proclama 
de la Virgen de los .-angeles que á la letra dice: 

"María, por la divina gracia de que estoy llena, madre de Dios de amor y paz, á 
todos mis amados hijos Gracia y Paz: — Hijos de mi más tierno afecto, vosotros que 
habéis sentido siempre los efectos dulces y compasivos de mi abrasada caridad, que siempre 
os habéis gloriado de reconocerme por protectora, (lue en prueba de vuestra fe no dudáis 
ocurrir á mí en lo más apurado de vuestras necesidades, que publicáis á boca llena mis 
gracias, milagros y favores; vosotros que, sobresaltados y conturbados, así en éste como 
en los demás lugares de la Provincia, por las astucias infernales que los espíritus de la 
novedad, división y discordia han introducido en esta mi amada porción, estoy cierta que 
por la fe (lue j^rofesáis deseáis la tranquilidad y unión, pero os halláis fluctuantes en elegir 
los medios. . . .Sabed . . .que he inspirado á algunos de los Ministros del Santuario para 
(jueos escriban á mi nombre, proponiéndoos el único medio de aquietar á unos y otros y 
es: el (lue cada lugar subsista en el sistema (jue hoy tiene adoptado. . . . Contestad, pues, 
al (jue en mi nombre firma. — Fray Francisco Quintana." (Documento conservado por 
don J. M. Figueroa.) 

El enviado don Manuel P^.scalante encontró en completa efervescencia á San José. 
Las muchedumbres tumultuaban por las calles y con trabajo le dejaron pasar; los caudillos 
clamaban contra Cartago y le j)usieron ho.sco semblante, y Ramírez, ensoberbecido, le 
(lió dos c()ntesta( ionos: una para el ])adre (Quintana y otra para don Joaquín. 

Para don Joaijuín decía: *'Que se restablezca el (iobierno pasado y que se castigue 
á los revoltosos"; y ])ara el padre Quintana lo siguiente: 

"La Religión Santa de Jesucristo diametralmente es opuesta á la intriga, á la 
calumnia y al trastorno del orden público y de las Leyes. María Santísima no puede 
proteger crímcn<s horrendos y origen de la desolación de sus mismos hijos; no puede ver 
.sino con rostro airado la violación de su santo asilo. En esto, Cartago sólo alejará de sí 
los males cjue le amenazan por la rebelión y la felonía de unos pocos perversos, restable- 
ciendo el orden establecido y roto en esa ciudad, que practicará de grado ó por fuerza 
Dios guanle á U. muchos años. Cuartel Cieneral de San Jo.sé, 4 de .Abril de 1823. — Gre- 
gorio Jo.sé Ramírez." 

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EN EL SKH.O XIX 



Don Manuel Escalante á su regreso aseguró que las tropas de San José saldrían 
al día siguiente; pero no fué así, sino al declinar la tarde de aquel mismo día 4 de Abril. 

El entusiasmo había cundido hasta en los últimos confines de aquel valle: blancos, 
mestizos, indios y mulatos, todo San José se puso en movimiento. ¿A dónde iba esa 
muchedumbre abigarrada, de semblante descompuesto, torvo ceño y mirada fiera? ¿Qué 
secreto impulso la movía? ¿Qué afán la aguijoneaba? ¿Iba acaso á lidiar por la Repú- 
blica? No, que poco antes ella misma había menospreciado á la República. ¿Iba en contra 
del Imperio? No, que á sus puertas, hacía tiempos, tranquila reposaba Heredia imperia- 
lista. ¿A dónde iba, pues? Iba sugestionada por la astucia de Osejo, la perfidia de de la 
Cerda y la bravura de Ramírez, á destruir á Cartago, puesto (jue iba gritando por calles, 
plazas y caminos: ¡Muera don Joaquín Oriamuno! . . ; Muera Cartagol 

Aquel movimiento, sin embargo, se exphra por causas más hondas y eficientes. 
Ya entonces San José era más rico, más pujante y poderoso que Cartago. Sus costumbres 
eran más laboriosas, su agricultura más productiva y sus hombres más accesibles á las 
evoluciones del progreso: allí tenían á don Juan Mora que valía por todos los de Cartago. 
En su movimiento del año 23 invocaba el orden y se engañaba, porque aquel orden 
era el caos; invocaba la estabilidad de las leyes y se engañaba, porque aquellas leyes eran 
transitorias; lo único que pudo invocar y no invocó fué el progreso de Costa Rica. Pero 
invocándolo ó no, caminaba al anochecer del 4 de Abril por la ruta de Cartago, tras la 
suprema jerarquía de Costa Rica. 

En esa misma tarde los de Cartago deliberaban. Ellos habían asaltado el cuartel 
para evitar los estragos de una invasión extranjera, es decir, buscando soluciones pací- 
ficas; pero como el conflicto interior que les había salido de través amenazaba desde luego 
perturbar el sosiego secular de Costa Rica, inclinaron la cabeza y resolvieron acatar la 
voluntad de San José. Al efecto redactaron las siguientes bases de arreglo: 

**iV — Se garantizan las vidas de los amenazados, con todas las solemnidades que 
exige la religión y humanidad, tanto en ella como en sus personas y bienes. 

2" — Que el sistema adoptado por una y otra parte quedará en mera espectación, 
y que en el ínterin, se pongan las riendas del Gobierno de la Provincia en sujetos nada 
sospechosos de uno y otro sistema. 

3? — Que se suspendan en todos los lugares de la Provincia las tropas que se hallen 
acuarteladas. 

4? — Que se dará á las llamas todo documento en c|ue haya de resultar perjuicio á 
la Provincia y también á particulares. 

5" — Que á todo lo propuesto (si es que se conviene en ello), para más formalizarlo 
y seguridad de su cumplimiento, se reúnan en Pueblo Nuevo cuatro sujetos de San José 
y cuatro de esta ciudad, excusando por ambas partes el nombramiento de los dichos en 
la persona de don Rafael Osejo, por motivos muy suficientes que se tienen y no se ocultan 
en toda la Provincia.— Cartago, Abril 4 de 1823. — Manuel M" de Peralta. Joaquín Oria- 
muno. Félix Oriamuno." 

Y como, según ellos calculaban, las tropas enemigas no .saldrían sino al día 
siguiente, bien podía el comisionado, P>ay Matías de la Rosa, madrugando, presentar 
oportunamente las bases en San José. Tomadas estas medidas, confiaron en el arreglo, 
se fueron á sus casas y á la hora de costumbre se acostaron á dormir trancjuilamente. 

Pero su sueño no duró todo el tiempo acostumbrado, poniue á las cuatro de la 
mañana llegó el piquete de caballería apostado en el camino, avisando que ya el enemigo 
coronaba las alturas de Tres Ríos. Por supue.slo, la sorpresa fué enorme. Todo se hizo un 
embolismo. — ";Que se nos meten los josefinosl" fué ia voz de alarma que cundió en Car- 
tago; y los cobardes se hicieron los dormidos, y los valientes acudieron al cuartel. 

Mil hombres en grupos dispersos, sin orden ni concierto, salieron como en volan- 



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REVISTA DE COSTA RICA 



das á detener al enemigo, dejando recomendación de que fueran á despertar á Fray 
Matías, para que al punto partiese con las cinco bases de paz. El Comandante, hombre 
viejo y achacoso, no pudo salir desde luego por el frío de la madrugada; tampoco el 
segundo Comandante, por haberse quedado en el cuartel dando largas al tiempo; pero 
ahí iban acaudillando don Félix Oriamuno y el Sargento Mayor Dengo, don Herme- 
negildo Bonilla, don Joaquín Carazo, don Tranquilino Bonilla, don Juan Ñeco y otros 
varios. 

Adelante iba la avanzada de caballería, gobernada por Ventura Garro, hercúleo 
tejareño, terror de todo el barrio; después, con un buen trecho de por medio, el grueso 
de la caballería á cargo de don Tranquilino, y por último don Félix con la infantería; 
aparatos y comandos dispuestos sobre la marcha, con calidad de por ahora, mientras 
llegaba don Joaquín á ver qué le parecían. De esta suerte caminaron en breve tiempo 
hasta el alto de Quircot. 

Eran las cinco de la mañana. Aun no asomaban por Oriente las claras del día que 
iluminasen el paraje, por lo cual los soldados de la avanzada caminaban recelosos á lo 
largo del sendero: ora escudriñaban un recodo sospechoso, ora un alto, ora un bajo, 
temiendo una emboscada. Al llegar á la meseta del alto de la cuesta de Quircot oyeron 
cierto ruido, y contuvieron el andar; pero como no iban á quedarse de plantón, desen- 
vainaron los machetes, prosiguieron y miraron á pocos pasos al ene-migo. Era la avanzada 
de los josefinos. Hincar las espuelas á las bestias, tender al aire los aceros, dar mandobles 
y ensangrentar el campo, habría sido obra <le demonios, que no de buenos cristianos, á 
quienes, aburrido estaba el padre Quintana de decirles que se dejaran de esos caprichos. 
Igual cosa había dicho el padre Madriz á los de allá, y por consiguiente, ambas avan- 
zadas en vez de matarse á cuchilladas, se pusieron á conversar dulces pláticas de paz. 

En eso estaban cuando oyeron el ruido acompasado de la caballería de Cartago 
puesta en galope, que se acercaba. Si ya hubiera amanecido habrían podido observar por 
la actitud marcial de los jinetes, sable en mano y sombrero d ia pairada, que no eran ya 
oportunas las pláticas de paz; pero como aún estaban en tinieblas los cogió de nuevo la 
imponente voz de don Tranquilino, que decía acalorado: — "Amarren á esos <^ürchoSy y al 
cuartel con ellos." En efecto, allí cayó prisionera la avanzada Josefina. 

Con motivo de ese lance hubo que hacer una parada, incorporóse la infantería y 
luego prosiguieron la jornada ron Pedro Mayorga á la cabeza. Cuando iban por el punto 
en donde el camino viejo hace un recodo y cruza el desagüe de la laguna grande de 
Ochomogo, (¡ue es precisamente el punto en donde hoy se bifurcan el camino antiguo y 
la carretera actual, acontecióles otro lance que precipitó los sucesos de a(juel día. Allí 
vio Mayorga cerca la muerte, porque casi se topa con un jinete josefino que venía 
corriendo delantero, armado de luciente sable. El jinete blandió al aire su acero; Ma- 
yorga disparó de pronto su esmeril. Huyó el jinete y Mayorga salvó la vida, pero hizo 
inevitable con el tiro del esmeril la batalla de Ochomogo. 

Los de Cartago prosiguieron su marcha, y caminando á lo largo del llano de 
Ochomogo, recorrieron doscientas varas al Poniente, contadas desde el desagüe, es decir, 
llegaron al punto en donde está hoy el s^ivitch del Ferrocarril, y allí, como ya comenzaba 
á amanecer, vislumbraron á lo lejos el grueso del ejército enemigo. Kran los tres mil 
soldados josefinos (jue bajaban por la ( olina opuesta y ocupaban el extremo occidental 
del vallecito. Los de Cartago notaron cjue el enemigo hacía señas con los sombreros, 
como de paz, y así, no acertando á descifrar aquel enigma, hicieron alto mientras se 
aclaraba bien el horizonte. Uno de ellos, de vista perspicaz, advirtió al frente cierta 
llama sospechosa y lo avisó. Mayorga al punto dio la voz de alanna. diciendo: — "Apár- 
tense, muchachos, que es la ceba del cañón." Y al punto se apartaron, quién puesto de 
bruces, quien tras una madre de poro ó al lado de una piedra, ínterin pasaba aquella gran 

— I08 — 



EN EL SIGLO XIX 



temeridad. ¡Púm! el cañonazo. Ningún daño; el tiro pasó por alto, pero ya fué cosa de 
romper el fuego, dando principio á la batalla. 

Un nutrido tiroteo de tres horas seguidas constituye la jornada de Ochomogo. 
Tiempo durante el cual pudo llegar el anciano Comandante, don Joaquín, no precisa- 
mente al tiroteo, sino al lugar de la reserva, á donde también llegó el jpadre Quintana 
con las cinco bases de paz y un crucifijo, diciendo á cuantos alcanzaban á oír su voz: 
— **Hijos, acuérdense que aquéllos son sus hermanos; déjense de esos caprichos," — y por 
lo tanto, quitando los bríos á todo el mundo. 

El Sargento Mayor Dengo vio la cosa mal puesta y tomó las de Villadiego, 
llevándose gran séquito. Por la otra banda, don Toribio Torullo y comitiva no pararon 
hasta llegar á San José; pero, sin embargo de estas deserciones, continuaba el tiroteo sin 
interrupción. 

Durante la batalla los dos ejércitos conservaron sus primitivas posiciones sin avan- 
zar ni retroceder un solo paso. ¿Cómo se explica tal inmovilidad, especialmente de parte 
de los josefinos, mayores en número y armamento? ¿Ocuparían los de Cartago posiciones 
inexpugnables, en alguna manera semejantes al infranqueable paso de las Termopilas? Así 
lo ha creído un notable escritor de nuestros días, quien refiriendo aquel suceso, dice: 

"En el punto donde el desagüe de las Lagunas corta el camino viejo, se rompió 
el fuego general sobre la columna Josefina, que en ese instante marchaba por la angostura 
de cien pasos de ancho por mil de largo, bordeada á la derecha por la laguna mayor y á 
la izquierda por la otra laguna, quiebras, breñas y pantanos. . . Para estar á la defensiva 
aquel sitio era todo lo más estratégico deseable, tanto como el paso de las Termopilas." 

Sin embargo, nosotros pensamos que el campo de Ochomogo se parece tanto á las 
'I'ermópilas, como de la Cerda á Régulo. Los de Cartago, puesto que rompieron el fuego, 
internados doscientas varas en la meseta, y puesto que consta no haber letrocedido 
durante el combate, claro es (jue tenían á su frente el mismo callejón y los mi>mos peligros 
que sus contrarios, mas auncjue se suponga que retrocedieran para situarse en la pequeña 
altura del recodo, no se crea por esto que allí ocuparan posiciones inexpugnables dignas 
(le recordar las Termopilas, sino el pie de una colina perfectamente accesible por uno y 
otro lado 

El recodo de nada les hubiera servido si el General Ramírez hubiera dispuesto 
flanquearlos por derecha ó por izquierla, atravesando con el agua á los tobillos la peque- 
ñísima laguna ó pantano del lado Norte, ó faldeanrlo á pie enjuto la loma que corre al 
Sur de la laguna. Ni á uno ni á otro lado hay montañas escarpadas, ni profundos abismos, 
ni desfiladeros peligrosos: un paraje abierto, alfombrado de verde césped, sirvió de campo 
de batalla, e^ decir, pudo haber servido, si al (ieneral se le hubiera ocurrido hacer portillos 
en los potreros; pero como se empeñó en caminar sólo por el camino real, y los de Car- 
tago tiraban con mampuesto, resultó que los josefinos tuvieron más bajas y no pudieron 
avanzar. 

Como á las ocho de la mañana recibió don Félix Oriamuno, verdailero Jefe del 
combate, una proclama Josefina, firmada por el señor San José, en la cual le llamaban á 
concordia, y mientras él daba lectura á la proclama fué Juan Garro á la cumbre del cerro 
para ver cómo andaba el enemigo. Hajó el espía y dijo que la contraria andaba mal, 
porque ya se veía poca gente. Eso no obstante, envió don Félix un parlamentario con ban- 
dera blanca que enseñase la proclama y dijese por su parte que no había ningún inconve- 
niente para tratar la paz. Total: alto el fuego, y á ver qué había sucedido. Mucha bulla 
y pocas nueCiís: aquí cuatro muertos; allá diez y .seis muertos, veintidós heridos y once 
baldados. 

¡Veinte muertos en cuatro mil combaiientesl Con esa suma á la vista ¿se podrá 
decir en serio que la sangre costarricense se derramó entonces á torrentes? Claro es que 

— 109 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



no; las defunciones de Ochomogo no pueden dar margen á ningún ditirambo bélico en 
honor de nadie, mucho menos del General. Esa cifra por sí sola demuestra que allí todos 
buscaban la paz y ninguno la victoria. Por eso la bandera de parlamento que enarboló don 
Félix fué prontamente acogida en el campo contrario. 

El General Ramírez mandó por representantes suyos, con plenos poderes, al padre 
Aguilar y al Coronel de la Cerda, quienes, situados en un lugar intermedio, iniciaron con 
don Félix las negociaciones de paz. Por su|)uesto al principio de la conferencia cada cual 
pedía gollerías y no era fácil llegar á un avenimiento. El padre Quintana lo notó y fué á 
terciar en el debate, inclinando los ánimos á la concordia. Él consiguió de los enviados 
que viniesen á proseguir la discusión con el mismo don Joaquín, alojado á la sazón en 
una casita que se veía por allí. En ese lugar los enviados recibieron de manos del padre 
Quintana las cinco bases de paz redactadas la víspera en Carta go; las leyeron y después 
de maduro examen dijeron: — ** Perfectamente, señores, lo que ustedes piden es muy justo; 
sólo anularemos la quinta, venga la pluma y á redactar el armisticio. Así: 

"Todos los artículos antedichos los adopta este Comandante por medio de sus 
enviados, á excepción del 5?, añadiendo también que don Rafael Osejo no será empleado 
en el Gobierno, y lo firmamos para que conste. Cuartel General de Ochomogo, Abril 5 
de 1823. — José Ana Aguilar. — Cayetano de la Cerda. — Joaquín Oriamuno." 

Aquella conferencia de la casita terminó con abrazos fraternales. Los enviados 
fueron enseguida á dar cuenta de la capitulación acordada, y el General dijo que la acep- 
taría sólo que los de Cartago le entregasen las armas. Nuevas conferencias. El padre 
Aguilar ofreció entonces solamente que la capitulación sería firmada por el General si 
los de Cartago se resolvían á entregar las armas. El punto era gravísimo; sinembargo, 
se resolvieron á entregarlas, pensando que cuarenta fusiles buenos y cincuenta malos, no 
valían tanto como la garantía de vidas y haciendas y la instalación de un Gobierno 
imparcial que hiciese renacer la quietud tradicional de Costa Rica. 

Mucho trabajo costó á don Félix convencer á la tropa para que aceptase la con- 
dición del desarme, pero después de muchos razonamientos lo hubo de conseguir, y á 
presencia del padre Aguilar, la juramentó de no hacer un tiro más á los josefinos. Y luego 
en compañía del dicho padre fué á presenciar el mismo juramento en el campo contrario. 

La tropa de Cartago, después del juramento, regresó á la ciudad en desordenados 
pelotones, depositó las armas en el cuartel y permaneció algunas horas en la plaza, rece- 
losa de lo que pudiera suceder. 

En efecto, había caído en una celada. Cuando don Félix acompañado del padre 
Aguilar llegó al cuartel general de Ramírez, encontró las cosas muy diversas de como 
esperaba. El juramento no se efectuó, porque el General dijo: — "Yo soy hombre de honor, 
mi tropa ha jurado obedecerme, es decir, que basta con que lo ofrezca yo, para que tenga 
efecto lo que el señor padre Aguilar ha ofrecido en mi nombre." Era, pues, preciso entre 
gar las armas para que el General firmase la capitulación. 

Don Félix, puesto á merced de la buena fe de Ramírez, regresó á la ciudad con 
ánimo de allanar cualquiera dificultad relativa á la entrega del armamento, para lo cual, 
ayudado de los clérigos y frailes del lugar, consiguió la total dispersión de los soldados. 

La tropa Josefina abandonó el campo de Ochomogo y se vino á situar en el alto 
de la cuesta de Quircot. Allí, resguardada con sus cuatro cañones y puesta en línea de 
batalla, esperó durante todo el día informes fidedignos para ejecutar sin peligro ni estré- 
pito el desenlace de la jornada. A las cinco de la tarde se pusieron los josefinos en movi- 
miento: venían á cantar un Te Deum en acción de gracias por la paz. La ciudad estaba 
desierta. Los fusiles almacenados en el cuartel. El cuartel cerrado con llave y ésta en 
poder de don Félix Oriamuno. Ningún obstáculo, pues, podía estorbarles su piadosa 
peregrinación hacia el Santuario. A las seis de la tarde repuntaron por la calle real del 

— no — 



EN EL SIGLO XIX 



molino. Allí los esperaba el bizarro don Félix Oriamuno, acompaña'lo de don Manuel de la 
Torre. Don Félix llevaba la llave del cuartel en una mano y en la otra la capilulación de 
Ochomogo; don Manuel llevaba pluma y tintero. El General recibió la llave pero no dio, 
la firma sino que dijo: — "Va es tarde, señor Oriamuno, pues me hallo pisando las calles 
de la ciudad." 

A partir de aquel momento clon Gregorio José Ramírez tomó actitud de vencedor. 
Huyeron los cabecillas. Entonces el vencedor para prenderlos promulgó un bando en 
<jue ofrecía garantía de vidas y haciendas y olvido de lo pasado. Volvieron los cabecillas. 

V con todos ellos y las armas y la Capital regresó triunfante á San José. 

Los imperialistas de Cartago, encerrados en los calabozos de la Factoiía de 'roba- 
dos soportaron entonces grandes penalidades; incomunicación absolula durante largos 
meses, escasos alimentos, confiscación de bienes, insultos, grillos, carlancas, tormentos. . . 
Pero basta. Cubramos con un velo de silencio las prisiones de In antigua Factoría, para 
no ver 4 los vencedores desnudos de misericordia ni á los vencidos abatidos bajo el peso 
de sus tribulaciones; sólo digamos que después de algunos años Cariago y San José echa- 
ron al olvido para siempre sus pasadas disensiones. 

Apagada eslá aquella siniestra tea de la discordia; apagada está, y ya no puede la 
,, prodigando sus enseñanzas saludables, contar los funestos y recíprocos extravíos 



■déla 



23- 






VI 

Siempre lo mismo 



modificado mucho sus coslum- 
■o, sin embargo, algunos usos se 



OS Costarricenses, ciertamente, har 
bres en la presente centuria; [le 
mantienen inconmovibles. 

Costumbre muy general fué antes aquí y es ahora todavía 
el confundir los célicos ideales de la religión con los terrenales de 
la política, ;Cuántos agitadores lian puesto en juego los send- 
mientos piadosos de este jiueblo con fines extraños a la piedad, 
y cómo lo que parecía religión vino después áser sólo política! 

Ahí están las últimas propagandas de esa especie, lo mismo 
que las antiguas maquinaciones del año 24, diciéndonos, á este 
respecto, que es idéntica la trama de hoy á la de ayer. 

Narremos una antigua aventura políticoreligiosa, para que 
quede comprobado nuestro aserto de que en esto estamos siempre lo mismo. 

En el año de 1 824 tuvieron los vecinos de Carlago varios días de profunda excita- 
ción con motivo del robo de la imagen de la Virgen de los Angeles. Mas, para apreciar 
debidamente la consternación que produjo ese atentado escandaloso, es preciso tener en 
cuenta la encendida piedad que inspiraba en toda Costa Rica dicha imagen, así por su 
representación excelsa como por su venerable antigüedad. 

Casi dos siglos habían pasado entonces por encima de la floresta, la piedra y la 
fuente de las riberas del 'l'oyogreí, sin alterar el ameno frescor de la selva ni conmover 
la roca ni agotar el manantial de la leyenda popular. Ciento ochenta y seis años iban 
transcurridos, desde que los ñeles habían alzado un santuario en la floresta y asentado en 
la piedra legendaria un tabernáculo y concertado con el plácido rumor de aquella fuente, 
ora sus cantos de alabanza, era sus gemidos de penitencia, sin que nunca hubieran cesado 
de llevar allí, en prenda de fe, los tributos de su amor. 

Amaban con entiañable afecto ese símbolo de su fe, y mal doctrinados en su amor, 
rendíanle culto con visos de idolatría. Para el vulgo, la imagen era viva; para todos, 
la imagen era venerable. 



TOMO I 



— liá- 



is 



REVISTA DE COSTA RICA 



Pues en esi imagen puso mano impía un señor Corona, natural y vecino de Car- 
tago. Refiramos el suceso. 

Databa de muchos años atrás la costumbre de traer la imagen, de su Iglesia á la 
Parroquia, para hacerle en ésta grandes fiestas religiosas, á costa de los devotos mantene- 
dores de la ciudad y los barrios, tal cual se acostumbra todavía, con la sola diferencia 
de que la traían desde el día primero de Agosto, y no el tres como usan ahora. 

La funciím del 3 de Agosto de 1824 estaba de antemano señalada para doña 
Manuela Nava, señora de caudal y alta posición en Cartago; así es que con toda certi- 
dumbre se esperaba una gran solemnidad. Y en efecto, los preparativos no dejaban nada 
qué desear. Habría fuerte campaneo acompañado de tambor grande, tamboril y chirimía; 
misa cantada y sermón; buena ave maría con violín, violón y flauta; largo sartal de bombas 
y bombones tendido por las cuatro cuadras de la plaza para el sanctus; opíparo banquete 
para la gente de porte; fuegos de pólvora para la plebe, y un buen sarao para dar fin á 
la fiesta. 

Por supuesto, la víspera de la función, parecía la casa de doña Manuela un jubileo, 
según era de crecido el número de sirvientes, conocidos y amigos que entraban y salían 
llevando recados y trayendo cosas. La baraúnda allí era muy grande, y sin embargo, por 
encima de todas las voces se oía la de doña Manuela que gobernaba los movimientos de 
la maniobra: — Avísenle al padre Joaquín, decía, (jue no deje de venir mañana; degüellen 
pronto la res; al horno con los lechones; compren orégano; traigan jamaica. . . — En fin, lo 
que se llama tener en la mano la batuta. En esos preparativos pasó la .señora todo el día, 
y luego que hubo entrado la noche, ocupóse de otros varios no menos interesantes: — A 
ver, dijo, cómo andamos de ropa; — y abrió un antiguo armario de cedro en cuyos ana- 
queles bien podía caber un almacén; sacó una caja de madera y de ella retiró un ajuar 
de gran valor, compuesto de ehaguas de hilo de t)ro que relucían al igual de una casulla, 
camisa blanca de lino con un millón de lentejuelas, y larga toalla de punto, que, llevada 
como se usaba, ciñendo en vuelta entera los dos brazos, tiraba á sobrepelliz. Escudriñó 
más los ana(|ueles y de ellos apartó varias alhajas: una peineta de carey con embutidos 
de i)lata, dos sortijas de chispas con esmeraldas, un par de chorlos con perlas gruesas y 
finas y un collar de plata sobredorada (pie pesaba á lo menos catorce onzas. Luego pensó 
en sus hijas, y descolgó sendos trajes á la moda, es decir, túnicos de panza lucia ó de 
medio paso, chales de seda y zapatos de raso morunos. En aquel armario estaba entonces 
guardado el primer pañohm (jue vino á Costa Rica, pero la señora ni siquiera lo tocó, 
porcjue prenda tan valiosa se reservaba sólo para los tres jueves del año. Fuera de esta 
única excepí ion todos los demás preparativos daban á entender que la función del día 
.siguiente sería de primera clase, como que así lo demandaban la piedad y categoría de la 
mantenedora. Mas todos los preparativos se perdieron, portjue al amanecer del tres de 
Agosto ya estaba el áureo manto de la imagen, escueto, sobre el argentino pedestal. 

¿De (]ué arte se valieron para ejecutar ese atentado? Muy sencillo. La Parro(|UÍa 
era á la sazón un edificio i)rovisional tle tablas, porque la antigua de cal y canto había 
sido ck-struíJa recientemente por el temblor íle San Estanislao, con lo cual dicho queda 
(|ue no ofrecía seguridad alguna. Las ventanas eran de correderas, y el señor Corona las 
corrió á deshora de la noche, dando sorpresa inesperada al vecindario. 

El goli)e fué tremendo. Todo Cartago .se puso en movimiento. Mil conjeturas cru- 
zaron {)or los ánimos. ¿.Se habría ido la \'irgen huyendo de tanto i)ecado ó habrían sido 
los pecadores (juienes se la habían llevado? V si eran éstos ¿qué se i)roponían y dónde 
estaban, para prenderlos y castigarlos? En vano fueron registrados acjuella vez los tem- 
plos, casas, calles y caminos; en ninguna parte parecían ni la imagen ni los rai)tores. 

A medida cjue transcurrían las horas y los días, y no daban con la Virgen, iba 
creciendo la consternación del vecindario. Las muchedumbres tumultuaban por doquiera: 

— 114 — 



EN EL SIGLO XIX 



ora los feligreses llevaban sobre la cabeza grandes piedras por penitencia; ora los suspica- 
ces empuñaban en sus manos los machetes por amenaza; ora, unos y otros, conturbaban 
el silencio de los templos con alaridos, clamores, promesas y rogaciones. La situación era 
muy grave: el pueblo en masa estaba levantado. Voces á la sordina le decían: — '^¡Los 
josefinobi ¡los josefinosl" — Pero con gran sindéresis, contestaba: — *'Si ellos fuesen, se la 
hubieran llevado cuando se llevaron la capital." 

Y a^í, en aquella ¡írofunda excitación popular, habían transcurrido ya varios días, 
cuando en secreto conciliábulo discutíase la manera de remediar la situación. — Va Uds. lo 
ven, dijo Corona, hemos errado el golpe por entero. No hay esperanza alguna de recobrar 
la capital; esta gente no se levanta contra San José por nada de este mundo. — Los 
Escalantes fueron ciel mismo parecer, y pen.^ó del mismo modo don Juan de Dios 
Marchena. 

A la madrugada del día siguiente iba, camino de Ujarrás, un recatado pasajero 
llamado José Antonio Morales, estudiante de Ciramática, (|ue tenía ¡)osada en casa de 
doña Manuela Nava, la madre de los Escalantes. Morales llegó á la Villa, se fué derecho 
al Convento, amarró su cabalgadura, quitó de ella las alforjas y r.'gó al padre cura que 
lo confesase. — Está muy bien, hijo: di el "yo pecador". . . y ¿qué otra cosa?. . . y ¿qué 
otra cosa?. . . — Que aquí traigo la imagen. — ¡Desdicha lo! y ¿pretendes secreto confesio- 
nal? Imposible; huye de aquí con tus alforjas. 

El estudiante no perdió su sangre fría, montó á caballo, y puso rumbo á Orosi. 
De allí los frailes le despidieron con la mib;n a negativa, y de esta suerte regresó á Cartago 
con las penas derramadas. Tomó de nuevo el camino, buscando quién !e recibiera, bajo 
secreto inviolable, aquellas alforjas que le (piemaban. Llegó á Trts Ríos, y nada pudo 
conseguir; imploró de rodillas en Curridabat, y allí Eray Juan Padrón, tocado de miseri- 
cordia, le ofreció el secreto y le recibió la imagen. 

Eray Juan inmediatamente dio aviso á Cartago de (jue al día siguiente vendría 
con sus feligreses, en procesión de rogativa para cjue pareciera la imagen, sin decir á 
nadie que él la tenía. En efecto, se vino bajo palio, seguido de toda la indiada de Curri- 
dabat, y, buscando un lance oportuno para hacer la restitución, estuvo en San Nicolás, 
en el Carmen, en los Angeles, y el lance no se presentaba. Llegó al Convento. El cos- 
tado izquierdo de esa iglesia, especialmente el espacio comprendido entre el altar de la 
Purísima y el de la Vera Cruz, era sumamente oscuro, lanto (jue el padre Quintana, según 
decían los viejos, siempre lo prefería para hacer oración y penitencia, porque no lo viera 
la gente. Esa poca luz cuadraba bien á los manipuleos de Eray Padrón, quien, acercándose 
al altar de la Purísima, dejó la imagen tapada con el vi.so, junto á la puerta del Sagrario, 
sin que nadie lo notase. Pero al salir de la iglesia sí le dijo al padre Quesada, que estaba 
confesando á la sazón, dónde quedaba la imagen para que tuviera cuidado, y é.ste, sin 
abandonar el confesonario, largo rato después, llamó á Eray Manuel, y le ordenó que 
arreglase todo, porque á la tarde habría visita de altares. 

F2n efecto, Eray Manuel se puso en .seguida á sacudir y sacudió tanto que por fin 
llegó sacudiendo al altar déla Puríbima. ;()h sorpresa la de Eray Manuell — Señores ¡aquí 
e.stá, aquí está; vengan á verlal 

Y así pareció la imagen, y acudió luego la gente, y reventaron muchos cohetes, 
y siguieron las funciones como de costumbre. 

He ahí, pues, una intriga político-religiosa, preludio de otras muchas verificadas 
aquí durante la presente centuria. 

Nada consiguieron entonces aquéllos (jue buscaron la política por el camino 
de la religión; nada han conseguido después quienes por esos mismos caminos han 
trajinado, y sin embargo, seguros estamos de que aún no se han acabado los 
pasajeros. 

— 115 — 








VII 




oR el año de 1833 estaba Costa Rica en pleno régimen federal. 
La convicción que abrigaron los proceres de la independencia 
de Centro América acerca de la pequenez de su propio país, les 
sugirió la idea de mantener unidas en un solo cuerpo de nación 
las cinco provincias del antiguo reino de (juaiemala; pero como 
para ello ofrecía dificultades el espíritu de localismo creado en 
el recíproco aislamiento en que vivieron duranie el coloniaje, 
buscaron un sislema por el cual cada sección, sin romper el 
\ínculo nacional y común á todas ellas, pudiera manejarse por sf 
misma y cuidar de sus propios y peculiares intereses Se engaña- 
ron. 1.a Federación, que es la fórmula más perfecta del sistema 
republicano, requiere condiciones muy diversas de las que tenía 
Centro .Amériía en el año de :82i. Mezquino era, en verdad, el aporte cívico de aquellos 
hombres á hi vida libre: ni ciencia ni experiencia en ei manejo de ios negocios públicos. 
Los liberales quisieron salvar de un salto la distancia que separa el absolutismo de la 
libertad, y los conservadores pretendieron mantener en imposible consorcio el absolu- 
tismo y la libertad. Se anarquizaron, y abrieron en ei ensangrentado suelo de la patria 
hondos abismos (¡ue aun no ha podido cegar completamente el tiempo. Ciertamente, el 
período de la federación recuerda días aciagos para Centro América, (nintemala. El Sal- 
vador, Honduras y Nicaragua ardieron entonces en perenne guerra civil. Sólo Cosía 
Kica se mantuvo en paz. 



REVISTA DE COSTA RICA 



Mas no se crea por esto que los costarricenses vivieran entonces vida paradisíaca, 
exentos de rencores y pasiones políticas; no, que deslumhrados por aquella funesta gue- 
rra federal tomaron muchas veces por los extraviados caminos del localismo, en demanda 
del hien púhlico, y se engolfaron en peligrosas disensiones; pero, eso sí, sus crisis pasajeras 
terminaron siempre ó casi siempre con soluciones pacíficas. 

Crisis famosa la del año de 1833. Fué ella una lucha electoral reñida. Se trataba 
de elegir el sucesor de don Juan Mora Fernández. Los costarricences entonces se par- 
tieron en dos bandos, el uno llamado de Xo-íí yorkinos y el otro de los escoceses^ procla- 
mando candidatos respectivamente á don Nicolás Ulloa y á don Manuel Aguilar. Hubo 
grande excitación. Ambos partidos se esforzaron por alcanzar el triunfo, y sin embargo, 
ninguno de ellos lo obtuvo, porque los azares de la política son como los de la guerra, 
que un accidente inesperado lleva la victoria á donde menos se había pensado. Verifi- 
cados los escrutinios resultaron, don Manuel Aguilar con 21 votos, don Nicolás Ulloa 
con 19, don Agustín Gutiérrez con 5 y don Rafael Gallegos con i; ninguno obtuvo la 
pluralidad legal, y -por lo tanto, la Asamblea debía perfeccionar la elección escogiendo 
uno de esos cuatro ciudadanos. Los Diputados yorkinos, temiendo que los escoceses se 
salieran con la suya, propusieron avenimiento: un tercero en discordia, don Rafael Galle- 
gos. Los escoceses, que no las tenían todas consigo, aceptaron el avenimiento, pero no 
sin murmurar y expresar dudas acerca de la validez del voto único dado á favor del señor 
(iallegos. 

Las dudas y murmullos tenían el siguiente origen: don Pedro Carazo, elector por 
Cartago, sufragó á favor de Ulloa, y siete días después, dio su voto en la Junta electoral 
de San José, el mismo don Pedro, como elector por Térraba, á favor de Gallegos. Ese 
voto, llamado por mal nombre el terrabauo, luego se hizo célebre, porque á pesar de 
haber sido, como fué, voto volado, prevaleció al fin de la jornada sobre todos los demás. 

En circunstancias muy difíciles ascendió, pues, el señor Gallegos al Poder, y como 
no llevaba un partido propio que lo acuerpase, ni facilitaban su camino las complicadas 
instituciones de acjuel entonces, se vio frecuentemente hostigado ^ox yorkinos y escoceses. 
Las buenas intenciones de aquel ]iiÍKt, su probidad y ejemplar respeto á la ley no fueron 
valladar ba.stante á contener el ími>etu de sus contrarios. Los días de su gobierno fueron, 
en verdad, días de grande turbulencia en Costa Rica. 

Pongamos en ese período nuestra vista, queá la luz de la encendida tea de la dis- 
cordia, podremos observar bien la poca cultura, la incipiente riíjueza y las toscas cos- 
tumbres de aquella época. 

Doce años iban trascurridos desde la Inde|)endencia, tiempo insuficiente para que 
se hubiera efectuado una radical transformación social, pero, sin embargo, ya se notaban 
ciertos indicios de progreso. 

l'na Municipalidad de San José había tenido la feliz ocurrencia de conceder gra- 
tuitamente los terrenos de su jurisdicción á quienes los cultivasen de café, y ya en ese 
año se exportaron 978 (juintales, beneficiados á pilón; la guerra civil de los demás Esta- 
dos indircctamjnte fomentaba aíjuí la agricultura, ponjue allá se consumían productos 
costarriíjueños, dulce y tabaco; el rico mineral del Aguacate, en plena producción, 
aumentiiba considerablemente la ricjueza pública; ya eran artículos exportables los cueros, 
brasil, cocobola, caoba, carey, zarza y ("oncha nácar; y ya, en fin, el comercio con plazas 
extranjeras, especialmente con Jamaica, principiaba á ejercer su benéfico influjo en todo 
el país. 

En cuanto á la cultura intelectual poco se había logrado conseguir, ponjue aun no 
había sonado la hora de fundar escuelas y colegios. 

Un clamor general se levantaba por docpiiera pidiendo instrucción pública, pero 
las exiguas rentas del Estado con elocuencia ineludible contestaban: imposible. 

— 118 — 



EN EL SIGLO XIX 



La tributación estaba repartida así: pagaban los costarricenses: para el culto, los 
diezmos y primicias de todos los frutos y ganados; los derechos de estola y contribucio- 
nes para templos, ornamentos, vasos sagrados, etc., etc.; para el Gobierno Federal, los 
derechos de aduana y bodegaje; para la Hacienda del Estado, el cuatro por ciento de 
alcabala sobre el comercio interior y sobre las ventas de fincas rústicas y urbanas, y el 
impuesto sobre los estancos de aguardiente, tabaco y papel sellado; para la administra- 
ción de justicia, los derechos según arancel; para la composición de caminos, los impues- 
tos de capitación y peaje; y para los fondos de propios, el impuesto de piso sobre los 
tercios, bultos y barriles del comercio y sobre las cosechas de tabaco, las patentes de tien- 
das, truchas, billares y galleras, y ademá;^ el derecho de destace. Pero todo ello, aun- 
que es mucha su nomenclatura, era de poca sustancia. Las rentas del Estado en el año 
de 1833, alcanzaron tan sólo á $ 42,276-00. 

Con esa suma no era posible acometer empresa alguna de importancia. Doblar 
los aranceles para aumentar los ingresos, como después se ha verificado, recurso fácil 
hubiera sido, en verdad, pero á más de ser contraproducente, no lo hubieran aguantado 
aquellos ciudadanos. Gracias, pues, que se notaba algún progreso material, es decir, 
que se notaba en San José, porque en las otras provincias del Estado ni se notaba ni exis- 
tía; ellas perduraban como en los tiempos de la Colonia, estacionarias. 

San José, pues, como iba á la cabeza, debía ser la que primero experimentase las 
influencias del progreso en la modificación de sus costumbres, así en lo bueno como en 
lo malo. Ya por entonces comenzaron á quejarse allí de los billares y garitos (jue fomen- 
taban la vagancia; de la prostitución que enfermaba á la juventud; del aguardiente que 
embrutecía al pueblo; de las doctrinas liberales que desquiciaban la sociedad; ya se hablaba 
de las trampas de los jornaleros, de robos de café, de moneda falsa y vedados amo- 
ríos. Pero, en cambio, también se hablaba de empedrar las calles, de hermosear la ciudad, 
de construir edificios públicos, de ensanchar los cafetines y, sobre todo, ya se hablaba á 
voz en cuello de los derechos indiscutibles del ciudadano. La capital, pues, á juicio de 
Iom provincianos, se transformaba. 

Entonces estaba don Eusebio Rodríguez en el apogeo de sus faenas arquitectó- 
nicas. La portada de la Parrocjuia, la casa del Cuño, la casa del Cabildo y el Cuartel, 
deslumbraban á la muchedumbre con sus paredes de seis cuartas de espesor y sus 
cadenas de tercia en cuadro y su artesonado incorruptible é inexpugnables puertas y 
ventanas, como si en verdad hubiesen sido esas obras maravillas del arte. 

Extáticos se (juedaban los i)rovincianos cuando miraban los progresos mate- 
riales de ?an José, y en vez de sentir p<r ellos en su pecho noble emulación, sen- 
tían envidia. 

Hé ahí, decían los de Cartago, Heredia, y Alajuela, hé ahí que cuando nosotros 
permanecemos estacionarios, San José se levanta como la espuma, por ser la capital; 
hé ahí cómo se rompe el equilibrio y se vulnera la justicia, porijue así de los bienes 
como de los males, debemos participar por igual todo.s los costarricenses; y no reparaban 
en la verdadera clave para explicar el enigma: en los tabacales, cafetales y cañales de los 
josefinos; no reparaban, ponjue debido á las intrigas del Bachiller Osejo, sólo ponían oído 
atento á las palabras de aquel apóstol de la di.scor.liaíjue ap:)rentándoles amor les llevaba 
como de la mano á la anarquía. 

Sus adormecidos odios renacían violentos cuando en el folleto titulado "La igual- 
dad en acción," escrito por Osejo, leían las siguientes palabras: '-Es indudable que el 
pueblo en (jue se halla la Sede Suprema adquiere mejoras incalculables; ya por el con- 
curso de la industria, luces y caudales de los viajeros que ingresan; ya porque la civiliza- 
ción progresa imponderablemente con sólo la producción, e.xamen, controversia y manejo 
de los negocios del Estado que se ofrecen todos los días Que la residencia 

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REVISTA DE COSTA RICA 



(le las Autoridades Supremas alterne periódicamente cada dos años en las cuatro ciuda- 
des principales." Y la palabra **ambulancia," iniciada con ese folleto, comenzó á resonar 
desde 1831 por todos los ámbitos del Estado. 

Ciertamente aquel fué el período típico del localismo en Costa Rica, y aquélla la 
época turbulenta que cruzó el recién electo Jefe don Rafael Gallegos, combatido por los 
yorkinos, hostigado por los escoceses, apremiado por los provincianos y- maniatado por 
la Constitución. 

La idea primordial que inspiró á los constituyentes del año 24 fué la de resguardar 
las instituciones, de los abusos del poder: por eso en su Código dejaron ai Jefe Supremo 
fuertemente constreñido en medio de un Consejo ó Poder Moderador, una libérrima Asam- 
blea, un Ministro responsable y un Jefe Político Superior, para que todos ellos le llamasen al 
orden y le parasen cada vez que tambaleara en sus manos el depósito sagrado de la Ley; y á 
los otros Poderes también los dejaron bien fiscalizados entre sí, Pero los resu'tados de 
cautela tan exquisita no fueron satisfactorios. De aquella época son las siguientes palabras: 

'*Las leyes no tienen vigor ni conexión, no hay Códigos arreglados, no hay perso- 
nas propias para ejecutarlas, ni prestigio alguno en los funcionarios para poderlas 
ejecutar. El Jefe del Estado es un autómata, preso en una casa, que no puede más que 
pedir y dar informes. El Jefe Político es un reparte-papeles y acusa-recibos. El Consejo, 
un mal contador de Cofradías y Propios, que á ratos quiere meterse á Soberano. La Asam- 
blea es por lo común un club de rivalidades y disputas vanas. La Corte de Justicia un 
mero espantajo para los Alcaldes. Éstos unos meros corchetes de la Corte, sin ninguna 
respetabilidad, ocupados en conciliar demandas hasta de cuatro reales, y los Munícipes 
unos entes inoficiosos que ocupan asiento y nada hacen. ¡Pobre Estado! se consume en 
medio de tanto funcionario yerto." 

Y de veras, los hechos comprueban esas palabras. El tropiezo que encontró una 
medida de buen gobierno dictada por el señor Gallegos poco después de haber ascen- 
dido al poder, puso en evidencia su difícil situación. Veámosla. Allá en Liberia las cosas 
andaban mal: los emigrados nicaragüenses tenían revuelto el lugar, nadie daba buena 
cuenta del papel sellado, nadie tenía sosiego en su casa, todo el mundo era dueño de 
las haciendas, todo el mundo litigaba, había mucha borrachera, mucha marimba y poco 
trabajo; no era posible mirar con indiferencia tales procederes. Para intentar remedio al 
mal, dispuso el Jefe Supremo mandar al Intendente General, don Joaquín Rivas, á ver si 
ponía allí cada cosa en su lugar, y al efecto emitió un decreto señalando las atribuciones 
y el sobresueldo de $ 30-00 mensuales que debía llevar el enviado. Pero no bien había 
salido del camino el Intendente cuando ya el Poder Moderador ponía el grito en el 
cielo, diciendo: — ;Alto, Jefe Supremo, que estáis legislando y disponiendo indebidamente 
de los caudales públicos! — Y como el Jefe Político Superior no se quedaba atrás, también 
decía: — ¡Alto, Jefe Supremo! (jue estáis usurpando mis atribuciones, porque á mí me 
corresponde velar por el orden público, y eso no se delega. 

No se vaya á creer que la discusión se mantenía en lenguaje dulce, nada de eso. 
He acjuí la prueba: *'E1 Consejo teniendo á la vista vuestra exposición en la cjue refutáis 
la (jue este Cuerpo os hizo, ha acordado deciros, que lejos de desvanecer en vuestras 
observaciones las convincentes razones (jue expuso el Consejo, las vigoriza en tales tér- 
minos, (jue insiste en (|ue las leyesen que se vale el Ejecutivo le demarcan sus atribucio- 
nes. . . . En vista de lo dicho, este Cuerpo no encuentra absolutamente facultad alguna 
en el Supremo (iobierno para despojar al mando político de la autorización que le 
confiere la Ley ni (jue se la podáis conferir al Intendente. Si esto no es reformar las leyes, 
el Cuerpo Conservador no entiende absolutamente los artículos constitucionales en 

que se apoya para desconocer vuestro Decreto Este Cuerpo nunca ha negado al 

P. E. que pueda invertir parte ó el todo del Erario, pero conforme á las leyes; mas á su 

— I 20 — 



EN KL SUjLO XIX 



arbitrio, no encuentra ley que se lo permita, ni en poca ni en mucha cantidad y 

por otra parte, constándole la resistencia que manifestáis para derogar vuestro decreto, 
no ciñéndolo á la Constitución, se halla estrechamente compelido á usar de sus atribu- 
ciones, dando cuenta á la Asamblea de la infracción que os ha advertido y manifestado.'* 

Tan recio habló entonces el Consejo (jue por fin el Jefe, temeroso de haber trans- 
gredido la Constitución, dispuso que se volviera el Intendente mientras la Asamblea, 
como (jue era Soberana, resolvía en sus próximas sesiones la controversia. 

Otro ejemplo. Había que nombrar un guarda para la Aduana de Puntarenas y un 
sargento para el Cuartel Principal. Con ese motivo, el Jefe llamó á su Ministro y le dijo: 
— Vea, don Joaquín Bernardo, póngase un acuerdo nombrando á Juan Alvarado de guarda; 
hay que preferirlo, porque está muy pobre y cargado de familia; y á don Santos León me lo 
pone de sargento. — Señor, le contestó el Ministro, esos nombramientos no se pueden 
hacer así no más; para ello es indispensable que el (íeneral Pinto y Francisco María man- 
den su terna, y si no, no. — ¿Címíjue yo no puedo nombrar un sargento? — Señor, la ley está 
muy clara. — Y al solo nombre de la ley, el Jefe Supremo bajó la cabeza y la acató. 

Otro ejemplo aun más notable. Rl señor Gallegos era proveedor (le aguardiente. 
Tenía una gran finca de caña en Tres Ríos que requería su personal inspección; pero 
como los deberes de su cargo le impedían salir de San José, no la podía atender debida- 
mente, y el negocio, por supuesto, andaba mal. Pidió i>ermiso para ir de vez en cuando á 
Tres Ríos y acertó á encontrar á la Asamblea en un día de buen humor. Hé aquí el 
documento que recuerda cómo los Jefes Supremos estaban fijos en su despacho, sin andar 
al garete de parte en parte á su albedrío, y cómo también, por encima de .sus particula- 
res intereses, había quien los refrenase: la Ley. 

"La .Asamblea en sesión de ayer, al artículo 9? acordó decir al Ejecutivo: que 
puede visitar su hacienda siempre y cuando lo estime conveniente, hallándose tan inme- 
diata á esta ciudad, y pudiendo hacerlo sin perjuicio del De.spacho " 

Ya con el permiso, vistióse el Jefe su cotona, caló el vicuño, prendió al cinto la 

espada, calzó largas espuelas, tomó el poncho, .sacudió el pellón, montó en la muía 

y á Tres Rios, como cualquier hijo de vecino. ¿Y los edecanes? ¡Qué edecanes ni qué india 
envuelta! Los edecanes los llevaba en su guacalona. ¿\ el acompañamiento? ¡Qué 
acompañamiento ni qué requisitosl Su sécjuito consistía en el mozo que le precedía llevando 
la maleta y explorando los malos pa.sos del camino; que allí no iba para darse tono, sino 
más bien á refrescarse de las pullas que le asestaban los yorquinos y escoceses, refregán- 
dole á cada rato el voto terrabatio, y á tomar fuerzas para resistir el chubasco que se 
venía encima con el proyecto de la Ambulancia. 

En efecto, al fin del año 33 estaban los ánimos más exaltados que al principio. 
Todo anunciaba una gran conflagración. El asunto de la Sede Suprema traía inquietos 
á josefinos y provincianos, y eran por su causa tan acerbas las mutuas invectivas y tan 
graves las circunstancias del momento, que ya el señor (lallcgos más bien estaba por 
renunciar la Jefatura. Llegó el año 34, instalóse la Asamblea y surgió el conflicto. De 
los doce diputados siete pedían la ambulancia. 

Para hacer aún más intrincado acjuel embrollo vino entonces á la escena la Tertu- 
lia del padre Arista, agrupación política, (jue, nacida al impulso de la amistad, y criada 
al calor de las pasiones, y mantenida al abrigo de las leyes, celo.sa, pertinaz y violenta, 
precipitó con sus criticas los sucesos, en los cuales ella misma terminó su borrascosa 
existencia cuando, eclipsada aquí la libertad, asomaban en los patrios horizontes los 
negros nubarrones de "la Liga," precursores de Carrillo. 

Esa agrupación nació con motivo de la enfermedad del padre Vicente Castro, cono- 
cido con el pseudónimo de padre Arista. Hé aquí la fe de bautismo. "Casualmente se ha 
establecido La Tertulia en esta ciudad, en donde es envidiable la libertad y buena fe 



TOMO I — 12 1 — 16 



^ 



REVISTA DE COSTA RICA 



con que se tratan todos los asuntos que se promueven por los conciurentes; en sus prin- 
cipios no fué sino una expresión de amistad al sujeto á quien visitaban para hacerle en 
alguna parte soportables las penalidades de una enfermedad; mas como en esta reunión 
presidiese la libertad, bien pronto se hizo notable por el examen y censura que en ella 
sufrían los actos oficiales de las Autoridades." 

La Tertulia hizo, en efecto, rápidos progresos en su desarrollo; fundó el servicio 
de correos en Costa Rica, editó un periódico que le sirviese de órgano para comunicarse 



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liA TERTULIA. 



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con el público y contó en su seno, entre varios prominentes josefinos, á don Braulio 
Carrillo, don Manuel Aguilar, don M. Montealegre y los Licdos. Guerrero y Arguello. El 
régimen de la Tertulia era interesante. "... .A ella concurren, dice el periódico, varios 
funcionarios y sujetos de todas las clases de la sociedad, sin que á ninguno se le dé pre- 
ferencia ni á nadie se deprima, pues la igualdad que en ella reina es tan perfecta, que no 
puede serlo más: no es menor la libertad que se disfruta: cada uno asiste el día y á la hora 
que quiere, sin que nadie sea mal recibido, ni á ninguno se le haga cargo por no haber ido 
ó por haber llegado tarde; á todos se les hace cargo por su conducta pública, cuando no 
parece arreglada, y se les oyen sus descargos, si los quieren dar, pero todo en una especie 
de discusión familiar y amigable, de modo que puedan corregirse; se critican con plena 
libertad las providencias emanadas de los Poderes Supremos y de los subalternos, pero 
como no siempre hay qué criticar ni cargos que hacer, muchas noches se pasan en con- 
versaciones familiares, comunicándose las noticias que cada uno tiene por interesantes, y 
proponiéndose y discutiéndose cuestiones sobre todas las materias útiles al público ó 
á los particulares." 

Es decir, así se condujo algún tiempo la Tertulia, porque ya cuando se puso sobre 
el tapete el proyecto de la Ambulancia, todo el mundo perdió los estribos, y las sesiones 
del Padre Arista se volvieron apasionadas, frenéticas y tempestuosas. 

Tomaba la palabra un magnate para tratar del runrún que andaba por la 
calle, relativo á la próxima renuncia del Jefe, y decía: — **¿Por qué viene ahora el 
ciudadano (iallegos con esa embajada? Él no era hombre nuevo en el despacho, 
pues cuando estuvo de Vicejefe empuñó varias veces las riendas y pulsó los incon- 
venientes del empleo. También debía ya saber (jue el pueblo ilustrado de Costa Rica 
conoce sus derechos: que estaba entendido ser tan falsa la máxima de que el Papa 
es supraconcílium, como el Jefe suprapópulum, pues este último le ha conferido 
facultades, bajo determinadas condiciones, y por tanto puede residenciarlo, observar 
su conducta y tratar de sus procedimientos; cjue se pasó el tiempo en que el Jefe era 
un oráculo." 

— "Pido la palabra," decía otro. Y el padre Arista contestaba: — "Tiene la palabra 
el ciudadano Rasca Rabias." 

— "Si el Jefe lo hace con respecto á sus intereses, ya conocía que debía estar 
separado de su hacienda, como lo estuvo ocho años que duró de Vicejefe á todo su 
gusto, sin que por esta razón dejase de destilar y vender bien su aguardiente, como lo 

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EN EL SIGLO XIX 



expende en la actualidad, y debiendo, como debía tener todo esto presente ¿por qué, 
pues, admitió el empleo?" 

— **No, no, — decía el de más allá, — es mejor que se vaya, para que no sea tan 
orgulloso ni tan amigo de ofrecer matar al que escriba en contra de él." — **Que no se la 
acepten, decía otro, porque en la actualidad son peligrosas las elecciones y hay que econo- 
mizar este sagrado derecho." — "Que sí;" — ''qut nó." — Hasta que terciando el padre, 
sonaba la campanilla y cjuedaba el punto en suspenso. 

En aquel tiempo no había policía, pero chismosos nunca han faltado; así es que 
pronto el Jefe tenía noticia de las arengas, y paseándose á lo largo del corredor, soltaba 
en arrebatados soliloquios unos verbos tan fieros, que no eran todos los transeúntes los 
que pasaban sin amedrentarse. 

— ";Ah perro, anarquista, ya verás lo que te pasal Te mato. Con mi sable te voy á 
partir." Y el transeúnte doblaba la esquina más muerto que vivo, sin saber que la cosa 
rezaba con los tertulianos. Pero advierta el lector y admírese de que el Jefe no dijera: te 
pongo preso, te destierro, te quito el destino, sino tan sólo te mato, expresión inocente, 
porque él á nadie mataba ni privaba de garantías, para no pasar sobre la ley. 

Los oradores de la Tertulia, en verdad, pusieron á prueba la conducta de Galle- 
gos. Prosigamos refiriendo sus discursos: — **Ciudadanos: el Jefe Supremo está acometido 
de furor contra la Tertulia y su periódico, y dice: me aborreciera yo á mí mismo si diera 
contestación á los despreciables papeles de esos canallas insolentes; se niega á contestar 
los impresos y sólo se contenta con hacer tantas gesticulaciones cuando nos ve. que 
parece que le han exprimido en su boca suprema tres limones. No lo puede hacer, porque 
con la pluma de chompipe con que escribe J(/s/ Rafael de Cistieros nada se puede hacer 
de provecho. -Majaderol " 

Durante ciertos intervalos soltaban al Jefe y tomaban á la Municipalidad. Oigámos- 
los: — "Hace muchos días que la atención de los tertulianos está ¡)uesta en la providencia 
de barrer las calles todas las semanas, los sábados, bajo la pena de ocho reales de multa, 
que dio esta Municipalidad: ella ha parecido injusta, impolítica é inconsiderada; ya 
porque el viento recarga el mucho polvo de esta ciudad sobre unas casas y deja á las otras 
la parte limpia; ya porque el aseo de las calles es ocupación propia de reo.s, y ya, en fin, 
porque éste es un país donde se fabrica con tierra, y pobres de aquéllos por cuyas calles 
deben pasar las carretas con barro y adobes, pues no bastarán dos peones cada semana 
para atenderlas; á que se agrega que ocho reales de multa por no barrer es dt-masiado 
rigor en un pueblo como éste, á más de que si la calle es una propiedad del público, no 
otro que éste debe cuidar «le ella." 

A veces satisfechos de l.i influencia social (jue estaban ejerciendo, entonaban 
himnos de alabanza á la Tertulia y decían: — "¡Dichosa libertad que nos proporciona tan 
útiles asambleas, donde ni el temor del Poder, ni el respeto humano hacen callar la voz 
de un ser libre resentidol Cuántas veces en presencia de los mismos funcionarios se cen- 
sura su conducta pública; esto es constante; se dice tjue los alcaldes miran con indolencia 
la persecución de vagos; que los billares en días comunes e.stán llenos de oficiales, de 
jornaleros, y lo que es peor, de hijos de familia. ¡Pobre juventud!" Y otro agregaba: — "Por 
eso, y porque el Juez de la Instancia de esta ciudad se hace el desentendido con respecto 
á una señora viciosa que debía estar en tutoría y sus hijos repartidos en personas honradas. 
¡Oh interesante reuniónl que facultas hablar así al oído de los mismos Magistrados para 
decirles: ninguna cosa merece más la atención que el despotismo judicial de Cartago: 
éste demanda medidas serias y pronto remedio: en los Tres Ríos tomó asiento la arbitra- 
riedad y lo peor es que allí todo viene de lo alto. Pudieran referirse varias piezas de ese 
pueblo, pero hay mucho que decir y quedan para después, advirtiendo que son de aque 
lias cosas en que el hombre suele ocuparse no siendo de su ministerio." 



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REVISTA DE COSTA RICA 



El periódico reflejaba fielmente el vaivén de las sesiones. Algunos números salían 
como loros guacos, según eran de fuertes los comunicados. He aquí uno de tantos cachiflines: 

"Aviso al público. En la calle tal, casa tal, frente á tal parte (todo con sus pelos, 
colores y señales), se venden muy buenos pellejos de danta, crudos y curtidos, á precios 
módicos. Su más frecuente uso es el de mascarillas para cubrirse la cara los que no tienen 
vergüenza; y su duración es tan grande que el mismo vendedor hizo una hace dos años 
y auncjue diari.imenie se la pone, lejos de desmerecer, engruesa más." 

De modo que bastante levadura tenían los josefinos con La Tertulia, para que no 
deplorasen el nuevo fermento de la Ambulancia. Una cosa, sin embargo, los mantenía en 
relativo sosiego: la esperanza. Esperaban que los diputados provincianos no tuvieran 
número para el resello, recjuisito indispensable, porque el Ejecutivo y el Consejo habían 
improbado la medida. Ellos eran siete y les faltaba un voto; así es que como no flaquease 
alguno de los cuatro josefinos, bien podían los ambulantes darse por perdidos. Uno de 
esos cuatro diputados por San José era el padre Andrés Rivera, oriundo de Ujarrás, acerca 
de (juien corrían encontradas conjeturas, porque el padre no soltaba prendas, confirmando 
la vieja y nueva práctica de escurrirse en política, que tienen los de Ujarrás. 

Pongamos oído atento á la sesión. Hablaba un diputado josefino, diciendo: 

^* Por esas razones soy antiambulantv; pero si el proyecto pasa, de cierto modo me 

alcgr¿iré, porque está visto que tras la capital anda siempre, lo mismo que tras los grandes 
butjues, una multitud de sardinas hambrientas, recogiendo las migajas. He dicho." 

Kl tiro i)arlamentario fué tan fuerte que el padre José Antonio, representante de 
Cartago, ahogándose de cólera, ¡ndió la palabra y dijo: — "Gracias á Dios tengo qué 
comer y no soy como dice el diputado don Juan Diego. . ." El Presidente, interrumpiendo 
con un golpe <lc campanilla, dijo: — "Vea como habla el preopinante, porcjue hay una ley 
que prohibe los tratamientos de (/oh y su merced-, todos nos titulamos ciudadanos.''* — "Pues 
bien, voy á demostrar (pie la Ambulancia, lejos de ser tan mala como supone el diputado 
iudadano Honilla, es muy buena, benéfica y santa, como lo probó antes el Padre don Nico- 
l/is ..." — Tilín, tilín. — ".\dvierta (pie l'so^ dones huelen á uvas y que ya pasó el tiempo 
de las uvas: igualdad." — "Está bien, es (¡ue se me olvi<la; pero ¿cómo el Presidente no 
to( a á todos la campanilla con igualdad?" — El Presidente, no hallando qué contestar, 
sus])en(li<') la discusión para el día siguiente. 

Las discusiones sucesivas fueron de lo más acaloradas posible, hasta que agotadas 
las mutuas invectivas, dijo el Presidente: — "¡A votarl" — ¡Momento supremol ¡Oh padre 
Riveral ¿Quién lo creería? votó con los ambulantes, y resellado el decreto ya fué ley del 
Estado la Ambulancia; todo el mundo, pues, á cumplir la ley. 

He a(|uí el texto: "La Asimblea del Estado libre de Costa Rica, considerando. . . . 
ha venido en decretar y decreta: 

".Artículo i" — Las Supremas Autoridades del Estado residirán el período de 
(niatro años en kis ciudades de .Alajuela, Heredia, Cartago y San José, etc., etc." 

Era, pues, preciso hacer viaje á Alajuela cor» todos los personajes, archivos y tras- 
tos oficiales. La prensa dio cuenta del suceso en estos términos: "El Ejecutivo, acompa- 
ñado de una lucida y numerosa comitiva de funcionarios y vecinos del honrado y virtuoso 
pueblo josefino, emprendió su marcha para Alajuela el 25 de Abril, y allí fué recibido 
por todo el pueblo con entusiasmo y plac> r, habiéndole hecho las tropas los honores 
debidos y salud:'ulolo con silvas de fusilería. Del vecindario de Heredia le salieron á 
encontrar unos pocos vecintxs. La traslación de archivos y muebles de las oficinas costó 
treinta y tres pesos, á más del j)rest de un día de la escolta (jue los acompañó." 

Justo es consignar (|ue el pueblo josefino dio entonces una pruei)a ejemplar de 
sumisi()n á la lev, acatando sin estré¡>ito alguno cuanto ella prevenía. Pero, por supuesto, 
no faltaban algunos intransigentes (|ue soltaran, ora una amenaza, ora una ironía, muy 



( 



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EN EL SIGLO XIX 



especialmente en la Tertulia. Oigámoslos: — "Costarricenses: funestos antecedentes nos 
presagian tristes y dolorosos resultados: las intrigas, las pasiones y las particulares miras 
nos precipitan y aun nos preparan el féretro. ... Se opina con generalidad que el Jefe 
tiene parte en el decreto: unos lo atribuyen á recuerdos que hará de su cuna y de la anti- 
gua nobleza, pero otros con más raz(3n lo consideran como efecto de su coraje por la 
crítica de San José contra todo funcionario y no falta quién haya creído que él ha sido 
alucinado por el negrito Osejo, como si él fuese tan inocente como los diputados en 
quienes halló coyuntura su espíritu incjuieto y su ingriUo corazón, como lo acreditan las 
palabras que dijo la víspera ile su marcha: vir el arpón queda clavado á la ballena; la 
mecha ya está encendida : la bomba reventará y 

Otro decía: — "Suplico á la Tertulia que proponga á la Asamblea la siguiente 
modificación á su decreto: 

"Artículo, i" — Todas las Autoridades Supremas y subalternas se establecerán por 
ciento y un años en los lugares siguientes: 

"En Cartago, la Asamblea. — En San José, el Consej(x — En Heredia, la Corte. — 
En Alnjuela, el Ejecutivo. — En el Paraíso, el Jefe Político. — En Barba, el Intendente. — 
En Escazú, el Oeneral... Algunos diputados de la presente legislatura, en el potrero 
de Pavas, por el tiempo que gusten y sin pagar potreraje. El lazareto, por haber estado un 
año en San José y los lazarinos muchos años en Cartago, irá también á la Alajuela, y 
la Tertulia del Padre Arista al volcán de los Votos.'* 

A ratos hablaban ccm más formalidad, y en .son de burla profetizaban, diciendo: 
"Ya salió la Capital de la ciudad de San José, y las autoridades del Estado se hallan en 
Alajuela en virtud de los deseos de algunas personas de las provincias. El tiempo nos 
desengañará si San José ha menester este aparato para su engrandecimiento. Ocho dipu- 
tados unidos fuertemente componen los dos tercios que son necesarios para sancionar 
toda ley, aunque el Consejo la devuelva. Desarrollen los planes consabidos y otros nue- 
vos j)ara engrandecer los pueblos, que los de San José ¿qué podrán hacer? Ábranse los 
caminos, pónganse llanos y perfectos, para que los carros de vapor conduzcan los frutos 
hasta el embarcadero, y de allá nos traigan las producciones de todos los pueblos de la 
tierra; y cuando nosotros caminemos también por ellos, cuando estén llenos de posadas 
inglesas y francesas, cuando tropezando con gente de toda tribu, de toda lengua y de 
toda nación, podamos comer á precio cómodo el queso ile Holanda, los buenos jamo- 
nes y bacalaos y vinos generosos, bendeciremos á los diputados autores de semejantes 
proyectos." 

Por fortuna, el di.sgusto de los josefinos no fué tal que los hiciese alterar la paz. 
Una noche de ésas, hubo grande alarma en el vecindario, pero luego se vio que era infun- 
dado. En efecto, "en la noche del día 3, á las once, hubo en el cuartel tres tiros que los 
centinelas (lisi)arar.)n á unos bultos que estaban hacia las espaldas del edificio; y como cau- 
.sara novedad tan inesi)erado acontecimiento, ocurrió gran número de vecinos á defenderlas 
armas, creyendo que fuesen tentativas de algunos inquietos, se repartieron en rondas y 
velaron toila la noche; y aunque nada se ha podido averiguar de esto, se cree que sería 
juguetada." 

Se conservaba la paz, pero los josefinos estaban ardidos con la Ambulancia. El 
periódico de la Tertulia recuerda con ternura aquel amargo trance, diciendo: "Se fueron 
las autoridades. Las hemos visto salir con el mismo semblante con que una madre entrega 
su hija, en una edad muy tierna, al es|)Oso con (juien se enlazó. Siente placer de ver 
á su hija establecida, pero le acompaña el dolor de su separación, con el temor de que 
lo pase mal en su nuevo estado " 

Y, en efecto, los señores del (iobierno no lo pasaban bien en Alajuela, .si hemos 
de dar crédito á las palabras de acjuellos contemporáneos. "Principiemos, dicen ellos, 



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REVISTA DE COSTA RICA 



por los edificios y veremos á nuestros funcionarios malditamente acomodados, sin poder 
llevar á sus familias á soportar las incomodidades que ellos aguantan únicamente por no 
abandonar la causa pública y por ser obedientes á la ley. Si hablamos de alimentos, la 
carne de res no se encuentra fresca en muchos días: las verduras se reducen todas á plá- 
tanos verdes y flores de piñuela. El pan y el cuero todo es uno mismo. ¿Y lo demás? 
Será mejor pasarlo en silencio." 

La verdad es que costó mucho trabajo poner en movimiento la maquinaria guber- 
nativa en Alajuela. Los diputados josefinos no parecían en sus curules, porque califica- 
ban de imprudencia ponerse en camino, siendo así que á uno le dolía la muela y al otro 
la barriga; el Oficial Mayor no ponía nada de su parte para arreglar el rimero de niaebles, 
y papeles del Ejecutivo; el portero de la Asamblea, que había sido antes tan cumplido, 
ahora estaba hecho \xr\ petacas, suspirando por San José; y así todos andaban retrecheros 
para alzar la carga, alegando el mucho calor, los rayos y la mala comida, ó diciendo 
simplemente que no se hallaban. 

Por fin, conminados con multa de trescientos pesos, hubieron de llegar los dipu- 
tados, y entonces la Asamblea comenzó sus tareas, recibiendo de las tropas honores de 
Soberano, y oyendo de su Presidente las siguientes palabras: — "Continúan las sesiones, 
ciudadanos Representantes, y el trono de la Soberanía Costarricense es ya colocado en 
el seno de la Alajuela. ..." 

Mientras los funcionarios públicos tomaban querencia á la nueva capital, los 
tertulianos, sin perder de vista á las autoridades, se ocupaban en asuntos sociales de la 
mayor importancia, especialmente la moralización de las co.stumbres. Varios discursos 
se pronunciaron á ese respecto, pero el más notable fué el dé un Jeremías, que por no 
haber vivido á fin de siglo, no sabía de la misa la media. Helo aquí. 

**La inmoralidad en Costa Rica hace rápidos progresos. Es un dolor poder asegu- 
rar que en tiempo del Gobierno español, cuando el despotismo, cuando la ignorancia y 
el fanatismo tenían su imperio sobre estos pueblos, ellos fuesen un plantel de virtudes, y 
que ahora que las instituciones han elevado al hombre á su sér primitivo, se propagan los 
más feos defectos. La mayoría de los costarricenses en aquella época eran la buena fe 
personificada, y ahorn por lo común se advierte la falsedad, engaño y doblez. Hablamos 
en presencia de personas que pueden hacer cotejo de los dos pueblos y añadimos: que 
hemos conferido armas poderosas á los desafectos de la independencia para que nos 
mortifiquen y para que nos echen en cara que éramos mejores en el otro Gobierno. 
Nosotros probaremos: i" que la mala fe en los contratos es muy común, 2? que las pro- 
piedades son atacadas y 3" que los vicios se van aumentando." 

*^Es innegable que en el día, para celebrar cuahjuier contrato, ya sea de palabra ó 
por escrito, es necesario testigos; y repetir con tanta minuciosidad las condiciones, que 
se fastidian los (jue quieren asegurarse, por el aumento de las palabras, que no serían 
necesarias, como no lo es cuando se trata con hombres de bien." 

"También los comerciantes están entendidos, á su pesar, de que los efectos que 
dan al crédito, tienen la precisión de expresar no sólo el nombre del que los lleva, sino 
el barrio y los deudos que tiene, con otras explicaciones y materialidades, que serían 
innecesarias, si no fueran los justos temores deque ni parezca el deudor, ó que éste niegue 
algunas partidas: añadiendo (jue á pesar de todas esas precauciones muchas cantidades 
se pierden, y sucedería lo mismo con todas, si la actividad en el cobro, que por lo regu- 
lar se hace de orden del Juez, no acompañase á estos negocios." 

"En toda clase de especulaciones en que se necesitan brazos, nadie puede contar 
el vencerlas, porque mucha parte de los jornaleros con quienes se ajusta, ó faltan el día 
estipulado ó se retiran antes de concluir ó pretextan enfermedades: y así es que ni el 
labrador ni el fabricante y minero, ni el hacendado y comerciante, ni el que tiene que 



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EN EL SIGLO XIX 



transportar efectos, puede asegurar tal día principio y tal día finalizo mi empresa. Por esto 
es que todos trabajan con teuior, no extendiendo sus especulaciones, sufriendo graves 
quebrantos con perjuicio de la riqueza pública. Se queja el hombre rico, se lamenta el que 
vive en mediana fortuna, y el pobre clama contra estos desórdenes; pero el mal sigue á 
pesar de estos lamentos, de la existencia de las leyes y de la remoción de los jueces." 

** Hemos conocido á Costa Rica cuando estaban las más puertas sin llaves y tran- 
cas y cuando no era necesario criar perros bravos para defenderse. No es muy atrás este 
tienrpo, pues á lo sumo tiene veinte años de pasado. Ahora en todo se usa el fierro, la 
vigilancia y los perros, y sin embargo, los robos se perpetran y no duermen los ciudada- 
nos á batisfacción por el temor de ser asaltados. Los criados hurtan por lo general y 
muchos amos verifican lo mismo. Roba el mandador en la hacienda y roban los mozos 
en su compañía, y muchos que andan libremente en la calle, muy bien puestos, debían 
estar en un presidio, y en Inglaterra hubieran sido sofocados por un cordel. Pero .sobre 
todo, la agricultura, fuente perenne de ricjuezas, es la más atacada. Las milpas y otras 
sementeras son muchas cosechadas por los que no quisieron sembrar ó no se dedican á 
trabajar en otra cosa. Ellos tienen necesidad de consumir y han encontrado este recurso, 
desvelándose unas pocas noches. El café, que por su buena calidad es solicitado del 
extranjero y por lo mismo se ha hecho el mayor empeño en aumentar su siembra, es 
robado en el almacigo: arrancado del lugar en que el labrador lo había trasplantado. Se 
roba ya cuando el fruto está sazón y luego que haya patios de beneficio se asaltarán 
éstos. Son fáciles de prever los resultados. Estos serán: retraer á los especuladores del 
cultivo de esta planta que debe ser una de las primeras fuentes de riqueza de este Estado, 
si pronto no aparece un eficaz remedio." 

"En orden á la propagación de vicios diremos que el consumo de aguardiente 
del país y extranjero asciende á una cantidad muy grande con respecto á la población: 
que no sólo se embriagan los hombres, sino que también vemos hacerlo al bello sexo: que 
los asesinatos, que comienzan á frecuentarse, provienen casi siempre de este vicio; que los 
que por la noche insultan á la sociedad con gritos y palabras indecentes, es porque 
visitan las tabernas." 

"Por lo que mira á la prostitución de hombres y mujeres ín el trato recíproco 
de estos dos sexos, se aumenta con desvergüenza. Nosotros no somos ascéticos, y 
sabemos la necesidad de comunicarse, por ser una ley de la naturaleza; pero no 
podemos conformarnos con que se falte al respeto que el público merece: que no se 
tenga consideración con la tierna juventud, avivándole una pasión antes de tiempo, y 
por lo mismo quisiéramos que los padres velasen sobre sus hijos, y que las madres 
no sacrificasen el pudor de sus hijas por el dinero. También nos parece perjudicial 
ver bandadas de mujeres todo el día en la calle, presentándose en venta. Éstas no 
se ocupan en oficio alguno, y muchas no encienden fuego, porque se mantienen de 
cosas secas. Como sus costumbres son corrompidas están prontas á comunicar enfer- 
medades asquerosas y de gran riesgo." 

"El perjurio, que castigan todas las naciones con graves penas, en Costa Rica, 
porque no sufren los perjuros sino levemente, se aumenta más y más, y así es que los que 
cometen este delito se presentan con poca vergüenza en sociedad." 

"Omitimos relacionar otros muchos delitos que se cometen en el Estado con fre- 
cuencia; pero no olvidaremos decir que de la independencia á esta parte, hay menos 
razón para que los vicios progresen. En tiempo del Gobierno español estaban cerrados 
nuestros puertos al comercio extranjero, y aun con la península no todos podían hacerlo. 
De aíjuí resultaba que muchos frutos preciosos de Costa Rica, como el brasil, café y 
zarzaparrilla no tenían valor, y de consiguiente, los hombres carecían de objetos en qué 
ganar la vida. Todo era muy barato, menos los efectos que venían de fuera. Las trojes 

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REVISTA DE COSTA RICA 



de granos de primera necesidad se botaban para guardar los de la nueva cosecha. Así 
era (jue los costarricenses vivían en la miseria, abundando en unos objetos sin tener 
recursos para llenar otras necesidades, y todos los años salían para las provincias multi- 
tud de hombres con el Lárraga á meterse á la Iglesia, por proporcionarse una segura 
comodidad para mantenerse y poder sostener á todos sus parientes. Otros tomaban la ocu- 
pación de pulperos, etc., etc. Por esto es que hubiera sido menos malo el que los hombres, 
careciendo de instrucción y de medios para conservarse, se entregasen á los vicios torpes y 
feos. Pero ahora que las luces cunden: que están abiertas todas las fuentes de riqueza: que 
ya no necesitan los ciudadanos, para ocuparse en cosas útiles, salir de su patria, pues la 
agricultura sola pide tantos brazos, debían los hombres ser mejores." 

"Nosotros creemos que el progreso de la inmoralidad depende de varias causas. 
El establecimiento de garantías llevadas al extremo en la administración judicial: la 
complicación de las leyes antiguas con las modernas: la falta de fondos para establecer 
cárceles seguras y la dificultad para ejecutar falsos fallos.'* 

"Estamos muy distantes de querer se vuelva á los tiempos bárbaros en que se tra- 
taba á los hombres sin consideración y eran arrastrados á las cárceles por meras sospe- 
chas, ó por la voluntad de un juez ignorante ó apasionado; pero no podemos convenir 
con el exceso de garantías que concede nuestra Constitución: juzgamos que ellas mismas, 
siendo dictadas para proteger las personas y propiedades, producen el efecto contrario, 
porque favorecen la impunidad de los criminales, dificultando los medios de comprobación. 
¿Y de qué sirve á los hombres estar á cubierto de los avances de la autoridad, si por otra 
parte quedan expuestos á sufrir en sus personas y bienes el mal que los particulares quie- 
ran hacer, escudados en las restricciones establecidas? ¿No sería mejor conceder más 
facultades á los jueces para obrar, y establecer el sistema de indemnización en favor de 
los que resultasen injustamente perjudicados?" 

"En casi todos los pueblos del Estado no hay cárcel con cuya seguridad pueda 
contarse; y aun en las cuatro grandes poblaciones, toda la custodia consiste en el Alcaide; 
de suerte que solamente el que no quiere no se fuga, y cs bien sabido que la facilidad de 
eludir la pena alienta el crimen." 

"Inútilmente estableció la ley el presidio de Matina; pues no se hizo más que darle 
este nombre: unos pocos reos fueron remitidos: el Estado hizo gastos en enviarlos y 
pasarles allá los alimentos; ellos no trabajaron y cuando les pareció bien hicieron fuga. En 
estos últimos años las sentencias se han reducido á obras públicas; esta pena no se eje- 
cuta, en unas partes por abandono de los jueces, en otras por no haber ocupación y últi- 
mamente en algunas por falta de custodia para sacar los reos al trabajo, pues se tiene por 
menos mal que cumplan su condena en la cárcel, que el que salgan, y fugándose cometan 
nuevos daños En Alajuela, como no hay fondos para mantener los presos, se los deja 
salir de di i á buscar donde trabajar para vivir: algunas veces resultan con nuevo delito; 
y aunque la Corte ha representado varias veces este abuso, nada se ha hecho para reme- 
diario." 

"Antes de concluir es necesario apuntar (jue no faltarán personas que al oírnos 
digan (jue desacreditamos el Estado; pero nosotros decimos (jue amamos á Costa Rica, 
no con voces, sino que deseamos su verdadero bien; que éste no consiste en que en otros 
lugares nos ieng¿in por santos, cuando la desmoralización nos conduce á ser perversos, 
y que aunque por algún tiempo tuviéramos alucinados á los otros lugares, al fin todo se 
descubre, apareciendo la verdad. Que no hablando nosotros de la totalidad, sino de 
mucha parte, no tienen que resentirse los hombres honrados. Que no tratando de poner 
remedio los que manejan las cosas j)úl)licas, á pesar de conocer el mal y de gastar el 
tiem})o en declamaciones, lastimamos su sensibilidad para ver si de este modo obran 
con provecho. Que si nos quieren desmentir, nosotros aj)elaremos á los hechos. Kn fin, 

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EN EL SIGLO XIX 



que tal casta de hombres son semejantes a los cabrones que se hacen desentendidos por 
no dar escándalo, poniendo remedio, cuando todo el mundo critica su conducta.** 

Ese discurso fué muy bien recibido en la Tertulia y abrió la brecha para que otro 
orador echara á la calle los trapos sucios de Pacaca, diciendo: 

"El pueblo de Pacaca ha sido y es la mejor porción de los indígenas de Costa Rica. 
Agricultores, industriosos, activos y emprendedores, siempre han procurado atesorar 
algunos bienes raíces ó semovientes, jamás han mendigado las materias que han podido 
procurarse por sí mismos; lejos de eso, nos han surtido de muchos artículos de necesidad, 
de comercio ó de lujo. El morado, el camíbar y gomas de varias especies, los petates y 
otros artefactos de la misma materia, y el algodón y ganado, se han proveído de él sin 
necesidad de nuestros auxilios. Ese pueblo, que era «lócil, intrépido, laborioso y económico, 
no presenta hoy á los ojos del patriota sensible á las desgracias actuales y venide- 
ras del país, sino unos individuos miserables, destituidos de los bienes que poseían, 
corrompidos y escandalosos. Prostituidos á la embriaguez, no presentan en la Mata 
Redonda todos los sábatlos del año, sino un cordón de hombres caídos ó por caer, 
maridos estropeando cruelmente á sus mujeres tanto ó más ebrias que ellcs. El mal 
es remarcable, sus consecuencias temibles y la sociedad demanda una ojeada y una 
providencia." 

VA canon fundamental de la Tertulia era la franqueza, para que así pudieran ser 
bien estudiados los asunto.s; y como todas las cosas tienen su más y .su menos, ocurrían 
luego en los debates los más encontrados pareceres. Por eso, después de aquellos orado- 
res, habló otro, diciendo: — "Yo no creo que la moralidad de las costumbres decrezca en 
la extensión que han pintado esos Jeremías, y si no veamos los datos estadísticos relati- 
vos al año ^^ que suministra el informe de la Corte Superior, en el cual consta haber sido 
despachados "28 criminales, 6 civiles, 20 recursos de agravios, 17 consultas, y que se 
hallan en trámite 9 criminales, 5 civiles y 55 quejas de agravios, y de estas últniías para- 
lizadas las más por abandono de las partes." Esos datos demuestran por sí solos que el 
pueblo de Costa Rica no es vicioso. Hace pocos días que recorrí muchos pueblos del 
Estado, y sólo en Matina vi que cundieran las malas costumbres." 

La réplica no se hizo esperar. — **¿Ud. vio en Matina el desorden, la flojera, la 
crápula, la molicie, la miseria y todos los vicios juntos? Es verdad, y no lo desmiento, 
pues yo mismo he oído al Sargento, á los Alcalde.s, á la Municipalidad, ocupados día y 
noche en contar aventuras amorosas de cosas muy torpes; pero no vio en Tucurriijue y 
Orosi la multitud de indios ociosos y borrachos, y (jue por ahí no más van los del Paraíso, 
sin que estos tres pueblos tengan más delicia que la flojera ni otro giro que caminar á 
Matina. Y si pasamos á su tierra de Cartago, señor Nariz de gavilán, no vio Ud. que si 
el venerable Zavaleta predica es porqye ya no hay padres que quieran predicar: casi todos 
se han vuelto políticos, tertuliantes, comerciantes ó ambulantes. Ya no les oirá hablar de 
los Santos Evangelios, sólo citan la Tertulia, la Ambulancia, los cafetales, los potreros, 
las facturas de ropa, la zarza, las minas, las muchachas; y si Ud. se mete á farolero en 
decirles algo, lo dejan con la boca abierta y se lo prueban con Voltaire ó Montesquieu. 
¿No reparó Ud. la multitud de vagos en Cartago, Unión y San José y algunos pocos en 
Heredia y Alajuela, cruzando las calles, ocupando los billares y honrando las ca.sas de 
las rameras? ¿No vio en todos estos lugares muchos hijos malcriados, sin oficio, y que no 
hay un alcalde ni nadie que les diga qué hacéis ahí? Y si en estos pueblos nos aquejan 
tantos males ¿qué diremos de un Nicoya, de un Guanacaste y de un Puntarenas? La 
embriaguez, torpeza é inmoralidad casi exceden á los de Matina y dieron justamente 
ocasión al Jefe Supremo para autorizar al Intendente, á fin de que pasase á corregirlos y 
arreglarlos en alguna manera; y se hubiera logrado mucho si el Tata Consejo, (jue se 
opone á todo lo bueno por rivalidades con el Jefe, no hubiera metido sus cuernos." 

TOMO I — 129 — 17 



REVISTA DE COSTA RICA 



— Orden, — gritó el padre Arista, — orden, tertulianos: adviertan que aquí hay 
libertad para hablar sólo de la vida pública, y que esta noche ya van dos veces que salen 
en los discursos con los cuernos. 

— Es que estamos hablando de las costumbres. 

— Sí, pero no hay que tocar ciertas cosas. 

— Pues bien, yo sostengo que los datos estadísticos de la Corte son inseguros, 
porque si los jueces fueran diligentes habría más gente en puertas de justicia. 

— Hombre, no; los jueces son buenos, los que no sirven para nada son los dipu- 
tados, que ya llevan un mes de estar en Alajuela, y no parece su trabajo, á pesar de los 
$ 400 que les paga el Estado mensualmente. 

En efecto, los diputados ganaban entonces esa suma, pero no vayan los lectores, 
alucinados con lo que ahora ven, á calificar de pingües esos sueldos, que los $ 400 
no los ganaba cada uno de los diputados sino todos juntos, inclusive oficial mayor, ama- 
nuense y portero. 

Sin embargo, eso no libró á los diputados ambulantes de la crítica que sobre ellos 
cayó por su apatía. De veras, poca cosa habían trabajado, conviene á saber: habían recti- 
ficado la oscura redacción de su primer decreto de ambulancia, emitiendo otro que no 
dejara duda alguna: habían dado la razón al Ejecutivo en sus divergencias con el Consejo, 
sentando un mal precedente; habían sobado la varita al portero Bermúdez por su apego á 
San José, cometiendo una injusticia, y pare Ud. de contar. Nada entre dos platos. 

Así es que en La Tertulia se los comían, diciendo: 

"Admírense, ciudadanos, de la falta ([ue hace beber agua -del Torres. — ¿Por qué? 
Ahora verán los disparates (jue están haciendo en el Arroyo y la Maravilla: aquel agua- 
cero de grados militares que auctoritate divina derramó el Jefe Supremo el año pasado y 
que el Consejo improbó, ya lo da por bien derramado la Asamblea; aquel antiguo portero 
Bermúdez "que disfrutaba del soberbio sueldo de ocho pesos los dos y medio meses de 
sesiones ( fuera de las extraordinarias) y cuatro en todo el tiempo del receso, y aunque 
la repetición de actos le había enseñado á practicar bien los cargos de su destino, redu- 
cidos á barrer y sacudir todo el salón de sesiones con las dos piezas de Secretaría, llamar 
á los diputados que no llegaran á la hora señalada, traer cosas frescas á los mismos des- 
pués de sus largas y acaloradas discusiones, conduciéndoles los paraguas y suecos en 
tiempo de lluvias; tenerles fuego listo en su pobre mecha para que fumasen, etc., etc., y 
que á pesar de ser antiambulante había ido á la nueva capital", ha sido ahora injusta- 
mente destituido por ser de San José; y aquel decreto de facultades al Intendente que 
tanto censuró el Concejo, lo ha sancionado la Asamblea. Según van las cosas, no será 
extraño (|ue se atente contra la libertad de imprenta." 

Pero no, firmes estaban todavía el artículo 175 de la Constitución Federal y el 2" 
de la del Estado, que proclamaban ambos la libre emisión del pensamiento; firme estaba 
la ley federal de 17 de Marzo de 1832, (¡ue reglamentaba con amplísimo criterio la liber- 
tad de imprenta, en cuya virtud los costarricenses hablaban y escribían entonces sin 
restricción alguna. Los tertulianos, en verdad, no tenían razón en achacar al Gobierno 
planes liberticidas, pero con motivo ó sin él, es lo cierto que resolvieron verificar en esa 
ocasión una gran fiesta como testimonio de su encendido amor al precepto constitucional, 
en que reposaban todas sus libertades públicas, para dar á entender con su cívico entu- 
siasmo á dónde serían ellos capaces de llegar, si un atentado oficial violase aquella ley. 

Después de largas discusiones relativas á la calidad y forma de la fiesta, convino 
la Tertulia en (¡ue se reimprimiera la ley profusamente; que uno de estos ejemplares 
fuera traído en procesión solemne desde la quinta de don Mariano Montealegre, en Mata 
Redonda, hasta la casa del Padre Arista; (jue hubiera por fin cena y baile, y tjue se 
repartieran invitaciones para (jue asistiera mucha gente. 

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EN EL SIGLO XIX 



He aquí la invitación: 




^^»»»*»»»»,,^^ 






DIOS 



< 



LA TERTULIA DKL PADRE ARISTA deoenn de dar 
uo publico testimonio de su amor y entumía m? por la li. 
bortad afianzada udmirablenipnie en la de la imprenta que 
desarrollo la LEY SACROSANTA DE 17 DE MAYO DE 
83t . en celebridad del aniversario de e<ta ^blime produc- 
ción del ^eniu de loi librei. dará el Domingo y Lunes in- 
mediatos una colemue fuQ<*iou civira . y cieria do {•u«ceii. 
timtentoc patrióticos ruega a IJ la faboretca roo su a«is. 
teneia en \o% diverjo» actos de ^uc se compondrá aquella 
pequelSa expresión del fuego en que arden sus corazoues 
por U 

LIBERTAD. 

San José Viernes 16 de Mayo de 1034. 

tSfPRlNTA DF Lh rORCORDIA 



BOMIKOO 



Lt^NE» 



\ 



DISTRIBUCIÓN 
Procesión a las once de la maHana- veni 
da del campo con la LEY cu triunfo 
Id a las cinco de la tarde por Usx^llM 
P.-tr la noche, cena. 
Baile. 




IGUALDAD 



V 







En efecto, el programa se cumplió al pie de la letra. La alborada del 17 de Mayo 
fué saludada en San José estrepitosamente, con salvas y dianas. Las detonaciones de los 
cohetes, el ruidoso estallido de las cámaras y los alegres acordes de la música de viento, 
despertaron á los josefinos, recordándoles una fecha gloriosa en los anales de las liber- 
tades públicas. Cuando despuntó la aurora de aquel día, izada estaba la bandera nacional 
en las casas del padre Arista, don Manuel Aguilar y don Mariano Montealegre, y poco 
de.spués ya flameaba en casi todo el vecindario, batida por el viento y saludada por los 
patriotas. 

Inusitado movimiento presentaba la ciudad en las primeras horas de la mañana: 
los vecinos andaban aquí y allá, haciendo sus preparativos: uno pedía prestado el caballo, 
otro la grupera, éste el freno, aquél el mantillón; las damas acudían al almacén de don 
Jorge Stippel ó á la tienda de don Joaquín Mora, solicitando peinetas altas ó gargantillas 
de perlas falsas ó chales de seda ó zapatillas morunas ó guantes de redecilla para la fiesta; 
los oradores ensayaban sus discursos, los bailarines sus contradanzas y las damas sus 



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REVISTA DE COSTA RICA 



hechizos, que todos los joseñnos ardían en cívico entusiasmo; sólo tata Pinto, General 
custodio del Cuartel, gruñía, ojo al Cristo, por si forte. 




La fiesta, como lo decía el programa, principiaría con una lucida cabálgala. Nin- 
gún tertuliano debía faltar. El padre Arista, \>ot su enfermedad, iría en berlina. Desde 
las diez y media empezó á reunirse la concurrencia frente á la casa de la Tertulia, hoy 
de doña María Toribia Peralta. Todos estaban ansiosos de que llegara la hora de la 
partida, y, sin embargo, llegó y no se pusieron en camino, por una sencilla razón: las 
muías de la berlina no parecían. — Hombre ¿qué será que no vienen? — ¿Qué les habrá 
pasado? — Ks que la dos pelos es muy huidora. — V á la chinga, si no le saben llegar, no la 
cogen hoy. — j.^ninias benditas, que no se hayan salido! 

V asi, ios concurrentes, perdidos en conjeturas relativas á las muías, no sabían qué 
partido tomar, hasta que á uno de ellos se le ocurrió proponer que los de á pie tirasen 
del carruaje. I,a pnipo.sición fut bien acogida y la muchedumbre pronto tomó los tiros y 
arrastró el quitrín. Todo el concurso se puso luego en m<iv¡inientu. La música de cuerda 
cogió la delantera; en pos de ella trotaba lentamente la caballería; después seguía el 
coche; luego los peatones, y por último, cerrando la marcha, caminaba la música de viento. 
Mas de dos mil personas desfilaron entonces por la calle principal de San José, radiantes 
de cívica alegría. De trecho en trecho, contenían su pa.so para aclamar con imponente 
vocerío y con pólvora y música la Constitución: de rato en rato, prr>rrum¡>ían en vítores 
s á la ley de imprenta, rindiendo de esta suerte pleito homenaje á la libertad. 

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EN EL SIGLO XIX 



Así llegaron á la boca de la Sabana. Allí, á la vista del ameno prado de Mata 
Redonda acrecentaron su entusiasmo, é incitados por el terso y amplio llano, partieron 
los caballeros en rauda y desordenada carrera, gritando: ¡Viva la ley de imprenta! Los 
mozos que conducían al Padre también redoblaron el andar y daba gusto ver cómo la 
berlina se deslizaba suavemente, sin tropiezo alguno, por el césped, y cómo iba en su rápida 
carrera dejando rezagados en el llano á los peatones. Todos caminaban hacia la quinta 
de don Mariano Montealegre, en cuya casa, adornada á la sazón con banderas, flores y 
uruca, guardábase en depósito el cuadro de la Ley. Llegó primero la caballería y en 
seguida compartióse diestramente en dos hileras, á través de las cuales cruzó luego el padre 
Arista entusiasmado, sombrero en mano, gritando: ¡Viva la ley de imprenta! 

Don Mariano y su señora dieron y recibieron en el corredor muchos saludos 
afectuosos. — Pasen adelante. Entren, ciudadanos. Ninguno se quede afuera. — Es de 
advertir que el programa en letras gordas decía "Igualdad;" pero, entendámonos, esa 
igualdad era igualdad política, cosa muy diversa de la que se necesitaba para entrar y 
sentarse en la sala de don Mariano. Por eso entraron solamente los que debieron entrar: 
el padre Arista y parte de su acompañamiento; los demás se quedaron en los cuartos, 
en el corredor y en la arboleda, sin refunfuñar, porque aun no había llegado la época de 
querer estar todos adentro. 

La sala estaba preciosa, llena de colgaduras y festones, especialmente hacia la 
cabecera, en donde bajo dosel resplandecía un magnífico ejemplar de la Ley de 17 de 
Mayo, impreso en un género de seda y colocado dentro de un cuadro de reglas doradas 
con vidrio; y á lo largo de la sala la mesa del refresco. Allí garrafas con mistela de leche 
y vasijas con limonada; quesadillas, chiqueadores y suspiros; táñelas, manjar y tamal de 
olla; zapotillos, rosquetes y encanelados; nada de cuanto la industria criolla podía dar 
faltaba allí. Todo, pues, estaba preparado, á fin de que la concurrencia al entrar tuviera 
un golpe de vista soberbio. Y, en efecto, entrar, ver la ley, contemplar la mesa y echar 
al aire un sonoro viva, todo fué uno. 

Bajaron el cuadro y leyeron el Decreto. Los de la sala escucharon la lectura, toda 
entera, atentamente; pero los de las ventanas y el corredor apenas oyeron retazos; por- 
que era mucha la bulla de los morteretes y cargas cerradas. Allá de vez en cuando percibían 
un considerando ó el comienzo de un artículo; allá de rato en rato oían inciertamente 
los siguientes bellísimos pasajes: "... .asegurándola contra los avances del Poder. . . con 
el fin (le dar la mayor extensión á este derecho. . . . decreta. ... le está anexa la liber- 
tad de censurar todos los actos oficiales de los Poderes Supremos y de cuahjuier funcio- 
nario y la conducta privada ó defectos particulares que tengan una conexión clara y 
directa con la conducta pública.... que ninguna censura previa, ningún reglamento, 
ningún tribunal especial ó común podrá restringirla.... el trastorno mismo del orden 
con.stitucional, la rebelión armada ni la guerra civil no será motivo para reprimirla y antes 
bien la hacen más necesaria. . . . Dado en la ciudad de Guatemala. . . . Por tanto, ejecú- 
tese. — Francisco Morazán." 

;Ah, cómo vibrarían esas palabras de libertad en los oídos de aquellos ciudadanos, 
de aquellos noveles ciudadanos, que habían nacido colonos y se habían criado bajo el 
régimen estrecho del absolutismo! ¡Con qué patriótico arrobamiento no mirarían los visos 
refulgentes de aquel cuadro con vidrio!, ¡Cómo no quedaron ciegos por los brillantes 
resplandores de esa Ley, aquellos ojos acostumbrados sólo al oscuro medio ambiente del 
coloniaje, si á nosotro.s, sin haberla visto nunca, nos deslumhra su recuerdo! Hicieron 
bien en aclamarla. La |)usieron de nuevo en el altar y luego se sentaron á la mesa. 

Para los circunstantes no fueron, en verdad, las aguas frescas ni las frutas y tosteles, 
con ser tan exquisitos como eran, lo más notable del convite, sino la grata sorpresa que 
tuvieron cuando, requeridos para guardar silencio, oyeron á los músicos cantar esta canción: 



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**¡0h! tú, Ley sacrosanta y divina, 
Don precioso que el cielo nos dio: 
Loor eterno á aquel genio libre, 
A aquel genio que te decretó. 

El que intefite hollarte ¡que muera! 
/Arma, arma contra la opresión/ 

A tu vista el déspota tiembla 

Y se calla el ruidoso cañón, 

Y este pueblo por tí sostenido 
Manifiesta su libre opinión. 

£1 que intente^ etc. 

Para hablar, escribir y pensar. 
No tenían nuestros pueblos acción; 
Pero tú les infundes el alma. 
Concediéndoles libre este don. 

El que intente^ etc. 

Sois el freno, el espanto, el horror, 
Las cadenas y la confusión 
Del tirano que á libres no puede 
Mantener en perpetua opresión. 

El que intente, etc." 

No cruza el ígneo rayo con más rapidez por el espacio, ni estalla más de prisa al 
inflamarse el repleto polvorín, que como prendió y cundió, aquella vez, tras la canción, 
el ardiente civismo en el concurso. Todos al escucharla demudaron el semblante, pusié- 
ronse de pie, alzaron los nervudos brazos, levantaron los crispados puños, se abrazaron y 
en revuelta confusión y algarabía, gritaron: "Kl (jue intente hollarla ¡que muera!" 

Escena indescriptible, digna de perdurable encomio, tuvo lugar allí. Los funciona- 
rios públicos, los ministros de la Iglesia, los comerciantes extranjeros, los ciudadanos ame- 
ritados, los mozos y los ancianos, los ricos y los pobres, todos, airados, imponentes, y fre- 
néticos, vagaban en desorden por los cuartos, el corredor y la sala, como tocados de locura 
repitiendo: "El que intente hollarla ¡que mueral"; y los oradores, desaforados, atropellando 
toda etiqueta, se trepaban en la mesa sin reparar en los daños que con los pies hacían en 
el festín, atentos sólo á buscar una tribuna eminente para decir á voz en cuello: "El que 
intente hollarla ¡que muera!" Un inmenso clamor, espantable y solemne á un tiempo 
mismo, se levantaba de ac^uella casa como de un mar en tumulto: dos mil personas abrían 
allí su pecho á la esperanza para guardarla; dos mil ciudadanos ponían allí sus ojos en la 
ley para defenderla. 

Cuando hubo pasado aquel vértigo patriótico, di.spuso el padre Arista emprender 
la marcha del regreso. Y en efecto, montaron luego los caballeros, enfilaron los peatones, 
subió el Padre á la berlina y, llevando en triunfo el simbólico decreto, cruzaron el llano, 
recorrieron el camino y llegaron á la cuesta, en donde los esperaban las señoras y seño- 
ritas de San José, para rendir junto con ellos homenaje férvido á la Ley. l'ambién estaba 
allí el benemérito patricio don Juan Mora Fernández. 

Al encuentro de las damas, desmontáronse cortésmente los caballeros y apar- 
taron enseguida sus cabalgaduras; sólo cuatro oficiales milicianos prosiguieron á caballo 

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EN EL SIGLO XIX 



haciendo guardia á la Ley. El desfile fué magnífico. La insignia nacional, aquella bandera 
blanca y azul de la Federación, rodeada de la música de cuerda, abría la marcha; seguían, 
formados á uno de fondo, por ambos lados de la calle, los señores; después, con la misma 
formación, caminaban las señoras; luego la berlina; en pos de ella, doce jovencitas de 
diez á doce años, tiraban del precioso carro en que conducían la Ley; iba enseguida la 
música de viento y, por fin, cerrando la procesión, marchaba el pueblo. De esta manera 
llegaron ordenadamente á la casa del padre Arista. Allí pusieron la Ley en un altar, 
tomaron un refresco y mandaron cantar de nuevo la canción. 

Aquellas estrofas ardientes no produjeron en la casa de la Tertulia una escena tan 
violenta como la de la Sabana, pero sí otra mucho más bella. Pongamos en ella nuestros 
ojos, recojamos nuestro espíritu, que de allí se iban á levantar entonces saludables ense- 
ñanzas para lo futuro. 

He aquí la narración de dicha escena. Un tertuhano conspicuo manifestó que el 
ciudadano Juan Mora se había ido antes de que fuese cantada la canción y que era 
oportuno mandarlo llamar para que la oyera, porque como durante los ocho años largos 
de su gobierno, nunca había intentado restringir la libertad de imprenta, á pesar de (jue 
con ella fué atacado, bien merecía prodigarle sentidas alabanzas al compás de la canción. 
— Aceptado: á traer al ciudadano; — y un grupo de patriotas exaltados salió á cumplir la 
comisión. El desprevenido don Juan tuvo esa vez un susto enorme, por la manera des- 
cortés con que los comisionados le trataron. Aquello más bien fué un acto de violencia: 
penetraron en su domicilio sin anunciarse, le arrebataron de su casa sin explicarse, 
le condujeron por la calle sin reportarse, pues no fué sino al llegar á la Tertulia cuando le 
dijeron: — "Así premiamos á los buenos patriotas." Cuando entró al salón ya vio la cosa 
diferente: allí todos le saludaron respetuosamente, diciéndole: — "¡Viva el ciudadano Juan 
Mora, que jamás intentó atacar la libertad de imprental" É incontinenti se precipitaron 
sobre él, dándole por premio de sus virtudes eximias . sendos abrazos. 

— Aquí está, dijeron, aquí está el ciudadano Juan Mora; abracémosle y "tengamos 
el gusto de que, en este día memorable, reciba con nuestros abrazos el premio debido á 
su moderación y respeto á la Ley. Los que quieran hacerse un lugar distinguido en el 
corazón de sus conciudadanos, (jue imiten su ejemplo; pues las virtudes tarde ó temprano 
son conocidas, lo mismo que los malos j)rocedimientos." 

Aquellas manifestaciones de cariño y de respeto, a([ucllos encomios expresivos, 
confundieron tanto al humilde y sencillo Benemérito, (jue cualquiera al verlo allí le tomara 
no por bienhechor, sino por reo; inclinó su frente con rubor, bajó la vista con ver- 
güenza, cubrió de palidez el rostro, quiso apartar de sí las alabanzas y se quedó trémulo y 
suspenso, sin valor para contestar una sola palabra. Sí, aquel varón ilustre nunca supo 
levantar los corazones con palabras, sino con hechos; por esos hechos le aclamaron .sus 
contemporáneos y le está aclamando todavía la posteridad. 

Con ese tierno y justiciero homenaje rendido á quien .supo respetar la ley de 
imprenta, terminó la fiesta de la mañana. A las cinco de la tarde volvió á salir la proce- 
sión y recorrió todas las calles principales de la ciudad. A las ocho de la noche regresó á 
la casa de la Tertulia, en donde á esa misma hora comenzó la cena. Cuando se levanta- 
ron de la mesa las señoras, quedaban casi intactas las viandas, pero cuando se levantó el 
pueblo no quedó señal alguna del cabrito, el ternero y las lechonas, platos los más sabro- 
sos del festín, según dejaron escrito las personas del convite. La cena terminó temprano, 
porque los cuerpos ya pedían descanso, con tanto mayor motivo cuanto que para el día 
siguiente se prevenía nueva zambra con el baile. 

Los bailes de San José no eran como los de Cartago, con tanto señorío, porque en 
la mayor parte de los josefinos de ese tiempo, asomaba todavía el pelo de la dehesa. Por 
eso allá en el año de 1834 un baile en la capital era una algazara verdadera. Cuando los 



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REVISTA DE COSTA RICA 



músicos apretaban las clavijas como se debe y las doncellas sacaban á relucir en el negro 
brillo de sus ojos sus más preciados hechizos, no se quedaba bailarín que no llevara á los 
labios el índice y el pulgar, para hacer de ellos un pito con qué lanzar un silbido largo larguí- 
simo y estridente, señal de que el baile ya se estaba poniendo alegre; y si por caso la mistela 
de leche estuviera muy cargada ó la dama destinada al solo del minué ^a durmiera bailando 
en la punta de los pies, entonces bailarines y mirones soltaban un huipipitiia tan largo como 
les aguantara el resuello, señal de que el baile ya se había puesto á punto de tacón de hueso 
y de vihuela grande. Por supuesto, el vecindario lo padecía, porque en dos cuadras á la 
redonda nadie pegaba esa noche los ojos; la gente de trabajo con la vigilia amanecía de genio 
caliente, los enfermos graves con la trasnochada se morían y los convalecientes con la vela 
volvían atrás, que estar cerca de un baile y pasar la noche de claro en claro, todo era uno. 

Por lo demás, sí, muy bonitos los bailes. Tan arreglada la casa, con plátano y uruca; 
tan lucidas las candelas con guardabrisas; tan alegres los corredores con linternas; tan 
resbalosos los ladrillos con esperma; tan buena música con dos violines y un violón; 
tan compuestas las niñas, con sus robacorazones á media oreja y su traje de panza lucia á 
medio paso y sus guantes de redecilla- á medio brazo y sus zapatillas de raso blanco y 
tacón alto y sus rosas de castilla en el moño y en el pecho y sus colores naturales y su 
donaire y rubor y recato; tan gentiles los muchachos con su barba por debajo de la 
quijada y sus mechas por la nuca y su raya por detrás y su corbatín de á cuarta y su 
levita de á jeme y sus pantalones de pasarrío y su chaleco de tablero y sus medias botas 
de becerro y su garbo y pasión y lozanía; que siempre, donde la juventud pone sus ojos, 
han brutado con la magia de sus miradas las mentidas ilusiones juveniles, haciendo de 
lo negro, blanco, y de lo blanco, negro. 

Por eso la juventud del año 34 dijo que el baile, dado en honor de la libertad 
de imprenta, había sido el mejor del tiempo de la Ambulancia y uno de los más lucidos 
y alegres de San José, "poríjue tan bien puestas estaban las señoritas como los compa 
ñeros, y tan animados de alegría unas como otros." 

Vestida de gala estaba aquella noche la casa del padre Arista. En el corredor, luz, 
flores y uruca; y en la sala, por un lado, el altar resplandeciente de la Ley, y por el otro, 
los retratos de Washington, Bonaparte, Kleber y Masenna, en inexplicable consorcio. 

Al principio, todo iba allí muy bien. Mucho orden, muy comedidos los varones y 
muy discretas las damas. Pasó un vals, paso una valona, pasó una contradanza, y todo 
el mundo en su lugar; comenzó el minué con su compás de rigodón, con su aire grave 
de lento tres por cuatro, y la cosa aun seguía perfectamente?; pero la gentil doncella que 
hizo el solo de minué, tenía tal garbo y tal salero, que sacar á la luz sus breves pies y 
sacar de quicio á los concurrentes, todo fué uno. Nadie se pudo aguantar; ;manos! á los 
labios; ¡gañotesl á los gritos, y ¡artilleros! á las cámaras, cohetes y cargas cerradas, para 
(jue así supiesen los vecinos que el baile ya S:; iba alegrando. 

Un resbalón trae siempre consigo otro mayor; tras el solo de minué bailaron el 
buscapié, la paba y el empinado. ;Qué donaire de doncellas! ¡Qué destreza de galanes! 
¡Qué dulzura de mistela! ¡huipipíííía! ¡Fuego, artilleros! para que los vecinos y el orbe 
entero comprendan (|ue ya el baile se puso alegre. 

V como ya estaban alegres se fueron derecho al fandango. Baile chispeante, 
en verdad; por eso los concurrentes no ce.saban de aplaudirlo. — ¡Magnífico! — ¡Bravo! 
— ¡Viva la gracia! — ¡.Alto la música! que allá van las bombas: 

V dijo la niña: 

"Tienes unos ojitos 
De picaporte: 
Cada vez que los cierras 
Me dan un golpe." 



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EN EL SIGLO XIX 



— Muy bien, muy bien, — exclamó la concurrencia. — ;Miisica, maestrol ;alto, 

la música! 

Y dijo el galán: 

"Antenoche me soñé 
Que dos negros me mataban: 
Eran tus ht-rmosos ojos 
Que enojados me miraban." 

— ¡Bravísimo! ;Qué demonio de hombre con tanta gracia! 

Y íiijo la niña: 

**Lí)s tiestos de clavellinas 
Florecen en los balcones; 

Y en l:is barbas de este viVjo 
Hacen nido los ratones." 

Y dijo el galán: 

"Los enemigos más grandes 
Que el hombre puede tener: 
En el monte la culebra 

Y en la casa la mujer." 

Y así por ese orden continuaron los tertulianos hasta el amanecer. El baile terminó, 
pues, con la mayor alegría. Cuando los clarines tocaban la diana en el cuartel, saludando 
al nuevo día, y las campanas anunciaban misa en la Merced, aun resonaban en las calles 
de San José los postreros zumbidos de la fiesta: eran los muchachos tertulianos que salían 
del baile aclamando la libertad de imprenta con un último ¡huipipíííía! 

La cabalgata, la cena y el baile pasaron sin dejar huella indeleble, pero no así los 
ejemplares de la Ley de Imprenta, porque los impresos en papel divulgaron esa preciosa 
garantía y los en género de seda tuvieron un destino encumbrado. La Tertulia dispuso que 
éstos fueran enviados á los Supremos Poderes de la Federación y del Estado como en 
prenda del ardiente amor del pueblo costarricense por la libertad. 

Al Jefe Supremo le fué remitido el mismo cuadro con vidrio, que había servido 
en los festejos, y él lo aceptó y puso en la pared de su despacho. 

El buen éxito de aquella fiesta acrecentó la influencia de la Tertulia y afianzó aún 
más, si cabe, la libertad de imprenta. El periódico prosiguió entonces su altísima misión: 
ora vituperando las malas costumbres sociales, ora abogando por la apertura de un camino, 
ó por la construcción de un puente, ó por la fundación de un Colegio; ora velando por el 
infeliz, ó atisbando al magnate, ó encomiando al bienhechor, ó execrando al malvado. Ver- 
dad es que á veces, llevado por la pasión política, endilgó injustamente sus sarcasmo.s, pero 
qué importa esto, si, valoradas sus tareas, resultan mayores sus beneficios que sus daño.s. 

Erigido, pues, el periódico en censor inflexible de la sociedad, eran esperados sus 
números quincenales con grandísimo temor, especialmente en Alajuela, residencia, á la 
sazón, de las Supremas autoridades. Por eso el Ministro Calvo cuando llegaba al despa- 
cho del Sr. Gallegos, lo primero (jue ponía en la mesa era el ejemplar de la Tertulia. 
— A ver íjué dicen esos muchachos, decía el JtÍQ, y leía con visible an.siedad todo el 
Periódico. 

Uno de e.sos números traía un cachiflín pegarlo en la siguiente cuarteta: 

"Como al pelado, pelón 
Le dicen por ironía, 
Así le dicen á Usía 
El bizarro, bizarrón." 

TOMO I — 137 — 18 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SICLU XIX 



Y fuera de esto, traía lambicn alusiones al voto lerrabano y demás barbaridades, 
por lu cual estuvo ul Jefe á punto de dar un lamentable traspiés. De veras aquella vez reso- 
naron en el despacho palabras amenazantes. ¡Ah, perros anarquistas! ¡Ahora sí que os he 
de partir con este sable! ;Los mato! ;Va van á saber los periodistas cuanto vale su ley de 
imprenta! ¿Veremos , i dónde va d parar don MiguelCarran/a con su Concordia! ¡Miserables! 

Aquella tempestad anunciaba próxima catástrofe, para evitar la cual intervino 
suavemente el Ministro Calvo, diciendo; Jefe Supremo, mirad á la pared. V en efecto, el 
Jefe Supremo tendió !a lista á la pared, miró el cuadro con vidrio, y como por e 
calló la boca, bajó la cabeza y acató la Ley. 




\m^-\ 






-138- 




L peri'odn compre nil ido entre los nñoí¡ lie 1S50 á 1870 será 
siempre de grata recordación en Cosía Rica, porcjue durante su 
trascurso, la Agriculiura y el Comercio obraron el portento de 
la transforman ion econóraiía de esit j»a(s, i|ue portento debe 
llamarse, no por el tamaño de las mejoras efectuadas, sino por 
l.-i magnitud de los obstáculos vencidos. 

tn la Agricultura y el Comercio encontraron los costarri- 
censes el secreto para salir entonces de aquel espantoso estado 
dL' pobrexa y aquella supina ignorancia de los días de la rolonia. 
El proreso ile *u evolución es obvio. Sembraron café y luego 
vicrfin sus puertos frecuentados por naves extranjeras; tuvieron 
' luegii íe pusieron en contacto intelectual con lus centros civilizados del 
mundo: produjeron más de lo que consiunian, y luego tuvieron riqueza pública; fueron 
ricos y luego encaminaron sus pasoí por las modernas sendas del progresti. en demanda 
de más altos y m.is lucidos ideales para su cs|iíritu, y de m.^» lujosos v sensuales deleites 
para su cuerpo. 

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REVISTA DE COSTA RICA 



Entonces construyeron puentes y caminos, levantaron ediñcios públicos, tendieron 
hilos telegráficos, fundaron escuelas y colegios y ensancharon los servicios públicos. 
Entonces las habitaciones particulares se tornaron más confortables y el menaje doméstico 
más agradable y el vestido de pobres y ricos más á la moda. Hubo inmigración, surgieron 
nuevas industrias, vinieron libros y maestros, artes y ciencias, y las luces del siglo xix, por 
fin, disiparon las tinieblas de la noche secular del coloniaje. 

En verdad, aquélla fué una era de progreso, de progreso firme, prudente y perdu- 
rable; lo que allí brillaba, brillaba por ser oro. 

Al compás de tales mudanzas comenzaron á modificarse las costumbres nacionales; 
pero como por leyes sociológicas inmutables .esos cambios se verifican sin solución de 
continuidad ni subitáneos saltos, las costumbres de aquel período reflejaron á un tiempo 
mismo la apacible sencillez de la Colonia y la moderna cultura de la República. Por eso 
los veinte años referidos constituyen la edad de oro de las costumbres costarriqueñas. 

Este pueblo, amaestrado en la escuela de trescientos años de indigencia, ha venido 
en el trascurso de este siglo aguzando cada vez más su ingenio y conformando sus 
costumbres para la adquisición del dinero. Se volvió codicioso, y ya se sabe que el 
avariento do tiene el tesoro tiene el entendimiento. El tesoro lo tiene en el pedazo de 
tierra, en la yunta de bueyes, en el cafetal, en el almacén, y allí pone todos sus sentidos 
y potencias. En ese amor al dinero se generan sus virtudes domésticas, su apego á la paz, 
su afición al trabajo, su res-peto á lo ajeno, así como también los cívicos defectos que le 
hacen incapaz para los ejercicios del ciudadano. 

¿Queréis encontrar, oh posteridad, nobles acciones y buenas costumbres en Costa 
Rica? Buscadlas en el hogar, en la vida de familia y no las busquéis en la vida pública, 
en el foro, en la prensa, en la magistratura, porque en éstas sólo existen por excepción. No 
fué así durante los años de 1850 á 1870, porque entonces hubo magníficos intervalos en 
los cuales mostraron los costarricenses á un tiempo mismo virtudes cívicas y domésticas. 
De aquel tiempo quedan consignados en la historia de este país, inolvidables ejemplares 
de patriotismo; pongamos en ellos nuestros ojos, á fin de que renazca y perdure aquí la 
costumbre más eximia: la de amar y servir bien á la Patria. 

Jamás ha estado Costa Rica tan amenazada de perderse como en los años de 56 
y 57; jamás ha pedido ella el esfuerzo de sus hijos con mayor vehemencia, ni éstos le han 
servido nunca tan cumplidamente como entonces. Aquella generación no tuvo precedentes 
que la aventajen ni igualen en la carrera de los servicios públicos, ni ha tenido después 
imitadores: fué valiente, desinteresada y patriota. 

Para celebrar tales virtudes vistióse de gala la ciudad de San José, el día 13 de 
Mayo de 1857, como si presintiese que en toda esta centuria no habría para Costa Rica, 
día de mayor y más merecido júbilo. Recordemos, pues, en estas líneas el momento más 
feliz y la fiesta más alegre de Costa Rica en el siglo xix. 

Aquella fiesta fué dedicada á los soldados que regresaban de Nicaragua. El período 
marcial iniciado el 1" de Marzo de 1856 con la memorable y nunca bien ponderada 
proclama del Presidente don Juan R. Mora, quedaba cerrado con la capitulación de 
Wálker, mejor dicho, con el regreso de nuestras tropas á sus hogares, y el referido 13 
de Mayo de 1857 fué el día señalado para que la primera división del ejército expedicio- 
nario hiciera su entrada triunfal en San José. La patria se había salvado. Sobrado motivo 
tenían los costarricenses para saludar agradecidos á los vaHentes defensores de la América 
Central; razón tenían los josefinos para regocijarse cordialmente á la vista de aquellos 
guerreros improvisados que regresaban trayendo los laureles de Santa Rosa, Rivas 
y San Juan. 

El día doce llegaron los vencedores á la Garita del Río Grande. Allí los esperaba 
el Presidente, de quien oyeron las siguientes palabras de bienvenida: 



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'•Soldados: vengo á recibiros con el orgullo y el amor con que un padre vuelve 
á ver á sus hijos vencedores. 

*'Cien veces he querido marchar á vuestro lado; pero sagrados deberes para con la 
República y aun más para con vosotros, que sois su potente escudo, me han detenido. 

"Yo he velado sin cesar por vuestra suerte; he pensado, he soñado con vosotros; he 
padecido al figurarme vuestros padecimientos y peligros; me he colmado de júbilo con 
vuestras acciones, y lleno de fe he esperado siempre el triunfo, contento con vuestra 
perseverancia y dignos caudillos, con la santidad de la causa centroamericana y la 
visible protección divina. 

"Sed bienvenidos á esta patria idolatrada que tanto os debe, y que, — yo os lo 
prometo," — sabrá recompensar vuestros servicios. Volved al lado de vuestras caras familias, 
que os esperan con lágrimas de alegría; al lado del Jefe que os admira á quien habéis 
sostenido, para honor y salvación de Centro América, desde el triunfo ejemplar de Santa 
Rosa hasta conquistar en Rivas lá última decisiva victoria. 

"Trocad el fusil por vuestro arado, pero conservadle siempre dispuesto para defen- 
der la ley, la concordia nacional, que es nuestra fuerza, y la patria centroamericana. 
Reconocimiento á nuestros dignos aliados y á los que desde aquí han cooperado á vuestro 
sostén. Perdón y hospitalidad generosa á los vencidos. Veneración sagrada á los mártires 
de nuestra libertad. 

"Abrazando á vuestro General os abrazo á todos con viva emoción, y os repito: 

"¡Sed bienvenidos, hijos los más ¡lustres de Costa Rica, para ser perpetuamente, 
como hasta hoy, en paz y en guerra, ejemplo de honradez y patriotismo! 

Juan R. Mora." 

Al día siguiente muy temprano se pusieron de camino para la Capital en donde 
fueron recibidos con mayor entusiasmo. La narración de aquella solemne y conmovedora 
fiesta consta en la Crónica de Costa Rica. Hela aquí: 

"Los soldados ya no marchaban á pie. Siendo la mayoría propietarios, sus 
familias les habían llevado caballos para que descansasen de las fatigas del camino, y 
millares de personas los seguían y agasajaban. 

"La carretera estaba adonarda desde media legua antes de entrará la capital, con 
arcos, palmas, árboles improvisados, flores y banderas. Las calles, cubiertas con el 
ejército nacional tendido en la carrera, desde la entrada hasta la plaza principal, se veían 
llenas de arcos, de letreros alegóricos, de adornos pintorescos, flotando por doquiera el 
pabellón nacional, — ese pabellón más hermoso y más querido á nuestros ojos, — cuajadas 
de una multitud de gente, de un pueblo que saludaba con viva emoción á sus vencedores. 
Todo, todo presentaba un espectáculo brillante y conmovedor. 

"Al llegar al arco del Palacio las señoras y niñas graciosamente vestidas, arrojaron 
desde los balcones flores, ramilletes y coronas sobre el General en Jefe y sus valientes 
soldados. Los gritos de ¡Viva el Presidente! ¡Viva el General Mora! ¡Viva el General 
Cañas! ¡Viva Costa Rica y sus valientes hijos! se repetían y se confundían con los vítores 
á los Generales aliados y á la unión, á la paz y libertad de Centro América. 

"Millares de banderas con letreros y adornos manifestaban que si el pueblo 
costarricense celebraba los triunfos de sus hijos, no olvidaba á sus dignos aliadt'»s y 
hermanos. Ni faltaba tampoco un recuerdo de veneración á los mártires ciue sucumbieron 
en defensa de tan santa causa, y algunos de sus nombres se leían en un magnífico cuadro 
alegórico dedicado á la virtud y valor de los vencedores. 

"El clamoreo de las campanas, el estampido del cañón, el ruido de los fuegos 
artificiales, los vivas sonorosos, las músicas marciales, las salutaciones generales en que 

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REVISTA DE COSTA RICA 



las sonrisas se mezclaban con dulces lágrimas de júbilo y aun con el llanto de dolorosos 
recuerdos, las oleadas de un pueblo inmenso reunido en la capital espontáneamente, 
siguieron á los Jefes y al Ejército hasta la iglesia Catedral vistosamente adornada, en 
cuyo frente se leía: 

— "¡Vencedores! Rendid la espada ante vuestro Dios y Señor, y alabadle entonando 
un Te Deum Laudamus" 

El Presidente, el General, todas las autoridades, la división vencedora y una 
infinidad de personas llenaron la iglesia, donde se elevó un himno de gratitud al 
Ser Supremo. 

Allí, como en todas partes, se veía á las madres, á las esposas, hijas y demás 
deudos de los vencedores, que los saludaban con los ojos arrasados de llanto, mientras 
que el pueblo lleno de fe elevaba sus preces en acción de gracias por el triunfo y el 
restablecimiento de la paz. 

La augusta ceremonia terminó con una Sa/ve cantada por varias señoritas. 
Admirable cántico que imponía recogimiento solemne, que penetraba en todos los 
corazones y que sin duda llegó puro y gratísimo hasta el cielo. 

Terminada la cristiana función, todos se dirigieron al son de los vivas y de las 
bandas marciales al anchuroso edificio de la Universidad, hermosamente preparado para 
recibir á los vencedores. 

En el salón principal se hallaba una mesa abundantemente cubierta para ciento 
cincuenta personas, y los claustros contenían mesas suficientes para la división vencedora, 
con vianda y licores en profusión obsequiados por el vecindario de San José. 

Jefes, autoridades, ciudadanos y soldados, confundidos, se entregaron en el mayor 
orden y armonía á los placeres de la mesa, á una animada conversación y brindis 
entusiastas. Las demostraciones de alegría resaltaban en todas las fisonomías. 

En la sala principal del edificio se veía, entre otras, una bella alegoría. Costa Rica 
representada por una preciosa niña, reposaba sobre un blanco pedestal en que se leían en 
letras de oro los nombres de los principales combates; una bandera con leyendas de oro 
tremolaba en una lanza sostenida por su mano derecha, y á sus pies se veía un tigre 
postrado, humillado, vencido por aquel ángel de paz y libertad. 

Al concluir el banquete, el Presidente, acompañado de otras personas, se colocó 
en el centro del gran patio donde estaban ya formados los vencedores, y dijo: 

"Soldados: brindo por los Gobiernos y pueblos aliados de la América Central; 
por .sus dignos jefes y soldados: por mis hermanos los Generales Cañas y Mora; por la 
santa memoria de los qne murieron por salvarnos, y en fin, por vosotros, por vosotros, 
mis queridos .soldados, honor y escudo de la patria. ¡Viva Costa Rical" 

Un grito unánime, ferviente, conmovedor, respondió al Presidente, y en seguida 
todos se retiraron en la mayor confraternidad y alegría. 

Los soldados que habían recibido el día anterior un vestido completo, reci- 
bieron además una cuarta (*) y un rollo de tabaco cada uno, y por la tarde vol- 
vieron á sus casas á reposar de cinco meses de fatigas, de peligros, de combates y 
de gloria. 

Por la tarde hubo paseos y en la noche bailes y reuniones llenas de júbilo. En medio 
de las alegres muchedumbres, pululaban infinidad de grupos formando el más singular 
contraste: unos trescientos filibusteros, desertores de Wálker, habían entrado en la capital 
momentos antes (jue las tropas; todos andaban en libertad, por todas partes se veían, se 
mezclaban con los naturales, (jue ni aun en ese día de exaltación les dirigieron la más 
leve ofensa. Al contrario, los agasajaban; los mismos soldados les daban una parte de su 



(*)-$4-2t, oro. 

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EN EL SIGLO XIX 



pan, bebían y brindaban con ellos y les probaban una vez más que los que con más 
coraje habían sabido lanzarse á combatirlos, sabían perdonarlos, haciendo noble alarde 
de la generosidad del pueblo costarricense. 

El día 13 y su noche concluyeron en medio de la alegría más general, sin que 
hubiese que reprimir ningún desorden ni castigar la más leve falta. 

La división de Cartago, mandada por el valiente Capitán don Indalecio Sáenz, 
prosiguió su marcha á las seis de la mañana del día siguiente. 

Todos los pueblos de la República cooperaron activamente al sostenimiento de 
aquella patriótica campaña. Liberia, Puntarenas, Alajuela, Heredia y San Ramón 
otorgaron su generoso tributo á la patria, pero ninguno pagó su contingente de sangre 
como San José y Cartago. 

A las diez de la mañana llegaron los expedicionarios al punto desde donde se 
distingue la ciudad, y allí, como .si tocaran, en las frescas brisas de Quircot y en la amena 
vista del valle, los dinteles de sus domésticos hogares, prorrumpieron en un hurra 
estrepitoso y unísono, expresión de su cordial .saludo á Cartago. 

Prosiguieron el camino y al tocar tierra de Taras encontraron al Gobernador don 
Félix Mata y al Comandante Montero, seguidos de un numeroso concurso de militares y 
paisanos que los iban á recibir de camino, movidos de general y merecido entusiasmo 
que inspiraban aquellos abnegados defensores de la patria. 

La calle real, desde el cementerio hasta la iglesia de Los Angeles, estaba profusa- 
mente adornada con una doble línea de cañas bravas matizadas con mirto y uruca; pendían 
de puertas, ventanas y paredes, vistosos cortinajes, palmas y flores, y por todas partes 
flotaban en alegres gallardetes y banderas los simbólicos colores de la patria. 

La columna, acompañada de todo el pueblo de Cartago, avanzó á lo largo de 
aquella senda florida recibiendo incesantes testimonios de afectuosa simpatía. Aquel 
diminuto ejército, sin uniforme ni disciplina ni aire marcial, deslumbraba sin embargo á la 
muchedumbre con los destellos de sus inmarcesibles triunfos; aquella legión de artesanos 
y labradores, que habiendo suspendido meses antes sus pacíficas labores al oír el clarín 
que llamó á la guerra y dejado en abandono su familia y su heredad para lidiar y verter 
su sangre pf)r la santa causa de la patria, y que ahora, concluida la campaña, venía á 
deponer las armas para luego proseguir en sus rústicas tareas y ordinarios oficios, sin 
otra recompensa que la de haber cumi)lido su deber, no necesitaba en verdad, de brillantes 
uniformes ni de diestras evoluciones para cautivar la voluntad de quienes veían en ella 
otros más excelentes y meritorios atavíos. 

Así, aclamados y bendecidos, llegaron aquellos guerreros ala plaza de San Nicolás 
en donde todos los ginetes descendieron de los caballos para continuar á pie su marcha, 
y hacer más interesante y ordenado su desfile. 

**En la esquina de la Plaza Principal — dice La Crónica — se levantaba un magnífico 
arco de triunfo. El arte y la naturaleza se ostentaban en él. Sobre dos grandes basamentos 
cubiertos de palmas y flores, se levantaban cuatro columnas que, formando un templete 
en cada uno de los lados, sostenían el cuerpo superior del arco perfectamente diri- 
gido y ejecutado, rematando en vistosos festones adornados con banderas, gallardetes 
y trofeos, y con un escudo en que se leía en letras de oro: Viva Costa Rica y sus 
valientes." 

Allí se efectuó entonces una ceremonia tierna y expresiva cuyo recuerdo jamás se 
apartó de la memoria de quienes la presenciaron. Un grupo de señoras respetables, 
puestas junto al arco triunfal, daban la bienvenida á los guerreros, regando flores á su 
paso y condecorando sus pechos con cucardas nacionales ó ciñendo sus frentes con 
coronas de laurel; allí estaba de protagonista, como emblema de la patria, doña Anacleta 
Arnesto de Mayorga, tipo el más perfecto de la alta dama cartaginesa, señora la más 

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REVISTA DE COSTA RICA 



ilustre de Costa Rica, cuyas eximias virtudes perennemente proclaman los setenta enfermos 
asilados hoy en el Hospital que ella fundó, y las doscientas niñas que reciben Instrucción 
en el suntuoso edificio escolar que ella costeó, y cuya entereza de carácter é inagotable 
patriotismo sirvieron de fecundísimo dechado así para combatir la execrable tiranía de 
Carrillo como para rechazar el ominoso yugo de Wáiker- allí estaba aquella nobilísima 
matrona, vestida de luto riguroso porque había muerto su hijo en la campaña, pero 
radiante de alegría porque su filantrópico corazón siempre palpitó al compás de la dicha 
ó la desgracia ajena, sin reparar en el hado triste de su casa; allí estaba para dar, en 
unión de doña Teodora UUoa, un testimonio más de su generosidad y patriotismo. 





Ambas señoras detenían uno á uno, á todos los expedicionarios bajo el arco: á los 
oficiales para obsequiarles una corona y prenderles al pecho una medalla de oro guarne- 
cida de vistosa escarapela nacional, y á los soldados para poner también en su pecho una 
moneda de oro, un escudo (•) envueho en los colores de la bandera que ellos mismos 
habían hecho tremolar triunfante en cien combates. 

Cuatro niñas gentiles derramaban flores desde los templetes del arco; un numeroso 
concurso desde la plaza grilaba entusiasmado; el cañón tronaba en salvas, repicaban las 
campanas y tocaba la banda aires marciales, formando todo ello, sin embargo, una escena 
de gratísima armonía, porque cuantos ruidos se oían, estaban concertados y de acuerdo 
con el diapasón sonoro de la Patria. 

Kn aquella escena de férvido entusiasmo se revelaban, no sólo el regocijo cívico 
])or el afortunado regreso del ejército, sino también el afecto individual que inspiraban 
en el vecindario todos v cada uno de los soldados. Era aquello más bien una escena de 
familia, un suceso venturoso del hogar, que ponía de manifiesto la sinceridad con que 
se daban los coslarricences el tratan 



EN P:L siglo XIX 



Cuando se hubo terminado la ceremonia de la condecoración, todo el concurso 
se puso en movimiento hacia la iglesia de los Angeles. Rompía la marcha el simpático 
Capitán don Indalecio Sáenz, caminando en medio de doña Anacleta y doña Teodora; 
seguían en pos las otras damas y señoritas; luego la columna de vencedores; después las- 
autoridades y vecinos principales, la tropa que había salido al recibimiento, las mujeres, 
los muchachos; que allí iba todo el pueblo de Cartago, á prosternarse agradecido por el 
restablecimiento de la paz ante la imagen tutelar de la ciudad. 

Dichosos ellos que doblaron la rodilla é inclinaron la cabeza y aquietaron la 
conciencia, confortados y movidos por su fe; dichosos ellos (jue pudieron agregar á sus 
himnos de victoria tiernos cantos de alabanza al Ser Supremo, y que, tocados de piedad, 
acrecentaron su bélico denuedo pensando en el místico Santuario del Toyogres; dichosos 
ellos que rezaron al pie del legendario tabernáculo la promesa de la salve ofrecida en el 
combate de San Jor^e o en el rudo cañoneo de Cuatro Esquinas ó en el fragor de Rivas ó 
en las borrascas del Lago ó en el raudal de Machuca ó en la Punta de Castilla; dichosos 
ellos que volvieron trayendo sin mancilla la bandera y limpio su nombre y vivida su fe. 

Concluida la función religiosa regresó la concurrencia á la plaza principal y á la 
sala capitular, endonde ya sin etiquetas hubo abrazos, tragos y brindis á discreción. La 
fiesta terminó con un viva estrepitoso á Costa Rica, y los soldados tomaron en seguida 
el camino de su casa, orgullosos de llevar consigo una cuarta y un rollo de tabaco que 
les había dado don Juanito, un escudo doña Anacleta y un Dios te lo pague la Patria. 

No terminaron con sólo esto las manifestaciones de pública alegría con motivo 
del triunfo de las armas centroamericanas y restablecimiento de la paz; los festejos aca- 
baron en la Capital con un suntuo.so baile de palacio, dado en la noche del 24 de Mayo 
de 1857. 

Desde varios días antes se pusieron en movimiento los comerciantes, sastres, 
zapateros y costureras de San José, haciendo su agostillo: de los anaqueles de don 
Leoncio de Vars salían cortes de gasa y tarlatana innumerables y de raso muy contados; 
crespones, abalorios, cintas, guantes y botones en razonable cantidad; perfumes pocos; 
casi nada de pinturas, pero sí muchas crinolinas y tontillos del segundo imperio. Misis 
Matty ponía en boga sus talleres con unos preciosos túnicos llenos de menudos vuelos, 
desde la cintura al rodapié. La zapatería de Boulanger agotaba su acopio de botines y 
medias botas de charol y la casa de Mr. Marr, en la calle de la Gobernadora, no daba 
abasto á los pedidos de fraques, levitas y chalecos de terciopelo á cuadros. 

Los preparativos anunciaban una gran fiesta: el inolvidable maestro Gutiérrez 
ensayaba diariamente la banda, poniendo especial esmero en su nuevo vals "El Palacio;'* 
habría opípara cena: todo el San Julián, Medoc, Pajarete y Madera de don Víctor Cas- 
tella, corría por cuenta del baile; habría luminaria: todas las linternas y vasos de color del 
taller de Masón quedaban á la orden; habría muchísimo verde: todas las hojas de plátano 
y ramas de uruca de la ciudad pasaban en montones á Palacio; y habría, sobre todo, 
gran contento, porque el patriótico entusiasmo se desbordaba entonces de los pechos. 

Para que los encargados del arreglo no tuvieran después pretexto alguno que alegar, 
se les puso anticipadamente á su orden todo el edificio; lo cual quiere decir que durante 
varios días ni los ministros, ni los escribientes, ni nadie volvió á trabajar en las oficinas 
públicas. El Palacio se transformó á la voz omnipotente del director del baile. — Esas 
mesas con tapete verde y esa ruleta al Ministerio de Hacienda; esas mesas con manteles 
blancos y esos cuchillos y tenedores al de Relaciones; esas consolas y perfumes al de 
Guerra; los licores abajo, las palanganas arriba; afuera con esos legajos; arrinconen esos 
libros; boten esos papeles; — y así por ese estilo aquella avalancha festiva inundó por 
entero el edificio. Mucho fué que concedieran á tata Cali.xto, conserje de Palacio, el 
proseguir reposando en su cuartucho. 

TOMO I — 145 — 19 



REVISTA DE COSTA RICA 



Las invitaciones circularon por doquiera. Acudieron los provincianos: unos se hos- 
pedaron en el Club Nacional de Cauty, que tenía apartamentos para forasteros; otros en el 
Hotel de San José, de Rohrmoser, y los que quisieron estar como en su propia casa, cuida- 
dos á cuerpo de rey, sin echar de menos los frijoles y el picadillo, buscaron la hostería de 
doña Narcisa Landambert; pero, la verdad, casi todos se apearon en casa de sus conocidos. 

Llegó, por fin, la noche del 24 de Mayo de 1857. "El edificio estaba precioso. 
Millares y millares de variadas luces iluminaban el espacioso peristilo del Palacio. Sus 
blancas columnas y arquerías estaban matizadas con arbustos y hojas de plátano, de 
donde pendían brillantes bombitas que reflejaban mil luces sobre las pinturas que cubrían 
las paredes de las altas y bajas galerías. El frontis del salón del Congreso se veía festo- 
neado en todos sus arcos, relieves, cornisas y ventanas con luces de colores. Sobre sus 
arcos se veían varias leyendas laureadas ó entre guirnaldas de mirto que decían: — "Glo- 
ria á Costa Rica y sus valientes;" "Honor y Patria;" "Concordia y Progreso;" "Amor á 
la virtud y á la hermosura." 

"El salón, lleno de hermosas jóvenes elegantemente vestidas, de señoras y caba- 
lleros, de todas edades, presentaba una vista no menos sorprendente con sus artesonados 
del renacimiento, sus espejos de Venecia, sus magníficas arañas, sus mesas doradas y de 
mármol, sus cortinajes, su trono y sus lindísimos adornos." 

Cuando los acentos marciales de la banda anunciaron la llegada del Presidente 
Mora, y éste entró al salón y tomó asiento bajo magnífico dosel, los circunstantes, pues- 
tos de pie, guardaron religioso silencio y sintieron profundísima emoción, cautivados 
agradablemente, porque aquel Jefe era entonces la genuina representación de la Patria, 
y porque aquellos acentos marciales eran los del himno de Santa Rosa que evocaban 
el recuerdo de la mejor y más heroica jornada de la campaña. 

Pasado aquel primer momento de respetuosa seriedad, vino luego la animación y 
el buen humor. Cada cual buscó pareja, y voluntariamente se dejó llevar por la corriente 
de la fiesta, y por ella fué arrastrado y sumergido en una vorágine de empujones, de piso- 
tones y codazos sin fin; que siempre han sido muchos los llamados y pocos los escogidos 
de Terpsícore. 

Escogidos allí, que llamaran la atención, Clodomiro Escalante para una varso- 
viana, Joaquín González para un vals, Juan Knohr para una galopa, mayormente si 
acertaban á dar con una compañera diestra y guapa, que sí las había, porque allí estaban, 
resplandecientes de belleza y juventud, Lastenia Bonilla, Elena Castella, Mariana de 
Vars y algunas pocas más que sabían bailar muy bien. 

Lo cierto es que en aquella noche, bien ó mal, todos bailaban á porfía, para dar 
así público testimonio del culto que rendían á la ventura de su patria y á la hermosura de 
su dama. "Amor y Patria," ésa era la consigna. — "¡Viva mi pareja! ¡Viva Costa Rica!" — 
ésa era la expresión de la consigna. Por eso las festivas risas del Macho Alvarado provo- 
caban un ¡vivan los valientes!; y los lucientes ojos de la gentil Castella, un ¡bravo las 
hermosas! Por eso la cojera de Joaquín Fernández producía un ¡hurra el once de Abril! y 
los donosos aires de la Marianita, un ¡viva la gracia! 

Allí sólo se hablaba de la guerra y del amor. En un corrillo se ensalzaba á Cañas 
y se aplaudía á Jerez; en otro se renegaba de Belloso y se maldecía á Vigil. En un 
extremo de la sala se refería la misteriosa explosión del "Bulwer" y la captura temeraria 
del "San Carlos"; en el otro se narraba la defensa del Castillo Viejo y el desastre de la 
Trinidad. Aquel desventurado mozo, demudado su semblante por amorosa pasión, con- 
versaba con esquiva dama comparando el torbellino de su pecho enamorado, con las 
deshechas tempestades del embravecido Lago; y este otro afortunado galán, hablaba en 
dulces deliquios del abrigo hospitalario de Ometépec: que toda aquella sociedad re.spi- 
raba entonces un ambiente impregnado de bélico entusiasmo y de encendido patriotismo. 



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EN EL SIGLO XIX 



Conforme avanzaban las horas de la noche, iban aumentando en la reunión los 
transportes de alegría, hasta llegar al colmo, cuando arrebatados los bailarines por 
los acentos impetuosos del vals **Palacio," fatigados y jadeantes, hicieron breve estación 
para aclamar al maestro compositor Gutiérrez con el sobrenombre de *'el Músico," y para 
tomar también algún refrigerio en la cena. 

Pero ni los acordes de la música, ni la fragancia de las flores, ni el espíritu del vino, 
ni los ojos de las damas, con ser acicates que aceleran tanto el curso placentero de la 
sangre, pudieron allí traspasar los linderos de la cultura ni convertir en licencias de 
mal gusto los arranques de alegría, porque entonces ¡oh juventud contemporánea! no 
eran indicios de roce social ni prerrogativas del buen tono, el desparpajo, la confianzuda 
llaneza, el lenguaje epigramático y la impúdica agudeza de hoy en día. 

Y si no, veamos lo que pasó en la cena. Tocó en suerte á don Clodomiro Escalante, 
aquella vez, tener por compañera de mesa á una Josefita, cuyo apellido no hace falta al 
cuento, pero cuyas abultadas formas sí es preciso consignar aciuí. También conviene 
decir que tan luego como se sentaron, él hacía fuertes entradas á una pechuga de gallina 
y asiduos galanteos á la niña alternativamente. Ella, por contra, despuntaba unas hojas 
de lechuga y entornaba con rubor los ojos. Así las cosas, acertó á pasar el Zuavo junto á 
ellos y á poner su mirada con envidia en las blancas carnes de la pechuga y quizás en 
las turgentes de la dama, por lo cual, felicitando al camarada de Rivas, usó de una frase 
vulgarizada en la campaña, y le dijo: — **;Carne de Chepal mucho bueno, mucho bueno." — 
La Josefita tomó la frase por alusión torpe á su persona, y creyéndose ofendida volvió 
por su respeto. Perplejo se quedó el Zuavo sin barruntar su falta, porque ignoraba que 
aquella Josefita se llamaba Chepa. Para desvanecer el yerro de la niña, fué preciso 
que don Clodomiro narrase la siguiente historia. 

Después de nuestra pavorosa retirada de Rivas tomó grande incremento la falange 
filibustera; sin embargo, los aliados lograron por fin obligarla á reconcentrarse en Gra- 
nada. El sitio de esa infortunada ciudad fué sin duda una de las jornadas más sangrientas 
de la campaña. Allí mostraron los yanquis, á un tiempo mismo, indomable valor y crueldad 
salvaje. El innecesario incendio de Granada los vilipendia, pero su perseverante resistencia, 
digna de mejor causa, los enaltece. Hennigsen, con trescientos filibusteros debilitados 
por el hambre y por la peste, resistió allí sin rendirse nunca al empuje de dos mil qui- 
nientos aliados. 

Durante los primeros días del sitio, libres aún las comunicaciones con el Lago, 
atracó al muelle de Granada la india Chepa, en velera navecilla provista de sabrosas 
frutas y blancos amasijos de Ometépec. A mala hora llegó, en verdad, la desventurada 
vivandera (*), porque los aliados tomaron luego el fuertecito del muelle, cortaron todas 
las comunicaciones y apretaron tanto el cerco, que á ella le fué forzoso compartir los 
rigores del asedio. A más de las balas centroamericanas, el hambre, el tifus y el cólera 
diezmaban el campamento; el hambre sobre todo, era el azote principal. Ya los filibusteros 
habían agotado sus provisiones; ya se habían comido los caballos; sólo tenían guaro y 
brandy: bebieron, y embriagados divisaron en las frescas y turgentes carnes de Chepa, 
rico manjar. ¡Antropófagos! se la comieron, y lo que es peor todavía, después blasonaron 
de su hazaña, diciendo: — "¡Oh, carne de Chepa! mucho bueno, mucho bueno." 

La noticia de tan horripilante aventura se divulgó luego en Nicaragua, por lo 
cual nuestros soldados al recibir cada día la ración de un puñado de frijoles crudos 
y otro de maíz, decían, como para significar que ellos también eran capaces de 
soportar las mayores privaciones, la frase de los yanquis: — "¡Oh, carne de Chepa! 
mucho bueno." 



{*)—Cachadoriis llaman en Nicaragua á estas vendedoras ambulantes. — J. F. Y. 

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REVISTA DE COSTA RICA 



No puedo responder de la verdad del cuento, agregó don Clodomiro, pero por 
auténtico corrió en la campaña y en los periódicos oficiales informados de personas 
fidedignas. 

Contada que fué la historia de la desventurada vivandera de Ometépec, quedó 
satisfecha la Josefita, y desvanecida la ligera nubécula de la cena, porque todo lo demás 
estuvo en ella á pedir de boca. 

Mucha cordialidad, sabrosas viandas y frecuentes brindis: hé ahí en síntesis la 
cena. Hoy ha caído en descrédito la costumbre de los brindis; pero entonces estaba en 
boga, y por lo tanto hablaron muchos comensales. 

Tema: las glorias de Costa Rica. Allá se levantaba un orador, pronunciando un 
himno de victoria, acá se levantaba otro, murmurando patriótica elegía; ora se hablaba 
de la impetuosa carga de Santa Rosa, ora de las sangrientas calles de Rivas; si alguien 
aludía á San Jorge, todos pensaban en Guardia; si alguien aludía á San Juan, todos 
pensaban en Cauty; al solo nombre de Mora y Cañas se erguían las frentes con orgullo; 
al solo nombre de Alfaro Ruiz y Quirós se inclinaban con ternura; que allí se hizo entonces 
el glorio.sísimo recuento de la campaña, tejiendo en sentidas frases palmas de laurel para 
los héroes, y coronas de siemprevivas para los mártires. 

Sin embargo, nadie mentó entonces al héroe de los héroes y al mártir por excelencia, 
Juan Santa María, como para significar con esa omisión cuan frecuentes y comunes 
fueron en los soldados la abnegación y el sacrificio; pero luego que se serenaron los 
espíritus y se aquilataron los servicios de cada uno, brilló á la luz de irrefutables testi- 
monios, por encima de todos sus compañeros el Erizo. Fué menester el trascurso de 
ocho años para que se cumpliese con perfecto conocimiento de causa, tan merecida 
reparación. Un ilustre colombiano, don José de Obaldía, narró en 1864 (por primera 
vez oficialmente) la inmortal hazaña del Mesón. He aquí sus palabras: 

"Hay un hecho de esa brillante campaña, tan fecunda en bienes, que no debe 
quedarse en el olvido. Wálker, en Rivas, se había apoderado de un edificio conocido con 
el nombre de Mesón de ^uerra^ desde donde se hacía un fuego mortífero á los soldados 
de este país. Toda tentativa de tomarlo sin artillería de sitio, era completamente inútil; 
incendiarlo se hacía necesario, y faltaban para ello cohetes á la Congréve ú otros pro- 
yectiles semejantes. Entonces uno de los Jefes de esta República vuelve sus miradas á la 
tropa y pregunta si habría allí un héroe que aceptase voluntariamente cierta comisión sal- 
vadora del ejército, pero que envolvía el sacrificio del que la admitiese. La comisión 
fué aceptada; espérase la noche; hácense los preparativos convenientes, y entra un 
desconocido á aquella ciudadela, seguro de encontrar la muerte en su recinto. El fuego 
comienza; pero su luz descubre al incendiario; una bala enemiga le despedaza el brazo 
en que brilla la tea, y funciona el otro brazo con nueva tea, sin que el valor desmaye. 
Arde el edificio, vuelan las municiones y todo se consume; huyen aterrados los filibusteros, 

y se canta victoria Señores, el héroe humilde, imitador de Ricaurte en San Mateo, 

se llamaba Juan Santa María. ;Honor á su memoria!" 

Concluidos los discursos de la cena, se levantaron las parejas y se fueron á bailar. 
Sin embargo, algunos concurrentes, los recluidos en el Ministerio de Hacienda, ni 
bailaban ni comían: sólo jugaban. En aquel tiempo se jugaba más y con más desenfado 
que ahora. Notables personajes de la época rendían pleito homenaje al juego, y hasta 
toleraban en él las prestidigitaciones. Una zorra en los gallos; muz. fiera en los dados, 
y un colipateo en los naipes, señales eran de ingenio que no denigraban mucho. 

Por entre el murmullo de voces del Ministerio de Hacienda se oía aquella 
vez la sobresaliente, acompasada y monótona del montero que decía: — "gana el as y 
pierde el rey; gana el cuatro y pierde el dos" — y se veían cien manos que frenéticas 
bajaban sobre la mesa, ora poniendo las apuestas, ora retirándolas dobladas si ganaban. 

— 148 — 



EN EL SIGLO XIX 



Y así al compás del canto rítmico del banquero, resonaban los metálicos tañidos de las 
cuartas y medias onzas, y los ayes de los torcidos y las risas de los suerteros^ hasta que 
un "ya no hay talla" daba momentánea tregua á aquel trajín. Diurante el intermedio, 
el banquero barajaba el naipe, poniendo las cartas, como por acaso, en grupos cabalísticos, 
de inocente combinación al parecer, pero de estructura misteriosa en realidad; luego las 
reunía, y tendiendo la mirada sobre el campo de batalla, con voz solemne decía: — 
"Muchachos, se va María" — Sin embargo, nadie entraba antes de que saliera el cantazo (*), 
para ver como venía la talla. 

— Gana el caballo y pierde la sota. 

— Ahí espérese. ¡Aja! conque gana el caballo y pierde la sota: esto viene al revés; 
me pongo al cuatro. 

— Tenes razón; á mi me gusta mucho ese cuatro. 

— Gana el seis y pierde el cuatro. 

— ¡Hombre, ve qué cosa, se perdió el cuatrol Eso sí por puro tuerce^ porque ese 
•cuatro era imperdible. 

— Yo que vos, le metía otra vez, porque colijo que viene oreja de muía. 

— Bueno, el que toma consejo muere de viejo: vamos á ver cómo se porta 
^hora el cuatro. 

— Gana el dos y pierde el cinco; gana el tres y pierde el cuatro. 

— Al demonio con el cuatro; si ya yo no quería seguirlo: eso me pasa por tonto. 

Por supuesto, que no eran sólo esos los diálogos y monólogos de la mesa. 

— Alto ahí: ¿adonde va con esa cuarta? 

— Porque es mía. 

— No, señor; no ve que Ud. estaba en la sota y que ya se la llevó el montero. 

— ¡Ah! bueno, pero no se enoje. 

Al mismo tiempo uno de los mirones decía: 

— Tin, tan; tin, tan. 

— Señores ¿por quién estarán doblando? 

— Por un muerto: ¡ah, pobre angelito! 

— Vea, don Cándido, abra los ojos; ¿no ve (jue ya le enterraron la sota? 

— Hombre, de veras ¡ah, mi sota! ¡caray, que aquí el que/¿*j/í7/7<z pierde! 

La talla comenzó bien y acabó mal para el banquero, porque el vecino apunte de 
-su derecha, atisbando la cábula del ojo, le había dado golpes mortales. A la menor indis- 
creción del montero, como el apunte pudiera vislumbrar las zapatillas de un rey ó los 
cascos de un caballo, allá se iba con un cerro de cuartas, seguro de ganar boqueras (**) las 
apuestas. Lo peor del caso para la banca consistía en que tras el apunte se iba toda la 
mesa. Por fin echó de ver la cábula y sin darse por entendido resistió el chubasco hasta 
-decir: — "Ya no hay talla." — Puso luego todos sus sentidos en el siguiente barajo, limpió 
su frente bañada en sudor, y dijo: — "Se va María." — Dio el caritazo y, como por des- 
cuido, enseñó las reales zapatillas al vecino. Por supuesto, sobre el monarca se enfilaron 
los puñados de medias onzas. 

— ¿Ya están? 

— Sí, compadre, dele fuego. 

— Allá va: gana el rey y pierde el rey. Un lastimero gemido salió entonces de todos 
los labios. 

— ¡Ay, ay, ay! ¡maldito rey! F^l banquero, en tales casos, tomaba para sí la mitad 
<le las apuestas. 



(*)— La carta en puenas. 

(**) — En primera baza inmediata A la apuesta. 



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REVISTA DE COSTA RICA 



— ¡Alto! ¿por qué se lleva tres, y me deja dos? 

— Mi vida, porque yo manejo el fierro á la machota. 

— ¡Válgame DiosI ¡Qué leyes ésas! 

Dióles en seguida, para ocultar el lazo, algún respiro, y luego, con la misma destreza 
enseñó los cascos del caballo. El fisgón, poniéndose al caballo, dijo: — Aquí, muchachos,^ 
este rtico es imperdible. — Todo el mundo púsose con él. 

— Gana el caballo y pierde el caballo. 

— ¡Ay, ay, ay! ¡Nos volvieron á despedazar! 

— ¡Aja! decía el banquero — ¡conque ya se les acabó su palito de gallinas! ¡A ver 
donde se apuntan ahora mis hijos! 

— Al as. 

— Gana el as y pierde el as. 

— Al cuatro. 

— (jana el cuatro y pierde el cuatro. — Y así por ese orden prosiguió el banquero 
hasta dejar á los apuntes sin nada en los bolsillos. 

En el otro extremo de la sala se hacían variaciones sobre el mismo tema: — Todos 
la dicen. 

— Uno en la mitad. — Cinco en eso. — Una cuarta por la cola. 

— Tiro á la cabezona. 

— Sí, pero pagando. 

— Tiro y pago. 

— Barajo. Barajo. Barajo. Las tres del soldado. 

— Ahora sí; déjese venir. 

— Va su golpe: senas. 

— Otro la dice. 

— Paro y pinta. 

— A usted: cuatros. 

— A contar. 

— Jale. 

— ¿Cómo (\\xQjale7 son seis onzas. 

— Yo no dije "pago," sino **á usted." 

— Pero iba tácito el pago. 

— Qué cuento de tácito ni qué canilla de muerto; el juego lo hace la boca. 

— Bueno, pues, se acabó. ¿Cómo la dicen? 

— De por si son. 

— Quite de ahí, (jue no estamos pasando el tiempo. 

— Paro. 

— Voy á mí. 

— Perdés. 

— Doble á sencillo; voy á mí. 

— Perdés. 

— Va su tiro. Cuatros. 

— Va lo ven; si el dado estaba al alzo. 

— Caray, de veras, bien dicen que á estos sanios sólo hablar les falta. 

Y así en ese lacónico embolismo estaban, cuando llegó un mozo bailarín á probar 
fortuna, quien con mucho garbo tiró una media onza en la mesa y dijo: — Uno en la mitad 
de esa india. 

— Vaya busque las compañeras, hijito, y vuelva para que le tiren; ¿no ve que el 
juego está muy grande? 

— Bueno, don Fortunato ¿pues entonces lléveme en ancas? 



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EN EL SIGLO XIX 



— Arrímese: — As y dos. 

— Perdiste tu media onza. 

— No; señor, que salió sencilla. 

— Si, pero vos ibas en la cabeza. 

— La mesa habla. — Perdió el bailarín su chola sin tocar los dados, y salió con las 
orejas encendidas como dos tomates. 

Don Fortunato no se corrió, sino que dijo: — Aguarde el traído; y ganó y volvió á 
ganar, sin que nadie le pudiese quitar el dado. 

— ¡Qué vuelve! ¡Ya cogió los estribosl ¡Pongan los huesos de punta! ¡Oh leche de 
hombre! ¡Dios habla por los segovianos! — Y el afortunado tahúr de cada parada lomaba 
el diezmo, y á la bolsa. 

— Tilín; tilín. 

— Quítense el sombrero, que están alzando. 

— ¡A profundis! ¡Se fué á Honduras! ¡Qué feo es eso! 

Pero don Fortunato no hacía caso de las pullas sino que más bien comenzaba a 
preparar el lance de la retirada, diciendo: 

— Oigan, señores, qué varsoviana la que están tocando. ¡Ah, batuta la de Gutiérrez! 
Y yo que no he visto á derechas el salón, ni he reparado bien en las muchachas. 

El coro unísono, como para impedir la deserción, le contestaba: 

— Déjese de músicas. Quién mete á los viejos con muchachas, k ver, raje este 
tiesto de California. 

Y don Fortunato, con visibles ganas de soltar, tiró con desmedida fuerza los 
dados, y dijo: 

— Al tiesto. — Una sena quedó sentada en media mesa y la otra rodó y 
cayó afuera. 

— ¡Mucha pólvora! ¡Mejor se le hubiera caído una muela! ¡Busquen el grano! 

Y como todos solícitos se levantaron para buscarlo, halló don Fortunato pretexto 
para levantarse también, y dijo: 

— Voy á darme una asomada al baile. 

— ¿Qué va á hacer, hombre? Si todavía es temprano. 

— No, no, ahora vuelvo. 

F"l coro á la sordina gruñó diciendo: 

— ¡Aja! vuelvo. . . .las espaldas. Quien no te conoce que te compre. Ya eso y lo 
que se llevaron los moscos, todo es uno. Ganan y se van; pierden y st están. 

Poca cosa pudieron hacer después los jugadores, porque no tardó mucho en anun- 
ciarles la conclusión de la velada el runrún de que don Juanito llamaba á los edecanes 
para irse. Eran las cuatro de la mañana, precisamente, la hora en que se retiró el 
Presidente. 

Poco después había ya terminado la fiesta. Desaparecieron las señoras y señoritas 
arrebujadas en sendos mantos de lana; en pos de ellas se fueron cabizbajos los galanes; 
desfilaron taciturnos los jugadores; ausentáronse los músicos; marchitáronse las flores, y 
apagáronse las luces, para que la oscuridad y el silencio de súbito testificasen allí la rapidez 
con (jue discurren en la vida los instantes felices. 

En efecto, breves y fugaces fueron aquellos festejos tributados á las glorias milita- 
res de Costa Rica, como fueron en la historia patria breves y fugaces los veinte años 
que constituyen la edad de oro de las costumbres cívicas costarriqueñas. 

Pasaron y se hundieron en los abismos del tiempo aquellos soldados aguerridos y 
aquellos ciudadanos celosos y aquellos caudillos probos y rectos; pero aun perdura la 
estela luminosa de su paso, porque dejaron como eterno testimonio de su ardiente patrio- 
tismo, afianzada la existencia autonómica de Costa Rica. 



151 




IX 




isTA Rica ha terminado ya la tercera jornada de cien años en la 
carrera de su existencia. La Historia la llamará á juicio para que 
responda de cómo gastó el tiempo del siglo xix. Y en ese proceso 



todos nosotros 
haya ele prum 
pide la ahsoluciíj 

áloi 



progreso. 



testigos. Hablemos, pues, para que cuando 
sentencia no perezca la justicia con que 
Igunos pasatiempos y yerros suyos, en 
triunfos alcanzados en su lucha por el 

:epc ion ales, i 



¡unfos de Costa Rica no son excepcionales, ni pueden 
tener resonancia universal; pero sí sun dignos de estimación para 
quien con ánimo sereno los estudie. La historia, la historia imparcial y justiciera, aquélla 
que toma en cuenta las circunstancias especiales de los sucesos, y que con la estala de lo 
relativo mide bs fuerzas, cuenta las resistencias y avalora los obstáculos vencidos, esa 
historia, no exige de los pueblos, ¡>ara dejarles limpia su hoja de servicios, hazañas de 
gigantes. 

La Repúbhca tie Costa Rica, dada la humilde pequenez de sus recursos, ha hecho 
durante la presente centuria prodigios de progreso. Su transformación es evidente. Los 
cuadros históricodescríptivos consignados en esta Revista, revelan la natural disposición 
de este pueblo para adaptarse á las sucesivas evoluciones del progreso. 



TOMO I 



-»53- 



20 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 

El siglo XIX enconiró á Costa Rica adscrita á los dominios españoles y supeditada, 
por lo tanto, á extrañas voluntades, y la deja dueña de s! misma, libre é independiente. 
Éramos colonos, y somos ciudadanos. Verdad es que aun no tenemos cabal conoci- 
miento de ios derechos y deberes anexos á la ciudadanía, pero á lo menos nos hemos 
puesto en condición adecuada para llegar dentro de breve tiempo á conocerlos y practi- 
carlos debidamente. 

El siglo XIX encontró á Costa Rica sumida en la pobreza y la ignorancia, y la deja 
con medios bastantes para continuar la iniciada empresa de su desarrollo material y de 
su intelectual cultura. No somos, es verdad, ricos ni sabios, pero ya tenemos caudal y 
ciencia bastantes para poder peregrinar con sosegada fortuna tras la riqueza y la sabiduría. 

Ya nos hemos puesto de pie para emprender nuevas gomadas en la senda del 
progreso: de hoy más caminaremos sin detenernos. Querer es poder. ¡Adelante! 



Cartago, 15 de Diciembre de 1900. 



Manuel J. Jiménez 




EPISODIOS NACIONALES 



1856 - 1857 



)sa 



Toma de los vapores 

INolas biográficas 
]El asno del Sapoá 



roK 



Máximo Soto Hall 




U Campana Nacional 



1 un libru como éste no podían pasar inadvertidos los grandes 
hechos de armas de la Campaña Nacional, y por eso, aunque 
brevemente, vamos a reseñar los principales. Las causas que ori- 
ginaron esa gloriosa guerra fueron las más santas por (|ue puede 
luchar un pueblo: por defender su independencia y su integridad; 
por impedir que plantas extranjeras hollasen y profanasen el 
suelo en que se jugó durante la infancia, en que se construyó 
el hogar en la edad viril, en que duermen el sueño sin despertar 
los seres queridos. 

Fué una magna epopeya y los nombres de sus héroes y mártires deben guardarse 
grabados en nuestros corazones con la veneración de inapreciables relitiuias. 

— 157 — 





Santa Rosa 




L noche del 17 de Marzo llegó á Liberia el dueño de la hacienda 
de Sapod, anunciando que el territorio costarricense había sido 



invadido por los filibus 
de su propiedad. 

Al saberse tal 1 
dispuso i 

órdenes correspondie 
1 el grueso del Ejérc 



., quienes se hallaban posesionados 



a, el (ieneral don José Joaquín Mora 
le los invasores y dió con tal fin las 
El Genera] Caíias quedó en Liberia 
3, y en la madrugada del dfa 18 salió 
n rumbo al Sapoá el Coronel don Lorenzo Salazar, al frente 
de quinientos inrantes; y cien lanceros liberianos á las órdenes 
del Mayor don Julián Arias y del Capitán don Juan Estrada. 
El 19, á las cinco de la mañana, se puso en marcha con igual rumbo el mismo 
General Mora, yendo con él el Teniente Coronel don José María Gutiérrez con cien de 
los más bravos y valientes, entre los trescientos de la columna con que saliera de la Capi- 
tal. Se llevaban también dos cañones pequeños de montaña. 

A eso de las ocho y media de la mañana, dieron con Salazar y los suyos, acampados 
en una encrucijada del camino. Mora se hallaba impaciente por enfrentarse con el ene- 
migo, y su afán era contrario á toda espera. Se dtó orden de avanzar, á ñn de salirle al 
encuentro. Como hemos dicho, el dfa aquel era el 19 de Marzo, festividad del Santo 
Patriarca San José, patrono de la Capital, y como casi toda la tropa estaba compuesta de 
joseünos, eso dió lugar á que estuviesen muy contentos. Antes de proseguir el camino, el 
Capellán don Manuel Vasco, dirigióles una arenga patriótica y se les tomó juramento de 
luchar hasta morir, antes que tolerar el avance de los de Wálker. 

— 159 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Después de una fuerte jomada llegaron, á eso de las cuatro de la tarde, al Pelón, 
donde se tenía esperanza de encontrar á Jos filibusteros; mas no fué así: el lugar estaba 
sumergido en su habitual quietud y sin novedad alguna. Temiéndose un asalto, se tomaron 
importantes disposiciones y se organizó la defensa para caso necesario. Varias comisiones 
salieron á explorar las cercanías, mas ninguna de ellas trajo noticias satisfactorias. Por 
conjeturas se suponía que los enemigos estarían en los llanos del Coyol, donde segiu*a- 
mente iba á tener lugar el encuentro. En tal concepto se dejó el Pelón á las cuatro de la 
mañana del día 20 y se continuó la marcha. Las dos piezas de artillería, á pesar de ser 
pequeñas, constituían una dificultad, y en una pendiente, que fué forzoso subir, las moles- 
tias fueron grandes, con todo y los esfuerzos del Capitán don Mateo Marín, bajo cuyo 
mando se hallaban. 

Ya picaba el caliente sol del Departamento, y eran más de las nueve de la mañana, 
cuando el centinela de la avanzada gritó: "¡el enemigo!" al propio tiempo que disparó su 
arma. Entonces se vio á un filibustero puesto de rodillas, con las manos tendidas en 
actitud suplicante á la vez que recitaba, en muy mal español, una .serie de oraciones con 
que creía ablandar el corazón del soldado costarricense. 

Por él se supo que venían por el camino de Sapoá y que él se había separado de 
ellos la tarde anterior. 

Confiado el General en que no se encontraría muy pronto con los adversarios, 
ordenó la salida al llano, donde se formaron en línea de batalla, apoyando la retaguardia 
y flancos en el bosque del cual acababan de salir. La caballería y la artillería quedaban 
atrás, venciendo lo escarpado de la cuesta que precedía á la planicie. 

Por ninguna parte se veía al enemigo, ni los menores vestigios de él; era preciso 
avanzar en su busca. En efecto, así se hizo. En el último arroyo que corre antes de las 
secas llanuras de Santa Rosa, donde no se encuentra una gota de agua, se bebió y juntó 
toda la que fué posible para llevar en los escasos utensilios que se tenían ai efecto. Poco 
tiempo después se había agotado, y la .sed, bajo un sol calcinante y abrasador, era un 
tormento horrible para los expedicionarios. La esperanza era la única capaz de sostenerlos 
con alegría y entusiasmo. 

De los llanos del Coyol á Santa Rosa hay una senda extraviada. El Teniente 
Coronel Gutiérrez tuvo la idea de examin ría v la suerte de encontrar la huella de los 
filibusteros. Usaban éstos, en su mayoría, botas con suelas guarnecidas de grandes clavos 
que dejaban en el suelo marcas inequívocas. Aquellas señales claramente indicaban que los 
invasores no podían estar lejos. El Teniente don Macedonio Esquivel, acompañado de 
un guía, adelantóse á explorar la hacienda de Santa Rosa, y volvió con la noticia de que 
en ésta se encontraban los filibusteros. 

En efecto, en las casas de Santa Rosa se encontraba el Coronel Schléssinger con 
250 y los Capitanes Thorpe, Creighton, Pragey Legeay que compartían el mando con él. 

Salvóse un camino encallejonado y el ejército se halló en el llano que se extiende 
frente á las casas de Sania Rosa, que rodeadas por fuertes corrales de piedras, yérguense 
sobre una pequeña elevación, y como replegadas hacia una espesa montaña que tienen 
atrás. Kl plan de ataque, medio bosquejado en Liberia, donde se analizaron todas las 
posiciones que podía ocupar el enemigo, inclusive Santa Rosa, se modificó ligeramente 
en vista de las circunstancias. Al Coronel Salazar se le encargó el ataíjue de las casas- 
cuartel por el frente, con doscientos treinta josefinos y cincuenta liberianos. Al Teniente 
Coronel Gutiérrez tocábale flanquear á los enemigos, aprovechando la montaña, por el 
lado izquierdo, á fin de cortarles la retirada. La caballería oculta en un bajo, estaba lista 
para salir al frente de los asaltados cuando (juisieron aprovecharse de la única salida que 
les (juedaba libre. Apenas emitidas las órdenes se llevaron á efecto. El llano hormigueó 
de gente. Los filibusteros que habían visto al Teniente Esquivel en su inspección estaban 

— 160 — 



•S 



EN EL SIGLO XIX 



listos para la defensa. De todas partes, como relámpagos, brillaron los fogonazos y resonó 
el estallido de las armas de fuego. La sed y el cansancio se habían olvidado, sólo se 
daba gritos de contento: tenía fe. A la 
los de Salazar. Apenas .se había empeñado el 
hacía esperar mucho. A todo correr cargaron á 
petados detrás de los corrales, hacían certeros 
á su vez, avanzaba por el ala izquierda y el 
llenes, hacía por otra parte lo mismo. 



pensaba en la victoria; el ejército c 
segunda descarga perdieron la paciencia 
combate y ya les ii^irecía que el triunfo s 
la bayoneta sobre los contrarios que, pai 
disparos sobre los asnitanles. Clutiérrez, 
Capitán don Manuel Quirós, en cumplin 
con las dos piezas ile nrtillería. 

Hubo un momento de horrible ansiedad. ¿Iban los valientes patriotas, campesinos 
y propietarios, ajenos á hts rigores de la guerra, á estrellarse contra la disciplina y la 
organización m¡lit:ir? Todo podía ser. El Teniente Coronel Gutiérrez, al ver avanzar A 
sus compañeros, con bayoijeta calada, sobre los corrales, sintió que le dominaba invencible 
ardor bélico y, no comento con ir á cortar la retirada de los contrarios, quiso tomar parte 
directa en el asalto y subió á un montecito que se hallaba detrás de la casa. Esta audacia 
fué una nueva sorpresa para los filibusteros, que, en el colmo de su atolondramiento, 
aun dispiíraron sobre él. A la detonación siguió la caída de Giiliértez: estaba mortalmente 
herido. Quirós al lado de sus piezas también había dejado la vida. La gente de Salazar 
asaltaba en aquel momento los corrales y el Coronel Schléssinger, con los suyos, se 
aprestaba á la huida. En su primer intento las hordas de Wáiker eran despedazadas en 
Costa Rica. E! país sacudía el yugo á la sola tentativa de ponérselo. 

Pocos instantes después del rápido ataque que hemos descrito, sólo se oía uno 
que otro disparo, hecho sobre los fugitivos, que corrían desbandados, presa de pánico 
indecible. En la casa de Santa Rosa quedaban muertos muchos de los audaces y 
temibles filibusteros. 





Don José María Gutiérrez 




:. i6 de Marzo de 1856 llegó á Liberia, al frente de trescientos 
hombres, el Teniente Coronel don José María Gutiérrez. Se 
hallaba en su tuartel reposando del viaje largo y penoso hecho 
bajo la inclementia de la estación y en lo más ardiente del día, 
junto con sus compañeros y subalternos los Capitanes don 
Santiago Millet y don Mateo Mora, cuando se presentó un 
amigo también militar, que venía á saludarle. 

En medio de la conversación y cuando se hablaba de la 
campaña, Gutiérrez exclamó: 

— Yo voy á morir en la primera acción. 

— ¿Y por qué? — le preguntaron sus compañeros. 

-163- 



^^^^^^^^^^^^^■^ RICA ^^^^^^^^^^^^^^B 






— Es tan alto el ctmceplo 
con que me honran Jos Jefes, 






— agregó con acento de reso- 
lución, — que procuraré hacer- 
me digno de él, buscando el 






sitio de más peligro. 






Gutiérrez presentía su 
triste fin; halló la muerte en el 






primer encuentro: una muerte 
gloriosa y envidiable. Su últi- 






mo laurel lo cortó bajo una 
¡ lluvia de balas, en el lugar de 
más peligro. 

Cumplió su promesa. 

Este joven héroe tenía 




apenas treinta y tres años, y 

se había dedicado á la carrera J 






lie las armas por pura añción; 1 
pues, si bien no era rico, si 1 






poseía un cómodo pasar. 1 
Al sacrificarse por la pa- 1 
tria dejó á su viuda en la ple- 
nitud de la edad hermosa, y 
dos niñas en el arranque del 




^■^^^^^^B" ■ ^BKii ~— 


camino de la vida. 




^H^^^^^^^na IwA^^BIL '"^ 


Sus restos mortales traí- 1 




^I^^^^^HlflH^^HV ^ 


dos de Sania Rosa, fueron 1 






inhumados en el cementerio 1 

de San José, el 21 de Marzo 1 

de 185S. después de una 1 

solemne fies la fúnebre que 

. luvo lugar en la iglesia Cate* ■ 

f dral. J 

líon Mateo Mora, aquel 1 

mismo de sus compañeros que 1 

le oyó predecir su muerte en ^ 

el cuartel de Liberia, pronun- 


^^^^^^^H ^^^^^^^^^^^^^^^H^^^H 


ció ia oración fúnebre dos 




años después. 


^^^^^^B -164- 


1 



EN EL SIGLO XIX 



Don Manuel QuJrós 




N los campos de Sania Rosa acababa de romperse el fuego, cuando 
se presentó anle el General Mora don Manuel Quirós, sin 
pronunciar una palabra, pero Ajando en el Jefe una mirada que 
parecía decir; 

— (Qué hago? yo deseo seguir la suerte de mis compañeros. 
— ¿V. tiene deseos de entrar en pelea, Quirós? — preguntó 
el General, — y sin esperar contestación agregó; 
— Vaya V., liirija la artillería. 

Un destello de placer iluminó el rostro del Capitán, que se 
apresuró á cumplir la orden. Avanzó con las piezas, tranquilo, 
valiente y animando á sus soldados. Logró llegar muy cerca de 
la casa, per^liendo con honor li vida al pie de los corrales, gritando: '^¡entren ustedes!" 

Sus restos como los de Gutiérrez fueron trasladados á esta Capital, donde se les 
dio sepultura el día lo de Marzo de 1858. Toda la oñcíalidait veterana fué á acompafiar- 
los á su postrer recinto. Justo homenaje rendido al valiente militar! 



i. pero i la Comitióii enrarfadi de esle libro le ha lido 



- 165- 




Rivas 




. desastre de Santa Rosa preocupó altamente á \\'álker, quien, no 
acertando á medir todo el alcance que podía tener aquel hecho 
de armas tan desgraciado para su gente, dispuso trasladar el 
grueso de sus fuerzas á Rivas. Apenas había establecido en dicha 
plaza su cuartel general, cuando las noticias de la alianza ofen- 
siva realizada contra él, por Guatemala y El Salvador, lo hicie- 
ron dirigirse á I-eón. El 5 de Abril embarcóse con su ejército 
para Granada. 

Entre tanto, el ejército costarricense había llegado el 29 de 
Marzo á Sapoá, desde donde el Presidente Mora lanzó fraternal 
y entusiasta proclama al pueblo nicaragüense. 
El 6 de .Vbril las tropas de Costa Rica acamparon en Santa Clara, donde recibió 
el Presidente Mora á dos comisionados de Rivas que venían á rogarle ocupara la ciudad. 
Mora procedió al momento á la ocupación. Mandó al Coronel D. Santos Mora con 300 
hombres á situarse en el puerto de San Juan del Sur, lo cual efectuó sin dificultad ninguna, 
y al Teniente Coronel 1>. Juan .'Mfaro Ruíz y al Capitán í). Daniel Escalante, con igual 
número de soldados, á posesionarse de La firgen. Éstos no pudieron cumplir la orden sin 

-167- 



REVISTA DE COSTA RICA 



dificultad: fueron atacados por varios puntos y contaron algunas bajas, logrando al fin 
llenar su cometido. Mora y el resto del ejército ocuparon á Rivas. 

Pronto Wálker tuvo noticia de lo que pasaba, y sabiendo que la amenaza de los 
otros Estados tardaría en ser realidad, resolvió marchar sobre Rivas, como lo hizo con la 
mayor parte de su ejército. 

Cerca del pueblo de El Obraje, el día lo, las tropas filibusteras tomaron á un hom- 
bre que fué interrogado personalmente por Wálker y amenazado con la muerte si no daba 
detalles minuciosos de cuanto supiera acerca de las fuerzas costarricenses, sus elementos 
de guerra, posiciones, etc. Amedrentado el individuo, que conocía de fama las implacables 
resoluciones de Wálker, dio los datos más precisos y ciertos, lo cual no impidió que el 
cruel invasor le quitase la vida después de recibir sus informes. Poseedor Wálker de tan 
valiosas noticias, las aprovechó para formular sobre ellas su plan de ataque, en la forma 
siguiente: "el Teniente Coronel Sanders, con cuatro compañías de rifleros, debía entrar 
por las calles que corren por el lado Norte de la plaza, llevando sus tropas á paso de 
carga, si fuese posible, hasta llegar á la casa ocupada por nuestro Estado Mayor; el Mayor 
Brewster, con tres compañías de rifleros, debía entrar por las calles situadas al Sur de la 
plaza y dirigirse también sobre el Cuartel General costarricense. Wálker esperaba que, de 
este modo, antes que nuestro ejército pudiera rechazar aquel violento ataque, podría apo- 
derarse de la persona del Presidente de Costa Rica; y que, aunque no se lograra este 
atrevido intento, sí obtendría una posición ventajosa desde donde dominar el almacén de 
guerra, que era el objeto encomendado á los rifleros. El Coronel Natzmer y el Mayor 
O'Neal, pasando por el extremo izquierdo de la ciudad, obrarían contra la derecha de 
nuestras fuerzas, debiendo mantenerse á poca distancia de Brewster; Machado, al n^ando 
de los nicaragüenses, marcharía sobre la plaza, por el Norte, á sostener la derecha de 
Sanders, el encargado de tomar el Estado Mayor, y el Coronel Fry, con sus compañías 
de infantería ligera, quedaría de reserva." (•) 

Al atardecer de aquel mismo día, supo Mora que el enemigo se encontraba á pocas 
leguas de Rivas y que marchaba hacia elln. Antes de saber la notici.i, se había mandado 
una escolta por el camino que debían de traer. Wálker, con especial astucia, flanqueó la 
escolta y siguió adelante; lo mismo hizo al día siguiente, con el batallón (|ue se mandó á 
batirlo, al saberse que seguía avanzando. Este batallón iba al mando del Mayor D. Clo- 
domiro Echandi. 

Vencidos estos dos obstáculos, todo estaba en favor de Wálker: iba á conseguir lo que 
deseaba: dar una sorpresa al ejército costarricense. Las sorpresas militares son siempre 
terribles, é inclinan notablemente la balanza de la victoria en favor del que las da. Si los 
más disciplinados ejércitos al verse sorprendidos caen en el desconcierto y en el desorden, 
cuánto más grande debía de ser la turbación de aquellos campesinos que casi por vez pri- 
mera empuñaban un arma. Kl golpe filibustero fué seguro é indudablemente el Estado 
Mayor de Mora habría caído en manos del enemigo, si el amor á la patria, que. como 
todos los grandes amores improvisa hasta la experiencia y la serenidad hijas sólo del 
tiempo y la costumbre, no hubiese infundido en el alma del Teniente 1). José María Rojas 
la calma de los veteranos. Éste, en el momento de más tribulación, en el instante pre- 
ciso de la sorpresa, arrebató á un soldado su fusil y con certera puntería dio muerte al 
jefe Machado. 

.Aquel disparo fué el punto de partida del cruel combate que iba á emprenderse y 
á la vez el anuncio de la futura victoria. La lucha comenzó sangrienta y terrible, con gran 
desventaja para los aturdidos costarricenses. Felizmente el mismo horror del combale se 
encargó de cambiar en ellos la incertidumbre, en fe; la sorpresa, en coraje; el descon- 



(*)— • Las fiestas del 15 de Setiembre de 1895. " pag. 25. 

— 168 - 



EN EL SIGLO XIX 



cierto, en heroísmo. Todos comprendieron que el triunfo no estaba en la estrategia ni en 
la astucia, sino en el valor, y con denuedo que asombra ofrecieron sus pechos á V.m balas 
enemigaíi, tratando de desalojar á los contrarios, de las casas que ocupaban. Hubo varias 
alternativas y aun llegó ocasión en que las tropas de Mora creyeron que había sonado 
la hora de la derrota. Estos momentos difíciles, en vez de acobardarlos, los en.Tfdtcían, 
de tal modo que á eso de las once de la mañana, los filibusteros casi no tenían más refu- 
gio que el llamado Mesón de Guerra, mientras que sus encarnizados combatidores eran 
dueños del resto de la ciudad y tenían francas las principales salidas; sin embargo, el 
refugio de ios filibusteros era seguro, casi infraqueable: desde allí, bien parapetados, y con 
la VL-ntaja grande que les daba su certeza de hábiles tiradores, podían aún hacer grandes 
estragos y quién sabe si rehacerse y triunfar. Era preciso desalojarlos de su posición, 
haciendo cualquier sacrificio: el único medio era darle fuego al Mesón, 

Con tal motivo, el General Cañas, en lo más rudo de la refriega, gritó: 
— "¡Muchachos! ¿no habrá entre tanto valiente alguno que quiera arriesgar la vida 
incendiando el Mesón por salvar á sus compatriotas?" 

V el soldado Juan Santamaría contestó en el acto: 
— "Yo iré, pero les encargo que no se olviden de mí madre."(*) 
Entonces aquel oscuro hijo de Alajuela, aquel hombre, mezcla tal vez de indio 
y negro, pero que es digno hermano del cacique Urraca, se atmó de la tea incendiaria y fué 
á dar fuego al Mesón; y al transfigurarse en el Tabor de su hermoso y noble sacrificio, se 
convirtió en hombre-símbolo; su tea es el fuego sagrado del patriotismo; su acto, la más 
bella expresión del deber cívico: él mismo, una encarnación del alma del pueblo, y su 
nombre, la urna bendecida que encierra la más grande enseñanza de la patria Historia. 

Este golpe mortal de un hombre contra muchos, de un soldado contra un ejército, 
y la llegada de los refuerzos pedidos á Zii Virgen y á San Juan, decidieron definitivamente 
la victoria, quedando deshechos, como en Santa Rosa, los fieros enemigos de la América 
Central. 




(•|— Relación de don Jote Marín Bonilln. 
TOMO I — 169- 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



Juan Santamaría! He oído discutir su acción que es vago y dudoso el 

personaje que no es de Alajuela, sino de Barba que era feo, con el pelo erizado; 

que era un hombre vulgar. . . . ¡truenos de Dios! ;si no hubiera existido sería un sagrado 
símbolo para la noble Patria costarricense! Del estúpido Eróstrato se sabe que existió, — 
incendiario brutal y desatentado, — después de tantos siglos que han pasado sobre su 
memoria. Ayer no más realizó su triunfo Juan Santamaría y ¿ya habría que discutir 
su existencia? 

Nazca en Barba ó en Alajuela ó en San José, lo que brilla es su frente de héroe, 
ya resplandeciente en una lírica y espléndida apoteosis. La pobre tnadrecita, hija del 
pueblo como él, y á quien se le dio pensión escasa aunque aliviadora, diría cómo era su 
hijo Juan Santamaría, "el gallego," "el erizo," el pobrecito que ahora tiene un pedestal 
de granito para su estatua y una gloria de luz inmortal para su nombre. 

Se ha comparado á Juan Santa María con Ricaurte. Ambos son de sangre heroica, 
y en la sublime democracia de la gloria, pasan juntos bajo el mismo arco de palmas, 
ceñidos con los mismos laureles, el Capitán gallardo que voló el polvorín y el soldado 
atrevido que prendió fuego al Mesón. 

Cuando llegaron á Rivas los militares ile Costa Rica, el 8 de Abril del año ¡6, iba 
en las filas el hijo de Alajuela, camino de la muerte, con su fusil de chispa, sin advertir 
que sobre su cabeza desplegaba las grandes alas la diosa soberbia que haría resonar el 
nombre humilde ai eco augusto de su bocina de oro, Ibase á arrojar del suelo de Centro 
América al bizarro aventurero y sus cazadores yanquis; ¡base á combatir con ellos y con 
los nicaragüenses que se unían á los invasores de Guillermo Wálker. Así era la campana 
de nobilísima. Así caminaban los batallones costarricenses, á ayudar al hermano á echar 
de su casa al filibustero (*). 




Jardín de don Mariano Montealegre, San José 




^^>í^' 




El Asno del Sapoá de la Primera Compañía 



1 la calle del Palacio se halló muerto de una 
.1 favorito de los vállenles soldados del 1 1 de 
D era más que un pobre asno, pero tenia para 
adquiridos que algunos prohombres. En 



CIJOS días há que 
estocada el anin 
Abril de 1856. : 
Costa Rica más 

su corta existencia se mostró digno de la pura sangre árabe 
que sus antecesores le legaron. Nacido en Nicaragua de dos 
honrados burros, pasó su edad primera corcobeando, corriendo 
en el florido suelo de aquella privilegiada región, hasta que un 
despiadado filibustero, afiliándole en las famosas columnas que 
bajo el mando de Schlessinger destinó Wílliam Wálker á con- 
quistar S Costa Rica, lo separó de sus campos favoritos. Nuestro 
pollino (<]ue nada tenía de lerdo), oliendo lo que á sus compañeros de armas aguardaba 
en Santa Ros:i, tuvo por conveniente desertarse en Sapoá, y dejando partir á los fíHbus- 
teros en bu>cn <le su fatal destino, se quedó pastando la tierna, jugosa yerba en las fértiles 
orillas del cenano río. Allí le hallaron nuestras tropas cuando, después de exterminar la 
banda de Schlesíinger, marchaban sobre Nicaragua. Tomólo á su servicio el Oficial don 
Samuel .\guilar y vínole de perlas, porque ciertamente no estábamos muy abundantes de 
caballería. El anho le condujo con la mayor voluntad hasta Rivas, donde siguió prestando 
eminentes servicios y aguantando las más pesadas bromas con amabilidad y gracia imper- 
turbables. ^Había que traer carne, leña ó cualquiera otra cosa para la gente? — venga el 
burro del Sapoá. ^-Se ofrece una diligencia lejana que no requiera gran prisa? — venga 
el burro, — decía el encargado de ella. ¿Estaban de huelga los soldados y sin saber con 

— '73 — 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



qué divertirse? — pasaba el burro, echábanle mano, lo vestían poniéndole caperuzas', lo 
toreaban y más de una vez le pusieron triquitraques y otros proyectiles inocentes en la 
cola, sin que por ello se enojara el complaciente animal. 

Él fué testigo de la terrible lucha que sostuvimos el 1 1 de Abril; paseó por las calles 
mientras Wílliam Wálker estaba encerrado, y logrando salir ileso de la lluvia de balas que 
por tantas horas inundó la plaza; él rebuznó el 12 celebrando la fuga de nuestros enemi- 
gos y burlándose de ella y de ellos. 

Cuando el cólera mortal nos obligó á retiramos, el burro trajo siempre sobre sus 
lomos hasta Costa Rica uno ó dos enfermos ó heridos; aun más, cuantos morrales se le 
podían acomodar; y en este penoso viaje no se le llegó á quitar una sola vez la albarda. El 
valiente animal cumplió dignamente, y sin cometer la más leve falta. 

Llegó á San José sirviendo á los soldados del Mayor don Máximo Blanco y al 
mismo Jefe se le entregó mientras alguien no lo reclamara con legítimo derecho. 

Desde entonces el pobre burro acariciado de los soldados de la primera com- 
pañía y especialmente de los que sobre él se salvaron, paseaba tranquilo, majestuosa- 
mente por las calles de San José, sirviendo de juguete á los muchachos que se divertían 
en ponerle máscara y corazas, pero sin hacerle mal. 

Desgraciadamente para él, llegó á tener tal confianza en las inmunidades que sus 
servicios le daban, que en cuanto olía alguna golosina en cualquier parte, se entraba sin 
previo aviso á saciar su gula de sibarita. Esto lo arrastró al precipio: murió al furor de un 
vecino de esta Capital que ignorando, sin duda, sus privilegios y hallándole infraganti 
en su casa comiendo sin permiso, lo atravesó de una mortal estocada. El Mayor Blanco 
pidió razón de su muerte y obtuvo á moderada composición cuarenta pesos por él. Dicha 
cantidad ha sido donada al Hospital «le San Juan de Dios para que el asno fuera útil 
hasta en su muerte. Ésta ha sido digna de él; murió, no vulgarmente como un burro 
cualquiera, sino de herida de acero como merecía. A pesar de ser pollino, su memoria 
vivirá más tiempo que los heridos y enfermos que salvó, y que la de muchos hombres que 
nada hicieron por los defensores de la Patria. 

Un soldado de la i° Compañía. 

Que el burro era célebre, no hay duda, pues la anterior necrología se publicó en 
el periódico oficial y se ornaron las columnas con franjas negras en señal de luto. 



M. Soto Hall 



174 




Día de la Independencia 




OCAS veces, — ni había por qué ni para qué. — se ha empicado en 
rales ocasionen en Costa KJca el lenguaje virulenio á la moda 
en otras secciones ile Hispano América, en la tribuna y en la 
prensa, con motivo de la secesión política de estos países de 
la vieja y noble Madre Patria. 

Es digno de rctonlarse que en 1871 fué un español, e! que 
esto escribe precisamente, invitado ptir el Municipio de Cw- 
tago, antigua Metrópoli del Estado, para pronunciar en la Sala 
Capitular el discurso de orden del 15 ilc Setiembre. 

Pero el patriotismo es virtud que, para enseñanza de las 
generaciones, debe quedar esculpida en mármoles y en bronces, 
y á falta de epísudios heroicos en el hecho sencillo y sin resistencia de la separación de 
los tinco pueblos del Istmo del dominio de España, con admirable buen sentido, en el 
día que ese acto recuerda, hanse ioaugurado monumentos patrióticos relativos á la sublime 
Campaña contra el filibustero (luillermo Walker. y en su ejemplar eiiscñania se ha con- 
sagrado el verdadero patriotismo costarriqueño. 

— '75 — 




Tres fiestas del 15 de Setiembre 




ARA compkiar, pues. la serie de cuadros)' cpisodiosquc preceden, 
insertamos ií rontinuación los relatos de celebraciones muy 
im portan tes, entre las de carácter nacional, en Costa Rica: 
tales Tueron la de la inauguración de la eíiaiua erigida á 
nucstrii héroe Juan Santamaría, en Alajucla, el 15 de Setiem- 
bre de 1891, y la del Monumento Nacional en honor de Ins 
héroes del 56 y 57, en el Parque quedtfde luego tomó el nombre 
de Nacional, en San José, el tj de Selienilire de 1895. Ambas 
celebraciones nos servirán á la vez para dar una idea de lo que 
han sido, en los últimos años del siglo xix, las üeslasque hacen 
imjitfrccederii el recuerdo de tan famosa fecha para esta Nación. 
Hé aquí la cnSníca que se puIílittS en uno de los diarios de la capital, acerca de 

la inauguración del Monumento á Juan Santamaría: 

"Verdadera sensadón ha causado en los habitanies de Costa Rica la fiesta que 

ctin motivo de la conmemoración del ix\ aniversario de nuestra indepemlencia y de la 

inauguración del monumento erigido á la memoria de Juan S.inia María, tuvo lugar en 

Alajuela durante los días 14 y 15 ár. Setiembre. 



TOMO I 



■ "77- 



23 



REVISTA DE COSTA RICA 



"Los costarricenses todos, poseídos de un solo sentimiento, volaron á rendir su 
tributo de admiración al héroe del 56 y á contribuir con su entusiasmo á la celebración 
de una fecha que significa para los centroamericanos la libertad y la patria. 

"La empresa del ferrocarril central desplegó una actividad asombrosa poniendo al 
servicio público gran número de trenes que corrieron en aquellos días extraordinariamente. 

"Se nos asegura que la animación que reinó en la noche del 14 entre los vecinos 
y visitadores de Alajuela, fué de lo mejor. Los parques y calles, adornados con anticipa- 
ción, presentaban un aspecto alegre y simpático; gran número de linternas de diferentes 
colores fueron colocadas graciosamente entre multitud de postes vestidos con alegorías 
significativas y pabellones de las cinco repúblicas. 

"Siguiendo el orden del programa para dicha fiesta, á las 8 a. m. del día 15 salió 
para Alajuela el tren oficial. 

"A continuación partieron algunos otros trenes conduciendo á particulares, de 
manera que á la i de la tarde Alajuela contaba en su seno una numerosísima concurrencia 
llamada por el placer y la animación que en aquella fecha inmortal sentaban sus reales en 
la patria de Juan Santamaría. 

"Un suntuoso banquete arreglado por el hábil y activo Benedictis fué servido á la 
comitiva oficial, compuesta de los poderes públicos, cuerpo consular, prensa y cabildo 
eclesiástico. 

"El menú fué espléndido y variado: hubo para todos los gustos. 

"Concluido el banquete, la comitiva pasó luego á ocupar sus puestos reservados 
en el parque de Juan Santamaría, donde, después del discurso del Sr. Ministro de Guerra, 
D. Rafael Iglesias, tuvo lugar la inauguración del magnífico monumento que la Patria 
agradecida ha erigido al soldado valiente sacrificado en los combates del 56. 

"Descubierta la estatua que el pueblo unánime saludó con entusiasta clamoreo, y 
concluida la alocución del Sr. Iglesias, tomó la palabra como Presidente de la Corte 
Suprema de Justicia el Sr. D. Ricardo Jiménez. 

"Siguieron al Sr. Jiménez en el uso de la palabra los Sres. D. Marcelino Pacheco, 
en nombre del Municipio de Alajuela, D. Luis R. Flores y D. Juan J. Gutiérrez. Los 
oradores todos fueron aplaudidos con grande entusiasmo. 

"Los himnos compuestos á la memoria del héroe del 56 por los Sres. Chaves, 
Morales y Calderón con letra de D. Emilio Pacheco, fueron ejecutados por las cuatro 
bandas de las provincias, y cantados por los alumnos de algunas escuelas. 

"Descubierta la estatua y concluida la ceremonia oficial, fué servido un abundante 
refresco á los inválidos de la guerra que aun quedan en el país como glorias olvidadas de 
aquella revolución que supo hacer efectiva nuestra soberanía nacional. 

"La animación reinó durante el día. 

"Alajuela lucía sus galas más preciadas, y el placer brillaba por doquiera con sus 
más vivas manifestaciones. 

*'En honor de aquella simpática provincia haremos mención del orden y buena 
armonía que reinó entre los concurrentes. La policía estuvo demás. 

"Ningún incidente molesto vino á turbar la satisfacción del público. A las nueve de 
la noche, concluido el concierto que tuvo lugar en el parque de Juan Santamaría, ejecu- 
tado por las cuatro bandas, dio principio el suntuoso baile en el edificio del Instituto de 
2? enseñanza, á que asistió lo más escogido de la sociedad, continuando así el entusiasmo 
y la complacencia hasta el amanecer del día siguiente." 



Hé aquí la reseña de las fiestas del 15 de Setiembre de 1895, (jue publicó 
el Gobierno en un libro hecho expresamente para el día de la inauguración del "Monu- 
mento Nacional erigido en San José á los héroes del 56 y 57": 

-178- 



EN EL SIGLO XIX 



"La ciudad estaba ricamente engalanada. Por doquiera airosos gallardetes y ban- 
deras se agitaban en suaves ondulaciones, como si, animadas por secreto impulso, quisieran 
tomar parte activa en la suntuosa fiesta de la Patria. El público regocijo se manifestaba 
por mil diversos modos, ya en alegres vítores, ya en francas y simpáticas demostraciones 
de alegría, y el pueblo entero, dadas de mano las cotidianas labores, se preparaba para 
celebrar los magníficos festejos que habían de preceder á la inauguración del monumento 
levantado en honor de los héroes del 56 y del 57. Y el pensamiento y la fantasía, como 
excitados por los preparativos que por todas partes se observaban, complacíanse en recor- 
dar aíjuellas épicas jornadas en que el heroísmo centroamericano conquistó laureles 
inmarcesibles. 

"El programa er¿i brillante Especial cuidado se había puesto en (jue por elocuente 
modo se enalteciera y honrara la memoria de los soldados invencibles que detuvieron la 
ola del filibusterismo. Era preciso (jue el soberbio bronce, al ser descubierto, fuera salu- 
dado por todo un pueblo. V^ no hay que olvidar que Centro América entera asistió en la 
persona de sus Delegados, á la solemne apoteosis de los vencedores de Santa Rosa, 
Rivas y San Juan. 

"Verificóse el día 13 de Setiembre la parada militar con que se había dispuesto dar 
principio á los públicos festejos. El llano de Mata Redonda, hermoso campo matizado de 
verde grama, perfectamente plano y de más «le 150 manzanas cuadradas de extensión, 
fué el sitio escogido para que maniobraran un regimiento de infantería y un destacamento 
de artillería. El primero de estos cuerpos, cuya primera compañía estaba compuesta de 
distinguidos jóvenes de la capital, maniobró con soltura y precisión, y la oficialidad del 
segundo practicó, con los más halagüeños resultados, un tiro al blanco. Seis de los pro- 
yectiles disparados dieron en el blanco; dieciocho cayeron al pie de él; diez se embotaron 
en el terreno á donde fueron á dar, y los demás se agruparon al rededor del punto que 
servía de blanco, en un radio que no pasaba de <liez metros. 

"El General Sierra, Ministro de Honduras, y los Delegados Militares del Salvador 
y de Guatemala, señores Aragón y Méndez, no tuvieron más que palabras de aplauso para 
aquellos entendidos oficiales que tan alta muestra habían dado de nuestra cultura militar. 

"Concluidas las maniobras, el numeroso público que á ellas había asistido, princi- 
pió á desparramarse por la ancha avenida que conduce á Mata Redonda, en la cual fué 
tomando posiciones para presenciar el soberbio desfile. 

"Con paso que hacía levantarse una nube de polvo, se fué desplegando poco á poco 
el ejército. Ahora, puesto de cuatro en fondo, parece una inmensa serpiente, cuyas esca- 
mas brillan con fulgor metálico al ser heridas por los rayos del sol. 

"Desde la boca de la Sabana hasta el edificio de la Cárcel Pública, en una exten- 
sión de más de dos mil varas, se agrupa abigarrada multitud. Todo el mundo .se empina 
sobre los pies para no perder ni un detalle. El cuadro es grandio.so. Infinita la variedad 
del conjunto. Al lado de la aristocrática dama que viste sedas, la humilde mujer de pueblo 
que luce por únicas galas una falda de percal y un rebozo «le vivos colores. Miles de ros- 
tros todos distintos, miles de aspectos diferentes. Pero en todos los semblantes, como dando 
uniformidad á esa muchedumbre heterogénea, la alegría sin reservas, el entusiasmo que 
entona patrióticos himnos sin palabras. 

"¡Los sombreros al aire! El ejército desfila á paso redoblado, invadiendo las rectas 
avenidas de la capital. 

"Fué escogido el día 14 para dar á las colonias extranjeras público testimonio de 
la gratitud nacional por la noble conducta que ellas observaron en los días de prueba por 
que pasó Centro América en el 56 y en el 57, y por la importante y feliz cooperación que 
sus miembros nos han prestado siempre en la conquista de la cultura y el progreso de 
que nos ufanamos. Acto de justicia fué éste, sin duda, ponjue es innegable que el elemento 



179 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



extranjero ha sido entre nosotros, como en todas partes, valioso elemento de civilización. 

"La ceremonia fué de sencilla elegancia. Correspondiendo á la atenta invitación 
del Poder Ejecutivo, se presentaron á las once y media del día en el Salón de Sesiones 
del Congreso, los señores Cónsules acreditados en esta ciudad, seguidos de numerosos é 
importantes miembros de sus correspondientes colonias. Fueron en el Salón de la Cámara 
recibidos por el señor Presidente, los Altos Dignatarios de la República, los miembros de 
la Suprema Corte de Justicia, los señores Delegados, el Alto Clero y el Estado Mayor. 
El señor Presidente de la República, después de leer un sencillo pero expresivo discurso, 
condecoró á las colonias extranjeras en las personas de sus Cónsules. El Doctor D. Miguel 
W. Ángulo, Decano del Cuerpo Consular, contestó, en términos de simpatía y agra- 
decimiento, al discurso del Primer Magistrado de la Nación, y. concluido el acto, entre 
los aplausos del numeroso público que á él asistió, el señor Presidente despidió personal- 
mente á los señores Cónsules y á cada uno de los extranjeros presentes en la interesante 
ceremonia que de manera tan clara patentizó la gratitud del pueblo costarricense. 

**Poco después fué obsequiada la Compañía de Preferencia por la colonia alemana, 
que, con ese motivo, derrochó rico champaña y, más que todo, palabras de cariño para 
nuestra Patria. 

"El mismo día, el Cuerpo de Artilleros, presidido por su Jefe el General D. Les- 
mes Jiménez, hizo atenta visita al señor Presidente déla República, el cual poco después 
recibió así mismo á la bizarra primera Compañía del primer batallón del regimiento que 
el día anterior maniobró en Mata Redonda. Anteriormente el Estado Mayor, á su vez, 
había presentado sas respetos al primer Magistrado de la Nación. 

"Con pompa inusitada se procedió el 15 á la solemne inauguración del Monumento, 
Todas las Corporaciones nacionales estuvieron representadas en esta conmovedora cere- 
monia, á la cual asistió, además, numeroso y compacto público de todas las esferas sociales. 

"Desde el Palacio de Justicia desfiló lentamente, por las adornadas calles de la 
Capital, la comitiva oficial, el Ejército y la entusiasmada multitud, ofreciendo al espectador 
soberbio golpe de vista. Y á las doce del día se encontraban colocados en su puesto 
re.spectivo, al rededor del Monumento, los miembros de los tres Supremos Poderes de 
la Nación, los señores Delegados, el Alto Clero, el Estado Mayor, los representantes 
de las Corporaciones y los Jefes de las principales oficinas públicas. El Ejército se situó 
en perfecta formación á los costados del parque. Entonces, entre las aclamaciones de 
diez mil almas, avanzaron trabajosamente hasta ocupar puesto de honor los invictos 
veteranos (|ue iban á presenciar su propia y ruidosa glorificación. En el rostro de aquellos 
venerables ancianos podía leerse la íntima satisfacción de quien ve que, después de largo 
período de indiferencia y olvido, se premian y enaltecen sus hechos. 

*'E1 señor Ministro de la Ouerra, (ieneral don Juan Bautista Quirós, pronunció el 
patriótico discurso, y á la excitativa de sus últimas palabras, como al poder de mágico 
conjuro, el lienzo (jue cubría el monumento fué descorrido, entre los vítores de la multitud, 
los himnos triunfales de las bandas y el ronco tronar de los cañones. ;Había quedado 
consagrada la perj)etuación en bronce de la gigantesca Epopeya del patriotismo 
centroamericano! 

"Seguidamente los señores Delegados pronunciaron bellos y expresivos discursos, 
calurosamente aplaudidos por el pueblo costarricense, para el cual había múltiples 
palabras de afecto en las fogosas piezas oratorias de los dignos Representantes de nuestras 
hermanas las Repúblicas de Centro América. A continuación, las escuelas graduadas de la 
Capital entonaron los himnos nacionales centroamericanos, mientras los miembros .de 
los Supremos Poderes y de las demás Corporaciones allí presentes colocaban en el 
pedestal del Monumento, numerosas y artísticas coronas de verde laurel ó de frescas 
y fragantes flí)res. 

— 180 — 



EN EL SIGLO XIX 



"Después, se procedió á condecorar á los representantes del benemérito ex-Pre- 
sidente don Juan Rafael Mora y de los Generales don J. Joaquín Mora y don José 
María Cañas. H izólo en persona el señor Presidente de la República é igual cosa practicó 
con los Generales don Víctor Guardia y don Federico Fernández, con el Coronel don 
Nicolás Aguilar Murillo y con los Jefes y Oficiales de los antiguos batallones que se 
cubrieron de gloria en las jomadas de Santa Rosa, Rivas y San Juan. Los inválidos 
fueron condecorados á su vez por los Presidentes del Poder Legislativo y del Poder 
Judicial y por el representante del ex-Presidente don Juan Rafael Mora, y los Jefes y 
Oficiales que pertenecieron á la clase de tropa durante aquellas campañas lo fueron por 
los señores Ministros de Justicia y de (xuerra. Concluida esta patética ceremonia, 
desfilaron las tropas por la quinta avenida, saludando á su pkso al Monumento. La 
comitiva oficial, precedida entonces por el cuerpo de veteranos, se dirigió al Palacio 
Municipal, en donde estaba preparado un refresco en obsequio de aquellos proceres. 
Al mismo tiempo, los inválidos y demás soldados de las campañas contra el filibusterismo, 
eran igualmente obsequiados en el Edificio Metálico de las Escuelas Graduadas. 

"Vino á cerrar la serie de festejos de la inauguración el espléndido baile dispuesto 
en la noche del mismo día en honor de los señores Delegados de Guatemala, El Salvador, 
Honduras y Nicaragua. 

"Se verificó esta pomposa fiesta en los amplios salones del Palacio Nacional, que 
había sido adornado con gusto exquisito. Y cuantos medios estuvieron al alcance del 
Gobierno se agotaron á fin de que este último festejo fuera por todos conceptos digno 
de nuestros honorables huéspedes y de la soberbia apoteosis que se celebraba." 



Otra fiesta cabe describir aquí, para coronamiento y fin del pensamiento que nos 
guía, cual es el de mostrar cómo ha ido paulatina y sucesivamente en el últimíi cuarto 
del siglo, sintiendo el pueblo costarricense más hondamente y con mayor entusiasmo 
expresando su afecto á las grandes manifestaciones de la cultura y del patriotismo. 

Si hasta hace poco en los días rememorativos de la independencia de los pueblos 
hispanoamericanos solían mezclarse, en discursos más ó menos vaciados en el viejo molde 
de la recriminación y del odio, y en los brindis inspirados por los vapores del champaña, 
palabras hirientes para la nación descubridora y colonizadora de este nuevo mundo, para 
la Madre Augusta de dieciséis naciones sentadas en el continente occidental y sus islas, 
y fundadora también de otras que están en gestación, jamás eso se ha hecho en Costa 
Rica, parte integrante de Centro América, donde el desprendimiento de los pueblos del 
paterno dominio, cual de hijas mayores de edad que para constituirse en estado dejan el 
maternal regazo, se realizó sin lucha y sin sangre, hasta el punto de que en muchas ocasio- 
nes fuesen hijos de E.spaña invitados con semejante ocasión para llevar la palabra de paz 
y de armonía en la recordación tranquila de esa memotable fecha, y últimamente ella se 
ha considerado sólo como día fausto en (jue resuenen no más que los vítores al progreso 
y bienestar alcanzados por este pueblo tranquilo y laborioso, progresista y honrado que 
en pequeño número y en territorio estrecho ha conseguido en menos de un siglo pasar 
de colonia abandonada y pobre á nación rica y connotada por sus adelantos, y su 
industria, y su comercio, y su general estado de cultura, en el mundo, bien quista y 
respetada en el concierto de los pueblos civilizados y admirada de todos sin excepción 
por su prudencia y generosa gestión de las cuestiones políticas y económicas interiores 
é internacionales. 

Que si desde los primeros días de su vida autonómica dentro de la Federación, 
arruinada por las ambiciones tumultuosas de otros, supo cubrir honorablemente con sus 
propios productos, con el aromoso tabaco que casi espontáneamente rinde con escasa 
labor su fértil suelo, la parte que le correspondió en la deuda común de los cinco 

— i8i — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Estados del Istmo, no menos se ha esforzado, dominando empeñosamente las intrigas y 
engaños de judaicos prestamistas y reconociendo, descartadas las más escandalosas 
explotaciones del empréstito, por cubrir, con honrosa puntualidad y exactitud, sus últimos 
compromisos financieros. 

Que viniéndole por la iniciativa importantísima de uno de sus últimos Goberna- 
dores coloniales (•) la industria del café á enseñar el modo de abrir la exportación en 
grande á los productos de la tierra, ha sabido conquistarse en los mercados extranjeros, 
por la excelencia del grano y por su exquisito beneficio, un nombre envidiable é insupe- 
rada fama, á que se junta una utilidad bien merecida y el bienestar y holgura consiguien- 
tes, y que, aprovechando los terrenos más cálidos y malsanos de la parte costeña de su 
vertiente atlántica, lleva hoy por millones, después de veinticinco años de labor incesante, 
los racimos del aromático y sabroso banano á los puertos de la Gran República de Norte 
América, que consume ya ese fi'uto á razón de más de un racimo por habitante. 

Que desprovista hace no más de treinta años de vías rápidas de comunicación, no 
tuvo inconveniente en enjaranarse^ como el vulgo expresivamente dice, para llevar á cabo 
la obra magna, — gigantesca para sus cortas fuerzas, — del Ferrocarril al Atlántico, que la 
ha puesto en rápida y frecuente comunicación con el resto del mundo, y con sus propios 
recursos, y sin temor á las deudas, cifra hoy su grande y tenaz empeño en enlazar por 
medio de la red de acero á la actividad del comercio interior con el cultivo de su región 
occidental, las playas del Océano Pacífico, sueño dorado de los previsores antepasados, 
donde en el alba de la aplicación del vapor á la locomotora un viajero más ilustre que 
afortunado (••) hubo de intentar la prueba del primer locomóvil de este género, antes 
que en un pueblo de Escocia lo probara su paisano y competidor en la gloria (•*•). 

Que no ha dudado lanzarse, sin temor á las momentáneas crisis y á los falsos 
espasmos de la rutina, en la vía de la moneda sana^ que, hoy ya, tras de los naturales 
desequilibrios y de las necesarias alteraciones del crédito y de la propiedad, parece ase- 
gurada para la firmeza de su riqueza púbh'ca y privada y para la solidez definitiva de sus 
transacciones domésticas y externas. 

Y que, en fin, sabiendo que no hay progreso material firme sin el concurso del 
intelectual desenvolvimiento, apelando á todos los recursos, llamando de todas partes 
profesores y adaptando á sus necesidades poco á poco los métodos y procedimientos 
docentes más adelantados, improvisando maestros y escuelas, se ha conquistado un nota- 
ble puesto en el campo de la enseñanza también; en ese palenque en donde se libran las 
luchas de la idea que triunfa y que ilumina con refulgente luz la mente humana, creadora 
divina del progreso. 

El 15 de Setiembre de 1900 fué de fiesta escolar. 

Ya el heroísmo de aquel soldado oscuro, superior á Ricaurte y á Leónidas en su 
arrojo y en su patriotismo; ya los luchadores por la soberanía é integridad de la Patria 
en los campos de Santa Rosa y Rivas, y en las turbulentas ondas de San Jorge y del San 
Juan, cedieron el puesto de honor á los héroes de la paz y del saber, á los maestros de 
escuela y á sus alumnos. 

El 15 de Setiembre de 1900 presentó al pueblo de Co.sta Rica un espectáculo 
inusitado en cuyos detalles es casi imposible entrar y que no intentaremos por tanto des- 
cribir menudamente, sino recordar tan sólo á grandes rasgos. 

Diósele al asunto el simpático aspecto de una lección práctica de cultura 
y de caridad. 



(*)— Sea el señor Perié ó el señor Acosta. cosa aun no resuelta. 
(*** — Trpvithick. 
(***) — Slcphcnson. 

— 182 — 



EN EL SIGLO XIX 



El Parque Nacional presentaba una maravillosa perspectiva, en aquel brillante 
mediodía tropical. El grupo de bronce maravilloso en que están representadas las cinco 
naciones,— cinco en una no más, — de este guión que enlaza como si dijéramos la frase 
cortada del porvenir espléndido del Continente de Colón, — arrojando de su sagrado suelo, 
con vergüenza y baldón sin límite para su audacia, al ambicioso y desapoderado ejército 
del invasor Wálker, quebraba artísticamente los rayos ardientes del sol triunfante, y en 
polícroma armonía, los reflejaba sobre la multitud ansiosa. 

Las banderolas y gallardetes nacionales tremolaban, como retozando gozosos 
entre la inmensa cohorte multicolor de los que simbolizan todos los pueblos de la tierra. 
¡Consorcio hermoso de los que se juntan para festejar el bien, el progreso y la virtudl 

Las músicas marciales estaban alh'. Ya se podía j>reludiar el himno sonoro que 
iban á hacer oír á la muchedumbre, que también cantaba por dentro las mismas notas 
patrióticas, como si fuese una infinita y animada tabla armónica, dispuesta de antemano 
á repercutir los évoes estentóreos de la musa del progreso. 

Los militares hacían parada de honor. Sus relucientes armas esta vez no iban á 
derramar la sangre hermana ni á preparar el luto triste para los huérfanos hogares. 

Antes estos desheredados de la fortuna, los que la beneficencia ha recogido bajo 
el techo protector del Hospicio, en torno del hogar encendido de los corazones generosos, 
protegidos por la egida de la religión que pone en la repugnante escotadura de la herida 
y en la sanguinosa y amoratada corrugación de la llaga repulsiva, el bálsamo suave y 
dulce y restañador y sanativo de la mirada y del beso de la hermana de Caridad, 
— enamorada del dolor y del sufrimiento, desposada del Cristo que unge la miseria con 
el óleo de su divinidad, providencia tranquila de la sombra y de la nada, dos centenares de 
huérfanos, pobres pero limpios, sin madre pero prohijados por Aquélla que cría á sus 
pechos á todos los desamparados, y vela por todos los inocentes, aparecieron allí guiados 
por Sor Margarita (*), — y á su desfile todos los corazones palpitaron, todos los ojos se 
humedeciere n, todas las manos, temblorosas de emoción, se dirigieron á los bolsillos: la 
multitud se sentía feliz en ser capaz de consolar al desvalido, y resplandecía en todos los 
rostros el orgullo de la caridad. 

Allí estaban los altos Poderes de la República, los funcionarios de todas las 
categorías, honrando la fiesta con su presencia y honrándose con ella. La conciencia 
del bien palpitaba en la mente múltiple del pueblo. Una corriente eléctrica de humanidad 
conducía sin cesar el mensaje de la congratulación cristiana de pecho á pecho, de alma 
á alma: toda la multitud se sentía un sólo ser social. ¡Maravilla sublimel ¡Encarnación 
total de Dios en la Humanidadl ¡Humanidad — Cristo! 

Las escuelas de la Nación, sus alumnos y sus maestros, estaban allí: se iba^á dar 
una gran lección en público: el aula era el campo verde y florido del Parque Nacional: 
el símbolo, las glorias de la Patria; bajo el cielo infinito, á la luz del sol meridiano; 
sin libro ni pizarras, ó mejor, siendo todo aquello un libro y un plano de ejercicios, 
con láminas vivas y movienfts: una especia de examen de la conciencia popular. 

La música rompió los aires que parecieron llenarse de voces de espíritus alados: 
las de los niños entonaron los cantos patrióticos: la muchedumbre electrizada cantaba 
toda ella en loor de la caridad y de la Patria: aquello fué como una manifestación 
personal de Dios, sentido y visto por todo y todos á la vez y con igual intensidad 
mostrado en todos y en todo. 

No cabe entrar en pormenores: caria nuevo himno sublimaba el pensamiento. 

Aquella masa ordenada de categorías y de inteligencias era una especie de 



(*) — Srta. D? Josefa Gutidrrcz. 

-183- 



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4 



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APUNTES DE HIGIENE PUBLICA 

A 

— Organismos, Institutos y Profesiones en relación con este ramo 

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Doctor don Vicente LicJiner Sandoval 



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TOMO I 24 



ADVERTENCIA EDITORIAL 



El trabajo siguiente fué pedido á última hora al estimable joven 
Doctor en Medicina, don Vicente Láchner Sandoval, y él, no sin excu- 
sarse modestamente ante la magnitud que el cuadro, á ser conveniente- 
mente desarrollado, debía de ofrecer, sobre todo en el aspecto histórico 
crítico, nos favoreció con lo que de prisa y urgido por las necesidades de 
la prensa, donde ya terminaban los cuadros que inmediatamente prece- 
den, ha podido hacer. 

Al declararlo así, cumple con el deber de manifestar al Doctor 
Láchner su particular gratitud 

El Editor 




Higiene pública 




' L estado de relativo adelanto material que Costa Rica ha alcan- 
zado durante el siglo xix, por desgracia no se ha extendido 
hasta la Higiene, púhlica ó privada. En lo que se refiere i lo 
más importante de la vida de una nación, la salud pública, la 
conser\'acii5n de la vida del ciudadano, no tenemos grandes 
adelantos que referir, y lo que es peor, en varios sentidos habrá 
que anotar algún retroceso. A pesar del aumento de riqueza, 
de la mayor facilidad de comunicación con el extranjero y en 
el interior; á pesar de las mayores comodidades y del lujo con- 
siguiente; á despecho del progreso de la ciencia médica y del 
mayor número de médicos, poco se ha hecho en el sentido de 
mejorar las condiciones de salubridad pública y casi nada por reformar las costumbres 
antihigiénicas en la vida privada. En el terreno de la higiene pública es más cierta que en 
ningún otro la regla general de que toda paralización del progreso indica un retroceso. 
En efecto, el aumento de población y de industrias y el mejoramiento de las facilidades 
de tráfico contribuyen á empeorar el estado sanitario de una nación, y si el progreso en 
el saneamiento no guarda iguales proporciones, el resultado será de retrogradación. 

Esto es lo que ha sucedido entre nosotros. Las ciudades, principalmente la capi- 
tal, han aumentado en habitantes y con ello han crecido los pehgros del hacinamiento de 
persona.s; los ferrocarriles y la navegación nos han traído la mayor facilidad en la impor- 
tación y propagación interior de gérmenes perniciosos y también más fácil y grande 
introducción de alimentos extranjeros en mal estado. La industria cafetalera y otras de 
menor importancia han venido á aumentar los focos de infección del agua y de! aire; el 
encarecimiento del suelo, por el aimienio de población en las ciudades, ha reducido la 

— 189 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



capacidad de las habitaciones y de sus solares y jardines, escatimando el aire á sus 
habitantes; las cañerías, que debieran significar un progreso, no han hecho, por su pésima 
ejecución, otra cosa que conducir á las ciudades sustancias descompuestas de los cam- 
pos; el aumento de población también ha encarecido los víveres y empeorado su calidad. 
Y sin embargo, nada hemos hecho por neutralizar los malos efectos naturales al progre- 
so, teniendo así que el adelanto material ha producido más bien daño al estado sanita- 
rio de Costa Rica. 

En tales condiciones es natural que el número de enfermos, y aun el número de 
las enfermedades conocidas entre nosotros, principalmente las infecciosas, hayan aumen- 
tado en el presente siglo. La mayor intensidad del paludismo, del cáncer, de la fiebre 
tifoidea, la introducción al país de la fiebre amarilla, de la influenza, del cólera y de la 
escarlatina, son pruebas de ello. 

En este sentido, es interesante pasar revista á las enfermedades infecciosas que 
más han predominado en el país. Tal vez contribuyamos con esto á despertar mayor in- 
terés en el público hacia asuntos de tan grande importancia, como es la conservación de 
su propia vida, y ojalá al escribirse al final del presente siglo la historia de la higiene en 
Costa Rica, pueda el historiador trazar un cuadro más halagüeño que el que hoy nos es 
permitido describir. 



Epidemiología 

El horroroso mal de Lázaro era desconocido por completo en Costa Rica hasta 
la mitad del siglo xviii. Según la tradición, el primer caso que se observó en el país, fué 
una criada de Josefa Pérez del Muro, vecina de Cartago, allá por los años de 1735 ^ 
1738; asustada esta señora por el aspecto de aquella afección, se deshizo de su criada y 
la llevó á una casa de campo de pertenencia de Francisco Aguirre en Churuca ó Chir- 
cagres, (*) y aunque se tuvo la precaución de aislarla, esto no impidió, según se cuenta, 
que toda la familia Aguirre, sin excepción, se contagiara del terrible mal, formándose 
así un foco, de donde partió la infección, que poco á poco se propagó por todo Costa 
Rica (Comunicación que dirige el Gobernador, don Tomás de Acosta, al Presidente de 
la Real Audiencia de Guatemala, el 31 de Mayo de 1798). 

Todas las personas que á principios del siglo trataron de la lepra en Costa Rica, es- 
tán de acuerdo en aceptar como fidedigna esta tradición, y los datos exactos sobre los 
nombres de las personas que estuvieron en contacto con el primer caso, nos hacen creí- 
ble su exactitud. De modo que no erraremos en considerar el barrio de Chircagres, si- 
tuado á una legua de Cartago, como la cuna de la lepra en Costa Rica. Sobre el modo 
de introducirse la infección al país y efectuarse el contagio de aquella criada, nada he- 
mos podido encontrar en nuestros archivos, sino es una comunicación del Procurador 
Síndico de Cartago en 1820, en que se asegura que el contagio fué causado por un ex- 
tranjero que contrajo matrimonio en Churuca. De modo que sólo podemos hacer conjetu- 
ras sobre la cuestión de si la lepra fué importada á Costa Rica de los países vecinos, 6 
si ya existía entre los indios. Esto último no tendría nada de extraño, si se atiende á la 
debilidad constitucional de nuestros indígenas, á su género de vida y alimentación y á 
que en otros países de Sud América se han encontrado trazas de la existencia de la le- 
pra entre los indios antes del descubrimiento. Los historiadores de la lepra creen, sin 
embargo, que el principal propagador de ella en América ha sido el elemento africano, 
que es más propenso á esa afección, como lo demuestra la distribución de los focos le- 



(*) Hoy San Rafael. 

190 



EN EL SIGLO XIX 



prosos en los Estados Unidos, Méjico, Cuba, Colombia y el Brasil; así es que la intro- 
ducción á Costa Rica por medio de negros ó mulatos venidos de países vecinos es bien 
probable. En todo caso tenemos que el foco de la enfermedad en Costa Rica se hallaba 
en Chircagres, de donde se esparció la lepra con rapidez por la provincia de Cartago y 
después sobre todo el país. 

En 1784 mandó hacer el Gobernador interino don Juan Flores una averiguación 
sobre el número de leprosos que había en Cartago, encontrándose 1 1 casos averiguados 
y 2 sospechosos. Este bien intencionado gobernante, con razón alarmado por el aumen- 
to del mal, cuyos estragos en otros países eran bien conocidos, hizo muchos esfuerzos 
por reprimir la propagación de la lepra en el país. Ordenó formar en la Uruca, más 
allá de Toyogres, un barrio especial, que se llamaría San Lázaro, con el objeto de hacer 
de él una colonia de leprosos y aislar á éstos por completo del resto de la población; 
con este fin se construyeron allí varias casas y las proposiciones hechas al Cabildo de Car- 
tago por el Gobernador fueron aceptadas; igualmente se ordenó la construcción de casas 
aisladas para leprosos, en diferentes puntos del país, adonde ya había llegado el conta- 
gio. Por desgracia todos estos esfuerzos fueron infructuosos: el proyectado barrio de laza- 
rinos, lo mismo que todos los proyectos posteriores, nunca se lleva á cabo debido á la 
pobreza, ciertamente, pero también á la indolencia del pueblo. 

Hasta tal punto tomó la extensión del lázaro un carácter amenazante, que el 
Gobernador Acosta pidió en 1800 á la Cámara de Guatemala que se declarase /¿?r r<7¿-/V7- 
nal disenso en los matrimonios la enfermedad del lázaro en cualquier grado que se hallase 
y en el caso que alguno de los contrayentes descendiera de padres que ia hubiesen 
tenido. Acosta acarició también el proyecto del aislamiento de los leprosos en la Cande- 
laria ( á 7 leguas al sudoeste de Cartago, en el paso de Panamá ) y pidió para esto al 
Capitán General de Guatemala, se concedieran tierras realengas en aquel punto, donde 
se haría una población con .su capilla, y para cuyo sostenimiento debían contribuir los 
vecinos de Cartago y villas inmediatas, voluntaria ó forzosamente; á esta población se 
trasladarían todos los leprosos de la colonia sin distinción alguna y sin permitirles en la 
traslación trato ni comunnicación con nadie, "ni lamentos ni expresiones que puedan 
conmover á nadie é inducir á sedición." Los muebles y la ropa de los leprosos, decía el 
proyecto, debían trasladarse también á aquel lugar para evitar el contagio, las casas 
que ellos hubieran habitado se harían picar interior y exteriormente hasta una pul- 
gada, se removería el suelo, se lavarían las puertas, ventanas y techos con vinagre de 
maguey ú otra cosa conocida contra el contagio, lo mismo las casas donde quedara parte 
de la familia de un leproso. El Gobernador proponía también arbitrar recursos de varios 
modos, entre ellos obligando á los enfermos á sembrar verduras "por ser este alimento 
el más propio para su enfermedad." 

Según se ve, sin necesidad de que la era de la bacteriología, de la asepsia y anti- 
sepsia, hubiera llegado aún, Acosta estaba en lo cierto en todas las medidas profilácticas 
que proponía, que en nada eran inferiores á las que hoy se toman. Él desaprobada tam- 
bién el punto de Toyogres, escogido por Flores, por estar aquel paraje muy cerca de 
la ciudad de Cartago "como por estar á barlovento de ella y que las brisas reinantes 
le traerían la peste." "El mal es lento, decía Acosta en 1806; viven muchos años, sin 
que haya ejemplar de haber sanado ninguno; se adquiere por contacto, por ropa y muebles, 
y también por herencia; el físico Esteban Curtís, que vino con mi antecesor, hizo esfor- 
zados experimentos para curar sin conseguirlo." 

El excelente proyecto de Acosta sufirió varias contrariedades; fué atacado en el 
Protomedicato de Guatemala por el Doctor don Vicente Carranza, quien opinaba que la 
lepra no era enfermedad contagiosa y que era debida principalmente á una alimentación 
animal; los Doctores don José María Guerra y Narciso Esparragosa lo defendieron; el 



191 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



último, que era Presidente del Protomedicato, decía que, si no era contagiosa la lepra, 
sí era hereditaria y que, siendo los leprosos afectos á la Venus, esto bastaría para sepa- 
rarlos, pues "menos mal es que se procreen entre sí." A pesar de que desde 1801 el 
Capitán General proveyó de conformidad y concedió las tierras realengas en Candelaria 
y de que en 1807 el protomedicato le dio su aprobación, el proyecto no se llevó tampoco 
á cabo; la pobreza y desidia de los habitantes, la poca energía de casi todos los munici- 
pios, la miopía de algunos como el de Ujarrás, en no querer contribuir para una obra con- 
tra el enemigo común, por cuanto la lepra no había aparecido aún en sus dominios y el 
escaso poder de que parece podían disponer los Gobernadores de Costa Rica, hicieron 
fracasar este proyecto y los posteriores. 

Mientras tanto el contagio seguía su curso por toda la provincia. Al principiar el 
siglo XIX existían, según las averiguaciones de Acosta, 26 lazarinos en Cartago y 12 
en otros puntos del país. La impotencia del Gobierno, la falta absoluta de médicos en 
la provincia y el estado lamentable de las costumbres de nuestros antepasados, hacían 
que no se tomaran medidas preventivas de ninguna clase y que se fomentase la extensión 
del contagio. 

Por la época de nuestra independencia se volvió á promover la cuestión del ais- 
lamiento de los leprosos. A instancias del Procurador Síndico de Cartago, que mani- 
festaba la necesidad de tomar contra la lepra las mismas ó mayores precauciones que 
contra la tisis (quemar las ropas, raer las paredes, quitar los ladrillos de los pavi- 
mentos), abrió el ayuntamiento de aquella ciudad una contribución voluntaria por lo 
menos de medio real por persona en toda la provincia, para reunir á todos los contagia- 
dos en un lugar aparente, y se nombró una Junta de Sanidad en Cartago. Casi todos los 
municipios se declararon conformes. Este proyecto fué secundado por la primera Junta 
Suprema de Gobierno del nuevo Estado y se ordenó la formación de una comisión de 
personas inteligentes para resolver, entre otras cosas, el establecimiento de un Lazareto 
sostenido en parte por la finca y los fondos de San Juan de Dios. Esta comisión reco- 
mendó, como lugares apropiados, los parajes de Candelaria, Pacaca antiguo, San Pablo 
y los cerros del Espíritu Santo por el rumbo de Poás; fijó la contribución anual que debía 
asignarse á los municipios, la cual llegaba á doscientos diez pesos, y propuso otros diferen- 
tes modos de arbitrar recursos. Una segunda comisión de Delegados de los municipios 
escogió después entre acjuellos cuatro lugares propuestos, decidiéndose por Candelaria; 
esto sucedía en 1823, y teniendo ya Costa Rica un Gobierno propio, lo que había des- 
pertado el interés por la cosa pública, era de suponerse que esta vez se verían coronados 
con éxito los esfuerzos hechos por la realización del aislamiento de los leprosos. Las 
contribuciones fueron cobradas, pero la Junta de Gobierno no 'procedió á la ejecución 
del proyecto, á pesar de las repetidas instancias de los municipios de Cartago y San José 
que recordaban al Jefe del Estado su obligación de proceder á ello cuanto antes. En 
vano lo pide así el ciudadano don Nicolás Carrillo en la Asamblea constituyente de 1824 
y lo recomienda la comisión nombrada para dictaminar; el número de leprosos sube á 46 
en 1825; pero la Junta Suprema de Gobierno permanece impasible y se limita á solicitar 
informes sobre el número de contagiados en cada localidad, y á dar instrucciones sobre el 
modo de tratarlos, á aumentar los impuestos á favor del futuro Lazareto, de suerte que 
los fondos destinados á este objeto alcanzaban en 1830 á 2,162 pesos y 3 reales y, por 
donación del mayordomo de San Juan de Dios, á poco más ó menos 4,359 P^í^os» suma 
exorbitante para aquellos tiempos en que la carne se vendía á seis libras por un real. 

A pesar de tenerse esta cantidad disponible, no fué sino en 1833 cuando por 
fin vino á establecerse el Lazareto, en el que fueron recluidos todos los leprosos que 
pudieron encontrarse, "quedando el país enteramente libre de la plaga," como dice el 
Jefe de Estado en su mensaje de 1834. El lugar escogido por las municipalidades para 

— 192 — 











Fuente de Piedra, Grecia, Álajuela 


1 



EN EL SIGLO XIX 



la construcción del Lazareto fué esta vez "Sangre de Cristo," en las inmediaciones del 
río Virilla, por el lado de Turrúcares. El edificio, que hoy no existe, debe haber sido de 
una construcción formal, pues para ello no bastaron todos los fondos existentes. El 
número de leprosos de todo el Estado llegaba entonces á 32. La ironía del destino hizo 
que el pueblo de Ujarrás, cuyo municipio se había negado á contribuir para la realiza- 
ción del proyecto de Acosta por no haber aún lepra en sus dominios, fuera el que más 
sufrió después de esia peste, llegando á considerarse á Ujarrás como el principal foco 
de Costa Rica. Por este motivo se ordenó en 1832 que e.sta villa fuera trasladada al 
actual Paraíso y que todos los leprosos fueran llevados al Lazareto, lo que se ejecutó. 

Probablemente el aislamiento de los leprosos en Costa Rica fué el principal fac- 
tor en la disminución del número de casos que desde 1825 se ha venido observando, á 
pesar del notable aumento de la población. En aquella época se llegó al máximum con 
46 ca.sos; ya en 1843 no se conocían más que 17 en todo el Estado. Pero como toda 
medalla tiene su reverso, el haber reconcentrado á todos los infelices en un solo lugar 
hizo que el horror hacia la terrible enfermedad disminuyera en el pueblo y se principiara 
á eludir el cumplimiento de la ley, dejando á algunos leprosos en sus casas. Así vemos 
que el Lazareto tenía en 1883 sólo 9 enfermos y que en 1884 se dirige una circular á los 
Gobernadores de provincia para que se enviaran al Lazareto únicamente aquellos lepro- 
sos que no pudieran vivir de sus haberes y aislar.se fuera de las poblaciones. En 1888 
había en ese hospicio 13 enfermos, número que con pequeñas alteraciones se ha mante- 
nido hasta hoy. Pero sería un grave error creer que sean tan pocos los desgraciados que 
actualmente sufren de esa peste. La circular de 1884 produce aún sus efectos y sus abu- 
sos, habiendo en varias localidades de la República, como en Ujarrás, y aun en la inme- 
diata proximidad de la capital, un número no pequeño de lazarinos pobres en culpable 
libertad. 



No menos interesante es, durante el siglo xix, la historia de otra enfermedad 
contagiosa, la \nruela, que ha sido uno de los peores azotes para las poblaciones de 
América. El Gobierno del Virreinato de Guatemala hizo, no se puede negar, cuantos 
esfuerzos pudo por concluir con esta epidemia, fomentando la propagación voluntaria y 
aun forzosa del fluido vacuno desde la época de su descubrimiento y concediendo auxilio 
pecuniario de fondos de las Comunidades á los atacados. 

Una real cédula dispuso que una comisión de personas entendidas, acompañada 
de niños vacunados, trajera á América el fluido vacuno y lo propagara aquí de brazo á 
brazo. Su llegada á Costa Rica se anunció desde 1794, pero el fluido no llegó á nuestro 
país hasta el año de 1805, en que, á petición del activo Gobernador, don Tomás de 
Acosta, le fué enviado desde Guatemala por el Licenciado don Manuel del Sol, miembro 
del Protomedicato, con el objeto de tener algunos niños vacunados y así una cantidad 
de fluido suficiente á disposición de un comisionado e.special que habría de venir más 
tarde á difundirlo en toda la provincia. Acosta entregó el pus enviado, la cartilla 
de vacunar y las agujas á un fraile de Bagaces, el padre Arnesto, y á un empírico de 
Cartago, que ejecutaron las primeras vacunaciones; pero Acosta expresaba su temor 
de que la vacuna no diera de este modo ningún resultado, pues los curanderos no sabían 
leer y no había aún en el país ni un solo facultativo. 

Aquí, como en casi todos los pueblos adonde llegó por primera vez el descubri- 
miento de Jenner, produjo éste grande excitación de ánimo en la gente ignorante, que no 
podía comprender cómo una úlcera, una formación de pus, pudiera causar á su salud 

TOMO I 193 25 



REVISTA DE COSTA RICA 



otra cosa que perjuicios, preocupación que aun hoy, después de un siglo de favorables 
experiencias y benéficos resultados, hasta en la misma Europa, produce sus estragos. El 
Gobernador tuvo que publicar un bando, haciendo ver á los obedientes subditos del Rey, 
que la vacuna era disposición Real fundada en la experiencia de tan saludable descu- 
brimiento y precaviendo de este modo los escritos facciosos que Acosta presumía debían 
llegar pronto contra la vacuna; este bando parece haber surtido el efecto deseado. 

La primera inoculación de la vacuna fué hecha, pues, en Cartago en Febrero de 
1805 por curanderos, que ganaban por cada operación dos reales, /¿z^a que era propor- 
cionada á las facultades y suficiente al operante, teniendo en cuenta el número de personas 
que diariamente podía inocular y la ninguna asistencia facultativa que la erupción exigía. 
El fluido se remitía desde Guatemala en vidrios, de los cuales consta que una remesa 
llegó vacía, ó en hilas, ó bien se enviaban las costras mismas de los vacunados. El efecto 
de esta primera vacunación no fué satisfactorio, pues según comunica Acosta al Presi- 
dente de la Audiencia, ni las hilas ni las costras, inoculadas á otros, producían viruela, 
cosa que él atribuye á la ignorancia de los curanderos; por este motivo pedía el Gober- 
nador que fuera un facultativo el que viniera pronto á practicar la vacuna. 

Este deseo de Acosta se vio realizado al año siguiente. El mismo don Manuel 
del Sol, Licenciado en Cirugía, vino á Costa Rica en comisión del Capitán General y el 
12 de Abril de 1806 dio comienzo en Cartago á la tarea, según consta de un registro 
minucioso que existe, conteniendo datos sobre cada persona vacunada, su lugar de 
residencia, sexo, raza y fecha de inoculación; se instaló allí una Junta provisional 
de vacunación, que parece haber sido la primera Junta de Sanidad en Costa Rica; se dio 
además un reglamento especial sobre la materia. Dos años completos empleó don Manuel 
del Sol en distribuir la vacuna por toda la provincia, después de lo cual partió para 
Nicaragua. Una nueva vacunación se hizo en San José en 182 1, con el objeto de recoger 
fluido vacuno en abundancia para remitirlo á León de Nicaragua, y en 1830 se ordenó 
otra en Guanacaste. 

Durante todo este tiempo parece haber influido favorablemente la primera vacu- 
nación, pues no se tiene noticia de que la viruela hubiera vuelto á aparecer en Costa 
Rica, á pesar de que en varias épocas y especialmente en 181 6 hacía estragos en 
Nicaragua; en ese año hubo necesidad por ello de dictar las primeras disposiciones 
cuarentenarias en Puntarenas; se prohibió por cuarenta días que los pasajeros, marineros 
y mercaderías de un barco infestado, que había llegado á aquel puerto, fueran desembar- 
cados, so pena de cincuenta pesos de multa al noble y doscientos azotes al plebeyo. Sin 
embargo, en 1831 apareció la viruela en Cartago y se esparció por todo Costa Rica, 
durando la epidemia dos años con más ó menos fuerza y haciendo grandes estragos en 
la población. El Poder Ejecutivo ordenó al principio que todo caso que se presentase 
fuera trasladado á una casa de campo, situada al lado opuesto del viento reinante y que 
los enfermos desvalidos fueran asistidos, alimentados y vestidos por las municipalidades; 
se mandaron imprimir y repartir varias recetas contra la enfermedad; pero todo fué 
inútil. Esta primera epidemia de viruelas fué la más desastrosa que tuvimos en el siglo. 
Que la vacuna no la haya im[)edido se explica por la rareza con que se hacían las inocula- 
ciones, en lugar de hacerlas por cortos períodos, con lo cual quedaban además infinidad 
de niños sin vacunar. 

De acuerdo con las teorías humorales reinantes en aquella época, se explicaba la 
causa de las viruelas, como la de toda enfermedad, por una degeneración de los 
humores, lo que hacía infiltrarse en la sangre una cantidad de flemas, y éstas, á conse- 
cuencia del calor de una fluxión, se convertían en materia; la materia, circulando en la 
sangre, producía todos los demás síntomas; el organismo á su vez trabajaba por expeler 
estas materias, llevándolas á las extremidades capilares de la piel, donde formaban la 

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EN EL SIGLO XIX 



erupción. Esta última se consideraba, pues, como una reacción curativa del organismo, 
teoría que hoy no se rechaza. El tratamiento empleado en aquellos tiempos consistía en 
sangrías, vomitivos, purgantes y lavativas; no se dejaba de comprender, sin embargo, la 
importancia del aseo y del aire puro. El contagio se explicaba por el contacto y por el 
aire, y las medidas profilácticas que se recomendaban eran el aislamiento del enfermo del 
resto de la familia, la asistencia encomendada á uno ó dos asistentes únicamente, las 
instrucciones para estos asistentes de lavarse las manos con agua de cal cada vez que 
tocaran al enfermo, el dtrjar puertas y ventanas abiertas día y noche, la destrucción de 
los excretos, las fumigaciones aromáticas y aun de cacho quemado, etc., etc. No deja de 
ser interesante y podríamos decir de actualidad, el hecho de que el "Noticioso Univer- 
sal" de 1833 recomendaba perseguir las moscas, para lo cual debíanse poner en las habi- 
taciones unas bateas con espuma de jabón, pues las moscas podían llevar el contagio del 
enfermo á otras personas; con el mismo objeto se debían hacer fogatas en los patios y 
en las calles. 

Una segunda epidemia tuvimos en 1845, que se localizó únicamente en el Gua- 
nacaste. Por desgracia el fluido vacuno se había perdido, debido á que, una vez pasado 
el peligro de la anterior epidemia, no se pensó más en él, ni en hacer vacunaciones 
repetidas. Por este motivo el "Mentor Costarricense" publicaba unas instrucciones sobre 
el modo^de reconocer el fluido que por casualidad se encontraba en alguna vaca, y sobre el 
modo de obtenerlo. Se nombró también un Inspector de la vacuna para conservar y 
propagar el fluido, cargo que después se pasó al Médico del pueblo, que había sido 
instituido en 1847. 

La tercera epidemia la tuvimos en 1852, habiendo comenzado el año anterior en 
Cartago y causando bastantes pérdidas. Desde entonces la viruela ha venido perdiendo 
en fuerza y frecuencia en Costa Rica, habiendo únicamente invasiones parciales y de 
poca duración y malignidad, como en Puntarenas y Guanacaste en 1862 y 63, en el 
interior en 1867-68, algunos casos en Limón en 1875, otros pocos en Aserrí en 1884 y 
en el cantón de Mora, en Barba y en Guanacaste en 1891, pequeñas epidemias que 
podemos considerar como las últimas manifestaciones de tan terrible mal en Costa Rica, 
gracias á que en los últimos tiempos se ha conseguido hacer general la vacunación 
obligatoria de todos los niños de escuela, lo que se repite en períodos cortos. Estos buenos 
resultados se han conseguido á pesar de que en los países vecinos, en Panamá, Guate- 
mala, Salvador, Honduras y Nicaragua, especialmente en el último, no ha cesado de 
haber con frecuencia fuertes epidemias de viruela. 

De todas las epidemias que asolaron el país en el trascurso de este siglo, nin- 
guna causó, sin disputa, tanta desolación como la epidemia del cólera en los años de 
1856 y 57. Aunque sí había habido bastantes amenazas de invasión, á pesar de ellas no 
tenemos noticia de la existencia del cólera aquí en épocas anteriores. Por los años de 
1832 esta terrible' enfermedad hizo extragos en Europa, y llegó, según se decía, á los 
Estados Unidos, Méjico y Martinica, lo cual hubo de causar pánico en nuestros habi- 
tantes; el Gobierno y la Junta General de Sanidad dictaron medidas enérgicas para 
precaver la introducción al país y la propagación del ma!. 

En 1836 y 37 amenazó el cólera más seriamente con su entrada al país, habiendo 
hecho estragos en la vecindad, en León de Nicaragua, razón por la que se estableció un 
cordón sanitario en aquella frontera. Bastante alarma causó después, en 1845, una epide- 
mia de colerina que apareció con más fuerza y malignidad que de costumbre y que 
hizo muchas muertes, por lo que se creyó que el cólera había invadido el país. Igual- 



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REVISTA DE COSTA RICA 



mente se alarmó la población por la reaparición del mal en Nicaragua en 1855. Por 
suerte en todos estos casos no hubo más que amenazas, debido sin duda á las escasas 
comunicaciones que Costa Rica podía tener con el extranjero, haciéndose así más difícil 
la importación de cualquier epidemia, y no á las medidas de prevención tomadas. 

No así la terrible epidemia de 1856. En un solo lugar, de antemano infestado, 
en Nicaragua, se habían aglomerado no sólo los ejércitos de los diferentes Estados de 
Centro América, sino también el del filibustero norteamericano Wálker, ejército que se 
reclutaba entre los aventureros de todas partes del mundo que afluían hacia el tránsito 
de Nicaragua con rumbo á las recién descubiertas minas de California, y que al llegar á 
este pimto eran incorporados en las huestes filibusteras. El terreno estaba además bien 
preparado para recibir la semilla: aquellos ejércitos se encontraban en el más lastimoso 
estado, debido á las pésimas condiciones higiénicas y de alimentación, y debilitados ade- 
más por la fatiga. El germen existía desde antes en Nicaragua, y en su defecto podía muy 
bien ser importado con facilidad por la afluencia de extranjeros. En estas circunstancias 
la reaparición del cólera era una consecuencia natural; el contagio cundió rápidamente 
por todos los ejércitos, que tuvieron que dispersarse y poner una tregua involuntaria á 
la sangrienta guerra. Difícil seria decir si la dispersión de los ejércitos, que favorecía la 
extensión de la epidemia, ó su permanencia en concentración, que aumentaba su violen- 
cia, hubiera sido lo menos desastroso. El General costarricense don José M' Cañas, 
creyó poder salvar su ejército, ya infestado, volviéndolo á su hogar, y ordenó la retirada. 
Esta se hizo en el mayor desorden y en las peores condiciones de higiene, que eran su 
consecuencia natural. El ejército volvía á Costa Rica en precipitada fuga, acosado por 
el pánico del cólera, extenuado por el hambre, la fatiga, las enfermedades y la pésima 
a.sistencia; una serie de enfermos que quedaban rezagados en el camino, marcaba su 
huella. Esto significaba una importación del germen en grande escala hacia un país 
suficientemente preparado para recibirlo; los soldados lo llevaron á sus casas, esparcién- 
dolo por toda la República. La mortandad entre nosotros fué tan espantosa, que aun 
hoy se recuerda el año de 1856 con horror y este año pasó á ser algo así como el origen 
de una nueva era cronológica: los ancianos de hoy aun numeran los años por su distancia 
del "tiempo del cólera." Las defunciones se sucedían por centenares cada día; los cadá- 
veres, y hasta enfermos todavía vivos, eran conducidos por carretas á los cementerios, 
d(jnde eran sepultados en grandes zanjas hechas con ese objeto y que pronto se 
llenaban. La 15" parte de la población fué destruida por el cólera; entre los muertos 
se contaban dos ex- Presidentes de la República: don Francisco M* Oreamuno y don 
José M" Alfaro. Esta epidemia había empezado en Nicaragua en Abril y duró en Costa 
Rica hasta fines de 1856. 

Esta fué también la última invasión del cólera en nuestro territorio, á pesar de 
que varias veces se ha presentado á nuestras puertas posteriormente, causando una 
alarma muy justificada en la población. Así en 1865 fué traído el cólera de Europa á 
San Juan del Norte por el vapor **Cuban," extendiéndose con rapidez por todo Nica- 
ragua. En 1884 hubo otra alarma por la reaparición del mal en Europa, por lo que se 
preparó la cuarentena en la isla de la Uva para el puerto de Limón y en la de San 
Lucas para el de Puntarenas. Por último en los años de 1890 á 93 vivimos en perma- 
nente zozobra esperando la importación del cólera de Europa; se impuso cuarentena á las 
procedencias de España, Hamburgo, Havre, Amberes y algunos puertos de Inglaterra. 
Talvez las medidas de prevención tomadas por nuestros gobiernos hayan contribuido en 
algo para evitar, como se evitó, la repetición de la epidemia en todos estos casos. 






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EN EL SIGLO XIX 



Otra enfermedad infecciosa importada á Costa Rica y no menos perniciosa que 
el cólera, es la fiebre amarilla. Su introducción al país se efectuó en el año de 1853, en 
que un buque alemán trajo á Puntarenas un caso de vómito prieto; de éste partió el con- 
tagio que causó nuestra primera epidemia en aquel puerto, por cierto bastante desastrosa. 

Antes de aquel año, la fiebre amarilla era completamente desconocida entre 
nosotros, como lo era en muchos lugares tropicales y subtropicales del i^lobo, donde hoy 
es endémica. Y.2i^ fiebres de Piintarenas que los arrieros traían á la vuelta de este puerto, 
no deben de haber sido en aquellos tiempos otra cosa que fiebres maláricas en sus formas 
perniciosas (remitente biliosa, etc.) La dificultad de dift-renciar estas dos afecciones en 
épocas anteriores y aun hoy; los intereses locales de ciertas poblaciones que han inñuído 
demasiado en el diagnóstico de la fiebre amarilla, llamándola remitente biliosa; la 
circunstancia de que los documentos públicos hablan con frecuencia át fiebres perniciosas 
afiebres de Puntarenas sin determinación más exacta: todo esto hace que en la presente 
narración no siempre nos sea posible diferenciar una de otra enfermedad, motivo por el 
cual nos vemos obligados á tratarlas en conjunto. 

Una vez introducido el germen de la fiebre amarilla en Puntarenas, vemos 
realizarse allí el fenómeno observado en todos los puntos donde a(]uella enfermedad se 
ha establecido. Comienza por presentarse á largos inter\'alos y en forma de casos 
esporádicos; las pequeñas epidemias se hacen más frecuentes y de mayor extensión; su 
aparición se hace después periódica y en cierta relación con las estaciones del año; más 
tarde las pausas son de poca duración, y por último, la fiebre se vuelve endémica. Así 
ha venido sucediendo con Puntarenas: desde 1853 sólo se observ^aron allí casos aislados, 
hasta que en 1860, siete años después, hubo otra epidemia. En 1869 tuvimos una de 
mayores dimensiones y que causó muchos estragos; entre sus víctimas se hallaban dos 
médicos, enviados por el Gobierno á combatir las fiebres perniciosas del puerto. Desde 
entonces las epidemias se han sucedido cada vez con mayor frecuencia en nuestro puerto 
del Pacífico, algunas de bastante importancia, como las de 1881 — 82, 1892^-93, 1895 — 96 
y 1899; esta última causó estragos en el presidio de la isla de San Lucas, pereciendo 
21 presidiarios y algunos soldados de la guarnición. Al concluir el siglo podemos decir 
que la fiebre amarilla en Puntarenas ha dejado su carácter epidémico y ha adquirido el 
endémico; en el último año las pausas han sido ya casi de menor duración que los 
períodos de actividad de la fiebre, con lo cual ha disminuido en mucho la importancia 
de aquel puerto como lugar de veraneo para las familias del interior. 

El puerto de Limón, debido á la poca importancia comercial que tenía antes de 
la apertura del ferrocarril al Atlántico, no ha sufrido mucho por la fiebre amarilla; 
su población había sido muy exigua y compuesta casi exclusivamente de personas bas- 
tante refractarias á la fiebre, negros afi'icanos de las Antillas. La presencia de ella 
ha tenido allí en general el carácter esporádico, aunque de vez en cuando aparece 
en forma epidémica. Las grandes obras de saneamiento de la ciudad y la desecación 
de los pantanos en las inmediaciones de aquel puerto, han mejorado en mucho su 
estado sanitario y han hecho que, á pesar de su incremento comercial y del aumento 
de población, la fiebre amarilla no haya hecho progresos en Limón. 

Fuera de nuestros dos puertos, la fiebre nunca había atacado ninguna otra 
población de la República de un modo serio, ni había penetrado al interior. Durante 
las épocas de epidemia en Puntarenas sin número de personas huían hacia el interior, 
llevando muchas de ellas el germen en sí, y la enfermedad venía á desarrollárseles con 
frecuencia en las poblaciones de la meseta central; «le este modo morían en Alajuela y 
en otras poblaciones gran número de atacados, sin que hubiera contagio de otras perso- 
nas. El interior se consideraba,' pues, inmune. 

Pero, que la elevación sobre el nivel del mar no es condición suficiente para la 

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REVISTA DE COSTA RICA 



inmunidad local, tuvimos la desgracia de experimentarlo entre nosotros, como ya se había 
observado en diferentes lugares altos de Centro América. La ciudad de Alajuela, situada 
á más de mil metros sobre el nivel del mar, fué teatro de una epidemia de fiebre ama- 
rilla en 1899, cuyo germen se trajo por personas procedentes de Puntarenas, que esta 
vez sí contaminaron á los habitantes de aquella ciudad. La Facultad de Medicina recono- 
ció el carácter de aquella epidemia á fines de Julio de ese año y llamó la atención del 
Gobierno sobre ella; comisiones de médicos enviadas á examinarla, la confirmaron como 
fiebre amarilla. Se organizó una Junta de Sanidad en Alajuela, que combatió la epidemia 
con energía hasta que al mes y medio se la consideró dominada. Pero pocos días después 
apareció de nuevo con mayor intensidad, siguiendo hasta Febrero de 1900. La epidemia 
duró cerca de 9 meses, y causó, según el informe del médico encargado especialmente, 
38 defunciones entre 84 casos; hubo además 15 muertes entre 24 casos probables, que 
no fueron reconocidos por la autoridad. Fué necesario quemar 27 casas, situadas en las 
cinco únicas manzanas, donde se había radicado la epidemia. Todo esto causó al 
Gobierno un gasto de (¡^ 72,000-00. 

Vemos, pues, una vez más en el ejemplo de Alajuela, que la altura sobre el nivel 
del mar no es la causa primordial de la inmunidad local contra la fiebre amarilla, sino 
de un modo condicional, es decir, por ser ella el principal factor de la temperatura 
media de una localidad. Pero por causas desconocidas la temperatura media ha sufirido 
en los últimos años una subida en todo Costa Rica y probablemente traspasó en Alajuela 
el límite que requiere la fiebre amarilla para su desarrollo; otras condiciones desfavorables 
del terreno deben de haber influido también en la no inmunidad de aquel lugar. 



Fuera de las fiebres perniciosas ha habido siempre en Costa Rica, como en todos 
los países tropicales, otras afecciones febriles infecciosas; en primer lugar el paludismo, 
distribuido no sólo en las partes bajas, calientes y húmedas, sino también en las partes 
más frías de la meseta central. Estas calenturas han tomado con frecuencia el carácter 
de epidemias. Así vemos que en 18 14 se moría mucha gente en Cartago y Ujarrás, 
según escribe el Gobernador Ayala al Capitán (jeneral de Guatemala, "de dolores al cos- 
tado, de diferentes clases de calenturas, de inflamaciones del hígado y de ansia; que la 
gente ignorante lo atribuía todo á pasmo, por lo que, á fuerza de calentar el enfermo con 
candela, muere éste en pocas horas.'* Es indudable que se trataba de las dos principales 
afecciones de nuestro clima, de los trópicos en general: paludismo y hepatitis crónicas. 

Otra epidemia de calenturas malignas epidémicas reinó en las ciudades de Cartago 
y Heredia en 1839, por lo que el Supremo Gobierno del Estado hizo poner de nuevo en 
vigencia las disposiciones de higiene contenidas en decreto de 16 de Mayo de 1837 
estableciendo además Juntas de Sanidad de Partido en lugar de la Junta General. 

En 1845 "El Mentor Costarricense" excitaba á los curas párrocos, á las autori- 
dades locales y á los filántropos á que indagaran las causas de una especie de epidemia 
extraordinaria que acometía á muchos arrieros al regresar de Puntarenas, viniendo á 
caer gravemente enfermos al llegar á sus casas; se sospechaba que esto se debía á la 
costumbre que se había introducido entre los carreteros de pasar el día durmiendo 
y caminar durante la noche. Probablemente se trataba de una fiebre remitente biliosa. 

Otra epidemia tuvimos en 1875 en los "Bajos de Jaris", jurisdición entonces de 
Escasú, donde se desarrolló una fiebre perniciosa con carácter grave y que, según el 
informe de los dos médicos enviados por el Gobierno, era producida por las aguas 
pluviales estancadas. 

— 198 — 



EN EL SIGLO XIX 



Los Gobernadores de Cartago siempre se han quejado del aparecimiento periódico 
de calenturas miasmáticas entre los vecinos de Cachi, de Orosi y de Turrialba, debido á 
los pantanos permanentes que hay en Cachi y á la laguna del ^'Guayabal"; á pesar de 
las buenas intenciones de los municipios del Paraíso y de Cartago por desecar aquellos 
pantanos y dar mejor desagüe á la laguna, el foco de infección permanece aún allí, 
haciendo que la provincia de Cartago, á pesar de tener el mejor clima, sea la más 
azotada por el paludismo entre las provincias centrales. 

Por lo demás, las calenturas palúdicas forman un párrafo constante en los informes 
de los médicos de circuito de toda la República y el principal contingente de los enfermos 
de todos los hospitales. Fuera de las costas y de la línea férrea al Atlántico, donde el 
paludismo tiene naturalmente sus focos, hay lugares como el Paraíso, los demás pueblos 
de Cartago arriba citados, Heredia, San Joaquín y los bajos del Río Grande, donde la 
malaria es permanente; pero Alajuela y aun San José tienen en ella su principal y formi- 
dable enemigo. En todas partes la causa es idéntica: la suma humedad de un suelo 
esponjoso, suave, inficionado en las ciudades por los residuos orgánicos y por las pésimas 
cañerías, y seguido á corta distancia por un subsuelo impermeable. 

A iguales causas, á las que debemos agregar la descomposición de las mieles del 
café y la mala calidad de las aguas potables, se debe otra enfermedad infecciosa más 
temible aún, la disentería, que con frecuencia y especialmente al comenzar las fuertes 
lluvias, toma carácter epidémico; también se atribuye su aparición al uso de ciertas 
frutas. Principalmente han sido azotadas por epidemias de esta clase Heredia y Santo 
Domingo (donde en 1888 el número de muertes excedió en 17 al de nacimientos); pero 
ningún distrito de la República está exento de este terrible mal, atribuyéndolo los 
médicos á la mala calidad de las aguas. 

Lo mismo podemos decir respecto de otra afección congénere de la disentería, 
del cólera infantil, que cada año al principiar las lluvias, es la principal causa de la 
enorme mortalidad de los niños menores de 5 años en Costa Rica. (Según la estadística 
forman estos niños la mitad de todas las defunciones). En 1893 fue la enfermedad que 
más muertes causó. Notable desarrollo tomó en 1895, acompañada de sarampión y 
paperas, esparciéndose por toda la República. 

• • 

Las demás enfermedades infantiles epidémicas aparecen en nuestro suelo de 
tiempo en tiempo causando no menos estragos. Ya desde 1801 nos hablan los docu- 
mentos antiguos de la presencia de la tos ferina en Costa Rica, donde causó numerosas 
víctimas. La más desastrosa aparición de esta enfermed aconteció en los años de 1861 á 
1863, y dejó los más tristes recuerdos en el país, tanto más cuanto que al final se le 
asoció el sarampión. Después de algunas otras epidemias de menor intensidad, reapa- 
reció con gran fuerza en los meses de Marzo á Mayo de 1891, extendiéndose por toda 
la República, junto con la influenza, de un modo alarmante; el Gobierno tuvo que tomar 
medidas extraordinarias para combatir ambas pestes y para socorrer á multitud de 
familias atacadas. Todavía al año siguiente no se había extinguido la tos ferina por 
completo y seguía haciendo estragos en Grecia, Atenas y Naranjo, para revivir de nuevo 
á fines de ese año y á principios de 1893 con más fuerza que nunca; se asegura que 
murieron entonces cerca de 8,000 niños en la República. A esta horrorosa epidemia 
siguió otra notable en 1898; principió por algunos casos en Cartago, de donde se dirigió 
sobre San José, á pesar del cordón sanitario y otras medidas extraordinarias dictadas 
para reducir el foco á su origen; al principio se reconcentraron los primeros casos de 



— 199 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



San José hacia Cartago, pero pronto hubo que incluir á la capital en el circuito de 
aislamiento. Tampoco valió esta medida para impedir que la tos ferina siguiera adelante 
en su curso de exterminio, llegando por fin en Diciembre á Alajuela, con lo cual las 
autoridades se convencieron de la inutilidad de los cordones sanitarios y los abolieron. 
La epidemia concluyó en Mayo de 1899. 

La escarlatina apareció por primera vez en Costa Rica en Noviembre de 1865, y 
duró hasta Mayo del año siguiente, causando un enorme número de víctimas en San 
José, Cartago y Alajuela principalmente. Antes de esta época, aquella enfermedad era 
completamente desconocida entre nosotros. Después se presentaron algunos casos en 
San José en 1898 y 1899, pero las medidas tomadas impidieron su propagación. 

La difteria con su malignidad acostumbrada, ha visitado con demasiada frecuencia 
nuestro país, llevando cada vez la desolación á los hogares. El suero antitóxico de Behring, 
introducido al país poco después de su descubrimiento, ha salvado un notable número 
de niños y ha contribuido á hacer menos terribles las epidemias de difteria. 

El sarampión y las paperas, que son en nuestro país más comunes que en Europa, 
nos hacen sus visitas periódicas y casi siempre en forma epidémica. Estas dos enferme- 
dades, acompañadas de cólera infantil, formaron una epidemia notable en 1895 y 1896 
en toda la República; este último año tomó el sarampión una forma maligna y causó 
daños de consideración en todo el país. 

La fiebre tifoidea, que era desconocida para nuestros antepasados, ha pasado á 
ser una enfermedad permanente en Costa Rica durante la segunda mitad del siglo. A veces, 
como en 1863, ha tomado también el carácter de epidemia maligna. En el verano de 
1887-88 causó grandes pérdidas en la provincia de Heredia, principalmente en Santo 
Domingo, atribuyéndose su aparición á las mieles del café descompuestas. En 1892 
Palmares, en 1893 Cartago, en 1895 Escasú, han sufi^ido bastante por epidemias de tifoi- 
dea. Cartago, Heredia y Escasú han sido los puntos de la República más azotados por ella. 

La influenza, que antiguamente se conocía con el nombre de rempujón y que era 
considerada como un simple resfrio^ motivo por el cual no se le daba importancia, ha 
pasado á ser desde 1890 nuestro huésped anual, siendo también Heredia y Cartago los pun- 
tos de su predilección; la primera sufrió notablemente por una epidemia maligna en 1891. 

A principios del siglo era muy frecuente en Costa Rica una enfermedad infecciosa 
y que aparecía en forma epidémica, á la que se daba el nombre de bola ó vola. No 
sabemos, sin embargo, (jué clase de infección sería ésta. Parece haber durado poco tiempo 
su presencia en nuestro suelo, pues no la encontramos mencionada en ninguna parte 
después de aquella época. 



Por último, y para concluir con la notable serie de enfermedades infecciosas que 
han representado papel importante en nuestra patologia, mencionaremos entre las de 
mayor trascendencia, aunque no tenga carácter epidémico, á la sífilis. YX origen de esta 
afección es aún objeto de controversia científica, sosteniendo algunos que fué llevada de 
América á Europa por los marinos españoles en seguida del descubrimiento. En todo 
caso su presencia en América data desde tiempos remotos, donde ha encontrado un feraz 
terreno para su desarrollo, hasta el punto de poderse decir hoy que toda la América 
española está sifilizada^ sin saber á punto fijo si las condiciones climatéricas ó las de la 
raza han sido la causa. P^sta saturación de la raza hispano americana con el virus sifilítico 
ha llegado á formar, por medio de la herencia, un principio de inmunización; la sífilis es 
más benigna en América que en Europa. 

— 200 — 



EN EL SIGLO XIX 



En Costa Rica ha sido un mal muy antiguo, pero no podemos precisar su origen, 
pues en los tiempos de la conquista y aun en épocas más cercanas, la distinción entre 
ella y la lepra no era muy conocida en el pueblo, y se carecía por completo de médicos 
que la diagnosticaran. Muchos de los casos de lepra de que nos hablan los documentos 
antiguos, deben ser calificados de sífilis, como lo reconocieron los primeros médicos veni- 
dos á Costa Rica. Así, por ejemplo, de los 29 casos de lepra que en el año de 1830 le 
fueron presentados en Cartago por las autoridades al Bachiller don Joaquín Sáenz para 
su examen, sólo 11 eran realmente leprosos, 12 padecían de gálico, 6 estaban sanos; 
en Escasú, los 4 casos presentados eran sifilíticos, y en San José, 6 entre los 9. Por 
esta razón nos es imposible juzgar de la extensión que pudiera tener el gálico en Costa 
Rica al comenzar el siglo xix; pero por los datos apuntados podemos colegir que trra una 
enfermedad de las más comunes, puesto que siempre ha habido prostitución pública entre 
nosotros, aunque restringida y perseguida, como se ve de una orden de expulsión dada 
contra las rameras del pueblo de Villanueva (Alajuela) en 1801. 

Este mal venéreo tomó grande incremento en lo sucesivo, y ya en 1875 hablaba 
el Protomedicato de su "espantosa extensión," por lo cual el Gobierno creó en ese año 
(18 de Octubre) el puesto de Médico de Higiene con $ 100-00 mensuales y auxilió á la 
Municipalidad de San José con $ 500-00 para preparar el local donde debían curarse 
las mujeres contagiadas. En 1890 solicitó el Protomedicato la creación de un Hospicio 
para las mujeres venéreas, pero no fué satisfecho su empeño á causa del costo. 

La necesidad de esta institución era cada día más palpable, pero su ejecución se 
hizo esperar demasiado tiempo, hasta que en 1894, siendo Secretario de Policía un médico, 
el Doctor don Juan J. Ulloa G., se dio el reglamento de profilaxis venérea, se destinó un 
departamento del Hospital de San Juan de Dios, de San José, para recibir las enfermas de 
las provincias centrales y de Limón, y se subvencionó con $ 100-00 mensuales á los 
hospitales de Liberiay Puntarenas para que hicieran este servicio en aquellas localidades. 
Las prostitutas que se inscribieron entonces llegaron al número de 865, de las cuales 
22;».^ 7o estaban enfermas; de estas últimas 38% padecían de sífilis. Más de la mitad de 
ellas eran menores de 22 años. En 1896 había en toda la República 1379 mujeres inscritas. 
¡El I 7., más ó menos de nuestra población femenina! 

El Hospital venéreo no existió, á pesar de la perentoria necesidad de él, demos- 
trada por los números anteriores, sino durante cinco años, siendo abolido en 1899 por no 
poder el Gobierno cubrir sus gastos. Y debemos consignar esta medida como un retro- 
ceso en nuestra higiene pública, pues el número de enfermedades venéreas, dismi- 
nuido notablemente durante la vigencia del reglamento profiláctico, ha vuelto á alcanzar 
su índice anterior. 

« • 

Las medidas tomadas por nuestras autoridades para impedir los desastres de las 
enfermedades epidémicas, casi se han limitado á la prohibición del desembarque de 
personas y objetos provenientes de lugares infestados y al establecimiento de cordones 
sanitarios hechos á medias, tanto en las fronteras como al rededor de los focos interiores. 
La primera disposición de este género la vemos en 1816, en que el Gobernador ordena 
al Juez pedáneo que prohiba terminantemente el desembarque de marineros, pasajeros y 
mercaderías del barco llegado á Puntarenas en Abril de aquel año, que venía infestado 
de viruelas, so pena de 50 pesos para el noble y 200 azotes para el plebeyo; esta prohi- 
bición debía durar cuarenta días. Un cordón sanitario se estableció por primera vez en 
Mayo de 1837 en la fi^ontera de Nicaragua, por haberse desarrollado el cólera en León. 
No sabemos si á esta medida sea de agradecerse que el cólera no invadiera el país, lo 

TOMO I — 201 — 26 



REVISTA DE COSTA RICA 



que también se consiguió en 1865-66, época en que el vapor "Cuban" introdujo aquella 
epidemia en San Juan del Norte, esparciéndose enseguida por todo Nicaragua. 

En 1844, habiéndose desarrollado el cólera en Europa, pensó el Gobierno en 
construir edificios adecuados á la cuarentena, en la isla de San Lucas para Puntarenas 
y en la de la Uvita para Limón; se celebró un contrato para este fin, que fiié rescindido 
poco después, y no se hizo nada hasta que en 1886 se autorizó y luego se llevó 
á cabo la construcción de los edificios cuarentenarios que hoy existen en la indicada isla 
de la Uvita. 

Repetidas veces ha habido necesidad de declarar cuarentena en nuestros puertos 
en los últimos tiempos: en 1888 sobre el vapor "Claribel," por traer un niño atacado de 
sarampión; en 1890 sobre el "Méndez Núñez, " por temerse la importación del cólera 
reinante en España; en 1892 sobre todas las procedencias de Hamburgo, Havre, Ambe- 
res y algunos puertos de Inglaterra, á causa del cólera; en 1893 para las procedencias 
de Honduras, Nicaragua y Bocas del Toro, por la fiebre amarilla, y en 1896 para las de 
Cuba, por la misma causa. En 1896 también se estableció cordón sanitario en la firon- 
tera de Nicaragua á causa de la viruela. 

Cordones sanitarios en el interior se establecieron en 1898 alrededor de Cartago 
á causa de la terrible epidemia de la tos ferina de aquel año, cordón que hubo necesi- 
dad de extender sobre San José y por último abandonarlo, porque el contagio no pudo 
ser detenido en su marcha hasta Alajuela; por último al rededor de Alajuela con motivo 
de la aparición de la fiebre amarilla en aquella ciudad en 1899. 

Por lo demás las autoridades locales se han contentado, en los casos de epide- 
mias urbanas, con hacer aislar al principio, de un modo imperfecto y por medio de 
un personal ignorante, las casas donde se presentan los- primeros casos, para abandonar 
después el aislamiento tan pronto como el número de aquéllos aumenta. 

Podemos pues decir, resumiendo, que en materia de viruelas por medio de 
la vacunación obligatoria general y efectiva, en la difteria por medio de la intro- 
ducción del suero antidiftérico, en el cólera por medio de la vigilancia en las fronteras, 
y en la lepra por medio del aislamiento en un lazareto, hemos obtenido algún triunfo, 
consiguiendo tiue la viruela haya desaparecido de nuestro suelo, que la difteria dismi- 
nuya notablemente, que la terrible epidemia del cólera de 1856 no volviera á repetirse, á 
pesar de haberlo tenido con frecuencia á nuestras puertas, y que la lepra no se haya gene- 
ralizado en Costa Rica como en otros países vecinos, siendo hoy el número de casos 
igual ó inferior al de los primeros tiempos de su aparición hace siglo y medio. Pero en cam- 
bio no hemos sabido impedir la introducción de enfermedades epidémicas antes descono- 
cidas entre nosotros ni que muchas otras hayan alcanzado mayor incremento, como la 
escarlatina, fiebre tifoidea, fiebre amarilla, tos ferina, influenza, sífilis, etc., etc. Sin 
embargo, para ser justos, debemos decir que nuestras autoridades no han escaseado su 
buena voluntad en la lucha contra las epidemias, pero la falta de recursos en un país 
bastante pobre, lo inculto de nuestro suelo, la dificultad de vigilar fronteras inhabitadas 
y costas de malísimo clima, lo favorable que es el aire húmedo y cálido de casi toda la 
República para el desarrollo de cuakiuier clase de gérmenes, obstáculos poderosos son 
todos cjue hacen ilusorios, la mayor parte de las veces, los esfuerzos de los gobiernos. 

Institucionks dk Higiene pública 

Contrarrestar en lo posible los efectos de las enfermedades infecciosas é impedir 
su introducción y desarrollo es el objeto primordial de la Higiene pública. Para esto dispone 
la autoridad respectiva ciertas medidas, con las que se propone: impedir la importación de 
gérmenes infecciosos, destruir los focos de infección existentes en el país, ó concentrar- 

— 202 — 



EN EL SIGLO XIX 



los para su mejor vigilancia, cuando su destrucción no es posible, estorbar su propaga- 
ción, proveer á las poblaciones de buen aire, buena agua y buenos alimentos, cuidar del 
pronto retiro de los residuos orgánicos y de las aguas pluviales de las ciudades, ayudar á 
los desvalidos en la curación de sus afecciones, etc. De aquí la institución de las cuaren- 
tenas y cordones sanitarios (de que ya nos ocupamos al hablar de las enfermedades 
infecciosas), de los hospitales generales y especiales, de leyes expresas para impedir la 
propagación de las enfermedades venéreas y otras, de las de aseo y limpieza de las ciu- 
dades, construcción de cementerios, cañerías, cloacas y desagües, la desecación de 
pantanos, el nombramiento de juntas de sanidad y médicos de distrito, etc., etc. 

No siendo posible en esta corta reseña hacer una descripción completa de cada 
uno de estos factores de la Higiene Pública, nos limitaremos á tomar en consideración 
los más importantes. 

A fines del siglo xviii se intentó por primera vez en Costa Rica la fundación de 
un hospital: en 1784 determinó la Real Audiencia de Guatemala que "el edificio que 
ocupan los Padres misioneros de San Francisco, llamado de la Soledad (en Cartago) 
siga sirviendo de Hospital, para lo cual se destinarán dos reHgiosos de San Juan de 
Dios, y con los doscientos pesos donados por S. S. lima, don Esteban Lorenzo de Tris- 
tán, se manden quitar los tabiques de las celdas existentes á fin de dejar cómodos los 
salones de enfermería." No tenemos datos sobre si esta disposición fué cumphda en aquella 
época, pero sí sabemos que en 1791 se comenzó á instalar el Hospital de San Juan en 
Cartago, siendo Prior administrador Fray PabU) Bancos. A esto contribuyó en mucho 
el testamento de Luis Méndez, por el cual destinaba 896 pesos á favor de aquella insti- 
tución. Sin embargo, el hospital no llegó á formalizar sus servicios, pues vemos que en 
1804, habiendo pedido cuentas la Real Audiencia al albacea de Luis .Méndez, Jo.sé 
Ruperto Prieto, en vista de la mala situación del Hospital, este albacea contesta "haber 
gastado 102 pesos en costas, 19 en portes, 4 en el poder, haber remitido 191 á Ubico (?) 
y pertenecerle á él 1 16 ó sea el quinto del resto, quedando el legado reducido á 464 
pesos, cantidad que él promete pagar cuando lo pida el Hospital^ para lo cual vendería su 
casa nueva en la esquina de la plaza principal." Vemos, pues, por este documento, que 
la dilapidación de fondos de beneficencia es un vicio antiguo entre nosotros. 

La Real Audiencia, mientras tanto, había ordenado una contribución anual obli- 
gatoria para toda la Provincia de Costa Rica, repartida en esta fonna: "Cartago, 181 pesos, 
3 fanegas de maíz, 3 de cacao, 6 arrobas de azúcar y panela y 7 reses; Valle Hermoso, 
62 pesos, 12 fanegas de maíz y 40 arrobas de azúcar y panela; Heredia, 50 pesos, 16 fane- 
gas de maíz, i de trigo y 15 arrobas de azúcar y panela; Alajuela, 22 pesos, 2 fanegas 
de maíz y 10 arrobas de azúcar y panela; Esparza, 11 pesos; Bagaces, 43 pesos." Con 
esta contribución, que montaba á 369 pesos anuales, fuera del producto de los frutos 
agrícolas, se pensaba construir definitivamente el edificio para hospital y mantener sus 
servicios en lo sucesivo. En efecto, en i8i4el Gobernador comunica á la Real Audiencia 
que ya había un hospicio con habitaciones suficientes para el Médico y Cirujano y demás 
departamentos para enfermos pobres, y que el servicio se atendería con limosnas; pero 
faltaba el personal, pues los dos religiosos, ofrecidos treinta años antes, aun no habían 
llegado y la provincia sufiría mucho por falta de médicos y medicinas. El Gobernador 
instaba, pues, de nuevo para que desde Guatemala se le proveyera del personal necesario. 

Todos los esfuerzos hechos por la provincia más pobre del Virreinato de Guate- 
mala para poder ofrecer un asilo á los enfermos desvalidos, fueron del todo infructuosos 
en el tiempo que duró la dominación española. En vano pidió Ayala al Gobierno de 
Guatemala el cumplimiento de las leyes que dedicaban el noveno y medio de la masa 
decimal del Obispado para este fin; en vano hizo el Ayuntamiento de Cartago que su 
Diputado á Cortes interpusiera sus buenos oficios ante el Gobierno español para obtener 



203 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



algo á favor de la idea; ni el Hospital de San Juan de Dios, ni el de San Lázaro para 
los leprosos, ni la casa de recogidas para "mantener y doctrinar á las mujeres de mal 
vivir," . ni los asilos de expósitos, proyectos todos acariciados por el Ayuntamiento de 
Cartago, llegaron siquiera á iniciarse. 

Declarada la independencia de la Madre Patria en 1821, el joven Estado Libre 
reanudó sus esfuerzos para llevar á cabo la idea de fundar un Lazareto y un Hospital 
general, para lo cual sólo se contaba con los fondos acumulados del último. La Asamblea 
Constitucional decretó en 1826 la fundación del Hospital, en unión del Lazareto, y esta- 
bleció diferentes impuestos para su sostenimiento, sin otro resultado, sin embargo, que el 
de aumentar los fondos destinados á su objeto. Este capital, junto con el del Lazareto, 
llegaba en 1830 á 4359 pesos. En la parte que trata de la lepra hemos visto cómo en 
1833, después de inauditas dificultades, vino por fin á realizarse el establecimiento del 
Lazareto, tomando para ello todos los fondos existentes. 

En 1845, á moción del Doctor don José M" Castro y Madriz, la Cámara de 
Representantes decretó la fundación del Hospital General del Estado en San José, 
destinando para su sostenimiento las rentas del Lazareto (exceptuado lo perteneciente 
al vecindario de Cartago, que le sería devuelto para ayudarlo en la fundación de su 
hospital), mil pesos anuales del Tesoro, una parte de la masa decimal, impuestos sobre 
testamentos y derechos de sepulturas; se proveía además á la formación de un nuevo 
cementerio anexo al Hospital y se creaba una Junta de Caridad para la administración de 
ambos. Más tarde se autorizó la fundación de una lotería para el sostenimiento del 
hospital, pero la oposición del público hacia este juego, la hizo fracasar. Sin embargo, 
no fué sino en 1852 cuando por fin se vino á construir el edificio que hoy ocupa el Hos- 
pital de San Juan de Dios, de San José, realizándose así el ideal que durante 68 años 
había sido perseguido con tanta tenacidad, para honra de los sentimientos humanitarios 
que adornaban á nuestros antepasados, que por cierto no gozaban de grande opulencia. 

Después de fundado el Hospital, éste no ha dejado de sufirir sus vicisitudes, debido 
á la carencia de recursos para su sostenimiento. Con este objeto se había señalado en 
1858 una contribución á los curatos de la República, disposición que se derogó á los dos 
años, y aunque se asignó al Hospital como renta perpetua el derecho de patentes de 
botica y se dejó aquél y el Lazareto bajo la [)rotección eclesiástica, fué necesario clau- 
surar el primero en 1861, por ser imposible su sostenimiento. Después de dos años de 
clausura se organizó la Hermandad de Caridad tal como hoy existe y la Junta de Go- 
bierno, se emitieron sus estatutos y los reglamentos del Hospital, y el 8 de Marzo de 
1863 fué abierto este último al servicio público. 

En los primeros años de su existencia no fué muy frecuentado este establecimiento 
de beneficencia debido á la repugnancia de la gente del pueblo hacia todo hospital, 
cuyos auxilios no se solicitaban sino en último extremo; de ahí que las estadísticas de 
mortalidad en aquellos años fuesen bien desfavorables, además de que el cuidado de los 
enfermos, debido, entre otras cosas, á la penuria de recursos, eran bastante deficientes. 
Así, por ejemplo, tenemos que en el año de 1870 se asistieron allí sólo 95 enfermos, 
habiendo 11 defunciones. En 1872, contándose ya con mayores recursos, provenientes 
la mayor parte de legados de personas caritativas, entre los cuales mencionaremos como 
más importante el del eminente filántropo protector del hospital. Padre José Cecilio 
Umaña, se hicieron importantes reforniiis al edificio y en seguida se introdujo la excelente 
innovación de traer Hermanas de la Caridad para su administración. Desde 1 881 se empezó 
á regularizar más el servicio médico, se nombró un Médico interno que residiera en el 
Hospital, y se comenzó á llevar una estadística regular de entradas, defunciones y cura- 
ciones; en 1888 se dividió el servicio en un Departamento de Medicina y otro de 
Cirugía. En los últimos años, habiendo aumentado considerablemente el capital propio 

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EN EL SIGLO XIX 



de la Hermandad de Candad, se ha comenzado á sustituir ventajosamente el viejo 
edificio por magníficos pabellones de ladrillo, aislados entre sí y en medio de un hermoso 
jardín, con el objeto de dar al Hospital, poco á poco, la forma adoptada en Europa y 
Estados Unidos para esta clase de establecimientos. 

Al finalizar el siglo el Hospital de San Juan de Dios se compone de dos pabe- 
llones para las mujeres y uno para los hombres que estén en el servicio de Medicina; un 
pabellón para hombres, debido á la munificencia de las colonias extranjeras, y otro para 
mujeres en el departamento de Cirugía; una hermosa sala de operaciones, construida 
conforme á las reglas más modernas para su buen servicio y desinfección (estrenada el i" 
de Agosto de 1900); una sala de autopsias; un pabellón para la ropería y el alojamiento 
de los sirvientes, y otro para habitaciones de las Hermanas de la Caridad; además existe 
todavía un pedazo del edificio antiguo, en que se encuentra parte del servicio de Medi- 
cina, los incurables, la capilla y el laboratorio y donde últimamente se ha instalado, 
debido á la iniciativa de la Facultad de Medicina apoyada por la Hermandad de Caridad 
y al auxilio de algunos filántropos, el departamento de Maternidad con una Escuela 
anexa de Obstetricia. Gracias á los esfuerzos del último Presidente de la Hermandad de 
Caridad, Licdo. don Cleto González Víquez, se consiguió en 1900 que el Congreso 
creara un impuesto de 5 céntimos por cada billete mayor de (J 0-25 que venda cualquier 
ferrocarril, producto que fué destinado al principio exclusivamente á aumentar los fondos 
del Hospital de San Juan de Dios, pero que últimamente se distribuye por partes propor- 
cionales entre los diferentes hospitales de la Repúbhca. 

Ya hemos visto que los esfuerzos de la exigua y pobre población de Costa Rica 
aspiraban, no sólo á la fundación de un Hospital General, sino también á la de un Laza- 
reto para aislar allí á los infelices leprosos, y que esta última idea se llevó á cabo en 
1833, antes que la del Hospital. Este Lazareto ocupó sucesivamente diferentes edificios, 
todos rudimentarios y sin ninguna comodidad ni seguridad, situados, ya lejos de la 
Capital, ya dentro de ella (desde 1878), ya en sus inmediaciones (desde 1885), donde 
hoy se encuentra todavía.^ 

En 1896 el Gobierno pensó seriamente en proceder á construir un edificio en 
forma para la reclusión de los leprosos, y la Comisión Permanente del Congreso lo 
declaró obra nacional. Una Comisión compuesta de miembros de la Facultad de Medi- 
cina y de la Junta de Caridad, á solicitud del Gobierno, escogió como lugar más 
apropiado "El Encierro," á 10 kilómetros al SE. de San José, cerca de Patarra; después 
de largas discusiones durante tres años, la mayoría de la Facultad de Medicina se inclinó 
más á favor de la idea del Dr. don Juan J. Ulloa G., Secretario de lo Interior en esa época, 
de destinar para aquel objeto una de las islas del golfo de Nicoya. El Gobierno escogió 
la del Cedro y se dio en seguida principio á la construcción del edificio, que se concluyó 
en 1900. Hasta ahora no ha tenido lugar la traslación de los leprosos á aquel lugar, 
debido, según se afirma, á ciertos defectos de que adolece la obra y á la falta de personal 
aparente para su administración; es decir, que ya se han empezado á experimentar 
prácticamente los inconvenientes de un establecimiento de esta naturaleza en un lugar 
tan lejano; inconvenientes sobre los cuales bastante se había llamado la atención en el 
seno de la Facultad de Medicina. 

Otros hospitales generales se fundaron en diversas poblaciones de la República. 
Al mismo tiempo que el de San José, es decir, en 1852 se decretó y ejecutó la creación 
del Hospital de San Rafael en el puerto de Puntarenas. Estos dos hospitales fueron 
durante 28 años los únicos que existían en el país, hasta que en 1880 se fundaron los de 
Cartago y Liberia, siguiendo los de Alajuela y Limón en 1884, y el de Heredia en 1888 
(en el edificio de la antigua estación del ferrocarril, donado por el Gobierno con este 
objeto desde 1875). ^^ ^^9^ ^^ empezaron los hospitales de Grecia y Palmares, las 



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REVISTA DE COSTA RICA 



primeras villas que, haciendo grandes sacrificios, nada en proporción con sus recursos, 
llegaron á imitar á las ciudades; este ejemplo fué seguido en 1895 por Santa Cruz en la 
provincia de Guanacaste. Hay también dos hospitales pertenecientes á dos compañías 
comerciales extranjeras. 

Actualmente se construye un magnífico edificio de ladrillo para el Hospital de 
Alajuela en las inmediaciones de la ciudad, cerca del río de la Maravilla. 

La fundación de un hospicio destinado únicamente á recibir á los que padecen 
de enfermedades mentales, se venía haciendo sentir desde mediados del siglo, y ya en 1868 
el Presidente de la Junta de Caridad hizo ver su necesidad, pues el número de aquellos 
desgraciados iba aumentando de un modo alarmante, y no pudiendo los hospitales 
por su pobreza y falta de comodidad hacerse cargo de ellos, las familias se veían obli- 
gadas á conservarlos en sus casas y, cuando esto no era posible, los infelices vagaban por 
las calles atenidos á la caridad pública ó eran recluidos en las cárceles. Por estos motivos 
el Gobierno donó á la Junta de Caridad de San José, en 1885, la suma de 5000 pesos, 
para construir un hospicio de alienados, que fué declarado obra nacional, y se fundó una 
lotería bajo la administración de aquella Junta, para proceder á construir el edificio y 
cuidar de su mantenimiento. Acto continuo se procedió á la ejecución del plan, y el 
nuevo "Hospicio Nacional de Locos'* fué inaugurado el 4 de Mayo de 1890. Es éste un 
suntuoso edificio de mampostería en medio de hermosos jardines; su interior está arre- 
glado del modo más conveniente para atender á sus fines, según los últimos progresos de 
este ramo. El número de alienados que se asistió el primer año, y que llegó á 158, 
demuestra claramente lo necesaria que era esta institución. Durante los diez años que 
lleva de vida el "Asilo Chapuí" (nombre que se le ha dado últimamente en honor del 
filántropo costarricense de este nombre) se han asistido en él 741 alienados, es decir, 
I por cada 405 habitantes en 10 años. 

Respecto á las causas, el 28 % de los enfermos asistidos debía su enagenación 
al alcoholismo; el 64 7., obedecía á causas que, por el método de vida, la educación y 
y la selección matrimonial, pueden ser eliminadas: alcoholisnio, abusos venéreos y del 
café, excitación política y religiosa, espiritismo, herencia, matrimonio entre parientes. 
Como el alcoholismo es debido casi siempre á la herencia de una degeneración moral, 
tendremos, pues, que más de la mitad de las enfermedades mentales entre nosotros se 
debe á la defectuosa selección matrimonial, inmensa responsabilidad que pesa sobre los 
padres de familia. 

Ya hemos visto que en 1894 fué instalado en el Hospital de San Juan de Dios, 
en San José, el servicio de profilaxis venérea, que por desgracia sólo tuvo cinco años de 
vida, siendo abolido en 1899. 

Por último, cuenta Costa Rica con otro hospital más, el de Incurables, que fué 
fundado en San José en 1879 y que hoy cuenta con un magnífico edificio, apropiado á 
su objeto, en la inmediata cercanía de la ciudad (Guadalupe). 

Vemos pues que, al finalizar el siglo, puede enorgullecerse Costa Rica de po.seer 
un número más que suficiente de hospitales, (¡ue además de su acción benéfica, tienen 
gran importancia higiénica, facilitando al pobre la curación de sus afecciones, concen- 
trando y aislando gérmenes infecciosos, comunicando á las gentes pobres que allí han 
sido asistidas, hábitos y principios de orden y limpieza y métodos de vida más higiénicos. 

* 
* • 

Un complemento necesario de los hospitales son los cementerios, si éstos son eje- 
cutados conforme á las exigencias de su objeto, desde el punto de vista higiénico, esto 



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EN EL SIGLO XIX 



es, la rápida descomposición del cadáver hasta reducirlo á sus componentes anorgánicos, 
con lo cual se ha conseguido hacer desaparecer pronto un foco de infección, que mien- 
tras tanto debe estar aislado de un modo perfecto. 

Siendo su existencia ineludible en todas partes donde vive el hombre, ellos ó más 
precisamente, lugares destinados al entierro de los cadáveres, han existido en Costa Rica 
naturalmente desde que existe el hombre en esta región. Así vemos hoy los restos de los 
antiguos cementerios de los indios en todos los puntos donde hubo aglomeración de 
indígenas, y sabemos que el sepelio de los muertos constituía entre ellos el acto de mayor 
lujo acostumbrado; gracias á ello podemos hoy hacer colecciones valiosísimas de los 
objetos manufacturados por los habitantes originarios de Costa Rica y estudiar sus cos- 
tumbres, pues parece que entre los indios se usaba depositar en la sepultura los objetos 
más valiosos del difunto. 

Los españoles, al conquistar nuestro suelo y fundar sus poblaciones, tuvieron por 
supuesto que escoger un lugar apropiado para sepultar sus muertos. En la selección de 
estos lugares predominaba y aun predomina sólo un criterio, el menos importante por 
cierto, cual es la dirección de los vientos, siendo así que el viento poco puede influir en la 
diseminación del contagio, si la sepultura está hecha de un modo razonable. En cambio 
no ha sido costumbre de nuestro pueblo el hacer un estudio de la constitución del terreno 
ni de la dirección de las aguas subterráneas, circunstancias que ofrecen el mayor peligro 
cuando la sepultura se hace en el suelo mismo, como siempre debiera ser. A este res- 
pecto ofrecían los cementerios pobres «le nuestros antepasados una ventaja sobre los 
actuales, en los que se deposita el cadáver en una bóveda elevada sobre el suelo y cons- 
truida las más de las veces de un solo ladrillo de espesor y mal repellada; este sistema, 
el menos científico de todos, no sólo ofrece el peligro de la difusión de gases á través 
del ladrillo y de las grietas, sino que retarda indebidamente la descomposición y tras- 
formación del cadáver. 

Nuestros antepasados no sólo no hacían estudio del terreno, sino que escogían 
para cementerios, siguiendo una antiquísima usanza cristiana, observada aún hoy en 
muchos pueblos de Europa, el terreno alrededor de las iglesias: es decir, los situaban 
en el centro de las poblaciones. De ahí que fácilmente penetraran las materias orgánicas 
en descomposición hasta el subsuelo, envenenando el agua de los pozos artificiales, y 
que los gases saturaran el aire de .las poblaciones. 

Este abuso fué abolido desde principios del siglo pasado. Una Real Cédula de 
1792 pide informes á todas las autoridades de las Indias para ver si era posible retirar los 
cementerios de las igle.sias y por Real Orden del 6 de Noviembre de 1813 se mandó reti- 
rarlos definitivamente y hacer cementerios cercados fuera de las poblaciones. Esta orden 
fué cumplida en Costa Rica con admirable prontitud; y en Setiembre del año siguiente 
comunica el Gobernador Ayala al Capitán General de Guatemala una nómina de las 
poblaciones donde los cementerios ocupaban ya su lugar en despoblado; muchos habían 
sido hechos provisionalmente y se ofrecía hacerlos permanentes durante el verano 
siguiente. La villa de Alajuela tenía camposanto cerrado de tapia desde su funda- 
ción; los pueblos de Bagaces y las Cañas los tenían hechos de piedra desde muchos años 
antes; todos tres fuera de poblado. Sólo faltaba retirar, en toda la provincia de Costa 
Rica, el camposanto del pueblo de Boruca; por estar muy distante este pueblo, no se 
había podido ejecutar la orden; esto se hizo sinembargo en aquel mismo año de 1814; á 
Esparza se le reiteró la orden de dar cumplimiento inmediatamente á lo dispuesto. 

De modo que del año de 18 14 para acá tuvieron sus cementerios fuera de la ciudad 
además de Alajuela, Bagaces y las Cañas, que los tenían desde antes, Cartago, Heredia, 
San José, Ujarrás, Escasú, Barba, Pacaca, Aserrí, Curridabat, Tres Ríos, Cot, Quircot, 
Tobosi, Orosi, Térraba, Boruca y Tucturique. Muchos de éstos estaban aún cerrados 



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REVISTA DE COSTA RICA 



por simples cercas y el Gobernador exigió á los pueblos correspondientes, como Heredia 
y Ujarrás, que en el verano siguiente debía procederse á cerrarlos con paredes. 

Esta innovación no dejó de tener sus opositores, principalmente entre los sacer- 
dotes y por causas religiosas. Pero el Gobernador Ayala era un hombre sumamente enér- 
gico, como se ha visto por la rapidez con que hizo ejecutar una reforma tan radical y en 
un país cuyas poblaciones se hallaban tan diseminadas y tan distantes de la capital. En 
Heredia murió en ese tiempo el cura, y se creyó permitido hacer una excepción, dándole 
sepultura en la iglesia de aquella ciudad. Ayala, sin embargo, exigió cuentas á los Alcal- 
des de Heredia por tal infracción á la soberana disposición que ordenaba el entierro de 
toda persona, sin distinción, en los lugares destinados á ese objeto. Igualmente preten- 
dió el pueblo de la Unión de Tres Rios trasladar otra vez su camposanto al lado de la 
Iglesia en 1825, y el Poder Ejecutivo ordenó al Jefe Político Superior impedir este abuso 
en aquel pueblo y en otros que también lo intentaban. 

La antigua costumbre de los velorios de ánimas en las casas ó en las iglesias fué 
prohibida en 1828 y se dispuso que éstos se hiciesen en una capilla especial que cada 
pueblo debía construir en su camposanto. También pretendió la Asamblea Constituyente 
que se exigiese la conducción del cadáver á la capilla inmediatamente después de la 
muerte; el Poder Ejecutivo vetó sinembargo esta disposición, pues el tiempo acostum- 
brado de 24 horas de permanencia del cadáver en la casa era necesario "en muchos 
casos en que la caridad y la humanidad exigen la aplicación de todos los recursos para 
restablecer el paciente." 

Por el decreto del 3 de Julio de 1845, fué unido el cementerio de San José al 
Hospital de San Juan de Dios bajo la administración de una Junta de Caridad. Se 
procedió entonces á trasladar el camposanto al lugar (jue hoy ocupa, y á rodearlo de una 
muralla de cal y canto, trabajo que no se concluyó hasta 1862. Se estableció un impuesto 
de sepultura en aquel cementerio á favor de la Junta de Caridad. 

Los cementerios estaban colocados bajo el dominio de la Iglesia, y en tales cir- 
cunstancias se comprende que tuvieran un carácter religioso católico; en ellos eran 
sepultados por consiguiente sólo los que en vida habían profesado esta religión, lo que 
desde temprano dio motivo á diferencias entre el Gobierno y el Cabildo eclesiástico, por 
ejemplo, en 1839, con motivo de negarse la Curia á dar sepultura al cadáver de un 
disidente extranjero que i)ermaneció insepulto durante más de 50 horas, mientras que la 
Nación estaba comprometida en el sentido contrario por un tratado con los Estados Unidos. 

Vale la pena de copiar acjuí la nota del (Gobierno, que resolvió la consulta y obje- 
ciones del Ciudadano Padre Vicario Eclesiástico del Estado, la cual honra á acjuellos 
liberales de corazón (pág. 119, 120 y 121, Colección de Leyes, tomo VI): 

**San José, Junio 26 de 1839. — C. Padre Vicario Eclesiástico del Estado. — Di 
cuenta al Jefe Supremo de la consulta i\ue hace U. en 24 del corriente, relativa á la 
dificultad (|ue se le presenta para cumplir con las disposiciones canónicas que hablan 
de Cementerios, á causa de (jue por ellas mismas no pueden sepultarse los cadáveres de 
católicos en lugares donde se hallen depositados los de otras creencias: y en su vista me 
manda contestarle: que la ley 8" título 13 partida i* es la única disposición prohibitiva 
que se encuentra en los Códigos Civiles, que por los tratados con Norte América de que 
le acompaño un ejemplar, se halla alterado al artículo 13: y (¡ue en esta parte las resolu- 
ciones canónicas comprendidas en el libro 3" tít. 28 de las decretales, en el libro 3" tít. 13 
del Sesto, en el libro 3" tít. 7" de las clementinas, y en el libro 3'' tít. 6" de las extrava- 
gantes comunes, solamente se refieren á usureros descomulgados, ladrones de cosas santas, 
etc.; mas no hablan de aíjuellos hombres que hubiesen profesado otras creenciíis: y aun 
en el caso de que los comprendiesen, en ninguno pueden anteponerse á las disposiciones 
civiles; porque no siendo en puntos de fé, ó que toquen al nervio de la diciplina, son 

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Don Juan Mora Fernández 



EN EL SIGLO XIX 



secundarias para en defecto de resoluciones propias de la nación. Es tan sagrada la fé 
de los tratados, que cualquiera alteración por pequeña que sea puede ser origen de gran- 
des males: y así como los Centro americanos miran con respeto los restos finales de la 
humanidad, así los extra ngeros veneran hasta el punto de superstición los huesos de sus 
muertos; de manera que no debe considerarse muy pequeña cosa la estipulación 13 de 
los citados tratados; y mayormente cuando por el art. 33 de los mismos su duración es 
perpetua. — Las leyes son las que en todo caso obligan al común de los ciudadanos, al 
empleado ó funcionario público, y aun á las Autoridades Supremas del Estado; no las 
doctrinas confusas de Casuistas ni la rigidez de algunos autores escrupulosos en su 
moral, que por dirigir la conciencia de un Cura, lo conducen muchas veces á errores 
perjudiciales, tal vez á la misma moral. Los hombres deben mirarse siempre como hom- 
bres: en todos tiempos sus huesos han santificado el lugar donde están depositados; y las 
bendiciones Eclesiásticas de los Cementerios, son puramente establecidas para hacer más 
respetables aquellos lugares. ¿De qué influye, pues, en este respecto el cadáver de un 
protestante, ó de cualquiera otro hombre que no sea católico? ¿Dejó por eso de ser hom- 
bre? ¿Fué en él un crimen el error de sus padres? ¿Tuvieron estos la culpa en no ser 
educados bajo el culto católico? Jesucristo fué tolerante, y este distintivo del maestro han 
olvidado sus dicípulos: es preciso, pues, que recordando las virtudes del fundador del 
cristianismo, lejos de cultivar en el pueblo la ignorancia, hagan que jamas se desvíe de los 
sentimientos de la humanidad. — Lo expuesto me ha ordenado el Jefe Supremo contestar 
á U., para que no solo en esa Parroquia, sino en todas las del Estado arreglen los Curas 
sus procedimientos, y no se repita otra vez el horroroso escándalo de tener insepulto un 
cadáver mas de cincuenta horas por disputas insustanciales; previniendo al mismo tiempo 
la circulación de esta orden. — D. U. L. — Rafael G. Escalante." (♦) 

Resultado de estas dificultades fué la fundación de un cementerio protestante en 
San José; en 1870 se ordenó también que en las cabeceras de provincia se establecieran 
panteones para la inhumación de los cadáveres de nacionales y extranjeros disidentes, 
disposición que no fué ejecutada. Pero no sólo la confesión religiosa era motivo de 
diferencias entre el Gobierno y el Clero; también se negaba éste á dar sepultura á cató- 
licos suicidas, excomulgados, muertos en duelo, etc.; la oposición de la Curia á 
admitir el cadáver del que fué Ministro Doctor don Eusebio Figueroa en el cementerio 
de Cartago, á causa de haber muerto en un duelo y á pesar de haber sido Figueroa un 
buen creyente en vida, motivó en primer lugar el decreto de secularización de todos los 
cementerios de la República el 19 de Julio de 1884; enseguida se emitió el Reglamento 
de cementerios que actualmente rige. 

• 
# • 

Nada hay para la vida de una población más necesario que la fácil y abundante 
provisión de agua potable; es para las ciudades tan necesaria como el alimento para 
el individuo. De la cantidad y calidad del agua potable depende, en primer término, 
el desarrollo y la prosperidad de una población. Es natural, pues, que cada vez que el 
hombre escoge el lugar.de su residencia permanente, sea que se trate del civilizado euro- 
peo, sea que nos fijemos en la tribu más bárbara de la Oceanía, lo que más le preocupa 
es la provisión del agua. 

Costa Rica, con su suelo asaz quebrado y montañoso, no ha sido tan bien 
dotado de la naturaleza, que no le concedió grandes lagos ni caudalosos ríos que fomen- 
taran el tráfico; en cambio, su suelo está regado, en su parte más poblada, por innumerables 

(*)— Se ha respetado la ortografía del texto. 
TOMO I 209 27 



REVISTA DE COSTA RICA 



riachuelos que se cruzan en todas direcciones fertilizando sus terrenos y brindando á sus 
habitantes su más precioso elemento de existencia y de trabajo; el número de estos 
afluentes es tan extraordinario, que causa la admiración del extranjero, pues pocos países 
están tan bien regados naturalmente como el nuestro. 

Sin embargo, debido á que todos los ríos de Costa Rica han excavado profundos 
surcos en nuestro suelo y á que la excesiva humedad del clima no permite construir las 
habitaciones en las bajuras, las ciudades han tenido que situarse á una prudente distancia 
de ellos, lo cual ha dificultado extraordinariamente la conducción del agua al interior de 
las ciudades; ha sido preciso, pues, ir á buscar el agua á grandes distancias para poderla 
conducir por largas zanjas ó acequias hasta la altura que ocupan las poblaciones. Este 
sistema de canales abiertos, aunque no pasen por poblado, tiene que hacer el agua 
impropia para el consumo del hombre, por las impurezas que recibe y arrastra en su 
largo trayecto. De modo que el agua conducida por las atarjeas á las ciudades no ha 
logrado dotar á éstas de buena agua potable y casi ha sido necesario emplearla única- 
mente para los demás usos domésticos. Ha habido necesidad, conforme las ciudades han 
adquirido alguna importancia, de abrir pozos artificiales en las casas ó, en los últimos 
tiempos, recurrir á la costosa construcción de cañerías. 

Algunas ciudades, sin embargo, como Cartago y Alajuela, han gozado de la 
inmensa ventaja de tener en su inmediata cercanía manantiales de exquisita agua potable, 
de la cual se sirvieron hasta que les llegó la época de imitar á la capital, construyendo 
sus cómodas pero imperfectas cañerías, con lo cual no han obtenido por cierto progreso 
alguno en el sentido higiénico. 

La Capital ha sido menos favorecida por la naturaleza, si bien está situada entre 
dos ríos; para proveerla de agua abundante hubo necesidad de traerla por canales abier- 
tos desde una distancia de más de dos leguas. Este trabajo, que fué ejecutado á mediados 
del siglo xviii, bajo la Gobernación de don Cristóbal Ignacio de Soria, cuando San 
José no era más que un caserío pobre y sin importancia, presentó enormes dificultades. 
Más tarde fué necesario ampliar la obra y conducir el agua á cada una de las casas que 
aun carecían de ella. Inició la idea don Tomás de Acosta en 1802 é hizo seguir una 
información para establecer la necesidad de la conducción de las aguas, calcular su 
costo y estudiar el modo de requerir los medios de su ejecución. Las personas pudientes 
de San José no secundaron eficazmente la construcción de una obra que á ellos mismos, 
más que á nadie, traía provecho; la contribución creada para este objeto, en 18 15, fué 
cubierta únicamente por los pobres, mientras íjue las personas acomodadas contribuyeron, 
en suma, con 15 pesos y 3 reales (!). Por los nños de 1820 fué concluido el trabajo; las 
aguas, conducidas desde lejos hasta la ciudad, se distribuían aquí en varias acequias que 
recorrían una por una todas las casas, surtiéndolas de acjuel elemento para todos los 
usos ordinarios. Para obtener agua potable se acostumbraba en casa de los más pudientes 
filtrarla á través de una pila de piedra esponjosa, (jue se consigue en las inmediaciones 
de San José Estos filtros toscos, (pie hoy todavía se encuentran en muchas casas, eran 
sin embargo, más eficaces que los filtros artificiales modernos, pues la cantidad de bacte- 
rias (jue estos dejan pasar, es mucho mayor que en aquéllos. 

Flste sistema de aceíjuias que pasan por todas las casas de una población, que es 
el que hoy se tiene en todos aquellos puntos adonde aun no se ha podido llevar la cañería 
y que á pesar de ésta se conserva todavía en Heredia, Cartago y Alajuela, estando abolido 
en San José, tenía grandísimas ventajas, cuya ausencia puede notarse hoy en la Capital. 
Como las aceijuias eran caudalosas, ellas sustituían de un modo casi perfecto el sistema 
de desagües subterráneos ó cloacas, usado en las ciudades de Europa; ])or ellas discurrían 
las aguas pluviales y las de los desagües de las cocinas y lavanderos sin dar lugar á empoza- 
mientos ni á la descomposición de los residuos orgánicos. Las acequias se encontraban 

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EN EL SIGLO XIX 



por lo regular alejadas de los cuartos de habitación y no ejercían por consiguiente 
ningún mal efecto á causa de la humedad. El agua traída por este sistema no era bebible, 
es cierto, pero por medio de los filtros mencionados se la podía hacer apropiada para el 
consumo. En Cartago se disponía además para este objeto, de los pozos artificiales. 
Después que en San José se introdujo la cañería, se cometió el error de cegar las ace- 
quias, sin cuidarse de construir cloacas, con lo cual quedó la ciudad sin más desagües 
que los arroyos de las calles; por éstos discurren hoy no sólo las aguas pluviales, sino 
también toda clase de sedimentos orgánicos, residuos de los alimentos y otras clases de 
inmundicias, arrastradas únicamente por la exigua cantidad de agua de la cañería, 
derramada en el interior de las casas. Estas sustancias á veces se estancan en aqurllas 
partes de la ciudad que tienen poco declive; pero aun sin necesidad de esto, la poca 
cantidad de agua permite que las sustancias orgánicas se descompongan á la acción del 
sol de nuestros trópicos, produciendo á veces un olor insoportable en las calles de la 
Capital, además dt-l feo aspecto de sus canales sucios. El desagüe, desde la cocina y los 
patios interiores hasta los canales de la calle, tiene lugar por lo común por debajo de 
los aposentos, aumentando así la humedad de las habitaciones y t- xponiendo á sus habi- 
tantes á la acción de las emanaciones perjudiciales. La diferencia del aseo de las calles 
en San José y en l;is otras ciudades, que tuvieron el buen sentido de conservar sus ace- 
quias, demuestra mejor que todo argumento lo dicho aquí. 

El proyecto de dotar á San José de una cañería comenzó desde la administración 
de don Juan R. Mora, quien vendió una gran parte del potrero de Las Pavas, pertene- 
ciente á San José, para destinar su producto á aquel fin, é hizo un contrato con dos em- 
presarios para proceder á su ejecución; pero después de haber llegado mucha parte del 
material necesario, la prosecución del proyecto se paralizó, por haberse suscitado dife- 
rencias entre el Gobierno y los empresarios. En virtud de ejecutoria judicial se le adju- 
dicó al Gobierno todo aquel material por una suma de más de $ 19,000-00, siendo cedido 
á la Municipalidad, con promesa del Gobierno de hacer venir lo restante por medio de 
una contribución obligatoria entre los vecinos de San José (1864). En 1865 comenzóla 
obra con la construcción de los estanques y en 1867 se empezó á distribuir la tubería 
por la ciudad, lo que se concluyó en 1869, costando cerca de 70,000 pesos todo. 

El agua para surtir estos estanques se trajo á costa de grandes sacrificios desde el 
río Tiribí, á dos leguas y media de San José, conducida por una zanja abierta en el puro 
suelo y que recorre diferentes caseríos antes de llegar á la Capital. A su paso recoge esta 
zanja las aguas pluviales de los campos, de los caminos y de los interiores de las casas 
rurales; en su largo trayecto las aguas se utilizan para tod.i c'ase de necesidades de los 
habitantes, entre otras para el lavado de ropas; y hasta animales muertos, grandes y 
pequeños, se encuentran con frecuencia en ella. Los estanques situados en una altura de 
las inmediaciones de San José, no están construidos de manera que el agua sea filtrada 
antes de distribuirse en la tubería, sino que es limpiada de un modo imperfecto por 
decantación en un sistema de pilas situadas en gradería. El agua que llega por consi- 
guiente á las casas de San José, es bien sucia y á veces de un olor insoportable por la 
descomposición. Esta circunstancia, unida á la de que las acequias fueron abolidas tan 
pronto como se construyó la cañería, sin sustituirlas por un buen sistema de cloacas para 
el desagüe de la ciudad, de modo que á ésta le entra diariamente una buena suma de 
suciedad sin tener una expedita salida, ha hecho que la cañería implique un retroceso en 
el sentido higiénico, si bien no en el de la comodidad. Si áesto agregamos que el aumento 
de población ha encarecido el terreno, en que están ubicadas las habitaciones, tendremos 
que la ciudad de San José es hoy la de peores condiciones higiénicas en Costa Rica. 

El ejemplo de San José fué seguido bien pronto por las otras ciudades centrales. 
Cartago concluyó .su cañería en 1874, mediante una subvención decretada por el Con- 

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REVISTA DE COSTA RICA 



greso y aumentada por el Ejecutivo. Heredia en 1879 y Alajuela en 1880, concluyeron 
las suyas, apoyadas por el Gobierno. Si bien estas cañerías adolecen de los mismos 
defectos que la de San José en cuanto á la conducción hasta los estanques, el 
agua es sinembargo algo más limpia, y la circunstancia de haberse conservado el sistema 
de acequias para el desagüe de la ciudad, como valioso complemento de la cañería, ha 
hecho que esta innovación en Cartago, Heredia y Alajuela no produjera los funestos 
resultados que en la Capital. Sin embargo, antes de poseer la cañería, usaba Cartago el 
agua pura de sus pozos artificiales, Alajuela la del manantial de La Maravilla y Heredia la 
de sus acequias, caudalosas hasta el extremo de ser peligrosas. Estas aguas eran indudable- 
mente superiores, para el consumo del hombre, á las de sus actuales cañerías sin filtros. 

En el último año del siglo se concluyó la cañería de Liberia con grave perjuicio 
de sus habitantes. El suelo arenoso y seco de esta ciudad era una garantía de salubridad. 
Se estableció allí la cañería del mismo modo que la de San José, sin construir previamente 
las cloacas ó cualquier otro sistema de desagües que facilitara la salida del agua que se 
iba á introducir. Esto hizo que el suelo plano de Liberia, de seco se trocara en suma- 
mente húmedo y que por todas partes se vieran los depósitos de agua estancada, los 
cuales, expuestos al ardoroso clima del Guanacaste, se constituyeron pronto en fértiles 
focos de infección. No podríamos resolver de pronto hasta qué punto esta innovación 
habrá favorecido la aparición por primera vez en aquella ciudad de la fiebre amarilla 
que la está diezmando en estos momentos. 

En 1899 se concluyó la cañería en el puerto de Limón, donde sí se tuvo cuidado 
de construir anteriormente un sistema de canales subterráneos de mampostería ó cloa- 
cas (las únicas que existen en Costa Rica). Otro grave inconveniente se ha presentado, 
á pesar de eso, en esta ciudad, cual es el de no poseer la cañería una cantidad de agua 
suficiente para limpiar el interior de las cloacas que, debido al terreno plano y de poca 
altura sobre el nivel del mar, no tienen suficiente declive. De aquí que haya allí una acu- 
mulación y descomposición de su contenido, cuyos gases salen al exterior por los respi- 
raderos de las cloacas. 

Vemos, pues, por estos datos que la introducción de las cañerías en Costa Rica 
ha estado lejos de producir los benéficos resultados de esta clase de empresas en otros 
países, que si bien la provisión cómoda y en abundancia de agua potable es indudable- 
mente un gran pogreso, su ejecucióu imperfecta en Costa Rica ha constituido un retroceso 
en el sentido higiénico, probando una vez más la sabia regla de conducta de que toda 
medida provechosa ejecutada á medias puede ser más nociva que no ejecutada. 

En cuanto á fuentes naturales de aguas medicinales, poco tenemos que decir. 
A pesar de que Costa Rica posee en su seno unas veinte fuentes termales y siete de agua 
mineral conocidas hasta hoy, á pesar de que la fuente termal de Agua Caliente cerca de 
Cartago fué descubierta desde fines del siglo xviii por el Gobernador don Juan Flores, 
quien hizo construir allí una muralla para contener el río, un puente, una casita y dos 
pilas para facilitar el uso de aquella agua, es lo cierto que estas fuentes, de inestimable 
valor por su uso en Medicina, ( asi no han sido aprovechadas hasta hoy, si exceptuamos 
la tentativa de explotación de la fuent^í de Agua Caliente por los años de 18S5 X ^^ 
actual explotación, en pe(iueña escala, de las aguas del Salitral en Santa Ana, bajo el 
nombre de '*Apollinar¡s Nacional." 

Los demás ramos de Higiene Pública se encuentran en un estado de considerable 
atraso. Ya hemos visto que los desagües de las ciudades no existen ó son muy imper- 
fectos. Limón posee sus cloacas, pero sin agua suficiente para su limpieza. Alajuela, 
Heredia y Cartago tienen sus antiguas acequias, que si bien están abiertas, desempeñan 
bastante bien su función de recoger las aguas sucias de la ciudad, pero no pueden servir 
para el retiro de las materias fecales. San José no tiene más desagües que los arroyos de 

— 212 — 



EN EL SIGLO XIX 



las calles. El sistema de excusados usado generalmente en Costa Rica, es el mismo que 
se empleó desde los primeros tiempos, simples fosas cavadas en el suelo, y donde quedan 
depositadas las materias fecales hasta que con el tiempo llegan á llenarse las fosas; 
entonces se procede á cegar el excusado con tierra y á abrir otro en otro lugar. Esto es 
más d¡fí<:il de realizar en San José por la estrechez del terreno libre de las casas, por lo 
cual se ha empezado en los últimos tiempos á vaciar los excusados. Los mataderos 
públicos son lo más primitivo posible en los campos y en algunas ciudades: un simple 
galerón abierto por los cuatro costaiios. En San José se concluyó el último año del siglo 
un buen edificio de estilo moderno, si bien no llena por completo las exigencias de la 
higiene; así por ejemplo, el lugar del destace del ganado está pavimentado con piedra 
de granito de imposible desinfeción; este edificio no está todavía puesto al servicio. Las 
otras ciudades centrales, si bien poseen regulares edificios para mataderos, éstos están 
bien lejos de ser perfectos desde el punto de vista higiénico. En cambio, los mercados 
públicos de las ciuilades principales, que desde temprano han tenido la previsión de 
proveerse de ellos, llenan por completo el objeto de su destino; son afeados únicamente 
por la concentración en ellos de las ventas de carne, las cuales carecen por completo de 
la limpieza más rudimentaria. 

En cuanto á la construcción de las casas debemos consignar un retroceso en lo 
tocante á la higiene. Nuestro suelo en Costa Rica es sumamente húmedo, debido á la 
estructura del terreno y á las lluvias tropicales. Para neutralizar los efectos de la hume- 
dad, nuestros antepasados acostumbraban llevar los cimientos hasta una altura de una 
vara y media sobre el nivel de la calle; el interior de estas murallas se rellenaba de 
piedras redondas, que eran cubiertas después con una capa de cascajo y arenón; sobre 
éste se colocaba el pavimento de ladrillo. Este sistema de casas henchidas^ como decían 
ellos, disminuía en mucho la humedad del suelo, si bien no tan perfectamente como 
el de sótanos u.sado en otras partes. Hoy se construyen las casas con sus pisos al 
nivel de las calles ó á muy poca altura sobre el suelo, que permanece en su estado 
natural debajo <le los pisos de madera. No es extraño que todo el mundo se queje de la 
humedad de las casas, sin poner mano, sin embargo, á medios para evitarla. Este y 
otros defectos de nuestro modo de construir, tendrán que subsistir mientras el ciudadano 
tenga la libertad de hacerlo á su antojo, no sólo con grave perjuicio para su propia per- 
sona sino también con detrimento de la salud pública, de la higiene de la población 
entera. Es nece.sario, pues, que nuestra legislación disminuya la libertad individual en 
favor de la comunidad, en el sentido de que las construcciones particulares estén some- 
tidas á las prescripciones de las autoridades técnicas, no solamente en lo que toca á 
la alineación de las calles, lo único que hoy se hace, sino también en lo referente á 
la higiene y ornato públicos. Con ello nuestras poblaciones no harán más que ganar 
mucho en este doble sentido. Sin embargo, el defecto peculiar á las razas latinas, de 
exagerar la idea de la libertad individual, sobreponiéndola á los intereses de la comu- 
nidad, nos haré pensar q»ie la realización de estas reformas se encontrará aun por mucho 
tiempo en la categoría de los ideales. 

Respecto á la Higiene pública en general, poco se ha hecho durante el siglo (jue 
acaba de pasar ])ara hacer eficaz la vigilancia que el Supremo (jobierno de la Nación 
debe ejercer por medio de los centros técnicos subalternos. Casi .se puede decir que 
nuestros gobiernos se han limitado á la creación de Juntas de Sanidad en diferentes 
puntos del país, sin que ellas hayan llegado jamás á formalizarse, mucho menos á formar 
oficinas técnicas y de servicio constante por medio de un personal fijo. En los primeros 
años del siglo se formaban juntas provisorias como medio de combate cada vez que se 
presentaba una epidemia en el país. Estas juntas se componían naturalmente de personas 
incompetentes, en una época en que ni siquiera había médicos entre nosotros. En 1837 

— 213 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



se instituyó la primera Junta General de Sanidad que debía tener carácter permanente y 
que fué sustituida dos años después por varias juntas de Sanidaci de Partitio. Las funcio- 
nes de estas juntas fueron impuestas en parte á los médicos del pueblo, cuando en 1846 
se introdujo esta innovación, y en parte al Protomedicato instituido en 1857. 

Por fín el 23 de Junio de 1895 se procedió, durante el Ministerio del Doctor don 
Juan J. Ulloa G., á la fundación del primer centro científico de carácter permanente en 
materia de Higiene pública, el Instituto Nacional de Higiene de San José, con dos 
departamentos, uno para Bacteriología y otro para Química. Su principal misión consis- 
tía, según la ley de su fundación, en investigar bebidas, comestibles y medicamentos de 
naturaleza sospechosa para impedir sus adulteraciones y falsificaciones y, por último, en 
ayudar á los médicos en el diagnóstico bacteriológico, microscópico é histológico de las 
enfermedades. Este Instituto existe aún y presta excelentes servicios á los médicos 
aunque los efectos de su principal misión de mejorar el estado higiénico, principalmente 
respecto á los artículos de consumo, no se han dejado sentir aún en lo más mínimo. 



# 



Profesión médica v farmacéutica 

Durante toda la época de la Colonia, hasta los primeros años del siglo pasado se 
vio Costa Rica completamente piivada de los servicios de médicos y boticas, los cua- 
les eran desempeñados malamente por frailes y curanderos, que se servían de reme- 
dios caseros únicamente. Por corto tiempo residieron entre nosotros cinco médicos. El 
primero que ¡)isó nuestras playas fué el Doctor Esteban Courti ó Corti, médico y 
naturalista que vino allá por el año de 1781 y residió algunos años en Costa Rica, 
haciendo curaciones más ó menos asombrosas, en la opinión de nuestras gentes, y 
comunicando por todas partes sus conocimientos sobre las plantas medicinales. Tanta 
impresión hizo Courti sobre el pueblo, que se le tomó por brujo y fué preso y llevado á 
Guatemala para ser juzgado por la Inquisición. En 1806, fué enviado á Costa Rica por 
la Capitanía (ieneral de Guatemala el Licencia» lo en Cirugía don Manuel del Sol, 
miembro del Protomedicato, del cual se ha hablado en otra parte, para introducir entre 
nosotros el fluido vacuno y combatir las viruelas que estaban haciendo estragos. Residió 
dos años en Cartago y otros puntos del país, siguiendo luego para León de Nicaragua 
en igual misión. 

Por los años de 1825 á 1830 estuvieron en Costa Rica dos médicos, de los cuales 
sólo sabemos sus apellidos, un Flores y un Gutiérrez. Este último estaba también encar- 
gado de la propagación de la vacuna. En 1834 ó 35, cuando una compañía inglesa tomó 
á su cargo la explotación de las minas del Monte del Aguacate, vino á Costa Rica entre 
sus empleados el Doctor don Ricardo Brealey, (|ue permaneció varios años en este país. 

En ese período, que es el primero «le nuestra historia médica, tuvimos por consi- 
guiente sólo unas visitas cortas de algunos médicos. Por lo demás, vemos á Fray Pablo 
Bancos administrando el hospital rudimentario de Cartago y curando á otros enfermos 
como sus pocos conocimientos se lo permitían; al Padre Rafael Arnesto, acompañado de 
un em¡)írico, vacunando en Hagaces antes de la venida de don Manuel del Sol (ganaban 
dos reales por cada inoculación); al padre C. Benavides de curandero en Esparza (que 
curaba las mordeduras de toda clase de culebras, aplicando interior y exteriormente la 
hiél de víbora ó cascabela); á un em|)íric() nicaragüense que se daba el nombre de Doc- 
tor Crispín y recetaba entre otras cosas el '*caldo de zopilote;" á otro curandero en 

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EN EL SIGLO XIX 



Heredia que, según dice la crónica, era tan aferrado á un sistema de cierto autor que se 
titulaba *'I^a purga," que había entregado á la muerte á muchos infelices. Por los años 
de 1830 ejercía de médico, aunque no lo era, el Bachiller don Joaquín Sáenz, que parece 
haber poseído conocimientos suficientes. 

En vano los diferentes Gobernadores de Costa Rica reclamaban de continuo 
auxilio de médicos y medicinas á la Capitanía general de Guatemala, cada vez que se 
declaraba una de las frecuentes epidemias que en aquella época se presentaron en este 
país; el médico ofrecido para venir á distribuir el fiuído vacuno tardó más de veinte 
años en llegar, y permaneció entre nosotros, como hemos visto, sólo dos años. 

Cómo sería el resultado del irritamiento de los empíricos, cuando á pesar de no 
haber en el país ningún médico, se «Jaban medidas restrictivas severas contra el curande- 
rismo. En un bando remitido á Costa Rica por el Gobernador Urrutia, de Guatemala, en 
1 8 18 para su ejecución, se prohibía vender medicamentos ni materias venenosas, si no eran 
recetados por \o% profesores (que no existían), so pena de (juince días de arresto ó trabajo 
en obras públicas, además de la responsabilidad por los daños causados. La Junta de 
Sanidad de Heredia, creada para combatir la viruela, prohibía en 1833 el oficio de curan- 
dero sin permiso de la Junta, amenazando al contraventor con tres pesos de multa ó un 
mes de obras públicas con una carlanca al pie, ó bien, si se tratare de una mujer, dos 
meses de servicio en cocinas; en caso de reincidencia la pena era doble; á los curanderos 
facultados prescribíala Junta la receta que debían emplear; mientras la Junta procedía á 
facultar á los curanderos de cada pueblo, y éste debía contar con la asistencia y '''pocas 
luces'' de los inteligentes de su seno gratuitamente. En el mensaje que el Jefe del Estado 
dirigía á la Asamblea Legislativa en 1829 se dice: que si se compara el número de muertos 
con el de nacidos, en clima tan sano, se observará que el Estado pierde mucho progreso 
de su población, ya por la incuria y torpeza con que son tratados los enfermos y princi- 
palmente las parturientas, entre la gente ignorante y pobre, ya también por la bárbara 
indiferencia y abandono con que se mira entre las mismas gentes las enfermedades de los 
niños; cree el Poder Ejecutivo que esto se remediaría con establecer en las cuatro ciuda' 
des principales médicos ó facultativos con dotación bastante de los fondos municipales y 
una botica surtida por los mismos fondos, siendo deber del facultativo el instruir á las 
parteras en su operación y á algunos jóvenes que se apliquen ó dedique la Municipali- 
dad á ejercer la facultad en lo demás. 

En un expediente del año siguiente se encuentra un proyecto del Gobierno para 
destinar el sobrante de los fondos «lel Lazareto para dotar un facultativo, **que examinará 
las medicinas más conocidas para comprarlas y repartirlas á las municipalidades, que las 
darán gratuitamente á los pobres; el facultativo debe examinar y recetar gratuitamente á 
los enfermos desvalidos de cualquier pueblo, y en caso de gravedad asistirlos en cualquier 
pueblo, siempre que se le faciliten viaje y medios de hacerlo." Como se ve esto era un 
principio de la institución de las medicaturas de distrito, sólo (jU't no se tenían médicos 
para este cargo. 

Por los años de 1840 concluyó este desastroso estado de cosas, pues médicos 
extranjeros empezaron á radicarse en el país y costarricenses fueron á estudiar medicina 
al exterior. El primer médico que se estableció definitivamente en Costa Rica fué el 
Doctor don Nazario Toledo, de Guatemala, padre del actual médico de igual nombre, 
el cual vino en 1838 y más tarde fué el primer Protomédico. En 1839 ó 1840 siguió el 
francés Víctor Castella; en 1840 tuvimos por fin el primer médico costarricense, el Dr. don 
José M" Montealegre, quien regresó aquel año después de diez de permanencia en 
Edimburgo, donde estudió su profesióíi y que más tarde fué Presidente de la República. 
En 1843, dos costarricences más vinieron á aumentar el número de médicos, los Licen- 
ciados don Cruz y don Lucas Alvarado, que habían estudiado en Gutemala. De ahí en 

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REVISTA DE COSTA RICA 



adelante casi no ha habido un año en que uno ó más médicos no hayan ingresado al 
país y bien pronto ellos formaron un gremio respetable y la humanidad doliente tuvo 
los servicios y cuidados de que tanto tiempo había carecido. El cuadro del cuerpo médico 
que va adjunto al final de este artículo nos dará sus nombres. 

En 1846 se crearon el cargo de Médico del Pueblo de la provincia de San José 
y el de Inspector y conservador del fluido vacuno, cargos que se reunieron dos años 
después en una misma persona; y en 1847 se ordenó el establecimiento de Médicos del 
Pueblo en los departamentos, debiendo ser pagados por los fondos municipales; á esta 
última disposición se debe, sin embargo, que la medida quedara por mucho tiempo sin 
ejecución pues los municipios estaban demasiado pobres para dotar un médico. 

En 1849 vino al país el primer farmacéutico graduado, don Fermín Meza y en 
1 85 1 el Decano de nuestros médicos existentes hoy, el Licenciado don Andrés Sáenz, 
costarricense, que estudió en Guatemala. 

Al fundarse en 1843 la Universidad de Santo Tomás en San José, se tuvo la 
intención de dotarla de las diferentes facultades de que ella debe componerse, pero no 
fué sino en 1849 cuando se creó una Escuela de Farmacia y en 1850 la Facultad de 
Medicina, de la cual debían ser miembros los médicos residentes entonces en Costa Rica 
en número de nueve. Estas disposiciones no se tradujeron naturalmente á la práctica. 

En 1857 se creó la institución del Protomedicato de la República ó sea un cuerpo 
consultivo, para todos los asuntos de la Higiene pública, y administrativo en lo tocante 
á la incorporación y la disciplina de los médicos, dentistas y farmacéuticos del país. Su 
personal, que se nombró el 4 de Enero de 1858, estaba compuesto de los señores Dr. 
don Nazario Toledo y Licenciados don Bruno Carranza, don Lucas Alvarado, don 
Andrés Sáenz y don Manuel M" Esquivel; su reglamento se dio el 15 de Junio siguiente. 
Existían ya entonces 24 médicos en la República y 8 boticas en San José. 

Esta institución del Protomedicato ha existido, con varias reformas, hasta hoy, 
trasformándose, sin embargo, varias veces, en lo que aquí hemos dado en llamar Facultad 
de Medicina, con lo cual no ha habido más que un cambio de nombres. 

Por los años de 1874 se dieron algunos cursos de Medicina en la Facultad y 
práctica médica en el Hospital de San Juan de Dios de San José. Resultado de esta 
enseñanza fueron las aprobaciones de don Cirilo Meza como Licenciado en Medicina y 
de don Francisco Madriz como farmacéutico en 1877. 

La lucha (jue el genio médico ha tenido en todos los tiempos contra el curan- 
derismo, ha sido completamente infructuosa; si bien es cierto que en esto una parte de la 
culpa cabe al Protomedicato, la principal, sin embargo, depende de la poca voluntad de 
las autoridades civiles. Durante las administraciones del General Guardia y del General 
Fernández, á pesar de las persecuciones del Protomedicato contra el enorme número 
de curanderos, se dio patente de empíricos^ con licencia para curar, á un buen número de 
ellos, sin que el Gobierno exigiera garantía alguna de parte de los agraciados, casi todos 
de una ignorancia extrema (en 1882 y ^7^ no más se autorizaron cinco empíricos). Es 
cierto que se trataba de licencias circunscritas á determinados circuitos donde se carecía 
por completo de médicos, pero sabido es que esta clase de restricciones nunca se respeta 
y por otra parte el pueblo ha adquirido una mala enseñanza, difícil hoy de exterminar. 
P2n vano se ha recurrido repetidas veces á los tribunales, tanto de parte del Protome- 
dicato como de particulares, con acusaciones criminales contra los abusos y delitos de 
los curanderos, cada vez que los auxilios de estos parásitos de la profesión médica han 
sacrificado alguna vida, lo (¡ue por desgracia es bien fi*ecuente; pero, duro es para el 
historiador tener que consignarlo, nunca ha faltado la protección de alguna persona 
elevada ó de las clases educadas ó bien de las mismas autoridades encargadas de velar 
por la salud pública, para sacar de manos de la Justicia al delincuente. En 1887 el Pro- 



— 216 — 




Don José BaM de (Gallegos 



EN EL SIGLO XIX 



i- rnedicato quiso poner fin á este estado de lamentable atraso, canceló todas las paten- 
L js de empíricos concedidas hasta entonces y no las volvió á conceder en adelante; con 
io cual lo único que se consiguió fué que ahora los empíricos practican su oficio sin 
licencia; por lo demás, su negocio sigue siendo lucrativo y amparado, no por la ley, pero 
sí por algunos guardianes de ella. En 1889 hubo necesidad de que el Protomedicato en 
cuerpo pusiera su renuncia por no haber podido obtener la persecución de un charlatán 
que hacía extracciones de tenias, aun en los casos en donde éstas no existían (!). 

En este sentido la trasformación del Protomedicato nombrado por el Ministerio 
respectivo en Facultad de Medicina elegida por los médicos, ha sido ún paso dado hacia 
atrás. Es natural que una corporación, cuyos miembros son elegidos por la parte inte- 
resada, tiene menos autoridad y menos posibilidad de hacerse respetar por los funciona- 
rios civiles, que un centro nombrado por el Ministerio, como su subalterno y con carácter 
de autoridad pública. A la facultad de Medicina se le han dado vastas atribuciones 
administrativas, sin que ella tenga medios de hacer cumplir sus disposiciones. 

Esie estado de cosas tendrá que subsistir mientras los asuntos de higiene pública 
de administración médica, de disciplina, etc., no sean manejados por una dependencia 
directa del Ministerio, que pueda hacerse respetar. 

Otra lucha de distinto carácter ha tenino que sostener el cuerpo médico costarri- 
cense desde 1890 hasta 1900. La falsa interpretación dada por el Gobierno á un tratado 
celebrado con España, hizo que gran número de médicos de la entonces colonia espa- 
ñola de Cuba pudieran venir á ejercer libremente su profesión en Costa Rica sin sujeción 
á exámenes previos, como debían rendirlos todos los extranjeros de las demás naciona- 
lidades y aun los mismos costarricenses; sin que hubiera en reciprocidad iguales ventajas 
para el costarricense en España. Treinta y dos médicos, cubanos y españoles, que apro- 
vecharon esta franíjuicia, vinieron á hacer al médico del país ardua la lucha por la 
existencia, llegando el número de médicos á cien en una nación que apenas cuenta con 
300,000 habitantes. Y no fué éste el único mal causado por aquel tratado; no habiendo 
la garantía de legitimidad que da un examen, fué fácil á muchos proveerse de un título 
más ó menos indebido, con el cual pudieron ejercer libremente su oficio de curanderos 
entre la gente sencilla de los campos. Aun más, las simpatías por el pueblo de Cuba, que 
luchaba entonces por su independencia, fueron motivo para que se creyera como un 
deber el dispen.sar toda protección á los médicos cubanos, á quienes se dieron los car- 
gos de Médicos de circuito, que se habían creado en 1894, siendo hoy difícil para 
los hijos del país conseguir aquellos puestos. El tratado en cuestión estipulaba que los 
españoles en Costa Rica y los costarricenses en España practicarían libremente su pro- 
fesión, con arreglo á las leyrs del pais. Esta cláusula parecía eximir de todo examen de 
incorporación, pero la última frase debía haber evitado esta falsa interpretación. En 1900 
pretendió un médico costarricense establecerse en España, pero se le exigió examen, 
explicándole la verdadera significación del tratado, con lo cual concluyó en Costa Rica 
aquella anomalía. 

El 29 de Agosto de 1895 se trasformó el Protomedicato en Facultad de Medicina, 
Cirugía y Farmacia, á la cual están sujetos los médicos, farmacéuticos, dentistas y 
obstetrices, debiendo tener un carácter oficial docente y consultivo. Este cuerpo resol- 
vió por de pronto empezar á publicar un órgano mensual, científico médico, lo que se 
llevó á cabo apareciendo el i? de Mayo de 1896 el primer número de la "Gaceta 
Médica de Costa Rica," que aun se publica con regularidad (en 1880 se había resuelto 
igual cosa, pero sólo un número se llegó á publicar). 

El 8 de Febrero de 1897 se acordó por el Poder Ejecutivo la fundación de la 
Escuela de Farmacia en San José, bajo la dirección de la Facultad, y se le dio su regla- 
mento, principiando el 10 de Marzo las clases. El 22 de Enero de 1900 se graduaron 

TOMO I — 2r7 — 28 



REVISTA DE COSTA RICA 



los cinco primeros farmacéuticos de esta Escuela nacional, habiéndoseles dispensado un 
año de los cuatro que prescribía el Reglamento. 

Ya en 1882 se había intentado fundar una Escuela de parteras en San José, lo que 
era de imperiosa necesidad, pues no había en todo el país una sola obstetríz graduada, 
y desempeñaban este oñcio mujeres del pueblo, tipos de la más crasa ignorancia, las 
cuales han producido, si esto es posible, más daños aún que los ' mismos curanderos. 
En aquel año se eligió al Dr. M. Bansen para dar las clases de Obstetricia á las 
alumnas que se presentaran; pero no hubo ninguna matriculada, por lo cual la escuela 
quedó en proyecto*. Por fin, en Abril de 1900, logró la Facultad, después de una tentativa 
infructuosa del año anterior, abrir las clases de la Escuela de Obstetrices con nueve 
alumnas, escuela que sigue prestando sus servicios y de la cual pronto saldrán las 
primeras graduadas. En Novienbre de este mismo año consiguió la Facultad, auxiliada 
por el Hospital de San Juan de Dios y por varios particulares, abrir en este hospital 
un departamento de maternidad, donde las alumnas de la escuela tendrán su ense- 
ñanza práctica. 

Otro de los grandes méritos adquiridos por la Facultad de Medicina consiste en 
la fundación (1899) de un Concurso Médico Científico Nacional, para premiar cada 
año el mejor trabajo sobre temas médicos determinados y otros sobre temas libres. El 7 
de Enero del año siguiente se adjudicó el primer premio al trabajo "Higiene de la 
Infancia en Costa Rica;" el único que se presentó al concurso, el Dr. don Benjamín de 
Céspedes, obtuvo el premio de una medalla de oro. Este libro, un tomo de 250 páginas, 
cuya publicación se hizo de cuenta de la Facultad, es la primera obra médica publicada 
en Costa Rica. El segundo concurso (1900) tuvo por tema: "Higiene de las habitacio- 
nes y del agua en C. R.;" hicieron oposición, por una parte los señores Dr. don Gerardo 
Jiménez N. y su hermano ellngeniero don Enrique Jiménez N. en colaboración, quienes 
obtuvieron el primer premio; y por otra parte, el Dr. don Marcos Rodríguez, quien tuvo 
un segundo premio (medalla de plata). La primera de estas obras se halla en prensa. 



Cuadro de los Médicos, Farmacéuticos, Dentistas v Orstetrices 

DE Costa Rica en el siglo xix 



1806 — Lie. Manuel del Sol 
1325-30 — Dres. Flores y Gutiérrez 
1834 ó 35 — Dr. Ricardo Brealey 
1838 — Dr. Nazario Toledo (padre) 
1840— „ Víctor Castella 

„ José M* Montealegre 
1843 — Lie. Cruz Al varado 

„ Lucas Alvarado 
1844 — Dr. Eduardo W. Trotter 

„ Francisco Clark 
1845 — „ Santiago Cortés 
1847 — Lie. Bruno Carranza 
1849 — Dr. Santiago Bourdon 
Lie. Jesús Jiménez Z. 



1849 — Farm. Fermín Meza 
1850— „ Marqués Lafayette Hiñe 

Dr. Jorge Guier 
1 85 1 — Lie. Andrés Sáenz 

„ Manuel M* Esquivel 
Farm. Juan Braun 
1854 — Dr. Alejandro von Frantzius 
„ Carlos HofTmann 
Dent. Guillermo H. Hogan 
Dr. Antonio Pupo 
ig55 — Lie. Francisco Bastos 
1856 — Dr. Guillermo Yoos 
„ Félix Olivella 
„ Kpaminondas Uribe 



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EN EL SIGLO XIX 



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1864— 



1865— 
1866— 



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1856 — Dr. Juan Echeverría 

Lie. Lucas Ángulo 
1858— Dr. Adolfo Carit 

„ José Ventura Espinach 
1859 — „ Salvador Riera 
1860— Lie. Toribio Rojas 

Dr. Enrique Angenot 

1 86 1 — „ Carlos J. de Silva 
„ Pedro Reitz 

1862 — „ Enrique Rochas de la Tour 
Dent. Juan E Serrano 

M. E. Raub 
J. Nemesio Guevara 
J. C. Ledyard 
Carlos H. van Patten 
1863 — Dr. Francisco Alvarez 
,, Víctor Dujardin 
José Sporri 
Cayetano Bosque 
Carlos Meyer 
Mariano Padilla (padre) 
Mariano Padilla Matute 
Joaquín Romero 
Teodoro Wasmer 
Dent. Vicente Castro 
1867 — Dr. Luis Alfredo Rodríguez 
Hilario Zeledón 
Dionisio N. Hurtel 
„ Francisco Se greda 
1868 — Farm. Cirilo Meza 

Ocul. Francisco Castaing (se incor- 
poró en 1870) 
1869 — Dr. Nazario Toledo (hijo) 

„ Juan J. Flores 
1870 — „ Luis Martín de Castro 
„ José Frías 
Farm. Federico Muñoz 
Dent. Juan Madriz 
187 1 — Dr. Mariano Zanetti 
David Levkowicz 
Serapio Recio 
Rafael Zaldívar 
Rafael J. Morales 
José M* Jiménez 
Juan Escoto 
Rafael J. Flores 
Lie. Juan Padilla 
1873 — Dr. Gregorio Barrantes 
,. Rodolfo Al varado 
„ Jeremías 0*Leary 



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1876— 



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1872— 



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1873 — Dr. B. Vallarino 

Farm. Enrique Guier 
1874 — Lie. Valentín Ortiz 
„ Felipe Barraza 
Dr. Maximiliano Bansen 

Antonio Gil 

Federico de Arce 
Dent. J. M. Pasos 
Farm. Dr. Axel Shibbye 
1875 — Dr. Carlos Duran 

Daniel Núñez 

Basilio Marín 

Carlos J. Lordly 

José Ramón Boza 

Ramón Salinas 

Francisco Sagrini 

Leopoldo Wemer 

Policarpo Trejos 

Domingo Wangüemert 

Panfilo J. Valverde 

Abraham E. H untes 

Tomás M. Calnek 

Francisco Frisiani 

Otoniel Pinto 
Farm. Julio Frías 
1877 — Dr. Alejandro Roechi 

Rafael F. Hiñe 

Jenaro Ruca vado 
Lie. Cirilo Meza (antes farm.) 
Farm. Francisco Madriz 
1878 — Dr. Eugenio Michaud 

Lie. Francisco Mendoza 
1879 — Dr. Martín Bonefil 

Roberto Cortés 

Juan J. Ulloa G. 

Moisés L. Castro 

Julián Zamora 

Augusto Nonel 

José M* Castro F. 
Dent. Frank Comer 
1880— Dr. Julián Blanco 

Mauro Aguilar 

Manuel de J. Flores (1884?) 

Diego Robles 
„ Abel Santos 
Lie. Norberto Salinas 
Dent. Pedro F. de Castro 

Alfonso Wheeler 

Nicolás F. Meza 
1883— Dr. Juan M. Torres 



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REVISTA DE COSTA RICA 



1884 
1885 
1886 



Dr. Rogelio Cruz Pombo 
„ David G. Inksetter 
„ José M" Soto Alfaro 
„ Jesús Jiménez F. 
Dent. G. W. Cooke 
„ Felipe Gallegos 
,887— Dr. Alberto Borbón 
„ G. VV. Billing 
„ W. R. Bross 
„ Julio Corvetti 
„ Alex F. Pirie 
„ Elias Rojas 
,. José Gasteazoro 

1888 — „ Antonio Giustiniani 
„ F. H. Rockwell 

,, J. Eduardo Austin 

1889 — „ J. E. Jennings 

„ William H. Clousy 
„ Juan J. Parreño 

1890 — „ David J. Guzmán 

„ B. C. Núñez de Villavicencio 
„ Cristóbal Caicedo 
• „ Emilio Echeverría 
„ Pedro Pablo Nates 
„ José López (jodínez 
„ José López Cantillo 
„ Sergio Carballo 
„ Benjamín de Céspedes 
„ Eduardo J. Pinto 
Partera Esperanza de Siboni 
1891 — Dr. Mnrcos Rodríguez 
„ Martín Amador 
Dent. Francisco P. Valiente 
„ Pie. Celina Duval 
1892 — Dr. Juan M. Martínez 
„ Julio Interiano 
„ Henry H. Pirie 
„ Marcos Zúñiga 
„ Francisco E. Fonseca 
Dent. B. B. Bray 
„ M. J. P'ischel 
»» Jorge W. Cool 
„ J. von Lier 
1893 — Dr. Benjamín F. Taylor 
Santiago de Moya 
Miguel A. Velázcjuez 
Eduardo Uribe R. 
Dent. Octavio J. Silva 
1894 — Dr. Manuel Aguilar 

„ Juan A. López Cantillo 



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1894 — Dr. José R. Gallegos 

„ Fernando R. Vázquez 

„ Guillermo E. Inksetter 

„ Gerardo Jiménez 

„ Juan Arrea y Cosp (oculista) 

„ Eduardo J. Trejos 
Lie. Luis Montiel 

„ Teófilo Barrios 
1895 — Dr. Francisco J. Ruca vado 

„ Alfredo Liza no 

„ Santiago M. Baudrit 

„ Benigno Tamayo 

„ Alejandro García 

,, José M* Peralta 

„ Julio Bengoechea 

,, Ramón Urrueta 

„ Federico Zumbado 

„ John Steggall B. 

„ Manuel Cuevas R. 

„ Carlos VoÜo J. 

„ César Borja 
Farm. C. Beutel 

„ Henry Heppes 
Dent. Rafael Meza 

„ Emilio Arteaga 

„ Luis Cruz Polanco 

„ Ramón Meza 
1896 — Dr. Ramón Neira 

„ Luis Ros Pochet 

„ Juan Vallhonrat 

„ Maximiliano Peralta 

„ Miguel Dobles 

„ Aurelio Flores 

„ Diego Lagarde 

„ Rafael Calderón M. 

„ José Crisanto Badilla 

„ Amado del Valle 
Lie. Rafael Granera 
Farm. Emilio Pardiñas 
Dent. Bartolomé Marichal h. 

„ Carlos J. Peralta 
Partera Teresa Massip Ferrer 
1897 — Dr. Bernardo Nobo . 

„ Enrique Brodek 

„ José Várela Sequeira 

„ Ceferino Hurtado 

„ L. Enrique Pascual A. 

» Jorge Domínguez 

,, Jüa(|uín Otazo D. 
Farm. Luis F. Bolaños 



220 



EN EL SIGLO XIX 



1897 — Farm. Pedro Torrens Bonastre 
„ Charles Cochenour 
Dent. Emmanuel Friis 
1898 — Dr. Adán Cárdenas 
Antonio Lanzas 
Esteban Borrero E. 
Alberto Alvarez Cañas 
John W. Begg 
Joaquín (Gutiérrez Castro 
Dwight B. Taylor 
Manuel Granda G. 
Narciso Barberena 
Samuel H. Hodgson 
Juan Antiga Escobar 
Samuel F. Ruiz 
Enrique Carranza 
Teodoro Picado 
Lie. Gregorio Peña 
„ Andrés Escanaverino 
Farm. Alejandro Murray 

„ Federico Páez 
Dent. Heraclio Espinosa 
„ VVilliam W. Blackburn 



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1898 — Partera Amelia Sganzerla 
1899 — Dr. Fernando Iglesias Tinoco 
José M* Cuadra y Cuadra 
Teodoro H. Prestinary 
Mariano Rodríguez 
J. Berrocal Mellado 
Farm. Alfredo M. Pirie 
Dent. Santiago Caballero L. 
1900 — Dr. Roberto Fonseca Calvo 
V. Láchner Sandoval 
Amancio Sáenz 
Carlos Aragón 
V. Castro Cervantes 
Lie. S. (iarrido Garrote 
Farm. Hicks. Hawkins 
Zacarías Guerrero A. 
José Víctory Lepeen 
José A. Araya G. 
Fausto Montes de Oca 
Francisco Jiménez Núñez 
Edgardo Bolma 
Dent. Ernesto Saborío Q. 



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Dr. Y. Láchner Sandoval 



TíOTIT^VS A.Jj 1*1 K 

El laborioso estudio dci Doctor Láchner merece toda clase de elogios y, sobre lodo en la parte relativa 
á higiene, en los sanos y científicos consejos que envuelve y en las atinadas advertencias que insinúa, producirá, 
en quien con atencicin leyere, saludables y profundas impresiones 

Deficientes como son nuestros archivos acerca de la mayor parte de los asuntos en esta Revista tratados, 
ha debido atenerse en su e.\pK)sición el escritor á datos y referencias, ya tomadas al vuelo en conversaciones 
variadísimas con personas ancianas, ya, en las superficiales relaciones que la prensa periódica del país, que ape- 
nas cubre los dos últimos tercios del siglo tratado, contiene en ligeras gacetillas ó en más ó menos apasionados 
trabajos editoriales, muchas veces en flagrante contradicción en sí mismos ó entre ios de uno y otro modos de ver. 

La epidemiología y las instituciont^s y organismos técnicos de que en este trabajo se trata merecen conti- 
nuados y perseverantes esfuerzos, por parte de la ya vigorosa Facultad Médica de Costa Rica, para completar y 
perfeccionar su historia en el país; p»fro lo que nos parece indispensable y relativamente fácil para esa ilustre 
corporación científica, es la comprobación documentada ó testimonial respecto de médicos, cirujanos, farmacéu. 
ticos, dentistas, etc.. que desde los primeros tiempos de la vida colonial vinieron de paso ó á establecerse en el país. 

A fin de ayudar de algún modo en ese sentido, ponemos aquí estas anotaciones: 

I. — Fuera y aparte de lo que hubiera aquí en el siglo, en materia médica profesional, hallamos en los 
Archivos Nacionales un auto de 1789 dictado por los Oidores de la Audiencia de Guatemala, en la sumaría 
seguida contra José Clemente Rosales, declarando no haber lugar á la expulsión del mismo, acusado de ejercer la 



221 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



medicina en Cartago sin tener méritos para ello, "porque está casado;" pero ordenando '*se le cele y se le con- 
mine con penas;" j este curandero, hecho más popular sin duda mediante la persecudón — que siempre k>- 
prohibido fué deseable para la masa ignorante. — hizo su entrada triunfal por las puertas del siglo xix en Cost^ 
Rica, donde probablemente no estaba solo y con los otros sus camaradas subrepticios honró el oñcio de tantos 
curanderos como han pululado y pululan en esta tierra, á despecho de autos y provi^ones. reglamentos y leyes. 

También pasó por ese tiempo á esta infeliz colonia, y aquí vivió algún tiempo, el sabio médico none- 
americano Curta, quien hacía de su ciencia un verdadero apostolado, é iba de pueblo en pueblo aplicándola, 
más de caridad que por interés, añadiendo á veces hasta la limosna á la receta, y eran tales los prodigios que- 
hacfa que. fueran sus émulos los curanderos ó algunas ignorantes autoridades, dieron con él ante el Tribunal de- 
la Santa Inquisición, de cuyas garras, á ufia de caballo, parece que logró sacar libre el pellejo, huyendo del país. 

Sabido es que /tsúas vinieron en no escaso número al descubrimiento, conquista y civilización de los indios,, 
ayudando en todo ello por modo notable, desde el famoso de Palos de Moguer. único acaso que entendió á dere- 
chas el ¿0CÚ proyecto de Colón hasta el eminente Doctor Hernández, padre de la Historia Natural de América; 
pero también— como era obligado— muchos empíricos practicantes se introdujeron con los conquistadores de- 
este suelo y aun de los indígenas recibieron sefretos para curar las nuevas y desconocidas enfermedades. 

Entre |los importados como entre los nativos dominaban extravagantes ideas médicas mezcladas coi> 
supersticiones y prácticas cabalísticas que tocaban en las lindes de la brujería, de que nuestro y^/i/cwr costarri- 
queño conserva oraciones y conjuros, polvos de olkornio y familiares de uso todavía frecuente entre enamorados. 
y matasietes. El nahuai, 6 doctrina de los encantos y hechicehas. fué famosísimo en Centro América, y aun 
entre nuestros pobres indígenas semisalvnjes los sahumerios y los soplos y los rezos ininteligibles para ellos mis- 
mos, tanto como para sus infelices pacientes, se usan por los Ahuaes y Tzugures de Talamanca y de Térraba. 

Nuestro curandero más notable, pues, al ñn del siglo viii y principios del xix consta que ñié el referido' 
José Clemente Rosales y el primlr médico de entonces el brujo Mr. Curtis. 

II.- -En 1824 el Ayuntamiento de San José nombro á Mateo Trístán de Urrandunaga para reconocer una 
mujer leprosa. — Urrandurraga ejercía también como obstétrico;— fué el primero que acuñó moneda de C. R. ei> 
su ingenio de "los Horcones." Entre 1825 y 1830 los medí eos citados por el escritor parecen haber sido don Pedro- 
Molina Flores, guatemalteco biografiado en otro parte de este libro, y don Rafael Gutiérrez llegado á Puntare- 
nas, según parece, en 1835, acompañado de su esposa y de otro señor don Ramón Gutiérrez, en la goleta 
chilena "Trinidad," procedente de Panamá. — Consta además, que en 1828 arribó también á nuestro puerto^ 
entonces naciente, del Pacífico, á bordo de! bergantín peruano "Dolores" ó "Eldorado," procedente de Paita», 
don Ventura Espinach. tío del Doctor don José Ventura, que figura en 1856. 

III. — En "El Noticioso Universal" del año de 1833 consta que curaba en Cartago el médico don Manuel 
Aguilar, llegado allí por esa misma fecha, y aun se cita de él la curación de la lepra en Manuel Mana Aguilar y 
Nazario Vega. Parece que vino á bordo de la goleta "Eusebia," después de haber naufragado en el "Roberto.'" 

IV. — Consta que el Dr. don Alfonso Carii vino al país en 1834. Después estuvo fuera del país y volvió 
en 1856. en compañía del Doctor Espinach. En 1859 figuraba en el cuerpo médico militar de los Estados Uni^ 
dos de N. A. 

V. — Aparece como partera en 1835 una Madama Gallimé. En un aviso de 1849 se ofrece de nuevo como 
tal y como modista, recordando ser la misma que ejerció el primer oficio 14 años antes. 

VI. — En 1845 llegó al país en el bergantín "Adolfo," procedente de la Unión, el médico francés señor 
Vison; y en ese mismo año figura como venido del Callao en el bergantín "Mana" el Dr. Cortés, que cita ei 
autor, aunque lo hemos visto citado con el apellido Corius, que seguramente es error de pluma. 

Vn. — Puede considerarse como primer dentista venido á Costa Rica don Jacinto Guzmán. guatemalteco,, 
quien aparece anunciando en 1852 sus servicios como "barbero y sangrador" y ofrece "poner ventosas sajadas,, 
extraer y orificar dientes, etc." 

VIH. — En Setiembre de 1853 aparece en un periódico de ésta un aviso del Dr. don José Francisco 
Ellendorf, y poco después otro del mismo en que ofrece la inoculación de la vacuna en la "Botica de San José,'" 
•del Dr. Braun, pero ambos llegaron aquí en 1851. 

IX. — Aunque la biografía de Hoffmann asegura que éste vino al país en 1854, fué su llegada á San Juan- 
del Norte en Diciembre de 1853. en compañía del Dr. Frantzius. También á principios de 1854, ó acaso en el» 
mismo 53 fué cuando llegó el dentista don Santiago Hogan, no Guillermo H., como dice el autor. 

X.— lx)s Doctores Guillermo y Emilio Yoos, hermanos, vinieron juntos al país en 1856, á la vez que eP 
Doctor don Adolfo Carit. hijo de don Alfonso, con quien acaso le ha confundido el escritor. 

XI. — En 1858 estuvieron en Costa Rica los Doctores don Guillermo Irving y don Enrique Pizzi. 

XII. — En aviso de Setiembre de 1863 aparece haberse establecido en San José, casa de las Blanco (hoy 
Ferretería de Macaya) el Dr. don José Pedro Reitz, con la indicación de "recién llegado." El autor le pone- 
en 1861, acaso con mejores datos. 



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José Cecilio del Valle 




Nació 



) son, ni Honduras, cuna del sabio Valle, ni Guatemala, escenario 
de su vida ilustre, las solas fracciones de Centro América que 
tienen derecho á envanecerse con su gloria y reclamarla como 
suya. Las cinco Repúblicas que forman este pedazo del Conti- 
nente, lo tienen por igual. Valle no fué hondureno, ni fué 
guatemalteco: fué centroamericano, notable centroamericano; 
estrella de primera magnitud en el cíelo de nuestras grandezas. 
Trabajó por nuestra independencia y por nuestra libertad, por 
nuestras instituciones y nuestros progresos; nos dio patria; nada 
más necesita para merecer la gratitud, el respeto y la vene- 
ración de todos los hijos de Centro América, 
villa de Choluteca, el día z2 de Noviembre de 1 780, el patriota insigne 
que en el día más grande de nuestra vida política, debía escribir el documento más impor- 
tante de nuestra historia, el acta de índependecia redactada por él, en el momento de 
proclamarse nuestra emancipación política, el 15 de Setiembre de iSai. 

Sus primeros pasos en el campo del saber — en el que tanto debía avanzar — diólos 
en la escuela de Bethkm, en Guatemala, á donde sus padres, don José Antonio Díaz 
del Valle y doña Gertrudis Díaz del Valle, se trasladaron para procurar á su hijo brillante 
educación. Estudió más tarde en el Colegio Tridentino, y en la Universidad de San 
Carlos terminó su c.irrera de leyes, cuando apenas alboreaban para él los veintitrés años. 
Su inteligencia superior y su labor infatigable en el estudio, lleváronle, en tem- 
prana edad, al desempeño de difíciles cargos públicos. Figuró como miembro importante 
del partido evolucionista y fué redactor de El Amigo de la lutria. 

Llegada la independencia, aunque no estaba de acuerdo en que fuese tiempo de 
realizarla, la aceptó como hecho consumado, y ya hemos dicho qué papel tan interesante 
desempeñó en aquel día de inmortal recuerdo. 

— 227 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Cuando á raíz de la independencia Guatemala, vacilante aún en sus primeros días 
de Gobierno propio, se adhirió al Imperio Mejicano de Iturbide, Valle se opuso enérgi- 
camente, como casi todos los miembros del partido liberal, aunque desgraciadamente no 
lograsen nada con su resistencia. Verificada la anexión, Valle salió electo Diputado por 
Tegucigalpa y Chiquimula al Congreso que, residente en la capital de Méjico, tenía 
desde luego sus representantes guatemaltecos. En dicha asamblea dejó Valle, como era 
natural, su nombre puesto á grande altura por su talento é ilustración, mas, como dejase 
conocer sus ideas en extremo independientes y liberales, el Emperador lo redujo á prisión 
en el convento de Santo Domingo. No era, sin embargo, la oscuridad de un claustro el 
lugar propio para encerrar al talentoso Valle, y como sus luces se esparciesen fuera de 
los muros del convento, comprendió Agustín I que no sólo convenía darle su libertad, 
sino utilizar sus servicios, y lo elevó al cargo de Ministro de Relaciones Exteriores, que 
después de firmes negativas se vio obligado á aceptar. 

Derrocado el imperio. Valle tornó á sus tareas de diputado, y patentizó en el 
Congreso la nulidad de la anexión, con razones tan poderosas, que se reconocieron al 
punto los derechos de Centro América para ser nación libre é independiente. 

A su vuelta á Guatemala fué uno de los que firmaron la Constitución Federal el 
22 de Noviembre de 1824. Y electo más tarde Presidente de la República, no ocupó 
este alto puesto, porque maquinaciones perversas torcieron la elección, haciéndola recaer 
en don Manuel José Arce, y en él la de Vicepresidente, que no aceptó, manifestando 
que eran de todo punto nulos ambos nombramientos. 

El 13 de Abril de 1829, el General Francisco Morazán á la cabeza del ejército 
aliado, entró triunfante en Guatemala, y Valle, que había permanecido alejado de la vida 
política, movióse de nuevo, logrando con los prestigios de su nombre y méritos, hacer 
competencia al General Morazán en las elecciones para Presidente de la República. 
Venció el gran caudillo unionista en aquella ocasión; pero en lucha igual en 1834, Valle 
fué el vencedor, con beneplácito de su contrincante; mas no ocupó el puesto, porque la 
muerte, ejecutora de los designios sobrehumanos en oposición, muchas veces, con los 
designios de los hombres, le acometió yendo de camino para su finca de la Concepción, 
el día 2 de Marzo del año en referencia. 

Valle no perdió un momento de su vida. Cuando circunstancias especiales lo 
tuvieron alejado de la política, dedicó su vida á la meditación y al estudio. Escribió 
sobre ciencias políticas y sociales, sobre Biología, Astronomía, Política, Instrucción 
Pública, Historia, Filosofía, Artes, Literatura, etc., y con justicia mereció el nombre de 
Sabio que le dieron sus contemporáneos. Interesante es su correspondencia con Iqs 
hombres ilustres de Europa y América, y entre otros con Jeremías Bentham, el gran 
jurisconsulto inglés, quien le disting'iía con su amistad. 

Hombres como Valle deben servir de ejemplo á la juventud, y ser objeto de 
veneración para todos los buenos ciudadanos. 






— 228 — 



EN EL SIGLO XIX 




José Francisco Barrundia 



AY ciertos nombres que desde la infancia resuenan en nuestros oídos 
como ecos lejanos de verdaderas é inmarcesibles glorias y 
^ que, más tarde, cuando llegamos á la edad viril, estremecen 
nuestro corazón á impulsos de noble patriotismo y de entusiasta y profunda admiración. 
Uno de estos nombres es el de José Francisco Barrundia; nombre venerando que 
desde los primeros años, al hablársenos de nuestra autonomía política, al inculcársenos 
las primeras ideas de libertad y de derecho, se nos enseña también á pronunciarlo 
y bendecirlo, como el de un hombre que, con ahinco y abnegación, coadyuvó 
poderosamente á la emancipación de nuestra querida patria, y aseguró nuestro porvenir, 
encaminándonos por la difícil senda del progreso y trabajando siempre por implantar 
entre nosotros las ideas elevadas y civilizadoras de los pueblos más cultos de la tierra. 

Barrundia en la tribuna se levantó como la primera figura centroamericana, por 
lo elevado de sus pensamientos, lo enérgico de sus fijases, la brillantez de sus expresiones 
y la fuerza de raciocinio que, en general, campea en sus elocuentes discursos; pues si 
bien algunas veces declinaba su facilidad de palabra, ello era efecto de cierta rara timidez 
y cortedad, naturales en su modesto carácter. Dice el historiador Marure, refiriéndose 
al elocuente tribuno: "Barrundia es una de esas cabezas inflamadas que no reparan en 
dificultades cuando se trata de establecer alguna teoría brillante, y que quisieran 
de un soplo mudar el aspecto político de su país y apropiarle todas las novedades que 
han probado bien en otras panes." Y tiene razón nuestro eminente historiador, porque el 
notable hombre público, de quien hace referencia, trabajó siempre, tal vez errónea pero 
sinceramente, por arraigar en su patria las bellas instituciones de la Gran República del 
Norte; trabajos que si no fi'uctificaron, fué debido á que nosotros, por especiales circuns- 
tancias y por vicios de educación, no podíamos seguir en su rápido vuelo, á ese pueblo 
privilegiado, cuna y morada de la democracia. 

Nació este ilustre patricio en la ciudad de Guatemala el año de 1784. Fueron sus 
padres el hidalgo don Martín Barrundia y la distinguida -señora doña Mercedes Cepeda 
y Coronado (•). Demostró desde su infancia claro talento y firmeza en sus propósitos, 
rasgos con que selló todos los actos de su vida y que tantos bienes debían reportar á la 
hermosa tierra donde vio la primera luz. 

Aunque hidalgo por cuna, en su alma sólo tuvieron cabida las más puras ideas 
democráticas. 

Trabajó desde muy joven por la emancipación política de Centro .América. 

Cuando las juntas de Belén en 1813, pre.sididas por el prior Fray Juan de la 
Concepción, era Barrundia alférez del Escuadrón de dragones milicianos y fué, sin 
embargo, vocal de dichas juntas. Descubiertas como fueron por Bustamante, se condenó 
á todos los que en ellas tomaban parte á diferentes penas. Barrundia, como hidalgo, fué 
condenado á la de garrote, y con motivo de esta sentencia tuvo que permanecer oculto 
desde 1813 hasta 1819, en que una vez más salió á ponerse al frente de su partido, del 
<\\iQ txdi alma y oráculo y y siguió trabajando siempre por la gran causa. El mismo 15 



(*) En una biografía de Barrundia, publicada en El Eco de Inizú, fecha 25 de Enero de 1855, se dice que 
fué hijo de doña Teresa Coronado. Mejor informados, sabemos que se llamó ésta doña Mercedes Cepeda y 
Coronado, hija que fué de don Lorenzo Cepeda. 

229 



REVISTA DE COSTA RICA 



de Setiembre de 182 1 hizo inauditos esfuerzos por que no se retrasase la proclamación 
de la independencia, logrando, al fin, ver realizado el que había sido su más hermoso 
sueño desde la infancia. 

En I? de Febrero de 1822 fué comisionado para ir á Méjico en unión del distin- 
guido patriota don Pedro Molina y del prebendado Castilla; pero no se realizó la misión, 
porque algunos acontecimientos, precipitándose, hicieron innecesarias sus gestiones. 

Fué enérgico y decidido antianexionista, á lo cual se debió que el populacho, en 
más de una ocasión, rompiese á pedradas las ventanas de su casa, lo insultase soez- 
mente y aun lo amenazara con la muerte. 

Después del Doctor Ribera Cabezas fué electo popularmente para Jefe del 
Estado, y para Vicejefe don Gregorio Márquez. Poquísimo tiempo desempeñó este 
puesto. Puso su renuncia, que no le fué admitida, teniendo que hacer una segunda, con- 
cebida en tales términos, que fué forzoso aceptársela. En el desempeño de ese cargo 
dejó gratos recuerdos: salvó la vida á Arce y á Aycinena, condenados á muerte por 
indicación del Congreso, y cedió á favor de la Instrucción Pública todos sus sueldos, 
que ascendían á seis mil ciento veintitrés pesos ( $ 6,123-00 ). Acto fué éste digno de 
general aplauso, con tanta más razón cuanto que Barrundia no contaba con grandes 
caudales; muy al contrario, practicaba privadamente su profesión de abogado y aun en 
esto se distinguía, no cobrando en muchos casos ni los honorarios. 

En 1832 y 33, ocupó una de las sillas del Congreso y trabajó con actividad para 
que se emitiesen los decretos sobre tolerancia de cultos y libertad de imprenta, peticio- 
nes que apoyaba separadamente en brillantes artículos publicados en El Centroamericano, 

En 1837 combatió con calor la Administración de Gálvez por medio de la prensa, 
y contribuyó poderosamente á su caída. 

En 1852 presidió la Convención reunida en Honduras, siendo Presidente el 
General Cabanas, y en 1854 fué enviado como Ministro Plenipotenciario de dicha 
República á los Estados Unidos de América, donde sólo residió algunos meses, pues el 
4 de Agosto de ese año, murió en la ciudad de Nueva York de un violento ataque 
de apoplejía. 

Los funerales fueron dignos de tan ilustre personaje. The Herald decía en un 
largo artículo hablando de la muerte de este ilustre centroamericano: "Los Ministros 
de las diferentes Legaciones en Washington, los Cónsules extranjeros en esta ciudad y 
muchos ciudadanos asistieron á los funerales que debían tener lugar en la Iglesia de San 
Pedro — Barclay Street — á las diez de la mañana del día 5 de Agosto." 

Así terminó su existencia este procer de nuestra independencia, quien, á pesar de 
su agitada vida política y de sus ímprobos trabajos por el patrio bien, no sólo se distin- 
guió como tribuno y hombre de Estado, sino que fué uno de los primeros escritores de 
su tiempo. Redactó los siguientes periódicos: La Oposición^ El Popular^ El Amigo del 
Pueblo, El Álbum, El Jh-ogreso, El Estatuto; se le atribuyeron los diálogos de D. 
Melitón, que en realidad eran del señor Ribera Cabezas; escribió la comedia satíricobur- 
lesca El Coliseo; tradujo El Paraíso Perdido (trabajo inédito) y muchas piezas de los 
clásicos italianos. 

Barrundia es uno de esos hombres insignes, una de esas figuras notables que 
pocas veces aparecen en la vida de los pueblos; orador elocuente; patriota verdadero; 
político firme; modesto como nadie; valiente como pocos, y en lo particular, apreciable 
y simpático. 






230 — 



EN EL SIGLO XIX 



El Doctor don Pedro Molina 




I. que fije sus ojos en un retrato del Doctor Molina, advertirá al punto, 
por sus rasgos fisonómicos, que detrás de aquel rostro jovial se 
ocultaba una inteligencia poderosa, un espíritu sutilísimo y un 
corazón de oro. Así era, en efecto, este prohombre centroamericano: un caballero sin 
tacha y un patriota sin sombras. 

Nació en Guatemala el día 29 de Abril de 1777, y adquirió las primeras nociones 
de la ciencia que á tanta altura le condujo, con el insigne padre Goicoechea, grande en 
saber y grande en virtudes, maestro notabilísimo que sembró la fecunda semilla de la 
ciencia sin egoísmo, sin distinción, y que ha dejado entre sus discípulos una pléyade de 
hombres notables, cuyos nombres recuerda con cariño y respeto la América Central. 

Dedicado Molina al estudio de las ciencias médicas, se recibió, después de no- 
tables exámenes, cuando apenas contaba 22 años de edad (•). Inmediatamente pasó á 
Nicaragua como cirujano del batallón llamado Fijo y sentó sus reales en la ciudad de 
Granada, donde residió hasta el año de 181 1 en que regresó á la ciudad de su nacimiento. 

Desempeñó á su regreso la cátedra de Medicina en la Universidad de Guatemala 
y en 18 17 tomó el capelo de Doctor, siendo nombrado Protomédico del Reino. 

En 1820 comenzó á redactar £/ Editor Constitiuional^ periódico encargado de 
preparar al pueblo para la independencia, y poco más tarde publicó La Aurora de la 
Libertad, en que con más vigor y firmeza se acentuaban las tendencias separatistas. 

Proclamada la independencia y suscitado el problema de anexión á Méjico, como 
miembro del partido liberal, combatió en unión de Valle, Barrundia, Córdoba y otros 
notables centroamericanos, tan absurda pretensión, hasta el punto de tomar parte en la 
lucha entre independientes y mejicanistas el día 30 de Noviembre de 1821, lucha en que 
una de las primeras víctimas fué un hermano político de Molina. 

Destronado Iturbide, se reunió el primer Congreso en Guatemala, abriendo sus 
sesiones el 24 de Junio de 1823. Molina ocupó un puesto en esta notable asamblea que, 
al decir de Marure, ha sido la más numerosa y la más ilustrada representación que ha 
tenido Centro .'\merica. 

Formó parte, poco más tarde, del Poder Ejecutivo, en unión de don Juan 
Vicente Villacorta y de don Antonio Ribera Cabezas; dejó este alto puesto después de 
la asonada de Ariza y pasó otra vez á formar parte de la Asamblea Constituyente en 
que sus trabajos para la redacción de nuestra primera Carta Fundamental, fueron dig- 
nos del mavor encomio. 

A principios de 1824 fué nombrado Ministro Plenipotenciario cerca del Gobier- 
no organizado por Bolívar y el 15 de Marzo del año siguiente firmó en la ciudad de 
Bogotá el primer Tratado que celebró Centro América. 

Apenas había regresado de esta misión, cuando, en unión del señor Canónigo 
Larrazábal, encargósele dei)tra en el Congreso de Panamá. Esta Dieta dispuso trasla- 
darse á Tacubaya, y Molina regresó á Centro América en los albores de la lucha civil 
que debía durar hasta el año 29. 



(")— Sostuvo tres actos públicos en Anatomía. Fisiología y toda la Medicina, defendiendo á Boerhaave 
y sus comentadores. Pronunció un discurso en el acto de Cirugía, que es una disertación completa en honor de 
esta Facultad y después hico todas las demostraciones quirúrgicas que se le pidieron. 
(Reseña Histórica de Centro América, tomo I, página ao6). 

— 231 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Pasó á Honduras después de la celebración del Tratado Esquivel-Molina que 
había firmado en San Salvador, y logró decidir al General Morazán á que tomara parte 
en los acontecimientos políticos que venían desarrollándose por aquel tiempo. Entró 
Morazán triunfante en la ciudad de San Salvador y cuando siguió su marcha sobre 
Guatemala, dejó á Molina encargado de las Carteras de Hacienda y Guerra. Dueño 
Morazán de la ciudad de Guatemala, llamó á Molina para ocupar el Ministerio de Rela- 
ciones Exteriores de la Federación. 

Electo Molina para Jefe del Estado, sucedió en este cargo al señor don Juan 
Barrundia, pero no ejerció el poder más que seis meses, hasta Marzo de 1830 en que 
tuvo que dejarlo con motivo del decreto emitido por la Asamblea el día 9 de Marzo, 
declarando que había lugar á formación de causa contra el Jefe del Estado y encar- 
gando del Poder Ejecutivo al señor Ribera Cabezas, disposición del todo injustificable, 
pues las causas en que se fundaba no eran bastante poderosas para inspirar esa medida. 
El Tribunal encargado del estudio del proceso, del cual formaba parte el insigne don 
José Venancio López, absolvió de todos los cargos que se le hacían al Doctor Molina. 

El año 1 83 1 ocupó al lado del General Morazán el cargo de Ministro de Instruc- 
ción Pública y en 1833, al erigirse en Academia de Ciencias la antigua Universidad, 
Molina fué nombrado Presidente de este ilustrado centro, puesto que desempeñó durante 
cinco años con tino y brillantez. 

Otros muchos cargos importantes sirvió, hasta que, en unión del General Mora- 
zán, quien lo distinguía por sus altas dotes de talento y de corazón, emigró para no vol- 
ver á Guatemala hasta el año 1845. A su regreso redactó varios periódicos y entre ellos 
El Album^ en el cual publicó un brillante artículo que le valió una prisión de 1 7 días 
en el fuerte de Matamoros, 

Electo Diputado cuando Carrera partió para Comitán, actuó como Presidente de 
esta alta representación. Al regreso de Carrera, enfermo, agobiado por la edad y perse- 
guido por el indio indomable, permaneció oculto largo tiempo, hasta que pudo salir, 
cuando su debilidad física era la mejor prisión que podía guardarlo. No tardó en agra- 
varse su estado y murió en la noche del 21 de setiembre de 1854. 

En Costa Rica, donde residió en calidad de emigrado político, se captó la gene- 
ral eíjtimación, como sabía hacerlo en todas partes este ilustre ciudadano, gloria de nues- 
tras primeras glorias. 







Don Manuel José Arce 



RCK en nuestro concepto— dice Salazar(*) — merece estudiarse deteni- 
damente. Fué sin duda una figura política de primer orden 
en nuestra revolución. Si hubiera tenido la suerte de haber 
muerto un poco después de la independencia, su nombre habría pasado á la historia 
entre ráfagas de luz, y su figura se presentaría entre las de los inmortales, coronada con 
aquellas flores con que los pueblos agradecidos adornan las frentes de sus bienhechores. 
"Sus diez años de continua lucha, desde 181 1 á 1821; sus entusiasmos por la 
libertad, sus prisiones y sus destierros, le dan el prestigio de mártir. Arce mientras no 
fué más que patriota y revolucionario, túvola grandeza de los magnos hombres que figu- 



{•) Ramón A. Sa lazar, Ij>s hombres de la Independencia. 

— 232 — 



EN EL SIGLO XIX 



ran en la epopeya americana, por la independencia. Su tumba debió haberla encontrado 
al pie de los muros de San Salvador; cuando lo defendía contra Filísola y sus imperiales." 

Ciertamente fué una gran desgracia para la gloria y el renombre de este héroe 
de nuestra independencia, el haber sido el primero en ocupar la curul presidencial de 
Centro América libre. Tocábale en tal puesto dirigir los primeros pasos del país en la 
nueva senda é impulsarlo hacia el verdadero progreso, y al hombre que tenía firme y 
entero corazón para combatir, acaso le faltaban facultades para mandar. De todas maneras, 
sus desaciertos no alcanzan á eclipsar sus timbres de gloria. Debe olvidarse al mandata- 
rio y sólo recordar al luchador. 

Aparece el señor Arce en el campo de nuestra historia el año de 1811, compro- 
metido en el golpe infructuoso que se dio en San Salvador el 5 de Noviembre, y á 
consecuencia de hallarse complicado en él, sufrió, según afirma su íntimo amigo don 
Pedro Molina, larga y estrecha prisión *'que no duraría hasta 1814, pues en ese año lo 
vemos comprometido en otra nueva conspiración, que esta vez le valió estar preso por 
cinco años." La Real orden de 28 de Julio de 181 7 le devolvió la libertad, pero no hasta 
181 9 en que se dio cumplimiento á la citada orden. 

Llegada la independencia, Arce la acogió con todo el entusiasmo de su ardiente 
corazón; mas, apenas comenzaba á dar vuelo á sus trasportes de alegría, cuando vino 
la anexión á Méjico y la invasión de Filísola. Una nueva ocasión se le presentaba de 
probar su patriotismo y su valor. Se improvisó soldado. Al frente de las tropas salvado- 
reñas, como su Jefe y General, salió á batir á Filísola, logrando ganarle una acción de 
armas. Los mejicanos se repusieron, y con la superioridad que dan en la guerra la dis- 
ciplina y el orden, lograron que el ejército de Arce — si así puede llamársele — se reple- 
gara sobre San Salvador, donde mantuvo un heroico y largo sitio, en que fueron vencidos 
al fin, después de la acción librada el 7 de Febrero de 1823. 

Estos últimos hechos unidos á los que precedieron á la independencia, dieron á 
don Manuel José Arce prestigio bastante para que se pensase en él como candidato á la 
Presidencia de Centro América. Él y Valle fueron los contrincantes en aquella lid elec- 
toral, propuesto el primero por el partido liberal, y el segundo por el conservador. Triunfó 
Arce aunque de ilegal manera, y aquí comienza la triste y sombria época de su vida. 

Cometió en el poder algunas arbitrariedades, y sobre todo fué inconsecuente con 
su partido, echándose en brazos de los conservadores, cuyos intereses sirvió asiduamente, 
acabando por ser poco menos que maniquí de la nobleza que le mandaba y dirigía en todo. 
Arce, que comprendió su triste papel, puso su renuncia, abrigando una última esperanza 
de que no se le aceptara; mas no sucedió así, y Arce dejó la Presidencia. 

El General Morazán, que había ocupado la plaza de Guatemala el 13 de Abril de 
1829, queriendo castigar los atentados de Arce y Aycinena, contra la Constitución y la 
libertad, dio un decreto extrañándolos perpetuamente de la República y señalándoles 
por residencia los Estados Unidos del Norte. En vez de marchar para esta República, 
Arce se dirigió, haciendo un rodeo, á Méjico, desde donde, en connivencia con los 
conservadores, estuvo tramando constantemente revoluciones á fin de adueñarse del Poder. 

Favorecido por el indulto otorgado en 1840, pudo volver á su país, donde tampoco 
permaneció tranquilo, intentando, por la fuerza, apoderarse de la Presidencia del Estado 
del Salvador, motivo por el cual fué desterrado de nuevo el 12 de Mayo de 1844. 

De regreso á su país, murió en San Salvador el 14 de Noviembre de 1847. 






TOMO r — 233 — 30 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



Presbítero don José Matías Delgado 




L Padre Delgado, célebre en nuestra historia, fué hombre de grandes 
cualidades: inteligencia clara, carácter firme, austero en sus 
costumbres, entusiasta y liberal. ¡Lástima grande que á prendas 
tan valiosas uniese una ambición desmedida! 

Nació en San Salvador el año de 1768, y se dedicó desde muy niño al estudio de 
la carrera eclesiástica. Una vez hombre hecho, dio suelta á su temperamento entusiasta, 
y valido de los prestigios que le daba la sotana, comenzó á difundir las ideas de inde- 
pendencia. A sus jjredicaciones agregó más tarde los actos, siendo el principal organizador 
en el movimiento revolucionario de 5 de Noviembre de 181 1. 

** Delgado era el oráculo del pueblo salvadoreño y el arbitro de sus cuestiones." 
Pudo, por lí> mismo, influir poderosamente en todas las tentativas de emancipación 
política del Gobierno español y cuando, realizada la independencia, vino la anexión 
mejicana, él fué la palanca poderosa que movió al pueblo cuzcatleco, para que con 
energía y valor á toda prueba, resistiera á la invasión del General Filísola. Si Arce 
fué el impulsor material de aquella heroica resistencia, la gloria moral cábele toda á 
D. Matías Delgado. 

Electo Representante por el Salvador al Congreso Nacional Constituyente, 
instalado en Guatemala el 24 de Junio de 1823, tocóle ser el primer Presidente de esta 
Augusta Asamblea y firmar como tal, en unión de Molina, Menéndez, Gálvez, Barrundia, 
Estrada, Castilla, Diéguez y otros ilustres centroamericanos, el decreto de emancipación 
absoluta, documento notable, debido á la pluma del patriota D. José Francisco Córdoba. 

Delgado obró siempre guiado por su temperamento entusiasta, por su espíritu 
liberal, por su corazón de patriota; sin embargo, no dejaba de animarlo, para realizar 
sus nobles empresas, la idea de llegar algún día á ceñir sobre su frente la mitra del 
Obispado del Salvador. Sus trabajos fueron constantes para conseguirla, desde 1822. 
Y de tal modo se hicieron sospechosos esos trabajos y salieron del orden natural de las 
cuestiones religiosas, que el Papa León xii tuvo que declarar ilegítima y de ningún 
valor la división de la diócesis y nulo el nombramiento de Obispo que al fin consiguió 
le diera la Asamblea Nacional. 

Murió chte prohombre, en la ciudad de San Salvador, el 12 de Noviembre de 1833. 



— 234 — 




distinguidos coslaíficenses 



^ iii„. 



^-^ Fraj liiliiiiio (le Liiiiiái j wii 
I. éiii fliirmiiiii lid Mk 
hm. Seiiiir É 1 1. Zamora j 
Doa J(ia(|uíii Eerd» tato 
lloslrisimo Seir k Wi» Llórate j Ufnente 
lie. É Julián folio 
FIro, (Ion José Fraotisco Peralta 
Señorllíi Éa Haiieela EsdaÉ 




Fray Antonio de Liendo y Goicoechea 




<TRE los centroamericanos más ilustres, que con su ciencia y labor 
han impulsado nuestra vida intelectual por la senda del progreso 
y ensanchado nuestros horiiontfs en las esferas del pensamiento, 
figura en primera linea Fray Antonio de Liendo y Goicoechea, 
compañero dignísimo del nicaragüense Larreynaga, del hondu- 
reno Valle, del salvadoreño Fbro. Méndez y del guatemaheco 
García Goyena, con quienes compartió la gloria de ser prez y 
honra de las ciencias y de las letras (!e la América Central á fines 
del pasado y principios del presente siglo. 
! ilustre costarricense en la ciudad de Canago. el día 3 de Mayo de 1735, 
emprendido la senda de la vida — contaba nueve años solamente — cuando 
la suerte aciaga le redujo á completa orfandad. En medio de su desamparo y lleno de 
aspiraciones, vio en la carrera eclesiástica el colmo de sus esperanzas. l-Visaba con los doce 
años, cuando tomó el hábito de San Francisco y encadenó con el voto de obediencia los 
altos vuelos de su poderoso talento, organizado para la observación y el análisis más 
acabados, siendo en estas condiciones, como admirablemente ha dicho el sabio Valle, 
"semejante á aquellas plantas útiles que nacen entre hierbas y espinas, que no pueden 
crecer sino abriéndose paso en medio de ellas." Dobló sn cabeza bajo el pesado yugo 
del escoiismo y se nutrió largo tiempo con sus doctrinas. Sin embargo, el fuego de la 
rebelión estaba latente en su alma y listo para levantarse en llama deslumbradora. (íran- 
des meditaciones y graves estudios le hicieron comprender los errores y ridiculeces de 
los escolá.sticos y buscar rumbo más de acuerdo con la inteligencia humana y la marcha 
progresiva del mundo. Leyó á Pluche, como él sacerdote, pero como él libre; esludió con 
ahinco las Matemáticas, hallando alivio á sus vacilaciones en las verdades irrecusables 
del niímero; se entregó á los experimentos verdaderos de la Física y de la Química; abrió 

— 237 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



su alma á la observ'ación y á la experiencia; leyó á Wolf, á Locke, á Buffón, á Linneo, y 
desde entonces comulgó en Filosofía con las ideas de Bacon y Descartes y abandonó 
para siempre el escotismo. 

Lleno de energías, con valor indecible, si se atiende á la época y á los hábitos 
que portaba, lanzó en la cátedra de Filosofía de la Universidad de San Carlos los nuevos 
principios que debían revolucionar por completo las ideas de aquel tiempo, y que, la 
verdad sea dicha, fueron oídos con horror. Alzóse una inmensa polvareda por parte de 
los escolásticos, que á punto estuvo de ahogar al filósofo franciscano. Los prelados 
movieron al público; germinó la envidia y el odio; la lucha se hizo casi imposible, y sólo 
la fuerza de voluntad, el amor á la luz y las superiores facultades de Goicoechea, hicieron 
que no se rindiera, y que lleno de nuevo ardor prosiguiera su laudable tarea hasta verla 
coronada por el éxito más satisfactorio. 

Sus méritos no fueron apreciados sólo en Centro América. Comisionado por su 
Orden hizo un viaje á España, cuando empuñaba el cetro de Alfonso el Sabio uno de los 
grandes monarcas que ha tenido el mundo, Carlos iii, de feliz memoria para las ciencias, 
las letras, las artes y la libertad humana. Goicoechea se relacionó con los hombres más 
ilustres de la Península; obtuvo ventajosísimas concesiones para su patria; visitó museos, 
bibliotecas, laboratorios, y volvió á Guatemala trayendo vastos y útiles conocimientos y 
dejando cariñosos recuerdos y admiración profunda en el alma de los que le conocieron. 

Como orador, distinguíase especialmente en la didáctica, pero sus sermones no 
eran por eso de menos mérito. La brillantez que faltaba á su palabra, la suplían lo pro- 
fundo de sus conceptos, lo conciso de sus frases y lo firme de sus aseveraciones. 

Como escritor, dejó un poema en latín, de poco mérito, aunque de grande y 
concienzuda labor; sus anotaciones á la memoria escrita por Mociño sobre el cultivo del 
añil; sus memorias sobre el plátano; sobre la mendicidad y manera de exterminarla en 
Guatemala, y sobre los indios; una representación dirigida á Carlos iv desde su celda, 
sobre la necesidad de honrar á las clases infelices; discursos, sermones, etc., etc., hasta 
que el día 2 de Julio de 181 4 terminó su vida llena de trabajo incesante y pródiga en 
benéficos frutos. 

" De modales afables — dice Molina — y de una conversación amena, que rayaba 
en lo jocoso, se hizo notable, no menos por sus luces, que por su benevolencia y sencillez 
apostólica, dejando una memoria que será por siempre venerada en Centro América." 

Tocó en suerte al sabio Valle pronunciar el elogio fúnebre de este grande hombre; 
y en él hizo justicia á los méritos de este digno hijo de Cartago, dejando, al propio 
tiempo, una de las piezas literarias demás valor que en su género tiene nuestra literatura. 






Pbro. don Florencio del Castillo 




ON pena debemos confesar que el nombre de este ilustre hijo de Costa 

Rica no tiene la popularidad que merece, no ha llegado á las 

^' masas, ni el cincel de la gloria lo ha grabado en el corazón de 

todos sus conciudadanos, siendo á ello acreedor, por sus altas dotes y señalados servicios. 

Como representante de Costa Rica formó parte de la Comisión americana en las 

Cortes de Cádiz, al lado de Leiva, Morales, Felíu, Gutiérrez de Terán, Alcocer, Arispe, 

— 238 — 



EN EL SIGLO XIX 



Larrazábal, Gordoa y Mejía, llamado con justicia el Mirabeau americano, y á pesar de 
tan ilustres competidores, supo sobresalir, dejó muy alto el nombre de su patria y tuvo la 
honra de ser electo Presidente de las Cortes españolas el 24 de Mayo de 181 3. 

Nació Castillo al comenzar el último tercio del pasado siglo, siendo el segundo 
hijo de Cecilia del Castillo. (•) Como su hermano mayor don Rafael, optó por la carrera 
eclesiástica y fué á ordenarse á León de Nicaragua, regresando á su país, donde desem- 
peñó el curato de Alajuela (1806), sentando desde entonces su fama de hombre ilustrado 
y talentoso. En 1807, dejó de nuevo la provincia natal para no volver más á ella y fué á 
desempeñar un cargo importante en el obispado de Nicaragua. Convocadas las colonias 
para elegir las personas que debían representarlas en las Cortes de Cádiz, la provincia de 
Costa Rica formó una terna, dejando á la suerte la elección. Formaban esa terna el 
Doctor Fray José Antonio Taboada, el Licenciado don José María Zamora y el Presbí- 
tero don Florencio del Castillo. Tuvo lugar el sorteo el i? de Octubre de 1 810, y quedó 
como agraciado el señor Castillo. Sin pérdida de tiempo se le comunicó la noticia y se le 
envió el respectivo poder. 

Después de penoso viaje, como lo eran entonces todos los que por estas tierras se 
hacían, habiendo atravesado á Honduras, llegó el padre Castillo á Omoa, donde se 
embarcó para la Península. El día 8 de Julio de 181 1, satisfechas las Cortes con el dicta- 
men de la comisión de poderes, aprobó el del ilustre costarricense juntamente con los de 
los señores Diputados don José Antonio López por la prov-incia de Santiago de León de 
Nicaragua, don José Francisco Morejón por la de Honduras y don José Ignacio Avila 
por la de El Salvador. En la sesión del ii de Julio de i8ii, después de prestado el jura- 
mento, los cuatro Representantes de Centro América tomaron asiento en el Magno 
Congreso Don Antonio Larrazábal, Diputado por la provincia de Guatemala, había, 
antes que ellos, ocupado su puesto. 

Desde que el padre Castillo entró en el desempeño de sus funciones, su figura 
destácase radiante y luminosa: aboga por la causa de América, de la libertad y de la 
democracia. Digno Ministro de Jesús, proclama la igualdad, é intercede por los indios, 
los mestizos y los negros. 

Se pretende que los descendientes de África no deben considerarse como ciuda- 
danos, y entonces el padre Castillo levanta su voz. Con finura ataca las mezquinas exclu- 
siones de los hijos de la Península, clama en absoluto en contra de la esclavitud y pide 
para las castas la ciudadanía. 

Pero .se trata de algo más grave que lo hasta ahora defendido por el Diputado de 
Costa Rica. Se discute sobre el número de representantes que debe América mandar á 
las asambleas de la Península. Entonces se yergue el patriota, comprende que se trata de 
un santo derecho, de una defensa santa, y animado de noble justicia exclama : 

"El otro punto sobre que me he propuesto hablar en el artículo i)resente es en cuanto 
á los individuos de Ultramar que deben entrar en este Consejo de Estado. Yo advierto 
que habiéndose observado una perfecta igualdad entre europeos y americanos aun en 
puntos de menor consideración como en la diputación permanente de Cortes, se encuen- 
tra notable desigualdad en esta parte, que influirá soberanamente en la prosperidad de 
la nación. No es el espíritu de etiqueta ni el de rivalidad el que me hace hablar por los 
americanos, sino el deseo del acierto y el de la felicidad de aquellos países. En efecto, 
si V. M. desea que la nación toda prospere, me parece muy conveniente que el Consejo 
de Estado se forme de sujetos de todas las provincias, tanto de la Península como de 
Ultramar, como lo insinuó muy generosamente el señor Aner, para que, reuniendo los 



(*)— íJecilia del Castillo, hija de Nicolás del Castillo y de Margarita Villagrás, hijo á su vez el primero de 
Miguel del Castillo y Magdalena Solano. 

— 239 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



individuos del Consejo los conocimientos prácticos de toda la Monarquía y de los suje- 
tos beneméritos que hay en ella, no solamente provean los empleos con arreglo á justi- 
cia sino que también proyecten planes útiles para promover y adelantar en ambos hemis- 
ferios todos los diversos ramos de la felicidad pública, como son, agricultura, industria, 
navegación, comercio, etc. Además de ésta hay otra razón muy obvia y muy poderosa 
para observar rigurosamente esta igualdad, ó lo que es lo mismo, que la mitad del Con- 
sejo de Estado se componga de americanos, á saber, que siendo menor el número de 
éstos que el de los europeos, podrá verse con mucha probabilidad sofocada la voz de los 
americanos por el mayor número, en todos aquellos casos en que haya competencia 
entre candidatos de aquí y de allá ó en que resulte algún contraste de intereses entre la 
Península y América. Esto sucede por una predilección que se tiene al suelo en que se 
nace, el cual, porque aquí se ha dicho que es una quimera, voy á demostrar que existe y 
que es menester precavernos de una pasión tan poderosa. Convengo en que el amor 
general de la nación debe ser preferido al de una provincia ó ciudad en que se ha nacido, 
pero ésta es una teoría muy buena, mas poco usada en la práctica. Prueba de esta ver- 
dad es la Real cédula fechada en Barcelona á i® de Mayo de 1543, en que se manda 
que las obras pías se funden en los lugares donde el testador adquirió sus bienes y no en 
el suelo en que nació. Son muy notables y dignas de leerse sus palabras. "Sabed que 
somos informados que acaece muchas veces (habla con los americanos) que los vecinos 
y pobladores de estas partes, al tiempo de su muerte disponen de sus bienes y haciendas 
en obras pías, las cuales mandan cumplir en estos nuestros reinos; teniendo más respeto 
al amor que tienen á los lugares donde nacieron y se criaron que á los que deben á las 
tierras, donde, además de haberse sustentado, han ganado lo que dejan, y donde por 
ventura si algo deben restituir á pobres ó gastar en obras pías, están los lugares y las 
personas á quienes se deben y donde se cometieron las culpas que les obligan á la resti- 
tución; y porque como veis en las mandas que de esta naturaleza se hacen, aunque en sí 
sean buenas y piadosas, no se guardan las reglas de caridad, teniendo tanta obHgación 
como tienen nuestros subditos de esos reinos que á esas partes pasan, y asistan á procurar 
á favorecer siempre su bien, siendo como son ellos honrados y sustentados; pues según 
orden de caridad á aquellas partes y personas somos primeramente obligados donde y de 
quien hemos recibido beneficios algunos." De aquí se infiere que es indudable la propen- 
sión que tienen los hombres á preferir el suelo en que nacieron; y, por consiguiente, que 
es indispensable tomar precauciones para evitar los desórdenes que resultan de esta 
predilección. Kn esta virtud concluyo, pidiendo á V. M. que el Consejo de Estado se 
componga en la mitad de sus individuos de americanos y que éstos sean de todas las 
provincias de Ultram¿ir, sobre lo que hago proposición formal." 

Castillo ({ue ha tenido palabnis para los hijos del pueblo, para las gentes de color 
ó descendientes de ellas, para la gran causa de la re[)resentación americana, no puede 
negar su verbo al pobre indio, despojado y esclavizado. Protesta contra las mitas ó 
mandamientos, esa inñamia, esa cruz, que aun hace poco tiempo pesaba sobre los legíti- 
mos dueños del Continente, para oprobio y vergüenza de la raza humana. El Represen- 
tante de Costa Rica, adelantándose á su época y no deteniéndose ante los intereses 
grandes que sacrificaba en aras de la justicia, decía el 8 de Abril de 181 2 : 

*'La Comisión cree que las mitas son enteramente incompatibles con la libertad 
civil de los indios, porque ¿cómo podrá decirse que son libres aquellos ciudadanos que 
contra su voluntad son obligados á abandonar sus hogares para cultivar las haciendas 
de los particulares? La patria solamente puede exigir este sacrificio de los ciudadanos. 
Repartir á los indios en las minas y haciendas, obligarlos á que trabajen en ellas por un 
jornal fijo, que no puede aumentarse, sacarlos del seno de sus familias y trasladarlos tal 
vez á largas distancias, compelerlos á que abandonen sus labores propias para cultivar 



240 — 



EN EL SIGLO XIX 



las ajenas, es no solamente coarlarles la libertad civil, sino reducirlos á un estado de 
servidumbre que es grado menos que una verdadera esclavitud." 

Una vez desempeñadas sus altas funciones, el Presbítero Castillo, á iniciativa 
probablemente de los Diputados por Méjico, se dirigió á este Virreinato, donde sentó 
sus reales, ocupando en diferentes ocasiones altos é importantes puestos. 

Cuando se proclamó el Imperio de Iturbide y se trató de anexionarle á Centro 
América, Costa Rica dispuso que el padre Castillo la representase en la Corte mejicana; 
pero el Emperador (jue conocía al ilustre costarricense y lo apreciaba en su justo mérito 
contestó al nombramiento manifestando que no podía aceptar al señor Castillo, porque 
atendiendo á sus virtudes, á su talento y á su saber, había dispuesto que formase parte 
del Consejo de Estado del Imperio. Entonces se nombró para sustituirlo al no menos 
digno Presbítero Peralta. 

El día 26 de Noviembre de 1834, el pariré Castillo ([ue actuaba como Gobernador 
de la Mitra en el Obispado de Oajaca, hallándose presidiendo unos exámenes sinodales, 
fué acometido de un ataque apoplético, que poco tiempo después le condujo al sepulcro. 
Cuando fué despojado de sus vestidos, pudo verse que su cuerpo estaba marcado con la 
huella de las disciplinas y ceñido de atormentadores cilicios. Sus últimos años estuvieron 
consagrados á la penitencia y á la caridad. 

Su diócesis, que casi por santo le tenía, vertió á su muerte abundantes lágrimas y 
honró dignamente su memoria. 



* * 



Exmo. señor don José María Zamora y Coronado 




XFERiMENTAMOS la más viva complacencia en poder presentar á nues- 
tros compatriotas algunas pinceladas acerca de este hombre 
ilustre, que nos pertenece por el nacimiento, aunque domiciliado 
en los dominios de S. M. Católica, á cuyo servicio consagró una larga y laboriosa 
existencia. 

La hi.storia del señor Zamora es uno de aquellos ejemplos notables de lo mucho 
que el talento puede alcanzar, cuando está unido con la integridad, con una conducta 
intachable y con el amor al trabajo. Partiendo de humildes principios y sin el auxilio de 
un gran patrimonio, de relaciones de familia ni de protectores poderosos, él supo labrarse 
una brillante carrera á fuerza de mérito y honradez y triunfar de contratiempos que tal 
vez á otro habrían desalentado, hasta colocarse entre las primeras notabilidades de la 
toga española. Vio la luz el señor Zamora en la ciudad de Cartago el año de 1785. Su 
familia, una de las más antiguas y respetables del país, procuró desde luego darle la 
mejor educación que se podía proporcionar en aquellos tiempos, enviándole á estudiar 
en la ciudad de León, donde existía un colegio que después se convirtió en universidad. 
En consecuencia, el joven Zamora abandonó la casa paterna á la edad de trece años, 
saliendo en Febrero de 1798 de Cartago, adonde jamás debía volver. Permaneció en 
León seis años, cursando las clases de gramática, filosofía, cánones y leyes; distinguién- 
dose desde el principio por su aplicación y talentos, y saliendo de todos los exámenes 
acostumbrados con el mayor aplauso y lucimiento, hasta graduarse de bachiller en ambos 
derechos cuando apenas contaba diecinueve años de edad. En el de 1804, pasó á 

TOMO I — 241 — 31 



REVISTA DE COSTA RI#A 



Guatemala con el objeto de completar sus estudios y allí tuvo que someterse á un nuevo 
examen en todas las materias que había estudiado, porque los grados adquiridos en el 
colegio de León no tenían autoridad. En aquel acto, practicado con dobles réplicas y 
con extraordinaria solemnidad, Zamora llenó de admiración á sus examinadores por sus 
extensos conocimientos, como lo acreditan los lisonjeros atestados que sin solicitarlos se 
le dieron y la aprobación unánime que obtuvo. A continuación emprendió su pasantía 
en el bufete del ilustre jurisconsulto don Miguel de Larreinaga, entonces Relator de la 
Audiencia y Chancillería real del reino, bajo cuya dirección hizo rápidos progresos y 
se dio á conocer, mereciendo bien pronto el nombramiento de segundo Relator. Des- 
empeñó este destino dos años á satisfacción general, y hallándose en él, se ocupó en un 
trabajo muy importante, formando el índice de las reales cédulas corr'^spondientes al 
reino, documento que dejó concluido y que todavía debe de existir en los archivos. 
Lleno de una loable ambición y observando la necesidad de ocurrir á la metrópoli para 
obtener ascenso en su carrera, el señor Zamora formó la resolución de pasar á Madrid y 
al efecto hizo dimisión de la Relatoría y después de obtener la licenciatura, con las 
ritualidades de estilo, emprendió este viaje en 1809, llevando recomendaciones muy 
especiales de la Audiencia, para que se le agraciase con una toga de oidor. 

La suerte le preparaba un golpe tremendo, pues en la travesía de Honduras á la 
Habana, apresado el buque en que iba por un corsario, sufrió el despojo de cuanto llevaba 
consigo, perdiendo en un momento el fruto de muchos años de fatiga y privaciones. 
Así fué que al desembarcar en la Habana se encontró sin recursos para continuar su 
viaje y se decidió á permanecer en dicha ciudad, ejerciendo su profesión; mas tuvo la 
fortuna de encontrar un buen amigo en el generoso Licenciado Palma, que lo asoció en 
su bufete, y á su sombra pudo Zamora reponer sus pérdidas en poco tiempo y adquirir 
reputación por sus aptitudes y buenas prendas. No tardó, por lo tanto, en ser llamado, 
en virtud de real título, á servir el destino de Relator en la Audiencia de Puerto Príncipe, 
á donde pasó en i8ii, desempeñando dicho empleo durante cinco años. Casó en aquella 
ciudad con una señora muy distinguida del lugar, llamada doña María de los Angeles 
Quesada, y estableció allí su domicilio. En seguida fué promovido al empleo de Asesor 
Teniente Letrado de la Intendencia de Puerto Príncipe con la facultad de reemplazar al 
Intendente en casos de ausencia ó enfennedad. Ocupó dicho destino desde 181 6 á 1826, 
habiéndole tocado ejercer las funciones de Intendente por espacio de más de cinco años. 

Sus capacidades no comunes habían llamado la atención de la Corte y en 1826 
obtuvo un nuevo ascenso, nombrándosele Asesor de la Superintendencia de la Habana 
con encargo también de sustituir temporalmente al Superintendente en sus ausencias y 
enfermedades. Permaneció en tste puesto otros diez años, coadyuvando eficazmente en 
él al planteamiento de todas las reformas y arreglos que introdujo en la Administración 
de la Hacienda el célebre Pinillos, Conde de Villanueva, su amigo íntimo, entonces 
Superintendente, á cuyas sabias y acertadas disposiciones, se debió, como todos saben, el 
excelente estado (jue alcanzaron los recursos fiscales de la Isla de Cuba. 

De allí pasó á prestar sus servicios en el empleo de Contador Mayor de Cuentas 
de la Habana, que obtuvo por el espacio de otra década, hasta que en el año de 1845 
fué elevado al alto puesto de Regente de la Audiencia Pretorial de la misma ciudad de 
la Habana (el más encumbrado en su línea) y el cual desempeñó dos años. Finalmente, 
en el 1849, se le nombró vocal de la Junta Suprema de Disciplina y arreglo de Tribuna- 
les del Reino, establecida en Madrid; y suprimida esta Corporación en el año de 1850, el 
señor Zamora quedó en el goce y honores de Regente Jubilado. 

Además de estos diversos empleos, todos de elevada categoría, el señor Zamora fué 
distinguido con las mayores condecoraciones propias del ramo, habiéndosele concedido 
los honores de Auditor de Guerra en 181 5, los de Togado de la Audiencia de Caracas 

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EN EL SIGLO XIX 



en 1816, los de Consejero en el Supremo Tribunal de Hacienda en 1830 y los de Minis- 
tro en el Supremo Tribunal de Guerra y Marina en 1846, sin contar otros muchos que 
sería largo especificar. El curso de los acontecimientos impidió que el señor Zamora 
prestase ningún servicio directo á su país natal, á pesar de sus vehementes deseos y de que 
Costa Rica siempre tuvo puestos los ojos en él, antes de que rompiésemos los vínculos 
que nos unían á la madre patria y cuando todavía podía considerársele, en todos conceptos, 
como un costarricense. Testigo de esto son Lis elecciones de representante de la provincia 
que obtuvo y se preparaba á desempeñar primeramente en i8io, para las Cortes Cons- 
tituyentes de la monarquía española; después en 1813 para las Cortes Constitucionales y 
por último en 1820 para las mismas Cortes restauradas. La primera vez, la elección no 
pudo tener efecto, |)orque habiendo sido designado en unión de otros dos candidatos, 
entre los cuales había de sortearse el que hubiera de servir la diputación y habiendo 
presentado los compañeros excusas legales para no entrar en cántaro, se mandó proceder 
á nueva elección. No hay necesidad de explicar que en las dos ocasiones posteriores, la 
suspensión de las Cortes habiendo ocurrido casi inmediatamente, el nombramiento del 
señor Zamora vino á ser inoficioso. Nos consta sin embargo que siempre abundó en sen- 
timientos de adhesión al suelo en que nació y que no perdió ocasión de probarlo así; con 
servicios positivos á todos los centroamericanos que pudieron encontrarse con él; inte- 
resándose también vivamente cuando Costa Rica trató de reanudar, por medio de 
tratados, sus antiguas relaciones con la Madre Patria. 

No solamente se distinguió el señor Zamora como jurisconsulto y como adminis- 
trador y financiero sino también como escritor. 

Su Biblioteca de Legislación Ultramarina es una obra generalmente apreciada y 
de mucha utilidad que, por sí sola, bastaría para recomendar su nombre á la posteridad. 
Igualmente fué autor de muchos informes interesantes enviados á España con referencia 
al gobierno de la Isla de Cuba, á cuyo adelanto en todos los ramos contribuyó pode- 
rosamente. Su opinión continuó considerándose de tanto peso en la materia, que las 
autoridades superiores de aquella importante colonia entonces no se desdeñaban de 
solicitar con frecuencia el auxilio de sus luces, no obstante hallarse retirado de los nego- 
cios. El señor Zamora era alto de cuerpo, delgado y bastante erguido para sus años. 
La magnitud y configuración de su frente perpendicularmente levantada, corresponden 
al desarrollo y carácter de sus capacidades mentales. En su agradable fisonomía se 
reflejaba la agudeza, combinada con los sentimientos más benignos. De maneras insi- 
nuantes y de conversación tan variada como instructiva, llamaba la atención, especial- 
mente por la claridad de sus ideas y por una memoria extraordinaria, que aun en la edad 
avanzada y en medio de las enfermedades de cjue adolecía, conservaba toda su frescura 
y energía. 

Lo anterior es una adaptación, con ligeras variantes, de un brillante artículo 
escrito en 1850 por don Feli|>e Molina y cuando aun vivía Zamora, quien murió algún 
tiempo después, sin haber vuelto á pisar el suelo patrio. 



* * 



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REVISTA DE COSTA RICA 



Don Joaquín Bernardo Calvo y Rosales 




I NO Calvo á la vida el día 20 de Agosto de 1799, siendo el quinto de 

los hijos de don José Bernardo Calvo y doña María Manuela 

^-- Rosales. Cartago tiene la honra de haber sido su ciudad natal. 

No pasó su niñez entre los mimos y halagos de la diosa fortuna, porque la posición 
de sus padres no era desahogada; pero los grandes sacrificios de éstos permitieron que 
recibiese una esmerada educación, que fué dirigida en sus primeros tiempos por el insigne 
maestro don Rafael Osejo, y más tarde por el Presbítero don Hipólito Calvo, hombre 
tan recto como ilustrado. 

Las sabias enseñanzas de sus maestros en el campo de la ciencia y de la moral, 
cayeron en el cerebro y el corazón de aquel niño, como en fecunda tierra la simiente, 
haciéndole muy en breve notable por sus levantadas miras y profundos conocimientos. 

Muy joven era aún, cuando por sus buenos servicios como maestro de escuela en 
la ciudad de Cartago, fué llamado á la de San José para encargarle la dirección de una 
escuela superior. Nuevos horizontes se ofrecieron entonces á sus grandes facultades, y la 
mejor sociedad, por sus méritos, le acogió con benevolencia y satisfacción. 

Aunque atendía con sumo cuidado á sus tareas pedagógicas, no descuidaba por 
eso sus estudios particulares, y en breve concluyó, con grande éxito, los de Agrimensura y 
Jurisprudencia. En 1827 fué promovido al honroso puesto de Secretario General del 
Gobierno Superior del Estado, puesto que ocupó durante las administraciones del Bene- 
mérito don Juan Mora y don Jo.sé Rafael de Gallegos. 

Llegó el año de 1835, y el 5 de Mayo fué electo para Jefe Supremo del Estado el 
importante hombre público don Braulio Carrillo. Calvo dejó la Secretaría del Gobierno 
y pasó á ocupar el puesto de Jefe Político Superior de la ciudad de Cartago. 

En el mes de Setiembre de aquel mismo año, vino la rebelión de las provincias 
aliadas, y Calvo, aunque no había tomado con anterioridad, parte en este movimiento 
político, lo aceptó impulsado por la espontaneidad y universalidad del mismo, y con tal 
motivo, fué comprendido en el decreto que ponía fuera de la ley á los cabecillas de la 
rebelión. Confiscáronsele sus bienes, y sólo pudo escapar la vida, permaneciendo oculto 
en la ciudad de Cartago sfis meses, y huyendo más tarde á Nicaragua, donde se esta- 
bleció en la ciudad de León. 

En 1837 un cambio completo en la atmósfera política de Costa Rica le permi- 
tió volver á su (lueriflo j)aís, donde, llamado por el Congreso y probada su inocencia, le 
fueron devueltos sus bienes confiscados. 

Exaltado de nuevo Carrillo al poder, tornó á nublarse el cielo político de Calvo. 
Felizmente el Gobernante en esta ocasión se contentó con obligarle á servir la j)laza de 
maestro de escuela, plaza que Calvo desempeñó gustoso, no sin decir — acompañando la 
frase de su habitual bondadosa sonrisa — que ''á corlo precio pagaba su tranquilidad y la 
de su familia, pues ninguna ocuj)ación le era tan grata como la de la enseñanza." 

Tanta bondad y tanta nobleza apagaron el enojo de Carrillo, que, hombre supe- 
rior, sabía apre(;iar á los grandes hombres, y Calvo fué nombrado Magistrado de la Corte 
Suprema de Justicia. 

A Carrillo sucedió el Jefe unionista General Morazán, quien aprovechó amplia- 

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EN EL SIGLO XIX 



mente las grandes dotes y talentos de Calvo, encargándole de revisar, en unión de otros 
distinguidos costarricenses, la legislación emitida por su antecesor en el ejercicio de la 
Jefatura del Estado. 

A partir de esta fecha la vida de Calvo es una serie de triunfos. 

Llega hasta el sepulcro, bajo una espesa sombra de laureles. Diputado, Ministro 
General, Secretario de la Universidad, Juez de Hacienda, Intendente General de Ha- 
cienda, Ministro de Relaciones Exteriores. Representante Diplomático, Alcalde Consti- 
tucional de la ciudad de San José, Secretario del Congreso, Presidente del Senado: 
todos estos cargos desempeñó sucesivamente con tanto acierto é inteligencia que todo 
elogio que de él se hiciera resultaría pálido. 

Como periodista su conducta es sin mácula. No puede hacérsele mejor elogio. 
Caminar por la resbaladiza pendiente del periodismo, sin caer en bajezas y en infamias, 
cosa es que casi parece imposible en nuestros pequeños países, donde la vida del perio- 
dista político está rodeada de intrigas y muchas veces compuesta de ellas. Sirviéndose, 
casi siempre, á un partiilo, cuya lucha lleva al ultraje vil y á la grosera ofensa, cuan difí- 
cil es no romper la valla de la honradez, para ponerse á la altura de los contrincantes. 
Calvo siempre conservó su noble serenidad, sin que, por ningún motivo, su docta pluma 
se desbordara del cauce que marcan una conciencia limpia y un criterio sano. Entre sus 
tareas periodísticas deben citarse principalmente la fundación íle El Noticioso Universal 
de Costa Rica^ fuera de innumerables trabajos publicados en éste y otros periódicos. 

Calvo no sólo mereció honores de su país, sino también de otras cultas naciones, 
siendo distinguido por S. S. el Papa Pío ix, el año de 1853, con la Cruz de Caballero 
de la Orden del Santo Sepulcro. 

Conocedor profundo de la Legislación, puede asegurarse que corrigió y perfec- 
cionó, casi por sí sólo, la que existía en la República de Costa Rica hasta su muerte. 

Su bondad sin límites, su honradez sin tacha, su inteligencia sin sombras, su 
patriotismo sin ejemplo y su laboriosidad infatigable, hicieron de él un hombre útilísimo 
á su país, y al emprender el viaje sin retomo, dejó en la vida política de su patria y en 
el corazón de sus conciudadanos un inmenso vacío. 

El día 20 de Octubre de 1865, abandonó el mundo de los vivientes, para pasar al 
de los inmortales. 

* * 

llustrísimo señor don Anselmo Llórente y Lafuente 

Primer Obispo de esta Diócesis 




L Papa Pío IX, por Bula expedida en Roma el 28 de Febrero de 1850, 
erigió á la República de Costa Rica en Obispado y dispuso 
que fuese la ciudad episcopal San José. En ese mismo docu- 
mento instituyó el templo, que llevaba el nombre de dicho Patriarca, en Catedral. El 
primer Obispo fué don Anselmo Llórente y Lafuente. 

De tan preclaro varón hace el distinguido hombre público Doctor don José María 
Castro, la biografía siguiente: 

''Don Anselmo Llórente y Lafuente, de notable estirpe, de una de las más antiguas 
y más respetables familias de Costa Rica, nació en la ciudad de Cartago el último año 
del siglo anterior. 

** Desde su niñez se distinguió por su amor y obediencia de hijo, su juicio maduro 

— 245 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



y su deseo de saber. Llevóle éste en 1818 á Guatemala, donde bajo los auspicios de Fray 
Anselmo Ortiz hizo los correspondientes cursos de Filosofía, en cuya facultad obtuvo en 
1822 el grado de IJachiller. — Dedicóse en seguida al estudio del Derecho Civil y Canó- 
nico, y en 1825 se graduó en ambos. — Habíase ordenado de sacerdote en 1824, y con 
tal motivo se consagró después á los estudios teológicos en que hizo progresos que 
llamaron la atención de la Curia Metropolitana. — Confióle ésta diversos curatos en el 
Estado de Guatemala, los que desempeñó siempre á satisfacción de sus prelados. No 
cesó en la cura de almas hasta el año de 1847, en. que se le nombró Rector de aquel 
Colegio Seminario, cargo que ejerció hasta el 7 de Setiembre de 185 1, en que fué consa- 
grado Obispo de esta Diócesis. — Durante ese rectorado en 1848, se le eligió Diputado á 
la Asamblea Constituyente de (Guatemala en la que mostró tanta energía como rectitud 
de principios políticos. — Allí se hizo notar principalmente por su oposición firme y 
razonada á las medidas de hostilidad propuestas contra el partido vencido entonces. 

"El 27 de Diciembre del mismo año de 51, entró solemnemente en esta Capital y 
tomó posesión de la Diócesis. 

"Serias dificultades debía presentarle un Obispado nuevo donde era preciso 
crearlo todo y organizarlo todo. El Ilustrísimo señor Llórente supo vencerlas más con 
su prudencia que con su autoridad, y la administración eclesiástica quedó pronta y 
definitivamente sistematizada. 

"El principio de no intervención en los actos del Poder Civil que no afectan los 
interesas de la iglesia, fué guardado extrictamente por el digno Prelado. — Jamás las 
autoridades laicas encontraron en la de éste ni resistencia ni remora á las providencias 
de naturaleza profana, ni aun á las de carácter mixto que no estimase contrarias á la 
disciplina eclesiástica ó á las regalías del Clero. 

"Tan laudable conducta de parte del Obispo, contribuyó, no hay duda, á conser- 
var la armonía que, con excepción de una sola vez, reinó entre ambos poderes. 

"Y en las dificultades que esa vez surgieron, notóse que ningún interés propio 
había por parte del Prelado. — La conciencia exacta ó errónea de un deber, fué lo único 
que le condujo á la defensa de los curas, á cuyos proventos se concretaba la ley origen 
del conflicto. 

"No se presenta caso en que por pura utilidad personal del Ilustrísimo señor 
Obispo hubiera habido entre éste y el Poder Ejecutivo azarosas emergencias. Al contra- 
rio, vimos al primero sufrir con paciencia el retraso de la congrua que debía satisfacerle 
el Tesoro Nacional. Le vimos ocupar hoy una casa y mañana otra y soportar las 
molestias de un mal alojamiento, sólo por consideración al Gobierno Civil, obligado á 
proveerle de un palacio. 



"Mas no sólo de esa manera pasiva cooperó el Ilustrísimo señor Llórente al man- 
tenimiento de la tranquilidad pública. — Ciudadano exclarecido y hombre de orden, exhor- 
taba á todos á resp:ítar la ley y obedecer á las autoridades del E.stado. — Ocasión hubo 
en que sus exhortaciones evitasen mnles de alta y general trascendencia. 

"Sin más caudal que el producto de sus escasas rentas, debió á su economía, á la 
modestia de sus vestidos y hogar, á la frugalidad de su mesa y á lo limitado de su servi- 
dumbre, la adquisición de algunos bienes. 

"De ellos hizo uso para ejercer diversos actos de caridad privada, que no nos es 
dado revelar, para donar á la Nación el edificio que en esta capital sirve de cárcel de 
mujeres y para destinar al establecimiento de las monjas Ursulinas la sólida casa que 
construyó en Cartago. — De ellos hizo uso para donar mil pesos al Hospital de San Juan 
de Dios; para auxiliar notablemente la construcción de varias iglesias y en especial las de 
San Francisco y Soledad de la misma Cartago; para hacer suplementos á fin de que no se 

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EN EL SIGLO XIX 



suspendiese la edificación del Colegio Seminario, obra de que se ocupó con bastante afán 
y para impulsar de diversas maneras el desarrollo de las artes. De ellos hizo uso para ser 
siempre el primero en suscribir acciones en toda empresa útil para el país, las más veces, 
no en beneficio propio, sino de alguna iglesia pobre. — De ellos, en fin, hizo uso para 
costear su viaje á Roma, donde ocupó asiento en el último Concilio. 

*'¿Y de los bienes que á su muerte había de dejar, qué dispuso? Casi nada en 
favor de su familia; todo en bien de los templos y de la humanidad necesitada. 

"Mucho tiene de laudable á los ojos de la filosofía y de la razón el hecho de 
haber establecido el Ilustrísimo .señor Llórente una fábrica de ladrillos, donde algunas 
veces por instantes solía trabajar personalmente 

"Aficionado, como lo era, á las artes mecánicas y tan inclinado á edificar, propú- 
sose con el establecimiento á que aludimos ensayar los conocimientos teóricos que había 
adquirido en la materia, rectificarlos por medio de la práctica y difundirlos así, á fin de 
que se mejorase en el país y fuese más económica la fabricación de ladrillos tan costosa 
é imperfecta como entonces se hallaba. Propúsose también obtener para sus obras en 
proyecto ese material que de otra manera no le era fácil adquirir, tal cual lo deseaba. 
Propúsose igualmente tener qué le distrajese algunas horas y dónde hacer el ejercicio 
necesario para recuperar las fuerzas que le quitaban los trabajos mentales. 

"A todo esto concurría el establecimiento enunciado, que si habla tan alto en 
favor del Ilustrísimo señor Llórente, en cuanto á hombre de progreso, no dice menos 
en punto á su humildad. 



"No hay virtud apostólica de que ese ilustre Prelado, de acendrada, de irresistible 
fe, hubiese carecido. — La sanidad de su corazón y la pureza de sus costumbres están 
patentes en todos los pasos de su larga existencia y hasta en el prolongado y locuaz deli- 
rio que precedió á su muerte: ninguna palabra impura, ninguna ofensa á su prójimo llegó 
á proferir en ese deplorable estado de febril enajenación mental." 

He aquí referida á grandes rasgos, pero con brillantez y seguridad, la vida de 
tan ilustre costarricense. 



* * 



Don Julián Volio 




NTRE los hijos de Costa Rica que, en la segunda mitad de este siglo, 
han honrado á su patria, ocupa lugar preferente don Julián 
Volio. 

Nació este distinguido ciudadano en la ciudad de Cartago el día 17 de Febrero 
del año de 1827, é hizo el estudio de las primeras letras en la ciudad de su natalicio. 
Cuando contaba apenas doce años pasó á Guatemala, llamado por su tío el Presbítero 
don Anselmo Llórente y Lafuente y allí, en aquél que era entonces foco del saber en 
Centro América, continuó sus estudios, optando por la carrera de leyes, y obteniendo el 
título de abogado en 1848. 

De regreso á Costa Rica se dedicó al ejercicio de su profesión y no tomó parte 
activa en la política sino hasta el año de 1859, ya al finalizar la Administración Montea- 
legre, en que desempeñó el cargo de Secretario de Estado, puesto que también ocupó 
en los gobiernos del Licenciado don Jesús Jiménez y del Doctor don José María Castro. 

En i868 fué candidato á la Presidencia de la República; pero él, por modestia, 
sin duda, no se ocupó en trabajar su candidatura; tanto es así, que en ese año no tuvo 

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REVISTA DE COSTA RICA 



inconveniente en alejarse del país, aceptando una misión diplomática en Europa, la cual 
desempeñó á maravilla, pues logró conseguir con la casa Baring Brothers, de Londres, 
un empréstito, en ventajosísimas condiciones, para construir un ferrocarril al Atlántico. 
Estaban ya casi concluidas las negociaciones, cuando vino á dar con ellas en tierra el 
golpe de i" de Noviembre del año citado, que determinó la caída del Doctor Castro. 

De nuevo en Costa Rica, se dedicó el señor Volio á sus asuntos particulares hasta 
el año de 1871, época en que emigró voluntariamente á Guatemala, donde fué muy bien 
recibido, nombrándolo el entonces Presidente, don Miguel García Granados, Ministro 
de Hacienda y Crédito Público, cargo que sólo tuvo un año, por haber entrado á ejercer 
el poder el General don Justo Rufino Barrios, carácter imperioso, con quien Volio creía 
no poder marchar de acuerdo. Sus temores eran fundados, pues Barrios no le vio con 
buenos ojos, reduciéndole á prisión poco después de su ascenso al poder y extrañándolo 
más tarde del territorio de la República. 

Pasó algún tiempo en San Francisco de California y el año de 1874 regresó á su 
país natal, donde se dedicó exclusivamente al cultivo de la agricultura, negándose, con 
toda la energía de su carácter á aceptar ninguno de los altos puestos que el General 
Guardia con marcada insistencia le ofreció, hasta que, electo Diputado en 1880, dejó 
el campo y volvió á la Capital. El voto unánime de sus compañeros lo elevó á la Presi- 
dencia del Congreso. Desgraciadamente éste no debía tener larga vida: fué disuelto al 
principiar sus sesiones, y el señor Volio, confinado á su hacienda de San Ramón, donde 
permaneció hasta la muerte del General Guardia. 

Instado entonces Volio, por el nuevo Presidente don Próspero Fernández, para 
que se hiciese cargo de la Dirección del Banco Nacional, aceptó, y durante dos años 
estuvo al frente de esa institución, logrando restablecer el casi perdido crédito de la 
misma. Por aquel tiempo el Gobierno otorgó al Banco de la Unión concesiones con las 
cuales, por ningún concejno estaba de acuerdo su Director, quien con tal motivo dejó el 
puesto que ocupaba y abrumado por esta nueva decepción, pues preveía los males de 
dichas concesiones, se retiró á la vida privada, y murió después de larga y dolorosa 
enfermedad, el 26 de Noviembre de 1889. 

El Gobierno constituido, reconociendo sus grandes méritos y valiosos servicios, 
decretó un entierro oficial y mandó erigirle un monumento en el sitio donde reposan 
sus cenizas. 

• * 



Presbítero don José Francisco Peralta 




üR EL AÑ(^ 59 de este siglo, un triste acontecimiento tenía consterna- 
_^,^^ dos al pueblo y á la alta sociedad de Cartago. Una tumba 
"^ (juerida había sido profanada en el Cementerio por un grupo 
de malhechores, que exhumaron los restos que contenía con el fin de robarse unas alha- 
jas valiosas, con las cuales, según decir de la gente, había sido enterrada la [)ersona que 
allí reposaba en el eterno sueño. La tumba era, nada menos, la muy veneranda del Pres- 
bítero don José Francisco Peralta. 

Con tal motivo la Municipalidad de Cartago dispuso levantarle un monumento y 
enterrar en él de nuevo las profanadas cenizas, no sin antes celebrar una gran ceremo- 
nia religiosa en la iglesia de San Francisco. Todo esto se verificó en el aniversario de 
su muerte, el día 16 de Setiembre. 

— 248 — 



EN EL SIGLO XIX 



"El Presbítero don José Francisco Peralta — decía en esta ocasión el Licenciado 
don Andrés Sáenz, á quien cupo la honra de pronunciar la oración fúnebre — era uno de 
esos hombres que por sus hechos merecen el título de grandes. Cartago tiene la dicha de 
haber sido la cuna de este ilustre varón, como lo ha sido también de Goicoechea, 
Zamora y tantos otros distinguidos ciudadanos. Cartago le vio crecer y le cupo la honra 
de haber sido el lugar escogido para su residencia: ella y toda la República han sido tes- 
tigos presenciales de su heroísmo, de sus grandes capacidades, de su patriotismo, de su 
saber v de su honradez." 

Nació tan preclaro costarricense el año de 1788 é hizo sus primeros estudios en 
su ciudad natal, concluyendo los superiores y ordenándose de sacerdote en la de León 
de Nicaragua. Desde muy joven dio muestras de sus grandes aptitudes. Sobre todo, 
como orador adquirió justa fama. Sus sermones eran al par que edificantes, deleitadores. 
Cuando el Presbítero don Florencio del Castillo no pudo representar á su patria ante el 
Imperio mejicano, por necesitarlo Iturbide para otros servicios, se nombró al padre 
Peralta para llenar tan delicada misión. En San Salvador, donde residió algún tiempo, 
puso también muy alto su nombre y fué objeto de muy señaladas atenciones. "Liberal 
como era y amigo del pueblo, de quien era consejero, proclamaba y defendía con entu- 
siasmo y ardor patriótico las garantías individuales, las libertades públicas, los principios 
de conveniencia y utilidad general y el bien y honor de su patria á quien tanto amaba." 
Fué siempre acalorado partidario del General Morazán y á la entrada de éste en 1842 
ocupó la Presidencia del Congreso. En este puesto pronunció un discurso, que honra 
verdaderamente la oratoria costarricense. 

Su carácter era vivaz y alegre, su rostro muy animado, su hablar rápido. Era 
gran jinete y gustaba siempre de montar en briosos caballos. El 11 de Setiembre 
de 1844 quiso, yendo caballero en un buen corcel, saltar una tranquera muy alta; desgra- 
ciadamente el caballo tropezó y cayó. Púsose al punto de pie el irritado bruto y partió 
á carrera tendida arrastrando al sacerdote que había quedado enredado en uno de los 
estribos. Cuando logró desprenderse ya había recibido los terribles golpes que debían de 
causarle la muerte. "En los momentos que le faltaban de existencia, después del desgra- 
ciado suceso, en medio de sus agudos dolores y continuos sufrimientos, hizo sus disposi- 
ciones testamentarias, y no se olvidó entonces de su pueblo, al que tanto quería. Dejó á 
beneficio de la enseñanza una magnífica finca, cuyos productos debían invertirse en la 
educación primaria de la juventud, señalando de preferencia la educación religiosa y 
cristiana." 

"El 1 6 de Setiembre de 1844 — con motivo de la reinhumación de sus restos mor- 
tales, decía La Gaceta Oficial — fue un día de luto y llanto ¡)ara la ciudad de Cartago: á 
la una de la larde de este día memorable, exhaló su último aliento el señor Presbítero 
don José Frnncisco Peralta; su temprana muerte fué sentida por todo un pueblo que le 
quería y una pérdida irreparable i)ara Costa Rica." 



• 
* * 



Señorita doña Manuela Escalante 

I en aquellos tiempos en ijue acabábamos de romper los lazos de la 
dominación española, era laudable y plausible que los hombres 
alcanzaran alguna ilustración, sin escuelas, ni libros, ni elementos, 
cuánto más digno es de admiración que una mujer lograra en ese reinado de las tinieblas, 
sobreponerse al nivel común y adquirir sólidos y vastos conocimientos. Extraño parece 

TOMO I — 249 — 32 




REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



que allá en la primera mitad de este siglo, cuando las mujeres se educaban bajo un 
régimen conventual, sin más oñcio que el de oír misa todas las mañanas, coser, lavar y 
aplanchar, bordar algunas veces, pero siempre huyendo de los libros que no fueran de 
devoción, hubiera una mujer que, ajena de preocupaciones, se dedicara con profundidad 
á las lecturas profanas. Esta era la señorita doña Manuela Escalante, de quien al morir 
se escribía lo siguiente: 

" Nacida de una familia ilustre y respetable, quiso también serlo por su mérito, 
como más seguro título de merecer la estimación de los contemporáneos y la gloria de la 
inmortalidad. Consagrada al estudio después de la educación de la puericia, devoró 
libros y panfletos sin elección y sin pausa, y adquirió conocimientos variados y profun- 
dos; mas la historia y la literatura fueron en los últimos tiempos su estudio favorito. 
En cuarenta volúmenes de la primera leyó lo que habían narrado en Grecia desde Hero- 
doto hasta Plutarco, lo que narraron en Roma desde Tito Livio á Tácito y lo que han 
narrado después los historiadores ulteriores, desde la irrupción de los bárbaros hasta la 
época presente. 

"Culta en el hablar, como en sus modales y acciones, estudió todos los puntos 
controvertidos de la lengua materna y los utilizó en la francesa, que también cultivaba 
con esmero. Amante rígida de la verdad, estudió el arte de hallarla fácilmente, en tres 
diversos cursos ele lógica moderna. Investigadora profunda de los fenómenos del pensa- 
miento, arrostró la metafísica de Tracy y estudió su Ideología. Ávida, en fin, de conoci- 
mientos, y dotada de un gusto delicado, se lanzó al florido campo de la literatura y sabo- 
reó los principios elementales de las ciencias en los cuadros ingeniosos de Duval. La 
Geología especialmente la estimulaba á raciocinar, y á veces con enfado. "Esta ciencia 
nueva, decía ella, destruye todas las creencias; mas yo tengo para mí, que no es dado al 
hombre exceder los límites de su inteligencia, pues parece que la Providencia ha querido 
cubrir sus obras con un velo impenetrable. Todas son teorías más ó menos ingeniosas, 
las cuales se suceden unas á otras como las olas de la mar. Así pasemos á otros estudios 
que me instruyen y deleitan, y dejemos los que me enseñan á dudar y me hastían." Con 
efecto, dedicaba cinco horas del día á la lectura de Tácito y dos ó tres de la noche á su 
curso de literatura. Entusiasmada con Tácito exclamaba: "Este es el escritor más pro- 
fundo de todos los siglos y el que más conoció el corazón humano. Dudo que los mo- 
dernos puedan exceder á los antiguos en ingenio y sublimidad, aunque les aventajen en 
delicadeza y corrección." 

Dotada de una memoria feliz, se complacía en recitar las numerosas definiciones 
de su vasto curso de literatura, en lo que era un prodigio sorprendente. También se com- 
placía en repetir las llamadas figuras de Retórica, desde la antítesis hasta la prolepsis y 
desde el apostrofe hasta la personificación. Por último se complacía en recitar los mejores 
versos (que se cantaban en sus labios) del Parnaso español, y señaladamente las Églogas 
de Garcilaso, las Odas del maestro León, las canciones de Herrera y la Epístola Moral 
de Rioja." 

Esta ilustre joven, murió cuando apenas contaba 26 años, después no sólo de 
haber hecho grandes estudios y adquirido profundos conocimientos, sino tras una vida 
consagrada á la caridad en que si <lió muchas veces pan al niño, sobre todo, enseñó al 
que no sabía. 






250 



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Don Tomás de Agosta 
Don Juan de Dios de Avala 
Don Juan Manuel de Cañas 




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Don Tomás de Acosta 



JN Tomás de Acosta es sin duda, entre los Gobernadores 

españoles que ejercieron et mando «ti la provincia de Costa 

Rica, en el Reino de Guatemala, el más notable de todos, 

por sus relevantes cualidades intelectuales, su tino, orden, 

VTi"-^iS ■ ■fc' j amor á la tierra de su dominio y celo con que sirvió siempre 

"^J^SB^^ Jr¿^ su alto cargo. 

Nació este distinguido Gobernador de Costa Rica en la 
Habana el año de 1744, siendo hijo de don José Melchor de 
Acosta y de doña Teresa Hurtado de Mendoza. Ca.só en Nueva 
Orleans con una hija de la gran República de Washington, 
doña Margarita (irondel, y por Reales cédulas de 9 de Mayo, 
32 de Junii) y 17 de Julio de 1796 fué nombrado Gobernador político y militar de 
Costa Kica. Su hoja de servicios hasta 1803, dice asi: 

"Gobernador de la provincial de Costa Rica en el Reyno de Guatemala. 
"El Teniente Coronel don Tomás de Acosta: su eilad, 56 años; su país, la 
Habnna: su calidad, noble; su salud, robusta; sus servicios y circunstancias los que se 
expresan : 




rifin/if ,-11 qiu ímpesó a t 


,n.¡r 


los (mphos 


Tiempo qm sirve, y ciianlo en cada emplen 1 


KMPI.líOS 


núu 


1 


EME'LEOS 


Aioí 


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Dia, 


Cadttr 

Subicnicnic 

C:ip¡.Anv¡vo 

(íobr, polílico y mililar 

Tirnlf. Curonl. con diclio mando 


»7 


Enrro ,753 
Nove.- ,769 
FíbV 1778 
Enero ' 1780 
Selbr- 1786 
Moyo 1 1796 
Abril iSoo 


CaHele 

Sublooifnle 

Teniente 

Ayudante con grado de capn. 

Capiídn vív, 

Gobr. poHiico y miliiar 


8 

6 
9 

3 


9 


4 
6 

1 


Toial Twr fin de Dlir..-, de 1803. 








50 


" 


3 




—. ■ """ 1 





REVISTA DE COSTA RICA 



Este cuadro, en la forma que se ve, fué hecho de puño y letra del mismo Gober- 
nador Acosta, y existe en el Archivo Nacional. 



Regimientos donde ha servido 

" En el de infantería de la Habana, con Real dispensación de menor edad. 
En el de Dragones de América. En el de infantería de la Luisiana. En el de África y en 
el Gobierno político y militar de Costa Rica, donde actualmente se halla. 

Campañas y acciones de guerra en que se ha hallado 

** En el sitio y rendición de la Habana, el año de 62 siguió sus banderas á 
España, cuando la pérdida de dicha plaza. Se halló en la rebelión de la Nueva Orleáns 
el año de 68. En la expedición contra esta colonia el de 69. Tuvo la escuela de cadetes 
de la Luisiana el de 73 y 74. Fué de la Habana á la Nueva Orleáns, con 200 hombres 
de refuerzo el de 78. Se halló en la sorpresa del Fuerte Baut, sitio y toma del de Báton- 
Rouge en el de 79, y en el mismo año fué á tomar posesión del de Natchés. 

" Ejerció las funciones de Sargento Mayor en su anterior cuerpo dos ocasiones: 
la primera, por espacio de dos años, por haber recaído el mando de él, en el que lo era 
en propiedad; y la segunda, tres años y cuatro meses por la separación del segundo 
batallón que se halló cubriendo este tiempo la plaza de Pensacola. Justificó haber des- 
empeñado varios encargos cuando la rebelión de la Nueva Orleáns. Haber sido dos años 
Comandante de Mánchale, conservando armonía con la Nación Inglesa, y mantenido en 
paz la de los indios de su distrito. Haber estado cinco años de recluta en la Habana y 
ejercido de Secretario en la Revista de Inspección pasada á los Dragones de la Nueva 
Orleáns. Don Pedro de la Bastida, Teniente Coronel de infantería y Sargento Mayor del 
Regimiento de África del que es Coronel don Antonio (xenra: Certifico: que la hoja de 
servicios que antecede, es copia de la original que queda en el libro de bajas de la 
Oficina de mi cargo, y que el individuo contenido en ella, en virtud de Real despacho, 
pasa á servir el Gobierno de la provincia de Costa Rica en el Reyno de Guatemala, 
satisfecho de su haber por este Cuerj)0 hasta fin del corriente mes: y para que conste lo 
firmo en Madrid á 10 de Junio de mil setecientos noventa y seis. — V. B. — (f) Antonio 
Genra— (f) Pedro de la Bastida." 

Desde que tomó posesión de su cargo en Costa Rica, comenzó su tarea de mejo- 
ras y progresos, hasta donde le permitían los escasos límites de sus facultades. 

En el año de 1797 hizo levantar un censo de las haciendas y ganado vacuno de 
la provincia. En el mismo se dirigió á la .audiencia haciendo saber las penalidades y 
sufrimientos á cjue se hallaban sujetos los menores entregados á tutela. En uno de sus 
párrafos dice este documento, lleno de altos principios de filantropía : " F^ste inaudito 
derecho de esclavizar al que va libre tiene en este vecindario tanta extensión que, no 
contentos con exigir de estos infelices víctimas todo el servicio á que está sujeto el más 
costoso esclavo, no les dejan como á éstos el triste consuelo de mudar el domingo, sino 
cuando des[)ués de bien castigados y mal asistidos de alimento y vestuario salen de su 
poder, entonces los reclaman á los jueces, exponiendo los unos que desde muy chicos los 
han tenido á su cargo doctrinándolos y manteniéndolos de un todo. Dicen los otros que 
si aquélla quiere salir de su casa es con el objeto de vivir libertina; y otros alegan, final- 
mente, que habiendo quedado huérfana y muy pequeña, han tenido el trabajo de criarla, 

— 254 -- 



EN EL SIGLO XIX 



instruirla en la religión, enseñarla á buscar el sustento, y qut- ahora que los puede aliviar 
los deja en el caso de servirse á sí propios." 

En vista de que la lepra ó mal de Lázaro iba tomando mucho cuerpo en diferen- 
tes poblaciones, solicitó de la Audiencia que se sirviese ordenar la formación de un 
pueblo en el lugar de la Candelaria, camino de Fanamá, á fin de reunir allí á todos los 
enfermos de la provincia. ; Cómo cosecharíamos hoy los beneficios, si la petición del 
Oobernador Acosta hubiese sido atendida ! 

Con fecha 2 de Julio de 1798, falló sobre asunto de límites entre San José y 
Heredia, declarando que el río Virilla, debía reconocerse como jurisdicción de Villa Vieja 
(Heredia), y que toda la extensión del terreno al Sur perteneciera á Villa Nueva (San 
José), sirviendo de límite el dicho río Virilla hasta su unión con el llamado río Grande. 

En el mismo año de 79 visitó la provincia toda, según informa al Presidente de 
la Audiencia, "para tomar un conocimiento práctico del terreno, sus poblaciones y demás 
que le facultase en lo sucesivo el mejor desempeño de su empleo." 

En 1802 dio cuenta de los diferentes productos de la provincia, cosechas, canti- 
dades, etc., y en el mismo año hizo construir un camino desde Quircot hasta el río 
Virílla. 

Trabajó siempre con empeño por fomentar la agricultura, único medio de subsis- 
tencia con que contaba la provincia, procurando muy especialmente que se diese prefe- 
rencia á las siembras de cacao, á fin de que aumentase tan importante cultivo; propuso 
reformas muy de bien general en el ramo del tabaco, y no hubo en fin cuestión de inte- 
rés para sus gobernados que no tocase á fin de favorecerlos lo más posible, así como á 
la tierra de su dominio. 

El mejor elogio que de este hombre notable puede hacerse es reproducir los térmi- 
nos en que poco más ó menos se dirigió en un memorial, el M. N. y L. Ayuntamiento de 
Cartago á la Audiencia, cuando tuvo noticia de que, por Real disposición, D. Tomás 
de Acosta debía pasar á ejercer de Gobernador en Santa Marta. En dicho memoríal se 
solicitaba que no se verificara el traslado, por la "tranquilidad de la provincia; que el 
dicho Gobernador había promovido el fomento de la agricultura, procurando que la fac- 
toría de tabacos de Costa Rica proveyese á Lima y á Méjico; abierto caminos y ace- 
quias, tratado de evitar la propagación del mal de Lázaro, propagado la vacuna y 
practicado la caridad visitando á los enfermos y regalándoles las medicinas que hacía 
venir de Guatemala por no haber botica en Costa Rica." 

Por su parte el historiador don León Fernández se expresa así: "D. Tomás de 
Acosta fué uno de los Gobernadores más inteligentes y de mayor actividad que tuvo la 
provincia de Costa Rica. Su rectitud, amor á la justicia y caritativo corazón le valieron 
el general cariño de sus gobernados, así como le hacen acreedor al recuerdo de la pos- 
teridad." 

A pesar de la petición del muy noble Ayuntamiento de Cartago, pasó á ser%nr el 
Gobierno de la provincia de Santa Marta, hasta que el 15 de Octubre de 181 2 fué nom- 
brado Brigadier de los Reales Ejércitos con residencia en Costa Rica, á donde se tras- 
ladó permaneciendo en la ciudad de Cartago hasta su muerte, acaecida el 25 de Abril 
de 1 82 1. Los últimos cinco años de su vida los pasó reducido á perpetuas tinieblas: 
desde 18 16 había (juedado completamente ciego. 






255 



REVISTA DE COSTA RICA 




Don Juan de Dios de Ayala 



ON Juan de Dios de Ayala nació en Panamá, y á la edad de diez años 
y dos meses, por dispensa concedida por el Rey Carlos iii, 
entró al servicio en España como cadete, dando así principio 
á su carrera militar, en la cual llegó hasta el grado de Teniente Coronel de infantería. 
Fué Gobernador del Darién y de Veraguas, y por Real cédula de 23 de Agosto de 1809, 
con igual cargo, político y militar, pasó á Costa Rica, tomando posesión de este último 
mando el 3 de Julio de 18 10 y del primero el 4 de Diciembre del mismo año. 

En el desempeño de sus cargos fué activo y demostró siempre inteligencia y buena 
voluntad, pero desgraciadamente prendas tan valiosas nada pudieron hacer para mejorar 
de manera efectiva, el estado de pobreza y atraso en que vivía Costa Rica. 

Los acontecimientos principales que tuvieron lugar durante su administración, no 
son muy notables; pero entre ellos pueden mencionarse los siguientes: 

Como ya dijimos, la provincia sufría mucho á consecuencia de la falta de un 
Obispo y con tal motivo el Gobernador, acompañado del Cabildo de Cartago, que lo 
componían las más distinguidas personas de la ciudad, dirigieron al Rey una expresiva 
solicitud pidiendo la erección de Costa Riea en Obispado é indicaban para que ciñera 
la mitra á don Juan Francisco de Vilches, Deán de la iglesia Catedral de Nicaragua. 
La petición no tuvo resultado ninguno y no fué sino hasta el año de 1850, cuando tal 
deseo llegó á realizarse. 

Con fecha 31 de Diciembre de 181 1, hubo una insurrección en el pueblo de Gua- 
nacaste por parte de los naturales contra los españoles que había en el lugar, dando por 
resultado, (jue la plebe armada quitase los estanquillos de aguardiente y las tercenas de 
tabaco, sin consecuencias mayores. 

Por Real decreto de iV de Diciembre de 18 11 quedó habilitado el puerto de 
Matina y exceptuados del pago de derechos, en el término de diez años, los productos 
que se exportasen por el referido puerto. 

El Representante de Costa Rica en las Cortes de Cádiz, Presb" D. Florencio del 
Castillo, no cesaba de trabajar activamente en aquella Asamblea por los intereses de su 
amada patria, trabajos que no fueron infructuosos. El 13 de Noviembre de 18 [2 las 
Cortes, á iniciativa de Castillo, dieron un decreto suprimiendo las mitas, mandamientos y 
rei)artimientos de indios, eliminándolos de todo servicio sin remuneración é involuntario, 
y ordenando (jue se les diesen terrenos para cultivar y se proveyese de algunas de las 
becas en los colegios á los que tuviesen aptitudes para los estudios. VA Gobernador 
Ayala veló cuidadosamente por el cumplimiento de estas disposiciones que favorecían á 
los naturales, así como lo había hecho, con la Real cédula de 10 de Febrero del año 
anterior, (jue contenía disposiciones muy semejantes, aunque menos liberales. 

Con motivo de la insurrección de San Salvador, promovida por los curas don 
Macías Delgado y don Nicolás Aguilar, dos hermanos de éste y los señores don Juan 
Manuel Rodríguez y don Manuel José Arce, el Ayuntamiento de Cartago mandó cerrar 
las comunicaciones con León de Nicaragua, y para el efecto de hacer positiva esta medida, 
se colocó una guardia en el Río Grande y se dieron de alta las milicias urbanas. 

"En Setiembre de 1815 el (iobernador ofreció al Cura, Alcaldes ordinarios y veci- 
nos de San José su cooperación para el establecimiento de la casa de enseñanza de 

— 256 — 



EN EL SIGLO XIX 



Santo Tomás que proyectaban establecer en aquella población," elevada ya por las 
Cortes á la categoría de ciudad, á solicitud del Presb? Castillo. 

Animado siempre de buenos deseos para la provincia de su mando, Ayala hizo un 
viaje por casi toda ella, á principios del año de 1816. En este viaje se ocupó en excitar la 
ñdelidad de los costarricenses hacia el Monarca español, en velar por los intereses de 
la religión y de la instrucción pública, tal y como en aquel entonces se entendía; alivió 
con buenas disposiciones y donativos las miserias de algunos pueblos, y recogió datos 
importantes sobre el país, aunque algunos demuestren, como puede verse en su informe 
al Presidente de la Audiencia, poca atención ó falta de conocimientos. 

A causa de su mala salud, en los últimos años de su gobernación, se vio obligado^ 
más de una vez, á confiar el mando á los Alcaldes. De día en día fué empeorando de sus 
enfermedades y dejó de existir el 10 de Junio de 181 9. 

Ayala era caballero de la orden de Santiago, y hombre recto y bueno, que logró 
captarse las simpatías de sus gobernados. 



* * 




Don Juan Manuel de Gañas 



ALLÁNDOSE poco menos que impo.sibihtado por motivo de su quebran- 
. tada salud, para ejercer sus funciones de Gobernador político 
■^■^ y militar de Costa Rica don Juan de Dios de Ayala, el 
Gobierno español en reales cédulas de 28 de Setiembre y 8 de Octubre de 18 18, nom- 
bró para sustituirle, con iguales cargos, á don Bernardo Vallarino. 

No había éste venido á tomar posesión de su puesto cuando la muerte sorprendió 
á Ayala, quedando, accidentalmente encargados del mando político don Ramón Jimé- 
nez y del militar el Coronel don Juan Manuel de Cañas. 

En tanto la providencia en sus secretos designios había dispuesto que Vallarino 
no llegara á Costa Rica. Sorprendido el buque en que venía-por recio temporal, sobre- 
vino el naufragio, y Vallarino halló sepultura en el fondo de los mares. Cuando la 
Audiencia tuvo esta noticia, nombró interinamente, para que desempeñara el mando 
político y militar, á don Juan Manuel de Cañas. Así llegó á la Gobernación de la 
provincia de Costa Rica el que debía ser último en la lista encabezada por Diego 
de Nicuesa. 

Cañas hacía largo tiempo que vivía en Costa Rica. El año de 1804 fué nombrado 
Sargento Mayor del batallón provincial y salió con él para Nicaragua el 3 de Abril de 
181 2. Era Jefe de dicho batallón por aquel tiempo el Coronel 1). Juan Francisco 
de Bonilla; pero habiendo sufrido una fuerte caída en el camino, vióse obligado á regre- 
sar á Cartago, continuando al mando de la fuerza su inmediato el mayor Cañas, quien 
llegó hasta Granada de Nicaragua. 

En 18 1 5 fué ascendido al grado de Teniente Coronel y al de Coronel efectivo 
más tarde. 

Uno de los principales acontecimientos notables de su (lobemación fué la lectura 
y juramento de la Constitución promulgada en Cádiz el 19 de Marzo de 181 2. Tal 
acontecimiento fué celebrado con gritos de / Fíva la Constihiciófiy viva la Nación^ viva 
el Rey! en San José, Heredia, Alajuela y Cartago; hubo además repique de campanas, 
salvas de Artillería, iluminaciones y otros varios festejos. 

TOMO 1 — 257— II 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



Vista la poca o ninguna influencia que tenían los Rtípre^entanttü por Costa Kica, 
en la Diputación provincial de León, el Cabildo pidió que se peniiitiera retirarlos, pues 
éstos servían de ludihiio á los leoneses. Solicitaba al propio tiempo <|ue se le concediera 
á la provincia tener su Diputacíóti propia. 

Siempre en el deseo de tener Obispado exclusivo pura Costa Rica, el 16 de 
Diciembre de 1820 el ayuulamienio de Carlago, dio instrucciones escritas al Diputado 
á Cortes pnr la provincia para que pidiese su erección y la creación de una Junta 
provincial. 

Entre tanto en el resto de Centro América, ó mejor dicho, del Reino de Guale- 
mala, se desarrollaban los últimos acontecimientos que dieron lugar á la independencia. 
El día 13 de de Üclllbre de 1821 se supo en Costa Rica que ésta habla sido proclamada, 
y se conoció la resolución de Nicaragua. Cañas en cumplimiento de su deber quiso 
presentar alguna resistencia; ]iero, al igual de Gaínza, la aceptaba con gusto. Por el 
momento se adhirió á lo dispuesto por la Diputación Provincial de León, y más tarde 
se unió al Imperio Mejicano. Su natural débil, fluctuaba á todos los vientos. Fué el 
primero y único Jefe Político patriótico de Costa Rica. 

D. Juan Manuel de Cañas pertenecía á ese número de hombres que en el campo 
de su carrera militar, son enérgicos y valientes, pero en situaciones superiores á sus 
facultades, resultan indecisos, tímidos y sin voluntad. 

Además de sus grados militnres, tenía la honra de ser caballero de la orden de 
San Hermenegildo. 





Jefes del Estado 




V Presidentes de le f^püblica 






Don Juan Mora Fernández 
Don José Rafael de Gallegos 
Don Manuel Aguilar 
Don Braulio Carrillo 
Don Francisco Morazán 
Don José María Álfaro 
Don Francisco M. Oreamuno 
Don José María Castro 



Don Juan Rafael Mora 
Don José María Montealegre 
Don Jesús Jiménez 
Don Tomás Guardia 
Don Próspero Fernández 
Don Bernardo Soto 
Don José Joaquín Rodríguez 
Don Rafael Iglesias 




Don Juan Mora Fernández 




mal. 



*HA estudiar la vida de un humbrc público es preciso conocer 
profundamente la época en que ñguró y las tircunsiancias que 
rodearon su esfera de acción: sólo (le esta manera pueden 
valuarse justamente sus actos y apreciarse sus méritos ó censu- 
rarse sus errores. 

Kl primer Jefe del Estado de Costa Rica, después de la 
independencia de Centro América, es un hombre superior, 
sobre todo si atendemos á los díficiks momentos en que le tocó 
dirigir los destinos de su patria. 

Cuando el día 8 de Setiembre de 1824 don Juan Mora 
Fernández ocupó el alto puesto de Jefe del Kstado, encontróse ' 
.■n, i|Ue podía con la misma facilidaí) modelarse para el bien ó para el 
n él las bases de su dicha futura, ó los cimientos de su eterna desgracia. 
Kl Jefe Mora supo cumplir su altísima misión. Realizó hechos que trasformaron 
el país y atrajeron sobre él la atención de los otros Kslados de Centro ,-Vmérica. Concluido 
el segundo período de su administración, escribía el insigne Harrun^lta, comentándola, 
en J-/ On/ni .iiiuiiaini', n" 11, el párrafo siguiente, que revela tos grandes progresos 
efectuados por Mora: "Kn Costa Rica — decía — se han satisfecho los libramientos dados 
por la Federación. Su prosperidad es asombrosa, .\ntes no había en Funtarenas más que 
dos barracas habitadas por cuatro ó cinco pobres hombres; hoy día su población pasa de 
ochocientos habitantes; hay fondas y cuanto se necesita para la vida. En este momento 
seis bui|ues están fondeados en el puerto. Los costarricenses han entablado e.speculaciones 
comerciales directamente con Kuropa y Norte América, de donde han hecho venir 
máquinas para moler sus ricos minerales y su caña de azúcar, para despepitar su café y 
prensar la zarza. Por todas partes se levantan nuevas casas; muchos extranjeros se han 
estabiecid<i en el país; la población de San José ha aumentado considerablemente; ella 
tiene hoy cuatro imprentas en actividad." 

Raziín de ser tenían las apreciaciones de Barrundia. Mora fué el fundador del 
progreso de Costa Rica y el que supo encaminarla por la senda de la vida libre. 

Durante su administración se trató de que existiese periodismo; se invitó á los 

— 261 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



ciudadanos para que fundasen hojas, aunque fuesen manuscritas, con el ñn de difundir 
la ilustración; se dieron los primeros pasos en el vasto campo de la instrucción pública, 
creando casas de enseñanza en todos los pueblos y una principal en San José, bajo el 
patronato de Santo Tomás; se emitió la Ley Fundamental áé\ Estado; se convino en con- 
siderar á Nicoya y Santa Cruz como parte del cuerpo nacional de Costa Rica; se 
otorgaron premios á los que descubriesen caminos y puertos, ó hiciciesen invenciones ó 
aplicaciones industriales nuevas; se proyectó el Obispado; se establecieron ferias 
periódicas en las ciudades principales; se fundó un hospital y un lazareto; se dispuso 
la apertura de un camino al Atlántico; trabajóse por el mantenimiento y consolidación 
de Centro América confederada; se dictaron las primeras Ordenanzas Municipales; se 
favorecieron los cultivos en los terrenos remotos ó deshabitados, y en una palabra, se llevó 
á término una labor que, con menos juicio y energía, hubiera necesitado de mucho más 
tiempo para coronarse. 

Don Juan Mora nació el día 12 de Julio de 1784, y puede asegurarse que á sus 
propios esfuerzos ilebió únicamente su educación. Durante la época de la colonia poco 
le tocó figurar, pero la independencia vino á ser para él como la aurora de su ilustre 
vida. Después de prestar valiosos servicios, mientras actuó la Junta Gubernativa, una vez 
terminadas las funciones de ésta y al proceder á la elección de Jefe del Estado, su 
talento, su tino y su popularidad lo llevaron á este alto puesto, que no dejó hasta el año 
de 1833, continuando más tarde consagrado siempre al bien de su patria. 

Con motivo de su muerte, acaecida el 16 de Diciembre de 1854, decía en un 
artículo necrológico El Eco de Irazú: "Esa vida fecunda en bienes para sus compatrio- 
tas; esa existencia gastada por los continuos trabajos de la inteligencia; esa consagra- 
ción sin límites por el bien público, que le llevó desde pobre mercader á dignísimo 
representante de un pueblo en los Congresos de la Federación y en las Asambleas 
Nacionales; desde humilde maestro de escuela á excelso Jefe de la Patria que tanto 
amaba; desde simple Secretario de una Municipalidad hasta venerable Regente de la 
Corte Suprema de Justicia; tantos generosos servicios bien merecen un tributo eterno de 
gratitud de sus conciudadanos, de todos los hombres que aman la virtud, la constancia, 
el patriotismo y ese genio patriarcal, que eleva á los seres privilegiados sobre el torbellino 
de las sociedades." 

Felizmente la justicia ha reinado para Mora. La patria ha sabido honrar su nombre 
y los buenos patriotas profesan un verdadero culto á su memoria. 






Don José Rafael de Gallegos 




RANiJLs y repetidos testimonios de confianza recibió el señor Gallegos 
de sus conciudadanos, y grandes y dilatados fueron los servicios 
'■' (|ue él presto en tiempos bonancibles y en circunstancias críti- 
cas y excepcionales. Habiendo nacido en Cartago y trasladado su residencia á San José, 
se le nombró Alcalde en diversos períodos, cuando la alcaldía era un cargo concejil, 
honroso y anhelado. Honradez y probidad, espíritu público y beneficencia fueron las 
cualidades (|ue más le distinguieron y recomendaron. Promovió con celo y eficacia la 
enseñanza de la primera educación, cooperó con entusiasmo á la institución del Colegio 
de Santo Tomás, y puso las bases de otros establecimientos útiles. 

— 262 — 



EN EL SIGLO XIX 



Como uno de nuestros primeros proceres déla independencia, acaecida en 1821, 
corrió los azares inherentes á tan ardua empresa y desplegó en ella firmeza y capaci- 
dad. Nombrado miembro de la Junta de Gobierno se distinguió por su patriotismo y 
consagración. 

Erigido el Estado de Costa Rica en 1825, fué electo Vicepresidente en dos 
períodos sucesivos y desempeñó accidentalmente la Presidencia en diversas ocasiones. 
Nombrado Presidente en 1833, luego que hubo terminado su segundo período de Vice- 
presitlente, sirvió dos años con anheloso ahinco, dio su dimisión del mando y se retiró á 
la vida privada, contento y .satisfecho de las intenciones que le guiaron, no menos que de 
su desprendimiento. Reconstituido el Estado en 1844, fué electo Senador y con tal 
carácter se encargó de la Presidencia en 1845, por enfermedad del Presidente, habiendo 
cesado en 1846, á consecuencia de un cambio político. 

Durante su administración trasladó la villa del Paraíso, por la inclemencia del clima 
bajo el cual se hallaba establecida. Promovió la fundación del lazareto y hospital, la 
fábrica del edificio de la Universidad y la erección de esta nueva diócesis; administró las 
rentas públicas con economía y pureza, dejándolas muy adelantada.s; en fin, hizo mejoras 
y bienes que sería prolijo enumerar. Dotado de una exquisita sensibilidad, que muy bien 
iie conciliaba con la rectitud de su carácter, era clemente y compasivo hasta el punto de 
verter lágrimas de dolor cuando no podía evitar ajenos actos de crueldad que lastimaban 
su corazón. Patriota apasionado se regocijaba, en la vida privada, de las noticias plausi- 
bles y de los bienes que alcanzaba la República, muy especialmente del reconocimiento 
de su independencia por el Papa y por España, de la celebración de tratados con las 
principales naciones de Europa y de la erección de esta nueva diócesis. Amante de su 
familia, dio pruebas ejemplares de sus virtudes domésticas en todos los períodos de su vida. 
En fin, como Magistrado y como ciudadano, apareció en un punto de vista culmi- 
nante, alcanzó el timbre de Benefnérito y bajó á la tierra, llevando consigo la tranquilidad 
del varón justo, y dejándonos pesar en el corazón, lágrimas en los ojos y el ejemplo 
de su vida. (*) 



• * 




Don Manuel Aguilar 



L I? de Febrero de 1849 el Gobierno del Estado del Salvador emitió 
un decreto ordenando la entrega á Costa Rica, de los restos 
mortales de don Braulio Carrillo y de don Manuel Aguilar, no 
sólo por pedirlo el Gobierno de ésta, sino por ser justo que tan buenos servidores de 
.su patria reposaran el último sueño en la tierra donde vieron la primera luz. En el 
decreto se disj)onía que tal entrega se hiciese con la mayor solemnidad; que se coloca- 
sen en elegantes urnas funerarias las cenizas de cada uno, y así guardadas se deposita- 
sen en la Iglesia principal del punto donde estuviesen enterradas y se les hiciesen pom- 
posas exeíiuia.s, con asi.stencia de las autoridades de primer orden. Desgraciadamente, 
circunstancias inexplicables, hicieron (iue los restos de Carrillo no se encontrasen. Como 
los del poeta Heredia no se sabe en qué pedazo de tierra descansan. Sólo Aguilar volvió 
á Costa Rica, de donde .saliera desterrado, después del cambio político del 27 de Mayo 
<le 1838. 

[*) — Necrología cscrit.a por don J. \\. C.ilvo. padre — La Gacela del Qohierno nV 93 — 1850. 

— 263 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Con justicia fueron reclamados por su patria los restos de Aguilar: fué un ciuda- 
dano distinguido, un patriota sincero, un hombre culto é ilustrado, y tuvo, sobre todo, 
corazón donde sólo se albergaron la honradez, la benevolencia y la verdad. 

Electo en abril de 1837 para desempeñar la primera Magistratura del Estado, 
dio muestras, en puesto tan alto, de cordura y sencillez. Durante su corta' Administra- 
ción, se emitieron importantes leyes, se construyeron caminos y, en una palabra, se con- 
tinuó dando al país el impulso que, por la senda del progreso, le imprimieran los ante- 
cesores en el ejercicio del Supremo Poder. 

El movimiento político á que nos hemos referido antes, y que dio lugar á su des- 
tierro, determinó el fin de su apenas iniciado gobierno, que sin duda en su período 
completo hubiera permitido cosechar más sazonados frutos. 

Don Manuel Aguilar murió el 6 de Julio de 1846, cuando representaba á su país 
en la Dieta Centroameritana, reunida en el Estado del Salvador. 



• * 



Don Braulio Carrillo 



vv^ 




A FIGURA de Carrillo es una de aquéllas que no se esfuman ni desco- 
loran con el tiempo. De líneas bien determinadas, de perfi- 
'^ les salientes, hoy como ayer es la misma. Tiene grandes ado- 
radores é irreconciliables enemigos. Atraerse odios es la suerte de todo reformador. Si 
la tierra y el oro hablasen, clamarían contra el arado y el crisol. Toda purificación es 
dolorosa, pero es santa. El Nilo^ inundando, fecunda, y las rozas, quemando, depuran y 
abonan. Las administraciones de Carrillo, con todo y su brazo de hierro, fueron benéfi- 
cas y provechosas para Costa Rica. 

Nació Carrillo en la ciudad de Cartago el día 20 de Marzo de 1800, siendo el 
hijo segundo de don Benito Carrillo y de doña María de Jesús Colina (*). Los estudios 
de primeras letras los hizo en su provincia natal; pero los de orden superior, los ultimó en 
León de Nicaragua, á donde iban por lo general los jóvenes costarricenses que deseaban 
tener una carrera universitaria, j)or no haber en Costa Rica un centro donde pudieran 
colmar sus deseos. Terminado que hubo, con brillantez, sus estudios de leyes y tan 
pronto como alcanzó su título de abogado, dióse á viajar por Honduras, El Salvadar y 
Guatemala, recogiendo en estos viajes, gracias á su espíritu observador y á su claro 
talento, útiles enseñanzas, que tanto deberían servirle en lo porvenir, en sus labores de 
reforma y progreso. 

Una vez de vuelta á su país desempeñó la Fiscalía de la Corte Suprema de 
Justicia, atrayéndose las miradas de todos por sus excepcionales prendas, hasta el punto 
de que, una elección unánime le llevó, tras breve tiempo, á presidir el citado Tribunal. 
En este alto puesto demostró sus dotes de energía y rectitud. 

Reunido el Congreso Federal Centroamericano el año de 1834 en la ciudad de 
Sonsonate, Carrillo tuvo asiento en él como Representante de Costa Rica y aquí, y en la 



(*) "En la ciudad de Cartago, á los veintidós días del mes de .Marzo de mil ochocientos años, el Presbítero 
don Rafael de la Rosa, líie. de cura del jnieblo de N" SV del Pilar, bauticé, puse óleo y chrisma á Hrauiio Kva- 
risto, h. de Benito Crarrillo y de í)" María de Jesús Colina. P'ué su padrino el Presbítero Dn. Iplo Franco. 
Mondrag(>n, y p" que conste lo firmo. — Rafael 'José de la Rosa." (Documento debido á la amabilidad del Licen- 
ciado don Cleio Gonz.ilez Víquez).. 

264 



EN EL SIGLO XIX 



ciudad de San Salvador, á donde más tarde se trasladó la augusta Asamblea, dejó oír su 
voz elocuente, defendiendo siempre los intereses nacionales. 

Su figura como diputado había adquirido realce suficiente para que sus compa- 
triotas pensaran en poner los destinos del país en manos tan hábiles, y así fué electo 
para Jefe del Estado, el año de 1835, en sustitución del señor don Rafael de Gallegos, 
quien había renunciadlo dicho puesto, tomando Carrillo posesión de su alto cargo el día 
5 de Mayo de ese año. 

Hasta entonces la presidencia del Estado no había sido sino el ejercicio de 
gobiernos patriarcales, modelos, sin duda, de democracia y de libertad; pero poco á 
propósito para impulsar en la senda del progreso un país apenas en formación. Carrillo 
fué el primero en variar de sistema, y pronto su brazo fuerte se hizo sentir por todas partes. 

Habíanse visto los resultados malísimos producidos j)or el gobierno de 1» Ambu- 
lancia, imposible por todos conceptos, y que no hizo sino ahondar las diferencias entre 
las provincias y hacer que cada una se creyese con más derecho que las otras á ser 
capital. Con tal motivo, y para acabar por siempre con esas disenciones, Carrillo dispuso 
trasladar el Gobierno á San José, y mientras se levantaban edificios adecuados, ordenó 
que las autoridades supremas pagaran á San Juan del Murciélago, la Asamblea y Consejo 
á la ciudad de Heredia, y que la Corte Suprema de Justicia quedara en San José. 

A fin de no favorecer la pereza, quitó gran número de días festivos. Abolió los 
diezmos y primicias, fomentó el trabajo y apoyó la agricultura. 

En el mismo año de su exaltación al poHer y cuando apenas había tenido tiempo 
de comenzar sus tareas organizadoras, el día 26 de Setiembre, la ciudad de Cartago, con 
su Clero, Municipalida(\ y gran número de vecinos — pasaban de 1,000 — desconoció los 
poderes constituidos del Estado. Las ciudades de Heredia y Alajuela y muchos pue- 
blos (•), se adhieron al acta de Cartago, entre otros motivos porque ésta contenía, en 
una de sus principales cláusulas, la traslación alternativa del Gobierno á las cuatro ciu- 
dades, proposición que no podía menos de halagarles altamente. No entraron por menos 
en esta coahción las ideas religiosas, pues la supresión de los diezmos venía á herir direc- 
tamente los intereses del clero. 

En tan difícil situación, el Gobierno, deseoso de evitar derramamientos de sangre, 
propuso á las ciudades de Cartago, Heredia y Alajuela que enviasen sus Representantes 
á una reunión que se prepararía al efecto y en la cual podrían hacer sus peticiones y 
reclamos con objeto de que todo se arreglara en el seno de la paz y la concordia. 
La reunión tuvo en efecto lugar el día 5 de Abril, en las márgenes del Virilla, sin que se 
pudiera llegar á un acuerdo y quedando las cosas en su mismo estado de trastorno. 

Tal situación no era sostenible, y Carrillo se vio precisado á imponer el orden por 
medio de la fuerza á los revolucionarios, que, en número de unos 4,000 se presentaron en 
son bélico á las puertas de San José, después del mal resultado de la reunión conciliadora. 

Las fuerzas de Cartago, que eran las que habían avanzado más, fueron las prime- 
ras en ser rechazadas. El encuentro comenzó á las diez de la mañana del día 14 de Abril, 
siguiéndose durante todo el día, hasta que á las diez de la noche terminó todo por esta 
parte, con el triunfo de las fuerzas del Gobierno, (]ue tomaron posesión de la plaza de 
Cartago. 

Carrillo creyó que este triunfo podría decidir á Heredia y Alajuela, á entrar en 
pacíficos arreglos; pero no fué así. Éstas se negaron á someterse y sus fuerzas situadas 
en la margen occidental del rio Virilla, en número de 3,000, con infanteria y artillería, se 
prepararon á esperar las tropas del Gobierno. El encuentro fué fatal para los rebeldes. 



{^) iLsparza, la Mina del .\guacate, Barba, Curridabat. La Unión (hoy Tres Ríos), Tobosi, Quircot, 
Cüt, Paraíso, Orosi, Tucurriquc y valle de Turrialba. 

TOMO I — ^ 265 34 



REVISTA DE COSTA RICA 



quienes perdieron sus posiciones y se vieron precisados á huir á Heredia. No tardó en 
rendirse también esta plaza y entonces se dispuso que parte del ejército vencedor fuese 
á atacar la ciudad de Alajuela, la cual fué tomada á las ocho de la noche, quedando así 
pacificada completamente Costa Rica. 

Por lo regular á todo movimiento revolucionario sucede una tirante situación 
política que hace á los gobernantes verse á cada momento en verdaderos conflictos. 
Esto le sucedió á Carrillo después de los disturbios de la Liga. Él creyó que, abandonando 
el alto puesto que ocupaba, todo volvería á su estado normal, y en efecto, el día 2 de 
Marzo de 1836 puso su renuncia, la cual no quiso, por concepto alguno, aceptar la 
Asamblea. Tal prueba de confianza le animó y de nuevo Carrillo emprendió con ardor 
sus tareas de reforma, y su activa labor no cesó, desde entonces, hasta que cumplió su 
período y le sucedió en el mando el señor Licenciado don Manuel Aguilar. Este distin- 
guido costarricense era el polo opuesto de su antecesor: Carrillo era todo fuerza, energía, 
virilidad; Aguilar era todo dulzura, debilidad, complacencia. La época era de revuelta y 
oposición y las cualidades que dejamos apuntadas en este mandatario, incomparables 
para otro período histórico, eran funestas para aquél á que nos referimos (*). De aquí que 
el Gobierno de Aguilar no fuera duradero, habiendo caído á causa del golpe de cuartel 
dado el 27 de Mayo de 1838, que obligó á Carrillo, contra su voluntad, á hacerse cargo 
de nuevo del Poder (**). 

En su segunda Administración, la obra de Carrillo no fué menos provechosa. 
En este período, viendo las dificultades que se oponían á que Centro América fuese un 
solo cuerpo de nación, declaró la soberanía de Costa Rica, quedando ésta separada de 
la comunión centroamericana, de la que ya se habían apartado Nicaragua y Honduras. 
Carrillo al dar este paso, no lo hizo por falta de sentimientos unionistas, sino impulsado 
por la necesidad. Así lo prueba su declaración explícita de que contribuiría siempre 
con gusto á todo paso que tendiese á la reconstrucción de Centro América. 

** Tanto en el primer período como en el segundo, que terminó en Abril de 1824 
con la invasión de don Francisco Morazán — dice Calvo — Carrillo promovió la organiza- 

(*) Estos graves acontecimientos históricos, han sido expuesios por vez primera, con la mayor claridad y 
alguna e.\tensi()n, en el folleto PRo PATRIA — Vuti b'u\i^rafia y algunos recuerdos historíeos, por P'rancisco María 
Iglesias. I'áginas 40 á 48. 

(**) "Era el 27 de Mayo de 1838 cuando, jx)r un público y entusiasta pronunciamiento revolucionario, fué 
proclamado don Braulio Carrillo, Jete Supremo de Costa Rica. Encontrábase Carrillo ese día en su hacienda 
de Alajuelita, donde vivía retirado con ¿u familia, habitándose aislado voluntariamente para evitar el ronflicto 
político que ya se temía, el cual de ningún modo fomentaba, como lo prueba, entre otros hechos, el de haberse 
impuesto algún tiempo anti-s una especie de ostracismo, retirándose á la provincia de Guanacaste, donde perma- 
neció cerca de dos meses recluido en la solitarin finca de Las Franctij:, perteneciente á su hermano don Basilio y 
de donde tuvo al fin que salir llamado urgentemente por la grave enfermedad de uno de sus hijos, haciendo 
apenas pocos días que se encontraba de regreso en el campo sin venir á San José, cuando estalló el movimiento 
revolucionario, efectuado sin su aprobación ni aquiescencia. Una comisión especial fué enviada inmediatamente 
á la hacienda de campo, residencia de Carrillo, comunicándole el acontecimiento é invitándole á pasar á esta 
ciudad en asocio de los comisionados para tomar posesión del mando del Kst.ido. Carrillo sorprendido, improbó 
lo que se había practicado, negándose rotundamente á aceptar el Podtr que de semejante modo se le confería, 
manifestándose inexorable en su determinación. Regresó la comisión desesperada por su mal éxito, v grande 
fué la decepc¡()n y grande también el conflicto producido en esta capital al conocerse la negativa de Carrillo, 
I Qué hacer, qué partido lomar en semejante crisis sin poder volver atrás y sin presentarse en aquellos momen- 
tos una fáoil solución á hechos ya consumados é ineludibles? Si no quiere venir por bien, que venga por la fuerza. 
Tal fué la resolución violenta que sus partidarios tomaron y una fuerte escolta armada, de la cual formaban 
parte muchos de sus partidarios, salió para Alajuelita y condujo á esta ciudad á Carrillo, quien, mal de su grado, 
tuvo que aceptar la situación, encargándose de regir los destinos de su patria. Un hecho culminante y verdade- 
ramente extraordinario en los anales políticos de este país fué el de que la .\samblea del Estado reunida aprobase 
el movimiento revolucionario y reconociese á don Braulio Carrillo como Jefe del Estado. De este modo fué en 
cierta manera legitimada la revolución acaecida y legitimado también el Gobierno que algunos hí*n calificado 
como violento y usurpador, — San José, Mayo 27 de 1898." ¡-.I líenihio de Costa Rica, número 1894, año VII. 
Carta de don Francisco María Iglesias. 

— 266 — 



EN EL SIGLO XIX 



ción del país en todos los ramos de la Administración Pública; canceló la parte que le 
correspondía á Costa Rica en la deuda extranjera, contraída por el Gobierno general en 
1826; decretó los Códigos Penal, Civil y de Procedimientos; organizó los tribunales y 
juzgados; reglamentó la Policía interior y la Hacienda Pública; y dio acertadas disposi- 
ciones, impulsando la agricultura, mejorando las vías de comunicación y la planta de las 
poblaciones." (*) 

A su descenso del poder emprendió viaje fuera de Costa Rica, recorriendo 
algunas de las Repúblicas del Sur y acabando por radicarse en la centroamericana de 
El Salvador, donde vivía del ejercicio de su profesión en la ciudad de San Miguel. 
Cierto día se hollaba tendido en su hamaca, (jue pendía de dos árboles, en sitio campes- 
tre, cuando enemigos p»olíticos y no personales, como se ha dicho, hicieron sobre él una 
descarga, dejándolo gravemente herido; se echó al suelo con intención de defenderse, 
pero nuevos disparos dieron fin con su vida. Así acabó este hombre ilustre, que si en lo 
político es tan célebre, no lo fué menos en lo particular, por el sano ejemplo que dio 
siempre con su conducta sin tacha. Laborioso hasta lo infatigable; morigerado en sus 
costumbres; perfecto temperante; hombre estudioso y de análisis; supo ser buen esposo, 
buen padre, buen amigo y buen patriota. ¡ Loor á él ! 






Don Francisco Morazán 




s una figura colosal. Su vida toca en los límites de la leyenda. Nació 
hombre y se improvisó héroe. Sus hechos son tan grandes que no 
caben en el marco de nuestra historia, y su nombre tan glorioso 
que se escapa del límite de nuestras fi'onteras. Por su rectitud puede compararse con 
Guzmán el Buen(»; por su amor á la patria y á la unión, con Garibaldi; por su espíritu 
militar, con Napoleón. Siempre llevó en la punta de su espada un ramo de laurel; pues 
aun cuando salía vencido, era tan grande la idea por que luchaba, que aparecía en- 
vuelto con la aureola del vencedor. Cuando después de alguna derrota huyó perseguido 
por el enemigo, parecía un rey á quien trataba de alcanzar su comitiva, y el Jefe contrario, 
en su raudo correr, diríase que era el escudero ansioso de ocurrir á tiempo para tomar el 
estribo de su señor cuando descendiera de su corcel de batalla. 

Nació en Tegucigalpa el 3 de Octubre de 1 792 y recibió las primeras enseñanzas 
en pobres escuelas de maestros rutinarios y machacones. Los más altos de sus institutores 
fueron fray Santiago Gabrielín y fray José Antonio Murga: sin embargo llegó á dominar 
las Matemáticas, el Dibujo y el Derecho Civil, y á manejar la pluma y la espada, con 
igual gallardía que Simón Bolívar. No tenía el auxilio de nadie, pero caminaba seguro á 
su fin apoyado en el báculo de su talento. El Jefe del Estado de Honduras, D. Dionisio 
Herrera, lo vio venir y lo comprendió; entonces fué Secretario general del Gobierno, y 
más tarde Presidente del (Consejo de Estado. Hasta entonces no era más que un ilustre 
hombre civil; la ocasión iba á convertirlo en militar. Arce hizo invadir á Honduras con 
un ejército al mando del Coronel Milla. Morazán derrotó á éste en la 1>inidad, y á su 
subalterno, Domínguez, en Gualcho. El novicio en la guerra resultaba derrotando á los 



(*) — República de Costa Rica. Apuntamientos geognificos, estadísticos é historíeos. — Joaquín Hcmardo 
Calvo. — Páginas 281 Á 282. 

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REVISTA DE COSTA RICA 



Jefes que apenas podían caminar bajo el peso de sus entorchados. A paso triunfante se 
dirigió al Salvador y de allí cruzó á Guatemala, hizo huir en derrota á Prado, y el 13 de 
Abril de 1829 entró en la capital soberbio vencedor. 

Había triunfado de los aceros, pero aún tenía que combatir con la astucia y la 
intolerancia representada por los nobles y con la intriga representada por los frailes. 
Quitó á los marqueses de Aycinena aquella simbólica corona de que habla en su 
manifiesto lanzado desde David, hecha con el oro de Guayapc y las perlas del Golfo de 
Nicoya^ y arrebató á los dominicos, franciscanos y recoletos su imperio sobre las turbas 
fanáticas, haciéndolos salir del territorio. Como no lo guiaba el odio sino la justicia, dejó 
tranquilos á los mercedarios que eran inofensivos, y á los betlemitas que repartían la 
gloria del saber y la luz de la caridad. 

El 2 de Diciembre del mismo año 29 ocupó la Jefatura del Estado de Honduras, 
para la cual había sido electo. En este alto puesto tampoco pudo vivir tranquilo: Olancho 
estaba en armas contra el Gobierno y tuvo que ir á ponerle paz; su espada seguía vence- 
dora: se tomó al primer golpe la ciudad de Juticalpa y pocos días después hizo capitular 
á los facciosos. Vencidos los de Olancho, pasó á vencer á los de Opoteca, que también 
se habían levantado. Pronto reinó, bajo los fulgores de su espada, tranquilidad completa. 

Ya Morazán estaba muy alto para que no rigiera los destinos de Centro América. 
Fué electo Presidente de la República Federal y se hizo cargo del Poder el 16 de 
Septiembre de 1830. Tenía en sus manos el porvenir de la patria. Comenzó entonces el 
reinado de la libertad. Se emitieron leyes amplias de acuerdo con los progresos y el 
bienestar de la humanidad y no dictadas para proteger gremios y castas. Entre estas 
leyes augustas aparece resplandeciente la de imprenta, magnífica por su fondo, profunda 
por sus conceptos, extensa por su liberalismo. 

En medio de las arduas labores del Gobierno, cuando se necesitaba de una gran 
concentración de su mteligencia, los enemigos de la patria vinieron á turbar otra vez la 
paz. Su vencedora espada iba de nuevo á enrojecerse impulsada por el patriotismo; su 
pecho noble iba de nuevo á presentarse ante las balas, guardando aquel corazón que 
éstas en el combate supieron respetar .siempre, porque no era capaz de latir, sino al influjo 
de grandes y purísimos ideales. Pasó al Salvador y en Jocoro derrotó á Cornejo, Jefe del 
Estado, que osaba levantarse contra la Federación. 

El año de 1834 concluyó Morazán su período y salió electo D. José Cecilio del 
Valle. ; Hermoso traslado del Podtrrl La primera espada de la República iba á cedérselo 
á la primera pluma. De una gran fuerza de acción, iba á pasar á una gran fuerza de 
pensamiento. Ni Morazán tenía que inclinarse, ni Valle que erguirse, para cambiar la 
banda, insignia del Poder. Desgraciadamente la muerte .sorprendió á Valle en aquel 
momento. Sólo un gigante quedaba en i)ie. El pueblo juicioso procedió á la reelección; 
todo otro paso significaba caer. 

¡Seguía el reinado de la libertadl 

Mas un indio salvaje y audaz de la montaña vino á turbarlo: Rafael Carrera, que 
llegó hasta la capital, en medio de desórdenes y abusos. Rechazado por el General 
D. Carlos Salazar volvió á retirarse. Mientras esto pasaba en Guatemala, Morazán apla- 
caba los trastornos promovidos por Nicaragua y Honduras en contra de la Federación. 

Las troj)as de estos dos Esta<los fueron deshechas por el gran unionista en el 
Espíritu Santo. 

Hallándose en San Salvador como Jefe del Estado (jue había sido popularmente 
electo, una facción tomó el cuartel de la capital y mandó el Jefe de é.sta á decir á 
Morazán que tenía á su familia prisionera y cjue si no se rendía les darían muerte á todos. 
Morazán contestó: *'Los rehenes (jue mis enemigos tienen .son para mí .sagrados, y hablan 
muy alto á mi corazón; pero soy el Jefe del Estado, y debo atacar pasando sobre los 

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EN EL SIGLO XIX 



cadáveres de mis hijos; mas no sobreviviré un mommto á tan horrible desgracia." Cum- 
plió su palabra, tomando la plaza y salvando milagrosamente á su familia 

Las tropas aliadas de Nicaragua y Honduras, rehechas del gran desastre del 
Espíritu Santo, volvieron sobre el Salvador. Morazán no fué menos feliz en la defensa 
que la vez primeni; pero en esta ocasión fué más hermoso su triunfo y más grande su 
gloria. Con 600 hombres derrotó á más de 2000 en San Pedro Perulapán, el 25 de 
Septiembre de 1839. 

Entre tanto Carrera habíase de nuevo apoderado de la capital de Guatemala. 
Morazán vino á atacarla con 1300 salvadnreños y la tomó; pero su gente era poca y sus 
pertrechos casi ningunos. Al día siguiente tuvo que dejarla de nuevo y partió para el 
Salvador, donde hizo saber á sus amigos que, puesto que en opinión de sus contrarios 
él era un elemento de intranquilidad, dejaba el Poder. Con tal motivo se embarcó en la 
goleta Iza Ico con destino á la América del Sur. PLsta embarcación tocó en Puntarenas 
el 22 de Abril de 1840. 

Llamado de Costa Rica el año de 1842, organizó en el puerto salvadoreño de 
La Unión, una expedición que desembarcó en el de Calderas, de donde se dirigió sin 
pérdida de tiempo al interior. El Gobierno envió una fuerza para combatirle, al mando 
■del General V'illaseñor; pero después de una entrevista de ambos Jefes en el lugar llamado 
El JoLott\ Morazán fué aclamado y las fuerzas de una y otra parte entraron, en virtud de 
capitulación, á Alajuela, el 12 de Abril de 1842. 

De nuevo Morazán comenzó su activa vida de Gobierno; dictó algunas leyes, 
modificó otras y dispuso de nuevo resucitar la Federación. Morazán era amado de todos 
y su Gobierno generalmente bien acogido, mas no le faltaban enemigos; valiéndose de 
que reclutaba gente para rehabilitar á Centro América, y exigía dinero, se logró enardecer 
al pueblo contra él. Hubo un levantamiento en Alajuela, al que siguió otro en San José 
contra los cuarteles de Morazán. El Coronel D. Antonio Pinto dirigía á los insurrectos. 
Cuando Morazán estaba casi perdido, se le hicieron proposiciones de paz, poco honrosas 
para él, y no aceptó. Se mantuvo hasta los últimos momentos, y el 14 de Septiembre 
rompió la línea y partió para Cartago, alojándose en el hogar del Comandante de aquella 
plaza, 1). Pedro Mayorga. La noble esposa de este militar reunió algunos recursos y le 
dijo á Morazán: 

— General, sálvese; tome esta suma y huya por el camino de Matina. 

— Xo, señora, — respondió tranquilamente el ilustre hombre — tengo que seguir 
la suerte de mis compañeros. 

Morazán fué tomado prisionero y traído á San José. Era el día 15 de Septiembre, 
el más hermoso día de nuestra historia. A la hora misma que en el año de 182 1, en la 
sala capitular de Guatemala escribía el sabio Valle el acta de independencia, en el de 
1842 se hacían en San José los preparativos para fusilar á Francisco Morazán. 

Al atardecer de ese día, Morazán, que pidió se le permitiese dar las últimas 
órdenes á la escolta, **mandó preparar las armas, se descubrió; mandó apuntar; corrigió 
la puntería; dio la voz de fuego, y cayó. .\ún levantó su cabeza sangrienta y dijo: estoy 
vivo. Una nueva descarga lo hizo expirar." 



• * 



269 



REVISTA DE COSTA RICA 




Don José María Alfaro 

ESPUÉs del triste fin de Morazán, que dejamos brevemente referido^ 
fueron proclamados, don José María Alfaro, Jefe provisorio 
del Estado, y Comandante General don José Antonio Pinto. 
En tiempo del señor del señor Alfaro se hicieron algunas reformas dignas de 
tomarse en cuenta. Se erigió en Universidad el antiguo colegio de Santo Tomás y se 
creó la Sociedad Económica Itineraria; se fomentaron las buenas relaciones con el resto 
de Centro América; se impulsó la instrucción pública, tratándose de organizar una 
Escuela normal y se emitió una nueva Constitución, que fué sancionada, estando acci- 
dentalmente al frente del Gobierno D. Francisco María Oreamuno. 

En las biografías que siguen se hallará completada la presente. Tocándonos sola- 
mente decir que sin la sombra augusta del Dr. Castro, la Administración de Alfaro 
pocos recuerdos habría dejado. 



* • 



Don Francisco María Oreamuno 




ON Francisco María Oreamuno nació el año de 1800 en la ciudad de 
Cartago; recibió su educación al lado de los mejores maestros 
"^-^ que allí existían, y en lósanos de 181 7 á 1820 estudió con bas- 
tante provecho la Filosofía y las ciencias exactas, ocupándose al propio tiempo de la 
lectura de la historia sagrada y de la profana, en todo lo cual alcanzó conocimientos 
extensos. El año de 1821 contribuyó eficazmente al pronunciamiento de independencia 
de la antigua metrópoli, y se vio en conflictos porque sostenía las ideas liberales contra 
la tendencia de los que querían uncir la nación á un imperio extranjero. Mejorándose de 
día en día las opiniones, el señor Oreamuno pudo consagrarse al servicio de su patria en 
varios destinos concejiles, y á dirigir con bastante acierto reclamos fundados del pobre 
y del desvalido. 

Posteriormente fué electo diputado á la Asamblea Legislativa, y este encargo lo 
sirvió repetidas veces á satisfacción de los pueblos sus comitentes, mientras que también 
contribuía con eficacia al progreso particular del suelo en que nació. 

En 1830 servía por ministerio de la ley, el Juzgado de 1" instancia de Cartago. 
En el mismo año fué nombrado por el Gobierno de la Federación, Admini.strador de la 
Aduana de Puntarenas, destino que sirvió hasta 1836, y en el cual hizo practicar por 
extranjeros inteligentes varios reconocimientos del Golfo á fin de averiguar cuál sería el 
puerto más seguro y cómodo. En el año de 1837 lo nombró el Gobierno, Ministro ge- 
neral, y el modo cómo desempeñó este delicado empleo, le granjeó no soló una brillante 
reputación de capacidad y talento, sino también las simpatías de sus conciudadanos. 
Son muy notables las palabras que, hablando sobre nuestra legislación, dijo en la Memo- 
ria al Congreso de 1838. Tal era su reputación entonces, que el cambio violento del 
personal del Gobierno, efectuado el 27 de Mayo de ese año, le dejó en su silla Minis- 

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EN EL SIGLO XIX 



terial, no obstante sus ningunas simpatías por los medios revolucionarios con que se veri- 
ficó tal cambio y por la persona en cuyo favor se hizo. En el mismo año el Gobierno le 
confirió comisión especial cerca del de Nicaragua, para arreglar la cuestión de límites y 
otros objetos de importancia, y aunque no pudo obtener un arreglo final, su carácter 
dulce, pacífico y conciliador, lejos de amargar esta cuestión consiguió inclinar á los 
políticos de aquel país á terminarla de una manera amistosa y fi-aternal. Vuelto á Costa 
Rica dimitió su empleo de Ministro general del Gobierno, y fué nombrado posterior- 
mente Juez de i" instancia de Cartngo, cargo que desempeñó á satisfacción del público 
y del Gobierno. Contribuyó no poco con sus acertadas observaciones á que se emitiese 
el Código general que hoy rige. 

En 1842, cuando el (ieneral Morazán ejercía provisionalmente el Poder Ejecutivo 
el señor Oreamuno obtuvo de sus conciudadanos la elección de Representante á la 
Asamblea Constituyente convocada por aquel mandatario. Pocos, entre los represen- 
tantes de aquella época, se manifestaron tan respetuosos á los principios democráticos, tan 
conocedores de los intereses del país, tan indulgentes por las faltas de la pasada Adminis- 
tración, ni tan justos con los que habían caído en desgracia, como el señor Oreamuno. 

La Administración que siguió á la del General Morazán, llamó á fines del mismo 
año al señor Oreamuno al Ministerio: lo sirvió muy poco tiempo, procurando siempre 
conciliar con lo azaroso de las circunstancias y el carácter del gobernante, los deberes de 
un patriota y la conciencia de un ciudadano que había madurado sus ideas con la expe- 
riencia y la meditación. Persuadido tal vez, de que sus esfuerzos eran inútiles en un 
lugar donde tenía que pugnar con intereses opuestos, renunció su destino, y fué electo 
al año siguiente para servir provisionalmente la Vicejefatura del Estado. Eran aquéllos, 
tiempos de confusión, en que los partidos se disputaban el Poder, en que las opiniones y 
las ideas andaban desacordes, y sin embargo, el señor Oreamuno nunca abandonó su 
política conciliadora, ni se separó jamás de los principios de eterna justicia que son la 
salvaguardia de las sociedades. Los períodos en que él ocupaba la silla del Gobierno, por 
ausencia temporal del primer Jefe, podían llamarse, y con razón, la tregua de Dios; por- 
que era en esos períodos cuando los hombres de algún valer descansaban de una persecu- 
ción, muchas veces de palabra, calculada para mantenerlos en completa zozobra. El señor 
Oreamuno no perseguía á nadie, procuraba atraer á todo el mundo al solo partido útil 
en las sociedades, el del bien y el progreso. 

Se hallaba encargado aún del Poder Ejecutivo, cuando á principios del año 
de 1844 se emitió la Constitución Política del país, y tuvo la firmeza de ponerla en eje- 
cución contra el poder militar que, movido por algunos descontentos con la Carta, pre- 
tendían oponerse á que se pusiese en planta. 

Habiéndose procedido en seguid^i á elecciones, obtuvo una prueba de la con- 
fianza que la Nación tenía en él, con la elección de Presidente con que popularmente se 
le honró. Tomó posesión solemne de este destino, y lo desempeñó con tino y acierto 
algunos meses; mas, afectado de una delicadeza, hasta cierto punto extremada en un 
funcionario público, se separó del mando, hizo dimisión de él ante las Cámaras y se negó 
obstinadamente á volver á ocupar la silla presidencial, á pesar de las excitaciones pri- 
mero y después de las conminaciones con que se le pretendió obligar. Había concebido 
la idea de que una parte muy pequeña de la fuerza armada le hacía la oposición; y no 
quizo conservar por medios violentos un destino que se le había conferido bajo los auspi- 
cios de la más alta confianza y de la opinión más uniforme. 

En 1847 el Gobierno le encargó las Carteras de Hacienda y Guerra, que sirvió á 
satisfacción del público y del mismo Gobierno; habiéndose separado de este destino, 
por dimisión que hizo de él á fines del mismo año. 

Posteriormente, en 1849, se le nombró Gobernador de la provincia de Cartago, 

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encargo que, conviniendo con su carácter siempre de concordia y beneficencia, desem- 
peñó con resultados útiles para la provincia, obteniendo por consiguiente la más completa 
aprobación de parte del Gobierno. 

El Congreso de 1850 eligió al señor Oreamuno para Vicepresidente de la Repú- 
blica, por renuncia del que tenía este destino; y en 1853 fue reelecto por el mismo 
Congreso para el período que terminaba en 1859. Como tal Vicepresidente de la Repú- 
blica le tocaba la Presidencia del Congreso; y en tan alta como ardua ocupación, jamás 
llegó á desmentir los principios de su vida. Promovió y desarrolló mil proyectos de utili- 
dad y beneficencia pública; fué el más firme apoyo del orden y una palanca impulsadora 
del progreso. Su exi)erienc¡a y conocimientos en la ciencia del Gobierno iluminaron más 
de una vez las cuestiones parlamentarias, y sus capacidades en Jurisprudencia contribuye- 
ron con frecuencia á desterrar de la legislación los abusos y trabas que entorpecen la 
administración de justicia. 

Al empezarse la campaña contra los filibusteros, se encargó del Poder Ejecutivo. 

Se consagró con el mayor empeño, asiduidad y acierto á proveer de recursos al 
ejército, á conciliar las dificultades que ofrecía la empresa con la escasez del Erario 
Nacional y á conservar el orden público y el puntual cumplimiento de las leyes para 
alcanzar el triunfo completo sobre los enemigos de nuestra independencia y de nuestra 
raza. Luego que tuvo noticias de que la terrible peste del cólera morbo asiático amena- 
zaba nuestras poblaciones, dictó cuantas providencias enérgicas creyó convenientes para 
neutralizar los efectos de la fatal epidemia y salvar, si era posible, la población de sus 
extragosos efectos. Cuando se ocupaba de objeto tan importante y en los momentos en 
que se preparaba á recibir al primer Jefe de la Nación, que volvía de la campaña, fué herido 
del cólera y no obstante los esfuerzos del arte sucumbió en la noche del 23 de Mayo 
de 1856, después de haber recibido con el fervor del verdadero católico, los auxilios de 
nuestra religión. Su muerte fué sentida generalmente; y jamás se olvidará en Costa Rica 
el nombre de don Francisco María Oreamuno, cuyas cenizas descansan en el cemen- 
terio general de la capital de la República. 

Si fué uno de los proceres de nuestra sociedad, también fué uno de los mejores 
esposos, de los más solícitos padres de familia y amigo constante, invariable y digno de 
las más exquisitas consideraciones. 

Sea, pues, su memoria grata para todos. (*) 



* * 




Don José María Castro 



AV nombres que traspasan las fronteras y en alas de la fama vuelan á 
países lejanos, donde son repetidos entre elogios espontáneos 
^' y justos. I' no de estos nombres es el del ilustre Doctor don José 
María Castro. Periódicos de muchas partes del mundo se ocuparon de él, haciendo 
justicia á sus grandes merecimientos, á su inteligencia superior, á sus virtudes cívicas y á 
sus grandes servicios prestados á la patria. En La Rnista Latino America^ de Buenos 
Aires, correspondiente al 15 de Marzo de 1880, el distinguido escritor argentino D. José 
Agustín de Escudero, escribía los siguientes datos biográficos de tan excelso costarricense: 



pi—Do la Cníniíii iff Cosfn A'/Ví/.— 1857.— nV 15. 



- 272 



EN EL SIGLO XIX 



'' Nacido en la ciudad de San José, capital de la República de Costa Rica, vio la 
luz primera el i? de Septiembre de 1818, hijo de padres honrados y virtuosos, que supie- 
ron iiTculcarle en su niñez el cumplimiento del deber por medio de una esmerada educa- 
ción, que continuó progresivamente, habiendo tenido necesidad de pasar á la Universidad 
de León, capital de Nicaragua, donde pudo ver satisfechas sus esperanzas, recibiendo 
los grados académicos hasta el Doctorado en la Facultad de Derecho Civil que le fué 
conferido el i? dt- Noviembre de 1841, cuando apenas contaba 23 años de edad, y el del 
magisterio en ciencias y letras, un año después, el 12 de Mayo de 1842. 

•• A pesar de su alta posición, fué siempre modesto y humilde en su modo de ser; 
y despreciando las ventajas á que podía aspirar fuera de su patria, juzgó de su deber 
regresar á ella para prestarle generoso sus servicios y consagrarse á la felicidad de sus 
conciudadanos. 

"La justa fama adquirida por su talento le mereció inmediatamente que el 
Gobierno de su país fijase en él sus miradas, nombrándole Auditor General de Guerra, 
elevándole después de cinco meses al Ministerio General de la República, donde perma- 
neció hasta terminar el año de 1844, habiéndose conquistado la benevolencia, justamente 
con la admiración y el respeto de sus compatriotas. De ahí el haber sido llevado al 
Parlamento que bien pronto presidió con altura y tino, mereciendo igualmente el aprecio 
general de todo el Congreso, por sus ideas progresistas y su rectitud á toda prueba. 

"Sus virtudes en la vida pública correspondían á las de su vida privada y le 
hicieron, con razón, respetable y digno de la confianza del pueblo, que le llevó á la Vice- 
presidencia de la Nación en 1846 y al año siguiente, por elección unánime, á la Suprema 
Magistratura, en la que permaneció gobernando su país hasta el año de 1848, en que 
hizo voluntaria y espontánea dimisión de la Presidencia, con sentimiento general de los 
que pudieron valorar su acrisolada honradez, su prudencia, y la elevación de sus ideas 
eminentemente liberales y progresistas, habiendo trabajado con abnegación y constancia 
por levantar el honor y el crédito de la Nación costarricense. 

"Tal conducta no fué condenada al olvido, pues teniéndose en cuenta su leal- 
tad á toda prueba y su patriotismo reconocido, el Congreso Nacional le declaró por 
decreto Beneménio liel Estado, el 2 de Octubre de 1848. Otro nuevo decreto dado el 13 
de Noviembre del mismo año le confirmó el grado de General de la Nación y le conde- 
coró con una medalla de oro en la que fueron inscritas estas palabras: 

" Al Benemérito Presidente del Estado y General en Jefe del Ejército, señor 
Doctor don José María Castro, los pueblos de Costa Rica agradecidos'*. 

** Este hecho demuestra que, después de juzgados con imparcialidad sus actos, 
pudieron ser premiados por la soberanía del pueblo, que supo reconocer su legítimo 
mérito y valorarlo dignamente. LTna vez separado del mando, juzgó indispensable, para 
acrecentar su caudal de conocimientos, hacer una visita á las capitales del Viejo Mundo, 
donde supo grangearse nuevas simpatías, inclusas las del Gobierno de la Francia, que le 
condecoró por su mérito con la Cruz de la Legión de Honor. 

" Durante su ausencia de la patria tomaron nueva faz las cuestiones políticas; 
despertóse contra él la envidia de los que no podían desconocer su inmensa superioridad 
como hombre de Estado, y temiendo sus ideas progresistas le vieron con prevención y 
aun le persiguieron por sus opiniones en política. A pesar de esto, el pueblo le permaneció 
fiel, y sus representantes, haciendo frente al Poder Ejecutivo, le nombraron Presidente 
de la Segunda Sala del Superior Tribunal de Justicia, siendo enviado como Represen- 
tante á la Asamblea Nacional Constituyente, poco tiempo después, por la provincia de 
San José. 

** Este fué su campo; donde dio pleno impulso á sus convicciones liberales ini- 
ciando reformas eminentemente progresistas. Su elocuencia no tuvo límites, y debido á 



TOMO I — 273 — 35 



REVISTA DE COSTA RICA 



sus notables discursos, quedó suprimido el cadalso, condenado por la civilización y por 
la humanidad de los hombres justos y de recto corazón. 

" Dos períodos consecutivos ocupó la regencia de la Corte Suprema de Justicia á 
la que fué elevado en 1859, pasando después con el cargo de Enviado Extraordinario 
y Ministro Plenipotenciario á la República de Colombia, donde fué unánimemente apre- 
ciado, tanto del Gobierno como de la noble sociedad colombiana. A pesar de su 
resolución de no volver á aceptar la Suprema Magistratura de su patria, no tuvo más 
remedio sino acatar resignado la voluntad de sus conciudadanos, que con voto unánime lo 
designaron por segunda vez para la Presidencia de la República, el 8 de Mayo de 1866, 
habiendo durado en el Poder sólo dos años por causa de una revolución, á pesar de su 
honradez administrativa y de su acrisolada rectitud en el cumplimiento de su elevado 
puesto; razón por la cual, lastimado con tan crueles desengaños, resolvió separarse de la 
vida pública. 

" El pueblo costarricense no podía mirar con indiferencia al Doctor Castro, de 
quien tenía necesidad le prestase aún sus importantes servicios; de aquí el que fuese 
llamado nuevamente al Supremo Tribunal de Justicia, y en 1873 á. ocupar la Cartera de 
Relaciones Exteriores, que desempeñó breve tiempo, retirándose tranquilo á la vida 
privada hasta 1877 en que fué llamado otra vez á ocupar el mismo Ministerio, donde ha 
permanecido, formando parte de los Gobiernos del ilustrado Doctor don Vicente Herrera 
y del progresista y patriota General don Tomás Guardia. 

" íntimamente se le ha confiado una misión extraordinaria cerca del Gobierno de 
Nicaragua, que estrechará en fraternal unión ambos Gobiernos y hará íntimas y cordiales 
sus relaciones, reportando bienes inmensos á Centro América, que quiere la unión, la 
paz, la libertad, la justicia y el progreso." 

Hasta 1880 alcanza el artículo del señor Escudero; no así los importantes servicios 
del Doctor Castro, quien siguió prestándolos hasta su muerte. 

El año 1890, Guatemala y El Salvador se vieron enredadas en una guerra, por 
falta de tino en el Gobernante de la primera. Costa Rica no podía ver, sin desagrado, 
que se derramase la sangre de hermanas sin justificado motivo y que se ahondasen las 
causas de desunión existentes en Centro América. Para procurar un arreglo pacífico 
envió una Legación á ambas Repúblicas. Iba como Ministro el ilustre Doctor Castro y 
como Secretario, su nunca bien sentido hijo don Jorge, joven de altas dotes intelectuales 
y morales. Excusado es decir que el tino, la diplomacia, el hábil manejo del asunto (jue 
le estaba encomendado, hicieron que el Representante de Costa Rica alcanzase mucho 
en el arreglo de la paz. 

Los que tuvimos la suerte, en aquella ocasión de tratarle con intimidad, pudimos 
apreciar todo lo que aquilataba su corazón de oro; sorprendimos su modestia, su amor á 
la juventud, su vasta ilustración, su fe en el porvenir y su inmenso amor á la patria. 

** Todo Centro América — ha dicho Rubén Darío — vio de cerca al preclaro 
Ministro que llevaba en la solapa de su levita el botón rojo de la Legión de Honor; todo 
Centro América escuchó los discursos suyos, oportunos y patrióticos siempre, y todo Cen- 
tro América, cuando le veía pasar, decía: **Allí va una reliquia gloriosa del buen tiempo 
viejo; allí va un monumento vivo que recuerda la grandeza de nuestros padres." 

Esa gloriosa reliquia dejó de ser en su representación corporal el día 5 de Abril 
de 1892; pero nos quedan otras reliquias más valiosas, su memoria y su ejemj)lo; memo- 
ria que debemos venerar, y ejemplo que debemos seguir. Entre tanto el mármol y el 
bronce aguardan la hora de justicia, en ijue se funíla ó se cincele su estatua. 



* * 



— 274 — 



EN EL SIGLO XIX 



Don Juan Rafael Mora 




o se puede evocar el nombre de Mora sin que acuda á la memoria 
el tiempo aciago, pero glorioso, de la Campaña Nacional. Se 
le ve erguirse altivo, clamando en nombre de la independencia 
de Centro América, llevando en la mano el pendón de la libertad y enfrentando á los 
tiradores americanos, su ejército bisoño de campesinos; pero campesinos animados por el 
santo amor de la patria y enardecidos por las sinceras y entusiastas proclamas de su Jefe. 

Sobre sus administraciones prósperas, en que se ve al progreso adueñarse del 
país, en que surgen por todas partes los edificios y se piensa en el primer ferrocarril; en 
que se fomenta la agricultura y se protege el comercio; en que se levantan refugios para 
el desvalido y templos para el saber; en que se amplían las leyes y se depuran las 
costumbres: sobre todo ese campo luminosí), que viene á servir de áureo marco, se 
levanta el patriota, el centroamericano, el hombre que sacude con férreo brazo la cadena 
de una afrentosa dominación. Su palabra vino á turbar en los campos la labor del cultivo; 
el pueblo pacífico sintió que le llamaban á la guerra. Todos los ojos se volvieron hacia 
aquel perturbador de la paz, para interrogarle con mirada amenazadora; pero al ver en 
su rostro pintada la nobleza, al comprender que no se trataba de estériles conqui.stas, 
ni de la satisfacción de locos deseos, sino de la defensa nacional, de la salvación del 
país, todos estuvieron á su lado listos para luchar, y comenzó esa serie de victorias 
iniciadas con la de Santa Rosa y que son timbres de alto honor en la historia de 
Costa Rica. 

Don Juan Rafael Mora na<:ió en San José, el 8 de Febrero de 1814 y, como 
su padre, se dedicó al comercio en el que fué siempre respetado por su probidad y 
honradez. 

En aquellos buenos tiempos en que todos eran servidores de la patria, en que no 
había ni políticos de oficio, ni egoístas indiferentes á la cosa pública, le tocó como 
al resto de sus conciudadanos importantes, desempeñar papel en el gobierno. Electo 
Vicepresidente en 1847, cúpole en suerte servir la Presidencia, por hallarse fuera de la 
capital el primer Magistrado, en momentos bien difíciles, cuando una revolución surgió 
en Alajuela para derrocar el poder constituido. En esta ocasión mostró entereza y dotes 
muy especiales de mando. 

Una elección popular y casi unánime lo llevó á la primera Magistratura del país 
el año 1849, y dio principio á su brillante administración. Se instaló la Facultad de 
Medicina y ciencias legales y políticas y con tal motivo el señor Presidente dijo: 

**Si mi débil voz no careciese de autoridad y de fuerza, yo la emplearía en este 
día solemne para inclinar á mis jóvenes compatriotas á los estudios de las ciencias men- 
cionadas (médicas y legales) y al estudio en general, como la base de los grandes 
bienes que debe producir la independencia, cuyo aniversario celebramos hoy." 

En efecto, el día 15 de Setiembre de 1850 se abrieron las puertas de tan impor- 
tante institución. 

Se creó, por aquellos tiempos el Obispado, se inauguró el i? de Diciembre el 
primer teatro, se organizó el alumbrado, se reconoció por España la independencia, se 
dibujó el primer plano de la capital, por los señores Colombel y Lallier; se proyectó 
el primer Museo Nacional; .se edificó el i)alacio de los poderes públicos; se inició por les 
militares la primera Caja de ahorros; se estableció el primer Banco; en Una palabra, 

— 275 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



se impulsó al país por la senda de la civilización y se pusieron grandes cimientos para 
su porvenir. 

Entre tanto llega la época gloriosa á que nos hemos referido al principiar este 
trabajo. Wálker amenaza á Centro América, y Mora se presta para salvarla. El éxito 
corona la obra del Presidente de Costa Rica, y la gloria circunda su cabeza con el viejo 
olivo que ciñe la frente de los ungidos de la suerte. 

En 1859 una conspiración, con el apoyo de los Comandantes Generales D. Lorenzo 
Salazar y D. Máximo Blanco, dio en tierra con el Gobierno de Mora. 

El año de 1895, la Administración de D. Rafael Iglesias Castro, cumpliendo con 
un deber de justicia, al descubrirse el Monumento Nacional, puso sobre el pecho de 
D. Camilo Mora, hijo del gran patriota, una medalla. í'ué una feliz interpretación de los 
sentimientos de Costa Rica y de Centro América toda; fué un justo tributo ofrendado á 
la memoria del que supo, luchando por una gran causa, conquistarse la admiración y el 
cariño de los hombres de corazón, enamorados de la libertad y turiferarios ciegos de 
la Patria. 

Don José María Montealegre 

uÉ Presidente de la República y hábil fomentador de nuestros intereses 
.^^^ nacionales; pero si la política no hubiese hecho del Doctor 
^ Montealegre un tipo lleno de merecimientos, él siempre ocupara 
puesto prominente en el cuadro de nuestros grandes hombres, por el solo poder de sus 
condiciones excelentes de humanidad, estudiadas en lo que toca al simple ciudadano." 

"Podemos asegurar, sin temor de equivocarnos, que sus altas virtudes de hombre 
independiente fueron indisputables para su tiempo y lo serán para la historia.*' 

Así se expresaba el órgano oficial cuando se supo que en la ciudad de San Fran- 
cisco, había dejado de existir el Doctor don José María Montealegre. 

Este distinguido costarricense inaguró su Gobierno provisional el 14 de Agosto 
de 1859, siendo uno de sus primeros cuidados hacer que se dictase una nueva Constitu- 
ción, como en efecto se hizo. Una vez electo Presidente tomó medidas cuerdas y enca- 
minadas todas á fomentar el adelanto del país. La educación que recibió en Inglaterra, 
á donde fué en .sus primeros años y donde permaneció hasta adquirir el título de Médico 
y Cirujado, infiuyó en la forma de su Gobierno, serio, liberal y ajeno á la centralización. 
En honor de la verdad debemos decir, que le ayudó mucho en sus arduas tareas 
administrativas, uno de sus ministros, el señor don Francisco María Iglesias. 

El Doctor Montealegre nació en San José el año de 181 5 y murió, como queda 
dicho, en San PYanciííco, en el de 1887. En aquella simpática ciudad de la gran Fede- 
ración americana, ejerció su profesión de médico y supo conquistarse gran clientela. 

♦ 

Licenciado don Jesús Jiménez 





RA un hombre de consejo, dicen los ancianos; es decir un hombre de 
talento, de corazón y de conciencia. Tenía las cualidades que 
^ más elevan á un hombre: la filantropía, la rectitud y la fe. En el 
ejercicio de su profesión ofreció á los doloridos y menesterosos el bálsamo dulce del 

— 276 — 



EN EL SIGLO XIX 



consuelo, más valioso que todos los filtros y todos los reconstituyentes; en su carrera 
pública y en su vida privada fué siempre al fin noble, sin elevarse sobre montes de fango 
para ser mejor visto de sus compatriotas; en la educación de sus hijos y en sus dispK)si- 
ciones oficiales, demostró que creía en la gran trasformación del porvenir. Tenía histo- 
ria, y no tenía remordimientos; había mandado, y no recordaba haber oprimido; recogió 
laureles, y no sembró ortigas; llegó á la tumba con los cabellos blancos y las manos lim- 
pias; no tuvo que lavarlas para pasar á la eternidad ! 

Aun vivía y no desempeñaba puesto ninguno cuando una publicación comer- 
cial (*) desinteresada, pero justa, escribió así su biografía: 

"Nació el Licenciado don Jesús Jiménez en la ciudad de Cartago el i8 de Junio 
de 1823. 

"Perteneciente á una de las principales familias del país, recibió su primera edu- 
cación en esa ciudad, pasando más tarde á la capital de Guatemala, donde concluyó 
brillantemente su carrera de Medicina y Cirugía. 

"A su regreso á la patria, y joven aún, fué nombrado Gobernador de Cartago, 
puesto en el cual fomentó sobremanera el progreso de la provincia. 

"Electo Diputado al Congreso, se distinguió por su ilustración y por sus ideas 

progresistas. 

"Bajo la Administración de don José M"* Montealegre ocupó un Ministerio de 

Estado contribuyendo entonces á cimentar la paz y el bienestar general. 

"Para ese tiempo su prestigio era tal que al concluirse el período del Dr. Montea- 
legre, por aclamación casi general fué elegido Presidente de la República. 

"El Licenciado Jiménez inauguró su Administración el 8 de Mayo de 1863, y 
comprendiendo que en la instrucción popular y en las vías de comunicación están las 
fuentes del progreso y de la riqueza publica, se dedicó con empeño á crear nuevas 
escuelas, especialmente de señoritas, que no las había, y á fomentar la apertura y com- 
posición de caminos, muy particularmente la construcción de la carretera nacional á 
Puntarenas. 

"Él fué quien colocó la primera piedra del Colegio de San Luis, de Cartago, en 
otra época el primer establecimiento de segunda enseñanza de Centro América. 

"Pero las pasiones de partido tenían aún muy dividido al país á pesar de los 
esfuerzos de su Administración en favor de la concordia, y tanto que poco después se 
vio forzado á disolver el Congreso, no obstante la tremenda responsabilidad que con- 
traía ante sus conciudadanos y ante la historia. 

"Con esta medida logró pacificar al país, que entró de lleno en el sendero del 
progreso. 

"Y tal fué la probidad, la honradez con que manejó la cosa pública el Licenciado 
Jiménez, que cuando dejó el Poder estaba en un estado tal de pobreza, que sus acree- 
dores, conociendo su difícil situación, se apresuraron á otorgarle plazos espontánea- 
mente para que cancelara sus créditos. 

"Concluido su período, el 8 de Mayo de 1866, entregó el mando á su digno suce- 
sor el Doctor don José M" Castro. 

"El Doctor Castro dio al país tal libertad en sus instituciones, que su Administra- 
ción ha sido juzgada con justicia como la más liberal ciue ha habido en Costa Rica. 

"Con todo, no pudo concluir su período, pues por una insurrección de cuartel fué 
derrocado su Gobierno, y proclamado de nuevo el Licenciado Jiménez, quien inmedia- 
tamente convocó una Constituyente. 

"En su nueva Administración se dedicó con empeño á dar impulso á los dos ramos 
que formaron el lema de su Gobierno: la instrucción pública y los caminos. 



{*f Almanaque Ccniro Americano— 1893 

— 277 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



**Su bello ideal fué siempre el ponernos en fácil comunicación con el Atlántico, y 
al efecto emprendió la construcción de una carretera de Cartago á Siquirres y de allí al 
puerto de Limón; y cuando ya pensaba en el ferrocarril interoceánico, el fatal golpe de 
cuartel del 27 de Abril de 1870 echó abajo su Administración." 

No sólo la publicación á que nos hemos referido le ha hecho justicia. Cuando en 
1886 se inició la idea de honrarle con el título de Benemérito de la patria, el propo- 
nente, Diputado Venegas, no tuvo necesidad de aducir razones para apoyar su petición; 
el Congreso unánimemente y con vivo y ardiente regocijo, acogió la idea. Nada más 
valioso puede deciri:e en favor de ese prohombre costarricense. 

(Su estatua, costeada por suscriciíin popular de todo el país, está próxima á erigirse en Cartago). 



* • 




Don Tomás Guardia 



AGIÓ este distinguido Gobernante costarricense en la villa de Bagaces, 
J .» el día 17 de Diciembre de 1832. Su carácter firme, su espíritu 

^ ^ audaz y su entero corazón le llamaron bien pronto á la carrera 
de las armas, para la que tenía felices disposiones. 

La Campaña Nacional vino á ofrecerle hermoso campo para distinguirse y en 
ella probó su patriotismo y su valor, conquistando merecidos laureles. 

Después del golpe político de 27 de Abril de 1870, de que fué alma y brazo, 
(luedó como Comandante General del Ejército, mientras ejercía la primera magistratura 
don Bruno Carranza. Habiendo este último renunciado con fecha 8 de Agosto del mismo 
año 70, la Convención Nacional eligió al General Guardia para tan alto puesto. Así se 
inaguró su Administración, que hubo de durar hasta su muerte con algunas que otras 
alternativas. 

El (Gobierno de Guardia, á pesar de lo combatido que fué y ha sido aun después 
de haber terminado, es preciso confesar que fué próspero y civilizador. Guardia podría 
tener la dureza de todo hombre de espada; pero era talentoso, entusiasta y progresista. 
En su tiempo se invirtieron grandes sumas en la mejora de los sistemas de enseñanza 
pública y la creación de escuelas; se comenzó el ferrocarril que nos une con el Atlántico 
y que, poniéndonos en fácil contacto con el mundo culto, ha .sido fuente irrefutable de 
adelanto; también se cí)nstruyeron los tramos ferroviaros de San José á Alajuela y 
de E.sparta á Puntarenas; se hizo un censo bastante aproximado de la población de la 
República; se tendió la línea telegráfica (¡ue une á las cinco Repúblicas de Centro Amé- 
rica; se firmaron importantes tratados de paz, amistad y comercio con varias naciones 
del Nuevo y del Viejo Continente; se emitió un buen Código Militar; y se hicieron otras 
muchas reformas dignas de caluroso a])laus(). 

Tras larga y penosa enfermedad dejó de existir el General Guardia en la noche 
del 7 de Julio de 1882. Con tal motivo escribía don Rafael Villegh.s, en un trabajo 
necrológico, estas palabras: 

*'Es deber nuestro aprender la enseñanza cjue dejan los muertos, y propagar la 
luz (jue de ellos fulgura. Kl alma fué formada de emanación luminosa, y crece nutriéndose 
con sabiduría que bebe en fuentes de ejemplo y de consejo. Llevar siíjuiera una gota de 
bien á esas fuentes para acrecentar sus raudales; hacer que lo (jue fué al principio 
escasísimo arroyo se convirtiera luego en río caudalo.so y éste más tarde, en mar profundo 
é infinito de sabiduría y de bien: he ahí la misión progresista del hombre, (jue viene á la 
tierra transitoriamente para hacer su carrera como el sol, llenándose de fulgores, derra- 
mando claridad hasta perderse en el ocaso, en tanto que nueva generación aparece en 

— 278 — 



EN EL SIGLO XIX 



la aurora, y sigue la huella de los que se alejan, recogiendo la luz que dejaron esparcida 
en el mundo. 

"Entre los que así labraron el bien y sirvieron á la verdad, se mira a! General 
Guardia coronado de merecitnientos. Ya él salvó los linderos de la tierra, y se perdió á 
nuestra vista en su carrera infinita, sin que hubiese marchado confundido con la muche- 
dumbre de los (jue pasan. En ese esfuerzo y en ese sacrificio que á todos corresponde, y 
de que todos no son capaces, tocóle gran tarea, y llenó de ejemplos de patriotismo, 
todas las épocas <le prueba; de acciones de bien, todo el tiempo de su carrera pública; y 
de virtudes cívicas, su vida entera." 



* * 

* 




Don Próspero Fernández 



Ació en San José, capital de la República, el i8 de Julio de 1834; 
recibió su instrucción literaria en la Universidad de Guatemala 
"^ y regresó á su ciudad natal en 1852, para sentar plaza de 
soldado, á virtud de servicio militar obligatorio; en 1854 fué nombrado Subteniente de 
Infantería, y al año siguiente marchó á Nicaragua con el ejército expedicionario que 
combatió las fuerzas del filibustero Guillermo Wáiker. Las tropas de este filibustero, 
reforzadas constantemente con hombres y provisiones que de San Francisco de Califor- 
nia, de Nueva Orleans y Nueva York llegaban á Wáiker, fueron la amenaza más seria y 
el azote más cruel de aquellos días en América; pero el esfuerzo de los centroamericanos, 
iniciado por Costa Rica, logró aniquilarlos en los campos de batalla de Santa Rosa, 
Rivas y San Jacinto y en la heroica toma de los vapores filibusteros del río San Juan 
y lago de Granada, hecho que cerró toda salida á Wáiker y le obligó á capitular 
en 1857. Fernández se halló en todas las acciones, distinguiéndose por su bizarría; su con- 
ducta le valió, en primer lugar, el grado de Capitán efectivo ascendiendo sucesivamente 
á los grados de Coronel, General de Brigada y General de División; fué durante algunos 
años Comandante militar de la provincia de Alajuela, y en 1881, Comandante General 
de las fuerzas de la República; y por último, merced á las elecciones casi unánimes de 
la Asamblea electoral, resultó llamado al elevado cargo de Presidente de la República. 
El período presidencial del General Fernández, en la República de Costa Rica, comenzó 
el día 10 de Agosto de 1882, y poco después el nuevo Presidente inauguraba su Gobier- 
no, otorgando amnistía general á todos los presos y emigrados por causas políticas 
durante las anteriores administraciones; introdujo importantes refí)rmas en los presu- 
puestos generales, realizando grandes economías, y procuró gobernar siempre con la 
Nación, sin debilidad, sin nepotismo, sin vacilación ante los actos más severos de recti- 
tud y justicia (*). 

El señor Fernández hizo un (iobierno liberal, distinguiéndose, entre otras de sus 
medidas, la tomada en el decreto por el cual los terribles discípulos de Loyola, los jesuí- 
tas, fueron extrañados del terriforio, al cual, felizmente, no han regresado y es de espe- 
rarse que no regresen jamás. 

* 

I " ) — Diccionario Enciclopédico Hi>i)ano-.Aniericano. 

— 279 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Don Bernardo Soto 

\^\ ESPUÉs de la muerte del General don Próspero Fernández, salió electo 
para Presidente de la República el Licenciado don Bernardo 
^^ Soto, y puede asegurarse que ha sido el suyo uno de los Gobier- 
nos más populares y más progresistas. La colaboración activa de los primeros hombres 
del país dio realce y brillo á esta Administración. 

Nació el señor Soto en Alajuela el 12 de Febrero de 1854, siendo sus padres el 
señor General don Apolinar de Jesús Soto y la señora doña Joaquina Alfaro. 

Hizo sus primeros estudios en la ciudad' natal y pasó más tarde á San José, donde 
se graduó primeramente de Bachiller y decidiéndose á continuar sus estudios, alcanzó el 
título de abogado. 

En 1880 hizo un viaje por los Estados Unidos de América y á su regreso fué 
nombrado Gobernador de su provincia. Tras otro viaje en que llegó hasta Europa, vol- 
vió á ocupar el puesto mencionado. 

Durante la Administración del General Fernández desempeñó el cargo de 
Ministro, siendo de notarse sus grandes aptitudes como político y su tino como hombre 
de Estado. Muerto aquel mandatario, una elección popular llevó al señor Soto al puesto 
primero de la República. 

La brillante Administración de este mandatario y sobre todo sus merecimientos 
particulares, se encierran en este párrafo que encontramos en su biografía escrita por el 
imparcial, talentoso y concienzudo literato Doctor don Rafael Machado Jáuregui. 

" ¡Cuántas cualidades deben reunirse en el hombre público llamado á regir los 
destinos de su patria! El Gobernante necesita vincular *á la bondad de carácter y á la 
honradez acrisolada, la ilustración que le guíe en su espinoso sendero; la calma reflexiva 
sobre todos los negocios; la mirada clara que abarque, en conjunto y en detalle, los 
intereses generales; la perspicacia que le descubre la verdadera opinión pública; el 
espíritu de progreso, cuyo desarrollo de conquista en conquista, encamine á la posible 
perfección política, administrativa y social; la actividad en la administración; el valor 
personal, la abnegación y el sacrificio en las grandes emergencias nacionales; la entereza 
necesaria para llevar á cabo las resoluciones que tienen por objetivo el bien; la humildad 
de volver atrás del pensamiento generoso, cuando al ponerlo en planta escolle en impre- 
vistas dificultades prácticas; y ése que se llama don de mando, que no es hijo sólo del 
talento, que no se adquiere en las aulas, ni en el largo manejo de la cosa pública. 

**A la luz de estas verdades, que no pueden menos de obtener el asentimiento de 
todos, examinemos un momento, con imparcial criterio, sitie studio et irá, la fisonomía del 
joven gobernante costarricense." 

A estas palabras sigue un estudio de las prendas y hechos del señor Soto, del 
cual se desprende (lue este Jefe de la República reunía todas las condiciones que se 
requieren para dirigir un país y llevarlo por la senda donde irradia la luz y reina la 
libertar! . 



* 
* • 



280 — 



EN EL SIGLO XIX 




Don José Joaquín Rodrígijez 



L señor Licenciado Rodríguez subió á la Presidencia de la República 
el año de 1890, por una de las más populares elecciones que se 
recuerdan en la historia de la República. El triunfo de su can- 
didatura fué el triunfo de las masas, la victoria del pueblo, la obra de la verdadera 
democracia. 

No era larga ni complicada su historia política; casi no la tenía, y por lo mismo al 
empuñar las riendas del Gobierno iba sin odios, sin prevenciones, sin maleados conceptos. 

"Don José Rodríguez — decía un percSdico, cuando el año de 89 se presentaba su 
candidatura (*) — no ha figurado más que dos veces en nuestra política: en la Asamblea 
Constituyente que cayó el 24 de Setiembre de 1880, á impulso de la fuerza militar, y 
en 1886, cuando fué llamado al Ministerio de Relaciones Exteriores. 

"Dos veces, únicamente, que lo han dado á conocer como hombre enérgico, 
como hombre independiente hasta el ideal, como hombre de ideas definidas, con credo 
propio, no sujeto á los vaivenes del lucro y de la ambición." 

Durante su administración se establecieron escuelas nocturnas de adultos en las 
cabeceras de provincia y de comarca á fin de elevar, en lo posible, la condición intelec- 
tual del pueblo; se reorganizó la segunda enseñanza y se tomaron otras medidas impor- 
tantes en el ramo de instrucción pública; se tendieron varias lineas telegráficas; se 
unieron las ciudades más importantes por medio del teléfono; se celebró el contrato para 
colocar éste en la capital y ofrecerlo al servicio público; se levantaron algunos edificios 
importantes; se concedió amplia y general amnistía á los reos por delitos políticos; se 
trató de fundar un Colegio de agricultura; se dio libertad para la siembra del tabaco en 
algunas regiones de la República; se principió el Teatro Nacional, que tanto honra al 
país y que es uno de los mejores de la América; se favoreció la inmigración, y se dic- 
taron otras muchas medidas de progreso y bien general. 



* * 




Don Rafael Iglesias Castro 



LECTO para Presidente de la República el señor don Rafael Iglesias 
Castro, se hizo cargo del Poder el día 8 de Mayo de 1894. Los 
^ hechos más salientes de su Administración, se enumeran así: 
Se ha fomentado la inmigración, trayéndose algunas familias extranjeras y ofreciendo 
facilidades para los que vengan á radicarse al país; se han levantado en las provincias 
como en la capital, edificios útiles é importantes; distinguiéndose las Casas de correc- 
ción, el Rastro, el gran Teatro Nacional, verdadera joya inapreciable que se estrenó 
durante la primera Administración de Iglesias; está en proyecto la construcción de un 
Liceo para jóvenes y de una Escuela Normal, ambos edificios de acuerdo con las 



(*) V. Quirós Y.— La Prensa ¡Abre. 
TOMO I 281 36 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



exigencias de la arquitectura pedagógica; se ha hecho el tajamar y el magníñco muelle 
nuevo de Limón, que tanta falta hacía en ese bello puerto, cuya actividad y movimiento 
crecen por manera asombrosa; se ha reglamentado y reorganizado la oficina de Estadística; 
ha tomado grande incremento la industria minera, una de las que ofrecen más halagüeñas 
esperanzas para el porvenir del país; se ha completado y reformado, de acuerdo con los 
progresos alcanzados de aquel tiempo á esta parte el sistema de enzeñanza moderna, 
iniciado en el país hace más de quince años por el notable estadista y pedagogo don 
Mauro Fernández; se han celebrado varios contratos con el fin de amnentar las líneas 
de vapores que tocan en nuestro puerto atlántico, y se ha conseguido que el de Punta- 
renas sea frecuentado por los vapores anglo-chilenos; se han firmado tratados de paz, 
amistad y comercio y de propiedad literaria y artística con varios países de ambos mun- 
dos, y las relaciones con Centro América, á pesar de las dificultades con Nicaragua, se 
han mantenido correctas, zanjándose toda nueva disensión con la citada vecina del 
Norte, gracias al definitivo arreglo de límites; se han determinado las fronteras con 
Colombia, aunque esta cuestión no parezca del todo resuelta; se ha dispuesto la cons- 
trucción de un Hospital de Leprosos en la isla del Cedro y se han hecho estudios para 
proceder al saneamiento del presidio de San Lucas; se ha establecido el primer tranvía 
eléctrico; se ha iniciado la construcción de un ferrocarril á Río Frío; se inauguró el 
Monumento y Parque Nacional el 15 de Setiembre de 1895; se han establecido las fies- 
tas escolares, anualmente, en ese mismo gran día de la patria; se abrió á los niños el 
Edificio Metálico, para escuelas graduadas de ambos sexos; se han contratado y apare- 
cerán en el próximo año del siglo entrante, los primeros libros de lectura para escuelas, 
obra de autores nacionales; se ha dado principio á los trabajos del ferrocarril al Pacífico; 
se ha implantado el talón de oro y se han invertido y distribuido, equitativamente, gran- 
des sumas en toda la República para mejoras materiales en las diversas poblaciones. 



M. Soto Hall 



Observación editorial 

l^s anteriores bocetos biográficos parecen escritos apenas para dar una ligera idea de los Jefes de la Repú- 
blica, y están muy lejos de satisfacer á las exigencias que impone la Historia de los Gobiernos, por ser éste un 
asunto ajeno al objeto de esta publicación. Basta decir que Costa Rica es una dichosísima excepción entre los 
demás pueblos de la tierra, por no haber sufrido en los ochenta años de su existencia política el oprobio del 
despotismo y de la tiranía. Ninguno de sus gobernantes lleva ese odioso estigma, ni aquellos pocos, que en 
los raros cambios políticos han subido al poder irregularmente, han manchado las páginas de la historia patria 
con hechos que pudieran calificarse de sanguinarios, ni de tiránicos. Todos ellos, cual más, cual menos, han 
impulsado la República por el camino del progreso y del ])ien, y se han mostrado dignos del alto puesto que ocu- 
paron. La historia les hará justicia, y excusará los errores que la flaqueza humana, las circunstancias excepcio- 
nales y las exigencias de la situación, ó de la época, imponen á los que rigen los destinos de un pueblo. 

F. M. I. 
--282 — 




La Iglesia Católica 



duíaijte el 




u 




Situación religiosa de Costa Rica en el siglo XIX 



I UANiio se erigió el obispado de León de Nicaragua, á 26 de Febrero 
de 1531, no se le señalaron límites determinados por el Sur, por 
cuanto allí quedaba un gran territorio desconocido y sin con- 
quistar. El Sumo Pontífice facultó al Rey de España para designar estos límites como el 
tiempo y las necesidades lo mostrasen más acertado y conveniente. 

En uso de esta facultad, Felipe [i, por cédula de 9 de Mayo de 1545, encargó 
al tercer Obispo de Nicaragua, Antonio de Valdivieso, que, "entre tanto se proveyese de 
prelado la Gobernación de Cartago" — á cargo de Diego de Cíutiérrez — "entendiese en 
las cosas espirituales, en el ser\icÍo de las iglesias y el culto divino de acjuella provincia, 
con aquella reverencia y limpieza y recado que conviene, y en que hubiese clérigos que 
administrasen los sacramentos en las iglesias de ella; y que de los diezmos de la dicha 
provincia había de llevar la cuarta parte, y las otras tres cuartas partes se habían de 
distribuir entre los Ministros." Además, recomendó al Presbítero Francisco Bajo, Capellán 
de Diego de (iutiérrez, para el Curato de la villa de Santiago. 

Este fué el primer paso legislativo por el cual Costa Rica fué adjudicada en lo 
espiritual al obispado de León de Nicaragua. 

En tiempo del cuarto Obispo de Nicaragua, Licenciado Lázaro Carras- 
co (1552 — 1562), el Licenciado Juan Cavallón con el auxilio del Presbítero Juan Estrada 
Rávago hizo la conquista definitiva de Costa Rica. Como ya desde entonces los conquis- 
tadores solicitasen la erección de Costa Rica en un obispado ¡ndeiícndiente, el Rey 
Felipe 11, en mención al corto número de sus pobladores denegó las solicitudes que le 
.fueron ]>resentadas, y por cédula de 6 de Julio de 1565 encargó de nuevo al quinto 
Obispo de Nicaragua, Luis de Fuentes (1564 — 1566) "que atendiese á las necesidades 
espirituales de Costa Rica, poniendo en caila pueblo de los recién conquistados un cura 
y un sacristán, señalando al Cura la renta anual de 50,000 maravedís {$ iii-oo)yal 
sacristán 30,000 maravedís ($ 66-00)." Poco después, por cédula del 27 de Setiembre 
de 1565 recomendó a! Obispo Fuentes que nombrara a) Ptcsb" Juan Estrada Rávago 
para Cura de Cartago y Vicario general de Costa Rica. 

Esta última disposición fué importante y significativo, por cuanto revela que el 
Rey comprendía que Costa Rica debía ser gobernada en lo espiritual, no como simple 
parroquia del obispado, sino como Vicaría general, ó mejor dicho, como Vicaría provin- 
cial. Tal ha sido la situación de Costa Rica, en los siglos décimosétimo y décimooctavo' 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



de modo que al principiar el decimonono encontramos á Costa Rica en lo político 
como provincia de la Capitanía General de Guatemala, y en lo eclesiástico, como Vicaría 
provincial del obispado de León de Nicaragua. 

El Vicario provincial de Costa Rica tenía más ó menos facultades espirituales, 
según la voluntad de cada obispo. Ordinariamente era al mismo tiempo Juez eclesiástico, 
en primera instancia. Juez de capellanías, Subdelegado de la bula, del ramo de diezmos y 
otras recaudaciones y frecuentemente también Juez comisario del Santo Oficio. Por lo 
regular recaían todos estos nombramientos en el cura de Cartago. 

Con estos antecedentes comencemos la descripción de la situación religiosa de 
Costa Rica en 1801. 

Gobernaba la diócesis de Nicaragua y Costa Rica su 37? obispo, el lUmo. señor 
don Antonio de la Huerta Caso, natural de León (1797 — 1803). El señor de la Huerta, 
aunque por su corto Gobierno quedó impedido para hacer la visita pastoral de su vasta 
diócesis, tenía, no obstante, un conocimiento bastante perfecto de ella, porque desde 1783 
había ocupado el puesto de Vicario gentral y de Vicario capitular. Especialmente 
conocía bien á su clero, que se había educado á su vista en el Seminario de San Ramón 
de la ciudad de León. Mucho hizo este prelado para adelantar ios estudios en el mismo. 
A sus expensas pagó las cátedras de Sagrada Escritura, Liturgia é Historia Ecle- 
siástica, que anteriormente no existían. También franqueó las aulas del Seminario para 
las cátedras de Derecho Civil y de Medicina y Cirugía, pagando á los profesores de 
su propio peculio. A su muerte fué tristemente necesario suspender estas últimas cátedras, 
porque las autoridades civiles no lograron arbitrar recursos para dotarlas. El lUmo. señor 
de la Huerta y Caso gobernó su diócesis con gran paz y prudencia. Después de su 
muerte, acaecida á principios de 1803, siguió como Vicario capitular el canónigo 
don Francisco de Vilches Cabrera hasta 18 10, año en que se encargó de la adminis- 
tración de la diócesis el 38? obispo, Nicolás García Jerez. Era natural de Murcia y 
pertenecía á la orden dominicana. Cuando fué promovido á la silla episcopal de León 
€ra prior del convento de dominicos en Cartagena. En Marzo de 1825, el Ilustrísimo 
señor García hizo un viaje á Guatemala, endonde murió en Agosto del mismo año. Con 
tal tino y prudencia supo administrar su diócesis en aquellos años tan turbulentos que 
se granjeó el amor y confianza de sus feligreses; aún le fué confiada interinamente la 
Intendencia de Nicaragua. 

En 1801 era Cura de Cartago, capital de la provincia, el Presb? Ramón de 
Azofeifa, nombrado en el año 1780, quien desde la administración del lllmo. señor 
Tristán, asumía también las funciones de Vicario provincial, Juez eclesiástico. Juez de 
capellanías y Juez comisario del Santo Oficio. Para la administración de la parroquia 
tenía uno ó dos coadjutores. Vivían en Cartago unos doce ó trece sacerdotes seglares, 
de los cuales uno era el .sacristán mayor de la parroquia. El número de las iglesias era de 
cinco, lo mismo que hoy, pues existía entonces la parroquia que al presente tiene apenas 
los cimientos concluidos, y no se había edificado todavía la iglesia de Nuestra Señora 
del Carmen, que se concluyó en la segunda mitad de este siglo. El territorio de la 
parroquia de Cartago era el mismo de ahora, con más la parroquia de San Rafael, que 
se separó en 1867, y sin las doctrinas de Cot, Quircot y Tobosi que regentaba un padre 
franciscano. La feligresía entera se componía de poco más de 12,000 almas, es decir, las 
<3os quintas partes de la población actual de Cartago y su barrio San Rafael. De la 
parroquia de Cartago dependía el valle de Matina, donde vivían unas 150 á 200 per- 
sonas ocupadas en el cultivo y asistencia del cacao. Una cuarta parte de los niños que 
nacían eran naturales, ó sea el 25%, mientras que en los últimos diez años llega este 
número sólo al 19%. 

Las doctrinas de Cot, Quircot y Tobosi estaban á cargo del franciscano Fr. Jacinto 

— 287 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Maestre, quien residía en el convento de San Francisco y visitaba por turno esos pue- 
blos. Hasta el año de 1613 dependieron estos tres pueblos del Juez con gregador de indios 
de Barba; pero desde esa fecha en adelante, se doctrinaban por un franciscano que resi- 
día en el convento de Cartago. El número de sus habitantes fué siempre muy reducido: 
en 1 80 1 había en Quircot como 105 personas, en Tobosi 132 y en Cot 278. En Quircot 
formaban los hijos naturales el 7%, en Tobosi apenas el 2%, pero en Cot el 17%. 

Cerca de Cartago estaba el valle de los ladinos ó la antigua doctrina de üjarrás, 
todavía en su primitivo asiento, del cual fueron removidos en 1833 al llano de Santa Lucía 
ó dos Ríos, llamándose el nuevo pueblo: El Paraíso. Era doctrinero Fray José Joaquín 
Hidalgo. Durante los últimos decenios del siglo xviii varias veces se trató de quitar esta 
doctrina á los franciscanos, y hacer de ella una parroquia; hasta la Audiencia de (jua- 
temala se quejó de esta irregularidad, porque el último indio de Ujarrás, Anastasio Cal- 
vo, había muerto ya en 1736, y la población se componía sólo de españoles, mestizos y 
ladinos. Sin embargo, los franciscanos se quedaron con ella hasta cerca de 1840. Los 
últimos doctrineros fueron Fray José de San Simón Franco y Fray Simeón Marín. 

Tenía Ujarrás en 1801 una población de 1,500 habitantes y se extendía su 
jurisdicción por la actual parroquia de Juan Viñas y el valle de Turrialba. Ahora consta 
la población de las dos parroquias de 1 3,800 habitantes, es decir, se ha octuplicado. 
En 1801 el número proporcional de los nacimientos ilegítimos era el 28%, y en 1900, 
de 14%, disminución bastante notable. 

Las doctrinas de Atirro y Tucurrique, á cargo de los franciscanos, eran insignifican- 
tes en 1 80 1. Tenía Atirro unos 95 indios y Tucurrique como 105. En los primeros años 
de este siglo se abandonó el pueblo de Atirro, como anteriormente se había abandonado 
el de Tuis, y los pocos habitantes de aquél se trasladaron á Tucurrique; de modo que ya 
el antiguo Atirro sólo se conoce por algunas elevaciones del terreno en la hacienda del 
mismo nombre, que indican donde estuvieron al principio del siglo la iglesia de San Juan 
y los pocos palenques de indígenas. Tucurrique tiene actualmente como 800 habitantes, 
entre los cuales hay unos 250 indios. 

Orosi, bajo la cuidadosa administración de Fray Marcos Rubio, recoleto, prospe- 
raba al principio del siglo. Tenía más de 650 indios, cabecares, biceitas, changuenes y de 
otras tribus, que los padres de la Recolección con gran trabajo y abnegación habían 
ido sacando de las montañas de Talamanca, desde 1741. Tenía Orosi una magnífica igle- 
sia, la cual era abundante en ornamentos y alhajas de plata. A fines del siglo el número 
de indios ha quedado reducido á 250; la población se compone como de 1,000 personas, 
y la iglesia está amenazando ruina y necesita una pronta y radical reparación. 

El Pueblo Nuevo ó Tres Ríos, llamado también pueblo de Nuestra Señora del 
Pilar, tenía en 1801 todavía 212 indios. Lo habían fundado en 1756 los padres recoletos 
con 90 indios párvulos sacados de Talamanca, y en 1771 lo entregaron al cura de 
Cartago, quien lo administraba por medio de un Coadjutor, que en 1801 era el Presbí- 
tero Rafael José de la Rosa. Va entonces vivía en Tres Ríos un considerable número 
de ladinos, subiendo hasta 364 almas el total de la población. ísta, en el curso del siglo 
se ha decuplicado, excediendo de 3,700 habitantes. La moralidad, á juzgar por el número 
de los nacimientos ilegítimos, ha disminuido. Al principio del siglo eran el 10% y 
ahora, el ij'/r. 

Pasemos á tratar del valle de Aserrí. 

En él se encontraba la parroquia de San José de la Boca del Monte, más tarde 
llamada Villa Nueva, la segunda entonces en toda la provincia en cuanto á población. 
La parroquia estaba en 1801 á cargo del Presbítero Juan Onofre Ocónor, quien había 
sucedido al Presbítero José Antonio de .Alvarado, muerto en Mayo de 1800. La iglesia 
parroquial se había concluido en 1800; tenía algunos hermosos altares, especialmente el 

— 288 — 



EN EL SIGLO XIX 



. del Santísimu, paracoT» ornamentación el Presbítero Félix Vel.irde había hecho en 1797 
un viaje ^ Guatemala, y trajo de allí libritos de oro y ])Iata y pinturas finas. La población 
de San José llegó en 1801 á 11,095 habitantes, inclusos los vecinos de los campos. 
En 1900 llega á 100,000 habitantes, de los cuales unos 25,000 viven en la ciudad. En 
1801 el 19,6^ de los nacimientos enm ilegítimos. Kn 1900 llegan en la ciudad de San 
José á 31 % y en los campos y villas de la provincia á ¡z f. Se observa, por consi- 
guiente, declinación de la moralidad en la cítidad, y :iumento en los campos. 

k mediados de 1799, Escasú fué separado de San José y erigido en Ayuda de 
Parroquia. En 1800, tenía 1,325 habitantes, y la ail ministraba el Presbítero don Félix 
Velarde. Dispuésdi- 100 años, Escasú, con la nueva parroquia de Santa Ana, cuenta 
de 7,500 á 8,000 haliitanio. 

Las doctrioíts de Aserrí y CurriJabat eran :idministradas en 1801 por un solo 
religioso. Fray Domingo Arias, que residía la mayor parte del tiempo en Curridabat. 
Este pueblo tenia unos 230 indios y Aserrí 470. Curridübat ha conservado t-n el siglo xix 
sus límites antiguos, que cr.m Ins ile la legua cuadr.ida señalada para cada pueblo de 
indios, y á fines ilel siglo cuenta con cerca <le 3,000 habitantes, entre los cuales hay muy 
pocos indios. Aserrí, al contrarin, se cxtemiió mucho a! otro lado de la montaña de 
Candelaria, y llegando en 1900 á má^ de 10,000 habitantes, ha debido dividirse su terri- 
torio en dos partts y fundar en Candelaria la coadjutoría de San Ignacio que tiene cerca 
de 6,000 feligreses. En cuanto á morali<l.iil se nota una mejora en ambos pueblos. En la 
parroquia d«^ Curndabat bajó el tanto por ciento de los nacimientos ilegítimos de 22 % 
en 1801, á 18 ^ en 190c, y en la de Aserrí, de 16 f en 1801, á 8 % en igual lapso. 

La doctiina de Pacaca no tenía apenas contacto en 1801 con los demás pueblos, 
por lo intransitable de los caminos. La administr.iba Fray Nazario Gallo, y su población 
llegaba á 747 individuos. Desde mediados del siglo xix los vecinos de la provincia de 
San José comenzaron á poblar los quebrados pero fértiles terrenos del Puriscal, cuyo 
territorio fué administrado durante varios anos pur el cura de Pacaca, hasta que en 1860 
se erigió en parroquia propia. Pacaca tiene todavía unos 400 indios que viven en su 
mayor parte en las afueras Su población se compone actualmente de 7,000 habitantes y 

la del Puriscal de 
9,500. La adminis- 
tración de ambos 
pueblos es muy tra- 
bajosa y difícil para 
un solo cura, y por 
tanto, en uno y otro 
debería haber coad- 
jutores. En conse- 
cuencia sufre la mo- 
ralidad, llegando en 
Pacaca los nacimien- 
tos ilegítimos á 23 % 
y en Puriscal á 14 %, 
cuando en 1801 eran 
sólo el 14 «. 




En í8o 



la 



tercera parroquia de 
Costa Rica en cuan- 
to á su importancia, 
era la de Heredia. 

37 



REVISTA DE COSTA RICA 




)5 Angelos, 



Ella tuvo SU origen 

queñacrmita de Elvi- 
rílla, y construida en 
el actual distrito del 
Barreal, fué traslada 
da á su lugar de aho- 
ra en 1716Ó 1717, y 
desde 1720 quedó 
erigida en Ayuda de 
parroquia de la In- 
maculada Concep- 
ción de Cubujuqui 
en el valle de B.irba. 
Heredia alcanzó su 
independencia de la 
parroquia de Carta- 
goen 1734, y desde 
entonces hasta 1763 
se denominó "Pa- 
rroquia de la Inma- 
culada Concepción de Cubujuqui." A partir de esta última fecha, se intituló Villa de Here- 
dia, en honor de Alonso Fernández de Heredia, Presidente de la Audiencia de Guatemala. 
Más tarde se llamó Villa Vieja para distinjfuirla de Villa Nueva, que era San José. Desde 
el año J767 era cura propio de Heredia el Presb" Juan Manuel López del Corral, cono- 
cido bajo el nombre de ''el padre Corral." La mayor pane del tiempo vivía en Alajuela, 
mientras sus coadjutores, Presb" Félix Alvarado y Presb? Pedro Vicente González, aten- 
dían á la parroquia. Tenía Heredia al principio del siglo 9,€oo habitantes. El pueblo era 
muy religioso y moral. Durante todo el siglo se ha conservado la moralidad á la misma 
altura, variando el número de tos nacimientos ilegítimos enire el 10 y 11 %; sólo la ■ 
ciudad ha descendido algo en los últimos años en el concepto moral, llegando el número 
de hijos naturales hasta d 17 í? de los nacidos. 

En 1801 era Alajuela una coadjutoría de'Heredia. Comenzó la fundación de esta 
ciudad en 1782. A instancias del cura de Heredia se trasladó el Illmo. señor Tristán en 
persona al paraje de La Lajuela, á casa de un individuo que se llamaba Manuel Ruiz, y 
se convenció de la necesidad de fundar allí una nueva parroquia. Sin dilación, compró 
á Manuel Ruiz su casa ( i ) por $ 30-00 y la cambió en oratorio provisional; á Juan Anto- 
nio Núñez, media caballería de tierra por $ 16-00 y otra media á Isidro Cortés por el 
mismo precio, y señaló todo eíe terreno para sitio de la nueva población. El cura Corral 
ayudó mucho al vecindario: en 1790 ya tenía su iglesia concluida que fué bendecida el 
día de Nuestra Señora del Pilar en aquel año, y desde entonces se levantó Alajuela con 
mucha rapidez, de suerte que en 1801 ya tenía 3,02 2 habitantes. Era su coadjutor el Presb" 
José Joaquín Isidro l.izano, que más tarde obtuvo el dtulo de Cura propio y gobernó la 
parroquia hasta i8ig. Kn los años de 1806, 1807 y 1808 era su Coadjutor el célebre 
Presb" Florencio Ca.stillo. Respecto de la moralidad, no ha habido notable variación du- 
rante el siglo: al principio y al fin se eleva el número délos nacimientos ilegítimos al 21 %. 
I.a doctrina de liarba era regentada en 1801 por Fray Joaquín Rodríguez; la 
iglesia parro(iuial era de reciente construcción, como también el convento ó casa cural. 
u de los indios era de 312, poco más ó menos el mismo que en el siglo xviii. 

r Mnnucl Riiií csl.ih.i simada frenle ñ I;í jiuerta Stir dr 1,i acluül [glesi.i Parroquiíii 



EN EL SIGLO XIX 



i lograron establecerse en Barba, i 



obstante la aversión general 
tenía Barba 930 habitantes. 
el siglo XIX, teniendo, como 
que la ley señalaba á los pue- 
mantiene en el mismo pie de 
la proporción del 1 



Varias familii 

de los indios 

La parroquia no ha podido desarrollarse mucho di 

Curridabat, por territorio la legua cuadrada regí: 

blos de indios. Cuenta ahora con 3,2 

moralidad que hace 100 años. Los hiji 

Desde el Monte Aguacate hasta e! río del Salto se e-xiendía en 1801 la parro- 
quia antigua de Esparza, hoy Ksparta, que tenía dos ayudas de parroqui:i, la de Las 
Cañas y la de Bagaces. Era cura de Esparza por el real patronato el Presb? Nicolás 
Carrillo desde 1790, quien prefería residir en Bagaces y dejaba la parroíjuia al cuidado de 
Fray José Hermenegildo Rodríguez, que vivía en el pequeño convento de San Lorenzo. 
La población de Esparza propiamente dich.T, con San Mateo y Puntarenas, no pasaba 
en 1801 de 325 almas. Desde que los ingleses quemaron la ciudad en 16S5 y 1686, no 
pudo recobrar en todo el siglo xviii su antigua población. Sin embargo tenía cura pro- 
pio y sacristán mayor, con el mismo sínodo que el cura y sacristán mayor de Cartago. 
La iglesia parroquial fué reedificada con muchas dificultades por el cura José Antonio 
Alvarado desde 1778 á 1788. Fuera de la iglesia parroquial había una pequeña capilla 
en el convento de San Lorenzo. Ahora se aumenta considerablemente la población de 
Esparta, siendo en 1900 superior á 4,000 habitantes. 

La ayuda de parroquia de Las Cañas, fué administrada en 1801 por el Presb? Ma- 
nuel Amonio Sáenz, sacristán mayor de Esparza, hasta 1815. Tenía 425 habitantes, esto 
es, 100 más que la misma parroquia. Ahora tiene como 2,200 habitantes. 

En la ayuda de parroquia de Bagaces residía, como dijimos, el cura de Esparza, 
Presb" Nicolás Carrillo, hombre enérgico, quien en 1790 trasladó la parroquia de su 
antiguo sitio, á su lugar actual. Era Bagaces en 1801 el lugar más poblado délos tres 
que constituían la parroquia, teniendo entonces 672 habitantes; sólo que no ha po lido 
conservar esta ventaja en el curso del siglo, porque ahora es la parroquia más pequeña, 
contando apenas con 
buena que reinaba en 
llegaba el número de 
los nacimientos ilegí- 
timos en Esparza al 
13 % y hoy ai 30%; 
en Las Cañas al 12% 
y hoy al 63 %, y en 
Bagaces al 17 jt y 
hoy al 58 %. Estos 
datos dan lugar á 
muchas reflexiones. 
El rigor de las anti- 
guas leyes que per- 
seguían el amance- 
bamiento y favore- 
cían la celebración 
del matrimonio, sos- 
tenían la moralidad 
en aquellos lugares 
cuyoshubitanleseran 
en su mayor parte 
mulatos, mientras en 



Esparz: 




REVISTA DE COSTA RICA 



el interior de la República, las costumbres y convicciones religiosas del pueblo, no obs- 
tante ta libertad que había, lograron mejorar notablemente la moralidad. 
Todavía falta c|ue hablar del partido de Nicoya. 

La parroquia de Nicoya, la más antigua de todas en Costa Rica, porque su 
fundación se fija entre los años de 1522 y 1544, se encontraba al principio del siglo en un 
estado bastante floreciente. Su cura era desde 1785, el Presb" Luis Demetrio de Coro- 
nado, quien tenía siempre um ó dos coadjutores pata auxiliarse en la administración de 
su vasto territorio, que se extendía por l.i nctual parroquia de Santa Cruz, llamada enton- 
ces el paraje de Diriá. Tenía una población de 3,420 habitantes, entre los cuales se 
contaban todavía 662 indios. A fines del siglo el número de los indios puros ha dismi- 
nuido notablemente y llega apenas i 300. La población no ha aumentada como en el 
interior. En igoo consta de 4,000 habitantes y Sania Cruz He otros tantos, en todo 8,000; 
de tnodo que se ha duplicado. Respecto á la moralidad, se debe hacer la misma obser- 
vación que hicimos más arriba hablando de Esparta. En 1801 llegaba el número de los 
nacimientos ilegítimos al 18 %, proporción que se aumentó rápidamente desde la inde- 
pendencia, variando desde entonces entre 45 y 55 -jí. 

Desde 1790 quedó separa<la de Nicoya la ayuda de parroquia de Guanacaste, 
conocida ahora con el nombre de Liberin, cajnial del Departamento, hoy provincia de 
Guanacaste. Kli'resb" Nicolás Hidalgo fué su coadjutor desde 1800 á 1801. La población 
que llegaba á 912 habitantes en 1801, .se ha aumentado en mayores proporciones que la 
de Nicoya, pues ahora es de 6,250, incluyendo la coadjutoría de Filadelña que se segregó 
en 1896. En cuanto á moralidad, ocupa ahora casi el último lugar en la República. 
Contra un 23 % de nacimientos ilegítimos que tenía en 1801, tiene ahora, casi año por 
año, un 70 ^. 

Los pueblos de Térralia y ünriica, que se encuentran en el extremo sur de la 
República, se conservaron hasta 18C0 casi en el mismo estado; pero desde entonces, 
debido á la peste de las viruel.is que los diezmó, van declinando. Boruca, contaba en 
1801 cerca de 250 habitantes y ahom unos 300: Torraba, con Guadalupe, que se aban- 
donó en 1805, contaha 350 habitantes, y hoy no llega á este número. No obstante, en 

todo el siglo no ha 
faltado la asistencia 
religiosa á ambos 
pueblos, aun á costa 
de bastantes sacrifi- 
cios y privaciones de 
parte del clero. En 
la vecindad de Té- 
rraba se ha formado 
desde 1850 un pue- 




blo de ladin 



illai 



do San Pedro de 
Buenos Aires que tie- 
ne su iglesia y unos 
600 habitantes. 

La comarca de Li- 
món estaba muy des- 
poblada al principio 
del siglo. Todavía 
había un regular nú- 
mero de haciendas 



EN EL SIGLO XIX 



de cacao en Matina, Madre de Dios y Barbilla. El puerto de Matina fué habilitado 
para el comercio con Cartagena en 1811, á solicitud del Diputado á Cortes Presb? don 
Florencio Castillo. Pero la población de Matina era sumamente escasa, pues apenas 
variaba entre 140 y 150 personas. El antiguo curato de Matina, fundado en 1734, duró 
poco tiempo y no tuvo más que un cura propio, el Presb? Juan J. Camacho, muerto 
en 1750. La iglesia, que era de madera, cubierta de paja, debía reedificarse cada dos ó 
tres años. Hoy tiene la comarca una parroquia, erigida en el puerto de Limón, y ocho 
estaciones: Moín, Matina, Madre de Dios, Siquirres, Turrialba ó Guayabal, Pavones, 
Santa Clara y Tortuguero, todas con sus capillas y ornamentos. 

Las montañas de la Talamanca y Chirripó, que estaban abandonadas al principio 
del siglo, cuentan ahora con una misión floreciente, que tiene su centro en Sipurio, desde 
donde se catequizan los indios. El número de los bautizados pasa ya de 1,700, y muy 
pocos (ico á 150) quedan aún paganos. En el año de 1900 logró el Misionero visitar á 
los indios del Alto Teliri y bautizar un número de ellos. Estos indios habían quedado 
desconocidos y separados de todo contacto con los demás indígenas. 

Los indios Terbis, Changuenes y Guaimíes, que viven en las cercanías de Bocas 
del Toro,^e encuentran, desde hace unos 50 años, fuera de la jurisdicción de Costa Rica 
y reciben ahora asistencia religiosa del Obisparlo de Panamá. 

La misión entre los indios Guatusos que con tan loable celo intentó establecer el 
Illmo. señor Tristán en 1783, pudo por fin comenzarse en 1882. Durante dos años, 
1896 y 1897, ha permanecido un sacerdote entre ellos, y se ha edificado una pequeña 
iglesia; sin embargo, los resultados obtenidos son insignificantes, por circunstancias que 
sería demasiado largo explicar. 

Vamos á resumir lo dicho en un cuadro sinóptico que demuestra: iV el aumento 
que ha habido durante el siglo en la población de cada una de las actuales provincias y 
comarcas de la República, y 2" el estado de la moralidad, tomando por base los naci- 
mientos ilegítimos. 

CL'ADRO SINÓPTICO COMPARATIVO DE LA POBLACIÓN 

DK Co.STA Rica y su moralidad al prixcipio v al fin del siglo xrx 



1 

PNOl'ÍXCI.lS 

y CO.\f ARCAS 


1 
. lamento 
Poblactón en en 

yr>e\ .tti.te 


Tanto por ciento de na- 
cimientos ilej^itimos en 


Aumento 

en 
100 años 


Disminu- 
ción en 
100 años 


1801 


1900 


1801 


I9QO 


Provincia de Cartago 

., San José 

.. Heredia 

,. Alajuela 


I5.338 
13.867 

10.530 
3.822 


45.349 2Q5 0/0 

96.349 ; 695 0/0 
40.390 384 0/0 
67.967 1.7780/0 


26 c/o 
17.8 0/0 
116 0/0 
20,2 0/0 


1 

14,8 0/0 — 
17.90/0 O.ICj^O 

11,70/0 0.10/0 
12,8 0/0 — 


11.20/0 

7.4 0/0 

1 
2,2 0/0 1 

! 


Interior de Costa Rica 


43.557 


1 

250.055 5740/0 i 1 7. 1 0/0 

1 


14.9 0/0 — 


Comarca de Puntarenas .. 

,. Limón 

Provincia . Guanacaste 

Mocas del Toro 


1. 125 
1. 180 

5.429 
1.300 


19.176 1.7040/0 

9.825 832cjro 

24.706 455 0/0 


13 c/o 
16.80/0 


42.30/0 29.30/0 

58 0/0 — 
55.90/0 39.1 c/o 


1 


Ambas costas de Costa Rica 


9.034 


1 

53.707 594 0/0 


16.6 G/O 


49.9 <yo ; 33.3 qro 

1 


— 


Total de Li RcpúHua . . . . , 


52.591 


303.762 577 0/0 


18,3 0/0 


20.5 c/o 


2.2 0/0 


i 



293 



REVISTA DE COSTA RICA 




ia de Ascrri, San José. 



ha aumentado cinco y tres t 
n el interior h: 



Se desprende del 
cuadro anterior que 
la población de las 
parroquias de la pro- 
vincia de Cartago se 
ha multiplicado en 
tres tantos durante 
el siglo; la de San 
José, en siete; la de 
Heredia, en casi cua- 
tro veces, y la de 
Alajuela casi en die- 
ciocho. Esta varie- 
dad en el aumento 
se debe atribuir á la 
mayor ó menor ex- 
tensión de territorio 
disponible que cada 
provincia tenía al 
principio del siglo. 
Todo el interior se 
is (5-VÍ) veces. En el nuevo siglo, difícilmente alcanzará 
r las mismas proporciones. 

oraliitiid, se nota mejotía en las provincias de Cartago y 
s de San José y Heredia han quedado en el mismo pie. De modo 
1 progreso moral durante el siglo que, apreciado en 
;ión en los nacimientos ilegítimos, 
cálculos de la provincia de .alajuela va iitduído el 
territorio de Guatuso ó Río Frío; pero en cambio queda excluida la parroquia de San 
Mateo, tuyo pueblo, si en !o civil pertenece á la Gobernación de Alajuela, en lo eclesiás- 
tico corresponde á la vicaría de Puntnrenas. En la comarca de este nombre y en los 
cálculos referentes á ella, va comprendido lo relativo á la parroquia de San Mateo. 

En las costas de! Pacífico y Atlántico ha habido un aumento considerable, muhi- 
plicándose la población en seis tantos. La comarca de Puntarenas que abra/.a también 
á Térraba y lioruca se multiplicó 17 veces; la de Limón, á la cual pertenece Tala- 
manca y Chirripd, se multiplicó 8'/,,, veces. El deparlamento de 1. iberia 4J-Í veces. 
Luego las costas se multiplicaron duranle el siglo 0,03 más que el interior. En lo 
referente á moralidad ha habido en las dos costas una desmejora notabilísima, aumen- 
tándose los nacimientos de ilegítimos en la comarca de Puntarenas en un 28,3<í y en 
el departamento de Liberta en 39,1;»; desmejora que afecta la moralidad de la Repii- 
hlica en cmjunto, pues, no obstante haber aumentado la moralidad en el interior, ha 
disminuido, en su totalidad, en comparación con el principio del siglo, en un 2,2 ^ 

Anles de terminar este artículo sobre la situación religiosa de Costa Rica á 
principios y á fines del siglo, debemos añadir algunas cortas observaciones sobre los 
Tribunales Eclesiásticos. En 1801 existían tres: el Juzgado Eclesiástico, el Juzgado de 
(,"a])elkinias y la Comisaría del Santo (.)ficio. Los tres tribunales estaban ordinariamente 
rtunidos en una sola persona, el cura de Cartago, como sucedió cabalmente en 1801, 
cuando el Presb" Ramón Azofeifa, cura de Cartago, era al mismo tiempo Juez, Ecle- 
siástico, Juez de ca|)dlanías y Juez comisario del Santo Oficio. 

La Comisaría del Santo Oficio existía en Costa Rica desde el siglo xvi. Va el 

— 294 — 



Alajuela, mientras qui 

que en todo el interior ha habido u 

números, arroja un ^,^f de disminuc 

Conviene advertir que en los 



EN El. SI(;T.() XIX 



cura Mariín Muñoz (1594 ? á 1598) llevó el título de Comisario del Santo Oficio. El 
mismo título tuvieron el Presb? Lope de Chavarría, cura de Cartago desde 1599 á 1617, 
el Presb" Baltazar de Grado, cura desde 1618 á 1638, el Presb" Alonso de Sandnval, 
Vicario provincial desde 1649 a 1656 (?). el Lie. Domingo He Chavarría, cura desde 1658 
á 1674 y el Presb" Diego de Ángulo Gascón, cura desde 1680 á 1 727. Después aparece 
con este título, hasta 1760, el Presb" don Manuel González Coronel, el Presb" don Juan 
Manuel Cocasolo y Córdoba, hasta 1783, y por fin. el Presb" don Ramón Azoíeifa. El 
tribunal del Santo Oficio no ha tenido trabajo en Costa Rica; su existencia se conocía 
le llevaban en ocasiones solemnes los jueces comisarios, llamada 
■'. Hasta ahora no se han encontrado más que dos asunlos tra- 
ía causa fingida ijue el comisario Manuel González Coionel 
3s de fe contra el Visitador y Cura de Heredia, Juan de la Cruz 
Zumbado, la cual era un simple pretexto para impedir la visita canónica, y otra que por 
causa de fe se siguió en 1794 contra don Esteban Curtís, italiano. Esta última causa ha 
quedado envuelta en oscuridad, por motivo de haber sido extraviada; sólo algunas indi- 
caciones se encuentran dispersas en algunos expedientes de la época. Lo cierto es que el 
señor Curtis, por orden del Juez Comisario de Cartago, fué enviado á Méjico en 1794. 

En 1813 las Cortes suprimieron los Tribunales de la Inquisición; más tarde, el so 
de Octubre de 1820, el lllmo. señor García Jerez comunicó al clero dicha supresión y 
dispuso que en adelante las causas que tocaban al Tribunal de la Inquisición se siguie- 
sen en el Juzgado Eclesiástico. 



apenas por la insignia qi 
la Teiifra del Sanio Ofidí 
tados por la inquisición: 
abrió en 1734 por r 



El Juzgado de Capellanías tuvo durante el siglo xviii y á principios del xix 
alguna importancia. Los sacerdotes no se ordenaban como ahora, á título de adminis- 
tración, sino á título de patrimonio, que consistía en capellanías fundadas por sus padres 
y parientes ó por sus antepasados. Cada sacerdote poseía unos 800 á z,ooo pesos en 
varias capellanías , 
cuyos intereses al 5 ?fc 
aseguraban en parte 
su subsistencia, te- 
niendo la obligación 
de aplicar cieno nú- 



. de r 



1.0 



convenios de ban 
Francisco de Carta- 
go, de San Bartolo- 
mé de Barba, de San 
Lorenzo de Esparza 
y los curatos de Car- 
tago, Esparza, San 
José y Heredia te- 
nían igualmente sus 
cortas capellanías, 
con cuyos intereses 
se pagaba el estipen- 
dio de cierto núme- 
ro de aplicaciones. 




icipal (Irl Carmeii, Hir.'dia. 



REVISTA DE COSTA RICA 



Las cofradías de la Purísima, del Santísimo, del Rosario, de los Ángeles, de la Soledad, 
del Carmen, de San Nicolás, etc., tenían asimismo más ó menos fundaciones, llamadas 
también capellanías ó censos, y con los intereses se sufragaban los gastos de las dife- 
rentes festividades religiosas ó se dotaban niñas pobres, etc. Todas estas capellanías 
estaban hipotecadas, ya sobre casas, ya sobre haciendas de cacao en Matina, ya sobre 
hatos de ganado y trapiches en el interior. Sucedía muchas veces que el valor del fundo 
hipotecado, era igual al capital impuesto. De esta manera muchas personas que obtu- 
vieron el inquilinato de una capellanía ó censo á poca costa, disfrutaron casa de habi- 
tación, hacienda y ganado, sin otro desembolso que los gastos de la escritura. Por lo 
mismo eran estas capellanías muy buscadas, hacían un bien positivo al pueblo, y no 
pocos formaban con ellas el principio de su fortuna posterior. La ley favorecía al inqui- 
lino aplicado y hacendoso, por cuanto disponía que las mejoras del fundo y el aumento 
de su valor cedían en 'beneficio del inquilino. 

Como lá monarquía española estuviese envuelta en la guerra con Francia, el Rey 
pidió auxilios pecuniarios á sus colonias americanas. Anteriormente, en 1729, ya había 
obtenido de Su Santidad un subsidio extraordinario de 2.000.000 de escudos sobre los 
beneficios eclesiásticos en América. Esta suma con un 6% anual de aumento por la 
demora, se siguió pagando hasta 1790. El repartimiento de 1785 produjo en la diócesis 
$ 4,055, de los cuales $ 562 y 5 reales fueron colectados en Costa Rica. En 1788 se 
remitieron $ 10,203. 

Pagados ya los 2.000,000 de escudos, pidió el Rey y obtuvo de Su Santidad que 
los productos de la bula fuesen aplicados al mantenimiento de la guerra. 

No siendo suficientes estas entradas se dio en 1805 la orden de consolidar todas 
las capellanías y censos eclesiásticos, ingresando sus capitales en las cajas reales y reco- 
nociendo éstas un 5% anual á los propietarios. En consecuencia todos los inquilinos de 
capellanías debían redimir sus bienes hipotecados, entregando el capital, ó si no podían 
oblar la cantidad, los bienes afectados con capellanías y censos eran rematados en basta 
pública. Muchas personas obtuvieron entonces propiedades valiosas por bajo precio. 
La consolidación tuvo lugar en Costa Rica en 1805, 1806 y 1807. Se consolidaron unas 
90 diferentes capellanías, cuyo capital se remitió á las cajas reales de Guatemala. Pronto 
cesó el pago de los intereses, de suerte que las obras pías de Costa Rica se encontraron 
en una situación muy precaria. 

El Juzgado de Capellanías, endonde se tramitaban las fundaciones de las mismas, 
su traslado, cancelación, etc., siguió funcionando hasta 1852 en que fué incorporado á 
la Curia Eclesiástica. 

* * 

Desde la contjuista ha existid») en Costa Rica un Juzgado eclesiástico. Su primer 
Juez fué el Presb" Juan de Estrada Rávago, como lo indica su título de Vicario General 
de Costa Rica. El juzgado fué establecido en Cartago; Esparza y Nicoya lo tuvieron 
también temporalmente. El archivo del de Cartago se ha conservado con bastante 
integridad; el de Nicoya fué presa de las llamas, á consecuencia de un rayo que en la 
noche del 2^ de Agosto de 1783 incendió la casa cural, y del de Esparza se guar- 
dan muy pocos expedientes. Los asuntos que al principio del siglo se debían tratar 
en el Juzgado eclesiástico eran las causas civiles y criminales de los clérigos y de las 
personas afectadas al servicio de la Iglesia, las causas matrimoniales, en cuanto se 
relacionaban con el sacramento, las causas de esponsales, las que se referían á la inmu- 
nidad de los lugares sagrados, las cuestiones relativas al cobro del diezmo, limosnas 
de la bula, etc. 



— 296 — 




Son Tomás Guardia 



EN EL SIGLO XIX 




Según una 
disposición antigua 
de 1776 gozaban de! 
afilo de inmunidad 
local, en Cartago la 
Iglesia de Nuestra 
Señora de los Ange- 
les, y en los demás 
pueblos, c! templo 
parroquial. En 1778 
se refugió el ex-Go 
bemador José Joa- 
quín de la Nava en 
la Iglesia de Nuestra 
Señora del Pilar de 
Tres Ríos y pidió el 
amparo del Juez 
eclesiástico. 

Por lo regu- 
, , , , Iglesia del Caniien. Heredia. 

lar había muy pocos 

asuntos que despa- 

cíiar en el Juzgado eclesiástico: unos 15 á 20 por año. La mayor parte < 
esponsales y quejas matrimoniales. SÍ los querellantes no quedaban contentos con la deci- 
sión de! Juez; se apelaba á la Curia de León, lo cual era muy costoso y trabajoso por la 
gran distancia. Existieron unos 15 á 20 casos de apelación en el curso del siglo xviii. 

El Juzgado eclesiástico estuvo á cargo délos curas de Cartago, Presb" Ramón 
Azofeifa hasta 1806, Rafael José de la Rosa hasta 1819, Pedro Alvarado hasta i8z8 y 
Rafael Calvo hasta el 1 de Febrero de 1851. En esta fecha quedó instalada la Curia, 
siendo Vicario Capitular el Presbítero Gabriel del Campo, quien á su vez entregó el 
Juzgado al Ilustrísimo señor Llórente el 5 de Enero de 1852. El concordato celebrado eti 
Roma el 7 de Octubre de 1851 introdujo cambios notables en el Juzgado eclesiástico, 
pasando las causas concernientes á las propiedades y á otros derechos temporales de los 
clérigos, de las iglesias, de los beneficios y de las demás fundaciones eclesiásticas á los 
tribunales civiles; lo mismo se dispuso con respecto á las causas criminales de los sacer- 
dotes, con la reserva de que había que admitir dos conjueces eclesiásticos, nombrados por 
el obispo en los juicios de segunda y última instancia. También desde el Concilio ple- 
nario Latino Americano, celebrado en 1899, se reconocen contó esponsales válidos sólo 
los celebrados con escritura pública. 

Ahora pertenecen al Juzgado eclesiástico las causas de disciplina y conducta 
moral de los clérigos, las matrimoniales en lo que se refiere al sacramento, las causas 
de fe y otras análogas. 



En cuanto á la celebración de niatrimonios, bautizos y entierros se notaba al 
principio del siglo una sencillez suma. El Gobernador don Tomás de Acosla, en sus 
varios informes á la Real Audiencia, nos conservó datos detallados. El de 30 de 
Enero de 1 798 refiere "que los vecinos de Costa Rica eran poco aficionados al aguar- 
diente de caña de azúcar que llamaban guaro." En el de 2 de Setiembre de 1801 habla de 



TOMO I 



— 297 — 



38 



REVISTA DE COSTA RICA 



"cree el Gobernador de Costa Rica que en pocos lugares podrá darse con 
más propiedad entero cumplimiento á la real orden sobre !a pompa en los funerales y 
toques de campana, que en esta provincia, tanto por su situación local, que es lejos de 
todo el mundo, romo su ningún comercio, notoria y acreditada pobreza. El entierro de 
mayor pompa es menos que el llano de otras partes: el cadáver se conduce en una cuna 
pintada de blanco, la carpeta que la tapa es de algodón teñido de negro, no lleva coji- 
nes debajo de la cabeza, sino sus propias almohadas que tenía en la cama antes de morir. 
Las luces no pasarán de veinticinco, y cuando más cincuenta: éstas son como poco más 
de tercia de largo y grueso del dedo gordo, de cera negra que se coge en los montes 
con una capa de la misma cera que se blanquea, y se compran hasta dos por medio real. 
La tumba ó mausoleo es de dos mesas unidas, y sobre ellas un banquillo de tres cuartas 
de alto y tercia de ancho, que nombran tumbÜla, y encima de ésta se ponen tres cande- 
las y las demás alrededor de las mesas, las cuales como también la tumbilla, se cubren 
con paños negros de algodón. Así es la práctica en esta ciudad, y en sus poblaciones, 
mucho menos. El loque de las campanas, que las iglesias hacen con dos que tiene cada 
una, es arreglado, y sólo en las misas rezadas que no tienen hora señalada, se avisa con 
un toque de una campana durante como un minuto para que concurran las gentes que 
viven algunas retiradas " 

Igualmente en las festividades y procesiones había mucha sencillez; sólo la pól- 
vora se usaba más que ahora. 

¡ Cuánto distan muchos entierros y festiviilades en nuestros días de aquella sen- 
cillez y pobreza I 




Añadamos unas pocas obser- 
; sobre el cumplimiento de 
los deberes religiosos. En cuanto á 
la asistencia al santo sacrificio de la 
misa los domingos y días festivos, hay 
tal vez ahora mayor puntualidad por el 
aumento de las iglesias y las mayores 
facilidades que se procuran á los fie- 
les. El deber pascual, al contrario, se 
cumplía con mayor fidelidad entonces 
que ahora; sin embargo la frecuencia 
de los sacramentos en general y la só- 
lida piedad de nuestros tiempos, se 
distingue ventajosamente de la que se 
observaba al principio del siglo. La 
crítica que en 1785 hizo el Goberna- 
dor Perié de la ciudad de Cartago se- 
ría ahora inaudita: "Y en Cartago, 
una ciudad tan viciada, en que no se 
conoce teólogo alguno; que haya una 
mujer que confiese y comulgue cuoti- 
dianamente, es preciso sacar i esta 
mujer en procesión." 



-298- 



EN EL SIGLO XIX 



Digamos algunas palabras sobre el ejercicio de la caridad cristiana. 

Uno de los distintivos más marcados de la religión cristiana es la caridad practi- 
cada con el prójimo, especialmente con los pobres y desvalidos. Desde que Jesucristo 
se identificó con el pobre y declaró que cualquier servicio prestado á éste, lo reci- 
biria como hecho á sí mismo, la situación de los pobres y desvalidos enmedio de las 
sociedades cristianas, se distingue ventajosamente de la que tienen -en las sociedades en 
que no ha penetrado el genio del cristianismo. En Costa Rica, los menesterosos han 
encontrado siempre corazones compasivos empeñados en socorrerlos en sus necesidades. 
En testimonio de ello podríamos citar año por año los ejemplos más tiernos y variados. 
Pero, como la caridad se practicaba aislada y privadamente, los resultados no corres- 
pondían en un todo á los deseos de los bienhechores, hasta que en estos últimos decenios, 
adoptando la organización vigente en otras partes, se formaron sociedades, tanto de 
hombres como de mujeres, para el socorro de los necesitados, las cuales debido á su 
buena reglamentación y á la dirección que reciben, han alcanzado resultados verdade- 
ramente notables y contribuido de un modo eficaz al alivio de las miserias humanas. 
Nos referimos á las conferencias de San Vicente de Paúl, formadas de hombres, y á las 
Sociedades de las Señoras de la Caridad de San Vicente de Paúl. Estas sociedades pre- 
sentan cada año un informe en el cual dan cuenta al público de sus trabajos. Por tanto, 
haciendo abstracción de detalles, será suficiente exhibir en un resumen los datos principa- 
les de estos informes anuales, á fin de que se puedan apreciar las variadas y complicadas 
manifestaciones de la caridad cristiana en Costa Rica á fines de este siglo. 



Resumen de los principales datos 



PUBLICADOS EN LOS INFORMES ANLALES DE LAS CONFERENCLAS 
DE HOMBRES DE SaN ViCENTE DE PaÚL. 1 89O á 1 899 















1 
1 


Piezas de ropa, cal- 
zado, camisas, frasa- 


AÑOS 


Numero 

aproximado 

de socios 


Numero de 

familias pobres 

socorridas 


Limosnas i 
colectadas 

1 


Limosnas 

distribuidas 

i 


das. etc. distribui- 
das. Casitas cons- 
truidas en beneficio 
















de los pobres. 


1890 


713 


288 


é 


5i»27-35 


d 


4,805-00 


»5 


1891 


778 


531 




3,896-40 




3,7*8-50 


64 


1892 


1,023 


423 




3,3^6-25 




3,486-95 


199 


1893 


1,032 


189 




4,692-60 




4,423-40 


'i^ 


1894 


1,192 


39» 




4,032-10 


'' 


3,795-00 


81 


'895 


1,244 


364 


j y 


7,39'-'5 




7,503-25 


188 


1896 


1,231 


451 




1^757-85 


„ 


«0,765-15 


93 


1897 


1,258 


436 




9*532-50 




9,>82-55 


57 


1898 


1,376 


427 




8,784-00 




8,638-00 


106 


1899 


i»396 


268 




5,814-10 




5,196-60 


54 



— 299 — 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



Sociedades de Señoras de la Caridad de San Vicente de Paúl. 



•'ti 

t-.íi. 


1 




¡1 


sl"l 

MI 


|2 


1 

11 


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SS4 


1.181 


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(» 14,9'3-6S (1 


13,132-60 


,894 i ,895 


TI 


■,S4! 


951 




„ .7.786-15 , 


16,444-70 


,895 i ,896 


7>7 


','45 


'.7'S 




,. 29,403-30 , 


20,630-37 


,896 i ,89, 


I.022 


J.'SS 


..4« 


17,785 


„ 28,296-96 , 


26,163-37 


,89, á ,898 


9,6 


1.76; 


1,242 




.. 24,505-05 , 


23.'S4-3S 


,898 á ,899 


1,041 


.,984 


1,386 


26,022 


,. 31.161-20 , 


28,872-05 


1899 a igoo 


I.IU 


Í.I47 


■,725 


21,18, 


„ 28,022-55 , 


26,208-90 



Los socorros á los necesitados son llevados á domicilio, la cual da garaotfa de 
su buena inversión y proporciona á los visitadores una ocasión de consotar á los 
pobres, animarlos, elevar su espíritu abatido y darles los consejos más adecuados. Es de 
desearse que estas benéficas sociedades se propaguen en todas las villas y pueblos de la 
República. Hasta ahora existen en: 



Ciudades y 

PUEBLOS 


r 


1 


PUEBLOS 


1 

r 


IJ 
1 


San José, ciudad 

„ barrios 

San Vicente 

Guadalupe 

San Isidro Arenilla.. 
San Pedro Mojón .. 

Curridabat 

Escasú 

Pacaca 

Puriscal 

Cartago, ciudad 

barrios . 
San Rafael, Cartago. 

La Unión 

Paraíso 






Santo Domingo 

Barba 


\ 




Santa Bárbara 

San Rafael Heredia. 
San Antonio Belén . . 

San Joaquín 

Alajuela, ciudad 

San Pedro Alajuela. 




Naranjo 


San Ramón 


Puntarenas 


Heredia, ciudad 







Terminamos este artículo sobre la situación religiosa de Costa Rica durante el 
siglo XIX. Lo expuesto puede dar una idea bastante apro.vimada de lo que ha sido el país 
en todo ese período de tiempo. Si nuestros antepasados, que presenciaron el principio del 
siglo, volviesen ahora, encontrarían al lado de muchas mejoras, también bastantes males. 
El mundo es como un campo, según la comparación usada por el Salvador, en donde al 
lado del buen trigo crece la zizaña. 

— 300 — 




II 

Erección del Obispado de San José de Costa Rica y su marcha 
hasta el fin del siglo XIX 



L hecho más importante del siglo xtx, desde el punto de vista religioso 

nuestro país, es sin duda la creación del Obispado de San José 

' de Costa Rica, realizada por Pío IX el 27 de Febrero de 1850. 

Por la ansiedad con que se esperaba este hecho y por las repetidas peticiones 
que se elevaron para conseguirlo, compréndese el inmenso júbilo con que fué recibida la 
fundación definitiva de la diócesis. Debemos, pues, remontarnos á los primeros tiempos 
de la República, y recordar, siquiera sea de una manera compendiosa, las diferentes 
gestiones que el pueblo de Costa Rica y sus autoridades hicieron para obtener tan 
deseado objeto. 

Los datos que nos proponemos dar aquí son en su mayor parte desconocidos y 
por lo tanto de interés para la generación actual. 

Durante tres centurias, Costa Rica estuvo solicitando la creación de un obispado 
propio, siendo los cabildos de Castillo de Austria, Garcí-Muñoz, Aranjuez y Cartago 
los que comenzaron estas peticiones, hasta que en los principios de este siglo, un hijo de 
Costa Rica, el Presb" don Florrficio, Castillo presentó á las Cortes españolas, con 
elocuencia persuasiva, esta misma instancia. En 1560, cuando apenas había sido fundada 
por el padre Juan F.strada Rávago la ciudad del Castillo de Austria, en el puerto de 
San Jerónimo, el Consejo, justicia y regimiento de aquella población, solicitó ya que 
Costa Rica se erigiese en obispado. El Rey Felipe 11 negó la gracia que se le pedía 
por considerar que tal solicitud era extemporánea, dada la escasez de habitantes; así 
consta de su respuesta al cabildo de Castillo de Austria, de 4 de Agosto de 1561 : "en lo 
que escrivís suplicándonos os proveamos de pastor y perlado al dicho Juan Estrada 
Rávago, clérigo, por ser persona benemérita y qual conviene para el dicho cargo, 
por agora parece que es temprano para probeer perlado en esta tierra, por aver tan 
poco que se comensó á poblar y ser la población tan pequeña; adelante quando esté 
«1 negocio para ello, se terna memoria de lo que nos suplicáis." 

El cabildo de Clarcí-Muñoz, pocos meses después de la fundación de esta ciudad, 
reclamó igualmente, por carta de 2z de Agosto de 1561 el nombramiento de un prelado 
para el gobierno espiritual de la nueva provincia de Costa Rica, recién conquistada, 

— 301 — 



RKVIS'IA DE COSTA RICA 



y propuso al mismo padre Estrada Rá vago: recibiríamos, dicen, "el cabildo, justicia y 
regimiento, grandísima merced que aviendo de nombrar perlado para estas provincias, 
e demás de ser e calidad de su persona. 



: j" 



de 4 de Agosto de 1561, pero recomendó 
)r Luis de Fuentes, obispo de Nicaragua 
Estrada Rávago para Cura de Cartago y 



fuese antes á él que á otro, pues le 1 
lo merecen sus vixilias y sus trabajos." 

El Rey persistió en su resolución a 
el 27 de Setiembre de 1565 al Ilustrísim 
y Costa Rica, que nombrara al padre 
Vicario general de Costa Rica. 

Es que entre tanto ya se había trasladado la ciudad de Garcí-Muñoz con el 
nombre de ciudad de Cartago, al primer asiento de ésta en el valle del Guarco. 

No menos solícito se mostró el cabildo de Aranjuez, ciudad que más tarde fué 
trasladada á Esparza, en presentar al rey Felipe it, por carta de 30 de Abril de 1569, la 
necesidad de erigir á Costa Rica en obispado independiente de Nicaragua: " Mucho con- 
viene al servicio de Dios nuestro Señor y de V. M. y descargo de su real conciencia, 
que con toda brevedad se provea de obispos en estas provincias, porque distan de la 
Catedral de Nicaragua, donde está la sede vacante, cerca de cien leguas y hay gran 
remisión en la doctrina de los 'naturales, é porque, como están tan á trasmano y de 
presente no pueden ser aprovechados, descuydanse gravemente; é ansí para esto como 
para la sustentación de la tierra ymporta mucho que se provea perlado á ella." 

Con motivos igualmente interesantes, abogó por el establecimiento de un obispado 
don Perafán de Rivera, gobernador que fué de Costa Rica desde 1568 á 1573- En la 
relación de la provincia de Costa Rica que remitió al rey Felipe 11, desde la ciudad de 
Nombre de Jesús, con fecha z8 de Julio de 1571, propuso para la nueva mitra al Presb? 
Licenciado don Antonio Remón, de Guatemala: "Otro negocio se me ofrece de no menos 
ymportancia: que uno de los pilares que han de sostener esta tierra y perpetuarla, es 
perlado que entienda en las cosas espirituales, porque como el oficio pastoral es perpetuo 
y el ensalzamiento de la fee, anexo á él, lo procurará con mayor ynstancia. La devoción 
de lodos estos pueblos desta gobernación es que V, M. les haga merced de les promover 
y presentar á esta prelacia al Licenciado Antonio Remón, varón docto y de mucha eru- 
dición y doctrina, y 
de gran ejemplo y 
experiencia en el re- 
gimiento de la Igle- 
sia y gobernación 
espiritual; cosa muy 
necesaria para la fun- 
dación desta nueva 
yglesia y extirpación 
de los vicios y ritos 
de esta gente paga- 
na, y para que siem- 
bre y plante etitie 
ellos la fee y buenas 
costumbres. Suplico 
á V. M. condescien- 
da al clamor y peti- 
ción de todos sus 
pueblos, pues es tan 
ymportante al servi- 
cio de Dios nuestro 




EN EL SIGLO XIX 




Señ'.r y de V. M. y 
de su real conciencia 
y bien general de los 
naturales y de toda 

Si estas prime- 
ras peticiones se fun- 
daron en la distan- 
cia de la sede epis- 
copal de León y el 
mejor adelanto de la 
doctrina de los in- 
dios, pocos años des- 
pués siniiernn los es- 
pañoles residentes en 
Costa Rica, la nece- 
sidad de un obispo 
para su propio inte- 
rés religioso. Así, por 
ejemplo, en Enero de 
1596 reclamaron el 
y el Cabildo de Cartazo la fundacióp de una Abadía, 
el sacramento de la confirmación, por- 



io de Heredin 



Gobernador Fernando de la Cuev. 
por cuanto mucbos españoles se encontrabaí 
que ningún obispo de León había visitado á Costa Rica. Pidieron como prelado al domi- 
nico Fray Francisco Sánchez de Guido, hijo del conquistador Miguel Sánchez de Guido. 
En consecuencia de esta solicitud, pidió el Rey informes á la Audiencia de Guatemala 
y al Ilustrísimo señor Obispo de León. La respuesta á la primera, de 15 de Mayo 
de 1600, se ha conservado y fué del todo favorable á la creación de un obispado. El 
Presidente de la Audiencia dijo: "....á esta provincia de Costa Rica, habiendo sido 
informado de las cosas de ella, y remediado muchas en la necesidad que tenían, hallo 
o que V. M. mande se le provea de Obispo, con cuya presencia la doctrina 
fe católica pueda ir en aumento, porque en cuanto á los naturales, 
según lo que he entendido, parece que .se va acabando antes de estar conquistada é 
itistruída en la religión cristiana. Y pues las ciudades de Chile, en especial la Imperial 
Concepción y otras de semejante pobreza, con menos causa tienen catedrales iglesias, en 
esta provincia con mayor razón le conviene, atendiendo principalmente, como V. M. 
con tantísimo celo hace, á las almas y su provecho; cuanto más que siendo aquella tierra 
tan buena {como lo dice el nombre que tiene) se podrá esperar adelante gran fruto y 
utilidad temporal de ella," 

La Corte de Madrid no hizo nada en favor de la provisión de un obispado; y si 
bien es verdad que en adelante los obispos de León vinieron con frecuencia á Costa 
Rica á practicar sus visitas, y que, si éstos no hicieron más, fué porque 1^ 
cías de su avanzada edad, la gran distam 
permitían, no es menos cierto que si Costa 
cipio de su descubrimiento, habría tenido o 
casi dos siglos y medio como una de las 1 
ñoles en .América. 

Once visitas episcopales se registran en 

La primera, fué del Ilustrísimo señor Pedí 
maneció en Cartago hasta 1609 



gobierno no lo 
ica hubiese tenido obispado desde el prin- 
rumbo y no se habría quedado durante 
aisladas provincias de los dominios espa- 

1 los anales de la historia de Costa Rica. 

) de ViHarreal, quien vino en 1607 v per- 



-303- 



REVISTA DE COSTA RICA 



La segunda, del Ilustrfsi'mo señor Benito ValtoÜano, en 1625. 

La tercera, del Ilustrísimo señor Fernando Núñez Sagredo, en 1637. 

La cuarta, del Ilustrisimo señor Alonso Bravu de Lagumi, en 1674, quien murió 
en Cartago y fué enterrado en la capilla del Sagrario de la Parroquia. 

La quinta, del Ilustrísímo señor Nicolás Delgado, en 1690. 

La sexta, del Ilustrisimo señor Benito Garret y Arlovi, en 1711. 

La sétima, del Ilustrisimo señor Domingo Antonio Zarntain, en 1739. 

La octava, del Ilustrisimo señor Pedro More) de la Santa Cruz, en 1751. 

La novena, del Ilustrísímo señor Mateo de Navia y Bolaños, en 1760. 

La décima, del Ilustrisimo señor Esteban Lorenzo de Tristán, en 1782. 

La undécima y última, del Ilustrisimo señor Nicolás García Jerez, en 1815. 

Todas estas visitas han sido útilísimas, y algunas en extremo provechosas jara 
nuestro país, no solamente en el sentido religioso y moral, sino también para el pro- 
greso civil y político. No obstante, cada día se manifestaba más vivo el deseo de tener 
en Costa Rica obispado propio. El Gobernador y Cabildo de Cartago expresaron al 
Rey este deseo por una solicitud de 29 de Mayo de 181 1, recomendando al Deán de 
Nicaragua, Doctor don Juan Francisco de Vilches, para que fuese nombrado Obispo de 
Costa Rica. Esta solicitud fué íliscuiida en las Cortes Generales y Extraordinarias, en la 
sesión del 31 de Mayo de 1813, bajo la presidencia del Presbítero don Florencio del 
Castillo, Diputado por Costa Rica. Para patentizar la justicia de la solicitud, dijo nues- 
tro Diputado: "La extensión del territorio de Costa Rica, su población y la larga dis- 
tancia que media de su capital á la de León de Nicaragua, no dejan la menor duda de 
que debe erigirse un obispado en dicha provincia, para que aquella grey pueda ser 
gobernada y apacentada en lo espiritual como corresponde." Entra enseguida en detalles 
sobre la extensión de Costa Rica, su población, sus ciudades y pueblos y las tribus indí- 
genas, y continúa: "De lo expuesto podrá inferir V. M. la suma nfcesiilad que hay de 
proveer á aquella provincia de un pastor que vele sobre una grey numerosa y que se 
halla esparcida en un vasto territorio, para que visite sus puebl' 's con aquella frecuen- 
cia que los cánones prescriben. Aun se hace más manifiesta esta necesidad, si se atiende 
á la larga distancia 
que media entre di- 
cha provincia y la 
ciudad de León de 
Nicaragua, lugar de 
la residencia del 
Obispo: 210 leguas 
de caminos muy que- 
brados y casi íntrasi- 
tables en tiempo de 
lluvias, separan á la 
ciudad de Cartago, 
capital de Costa Ri- 
ca, de la expresada 
ciudad de León: y á 
la vista de esto ¿se- 
rá creíble que los 
Rdos. Obispos de 
aquella Diócesis pue- 
dan cumplir con su 
obligación, desempe- 




EN EL SIGLO XIX 



ñando personalmente el ministerio pastoral y visitando cada tres años su obispado? Es 
menester advertir que la provincia de Nicaragua es tan extensa como Costa Rica, y se 
halla aquélla mucho más poblada que ésta, por lo que han sido muy pocos los obispos 
que han visitado aún sólo por una vez en todo el tiempo de su pontificado todos los pue- 
blos que comprende la provincia de Nicaragua. Costa Rica ha sufrido mucho más. V. M. 
se escandalizará al oír que hace más de treinta y tres años (eran 31 años desde 1782) 
que no ha puesto en ella los pies ningún obispo; pues, Señor, es un hecho. En todo este 
largo tiempo han estado aquellas ovejas privadas del consuelo de ver y conocer á su pas- 
tor. ¿Y cuáles serán los males que se habrán originado de este abandono? No será el 
menor el de que todos los que han nacido en estos últimos treinta y tres años se hallan 
sin recil)¡r el sacramento de la confirmación: ¿y hay razón para privar de esta gracia á 
aquellos cristianos? No hay que atribuir estos males á falta de celo en los Prelados que 
ha habido en estos últimos treinta y tres años, porque á más de las dificultades que van 
indicadas para practicar la visita en aquella dilatada diócesis, los promovidos á aquella 
Silla por lo regular han sido hombres ancianos, y de consiguiente achacosos, que por lo 
mismo no pudieron emprender unas marchas tan largas y de caminos peligrosos. Ni hay 
que esperar que nadie, por celoso, por robusto y activo que sea, pueda en lo suce- 
sivo cumplir puntualmente con sus obligaciones, mientras no se cure el mal en su origen; 
es decir, mientras no se divida aquel obispado. Tampoco se juzgue que podrían evitarse 
estos inconvenientes agregándose Costa Rica á Panamá ... No queda, pues, otro reme- 
dio, si no se quiere que continúen tan graves males, que el de la separación y erección del 
obispado en Costa Rica. De esta providencia resultarán seguramente muchos bienes que 
llenarán de consuelo y regocijo á aquella religiosa provincia; no siendo el menor de ellos 
el que con el influjo del Prelado se facilitará la conversión de los indios gentiles que 
habitan aquellas montañas. Tampoco se siguen ningunos inconvenientes; porque no se 
crea que con la creación de este nuevo obispado los pueblos .*<e gravarán con nuevas 
contribuciones, ni que el erario público habrá de sufrir algún menoscabo. Solamente los 
diezmos que paga aquella provincia proporcionan fondos con qué dotar completamente 
la mitra, y en un país en donde no hay lujo y en donde los alimentos son muy baratos, 
sobrará para fundar y dotar un seminario conciliar donde se formasen buenos eclesiásticos 
y donde se proporcionaría educación á la juventud de que tanto se carece en aquel país, 
tan separado de las demás provincias. . . ." La petición del Cabildo de Cartago, apo- 
yada con razones tan contundentes por ti Diputado de Costa Rica, encontró acogida 
favorable en el gobierno peninsular; pero las circunstancias políticas no dieron lugar á 
que se llevara á < abo. 

El 26 de .Mayo de 1818 el Key don Fernando vii pasó una Real Cédula al 
Capitán General de Guatemala para que informara sobre la conveniencia de erigir 
el Obispado de Costa Rica. En ella se refiere el Rey á los motivos expuestos por nuestro 
Diputado Florencio Castillo en su célebre discurso de 31 de Mayo de 1813. 

Entre tanto el vccmHario de Cartago, en 23 de Octubre de 1820, reiteraba sus 
peticiones por medio de sus síndicos. El Gobernador Juan Manuel de Cañas y el Ayunta- 
miento de dicha ciudad se adhirieron á estas nuevas instancias y encargaron al Diputado 
á Cortes en 182 1, don Juan Nepomuceno de San Juan, Canónigo de Palencia, que espe- 
cialmente trabajara por la erección del Obispado y de un Colegio Seminario. A conti- 
nuación nos permitiremos publicar una carta que á la letra dice: 

"Señor: — El Ayuntamiento, justicia, regimiento y gobierno de la muy noble y 
muy leal ciudad de Cartago, capital de Costa Rica en la provincia de Guatemala con- 
traído por los vínculos que por la fuerza de sus deberes le impelen en cuantos casos con- 
ceptúe el bien de la causa pública ó su prosperidad organizar justa y lícitamente sus 
proyectos, juzgándolos adaptables á tan importantes miras concibe: que en ninguna 

TOMO I * — 305 — 39 



REVISTA DE COSTA RICA 



época se ha ofrecido á este cuerpo ocasión más oportuna para ostentar legalmente su 
empeño por la alta nerviosa recomendación que merecen los particulares á que se con- 
traen las exposiciones de los síndicos que en testimonio acompaña á esta sumisa repre- 
sentación. 

"La imperiosa necesidad de un prelado apostólico impele á estos vasallos á impe- 
trarlo de la paternal bondad de S. M. que no duda conseguirlo, luego que se halle pene- 
trado y condolido de los irreparables daños que origina su falta. Son muchos y la 
gravedad de sus consecuencias obliga á este Ayuntamiento á exponerlos á la augusta 
consideración de S. M. Permítasele, señor, dar el nombre de ilusoria y aun el de perju- 
dicial para el bien general de la provincia á la aparente ventaja de componer parte de 
la diócesis de León de Nicaragua; ilusoria es, puesto que siendo como en efecto es 
acreedora esta provincia de los cuidados y desvelos de su prelado, tiene el triste descon- 
suelo de carecer de ellos durante largos períodos de años, una dolorosa experiencia 
manifiesta á todas luces esta verdad; desde el año de 1781 hasta el de 181 5 se han visto 
estos habitantes privados de las unciones apostólicas; durante tanto tiempo son muchos 
los bienes, así temporales como espirituales, que ha perdido esta provincia, y muchos, 
Señor, los males que habría evitado, la presencia, el ejemplo y lo que es más la pastoral 
corrección de un prelado, el culto sagrado, la moral de las costumbres y por último la 
necesidad (le una vida ejemplar en los Ministros del Altar, base sobre que se fundan y 
de donde nacen los sentimientos religiosos y las virtudes así morales como civiles de los 
pueblos; este es el tiempo en que las unas y las otras deben brillar á una luz clara. La 
religión que S. M. ha declarado única en la nación, la religión santa. Señor, que profe- 
san estos pueblos exige la concesión á sus habitantes de una mitra; constituyéndose la 
provincia en la obligación de asegurarle, como de hecho le asegura, agregado á este 
partido el de Nicoya, la cantidad de 6,000 pesos, que seguramente más que menos pro- 
ducirán los diezmos, sin hacer cuenta de los demás derechos de la mitra; suficiente can- 
tidad así para sostener su decoro, como para suministrar socorros, ya sea en favor del 
sagrado culto, ó ya en el de los pobres feligreses. Así es que de esta benéfica medida 
resultarán considerables ventajas á la provincia, así en lo moral, como antes se ha mani- 
festado, como en lo puramente temporal que constituye la felicidad civil de los pueblos, 
y sea ésta, la de circular en el centro de ella por medio del comercio aquella cantidad 
que en el actual sistema no hace sino pasar á la de León, siendo dura cosa la de contri- 
buir en obsequio de una mitra de cuyos beneficios nunca goza; y aun más duro. Señor 
(mediante las limosnas de acjuel prelado), la de contribuir á beneficio de los pobres de 
aquella provincia, siendo los de ésta incomparablemente más acreedores de aquel soco- 
rro que los de una provincia estraña. 

"Permítase á este cuerpo el uso de esta proposición, hija sólo del interés que debe 
tomar en favor de la que representa, y tanto es más sensible el traspaso de nuestro nume- 
rario á aquella provincia, cuanto ésta es evidentemente mucho más pobre, puesto que 
la cuasi absoluta falta de comercio, así interior como exterior, la priva del consiguiente 
de éste, que son las riquezas. Costa Rica, Señor, solamente produce lo muy necesario 
para una limitada y moderada subsistencia de sus habitantes; los sobrantes, que conside- 
rada la feracidad y bondad del clima pudieran formar considerables artículos de comer- 
cio, tienen contra sí el invencible obstáculo de la larga distancia á otras provincias y lo 
fragoso de sus caminos, obstáculos cjue una constante experiencia les tiene demostrado 
y que se hacen más sensibles por las trabas puestas al comercio por ambos mares. Estos 
mismos obstáculos, sentados los sentimientos de amor y religión en los prelados de León 
hacia esta provincia, obstruyen y embarazan hasta el extremo, manifestando los buenos 
y saludables efectos que aijuéllos debiesen producir 

"Así (jue. Señor, persuadido y deseoso este cuerpo de las conocidas ventajas que 

— 306 — 



EN EL SIGLO XIX 



resultarán á esta pro- 
vincia de una mitra, 

implora para su logro 
la católica piedad so- 
berana cíe V. M. 
compróme t i é n d ose 
desde luego á asegu- 
rar por cierto el pro- 
ducto de diezmos en 
la ya dicha cantidad 
de seis mí! pesos, sin 






e pue- 



quede 
congrua la de I.eón 
de Nicaragua, pues- 
to que á ésta queda- 
rá por lo menos de 
nueve á diez mil pe- 
sos, hechas las de- 
ducciones COrrespOn- Imcrior ii.'l C^nT»-Ti. 1 

dientes " 

Juan Manuel de Cañas. — José Antonio García. — 
muño. — Salvador Oreamuno. — Nicolás Carazo — I 
go. — José Joaquín Prieto. — Pedro José Carazo.— 
Juan José Bonilla. — Anselmo Saenz, — Joaquín Ca 
Hemos copiado íntegramente esta carta de 
la disposición de los ánimos y la impaciencia co 
Obispado, y además, ponjue nos permite aprecii 




nuel M" de Peralta.— Isidro Orea- 
lue! de la Torre. — Joaquín Hídal- 
li)í Oreamuno.— Tomás Garría — 
>, Secretario de Cabildo." 
de Octubre de 1820, porque revela 
]ue se aguardaba la fundación del 
en su justo váicT los pasos posteriores 



e dieron en los primeros años de la independencia para el logro de un objeto tan 
deseado, excusándonos, por consiguiente, de hablar más de ellos. 

El Gobierno federal de Guatemala, en el año de 1824. se ocupó seriamente de la 
erección de los obispados de San Salvador y Costa Rica, y al efecto sometió el asunto á 
la Asamblea Nacional Constituyente, la cual nombró una Comisión de Negocios Ecle- 
siásticos para estudiarlo y pidió informe al mismo Gobierno de Guatemala y al Ilustrí- 
simo señor García Jerez. Este último lo envió el 8 de Julio de 1824, y su texto que 
reproducimos íntegro, es como sigue: "Cuando en el año pasado de 1815 dirigí al Minis- 
terio del antiguo Gobierno la relación de la santa visita del Estado de Costa Rica, hice 
justicia á su respetable y edificante clero; alabé el estado de costumbres sencillas, cris- 
tianas y religiosas que hacía felices á sus habitantes; expuse las graves y poderosas con- 
sideraciones que me movían á pedir se erigiese en Cartago una nueva Silla Episcopal; y 
acompañé los cuadrantes de un quinquenio para que se pudiese formar idea exacta del 
monto de sus rentas decimales, y se arbitrasen medios para dotar la catedral que debía 
erigirse. Tuve el desconsuelo de que otras atenciones, más graves, no diesen lugar á que 
se tomase providencia sobre mi solicitud, y el de que se me avisase confidencialmente 
que lo muy exhausto del erario y lo muy escaso de los diezmos de Cosía Rica serían 
siempre un obstáculo para que se viesen cumplidos mis deseos. Entiendo que esta 
grande obra estaba reservada á los altos poderes que hoy nos gobiernan y que Dios ha 
prolongado mis días para representar: ser de tan absoluta necesidad el que se erija canó- 
nicamente una nueva silla episcopal en el Estado de Costa Rica, que sin esta medida no 
puede conservarse en él la Religión Católica, Apostólica y Romana con la pureza que 

— 307 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



siempre la han profesado: ni cimentarse sobre bases sólidas é inalterables la grandeza, 
prosperidad y gloria á que es llamada y que por tantos títulos merece. Penetrado, 
pues, del más profundo respecto me atrevo á pedir al Supremo Gobierno, extienda su 
brazo fuerte é invencible para remover los obstáculos que presentan las escasas canti- 
dades con que pueden contribuir los diezmos de aquellos partidos y para acelerar el 
momento en que se vea en Costa Rica un nuevo Obispo enviado é instituido por 
el Vicario de Jesucristo. 

" Si mis votos son oídos se renovará mi cansada ancianidad, me descargaré del 
enorme peso que me abruma; no me horrorizarán ya las doscientas leguas que me sepa- 
ran de aquella benemérita porción de mi muy amada grey; cesará el oír de día y ver de 
noche á los de Costa Rica que como el macedonio de San Pablo extienden hacia mí sus 
brazos, me lloran sus necesidades, y me llaman en su socorro; y moriré con el consuelo 
de haber contribuido, y de un modo el más efectivo, á que puedan ser verdaderamente 
felices los hijos de mi predilección, que alguna vez lo han sido de mi dolor, y de mis 
lágrimas y que siempre han hallado en mí entrañas y sentimientos de padre. 

" He dicho lo que en Dios y en conciencia debo sobre la erección de una nueva 
silla episcopal en el Estado de Costa Rica. Mas su Gobierno llevará á bien procure yo 
se deshagan algunas equivocaciones que ha padecido en su oficio y que no siendo recti- 
ficadas agravarían los males de aquel Estado. 

" Al efecto pueden servir los documentos que acompaño. Ellos presentan datos 
los más exactos, y la comisión encargada de este negocio, cuando extienda su informe, ó 
dé su dictamen, podrá hacerlo de un modo el más ventajoso para aquella nueva Iglesia. 
Ojalá que la de León hubiera tenido en un principio una buena alma que hubiese hecho 
á su favor los mismos oficios, y no lloraría hoy el verse empobrecida hasta el extremo y 
sin dotación que cubra ni aún la cuarta parte de sus más precisos gastos, contando ya 
más de doscientos noventa años de erigida y después de haber hecho muchas y muy 
reiteradas gestiones para ser socorrida y ayudada. 

"Estando cierto y muy cierto de que el Supremo Gobierno ha de tratar y acordar 
oportunamente con la Santa Sede lo que estime más conveniente y justo sobre diezmos, y 
no dudando de modo alguno que muy en breve hemos de tener el consuelo de ver con- 
cedidas á favor de la grande Nación, á quien pertenecemos, aquellas mismas gracias que 
Alejandro VI, Urbano VIII, Benedicto XIV y Pío VII concedieron en otro tiempo á 
los Reyes de la antigua España, nada digo sobre la cuestión principal y principios que 
puedan y deban resolverla. Mas como las conferencias y convenios pueden sufrir dila- 
ciones y como el nuevo orden de cosas exija imperiosamente que la cuenta y razón de 
un Estado no se mezcle ó confunda con la de otro, me parece que provisionalmente se 
j)odría adoptar el arbitrio que pr()j)()ne el Gobierno de Costa Rica. 

'* León, ocho de Julio de 1824. — Fray Nicolás, Obispo de Nicaragua." 

Este informe del Tilmo, señor C)bis¡)o y los estados sobre diezmos que lo acompañan, 
se sometieron al estudio de la Comisión eclesiástica, nombrada por la Asamblea de 
(uiatemala, la cual dio su parecer el 2 de Setiembre de 1824, en estos términos: 

'•A. N. C. — La Comisión de Negocios l^clesiásticos ha examinado el expediente 
sobre erección de una silla episcopal en Costa Rica: el Padre Obispo de Nicaragua 
infornla de conformidad con la proposición del ciudadano Madriz y manifiesta con razo- 
nes sólidas y convincentes lo útil y ventajoso que será á Costa Rica su erección en 

ohis[)ado: El Gobierno, á quien os servisteis oír, está acorde con lo expuesto por 

el Padre ()l)is])o de Nicaragua, y juzga conveniente y necesaria la erección de una silla 
episcopal en aquel Estado, mas dice que es necesario examinar previamente, si hay 
fondos para sostener la creación del obispado y quiénes deben decretarla: sobre lo pri- 
mero cree que no son bastantes los diezmos según el cuadrante que obra en el exj)ediente 



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EN EL SIGLO XIX 



y que para saber si pueden proporcionarse fondos suficientes, convendría que los Dipu- 
tados ó el Gobierno de Costa Rica propongan los medios arbitrios menos gravosos á 
aquellos pueblos, y que sobre lo último, si se juzga necesario, el Gobierno manifestará su 
opinión. 

" La Comisión ha oído el dictamen de los representantes de la misma provincia, 
quienes aseguran no considerarse con las luces suficientes para emitir un informe de 
semejante naturaleza: en esta consideración, la Comisión es de parecer que reservándose 
el Gobierno Supremo el del último punto, se pida por su conducto informe al Gobierno 
de Costa Rica, para que proponga los medios ó arbitrios menos gravosos á aquellos 
pueblos para sostener en ellos una Iglesia Catedral, acompañándole al efecto copia inte- 
gra del expediente de la materia. Esto parece á la Comisión; la Asamblea, sin embargo, 
dispondrá lo más conforme. 

"Guatemala, Septiembre i de 1824. — Iseas, Fiallos, M. Menéndez. — Pineda." 
Para inteligencia de este informe advenimos que los dos partidos de Cartago y 
Bagaces en que Costa Rica estaba dividida en 1824 para efectuar el cobro del diezmo, 
producían cada ano la cantidad de 3,5^5 pesos, la cual se dividía en 11 partes diferentes, 
tocando á la mitra sólo 703 pesos 7 reales y otro tanto al Cabildo de León; suma que 
con razón se consideraba insuficiente, difiere mucho de los 6,000 pesos que el Cabildo de 
Cartago calculaba en su oficio de 23 de Octubre de i8zo. 

El expediente sobre erección de obispado fué enviado el 6 de Setiembre de 
1824 á Costa Rica. Los hombres públicos de Guatemala comprendieron que ante todo 
•debía tratarse con la Santa Sede y resolvieron en consecuencia mandar un Enviado 
Extraordinario á Roma para negociar con el Sumo Pontífice un asunto tan complicado 
y tan urgente á la vez. La escasez extremada de recursos obligó al Gobierno Federal 
á suspender el viaje del Enviado Extraordinario hasta tanto que quedara arreglado el 
empréstito que se había solicitado en Inglaterra y que estaba en vías de verificarse. 
Esto consta en una nota del seíior José Venancio López, encargado del Ministerio de 
Estado, Justicia y Negocios Eclesiás- 
ticos, escrita en Guatemala el 25 de 
Noviembre de 1824. Previamente de- 
seaba el Gobierno Federal conferen- 
ciar sobre el asunto con los dos úni- 
cos Obispos que á la sazón había en 
Centro .América: el Illmo. señor Ca- 
saus, Arzobispo de Guatemala y el 
Illmo. señor Garría, Obispo de Nica- 
ragua y Costa Rica. Como este último 
se encontraba muy enfermo, y había 
manifestado el deseo de trasladarse 
por algún tiempo á Segovia ó á Costa 
Rica, para buscar en el cambio de 
clima algún alivio á sus males y hacer 
al mismo tiempo una nueva visita de 
la diócesis, el referido Ministro de 
Justicia y Negocios Eclesiásticos, se- 
ñor don Jasé Venancio López, en 
nombre del Gobierno de Guatemala in- 
vitó al Illmo. señor García á conferen- 
ciar sobre la erección del Obispado 
de Costa Rica para concertar tas ins- 




REVISTA DE COSTA RICA 



trucciones que debían darse al Enviado Extraordinario que se pensaba mandar á Roma. 
El Illmo. señor García aceptó la invitación del Gobierno Federal de Guatemala, se despi- 
dió de su diócesis por algún tiempo en una carta pastoral, fechada en Managua el 1 1 de 
Febrero de 1825, y emprendió su viaje en ese mismo mes. No debía ver otra vez á su ama- 
da diócesis el Illmo. señor García, pues murió en Guatemala á mediados de Agosto de 
dicho año de 1825. Había confiado el Gobierno de la diócesis al canónigo don Fran- 
cisco Ayenli, catedrático de Cánones de la Universidad de León, quien á 3 de Agosto 
pasó una circular enérgica al clero de la diócesis ordenando á todos los sacerdotes que 
se dedicasen con tesón y celo á su ministerio, sin mezclarse absolutamente en los nego- 
cios políticos. La circular llegó á Costa Rica el 17 de Agosto. Entretanto se supo en 
León el fallecimiento del Illmo. .señor Obispo y en consecuencia se reunió el Cabildo 
y eligió por Vicario Capitular, sede vacante, al canónigo Francisco Chavarría, catedrá- 
tico de (dramática en la Universidad, quien puso en conocimiento del clero de Costa 
Rica su nombramiento por una circular de i? de Setiembre, que se recibió en Cartago 
el 15 del mismo mes. 

La noticia de la muerte del Illmo. señor García, á quien todos veneraban y 
respetaban, consternó los ánimos y despertó vivamente las antipatías y recelos antiguos. 
A todos parecía duro el ser gobernados en lo eclesiástico por un Vicario Capitular de 
Nicaragua, después de que se había obtenido la independencia política. Esto explica el 
Decreto LX, de 29 de Setiembre de 1825, emitido por la Asamblea Constitucional: 

"La Asamblea del Estado libre de Costa Rica, considerando: i? La dependencia 
que tiene el mismo Estado del de Nicaragua en el gobierno eclesiástico, contra el tenor 
de lo dispuesto en el artículo 14 de la Ley Fundamental y en el 10 de la Constitución 
de la República; 2? Que el bienestar temporal y espiritual de los costarricenses exige su 
independencia en todos conceptos de otras autoridades que no sean las conformes con 
sus instituciones; 3V Que el derecho de erigir una silla episcopal en el Estado y nombrar 
al que la ha de obtener y ocupar, no estando conferido por la Constitución de la Repúbhca 
á las Supremas Autoridades Federales, por el mismo hecho, según el tenor del artículo 
10 de la misma Constitución, corresponde á las de los Estados, ha tenido á bien decre- 
tar y decreta: 

"Art" I? Se erige y ha por erigido el Estado libre de Costa Rica en Obispado, 
distinto del de Nicaragua, y la Iglesia Parroquial de San José en Catedral. 

"Art" 2" El territorio de esta nueva diócesis será el mismo del Estado, y su grey 
la Católica Costarricense. 

"ArtV 3? Se nombra y ha por nombrado por primer Obispo al Reverendo Padre 
Doctor Fray Luis García. 

"Art"4" El Gobierno de ruego y encargo solicitará del Cabildo Eclesiástico de 
León delegue sus facultades al nombrado para que entre en el gobierno de su grey, 
según lo practicaba el Gobierno Español. 

"Art" 5" El Obispo electo, antes de entrar al gobierno de su diócesis, prestará 
ante la Asamblea y, si e.stu viere en receso, en manos del Jefe Supremo del Estado, en 
público y con solemnidad, el juramento prevenido para todo empleado en la Constitución 
Federal y Ley Fundamental del Estado. 

"Art" 6" ¥.n primera oportunidad, el Gobierno presentará al Romano Pontífice 
el Obispo electo, solicitando las Bulas de su confirmación y consagración, y dirigiéndole 
al efecto los recados conducentes." 

En este decreto resolvió la Asamblea la erección de un obispado y confirió á 
Fray Luis García el título de Obispo, es decir, ejerció facultades espirituales que ella no 
tenía, ya que Jesucristo dio el gobierno espiritual de su Iglesia á San Pedro y sus suce- 
sores en el Pontificado. El Gobierno Español con expreso consentimiento de la Santa 



— 310 — 



EN EL SIGLO XIX 



Sede había ejercido ciertamente alguna influencia en la Iglesia, pero nunca había por su 
propia cuenta erigido un obispado. Tales consideraciones provocaron inmediatamente 
dudas en el ánimo de los miembros del Consejo ó Supremo Poder Conservador, los cuales 
revocaron la sanción que habían dado al decreto. El ejecutivo pasó esta revocación á la 
Asamblea, la que á 13 de Octubre resolvió, después de haber oído el dictamen de una 
comisión especial, que el decreto de erección del obispado quedaba legítimamente san- 
cionado y se reservó disponer por separado el arreglo conveniente para lo sucesivo. 

El Cabildo Eclesiástico sede vacante de León, tan luego como tuvo noticia de lo 
ocurrido en Costa Rica, envió un oficio á la Asamblea Constitucional, en que explicó la 
doctrina del Patronato; manifestó su entero consentimiento en que Costa Rica fuese 
erigida en obispado, como ya lo había deseado el Illmo. señor García, y por fin suplicó 
á la Asamblea que evitara un cisma en el clero, como fué provocado en el Salvador por 
la desautorizada declaración de la Asamblea de aquella República, erigiendo el país en 
obispado aparte. 

La Asamblea de Nicaragua vio con malos ojos el oficio del Vicario Capitular, 
dirigido á la Asamblea de Costa Rica, y le mandó que en lo sucesivo se abstuviese de 
introducir órdenes en los Estados del Salvador y Costa Rica contrariando sus disposicio- 
nes sobre obispados. La Asamblea de Costa Rica por conducto del Ejecutivo dio la 
enhorabuena á la de Nicaragua y le manifestó su aprecio y reconocimiento. 

Felizmente para Costa Rica no aceptó Fray Luis García el obispado que le fué 
ofrecido, y se evitó un cisma en el clero. 

Publicamos á continuación la renuncia de Fray Luis García : 

"Ciudadano Ministro General: con carta de V., de 18 de Octubre último, recibí el 
superior decreto de 29 de Setiembre pasado de esa Respetable Asamblea Constitucional, 
por el que se erige en Obispado el Estado Libre de Costa Rica, y se me nombra para su 
primer obispo. La preferencia que se hace de mí entre tantos hombres recomendables 
por su sabiduría y virtudes en que por beneficio divino abunda nuestra República, debía 
inclinarme inmediatamente en otras circunstancias á la aceptación de tan relevante digni- 
dad, y mi aplicación á su desempeño, según mi pequeño alcance, quizá podría correspon- 
der de alguna manera á la generosidad con que se me distingue. 

"Sin embargo, consideraciones dignas del Estado de Costa Rica y demasiado 
interesantes con respecto á mí, demandan prudencialmente la espera de algún tiempo 
para decidirme. Espero que eleve á la consideración de la Asamblea Constitucional la 
indicación que hago. Ella no es parte de la perplejidad, sino fruto de la reflexión, y 
desde luego me prometo que esa Asamblea Constitucional no desaprobará mi deteni- 
miento. — Dios, Unión, Libertad. — Guatemala, Diciembre 7 de 1825. — Fray Luis García." 

Pasando los años y sintiéndose cada vez más los inconvenientes de no tener 
obispado, resolvió la Asamblea Constitucional negociar con el V^icario Capitular de 
León el establecimiento de una Vicaría General con amplias facultades. Al efecto se 
emitió un Decreto el 17 de Mayo de 1830. Posteriormente, el 31 de Agosto, se señaló al 
Vicario del Estado un sueldo de $ 200-00 sobre la masa decimal. Con noticia de la 
presencia de un Nuncio Apostólico en Bogotá, y habiendo en el curso de los años estu- 
diado con mayor detenimiento los pasos conducentes á la erección del Obispado, la 
Asamblea y Consejo, en 22 de Diciembre de 1837, decretaron, previo un extenso preám- 
bulo de 9 puntos, lo que sigue: 

**Art? I? Los poderosos motivos que ha tenido presentes el Cuerpo Legislativo se 
demostrarán al Venerable Cabildo Eclesiástico de León por medio del Jefe Supremo y 
Vicario Foráneo del Estado, con el interesante objeto de impetrar un allanamiento é 
informe en favor de nuestra solicitud; manifestándole que el finado Padre Obispo, Fray 
Nicolás García Jerez, prestó muy gustoso su consentimiento con la más viva expresión 



— 311 — 



REVISTA DE COSTA RICA 




de sos deseos de qne Costa Rica se 
erigiese en Obispado, como puede ver- 
se en su infonoe de 8 de Julio de 1824. 

"Art" í" Tan luego como vnri- 
va de I ^n la solicitud aprobada por 
aquel Cabildo, será elevada por los 
mismos medios antenormente indica- 
dos al Cabildo Metnqwliuno de Gua- 
temala, quien también debe interrenír 
en día, puesto que se le debe agregar 
un sufragáneo. 

"Art* 3° Obtenido que sea el 
allanamiento de ano y otro Cabildo 
se dirigirá la solicitud al Internuncio 
de Su Santidad que reside en Santa 
Fe de Bogotá 



"Art" 8" Se 



al Eje< 



.-«17 O. ;m: auiotuii ai r.jciu- 

livo para nombrar al Legado que de- 
ba enviar ceica del Internuncio ó de 
Su Santidad, para decretar su dota- 
ción V demás gastos extraordinarios. 

iKl^iaílrSanRamrtn.AIaiurla 

"Att" 10" Quedan derogadas todas las disposiciones y decretos que se opongan 
al presente." 

Con tan sabia.s disposiciones quedó por fin bien encarrilado el asunto, anulado 
el Decreto de 7 de Octubre de 1825 y acrecentada la esperanza de ver pronto el logro 
de los deseos seculares de Costa Rica. 

Pero todavía debían pasar algunos años. 

Kntre tanto, el Gobierno de la República del Salvador anduvo con más acierto 
y presteza en el asunto de erección de Obispado. El 28 de Setiembre de 1842 fué 
firmado ¡wr Gregorio XVr la bula de erección del Obispado de San Salvador y poco 
después recibió el lllmo. Señor Dr. don Jorge Viteri, la consagración episcopal, y tomó 
posesión de la nueva silla, acontecimiento que fué celebrado en Costa Rica "con aplauso 
y regocijo general, y anunciado por un repique de todas las campanas de las iglesias, 
entonándose |)or el clero el himno acostumbrado de acción de gracias." 

El nuevo Obispo de San Salvador manifestó por carta del 25 de Diciembre 
de 1843 al clero de Costa Rica su satisfacción por estas demostraciones de fraternal 
regocijo, y les participó que en Roma había quedado casi todo allanado para la funda- 
ción de la Iglesia Catedral en Costa Rica. 

En 1848 bajo la administración del Doctor don José María Castro, se entabla- 
ron negociaciones directas con la Santa Sede, las que pronto fueron coronadas con éxito 
feliz. El 28 de Febrero de 1850 firmó el Sumo Pontífice Pío IX la bula Christian<r Reli- 
gionis Auclor erigiendo el Obispado de San José de Co.sta Rica; encargando al Ilustrisimo 
Señor Arzobispo de Guatemala, Francisco García Peláez, de la ejecución de la bula, y 
del nombramiento de un Vicario Capitular interino. El Ilustrísimo Señor Arzobispo firnió 
el 5 de Setiembre el i8go el Decreto de la ejecución de la bula Chrisñana Religioms 
Aiiítor, nombrando Vicario capitular al Presbítero don José Gabriel del Campo, y el 
día 2 de Febrero de 1851 se publicó solemnemente en San José la bula pontificia 
y el Decreto ar/oliispal, y tomó posesión de su cargo el nuevo Vicario capitular, cesando 

— 312 — 



EN EL SIGLO XIX 



en el acto la jurisdíción del Vicario General, Presbítero don Rafael del Carmen Calvo. 
De todos estos pasos dio cuenta la certificación oficial que publicamos á continuación: 
"Los infirascritos Ministros de Estado y del Despacho del Supremo Gobierno de la 
República de Costa Rica en la América Central, certificamos: que á consecuencia 
de las providencias acordadas y circuladas con anterioridad, el día de ayer vino á esta 
ciudad, de la de Cartago, el Señor Provisor y Vicario Capitular, Presbítero don José 
Gabriel del Campo, acompañado del Señor Vicario General, Presbítero don Rafael 
del Carmen Calvo, y de otros muchos eclesiásticos y personas notables; que entre nueve 
y diez de la mañana de esta fecha, los expresados Vicarios en medio del venerable clero 
que se había reunido, se trasladaron á la iglesia principal de esta misma ciudad, á donde 
concurrieron también el Excelentísimo Señor General Presidente de la República, la 
Honorable Comisión Permanente, la Excelentísima Corte de Justicia y las demás cor- 
poraciones y empleados civiles, militares y de Hacienda, residentes en esta capital; que 
hallándose todos colocados en sus respectivos asientos, preparados en la iglesia, á que 
asistió una numerosa porción del pueblo, el Señor Presbítero don Juan Rafael Reyes 
publicó allí la bula de Su Santidad el Papa Pío IX (que Dios guarde) expedida en Roma 
el 28 de Febrero de 1850, que erige á Costa Rica en Obispado independiente del de 
Nicaragua y dispone todo lo que corresponde al gobierno y administración de la nueva 
diócesis, habiendo publicado también el decreto del Ilustrísimo señor Arzobispo de 
Guatemala, que arregla la ejecución de dicha bula y nombra el Provisor y Vicario Capi- 
tular que se ha de encargar del gobierno del obispado, mientras se instituye un propio 
Pastor por nuestro Santísimo Padre; que enseguida el prenotado señor Provisor presentó 
su título (que leyó el enunciado Presbítero Reyes) y prestó el juramento debido en 
manos del Señor Vicario general, entonándose á continuación el Te Deum y celebrándose 
por el señor Presbítero don José María Esquivel misa solemne de gracias, después de la 
cual, el señor Presbítero Reyes hizo un discurso propio de las circunstancias; que con- 
cluido éste, el acompañamiento entre vivas y aclamaciones del pueblo y del ejército al 
nuevo Obispo de San José, se dirigió al Palacio del Gobierno, donde el Señor Vicario 
Capitular prestó en manos de S. E. el Presidente, el juramento prevenido por el artículo 118 
de la Constitución: y de este modo terminaron todos los actos de posesión del mismo 
señor Vicario Capitular. Y para que obre los efectos que convengan, extendemos la 
presente de orden del Gobierno, en San José, capital de la República, á los dos días del 
mes de Febrero de 185 1. — Joaquín Bernardo Calvo. — Manuel José Carazo." 

En el consistorio de 10 de Abril de 1851 fué preconizado el Ilustrísimo señor 
don Anselmo Llórente y Lafuente, primer Obispo de Costa Rica, quien fué consagrado en 
Guatemala el 7 de Setiembre de 1851 por el Ilustrísimo señor García Peláez; llegó á 
Costa Rica el 18 de Diciembre y tomó posesión del obispado el 5 de Enero de 1852. 

Entonces quedaron por fin totalmente cumplidos los deseos seculares de los 
católicos costarricenses. Se obtuvo la independencia eclesiástica, complemento de la 
independencia política. Pronto se duplicó el número de las parrotjuias; sin trabas ni 
pérdida de tiempo se despacharon los asuntos de conciencia; las visitas episcopales se 
practicaron con regularidad, extendiéndose hasta las tribus más remotas tle la República; 
en suma, se cumplió lo que desde 1560 hasta 1850 los costarricenses habían esperado 
tanto: la erección de un Obispado prcpio. 



TOMO I —3^3 — 40 




III 



El Clero de Costa Rica durante el siglo XIX 



To de Costa Rica estaba dividido en 1801 en dos agrupaciones: 
secular y regular. A esta última pertenecían los Franciscanos 
Observantes, de la provincia de San Jorge de Nicaragua, y 
los Franciscanos Recoletos de Guatemala. 
En 1801 eran: 

Cura (le Cartago .... Presb" Ramón de .Azofeifa 

Hcredia „ Manuel López del Corral 

„ Snn José „ Juan Onofre Ocónor 

Ksparta „ Nicolás Carrillo 

„ Nicoya ,. I.uis Demetrio de Coronado 

Coadjutor de Tres Ríos ,, Rafael José de la Rosa 

.. Escasii „ Féli.v Velarde 

Alnjuela ,, José Joaíjuin Isidro I.izano 

„ Bagacea y l.as Cañas „ Manuel Antonio Sáenü 

,. Guanacaste (I.iliería) ,. Luis M asís 

Doctrinero de Ujarrás Fray José Joaquín Hidalgo 

,, Cot, etc „ Jacinto Maestre 

,. Tiicurrique .. Jcisé Joaquín Rodríguez 

„ Orosi ,, Marcos Rubio (recoleto) 

,. Barba „ Joaquín Rodríguez 

Aserrí y Ciirridabat ,. Domingo Arias 

., Paraca' „ Na/ario Gallo 

.. Torraba „ José María Núñez (recoleto) 

Fuera ile estos diez sacerdotes seglares y ocln) religiosos, liabía todavía unos trece 
sacerdotes más: Féli\ Alvarado. Pedro José Alvarado, Benito Bi)nilla, Miguel Bonilla, 
José -amonio Kli/ondo, José María Ksquivel, Baltasar de la Fuente, Manuel (iarcía, 
Juan José Oreamuno, todos en Cartago; Juan Francisco Mondragón y José Onofre 
Ramírez, en San José; Pedro Vicente González y Antonio Herrera, en Hcredia, y once 
religiosos: Fray Francisco Quintana, Antonio Damián Fuente, Francisco Jiménez, José 

— 314 — 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



Rafael de Jesús Jiménez, Nicolás Lara, Sebastián Leitón, Luis Fernández Masís, Antonio 
Mondragón, José Hermenegildo Rodríguez, Manuel Sáenz, y el Guardián de Cartago, 
Fray José Francisco Al varado. 

En todo había 42 sacerdotes, próximamente, entre seculares y regulares, ó sea un 
promedio de un sacerdote por cada 1,235 habitantes. 

En el informe que el Illmo. señor don Nicolás García Jerez envió á la Audiencia 
de Guatemala el 4 de Setiembre de 181 5, se encuentra una lista detallada del Clero de 
Costa Rica en aquel año, según la cual había 42 sacerdotes seglares y 21 clérigos de 
órdenes mayores y menores. El número de los religiosos se había disminuido á diez. Lo 
cual da un total de 52 sacerdotes, ó bien un promedio de un sacerdote por 1,175 habitantes. 

Durante el período de 1825 á 1850 disminuyó considerablemente el número de 
sacerdotes, á causa de la dificultad de hacer los estudios y de recibir las órdenes. Los 
aspirantes al sacerdocio tenían entonces que dirigirse ya á Honduras, ya á San Salva- 
dor, á Panamá ó á Cartagena, por falta de Obispo en León. Durante la misma época 
desaparecieron del todo los regulares. Los Franciscanos Observantes de Nicaragua 
tenían muy pocos sujetos, motivo por el cual ya desde el principio del siglo deseaban 
entregar sus doctrinas de Costa Rica al Clero seglar. En 1846 los Recoletos fueron lla- 
mados á Guatemala por el Illmo. señor Arzobispo García Peláez y en consecuencia 
entregaron las doctrinas de Orosi y Térraba. 

A mediados del siglo, y durante los primeros años que trascurrieron desde la 
fundación del Obispado, el Illmo. señor Llórente tuvo que lamentarse de la escasez de 
clero y luchó con dificultades para proveer de curas á las nuevas parroquias que se for- 
maron. Felizmente, durante los veinte años de su episcopado, pudo ordenar un buen 
número de sacerdotes. Desde entonces hasta fines del siglo, el contingente del Clero ha 
mantenido la proporción de un sacerdote por cada 3,000 feligreses. Como esta propor- 
ción es muy inferior á la que se observa en los Estados Unidos del Norte, Canadá, Fran- 
cia, ItaHa y España, en donde es de un sacerdote por cada 800 á 1,000 católicos, se com- 
prende fácilmente que el trabajo del Clero de Costa Rica es considerablemente mayor 
que el del Clero en los países referidos. 



* 
# # 



Después de estos datos numéricos digamos algo acerca del carácter del Clero 
costarricense durante el siglo. 

No puede negarse que el Clero de Costa Rica se ha distinguido siempre por su 
inclinación al estudio y por su amor á la enseñanza. Durante los siglos xvii y xvín se 
fueron no pocos jóvenes costarricenses á Guatemala y á León para hacer estudios 
superiores. Algunos se quedaron en aquellas ciudades, concluida la carrera literaria, 
habiéndose distinguido - ventajosamente, entre otros, el Licenciado Félix Esteban de 
Hoces Navarro, canónigo de León y varias veces Vicario General y Vicario Capitular; 
Fray José Antonio Goicoechea que fué una lumbrera de la Universidad de Guatemala. La 
Universidad de León vio sus mejores días al principio de este siglo, gracias al celo y des- 
prendimiento del Illmo. señor don Antonio déla Huerta Caso. En dicho centro docente 
se formó, y más tarde fué catedrático, el Presb? Florencio del Castillo, y a.símismo salie- 
ron también de aquel establecimiento casi todos los proceres de nuestra independen- 
cia, patriotas verdaderos y esclarecidos que supieron con tanto tino y prudencia fundar 
la República de Costa Rica. 

Hagamos aquí algunas cortas reminiscencias de la Universidad de San Ramón 
de León. 



— 315 



REVISTA DE COSTA RICA 



El centro de la ilustración y luces en la diócesis de Nicaragua y Costa Rica era 
«1 Colegio de San Ramón, fundado en 1680 por el vigésimo Obispo, Illmo. señor don 
Andrés de las Navas y Quevedo. El Colegio luchó durante el siglo xviii con muchas 
dificultades pecuniarias, pero siempre se sostuvo gracias á la generosidad de los obispos. 
Durante los primeros cien años tuvo dos cátedras, la de Latfn y la de Teología Moral. 
En 1783 se añadieron, como ya referimos arriba, por los empeños del Illmo. señor de la 
Huerta Caso, entonces Vicario General, las cátedras de Gramática, Filosofía, Teolo- 
gía dogmática y Derecho civil y canónico. En 1801 estaba la cátedra de Latinidad á 
cargo del Presb" Can" Francisco Cha\arría, la de Teología moral a! del Rector Doctor 
don Agustín Ayestas, la de Ciencias y Matemáticas al del Presb" Lie. don Tomás 
Ruiz, la de Cánones al del Presb? Doctor don Francisco Ayerdi, la de Filosofía y 
Teología dogmática al de Fray Buenaventura García, ta de Derecho civil al de los seño- 
res Lie. don Luis Buitrago y Br. don Manuel López. También había cátedras de Medi- 
cina y Cirugía, costeadas por el Illmo. señor Obispo, que se suprimieron después de su 
muerte, por falla de fondos. 

En 1801 solicitó el Rector Doctor don Agustín Ayestas para el Seminario el 
privilegio de poder conferir grados mayores y menores. El 18 de Agosto de 1806 conce- 
dió el Rey el privilegio pedido, y más tarde, el 10 de Enero de 181 2, la Regencia del 
Reino elevó el Seminario al rango de Universidad. El Clero de Costa Rica, que se orde- 
nó en la primera mitad del siglo, hizo los estudios superiores, en su mayor parte, en la 
Universidad de Sao Ramón de León. 

Grande era el deseo de los costarricenses de tener un Seminario propio; como 
vemos en todas las solicitudes que se hicieron para obtener la erección del Obispado en 
las cuales se pedía también la fundación de ese plantel. 

La erección de la Universidad de Santo Tomás en Pontificia, por el año de 1853, 
llenó ios deseos de todos; pero siempre faltaba el Seminario. El Illmo. señor Llórente, en 
los primeros tiempos de su episcopado, comenzó la construcción del edificio del Semina- 



rio, que sirvió aun antes de estar t 
don Carlos M* Ulloa, el Doctor di 




oncluído del todo. Fueron sus Rectores el Doctor 
I José Zamora y el Doctor don Luis Hidalgo. En 
1878 se confió la di- 
rección, administra- 
ción y enseñanza del 
Seminario á los sa- 
cerdotes de la Con- 
gregación de la Mi- 
sión de San Vicente 
de Paúl, quienes, 
hasta la fecha, lo si- 
guen regentando. 

El ejemplo que 
dio el Presb" Diego 
de Aguilar, en los 
remotos tiempos de 
la conquista, de en- 



i ju> 



itud 



1 o s conocimientos 
elementales, tuvo 
siempre imitadores 
en el Clero de Cos- 
ta Rica. Consta que 



EN EL SIGLO XIX 



«1 Presb? Diego de Aguilar, desde 1594 y aun con anterioridad á este año, dirigía una 
-escuela elemental en Cartago, y todavía en 1623 seguía regentándola, á pesar de lo 
avanzado de su edad, prefiriendo renunciar los demás cargos que tenía para poderse 
dedicar exclusivamente á la enseñanza: éste fué en verdad, el primer Maestro de escuela 
<ie Costa Rica. 

Para no extendernos demasiado, nada diremos de los siglos siguientes. 

En 180 1 encontramos al Presb? José María Esquive!, después cura de San José 
por tantos años, como Rector del Colegio de Cartago y con él al Presb? Baltasar de la 
Fuente, que daba cursos de Humanidades y Filosofía. En 18 15 el Presb? Hipólito Castro 
-era maestro de Humanidades y el Presb? Joaquín García maestro de primeras letras en 
Cartago; el Presb? José Arguedas era maestro de Latín y Humanidades en San José y 
el Subdiácono Vicente Castro, maestro de primeras letras; en Heredia era maestro de 
Latinidad el Presb? José María Porras. Notable es el empeño que se tomaron los funda- 
dores de la República y las Asambleas Legislativas para fomentar la enseñanza elemental 
y superior, debido en parte al impulso que en este sentido dieron los sacerdotes Dipu- 
tados. No podrá Costa Rica olvidar nunca al Presb" don Juan de los Santos Madriz, 
primer Rector de la Universidad de Santo Tomás. 

Elevada ya la Nación á un nivel intelectual superior, y abundando el personal 

para la enseñanza, el Clero se ha concentrado á la enseñanza propia de su elevado 

ministerio; sin embargo, aun en el día se ocupan doce sacerdotes en el magisterio en el 

•Colegio Seminario. 

# 
* # 

No pocos ejemplos de amor á los pobres y desvalidos ha dado el Clero de Costa 
Rica durante este siglo. El Presb? Manuel Antonio Chapuí de Torres dejó á los vecinos 
pobres de San José los valiosos terrenos de las Pavas y Mata Redonda, cuyo producto en 
parte sirvió para el fondo de la Universidad; el Presb? José María Esquivel, cura por 
muchos años de San José, por testamento de 17 de Marzo de 1834, dejó sus bienes para 
formar un Montepío de Agricultura^ destinando sus productos á la educación de la juven- 
tud y socorro de los pobres vergonzantes; el Presb? Cecilio Umaña dejó su capital de 
cerca de 150,000 pesos al Hospital de San Juan de Dios en San José, sin hablar de otras 
fundaciones benéficas; los Presbíteros Fernando Chavarría y Juan Manuel Carazo {otvadi' 
ron t\ Patrimonio de los pobres de Cartago; el Presb" Ignacio Llórente, legó todos sus 
bienes para la fundación de un Hospital en Cartago, y el Presb" Doctor Madriz donó diez 
mil pesos para el de San José; el Presb" Joaquín Alvarado es el fundador del Hospicio 
de Huérfanos en Cartago, al cual instituyó por heredero; los bienes del Illmo. señor Lló- 
rente y Lafuente se distribuyeron todos entre los pobres; proverbial es en muchos pueblos 
de la República el desprendimiento de no pocos sacerdotes; finalmente, en estos días dejó 
el Presb" don Manuel Piedra todo su patrimonio en bien de los pobres y del Hospital 

de Cartago. 

# 

«r # 

El Illmo. señor don Nicolás García Jerez, concluida la visita episcopal de Costa 
Rica en 18 15, habló en términos muy satisfactorios del Clero del obispado: "Tengo la 
satisfacción (escribió al señor don Miguel de Lardizábal y Uribe, Secretario del Despacho 
Universal de Indias) de poder decir á V. E. que, habiendo concluido en el próximo 
pasado Mayo la visita de casi todo mi obispado, no he hallado en todo él cosa grave 
que notar por lo respectivo al cumplimiento del Ministerio pastoral. Todos los encarga- 
dos del cuidado de las almas, así seculares como regulares, me han dado pruebas nada 
€(iuívocas de que conocen la gravedad de su ministerio y se aplican con celo á condu- 

— 3^7 — 



REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



cirio del modo más ventajoso á la Religión y al Estado. Las reglas canónicas se cumplen 
y las leyes se guardan exactamente, á pesar de que es tal la miseria áque se hallan redu- 
cidos en este mi obispado los más de los ministros, por haberse suspendido el sínodo con 
que se les asistía de las Cajas reales, que puedo asegurar sin temor de engañarme que no 
tienen ni aun lo preciso para sufragar los gastos de una muy pobre y muy mezquina sub- 
sistencia." Y en particular, hablando del clero de Costa Rica, en 1824, el mismo obispo 
dice: "que hizo justicia al respetable y edificante clero de Costa Rica y al estado de 
costumbres sencillas, cristianas y religiosas de sus habitantes." 

Este juicio sobre el clero de la República, emitido por su prelado al principio del 
siglo, puede sin exageración extenderse al clero de todo el siglo: el clero, aunque en su 
mayor parte escasamente remunerado, se ha distinguido y se distingue, salvas muy raras 
excepciones, por el celo en el cumplimiento de sus deberes pastorales. 

* 
« * 

También ha mostrado el clero de Costa Rica durante el siglo, un interés bien 
entendido por la cosa pública. En tiempo de la independencia prestó servicios valiosos 
para la fundación y formación de la República. Inolvidables serán en Costa Rica 
los nombres de los sacerdotes Dr. don Juan de los Santos Madriz, Manuel Al varado, 
Nicolás Carrillo, Francisco Quintana, Miguel Bonilla y otros muchos. Temiendo la Curia 
que algunos sacerdotes pudieran extralimitarse y descuidar por los asuntos políticos las 
obligaciones perentorias de su estado, el Gobernador del Obispado, Canónigo Dr. don 
Francisco Ayerdi, pasó en 3 de Agosto de 1825 una circular al Clero, obligándole á que 
no se mezclase en asuntos temporales y políticos, sino que predicase la paz y la unión 
de los pueblos, tan necesarias en aquellos días por demás agitados. Esta circular fué obe- 
decida. Sin embargo siempre que la voluntad de los pueblos llamó á uno ú otro sacer- 
dote á tomar parte en los Congresos y Asambleas Nacionales, el clero no se ha negado á 
contribuir con el contingente de sus luces y experiencia al bien público, ni la autoridad 
eclesiástica se ha opuesto á esta participación pacífica y provechosa en asuntos del pro- 
común; de manera que en casi todos los Congresos han figurado algunos sacerdotes. (•) 

« 
« # 

Así como en la naturaleza hay fuerzas poderosas que apenas se manifiestan en 
la superficie, pero que contienen vigorosa y armónicamente combinados los diferentes 
elementos que sin descanso ponen en acción, apareciendo exuberante y en toda su her- 
mosura la vida; así existen en la sociedad humana fuerzas benéficas que la conservan, 
encarrilan y propulsan constantemente al perfeccionamiento intelectual y moral, y la pre- 
servan de excesos destructores; y una de estas fuerzas es el Clero católico, siempre que 
se conserve, según la expresión del Salvador, como la sal de la tierra. Mucho debe Costa 
Rica al buen clero en este siglo. Cualquiera que sea la opinión que se haya formado del 
Clero, aún por sus propios enemigos, si éstos quieren hacerle justicia, tendrán que con- 
fesar que ha sido el agente moral que ha conservado en la sociedad costarricense el 
amor á la religión, á la virtud y á la moralidad. Esperamos que así será también en el 
siglo venidero. 

(*) — Ya en los años 1825 á 1838, tanto en la .Asamblea, como en el Consejo Representativo, ocuparon puesto 
honorífico los Presbíteros Castró (Vicente y José AiitV), Madriz, Umaña, Flores, Fonseca, Campos, Arias, 
Alfaro, Reyes, Perette y muchos otros, siendo de notarse que los tres Representantes de Costa Rica al primer 
CongreM) Federal, reunido en Guatemala el año de 1824, fueron los Presbíteros Juan de los Santos Madriz, 
Luciano Alf;\ro y José .Antonio de Alvarado. — F. M. I. 



-3'8- 




IV 



Desarrollo exterior de la Iglesia Católica en Costa Rica durante el siglo XIX 
Fundación de nuevas parroquias y edificación de nuevos templos 




iridad r 



í la <iiv 



ya hemos tocado de paso, al hablar de la 
religiosa, varios 
Para mayo: 
y comarcas. 

PRüvrNLiA DE San José 

Kn 1801 existían en todo el vasto territorio de esta provincia, la parroi|UÍa de 
San José con «na sola Iglesia, la parroquial; la ayuda de parroquia ó anexo de Escasú, 
erigida en 1 799, con su iglesia y las tres doctrinas antiguas de Curridabat, Aserrí y Pacaca, 
cada una con su templo. 

El anexo de Esaisii fué erigido en parroquia independiente, y e! Congreso 
Constiluyente de 1824 dió el 10 de Noviembre el nombre de villa á esa población. Se 
exiendfa en ncjueilos años la jurisdicción de la villa y curato de Kscasú, por Santa Ana, 
Pacaca y l'uriscal, hasta las playas del Pacífico, 

La grande extensión de la parroquia de San José, el crecido número de sus feligre- 
ses y la dificultad de administrarlos, ¡lor lo fragoso de los caminos y los peligros de los ríos, 
obligó á la Autoridad Eclesiástica á desmembrarla. Primeramente se pensó en formar un 
nuevo centro de población en el valle al Sur del río Tiribí, que por su rápido curso y sus 
frecuentes crecidas nfrecía las mayores dificultades. Existía ya desde el siglo xviii el 
paraje de San .Antonio de Desamparados ron un regular vecindario; en el Salitral se 
habían formado haciendas casi desde el tiempo de la conquista. Como punto más cén- 
trico se excogiú el lugar actual de la villa de Desamparados, y allí se edificó en 1825 una 
ermita y se erigió el anexo de Desamparados, con el cual se reunieron San .Antonio, San 
Juan de Dios y las montañas de Dota. El 15 de Noviembre se dieron al distrito de 
Desamparados ciertas autoridades locales y el 4 de Julio de 1855 se erigió en cantón 
agregándole el pueblo de Curridabat, el cual permaneció unido al de Desamparados 
hasta que en 31 de Mar/.o de 1871 se ordenó su segregación y uníósele al Municipio de 
San José. 

Kn 1837 se erigió en coadiutorla el barrio de Sun Jimii. conocido desde el 

— 319 — 



REVISTA DE COSTA RICA 




o Domingo. Heredia 



siglo XVII bajo d 
nombre de Paraje 
del Murciélago y 
muy buscado por los 
primeros pobladores, 
á causa de la fertili- 
dad de sus terrenos. 
Los vecinos 
del barrio de A/a- 

juelita se empeñaron 

_ en edificar una ermi- 
ta que dedicaron a! 
Seftor de Esquipulas 
y alcanzaron en 1845 
la erección en Te- 

su barrio. 

El Presbítero 
Cecilio Umaña po- 
seía grandes terrenos 
en el barrio de San 

VUeitte y edificó allí un oratorio para el servicio del numeroso vecindario; pero deseoso 
de fomentar la fundación de un nuevo pueblo cedió dicho sacerdote su oratorio con los 
ornamentos y vasos sagrados á los vecinos <le San Vicente, los que, en Agosto de 1848, 
obtuvieron el permiso de edificar una ermita en el lugar en que hoy existe la iglesia parro- 
quia!. Tres años después, en 1851, se erigió á San Vicente en coadjutoría de San José. 

Los primeros pobladores de la capital tenían sus terrenos comunes en el barrio de 
San José, llamado hoy Gumlalupe. Los vecinos que allí se Iwbían afincado obtuvieron el 
9 de Octubre de 1844 permiso para edificar una ermita que dedicaron primeramente á 
San José, y que más tarde se consagró á Nuestra Señora de Guadalupe; y animados con 
el buen éxito que habían alcanzado los de San Vicente, á su veí solicitaron y obtuvieron 
en 1855 la erección de su barrio en filial de la parroquia de San José. Al fin, los vecinos 
de Guadalupe han visto colmados sus deseos con la erección de su distrito en cantón, 
bajo el simpático nombre de Goiaw/ieii, el 6 de .^gosio de 1891. 

En el extremo Sudoeste de la provincia, mSs allá del antiguo Pacaca, tas fértiles 
montañas del Purisca!, atrajeron á no pocos vecinos. Algunos feligreses de Desampara- 
dos fundaron primeramente el barrio de Deiiamparaditos, con una pequeña ermita; más 
tarde llegaron vecinos de Alajuelita y de otros barrios de la provincia y siendo cada día 
más considerable su número, no fué posible al cura de Pacaca la administración espiri- 
tual de aquella multitud distribuida en una extensión de más de seis leguas, por lo que 
se pensó en fundar allí una nueva parroquia, lo cual se hizo en 1860, excogiendo como 
centro la montaña más elevada, en donde se fundó la parroquia de Santiago del Puriscal 
El 7 de Agosto de 1868 el distrito del Puriscal fué elevado á la categoría de cantón y el 
29 de Marzo de 1871 se le señalaron sus límites, incluyendo en ellos el barrio de San 
Pablo, que en lo eclesiástico quedó unido con la parroquia de San Mateo, á causa de la 
mayor cercanía y semejanza de clima y temperamento. 

A los dos lados del camino carretero que conduce de San José á Cartago, poco 
antes de llegar al antiguo Afojón de la legua de Curridabat, se edificaron, á mediados del 
siglo, algunas casas. Un hacendado, entusiasta por el progreso y devoto de San Pedro, 
animó á aquellos vecinos á que solicitasen el permiso de edificar una ermita en honor de 

— 320 — 




Don José Joaquín Rodríguez 



EN EL SIGLO XIX 



aquel Apóstol. La licencia se obtuvo, y más aún, en 1862 se escogió á San Pedro como 
centro de una nueva parroquia, á la cual se dio el nombre de El Mojón ó San Pedro del 
Mojón, para distinguirla de otra del mismo nombre. 

Más allá del paraje del Corralillo, antigua dependencia de Cartago, comiénzala 
montaña de Dota, por donde iba desde 1730 el camino del interior á los pueblos de 
Térraba y Boruca. Los pequeños, pero idílicos valles de aquellas montañas atrajeron 
algunos pobladores en 1860, llegados allí desde San José y Guadalupe, los que alentados 
por el Presbítero Canónigo don Raimundo Mora, fundaron el barrio de San Marcos. 
Gentes de Desamparados y de San José fueron las primeras que poblaron en Santa 
María, lugar por el cual el Deán Doctor don Domingo Rivas mostró un cariño especial y 
al que dio el nombre de Santa María de Dota y le regaló una hermosa imagen de Nues- 
tra Señora de la Cueva Santa. Aquel vecindario creció rápidamente y esto hizo que el 
Congreso, con fecha 7 de Agosto de 1868, erigiese en cantón el distrito de la izquierda 
del río Tarrazú, señalando para residencia de las autoridades cantonales el barrio de 
San Marcos, paso que fué prematuro. 

El lllmo. señor Bruschet ti visitó á Dota en 1878 para determinar, con vista de los 
lugares, lo más conducente á la erección de una nueva parroquia, y en el mismo año se 
firmó el Decreto que concedió ese título á Santa María de Dota. Los barrios de Corra- 
rillo y San Juan de Tobosi, de la jurisdicción de Cartago, y los de San Cristóbal y Los 
Frailes, de la de Desamparados, fueron unidos á la nueva parrotiuia. 

En Setiembre de 1882, fué otra vez erigido el cantón de Tarrazú y el 30 de 
Noviembre de 1883 se le redujo de nuevo ala condición de distrito. Más tarde, autorizó 
el Gobierno la elección de una Municipalidad y nombró un Jefe Político. Desde enton- 
ces el camón de Tarrazú de hecho quedó figurando entre los de la provincia de San José. 

En el mismo año de 1878, San Isidro de la Arenilla fué segregado déla parroquia 
de San Vicente. Los vecinos tenían desde algún tiempo atrás una ermita pequeña y 
estaban trabajando con empeño por concluir la iglesia parroquial. 

Las dos antiguas doctrinas de 
Aserrí y Pacaca alcanzaron con la in- 
migración de ladinos de casi todos los 
barrios de la provincia una importan- 
cia grande, y en tal virtud, el Gobier- 
no accedió á las peticiones de los ve- 
cinos y erigió en cantón, primera- 
mente á Aserrí, el 27 de Noviembre 
de 1882, y después á Pacaca, el 25 
de Mayo de 1883, dando á este últi- 
mo el nombre de cantón de Mora. 

El barrio de Santa Ana, deseo- 
so de hacerse independiente de Esca- 
sú, trabajó desde 1870 á 1880 en la 

de su hermoso templo pa- ^^^^^^^^^^^^^^^^^^l'*f ^ 

rroquial. Evacuadas satisfactoriamen- 
te las diligencias imprescindibles para 
la fundación de una parroquia, mere- 
ció, en 1880, obtener un sacerdote re- 
sidente con título de coadjutor. 

La capital había sido adminis- 
trada, en lo espiritual, por un solo cu- 
rato, radicado en la antigua iglesia pa- 




-321 - 



41 



REVISTA DE COSTA RICA 



rroquial, después iglesia catedral; el Cabildo era considerado como Cura de San José, 
pero se hizo reemplazar por un Teniente de Cura y uno ó dos coadjutores. También 
aquí el crecimiento de la población fué el que obligó á la Curia á dividir el curato de 
San José en dos, el del Carmen y el de la Merced. 

Por fin, en 1899, en vista del considerable número de los vecinos de Candelaria 
y de sus diferentes barrios, se erigió una nueva coadjutoría en San Ignacio, punto bas- 
tante céntrico en donde desde 1878 ya existía una ermita, separada de la parroquia 
de Aserrí. 

Este es el desarrollo exterior que ha tenido la provincia de San José durante el 
siglo XIX. El cuadro siguiente resume lo expuesto é indica al mismo tiempo el número 
de iglesias, oratorios y ermitas que existen en cada lugar: 



PROVINCIA DE SAN JOSÉ 

1 


Año de i 8o i 

I 


1 
Año de 1900 


Parroquias 


1 
Jj^/esias 


Parroquias 


Iglesias 


San José 


_ 1 

1 

1 


c«^ T^ox $ Carmen 

San José j ^^^^^¿ 

Escasú . 


9 
6 

I 

2 

3 
3 

t 

2 
2 
2 
2 
I 
I 
2 
2 
I 


Escasú 

Pacaca 


Aserrí ... ... . 

Curridabat 


Santa Ana 

Pacaca 

Puriscal 

Desamparados 


Santa María de Dota 

Aserrí .... 

Alajuelita .... 

San Ignacio 

San Vicente 

San Juan 

San Isidro 

Guadalupe 


San Pedro del Mojón 

Curridabat .... . . 


5 


5 


«7 


49 



Provincia de Cartago 

Al principio del siglo se componía esta provincia de la parroquia de su mismo 
nombre con cinco iglesias: la Parroquial, San Francisco, La Soledad, San Nicolás y Los 
Angeles; de la ayuda de parroquia ó anexo de Tres Ríos, llamado también Pueblo 
Nuei'o^ con una iglesia y diecisiete pueblos de doctrina; Cot, Quircot y Tobosi con un 
doctrinero; Uj arras, Orosi, Atirro y Tucurrique, cada uno con su iglesia. 

La provincia ha tenido algunas variaciones de trascendencia durante la décima 
nona centuria. Ante todo hay que mencionar como causas principales de esas variacio- 
nes, los grandes temblores ó, mejor dicho, terremotos: el de 7 de Mayo de 1822, llamado 
también el terremoto de San Estanislao, y el de 2 de Setiembre de 1841, cuyo recuerdo se 



322 



EN EL SIGLO XIX 




;s¡a de la S 



dad. San }os 



conserva bajo el 
i. ■ . nombre d e temblor 

^g^'-^. ^^ . jr^ de San Antonino ó 

■■^^^-- ^-A^a-k. g^^ Anlolín. Todas 

las iglesias de la pro- 
vincia, si no cayeron 
al jirimer temblor, 
cayeron al segundo, 
ó fué necesario de- 
molerlas y reedificar- 
las, trabajo Cjue pu- 
so en movimiento la 
provincia, dio lugar 
á muchas disposicio- 
nes de la autoridad 
política, y ha que- 
dado aun incomple- 
to, al fin del siglo, 
con respecto á la pri- 
mera y más antigua 
iglesia del interior de 
Costa Rica: la iglesia parroquial de Santiago de Cartago, fundada en 1575, y la nueva 
todavía en cimientos desde hace 30 años, y en proyecto su reedificación según un plan 
arquitectónico serio y seguro. Se reedificaron durante el curso del siglo, en Cartago, las 
iglesias de la Soledad, San Francisco, San Nicolás y Nuestra Señora de los Angeles, y 
se edificaron la de nuestra señora del Carmen, la del Sagrado Corazón de Jesús y cinco 
en sus barrios inmediatos. 

Las pequeñas poblaciones de indígenas de Cot, Quircot, Tobosi, Orosi y 
Tucurrique (.A-dno ya había desaparecido en los primeros años de! siglo, trasladándose 
sus muy pocos representantes al pueblo vecino de Tucurrique) adquirieron importancia 
política inmerecida por la disposición de los primeros Congresos ó Asambleas Constitu- 
yentes y Legislativas que les concedieron el derecho de tener municipalidades y elegir 
Diputados. Por Decreto de 24 de Agosto de 1836 se suprimieron estas municipalidades de 
nombre; pero otra vez fueron establecidas, por dos años, por decreto de 29 de Marzo 
de 1838, hasta que el 14 de .\gosto de 1840 quedaron suprimidas definitivamente por la 
unión de Cot, Quircot y Tobosi con Cartago y la de Tucurrique y Orosi con la villa 
del Paraíso. 

Este nombre aparece por primera vez en el año de 1832 y fué excogitado con el 
fin de hacer más aceptable á los vecinos de la villa de Ujarrás ó Valle de Ladinos su, 
traslado al llano de Santa Lucía, decretado por la Asamblea Legislativa el 23 de Marzo 
de 1832. En varias épocas fueron las poblaciones del valle del río Reventazón diez- 
madas por las fiebres, causa única de la destrucción de Turrialba y Atírro y de! atraso 
de Tucurrique y Orosi. Desde 1829 reinaban estas fiebres perniciosas como endémicas: 
á consecuencia de ellas murieron en aquel año 131 personas; 60 en 1830; 94 en 1831, y 
lio en 1832; número excesivo para un pueblo pequeño, muy superior á los nacimientos 
y, en consecuencia, alarmante en extremo, porque permitía presentir la extinción com- 
pleta de la población de Ujarrás en un corto período de años. La medida adoptada por 
la Asamblea fué la salvación de este pueblo. Se celebró el traslado con grandes solemni- 
dades, procesiones, poesías y música, para vencer la oposición de algunos. Desde aquel 
año figura entre los pueblos de Costa Rica la villa del Paraiso con todos los privilegios 

— 323 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



y concesiones de la antigua villa de Ujarrás, y extiende su jurisdicción sobre Orosi, Tucu- 
rrique y Turrialba. 

El 8 de Octubre de 1841 y de nuevo el 31 de Julio de 1843, se decretó la fundación 
de una población en Tunialba^ con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe. Se 
edificó la iglesia, pero la población nunca salió de la cuna. Por tres veces se trasladó la 
iglesia de Guadalupe, siempre en busca de un lugar más sano, hasta que por fin quedó 
en el lugar que hoy ocupa con un vecindario reducido de 6 á 8 casas. Empero, si en 
Turrialba no se logró formar una población, lo contrario sucedió en Juan Viñas. Este 
nombre se daba desde el siglo xvii á un sesteo que existía en el camino de afuera de 
Cartago á Matina. La parroquia de Juan Viñas debe su fundación á la generosidad del 
señor don Francisco M" Iglesias, quien había formado allí una gran hacienda y poblado, 
edificó á sus expensas la primera iglesia y escuela y subvencionó durante once años al 
cura y al maestro de ella. Del año de 1862 data la residencia de un cura en Juan Viñas. 
Esta parroquia ha tomado en los últimos años incremento notable por sus muchos 
barrios. 

En 1848 obtuvo el pueblo de la Unión el título de villa; ya anteriormente se le 
había dado el título de parroquia en lugar de ayuda de parroquia ó coadjutoría. El 
nombre de Unión data del año 1825 y proviene de un Decreto de la Asamblea que 
mandó cambiar el nombre de Tres Ríos, Pueblo Nuevo ó de Nuestra Señora del Pilar 
por el de Pueblo de Nuestra Señora del Pilar de la Unión, ó simplemente La Unión. 

El antiguo barrio de Chircagres pensó también en edificar una ermita. El 12 de 
Agosto de 1847 le fué concedido el permiso de construir una iglesia filial en honor de 
San Rafael, Veinte años después, en 1867, se erigió en parroquia y se le adjudicó el 
pueblo de Cot. 

Éste, Quircot y Tobosi se administraron, después de la muerte de los últimos 
franciscanos, por un cura seglar, hasta el año de 1865. Desde aquel año quedaron 
Quircot y Tobosi incorporados al curato de Cartago. 

Hasta aquí el resumen del movimiento complicado de la provincia de Cartago. 
El cuadro que viene á continuación explicará más claramente los progresos alcanzados: 



\' H C) V I N C I A 

1 
1 

AÑO DE 1801 


nK CAKTAaO 

1 

' Año de 1900 


1 

Parroquias ' Iglesias 

, 1 


Parroquias 


Iglesias 


1 1 

i 1 

Cartago 5 i Cartago 

Cot I Paraíso 


13 
I 

I 

4 
3 

7 i 

I ' 
1 


i Quircot I 

' Tobosi ... .i I 


Orosi 

San Rafael C 


i Ujarrás i 

Orosi I 

1 Tres Ríos , 1 


Lnion . ... 

Juan Viñas y Turrialba 

Tucurrique 


Tuciirri(]uc y Atirro i 2 

1 




8 ^3 ; 7 


30 



— 324 — 



EN EL SIGLO XIX 



Provincia i>e Hereoia 



Si l)¡en es cieno que al principio dd siglo, y aun desde mucho antes, se daba á 
Heredia el título de Villa Vieja, el Fiscal de la Real Audiencia de Guatemala, dijo en 
nota de lo de Mayo de i8oi que aquel título no lo tenía por privilegio ni permiso 
alguno gubernativo. 

En 1814 las Cortes generales y extraordinarias, á propuesta del Presbítero Flo- 
rencio Caslillo, Diputado por Costa Rica, concedieron á Heredia el título de Villa; y el 
Congreso Constituyente ta elevó el 20 de Noviembre de 1824 al rango de ciudad. La 
parroquia de Heredia, con excepción de la legua cuadrada de Barba, abrazaba toda la 
provincia actual y no tenía más que una iglesia, la parroquial. 

Barba también tenía una iglesia y obtuvo su Municipio como las demás doctri- 
nas de indios, en los primeros años de la independencia. 

El camino á Sarajiiquí y San Juan del Norte pasaba por la provincia de Heredia. 
Se estableció un ciiarte! para el resguardo y vigilancia del camino en el paraje de Santa 
Bárbara. Esto dió lugar á que en 1837 se pidiese el permiso de edificar una iglesia en el 
cuartel de Santa Bárbara, k causa del incremento de aquella población, nombró el 
Gobierno el 3 de Octubre un Alcalde Constitucional en el distrito de Santa Bárbara, 
que, en el año siguiente, de 1856, fué erigido en parroquia, y por fin el 29 de Setiembre 

1.a erección de la parroquia de Santo Domingo es algo anterior, pues se verificó 
en 1852. Pero en lo gubernativo tuvo Santo Domingo que esperar más; el 28 de Octu- 
bre de 1856 le concedió el Gobierno un Alcalde Constitucional y el 28 de Setiembre 
de 1869 el título y prerrogativas de Cantón. En 1879 se comenzó la construcción de 
la nueva y hermosa iglesia parr<)quial, concluida después de diez años de trabajos no 
interrumpidos. 

Cuando el lllmo. señor Lloren- 
te y I.afuente tuvo que pernoctar en 
el barrio de Siin Antonio en camino 
para el destierro, celebrando allí la 
Noche Dueña, prometió erigir el barrio 
en partoquia tan luego como esto pu- 
diera ser. Muy pronto cumplió su pa- 
labra, porque ya en 1860 se fundó la 
parroquia de San Antonio á la cual se 
agregó el barrio de SanRafael ú Ojo 
de Agua que, en lo civil, pertenece ai 
Municipio y Gobernación de Alajuela. 

En 1870 se erigió en filial de 
Heredia el barrio de Sun /sii/ro de U 
misma. 

El de San Rafael de Heredia 
tenía una ermita desde mucho tiempo 
hacía. Siendo muy numeroso su ve- 
cindario, el Congreso lo elevó al rango 
de cantón el 28 de Mayo de 1885 y 
al siguiente año se verifico su erección 
en parroquia independiente de He- 




REVISTA DE COSTA RICA 



Otros dos barrios se separaron todavía en este siglo, el de San Joaquín y el de 
San Pablo^ de Heredia. Ambos tenían iglesias desde varios años atrás. 

San Joaquín quedó desde 1882 á 1897 como coadjutoría y, desde esta última 
fecha, como parroquia. 

San Pablo de Heredia conserva todavía el título de coadjutoría desde 1897 y se 
espera su pronta erección en parroquia. 

Entre las nuevas iglesias de la provincia, se distinguen por su hermosura, la 
parroquia y el Carmen de Heredia, la parroquia de Santo Domingo, la de Barba, la de 
San Rafael y la de San Joaquín. 



PROVINCIA nE HERKDIA 


AÑO DE 1801 

1 




AÑO DE 1900 


1 

Parroquias 


Iglesias 


Parroquias 


Iglesias 


Heredia 

Barba 


I 


Heredia 


4 
4 

3 

2 

2 
2 

I 
I 
I 


1 

1 

! 


Barba 


1 


Santo Domingo 

San Isidro 

San Rafael 


i 


Santa Bárbara 


i 


San Toaauín 




1 


San Antonio 




San Pablo 




2 


2 


9 


20 



Provincia de Alajuela 



Asombroso ha sido el desarrollo de la provincia de Alajuela en el siglo xix. 

En 1801 tenía Alajuela, como Heredia, el título de villa más bien por uso y 
costumbre que por verdadera concesión. En 1814 las Cortes generales le dieron el título 
de villa, y el Congreso constituyente, el 10 de Noviembre de 1824, el de ciudad. Desde 
entonces perdió su antigua «lenominación popular de Villa Hermosa. La República 
e.xtendió la jurisdicción de Alajuela hasta las playas del Pacífico, incluso el territorio 
actual de Esparta y Puntarenas. El 6 de Noviembre de 1851 segregáronse Esparza y 
Puntarenas de la jurisdicción de Alajuela, quedando el río de Jesús María, el antiguo 
Gamalotal, como límite. En lo eclesiástico conservó la parroquia de Esparza el suyo 
antiguo con la de Alajuela, esto es, el río ó quebrada de la Concepción en el Monte 
Aguacate. Así se explica que el paraje, más tarde parroquia, de San Mateo, pertenezca 
en lo civil, á Alajuela y en lo eclesiástico á Esparta. 

Había en toda la provincia, en 1801, una sola iglesia, la parroquial de San Juan 
Nepomuceno. 

Pasaron los primeros treinta años sin otro cambio notable que aquél que produce 
el aumento natural de la población. 

En 1833 se presentaron algunos vecinos de Sabana Larga á la Asamblea legislativa 
solicitando establecer una población, para la cual habían dado espontáneamente una caba- 

— 326 — 



EN EL SIGLO XIX 



Hería de tierra, y 
edificar una iglesia. 



La Asa 



nblec 




ia de Giiadniupc, San ¡oié. 



dio et I? de Mayo 
de 1833 el permiso 
solicitado y autori- 
zado por el Gober- 
nador de Alajuela 
para escoger el pun- 
to más ventajoso se- 
gún las instrucciones 
dictadas por la mis- ! 
ma Asamblea , para 
el establecimiento de 
la población. Este es 
el origen de la vi- 
lla de /iU/ias. En 
1836 estaba la ermi- 
ta concluida y, por 
temporadas, iba un 

sacerdote á la nueva población. En 1840 tuvo la Asamblea que intervenir en la dis- 
tribución de los lotes de terreno para la población y señalar su precio, y queriendo 
fomentar más su crecimiento, concedióle en 1844 una legua cuadrada de terriiorio, en la 
cual, cinco caballerias se destinaron, en 1877, por cesión del Municipio y autorización 
del Congreso, en favor de la Iglesia parroquial. Desde 1846 quedaron abiertos los libros 
parroquiales y Atenas erigida en parroquia con el título de San Rafael. Desde el 7 de 
Agosto de 1868 goza también del título y privilegios de villa ó cantón. 

A los 950 moradores del lado derecho del río Poás, señalóse un centro de pobla- 
ción con el nombre de Greda, el 27 de Abril de 1838. Se edificó inmediatamente una 
iglesia provisional, á la que se concedió el título de Parroquia en 1856. Poco después, 
en 1864, el zo de Julio, dióse á Grecia el título de Villa, incluyendo en su jurisdicción la 
actual del Naranjo y el territorio de San Carlos. De éste, conserva Grecia, por decreto 
de 9 de Marzo de 1886, el territorio de Guatuso. La nueva parroquia tuvo que luchar 
con muchas dificultades en la edificación de su templo parroquial. El temblor de Marzo 
de 1883 destruyó el hermoso templo ya casi concluido. Para impedir en lo venidero los 
daños que pudiesen causar los temblores, especialmente sensibles en Grecia, por la cer- 
canía del volcán de Poás, resolvió el pueblo hacer venir de Bélgica una iglesia construida 
exclusivamente de hierro. Esta iglesia hace honor á Grecia y á toda la República, y está 
bajo la advocación de Nuestra Señora de la Merced, patrona de Grecia. 

No debia gozar esta villa por mucho tiempo, de una extensión territorial tan vasta 
como la que tuvo al principio. En el paraje del Espíritu Santo, donominado por algunos 
Naranjo, ya existia en 1865 una población tan considerable que se hizo necesario fun- 
dar alK una coadjutoría de la parroquia de Grecia, señalándole por territorio, los 
barrios circunvecinos, Sírrí, San Jerónimo y el territorio de San Carlos, y se construyó 
una hermosa iglesia parroquial, bajo la advocación de Nuestra Señora de las Piedades. 
En 1875 se nombró el primer .Alcalde para el Naranjo y por decreto de 29 de Julio 
de 1882 se le elevó al rango de villa con su municipalidad y autoridades propias. 

Continuando el aumento de la población, se hizo necesario separar de la parroquia 
del Naranjo, en 1895, la coadjutoría del Zarcero que comprende ahora los caseríos del 
camino y bajos de San Carlos. 

— 327 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



También el barrio de Sarc/tt, entre Grecia y Naranjo, alcanzó tal importancia que 
en 1896 se estableció como coadjutoría separada de la parroquia de Grecia. 

Ya en 1828 fueron algunos vecinos á explorar los bosques de las cabeceras del Río 
Grande. Se denominaba aquella extensa región si/io de los Palmares. En 1843 se ocupó 
el Gobierno de los colonos que allí se habían afincado, concediéndoles el 19 de Enero de 
1844 el permiso de fundar un pueblo con el nombre de San Ramón ^ en el sitio de los 
Palmares, y de construir una iglesia. El 25 de Julio de 1848 se dio licencia para edificar 
otra más sólida y hermosa que la primera ermita y en 1854 fundó el Illmo. señor Lloren- 
te, canónicamente, la parroquia de San Ramón. El Congreso, el 2 de Agosto, dio á San 
Ramón el nombre de población; el 25 de Noviembre de 1855 se nombró un Jefe Político 
y el 21 de Agosto de 1856 se declaró Villa la población de San Ramón con derecho á las 
prerrogativas cjue la ley señala á las villas ó cantones. 

La denominación de Palmares quedó reducida á la actual parroquia de ese 
nombre, la cual siendo primeramente parte de la parroquia de San Ramón, se separó de 
aquélla en 1866; obtuvo alcaldía en 1875 y los derechos de villa el 30 de Julio de 1888. 

Todavía falta que hablar de otras dos fundaciones en la provincia de Alajuela: la 
de San Pedro de Alajuela y la de Sabanilla de Santa Bárbara. 

En el sitio de la Calabaza, al pie del volcán de Poás, se afincaron muchas fami- 
lias, en su mayor parte de la provincia de Heredia. La Curia, en consideración á su 
número y á la distancia á que se hallaban de Alajuela, erigió allí, en 1862, la parroquia 
de San Pedro de Alajuela. Esta no ha obtenido todavía autonomía civil; sólo tiene desde 
1881 una Agencia de Policía. (•) 

Las Sabanillas de Santa Barbara, parte de la parroquia de San Pedro, se erigieron 
en coadjutoría en 1897. 

El hermoso progreso alcanzado por la provincia de Alajuela, resaltará más á la 
vista con el cuadro que sigue: 



PROVINCIA I^E ALAJUELA 


Año de i 8o i 


Año de 1900 


Parro(¡iiias 


Iglesias 


Parroquias 


Iglesias 


Alaiuela 


I 


Alajuela 

San Pedro 

Sabanilla de Sta. Bárbara 

Atenas 


7 

I 

I 

2 

2 
1 

3 

2 

3 
I 




Grecia 

Sarchí 

Naranjo 

Zarcero 

San Ramón 

Palmares . 


I 


I 


10 


23 



(') Ha quedado establecido el cantón de Poás por decreto legi.slativo de 15 de Octubre de 1901. — N. del E. 



328 



EN EL SIGLO XIX 



Comarca de Puntaren'aí 



a tenia la iglesia de Esparza y las dos parroquiales de Térraba 
y Boruca. 

La Punta de Arenas sólo era conocida en el interior del país como el lugar más 
sano de la cosía del Pacífico y como sitio muy á propósito para tomar baños de mar. 
Todos los años veraneaban allí vario» vecinos Je otras localidades y la salubridad del 
lugar y sus ventajas como puerto hicieron fijar en él la atención de autoridades y vecinos. 
Hecha la respectiva solicitud para que como tal puerto de Costal Rica fuese declarado 
el de Puntarenas, en la mar del Sur, la Audiencia de Guatemala acogió favorablemonte 
el proyecto, como se ve del informe del Presidente de la misma, fechado el i8 de Mayo 
de 1804. 

El 21 de Setiembre de 1814 se publicó la real orden que habilitaba como puerto 
á Puntarenas, en el Pacífico, para el comercio de la provincia. El Gobernador de Cartago, 
don Juan de Dios de Ayala, nombró el 29 de Julio de 1815 á don Antonio Figueroa 
primer Capitán del nuevo puerto. 

Los pocos vecinos del puerto eran administrados en lo espiritual por el cura 
de Esparza. 

El recuerdo de la inundación del Callao en 1746, á consecuencia de una grande 
ola del mar, levantada por un fuerte temblor en alguna parte del Océano Pacífico, preo- 
cupaba mucho á los moradores de Puntarenas. Se temía que la punía ó lengua de 
arenas fuese detrepente inundada por el mar. Tal miedo impidió mucho el desarrollo del 
nuevo puerto, hasta hacer pensar seriamente en trasladarlo á otro sitio. El 24 de Marzo 
resolvió la Asamblea Constitucional la traslación del puerto de Puntarenas á Caldera. Se 
mandó preparar el terreno para el nuevo asiento y el 31 de Marzo de 1837 ordenó la 
misma Asamblea el traslado de las autoridades y edificios públicos allí. Bastaron tres 
años de experiencia para volver de nuevo á Puntarenas, pues el 2$ de Febrero de 1840 
se decretó otra vez la habilitación del puerto de Puntarenas. 

También se 
pensó en edificar allí 
una iglesia, y entre- 
tanto servía como tal 
la bodega déla Adua- 
na, cuando iba el cu- 
ra de Esparza á Pun- 
tarenas. F.I II de Ju- 
lio de 1845 se dio el 
Decreto autorizando 
la construcción del 
templo parroquial, 
bajo la invocación de 
San Antonio de Pa- 
dua. En 1850, cuan- 
do el templo estaba 
ya casi concluido, se 
erigió Puntarenas en 
parroquia, separán- 
dola de Esparza. En 

TOMÜ I 




REVISTA DE COSTA RICA 



1889, á petición de los feligreses de Puntarenas, se nombró canónicamente patrono de 
la iglesia parrocjuial y del lugar al Sagrado Corazón de Jesús. 

En lo civil dependió Puntarenas de Alajuela hasta el 6 de Noviembre de 1851. 
Entonces se unió con Esparza, formando un cantón y se señaló el río Jesús María como 
límite con Alajuela. El 17 de Setiembre de 1858 se concedió á Puntarenas el título 
de ciudad. 

A la jurisdicción de la parroquia de Puntarenas pertenece el presidio de San Lucas, 
establecido por Decreto de 28 de Febrero de 1873, trasladado á la isla del Coco por 
Decreto de 3 de Julio de 1874, hasta Junio de 1881, fecha en que se estableció de nuevo 
en la isla de San Lucas. 

La antigua ciudad del Espíritu Santo de Esparza^ fundada en 1574, quemada dos 
veces por los piratas en 1685 y 1686, agonizante en todo el siglo xviii, contenía en 1801, 
30 á 40 familias, y dos iglesias: la parroquial y la de San Lorenzo protomártir que per- 
tenecía al pequeño convento de los franciscanos, convento é iglesia de San Lorenzo 
que se perdieron en los primeros años del siglo. Los límites de su jurisdicción espiritual 
se extendían desde la quebrada de la Concepción en el Monte Aguacate hasta el rio del 
Salto en Guanacaste, con excepción de las coadjutorías de Bagacesy Las Cañas en 17 14; 
y en 1800 quedó reducida esa jurisdicción hasta el río Chomes. Desde 1840 la parroquia 
de Esparza ha ido en constante aumento. 

Por Decreto de 3 de Setiembre de 1879 se cambió el nombre de Esparza por el 
de Esparta. 

En lo civil no ha alcanzado Esparta el rango que corresponde á su título real de 
ciudad. En 1801 era administrada por un Celador 6 Juez pedáneo sin jurisdicción ni uso 
de bastón, dependiente del Teniente de Gobernador de Alajuela. A mediados del siglo 
recibió los derechos y privilegios de villa, con Municipalidad, Alcaldía y Jefatura Polí- 
tica que dependen de la Gobernación de Puntarenas. 

El paraje de San Mateo, antiguo hato de ganado, en donde ya en 1777 existía 
un oratorio pequeño, al cual venían de tiempo en tiempo los curas de Esparza para dar 
los auxilios espirituales á los pocos vecinos de los contornos, comenzó á llamar la aten- 
ción de las autoridades desde los primeros años del siglo xix. El Comisario Juez Pedáneo 
de Esparza dirigió el 1? de Agosto de 1808 una nota al Gobernador acerca de la conve- 
niencia de fomentar la población de San Mateo que se estaba formando en el camino á 
Puntarenas. Con la apertura de la Carretera Nacional de Cartago á ese puerto creció 
de año en año la importancia de San Mateo, de tal modo que se dio permiso de estable- 
cer allí un cementerio y se ordenó al cura de Esparza que promoviese allí la edificación 
de una iglesia. En 1859 se erigió San Mateo en parroquia, señalándole por límites los 
ríos Jesús María y La Concepción y agregándole el barrio de San Pablo. El 7 de Agosto 
de 1868 se concedió á San Mateo el título y derechos de villa. 

San Mateo, como Esparta, ha ido en constante aumento. 

A la comarca de Puntarenas pertenece actualmente todo el litoral del Pacífico 
hasta la frontera colombiana; de esta suerte las doctrinas de Térraba y Boruca son ahora 
también de su pertenencia espiritual. 

Boruca dependía en 1801 del convento de San Francisco de Cartago, Térraba 
del convento de Orosi. En lo civil eran administrados ambos pueblos directamente por la 
Gobernación de Cartago. 

En 1802, á instancias de Fray Juan Nepomuceno Martínez, se pidió permiso de 
trasladar los dos pueblos al interior, lo que la Real Audiencia negó en absoluto por 
decreto de 29 de Octubre del mismo año. Tenía Térraba una dependencia en los llanos 
de Guadalupe; cuyos habitantes sufrían mucho de fiebres y calenturas, debido á la mala 
calidad de las aguas. A petición de los misioneros autorizó la Audiencia el 9 de Marzo 



— 330 — 



EN EL SIGLO XIX 



de 1805 el traslado del pueblo de Guadalupe y su incorporación á Térraba. Entonces 
alcanzó este pueblo su mayor auge, llegando su población hasta 800 almas. 

Los padres franciscanos observantes tuvieron, por escasez de individuos, que entre- 
gar la administración de Boruca á los padres recoletos que administraban el pueblo de 
Térraba y, cuando estos últimos se marcharon á Guatemala para abrir nuevamente el 
convento de la Recolección, quedó la administración de Térraba y Boruca á cargo del 
clero seglar. 

La población de Boruca ha permanecido estacionaria durante el siglo: 225 en 
1801 y 350 en 1900. 

La población indígena de Térraba ha disminuido por las frecuentes pestes, 
especialmente la de viruela, y por la emigración de los indios al interior y al litoral 
del Pacífico. 

Vecinos del interior se afincaron desde 1850 en los llanos del General y de Buenos 
Aires y forman ahora dos poblaciones que en lo espiritual se administran por el Cura de 
Térraba. Indios de la Talamanca han comenzado á formar una población en Ujarrás 
y Cavagra. 

En Golfo Dulce se formó igualmente un pueblo nuevo en 1850, el cual se com- 
pone actualmente de 500 habitantes; en la bahía de Coronado va constituyéndose tam- 
bién una nueva población. Cuando las circunstancias lo han permitido Golfo Dulce ha 
sido administrado por un cura propio, y á falta de éste, por el de Boruca, quien asi- 
mismo administraba los demás puntos habitados de la costa. 

El cura de Térraba admininistra las poblaciones del General, Buenos Aires, 
Ujarrás y Cavagra. 

El Gobierno nombró para todo el distrito un Jefe Político y un Alcalde en Golfo 
Dulce, que dependen de Puntarenas. En Buenos Aires se estableció una Agencia de 
Policía, que vigila los pueblos de indios. 



COMARCA L>K PUNTARENAS 

1 


Año de i 8o i 


Año de 1900 


Parroquias 


Iglesias 


Parroquias 


Iglesias 


Esparza 

Térraba 

Guadalupe 


2 

I 
I 
I 


Esparta 

Puntarenas 


I 
I 

3 
I 

4 

2 

I 


San Mateo 

San Pablo 

Térraba 

Boruca 


Boruca 




Golfo Dulce 


4 


5 


7 


13 



— 331 



REVISTA DE COSTA RICA 



Provincia de Guanacaste. 

La provincia de Guanacaste se extiende desde el río Chomes hasta la frontera de 
Nicaragua. En 1801 estaba dividida en: partido de Nícoya, desde el río Salto hasta 
la tfnea divisoria con la parroquia de Rivas, llamada villa de Nicaragua, y las poblaciones 
de Bagaces y Las Cañas que dependían de Esparza. Su conformación política actual data 
del 25 de .-agosto de 1842, cuando el Congreso declaró definitivamente incorporado en el 
Estado el Departamento de Guanacaste. 

En 1801 existían en el territorio de la actual provincia: la parroquia de Nicoya, 
el anexo de Guanacaste, y las coadjutorías de Bagaces y Las Cañas, cada una con su 
respectiva iglesia. 

La parroquia de Nicoya, la más antigua de Costa Rica, quedaba separada de su 
anexo Guanacaste por el río Tempisque. Se dividía la población en dos partes: los indios 
y los ladinos. Todavía llegaba el número de indios en 1801 á 661. Con los temblores 
de 1822, se destruyó la iglesia parroquial; desde 1827 se reedificó de nuevo con un costo 
de más de $ 6,000, cubierto en su mayor parte con los bienes de las cinco cofradías que 
había en la parroquia. Un Decreto del Congre.so, de 29 de Julio de 1827, autorizó esta 
inversión. La iglesia de Nicoya era la más hermosa de todo el Departamento y legítimo 
orgullo de los Nicoyanos. Los temblores de Junio de 1900 le causaron danos conside- 
rables que reclaman uua reforma radical del edificio. 

Había en ia parroquia de Nicoya cinco cofradías que tenían .sus bienes en 
haciendas y ganado, siendo la major de todas la hacienda de Nuestra Señora de El Viejo, 
propiedad de la cofradía del mismo nombre. Con el producto de estos bienes se costeaban 
las funciones de las cofradías y se contribuía á otros gastos de la parroquia. El 3 de Mayo 
de 1833 ordenó la Asamblea la venta de todos los bienes de cofradías en subasta pública, 
la colocai-ión del dinero al interés de 6* y su administración por los mayordomos 
bajo la vigilancia de las Municipalidades y obligación de rendir cuenta anualmente al 
Tribunal Superior de Cuentas. Esta or- 
den no pudo llevarse á efecto en Ni- 
coya, porque las haciendas estaban al- 
quiladas por un término de años que 
no había vencido; hasta el 22 de Fe- 
brero de 1839 no se dio orden de ven- 
der los bienes de sus cofradías. La 
venta se efectuó en condiciones desfa- 
vorables para las mismas, y el produc- 
to se invirtió en ia edificación de la 
parroquia. Quedaba todavía el gana- 
do. Se dispuso reunir todo el de las 
cinco cofradías en la hacienda de "El 
viejo" y pagar al nuevo propietario 
déla hacienda un canon anual porcada 
c.Tbeza de ganado. El resultado fué la 
di.sminución anual del ganado. Corrían 
h>s gastos ordinarios con el aumento 
del canon, lo cual tenía que provocar 
la extinción completa del ganado de las 
cofradías. En vista de esta situación 
se dispuso en 1878 por el Ulmo, señor 




EN EL SIGLO XIX 



Bruschetti, administrador apostólícn de la diócesis, la venta del ganado que había 
quedado. Se efectuó la venta, y el producto quedó reducido, pagados los reclamos que 
se presentaban, á la tn significan le suma de $ 1,700 próximamente. Más tarde se dispu- 
so la venta de la Capellanía de Jesús; fué preciso hacer la medida del terreno y levantar 
los planos con un costo de $ 900, y se vendió por ñn en la cantidad de $ 3,000. Las .seis 
caballerías de Nuestro Amo, en donde se había permitido en 1839 la formación de la 
población de Siete Cueros, y que por decreto de 1 1 de Agosto de 1876 se concedieron á 
los vecinos bajo la" condición de que el Gobierno pagaría cualquier reclamo que pudiera 
presentarse de parte délos dueños, fueron redimidos en 1892 por el Gobierno por la 
suma de $ 3,000, que se adjudicó á los fondos de Nicoya. Como la mayor parte de las 
fundaciones obligaban al Cura á aplicar cierto número de misas por los fundadores, 
se ha seguido pagando los intereses de las pequeñas cantidades mencionadas al Cura de 
Nicoya para aplicar una parte de las misas mandadas por aquellos. Esta es en resu- 
men la historia de las cofradías de Nicoya y su estado actual, como consta detalladamente 
en las cuentas anuales desde 1801 hasta 1900. 

En lo civil se han presentado durante el siglo pocos cambios. En 1804 se solicitó 
el traslado de Nicoya á Guanacaste (hoy Liberia); la Audiencia lo permitió el 17 de Se- 
tiembre de 1805, pero retiró el permiso en 1806. 

El 29 de Enero de 1825 decretó el Congreso constituyente que Nicoya y Santa 
Cruz se consideraban agregados al Estado de Costa Rica. La Asamblea de 1826, por 
■ decreto de 10 de Octubre, dio á Nicoya, Santa Cruí y Guanacaste el derecho de nom- 
brar un Diputado. 

El 29 de Noviembre de 1839 '■'^ ^^'^ ^ Nicoya el título de villa. 

Desde mediados del siglo xviii se vino formando una población á oríllas del 
Diría, y se dió permiso de ediñcar una iglesia dedicada al señor de Esquipulas, la que se 
erigió en 1821 en parroquia, con el nombre de San/n Cruz. Esta tiene el título de villa 
desde 1839, pero no recibió hasta mucho más tarde autorídades cantonales. Por Decreto 
de 28 de Julio de 1828 se permitió la edificación de la portada, la que fué restaurada 
varias veces con toda la iglesia; últimamente en 1898. ; Lástima que el temblor de Junio 



de 1900 destruyera en 

La población 
de GiDuiaciisif, erigi- 
da en parroquia des- 
de 1790 alcanzó, du- 
rante el siglo, mayor 
importancia que los 
demás pueblos del 
Departamento. Ya 
en 1831, por decreto 
de 19 de Julio, fué 
erigida en villa; cin- 
co años más tarde, 
el 25 de Agosto de 
1836, en ciudad; por 
decreto de 23 de Fe- 
brero de 1839 se au- 
mentó su territorio 
agregándole los pue 
blos de Siete Cueros, 
Boqu 



un instante el trabajo de 




REVISTA DE COSTA RICA 




clinal i|ue se separaron de la villa de 
Santa Cruz. Desde 1842 es la cabecera 
del Departamento nuevo que se creó 
con el mismo nombre de Guanacaste. 

Kl 29 de Mayo de 1850 se dio 
á la ciudad de Guanacaste el nom- 
bre de Lif^ria y a! Deparlamenio el 
nombre de provincia de Moriuiti, lo 
cual duró hasta i|ue en 24 de Junio de 
1860 se dio á la provincia su antiguo 
nombre de Guanacaste, quedando el 
nombre de 1. iberia á la capital. 

Por decreto de 28 de Julio 
1818 se i)ennitii) !a reediñcacíón del i 
primer templo y en 1860 se dio permi- 
so de edificar la ermita de la Agonía. ■. 
Las iglesias de Lilieria no correspor 
den al rango de la ciudad como cap 
tal de la provincia. 

En 1894 se erigió la coadjutor! 
de FiUuielfiti. que se formó del barrio ^ 

de! mismo nombre y de los barrios de Iglpií.-i nueva de S^in Nicolás, Canago. 

Snniinal y Palmira que se segregaron 

de I. iberia, y además del barrio de Belén segregado de la parroquia de Santa Cruz. 

Va e.tpusimus más amba cómo los barrios de Siete Cueros, Boquerones y Sardi- 
nal fueron segregados de Santa Cruz en 1839. Kl 1 1 de Agosto de 1876 se les concedie- 
ron las seis caballerías de Nuestro Amo. Estos mismos barrios fueron elevados en con- 
junto a la categoría de cantón por decreto de 16 de .\gosto de 1877. El nuevo cantón 
debía llamarse cantón ite C<>rrilh>\ el barrio de Siete Cueros recibió el nombre de Fila- 
delña y el de llwiuerones el nombre de Palmira. El Sardinal conseno su nombre. El 
decreto de erección del cantón no se llevó á efecto hasta 1894. 

La parroquia de Ba^airs ha declinado durante el siglo. El cura de España, Presb? 
Nicolás Carrillo, la escogió como lugar de su residencia, trasladó en 1790 la población 
del sitio viejo á uno más ventilado y más sano y trabajó con mucho celo por su adelanto. 
En 16S9, Ires años después de la destrucción de Esparza por los piratas, solicitaron los 
vecinos de Ragaces iiue el título y prerrogativas de aquella ciudad les fuesen trasladados 
á su población, lo cual no obtuvieron; sin embargo, en vista de la postración de Esparza, 
Ragaces era considerado como el punto más importante del curato v jurisdicción de 
España. 

En 1S4S se comenzó la reedificación de la iglesia, la que se encuentra en un 
estado aceptable. En 1S24 obtuvo el pueblo de Bagacej el título de villa, que ha con- 
ser\-ado hasta hoy. .lunque su población haya ilisminuidu por la emigración de sus 
habitantes á Las Cañ.is y Ihintarenas. 

La parroquia de Las Oiñtts tuvo su principio en una pequeña ermita que el lllmo. 
s«ñor Zaiarain j)eTmiiió etliticar en 1739. Desde iSoo ha tenido un cura residente, aun- 
que todavía con e! titulo de coadjutor de Esparza. El Congreso constituyente elevó en 
11 de Noviembre de 18;+ á Las Cañas a la categoría de villa. Hasta 1S90 se mantuvo 
la parroquia de Las Cañas á la par de la de Bagaces, |>ero desde entonces ha crecido sa 
vecindario de manera que ahora es doble del de esta última. 

Kn iSjS se pensc> seriamente en formar un pueblo en el Bel>edcro _v al electo se 



EN EL SIGLO XIX 



ordenó el 29 de Setiembre de ese año el traslado de Bagaces y Las Cañas al Bebedero. 
Esta orden no pudo llevarse á cabo y fué preciso suspenderla en Julio de 1882. El año 
de 1877 se autorizó la formación de una población en El Bebedero, la que actualmente 
-existe, dividida por el río, de modo que en parte pertenece á Bagaces y en parte á 
Las Cañas. 



PROVINCIA t)K GUANACASTE 


1 

AÑO DE 1801 


Año de i 90c 


Parroquias 


Iglesias 


Parroquias 


1 
Iglesias 


Nicoya 


I 

1 
1 
I 


Nicoya. 

Santa Cruz 

Liberia 

Carrillo ó Filadelfia 

Bagaces 

Las Cañas 


I 
I 
2 

4 
[ 

I 


Guanacaste 

Bagaces 


Las Cañas 


4 


4 


6 


10 



Comarca de Limón 



El nombre de Limón es nuevo y se dio al de Pórtete^ cerca de Moín, á causa 
de unos limoneros, plantados delante de la casa de un tratante de carey, zarza y 
hule que se había establecido allí en 1840 próximamente. El primer nombre de la 
comarca fué el de Valle de Mejicanos, por los pocos indios mejicanos que Vázquez de 
Coronado había encontrad») en 1564 al regreso de su expedición á Turucaca por la 
Talamanca, valle de Guaymí y Reventazón. El nombre indio de Puerto Limón es Querei 
y el del río " Limón, " Queredi^ de donde probablemente viene el nombre de Cariay que 
Cristóbal Colón dio á esta parte del litoral del Atlántico. El nombre de "Valle de 
Matina" se encuentra desde 1650. 

La actual comarca de Limón comprende también el territorio de Talamanca, y 
<en lo eclesiástico el territorio de Chirripó. 

En 1 80 1 existía aún en el valle de Matina algunas haciendas de cacao que, según 
«I censo de 1805, tenían 111,336 árboles en producción. Las invasiones anuales de los 
Moscos hacían insoportable la situación, porque fué preciso pagarles cada año un tributo, 
á título de regalo de Su Majestad, para evitar el saqueo de las fincas de cacao. La 
Parroquia de Matina fué fundada en 1734. De la iglesia parroquial no existía nada 
en 1 80 1. De tiempo en tiempo iba el franciscano doctrinero de Tucurrique á Matina 
para consolar á los vecinos y administrarles los santos sacramentos. Sin embargo, las 
aspiraciones de los habitantes del interior se dirigían de preferencia á tener un camino 
transitable y un puerto libre en la costa del Atlántico. 

Un decreto Real de i? de Diciembre de 181 1 habilitó el puerto de Matina y con- 
cedió á los habitantes de la provincia de Costa Rica la exención de pagar derechos 
■durante diez años, por los frutos y producciones que se exportasen por aquel puerto. 

— 335 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



Obtenida la independencia creció el deseo de tener franca la comunicación con el 
Atlántico por medio de un buen camino. No corresponde á mi trabajo hablar de los 
esfuerzos que se hicieron en este sentido. 

El 1 8 de Noviembre de 1839 se decretó por la Asamblea ayudar con $ 200-00 á 
la edificación de una iglesia en Matina y además se dispuso trasladar el pueblo de Tucu- 
rrique á Cot y pasar á Malina todos los enseres de la iglesia de Tucurrique. Esta dispo- 
sición no pudo cumplirse. 

El 19 de Octubre de 1865 se declaró Limón puerto principal de la República en 
el Atlántico y el 20 de Setiembre de 1867 se decretó su apertura para el comercio exterior; 
no obstante Moín era capital de la comarca de Limón y asiento de los empleados, 
como consta por el decreto de 6 de Julio de 1870. Cuando se comenzó la construcción 
del ferrocarril al Atlántico en 1872, empezó á poblarse el puerto de Limón. Se construyó 
una iglesia en 1876 que duró poco tiempo; en 1878 se nombró el primer cura de Limón, 
quien tuvo que hacer las funciones religiosas en un oratorio provisional. El Congreso 
concedió el 26 de Setiembre de 1882 diez lotes en la vía férrea para la edificación de una 
iglesia en Limón, y en la sesión del 4 de Diciembre del mismo año señaló la manzana 
número 39 para edificar en ella la iglesia. En 1891 se comenzó y concluyó el trabajo de 
un hermoso templo y casa cural. En 1895 se edificaron iglesias en Moín, Matina, Madre 
de Dios, Siquirres y Guayabal (estación de Turrialba). El cultivo de los bananos y los 
trabajos del ferrocarril atrajeron muchos negros á la comarca, en su mayor parte protes- 
tantes; de modo que la población de la comarca es mixta. 

Pertenecen á la Parroquia de Limón: Tortuguero, en donde hay una pequeña 
iglesia; la población de Santa Clara, y la que con el nombre de "Irazú" fundó el Gobierno 
por decreto de 26 de Abril de 1886 en la margen izquierda del río Colorado. 

El territorio de Talamanca, que se extendía hasta Bocas del Toro, ha quedado 
reducido desde la ocupación agresiva de aquella parte de Costa Rica por las autoridades 
de Colombia. 

En 1801 quedaban los indios de Chirripó, Cabécar, Biceita y Térraba abando- 
nados á su suerte. Los recoletos habían sacado centenares de indios para el interior y 
formado con ellos los pueblos de Orosi y Tres Ríos. Los doctrineros de Térraba y 
Boruca continuaban, aun en los primeros años del siglo, sus entradas á las montañas de 
Talamanca j)ero sin grandes resultados. Los indios Biceitas pelearon entre 1820 á 1830 con 
los últimos mejicanos ó siguas (extranjeros) y acabaron con ellos; también sostuvieron largas 
luchas con los indios terbis, cuya tribu quedó casi aniquilada. La costa de Talamanca 
era frecuentada anualmente por buques de vela mercantes que venían para buscar zarza, 
hule y otros productos de la montaña. Los indios mantuvieron así cierto roce y comuni- 
cación con los ladinos. En 1867 ocurrió entre ellos una disputa sobre el cacicazgo, que 
obligó al cacique Santiago á buscar el auxilio y protección del Gobierno. El Congreso 
facultó el 25 de Julio de 1867 al Gobierno para nombrar Jefes Políticos á los caciques 
de Talamanca, señalándoles un pequeño sueldo. En 1881, á consecuencia de la prime- 
ra visita episcopal la Talamanca se resolvió el establecimiento de las misiones que de 
un modo permanente funcionan desde 1895. Cada año se visitan las montañas y quebra- 
das de la Estrella, Chirripó, Coén, Lare, Uren y Teliri. Con muy raras excepciones todos 
los indios están bautizados. 

El Gobierno dispuso el 10 de Diciembre de 1886 la fundación de una colonia en 
Talamanca, y decretó muy oportunas disposiciones; se abrió una escuela desde 1890, 
se fíicilitó |)or ticmi)()s un médico á la Comarca, y para agradar á los indios se paga un 
sueldo á su Caclípie. 

En Sipurio, llamado por orden del (Gobierno San Bernardo, tienen las autoridades 
su asiento, como también los misioneros que desde aquel punto recorren toda la comarca. 

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EN EL SIGLO XIX 



Con paciencia, tino y buen ejemplo se logrará en e! sigl 
nuevas en la Talamanca. 



t formar varias poblaciones 



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Terminamos nuestro trabajo con la publicación de un cuadro demostrativo del 
desarrollo exterior de la Iglesia Católica en la República de Costa Rica durante el 
siglo XIX, como se manifiesta por el número de sacerdotes, parroquias é iglesias. El 
número de sacerdotes se refiere á Setiembre de 1900. En el de los habitantes no se ha 
hecho la deducción 
de los pocos de éstos 
que no son católicos. 



proporcionales d e - 
muestran que rela- 
tivamente hubo ma- 
yor número de parro- 
quias, iglesias y sa- 
cerdotes en 1801 que 
en 1900; lo cual pro- 
viene, en cuanto á 
parroquias, del cre- 
cido número de pe- 
queñas doctrinas 
existentes en 1801 y 
en cuanto á iglesias, 
igualmente del nú- 
mero de pequeñas 
ermitas que apenas 
merecían el nombre 
de iglesias. 

TOMO I 




REVISTA DE COSTA RICA 





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-338- 



EN EL SIGLO XIX 

Deseamos que las personas interesadas en el progreso moral y religioso de Costa 
Rica estudien con detenimiento este trabajo, que es, en parte, como una revelación que 
demuestra claramente y sin velo lo que está por hacer en el siglo xx. 

Ojalá que el Pastor de los Pastores que guarda en sus manos tos destinos de las 
naciones y las dirige según los planes sapientísimos de su Providencia misericordiosa, 
encarrile á Costa Rica en el siglo xx que ya amanece, encaminándola á su mayor 
progreso moral y religioso como base segura de sus adelantos económicos y poUticos. 



Bernardo Augusto, 



E Costa Rica 





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V 



NOTA EDITORIAL 



Habiendo dejado el Illmo. señor Thiel, — cuya muerte tan justa- 
mente ha deplorado la Nación, — incompleto este precioso estudio, la 
Comisión Conmemorativa rogó al distinguido sacerdote don Rosendo 
J. Valenciano, actual Cura de la ciudad de Heredia, que escribiese 
algunos rasgos biográficos acerca de los que han ocupado la silla epis- 
copal de Costa Rica. 

A continución va el estudio aludido, con las más expresivas 
gracias para el autor, de parte de la Comisión. 



£/ Editor 




BREVE RESEÑA 



Jerarquía E(l(5iásti(a (i) (o$ta Ri(a 




á redactar a 

eclesiós 



^^^S35CÍ OR haber dejado incompleta el Illmo, señor Obispo, Doctor don 
Bernardo A. Thiel. la reseña histórica de la Díócecis de San 
José de Costa Rica, en cuanto al , lapso de tiempo á que nos 
vamos á referir, y obedeciendo á instancias de las honorables 
:argada de este libro, nos atrevemos 
s que hagan luz sobre la Jerarquía 
a de nuestra l'airia en esos años, para integrarla, sin 
pretensiones de ningún género y menos la de completar digna- 
mente lo que el malogrado señor Thiel escribió de mano maestra. 
Kl 28 dt Febrero de 1850 expidióse en Roma por el Pon- 
itfice Pío IX la Bula Ciiristiame Jieügionis Auctor, erigiendo 
el Obispado de San José de Costa Rica, independiente de la Diócesis de 
Nicaragua y Costa Rica á que antes pertenecía, y atendiendo así á las repetidas y 
numerosas solicitudes que se elevaron á la Silla Apostólica en demanda de tan sabia 
medida, ya desde los años de 1560. 

Kl Illmo, señor Obispo Thiel refiere muy atildadamente el gran beneficio que 
recibió la grey costarriqueña con esa disposición de la Curia Romana, en su 45" Carta 
Pastoral para la cuaresma de 1900. Dice así: "Para comprender bien la importancia de 
este suceso, preciso será haber vivido en aquellos tiempos, cuando ambos países cons- 
tituían una sola diócesis, ó haber estudiado á fondo los documentos antiguos. La gran 



TOMO 



-345- 



44 



REVISTA DE COSTA RICA 



distancia que separa á Costa Rica de León, que era la Sede episcopal, los malos caminos 
que dificultaban los viajes y en tiempo de invierno los hacían con frecuencia del todo 
imposibles, la gran demora que sufrían los negocios eclesiásticos, la dificultad de apacen- 
tar, según las muy sabias leyes canónicas, esta parte de la grey, y por consiguiente el 
atraso religioso que forzosamente tenía ésta que sufrir; todas esas razones, y muchas más 
que sería largo enumerar, hacían desear vehementemente á nuestros antepasados, la crea- 
ción de un Obispado independiente. Los antiguos obispos de Nicaragua y Costa Rica 
hacían lo que podían para cumplir con el cargo pastoral, pero el trabajo era superior á sus 
fuerzas morales y aun físicas. Muchos de ellos fueron nombrados en una edad avanzada, 
ya septuagenarios; otros eran de salud delicada, sin poder resistir á lo fuerte del clima y 
á las penalidades de los viajes. Hubo entre ellos quien muriese á los seis días de haber 
llegado á su Sede, otro que murió al año, otros que murieron á los dos ó tres años en 
un pueblo remoto haciendo la visita canónica; otros que hubieran podido hacer mucho, 
á los pocos años eran trasladados á otras diócesis; baste decir que los 39 ó 40 Obispos 
que gobernaron la antigua Diócesis de Nicaragua y Costa Rica, sólo dos gobernaron 15 
años, tres alcanzaron 10 años de episcopado, y los demás gobernaron de 2 á 8 años. 
Y no obstante, se registran en los anales de nuestra historia eclesiástica once visitas 
episcopales, desde 1531 hasta 1850. Esto hace ver que los intereses religiosos del pue- 
blo de Costa Rica tenían que sufrir mengua considerable; porque, si en todas las socie- 
dades el progreso y adelanto dependen en su mayor parte, de la cabeza, más aún, en la 
Iglesia, en un Obispado, pues, como bien observó ya San Cipriano ecclesia in episcopo est,^* 

Erigida Costa Rica en Diócesis independiente de la que formaban unidas esta 
grey y la de Nicaragua, preciso era, desde luego, dotarla de un Pastor, de un Obispo 
que estableciese en bases sólidas y durables el edificio de la Iglesia Costarriqueña, dán- 
dole leyes sabias y prudentes, procurándole sacerdotes celosos que mantuvieran vivo el 
espíritu de fe en el pueblo é incólumes las hermosas tradiciones cristianas que de la Madre 
España nos trajeron enhorabuena los frailes Franciscanos compañeros de los conquista- 
dores de nuestra tierra. 

Fué primer Obispo de Costa Rica el Illmo. señor don Anselmo Llórente y Lafuente, 
distinguido hijo de Cartago y miembro de una familia preclara que ha dado en él y en 
otros descendientes lustre á su prosapia y gloria á Costa Rica. 

Vio la luz del día en el año de 1800, el 21 de Abril, día en que la Iglesia Católica 
celebra la fiesta del grande Obispo de Cantórbery, cuyo nombre se impuso al que debía 
ser á los 51 años de edad, esclarecido Pastor de la Diócesis de San José de Costa Rica. 

Sus padres tomaron singular empeño en adornar el alma de Anselmo, bien her- 
mosa ya por los sanos ejemplos de virtud de sus progenitores, también con el brillo del 
saber; y á una edad conveniente lo enviaron á la Metrópoli de Guatemala que, por la 
cultura de su sociedad y los medios de que disponía más adecuados que los nuestros, 
era el centro de educación clásica de la juventud centroamericana. 

Allí, Anselmo, concluida con brillantez su educación secundaria, optó por la carrera 
eclesiástica; y una vez llevado al sacerdocio, permaneció en aquella archidiócesis desem- 
peñando varios importantes curatos, y pasando después al Rectorado del Colegio Tri- 
dentino del Arzobispado. 

Un sacerdote lleno de ilustración, de virtudes y de celo, no debía pennanecer 
mucho tiempo en la oscuridad; y cuando para inmensa dicha de esta querida Patria, el 
Vicario de Cristo, erigió á Costa Rica en Diócesis, el nombre del sacerdote Anselmo 
Llórente traspasó los mares y fué oído con beneplácito por Su Santidad Pió IX, quien 
puso en manos de ese digno ministro de Dios el cayado del pastor para que cuidase, 
apacentase y defendiese esta nueva é inexperta grey costarriqueña. 

Fué preconizado el Illmo. señor Llórente el 10 de Abril de 1851; y cuando estuvo 



— 346 — 



EN EL SIGLO XIX 



en posesión de sus bulas recibió la consagración episcopal de manos del Arzobispo 
metropolitano, el ilustre y venerable don Francisco García Peláez, el 7 de Noviembre 
de ese mismo año, y en Diciembre siguiente se dirigió á Costa Rica, su patria, de la cual 
había estado ausente durante 37 años. 

Según testimonio de los que le conocieron, y por retratos que de él se conservan, 
era nuestro primer Obispo, de estatura regular, de tez blanca y enjuto de carnes; humilde 
y sencillo en su carácter, nada amanerado en su trato, amante y compasivo con su clero 
y singularmente devoto de la Santísima Virgen María. 

Tarea difícil es enumerar la ímproba labor del lUmo. señor Llórente como Obispo, 
en acjuellos tiempos de escasísimos recursos para emprender, de fatigosas vías de comu- 
nicación para indagar y proveer á las necesidades de los fieles; esto, en cuanto á lo 
material; que en el orden moral y espiritual no menores sino mucho más graves eran las 
dificultadtrs que se le ofrecían; entre las cuales pueden señalarse como de gran momento, 
la t^noraticia en las masas, que en el espacio de 319 años sólo once veces habían recibido 
el consuelo de ser visitados por los obispos de Nicaragua y Costa Rica, y la escasez de 
clero y falta de recursos para formarlo competentemente en los tiempos aquéllos, en que 
no había aquí Seminario Tridentino ni esperanza de establecerlo, en que cada estudiante 
de ciencias eclesiásticas, veíase obligado á concurrir á la casa de algún sacerdote carita- 
tivo como, entre otros, el señor Dean Calvo y el benemérito padre Umaña para recibir 
las explicaciones de Teología, Derecho canónico y Liturgia sagrada, y cuando ni textos 
suficientes y adecuados se encontraban entre nosotros para esos estudios. 

Remediar esas necesidades, dirigir la nave entre esos escollos, fué la grande 
empresa del I limo, señor Llórente, empresa que, arremetida y desarrollada en mucha 
parte, es nimbo de gloria inmarcesible para su nombre. 

Un concordato celebrado entre el Gobierno de Costa Rica, bajo la administración 
del Benemérito Presidente don Juan Mora, y la Santa Sede, el cual se promulgó en la 
República por la Ley número 24 del 2 de Diciembre de 1852, obvió muchas de las 
dificultades con que se encontraba el I limo, señor Llórente; y le prodigó el consuelo 
de ver establecido en la Santa Iglesia Catedral un Venerable Cabildo compuesto de 
sacerdotes que habían de ser, según el espíritu de la Santa Iglesia, sus consejeros en muchas 
cuestiones, y sostenes poderosos de la disciplina religiosa. 

Figuras muy notables se han destacado en el meílio siglo que lleva de existencia 
ese Venerable Cabildo Lclesiástico. Vale la pena registrar entre ellas, los nombres del 
Illmo. señor Vicario Capitular actual de la Diócesis, Doctor <lon Carlos M" Ulloa, que 
fué también Secretario de Cám;ira y Consejero privado del Illmo. señor Llórente; el 
eminente sacerdote Canónigo Doctor don Domingo Rivas, segundo Vicario General 
del mismo señor Llórente y después Vicario Capitular de la Diócesis en la vacante desde 
1871 á 1877, muerto el 25 de Abril del año de 1900; el Illmo señor don Antonio del 
Carmen Zamora, Prelado Doméstico de Su Santidad León XIII y largos años Vicario 
General del Illmo. señor Obispo Thiel, y que murió el 15 de Julio de 1899. 

Al estallar las guerras fie 1856 y 1857 contra el invasor VVíUiam Wálker, guerras 
que cubrieron de gloria nuestras armas nacionales y salvaron con el triunfo la autonomía 
centroamericana, la voz del Illmo señor Llórente entusiasmó á nuestros soldados, y su 
paternal solicitud les dio abnegados Capellanes, entre los cuales se oye nombrar con 
reconocimiento por nuestros veteranos, al señor Presb" don Pedro Cambronero, valiente 
y denodado sacerdote que prodigó los cuidados espirituales y animó en la lucha á los 
soldados en ambas campañas de 56 y 57. 

Un lamentable desacuerdo sobre la cuestión de diezmos, puso tirantes las rela- 
ciones entre el Illmo. señor Llórente y el Poder Ejecutivo, representado por el Benemé- 
rito don Juan Mora; desacuerdo en que la entereza y energía del señor Obispo dio por 



— 347 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



resultado el decreto de destierro para éste, destierro que duró hasta la caída del Presi- 
dente Mora. 

Acompañó al Ilustrísimo señor Llórente en su ostracismo á Nicaragua el señor 
Canónigo Doctor don Carlos M* UUoa. 

Vuelto del destierro por decreto del señor Presidente Montealegre dedicóse el 
I limo, señor Obispo á visitar su Diócesis y á remediar las necesidades de su rebaño. 

Mediante la celosa y efícaz cooperación de los distinguidos Canónigos Doctores 
Rivas y Ulloa pudo acometer la obra importantísima de reforma en la vetusta iglesia 
Catedral, templo que carecía de belleza arquitectónica y de la magnificencia que exige 
la iglesia en que tienen su solio el Obispo de la Diócesis y el Patrono de la Iglesia cos- 
tarricense. 

El Seminario Conciliar empezó también á levantarse de sus cimientos con mil 
dificultades; mas, la energía del señor Obispo Llórente y la abnegación del señor Canónigo 
Ulloa, lograron coronar en breve tiempo sus paredes y muy presto por vez primera en 
la Diócesis se estableció entre sus muros el Doctor Ulloa como Rector, acompañado de 
unos cuantos candidatos al sacerdocio. Los Catecismos dominicales se iniciaron por 
este tiempo en la Santa Iglesia Catedral bajo la dirección del mismo señor Ulloa. 

Entre tanto la Bula que S. S. Pío IX expidió á la cristiandad, con fecha 29 de 
Junio de 1868, convocando "í/ nuestros venerables hermanos los Patriarcas, Arzobispos y 
Obispos y llamados por derecho y privilegio á tomar asiento y á emitir su opinión en los con- 
cilios, generales'' determinó el viaje que el lUmo. señor Llórente efectuó á Roma el 13 de 
Agosto de 1869 para asistir al Concilio Vaticano que se abrió el 8 de Diciembre del 
mismo año, con asistencia de 767 obispos, 6,000 sacerdotes y 200,000 fieles. 

Allí la voz del primer obispo costarriqueño, se unió á la de los otros Prelados de 
la Iglesia, para declarar el dogma de la infalibilidad pontificia. 

Regresó de la Ciudad Eterna á su Diócesis el dignísimo Obispo, con el corazón 
henchido de alegría, á principios de Julio de 1870. 

Marchaba bien encarrilada la Diócesis de San José de Costa Rica por la sabia y 
hábil mano del I limo, señor Llórente, que la venía rigiendo por espacio de veinte años; 
contábase un número crecido de sacerdotes ordenados por su mano; había erigido varías 
parroquias, y fundado becas en el Seminario Tridentino para la educación eclesiástica 
de jóvenes pobres; había practicado varias visitas pastorales, cuando Dios Nuestro Señor 
satisfecho ya de los trabajos de este apostólico varón lo llamó á recibir la recompensa 
el 23 de Setiembre de 187 1. Murió amado de todos y los miembros del clero que viven 
todavía refieren con cariño sus bondades y virtudes y bendicen su memoria. Dividió sus 
bienes en seis partes: una para sus deudos pobres, y las cinco restantes para la catedral 
y seminario, los pobres vergonzantes y las instituciones de caridad. 

Yacen sus restos en el lado izquierdo del presbiterio de la Santa Iglesia Catedral 
y una lápida de mármol con sencilla y gráfica inscripción recuerda al que fué primer 
Obispo de la Diócesis de San José de Costa Rica. 

Para dar á nuestras palabras una autoridad eminentísima, entresacamos aquí algu- 
nos pensamientos de la oración pronunciada en los funerales de nuestro primer Obispo 
por uno de nuestros primeros pensadores, el ilustre Doctor don José M" Castro y Madriz, 
que tomamos de La Gaceta Oficial del día 30 de Setiembre de 1871. 

Helos aquí: 

"UíiD_ Anselmo Llórente y Lafuente, de notable estirpe, de una de las más antiguas 
y más respetables familias de Costa Rica, nació en la ciudad de Cartago el último año 
del siglo anterior. 

"Desde su niñez se distinguió por su amor y su obediencia de hijo, su juicio 
maduro y su deseo de saber. Llevóle éste en 1818 á Guatemala, donde, bajo los auspicios 

— 348 - 



EN EL SIGLO XIX 



de Fray Anselmo Ortíz, hizo los correspondientes cursos de Filosofía, en cuya Facultad 
obtuvo en 1822 el grado de Bachiller. Dedicóse en seguida al estudio del 'Derecho civil 
y canónico, y en 1825 se graduó en ambos. Habíase ordenado de sacerdote en 1824, y 
con tal motivo se consagró después á los estudios teológicos en que hizo progresos que 
llamaron la atención de la Curia Metropolitana. Confióle ésta diversos curatos en el 
Estado de Guatemala, los que desempeñó siempre á satisfacción de sus prelados. No cesó 
en la cura de almas hasta el año de 1847, en que se le nombró Rector de aquel Colegio 
Seminario, cargo que ejerció hasta el 7 de Setiembre de 185 1 en que fué consagrado 
Obispo de esta Diócesis. Durante ese Rectorado en 1848 se le eligió Dipurado á la 
Asamblea Constituyente de Guatemala, en la que mostró tanta energía como rectitud de 
principios políticos. Allí se hizo notar principalmente por su oposición firme y razonada 
á las medidas de hostilidad propuestas contra el partido vencido entonces. 

"El 27 de Diciembre del mismo año de 5 c entró solemnemente en esta Capital y 
tomó posesión de la Diócesis. 

"Serias dificultades debía presentarle un Obispado nuevo donde era preciso 
crearlo todo y organizarlo todo. El Illmo. señor Llórente supo vencerlas más con su 
prudencia que con su autoridad, y la administración ecles¡á.stica quedó pronta y definiti- 
vamente sistematizada." 



"Sin más caudal que el producto de sus escasas rentas, debió á su economía, á la 
modestia de sus vestidos y hogar, á la frugalidad de su mesa, y á lo Hmitado de su ser- 
vidumbre la adquisición de algunos bienes. 

"De ellos hizo uso para ejercer diversos actos de caridad privada que no nos es 
dado revelar; para donar á la Nación el edificio que en esta capital sirve de cárcel de 
mujeres, y para destinar al establecimiento de las Monjas Ursulinas la sólida casa que 
■construyó en Cartago. De ellos hizo uso para donar mil pesos al Hospital de San Juan 
de Dios; para auxiliar notablemente la construcción de varias Iglesias y en especial las 
de San Francisco y Soledad de la misma Cartago; para hacer suplementos á fin de que 
no se suspendiese la edificación del Colegio Seminario, obra de que se ocupó con bas- 
tante afán, y para impulsar de diversas maneras el desarrollo de las artes. De ellos hizo 
uso para ser siempre el primero en suscribir acciones á toda empresa útil en el país, las 
más veces no en beneficio propio, sino de alguna Iglesia pobre. De ellos, en fin, hizo uso 
para costear su viaje á Roma donde ocupó asiento en el último Concilio. 

"¿Y de los bienes que á su muerte había de dejar, qué dispuso? Casi nada en 
favor de su familia; todo en bien de los templos y de la humanidad necesitada." 



"No hay virtud apostólica de que ese Ilustre Prelado de acendrada, de irresistible 
fe, hubiese carecido. La sanidad de su corazón y la pureza de sus costumbres están 
patentes en todos los pasos de su larga existencia y hasta en el prolongado y locuaz 
delirio que precedió á su muerte: ninguna palabra impura, ninguna ofensa á su prójimo 
llegó á proferir en ese deplorable estado de febril enagenación mental. 

"¡Tal fué, señores, el Costarricense, el Prelado Ilustre (¡ue lloramosi" 






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REVISTA DE COSTA RICA 



II 



Sede Vacante (1871—1881) 



á 



ALANTE la silla episcopal de esta Diócesis, por muerte de su primer 
J^ Obispo, el Venerable Cabildo de la Santa Iglesia Catedral 

^ se dio prisa en nombrar, conforme lo previene la disciplina 
eclesiástica, un Gobernador de la Diócesis, con carácter de Vicario Capitular. Los votos 
del Cabildo recayeron por unanimidad en el M. I. señor Deán, Dr. don Domingo 
Rivas. 

Nunca hubiérase hecho elección más acertada: porque el nuevo Capitular, á sus 
preclaras dotes personales unía la práctica adquirida en el Gobierno de la Diócesis, en 
los muchos años que fué ct látere del I limo, señor Llórente, como su Vicario General. 

Nació el Dr. Rivas, en la ciudad de San José, el 8 de Febrero de 1836; fueron 
sus padres don Prudencio Rivas y doña Josefa Salvatierra. Reconociendo ellos en 
Domingo, ya desde sus primeros años entendimiento claro é inclinación al estudio, hicie- 
ron cuanto estaba á su alcance, para cultivar esas hermosas cualidades; y esto unido á la 
protección especial del Illmo. señor Llórente, que lo hizo familiar de su Palacio, abrió al 
joven Rivas, un porvenir brillante en la carrera de los estudios. 

Abrazó la vocación sacerdotal, y diácono apenas, por su ilustración y relevantes 
cualidades, se hizo acreedor á que el señor Llórente, de acuerdo con el Benemérito Pre- 
sidente don Juan Mora, lo nombrase Canónigo de la Santa Iglesia Catedral. 

Con motivo del destierro del Illmo. señor Llórente hubo de trasladarse el diácono 
señor Rivas á la ciudad de León de Nicaragua, para recibir el 20 de Febrero de 1859 la 
consagración sacerdotal de manos de su Prelado. 

Grande esperanza era para el clero costarricense este nuevo sacerdote, de noble 
continente, de mirada profunda y escudriñadora y de grande energía de carácter; que 
parecía destinado á empuñar, tarde ó temprano, el timón del gobierno eclesiástico, para 
dirigir con mano firme y en tiempos muy aciagos los destinos de la Iglesia costarriqueña 
por entre escollos que sólo podrían evitar la lucidez de inteligencia y el temple de alma. 

El amor á la ciencia, como medio de ponerse en aptitud de cumplir los destinos 
que Dios señala al hombre, movió al señor Rivas á continuar con ahinco sus estudios, 
aun después del sacerdocio. 

La Universidad de Santo Tomás, elevada al rango de Pontificia, por Breve del 
31 de Marzo de 185 1, le vio concurrir á sus aulas y figurar entre sus alumnos más distin- 
guidos, y por los años de 1860 recibió el Padre Domingo Rivas el grado de Licenciado 
en Derecho civil, y más tarde el de Doctor en Derecho canónico. 

E.sa misma Universidad tuvo á gloria ser regentada con honor por su discípulo de 
otro tiempo, hasta que por muerte del señor Dean Calvo, Vicario General del Illmo. 
señor Llórente, hubo el Doctor Rivas de desempeñar ese elevado puesto, hasta la muerte 
del Prelado. 

No sólo la Iglesia, también la Patria reconoció los grandes méritos y el talento 
raro del Doctor Rivas. Los votos de sus conciudadanos le llevaron á la Representación 
Nacional, bajo la Administración del eximio ciudadano Licenciado don Jesús Jiménez; 

— 350 — 



EN EL SIGLO XIX 



y en el Congreso sus compañeros lo juzgaron digno de ejercer la Presidencia del Poder 
Legislativo. 

Formó parte también el Doctor Rivas del Consejo de Gobierno del Presidente 
Jiménez, que escogió para sus consejeros lo más granado de la Nacióri en saber y 
probidad. 

A la muerte del Illmo. señor Llórente como antes se dijo, el Venerable Cabildo 
Eclesiástico eligió al Doctor Rivas como Vicario Capitular de la Sede Vacante, desde 
el 20 de Setiembre de 187 1 al 5 de Enero de 1877. 

Las Vacantes de Obispados son épocas de transición en las que una Diócesis se 
ve parada de golpe en el rumbo que le había impreso su Obispo; y en ellas el descon- 
cierto consiguiente y los embrollos á que dan lugar las presentaciones de candidatos al 
episcopado, causan gravísimos males, si una inteligencia bien esclarecida y un carácter 
sereno y enérgico, no velan por los intereses religiosos, en esos intervalos siempre aflicti- 
vos y lamentables. 

Dios reparó á la Diócesis costarriqueña un Jefe adornado de tales dotes en la 
persona del Doctor Rivas, Vicario Capitular, para la Vacante en ese momento de 
transición. 

En tan delicado puesto, estaba el Doctor Rivas en su verdadero lugar: su ciencia, 
«u virtud, su desinterés y energía eran de molde para gobernar un obispado: dio repe- 
tidas muestras de gran prudencia y de ardiente celo por la gloria de Dios, aunque 
muchas veces tan noble carácter le acarreó sinsabores y amarguras; mas el Doctor 
Rivas era hombre que á trueque de la satisfacción ideal que causa el deber cumplido, 
desafiaba impertérrito la censura, la crítica amarga y aun las persecuciones de quienes 
habrían deseado verle doblegar su frente ante mezquinas consideraciones. 

Un Breve Pontificio concedió al M. L señor Vicario Capitular Rivas el privilegio 
-de administrar el Sacramento de la confirmación, en virtud de que en los últimos años 
del Illmo. señor Llórente, por su ancianidad, mucha parte de la Diócesis no había sido 
visitada por el Prelado y por tanto carecía de la administración de ese sacramento. 

Este privilegio fué puesto en tela de juicio como alcanzado obrepticiamente, por 
■el señor Penitenciario Doctor don Francisco Calvo; pero un tribunal teológico, formado 
por los Presbíteros Doctor don José Zamora, don José Magno Kleyer y el Licenciado 
don Luís Hidalgo, juzgó como temeraria, peligrosa y hasta escandalosa la aseveración del 
señor Calvo, tranquilizó los ánimos de los fieles é hizo salir airoso en tan enojosa cues- 
tión al M. I. Capitular. 

Más de 5,300 confirmaciones administró el Doctor Rivas en la Visita Canónica 
-de la Diócesis que hubo de emprender con ese objeto el año 1873. 

Bajo su administración y por su actividad y energía, tomaron grande impulso, 
tocando casi á su término, los trabajos en la Santa Iglesia Catedral, iniciados por él y el 
Doctor Ulloa en tiempo del Illmo. señor Llórente. 

Muy serias y graves fueron las dificultades en que se vio envuelto el señor Vicario 
Capitular en su administración con el gobierno del señor Presidente Guardia, por los años 
de 76 á 77, dificultades que si no hubieran sido bastantes para vencer su energía, habrían 
tenido un desenlace poco satisfactorio, y ellas movieron al Venerable Cabildo Eclesiás- 
tico á pedir á la Santa Sede un Delegado Apostólico que viniera á zanjarlas y á dar las 
providencias necesarias con la mira de dotar á la Diócesis de un Obispo, pues la vacante 
se iba haciendo larga y penosa. 

Con efecto. Su Santidad envió al Ilustrísimo señor Obispo de Abidos in partibus, 
don Luis Bruschetti, en carácter de Delegado: á él entregó el Doctor Rivas, el 5 de 
Enero de 1877, el gobierno de la Diócesis que había ejercido por cinco años, tres meses 
y dieciséis días. 



351 



REVISTA DE COSTA RICA 



Por los años de 1879 hizo el Doctor Rivas un viaje á Roma: fué bien recibido 
por el Sumo Pontífice León XIII, que con tierna solicitud restañó las heridas de aquella 
alma, mal correspondida después de tantos sacrificios, y colmó al invicto sacerdote de 
gracias y privilegios. 

A su regreso de la Ciudad Eterna, mezquinas persecuciones le obligaron á comer 
el pan del destierro en Nicaragua. 

Tantos sinsabores, tantas contradicciones, le hicieron contraer atroz enfermedad 
que, después de atormentarlo por ¿o años, lo llevó al sepulcro el 25 de Abril de 1900. 

El ilustre Canónigo Doctor don Domingo Rivas fué, sin discusión, el sacerdote 
más eminente y el entendimiento más despejado del Clero de Costa Rica, en la segunda 
mitad del siglo XIX. 






En vista de las graves dificultades en que se encontraba el Gobierno del muy 
ilustre señor Deán Rivas, que hacían prever un rompimiento trascendental entre el 
Estado y la Iglesia, el Venerable Cabildo Eclesiástico se dirigió á Roma, suplicando 
al Santo Padre que tuviese á bien remediarlas, dando alguna sabia providencia con 
respecto á la vacante, tan prolongada y azarosa, de la Diócesis costarriqueña. 

Su Santidad envió entonces en calidad de Delegado Apostólico ante el Gobierno 
de Costa Rica al Ilustrísimo señor don Luis Bruschetti, Obispo de Abidos in partibus 
infidelium. 

Llegó á Costa Rica este prelado italiano en el mes de Febrero de 1877, procedente 
del Brasil, donde recibió su Breve de traslación á este país. 

En su corta y transitoria administración de tres años (1877-1880), supo captarse 
las simpatías del clero y de los fieles, y desplegó grande actividad en el bien, por lo que 
es veneranda su memoria. 

Era de carácter dulce y atento, pero al mismo tiempo enérgico en el manteni- 
miento de la disciplina eclesiástica, pudiéndose definir su norma de conducta con este 
dicho latino : /ortifrr in rc^ suaviter in modo: reunía por esto las cualidades de un 
verdadero diplomático de la Sede Apostólica. 

Bajo su administración se pusieron á concurso, al tenor de las disposiciones del 
Santo Concilio Tridentino, varias parroquias, y aunque se efectuó el certamen, por 
circunstancias ajenas á voluntad del Prelado no surtió el efecto canónico que se dest-aba. 

Habiéndose terminado por este tiempo los trabajos de la Sant 1 Iglesia Catedral, 
que, como hemos dicho ya, se emprendieron bajo los auspicios de los señores canónigos 
Rivas y Ulloa, tocó al I limo, señor Bruschetti bendecir solemnemente el majestuoso 
templo. Consagró también, á principios de 1880, la hermosa basílica de la Inmaculada 
Concepción de Heredia. 

Con objeto de palpar por sí mismo las necesidades de los fieles, hizo una visita 
canónica á la Diócesis: ésta lo animó á trabajar con mayor denuedo por que se diese 
pronto á la grey un pastor celoso que la apacentase con l.i «ioctrina y el ejemplo y que 
remediase sus necesidades. 






352 



EN EL SIGLO XIX 



Difícil en gran manera fué la resolución del problema planteado había ya diez 
años: un Obispo para Costa Rica. 

Encontrábanse en el clero del país sacerdotes que por su virtud é ilustración eran 
aptos para llevar sobre sus hombros la cruz del episcopado. 

Entre los propuestos á la Santa Sede se oían pregonar con gusto los nombres de 
los señores Rivas y Ulloa; cada uno de los cuales tenía sus adeptos y las simpatías del 
pueblo. Mas el Supremo Gobierno con su derecho de Patronato se inclinaba á un tercero, 
el Padre Cabezas; y por ese motivo, muy graves eran las dificultades y difícil la solución. 

Pero Dios Nuestro Señor vela siempre por los intereses de su Iglesia, y repenti- 
namente tomaron los asuntos un rumbo inesperado produciendo un desenlace que nadie 
habría previsto en estas luchas, pues los votos del Venerable Cabildo, los del Supremo 
Gobierno y la elección del Santo Padre vinieron á confundirse en el sacerdote la zarista, 
Doctor don Bernardo Augusto Thiel. En él depositó su gobierno el Illmo. señor Brus- 
chetti el 5 de Setiembre de 1880 después de haberle consagrado como Obispo de 
Costa Rica. 

Por algunos meses residió todavía en esta Diócesis, en San Pedro del Mojón, el 
señor Delegado. Allí empezó á maltratarlo cruel dolencia que lo llevó al sepulcro poco 
tiempo después, cuando ya había regresado á Italia. 

Como había sido bien amado en Costa Rica, en los tres años de su permanencia 
en ella, no la olvidó él tampoco en lejanas tierras; y á su muerte legó treinta mil liras 
al Colegio Latino-Americano, para que con los réditos de esa cantidad pudiesen educarse 
jóvenes costarricenses en la Ciudad Eterna y recibiesen grados académicos. 






ÍII 

1880 á 1900 
El llustfísimo señor don Bernardo A. Thiel, T Obispo de San José de Costa Rica 




L Ilustrísimo señor Doctor don Bernardo A. Thiel, segundo Obispo 
de Costa Rica, nació en la ciudad de Elberfeld, de la provincia 
alemana del Rhin, el 1" de Abril del año de 1850, justamente 
en el mismo año en que se erigió a Costa Rica en Diócesis independiente. 

Hijo de los señores don José Thiel y doña Elena Hofímann, en cuyo hogar 
resplandecían las virtudes cristianas y con quienes la fortuna se había mostrado sonriente, 
tuvo el joven Bernardo en su mano todas las facilidades para prepararse una carrera 
brillante. Estudió humanidades desde los 1 1 años en el Gimnasio Real de Elberfeld y 
luego en el Liceo de Neuss, ciudad de la misma provincia del Rhin. De 19 años, rendi- 
dos con lucidez sus exámenes en letras y ciencias, recibió el título de Bachiller por los 
años de 1869; y después, sintiendo en su alma hastío y aborrecimiento por los oropeles 
del mundo, y para dar de mano una vez por todas á los trabajos que éste ofrecía á sus 
prominentes cualidades y clara inteligencia, entró el mismo año en la Congregación de 
los Padres Lazaristas que tenían por entonces un Noviciado en Colonia. 

Sus estudios de ciencias eclesiásticas fueron serios y altamente satisfactorios. 

TOMO I —353— 45 



REVISTA DE COSTA RICA 



Por esos tiempos estalló la persecución declarada por el Kulturkampf á los 
católicos alemanes, y el levita Bernardo hubo de abandonar su patria y trasladarse á 
París, donde concluyó sus estudios y recibió la consagración sacerdotal el 7 de Abril de 
1874. Lleno de celo por la gloria divina, anhelaba Bernardo, sacerdote ya, volar á 
lejanas tierras, donde encontrara su espíritu campo bien amplio y mies abundante para 
el cultivo moral. Con efecto, lo destinaron sus superiores en ese mismo año para desem- 
peñar en la ciudad hispanoamericana de Quito, capital del Ecuador, las cátedras de 
Teología y Derecho Canónico del Seminario. 

Allí pudo comunicar su sabiduría y también su espíritu sacerdotal á los candidatos 
al sacerdocio; noble tarea que es sin comparación la más ardua, pero la más gloriosa 
ante los ojos de Dios: formar competentes y virtuosos ministros de la Iglesia, que sean por 
su ejemplo y su palabra voceros del Evangelio y abanderados en las filas del Cristianismo. 

Mas, ignoraba el señor Thiel, (jue á pesar de su celo y su denuedo, no era Quito 
ni el Ecuador, la tierra de su herencia, donde quería Dios verle fecundar el suelo con el 
sudor de su espíritu, y en consecuencia cosechar sabroso fruto. 

Las gestiones hechas ya desde los tiempos de la Vicaría del Doctor Rivas y 
después las del I limo, señor Bruschetti, dieron por resultado la venida de los Padres 
Paulinos á Costa Rica, para regentar el Seminario: y entre los primeros que pisaron este 
suelo en Setiembre de 1878 figuraba el sacerdote don Bernardo A. Thiel. 

Un año hacía que estaba en nuestra Patria enseñando humanidades en el 
Seminario y encargado de la proveeduría del mismo, cuando en el maremágnum 
de dificultades y mezquinas artimañas é intrigas que se hacían para la elección del 
segundo Obispo de la Diócesis, alguien refirió al señor Presidente de la República, 
General don Tomás Guardia, el nombre y las bellas cualidades del sacerdote paulino 
señor Thiel, y habiéndole tratado de cerca el señor Presidente, se convenció de que ese 
sacerdote, mejor que ningún otro, podía ser Obispo de Costa Rica. Con esta convic- 
ción abandonó sus otros proyectos y presentaciones, y á mediados del año de 1879 
propuso á la Santa Sede, de acuerdo con el Venerable Cabildo, á Bernardo Augusto 
Thiel como candidato á la mitra. Roma lo aceptó, y fué preconizado en el Consistorio 
de 27 de Febrero de 1880 El 5 de Setiembre de ese mismo año, consagraba el Illmo. 
señor Bruschetti en la Santa Iglesia Catedral á don Bernardo Augusto Thiel, como 
segundo Obispo de esta Diócesis, que había gemido en la viudez durante dos lustros. 
Acompañaron en la consagración al Illmo. señor Bruschetti, los dignos canónigos 
Doctor don Carlos M" Ulloa, Tesorero del Cabildo, y don Pedro García, Tesorero de la 
(Catedral de Ciuatemala. 

El día anterior á su consagración, 4 de Setiembre, pidió el Illmo. señor Thiel 
su carta de naturalización como costarricense en los siguientes términos: 

"Excmo. señor Presidente de la República: 

"El hecho tan grave y trascendental de proponerme V. p^. á la Santa Sede para 
Obispo de esta Diócesis y la buena acogida que á mi institución canónica ha dado mi 
pró.xima muy amada Grey, son actos, Excmo. Señor, que me honran tanto como me 
obligan. 

"No sin ese temor que infunde un cargo tan delicado para (juien no se considera 
en luces á su altura, he aceptado el nombramiento de Obispo, con la firme resolución 
de entregarme todo y sin reserva al bien espiritual de esta República, como el mejor 
modo de corresponder á la gracia del Santo Padre, á la confianza de V. E. y al amor 
del Pueblo Costarricense. 

"En la esfera de esta correspondencia está el (jue yo comience por renunciar de 
una manera expresa la nacionalidad de mi origen, y que pretenda la del pais cuya Igle- 



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EN EL SIGLO XIX 



sia he de presidir y á cuya ventura voy á consagrar en el espíritu del Señor todos los 
días que Él me otorgue de existencia. 

"Esa renuncia hago ahora solemnemente ante V. E., y esa pretensión formalizo, 
suplicándole se digne otorgarme carta de naturalización para entrar al ejercicio de mis 
altas funciones, con el grato nombre de costarricense. 

•*P^xcmo. Señor Presidente de la República. 

Bernardo Aug. Thiel, 

Obispo ile Costa Rica. 
"San José, Setiembre 4 de 1880." 

La carta fué otorgada en la honrosa forma que sigue: 

"Palacio Nacional. — San José, cuatro de Setiembre de mil ochocientos ochenta. 

"Vista la representación que antecede, en que el Ilustrísimo y Reverendísimo 
Señor Obispo de esta Diócesis, don Bernardo Augusto Thiel, á impulso de su ferviente 
adhesión á esta República, de cuya Iglesia es digna cabeza, hace explícita y formal 
renuncia de la nacionalidad de su origen, optando por la de este país, del que ha reci- 
bido la más alta prueba de estimación, admítasele entre los hijos predilectos de la fami- 
lia costarricense, teniéndosele por naturalizado en la República, con la plenitud de los 
derechos y obligaciones que las leyes atribuyen á tal condición. Publíquese este acuerdo 
con el escrito de que se desprende, y líbrese al Ilustrísimo y Reverendísimo Señor 
Obispo don Bernardo Augusto Thiel, la certificación que ha de servirle de carta de 
naturaleza. 

"Rubricado por S. E. el General Presidente, 

LiZANO." 

P^l episcopado del Ilustrísimo señor Doctor don Bernardo Augusto Thiel está 
diseñado muy gráfica y correctamente en el precioso lema de sus armas — "6^/v7 et labora: 
evangelizare pauperíbus misit me Dominus". 

Consagrado Obispo en la plenitud de la vida, á los treinta años y cinco meses de 
edad, emprendió su carrera con todo el brío y abnegación que le inspiraban la edad tem- 
prana, el conocimiento de su elevado cargo, y las virtudes de su alma: y esa abnegación 
y brío se mantuvieron siempre tan frescos y poderosos como el primer día en los veinte 
años de episcopado que forman su aureola hasta finalizar el siglo XIX. 

Tres puede decirse que fueron siempre las grandes preocupaciones del Illmo. 
señor Thiel en su carrera de obispo: 

La formación de su clero; 

V\ bien religioso y moral de los pueblos, y la instrucción religiosa de la juventud; 

La catequización de los indios semisalvajes de Costa Rica. 

En esas tres magnas obras cles|)legó toda su actividad y energía, logrando darles 
un lleno tal, que la Diócesis de Costa Rica ha sido justamente estimada como una de 
las más aventajadas de América, aun por la Curia Romana. 

Kl medio más oportuno para conocer y remediar las necesidades del clero, de 
fomentar la unión entre sus miembros, de corregir los abusos y proveer á la observancia 
de la disciphna era por cierto un vSínodo Diocesano, .sabia institución establecida por la 
antigua práctica de la Iglesia y confirmada por el Concilio Tridentino en su sesión XXIV. 

V así una de las primeras muestras del celo apostólico del Illmo. señor Thiel en 
bien de su clero fué convocar un Sínodo diocesano, por decreto del 25 de Julio de 1881. 

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REVISTA DE COSTA RICA 



En los días 24, 25 y 26 de Agosto, reunióse el Venerable Cabildo Eclesiástico, el cuerpo 
de Párrocos y el Clero secular con su Obispo, en la Santa Iglesia Catedral; y después 
de invocar el Espíritu Divino, y emitida la profesión de fe, iniciaron los trabajos corres- 
pondientes. 

Tres comisiones se nombraron: la primera de Catecismo^ ó sea para adoptar uno 
en toda la Diócesis con el fin de obtener la unidad de doctrina; la segunda, de Liturgia^ 
para escoger un texto que se observara en el Obispado; la tercera, tenía por objeto infor- 
mar si es conveniente erigir en parroquias las iglesias filiales de los pueblos ó barrios. 

Celebró el Sínodo tres sesiones en las que se redactaron sabios "Estatutos Dio- 
cesanos"; y el Clero reunido hizo brillantes declaraciones que son un monumento 
imperecedero de sus aquilatados //-///ny^/V^í cristiafws. 

Cuatro declaraciones se hicieron sobre el Matrimonio, la Escuela, órdenes religio- 
sas y Prensa periódica, estableciendo principios sobre esas materias. 

En este Sínodo el Tilmo, señor Obispo Thiel pronunció cuatro sabias alocuciones, 
en las que resplandece el vigor y la entereza del hombre bien penetrado de su sagrada 
misión. 

Para la ilustración de su Clero, fundó una revista mensual "^/ Mensajero del 
Clero'' el día 31 de Julio de 1882, encomendando su redacción á ilustrados sacerdotes. 
Por ella el clero ha sido informado con regularidad y exactitud del movimiento científico- 
religioso y de la vida católica en el mundo. 

Los ejercicios sacerdotales presididos por el mismo Obispo, recibieron de Monseñor 
Thiel nuevo calor y vida: fueron en sus manos un medio eficaz para procurar el bien espi- 
ritual de los sacerdotes. 

Las conferencias eclesiásticas mensuales, diseñadas por el lUmo. señor Llórente, 
se revistieron asimismo de grande importancia, y por su seriedad, por lo grave de los 
asuntos discutidos, por el acopio de doctrina, semejan las Diputaciones Universitarias de 
la Edad Media, ó las Asambleas de Academias Científicas de los modernos tiempos. 

Formar clero ilustrado y virtuoso — decíamos antes — fué uno de los nortes de la 
vida episcopal del Illmo. señor Thiel. Por eso el Seminario Diocesano fué objeto de sus 
desvelos y cuidados. 

Para dicha suya, al empuñar el cayado pastoral, el Seminario diocesano estaba 
encomendado á sus compañeros, los Padres Lazaristas franceses. Constituyen ellos una 
Congregación que entre los fines de su institución tiene como muy principal el de formar 
clero en los seminarios, por lo que es recurso providencial de la Iglesia Católica en 
nuestros tiempos. Saben los Lazaristas imbuir las almas de los candidatos al sacerdocio 
de sana y robusta ciencia eclesiástica y los informan al mismo tiempo en los hábitos de 
la obediencia, de la piedad y del estudio. 

P2ntre los Lazaristas que cooperaron con Monseñor Thiel en la formación del 
clero desde principios de su episcopado hasta 1885, recuérdanse con cariño como bienhe- 
chores del clero, entre otros, ios nombres délos padres Malecieux, Bret, Gamaire y Saguet. 

Por los años de 1885 el huracán desencadenado contra las instituciones religiosas 
de Costa Rica, arrolló también á los PP. Lazaristas que se vieron obligados á abandonar 
esta Patria, y el Seminario quedó destartálalo y desierto, hasta que el M. I. señor Canó- 
nigo Dr. Ulloa, haciendo frente á las dificultades y echando lejos el temor é incertidum- 
bre, abrió nuevamente las aulas de ese plantel. 

Entre mil peligros y alternativas corrió en lo sucesivo la existencia del Semi- 
nario, regentado animosamente y con apostólico denuedo por el Dr. don Carlos M" Ulloa, 
el Dr. Guillermo Rojas, el Sr. Presb" don Juan de Dios Trejos, unos pocos meses, y 
durante siete años, con admirable abnegación y prudencia, por el Dr. don Carlos Gey el 
Seminario Mayor, y por el P. Quesada, hasta que el 29 de Junio de 1893 pusieron 

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EN EL SIGLO XIX 



nuevamente el pie en Costa Rica padres Lazaristas^ alemanes, que el Illmo. señor Thiel 
había logrado conseguir, para dirigir aquel colegio, en un reciente viage á Europa. El 2 
de Julio del mismo año comenzaron los nuevos profesores sus tareas, las que han conti- 
nuado hasta hoy con reconocida competencia. Han soportado firmes las envidias de 
apocados corazones sin atenuar por ello su labor en bien de la Diócesis y de la Patria. 

Su disciplina, su ilustración y su constancia les han merecido el aprecio de todas 
las clases sociales. 

Es de juáticia mencionar entre esos cultivadores de la juventud al Rvdo. Dr. don 
Juan G. Stork, Rector del Seminario, .sacerdote notable por su eminente ciencia y expe- 
riencia consumada en los asuntos eclesiásticos; infatigable en el trabajo y lleno de 
caridad hacia los necesitados. 

El Seminario diocesano, semillero de vocaciones eclesiásticas, mereció siempre 
atenciones particulares del Illmo. señor Thiel. Fundó en él varias becas para la educación 
de estudiantes pobres, y cuando en cierta ocasión una aguda enfermedad del señor 
Rector Dr. don Carlos F. Gey habría trastornado el orden de los estudios, supo encontrar 
tiempo el Illmo. Prelado, á pesar de sus múltiples cuidados episcopales, para explicar en 
las aulas del Seminario Filosofía, Teología y las otras asignaturas sagradas. 

Ningún examen semestral ó de fin de año se pasaba sin la presencia del Obispo, 
que escuchaba gustoso lo mismo las disertaciones sobre tesis de la Teología que las 
declinaciones latinas del alumno de clases inferiores. A ese interés del Illmo. señor Thiel 
se debe que en el trascurso de los años de 1880 á 1900 haya podido aumentar su clero con 
unos treinta y cinco sacerdotes costarricenses, formados bajo sus auspicios, y ordenados 
por él, aparte de otros que él mismo envió á Roma, para educarse en aquel gran centro 
de la ciencia sagrada, y otros más extranjeros que han venido á ponerse bajo su egida 
pastoral, y á trabajar en la Diócesis. 

Hanse distinguido entre esos clérigos de modo especial el Dr. don Luis Hidalgo, 
sacerdote íntegro y admirable en sus costumbres, gran batallador por la causa de Dios 
y devorado siempre por el celo que le inspiraban los intereses de la Iglesia, y cuya 
memoria es guardada por todos con veneración. Murió el 13 de Diciembre de 1896. El 
Presbo. don Juan de Dios Trejos, persona de inteligencia poderosa, muy distingido como 
diputado al Congreso Nacional, por la defensa valiente que allí hizo de los principios 
cristianos, y los Presbo.s. don Manuel Hidalgo y don Salomón Valenciano, catequista el 
primero de los indios de Talamanca, á pesar de sus muchos años, y el segundo. Cura de 
ios palenques de los indios guatusos, por cerca de dos años. 

En el de 1900 contaba el Illmo. señor Obi.spo con 104 sacerdotes para la admi- 
nistración de su Diócesis: de ellos 61 costarricenses y los demás de otras nacionali- 
dades. Número bien escaso para las necesidades de la Administración Parroquial; pero 
ellos han sabido suplir con el trabajo la deficiencia del personal. 

En cuanto á la segunda preocupación del Illmo. señor Thiel como Obispo, á saber, 
el bien religioso y moral de los pueblos y la instrucción religiosa de la juventud, hablan 
muy alto en su favor y prueban su abnegación en ello, en primer término, sus frecuentes 
visitas canónicas á toda la Diócesis; en las que remediaba los perjuicios espirituales de 
los fieles y encarrilaba lo descaminado con sapientísimos decretos. Por eso le recibían 
siempre con grande entusiasmo, las gentes en tales ocasiones. 

Testimonio imperecedero y monumento de gloria para el Illmo. Prelado son sus 
cuarenta y siete cartas pastorales, dirigidas al clero y fieles, lo mismo que sus repetidas 
circulares sobre asuntos incumbentes sólo á sacerdotes: en todas ellas brilla al par que 
su afán por el bien, la ciencia y lucidez en las cuestiones que aborda. Son notables en 
todos conceptos la circular sobre *t\celibatoy las pastorales sobre bebidas aicó¡io¡icas, sobre 
la Escuela Católica y sobre el matrimonio^ asuntos de vital importancia y de caráter social. 



357 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



La educación cristiana de la juventud atizó siempre la actividad y celo del Prelado. 

En las visitas canónicas enseñaba personalmente el catecismo. 

Editó para la instrucción religiosa en las escuelas magníficos programas. 

Mas reconociendo la falta de textos adecuados, razón por la que se entorpecían 
sus trabajos catequísticos, dedicó largos meses por los años de 1886 y 87 á componer su 
*•*• Catecismo abmnado de la Doctrina Cristiana^' la '^ ExplicaciÓN del catecismo abre^ñadó'' y 
el ''Catecismo ^i^ran de de la Doctrina Cristiana'' obras que le merecieron aplausos y ala- 
banzas de muchos Obispos, y que fueron decretadas como textos nacionales para las 
escuelas por el Supremo Gobierno. 

Cuenta la primera de estas obras, hasta hoy, nueve ediciones, y la última, seis. 

La catequización de los indios salvajes de Talamanca, Chirripó y Guatuso cons- 
tituye una de las páginas más brillantes de la vida apostólica del Illmo. señor Thiel. 

Visitó los poblados indígenas de Térraba y Boruca en tres ocasiones: en 1881, 
en 1884 y en 1892. Como estos indios son cristianos y civilizados han tenido en varias 
ocasiones un cura: ya en tiempo del señor Llórente y en épocas posteriores repartieron allá 
los auxilios espirituales los padres Rafael Chinchilla, Luis Hidalgo y Victoriano Mayorga. 

Últimamente Monseñor Thiel fijó allí la residencia de una misión encargada á los 
padres Lazaristas. El P. Vicente Krautwig y después el padre José Nieborosky han tra- 
bajado con gran celo en esos pueblos, que viven en penoso aislamiento por falta de medios 
expeditos de comunicación. 

Los indios de Talamanca recibieron también varias visitas del señor Thiel. 

Habiendo hecho inútiles esos indios los esfuerzos de los misioneros y conquista- 
dores españoles para civilizarlos, levantándose contra ellos en 1610, 1615 y 1662 y sobre 
todo en la sangrienta sublevación de 1709, que costó la vida á los religiosos francis- 
canos entre los que figuraba Fray Pablo de Rebullida, quedaron desde entonces ajenos 
á los beneficios de la religión y la cultura, pues ''encontraban un aliado poderoso en las 
fuerzas de la naturaleza, — como dice el Dr. Wm. Gabb,— /í^r^wr los extensos pantanos 
pútridos é infestados de malaria amenazaban al europeo con fiebres biliosas fatales d su ener- 
j{{a, si no d su vida. 

Estos obstáculos no fueron parte á impedir los trabajos del Illmo. señor Thiel 
para catequizar los indios de esas regiones. 

En 1881 visitó por primera vez la Talamanca y dejó entre los indios al P. Manuel 
Hidalgo para que emprendiese la labor de su evangelización. 

Hizo la segunda visita á esos indios en agosto de 1882. "En este viaje el Illmo, 
Dr. Thiel concluyó sus apuntes sobre los idiomas de la región y recogió los cánticos de los 
tsúkur ó cantores. También trató de destruir la influencia del Usécur ó gran sacerdote, é 
investigó las prácticas de los auá, á quienes encontró en posesión de piedras encantadas, 
curando todas las enfermedades; de polvos volviendo infecundas á las mujeres y otras super- 
cherías de la misma índole. En San José Cabécar los indios huyeron al aproximarse el 
señor Obispo^ pero por eso no dejó la excursión de ser interesante: se reconocieron las ruinas 
de los antiguos establecimientos españoles y los restos de extensos pastos v plantaciones'' (•) 

P^n Setiembre de 1889 emprendió una nueva excursión al territorio de Talamanca, 
regresando en Febrero de 1890. 

¥A Illmo. señor Thiel pudo establecer en los últimos años del siglo una misión 
para Talamanca y Chirripó confiada, como la de Térraba, á los Lazaristas. Hanla regen- 
tado hasta ahora, el P. Vicente Krautwig y después el P. .Agustín Blessing, hombre de 
gran carácter y excelentes virtudes. 

Los indios de Chirripó pudieron recibir también los beneficios de su solicitud 



(*)— Apuntos del Instituto Físico Geográfico. 

-358- 



EN EL SIGLO XIX 



pastoral, en las dos visitas que efectuó á esos lugares» una en 1882, acompañado de don 
León Fernández y don José M" Figueroa, y otra en Mayo de 1895. 

Estas misiones dan ya abundantes frutos: muchos son relativamente los bautismos 
y matrimonios que se registran entre los indios Talamancas y Chirripoes cada año, como 
premio del celo de los misioneros y de los esfuerzos del Prelado. 

Más ajenos á la civilización que los Talamancas y Chirripoes eran los indios de 
<juatuso. 

Si se advierte que con carácter civilizador sólo había hecho una expedición á 
■esas tribus el Illmo. señor don Lorenzo P^steban de Tristán, Obispo de Nicaragua y 
Costa Rica, en Febrero de 1782, expedición infructuosa, porque los indios, muy numero- 
sos entonces, hicieron resistencia, dando muerte á un sacerdote, compañero del Prelado, 
■é hiriendo á dos de sus sirvientes, por lo cual se comprenderá el estado de barbarie en 
que vivían esos pobres indios. 

Difícil era amansar su carácter en estos últimos tiempos, á causa de los desafueros 
y crueldades cometidas contra ellos por los huleros nicaragüenses. 

Entró el Illmo. señor Thiel por primera vez á las montañas de los guatusos el 13 
de Abril de 1882, y á pesar de mil dificultades y zozobras no logró otra cosa en este 
viaje que coger dos indios que fueran sus auxiliares como intérpretes en otra expedición. 

Determinado el Illmo. señor Thiel por sus compañeros á volver pasando por 
Nicaragua, fueron tomados él y su comitiva, presos por el Comandante del Fuerte de 
San Carlos, el cual tuvo la feliz ocurrencia de juzgar (ieneral costarricense al Illmo. 
«eñor Thiel, Comandante militar al P. P'rancisco Pereira y soldados invasores á los 
demás miembros de la comitiva. 

La 2" expedición á los guatusos la hizo Monseñor Thiel en Junio de 1882, la que 
fué eficaz, por cuanto los indios entraron en relaciones con él, á quien llamaron en ade- 
lante su gran Saai, llegando á amarlo tan íntimamente que venían á visitarlo á su 
Palacio Episcopal de tiempo á tiempo. 

Entró nuevamente á los palenques de Guatuso en Enero de 1883 y por última 
vez en Febrero de 1896. 

Por interés de estos pobres indios les dio en los últimos años de este siglo un cura, 
nombrando como tal al Presbo. don Salomón Valenciano que generosamente fué á dis- 
pensarles sus atenciones sacerdotales por cerca de dos años, en medio de privaciones 
y dificultades, á pesar de ser novel sacerdote, hasta que las enfermedades lo obligaron 
á dejar su puesto. Hoy es el señor Cura de las Cañas (|uien periódicamente visita á 
aquellos indios. 

Es de advertir que para comunicarse con los indios biceitas, chirripoes y guatusos 
el magnánimo Prelado se dedicó á estudiar .sus lenguas y hasta escribió unos Apuntes 
lexicográficos de esos dialectos, ''Idiomas de los iudios de Talamanca, Terraba^ Cabécar^ 
Boruca y Guatuso'' opúsculo de gran mérito, fruto de ardua laboriosidad. 

Los trabajos del Illmo. señor Obispo Thiel entre los indios no han sido fructíferos 
sólo para la Religión, sino también para la ciencia. 

Formó en sus frecuentes visitas canónicas y con mucha paciencia una colección 
de antigüedades indígenas de imponderable valor y de interés capital para los estudios 
etnográficos de las tribus indias de Costa Rica, colección premiada con medallas de oro 
en la exposición de Chicago y en la colombina de Madrid. 

Por relatar los trabajos del Ilustrísimo señor Obispo como Pastor de la grey 
•costarriqueña hemos dejado sin mención otros sucesos de su vida episcopal dignos de 
recordarse. 

Todo no fué cosechar sazonados frutos en la viña del Señor, para el Obispo Thiel. 
F.l ardiente celo por el bien de su Diócesis, el valor en la defensa dé la verdad y la 



— 359 — 



REVISTA DE COSTA RICA 



apostólica censura del vicio, hicieron recaer sobre sus procederes sospechas infundadas 
acerca del fin que con esa conducta se proponía el Prelado: porque en estos países 
jóvenes y pequeños, que por su juventud manifiestan gran sensibilidad social, que se 
conmueve en bien ó en mal sin demasiado esfuerzo, todo trabajo social bien ordenado, 
si es vehemente y ardoroso recibe — si en ello va algún interés — los tintes de intenciones 
políticas ó revolucionarias. 

Resultado de esos prejuicios fué e) decreto de expulsión emitido contra él el 1 8 
de Julio de 1884. 

Gimió el Prelado en el ostracismo un año, nueve meses y días sin que en ese 
tiempo ni á su vuelta ni nunca pudiera averiguar él ni nadie por cuales miras de trastor- 
nar el orden público, ó tendencias á sobreponerse al Estado ni por qué ambiciones 
bastardas ó tramas astutas se le desterrara, y sólo consta que se le juzgó como reo sin 
permitirle la- defensa. 

Igual suerte corrieron los padres de la Compañía. <le Jesús, que dirigían el Colegio 
de Cartago. 

En su destierro se dirigió el I limo, señor Obispo á Roma para confiar al inmortal 
León XIII sus penas, y recibir de él oportuno consuelo. 

Después fijó su residencia en Panamá para vivir cerca de su Diócesis, pronto á 
volar á su seno, cuando se aplacara el violento huracán que de ella lo arrojó. 

Los servicios que su ciencia prestó en los trabajos del Canal de Panamá le 
merecieron una medalla de honor del Gobierno francés. 

Entre tanto la Diócesis abandonada hubo de sufrir en su disciplina trastornos 
irreparables, por aquello de "herid al pastor y se dispersarán las ovejas." 

Otro decreto del 26 de Julio de 1884, había derogado la ley n" 24 del 2 de 
Diciembre de 1852 qu2 aprobaba el Concordato con la Sede Apostólica, y roto así toda 
relación diplomática con la Corte Pontificia. 

Finalmente por decreto fechado el 8 de Mayo de 1 886, se permitió al Illmo. señor 
Thiel regresar á su Diócesis, en la que fué recibido con indecibles trasportes de alegría. 

Después de su regreso le fué dado el encargo de trasladarse á Guatemala para 
consagrar al Illmo. señor Arzobispo don Ricardo Casanova. Guatemala y su Gobierno 
dieron brillante y amistosa acogida al Prelado costarricense. 

Fué honor también para el Illmo. señor Thiel el hospedar en su Palacio por varios 
años al mismo I limo, señor Casanova, desterrado más tarde violentamente de su Dió- 
cesis, y durante unos meses al Illmo. señor don Simón Pereira, Obispo auxiliar de Nica- 
ragua, que también probó, siquiera fuese p>or breve tiempo, las amarguras del ostracisnH). 

Por los años de 1887 emprendió el señor Thiel la construcción de su hermoso 
Palacio Episcopal, concluido en 1888, magnífico edificio cuyas obras dirigió é inspeccionó 
él en persona, poríjue así se lo permitían sus vastos conocimientos de las Matemáticas y 
Arquitectura. F!se Palacio situado al Sur de la Iglesia Catedral es uno de los edificios 
que dan mayor realce y ornato á nuestra capital. 

Bajo la sabia dirección del Illmo. señor Obispo Thiel el movimiento católico de 
Costa Rica ha tenido en los últimos quince años del siglo XIX, un auge y esplendor 
admirables. La instrucción religiosa de la juventud se ha establecido sobre base sólida 
por los catecismos dominicales bien reglamentados en casi todas las parroquias de Ijl 
Diócesis. La disciplina eclesiástica es bien acatada por todos y sabiamente mantenida 
por la Curia Eclesiástica, en donde los asuntos de la Diócesis se despachan con claridad, 
prontitud y correcta justicia. La pureza de la fe se acendra más y más y desaparecen 
rápidamente los resabios de la ignorancia. 

Por eso las intentonas de descristianización de la sociedad y de propaganda 
protestante no han encontrado eco que les permita levantar con orgullo la voz. El pastor 

— 360 — 



EN EL SIGLO XIX 



vigilante de la grey ha estado listo siempre á repeler con firmeza los asaltos de los ene- 
migos de su rebaño. 

Toda la sociedad hace justicia á los méritos del Prelado. Por eso cuando última- 
mente, por los años de 1899, fué llamado á Roma con motivo del Concilio Latinoameri- 
cano, en el que desempeñó el importantísimo papel de Secretario del Concilio, á su 
regreso el entusiasmo del clero y del pueblo católico de Costa Rica por la vuelta de 
su Prelado superó á cuanto pudiera relatarse, y le fué acordada imponentísima y esplén- 
dida recepción. 

Las relaciones en los tres postreros lustros del siglo xix entre el Poder Civil y el 
Eclesiástico han sido bastante armónicas y bienquistas. 

Costa Rica es deudora al Illmo. señor Obispo Thiel de un concienzudo y fatigoso 
trabajo emprendido por él en los archivos antiguos de la Diócesis con objeto de ilustrar 
la Historia Patria bajo la dominación española hasta la independencia. Esos documentos 
y apuntes en forma cronológica se han publicado en "El Mensajero del Clero" en los 
últimos años del siglo. 

Séanos permitido reproducir aquí, para terminar, el diseño del carácter del Illmo. 
señor Thiel que publicó "El Eco Católico" con fecha del 8 de Julio de 1900 : 

"El señor Thiel, como persona privada, es un hombre sencillo y austero en sus 
costumbres. Su vida corresponde al lema de su escudo: Ora et labora^ piedad y trabajo. 
Edifica el verlo desempeñar las funciones episcopales; en sus habitaciones se le encuentra 
siempre trabajando; jamás se pasea por distracción, y su carácter es tan apostólico y 
popular que, á veces, atendiendo uno á su calidad de Obispo, desearía verlo darse un 
poco más de tono. 

" En su conversación es afable, y á nadie desprecia; pero es Obispo que dice á 
cada cual la verdad, sencillamente como es, sin ambajes ni rodeos, lo que á algunas 
gentes quisquillosas y amigas de cortesías no sienta muy bien. 

" Su espíritu de caridad es por todos reconocido: numerosas, y muchas veces 
ingentes, son las limosnas que hace á quienes imploran su misericordia." 






Hoy que la grey lamenta tristemente la pérdida de su hábil pastor, justo parecerá 
que al final de esta parte primera del Libro Conmemorativo de Costa Rica en el siglo xix, 
en que él tan activa é importante parte tomó, hayamos, — ineficazmente sin duda, — inten- 
tado completar uno de sus más graves estudios, hecho principalmente desde el punto de 
vista eclesiástico, y bosquejar, aunque pálidamente, el elogio de Monseñor Thiel. 



Heredia, Abril de 1902. 



Rosendo de J. Valenciano, 

Presbo. 



TOMO I — 361 — 46 



bibliografía 



OBRAS PUBCTCHDJIS €11 €C €XCIUin3€K0 



aci:kca de 1.a 



REPUBLICi^ DE COSTA RICi| 



DURANTE EL 



SIGLO XIX 



(J^otas compiladas y ordenadas 



por 



T^ablo Biolley 



Bl BL-IOORAFIA 



Obras puMicadas eo el eilranjero acorra de la Repúlilíca de Costa Rica duraole el si^lo l\l 

INTROnUCCION 

Allá, en los albores del siglo ¿quién conocía á ('osta Rica, quién hablaba de ella en el extran- 
jero? Nadie. 

Y sin embargo el gran //nmh/íü hshiíi publicado yi su obra magna; y un costarricense, aunque 
residente en León, el Presbítero don Florencio del Castillo, diputa lo á las Cortes de Cádiz, había sido 
-electo Presidente de esa Asamblea el 24 de Mayo de 1813. 

Mas para los lectores del genio alemán el nombre de Costa Rica sonaba como cualquier otro, 
igualmente misterioso y desconocido, de la América Tropical; y, en el eclesiástico ilustrado, el hábito del 
sacerdote disfrazaba la patria. 

Sometida á la Audiencia de Guatemala, provincia lejana y pobre, de acceso sumamente difícil por 
la costa del Atlántico, y de pocos visitada por la del Pacífico, Costa Rica había de permanecer casi igno- 
rada durante todo el tiempo del régimen colonial. 

Con las auras de la independencia comienzan á disiparse las nieblas qiie tenían sumergido el país 
«n semioscuridad, y, al sol de la libertad, aparecen fulgentes las cumbres de sus montañas, despertando 
•en muchos curiosidad vivísima piOr atercarse á ellas y gozar de sus horizontes. 



Los primeros extranjeros que aparecen como visitantes serios del país en esta centuria son los 
ingleses J, Ai. Gerard y R. Treviíhick. Atraídos por el descubrimiento de las minas del Monte del 
Aguacate, después de unos cuatro años de residencia (1822 — 1826), obtuvieron la concesión de varias 
empresas y para su explotación trataron d* formir una compañía en Inglaterra. Sus informes, aunque 
manuscritos, debieron de despertar bastante interés en su país natal, máxime cuando su salida del país se 
Tiizo con alguna dificultad por el camino todavía desconocido de Sarapiquí, y el Ingeniero Trevithick — 
•quien disputa á R. Stephenson la gloria de haber inventado la locomotora, — proponía la construcción de 
■un ferrocarril desde el punto en que el Sarapiquí se hace navegable hasta San José, y de aquí hasta la 
región minera del Aguacate y de Machuca. Si hubiera podido formarse la compañía minera, suponiendo 
la adopción del proyecto de Trevithick y un principio de ejecución, Costa Rica habría tenido la gloria 
■de ser el primer campo de ensayo para un descubrimiento destinado á trasformar las condiciones de exis- 
tencia de la humanidad entera. 

En 1827, Orlando W, Roberts publicó en Edimburgo la relación de sus viajes por la costa oriental 
y el interior de Centro América, y dio á luz un mapa de Costa Rica. 

En 1836, el irlandés John Galindo^ (jue fué coronel del ejército centroamericano, presentó á la 

Sociedad de Cleografía de Liendres el resultado de sus observaciones sobre la América Central, y 

^regó á la descripción general del país un informe sobre Costa Rica, el cual parees haber sido tomado 

de las ''Lecciones de (ieografía en forma de Catecismo" de don Rafael Osejo^ libro publicado en San José 

-en el año de 1833. 

A principios del de 1840, otro viajero de nacionalidad británica, J. L. Stepbens, visitó á San José 
y, en sus "Incidentes de viaje," externó un juicio imparcial sobre el entonces Presidente don Braulio 
Carrillo. 

En seguida vino la falange de los exploradores atraídos á esta parte del Istmo por los numerosos 
proyectos de ferrocarriles y de canales interoceánicos que solicitaban la atención de los capitalistas de 
Europa y de los Estados Unidos. 

Ix)s anglosajones J, Baily y E. G, Squier^ en sus obras generales, dedicaron capítulos á Costa 
Rica. El danés ./. .S'. Oersted^ naturalista é ingeniero, reunió materiales para sus valiosos trabajos de 
botánica y para su grande obra ''I-a .Vmérica Central." Los alemanes M. iVagner y K. .SV^ítcít publi- 
caron en 1856 su "República de Costa Rica," primer libro de importancia dedicado exclusivamente al 
estudio del país bajo todos sus aspectos. En fin, en los años de 1858 y 59 vino á esta República el inge- 
niero francés /'. Belly^ el cual intentó poner en ejecución el trazado de Oersted por el río Sapoá y la bahía 
de Salinas y tuvo en su empresa j>cor suerte de la que merecía. 

Como viajeros de nota, entre los años de 1850 á 1860, hay que citar al humorista alemán W. Marr; 
^ célebre novelista inglés ./. Trollopt^ y al General americano 7'. F, Meagher^ entusiasta por este país. 

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REVISTA DE COSTA RICA EN EL SIGLO XIX 



Tres sabios alemanes se han hecho acreedores al agradecimiento de Costa Rica y de la ciencia por 
sus numerosos y valiosos estudios sobre varias partes del territorio. El primero, C Hoffmann^ médico 
del Cuerpo expedicionario contra el .filibustero Wálker, murió aquí en 1859; exjjioró el volcán de Barba 
y el Irazú. El segundo, K. von Secbach^ es conocido por sus viajes en el Guanacaste. Al Doctor A. von 
Frantzius^ que residió quince años en Costa Rica, se deben estudios varios sobre la fauna, la flora, la 
climatología, la historia y las regiones menos conocidas del país. 

El más fecundo de los escritores sobre Costa Rica, es sin duda el Doctor H. Polakmvskyy quien 
residió aquí entre los años de 1875 y 1876, y, durante esta corta estada, reunió suficiente acopio de mate- 
rial para dar abasto al sinnúmero de artículos que sobre el paí$ y su flora publicó á su regreso á Alema- 
nia. £1 Doctor Polakowsky ha continuado casi hasta nuestros días poniendo al público alemán al corriente 
de lo que sucedía en esta región de donde recibía constantemente informes oficiales y particulares. 

La comarca de Takmanca ha tenido la suerte de ser explorada y descrita por dos hombres de reco- 
nocida ilustración, el Doctor W, M. Gabb^ americano, y el Doctor C. Baz'a/liiis^ sabio sueco. 

¿Qué decir del enjambre de escritores que las cuestiones de colonización, de ferrocarril y de emprés- 
titos hicieron surgir como bandadas de aves que acuden al campo nuevamente arado y recién sembrado? 
Cosas de especulación, feliz ó infeliz, que el tiempo ha juzgado ó juzgará. 

Pero hé aquí la legión sagrada de los que fueron movidos por el mero atractivo del saber. Perdu- 
rarán los nombres de aquéllos exploradores, naturalistas, arqueólogos, filólogos, historiadores y geógrafos, 
que, en esta segunda mitad del siglo han poco á poco levantado un monumento que coloca á Costa Rica 
entre las naciones mejor estudiadas y más entusiastas por la ciencia en la América latina. ¿A qué citarlos, 
á riesgo de herir su modestia, pues muchos viven todavía entre nosotros? Sus personalidades están en 
todas las conciencias. 

No son todos extranjeros. Brillarán en nuestra bibliografía como estrellas de primera magnitud, 
los ministros que Costa Rica tuvo en el exterior, y que, con la pluma, han defendido tenazmente los 
derechos sagrados de su patria, dun F, Molina, don Z. Fernández^ don 2M. M. de Pcraita y don J, B, 
Calvo. Figuran también en altísimo pttesto aquellos costarricences que han dado á conocer á sus compa- 
triotas las obras publicadas en el extranjero, traduciéndolas y comentándolas, el erudito y activo señor 
don Manuel Carato P. y el ilustrado varón don /'. M, Iglesias. 

No menospreciemos la opinión ajena. Ciertamente entre tantos escritos los hay de todo género: 
unos injustos, otros simplemente erróneos, otros quizá demasiado lisonjeros. Los viajeros salen del país 
que, por algún tiempo les ha brindado la hospitalidad, ya contentos, ya disgustados, según brilló el sol ó 
estuvo cubierto por las nubes; según tuvieron buena ó mala suerte en sus quehaceres; según su genio 
sobre todo: optimistas y pesimistas imprimen el sello de su humor á sus escritos. 

Mas siempre hay algo que sacar de este cúmulo de ideas. Testigo parcial ó imparcial, el extranjero 
nos ve y nos juzga con ojo generalmente perspicaz, é importa la manera cómo nos presenta ante el tribu- 
nal del mundo. ¿Qué sabemos de los tiempos pasados sino lo que tratamos de averiguar en los libros, en 
los pergaminos y hasta en las inscripciones lapidarias? 

Scripta fnanent\ la pluma del escritor puede convertirse en buril, y los caracteres que traza quedan 
indelebles. 

« 

No tenemos la pretensión de presentar aquí una Bibliografía completa. Para esto hubiera sido pre- 
ciso visitar las bibliotecas del extranjero, pues algunas obras del principio del siglo se han hecho bas- 
tante raras. Las únicas bibliografías que hemos podido consultar son la de E. G, Squier^ en su obra 
* 'Notas sobre Centro América, particularmente sobre los Estados de Honduras y el Salvador" (1855), y 
la de P. Uvy en sus **Notas geográficas y económicas sobre la República de Nicaragua" (1873). La pri- 
mera es muy reducida; la segunda, a.saz extensa, contiene gran número de errores de imprenta. El señor 
don M. M. de Peralta ha publicado en su "Etnología centroamericana" una valiosa lista de las obras que 
presentó á la Exposición histórico-americana de Madrid en 1892. Al teniente Sullivan st debe una biblio- 
grafía relativa al canal interoceánico, que no hemos tenido á la vista. 

Nuestras pesquisas han sido, pues, esencialmente propias, y prueba de ello es el resumen que publi- 
camos casi siempre después de haber enunciado el título de la obra, resumen que reivindicamos como 
nuestro, así como el juicio que á veces lo acompaña. 

Hemos prescindido de las obras demasiado generales como las de Hnmboldt ó de Reelus. para la 
geografía, y las de Baneroft ó de Montúfar^ para la historia. Hemos asimismo omitido artículos efímeros y 
de poca extensión como se han publicado tantos en los periódicos del extranjero, principalmente en estos 
últimos días. 

Con todo creemos que nuestra lista representa bien la literatura extranjera acerca de Costa Rica en 
su conjunto, con algunas obras más sobre los países limítrofes, v. gr. sobre Nicaragua, por la cuestión 
del canal, y sobre la provincia de Chiriquí, por razones obvias. 

P. B. 



366 



Ota «a de Costa la m ordei dt fecMii 



Hale, J. — "Six months* Residence and Travels in Central America through the 
Free States of Nicaragua, and particularly Costa Rica, giving an interesting account